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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    NUNCA ME ABANDONES (Kazuo Ishiguro)

    Publicado el jueves, febrero 23, 2017

    Para Lorna y Naomi


    INGLATERRA,
    FINALES DE LA DÉCADA DE 1990
    PRIMERA PARTE
    1


    Mi nombre es Kathy H. Tengo treinta y un años, y llevo más de once siendo cuidadora. Puede parecer mucho tiempo, lo sé, pero lo cierto es que quieren que siga otros ocho meses, hasta finales de año. Esto hará un total de casi doce años exactos. Ahora sé que el hecho de haber sido cuidadora durante tanto tiempo no significa necesariamente que piensen que soy insuperable en mi trabajo. Hay cuidadores realmente magníficos a quienes se les ha dicho que lo dejen después de apenas dos o tres años. Y puedo mencionar al menos a uno que siguió con esta ocupación catorce años pese a ser un absoluto incompetente. Así que no trato de alardear de nada. Pero sé sin ningún género de dudas que están contentos con mi trabajo, y, en general, también yo lo estoy. Mis donantes siempre han tendido a portarse mucho mejor de lo que yo esperaba. Sus tiempos de recuperación han sido impresionantes, y a casi ninguno de ellos se le ha clasificado de «agitado», ni siquiera antes de la cuarta donación. De acuerdo, ahora tal vez esté alardeando un poco. Pero significa mucho para mí ser capaz de hacer bien mi trabajo, sobre todo en lo que se refiere a que mis donantes sepan mantenerse «en calma». He desarrollado una especie de instinto especial con los donantes. Sé cuándo quedarme cerca para consolarlos y cuándo dejarlos solos; cuándo escuchar todo lo que tengan que decir y cuándo limitarme a encogerme de hombros y decirles que se dejen de historias.

    En cualquier caso, no tengo grandes reclamaciones que hacer en mi nombre. Sé de cuidadores, actualmente en activo, que son tan buenos como yo y a quienes no se les reconoce ni la mitad de mérito que a mí. Entiendo perfectamente que cualquiera de ellos pueda sentirse resentido: por mi habitación amueblada, mi coche, y sobre todo porque se me permite elegir a quién dedico mi cuidado. Soy una ex alumna de Hailsham, lo que a veces basta por sí mismo para conseguir el respaldo de la gente. Kathy H., dicen, puede elegir, y siempre elige a los de su clase: gente de Hailsham, o de algún otro centro privilegiado. No es extraño que tenga un historial de tal nivel. Lo he oído muchas veces, así que estoy segura de que vosotros lo habréis oído muchas más, por lo que quizá haya algo de verdad en ello. Pero no soy la primera persona a quien se le permite elegir, y dudo que vaya a ser la última. De cualquier forma, he cumplido mi parte en lo referente al cuidado de donantes criados en cualquier tipo de entorno. Cuando termine, no lo olvidéis, habré dedicado muchos años a esto, pero sólo durante los seis últimos me han permitido elegir.

    Y ¿por qué no habían de hacerlo? Los cuidadores no somos máquinas. Tratas de hacer todo lo que puedes por cada donante, pero al final acabas exhausto. No posees ni una paciencia ni una energía ilimitadas. Así que cuando tienes la oportunidad de elegir, eliges lógicamente a los de tu tipo. Es natural. No habría podido seguir tanto tiempo en esto si en algún punto del camino hubiera dejado de sentir lástima de mis donantes. Y, además, si jamás me hubieran permitido elegir, ¿cómo habría podido volver a tener cerca a Ruth y a Tommy después de todos estos años?

    Pero, por supuesto, cada día quedan menos donantes que yo pueda recordar, y por lo tanto, en la práctica, tampoco he podido elegir tanto. Como digo, el trabajo se te hace más duro cuando no tienes ese vínculo profundo con el donante, y aunque echaré de menos ser cuidadora, también me vendrá de perlas acabar por fin con ello a finales de año.

    Ruth, por cierto, no fue sino la tercera o cuarta donante que me fue dado elegir. Ella ya tenía un cuidador asignado en aquel tiempo, y recuerdo que la cosa requirió un poco de firmeza por mi parte. Pero al final me salí con la mía y en el instante en que volví a verla, en el centro de recuperación de Dover, todas nuestras diferencias, si bien no se esfumaron, dejaron de parecer tan importantes como todo lo demás: el que hubiéramos crecido juntas en Hailsham, por ejemplo, o el que supiéramos y recordáramos cosas que nadie más podía saber o recordar. Y fue entonces, supongo, cuando empecé a procurar que mis donantes fueran gente del pasado, y, siempre que podía, gente de Hailsham.

    A lo largo de los años ha habido veces en que he tratado de dejar atrás Hailsham, diciéndome que no tenía que mirar tanto hacia el pasado. Pero luego llegué a un punto en el que dejé de resistirme. Y ello tuvo que ver con un donante concreto que tuve en cierta ocasión, en mi tercer año de cuidadora; y fue su reacción al mencionarle yo que había estado en Hailsham. Él acababa de pasar por su tercera donación y no había salido bien, y seguramente sabía que no iba a superarlo. Apenas podía respirar, pero miró hacia mí y dijo:

    —Hailsham. Apuesto a que era un lugar hermoso.

    A la mañana siguiente le estuve dando conversación para apartarle de la cabeza su situación, y cuando le pregunté dónde había crecido mencionó cierto centro de Dorset; y en su cara, bajo las manchas, se dibujó una mueca absolutamente distinta de las que le conocía. Y caí en la cuenta de lo desesperadamente que deseaba no recordar. Lo que quería, en cambio, era que le contara cosas de Hailsham.

    Así que durante los cinco o seis días siguientes le conté la que quería saber, y él seguía allí echado, hecho un ovillo, con una sonrisa amable en el semblante. Me preguntaba sobre cosas importantes y sobre menudencias. Sobre nuestros custodios, sobre cómo cada uno de nosotros tenía su propio arcón con sus cosas, sobre el fútbol, el rounders I, el pequeño sendero que rodeaba la casa principal, sus rincones y recovecos, el estanque de los patos, la comida, la vista de los campos desde el Aula de Arte en las mañanas de niebla. A veces me hacía repetir las cosas una y otra vez; me pedía que le contara cosas que le había contado ya el día anterior, como si jamás se las hubiera dicho: «¿Teníais pabellón de deportes?»; «¿Cuál era tu custodio preferido?». "Al principio yo lo achacaba a los fármacos, pero luego me di cuenta de que seguía teniendo la mente clara. Lo que quería no era sólo oír cosas de Hailsham, sino recordar Hailsham como si se hubiera tratado de su propia infancia. Sabía que se hallaba a punto de «completar», y eso era precisamente lo que pretendía: que yo le describiera las cosas, de forma que pudiera asimilarlas en profundidad, de forma que en las noches insomnes, con los fármacos y el dolor y la extenuación, acaso llegara a hacerse desvaída la línea entre mis recuerdos y los suyos. Entonces fue cuando comprendí por vez primera —cuando lo comprendí de verdad— cuan afortunados fuimos Tommy y Ruth y yo y el resto de nuestros compañeros.


    1. Juego inglés parecido al béisbol. (N. del T.)


    Cuando hoy recorro en coche el país, aún sigo viendo cosas que me recuerdan a Hailsham. Paso por la esquina de un campo neblinoso, o veo parte de una gran casa en la lejanía, al descender hacia un valle, o incluso cierta disposición peculiar de álamos en determinada ladera, y pienso: «¡Creo que ahora sí! ¡Lo he encontrado! ¡Esto sí es Hailsham!». Entonces me doy cuenta de que es imposible, y sigo conduciendo, y mis pensamientos se desplazan hacia otra parte. Son sobre todo esos pabellones. Los encuentro por todas partes, al fondo de campos de deportes, pequeños edificios prefabricados blancos con una hilera de ventanas anormalmente altas, casi embutidas bajo el alero. Creo que los construyeron a montones en las décadas de los cincuenta y sesenta, probablemente fue por esas fechas cuando se levantó el nuestro. Si paso junto a uno vuelvo la cabeza y me quedo mirándolo todo el tiempo que puedo; un día voy a estrellarme con el coche, pero sigo haciéndolo. No hace mucho iba conduciendo por un terreno baldío de Worcestershire y vi un pabellón de ésos junto a un campo de críquet, y era tan parecido al nuestro de Hailsham que giré en redondo y desanduve el camino para poder mirarlo más detenidamente.

    Nos encantaba nuestro pabellón de deportes, quizá porque nos recordaba a esas encantadoras casitas de campo que aparecían siempre en los libros ilustrados de nuestra infancia. Recuerdo cuando estábamos en los primeros años de primaria y les rogábamos a los custodios que nos dieran la clase siguiente en el pabellón en lugar de en el aula. Luego, en los últimos años de secundaria —con doce años, a punto de cumplir trece—, el pabellón era el lugar donde esconderte con tus mejores amigas cuando querías perder de vista a los demás compañeros de Hailsham.

    El pabellón era lo bastante grande como para albergar a dos grupos de alumnos sin que tuvieran que molestarse unos a otros (en el verano, podía haber hasta un tercero en la galería). Pero lo que tú y tus amigas preferíais era tener el pabellón para vosotras solas, lo que daba lugar a discusiones y disputas. Los custodios siempre nos decían que teníamos que ser civilizados, pero en la práctica, si querías poder disponer del pabellón durante un descanso o período de asueto, en tu grupito de amigas tenías que contar con unas cuantas personalidades fuertes. No es que yo fuera una persona apocada, pero supongo que era gracias a Ruth el que pudiéramos entrar en el pabellón tan a menudo como lo hacíamos.

    Normalmente nos poníamos alrededor de las sillas y bancos —solíamos ser cinco, o seis si se nos unía Jenny B.—, y nos pasábamos el rato cotilleando. Había un tipo de conversación que sólo podíamos tener cuando nos escondíamos en el pabellón; comentábamos, por ejemplo, algo que nos preocupaba, o acabábamos estallando en ruidosas carcajadas, o nos enzarzábamos en una pelea furibunda. Y las más de las veces no era sino una vía para liberar tensiones mientras pasabas un rato con tus mejores amigas.

    La tarde en la que ahora pienso estábamos de pie sobre los taburetes y los bancos, apiñadas en torno a las altas ventanas. Mirábamos el Campo de Deportes Norte, donde una docena de chicos de nuestro año y del siguiente de secundaria se habían reunido para jugar al fútbol. Hacía un sol radiante, pero debía de haber llovido ese mismo día porque recuerdo que el sol brillaba sobre la superficie embarrada del césped.

    Alguien dijo que no tendríamos que mirar tan descaradamente, pero nadie se echó hacia atrás ni un ápice. Y en un momento dado Ruth dijo:

    —No sospecha nada. Miradle. No sospecha nada en absoluto.

    Al oírle decir esto, la miré en busca de alguna muestra de desaprobación de lo que los chicos estaban a punto de hacerle a Tommy. Pero al segundo siguiente Ruth soltó una risita y dijo:

    —¡El muy idiota!

    Y entonces me di cuenta de que, para Ruth y las demás, lo que los chicos fueran a hacer era algo que no nos concernía sino muy remotamente; y de que el que lo aprobáramos o no carecía de importancia. En aquel momento estábamos con la vista casi pegada a las ventanas no porque disfrutáramos con la perspectiva de ver cómo volvían a humillar a Tommy, sino sencillamente porque habíamos oído hablar de esta última conjura y sentíamos una vaga curiosidad por saber el desenlace. En aquella época no creo que lo que los chicos hacían entre ellos despertara en nosotras mucho más que esto. Ruth y las demás lo veían todo con ese desapego, y con toda probabilidad también yo compartía esa indiferencia.

    O quizá lo recuerdo mal. Quizá cuando vi a Tommy corriendo por el campo, con expresión de indisimulado deleite por haber sido aceptado de nuevo en el redil, y a punto de jugar al juego en el que tanto destacaba, quizá, digo, sentí una pequeña punzada dentro. Lo que recuerdo es que vi que Tommy llevaba el polo azul claro que había conseguido el mes anterior en los Saldos, y del que tan ufano se sentía. Y recuerdo que pensé: «Qué estúpido, jugar al fútbol con ese polo. Lo va a destrozar, y entonces ¿cómo va a sentirse?». Y dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular:

    —Tommy lleva el polo. Su polo preferido.

    No creo que nadie me oyera, porque todas se estaban riendo con Laura —la gran payasa del grupo—, que imitaba las caras que ponía Tommy al correr por el campo, haciendo señas y llamando e interceptando el balón sin descanso. Los otros chicos se movían todos por el terreno con esa languidez deliberada propia del precalentamiento, pero Tommy, en su excitación, parecía ya emplearse a fondo. Dije, ahora en voz mucho más alta:

    —Se va a sentir tan mal si se le estropea el polo...

    Ruth me oyó esta vez, pero debió de pensar que lo decía como una especie de broma, porque se rió sin demasiadas ganas, y luego soltó alguna ocurrencia de su cosecha.

    Entonces los chicos dejaron de pelotear con el balón y se quedaron de pie, formando un grupo compacto en medio del campo embarrado, jadeando ligeramente, a la espera de que se eligieran los equipos para empezar. Los capitanes que salieron eran del año siguiente al nuestro, aunque todo el mundo sabía que Tommy era mucho mejor que cualquiera de ese curso. Echaron la moneda para la primera selección, y el ganador miró a los jugadores.

    —Miradle —dijo una compañera a mi espalda—. Está completamente convencido de que lo van a elegir el primero. ¡Miradle!

    Había algo cómico en Tommy en ese momento, algo que te hacía pensar, bueno, si va a ser un imbécil tan grande, quizá se merezca lo que se le viene encima. Los otros chicos hacían como que no prestaban atención al proceso de selección, como si les tuviera sin cuidado en qué orden les iban eligiendo. Algunos charlaban en voz baja, otros volvían a atarse las zapatillas, otros simplemente se miraban los pies mientras seguían allí quietos, como empantanados en el barro. Pero Tommy miraba con suma atención al capitán que elegía en ese momento, como si hubiera cantado ya su nombre.

    Laura siguió con su pantomima durante todo el proceso de selección de los equipos, remedando las diferentes expresiones que fueron dibujándose en la cara de Tommy: de encendido entusiasmo al principio; de preocupación y desconcierto cuando se habían elegido ya cuatro jugadores y él no había sido ninguno de los agraciados; de dolor y de pánico cuando empezó a barruntar lo que estaba pasando realmente. Yo, entonces, dejé de mirar a Laura, porque tenía la vista fija en Tommy; sólo sabía lo que estaba haciendo porque las otras seguían riéndose y jaleándola. Al final, cuando Tommy se hubo quedado allí de pie absolutamente solo, y los chicos empezaban ya con las risitas solapadas, oí que Ruth decía:

    —Ya llega. Atentas. Siete segundos. Siete, seis, cinco...

    No pudo terminar. Tommy rompió a gritar a voz en cuello, como un trueno, mientras los chicos, que reían ya a carcajadas, echaban a correr hacia el Campo de Deportes Sur. Tommy dio unas cuantas zancadas detrás de ellos (difícil saber si salía instintiva y airadamente en su persecución o si le había entrado el pánico al ver que se quedaba atrás). En cualquiera de los casos, pronto se detuvo y se quedó allí quieto, mirando hacia ellos con aire furibundo y con la cara congestionada. Y luego se puso a chillar, a soltar todo un galimatías de insultos y juramentos.

    Habíamos presenciado ya montones de berrinches de Tommy, así que nos bajamos de taburetes y bancos y nos dispersamos por el recinto. Intentamos empezar una conversación sobre algo diferente, pero seguíamos oyendo los gritos de Tommy en segundo plano, y aunque al principio nos limitamos a poner los ojos en blanco y a tratar de pasarlo por alto, acabamos —quizá diez minutos después de habernos bajado de los taburetes y los bancos— por volver a las ventanas.

    Los otros chicos se habían perdido ya de vista, y Tommy ya no seguía tratando de dirigir sus improperios en ninguna dirección concreta. Estaba rabioso, y lanzaba brazos y piernas a su alrededor, al viento, hacia el cielo, hacia el poste de la valla más cercano. Laura dijo que quizá estuviera «ensayando a Shakespeare». Otra chica comentó que cada vez que gritaba algo levantaba un pie del suelo y lo estiraba hacia un lado, «como un perro haciendo pipí». El caso es que yo también había notado ese movimiento, pero lo que a mí me había impresionado era el hecho de que cada vez que volvía a golpear el césped con el pie, el barro le salpicaba ambas espinillas. Y volví a pensar en su preciado polo, pero estábamos demasiado lejos para poder ver si se lo estaba manchando mucho o poco.

    —Supongo que es un poco cruel —dijo Ruth— que siempre le hagan ponerse como un loco. Pero la culpa es suya. Si aprendiese a no perder los estribos, lo dejarían en paz.
    —Seguirían metiéndose con él —dijo Hannah—. Graham K. tiene un genio parecido, y lo único que pasa es que con él tienen más cuidado. Se meten con Tommy porque es un vago.

    Luego se pusieron todas a hablar al mismo tiempo; de cómo Tommy nunca se había esforzado por ser creativo, de cómo no había aportado nada al Intercambio de Primavera. Creo que lo cierto es que, a estas alturas, lo que cada una de nosotras queríamos era que viniera un custodio y se lo llevara del campo de deportes. Y aunque no habíamos tenido ni arte ni parte en este último plan para fastidiar a Tommy, sí habíamos corrido a primera fila para ver el espectáculo, y empezábamos a sentirnos culpables. Pero no había ningún custodio a la vista, así que nos pusimos a exponer razones por las cuales Tommy merecía todo lo que le pasaba. Y cuando Ruth miró la hora en su reloj y dijo que aunque aún teníamos tiempo debíamos volver a la casa principal, nadie arguyó nada en contra.

    Cuando salimos del pabellón Tommy seguía vociferando. La casa quedaba a nuestra izquierda, y como Tommy estaba de pie en el campo de deportes, a cierta distancia de nosotras, no teníamos por qué pasar a su lado. De todas formas, miraba en dirección contraria y no pareció darse cuenta de nuestra presencia. Pero mientras mis compañeras echaron a andar por un costado del campo de deportes, yo me dirigí despacio hacia Tommy. Sabía que esto iba a extrañar a mis amigas, pero seguí caminando hacia él (incluso cuando oí el susurro de Ruth conminándome a que volviera).

    Supongo que Tommy no estaba acostumbrado a que lo importunaran cuando se dejaba llevar por uno de sus arrebatos, porque su primera reacción cuando me vio llegar fue quedarse mirándome fijamente durante un instante, y luego seguir gritando. Era, en efecto, como si hubiera estado interpretando a Shakespeare y yo hubiera llegado en medio de su actuación. Y cuando le dije: «Tommy, ese polo precioso... Te lo vas a dejar hecho una pena», ni siquiera dio muestras de haberme oído.

    Así que alargué una mano y se la puse sobre el brazo. Mis amigas, más tarde, aseguraban que lo que me hizo fue intencionado, pero yo estoy segura de que no fue así. Seguía agitando los brazos a diestro y siniestro, y no tenía por qué saber que yo iba a extender la mano. El caso es que al lanzar el brazo hacia arriba sacudió mi mano hacia un lado y me golpeó en plena cara. No me dolió, pero dejé escapar un grito ahogado, lo mismo que casi todas mis compañeras a mi espalda.

    Entonces fue cuando Tommy pareció darse cuenta al fin de mi presencia, y de la de mis amigas, y de sí mismo, y del hecho de que estaba en el campo de deportes comportándose de aquel modo, y se quedó mirándome con expresión un tanto estúpida.

    —Tommy —dije con dureza—. Tienes el polo lleno de barro.
    —¿Y qué? —farfulló él.

    Y mientras lo hacía bajó la mirada hacia el pecho y vio las manchas marrones, y cesaron por completo sus aullidos. Entonces vi aquella expresión en su cara, y comprendí que le sorprendía enormemente que yo supiera lo mucho que apreciaba aquel polo.

    —No tienes por qué preocuparte —dije, antes de que el silencio pudiera hacérsele humillante—. Las manchas se quitan. Y si no puedes quitártelas tú, se lo llevas a la señorita Jody.

    Siguió examinando su polo y al final dijo, malhumorado:

    —A ti esto no te incumbe, de todas formas.

    Pareció lamentar de inmediato este último comentario y me miró tímidamente, como a la espera de que le dijera algo que lo consolara un poco. Pero yo ya estaba harta de él, máxime cuando mis amigas seguían mirándonos (mis amigas y seguramente algunos compañeros más, desde las ventanas de la casa principal). Así que me di la vuelta con un encogimiento de hombros y volví con mis amigas.

    Ruth me rodeó los hombros con el brazo, y seguimos alejándonos en dirección a la casa.

    —Al menos has hecho que se calle la boca —dijo—. ¿Estás bien? Qué bruto...


    2


    Todo esto sucedió hace mucho tiempo, y por tanto puede que algunas cosas no las recuerde bien; pero mi memoria me dice que el que aquella tarde me acercara a Tommy formaba parte de una etapa por la que estaba pasando entonces —que algo tenía que ver con la necesidad de plantearme retos de forma casi compulsiva—, y que cuando Tommy me abordó unos días después yo ya casi había olvidado el incidente.

    No sé cómo son los centros donde se educa normalmente la gente, pero en Hailsham casi todas las semanas teníamos que pasar una especie de revisión médica —normalmente en el Aula Dieciocho, arriba, en lo más alto de la casa— con la severa Enfermera Trisha, o Cara de Cuervo, como solíamos llamarla. Aquella soleada mañana un buen grupo de nosotros subía por la escalera central para la revisión con ella, y nos cruzamos con otro gran grupo que bajaba justo después de pasarla. En la escalera, por tanto, había un ruido del demonio, y yo subía con la cabeza baja, pegada a los talones de la de delante, cuando una voz gritó a unos pasos:

    —¡Kath!

    Tommy, que venía con la riada humana que bajaba, se había parado en seco en un peldaño, con una gran sonrisa que me irritó de inmediato. Unos años antes, si te encontrabas de pronto con alguien a quien te alegraba ver, quizá ponías esa cara. Pero entonces teníamos trece años, y se trataba de un chico que se encontraba con una chica en una circunstancia pública, a la vista de todos. Sentí ganas de decir: «Tommy, ¿por qué no creces de una vez?», pero me contuve, y lo que dije fue:

    —Tommy, estás interrumpiendo a todo el mundo. Y yo también.

    Miró hacia arriba y, en efecto, vio cómo en el rellano inmediatamente superior la gente se iba parando y amontonando. Durante unos segundos pareció entrarle el pánico, y rápidamente se deslizó hacia un lado y se pegó a la pared, a mi lado, de forma que, mal o bien, permitía el paso a los que bajaban, y dijo:

    —Kath, te he estado buscando. Quería decirte que lo siento. Que lo siento mucho, de veras. El otro día no quería pegarte. Nunca se me ocurriría pegarle a una chica, y aunque se me ocurriera, jamás te pegaría a ti. Lo siento mucho, mucho.
    —Vale. Fue un accidente, eso es todo.

    Le dirigí un gesto de cabeza e hice ademán de seguir subiendo. Pero Tommy dijo en tono alegre:

    —Lo del polo ya lo he arreglado. Lo he lavado.
    —Estupendo.
    —No te dolió, ¿verdad? Me refiero al golpe.
    —Por supuesto que me dolió. Fractura de cráneo. Conmoción cerebral y demás. Hasta puede que Cara de Cuervo me lo note. Eso si consigo llegar hasta ahí arriba...
    —No, en serio, Kath. Sin rencores, ¿vale? No sabes cómo lo siento. De verdad.

    Al final le sonreí y dije sin ironía:

    —Mira, Tommy: fue un accidente y ya lo he olvidado del todo. Y no te la tengo guardada ni un poquito.

    Seguía con expresión de no acabar de creérselo, pero unos compañeros más mayores le estaban empujando y diciéndole que se moviese. Me dirigió una rápida sonrisa y me dio unas palmaditas en la espalda, como habría hecho con un chico más pequeño, y se incorporó a la riada descendente. Luego, cuando yo ya reemprendía el ascenso, le oí que gritaba desde abajo:

    —¡Hasta pronto, Kath!

    La situación me había resultado un tanto embarazosa, pero no dio lugar a ninguna broma ni chismorreo. Y he de admitir que si no llega a ser por aquel encuentro en la escalera, probablemente no me habría tomado tanto interés por los problemas de Tommy las semanas siguientes.

    Vi algunos de los incidentes. Pero la mayoría de ellos sólo los supe de oídas, y cuando me llegaba alguna nueva al respecto interrogaba a la gente hasta conseguir una versión más o menos fidedigna de los hechos. Hubo otras rabietas sonadas, como la vez que, según contaban, Tommy levantó un par de pupitres del Aula Catorce y volcó todo su contenido en el suelo, mientras el resto de la clase, que había huido al descansillo, levantaba una barricada contra la puerta para impedir que saliera. Y la vez en que el señor Christopher tuvo que sujetarle los brazos con fuerza para que no pudiera atacar a Reggie D. durante un entrenamiento de fútbol. Todo el mundo podía ver, también, que cuando los chicos de nuestro curso salían a sus carreras a campo abierto Tommy era el único que nunca tenía compañero. Era un corredor excelente, y siempre les sacaba a todos una ventaja de diez o quince metros, quizá con la esperanza de que con ello disimulaba el hecho de que nadie quisiera correr con él. Y los rumores de las bromas que le gastaban sus compañeros eran prácticamente diarios. Muchas de ellas eran las típicas entre chicos —le metían cosas raras en la cama, un gusano en los cereales—, pero algunas resultaban innecesariamente repugnantes, como la vez en que alguien limpió un inodoro con su cepillo de dientes, de forma que Tommy lo encontró luego en el vaso con las cerdas impregnadas de mierda. Yo pensaba que tarde o temprano alguien diría que la cosa había llegado demasiado lejos, pero lo que hizo fue seguir y seguir sin que nadie dijera ni media palabra.

    Una vez yo misma traté de hablar de ello en el dormitorio, después de que apagaran las luces. En secundaria éramos sólo seis en cada dormitorio: sólo el grupito de amigas, que solíamos tener nuestras charlas más íntimas echadas en la cama en la oscuridad, antes de dormirnos. Allí hablábamos de cosas de las que ni se nos habría ocurrido hablar en ningún otro sitio, ni siquiera en el pabellón. Así que una noche saqué a colación a Tommy. No dije mucho; me limité a resumir lo que le había estado pasando últimamente, y dije que no me parecía justo. Cuando terminé, flotaba en el aire oscuro una especie de silencio extraño, y me di cuenta de que todas aguardaban la respuesta de Ruth, que es lo que solía ocurrir después de cualquier cuestión un poco incómoda que hubiera podido salir en nuestra charla. Me quedé esperando y desde el rincón que ocupaba Ruth me llegó un suspiro, y al cabo la oí decir:

    —Tienes razón, Kathy. No está bien. Pero si Tommy quiere que dejen de hacerle esas cosas, tiene que cambiar de actitud. No hizo nada para el Intercambio de Primavera. Y ¿creéis que tendrá algo para el mes que viene? Apuesto a que no.

    Debo explicar un poco lo de los Intercambios que hacíamos en Hailsham. Cuatro veces al año —en primavera, verano, otoño e invierno— organizábamos una gran Exposición y Venta de todas las cosas que habíamos hecho en los tres meses anteriores. Pinturas, dibujos, cerámica, todo tipo de «esculturas» del material que en ese momento estuviera más de moda: latas machacadas, tapones de botella pegados en cartón... Por cada cosa que aportabas, recibías en pago cierto número de Vales de Intercambio —los custodios decidían cuántos merecía cada una de tus obras—, y luego, el día del Intercambio, ibas con tus Vales y «comprabas» las cosas que te apetecían. La norma era que sólo podías comprar piezas hechas por los alumnos de tu propio curso, pero ello te daba la oportunidad de elegir entre muchas cosas, ya que la mayoría de nosotros podíamos ser bastante prolíficos en ese período de tres meses.

    Mirando ahora hacia atrás puedo entender por qué los Intercambios llegaron a ser tan importantes para nosotros. En primer lugar, era nuestro único medio, aparte de los Saldos —los Saldos eran otra cosa, sobre la que volveré más adelante—, de hacernos con una colección de pertenencias personales. Si, por ejemplo, querías algo para decorar las paredes que rodeaban tu cama, o se te antojaba llevar algo en la cartera, de aula en aula, para tenerla siempre encima del pupitre, lo podías conseguir en un Intercambio. Ahora puedo entender también cómo estos Intercambios nos afectaban de una manera más sutil; si te pones a pensar en ello, el hecho de depender de los demás para conseguir las cosas que pueden llegar a ser tus tesoros personales, tiene que afectar por fuerza a lo que tú haces para tus compañeros. Lo de Tommy era un ejemplo típico de esto. Muchas veces, el nivel de consideración que conseguías en Hailsham, de cuánto podías gustar y ser respetado, tenía mucho que ver con lo bueno que eras en tus «creaciones».

    Ruth y yo recordábamos a menudo estas cosas hace algunos años, cuando la estuve cuidando en el centro de recuperación de Dover.

    —Era una de las cosas que hacían tan especial a Hailsham —dijo en cierta ocasión—. Lo mucho que se fomentaba la valoración del trabajo de los demás.
    —Es cierto —dije yo—. Pero a veces, cuando pienso en los Intercambios, hay muchas cosas un tanto extrañas. La poesía, por ejemplo. Recuerdo que se nos permitía presentar poemas en lugar de dibujos o pinturas. Y lo extraño del caso es que a todos nos parecía bien, que tenía sentido para nosotros.
    —¿Por qué no iba a tenerlo? La poesía es importante.
    —Pero estamos hablando de escritos de gente de nueve años, de versitos raros, con faltas de ortografía, en cuadernos de ejercicios. Nos gastábamos los preciosos Vales en un cuaderno lleno de esos versos en lugar de en algo realmente bonito que decorase lo que veías desde la cama. Si teníamos tantas ganas de leer los poemas de alguien, ¿por qué no nos conformábamos con pedírselos prestados para copiarlos en nuestro cuaderno cualquier tarde? Pero ¿te acuerdas?, no era así. Se acercaba un Intercambio y nos sentíamos divididas entre los poemas de Susie K. y aquellas jirafas que solía hacer Jackie.
    —Las jirafas de Jackie... —dijo Ruth con una carcajada—. Eran tan bonitas. Yo tenía una.

    La conversación tenía lugar en un hermoso anochecer de verano, sentadas en el pequeño balcón de su cuarto de recuperación. Fue unos meses después de su primera donación y ya había pasado lo peor, y yo siempre programaba mis visitas vespertinas para que pudiéramos pasar media hora allí fuera, contemplando cómo se ponía el sol sobre los tejados. Veíamos montones de antenas de radio y televisión y de parabólicas, y a veces, en la lejanía, una línea reluciente que era el mar. Yo llevaba agua mineral y galletas, y nos sentábamos a hablar de todo lo que nos venía a la cabeza. El centro en el que estaba Ruth entonces es uno de mis preferidos, y no me importaría en absoluto acabar en él yo también. Los cuartos de recuperación son pequeños, pero confortables; y están muy bien diseñados: todo en ellos —las paredes, el suelo— está alicatado con brillantes azulejos blancos, que el centro mantiene siempre tan limpios que la primera vez qué entras en cualquiera de los cuartos es casi como si entraras en una sala de espejos. Por supuesto, no es que te veas montones de veces reflejada en las paredes, pero ésa es casi la impresión que te produce. Cuando levantas un brazo, o cuando alguien se sienta en la cama, percibes ese movimiento desdibujado y vago alrededor de ti, en los azulejos. La habitación de Ruth en aquel centro tenía además unas grandes hojas correderas de cristal que le permitían ver el exterior desde la cama. Incluso con la cabeza apoyada sobre la almohada, veía un gran retazo de cielo, y si el tiempo era cálido podía salir al balcón a respirar aire fresco. Me encantaba visitar a Ruth en aquel centro, me encantaban esas charlas llenas de digresiones que manteníamos a lo largo del verano, hasta el otoño temprano, sentadas en el balcón, hablando de Hailsham, de las Cottages


    1. Cottage: casita de campo. (N. del T.)


    —Lo que estoy diciendo —continué— es que cuando teníamos esa edad, cuando teníamos, pongamos, once años, no estábamos realmente interesadas en los poemas de los demás. Pero ¿te acuerdas de Christy? Christy tenía una gran fama de poetisa, y todos la admirábamos por ello. Ni siquiera tú, Ruth, te atrevías a intentar manejar a Christy. Y todo porque pensábamos que era muy buena como poeta, aunque no sabíamos nada de poesía. Era algo que no nos importaba gran cosa. Qué extraño.

    Pero Ruth no entendía lo que le decía (o puede que no quisiera hablar de ello). Quizá estaba decidida a recordarnos a todos mucho más refinados de lo que en realidad éramos. O quizá intuía adonde nos llevaba lo que le estaba diciendo, y no quería entrar en ese terreno. Fuera como fuese, dejó escapar un largo suspiro y dijo:

    —Todos creíamos que los poemas de Christy eran tan buenos... Pero me pregunto qué nos parecerían ahora. Me gustaría tener unos cuantos aquí delante, me encantaría ver lo que pensábamos. —Luego rió y dijo—: Todavía conservo unos cuantos poemas de Peter B. Pero eso fue mucho después, en el último año de secundaria. Debían de gustarme, porque si no no entiendo por qué iba a «comprarlos». Son ridículamente tontos. Se tomaba tan en serio a sí mismo. Pero Christy era buena, me acuerdo muy bien. Es curioso, dejó de escribir poesía cuando empezó a pintar. Y no era ni la mitad de buena con los pinceles.

    Pero vuelvo a Tommy. Lo que Ruth dijo aquella noche en el dormitorio, que era el propio Tommy el que parecía estar pidiendo lo que siempre se le venía encima, probablemente resumía lo que la mayoría de los alumnos de Hailsham pensaba del asunto. Fue al decirlo Ruth cuando me vino a la cabeza, allí acostada en la oscuridad, que la idea de que Tommy no ponía deliberadamente nada de su parte era la que venía circulando en Hailsham desde que estábamos en primaria. Y caí en la cuenta, con una especie de estremecimiento, de que Tommy llevaba padeciendo aquello no sólo semanas sino años.

    Tommy y yo hablamos de todo esto no hace demasiado tiempo, y su relato de cómo habían empezado sus problemas me confirmó que lo que estuve pensando aquella noche era correcto. Según él, todo había empezado una tarde en una de las clases de Arte de la señorita Geraldine. Hasta ese día —me contó Tommy— siempre había disfrutado pintando. Pero aquel día, en la clase de la señorita Geraldine, Tommy había pintado la acuarela de un elefante en medio de unas hierbas altas, y esa pintura concreta fue la que lo desencadenó todo. Lo había hecho, afirmaba, como una especie de broma. Le hice muchas preguntas al respecto, y sospecho que lo cierto es que fue algo parecido a muchas de las cosas que hacemos a esa edad: no sabes muy bien por qué, pero las haces. Las haces porque piensas que pueden hacer reír, o por ver si se arma un buen revuelo. Y cuando luego te piden que lo expliques, nada parece tener ni pies ni cabeza. Todos hemos hecho cosas de ésas. Tommy no me lo explicó así, pero estoy segura de que eso fue lo que pasó.

    El caso es que pintó aquel elefante, una figura muy parecida a la que podría haber hecho alguien con tres años menos. No le llevó más de veinte minutos, y levantó una carcajada en la clase, es cierto, aunque no del tipo que él habría esperado. Pero la cosa no habría pasado de ahí —y en esto reside lo irónico del asunto— si la señorita Geraldine no hubiera dado la clase aquel día.

    La señorita Geraldine era la custodia preferida de todos los de nuestra edad. Era amable, de voz suave, y siempre te consolaba cuando lo necesitabas, aun cuando hubieras hecho algo realmente malo o te hubiera reprendido otro custodio. Y si era ella la que había tenido que reprenderte, te dedicaba mucha más atención los días siguientes, como si te debiese algo. Tommy tuvo la mala suerte de que fuera la señorita Geraldine la que estuviera dando la clase de Arte aquel día, y no, pongamos, el señor Robert, o la misma señorita Emily (la custodia jefa, que solía dar Arte montones de veces). De haber sido cualquiera de ellos dos, Tommy habría recibido una pequeña regañina, lo que le habría permitido exhibir su sonrisita de suficiencia, y lo peor que la gente habría pensado de todo ello es que no había sido más que una broma no demasiado afortunada. E incluso habría habido quien habría calificado a Tommy de gran payaso. Pero la señorita Geraldine era la señorita Geraldine, y la cosa no siguió esos derroteros. Lo que hizo, en cambio, fue mirar aquel elefante con indulgencia y comprensión. Y, suponiendo quizá que Tommy corría el riesgo de recibir un varapalo de los demás, fue demasiado lejos en el sentido contrario y encontró en su trabajo motivos de elogio, y los expuso ante la clase: ahí empezó el resentimiento.

    —Cuando salimos de clase —recordaba Tommy— les oí hablar. Fue la primera vez. Y no les importó nada que les estuviera oyendo.

    Yo supongo que desde mucho antes de que dibujara aquel elefante, Tommy tenía la sensación de no estar a la altura, de que particularmente sus pinturas eran propias de alumnos mucho menores que él, y se cubría las espaldas haciendo pinturas deliberadamente infantiles. Pero a raíz de lo del elefante, todo quedó expuesto a la luz pública, y todo el mundo abrió bien los ojos para ver lo que hacía a continuación. Al parecer se esforzó mucho durante un tiempo, pero tan pronto como empezaba él algo empezaban también a su alrededor las risitas y las caras desdeñosas. De hecho, cuanto más empeño ponía, más risibles resultaban sus esfuerzos para sus compañeros. Así que no hubo de pasar mucho tiempo para que Tommy volviera a atrincherarse en su actitud pasada y a presentar trabajos deliberadamente infantiles, trabajos que parecían decir a gritos que no le podía importar menos. Y a partir de entonces la cosa no hizo sino agravarse.

    Durante un tiempo sólo tuvo que padecer este sufrimiento en las clases de Arte —aunque éstas eran harto frecuentes, porque en primaria dedicábamos muchas horas a esta disciplina—, pero luego su tormento alcanzó otra dimensión. Los chicos le dejaban fuera de los juegos, se negaban a sentarse a su lado en la cena, fingían no oírle si decía algo en el dormitorio, después de que se apagaran las luces. Al principio la cosa no fue tan implacable. Podían pasar meses sin que se produjera ningún incidente, y él empezaba a pensar que todo había quedado atrás. Entonces alguien hacía algo —él o alguno de sus enemigos, como Arthur H.— y todo volvía a empezar.

    No estoy muy segura de cuándo empezaron sus grandes rabietas. Mi memoria me dice que Tommy siempre tuvo el genio fuerte, incluso en preescolar. Pero él me aseguró que no empezaron hasta que las burlas llegaron a hacérsele insoportables. En cualquier caso, fueron estos accesos de ira los que realmente sirvieron de acicate para que aquéllas continuaran, e incluso se intensificaran, y fue hacia la época de la que estoy hablando —el verano del segundo año de secundaria, cuando teníamos trece años— cuando el encarnizamiento alcanzó su punto culminante.

    Luego todo cesó. No de la noche a la mañana, pero sí con bastante rapidez. Por aquellas fechas, como digo, yo seguía con suma atención el desarrollo de las cosas, de forma que vi las señales antes que la mayoría de mis compañeros. Empezó con un período —puede que un mes, puede que algo más— en el que las bromas fueron bastante continuas y en el que, sin embargo, Tommy no perdió los estribos. A veces lo veía a punto de estallar, pero se las arreglaba para controlarse; otras, se encogía de hombros en silencio, o actuaba como si no se hubiera dado cuenta. Al principio estas reacciones causaron decepción; puede que la gente sintiera incluso rencor, como si Tommy les hubiera fallado o algo parecido. Luego, gradualmente, la gente fue aburriéndose y las bromas se hicieron menos entusiastas, hasta que un día caí en la cuenta con sorpresa de que no le habían gastado ninguna desde hacía más de una semana.

    Esto no tendría por qué haber sido en sí mismo tan significativo, pero percibí también otros cambios. Pequeñas cosas. Como el hecho de que Alexander J. y Peter N. caminaran con él por el patio en dirección a los campos charlando con naturalidad; como el sutil pero claramente perceptible cambio en la voz de la gente cuando mencionaba su nombre. Un día, poco antes del final del recreo de la tarde, unas cuantas de nosotras estábamos sentadas en el césped, bastante cerca del Campo de Deportes Sur, donde los chicos jugaban al fútbol como de costumbre. Yo participaba en la conversación, pero sin perder de vista a Tommy, que estaba en el meollo de una importante jugada. En un momento dado alguien le puso la zancadilla, y Tommy se levantó y puso el balón en el césped para lanzar él mismo el tiro libre. Mientras los contrarios se desplegaban por el campo a la espera del lanzamiento, vi que Arthur H. —uno de sus más crueles torturadores—, que se había situado unos metros detrás de él, se ponía a imitar y ridiculizar la forma en que Tommy esperaba de pie frente al balón, en jarras. Miré detenidamente a los chicos, pero ninguno de ellos secundó a Arthur en su mofa. No había ninguna duda de que le veían, porque esperaban el disparo de Tommy con los ojos fijos en él, y Arthur estaba justo a su espalda. Pero nadie le prestó ninguna atención. Tommy lanzó el balón a través del césped y el partido continuó, y Arthur H. no volvió a intentar nada.

    Me complacía el giro que estaban tomando los acontecimientos, pero también sentía cierto desconcierto. No había habido el menor cambio en el trabajo artístico de Tommy —su reputación en el terreno de la «creatividad» se hallaba al mismo nivel de siempre—. Me daba cuenta de que había sido de gran ayuda el que hubiera puesto fin a sus rabietas, pero el factor determinante de que la situación hubiera cambiado era algo más difícil de precisar. Algo en su propia persona —sus maneras, su forma de mirar a la gente a la cara, de hablar abiertamente y con afabilidad— había cambiado, y había cambiado a su vez la actitud de los demás para con él. Pero lo que había propiciado directamente tal cambio no estaba en absoluto claro.

    Me sentía desconcertada, y decidí que en cuanto pudiera hablar con él a solas intentaría sonsacarle. La ocasión se me presentó en el comedor no mucho después: estábamos haciendo cola para el almuerzo y lo vi unos puestos más adelante.

    Supongo que puede parecer un poco extraño, pero en Hailsham la cola para el almuerzo era uno de los sitios más seguros para mantener una conversación privada. Tenía algo que ver con la acústica del Gran Comedor; el vocerío general y los altos techos propiciaban que, si bajabas la voz y te acercabas al otro lo bastante —y te asegurabas de que tus compañeros de al lado se hallaban enfrascados en su propia charla—, existía una gran probabilidad de que nadie pudiera oírte. En cualquier caso, tampoco teníamos tantos sitios donde elegir para este tipo de charlas personales. Los lugares «tranquilos» eran a menudo los peores, porque siempre pasaba alguien a una distancia desde la que podía entreoírte. Y en cuanto tu actitud delataba que querías apartarte para una charla privada, todo el entorno parecía percibirlo en cuestión de segundos, y se poblaba de oídos.

    Así que cuando vi a Tommy en la cola, apenas unos puestos más adelante, le hice una seña con la mano (la norma estipulaba que no podías colarte, pero sí retroceder hasta donde te viniera en gana), y Tommy vino hacia mí con una sonrisa de alegría en la cara. Cuando estuvimos uno al lado del otro nos quedamos así unos instantes, sin apenas hablar, no por timidez, sino porque esperábamos a que pasase cualquier posible curiosidad por el repentino cambio de sitio de Tommy. Y al final le dije:

    —Pareces mucho más contento últimamente, Tommy. Parece que las cosas te van mucho mejor.
    —Te fijas en todo, ¿eh, Kath? —dijo, sin el menor asomo de sarcasmo—. Sí, todo va bien. Todo me va genial.
    —¿Qué ha pasado, pues? ¿Has encontrado a Dios o algo?
    —¿Dios? —Tommy pareció confuso unos instantes. Luego se echó a reír y dijo—: Ya, entiendo. Te refieres a que ahora no... me pongo como una fiera.
    —No sólo eso, Tommy. Has conseguido que cambie por completo tu situación. He estado observando. Y por eso te pregunto.

    Tommy se encogió de hombros.

    —Me he hecho un poco mayor, supongo. Y seguramente los demás también. No puedes seguir con lo mismo siempre. Es aburrido.

    No dije nada, pero me quedé mirándole directamente, hasta que soltó otra risita y dijo:

    —Kath, eres tan curiosa. De acuerdo, sí, supongo que hay algo. Que me pasó algo. Si quieres te lo cuento.
    —Vale, adelante.
    —Te lo voy a contar, pero tú no tienes que ir contándolo por ahí, ¿de acuerdo? Hace un par de meses, tuve una charla con la señorita Lucy. Y me sentí mucho mejor. Es difícil de explicar. Pero me dijo algo, y me sentí mucho mejor.
    —¿Qué te dijo?
    —Bueno... La verdad es que puede parecer raro. Hasta me lo pareció a mí al principio. Lo que me dijo fue que si no quería ser creativo, que si realmente no me apetecía serlo, pues no pasaba nada. Que no era nada anormal ni nada parecido.
    —¿Eso es lo que te dijo?

    Tommy asintió con la cabeza, pero yo ya me estaba apartando de él.

    —Eso es una tontería, Tommy. Si vas a andar con jueguecitos estúpidos conmigo, déjame en paz, porque no tengo tiempo que perder.

    Estaba enfadada de verdad, porque pensaba que me estaba mintiendo, y precisamente cuando le había dado muestras de merecer su confianza. Vi a una amiga unos puestos más adelante, y me separé de Tommy para ir a saludarla. Vi que se había quedado desconcertado y alicaído pero, después de los meses que llevaba preocupándome por él, me sentía traicionada y me importaba un bledo que se sintiera mal. Me puse a charlar con mi amiga —creo que era Matilda— tan animadamente como pude, y apenas miré hacia donde él estaba en todo el tiempo que estuvimos en la cola.

    Pero cuando llevaba mi plato hacia las mesas Tommy se me acercó y me dijo apresuradamente:

    —Kath, si crees que te estaba tomando el pelo, te equivocas. Lo que te he dicho es la verdad. Te lo contaré todo mejor si me das la oportunidad de hacerlo.
    —No digas tonterías, Tommy.
    —Kath, te lo contaré todo. Voy a bajar al estanque después de comer. Si vienes, te lo cuento todo.

    Le dirigí una mirada de reproche y me alejé sin responderle, pero supongo que había empezado ya a considerar la posibilidad de que no se estuviera inventando lo de la señorita Lucy. Y cuando me senté con mis amigas empecé a pensar en cómo podría escabullirme después de comer para bajar hasta el estanque sin que nadie se diera demasiada cuenta.


    3


    El estanque estaba situado al sur de la casa. Para llegar a él tenías que salir por la puerta trasera, bajar un sendero estrecho y serpeante y pasar entre los altos y tupidos helechos que, a principios del otoño, seguían obstaculizando el camino. O, si no había custodios a la vista, podías tomar un atajo por la parcela de ruibarbo. De todas formas, en cuanto salías en dirección al estanque te encontrabas con un paisaje apacible lleno de patos y aneas y juncos. No era un buen sitio, sin embargo, para mantener una conversación discreta, ni por asomo tan bueno como la cola para la comida. Para empezar, te podían ver perfectamente desde la casa. Y nunca podías saber cómo se iba a propagar el sonido a través de la superficie del agua. Si te querían escuchar a escondidas, no había nada más fácil que bajar por el sendero y esconderse entre los arbustos de la otra orilla del estanque. Pero pensé que, habida cuenta de que había sido yo quien le había cortado bruscamente en la cola del comedor, lo más justo era charlar con él donde me había citado. Era entrado ya octubre, pero aquel día lucía el sol y decidí que lo mejor era hacer como que había salido a dar un paseo sin rumbo fijo y me había topado por casualidad con Tommy.

    Tal vez porque puse mucho empeño en dar esa impresión —aunque no tenía la menor idea de si había alguien observándome—, no fui a sentarme con él en cuanto lo vi sentado en una gran roca plana, no lejos de la orilla del estanque. Debía de ser viernes, o fin de semana, porque recuerdo que no llevábamos el uniforme. No recuerdo exactamente cómo iba vestido Tommy —probablemente con una de aquellas raídas camisetas de fútbol que solía ponerse hasta en los días más fríos—, pero sé muy bien que yo llevaba la chaqueta de chándal granate con cremallera delante que me había comprado en un Saldo cuando estaba en primero de secundaria. Fui rodeando a Tommy hasta llegar al agua, y me quedé allí de espaldas a ella, mirando hacia la casa para ver si se empezaba a amontonar gente en las ventanas. Luego hablamos —de nada en particular— durante un par de minutos, como si nunca hubiera tenido lugar la conversación de la cola de la comida. No estoy muy segura de si lo hacía por Tommy o por los posibles mirones, pero seguí con mi pose de no estar haciendo nada concreto, y en un momento dado hice ademán de continuar con mi paseo. Entonces vi una especie de pánico en la cara de Tommy, y enseguida me dio pena haberle contrariado de aquel modo (aunque sin querer). Así que dije, como si acabara de acordarme:

    —Por cierto, Tommy, ¿qué me estabas diciendo antes? Sobre algo que la señorita Lucy te había dicho una vez...
    —Oh... —Tommy miró más allá de mí, hacia el agua del estanque, fingiendo también él que se acababa de acordar de ello—. La señorita Lucy. Ya, sí.

    La señorita Lucy era la más deportista de las custodias de Hailsham, aunque por su aspecto uno jamás lo hubiera imaginado. Baja y rechoncha y con aire de bulldog, con un extraño pelo negro que parecía crecerle siempre hacia arriba, de forma que nunca le llegaba a tapar las orejas o el cuello grueso. Pero poseía una gran fortaleza y estaba en plena forma, e incluso cuando nos hicimos mayores, casi ninguno de nosotros —ni siquiera los chicos— podía competir con ella en las carreras a campo traviesa. Era una excelente jugadora de hockey, y hasta podía enfrentarse con los chicos de secundaria en el campo de fútbol. Recuerdo una vez en que James B. intentó ponerle la zancadilla cuando ella acababa de hacerle un regate, y fue él quien salió volando y fue a dar con sus huesos en el césped. Cuando estábamos en primaria, nunca pudo compararse con la señorita Geraldine, a quien acudíamos siempre que nos habíamos llevado un disgusto. De hecho, cuando éramos más pequeños no era muy dada a hablar mucho con nosotros. Sólo en secundaria aprenderíamos a apreciar su brioso estilo.

    —Estabas diciendo algo —le dije a Tommy—. Que la señorita Lucy te dijo que no pasaba nada por que no fueras creativo.
    —Sí, me dijo algo parecido. Me dijo que no tenía que preocuparme. Que no me importara lo que los demás dijeran. Fue hace un par de meses. Puede que un poco más.

    En la casa, unos cuantos alumnos de primaria se habían parado ante una de las ventanas de arriba y nos estaban observando. Pero yo ya me había puesto en cuclillas frente a Tommy y ya no fingía que no estábamos charlando.

    —Que te haya dicho eso es muy raro, Tommy. ¿Estás seguro de que lo entendiste bien?
    —Por supuesto que lo entendí bien. —Bajó un poco la voz—. No lo dijo sólo una vez. Estábamos en su cuarto, y me dio una charla entera sobre eso.

    Cuando la señorita Lucy le llamó por primera vez a su estudio después de la clase de Iniciación al Arte —me contó Tommy—, él se esperaba otra charla acerca de cómo debía esforzarse más, el tipo de cantinela que le habían endosado ya varios custodios, incluida la señorita Emily. Pero mientras se dirigían desde la casa hacia el Invernadero de Naranjas, donde los custodios tenían sus habitaciones, Tommy empezó a barruntar que aquello iba a ser diferente. Luego, cuando se hubo sentado en el sillón de la señorita Lucy, ésta —que se había quedado de pie junto a la ventana— le pidió que le contara todo lo que le había estado sucediendo, y cuál era su punto de vista sobre ello. Así que Tommy empezó a hablar. Pero de pronto, antes de que hubiera podido llegar siquiera a la mitad, la señorita Lucy lo interrumpió y se puso a hablar ella. Había conocido a muchos alumnos —dijo— a quienes durante mucho tiempo les había resultado tremendamente difícil ser creativos: la pintura, el dibujo, la poesía llevaban varios años resistiéndoseles. Pero andando el tiempo, llegó un día en que de buenas a primeras pudieron expresar lo que llevaban dentro. Y muy posiblemente era eso lo que le estaba pasando a Tommy.

    Tommy había oído ya ese razonamiento otras veces, pero en la actitud de la señorita Lucy había algo que le hizo atender con suma atención sus explicaciones.

    —Me daba cuenta —siguió Tommy— de que se proponía llegar a algo. A algo diferente.

    Y, en efecto, pronto estuvo diciendo cosas que a Tommy, en un principio, le resultaron difíciles de seguir. Pero ella las repitió una y otra vez hasta que Tommy empezó al fin a comprender. Si Tommy lo había intentado con todas sus fuerzas —le aseguró— y sin embargo no había conseguido ser creativo, no importaba en absoluto, y no debía preocuparse. No estaba bien que ni los alumnos ni los custodios lo castigaran por ello, o lo sometieran a presiones de cualquier tipo. Sencillamente no era culpa suya. Y cuando Tommy protestó y argumentó que estaba muy bien lo que le estaba diciendo y demás, pero que todo el mundo pensaba que sí era culpa suya, ella dejó escapar un suspiro y miró por la ventana. Y al cabo de unos instantes dijo:

    —Puede que no te sirva de mucha ayuda. Pero recuerda lo que te he dicho. Hay al menos una persona en Hailsham que no piensa como todo el mundo. Una persona al menos que cree que eres un buen alumno, tan bueno como el mejor que ella ha conocido en sus años de magisterio, y no importa en absoluto la creatividad que tengas.
    —¿No te estaría tomando el pelo, verdad? —le pregunté a Tommy—. ¿No te estaría sermoneando de una forma inteligente?
    —No era nada de eso. Pero de todas formas...

    Por primera vez desde que estábamos hablando parecía preocuparle que pudieran oírnos, y miró por encima del hombro hacia la casa. Los de primaria que habían estado mirando por la ventana habían perdido interés y se habían ido; unas cuantas chicas de nuestro curso se dirigían hacia el pabellón, pero aún estaban bastante lejos. Tommy se volvió hacia mí y dijo casi en un susurro:

    —De todas formas, cuando me estaba diciendo todo esto no paraba de temblar.
    —¿Qué quieres decir? ¿Que temblaba?
    —Sí, temblaba. De rabia. Era evidente. Estaba furiosa. Pero furiosa dentro de ella, muy dentro.
    —¿Con quién?
    —No tengo ni idea. Pero no conmigo. ¡Y eso era lo más importante! —Se echó a reír, y luego se puso serio—. No sé con quién estaba furiosa, pero lo estaba, y mucho.

    Me levanté, porque me dolían las pantorrillas.

    —Es muy raro lo que me cuentas, Tommy.
    —Pero lo curioso del asunto es que aquella charla me hizo mucho bien. Me ayudó muchísimo. Antes me has dicho que ahora todo parece irme mejor, ¿te acuerdas? Pues es por eso. Porque luego, pensando en lo que me había dicho, me di cuenta de que tenía razón, de que yo no tenía la culpa. Muy bien, yo no había llevado las cosas como debía. Pero en el fondo del fondo no era culpa mía. Y eso lo cambiaba todo. Y siempre que sentía que me fallaba la confianza en mí mismo, y veía a la señorita Lucy paseando, por ejemplo, o estaba en una de sus clases, me quedaba mirándola, y ella no me decía nada sobre nuestra charla, pero a veces me miraba también y me dirigía un pequeño gesto de cabeza. Y eso era todo lo que yo necesitaba. Me has preguntado antes si había sucedido algo. Pues bien, eso es lo que sucedió. Pero por favor, Kath, no le digas ni media palabra de esto a nadie, ¿vale?

    Asentí con la cabeza, pero pregunté:

    —¿Te hizo prometer a ti lo mismo?
    —No, no. No me hizo prometer nada de nada. Pero no le cuentes nada a nadie. Tienes que prometérmelo.
    —De acuerdo. —Las chicas que iban hacia el pabellón, al verme, me hicieron señas y me llamaron en voz alta. Les devolví el saludo y le dije a Tommy—: Tengo que irme. Seguiremos hablando, muy pronto.

    Pero Tommy no me hizo ningún caso, y continuó:

    —Hay algo más. Algo que dijo y que sigo sin entender del todo. Iba a preguntártelo. Dijo que no se nos enseñaba lo suficiente. O algo parecido.
    —¿Que no se nos enseñaba lo suficiente? ¿Quieres decir que según ella tendríamos que estudiar más de lo que estudiamos?
    —No, no creo que quisiera decir eso. De lo que hablaba era de..., en fin, de nosotros. De lo que nos va a pasar algún día. De las donaciones y todo eso.
    —Pero si ya se nos ha informado sobre eso... —dije—. ¿Qué es lo que querría decir? ¿Pensará que hay cosas de las que aún no se nos ha hablado?

    Tommy se quedó pensativo unos instantes. Luego sacudió la cabeza.

    —No creo que quisiera decir eso exactamente. Sino que no se nos ha instruido sobre ello lo suficiente. Porque dijo que tenía pensado hablarnos de ello ella misma.
    —¿De qué exactamente?
    —No estoy seguro. Quizá lo entendí mal, Kath. No sé. Quizá se refería a otra cosa completamente diferente, a algo que tenía que ver con lo de que no soy creativo. La verdad es que no lo entiendo.

    Me estaba mirando como si esperase una respuesta. Pensé en ello unos segundos, y luego dije:

    —Tommy, acuérdate bien. Has dicho que se puso furiosa.
    —Bueno, eso me pareció... Estaba tranquila, pero temblaba.
    —Vale, de acuerdo. Digamos que se puso furiosa. ¿Fue cuando se puso furiosa cuando empezó a hablarte de lo otro? ¿De que no se nos enseñaba lo suficiente acerca de las donaciones y demás?
    —Supongo que sí...
    —Bien, Tommy. Piensa. ¿Por qué sacó a relucir el asunto? Está hablando de ti y de que no eres creativo. Y de repente empieza a hablar de ese otro asunto. ¿Qué relación hay entre las dos cosas? ¿Por qué se puso a hablar del tema de las donaciones? ¿Qué tienen que ver las donaciones con el hecho de que tú no seas creativo?
    —No lo sé. Tuvo que haber una razón, supongo. Quizá una cosa le trajo a la cabeza la otra. Kath, ahora eres tú la que pareces obsesionada con este asunto.

    Me eché a reír, porque era cierto: había estado frunciendo el ceño, absolutamente absorta en mis pensamientos. El caso es que mi mente enfilaba varias direcciones al mismo tiempo. Y el relato de Tommy sobre su conversación con la señorita Lucy me había recordado algo, tal vez un buen puñado de cosas, de pequeños incidentes del pasado que tenían que ver con la señorita Lucy y que me habían desconcertado en su momento.

    —Es que... —callé, y lancé un suspiro—. No sabría explicarlo, ni siquiera a mí misma... Pero todo esto, lo que me estás contando, parece encajar con un montón de cosas que me desconcertaban. No hago más que pensar en todas esas cosas. Como el porqué de que Madame venga y se lleve todas nuestras mejores pinturas. ¿Para qué las quiere exactamente?
    —Para la Galería.
    —Pero ¿qué es esa galería? Viene continuamente a llevarse nuestros mejores trabajos. Debe de tener montones y montones de obras nuestras. Una vez le pregunté a la señorita Geraldine desde cuándo venía Madame, y me respondió que desde que existía Hailsham. ¿Qué es esa galería? ¿Por qué ha de tener una galería de cosas hechas por nosotros?
    —Quizá las venda. Ahí fuera, en el mundo, todo se vende.

    Negué con la cabeza.

    —No, no puede ser eso. Seguro que tiene algo que ver con lo que la señorita Lucy te dijo esa vez. Con nosotros, con cómo un día empezaremos a hacer donaciones. No sé por qué, pero llevo ya un tiempo teniendo esa sensación, la de que todo está relacionado, aunque no consigo imaginar cómo. Tengo que irme, Tommy. No hablemos de esto con nadie, de momento.
    —No. Y tú no le cuentes a nadie lo de la señorita Lucy.
    —Pero si te vuelve a decir algo más sobre esto ¿me lo contarás?

    Tommy asintió con un gesto, y luego volvió a mirar a su alrededor.

    —Será mejor que te vayas. Porque pronto van a empezar a oírnos todo lo que digamos.

    La galería mencionada en nuestra charla era algo con lo que todos habíamos crecido en Hailsham. Todo el mundo hablaba de ella dando por sentada su existencia, aunque nadie sabía con certeza si existía o no realmente. Estoy segura de que no era la única que no podía recordar cuándo fue la primera vez que oí hablar de la Galería; estoy segura de que lo mismo le pasaba al resto de mis compañeros. Ciertamente no habían sido los custodios quienes nos habían hablado de ella: nunca la mencionaban, y había una norma no escrita que estipulaba que jamás debíamos sacarla a colación en su presencia.

    Hoy supongo que era algo que los alumnos de Hailsham se pasaban de generación en generación. Recuerdo una vez —debía de tener unos cinco o seis años— en que estábamos Amanda C. y yo sentadas ante una mesita de modelado, con las manos pegajosas, llenas de arcilla. No recuerdo si había otros niños con nosotras, o qué custodio estaba a cargo de nosotros. Lo único que recuerdo es que Amanda C. —que era un año mayor que yo— miraba lo que yo estaba haciendo y exclamaba: «¡Oh, Kathy, es fantástico, de veras! ¡Qué bueno! ¡Seguro que se lo llevan para la Galería!».

    Para entonces ya debía de saber de su existencia, porque me acuerdo de la emoción y el orgullo que sentí cuando me dijo aquello, y de que acto seguido pensé para mis adentros: «Qué bobada. Ninguno de nosotros es aún lo bastante bueno para estar en la Galería».

    A medida que fuimos haciéndonos mayores seguimos hablando de la Galería. Si querías elogiar el trabajo de alguien, decías: «Merece estar en la Galería»; y cuando descubrimos la ironía, siempre que veíamos una obra mala y risible, entonábamos: «¡Oh, sí, claro. Directamente a la Galería!».

    Pero ¿creíamos realmente en la Galería? Hoy no estoy muy segura. Como he dicho, nunca la mencionábamos ante los custodios, y, mirando hoy hacia atrás, me da la impresión de que era más una norma que nos habíamos impuesto nosotros mismos que algo que los custodios nos hubieran impuesto. Recuerdo una ocasión, cuando teníamos unos once años. Estábamos en el Aula Siete, una mañana soleada de invierno; acabábamos de terminar la clase del señor Roger, y unos cuantos alumnos nos habíamos quedado en clase para charlar con él un rato. Estábamos sentados en nuestros pupitres, y no recuerdo exactamente de qué hablábamos, pero el señor Roger nos hacía reír y reír como de costumbre. Y entonces Carole H., sobreponiéndose a sus risitas, dijo: «¡Usted merecería estar en la Galería!». Al instante se llevó la mano a la boca, y dejo escapar un «¡huy!». El ambiente siguió siendo alegre y distendido, pero todos —incluido el señor Roger— sabíamos que Carole había infringido algo. No fue exactamente una catástrofe; habría sido más o menos lo mismo si alguno de nosotros hubiera dicho una palabrota, por ejemplo, o pronunciado el mote de alguno de nuestros custodios estando él o ella presente. El señor Roger sonrió con indulgencia, como diciendo: «Hagamos la vista gorda; hagamos como si no lo hubieras dicho nunca», y seguimos como si tal cosa.

    Si para nosotros la Galería seguía siendo un terreno nebuloso, lo que era un hecho comprobado era que Madame aparecía en Hailsham un par de veces al año —y había años en que hasta tres y cuatro— para seleccionar nuestros trabajos. Nosotros la llamábamos «Madame» porque era francesa o belga —había discusiones al respecto—, y así era como la llamaban siempre los custodios. Era una mujer alta, delgada, de pelo corto, probablemente aún bastante joven (aunque a nosotros no nos lo pareciera entonces). Llevaba siempre un elegante traje gris, y, a diferencia de los jardineros, a diferencia de los conductores que nos traían las provisiones, a diferencia de cualquiera que pudiera venir del exterior, no nos dirigía la palabra y se mantenía a distancia con su mirada fría. Durante años pensamos que era «estirada», pero una noche, cuando teníamos unos ocho años, Ruth se descolgó con otra de sus teorías.

    —Nos tiene miedo —declaró.

    Estábamos acostadas en la oscuridad del dormitorio. En primaria éramos unas quince en cada uno de ellos, así que no solíamos tener las conversaciones largas e íntimas que tendríamos luego en los dormitorios de secundaria. Pero la mayoría de las que con el tiempo llegarían a pertenecer a nuestro «grupo» tenían ya camas cercanas, y solíamos quedarnos charlando hasta muy entrada la noche.

    —¿Qué quieres decir con que nos tiene miedo? —preguntó una de ellas—. ¿Cómo va a tenernos miedo? ¿Qué le podemos hacer nosotras?
    —No lo sé —dijo Ruth—. No lo sé, pero estoy segura de que nos tiene miedo. Antes pensaba que lo que pasaba era que era estirada, pero hay algo más. Ahora estoy segura. Madame nos tiene miedo.

    Continuamos discutiendo el asunto los días que siguieron. La mayoría de nosotras no estaba de acuerdo con Ruth, y ello llevó a ésta a mostrarse más y más decidida a demostrar que estaba en lo cierto. Así que acabamos urdiendo un plan que pondría a prueba su teoría la vez siguiente que Madame viniera a Hailsham.

    Aunque las visitas de Madame nunca se anunciaban, siempre sabíamos a la perfección cuándo iba a tener lugar una de ellas. El proceso se iniciaba semanas antes, cuando los custodios empezaban a hacer una severa criba de nuestro trabajo: pinturas, bocetos, cerámica, redacciones y poemas. El proceso de selección duraba unos quince días, al cabo de los cuales cuatro o cinco obras de cada año de primaria y secundaria acababan en la sala de billar. La sala de billar se cerraba durante este período de tiempo, pero si te subías al muro bajo de la terraza de fuera podías ver a través de las ventanas cómo crecía el botín de nuestras obras. Cuando los custodios empezaban a disponerlas pulcramente sobre mesas y caballetes, como si prepararan —a escala mínima— alguno de nuestros Intercambios, entonces sabías que Madame llegaría a Hailsham al cabo de unos días.

    En el otoño del que hablo necesitábamos saber no sólo el día, sino el preciso instante en que se presentaría Madame, pues a menudo no se quedaba más que una hora o dos. Así que en cuanto vimos que nuestras obras se iban desplegando meticulosamente en la sala de billar, decidimos turnarnos y mantenernos en continuo estado de alerta.

    En tal empeño nos facilitó mucho las cosas el diseño de los jardines. Hailsham estaba situado en una suave hondonada totalmente rodeada de campos más altos. Lo cual significaba que, desde casi todas las ventanas de las aulas de la casa principal —e incluso desde el pabellón— se disfrutaba de una buena vista de la larga y estrecha carretera que surcaba los campos hasta desembocar en la verja principal. La verja misma se hallaba a cierta distancia, y cualquier vehículo tenía que enfilar luego el camino de grava y dejar atrás arbustos y arriates antes de arribar al patio delantero de la casa principal. A veces pasaban días y días sin que viéramos descender ningún vehículo por aquella carretera estrecha, y los días en que veíamos alguno solían ser furgonetas y camiones de proveedores, jardineros u operarios. Un coche era algo fuera de lo habitual, y la visión de uno a lo lejos bastaba para causar un verdadero revuelo en las aulas.

    La tarde en que divisamos cómo el coche de Madame se acercaba a través de los campos, el tiempo era ventoso y soleado, y en el cielo se iban formando unas cuantas nubes de tormenta. Estábamos en el Aula Nueve —en la fachada de la casa, primera planta—, y cuando el susurro se fue extendiendo por la clase, el pobre señor Frank, que intentaba enseñarnos ortografía, no entendía por qué nos había entrado de pronto tal inquietud en el cuerpo.

    El plan que habíamos ideado para poner a prueba la teoría de Ruth era muy sencillo: las seis que estábamos en el ajo estaríamos acechando la llegada de Madame, y cuando la viéramos aparecer nos acercaríamos a ella y «revolotearíamos» a su alrededor todas a un tiempo. Nos portaríamos con total urbanidad, y nos limitaríamos a estar allí, rodeándola, y si lo hacíamos en el momento preciso y la cogíamos desprevenida, veríamos claramente —insistía Ruth— que nos tenía miedo.

    Nuestra preocupación principal, pues, residía en la eventualidad de que no se nos presentara la ocasión de poner en práctica el plan durante el breve espacio de tiempo que Madame permanecía en Hailsham. Pero cuando la clase del señor Frank llegaba ya a su término, pudimos ver a Madame abajo, en el patio, aparcando el coche. Mantuvimos un apresurado conciliábulo en el descansillo, y seguimos escalera abajo al resto de la clase y nos quedamos todas en el vestíbulo de la puerta principal. Veíamos el patio lleno de luz, donde Madame seguía sentada ante el volante, hurgando en su maletín. Al final se apeó del coche y vino hacia nosotras. Vestía su habitual traje gris y apretaba el maletín contra su cuerpo con los dos brazos. A una señal de Ruth, salimos todas al patio y fuimos directamente hacia ella, pero como si estuviéramos en un sueño. Y sólo cuando Madame se detuvo en seco murmuramos cada una de nosotras: «Discúlpeme, señorita», y nos separamos.

    Nunca olvidaré el extraño cambio que al instante siguiente se operó en todas nosotras. Hasta aquel momento, todo el plan de Madame, si no un juego exactamente, no había sido más que algo privado que queríamos dilucidar entre nosotras. No habíamos pensado mucho en cómo reaccionaría Madame (o cualquier otra persona en su situación). Lo que quiero decir es que, hasta entonces, todo había sido bastante alegre y desenfadado, aunque aderezado de cierta carga de osadía. Y no es que Madame hubiera hecho algo distinto a lo que el plan tenía previsto que haría: quedarse petrificada y esperar a que pasáramos de largo. No gritó, ni dejó escapar ninguna exclamación ahogada. Pero todas estábamos enormemente ansiosas por ver su reacción, y seguramente por ello ésta tuvo tal efecto en nosotras. Cuando Madame se detuvo, la miré rápidamente a la cara (como estoy segura de que hicieron las demás). Y aún hoy puedo ver el estremecimiento que parecía estar reprimiendo, el miedo real que alguna de nosotras le infundió al rozarla por accidente. Y aunque lo que hicimos fue seguir nuestro camino, todas lo habíamos sentido: fue como si hubiéramos pasado de un sol radiante a una sombra heladora. Ruth tenía razón: Madame nos tenía miedo. Pero nos tenía miedo del mismo modo en que a alguien podían darle miedo las arañas. No estábamos preparadas para eso. Jamás se nos había ocurrido preguntarnos cómo nos sentiríamos nosotras al ser vistas de ese modo, al ser las arañas de la historia.

    Cuando cruzamos el patio y llegamos al césped, éramos un grupo muy diferente del que instantes antes había estado esperando, lleno de excitación, a que Madame se bajara del coche. Hannah parecía a punto de echarse a llorar. Hasta Ruth parecía realmente afectada. Entonces una de nosotras —creo que fue Laura— dijo:

    —Si no le gustamos, ¿por qué quiere nuestro trabajo? ¿Por qué no nos deja en paz? ¿Quién le manda venir a Hailsham?

    Nadie le respondió, y seguimos caminando hacia el pabellón sin volver a decir nada sobre lo que había sucedido.

    Pensando ahora en aquella tarde, veo que estábamos en una edad en la que sabíamos ya unas cuantas cosas sobre nosotras mismas —sobre quiénes éramos, sobre lo diferentes que éramos de nuestros custodios, de la gente del exterior—, pero que aún no habíamos llegado a entender lo que ello significaba. Estoy segura de que todos, en la niñez, han tenido una experiencia como la nuestra de aquel día; muy similar, si no en los detalles concretos, sí en el interior, en los sentimientos. Porque no importa realmente lo mucho que tus custodios se esfuerzan por prepararte: ni las charlas, ni los vídeos, ni los debates, ni las advertencias..., nada puede hacer que llegues a comprenderlo cabalmente. No cuando tienes ocho años y estás con todos tus compañeros en un lugar como Hailsham; cuando los jardineros y los repartidores te hacen bromas y se ríen contigo y te llaman «cariño».

    De todas formas, algo debe de haber sedimentado en tu interior. Algo debes de haber retenido inconscientemente, porque cuando llega un momento como el que he descrito ya hay una parte de ti que ha estado esperando. Tal vez desde una edad muy temprana —los cinco o los seis años— te ha estado sonando en la nuca una especie de susurro: «Algún día, puede que no muy lejano, llegarás a saber lo que se siente». Así que estás esperando, incluso aunque no lo sepas, esperando a que llegue el momento en que caigas en la cuenta de que eres diferente de ellos; de que hay gente ahí fuera, como Madame, que no te odia ni te desea ningún mal, pero que se estremece ante el mero pensamiento de tu persona —cómo te han traído a este mundo y por qué—, y que sienten miedo ante la idea de que tu mano pueda rozar la suya. La primera vez que te ves con los ojos de alguien así, sientes mucho frío. Es como si al pasar por delante de un espejo ante el que pasas todos los días de tu vida reparases de pronto en que el cristal te devuelve algo más que de costumbre, algo turbador y extraño.


    4


    Cuando acabe el año dejaré de ser cuidadora, y aunque mi condición de tal me ha dado mucho, he de admitir que acogeré de buen grado la oportunidad de descansar, y de pararme para pensar y recordar. Estoy segura de que, al menos en parte, este apremio íntimo por ordenar todos estos viejos recuerdos tiene que ver con ello, con el hecho de estar preparándome para este inminente cambio en mi vida. Lo que realmente pretendía, supongo, era poner en claro las cosas que sucedieron entre Tommy y Ruth y yo después de hacernos mayores y dejar Hailsham. Pero ahora me doy cuenta de que, en gran medida, lo que ocurrió más tarde tuvo su origen en nuestra época de Hailsham, y por eso, antes que nada, quiero examinar detenidamente esos recuerdos tempranos. Reseñar, por ejemplo, toda aquella curiosidad que sentíamos por Madame. En cierto nivel, no se trataba más que de unas niñas haciendo chiquilladas. Pero en otro, como se verá, de lo que se trataba era del comienzo de un proceso que a lo largo de los años fue creciendo en intensidad hasta llegar a dominar nuestras vidas.

    A partir de aquel día, la mención de Madame se convirtió, si no en un tabú, sí en algo sumamente raro entre nosotras. Y ello pronto trascendió nuestro grupito y llegó a ser conocido por casi todos los alumnos de nuestro curso. Seguíamos sintiendo la misma curiosidad de siempre acerca de ella, pero todas intuíamos que indagar más en su persona —en lo que hacía con nuestro trabajo, en si existía o no una galería— nos adentraría en un terreno para el que aún no estábamos preparadas.

    El tema de la Galería, sin embargo, surgía de vez en cuando, de forma que cuando unos años más tarde Tommy, a la orilla del estanque, empezó a contarme su extraña charla con la señorita Lucy, sentí que algo tiraba con insistencia de mi memoria. Pero fue sólo después, cuando lo dejé sentado en la roca y me apresuraba hacia los campos para reunirme con mis amigas, cuando el recuerdo afloró en mí.

    Era algo que la señorita Lucy nos había dicho una vez en clase. Lo había retenido en mi memoria porque me había intrigado entonces, y también porque había sido una de las poquísimas ocasiones en las que la Galería se había mencionado de forma tan deliberada ante un custodio.

    Estábamos inmersos en lo que luego daría en llamarse la «controversia de los Vales». Tommy y yo hablamos hace unos años de la controversia de los Vales, y al principio no nos pusimos de acuerdo sobre cuándo había tenido lugar. Yo decía que teníamos diez años, y él opinaba que fue más tarde, pero al final se convenció de la exactitud de mi recuerdo: estábamos en cuarto de primaria; poco después del incidente con Madame, pero tres años antes de nuestra charla en el estanque.

    La controversia de los Vales, supongo, formaba parte del hecho de que, con los años, el ansia de poseer se hizo más y más intensa en nuestros corazones. Durante años —creo haberlo dicho ya— pensamos que la elección de alguno de nuestros trabajos para la sala de billar suponía un gran triunfo, por mucho que se lo llevara Madame luego, pero al llegar a los diez años albergábamos una mayor ambivalencia a este respecto. Los Intercambios, con su sistema de Vales a modo de moneda, nos habían proporcionado un preciso útil de apreciación para valorar lo que producíamos. Nos interesaban ya las camisetas, la decoración de la cama, el personalizar el pupitre. Y, por supuesto, también nos interesaban mucho nuestras «colecciones».

    No sé si donde normalmente estudian los niños se hacen «colecciones». Pero cuando te topas con algún antiguo alumno de Hailsham, tarde o temprano acaba aflorando con nostalgia el tema de las «colecciones». En aquella época, claro, era algo que dábamos por descontado. Todos teníamos debajo de la cama un arcón de madera con nuestro nombre en el que guardábamos nuestras pertenencias: lo que comprábamos en los Saldos o en los Intercambios. Puedo acordarme de uno o dos compañeros a quienes no les importaban demasiado sus colecciones, pero la mayoría de nosotros le dedicábamos a la nuestra un celo exquisito, y sacábamos algunos tesoros para enseñarlos y escondíamos otros con cuidado para que nadie los viera.

    El caso es que, cuando cumplimos los diez años, la idea de que era un gran honor el que Madame se llevara alguna de tus obras ya había entrado en conflicto con el sentimiento de que nos estábamos quedando sin nuestros bienes con mayor valor de mercado. Y esta nueva situación llegó a su punto álgido con la controversia de los Vales.

    Todo comenzó cuando cierto número de alumnos, principalmente varones, empezaron a decir entre dientes que cuando Madame se llevaba una obra el autor debería recibir Vales a cambio. Estuvo de acuerdo un gran número de alumnos, pero a otros la idea les pareció escandalosa. Circularon argumentos en favor y en contra durante un tiempo, y un buen día Roy J. —que estaba en el curso siguiente al nuestro y tenía gran cantidad de obras en la Galería de Madame— decidió ir a ver a la señorita Emily para hablar del asunto.

    La señorita Emily, jefa de los custodios, era la mayor de todos ellos. No era especialmente alta, pero había algo en su porte —iba siempre muy tiesa y con la cabeza erguida— que te hacía pensar que lo era. Llevaba el pelo plateado recogido atrás, pero siempre tenía hebras sueltas que le ondeaban en torno. A mí me sacaban de quicio, pero la señorita Emily no les prestaba la menor atención, como si ni siquiera merecieran su desprecio. Al atardecer resultaba una visión bastante extraña: una mujer con multitud de cabellos sueltos que ella ni se molestaba en apartarse de la cara mientras hablaba contigo con voz pausada y calma. Nos inspiraba mucho temor, y no pensábamos en ella del modo en que pensábamos en los demás custodios. Pero la considerábamos justa y respetábamos sus decisiones; probablemente hasta en primaria sentíamos que su presencia, aunque intimidatoria, era lo que nos hacía sentirnos tan a salvo a todos en Hailsham.

    Se requería cierto valor para ir a verla sin haber sido convocado; y hacerlo con el tipo de exigencias que iba a plantearle Roy parecía poco menos que suicida. Pero Roy no recibió la terrible reprimenda que todos nos esperábamos, y en los días que siguieron nos llegaron rumores de charlas —e incluso discusiones— de custodios sobre el asunto de los Vales. Al final se anunció que recibiríamos vales, pero no muchos, porque era un «honor de lo más alto» que el trabajo de alguien fuera seleccionado por Madame. Pero la decisión no sentó bien en ninguno de los bandos, y continuó la controversia.

    Y éste era el mar de fondo cuando aquella mañana Polly T. le formuló aquella pregunta a la señorita Lucy. Estábamos en la biblioteca, sentados alrededor de la gran mesa de roble, y recuerdo que había un leño ardiendo en la chimenea. Leíamos teatro, y en un momento dado, una frase de la obra dio pie a Laura para que hiciera una broma sobre los Vales, y todos reímos, incluida la señorita Lucy. Luego la señorita Lucy dijo que, como en Hailsham no se hablaba de otra cosa, dejáramos la obra que estábamos leyendo y pasáramos el resto de la clase intercambiando puntos de vista sobre los Vales. Y eso es lo que estábamos haciendo cuando Polly preguntó, sin que viniera en absoluto a cuento: «Señorita, ¿por qué Madame se lleva nuestras cosas?».

    Nos quedamos todos callados. La señorita Lucy no solía enfadarse a menudo, pero cuando lo hacía ya podías prepararte, y durante un momento pensamos que a Polly se le iba a caer el pelo. Pero enseguida vimos que la señorita Lucy no estaba enfadada, sino sumida en sus pensamientos. Recuerdo que yo sí estaba furiosa con Polly por haber quebrantado de forma tan estúpida una regla no escrita, pero al mismo tiempo sentía una enorme expectación ante la posible respuesta de la señorita Lucy. Y era obvio que no era la única con tan contrapuestas emociones: prácticamente todo el mundo fulminó con la mirada a Polly, para luego volverse con impaciencia hacia la señorita Lucy, lo cual, supongo, no era demasiado justo para la pobre Polly. Al cabo de lo que nos pareció una eternidad, la señorita Lucy dijo:

    —Todo lo que puedo decir hoy es que existe una buena razón para que lo haga. Una razón muy importante. Pero si intentara ahora explicárosla a vosotros, creo que no la entenderíais. Un día, espero, se os explicará debidamente.

    No la presionamos. El aire que flotaba sobre la mesa se había llenado de embarazo, y pese a la curiosidad que sentíamos por saber más del asunto, deseábamos con todas nuestras fuerzas que la charla se apartara de aquel terreno espinoso. Así, instantes después, todos nos sentimos aliviados al vernos de nuevo discutiendo —acaso un tanto artificialmente— sobre los Vales. Pero las palabras de la señorita Lucy me habían intrigado, y seguí pensando en ellas una y otra vez durante los días que siguieron. Por eso aquella tarde junto al estanque, cuando Tommy me estaba contando su charla con la señorita Lucy, y lo que le había dicho sobre que «no nos enseñaban lo suficiente» acerca de determinadas cosas, el recuerdo de aquella vez en la biblioteca —unido quizá a uno o dos pequeños episodios parecidos— empezó a espolear mi espíritu inquisitivo.


    Mientras aún estamos en el asunto de los vales, quiero decir algo acerca de los Saldos, que ya he mencionado un par de veces. Los Saldos eran importantes para nosotros, porque era el medio por el que podíamos hacernos con cosas del exterior. El polo de Tommy, por ejemplo, era de un Saldo. En los Saldos era donde conseguíamos la ropa, los juguetes, las cosas especiales que no habían sido hechas por otros alumnos.

    Una vez al mes, una gran furgoneta blanca descendía por la larga carretera, y la excitación podía palparse tanto en los jardines como en el interior de la casa. Cuando se detenía en el patio delantero, toda una multitud la estaba esperando, la mayoría alumnos de primaria, porque una vez que dejabas atrás los doce o trece años no era conveniente mostrarte excesivamente ilusionado. Pero lo cierto es que todos sentíamos un gran entusiasmo.

    Mirando hoy hacia atrás, resulta curioso pensar en tal excitación, pues los Saldos solían ser muy decepcionantes. Normalmente no se encontraba nada demasiado especial, y nos gastábamos los Vales en renovar lo que se nos había roto o se nos estaba quedando viejo con cosas muy similares. Pero lo curioso del caso, supongo, era que alguna vez todos habíamos encontrado algo en algún Saldo, algo que se había convertido en especial: una chaqueta, un reloj, unas tijeras de artesanía que nunca llegabas a usar pero que guardabas con orgullo junto a la cama. Todos habíamos encontrado algo parecido en el pasado, de suerte que, por mucho que fingiéramos que no nos importaba demasiado, no podíamos liberarnos de los viejos sentimientos de entusiasmo y esperanza.

    De hecho no resultaba ocioso rondar en torno a la furgoneta mientras la estaban descargando. Lo que hacías —si eras alumno de primaria— era seguir de la furgoneta al almacén y del almacén a la furgoneta a los dos hombres con mono que cargaban grandes cajas de cartón, y preguntarles lo que había dentro. La respuesta habitual era la siguiente: «Un montón de cosas bonitas, pequeño». Pero si seguías preguntando: «Pero ¿seguro que son muchas y buenas?», ellos, tarde o temprano, acababan por sonreír y decirte: «Oh, yo diría que sí, pequeño. Un buen montón de cosas buenísimas», con lo que te arrancaban un gritito de alborozo.

    Las cajas llegaban a menudo sin la tapa de arriba, de forma que podías echar una ojeada al interior y entrever todo tipo de objetos, y a veces, aunque en rigor no debían hacerlo, los hombres te dejaban mover las cosas para poder ver mejor las que te interesaban. Y así, cuando aproximadamente una semana después tenía lugar el Saldo, habían circulado ya todo tipo de rumores, quizá sobre un chándal concreto o una casete, y si en alguna ocasión surgía algún problema, casi siempre era porque varios alumnos habían puesto los ojos en el mismo objeto.

    Los Saldos contrastaban vivamente con el callado ambiente de los Intercambios. Se celebraban en el comedor, y eran multitudinarios y ruidosos. De hecho, los empujones y los gritos formaban parte de la diversión, aunque la mayor parte del tiempo reinaba el buen humor. Salvo, como digo, en alguna que otra ocasión en que las cosas se iban de las manos y había alumnos que se agarraban y forcejeaban e incluso llegaban a pelearse. Los monitores, entonces, amenazaban con cerrar el tenderete, y a la mañana siguiente todos debíamos enfrentarnos a una reprimenda colectiva de la señorita Emily.

    Nuestra jornada en Hailsham empezaba todas las mañanas con una reunión de custodios y alumnos, por lo general bastante breve: unos cuantos anuncios, quizá un poema leído por un alumno. La señorita Emily no solía hablar mucho; se sentaba muy tiesa en el escenario, asintiendo con la cabeza a cada cosa que se decía, de cuando en cuando dirigiendo una mirada gélida hacia cualquier susurro que hubiera podido oírse entre los alumnos. Pero a la mañana siguiente de un acontecimiento excepcional —como era el caso de un Saldo tumultuoso— las cosas eran diferentes. Nos ordenaba sentarnos en el suelo —en estas reuniones matinales solíamos estar de pie—, y no había comunicados ni actos de ninguna clase. La señorita Emily nos hablaba durante veinte, treinta minutos (e incluso más, a veces). Raramente alzaba la voz, pero en estas ocasiones había en ella algo acerado, y ninguno de nosotros, ni siquiera los de quinto de secundaria, se atrevía a emitir el menor sonido.

    Entre los alumnos había una sensación general de mala conciencia, por haber —en cierto nivel colectivo— fallado a la señorita Emily, pero por mucho que lo intentábamos no lográbamos seguir sus peroratas. En parte por su lenguaje. «Indigno de privilegio» y «mal uso de la oportunidad» eran dos de sus expresiones habituales (Ruth y yo conseguimos dar con ellas cuando rememorábamos el pasado en su cuarto del centro de Dover). El tenor general de su alocución era muy claro: siendo como éramos alumnos de Hailsham, todos éramos muy especiales, y por tanto el hecho de que nos portáramos mal resultaba enormemente decepcionante. Más allá de estas afirmaciones, sin embargo, las cosas se volvían oscuras. A veces seguía disertando con apasionamiento, para de pronto detenerse en seco con un: «¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué puede ser lo que nos frustra?». Y seguía allí de pie, con los ojos cerrados, con el ceño fruncido como si tratara de dar con la respuesta. Y aunque nos sentíamos desconcertados e incómodos, seguíamos sentados en el suelo, deseando que la señorita Emily diera con fuera lo que fuese lo que estaba necesitando su cabeza. Luego retomaba el discurso con un suspiro suave —señal de que iba a perdonarnos—, o bien salía de su silencio con un estallido: «¡Pero a mí no se me va a coaccionar! ¡Oh, no! ¡Y tampoco a Hailsham!».

    Al recordar estas largas disertaciones, Ruth señalaba lo extraño que era que fueran tan ininteligibles, pues la señorita Emily, en clase, podía ser tan clara como el agua. Cuando dije que a veces la había visto vagando por Hailsham como en un sueño, hablando sola, Ruth se ofendió y dijo:

    —¡La señorita Emily no fue jamás así! Hailsham no habría podido ser como era si hubiera tenido al frente a una persona chiflada. La señorita Emily tenía un intelecto tan afilado como un bisturí.

    No discutí. Ciertamente, la señorita Emily podía ser asombrosamente sagaz. Si, por ejemplo, estabas en alguna parte de la casa principal o de los jardines donde no debías estar, y oías que se acercaba un custodio, normalmente siempre había algún sitio donde podías esconderte. Hailsham estaba lleno de escondites, dentro y fuera de la casa: aparadores, recovecos, arbustos, setos. Pero si a quien veías acercarse era a la señorita Emily, el corazón se te encogía, porque siempre sabía que te habías escondido y dónde. Era como si tuviera un sexto sentido. Podías meterte dentro de un aparador, cerrar las puertas bien cerradas y no mover ni un solo músculo, pero sabías que los pasos de la señorita Emily se detendrían ante el aparador y que su voz diría:

    —Muy bien. Sal de ahí.

    Es lo que le sucedió una vez a Sylvie C. en el rellano de la segunda planta, con la diferencia de que en esta ocasión la señorita Emily se había puesto hecha una furia. Ella nunca gritaba, como podía gritar por ejemplo la señorita Lucy cuando se enfadaba mucho contigo, pero daba mucho más miedo cuando la que se enfadaba era la señorita Emily. Los ojos se le empequeñecían, y se ponía a susurrar con fiereza para sus adentros, como si estuviera discutiendo con un colega invisible qué castigo terrible debía imponerte (el modo en que lo hacía te llevaba a desear vivamente y a partes iguales saberlo y no saberlo). Pero normalmente la señorita Emily nunca te imponía sanciones horribles. Casi nunca te dejaba castigada, ni te hacía hacer tareas ingratas o te quitaba privilegios. Pero daba igual, porque te sentías aterrorizada con sólo saber que habías perdido puntos en su estima, y ansiabas hacer algo al instante para redimirte.

    Pero lo cierto es que con la señorita Emily todo era imprevisible.

    Puede que Sylvie se la cargara esa vez, pero cuando pilló a Laura corriendo por la parcela de ruibarbo, la señorita Emily no hizo más que espetarle:

    —No deberías estar aquí, jovencita. Sal de ahí ahora mismo.

    Y siguió caminando.

    Hubo una época en que creí que había caído en desgracia con ella. El pequeño sendero que bordeaba la trasera de la casa principal era uno de mis sitios preferidos. Estaba lleno de recovecos, de prolongaciones; tenías que pasar casi rozando los arbustos, internarte bajo dos arcos cubiertos de hiedra y por una verja herrumbrosa. Y desde él podías atisbar en todo momento el interior de la casa a través de las ventanas (yendo de una a otra). Supongo que, en parte, la razón de que ese sendero me gustara tanto era que nunca estuve muy segura de si era o no un lugar prohibido. Ciertamente, cuando había clase en las aulas, se suponía que no tenías que estar allí. Pero los fines de semana, o al caer la tarde, no estaba nada claro. De todos modos, la mayoría de los alumnos siempre lo evitaba, y quizá otro de sus alicientes residía precisamente en eso: que cuando estabas en él te apartabas de todo el mundo. El caso es que una tarde soleada estaba recorriendo este pequeño sendero —creo que estaba en tercero de secundaria—, y, como de costumbre, al pasar por las ventanas iba mirando las aulas vacías, cuando de pronto miré dentro de una de ellas y vi a la señorita Emily. Estaba sola, paseándose lentamente, hablando consigo misma, dirigiendo gestos y observaciones a un auditorio invisible. Supuse que estaba preparando una clase, o quizá una de sus charlas de las reuniones matinales, y me disponía a pasar de largo deprisa antes de que pudiera verme cuando de pronto volvió la cabeza y me miró directamente. Me quedé petrificada, pensando que me la había cargado, pero vi que ella seguía con su mudo parlamento y sus gestos, sólo que ahora los dirigía hacia mí. Luego, con toda naturalidad, se volvió y fijó la mirada en otro alumno imaginario de otro rincón del aula. Me escabullí por el sendero, y durante los días siguientes tuve miedo de lo que la señorita Emily pudiera decirme cuando volviera a verme. Pero nunca mencionó aquel incidente.


    Aunque no es de esto de lo que quiero hablar en este momento. Lo que ahora quiero es contar unas cuantas cosas de Ruth, cómo nos conocimos y nos hicimos amigas, cómo fueron nuestros primeros tiempos juntas. Porque últimamente —y cada vez más— estoy conduciendo a través de los campos en una larga tarde, por ejemplo, o tomando café junto al enorme ventanal de una gasolinera de autopista, y me sorprendo una vez más pensando en ella.

    No fuimos amigas desde el principio. Me recuerdo con cinco o seis años haciendo cosas con Hannah y Laura, pero no con Ruth. De la época más temprana de nuestra vida apenas conservo un recuerdo vago de ella.

    Estoy jugando en la arena. Hay otros muchos niños conmigo; no nos queda casi espacio para movernos, y nos sentimos irritados unos con otros. Estamos al aire libre, bajo un cálido sol, así que lo más probable es que sea el parque de arena de la zona de juegos de los Infantes, o incluso la arena que hay al final de la larga valla del Campo de Deportes Norte. Hace calor y tengo sed y no me gusta que haya tantos niños conmigo en la arena. Entonces Ruth está allí de pie, no donde estamos todos sino fuera, como un metro más allá. Está muy enfadada con dos de las chicas que están a mi espalda, por algo que ha debido de pasar antes, y las está fulminando con la mirada. Me figuro que en aquel tiempo la conocía muy poco. Pero ya debía de haber causado una fuerte impresión en mí, porque recuerdo que seguí afanosamente con lo que estaba haciendo, muerta de miedo de que de un momento a otro volviera hacia mí la mirada. No dije ni una palabra, pero deseaba fervientemente que se diera cuenta de que no estaba con las otras niñas que había a mi espalda, y de que no había participado en modo alguno en aquello que la había puesto tan furiosa.

    Y eso es todo lo que recuerdo de Ruth de aquella época primera. Estábamos en el mismo curso, y por lo tanto tuvimos que rozarnos muchas veces; pero aparte del incidente del parque de arena no recuerdo nada más de ella, hasta dos años después, cuando con siete años —casi ocho— cursábamos ya primaria.

    El Campo de Deportes Sur era el que más utilizaban los alumnos de primaria, y fue en una de sus esquinas, junto a los álamos, donde Ruth se acercó a mí un día a la hora del almuerzo, me miró de arriba abajo y dijo:

    —¿Quieres montar mi caballo?

    Yo estaba enfrascada en algún juego con dos o tres compañeras, pero no había ninguna duda de que era a mí a quien Ruth se estaba dirigiendo. Su deferencia me dejó embelesada, pero hice como que la sopesaba antes de darle una respuesta:

    —¿Cómo se llama tu caballo?

    Ruth dio un paso hacia mí.

    —Mi mejor caballo —dijo— es Trueno. Pero no puedo dejar que lo montes. Es demasiado peligroso. Puedes montar a Zarzamora, siempre que no utilices la fusta. O, si quieres, puedes montar cualquiera de los otros —dijo unos cuantos nombres que no recuerdo. Y luego me preguntó—: ¿Tú tienes algún caballo?

    La miré y medité cuidadosamente la respuesta:

    —No, no tengo ningún caballo.
    —¿Ni uno siquiera?
    —No.
    —De acuerdo. Puedes montar a Zarzamora, y si te gusta puedes quedártelo. Pero no tienes que darle con la fusta. Y tienes que venir conmigo ahora mismo.

    Mis amigas se habían dado la vuelta y seguían con sus juegos. Así que me encogí de hombros y me fui con Ruth.

    El campo estaba lleno de niños que jugaban, algunos mucho mayores que nosotras, pero Ruth se abrió paso entre ellos con absoluta determinación y precediéndome siempre un par de pasos. Cuando ya estábamos cerca de la malla metálica que separaba el campo de los jardines, Ruth se volvió hacia mí y dijo:

    —Muy bien, vamos a montar. Tú monta a Zarzamora.

    Acepté las invisibles riendas que me tendía, y salimos al trote y cabalgamos de un extremo a otro de la valla, ora a medio galope, ora a galope tendido. Había acertado en mi decisión de decirle a Ruth que no tenía ningún caballo, porque al rato de montar a Zarzamora me dejó probar uno tras otro sus demás caballos, mientras me gritaba todo tipo de instrucciones sobre cómo evitar los puntos flacos de cada animal.

    —¡Te lo dije! ¡Con Narcisa tienes que echarte hacia atrás! ¡Mucho más! ¡Le gusta que la montes bien echada hacia atrás!

    Debí de hacerlo razonablemente bien, porque al final me dejó montar a Trueno, su corcel preferido. No sé cuánto tiempo estuvimos con sus caballos aquel día; a mí me pareció bastante, y creo que las dos nos embebimos por completo en nuestro juego. Pero de pronto, sin motivo aparente alguno, Ruth dijo basta, alegando que yo estaba agotando adrede a sus caballos, y que los llevara yo misma a las caballerizas. Señaló una zona de la valla, y eché a andar con los caballos hacia ella, mientras Ruth parecía enfadarse conmigo más y más, y me decía que lo estaba haciendo todo mal. Luego preguntó:

    —¿Te gusta la señorita Geraldine?

    Quizá era la primera vez que me ponía a pensar si me gustaba o no un custodio. Al final respondí:

    —Claro que me gusta.
    —Pero ¿te gusta de verdad? ¿Como si fuera especial? ¿Como si fuera tu custodia preferida?
    —Sí. Es mi custodia preferida.

    Ruth siguió mirándome durante largo rato. Y al cabo dijo:

    —Muy bien. En tal caso, te dejaré ser una de sus guardianas secretas.

    Emprendimos el camino de vuelta hacia la casa principal, y esperé a que me explicara a qué se refería; pero no me dijo nada más. Lo iría averiguando en el curso de los días que siguieron.


    5


    No sé durante cuánto tiempo estuvimos con lo de la «guardia secreta». Cuando Ruth y yo hablamos del asunto mientras cuidé de ella en Dover, ella afirmaba que habíamos continuado con ello unas dos o tres semanas (algo que, con toda probabilidad, no era cierto). Seguramente sentía un poco de embarazo, y el asunto se había reducido en su memoria a una breve anécdota. La mía, sin embargo, me dice que duró unos nueve meses, quizá un año, y que en aquel entonces teníamos siete años y pronto íbamos a cumplir ocho.

    Nunca he estado segura de si fue la propia Ruth quien inventó lo de la guardia secreta, pero de lo que no había duda era de que ella era la líder del grupo. Éramos de seis a diez chicas —el número cambiaba cuando Ruth aceptaba a un nuevo miembro o expulsaba a alguien—; creíamos que la señorita Geraldine era la mejor custodia de Hailsham, y le hacíamos regalos (recuerdo un gran pliego con flores prensadas y pegadas). Pero la razón primera de la existencia de esta guardia, por supuesto, era protegerla.

    Cuando me uní al grupo, Ruth y las demás conocían desde hacía mucho tiempo la conjura para secuestrar a la señorita Geraldine. Nunca estuvimos muy seguras de quién se hallaba detrás de ella. A veces sospechábamos de algunos de los chicos de secundaria, y otras de compañeros de nuestro curso. Había una custodia que no nos gustaba demasiado, la señorita Eileen, y durante un tiempo pensamos que podría ser el cerebro de tal plan. No sabíamos cuándo iba a tener lugar el secuestro, pero estábamos convencidas de que el bosque entraría en escena en algún momento del proceso.

    El bosque estaba en lo alto de la colina que se alzaba detrás de Hailsham House. En realidad no se veía más que una franja oscura de árboles, pero yo no era la única de mi edad que sentía su presencia día y noche. Cuando hacía mal tiempo, era como si los árboles proyectaran una sombra sobre todo Hailsham; lo único que tenías que hacer era volver la cabeza o ir hasta una ventana, y allí estaban, cerniéndose a cierta distancia sobre la hondonada. Más a resguardo estaba la fachada de la casa principal, porque no podías verlos desde ninguna de sus ventanas. Pero ni aun así te librabas del todo de ellos.

    De aquel bosque se contaban todo tipo de historias horribles. Una vez, no mucho antes de que todos nosotros llegáramos a Hailsham, un chico había tenido una gran pelea con sus amigos y había salido corriendo de los límites de Hailsham. Encontraron su cuerpo dos días después, en el bosque, atado a un árbol y con las manos y pies cortados. Otro rumor decía que entre aquellos árboles vagaba el fantasma de una chica que había estado en Hailsham hasta un día en que, movida por la curiosidad, había saltado la valla para ver cómo era el exterior. Fue mucho tiempo antes de que llegáramos nosotros, cuando los custodios eran mucho más estrictos, e incluso crueles. La chica intentó volver, pero no se lo permitieron. Se puso a andar a lo largo de la valla suplicando que la dejaran entrar, pero nadie le hizo caso. Al final se alejó de allí, y le sucedió algo, y murió. Pero su fantasma vagaba incesantemente por el bosque, siempre mirando hacia Hailsham, suspirando por que la dejaran entrar.

    El bosque se adueñaba más de nuestra imaginación después del anochecer, en los dormitorios, mientras tratábamos de conciliar el sueño. Entonces casi éramos capaces de oír el viento entre las ramas; y si hablábamos de ello la cosa empeoraba. Recuerdo una noche en que estábamos furiosas con Marge K. —aquel día había hecho algo particularmente irritante—, y queríamos castigarla: la sacamos de la cama a rastras y la obligamos a que pegara la cara a la ventana y mirara fijamente el bosque. Al principio mantuvo los ojos muy cerrados, pero le retorcimos los brazos hasta que abrió los párpados y vio la silueta recortada contra el cielo iluminado por la luna, y ello bastó para que pasase una noche de terror y llanto.

    No estoy diciendo que en aquel tiempo estuviéramos todo el día preocupadas por el bosque. Yo, por ejemplo, podía pasarme semanas sin apenas pensar en él, e incluso había días en que sentía una oleada de desafiante valentía que me hacía pensar: «¿Cómo es posible que pueda creerme esas memeces?». Pero bastaba cualquier nimiedad —alguien que volvía a contar una de aquellas historias, un pasaje de miedo en un libro, un comentario al azar que me recordara el bosque—para que la sombra descendiera de nuevo sobre nosotras durante un tiempo. No era nada extraño, por tanto, que diéramos por sentado que el bosque tenía un papel central en la conjura para secuestrar a la señorita Geraldine.

    Pero cuando pienso con detenimiento en ello, no recuerdo que tomáramos ninguna medida concreta para defender a nuestra custodia preferida. Nuestra actividad giraba siempre en torno al acopio de pruebas sobre la conjura misma. Quién sabe por qué, pero ello nos bastaba para pensar que la señorita Geraldine se hallaba a salvo de todo peligro inmediato.

    La mayoría de las «pruebas» venían de ver en acción a los conspiradores. Una mañana, por ejemplo, vimos desde un aula de la segunda planta cómo la señorita Eileen y el señor Roger hablaban con la señorita Geraldine en el patio. Al rato la señorita Geraldine dijo adiós y se dirigió hacia el Invernadero de Naranjas, pero nosotros seguimos observando y vimos que la señorita Eileen y el señor Roger acercaban la cabeza el uno al otro para conferenciar sigilosamente, con la mirada fija en la figura que se alejaba.

    —El señor Roger... —dijo Ruth en aquella ocasión, con un suspiro, sacudiendo la cabeza—. Quién iba a decir que estaba en el ajo...

    Así pues, fuimos elaborando la lista de la gente que —sabíamos— estaba en la conjura: custodios y alumnos a los que declaramos enemigos acérrimos. Y sin embargo, creo que en el fondo nos dábamos cuenta de lo precario de los cimientos de nuestra fantasía, pues evitábamos cualquier tipo de enfrentamiento. Tras intenso debate, podíamos decidir que determinado alumno estaba en la conjura, pero luego encontrábamos siempre razones para no increparle de inmediato, para esperar hasta «tener todas las pruebas». De forma similar, siempre estábamos de acuerdo en que la señorita Geraldine no debía oír ni una palabra de lo que habíamos descubierto, pues se alarmaría y entorpecería nuestras pesquisas.

    Sería demasiado fácil afirmar que se debió sólo a Ruth el que siguiéramos con lo de la guardia secreta hasta mucho después de que hubiéramos madurado lo suficiente como para dejar atrás tales cosas. Cierto que la guardia secreta era muy importante para ella; había sabido de la conjura mucho antes que el resto de nosotras, y ello le confería una enorme autoridad. Dando a entender que las verdaderas pruebas venían de antes de que se incorporara al grupo gente como yo —y que había cosas que aún no nos había revelado—, podía justificar casi cualquier decisión que tomara en nombre del grupo. Si decidía que había que expulsar a alguien, por ejemplo, y veía que había oposición, solía aludir misteriosamente a cosas que sabía «de antes». No hay ninguna duda de que Ruth deseaba vivamente que la cosa continuara. Pero lo cierto es que aquellas de nosotras que habíamos sido sus más íntimas contribuimos a preservar la fantasía y a hacer que se prolongara demasiado. Lo que sucedió después de la disputa del ajedrez ilustra bien lo que estoy diciendo.


    Yo suponía que Ruth era una consumada jugadora de ajedrez y que podría enseñarme a jugar. No era una idea tan descabellada: solíamos pasar por delante de alumnos más mayores inclinados sobre tableros de ajedrez, sentados junto a las ventanas o en laderas cubiertas de hierba, y Ruth se paraba para contemplar las partidas. Y cuando echábamos de nuevo a andar me comentaba alguna jugada que había visto y en la que ninguno de los jugadores había reparado.

    —Es increíble lo cortos que son —decía entre dientes, sacudiendo la cabeza.

    Todo esto acabó por dejarme fascinada, y pronto me encontré deseando ensimismarme yo también en aquellas piezas ornadas. Así que cuando vi un tablero de ajedrez en un Saldo y decidí comprarlo —a pesar de que costaba un buen montón de Vales—, contaba con que Ruth iba a ayudarme.

    Durante los días siguientes, sin embargo, siempre que le preguntaba cuándo iba a enseñarme a jugar, ella se limitaba a suspirar, o a fingir que tenía algo mucho más urgente que hacer. Cuando finalmente, una tarde lluviosa, logré ponerla contra las cuerdas y colocamos el tablero sobre una mesa de la sala de billar, lo que empezó a enseñarme fue una vaga variante de las damas. El rasgo distintivo del ajedrez, según ella, era que las piezas se movían en L —supongo que dedujo esto de la observación del movimiento del caballo—, en lugar de moverse a brincos como en las damas. Yo no me lo creí, y me llevé una gran desilusión, pero no dije nada y le seguí la corriente durante un rato. Nos pasamos varios minutos deslizando en L la pieza atacante y sacando fuera del tablero, con un golpecito, la pieza del contrario. Y así seguimos hasta que intenté capturarle una pieza y ella dijo que no podía hacerlo porque había movido la pieza en una línea demasiado recta.

    Entonces me levanté, recogí el tablero y las fichas y me fui. Jamás le dije en voz alta que no sabía jugar al ajedrez —por muy decepcionada que estuviera, sabía que no podía llegar tan lejos—, pero supongo que mi brusca salida de la sala de billar le bastó para interpretarlo de ese modo.

    Quizá un día después entré en el Aula Veinte, situada en la última planta de la casa, donde el señor George daba su clase de poesía. No recuerdo si fue antes o después de la clase, o lo llena que estaba el aula. Lo que recuerdo es que llevaba libros en las manos, y que mientras me dirigía hacia donde estaban charlando Ruth y las demás vi que un vivo retazo de sol bañaba las tapas de los pupitres en los que estaban sentadas.

    Por la forma en que juntaban las cabezas, comprendí que estaban hablando de algo relacionado con la guardia secreta, y aunque, como digo, el incidente con Ruth había sido el día anterior, me acerqué al grupo sin ninguna prevención. Y estaba apenas a un palmo de ellas —quizá se intercambiaron una mirada en ese momento— cuando de pronto me di cuenta de lo que iba a suceder. Como cuando una fracción de segundo antes de pisar un charco caes en la cuenta de que está allí, y no puedes hacer nada para remediarlo. Acusé el golpe antes incluso de que se quedaran calladas y me miraran fijamente, antes incluso de que Ruth dijera:

    —Oh, Kathy, ¿cómo estás? Si no te importa, ahora tenemos que hablar de unas cosas. Terminamos en un momento. Disculpa.

    Apenas esperé a que terminara la frase: me di la vuelta y eché a andar hacia la puerta, furiosa más conmigo misma —por haber permitido que me sucediera aquello— que con Ruth y las demás. Estaba muy dolida, no hay duda, aunque no sé si llegué a llorar. Y durante los días siguientes, siempre que veía a la guardia secreta conferenciando en un rincón o dando un paseo por el campo, sentía que la sangre me afluía a las mejillas.

    Dos días después de este desaire en el Aula Veinte, bajaba yo por las escaleras de la casa principal cuando vi que Moira B. estaba justo a mi espalda. La esperé y nos pusimos a charlar, sobre nada en especial, y salimos juntas de la casa. Debía de ser en el descanso del almuerzo, porque cuando salimos al patio había unos veinte alumnos paseando y charlando en pequeños grupos. Mis ojos se dirigieron de inmediato hacia el fondo del patio, donde Ruth y tres miembros más de la guardia secreta formaban un grupito, de espaldas a nosotras, y miraban atentamente hacia el Campo de Deportes Sur. Traté de ver qué era lo que les interesaba tanto, y me di cuenta de que Moira, que estaba a mi lado, también las estaba observando. Y entonces me acordé de que apenas un mes atrás ella también había pertenecido a la guardia secreta, y había sido expulsada. Y durante los segundos que siguieron sentí algo parecido a un gran embarazo, pues las dos estábamos allí ahora, codo a codo, unidas por nuestras recientes humillaciones, y afrontando cara a cara, por así decir, nuestro rechazo. Quizá Moira sentía algo parecido; de todas formas, fue ella la que rompió el silencio al decir:

    —Es tan estúpido, todo ese asunto de la guardia secreta. ¿Cómo pueden seguir creyendo en esas cosas? Es como si estuvieran todavía en párvulos.

    Aún hoy me sorprende la violencia de la emoción que se apoderó de mí cuando le oí a Moira decir eso. Me volví hacia ella hecha una fiera:

    —¿Qué sabes tú de eso? ¡No sabes nada de nada, porque llevas siglos fuera de ello! ¡Si supieras todo lo que hemos descubierto, no te atreverías a decir algo tan tonto!
    —No digas bobadas. —Moira no era de las que se amilanaban fácilmente—. No es más que otra de las cosas que se inventa Ruth. Nada más que eso.
    —Entonces, ¿cómo es que yo personalmente les he oído hablar de ello? ¿De cómo van a llevar a la señorita Geraldine al bosque en la furgoneta de la leche? ¿Cómo es que les he oído yo misma planearlo, sin que Ruth ni ninguna de las otras tengan nada que ver en el asunto?

    Moira me miró, ahora insegura.

    —¿Lo has oído tú misma? ¿Cómo? ¿Dónde?
    —Les he oído hablar, sí, tan claro como te oigo a ti; les he oído todo, porque no sabían que estaba allí. Junto al estanque; no sabían que podía oírles. ¡Así que ya ves todo lo que tú sabes!

    Me aparté de ella y me abrí paso entre la gente que atestaba el patio, y volví a mirar hacia Ruth y las demás, que seguían mirando hacia el Campo de Deportes Sur, ajenas a lo que acababa de pasar entre Moira y yo. Y caí en la cuenta de que ya no sentía ningún enfado contra el grupo; sólo una enorme irritación contra Moira.

    Aún hoy, si voy conduciendo por una larga carretera gris y mis pensamientos no siguen ningún rumbo, puedo sorprenderme volviendo sobre esto una y otra vez. ¿Por qué me mostré tan hostil con Moira B. aquel día, cuando en realidad no era sino mi aliada natural? Lo que supongo que sucedió fue que Moira estaba sugiriendo que ella y yo cruzáramos una línea juntas, y yo aún no estaba preparada para ello. Creo que percibí que más allá de aquella línea había algo más duro, más oscuro, y no quería traspasarla. Ni por mí ni por ninguna de nosotras.

    Pero otras veces creo que esto no es cierto, y que todo tenía que ver con Ruth y conmigo, y con el tipo de lealtad que me inspiraba en aquellos días. Y quizá ésa es la razón por la que, por mucho que tuviera ganas de hacerlo en varias ocasiones, nunca saqué a colación lo que me había sucedido con Moira aquel día en todo el tiempo en que cuidé de Ruth en el centro de Dover.


    Todo este asunto de la señorita Geraldine me recuerda algo que sucedió unos tres años más tarde, mucho después de que hubiera quedado definitivamente atrás lo de la guardia secreta.

    Estábamos en el Aula Cinco, situada en la parte de atrás de la planta baja, esperando a que empezara la clase. El Aula Cinco era el aula más pequeña, y en las mañanas de invierno como aquélla, con todos los grandes radiadores encendidos y todas las ventanas empañadas, podía llegar a ser realmente sofocante. Quizá estoy exagerando, pero mi memoria me dice que para que los alumnos pudieran caber en un aula tan pequeña tenían casi literalmente que amontonarse.

    Puedo verlo como si lo tuviera delante de los ojos. Era reluciente, como un zapato lustroso; de tonalidad tostada intensa, todo moteado de circulitos rojos. La cremallera del borde superior tenía un tupido pompón con el que se tiraba de ella. Casi me había sentado encima de él, pero en el último momento me desplacé hacia un lado, y Ruth rápidamente lo quitó de en medio. Pero yo ya lo había visto, como ella quería, y dije:

    —¡Oh, qué plumier! ¿Dónde lo has conseguido? ¿En el Saldo?

    Había mucho ruido en el aula, pero las chicas que estaban cerca me habían oído, y en cuestión de segundos cuatro o cinco de ellas miraban el plumier con arrobo. Ruth no dijo nada durante unos segundos; se limitó a estudiar cuidadosamente las caras que nos rodeaban. Y al final dijo, con parsimonia:

    —Digamos que sí. Digamos que lo he conseguido en el Saldo.

    Y nos dirigió a todas una sonrisa de complicidad.

    Puede que parezca una respuesta absolutamente inocua, pero en realidad fue como si se hubiera puesto en pie de un brinco y me hubiera dado una bofetada, y en los instantes que siguieron me pareció a un tiempo estar ardiendo y congelada. Sabía exactamente el significado de su respuesta y de su sonrisa: nos estaba diciendo que aquel plumier era un regalo de la señorita Geraldine.

    No podía haber error alguno sobre esto, porque la cosa venía gestándose desde hacía unas semanas. Había en Ruth cierta sonrisa, cierta tonalidad de voz —a veces acompañada de un dedo en los labios o de una mano alzada al estilo de los apartes teatrales—, que invariablemente quería sugerir que había sido objeto de un trato de favor por parte de la señorita Geraldine: le había permitido escuchar una cinta en la sala de billar, un día entre semana, antes de las cuatro de la tarde; había ordenado silencio en un paseo por el campo, pero al ver que Ruth se acercaba hasta colocarse a su lado, se había puesto a hablar con ella y había dado permiso para que todo el mundo hablara. Siempre eran cosas parecidas, y nunca expresadas explícitamente, sino apenas sugeridas por una sonrisa y un lacónico «no hablemos más».

    Por supuesto, oficialmente, los custodios no debían mostrar ningún favoritismo. Pero continuamente se daban pequeñas muestras de afecto, aunque ajustándose siempre a ciertas normas (y la mayoría de las cosas que Ruth sugería entraban dentro de tales límites). Sin embargo, yo detestaba estas sugerencias de mi amiga. Como es lógico, nunca podía estar segura de si decía la verdad o no, pero dado que de hecho no lo «decía» sino tan sólo lo daba a entender, tampoco podía enfrentarme a ella. Así que cada vez que Ruth lo hacía yo tenía que resignarme, morderme los labios y esperar a que el trago pasara cuanto antes.

    A veces, por el sesgo que tomaba una conversación, veía que estaba a punto de tener lugar uno de esos momentos, y me armaba de valor para afrontarlo. Pero incluso entonces me dolía profundamente, de forma que durante varios minutos no era capaz de concentrarme en nada de lo que sucedía a mi alrededor. Pero aquella mañana de invierno en el Aula Cinco, me había cogido desprevenida. Incluso después de haber visto el plumier, la idea de que un custodio se lo hubiera regalado a alguien se escapaba de tal forma a todo lo imaginable que no lo había vislumbrado en absoluto. Así que cuando Ruth dijo lo que dijo, yo no fui capaz, como otras veces, de dejar que la ráfaga emocional pasara, y me puse a mirarla fijamente sin disimular mi cólera. Ella, acaso avizorando tormenta, me susurró rápidamente en un aparte:

    —¡Ni una palabra!

    Y volvió a sonreír.

    Pero no pude devolverle la sonrisa y seguí mirándola airadamente. Y entonces, por fortuna, llegó el custodio y empezó la clase.

    Nunca fui de ese tipo de niñas que cavilan horas y horas sobre las cosas. He dado en hacerlo un poco actualmente, pero es por mi trabajo y por las largas horas de silencio que paso cuando recorro estos campos vacíos. Yo no era, pongamos, como Laura, que a pesar de las payasadas que hacía era capaz de preocuparse durante días, incluso durante semanas, por pequeñas cosas que alguien le había dicho. Pero después de aquella mañana en el Aula Cinco, anduve un poco como en un trance. Se me iba el santo al cielo en medio de las conversaciones; podía pasarme clases enteras sin enterarme de lo que se hablaba. Estaba decidida a que esta vez Ruth no se saliera con la suya, pero durante un tiempo no fui capaz de hacer nada constructivo al respecto; me limitaba a imaginar escenas en las que desenmascaraba a Ruth y la obligaba a confesar que se lo había inventado todo. Llegaba incluso a alimentar una vaga fantasía en la que el asunto llegaba a oídos de la propia señorita Geraldine, que echaba a Ruth un severo rapapolvo delante de todo el mundo.

    Después de pasar varios días perdida en tal desvarío, empecé a pensar de forma más práctica. Si el plumier no era un regalo de la señorita Geraldine, ¿de dónde lo había sacado Ruth? Podía haberlo conseguido de otro alumno, pero era algo bastante improbable. Si antes había pertenecido a otra persona, incluso a alguien mucho mayor que nosotros, un objeto precioso como aquél no podría haber pasado inadvertido. Ruth jamás se habría arriesgado a inventar una historia semejante sabiendo que tiempo atrás el plumier había estado circulando por Hailsham. Casi con toda certeza, lo había encontrado en un Saldo. También en este caso corría el riesgo de que otros lo hubieran visto antes de que ella lo comprara. Pero si —como a veces sucedía, aunque en rigor no estaba permitido— había oído que iba a llegar un plumier de esas características y había conseguido que alguno de los monitores se lo reservase antes de la inauguración del Saldo, entonces podía sentirse razonablemente segura de que nadie había llegado a verlo.

    Por desgracia para Ruth, se consignaba en un registro cada cosa comprada en los Saldos y quién había sido su comprador. Aunque estos registros no podían consultarse fácilmente —los monitores volvían a llevarlos al despacho de la señorita Emily después de cada Saldo—, tampoco eran materia de máximo secreto. Si en el siguiente Saldo me ponía a rondar en torno a un monitor, no me resultaría muy difícil aprovechar un despiste de éste para echar un vistazo a las páginas del registro.

    Tenía, pues, el bosquejo de un plan, y creo que seguí mejorándolo durante varios días antes de darme cuenta de que ni siquiera era necesario ejecutar cada uno de los pasos. En caso de ser cierta mi hipótesis de que el plumier lo había conseguido en un Saldo, lo único que tenía que hacer era lanzar un farol.

    Y así es como Ruth y yo llegamos a tener aquella conversación bajo el alero. Era un día de niebla y de llovizna. Habíamos salido las dos del barracón del dormitorio, y creo que íbamos hacia el pabellón (no estoy segura). Atravesábamos el patio cuando de pronto arreció la lluvia, y como no teníamos prisa nos guarecimos debajo del alero de la casa, a un lado de la puerta principal.

    Nos quedamos allí un rato, y de vez en cuando surgía de la niebla algún alumno que entraba corriendo por la puerta doble de la casa, pero la lluvia no amainaba. Y cuanto más tiempo llevábamos allí más tensa me ponía, porque me daba cuenta de que era la oportunidad que había estado esperando. Ruth presentía también —estoy segura— que estaba a punto de pasar algo, y al final decidí jugarme el todo por el todo.

    —En el Saldo del martes pasado —dije—, estuve echando una ojeada al libro de registro. Ya sabes, donde se apuntan las cosas...
    —¿Estuviste mirando el registro? —saltó Ruth al instante—. ¿Y se puede saber por qué?
    —Oh, por nada en especial. Christopher C. era uno de los monitores, así que me puse a hablar con él. Es el mejor chico de secundaria, con diferencia. Y empecé a pasar las hojas del registro, por hacer algo...

    La mente de Ruth —me daba cuenta— había hecho velozmente sus cálculos, y ahora sabía exactamente de qué estábamos hablando. Pero dijo con voz calma:

    —¿El registro? Vaya aburrimiento.
    —No. Yo creo que es muy interesante. Puedes ver lo que compra cada cual.

    Dije esto último mirando con fijeza hacia la lluvia. Y luego miré a Ruth, y me llevé un susto tremendo. No sé lo que me esperaba: pese a las fantasías que había acariciado a lo largo de todo el mes anterior, jamás había imaginado cómo sería todo en una situación real como la que ahora se desarrollaba ante mis ojos. Vi lo trastornada que estaba Ruth; cómo, por vez primera desde que la conocía, no tenía palabras (se había vuelto hacia otro lado, al borde de las lágrimas). Y, de pronto, lo que acababa de hacer me pareció absolutamente incomprensible. Todos aquellos esfuerzos, todos aquellos planes, sólo para disgustar a mi amiga del alma. ¿Qué diablos importaba que hubiera dicho una pequeña mentira sobre su plumier? ¿No soñamos todos de cuando en cuando que uno de los custodios infringe las normas para favorecernos de alguna forma especial? ¿Para darnos un abrazo espontáneo, una carta secreta, un regalo? Lo único que había hecho Ruth era llevar uno de esos inocuos sueños de vigilia un poco más lejos, y ni siquiera había llegado a mencionar el nombre de la señorita Geraldine.

    Me sentía muy mal, y muy confusa. Pero mientras seguíamos allí juntas, bajo el alero, mirando fijamente la niebla y la lluvia, no se me ocurría nada con lo que reparar el daño que había hecho. Creo que dije algo patético como: «No importa. No vi mucho, de todas formas...», que quedó flotando estúpidamente en el aire húmedo. Luego, al cabo de unos segundos de silencio, Ruth avanzó un paso y salió a la lluvia.


    6


    Creo que me habría sentido mejor en relación con lo que había pasado entre nosotras si Ruth me hubiera guardado rencor de alguna forma patente. Pero ésta debió de ser una de esas ocasiones en las que al parecer lo único que hacía era hundirse. Era como si se sintiera demasiado avergonzada por su impostura —demasiado aplastada por ella— como para estar furiosa o desear desquitarse. Las primeras veces que la vi después de nuestra conversación bajo el alero yo estaba preparada para afrontar como mínimo cierto enfurruñamiento, pero no, se comportó con impecable cortesía, aunque estuvo un poco inexpresiva. Supuse que tenía miedo de que volviera a ponerla en evidencia —lo del plumier, como es lógico, había quedado atrás—, y yo quería decirle que no tenía nada que temer. Lo malo era que, como ninguna de estas cosas las habíamos hablado abiertamente, no encontraba manera de hacérselo saber.

    Mientras tanto, me esforzaba todo lo que podía por encontrar el momento de darle a entender que era cierto que ocupaba un lugar especial en el corazón de la señorita Geraldine. Me acuerdo de una vez, por ejemplo, en que un grupo de nosotras se moría de ganas de ir a jugar un partido de rounders durante el recreo, porque nos había retado un grupo de chicas del curso siguiente. Pero estaba lloviendo y no nos iban a dejar salir. Entonces vi que la señorita Geraldine era una de las custodias que nos tocaba, y dije:

    —Si es Ruth la que va a pedírselo, tal vez nos deje.

    Según puedo recordar, mi sugerencia no tuvo ningún eco; quizá no llegó a oírme nadie, porque la mayoría de nosotras estaba hablando al mismo tiempo. Pero lo importante es que lo dije estando justo detrás de ella, y pude ver claramente que le había gustado.

    Otra vez, saliendo de una clase de la señorita Geraldine, coincidió que yo estaba yendo hacia la puerta justo detrás de la propia señorita Geraldine. Y lo que hice fue rezagarme un poco para que Ruth, que iba a mi espalda, pudiese adelantarme y pasar por el umbral junto a la señorita Geraldine. Lo hice sin que se notara, como si fuera la cosa más natural del mundo, lo que había que hacer, lo que la señorita Geraldine quería que hiciera, exactamente lo que cualquiera haría si viera que se había interpuesto sin querer entre dos amigas íntimas. En esa ocasión, recuerdo, Ruth, por espacio de un segundo, se sorprendió y se sintió un poco desconcertada, y antes de adelantarme me dirigió un rápido gesto de cabeza.

    Pequeños detalles como éste sin duda complacían a Ruth, pero distaban aún mucho de poder borrar lo que había sucedido entre nosotras el día de la niebla bajo el alero, y la sensación de que jamás sería capaz de arreglar las cosas con ella no hacía sino acentuarse en mí día a día. Recuerdo muy especialmente una tarde en que estaba sentada en uno de los bancos de fuera del pabellón, tratando denodadamente de pensar en alguna solución a mi problema, mientras una honda mezcla de remordimiento y frustración me estaba llevando prácticamente al llanto. Si las cosas hubieran seguido así, no estoy segura de lo que podría haber pasado. Tal vez todo habría acabado olvidándose; o tal vez Ruth y yo nos habríamos apartado definitivamente. Y entonces, como caída del cielo, se me presentó la ocasión de poner las cosas en claro.

    Estábamos en mitad de una de las clases de Arte del señor Roger, pero por alguna razón que no recuerdo éste había salido un rato del aula. Así que muchas de nosotras empezamos a pasearnos entre los caballetes, charlando y mirando lo que cada una estaba haciendo. Y entonces una chica llamada Midge A. se acercó y le dijo a Ruth en un tono perfectamente amistoso:

    —¿Dónde tienes ese plumier? Es tan precioso.

    Ruth se puso tensa y miró rápidamente a su alrededor para ver quién estaba presente. Éramos las de siempre, y quizá un par de compañeras más que en ese momento se paseaban entre nuestros caballetes. Yo no había dicho ni una palabra a nadie del asunto del registro de los Saldos, pero Ruth no lo sabía. Su voz sonó más suave que de costumbre cuando le contestó a Midge:

    —No lo tengo aquí. Lo tengo en el arcón de mis cosas.
    —Es tan bonito. ¿Dónde lo conseguiste?

    Era obvio que Midge lo preguntaba con toda candidez. Pero casi todas las que habíamos estado en el Aula Cinco cuando Ruth había traído el plumier por primera vez estábamos ahora presentes, esperando su respuesta, y vi que Ruth vacilaba. Sólo después, al revivir por completo la escena, llegué a apreciar cabalmente lo perfecta que había sido la ocasión para mis propósitos. En el momento ni siquiera lo pensé. Tercié antes de que Midge o cualquiera de las chicas tuviera la oportunidad de advertir que Ruth se encontraba ante un singular dilema.

    —No podemos decirte dónde lo ha conseguido.

    Ruth, Midge y todas las demás me miraron, quizá un tanto sorprendidas. Pero conservé la sangre fría y continué, dirigiéndome sólo a Midge:

    —Hay un montón de razones por las que no podemos decirte de dónde viene.

    Midge se encogió de hombros.

    —Es un misterio, entonces.
    —Un gran misterio —dije, y le dediqué una gran sonrisa para hacerle saber que no quería ser desagradable.

    Las otras asentían con la cabeza para apoyarme, pero Ruth tenía una vaga expresión en el semblante, como si de pronto la preocupara algo que no tenía nada que ver con el asunto. Midge volvió a encogerse de hombros, y según creo recordar aquí acabó la cosa. O bien se fue en ese momento o bien se puso a hablar de algo completamente diferente.

    Ahora, en gran parte por las mismas razones por las que yo no había sido capaz de hablar abiertamente con ella de mis malas artes con lo del registro de los Saldos, Ruth tampoco era capaz de agradecerme lo que había hecho por ella ante Midge. Pero por su forma de comportarse conmigo, no sólo en los días sino en las semanas que siguieron, estaba claro que le había gustado mucho que hubiera intercedido en su favor. Y como yo había pasado recientemente por la misma situación de desear hacer algo por ella, no me fue difícil reconocer su actitud de mantenerse atenta a la menor ocasión que se le presentara para hacer algo por mí, algo realmente fuera de lo corriente. Era una sensación estupenda, y recuerdo que pensé un par de veces que incluso sería mucho mejor que no tuviera ocasión de hacerlo en mucho tiempo, porque así se prolongarían y prolongarían entre nosotras las buenas vibraciones. Pero la oportunidad le llegó cuando perdí mi cinta preferida, aproximadamente un mes después del episodio de Midge.


    Aún conservo una copia de aquella cinta, y hasta hace muy poco la escuchaba de vez en cuando mientras conducía por el campo abierto en un día de llovizna. Pero ahora la pletina del radiocasete del coche está tan mal que ya no me atrevo a ponerla. Y parece que jamás encuentro tiempo para ponerla cuando estoy en mi cuarto. Aun así, sigue siendo una de mis más preciadas pertenencias. A lo mejor a finales de año, cuando deje de ser cuidadora, puedo escucharla más a menudo.

    El álbum se titula Canciones para después del crepúsculo, y es de Judy Bridgewater. La que conservo hoy no es la casete original, la que perdí, la que tenía en Hailsham. Es la que Tommy y yo encontramos años después en Norfolk (pero ésa es otra historia a la que llegaré más tarde). De lo que quiero hablar ahora es de la primera cinta, de la que me desapareció en Hailsham.

    Antes debo explicar lo que en aquel tiempo nos traíamos entre manos con Norfolk. Fue algo que duró muchos años —llegó a ser una especie de broma privada de Hailsham, supongo—, y había empezado en una clase que tuvimos cuando aún éramos muy pequeños.

    Fue la señorita Emily quien nos enseñó los diferentes condados de Inglaterra. Colgaba del encerado un gran mapa del país, y, a su lado, ponía un caballete. Y si estaba hablando, por ejemplo, de Oxfordshire, colocaba sobre el caballete un gran calendario con fotos de ese condado. Tenía una gran colección de estos calendarios, y así fuimos conociendo uno tras otro la mayoría de los condados. Señalaba un punto del mapa con el puntero, se volvía hacia el caballete y mostraba una fotografía. Había pueblecitos surcados por pequeños arroyos, monumentos blancos en laderas, viejas iglesias junto a campos. Si nos estaba hablando de algún lugar de la costa, había playas llenas de gente, acantilados y gaviotas. Supongo que quería que nos hiciéramos una idea de lo que había allí fuera, a nuestro alrededor, y me resulta asombroso, aún hoy, después de todos los kilómetros que he recorrido como cuidadora, hasta qué punto mi idea de los diferentes condados sigue dependiendo de aquellas fotografías que la señorita Emily ponía en el caballete. Si voy en coche, por ejemplo, a través de Derbyshire y me sorprendo buscando la plaza de un determinado pueblo, con su pub de falso estilo Tudor y un monumento a la memoria de los caídos, no tardo en darme cuenta de que lo que busco es la estampa que la señorita Emily nos enseñó la primera vez que oímos hablar de Derbyshire.

    De todos modos, a lo que voy es que a la colección de calendarios de la señorita Emily le faltaba algo: en ninguno de ellos había ninguna fotografía de Norfolk. Cada una de estas clases se repetía varias veces, y yo siempre me preguntaba si la señorita Emily acabaría encontrando alguna foto de Norfolk. Pero era siempre la misma historia. Movía el puntero sobre el mapa y decía, como si se le hubiera ocurrido en el último momento:

    —Y aquí está Norfolk. Un sitio muy bonito.

    Recuerdo que aquella vez en concreto hizo una pausa y se quedó pensativa, quizá porque no había planeado lo que tenía que venir después en lugar de una fotografía. Y al final salió de su ensimismamiento y volvió a golpear el mapa con la punta del puntero.

    —¿Veis? Está aquí en el este, en este saliente que se adentra en el mar, y por tanto no está de paso hacia ninguna parte. La gente que viaja hacia el norte o el sur —movió el puntero para arriba y para abajo— pasa de largo. Por eso es un rincón muy tranquilo de Inglaterra, y un sitio muy bonito. Pero también es una especie de rincón perdido.

    Un rincón perdido. Así es como lo llamó, y así empezó todo. Porque en Hailsham teníamos nuestro propio «rincón perdido» en la tercera planta, donde se guardaban los objetos perdidos. Si perdías o encontrabas algo, ahí es donde ibas a buscarlo o a dejarlo. Alguien —no recuerdo quién— dijo después de esa clase que lo que la señorita Emily había dicho era que Norfolk era el «rincón perdido» de Inglaterra, el lugar adonde iban a parar todas las cosas perdidas del país. La idea arraigó, y pronto llegó a ser aceptada como un hecho por todo el curso.

    No hace mucho tiempo, cuando Tommy y yo recordábamos esto, él afirmó que en realidad nunca creímos lo del «rincón perdido», que fue más bien una broma desde el principio. Pero yo estoy segura de que se equivocaba. Bien es verdad que cuando cumplimos doce o trece años el asunto de Norfolk se había convertido ya en algo jocoso. Pero mi recuerdo del «rincón perdido» me dice —y la memoria de Ruth coincide con la mía— que al principio creímos en ello de forma literal y a pies juntillas; que de la misma forma que los camiones llegaban a Hailsham con la comida y los objetos para los Saldos, tenía lugar una operación similar —a mucha mayor escala— a todo lo largo y ancho de Inglaterra, y todas las cosas que se perdían en los campos y trenes del país iban a parar a ese lugar llamado Norfolk. Y el hecho de que nunca hubiéramos visto ninguna fotografía de ese lugar sólo contribuía a incrementar su aura de misterio.

    Puede que suene a tontería, pero no se ha de olvidar que para nosotros, en esa etapa de nuestra vida, cualquier lugar más allá de Hailsham era como una tierra de fantasía. No teníamos sino nociones muy vagas del mundo exterior, y de lo que en él podía ser posible e imposible. Además, nunca nos molestamos en analizar con detenimiento nuestra teoría sobre Norfolk. Lo que nos importaba —como dijo Ruth un día en aquella habitación alicatada de Dover, mientras estábamos sentadas contemplando cómo caía la tarde— era que «cuando perdíamos algo precioso, y buscábamos y buscábamos por todas partes y no lo encontrábamos, no debíamos perder por completo la esperanza. Nos quedaba aún una brizna de consuelo al pensar que un día, cuando fuéramos mayores y pudiéramos viajar libremente por todo el país, siempre podríamos ir a Norfolk y encontrar lo que habíamos perdido hacía tanto tiempo».

    Estoy segura de que Ruth tenía razón en eso. Norfolk había llegado a ser una verdadera fuente de consuelo para nosotros, probablemente mucho más de lo que estábamos dispuestos a admitir entonces, y por eso seguimos hablando de ello —aunque en un tono más bien de broma— cuando nos hicimos mayores. Y por eso también, muchos años después, el día en que Tommy y yo encontramos en la costa de Norfolk otra cinta igual a la que yo había perdido antaño, no nos limitamos a pensar que era algo en verdad curioso, sino que, en nuestro interior, los dos sentimos como una especie de punzada, como un antiguo deseo de volver a creer en algo tan caro a nuestro corazón en un tiempo.


    Pero quería hablar de la cinta, de Canciones para después del crepúsculo, de Judy Bridgewater. Supongo que al principio fue un LP —la fecha de grabación es 1956—, pero lo que yo tenía era una casete, cuya portada debía de ser la misma que la de la funda del disco. Judy Bridgewater lleva un vestido de raso violeta, uno de aquellos vestidos sin hombros que se llevaban en aquel tiempo, y se le ve de cintura para arriba porque está sentada en un taburete. Creo que se supone que es Suramérica, porque detrás de ella hay palmeras y unos camareros de tez morena con esmoquin blanco. Ves a Judy desde el punto de vista de quien en ese momento le estuviera sirviendo las bebidas. Y te devuelve una mirada amistosa, no demasiado sexy, como si te conociera desde hace mucho tiempo y estuviera flirteando contigo sólo un poquito. Y hay otra cosa en esta portada: Judy tiene los codos encima de la barra, y entre sus dedos hay un cigarrillo encendido. Y fue precisamente por este cigarrillo por lo que, desde que la encontré en un Saldo, me había mostrado tan sigilosa en relación con la cinta.

    No sé cómo habrá sido en otros centros, pero en Hailsham los custodios eran sumamente estrictos con el hábito de fumar. Estoy segura de que habrían preferido que ni nos hubiéramos enterado de la existencia del tabaco; pero dado que tal cosa era imposible, cada vez que surgía cualquier referencia al hecho de fumar se aseguraban de aleccionarnos firmemente en contra de un modo u otro. Cuando se nos mostraba la fotografía de algún escritor famoso, o de algún líder mundial, y éste sostenía un cigarrillo entre los dedos, se hacía un alto en la clase para afearle la conducta en tal sentido. Circulaba incluso el rumor de que algunos libros clásicos —como los de Sherlock Holmes, por ejemplo— no tenían cabida en nuestra biblioteca porque los personajes principales fumaban mucho, y cuando nos topábamos con alguna página arrancada de un libro ilustrado o una revista, sabíamos que era porque en esa página aparecía la fotografía de alguien fumando. Y además estaban las clases expresamente dedicadas a mostrarnos fotografías de los terribles efectos del tabaco en nuestro organismo. De ahí la conmoción de aquella vez en que Marge K. le preguntó aquello a la señorita Lucy.

    Estábamos sentados en el césped después de un partido de rounders, y la señorita Lucy nos había estado dando la típica charla sobre el tabaco cuando de pronto Marge le preguntó si ella había fumado alguna vez un cigarrillo. La señorita Lucy se quedó callada unos instantes, y luego dijo:

    —Me gustaría poder decir que no. Pero si he de ser sincera, fumé durante una temporada. Unos dos años. Cuando era más joven.

    Fue toda una conmoción. Antes de que la señorita Lucy hubiera tenido tiempo para responder, todos miramos furibundamente a Marge, indignados por la rudeza de la pregunta (para nosotros era como si le hubiera preguntado si alguna vez había atacado a alguien con un hacha). Y recuerdo que durante cierto tiempo le hicimos la vida imposible a Marge; de hecho, lo que he contado antes —la noche en que la obligamos a pegar la cara a la ventana y mirar el bosque—no fue sino una parte de lo que tendría que soportar los días siguientes. Pero en el momento del incidente, cuando la señorita Lucy dijo lo que dijo, estábamos demasiado confusos para pensar en Marge. Creo que lo que hicimos fue quedarnos mirando fijamente a la señorita Lucy, horrorizados, a la espera de lo que diría a continuación.

    Cuando por fin habló, pareció sopesar con sumo cuidado cada palabra.

    —En mi caso, no estuvo bien. Fumar no era bueno para mí, así que lo dejé. Pero lo que debéis entender es que para vosotros, para todos vosotros, fumar es mucho, mucho peor de lo que pueda serlo para mí.

    Hizo una pausa y se quedó callada. Alguien dijo después que se había sumido en una ensoñación, pero yo estaba segura, al igual que Ruth, de que estaba midiendo cuidadosamente cómo continuar. Y al final dijo:

    —Se os ha advertido de ello. Sois estudiantes. Sois... especiales. De modo que el manteneros bien, el hecho de mantener en óptimo estado el interior de vuestro cuerpo, es mucho más importante para cada uno de vosotros de lo que pueda serlo para mí.

    Volvió a guardar silencio y nos miró de un modo extraño. Luego, cuando hablamos de ello, algunos de nosotros estábamos seguros de que la señorita Lucy había deseado vivamente que alguien le preguntara por qué. Por qué era mucho peor para nosotros. Pero nadie lo había hecho. A menudo he pensado en aquel día, y hoy, a la luz de lo que pasó después, estoy convencida de que si se lo hubiéramos preguntado la señorita Lucy nos lo habría contado todo. Sólo habría hecho falta una pregunta más sobre el hábito de fumar.

    ¿Por qué habíamos guardado silencio aquel día, entonces? Supongo que porque incluso a aquella edad —teníamos nueve o diez años— sabíamos lo bastante como para mostrarnos cautelosos en aquel terreno. Hoy resulta difícil precisar cuánto sabíamos entonces. Ciertamente, sabíamos —aunque no en un sentido profundo— que éramos diferentes de nuestros custodios, y también de la gente normal del exterior; tal vez sabíamos incluso que en un futuro lejano nos esperaban las donaciones. Pero no sabíamos realmente lo que ello significaba. Si evitábamos cuidadosamente ciertos temas, muy probablemente lo hacíamos porque nos producían embarazo. Detestábamos el modo en que nuestros custodios —normalmente muy por encima de todo— se mostraban incómodos siempre que nos aproximábamos a este terreno. Nos sentíamos turbados al advertir ese cambio en ellos. Creo que ésa es la razón por la que no preguntamos más, y por la que castigamos tan cruelmente a Marge K. por haber sacado a colación aquel tema después del partido de rounders.


    Y ésa era la razón, en fin, por la que yo me mostraba tan sigilosa con la cinta. Hasta le di la vuelta a la portada, de forma que sólo podías ver a Judy con el cigarrillo si abrías la caja de plástico. Pero el motivo por el que aquella cinta significaba tanto para mí no tenía nada que ver con el cigarrillo, o con la forma de cantar de Judy Bridgewater, que es una de esas cantantes de la época, del tipo bar musical, nada del gusto de los alumnos de Hailsham. Lo que hacía tan especial aquella cinta era una canción concreta: el tema número tres: Nunca me abandones.

    Es una canción lenta, y es noche avanzada, y es Norteamérica, y hay un trozo que vuelve y vuelve, en el que Judy canta: «Nunca me abandones... Oh, baby, baby... Nunca me abandones...». Tenía once años entonces, y no había escuchado mucha música, pero esa canción..., esa canción me llegó de verdad. Siempre procuraba tener la cinta rebobinada en ese punto, y en cuanto podía la ponía.

    Pero la verdad es que no se me presentaban demasiadas ocasiones de oírla (era unos años antes de que empezaran a aparecer los walkmans en los Saldos). En la sala de billar había un gran aparato de música, pero yo apenas la ponía allí porque la sala siempre estaba llena de gente. En el Aula de Arte también había un radiocasete, pero el ruido solía ser el mismo que en la sala de billar. El único sitio donde podía escucharla con tranquilidad era en nuestro dormitorio.

    En aquella época nos habían cambiado ya a los pequeños dormitorios de seis camas situados en los barracones separados, y en el nuestro teníamos un casete portátil en la estantería de encima del radiador. Así que allí es donde solía ir —durante el día, cuando a nadie más se le ocurría rondar por los dormitorios— a poner una y otra vez mi canción preferida.

    ¿Qué es lo que tenía de especial esa canción? Bueno, lo cierto es que no solía escuchar con atención toda la letra; esperaba a que sonara el estribillo: «Oh, baby, baby... Nunca me abandones...», y me imaginaba a una mujer a quien le habían dicho que no podía tener niños, y que los había deseado con toda el alma toda la vida. Entonces se produce una especie de milagro y tiene un bebé, y lo estrecha con fuerza contra su pecho y va de un lado para otro cantando: «Oh, baby, baby... Nunca me abandones...», en parte porque se siente tan feliz y en parte porque tiene miedo de que suceda algo, de que el bebé se ponga enfermo o de que se lo lleven de su lado. Incluso en aquella época me daba cuenta de que no podía ser así, de que tal interpretación no casaba con el resto de la letra. Pero a mí no me importaba. La canción trataba de lo que yo decía, y la escuchaba una y otra vez, a solas, siempre que podía.

    Por aquella época tuvo lugar un extraño incidente que quiero reseñar aquí. Me causó una gran desazón, y aunque no habría de entender su significado real hasta muchos años después, creo que, incluso entonces, llegué a vislumbrar su profunda trascendencia.

    Era una tarde soleada y había ido al dormitorio a buscar algo. Recuerdo lo luminoso que estaba todo porque las cortinas no habían sido descorridas por completo, y el sol entraba a raudales y podías ver el polvo en el aire. No tenía intención de escuchar la cinta, pero al verme allí a solas sentí un impulso y cogí la casete del arcón de mis cosas y la puse en la pletina.

    Puede que el volumen lo hubiera dejado alto la última en utilizar el aparato, no lo sé; pero estaba mucho más alto que de costumbre, y probablemente por eso no la oí llegar. O quizá me dejé ganar por la pura complacencia. El caso es que empecé a bambolearme lentamente al compás de la canción, abrazando contra mi pecho a un bebé imaginario. De hecho, para hacerlo todo más embarazoso, fue una de esas veces en las que abrazaba una almohada haciendo como que era mi bebé, y danzaba despacio, con los ojos cerrados, cantando suavemente con Judy cada vez que sonaba el estribillo: « Oh, baby, baby... Nunca me abandones...».

    La canción casi había terminado cuando algo me hizo percibir que no estaba sola. Abrí los ojos y me encontré mirando a Madame, que me observaba a través de la puerta entreabierta.

    Me quedé petrificada. Al cabo de uno o dos segundos, empecé a sentir un tipo nuevo de alarma, porque intuí que en la situación había además algo muy extraño. La puerta, como digo, estaba entreabierta —había una norma que estipulaba que las puertas de los dormitorios no podían cerrarse del todo más que cuando nos íbamos a dormir—, pero Madame ni siquiera había llegado a ocupar el umbral. Estaba afuera, en el pasillo, muy quieta, con la cabeza ladeada para poder ver lo que sucedía dentro. Y lo extraño del caso era que estaba llorando. Tal vez había sido uno de sus sollozos lo que había irrumpido en la canción y me había sacado bruscamente de mi ensueño.

    Cuando pienso en ello hoy, creo que Madame, si bien no era una custodia, era la única adulta presente y tendría que haber dicho o hecho algo, aunque no fuera más que echarme una reprimenda. En tal caso, yo habría sabido cómo actuar. Pero se quedó allí de pie, llorando y llorando, mirándome a través de la puerta con la misma mirada con que siempre nos miraba, como si estuviera viendo algo que le pusiera los pelos de punta. Pero en aquella ocasión había algo más: algo en su mirada que no supe descifrar.

    No supe qué decir ni qué hacer, ni qué iba a suceder a continuación. Quizá entraría en el dormitorio, me gritaría, me pegaría incluso; no tenía la menor idea de cómo reaccionaría. Pero lo que hizo fue darse la vuelta e irse. Me di cuenta de que la cinta estaba ya en la siguiente canción, y apagué la pletina y me senté en la cama que tenía más cerca. Y al hacerlo vi, a través de la ventana de enfrente, cómo la figura de Madame se dirigía deprisa hacia la casa principal. No miró hacia atrás, pero por el modo en que encorvaba la espalda supe que no había dejado de llorar.

    Cuando volví con mis amigas unos minutos después, no les conté lo que acababa de pasarme. Una de ellas me notó algo extraño y dijo algo, pero yo me encogí de hombros y seguí callada. No es que me sintiera avergonzada exactamente, pero fue un poco como la vez en que todas habíamos acosado a Madame en el patio, cuando acababa de bajarse del coche. Lo que deseaba más que nada en el mundo era que lo que acababa de sucederme no hubiera sucedido, y pensé que el mejor favor que podía hacerme a mí y a todos mis compañeros era no decir ni media palabra del asunto.

    Pero un par de años después hablé de ello con Tommy. Fue en los días que siguieron a nuestra conversación en la orilla del estanque, en la que me confió lo que en cierta ocasión le había dicho la señorita Lucy; los días en los que —según me doy cuenta hoy— se inició aquel proceso de indagación —de preguntarnos cosas sobre nosotros mismos— que habría de continuarse a lo largo de los años. Cuando le conté a Tommy lo que me había pasado con Madame en el dormitorio, lo que hizo fue brindarme una explicación harto sencilla. Para entonces todos sabíamos ya algo que en aquel tiempo yo aún no sabía, es decir, que ninguno de nosotros podía tener niños. Es posible que, de algún modo, yo hubiera recibido ya esa información cuando era más pequeña, y no la hubiera registrado por completo, y que por eso entendí lo que entendí cuando oí aquella canción por vez primera. Porque en aquel tiempo carecía de datos explícitos que me permitieran entenderlo. Como digo, cuando Tommy y yo hablamos de ello, nos lo habían explicado ya a todos cabalmente. A ninguno de nosotros, por cierto, nos importó gran cosa; de hecho, recuerdo que a algunos compañeros les encantó que pudiéramos mantener relaciones sexuales sin tener que preocuparnos de las consecuencias (aunque el sexo en serio aún se hallaba en la lejanía para la mayoría de nosotros). En cualquier caso, cuando le conté a Tommy lo que me había pasado, dijo:

    —Seguramente Madame no es una mala persona, aunque sea bastante repelente. Así que cuando te vio bailando, abrazando a tu bebé imaginario, pensó que era trágico que no pudieras tener niños. Y por eso se puso a llorar.
    —Pero Tommy —apunté—, ¿cómo podía saber ella que la canción tenía que ver con una mujer que tenía un bebé? ¿Cómo podía saber que la almohada que tenía entre los brazos se suponía que era un bebé? Sólo lo era en mi imaginación.

    Tommy pensó en ello unos segundos, y luego, medio en broma, dijo:

    —Quizá Madame pueda leer la mente de la gente. Es una mujer muy extraña. Quizá pueda ver el interior de las personas. No me extrañaría nada.

    Esto nos produjo un pequeño escalofrío, y aunque soltamos unas risitas no seguimos hablando del asunto.


    La cinta desapareció un par de meses después del incidente con Madame. No vi ninguna relación entre ambas cosas entonces, y no veo razón alguna para relacionarlas hoy. Una noche, en el dormitorio, justo antes de que apagaran las luces, me puse a revolver en mi arcón para pasar el rato hasta que las demás volvieran del cuarto de baño. Es extraño, pero cuando me di cuenta de que la cinta no estaba, mi primer pensamiento fue que no debía dejar que nadie viera el pánico que sentía. Puedo recordar incluso cómo me esforcé por tararear como ensimismada una tonadilla mientras seguía buscando. He pensado mucho en ello y aún sigo sin saber cómo explicarlo: las que estaban conmigo en aquel dormitorio eran mis más íntimas amigas, y sin embargo no quería que supieran lo trastornada que estaba por haber perdido aquella cinta.

    Supongo que tenía que ver con el hecho de que lo mucho que la cinta significaba para mí fuera un íntimo secreto. Quizá todos nosotros, en Hailsham, teníamos pequeños secretos como éste; pequeños rincones privados, por ejemplo, creados de la nada y donde podíamos recluirnos a solas con nuestros miedos y nuestros anhelos. Pero el hecho de tener tales necesidades no nos hubiera parecido aceptable en aquel tiempo (como si, en cierta medida, fuera algo que nos hiciera quedar mal ante los compañeros).

    De todas formas, en cuanto me cercioré de que la cinta no estaba entre mis cosas, pregunté a todas y cada una de mis compañeras de dormitorio, como de pasada, si la habían visto en alguna parte. Aún no estaba totalmente angustiada, porque existía la posibilidad de que me la hubiera dejado olvidada en la sala de billar; y, por otra parte, tenía la esperanza de que alguien la hubiera cogido prestada con intención de devolvérmela por la mañana.

    La cinta no apareció a la mañana siguiente, ni ningún día después, y hoy aún sigo sin saber qué pudo ser de ella. Lo cierto —supongo— es que en Hailsham, a la sazón, había más robos de los que tanto nosotros como los custodios estábamos dispuestos a admitir. Pero la razón de que esté contando ahora esto es que quiero explicar lo de Ruth y su forma de reaccionar entonces. Lo que no se ha de olvidar es que perdí la cinta menos de un mes después de que Midge hubiera interrogado a Ruth en el Aula de Arte sobre el plumier y yo me hubiera apresurado a ayudarla. Desde entonces, como ya he dicho, Ruth había estado intentando hacer algo por mí a cambio, y la desaparición de la cinta le brindó una oportunidad perfecta. Podría incluso decirse que no fue hasta después de que me desapareciera la cinta cuando las cosas volvieron a la normalidad entre nosotras, quizá por primera vez desde aquella mañana lluviosa en la que le conté lo del registro de los Saldos bajo el alero de la casa principal.

    La noche en que por primera vez eché en falta la cinta me aseguré de preguntar por ella a todo el mundo, y eso, por supuesto, incluyó también a Ruth. Mirando hoy hacia atrás, veo hasta qué punto debió de darse cuenta exacta, en aquel mismo momento, de lo mucho que para mí significaba tal pérdida, y al mismo tiempo lo importante que era para mí que no se armara ningún revuelo por ello en el dormitorio. Así que aquella noche me había respondido con un distraído encogimiento de hombros, y había seguido con lo que estaba haciendo. Pero a la mañana siguiente, volvía yo del cuarto de baño cuando oí que Ruth le preguntaba a Hannah —en tono despreocupado, sin darle demasiada importancia— si estaba segura de que no había visto mi cinta.

    Unas dos semanas después, cuando ya había asumido plenamente el hecho de haber perdido la cinta, Ruth se acercó a mí un día durante el descanso del almuerzo. Era uno de los primeros días realmente primaverales de aquel año, y yo estaba sentada en el césped charlando con un par de chicas más mayores. Cuando Ruth llegó hasta nosotras y me preguntó si quería ir a dar un paseo con ella, supe claramente que tenía en mente algo concreto. Así que dejé a las chicas con las que estaba hablando y la seguí hasta el fondo del Campo de Deportes Norte, y luego ladera arriba de la colina norte hasta la valla de madera, desde donde miramos hacia abajo y vimos el retazo de verde moteado por los grupos de alumnos. En la cima de la colina corría una fuerte brisa, y recuerdo que me sorprendió, porque cuando estaba abajo sentada en el césped no la había percibido. Seguimos allí de pie, quietas, mirando durante un rato los jardines de Hailsham, y en un momento dado Ruth me tendió una pequeña bolsa. Cuando la cogí, supe de inmediato que dentro había una casete, y el corazón me dio un brinco. Pero Ruth me dijo rápidamente:

    —No, Kathy, no es la tuya. No es la que has perdido. He intentado encontrarla para dártela, pero ha desaparecido por completo.
    —Sí —dije—. Y se habrá ido a Norfolk.

    Nos reímos. Luego saqué la cinta de la bolsa con aire de desilusión, y no estoy muy segura de que tal expresión desencantada no siguiera en mi semblante cuando me puse a mirar detenidamente el regalo de mi amiga.

    Era una cinta titulada Veinte melodías clásicas de baile. Cuando la oí más tarde, vi que era una música de orquesta de las que ponen en los bailes de salón. En el momento en que me la estaba dando yo no sabía de qué música se trataba, como es lógico, pero sabía que no era nada parecido a Judy Bridgewater. Y comprendí también, casi de inmediato, que Ruth nunca llegaría a saberlo, y que para ella, que no sabía nada de música, aquella cinta que me regalaba podía llenar el hueco que me había dejado la mía. Y de pronto sentí que mi desencanto se esfumaba y que en su lugar iba germinando una genuina dicha. En Hailsham no solíamos abrazarnos mucho. Pero al darle las gracias, le apreté una mano con fuerza entre las mías. Y ella dijo:

    —La encontré en el Saldo pasado. Pensé que es del tipo de cosas que te gustan.

    La sigo conservando. No la pongo mucho porque su música no tiene nada que ver con nada. Es un objeto, como un broche o un anillo, y ahora que Ruth se ha ido se ha convertido en uno de mis más preciados bienes.


    7


    Ahora quiero volver a nuestros últimos días en Hailsham. Hablo del período que va desde que teníamos trece años hasta que dejamos el centro a los dieciséis. En mi memoria, la vida en Hailsham se divide en dos grandes épocas bien diferenciadas: esta última de la que voy a hablar, y la que abarca todo lo vivido anteriormente. Los primeros años —aquellos de los que he estado hablando hasta ahora— tienden a desdibujarse y a superponerse en una especie de edad de oro, y cuando pienso en ellos, incluso en las cosas que no fueron tan buenas, no puedo evitar sentir una especie de fulguración dentro. Los últimos años los siento de una forma diferente. No es que fueran exactamente infelices —tengo multitud de recuerdos muy caros de aquel tiempo—, pero fueron mucho más serios, y, en determinados aspectos, más sombríos. Quizá lo he exagerado mentalmente, pero tengo la impresión de que entonces las cosas cambiaban muy deprisa, tan velozmente como el día entra en la noche.

    Tomemos aquella charla con Tommy en la orilla del estanque: hoy pienso que marcó la línea divisoria entre las dos épocas. No es que me empezasen a suceder cosas cruciales inmediatamente después; pero aquella conversación, para mí al menos, supuso un punto de inflexión. Definitivamente empecé a ver las cosas de forma diferente. Si antes reculaba al verme ante situaciones o cosas delicadas, ahora me planteaba más y más preguntas, si no en voz alta sí al menos en mi fuero interno.

    Aquella conversación en concreto me hizo ver con otros ojos a la señorita Lucy. La observaba detenidamente siempre que podía, y no por curiosidad sino porque había empezado a verla como la fuente más probable de importantes claves.

    Y fue así como, a lo largo del año o los dos años siguientes, llegué a captar diversas cosas extrañas que la señorita Lucy decía o hacía y que a mis amigas les pasaban completamente inadvertidas.

    Aquella vez, por ejemplo —quizá unas semanas después de la charla del estanque—, en que la señorita Lucy nos estaba dando Lengua y Literatura. Habíamos estado leyendo poesía, y —no sabría decir cómo— acabamos hablando de los soldados en la Guerra Mundial. Y de dos prisioneros de guerra. Uno de los chicos preguntó si las alambradas que rodeaban el campo estaban electrificadas, y otro comentó lo extraño que tenía que ser vivir en un sitio así, en el que uno podía suicidarse cuando le viniera en gana con sólo tocar la alambrada. Sin duda lo dijo con toda seriedad, pero todos nos lo tomamos a broma. Estábamos, pues, riendo y hablando a un tiempo, y entonces Laura —muy propio de ella— se levantó de su asiento y nos obsequió con una desternillante mímica de alguien que tocaba una alambrada y se electrocutaba. Y al punto se armó un revuelo en el que todo el mundo chillaba y hacía como que tocaba una alambrada electrificada y se electrocutaba de inmediato.

    Yo seguí mirando a la señorita Lucy durante todo aquel alboroto, y vi que, mientras miraba a la clase desde su tarima, por espacio de un instante, una expresión fantasmal se adueñó de su semblante. Luego —yo la seguía observando atentamente— se sobrepuso, sonrió y dijo:

    —Menos mal que las vallas de Hailsham no están electrificadas. A veces ocurren accidentes terribles.

    Dijo esto con una voz muy suave, que quedó casi ahogada en el griterío general. Pero yo la oí claramente: «A veces ocurren accidentes terribles». ¿Qué clase de accidentes? ¿Dónde? Pero nadie pareció oír lo que había dicho, y al poco seguimos analizando el poema.

    Hubo otros pequeños incidentes de este tipo, y no mucho después del que acabo de relatar empecé a considerar que la señorita Lucy no era igual que los demás custodios. Es incluso posible que empezara a darme cuenta, ya entonces, de la naturaleza de sus desasosiegos y frustraciones. Pero seguramente exagero; lo más probable es que, a la sazón, reparara en todas estas cosas sin saber qué diablos significaban. Y si estos incidentes se me antojan hoy llenos de significado y coherencia, seguramente es porque hoy los veo a la luz de lo que sucedió después, en especial lo que pasó aquel día en el pabellón, cuando nos guarecimos de un aguacero.


    Teníamos quince años, y era nuestro último año en Hailsham. Habíamos estado en el pabellón preparándonos para un partido de rounders. Los chicos atravesaban esa fase en la que «disfrutaban» de los partidos de rounders para poder flirtear con nosotras, y aquella tarde éramos más de treinta chicos y chicas. El aguacero había empezado cuando estábamos cambiándonos, y enseguida nos juntamos todos en la veranda —protegida por el tejado del pabellón— y nos dispusimos a esperar a que escampara. Pero no dejaba de llover, y cuando el último de nosotros se unió al grupo la veranda estaba atestada y todo el mundo hervía de inquietud. Recuerdo que Laura estaba mostrándome un modo de sonarse la nariz particularmente repugnante en caso de querer ahuyentar a un chico.

    La señorita Lucy era la única custodia presente. Estaba inclinada sobre la barandilla de enfrente, escrutando la lluvia como si tratara de ver a través del campo de deportes. Por aquella época yo seguía observándola con la misma atención que de costumbre, y, aunque estaba riéndome con Laura, de vez en cuando le lanzaba furtivas miradas a la espalda. Recuerdo que me pregunté si no había algo extraño en su postura, en cómo agachaba la cabeza quizá de forma un tanto exagerada, como un animal agazapado a punto de saltar sobre su presa. Y se inclinaba tanto hacia fuera por encima de la barandilla que las gotas del canalón que sobresalía del tejado casi la rozaban, aunque ella no daba muestras de que le importara. Me recuerdo incluso tratando de convencerme de que no había nada raro en ello —que sólo estaba deseosa de que dejara de llover—, y volviendo a prestar atención a lo que estaba diciendo Laura. Luego, unos minutos más tarde, había olvidado por completo a la señorita Lucy y me estaba partiendo de risa por algo, y de pronto me di cuenta de que todo el mundo se callaba a mi alrededor, y de que la señorita Lucy estaba hablando.

    De pie, en el mismo punto que antes, pero ahora con la espalda contra la barandilla, con un fondo de cielo lluvioso, encarándonos, estaba diciendo:

    —No, no. Lo siento. Voy a tener que interrumpiros. —Vi que les hablaba a dos chicos sentados enfrente de ella. No es que su voz sonara extraña exactamente, pero estaba hablando muy alto, con el tono que utilizaba para anunciarnos algo a toda la clase, y por eso se había callado todo el mundo—. No, Peter. Voy a tener que pedirte que te calles. No puedo seguir escuchándote y guardar silencio. —Y entonces levantó la mirada para incluir al resto de los presentes, y aspiró profundamente—: Muy bien —dijo—. Podéis oírlo todos. Es para todo el mundo. Ya es hora de que alguien os hable bien claro.

    Esperamos, y ella siguió mirándonos con fijeza. Más tarde unos dirían que creían que nos iba a echar una buena reprimenda; otros, que se disponía a anunciar una nueva norma sobre cómo jugar los partidos de rounders. Pero antes de que dijera ni media palabra yo sabía que iba a tratar de algo completamente diferente.

    —Chicos, tendréis que perdonarme por haber escuchado lo que decíais. Estabais justo detrás de mí y no he podido evitarlo. Peter, ¿por qué no les dices a tus compañeros lo que le estabas diciendo a Gordon hace un momento?

    Peter J. parecía desconcertado, y vi cómo se aprestaba a poner su cara de inocencia herida. Pero la señorita Lucy volvió a decir, ahora con mayor delicadeza:

    —Adelante, Peter. Diles a tus compañeros lo que le estabas diciendo a Gordon.

    Peter se encogió de hombros.

    —Estábamos hablando de qué tal si nos hacíamos actores. Del tipo de vida que llevaríamos.
    —Sí —dijo la señorita Lucy—. Y le estabas diciendo a Gordon que tendríais que ir a Estados Unidos para poder tener más oportunidades.

    Peter J. se encogió otra vez de hombros y masculló en voz baja:

    —Sí, señorita Lucy.

    Pero la señorita Lucy desplazaba ahora la mirada hacia todos nosotros.

    —Sé que no lo decís con mala intención, y que se dicen muchas cosas de este tipo continuamente. Las oigo todos los días, y no está bien que se os haya permitido seguir diciéndolas. —Vi cómo seguían cayéndole gotas del canalón encima del hombro, pero ella no parecía darse cuenta—. Si nadie os habla —continuó—, lo haré yo. El problema, a mi juicio, es que se os ha dicho y no se os ha dicho. Se os ha dicho, sí, pero ninguno de vosotros lo ha entendido realmente; y me atrevería a decir que hay cierta gente que se siente muy contenta de que la cosa quede ahí. Yo no. Si habéis de llevar vidas como es debido tenéis que saberlo, y saberlo bien. Ninguno de vosotros irá a Estados Unidos, ninguno de vosotros será estrella de cine. Y ninguno de vosotros trabajará en un supermercado, como el otro día oí que alguien tenía intención de hacer. Vuestras vidas están fijadas de antemano. Os haréis adultos, y luego, antes de que os hagáis viejos, antes de que lleguéis incluso a la edad mediana, empezaréis a donar vuestros órganos vitales. Para eso es para lo que cada uno de vosotros fue creado. No sois como los actores que veis en los vídeos, no sois ni siquiera como yo. Se os trajo a este mundo con una finalidad, y vuestro futuro, el de todos vosotros, ha sido decidido de antemano. Así que no debéis volver a hablar de ese modo nunca. Abandonaréis Hailsham relativamente pronto, y tampoco tendrá que pasar mucho tiempo antes de que llegue el día en que os preparéis para vuestras primeras donaciones. No debéis olvidarlo. Si habéis de llevar vidas mínimamente decorosas, tenéis que saber quiénes sois y lo que os espera en la vida. A todos y cada uno de vosotros.

    Se quedó callada, pero me dio la impresión de que siguió diciendo cosas en el interior de su cabeza, porque durante un tiempo su mirada siguió recorriéndonos, yendo de cara en cara como si aún nos estuviera hablando. Y sentimos un gran alivio cuando dio la vuelta y se puso a mirar de nuevo el campo de deportes.

    —Ya no hace tan mal tiempo —dijo, pese a que seguía lloviendo con la misma insistencia que antes—. Salgamos ahí fuera. A lo mejor sale también el sol.

    Creo que eso fue todo lo que dijo. Cuando hablé de ello con Ruth hace unos años en el centro de Dover, ella insistía en que la señorita Lucy nos había dicho mucho más; que nos había explicado cómo, antes de las donaciones, pasaríamos un tiempo como cuidadores, cuál era la secuencia normal de las donaciones, los centros de recuperación, etc.; sin embargo, yo estoy completamente segura de que no fue así. Puede que lo intentara cuando empezó a hablar. Pero imagino que, una vez que abordó el tema, empezó a ver las caras incómodas, perplejas que tenía enfrente, y se dio cuenta de la imposibilidad de terminar lo que había empezado.

    Es difícil decir con claridad qué tipo de impacto causó en el pabellón la revelación de la señorita Lucy. La noticia circuló con rapidez por todo Hailsham, pero las charlas versaban más sobre la propia señorita Lucy que sobre lo que había intentado transmitirnos. Algunos alumnos pensaban que había perdido el juicio durante unos instantes; otros, que habían sido la señorita Emily y los otros custodios quienes le habían pedido que nos dijera lo que nos dijo; y había incluso quienes, habiendo estado presentes cuando nos habló, pensaban que la señorita Lucy nos había reprendido por haber sido demasiado escandalosos en la veranda. Lo cierto es que se debatió asombrosamente poco lo que había dicho. Y si el asunto salía a colación, la gente solía decir:

    —Bueno, ¿y qué? Ya lo sabíamos.

    Pero eso era precisamente lo que la señorita Lucy había puesto de relieve. «Se os ha dicho y no se os ha dicho», fueron sus palabras literales. Hace unos años, cuando Tommy y yo volvimos a hablar de ello, y le recordé la idea de que «se nos había dicho y no se nos había dicho», soltó otra de sus teorías.

    Tommy pensaba que posiblemente los custodios, a lo largo de todos nuestros años en Hailsham, habían calculado cuidadosa y deliberadamente qué decirnos en cada momento, de forma que fuéramos siempre demasiado jóvenes para entender cabalmente lo que se nos decía. Por supuesto, nosotros lo habíamos interiorizado hasta cierto punto, y no hubo de pasar mucho tiempo antes de que toda aquella información se hubiera grabado en nuestra mente sin que jamás la hubiéramos examinado con detenimiento.

    Esto me suena un poco como a teoría de la conspiración —no creo que los custodios fueran tan arteros—, pero no niego que pueda haber algo de verdad en ello. Ciertamente, tengo la impresión de que siempre he sabido lo de las donaciones de un modo vago, y a una edad tan temprana como los seis o siete años. Y es curioso el hecho de que cuando fuimos más mayores y los custodios nos daban esas charlas, nada nos resultaba una total sorpresa. Era como si lo hubiéramos oído todo alguna vez, en alguna parte.

    Algo que me viene a la cabeza ahora es que cuando los custodios empezaron a darnos charlas sobre sexo, solían hacerlo al tiempo que nos hablaban de las donaciones. A aquella edad —hablo de cuando teníamos unos trece años— sentíamos gran inquietud y expectación respecto al sexo, y obviamente relegábamos la otra información a un segundo plano. Dicho de otro modo, es posible que los custodios se las arreglaran para irnos transmitiendo subrepticiamente una gran cantidad de información básica sobre nuestro futuro.

    Aunque, para ser justos, es muy probable que lo más natural fuera hacer coincidir ambos asuntos. Si, pongamos por caso, nos estaban explicando que, cuando tuviéramos relaciones sexuales, debíamos tener mucho cuidado para evitar el contagio de enfermedades, habría sido muy extraño no mencionar el hecho de que para nosotros era mucho más importante que para la gente normal del exterior. Y ello, sin duda, nos llevaba al tema de las donaciones.

    Luego estaba el hecho de que no pudiéramos tener niños. La señorita Emily solía darnos ella misma muchas de las charlas sexuales, y recuerdo una vez que trajo del aula de biología un esqueleto de tamaño natural para mostrarnos cómo se hacía el sexo. Contemplamos con absoluto asombro cómo sometía al esqueleto a diferentes posturas y contorsiones, y movía el puntero de una a otra de sus partes sin la menor muestra de embarazo. Explicaba las líneas maestras de cómo tenía que hacerse, qué es lo había que meter, y dónde, y las diferentes variantes, como si estuviéramos en una clase de Geografía. Entonces, de pronto, con el esqueleto hecho un obsceno ovillo encima de la mesa, se dio la vuelta y empezó a explicarnos que teníamos que tener cuidado con quién practicábamos el sexo. No sólo por las enfermedades, sino porque, dijo, «el sexo afecta a las emociones de formas que no podemos ni imaginar». Teníamos que ser extraordinariamente cautelosos con las relaciones sexuales en el mundo exterior, sobre todo con gente que no fueran estudiantes, porque en el mundo exterior «sexo» significaba todo tipo de cosas. En el mundo exterior la gente llegaba a pelearse y a matar porque determinada persona hubiera tenido sexo con otra. Y la razón de que el sexo significara tanto —mucho más, por ejemplo, que la danza o el tenis de mesa— estaba en que la gente del exterior era diferente de nosotros: a través del sexo podía tener hijos. Por eso era tan importante para ellos la cuestión de quién lo hacía con quién. Y aunque, como sabíamos, era absolutamente imposible para nosotros tener hijos, teníamos que comportarnos como ellos. Teníamos que respetar las reglas y tratar el sexo como algo muy especial.

    Aquella charla de la señorita Emily da una idea cabal de lo que estoy diciendo. Estábamos hablando de sexo, pero pronto salían a relucir los temas específicos de nuestra condición. Supongo que éste era el modo en que «se nos decía y no se nos decía».

    Pienso que al final debimos de asimilar bastante información, porque recuerdo que, hacia esa edad, tuvo lugar un gran cambio en el modo de tratar todo lo que tenía que ver con las donaciones. Hasta entonces, como he dicho, habíamos hecho cuanto estaba en nuestra mano para evitar el tema; habíamos reculado a la menor señal de que íbamos a adentrarnos en ese terreno; y siempre que algún idiota había sido descuidado a este respecto —como Marge en aquella ocasión—, se había llevado un castigo severo. Pero desde que tuvimos trece años, como digo, las cosas empezaron a cambiar. Seguíamos sin hablar de las donaciones o de cualquier cosa que tuviera que ver con ellas; seguíamos considerando incómodo todo lo relacionado con la cuestión, y al mismo tiempo llegó a ser algo sobre lo que bromeábamos, del mismo modo que bromeábamos sobre el sexo. Mirando hacia atrás hoy, yo diría que la norma de no hablar abiertamente de las donaciones seguía en vigor y con la misma fuerza de siempre. Pero ahora no estaba mal, e incluso era algo obligado, que de cuando en cuando se hiciera alguna alusión jocosa a aquellas cosas que nos esperaban en el horizonte.

    Un buen ejemplo de lo que digo es lo que sucedió aquella vez en que Tommy se hizo un corte en el codo. Debió de ser justo antes de mi charla con él junto al estanque; por la época, supongo, en que Tommy estaba saliendo de aquella fase en la que se metían con él y le tomaban el pelo.


    No era un tajo muy profundo, y aunque se le mandó a Cara de Cuervo para que lo examinara, volvió casi de inmediato con una gasa en el codo. Nadie volvió a pensar mucho en ello hasta un par de días después, cuando Tommy se quitó la gasa y nos enseñó una herida a medio cerrarse. Se le veían trocitos de piel que empezaban a pegarse, y pequeñas partículas rojas y blandas asomándole por debajo. Estábamos a mitad del almuerzo, así que todos le hicimos corro y exclamamos: «¡Ajjj!». Luego Christopher H., de un curso superior al nuestro, dijo con un semblante absolutamente serio:

    —Lástima que sea en esa parte del codo. En cualquier otra parte, no habría tenido la menor importancia.

    Tommy pareció preocuparse (Christopher era alguien a quien él admiraba mucho en aquella época), y le preguntó a qué se refería. Christopher siguió comiendo, y luego dijo como si tal cosa:

    —¿No lo sabes? Si está justo en el codo, se te puede abrir como una cremallera. En cuanto dobles el brazo bruscamente. Y se te abriría no sólo esa parte, sino el codo entero. Como una bolsa que se abre con una cremallera. Pensaba que lo sabías.

    Oí a Tommy quejarse de que Cara de Cuervo no le hubiera advertido de ese riesgo, pero Christopher se encogió de hombros y dijo:

    —Pensaba que lo sabías, seguro. Todo el mundo lo sabe.

    Los compañeros de alrededor mascullaron algo en señal de asentimiento.

    —Tienes que mantener el brazo completamente recto —dijo alguien—. Doblarlo lo más mínimo puede ser peligrosísimo.

    Al día siguiente vi a Tommy con el brazo recto y rígido, y con aire preocupado. Todo el mundo se reía de él, y eso me enfurecía, pero tenía que admitir que la cosa tenía cierta gracia. Luego, hacia el final de la tarde, salíamos del Aula de Arte cuando Tommy se acercó a mí en el pasillo y me dijo:

    —Kath, ¿podría hablar un momento contigo?

    Esto fue quizá un par de semanas después de que me hubiera acercado a él en el campo de deportes para recordarle lo de su polo preferido, así que se suponía que éramos bastante amigos. Fuera como fuese, el hecho de que viniera de ese modo a preguntarme si podía hablar conmigo en privado resultaba un tanto embarazoso, y me dejó un poco desconcertada. Quizá eso pueda explicar en parte por qué no fui más amable.

    —No es que esté muy preocupado ni nada parecido —empezó, en cuanto me hubo llevado aparte—. Pero quiero prevenirme, eso es todo. Con la salud no hay que correr riesgos. Necesito que alguien me ayude, Kath. —Lo que le preocupaba, me explicó, era lo que podía hacer mientras dormía. Doblar el brazo, por ejemplo—. Siempre tengo sueños de ésos en los que peleo contra montones de soldados romanos.

    En cuanto le interrogué un poco, me di perfecta cuenta de que multitud de compañeros —incluso muchos de los que no habían estado en aquel almuerzo— habían ido a repetirle la advertencia de Christopher. De hecho, algunos habían llevado mucho más lejos la patraña: le habían contado que un alumno que se había ido a dormir con un tajo en el codo como el suyo se había despertado con todo el esqueleto del brazo y la mano a la vista, y toda la piel suelta al lado «como uno de esos guantes largos de My Fair Lady».

    Lo que Tommy me pedía era que le ayudara a ponerse una tablilla en el brazo para mantenerlo recto durante la noche.

    —No me fío de nadie más —dijo, levantando una gruesa regla que solía usar—. Son capaces de ponérmela de forma que se suelte mientras duermo.

    Me miraba con absoluta inocencia, y no supe qué decir. Una parte de mí se moría de ganas de decirle lo que le estaban haciendo, y supongo que sabía que no hacerlo sería como traicionar la confianza que se había creado entre nosotros desde el momento en que le recordé lo del polo en el campo de deportes. Y si me avenía a entablillarle el brazo me convertía al instante en uno de los principales ejecutores de la broma. Y todavía me sentía avergonzada por no habérselo dicho en un principio. Pero hay que tener en cuenta que yo era aún muy jovencita, y que sólo disponía de unos segundos para decidirme. Y cuando alguien te pide que hagas algo en un tono tan lastimero, es muy difícil negarse.

    Supongo que lo que primó en mí fue el deseo de que no se disgustara. Porque me daba cuenta de que, a pesar de todo su desasosiego por el brazo, a Tommy le emocionaba la preocupación por su salud que creía que todos le estaban demostrando. Claro que yo sabía que se iba a enterar de la verdad tarde o temprano, pero en aquel momento no fui capaz de decírselo. Lo menos malo que se me ocurrió fue preguntarle:

    —¿Te ha dicho Cara de Cuervo que hagas esto?
    —No. Pero imagina lo furiosa que se pondría si el codo se me sale todo entero.

    Seguía sintiéndome mal, pero le prometí entablillarle el brazo más tarde —en el Aula Catorce, media hora antes de la campana nocturna—, y lo vi marchar tranquilizado y agradecido.

    El caso es que no tuve que pasar por ello, porque Tommy lo averiguó todo antes. Hacia las ocho de la tarde estaba yo bajando la escalera principal cuando oí unas grandes carcajadas que venían de la planta baja. Se me encogió el corazón porque supe inmediatamente que tenían que ver con Tommy. Me detuve en el rellano de la primera planta y miré por encima de la barandilla y vi que Tommy salía de la sala de billar con grandes y sonoras zancadas. Recuerdo que pensé: «Al menos no está chillando». Y no lo hizo en ningún momento: fue hasta el guardarropa, recogió sus cosas y se fue de la casa principal. Y durante todo este tiempo, las risotadas siguieron saliendo por la puerta abierta de la sala de billar, mientras algunas voces aullaban cosas como la siguiente:

    —¡Si pierdes los estribos, el codo se te sale sin remedio!

    Pensé en salir detrás de él y alcanzarlo en la oscuridad antes de que llegara al barracón del dormitorio, pero recordé que le había prometido entablillarle el codo para pasar la noche, y no me moví. Y me dije a mí misma una y otra vez: «Al menos no ha tenido una rabieta. Al menos se ha controlado el mal genio».

    Pero me he apartado un poco del asunto. La razón de que haya hablado de esto es que el concepto de cosas que «se abren como una cremallera» trascendió del codo de Tommy para convertirse en una broma entre nosotros referida a las donaciones. La idea era que, llegado el momento, con sólo abrirte la cremallera de una parte de ti mismo, se te saldría un riñón u otra víscera cualquiera, que tenderías a quien procediese. No es que la cosa nos pareciese muy graciosa en sí misma; era más bien una forma que teníamos de hacernos perder el apetito. Te abrías la «cremallera» del hígado, por ejemplo, y lo tirabas en el plato de alguien. Ese tipo de broma. Recuerdo que una vez Gary B., que tenía un apetito insaciable, volvía con su tercer plato de pudin, y prácticamente todos los de la mesa «se abrieron la cremallera» de partes de sí mismos y fueron amontonándolas en el bol de Gary, mientras él seguía atiborrándose a conciencia.

    A Tommy nunca le gustó gran cosa que lo de las cremalleras se pusiera de moda otra vez, pero para entonces las tomaduras de pelo dirigidas contra su persona eran agua pasada y nadie lo relacionaba ya con esta broma. Era algo que hacíamos para reírnos un poco, para conseguir que alguien dejase de comer lo que tenía en el plato, y también, supongo, como un modo de reconocimiento de lo que nos esperaba en el futuro. Y esto es lo que quería decir antes. En aquel tiempo de nuestra vida ya no nos apartábamos con espanto cuando se mencionaba el asunto de las donaciones, como habíamos hecho un año o dos atrás; pero tampoco pensábamos en ello muy seriamente, ni lo sometíamos a debate. Todo aquello de «abrirse la cremallera» no era sino una manifestación perfectamente comprensible del modo en que el asunto nos afectaba cuando teníamos trece años.

    Así que diría que la señorita Lucy tenía razón cuando un par de años después afirmó que «se nos había dicho y no se nos había dicho». Y —lo que es más— ahora que pienso en ello diría también que lo que la señorita Lucy nos dijo aquella tarde condujo a un cambio de actitud real en todos nosotros. Fue a partir de aquel día cuando cesaron las bromas sobre las donaciones, y cuando empezamos a pensar juiciosamente en las cosas. Si algo varió fue precisamente que las donaciones volvieron a ser un tema que todos orillábamos, pero no de la forma en que lo habíamos hecho cuando éramos más pequeños. Ahora ya no era incómodo o embarazoso, sino sencillamente sombrío y serio.

    —Es extraño —me dijo Tommy cuando hace unos años lo recordamos todo de nuevo—. Ninguno de nosotros se paró a pensar en cómo se sintió ella, la señorita Lucy. Nunca nos preocupó si se había buscado algún problema al decirnos lo que nos dijo. Éramos tan egoístas entonces...
    —No puedes culparnos a nosotros —dije—. Se nos enseñó a pensar en nuestros compañeros, pero jamás en nuestros custodios. No se nos ocurrió nunca la idea de que hubiera diferencias entre ellos.
    —Pero teníamos edad suficiente —dijo Tommy—. Con nuestra edad tendría que habérsenos ocurrido. Sin embargo no se nos ocurrió. No pensamos en absoluto en la pobre señorita Lucy. Ni siquiera después, ya sabes, cuando tú la viste.

    Supe al instante a qué se refería. Hablaba de aquella mañana de principios de nuestro último verano en Hailsham, cuando me topé con la señorita Lucy en el Aula Veintidós.

    Al pensar en ello ahora, me doy cuenta de que Tommy tenía razón. A partir de aquel momento debería haber sido meridianamente claro, incluso para nosotros, cuan atribulada estaba la señorita Lucy. Pero como dijo Tommy, jamás consideramos nada desde su punto de vista, y jamás se nos ocurrió decir o hacer algo para apoyarla.


    8


    Muchos de nosotros habíamos cumplido ya dieciséis años. Era una mañana de sol radiante y acabábamos de bajar al patio después de una clase en la casa principal cuando de pronto me acordé de algo que me había dejado olvidado en el aula. Así que subí hasta la tercera planta, y allí es donde me sucedió lo de la señorita Lucy.

    En aquellos días yo tenía un juego secreto. Cuando me encontraba sola dejaba lo que estuviera haciendo y buscaba una vista —desde la ventana, por ejemplo, o el interior de un aula a través de una puerta—, cualquier vista en la que no hubiera personas. Lo hacía para poder formarme la ilusión, al menos durante unos segundos, de que aquel lugar no estaba atestado de alumnos sino que era una casa tranquila y apacible donde vivía con otras cinco o seis personas. Y para que esta fantasía funcionara, tenía que sumirme en una especie de ensueño, y aislarme de todos los ruidos y todas las voces. Normalmente tenía que armarme de paciencia: si, pongamos por caso, estaba en una ventana y fijaba la mirada en un punto concreto del campo de deportes, puede que tuviese que esperar siglos para que se dieran esos dos segundos en los que no había nadie en el encuadre. En cualquier caso, era eso lo que estaba haciendo aquella mañana después de haber recogido lo que había olvidado en la clase y haber salido al rellano de la tercera planta.

    Estaba muy quieta junto a una ventana y miraba la parte del patio en la que había estado apenas unos instantes antes. Mis amigas se habían ido, y el patio se vaciaba por momentos, de forma que estaba esperando a poder poner en práctica mi juego secreto cuando oí a mi espalda algo parecido a un escape de gas o de vapor en violentas ráfagas.

    Era un sonido sibilante que se prolongó durante unos diez segundos; luego cesó y volvió a sonar. No me alarmé exactamente, pero dado que al parecer era la única persona en la cercanía, pensé que lo mejor sería ir a averiguar qué pasaba.

    Crucé el rellano en dirección al sonido, avancé por el pasillo y dejé atrás el aula en la que acababa de estar, y llegué al Aula Veintidós, la segunda empezando por el fondo. La puerta estaba entreabierta, y en cuanto me acerqué a ella el ruido sibilante volvió a oírse, esta vez con mayor intensidad. No sé lo que esperaba encontrar al empujar la puerta con cautela, pero mi sorpresa fue mayúscula al ver a la señorita Lucy.

    El Aula Veintidós se utilizaba raras veces para las clases, porque era demasiado pequeña y nunca había suficiente luz, ni siquiera en un día como aquél. A veces los custodios entraban para corregir nuestros trabajos o para ponerse al día en sus lecturas. Aquella mañana el aula estaba más oscura que de costumbre, porque las persianas estaban echadas casi totalmente. Habían juntado dos mesas, como para que pudiera sentarse un grupo, pero la señorita Lucy estaba sola, sentada a un lado, cerca del fondo. Vi varias hojas de un papel oscuro y satinado diseminadas sobre la mesa de enfrente de la señorita Lucy. Ella estaba inclinada sobre la mesa, absorta, con la frente muy baja, los brazos sobre el tablero, trazando líneas furiosas sobre una hoja con un lápiz. Bajo las gruesas líneas negras vi una pulcra letra azul. Siguió restregando la punta del lápiz sobre el papel, casi como si estuviera sombreando en la clase de Arte, sólo que sus movimientos eran mucho más airados, como si no le importara que el papel se agujereara. Entonces, en ese momento, me di cuenta de que ése era el ruido extraño que había oído antes, y que lo que había tomado por papeles oscuros y satinados habían sido, instantes atrás, hojas de cuidada letra azul.

    Se hallaba tan ensimismada en lo que estaba haciendo que tardó en reparar en mi presencia. Cuando alzó la vista, sobresaltada, vi que tenía la cara congestionada, aunque sin rastro alguno de lágrimas. Se quedó mirándome, y al final dejó el lápiz.

    —Hola, jovencita —dijo, y aspiró profundamente—. ¿Qué puedo hacer por ti?

    Creo que aparté la vista para no tener que mirarla a ella o al papel que había sobre la mesa. No recuerdo si dije gran cosa, si le expliqué lo del ruido, y que había entrado por si era gas. En cualquier caso, no fue una conversación propiamente dicha: ella no quería que yo estuviera allí, y yo tampoco quería estar. Creo que me disculpé y salí del aula, esperando a medias que me llamara. Pero no lo hizo, y lo que hoy recuerdo es que bajé las escaleras llena de vergüenza y resentimiento. En aquel momento quería más que nada en el mundo no haber visto lo que acababa de ver, aunque si se me hubiera preguntado por qué estaba tan disgustada no habría sido capaz de precisar el motivo. La vergüenza, como digo, tenía mucho que ver con ello, y también la furia, aunque no exactamente contra la señorita Lucy. Me sentía muy confusa, y probablemente por eso no les conté nada a mis amigas hasta mucho tiempo después.

    A partir de aquella mañana tuve la convicción de que había algo —quizá algo horrible— relacionado con la señorita Lucy que yo desconocía, y mantuve los ojos y los oídos bien abiertos. Pero los días pasaron y no vi ni oí nada. Lo que no sabía entonces es que algo de gran importancia había sucedido sólo unos días después de que viera a la señorita Lucy en el Aula Veintidós; algo entre ella y Tommy que había dejado a éste disgustado y desorientado. No mucho tiempo atrás, Tommy y yo nos habríamos contado inmediatamente cualquier nueva de este tipo; pero aquel verano estaban sucediendo ciertas cosas que hacían que no habláramos tan abiertamente como antes.

    Por eso tardé tanto en oír hablar de ello. Luego me odié por no haberlo adivinado, por no buscar a Tommy para interrogarle hasta conseguir que me lo contara. Pero como he dicho, en aquel tiempo estaban sucediendo cosas entre Tommy y Ruth, y otras muchas cosas más, y creí que eran estos hechos los que habían dado lugar a los cambios que había observado en él.

    Probablemente iría demasiado lejos si dijera que Tommy se vino abajo por completo aquel verano pero hubo veces en las que temí que estuviera volviendo a ser la criatura torpe y tornadiza de años antes. Una vez, por ejemplo, unas cuantas de nosotras volvíamos del pabellón hacia los barracones de los dormitorios y de pronto vimos a Tommy y a otros dos chicos unos pasos más adelante. Todos parecían estar perfectamente —incluso Tommy—, y se reían y se daban empellones. De hecho, diría que Laura —que iba a mi lado— se puso a imitarles y a hacer payasadas. El caso es que Tommy debía de haber estado sentado en el suelo un rato antes, porque tenía un pegote de barro en la parte baja de la camiseta de rugby. Era obvio que no se había dado cuenta, y creo que sus amigos tampoco, porque lo habrían aprovechado para tomarle el pelo. En cualquier caso, Laura —siendo como era— le gritó algo parecido a: «¡Tommy, llevas caca detrás! ¿Qué has estado haciendo?».

    Lo dijo de un modo completamente amistoso, y si acto seguido algunas de nosotras emitimos ciertos ruidos para apoyar el comentario, no fue nada muy distinto a ese tipo de cosas que los escolares hacen continuamente. Así que nos quedamos absolutamente anonadadas cuando Tommy se paró en seco, giró en redondo y miró a Laura con ojos de fuego. Nos paramos, y también sus amigos —ellos tan desconcertados como nosotras—, y durante unos segundos pensé que Tommy iba a estallar por primera vez en varios años. Pero se dio la vuelta y echó a andar con brusquedad, sin decir ni una palabra, y nos dejó allí atrás, quietas, encogiéndonos de hombros y mirándonos unas a otras.

    Algo parecido sucedió cuando le enseñé el calendario de Patricia C. Patricia estaba dos cursos más atrás que nosotros, pero todo el mundo admiraba su destreza para el dibujo, y sus trabajos eran muy cotizados en los Intercambios de Arte. A mí me gustaba especialmente aquel calendario, y me las había arreglado para conseguirlo en el último Intercambio, porque llevaba oyendo hablar de él varias semanas. No tenía nada que ver, pongamos por caso, con los calendarios blandos de colores de los condados ingleses de la señorita Emily. El calendario de Patricia era diminuto y abultado, y para cada mes había hecho un increíble dibujo a lápiz de alguna escena de la vida de Hailsham. Me gustaría haberlo conservado, sobre todo porque en algunos de los dibujos —los de junio y septiembre, por ejemplo— se pueden reconocer las caras de ciertos alumnos y custodios. Es una de las cosas que perdí cuando dejé las Cottages, cuando tenía la cabeza en otra parte y no prestaba demasiada atención a lo que me estaba llevando (pero hablaré de ello en su momento). Lo que estoy diciendo ahora es que el calendario de Patricia era una auténtica preciosidad. Me sentía orgullosa de él, y por eso quería enseñárselo a Tommy.

    Lo vi de pie al lado del gran sicómoro que había cerca del Campo de Deportes Sur, al sol de última hora de la tarde, y como llevaba el calendario en la cartera —lo había estado enseñando en la clase de música—, me dirigí hacia él.

    Estaba absorto en un partido de fútbol en el que jugaban algunos chicos más jóvenes, y su talante parecía bueno, incluso apacible. Cuando me vio acercarme me sonrió, y estuvimos charlando un rato de nada en particular. Y al final le dije:

    —Tommy, mira lo que he conseguido.

    No quise que mi voz sonara sin un timbre de triunfo, y puede que incluso dijera «tachan» al sacarlo de la cartera y tendérselo para que lo viera. Cuando cogió el calendario aún seguía sonriendo, pero en cuanto empezó a hojearlo me pareció que algo se cerraba en su interior.

    —Esa Patricia... —empecé a decir, pero enseguida oí cómo mi voz cambiaba—. Es tan inteligente...

    Pero Tommy ya me lo estaba devolviendo. Y luego, sin decir ni una palabra, echó a andar en dirección a la casa principal.

    Este incidente debería haberme dado una pista. Si hubiera pensado en él con la atención debida, habría adivinado que el estado de ánimo último de Tommy tenía algo que ver con la señorita Lucy y con sus pasados problemas de creatividad. Pero con todas las cosas que estaban pasando en aquel momento en Hailsham, como digo, no pensé en nada de eso. Supongo que debí de dar por sentado que aquellos problemas habían quedado atrás con nuestra entrada en la adolescencia, y que sólo los grandes temas que tan aparatosamente se nos presentaban podían realmente preocuparnos.

    ¿Qué había estado pasando en Hailsham? Bien, para empezar, Ruth y Tommy habían tenido una pelea de campeonato. Habían sido pareja durante unos seis meses (al menos ése era el tiempo que llevaban siéndolo «públicamente»: paseándose cogidos del brazo y ese tipo de cosas). Los respetábamos como pareja porque no hacían ostentación de ello. Otras parejas, como Sylvia B. y Roger D., por ejemplo, podían ponerse de un meloso insoportable, y había que lanzarles toda una andanada de imitaciones de vómitos para llamarles al orden. Pero Ruth y Tommy nunca hicieron ningún alarde burdo delante de los demás, y si alguna vez se hacían arrumacos o algo parecido, notabas que lo hacían sólo para ellos mismos y no para la galería.

    Mirando hoy hacia atrás, reconozco que todos estábamos bastante confusos en lo relativo al sexo. Algo que a nadie debería sorprender, supongo, ya que apenas teníamos dieciséis años. Pero lo que hacía aún mayor nuestra confusión —hoy lo veo con más claridad— era el hecho de que también los custodios se sentían confusos al respecto. Por otra parte, teníamos las charlas de la señorita Emily, en las que nos decía lo importante que era no avergonzarse de nuestros propios cuerpos, y «respetar nuestras necesidades físicas», y cómo el sexo era «un bellísimo don» siempre que ambas personas lo desearan realmente. Pero llegado el momento, los custodios hacían más o menos imposible que cualquiera de nosotros llegara a hacer gran cosa sin quebrantar alguna norma. Nosotras no podíamos visitar los dormitorios de los chicos después de las nueve de la noche, y ellos no podían visitar los nuestros. Las clases estaban oficialmente «fuera del territorio permitido» desde el atardecer, al igual que las zonas de detrás de los cobertizos y del pabellón. Y no te apetecía hacerlo en el campo aunque el tiempo fuera espléndido, porque casi con toda seguridad descubrirías luego que habías tenido un montón de espectadores observándote —y pasándose los prismáticos de mano en mano— desde las ventanas de la casa. Dicho de otro modo, pese a las charlas y charlas sobre la belleza del sexo y demás, teníamos la inequívoca impresión de que si los custodios nos sorprendían poniéndolo en práctica nos veríamos en un aprieto.

    El único caso real del que personalmente tengo noticia en este sentido es el de Jenny C. y Rob D., el día en que se les sorprendió en el Aula Catorce. Estaban haciéndolo después del almuerzo, encima de uno de los pupitres, cuando el señor Jack entró a coger algo. Según Jenny, el señor Jack se había puesto rojo y se había ido precipitadamente, pero a ellos se les había cortado la cosa y lo habían dejado. Casi se habían vestido cuando el señor Jack volvió a entrar, como si fuera la primera vez, y fingió escandalizarse.

    —Veo perfectamente lo que habéis estado haciendo, y no está bien —dijo, y les mandó a ver a la señorita Emily.

    Cuando llegaron a su despacho, la señorita Emily les dijo que estaba a punto de salir para una reunión importante, y que no tenía tiempo para hablar con ellos.

    —Pero sabéis que no tendríais que haber estado haciendo lo que estuvierais haciendo, y espero que no volváis a hacerlo —les había dicho, antes de salir apresuradamente con sus carpetas.

    El sexo homosexual, por cierto, era algo sobre lo que nos sentíamos aún más confusos. Por alguna razón que desconozco, lo llamábamos «sexo sombrilla»; si te gustaba alguien de tu mismo sexo, eras un o una «sombrilla». No sé cómo sería en los centros del exterior, pero en Hailsham no éramos en absoluto amables con todo lo que tuviera que ver con una tendencia homosexual. Los chicos, sobre todo, podían ser de lo más crueles. Según Ruth, ello se debía a que muchos de ellos se habían hecho cosas mutuamente cuando eran muy pequeños, antes de que pudieran darse cuenta de lo que estaban haciendo. Así que ahora se sentían ridículamente tensos en relación con ello. No sé si tenía o no razón, pero no había duda de que si acusabas a alguien de ser «un sombrilla de cuidado» podías buscarte una buena bronca.

    Cuando hablábamos de todas estas cosas —y lo hacíamos constantemente en aquel tiempo— nunca podíamos concluir si los custodios querían o no que tuviéramos sexo entre nosotros. Algunos pensaban que sí, pero que siempre queríamos hacerlo cuando no debíamos. Hannah sostenía la teoría de que su deber era hacer que tuviéramos sexo entre nosotros porque de lo contrario nunca llegaríamos a ser buenos donantes. Según ella, los riñones, el páncreas y demás cosas por el estilo no funcionaban bien si no se tenía sexo. Y alguien añadió que no teníamos que olvidar que los custodios eran «normales». Por eso eran tan raros en lo referente al sexo; para ellos, el sexo era para cuando querías tener niños, y aunque sabían, intelectualmente, que nosotros no podíamos tenerlos, seguían sintiéndose incómodos cuando practicábamos el sexo porque en el fondo no acababan de creerse que no íbamos a tener hijos.

    Annette B. tenía otra teoría: que los custodios se sentían incómodos cuando practicábamos el sexo entre nosotros porque lo que en realidad querían era tener sexo con nosotros. El señor Chris en particular, afirmaba Annette, nos miraba a las chicas de ese modo. Laura dijo que lo que Annette quería decir realmente era que la que quería tener sexo con el señor Chris era ella. Y todas nos partimos de risa, porque la idea de tener relaciones sexuales con el señor Chris nos parecía absurda, además de absolutamente nauseabunda.

    La teoría que creo que más se acercaba a la verdad era la de Ruth.

    —Nos informan de todo lo relacionado con el sexo para cuando nos vayamos de Hailsham —explicaba—. Quieren que lo hagamos como es debido, con alguien que nos guste y sin coger enfermedades. Pero como digo, nos lo cuentan para cuando dejemos Hailsham. No quieren que lo hagamos aquí, porque es demasiado lío para ellos.

    Yo, por mi parte, pienso que no hacíamos tanto sexo como fingíamos hacer. Había, quizá, mucho besuqueo, mucho manoseo; y parejas que daban a entender que estaban manteniendo relaciones sexuales completas. Pero hoy, al volver la vista atrás, me pregunto hasta qué punto todo esto era verdad. Si todos los que decían que lo hacían lo estaban haciendo realmente, en Hailsham no se habría visto más que parejas empeñadas en tal afán a todas horas, y a derecha, izquierda y centro.

    Lo que sí recuerdo es que existía un acuerdo casi tácito entre todos nosotros para no interrogarnos demasiado sobre lo que decíamos que hacíamos. Si, por ejemplo, Hannah ponía los ojos en blanco cuando estábamos hablando de otra chica y decía entre dientes «virgen» —queriendo decir «por supuesto, nosotras no lo somos, y como ella sí lo es, ¿qué puedes esperarte?»—, ciertamente no era muy propio preguntarle: «¿Con quién lo has hecho tú? ¿Cuándo? ¿Dónde?». No, lo que hacías era limitarte a asentir con complicidad. Era como si existiera otro universo paralelo al cual nos trasladábamos para practicar todo ese sexo.

    Creo que debí de darme cuenta incluso entonces de que todos aquellos lances de los que se alardeaba a mi alrededor no cuadraban en absoluto. En cualquier caso, a medida que se acercaba el verano, empecé a sentirme más y más un bicho raro a este respecto. En cierto modo, el sexo había llegado a ser como lo de «ser creativo» unos años antes. Era como si, al no haberlo hecho nunca, tuvieras que hacerlo, y pronto. Y en mi caso la cosa se hacía aún más complicada por el hecho de que dos de las chicas de mi círculo más íntimo lo habían hecho ya. Laura, con Rob D., aunque nunca habían llegado a ser pareja. Y Ruth con Tommy.

    A pesar de ello, yo seguía y seguía resistiéndome, repitiéndome a mí misma el consejo de la señorita Emily: «Si no encuentras a nadie con quien desees de veras compartir esa experiencia, ¡no lo hagas!». Pero hacia primavera del año del que estoy hablando empecé a pensar que no me importaría tener sexo con un chico. No sólo para ver cómo era, sino también porque se me ocurrió que necesitaba familiarizarme con el sexo, y que incluso sería preferible practicarlo por primera vez con un chico que no me importara demasiado. Así, en el futuro, si estaba con alguien especial, tendría más probabilidades de hacerlo todo como es debido. Lo que quiero decir es que, si la señorita Emily tenía razón y el sexo era algo tan importante entre las personas, entonces no quería hacerlo por primera vez cuando, llegado el momento, fuera realmente importante hacerlo bien.

    Así que le eché el ojo a Harry C. Lo elegí por varias razones. La primera, porque sabía que él lo había hecho ya con Sharon D. La segunda, porque aunque no me gustaba demasiado tampoco lo encontraba repulsivo. Y también porque era tranquilo y decente, y, si la cosa resultaba un verdadero desastre, nada dado a ir por ahí luego chismorreando. Era, además, un chico que ya había insinuado unas cuantas veces que le gustaría tener sexo conmigo. De acuerdo, había un montón de chicos que a la sazón lanzaban sondas galantes, pero para entonces sabíamos ya distinguir claramente una proposición real de la habitual palabrería de los chicos.

    Así que elegí a Harry, y lo diferí un par de meses porque quería asegurarme de estar bien físicamente. La señorita Emily nos había dicho que podría ser doloroso y resultar un completo fracaso si no te humedecías lo bastante, y ésa era mi principal preocupación. No era cuestión de que te desgarraran ahí abajo, como a veces comentábamos en broma (era además el miedo secreto de muchísimas chicas). Me decía a mí misma que siempre que me mojase lo bastante aprisa, no tenía por qué haber problemas, y practiqué mucho yo sola para asegurarme.

    Me doy cuenta de que quizá pudiera pensarse que me estaba volviendo obsesiva, pero recuerdo que también me pasaba mucho tiempo releyendo pasajes de libros en los que la gente tenía relaciones sexuales, y repasaba las frases una y otra vez tratando de encontrar pistas. Lo malo es que los libros que teníamos en Hailsham no me servían de ninguna ayuda. Teníamos muchas obras de Thomas Hardy y de autores por el estilo, prácticamente inútiles para mis propósitos. En algunos libros modernos, de escritoras como Edna O'Brien y Margaret Drabble, había algo de sexo, pero nunca se sabía con claridad lo que sucedía porque los autores siempre daban por supuesto que tenías en tu haber un montón de experiencia y que no hacía ninguna falta entrar en detalles. Así que me estaba resultando francamente frustrante lo de los libros y el sexo, y los vídeos tampoco eran una buena opción. Desde hacía un par de años teníamos un vídeo en la sala de billar, y aquella primavera disponíamos ya de una colección bastante buena de películas. En muchas de ellas había sexo, pero la mayoría de las escenas acababan justo antes de que empezara el sexo propiamente dicho, o, si la cámara registraba cómo lo hacían, tú sólo veías las caras o las espaldas de los protagonistas. Y cuando había un pasaje en verdad útil, era muy difícil verlo pausadamente porque por lo general había otros veinte compañeros en la sala. Teníamos ese sistema que te permite repetir tus secuencias preferidas, como, por ejemplo, el momento en que el soldado norteamericano salta sobre el alambre de espino a lomos de su motocicleta en La gran evasión. Se oía la cantinela de «¡Rebobina, rebobina!», y alguien cogía el mando a distancia y volvíamos a ver la secuencia, a menudo tres, cuatro veces. Pero difícilmente podía yo ponerme a gritar que rebobinaran para volver a ver una determinada escena de sexo.

    Así que seguí difiriéndolo semana tras semana, mientras continuaba preparándome, hasta que llegó el verano y decidí que estaba ya tan a punto como podría llegar a estarlo nunca. Para entonces me sentía razonablemente segura de mí misma, y empecé a insinuarme a Harry. Todo iba bien, de acuerdo con mi plan, cuando Ruth y Tommy rompieron y todo se volvió un poco confuso.


    9


    Lo que sucedió fue que unos días después de que rompieran yo estaba en el Aula de Arte con otras chicas, trabajando en un bodegón. Recuerdo que hacía un calor sofocante, a pesar de tener el ventilador a plena potencia a nuestra espalda. Utilizábamos carboncillo, y como alguien se había llevado todos los caballetes, teníamos que trabajar con el tablero sobre el regazo. Yo estaba sentada junto a Cynthia E., y acabábamos de charlar quejándonos del calor. Entonces, no sé cómo, salió el tema de los chicos, y, sin levantar la vista del trabajo, Cynthia dijo:

    —Y Tommy. Sabía que no iba a durar con Ruth. Bien, supongo que vas a ser la sucesora natural.

    Lo dijo como si tal cosa. Pero Cynthia era una persona perspicaz, y el hecho de que no formara parte de nuestro grupo daba un peso aún mayor a su comentario. Lo que quiero decir es que no pude evitar pensar que lo que había dicho era lo que cualquier persona medianamente objetiva habría dicho del asunto. Después de todo, yo era amiga de Tommy desde hacía años, hasta que había empezado aquella moda de las parejas. Era perfectamente posible que, para alguien externo al grupo, yo fuera la «sucesora natural» de Ruth. Lo dejé pasar, sin embargo, y Cynthia, que no pretendía abundar sobre ese punto, no dijo más sobre el asunto.

    Uno o dos días después, salía del pabellón con Hannah cuando de pronto sentí que me daba un codazo y hacía un gesto en dirección a un grupo de chicos que había en el Campo de Deportes Norte.

    —Mira —dijo en voz baja—. Tommy. Allí sentado. Y solo.

    Me encogí de hombros, como diciendo: «¿Y qué?». Y eso fue todo. Pero luego me sorprendí pensando y pensando en ello. Quizá lo único que había querido Hannah era hacer hincapié en el hecho de que Tommy, desde que había roto con Ruth, parecía estar un poco perdido. Pero no acababa de convencerme: conocía bien a Hannah. La forma en que me había dado el codazo y había bajado la voz era señal inequívoca de que también ella expresaba la presunción, probablemente ya general, de que yo era la «sucesora natural».

    Ello, como ya he dicho, me había sumido en cierta confusión, porque hasta entonces me había aferrado a mi plan de Harry. De hecho, viéndolo retrospectivamente, estoy segura de que habría llegado a tener sexo con Harry si no se hubiera dado ese asunto de la «sucesora natural». Lo tenía todo planeado, y los preparativos iban por buen camino. Y sigo pensando que Harry habría sido una buena elección para aquella etapa de mi vida. Pienso que habría sido atento y delicado, y que habría entendido lo que esperaba de él.

    Vi a Harry fugazmente hace un par de años, en el centro de recuperación de Wiltshire. Lo habían internado después de una donación. Yo no me encontraba en el mejor de los estados de ánimo, porque el donante a quien cuidaba acababa de «completar» la noche anterior. Nadie me echaba la culpa de ello —había sido una operación particularmente chapucera—, pero me sentía muy mal. Había estado levantada casi toda la noche, arreglando las cosas, y estaba en el vestíbulo preparándome para irme cuando vi a Harry entrando en la recepción. Iba en silla de ruedas (porque estaba muy débil —según supe después—, no porque no pudiera caminar), y no estoy segura de que cuando me acerqué para saludarle llegara siquiera a reconocerme. Supongo que no había ninguna razón por la que yo debiera ocupar un lugar especial en su memoria. Nunca habíamos tenido mucho que ver el uno con el otro, salvo aquella vez en que planeé emparejarme con él sexualmente. Para él, en caso de que me recordara, no sería sino aquella chica tonta que se había acercado a él un día y le había preguntado si quería hacer sexo con ella y se había retirado apresuradamente. Debía de ser bastante maduro para su edad, porque no se molestó ni fue por ahí contándole a la gente que yo era una chica fácil o algo parecido. Así que cuando vi que lo traían a aquel centro aquel día, sentí gratitud hacia él y pensé que ojalá hubiera sido su cuidadora. Miré a mi alrededor, pero a su cuidador, quienquiera que fuese, no se le veía por ninguna parte. Los camilleros estaban impacientes por llevarlo a su habitación, así que no hablé mucho con él. Le dije hola, y que esperaba que se sintiera mejor pronto, y él me sonrió cansinamente. Cuando mencioné Hailsham levantó los pulgares en señal de aprobación, pero estoy segura de que no me reconoció. Quizá más tarde, cuando no estuviera tan cansado, o cuando su medicación no fuera tan fuerte, trataría de ubicarme y recordarme.

    Pero estaba hablando de entonces, de cómo después de que Ruth y Tommy hubieran roto todos mis planes se sumieron en una nebulosa. Mirando hoy hacia atrás, siento un poco de lástima por Harry. Después de todas las insinuaciones que le había ido dirigiendo la semana anterior, heme allí de pronto susurrando cosas para rechazarle. Supongo que debí de suponer que se moría de ganas de practicar el sexo conmigo, y de que tendría que vérmelas y deseármelas para contenerlo. Porque cada vez que lo veía, salía rápidamente con alguna evasiva y me iba precipitadamente antes de que él pudiera contestar algo. Sólo mucho después, cuando pensé detenidamente en ello, se me ocurrió que acaso en ningún momento había acariciado la idea de tener una relación sexual conmigo. Por lo que sé, hasta tal vez le hubiera alegrado el poder olvidarlo todo, pero cada vez que nos veíamos en el pasillo o en los jardines, yo me acercaba y le susurraba cualquier excusa para no querer hacer sexo con él en aquel momento. Debí de parecerle bastante boba, y si no hubiera sido tan buen tipo me hubiera convertido en el hazmerreír de todo el mundo en un abrir y cerrar de ojos. En fin, quizá tardé un par de semanas en librarme de Harry, y entonces llegó la petición de Ruth.


    Aquel verano, hasta que acabó el calor, adquirimos la extraña costumbre de escuchar música juntos en los campos. Desde los Saldos del año anterior habían empezado a verse walkmans en Hailsham, y aquel verano había por lo menos seis en circulación. Lo que hacía furor era sentarse en el césped unos cuantos alrededor de un walkman, y pasarse los cascos de unos a otros. Sí, parece una manera estúpida de escuchar música, pero creaba un feeling estupendo. Escuchabas durante unos veinte segundos, te quitabas los auriculares y se los pasabas al siguiente. Al cabo de un rato, y siempre que la cinta se pusiera una y otra vez, era asombroso lo parecido que podía resultar a haberla escuchado de corrido. Como digo, la cosa hizo furor aquel verano, y durante los descansos para el almuerzo podías ver grupitos de alumnos echados en el césped alrededor de unos cuantos walkmans. Los custodios no se mostraban muy entusiastas, porque decían que se contagiaban las infecciones de oído, pero no nos lo prohibían. No puedo recordar aquel último verano sin pensar en aquellas tardes haciendo corro en torno a los walkmans. De cuando en cuando pasaba alguien y preguntaba:

    —¿Qué estáis escuchando?

    Y si le gustaba lo que le respondíamos se sentaba y esperaba su turno para hacerse con los cascos. En aquellas sesiones había casi siempre un ambiente inmejorable, y no recuerdo que se negara a nadie el disfrute de los auriculares.

    Y estaba en compañía de otras chicas disfrutando de una de esas ocasiones cuando se acercó Ruth y me preguntó si podíamos hablar un rato. Vi que se trataba de algo importante, así que dejé a aquellas chicas y las dos nos alejamos en dirección al barracón del dormitorio. Cuando llegamos a nuestra habitación, me senté en la cama de Ruth, cerca de la ventana —el sol había caldeado un poco la manta—, y ella se sentó en la mía, junto a la pared del fondo. Había una mosca azul zumbando en el aire, y durante unos minutos estuvimos riéndonos y jugando al «tenis de la mosca azul», lanzando manotazos al aire para hacer que la enloquecida criatura fuera de un extremo a otro de nosotras. Al final la mosca encontró el camino y salió por la ventana, y Ruth dijo:

    —Quiero que Tommy y yo volvamos a estar juntos, Kathy. ¿Me ayudarás? —y luego me preguntó—: ¿Qué pasa?
    —Nada. Que me ha sorprendido un poco, después de lo que pasó. Por supuesto que te ayudaré.
    —No le he contado a nadie que quiero volver con Tommy. Ni siquiera a Hannah. Eres la única en la que confío.
    —¿Qué quieres que haga?
    —Que hables con él. Siempre te has llevado de maravilla con Tommy. A ti te escuchará. Y sabrá que no estás hablando por hablar.

    Durante un instante seguimos sentadas en la cama, bamboleando los pies desde los colchones.

    —Es estupendo que me digas esto —dije al cabo—. Seguramente soy la persona más adecuada. Para hablar con Tommy y todo eso.
    —Lo que quiero es que volvamos a empezar desde cero. Estamos prácticamente en paz, porque los dos hemos hecho tonterías para herirnos mutuamente, pero ya basta. ¡Con la mema de Martha H.! ¡Te lo puedes creer! Puede que lo hiciera para que me riera un rato. Pues bien, puedes decirle que sí, que me reí a gusto, y que el marcador sigue en empate. Ya es hora de que maduremos y empecemos de nuevo. Sé que puedes razonar con él, Kathy. Sé que vas a tratar el asunto del mejor modo posible. Y si no está dispuesto a ser sensato, no tiene ningún sentido que me empeñe en seguir con él.

    Me encogí de hombros.

    —Tienes razón, Tommy y yo siempre hemos podido hablar.
    —Sí, y te respeta de verdad. Lo sé porque me lo ha comentado muchas veces. Dice que tienes agallas y que siempre haces lo que dices que vas a hacer. Un día me dijo que si alguna vez llegaba a estar acorralado, prefería que tú le guardases las espaldas en lugar de cualquiera de los chicos. —Lanzó una carcajada rápida—. Me admitirás que es un auténtico cumplido. Así que, ya ves, tendrás que ser tú la que vengas a salvarnos. Tommy y yo estamos hechos el uno para el otro, y te escuchará. Harás esto por nosotros, ¿verdad, Kathy?

    No dije nada durante un instante. Luego pregunté:

    —Ruth, ¿vas en serio con Tommy? Me refiero a que, si le convenzo y volvéis a estar juntos, ¿no volverás a hacerle daño?

    Ruth dejó escapar un suspiro de impaciencia.

    —Por supuesto que voy en serio. Somos ya adultos. Pronto nos iremos de Hailsham. Esto ya no es ningún juego.
    —De acuerdo. Hablaré con él. Como dices, pronto nos iremos de aquí. No podemos permitirnos perder el tiempo.

    Después de zanjar el asunto, recuerdo que seguimos sentadas en las camas durante un rato, charlando. Pero Ruth quería volver sobre el tema una y otra vez: lo estúpido que estaba siendo Tommy, cómo estaban hechos el uno para el otro, cuan diferentemente harían las cosas a partir de entonces; y que iban a ser mucho más discretos, y que en adelante practicarían el sexo en mejores sitios y en mejores ocasiones. Hablamos de todo ello, y Ruth quería mi consejo a cada momento. Entonces, llegado un punto, yo estaba mirando por la ventana, hacia las colinas a lo lejos, cuando me sobresaltó sentir que Ruth, súbitamente a mi lado, me apretaba con fuerza los hombros.

    —Kathy, sabía que podíamos confiar en ti —dijo—. Tommy tiene razón. Eres la persona con la que hay que contar cuando estás en un atolladero.


    Entre una cosa y otra, no tuve ocasión de hablar con Tommy hasta pasados unos días. Entonces, durante el descanso del almuerzo, lo vi en un extremo del Campo de Deportes Sur, jugando con un balón de fútbol. Había estado peloteando con otros dos chicos, pero ahora estaba solo, haciendo filigranas con el balón en el aire. Fui hasta él y me senté en el césped, a su espalda, apoyando la mía contra un poste de la valla. No podía ser mucho después de que le hubiera enseñado el calendario de Patricia C. y se hubiera marchado intempestivamente, porque recuerdo que no sabíamos muy bien cuál era la situación entre nosotros. Él siguió jugueteando con el balón, frunciendo el ceño en su ensimismamiento —rodilla, pie, cabeza, pie—, mientras yo seguía sentada detrás de él cogiendo tréboles y mirando hacia aquel bosque de la lejanía que un día nos había infundido tanto miedo. Al final, decidí salir de aquel punto muerto y dije:

    —Tommy, hablemos. Hay algo de lo que quiero hablar contigo.

    En cuanto dije esto, dejó que el balón se alejara rodando y vino a sentarse a mi lado. Era muy propio de Tommy, cuando sabía que yo tenía ganas de hablar con él, hacer ver de pronto que se despojaba de todo rastro de enfurruñamiento, y en su lugar me daba muestras de un entusiasmo agradecido que me recordaba cómo nos sentíamos en primaria cuando un custodio que había estado riñéndonos volvía a mostrarse amable. Aún estaba un poco sin resuello, y, aunque yo sabía que sus jadeos se debían al fútbol, no dejaban de acentuar la impresión que transmitía de vehemencia. Dicho de otro modo, antes de que hubiéramos abierto la boca ya se había ganado mi apoyo. Entonces le dije:

    —Tommy, me doy perfecta cuenta de que no has sido muy feliz últimamente.
    —¿Qué quieres decir? —dijo él—. Soy muy feliz. De veras.

    Y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, seguida de una sonora risotada. Y me pareció el colmo. Años después, cuando de vez en cuando veía un amago de ello, me limitaba a sonreír. Pero en aquel tiempo me ponía los nervios de punta: si Tommy te decía, por ejemplo: «Estoy muy molesto con eso», tenía que poner de inmediato una cara larga, abatida, para apoyar lo que decía. No quiero decir que lo hiciera irónicamente. Pensaba de verdad que resultaba más convincente. Así que ahora, para probar que era feliz, helo ahí tratando de irradiar cordialidad y alegría. Y, como digo, llegaría un tiempo en el que eso me inspiraría ternura; pero aquel verano lo único que conseguía era hacerme ver lo pueril que seguía siendo, y lo fácil que tenía que ser aprovecharse de su persona. Yo entonces no sabía gran cosa del mundo que nos esperaba más allá de los confines de Hailsham, pero barruntaba que íbamos a necesitar hacer uso de toda nuestra inteligencia, y cuando Tommy se comportaba de ese modo me invadía algo muy parecido al pánico. Hasta aquella tarde siempre se lo había pasado por alto —siempre me había parecido demasiado difícil de explicar—, pero al fin estallé y le dije:

    —¡Tommy, no sabes lo estúpido que pareces cuando te ríes de ese modo! ¡Cuando uno quiere fingir que es feliz, no tiene por qué hacer eso! ¡Créeme, no se hace así! ¡De ninguna manera! Escúchame, tienes que hacerte mayor. Y tienes que volver a encarrilarte. Todo se te ha estado desmoronando últimamente, y los dos sabemos por qué.

    Tommy parecía muy desconcertado. Cuando estuvo seguro de que yo había terminado, dijo:

    —Tienes razón. De un tiempo a esta parte es como si las cosas se me estuvieran viniendo abajo. Pero no sé a qué te refieres, Kath. ¿Qué quieres decir con que los dos sabemos por qué? No veo cómo puedes saberlo. No se lo he dicho a nadie.
    —No sé todos los detalles, como es lógico. Pero todos sabemos que has roto con Ruth.

    Tommy seguía un tanto perplejo. Y al final lanzó otra risita, pero esta vez auténtica.

    —Ya veo por dónde vas —dijo entre dientes, y se quedó un instante callado para pensar qué decir a continuación—. Para serte sincero, Kath —dijo al cabo—, no es eso lo que ahora me preocupa. Sino algo completamente diferente. Me paso el tiempo pensando en ello. En la señorita Lucy.

    Y así es como llegué a oírlo, así es como llegué a enterarme de lo que había pasado entre Tommy y la señorita Lucy a principios del verano. Más tarde, cuando hube dedicado al caso la reflexión suficiente, deduje que tuvo que suceder apenas unos días después de la mañana en que vi a la señorita Lucy en el Aula Veintidós, garabateando en unas hojas de papel. Y como ya he dicho, me dieron ganas de darme de puntapiés por no haber sido capaz de sonsacárselo antes.

    Había sucedido por la tarde, cercana ya la «hora muerta», cuando las clases terminan y aún se disfruta de un rato libre hasta la cena. Tommy había visto a la señorita Lucy saliendo de la casa principal, cargada de láminas de gráficos y de archivadores, y al ver que podía caérsele cualquier cosa en cualquier momento corrió a ofrecerle ayuda.

    —Bien, me permitió que le llevara unas cuantas cosas y dijo que íbamos a dejarlo todo en su estudio. Hasta para los dos era demasiado todo lo que llevábamos, y se me cayeron algunas cosas en el camino. Íbamos acercándonos al Invernadero cuando de repente se paró, y pensé que se le había caído algo a ella. Pero me estaba mirando, así, a la cara, toda seria. Y dijo que teníamos que hablar, que teníamos que tener una buena charla. Yo dije que muy bien. Entramos en el Invernadero, y en su estudio, y dejamos todas las cosas en el suelo. Y entonces me dice que me siente, y acabo exactamente en el mismo sitio donde estuve sentado la vez pasada, ya sabes, aquella vez de hacía años. Y veo que está recordando también aquella ocasión, porque se pone a hablar sobre ella como si hubiera sucedido el día anterior. Sin explicaciones, sin nada de nada; empieza a decir cosas como ésta: «Tommy, cometí un error cuando te dije lo que te dije. Y tendría que habértelo hecho saber hace mucho tiempo». Y acto seguido me dice que debo olvidar lo que me dijo entonces. Que me hizo un flaco favor diciéndome que no me preocupara por no ser creativo. Que los otros custodios siempre habían tenido razón al respecto, y que no había excusa alguna para que mis trabajos artísticos fueran una porquería...
    —Un momento, Tommy. ¿Dijo esa palabra exactamente, «porquería»?
    —Si no fue «porquería» fue algo muy, parecido. Deficiente. Quizá eso. O incompetente. Pero pudo decir perfectamente «porquería». Dijo que sentía mucho haberme dicho lo que me había dicho aquella vez, porque si no lo hubiera hecho yo ahora tal vez tendría resuelto ese problema.
    —¿Y qué decías tú cuando te estaba diciendo eso?
    —No sabía qué decir. Al final me preguntó qué pensaba. Me dijo: «¿Qué estás pensando, Tommy?». Así que le dije que no estaba seguro, pero que no tenía que preocuparse porque yo estaba bien por esas fechas. Y ella dijo que no, que no estaba bien. Que mi arte era una porquería, y que en parte la culpa era suya por decirme lo que me había dicho. Y yo le dije que qué importaba. Que estaba bien, que ya nadie se reía de mí por eso. Pero ella sigue sacudiendo la cabeza y dice: «Sí importa. No tendría que haberte dicho lo que te dije». Así que se me ocurre que quizá está hablando de después, ya sabes, de cuando hayamos dejado Hailsham. Y digo: «Pero estaré bien, señorita. Soy una persona capaz, sé cómo cuidarme. Cuando llegue el momento de las donaciones, lo haré bien». Y cuando digo esto ella se pone a negar con la cabeza, sacudiéndola una y otra vez con fuerza, y me entra miedo de que se maree. Luego dice: «Escucha, Tommy, tu arte sí es importante. Y no sólo porque es una prueba. Sino por tu propio bien. Sacarás mucho de él, para tu solo provecho».
    —Un momento. ¿Qué quería decir con «prueba»?
    —No lo sé. Pero ésa fue la palabra, no me equivoco. Dijo que nuestro arte era importante, y «no sólo porque era una prueba». Dios sabe qué querría decir con eso. Incluso se lo pregunté cuando lo dijo. Le dije que no entendía lo que me estaba diciendo, y que si tenía algo que ver con Madame y con su Galería. Y ella lanzó un fuerte suspiro y dijo: «La Galería de Madame..., sí, es importante. Mucho más importante de lo que yo pensaba en un tiempo. Hoy lo sé». Y luego dijo: «Mira, Tommy, hay montones de cosas que tú no entiendes, y yo no puedo explicártelas. Cosas de Hailsham, de vuestro lugar en ese mundo más grande, todo tipo de cosas. Pero quizá algún día, quizá algún día quieras saberlo y lo averigües. No te lo pondrán fácil, pero si lo deseas, si lo deseas de verdad, puede que lo descubras». Se puso a sacudir otra vez la cabeza, aunque no con tanta fuerza como antes, y dijo: «Pero ¿por qué ibas tú a ser diferente? Los alumnos que salen de aquí nunca llegan a saber demasiado. ¿Por qué ibas tú a ser diferente?». No tenía ni idea de a qué diablos se refería, así que volví a decir: «Estaré bien, señorita». Se quedó callada unos segundos, y luego, de pronto, se puso de pie y se inclinó hacia mí y me abrazó. Pero no en plan excitante. Sino como solían abrazarnos de niños. Yo me mantuve todo lo quieto que pude. Luego volvió a ponerse derecha y volvió a decir que sentía mucho lo que me había dicho aquella vez; y que aún no era demasiado tarde, y que debía empezar enseguida a recuperar el tiempo perdido. No creo que yo contestara nada, y ella me miró y pensé que iba a abrazarme de nuevo. Pero en lugar de hacerlo, dijo: «Hazlo por mí, Tommy». Le dije que haría todo lo que estuviera en mi mano, porque entonces lo que quería era irme. Seguramente estaba rojo como un tomate, con lo del abrazo y todo eso. Quiero decir que no es lo mismo..., ¿no crees?, ahora que ya somos mayores.

    Hasta este momento había estado tan absorta en el relato de Tommy que había olvidado la finalidad de nuestra charla. Pero su referencia a que nos habíamos hecho mayores me recordó la misión que me había traído hasta él.

    —Mira, Tommy —dije—. Tendremos que volver a hablar de esto detenidamente. Y pronto. Es muy importante, y ahora entiendo lo mal que has tenido que sentirte. Pero de todas formas, vas a tener que sobreponerte un poco más. Vamos a irnos de Hailsham este verano. Para entonces tienes que tener todo arreglado, y hay algo que puedes arreglar ahora mismo. Ruth me ha dicho que está dispuesta a declarar un empate en vuestras rencillas y a pedirte que vuelvas con ella. Y yo creo que es una buena oportunidad que no debes desaprovechar. No lo eches todo a perder, Tommy.

    Se quedó callado unos segundos. Y dijo:

    —No sé, Kath. Está todo ese montón de cosas sobre las que tengo que pensar...
    —Tommy, escúchame. Eres afortunado. De todos los chicos de hay aquí, eres el que te has llevado a Ruth. Cuando nos vayamos, si estás con ella, no tendrás que preocuparte. Es la mejor, y mientras estés con ella estarás bien. Dice que quiere empezar de cero. Así que no lo estropees.

    Aguardé su respuesta, pero Tommy no dijo nada, y volví a sentir que me invadía aquella sensación parecida al pánico. Me incliné hacia delante y dije:

    —Mira, bobo, no vas a tener muchas más oportunidades. ¿No te das cuenta de que no vamos a estar aquí, juntos, mucho más tiempo?

    Para mi sorpresa, la respuesta de Tommy, cuando al fin llegó, fue considerada y calma (el lado de Tommy que habría de aflorar más y más en los años que siguieron):

    —Me doy cuenta, Kath. Es precisamente por eso por lo que no puedo volver con Ruth a toda prisa. Tenemos que pensar con sumo cuidado en el siguiente paso. —Suspiró, y me miró directamente—. Como bien dices, Kath, vamos a marcharnos de Hailsham muy pronto. Esto ya no es un juego. Tenemos que pensar en ello a conciencia.

    De pronto me encontré sin palabras, y seguí allí sentada arrancando tréboles. Sentía sus ojos en mí, pero no levanté la mirada. Podíamos haber seguido así durante un buen rato más, pero nos interrumpieron. Creo que volvieron los chicos con los que antes había estado peloteando, o puede que fueran otros alumnos que pasaban por allí y que al vernos se sentaron con nosotros. Sea como fuere, nuestra charla íntima había terminado, y me fui con la sensación de que al final no había hecho lo que había ido a hacer, y que en cierto modo le había fallado a Ruth.


    Nunca llegué a evaluar el tipo de impacto que nuestra charla había causado en Tommy, porque fue al día siguiente mismo cuando se conoció la noticia. Era media mañana, y habíamos estado en una de esas dichosas Instrucciones Culturales. Eran clases en las que teníamos que interpretar a diversos tipos de gentes del mundo exterior: camareros de café, policías, etcétera. Estas clases siempre nos exaltaban y preocupaban al mismo tiempo, así que todos estábamos con los nervios de punta. Entonces, finalizada la clase, estábamos saliendo en fila cuando Charlotte F. entró corriendo en el aula, y a partir de ahí la nueva de que la señorita Lucy dejaba Hailsham se extendió como la pólvora. El señor Chris, que había dado la clase y que debía de saberlo de antemano, salió arrastrando los pies y con aire culpable antes de que pudiéramos preguntarle nada. Al principio no sabíamos bien si Charlotte se limitaba a transmitir un rumor, pero cuanto más nos contaba más claro estaba que se trataba de una realidad. Aquella misma mañana, más temprano, los alumnos de otro curso de secundaria habían entrado en el Aula Doce para la clase de Iniciación a la Música que tenía que impartirles la señorita Lucy. Pero en el aula se habían encontrado con la señorita Emily, que les dijo que la señorita Lucy no podía venir en aquel momento, y que la clase la daría ella. Y en el curso de los veinte minutos siguientes todo se había desarrollado con normalidad. Pero de pronto —en mitad de una frase, al parecer—, la señorita Emily había dejado de hablar de Beethoven y había anunciado que la señorita Lucy había abandonado Hailsham para no volver jamás. La clase en cuestión había terminado varios minutos antes de lo previsto —la señorita Emily casi se había ido a la carrera y con ceño preocupado—y la noticia empezó a propagarse en cuanto aquellos alumnos pusieron el pie fuera de clase.

    Corrí inmediatamente en busca de Tommy, porque deseaba con toda el alma que lo oyera de mis labios. Pero cuando salí al patio vi que era demasiado tarde. Allí estaba Tommy, en el otro extremo, al lado de un corro de chicos, asintiendo a lo que le estaban contando. Los otros chicos estaban muy animados, incluso quizá excitados, pero los ojos de Tommy parecían vacíos. Aquella misma tarde, Tommy y Ruth volvieron a estar juntos, y recuerdo que varios días después Ruth me buscó para darme las gracias por «arreglar tan bien las cosas». Le dije que seguramente no había logrado hacer gran cosa, pero ella no admitió mis dudas en tal sentido. Definitivamente me había entronizado en lo más alto. Y así fue más o menos como siguieron las cosas en nuestros últimos días en Hailsham.


    SEGUNDA PARTE
    10


    A veces voy conduciendo por una larga y sinuosa carretera que atraviesa los pantanos, o a través de hileras de campos llenos de surcos, bajo un cielo grande y gris y sin el menor cambio en kilómetros y kilómetros, y me sorprendo pensando en el texto de mi trabajo, en el que se suponía que tenía que escribir entonces, cuando estábamos en las Cottages. Los custodios nos habían hablado de estos trabajos a lo largo de aquel último verano, tratando de ayudarnos a cada uno de nosotros a elegir el tema que habría de absorbernos provechosamente durante quizá dos años. Y aunque no sabría decir por qué —quizá veíamos algo en la actitud de los custodios—, nadie creía realmente que estos trabajos fueran tan importantes, y entre nosotros apenas hablábamos del asunto. Recuerdo cuando entré en el aula para decirle a la señorita Emily que el tema que había elegido era «la novela victoriana»; en realidad no había pensado demasiado en ello, y vi que ella se daba perfecta cuenta de mi escaso entusiasmo; se limitó a dirigirme una de sus miradas inquisitivas, y no dijo nada más.

    Pero en cuanto llegamos a las Cottages estos trabajos cobraron una nueva importancia. En los primeros días —y, en el caso de algunos de nosotros, durante mucho más tiempo— fue como si cada cual se aferrara a su propio trabajo, la última tarea de Hailsham, una especie de obsequio de despedida de los custodios. Con los años llegarían a borrarse de nuestra mente, pero durante un tiempo aquellos trabajos nos ayudaron a mantenernos a flote en nuestro nuevo entorno.

    Cuando hoy pienso en el mío, no hago sino evocarlo con cierto detenimiento: puedo dar con un enfoque absolutamente nuevo que no consideré entonces, o con diferentes escritores y obras que podría haber abordado. Estoy tomando café en una gasolinera, por ejemplo, mirando la autopista a través de los grandes ventanales, y ese trabajo acude a mi cabeza sin motivo alguno. Entonces disfruto allí sentada, repasándolo de nuevo de principio a fin. Sólo últimamente he barajado la idea de retomarlo y volver a trabajar en él, ahora que voy a dejar de ser cuidadora y voy a disponer de tiempo para hacerlo. Pero supongo que en el fondo no lo pienso en serio. Es una pizca de nostalgia que me ayuda a pasar el tiempo. Pienso en aquel trabajo del mismo modo en que podría pensar en un partido de rounders de Hailsham en el que hubiera jugado particularmente bien, o en una discusión ya remota para la que ahora se me ocurren montones de argumentos inteligentes que podría haber esgrimido entonces. Es en ese nivel en el que tiene lugar lo que digo, en el de los sueños de vigilia. Pero como ya he dicho, no era así cuando por primera vez llegamos a las Cottages.

    Ocho de los que habíamos dejado Hailsham aquel verano fuimos a parar a las Cottages. Otros fueron a la Mansión Blanca, en las colinas galesas, o a la Granja de los Álamos, en Dorset. Entonces no sabíamos que todos estos lugares no tenían sino unos nexos muy lejanos con Hailsham. Al llegar a las Cottages esperábamos encontrar una versión de Hailsham para alumnos mayores, y supongo que así seguimos considerándolas durante un tiempo. Ciertamente no pensábamos mucho sobre nuestras vidas más allá de los límites de las Cottages, o sobre quiénes las regentaban, o de qué forma casaban con el mundo exterior. En aquellos días ninguno de nosotros pensaba mucho en esas cosas.

    Las Cottages eran lo que quedaba de una granja que había dejado de funcionar unos años antes. Constaba de una vieja casa de labranza, y de graneros, anexos y establos diseminados a su alrededor que habían sido reformados para alojarnos. Había otras edificaciones más distantes, en la periferia, que prácticamente se estaban derrumbando, de las que apenas podíamos hacer uso pero de las que nos sentíamos vagamente responsables, sobre todo a causa de Keffers. Éste era un viejo gruñón que aparecía dos o tres veces por semana en su furgoneta embarrada para supervisar las Cottages. No le gustaba mucho hablar con nosotros, y su modo de hacer la ronda —siempre suspirando y sacudiendo la cabeza con expresión asqueada— dejaba bien claro que a su juicio ni por asomo estábamos cuidando bien el lugar. Pero jamás quedaba claro qué más quería que hiciéramos. A los recién llegados nos había entregado una lista de tareas, y los alumnos que ya estaban allí —«los veteranos», como Hannah los llamaba— habían fijado desde hacía tiempo unos turnos de trabajo que los ex alumnos de Hailsham acatamos con escrupulosidad. En realidad no había mucho más que hacer que dar parte de los canalones con goteras y limpiar con la fregona después de las inundaciones.

    La vieja casa de labranza —el corazón de las Cottages— tenía varias chimeneas donde quemábamos los troncos cortados que se apilaban en los graneros. Si no encendíamos las chimeneas teníamos que arreglarnos con unas grandes estufas cuadradas (lo malo es que funcionaban con bombonas de gas, y a menos de que hiciera verdadero frío, Keffers no solía traer suficientes). Siempre le pedíamos que nos dejara las que necesitábamos, pero él sacudía la cabeza con aire sombrío, como si fuéramos a utilizarlas frívolamente o a hacerlas explotar. Así, recuerdo que la mayor parte del tiempo, salvo los meses de verano, hacía mucho frío. Te ponías dos, tres jerséis, y los vaqueros se te quedaban tiesos y fríos. A veces no nos quitábamos las botas de agua en todo el día, e íbamos dejando rastros de barro y de humedad por todas las habitaciones. Keffers, al ver esto, volvía a sacudir la cabeza, pero cuando le preguntábamos qué otra cosa podíamos hacer, en el estado en que estaba el piso, no respondía ni media palabra.

    Puede que la forma en que lo cuento pueda dar a entender que allí todo era horrible, pero a ninguno de nosotros nos importaba en absoluto la falta de confort; formaba parte del encanto de vivir en las Cottages. A fuer de ser sinceros, sin embargo, la mayoría de nosotros habríamos admitido de buen grado —sobre todo al principio— que echábamos en falta a los custodios. Durante un tiempo, unos cuantos de nosotros incluso intentamos considerar a Keffers como a una especie de custodio, pero él se negó en redondo a entrar en el juego. Te acercabas a saludarle cuando le veías llegar en su furgoneta, y él se quedaba mirándote como si estuvieras loco. En realidad, era algo que se nos había repetido una y otra vez: después de Hailsham ya no habría más custodios, y tendríamos que cuidarnos los unos de los otros. Y he de decir que, en general, Hailsham nos preparó muy bien en tal sentido.

    La mayoría de los compañeros con los que había tenido cierta intimidad en Hailsham vinieron también a las Cottages aquel verano. No me habría importado que viniera Cynthia E., la chica que aquella vez en el Aula de Arte había dicho que yo era la «sucesora natural» de Ruth, pero fue a Dorset con el resto de su grupo. Y oí que Harry, el chico con quien por poco me inicio en el sexo, había ido a Gales. Pero todos los de nuestro grupo habíamos seguido juntos. Y si alguna vez echábamos de menos a los demás, siempre podíamos decirnos que nada nos impedía que fuéramos a visitarles. A pesar de todas las clases de la señorita Emily, a la sazón aún no teníamos una idea cabal de las distancias, ni de lo fácil o difícil que era llegar a este o aquel sitio. Hablábamos de pedirles a los veteranos que nos llevaran con ellos cuando fueran de viaje, o de que con el tiempo aprenderíamos a conducir y podríamos ir a ver a nuestros compañeros del pasado siempre que quisiéramos.

    Claro que en la práctica, sobre todo durante los primeros meses, raras veces salíamos de los confines de las Cottages. Ni siquiera paseábamos por los campos de los alrededores ni nos aventurábamos hasta el pueblo más cercano. Pero no creo que tuviéramos miedo exactamente. Sabíamos que nadie nos prohibiría salir de los límites de las Cottages, siempre que estuviéramos de vuelta el día y a la hora en que Keffers debía anotarnos en su libro de registro. El verano de nuestra llegada, veíamos constantemente cómo los veteranos hacían sus bolsas y mochilas y se iban para dos o tres días, lo que a nosotros nos parecía un relajo temerario. Los observábamos con asombro, y nos preguntábamos si al año siguiente nosotros haríamos lo mismo. Lo haríamos, por supuesto, pero durante nuestra primera etapa fue algo sencillamente inimaginable. No hay que olvidar que hasta entonces jamás habíamos salido de los terrenos de Hailsham, y estábamos un tanto desconcertados. Si alguien me hubiera dicho entonces que antes de que pasara un año no sólo iba a acostumbrarme a dar largos paseos sola, sino que empezaría también a aprender a conducir un coche, habría pensado que estaba loco.


    Hasta Ruth se había sentido amilanada aquel día soleado en que el minibús nos dejó delante de la casa de labranza, rodeó el pequeño estanque y desapareció ladera arriba. A lo lejos veíamos colinas que nos recordaban a las también distantes colinas de Hailsham, pero se nos antojaban extrañamente tortuosas, como cuando dibujas a un amigo y te sale bien, pero no perfecto, y la cara que ves en la hoja te pone los pelos de punta. Pero al menos era verano, y en las Cottages las cosas aún no se habían puesto como se pondrían unos meses después, con la proliferación de charcos helados y la tierra congelada y áspera y dura como la piedra. El sitio era hermoso y acogedor, con hierba crecida por todas partes (una auténtica novedad para nosotros). Al llegar nos quedamos allí quietos, los ocho hechos una piña, mirando cómo Keffers entraba y salía de la casa, aguardando a que de un momento a otro nos dirigiera la palabra. Pero no lo hizo, y lo único que le pudimos oír fue las irritadas frases que masculló sobre los alumnos que ya vivían en la granja. Salió a coger algo de la furgoneta, nos echó una mirada lúgubre, volvió a entrar en la casa y cerró la puerta a su espalda.

    No mucho después, sin embargo, los veteranos, que se habían estado divirtiendo un rato al ver nuestro aire patético —nosotros haríamos más o menos lo mismo el verano siguiente—, salieron y se hicieron cargo de nosotros. De hecho, al recordarlo, me doy cuenta de que tuvieron que dejar lo que estaban haciendo para ayudarnos a instalarnos. Pero las primeras semanas fueron muy extrañas, y nos sentíamos felices de tenernos unos a otros. Siempre íbamos juntos a todas partes, y pasábamos largos ratos fuera de la casa, de pie, sin saber muy bien qué hacer, con aire desmañado.

    Es extraño recordar cómo fue todo al principio, porque cuando pienso en los dos años que pasamos en las Cottages, aquel aturdido y asustado comienzo no parece casar bien con todo lo demás. Si alguien menciona hoy las Cottages, lo que me viene a la cabeza es una serie de días sin complicaciones, en los que entrábamos y salíamos de los cuartos de unos y otros, y en la languidez con que la tarde entraba en la noche; y mi montón de viejos libros de bolsillo, con las hojas blandas y combadas, como si alguna vez hubieran pertenecido al mar. Pienso en cómo solía leerlos, tendida boca abajo en la hierba en las tardes cálidas, con el pelo —en aquellos días me lo estaba dejando largo— siempre cayéndome por la cara y entorpeciéndome la visión. Pienso en mi despertar por las mañanas en lo alto del Granero Negro, mientras me llegaban las voces de los alumnos que discutían de poesía o filosofía en el campo. O en los largos inviernos, en los desayunos en las cocinas humeantes, alrededor de la mesa, entre conversaciones sobre Kafka o Picasso llenas de meandros. En el desayuno siempre manteníamos este tipo de debates; nunca con quién había tenido sexo alguien la noche anterior, o por qué Larry y Helen habían dejado de hablarse.

    Pero cuando pienso ahora en todo ello, la imagen de nuestro grupo aquel primer día, hechos una piña delante de la casa, no me resulta tan chocante, después de todo. Porque, en cierto modo, quizá no habíamos dejado atrás nuestro pasado de un modo tan rotundo como imaginábamos. Porque en algún rincón de nuestro interior, una parte de nosotros mismos seguía no sólo asustada ante el mundo que nos rodeaba, sino —por mucho que nos despreciáramos por ello— totalmente incapaz de liberarse de su dependencia de los demás.


    Los veteranos, que como es lógico no sabían nada de los avatares de la relación de Tommy y Ruth, los trataban como a una pareja estable desde hacía tiempo, lo cual pareció complacer enormemente a Ruth. Porque durante las primeras semanas de nuestra estancia en las Cottages, hizo alarde de llevar tiempo emparejada: rodeaba siempre con el brazo a Tommy, y a veces lo besuqueaba en cualquier rincón de una habitación cuando todavía quedaba gente en ella. Esas cosas quizá habrían estado bien en Hailsham, pero en las Cottages parecían más bien inmaduras. Las parejas de veteranos jamás hacían ostentaciones de este tipo en público, y se comportaban del modo discreto en que lo harían el padre y la madre de una familia normal y corriente.

    En estas parejas de veteranos de las Cottages, por cierto, había algo que yo capté y que a Ruth —pese a estar observándolas constantemente— se le había pasado por alto, y era que gran parte de sus maneras y gestos los habían copiado de la televisión. Caí en la cuenta de ello cuando me fijé con detenimiento en una de ellas —Susie y Greg—, probablemente los alumnos mayores de las Cottages y a quienes todo el mundo tenía por responsables del lugar. Había una cosa que Susie siempre hacía cada vez que Greg se embarcaba en una larga disertación sobre Proust o alguien parecido: nos dirigía una sonrisa al resto de nosotros, ponía los ojos en blanco y decía muy enfáticamente, aunque de forma apenas audible: «Dios nos salve». En Hailsham, veíamos la televisión con mesura, y lo mismo hacíamos en las Cottages (aunque no había nada que nos impidiera verla todo el día, a nadie le apetecía mucho abusar de ella). Pero en la casa de labranza había un viejo televisor, y otro en el Granero Negro, y yo solía encenderlo de cuando en cuando. Así es como supe que «Dios nos salve» venía de una serie norteamericana, de esas en las que todo el auditorio ríe al unísono cada vez que alguien abre la boca. Había un personaje —una mujer grande que vivía en la casa de al lado de los protagonistas— que hacía exactamente lo que hacía Susie: cuando su marido acometía una larga perorata, el auditorio esperaba a que ella pusiera los ojos en blanco y dijera «Dios nos salve» para estallar en una única y enorme carcajada. En cuanto me percaté de esto empecé a reconocer muchas otras cosas que las parejas de veteranos habían tomado de programas de televisión: el modo de hacerse señas unos a otros, de sentarse en los sofás, e incluso de discutir y de salir en tromba de las habitaciones.

    Lo que quiero decir, en suma, es que Ruth no tardaría en darse cuenta de que su forma de comportarse con Tommy no era el apropiado en las Cottages, y en dar un giro a sus modos de pareja cuando había gente delante. Y, muy especialmente, tomaría prestado un gesto de los veteranos. En Hailsham, el hecho de que una pareja se despidiera —aunque fueran a estar sólo unos minutos separados— era pretexto suficiente para que se permitieran un gran despliegue de besuqueos y abrazos. En las Cottages, por el contrario, cuando una pareja se decía adiós, apenas había palabras, y menos aún besos o abrazos. En lugar de ello, le dabas a tu pareja un golpecito con los nudillos en el brazo, a la altura del codo, como se suele hacer cuando se quiere atraer la atención de alguien. Normalmente era la chica la que lo hacía, en el momento en que se separaban. Cuando llegó el invierno este hábito cesó, pero estaba en pleno vigor cuando llegamos. Ruth pronto se lo apropió, y se lo hacía a Tommy siempre que se separaban. Al principio Tommy no sabía a qué obedecía aquello, y se volvía bruscamente hacia Ruth diciendo: «¿Qué pasa?». Ella le miraba airadamente, como si estuvieran interpretando una obra de teatro y él hubiera olvidado lo que tenía que decir en ese momento. Supongo que al final Ruth tuvo que hablar con él acerca de ello, porque al cabo de aproximadamente una semana se las arreglaban para hacerlo impecablemente, como las parejas de veteranos, más o menos.

    Yo no había visto en la televisión con mis propios ojos lo del golpecito en el codo, pero estaba segura de que la idea venía de ahí, y de que Ruth no lo sabía. Por eso, aquella tarde en que yo estaba echada en la hierba leyendo Daniel Deronda y Ruth estaba tan insoportable, decidí que ya era hora de que alguien le abriera los ojos.


    Era casi otoño y se acercaba el frío. Los veteranos empezaban a pasar más tiempo dentro de casa, y volvían a las tareas en las que habían estado ocupados antes del verano. Pero quienes habíamos llegado de Hailsham seguíamos sentándonos fuera, sobre la hierba sin cortar, deseosos de seguir hasta cuando pudiéramos con la única rutina a la que estábamos acostumbrados. Pero aquella tarde concreta no había más que tres o cuatro compañeros más leyendo en la hierba, y dado que había procurado encontrar un rincón tranquilo y apartado para leer, estaba segura de que nadie podría oír lo que pudiera pasar entre nosotras.

    Leía Daniel Deronda echada sobre una lona vieja, como digo, cuando se acercó Ruth paseando y se sentó a mi lado.

    Examinó la tapa del libro y asintió para sí misma. Luego, al cabo de unos segundos —como yo ya sabía que haría—, empezó a contarme la trama de Daniel Deronda. Hasta entonces mi humor había sido excelente, y me había gustado ver a Ruth, pero ahora estaba irritada. Me había hecho esto un par de veces, y también había visto cómo se lo hacía a otros. Para empezar, estaba la actitud que adoptaba al hacerlo: entre despreocupada y sincera, como si esperara que la gente le agradeciera su ayuda. Lo cierto es que incluso entonces era yo vagamente consciente de lo que se escondía detrás de aquello. En aquellos meses primeros habíamos llegado a la conclusión de que nuestro grado de aclimatación a las Cottages —cómo nos las estábamos arreglando— se veía reflejado en cierto modo en la cantidad de libros que leíamos. Suena extraño, pero así fue. Era una idea que había germinado entre quienes habíamos venido de Hailsham; una idea que dejábamos deliberadamente en nebulosa, y bastante evocadora, por cierto, del modo en que abordábamos el sexo en Hailsham. Podías ir por ahí dando a entender que habías leído todo tipo de cosas, moviendo la cabeza con aire de inteligencia cuando alguien mencionaba, pongamos por caso, Guerra y paz, y un consenso general hacía que nadie investigara demasiado la veracidad de lo que decías. No hay que olvidar que, dado que los de nuestro grupo habíamos estado siempre juntos desde nuestra llegada a las Cottages, era imposible que cualquiera hubiera leído Guerra y paz sin que los demás lo hubiéramos sabido. Pero al igual que con el sexo en Hailsham, había una norma no escrita que hacía posible una dimensión misteriosa en la que uno se retiraba a leer todo lo que diría luego que había leído.

    Era, lo he dicho, un pequeño juego que nos permitíamos hasta cierto punto. Aun así, fue Ruth la que lo llevó más lejos que nadie. Era la que siempre afirmaba haber leído de principio a fin todo lo que cualquiera pudiera estar leyendo; y era la única que ponía en práctica la idea de que para demostrar su superior modo de lectura tenía que ir por ahí contándole a la gente la trama de las novelas que ésta estaba leyendo. Por eso, cuando vi que empezaba a hacérmelo con Daniel Deronda —que no me estaba gustando demasiado—, cerré el libro, me incorporé en la hierba y le dije sin el menor aviso previo:

    —Ruth, tenía ganas de preguntártelo. ¿Por qué le das siempre esos golpecitos en el brazo a Tommy cuando os estáis despidiendo? Ya sabes a lo que me refiero.

    Por supuesto, hizo que no lo sabía, así que yo, paciente, le expliqué de qué le estaba hablando. Ruth me escuchó hasta el final, y se encogió de hombros.

    —No me había dado cuenta de que lo estuviera haciendo. Lo habré copiado de algo que he visto.

    Unos meses atrás yo lo habría dejado así —o probablemente ni siquiera lo habría sacado a colación—, pero aquella tarde seguí adelante, y le expliqué que el golpecito que le daba a Tommy era un tic sacado de una serie de televisión.

    —No es lo que hace la gente ahí fuera, en la vida normal, si es lo que tú creías.

    Ruth —pude percibirlo— estaba ahora furiosa, pero no sabía muy bien cómo contraatacar. Apartó la mirada y se encogió de hombros de nuevo.

    —Bueno, ¿y qué? —dijo—. No es tan importante. Lo hacemos muchos de nosotros.
    —Querrás decir que lo hacen Chrissie y Rodney...

    En cuanto me oí decir esto caí en la cuenta de que me había equivocado; de que hasta que no había mencionado a aquella pareja había tenido a Ruth contra las cuerdas. Pero ahora se había liberado. Era como cuando haces un movimiento de ajedrez y en cuanto separas los dedos de la ficha ves que has cometido un error, y te entra el pánico porque no sabes aún la magnitud del desastre al que puedes verte abocado a continuación. Ciertamente, pues, vi un brillo en los ojos de Ruth; y cuando me habló lo hizo en un tono de voz completamente diferente.

    —¿Así que es eso lo que disgusta a la pobrecita Kathy? ¿Que Ruth no le hace demasiado caso? Ruth tiene unos amigos nuevos más mayores y la hermana pequeña se da cuenta de que no se juega con ella tan a menudo como antes...
    —Cállate. Ya te lo he dicho: no es así como funciona en las familias de verdad. No tienes ni idea de cómo es.
    —Oh, Kathy, la gran experta en familias de la realidad. Lo siento tanto. Pero así están las cosas, ¿no? Aún sigues con esa idea. Nosotros los de Hailsham tenemos que mantenernos juntos. El grupito tiene que seguir como una piña, no tenemos que hacer nunca nuevas amistades.
    —Nunca he dicho eso. Estoy hablando de Chrissie y Rodney. Es bastante tonto cómo imitas todo lo que hacen.
    —Pero tengo razón, ¿no? —dijo Ruth—. Estás molesta porque me las he arreglado para avanzar, para hacer nuevos amigos. Algunos de los veteranos casi no saben cómo te llamas, y ¿quién puede echárselo en cara? Nunca hablas con nadie que no sea de Hailsham. Pero no puedes pretender que yo te lleve todo el tiempo de la mano. Hace ya casi dos meses que estamos aquí.

    No piqué el anzuelo, y dije:

    —No te preocupes por mí. No te preocupes por Hailsham. Pero sigues dejando a Tommy en la estacada. Te he estado observando, y lo has hecho varias veces esta semana. Lo dejas tirado, como si fuera una pieza de repuesto. Y no es justo. Se supone que tú y Tommy sois una pareja. Y eso significa que tendrías que estar pendiente de él.
    —Tienes mucha razón, Kathy. Somos una pareja, como dices. Y como te estás inmiscuyendo, te lo diré. Hemos hablado de ello, y estamos de acuerdo. Si a veces no tiene ganas de hacer algo con Chrissie y Rodney, está en su derecho. No voy a exigirle que haga cosas para las que aún no está preparado. Pero hemos convenido en que tampoco él puede impedir que yo las haga. Pero es un buen detalle de tu parte que te preocupes por nosotros. —Calló unos instantes. Luego, con una voz diferente, añadió—: Ahora que lo pienso: en lo que a hacer amigos se refiere, al menos no has sido nada lenta con algunos veteranos.

    Me observó con detenimiento, y soltó una carcajada, como diciendo: «Seguimos siendo amigas, ¿no?». Pero a mí no me pareció que hubiera nada gracioso en el último comentario que había hecho. Recogí mi libro de la hierba y me fui sin decir ni una palabra.


    11


    Debo explicar por qué me molestó tanto lo que Ruth había dicho en su último comentario. Aquellos primeros meses en las Cottages habían sido un período extraño en nuestra amistad. Nos peleábamos por todo tipo de pequeñeces, pero al mismo tiempo confiábamos la una en la otra más que nunca. Concretamente, solíamos tener charlas a solas, normalmente en mi habitación de lo alto del Granero Negro, antes de irnos a dormir. Eran quizá como una especie de querencia de aquellas otras charlas que solíamos tener en el dormitorio de Hailsham cuando apagaban las luces. Sea como fuere, lo cierto es que, por mucho que nos hubiéramos peleado durante el día, al llegar la hora de acostarnos Ruth y yo volvíamos a estar sentadas en mi colchón, una al lado de la otra, con nuestras bebidas calientes, confiándonos nuestros más profundos sentimientos sobre nuestra nueva vida, como si entre nosotras no hubiera habido ningún serio desacuerdo. Y lo que hacía posible estos encuentros íntimos —e incluso la amistad misma en aquellos días— era el entendimiento mutuo de que todo lo que nos dijéramos en estos momentos iba a ser tratado con el mayor de los respetos, de que jamás traicionaríamos nuestras confidencias, y de que por mucho que nos peleáramos nunca utilizaríamos en contra de la otra nada de lo que hubiéramos podido decir en esas charlas. Cierto que nunca lo habíamos expresado así, explícitamente, pero era, como digo, una especie de acuerdo tácito, y hasta aquella tarde de la novela Daniel Deronda ninguna de nosotras lo había quebrantado en ningún momento. Y ésa era la razón por la que, cuando Ruth dijo que yo no había sido «nada lenta» al hacer amistad con ciertos veteranos, no sólo me enfadé sino que me sentí traicionada. Porque no había ninguna duda de lo que había querido decir al hacerlo: se estaba refiriendo a algo que le había confiado una noche sobre mí y el sexo.

    Como cabe suponer, el sexo en las Cottages era diferente del que había habido en Hailsham. Era mucho más franco y directo, más «adulto». Uno no iba por ahí cotilleando y con risitas sobre quién lo había hecho con quién. Si sabías que entre dos alumnos había habido sexo, no empezabas inmediatamente a especular sobre si iban o no a convertirse en una pareja estable. Y si surgía un día una pareja nueva, no te ponías a hablar de ello en todas partes como si se tratara de un gran acontecimiento. Lo aceptabas con naturalidad y, a partir de entonces, cuando te referías a uno de ellos también te referías al otro, como cuando decías «Chrissie y Rodney» o «Ruth y Tommy». Cuando alguien quería tener sexo contigo, todo era también mucho más franco y directo. Se te acercaba un chico y te preguntaba si te apetecía pasar la noche con él en su cuarto, «para variar», o algo por el estilo. Sin grandes alharacas. A veces lo hacía porque quería llegar a formar una pareja contigo, otras porque quería sólo una relación de una noche.

    El ambiente, como digo, era mucho más adulto. Pero cuando miro hoy hacia atrás, el sexo en las Cottages se me antoja un tanto funcional. Tal vez precisamente porque había dejado de existir todo cotilleo y todo secretismo. O tal vez porque hacía mucho frío.

    Al recordar el sexo en las Cottages, pienso en que lo hacíamos en habitaciones heladoras y en la más completa oscuridad, normalmente bajo una tonelada de mantas. Y las mantas no eran a menudo ni siquiera tales, sino una extraña mezcla en la que podía haber viejas cortinas e incluso trozos de moqueta. A veces hacía tanto frío que lo que hacías era echarte encima todo lo que encontrabas a mano, y si en el fondo de todo aquel montón estabas haciendo sexo, era como si un alud de ropa de cama te estuviera embistiendo desde arriba, de forma que la mitad del tiempo no sabías si lo estabas haciendo con el chico o con toda aquella montaña.

    En fin, el caso es que, poco después de nuestra llegada a las Cottages, tuve unos cuantos encuentros sexuales de una noche. No lo había planeado así. Mi plan era tomarme mi tiempo, y quizá llegar a formar pareja con alguien que yo hubiera elegido cuidadosamente. Jamás había tenido pareja, y después de haber observado a Ruth y a Tommy durante un tiempo, sentía mucha curiosidad y me apetecía intentarlo. Como digo, ése era mi plan, y cuando vi que todos mis amantes eran de una noche empecé a inquietarme un poco. Por eso decidí confiarme a Ruth aquella noche.

    En líneas generales era una charla nocturna como otra cualquiera. Estábamos con nuestras tazas de té, sentadas una al lado de la otra en mi colchón, con la cabeza ligeramente agachada para no darnos con las vigas. Hablábamos de los chicos de las Cottages, y de si alguno de ellos podría convenirme. Ruth estuvo como nunca: alentadora, divertida, sensata, llena de tacto. Por eso me animé a contarle lo de los chicos de una noche. Le dije que me había sucedido sin que yo lo deseara realmente; y que, aunque no pudiéramos tener niños haciéndolo, el sexo había hecho cosas extrañas en mis sentimientos, tal como la señorita Emily nos había advertido. Y luego le dije:

    —Ruth, quería preguntártelo. ¿Alguna vez te pones de tal forma que lo único que quieres es hacerlo? ¿Casi con todo el mundo?

    Ruth se encogió de hombros, y dijo:

    —Tengo pareja. Si quiero hacerlo, lo hago con Tommy.
    —Ya, entiendo. Puede que sea yo. Puede que haya algo en mí que no está bien, me refiero ahí abajo. Porque a veces realmente lo necesito, necesito hacerlo.
    —Es extraño, Kathy.

    Se quedó mirándome fijamente, con aire preocupado (lo cual me intranquilizó aún más).

    —O sea que a ti nunca te pasa...

    Volvió a encogerse de hombros.

    —No para ponerme a hacerlo con todo el mundo. Lo que me cuentas suena un poco raro, Kathy. Pero quizá se te pase al cabo de un tiempo.
    —A veces no me pasa en mucho tiempo. Y de pronto me viene. La primera vez me sucedió así. Él empezó a abrazarme y a besuquearme y lo único que yo quería era que me dejara en paz. Y de repente me vino, así, sin más. Y tuve que hacerlo.

    Ruth sacudió la cabeza.

    —Suena un tanto extraño. Pero probablemente se te pasará. Quizá tenga que ver con la comida que nos dan aquí.

    No me fue de gran ayuda, pero me había mostrado su solidaridad y me sentí un poco mejor. Por eso me sobresaltó tanto que me lo soltara como me lo soltó, en medio de la discusión que tuvimos aquella tarde en el campo. De acuerdo, quizá no había nadie por allí cerca que hubiera podido oírlo, pero aun así había algo que no estaba en absoluto bien en lo que había hecho. En los primeros meses en las Cottages, nuestra amistad se había mantenido incólume, porque —para mí al menos— no existía la menor duda de que había dos Ruth completamente diferentes. Una era la Ruth que siempre trataba de impresionar a los veteranos, que no dudaba en ignorarme a mí, y a Tommy, y a cualquiera del grupo de Hailsham, si en algún momento pensaba que podíamos cortarle las alas. La Ruth que no me gustaba, la que podía ver todos los días dándose aires y fingiendo ser la que no era; la Ruth que daba golpecitos en el brazo, a la altura del codo. Pero la Ruth que se sentaba conmigo en mi cuarto del altillo al acabarse el día, con las piernas extendidas a lo largo del borde del colchón, con la taza humeante entre las manos, era la Ruth de Hailsham, y poco importaba lo que hubiera podido pasar durante el día porque yo podía reanudar mi conversación con ella donde la hubiéramos dejado la noche anterior.

    Y hasta aquella tarde en el campo había habido como un acuerdo tácito para que las dos Ruth no se mezclaran, para que la Ruth a quien yo confiaba mis cosas fuera precisamente la Ruth en quien se podía confiar. Y por eso, cuando me dijo aquello en el campo, aquello de que «al menos no había sido nada lenta en hacer amistad con algunos veteranos», me molesté muchísimo. Por eso cogí el libro y me fui sin despedirme.

    Pero cuando pienso en ello ahora, veo las cosas más desde el punto de vista de Ruth. Veo, por ejemplo, cómo debió de sentarle que hubiera sido yo la primera en romper nuestro acuerdo tácito, y que la pequeña pulla de aquella tarde del campo bien podía haber sido tan sólo una revancha. Esto no se me ocurrió en ningún momento entonces, pero hoy creo que es una posible explicación del incidente. Después de todo, inmediatamente antes de que hiciera aquel comentario yo le había estado hablando del asunto de los golpecitos en el codo. Es un poco difícil de explicar pero, como he dicho, había llegado a darse una especie de inteligencia entre nosotras en cuanto al modo de comportarse de Ruth ante los veteranos. A menudo fanfarroneaba y daba a entender cosas que yo sabía que no eran ciertas. Y a veces, como también he dicho, hacía cosas para impresionar a los veteranos a nuestras expensas. Pienso que Ruth, en cierto modo, creía que lo que hacía lo estaba haciendo en beneficio de todos nosotros. Y mi papel, en mi calidad de amiga más íntima, era prestarle un callado apoyo, como si hubiera estado en la primera fila de un patio de butacas mientras ella interpretaba su papel en el escenario. Ruth luchaba por llegar a ser alguien distinto, y quizá soportaba una presión mayor que el resto de nosotros, porque, como digo, había asumido la responsabilidad del grupo. Así pues, la forma en que le hablé de lo de los golpecitos en el codo bien pudo considerarlo una traición, la cual habría hecho comprensible su desquite. Como ya he dicho, se trata de una explicación que no se me ha ocurrido hasta hace poco. En aquel tiempo no me fue posible ver las cosas desde una perspectiva más amplia, ni examinar detenidamente mi papel en ellas. Supongo que, en general, nunca aprecié como debía el gran esfuerzo de Ruth por avanzar, por crecer, por dejar definitivamente atrás Hailsham. Al recordarlo hoy, me viene a la cabeza algo que me dijo una vez siendo su cuidadora en el centro de recuperación de Dover. Estábamos sentadas en su habitación, tomando el agua mineral y las galletas que le había llevado mientras contemplábamos la puesta de sol, como tantas veces hacíamos, y le estaba contando que, en el arcón de pino de mi habitación amueblada, conservaba casi todo lo que atesoraba en el antiguo arcón de mis cosas de Hailsham. Y en un momento dado, sin pretender llegar a ninguna parte ni demostrar nada, le pregunté:

    —Tú nunca conservaste tus cosas de Hailsham, ¿verdad?

    Ruth, incorporada en la cama, se quedó callada durante un buen rato, mientras la tarde caía sobre la pared de azulejos, a su espalda. Y al cabo dijo:

    —Acuérdate de cómo los custodios, cuando nos íbamos a marchar, insistieron en que podíamos llevarnos todas nuestras cosas. Así que yo lo saqué todo del arcón y lo metí en mi bolsa de viaje. Mi plan era encontrar un buen arcón de madera donde poder guardarlo todo en cuanto llegara a las Cottages. Pero cuando llegamos, vi que ninguno de los veteranos tenía cosas personales. Sólo nosotros, y no era normal. Seguro que todos nos dimos cuenta, no sólo yo, pero no hablamos de ello, ¿verdad? Así que no busqué un nuevo arcón. Mis cosas siguieron en la bolsa meses y meses, y al final me deshice de ellas.

    La miré con fijeza.

    —¿Tiraste todas tus cosas a la basura?

    Ruth sacudió la cabeza, y durante los minutos que siguieron pareció repasar mentalmente los diferentes objetos de su antiguo arcón de Hailsham. Y luego dijo:

    —Las puse en una gran bolsa de plástico, pero no podía soportar la idea de tirarlo todo al cubo de la basura, así que un día en que el viejo Keffers estaba a punto de salir para el pueblo, me acerqué a él y le pedí que por favor llevara la bolsa a una tienda. Sabía de la existencia de tiendas de caridad, y me había informado sobre ellas. Keffers hurgó un poco en la bolsa, pero no lograba hacerse una idea de lo que era cada cosa (¿por qué habría de saberlo?). Lanzó una carcajada y dijo que ninguna tienda de las que él conocía querría semejantes cosas. Y yo le dije que eran cosas buenas, buenas de verdad. Y al ver que me estaba poniendo sentimental, cambió de registro. Y dijo algo como: «De acuerdo, señorita, lo llevaré a la gente de Oxfam». Luego hizo un esfuerzo enorme y dijo: «Ahora que lo he visto mejor, tiene usted razón. ¡Son cosas estupendas!».

    »Pero no estaba muy convencido. Supongo que se lo llevó todo y lo tiró por ahí en algún cubo de basura. Pero al menos yo no tuve que saberlo. —Sonrió y añadió—: Tú eras diferente. Lo recuerdo. A ti nunca te avergonzaron tus cosas personales, y siempre las conservabas. Ojalá hubiera hecho yo lo mismo.

    Lo que trato de decir es que todos nosotros nos esforzábamos cuanto podíamos por adaptarnos a nuestra nueva vida, y supongo que hicimos cosas que más tarde habríamos de lamentar. Me indignó profundamente el comentario de Ruth aquella tarde en el campo, pero no tiene sentido que ahora trate de juzgarla —ni a ella ni a ninguno de mis compañeros— por su comportamiento en aquellos días primeros de nuestra estancia en las Cottages.


    Al llegar el otoño, y familiarizarme más con nuestro entorno, empecé a reparar en cosas que antes había pasado por alto. Estaba, por ejemplo, aquella extraña actitud hacia los alumnos que se habían ido recientemente. Los veteranos, al volver de sus excursiones a la Mansión Blanca y la Granja de los Álamos, nunca escatimaban anécdotas de personajes que habían conocido allí; pero raras veces mencionaban a los alumnos que, hasta muy poco antes de que llegáramos nosotros, sin duda habían tenido que ser sus más íntimos amigos.

    Otra cosa que advertí —y que sin duda tenía que ver con lo anterior— fue el enorme silencio que se abatía sobre ciertos veteranos cuando se iban a seguir ciertos «cursos» (que hasta nosotros sabíamos que tenían relación con su preparación para convertirse en cuidadores). Estaban fuera cuatro o cinco días, durante los cuales apenas se les mencionaba, y cuando volvían nadie les preguntaba nada. Supongo que hablaban con sus amigos más íntimos en privado. Pero se daba por sentado que de estos viajes no se hablaba abiertamente. Recuerdo una mañana en que, a través del cristal empañado de la ventana de la cocina, vi a dos veteranos que salían para un curso, y me pregunté si la primavera o el verano siguiente se habrían ido para siempre y todos tendríamos que tener mucho cuidado de no mencionarlos.

    Pero quizá exagero al decir que se convertía en tabú el tema de los alumnos que habían dejado las Cottages. Si tenían que mencionarse, se mencionaban. Lo más normal era que se refirieran a ellos de forma indirecta, relacionándolos con un objeto o una tarea. Por ejemplo, si había que hacer reparaciones en una cañería de desagüe del techo, se armaba un animado debate sobre «cómo solía arreglarlo Mike». Y delante del Granero Negro había un tocón que todo el mundo llamaba «el tocón de Dave», porque durante tres años —hasta apenas tres semanas antes de nuestra llegada a las Cottages—, Dave se sentaba en él para leer y escribir (a veces incluso cuando hacía frío o llovía). Luego estaba Steve, quizá el más memorable de todos. Ninguno de nosotros llegamos a descubrir nunca el tipo de persona que había sido Steve, si exceptuamos el hecho de que le gustaban las revistas porno.

    De cuando en cuando te encontrabas una revista porno detrás de un sofá o en medio de una pila de viejos periódicos. Eran lo que se ha dado en llamar porno «suave», aunque en aquel tiempo nosotros no sabíamos de tales distinciones. Nunca habíamos visto nada parecido en Hailsham, y no sabíamos qué pensar. Los veteranos solían echarse a reír cuando aparecía una en alguna parte; pasaban las hojas rápida y displicentemente y la tiraban a un lado, así que nosotros hacíamos lo mismo. Cuando Ruth y yo recordábamos todo esto hace unos años, ella afirmaba que las revistas en cuestión circulaban por docenas en las Cottages.

    —Nadie admitía que le gustaban —dijo—. Pero acuérdate de cómo era la cosa. Aparecías en una habitación donde la gente estaba mirando una, y todos fingían que se aburrían como ostras. Sin embargo volvías al cabo de media hora y la revista ya no estaba.

    En fin, lo que quiero decir es que siempre que aparecía alguna de estas revistas, la gente se apresuraba a decir que eran de «la colección de Steve». Steve, dicho de otro modo, era el responsable de cuanta revista porno pudiera aparecer en cualquier momento en las Cottages. Como ya he dicho, nunca averiguamos mucho más acerca de Steve. Pero incluso entonces veíamos el lado divertido del asunto, porque cuando alguien veía una de ellas y decía «Mira, una de las revistas de Steve», lo hacía con un punto de ironía.

    Estas revistas, por cierto, solían llevar a mal traer al viejo Keffers. Se decía que era muy religioso y que estaba radicalmente en contra no sólo del porno, sino del sexo en general. A veces se ponía como un loco —le veías la cara iracunda y llena de manchas bajo las patillas grises— y se movía con ruido por todo el lugar, e irrumpía sin llamar en los cuartos de los alumnos, decidido a requisar hasta la última de las «revistas de Steve». En tales ocasiones nos esforzábamos por encontrarlo divertido, pero había algo realmente aterrador en él cuando estaba en ese estado. Para empezar, de pronto dejaba de rezongar en voz alta como hacía normalmente y callaba, y bastaba su silencio para conferirle un aura pavorosa.

    Recuerdo una vez en que Keffers había recogido seis o siete «revistas de Steve» y había salido en tromba con ellas hacia la furgoneta. Laura y yo estábamos observándole desde lo alto de mi habitación, y yo me reía de algo, que acababa de decir Laura. Entonces vi que Keffers abría la puerta de su furgoneta, y quizá porque necesitaba ambas manos para mover unas cosas de su interior, dejó las revistas encima de unos ladrillos que había junto al cobertizo de la caldera (unos veteranos habían intentado construir una barbacoa unos meses antes, y los habían dejado allí apilados). La figura de Keffers, agachada y con la cabeza y los hombros dentro de la furgoneta, siguió revolviendo y revolviendo en su interior durante largo rato, y algo me dijo que, pese a su furia de un momento atrás, había olvidado por completo las revistas. En efecto, minutos después vi que se enderezaba, subía a la furgoneta y se ponía al volante, cerraba la puerta de golpe y apretaba el acelerador.

    Cuando le dije que Keffers se había dejado las revistas, Laura dijo:

    —Bueno, no van a durar mucho ahí. Tendrá que volver a requisarlas todas el día en que decida empezar una nueva purga.

    Pero cuando pasé junto al cobertizo de la caldera aproximadamente media hora después, vi que nadie había tocado las revistas. Por un instante pensé en llevármelas a mi cuarto, pero sabía que si las encontraban en él algún día, las tomaduras de pelo no me iban a dejar vivir en paz en mucho tiempo; no habría modo humano de que alguien entendiera mis motivos para haberlas guardado. Por tanto, las cogí y me metí en el cobertizo con ellas.

    El cobertizo de la caldera era en realidad otro granero, construido a un extremo de la casa de labranza y atestado de viejas segadoras y horcas, maquinaria que Keffers suponía que no ardería si alguna vez la caldera decidía explotar. Keffers también tenía un banco de trabajo, así que puse las revistas encima, aparté algunos trapos y me aupé para sentarme sobre el tablero. La luz no era muy buena, pero había una ventana mugrienta a mi espalda, y cuando abrí la primera revista comprobé que podía verla con la suficiente claridad.

    Había montones de fotografías de chicas con las piernas abiertas o poniendo el culo en pompa. He de admitir que ha habido veces en las que al mirar fotografías de este tipo he acabado excitándome, aunque jamás he fantaseado con hacerlo con una chica. Pero aquella tarde no era eso lo que buscaba. Pasé las hojas con rapidez, sin dejarme distraer por ningún efluvio de sexo que pudiera emanar de aquellas páginas. De hecho, apenas me detenía en los cuerpos contorsionados, porque en lo que me fijaba era en las caras. Me detenía en las caras de las modelos, incluso en las de los pequeños encartes de anuncios de vídeos y demás, y no pasaba a las siguientes sin haberlas examinado cuidadosamente.

    Las había mirado ya casi todas cuando de pronto tuve la certeza de que había alguien afuera, de pie, justo al lado de la puerta. Había dejado la puerta abierta porque así se dejaba normalmente, y porque quería que hubiera luz. Antes me había sorprendido ya dos veces levantando la mirada, pues creía haber oído un pequeño ruido, pero al no ver a nadie, había seguido con lo que estaba haciendo. Ahora era distinto: bajé la revista y lancé un hondo suspiro para que quienquiera que estuviese afuera pudiera oírlo.

    Aguardé a las risitas, o quizá a que dos o tres alumnos irrumpieran bruscamente en el granero, deseosos de aprovechar el haberme sorprendido con un montón de revistas pornográficas. Pero no sucedió nada. Así que dije en voz alta, en un tono que quería ser cansino:

    —Encantada de que te unas a mí en esto. ¿Por qué esa timidez?

    Me llegó una risa, y a continuación apareció Tommy en el umbral.

    —Hola, Kath —dijo tímidamente.
    —Entra, Tommy. Ven a divertirte.

    Tommy se acercó a mí con cautela, y se quedó quieto a unos pasos. Luego miró hacia la caldera y dijo:

    —No sabía que te gustaran ese tipo de fotos.
    —A las chicas también nos está permitido mirarlas, ¿no?

    Seguí pasando las páginas, y durante unos segundos Tommy permaneció callado. Y luego le oí decir:

    —No estaba intentando espiarte. Pero te he visto desde mi cuarto. He visto que salías y cogías esa pila de revistas que se ha dejado Keffers.
    —También puedes mirarlas tú cuando yo termine.

    Tommy rió incómodamente.

    —Sólo es sexo. Supongo que ya lo he visto todo.

    Soltó otra risa, pero esta vez, cuando levanté la vista para mirarle, vi que me estaba observando con expresión muy seria. Y oí que me preguntaba:

    —¿Estás buscando algo concreto, Kath?
    —¿A qué te refieres? Sólo estoy mirando estas fotos guarras.
    —¿Sólo por gusto?
    —Supongo que tendría que responder que sí.

    Dejé una revista a un lado y abrí la siguiente.

    Entonces oí las pisadas de Tommy, e instantes después noté que estaba a mi lado. Cuando volví a alzar la mirada, sus manos planeaban ansiosas por el aire, como si yo estuviera haciendo un trabajo manual complicado y él se muriera de ganas de ayudarme.

    —Kath, no se hace... Bien, si lo estás haciendo por gusto, no se miran así. Tienes que ir mirando cada foto con mucho más detenimiento. Si las pasas tan deprisa no consigues nada.
    —¿Cómo sabes lo que funciona para las chicas? ¿O es que ya las has mirado con Ruth? Perdona, lo he dicho sin pensar.
    —Kath, ¿qué es lo que quieres?

    No le hice caso. Había visto casi todo el montón, y sentía impaciencia por terminarlo. Y Tommy dijo:

    —Una vez te vi haciendo esto mismo.

    Dejé las fotos y lo miré.

    —¿Qué pasa, Tommy? ¿Te ha reclutado Keffers para la patrulla contra el porno?
    —No te estaba espiando. Pero te vi la semana pasada, después de que hubiéramos estado todos en el cuarto de Charley. Había una de esas revistas, y pensaste que no íbamos a volver. Yo tuve que volver para recoger mi jersey, y como las puertas de Claire estaban abiertas se podía ver todo el cuarto de Charley. Y allí estabas, mirando aquella revista.
    —Bueno, ¿y qué? Todos tenemos que darnos gusto de alguna manera.
    —No lo hacías por gusto. Lo vi perfectamente, lo mismo que ahora. Lo veo en tu cara, Kath. Aquella vez, en el cuarto de Charley, tenías una cara muy extraña. Como si estuvieras triste, no sé. Y también un poco asustada.

    Brinqué fuera del banco de trabajo, recogí las revistas y se las lancé a los brazos.

    —Toma. Dáselas a Ruth. A ver si les puede sacar algún provecho.

    Pasé junto a él y salí del cobertizo. Sabía que se sentiría decepcionado porque no le había contado nada de mí misma, pero en aquel punto yo no había reflexionado apropiadamente sobre mi persona, así que difícilmente iba a contarle mis cosas a nadie. Desde luego no me importaba que hubiera entrado en el cobertizo donde yo estaba. No me importaba en absoluto. Me sentía reconfortada, casi protegida. Acabaría diciéndole lo que quería saber, pero no lo haría hasta unos meses más tarde, cuando organizamos aquella excursión a Norfolk.


    12


    Quiero hablar de la excusión a Norfolk —y de todo lo que sucedió aquel día—, pero antes tendré que retroceder un poco en el tiempo para explicar cómo estaban las cosas entonces y por qué hicimos ese viaje.

    Nuestro primer invierno en las Cottages estaba a punto de acabar, y todos nos sentíamos bastante más asentados. Pese a nuestros pequeños contratiempos, Ruth y yo habíamos mantenido la costumbre de rematar el día en mi cuarto, charlando con nuestros vasos calientes entre las manos, y fue una de esas noches, mientras hacíamos el tonto sobre no recuerdo qué, cuando de pronto dijo:

    —Supongo que has oído lo que están diciendo Chrissie y Rodney.

    Cuando le dije que no, lanzó una risita y continuó:

    —Seguramente quieren tomarme el pelo. Vaya sentido de las bromas el suyo. Pero olvídalo.

    Pero era evidente que lo que quería era que le tirara de la lengua, así que insistí e insistí hasta que al final le oí decir en voz baja:

    —¿Recuerdas la semana pasada, cuando Chrissie y Rodney estuvieron fuera? Fueron a Cromer, en la costa norte de Norfolk.
    —¿Qué tenían que hacer allí?
    —Oh, creo que tienen un amigo, alguien que antes vivió aquí. Pero eso no importa. Lo que importa es que cuentan que vieron a esa... persona. Trabajando en una oficina de planta diáfana. Y, bueno, en fin. Piensan que esa persona es una posible. Para mí.

    Aunque la mayoría de nosotros habíamos oído hablar de la idea de los «posibles» en Hailsham, teníamos la sensación de que no había que hablar de ello, y no lo hacíamos, aunque, por supuesto, la idea nos intrigaba y nos llenaba de inquietud. Y tampoco en las Cottages era un asunto que podía sacarse a colación como si tal cosa. Sin ningún género de dudas, resultaba mucho más embarazosa cualquier charla sobre los «posibles» que otra, pongamos, sobre sexo. Al mismo tiempo, veías claramente que la gente se sentía fascinada —obsesionada, en algunos casos— por el asunto, que seguía saliendo a relucir muy de cuando en cuando, normalmente en las controversias muy serias, a años luz de las cotidianas (que versaban sobre gentes como, por ejemplo, James Joyce).

    La idea básica de la teoría de los posibles era muy sencilla, y no suscitaba grandes discusiones. Podría formularse más o menos de este modo: dado que cada uno de nosotros había sido copiado en algún momento de una persona normal, debería existir, en el mundo exterior, y para cada uno de nosotros, un modelo que viviera su propia vida en alguna parte. Ello significaba, al menos en teoría, que era posible encontrar a la persona original a cuya imagen y semejanza habíamos sido modelados. Por eso, cuando estábamos fuera de las Cottages —en los pueblos y ciudades, en los centros comerciales, en los cafés de las autopistas—, siempre manteníamos los ojos bien abiertos por si descubríamos a algún «posible» que hubiera servido de modelo para tu persona o la de tus compañeros.

    Más allá de estas generalidades, sin embargo, no existía mucho consenso. Para empezar, nadie se ponía muy de acuerdo sobre qué era lo que pretendíamos cuando buscábamos a nuestros posibles. Algunos pensaban que había que buscar personas veinte o treinta años mayores que nosotros (la edad que habría tenido una persona si hubiera sido nuestro padre o nuestra madre). Pero otros sostenían que esto pecaba de sentimental. ¿Por qué tenía que separarnos de nuestros modelos toda una generación «temporal»? Podían haber utilizado bebés, viejos... ¿Qué diferencia habría? Otros argumentaban que seguramente utilizaban como modelos a gente en el ápice de la salud, y que por eso era más lógico que tuvieran la edad de un «padre o madre normal». Pero al llegar a este punto todos sentíamos que nos acercábamos a un terreno en el que no queríamos entrar, y la discusión se acababa.

    Luego estaban las preguntas sobre por qué habríamos de desear rastrear a nuestros modelos. Otra motivación para querer encontrar a tu modelo era el hecho de que, cuando lo encontraras, tendrías un barrunto de tu futuro. Ahora bien, no quiero decir que nadie pensara realmente que si su modelo resultara ser, digamos, un empleado ferroviario, uno acabaría haciendo ese mismo trabajo. Todos nos dábamos cuenta de que no era tan sencillo. Sin embargo, todos nosotros, en grados diversos, creíamos que si veías a la persona de la que tú eras una copia alcanzarías cierto conocimiento de quién eras en lo hondo de tu ser, y quizá también de lo que la vida pudiera tenerte deparado.

    Y había quienes juzgaban estúpido preocuparse ni poco ni mucho por los posibles. Nuestros modelos eran algo irrelevante, una necesidad técnica para traernos al mundo, y nada más. Nos correspondía a nosotros hacer con nuestras vidas lo que pudiéramos. Ésa era la posición con la que se alineaba siempre Ruth, y es muy probable que yo también. En cualquier caso, siempre que nos llegaban noticias de un posible —fuera para quien fuera— no podíamos evitar sentir curiosidad.

    Tal como yo lo recuerdo, la visión de los posibles solía venir por rachas. Podían pasar semanas sin que nadie hiciera mención del asunto, y de pronto alguien veía a uno y ello desencadenaba toda una avalancha de visiones. En la mayoría de los casos no merecía la pena empeñarse en seguirlos (alguien que pasaba en un coche, o casos similares). Pero de cuando en cuando una visión parecía tener fuste (como la que Ruth me contó aquella noche).

    Según Ruth, Chrissie y Rodney habían pateado a conciencia esa ciudad costera que estaban visitando, y se habían separado durante un rato. Cuando volvieron a encontrarse, Rodney estaba terriblemente excitado y le contó a Chrissie que había estado deambulando por las calles laterales en torno a High Street, y había pasado por una oficina con un gran ventanal frontal. Dentro había muchas personas, algunas en sus mesas y otras yendo de un lado para otro, charlando. Y fue entonces cuando había visto a la posible de Ruth.

    —Chrissie vino y me lo contó en cuanto volvieron a las Cottages. Hizo que Rodney se lo explicara todo con detalle, y aunque éste intentó hacerlo lo mejor que pudo, la cosa no quedó nada clara. Ahora no hacen más que decirme que me van a llevar en coche a ese sitio, pero no sé... No sé si debería hacer algo...

    No puedo recordar exactamente lo que le dije aquella noche, pero en aquella época yo era bastante escéptica. De hecho, si he de ser sincera, me daba la sensación de que Chrissie y Rodney se lo habían inventado todo. No quiero decir que Chrissie y Rodney sean malas personas; no sería justo. En muchos aspectos, me gustan. Pero lo cierto es que la forma en que nos miraban a los recién llegados, y a Ruth en particular, distaba mucho de ser franca.

    Chrissie era una chica alta que estaba francamente bien cuando se mantenía erguida, pero que no parecía darse cuenta de ello y se pasaba el día agachándose para ser de la misma altura que el resto de nosotros. Ésa era la razón por la que a menudo parecía más la Bruja Mala que una estrella de cine hermosa, impresión reforzada por su modo irritante de «pincharte» con un dedo un segundo antes de decirte algo. Siempre usaba largas faldas en lugar de vaqueros, y las pequeñas gafas que llevaba se las pegaba en exceso a la cara. Había sido una de las veteranas que nos dieron una calurosa bienvenida cuando llegamos aquel verano a las Cottages, y al principio me había parecido una persona extraordinaria y había buscado su consejo. Pero a medida que pasaron las semanas empecé a tener reservas. Había algo extraño en el modo en que siempre estaba mencionando el hecho de que veníamos de Hailsham, como si ello pudiera explicar casi todo lo que tenía que ver con nosotros. Y siempre estaba haciéndonos preguntas sobre Hailsham —sobre pequeños detalles, de forma muy parecida a como mis donantes me preguntan hoy—, y aunque trataba de hacer que éstas parecieran absolutamente espontáneas, yo podía ver que en su interés existía toda una trastienda. Otra cosa que me ponía muy nerviosa era la forma en que siempre parecía querer separarnos: llevándose a uno de nosotros aparte mientras otros estábamos haciendo algo, o invitarnos a dos de nosotros a que nos uniéramos a ellos mientras dejaba a otros dos solos y aislados. Ese tipo de cosas.

    Raras veces veías a Chrissie sin su novio Rodney, que iba por ahí con el pelo sujeto atrás en una cola de caballo, como un músico de rock de los años setenta, y no paraba de hablar de cosas como la reencarnación. De hecho casi llegó a gustarme, pero jamás salía de la órbita de influencia de Chrissie. En cualquier discusión, sabías que iba a defender el punto de vista de Chrissie, y si Chrissie alguna vez decía algo medianamente divertido, él se partía de risa y sacudía la cabeza como si no pudiera creer lo gracioso que era lo que había dicho su novia.

    Admito que quizá estoy siendo un poco dura con estos dos veteranos. Cuando no hace mucho tiempo los rememoraba con Tommy, él dijo que a su juicio eran muy buena gente. Pero estoy contando todo esto para explicar por qué era tan escéptica respecto al hecho de que hubieran visto a una posible de Ruth. Como digo, mi reacción instintiva fue de incredulidad, y suponer que Chrissie se traía algo entre manos.

    La otra cosa que me hacía dudar de ello tenía que ver con la descripción ofrecida por Chrissie y Rodney: la imagen de una mujer trabajando en una bonita oficina con un ventanal que daba a la fachada del edificio. Se aproximaba demasiado a lo que todos sabíamos que era para Ruth un «futuro de ensueño».

    Supongo que éramos nosotros, los recién llegados, quienes hablábamos de «futuros de ensueño» aquel invierno, aunque también lo hacían unos cuantos veteranos. Algunos más mayores —sobre todo aquellos que ya habían empezado el adiestramiento— suspiraban en silencio y abandonaban la habitación cuando se abordaba este tipo de conversación, aunque durante mucho tiempo ni siquiera nos dimos cuenta de que lo estuvieran haciendo. No estoy segura de qué es lo que pasaba por nuestra cabeza durante aquellas charlas. Probablemente sabíamos que no podían ser serias, pero estoy segura de que tampoco las considerábamos fantasiosas. Una vez que Hailsham había quedado atrás, quizá pudimos, justo durante el medio año aproximado que faltaba para que empezáramos a tratar el tema de convertirnos en cuidadores, antes de empezar a prepararnos para el permiso de conducir y todas las demás cosas, quizá fuimos capaces de olvidar por espacio de períodos razonablemente largos quiénes habíamos sido; olvidar lo que los custodios nos habían dicho; olvidar el estallido de la señorita Lucy aquella tarde lluviosa en el pabellón, al igual que todas aquellas teorías que habíamos ido formulando a lo largo de los años. No podía durar mucho, por supuesto pero, como digo, y sólo durante aquellos pocos meses, nos las arreglamos para vivir en un acogedor estado de aplazamiento en el que podíamos reflexionar sobre nuestras vidas sin sentirnos coartados por los límites de siempre. Al recordarlo, parece que pasamos siglos en aquella cocina empañada después del desayuno, o apiñados en torno a fuegos medio apagados en las primeras horas de la madrugada, ensimismados en nuestros planes de futuro.

    Pero nadie llevaba las cosas demasiado lejos. No recuerdo a nadie que dijera que iba a ser un astro de la pantalla o algo parecido. La charla giraba más bien en torno a llegar a ser cartero o a trabajar en una granja. Unos cuantos compañeros querían ser chóferes —de un tipo o de otro—, y a menudo, cuando la conversación seguía estos derroteros, algunos veteranos empezaban a comparar rutas pintorescas que habían conocido, cafés de carretera agradables, rotondas difíciles, ese tipo de cosas. Hoy, por supuesto, sería capaz de hablar y hablar de esas cosas hasta dejar fuera de combate a cualquiera. En aquel tiempo, sin embargo, tenía que limitarme a escuchar, a no decir ni una palabra, a empaparme de lo que decían. A veces, si era muy tarde, cerraba los ojos y me acurrucaba contra el brazo del sofá, o contra un chico, si era durante una de esas breves fases en las que estaba «oficialmente» con alguien, y me dormía y me despertaba, permitiendo que las imágenes de las carreteras se movieran incesantemente en mi cabeza.

    De todas formas, para volver a lo que estaba diciendo, cuando este tipo de charla tenía lugar solía ser Ruth la que llevaba las cosas más lejos que nadie, sobre todo cuando había veteranos presentes. Había estado hablando de oficinas desde el principio del invierno, pero cuando la cosa realmente cobró vida, cuando se convirtió en su «futuro de ensueño», fue después de aquella mañana en que ella y yo nos paseamos por el pueblo.

    Fue durante una racha de frío helador en la que las estufas de gas nos habían estado dando problemas. Nos pasábamos horas y horas tratando de encenderlas, pero los dispositivos no funcionaban. Íbamos, pues, abandonándolas, y, con ellas, las habitaciones que se suponía que debían calentar. Keffers se negaba a arreglarlas, afirmando que era responsabilidad nuestra, pero al final, cuando las cosas se pusieron feas de verdad, nos tendió un sobre con dinero y una nota con el nombre de una válvula para la ignición del combustible. Así que Ruth y yo nos prestamos a ir hasta el pueblo a comprarla, y ésa era la razón por la que aquella mañana heladora bajábamos por el sendero. Habíamos llegado a un punto donde los setos eran altos a ambos lados, y el suelo estaba lleno de bostas de vaca heladas, y Ruth se paró de pronto unos metros a mi espalda.

    Me llevó un momento darme cuenta, así que cuando di la vuelta la vi soplándose los dedos y mirando hacia el suelo, ensimismada en algo que había a sus pies. Pensé que quizá era alguna pobre criatura muerta en el hielo, pero cuando me acerqué vi que era una revista en color, no del tipo de las «revistas de Steve» sino de esas brillantes y alegres que te dan gratis con los periódicos. Al caer se había quedado abierta en un gran anuncio satinado, a doble página, y aunque las hojas estaban empapadas y combadas y con barro en un costado, se veía con claridad la oficina maravillosamente moderna y de planta diáfana, donde tres o cuatro de los empleados que trabajaban en ella estaban haciéndose algún tipo de broma. El lugar era radiante, así como la gente. Ruth miraba fijamente aquella fotografía, y cuando se dio cuenta de mi presencia a su lado, dijo:

    —Éste sí sería un lugar apropiado para trabajar...

    Entonces se sintió cohibida —quizá hasta molesta de que la hubiera sorprendido en aquel momento—, y siguió andando mucho más deprisa que antes.

    Pero un par de noches más tarde, cuando algunos de nosotros estábamos sentados en torno a un fuego de la casa de labranza, Ruth empezó a hablarnos del tipo ideal de oficina en la que le encantaría trabajar, y yo la reconocí de inmediato. Entró en los detalles —las plantas, los equipos relucientes, las sillas giratorias y con ruedas—, y la descripción era tan vivida que todo el mundo dejó que continuara sin interrumpirla en ningún momento. Yo la observaba atentamente, pero no parecía acordarse de que yo había estado con ella, tal vez hubiera olvidado incluso de dónde le venía aquella imagen. En un momento dado llegó a hablar de lo «dinámico, emprendedor» que sería todo el personal de aquella oficina, y recuerdo que ésa era precisamente la leyenda que aparecía con grandes letras en la parte de arriba del anuncio: «¿Es usted dinámico, emprendedor?». Por supuesto, no dije nada. De hecho, al escucharla, hasta empecé a preguntarme si todo aquello era posible: si algún día todos nosotros podríamos mudarnos a un lugar como aquél y llevar una vida juntos.

    Chrissie y Rodney estaban allí aquella noche, atentos a todo lo que decía Ruth. Y durante los días siguientes Chrissie siguió intentando que Ruth le contara más cosas acerca del asunto. Yo pasaba junto a ellas —estaban sentadas en un rincón de un cuarto—, y le oía decir a Chrissie:

    —¿Estás segura de que no os distraeríais continuamente unos a otros, trabajando en un sitio así todos juntos?

    Y Ruth, acto seguido, seguía con sus explicaciones.

    Lo que le sucedía a Chrissie —y ello podía aplicarse también a un buen puñado de veteranos— era que, pese a su actitud un tanto condescendiente con nosotros a nuestra llegada, sentía cierto temor reverente ante nosotros por el hecho de que viniéramos de Hailsham. Me llevó bastante tiempo darme cuenta. Tomemos el asunto de la oficina de Ruth, por ejemplo: Chrissie nunca habría hablado de trabajar en una oficina, ni siquiera en una como la que Ruth ambicionaba. Pero como Ruth era de Hailsham, la idea entraba en cierto modo dentro del terreno de lo posible. Así es como veía Chrissie el asunto, y supongo que Ruth, de cuando en cuando, dejaba caer unas cuantas cosas de estas para alentar la idea de que, por supuesto, y de un modo misterioso, en Hailsham regían unas normas completamente diferentes. A Ruth nunca le oí mentir a los veteranos: era más bien no negar ciertas cosas, dar a entender otras. Hubo veces en las que pude hacer que el entramado entero se le viniera encima de la cabeza. Pero si bien es cierto que Ruth sentía en ocasiones embarazo al verme la mirada en medio de alguna de sus historias, parecía estar segura de que no la iba a delatar. Y, desde luego, no se equivocaba.

    Tal es el marco, por tanto, en el que hay que situar la afirmación de Chrissie y Rodney de haber visto a la «posible» de Ruth, y creo que puede entenderse bien por qué yo mostraba cierta cautela a ese respecto. No tenía muchas ganas de que Ruth fuera con ellos a Norfolk, aunque tampoco sabría decir bien por qué. Y una vez que quedó claro que Ruth estaba completamente decidida a ir, le dije que la acompañaría. Al principio no pareció entusiasmarle la idea, e incluso dejó entrever que ni siquiera quería que fuera Tommy. Pero al final fuimos los cinco: Chrissie, Rodney, Ruth, Tommy y yo.


    13


    Rodney, que tenía carnet de conducir, se las había arreglado para que le prestaran un coche los jornaleros de Metchley, granja situada a unos cuatro kilómetros de las Cottages. Había pedido prestados coches otras veces, pero en esta ocasión el dueño se echó atrás justo el día anterior al que teníamos fijado para la partida. Las cosas, por suerte, acabaron arreglándose: Rodney fue hasta la granja y consiguió que le prestaran otro coche. Lo interesante del asunto, con todo, fue el modo en que reaccionó Ruth durante las horas en que pensó que el viaje se había cancelado.

    Hasta entonces había estado haciendo como que todo aquello era un poco en broma, como que si había aceptado aquel plan era para complacer a Chrissie. Y seguía hablando y hablando sobre cómo casi no explorábamos las posibilidades de nuestra libertad desde que dejamos Hailsham; cómo, de todas formas, ella siempre había querido ir a Norfolk para «encontrar todas las cosas que habíamos perdido». Dicho de otro modo, se había apartado de su idea original para hacernos saber que no hablaba muy en serio al acariciar la perspectiva de encontrar a su «posible».

    El día anterior a nuestra partida, recuerdo que Ruth y yo habíamos salido a dar un paseo, y entramos en la cocina de la casa de labranza, donde Fiona y algunos veteranos estaban preparando un gran guiso. Y fue la propia Fiona, sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo, la que nos dijo que el chico de la granja había venido hacía un rato con el recado de que no nos podían prestar el coche. Ruth estaba de pie, justo delante de mí, así que no pude verle la cara, pero vi que toda su figura se quedaba paralizada. Luego, sin decir palabra, dio la vuelta, pasó a mi lado y salió de la casa. Entreví entonces su cara, y fue cuando me di cuenta de lo trastornada que estaba. Fiona empezó a decir algo como: «Oh, no sabía...», yo dije rápidamente: «No está disgustada por eso. Es por otra cosa, algo que ha sucedido antes». No fue una buena excusa, pero fue lo único que se me ocurrió sin tener que pensarlo demasiado.

    Al final, como he contado, lo del coche se resolvió, y a la mañana siguiente temprano, con una negrura de boca de lobo, los cinco subimos a un Rover lleno de abolladuras pero en perfectas condiciones. Chrissie ocupó el asiento del acompañante, al lado de Rodney, y nosotros tres los de atrás. Era la distribución lógica de asientos, y nos habíamos adaptado a ella de un modo espontáneo. Pero al cabo de unos minutos, en cuanto Rodney nos hubo sacado de la tiniebla de los sinuosos senderos y enfilamos las carreteras propiamente dichas, Ruth, que iba en medio del asiento corrido, se inclinó hacia delante, puso las manos sobre los respaldos delanteros y se puso a hablar con los dos veteranos. Y lo hacía de forma que Tommy y yo, a ambos lados de ella, no podíamos oír ni una palabra de lo que decían, y como nos separaba físicamente tampoco podíamos hablarnos, o siquiera vernos. A veces, en las contadas ocasiones en que se echaba hacia atrás, yo trataba de iniciar alguna charla entre los tres, pero Ruth se negaba a seguirla, y al poco volvía a echarse hacia delante y a meter la cara entre los asientos de los veteranos.

    Al cabo de una hora más o menos, ya habiendo despuntado el día, nos paramos para estirar las piernas y para que Rodney hiciera pipí. Habíamos aparcado junto a la orilla de un gran campo vacío, así que saltamos a la cuneta y nos pasamos unos minutos frotándonos las manos y mirando cómo se alzaba en el aire nuestro aliento. En un momento dado, noté que Ruth se había desentendido de todos nosotros y estaba contemplando el amanecer sobre los campos. Así que fui hasta ella y le sugerí que, si lo único que quería era hablar con los veteranos, cambiara de asiento conmigo. Ella podría seguir hablando al menos con Chrissie, y Tommy y yo podríamos tener alguna conversación durante el viaje. Apenas había terminado de hablar cuando Ruth dijo en un susurro:

    —¿Por qué tienes que ser tan difícil? ¡Precisamente ahora! No lo entiendo. ¿Por qué quieres armar líos?

    Me dio la vuelta de un tirón, y nos quedamos de espaldas a los otros, de forma que no podían ver si estábamos discutiendo. Fue el modo en que lo hizo, más que sus palabras, lo que de pronto me hizo ver las cosas con sus ojos; vi que estaba haciendo unos enormes esfuerzos por presentarnos a los tres —no sólo a sí misma— de una forma aceptable ante Chrissie y Rodney, y lo que yo ahora estaba haciendo suponía una amenaza a su autoridad y podía dar lugar a una escena embarazosa. Vi todo esto claramente, y la toqué en el hombro, y volví a donde los otros. Y una vez en el coche, me aseguré de que los tres nos sentáramos exactamente en la misma posición de antes. Pero ahora, mientras volvíamos a surcar los campos, Ruth se quedó más bien callada, erguida en su sitio, e incluso cuando Chrissie o Rodney nos gritaban cosas desde delante respondía tan sólo con taciturnos monosílabos.

    Las cosas se animaron considerablemente, sin embargo, en cuanto llegamos a nuestra población costera. Era la hora del almuerzo, y dejamos el Rover en el aparcamiento contiguo a un minigolf lleno de banderas ondeantes. El día era ahora fresco y soleado, y recuerdo que durante más o menos la primera hora nos sentíamos tan estimulados y contentos de estar al aire libre que no prestamos demasiada importancia al asunto que nos había traído allí. En un momento dado, de hecho, Rodney lanzó unos cuantos grititos, agitando los brazos a su alrededor, mientras se ponía en cabeza y subía por una carretera en pendiente flanqueada de hileras de casas, y de alguna tienda ocasional, y, sólo por el enorme cielo, uno podía percibir que nos estábamos acercando al mar.

    Cuando llegamos al mar, vimos que estábamos en una carretera que bordeaba un acantilado. A primera vista parecía que el corte era a pico hasta la arena, pero cuando te asomabas a la barandilla veías que había senderos zigzagueantes que descendían hasta el mar.

    Estábamos hambrientos, y entramos en un pequeño restaurante encaramado en el acantilado, justo donde empezaba uno de los senderos. En el local sólo había dos personas: dos mujeres bajas y rechonchas con delantal que trabajaban en el negocio. Estaban sentadas a una mesa y fumaban sendos cigarrillos, pero en cuanto nos vieron aparecer se pusieron rápidamente en pie y desaparecieron en la cocina para dejarnos el campo libre.

    Elegimos la mesa del fondo, es decir, la más cercana al borde del acantilado, y cuando nos sentamos vimos que era prácticamente como si estuviéramos suspendidos sobre el mar. En aquel entonces no conocía ningún local con el que compararlo, pero hoy diría sencillamente que era un establecimiento muy pequeño, con tres o cuatro mesitas. Habían dejado una ventana abierta, probablemente para evitar que el local se llenara de olores de fritos, y de cuando en cuando se colaba una ráfaga que recorría el recinto agitando los carteles que anunciaban los platos. Había una cartulina pegada en lo alto del mostrador y escrita con rotuladores de colores en cuya parte de arriba podía leerse LOOK


    1 . MIRA. (N. del T.)


    No habíamos mencionado en absoluto a la «posible» desde nuestra llegada a la ciudad, y pensé que, ahora que nos habíamos sentado cómodamente, hablaríamos del asunto largo y tendido. Pero en cuanto empezamos a comer nuestros sándwiches, Rodney se puso a hablar de su viejo amigo Martin, que había dejado las Cottages el año anterior y que ahora vivía en la ciudad que estábamos visitando. Chrissie acogió el tema con entusiasmo y al poco ambos veteranos estaban recordando anécdotas sobre todas las situaciones hilarantes que Martin había protagonizado. Nosotros no podíamos entender gran parte de lo que hablaban, pero Chrissie y Rodney se divertían de lo lindo. Intercambiaban miradas y se reían, y aunque hacían como que lo estaban recordando para nosotros, estaba claro que lo hacían para su propio goce. Cuando ahora pienso en ello, se me ocurre que el cuasi tabú en torno a la gente que había dejado las Cottages pareció cesar entonces, con aquellos dos veteranos que hablaban de su amigo sin restricciones, pero el único recuerdo que tengo al respecto es precisamente esta ocasión en que habíamos salido de las Cottages y estábamos de viaje.

    Cuando se reían, yo reía también, por cortesía. Tommy parecía entender aún menos cosas que yo, y dejaba escapar risitas apagadas que quedaban en el aire como rezagadas. Ruth, en cambio, reía y reía, y no paraba de asentir con la cabeza ante cada cosa que decían de Martin, como si también ella estuviera recordándolas. En un momento dado, cuando Chrissie hizo una referencia particularmente oscura —algo así como: «¡Oh, sí, aquella vez que se quitó los vaqueros!»—, Ruth soltó una carcajada y señaló hacia nosotros como para decirle a Chrissie: «Venga, explícaselo a éstos para que también se rían». En fin, pasé por todo esto como mejor pude, pero cuando Chrissie y Rodney empezaron a considerar la posibilidad de visitar a Martin en su apartamento, yo dije, quizá un tanto fríamente:

    —¿Qué es lo que está haciendo exactamente aquí? ¿Por qué tiene un apartamento?

    Se hizo un silencio largo, y al cabo oí que Ruth lanzaba un suspiro exasperado. Chrissie se inclinó hacia mí a través de la mesa y dijo en voz baja, como si se lo explicara a un niño:

    —Es cuidador. ¿Qué otra cosa piensas que puede estar haciendo aquí? Es un cuidador con todas las atribuciones.

    Hubo un poco de movimiento tenso, y dije:

    —Eso es lo que quiero decir. No podemos ir a visitarlo así, sin más.

    Chrissie suspiró:

    —De acuerdo. Se supone que no debemos visitar a los cuidadores. Si nos atenemos estrictamente al reglamento. No se nos anima a hacerlo.

    Rodney rió entre dientes, y añadió:

    —No, definitivamente no se nos anima a hacerlo. Ir a visitarlos es de chicos malos malos.
    —Muy malos —dijo Chrissie, y emitió un chasquido de desaprobación con la lengua.

    Y Ruth, entonces, se unió a ellos, diciendo:

    —Kathy odia ser mala. Así que será mejor que no vayamos a visitarlo.

    Tommy miraba a Ruth, desconcertado, sin saber muy bien el partido que estaba tomando Ruth en todo aquello (algo que yo tampoco veía claro). Se me ocurrió que ella tampoco quería que la excursión tuviera distracciones superfluas, y que se alineaba junto a mí a regañadientes, así que le sonreí, pero ella no me devolvió la mirada. Entonces Tommy preguntó de improviso:

    —¿Hacia qué parte dices que viste a la posible de Ruth, Rodney?
    —Oh... —Ahora que estábamos en la ciudad, a Rodney ya no parecía interesarle tanto la posible de Ruth, y pude ver la ansiedad en la cara de ésta. Y al final Rodney dijo—: Fue doblando High Street, hacia el otro extremo. Por supuesto, puede que fuera su día libre. —Luego, al ver que nadie decía nada, añadió—: Tienen días libres, ya sabéis. No trabajan siempre.

    Durante un instante, cuando dijo esto, se apoderó de mí el temor de que todo hubiera sido una terrible equivocación por nuestra parte; hasta donde nosotros sabíamos, los veteranos podían muy bien utilizar el pretexto de los posibles para organizar viajes, sin la menor intención de llevar las cosas más adelante. Es posible que Ruth estuviera pensando lo mismo, porque ahora parecía muy preocupada, pero al final dejó escapar una risita, como si Rodney hubiera hecho una broma.

    Luego Chrissie dijo, en un tono nuevo:

    —¿Sabes, Ruth? Puede que dentro de unos años vengamos aquí a visitarte a ti. ¿Te imaginas? Trabajando en una bonita oficina... No creo que nadie pudiera evitar que viniéramos a visitarte.
    —Eso es —dijo Ruth rápidamente—. Podríais venir todos a verme.
    —Supongo —dijo Rodney— que no hay normas sobre visitar a la gente si está trabajando en una oficina. —Se echó a reír de repente—. No lo sabemos. En realidad, hasta ahora nunca se nos ha presentado el caso.
    —Todo irá bien —dijo Ruth—. Os dejarán hacerlo. Podréis venir todos a visitarme. O sea, todos menos Tommy.

    Tommy pareció escandalizarse.

    —¿Por qué yo no?
    —Porque tú ya estarás conmigo, bobo —dijo Ruth—. Me voy a quedar contigo.

    Todos reímos. Tommy también, un poco a la zaga.

    —Oí hablar de esa chica de Gales —dijo Chrissie—. Era de Hailsham, quizá de unos cursos anteriores a vosotros. Al parecer está trabajando ahora mismo en una tienda de ropa. Una tienda realmente elegante.

    Hubo murmullos de aprobación, y por espacio de unos segundos todos nos pusimos a mirar ensoñadoramente las nubes.

    —Qué suerte, los de Hailsham... —dijo Rodney al final, y sacudió la cabeza como para expresar su asombro.
    —Y luego está esa otra persona. —Chrissie se había vuelto hacia Ruth—. Ese chico del que nos hablaste el otro día, el que era un par de años mayor que tú y que ahora trabaja de guarda de un parque.

    Ruth asentía, pensativa, y se me ocurrió que yo debía enviarle a Tommy una mirada de advertencia, pero cuando me volví hacia él ya había empezado a hablar:

    —¿Quién era ése? —preguntó, en tono de extrañeza.
    —Sabes quién es, Tommy —dije rápidamente.

    Era demasiado arriesgado darle un puntapié, o incluso intentar alertarle con cualquier «guiño» de voz. Chrissie se habría dado cuenta en un abrir y cerrar de ojos. Así que lo dije con la mayor naturalidad, y con un punto de cansancio, como si estuviéramos más que hartas de que Tommy lo olvidara todo. Pero esta misma naturalidad hizo que Tommy siguiera sin enterarse.

    —¿Alguien que conocíamos nosotros?
    —Tommy, no entremos de nuevo en esto —dije yo—. Tendrían que mirarte esa cabeza.

    Al final parece que se hizo la luz en su cerebro, y calló.

    Chrissie dijo:

    —Sé la suerte que tengo, haber podido ir a las Cottages. Pero vosotros los de Hailsham... Vosotros sí que sois afortunados. ¿Sabéis? —bajó la voz, y volvió a inclinarse hacia delante—. Hay algo que siempre he querido hablar con vosotros. Allá en las Cottages es imposible. Siempre te está escuchando todo el mundo.

    Paseó la mirada en torno a la mesa, y al final la fijó en Ruth. Rodney se puso tenso de pronto, y también se inclinó hacia delante. Y algo me dijo que al fin llegábamos a lo que, para Chrissie y Rodney, era el objetivo principal de aquel viaje.

    —Cuando Rodney y yo estábamos en Gales —dijo—, la vez que oímos lo de la chica que trabajaba en una tienda de ropa, oímos algo más, algo sobre los alumnos de Hailsham. Lo que decían era que algunos alumnos de Hailsham, en el pasado, en circunstancias especiales, habían conseguido que les concedieran un aplazamiento. Que era algo que podías conseguir si eras alumno de Hailsham. Podías pedir que tus donaciones fueran pospuestas tres, incluso cuatro años. No era fácil, pero a veces se os permitía lograr ese aplazamiento. Siempre que pudieras convencerles. Siempre que cumplieras con los requisitos.

    Chrissie hizo una pausa y nos miró a todos, uno por uno, quizá en un gesto teatral, quizá para encontrar en nosotros alguna señal de reconocimiento. En la cara de Tommy y en la mía probablemente había una expresión perpleja, pero el semblante de Ruth no permitía intuir lo que podía estar pasando por su cabeza.

    —Lo que decían —continuó Chrissie— era que si un chico y una chica estaban enamorados de verdad, enamorados realmente, y podían demostrarlo, entonces los que dirigían Hailsham lo arreglaban todo para que pudieran pasar unos años juntos antes de empezar con las donaciones.

    Ahora se había instalado una atmósfera extraña en la mesa, como si a todos nos estuviera recorriendo un hormigueo.

    —Cuando estábamos en Gales —siguió Chrissie—, los alumnos de la Mansión Blanca oyeron lo de la pareja de Hailsham: al chico le faltaban sólo unas semanas para ser cuidador. Y fueron a ver a no sé quién y consiguieron que se lo aplazaran tres años. Les permitieron irse a vivir juntos a la Mansión Blanca, tres años seguidos, sin tener que continuar con el adiestramiento ni nada de nada. Tres años para ellos, porque podían demostrar que estaban enamorados de verdad.

    Fue en este punto cuando me di cuenta de que Ruth estaba asintiendo con expresión de enorme autoridad. Chrissie y Rodney lo notaron también, y durante unos segundos se quedaron mirándola como hipnotizados. Y tuve una suerte de visión de Chrissie y Rodney en los meses anteriores, en las Cottages, volviendo una y otra vez sobre este asunto, explorándolo sin descanso entre ellos. Podía verlos sacándolo a relucir, al principio con vacilación, encogiéndose de hombros, y luego dejándolo a un lado, y luego sacándolo otra vez, y otra, y otra, sin poder quitárselo de la cabeza nunca. Podía verlos jugando con la idea de hablar de ello con nosotros, planeando y perfeccionando el modo de hacerlo, eligiendo las palabras con las que nos hablarían. Volví a mirar a Chrissie y a Rodney, allí delante de mí en la mesa, y los vi observando a Ruth, y traté de leer en sus caras. Chrissie parecía asustada y esperanzada a un tiempo. Rodney estaba hecho un manojo de nervios, como si desconfiara de sí mismo y temiera decir algo que no debía.

    No era la primera vez que oía el rumor de los aplazamientos. Durante las semanas pasadas lo había entreoído muchas veces en las Cottages. Siempre eran charlas privadas entre veteranos, y cuando alguno de nosotros se acercaba se sentían incómodos y se callaban. Pero había oído lo suficiente para saber cuál era el meollo del asunto; y sabía que tenía que ver específicamente con nosotros, los alumnos de Hailsham. Pero de todas formas fue aquel día, en aquel restaurante del acantilado, donde realmente caí en la cuenta cabal de lo importante que aquello había llegado a ser para algunos veteranos.

    —Supongo —dijo Chrissie, con la voz ligeramente trémula— que vosotros sabéis cómo funciona el asunto. Las normas, ese tipo de cosas...

    Ella y Rodney nos miraban a los tres, alternativamente, y luego sus miradas volvían a Ruth.

    Ruth suspiró y dijo:

    —Bien, nos dijeron unas cuantas cosas, obviamente. Pero —se encogió de hombros— no es algo que conozcamos a fondo. Nunca hablamos de ello, en realidad. En fin, creo que deberíamos pensar ya en irnos.
    —¿A quién has de acudir? —preguntó de pronto Rodney—. ¿A quién dijeron que había que ir a ver si querías..., ya sabes, solicitarlo?

    Ruth volvió a encogerse de hombros.

    —Bueno, ya te lo he dicho. No era algo de lo que soliéramos hablar.

    Casi instintivamente, me miró y luego miró a Tommy en busca de ayuda, lo cual sin duda fue un error, porque Tommy dijo:

    —Si he de ser sincero, no sé de qué estáis hablando. ¿Qué reglas son ésas?

    Ruth lo fulminó con la mirada, y yo dije rápidamente:

    —Ya sabes, Tommy. Todo aquello que circulaba continuamente por Hailsham.

    Tommy sacudió la cabeza.

    —No lo recuerdo —dijo rotundamente. Y esta vez pude ver (y también Ruth) que ahora no es que estuviera lento de reflejos—. No recuerdo nada de eso en Hailsham...

    Ruth apartó la mirada de él.

    —Lo que debéis tener en cuenta —le dijo a Chrissie— es que aunque Tommy estuvo en Hailsham, no se le puede considerar propiamente un alumno de Hailsham. Se le dejaba al margen de todo y la gente siempre se estaba riendo de él. Así que de poco sirve que se le pregunte nada sobre este asunto. Ahora quiero que vayamos a buscar a esa persona que vio Rodney.

    En los ojos de Tommy había aparecido algo que me hizo contener la respiración. Algo que no le había visto en mucho tiempo, algo que pertenecía a aquel Tommy de quien había que protegerse, al que había que dejar encerrado en un aula mientras ponía patas arriba los pupitres. Al final ese algo pasó, y él se puso a mirar el cielo y dejó escapar un hondo suspiro.

    Los veteranos no se habían dado cuenta de nada porque Ruth, en ese mismo instante, se había puesto de pie y jugueteaba con su abrigo. Luego se armó un pequeño estrépito, porque los cuatro echamos hacia atrás las sillas a un tiempo. Yo estaba a cargo del dinero común, así que fui al mostrador a pagar. Los demás salieron del local, y mientras yo esperaba a que me devolvieran el cambio, los vi, a través de uno de los grandes ventanales empañados, arrastrando los pies bajo el sol, sin hablar, mirando por el acantilado hacia el mar.


    14


    Cuando salí pude ver con toda claridad que la excitación de los primeros momentos de nuestra llegada se había esfumado por completo. Caminamos en silencio, con Rodney a la cabeza, a través de calles humildes en las que apenas penetraba el sol, de aceras tan estrechas que a menudo teníamos que avanzar en fila india. Fue un alivio desembocar al fin en High Street, donde el ruido hizo que no resultara tan obvio nuestro ánimo sombrío. Cuando cruzamos por un paso de peatones a la acera más soleada de la calle, pude ver que Rodney y Chrissie se consultaban algo en voz baja, y me pregunté en qué medida el mal ambiente entre nosotros se debería a su creencia de que les estábamos ocultando algún gran secreto de Hailsham, y en qué otra al hecho del ofensivo desaire infligido por Ruth a Tommy.

    Entonces, en cuanto cruzamos High Street, Chrissie anunció que Rodney y ella querían ir a comprar tarjetas de cumpleaños. Ruth, al oírla, se quedó anonadada, pero Chrissie añadió:

    —Nos gusta comprarlas en grandes cantidades. Así a la larga nos salen mucho más baratas. Y siempre tienes una a mano cuando llega el cumpleaños de alguien. —Señaló la entrada de un Woolworth's—. Ahí se pueden conseguir muy buenas, y muy baratas.

    Rodney asentía con la cabeza, y creí ver un punto de sorna en las comisuras de sus labios sonrientes.

    —Por supuesto —dijo—. Acabas con un montón de tarjetas, como en todas partes, pero al menos puedes poner tus propias ilustraciones. Ya sabéis, personalizarlas y demás.

    Los dos veteranos estaban de pie en medio de la acera —los sorteaba gente con cochecitos de niño—, a la espera de que nos mostráramos disconformes. Veía claramente que Ruth estaba furiosa, pero sin la cooperación de Rodney poco podía hacer.

    Así que entramos en Woolworth's, e inmediatamente me sentí mucho más alegre. Incluso hoy día me gustan los sitios como éste: grandes almacenes con miles de pasillos con expositores llenos de brillantes juguetes de plástico, tarjetas de felicitación, montones de cosméticos, y quizá hasta un fotomatón. Actualmente, si estoy en una ciudad y dispongo de tiempo libre, suelo entrar en algún sitio parecido, donde puedes vagar y disfrutar, sin comprar nada, y sin que a los dependientes les importe un comino que no lo hagas.

    Pues bien, entramos en aquellos grandes almacenes y enseguida nos fuimos separando y tomando distintos pasillos. Rodney se quedó cerca de la entrada, junto a un gran expositor de tarjetas, y más adentro vi a Tommy bajo un enorme póster de un grupo pop, hurgando entre las cintas musicales. Después de unos diez minutos, cuando me hallaba al fondo de la tienda, creí oír la voz de Ruth y me dirigí hacia el lugar de donde procedía. Había ya entrado en el pasillo —lleno de animales de peluche y de grandes rompecabezas en cajas—cuando me di cuenta de que Ruth y Chrissie estaban juntas al otro extremo del pasillo, manteniendo una especie de tête-à-tête. No sabía qué hacer: no quería interrumpir, pero era hora de que nos fuéramos y tampoco quería darme la vuelta y seguir vagando por los pasillos. Así que me quedé quieta donde estaba, fingiendo mirar atentamente un rompecabezas, a la espera de que me vieran.

    Y entonces me di cuenta de que estaban de nuevo hablando de aquel rumor. Chrissie estaba diciendo, en voz baja, algo como:

    —Pero me sorprende que durante todo el tiempo que estuviste allí no te preocuparas más de cómo se hacía. A quién había que ir a ver y todo eso.
    —No entiendes —decía Ruth—. Si fueras de Hailsham, lo entenderías. Para nosotros nunca fue tan tremendamente importante. Supongo que siempre hemos sabido que si queríamos saber más del asunto no teníamos más que hacer que nuestras preguntas llegaran a Hailsham.

    Ruth me vio y dejó de hablar. Cuando dejé el rompecabezas y me volví hacia ellas, vi que me estaban mirando airadamente. Al mismo tiempo, era como si las hubiera sorprendido haciendo algo que no debían, y se separaron como con vergüenza.

    —Es hora de que nos vayamos —dije, haciendo como que no había oído nada.

    Pero Ruth no se lo tragó. Cuando pasaron a mi lado, me dirigió una mirada realmente maligna.

    Así que, cuando salimos y seguimos a Rodney hacia el lugar donde el mes anterior había visto a la posible de Ruth, la sintonía entre nosotros era peor que nunca. Y las cosas difícilmente podían mejorar cuando Rodney no hacía más que equivocarse y llevarnos por calles que no eran. Al menos cuatro veces tomó confiadamente unas calles que salían de High Street, y las recorrimos hasta que se acabaron los comercios y las oficinas, y tuvimos que volver sobre nuestros pasos. Antes de que transcurriera mucho tiempo Rodney se había puesto a la defensiva y estuvo a punto de tirar la toalla. Pero al fin dimos con el lugar.

    Habíamos dado la vuelta una vez más y nos dirigíamos hacia High Street cuando Rodney se detuvo bruscamente. Y señaló con un gesto callado una oficina de la acera de enfrente.

    Y allí estaba. No era idéntica a la del anuncio de la revista que habíamos encontrado en el suelo helado aquel día, pero tampoco era tan distinta. La gran cristalera frontal se hallaba al nivel de la calle, de forma que cualquiera que pasara por delante podía mirar el interior: una gran planta diáfana con quizá una docena de mesas dispuestas en irregulares eles. Había pequeñas palmeras en macetas, máquinas relucientes y lámparas abatibles. La gente se movía entre las mesas, o se apoyaba en una mampara, y charlaba y se hacía bromas, o acercaban las sillas giratorias unas a otras para disfrutar de un café y un sándwich.

    —Mira —dijo Tommy—. Es la pausa del almuerzo, pero no salen. No tienen por qué.

    Seguimos mirando, y era un mundo que se nos antojaba elegante, acogedor, autosuficiente. Miré a Ruth y noté que sus ojos iban con ansiedad de una cara a otra de las oficinistas que se movían tras el cristal.

    —Muy bien, Rod —dijo Chrissie—. ¿Quién decías que era su posible?

    Lo preguntó casi con sarcasmo, como si estuviera segura de que todo aquello no iba a resultar sino una gran equivocación de su pareja. Pero Rodney dijo en voz baja, con una excitación trémula:

    —Aquélla. En aquel rincón. La del conjunto azul. La que ahora habla con la mujer grande de rojo.

    No era nada obvio, pero cuanto más mirábamos más nos iba pareciendo que a Rodney no le faltaba un punto de razón. La mujer tenía unos cincuenta años, y conservaba una figura muy agradable. Su pelo era más oscuro que el de Ruth —aunque podía ser teñido—, y lo llevaba recogido atrás en una sencilla cola, tal como Ruth solía llevarlo. Se estaba riendo de algo que su amiga de rojo decía, y su cara, sobre todo cuando al final de la risa sacudía la cabeza, tenía ciertamente más de un atisbo de semejanza con Ruth.

    Todos seguimos observándola sin decir una palabra. Entonces nos dimos cuenta de que en otra parte de la oficina, otra pareja de mujeres había reparado en nuestra presencia. Una de ellas levantó una mano y nos dirigió una seña incierta. Y ello rompió el ensalmo y salimos corriendo con tontas risitas de espanto.


    Nos paramos en la misma calle, un poco más lejos, hablando atropelladamente todos a un tiempo. Todos menos Ruth, que guardaba silencio en medio de nuestra algarabía. No era fácil leer en su cara en aquel momento: no estaba decepcionada, pero tampoco eufórica. Esbozaba una media sonrisa, de esas que una madre de familia normal podría esbozar cuando sus hijos brincan a su alrededor mientras le piden a gritos que, por favor, les dé permiso para hacer tal o cual cosa. Así que allí estábamos, todos exponiendo nuestro punto de vista, y yo estaba contenta de poder decir, con toda sinceridad, al igual que los demás, que aquella mujer que acabábamos de ver en absoluto podía descartarse como posible. Lo cierto es que nos sentíamos todos aliviados: sin ser conscientes por completo de ello, nos habíamos estado preparando para una gran decepción. Pero ahora podíamos volver tranquilamente a las Cottages, y Ruth podía encontrar aliento en lo que había visto, y los demás podíamos apoyarla. Y la vida de oficina que la mujer parecía estar llevando guardaba una similitud asombrosa con la que Ruth había descrito tan a menudo como la que deseaba para sí misma. Con independencia de lo que había pasado entre nosotros en el curso de aquel día, en el fondo ninguno quería que Ruth volviese abatida, y en aquel momento nos sentíamos todos a salvo de esa eventualidad. Y así habríamos seguido —no me cabe la menor duda— si hubiéramos dado carpetazo al asunto en aquel momento.

    Pero Ruth dijo:

    —Vamos a sentarnos allí, encima de aquel muro. Sólo unos minutos. Y en cuanto se olviden de nosotros podemos volver a echar otra ojeada.

    Estuvimos de acuerdo, pero cuando caminábamos hacia el muro bajo que rodeaba el pequeño aparcamiento que Ruth nos había indicado, Chrissie dijo, quizá con un punto excesivo de vehemencia:

    —Pero si no podemos verla otra vez, estamos todos de acuerdo en que es una posible. Y en que es una oficina preciosa. De verdad.
    —Esperamos unos minutos —dijo Ruth—, y volvemos.

    Yo no me senté en el murete, porque estaba húmedo y se estaba desmoronando, y porque pensé que en cualquier momento podría salir alguien y gritarnos por sentarnos donde no debíamos. Pero Ruth sí se sentó en él, y a horcajadas, como si estuviese a lomos de un caballo. Y aún hoy conservo vivida la imagen de aquellos diez, quince minutos que estuvimos allí esperando. Nadie hablaba ya de ningún posible. Hacíamos como que estábamos pasando el rato, quizá en un paisaje pintoresco durante un despreocupado día de excursión. Rodney estaba bailando un poco, para expresar lo bien que nos sentíamos. Se puso de pie sobre el murete, mantuvo el equilibrio unos instantes y luego se dejó caer adrede hacia un lado. Tommy hacía bromas sobre algunas de las personas que pasaban, y aunque no tenían ninguna gracia todos nos reíamos de buena gana. Sólo Ruth, a horcajadas sobre el murete, permanecía en silencio. Seguía con la sonrisa en la cara, pero apenas se movía. La brisa le despeinaba el pelo, y el brillante sol invernal le hacía arrugar los ojos, de forma que era difícil saber si sonreía ante nuestras payasadas o hacía muecas para protegerse del sol. Son las imágenes que conservo de aquellos momentos, mientras esperábamos a que Ruth decidiera cuándo volver a echar una segunda ojeada a la oficina. Bien, pues nunca pudo tomar tal decisión porque antes sucedió algo.

    Tommy, que había estado haciendo el tonto con Rodney en el murete, de pronto se plantó de un salto en el suelo y se quedó quieto. Luego dijo:

    —Es ella. Es la misma mujer.

    Todos dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y miramos hacia la figura que se acercaba caminando desde la oficina. Ahora llevaba un abrigo de color crema, y se esforzaba por cerrar sin detenerse en la acera el maletín que sostenía. El cierre se le resistía, así que aminoraba la marcha y volvía a intentarlo. Seguimos observándola en una especie de trance, y pasó a nuestra altura por la otra acera. Luego, cuando iba a torcer para tomar High Street, Ruth se bajó de un brinco y dijo:

    —Veamos adonde va.

    Salimos de nuestro trance y empezamos a seguirla. De hecho, Chrissie tuvo que recordarnos que aflojáramos el paso o alguien iba a pensar que éramos una pandilla de atracadores que perseguían a una mujer. La seguimos por High Street, pues, a una distancia razonable, riéndonos tontamente, esquivando a la gente que pasaba, separándonos y volviéndonos a juntar. Debían de ser ya las dos de la tarde, y la acera estaba atestada de gente que hacía compras. A veces casi llegábamos a perderla, pero pronto recuperábamos su rastro, y nos demorábamos ante los escaparates cuando ella entraba en una tienda, y nos poníamos a sortear los cochecitos de bebé y a los ancianos en cuanto veíamos que salía.

    Entonces la mujer salió de High Street y se adentró en las pequeñas calles cercanas al paseo marítimo. Chrissie temía que la mujer advirtiera nuestra presencia al haber dejado el gentío de High Street, pero Ruth continuó siguiéndola sin preocuparse lo más mínimo, y nosotros la seguimos a ella.

    Al final entramos en una calle lateral estrecha flanqueada de casas normales, aunque con alguna que otra tienda. Tuvimos que caminar de nuevo en fila india, y en un momento dado vimos venir hacia nosotros a una furgoneta y tuvimos que pegarnos casi a las fachadas para permitirle el paso. Al poco, en la calle, no había más que la mujer y el grupo de chicos que la seguía, y si aquélla se hubiera dado la vuelta no habría podido evitar vernos. Pero se limitaba a seguir su camino, a una docena de pasos de nosotros, y al final entró a un local con el cartel «The Portway Studios».

    Desde entonces he vuelto muchas veces a Portway Studios. Ha cambiado de dueños hace unos años, y ahora vende todo tipo de pequeñas artesanías: cerámicas, platos, animales de arcilla. En aquel tiempo eran dos grandes salas blancas donde exponían sólo pintura, magníficamente dispuesta, con grandes espacios entre cuadro y cuadro. El letrero de madera que colgaba entonces de la entrada sigue siendo el mismo. En fin, volviendo a aquel día, Rodney dijo que si nos quedábamos esperando en medio de aquella pequeña calle tranquila, sin duda despertaríamos sospechas, así que decidimos entrar en la galería, donde al menos podríamos fingir que contemplábamos las pinturas.

    Al entrar vimos que la mujer a la que seguíamos estaba hablando con otra mujer mucho mayor de pelo plateado, que parecía al frente del negocio. Estaban sentadas a ambos extremos de un pequeño escritorio cercano a la puerta, y no había nadie más en la galería. Ninguna de las dos mujeres nos prestó atención cuando pasamos ante ellas; nos dispersamos y tratamos de hacer como que nos fascinaban aquellos cuadros.

    Lo cierto es que, a pesar de lo interesada que yo estaba en la posible de Ruth, empecé a disfrutar de las pinturas que veía y de la absoluta paz del lugar. Era como si nos hubiéramos alejado cientos de kilómetros de High Street. Las paredes y los techos eran de color verde menta, y aquí y allá se veía un retazo de red de pesca o un trozo podrido de un barco encastrado en lo alto de la pared, al lado de las molduras. Las pinturas —óleos en su mayoría, en azules y verdes oscuros— eran también de tema marinero. Puede que fuera el cansancio, que se apoderaba súbitamente de nosotros —estábamos de viaje desde antes del alba—, pero yo no fui la única que se sumió en una especie de ensueño. Íbamos todos de un lado para otro, y nos quedábamos mirando un cuadro tras otro, y sólo ocasionalmente hacíamos algún que otro comentario en voz baja («¡Venid, mirad éste!»). Y durante todo el tiempo oíamos charlar a la posible de Ruth y a la mujer de pelo plateado. No hablaban en voz muy alta, pero en aquel lugar su conversación llenaba todo el espacio. Hablaban de un hombre que ambas conocían, de que no tenía la menor idea de cómo tratar a sus hijos. Y poco a poco, mientras escuchábamos lo que decían, y les echábamos una mirada de vez en cuando, algo empezó a cambiar. Me sucedió a mí, y estaba segura de que también les estaba sucediendo a mis compañeros. Si lo hubiéramos dejado después de ver a la mujer a través del ventanal de su oficina, incluso si la hubiéramos perdido mientras la perseguíamos por la ciudad, habríamos podido volver a las Cottages con una exultante sensación de triunfo. Pero ahora, en aquella galería, la mujer era demasiado cercana, mucho más cercana de lo que en realidad habríamos querido. Y cuanto más la oíamos hablar y más la mirábamos, menos parecida a Ruth la veíamos. Era una sensación que fue acrecentándose en nosotros de forma casi imperceptible, y podría asegurar que Ruth, absorta en una pintura del otro extremo de la sala, la estaba experimentando tanto como cualquiera de nosotros. Y probablemente por eso nos demoramos tanto en aquella galería; estábamos posponiendo el momento en que tendríamos que conferenciar sobre el asunto.

    Entonces, de pronto, vimos que la mujer se había ido, y seguimos allí de pie, evitando mirarnos a los ojos. Pero ninguno de nosotros había pensado continuar el seguimiento de la posible de Ruth, y a medida que transcurrían los segundos era como si estuviéramos poniéndonos de acuerdo, sin palabras, en cómo veíamos ahora la situación.

    Al final la mujer de pelo plateado se levantó del escritorio y le dijo a Tommy, que era el que más cerca estaba de ella:

    —Es un trabajo especialmente atractivo. Ese cuadro es uno de mis preferidos.

    Tommy se volvió hacia ella y dejó escapar una risa. Entonces, cuando corrí a socorrerle, la dama preguntó:

    —¿Sois estudiantes de Arte?
    —No exactamente —dije, antes de que Tommy pudiera responder—. Somos..., bueno, aficionados.

    La mujer de pelo plateado nos dirigió una sonrisa radiante, y se puso a contarnos que el artista cuya obra estábamos contemplando era pariente suyo, y nos detalló su carrera hasta la fecha. Ello, al menos, tuvo el efecto de sacarnos de aquella especie de trance en el que estábamos inmersos, y todos nos agrupamos en torno a la mujer para escuchar lo que decía, tal como habríamos hecho en Hailsham si un custodio se hubiera puesto a hablarnos. Al ver nuestra reacción, la mujer de pelo plateado siguió hablando, y nosotros seguimos asintiendo con la cabeza y soltando exclamaciones mientras nos contaba dónde habían sido pintados aquellos cuadros, los días en los que al artista le gustaba trabajar, y cómo algunos los había pintado sin boceto previo. Luego su discurso llegó a una especie de final natural, y todos dejamos escapar sendos suspiros, le dimos las gracias y nos fuimos.

    La calle era tan estrecha que no pudimos caminar normalmente en un buen trecho, y creo que todos lo agradecimos. No bien nos alejábamos de la galería en fila india, pude ver cómo Rodney, unos pasos más adelante, extendía teatralmente los brazos como si estuviera tan lleno de júbilo como en los primeros momentos de nuestra llegada a la ciudad. Pero no resultaba en absoluto convincente, y en cuanto llegamos a una calle más amplia nos paramos para reagruparnos.

    Estábamos de nuevo cerca de un acantilado. Y, al igual que antes, si mirabas por encima del pretil veías unos senderos que zigzagueaban por la pendiente hasta llegar al mar, sólo que ahora al fondo veías también el paseo marítimo con hileras de puestos de madera.

    Estuvimos unos momentos contemplando aquella vista, dejando que el viento nos golpeara en la cara. Rodney seguía tratando de mostrarse alegre, como si hubiera decidido no permitir que nada de lo que hubiera podido pasarnos pudiera echar a perder aquel viaje. Le estaba señalando a Chrissie algo en la lejanía, sobre la superficie del mar, pero ella apartó la mirada de él y dijo:

    —Bien, creo que todos estamos de acuerdo, ¿no? Ésa no es Ruth. —Soltó una risita y puso una mano sobre el hombro de Ruth—. Lo siento. Todos lo sentimos. Pero no podemos culpar de nada a Rodney, la verdad. No era tan descabellado. Tenéis que admitir que cuando la vimos a través de aquel ventanal parecía...

    Dejó la frase en suspenso, y volvió a tocar el hombro de Ruth.

    Ruth no dijo nada, pero esbozó un pequeño encogimiento de hombros, casi como para conjurar el tacto de la mano de su amiga. Miraba hacia lo lejos con los ojos entrecerrados, más hacia el cielo que hacia el mar. Yo sabía que estaba disgustada, pero alguien que no la hubiera conocido tan bien habría supuesto que simplemente estaba pensativa.

    —Lo siento, Ruth —dijo Rodney, al tiempo que también le daba un golpecito en el hombro.

    Sin embargo, tenía una sonrisa en el rostro, como si ni por asomo pensara que alguien pudiera censurarle por su error. Era la forma de disculparse de alguien que ha querido hacerte un favor y no ha tenido éxito.

    Recuerdo que, al mirar entonces a Chrissie y a Rodney, pensé «sí, son buena gente». Se estaban portando amablemente al tratar de alegrar a Ruth. Al mismo tiempo, sin embargo, recuerdo que sentí también —a pesar de que eran ellos los que la estaban consolando, mientras Tommy y yo seguíamos callados— cierto resentimiento hacia ellos en nombre de Ruth. Porque, por mucho que se solidarizaran con ella, veía que en su interior se sentían aliviados. Aliviados porque las cosas hubieran resultado como habían resultado; porque se hallaban en posición de consolar a Ruth en lugar de haber quedado relegados en caso de unas esperanzas renovadas de su amiga. Se sentían aliviados por no tener que afrontar, más descarnadamente que nunca, la idea que les fascinaba y les mortificaba y les asustaba a un tiempo: la existencia de todo tipo de posibilidades para los alumnos de Hailsham y ninguna para ellos. Recuerdo que pensé entonces en lo diferentes de nosotros que eran en realidad Chrissie y Rodney.

    Entonces Tommy dijo:

    —No veo por qué puede importar tanto. Nos hemos divertido un montón.
    —Puede que tú sí te hayas divertido un montón, Tommy —dijo Ruth en tono frío, con la mirada aún fija en algún punto de la lejanía—. No pensarías lo mismo si al que hubiéramos estado buscando hubiera sido tu posible.
    —Seguro que sí —dijo Tommy—. No creo que sea tan importante. Encontrar a tu posible, a la persona de donde sacaron el modelo que utilizaron contigo. No entiendo qué puede variar eso.
    —Gracias por tu profunda contribución al asunto —replicó Ruth.
    —Pues yo creo que Tommy tiene razón —dije yo—. Es tonto suponer que vas a tener la misma vida que tu modelo. Estoy de acuerdo con Tommy. Nos hemos divertido mucho. No tendríamos que ponernos tan serios.

    Y alargué también la mano para tocar en el hombro a Ruth. Quería que comprobase el contraste de mi tacto con el de Chrissie y Rodney, y deliberadamente elegí el mismo punto donde lo habían hecho ellos. Esperé alguna reacción, alguna señal de que aceptaba la comprensión de Tommy y mía de un modo distinto a como aceptaba la de los veteranos. Pero no hizo ningún gesto, ni siquiera el pequeño encogimiento de hombros con que había reaccionado ante Chrissie.

    A mi espalda oí a Rodney paseándose de un lado a otro y haciendo ruidos para dar a entender que se estaba quedando helado ante el fuerte viento.

    —¿Qué tal si vamos a visitar a Martin? —dijo—. Su apartamento está allí mismo, detrás de esas casas.

    Ruth suspiró de pronto y se volvió hacia nosotros.

    —Para ser sincera —dijo—, he sabido desde el principio que era una tontería.
    —Sí —dijo Tommy con viveza—. Nos hemos divertido un montón.

    Ruth le dirigió una mirada irritada.

    —Tommy, por favor, cállate de una vez con lo de la maldita diversión. Nadie te escucha. —Luego, volviéndose hacia Chrissie y Rodney, prosiguió—: No quise decirlo cuando me hablasteis por primera vez de esa mujer. Pero lo cierto es que no era viable. Jamás, jamás utilizan a gente como esa mujer. Pensad un poco. ¿Por qué iba a querer prestarse a ser modelo de nadie? Todos lo sabemos, así que ¿por qué no lo asumimos? No se nos modela de ese modo...
    —Ruth —corté con firmeza—. Ruth, cállate.

    Pero ella siguió hablando:

    —Todos lo sabemos. Se nos modela a partir de gentuza. Drogadictos, prostitutas, borrachos, vagabundos. Y puede que presidiarios, siempre que no sean psicópatas. De ahí es de donde venimos. Lo sabemos todos, así que por qué no decirlo. ¿Una mujer como ésa? Por favor... Sí, Tommy. Un poco de diversión. Divirtámonos un poco fingiendo. Esa otra mujer mayor de la galería, su amiga, ha pensado que éramos estudiantes de Arte. ¿Creéis que nos habría hablado así si hubiera sabido lo que somos realmente? ¿Qué creéis que habría dicho si se lo hubiéramos preguntado? «Perdone, pero ¿cree usted que su amiga ha hecho alguna vez de modelo para una clonación?» Nos habría echado de la galería. Lo sabemos, así que sería mejor que lo expresáramos con claridad. Si queréis buscar posibles, si queréis hacerlo como es debido, buscad en la cloaca. Buscad en los cubos de basura. Buscad en los retretes, porque es de ahí de donde venimos.
    —Ruth —la voz de Rodney era firme y entrañaba una advertencia—. Olvidemos esto y vayamos a ver a Martin. Hoy tiene la tarde libre. Os va a gustar. Te partes de risa con él.

    Chrissie rodeó a Ruth con un brazo.

    —Venga, Ruth. Hagamos lo que dice Rodney.

    Ruth se enderezó, y Rodney empezó a andar.

    —Bien, podéis iros —dije, en voz baja—. Yo no voy.

    Ruth se volvió hacia mí y me miró fijamente.

    —Vaya. ¿Quién es la molesta ahora?
    —No estoy molesta. Pero a veces no dices más que estupideces, Ruth.
    —Oh, mirad quién se ha molestado, ahora. Pobre Kathy. Nunca le gusta que se hable claro.
    —No tiene nada que ver con eso. No quiero visitar a un cuidador. Se supone que no tenemos que hacerlo, y ni siquiera conozco a ese tipo.

    Ruth se encogió de hombros e intercambió una mirada con Chrissie.

    —Bien —dijo—, no tenemos por qué ir juntos a todas partes. Si la damita no quiere venir con nosotros, no tiene por qué hacerlo. Que se vaya por ahí sola. —Se inclinó hacia Chrissie y le susurró teatralmente—: Es lo mejor cuando Kathy se pone de morros. Si la dejamos sola se le pasará.
    —Estate en el coche a las cuatro —me dijo Rodney—. Si no, tendrás que hacer dedo. —Luego soltó una carcajada—. Venga, Kathy. No te enfurruñes. Ven con nosotros.
    —No. Id vosotros. A mí no me apetece.

    Rodney se encogió de hombros y echó de nuevo a andar. Ruth y Chrissie le siguieron, pero Tommy no se movió. Sólo cuando vio que Ruth le miraba fijamente, dijo:

    —Me quedo con Kath. Si vamos a separarnos, yo me quedo con Kath.

    Ruth lo miró con furia, se dio la vuelta y empezó a andar. Chrissie y Rodney miraron a Tommy con expresión incómoda, y al final siguieron a Ruth y se alejaron.


    15


    Tommy y yo nos asomamos por la barandilla y nos quedamos contemplando el paisaje hasta que los otros se hubieron perdido de vista.

    —Son sólo palabras —dijo al fin Tommy. Y luego, tras una pausa, añadió—: Es lo que la gente dice cuando siente lástima de sí misma. Palabras. Los custodios nunca nos hablaron de semejante asunto.

    Empecé a andar —en dirección contraria a la de Chrissie y Rodney y Ruth—, y esperé un poco a que Tommy se incorporara a mi paso.

    —No merece la pena molestarse —siguió Tommy—. Ruth se pasa el tiempo haciendo cosas de éstas últimamente. Así se desahoga. De todas formas, como le hemos dicho antes, aunque sea cierto, aunque tan sólo hubiera una pizca de verdad en todo el asunto, no veo cómo iba a cambiar las cosas. Nuestros modelos, cómo son y demás, no tienen nada que ver con nosotros, Kath. No merece la pena hacerse mala sangre por eso.
    —De acuerdo —dije, y deliberadamente dejé que mi hombro golpeara contra el suyo—. De acuerdo, de acuerdo.

    Me pareció que íbamos en dirección al centro de la ciudad, aunque no podía estar segura. Estaba tratando de buscar un modo de cambiar de tema cuando Tommy se me adelantó y dijo:

    —¿Sabes cuando antes hemos estado en Woolworth's? ¿Cuando has ido al fondo de la planta con los demás? Pues yo estaba intentando encontrar algo. Algo para ti.
    —¿Un regalo? —Lo miré, sorprendida—. No creo que a Ruth le hubiera parecido bien lo que me estás diciendo. A menos que a ella le compraras otro más grande.
    —Una especie de regalo, sí. Lamentablemente, no lo he podido encontrar. No era mi intención decírtelo, pero ahora, bueno, ahora tengo otra oportunidad de encontrarlo, aunque creo que tendrás que ayudarme. No soy muy bueno en las compras.
    —Tommy, ¿se puede saber de qué estás hablando? Quieres hacerme un regalo, y quieres que te ayude a escogerlo.
    —No. Sé lo que es. Sólo que... —Se echó a reír y se encogió de hombros—. Oh, será mejor que te lo diga. En esos grandes almacenes había un expositor con montones de discos y cintas. Así que he estado buscando aquella que perdiste aquella vez. ¿Te acuerdas, Kath? Pero no he logrado acordarme de cuál era.
    —¿Mi cinta? No tenía ni idea de que lo supieses, Tommy.
    —Oh, sí. Ruth estuvo pidiéndole a todo el mundo que la ayudara a encontrarla, que estabas muy triste por haberla perdido. Así que la estuve buscando por todo Hailsham. No te lo dije entonces, pero lo intenté con todas mis fuerzas. Pensé que había sitios donde yo podía mirar y tú no. Los dormitorios de los chicos, sitios así... Recuerdo que la busqué durante mucho tiempo, pero ya ves que no dio resultado.

    Miré a Tommy, y sentí que mi mal humor se esfumaba.

    —Nunca lo supe, Tommy. Fue muy bonito de tu parte.
    —Bueno, no sirvió de mucho. Y te aseguro que quería encontrarla para que te pusieras contenta. Cuando al final me di cuenta de que no iba a lograrlo, me dije a mí mismo que algún día iría a Norfolk y allí la encontraría.
    —El rincón perdido de Inglaterra —dije, y miré a mi alrededor y añadí—: ¡Estamos en él!

    Tommy miró también a su alrededor, y los dos nos paramos. Estábamos en otra calle lateral, no tan estrecha como la de la galería de arte. Durante un momento estuvimos mirando a un lado y a otro con aire teatral, y al cabo soltamos unas risitas.

    —Así que no era ninguna idea tonta —dijo Tommy—. En Woolworth's tienen cantidad de cintas, y he supuesto que también tendrían la tuya. Pero no creo que la tuvieran.
    —¿No crees que la tuvieran? Oh, Tommy, quieres decir que ni siquiera has mirado como es debido...
    —Claro que sí, Kath; sólo que, bueno, es horrible que no haya podido acordarme del título. Tanto tiempo abriendo los arcones de los chicos y demás, allí en Hailsham, y no conseguir acordarme de cómo se titula... Era de Julie Bridges o algo así...
    —Sí, es Judy Bridgewater. Canciones para después del crepúsculo.

    Tommy sacudió la cabeza con solemnidad.

    —Entonces seguro que no la tenían.

    Me eché a reír y le di con el puño en un brazo. Tommy pareció desconcertado, así que dije:

    —Es normal que no tengan nada de eso en Woolworth's, Tommy. En Woolworth's tienen los éxitos del momento. Judy Bridgewater es de hace siglos. Dio la casualidad de que apareció en uno de nuestros Saldos. ¡Pero en Woolworth's no vas a encontrarla, tonto!
    —Bueno, ya te lo he dicho: no sé nada de ese tipo de cosas. Y tienen tantas cintas...
    —Sí, tienen unas cuantas, Tommy. Oh, no te preocupes. Ha sido un detalle precioso. Estoy emocionada. Era una gran idea. Estamos en Norfolk, después de todo.

    Echamos de nuevo a andar y Tommy dijo, en tono dubitativo:

    —Bueno, por eso tenía que decírtelo. Quería sorprenderte, pero de nada ha servido. No sabría dónde mirar, por mucho que ahora sepa el título de la cinta. Pero ya que te lo he dicho, puedes ayudarme. Podemos buscarla juntos.
    —¿De qué estás hablando, Tommy?

    Trataba de que sonara a reproche, pero no pude evitar reírme.

    —Bueno, tenemos más de una hora. Es una oportunidad única.
    —No seas tonto, Tommy. Te lo crees de verdad, ¿no es cierto? Lo del rincón de las cosas perdidas y demás...
    —No necesariamente. Pero podemos mirar, ya que estamos aquí. Quiero decir que a ti te encantaría encontrarla, ¿no? ¿Tenemos algo que perder?
    —De acuerdo. Eres un completo bobo, pero de acuerdo.

    Tommy abrió los brazos en un gesto de impotencia.

    —Bien, ¿adonde vamos, Kath? Como te he dicho, no soy nada bueno comprando.
    —Tenemos que mirar en tiendas de segunda mano —dije, después de pensarlo un momento—. En esos sitios llenos de ropa vieja, de libros viejos. A veces suelen tener cajas llenas de discos y cintas.
    —Muy bien. Pero ¿dónde están esas tiendas?

    Cuando hoy pienso en aquel momento, allí en aquella pequeña calle lateral con Tommy, a punto de emprender nuestra búsqueda, siento que una calidez recorre mi interior. De pronto todo era perfecto: teníamos una hora por delante, sin ninguna otra cosa mejor que hacer. Tuve realmente que contenerme para no echarme a reír como una tonta, o ponerme a brincar en medio de la acera como una niña. No mucho tiempo atrás, cuando estuve cuidando a Tommy y saqué a colación nuestro viaje a Norfolk, me dijo que había sentido exactamente lo mismo. El momento en que decidimos ir en busca de la cinta perdida fue como si de pronto todas las nubes se hubieran despejado y no hubiera más que risa y diversión ante nosotros.

    Al principio, no hacíamos más que entrar en sitios equivocados: librerías de segunda mano, tiendas llenas de aspiradoras viejas..., pero ninguna música en absoluto. Al cabo de un rato Tommy decidió que, como yo no tenía mucha más idea que él, tomaba el mando de la expedición. Así pues, por puro azar, de pronto descubrió una calle con cuatro tiendas del tipo que buscábamos, y casi una detrás de otra. Sus escaparates estaban llenos de vestidos, bolsos, anuarios escolares, y cuando entramos en ellas enseguida percibimos un agradable aroma a mundo añejo. Había montones de libros de bolsillo arrugados, cajas polvorientas llenas de tarjetas postales o de baratijas. Una de las tiendas estaba especializada en artículos hippies, mientras otra vendía medallas de guerra y fotos de soldados en el desierto. Pero todas ellas, en algún rincón, tenían una o dos grandes cajas de cartón llenas de elepés y cintas. Rebuscamos en aquellas tiendas, y si he de ser sincera, al cabo de unos minutos creo que Judy Bridgewater se había esfumado de nuestras cabezas. Sencillamente disfrutábamos buscando juntos entre aquellas cosas, perdiéndonos durante un rato y volviéndonos a ver otra vez juntos, tal vez compitiendo por la misma caja de baratijas en un polvoriento rincón iluminado por un rayo de sol.

    Y por fin la encontré. Había estado hurgando en una hilera de casetes, con la mente en otra parte, cuando de pronto la vi allí, bajo mis dedos, con aspecto idéntico a aquella remota cinta del pasado: Judy, con su cigarrillo, mirando coquetamente al barman, con las palmeras desvaídas al fondo.

    No solté ninguna exclamación, como había hecho un instante antes al encontrar alguna cosa que me había entusiasmado sólo a medias. Me quedé quieta, mirando la caja de plástico, sin saber muy bien si estaba o no loca de gozo. Durante unos segundos me llegó a parecer incluso una equivocación. La cinta había sido una excusa perfecta para divertirnos un poco, y ahora que la habíamos encontrado tendríamos que dejarlo. Tal vez fue ésa la razón por la que, para mi sorpresa, me quedé callada al principio; por la que incluso pensé en fingir que no la había visto. Y ahora que la tenía allí delante, había en ella algo vagamente embarazoso, como si se tratara de algo que debería haber dejado atrás al madurar y dejar de ser una chiquilla. De hecho llegué a pasar la casete como la hoja de un libro y permitir que le cayera encima la siguiente. Pero seguía estando el lomo, que no paraba de mirarme, y al final llamé a Tommy.

    —¿Es ésa? —dijo.

    Parecía no creérselo, quizá porque no me veía haciendo grandes aspavientos.

    Saqué la cinta y se la enseñé. Y de pronto sentí un placer muy intenso (y algo más, algo no sólo más complejo sino capaz de hacerme llorar a lágrima viva), pero contuve la emoción, y di un fuerte tirón del brazo de Tommy.

    —Sí, es ésta —dije, y por primera vez sonreí con entusiasmo—. ¿No es increíble? ¡La hemos encontrado!
    —¿Crees que podría ser la misma? Me refiero a la misma. La que perdiste.

    Al darle la vuelta entre los dedos me di cuenta de que recordaba todos los detalles del reverso, los títulos de las canciones, todo.

    —No veo por qué no. Podría ser —dije—. Pero tengo que decirte, Tommy, que puede haber miles circulando por ahí.

    Entonces me di cuenta de que ahora era Tommy quien no estaba tan entusiasmado como cabía esperar.

    —Tommy, no pareces muy contento con mi suerte —dije, aunque, como es lógico, en tono de broma.
    —Estoy muy contento por ti, Kath. Es que, bueno, me gustaría haberla encontrado yo. —Lanzó una risita, y continuó—: ¿Te acuerdas de cuando la perdiste? Pues yo solía pensar mucho en el asunto, y me preguntaba mentalmente qué pasaría si la encontraba y te la daba. Qué dirías, qué cara pondrías, todo eso.

    Su voz era más suave que de costumbre, y no quitaba la vista de la caja de plástico de la casete, que seguía en mi mano. Entonces caí en la cuenta de que no había nadie más que nosotros en la tienda, aparte del viejo que estaba detrás del mostrador, junto a la entrada, ensimismado en el papeleo de su negocio. Estábamos en el fondo de la tienda, sobre una especie de entarimado más alto, donde la luz era más tenue; un espacio un tanto aparte, como si el viejo no quisiera pensar en los artículos de nuestra zona y la hubiera aislado mentalmente. Durante varios segundos, Tommy siguió en una suerte de trance, supongo que dándole vueltas a la cabeza a la antigua fantasía de que era él quien me ofrecía la cinta perdida. De pronto me arrebató la cinta de la mano.

    —Bien, al menos puedo comprártela —dijo con una sonrisa, y antes de que pudiera detenerle bajó de la zona elevada y echó a andar hacia el mostrador.

    Yo seguí curioseando en el fondo de la tienda mientras el viejo buscaba la cinta para ponerla en su caja. No había dejado de sentir aquella punzada de pesar por haberla encontrado tan pronto, y sólo mucho después, de vuelta ya en las Cottages y sola en mi cuarto, aprecié en su justo valor volver a tener la cinta (y en especial aquella canción que me había gustado tanto). Pero incluso entonces era sobre todo una cuestión de nostalgia, y si hoy saco alguna vez la cinta y la miro me trae recuerdos de aquella tarde en Norfolk del mismo modo que me trae recuerdos de nuestro pasado en Hailsham.


    Nada más salir de la tienda, yo ya estaba deseando volver al estado de ánimo despreocupado, alocado de antes. Pero cuando hice unas cuantas bromas me di cuenta de que Tommy estaba ensimismado en sus pensamientos y no me respondía.

    Empezamos a subir por una cuesta empinada, y quizá a un centenar de metros, justo al borde del acantilado, divisamos una especie de mirador con bancos que daban al mar. Era el sitio ideal para que una familia disfrutase de una merienda estival al aire libre. Y ahora, a pesar del viento frío, caminábamos hacia los bancos con determinación; pero cuando aún nos faltaba un trecho Tommy aflojó el paso y se rezagó y me dijo:

    —Chrissie y Rodney están realmente obsesionados con esa idea. Ya sabes, con lo de que a una pareja le aplazaban las donaciones si estaba enamorada de verdad. Están convencidos de que nosotros estamos al tanto de ese asunto, pero en Hailsham nadie nos dijo nunca nada de eso. Yo nunca oí nada parecido, al menos. ¿Y tú, Kath? Es algo que se rumorea últimamente entre los veteranos. Y lo que hace la gente como Ruth no es más que echar leña al fuego.

    Lo miré con detenimiento, pero era difícil apreciar si lo había dicho con una especie de afecto travieso o con profundo desagrado. Vi, de todas formas, que le estaba dando vueltas a la cabeza a algo que no tenía nada que ver con Ruth, así que no dije nada, y esperé. Al final dejó de andar y se puso a dar pequeños puntapiés a un vaso de papel aplastado que había en el suelo.

    —En realidad, Kath —dijo—, llevo ya un tiempo pensando en ello. Estoy seguro de que tenemos razón, de que no se habló nunca de tal cosa en Hailsham. Pero en aquel tiempo había montones de cosas que no tenían ningún sentido. Y he estado pensando que si es cierto, si ese rumor es cierto, podría explicar muchas cosas. Cosas a las que solíamos darles vueltas y vueltas en la cabeza.
    —¿Qué quieres decir? ¿Qué tipo de cosas?
    —La Galería, por ejemplo. —Tommy había bajado la voz, y yo me había acercado a él, como si aún estuviéramos en Hailsham y habláramos en la cola del almuerzo o en la orilla del estanque—. Nunca llegamos al fondo del asunto: a saber para qué era la Galería. Por qué Madame se llevaba todos los mejores trabajos. Pero ahora creo que lo sé. Kath, ¿te acuerdas de aquella vez que todo el mundo discutía sobre los vales? ¿De si debían o no darse Vales para compensar los trabajos que se llevaba Madame? ¿Y Roy J. fue a ver a la señorita Emily para hablarle del asunto? Bien, pues hubo algo que la señorita Emily dijo entonces, algo que dejó caer y que me ha estado haciendo pensar últimamente.

    Pasaban dos mujeres con sus perros atados con correa y, aunque pueda parecer completamente estúpido, los dos callamos hasta que las damas coronaron la pendiente y no pudieron oírnos. Entonces dije:

    —¿Qué, Tommy? ¿Qué «dejó caer» la señorita Emily?
    —Cuando Roy J. le preguntó por qué Madame se llevaba nuestros trabajos, ¿recuerdas lo que se suponía que tenía que haber dicho?
    —Recuerdo que dijo que era un privilegio, y que tendríamos que estar orgullosos...
    —Pero eso no fue todo. —La voz de Tommy era ahora un suspiro—. ¿Qué le dijo a Roy, qué «dejó caer», aunque probablemente no quiso de verdad decirlo? ¿Te acuerdas, Kath? Le dijo a Roy que las pinturas, la poesía y ese tipo de cosas, revelaban cómo era uno por dentro. Dijo que revelaban cómo era su alma.

    Cuando le oí decir esto, recordé súbitamente un dibujo que una vez había hecho Laura de sus propios intestinos, y me eché a reír. Pero algo se estaba abriendo paso en mi memoria.

    —Es cierto —dije—. Lo recuerdo. Bien, ¿adonde quieres ir a parar?
    —Lo que yo pienso —dijo Tommy despacio— es esto: supongamos que es verdad lo que los veteranos están diciendo; supongamos que hay ciertas disposiciones especiales para los alumnos de Hailsham; supongamos que dos alumnos afirman estar muy enamorados, y que quieren un tiempo extra para estar juntos. Entonces, Kath, tendrá que haber un modo de saber si están diciendo la verdad. Que no están diciendo que están enamorados simplemente para aplazar sus donaciones. ¿Te das cuenta de lo difícil que puede ser tomar una decisión al respecto? O que una pareja crea de verdad que están enamorados, pero que en realidad no sea más que una cuestión de sexo. O un enamoramiento pasajero. ¿Te das cuenta de adonde quiero llegar, Kath? Tiene que ser muy difícil juzgar estos casos, y probablemente imposible acertar todas las veces. Pero la cuestión, sea quien sea quien decida, sea Madame o cualquier otro, es que necesitan algo para seguir considerando la cuestión...

    Asentí con la cabeza despacio.

    —Así que por eso se llevaban nuestro arte...
    —Puede ser. Madame tiene en alguna parte una galería llena de trabajos de alumnos; de cuando eran chicos y chicas muy pequeños. Supongamos que una pareja se presenta y dice que están enamorados. Madame puede buscar las obras que estos dos alumnos han ido haciendo a lo largo de los años. Y puede ver si encajan. Si casan. Puede decidir por sí misma qué amor puede perdurar y qué otro no es más que un mero enamoriscamiento.

    Eché a andar despacio, sin apenas mirar hacia delante. Tommy me alcanzó, aguardando mi respuesta.

    —No estoy segura —dije al fin—. Lo que estás diciendo podría explicar lo de la señorita Emily, lo que le dijo a Roy. Y supongo que explicaría también por qué los custodios siempre pensaban que era tan importante para nosotros que supiéramos pintar y todo eso.
    —Exactamente. Y por tanto... —Tommy suspiró, y siguió con cierto esfuerzo—: Por tanto, la señorita Lucy tuvo que admitir que estaba equivocada, y decirme que en realidad sí importaba. Me había dicho lo anterior porque en aquel tiempo le daba lástima. Pero en el fondo de sí misma sabía que sí importaba. Lo que nos distinguía a los que habíamos estado en Hailsham era que se nos brindaba esa oportunidad especial. Pero si no tenías ningún trabajo en la Galería de Madame era como si hubieras desperdiciado tu oportunidad.

    Fue después de oír las palabras de Tommy cuando de pronto vi con claridad, y con un escalofrío, adonde nos llevaba todo aquello. Me detuve y me volví hacia él, pero antes de que pudiera decir nada Tommy soltó una carcajada.

    —Así que si lo he entendido bien..., bien, pues parece que he desperdiciado mi oportunidad.
    —Tommy, ¿se llevaron alguna vez algo tuyo para la Galería? ¿Cuando eras mucho más pequeño, quizá?

    Tommy sacudía ya la cabeza en señal de negativa.

    —Ya sabes lo inútil que era. Y luego estaba lo de la señorita Lucy. Sé que su intención era buena. Le daba pena y quería ayudarme. Y estoy seguro de que lo hizo. Pero si mi teoría es cierta, entonces...
    —Sólo es una teoría, Tommy —dije—. Y sabes perfectamente cómo suelen ser tus teorías.

    Quería quitarle hierro al asunto, pero no daba con el tono adecuado, y creo que era evidente que seguía pensando detenidamente en lo que acababa de decir Tommy.

    —Quizá disponen de todo tipo de medios para juzgar —dije al cabo de un momento—. Quizá el arte no es más que uno de ellos.

    Tommy negó de nuevo con la cabeza.

    —¿Y cuáles serían esos medios? Madame nunca llegó a conocernos. No podría recordarnos individualmente. Además, es muy probable que Madame no sea la única que decide. Seguramente hay gente de un nivel más alto que ella, gente que jamás puso un pie en Hailsham. He pensado mucho en esto, Kath. Y todo cuadra. Ésa es la razón por la que la Galería era tan importante, y por eso los custodios querían que trabajásemos duro en el arte y la poesía. ¿En qué estás pensando, Kath?

    Ciertamente me había alejado un poco del asunto. De hecho estaba pensando en aquella tarde en que estuve sola en nuestro dormitorio, poniendo la cinta que acabábamos de encontrar; en cómo me bamboleaba de un lado a otro, con una almohada pegada contra el pecho, mientras Madame me observaba desde el umbral con lágrimas en los ojos. El episodio, para el que nunca había encontrado una explicación convincente, parecía encajar bien con la teoría de Tommy. Mientras danzaba lentamente imaginaba que estaba abrazando a un bebé pero, por supuesto, Madame no podía saberlo. Debió de suponer que abrazaba a un amante. Si la teoría de Tommy era cierta, si Madame tenía relación con nosotros con el solo propósito de diferir nuestras donaciones cuando, andando el tiempo, estuviéramos enamorados, entonces tenía sentido —pese a su habitual frialdad para con nosotros— que se emocionara al darse casi de bruces con una escena como aquélla. Estaba dándole vueltas a esto en la cabeza, y a punto estuve de soltárselo todo de pronto a Tommy, pero me contuve porque lo que ahora quería era quitarle importancia a su teoría.

    —He estado pensando en lo que has dicho, eso es todo —dije—. Tenemos que volver ya. Nos va a llevar un rato encontrar el aparcamiento.

    Empezamos a desandar la pendiente, pero sabíamos que aún teníamos tiempo y no apretamos el paso.

    —Tommy —le pregunté, después de haber caminado un rato—. ¿Le has dicho algo de esto a Ruth?

    Tommy negó con la cabeza, y siguió andando. Y luego dijo:

    —La cuestión es que Ruth se lo cree todo; todo lo que están diciendo los veteranos. Sí, le gusta hacer como que sabe mucho más de lo que sabe. Lo malo es que se lo cree. Y tarde o temprano va a querer ir más lejos...
    —¿Te refieres a que querrá...?
    —Sí. Querrá hacer la solicitud. Pero de momento no se ha parado a pensar demasiado en el asunto. No como acabamos de hacer nosotros.
    —¿Nunca le has contado tu teoría sobre la Galería?

    Volvió a negar con la cabeza, pero no dijo nada.

    —Si le explicas tu teoría —dije—, y admite que quizá tengas razón... Bueno, se va a poner hecha una furia.

    Tommy se quedó pensativo, pero siguió sin decir nada.

    Hasta que estuvimos de nuevo en las calles laterales estrechas no volvió a hablar, y cuando lo hizo su voz se había vuelto súbitamente mansa.

    —La verdad, Kath —dijo—, es que he estado haciendo algunas cosas. Por si acaso. No se lo he contado a nadie, ni siquiera a Ruth. No es más que un comienzo.

    Fue la primera vez que oí hablar de sus animales imaginarios. Cuando empezó a describir lo que estaba haciendo —no me enseñó ninguno de estos trabajos hasta semanas más tarde—, me resultó difícil mostrar gran entusiasmo. De hecho, tengo que admitir que al oírle recordé aquel dibujo original de un elefante en la hierba que había dado lugar a todos los problemas de Tommy en Hailsham. La inspiración, me explicó, le había venido de un viejo libro infantil al que le faltaba la cubierta trasera y que había encontrado detrás de uno de los sofás de las Cottages. Había convencido a Keffers para que le diera uno de aquellos pequeños cuadernos negros donde él garabateaba sus números, y desde entonces había creado como mínimo una docena de criaturas fantásticas.

    —El caso es que estoy haciendo unos animales increíblemente pequeños. Diminutos. Jamás se me ocurrió hacerlos así en Hailsham. Y quizá fue ahí donde me equivoqué. Si los haces muy pequeños, y no me queda más remedio que hacerlos así porque las hojas son más o menos de este tamaño, todo cambia. Es como si cobraran vida por sí mismos. Y entonces no tienes más que dibujarles todos esos detalles que los diferencian. Tienes que pensar en cómo se protegen, en cómo consiguen coger las cosas. De verdad, Kath, no tiene nada que ver con lo que solía hacer en Hailsham.

    Se puso a describirme los que más le gustaban, pero yo no podía concentrarme en lo que me estaba contando; cuanto más se entusiasmaba él hablándome de sus animales, más incómoda me sentía yo. «Tommy —tenía ganas de decirle—, vas a volver a ser el hazmerreír de todo el mundo. Animales imaginarios... ¿Qué es lo que te pasa?» Pero no lo hice. Lo miré con cautela y dije:

    —Eso suena fantástico, Tommy.

    Luego, en un momento dado, él dijo:

    —Como te he dicho, Kath, Ruth no sabe nada de estos dibujos.

    Y cuando dijo esto pareció recordar todo lo demás, y en primer lugar por qué estábamos hablando de sus animales, y la energía desapareció de su semblante. Volvimos a caminar en silencio, y al llegar a High Street dije:

    —Bien, aun en el caso de que haya algo cierto en tu teoría, Tommy, hay muchísimo más por descubrir. Por ejemplo, ¿cómo ha de hacer esa solicitud una pareja? ¿Qué tienen que hacer? Porque no es que los formularios para cumplimentarla estén precisamente por todas partes...
    —También yo me he preguntado todas esas cosas. —Su voz volvía a sonar calma y solemne—. Si quieres que te diga mi opinión, no veo más que un camino a seguir: encontrar a Madame.

    Pensé en ello, y dije:

    —Eso puede no ser tan fácil. No sabemos nada de ella. Ni siquiera sabemos su nombre. ¿Y tú recuerdas cómo era? No le gustábamos; ni siquiera quería vernos de cerca. Y aunque consiguiéramos dar con ella, no creo que nos sirviera de mucho.

    Tommy suspiró.

    —Lo sé —dijo—. Bueno, supongo que tenemos tiempo. Ninguno de nosotros tiene tanta prisa.


    Cuando llegamos al coche la tarde se había encapotado y empezaba a hacer bastante frío. Los demás no habían llegado todavía, así que Tommy y yo nos apoyamos en el coche y nos pusimos a mirar el campo de minigolf. No había nadie jugando, y las banderas se agitaban al viento. Yo no quería hablar más de Madame, ni de la Galería, ni de nada relacionado con este asunto, así que saqué la casete de Judy Bridgewater de su bolsita y la examiné con detenimiento.

    —Gracias por regalármela —dije.

    Tommy sonrió.

    —Si yo hubiera estado mirando en la caja de las cintas y tú en la de los elepés, la habría encontrado yo. El pobre Tommy ha tenido mala suerte.
    —No tiene la menor importancia. La hemos encontrado porque tú te has empeñado en que la buscáramos. Yo me había olvidado de lo del rincón de las cosas perdidas. Y como Ruth se ha puesto tan pesada con todo eso, yo me he puesto de muy mal humor. Judy Bridgewater... Mi vieja amiga. Es como si nunca me hubiera separado de ella. Me pregunto quién pudo robármela en Hailsham.

    Durante un momento, miramos hacia la calle en busca de los demás.

    —¿Sabes? —dijo Tommy—. Cuando Ruth ha dicho antes lo que ha dicho, y he visto cuánto te has molestado...
    —Déjalo, Tommy. Ahora estoy bien. Y no voy a sacarlo a relucir cuando vuelvan.
    —No, no es a eso a lo que me refería —dijo Tommy. Dejó de apoyarse en el coche, se volvió y apretó con la punta del zapato la rueda de delante, como para comprobar la presión del aire—. Lo que quiero decir es que, cuando Ruth ha salido con todo eso, me he dado cuenta de por qué sigues mirando esas revistas porno. Está bien, está bien..., no es que me haya dado cuenta. Es sólo una teoría. Otra de mis teorías. Pero cuando Ruth ha dicho eso antes, me ha parecido que algo encajaba al fin.

    Sabía que me estaba mirando, pero mantuve la mirada fija hacia el frente y no respondí nada.

    —Pero sigo sin entenderlo totalmente, Kath —dijo al cabo de unos segundos—. Aun en el caso de que lo que dice Ruth sea cierto, ¿por qué miras y miras esas viejas revistas porno, para ver si encuentras a alguna de tus posibles? ¿Por qué tu modelo tiene que ser por fuerza una de esas chicas?

    Me encogí de hombros, pero seguí sin mirarle.

    —No pretendo que tenga mucho sentido. Pero lo hago de todas formas. —Los ojos se me estaban llenando de lágrimas, y traté de que Tommy no las viera. Pero la voz me temblaba cuando añadí—: Si tanto te molesta, dejaré de hacerlo.

    No sé si Tommy vio mis lágrimas. De todas formas, cuando Tommy se acercó a mí y me dio un apretón en los hombros, yo ya las había controlado. Contener las lágrimas era algo que ya había hecho antes en ocasiones, y no me suponía ningún esfuerzo especial. Pero además me sentía algo mejor, y dejé escapar una risita. Entonces Tommy me soltó, y nos quedamos casi juntos, codo a codo, con la espalda hacia el coche.

    —De acuerdo, no tiene ningún sentido —dije—, pero lo hacemos todos, ¿no es cierto? Todos nos preguntamos sobre nuestro modelo. Al fin y al cabo, ése es el motivo por el que hoy hemos venido aquí. Todos, todos lo hacemos.
    —Kath, sabes perfectamente que no se lo he dicho a nadie. Lo de aquella vez en el cobertizo de la caldera. Ni a Ruth ni a nadie. Pero no lo entiendo bien. No comprendo bien por qué lo haces.
    —Está bien, Tommy. Te lo contaré. Puede que, cuando te lo cuente, para ti siga sin tener mucho sentido, pero voy a contártelo de todas formas. El caso es que de vez en cuando, cuando me apetece el sexo, tengo unos sentimientos fortísimos. A veces me viene de repente y durante una hora o dos es francamente espeluznante. Hasta el punto de que, si de mí dependiera, sería capaz de acabar haciéndolo con el viejo Keffers. Es así de horrible. Y por eso... Ésa fue la única razón por la que lo hice con Hughie. Y con Oliver. No significó nada en mi interior. Ni siquiera me gustan mucho. No sé qué será; pero luego, cuando ya ha pasado, me da mucho miedo. Así es como empecé a pensar que, bueno, la cosa tenía que venir de alguna parte. Tenía que estar relacionado con cómo soy. —Callé, pero cuando vi que Tommy no decía nada, continué—: Así que pensé que si encontraba su fotografía en alguna de esas revistas, al menos tendría una explicación. Y no es que quisiera ir a buscar a esa mujer ni nada parecido. ¿Entiendes?, sería una especie de explicación de por qué soy como soy.
    —A mí me pasa algo parecido a veces —dijo Tommy—. Cuando tengo muchas ganas de hacerlo. Supongo que los demás, si son sinceros, admitirán que también les pasa a ellos. No creo que seas nada diferente en eso, Kath. La verdad es que a mí me pasa montones de veces.

    Dejó de hablar y se echó a reír, pero yo no reí con él.

    —Estoy hablando de algo diferente —dije yo—. He observado a los demás. Puede apetecerles, pero eso no les hace hacer cosas. Nunca actúan del modo en que yo lo he hecho, irse con tipos como ese Hughie...

    Estuve a punto de volver a echarme a llorar, porque sentí que el brazo de Tommy me rodeaba los hombros. Disgustada como estaba, seguí siendo consciente de dónde estábamos, y eché una especie de freno en mi mente para que si Ruth y los otros doblaban la esquina en ese momento y nos veían así, no hubiera ninguna posibilidad de malentendido. Seguíamos uno al lado del otro, apoyados en el coche, y lo que verían sería que yo estaba disgustada por algo y Tommy trataba de consolarme. Y entonces oí que Tommy me decía:

    —No creo que eso sea necesariamente malo. Una vez que encuentres a alguien, Kath, a alguien con quien realmente quieras estar, entonces será estupendo. ¿Te acuerdas de lo que los custodios solían decirnos? Si es con la persona adecuada, te hace sentirte bien de verdad.

    Hice un movimiento de hombros para que Tommy me quitara el brazo de encima, y aspiré profundamente.

    —Olvidémoslo. Será mejor que me controle cuando me vengan esos arrebatos. Así que vamos a olvidarlo.
    —De todas formas, Kath, es bastante tonto andar mirando esas revistas.
    —Es estúpido, de acuerdo. Pero dejémoslo, Tommy. Ya estoy bien.

    No recuerdo de qué hablamos hasta que llegaron los demás. Pero de nada serio; y si los otros, al llegar, pudieron percibir aún algo en el ambiente, no hicieron ningún comentario. Estaban de muy buen humor, y Ruth, en especial, parecía decidida a subsanar el incidente de antes. Vino hasta mí y me tocó la mejilla, mientras hacía una broma, y cuando montamos en el coche se esforzó por que el ánimo jovial siguiera en todos nosotros. A ella y a Chrissie todo lo de Martin les había parecido cómico, y disfrutaban de la libertad de reírse abiertamente de él ahora que ya no estaban en su apartamento. Rodney no parecía aprobar sus comentarios, pero me di perfecta cuenta de que Ruth y Chrissie lo hacían más que nada para tomarle el pelo. El talante era fraterno. Reparé en que si antes Ruth había procurado que Tommy y yo no nos enteráramos en absoluto del sentido de todas aquellas bromas y referencias, durante el camino de vuelta no dejó de volverse hacia mí para explicarme con detalle de qué estaban hablando. De hecho se me hizo un tanto pesado al cabo de un rato, porque daba la impresión de que todo lo que se decía en aquel coche era para que lo oyéramos Tommy y yo (o yo al menos). Pero me complacía que Ruth nos lo estuviera contando todo a bombo y platillo. Comprendía —lo mismo que Tommy— que Ruth reconocía lo mal que se había portado antes, y que aquélla era su forma de admitirlo. Iba sentada entre Tommy y yo, tal como la ida, pero ahora se pasó todo el trayecto hablándome a mí, y sólo muy de vez en cuando se volvía a Tommy para darle algún que otro achuchón o beso. El ambiente era bueno, y nadie sacó a colación a la posible de Ruth ni hizo referencia a nada parecido. Y yo no mencioné la cinta de Judy Bridgewater que Tommy me había comprado. Sabía que Ruth se enteraría de ello tarde o temprano, pero no quería que lo supiera en ese momento. En aquel viaje de vuelta a las Cottages, con la oscuridad cerniéndose ya sobre las largas carreteras vacías, era como si los tres volviéramos a estar unidos y no quisiéramos que nada pudiera ensombrecer nuestro estado de ánimo.


    16


    Lo realmente extraño de nuestro viaje a Norfolk fue que, una vez de vuelta, apenas volvimos a hablar de él. Hasta el punto de que durante un tiempo corrieron todo tipo de rumores sobre lo que habríamos estado haciendo en aquel rincón de Inglaterra. Incluso entonces mantuvimos la boca cerrada, hasta que al final la gente perdió el interés.

    Aún hoy sigo sin estar segura del porqué. Quizá sentimos que era cosa de Ruth, de que era prerrogativa suya si quería o no contarlo, y no hacíamos sino observar lo que ella hacía y decía. Y Ruth, por una u otra razón —quizá sentía cierto embarazo por cómo habían resultado las cosas en relación con su posible, quizá disfrutaba del misterio—, se había cerrado por completo a este respecto. Incluso entre nosotros evitábamos hablar del viaje a Norfolk.

    Este aire de secreto me hizo más fácil no contarle que Tommy me había regalado la cinta de Judy Bridgewater. Aunque no llegué hasta el punto de esconderla. Estaba allí, entre mis cosas, en uno de los pequeños montones que tenía junto al rodapié; pero siempre me cercioré de que no quedara encima de ninguno de ellos. Había veces en que me moría de ganas de contárselo; en aquellos momentos, por ejemplo, en que me habría gustado recordar cosas de Hailsham con la cinta sonando al fondo. Pero cuanto más se alejaba en el tiempo aquel viaje a Norfolk y yo seguía sin contárselo, más iba sintiendo yo una especie de culpa secreta. Por supuesto, al final vio la cinta. Fue mucho después, probablemente en un tiempo en que le hizo mucho más daño descubrirla, pero a veces es este tipo de cosas las que nos depara la fortuna.

    Al acercarse la primavera eran más y más los veteranos que dejaban las Cottages para iniciar su aprendizaje, y aunque se iban sin gran alboroto —era ésa la costumbre—, su número cada vez mayor hacía imposible que su marcha pasara inadvertida. No estoy segura de cuáles eran nuestros sentimientos al verlos partir. Parecían dirigirse a un mundo más emocionante, más grande. Pero no había la menor duda de que su marcha nos hacía sentirnos cada día más inquietos.

    Entonces, un buen día —creo recordar que hacia el mes de abril—, Alice F. se convirtió en la primera alumna de Hailsham que abandonaba las Cottages, y no mucho después le llegó el turno a Gordon C. Ambos habían solicitado empezar su adiestramiento, pero a partir de entonces el ambiente del lugar cambió para siempre (al menos para nosotros).

    También muchos veteranos parecían afectados por la gran cantidad de compañeros que partían, y, acaso como consecuencia directa de ello, se produjo un nuevo aluvión de rumores similares a los que Chrissie y Rodney habían hecho alusión en Norfolk. Se hablaba de que en alguna parte del país había estudiantes que habían conseguido aplazamientos porque habían demostrado que estaban enamorados; a veces, incluso, tales comentarios se referían a alumnos que no tenían relación con Hailsham. Los cinco que habíamos estado en Norfolk también en este caso rehuíamos hablar del asunto: incluso Chrissie y Rodney —un día en el epicentro de aquellas hablillas— miraban hacia otra parte cuando alguien se ponía a hablar de ello.

    El «efecto Norfolk» también nos afectó a Tommy y a mí. Después de volver del viaje, supuse que íbamos a aprovechar cualquier oportunidad para hablar de nuestros pensamientos sobre la Galería. Pero quién sabe por qué —y no es que él tuviera más culpa que yo en esto—, no lo hicimos nunca (ni cuando estábamos a solas). La excepción, supongo, fue la vez de la casa del ganso, la mañana en que me enseñó sus animales imaginarios.

    El granero al que llamábamos «la casa del ganso» estaba en la periferia de las Cottages, y como tenía el tejado lleno de goteras y la puerta permanentemente fuera de sus goznes, apenas se utilizaba para nada, salvo para que las parejas buscaran intimidad en los meses más cálidos. Para entonces yo me había habituado a dar largos paseos solitarios, y creo que fue al comienzo de uno de ellos, justo cuando estaba dejando atrás la casa del ganso, cuando oí que Tommy me llamaba. Me volví y lo vi descalzo, encaramado torpemente en un trozo de tierra seca rodeado de enormes charcos, con una mano apoyada contra un costado del granero para mantener el equilibrio.

    —¿Dónde están tus botas, Tommy? —le pregunté.

    Aparte de ir descalzo, llevaba el jersey grueso y los vaqueros de siempre.

    —Estaba..., bueno, dibujando...

    Se echó a reír, y levantó un pequeño cuaderno negro parecido a los que Keffers solía llevar consigo a todas partes.

    Habían pasado ya más de dos meses desde nuestro viaje a Norfolk, pero en cuanto vi el cuadernito supe de qué se trataba. Aunque esperé hasta que dijo:

    —Si quieres, Kath, te los enseño.

    Me guió hasta el interior de la casa del ganso, dando saltitos sobre el terreno irregular. En contra de lo que pensaba, no estaba oscuro, porque la luz del sol entraba por los tragaluces. Contra una de las paredes se veían varios muebles, seguramente arrumbados durante el año anterior: mesas rotas, frigoríficos viejos, ese tipo de cosas. Al parecer Tommy había arrastrado hasta el centro del recinto un sofá de dos plazas con el relleno sobresaliéndole por los desgarrones del plástico negro, y supongo que era allí donde había estado sentado dibujando cuando me vio pasar. En el suelo, a unos pasos, vi sus botas de agua caídas hacia un lado, con las medias de fútbol asomando por las aberturas.

    Tommy se sentó de un brinco en el sofá y se acarició el dedo gordo del pie.

    —Perdona, me duelen un poco los pies. Me he descalzado sin darme cuenta. Creo que me he hecho unos pequeños cortes. ¿Quieres ver los dibujos, Kath? Ruth los vio la semana pasada, así que he estado deseando enseñártelos desde entonces. Nadie más los ha visto. Échales una ojeada, Kath.

    Fue la primera vez que vi sus animales. Cuando me habló de ellos en Norfolk había imaginado que "serían algo parecido —aunque de menor tamaño— a esos dibujos que todos hemos hecho cuando éramos pequeños. Así que me quedé asombrada ante el minucioso detalle de cada uno de ellos. De hecho te llevaba unos segundos darte cuenta de que se trataba de animales. Mi primera impresión fue muy semejante a la que hubiera tenido al quitar la tapa de atrás de una radio: canales diminutos, tendones entrelazados, ruedecitas y tornillos en miniatura dibujados con obsesiva precisión, y sólo cuando alejé la hoja un poco pude apreciar que se trataba, por ejemplo, de algún tipo de armadillo, o de un pájaro.

    —Es mi segundo cuaderno —dijo Tommy—. ¡No permitiré que nadie vea el primero por nada del mundo! Me ha llevado tiempo empezar a aprender...

    Ahora estaba tendido en el sofá, poniéndose un calcetín en el pie y tratando de parecer despreocupado, pero yo sabía que estaba inquieto, a la espera de mi reacción. Aun así, tardé cierto tiempo en manifestarle mi más sincera admiración. En parte quizá por el temor de que los trabajos artísticos podrían volver a causarle problemas serios. Pero también porque los dibujos que estaba viendo eran tan diferentes de todo lo que los custodios nos habían enseñado en Hailsham que no sabía cómo juzgarlos. Dije algo como:

    —Dios, Tommy... Esto tiene que exigirte una gran concentración. Es asombroso que aquí puedas tener luz suficiente para dibujar todas estas cosas tan pequeñas. —Y a continuación, mientras pasaba las hojas, y acaso porque seguía buscando las palabras adecuadas, acabé diciendo—: Me pregunto qué diría Madame si viera esto.

    Lo dije en tono jocoso, y Tommy respondió con una risita, pero entonces hubo algo nuevo en el aire, algo que no había habido anteriormente. Seguí pasando las hojas del cuaderno —Tommy había llenado ya como una cuarta parte de él— sin mirarle, deseando no haber mencionado a Madame. Finalmente, le oí decir:

    —Supongo que tendré que mejorar mucho antes de que ella pueda verlos.

    No estaba segura de si me estaba invitando a que le dijera lo buenos que eran sus dibujos, pero entonces yo ya empezaba a estar verdaderamente fascinada por aquellas criaturas fantásticas que tenía ante mis ojos. Pese a sus metálicos, recargados rasgos, había algo tierno, incluso vulnerable en cada uno de ellos. Recordé que en Norfolk me había contado que, mientras los dibujaba, pensaba con preocupación en cómo se protegerían, o en cómo conseguirían coger las cosas, y, al verlos yo ahora, sentí una preocupación semejante. Sin embargo, por alguna razón que se me escapaba, había algo que me seguía impidiendo elogiarle abiertamente. Entonces Tommy dijo:

    —De todas formas, no los hago sólo por lo de Madame y demás, sino porque me gusta hacerlos. Me estaba preguntando, Kath, si debo seguir manteniéndolo en secreto. Porque a lo mejor no hay nada malo en que la gente sepa que estoy dibujando esto. Hannah sigue pintando sus acuarelas, y hay un montón de veteranos que siguen haciendo cosas por el estilo. No me refiero exactamente a ir enseñándolos a todo el mundo. Pero estaba pensando que, bueno, no hay razón por la que deba seguir manteniéndolo en secreto.

    Por fin me vi capaz de mirarle y de decir con cierta convicción:

    —Tommy, no hay razón, no hay ninguna razón en absoluto. Son buenos. De verdad, muy buenos. Si es por eso por lo que te escondes aquí para dibujarlos, estás haciendo una auténtica tontería.

    No respondió, pero una especie de mueca risueña se dibujó en su semblante, como si se estuviera sonriendo con una broma íntima, y supe cuan feliz le habían hecho mis palabras. No creo que habláramos mucho después de esto. Creo recordar que se puso enseguida las botas de agua y que ambos salimos de la casa del ganso. Como digo, ésa fue prácticamente la única vez que aquella primavera Tommy y yo mencionamos directamente su teoría.


    Luego vino el verano. Había pasado un año desde nuestra llegada a las Cottages. Un nuevo grupo de alumnos llegó en un minibús —más o menos como habíamos llegado nosotros en su día—, pero ninguno de ellos era de Hailsham. Ello, en cierto modo, nos supuso un alivio: creo que a todos nos inquietaba cómo podría complicar las cosas una nueva hornada de alumnos de Hailsham. Pero para mí, al menos, el que no hubiera venido ningún alumno de Hailsham acrecentaba la sensación de que Hailsham era ahora algo ya lejano, un lugar que pertenecía al pasado, y de que los lazos que unían a nuestro viejo grupo estaban empezando a deshacerse. No era sólo que gente como Hannah estuviera siempre hablando de seguir el ejemplo de Alice y solicitar que la destinaran a otro lugar para empezar el adiestramiento, sino que había otras, como Laura, que se habían emparejado con chicos que no eran de Hailsham, y a partir de entonces sus compañeras de siempre casi podíamos olvidarnos de que en un tiempo habíamos sido íntimas.

    Y además estaba Ruth, que seguía fingiendo no acordarse de las cosas de Hailsham. De acuerdo, eran detalles triviales, pero que cada día me hacían sentirme más irritada con ella. Una vez, por ejemplo, después de un largo desayuno, estábamos sentadas a la mesa de la cocina Ruth y yo y unos cuantos veteranos. Uno de ellos había estado hablando de que comer queso a altas horas de la noche te alteraba sin remedio el sueño, y yo me volví hacia Ruth para decirle algo como: «¿Te acuerdas de cómo la señorita Geraldine nos lo decía siempre?». Lo dije como de pasada, y Ruth no habría tenido más que dirigirme una sonrisa o un leve asentimiento de cabeza, pero lo que hizo fue quedarse mirándome con expresión vacía, como si no tuviera la más remota idea de lo que le estaba hablando. Sólo cuando les expliqué a los veteranos: «Una de nuestras custodias», asintió Ruth frunciendo el ceño, como si acabara de acordarse de pronto.

    En aquella ocasión no le dije nada, pero hubo otra —un atardecer que estábamos sentadas en la vieja marquesina de autobuses— en que no la dejé salirse con la suya. Monté en cólera porque una cosa era que jugara a aquel juego delante de los veteranos, y otra muy distinta que lo hiciera estando las dos solas y en mitad de una conversación seria. Me había referido, de pasada, al hecho de que, en Hailsham, el atajo hacia el estanque que atravesaba la parcela de ruibarbo era un camino prohibido. Al ver que Ruth adoptaba un aire de extrañeza, abandoné por completo la argumentación que estaba esgrimiendo y dije:

    —Ruth, no es posible que lo hayas olvidado. Así que no me tomes el pelo.

    Si no hubiera empleado un tono tan seco y rotundo —si hubiera hecho una broma al respecto, por ejemplo, y hubiera seguido hablando—, quizá ella habría visto lo absurdo de su actitud y habría soltado una carcajada. Pero la había sacudido verbalmente, y lo que hizo fue mirarme con expresión de ira y decirme:

    —¿Y qué importancia tiene eso? ¿Qué tiene que ver esa parcela de ruibarbo con lo que hablamos? Limítate a seguir con lo que estabas diciendo.

    Se estaba haciendo tarde, y empezaba a oscurecer, y en la vieja marquesina de autobuses notábamos la humedad que sucede a una tormenta eléctrica. Así que no me sentía con humor para entrar en por qué importaba tanto. Y aunque dejé este punto de fricción y seguí con la conversación que estábamos teniendo, el ánimo era ya frío entre nosotras y muy poco propicio para ayudarnos a solucionar el difícil asunto que teníamos entre manos.

    Para explicar el asunto que estábamos discutiendo tendré que retroceder cierto tiempo. De hecho, habré de remontarme varias semanas hasta el principio del verano. Yo había mantenido una relación con uno de los veteranos, un chico llamado Lenny, que, si he de ser sincera, se había debido sobre todo a una necesidad sexual. Pero de pronto Lenny había decidido irse de las Cottages a recibir su adiestramiento. Ello me desasosegó un tanto, y Ruth se había portado de maravilla conmigo, vigilándome constantemente pero con suma discreción, siempre presta a alegrarme si me veía taciturna. Y me hacía pequeños favores, como prepararme sándwiches o hacerse cargo de mi turno de limpieza.

    Entonces, aproximadamente unas dos semanas después de que Lenny se hubiera ido, estábamos las dos sentadas en mi cuarto del altillo, pasada la medianoche, charlando con sendas tazas de té en las manos, y Ruth me estaba haciendo reír de verdad a propósito de Lenny. No había sido un mal chico, pero cuando empecé a contarle a Ruth ciertas cosas de carácter muy íntimo, todo lo relacionado con él empezó a parecemos cómico, y no parábamos de reírnos. En un momento dado, Ruth estaba pasando un dedo por las casetes apiladas en pequeños montones a lo largo del rodapié. Lo hacía con actitud distraída, mientras seguía riéndose (más tarde empecé a sospechar que no lo había hecho por casualidad, que quizá había visto la cinta allí días antes, que hasta quizá la había mirado detenidamente para cerciorarse, y luego había esperado a la mejor ocasión para «descubrirla». Años después, así se lo insinué a Ruth con deli