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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    NUNCA ME ABANDONES (Kazuo Ishiguro)

    Publicado el jueves, febrero 23, 2017

    Para Lorna y Naomi


    INGLATERRA,
    FINALES DE LA DÉCADA DE 1990
    PRIMERA PARTE
    1


    Mi nombre es Kathy H. Tengo treinta y un años, y llevo más de once siendo cuidadora. Puede parecer mucho tiempo, lo sé, pero lo cierto es que quieren que siga otros ocho meses, hasta finales de año. Esto hará un total de casi doce años exactos. Ahora sé que el hecho de haber sido cuidadora durante tanto tiempo no significa necesariamente que piensen que soy insuperable en mi trabajo. Hay cuidadores realmente magníficos a quienes se les ha dicho que lo dejen después de apenas dos o tres años. Y puedo mencionar al menos a uno que siguió con esta ocupación catorce años pese a ser un absoluto incompetente. Así que no trato de alardear de nada. Pero sé sin ningún género de dudas que están contentos con mi trabajo, y, en general, también yo lo estoy. Mis donantes siempre han tendido a portarse mucho mejor de lo que yo esperaba. Sus tiempos de recuperación han sido impresionantes, y a casi ninguno de ellos se le ha clasificado de «agitado», ni siquiera antes de la cuarta donación. De acuerdo, ahora tal vez esté alardeando un poco. Pero significa mucho para mí ser capaz de hacer bien mi trabajo, sobre todo en lo que se refiere a que mis donantes sepan mantenerse «en calma». He desarrollado una especie de instinto especial con los donantes. Sé cuándo quedarme cerca para consolarlos y cuándo dejarlos solos; cuándo escuchar todo lo que tengan que decir y cuándo limitarme a encogerme de hombros y decirles que se dejen de historias.

    En cualquier caso, no tengo grandes reclamaciones que hacer en mi nombre. Sé de cuidadores, actualmente en activo, que son tan buenos como yo y a quienes no se les reconoce ni la mitad de mérito que a mí. Entiendo perfectamente que cualquiera de ellos pueda sentirse resentido: por mi habitación amueblada, mi coche, y sobre todo porque se me permite elegir a quién dedico mi cuidado. Soy una ex alumna de Hailsham, lo que a veces basta por sí mismo para conseguir el respaldo de la gente. Kathy H., dicen, puede elegir, y siempre elige a los de su clase: gente de Hailsham, o de algún otro centro privilegiado. No es extraño que tenga un historial de tal nivel. Lo he oído muchas veces, así que estoy segura de que vosotros lo habréis oído muchas más, por lo que quizá haya algo de verdad en ello. Pero no soy la primera persona a quien se le permite elegir, y dudo que vaya a ser la última. De cualquier forma, he cumplido mi parte en lo referente al cuidado de donantes criados en cualquier tipo de entorno. Cuando termine, no lo olvidéis, habré dedicado muchos años a esto, pero sólo durante los seis últimos me han permitido elegir.

    Y ¿por qué no habían de hacerlo? Los cuidadores no somos máquinas. Tratas de hacer todo lo que puedes por cada donante, pero al final acabas exhausto. No posees ni una paciencia ni una energía ilimitadas. Así que cuando tienes la oportunidad de elegir, eliges lógicamente a los de tu tipo. Es natural. No habría podido seguir tanto tiempo en esto si en algún punto del camino hubiera dejado de sentir lástima de mis donantes. Y, además, si jamás me hubieran permitido elegir, ¿cómo habría podido volver a tener cerca a Ruth y a Tommy después de todos estos años?

    Pero, por supuesto, cada día quedan menos donantes que yo pueda recordar, y por lo tanto, en la práctica, tampoco he podido elegir tanto. Como digo, el trabajo se te hace más duro cuando no tienes ese vínculo profundo con el donante, y aunque echaré de menos ser cuidadora, también me vendrá de perlas acabar por fin con ello a finales de año.

    Ruth, por cierto, no fue sino la tercera o cuarta donante que me fue dado elegir. Ella ya tenía un cuidador asignado en aquel tiempo, y recuerdo que la cosa requirió un poco de firmeza por mi parte. Pero al final me salí con la mía y en el instante en que volví a verla, en el centro de recuperación de Dover, todas nuestras diferencias, si bien no se esfumaron, dejaron de parecer tan importantes como todo lo demás: el que hubiéramos crecido juntas en Hailsham, por ejemplo, o el que supiéramos y recordáramos cosas que nadie más podía saber o recordar. Y fue entonces, supongo, cuando empecé a procurar que mis donantes fueran gente del pasado, y, siempre que podía, gente de Hailsham.

    A lo largo de los años ha habido veces en que he tratado de dejar atrás Hailsham, diciéndome que no tenía que mirar tanto hacia el pasado. Pero luego llegué a un punto en el que dejé de resistirme. Y ello tuvo que ver con un donante concreto que tuve en cierta ocasión, en mi tercer año de cuidadora; y fue su reacción al mencionarle yo que había estado en Hailsham. Él acababa de pasar por su tercera donación y no había salido bien, y seguramente sabía que no iba a superarlo. Apenas podía respirar, pero miró hacia mí y dijo:

    —Hailsham. Apuesto a que era un lugar hermoso.

    A la mañana siguiente le estuve dando conversación para apartarle de la cabeza su situación, y cuando le pregunté dónde había crecido mencionó cierto centro de Dorset; y en su cara, bajo las manchas, se dibujó una mueca absolutamente distinta de las que le conocía. Y caí en la cuenta de lo desesperadamente que deseaba no recordar. Lo que quería, en cambio, era que le contara cosas de Hailsham.

    Así que durante los cinco o seis días siguientes le conté la que quería saber, y él seguía allí echado, hecho un ovillo, con una sonrisa amable en el semblante. Me preguntaba sobre cosas importantes y sobre menudencias. Sobre nuestros custodios, sobre cómo cada uno de nosotros tenía su propio arcón con sus cosas, sobre el fútbol, el rounders I, el pequeño sendero que rodeaba la casa principal, sus rincones y recovecos, el estanque de los patos, la comida, la vista de los campos desde el Aula de Arte en las mañanas de niebla. A veces me hacía repetir las cosas una y otra vez; me pedía que le contara cosas que le había contado ya el día anterior, como si jamás se las hubiera dicho: «¿Teníais pabellón de deportes?»; «¿Cuál era tu custodio preferido?». "Al principio yo lo achacaba a los fármacos, pero luego me di cuenta de que seguía teniendo la mente clara. Lo que quería no era sólo oír cosas de Hailsham, sino recordar Hailsham como si se hubiera tratado de su propia infancia. Sabía que se hallaba a punto de «completar», y eso era precisamente lo que pretendía: que yo le describiera las cosas, de forma que pudiera asimilarlas en profundidad, de forma que en las noches insomnes, con los fármacos y el dolor y la extenuación, acaso llegara a hacerse desvaída la línea entre mis recuerdos y los suyos. Entonces fue cuando comprendí por vez primera —cuando lo comprendí de verdad— cuan afortunados fuimos Tommy y Ruth y yo y el resto de nuestros compañeros.


    1. Juego inglés parecido al béisbol. (N. del T.)


    Cuando hoy recorro en coche el país, aún sigo viendo cosas que me recuerdan a Hailsham. Paso por la esquina de un campo neblinoso, o veo parte de una gran casa en la lejanía, al descender hacia un valle, o incluso cierta disposición peculiar de álamos en determinada ladera, y pienso: «¡Creo que ahora sí! ¡Lo he encontrado! ¡Esto sí es Hailsham!». Entonces me doy cuenta de que es imposible, y sigo conduciendo, y mis pensamientos se desplazan hacia otra parte. Son sobre todo esos pabellones. Los encuentro por todas partes, al fondo de campos de deportes, pequeños edificios prefabricados blancos con una hilera de ventanas anormalmente altas, casi embutidas bajo el alero. Creo que los construyeron a montones en las décadas de los cincuenta y sesenta, probablemente fue por esas fechas cuando se levantó el nuestro. Si paso junto a uno vuelvo la cabeza y me quedo mirándolo todo el tiempo que puedo; un día voy a estrellarme con el coche, pero sigo haciéndolo. No hace mucho iba conduciendo por un terreno baldío de Worcestershire y vi un pabellón de ésos junto a un campo de críquet, y era tan parecido al nuestro de Hailsham que giré en redondo y desanduve el camino para poder mirarlo más detenidamente.

    Nos encantaba nuestro pabellón de deportes, quizá porque nos recordaba a esas encantadoras casitas de campo que aparecían siempre en los libros ilustrados de nuestra infancia. Recuerdo cuando estábamos en los primeros años de primaria y les rogábamos a los custodios que nos dieran la clase siguiente en el pabellón en lugar de en el aula. Luego, en los últimos años de secundaria —con doce años, a punto de cumplir trece—, el pabellón era el lugar donde esconderte con tus mejores amigas cuando querías perder de vista a los demás compañeros de Hailsham.

    El pabellón era lo bastante grande como para albergar a dos grupos de alumnos sin que tuvieran que molestarse unos a otros (en el verano, podía haber hasta un tercero en la galería). Pero lo que tú y tus amigas preferíais era tener el pabellón para vosotras solas, lo que daba lugar a discusiones y disputas. Los custodios siempre nos decían que teníamos que ser civilizados, pero en la práctica, si querías poder disponer del pabellón durante un descanso o período de asueto, en tu grupito de amigas tenías que contar con unas cuantas personalidades fuertes. No es que yo fuera una persona apocada, pero supongo que era gracias a Ruth el que pudiéramos entrar en el pabellón tan a menudo como lo hacíamos.

    Normalmente nos poníamos alrededor de las sillas y bancos —solíamos ser cinco, o seis si se nos unía Jenny B.—, y nos pasábamos el rato cotilleando. Había un tipo de conversación que sólo podíamos tener cuando nos escondíamos en el pabellón; comentábamos, por ejemplo, algo que nos preocupaba, o acabábamos estallando en ruidosas carcajadas, o nos enzarzábamos en una pelea furibunda. Y las más de las veces no era sino una vía para liberar tensiones mientras pasabas un rato con tus mejores amigas.

    La tarde en la que ahora pienso estábamos de pie sobre los taburetes y los bancos, apiñadas en torno a las altas ventanas. Mirábamos el Campo de Deportes Norte, donde una docena de chicos de nuestro año y del siguiente de secundaria se habían reunido para jugar al fútbol. Hacía un sol radiante, pero debía de haber llovido ese mismo día porque recuerdo que el sol brillaba sobre la superficie embarrada del césped.

    Alguien dijo que no tendríamos que mirar tan descaradamente, pero nadie se echó hacia atrás ni un ápice. Y en un momento dado Ruth dijo:

    —No sospecha nada. Miradle. No sospecha nada en absoluto.

    Al oírle decir esto, la miré en busca de alguna muestra de desaprobación de lo que los chicos estaban a punto de hacerle a Tommy. Pero al segundo siguiente Ruth soltó una risita y dijo:

    —¡El muy idiota!

    Y entonces me di cuenta de que, para Ruth y las demás, lo que los chicos fueran a hacer era algo que no nos concernía sino muy remotamente; y de que el que lo aprobáramos o no carecía de importancia. En aquel momento estábamos con la vista casi pegada a las ventanas no porque disfrutáramos con la perspectiva de ver cómo volvían a humillar a Tommy, sino sencillamente porque habíamos oído hablar de esta última conjura y sentíamos una vaga curiosidad por saber el desenlace. En aquella época no creo que lo que los chicos hacían entre ellos despertara en nosotras mucho más que esto. Ruth y las demás lo veían todo con ese desapego, y con toda probabilidad también yo compartía esa indiferencia.

    O quizá lo recuerdo mal. Quizá cuando vi a Tommy corriendo por el campo, con expresión de indisimulado deleite por haber sido aceptado de nuevo en el redil, y a punto de jugar al juego en el que tanto destacaba, quizá, digo, sentí una pequeña punzada dentro. Lo que recuerdo es que vi que Tommy llevaba el polo azul claro que había conseguido el mes anterior en los Saldos, y del que tan ufano se sentía. Y recuerdo que pensé: «Qué estúpido, jugar al fútbol con ese polo. Lo va a destrozar, y entonces ¿cómo va a sentirse?». Y dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular:

    —Tommy lleva el polo. Su polo preferido.

    No creo que nadie me oyera, porque todas se estaban riendo con Laura —la gran payasa del grupo—, que imitaba las caras que ponía Tommy al correr por el campo, haciendo señas y llamando e interceptando el balón sin descanso. Los otros chicos se movían todos por el terreno con esa languidez deliberada propia del precalentamiento, pero Tommy, en su excitación, parecía ya emplearse a fondo. Dije, ahora en voz mucho más alta:

    —Se va a sentir tan mal si se le estropea el polo...

    Ruth me oyó esta vez, pero debió de pensar que lo decía como una especie de broma, porque se rió sin demasiadas ganas, y luego soltó alguna ocurrencia de su cosecha.

    Entonces los chicos dejaron de pelotear con el balón y se quedaron de pie, formando un grupo compacto en medio del campo embarrado, jadeando ligeramente, a la espera de que se eligieran los equipos para empezar. Los capitanes que salieron eran del año siguiente al nuestro, aunque todo el mundo sabía que Tommy era mucho mejor que cualquiera de ese curso. Echaron la moneda para la primera selección, y el ganador miró a los jugadores.

    —Miradle —dijo una compañera a mi espalda—. Está completamente convencido de que lo van a elegir el primero. ¡Miradle!

    Había algo cómico en Tommy en ese momento, algo que te hacía pensar, bueno, si va a ser un imbécil tan grande, quizá se merezca lo que se le viene encima. Los otros chicos hacían como que no prestaban atención al proceso de selección, como si les tuviera sin cuidado en qué orden les iban eligiendo. Algunos charlaban en voz baja, otros volvían a atarse las zapatillas, otros simplemente se miraban los pies mientras seguían allí quietos, como empantanados en el barro. Pero Tommy miraba con suma atención al capitán que elegía en ese momento, como si hubiera cantado ya su nombre.

    Laura siguió con su pantomima durante todo el proceso de selección de los equipos, remedando las diferentes expresiones que fueron dibujándose en la cara de Tommy: de encendido entusiasmo al principio; de preocupación y desconcierto cuando se habían elegido ya cuatro jugadores y él no había sido ninguno de los agraciados; de dolor y de pánico cuando empezó a barruntar lo que estaba pasando realmente. Yo, entonces, dejé de mirar a Laura, porque tenía la vista fija en Tommy; sólo sabía lo que estaba haciendo porque las otras seguían riéndose y jaleándola. Al final, cuando Tommy se hubo quedado allí de pie absolutamente solo, y los chicos empezaban ya con las risitas solapadas, oí que Ruth decía:

    —Ya llega. Atentas. Siete segundos. Siete, seis, cinco...

    No pudo terminar. Tommy rompió a gritar a voz en cuello, como un trueno, mientras los chicos, que reían ya a carcajadas, echaban a correr hacia el Campo de Deportes Sur. Tommy dio unas cuantas zancadas detrás de ellos (difícil saber si salía instintiva y airadamente en su persecución o si le había entrado el pánico al ver que se quedaba atrás). En cualquiera de los casos, pronto se detuvo y se quedó allí quieto, mirando hacia ellos con aire furibundo y con la cara congestionada. Y luego se puso a chillar, a soltar todo un galimatías de insultos y juramentos.

    Habíamos presenciado ya montones de berrinches de Tommy, así que nos bajamos de taburetes y bancos y nos dispersamos por el recinto. Intentamos empezar una conversación sobre algo diferente, pero seguíamos oyendo los gritos de Tommy en segundo plano, y aunque al principio nos limitamos a poner los ojos en blanco y a tratar de pasarlo por alto, acabamos —quizá diez minutos después de habernos bajado de los taburetes y los bancos— por volver a las ventanas.

    Los otros chicos se habían perdido ya de vista, y Tommy ya no seguía tratando de dirigir sus improperios en ninguna dirección concreta. Estaba rabioso, y lanzaba brazos y piernas a su alrededor, al viento, hacia el cielo, hacia el poste de la valla más cercano. Laura dijo que quizá estuviera «ensayando a Shakespeare». Otra chica comentó que cada vez que gritaba algo levantaba un pie del suelo y lo estiraba hacia un lado, «como un perro haciendo pipí». El caso es que yo también había notado ese movimiento, pero lo que a mí me había impresionado era el hecho de que cada vez que volvía a golpear el césped con el pie, el barro le salpicaba ambas espinillas. Y volví a pensar en su preciado polo, pero estábamos demasiado lejos para poder ver si se lo estaba manchando mucho o poco.

    —Supongo que es un poco cruel —dijo Ruth— que siempre le hagan ponerse como un loco. Pero la culpa es suya. Si aprendiese a no perder los estribos, lo dejarían en paz.
    —Seguirían metiéndose con él —dijo Hannah—. Graham K. tiene un genio parecido, y lo único que pasa es que con él tienen más cuidado. Se meten con Tommy porque es un vago.

    Luego se pusieron todas a hablar al mismo tiempo; de cómo Tommy nunca se había esforzado por ser creativo, de cómo no había aportado nada al Intercambio de Primavera. Creo que lo cierto es que, a estas alturas, lo que cada una de nosotras queríamos era que viniera un custodio y se lo llevara del campo de deportes. Y aunque no habíamos tenido ni arte ni parte en este último plan para fastidiar a Tommy, sí habíamos corrido a primera fila para ver el espectáculo, y empezábamos a sentirnos culpables. Pero no había ningún custodio a la vista, así que nos pusimos a exponer razones por las cuales Tommy merecía todo lo que le pasaba. Y cuando Ruth miró la hora en su reloj y dijo que aunque aún teníamos tiempo debíamos volver a la casa principal, nadie arguyó nada en contra.

    Cuando salimos del pabellón Tommy seguía vociferando. La casa quedaba a nuestra izquierda, y como Tommy estaba de pie en el campo de deportes, a cierta distancia de nosotras, no teníamos por qué pasar a su lado. De todas formas, miraba en dirección contraria y no pareció darse cuenta de nuestra presencia. Pero mientras mis compañeras echaron a andar por un costado del campo de deportes, yo me dirigí despacio hacia Tommy. Sabía que esto iba a extrañar a mis amigas, pero seguí caminando hacia él (incluso cuando oí el susurro de Ruth conminándome a que volviera).

    Supongo que Tommy no estaba acostumbrado a que lo importunaran cuando se dejaba llevar por uno de sus arrebatos, porque su primera reacción cuando me vio llegar fue quedarse mirándome fijamente durante un instante, y luego seguir gritando. Era, en efecto, como si hubiera estado interpretando a Shakespeare y yo hubiera llegado en medio de su actuación. Y cuando le dije: «Tommy, ese polo precioso... Te lo vas a dejar hecho una pena», ni siquiera dio muestras de haberme oído.

    Así que alargué una mano y se la puse sobre el brazo. Mis amigas, más tarde, aseguraban que lo que me hizo fue intencionado, pero yo estoy segura de que no fue así. Seguía agitando los brazos a diestro y siniestro, y no tenía por qué saber que yo iba a extender la mano. El caso es que al lanzar el brazo hacia arriba sacudió mi mano hacia un lado y me golpeó en plena cara. No me dolió, pero dejé escapar un grito ahogado, lo mismo que casi todas mis compañeras a mi espalda.

    Entonces fue cuando Tommy pareció darse cuenta al fin de mi presencia, y de la de mis amigas, y de sí mismo, y del hecho de que estaba en el campo de deportes comportándose de aquel modo, y se quedó mirándome con expresión un tanto estúpida.

    —Tommy —dije con dureza—. Tienes el polo lleno de barro.
    —¿Y qué? —farfulló él.

    Y mientras lo hacía bajó la mirada hacia el pecho y vio las manchas marrones, y cesaron por completo sus aullidos. Entonces vi aquella expresión en su cara, y comprendí que le sorprendía enormemente que yo supiera lo mucho que apreciaba aquel polo.

    —No tienes por qué preocuparte —dije, antes de que el silencio pudiera hacérsele humillante—. Las manchas se quitan. Y si no puedes quitártelas tú, se lo llevas a la señorita Jody.

    Siguió examinando su polo y al final dijo, malhumorado:

    —A ti esto no te incumbe, de todas formas.

    Pareció lamentar de inmediato este último comentario y me miró tímidamente, como a la espera de que le dijera algo que lo consolara un poco. Pero yo ya estaba harta de él, máxime cuando mis amigas seguían mirándonos (mis amigas y seguramente algunos compañeros más, desde las ventanas de la casa principal). Así que me di la vuelta con un encogimiento de hombros y volví con mis amigas.

    Ruth me rodeó los hombros con el brazo, y seguimos alejándonos en dirección a la casa.

    —Al menos has hecho que se calle la boca —dijo—. ¿Estás bien? Qué bruto...


    2


    Todo esto sucedió hace mucho tiempo, y por tanto puede que algunas cosas no las recuerde bien; pero mi memoria me dice que el que aquella tarde me acercara a Tommy formaba parte de una etapa por la que estaba pasando entonces —que algo tenía que ver con la necesidad de plantearme retos de forma casi compulsiva—, y que cuando Tommy me abordó unos días después yo ya casi había olvidado el incidente.

    No sé cómo son los centros donde se educa normalmente la gente, pero en Hailsham casi todas las semanas teníamos que pasar una especie de revisión médica —normalmente en el Aula Dieciocho, arriba, en lo más alto de la casa— con la severa Enfermera Trisha, o Cara de Cuervo, como solíamos llamarla. Aquella soleada mañana un buen grupo de nosotros subía por la escalera central para la revisión con ella, y nos cruzamos con otro gran grupo que bajaba justo después de pasarla. En la escalera, por tanto, había un ruido del demonio, y yo subía con la cabeza baja, pegada a los talones de la de delante, cuando una voz gritó a unos pasos:

    —¡Kath!

    Tommy, que venía con la riada humana que bajaba, se había parado en seco en un peldaño, con una gran sonrisa que me irritó de inmediato. Unos años antes, si te encontrabas de pronto con alguien a quien te alegraba ver, quizá ponías esa cara. Pero entonces teníamos trece años, y se trataba de un chico que se encontraba con una chica en una circunstancia pública, a la vista de todos. Sentí ganas de decir: «Tommy, ¿por qué no creces de una vez?», pero me contuve, y lo que dije fue:

    —Tommy, estás interrumpiendo a todo el mundo. Y yo también.

    Miró hacia arriba y, en efecto, vio cómo en el rellano inmediatamente superior la gente se iba parando y amontonando. Durante unos segundos pareció entrarle el pánico, y rápidamente se deslizó hacia un lado y se pegó a la pared, a mi lado, de forma que, mal o bien, permitía el paso a los que bajaban, y dijo:

    —Kath, te he estado buscando. Quería decirte que lo siento. Que lo siento mucho, de veras. El otro día no quería pegarte. Nunca se me ocurriría pegarle a una chica, y aunque se me ocurriera, jamás te pegaría a ti. Lo siento mucho, mucho.
    —Vale. Fue un accidente, eso es todo.

    Le dirigí un gesto de cabeza e hice ademán de seguir subiendo. Pero Tommy dijo en tono alegre:

    —Lo del polo ya lo he arreglado. Lo he lavado.
    —Estupendo.
    —No te dolió, ¿verdad? Me refiero al golpe.
    —Por supuesto que me dolió. Fractura de cráneo. Conmoción cerebral y demás. Hasta puede que Cara de Cuervo me lo note. Eso si consigo llegar hasta ahí arriba...
    —No, en serio, Kath. Sin rencores, ¿vale? No sabes cómo lo siento. De verdad.

    Al final le sonreí y dije sin ironía:

    —Mira, Tommy: fue un accidente y ya lo he olvidado del todo. Y no te la tengo guardada ni un poquito.

    Seguía con expresión de no acabar de creérselo, pero unos compañeros más mayores le estaban empujando y diciéndole que se moviese. Me dirigió una rápida sonrisa y me dio unas palmaditas en la espalda, como habría hecho con un chico más pequeño, y se incorporó a la riada descendente. Luego, cuando yo ya reemprendía el ascenso, le oí que gritaba desde abajo:

    —¡Hasta pronto, Kath!

    La situación me había resultado un tanto embarazosa, pero no dio lugar a ninguna broma ni chismorreo. Y he de admitir que si no llega a ser por aquel encuentro en la escalera, probablemente no me habría tomado tanto interés por los problemas de Tommy las semanas siguientes.

    Vi algunos de los incidentes. Pero la mayoría de ellos sólo los supe de oídas, y cuando me llegaba alguna nueva al respecto interrogaba a la gente hasta conseguir una versión más o menos fidedigna de los hechos. Hubo otras rabietas sonadas, como la vez que, según contaban, Tommy levantó un par de pupitres del Aula Catorce y volcó todo su contenido en el suelo, mientras el resto de la clase, que había huido al descansillo, levantaba una barricada contra la puerta para impedir que saliera. Y la vez en que el señor Christopher tuvo que sujetarle los brazos con fuerza para que no pudiera atacar a Reggie D. durante un entrenamiento de fútbol. Todo el mundo podía ver, también, que cuando los chicos de nuestro curso salían a sus carreras a campo abierto Tommy era el único que nunca tenía compañero. Era un corredor excelente, y siempre les sacaba a todos una ventaja de diez o quince metros, quizá con la esperanza de que con ello disimulaba el hecho de que nadie quisiera correr con él. Y los rumores de las bromas que le gastaban sus compañeros eran prácticamente diarios. Muchas de ellas eran las típicas entre chicos —le metían cosas raras en la cama, un gusano en los cereales—, pero algunas resultaban innecesariamente repugnantes, como la vez en que alguien limpió un inodoro con su cepillo de dientes, de forma que Tommy lo encontró luego en el vaso con las cerdas impregnadas de mierda. Yo pensaba que tarde o temprano alguien diría que la cosa había llegado demasiado lejos, pero lo que hizo fue seguir y seguir sin que nadie dijera ni media palabra.

    Una vez yo misma traté de hablar de ello en el dormitorio, después de que apagaran las luces. En secundaria éramos sólo seis en cada dormitorio: sólo el grupito de amigas, que solíamos tener nuestras charlas más íntimas echadas en la cama en la oscuridad, antes de dormirnos. Allí hablábamos de cosas de las que ni se nos habría ocurrido hablar en ningún otro sitio, ni siquiera en el pabellón. Así que una noche saqué a colación a Tommy. No dije mucho; me limité a resumir lo que le había estado pasando últimamente, y dije que no me parecía justo. Cuando terminé, flotaba en el aire oscuro una especie de silencio extraño, y me di cuenta de que todas aguardaban la respuesta de Ruth, que es lo que solía ocurrir después de cualquier cuestión un poco incómoda que hubiera podido salir en nuestra charla. Me quedé esperando y desde el rincón que ocupaba Ruth me llegó un suspiro, y al cabo la oí decir:

    —Tienes razón, Kathy. No está bien. Pero si Tommy quiere que dejen de hacerle esas cosas, tiene que cambiar de actitud. No hizo nada para el Intercambio de Primavera. Y ¿creéis que tendrá algo para el mes que viene? Apuesto a que no.

    Debo explicar un poco lo de los Intercambios que hacíamos en Hailsham. Cuatro veces al año —en primavera, verano, otoño e invierno— organizábamos una gran Exposición y Venta de todas las cosas que habíamos hecho en los tres meses anteriores. Pinturas, dibujos, cerámica, todo tipo de «esculturas» del material que en ese momento estuviera más de moda: latas machacadas, tapones de botella pegados en cartón... Por cada cosa que aportabas, recibías en pago cierto número de Vales de Intercambio —los custodios decidían cuántos merecía cada una de tus obras—, y luego, el día del Intercambio, ibas con tus Vales y «comprabas» las cosas que te apetecían. La norma era que sólo podías comprar piezas hechas por los alumnos de tu propio curso, pero ello te daba la oportunidad de elegir entre muchas cosas, ya que la mayoría de nosotros podíamos ser bastante prolíficos en ese período de tres meses.

    Mirando ahora hacia atrás puedo entender por qué los Intercambios llegaron a ser tan importantes para nosotros. En primer lugar, era nuestro único medio, aparte de los Saldos —los Saldos eran otra cosa, sobre la que volveré más adelante—, de hacernos con una colección de pertenencias personales. Si, por ejemplo, querías algo para decorar las paredes que rodeaban tu cama, o se te antojaba llevar algo en la cartera, de aula en aula, para tenerla siempre encima del pupitre, lo podías conseguir en un Intercambio. Ahora puedo entender también cómo estos Intercambios nos afectaban de una manera más sutil; si te pones a pensar en ello, el hecho de depender de los demás para conseguir las cosas que pueden llegar a ser tus tesoros personales, tiene que afectar por fuerza a lo que tú haces para tus compañeros. Lo de Tommy era un ejemplo típico de esto. Muchas veces, el nivel de consideración que conseguías en Hailsham, de cuánto podías gustar y ser respetado, tenía mucho que ver con lo bueno que eras en tus «creaciones».

    Ruth y yo recordábamos a menudo estas cosas hace algunos años, cuando la estuve cuidando en el centro de recuperación de Dover.

    —Era una de las cosas que hacían tan especial a Hailsham —dijo en cierta ocasión—. Lo mucho que se fomentaba la valoración del trabajo de los demás.
    —Es cierto —dije yo—. Pero a veces, cuando pienso en los Intercambios, hay muchas cosas un tanto extrañas. La poesía, por ejemplo. Recuerdo que se nos permitía presentar poemas en lugar de dibujos o pinturas. Y lo extraño del caso es que a todos nos parecía bien, que tenía sentido para nosotros.
    —¿Por qué no iba a tenerlo? La poesía es importante.
    —Pero estamos hablando de escritos de gente de nueve años, de versitos raros, con faltas de ortografía, en cuadernos de ejercicios. Nos gastábamos los preciosos Vales en un cuaderno lleno de esos versos en lugar de en algo realmente bonito que decorase lo que veías desde la cama. Si teníamos tantas ganas de leer los poemas de alguien, ¿por qué no nos conformábamos con pedírselos prestados para copiarlos en nuestro cuaderno cualquier tarde? Pero ¿te acuerdas?, no era así. Se acercaba un Intercambio y nos sentíamos divididas entre los poemas de Susie K. y aquellas jirafas que solía hacer Jackie.
    —Las jirafas de Jackie... —dijo Ruth con una carcajada—. Eran tan bonitas. Yo tenía una.

    La conversación tenía lugar en un hermoso anochecer de verano, sentadas en el pequeño balcón de su cuarto de recuperación. Fue unos meses después de su primera donación y ya había pasado lo peor, y yo siempre programaba mis visitas vespertinas para que pudiéramos pasar media hora allí fuera, contemplando cómo se ponía el sol sobre los tejados. Veíamos montones de antenas de radio y televisión y de parabólicas, y a veces, en la lejanía, una línea reluciente que era el mar. Yo llevaba agua mineral y galletas, y nos sentábamos a hablar de todo lo que nos venía a la cabeza. El centro en el que estaba Ruth entonces es uno de mis preferidos, y no me importaría en absoluto acabar en él yo también. Los cuartos de recuperación son pequeños, pero confortables; y están muy bien diseñados: todo en ellos —las paredes, el suelo— está alicatado con brillantes azulejos blancos, que el centro mantiene siempre tan limpios que la primera vez qué entras en cualquiera de los cuartos es casi como si entraras en una sala de espejos. Por supuesto, no es que te veas montones de veces reflejada en las paredes, pero ésa es casi la impresión que te produce. Cuando levantas un brazo, o cuando alguien se sienta en la cama, percibes ese movimiento desdibujado y vago alrededor de ti, en los azulejos. La habitación de Ruth en aquel centro tenía además unas grandes hojas correderas de cristal que le permitían ver el exterior desde la cama. Incluso con la cabeza apoyada sobre la almohada, veía un gran retazo de cielo, y si el tiempo era cálido podía salir al balcón a respirar aire fresco. Me encantaba visitar a Ruth en aquel centro, me encantaban esas charlas llenas de digresiones que manteníamos a lo largo del verano, hasta el otoño temprano, sentadas en el balcón, hablando de Hailsham, de las Cottages


    1. Cottage: casita de campo. (N. del T.)


    —Lo que estoy diciendo —continué— es que cuando teníamos esa edad, cuando teníamos, pongamos, once años, no estábamos realmente interesadas en los poemas de los demás. Pero ¿te acuerdas de Christy? Christy tenía una gran fama de poetisa, y todos la admirábamos por ello. Ni siquiera tú, Ruth, te atrevías a intentar manejar a Christy. Y todo porque pensábamos que era muy buena como poeta, aunque no sabíamos nada de poesía. Era algo que no nos importaba gran cosa. Qué extraño.

    Pero Ruth no entendía lo que le decía (o puede que no quisiera hablar de ello). Quizá estaba decidida a recordarnos a todos mucho más refinados de lo que en realidad éramos. O quizá intuía adonde nos llevaba lo que le estaba diciendo, y no quería entrar en ese terreno. Fuera como fuese, dejó escapar un largo suspiro y dijo:

    —Todos creíamos que los poemas de Christy eran tan buenos... Pero me pregunto qué nos parecerían ahora. Me gustaría tener unos cuantos aquí delante, me encantaría ver lo que pensábamos. —Luego rió y dijo—: Todavía conservo unos cuantos poemas de Peter B. Pero eso fue mucho después, en el último año de secundaria. Debían de gustarme, porque si no no entiendo por qué iba a «comprarlos». Son ridículamente tontos. Se tomaba tan en serio a sí mismo. Pero Christy era buena, me acuerdo muy bien. Es curioso, dejó de escribir poesía cuando empezó a pintar. Y no era ni la mitad de buena con los pinceles.

    Pero vuelvo a Tommy. Lo que Ruth dijo aquella noche en el dormitorio, que era el propio Tommy el que parecía estar pidiendo lo que siempre se le venía encima, probablemente resumía lo que la mayoría de los alumnos de Hailsham pensaba del asunto. Fue al decirlo Ruth cuando me vino a la cabeza, allí acostada en la oscuridad, que la idea de que Tommy no ponía deliberadamente nada de su parte era la que venía circulando en Hailsham desde que estábamos en primaria. Y caí en la cuenta, con una especie de estremecimiento, de que Tommy llevaba padeciendo aquello no sólo semanas sino años.

    Tommy y yo hablamos de todo esto no hace demasiado tiempo, y su relato de cómo habían empezado sus problemas me confirmó que lo que estuve pensando aquella noche era correcto. Según él, todo había empezado una tarde en una de las clases de Arte de la señorita Geraldine. Hasta ese día —me contó Tommy— siempre había disfrutado pintando. Pero aquel día, en la clase de la señorita Geraldine, Tommy había pintado la acuarela de un elefante en medio de unas hierbas altas, y esa pintura concreta fue la que lo desencadenó todo. Lo había hecho, afirmaba, como una especie de broma. Le hice muchas preguntas al respecto, y sospecho que lo cierto es que fue algo parecido a muchas de las cosas que hacemos a esa edad: no sabes muy bien por qué, pero las haces. Las haces porque piensas que pueden hacer reír, o por ver si se arma un buen revuelo. Y cuando luego te piden que lo expliques, nada parece tener ni pies ni cabeza. Todos hemos hecho cosas de ésas. Tommy no me lo explicó así, pero estoy segura de que eso fue lo que pasó.

    El caso es que pintó aquel elefante, una figura muy parecida a la que podría haber hecho alguien con tres años menos. No le llevó más de veinte minutos, y levantó una carcajada en la clase, es cierto, aunque no del tipo que él habría esperado. Pero la cosa no habría pasado de ahí —y en esto reside lo irónico del asunto— si la señorita Geraldine no hubiera dado la clase aquel día.

    La señorita Geraldine era la custodia preferida de todos los de nuestra edad. Era amable, de voz suave, y siempre te consolaba cuando lo necesitabas, aun cuando hubieras hecho algo realmente malo o te hubiera reprendido otro custodio. Y si era ella la que había tenido que reprenderte, te dedicaba mucha más atención los días siguientes, como si te debiese algo. Tommy tuvo la mala suerte de que fuera la señorita Geraldine la que estuviera dando la clase de Arte aquel día, y no, pongamos, el señor Robert, o la misma señorita Emily (la custodia jefa, que solía dar Arte montones de veces). De haber sido cualquiera de ellos dos, Tommy habría recibido una pequeña regañina, lo que le habría permitido exhibir su sonrisita de suficiencia, y lo peor que la gente habría pensado de todo ello es que no había sido más que una broma no demasiado afortunada. E incluso habría habido quien habría calificado a Tommy de gran payaso. Pero la señorita Geraldine era la señorita Geraldine, y la cosa no siguió esos derroteros. Lo que hizo, en cambio, fue mirar aquel elefante con indulgencia y comprensión. Y, suponiendo quizá que Tommy corría el riesgo de recibir un varapalo de los demás, fue demasiado lejos en el sentido contrario y encontró en su trabajo motivos de elogio, y los expuso ante la clase: ahí empezó el resentimiento.

    —Cuando salimos de clase —recordaba Tommy— les oí hablar. Fue la primera vez. Y no les importó nada que les estuviera oyendo.

    Yo supongo que desde mucho antes de que dibujara aquel elefante, Tommy tenía la sensación de no estar a la altura, de que particularmente sus pinturas eran propias de alumnos mucho menores que él, y se cubría las espaldas haciendo pinturas deliberadamente infantiles. Pero a raíz de lo del elefante, todo quedó expuesto a la luz pública, y todo el mundo abrió bien los ojos para ver lo que hacía a continuación. Al parecer se esforzó mucho durante un tiempo, pero tan pronto como empezaba él algo empezaban también a su alrededor las risitas y las caras desdeñosas. De hecho, cuanto más empeño ponía, más risibles resultaban sus esfuerzos para sus compañeros. Así que no hubo de pasar mucho tiempo para que Tommy volviera a atrincherarse en su actitud pasada y a presentar trabajos deliberadamente infantiles, trabajos que parecían decir a gritos que no le podía importar menos. Y a partir de entonces la cosa no hizo sino agravarse.

    Durante un tiempo sólo tuvo que padecer este sufrimiento en las clases de Arte —aunque éstas eran harto frecuentes, porque en primaria dedicábamos muchas horas a esta disciplina—, pero luego su tormento alcanzó otra dimensión. Los chicos le dejaban fuera de los juegos, se negaban a sentarse a su lado en la cena, fingían no oírle si decía algo en el dormitorio, después de que se apagaran las luces. Al principio la cosa no fue tan implacable. Podían pasar meses sin que se produjera ningún incidente, y él empezaba a pensar que todo había quedado atrás. Entonces alguien hacía algo —él o alguno de sus enemigos, como Arthur H.— y todo volvía a empezar.

    No estoy muy segura de cuándo empezaron sus grandes rabietas. Mi memoria me dice que Tommy siempre tuvo el genio fuerte, incluso en preescolar. Pero él me aseguró que no empezaron hasta que las burlas llegaron a hacérsele insoportables. En cualquier caso, fueron estos accesos de ira los que realmente sirvieron de acicate para que aquéllas continuaran, e incluso se intensificaran, y fue hacia la época de la que estoy hablando —el verano del segundo año de secundaria, cuando teníamos trece años— cuando el encarnizamiento alcanzó su punto culminante.

    Luego todo cesó. No de la noche a la mañana, pero sí con bastante rapidez. Por aquellas fechas, como digo, yo seguía con suma atención el desarrollo de las cosas, de forma que vi las señales antes que la mayoría de mis compañeros. Empezó con un período —puede que un mes, puede que algo más— en el que las bromas fueron bastante continuas y en el que, sin embargo, Tommy no perdió los estribos. A veces lo veía a punto de estallar, pero se las arreglaba para controlarse; otras, se encogía de hombros en silencio, o actuaba como si no se hubiera dado cuenta. Al principio estas reacciones causaron decepción; puede que la gente sintiera incluso rencor, como si Tommy les hubiera fallado o algo parecido. Luego, gradualmente, la gente fue aburriéndose y las bromas se hicieron menos entusiastas, hasta que un día caí en la cuenta con sorpresa de que no le habían gastado ninguna desde hacía más de una semana.

    Esto no tendría por qué haber sido en sí mismo tan significativo, pero percibí también otros cambios. Pequeñas cosas. Como el hecho de que Alexander J. y Peter N. caminaran con él por el patio en dirección a los campos charlando con naturalidad; como el sutil pero claramente perceptible cambio en la voz de la gente cuando mencionaba su nombre. Un día, poco antes del final del recreo de la tarde, unas cuantas de nosotras estábamos sentadas en el césped, bastante cerca del Campo de Deportes Sur, donde los chicos jugaban al fútbol como de costumbre. Yo participaba en la conversación, pero sin perder de vista a Tommy, que estaba en el meollo de una importante jugada. En un momento dado alguien le puso la zancadilla, y Tommy se levantó y puso el balón en el césped para lanzar él mismo el tiro libre. Mientras los contrarios se desplegaban por el campo a la espera del lanzamiento, vi que Arthur H. —uno de sus más crueles torturadores—, que se había situado unos metros detrás de él, se ponía a imitar y ridiculizar la forma en que Tommy esperaba de pie frente al balón, en jarras. Miré detenidamente a los chicos, pero ninguno de ellos secundó a Arthur en su mofa. No había ninguna duda de que le veían, porque esperaban el disparo de Tommy con los ojos fijos en él, y Arthur estaba justo a su espalda. Pero nadie le prestó ninguna atención. Tommy lanzó el balón a través del césped y el partido continuó, y Arthur H. no volvió a intentar nada.

    Me complacía el giro que estaban tomando los acontecimientos, pero también sentía cierto desconcierto. No había habido el menor cambio en el trabajo artístico de Tommy —su reputación en el terreno de la «creatividad» se hallaba al mismo nivel de siempre—. Me daba cuenta de que había sido de gran ayuda el que hubiera puesto fin a sus rabietas, pero el factor determinante de que la situación hubiera cambiado era algo más difícil de precisar. Algo en su propia persona —sus maneras, su forma de mirar a la gente a la cara, de hablar abiertamente y con afabilidad— había cambiado, y había cambiado a su vez la actitud de los demás para con él. Pero lo que había propiciado directamente tal cambio no estaba en absoluto claro.

    Me sentía desconcertada, y decidí que en cuanto pudiera hablar con él a solas intentaría sonsacarle. La ocasión se me presentó en el comedor no mucho después: estábamos haciendo cola para el almuerzo y lo vi unos puestos más adelante.

    Supongo que puede parecer un poco extraño, pero en Hailsham la cola para el almuerzo era uno de los sitios más seguros para mantener una conversación privada. Tenía algo que ver con la acústica del Gran Comedor; el vocerío general y los altos techos propiciaban que, si bajabas la voz y te acercabas al otro lo bastante —y te asegurabas de que tus compañeros de al lado se hallaban enfrascados en su propia charla—, existía una gran probabilidad de que nadie pudiera oírte. En cualquier caso, tampoco teníamos tantos sitios donde elegir para este tipo de charlas personales. Los lugares «tranquilos» eran a menudo los peores, porque siempre pasaba alguien a una distancia desde la que podía entreoírte. Y en cuanto tu actitud delataba que querías apartarte para una charla privada, todo el entorno parecía percibirlo en cuestión de segundos, y se poblaba de oídos.

    Así que cuando vi a Tommy en la cola, apenas unos puestos más adelante, le hice una seña con la mano (la norma estipulaba que no podías colarte, pero sí retroceder hasta donde te viniera en gana), y Tommy vino hacia mí con una sonrisa de alegría en la cara. Cuando estuvimos uno al lado del otro nos quedamos así unos instantes, sin apenas hablar, no por timidez, sino porque esperábamos a que pasase cualquier posible curiosidad por el repentino cambio de sitio de Tommy. Y al final le dije:

    —Pareces mucho más contento últimamente, Tommy. Parece que las cosas te van mucho mejor.
    —Te fijas en todo, ¿eh, Kath? —dijo, sin el menor asomo de sarcasmo—. Sí, todo va bien. Todo me va genial.
    —¿Qué ha pasado, pues? ¿Has encontrado a Dios o algo?
    —¿Dios? —Tommy pareció confuso unos instantes. Luego se echó a reír y dijo—: Ya, entiendo. Te refieres a que ahora no... me pongo como una fiera.
    —No sólo eso, Tommy. Has conseguido que cambie por completo tu situación. He estado observando. Y por eso te pregunto.

    Tommy se encogió de hombros.

    —Me he hecho un poco mayor, supongo. Y seguramente los demás también. No puedes seguir con lo mismo siempre. Es aburrido.

    No dije nada, pero me quedé mirándole directamente, hasta que soltó otra risita y dijo:

    —Kath, eres tan curiosa. De acuerdo, sí, supongo que hay algo. Que me pasó algo. Si quieres te lo cuento.
    —Vale, adelante.
    —Te lo voy a contar, pero tú no tienes que ir contándolo por ahí, ¿de acuerdo? Hace un par de meses, tuve una charla con la señorita Lucy. Y me sentí mucho mejor. Es difícil de explicar. Pero me dijo algo, y me sentí mucho mejor.
    —¿Qué te dijo?
    —Bueno... La verdad es que puede parecer raro. Hasta me lo pareció a mí al principio. Lo que me dijo fue que si no quería ser creativo, que si realmente no me apetecía serlo, pues no pasaba nada. Que no era nada anormal ni nada parecido.
    —¿Eso es lo que te dijo?

    Tommy asintió con la cabeza, pero yo ya me estaba apartando de él.

    —Eso es una tontería, Tommy. Si vas a andar con jueguecitos estúpidos conmigo, déjame en paz, porque no tengo tiempo que perder.

    Estaba enfadada de verdad, porque pensaba que me estaba mintiendo, y precisamente cuando le había dado muestras de merecer su confianza. Vi a una amiga unos puestos más adelante, y me separé de Tommy para ir a saludarla. Vi que se había quedado desconcertado y alicaído pero, después de los meses que llevaba preocupándome por él, me sentía traicionada y me importaba un bledo que se sintiera mal. Me puse a charlar con mi amiga —creo que era Matilda— tan animadamente como pude, y apenas miré hacia donde él estaba en todo el tiempo que estuvimos en la cola.

    Pero cuando llevaba mi plato hacia las mesas Tommy se me acercó y me dijo apresuradamente:

    —Kath, si crees que te estaba tomando el pelo, te equivocas. Lo que te he dicho es la verdad. Te lo contaré todo mejor si me das la oportunidad de hacerlo.
    —No digas tonterías, Tommy.
    —Kath, te lo contaré todo. Voy a bajar al estanque después de comer. Si vienes, te lo cuento todo.

    Le dirigí una mirada de reproche y me alejé sin responderle, pero supongo que había empezado ya a considerar la posibilidad de que no se estuviera inventando lo de la señorita Lucy. Y cuando me senté con mis amigas empecé a pensar en cómo podría escabullirme después de comer para bajar hasta el estanque sin que nadie se diera demasiada cuenta.


    3


    El estanque estaba situado al sur de la casa. Para llegar a él tenías que salir por la puerta trasera, bajar un sendero estrecho y serpeante y pasar entre los altos y tupidos helechos que, a principios del otoño, seguían obstaculizando el camino. O, si no había custodios a la vista, podías tomar un atajo por la parcela de ruibarbo. De todas formas, en cuanto salías en dirección al estanque te encontrabas con un paisaje apacible lleno de patos y aneas y juncos. No era un buen sitio, sin embargo, para mantener una conversación discreta, ni por asomo tan bueno como la cola para la comida. Para empezar, te podían ver perfectamente desde la casa. Y nunca podías saber cómo se iba a propagar el sonido a través de la superficie del agua. Si te querían escuchar a escondidas, no había nada más fácil que bajar por el sendero y esconderse entre los arbustos de la otra orilla del estanque. Pero pensé que, habida cuenta de que había sido yo quien le había cortado bruscamente en la cola del comedor, lo más justo era charlar con él donde me había citado. Era entrado ya octubre, pero aquel día lucía el sol y decidí que lo mejor era hacer como que había salido a dar un paseo sin rumbo fijo y me había topado por casualidad con Tommy.

    Tal vez porque puse mucho empeño en dar esa impresión —aunque no tenía la menor idea de si había alguien observándome—, no fui a sentarme con él en cuanto lo vi sentado en una gran roca plana, no lejos de la orilla del estanque. Debía de ser viernes, o fin de semana, porque recuerdo que no llevábamos el uniforme. No recuerdo exactamente cómo iba vestido Tommy —probablemente con una de aquellas raídas camisetas de fútbol que solía ponerse hasta en los días más fríos—, pero sé muy bien que yo llevaba la chaqueta de chándal granate con cremallera delante que me había comprado en un Saldo cuando estaba en primero de secundaria. Fui rodeando a Tommy hasta llegar al agua, y me quedé allí de espaldas a ella, mirando hacia la casa para ver si se empezaba a amontonar gente en las ventanas. Luego hablamos —de nada en particular— durante un par de minutos, como si nunca hubiera tenido lugar la conversación de la cola de la comida. No estoy muy segura de si lo hacía por Tommy o por los posibles mirones, pero seguí con mi pose de no estar haciendo nada concreto, y en un momento dado hice ademán de continuar con mi paseo. Entonces vi una especie de pánico en la cara de Tommy, y enseguida me dio pena haberle contrariado de aquel modo (aunque sin querer). Así que dije, como si acabara de acordarme:

    —Por cierto, Tommy, ¿qué me estabas diciendo antes? Sobre algo que la señorita Lucy te había dicho una vez...
    —Oh... —Tommy miró más allá de mí, hacia el agua del estanque, fingiendo también él que se acababa de acordar de ello—. La señorita Lucy. Ya, sí.

    La señorita Lucy era la más deportista de las custodias de Hailsham, aunque por su aspecto uno jamás lo hubiera imaginado. Baja y rechoncha y con aire de bulldog, con un extraño pelo negro que parecía crecerle siempre hacia arriba, de forma que nunca le llegaba a tapar las orejas o el cuello grueso. Pero poseía una gran fortaleza y estaba en plena forma, e incluso cuando nos hicimos mayores, casi ninguno de nosotros —ni siquiera los chicos— podía competir con ella en las carreras a campo traviesa. Era una excelente jugadora de hockey, y hasta podía enfrentarse con los chicos de secundaria en el campo de fútbol. Recuerdo una vez en que James B. intentó ponerle la zancadilla cuando ella acababa de hacerle un regate, y fue él quien salió volando y fue a dar con sus huesos en el césped. Cuando estábamos en primaria, nunca pudo compararse con la señorita Geraldine, a quien acudíamos siempre que nos habíamos llevado un disgusto. De hecho, cuando éramos más pequeños no era muy dada a hablar mucho con nosotros. Sólo en secundaria aprenderíamos a apreciar su brioso estilo.

    —Estabas diciendo algo —le dije a Tommy—. Que la señorita Lucy te dijo que no pasaba nada por que no fueras creativo.
    —Sí, me dijo algo parecido. Me dijo que no tenía que preocuparme. Que no me importara lo que los demás dijeran. Fue hace un par de meses. Puede que un poco más.

    En la casa, unos cuantos alumnos de primaria se habían parado ante una de las ventanas de arriba y nos estaban observando. Pero yo ya me había puesto en cuclillas frente a Tommy y ya no fingía que no estábamos charlando.

    —Que te haya dicho eso es muy raro, Tommy. ¿Estás seguro de que lo entendiste bien?
    —Por supuesto que lo entendí bien. —Bajó un poco la voz—. No lo dijo sólo una vez. Estábamos en su cuarto, y me dio una charla entera sobre eso.

    Cuando la señorita Lucy le llamó por primera vez a su estudio después de la clase de Iniciación al Arte —me contó Tommy—, él se esperaba otra charla acerca de cómo debía esforzarse más, el tipo de cantinela que le habían endosado ya varios custodios, incluida la señorita Emily. Pero mientras se dirigían desde la casa hacia el Invernadero de Naranjas, donde los custodios tenían sus habitaciones, Tommy empezó a barruntar que aquello iba a ser diferente. Luego, cuando se hubo sentado en el sillón de la señorita Lucy, ésta —que se había quedado de pie junto a la ventana— le pidió que le contara todo lo que le había estado sucediendo, y cuál era su punto de vista sobre ello. Así que Tommy empezó a hablar. Pero de pronto, antes de que hubiera podido llegar siquiera a la mitad, la señorita Lucy lo interrumpió y se puso a hablar ella. Había conocido a muchos alumnos —dijo— a quienes durante mucho tiempo les había resultado tremendamente difícil ser creativos: la pintura, el dibujo, la poesía llevaban varios años resistiéndoseles. Pero andando el tiempo, llegó un día en que de buenas a primeras pudieron expresar lo que llevaban dentro. Y muy posiblemente era eso lo que le estaba pasando a Tommy.

    Tommy había oído ya ese razonamiento otras veces, pero en la actitud de la señorita Lucy había algo que le hizo atender con suma atención sus explicaciones.

    —Me daba cuenta —siguió Tommy— de que se proponía llegar a algo. A algo diferente.

    Y, en efecto, pronto estuvo diciendo cosas que a Tommy, en un principio, le resultaron difíciles de seguir. Pero ella las repitió una y otra vez hasta que Tommy empezó al fin a comprender. Si Tommy lo había intentado con todas sus fuerzas —le aseguró— y sin embargo no había conseguido ser creativo, no importaba en absoluto, y no debía preocuparse. No estaba bien que ni los alumnos ni los custodios lo castigaran por ello, o lo sometieran a presiones de cualquier tipo. Sencillamente no era culpa suya. Y cuando Tommy protestó y argumentó que estaba muy bien lo que le estaba diciendo y demás, pero que todo el mundo pensaba que sí era culpa suya, ella dejó escapar un suspiro y miró por la ventana. Y al cabo de unos instantes dijo:

    —Puede que no te sirva de mucha ayuda. Pero recuerda lo que te he dicho. Hay al menos una persona en Hailsham que no piensa como todo el mundo. Una persona al menos que cree que eres un buen alumno, tan bueno como el mejor que ella ha conocido en sus años de magisterio, y no importa en absoluto la creatividad que tengas.
    —¿No te estaría tomando el pelo, verdad? —le pregunté a Tommy—. ¿No te estaría sermoneando de una forma inteligente?
    —No era nada de eso. Pero de todas formas...

    Por primera vez desde que estábamos hablando parecía preocuparle que pudieran oírnos, y miró por encima del hombro hacia la casa. Los de primaria que habían estado mirando por la ventana habían perdido interés y se habían ido; unas cuantas chicas de nuestro curso se dirigían hacia el pabellón, pero aún estaban bastante lejos. Tommy se volvió hacia mí y dijo casi en un susurro:

    —De todas formas, cuando me estaba diciendo todo esto no paraba de temblar.
    —¿Qué quieres decir? ¿Que temblaba?
    —Sí, temblaba. De rabia. Era evidente. Estaba furiosa. Pero furiosa dentro de ella, muy dentro.
    —¿Con quién?
    —No tengo ni idea. Pero no conmigo. ¡Y eso era lo más importante! —Se echó a reír, y luego se puso serio—. No sé con quién estaba furiosa, pero lo estaba, y mucho.

    Me levanté, porque me dolían las pantorrillas.

    —Es muy raro lo que me cuentas, Tommy.
    —Pero lo curioso del asunto es que aquella charla me hizo mucho bien. Me ayudó muchísimo. Antes me has dicho que ahora todo parece irme mejor, ¿te acuerdas? Pues es por eso. Porque luego, pensando en lo que me había dicho, me di cuenta de que tenía razón, de que yo no tenía la culpa. Muy bien, yo no había llevado las cosas como debía. Pero en el fondo del fondo no era culpa mía. Y eso lo cambiaba todo. Y siempre que sentía que me fallaba la confianza en mí mismo, y veía a la señorita Lucy paseando, por ejemplo, o estaba en una de sus clases, me quedaba mirándola, y ella no me decía nada sobre nuestra charla, pero a veces me miraba también y me dirigía un pequeño gesto de cabeza. Y eso era todo lo que yo necesitaba. Me has preguntado antes si había sucedido algo. Pues bien, eso es lo que sucedió. Pero por favor, Kath, no le digas ni media palabra de esto a nadie, ¿vale?

    Asentí con la cabeza, pero pregunté:

    —¿Te hizo prometer a ti lo mismo?
    —No, no. No me hizo prometer nada de nada. Pero no le cuentes nada a nadie. Tienes que prometérmelo.
    —De acuerdo. —Las chicas que iban hacia el pabellón, al verme, me hicieron señas y me llamaron en voz alta. Les devolví el saludo y le dije a Tommy—: Tengo que irme. Seguiremos hablando, muy pronto.

    Pero Tommy no me hizo ningún caso, y continuó:

    —Hay algo más. Algo que dijo y que sigo sin entender del todo. Iba a preguntártelo. Dijo que no se nos enseñaba lo suficiente. O algo parecido.
    —¿Que no se nos enseñaba lo suficiente? ¿Quieres decir que según ella tendríamos que estudiar más de lo que estudiamos?
    —No, no creo que quisiera decir eso. De lo que hablaba era de..., en fin, de nosotros. De lo que nos va a pasar algún día. De las donaciones y todo eso.
    —Pero si ya se nos ha informado sobre eso... —dije—. ¿Qué es lo que querría decir? ¿Pensará que hay cosas de las que aún no se nos ha hablado?

    Tommy se quedó pensativo unos instantes. Luego sacudió la cabeza.

    —No creo que quisiera decir eso exactamente. Sino que no se nos ha instruido sobre ello lo suficiente. Porque dijo que tenía pensado hablarnos de ello ella misma.
    —¿De qué exactamente?
    —No estoy seguro. Quizá lo entendí mal, Kath. No sé. Quizá se refería a otra cosa completamente diferente, a algo que tenía que ver con lo de que no soy creativo. La verdad es que no lo entiendo.

    Me estaba mirando como si esperase una respuesta. Pensé en ello unos segundos, y luego dije:

    —Tommy, acuérdate bien. Has dicho que se puso furiosa.
    —Bueno, eso me pareció... Estaba tranquila, pero temblaba.
    —Vale, de acuerdo. Digamos que se puso furiosa. ¿Fue cuando se puso furiosa cuando empezó a hablarte de lo otro? ¿De que no se nos enseñaba lo suficiente acerca de las donaciones y demás?
    —Supongo que sí...
    —Bien, Tommy. Piensa. ¿Por qué sacó a relucir el asunto? Está hablando de ti y de que no eres creativo. Y de repente empieza a hablar de ese otro asunto. ¿Qué relación hay entre las dos cosas? ¿Por qué se puso a hablar del tema de las donaciones? ¿Qué tienen que ver las donaciones con el hecho de que tú no seas creativo?
    —No lo sé. Tuvo que haber una razón, supongo. Quizá una cosa le trajo a la cabeza la otra. Kath, ahora eres tú la que pareces obsesionada con este asunto.

    Me eché a reír, porque era cierto: había estado frunciendo el ceño, absolutamente absorta en mis pensamientos. El caso es que mi mente enfilaba varias direcciones al mismo tiempo. Y el relato de Tommy sobre su conversación con la señorita Lucy me había recordado algo, tal vez un buen puñado de cosas, de pequeños incidentes del pasado que tenían que ver con la señorita Lucy y que me habían desconcertado en su momento.

    —Es que... —callé, y lancé un suspiro—. No sabría explicarlo, ni siquiera a mí misma... Pero todo esto, lo que me estás contando, parece encajar con un montón de cosas que me desconcertaban. No hago más que pensar en todas esas cosas. Como el porqué de que Madame venga y se lleve todas nuestras mejores pinturas. ¿Para qué las quiere exactamente?
    —Para la Galería.
    —Pero ¿qué es esa galería? Viene continuamente a llevarse nuestros mejores trabajos. Debe de tener montones y montones de obras nuestras. Una vez le pregunté a la señorita Geraldine desde cuándo venía Madame, y me respondió que desde que existía Hailsham. ¿Qué es esa galería? ¿Por qué ha de tener una galería de cosas hechas por nosotros?
    —Quizá las venda. Ahí fuera, en el mundo, todo se vende.

    Negué con la cabeza.

    —No, no puede ser eso. Seguro que tiene algo que ver con lo que la señorita Lucy te dijo esa vez. Con nosotros, con cómo un día empezaremos a hacer donaciones. No sé por qué, pero llevo ya un tiempo teniendo esa sensación, la de que todo está relacionado, aunque no consigo imaginar cómo. Tengo que irme, Tommy. No hablemos de esto con nadie, de momento.
    —No. Y tú no le cuentes a nadie lo de la señorita Lucy.
    —Pero si te vuelve a decir algo más sobre esto ¿me lo contarás?

    Tommy asintió con un gesto, y luego volvió a mirar a su alrededor.

    —Será mejor que te vayas. Porque pronto van a empezar a oírnos todo lo que digamos.

    La galería mencionada en nuestra charla era algo con lo que todos habíamos crecido en Hailsham. Todo el mundo hablaba de ella dando por sentada su existencia, aunque nadie sabía con certeza si existía o no realmente. Estoy segura de que no era la única que no podía recordar cuándo fue la primera vez que oí hablar de la Galería; estoy segura de que lo mismo le pasaba al resto de mis compañeros. Ciertamente no habían sido los custodios quienes nos habían hablado de ella: nunca la mencionaban, y había una norma no escrita que estipulaba que jamás debíamos sacarla a colación en su presencia.

    Hoy supongo que era algo que los alumnos de Hailsham se pasaban de generación en generación. Recuerdo una vez —debía de tener unos cinco o seis años— en que estábamos Amanda C. y yo sentadas ante una mesita de modelado, con las manos pegajosas, llenas de arcilla. No recuerdo si había otros niños con nosotras, o qué custodio estaba a cargo de nosotros. Lo único que recuerdo es que Amanda C. —que era un año mayor que yo— miraba lo que yo estaba haciendo y exclamaba: «¡Oh, Kathy, es fantástico, de veras! ¡Qué bueno! ¡Seguro que se lo llevan para la Galería!».

    Para entonces ya debía de saber de su existencia, porque me acuerdo de la emoción y el orgullo que sentí cuando me dijo aquello, y de que acto seguido pensé para mis adentros: «Qué bobada. Ninguno de nosotros es aún lo bastante bueno para estar en la Galería».

    A medida que fuimos haciéndonos mayores seguimos hablando de la Galería. Si querías elogiar el trabajo de alguien, decías: «Merece estar en la Galería»; y cuando descubrimos la ironía, siempre que veíamos una obra mala y risible, entonábamos: «¡Oh, sí, claro. Directamente a la Galería!».

    Pero ¿creíamos realmente en la Galería? Hoy no estoy muy segura. Como he dicho, nunca la mencionábamos ante los custodios, y, mirando hoy hacia atrás, me da la impresión de que era más una norma que nos habíamos impuesto nosotros mismos que algo que los custodios nos hubieran impuesto. Recuerdo una ocasión, cuando teníamos unos once años. Estábamos en el Aula Siete, una mañana soleada de invierno; acabábamos de terminar la clase del señor Roger, y unos cuantos alumnos nos habíamos quedado en clase para charlar con él un rato. Estábamos sentados en nuestros pupitres, y no recuerdo exactamente de qué hablábamos, pero el señor Roger nos hacía reír y reír como de costumbre. Y entonces Carole H., sobreponiéndose a sus risitas, dijo: «¡Usted merecería estar en la Galería!». Al instante se llevó la mano a la boca, y dejo escapar un «¡huy!». El ambiente siguió siendo alegre y distendido, pero todos —incluido el señor Roger— sabíamos que Carole había infringido algo. No fue exactamente una catástrofe; habría sido más o menos lo mismo si alguno de nosotros hubiera dicho una palabrota, por ejemplo, o pronunciado el mote de alguno de nuestros custodios estando él o ella presente. El señor Roger sonrió con indulgencia, como diciendo: «Hagamos la vista gorda; hagamos como si no lo hubieras dicho nunca», y seguimos como si tal cosa.

    Si para nosotros la Galería seguía siendo un terreno nebuloso, lo que era un hecho comprobado era que Madame aparecía en Hailsham un par de veces al año —y había años en que hasta tres y cuatro— para seleccionar nuestros trabajos. Nosotros la llamábamos «Madame» porque era francesa o belga —había discusiones al respecto—, y así era como la llamaban siempre los custodios. Era una mujer alta, delgada, de pelo corto, probablemente aún bastante joven (aunque a nosotros no nos lo pareciera entonces). Llevaba siempre un elegante traje gris, y, a diferencia de los jardineros, a diferencia de los conductores que nos traían las provisiones, a diferencia de cualquiera que pudiera venir del exterior, no nos dirigía la palabra y se mantenía a distancia con su mirada fría. Durante años pensamos que era «estirada», pero una noche, cuando teníamos unos ocho años, Ruth se descolgó con otra de sus teorías.

    —Nos tiene miedo —declaró.

    Estábamos acostadas en la oscuridad del dormitorio. En primaria éramos unas quince en cada uno de ellos, así que no solíamos tener las conversaciones largas e íntimas que tendríamos luego en los dormitorios de secundaria. Pero la mayoría de las que con el tiempo llegarían a pertenecer a nuestro «grupo» tenían ya camas cercanas, y solíamos quedarnos charlando hasta muy entrada la noche.

    —¿Qué quieres decir con que nos tiene miedo? —preguntó una de ellas—. ¿Cómo va a tenernos miedo? ¿Qué le podemos hacer nosotras?
    —No lo sé —dijo Ruth—. No lo sé, pero estoy segura de que nos tiene miedo. Antes pensaba que lo que pasaba era que era estirada, pero hay algo más. Ahora estoy segura. Madame nos tiene miedo.

    Continuamos discutiendo el asunto los días que siguieron. La mayoría de nosotras no estaba de acuerdo con Ruth, y ello llevó a ésta a mostrarse más y más decidida a demostrar que estaba en lo cierto. Así que acabamos urdiendo un plan que pondría a prueba su teoría la vez siguiente que Madame viniera a Hailsham.

    Aunque las visitas de Madame nunca se anunciaban, siempre sabíamos a la perfección cuándo iba a tener lugar una de ellas. El proceso se iniciaba semanas antes, cuando los custodios empezaban a hacer una severa criba de nuestro trabajo: pinturas, bocetos, cerámica, redacciones y poemas. El proceso de selección duraba unos quince días, al cabo de los cuales cuatro o cinco obras de cada año de primaria y secundaria acababan en la sala de billar. La sala de billar se cerraba durante este período de tiempo, pero si te subías al muro bajo de la terraza de fuera podías ver a través de las ventanas cómo crecía el botín de nuestras obras. Cuando los custodios empezaban a disponerlas pulcramente sobre mesas y caballetes, como si prepararan —a escala mínima— alguno de nuestros Intercambios, entonces sabías que Madame llegaría a Hailsham al cabo de unos días.

    En el otoño del que hablo necesitábamos saber no sólo el día, sino el preciso instante en que se presentaría Madame, pues a menudo no se quedaba más que una hora o dos. Así que en cuanto vimos que nuestras obras se iban desplegando meticulosamente en la sala de billar, decidimos turnarnos y mantenernos en continuo estado de alerta.

    En tal empeño nos facilitó mucho las cosas el diseño de los jardines. Hailsham estaba situado en una suave hondonada totalmente rodeada de campos más altos. Lo cual significaba que, desde casi todas las ventanas de las aulas de la casa principal —e incluso desde el pabellón— se disfrutaba de una buena vista de la larga y estrecha carretera que surcaba los campos hasta desembocar en la verja principal. La verja misma se hallaba a cierta distancia, y cualquier vehículo tenía que enfilar luego el camino de grava y dejar atrás arbustos y arriates antes de arribar al patio delantero de la casa principal. A veces pasaban días y días sin que viéramos descender ningún vehículo por aquella carretera estrecha, y los días en que veíamos alguno solían ser furgonetas y camiones de proveedores, jardineros u operarios. Un coche era algo fuera de lo habitual, y la visión de uno a lo lejos bastaba para causar un verdadero revuelo en las aulas.

    La tarde en que divisamos cómo el coche de Madame se acercaba a través de los campos, el tiempo era ventoso y soleado, y en el cielo se iban formando unas cuantas nubes de tormenta. Estábamos en el Aula Nueve —en la fachada de la casa, primera planta—, y cuando el susurro se fue extendiendo por la clase, el pobre señor Frank, que intentaba enseñarnos ortografía, no entendía por qué nos había entrado de pronto tal inquietud en el cuerpo.

    El plan que habíamos ideado para poner a prueba la teoría de Ruth era muy sencillo: las seis que estábamos en el ajo estaríamos acechando la llegada de Madame, y cuando la viéramos aparecer nos acercaríamos a ella y «revolotearíamos» a su alrededor todas a un tiempo. Nos portaríamos con total urbanidad, y nos limitaríamos a estar allí, rodeándola, y si lo hacíamos en el momento preciso y la cogíamos desprevenida, veríamos claramente —insistía Ruth— que nos tenía miedo.

    Nuestra preocupación principal, pues, residía en la eventualidad de que no se nos presentara la ocasión de poner en práctica el plan durante el breve espacio de tiempo que Madame permanecía en Hailsham. Pero cuando la clase del señor Frank llegaba ya a su término, pudimos ver a Madame abajo, en el patio, aparcando el coche. Mantuvimos un apresurado conciliábulo en el descansillo, y seguimos escalera abajo al resto de la clase y nos quedamos todas en el vestíbulo de la puerta principal. Veíamos el patio lleno de luz, donde Madame seguía sentada ante el volante, hurgando en su maletín. Al final se apeó del coche y vino hacia nosotras. Vestía su habitual traje gris y apretaba el maletín contra su cuerpo con los dos brazos. A una señal de Ruth, salimos todas al patio y fuimos directamente hacia ella, pero como si estuviéramos en un sueño. Y sólo cuando Madame se detuvo en seco murmuramos cada una de nosotras: «Discúlpeme, señorita», y nos separamos.

    Nunca olvidaré el extraño cambio que al instante siguiente se operó en todas nosotras. Hasta aquel momento, todo el plan de Madame, si no un juego exactamente, no había sido más que algo privado que queríamos dilucidar entre nosotras. No habíamos pensado mucho en cómo reaccionaría Madame (o cualquier otra persona en su situación). Lo que quiero decir es que, hasta entonces, todo había sido bastante alegre y desenfadado, aunque aderezado de cierta carga de osadía. Y no es que Madame hubiera hecho algo distinto a lo que el plan tenía previsto que haría: quedarse petrificada y esperar a que pasáramos de largo. No gritó, ni dejó escapar ninguna exclamación ahogada. Pero todas estábamos enormemente ansiosas por ver su reacción, y seguramente por ello ésta tuvo tal efecto en nosotras. Cuando Madame se detuvo, la miré rápidamente a la cara (como estoy segura de que hicieron las demás). Y aún hoy puedo ver el estremecimiento que parecía estar reprimiendo, el miedo real que alguna de nosotras le infundió al rozarla por accidente. Y aunque lo que hicimos fue seguir nuestro camino, todas lo habíamos sentido: fue como si hubiéramos pasado de un sol radiante a una sombra heladora. Ruth tenía razón: Madame nos tenía miedo. Pero nos tenía miedo del mismo modo en que a alguien podían darle miedo las arañas. No estábamos preparadas para eso. Jamás se nos había ocurrido preguntarnos cómo nos sentiríamos nosotras al ser vistas de ese modo, al ser las arañas de la historia.

    Cuando cruzamos el patio y llegamos al césped, éramos un grupo muy diferente del que instantes antes había estado esperando, lleno de excitación, a que Madame se bajara del coche. Hannah parecía a punto de echarse a llorar. Hasta Ruth parecía realmente afectada. Entonces una de nosotras —creo que fue Laura— dijo:

    —Si no le gustamos, ¿por qué quiere nuestro trabajo? ¿Por qué no nos deja en paz? ¿Quién le manda venir a Hailsham?

    Nadie le respondió, y seguimos caminando hacia el pabellón sin volver a decir nada sobre lo que había sucedido.

    Pensando ahora en aquella tarde, veo que estábamos en una edad en la que sabíamos ya unas cuantas cosas sobre nosotras mismas —sobre quiénes éramos, sobre lo diferentes que éramos de nuestros custodios, de la gente del exterior—, pero que aún no habíamos llegado a entender lo que ello significaba. Estoy segura de que todos, en la niñez, han tenido una experiencia como la nuestra de aquel día; muy similar, si no en los detalles concretos, sí en el interior, en los sentimientos. Porque no importa realmente lo mucho que tus custodios se esfuerzan por prepararte: ni las charlas, ni los vídeos, ni los debates, ni las advertencias..., nada puede hacer que llegues a comprenderlo cabalmente. No cuando tienes ocho años y estás con todos tus compañeros en un lugar como Hailsham; cuando los jardineros y los repartidores te hacen bromas y se ríen contigo y te llaman «cariño».

    De todas formas, algo debe de haber sedimentado en tu interior. Algo debes de haber retenido inconscientemente, porque cuando llega un momento como el que he descrito ya hay una parte de ti que ha estado esperando. Tal vez desde una edad muy temprana —los cinco o los seis años— te ha estado sonando en la nuca una especie de susurro: «Algún día, puede que no muy lejano, llegarás a saber lo que se siente». Así que estás esperando, incluso aunque no lo sepas, esperando a que llegue el momento en que caigas en la cuenta de que eres diferente de ellos; de que hay gente ahí fuera, como Madame, que no te odia ni te desea ningún mal, pero que se estremece ante el mero pensamiento de tu persona —cómo te han traído a este mundo y por qué—, y que sienten miedo ante la idea de que tu mano pueda rozar la suya. La primera vez que te ves con los ojos de alguien así, sientes mucho frío. Es como si al pasar por delante de un espejo ante el que pasas todos los días de tu vida reparases de pronto en que el cristal te devuelve algo más que de costumbre, algo turbador y extraño.


    4


    Cuando acabe el año dejaré de ser cuidadora, y aunque mi condición de tal me ha dado mucho, he de admitir que acogeré de buen grado la oportunidad de descansar, y de pararme para pensar y recordar. Estoy segura de que, al menos en parte, este apremio íntimo por ordenar todos estos viejos recuerdos tiene que ver con ello, con el hecho de estar preparándome para este inminente cambio en mi vida. Lo que realmente pretendía, supongo, era poner en claro las cosas que sucedieron entre Tommy y Ruth y yo después de hacernos mayores y dejar Hailsham. Pero ahora me doy cuenta de que, en gran medida, lo que ocurrió más tarde tuvo su origen en nuestra época de Hailsham, y por eso, antes que nada, quiero examinar detenidamente esos recuerdos tempranos. Reseñar, por ejemplo, toda aquella curiosidad que sentíamos por Madame. En cierto nivel, no se trataba más que de unas niñas haciendo chiquilladas. Pero en otro, como se verá, de lo que se trataba era del comienzo de un proceso que a lo largo de los años fue creciendo en intensidad hasta llegar a dominar nuestras vidas.

    A partir de aquel día, la mención de Madame se convirtió, si no en un tabú, sí en algo sumamente raro entre nosotras. Y ello pronto trascendió nuestro grupito y llegó a ser conocido por casi todos los alumnos de nuestro curso. Seguíamos sintiendo la misma curiosidad de siempre acerca de ella, pero todas intuíamos que indagar más en su persona —en lo que hacía con nuestro trabajo, en si existía o no una galería— nos adentraría en un terreno para el que aún no estábamos preparadas.

    El tema de la Galería, sin embargo, surgía de vez en cuando, de forma que cuando unos años más tarde Tommy, a la orilla del estanque, empezó a contarme su extraña charla con la señorita Lucy, sentí que algo tiraba con insistencia de mi memoria. Pero fue sólo después, cuando lo dejé sentado en la roca y me apresuraba hacia los campos para reunirme con mis amigas, cuando el recuerdo afloró en mí.

    Era algo que la señorita Lucy nos había dicho una vez en clase. Lo había retenido en mi memoria porque me había intrigado entonces, y también porque había sido una de las poquísimas ocasiones en las que la Galería se había mencionado de forma tan deliberada ante un custodio.

    Estábamos inmersos en lo que luego daría en llamarse la «controversia de los Vales». Tommy y yo hablamos hace unos años de la controversia de los Vales, y al principio no nos pusimos de acuerdo sobre cuándo había tenido lugar. Yo decía que teníamos diez años, y él opinaba que fue más tarde, pero al final se convenció de la exactitud de mi recuerdo: estábamos en cuarto de primaria; poco después del incidente con Madame, pero tres años antes de nuestra charla en el estanque.

    La controversia de los Vales, supongo, formaba parte del hecho de que, con los años, el ansia de poseer se hizo más y más intensa en nuestros corazones. Durante años —creo haberlo dicho ya— pensamos que la elección de alguno de nuestros trabajos para la sala de billar suponía un gran triunfo, por mucho que se lo llevara Madame luego, pero al llegar a los diez años albergábamos una mayor ambivalencia a este respecto. Los Intercambios, con su sistema de Vales a modo de moneda, nos habían proporcionado un preciso útil de apreciación para valorar lo que producíamos. Nos interesaban ya las camisetas, la decoración de la cama, el personalizar el pupitre. Y, por supuesto, también nos interesaban mucho nuestras «colecciones».

    No sé si donde normalmente estudian los niños se hacen «colecciones». Pero cuando te topas con algún antiguo alumno de Hailsham, tarde o temprano acaba aflorando con nostalgia el tema de las «colecciones». En aquella época, claro, era algo que dábamos por descontado. Todos teníamos debajo de la cama un arcón de madera con nuestro nombre en el que guardábamos nuestras pertenencias: lo que comprábamos en los Saldos o en los Intercambios. Puedo acordarme de uno o dos compañeros a quienes no les importaban demasiado sus colecciones, pero la mayoría de nosotros le dedicábamos a la nuestra un celo exquisito, y sacábamos algunos tesoros para enseñarlos y escondíamos otros con cuidado para que nadie los viera.

    El caso es que, cuando cumplimos los diez años, la idea de que era un gran honor el que Madame se llevara alguna de tus obras ya había entrado en conflicto con el sentimiento de que nos estábamos quedando sin nuestros bienes con mayor valor de mercado. Y esta nueva situación llegó a su punto álgido con la controversia de los Vales.

    Todo comenzó cuando cierto número de alumnos, principalmente varones, empezaron a decir entre dientes que cuando Madame se llevaba una obra el autor debería recibir Vales a cambio. Estuvo de acuerdo un gran número de alumnos, pero a otros la idea les pareció escandalosa. Circularon argumentos en favor y en contra durante un tiempo, y un buen día Roy J. —que estaba en el curso siguiente al nuestro y tenía gran cantidad de obras en la Galería de Madame— decidió ir a ver a la señorita Emily para hablar del asunto.

    La señorita Emily, jefa de los custodios, era la mayor de todos ellos. No era especialmente alta, pero había algo en su porte —iba siempre muy tiesa y con la cabeza erguida— que te hacía pensar que lo era. Llevaba el pelo plateado recogido atrás, pero siempre tenía hebras sueltas que le ondeaban en torno. A mí me sacaban de quicio, pero la señorita Emily no les prestaba la menor atención, como si ni siquiera merecieran su desprecio. Al atardecer resultaba una visión bastante extraña: una mujer con multitud de cabellos sueltos que ella ni se molestaba en apartarse de la cara mientras hablaba contigo con voz pausada y calma. Nos inspiraba mucho temor, y no pensábamos en ella del modo en que pensábamos en los demás custodios. Pero la considerábamos justa y respetábamos sus decisiones; probablemente hasta en primaria sentíamos que su presencia, aunque intimidatoria, era lo que nos hacía sentirnos tan a salvo a todos en Hailsham.

    Se requería cierto valor para ir a verla sin haber sido convocado; y hacerlo con el tipo de exigencias que iba a plantearle Roy parecía poco menos que suicida. Pero Roy no recibió la terrible reprimenda que todos nos esperábamos, y en los días que siguieron nos llegaron rumores de charlas —e incluso discusiones— de custodios sobre el asunto de los Vales. Al final se anunció que recibiríamos vales, pero no muchos, porque era un «honor de lo más alto» que el trabajo de alguien fuera seleccionado por Madame. Pero la decisión no sentó bien en ninguno de los bandos, y continuó la controversia.

    Y éste era el mar de fondo cuando aquella mañana Polly T. le formuló aquella pregunta a la señorita Lucy. Estábamos en la biblioteca, sentados alrededor de la gran mesa de roble, y recuerdo que había un leño ardiendo en la chimenea. Leíamos teatro, y en un momento dado, una frase de la obra dio pie a Laura para que hiciera una broma sobre los Vales, y todos reímos, incluida la señorita Lucy. Luego la señorita Lucy dijo que, como en Hailsham no se hablaba de otra cosa, dejáramos la obra que estábamos leyendo y pasáramos el resto de la clase intercambiando puntos de vista sobre los Vales. Y eso es lo que estábamos haciendo cuando Polly preguntó, sin que viniera en absoluto a cuento: «Señorita, ¿por qué Madame se lleva nuestras cosas?».

    Nos quedamos todos callados. La señorita Lucy no solía enfadarse a menudo, pero cuando lo hacía ya podías prepararte, y durante un momento pensamos que a Polly se le iba a caer el pelo. Pero enseguida vimos que la señorita Lucy no estaba enfadada, sino sumida en sus pensamientos. Recuerdo que yo sí estaba furiosa con Polly por haber quebrantado de forma tan estúpida una regla no escrita, pero al mismo tiempo sentía una enorme expectación ante la posible respuesta de la señorita Lucy. Y era obvio que no era la única con tan contrapuestas emociones: prácticamente todo el mundo fulminó con la mirada a Polly, para luego volverse con impaciencia hacia la señorita Lucy, lo cual, supongo, no era demasiado justo para la pobre Polly. Al cabo de lo que nos pareció una eternidad, la señorita Lucy dijo:

    —Todo lo que puedo decir hoy es que existe una buena razón para que lo haga. Una razón muy importante. Pero si intentara ahora explicárosla a vosotros, creo que no la entenderíais. Un día, espero, se os explicará debidamente.

    No la presionamos. El aire que flotaba sobre la mesa se había llenado de embarazo, y pese a la curiosidad que sentíamos por saber más del asunto, deseábamos con todas nuestras fuerzas que la charla se apartara de aquel terreno espinoso. Así, instantes después, todos nos sentimos aliviados al vernos de nuevo discutiendo —acaso un tanto artificialmente— sobre los Vales. Pero las palabras de la señorita Lucy me habían intrigado, y seguí pensando en ellas una y otra vez durante los días que siguieron. Por eso aquella tarde junto al estanque, cuando Tommy me estaba contando su charla con la señorita Lucy, y lo que le había dicho sobre que «no nos enseñaban lo suficiente» acerca de determinadas cosas, el recuerdo de aquella vez en la biblioteca —unido quizá a uno o dos pequeños episodios parecidos— empezó a espolear mi espíritu inquisitivo.


    Mientras aún estamos en el asunto de los vales, quiero decir algo acerca de los Saldos, que ya he mencionado un par de veces. Los Saldos eran importantes para nosotros, porque era el medio por el que podíamos hacernos con cosas del exterior. El polo de Tommy, por ejemplo, era de un Saldo. En los Saldos era donde conseguíamos la ropa, los juguetes, las cosas especiales que no habían sido hechas por otros alumnos.

    Una vez al mes, una gran furgoneta blanca descendía por la larga carretera, y la excitación podía palparse tanto en los jardines como en el interior de la casa. Cuando se detenía en el patio delantero, toda una multitud la estaba esperando, la mayoría alumnos de primaria, porque una vez que dejabas atrás los doce o trece años no era conveniente mostrarte excesivamente ilusionado. Pero lo cierto es que todos sentíamos un gran entusiasmo.

    Mirando hoy hacia atrás, resulta curioso pensar en tal excitación, pues los Saldos solían ser muy decepcionantes. Normalmente no se encontraba nada demasiado especial, y nos gastábamos los Vales en renovar lo que se nos había roto o se nos estaba quedando viejo con cosas muy similares. Pero lo curioso del caso, supongo, era que alguna vez todos habíamos encontrado algo en algún Saldo, algo que se había convertido en especial: una chaqueta, un reloj, unas tijeras de artesanía que nunca llegabas a usar pero que guardabas con orgullo junto a la cama. Todos habíamos encontrado algo parecido en el pasado, de suerte que, por mucho que fingiéramos que no nos importaba demasiado, no podíamos liberarnos de los viejos sentimientos de entusiasmo y esperanza.

    De hecho no resultaba ocioso rondar en torno a la furgoneta mientras la estaban descargando. Lo que hacías —si eras alumno de primaria— era seguir de la furgoneta al almacén y del almacén a la furgoneta a los dos hombres con mono que cargaban grandes cajas de cartón, y preguntarles lo que había dentro. La respuesta habitual era la siguiente: «Un montón de cosas bonitas, pequeño». Pero si seguías preguntando: «Pero ¿seguro que son muchas y buenas?», ellos, tarde o temprano, acababan por sonreír y decirte: «Oh, yo diría que sí, pequeño. Un buen montón de cosas buenísimas», con lo que te arrancaban un gritito de alborozo.

    Las cajas llegaban a menudo sin la tapa de arriba, de forma que podías echar una ojeada al interior y entrever todo tipo de objetos, y a veces, aunque en rigor no debían hacerlo, los hombres te dejaban mover las cosas para poder ver mejor las que te interesaban. Y así, cuando aproximadamente una semana después tenía lugar el Saldo, habían circulado ya todo tipo de rumores, quizá sobre un chándal concreto o una casete, y si en alguna ocasión surgía algún problema, casi siempre era porque varios alumnos habían puesto los ojos en el mismo objeto.

    Los Saldos contrastaban vivamente con el callado ambiente de los Intercambios. Se celebraban en el comedor, y eran multitudinarios y ruidosos. De hecho, los empujones y los gritos formaban parte de la diversión, aunque la mayor parte del tiempo reinaba el buen humor. Salvo, como digo, en alguna que otra ocasión en que las cosas se iban de las manos y había alumnos que se agarraban y forcejeaban e incluso llegaban a pelearse. Los monitores, entonces, amenazaban con cerrar el tenderete, y a la mañana siguiente todos debíamos enfrentarnos a una reprimenda colectiva de la señorita Emily.

    Nuestra jornada en Hailsham empezaba todas las mañanas con una reunión de custodios y alumnos, por lo general bastante breve: unos cuantos anuncios, quizá un poema leído por un alumno. La señorita Emily no solía hablar mucho; se sentaba muy tiesa en el escenario, asintiendo con la cabeza a cada cosa que se decía, de cuando en cuando dirigiendo una mirada gélida hacia cualquier susurro que hubiera podido oírse entre los alumnos. Pero a la mañana siguiente de un acontecimiento excepcional —como era el caso de un Saldo tumultuoso— las cosas eran diferentes. Nos ordenaba sentarnos en el suelo —en estas reuniones matinales solíamos estar de pie—, y no había comunicados ni actos de ninguna clase. La señorita Emily nos hablaba durante veinte, treinta minutos (e incluso más, a veces). Raramente alzaba la voz, pero en estas ocasiones había en ella algo acerado, y ninguno de nosotros, ni siquiera los de quinto de secundaria, se atrevía a emitir el menor sonido.

    Entre los alumnos había una sensación general de mala conciencia, por haber —en cierto nivel colectivo— fallado a la señorita Emily, pero por mucho que lo intentábamos no lográbamos seguir sus peroratas. En parte por su lenguaje. «Indigno de privilegio» y «mal uso de la oportunidad» eran dos de sus expresiones habituales (Ruth y yo conseguimos dar con ellas cuando rememorábamos el pasado en su cuarto del centro de Dover). El tenor general de su alocución era muy claro: siendo como éramos alumnos de Hailsham, todos éramos muy especiales, y por tanto el hecho de que nos portáramos mal resultaba enormemente decepcionante. Más allá de estas afirmaciones, sin embargo, las cosas se volvían oscuras. A veces seguía disertando con apasionamiento, para de pronto detenerse en seco con un: «¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué puede ser lo que nos frustra?». Y seguía allí de pie, con los ojos cerrados, con el ceño fruncido como si tratara de dar con la respuesta. Y aunque nos sentíamos desconcertados e incómodos, seguíamos sentados en el suelo, deseando que la señorita Emily diera con fuera lo que fuese lo que estaba necesitando su cabeza. Luego retomaba el discurso con un suspiro suave —señal de que iba a perdonarnos—, o bien salía de su silencio con un estallido: «¡Pero a mí no se me va a coaccionar! ¡Oh, no! ¡Y tampoco a Hailsham!».

    Al recordar estas largas disertaciones, Ruth señalaba lo extraño que era que fueran tan ininteligibles, pues la señorita Emily, en clase, podía ser tan clara como el agua. Cuando dije que a veces la había visto vagando por Hailsham como en un sueño, hablando sola, Ruth se ofendió y dijo:

    —¡La señorita Emily no fue jamás así! Hailsham no habría podido ser como era si hubiera tenido al frente a una persona chiflada. La señorita Emily tenía un intelecto tan afilado como un bisturí.

    No discutí. Ciertamente, la señorita Emily podía ser asombrosamente sagaz. Si, por ejemplo, estabas en alguna parte de la casa principal o de los jardines donde no debías estar, y oías que se acercaba un custodio, normalmente siempre había algún sitio donde podías esconderte. Hailsham estaba lleno de escondites, dentro y fuera de la casa: aparadores, recovecos, arbustos, setos. Pero si a quien veías acercarse era a la señorita Emily, el corazón se te encogía, porque siempre sabía que te habías escondido y dónde. Era como si tuviera un sexto sentido. Podías meterte dentro de un aparador, cerrar las puertas bien cerradas y no mover ni un solo músculo, pero sabías que los pasos de la señorita Emily se detendrían ante el aparador y que su voz diría:

    —Muy bien. Sal de ahí.

    Es lo que le sucedió una vez a Sylvie C. en el rellano de la segunda planta, con la diferencia de que en esta ocasión la señorita Emily se había puesto hecha una furia. Ella nunca gritaba, como podía gritar por ejemplo la señorita Lucy cuando se enfadaba mucho contigo, pero daba mucho más miedo cuando la que se enfadaba era la señorita Emily. Los ojos se le empequeñecían, y se ponía a susurrar con fiereza para sus adentros, como si estuviera discutiendo con un colega invisible qué castigo terrible debía imponerte (el modo en que lo hacía te llevaba a desear vivamente y a partes iguales saberlo y no saberlo). Pero normalmente la señorita Emily nunca te imponía sanciones horribles. Casi nunca te dejaba castigada, ni te hacía hacer tareas ingratas o te quitaba privilegios. Pero daba igual, porque te sentías aterrorizada con sólo saber que habías perdido puntos en su estima, y ansiabas hacer algo al instante para redimirte.

    Pero lo cierto es que con la señorita Emily todo era imprevisible.

    Puede que Sylvie se la cargara esa vez, pero cuando pilló a Laura corriendo por la parcela de ruibarbo, la señorita Emily no hizo más que espetarle:

    —No deberías estar aquí, jovencita. Sal de ahí ahora mismo.

    Y siguió caminando.

    Hubo una época en que creí que había caído en desgracia con ella. El pequeño sendero que bordeaba la trasera de la casa principal era uno de mis sitios preferidos. Estaba lleno de recovecos, de prolongaciones; tenías que pasar casi rozando los arbustos, internarte bajo dos arcos cubiertos de hiedra y por una verja herrumbrosa. Y desde él podías atisbar en todo momento el interior de la casa a través de las ventanas (yendo de una a otra). Supongo que, en parte, la razón de que ese sendero me gustara tanto era que nunca estuve muy segura de si era o no un lugar prohibido. Ciertamente, cuando había clase en las aulas, se suponía que no tenías que estar allí. Pero los fines de semana, o al caer la tarde, no estaba nada claro. De todos modos, la mayoría de los alumnos siempre lo evitaba, y quizá otro de sus alicientes residía precisamente en eso: que cuando estabas en él te apartabas de todo el mundo. El caso es que una tarde soleada estaba recorriendo este pequeño sendero —creo que estaba en tercero de secundaria—, y, como de costumbre, al pasar por las ventanas iba mirando las aulas vacías, cuando de pronto miré dentro de una de ellas y vi a la señorita Emily. Estaba sola, paseándose lentamente, hablando consigo misma, dirigiendo gestos y observaciones a un auditorio invisible. Supuse que estaba preparando una clase, o quizá una de sus charlas de las reuniones matinales, y me disponía a pasar de largo deprisa antes de que pudiera verme cuando de pronto volvió la cabeza y me miró directamente. Me quedé petrificada, pensando que me la había cargado, pero vi que ella seguía con su mudo parlamento y sus gestos, sólo que ahora los dirigía hacia mí. Luego, con toda naturalidad, se volvió y fijó la mirada en otro alumno imaginario de otro rincón del aula. Me escabullí por el sendero, y durante los días siguientes tuve miedo de lo que la señorita Emily pudiera decirme cuando volviera a verme. Pero nunca mencionó aquel incidente.


    Aunque no es de esto de lo que quiero hablar en este momento. Lo que ahora quiero es contar unas cuantas cosas de Ruth, cómo nos conocimos y nos hicimos amigas, cómo fueron nuestros primeros tiempos juntas. Porque últimamente —y cada vez más— estoy conduciendo a través de los campos en una larga tarde, por ejemplo, o tomando café junto al enorme ventanal de una gasolinera de autopista, y me sorprendo una vez más pensando en ella.

    No fuimos amigas desde el principio. Me recuerdo con cinco o seis años haciendo cosas con Hannah y Laura, pero no con Ruth. De la época más temprana de nuestra vida apenas conservo un recuerdo vago de ella.

    Estoy jugando en la arena. Hay otros muchos niños conmigo; no nos queda casi espacio para movernos, y nos sentimos irritados unos con otros. Estamos al aire libre, bajo un cálido sol, así que lo más probable es que sea el parque de arena de la zona de juegos de los Infantes, o incluso la arena que hay al final de la larga valla del Campo de Deportes Norte. Hace calor y tengo sed y no me gusta que haya tantos niños conmigo en la arena. Entonces Ruth está allí de pie, no donde estamos todos sino fuera, como un metro más allá. Está muy enfadada con dos de las chicas que están a mi espalda, por algo que ha debido de pasar antes, y las está fulminando con la mirada. Me figuro que en aquel tiempo la conocía muy poco. Pero ya debía de haber causado una fuerte impresión en mí, porque recuerdo que seguí afanosamente con lo que estaba haciendo, muerta de miedo de que de un momento a otro volviera hacia mí la mirada. No dije ni una palabra, pero deseaba fervientemente que se diera cuenta de que no estaba con las otras niñas que había a mi espalda, y de que no había participado en modo alguno en aquello que la había puesto tan furiosa.

    Y eso es todo lo que recuerdo de Ruth de aquella época primera. Estábamos en el mismo curso, y por lo tanto tuvimos que rozarnos muchas veces; pero aparte del incidente del parque de arena no recuerdo nada más de ella, hasta dos años después, cuando con siete años —casi ocho— cursábamos ya primaria.

    El Campo de Deportes Sur era el que más utilizaban los alumnos de primaria, y fue en una de sus esquinas, junto a los álamos, donde Ruth se acercó a mí un día a la hora del almuerzo, me miró de arriba abajo y dijo:

    —¿Quieres montar mi caballo?

    Yo estaba enfrascada en algún juego con dos o tres compañeras, pero no había ninguna duda de que era a mí a quien Ruth se estaba dirigiendo. Su deferencia me dejó embelesada, pero hice como que la sopesaba antes de darle una respuesta:

    —¿Cómo se llama tu caballo?

    Ruth dio un paso hacia mí.

    —Mi mejor caballo —dijo— es Trueno. Pero no puedo dejar que lo montes. Es demasiado peligroso. Puedes montar a Zarzamora, siempre que no utilices la fusta. O, si quieres, puedes montar cualquiera de los otros —dijo unos cuantos nombres que no recuerdo. Y luego me preguntó—: ¿Tú tienes algún caballo?

    La miré y medité cuidadosamente la respuesta:

    —No, no tengo ningún caballo.
    —¿Ni uno siquiera?
    —No.
    —De acuerdo. Puedes montar a Zarzamora, y si te gusta puedes quedártelo. Pero no tienes que darle con la fusta. Y tienes que venir conmigo ahora mismo.

    Mis amigas se habían dado la vuelta y seguían con sus juegos. Así que me encogí de hombros y me fui con Ruth.

    El campo estaba lleno de niños que jugaban, algunos mucho mayores que nosotras, pero Ruth se abrió paso entre ellos con absoluta determinación y precediéndome siempre un par de pasos. Cuando ya estábamos cerca de la malla metálica que separaba el campo de los jardines, Ruth se volvió hacia mí y dijo:

    —Muy bien, vamos a montar. Tú monta a Zarzamora.

    Acepté las invisibles riendas que me tendía, y salimos al trote y cabalgamos de un extremo a otro de la valla, ora a medio galope, ora a galope tendido. Había acertado en mi decisión de decirle a Ruth que no tenía ningún caballo, porque al rato de montar a Zarzamora me dejó probar uno tras otro sus demás caballos, mientras me gritaba todo tipo de instrucciones sobre cómo evitar los puntos flacos de cada animal.

    —¡Te lo dije! ¡Con Narcisa tienes que echarte hacia atrás! ¡Mucho más! ¡Le gusta que la montes bien echada hacia atrás!

    Debí de hacerlo razonablemente bien, porque al final me dejó montar a Trueno, su corcel preferido. No sé cuánto tiempo estuvimos con sus caballos aquel día; a mí me pareció bastante, y creo que las dos nos embebimos por completo en nuestro juego. Pero de pronto, sin motivo aparente alguno, Ruth dijo basta, alegando que yo estaba agotando adrede a sus caballos, y que los llevara yo misma a las caballerizas. Señaló una zona de la valla, y eché a andar con los caballos hacia ella, mientras Ruth parecía enfadarse conmigo más y más, y me decía que lo estaba haciendo todo mal. Luego preguntó:

    —¿Te gusta la señorita Geraldine?

    Quizá era la primera vez que me ponía a pensar si me gustaba o no un custodio. Al final respondí:

    —Claro que me gusta.
    —Pero ¿te gusta de verdad? ¿Como si fuera especial? ¿Como si fuera tu custodia preferida?
    —Sí. Es mi custodia preferida.

    Ruth siguió mirándome durante largo rato. Y al cabo dijo:

    —Muy bien. En tal caso, te dejaré ser una de sus guardianas secretas.

    Emprendimos el camino de vuelta hacia la casa principal, y esperé a que me explicara a qué se refería; pero no me dijo nada más. Lo iría averiguando en el curso de los días que siguieron.


    5


    No sé durante cuánto tiempo estuvimos con lo de la «guardia secreta». Cuando Ruth y yo hablamos del asunto mientras cuidé de ella en Dover, ella afirmaba que habíamos continuado con ello unas dos o tres semanas (algo que, con toda probabilidad, no era cierto). Seguramente sentía un poco de embarazo, y el asunto se había reducido en su memoria a una breve anécdota. La mía, sin embargo, me dice que duró unos nueve meses, quizá un año, y que en aquel entonces teníamos siete años y pronto íbamos a cumplir ocho.

    Nunca he estado segura de si fue la propia Ruth quien inventó lo de la guardia secreta, pero de lo que no había duda era de que ella era la líder del grupo. Éramos de seis a diez chicas —el número cambiaba cuando Ruth aceptaba a un nuevo miembro o expulsaba a alguien—; creíamos que la señorita Geraldine era la mejor custodia de Hailsham, y le hacíamos regalos (recuerdo un gran pliego con flores prensadas y pegadas). Pero la razón primera de la existencia de esta guardia, por supuesto, era protegerla.

    Cuando me uní al grupo, Ruth y las demás conocían desde hacía mucho tiempo la conjura para secuestrar a la señorita Geraldine. Nunca estuvimos muy seguras de quién se hallaba detrás de ella. A veces sospechábamos de algunos de los chicos de secundaria, y otras de compañeros de nuestro curso. Había una custodia que no nos gustaba demasiado, la señorita Eileen, y durante un tiempo pensamos que podría ser el cerebro de tal plan. No sabíamos cuándo iba a tener lugar el secuestro, pero estábamos convencidas de que el bosque entraría en escena en algún momento del proceso.

    El bosque estaba en lo alto de la colina que se alzaba detrás de Hailsham House. En realidad no se veía más que una franja oscura de árboles, pero yo no era la única de mi edad que sentía su presencia día y noche. Cuando hacía mal tiempo, era como si los árboles proyectaran una sombra sobre todo Hailsham; lo único que tenías que hacer era volver la cabeza o ir hasta una ventana, y allí estaban, cerniéndose a cierta distancia sobre la hondonada. Más a resguardo estaba la fachada de la casa principal, porque no podías verlos desde ninguna de sus ventanas. Pero ni aun así te librabas del todo de ellos.

    De aquel bosque se contaban todo tipo de historias horribles. Una vez, no mucho antes de que todos nosotros llegáramos a Hailsham, un chico había tenido una gran pelea con sus amigos y había salido corriendo de los límites de Hailsham. Encontraron su cuerpo dos días después, en el bosque, atado a un árbol y con las manos y pies cortados. Otro rumor decía que entre aquellos árboles vagaba el fantasma de una chica que había estado en Hailsham hasta un día en que, movida por la curiosidad, había saltado la valla para ver cómo era el exterior. Fue mucho tiempo antes de que llegáramos nosotros, cuando los custodios eran mucho más estrictos, e incluso crueles. La chica intentó volver, pero no se lo permitieron. Se puso a andar a lo largo de la valla suplicando que la dejaran entrar, pero nadie le hizo caso. Al final se alejó de allí, y le sucedió algo, y murió. Pero su fantasma vagaba incesantemente por el bosque, siempre mirando hacia Hailsham, suspirando por que la dejaran entrar.

    El bosque se adueñaba más de nuestra imaginación después del anochecer, en los dormitorios, mientras tratábamos de conciliar el sueño. Entonces casi éramos capaces de oír el viento entre las ramas; y si hablábamos de ello la cosa empeoraba. Recuerdo una noche en que estábamos furiosas con Marge K. —aquel día había hecho algo particularmente irritante—, y queríamos castigarla: la sacamos de la cama a rastras y la obligamos a que pegara la cara a la ventana y mirara fijamente el bosque. Al principio mantuvo los ojos muy cerrados, pero le retorcimos los brazos hasta que abrió los párpados y vio la silueta recortada contra el cielo iluminado por la luna, y ello bastó para que pasase una noche de terror y llanto.

    No estoy diciendo que en aquel tiempo estuviéramos todo el día preocupadas por el bosque. Yo, por ejemplo, podía pasarme semanas sin apenas pensar en él, e incluso había días en que sentía una oleada de desafiante valentía que me hacía pensar: «¿Cómo es posible que pueda creerme esas memeces?». Pero bastaba cualquier nimiedad —alguien que volvía a contar una de aquellas historias, un pasaje de miedo en un libro, un comentario al azar que me recordara el bosque—para que la sombra descendiera de nuevo sobre nosotras durante un tiempo. No era nada extraño, por tanto, que diéramos por sentado que el bosque tenía un papel central en la conjura para secuestrar a la señorita Geraldine.

    Pero cuando pienso con detenimiento en ello, no recuerdo que tomáramos ninguna medida concreta para defender a nuestra custodia preferida. Nuestra actividad giraba siempre en torno al acopio de pruebas sobre la conjura misma. Quién sabe por qué, pero ello nos bastaba para pensar que la señorita Geraldine se hallaba a salvo de todo peligro inmediato.

    La mayoría de las «pruebas» venían de ver en acción a los conspiradores. Una mañana, por ejemplo, vimos desde un aula de la segunda planta cómo la señorita Eileen y el señor Roger hablaban con la señorita Geraldine en el patio. Al rato la señorita Geraldine dijo adiós y se dirigió hacia el Invernadero de Naranjas, pero nosotros seguimos observando y vimos que la señorita Eileen y el señor Roger acercaban la cabeza el uno al otro para conferenciar sigilosamente, con la mirada fija en la figura que se alejaba.

    —El señor Roger... —dijo Ruth en aquella ocasión, con un suspiro, sacudiendo la cabeza—. Quién iba a decir que estaba en el ajo...

    Así pues, fuimos elaborando la lista de la gente que —sabíamos— estaba en la conjura: custodios y alumnos a los que declaramos enemigos acérrimos. Y sin embargo, creo que en el fondo nos dábamos cuenta de lo precario de los cimientos de nuestra fantasía, pues evitábamos cualquier tipo de enfrentamiento. Tras intenso debate, podíamos decidir que determinado alumno estaba en la conjura, pero luego encontrábamos siempre razones para no increparle de inmediato, para esperar hasta «tener todas las pruebas». De forma similar, siempre estábamos de acuerdo en que la señorita Geraldine no debía oír ni una palabra de lo que habíamos descubierto, pues se alarmaría y entorpecería nuestras pesquisas.

    Sería demasiado fácil afirmar que se debió sólo a Ruth el que siguiéramos con lo de la guardia secreta hasta mucho después de que hubiéramos madurado lo suficiente como para dejar atrás tales cosas. Cierto que la guardia secreta era muy importante para ella; había sabido de la conjura mucho antes que el resto de nosotras, y ello le confería una enorme autoridad. Dando a entender que las verdaderas pruebas venían de antes de que se incorporara al grupo gente como yo —y que había cosas que aún no nos había revelado—, podía justificar casi cualquier decisión que tomara en nombre del grupo. Si decidía que había que expulsar a alguien, por ejemplo, y veía que había oposición, solía aludir misteriosamente a cosas que sabía «de antes». No hay ninguna duda de que Ruth deseaba vivamente que la cosa continuara. Pero lo cierto es que aquellas de nosotras que habíamos sido sus más íntimas contribuimos a preservar la fantasía y a hacer que se prolongara demasiado. Lo que sucedió después de la disputa del ajedrez ilustra bien lo que estoy diciendo.


    Yo suponía que Ruth era una consumada jugadora de ajedrez y que podría enseñarme a jugar. No era una idea tan descabellada: solíamos pasar por delante de alumnos más mayores inclinados sobre tableros de ajedrez, sentados junto a las ventanas o en laderas cubiertas de hierba, y Ruth se paraba para contemplar las partidas. Y cuando echábamos de nuevo a andar me comentaba alguna jugada que había visto y en la que ninguno de los jugadores había reparado.

    —Es increíble lo cortos que son —decía entre dientes, sacudiendo la cabeza.

    Todo esto acabó por dejarme fascinada, y pronto me encontré deseando ensimismarme yo también en aquellas piezas ornadas. Así que cuando vi un tablero de ajedrez en un Saldo y decidí comprarlo —a pesar de que costaba un buen montón de Vales—, contaba con que Ruth iba a ayudarme.

    Durante los días siguientes, sin embargo, siempre que le preguntaba cuándo iba a enseñarme a jugar, ella se limitaba a suspirar, o a fingir que tenía algo mucho más urgente que hacer. Cuando finalmente, una tarde lluviosa, logré ponerla contra las cuerdas y colocamos el tablero sobre una mesa de la sala de billar, lo que empezó a enseñarme fue una vaga variante de las damas. El rasgo distintivo del ajedrez, según ella, era que las piezas se movían en L —supongo que dedujo esto de la observación del movimiento del caballo—, en lugar de moverse a brincos como en las damas. Yo no me lo creí, y me llevé una gran desilusión, pero no dije nada y le seguí la corriente durante un rato. Nos pasamos varios minutos deslizando en L la pieza atacante y sacando fuera del tablero, con un golpecito, la pieza del contrario. Y así seguimos hasta que intenté capturarle una pieza y ella dijo que no podía hacerlo porque había movido la pieza en una línea demasiado recta.

    Entonces me levanté, recogí el tablero y las fichas y me fui. Jamás le dije en voz alta que no sabía jugar al ajedrez —por muy decepcionada que estuviera, sabía que no podía llegar tan lejos—, pero supongo que mi brusca salida de la sala de billar le bastó para interpretarlo de ese modo.

    Quizá un día después entré en el Aula Veinte, situada en la última planta de la casa, donde el señor George daba su clase de poesía. No recuerdo si fue antes o después de la clase, o lo llena que estaba el aula. Lo que recuerdo es que llevaba libros en las manos, y que mientras me dirigía hacia donde estaban charlando Ruth y las demás vi que un vivo retazo de sol bañaba las tapas de los pupitres en los que estaban sentadas.

    Por la forma en que juntaban las cabezas, comprendí que estaban hablando de algo relacionado con la guardia secreta, y aunque, como digo, el incidente con Ruth había sido el día anterior, me acerqué al grupo sin ninguna prevención. Y estaba apenas a un palmo de ellas —quizá se intercambiaron una mirada en ese momento— cuando de pronto me di cuenta de lo que iba a suceder. Como cuando una fracción de segundo antes de pisar un charco caes en la cuenta de que está allí, y no puedes hacer nada para remediarlo. Acusé el golpe antes incluso de que se quedaran calladas y me miraran fijamente, antes incluso de que Ruth dijera:

    —Oh, Kathy, ¿cómo estás? Si no te importa, ahora tenemos que hablar de unas cosas. Terminamos en un momento. Disculpa.

    Apenas esperé a que terminara la frase: me di la vuelta y eché a andar hacia la puerta, furiosa más conmigo misma —por haber permitido que me sucediera aquello— que con Ruth y las demás. Estaba muy dolida, no hay duda, aunque no sé si llegué a llorar. Y durante los días siguientes, siempre que veía a la guardia secreta conferenciando en un rincón o dando un paseo por el campo, sentía que la sangre me afluía a las mejillas.

    Dos días después de este desaire en el Aula Veinte, bajaba yo por las escaleras de la casa principal cuando vi que Moira B. estaba justo a mi espalda. La esperé y nos pusimos a charlar, sobre nada en especial, y salimos juntas de la casa. Debía de ser en el descanso del almuerzo, porque cuando salimos al patio había unos veinte alumnos paseando y charlando en pequeños grupos. Mis ojos se dirigieron de inmediato hacia el fondo del patio, donde Ruth y tres miembros más de la guardia secreta formaban un grupito, de espaldas a nosotras, y miraban atentamente hacia el Campo de Deportes Sur. Traté de ver qué era lo que les interesaba tanto, y me di cuenta de que Moira, que estaba a mi lado, también las estaba observando. Y entonces me acordé de que apenas un mes atrás ella también había pertenecido a la guardia secreta, y había sido expulsada. Y durante los segundos que siguieron sentí algo parecido a un gran embarazo, pues las dos estábamos allí ahora, codo a codo, unidas por nuestras recientes humillaciones, y afrontando cara a cara, por así decir, nuestro rechazo. Quizá Moira sentía algo parecido; de todas formas, fue ella la que rompió el silencio al decir:

    —Es tan estúpido, todo ese asunto de la guardia secreta. ¿Cómo pueden seguir creyendo en esas cosas? Es como si estuvieran todavía en párvulos.

    Aún hoy me sorprende la violencia de la emoción que se apoderó de mí cuando le oí a Moira decir eso. Me volví hacia ella hecha una fiera:

    —¿Qué sabes tú de eso? ¡No sabes nada de nada, porque llevas siglos fuera de ello! ¡Si supieras todo lo que hemos descubierto, no te atreverías a decir algo tan tonto!
    —No digas bobadas. —Moira no era de las que se amilanaban fácilmente—. No es más que otra de las cosas que se inventa Ruth. Nada más que eso.
    —Entonces, ¿cómo es que yo personalmente les he oído hablar de ello? ¿De cómo van a llevar a la señorita Geraldine al bosque en la furgoneta de la leche? ¿Cómo es que les he oído yo misma planearlo, sin que Ruth ni ninguna de las otras tengan nada que ver en el asunto?

    Moira me miró, ahora insegura.

    —¿Lo has oído tú misma? ¿Cómo? ¿Dónde?
    —Les he oído hablar, sí, tan claro como te oigo a ti; les he oído todo, porque no sabían que estaba allí. Junto al estanque; no sabían que podía oírles. ¡Así que ya ves todo lo que tú sabes!

    Me aparté de ella y me abrí paso entre la gente que atestaba el patio, y volví a mirar hacia Ruth y las demás, que seguían mirando hacia el Campo de Deportes Sur, ajenas a lo que acababa de pasar entre Moira y yo. Y caí en la cuenta de que ya no sentía ningún enfado contra el grupo; sólo una enorme irritación contra Moira.

    Aún hoy, si voy conduciendo por una larga carretera gris y mis pensamientos no siguen ningún rumbo, puedo sorprenderme volviendo sobre esto una y otra vez. ¿Por qué me mostré tan hostil con Moira B. aquel día, cuando en realidad no era sino mi aliada natural? Lo que supongo que sucedió fue que Moira estaba sugiriendo que ella y yo cruzáramos una línea juntas, y yo aún no estaba preparada para ello. Creo que percibí que más allá de aquella línea había algo más duro, más oscuro, y no quería traspasarla. Ni por mí ni por ninguna de nosotras.

    Pero otras veces creo que esto no es cierto, y que todo tenía que ver con Ruth y conmigo, y con el tipo de lealtad que me inspiraba en aquellos días. Y quizá ésa es la razón por la que, por mucho que tuviera ganas de hacerlo en varias ocasiones, nunca saqué a colación lo que me había sucedido con Moira aquel día en todo el tiempo en que cuidé de Ruth en el centro de Dover.


    Todo este asunto de la señorita Geraldine me recuerda algo que sucedió unos tres años más tarde, mucho después de que hubiera quedado definitivamente atrás lo de la guardia secreta.

    Estábamos en el Aula Cinco, situada en la parte de atrás de la planta baja, esperando a que empezara la clase. El Aula Cinco era el aula más pequeña, y en las mañanas de invierno como aquélla, con todos los grandes radiadores encendidos y todas las ventanas empañadas, podía llegar a ser realmente sofocante. Quizá estoy exagerando, pero mi memoria me dice que para que los alumnos pudieran caber en un aula tan pequeña tenían casi literalmente que amontonarse.

    Puedo verlo como si lo tuviera delante de los ojos. Era reluciente, como un zapato lustroso; de tonalidad tostada intensa, todo moteado de circulitos rojos. La cremallera del borde superior tenía un tupido pompón con el que se tiraba de ella. Casi me había sentado encima de él, pero en el último momento me desplacé hacia un lado, y Ruth rápidamente lo quitó de en medio. Pero yo ya lo había visto, como ella quería, y dije:

    —¡Oh, qué plumier! ¿Dónde lo has conseguido? ¿En el Saldo?

    Había mucho ruido en el aula, pero las chicas que estaban cerca me habían oído, y en cuestión de segundos cuatro o cinco de ellas miraban el plumier con arrobo. Ruth no dijo nada durante unos segundos; se limitó a estudiar cuidadosamente las caras que nos rodeaban. Y al final dijo, con parsimonia:

    —Digamos que sí. Digamos que lo he conseguido en el Saldo.

    Y nos dirigió a todas una sonrisa de complicidad.

    Puede que parezca una respuesta absolutamente inocua, pero en realidad fue como si se hubiera puesto en pie de un brinco y me hubiera dado una bofetada, y en los instantes que siguieron me pareció a un tiempo estar ardiendo y congelada. Sabía exactamente el significado de su respuesta y de su sonrisa: nos estaba diciendo que aquel plumier era un regalo de la señorita Geraldine.

    No podía haber error alguno sobre esto, porque la cosa venía gestándose desde hacía unas semanas. Había en Ruth cierta sonrisa, cierta tonalidad de voz —a veces acompañada de un dedo en los labios o de una mano alzada al estilo de los apartes teatrales—, que invariablemente quería sugerir que había sido objeto de un trato de favor por parte de la señorita Geraldine: le había permitido escuchar una cinta en la sala de billar, un día entre semana, antes de las cuatro de la tarde; había ordenado silencio en un paseo por el campo, pero al ver que Ruth se acercaba hasta colocarse a su lado, se había puesto a hablar con ella y había dado permiso para que todo el mundo hablara. Siempre eran cosas parecidas, y nunca expresadas explícitamente, sino apenas sugeridas por una sonrisa y un lacónico «no hablemos más».

    Por supuesto, oficialmente, los custodios no debían mostrar ningún favoritismo. Pero continuamente se daban pequeñas muestras de afecto, aunque ajustándose siempre a ciertas normas (y la mayoría de las cosas que Ruth sugería entraban dentro de tales límites). Sin embargo, yo detestaba estas sugerencias de mi amiga. Como es lógico, nunca podía estar segura de si decía la verdad o no, pero dado que de hecho no lo «decía» sino tan sólo lo daba a entender, tampoco podía enfrentarme a ella. Así que cada vez que Ruth lo hacía yo tenía que resignarme, morderme los labios y esperar a que el trago pasara cuanto antes.

    A veces, por el sesgo que tomaba una conversación, veía que estaba a punto de tener lugar uno de esos momentos, y me armaba de valor para afrontarlo. Pero incluso entonces me dolía profundamente, de forma que durante varios minutos no era capaz de concentrarme en nada de lo que sucedía a mi alrededor. Pero aquella mañana de invierno en el Aula Cinco, me había cogido desprevenida. Incluso después de haber visto el plumier, la idea de que un custodio se lo hubiera regalado a alguien se escapaba de tal forma a todo lo imaginable que no lo había vislumbrado en absoluto. Así que cuando Ruth dijo lo que dijo, yo no fui capaz, como otras veces, de dejar que la ráfaga emocional pasara, y me puse a mirarla fijamente sin disimular mi cólera. Ella, acaso avizorando tormenta, me susurró rápidamente en un aparte:

    —¡Ni una palabra!

    Y volvió a sonreír.

    Pero no pude devolverle la sonrisa y seguí mirándola airadamente. Y entonces, por fortuna, llegó el custodio y empezó la clase.

    Nunca fui de ese tipo de niñas que cavilan horas y horas sobre las cosas. He dado en hacerlo un poco actualmente, pero es por mi trabajo y por las largas horas de silencio que paso cuando recorro estos campos vacíos. Yo no era, pongamos, como Laura, que a pesar de las payasadas que hacía era capaz de preocuparse durante días, incluso durante semanas, por pequeñas cosas que alguien le había dicho. Pero después de aquella mañana en el Aula Cinco, anduve un poco como en un trance. Se me iba el santo al cielo en medio de las conversaciones; podía pasarme clases enteras sin enterarme de lo que se hablaba. Estaba decidida a que esta vez Ruth no se saliera con la suya, pero durante un tiempo no fui capaz de hacer nada constructivo al respecto; me limitaba a imaginar escenas en las que desenmascaraba a Ruth y la obligaba a confesar que se lo había inventado todo. Llegaba incluso a alimentar una vaga fantasía en la que el asunto llegaba a oídos de la propia señorita Geraldine, que echaba a Ruth un severo rapapolvo delante de todo el mundo.

    Después de pasar varios días perdida en tal desvarío, empecé a pensar de forma más práctica. Si el plumier no era un regalo de la señorita Geraldine, ¿de dónde lo había sacado Ruth? Podía haberlo conseguido de otro alumno, pero era algo bastante improbable. Si antes había pertenecido a otra persona, incluso a alguien mucho mayor que nosotros, un objeto precioso como aquél no podría haber pasado inadvertido. Ruth jamás se habría arriesgado a inventar una historia semejante sabiendo que tiempo atrás el plumier había estado circulando por Hailsham. Casi con toda certeza, lo había encontrado en un Saldo. También en este caso corría el riesgo de que otros lo hubieran visto antes de que ella lo comprara. Pero si —como a veces sucedía, aunque en rigor no estaba permitido— había oído que iba a llegar un plumier de esas características y había conseguido que alguno de los monitores se lo reservase antes de la inauguración del Saldo, entonces podía sentirse razonablemente segura de que nadie había llegado a verlo.

    Por desgracia para Ruth, se consignaba en un registro cada cosa comprada en los Saldos y quién había sido su comprador. Aunque estos registros no podían consultarse fácilmente —los monitores volvían a llevarlos al despacho de la señorita Emily después de cada Saldo—, tampoco eran materia de máximo secreto. Si en el siguiente Saldo me ponía a rondar en torno a un monitor, no me resultaría muy difícil aprovechar un despiste de éste para echar un vistazo a las páginas del registro.

    Tenía, pues, el bosquejo de un plan, y creo que seguí mejorándolo durante varios días antes de darme cuenta de que ni siquiera era necesario ejecutar cada uno de los pasos. En caso de ser cierta mi hipótesis de que el plumier lo había conseguido en un Saldo, lo único que tenía que hacer era lanzar un farol.

    Y así es como Ruth y yo llegamos a tener aquella conversación bajo el alero. Era un día de niebla y de llovizna. Habíamos salido las dos del barracón del dormitorio, y creo que íbamos hacia el pabellón (no estoy segura). Atravesábamos el patio cuando de pronto arreció la lluvia, y como no teníamos prisa nos guarecimos debajo del alero de la casa, a un lado de la puerta principal.

    Nos quedamos allí un rato, y de vez en cuando surgía de la niebla algún alumno que entraba corriendo por la puerta doble de la casa, pero la lluvia no amainaba. Y cuanto más tiempo llevábamos allí más tensa me ponía, porque me daba cuenta de que era la oportunidad que había estado esperando. Ruth presentía también —estoy segura— que estaba a punto de pasar algo, y al final decidí jugarme el todo por el todo.

    —En el Saldo del martes pasado —dije—, estuve echando una ojeada al libro de registro. Ya sabes, donde se apuntan las cosas...
    —¿Estuviste mirando el registro? —saltó Ruth al instante—. ¿Y se puede saber por qué?
    —Oh, por nada en especial. Christopher C. era uno de los monitores, así que me puse a hablar con él. Es el mejor chico de secundaria, con diferencia. Y empecé a pasar las hojas del registro, por hacer algo...

    La mente de Ruth —me daba cuenta— había hecho velozmente sus cálculos, y ahora sabía exactamente de qué estábamos hablando. Pero dijo con voz calma:

    —¿El registro? Vaya aburrimiento.
    —No. Yo creo que es muy interesante. Puedes ver lo que compra cada cual.

    Dije esto último mirando con fijeza hacia la lluvia. Y luego miré a Ruth, y me llevé un susto tremendo. No sé lo que me esperaba: pese a las fantasías que había acariciado a lo largo de todo el mes anterior, jamás había imaginado cómo sería todo en una situación real como la que ahora se desarrollaba ante mis ojos. Vi lo trastornada que estaba Ruth; cómo, por vez primera desde que la conocía, no tenía palabras (se había vuelto hacia otro lado, al borde de las lágrimas). Y, de pronto, lo que acababa de hacer me pareció absolutamente incomprensible. Todos aquellos esfuerzos, todos aquellos planes, sólo para disgustar a mi amiga del alma. ¿Qué diablos importaba que hubiera dicho una pequeña mentira sobre su plumier? ¿No soñamos todos de cuando en cuando que uno de los custodios infringe las normas para favorecernos de alguna forma especial? ¿Para darnos un abrazo espontáneo, una carta secreta, un regalo? Lo único que había hecho Ruth era llevar uno de esos inocuos sueños de vigilia un poco más lejos, y ni siquiera había llegado a mencionar el nombre de la señorita Geraldine.

    Me sentía muy mal, y muy confusa. Pero mientras seguíamos allí juntas, bajo el alero, mirando fijamente la niebla y la lluvia, no se me ocurría nada con lo que reparar el daño que había hecho. Creo que dije algo patético como: «No importa. No vi mucho, de todas formas...», que quedó flotando estúpidamente en el aire húmedo. Luego, al cabo de unos segundos de silencio, Ruth avanzó un paso y salió a la lluvia.


    6


    Creo que me habría sentido mejor en relación con lo que había pasado entre nosotras si Ruth me hubiera guardado rencor de alguna forma patente. Pero ésta debió de ser una de esas ocasiones en las que al parecer lo único que hacía era hundirse. Era como si se sintiera demasiado avergonzada por su impostura —demasiado aplastada por ella— como para estar furiosa o desear desquitarse. Las primeras veces que la vi después de nuestra conversación bajo el alero yo estaba preparada para afrontar como mínimo cierto enfurruñamiento, pero no, se comportó con impecable cortesía, aunque estuvo un poco inexpresiva. Supuse que tenía miedo de que volviera a ponerla en evidencia —lo del plumier, como es lógico, había quedado atrás—, y yo quería decirle que no tenía nada que temer. Lo malo era que, como ninguna de estas cosas las habíamos hablado abiertamente, no encontraba manera de hacérselo saber.

    Mientras tanto, me esforzaba todo lo que podía por encontrar el momento de darle a entender que era cierto que ocupaba un lugar especial en el corazón de la señorita Geraldine. Me acuerdo de una vez, por ejemplo, en que un grupo de nosotras se moría de ganas de ir a jugar un partido de rounders durante el recreo, porque nos había retado un grupo de chicas del curso siguiente. Pero estaba lloviendo y no nos iban a dejar salir. Entonces vi que la señorita Geraldine era una de las custodias que nos tocaba, y dije:

    —Si es Ruth la que va a pedírselo, tal vez nos deje.

    Según puedo recordar, mi sugerencia no tuvo ningún eco; quizá no llegó a oírme nadie, porque la mayoría de nosotras estaba hablando al mismo tiempo. Pero lo importante es que lo dije estando justo detrás de ella, y pude ver claramente que le había gustado.

    Otra vez, saliendo de una clase de la señorita Geraldine, coincidió que yo estaba yendo hacia la puerta justo detrás de la propia señorita Geraldine. Y lo que hice fue rezagarme un poco para que Ruth, que iba a mi espalda, pudiese adelantarme y pasar por el umbral junto a la señorita Geraldine. Lo hice sin que se notara, como si fuera la cosa más natural del mundo, lo que había que hacer, lo que la señorita Geraldine quería que hiciera, exactamente lo que cualquiera haría si viera que se había interpuesto sin querer entre dos amigas íntimas. En esa ocasión, recuerdo, Ruth, por espacio de un segundo, se sorprendió y se sintió un poco desconcertada, y antes de adelantarme me dirigió un rápido gesto de cabeza.

    Pequeños detalles como éste sin duda complacían a Ruth, pero distaban aún mucho de poder borrar lo que había sucedido entre nosotras el día de la niebla bajo el alero, y la sensación de que jamás sería capaz de arreglar las cosas con ella no hacía sino acentuarse en mí día a día. Recuerdo muy especialmente una tarde en que estaba sentada en uno de los bancos de fuera del pabellón, tratando denodadamente de pensar en alguna solución a mi problema, mientras una honda mezcla de remordimiento y frustración me estaba llevando prácticamente al llanto. Si las cosas hubieran seguido así, no estoy segura de lo que podría haber pasado. Tal vez todo habría acabado olvidándose; o tal vez Ruth y yo nos habríamos apartado definitivamente. Y entonces, como caída del cielo, se me presentó la ocasión de poner las cosas en claro.

    Estábamos en mitad de una de las clases de Arte del señor Roger, pero por alguna razón que no recuerdo éste había salido un rato del aula. Así que muchas de nosotras empezamos a pasearnos entre los caballetes, charlando y mirando lo que cada una estaba haciendo. Y entonces una chica llamada Midge A. se acercó y le dijo a Ruth en un tono perfectamente amistoso:

    —¿Dónde tienes ese plumier? Es tan precioso.

    Ruth se puso tensa y miró rápidamente a su alrededor para ver quién estaba presente. Éramos las de siempre, y quizá un par de compañeras más que en ese momento se paseaban entre nuestros caballetes. Yo no había dicho ni una palabra a nadie del asunto del registro de los Saldos, pero Ruth no lo sabía. Su voz sonó más suave que de costumbre cuando le contestó a Midge:

    —No lo tengo aquí. Lo tengo en el arcón de mis cosas.
    —Es tan bonito. ¿Dónde lo conseguiste?

    Era obvio que Midge lo preguntaba con toda candidez. Pero casi todas las que habíamos estado en el Aula Cinco cuando Ruth había traído el plumier por primera vez estábamos ahora presentes, esperando su respuesta, y vi que Ruth vacilaba. Sólo después, al revivir por completo la escena, llegué a apreciar cabalmente lo perfecta que había sido la ocasión para mis propósitos. En el momento ni siquiera lo pensé. Tercié antes de que Midge o cualquiera de las chicas tuviera la oportunidad de advertir que Ruth se encontraba ante un singular dilema.

    —No podemos decirte dónde lo ha conseguido.

    Ruth, Midge y todas las demás me miraron, quizá un tanto sorprendidas. Pero conservé la sangre fría y continué, dirigiéndome sólo a Midge:

    —Hay un montón de razones por las que no podemos decirte de dónde viene.

    Midge se encogió de hombros.

    —Es un misterio, entonces.
    —Un gran misterio —dije, y le dediqué una gran sonrisa para hacerle saber que no quería ser desagradable.

    Las otras asentían con la cabeza para apoyarme, pero Ruth tenía una vaga expresión en el semblante, como si de pronto la preocupara algo que no tenía nada que ver con el asunto. Midge volvió a encogerse de hombros, y según creo recordar aquí acabó la cosa. O bien se fue en ese momento o bien se puso a hablar de algo completamente diferente.

    Ahora, en gran parte por las mismas razones por las que yo no había sido capaz de hablar abiertamente con ella de mis malas artes con lo del registro de los Saldos, Ruth tampoco era capaz de agradecerme lo que había hecho por ella ante Midge. Pero por su forma de comportarse conmigo, no sólo en los días sino en las semanas que siguieron, estaba claro que le había gustado mucho que hubiera intercedido en su favor. Y como yo había pasado recientemente por la misma situación de desear hacer algo por ella, no me fue difícil reconocer su actitud de mantenerse atenta a la menor ocasión que se le presentara para hacer algo por mí, algo realmente fuera de lo corriente. Era una sensación estupenda, y recuerdo que pensé un par de veces que incluso sería mucho mejor que no tuviera ocasión de hacerlo en mucho tiempo, porque así se prolongarían y prolongarían entre nosotras las buenas vibraciones. Pero la oportunidad le llegó cuando perdí mi cinta preferida, aproximadamente un mes después del episodio de Midge.


    Aún conservo una copia de aquella cinta, y hasta hace muy poco la escuchaba de vez en cuando mientras conducía por el campo abierto en un día de llovizna. Pero ahora la pletina del radiocasete del coche está tan mal que ya no me atrevo a ponerla. Y parece que jamás encuentro tiempo para ponerla cuando estoy en mi cuarto. Aun así, sigue siendo una de mis más preciadas pertenencias. A lo mejor a finales de año, cuando deje de ser cuidadora, puedo escucharla más a menudo.

    El álbum se titula Canciones para después del crepúsculo, y es de Judy Bridgewater. La que conservo hoy no es la casete original, la que perdí, la que tenía en Hailsham. Es la que Tommy y yo encontramos años después en Norfolk (pero ésa es otra historia a la que llegaré más tarde). De lo que quiero hablar ahora es de la primera cinta, de la que me desapareció en Hailsham.

    Antes debo explicar lo que en aquel tiempo nos traíamos entre manos con Norfolk. Fue algo que duró muchos años —llegó a ser una especie de broma privada de Hailsham, supongo—, y había empezado en una clase que tuvimos cuando aún éramos muy pequeños.

    Fue la señorita Emily quien nos enseñó los diferentes condados de Inglaterra. Colgaba del encerado un gran mapa del país, y, a su lado, ponía un caballete. Y si estaba hablando, por ejemplo, de Oxfordshire, colocaba sobre el caballete un gran calendario con fotos de ese condado. Tenía una gran colección de estos calendarios, y así fuimos conociendo uno tras otro la mayoría de los condados. Señalaba un punto del mapa con el puntero, se volvía hacia el caballete y mostraba una fotografía. Había pueblecitos surcados por pequeños arroyos, monumentos blancos en laderas, viejas iglesias junto a campos. Si nos estaba hablando de algún lugar de la costa, había playas llenas de gente, acantilados y gaviotas. Supongo que quería que nos hiciéramos una idea de lo que había allí fuera, a nuestro alrededor, y me resulta asombroso, aún hoy, después de todos los kilómetros que he recorrido como cuidadora, hasta qué punto mi idea de los diferentes condados sigue dependiendo de aquellas fotografías que la señorita Emily ponía en el caballete. Si voy en coche, por ejemplo, a través de Derbyshire y me sorprendo buscando la plaza de un determinado pueblo, con su pub de falso estilo Tudor y un monumento a la memoria de los caídos, no tardo en darme cuenta de que lo que busco es la estampa que la señorita Emily nos enseñó la primera vez que oímos hablar de Derbyshire.

    De todos modos, a lo que voy es que a la colección de calendarios de la señorita Emily le faltaba algo: en ninguno de ellos había ninguna fotografía de Norfolk. Cada una de estas clases se repetía varias veces, y yo siempre me preguntaba si la señorita Emily acabaría encontrando alguna foto de Norfolk. Pero era siempre la misma historia. Movía el puntero sobre el mapa y decía, como si se le hubiera ocurrido en el último momento:

    —Y aquí está Norfolk. Un sitio muy bonito.

    Recuerdo que aquella vez en concreto hizo una pausa y se quedó pensativa, quizá porque no había planeado lo que tenía que venir después en lugar de una fotografía. Y al final salió de su ensimismamiento y volvió a golpear el mapa con la punta del puntero.

    —¿Veis? Está aquí en el este, en este saliente que se adentra en el mar, y por tanto no está de paso hacia ninguna parte. La gente que viaja hacia el norte o el sur —movió el puntero para arriba y para abajo— pasa de largo. Por eso es un rincón muy tranquilo de Inglaterra, y un sitio muy bonito. Pero también es una especie de rincón perdido.

    Un rincón perdido. Así es como lo llamó, y así empezó todo. Porque en Hailsham teníamos nuestro propio «rincón perdido» en la tercera planta, donde se guardaban los objetos perdidos. Si perdías o encontrabas algo, ahí es donde ibas a buscarlo o a dejarlo. Alguien —no recuerdo quién— dijo después de esa clase que lo que la señorita Emily había dicho era que Norfolk era el «rincón perdido» de Inglaterra, el lugar adonde iban a parar todas las cosas perdidas del país. La idea arraigó, y pronto llegó a ser aceptada como un hecho por todo el curso.

    No hace mucho tiempo, cuando Tommy y yo recordábamos esto, él afirmó que en realidad nunca creímos lo del «rincón perdido», que fue más bien una broma desde el principio. Pero yo estoy segura de que se equivocaba. Bien es verdad que cuando cumplimos doce o trece años el asunto de Norfolk se había convertido ya en algo jocoso. Pero mi recuerdo del «rincón perdido» me dice —y la memoria de Ruth coincide con la mía— que al principio creímos en ello de forma literal y a pies juntillas; que de la misma forma que los camiones llegaban a Hailsham con la comida y los objetos para los Saldos, tenía lugar una operación similar —a mucha mayor escala— a todo lo largo y ancho de Inglaterra, y todas las cosas que se perdían en los campos y trenes del país iban a parar a ese lugar llamado Norfolk. Y el hecho de que nunca hubiéramos visto ninguna fotografía de ese lugar sólo contribuía a incrementar su aura de misterio.

    Puede que suene a tontería, pero no se ha de olvidar que para nosotros, en esa etapa de nuestra vida, cualquier lugar más allá de Hailsham era como una tierra de fantasía. No teníamos sino nociones muy vagas del mundo exterior, y de lo que en él podía ser posible e imposible. Además, nunca nos molestamos en analizar con detenimiento nuestra teoría sobre Norfolk. Lo que nos importaba —como dijo Ruth un día en aquella habitación alicatada de Dover, mientras estábamos sentadas contemplando cómo caía la tarde— era que «cuando perdíamos algo precioso, y buscábamos y buscábamos por todas partes y no lo encontrábamos, no debíamos perder por completo la esperanza. Nos quedaba aún una brizna de consuelo al pensar que un día, cuando fuéramos mayores y pudiéramos viajar libremente por todo el país, siempre podríamos ir a Norfolk y encontrar lo que habíamos perdido hacía tanto tiempo».

    Estoy segura de que Ruth tenía razón en eso. Norfolk había llegado a ser una verdadera fuente de consuelo para nosotros, probablemente mucho más de lo que estábamos dispuestos a admitir entonces, y por eso seguimos hablando de ello —aunque en un tono más bien de broma— cuando nos hicimos mayores. Y por eso también, muchos años después, el día en que Tommy y yo encontramos en la costa de Norfolk otra cinta igual a la que yo había perdido antaño, no nos limitamos a pensar que era algo en verdad curioso, sino que, en nuestro interior, los dos sentimos como una especie de punzada, como un antiguo deseo de volver a creer en algo tan caro a nuestro corazón en un tiempo.


    Pero quería hablar de la cinta, de Canciones para después del crepúsculo, de Judy Bridgewater. Supongo que al principio fue un LP —la fecha de grabación es 1956—, pero lo que yo tenía era una casete, cuya portada debía de ser la misma que la de la funda del disco. Judy Bridgewater lleva un vestido de raso violeta, uno de aquellos vestidos sin hombros que se llevaban en aquel tiempo, y se le ve de cintura para arriba porque está sentada en un taburete. Creo que se supone que es Suramérica, porque detrás de ella hay palmeras y unos camareros de tez morena con esmoquin blanco. Ves a Judy desde el punto de vista de quien en ese momento le estuviera sirviendo las bebidas. Y te devuelve una mirada amistosa, no demasiado sexy, como si te conociera desde hace mucho tiempo y estuviera flirteando contigo sólo un poquito. Y hay otra cosa en esta portada: Judy tiene los codos encima de la barra, y entre sus dedos hay un cigarrillo encendido. Y fue precisamente por este cigarrillo por lo que, desde que la encontré en un Saldo, me había mostrado tan sigilosa en relación con la cinta.

    No sé cómo habrá sido en otros centros, pero en Hailsham los custodios eran sumamente estrictos con el hábito de fumar. Estoy segura de que habrían preferido que ni nos hubiéramos enterado de la existencia del tabaco; pero dado que tal cosa era imposible, cada vez que surgía cualquier referencia al hecho de fumar se aseguraban de aleccionarnos firmemente en contra de un modo u otro. Cuando se nos mostraba la fotografía de algún escritor famoso, o de algún líder mundial, y éste sostenía un cigarrillo entre los dedos, se hacía un alto en la clase para afearle la conducta en tal sentido. Circulaba incluso el rumor de que algunos libros clásicos —como los de Sherlock Holmes, por ejemplo— no tenían cabida en nuestra biblioteca porque los personajes principales fumaban mucho, y cuando nos topábamos con alguna página arrancada de un libro ilustrado o una revista, sabíamos que era porque en esa página aparecía la fotografía de alguien fumando. Y además estaban las clases expresamente dedicadas a mostrarnos fotografías de los terribles efectos del tabaco en nuestro organismo. De ahí la conmoción de aquella vez en que Marge K. le preguntó aquello a la señorita Lucy.

    Estábamos sentados en el césped después de un partido de rounders, y la señorita Lucy nos había estado dando la típica charla sobre el tabaco cuando de pronto Marge le preguntó si ella había fumado alguna vez un cigarrillo. La señorita Lucy se quedó callada unos instantes, y luego dijo:

    —Me gustaría poder decir que no. Pero si he de ser sincera, fumé durante una temporada. Unos dos años. Cuando era más joven.

    Fue toda una conmoción. Antes de que la señorita Lucy hubiera tenido tiempo para responder, todos miramos furibundamente a Marge, indignados por la rudeza de la pregunta (para nosotros era como si le hubiera preguntado si alguna vez había atacado a alguien con un hacha). Y recuerdo que durante cierto tiempo le hicimos la vida imposible a Marge; de hecho, lo que he contado antes —la noche en que la obligamos a pegar la cara a la ventana y mirar el bosque—no fue sino una parte de lo que tendría que soportar los días siguientes. Pero en el momento del incidente, cuando la señorita Lucy dijo lo que dijo, estábamos demasiado confusos para pensar en Marge. Creo que lo que hicimos fue quedarnos mirando fijamente a la señorita Lucy, horrorizados, a la espera de lo que diría a continuación.

    Cuando por fin habló, pareció sopesar con sumo cuidado cada palabra.

    —En mi caso, no estuvo bien. Fumar no era bueno para mí, así que lo dejé. Pero lo que debéis entender es que para vosotros, para todos vosotros, fumar es mucho, mucho peor de lo que pueda serlo para mí.

    Hizo una pausa y se quedó callada. Alguien dijo después que se había sumido en una ensoñación, pero yo estaba segura, al igual que Ruth, de que estaba midiendo cuidadosamente cómo continuar. Y al final dijo:

    —Se os ha advertido de ello. Sois estudiantes. Sois... especiales. De modo que el manteneros bien, el hecho de mantener en óptimo estado el interior de vuestro cuerpo, es mucho más importante para cada uno de vosotros de lo que pueda serlo para mí.

    Volvió a guardar silencio y nos miró de un modo extraño. Luego, cuando hablamos de ello, algunos de nosotros estábamos seguros de que la señorita Lucy había deseado vivamente que alguien le preguntara por qué. Por qué era mucho peor para nosotros. Pero nadie lo había hecho. A menudo he pensado en aquel día, y hoy, a la luz de lo que pasó después, estoy convencida de que si se lo hubiéramos preguntado la señorita Lucy nos lo habría contado todo. Sólo habría hecho falta una pregunta más sobre el hábito de fumar.

    ¿Por qué habíamos guardado silencio aquel día, entonces? Supongo que porque incluso a aquella edad —teníamos nueve o diez años— sabíamos lo bastante como para mostrarnos cautelosos en aquel terreno. Hoy resulta difícil precisar cuánto sabíamos entonces. Ciertamente, sabíamos —aunque no en un sentido profundo— que éramos diferentes de nuestros custodios, y también de la gente normal del exterior; tal vez sabíamos incluso que en un futuro lejano nos esperaban las donaciones. Pero no sabíamos realmente lo que ello significaba. Si evitábamos cuidadosamente ciertos temas, muy probablemente lo hacíamos porque nos producían embarazo. Detestábamos el modo en que nuestros custodios —normalmente muy por encima de todo— se mostraban incómodos siempre que nos aproximábamos a este terreno. Nos sentíamos turbados al advertir ese cambio en ellos. Creo que ésa es la razón por la que no preguntamos más, y por la que castigamos tan cruelmente a Marge K. por haber sacado a colación aquel tema después del partido de rounders.


    Y ésa era la razón, en fin, por la que yo me mostraba tan sigilosa con la cinta. Hasta le di la vuelta a la portada, de forma que sólo podías ver a Judy con el cigarrillo si abrías la caja de plástico. Pero el motivo por el que aquella cinta significaba tanto para mí no tenía nada que ver con el cigarrillo, o con la forma de cantar de Judy Bridgewater, que es una de esas cantantes de la época, del tipo bar musical, nada del gusto de los alumnos de Hailsham. Lo que hacía tan especial aquella cinta era una canción concreta: el tema número tres: Nunca me abandones.

    Es una canción lenta, y es noche avanzada, y es Norteamérica, y hay un trozo que vuelve y vuelve, en el que Judy canta: «Nunca me abandones... Oh, baby, baby... Nunca me abandones...». Tenía once años entonces, y no había escuchado mucha música, pero esa canción..., esa canción me llegó de verdad. Siempre procuraba tener la cinta rebobinada en ese punto, y en cuanto podía la ponía.

    Pero la verdad es que no se me presentaban demasiadas ocasiones de oírla (era unos años antes de que empezaran a aparecer los walkmans en los Saldos). En la sala de billar había un gran aparato de música, pero yo apenas la ponía allí porque la sala siempre estaba llena de gente. En el Aula de Arte también había un radiocasete, pero el ruido solía ser el mismo que en la sala de billar. El único sitio donde podía escucharla con tranquilidad era en nuestro dormitorio.

    En aquella época nos habían cambiado ya a los pequeños dormitorios de seis camas situados en los barracones separados, y en el nuestro teníamos un casete portátil en la estantería de encima del radiador. Así que allí es donde solía ir —durante el día, cuando a nadie más se le ocurría rondar por los dormitorios— a poner una y otra vez mi canción preferida.

    ¿Qué es lo que tenía de especial esa canción? Bueno, lo cierto es que no solía escuchar con atención toda la letra; esperaba a que sonara el estribillo: «Oh, baby, baby... Nunca me abandones...», y me imaginaba a una mujer a quien le habían dicho que no podía tener niños, y que los había deseado con toda el alma toda la vida. Entonces se produce una especie de milagro y tiene un bebé, y lo estrecha con fuerza contra su pecho y va de un lado para otro cantando: «Oh, baby, baby... Nunca me abandones...», en parte porque se siente tan feliz y en parte porque tiene miedo de que suceda algo, de que el bebé se ponga enfermo o de que se lo lleven de su lado. Incluso en aquella época me daba cuenta de que no podía ser así, de que tal interpretación no casaba con el resto de la letra. Pero a mí no me importaba. La canción trataba de lo que yo decía, y la escuchaba una y otra vez, a solas, siempre que podía.

    Por aquella época tuvo lugar un extraño incidente que quiero reseñar aquí. Me causó una gran desazón, y aunque no habría de entender su significado real hasta muchos años después, creo que, incluso entonces, llegué a vislumbrar su profunda trascendencia.

    Era una tarde soleada y había ido al dormitorio a buscar algo. Recuerdo lo luminoso que estaba todo porque las cortinas no habían sido descorridas por completo, y el sol entraba a raudales y podías ver el polvo en el aire. No tenía intención de escuchar la cinta, pero al verme allí a solas sentí un impulso y cogí la casete del arcón de mis cosas y la puse en la pletina.

    Puede que el volumen lo hubiera dejado alto la última en utilizar el aparato, no lo sé; pero estaba mucho más alto que de costumbre, y probablemente por eso no la oí llegar. O quizá me dejé ganar por la pura complacencia. El caso es que empecé a bambolearme lentamente al compás de la canción, abrazando contra mi pecho a un bebé imaginario. De hecho, para hacerlo todo más embarazoso, fue una de esas veces en las que abrazaba una almohada haciendo como que era mi bebé, y danzaba despacio, con los ojos cerrados, cantando suavemente con Judy cada vez que sonaba el estribillo: « Oh, baby, baby... Nunca me abandones...».

    La canción casi había terminado cuando algo me hizo percibir que no estaba sola. Abrí los ojos y me encontré mirando a Madame, que me observaba a través de la puerta entreabierta.

    Me quedé petrificada. Al cabo de uno o dos segundos, empecé a sentir un tipo nuevo de alarma, porque intuí que en la situación había además algo muy extraño. La puerta, como digo, estaba entreabierta —había una norma que estipulaba que las puertas de los dormitorios no podían cerrarse del todo más que cuando nos íbamos a dormir—, pero Madame ni siquiera había llegado a ocupar el umbral. Estaba afuera, en el pasillo, muy quieta, con la cabeza ladeada para poder ver lo que sucedía dentro. Y lo extraño del caso era que estaba llorando. Tal vez había sido uno de sus sollozos lo que había irrumpido en la canción y me había sacado bruscamente de mi ensueño.

    Cuando pienso en ello hoy, creo que Madame, si bien no era una custodia, era la única adulta presente y tendría que haber dicho o hecho algo, aunque no fuera más que echarme una reprimenda. En tal caso, yo habría sabido cómo actuar. Pero se quedó allí de pie, llorando y llorando, mirándome a través de la puerta con la misma mirada con que siempre nos miraba, como si estuviera viendo algo que le pusiera los pelos de punta. Pero en aquella ocasión había algo más: algo en su mirada que no supe descifrar.

    No supe qué decir ni qué hacer, ni qué iba a suceder a continuación. Quizá entraría en el dormitorio, me gritaría, me pegaría incluso; no tenía la menor idea de cómo reaccionaría. Pero lo que hizo fue darse la vuelta e irse. Me di cuenta de que la cinta estaba ya en la siguiente canción, y apagué la pletina y me senté en la cama que tenía más cerca. Y al hacerlo vi, a través de la ventana de enfrente, cómo la figura de Madame se dirigía deprisa hacia la casa principal. No miró hacia atrás, pero por el modo en que encorvaba la espalda supe que no había dejado de llorar.

    Cuando volví con mis amigas unos minutos después, no les conté lo que acababa de pasarme. Una de ellas me notó algo extraño y dijo algo, pero yo me encogí de hombros y seguí callada. No es que me sintiera avergonzada exactamente, pero fue un poco como la vez en que todas habíamos acosado a Madame en el patio, cuando acababa de bajarse del coche. Lo que deseaba más que nada en el mundo era que lo que acababa de sucederme no hubiera sucedido, y pensé que el mejor favor que podía hacerme a mí y a todos mis compañeros era no decir ni media palabra del asunto.

    Pero un par de años después hablé de ello con Tommy. Fue en los días que siguieron a nuestra conversación en la orilla del estanque, en la que me confió lo que en cierta ocasión le había dicho la señorita Lucy; los días en los que —según me doy cuenta hoy— se inició aquel proceso de indagación —de preguntarnos cosas sobre nosotros mismos— que habría de continuarse a lo largo de los años. Cuando le conté a Tommy lo que me había pasado con Madame en el dormitorio, lo que hizo fue brindarme una explicación harto sencilla. Para entonces todos sabíamos ya algo que en aquel tiempo yo aún no sabía, es decir, que ninguno de nosotros podía tener niños. Es posible que, de algún modo, yo hubiera recibido ya esa información cuando era más pequeña, y no la hubiera registrado por completo, y que por eso entendí lo que entendí cuando oí aquella canción por vez primera. Porque en aquel tiempo carecía de datos explícitos que me permitieran entenderlo. Como digo, cuando Tommy y yo hablamos de ello, nos lo habían explicado ya a todos cabalmente. A ninguno de nosotros, por cierto, nos importó gran cosa; de hecho, recuerdo que a algunos compañeros les encantó que pudiéramos mantener relaciones sexuales sin tener que preocuparnos de las consecuencias (aunque el sexo en serio aún se hallaba en la lejanía para la mayoría de nosotros). En cualquier caso, cuando le conté a Tommy lo que me había pasado, dijo:

    —Seguramente Madame no es una mala persona, aunque sea bastante repelente. Así que cuando te vio bailando, abrazando a tu bebé imaginario, pensó que era trágico que no pudieras tener niños. Y por eso se puso a llorar.
    —Pero Tommy —apunté—, ¿cómo podía saber ella que la canción tenía que ver con una mujer que tenía un bebé? ¿Cómo podía saber que la almohada que tenía entre los brazos se suponía que era un bebé? Sólo lo era en mi imaginación.

    Tommy pensó en ello unos segundos, y luego, medio en broma, dijo:

    —Quizá Madame pueda leer la mente de la gente. Es una mujer muy extraña. Quizá pueda ver el interior de las personas. No me extrañaría nada.

    Esto nos produjo un pequeño escalofrío, y aunque soltamos unas risitas no seguimos hablando del asunto.


    La cinta desapareció un par de meses después del incidente con Madame. No vi ninguna relación entre ambas cosas entonces, y no veo razón alguna para relacionarlas hoy. Una noche, en el dormitorio, justo antes de que apagaran las luces, me puse a revolver en mi arcón para pasar el rato hasta que las demás volvieran del cuarto de baño. Es extraño, pero cuando me di cuenta de que la cinta no estaba, mi primer pensamiento fue que no debía dejar que nadie viera el pánico que sentía. Puedo recordar incluso cómo me esforcé por tararear como ensimismada una tonadilla mientras seguía buscando. He pensado mucho en ello y aún sigo sin saber cómo explicarlo: las que estaban conmigo en aquel dormitorio eran mis más íntimas amigas, y sin embargo no quería que supieran lo trastornada que estaba por haber perdido aquella cinta.

    Supongo que tenía que ver con el hecho de que lo mucho que la cinta significaba para mí fuera un íntimo secreto. Quizá todos nosotros, en Hailsham, teníamos pequeños secretos como éste; pequeños rincones privados, por ejemplo, creados de la nada y donde podíamos recluirnos a solas con nuestros miedos y nuestros anhelos. Pero el hecho de tener tales necesidades no nos hubiera parecido aceptable en aquel tiempo (como si, en cierta medida, fuera algo que nos hiciera quedar mal ante los compañeros).

    De todas formas, en cuanto me cercioré de que la cinta no estaba entre mis cosas, pregunté a todas y cada una de mis compañeras de dormitorio, como de pasada, si la habían visto en alguna parte. Aún no estaba totalmente angustiada, porque existía la posibilidad de que me la hubiera dejado olvidada en la sala de billar; y, por otra parte, tenía la esperanza de que alguien la hubiera cogido prestada con intención de devolvérmela por la mañana.

    La cinta no apareció a la mañana siguiente, ni ningún día después, y hoy aún sigo sin saber qué pudo ser de ella. Lo cierto —supongo— es que en Hailsham, a la sazón, había más robos de los que tanto nosotros como los custodios estábamos dispuestos a admitir. Pero la razón de que esté contando ahora esto es que quiero explicar lo de Ruth y su forma de reaccionar entonces. Lo que no se ha de olvidar es que perdí la cinta menos de un mes después de que Midge hubiera interrogado a Ruth en el Aula de Arte sobre el plumier y yo me hubiera apresurado a ayudarla. Desde entonces, como ya he dicho, Ruth había estado intentando hacer algo por mí a cambio, y la desaparición de la cinta le brindó una oportunidad perfecta. Podría incluso decirse que no fue hasta después de que me desapareciera la cinta cuando las cosas volvieron a la normalidad entre nosotras, quizá por primera vez desde aquella mañana lluviosa en la que le conté lo del registro de los Saldos bajo el alero de la casa principal.

    La noche en que por primera vez eché en falta la cinta me aseguré de preguntar por ella a todo el mundo, y eso, por supuesto, incluyó también a Ruth. Mirando hoy hacia atrás, veo hasta qué punto debió de darse cuenta exacta, en aquel mismo momento, de lo mucho que para mí significaba tal pérdida, y al mismo tiempo lo importante que era para mí que no se armara ningún revuelo por ello en el dormitorio. Así que aquella noche me había respondido con un distraído encogimiento de hombros, y había seguido con lo que estaba haciendo. Pero a la mañana siguiente, volvía yo del cuarto de baño cuando oí que Ruth le preguntaba a Hannah —en tono despreocupado, sin darle demasiada importancia— si estaba segura de que no había visto mi cinta.

    Unas dos semanas después, cuando ya había asumido plenamente el hecho de haber perdido la cinta, Ruth se acercó a mí un día durante el descanso del almuerzo. Era uno de los primeros días realmente primaverales de aquel año, y yo estaba sentada en el césped charlando con un par de chicas más mayores. Cuando Ruth llegó hasta nosotras y me preguntó si quería ir a dar un paseo con ella, supe claramente que tenía en mente algo concreto. Así que dejé a las chicas con las que estaba hablando y la seguí hasta el fondo del Campo de Deportes Norte, y luego ladera arriba de la colina norte hasta la valla de madera, desde donde miramos hacia abajo y vimos el retazo de verde moteado por los grupos de alumnos. En la cima de la colina corría una fuerte brisa, y recuerdo que me sorprendió, porque cuando estaba abajo sentada en el césped no la había percibido. Seguimos allí de pie, quietas, mirando durante un rato los jardines de Hailsham, y en un momento dado Ruth me tendió una pequeña bolsa. Cuando la cogí, supe de inmediato que dentro había una casete, y el corazón me dio un brinco. Pero Ruth me dijo rápidamente:

    —No, Kathy, no es la tuya. No es la que has perdido. He intentado encontrarla para dártela, pero ha desaparecido por completo.
    —Sí —dije—. Y se habrá ido a Norfolk.

    Nos reímos. Luego saqué la cinta de la bolsa con aire de desilusión, y no estoy muy segura de que tal expresión desencantada no siguiera en mi semblante cuando me puse a mirar detenidamente el regalo de mi amiga.

    Era una cinta titulada Veinte melodías clásicas de baile. Cuando la oí más tarde, vi que era una música de orquesta de las que ponen en los bailes de salón. En el momento en que me la estaba dando yo no sabía de qué música se trataba, como es lógico, pero sabía que no era nada parecido a Judy Bridgewater. Y comprendí también, casi de inmediato, que Ruth nunca llegaría a saberlo, y que para ella, que no sabía nada de música, aquella cinta que me regalaba podía llenar el hueco que me había dejado la mía. Y de pronto sentí que mi desencanto se esfumaba y que en su lugar iba germinando una genuina dicha. En Hailsham no solíamos abrazarnos mucho. Pero al darle las gracias, le apreté una mano con fuerza entre las mías. Y ella dijo:

    —La encontré en el Saldo pasado. Pensé que es del tipo de cosas que te gustan.

    La sigo conservando. No la pongo mucho porque su música no tiene nada que ver con nada. Es un objeto, como un broche o un anillo, y ahora que Ruth se ha ido se ha convertido en uno de mis más preciados bienes.


    7


    Ahora quiero volver a nuestros últimos días en Hailsham. Hablo del período que va desde que teníamos trece años hasta que dejamos el centro a los dieciséis. En mi memoria, la vida en Hailsham se divide en dos grandes épocas bien diferenciadas: esta última de la que voy a hablar, y la que abarca todo lo vivido anteriormente. Los primeros años —aquellos de los que he estado hablando hasta ahora— tienden a desdibujarse y a superponerse en una especie de edad de oro, y cuando pienso en ellos, incluso en las cosas que no fueron tan buenas, no puedo evitar sentir una especie de fulguración dentro. Los últimos años los siento de una forma diferente. No es que fueran exactamente infelices —tengo multitud de recuerdos muy caros de aquel tiempo—, pero fueron mucho más serios, y, en determinados aspectos, más sombríos. Quizá lo he exagerado mentalmente, pero tengo la impresión de que entonces las cosas cambiaban muy deprisa, tan velozmente como el día entra en la noche.

    Tomemos aquella charla con Tommy en la orilla del estanque: hoy pienso que marcó la línea divisoria entre las dos épocas. No es que me empezasen a suceder cosas cruciales inmediatamente después; pero aquella conversación, para mí al menos, supuso un punto de inflexión. Definitivamente empecé a ver las cosas de forma diferente. Si antes reculaba al verme ante situaciones o cosas delicadas, ahora me planteaba más y más preguntas, si no en voz alta sí al menos en mi fuero interno.

    Aquella conversación en concreto me hizo ver con otros ojos a la señorita Lucy. La observaba detenidamente siempre que podía, y no por curiosidad sino porque había empezado a verla como la fuente más probable de importantes claves.

    Y fue así como, a lo largo del año o los dos años siguientes, llegué a captar diversas cosas extrañas que la señorita Lucy decía o hacía y que a mis amigas les pasaban completamente inadvertidas.

    Aquella vez, por ejemplo —quizá unas semanas después de la charla del estanque—, en que la señorita Lucy nos estaba dando Lengua y Literatura. Habíamos estado leyendo poesía, y —no sabría decir cómo— acabamos hablando de los soldados en la Guerra Mundial. Y de dos prisioneros de guerra. Uno de los chicos preguntó si las alambradas que rodeaban el campo estaban electrificadas, y otro comentó lo extraño que tenía que ser vivir en un sitio así, en el que uno podía suicidarse cuando le viniera en gana con sólo tocar la alambrada. Sin duda lo dijo con toda seriedad, pero todos nos lo tomamos a broma. Estábamos, pues, riendo y hablando a un tiempo, y entonces Laura —muy propio de ella— se levantó de su asiento y nos obsequió con una desternillante mímica de alguien que tocaba una alambrada y se electrocutaba. Y al punto se armó un revuelo en el que todo el mundo chillaba y hacía como que tocaba una alambrada electrificada y se electrocutaba de inmediato.

    Yo seguí mirando a la señorita Lucy durante todo aquel alboroto, y vi que, mientras miraba a la clase desde su tarima, por espacio de un instante, una expresión fantasmal se adueñó de su semblante. Luego —yo la seguía observando atentamente— se sobrepuso, sonrió y dijo:

    —Menos mal que las vallas de Hailsham no están electrificadas. A veces ocurren accidentes terribles.

    Dijo esto con una voz muy suave, que quedó casi ahogada en el griterío general. Pero yo la oí claramente: «A veces ocurren accidentes terribles». ¿Qué clase de accidentes? ¿Dónde? Pero nadie pareció oír lo que había dicho, y al poco seguimos analizando el poema.

    Hubo otros pequeños incidentes de este tipo, y no mucho después del que acabo de relatar empecé a considerar que la señorita Lucy no era igual que los demás custodios. Es incluso posible que empezara a darme cuenta, ya entonces, de la naturaleza de sus desasosiegos y frustraciones. Pero seguramente exagero; lo más probable es que, a la sazón, reparara en todas estas cosas sin saber qué diablos significaban. Y si estos incidentes se me antojan hoy llenos de significado y coherencia, seguramente es porque hoy los veo a la luz de lo que sucedió después, en especial lo que pasó aquel día en el pabellón, cuando nos guarecimos de un aguacero.


    Teníamos quince años, y era nuestro último año en Hailsham. Habíamos estado en el pabellón preparándonos para un partido de rounders. Los chicos atravesaban esa fase en la que «disfrutaban» de los partidos de rounders para poder flirtear con nosotras, y aquella tarde éramos más de treinta chicos y chicas. El aguacero había empezado cuando estábamos cambiándonos, y enseguida nos juntamos todos en la veranda —protegida por el tejado del pabellón— y nos dispusimos a esperar a que escampara. Pero no dejaba de llover, y cuando el último de nosotros se unió al grupo la veranda estaba atestada y todo el mundo hervía de inquietud. Recuerdo que Laura estaba mostrándome un modo de sonarse la nariz particularmente repugnante en caso de querer ahuyentar a un chico.

    La señorita Lucy era la única custodia presente. Estaba inclinada sobre la barandilla de enfrente, escrutando la lluvia como si tratara de ver a través del campo de deportes. Por aquella época yo seguía observándola con la misma atención que de costumbre, y, aunque estaba riéndome con Laura, de vez en cuando le lanzaba furtivas miradas a la espalda. Recuerdo que me pregunté si no había algo extraño en su postura, en cómo agachaba la cabeza quizá de forma un tanto exagerada, como un animal agazapado a punto de saltar sobre su presa. Y se inclinaba tanto hacia fuera por encima de la barandilla que las gotas del canalón que sobresalía del tejado casi la rozaban, aunque ella no daba muestras de que le importara. Me recuerdo incluso tratando de convencerme de que no había nada raro en ello —que sólo estaba deseosa de que dejara de llover—, y volviendo a prestar atención a lo que estaba diciendo Laura. Luego, unos minutos más tarde, había olvidado por completo a la señorita Lucy y me estaba partiendo de risa por algo, y de pronto me di cuenta de que todo el mundo se callaba a mi alrededor, y de que la señorita Lucy estaba hablando.

    De pie, en el mismo punto que antes, pero ahora con la espalda contra la barandilla, con un fondo de cielo lluvioso, encarándonos, estaba diciendo:

    —No, no. Lo siento. Voy a tener que interrumpiros. —Vi que les hablaba a dos chicos sentados enfrente de ella. No es que su voz sonara extraña exactamente, pero estaba hablando muy alto, con el tono que utilizaba para anunciarnos algo a toda la clase, y por eso se había callado todo el mundo—. No, Peter. Voy a tener que pedirte que te calles. No puedo seguir escuchándote y guardar silencio. —Y entonces levantó la mirada para incluir al resto de los presentes, y aspiró profundamente—: Muy bien —dijo—. Podéis oírlo todos. Es para todo el mundo. Ya es hora de que alguien os hable bien claro.

    Esperamos, y ella siguió mirándonos con fijeza. Más tarde unos dirían que creían que nos iba a echar una buena reprimenda; otros, que se disponía a anunciar una nueva norma sobre cómo jugar los partidos de rounders. Pero antes de que dijera ni media palabra yo sabía que iba a tratar de algo completamente diferente.

    —Chicos, tendréis que perdonarme por haber escuchado lo que decíais. Estabais justo detrás de mí y no he podido evitarlo. Peter, ¿por qué no les dices a tus compañeros lo que le estabas diciendo a Gordon hace un momento?

    Peter J. parecía desconcertado, y vi cómo se aprestaba a poner su cara de inocencia herida. Pero la señorita Lucy volvió a decir, ahora con mayor delicadeza:

    —Adelante, Peter. Diles a tus compañeros lo que le estabas diciendo a Gordon.

    Peter se encogió de hombros.

    —Estábamos hablando de qué tal si nos hacíamos actores. Del tipo de vida que llevaríamos.
    —Sí —dijo la señorita Lucy—. Y le estabas diciendo a Gordon que tendríais que ir a Estados Unidos para poder tener más oportunidades.

    Peter J. se encogió otra vez de hombros y masculló en voz baja:

    —Sí, señorita Lucy.

    Pero la señorita Lucy desplazaba ahora la mirada hacia todos nosotros.

    —Sé que no lo decís con mala intención, y que se dicen muchas cosas de este tipo continuamente. Las oigo todos los días, y no está bien que se os haya permitido seguir diciéndolas. —Vi cómo seguían cayéndole gotas del canalón encima del hombro, pero ella no parecía darse cuenta—. Si nadie os habla —continuó—, lo haré yo. El problema, a mi juicio, es que se os ha dicho y no se os ha dicho. Se os ha dicho, sí, pero ninguno de vosotros lo ha entendido realmente; y me atrevería a decir que hay cierta gente que se siente muy contenta de que la cosa quede ahí. Yo no. Si habéis de llevar vidas como es debido tenéis que saberlo, y saberlo bien. Ninguno de vosotros irá a Estados Unidos, ninguno de vosotros será estrella de cine. Y ninguno de vosotros trabajará en un supermercado, como el otro día oí que alguien tenía intención de hacer. Vuestras vidas están fijadas de antemano. Os haréis adultos, y luego, antes de que os hagáis viejos, antes de que lleguéis incluso a la edad mediana, empezaréis a donar vuestros órganos vitales. Para eso es para lo que cada uno de vosotros fue creado. No sois como los actores que veis en los vídeos, no sois ni siquiera como yo. Se os trajo a este mundo con una finalidad, y vuestro futuro, el de todos vosotros, ha sido decidido de antemano. Así que no debéis volver a hablar de ese modo nunca. Abandonaréis Hailsham relativamente pronto, y tampoco tendrá que pasar mucho tiempo antes de que llegue el día en que os preparéis para vuestras primeras donaciones. No debéis olvidarlo. Si habéis de llevar vidas mínimamente decorosas, tenéis que saber quiénes sois y lo que os espera en la vida. A todos y cada uno de vosotros.

    Se quedó callada, pero me dio la impresión de que siguió diciendo cosas en el interior de su cabeza, porque durante un tiempo su mirada siguió recorriéndonos, yendo de cara en cara como si aún nos estuviera hablando. Y sentimos un gran alivio cuando dio la vuelta y se puso a mirar de nuevo el campo de deportes.

    —Ya no hace tan mal tiempo —dijo, pese a que seguía lloviendo con la misma insistencia que antes—. Salgamos ahí fuera. A lo mejor sale también el sol.

    Creo que eso fue todo lo que dijo. Cuando hablé de ello con Ruth hace unos años en el centro de Dover, ella insistía en que la señorita Lucy nos había dicho mucho más; que nos había explicado cómo, antes de las donaciones, pasaríamos un tiempo como cuidadores, cuál era la secuencia normal de las donaciones, los centros de recuperación, etc.; sin embargo, yo estoy completamente segura de que no fue así. Puede que lo intentara cuando empezó a hablar. Pero imagino que, una vez que abordó el tema, empezó a ver las caras incómodas, perplejas que tenía enfrente, y se dio cuenta de la imposibilidad de terminar lo que había empezado.

    Es difícil decir con claridad qué tipo de impacto causó en el pabellón la revelación de la señorita Lucy. La noticia circuló con rapidez por todo Hailsham, pero las charlas versaban más sobre la propia señorita Lucy que sobre lo que había intentado transmitirnos. Algunos alumnos pensaban que había perdido el juicio durante unos instantes; otros, que habían sido la señorita Emily y los otros custodios quienes le habían pedido que nos dijera lo que nos dijo; y había incluso quienes, habiendo estado presentes cuando nos habló, pensaban que la señorita Lucy nos había reprendido por haber sido demasiado escandalosos en la veranda. Lo cierto es que se debatió asombrosamente poco lo que había dicho. Y si el asunto salía a colación, la gente solía decir:

    —Bueno, ¿y qué? Ya lo sabíamos.

    Pero eso era precisamente lo que la señorita Lucy había puesto de relieve. «Se os ha dicho y no se os ha dicho», fueron sus palabras literales. Hace unos años, cuando Tommy y yo volvimos a hablar de ello, y le recordé la idea de que «se nos había dicho y no se nos había dicho», soltó otra de sus teorías.

    Tommy pensaba que posiblemente los custodios, a lo largo de todos nuestros años en Hailsham, habían calculado cuidadosa y deliberadamente qué decirnos en cada momento, de forma que fuéramos siempre demasiado jóvenes para entender cabalmente lo que se nos decía. Por supuesto, nosotros lo habíamos interiorizado hasta cierto punto, y no hubo de pasar mucho tiempo antes de que toda aquella información se hubiera grabado en nuestra mente sin que jamás la hubiéramos examinado con detenimiento.

    Esto me suena un poco como a teoría de la conspiración —no creo que los custodios fueran tan arteros—, pero no niego que pueda haber algo de verdad en ello. Ciertamente, tengo la impresión de que siempre he sabido lo de las donaciones de un modo vago, y a una edad tan temprana como los seis o siete años. Y es curioso el hecho de que cuando fuimos más mayores y los custodios nos daban esas charlas, nada nos resultaba una total sorpresa. Era como si lo hubiéramos oído todo alguna vez, en alguna parte.

    Algo que me viene a la cabeza ahora es que cuando los custodios empezaron a darnos charlas sobre sexo, solían hacerlo al tiempo que nos hablaban de las donaciones. A aquella edad —hablo de cuando teníamos unos trece años— sentíamos gran inquietud y expectación respecto al sexo, y obviamente relegábamos la otra información a un segundo plano. Dicho de otro modo, es posible que los custodios se las arreglaran para irnos transmitiendo subrepticiamente una gran cantidad de información básica sobre nuestro futuro.

    Aunque, para ser justos, es muy probable que lo más natural fuera hacer coincidir ambos asuntos. Si, pongamos por caso, nos estaban explicando que, cuando tuviéramos relaciones sexuales, debíamos tener mucho cuidado para evitar el contagio de enfermedades, habría sido muy extraño no mencionar el hecho de que para nosotros era mucho más importante que para la gente normal del exterior. Y ello, sin duda, nos llevaba al tema de las donaciones.

    Luego estaba el hecho de que no pudiéramos tener niños. La señorita Emily solía darnos ella misma muchas de las charlas sexuales, y recuerdo una vez que trajo del aula de biología un esqueleto de tamaño natural para mostrarnos cómo se hacía el sexo. Contemplamos con absoluto asombro cómo sometía al esqueleto a diferentes posturas y contorsiones, y movía el puntero de una a otra de sus partes sin la menor muestra de embarazo. Explicaba las líneas maestras de cómo tenía que hacerse, qué es lo había que meter, y dónde, y las diferentes variantes, como si estuviéramos en una clase de Geografía. Entonces, de pronto, con el esqueleto hecho un obsceno ovillo encima de la mesa, se dio la vuelta y empezó a explicarnos que teníamos que tener cuidado con quién practicábamos el sexo. No sólo por las enfermedades, sino porque, dijo, «el sexo afecta a las emociones de formas que no podemos ni imaginar». Teníamos que ser extraordinariamente cautelosos con las relaciones sexuales en el mundo exterior, sobre todo con gente que no fueran estudiantes, porque en el mundo exterior «sexo» significaba todo tipo de cosas. En el mundo exterior la gente llegaba a pelearse y a matar porque determinada persona hubiera tenido sexo con otra. Y la razón de que el sexo significara tanto —mucho más, por ejemplo, que la danza o el tenis de mesa— estaba en que la gente del exterior era diferente de nosotros: a través del sexo podía tener hijos. Por eso era tan importante para ellos la cuestión de quién lo hacía con quién. Y aunque, como sabíamos, era absolutamente imposible para nosotros tener hijos, teníamos que comportarnos como ellos. Teníamos que respetar las reglas y tratar el sexo como algo muy especial.

    Aquella charla de la señorita Emily da una idea cabal de lo que estoy diciendo. Estábamos hablando de sexo, pero pronto salían a relucir los temas específicos de nuestra condición. Supongo que éste era el modo en que «se nos decía y no se nos decía».

    Pienso que al final debimos de asimilar bastante información, porque recuerdo que, hacia esa edad, tuvo lugar un gran cambio en el modo de tratar todo lo que tenía que ver con las donaciones. Hasta entonces, como he dicho, habíamos hecho cuanto estaba en nuestra mano para evitar el tema; habíamos reculado a la menor señal de que íbamos a adentrarnos en ese terreno; y siempre que algún idiota había sido descuidado a este respecto —como Marge en aquella ocasión—, se había llevado un castigo severo. Pero desde que tuvimos trece años, como digo, las cosas empezaron a cambiar. Seguíamos sin hablar de las donaciones o de cualquier cosa que tuviera que ver con ellas; seguíamos considerando incómodo todo lo relacionado con la cuestión, y al mismo tiempo llegó a ser algo sobre lo que bromeábamos, del mismo modo que bromeábamos sobre el sexo. Mirando hacia atrás hoy, yo diría que la norma de no hablar abiertamente de las donaciones seguía en vigor y con la misma fuerza de siempre. Pero ahora no estaba mal, e incluso era algo obligado, que de cuando en cuando se hiciera alguna alusión jocosa a aquellas cosas que nos esperaban en el horizonte.

    Un buen ejemplo de lo que digo es lo que sucedió aquella vez en que Tommy se hizo un corte en el codo. Debió de ser justo antes de mi charla con él junto al estanque; por la época, supongo, en que Tommy estaba saliendo de aquella fase en la que se metían con él y le tomaban el pelo.


    No era un tajo muy profundo, y aunque se le mandó a Cara de Cuervo para que lo examinara, volvió casi de inmediato con una gasa en el codo. Nadie volvió a pensar mucho en ello hasta un par de días después, cuando Tommy se quitó la gasa y nos enseñó una herida a medio cerrarse. Se le veían trocitos de piel que empezaban a pegarse, y pequeñas partículas rojas y blandas asomándole por debajo. Estábamos a mitad del almuerzo, así que todos le hicimos corro y exclamamos: «¡Ajjj!». Luego Christopher H., de un curso superior al nuestro, dijo con un semblante absolutamente serio:

    —Lástima que sea en esa parte del codo. En cualquier otra parte, no habría tenido la menor importancia.

    Tommy pareció preocuparse (Christopher era alguien a quien él admiraba mucho en aquella época), y le preguntó a qué se refería. Christopher siguió comiendo, y luego dijo como si tal cosa:

    —¿No lo sabes? Si está justo en el codo, se te puede abrir como una cremallera. En cuanto dobles el brazo bruscamente. Y se te abriría no sólo esa parte, sino el codo entero. Como una bolsa que se abre con una cremallera. Pensaba que lo sabías.

    Oí a Tommy quejarse de que Cara de Cuervo no le hubiera advertido de ese riesgo, pero Christopher se encogió de hombros y dijo:

    —Pensaba que lo sabías, seguro. Todo el mundo lo sabe.

    Los compañeros de alrededor mascullaron algo en señal de asentimiento.

    —Tienes que mantener el brazo completamente recto —dijo alguien—. Doblarlo lo más mínimo puede ser peligrosísimo.

    Al día siguiente vi a Tommy con el brazo recto y rígido, y con aire preocupado. Todo el mundo se reía de él, y eso me enfurecía, pero tenía que admitir que la cosa tenía cierta gracia. Luego, hacia el final de la tarde, salíamos del Aula de Arte cuando Tommy se acercó a mí en el pasillo y me dijo:

    —Kath, ¿podría hablar un momento contigo?

    Esto fue quizá un par de semanas después de que me hubiera acercado a él en el campo de deportes para recordarle lo de su polo preferido, así que se suponía que éramos bastante amigos. Fuera como fuese, el hecho de que viniera de ese modo a preguntarme si podía hablar conmigo en privado resultaba un tanto embarazoso, y me dejó un poco desconcertada. Quizá eso pueda explicar en parte por qué no fui más amable.

    —No es que esté muy preocupado ni nada parecido —empezó, en cuanto me hubo llevado aparte—. Pero quiero prevenirme, eso es todo. Con la salud no hay que correr riesgos. Necesito que alguien me ayude, Kath. —Lo que le preocupaba, me explicó, era lo que podía hacer mientras dormía. Doblar el brazo, por ejemplo—. Siempre tengo sueños de ésos en los que peleo contra montones de soldados romanos.

    En cuanto le interrogué un poco, me di perfecta cuenta de que multitud de compañeros —incluso muchos de los que no habían estado en aquel almuerzo— habían ido a repetirle la advertencia de Christopher. De hecho, algunos habían llevado mucho más lejos la patraña: le habían contado que un alumno que se había ido a dormir con un tajo en el codo como el suyo se había despertado con todo el esqueleto del brazo y la mano a la vista, y toda la piel suelta al lado «como uno de esos guantes largos de My Fair Lady».

    Lo que Tommy me pedía era que le ayudara a ponerse una tablilla en el brazo para mantenerlo recto durante la noche.

    —No me fío de nadie más —dijo, levantando una gruesa regla que solía usar—. Son capaces de ponérmela de forma que se suelte mientras duermo.

    Me miraba con absoluta inocencia, y no supe qué decir. Una parte de mí se moría de ganas de decirle lo que le estaban haciendo, y supongo que sabía que no hacerlo sería como traicionar la confianza que se había creado entre nosotros desde el momento en que le recordé lo del polo en el campo de deportes. Y si me avenía a entablillarle el brazo me convertía al instante en uno de los principales ejecutores de la broma. Y todavía me sentía avergonzada por no habérselo dicho en un principio. Pero hay que tener en cuenta que yo era aún muy jovencita, y que sólo disponía de unos segundos para decidirme. Y cuando alguien te pide que hagas algo en un tono tan lastimero, es muy difícil negarse.

    Supongo que lo que primó en mí fue el deseo de que no se disgustara. Porque me daba cuenta de que, a pesar de todo su desasosiego por el brazo, a Tommy le emocionaba la preocupación por su salud que creía que todos le estaban demostrando. Claro que yo sabía que se iba a enterar de la verdad tarde o temprano, pero en aquel momento no fui capaz de decírselo. Lo menos malo que se me ocurrió fue preguntarle:

    —¿Te ha dicho Cara de Cuervo que hagas esto?
    —No. Pero imagina lo furiosa que se pondría si el codo se me sale todo entero.

    Seguía sintiéndome mal, pero le prometí entablillarle el brazo más tarde —en el Aula Catorce, media hora antes de la campana nocturna—, y lo vi marchar tranquilizado y agradecido.

    El caso es que no tuve que pasar por ello, porque Tommy lo averiguó todo antes. Hacia las ocho de la tarde estaba yo bajando la escalera principal cuando oí unas grandes carcajadas que venían de la planta baja. Se me encogió el corazón porque supe inmediatamente que tenían que ver con Tommy. Me detuve en el rellano de la primera planta y miré por encima de la barandilla y vi que Tommy salía de la sala de billar con grandes y sonoras zancadas. Recuerdo que pensé: «Al menos no está chillando». Y no lo hizo en ningún momento: fue hasta el guardarropa, recogió sus cosas y se fue de la casa principal. Y durante todo este tiempo, las risotadas siguieron saliendo por la puerta abierta de la sala de billar, mientras algunas voces aullaban cosas como la siguiente:

    —¡Si pierdes los estribos, el codo se te sale sin remedio!

    Pensé en salir detrás de él y alcanzarlo en la oscuridad antes de que llegara al barracón del dormitorio, pero recordé que le había prometido entablillarle el codo para pasar la noche, y no me moví. Y me dije a mí misma una y otra vez: «Al menos no ha tenido una rabieta. Al menos se ha controlado el mal genio».

    Pero me he apartado un poco del asunto. La razón de que haya hablado de esto es que el concepto de cosas que «se abren como una cremallera» trascendió del codo de Tommy para convertirse en una broma entre nosotros referida a las donaciones. La idea era que, llegado el momento, con sólo abrirte la cremallera de una parte de ti mismo, se te saldría un riñón u otra víscera cualquiera, que tenderías a quien procediese. No es que la cosa nos pareciese muy graciosa en sí misma; era más bien una forma que teníamos de hacernos perder el apetito. Te abrías la «cremallera» del hígado, por ejemplo, y lo tirabas en el plato de alguien. Ese tipo de broma. Recuerdo que una vez Gary B., que tenía un apetito insaciable, volvía con su tercer plato de pudin, y prácticamente todos los de la mesa «se abrieron la cremallera» de partes de sí mismos y fueron amontonándolas en el bol de Gary, mientras él seguía atiborrándose a conciencia.

    A Tommy nunca le gustó gran cosa que lo de las cremalleras se pusiera de moda otra vez, pero para entonces las tomaduras de pelo dirigidas contra su persona eran agua pasada y nadie lo relacionaba ya con esta broma. Era algo que hacíamos para reírnos un poco, para conseguir que alguien dejase de comer lo que tenía en el plato, y también, supongo, como un modo de reconocimiento de lo que nos esperaba en el futuro. Y esto es lo que quería decir antes. En aquel tiempo de nuestra vida ya no nos apartábamos con espanto cuando se mencionaba el asunto de las donaciones, como habíamos hecho un año o dos atrás; pero tampoco pensábamos en ello muy seriamente, ni lo sometíamos a debate. Todo aquello de «abrirse la cremallera» no era sino una manifestación perfectamente comprensible del modo en que el asunto nos afectaba cuando teníamos trece años.

    Así que diría que la señorita Lucy tenía razón cuando un par de años después afirmó que «se nos había dicho y no se nos había dicho». Y —lo que es más— ahora que pienso en ello diría también que lo que la señorita Lucy nos dijo aquella tarde condujo a un cambio de actitud real en todos nosotros. Fue a partir de aquel día cuando cesaron las bromas sobre las donaciones, y cuando empezamos a pensar juiciosamente en las cosas. Si algo varió fue precisamente que las donaciones volvieron a ser un tema que todos orillábamos, pero no de la forma en que lo habíamos hecho cuando éramos más pequeños. Ahora ya no era incómodo o embarazoso, sino sencillamente sombrío y serio.

    —Es extraño —me dijo Tommy cuando hace unos años lo recordamos todo de nuevo—. Ninguno de nosotros se paró a pensar en cómo se sintió ella, la señorita Lucy. Nunca nos preocupó si se había buscado algún problema al decirnos lo que nos dijo. Éramos tan egoístas entonces...
    —No puedes culparnos a nosotros —dije—. Se nos enseñó a pensar en nuestros compañeros, pero jamás en nuestros custodios. No se nos ocurrió nunca la idea de que hubiera diferencias entre ellos.
    —Pero teníamos edad suficiente —dijo Tommy—. Con nuestra edad tendría que habérsenos ocurrido. Sin embargo no se nos ocurrió. No pensamos en absoluto en la pobre señorita Lucy. Ni siquiera después, ya sabes, cuando tú la viste.

    Supe al instante a qué se refería. Hablaba de aquella mañana de principios de nuestro último verano en Hailsham, cuando me topé con la señorita Lucy en el Aula Veintidós.

    Al pensar en ello ahora, me doy cuenta de que Tommy tenía razón. A partir de aquel momento debería haber sido meridianamente claro, incluso para nosotros, cuan atribulada estaba la señorita Lucy. Pero como dijo Tommy, jamás consideramos nada desde su punto de vista, y jamás se nos ocurrió decir o hacer algo para apoyarla.


    8


    Muchos de nosotros habíamos cumplido ya dieciséis años. Era una mañana de sol radiante y acabábamos de bajar al patio después de una clase en la casa principal cuando de pronto me acordé de algo que me había dejado olvidado en el aula. Así que subí hasta la tercera planta, y allí es donde me sucedió lo de la señorita Lucy.

    En aquellos días yo tenía un juego secreto. Cuando me encontraba sola dejaba lo que estuviera haciendo y buscaba una vista —desde la ventana, por ejemplo, o el interior de un aula a través de una puerta—, cualquier vista en la que no hubiera personas. Lo hacía para poder formarme la ilusión, al menos durante unos segundos, de que aquel lugar no estaba atestado de alumnos sino que era una casa tranquila y apacible donde vivía con otras cinco o seis personas. Y para que esta fantasía funcionara, tenía que sumirme en una especie de ensueño, y aislarme de todos los ruidos y todas las voces. Normalmente tenía que armarme de paciencia: si, pongamos por caso, estaba en una ventana y fijaba la mirada en un punto concreto del campo de deportes, puede que tuviese que esperar siglos para que se dieran esos dos segundos en los que no había nadie en el encuadre. En cualquier caso, era eso lo que estaba haciendo aquella mañana después de haber recogido lo que había olvidado en la clase y haber salido al rellano de la tercera planta.

    Estaba muy quieta junto a una ventana y miraba la parte del patio en la que había estado apenas unos instantes antes. Mis amigas se habían ido, y el patio se vaciaba por momentos, de forma que estaba esperando a poder poner en práctica mi juego secreto cuando oí a mi espalda algo parecido a un escape de gas o de vapor en violentas ráfagas.

    Era un sonido sibilante que se prolongó durante unos diez segundos; luego cesó y volvió a sonar. No me alarmé exactamente, pero dado que al parecer era la única persona en la cercanía, pensé que lo mejor sería ir a averiguar qué pasaba.

    Crucé el rellano en dirección al sonido, avancé por el pasillo y dejé atrás el aula en la que acababa de estar, y llegué al Aula Veintidós, la segunda empezando por el fondo. La puerta estaba entreabierta, y en cuanto me acerqué a ella el ruido sibilante volvió a oírse, esta vez con mayor intensidad. No sé lo que esperaba encontrar al empujar la puerta con cautela, pero mi sorpresa fue mayúscula al ver a la señorita Lucy.

    El Aula Veintidós se utilizaba raras veces para las clases, porque era demasiado pequeña y nunca había suficiente luz, ni siquiera en un día como aquél. A veces los custodios entraban para corregir nuestros trabajos o para ponerse al día en sus lecturas. Aquella mañana el aula estaba más oscura que de costumbre, porque las persianas estaban echadas casi totalmente. Habían juntado dos mesas, como para que pudiera sentarse un grupo, pero la señorita Lucy estaba sola, sentada a un lado, cerca del fondo. Vi varias hojas de un papel oscuro y satinado diseminadas sobre la mesa de enfrente de la señorita Lucy. Ella estaba inclinada sobre la mesa, absorta, con la frente muy baja, los brazos sobre el tablero, trazando líneas furiosas sobre una hoja con un lápiz. Bajo las gruesas líneas negras vi una pulcra letra azul. Siguió restregando la punta del lápiz sobre el papel, casi como si estuviera sombreando en la clase de Arte, sólo que sus movimientos eran mucho más airados, como si no le importara que el papel se agujereara. Entonces, en ese momento, me di cuenta de que ése era el ruido extraño que había oído antes, y que lo que había tomado por papeles oscuros y satinados habían sido, instantes atrás, hojas de cuidada letra azul.

    Se hallaba tan ensimismada en lo que estaba haciendo que tardó en reparar en mi presencia. Cuando alzó la vista, sobresaltada, vi que tenía la cara congestionada, aunque sin rastro alguno de lágrimas. Se quedó mirándome, y al final dejó el lápiz.

    —Hola, jovencita —dijo, y aspiró profundamente—. ¿Qué puedo hacer por ti?

    Creo que aparté la vista para no tener que mirarla a ella o al papel que había sobre la mesa. No recuerdo si dije gran cosa, si le expliqué lo del ruido, y que había entrado por si era gas. En cualquier caso, no fue una conversación propiamente dicha: ella no quería que yo estuviera allí, y yo tampoco quería estar. Creo que me disculpé y salí del aula, esperando a medias que me llamara. Pero no lo hizo, y lo que hoy recuerdo es que bajé las escaleras llena de vergüenza y resentimiento. En aquel momento quería más que nada en el mundo no haber visto lo que acababa de ver, aunque si se me hubiera preguntado por qué estaba tan disgustada no habría sido capaz de precisar el motivo. La vergüenza, como digo, tenía mucho que ver con ello, y también la furia, aunque no exactamente contra la señorita Lucy. Me sentía muy confusa, y probablemente por eso no les conté nada a mis amigas hasta mucho tiempo después.

    A partir de aquella mañana tuve la convicción de que había algo —quizá algo horrible— relacionado con la señorita Lucy que yo desconocía, y mantuve los ojos y los oídos bien abiertos. Pero los días pasaron y no vi ni oí nada. Lo que no sabía entonces es que algo de gran importancia había sucedido sólo unos días después de que viera a la señorita Lucy en el Aula Veintidós; algo entre ella y Tommy que había dejado a éste disgustado y desorientado. No mucho tiempo atrás, Tommy y yo nos habríamos contado inmediatamente cualquier nueva de este tipo; pero aquel verano estaban sucediendo ciertas cosas que hacían que no habláramos tan abiertamente como antes.

    Por eso tardé tanto en oír hablar de ello. Luego me odié por no haberlo adivinado, por no buscar a Tommy para interrogarle hasta conseguir que me lo contara. Pero como he dicho, en aquel tiempo estaban sucediendo cosas entre Tommy y Ruth, y otras muchas cosas más, y creí que eran estos hechos los que habían dado lugar a los cambios que había observado en él.

    Probablemente iría demasiado lejos si dijera que Tommy se vino abajo por completo aquel verano pero hubo veces en las que temí que estuviera volviendo a ser la criatura torpe y tornadiza de años antes. Una vez, por ejemplo, unas cuantas de nosotras volvíamos del pabellón hacia los barracones de los dormitorios y de pronto vimos a Tommy y a otros dos chicos unos pasos más adelante. Todos parecían estar perfectamente —incluso Tommy—, y se reían y se daban empellones. De hecho, diría que Laura —que iba a mi lado— se puso a imitarles y a hacer payasadas. El caso es que Tommy debía de haber estado sentado en el suelo un rato antes, porque tenía un pegote de barro en la parte baja de la camiseta de rugby. Era obvio que no se había dado cuenta, y creo que sus amigos tampoco, porque lo habrían aprovechado para tomarle el pelo. En cualquier caso, Laura —siendo como era— le gritó algo parecido a: «¡Tommy, llevas caca detrás! ¿Qué has estado haciendo?».

    Lo dijo de un modo completamente amistoso, y si acto seguido algunas de nosotras emitimos ciertos ruidos para apoyar el comentario, no fue nada muy distinto a ese tipo de cosas que los escolares hacen continuamente. Así que nos quedamos absolutamente anonadadas cuando Tommy se paró en seco, giró en redondo y miró a Laura con ojos de fuego. Nos paramos, y también sus amigos —ellos tan desconcertados como nosotras—, y durante unos segundos pensé que Tommy iba a estallar por primera vez en varios años. Pero se dio la vuelta y echó a andar con brusquedad, sin decir ni una palabra, y nos dejó allí atrás, quietas, encogiéndonos de hombros y mirándonos unas a otras.

    Algo parecido sucedió cuando le enseñé el calendario de Patricia C. Patricia estaba dos cursos más atrás que nosotros, pero todo el mundo admiraba su destreza para el dibujo, y sus trabajos eran muy cotizados en los Intercambios de Arte. A mí me gustaba especialmente aquel calendario, y me las había arreglado para conseguirlo en el último Intercambio, porque llevaba oyendo hablar de él varias semanas. No tenía nada que ver, pongamos por caso, con los calendarios blandos de colores de los condados ingleses de la señorita Emily. El calendario de Patricia era diminuto y abultado, y para cada mes había hecho un increíble dibujo a lápiz de alguna escena de la vida de Hailsham. Me gustaría haberlo conservado, sobre todo porque en algunos de los dibujos —los de junio y septiembre, por ejemplo— se pueden reconocer las caras de ciertos alumnos y custodios. Es una de las cosas que perdí cuando dejé las Cottages, cuando tenía la cabeza en otra parte y no prestaba demasiada atención a lo que me estaba llevando (pero hablaré de ello en su momento). Lo que estoy diciendo ahora es que el calendario de Patricia era una auténtica preciosidad. Me sentía orgullosa de él, y por eso quería enseñárselo a Tommy.

    Lo vi de pie al lado del gran sicómoro que había cerca del Campo de Deportes Sur, al sol de última hora de la tarde, y como llevaba el calendario en la cartera —lo había estado enseñando en la clase de música—, me dirigí hacia él.

    Estaba absorto en un partido de fútbol en el que jugaban algunos chicos más jóvenes, y su talante parecía bueno, incluso apacible. Cuando me vio acercarme me sonrió, y estuvimos charlando un rato de nada en particular. Y al final le dije:

    —Tommy, mira lo que he conseguido.

    No quise que mi voz sonara sin un timbre de triunfo, y puede que incluso dijera «tachan» al sacarlo de la cartera y tendérselo para que lo viera. Cuando cogió el calendario aún seguía sonriendo, pero en cuanto empezó a hojearlo me pareció que algo se cerraba en su interior.

    —Esa Patricia... —empecé a decir, pero enseguida oí cómo mi voz cambiaba—. Es tan inteligente...

    Pero Tommy ya me lo estaba devolviendo. Y luego, sin decir ni una palabra, echó a andar en dirección a la casa principal.

    Este incidente debería haberme dado una pista. Si hubiera pensado en él con la atención debida, habría adivinado que el estado de ánimo último de Tommy tenía algo que ver con la señorita Lucy y con sus pasados problemas de creatividad. Pero con todas las cosas que estaban pasando en aquel momento en Hailsham, como digo, no pensé en nada de eso. Supongo que debí de dar por sentado que aquellos problemas habían quedado atrás con nuestra entrada en la adolescencia, y que sólo los grandes temas que tan aparatosamente se nos presentaban podían realmente preocuparnos.

    ¿Qué había estado pasando en Hailsham? Bien, para empezar, Ruth y Tommy habían tenido una pelea de campeonato. Habían sido pareja durante unos seis meses (al menos ése era el tiempo que llevaban siéndolo «públicamente»: paseándose cogidos del brazo y ese tipo de cosas). Los respetábamos como pareja porque no hacían ostentación de ello. Otras parejas, como Sylvia B. y Roger D., por ejemplo, podían ponerse de un meloso insoportable, y había que lanzarles toda una andanada de imitaciones de vómitos para llamarles al orden. Pero Ruth y Tommy nunca hicieron ningún alarde burdo delante de los demás, y si alguna vez se hacían arrumacos o algo parecido, notabas que lo hacían sólo para ellos mismos y no para la galería.

    Mirando hoy hacia atrás, reconozco que todos estábamos bastante confusos en lo relativo al sexo. Algo que a nadie debería sorprender, supongo, ya que apenas teníamos dieciséis años. Pero lo que hacía aún mayor nuestra confusión —hoy lo veo con más claridad— era el hecho de que también los custodios se sentían confusos al respecto. Por otra parte, teníamos las charlas de la señorita Emily, en las que nos decía lo importante que era no avergonzarse de nuestros propios cuerpos, y «respetar nuestras necesidades físicas», y cómo el sexo era «un bellísimo don» siempre que ambas personas lo desearan realmente. Pero llegado el momento, los custodios hacían más o menos imposible que cualquiera de nosotros llegara a hacer gran cosa sin quebrantar alguna norma. Nosotras no podíamos visitar los dormitorios de los chicos después de las nueve de la noche, y ellos no podían visitar los nuestros. Las clases estaban oficialmente «fuera del territorio permitido» desde el atardecer, al igual que las zonas de detrás de los cobertizos y del pabellón. Y no te apetecía hacerlo en el campo aunque el tiempo fuera espléndido, porque casi con toda seguridad descubrirías luego que habías tenido un montón de espectadores observándote —y pasándose los prismáticos de mano en mano— desde las ventanas de la casa. Dicho de otro modo, pese a las charlas y charlas sobre la belleza del sexo y demás, teníamos la inequívoca impresión de que si los custodios nos sorprendían poniéndolo en práctica nos veríamos en un aprieto.

    El único caso real del que personalmente tengo noticia en este sentido es el de Jenny C. y Rob D., el día en que se les sorprendió en el Aula Catorce. Estaban haciéndolo después del almuerzo, encima de uno de los pupitres, cuando el señor Jack entró a coger algo. Según Jenny, el señor Jack se había puesto rojo y se había ido precipitadamente, pero a ellos se les había cortado la cosa y lo habían dejado. Casi se habían vestido cuando el señor Jack volvió a entrar, como si fuera la primera vez, y fingió escandalizarse.

    —Veo perfectamente lo que habéis estado haciendo, y no está bien —dijo, y les mandó a ver a la señorita Emily.

    Cuando llegaron a su despacho, la señorita Emily les dijo que estaba a punto de salir para una reunión importante, y que no tenía tiempo para hablar con ellos.

    —Pero sabéis que no tendríais que haber estado haciendo lo que estuvierais haciendo, y espero que no volváis a hacerlo —les había dicho, antes de salir apresuradamente con sus carpetas.

    El sexo homosexual, por cierto, era algo sobre lo que nos sentíamos aún más confusos. Por alguna razón que desconozco, lo llamábamos «sexo sombrilla»; si te gustaba alguien de tu mismo sexo, eras un o una «sombrilla». No sé cómo sería en los centros del exterior, pero en Hailsham no éramos en absoluto amables con todo lo que tuviera que ver con una tendencia homosexual. Los chicos, sobre todo, podían ser de lo más crueles. Según Ruth, ello se debía a que muchos de ellos se habían hecho cosas mutuamente cuando eran muy pequeños, antes de que pudieran darse cuenta de lo que estaban haciendo. Así que ahora se sentían ridículamente tensos en relación con ello. No sé si tenía o no razón, pero no había duda de que si acusabas a alguien de ser «un sombrilla de cuidado» podías buscarte una buena bronca.

    Cuando hablábamos de todas estas cosas —y lo hacíamos constantemente en aquel tiempo— nunca podíamos concluir si los custodios querían o no que tuviéramos sexo entre nosotros. Algunos pensaban que sí, pero que siempre queríamos hacerlo cuando no debíamos. Hannah sostenía la teoría de que su deber era hacer que tuviéramos sexo entre nosotros porque de lo contrario nunca llegaríamos a ser buenos donantes. Según ella, los riñones, el páncreas y demás cosas por el estilo no funcionaban bien si no se tenía sexo. Y alguien añadió que no teníamos que olvidar que los custodios eran «normales». Por eso eran tan raros en lo referente al sexo; para ellos, el sexo era para cuando querías tener niños, y aunque sabían, intelectualmente, que nosotros no podíamos tenerlos, seguían sintiéndose incómodos cuando practicábamos el sexo porque en el fondo no acababan de creerse que no íbamos a tener hijos.

    Annette B. tenía otra teoría: que los custodios se sentían incómodos cuando practicábamos el sexo entre nosotros porque lo que en realidad querían era tener sexo con nosotros. El señor Chris en particular, afirmaba Annette, nos miraba a las chicas de ese modo. Laura dijo que lo que Annette quería decir realmente era que la que quería tener sexo con el señor Chris era ella. Y todas nos partimos de risa, porque la idea de tener relaciones sexuales con el señor Chris nos parecía absurda, además de absolutamente nauseabunda.

    La teoría que creo que más se acercaba a la verdad era la de Ruth.

    —Nos informan de todo lo relacionado con el sexo para cuando nos vayamos de Hailsham —explicaba—. Quieren que lo hagamos como es debido, con alguien que nos guste y sin coger enfermedades. Pero como digo, nos lo cuentan para cuando dejemos Hailsham. No quieren que lo hagamos aquí, porque es demasiado lío para ellos.

    Yo, por mi parte, pienso que no hacíamos tanto sexo como fingíamos hacer. Había, quizá, mucho besuqueo, mucho manoseo; y parejas que daban a entender que estaban manteniendo relaciones sexuales completas. Pero hoy, al volver la vista atrás, me pregunto hasta qué punto todo esto era verdad. Si todos los que decían que lo hacían lo estaban haciendo realmente, en Hailsham no se habría visto más que parejas empeñadas en tal afán a todas horas, y a derecha, izquierda y centro.

    Lo que sí recuerdo es que existía un acuerdo casi tácito entre todos nosotros para no interrogarnos demasiado sobre lo que decíamos que hacíamos. Si, por ejemplo, Hannah ponía los ojos en blanco cuando estábamos hablando de otra chica y decía entre dientes «virgen» —queriendo decir «por supuesto, nosotras no lo somos, y como ella sí lo es, ¿qué puedes esperarte?»—, ciertamente no era muy propio preguntarle: «¿Con quién lo has hecho tú? ¿Cuándo? ¿Dónde?». No, lo que hacías era limitarte a asentir con complicidad. Era como si existiera otro universo paralelo al cual nos trasladábamos para practicar todo ese sexo.

    Creo que debí de darme cuenta incluso entonces de que todos aquellos lances de los que se alardeaba a mi alrededor no cuadraban en absoluto. En cualquier caso, a medida que se acercaba el verano, empecé a sentirme más y más un bicho raro a este respecto. En cierto modo, el sexo había llegado a ser como lo de «ser creativo» unos años antes. Era como si, al no haberlo hecho nunca, tuvieras que hacerlo, y pronto. Y en mi caso la cosa se hacía aún más complicada por el hecho de que dos de las chicas de mi círculo más íntimo lo habían hecho ya. Laura, con Rob D., aunque nunca habían llegado a ser pareja. Y Ruth con Tommy.

    A pesar de ello, yo seguía y seguía resistiéndome, repitiéndome a mí misma el consejo de la señorita Emily: «Si no encuentras a nadie con quien desees de veras compartir esa experiencia, ¡no lo hagas!». Pero hacia primavera del año del que estoy hablando empecé a pensar que no me importaría tener sexo con un chico. No sólo para ver cómo era, sino también porque se me ocurrió que necesitaba familiarizarme con el sexo, y que incluso sería preferible practicarlo por primera vez con un chico que no me importara demasiado. Así, en el futuro, si estaba con alguien especial, tendría más probabilidades de hacerlo todo como es debido. Lo que quiero decir es que, si la señorita Emily tenía razón y el sexo era algo tan importante entre las personas, entonces no quería hacerlo por primera vez cuando, llegado el momento, fuera realmente importante hacerlo bien.

    Así que le eché el ojo a Harry C. Lo elegí por varias razones. La primera, porque sabía que él lo había hecho ya con Sharon D. La segunda, porque aunque no me gustaba demasiado tampoco lo encontraba repulsivo. Y también porque era tranquilo y decente, y, si la cosa resultaba un verdadero desastre, nada dado a ir por ahí luego chismorreando. Era, además, un chico que ya había insinuado unas cuantas veces que le gustaría tener sexo conmigo. De acuerdo, había un montón de chicos que a la sazón lanzaban sondas galantes, pero para entonces sabíamos ya distinguir claramente una proposición real de la habitual palabrería de los chicos.

    Así que elegí a Harry, y lo diferí un par de meses porque quería asegurarme de estar bien físicamente. La señorita Emily nos había dicho que podría ser doloroso y resultar un completo fracaso si no te humedecías lo bastante, y ésa era mi principal preocupación. No era cuestión de que te desgarraran ahí abajo, como a veces comentábamos en broma (era además el miedo secreto de muchísimas chicas). Me decía a mí misma que siempre que me mojase lo bastante aprisa, no tenía por qué haber problemas, y practiqué mucho yo sola para asegurarme.

    Me doy cuenta de que quizá pudiera pensarse que me estaba volviendo obsesiva, pero recuerdo que también me pasaba mucho tiempo releyendo pasajes de libros en los que la gente tenía relaciones sexuales, y repasaba las frases una y otra vez tratando de encontrar pistas. Lo malo es que los libros que teníamos en Hailsham no me servían de ninguna ayuda. Teníamos muchas obras de Thomas Hardy y de autores por el estilo, prácticamente inútiles para mis propósitos. En algunos libros modernos, de escritoras como Edna O'Brien y Margaret Drabble, había algo de sexo, pero nunca se sabía con claridad lo que sucedía porque los autores siempre daban por supuesto que tenías en tu haber un montón de experiencia y que no hacía ninguna falta entrar en detalles. Así que me estaba resultando francamente frustrante lo de los libros y el sexo, y los vídeos tampoco eran una buena opción. Desde hacía un par de años teníamos un vídeo en la sala de billar, y aquella primavera disponíamos ya de una colección bastante buena de películas. En muchas de ellas había sexo, pero la mayoría de las escenas acababan justo antes de que empezara el sexo propiamente dicho, o, si la cámara registraba cómo lo hacían, tú sólo veías las caras o las espaldas de los protagonistas. Y cuando había un pasaje en verdad útil, era muy difícil verlo pausadamente porque por lo general había otros veinte compañeros en la sala. Teníamos ese sistema que te permite repetir tus secuencias preferidas, como, por ejemplo, el momento en que el soldado norteamericano salta sobre el alambre de espino a lomos de su motocicleta en La gran evasión. Se oía la cantinela de «¡Rebobina, rebobina!», y alguien cogía el mando a distancia y volvíamos a ver la secuencia, a menudo tres, cuatro veces. Pero difícilmente podía yo ponerme a gritar que rebobinaran para volver a ver una determinada escena de sexo.

    Así que seguí difiriéndolo semana tras semana, mientras continuaba preparándome, hasta que llegó el verano y decidí que estaba ya tan a punto como podría llegar a estarlo nunca. Para entonces me sentía razonablemente segura de mí misma, y empecé a insinuarme a Harry. Todo iba bien, de acuerdo con mi plan, cuando Ruth y Tommy rompieron y todo se volvió un poco confuso.


    9


    Lo que sucedió fue que unos días después de que rompieran yo estaba en el Aula de Arte con otras chicas, trabajando en un bodegón. Recuerdo que hacía un calor sofocante, a pesar de tener el ventilador a plena potencia a nuestra espalda. Utilizábamos carboncillo, y como alguien se había llevado todos los caballetes, teníamos que trabajar con el tablero sobre el regazo. Yo estaba sentada junto a Cynthia E., y acabábamos de charlar quejándonos del calor. Entonces, no sé cómo, salió el tema de los chicos, y, sin levantar la vista del trabajo, Cynthia dijo:

    —Y Tommy. Sabía que no iba a durar con Ruth. Bien, supongo que vas a ser la sucesora natural.

    Lo dijo como si tal cosa. Pero Cynthia era una persona perspicaz, y el hecho de que no formara parte de nuestro grupo daba un peso aún mayor a su comentario. Lo que quiero decir es que no pude evitar pensar que lo que había dicho era lo que cualquier persona medianamente objetiva habría dicho del asunto. Después de todo, yo era amiga de Tommy desde hacía años, hasta que había empezado aquella moda de las parejas. Era perfectamente posible que, para alguien externo al grupo, yo fuera la «sucesora natural» de Ruth. Lo dejé pasar, sin embargo, y Cynthia, que no pretendía abundar sobre ese punto, no dijo más sobre el asunto.

    Uno o dos días después, salía del pabellón con Hannah cuando de pronto sentí que me daba un codazo y hacía un gesto en dirección a un grupo de chicos que había en el Campo de Deportes Norte.

    —Mira —dijo en voz baja—. Tommy. Allí sentado. Y solo.

    Me encogí de hombros, como diciendo: «¿Y qué?». Y eso fue todo. Pero luego me sorprendí pensando y pensando en ello. Quizá lo único que había querido Hannah era hacer hincapié en el hecho de que Tommy, desde que había roto con Ruth, parecía estar un poco perdido. Pero no acababa de convencerme: conocía bien a Hannah. La forma en que me había dado el codazo y había bajado la voz era señal inequívoca de que también ella expresaba la presunción, probablemente ya general, de que yo era la «sucesora natural».

    Ello, como ya he dicho, me había sumido en cierta confusión, porque hasta entonces me había aferrado a mi plan de Harry. De hecho, viéndolo retrospectivamente, estoy segura de que habría llegado a tener sexo con Harry si no se hubiera dado ese asunto de la «sucesora natural». Lo tenía todo planeado, y los preparativos iban por buen camino. Y sigo pensando que Harry habría sido una buena elección para aquella etapa de mi vida. Pienso que habría sido atento y delicado, y que habría entendido lo que esperaba de él.

    Vi a Harry fugazmente hace un par de años, en el centro de recuperación de Wiltshire. Lo habían internado después de una donación. Yo no me encontraba en el mejor de los estados de ánimo, porque el donante a quien cuidaba acababa de «completar» la noche anterior. Nadie me echaba la culpa de ello —había sido una operación particularmente chapucera—, pero me sentía muy mal. Había estado levantada casi toda la noche, arreglando las cosas, y estaba en el vestíbulo preparándome para irme cuando vi a Harry entrando en la recepción. Iba en silla de ruedas (porque estaba muy débil —según supe después—, no porque no pudiera caminar), y no estoy segura de que cuando me acerqué para saludarle llegara siquiera a reconocerme. Supongo que no había ninguna razón por la que yo debiera ocupar un lugar especial en su memoria. Nunca habíamos tenido mucho que ver el uno con el otro, salvo aquella vez en que planeé emparejarme con él sexualmente. Para él, en caso de que me recordara, no sería sino aquella chica tonta que se había acercado a él un día y le había preguntado si quería hacer sexo con ella y se había retirado apresuradamente. Debía de ser bastante maduro para su edad, porque no se molestó ni fue por ahí contándole a la gente que yo era una chica fácil o algo parecido. Así que cuando vi que lo traían a aquel centro aquel día, sentí gratitud hacia él y pensé que ojalá hubiera sido su cuidadora. Miré a mi alrededor, pero a su cuidador, quienquiera que fuese, no se le veía por ninguna parte. Los camilleros estaban impacientes por llevarlo a su habitación, así que no hablé mucho con él. Le dije hola, y que esperaba que se sintiera mejor pronto, y él me sonrió cansinamente. Cuando mencioné Hailsham levantó los pulgares en señal de aprobación, pero estoy segura de que no me reconoció. Quizá más tarde, cuando no estuviera tan cansado, o cuando su medicación no fuera tan fuerte, trataría de ubicarme y recordarme.

    Pero estaba hablando de entonces, de cómo después de que Ruth y Tommy hubieran roto todos mis planes se sumieron en una nebulosa. Mirando hoy hacia atrás, siento un poco de lástima por Harry. Después de todas las insinuaciones que le había ido dirigiendo la semana anterior, heme allí de pronto susurrando cosas para rechazarle. Supongo que debí de suponer que se moría de ganas de practicar el sexo conmigo, y de que tendría que vérmelas y deseármelas para contenerlo. Porque cada vez que lo veía, salía rápidamente con alguna evasiva y me iba precipitadamente antes de que él pudiera contestar algo. Sólo mucho después, cuando pensé detenidamente en ello, se me ocurrió que acaso en ningún momento había acariciado la idea de tener una relación sexual conmigo. Por lo que sé, hasta tal vez le hubiera alegrado el poder olvidarlo todo, pero cada vez que nos veíamos en el pasillo o en los jardines, yo me acercaba y le susurraba cualquier excusa para no querer hacer sexo con él en aquel momento. Debí de parecerle bastante boba, y si no hubiera sido tan buen tipo me hubiera convertido en el hazmerreír de todo el mundo en un abrir y cerrar de ojos. En fin, quizá tardé un par de semanas en librarme de Harry, y entonces llegó la petición de Ruth.


    Aquel verano, hasta que acabó el calor, adquirimos la extraña costumbre de escuchar música juntos en los campos. Desde los Saldos del año anterior habían empezado a verse walkmans en Hailsham, y aquel verano había por lo menos seis en circulación. Lo que hacía furor era sentarse en el césped unos cuantos alrededor de un walkman, y pasarse los cascos de unos a otros. Sí, parece una manera estúpida de escuchar música, pero creaba un feeling estupendo. Escuchabas durante unos veinte segundos, te quitabas los auriculares y se los pasabas al siguiente. Al cabo de un rato, y siempre que la cinta se pusiera una y otra vez, era asombroso lo parecido que podía resultar a haberla escuchado de corrido. Como digo, la cosa hizo furor aquel verano, y durante los descansos para el almuerzo podías ver grupitos de alumnos echados en el césped alrededor de unos cuantos walkmans. Los custodios no se mostraban muy entusiastas, porque decían que se contagiaban las infecciones de oído, pero no nos lo prohibían. No puedo recordar aquel último verano sin pensar en aquellas tardes haciendo corro en torno a los walkmans. De cuando en cuando pasaba alguien y preguntaba:

    —¿Qué estáis escuchando?

    Y si le gustaba lo que le respondíamos se sentaba y esperaba su turno para hacerse con los cascos. En aquellas sesiones había casi siempre un ambiente inmejorable, y no recuerdo que se negara a nadie el disfrute de los auriculares.

    Y estaba en compañía de otras chicas disfrutando de una de esas ocasiones cuando se acercó Ruth y me preguntó si podíamos hablar un rato. Vi que se trataba de algo importante, así que dejé a aquellas chicas y las dos nos alejamos en dirección al barracón del dormitorio. Cuando llegamos a nuestra habitación, me senté en la cama de Ruth, cerca de la ventana —el sol había caldeado un poco la manta—, y ella se sentó en la mía, junto a la pared del fondo. Había una mosca azul zumbando en el aire, y durante unos minutos estuvimos riéndonos y jugando al «tenis de la mosca azul», lanzando manotazos al aire para hacer que la enloquecida criatura fuera de un extremo a otro de nosotras. Al final la mosca encontró el camino y salió por la ventana, y Ruth dijo:

    —Quiero que Tommy y yo volvamos a estar juntos, Kathy. ¿Me ayudarás? —y luego me preguntó—: ¿Qué pasa?
    —Nada. Que me ha sorprendido un poco, después de lo que pasó. Por supuesto que te ayudaré.
    —No le he contado a nadie que quiero volver con Tommy. Ni siquiera a Hannah. Eres la única en la que confío.
    —¿Qué quieres que haga?
    —Que hables con él. Siempre te has llevado de maravilla con Tommy. A ti te escuchará. Y sabrá que no estás hablando por hablar.

    Durante un instante seguimos sentadas en la cama, bamboleando los pies desde los colchones.

    —Es estupendo que me digas esto —dije al cabo—. Seguramente soy la persona más adecuada. Para hablar con Tommy y todo eso.
    —Lo que quiero es que volvamos a empezar desde cero. Estamos prácticamente en paz, porque los dos hemos hecho tonterías para herirnos mutuamente, pero ya basta. ¡Con la mema de Martha H.! ¡Te lo puedes creer! Puede que lo hiciera para que me riera un rato. Pues bien, puedes decirle que sí, que me reí a gusto, y que el marcador sigue en empate. Ya es hora de que maduremos y empecemos de nuevo. Sé que puedes razonar con él, Kathy. Sé que vas a tratar el asunto del mejor modo posible. Y si no está dispuesto a ser sensato, no tiene ningún sentido que me empeñe en seguir con él.

    Me encogí de hombros.

    —Tienes razón, Tommy y yo siempre hemos podido hablar.
    —Sí, y te respeta de verdad. Lo sé porque me lo ha comentado muchas veces. Dice que tienes agallas y que siempre haces lo que dices que vas a hacer. Un día me dijo que si alguna vez llegaba a estar acorralado, prefería que tú le guardases las espaldas en lugar de cualquiera de los chicos. —Lanzó una carcajada rápida—. Me admitirás que es un auténtico cumplido. Así que, ya ves, tendrás que ser tú la que vengas a salvarnos. Tommy y yo estamos hechos el uno para el otro, y te escuchará. Harás esto por nosotros, ¿verdad, Kathy?

    No dije nada durante un instante. Luego pregunté:

    —Ruth, ¿vas en serio con Tommy? Me refiero a que, si le convenzo y volvéis a estar juntos, ¿no volverás a hacerle daño?

    Ruth dejó escapar un suspiro de impaciencia.

    —Por supuesto que voy en serio. Somos ya adultos. Pronto nos iremos de Hailsham. Esto ya no es ningún juego.
    —De acuerdo. Hablaré con él. Como dices, pronto nos iremos de aquí. No podemos permitirnos perder el tiempo.

    Después de zanjar el asunto, recuerdo que seguimos sentadas en las camas durante un rato, charlando. Pero Ruth quería volver sobre el tema una y otra vez: lo estúpido que estaba siendo Tommy, cómo estaban hechos el uno para el otro, cuan diferentemente harían las cosas a partir de entonces; y que iban a ser mucho más discretos, y que en adelante practicarían el sexo en mejores sitios y en mejores ocasiones. Hablamos de todo ello, y Ruth quería mi consejo a cada momento. Entonces, llegado un punto, yo estaba mirando por la ventana, hacia las colinas a lo lejos, cuando me sobresaltó sentir que Ruth, súbitamente a mi lado, me apretaba con fuerza los hombros.

    —Kathy, sabía que podíamos confiar en ti —dijo—. Tommy tiene razón. Eres la persona con la que hay que contar cuando estás en un atolladero.


    Entre una cosa y otra, no tuve ocasión de hablar con Tommy hasta pasados unos días. Entonces, durante el descanso del almuerzo, lo vi en un extremo del Campo de Deportes Sur, jugando con un balón de fútbol. Había estado peloteando con otros dos chicos, pero ahora estaba solo, haciendo filigranas con el balón en el aire. Fui hasta él y me senté en el césped, a su espalda, apoyando la mía contra un poste de la valla. No podía ser mucho después de que le hubiera enseñado el calendario de Patricia C. y se hubiera marchado intempestivamente, porque recuerdo que no sabíamos muy bien cuál era la situación entre nosotros. Él siguió jugueteando con el balón, frunciendo el ceño en su ensimismamiento —rodilla, pie, cabeza, pie—, mientras yo seguía sentada detrás de él cogiendo tréboles y mirando hacia aquel bosque de la lejanía que un día nos había infundido tanto miedo. Al final, decidí salir de aquel punto muerto y dije:

    —Tommy, hablemos. Hay algo de lo que quiero hablar contigo.

    En cuanto dije esto, dejó que el balón se alejara rodando y vino a sentarse a mi lado. Era muy propio de Tommy, cuando sabía que yo tenía ganas de hablar con él, hacer ver de pronto que se despojaba de todo rastro de enfurruñamiento, y en su lugar me daba muestras de un entusiasmo agradecido que me recordaba cómo nos sentíamos en primaria cuando un custodio que había estado riñéndonos volvía a mostrarse amable. Aún estaba un poco sin resuello, y, aunque yo sabía que sus jadeos se debían al fútbol, no dejaban de acentuar la impresión que transmitía de vehemencia. Dicho de otro modo, antes de que hubiéramos abierto la boca ya se había ganado mi apoyo. Entonces le dije:

    —Tommy, me doy perfecta cuenta de que no has sido muy feliz últimamente.
    —¿Qué quieres decir? —dijo él—. Soy muy feliz. De veras.

    Y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, seguida de una sonora risotada. Y me pareció el colmo. Años después, cuando de vez en cuando veía un amago de ello, me limitaba a sonreír. Pero en aquel tiempo me ponía los nervios de punta: si Tommy te decía, por ejemplo: «Estoy muy molesto con eso», tenía que poner de inmediato una cara larga, abatida, para apoyar lo que decía. No quiero decir que lo hiciera irónicamente. Pensaba de verdad que resultaba más convincente. Así que ahora, para probar que era feliz, helo ahí tratando de irradiar cordialidad y alegría. Y, como digo, llegaría un tiempo en el que eso me inspiraría ternura; pero aquel verano lo único que conseguía era hacerme ver lo pueril que seguía siendo, y lo fácil que tenía que ser aprovecharse de su persona. Yo entonces no sabía gran cosa del mundo que nos esperaba más allá de los confines de Hailsham, pero barruntaba que íbamos a necesitar hacer uso de toda nuestra inteligencia, y cuando Tommy se comportaba de ese modo me invadía algo muy parecido al pánico. Hasta aquella tarde siempre se lo había pasado por alto —siempre me había parecido demasiado difícil de explicar—, pero al fin estallé y le dije:

    —¡Tommy, no sabes lo estúpido que pareces cuando te ríes de ese modo! ¡Cuando uno quiere fingir que es feliz, no tiene por qué hacer eso! ¡Créeme, no se hace así! ¡De ninguna manera! Escúchame, tienes que hacerte mayor. Y tienes que volver a encarrilarte. Todo se te ha estado desmoronando últimamente, y los dos sabemos por qué.

    Tommy parecía muy desconcertado. Cuando estuvo seguro de que yo había terminado, dijo:

    —Tienes razón. De un tiempo a esta parte es como si las cosas se me estuvieran viniendo abajo. Pero no sé a qué te refieres, Kath. ¿Qué quieres decir con que los dos sabemos por qué? No veo cómo puedes saberlo. No se lo he dicho a nadie.
    —No sé todos los detalles, como es lógico. Pero todos sabemos que has roto con Ruth.

    Tommy seguía un tanto perplejo. Y al final lanzó otra risita, pero esta vez auténtica.

    —Ya veo por dónde vas —dijo entre dientes, y se quedó un instante callado para pensar qué decir a continuación—. Para serte sincero, Kath —dijo al cabo—, no es eso lo que ahora me preocupa. Sino algo completamente diferente. Me paso el tiempo pensando en ello. En la señorita Lucy.

    Y así es como llegué a oírlo, así es como llegué a enterarme de lo que había pasado entre Tommy y la señorita Lucy a principios del verano. Más tarde, cuando hube dedicado al caso la reflexión suficiente, deduje que tuvo que suceder apenas unos días después de la mañana en que vi a la señorita Lucy en el Aula Veintidós, garabateando en unas hojas de papel. Y como ya he dicho, me dieron ganas de darme de puntapiés por no haber sido capaz de sonsacárselo antes.

    Había sucedido por la tarde, cercana ya la «hora muerta», cuando las clases terminan y aún se disfruta de un rato libre hasta la cena. Tommy había visto a la señorita Lucy saliendo de la casa principal, cargada de láminas de gráficos y de archivadores, y al ver que podía caérsele cualquier cosa en cualquier momento corrió a ofrecerle ayuda.

    —Bien, me permitió que le llevara unas cuantas cosas y dijo que íbamos a dejarlo todo en su estudio. Hasta para los dos era demasiado todo lo que llevábamos, y se me cayeron algunas cosas en el camino. Íbamos acercándonos al Invernadero cuando de repente se paró, y pensé que se le había caído algo a ella. Pero me estaba mirando, así, a la cara, toda seria. Y dijo que teníamos que hablar, que teníamos que tener una buena charla. Yo dije que muy bien. Entramos en el Invernadero, y en su estudio, y dejamos todas las cosas en el suelo. Y entonces me dice que me siente, y acabo exactamente en el mismo sitio donde estuve sentado la vez pasada, ya sabes, aquella vez de hacía años. Y veo que está recordando también aquella ocasión, porque se pone a hablar sobre ella como si hubiera sucedido el día anterior. Sin explicaciones, sin nada de nada; empieza a decir cosas como ésta: «Tommy, cometí un error cuando te dije lo que te dije. Y tendría que habértelo hecho saber hace mucho tiempo». Y acto seguido me dice que debo olvidar lo que me dijo entonces. Que me hizo un flaco favor diciéndome que no me preocupara por no ser creativo. Que los otros custodios siempre habían tenido razón al respecto, y que no había excusa alguna para que mis trabajos artísticos fueran una porquería...
    —Un momento, Tommy. ¿Dijo esa palabra exactamente, «porquería»?
    —Si no fue «porquería» fue algo muy, parecido. Deficiente. Quizá eso. O incompetente. Pero pudo decir perfectamente «porquería». Dijo que sentía mucho haberme dicho lo que me había dicho aquella vez, porque si no lo hubiera hecho yo ahora tal vez tendría resuelto ese problema.
    —¿Y qué decías tú cuando te estaba diciendo eso?
    —No sabía qué decir. Al final me preguntó qué pensaba. Me dijo: «¿Qué estás pensando, Tommy?». Así que le dije que no estaba seguro, pero que no tenía que preocuparse porque yo estaba bien por esas fechas. Y ella dijo que no, que no estaba bien. Que mi arte era una porquería, y que en parte la culpa era suya por decirme lo que me había dicho. Y yo le dije que qué importaba. Que estaba bien, que ya nadie se reía de mí por eso. Pero ella sigue sacudiendo la cabeza y dice: «Sí importa. No tendría que haberte dicho lo que te dije». Así que se me ocurre que quizá está hablando de después, ya sabes, de cuando hayamos dejado Hailsham. Y digo: «Pero estaré bien, señorita. Soy una persona capaz, sé cómo cuidarme. Cuando llegue el momento de las donaciones, lo haré bien». Y cuando digo esto ella se pone a negar con la cabeza, sacudiéndola una y otra vez con fuerza, y me entra miedo de que se maree. Luego dice: «Escucha, Tommy, tu arte sí es importante. Y no sólo porque es una prueba. Sino por tu propio bien. Sacarás mucho de él, para tu solo provecho».
    —Un momento. ¿Qué quería decir con «prueba»?
    —No lo sé. Pero ésa fue la palabra, no me equivoco. Dijo que nuestro arte era importante, y «no sólo porque era una prueba». Dios sabe qué querría decir con eso. Incluso se lo pregunté cuando lo dijo. Le dije que no entendía lo que me estaba diciendo, y que si tenía algo que ver con Madame y con su Galería. Y ella lanzó un fuerte suspiro y dijo: «La Galería de Madame..., sí, es importante. Mucho más importante de lo que yo pensaba en un tiempo. Hoy lo sé». Y luego dijo: «Mira, Tommy, hay montones de cosas que tú no entiendes, y yo no puedo explicártelas. Cosas de Hailsham, de vuestro lugar en ese mundo más grande, todo tipo de cosas. Pero quizá algún día, quizá algún día quieras saberlo y lo averigües. No te lo pondrán fácil, pero si lo deseas, si lo deseas de verdad, puede que lo descubras». Se puso a sacudir otra vez la cabeza, aunque no con tanta fuerza como antes, y dijo: «Pero ¿por qué ibas tú a ser diferente? Los alumnos que salen de aquí nunca llegan a saber demasiado. ¿Por qué ibas tú a ser diferente?». No tenía ni idea de a qué diablos se refería, así que volví a decir: «Estaré bien, señorita». Se quedó callada unos segundos, y luego, de pronto, se puso de pie y se inclinó hacia mí y me abrazó. Pero no en plan excitante. Sino como solían abrazarnos de niños. Yo me mantuve todo lo quieto que pude. Luego volvió a ponerse derecha y volvió a decir que sentía mucho lo que me había dicho aquella vez; y que aún no era demasiado tarde, y que debía empezar enseguida a recuperar el tiempo perdido. No creo que yo contestara nada, y ella me miró y pensé que iba a abrazarme de nuevo. Pero en lugar de hacerlo, dijo: «Hazlo por mí, Tommy». Le dije que haría todo lo que estuviera en mi mano, porque entonces lo que quería era irme. Seguramente estaba rojo como un tomate, con lo del abrazo y todo eso. Quiero decir que no es lo mismo..., ¿no crees?, ahora que ya somos mayores.

    Hasta este momento había estado tan absorta en el relato de Tommy que había olvidado la finalidad de nuestra charla. Pero su referencia a que nos habíamos hecho mayores me recordó la misión que me había traído hasta él.

    —Mira, Tommy —dije—. Tendremos que volver a hablar de esto detenidamente. Y pronto. Es muy importante, y ahora entiendo lo mal que has tenido que sentirte. Pero de todas formas, vas a tener que sobreponerte un poco más. Vamos a irnos de Hailsham este verano. Para entonces tienes que tener todo arreglado, y hay algo que puedes arreglar ahora mismo. Ruth me ha dicho que está dispuesta a declarar un empate en vuestras rencillas y a pedirte que vuelvas con ella. Y yo creo que es una buena oportunidad que no debes desaprovechar. No lo eches todo a perder, Tommy.

    Se quedó callado unos segundos. Y dijo:

    —No sé, Kath. Está todo ese montón de cosas sobre las que tengo que pensar...
    —Tommy, escúchame. Eres afortunado. De todos los chicos de hay aquí, eres el que te has llevado a Ruth. Cuando nos vayamos, si estás con ella, no tendrás que preocuparte. Es la mejor, y mientras estés con ella estarás bien. Dice que quiere empezar de cero. Así que no lo estropees.

    Aguardé su respuesta, pero Tommy no dijo nada, y volví a sentir que me invadía aquella sensación parecida al pánico. Me incliné hacia delante y dije:

    —Mira, bobo, no vas a tener muchas más oportunidades. ¿No te das cuenta de que no vamos a estar aquí, juntos, mucho más tiempo?

    Para mi sorpresa, la respuesta de Tommy, cuando al fin llegó, fue considerada y calma (el lado de Tommy que habría de aflorar más y más en los años que siguieron):

    —Me doy cuenta, Kath. Es precisamente por eso por lo que no puedo volver con Ruth a toda prisa. Tenemos que pensar con sumo cuidado en el siguiente paso. —Suspiró, y me miró directamente—. Como bien dices, Kath, vamos a marcharnos de Hailsham muy pronto. Esto ya no es un juego. Tenemos que pensar en ello a conciencia.

    De pronto me encontré sin palabras, y seguí allí sentada arrancando tréboles. Sentía sus ojos en mí, pero no levanté la mirada. Podíamos haber seguido así durante un buen rato más, pero nos interrumpieron. Creo que volvieron los chicos con los que antes había estado peloteando, o puede que fueran otros alumnos que pasaban por allí y que al vernos se sentaron con nosotros. Sea como fuere, nuestra charla íntima había terminado, y me fui con la sensación de que al final no había hecho lo que había ido a hacer, y que en cierto modo le había fallado a Ruth.


    Nunca llegué a evaluar el tipo de impacto que nuestra charla había causado en Tommy, porque fue al día siguiente mismo cuando se conoció la noticia. Era media mañana, y habíamos estado en una de esas dichosas Instrucciones Culturales. Eran clases en las que teníamos que interpretar a diversos tipos de gentes del mundo exterior: camareros de café, policías, etcétera. Estas clases siempre nos exaltaban y preocupaban al mismo tiempo, así que todos estábamos con los nervios de punta. Entonces, finalizada la clase, estábamos saliendo en fila cuando Charlotte F. entró corriendo en el aula, y a partir de ahí la nueva de que la señorita Lucy dejaba Hailsham se extendió como la pólvora. El señor Chris, que había dado la clase y que debía de saberlo de antemano, salió arrastrando los pies y con aire culpable antes de que pudiéramos preguntarle nada. Al principio no sabíamos bien si Charlotte se limitaba a transmitir un rumor, pero cuanto más nos contaba más claro estaba que se trataba de una realidad. Aquella misma mañana, más temprano, los alumnos de otro curso de secundaria habían entrado en el Aula Doce para la clase de Iniciación a la Música que tenía que impartirles la señorita Lucy. Pero en el aula se habían encontrado con la señorita Emily, que les dijo que la señorita Lucy no podía venir en aquel momento, y que la clase la daría ella. Y en el curso de los veinte minutos siguientes todo se había desarrollado con normalidad. Pero de pronto —en mitad de una frase, al parecer—, la señorita Emily había dejado de hablar de Beethoven y había anunciado que la señorita Lucy había abandonado Hailsham para no volver jamás. La clase en cuestión había terminado varios minutos antes de lo previsto —la señorita Emily casi se había ido a la carrera y con ceño preocupado—y la noticia empezó a propagarse en cuanto aquellos alumnos pusieron el pie fuera de clase.

    Corrí inmediatamente en busca de Tommy, porque deseaba con toda el alma que lo oyera de mis labios. Pero cuando salí al patio vi que era demasiado tarde. Allí estaba Tommy, en el otro extremo, al lado de un corro de chicos, asintiendo a lo que le estaban contando. Los otros chicos estaban muy animados, incluso quizá excitados, pero los ojos de Tommy parecían vacíos. Aquella misma tarde, Tommy y Ruth volvieron a estar juntos, y recuerdo que varios días después Ruth me buscó para darme las gracias por «arreglar tan bien las cosas». Le dije que seguramente no había logrado hacer gran cosa, pero ella no admitió mis dudas en tal sentido. Definitivamente me había entronizado en lo más alto. Y así fue más o menos como siguieron las cosas en nuestros últimos días en Hailsham.


    SEGUNDA PARTE
    10


    A veces voy conduciendo por una larga y sinuosa carretera que atraviesa los pantanos, o a través de hileras de campos llenos de surcos, bajo un cielo grande y gris y sin el menor cambio en kilómetros y kilómetros, y me sorprendo pensando en el texto de mi trabajo, en el que se suponía que tenía que escribir entonces, cuando estábamos en las Cottages. Los custodios nos habían hablado de estos trabajos a lo largo de aquel último verano, tratando de ayudarnos a cada uno de nosotros a elegir el tema que habría de absorbernos provechosamente durante quizá dos años. Y aunque no sabría decir por qué —quizá veíamos algo en la actitud de los custodios—, nadie creía realmente que estos trabajos fueran tan importantes, y entre nosotros apenas hablábamos del asunto. Recuerdo cuando entré en el aula para decirle a la señorita Emily que el tema que había elegido era «la novela victoriana»; en realidad no había pensado demasiado en ello, y vi que ella se daba perfecta cuenta de mi escaso entusiasmo; se limitó a dirigirme una de sus miradas inquisitivas, y no dijo nada más.

    Pero en cuanto llegamos a las Cottages estos trabajos cobraron una nueva importancia. En los primeros días —y, en el caso de algunos de nosotros, durante mucho más tiempo— fue como si cada cual se aferrara a su propio trabajo, la última tarea de Hailsham, una especie de obsequio de despedida de los custodios. Con los años llegarían a borrarse de nuestra mente, pero durante un tiempo aquellos trabajos nos ayudaron a mantenernos a flote en nuestro nuevo entorno.

    Cuando hoy pienso en el mío, no hago sino evocarlo con cierto detenimiento: puedo dar con un enfoque absolutamente nuevo que no consideré entonces, o con diferentes escritores y obras que podría haber abordado. Estoy tomando café en una gasolinera, por ejemplo, mirando la autopista a través de los grandes ventanales, y ese trabajo acude a mi cabeza sin motivo alguno. Entonces disfruto allí sentada, repasándolo de nuevo de principio a fin. Sólo últimamente he barajado la idea de retomarlo y volver a trabajar en él, ahora que voy a dejar de ser cuidadora y voy a disponer de tiempo para hacerlo. Pero supongo que en el fondo no lo pienso en serio. Es una pizca de nostalgia que me ayuda a pasar el tiempo. Pienso en aquel trabajo del mismo modo en que podría pensar en un partido de rounders de Hailsham en el que hubiera jugado particularmente bien, o en una discusión ya remota para la que ahora se me ocurren montones de argumentos inteligentes que podría haber esgrimido entonces. Es en ese nivel en el que tiene lugar lo que digo, en el de los sueños de vigilia. Pero como ya he dicho, no era así cuando por primera vez llegamos a las Cottages.

    Ocho de los que habíamos dejado Hailsham aquel verano fuimos a parar a las Cottages. Otros fueron a la Mansión Blanca, en las colinas galesas, o a la Granja de los Álamos, en Dorset. Entonces no sabíamos que todos estos lugares no tenían sino unos nexos muy lejanos con Hailsham. Al llegar a las Cottages esperábamos encontrar una versión de Hailsham para alumnos mayores, y supongo que así seguimos considerándolas durante un tiempo. Ciertamente no pensábamos mucho sobre nuestras vidas más allá de los límites de las Cottages, o sobre quiénes las regentaban, o de qué forma casaban con el mundo exterior. En aquellos días ninguno de nosotros pensaba mucho en esas cosas.

    Las Cottages eran lo que quedaba de una granja que había dejado de funcionar unos años antes. Constaba de una vieja casa de labranza, y de graneros, anexos y establos diseminados a su alrededor que habían sido reformados para alojarnos. Había otras edificaciones más distantes, en la periferia, que prácticamente se estaban derrumbando, de las que apenas podíamos hacer uso pero de las que nos sentíamos vagamente responsables, sobre todo a causa de Keffers. Éste era un viejo gruñón que aparecía dos o tres veces por semana en su furgoneta embarrada para supervisar las Cottages. No le gustaba mucho hablar con nosotros, y su modo de hacer la ronda —siempre suspirando y sacudiendo la cabeza con expresión asqueada— dejaba bien claro que a su juicio ni por asomo estábamos cuidando bien el lugar. Pero jamás quedaba claro qué más quería que hiciéramos. A los recién llegados nos había entregado una lista de tareas, y los alumnos que ya estaban allí —«los veteranos», como Hannah los llamaba— habían fijado desde hacía tiempo unos turnos de trabajo que los ex alumnos de Hailsham acatamos con escrupulosidad. En realidad no había mucho más que hacer que dar parte de los canalones con goteras y limpiar con la fregona después de las inundaciones.

    La vieja casa de labranza —el corazón de las Cottages— tenía varias chimeneas donde quemábamos los troncos cortados que se apilaban en los graneros. Si no encendíamos las chimeneas teníamos que arreglarnos con unas grandes estufas cuadradas (lo malo es que funcionaban con bombonas de gas, y a menos de que hiciera verdadero frío, Keffers no solía traer suficientes). Siempre le pedíamos que nos dejara las que necesitábamos, pero él sacudía la cabeza con aire sombrío, como si fuéramos a utilizarlas frívolamente o a hacerlas explotar. Así, recuerdo que la mayor parte del tiempo, salvo los meses de verano, hacía mucho frío. Te ponías dos, tres jerséis, y los vaqueros se te quedaban tiesos y fríos. A veces no nos quitábamos las botas de agua en todo el día, e íbamos dejando rastros de barro y de humedad por todas las habitaciones. Keffers, al ver esto, volvía a sacudir la cabeza, pero cuando le preguntábamos qué otra cosa podíamos hacer, en el estado en que estaba el piso, no respondía ni media palabra.

    Puede que la forma en que lo cuento pueda dar a entender que allí todo era horrible, pero a ninguno de nosotros nos importaba en absoluto la falta de confort; formaba parte del encanto de vivir en las Cottages. A fuer de ser sinceros, sin embargo, la mayoría de nosotros habríamos admitido de buen grado —sobre todo al principio— que echábamos en falta a los custodios. Durante un tiempo, unos cuantos de nosotros incluso intentamos considerar a Keffers como a una especie de custodio, pero él se negó en redondo a entrar en el juego. Te acercabas a saludarle cuando le veías llegar en su furgoneta, y él se quedaba mirándote como si estuvieras loco. En realidad, era algo que se nos había repetido una y otra vez: después de Hailsham ya no habría más custodios, y tendríamos que cuidarnos los unos de los otros. Y he de decir que, en general, Hailsham nos preparó muy bien en tal sentido.

    La mayoría de los compañeros con los que había tenido cierta intimidad en Hailsham vinieron también a las Cottages aquel verano. No me habría importado que viniera Cynthia E., la chica que aquella vez en el Aula de Arte había dicho que yo era la «sucesora natural» de Ruth, pero fue a Dorset con el resto de su grupo. Y oí que Harry, el chico con quien por poco me inicio en el sexo, había ido a Gales. Pero todos los de nuestro grupo habíamos seguido juntos. Y si alguna vez echábamos de menos a los demás, siempre podíamos decirnos que nada nos impedía que fuéramos a visitarles. A pesar de todas las clases de la señorita Emily, a la sazón aún no teníamos una idea cabal de las distancias, ni de lo fácil o difícil que era llegar a este o aquel sitio. Hablábamos de pedirles a los veteranos que nos llevaran con ellos cuando fueran de viaje, o de que con el tiempo aprenderíamos a conducir y podríamos ir a ver a nuestros compañeros del pasado siempre que quisiéramos.

    Claro que en la práctica, sobre todo durante los primeros meses, raras veces salíamos de los confines de las Cottages. Ni siquiera paseábamos por los campos de los alrededores ni nos aventurábamos hasta el pueblo más cercano. Pero no creo que tuviéramos miedo exactamente. Sabíamos que nadie nos prohibiría salir de los límites de las Cottages, siempre que estuviéramos de vuelta el día y a la hora en que Keffers debía anotarnos en su libro de registro. El verano de nuestra llegada, veíamos constantemente cómo los veteranos hacían sus bolsas y mochilas y se iban para dos o tres días, lo que a nosotros nos parecía un relajo temerario. Los observábamos con asombro, y nos preguntábamos si al año siguiente nosotros haríamos lo mismo. Lo haríamos, por supuesto, pero durante nuestra primera etapa fue algo sencillamente inimaginable. No hay que olvidar que hasta entonces jamás habíamos salido de los terrenos de Hailsham, y estábamos un tanto desconcertados. Si alguien me hubiera dicho entonces que antes de que pasara un año no sólo iba a acostumbrarme a dar largos paseos sola, sino que empezaría también a aprender a conducir un coche, habría pensado que estaba loco.


    Hasta Ruth se había sentido amilanada aquel día soleado en que el minibús nos dejó delante de la casa de labranza, rodeó el pequeño estanque y desapareció ladera arriba. A lo lejos veíamos colinas que nos recordaban a las también distantes colinas de Hailsham, pero se nos antojaban extrañamente tortuosas, como cuando dibujas a un amigo y te sale bien, pero no perfecto, y la cara que ves en la hoja te pone los pelos de punta. Pero al menos era verano, y en las Cottages las cosas aún no se habían puesto como se pondrían unos meses después, con la proliferación de charcos helados y la tierra congelada y áspera y dura como la piedra. El sitio era hermoso y acogedor, con hierba crecida por todas partes (una auténtica novedad para nosotros). Al llegar nos quedamos allí quietos, los ocho hechos una piña, mirando cómo Keffers entraba y salía de la casa, aguardando a que de un momento a otro nos dirigiera la palabra. Pero no lo hizo, y lo único que le pudimos oír fue las irritadas frases que masculló sobre los alumnos que ya vivían en la granja. Salió a coger algo de la furgoneta, nos echó una mirada lúgubre, volvió a entrar en la casa y cerró la puerta a su espalda.

    No mucho después, sin embargo, los veteranos, que se habían estado divirtiendo un rato al ver nuestro aire patético —nosotros haríamos más o menos lo mismo el verano siguiente—, salieron y se hicieron cargo de nosotros. De hecho, al recordarlo, me doy cuenta de que tuvieron que dejar lo que estaban haciendo para ayudarnos a instalarnos. Pero las primeras semanas fueron muy extrañas, y nos sentíamos felices de tenernos unos a otros. Siempre íbamos juntos a todas partes, y pasábamos largos ratos fuera de la casa, de pie, sin saber muy bien qué hacer, con aire desmañado.

    Es extraño recordar cómo fue todo al principio, porque cuando pienso en los dos años que pasamos en las Cottages, aquel aturdido y asustado comienzo no parece casar bien con todo lo demás. Si alguien menciona hoy las Cottages, lo que me viene a la cabeza es una serie de días sin complicaciones, en los que entrábamos y salíamos de los cuartos de unos y otros, y en la languidez con que la tarde entraba en la noche; y mi montón de viejos libros de bolsillo, con las hojas blandas y combadas, como si alguna vez hubieran pertenecido al mar. Pienso en cómo solía leerlos, tendida boca abajo en la hierba en las tardes cálidas, con el pelo —en aquellos días me lo estaba dejando largo— siempre cayéndome por la cara y entorpeciéndome la visión. Pienso en mi despertar por las mañanas en lo alto del Granero Negro, mientras me llegaban las voces de los alumnos que discutían de poesía o filosofía en el campo. O en los largos inviernos, en los desayunos en las cocinas humeantes, alrededor de la mesa, entre conversaciones sobre Kafka o Picasso llenas de meandros. En el desayuno siempre manteníamos este tipo de debates; nunca con quién había tenido sexo alguien la noche anterior, o por qué Larry y Helen habían dejado de hablarse.

    Pero cuando pienso ahora en todo ello, la imagen de nuestro grupo aquel primer día, hechos una piña delante de la casa, no me resulta tan chocante, después de todo. Porque, en cierto modo, quizá no habíamos dejado atrás nuestro pasado de un modo tan rotundo como imaginábamos. Porque en algún rincón de nuestro interior, una parte de nosotros mismos seguía no sólo asustada ante el mundo que nos rodeaba, sino —por mucho que nos despreciáramos por ello— totalmente incapaz de liberarse de su dependencia de los demás.


    Los veteranos, que como es lógico no sabían nada de los avatares de la relación de Tommy y Ruth, los trataban como a una pareja estable desde hacía tiempo, lo cual pareció complacer enormemente a Ruth. Porque durante las primeras semanas de nuestra estancia en las Cottages, hizo alarde de llevar tiempo emparejada: rodeaba siempre con el brazo a Tommy, y a veces lo besuqueaba en cualquier rincón de una habitación cuando todavía quedaba gente en ella. Esas cosas quizá habrían estado bien en Hailsham, pero en las Cottages parecían más bien inmaduras. Las parejas de veteranos jamás hacían ostentaciones de este tipo en público, y se comportaban del modo discreto en que lo harían el padre y la madre de una familia normal y corriente.

    En estas parejas de veteranos de las Cottages, por cierto, había algo que yo capté y que a Ruth —pese a estar observándolas constantemente— se le había pasado por alto, y era que gran parte de sus maneras y gestos los habían copiado de la televisión. Caí en la cuenta de ello cuando me fijé con detenimiento en una de ellas —Susie y Greg—, probablemente los alumnos mayores de las Cottages y a quienes todo el mundo tenía por responsables del lugar. Había una cosa que Susie siempre hacía cada vez que Greg se embarcaba en una larga disertación sobre Proust o alguien parecido: nos dirigía una sonrisa al resto de nosotros, ponía los ojos en blanco y decía muy enfáticamente, aunque de forma apenas audible: «Dios nos salve». En Hailsham, veíamos la televisión con mesura, y lo mismo hacíamos en las Cottages (aunque no había nada que nos impidiera verla todo el día, a nadie le apetecía mucho abusar de ella). Pero en la casa de labranza había un viejo televisor, y otro en el Granero Negro, y yo solía encenderlo de cuando en cuando. Así es como supe que «Dios nos salve» venía de una serie norteamericana, de esas en las que todo el auditorio ríe al unísono cada vez que alguien abre la boca. Había un personaje —una mujer grande que vivía en la casa de al lado de los protagonistas— que hacía exactamente lo que hacía Susie: cuando su marido acometía una larga perorata, el auditorio esperaba a que ella pusiera los ojos en blanco y dijera «Dios nos salve» para estallar en una única y enorme carcajada. En cuanto me percaté de esto empecé a reconocer muchas otras cosas que las parejas de veteranos habían tomado de programas de televisión: el modo de hacerse señas unos a otros, de sentarse en los sofás, e incluso de discutir y de salir en tromba de las habitaciones.

    Lo que quiero decir, en suma, es que Ruth no tardaría en darse cuenta de que su forma de comportarse con Tommy no era el apropiado en las Cottages, y en dar un giro a sus modos de pareja cuando había gente delante. Y, muy especialmente, tomaría prestado un gesto de los veteranos. En Hailsham, el hecho de que una pareja se despidiera —aunque fueran a estar sólo unos minutos separados— era pretexto suficiente para que se permitieran un gran despliegue de besuqueos y abrazos. En las Cottages, por el contrario, cuando una pareja se decía adiós, apenas había palabras, y menos aún besos o abrazos. En lugar de ello, le dabas a tu pareja un golpecito con los nudillos en el brazo, a la altura del codo, como se suele hacer cuando se quiere atraer la atención de alguien. Normalmente era la chica la que lo hacía, en el momento en que se separaban. Cuando llegó el invierno este hábito cesó, pero estaba en pleno vigor cuando llegamos. Ruth pronto se lo apropió, y se lo hacía a Tommy siempre que se separaban. Al principio Tommy no sabía a qué obedecía aquello, y se volvía bruscamente hacia Ruth diciendo: «¿Qué pasa?». Ella le miraba airadamente, como si estuvieran interpretando una obra de teatro y él hubiera olvidado lo que tenía que decir en ese momento. Supongo que al final Ruth tuvo que hablar con él acerca de ello, porque al cabo de aproximadamente una semana se las arreglaban para hacerlo impecablemente, como las parejas de veteranos, más o menos.

    Yo no había visto en la televisión con mis propios ojos lo del golpecito en el