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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    NAUFRAGIO (Charles Logan)

    Publicado el martes, febrero 14, 2017

    1


    Solo, asustado y cansado, Tansis se arrodilló junto a la tumba, agarrando fuertemente una azada que mantenía izada ante él, como si fuera un bastón para ayudarle a ponerse en pie. Cuatro tumbas, cuatro entierros de unos amigos que había conocido durante toda su vida, cuatro largas y dolorosas muertes por radiación. Ya no habría más cuidados ni más consuelos. Todos habían muerto.

    Miró de soslayo al cielo blanco y deslumbrante que ocultaba todo rastro de estrellas y de lunas, todo rastro del sol distante. Nunca vería ya aquel débil punto luminoso que consideraba su hogar; nunca se encontraría de nuevo con ningún ser humano. Pensó en su propia muerte, algo que se había convertido en un tema familiar, tantas veces meditado, idea consoladora de su propia conmiseración. Tenía pastillas para dormir. En cualquier momento que quisiera podría tomar esa dosis adicional, cuidadosamente medida, y salir así de esta pesadilla.

    Se quedó un rato de rodillas. Éste era un mundo agotador, incluso para ponerse en pie; todo pesaba un quinto más, y esa gravedad adicional comenzaba a hundir y a eliminar todo nuevo esfuerzo.

    ¡Dios mío! ¿Qué podrían hacer los hombres en un universo como éste? Era evidente que al universo esa pregunta no le importaba. Éste era el noveno fracaso. El noveno intento de encontrar algo parecido a la Tierra en algún lugar del espacio. Pero había sido el intento más desastroso, doblemente desastroso para él, porque aún estaba vivo y porque aún sufría, porque aún esperaba que el próximo capítulo de accidentes acabara también con él.

    ¿Cómo pudo estallar la nave expedicionaria y quedar totalmente destruida? Sesenta y cinco años de vuelo casi perfecto, siete mil cargas nucleares impulsando la nave a la velocidad máxima. Dos generaciones de cabotaje entre las estrellas. Él había nacido en esa nave. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y en el pecho sentía una opresora sensación de dolor. Podía muy bien llorar como un niño, porque nadie iba a verle. Su padre y su madre habían muerto; su hermana había muerto; y su hogar desapareció destruido por el fuego.

    Otras siete mil bombas habían detonado durante un mes a la entrada del sistema de Capella, para hacer que la nave se acoplara al mismo ritmo pedestre que la parte sólida del universo parecía preferir; luego tuvo lugar una última maniobra para poner la nave en órbita alrededor del planeta blanco, el sexto a partir del primario. Uno de los catorce mil dispositivos nucleares —la manzana podrida del cesto— detonó prematuramente a una distancia de una fracción de segundo del punto de detonación, en el foco del gran escudo de tungsteno y titanio, que recibió la explosión y el calor emanado y, como reacción, impulsó la nave hacia delante.

    El armazón externo se resquebrajó; la nave, encaramada sobre su parte posterior, tenía la mitad inferior hecha pedazos y la superior chamuscada por la radiación; pero eso no fue todo. El universo se dedicó entonces a jugar sin piedad con ese trozo de materia inflamada, sin ninguna consideración hacia quienes aún estaban dentro, muñéndose.

    Tansis recordó de nuevo la imagen del armazón externo rompiéndose por la tensión de la inercia, mientras la nave giraba incontroladamente. Tansis volvió a ver las piezas del armazón moviéndose y centelleando a la luz áspera de Capella, conforme irradiaban y se alejaban de su nave de exploración. También vio que la nave principal —su hogar— se desprendía del armazón externo, mientras iban cayendo piezas inflamadas desde el extremo posterior.

    Entumecido, se había sentado en el puesto de control de su pequeño vehículo de exploración, aislado ante el silencio del acontecimiento; sin embargo, luego, presa del pánico, olvidó todo su entrenamiento de piloto y lanzó su aparato hacia la nave-hogar abatida, no dando en el blanco debido a que calculó mal el ángulo; empleó una hora para ajustar la velocidad. Ojalá no lo hubiera hecho. Eso es lo que había pensado muchas veces en las últimas diez semanas, sintiéndose luego culpable. Porque, a pesar de todo, logró rescatar a cuatro personas y traerlas aquí, si es que puede llamarse rescate llevar a alguien a morir a otro sitio. Había hecho lo que había podido, aunque ahora no sirviera de nada. Y, sin embargo, hubiera deseado no entrar en la nave. Un infierno en medio de la oscuridad. Tantos muertos que no los podía reconocer; ruinas y escombros inflamados que parecían extraños. Aquello no era su hogar, ni el lugar de su infancia; todo eso había desaparecido, al igual que la misma Tierra; se había ido hacia atrás, remontando los años luz del pasado.

    La nave de entrada planetaria, amarrada al extremo delantero de la nave principal, quedó protegida del estallido. Nunca pudo recordar con mucha precisión cómo consiguió meter allí dentro a los cuatro supervivientes, cómo pudo separarse de la nave principal, corregir su rotación, hacer que adoptara la ruta de entrada, y guiarla para que descendiera sobre este planeta. Y, sin embargo, debió hacerlo de algún modo, porque los otros estaban en un estado de conmoción demasiado profundo para haberlo hecho por sí mismos. Recordando lo ocurrido, le parecía que todo era parte del mismo desastre, como si el estallido de aquella carga descontrolada le hubiera hecho aterrizar sobre esta pradera verde azulada, bajo este cielo deslumbrante.

    No sabía qué debía hacer ahora. Tenía la sensación de haber acabado el trabajo; ahora debía volver a casa a descansar. Sin embargo, le vino el sentimiento desgarrador de que su situación actual ya no tendría fin, de que el tiempo ya no era suyo. Había estado tan atareado durante las diez últimas semanas ocupándose de los demás, tan inmerso en sus necesidades, que se había olvidado de sí mismo. Pero ahora la soledad y el sentimiento del absurdo le envolvían por completo.

    Tenía sed, estaba sudando y le dolía la espalda. Lo que podía hacer era tomar un trago, ducharse y quitarse ese maldito traje espacial, sí, salir de él de una vez. Se incorporó con dificultad y avanzó renqueando hacia la nave de aterrizaje planetario, preguntándose cómo sería este mundo sin un traje de protección. No había tenido tiempo de efectuar pruebas sobre su habitabilidad, y sólo se atrevió a salir de la nave estando totalmente aislado y respirando el aire de los depósitos.

    Tal vez se sintiera menos deprimido si el paisaje fuera más interesante, pero había elegido la seguridad y había aterrizado en una zona de las latitudes templadas, la más plana y abierta que pudo encontrar. Hasta ese momento no se había dado cuenta del clima; tan sólo de que los días eran de treinta y dos horas y de que no tenían ninguna característica distintiva: el cielo siempre estaba blanco, no había vientos ni lluvias. La temperatura del exterior, indicada en el termómetro de su traje espacial, era de unos treinta grados centígrados, es decir, la de un día de verano caluroso allá en la Tierra.

    Lo único interesante era la misma nave remontándose hacia lo alto; lo demás era una llanura totalmente plana, de color verde azulado, sin ningún punto de referencia para calcular distancias. A veces parecía que podría alcanzar el horizonte en unos cuantos pasos; en otros momentos se sentía como una hormiga en una pista de baile. Ahora tenía esta última sensación, y lo único que le preocupaba era la nave y conseguir volver a ella.

    Cuando entró en la nave se quitó el traje espacial y se sintió mejor. La agorafobia era su gran problema, porque, después de todo, había nacido y crecido dentro de una nave espacial, y el navío de aterrizaje era un pedacito de su hogar, con la misma luz difusa, los mismos muebles acolchados, los mismos paneles pulidos, y con todos los servicios al alcance de un botón.

    Se distrajo preparando café, y decidió tomar una buena comida, aunque no tuviera excesivas ganas.

    Se sentía extrañamente libre aunque, al igual que un lobo, la soledad rondara las puertas de su espíritu. Podía hacer lo que quisiera, podía comer lo que quisiera; no había ya necesidad de racionamiento.

    Puso el tocadiscos a todo volumen, algo que nunca en su vida se había atrevido a hacer. Un concierto de violín de Brahms invadió la nave mientras comía. Pero la música acabó demasiado pronto, y la soledad volvió a rodearle. Seleccionó otra grabación y se puso a merodear por la nave, dispuesto a hacer primero una cosa y luego otra, pero demasiado abatido para hacer nada. Estuvo mucho tiempo en la sala de reunión, caviloso, entre sofás vacíos y deshabitados, y luego, sin pensarlo más, fue a su litera, se desnudó, y casi al momento se quedó dormido.


    Aún era de día cuando despertó, sintiéndose todavía agotado; o tal vez fuera ya el día siguiente, lo que querría decir que había estado durmiendo unas veinte horas como mínimo; pero no se molestó en comprobarlo. Se levantó rápidamente, sobre todo porque se sentía solo y triste y tenía que moverse y hacer algo.

    El silencio era insostenible, y tenía que detenerlo. Ordenó al computador de la nave que hubiera una música ambiental constante, de una selección aleatoria de grabaciones. Desayunó, descubriendo que tenía un hambre canina, y luego se sentó en la cabina de reunión tomando un café tras otro. Le parecía estar viviendo como un millonario, o como si fuera el último hombre de la tierra, libre de hacer todo lo que quisiera. Pero luego el aburrimiento y la sensación de absurdo cayeron de nuevo sobre él. Comenzó a pensar en cómo y cuándo debería poner fin a su vida con aquellas pastillas, y fue a verlas. Escrutó fijamente el paisaje exterior, sin ninguna característica notable, y de repente tomó una decisión.

    Se dirigió a la cabina de mando y ordenó al computador que proyectara en la pantalla los mapas fotográficos del planeta que tomara al efectuar la entrada. Advirtió que no eran completos, ni mucho menos. La nave no había efectuado una órbita completa alrededor del planeta para entrar en él, y sólo había fotografiado dos tercios del hemisferio norte. No disponía de ningún mapa que cubriera todo el planeta. Entonces recordó que sólo había ordenado que se tomaran mapas en un momento muy avanzado de la operación de entrada. Bien sabía la ingente cantidad de problemas que había tenido en aquellos momentos. La prospección exhaustiva de reconocimiento inicial estaba aún allá arriba, completa, en el computador de la nave exploradora, o tal vez en la nave principal que naufragó, y ambas se encontraban ahora a cien mil kilómetros sobre su cabeza, probablemente en dirección a Capella, hacia un final glorioso.

    Hizo todo lo posible para recordar la topografía básica del planeta, y la dibujó a mano alzada lo mejor que pudo, ahora que estaba aún fresca en su memoria. En todo caso, disponía de buenos mapas del lugar en el que se encontraba. El navío había cruzado un océano más grande que el Pacífico, y había aterrizado en la mitad occidental de un continente con una línea costera algo parecida a la de China, con un sistema fluvial tan enorme como el del Amazonas, circundado en todo su curso por montañas gigantescas al norte, al este y al sur. El último de los mapas se orientaba hacia el este a través del continente, y mostraba un paisaje impresionante de cordilleras superpuestas, como las del Tibet. La nave había aterrizado en una meseta, al este de la cuenca fluvial principal, en la zona donde el suelo comenzaba a elevarse hacia la compleja cadena montañosa del continente. La mayor parte de la cuenca fluvial y de las tierras costeras estaban cubiertas de bosques.

    No tenía ninguna intención de quedarse en esta meseta miserable durante más tiempo. Decidió llamarla «Limbo» y olvidarse de ella.

    A la nave de entrada le quedaba aún mucho combustible: suficiente para regresar a la nave principal, aunque en este momento eso fuera de interés erudito. Podía dar la vuelta al mundo por lo menos dos veces, y tal vez lo hiciera alguna vez; por el momento lo que iba a hacer era cambiar de paisaje. Examinó los mapas fotográficos de la gran cuenca fluvial del oeste, explorando claros entre los bosques y buscando algo de interés. A partir del reconocimiento inicial ya sabía que allí no existía ninguna prueba de civilización. No había carreteras, ciudades ni cultivos en parte alguna, y suponía que tampoco habrían habitantes conscientes, a no ser cazadores y recolectores primitivos. En este momento esa posibilidad no tenía gran importancia; buscaba un paisaje nuevo, igual que un turista que se pregunta cuál será la próxima etapa.

    Un amigo inteligente le habría dicho que en realidad lo que deseaba era huir de la experiencia de las diez últimas semanas, huir del sufrimiento y de la muerte, de todo el drama del desastre, huir de las tumbas, de la llanura vacía, silenciosa y triste que para él había sido un escenario preparado para una tragedia especialmente triste y absurda. De cualquier modo, al fin tenía algo que hacer, y con sorpresa se dio cuenta de que ya habían pasado tres horas.

    El cansancio reapareció. El solo hecho de estar sentado, bajo una gravedad de uno y un quinto, le causaba dolores y molestias, a no ser que cambiara constantemente de posición. Se acostó y quedó adormilado, soñando medio despierto. Era una sensación desagradable y, al levantarse, se sintió de nuevo hundido, preguntándose si valía la pena molestarse en cambiar de postura, y deseando que hubiera alguien con quien hablar. Se dio cuenta de que estaba hablando a solas.

    Pasó a una de las seis ventanas de observación de la cabina de reunión circular, y desde allí miró las tumbas, que había marcado con paneles cuadrados de aislamiento, hundidos en el suelo en posición vertical como si fueran lápidas sepulcrales. Pensó que debiera escribir en ellos los nombres, y pidió al computador la localización de la pintura. La respuesta en la pantalla fue una señal negativa. Naturalmente. ¿Por qué suponía que habría pintura en la nave? Estudió el problema de cómo poner nombres en los paneles de aislamiento y tecleó de nuevo al computador, para que le indicara la localización de la cinta adhesiva. Sí que había una pequeña cantidad a bordo, para precintar frascos de muestras.

    Cogió un rollo de cinta y unas tijeras quirúrgicas, y pasó a la esclusa de aire. Al entrar en ella sonó el timbre de alarma. La pantalla informativa del interior indicaba, con destellos: «COMPRUEBE SU TRAJE DE PROTECCIÓN». Echó una maldición, irritado. Se había olvidado de ponerse el traje espacial para salir al exterior, y el computador, que conectaba con todas las partes de la nave, sabía que no se había sacado ningún traje del armario antes de activar el portillo de salida. De repente sintió un gran alivio, y se rió por primera vez en muchas semanas. Aunque sólo era una máquina, el computador se ocupaba de él. Escribió su respuesta en el teclado:

    —Muchas gracias, señor; muy amable.

    Y luego, con la protección adecuada, salió de la nave y se dejó caer en el terreno carbonizado de la plataforma hidráulica.

    Al dirigirse hacia las tumbas comenzó de nuevo a preocuparse. No podía recordar a ciencia cierta en qué tumba estaba cada uno. Intentó hurgar en su memoria las últimas semanas, aún confusas. Vassily había sido el primero en morir, aproximadamente una semana después de que Tansis le hubiera amputado la pierna sin ningún conocimiento de cirugía, excepto los consejos que le había dado el computador y las instrucciones que llevaban las medicinas. ¡ Pobre Vassily! Le hubiera debido dejar solo, y atiborrarlo con tranquilizantes. Vassily le había dado su bendición antes de morir, pero Tansis se sentía culpable al recordar cómo desenterró su pierna para volverla a enterrar con el cuerpo.

    ¿Cuál era la primera tumba que había excavado? No recordaba bien si había enterrado al oficial de navegación a la izquierda de Vassily o a su derecha. Mc Intyre no había vuelto a recobrar el conocimiento después de los tres primeros días, y Tansis tampoco podía recordar demasiado bien las circunstancias. Se arrodilló en las cenizas negras que cubrían todo el suelo cerca de la nave, y sintió de nuevo cuán absurdo era todo. Si él iba a morir pronto, ¿quién podría ver las tumbas o a quién le podría importar quién se encontraba en ellas? Tal vez llegara otra expedición para averiguar lo que le había ocurrido a la primera, pero él ya no lo vería; de eso no cabía duda, pues la Tierra se encontraba a sesenta y cinco años de distancia. A pesar de todo, alguna expedición vería las tumbas, y eso era una razón suficiente para ponerles nombres.

    Comenzó por la última tumba, cortando la cinta y pegándola en ella para formar cuatro letras con tiras. Resultaba enredoso utilizar tijeras con las manos enguantadas, y la cinta se pegaba a todo. Tomó la decisión de cuál había sido la primera tumba, puso en ella el nombre adecuado y luego continuó trabajando con las otras tres. Pensó en colocar algún epitafio. Fragmentos de poemas y de textos bíblicos cruzaron su mente. Finalmente escribió con la cinta la frase: «El camino de las estrellas está lleno de sufrimiento». Aquello resumía sus ideas, y le producía una satisfacción siniestra. El universo era un lugar absolutamente horrible, para quien abandona la cuna de la Tierra.

    Eso era todo lo que podía hacer por sus cuatro amigos. Lo había hecho lo mejor posible. Y entonces otro pensamiento le atormentó: ¿Cómo podría encontrar esas tumbas otra expedición? Podría encontrar la nave de aterrizaje, porque podía programar que ésta transmitiera un mensaje en el momento de recibir alguna señal de radio significativa, incluso años después de que él hubiera muerto. Mientras la fuente de energía y las baterías duraran, y eso sería un siglo si se desconectaba todo lo demás, otra nave podría entrar en onda por retransmisión. Pero iba a llevar la nave a otro lugar. ¿O tal vez, por el contrario, debiera quedarse aquí? No, no; que a este lugar se lo trague la tierra. No podía vivir como una tumba; tenía que salir de aquí.

    Cuando regresó al interior de la nave programó el computador para que retransmitiera un mapa del continente que mostrara la situación del legar de enterramiento con una cruz, y un informe de quiénes estaban sepultados allí. Esto debería retransmitirse en el momento en que se captara alguna señal significativa de alguna nave espacial. Con ello solucionó un problema, por un siglo por lo menos. Pero, ¿qué podría hacer ahora?

    Comió, y luego vio una película. La tarde apenas había comenzado. Este planeta tenía días interminables. ¿Debería marcharse ya? Se entretuvo en la cabina, arreglando y limpiando cosas, dejando de lado el tomar una decisión. Suponía que no podía sencillamente decidirse y largarse; que debería hacer ciertos preparativos. De modo que arregló la cabina de control y los laboratorios, y luego, llevado por su trabajo y convencido de que aquel lugar necesitaba ser ordenado a fondo y debía quedar bien arreglado antes de que pudiera dirigirse a algún sitio, con la ayuda del computador se dedicó a repasar las reservas y luego todos los sistemas de la nave. La nave estaba realmente muy desastrada: había reservas abiertas y desparramadas por todas partes, allí donde la prisa y la impaciencia de las últimas semanas las había dejado. Mantuvo la música ambiental a todo volumen, y disfrutó del diálogo con el computador al ir verificando los distintos procesos.

    Se fue a la cama con la sensación de un gran cansancio, pero bastante satisfecho de sí mismo, y se durmió con música de Sibelius embraveciéndose a su alrededor.

    Al despertarse se sintió descansado e impaciente por ponerse en marcha. Aún era de noche. Le iba a costar mucho acostumbrarse a un ciclo de treinta y dos horas. No iba a viajar en la oscuridad, y al dirigirse hacia el oeste volvería de nuevo a la noche. Otra vez sus ánimos comenzaron a flaquearle: había mucho tiempo que llenar en este maldito planeta. Consultó los mapas de nuevo, y decidió aterrizar en las orillas del gran río, en el centro de su cuenca, eligiendo una zona de bosques dispersos y de claros.

    Bajó al nivel inferior, para dirigirse a los laboratorios, y allí comenzó a analizar la atmósfera exterior. Todo lo que sabía sobre este planeta no podría llenar una cuartilla.

    Por los sondeos iniciales que realizó la nave principal antes de que hiciera aquella última y desastrosa maniobra, sabía que este planeta blanco tenía una atmósfera semejante a la de la Tierra, con 55 % de oxígeno, 44 % de nitrógeno y 1 % de dióxido de carbono. La presión atmosférica era la mitad de la terrestre. Ocho décimas partes del planeta estaban cubiertas de océanos profundos, y la capa de nubes era compacta y permanente, habiendo pruebas de la existencia de pótenles corrientes de convección que partían de los trópicos. La inclinación axial era de 37 grados; los casquetes polares eran masivos. El año duraba 979 días terrestres y el planeta tenía una órbita doble primaria de una distancia media de 400 millones de kilómetros. El clima debía conllevar grandes desniveles estacionales.

    El computador de la nave no conocía ninguno de los datos anteriores, porque la preparación de esta nave de entrada para realizar la exploración inicial acababa de iniciarse cuando sobrevino el desastre. Toda la información detallada estaba en el computador de la nave principal que ahora se dirigía rumbo al olvido. Lo que él necesitaba saber era si el aire estaba lleno de microorganismos o de polvo, y si podría salir al exterior sin protección.

    Encontró que el nivel de polvo era muy bajo, lo cual no era comprensible, pues esta meseta debía estar a una altura de dos mil quinientos metros, por lo menos. No podía calcular las altitudes con precisión, porque la presión del aire era diferente a la de la Tierra y no disponía de ningún altímetro calibrado para este lugar. Tampoco lo tendría nunca, a no ser que él mismo se lo fabricase. En el aire no había metales pesados ni ningún otro elemento tóxico, pero detectó la presencia de microorganismos, en especial de virus y de moléculas orgánicas grandes y complejas. Esas moléculas podrían ser el perfume de una vegetación omnipresente, en forma de cintas, y se preguntó qué olor podría tener. Esas moléculas eran alcaloides, pero no eran las mismas que se conocían en la Tierra; al menos, el computador no podía clasificarlas. Él sólo tenía una preparación científica general de ayudante, trabajo que ejercía cuando no estaba pilotando, pero el computador estaba especialmente diseñado para este tipo de trabajo. Tenía la certeza de que si el computador no podía relacionar una estructura molecular con ninguna otra de su banco de memoria, eso quería decir que la estructura era desconocida en la Tierra.

    Después de estos experimentos, procedió a analizar los diversos microorganismos y virus de las muestras de aire. Los aparatos y las técnicas del laboratorio podrían hacerlo bien, pero carecía de la experiencia necesaria para dirigirlo. Primero tuvo que clasificar en grupos los organismos antes de poder efectuar pruebas en cultivos de tejidos humanos y analizar los resultados obtenidos, para ver si la reacción era nociva. La verdad es que no dominaba esa técnica. Los conocimientos de un ayudante eran claramente insuficientes para alguien cuya vida dependía de los resultados. Esa investigación, además, hubiera agotado a todo un equipo de bioquímicos y de microbiólogos, porque todo era terreno desconocido.

    Abandonó la tarea con tristeza, sin haber tomado aún la decisión de iniciar un estudio profundo de bioquímica y materias relacionadas utilizando al computador como profesor. Pero había mucho que explorar y no le quedaba mucho tiempo —tal vez sólo un año— antes de que los suministros de la nave se agotaran.

    ¿Por qué preocuparse en convertirse de nuevo en un estudiante? En el fondo de sus cavilaciones se encontraba su muerte, una muerte de libre elección cuando las cosas se complicaran demasiado. ¿Por qué había de molestarse en solucionar todos los problemas uno a uno? Mejor sería recorrer el planeta en la nave, viendo todo lo posible y aprendiendo lo que pudiera sobre la marcha, poniéndose siempre el traje espacial de protección para salir al exterior.

    Ya era de día, o, en todo caso, estaba a punto de acabar ese largo amanecer de este planeta. La combinación de una rotación larga, un cielo cubierto de nubes y una latitud alta daban como consecuencia que la aurora y el ocaso duraran dos horas, de graduación imperceptible en la luminosidad del cielo, desde un brillo dorado cerca del horizonte, a una luz intensa, blanca, que lo rodeaba todo.


    2


    Éste era el momento de partir. Tansis ocupó el asiento del piloto, realizó una comprobación rápida de funcionamiento, indicó al computador el curso a seguir, y despegó. En este trabajo él era un experto, y no estaría mal que aprovechara al máximo esa habilidad durante su último año.

    Ascendió a una altura de cinco mil metros, a juzgar por el eco radárico, y allí el cielo permanecía aún de un color blanco radiante, aunque el brillo de Capella, mucho más intenso, era visible a algunos grados sobre el horizonte. El suelo quedaba oculto por la niebla. La atmósfera de este mundo era neblinosa y húmeda, porque la red hidrográfica del planeta era muy potente, según aparecía de modo evidente desde el espacio exterior. La combinación de un planeta primario, cálido y brillante, mucho más brillante que el Sol, con el reparto de tierras y mares (ocho décimas partes cubiertas por el agua), indicaba unos enormes recursos de circulación del agua y la formación de nubes que se elevaban hasta una altura de por lo menos seis mil metros.

    Decidió sobrepasar la capa de nubes y mirar un poco el espacio superior. Allí se sentía en su propia casa; este cielo brillante le aburría y le deprimía, y deseaba ver de nuevo las estrellas. Ordenó al computador que elevara la trayectoria y se mantuviera atento al brillo de Capella que, al aumentar, adquiría la forma de dos imágenes del tamaño del Sol, de intenso brillo y tan juntas que parecían tocarse, mientras la pantalla de la nave se oscurecía en compensación. De repente, la cubierta de nubes desapareció, y divisó una enorme llanura ondulante de color blanco, dorado y gris. Conforme continuaba su viaje hacia el oeste, alejándose de Capella, vio formaciones de nubes gigantescas que corrían en dirección paralela a la suya tanto al norte como al sur. Eran éstos los anillos de nubes que rodeaban el planeta, tan evidentes desde el espacio, que se elevaban en cordilleras gigantescas como el Himalaya, pero manteniéndose en movimiento constante. Contempló fascinado cómo las grandes montañas de nubes crecían verticalmente para luego abrirse en impresionantes gargantas y abismos; le parecía estar viendo una película a ritmo increíblemente acelerado sobre la evolución geológica de algún planeta.

    Sin previo aviso, la niebla blanca apareció de nuevo por todo su alrededor, y Capella perdió su brillo. El computador, siguiendo la trayectoria programada, había desconectado la visión, como era la práctica habitual, y la nave comenzó a caer hacia su destino. Tansis tomó la decisión de regresar alguna vez a ver con calma ese país glorioso de nubes.

    Gradualmente la niebla blanca fue cambiando hasta convertirse en un resplandor brillante por arriba y un paisaje brumoso verde oscuro y gris por debajo. Vio el brillo del agua en innumerables ríos y lagos, y nubes de lluvia de color gris oscuro que navegaban muy por debajo de la capa de nubes permanente. Esas nubes oscuras venían del océano occidental en filas separadas entre sí por varios kilómetros, arrojando sombras sobre el suelo, y el efecto total de nube y sombra, niebla y brillo, era una sensación de grandeza. Luego la escena se alteró completamente al sentirse por debajo del nivel de las nubes de lluvia. El horizonte desapareció y se encontró rodeado de nubes cúmulo-nimbo que con toda claridad iban a estallar en forma de lluvia. Inmediatamente por debajo de la nave divisó un gran río de varios kilómetros de anchura, y la configuración del terreno cubierto de bosques semejaba, a vista de pájaro, una alfombra con bultos.

    Los motores iniciaron un gruñido sordo, y la nave, girando de nuevo, se estremeció y vibró al comenzar la maniobra de aterrizaje. Tansis tomó la dirección manual e inspeccionó la zona buscando un espacio abierto. La nave se dirigía hacia el manto forestal con claros cerca del río. Eligió el espacio abierto más grande que encontró, pero luego cambió de opinión porque no le hacía gracia tener que andar más de un kilómetro para contemplar el primer árbol de su vida, y se dirigió por el contrario hacia un camino serpenteante de tierra sin vegetación, de unos cien metros de anchura, que formaba como una cola a partir de aquel gran espacio abierto.

    Mantuvo la nave planeando durante unos momentos mientras inspeccionaba el suelo en busca de posibles desniveles, o de agua, y luego hizo descender el artefacto, que rebotó ligeramente. Una nube de humo se elevó cubriendo las ventanas de la nave, al tiempo que se iniciaba un pequeño incendio de matorrales. Luego el humo oscuro se levantó como una ola delante de las ventanas, y Tansis comenzó a preocuparse por si hubiera iniciado un incendio forestal que pudiera obligarle a efectuar un despegue inmediato. ¿Qué sería de él si no pudiera aterrizar en ninguna parte debido a los incendios provocados por él?

    Contempló la escena, preocupado y deseando que el humo se debilitara, toqueteando su asiento con nerviosismo y maldiciendo su suerte. En estos días se desconcertaba con mucha facilidad. Sin embargo, el humo pronto se debilitó y vio que se había formado en el terreno una mancha negruzca de unos veinte metros de diámetro, en torno a la nave; aún salía humo de sus bordes, pero ya no había llamas. Mientras lo observaba, la humareda desapareció. Durante unos minutos siguió contemplando atentamente el borde de la zona chamuscada; luego suspiró de alivio y cambió la posición de la nave, haciéndola descender a su parada de reposo. «Me preocupo demasiado —pensó—; de todos modos, tiene que llover pronto.»

    Se sentó un rato, mirando por la ventana fijamente. Esto sí que se parecía a los paisajes de la Tierra, que conocía tan bien por esas grandes fotografías que parecían reales, colocadas en las ventanas de las cabinas de la nave principal. Algunos árboles aislados llegaban hasta unos cien metros de distancia de la nave. Cuando sus ojos se fueron acostumbrando al paisaje exterior, comenzó a distinguir con claridad objetos aislados. Aquellos no Se parecían en nada a los árboles. No tenían ramas, ni vástagos, ni hojas. Venían a ser grandes matojos de unas cintas tiesas de color verde azulado, atadas por el centro y abiertas en abanico por arriba. Parecían fuentes, quizás, o gavillas de trigo, o... Intentó encontrar una comparación más apropiada, y no lo logró. Cubriendo el suelo se encontraba esa misma materia, que parecía cintas y que había visto antes en la meseta. Las nubes que evolucionaban rápidamente en el cielo hacían que el paisaje pareciera más familiar, y suprimían esa horrible cualidad imperturbable de la meseta. Recordó todo lo que sabía sobre animales, y miró con ansiedad en busca de alguna pista de ellos. Las altas frondas de cintas de los árboles se balanceaban delante y atrás, lentamente, pero en el suelo no se notaba ningún movimiento.

    ¿Qué debería hacer ahora? Tendría que efectuar pruebas del aire exterior, pero no tenía ganas de comenzar otra vez todo ese trabajo, que no le llevaría a ninguna conclusión segura. Si no podía hacer el trabajo bien, hacerlo mal no tenía sentido. Al final decidió que haría lo que realmente le apetecía: salir al exterior y explorar.

    En primer lugar necesitaba un arma y un aparato de alarma. Encontró en la nave un equipo de radar portátil que podría enganchar a la mochila del traje espacial, y le avisaría de cualquier cosa que viniera hacia él a cierta distancia. Para conseguir un arma necesitaba tener acceso al armario de la sala de armas. Y el único autorizado a hacerlo era el oficial con mando en la expedición, que ahora estaba muerto y desaparecido. Tansis, en sentido estricto y según las ordenanzas, había robado la nave. Si ésta hubiera estado totalmente preparada y programada para el aterrizaje oficial, Tansis no hubiera dispuesto para nada de la colaboración del computador, y probablemente no hubiera logrado hacer descender la nave.

    Las pequeñas cosas son las que más molestan. El computador no podía ayudarle dándole la combinación que abría aquel armario, porque nunca se le había dado. Inspeccionó a fondo la cabina del comandante, en busca de su diario. No tuvo éxito, porque la información clave se encontraba aún en la nave principal, fuera de su alcance. Volvió a la sala de armas y contempló el armario. Hubiera sido inútil intentar forzarlo, porque sin ninguna duda eso alarmaría al computador, que desde entonces le trataría como a un criminal. Estaba controlado. El largo brazo de la ley le alcanzaría incluso aquí, aunque fuera un brazo muerto y amputado.

    Se encogió de hombros con resignación; necesitaba el computador mucho más que necesitaba un fusil. Pero un arma también era importante. Sólo Dios sabía lo que habría en el exterior. Si la vegetación era muy evolucionada —en realidad así lo parecía—, entonces sería probable que hubiera una vida animal lo bastante grande para atacarle. En su imaginación veía cosas semejantes a tigres y leones que acechaban entre los árboles.

    De repente, una idea brillante le vino a la mente: podía llevar consigo un cuchillo térmico, de los que se utilizaban para reparaciones. La nave estaba abarrotada de herramientas para que los trabajos de defensa y construcción de bases pudieran efectuarse después del aterrizaje, mientras la exploración estaba en curso. Si adaptaba el cuchillo como si fuera un gran soplete de soldar, con una llama larga y estrecha, ningún animal podría acercársele.

    Y así, después de todos los preparativos, Tansis puso pie a tierra en un nuevo mundo, dentro de un traje protector, con el radar olfateando a su alrededor y con un soplete de soldar a punto. Se fue alejando de la nave, avanzando por el círculo chamuscado, dándose cuenta, con fastidio, de que las cenizas estaban tiznando de gris sus botas blancas y brillantes. En realidad no le importaba, porque la suciedad nunca podría entrar en la nave, pero estaba mal de los nervios y las cosas pequeñas le molestaban más de lo debido. La esclusa de entrada de la nave estaba construida de tal modo que, para entrar en ella, había que llevar puesto el traje protector; luego se pasaba por una cortina de plástico líquido que caía del techo formando inmediatamente sobre toda la superficie del traje una lámina de una película fina, transparente y muy resistente. Después de cualquier recorrido por el exterior, como el explorador quedaba cubierto de todo tipo de gérmenes extraños, para entrar en la nave tenía que pasar de nuevo por la cortina de plástico, para recibir otro recubrimiento de película, y de este modo quedaban emparedados todos los gérmenes entre la primera y la segunda capa. Luego había que quitar la lámina del traje y meterla directamente en el incinerador antes de entrar en el espacio habitable de la nave. Todas las herramientas y equipo que no pudieran funcionar recubiertos de esa película, tenían que dejarse en el exterior y ser abandonados al fin de la expedición.

    Se detuvo en el borde de la zona chamuscada y se dio cuenta de que la capa que cubría el suelo en forma de cintas era muy profunda; tenía por lo menos un metro de espesor. Quitando las cenizas con la bota, limpió una zona del suelo. Estaba húmedo y emanaba vapor; sin duda, el calor del fuego inicial hacía ascender a la superficie la humedad interior. Parecía evidente que la vegetación de este tipo mantenía el suelo permanentemente húmedo. Aprovechó la oportunidad para mirar cerca de la cubierta, allí donde el fuego la había tajado dejando al descubierto su sección transversal. En realidad, era la primera vez que la miraba en serio, porque allá, en la meseta, estuvo demasiado ocupado y distraído para fijarse en ella.

    Las cintas oscuras de color verde azulado medían unos tres centímetros de espesor y nueve o diez de ancho; salían directamente del suelo y se enrollaban y cruzaban apilándose hasta la altura de un hombre, en un laberinto impenetrable. Estiró de una de ellas para separarla del resto, pero no pudo sacarla. Lo intentó con varias más, pero estaban entrelazadas como si fueran un nudo enorme. Tampoco pudo romper ninguno de los haces que semejaban ramas verdes. Evidentemente, aquella sustancia desempeñaba el mismo papel del césped de la Tierra, y decidió llamarla «capa de cintas». Ya se había dado cuenta, allá en la meseta, de que era bastante fácil andar sobre ella, y que hacía rebotar el pie de modo agradable, lo cual constituía una buena ayuda en esta atmósfera de tanta gravedad. Le recordaba un poco las moquetas de goma espesa de ciertas zonas de la nave principal, y tal vez un observador nacido en la Tierra las hubiera comparado a andar sobre brezos. Utilizando la lanza térmica cortó varios fragmentos de cinta, y los puso en su bolsa de muestras.

    Miró hacia atrás y luego trepó por la vegetación, llegó a la parte superior y se detuvo. Se le ocurrió una idea, y descendió de nuevo a las cenizas para escudriñar el interior de la capa de cintas, con ayuda de un potente foco. Con toda seguridad, una materia como ésta debería estar repleta de vida. Recordaba haber leído en algún sitio que cualquier campo de la Tierra contenía millones de gusanos, escarabajos y otros bichos. Y, sin embargo, nada se agitaba en las profundidades de esa cinta en montones compactos. Naturalmente, al principio era difícil detectar algo, porque no sabía lo que buscaba. Se dio cuenta de los detalles: las cintas tenían pelos verdes pequeñitos, y algunas también pelos grises, largos: ¿se trataba de animales primitivos, o eran parte de las cintas? También había minúsculas manchas oscuras: ¿polvo, o tal vez ácaros? Empezó a cansarse de estar en cuclillas observando, y decidió abandonar esa tarea hasta que hubiera examinado las muestras que llevaba en la bolsa.

    Volvió a subir al montón de la capa de cintas, mirando otra vez inconscientemente hacia atrás, y se dirigió hacia los árboles. Ante todo se dio cuenta de que los árboles estaban muy relacionados con la capa de cintas: eran una forma de cinta arbolada. El tronco era un gran matojo de cintas dispuestas en forma vertical y unidas, formando una columna de unos seis metros de circunferencia y que luego se separaban a unos seis metros de altura para abrirse en abanico, o en forma de fuente. El abanico era por lo menos tan alto como el tronco. Al tocarlo, notó que el tronco era duro, y al golpearlo con la palma de la mano le pareció que estaba formado por una madera ligeramente elástica. Intentó separar las cintas de la superficie del tronco, pero parecían estar ligadas entre sí con mucha fuerza, y no se separaban en absoluto. Sería interesante analizar la estructura interna de la madera, si es que eso era madera. Dirigió la lanza térmica al árbol e intentó cortar un trozo. Cuando la llama azul, fina e intensa, comenzaba a cortarla, esa materia expulsó humo de modo tan alarmante que Tansis inmediatamente dejó de cortar, preocupado por si aquello pudiera causar un incendio forestal. Casi estuvo a punto de golpear el tronco caliente y con rescoldos con su mano enguantada, pero en el momento preciso recordó que, si lo hacía, destruiría la lámina de plástico del traje. Con gran alivio para él dejó de salir humo, quedando en el tronco una llaga negruzca de unos treinta centímetros. Necesitaba un hacha para cortar una muestra. La próxima vez que viniera traería consigo una caja de herramientas y las dejaría en el exterior.

    El tronco formaba un círculo casi perfecto y bastante liso, sin salientes ni protuberancias que pudieran utilizarse para trepar. Miró a su alrededor, lentamente, contemplando cientos de árboles que crecían muy cerca y se iban juntando en la distancia, pero que, vistos de cerca, estaban esparcidos y aislados. Todos eran idénticos al que había estado examinando. Este mundo tenía un aspecto bastante aburrido, y notó que volvía de nuevo la depresión, y con ella la soledad, como una enfermedad de la que nunca podría desprenderse.

    Miró de nuevo hacia atrás, y decidió comprobar la señal de alarma de su radar portátil, para verificar si era cierto que le servía de protección. Pulsó las teclas del comunicador del traje, y oyó la señal de respuesta del computador. Esto le tranquilizó. El radar de la nave le estaba siguiendo mientras él se encontraba fuera.

    Manteniendo siempre la nave a la vista, comenzó a caminar siguiendo el perímetro del espacio abierto, y dando una vuelta completa alrededor de la nave. La capa de cintas se extendía por igual por todas partes, ocultando cualquier posible irregularidad del suelo; los árboles de cintas surgían rectos de ella y no parecían molestarla. Las altas frondas ondeaban, mecidas por un viento cuya velocidad calculó que sería de diez nudos. Había vientos fuertes a miles de metros de altura, a juzgar por la velocidad de las nubes grises y deshilachadas que veía allá arriba, pero el mal tiempo aún no había llegado al suelo.

    Después de recorrer unos trescientos metros vio una forma oscura y larga que descansaba en el suelo entre los árboles, delante de él. Miró otra vez a su alrededor con nerviosismo y luego la estudió con sus anteojos. Tenía el aspecto de un tronco de árbol caído, excepto que las cintas parecían estar retorcidas. Convencido de que era algo vegetal y que no iba a levantarse y a comérselo, caminó hacia ello.

    Esto —descubrió— era el tercer tipo de vegetación de cintas. Un tronco largo, recto, horizontal, de poco más de un metro de altura y diez de largo, medio acostado sobre la cubierta de cintas y medio enterrado en ella. Las cintas estaban retorcidas en forma de hélice o de un enorme cordón umbilical, y por cada uno de sus extremos entraban en forma de espiral por debajo de la capa de matojos, desapareciendo de la vista. Era duro, y las cintas eran parte inamovible de la estructura. Decidió llamarlo «tronco de cintas».

    Cautelosamente subió sobre él y se sentó. No ocurrió nada, y se alegró de poder descansar un momento y mirar a su alrededor. Iba a costarle varias semanas aclimatarse a la pesada gravedad, sin olvidar que debía comer bien y mantenerse en forma. Le agradaría tomar en ese momento una taza de café, pero dentro del traje no se había aprovisionado de nada que pudiera ahora succionar sin quitarse el casco. Contemplar a su alrededor los árboles verde azulados, todos de la misma forma y del mismo tamaño, no sirvió para aliviar su malhumor.

    Después de unos diez minutos de estar sentado, su trasero empezó a acusar la dureza del tronco, y entonces bajó de un salto y continuó su paseo melancólico. Atravesó la franja de tierra de casi cien metros de anchura descubierta al norte de la nave, y miró a la izquierda en dirección al amplio claro lejano en el que había decidido no aterrizar. La capa de cintas se perdía en la distancia. Pero luego comprobó que parecía distinta a unos doscientos metros. Tenía allí el aspecto de una mancha de césped que creciera por encima de la capa de cintas. Intrigado por ello, decidió cambiar su rumbo y contemplarla antes de continuar el recorrido circular en torno a la nave.

    Cuando llegó a ella se dio cuenta de que consistía en cintas aisladas que crecían tiesas hacia arriba y salían de la capa dominante, alcanzando alturas diversas, de hasta un metro. La mancha era pequeña, tal vez de diez metros cuadrados, y era lo más terráqueo de todo lo que había visto hasta ese momento.

    Cuatro tipos de vegetación, pero ninguna huella de animales. Completó su recorrido circular, divisando algunos troncos más entre los árboles, y luego regresó a la nave, añadiendo una muestra de las cenizas a su pequeña colección.

    Dejó para otro momento el análisis de lo que había recogido, y comenzó a planear una expedición mejor equipada. Consiguió un hacha, una sierra, una escalera, un zapapico, un martillo de geólogo, una barrena perforadora, una lupa, una cinta métrica y cinta adhesiva: lo metió todo en una caja que colocó en una vagoneta de dos ruedas. En la nave había un surtido completo de utensilios de este tipo.

    Después de descansar un rato y de tomar café se dispuso a salir de nuevo. Aún era muy temprano, y las nubes grises y bajas cubrían la mayor parte del cielo, reduciendo así su resplandor.

    En esta ocasión se dirigió en línea recta hacia los árboles. Tuvo suerte y logró cortar una muestra de madera; taladró profundamente el tronco, lo midió, y luego extendió la escalera y subió por ella para mirar el abanico de cintas verticales y rígidas, el follaje de esos «árboles». Su primera sorpresa fue descubrir que en la parte superior del tronco sólido, en el lugar en que las cintas separadas se abrían en abanico, había un charco de agua, y que las cintas del abanico salían del agua como un grupo de cañas. El agua era de color oscuro y tenía unos treinta Centímetros de profundidad. Rellenó de agua una botella de muestra y la miró al trasluz. Tenía la certeza de que resultaría estar llena de vida microscópica. La segunda sorpresa fue que las cintas en abanico estaban cubiertas de pequeños nódulos de color marrón, como botones de camisa, dispuestos en grupos de cinco, a intervalos de veintitrés centímetros por toda la cinta, hasta la misma punta. Cortó una de las cintas en abanico al nivel del agua y la dejó caer al suelo; cuando bajara del árbol la recogería para su colección. Miró luego alrededor, a los árboles de cinta cercanos; en todos ellos se divisaba el brillo del agua en la juntura del tronco y del abanico, y en todos los abanicos aparecían los mismos nódulos.

    Empezaban a dolerle las piernas y los pies, por estar sobre los estrechos peldaños de la escalera, bajo una fuerza de gravedad excesiva, y bajó de la escalera lentamente, examinando de cerca el tronco. Al acercarse a la parte baja de la escalera, el abanico que ahora quedaba por encima de él empezó a mecerse. Alarmado en gran manera, saltó tres escalones para llegar al suelo, y se cayó. Dio una vuelta completa y miró con ojos asustados a su alrededor mientras se ponía en pie a toda prisa. Todos los abanicos se agitaban con violencia, y todo el lugar parecía haberse llenado de vida. Durante un momento contempló el espectáculo sin comprender nada, casi dispuesto a correr hacia la nave; luego vio gotas de agua en su traje y cayendo por el visor de la cara. Al enfocar el aire con la mirada se dio cuenta de que estaba lloviendo; la lluvia era absorbida instantáneamente por esa alfombra de casi un metro de espesor formada por la capa de cintas.

    Se mantuvo en pie, recostando la espalda en el árbol, mientras su corazón se iba calmando. Recordaba cómo había caído, y se sentía irritado consigo mismo. Bajo esta gravedad excesiva tendría que tener cuidado y evitar dar saltos o caerse; de no hacerlo así, se rompería un hueso o se lastimaría un músculo.

    La lluvia seguía cayendo, ahora con más fuerza; el aire se había vuelto gris y, ante el inminente chaparrón, los abanicos de los árboles se quedaron quietos. Aquella breve agitación fue causada solamente por el desplazamiento del aire, debido a que una masa pesada de lluvia había descendido hasta el suelo. La visibilidad disminuía y la nave se divisaba apenas a unos cien metros de distancia. Estuvo dudando entre regresar o continuar sus investigaciones. Físicamente la lluvia no podía hacerle nada, porque estaba totalmente aislado y protegido en el interior de su traje. Era evidente que no le iban a molestar ni los charcos ni el barro, porque había casi un metro de capa de cintas bajo sus pies, y esa sustancia sería capaz de absorber lluvia durante semanas sin dejar ninguna huella en la superficie. Se mantuvo indeciso durante varios minutos, mientras veía caer la lluvia. Era la primera vez que la contemplaba en la realidad, aunque la hubiera visto bastantes veces en las películas. Sencillamente, él no estaba acostumbrado a cambios del tiempo rápidos como éste; además, las líneas que trazaba la lluvia al caer le maravillaban.

    Al cabo de un rato decidió continuar. De todas formas estaba en una atmósfera extraña y posiblemente fatídica, así que un poco de lluvia no significaría nada. Después de asegurarse de que su dispositivo de retorno le haría regresar a la nave cuando quisiera, avanzó entre los árboles hacia el oeste de la nave.

    Se orientaba con respecto a ella mediante señales de radio. El maser del navío retransmitía una frecuencia diferente para cada uno de los 360 grados de la escala; por ello, manteniendo su receptor emitiendo sonidos a una frecuencia elegida, podía mantener una línea recta en cualquier dirección. La intensidad de la señal se traducía en una lectura de distancias, lo cual significaba que podría regresar a la nave siguiendo el recorrido por el cual obtuviera una frecuencia a una intensidad de aumento constante.

    Si quisiera disponer de una brújula basada en el campo magnético de este planeta, tendría que fabricársela él mismo, porque no tenía ninguna información sobre la inclinación magnética del norte real, ni de las variaciones locales.

    Al ir avanzando bosque adentro, los árboles comenzaron a espesarse hasta tal punto que sus abanicos casi se tocaban. En el suelo, entre los troncos, la capa de cintas se extendía al mismo nivel sin ningún cambio. Después de casi un kilómetro de avance sin ningún dato nuevo, el panorama gris del frente parecía iluminarse y luego, de repente, vio el brillo del agua. Había llegado a la orilla del gran río.

    Estaba contrariado porque la lluvia ocultaba y reducía el paisaje. El río estaba cubierto de chapoteos blancos que se movían mientras las aguas seguían su curso, lento pero poderoso, más o menos a la velocidad del paso humano. No podía divisar en absoluto la ribera opuesta, pero estaba claro que debía de estar a siete u ocho kilómetros de distancia. Se encontraba de pie sobre la capa de cintas a unos seis metros por encima del río, y delante de él el suelo descendía suavemente hasta el borde del agua. Más allá de este punto no crecía ningún árbol de cintas, y la misma capa cambiaba de aspecto cerca de la orilla.

    Tansis descendió la pendiente para poder mirar el agua de cerca. Al acercarse, se dio cuenta de que esta capa de cintas era menos elástica y notó que disminuía de espesor. A tres metros de distancia del agua se convertía en cintas verdes, Viscosas, de un espesor de menos de un centímetro por cinco de anchura, y pudo ver por debajo de ellas un poco de tierra negra y húmeda. Sin dejar de mirarlas, avanzó otro paso, y al hacerlo notó que el pie se resbalaba. Era imposible detenerse o retroceder. Sus pies se abrieron, y Tansis aterrizó sobre su espalda. Al notar que se deslizaba hacia abajo giró sobre su costado, se agarró desesperadamente de las hierbas y luego notó que estaba debajo del agua, terriblemente oscura como una noche repentina. Se abrió paso hacia la superficie, y flotó. El aire del interior del traje y de la mochila impedían que se hundiera, pero en aquel momento no recordaba bien este dato. Sí que recordaba que no sabía nadar y que nunca en su vida había estado inmerso en aguas profundas, ni siquiera en una bañera. En la nave espacial no había más que duchas.

    Se agitó desesperadamente, aterrorizado, y vio que la orilla del río se alejaba, tras él, a unos metros. Golpeó el agua con las manos, moviendo los brazos, y esta forma primitiva de natación le llevó cerca de las hierbas de la orilla. Se agarró a ellas con ambas manos, pero sintió que esa materia se le resbalaba de los dedos sin ninguna compasión. Vanamente, las tiras a las que se agarraba iban desenredándose suave e interminablemente de la masa vegetal que estaba frente a él. Se preguntaba si acaso las cintas no tendrían fin, y cómo podría asirse de ellas con mayor fuerza, cuando sus pies tocaron el suelo por debajo del agua. Se tambaleó, y casi cayó, pero no soltó las hierbas escurridizas. Luego se dio cuenta de que estaba otra vez de pie, con el agua a la altura de la cintura corriendo rápida a su lado. Se mantuvo así, temblando y sin aliento. Tres metros de terreno resbaladizo le separaban de un lugar seguro.

    A lo lejos veía una vaga sombra oscura en el mismo borde del agua. Se dirigió cautelosamente hacia ella, arrastrando los pies por el barro del fondo del agua y agarrándose a la hierba de cintas mientras avanzaba. Después de unos sesenta metros, las cintas que había estado asiendo llegaron a su extremo, y así pudo saber su longitud, aunque entonces no estuviera interesado en ello. Se agarró de otra cinta y mantuvo la mirada fija en la protuberancia oscura que aparecía más adelante. Estaba deseando que fuera algo sólido que de algún modo pudiera ayudarle.

    Cuando llegó a ella, diez minutos más tarde, se dio cuenta de que era un saliente rocoso que surgía de la capa de cintas en la parte superior de la ribera, y que avanzaba sobre el agua. La mayor parte del saliente estaba lisa, aunque algunas tiras de cintas viscosas la recubrían. Al menos era sólido, y podía caer encima como si fuera una foca varada.

    En esa posición descansó algunos minutos, y luego rodó sobre sí mismo y se puso de rodillas. Temía por el traje, porque una escalada como aquélla sobre la roca desnuda podría romper la película de aislamiento. Estaba previsto que los equipos de exploración planetaria realizaran sólo paseos tranquilos en compañía de una gran cantidad de equipo, y nunca se había calculado que tuvieran que gatear en zanjas ni en rocas. A pesar de todo se puso a cuatro patas y fue gateando hacia atrás hasta la capa de cintas, agradeciendo su llegada como un viajero del espacio agradece el retorno a los verdes campos de la Tierra. Era algo de lo que podía fiarse; era lisa, resultaba cómodo andar sobre ella y no se empapaba de agua. Se dejó caer y descansó sobre un costado, con los ojos cerrados. «Sólo un minuto —pensó—, para recobrar el aliento y calmar el latido del corazón. Debo cuidar mi corazón, con esta gravedad excesiva.»

    Sobresaltado, abrió los ojos de par en par. No podía reconocer nada. Dio varias vueltas sobre sí mismo y se apoyó en los codos: todo lo que veía le parecía una fotografía en blanco y negro. Si Tansis alguna vez hubiera tomado la siesta en una playa, bajo la brillante luz del sol, hubiera recordado ahora esa experiencia; sin embargo, su educación no le había acostumbrado a la vida en un planeta.

    Sintiéndose atontado y débil, se puso en pie. ¿Cuánto tiempo habría estado allí acostado? Se debía de haber quedado profundamente dormido, porque el cielo se había aclarado un poco, la lluvia había cesado y los abanicos de los árboles se mecían suavemente. Era un auténtico problema adivinar la hora que era. Su reloj estaba calibrado para un día de veinticuatro horas, pero en este mundo con un ciclo de treinta y dos horas eso implicaba que el reloj se iba desfasando rápidamente con respecto al día y la noche. En ese momento indicaba las dos de la madrugada, lo que evidentemente no significaba nada. Si quería un reloj de treinta y dos horas, tendría que fabricárselo él mismo. En realidad, un reloj de este tipo, así como otras cosas semejantes —una brújula, un barómetro y un altímetro específicos para este planeta—, habrían sido fabricados en el taller de la nave principal durante las primeras semanas de exploración; sin embargo, estos paseos solitarios de Tansis serían la única exploración que jamás se haría en este mundo. No había mirado el reloj al salir de la nave, y al ver el sol en el cielo no podía hacerse una idea aproximada; tan sólo ese brillo blanquecino que siempre ocultaba de la vista a Capella.

    Pulsando el teclado del traje especial, preguntó al computador:

    —¿Cuánto tiempo llevo en este lugar?
    —Tres horas cuarenta y cinco minutos dieciséis segundos, hora-tipo de la nave.

    Ésta fue la respuesta, que llegó al instante.

    —¿Cuánto tiempo ha pasado desde que amaneció?

    El computador no contestó inmediatamente, sino que preguntó a su vez al cabo de unos momentos:

    —¿Cuál es la definición de amanecer en este planeta?

    Tansis estaba demasiado cansado para intentarlo. Comprendía que el problema se hacía muy complicado, y lo único que quería saber era la hora aproximada.

    —Olvida la pregunta —contestó.

    Miró al río y pudo divisar la orilla opuesta, muy distante; parecía muy baja y carente de interés. A lo lejos, a mucha distancia, le pareció ver colinas grises oscilando bajo la luz; pero no estaba muy seguro de ello. Recorrió con la mirada la orilla del río y a cierta distancia vio un objeto conocido: su vagoneta con la caja de herramientas encima. Avanzó hacia ella, y al pensar en las herramientas recordó que había perdido la lanza térmica al caer en el agua. Si hubiera habido criaturas peligrosas, no deberían ser ni muy numerosas ni capaces de hacerle daño, teniendo en cuenta que había estado durmiendo, tumbado en el suelo y en un espacio abierto, durante casi cuatro horas.

    Todas sus herramientas estaban a salvo. Notó que tenía ganas de regresar a la nave y descansar. Lo tenía merecido: había estado fuera aproximadamente unas seis horas; pero, por otra parte, aún era mediodía y tenía por delante una noche larga, muy larga, para poder descansar.

    Decidió caminar dos o tres kilómetros por la orilla, e intentar obtener una muestra de agua del río. Necesitaba una red de pesca para ver si podía sacar algún ser vivo del agua; tendría que traerla en la próxima expedición.

    Llegó a un riachuelo que surgía de la capa de cintas a través de un corte profundo. El agua tenía en el fondo casi un metro de profundidad, y avanzaba lentamente. La cinta de la mitad inferior del lecho era aquella hierba verde y resbaladiza que había estado a punto de matarle. ¿Sería una especie diferente, o una adaptación peculiar en la zona de contacto con el agua? Se tumbó en el suelo y estiró el brazo para coger una muestra de la hierba del riachuelo. Al mirar hacia abajo notó en el agua oscura ciertos movimientos, muchos pequeños movimientos espontáneos, los primeros seres vivos que veía, animales como él. Su corazón latía apresurado por la emoción. Este mundo hubiera tenido un aspecto demasiado extraño sin animales.

    Estos seres no le asustaban, porque eran demasiado pequeños y estaban lejos, inmersos en otro medio. Tenían la forma de dos conos unidos por sus vértices. Cada cono parecía abierto por debajo y vacío, con un anillo de pequeños tentáculos agitándose hacia el interior del cono superior, y moviéndose hacia el exterior del cono inferior. Posiblemente vivían de las sustancias en suspensión en el agua, que penetraba por sus cuerpos. Tenían el tamaño aproximado del dedo índice, y eran de color blanco perla en el exterior y rosa pálido en el interior; los tentáculos eran de color rojo de vino. Le parecieron hermosos. Podía ver media docena de conos, y al seguir el curso del riachuelo con la vista descubrió otros más.

    Se puso en pie y caminó siguiendo el arroyo: podía verlos cada vez que miraba al agua. Luego divisó algo parecido a un gusano, blanco, y que se movía de prisa. Se tumbó en el suelo y lo observó desde la. orilla. Avanzaba con ondulaciones suaves y rápidas de todo su cuerpo, de unos quince centímetros. A simple vista no pudo distinguir su cabeza ni su cola. Emocionado, sacó una botella de muestras de la bolsa e intentó atrapar uno; sin embargo, su brazo no era bastante largo. El animal se fue nadando, sumergiéndose a mayor profundidad. Esto demostraba que era sensible a los estímulos externos, y que estaba acostumbrado a esquivar a los animales predadores. Aquellos seres semejantes a conos eran más indolentes, y consiguió meter un par de ellos en una botella.

    Se dijo que debería regresar al río para ver si había algo en sus aguas. Extendió la escalera de metal, la tiró sobre el riachuelo y caminó por ella como si fuera un puente. Luego siguió por la orilla del río, esperando encontrar otro saliente rocoso o alguna fisura en el cinturón de cintas resbaladizas. No estaba dispuesto a pisar otra vez esa sustancia.

    Los árboles que estaban a su derecha quedaron ocultos y delante de él se abrió un amplio terreno descubierto que descendía suavemente formando una depresión hasta el mismo nivel del río. La línea de árboles hacía una curva en torno a este claro, y volvía a alcanzar la ribera del río apenas medio kilómetro más allá.

    Se detuvo de repente porque las tierras bajas que tenía delante de él eran de aquel color verde resbaladizo de antes.

    Evidentemente, ésta era una forma típica de pantano, o dicho de otro modo, una verdadera pista de patinaje para quien entraba en ella. Molesto por tener que volver sobre sus pasos, examinó de nuevo el borde del río. Luego tuvo una idea. Tenía la escalera, y si la extendía sobre la cinta resbaladiza podría gatear y llegar al agua.

    Eligió una zona en que el borde del río era uniforme, lanzó su escalera de seis metros de largo y con las presillas de resorte del extremo la aseguró a la capa de cintas más consistentes. Era increíble que algo tan simple como una escalera le resultara más útil que todos los complicados instrumentos almacenados en la nave para estas exploraciones. Una escalera y una cuerda; necesitaría un rollo de cuerda la próxima vez que saliera.

    Gateó por la escalera sin ningún accidente y llegó al borde del agua. Recordaba haber leído que casi todos los grandes ríos de la Tierra transportaban aguas limosas, llenas de sedimentos, y que erosionaban gran cantidad de suelo que llevaban al mar; sin embargo, el agua de este río era clara. En este planeta, si la capa de cintas se extendía por todas partes, apenas si habría erosión, y el suelo se conservaría intacto casi indefinidamente. Aquí todos los ríos deberían de ser de agua clara.

    Tomó una muestra de agua y la miró con atención, por si descubría en ella algún signo de movimiento. A primera vista no logró ver nada, probablemente porque estaba buscando otra cosa. Pero luego lo vio. Una esfera transparente, del tamaño de una pelota de tenis, con un collar de tentáculos finos que se agitaban formando una cinta que rodeaba la circunferencia máxima. Era difícil divisarla, porque había que enfocar la mirada hacia ella. Los tentáculos se agitaban a impulsos regulares y, al observarla, el ritmo se alteró y la esfera cambió la dirección del movimiento. Le recordaba algo que había leído en un manual de zoología, pero ¿qué era? Algo parecido a los celentéreos. Había criaturas semejantes a ésas en los océanos de la Tierra. El computador sería capaz de compararla con sus congéneres terrestres más próximos.

    Intentó cogerla para meterla en una ampolla, pero era un animal astuto. Su mirada no calculaba bien su posición debido a la refracción y a la transparencia de la criatura. Flotaba fuera de su alcance, y se alejaba. Tendría que traer un equipo mejor. Permaneció tumbado un buen rato en la escalera mirando el agua. Una o dos veces creyó ver formas oscuras un poco más lejos, pero no podía estar seguro de ello.

    Luego, sintiéndose de nuevo entumecido, gateó lentamente hacia atrás y decidió dar por concluido aquel día. Tenía muchas cosas que examinar y que analizar a su regreso a la nave. Arrastrando la vagoneta detrás de él, como si fuera un jugador de golf al acabar una partida larga y agotadora, se dirigió con desgana hacia la nave, siguiendo la frecuencia de dirección y no prestando mucha atención a los árboles que encontraba a su paso.


    3


    Dedicó los diez días siguientes a viajes de exploración por la zona en torno a la nave espacial, y a trabajos en el laboratorio para estudiar la biología y la bioquímica de las muestras que había conseguido. Para entrarlas en la nave las había colocado en vasijas precintadas y cajas recubiertas de la película de aislamiento que aplicaba la esclusa de aire; luego las ponía en cámaras de laboratorio, cerradas herméticamente, y las examinaba con instrumentos, por control remoto. En ningún momento las tocó con sus manos. Además de estas precauciones se encontraba el computador, muy observador y programado para dar la alarma y cerrar herméticamente el laboratorio en caso de que algún material extraño entrara en el sistema de aire. A Tansis le interesaba personalmente procurar que esto no ocurriera, para evitar encontrarse encerrado en el laboratorio sin nadie a bordo que pudiera ayudarle. El computador no podía conocer que Tansis estaba solo, y los computadores no se preocupan de estas cosas. Tansis había considerado oportuno no dar a conocer al computador que él estaba totalmente solo, por si acaso llegara a la conclusión de que estaba usurpando la autoridad legítima.

    Llegó a la conclusión de que todas las formas de vegetación que había visto eran virtualmente idénticas en su estructura interna y en su composición química. No había ningún otro tipo de vegetación, de modo que una sola especie o grupo de especies ostentaba un monopolio total de la zona. Decidió que una de las prioridades de su actividad sería averiguar la extensión que alcanzaba en el planteta.

    El cuarto día llevó consigo un equipo portátil de taladrar y excavó unos treinta metros de profundidad para examinar el subsuelo de la zona chamuscada que rodeaba la nave. Éste estaba formado por arcilla y grava, como era lógico esperar en un sistema fluvial antiguo, pero lo que no había imaginado era que extraería fragmentos de raíces de la capa de cintas en las muestras de los sondeos, incluso de cuarenta metros de profundidad. Consideró ahora de otro modo la capa de cintas. Era como un iceberg: había mucho más bajo la superficie que sobre el suelo. Más aún, las raíces extraídas incluso del nivel más profundo que pudo alcanzar parecían tan grandes y tan vigorosas como las que estaban a poca distancia de la superficie. Le hubiera gustado extraordinariamente poder taladrar hasta alcanzar el fondo del sistema de raíces, pero una gran operación de taladro exigía maquinaria pesada, y el manejo de grandes piezas de acero, lo cual no podía hacer él solo. Las raíces eran grises y de forma ovalada en sección transversal, y se enrollaban dentro del suelo con la misma forma de laberinto como lo hacían por encima.

    Aunque dedicó muchas horas a la búsqueda de animales que habitaran en la capa de cintas o en los árboles, no encontró ninguno, y sin embargo había muchísimos en los arroyos, en el río y en esos curiosos charcos sobre los árboles de cintas. Parecía como si las plantas hubieran conquistado el terreno y los animales hubieran quedado atrás, en el agua, aunque, naturalmente, esto era una generalización arriesgada basada tan sólo en el estudio de unos cuantos kilómetros cuadrados de un gran continente. Ésta era otra razón para investigar en muchos más sitios.

    No encontró ningún animal más evolucionado que los moluscos de la Tierra, pero los que halló eran de muchas y variadas especies.

    El día más interesante de todos fue aquel en que tomó una lancha de goma y una red de pesca y se fue a remar por el gran río. A treinta metros de distancia de la orilla se podía ver con claridad el interior del agua limpia y profunda, iluminada por el cielo blanco y radiante. Estuvo un buen rato observando los globos transparentes que se desplazaban en el agua y las criaturas blancas con aspecto de gusanos, y esperó pacientemente que surgiera algo más grande. Introdujo la red en el agua, para que al avanzar la lancha, la red fuera tomando forma. No vio nada en el agua, pero al sacar la red, hora y media más tarde, obtuvo su recompensa. Entre los numerosos globos y gusanos se encontraba una versión evolucionada, de tamaño superior a un metro, del animal del cono doble que vio en el riachuelo. Esta versión tenía ojos en el borde superior del cono frontal, cuyo orificio se había desarrollado en forma de una gran boca y de una garganta, cubierta por un tamiz fino. En su parte trasera, el cono posterior estaba relleno por una masa de anillos concéntricos de collares de pelos, que parecían agallas. Supuso que se encontraba más o menos al nivel de evolución del calamar.

    En el laboratorio, después de dos días de esfuerzos fracasados que devoraban su tiempo, intentando emular el trabajo de un equipo de biólogos, abandonó todos sus deseos de conocer la composición química y fisiológica y la evolución de esas criaturas, y se concentró simplemente en averiguar si eran comestibles. No podía permitirse muchas frustraciones ni muchos fracasos, porque estaba demasiado solo y el futuro le llenaba de presentimientos. Allí no había nadie interesado en ampliar los conocimientos biológicos. ¿Para qué sirve la ciencia, si no puede compartirse ni enseñarse a nadie? Es como un banquete a solas.

    Sólo le interesaba averiguar si este planeta podría matarle, hacerle morir de hambre o envenenarle. Si hubiera sido un científico profesional tal vez hubiera perseguido los secretos biológicos del planeta y con ello hubiera pospuesto demasiado el problema, de vida o muerte, de conseguir alimentos. Tansis, por el contrario, era un piloto de naturaleza práctica y activa, y de cada objeto que encontraba sólo le interesaba conocer tres cosas: ¿me puede morder?, ¿puedo comerlo?, ¿me recuerda a la Tierra? Un profundo instinto, en su interior, quería que continuara viviendo y que encontrara algún modo de aclimatación a este planeta; sin embargo, al pensar que tendría que vivir aquí durante muchos años, totalmente solo, en aislamiento pleno, y sin ninguna esperanza hasta su vejez, se desanimó y decidió suicidarse cuando los suministros de la nave se agotaran.

    Si podía seguir viviendo, entonces necesitaría comida. Y, de un modo vago, también esperaba encontrar algo que le ofreciera compañía. ¿Podría encontrar vida sensible? Apenas esta pregunta aparecía, descartaba la posibilidad afirmativa, con incredulidad y cinismo. Ni en aquella meseta desolada ni en este bosque desierto había nada que dejara abrigar esperanza alguna. Los gusanos, los globos, e incluso esas cosas parecidas a los calamares con cono doble, no servían ni siquiera de animales domésticos: no tenían más personalidad que un caracol.

    El problema de la comestibilidad era algo que el laboratorio y el computador estaban preparados para aclarar, porque era el asunto clave de cualquier expedición. El objetivo último de los grandes viajes interestelares había sido la búsqueda de posibles colonias para la humanidad, y toda posible colonia debía ser autosuficiente. No podían enviarse suministros para paliar el hambre a una nueva colonia que se encontrara a sesenta y cinco años de distancia. Por eso Tansis disponía de los mejores aparatos posibles para descubrir si allí había algo comestible o que pudiera hacerse comestible.

    Averiguó que la capa de cintas era tóxica y estaba llena de alcaloides, algunos de los cuales se parecían un poco a las sustancias narcóticas de la Tierra. Incluso al descomponer la sustancia de la planta y modificarla mediante procesos químicos, los alcaloides seguían estando presentes. Debido a ello, casi no había forma de cocinar la capa de cintas sin que causara al comensal un sueño narcótico profundo, aunque no lo matara. Tansis llegó a la conclusión irónica de que si alguna expedición futura llegara aquí, sería la última. Este planeta estaba tan lleno de narcóticos que las autoridades nunca permitirían que ninguna nave se acercara.

    Los animales eran menos extraños. Tenían intestino, celomas, sangre con hemoglobina, sistema circulatorio y sistema nervioso, y sus proteínas se basaban en el mismo grupo de aminoácidos que las criaturas de la Tierra. Ninguno era directamente comestible, pero con procedimientos químicos apropiados se podía obtener de ellos proteínas comestibles. Era un primer paso, pero no era suficiente. Un hombre no puede tener una vida sana alimentándose sólo de proteínas, y las proteínas procesadas carecían de las vitaminas necesarias. Tampoco podía hacer depender su vida de procesos químicos complicados. Sólo contaba con un suministro limitado de reactivos, y los aparatos siempre podían estropearse; algún día cometería el irreparable error de envenenarse a sí mismo. De cualquier forma, no le hacía gracia vivir el resto de su vida a base de extraños líquidos procesados, obtenidos de tubos de ensayo.

    El agua de los charcos de lo alto de los árboles estaba llena de animales y plantas microscópicas, similares a los protozoos primitivos, probablemente porque estaban mucho más cerca del origen de la vida. Estas criaturas microscópicas podían ser procesadas con bastante sencillez, convirtiéndolas en sustancias comestibles, y Tansis podría vivir a base de ellas, si no le importaba pasar la mitad de su vida subido a una escalera para recoger el agua.

    Lo extraño era ese gran salto entre las algas y plantas de nivel evolutivo anterior, y la capa de cintas tan evolucionada. ¿Dónde estaban las formas intermedias? Las cincuenta y tantas especies de animales que había encontrado hasta ese momento no formaban en absoluto una serie completa, sino que indicaban una brusca gradación de lo simple a lo complejo. Los animales mostraban una evolución que no aparecía en el reino vegetal. Claro que éstos eran sus primeros días en el planeta y, evidentemente, las visitas a otros lugares le ofrecían respuestas a algunas de estas preguntas.

    Después de diez días de actividad y de descubrimientos, Tansis había superado lo peor de su depresión y había empezado a habituarse a la gravedad del planeta. Con todo cuidado, evitaba encontrarse sentado sin hacer nada, o tomar café sin más. Mantenía la música puesta y conversaba bastante con el computador. Ahora hablaba consigo mismo casi todo el tiempo y no se preocupaba, porque, después de todo, ¿acaso alguien iba a llamarle la atención?

    Era ya el momento de cambiar de sitio. Había aprendido lo suficiente para plantearse nuevas preguntas que exigían respuestas, y a eso, en realidad, conduce todo descubrimiento.

    Metió en los armarios exteriores todas las herramientas que había sacado de la nave y se dispuso a partir. Casi había seleccionado ya su próximo lugar. Esta vez sería la costa del océano, en la desembocadura del gran río, unos mil quinientos kilómetros al sudoeste. La unión de océano y tierra seguramente le revelaría algo más sobre la evolución de la vida en el planeta, y el clima también sería diferente.


    De nuevo se sentó en el puesto de piloto y preparó la nave para la partida. El computador había recibido ya las órdenes sobre el curso a seguir y el destino. Estaba lloviendo a cántaros cuando despegó con fuerza de la capa de cintas y ascendió con estrépito hacia arriba, por encima del gran río, rumbo a las nubes grises.

    En este vuelo, las nubes de lluvia eran más grandes y se extendían a mayor altura, y sólo disfrutó de unos minutos en el interior de la bóveda superior brillante, entre el suelo gris y el cielo blanco, y apenas si vislumbró las cordilleras cubiertas de nieve a lo lejos, en dirección este. Luego se encontró en el interior de la niebla blanca y nacarada de la capa de nubes permanentes, viendo a Capella brillando con intensidad creciente cerca del horizonte del este.

    De modo teatral, la blancura desapareció de golpe como si hubiera salido de un edificio, y se encontró una vez más en el mundo claro y brillante por encima de la cubierta de nubes. El curso que seguía le estaba llevando en línea oblicua hacia aquella cadena importante de nubes que había visto a su derecha en el primer vuelo. Capella brillaba a lo largo de esta cordillera de nubes, iluminándola vivamente con una luz dorada y creando sombras oscuras. Luego la nave voló en línea recta hacia la cordillera, y todo se hizo húmedo y neblinoso, con destellos de relámpagos continuos que hacían brillar la niebla. Al cabo de unos ciento cincuenta kilómetros de recorrido, de nuevo salió bruscamente al exterior, a la luz del sol, sobre una enorme llanura de nubes blancas, y cayó luego por debajo de ella, a la luz nacarada de la cubierta de nubes.

    Cuando emergió en la atmósfera inferior, pudo ver el océano por delante, cubriendo la mayor parte de su campo visual, brillante y gris, moteado de pequeñas nubes blancas algodonosas que se balanceaban en largas líneas paralelas. Por debajo de él había un río muy ancho que brillaba como si fuera plateado y que se desparramaba en cientos de canales y de lagos. Al norte del gran estuario y de los pantanos, el terreno se elevaba en ondulaciones hasta formar una suave y redondeada cordillera de montañas, que corría paralela a la costa. «Geológicamente, esa cordillera debía de tener gran interés —pensó—, porque sin duda era antigua, lo cual podría significar la presencia de fósiles que probaran la evolución de la vida en el planeta.»

    Cogió el control manual y decidió aterrizar en la costa, precisamente en el lugar donde comenzaban las primeras colinas de la cordillera, a unos treinta kilómetros al norte del estuario. Mientras planeaba a una altura de unos trescientos metros por encima de la línea costera pudo ver que el océano estaba encrespado, pero que carecía de las grandes olas que agitan los océanos de la Tierra. Miró hacia el norte y hacia el sur, siguiendo la línea de la costa, pero no pudo divisar ninguna playa; la vegetación llegaba hasta la misma línea costera y parecía como si continuara creciendo por debajo del agua. Parecía la misma capa de cintas azul-verdosa, pero sin árboles.

    Sabía que este mundo tenía tres pequeñas lunas, la mayor de las cuales tenía sólo ciento cincuenta kilómetros de diámetro, y ninguna de ellas se encontraba a menos de ochocientos mil kilómetros de distancia, de modo que si existía alguna marea sería apenas perceptible. Sin embargo, no sabía cuál sería el comportamiento del mar, y decidió actuar con seguridad.

    Se dirigió al norte siguiendo la costa hasta un lugar donde una pequeña colina llegaba al agua y formaba un acantilado de unos quince metros de alto, y allí aterrizó, a unos cien metros del borde del acantilado, dominando una suave pendiente que llevaba a un pequeño riachuelo que desembocaba en el mar.


    4


    Cuando salió de la nave, una hora más tarde, cruzó la bien conocida zona chamuscada y con cenizas, y encontró que la capa de cintas era exactamente igual a la que había visto antes. Se extendía a los lejos por un terreno suavemente inclinado y que no interrumpía ningún árbol. Con los anteojos inspeccionó la línea costera y vio que la capa de cintas llegaba hasta el mismo borde del mar, aunque parecía tener un color diferente allí donde se juntaba con el agua. Al este el terreno se elevaba suavemente y pudo ver que los árboles comenzaban en línea uniforme a unos ochenta kilómetros tierra adentro. Las colinas más lejanas parecían estar cubiertas de árboles. Tansis se sintió decepcionado por la falta de variedad del planeta.

    Se preguntó si un ser de otro planeta que visitara la Tierra se aburriría también al ver hierba por todas partes; claro que hasta en ese caso encontraría muchas variedades de hierbas, sin mencionar las mil clases de árboles, de arbustos y de flores. Aquí todo eran masas pesadas de color verde turquesa, que hacían daño a la vista, ya cansada por esa luz viva, mucho más brillante por el reflejo del mar.

    Esperaba que el mar sería más interesante que la tierra. La nave espacial disponía de una lancha grande, hinchable, con una pequeña ventana de observación en el fondo. La usaría mañana, pero en este momento intentaría ver lo que se encontraba en los alrededores. Abrió los armarios exteriores laterales de la nave, y sacó la escalera, la cuerda y la lanza térmica. En esta ocasión sería muy fácil mantener la dirección, porque la nave descansaba sobre la cima de una colina y podía divisarse desde kilómetros de distancia.

    Se dirigió a la línea costera, descendiendo la colina hacia la boca del riachuelo. Cerca del borde del agua, la capa de cintas cambiaba su aspecto, convirtiéndose en una cinta pilosa de color azul oscuro que crecía formando una faja de unos quince metros de ancho, siguiendo la línea de la costa. Durante algunos días había estado incubando la idea de que el modo uniforme, bruscamente delineado, como cambiaba la vegetación según los cambios de las condiciones físicas, significaba que era un mismo tipo de plantas que se extendía por todas partes, y que sencillamente alteraba su crecimiento físico para aprovecharse de situaciones diferentes. Examinó con detalle la cinta azul. Aparte de su color y de su pilosidad era igual a la capa de cintas y parecía que sus raíces se hundían a gran profundidad. Con mucha cautela puso un pie sobre ella y descubrió que era más firme aún que la capa de cintas ordinaria; crujía bajo su pie y parecía más quebradiza, pero resultaba imposible cortar un pedazo.

    Permaneció un rato indeciso, preguntándose si debería emprender un amplio recorrido circular en torno a la colina. Le aburría la idea, porque sólo sería una excursión por un marjal desolado. Finalmente decidió cruzar el riachuelo y caminar algunos kilómetros por la costa.

    Extendió la escalera, la lanzó sobre el agua y se dejó caer encima, en medio del arroyo, para observar el agua. Esto era más interesante. Estaba lleno de criaturas de forma toroidal, de unos quince centímetros, con grupos de tentáculos, ojo y boca espaciados alrededor de todo el borde externo. Eran blancas y azules y le recordaban las criaturas en forma de globo que había visto en el gran río. Se quedó tumbado observándolas durante largo tiempo, animado por su movimiento y colorido. Las aguas eran mucho más interesantes que la tierra; sin animales, este mundo le hubiera deprimido en exceso.

    Continuó andando, y se detuvo al borde del mar, observando cómo rompían las olas a sus pies. La capa de cintas azul entraba en el agua unos cuantos metros, y se detenía allí donde las olas nunca dejaban el fondo descubierto. Eso resolvía el problema, porque le había molestado pensar que esa maldita sustancia cubriera los fondos marinos, además de cubrir la tierra. Tomó una muestra de agua del mar; lo primero que haría sería determinar su grado de salinidad. No parecía haber ninguna otra cosa interesante, ni algas, ni conchas, ni guijarros brillantes, ni peces, ni ningún otro objeto de los que adornan las playas de la Tierra; tan sólo la capa de cintas y las olas rompiendo contra la costa.

    Se sintió cansado y de mal humor al volver a la nave. Había esperado demasiado, y le apesadumbraba descubrir tan sólo una versión ampliada de la orilla del gran río. No salió más en el resto del día; se quedó sentado escuchando música, vio una película y estudió los mapas fotográficos, preguntándose adonde debería dirigirse ahora. El único fragmento de trabajo auténtico que realizó fue evaporar algunas muestras de agua marina y obtener un espectograma de masa de los residuos sólidos. Tenía sólo la mitad de la salinidad de los océanos de la Tierra, pero aproximadamente su misma composición química. O bien este mundo era más joven que la Tierra y no había tenido tiempo de pasar sal de la superficie al mar, o bien tenía la misma edad aproximada de la Tierra pero la vegetación había aparecido antes y se había desarrollado con mayor velocidad que en la Tierra, cubriendo el suelo de tal modo que la erosión casi había desaparecido.


    A la mañana siguiente, ya avanzado el día y sin grandes esperanzas, sacó la lancha y cogió una cámara de cine. Lo que él no pudiera ver lo captaría la película. En el borde del agua desempaquetó la lancha y la hinchó, usando su propia energía. Estaba equipada con suministros de emergencia para tres días, y un equipo de comunicación. No esperaba usarlos, porque su intención era sólo aventurarse a unos cientos de metros de la orilla. El único conocimiento que tenía del mar era lo que había aprendido en películas y en libros, y la impresión dominante que había captado era la de que era algo peligroso; tan solo la idea de poder ver allí animales interesantes le impulsaba a navegar.

    Poner la lancha a flote resultó ser una operación complicada. Primero empujó la mitad de la lancha metiéndola en el agua, mientras la otra mitad descansaba en tierra, pero cuando subió a ella la capa de cintas azulada se aferró con fuerza a la lancha. Puso en marcha el motor, que era un chorro de aire a alta presión lanzado por una bomba en la parte posterior, con una célula de combustible como suministro de energía. La lancha traqueteó de modo salvaje con el impulso del motor y el freno de la hierba por debajo. La lancha se llenó de agua, y tuvo que parar el motor. Entonces salió de la lancha, la empujó hasta meterla toda en el agua clara, e intentó subir a ella. La lancha flotaba y se alejaba, y sus esfuerzos para saltar a ella la impulsaban aún más lejos. Cuando sus pies perdieron contacto con el suelo se sintió presa del pánico. Sin embargo, su traje le ayudaba, haciéndole flotar y dejándolo tumbado en posición horizontal sobre el agua. Pudo pasar una pierna por encima de la lancha, luego un brazo y finalmente consiguió trepar por un lado y dejarse caer medio sumergido en el agua que rellenaba la lancha.

    Tansis decidió que odiaba el agua. Puso en marcha el motor con la intención de regresar a la orilla y a su nave espacial, pero luego rápidamente lo desconectó al advertir que había mucha agua dentro de la lancha. Cambió la disposición del motor, para que funcionara como bomba de achique, y comprobó que el nivel del agua iba descendiendo en esa lancha, realmente resistente y versátil, aunque para él siguiera siendo un artilugio endeble y peligroso.

    Por el rabillo del ojo divisó ciertos movimientos en el agua, cerca del bote. Había una sombra oscura que se movía de prisa, que aparecía y desaparecía al sumergirse en las olas y salir de ellas. Luego, consternado, observó que un rostro le miraba a través de la ventana del fondo de la lancha. Mirando de soslayo notó ciertos movimientos en el lado que daba a la orilla y en torno a la lancha: una media docena de formas largas y oscuras se sumergían y se agitaban a gran velocidad. Mirando de nuevo hacia abajo comprobó que dos rostros le estaban observando. Les devolvió la mirada, aterrorizado, temiendo que pudieran atacarle. Sus manos le temblaban mientras contemplaba esas caras, y luego las formas suaves y oscuras que entraban y salían del agua a todo su alrededor.

    Desde el mismo momento en que aterrizó en este planeta le había acompañado el temor a ser atacado, temor patente en ocasiones, pero que había disminuido mucho en la última semana. Mas ahora toda esa ansiedad y esa tensión controladas en su interior le hicieron temblar y sudar; su corazón latía con fuerza y sólo pensó en la huida. Sin atreverse a lanzar otra mirada a esas caras y formas que se agitaban, puso el motor a toda máquina. El agua hervía lanzando un chorro de espuma detrás de él, mientras el bote aceleraba su marcha siguiendo un trayecto en diagonal hacia la orilla. A velocidad alarmante la línea azul de la capa de cintas se abalanzaba hacia él y antes de poder detener el motor la lancha había chocado con la hierba, había dado una vuelta de campana y lo había lanzado, a él y a su equipo, haciéndolo rodar y rodar sobre el suelo suave y mullido.

    Se quedó allí tendido, asustado y tembloroso durante algunos momentos; luego se puso de rodillas y miró hacia el mar, temiendo que sus enemigos llegaran a tierra. Vio las formas que saltaban en el agua a muchos metros de distancia de la orilla, pero ningún monstruo se acercó reptando hacia él. Buscó la lancha con la mirada y la vio deslizándose y dando bandazos pendiente abajo hacia el río. Mientras la miraba, desapareció de golpe por encima de la orilla. Se puso en pie de un salto y corrió tras ella. El bote aún estaba allí, casi en vertical sobre la proa; el chorro de aire silbaba hacia arriba, haciendo que la lancha se agitara arriba y abajo y creando olas de gran tamaño en el riachuelo. Se deslizó con cuidado hacia abajo, y colgándose de un lado desconectó el motor. Al cesar el rugido se dejó caer, lentamente, hasta que sus pies descansaron en el agua que llenaba la parte delantera de la lancha. Lanzó un profundo suspiro y esperó que los latidos del corazón se calmaran.

    Después de unos minutos comenzó a analizar con calma la situación. Sorprendentemente, el bote parecía encontrarse en perfecto estado; estaba aún hinchado, y el motor se encontraba, evidentemente, en buenas condiciones. Tendría que sacarlo de allí antes de que cayera del todo y el río lo llevara al mar; también debía recoger su equipo que estaba todo desparramado por la orilla.

    Lentamente salió de la lancha y hundió sus pies en la capa de cintas de la parte superior de la orilla, agarrando la lancha por los bordes de goma húmedos, intentando levantarla hacia arriba. El bote era muy ligero de peso, pero el agua de la proa lo hacía pesado y lo anclaba, y Tansis no estaba en una buena posición de equilibrio para hacer mucha fuerza tirando y empujando.

    Agotado y con la sensación de ser un estúpido y un inútil, Se sentó en el suelo. Hubiera deseado no encontrarse solo. Con la ayuda de otros todo sería muy diferente. En sus treinta y un años de vida nunca había estado solo, excepto durante una o dos breves horas de trabajo en el espacio exterior junto a la nave-base o en una nave de exploración, y en esos casos había mantenido contactos permanentes con los demás. En una nave espacial se podía sufrir del exceso de compañía humana, pero nunca de aislamiento. Nunca había conocido una soledad tan inmensa como la que ahora sentía. No había nadie que pudiera ayudarle, nadie con quien hablar, nadie que se preocupara ni que se burlara de él. Y esta sensación se extendería ante él como un desierto vacío y terrible mientras le durara la vida.

    Aunque... ¡tal vez no estaba solo! ¿Qué serían aquellos rostros que vio? ¿Serían seres inteligentes? ¿Serían personas? Podrían ser enemigos o no, pero en todo caso podía intentar entablar amistad con ellos. La posibilidad de que fueran algún tipo de gente era infinitamente preferible a la soledad total. Sintió que se había comportado como un estúpido al desperdiciar lo que pudiera haber sido el primer encuentro de un ser humano con una raza extraña y sensible.

    Volvió a recordar los rostros que le habían mirado desde abajo. Tenían dos grandes ojos de color muy oscuro, aunque no podía decir de qué color exactamente, y la mirada que leyó en ellos era de interés y de curiosidad. Lo que permanecía en su memoria por encima de todo era la expresión de los ojos; el resto de la cara apenas si podía recordarlo, excepto que era muy oscura y cóncava. Lo único que podía recordar de los que vio nadando alrededor del bote era una cintura estrecha, como de abeja, y el color oscuro también recordaba que eran alargados y de contornos suaves.

    Debería saber algo más sobre ellos. ¿Qué le importaba encontrarse en peligro? Era mucho mejor que años y años de penalidades y de muerte por sus propias manos. Se sentía alborozado y alegre por lo que hacía unos minutos le había llenado de desesperación. Sobre todo temía la soledad, y como reacción frente a ella se dejó llevar por una extraña esperanza.

    Caminó de nuevo por la orilla del río hacia la costa, y miró al mar. Todo estaba de nuevo tranquilo, excepto las olas que batían; las formas oscuras que saltaban habían desaparecido. Continuó recorriendo la costa en busca de sus objetos perdidos. La mayor parte fue fácil de encontrar, porque estaban pintados de color naranja y blanco brillantes, al igual que su propio traje y que la nave. Elaboró un plan de acción mientras continuaba buscando su equipo. En vez de intentar sacar el bote del río lo metería en el agua y lo llevaría flotando corriente abajo hasta el mar. Podría amarrar la lancha en el riachuelo, más tarde, y entrar y salir de ella utilizando la escalera, evitando así todos los problemas que había tenido para meterla en el agua. Fue aquel fracaso inicial el que le había desequilibrado y le había causado aquel pánico al ver a las extrañas criaturas.

    Empujar el bote río abajo era bastante fácil: la proa rellena de agua servía de puntal y al empujar la lancha hacia arriba actuaba de palanca; así se deslizaba hacia abajo, de lado, y flotaba. Manteniéndola sujeta con la cuerda entró en ella utilizando la escalera. La achicó todo cuanto pudo, subió a bordo su equipo y se dispuso a intentarlo de nuevo. Navegó lentamente, mirando a su alrededor, temiendo ver de nuevo las formas que saltaban y temiendo también no verlas. Durante unos quinientos metros no apareció nada, y decidió que la orilla había quedado demasiado lejos y tendría que acercarse un poco a ella. Luego los vio de nuevo, pero más lejos. Procedían de mar adentro, y no se acercaron más que a unos treinta metros. Fueron dando una curva alrededor del bote hasta que lo rodearon por completo, manteniendo la distancia.

    Miró hacia abajo, a la ventana del fondo, pero allí no había ninguna cara. Miró fijamente, más abajo, y pudo divisar vagas formas oscuras deslizándose por el agua, muy por debajo de él. Los que estaban en la superficie no saltaban como habían hecho antes, sino que se escurrían mitad dentro y mitad fuera del agua; sin ninguna duda estaban concentrando su atención en él. Los estudió con sus anteojos. Estaba claro que tenían cintura de abeja, y llegó a la conclusión de que debían pertenecer a la categoría de criaturas de doble cono.

    Hasta ese momento había visto tres grandes clases de animales, aparte de las especies microscópicas que eran demasiado variadas para poder clasificarlas con facilidad. Primero estaban los animales finos y alargados, como gusanos; luego, el tipo esférico: ambos eran formas primitivas. Luego estaban los animales del doble cono, más evolucionados. Estas últimas criaturas que había visto eran las más avanzadas de todas. En primer lugar, eran mucho más grandes, de casi tres metros de largo, y sus movimientos eran potentes. En la cabeza había un rostro cóncavo, como un cazo; los ojos estaban situados en el borde de arriba, y tenían una mancha circular blanquecina en el centro de la cara, que supuso sería la boca. El extremo posterior se agrandaba y parecía tener una aleta trasera complicada, que estaba en constante movimiento y que, evidentemente, le servía de propulsión.

    Agitó la mano saludando a las criaturas distintas, y se preguntó cómo podría comunicarse con inteligencias extrañas. Se sentía desmayado, y repentinamente preocupado por su estómago. Cambió de posición y decidió que mejor sería no agitar el brazo de nuevo, pues parecía que eso le mareaba. Bajó la cabeza y luego la elevó con rapidez, pues le entraba una angustia terrible y tuvo la certeza de que iba a caer enfermo. Se sentía débil y tembloroso, y se dio cuenta de que estaba sudando. Era realmente desagradable sentirse enfermo dentro del traje protector, y el único remedio era quitárselo lo más pronto posible. Tendría que volver a la nave.

    Moviéndose muy despacio y con mucho cuidado, confiando en que la angustia desapareciera y así dejara de estar enfermo, puso el motor en marcha y dirigió la proa hacia la boca del río. Durante algunos minutos el mareo se calmó, y aún pudo saludar otra vez con el brazo a los animales marinos. Volvió entonces la sensación de enfermedad, y esta vez peor que nunca. Tragó aire varias veces, y apenas si se atrevía a respirar; luego, temblando, notó un dolor en el estómago y cayó hacia delante, sufriendo el horror de encontrarse enfermo y a punto de explotar dentro de la prisión de su casco.

    Hizo un esfuerzo tremendo para refrenar los espasmos, mientras vaciaba todo su desayuno y casi las seis comidas anteriores, después de lo cual comenzó un agonizante vómito seco. La ansiedad que sentía al encontrarse en una lancha que se dirigía a la costa, y al no poder hacer nada en absoluto, empeoraba su situación. Y tal vez esa misma ansiedad logró dominar los vómitos al levantarse jadeante y mirar con ojos llenos de lágrimas por el visor del traje, sucio y húmedo, la mancha confusa de la costa que se acercaba rápidamente hacia él. Hizo girar el bote bruscamente a la izquierda, y entonces la orilla se le acercaba por la derecha, pero con un ángulo diferente, y giró de nuevo a la izquierda. Casi instantáneamente vio la costa delante de él y giró de izquierda a derecha, y de nuevo a la izquierda, conforme la costa parecía irle rodeando por todas partes. Se dio cuenta, aliviado, de que debía de haber regresado al río. Por suerte, no por cálculo, había regresado al punto de partida.

    Detuvo el motor y se puso en pie con piernas temblorosas; no se atrevía a dar un paso hacia delante dentro de la lancha, que se mecía suavemente. Las riberas del río comenzaron ahora a deslizarse hacia atrás, y se dio cuenta de que de nuevo estaba flotando río abajo. Puso en marcha el motor y dirigió la lancha a la orilla, intentando agarrarse de las cintas que se enroscaban por encima de él. Con un disgusto que casi le provocó de nuevo el vómito descubrió que eran de material resbaladizo, y las soltó. Comenzó a lanzar juramentos, y con rabia y furia agarró la escalera, la extendió y violentamente metió un extremo en la capa de cintas de la orilla. El motor estaba aún en marcha y la proa golpeaba contra la orilla. La lancha comenzó a girar en círculos dentro del agua bajo la presión de la corriente, hasta que quedó colocada de costado junto a la orilla y comenzó a moverse de nuevo lentamente, río arriba. La escalera se ladeó, cambiando de posición. Tansis, casi al borde de la desesperación, aflojó la marcha del motor hasta lograr que su potencia igualara la fuerza contraria de la corriente, y el bote quedara en posición estable. Luego, lo más rápido que pudo, trepó por la escalera y pasó a tierra firme.

    Se sentó en el borde de la ribera, sintiéndose peor que nunca. Ya no se encontraba enfermo, sino agotado y exhausto, con un sabor asqueroso en la boca. Tenía sed, estaba sofocado y apenas si podía ver lo que estaba haciendo.

    Después de amarrar el bote a la capa de cintas, regresó con dificultad a la nave, con el único deseo de salir del traje, tomar una ducha y beber un trago de agua.


    Se quedó en la nave varias horas, contento de encontrarse en un ambiente familiar. Se sentó en la cabina de la sala de reuniones, incapaz de pensar en nada, y seguramente debió de quedarse dormido.

    Se despertó sintiéndose hambriento; tomó un almuerzo ligero, después de lo cual se sintió listo para enfrentarse de nuevo con la vida. Después de vagar por la nave durante un rato, su conciencia comenzó a reprocharle lo que había hecho con la lancha.

    Pasó por la esclusa de aire y caminó hasta donde había dejado la lancha. Paró el motor y luego estudió el problema de cómo sacar el bote del agua y deshincharlo. No estaba seguro de que fuera a utilizarlo otra vez, pero le molestaba tener que abandonarlo. Toda una vida a bordo de una nave espacial le habían marcado una aversión profunda al desperdicio. Resolvió el problema deshinchándolo a medias y sacándolo luego a rastras a la orilla, para allí plegarlo. Decidió trasladarse a otro lugar tan pronto como regresara a bordo.

    Una vez en la cabina de mando, Tansis escudriñó los mapas fotográficos. Unos mil quinientos kilómetros al norte la cordillera montañosa parecía estar cubierta de nieve, y los bosques terminaban. No creía que tuviera gran utilidad intentar dirigirse allá arriba. Sin embargo, había un pico solitario a unos ochenta kilómetros de donde estaba sentado, también con nieve en la cima. Le interesaba ver nieve, y encontrar tierra al descubierto, sin capa de cintas. Con certeza esa materia vegetal no cubriría todo el continente palmo a palmo.

    No se detuvo a considerar la dificultad que podría tener un aterrizaje en la cima de una montaña, aunque era de vital importancia que la nave descansara sobre tierra llana. Si la nave se derrumbaba al perder el equilibrio, eso sería el desastre total, un segundo naufragio. Pero estaba demasiado inquieto para preocuparse de ello; demasiado decidido a huir una vez más de la desgracia y del fracaso con la misma esperanza de que el próximo lugar de aterrizaje fuera mejor y pudiera solucionar sus problemas.


    Dirigiendo la nave con control manual voló por encima de media docena de cordilleras paralelas hacia un saliente de una montaña, grande y redondeado, con un casquete de nieves claramente visible. El manejo manual de la nave exigía decisiones rápidas, porque al estar suspendido en el aire buscando un lugar de aterrizaje se consumían grandes cantidades de combustible.

    Comenzó a volar en círculo sobre el macizo central en busca de un lugar apropiado en las laderas empinadas. Descubrió que en el lado norte las laderas descendían suavemente a las sierras inferiores. Aquella montaña era realmente la última de la cordillera principal; se elevaba hasta una altura de cuatro mil metros y tenía desfiladeros profundos en los lados este y sur. Al sobrevolar los desfiladeros vio por primera vez rocas desnudas. Al pie de ellas acababa la capa de cintas de modo brusco, y sobre la superficie de la roca no parecía crecer nada. Esa capa de cintas había impuesto su dominio: o todo, o nada.

    Finalmente pudo encontrar una zona plana en el lado norte, exactamente en el límite de la línea de nieve a tres mil metros de altura, y aterrizó con seguridad después de gastar todo el combustible que hubiera utilizado recorriendo la mitad del continente.

    Otro terreno más de parameras desoladas. La capa de cintas crecía en esta zona en forma de grandes protuberancias de linos tres metros de altura y ocho o diez de diámetro. Miró hacia el otro lado para observar la pendiente de la montaña y ver la nieve que comenzaba a pocos metros de distancia. Se encontraba en los huecos entre los salientes, dando a la pendiente una curiosa forma de círculos oscuros y círculos blancos en medio. Continuaba así, pendiente arriba, durante algunos kilómetros hasta que, a una altura superior, la nieve lograba vencer y cubrirlo todo. Parecía que la capa de cintas bichaba contra la nieve haciendo surgir corcovas, como si se tratara de una ciudad llena de techos en pendiente, y obligando a la nieve a deslizarse por ellos y a rellenar los huecos, mientras que el viento también ayudaba a mantener limpias las cimas de las corcovas. Suponía que esto ocurriría también en las latitudes septentrionales altas.

    Salió de la nave para buscar alguna otra diferencia. La capa de cintas parecía ser la misma que en todas partes. Luego examinó la nieve, la primera que había visto en su vida. Había oído hablar mucho de ella y la había visto en muchas fotos; incluso a bordo de la nave espacial se solían colocar en Navidad postales con paisajes llenos de nieve.

    Se puso en cuclillas y dejó correr la nieve por los dedos de su mano enguantada; hizo una bola y la tiró contra la nave. La bola de nieve cayó a corta distancia, y por eso hizo otra y la tiró con toda su fuerza. Por extraño que parezca, ésa era la primera vez en su vida que arrojaba algo. A nadie se le ocurría lanzar nada dentro de los estrechos límites de una nave espacial, llena de gente y de instrumentos delicados por todas partes. Cuando se trabajaba en el exterior de la nave, bajo las condiciones espaciales de caída libre, tampoco se podía tirar nada, porque si se hacía la reacción impulsaría a quien lo hiciera girando y cayendo en dirección opuesta. Perder el control de los propios movimientos en el espacio era algo aterrador. Como todos los que habían pasado su infancia en naves espádales, Tansis había aprendido a moverse con cuidado y con calma y nunca había conocido ni alborotos ni juegos animados.

    Ahora daba rienda suelta a una necesidad largo tiempo sentida, y estuvo media hora haciendo bolas de nieve y lanzándolas al escudo de las Naciones Unidas pintado sobre su nave. El brazo empezaba a dolerle y se cayó varias veces, pero se divertía mucho y con ese juego liberó, en parte, su tensión acumulada.

    Sudoroso y sin aliento, pero bastante contento, fue a dar un paseo por las colinas. Surgían por todas partes, formando un laberinto estrecho y relleno de nieve, con valles hundidos entrecruzándose. El aspecto era atractivo y lleno de variedad, como si fuera un paisaje en miniatura. Sintiéndose mejor que en todo el día, volvió otra vez a la nave. Su buen humor le hacía estar animoso para trabajar más, y en vez de ir al interior de la nave sacó el taladro portátil e hizo una perforación para ver cómo era el subsuelo y si el sistema de raíces era tan extenso como en las tierras bajas. El taladro comenzó a encontrar roca sólida a seis metros de profundidad, pero era difícil determinar si esos seis metros eran roca disgregada rellena de raíces, o una masa sólida de raíces con roca y tierra entremezclada. Incluso en la roca más profunda aparecían fragmentos ocasionales de raíces en la muestra de taladro, allí donde se hallaba una fisura y por ella había crecido la raíz hacia abajo. Estaba claro que la montaña tenía un manto de vegetación auténticamente masivo.

    Se estaba convenciendo poco a poco de que la masa terrestre de este planeta estaba totalmente cubierta por una única planta planetaria gigantesca, y que ésta era básicamente una planta subterránea. Lo que podía verse en la superficie era simplemente los órganos de respiración; la gran masa se encontraba por debajo.

    Estaba llegando el fin de otro largo día, el que hacía ochenta y tres de su estancia en este mundo. En estos momentos la nave principal deteriorada estaría acabando su giro en torno al planeta e iniciaría una ruta que la acercaría varios millones de kilómetros al terrible infierno de Capella. Ahora, cuando pensaba en ello ya no se asustaba ni se deprimía tanto. Lo aceptaba. Luego comenzó a pensar en el día de mañana, y en lo que debería hacer.

    Examinó una vez más los mapas y decidió dirigirse en dirección sur hacia el ecuador, para estudiar la región situada a unos ochocientos kilómetros al sur del estuario del gran río. Las fotos mostraban una amplia zona que parecía estar desierta. Tansis tenía la certeza de que iba a encontrar allí la misma vieja capa de cintas, pero sería interesante ver cómo solucionaba el problema del clima seco.

    Durante el resto de la tarde estuvo estudiando un manual sobre navegación en lancha. Sabía que tenía mucho que aprender en este campo. A juzgar por su actuación reciente, era más fácil que muriera al naufragar mar adentro que por ninguna Otra causa. En realidad no podía hundirse con el traje espacial puesto, pero si se quedaba flotando en el agua sin ayuda, en algún momento moriría sofocado, al acabarse el suministro de aire.

    El agua profunda y el espacio tenían mucho en común, o así le parecía. Ambos eran ambientes hostiles cuyas extrañas condiciones requerían un entrenamiento especial; claro que si había aprendido a manejar una nave espacial, también debería ser capaz de manejar una lancha.

    Volvería al mar y contemplaría de nuevo las criaturas que había encontrado, pero intentaría buscar para ello una zona de aguas más tranquilas. Tal vez encontrara esas aguas más calmas al sur. Pero antes, sin embargo, iba a echar una mirada al desierto: ése sería su trabajo de mañana.


    5


    Estuvo toda la noche en la montaña, y al día siguiente partió al amanecer, dejando que el computador siguiera una ruta que condujera a la nave a unos mil kilómetros al sur.

    Cuando salió de la nubes a una altura de más de seis mil metros, miró hacia abajo y vio un paisaje inmenso y claro de grises y ocres. Podía ver al oeste el océano resplandeciente y al este, a lo lejos, montañas elevadas. Al sur las nubes lo cubrían todo, de abajo arriba; la zona tropical era evidentemente muy húmeda y nubosa. Al ir descendiendo hacia abajo, los detalles se hicieron más precisos. La tierra era una llanura antigua y muy erosionada, cortada por gargantas profundas. Subía en pendiente hacia el este. Una banda sinuosa verde-azulada cruzaba toda la llanura, de norte a sur, a unos quinientos kilómetros de la costa.

    Al llegar más abajo, observó por todas partes pequeñas manchas negras. A mil quinientos kilómetros de altura tomó la dirección manual, y dirigió la nave rumbo al este, hacia la franja amplia y oscura que evidentemente era una forma de vegetación. El aterrizaje resultó fácil debido a la abundancia de tierra llana y suelo desnudo. Dejó reposar la nave en medio de una tormenta de remolinos de arena, y se sentó con calma esperando que el polvo se dispersara.


    La vegetación estaba muy esparcida, pero crecía por todas partes. Cada planta distaba casi cien metros de las otras y tenía el aspecto de un gran reloj de arena. La parte inferior era un tronco sólido, cónico, de unos tres metros de anchura al nivel del suelo que disminuía hasta poco más de medio metro a una altura de dos metros. Por encima del tronco había una masa de follaje formada por cintas verdes azuladas tiesas, que se desplegaban a partir de la estrecha cúspide del tronco y formaban un cono de las mismas dimensiones que el tronco, En el espacio entre formas de reloj de arena había polvo, arena y piedras. El follaje con aspecto de cintas le parecía demasiado familiar.

    Una vez fuera de la nave, Tansis se dio cuenta de la temperatura. Era de 26 grados centígrados; la humedad era virtualmente inexistente y el suelo parecía no haber recibido lluvia alguna desde hacía cien años. Los árboles con forma de reloj de arena manchaban la llanura por igual en todas las direcciones, hasta perderse en la distancia. ¿De dónde obtendrían la humedad? Los troncos cónicos estaban recubiertos de una sustancia esponjosa que parecía goma elástica. Cuando la cortó con un machete resultó que sólo tenía tres o cuatro centímetros de espesor; por debajo de ella había una madera fibrosa exactamente igual a la de los árboles de cintas de la cuenca fluvial, y, más debajo aún, la madera se hacía gomosa y húmeda. Era evidente que los árboles almacenaban agua en el interior de sus troncos.

    Extendió el brazo hacia arriba, y cortó varias frondas de cintas tiesas del cono de follaje superior. Eran similares a las de los árboles de cintas, aunque más gruesas y fuertes. Ahora tenía una buena colección de diferentes tipos de cintas, y tendría que dedicar cierto tiempo a estudiarlas con detalle para ver si había alguna diferencia en cuanto a estructura celular y composición química. Estaba seguro de que todas serían básicamente de la misma especie.

    A continuación sacó el taladro para comprobar una teoría que había elaborado. Durante varias horas se dedicó a taladrar una serie de orificios en el suelo, entre los árboles de reloj de arena. Cuando hubo concluido, le pareció que su corazonada era cierta. Había un impresionante sistema de raíces debajo de los árboles que se extendía de forma horizontal en todas direcciones y que enlazaba todos los árboles. Comprendía dos niveles diferentes; el nivel inferior se encontraba en el límite de la capacidad de su taladro; el menos profundo, entre medio metro y un metro por debajo de la superficie. ¿Qué profundidad alcanzaría el sistema inferior? Tansis pensó si valdría la pena utilizar el equipo de taladros profundos, calculó los días de trabajo que ello comportaría, y decidió no hacerlo. No tenía que demostrárselo a sí mismo. Dedujo entonces que en este continente debía de existir por todas partes un sistema único de raíces conectadas —una raíz mundial— y que las diversas plantas de la superficie serían únicamente los órganos superficiales de esa raíz.

    Calculó el tamaño del sistema de raíces del subsuelo del desierto y se sintió sobrecogido al comprobar la escala. Sin ninguna duda serviría también para conectar la vegetación de la zona templada con la de los trópicos. Tendría que ir más al sur y ver el aspecto que allí tenía. Pero antes quería ver la franja continua de vegetación que cruzaba el desierto como si fuera una autopista. El borde se encontraba a menos de medio kilómetro de distancia, y ése sería su próximo objeto de estudio.

    Regresó a la nave para comer y descansar, y se dio cuenta de que estaba más cansado de lo que había supuesto. La pesada gravedad le agotaba mucho. Cuando se despertó después de la siesta, se dio cuenta con sorpresa de que la luz iba menguando: atardecía. No tenía ganas de trabajar, y notó que regresaba esa sensación de vacío en su interior, ese abismo de soledad del que siempre debería huir. Estuvo el resto de la tarde viendo películas.


    A la mañana siguiente caminó hasta el borde de la franja de vegetación. Era irregular, serpenteando como una línea costera, y supuso que seguiría el contorno exacto de alguna reserva subterránea de agua. Estaba formada por una capa de cintas perfecta, de un tono algo más oscuro y de un tamaño más grueso, en corte transversal; cuando cortó un fragmento observó que era gomosa, y que rezumaba humedad.

    A Tansis le parecía algo misterioso encontrarse en el mismo borde de esa sustancia, haber encontrado por fin su auténtico límite. Comenzaba a sus pies y luego subía en pendiente hacia arriba con un ángulo muy suave hasta alcanzar unos cinco metros de altura, formando una especie de colina larga, suave y serpenteante.

    Al dirigirse a la parte más alta, pudo notar que la materia se hacía cada vez más honda, de modo que no crecía sobre una auténtica colina sino que se amontonaba formando capas espesas. Una vez en la cima, comprobó que se extendía hacia lo lejos, tan plana como una mesa. A partir de la impresión que tuvo cuando la nave iba descendiendo, calculó que la anchura de la cinta sería de diez a quince kilómetros; el lugar de aterrizaje había sido junto a una zona anormalmente ancha.

    Quería echar una mirada al suelo debajo de la capa de cintas para compararlo con el del desierto. Comenzó a hacer un orificio quemando el suelo con la lanza térmica, pero ardía con dificultad y expulsaba gran cantidad de humo. Después de unos minutos dejó esa tarea y regresó a la nave.

    Despegó de allí y se remontó con la rapidez de un rayo a una altura de sólo quince metros, dirigiéndose al centro de la franja vegetal, a ocho kilómetros de distancia, y aterrizó en medio de una nube de humo y de vapor.

    La escena tardó en aclararse unos diez minutos, y al mirar hacia el exterior por encima del camino que había quemado en la franja, se sintió culpable de haber deteriorado algo que debería haberse consolidado durante milenios. Veía un camino ancho, negruzco y humeante por donde había pasado la nave, que parecía una carretera de alquitrán. Debería de haber sido más respetuoso con los esfuerzos de la vida en un ambiente marginal como éste. Conocía demasiado bien los errores ecológicos cometidos en la Tierra, y todos los miembros de la expedición le habían enseñado a ser cuidadoso cuando aterrizara en su planeta de destino.

    Por encima de él una nube de humo grande y negra se movía lentamente hacia el este, como una reprimenda silenciosa. La nave se encontraba bien hundida en el interior de la capa de cintas, que se levantaba hasta llegar a un cuarto de la altura de la nave. El agujero aún humeaba, y tuvo que esperar una hora antes de poder salir al exterior.

    Cuando lo hizo encontró, en vez de un montón de cenizas, un gran espacio abierto por debajo de la capa de cintas. Se extendía a ambos lados, sin límite aparente, iluminado suavemente por una luz verde azulada. El techo se encontraba a tres metros por encima de su cabeza y era perfectamente plano; el suelo estaba formado por arena, entrecruzada por pequeñas raíces grises. Mucho humo pendía del techo y estropeaba el aspecto, y a Tansis de nuevo le supo mal haber contaminado un lugar tan bello. Era el primer lugar realmente hermoso que había visto desde que aterrizó.

    Espesas formaciones de cintas con aspecto de troncos sostenían el techo, perfectamente uniforme; crecían a unos treinta pasos de distancia. El techo no mostraba señal alguna de que se combara entre los soportes. Seguramente debería haber grandes ramas ocultas que lo sostenían y explicaban tal rigidez.

    Sin pensarlo dos veces tomó la decisión de adentrarse en ese mundo de penumbra verde, y llegar más allá de la zona contaminada por él. Anotó la frecuencia de la señal del maser de la nave y sincronizó a ella su aparato de direcciones. Tendría que caminar en línea recta y regresar por el mismo camino, porque pronto perdería de vista las patas de aterrizaje.

    El termómetro del traje indicaba una temperatura de 24 grados centígrados, y una humedad del 30 %. La capa de cintas había creado un clima artificial, había almacenado en su interior una amplia bolsa de aire húmedo y había llenado sus tejidos de humedad.

    A un kilómetro y medio de la nave contempló este mundo subterráneo en su belleza original. El suave brillo verde de la luz, el techo verde azulado, aparentemente iluminado desde el interior, el suelo gris y las columnas oscuras y cilíndricas parecían ensamblarse formando una de esas grandes catedrales que recordaba haber visto en la pantalla del cine.

    Era una amplia sala de quince kilómetros de anchura y cientos de kilómetros de longitud, que se extendía como un pasillo desde la zona templada al trópico. Por primera vez se alegraba de haber llegado a este mundo, aunque sólo fuera por contemplar este lugar etéreo.

    Continuó caminando, contento del ejercicio que hacía. Su cuerpo ya estaba endureciéndose, al cabo de casi tres meses, y gran parte de su fatiga se debía al estado de ánimo y no a la debilidad física. El paisaje nunca variaba; el techo permanecía exactamente a tres metros de altura, como un tejido de cestería que brillaba desde arriba. No había ninguna muestra de erosión superficial ni de cauces fluviales secos, y supuso que esta franja de vegetación sería muy antigua y habría protegido el suelo durante millones de años.

    Después de hora y media de caminata el techo comenzó a descender gradualmente y por igual, llegando a tocar el suelo. Los lados de la caverna gigantesca se extendían a lo lejos en la distancia verde y en penumbra, formando entrantes y salientes de amplia curvatura.

    De regreso a la nave, Tansis tecleó un informe al computador en el que describía lo que había visto y preguntaba si conocía algún fenómeno análogo de la Tierra, y la razón de su existencia.

    El computador respondió que en la Tierra no existía nada a tal escala, pero que había oasis en los desiertos. De modo más bien rutinario, le ofreció una lista. Pero a Robinsón no le interesaban estos detalles. Lo que le preocupaba era la razón de ser de los oasis.

    Descubrió que surgían por encima de fuentes de agua subterránea, y que el origen de esta agua oculta era normalmente una capa de agua muy profunda y en pendiente por debajo de un desierto, que permitía que el agua de las montañas distantes se filtrara bajo tierra a gran distancia. Donde la capa de agua emergía a la superficie aparecían fuentes y lagos permanentes, sin ninguna relación con las fuentes de aprovisionamiento visibles. Si éste fuera el caso, entonces esa gran franja de vegetación debería obtener el agua de las montañas que se encontraban a seiscientos kilómetros de distancia hacia el este, y en este preciso lugar una capa impermeable de arcillas o de esquistos debería encontrarse cerca de la superficie.

    Sintiéndose con ganas de charlar un poco, Tansis explicó al computador que efectuaría sondeos hasta hallar agua. Y se alegró de habérselo contado, porque la respuesta del computador fue una advertencia sobre el peligro de agujerear capas de agua, porque ello podría hacer que el depósito de agua se vaciara en los estratos inferiores. A Tansis le pareció que ya había destrozado bastante el paisaje. Cuando finalmente hizo una perforación, más tarde, comprobó que salían del taladro arcillas sólidas y húmedas, a pocos metros de la superficie, y al momento dejó el sondeo.

    El vacío y el brillo del desierto le parecieron muy desagradables, y pasó el resto del día bien en la nave, bien en el mundo verde y subterráneo de la capa de cintas. Si alguna vez descubriera que era posible vivir en este mundo sin protección, en esta gran cueva establecería su residencia. Tan sólo le faltaba encontrar otros seres humanos para hacer de esta cueva una base ideal, seca, protegida, y con espacio ilimitado. Hubiera sido un lugar de asentamiento ideal, siempre que, naturalmente, sus ocupantes pudieran vivir del propio terreno. El único problema consistía en que la capa de cintas no era comestible, y que su conversión en algo que pudiera comerse no resultaba práctica. Realizó también algunas pruebas con las plantas en forma de reloj de arena, pero no obtuvo mejor resultado. Toda la vegetación era en realidad la misma en este planeta y sólo la vida animal era una propuesta práctica; aunque necesitara ser procesada, exigía un procedimiento menos complicado. ¡ Ojalá que esta cueva de la capa de cintas estuviera más cerca del agua y de la vida animal!

    «Pero así eran las cosas —pensó Tansis—. Debo seguir el desierto hasta el mar, o encontrar un río que lo atraviese.»

    Ordenó al computador que le mostrara los mapas fotográficos de la región desértica. No eran tan buenos como los de la cuenca fluvial, porque fueron tomados desde un ángulo bajo. La nave había entrado desde el espacio siguiendo una ruta que la llevaba por encima del gran río, y el desierto había quedado demasiado lejos, a un lado. La zona tropical más a lo lejos no aparecía en el mapa en absoluto, y sólo se adivinaba bajo un horizonte de nubes. Claro que podía conseguir más mapas, elevando simplemente la nave a seis mil metros de altura y poniendo en marcha las cámaras. Se reprochó no haber pensado en ello cuando volaba a baja altura el día anterior.

    Estuvo toda la tarde estudiando el manual de náutica y se sintió mejor preparado para enfrentarse con el mar. Tenía un nuevo objetivo, o mejor dos: encontrar una cueva de cintas cerca del mar, o cerca de un río, y ver si encontraba animales que comer o incluso con los que poder comunicarse.

    El día fue espléndido: aprendió mucho y ahora sabía lo que debía buscar. Se fue a la cama de buen humor, con ganas de que llegara el próximo día.


    A la mañana siguiente despegó y elevó la nave a seis mil metros de altura con las cámaras en funcionamiento. Luego la dejó caer siguiendo una trayectoria larga y baja, hacia el mar, mientras escrutaba los mapas que iban apareciendo en la pantalla del computador. Sólo tuvo tiempo de efectuar un examen rápido antes de tomar el control de la nave para conseguir un aterrizaje en algún sitio. Había visto aparecer la costa. No parecía encontrarse allí ninguna gran masa de vegetación; tan sólo manchas de árboles aislados.

    Eligió un lugar en que el mar entraba en una bahía profunda en la tierra que lo rodeaba y cerraba, formando un puerto natural. Confiaba en que allí el agua estaría más calma y por ello sería más fácil navegar. Aterrizó en el promontorio sur del lado de la bahía que miraba al mar, una lengua de tierra larga, estrecha y sin árboles. Al ir descendiendo se dio cuenta de que junto a la orilla del mar se extendía una tira de la capa de cintas azul que había visto en la costa norte: era estrecha, pero seguía la costa a lo lejos perdiéndose en la distancia, y cubría toda la pequeña península en la que él había aterrizado. No divisaba por parte alguna de las cercanías árboles «reloj de arena»; por lo visto no les gustaba el agua salada; el más próximo al mar aparecía kilómetros tierra adentro. No había ninguna masa vegetal de capa de cintas, y por lo tanto no existirían cuevas.

    Estaba decepcionado. Permaneció un rato al borde del mar, observando las aguas de la bahía con la esperanza de ver alguna forma de vida animal. Todo le parecía vacío, carente de toda variedad o atractivo especial. Lo único bueno era su carácter tranquilo, apacible. Sólo había una estrecha entrada a esta bahía rodeada de tierras, y el mar agitado no entraba en ella Decidió quedarse aquí un par de días para practicar la navegación en lancha, y luego marcharse a otro lado.

    Estuvo muy ocupado durante el resto del largo día, navegando concienzudamente en la lancha, recorriendo en ella la bahía, aprendiendo a amarrar y a subir en ella mientras se mantenía alerta esperando alguna señal de vida en las aguas. En esta ocasión no se mareó, aunque no tentó la suerte y se mantuvo alejado de las aguas agitadas. Si iba a entablar contacto con aquellas criaturas, ellas tendrían que acercarse a mitad de camino, como él había hecho; se encontraría con ellas en el agua, pero tendría que ser en aguas tranquilas.

    Sin embargo, no ocurrió nada. Recogió varias formas inferiores de la especie del doble cono, y algunas criaturas coloreadas con forma de globo, y vio un animal redondo y plano que avanzaba con dificultad en el fondo del mar, en aguas poco profundas.

    Dedicó todo el día siguiente a navegar por la bahía en busca de nuevas muestras, pero se aburrió mucho y el día se le hizo muy largo. Ya comenzaba a acostumbrarse a dirigir la lancha y hacerla maniobrar en el agua, pero no había encontrado nada de lo que había ido a buscar. Todo aquel lugar era plano y monótono, totalmente silencioso y nada se movía en él. Quedó tan deprimido al comenzar la tarde que regresó a la nave, guardó la lancha, y estuvo el resto del día viendo películas y escuchando música. La soledad era terrible, y no pudo calmar su espíritu.

    Desde el momento en que aterrizó en este planeta, su ánimo parecía oscilar entre el entusiasmo y la depresión. La esperanza y el entusiasmo siempre le duraban poco; este mundo le decepcionaba y abatía a las pocas horas de haber apuntado una esperanza. Pero, en todo caso, se basaba en experiencias muy pequeñas, pues la verdad era que se hallaba en un planeta totalmente desconocido al que no pertenecía ni nunca pertenecería. El abismo entre tres billones de años de evoluciones separadas no podía ser salvado por unos cuantos deseos ilusionados.

    A la mañana siguiente fue rumbo al sur. Sus mapas fotográficos apenas si le servían de ayuda, ni siquiera los que acababa de tomar al sobrevolar el desierto. Las zonas tropicales estaban cubiertas por densas nubes, y los análisis de infrarrojos tenían poca utilidad para elegir la zona de aterrizaje, porque el ángulo era demasiado agudo. Esos análisis mostraban la forma de la costa en unos tres mil kilómetros, las cordilleras montañosas y los ríos principales, pero ningún detalle más de los que necesitaba.

    Continuó el vuelo al azar, guiado por el aburrimiento y por la curiosidad. La nave estaba programada para descender a casi tres mil kilómetros más al sur en una cuenca fluvial, y tomó el control manual después de alcanzar el punto más alto de la trayectoria. Ordenó al computador que hiciera fotografías con rayos infrarrojos y pasara las fotos inmediatamente a la pantalla. Muy a lo lejos, al oeste, trescientos kilómetros mar adentro, pudo ver una larga línea de islas, que comenzaba más o menos en el lugar del que acababa de partir y que se extendía hacia abajo hasta perderse totalmente de vista sobre el horizonte sur de las fotografías. Al este se encontraban las sempiternas montañas del corazón del continente. No tuvo tiempo de efectuar mediciones, pero aquellas montañas deberían ser muy altas, porque incluso en estas latitudes bajas gran parte de ellas estaba cubierta de nieve.

    Al ir descendiendo, acercándose a su destino, no pudo divisar nada, a excepción de una extensión de vegetación lisa y sin características especiales, de color verde azulado, con un río que serpenteaba entre ella. Decidió aterrizar cerca del río, para poder estudiar tanto la vegetación como la vida animal que supuso se encontraría sólo en el agua.

    A ocho mil kilómetros de altura comenzó a inclinar la vertical de la nave hacia un lugar a treinta metros del río, de una anchura de cuatrocientos metros. Cuando la nave comenzó a posarse en el suelo, apareció por las ventanillas la habitual nube de humo, pero apenas si se fijó en ella. Cuando la parte superior de la vegetación se encontraba prácticamente al mismo nivel de la ventana, pudo ver que se trataba de la capa de cintas, pero más espesa y de aspecto más salvaje, formando gazas amplias en el aire y elevándose tiesa en forma de grandes manchones.

    Al hundirse por debajo del nivel de la superficie y quedar encerrado entre los lados oscuros y humeantes de la fosa, empezó a sentirse preocupado y aumentó la energía de la nave para poder caer lentamente. Después de otros quince metros de descenso, al no hallar aún tierra firme comenzó a sudar. La capa vegetal de esta zona debería de tener a ciencia cierta cuarenta metros de profundidad. Lo único que podía ver en el exterior era el humo espeso iluminado por las chispas de la marcha de la nave. Continuó descendiendo; no tenía más remedio que averiguar dónde se encontraba el fondo de esa masa vegetal.

    De repente la alarma sonó de modo estridente, y el computador le arrebató el control de la nave, algo que sólo era posible en las emergencias más graves. «AGUA EN EL PUNTO DE ATERRIZAJE», aparecía centelleante en la pantalla, y la nave aceleró la marcha hacia arriba, salió con velocidad de la capa de cintas y subió a ciento cincuenta metros de altura. Allí el computador cedió el control a Tansis, que se encontraba totalmente deshecho.

    Durante varios minutos la nave se mantuvo quieta en el aire, a un alto coste, mientras Tansis decidía qué debía hacer. Debía de haber intentado el aterrizaje casi en el mismo sitio. La vegetación debía de extenderse más allá de las orillas y cubrir la mayor parte del río. Le había llamado la atención que el río fuera tan curiosamente pequeño, pero ahora supuso que bien pudiera tener kilómetros de anchura.

    Dirigió la nave quince kilómetros hacia el interior, para intentarlo de nuevo. Vio la misma capa de cintas entrelazadas de modo exuberante, y nubes a cientos de metros por encima de ella. Otra vez se hundió en una fosa humeante, descendiendo a sacudidas, conforme iba alterando la energía. A cincuenta metros por debajo de la superficie de la capa tocó finalmente tierra firme y se sentó contemplando la oscuridad y el humo del exterior. Se sentía aterrorizado e indefenso. Luego le vino un pensamiento sobrecogedor: ¿Qué ocurriría si quedara abandonado en este agujero espantoso en el caso de que el mando de la nave se hubiera averiado?

    Al momento oprimió el botón de despegue y la nave, obediente, se lanzó hacia arriba a toda velocidad; con ello quedó muy descansado. Esta vez continuó la marcha hacia arriba. Al demonio los trópicos: los seres humanos necesitan tierra firme para posarse, y el resto del planeta parecía muy semejante a la Tierra y muy agradable, en comparación con esta zona.

    Al continuar la nave su ascenso vertical intentó decidir una ruta. A nueve mil metros de altura el computador intervino de nuevo: «POR FAVOR, INDIQUE INSTRUCCIONES SOBRE CURSO Y DESTINO».

    El computador había calculado ya que por encima de nueve mil metros de altura y a ese ritmo de ascensión pronto entrarían en un rumbo orbital, y las normas oficiales exigían que todo recorrido orbital debía ser pasado al computador para que éste lo manejara.

    Tansis recordó de pronto la línea de islas que había adivinado a lo lejos en el océano occidental. Parecían algo distinto. Nunca había estado en una isla, y tal vez la evolución hubiera seguido en ellas un curso distinto; de cualquier modo, una isla era pequeña y por ello era menos probable que estuviera llena de peligros. A pesar de todo, no quería aterrizar en una situada en la zona tropical; tal vez la que se encontraba más al norte, frente a la costa del desierto, le fuera bien.

    Solicitó los mapas fotográficos a gran escala e indicó la isla más septentrional. Dejó que el computador realizara el monótono trabajo de calcular la distancia, la altura y la trayectoria. Muy aliviado, dejó el control al computador y se sentó a descansar, dándose cuenta entonces de que aún estaba tembloroso y que el sudor le bañaba el rostro. Esta capa de cintas era como un monstruo devorador, y cuando crecía en los trópicos era una auténtica locura. Le había asustado tanto como una fiera que se hubiera abalanzado sobre él para atacarle. Tenía fuerza suficiente para destruir la nave, y le estremecía pensar que pudiera quedar atrapado dentro de un pozo de pesadilla y que luego esa capa vegetal se fuera cerrando por encima de él, enterrándolo vivo.

    La nave se elevó y giró gradualmente conforme el computador calculaba la mejor ruta y corregía ligeramente la marcha, guiando la nave: «VEINTIÚN MINUTOS Y QUINCE SEGUNDOS ANTES DEL ATERRIZAJE», apareció en pantalla. Tansis se puso en pie y bajó las escaleras para tomar un café. Quería dejar que el computador se hiciera cargo de todo el mayor tiempo posible; era lo único que en este maldito planeta se preocupaba de su vida y de su muerte; aunque tampoco eso era totalmente cierto, porque se trataba sólo de una máquina que obedecía un conjunto de instrucciones, algunas de ellas dadas hacía sesenta y cinco años; sin embargo, daba la impresión de preocuparse de él, y el efecto práctico era el mismo.

    La señal de aviso sonó en la nave demasiado pronto (o así le pareció) y tuvo que regresar a su asiento. Una gran isla de silueta cuadrada iba rellenando rápidamente el paisaje por debajo de él. Tenía una gran montaña en el centro. Calculó con el radar que la cumbre alcanzaba más de tres mil metros, y el pico se divisaba por debajo de la nave. Estaba cubierto de vegetación, aunque la parte inferior de la isla estuviera desierta en su mayor parte, a juzgar por el colorido. Eligió el lado de la isla con la llanura costera más desarrollada, y descendió lentamente, viendo surgir las montañas ante él. Aproximadamente un cuarto de pendiente abajo la vegetación acababa repentinamente trazando esa frontera claramente delimitada, característica de este mundo. Se sucedían laderas desérticas con árboles aislados. Al ir descendiendo más, a pocos cientos de metros por encima de la superficie, apareció un cinturón de vegetación que ceñía el pie de la montaña, y más allá, el desierto, con árboles aislados alargándose hasta la orilla del mar, a cinco kilómetros de distancia.


    6


    En esta ocasión parecía que finalmente había encontrado lo que estaba buscando, y contempló el mundo que le rodeaba a través de las ventanas de la cabina de mando. El paisaje tenía variedad. A la derecha se extendía el mar, lleno de olas centelleantes; a la izquierda, las laderas macizas, gris y ocre, de las montañas. Había algunos árboles «reloj de arena» esparcidos por las cercanías, pero no estaban separados por distancias exactas como pasaba en el desierto. Ahí, delante de él, se encontraba el cinturón de la capa de cintas, tal vez de kilómetro y medio de anchura en algunas partes, serpenteando y cubriendo el pie de la montaña.

    Todo el lugar parecía más razonable. Aunque Tansis nunca había estado en la Tierra y en toda su vida no había conocido más que los confines de una nave espacial, este tipo de paisaje le agradaba. Más aún, podía hasta decir que le parecía bello. ¿Cuál era la definición de los antiguos filósofos? «La belleza es lo que agrada a la vista». Bien, pues sí que le agradaba; se sentía impaciente por salir y recorrer la zona inmediatamente.

    Tan pronto como se encontró fuera, se abrió camino hacia la capa de cintas para averiguar si había también allí una cueva subterránea. Esta vez había aterrizado tan cerca, que tenía cable suficiente para llevar hasta la masa vegetal un cortador láser para horadarla sin asustarse, ya que no saldría ninguna cantidad de humo.

    El láser cortó con rapidez y profundidad, causando sólo pequeños borbotones de humo y pequeñas chispas centelleantes. Después de unos minutos de trabajo taladró casi dos metros de profundidad en un círculo de más de un metro de diámetro, pero aquella materia no parecía hundirse por el agujero como había esperado. Debía de estar muy apretada, sustentada por todos los lados, como un corcho que tapa una botella. Corriendo un posible riesgo, saltó encima, y la capa vegetal se hundió tan sólo un poquito. Regresó a la nave en busca de una cuerda y de un gancho; lo metió en el centro del orificio taladrado e intentó tirar hacia afuera. Se agitó un poco, y crujió, pero no se movió del sitio.

    Le parecía estar dedicando la mitad de su tiempo a hacer cosas ridículas y absurdas. Finalmente decidió utilizar los miles de caballos de vapor que tenía a su disposición, como era lógico que hiciera el rey de la creación, para que su nave levantara ese tapón de cintas. Ató la cuerda a la plataforma del ascensor exterior, y dio instrucciones para que se elevara la plataforma.

    La cuerda se tensó, el tapón voló por los aires y se desintegró formando una lluvia de fragmentos diminutos, y el gancho dio contra el flanco de la nave con un ruido que estremeció toda su estructura; sin embargo, Tansis había conseguido abrir un agujero en la capa de cintas. Tuvo entonces la sensación, como ya le había ocurrido muchas veces, de que era bueno no tener a ninguno de sus superiores por medio comprobando lo que hacía.

    Con auténtica prisa corrió hacia el agujero para mirar adentro. Allí abajo había una auténtica cueva y sin pensarlo dos veces gateó por el borde, se dejó caer descolgando todo su cuerpo y sujetándose por los dedos, y dejándose caer en el suelo de arena blanda del interior.

    Una luz tenue y verde le envolvía y veía por encima de él un techo levemente iluminado. Se sentía rodeado, y a salvo, pero al mismo tiempo notaba el espacio amplio, y éstas eran las dos cosas que más necesitaba cualquier persona nacida a bordo de una nave espacial. Este lugar satisfacía una de sus más profundas necesidades psicológicas. Miró en dirección a la tenue distancia. Era igual que en la cueva del desierto, las mismas bellas columnas de soporte, el trazado delicado de raíces grises en la arena y un chorro de luz blanca que entraba por el orificio que él había hecho.

    Inició su exploración, y luego recordó que disponía de un sistema para orientarse, lo cual le hizo descansar un rato. Como la nave se encontraba por encima del borde de la capa de cintas no podía divisarla, y las rutas que llevaban a la nave en línea recta pudieran no hacerle regresar necesariamente al orificio de entrada, que podría perder de vista en este bosque de troncos. Decidió bajar un transmisor a la entrada para que le marcara una dirección que fuera en línea recta al agujero, y al decidirse a regresar a la nave se dio cuenta, horrorizado, de que no había bajado ninguna escalera ni ninguna cuerda, y de que el orificio se encontraba en el techo, a tres metros por encima de su cabeza.

    Tansis intentó con todas sus fuerzas vencer el pánico que le dominaba, mientras otra parte de su persona tenía deseos de abofetearse por haber sido tan imbécil. Hasta entonces no se había dado cuenta de lo pequeño que era en relación con su entorno, y parte de su seguridad íntima se desvaneció, para nunca regresar del todo. Su angustia creció al pensar en que tal vez pudiera quedar aislado de la nave. Debía regresar a ella, tenía que hacerlo, pues no podía imaginar la vida sin su nave espacial.

    Intentó dar un salto, pero el traje y la fuerte gravedad convertían sus esfuerzos en brincos sin importancia, tan claramente inútiles que sólo saltó una vez. Anduvo hacia atrás unos cuantos metros y luego echó a correr hacia el agujero, extendiendo los brazos hacia arriba. Pero el agujero pasó por encima, y Tansis aterrizó sin haber alcanzado su objetivo, e irritado consigo mismo. Jadeante, estuvo estudiando el agujero con detenimiento. Tendría que trepar sobre algo, o ponerse de pie encima de algo.

    Miró los troncos de soporte. El más cercano estaba a dos metros y medio de distancia del agujero. Había una posibilidad, la de trepar tronco arriba para colgarse del techo de algún modo, y avanzar hasta el agujero. Intentó trepar por el tronco, pero la membrana de plástico protectora del traje era demasiado fina para permitirle agarrarse. No estaba previsto que un explorador subiera a un árbol; se suponía incluso que nadie querría hacerlo. Tendría que tallar el tronco haciendo escalones. Sacó el cuchillo y entonces se le ocurrió una idea mejor: lo clavó en el tronco, muy hondo, empujándolo lo más posible. Se encaramó sobre el cuchillo y, sintiéndose un poco raro, se abrazó estrechamente al tronco. Equilibrándose sobre un pie, y otra vez apenas sin aliento, elevó la mano hacia el techo. Lo tocaba por los pelos. Alcanzándolo a tientas, con la cabeza hacia arriba formando un ángulo violento, hundía sus manos en el techo, metiéndolas entre las cintas retorcidas que esperaba no se desenredarían cuando descargara todo su peso. El corazón le latía alocadamente, y el sudor bañaba su rostro. Respiraba con dificultad, se agarró del techo y se descolgó. La cinta se balanceaba como un cable elástico, pero soportaba su cuerpo. Soltó una mano, la volvió a hundir entre las cintas, se agarró de la otra, y logró estar colgado del techo a mitad de camino del orificio. Agarrándose convulsivamente, y pasando la otra mano, casi incapaz de respirar, y sudando tan copiosamente que el sistema de apoyo vital del traje era incapaz de limpiar su transpiración, pudo llegar al borde del orificio.

    Y esto iba a ser lo peor de todo. Tenía que girar el cuerpo, extender la mano y agarrarse del agujero. El pánico le sobrecogía, pero triplicaba sus fuerzas; forcejeó por el lado del orificio, logró pasar un brazo y se quedó colgando medio exhausto, mitad dentro y mitad fuera. De algún modo debió pasar todo el cuerpo, porque cuando se dio cuenta de algo se estaba deslizando hacia atrás. Golpeando en el suelo violentamente con brazos y piernas, rodó por el suelo, fuera ya del agujero, y cayó extendido sobre la superficie de la capa de cintas.

    Mucho tiempo después, Tansis regresó renqueando a la nave, con el único deseo de ducharse y de dormir. Es superfluo indicar que la depresión le había vuelto y que le duró todo el día.


    En los días siguientes Tansis equipó el orificio con dos escaleras, una cuerda, un transmisor de direcciones, una mochila de recambio de apoyo vital y un asiento reclinable. Estuvo horas y horas debajo de la capa de cintas explorando, haciendo pruebas y mediciones o a veces simplemente disfrutando allí sentado de la luz y del espacio, mientras escuchaba música retransmitida desde la nave.

    En otras expediciones caminó hasta la costa, a cinco kilómetros de distancia, y allí encontró auténticas playas de arena. La capa de cintas azules del agua salada no aparecía aquí. ¿Querría eso decir que se trataba de una etapa más tardía en la evolución de la capa de cintas, producida tal vez después de la formación de la isla? Ciertamente, la habilidad de vivir en agua salada debía de ser un desarrollo tardío, porque debería haber costado centenares de millones de años que los mares alcanzaran su salinidad actual, de modo que las formas primitivas de vegetación deberían ser de agua clara.

    La montaña de esta isla tenía el aspecto de ser volcánica, y la mayor parte de las otras islas tenían un gran pico central similar a éste. ¿Qué antigüedad tendrían? Intentó estudiar la geología de la montaña y efectuar perforaciones y perfiles sísmicos.

    Sin embargo, los lugares que más le interesaban eran la costa y el mar. En esta isla no había ni bahías protegidas ni rías; el océano abierto batía contra sus cuatro lados desiguales sin ninguna contención, y esperó en vano un período de aguas tranquilas, como sabía que a menudo ocurría en la Tierra. Los mares de este mundo no tenían mareas, y parecían estar perpetuamente inquietos.

    Cierto día, armándose de todo su valor, salió con la lancha e intentó navegar en el agua picada cerca de la costa, pero sintió que le volvía la oleada creciente de la náusea y regresó a tierra apresuradamente. No vio ninguna de aquellas extrañas criaturas marinas que saltaban y que le habían observado con tanta curiosidad. Su principal hallazgo fueron varios tipos de criaturas planas, como tortas, que se movían en la playa exactamente bajo la línea del agua. Eran más primitivas que todas las demás clases de animales, y su composición química se acercaba más a la estructura química original de las primeras formas de vida. Tansis comprobó que eran lo más comestible que había encontrado hasta entonces, y que mediante un proceso bastante sencillo se convertían en proteínas bastante aceptables para el ser humano. Sin embargo no intentó comer ninguna de ellas. «El procedimiento de prueba y error está muy bien cuando hay cientos de personas, pero es un suicidio cuando eres la única.» A pesar de todo, era un alivio saber que habían suministros abundantes de comida autóctona comestible, si alguna vez resultara posible vivir como un nativo en este planeta.

    Su segundo descubrimiento fue aún más interesante. Había un tipo distinto de vida vegetal en este planeta, pero crecía en el mar. Pequeñas hojas deshilachadas de un color verde amarillento flotaban en el agua marina y se recogían siguiendo la línea de las olas y en grietas entre las rocas. Se parecían a las algas terrestres, y eran mucho más primitivas que la capa de cintas. Debían de haber sido dejadas atrás en el curso de la evolución, y permanecían en el mar. Como ocurría en el reino animal, se acercaban más a las estructuras bioquímicas de la Tierra, y podían hacerse comestibles con métodos menos complejos que los que necesitaba la capa de cintas.

    Lo cual aún dejaba un inmenso vacío entre la capa de cintas y todos los demás tipos de vida. ¿Cómo habría evolucionado la vida de forma que una sola especie de plantas se hubiera desarrollado por su cuenta y hubiera llegado a dominar totalmente la superficie terrestre del planeta?

    Probablemente era una pregunta demasiado compleja para que pudiera responderla un hombre solo en su corta vida, y él no era un nuevo Darwin. Y, además, ¿a quién demonios le interesaba eso? Lo importante era que había encontrado proteínas y vegetales comestibles, para cuando se agotaran las provisiones de la nave. Y era casi una dieta equilibrada. Si pudiera encontrar árboles de cintas con aquellos charcos de agua en sus cimas, tendría las vitaminas restantes, porque de los protozoos que allí vivían podían obtenerse también sustancias comestibles. Lo cual significaba un viaje, más tarde, a la cima de las montañas, porque estaba seguro de haber divisado árboles allá arriba cuando descendía para efectuar el aterrizaje.

    Después de dos semanas de descubrimientos de este tipo, dedicó otra semana a estudiar geológicamente la isla. Hizo perforaciones, instaló instrumentos sísmicos e hizo explotar cargas alrededor de la nave, en la costa y en las pendientes de las colinas cercanas. Encontró que el subsuelo estaba formado por piedra pómez seca y cenizas, encima de una masa sólida de basalto. El agua de la cima de las montañas, a menudo cubiertas de nubes y con lluvias ocasionales, se filtraba siguiendo la capa de basalto por debajo de la capa de cenizas, salía a la superficie al pie de la montaña y hacía posible la franja vegetal de la capa de cintas.

    Estas islas se encontraban en la ruta que seguía una corriente fría, con dirección sur. El aire era frío, aunque a Tansis personalmente no le importaba nada; sin embargo, explicaba por qué las islas estaban desiertas a una altura inferior a dos mil trescientos metros.


    Tansis decidió que si tuviera que instalar su hogar en este planeta, el mejor lugar sería este archipiélago. Estaba encontrando ahora la vida bastante soportable, y sus observaciones comenzaban a tener sentido. La isla no le dominaba, al contrario de lo que había ocurrido en el continente; era tolerable porque había un poco de todo pero en pequeñas dosis. Necesitaba hacer algunos viajes, sin embargo, para encontrar el mejor lugar posible para establecerse una base permanente. El problema clave de estas islas eran las aguas marinas turbulentas. Necesitaba encontrar una isla semejante pero con una bahía protegida donde pudiera entrar en contacto con aquellas criaturas marinas.

    Había estudiado las fotografías que tomó la nave en su vuelo de entrada, y se había dado cuenta de que la tercera isla más meridional del archipiélago era desértica, como ésta, pero tenía un gran cráter sumergido en un extremo, que formaba un área grande, casi cerrada y circular de aguas protegidas. Sus dos picos eran más altos que el de esta isla, y además parecía disponer de un puerto. Decidió ir allí, visitando antes la cumbre de la actual isla.

    Por la mañana temprano se encontraba ya en el asiento del piloto, tecleando las instrucciones al computador. Le ordenó que se elevara por encima de la montaña, y que le pasara el control manual para el aterrizaje, y luego computara una ruta desde allí hasta la tercera isla. Marcó la isla en el mapa, mostrándolo en la pantalla, y esperó que el computador calculara el recorrido.

    En vez de la habitual serie de números y de símbolos en la pantalla, como respuesta, contempló horrorizado la siguiente objeción del computador: «IMPOSIBLE CONTINUAR SIN AUTORIZACIÓN DIRECTA DEL COMANDANTE O DE ALGUIEN INVESTIDO DE SU AUTORIDAD LEGAL».

    Durante un momento de auténtica locura, Tansis se preguntó si el comandante estaría aún vivo, de algún modo, interviniendo en todo.

    —¿Por qué? —tecleó Tansis al computador.
    —En este momento sólo queda combustible suficiente para un regreso directo a la nave-base que permita el margen de seguridad requerido por las ordenanzas oficiales, sección 19, apartado 11. Sólo el comandante o alguien investido con su autoridad legal puede ordenar el gasto de esa reserva de combustible para cualquier otro propósito. Deben presentarse razones detalladas, y éstas no deben estar en contradicción con las normas suplementarias sobre procedimientos de emergencia, secciones 66 a 83.

    Tansis lo leyó con una vaga sensación de desastre. Esto era el naufragio final. Ahora estaba condenado para siempre en esta isla.

    Se sentó, muy pensativo, intentando encontrar una respuesta. Gracias a Dios que esto no le había ocurrido en los trópicos. No se atrevía a hacer ninguna pregunta ni ningún comentario hasta que lo hubiera pensado con mucho detalle y hubiera refrescado su memoria con los manuales pertinentes.

    ¡Todos aquellos vuelos a baja altura con la nave diseñada para entrada y orbitaje planetarios! Había desperdiciado combustible sin pensar siquiera en dar instrucciones al computador para que le mantuviera al tanto de la reserva total de combustible disponible. Hasta como piloto era un inútil. Se frotó la frente y miró alrededor de la cabina. La nave parecía ahora muy silenciosa; de repente le pareció que estaba muerta.

    Aquella situación tenía su lado irónico. Ahora podría abandonar definitivamente el planeta. El computador le llevaría con mucho gusto hasta el infinito. El problema era que no había a dónde ir. Tendría que aferrarse a este planeta desolado, porque era algo, y algo es mejor que ningún sitio, el más terrible de todos los lugares.

    Meneando la cabeza, se levantó lentamente del asiento y fue escaleras abajo a sentarse en la sala de reuniones. No tenía que dar una respuesta inmediata al computador. No la esperaba, ni se inquietaría de ningún retraso. El computador no era una persona, y ni sospechaba ni juzgaba las reacciones de los seres humanos. El tiempo no significaba nada de nada para él, excepto cuando lo necesitaba como un factor para calcular una ruta o averiguar cuánto durarían los suministros. Sabía que esperaría un año o cien años antes de que él contestara, y que todo le daba igual.

    Para Tansis, como para cualquiera que hubiera vivido en una nave espacial, el computador, incluso el gran computador de la nave principal, no era más que una máquina. Sin embargo, tenía que cuidar mucho la forma de responderle, porque se encontraba en el papel de un hombre que se enfrenta con una burocracia impersonal gobernada por normas escritas, o, para ser más exactos, se enfrentaba con las mismas normas, incorporadas a un computador que, por lo tanto, era capaz de responder.

    No podía mover la nave, debido a las ordenanzas oficiales sección tal y cual, y la única forma de salirse con la suya era citar otras normas de otras secciones, o bien conseguir una autorización de los que escribieron esas malditas órdenes, o hacer pasar algo por norma legal, sin que el computador descubriera el truco.

    Necesitaba leer las ordenanzas cuidadosamente, aunque conocía y recordaba la mayoría de ellas. A bordo de una nave espacial existen muy pocos libros, y después de pensarlo dos veces decidió que no corría riesgo alguno si pedía al computador que fuera mostrando en pantalla las ordenanzas generales y las normas suplementarias. Recordaba a otros haciendo lo mismo antes de tomar una decisión. Para el computador era una petición más, que nunca podría ir en contra de las ordenanzas oficiales.

    Regresó a la cabina de mando y pensó en algo mucho mejor. Dio instrucciones al computador para que imprimiera todas las ordenanzas oficiales y normas suplementarias, y los manuales administrativos y de operaciones y las instrucciones del piloto —iba recordando otras cosas más— y el manual de la expedición, y las normas recomendadas para comandantes de vuelo, y que fueran saliendo impresos en tiras de papel. El papel no abundaba en la nave, pero era una forma disponible de salida del computador, y no la había usado aún, desde que empezó el vuelo. El impresor a gran velocidad traqueteó durante varios minutos, soltando una tira continua de quince centímetros de ancho y cuatro metros de largo. Esto le iba a ocupar todo el día. Hizo café, y se sentó, dispuesto a leerlo.

    El peligro que había si le daba una respuesta incorrecta no estribaba en que el computador fuera sospechoso o temperamental, sino en el hecho de que el computador era el centro de todo el sistema de la nave y controlaba todos sus mecanismos y circuitos. Tenía la capacidad de desconectar, cerrar las puertas y la esclusa de aire, poner en entredicho al piloto y dejar de obedecerle, si tales medidas fueran las requeridas por algún procedimiento de emergencia.

    Estos procedimientos, elaborados por grandes cerebros a quienes gustaba pensar que podrían reglamentar el futuro indefinidamente, preveían los motines, los secuestros ilegales, la locura del piloto, el error humano, el deterioro del navío, el funcionamiento incorrecto de los sistemas vitales, y así sucesivamente. Todos ellos suponían que alguien podría entrar en escena y tomar el control de la nave antes de que todo se detuviera. Para esta nave planetaria de aterrizaje se suponía que la nave principal estaría dispuesta a ayudar y suministrar alguna autoridad de mayor rango.

    Lo que Tansis intentaba encontrar era algún fragmento de los manuales que tomara en consideración la posibilidad de que toda la expedición quedara reducida a un único náufrago solitario. Tenía sus dudas de que existiera, pero debía intentarlo. Tenía que encontrar algún modo de comunicar al computador esta situación imprevista y sin precedentes, para que pudiera acoplar esa información a los manuales y las ordenanzas y para que considerara a Tansis como la máxima autoridad legal de la nave. Si lo hiciera de modo incorrecto, el computador le trataría como a un usurpador, y le pondría en entredicho esperando que una autoridad superior resolviera la situación.

    Tansis sabía que no se puede conversar con un computador, ni abrumarle con oratoria florida, ni hacerle llorar de emoción. Tenía que hallar un camino entre la inmensa madeja de disposiciones establecidas y, desde dentro del sistema, hacerse cargo de su situación. Los procedimientos oficiales y, en consecuencia, el computador, no toleraban intrusos.

    Lo que estaba en juego no era solamente el combustible para hacer unos cuantos viajes más. Sí, algunos desplazamientos serían útiles y no le gustaba la idea de quedarse estacionado perpetuamente en esta isla; pero eso no era lo peor. A partir de ahora el computador comenzaría a salvaguardar esa reserva de combustible mínimo que podía hacer regresar su nave a la nave principal y esto significaba que, a la larga, desconectaría el generador de la nave y todos los sistemas, excepto el del propio computador.

    Devolver su nave a la nave principal era el requisito básico según el cual estaba programado el computador. Si su nave estaba terriblemente deteriorada y no podía lograrlo, las normas vigentes permitían que los sistemas de apoyo vital funcionaran el mayor tiempo posible, aunque esto significara agotar la reserva de combustible mínimo. Pero la nave se encontraba en buena forma, y no se habían recibido instrucciones de autoridades superiores para mantener la nave estacionada en el planeta, una vez alcanzado el nivel mínimo de combustible. De modo que, en cuanto se refería al computador, la nave debería ser capaz de regresar a su destino.

    Tansis se dio cuenta de que, más pronto o más tarde, aunque él no hiciera nada, el computador comenzaría a indicar la necesidad de un despegue inmediato. Algún tiempo después avisaría de una próxima desconexión del generador. Si Tansis no hubiera resuelto el problema en aquel momento, no habría más alternativa que largarse de allí con todo lo que pudiera, o quedar encerrado para siempre en una nave muerta.

    «Toda esta situación es terriblemente ridícula», pensó Tansis al sentarse para tomar su quinta taza de café y enfrascarse en la lectura de la larga y enmarañada tira de papel. Aquí estaba, náufrago en un planeta extraño con un millón de problemas urgentes que solucionar, y a pesar de ello tenía que luchar con problemas legales abstrusos que destrozarían a un abogado experto. Necesitaba saber todo lo posible sobre comidas, bebidas y el riesgo de enfermedades y, sin embargo, se veía obligado a perder el tiempo estudiando manuales tan muertos como sus autores, tan remotos como la Tierra, tan irrelevantes como las costumbres del antiguo Tibet.

    El computador era el guardián de la ley, incorruptible y absolutamente obediente a quienes detentaban la autoridad legal; estaba preparado, como el gran computador de la nave principal, para preservar la ley y el orden durante un viaje que duraba tres o cuatro generaciones. De las nueve grandes expediciones que habían salido de la Tierra en viajes interestelares, tres se habían enfrentado con motines y sediciones. Tansis comprendía y aceptaba la necesidad de esas precauciones, porque sin ellas tal vez nunca se hubiera llegado a Capella; pero ahora su situación no tenía precedentes y, conforme iba repasando los manuales, se daba cuenta de que nunca se había previsto.

    Si dijera al computador toda la verdad, eso significaría que él debería ocupar el cargo de autoridad única de la expedición y adquirir el rango de comandante. Y, sin embargo, ésta era la forma que cualquier usurpador habría utilizado para hacerse con el control de la nave en el curso de una insurrección, y esto sí que había sido previsto. Los procedimientos legales para cambiar de comandante exigían el consentimiento de otros oficiales de alta graduación y una votación mayoritaria en que el computador efectuaría el recuento de los votos.

    Tansis dejó caer las hojas largas y arrugadas dando un suspiro. No podía decir la verdad al computador.

    Estuvo el resto del día allí sentado, melancólico; de vez en cuando se levantaba para volver a leer parte de los manuales, cuando se le ocurría alguna idea. Al final se enfrentó con el hecho inevitable de que en algún momento quedaría encerrado dentro de una nave que se cerraría al mundo exterior.

    Después de estudiar con mucho cuidado el texto de sus preguntas, regresó al computador y le preguntó cuánto tiempo podría transcurrir antes de la partida, y, después, cuánto tiempo transcurriría antes del cierre total.

    La respuesta del computador fue que disponía de doce días, y luego, de cuarenta y seis días más. Tansis se sintió aterrorizado. En el plazo de cincuenta y ocho días —se trataba de los días-tipo de la nave, no de los largos días de Capella— se vería obligado a salir al exterior sin protección. Todos sus problemas deberían estar resueltos por entonces, pues ni siquiera sabía si podría respirar el aire del planeta. Y con respecto a la comida, ¿cómo podría procesar las sustancias que aquí crecían para el consumo humano sin disponer de un laboratorio? Sin la esclusa de aire, tampoco podría aislarse de las bacterias. Se encontraría desnudo en el ambiente exterior.

    Si todo esto hubiera ocurrido poco después del primer aterrizaje, probablemente Tansis habría tomado una dosis adicional, pero ahora ya no se le ocurría pensar en el suicidio. Había superado el choque inicial del desastre y del naufragio, y ahora quería vivir. Sin rabia, pero con una fuerte decisión, eligió vivir, y lucharía para vivir. Tan pronto como hubo resuelto ese problema, le pareció vislumbrar nuevas esperanzas, y su depresión se esfumó. Un ser vivo no debe aceptar la derrota; un hombre no demuestra su personalidad sino luchando y esforzándose por su futuro, y esperando y luchando por su supervivencia.

    Tansis se había fabricado la mejor medicina, y entonces pudo sentarse para elaborar un plan de acción para los próximos cincuenta y ocho días.

    En primer lugar, estaba decidido a mantener abierta la nave. Era ridículo construir una casa en el exterior disponiendo ya en la isla de esta construcción excelente y tan bien equipada.

    Ni siquiera una vida entera de esfuerzos podría proporcionarle lo que ya tenía aquí totalmente gratis.

    Apoderarse de la nave, sin embargo, significaría perder los servicios del computador, y dejar desconectado todo lo demás. Era imposible intervenir en el computador. Estaba situado en el equivalente a una cámara de seguridad de un banco, y se necesitaban tres hombres para abrirlo, de los cuales cada uno conocía sólo una parte de la combinación; además, el computador debía recibir una autorización del comandante antes de que pudiera incluso tocarse el cierre de la combinación. Tansis no tenía ninguna idea de cuál era la combinación, y, aunque lo supiera, no le hubiera servido para nada. Era imposible desconectar el computador de los sistemas de la nave: en primer lugar, la nave estaba diseñada como una unidad; todas sus piezas estaban relacionadas y unidas entre sí por el computador; en segundo lugar, para hacerlo necesitaría un equipo de ingenieros expertos. Una nave espacial es algo demasiado complicado para andar haciéndole chapuzas, y eso sin considerar que el sistema de alarma no admitía la inserción de cambios no autorizados, y que las normas oficiales consideraban los planos de la nave como un auténtico secreto.

    Tendría que aceptar el hecho de que la nave sería para él solamente un techo, con unas cuantas luces y calentadores funcionando con generadores portátiles. Pero, aun así, era algo muy valioso. Para alguien que había nacido en una nave espacial y que había vivido a bordo sus treinta y un años de existencia, la idea de vivir en el exterior en una cabaña era impensable. La nave debía permanecer abierta. Esperaría hasta el día cincuenta y ocho antes de poner en ejecución esa parte de su plan, y mientras tanto tendría que aprender a vivir en este planeta y copiar en papel cuanto pudiera del conocimiento del computador. Porque cuando el computador se desconectara perdería su biblioteca, y perdería su profesor.

    Al día siguiente empezó el trabajo ordenando al computador que imprimiera los libros de texto básicos de química orgánica e inorgánica que tuviera en el banco de datos. Mientras el impresor chirriaba y el rollo de papel se iba desenrollando y cayendo en una caja, se dedicó a inspeccionar los almacenes.

    Tendría que ingeniarse un sistema de iluminación y de calefacción con el equipo de la expedición, como si fuera a instalar un campamento en el interior de la nave. Estuvo seleccionando cables y calentadores, una cocina, un purificador de agua, un compresor de aire, un filtro, un generador portátil, baterías y células solares.

    Revisó los suministros de comida. Tenía suficiente para más de un año, y el computador no podía cerrarlos.

    El suministro de agua, sin embargo, era una cantidad fija, que se reciclaba a través del sistema de apoyo vital, que se detendría cuando la nave se desconectara. Lo mismo ocurría con el suministro del aire, que era parte integral de los sistemas de circulación, calefacción y purificación. A pesar de todo, podría obtener agua y aire del exterior mientras dispusiera de energía para purificarlos. Lo que tenía mayor importancia era la energía eléctrica.

    La luz de este planeta era brillante y enérgica, y debería bastar para que las células solares convirtieran esa energía y mantuvieran las baterías bien cargadas; pero necesitaría también un generador, lo cual implicaba combustible. Estuvo pensando diversas formas posibles de horadar los depósitos de combustible de la nave, medio vacíos pero totalmente herméticos. Habría suficiente para muchos años, pero no se le ocurría ninguna forma de acceder a ellos. Tansis no era un ingeniero, y sin los planos de la nave ni siquiera sabía dónde se encontraban las cañerías del combustible. Y de todos modos, no serviría de nada intentar apropiarse de él hasta después del cierre final. Una vez el computador se quitara de en medio, tal vez podría hacer todo esto.

    Estuvo el resto del día en el laboratorio estudiando el texto de química para principiantes, y fabricando explosivos que almacenó en el campamento del interior de la capa de cintas.

    Se enfrentó luego con el próximo problema más urgente, el del agua. Tenía dos posibilidades, cuando los sistemas de la nave se cerraran. O bien viviría como un nativo, quitándose el casco y respirando lo que fuera, o por el contrario debería quedarse para siempre en el interior del traje protector. Una protección permanente sin la nave le sería muy difícil. En vez de un ambiente similar al de la Tierra de varios miles de metros cúbicos, se vería reducido a los límites de su propio traje, en el que entraría el aire extraído por un purificador. Y cuando se tuviera que quitar el traje para cambiarse de ropa interior o para bañarse, necesitaría un respirador. Cuando más pensaba en ello, más imposible le parecía.

    Podía enfermar, no sólo por el sistema de respiración, sino simplemente del contacto de su piel con cualquier microorganismo; sin embargo, tendría que bañarse y cambiarse, pues de no hacerlo padecería sin duda enfermedades cutáneas. Se suponía que doce horas era el período máximo que un hombre podía soportar un traje espacial.

    La esclusa de aire daba acceso a la cabina de reuniones, que era una sala de doce metros de diámetro y tres de altura, diseñada para veinte personas. Las otras cabinas, almacenes y laboratorios estaban situados por encima y por debajo de ella en una nave de cuatro pisos de altura. Tendría que perforar orificios en las puertas de la esclusa de aire e introducir aire purificado del exterior, e inventar un sistema para abrir y cerrar a mano las puertas de la esclusa de aire. Las puertas de la cabina que comunicaban con el resto de la nave tendrían que permanecer cerradas, excepto cuando necesitara ir a los almacenes o a los laboratorios, y en ese caso tendría que llevar consigo luces y calentadores.

    Tendría que considerar la cabina principal como un auténtico campamento, y utilizar en ella equipo de campamento. A pesar de todo, ese esfuerzo valdría la pena; la cabina era infinitamente preferible a las tiendas de plástico hinchables. Porque ya había dejado de lado la posibilidad de quitarse el casco sin más y correr ese riesgo; eso no podría hacerlo sino después de varios meses de estudios sobre los microorganismos; primero necesitaría estudiar varias ciencias, y sin el maldito computador, ¿cómo iba a hacerlo?

    Ordenó al computador que imprimiera los textos básicos de fisiología, medicina, bioquímica, histología, microbiología, la biología no terrestre conocida de los cuatro planetas en que se había encontrado vida.

    El impresor casi había completado el texto de fisiología cuando se acabó el papel. No había remedio; en la nave no quedaba ningún papel que pudiera enganchar en los meticulosos engranajes del impresor. Solucionó el problema instalando una cámara de cine y filmando la pantalla del computador conforme éste mostraba el texto en ráfagas de un segundo. En realidad así era mejor, porque también conseguía captar las ilustraciones y los diagramas. La expedición estaba mejor provista de película que de papel, y así pudo filmar todos los textos que había pedido, y además otro de física y varios sobre ingeniería y electrónica. Tendría que mirar la película por un visor portátil, pero eso no sería más molesto que luchar con largas tiras de papel. Controló sus impulsos de saquear aún más el computador y decidió guardar todo el resto de película hasta que hubiera hecho una lista concienzuda de los conocimientos que realmente necesitaría. Cuando se acercara el final de sus cincuenta y ocho días, vería las cosas más claras.

    Reunió el equipo que necesitaría para taladrar las puertas y para controlar el ambiente de la cabina. No podía aún efectuar ninguna perforación ni interferir con los sistemas existentes, pues ello alarmaría al computador. En el día número cincuenta y ocho tendría que hacerlo todo a la carrera, e ir aprendiendo sobre la marcha. Iba a ser un día terriblemente ajetreado.

    Durante los tres días siguientes se enfrentó con el problema del agua. Había gran cantidad en el mar, pero era salada y llena de sustancias biológicas. Tendría que destilarla y purificarla, lo cual exigía una gran cantidad de energía. El agua fresca sólo necesitaría filtrado y purificación, es decir, menos energía. Sin embargo, la nave se encontraba en un desierto, y el agua corriente más cercana estaba a dos mil quinientos metros de altura; no podía estar constantemente acarreando agua durante el resto de su vida.

    Tomó una varilla hidroscópica y recorrió con ella las laderas, por encima de la capa de cintas, en busca de corrientes subterráneas que bajaran de la cima. Encontró pruebas de la existencia de agua a menos de un kilómetro de la nave, en el lugar en que un valle amplio y encajado ascendía por la falda de la montaña poco más de mil metros, actuando de colector de varias corrientes subterráneas que se filtraban desde la cima. A unos trescientos metros por encima de la capa de cintas este caudal oculto comenzaba a dividirse en un abanico de pequeños torrentes que alimentaban la capa de cintas en una amplia zona de varios kilómetros de extensión. A pesar de que tendría que ascender a unos trescientos metros de altura en busca de agua, esto era ya más soportable.

    Arrastró el equipo de perforación hasta el lugar elegido, y excavó varios pozos. En los dos primeros los resultados fueron desconsoladores, pero en el tercero encontró agua. Dejó los tubos de acero en su sitio, acopló una tubería flexible hasta el fondo, a doce metros de profundidad, y extrajo agua fresca con una bomba.

    Satisfecho por su victoria, decidió solucionar el problema del agua de una vez por todas. De regreso llevó unos cincuenta litros de agua a la nave y se puso a analizarla, filtrarla y purificarla en el laboratorio. Para tener toda la seguridad posible, repitió las operaciones de filtrado y purificación cuatro veces luego, haciendo de tripas corazón, bebió un poco. Era un agua limpia y sin sabor, lo cual le descorazonaba un poco después del entusiasmo inicial que había sentido. En realidad no corría ningún riesgo, pues era más pura que el agua de la nave, al haber sido purificada cuatro veces seguidas. Sin embargo, no estaba seguro de cómo le sentaría puesto a utilizarla durante el resto de sus días. Notó dolores hipocondríacos en el estómago, y no estaba seguro si los pequeños espasmos de angustia eran reales o sólo imaginarios. No volvió a probar ese agua durante una semana, y no sintió ningún efecto dañino posterior, por lo que decidió comenzar su vida de nativo bebiendo exclusivamente agua de Capella hasta el cierre de la nave, que ahora estaba a cuarenta y cinco días de distancia. Dando un paso más, preparó células y baterías solares para suministrar energía a su equipo y las instaló en la cueva de la capa de cintas. A pesar de todo, siempre que bebía agua lo hacía en el interior de la nave, donde no podía entrar ningún microorganismo.

    Si estaba ya bebiendo agua de Capella, podía comenzar también a respirar aire de Capella, y hacerlo poco a poco para irse acostumbrando. No podía empezar a hacerlo todo de golpe en ese gran día que se avecinaba. Tansis tenía sentimientos contradictorios sobre ese gran día: o bien encontraba en él la muerte, o bien era el comienzo de una vida nueva.

    Como primer entrenamiento decidió cargar el depósito de aire de su traje con aire de Capella, y respirar exclusivamente ese aire mientras estaba en el exterior. La primera carga del depósito la purificó muchísimas veces, hasta tal punto que perdió la cuenta del número de veces que lo había hecho, seguro de que nadie había respirado nunca un aire tan puro. Esta vez no sufrió ningún efecto dañino, ni siquiera hipocondríaco; tal vez sus pulmones no eran tan neuróticos como su estómago. Completó su base bajo la capa de cintas con un equipo de purificación de aire, y allí cargaba los depósitos cada vez que salía.

    Con ello, el problema más importante que le quedaba era el de la comida. Disponía de treinta y cinco días para perfeccionar sus técnicas de conversión de comida, y debía utilizar el computador al máximo posible, aunque ello significara trabajar dieciocho horas diarias.

    La idea de la muerte hace que la mente humana se concentre de modo inaudito, y los días restantes pasaron volando mientras Tansis estudiaba rollos de papel, películas y la pantalla del computador. Aprendió cómo utilizar el equipo del laboratorio, profundizó en los misterios de la cromatografía, el fraccionamiento, las estructuras de los aminoácidos y de los ácidos nucleicos. Emprendió innumerables caminatas de la nave a la costa para recoger las plantas marinas con aspecto de hojas y los animales reptantes del fondo del mar.

    Al llegar el día cuarenta y siete ya había perfeccionado —esperaba que ésa fuera la palabra adecuada— cuatro clases de comida obtenida artificialmente. Las denominó papilla gris, papilla blanca, papilla verde y papilla marrón. Su cerebro sabía que aquel festín multicolor era biológicamente tan puro como un puñado de sal de mesa, y que no contenía sino proteínas básicas, hidratos de carbono y grasas, pero su estómago tal vez no estaba tan seguro de ello. Cuando se enfrentó con su primera comida no terrestre, la boca no quiso salivar y el estómago se revolvió con movimientos lentos. Sintiéndose un Sócrates dispuesto a apurar la cicuta, se sentó intentando decidir si debía comenzar con la papilla blanca, o con la verde. No había ningún libro de urbanidad que pudiera consultar. Como la papilla marrón se parecía un poco a su pastel de chocolate favorito, y tal vez tuviera el mismo sabor, metió una cucharada en la boca.

    No sabía a nada: a nada en absoluto; parecía sencillamente un puré húmedo, blando y pegajoso y tenía la extraña sensación de comer algo sin sabor.

    Luego probó la papilla verde. Ésta tenía por lo menos cierto sabor, más bien ácido y fuerte, pero no desagradable. Lo había procesado de las plantas marinas, y su olor era algo parecido al del tanque de algas.

    Las papillas blancas y grises eran también blandas y de consistencia de puré, aunque el sabor de la papilla gris le dejó un ligero efecto de cosquilleo en la boca.

    No estaba seguro de haber conseguido eliminar todos los alcaloides de la savia del árbol «reloj de arena» que había utilizado para ello.

    Durante los tres próximos días no volvió a tocar esa comida extraña, y mantuvo una autovigilancia angustiosa. Alguna que otra vez sentía ligeros dolores, se levantaba al día siguiente con cierto dolor de cabeza, continuaba recordando la sensación de cosquilleo y no podía asegurar si lo sentía o no. No podía decidir si eran síntomas reales o sólo imaginarios, inducidos por esa vigilancia tan consciente sobre sí mismo. Venía a ser una nueva versión del principio de incertidumbre de Heisenberg: el mismo acto de la observación altera lo que se observa. Sin embargo, el pulso y la temperatura se mantenía a niveles normales, y por ello al tercer día decidió tomar una comida de Capella cada tres días, y ver lo que pasaba.

    Ahora sólo le quedaban diez días. El computador ya se lo había indicado y, siguiendo sus instrucciones, daba una alarma sucesiva cada veinticuatro horas.

    Su próxima tarea era la cima de la montaña. Había analizado y realizado todas las tareas preliminares de conversión de las muestras del agua llena de protozoos que había recogido de los árboles de cintas del continente. Le parecía que habían pasado varios años desde que se adentrara por las orillas del gran río. Ahora tenía que conseguir una gran cantidad de agua, y averiguar si era posible convertirla en comida. Tenía que hacerlo ahora, antes de que el computador se desconectara y le dejara privado de su enorme depósito de conocimientos.

    Era fácil escalar la montaña. No tenía acantilados ni pendientes rocosas; tan sólo interminables laderas empinadas, de polvo y piedras. La última gran erupción debió de haber sido una considerable lluvia de cenizas, y, después de ella, el silencio. Lo cual significaba una marcha dura con pendientes del uno al cinco en la mayor parte del recorrido durante dos mil quinientos metros.

    Tomó tres tanques de aire, y puso en su vagoneta un gran depósito cilíndrico vacío, que llevó arrastrando. Los primeros trescientos metros le resultaron un trabajo agradable, mas a partir de ahí la marcha se endureció. Dejó de avanzar pendiente arriba y comenzó a ascender ladeando la montaña, primero hacia un lado y luego hacia el otro. Esto aumentaba el recorrido total, pero reducía el esfuerzo. Se detenía cada doscientos metros para descansar y mirar el paisaje. Le parecía útil ver media isla extendida a sus pies; necesitaría conocerla bien en los años venideros.

    Al pensar en su vida futura, silenciosa y sin compañía, años y años vagabundo en esta isla, sintió que una aprensión enfermiza y un vacío terrible se apoderaban de él de nuevo. Había estado demasiado ocupado en las últimas seis semanas, y aquel terrible enemigo no había tenido oportunidad de apoderarse de él, pero este largo viaje era totalmente solitario, y un gran silencio se extendía a todo su alrededor, convirtiendo en nada a su persona y a todos sus planes.

    Bien; a pesar de todo tenía que continuar. Tenía que llegar a la cima, ahora que ya había iniciado el viaje. Más pronto o más tarde hubiera tenido que hacerlo.

    Siguió el camino emprendido. A mil quinientos metros de altura extendió una fina lámina de plástico de diez metros, de color naranja y blanco, como indicador, y colocó en ella tanques de aire de repuesto: los necesitaría a su regreso. Descansó durante una hora y chupó una comida concentrada que llevaba en el interior del traje. Los últimos mil metros fueron lentos, porque sus piernas estaban ya débiles y vacilantes, y caía de rodillas al cabo de varios metros. Tendría que endurecerse, si debía vivir en esta isla. Claro que con un ejercicio de ese tipo, la gravedad extra y comida suficiente, acabaría con los músculos de Sansón.

    La corona de vegetación seguía terriblemente fuera de la vista en casi todo el camino cuesta arriba. Alcanzó lo que le había parecido ser la cima de la montaña, para descubrir después que aun le quedaba una larga pendiente por delante. Cada vez creía de nuevo que la pendiente que se le presentaba sería la última, y luego contemplaba con desánimo que aún quedaba otra más. Cuando finalmente alcanzó la capa de cintas y los árboles, no tenía más deseos que dejarse caer en ese lecho suave, y descansar. Estuvo allí tumbado más de una hora y luego se dio cuenta de que no había pensado lo que hacía, porque se levantó tieso y con dolor muscular. Había descansado demasiado tiempo, y había dejado que los músculos de sus piernas, cansados, se endurecieran y se durmieran. Cojeando, anduvo entre los árboles en busca de algo nuevo.

    La capa de cintas y los árboles tenían el mismo aspecto del continente, con la única diferencia de que los troncos de cintas sobre el suelo eran mucho más abundantes. Con mucha facilidad tomó la decisión de no llegar a la cima. Ya lo haría en algún momento, en alguna fecha distante. Cuando pudiera llegar a la cima en un solo día, se consideraría un auténtico nativo, pero aún era muy pronto para eso. Aquí, en el límite inferior de la corona de vegetación, podía encontrar lo que estaba buscando.

    Abrió la escalera y subió con un gran depósito a la cima de uno de los árboles. Llenar el tanque resultó un auténtico problema, pues el charco de agua tenía sólo treinta centímetros de profundidad. No se le había ocurrido traer una cuchara para coger el agua con ella. ¡Qué hacer! Ésa era otra de las pequeñas frustraciones de la vida. Finalmente, después de la búsqueda infructuosa de algo, entre el mundo de cintas, desmontó una parte de la vagoneta que tenía una base ligeramente cóncava, y la utilizó para sacar agua. Cuando el depósito estuvo lleno en sus tres cuartas partes, lo precintó y lo tiró sobre la capa de cintas.

    Volvió a montar la vagoneta, la cargó y se dispuso a regresar a la nave sin más demoras. Había estado nueve horas en el exterior. No corría ningún riesgo de que la noche le cayera encima, porque aún era mediodía, pero había agotado ya carga y media de tanques de aire, y necesitaba regresar a sus reservas mil metros más abajo.

    El descenso fue más rápido, pero muy doloroso para sus pies y sus tobillos, que tenían que soportar toda la fuerza de la gravedad conforme avanzaba pesadamente pendiente abajo. Como tiraba de la vagoneta, cargada con un depósito lleno de agua, eso incrementaba el peso. Tardó menos de una hora en alcanzar la lámina de plástico indicadora y los depósitos, pero tuvo que descansar porque notaba que sus pies estaban llagados dentro de las botas. Vio que la lámina de aislamiento había desaparecido de las suelas. Tendría que tirar las botas cuando entrara en la nave.

    Los últimos mil quinientos metros fueron dos horas de tortura, con los pies llagados, las piernas doloridas y un dolor de cabeza hiriente porque ésta recibía el golpe de las pisadas violentas, a través de la espina dorsal. Este esfuerzo resultaba imposible si no se contaba con un campamento apropiado en la cima de la montaña, donde poder descansar adecuadamente para hacer las dos etapas de la ascensión en días distintos. Tendría que llevar consigo una tienda hinchable, un compresor de aire y un generador. Necesitaría al menos tres ascensiones a la montaña para instalarlo todo, y eso en realidad no valía la pena. Tendría que hacer lo mismo en la costa occidental de la isla, si quería recorrer toda la montaña y conseguir que todo le fuera accesible. Dos campamentos y la nave: y aún no había comenzado a convertir la nave en su campamento base número uno. Tenía que hacer todo aquello en un solo día. ¡Dios mío, qué vida!

    De regreso a la nave, le costó mucho quitarse las botas mientras estaba dentro de la segunda película de aislamiento que le envolvía al pasar por la esclusa de aire. Sus pies estaban llagados y magullados y apenas podía mantenerse en pie sobre ellos. Había hecho demasiado en un solo día. Se quitó la película y la tiró en el incinerador junto con sus botas. El depósito de agua lo había pasado a través de la película, por separado, y la vagoneta la dejó en el exterior. Luego consiguió llevar el depósito al laboratorio y lo puso en una cámara precintada. A pesar de lo cansado que estaba, tenía que hacerlo en seguida para evitar el riesgo de infección en la nave. Sólo después de haberlo hecho se desnudó con alivio, se duchó y se dejó caer en su litera cuan largo era.

    Durante los nueve días siguientes trabajó con las muestras de agua. Algunos de los protozoos eran diferentes a los que había hallado en el continente. El reino animal era aquí probablemente tan variado como en la Tierra y se encontraba aún en proceso de evolución y de cambio, al contrario que ocurría con el reino vegetal. ¿Sería acaso esa luz tan energética la causa de que los animales nunca se aventuraran en la tierra y la razón de la facilidad increíble de la vegetación terrestre? ¿O acaso las plantas ganaron la carrera para ser las primeras sobre la tierra, y luego la dominaron de modo tan rápido y total hasta impedir que los animales pudieran poner el pie sobre ella? Tal vez las hierbas resbaladizas de las orillas de los ríos y la capa azul de las costas marinas fueran venenosas para los animales y les detuvieran. Daba igual; le quedaba toda una vida para averiguar las respuestas.

    Consiguió elaborar otro tipo de papilla, esta vez de color rosa pálido. Sabía mejor que las demás, y le recordaba vagamente la sopa de lentejas.

    Le quedaban dos días, y ahora tenía aire, agua y comida con fuentes nativas, además de la comida de la nave. Aun así, el aire y el agua dependían de que los aparatos de purificación continuaran funcionando correctamente, y de que él dispusiera de energía eléctrica suficiente para hacerlos funcionar. Para procesar la comida dependía de los reactivos químicos almacenados, y de los aparatos del laboratorio. ¿Qué ocurriría cuando se le acabara el azufre, el potasio y el flúor? ¿Podría obtenerlos de las rocas de la isla? El azufre era probable encontrarlo, porque esta isla era volcánica. El flúor y el potasio podría obtenerlos del agua salada. Si destilaba bastante agua marina y obtenía una gran cantidad de sal, podría extraer muchos elementos en pequeñas cantidades, pero el precio era muy caro considerando el gasto de energía. Dentro de un año éstos serían sus problemas básicos, pero ahora no le sobraba tiempo para estudiarlos.

    Utilizó el resto de la película de cine para grabar lo que el computador sabía sobre la destilación del agua del mar y la extracción de sus elementos, un tratado de ingeniería química, otro de geología; luego se acabó la película.

    Al contemplar cómo se desenrollaba el resto de la película, cuando la cámara se desconectó automáticamente, sintió el primer dolor de la pérdida, como vaticinio del cierre final que estaba sólo a cuarenta y ocho horas de distancia. Todo ese conocimiento pronto se perdería. No había salvado nada acerca de literatura, historia o religión, nada sobre la Tierra ni su aspecto.

    Pronto perdería la música. Ya sentía el silencio que se acercaba y que le oprimiría. Había necesitado el computador como algo con quien pudiera relacionarse; era el sustituto de una persona y podía mantener a un hombre cuerdo. Pronto desaparecería. ¡ Si tan sólo pudiera mantener en funcionamiento esa estúpida máquina gobernada por leyes...! La odiaba, y la quería, pero no podría hacer nada para evitar que se desconectara.

    Si sólo se tratara de una persona con voluntad de vivir, le podría inducir a que continuara en marcha, y lo haría funcionar con generadores portátiles, con células solares..., con cualquier cosa. Hasta podría construir una máquina de vapor para mantenerlo en marcha; sería un compañero, y alejaría de él el vacío y el silencio. Tendría que detenerlo; debería ser posible discutir con él. Era muy absurdo que algo tan valioso se perdiera porque otros hombres lo hubieran decidido así hacía mucho tiempo. Él no iba a dejarse atrapar por leyes muertas de anticuario.

    Impulsivamente, y sintiéndose al borde de las lágrimas, comenzó a teclear al computador toda la historia de la destrucción de la nave principal, el aterrizaje de emergencia, la muerte de los otros supervivientes, sus luchas para mantenerse vivo y la situación en que ahora se encontraba. Estuvo tecleando más de una hora, descubriendo, como ha ocurrido a tantas personas, que contar las penas a otro constituye ya un alivio. El propio interés de narrar su historia le dominó, y quedó absorto en la tarea de recordarlo y decirlo todo. No temía ninguna interrupción, porque el computador estaba diseñado para aceptar información durante un período de tiempo indefinido, y no contestaría hasta recibir el código de finalización del mensaje y de petición de respuesta.

    Dudó largo tiempo antes de teclear el fin de mensaje codificado e hizo una pausa temblorosa antes de solicitar respuesta. Al final lo hizo, sencillamente porque no podía hacerse a la idea de abandonar la nave. Había nacido a bordo de una nave, y emocionalmente se encontraba atrapado. En este momento en que había llegado la hora, la dependencia que surgía del hecho de haber nacido en el espacio, lejos de la Tierra, le movió a volcarse sobre la reacción del computador, al que muy en su interior consideraba como la voz de la nave:

    —Esta información no puede aceptarse sin confirmación de alguna autoridad superior. En caso de que los oficiales superiores hayan muerto, deben presentarse pruebas objetivamente verificables de su muerte.

    Tansis se daba cuenta de que el computador debería disponer de alguna prueba de que los oficiales superiores habían muerto, pero en los manuales no había nada referente a la muerte de todos los que tenían autoridad. ¿Qué podría hacer el computador si le demostrara que todos estaban muertos? ¿Podría partir de ahí e interpretar las ordenanzas de modo creativo, y reconciliar instrucciones contradictorias?

    Tansis tecleó, en respuesta:

    —Consulte las coordenadas de radar que indican la posición de la nave principal desde el momento del despegue de esta nave hasta el aterrizaje en este planeta; luego, todos los contactos por radar posteriores, hasta este momento, y compute el recorrido que siguió la nave-base y su extrapolación.

    El computador permaneció silencioso durante un período de tiempo extraordinariamente largo: más de diez minutos. A Tansis no le sorprendía. Después del aterrizaje de esta nave, los contactos con radar con la nave principal debían de haber sido tan espasmódicos como la misma nave principal, o lo que quedara de ella, que se alejaba en espiral del planeta, y mientras el planeta giraba y su nave efectuaba varios recorridos por el hemisferio norte. El problema se complicaba aún más por el hecho de que la nave principal estaba rota al menos en cuatro grandes fragmentos que se iban separando del lugar del desastre.

    Figuras y símbolos comenzaron a aparecer en la pantalla. Cuando acabó la serie, Tansis ordenó al computador que reprodujera holográficamente la ruta actual de la nave principal, en una presentación tridimensional de las cercanías del planeta. Tres luces brillantes aparecieron en el globo a un lado del puesto de mando, y trazaron líneas de luz continua. Eran tres espirales divergentes que ascendían desde el punto central del globo. Tansis ordenó una expansión de la escala para que incluyera a los cinco planetas internos, y a Capella. El recorrido de los fragmentos principales se encontraba por encima de la eclíptica y a mitad de camino del cuarto planeta. Finalmente, pidió el recorrido extrapolado. Las líneas formaban un arco por encima de la eclíptica e iban en espiral dando vueltas a la primaria, acercándose más a ella a cada revolución y cayendo dentro en la novena. El navío principal estaba destinado a caer en Capella en cuatro años terrestres y un cuarto.

    Tansis meditó. ¿Debería explicar al computador lo que esto significaba o debería pedirle que se lo explicara? Decidió dejar que el computador lo averiguara por sí mismo, y le pidió sus comentarios.

    El computador contestó:

    —La nave principal está en tres fragmentos con evidencia no definitiva de dos fragmentos más. Los niveles de temperatura y de radiación en el momento del despegue superaban los límites permitidos por las normas de seguridad. Su curso actual no ha sido corregido y se encuentra más allá de toda posibilidad de corrección para efectuar un retorno seguro a la Tierra o a este planeta. El curso extrapolado implica su destrucción física en cuatro años y ochenta y dos días, tiempo normal de esta nave, y a la destrucción de su ambiente habitable en el primer perihelio en 308 días tiempo-tipo de esta nave.

    Tansis respondió:

    —La situación descrita es una prueba objetiva de la muerte de todas las personas de la expedición de Capella, incluyendo a todos los que ostentaban una graduación superior a la mía.

    Esto era la prueba definitiva, la disyuntiva de su naufragio: o el computador lo aceptaba, o se volvía loco.

    Pero el computador no respondió. La onda sinuosa atravesaba la pequeña pantalla del monitor: el computador estaba inmerso en profundos cálculos. Pasaron algunos minutos; la línea brillante y sinuosa centelleó una vez, casi imperceptiblemente, y luego otra. Tansis no podía recordar que hubiera visto nunca debilitarse de tal modo la línea sinuosa, que era como el pulso electrónico de la máquina, esa línea que fluía sin cesar en una sucesión hipnótica de ondas y mostraba la salud electrónica de la máquina. Cualquier alteración de tono o de frecuencia, cualquier irregularidad, normalmente era la causa de que los ingenieros se apresuraran a poner las cosas en orden.

    Mientras seguía observando y esperando, la línea centelleó y se dobló en dos líneas paralelas. Un minuto más tarde pudo distinguir que las dos ondas no seguían exactamente el mismo ritmo y que comenzaban a perderlo de modo visible. Esto se estaba complicando. El computador estaba evidentemente encerrado en un dilema insoluble, y se estropearía.

    Tenía que intervenir y darle algo más que analizar. Tecleó lo siguiente:

    —Es evidente que la situación actual de la expedición de Capella es una situación de emergencia grave y peligrosa. No tiene precedente alguno en las ordenanzas oficiales, que no preveyeron esta situación. Soy el único superviviente de la nave. Solicito que se me considere provisionalmente como único depositario de la autoridad suprema, hasta que pueda verificarse la muerte de los jefes superiores.

    La onda sinuosa relampagueó y volvió a la normalidad. La respuesta del computador llegó casi inmediatamente:

    —Es imposible decidir si todos los oficiales de autoridad superior están realmente muertos. La destrucción de la vida en la nave principal no ocurrirá hasta dentro de 308 días tiempo-tipo de esta nave, suponiendo que no haya correcciones de curso. No hay pruebas de que ninguna otra nave haya salido de la nave principal después del despegue de esta nave. No hay pruebas suficientes de que usted, piloto, Isidoro Tansis, sea la única persona en esta nave.

    Tansis vio que tenía una oportunidad:

    —Si pudiera probarse que soy la única persona en esta nave y por lo tanto en este planeta, ¿podría recibir la autoridad suprema de modo provisional hasta el día trescientos ocho, cuando la destrucción de la nave principal será ya conocida con seguridad?

    El computador guardó silencio durante medio minuto, que era aproximadamente el tiempo que le costaba calcular el recorrido entero de entrada y aterrizaje de una nave en un planeta. Evidentemente lo estaba pasando mal con las preguntas de Tansis. Desde otro punto de vista, eso mostraba cuan compactas y bien elaboradas estaban las órdenes oficiales. El computador estaba intentando pasar un camello por el ojo de una aguja.

    Tansis decidió intervenir antes de que el computador comenzara de nuevo a titubear:

    —¿Se ha recibido algún mensaje de la nave principal desde el despegue? —preguntó.
    —Ninguno —fue la respuesta inmediata.
    —¿Se ha recibido la señal permanente del monitor?
    —No —respondió el computador.
    —¿No contradice eso las normas oficiales de los comandantes?
    —Sí. Hay pruebas de la existencia de una avería grave en la nave principal.
    —Por lo tanto, debe resultar imposible que la tripulación de la nave principal mantenga contacto con esta nave.
    —Es imposible, a no ser que la avería pueda ser corregida en el plazo de 308 días.
    —Hasta que se corrija, esta nave se encuentra aislada y la sección quince de las ordenanzas permite que el oficial de mayor graduación de una unidad aislada asuma poderes discrecionales absolutos.
    —Es correcto. El oficial de mayor graduación de esta nave puede asumir autoridad discrecional absoluta hasta que pueda reanudarse la comunicación con la nave principal.
    —Autoridad discrecional absoluta implica dentro de la propia unidad poderes iguales a los que el mismo comandante tendría si estuviera en una unidad aislada.

    El computador hizo una pausa de cinco segundos, tiempo necesario para efectuar un análisis de las ordenanzas.

    —Correcto.
    —Yo, Isidoro Tansis, soy el oficial de mayor graduación de esta nave.
    —En esta nave entraron cinco personas antes del despegue. Por favor, indique sus nombres.

    Tansis lo hizo.

    —James Mc lntyre es el oficial de mayor graduación de esta nave, al ser el navegante de la expedición y el sexto en antigüedad a partir del comandante.
    —James Mc lntyre ha muerto, y también Teresa Fantone, Gregor Vassily y Cosmos Janos. Saqué sus cuerpos de la nave y los enterré en la tierra calcinada a veinte metros de distancia, en el primer lugar de aterrizaje en este planeta. Luego ordené que se retransmitiera un mapa del continente con las coordenadas del lugar de enterramiento tan pronto como se recibieran señales significativas del espacio.
    —No se observó la sección 14 del manual de la expedición. Todo fallecimiento de un miembro de la expedición debe ser notificado al computador en el plazo de un día. Un informe completo debe ser presentado al comandante, en su capacidad de forense, y luego debe ser archivado de modo permanente en el computador.

    Tansis soltó un juramento. Había infringido cientos de leyes desde su aterrizaje en este mundo: ¿acaso le acusarían por todo ello?

    —La falta de notificación inicial al computador fue un olvido debido a la tensión del trabajo. Los informes los presentó el comandante a sí mismo, y yo, único superviviente y oficial de mayor graduación, actuaba de comandante. El informe sobre su fallecimiento ha sido colocado ahora en archivo permanente; yo mismo lo hice hace media hora. Para verificar que todos están muertos y que murieron en un período de diez semanas a partir del primer aterrizaje, verifique el consumo de aire, agua y comida de las diez primeras semanas y compárelo con los niveles de consumo posteriores.

    Hubo una pausa de aproximadamente medio minuto, mientras el computador trazaba las curvas de utilización de los sistemas de apoyo vital de los últimos seis meses.

    —La utilización de aire, agua y comida está de acuerdo con una población de cinco personas en los once días primeros, de cuatro en los quince días siguientes, de tres en los seis días siguientes, de dos en los treinta y dos siguientes, y de una en los últimos noventa y tres días. Concuerda con su informe.
    —Por lo tanto —tecleó Tansis, triunfante—, soy el único superviviente de esta nave, el oficial de mayor graduación y puedo asumir la autoridad del comandante hasta que pueda entablarse comunicación con la nave principal.
    —Es correcto —respondió el computador al instante.
    —Como oficial de mayor graduación, con autoridad discrecional total de acuerdo con la sección quince de las ordenanzas oficiales, ordeno que demore la salida de esta nave hasta que reciba órdenes adicionales.
    —Debo indicarle al respecto la sección nueve de las ordenanzas oficiales en el sentido de que esa orden impedirá la reunión de esta nave y de usted mismo con el navío principal.
    —Si esta nave abandonara el planeta en este momento no podría reunirse con la nave principal, si ésta sigue su ruta actual. Compruébelo.

    Transcurrió sólo un minuto y medio.

    —Es cierto. No hay bastante combustible para efectuar las maniobras necesarias antes del perihelio de la nave principal. También es imposible determinar cuál de los tres fragmentos es el adecuado para el amarraje.
    —Por lo tanto —contestó Tansis—, salir de este planeta sin posibilidad de reunión con la nave principal ni retorno a la Tierra, y sin ningún refugio al alcance, equivaldría a poner en peligro la nave y a su único ocupante. Confirme que en esta situación la prioridad número uno es la de mi propia supervivencia.

    Pasaron tres segundos.

    —Confirmado. Las ordenanzas oficiales no pueden interpretarse de otro modo lógicamente.

    Tansis pegó un brinco y bailó lleno de alegría en el inadecuado marco de la cabina de mando. Luego tecleó:

    —Muy bien hecho, amigo y compañero. Somos colegas; los dos podemos solucionar nuestros problemas en este planeta, e incluso puedo llegar a encontrarme a gusto aquí.

    El computador no contestó nada, pues no se trataba ni de una pregunta ni de información útil.

    Tansis tenía la emoción extraña del que Consigue ganar un premio u obtener una promoción. Pero no se consideraba más inteligente que el computador. Lo que hizo fue presentar al computador la situación desde su punto de vista. El computador no era una persona; no tenía enemistades, simpatías ni ninguna otra emoción en absoluto. Sólo podía ver el problema desde el punto de vista de Tansis si éste le presentaba ese punto de vista. Después de que Tansis lo hiciera y le indicara qué información se requería para verificar y aclarar la situación, el computador podía entenderlo mucho mejor que él.

    «¿Por qué no haría eso antes que nada?», se preguntaba. Parecía que nunca enfocaba ningún problema del modo correcto. Luego tuvo otra idea: tal vez así también estaba bien. Había transcurrido el tiempo suficiente para permitir una extrapolación completa del curso de la nave principal que la llevara a su destrucción, y como el despegue era tan inminente, debía solucionarse el problema de un modo definido inmediatamente. Nunca sabría si había elegido el mejor momento para plantear el problema. De ser así, se habría debido más a la suerte que a su buen juicio, pero, de todos modos, ésta era la historia de su vida.


    7


    En un principio, la idea que le dominaba era la de que podría tener siempre música y podría continuar leyendo del vasto depósito de conocimientos del computador. Toda la crisis de urgencia y de pánico de los dos últimos meses se desvaneció como por encanto, y le parecía estar de vacaciones. En todo el resto del día no hizo más que escuchar música; después de comer comenzó a leer una novela de Hemingway en la pantalla de la biblioteca. Al atardecer vio una película y, por último, se fue a dormir más feliz de lo que nunca estuviera en su vida.

    Al día siguiente tuvo que analizar las cosas de nuevo. ¿Cuál era ahora su situación? ¿Durante cuánto tiempo podría continuar viviendo en la nave a los niveles de comodidad actuales? Lo preguntó al computador.

    —Tres años de doscientos cuarenta y un días tiempo-tipo de la nave, suponiendo que no se realicen más viajes.
    —No era demasiado. Al final de ese plazo todo moriría con un gemido, cuando se acabara el combustible, y quedaría otra vez totalmente solo.
    —¿Durante cuánto tiempo pueden funcionar el computador y los servicios de información al nivel de utilización actual si todos los demás sistemas de la nave se desconectan? —preguntó.
    —Diecinueve años, aproximadamente.

    Tansis meditó la respuesta. Tendría que mantener en marcha también el sistema de esclusas de aire, y eso sustraería algunos años. Luego otra idea le asustó, y consultó con el computador:

    —¿Durante cuánto tiempo durará la película de aislamiento de la esclusa de aire, al ritmo de utilización actual?
    —Un año y dieciséis días de suministro en la esclusa de aire. Hay suministro almacenado para trescientos cinco días.

    En total, un poco menos de dos años. Si economizara el número de entradas y salidas tal vez pudiera triplicar ese tiempo. Pero tenía que trabajar mucho en el exterior, si debía comenzar a saquear la isla en busca de comida y de sustancias químicas. Cuanto más quisiera vivir como un nativo, más necesitaría salir de la nave.

    Podría establecer campamentos en el exterior; uno muy cerca de la nave bajo la capa de cintas; otro en la cima de la montaña, y otro en la costa occidental, y utilizarlos para alargar el tiempo que podría pasar en el exterior sin tener que regresar al trote y entrar y salir de la nave en todo momento. Tendría que planear sus actividades muy cuidadosamente y programarlas con mucha anticipación, para utilizar la esclusa de aire tan sólo cuando fuera absolutamente necesario.

    De ese modo podría aguantar unos cinco años, y luego tendría que enfrentarse con el ambiente sin ninguna protección. Por entonces ya habría descubierto si los microorganismos eran nocivos, y si había algún remedio posible para las enfermedades que causaran. No era un Pasteur; ni siquiera era médico, y sólo podía hacer prácticas consigo mismo. A Pasteur le resultó fácil: observó las reacciones de miles de personas ante los organismos patógenos: el «doctor» Tansis disponía sólo de su persona, y no podía correr el riesgo de perderla.

    Estudió de nuevo sus problemas básicos. Tenía aire y agua en abundancia para el resto de sus días. Disponía de comida suficiente con tal de conseguir las sustancias químicas para procesarla. Lo que más necesitaba era energía: debería incrementar el combustible de la nave con otras fuentes de energía. Los generadores portátiles y las células solares no bastaban. ¿No podría obtener energía del viento? Un molino de viento que impulsara un generador podría fabricar energía durante muchos años. Y además sería fácil de construir, mucho más fácil, por lo menos, que una máquina de vapor. Tansis había abandonado la idea de hacer una máquina de vapor como algo totalmente impracticable. Estaba en una nave de exploración planetaria que no estaba mejor equipada para construir una máquina de vapor que para representar una ópera.

    Comenzó a poner por escrito sus problemas y sus proyectos utilizando una pizarrilla de escribir borrable. El problema estribaba en que entremezclaba su situación anterior —cuando parecía inminente el cierre de la nave— con la actual. ¿Podría reunir bastantes fuentes de energía adicional para mantener en marcha todos los sistemas de apoyo vital de la nave? Si así fuera ya no tendría que preocuparse del suministro de aire, agua o comida: el sistema de apoyo vital de la nave podría hacerlo todo, con tal de disponer de energía suficiente para mantenerlo en marcha.

    ¡Pero el equipo generador era tan limitado! La nave sólo había sido diseñada para caer en un planeta y explorarlo. No constituía una base permanente. Si encontraba un planeta habitable, se había previsto que el navío de entrada hiciera varios viajes a la nave principal para traer al planeta suministros de sus grandes almacenes. Con ellos había suficiente para construir y equipar un poblado que formara el núcleo de la colonización del planeta. Toda la expedición bajaría entonces de la nave principal y comenzaría a vivir definitivamente en el planeta. La nave principal transmitiría por radio a la Tierra las grandes noticias del descubrimiento de otra nueva Tierra, y entonces podría comenzar la emigración por el espacio.

    En realidad el navío de entrada amarrado sobre la nave principal acababa de ser equipado para el aterrizaje inicial cuando sobrevino el desastre. Disponía de material suficiente para una visita de 20 personas durante cuatro semanas. Tansis, condenado ahora a pasar su vida en este planeta, tendría que aprovechar al máximo lo que tenía.

    La forma más sencilla de obtener mayor energía era con molinos de viento. Tenía ocho generadores portátiles que podrían adaptarse bien, y suponía que podría construir pequeñas torres con aspas arriba. ¿Podría con ocho molinos de viento accionar ocho generadores de campaña portátiles y mantener en marcha los sistemas de apoyo vital de la nave durante toda su vida? Si la respuesta fuera afirmativa, habría resuelto su problema de nutrición.

    A bordo de la nave tan sólo disponía de suministros de comida —de la sabrosa comida de la Tierra— para un año. La mayor parte compuesta de proteínas e hidratos de carbono procesados derivados de los depósitos de algas de la nave principal que cumplían el doble papel de purificar el aire y el agua y de servir de alimento junto con el plancton y la soja restantes. Esto, después de ser procesado, formaba la sustancia básica a la cual se añadían concentrados de sabor traídos de la Tierra. Era un alimento nutritivo, adecuado, digerible, y Tansis, como todos los miembros jóvenes de la expedición, no había comido otra cosa.

    El navío de entrada tenía un sistema de apoyo vital más sencillo, con depósitos de algas cuya función era la de purificar el aire y el agua. Era más fácil almacenar comida ya preparada que instalar otra estación de cultivo y procesado de alimentos además de la que existía en la nave principal. Sin embargo, el depósito de algas fue pensado para veinte personas, y por lo tanto habría un gran excedente con un solo hombre a bordo; y después de solucionar el problema de procesar plantas y animales de Capella, la conversión de algas de la Tierra sería para él un juego de niños. Mientras pudiera mantener en marcha el sistema de apoyo vital podría comer, aunque no disfrutara mucho de ello. Todo dependía de conseguir energía extra.

    Después de meditarlo pausadamente durante toda la larga mañana de Capella, decidió hacer una lista del trabajo que tenía que hacer a continuación: construir un aspa de molino y una torre con madera del planeta. Con ello mataría dos pájaros de un tiro, porque a la vez que conseguía una nueva fuente de energía aprendería el oficio de carpintería con madera nativa. También debería comenzar a estudiar bacteriología, para preparar el día en que al agotarse la película de aislamiento quedara sin protección. Se concedió dos años para encontrar una respuesta adecuada. Tendría que empezar a estudiar geología y a elaborar una lista de los productos químicos necesarios para la conversión de comida, y después de eso recorrer la isla en su totalidad para ver lo que en ella encontraba.

    Con eso había suficiente por ahora. Decidió también que por cada cinco días de Capella tomaría uno de descanso, que dedicaría a escuchar música, leer y ocuparse en algo recreativo como pintar. No tenía ningún sentido vivir como un campesino; si disponía de todos los tesoros de la literatura y del arte de la Tierra, bien podía utilizarlos.

    Aquella tarde aprendió todo lo que el computador sabía sobre molinos de viento e intentó hacer unos planos. Lo más difícil resultó ser la transmisión mecánica desde el aspa del molino situada sobre la torre, a seis metros de altura hasta el generador, instalado al pie de la misma. Resultaba más sencillo y menos costoso, en cuanto a gasto de metal, instalar una plataforma bajo la cima de la torre, colocar el generador en ella y lograr una relación casi directa entre el aspa de viento y el generador. Sin embargo, así necesitaría de mucho más cable de transmisión, y en los almacenes sólo había unos treinta metros. Eso significaba que tendría que construir las torres muy cerca de la nave. Pero, ¿y si colocara las aspas de viento encima de la propia nave, que tenía veinticuatro metros de altura? ¿Qué ocurriría?

    La nave tenía una forma aerodinámica, y el morro acababa en forma de cono afilado por encima de la cabina de mando. Alrededor del morro podía muy bien construir una gran plataforma de madera, como un collar, y poner en ella sus aspas y sus generadores. Los cables podrían alimentar el transmisor principal situado en el casco, cinco metros más abajo. De todos modos ésa era la única forma de introducir la corriente en la nave. Como no podía taladrar un orificio en el fuselaje ni dejar la esclusa de aire entreabierta, tendría que usar algún dispositivo de energía ya existente y que pudiera conectarse con alguna estructura externa del fuselaje de la nave.

    Borró los dibujos y cálculos anteriores y se dispuso a planear una gran plataforma circular que saliera de la parte superior de la nave. Pidió al computador los planos de la nave, y los obtuvo sin ningún problema: ya no había secretos para él. También necesitaría construir una escalera que llegara hasta la plataforma, pues no podría trepar por la pendiente abrupta de la nave bajo una gravedad de uno y un quinto. En el espacio exterior sí que había andado a menudo, aunque con dificultad, por el casco de la nave con botas de suela magnética, pero esos días pertenecían definitivamente al pasado.

    Una escalera tan larga sería bastante inestable, y en la isla debía de haber fuertes vientos. Tendría que construir una torre con escaleras interiores, y eso debería ser lo primero que construiría, de todos modos, para servir de andamiaje cuando tuviera que colocar la plataforma en torno al cono del morro. Tendría que ser lo bastante grande para que pudiera subir allá arriba maderas y generadores, y podría construir otra plataforma al nivel de la esclusa de aire, a diez metros sobre el suelo. Sus planos comenzaban a semejarse a los de una torre de lanzamiento de los puertos espaciales. Se puso a trabajar dibujando un plano detallado, a escala, y en eso estuvo casi toda la tarde. Introdujo el plano en la entrada fotográfica del computador, y le pidió que verificara posibles errores de escala y comprobara si el plano se amoldaba a la práctica normal de la ingeniería y de la construcción. Según el computador, había muchos errores; esa torre probablemente se caería y se haría pedazos.

    Tansis decidió seguir un curso acelerado de construcción y de carpintería, y por ello tardó dos semanas en poder diseñar nuevos planos que el computador consideró consistentes con la escala, adecuados en cuanto a carga y lo bastante estables para soportar vientos de más de cien kilómetros por hora, la contingencia máxima pesimista que él mismo había establecido. Durante todo ese tiempo no salió de la nave.

    Ahora decidió salir con la mayor cantidad de equipo de campaña que permitiera la esclusa de aire, establecer un campamento apropiado, permanecer tres días en el exterior y aprender a cortar madera para ver si podía iniciar la torre construyendo su base y su parte inferior. Aunque la nave disponía de algunas herramientas para cortar madera, prácticamente no había en su interior madera. La carpintería no era ni un trabajo ni tampoco un pasatiempo a bordo de una nave espacial. Tenía que ser un estudio totalmente abstracto hasta que se encontrara un planeta con madera utilizable, suponiendo que fuera también un planeta apropiado para la vida humana.

    Tansis, por lo tanto, inició su trabajo al nivel más elemental. Y, además, tenía otra desventaja. La única madera utilizable era la de los árboles en forma de reloj de arena que crecían a intervalos de unos cien metros, en el desierto. Estaban muy separados, y tan lejos de la nave que no podía usar el láser, que requería mucha energía y cables muy largos que se acoplaran a los enchufes principales de la nave. Si no hubiera sido el primer aterrizaje del navío de entrada, tal vez éste hubiera estado repleto de dispositivos para suministrar energía, vehículos y máquinas, pero, desgraciadamente, estaba equipado tan sólo para una exploración superficial: sólo había treinta metros de cable de conducción de energía.

    Bajo la capa de cintas, Tansis instaló una gran tienda de expedición. Tenía una pequeña esclusa de aire, y un espacio vital de treinta y seis metros cuadrados. Llevó también suministros de comida y de agua. Tenía que aislarse él mismo utilizando un recipiente pulverizador para cubrirse con una película antes de pasar a la esclusa de aire, y al entrar de nuevo en ella cuando regresara del exterior. El aire contaminado del interior de la esclusa debía ser evacuado, y luego introducido de nuevo antes de poder entrar en el espacio vital de la tienda. Había sólo una cantidad limitada de latas de pulverizador, por lo que tendría que escatimar al máximo las entradas y salidas.

    Instaló otra tienda sin compuerta de aire para almacenar allí sus herramientas. No le gustaba la idea de dejarlas esparcidas por el suelo, sin más, porque su educación en una nave le instaba a mantener los trastos en un almacén. Instaló una unidad de células solares encima de la capa de cintas y las conectó con la entrada de energía de la tienda, y también colocó luces suplementarias en el techo de la cueva bajo la capa de cintas, sobre la tienda y alrededor del orificio de entrada.

    Luego se dispuso a cortar uno de los árboles con forma de reloj de arena. En el plano de la torre había previsto la utilización de los troncos cónicos como base para cada uno de los cuatro postes angulares de la torre. Esos troncos tenían tres metros de diámetro en su base, disminuyendo hasta poco más de medio metro de diámetro en la parte superior. Si se les despojara de la gran masa de vegetación de cintas que colgaba de sus cimas, se cortaran a través, a nivel del suelo, se pusieran boca abajo y se enterraran en él, dejando la parte más ancha arriba y al mismo nivel del suelo, constituirían una sustentación sólida para cada una de las esquinas de la torre.

    Sólo había un «reloj de arena» que creciera dentro de la zona de alcance del láser y del cable, y decidió utilizarlo en primer lugar para ahorrar tiempo. La operación de cortar tres metros de madera gomosa y bastante húmeda produciría mucho calor y mucho vapor, y el mayor porcentaje de oxígeno del aire haría que la combustión fuera mucho más rápida y más potente. Tenía que interrumpir el trabajo repetidas veces y esperar que se enfriara la madera roja y brillante que iba cortando. A la vez que cortaba, procuraba mantener abierto el corte. Tardó dos horas en desgajar el cono de sus raíces y limpiarlo de vegetación.

    Luego vino el problema de transportar esa pieza maciza de madera al pie de la nave, a veinticinco metros de distancia. Para hacerlo, elevó el cono desde la raíz, utilizando cuatro gatos accionados por la energía de los generadores portátiles, y luego lo colocó sobre cilindros de cuarenta y cinco centímetros de abertura que servirían de rodillos. Puso en el suelo una docena más, delante del tronco, formando un camino de rodillos; luego clavó escarpias en el tronco y ató a ellas cables accionados por una manivela mecánica situada a pocos metros delante del tronco. El engranaje y los gatos eran piezas obtenidas del equipo de taladro.

    Tansis logró hacer avanzar el cono por los rodillos unos cuatro metros. Luego llevó la manivela mecánica atrás, hacia la nave, recogió los rodillos, los volvió a extender por delante, y repitió la maniobra. Lo que estaba haciendo debía de ser una versión espacial del modo como se transportaron los bloques de piedra de las pirámides; pero funcionaba. Al acabarse el largo día de Capella había conseguido arrastrar el cono al pie de la nave.

    Agotado, pero lleno de satisfacción por el éxito, regresó a la tienda para pasar la primera noche fuera de la nave, la primera noche de su vida que no pasaría dentro de las paredes de una nave. La tienda era transparente, medida de seguridad para que sus ocupantes pudieran alertar los posibles peligros. Cuando llegó la noche la oscuridad era completa bajo la capa de cintas y las luces del exterior de la tienda creaban un ambiente misterioso y desapacible de luces y sombras, desde las paredes de la tienda. Le pareció muy molesto tener que vivir en una habitación con un exterior tan visible, y por ello apagó las luces exteriores y nunca más las volvió a utilizar. Escuchó música durante un rato, pero se sentía demasiado cansado para leer nada, y se fue pronto a la cama. Había algo agradable en Capella Seis: las noches eran tan largas que hasta quien más cansado estuviera podía tener la certeza de gozar de un buen descanso.

    Al día siguiente atacó otro «reloj de arena», esta vez utilizando una sierra de cadena y un generador portátil. Este procedimiento era menos complicado que el láser, pero exigía más tiempo. Quitar el follaje del árbol resultó también más pesado, puesto que montado sobre la escalera tenía que empuñar un machete, y realmente agotaba un trabajo tan largo a esa altura, debiendo soportar la gravedad excesiva. Y, sin embargo, logró cortar y arrastrar el cono por el camino de rodillos con menos errores y mayor economía de esfuerzos, y llevarlo a la nave recorriendo ochenta metros, antes de que cayera la noche.

    En el tercer día limpió y cortó otro árbol y lo llevó casi hasta el pie de la nave recorriendo una distancia de casi cien metros. Se estaba haciendo un experto en esa antigua y olvidada técnica de mover objetos sobre rodillos. Habiendo llegado hasta ese punto sintió la necesidad de conseguir llevar a la nave los cuatro conos antes de terminar el período de trabajo en el exterior, y decidió pasar el cuarto día fuera; los suministros de su campamento eran más que suficientes.

    Pero el cuarto día no fue un éxito, como a veces ocurre en empresas que tienen tan buen comienzo. El cuarto árbol estaba a cien metros de distancia; la sierra de cadena empezó a engancharse y el generador se desconectaba a menudo. Al fin logró cortar el cono y elevarlo, y la operación de arrastre marchó bien hasta llegar a la mitad de la distancia que le separaba de la nave; entonces entró en una zona de tierras blandas, en la que los rodillos se hundían en el polvo profundo; el cono perdió su inercia y chocó con la superficie. Tuvo que extender láminas de plástico por debajo de los rodillos, pero como no había suficientes sólo podía hacer avanzar el cono dando una vuelta; luego tenía que cambiar las láminas de plástico y ponerlas delante. Cuando cayó la noche aún le quedaban cuarenta metros que recorrer.

    No quería regresar a la nave con el trabajo a medias; después de todos los fracasos y errores estúpidos que le habían sobrevenido desde el momento en que llegó a este mundo, estaba decidido a superar este obstáculo y lograr un resultado visible y positivo. No cejaría en el empeño hasta que tuviera esos cuatro conos dispuestos para clavarlos en el suelo. Durmió otra noche en el campamento y estuvo todo el día siguiente trasladando el cono. Le costó ocho horas hacerlo avanzar veinte metros, pero al final llegó de nuevo a un terreno firme y liso. A partir de allí el cono rodó bien, y alcanzó la nave a media tarde. Antes del ocaso había llevado los cuatro conos al lugar donde los colocaría y, satisfecho, consideró que ya había hecho bastante en ese día.

    La primera etapa del proyecto había concluido. En la segunda tenía que hacer cuatro agujeros e introducir en ellos los conos boca abajo.

    Sin embargo, debía trabajar en otros dos proyectos de largo alcance, y tenía que dedicar su tiempo, por partes, a cada uno de ellos.

    Un problema crucial era el de las bacterias que hacían que, hasta el presente, debiera estar siempre completamente aislado. Cuando su capacidad de aislamiento se hubiera agotado debería haber descubierto ya cuáles eran los peligros y qué podía hacerse para evitarlos o curar las posibles enfermedades.

    Por eso estuvo las dos semanas siguientes dentro de la nave, trabajando en el laboratorio o con el computador, estudiando bacteriología, cultivando tejidos humanos y experimentando en ellos con muestras de aire, agua, plantas y tejidos animales de este planeta. No salió al exterior para nada y volvió a seguir las costumbres de la vida espacial, usando las máquinas de ejercicios gimnásticos para mantenerse en forma. Se le iba a presentar una gran cantidad de trabajo físico pesado si quería construir la torre. Después de dos semanas de estudio apenas si comenzaba a comprender lo que era la bacteriología y a darse cuenta de que tendría que dedicar por lo menos un año a estudiarla antes de poder empezar a solucionar el problema de la inmunización ante los gérmenes de Capella.

    Finalmente se cumplió el plazo de dos semanas que había marcado y se dispuso a reanudar la construcción de la torre. Era éste un trabajo en el que los resultados se verían fácilmente y, además, descubrió que le gustaba trabajar con las manos. Almacenó su campamento para una semana de estancia y se puso a trabajar haciendo el primer agujero para los conos. A bordo de una nave espacial no hay oportunidades para practicar el arte de cavar, porque en realidad cavar es un arte. Casi todos los habitantes de la Tierra lo han practicado alguna vez en su vida; por el contrario, la única experiencia de Tansis había sido la de excavar cuatro tumbas. En esta ocasión estaba dispuesto a cavar un agujero realmente grande de dos metros de profundidad y tres de ancho en su parte superior, y que iría disminuyendo gradualmente hacia dentro. Supuso que eso costaría una o dos horas de trabajo pesado pero agradable, semejante a un paseo a paso ligero. Tan sólo tardó cinco minutos en darse cuenta de su equivocación. Cavaba con toda la fuerza de sus brazos, inclinando la espalda; muy pronto se encontró jadeante, le dolía la espalda y sólo había causado una pequeña depresión en la arena seca y polvorienta. Por cada paletada que extraía parecía que entraba casi la misma cantidad de arena por los bordes del orificio. Como todos los que hicieron este trabajo antes que él, empezó a descansar cierto tiempo sobre su azada, intentando imaginar que el orificio era más grande de lo que parecía.

    Siguió trabajando obstinado varias horas más, pero sus períodos de descanso se hacían cada vez más largos y el trabajo parecía más descorazonador. Al cabo de dos horas ya no pudo continuar y tuvo que retirarse al campamento para lavarse bien y descansar. El agujero tenía sólo un metro de profundidad y poco más de anchura, y sabía que no podría ni siquiera doblar esas medidas en el mismo día. A ese paso, el simple trabajo de excavar los agujeros de soporte podría llevarle semanas enteras. Como no tenía idea de que hubiera un modo de cavar correcto y otro incorrecto, no se le ocurrió intentar mejorar su técnica. Supuso que el problema radicaba en que el suelo era seco y arenoso, y en la mayor gravedad.

    Reanudó el trabajo; sin embargo, se encontraba ya tieso, jadeaba con facilidad y los brazos se cansaban rápidamente. Los períodos de descanso se hicieron cada vez más largos y el agujero apenas aumentaba. Se dio cuenta de que tendría que extraer arena del agujero mientras que cada vez más arena se deslizaba y entraba por los lados, en una ducha continua que le cubría las botas. Comenzó a tener la sensación de que tendría que excavar todo el maldito desierto para hacer un hoyo.

    Totalmente descorazonado, regresó al campamento para comer, ducharse y descansar de nuevo. Aún era mediodía y así no iba a ninguna parte. Ahora se daba cuenta del auténtico tamaño de la tarea que se había propuesto y empezó a pensar en otra solución posible. ¿Explosivos tal vez? No, eso ni pensarlo; estaba demasiado cerca de la nave. ¿Algún tipo de herramienta a motor? No, no podía encontrar a bordo nada que ni siquiera pudiera ser adaptado para hacer ese trabajo. Una azada le parecía la única herramienta útil y, sin embargo, le estaba agotando. Pero, ¿era realmente necesario enterrar los troncos? Tenían tres metros de diámetro, y allí donde estaban situados sobre la arena, al pie de la nave, parecían lo bastante robustos; en realidad semejaban las mismas patas de aterrizaje de la nave. Tal vez los manuales de construcción le habían engañado al insistir tanto en la necesidad de excavar cimientos. Suponiendo que sustentara la torre en conos de base ancha, como una nave, ¿no bastaría así? Tendría que modificar sus planos y consultar de nuevo al computador, lo que significaba una nueva entrada por la esclusa de aire, pero por otra parte pasar una semana allí fuera, cavando de ese modo, sería una pérdida de pulverizadores de película de aislamiento, porque por cada hora de trabajo permanecía dos en la tienda, descansando.

    Regresó al interior de la nave y volvió a dibujar los planos y los pasó al computador. Sin dudarlo, el computador los consideró correctos en cuanto a estabilidad.

    Muy contento por el pesado trabajo que se había quitado de encima salió de la nave y se puso a trabajar colocando los cuatro conos en sus posiciones, a las distancias exactas que los planos marcaban. Luego colocó el equipo de taladro por encima de uno de los conos, y taladró en su cima un orificio, de un metro de profundidad y sesenta centímetros de ancho. Luego hizo lo mismo en los otros tres conos.

    Inmediatamente pasó a la etapa siguiente del plan, con días de adelanto sobre el calendario previsto. Regresó al campamento bajo la capa de cintas y después de comer y descansar cogió una sierra de cadena y un generador, y eligió uno de los troncos que parecían columnas y que sustentaban el techo. Todos los troncos eran prácticamente idénticos y tenían sesenta centímetros de diámetro tanto en la parte superior como en la base, y tres metros de altura. Éstos formarían la estructura de la torre, y su longitud invariable de tres metros sería el módulo a partir del cual construiría la torre; tres metros a cada lado; tres metros de altura por piso.

    Después de haber aserrado «relojes de arena», cortar troncos de cintas de sesenta centímetros no resultó ser ningún problema, y suprimir una columna de las filas inacabables de troncos espaciados no suponía ninguna diferencia en el techo de la capa de cintas; tan sólo un muy ligero combamiento. Mientras cortara columnas a intervalos muy espaciados, no correría el riesgo de echar a perder la cueva de la capa de cintas.

    Ya estaba acabando el día, pero no podía detenerse antes de haber arrastrado el tronco de tres metros al orificio de entrada y haberlo subido al exterior. Una vez fuera lo llevó al cono más próximo, y utilizando como polea el equipo de taladrar, lo levantó verticalmente y lo dejó caer en el orificio abierto en el cono. Tendría que fijarlo con cemento plástico, pero eso podría hacerlo mañana. Le alegraba mantenerse a cierta distancia, en la penumbra que caía, y admirar la primera esquina de su torre, imaginando ya la torre de unos veinticuatro metros de altura.

    Pasó la mañana siguiente cortando tres columnas más del bosque, bajo la capa de cintas, sacándolos fuera y colocándolos en los conos. Sus músculos le dolían aún debido a los malos tratos que les había dado el día anterior, pero ignoró dolores y penas movido por el ansia de ver avanzar la torre.

    Después de la comida de mediodía se quedó dormido y no reanudó el trabajo hasta media tarde. El resto de la jornada estuvo bajo la capa de cintas, ocupada en aserrar cuatro columnas más y en amontonarlas junto al orificio de entrada.

    Al día siguiente hizo algún trabajo de auténtica carpintería rebajando las puntas de los maderos. Éstos harían de vigas horizontales sobre la parte superior de los cuatro postes verticales. Las puntas rebajadas formarían superficies planas para acoplar a los extremos aserrados de los que estaban en vertical, y unió ambos con escarpias de acero. En la nave había algunas escarpias de acero largas que servían de mucha utilidad a un equipo de exploraciones en su primera visita a un planeta.

    La próxima etapa consistió en atar otros cuatro postes verticales a los ángulos del primer piso. En esta ocasión no podía introducirlos en ningún orificio. Tendría que enlazarlos con jabalcones diagonales de un metro y medio de largo, cortados en sus ángulos. Los postes verticales deberían tallarse en dos lados para que quedaran planos y presentaran una superficie plana para los jabalcones.

    Desde este momento el crecimiento de la torre fue más lento, porque Tansis tenía que tallar cuidadosamente cada pieza por separado para que se acoplara y encajara bien con las otras. Después de siete días había completado ya tres pisos de la torre, que tenía ahora doce metros de alto, y acababa de sobrepasar el nivel de la esclusa de aire. Nunca en su vida había disfrutado tanto con el trabajo en una semana; nunca su trabajo había dado resultados tan ostensibles; había descubierto además que le encantaba trabajar con sus manos.

    De ahora en adelante el trabajo sería más duro, porque se encontraría ya por encima del ascensor hidráulico que iba de la esclusa de aire al suelo y que había utilizado para subir los maderos a la torre. Estuvo muy tentado de volver a equipar el campamento y continuar trabajando otra semana más, pero recordó la urgencia de las otras tareas. Tenía que descubrir un procedimiento de inmunidad frente a las bacterias y tenía que conseguir convertir los alimentos, y ambas cosas eran tan vitales como la obtención de energía adicional.

    Regresó a la nave para preparar su próximo proyecto, que era efectuar un recorrido circular por toda la isla, una distancia de unos cien kilómetros. Durante esa excursión quería efectuar una investigación geológica preliminar y encontrar un lugar en la costa oeste donde establecer un campamento.

    Después de un día de descanso, cuyo momento clave fue una comida suculenta de los almacenes de la nave, comenzó a preparar el equipo de la expedición. Para ello sacó y montó una vagoneta accionada por energía, sobre la que podría trasladar sus aparatos. La nave no disponía de un vehículo digno de tal nombre, aunque en la nave principal hubieran unos seis que hubieran sido transportados a este planeta en el tercer aterrizaje. Esta vagoneta servía sólo para mover equipos voluminosos y una vez salía al exterior no podía regresar a la nave, porque no podía ni aislarse ni mantenerse aislada, y era demasiado grande para que cupiera en los depósitos exteriores.

    Sobre esa vagoneta colocó una tienda, células solares, baterías, una bomba de aire con su purificador, un purificador de agua, comida, herramientas, un traje de protección de recambio, película de aislamiento en pulverizadores, y un equipo de radio. La vagoneta funcionaba con pilas y podía recorrer más de cien kilómetros sobre terreno plano a la velocidad de la marcha humana. No estaba previsto que nadie se montara en ella, pero Tansis iba a darse ese gusto.

    A media mañana se dispuso a iniciar el recorrido hacia el sur, con la vagoneta rodando silenciosamente a su lado sobre neumáticos de baja presión.

    Decidió no alejarse mucho de la costa y cruzó la capa de cintas. Después de una hora de camino salió de la zona que ya conocía bien por sus viajes a la orilla del mar, y se dirigió al promontorio meridional, donde terminaba la isla formando una península curvada y en punta como una garra.

    El suelo era bastante uniforme entre la capa de cintas y la playa, con una anchura de tres o cuatro kilómetros. Era un desierto de color gris ocre, y su vehículo levantaba un rastro de polvo detrás de él. Parecía que allí jamás había llovido, porque no había cauces de ríos desecados sino simplemente polvo y arena, con algunas rocas aisladas de piedra pómez gris o blanca acribilladas de orificios causados por el aire. Al comienzo caminó en línea recta cerca de la costa, más allá de las formaciones de árboles «reloj de arena» que acababan a menos de un kilómetro del agua salada, pero más tarde cambió el rumbo hacia atrás, a la zona donde crecían, simplemente para variar de paisaje. Aparte del aspecto cambiante de la montaña y de sus laderas, el panorama era terriblemente aburrido. Vigilaba el suelo con atención en busca de alguna roca interesante, pero sólo vio manchas de piedra pómez y basalto.

    Al mediodía había recorrido diecinueve kilómetros, y ante él se divisaba una línea de colinas bajas que ocultaban el extremo del promontorio más meridional. El mar entraba casi hasta el pie de las colinas formando una pequeña bahía triangular. Más allá, hacia el sur, la franja costera se ensanchaba y luego formaba una curva que desaparecía de la vista en torno a las colinas. Tansis decidió continuar el camino hasta la punta más meridional de la isla, plantó la tienda para tomar allí su comida, disfrutar de una o dos horas fuera del traje espacial y descansar un rato. Quería avanzar después hacia la costa occidental, y esperaba haber dado la mitad de la vuelta a la isla cuando se ocultara el sol.

    Un poco más allá de la bahía perdió el contacto con el maser de la nave que retransmitía en línea recta. Comenzó a orientarse por radio, en ondas medias. Suponía que habría algún problema en mantener contacto con la nave, debido a la ionización de toda la atmósfera superior, fuerte y constante bajo el diluvio de radiación y vientos de partículas de Capella. Y, en efecto, la recepción era tan confusa y tan llena de interferencias, que permaneció sin contacto con la nave durante el resto del día.

    El terreno se hizo más rocoso, con frecuentes salientes de basalto y grandes cantos de lava de color ocre salpicados de pequeños agujeros. Recogió algunas muestras, pero los únicos elementos que parecían encontrarse eran silicio y magnesio. Dejó a sus espaldas los árboles aislados y comenzó la ascensión siguiendo la ladera de la alineación de bajas alturas que iba formando la bisagra del promontorio. Había recorrido la mitad de la ladera que se elevaba suavemente, y estaba tal vez a unos sesenta metros de altura cuando finalmente consiguió divisar el extremo de la isla; allí instaló su campamento.

    Después de una comida y un descanso de varias horas, se colocó de nuevo el traje y se dispuso a continuar la marcha por el ribazo. Al llegar a la cima de la colina contempló la costa occidental. El promontorio en curva formaba el costado más meridional de una bahía amplia y cerrada, de unos quince kilómetros de anchura. La colina sobre la que se encontraba caía verticalmente sobre la costa, que era abrupta y rocosa, con salientes largos y paralelos de rocas que se adentraban en el mar, como si fueran malecones. No pudo recordar esta formación en los mapas fotográficos de la isla, pero como la nave había descendido desde el este y había aterrizado en el lado nordeste, supuso que estas zonas habrían quedado ocultas por las tierras altas.

    Recordó de nuevo las criaturas marinas, y se preguntó si esta bahía rocosa, con rompeolas naturales, podría ser un lugar adecuado para aventurarse mar adentro.

    Las laderas que veía debajo de él eran tan empinadas y tan rocosas que no quería correr el riesgo de perder la vagoneta llevándola consigo, y bajó a la playa solo, como pudo, y estuvo una hora recogiendo muestras. Era evidente que esta pequeña extremidad de la isla no había sido cubierta por cenizas ni por el polvo de la última erupción y por ello aún mostraba cómo debía de ser el suelo en épocas pasadas. Entre la lava áspera y agujereada y los basaltos negros había afloramientos de granito, y en varios de ellos notó pequeñas venas de cuarzo. No le eran de utilidad para los procesos de conversión de alimentos, pero eran interesantes después de ver sólo polvo marrón en todo el recorrido.

    Al ascender de nuevo a la colina en busca de su vagoneta, comprobó que el cielo ya no tenía su color blanco brillante, sino que parecía amarillento, como marfil viejo. Se preguntaba si esto indicaría un cambio del tiempo, o tal vez tormentas de arena del desierto continental. Pronto se olvidó del tema al dirigirse hacia el norte y buscar algún lugar apropiado para instalar un campamento. La colina larga y baja iba perdiendo altura y delante de él divisó un paso natural entre la colina y el resto de la montaña. El cinturón de la capa de cintas seguía el fondo de esa depresión y serpenteaba alrededor de las colinas y luego al norte, siguiendo la costa occidental. Volvían a aparecer los «relojes de arena», y más allá de la pendiente donde se encontraba volvía a presentarse esa capa profunda y polvorienta de la isla.

    Tal vez aquí, bajo la capa de cintas, cerca de la bahía rocosa, sería el mejor lugar para establecer un segundo campamento. No era el punto más alejado de la nave, pero sí un lugar que quería volver a visitar; parecía también el lugar más apropiado para reanudar el contacto con el mar. Decidió acabar primero el recorrido en torno a la isla. Este lugar se encontraba a sólo veintiséis kilómetros de la nave y podría llegarse en una mañana; cuando hubiera dado toda la vuelta a la isla podría volver aquí, si es que no había encontrado un lugar mejor.

    Le quedaban aún cinco horas de luz solar, y continuó la marcha arriba por la franja costera, que era mucho más estrecha que en la costa oriental. El cielo se tornaba más amarillento y una ligera calina reducía la claridad normalmente brusca del paisaje. Cuando se detuvo finalmente a cuarenta y cinco kilómetros de la nave y bajó de la vagoneta sobre la que había ido montado las tres últimas horas del recorrido, había un brillo naranja extraño por el horizonte este, la primera auténtica puesta de sol que Tansis había visto. Instaló la tienda junto a la capa de cintas, a menos de dos kilómetros del mar, y allí pasó la noche.

    Cuando desmontó el campamento a la mañana siguiente y se dispuso a emprender la marcha, el cielo era de un color claramente amarillo y la niebla se había hecho tan densa que la cima de la montaña apenas si se divisaba como una mancha confusa, y no se distinguía ningún rasgo físico a más de tres kilómetros de distancia. Lo extraño era que apenas si habían nubes bajas que explicaran este fenómeno, como ocurría normalmente. El cambio en el aire era ahora tan notable que decidió analizarlo cuando regresara a la nave para ver si se trataba de alguna gran tormenta de polvo que viniera del continente.

    Cuando aterrizó por primera vez en este planeta, fue a comienzos del verano del hemisferio norte, y ahora debería estar acabando allí el verano. Las temperaturas eran más bajas en la isla que en el continente, pero habían estado en constante aumento desde que llegó, y ahora eran durante el día de unos 30 grados centígrados y disminuían hasta los quince grados centígrados por la noche. Los vientos del este fueron constantes la mayor parte del tiempo, soplando desde el área de altas presiones del gran desierto, y aún procedían de esa dirección. De cualquier modo, ésa era sólo la menor de sus preocupaciones: lo principal era encontrar minerales útiles o alguna forma de vida interesante.

    En esta ocasión se mantuvo cerca de la costa y durante las primeras horas avanzó con mucha calma mientras iba observando la vida animal de la línea del agua. Hasta entonces había visto quince clases diferentes de seres vivos, y a pesar de detenerse con frecuencia para contemplar el agua, e incluso de vadear algunos minutos, no vio nada nuevo. Dejó esta ocupación después de varias horas, y aceleró la marcha.

    A mediodía, seis horas después, se estaba acercando al extremo norte de la isla. La llanura costera tenía una anchura de ocho kilómetros y era bastante plana, y la montaña comenzaba abruptamente y se elevaba en una pendiente muy empinada varios cientos de metros para luego nivelarse formando un resalto que sobresalía al norte desde el pico principal. La capa de ceniza y de polvo era si acaso más profunda, y no se distinguían afloramientos rocosos en aquella llanura lisa y silenciosa. «Relojes de arena» la punteaban aquí, como en todas partes; había una igualdad deprimente en este planeta. A !o lejos, al pie de la empinada ladera del resalto norte, pudo apenas distinguir la faja oscura de la capa de cintas distorsionada y de un color verdecino debido a la niebla, que iba empeorando visiblemente cada hora que pasaba.

    Dispuso el campamento para tomar su comida de mediodía cuando quedaban sólo veintinueve kilómetros de recorrido hasta llegar a la nave. Descansó y sesteó un par de horas, lo cual ya se había convertido en una de sus costumbres fijas. Su descanso lo interrumpió una tos persistente y una irritante sensación de cosquilleo en el interior de la nariz. No hizo ningún caso, suponiendo que lo causaba la insuficiente humedad del aire del interior de la tienda. A bordo de la nave el aire estaba humidificado por el sistema de apoyo vital y mantenía condiciones óptimas para la salud; el equipo de este campamento, sin embargo, era mucho menos elaborado y no llegaba ni a la mitad de la eficiencia de aquél. A pesar de todo, por la noche estaría de regreso en la nave, y se libraría de esa tos.

    Pero durante la tarde la tos empeoró y el cosquilleo de la nariz se hizo un dolor penetrante que se extendió a la garganta. Tansis nunca había tenido un resfriado ni una infección, ni tampoco lo había tenido ningún tripulante de aquel espacio estéril y aislado de la nave. Los miembros originarios de la expedición que partieron de la Tierra habían sido sometidos a rigurosos chequeos médicos para verificar que no tenían infecciones latentes ni eran portadores de gérmenes, y después de unos cuantos constipados en los primeros meses, la infección y la enfermedad fueron recuerdos del pasado. Lo único que Tansis podía recordar que se pareciera al malestar que ahora sentía fue una ocasión en que tragó una bocanada de cloro, de una pieza defectuosa de la nave principal.

    Se dirigió tierra adentro para acortar el recorrido y llegó así al cinturón de la capa de cintas que se extendía al mismo pie de la pendiente de la montaña. Intentaba mantenerse siguiendo la capa de cintas al lado del mar, y, siguiéndola, regresar a la nave. Mientras marchaba por el borde de esta capa, mirándola sólo de modo ocasional, de repente le pareció que no era la misma que conocía. Se detuvo y la observó cuidadosamente; después de unos momentos se dio cuenta de lo que pasaba. Las cintas estaban llenas de pequeñas manchas marrones del tamaño aproximado de la uña del dedo meñique. La última vez que examinó de cerca esa sustancia vegetal fue en el continente, y con toda certeza entonces no encontró esas manchas. Y además, la capa de cintas de esta isla no tenía esas manchas cuando aterrizó por primera vez, porque recordaba que examinó todo para ver las posibles diferencias entre la isla y el continente. Recordaba que entonces la cinta tenía pequeñas manchas del tamaño de una cabeza de alfiler, difíciles de ver si no se miraban fijamente.

    Tal vez la capa de cintas fuera distinta en esta zona septentrional de la isla. Tomó algunas muestras para examinarlas cuando regresara a casa. Luego arrancó una fronda de un árbol cercano para ver si también eran diferentes. Y resultó que la cinta tiesa del árbol era también de otra forma. Los nódulos que aparecían en la línea central eran mucho más grandes que los que vio en el continente o en los árboles que cortó un mes antes. Ahora tenían casi tres centímetros de diámetro, sobresalían en el centro y prácticamente se tocaban entre sí. O bien el extremo norte de la isla tenía diferentes clases de capa de cintas, o bien esa sustancia vegetal había cambiado en el curso de un mes. Podría comprobar cuál era la verdadera explicación observando los árboles cercanos a la nave cuando regresara. Aún había montones de follaje recortado en el suelo, y aunque por ahora estaría secándose, serviría de término de comparación con el follaje vivo.

    Estaba impaciente por volver; la garganta había empeorado, la tos le estaba debilitando y ya había hecho bastante en esta expedición. Geológicamente no había hallado nada, y además muy poco podía serle útil. La luz parecía ahora más amarillenta y había disminuido su brillo, y la niebla había reducido la visibilidad y parecía amenazante. Recorrió los últimos quince kilómetros montado en la vagoneta, y al llegar a la nave, el ocaso y la calina cada vez más densa hacían que el día acabara antes.

    Pasó por la esclusa de aire y de aislamiento, dejó las muestras en las cámaras precintadas del laboratorio y fue a la cabina médica. Su primera preocupación era la de mirarse la garganta. Como estaba roja e inflamada, buscó en los armarios algún tipo de pulverizador que le tranquilizara. Notó cierto alivio, pero al pulverizarse la garganta le dio un ataque de tos profundo que arrancaba de dentro del pecho y le hacía doblarse por el esfuerzo. Dejó en el plato la mitad de la comida, porque la tos le había quitado el apetito y tenía que hacer esfuerzos para tragar.

    Entonces le vino una nueva preocupación: ¿y si el polvo del aire le hubiera atacado? Era demasiada coincidencia la neblina de polvo mientras él estaba en el exterior y la garganta inflamada, algo que nunca le había ocurrido.

    Se puso a trabajar analizando una muestra de aire exterior, algo para lo que la nave estaba maravillosamente equipada, y el resultado fue una auténtica sorpresa. El nivel de polvo no era superior al de las otras pruebas realizadas con anterioridad, pero el material orgánico del aire se había incrementado ochenta veces.

    Tansis sintió auténtico pánico. Si el material orgánico le hubiera atacado, entonces estaría infectado y por lo tanto contaminaría la nave. Debía de haber sido la falta de cuidado al pulverizarse con el líquido de aislamiento, cuando estaba acampado. Bien la primera pulverización realizada dentro de la tienda, bien la segunda en la esclusa de aire al regresar de nuevo a la tienda no constituyeron un recubrimiento total. Pero el mal ya estaba hecho y ahora tendría que sufrir las consecuencias, con muchos años de anticipación sobre lo previsto, y sin ninguna preocupación.

    Tansis se olvidó totalmente de la comida y del descanso y continuó trabajando en el análisis del contenido del aire. Trabajaba con precipitación, rompiendo cosas y cometiendo errores, lleno de un sentimiento continuo de agotamiento. No hacía caso de la tos ni del dolor de garganta, porque estaba absorto en su trabajo. A mitad de la noche obtenía, al fin, la respuesta.

    Era igual que las moléculas que desprendía la capa de cintas, que suponía eran su aroma. Las moléculas de aroma estaban aún presentes en cantidades normales, pero esa nueva molécula era más grande y más compleja, y contenía cadenas de ácido nucleico lo bastante grandes para constituir los genes. Así que esa maldita sustancia se estaba reproduciendo, lanzando sus núcleos reproductores por billones, por toneladas, a juzgar por la niebla que acusaba.

    La calina amarillenta era el polen microscópico, electrónicamente microscópico de la capa de cintas que cubría el mundo. Ciertamente no podía haberlo producido esta isla sola, porque se extendía sobre el mar y por toda la montaña; seguramente debía venir también de la tierra firme. Si allí la cosa estaba tan mal, ¿cómo sería en la jungla tropical?

    Se puso a analizar su esputo, y un poco de flema de la garganta. No encontró en ellos las extrañas moléculas, pero encontró algunos anticuerpos propios que, según el computador, tenían afinidades con las moléculas. Habían sido producidos para intentar contrarrestar los efectos de estas últimas, pero no eran tan efectivos, no podían acoplarse ni enmascarar esas moléculas y no tuvo la certeza de si la tos y el dolor de garganta eran resultado de moléculas extrañas o de sus propios anticuerpos. Pero algo quedaba definitivamente aclarado: este mundo había penetrado ya sus defensas.

    El que se tratara de una infección mortal, de un envenenamiento o tan sólo de una reacción alérgica, sólo el tiempo lo diría. Confiaba en que fuera una alergia, como la fiebre del heno, que era sólo pasajera; pero, ¿y si dejara efectos permanentes? Tansis también tenía otra certeza: mientras viviera en este planeta podría acampar en el exterior mientras no estuviera en curso la estación del polen, y sólo el tiempo podría decirle lo que duraba. Se quedaría en la nave hasta conseguir más respuestas.


    8


    La noche casi había concluido; Tansis estuvo casi treinta horas de pie. Se fue directo a la cama, sin comer, y se sintió dormido casi al instante.

    Cuando se despertó era ya media tarde, y con auténtica ansiedad examinó su cuerpo para ver si su salud mejoraba. La garganta no parecía dolerle tanto, pero aún tenía tos; con ella salían mucosidades y aún notaba un cosquilleo en el fondo de la garganta, que le irritaba. No había estado enfermo, ni notaba nada extraño en la presión sanguínea, en el ritmo del corazón o en la piel. Los pulmones estaban un poco congestionados y la temperatura era un grado más alta de lo normal, pero no había perdido el apetito. Desayunó con auténtica hambre.

    En el mejor de los casos la reacción alérgica desaparecería; en el peor, podría tener problemas permanentes en la garganta. Prefería no pensar en la otra posibilidad: que esto fuera el comienzo de una enfermedad grave.

    Estudió la muestra de la capa de cintas que había traído a la nave, trabajando por control remoto desde el exterior de una cámara de inspección hermética. Los nódulos agrandados de las cintas estaban sólidamente rellenos de polen molecular, como había supuesto.

    Esto le planteaba un dilema. ¿Por qué necesitaba reproducirse la capa de cintas? Parecía como si la sustancia se extendiera por acción de las raíces y por aspiración. No recordaba nada más. Nunca había visto ninguna capa de cintas muerta ni marchita, salvo aquella que él mismo había destruido. Parecía fresca y vigorosa, como si nunca muriera, y en realidad, si era una única raíz gigantesca y planetaria, realmente era inmortal.

    Si la capa había recorrido todos los centímetros del planeta de un modo u otro, aparentemente sin dejar resquicio alguno para plantas nuevas, llegó a la conclusión de que la enorme liberación de moléculas portadoras de genes tendría el objetivo de fortalecer esa única planta planetaria. Esto aseguraría que se mantendría igual por todas partes, ya que la mezcla mundial de genes evitaría el deterioro genético. Las moléculas eran todas idénticas; no parecía haber ninguna distinción entre gametos masculinos y femeninos. No se trataba de una reproducción, sino de un autofortalecimiento.


    Permaneció dentro de la nave seis semanas más, estudiando medicina y bacteriología febrilmente, efectuando pruebas con las muestras de aire, haciendo experimentos en cultivos de tejidos humanos. Tenía que descubrir si era posible enfrentarse con el mundo exterior sin ningún aislamiento durante, al menos, una parte del año. Ahora conocía que durante una estación debería mantenerse en el interior de la nave, y debería disponer del aislamiento suficiente para poder entrar y salir de la nave durante esa estación para el resto de sus días.

    Concediéndose a sí mismo, esperanzadamente, unos setenta años de vida, pidió al computador que calculara la reserva de película de aislamiento. A partir de ahora solamente iría al exterior cuando tuviera que hacerlo, y no usaría más las tiendas de campaña. Intentar aplicar el aislamiento con un pulverizador sostenido con la mano era una operación difícil y llena de riesgos. El manual de expediciones indicaba que los exploradores deberían utilizar las esclusas de aire por parejas, y se aplicarían el aislamiento mutuamente. La primera película era transparente, pero la segunda era roja para que fuera más fácil descubrir en qué zonas no se había aplicado. Tansis había tenido que girar el cuerpo y pulverizarse la espalda por encima del hombro; no era extraño que hubiera dejado sin aislar alguna parte de su cuerpo. A partir de ahora viviría en la nave y la máxima distancia que recorrería sería la que pudiera cubrir en un día.

    La tos y la irritación de la garganta permanecían, y cuando se cansaba empeoraban. Sufría jaquecas y dolores en diversas partes del cuerpo, pero no podía estar seguro de si eran síntomas reales o imaginarios.

    Continuó, sin embargo, con su programa, trabajando largas horas, estudiando e investigando. Ahora su estado psíquico era de una depresión permanente por el impacto de la infección y por el temor de un desastre futuro y a la pérdida de la esperanza. Estaba seguro en este momento de que nunca podría vivir como un nativo total.

    Hacía ya largo tiempo que hablaba a solas, pero ahora comenzaron a presentarse ante él antiguos miembros de la expedición. Hablaba con ellos y les explicaba lo que hacía. A veces se desvanecía y, al volver en sí, se daba cuenta de que estaba pronunciando discursos complicados en una habitación llena de personas imaginarias. El comandante comenzaba a aparecer entre ellas y permanecía de pie detrás de él mientras Tansis trabajaba, preguntándole cosas estúpidas y dándole órdenes imposibles de cumplir.

    Tansis discutía con él, y sus enfrentamientos cada vez se hacían más tensos y violentos. En ocasiones se quejaba de él en público, gritando en una sala vacía. Tomó tranquilizantes y redujo las horas de trabajo; pero estaba obsesionado por sus problemas y tenía que continuar yendo al laboratorio o al computador.

    El comandante se encontraba en todas partes, y Tansis estaba a veces tan irritado que se lanzaba sobre él y le golpeaba. A veces volvía en sí dando puñetazos al aire. Su corazón latía apresurado, sus músculos le dolían por usarlos de modo inadecuado, ya que mientras golpeaba, otra parte de su persona frenaba los golpes. Las palpitaciones del corazón empeoraban con estos esfuerzos, y como no podía tener la certeza de que todo se debiera al polen que había entrado en su sistema, la ansiedad y la tensión crecían.

    Durante este período, la densidad del polen del exterior alcanzó un nivel máximo, decayó, volvió a elevarse de nuevo para llegar sólo a la mitad de la intensidad inicial, decreció otra vez durante un día o dos y luego se elevó a casi el nivel de la primera semana; se mantuvo así durante quince días y luego decreció rápidamente. Alcanzó un máximo de menor importancia de nuevo, y luego cayó totalmente, hasta hacerse casi imperceptible.

    Supuso que el primer diluvio de polen debería de haber llegado de los trópicos y que luego, conforme la estación ascendía al norte, la vegetación del desierto habría iniciado su actividad, luego de la zona templada de la cuenca del gran río, y finalmente, la dosis menor, de la lejana región subártica. En cada oleada de polen las moléculas eran exactamente iguales. El comandante no parecía estar de acuerdo con él, y le ordenaba ascender a la cima de la montaña para comprobar que todo el polen procedía de allá arriba. Mantenía que la niebla venía de la montaña, pero Tansis podía ver claramente que procedía del mar. Tansis le odiaba por dar órdenes que ponían su vida en peligro para demostrar una teoría estúpida. Rehusaba claramente salir de la nave, y tenía que luchar con los otros oficiales que intentaban arrestarlo por desobedecer las órdenes. En ciertas ocasiones no podía ir a la cabina de mando porque sabía que los encontraría allí a todos y tendría que enfrentarse, otra vez, con ellos, para llegar al computador.

    Cuando el contenido de polen del aire bajó hasta cero, su tos desapareció. Suponía que había algunas moléculas en el aire de la nave, traídas por él o expulsadas por la tos, y que al continuar respirándolas habrían reaccionado frente a las defensas de su cuerpo. A pesar de los repetidos análisis del aire de la nave nunca las encontró, y el sistema de alarma no reaccionó, de modo que el número de moléculas extrañas debía ser realmente reducido, pero suficiente para mantener la reacción alérgica. Al final de la estación del polen deberían de haberse roto y desintegrado. Si reaccionó de ese modo ante unas cuantas moléculas, ¿qué hubiera ocurrido con una dosis completa en el apogeo de la estación del polen?

    Después de una semana en la que la lectura del polen fue de cero, salió al exterior por vez primera. El avance en sus estudios fue descorazonadoramente lento; ¡ tenía tanto que aprender, y tanto dependía de ello! Sabía que se estaba arruinando con el exceso de trabajo, pero tenía que continuar al mismo ritmo mientras funcionara la nave y aún quedaran provisiones de todo.

    Ahora había fijado sus objetivos a un nivel inferior. Esperaba poder entrar en contacto con el ambiente durante, al menos, una parte del año, utilizando la nave como refugio en ocasiones tales como la estación del polen. Si tenía bastante energía podría mantener el sistema de apoyo vital en marcha, y podría vivir con las algas procesadas de los depósitos de la nave. Había aprendido a procesar esas sustancias, y sabía ya que los materiales necesarios eran recuperables a partir de los sistemas de la nave, de modo que sería una operación permanentemente reciclable, que no se agotarían los reactivos necesarios y que podría comer mientras la nave estuviera en funcionamiento. Por lo tanto, el suministro de energía era un asunto crucial. Tenía que acabar la torre y la plataforma y colocar los generadores y las aspas de viento.

    Decidió trabajar en ello sin descanso hasta tenerlo acabado. Así no pensaría en otras cosas, y el trabajo físico relajaría su tensión mental. Le asustaba esa forma de perder todo el control de sus sentidos durante varios minutos seguidos mientras gritaba y luchaba con enemigos imaginarios.

    En esta ocasión no vivía ya en el campamento, porque nunca podría confiar de nuevo en esos pulverizadores. Pasaba todo el día dentro del traje espacial, y sencillamente se estaba acostumbrando a esa incomodidad. Cada día salía a cortar troncos, darles forma, arrastrarlos e irlos uniendo. Hacía tableros, cortando los troncos a lo largo: tarea bastante fácil para un rayo láser. Hacía todo el trabajo de carpintería en la plataforma de la esclusa de aire, que disponía de una toma de energía exterior.

    En una semana logró elevar la torre a más de veinte metros de altura, y le llevó mucho tiempo instalar en ella plataformas en cada piso de tres metros de altura. Estuvo otra semana acoplando escaleras entre los distintos niveles para poder subir fácilmente a la cima. Cuando acabó la torre, tuvo una sensación de éxito extraordinario. Al menos había construido algo. Admiró la torre desde diversas distancias. Sí, satisfacía una de sus necesidades psicológicas más profundas, lo que era mucho más que una mera solución del problema de la energía.

    Si no podía solucionar muchos de sus problemas porque implicaban trabajo mental y comprensión de conceptos abstrusos con respuestas generalmente inconcluyentes, al menos en el caso de la torre había concebido, planeado y construido algo sólido tan alto como la nave, y esa respuesta era final y tangible. Tal vez fuera también un símbolo de escape, o de fortalecimiento de la nave. Pero fuera cual fuera el simbolismo subconsciente, le satisfacía profundamente.

    Se encontraba ahora más calmado y ya no tenía esos ataques de rabia; sus penas y sus dolores hipocondríacos habían también desaparecido. Sus compañeros imaginarios no desaparecieron del todo; algunas veces se daba cuenta de que estaba explicándoles cómo había construido la torre, y aún conversaba a solas con bastante frecuencia. El comandante se mantenía a distancia, y Tansis sólo sentía su presencia fantasmal cuando iba de noche a la cabina de mando. Aunque conscientemente trataba de desvanecer la presencia mórbida de ese hombre y recordaba que estaba hablando consigo mismo, sus movimientos en la cabina de mando eran siempre muy conscientes, como si alguien le estuviera observando.

    Para redondear la plataforma en torno al morro superior de la nave, aserró otro «reloj de arena» y lo talló a treinta centímetros de altura sobre su base para obtener un disco circular de tres metros de diámetro. Luego hizo en el centro un agujero de un metro y medio de diámetro. Así tuvo un gran anillo de madera que subió a la cima de la torre, y logró colocar por encima del morro. Luego aserró tres árboles más, obtuvo más discos y los llevó rodando a la nave. Ahora venía la parte más difícil. Tenía que cortarlos en segmentos, como rajas de un pastel, de forma que se acoplaran alrededor del cono y descansaran sobre el anillo de madera, sobresaliendo unos sesenta centímetros. Le llevó una o dos horas marcar y recortar las formas en hojas de papel redondas antes de disponer bien los segmentos. Luego pegó las hojas de papel en los discos y los cortó con el láser. No encajaban perfectamente, pero formaban una plataforma muy bien adecuada de casi un metro y medio de anchura. Luego las clavó sobre el anillo.

    Por último cortó de los troncos muchas planchas de sesenta centímetros de espesor y las fijó sobre la parte superior de la plataforma para que salieran en radio como los rayos de una rueda. Así obtenía una plataforma circular de tres metros de ancho que se acoplaba alrededor del cono del morro de la nave. Concluyó su trabajo instalando el suelo con paneles resistentes, pero de peso ligero, obtenidos de las paredes de la cabina de la nave.

    El trabajo completo le había llevado cuatro semanas y media, y aunque tuvo problemas y cometió algunos errores, no tuvo obstáculos serios ni frustraciones. Tansis había encontrado su auténtica vocación.

    Ahora tenía que adaptar los generadores y diseñar aspas de viento y sistemas de transmisión. Seis de los ocho generadores estaban aún guardados en la nave, y podía adaptarlos allí. Dos estaban ahora en el exterior y no los podría entrar, porque no habían sido aislados. Tendría que arreglarlos al aire libre, lo cual sería molesto; por ahora, sin embargo, se concentró en los seis que tenía dentro de la nave.

    Para hacer las aspas de viento comenzó a destrozar el interior de la nave, cortando láminas finas de metal del casco interior en aquellas zonas que no utilizaba. Cortó y dio a estas láminas de metal la forma de aspas, y las soldó al sistema de transmisiones en anillo.

    Una semana más tarde izó los seis generadores de aire a la plataforma y los clavó en su posición correcta. Conectó cables de transmisión de energía a la unidad del maser del casco, a escasos metros de distancia, comprobó los circuitos y lo puso en marcha.

    Dentro de su traje espacial, Tansis nunca había sido consciente del viento, a no ser que éste fuera tan potente que imposibilitara sus movimientos; sin embargo sabía que en esta isla el viento casi siempre soplaba del este o del norte. Todas las aspas, menos una, giraban bien, y los generadores funcionaban, y después de algunos pequeños arreglos consiguió que funcionara también la última. En aquel momento el viento era moderado, de ocho nudos, pero a veces soplaba con una velocidad de hasta veinte nudos, y en época de borrascas se elevaba a los cincuenta, de lo que sí se daba perfecta cuenta porque entonces tenía que vigilar su equilibrio.

    Ahora el resto dependía del computador. Iba controlando el flujo de corriente que salía de los generadores de viento, y le tenía informado. Generaba un quinto del total del generador de la nave, de modo que durante la época de tormentas lo igualaría. Con dos generaciones de viento más, la proporción sería incluso mayor, y si el invierno fuera una estación de tormentas, el generador de la nave podría estar desconectado durante casi todo el tiempo.

    Dio instrucciones al computador para que mantuviera un control continuo de la corriente y usara el generador de la nave sólo para suplementar los generadores de viento y el banco de baterías. También debería controlar el consumo de comestible y calcular cuánto podría durar ahora, con una fuente de energía eólica disponible.

    La construcción de la torre y de la plataforma habían representado para él unas buenas vacaciones; Tansis había recuperado la salud y el equilibrio mental. Era una pena que no pudiera quedarse al aire libre y dedicarse a otros trabajos de construcción, pero sabía que debía permanecer en la nave luchando con sus estudios.

    Estuvo otros dos meses en el interior, cultivando bacterias y analizando su reacción al tejido humano, y regresaron el aburrimiento y la ansiedad. Notaba que casi siempre hablaba a solas, y en algunas ocasiones increpaba a presuntos enemigos que intentaban detener lo que él estaba haciendo. El comandante le había ordenado que no siguiera, que no era necesario, que los equipos de investigación habían comprobado que no corría ningún peligro. Ordenó a Tansis que saliera al exterior sin el traje espacial, y Tansis perjuró, le insultó y luchó con los oficiales que le dieron la orden. Y sin embargo Tansis no estaba loco; sabía que tenían lugar esos ataques de ira y procuraba controlarse; pero el ataque volvería de nuevo y se encontraría con que de nuevo estaba gritando a alguien.

    Según todo lo que había descubierto en sus experimentos hasta ese momento, en el aire del desierto había muy pocas bacterias y el tejido humano no reaccionaba ante ellas. Según estos datos parecía que el aire fuera sano, pero, ¿cómo podía fiarse de fragmentos de tejido cultivados artificialmente? ¿Reaccionaría todo el cuerpo humano del mismo modo? Porque, en verdad, ¿cómo sabía la ciencia médica la reacción ante las bacterias del organismo viviente sino a través del lento proceso de prueba y error, salud y enfermedad, vida y muerte? Y en este mundo sólo había un cuerpo humano.

    Tansis buscaba, en el fondo, reacciones malignas en los cultivos de tejidos que pudieran justificar su no aceptación de esa zambullida final, exponiéndose él mismo al ambiente. Aunque no podía admitir esta idea, lo demostraba en sus discusiones violentas e insultantes con el oficial médico jefe, que ahora ocupaba el lugar del comandante como centro del odio profundo de Tansis.

    El comandante ahora no se aparecía, pero seguía allí arriba en la cabina; y aunque Tansis sabía que se comportaba como un neurótico, no podía entrar en su cabina, e incluso cuando pasaba por delante de la puerta caminaba despacio. Era cierto que por lo menos podía ir al computador quitando de en medio a los demás oficiales porque no les temía, pero no podría enfrentarse con el comandante.

    Su madre y su hermana le acompañaban muchas veces, admirando su trabajo y animándolo. Casi siempre descubría que les estaba hablando y pronunciando discursos.

    Tansis no estaba casado. Era ésta una de las desgracias de la vida espacial. La primera generación que partió de la Tierra en aquella expedición planetaria engendró demasiados niños, a pesar de todas las píldoras de control de natalidad que llevaron. A la mitad del camino a Capella la población se acercó peligrosamente al máximo permitido por el apoyo vital, y a los más jóvenes se les prohibió casarse hasta llegar a los treinta años; luego sólo se les permitía tener un hijo por pareja. Para Tansis el desastre llegó demasiado pronto para que se materializaran sus esperanzas de boda y de descendencia. Aunque parezca extraño, nunca pensaba en su prometida: en rara ocasión se le presentaba espontáneamente para aliviar su soledad; su padre también aparecía muy poco. Su madre y su hermana eran quienes le acompañaban la mayor parte del tiempo.

    Durante esos dos meses, tuvo que salir unas seis veces al exterior para reparar algunos fallos de los generadores de viento. Como eran productos caseros, nunca podrían tener una gran perfección ni funcionar sin necesidad de reparaciones ni de mantenimiento. No lo había tenido en cuenta inicialmente. Si tenía que continuar saliendo para arreglarlos, terminaría la película de aislamiento mucho antes de que acabara su vida. Era más práctico incluso intentar averiguar si podía correr el riesgo de salir al exterior sin protección alguna.

    Los depósitos de comida eran también otro problema, porque se estaban agotando rápidamente. Todos sus platos favoritos se habían agotado, y quedaban muy pocas proteínas cárnicas. Dentro de dos meses tendría que sobrevivir enteramente a base de comida de algas procesadas. Al menos había solucionado el problema principal del procesado de alimentos, pero la disminución de sus reservas le aterrorizaba y deprimía. Este mundo le estaba atrapando cada vez más, agarrando y llevándose consigo lo que le quedaba del planeta Tierra.

    Podía procesar las algas, pero no quedaban concentrados de sabor para darles gusto, ni rellenos para hacerles fácil de masticar. Necesitaría procesar papillas de Capella simplemente para obtener algo de sabor.

    La papilla que mejor sabía, y que proporcionaba además la mejor fuente de vitaminas, era la papilla rosa obtenida de los protozoos de los charcos de los árboles de cintas, que aquí se encontraban en la cima de esa montaña tremendamente alta. Sólo podía traer poco más de cincuenta litros en cada viaje, y a costa de muchos esfuerzos. ¡Si esos malditos árboles crecieran también acá abajo...! Suponiendo que... ¡Tuvo una gran idea! Suponiendo que dispusiera de un gran depósito en la nave para cultivarlos allí dentro... Tal vez necesitara subir en alguna ocasión allá y bajar algunos litros desde la cima para renovarlos, pero no había ninguna razón por la que no pudiera cultivar esas sustancias allá abajo; en este desierto sólo faltaba agua, y ésa era la única razón de que no hubiera árboles.

    Después de pensarlo dos veces decidió que sería mejor cultivarlos en un depósito fuera de la nave. No quería contaminarla, y de todos modos los protozoos vivirían mejor en el propio ambiente de Capella. Como esas sustancias crecían en un charco en la madera de un árbol, debería hacer un tanque de madera y colocarlo bajo la capa de cintas para disminuir la evaporación.

    Estuvo toda una semana aserrando una docena de árboles de «reloj de arena» y cortándolos en tablones anchos de quince centímetros de espesor. Luego, debajo de la capa de cintas, formó la base del tanque con dos capas de tablones unidos con goma de pegar, los tablones de la capa inferior perpendiculares a los de la capa superior. De un modo similar hizo los lados del tanque, consiguiendo al fin un depósito de tres metros por dos y medio. Durante cuatro días agotadores estuvo trayendo agua de la fuente situada a trescientos metros por encima de la nave, hasta que el tanque estuvo lleno en sus tres cuartas partes y el agua alcanzó más de medio metro de profundidad.

    Para preparar la expedición a la cima de la montaña se fabricó un par de zapatillas de plástico que colocaría sobre el aislamiento de las botas, y se las puso después de haber salido de la nave. Dedicó un día a la ascensión hasta la mitad de la montaña, con depósitos de aire, el depósito de agua y la vagoneta que dejaría allí para recogerla luego. Lo tomó con calma, ocupando todo el día, y no le pareció agotador el esfuerzo.

    Después de un día de descanso, se dirigió a la cima. Durante los primeros mil doscientos metros, como iba sin carga no se apresuró. Aún fresco al llegar al recodo, ascendió lentamente a partir de allí hasta la línea de árboles y descansó una hora. En esta ocasión rellenó el depósito utilizando un sifón y se dispuso a descender. El recorrido montaña abajo era el más pesado y cuando regresó estaba cansado y con los pies doloridos; empezaba ya a caer la noche, pero se daba cuenta de que la ascensión entraba dentro de sus posibilidades, con tal de que hiciera preparaciones por anticipado y lo tomara con calma.

    Al día siguiente puso el depósito lleno de protozoos en el gran tanque de madera, y como toque final metió dentro bastantes cintas tiesas de los árboles de «reloj de arena», esperando que dieran a los protozoos un ambiente apropiado. Estaba ya cultivando una cosecha de Capella, y le pareció haber dado un gran paso adelante. Dedicó otro día a recoger plantas marinas y a procesarlas para fabricar papilla agria y de sabor amargo.

    A partir de ahora el procesar alimentos se convertiría en una tarea normal, así como el cultivo de protozoos y la recolección de plantas marinas. Decidió no molestarse en hacer otro tipo de papilla con la capa de cintas; recordaba aún la sensación de cosquilleo de la savia del «reloj de arena» y no se fiaba de ella. La capa de cintas era muy extensa para poderla utilizar como alimento.

    Sin embargo, una vez más, se estaba comprometiendo a realizar más trabajo en el exterior de la nave y a pasar más veces por la esclusa de aire, gastando el depósito de película de aislamiento. El día fatal en que tendría que salir al exterior sin protección se acercaba. Y eso le planteaba un auténtico dilema, porque una vez dejara de usar el aislamiento contaminaría la nave nada más entrar en ella. Suponiendo que saliera fuera, se quitara el casco y respirara aire de Capella y resultara que el olor era demasiado insoportable, o que le regresara la tos, o que enfermara, debería, a pesar de todo, regresar a la nave y contaminar el aire estéril del interior. ¿Cómo podría atreverse a dar el primer paso sin que el hecho fuera irreversible? No podía meter la cabeza en las cámaras del laboratorio mientras hacía el experimento, porque no estaban diseñadas para ello. La única solución posible sería llevar un respirador bajo el casco y modificar el traje para poder respirar aire del exterior durante algún tiempo sin quitarse el casco. Incluso así, cuando regresara traería consigo el respirador contaminado y al respirar expulsaría todo lo que hubiera entrado en sus pulmones. El problema era insoluble.

    Decidió posponer el dilema hasta que el suministro de aislamiento acabara por agotarse. Entonces no habría más solución que contaminar la nave, pero al menos hasta ese momento se mantendría sano. Era una solución, de todos modos, y le quitó un buen peso de encima. Haría todo lo que estuviera en su mano para solucionar sus problemas y hacer todos los preparativos posibles, pero, cuando llegara el día, tendría que fiarse de la suerte. Eso sería el naufragio final, y a excepción de la estación del polen, el resto del año tendría que vivir como un nativo.


    El largo verano se acababa, y la temperatura ya estaba descendiendo. Había más nubes en la cima de la montaña y la dirección del viento variaba con frecuencia. Tansis esperaba que el contenido bacteriano y molecular del aire disminuiría conforme se acercara el invierno, y analizaba con frecuencia el aire para averiguarlo.

    Bien fuera debido al fatalismo, bien por la convicción inconsciente de que el aire no era peligroso salvo en la estación del polen, dejó de limitar al mínimo sus viajes al exterior. Salía siempre que los generadores de viento necesitaban una reparación, visitaba el gran depósito en días alternos para ver cómo crecía su cosecha, e hizo varios experimentos con ella. Realizó otro viaje a la cima de la montaña para traer más agua, y también trajo más follaje de los árboles de cintas para colocarlo en el depósito. Adaptó otro generador para recibir energía eólica y lo colocó sobre la plataforma, dedicando siete generadores a la obtención de energía y dejando uno libre para posibles trabajos en el exterior. Instaló también en la torre células solares, y las conectó.

    Por estas fechas el computador estuvo recibiendo un promedio de tres meses de caudal de energía, y calculó que el generador de la nave era necesario tan sólo para un quinto de las necesidades totales de energía, y que el suministro restante de combustible, aumentado por la energía del viento, podía mantener la nave en marcha durante veintidós años. No era tanto tiempo como Tansis había deseado, pero eso posponía el problema del cierre total durante largo tiempo. Confiaba en que el resto del año fuera también ventoso.


    Tansis había superado un punto crítico, y lo sabía. Estaba contento y se había quitado un peso de encima al haber solucionado el problema de la energía, al menos hasta que cumpliera cincuenta años, y entonces debería haber aprendido bastantes cosas. Sabía que no moriría de hambre, aunque tendría que desarrollar algunos gastos alimentarios muy sutiles. Tendría al computador como compañero y guía, y, si proseguía sus estudios con la misma intensidad sería un auténtico Leonardo en el plazo de veinte años. La película de aislamiento se estaba acabando, pero ello no le causaba el viejo temor. Sus pruebas bacteriológicas eran totalmente negativas, y salía y entraba de la nave cada día sintiéndose un tanto culpable de ello, pero haciéndolo a pesar de todo.

    Por primera vez se encontraba desconcertado a la hora de decidir qué debía hacer que fuera de urgencia inmediata. Estuvo trabajando bajo una tensión crítica durante tanto tiempo que ahora que había superado la crisis no podía fijarse adecuadamente en las muchas tareas pequeñas que esperaban turno. Pero había algo que quería saber y que había pospuesto. Nunca había olvidado las caras que le miraron por la ventana inferior de la lancha. Aparecían a menudo en sus sueños, sueños vagos e inconsecuentes en los que partía para algún viaje largo con las criaturas marinas; nunca supo adonde iba ni por qué, y los sueños nunca acababan claramente, pero volvían a presentarse de vez en cuando.

    Durante varias semanas más, Tansis cultivó su depósito de protozoos; con gran satisfacción comprobó que se habían multiplicado y habían convertido el agua en la misma sopa orgánica que se encontraba en la cima de los árboles. Pudo hacer una comida de papilla rosa, y la consideró un gran éxito personal.

    Un día, al regresar del depósito, pasó junto a montones de follaje cortado y marchito, de los numerosos «relojes de arena» que utilizó en sus trabajos de construcción. Le molestaba ver ese desperdicio, y una vez en el interior de la nave preguntó al computador para qué se utilizaban en la Tierra tiras de follaje largas y finas. El computador inmediatamente le dio una lista extraordinariamente larga: cestería, alfombras, cuerdas, rafia, sillas de enea, tejidos, mimbres..., y así sucesivamente, porque éste era el tipo de problemas en que el computador demostraba su perfección.

    Todas esas cosas eran nuevas para Tansis, porque en las naves espaciales no había tiras largas de follaje. Preguntó al computador cuál sería la más apropiada de esas técnicas para un material como el del follaje de cintas.

    La respuesta del computador fue alfombrillas.

    Y por ello, después de aprender todo lo que sabía el computador sobre el tema, Tansis tejió una alfombra. Luego hizo un bastidor y tejió otra mejor, y luego otra, y otra más; todas en el exterior, naturalmente, en su lugar favorito bajo la capa de cintas. Las colocó en las plataformas de la torre sobre el suelo. La primera con que adornó la torre voló en la noche. No lo había previsto. Pensaba en el viento como un nativo de la Tierra piensa en la electricidad o en el magnetismo: es decir, una fuerza natural que puede impulsar generadores. No estaba acostumbrado a los fenómenos meteorológicos. Nunca encontró aquella primera alfombrilla, pero las demás las ató a los tableros y, al cabo de cierto tiempo, tuvo una en cada plataforma. Cuando estaba totalmente seca, la cinta era de un color gris con una trama atractiva de finas líneas blancas.

    Aquella larga lista de artesanías que le dio el computador le había interesado, y aprendió un poco de cada una de ellas. Le apasionaba en particular la idea de tejer con cintas de diferentes colores. Fabricó tintes en el laboratorio, coloreó las cintas con varios tonos metálicos, y luego tejió alfombras con diseños previos. Comenzó un proyecto de largo alcance: cubrir varios metros cuadrados de tierra bajo la capa de cintas con alfombras multicolores.

    También inventó un juego. Al acabar de cortar discos y planchas de los troncos de los «relojes de arena» le quedaron muchos discos pequeños, que no le eran de ninguna utilidad. Se divertía jugando con ellos a los bolos por la tierra lisa y dura de algunas zonas del desierto, intentando ver a cuánta distancia podría lanzarlos rodando antes de caer al suelo. Luego intentó tirar uno de ellos contra un objeto distante para ver su puntería. Finalmente colocó de pie un grupo de ellos a cierta distancia y jugó a los bolos para ver cuántos podía derribar. A ese juego no podía jugar bajo la capa de cintas porque el suelo estaba cubierto de raíces, pero se habituó a jugar una partida al día en una zona de tierra dura cerca de la nave, que limpió de piedras.

    Un par de meses más tarde, la curiosidad y la impaciencia le dominaron, y bajó al extremo sur de la isla para observar de nuevo la bahía rocosa donde esperaba que algún día podría navegar.

    Se detuvo en la colina que dominaba la bahía, mirando al mar y con la esperanza de ver de nuevo las criaturas marinas. En sus sueños, la jornada misteriosa comenzaba siempre en esta bahía, y tenía la sensación de que éste era el lugar más idóneo para encontrarse con ellas, si es que estaban en el mar alrededor de la isla.

    El agua estaba agitada, y las olas y la espuma azotaban las rocas de la orilla. Durante largo tiempo observó fascinado cómo las olas cubrían y descubrían los largos salientes rocosos que avanzaban y se adentraban en las aguas de la bahía. La visión del mar en constante cambio y movimiento, de las nubes de espuma blanca, de la violencia al chocar contra las rocas que no parecían dar señales de doblegarse ni de sufrir ningún daño le mantuvieron absorto. Luego, de modo inequívoco, vio a una de las criaturas marinas que se movía en el centro de la bahía. Nadaba siguiendo las olas y saltaba entrando y saliendo de ellas para hundirse de nuevo en su seno. Luego avanzaba hacia otra ola, y desaparecía para salir segundos más tarde en el frente de la ola, y saltaba hacia delante compitiendo con la ola, para vencerla en su carrera, pasarla y dejarla atrás.

    Alegre y excitado al ver de nuevo a las criaturas, se apresuró pendiente abajo hacia la orilla. A lo largo de todos aquellos meses de estudio, trabajo y preocupaciones había tenido esa esperanza, y pese a todo se había resignado a desilusionarse. Tai vez sólo se encontraran en aquella costa del continente; tal vez nunca se aventuraran en el océano, lejos. Probablemente había desperdiciado su única oportunidad; y sin embargo había continuado pensando en que llegaría el momento en que no tuviera nada urgente que hacer y pudiera buscarlas de nuevo... Y aquí estaban y no había tenido que entrar en el mar, en lancha, para verlas.

    A mitad de camino pendiente abajo se detuvo. Si bajara un poco más ya no podría dominar toda la bahía, y la visión quedaría confusa por la espuma y las olas. Por ello se quedó a mitad de camino de la colina y estudió con sus anteojos aquella criatura. Se movía con tremenda potencia, aunque no tuviera miembros. Tenía aletas finas y largas acabadas en punta siguiendo la parte superior y la cara inferior del cuerpo, que se ondulaban al moverse, y en su extremo posterior notaba un movimiento complejo: se ensanchaba —como ocurría en el extremo delantero— pero tenía alrededor muchas aletas pequeñas. La parte de atrás proporcionaba la mayor parte de la propulsión necesaria, mediante un movimiento confuso de parpadeo de la aleta de la cola.

    Se preguntaba si la criatura podría verle, pero no daba señales de ello. Claro que, ¿por qué debería verlo? En este mundo no había animales terrestres. Para una criatura como aquélla, la tierra debería de ser un lugar vacío y sin interés. Debería navegar de nuevo para entablar contacto. Recorrió la bahía con los anteojos buscando más animales. No vio ningún otro, pero era difícil distinguir objetos en ese mar inquieto y denso. Había tenido suerte al distinguir a éste, porque a esa distancia era muy pequeño y, en gran parte, del mismo color del mar.

    Cuando volvió a buscarlo en el mar no pudo hallarlo. Estuvo diez minutos inspeccionando la zona en que había aparecido, pero se había desvanecido entre olas confusas y entre la espuma. De cualquier modo, sabía ya que se encontraban aquí, y ese descubrimiento le dio nuevos ánimos: había algo importante que buscar y tenía algo importante que hacer. Si eran seres inteligentes y pudiera entablar contacto con ellos, podría convertirse en lo más significativo que podría hacer aquí.

    Al regresar a la nave, después de este paseo casual y sin preparativos, decidió volver a navegar. Había ciertos inconvenientes: en primer lugar el mar estaba mucho más agitado que la vez anterior. No podía soportar la idea de marearse de nuevo. Probablemente se encresparía aún más conforme avanzara el invierno. No se fiaba mucho de aquella lancha hinchable en un mar de este tipo. Era muy pequeña y se balanceaba en el agua como un corcho, y no confiaba mucho en sus posibilidades a bordo de ella.

    Durante todo el viaje de regreso, un recorrido de unos veinticinco kilómetros, estuvo sumido en sus pensamientos y apenas si se dio cuenta del paisaje que atravesaba. Si él era hábil construyendo cosas y había mucha madera, ¿por qué no construía un bote de verdad, más grande, más pesado y más marinero que esa pequeña lancha saltarina? Apenas podía esperar el momento de regresar a la nave para pedir al computador toda la información posible sobre barcas y botes.

    Estuvo una larga tarde aprendiendo muchas cosas sobre navíos, y todos sus tipos. Se dio cuenta de que su construcción era una técnica antigua y considerable; que a no ser que construyera la nave correctamente se hundiría pronto, y que construirla con la calidad mínima le llevaría largo tiempo. Cuando repasó los depósitos se dio cuenta, con gran tristeza, de que no tenía clavos suficientes para unir los maderos del bote. En realidad, sus trabajos de construcción estaban llegando a su fin. La nave no había sido equipada para hacer construcciones, y Tansis había utilizado lo que tenía de modo muy liberal al montar su torre y su depósito. Era inútil suponer que pudiera construir un bote sin asegurar los maderos o sin calafatearlos.

    Después de estar otro día dando vueltas sobre lo mismo, de muy mala gana llegó a la conclusión de que no podría construir un bote, y de que una balsa de maderos atados con cuerdas no sería bastante fuerte. Y además, incluso si lograra construir una, ¿cómo la llevaría a la bahía? Si la construyera en la nave, tendría que navegar con ella dando la vuelta a la isla, y no podía emprender un viaje tan largo en un bote desconocido. Si lo construyera en la bahía, tendría que llevar allá todas las herramientas y el generador, y recorrer veinticinco kilómetros cada día antes de iniciar el trabajo.

    Finalmente intentó entablar contacto con los desconocidos en la punta de uno de los largos salientes rocosos, atrayendo su atención con cohetes de señales.

    Otra vez emprendió la marcha a la bahía, llevando las zapatillas caseras, cohetes de señales y un purificador de aire para recargar los depósitos. La gran vagoneta a motor estaba ahora inservible, pues los engranajes los había utilizado para los generadores de viento; por ello cargó la vagoneta manual y la llevó arrastrando veinticinco kilómetros hasta la bahía meridional.

    Cuando estaba en la ladera, dominando la bahía, trató de localizar aquella criatura marina, pero después de media hora abandonó la búsqueda y bajó a la playa, trepando por el mayor de los salientes rocosos. Al principio la marcha fue fácil, y la roca bastante resistente, pero al descender hacia el agua se hizo resbaladiza; todas las grietas y orificios de la roca estaban además rellenos de plantas marinas. Tansis notó con sorpresa que las plantas crecían siguiendo una línea casi recta por la roca al nivel del agua. Evidentemente, a esos vegetales les gustaba este tipo de roca, y éste era, por tanto, el lugar donde debería recogerlos. Era una pena no haber aterrizado con su nave en la bahía; ello le habría solucionado muchos problemas.

    Tenía que avanzar con gran precaución, y se alegraba de no pisar la roca directamente con las botas recubiertas de aislamiento; si así lo hubiera hecho, hubiera caído al agua de cabeza. Con mucho cuidado siguió avanzando hasta el extremo de la roca, y quedando encajado en una gran grieta a unos cinco metros del extremo de un dique natural, por encima del mismo nivel del mar.

    Al mirar el agua oscilante y agitada, agradeció la solidez de las rocas entre las que se encontraba. Las olas continuaban su vaivén adelante y atrás, y salpicaban el dique a pocos metros de su refugio. Periódicamente, una ola grande rompía contra la roca y le rodeaba de espuma. Las primeras veces agachó la cabeza e intentó evitar el remojón; luego se dio cuenta de que era estúpido intentarlo; no habría nada que pudiera mojarlo mientras llevara puesto el traje espacial.

    Allá abajo, casi al nivel del mar, no podía escudriñar la bahía buscando aquellas criaturas; tendría que utilizar los cohetes para atraer su atención, y luego esperar. Sacó uno: un cilindro que sostuvo en la mano con el brazo extendido; oprimió un botón. Con un golpe sordo y un chisporroteo el cohete se elevó hacia arriba, dejando en su mano el casco del cilindro. A unos sesenta metros de altura explotó con un estallido brillante, descendieron al suelo, lentamente, rastros de luz rojos y verdes.

    Luego esperó.

    El agua se elevaba y descendía, incansablemente, y oía el rugido del mar a su alrededor. Arriba y abajo, arriba y abajo. Estaba fascinado contemplándolo. Una ola inesperada batió la roca a su lado, y el agua cayó sobre él. Otra ola de gran tamaño se alzó y cayó al pie de la roca, desapareció y el agua le fue inundando hasta más arriba de las rodillas; luego desapareció tan repentinamente como había subido; de nuevo tenía tan sólo la roca delante de él.

    Sintió una náusea repentina, se notó frío y se puso a temblar. Temía ya lo que iba a suceder, y esta vez iba a ser de modo repentino y totalmente cierto. No iba a pasarle el mareo; iba a caer enfermo. Podía sentir cómo subía el vómito a la garganta y se sintió presa de la desesperación. Era demasiado tarde para regresar a tierra firme. No podía pensar en arrastrarse de nuevo por aquellas rocas resbaladizas si podía marearse en cualquier momento. No podía permanecer tampoco durante veinticinco kilómetros dentro de aquel casco maloliente y sucio.

    De repente sacó el cuchillo, cortó la película de aislamiento del cuello, soltó las presillas, desenroscó el casco y se lo quitó. Al fin lo había hecho. Todo era preferible a pasar el día dentro de un traje manchado. Lo había hecho con el tiempo justo. Se apoyó sobre la roca y notó que ya estaba mareado. La espuma le golpeó la cara, dejándole sin aliento. Aunque estaba a punto de marearse de nuevo, el trallazo repentino del agua hizo que el estómago lo pensara mejor. El mareo desapareció. Le temblaban las piernas, y se inclinó de nuevo contra la roca, con la cabeza hacia abajo, mientras intentaba controlarse.

    El agua avanzaba otra vez hacia él; parecía enfrentarse con el mar cara a cara en el último extremo de la tierra. Ahora pudo olerlo por primera vez. Era húmedo y salado, pero tenía otro olor bastante agradable que sólo podía describir como un olor a fresco, y a puro. Para alguien nacido y criado en el ambiente artificial de una nave espacial, tan acostumbrado al aire viciado y reciclado, el aire realmente fresco representaba una experiencia nueva.

    Levantó la cabeza y se tocó la cara con las manos; notaba en el rostro la sensación de que alguien le hubiera golpeado y le hubiera dejado sin sentido. Le dolían los oídos y había en ellos un silbido y un ruido de movimiento impetuoso. Éste era su primer contacto con el viento. Le escocían los ojos y su rostro estaba húmedo, y pudo notar en los labios el sabor de la sal.

    Para ser su primer encuentro con los elementos de la naturaleza, no podía haber elegido circunstancias más sobrecogedoras, por mucho que hubiera buscado. Aquí, en el borde mismo de una roca que dominaba el mar, al mismo nivel de las olas, con un viento de unos veinte nudos lanzándole nubes de espuma, y además respirando aire de Capella.

    Ahora se dio cuenta cabal de estar respirando una atmósfera extraña. Lo hacía con cuidado y analizaba su experiencia con serenidad, por si notara alguna diferencia en la respiración. Era difícil pensar claramente con ese clamor en los oídos, con el agua agitándose a su alrededor y la espuma golpeándole la cara. Tendría que alejarse de todo ello; no lo aguantaba. Tembloroso y con el casco aún colgando, gateó hacia atrás siguiendo la roca hasta encontrarse a unos dos metros por encima del agua en una zona lisa del saliente rocoso. Allí se sentó, respiró profundamente una y otra vez, y se puso de nuevo el casco. Lo hizo casi sin pensar, y sintió un alivio inmediato al notar que el ruido desaparecía y los ojos y la cara ya no le escocían. Era como entrar en una habitación y cerrar la puerta.

    Bueno: ya estaba hecho. En realidad había respirado esa sustancia y se había empapado de agua. Ya no podía hacer nada para evitar la contaminación de la nave, y la situación ya no sería nunca la misma. El mareo había desaparecido por completo, asustado por su bautismo traumático en la punta de las rocas.

    Se preguntaba si las criaturas marinas le habrían visto mareado. Se puso en pie trabajosamente y miró el mar hirviente. Al mirar hacia abajo se sintió lanzado hacia él y tuvo que vencer el vértigo para recobrar el equilibrio. El mar era algo terriblemente peligroso, peor aún que el espacio. Miró más a lo lejos, hacia el horizonte lleno de olas, y de pronto un movimiento y un chapoteo debajo mismo de la roca le hicieron avanzar apoyado en las manos y en las rodillas para mirar por encima del borde.

    La criatura marina estaba de pie en el agua mirando hacia arriba en dirección a él. La cola estaba bajo el agua y no se divisaba; la mitad del cuerpo estaba en pie, en posición vertical, fuera del agua, y lo miraba fijamente a los ojos. Durante unos momentos, hombre y extraño se miraron el uno al otro, con los ojos fijos. Con toda certeza Tansis sabía que se encontraba en presencia de una persona, no de una bestia.

    Sus ojos eran blancos y las pupilas grandes y de color morado, que pestañeaban y cambiaban de tamaño continuamente. Después de un rato, Tansis quedó sorprendido al ver que las dos pupilas titilaban cada una de un modo distinto. Mientras la pupila derecha cambiaba rápidamente, la izquierda permanecía dilatada durante largos períodos.

    Tenía la sensación de que debía decir algo, pero notó que tenía trabada la lengua. ¿Qué se debe decir en esas ocasiones históricas?

    El encuentro de dos razas sensibles debía de ser un acontecimiento raro en la historia de una galaxia, y no digamos en la de un planeta. Sólo podía recordar el primer alunizaje, hacía siglo y medio, cuando el lenguaje era mucho más artístico. Tansis dijo:

    —Soy de la Tierra y vengo en son de paz.

    Y se arrodilló poniendo sus manos delante de él. La criatura marina no hizo ninguna señal de haberle oído, pero continuó observándolo con sus pupilas fluctuantes.

    Tansis se preguntaba qué debería añadir. Señalándose con la mano, dijo:

    —Tansis. Soy Tansis —y luego sonrió e inclinó la cabeza.

    La criatura marina no podía inclinar la cabeza: eso era evidente, pues no tenía cabeza independiente del cuerpo, pero sacudió la parte superior de éste. «Esto debe de ser algún tipo de respuesta», pensó Tansis. Supuso que la criatura no podría hablar ni sonreír —su cara era como una taza cóncava con una boca redonda en la parte inferior del cuenco y dos grandes ojos a treinta centímetros de distancia en el cuadrante superior de la circunferencia—, así que tal vez la sacudida de la parte superior del cuerpo fuera un método de comunicación entre diferentes miembros de la especie.

    Se preguntaba si tendría algún sentido del oído, y si debería hacer algún ruido considerable para comprobar su hipótesis. Respiró a fondo y gritó lo más fuerte que pudo. El ruido casi le ensordeció, y al momento se dio cuenta de que llevaba puesto el casco y que había estado malgastando el tiempo hablando con la criatura.

    Desenroscó el casco otra vez y se lo quitó, y quedó con la cabeza al descubierto, notando ese olor fresco y sintiendo en su rostro el viento. Le lloraban los ojos, pero pudo ver que la criatura sacudía todo el cuerpo; las dos pupilas se dilataron enormemente y luego parpadearon al unísono y con rapidez. Le había asustado. ¡ Seguramente nadie en este planeta se desenroscaba la cabeza!

    Abrió los brazos de par en par y de nuevo la criatura se agitó y dio marcha atrás, observándolo a varios metros de distancia. Había cambiado de repente la cabeza, y luego la forma. Tansis se sintió mortificado. La estaba alejando a sustos.

    Cayó de rodillas y gritó:

    —Soy Tansis, y vengo en son de paz.

    Lo repitió tres o cuatro veces mientras la criatura le observaba.

    Luego la criatura se acercó más a la roca, hasta estar exactamente por debajo de Tansis, y siguió mirándole a los ojos. La pupila izquierda se dilató ampliamente, y mantuvo su tamaño mientras que la derecha se expandía y se contraía durante uno o dos segundos, repitiendo ese movimiento varias veces con un breve .período de inmovilidad después de cada ciclo.

    Tansis comprendió de repente lo que estaba pasando: se estaba comunicando con las pupilas. Estaba emocionado, pero a la vez confundido; ningún ser humano puede controlar voluntariamente la dilatación de sus pupilas. Es una de las pocas formas seguras de averiguar lo que un ser humano realmente piensa o siente.

    A través de todo aquel encuentro el extraño no había emitido ningún sonido ni había dado ninguna señal de poder oír lo que Tansis le estaba diciendo. Tal vez emitiera sonidos que sólo pudieran oírse en el agua, que era un medio para la conducción de sonidos mucho mejor que el aire; pero de ser así, ¿cómo podría estar equipado para oír sonidos en el aire, si no vivía en él y si este mundo era un lugar tan silencioso, de todos modos?

    Había una gran distancia entre los dos. Vivían en medios diferentes, utilizaban sentidos diferentes y se comunicaban con órganos diferentes. La criatura no podía hablar, y Tansis no podía dilatar las pupilas. ¿Cómo podrían incluso aprender a comunicarse?

    Hubo una larga pausa mientras Tansis seguía de rodillas y la criatura marina se movía lentamente en el agua hacia atrás y luego hacia delante. Luego, de repente, la criatura dio media vuelta y se sumergió bajo la superficie; parecía mirar hacia afuera, hacia el mar. Tansis se puso en pie, y después de unos momentos vio que otra de aquellas criaturas avanzaba desde el extremo de la roca que daba al mar hacia su compañero. Tansis no pudo ver bien sus ojos, pero supuso que hablaban de él de aquel modo tan especial.

    Se preguntaba cómo habría sabido la primera que la segunda llegaba, desde una distancia de cien metros, por lo menos. No había mirado hacia esa dirección, de modo que la habría oído, u olido, o habría sentido las vibraciones en el agua, o, ¿o qué? Precisamente entonces las dos giraron y miraron hacia el mar; minutos después otra criatura se les unió, les miró de cerca mientras le contaban las noticias, y luego examinó a Tansis con evidente alarma y excitación. Llegaron otras dos más a unirse a éstas, y luego otra, y Tansis se encontró como foco de atención de un grupo de seis.

    En ese momento tenía el rostro entumecido por el viento húmedo y frío; le lloraban y le escocían los ojos y le dolían los oídos. No se atrevía a volver a ponerse el casco, por si acaso les asustaba. Hubo otra pausa mientras todas ellas se movían lentamente atrás y adelante, y Tansis permaneció allí, indeciso, intentando hallar desesperadamente algún método de comunicación. Se frotó la cara con los guantes aislados, haciéndola así aún más húmeda y más fría. Tendría que decidirse y volver a ponerse el casco. Ellos estaban en su ambiente y podían permanecer allí todo el día, pero él no, y había respirado demasiado aire extraño para ser la primera vez.

    Hizo una inclinación profunda con la cabeza, les mostró las manos y luego fue hacia atrás hasta el centro de la roca, donde estaba fuera de su vista, y allí rápidamente se puso el casco. ¡Qué alivio! Subió la calefacción del interior, y respiró de nuevo aire caliente.

    Todas las criaturas se habían movido hacia atrás para poderle ver de nuevo. Les saludó con el brazo y luego dio media vuelta y reanudó el camino de regreso siguiendo la roca hasta llegar a la costa. Le seguían y se movían lentamente en el agua a pocos metros de la tierra, conforme iba caminando hacia el lugar donde dejó la vagoneta.

    Con ella a rastras ascendió la pendiente, mirando atrás de vez en cuando para saludar con el brazo; pero cuando estaba ya a un cuarto de camino hacia arriba las criaturas se habían ido. Creyó haberlas visto vagamente a lo lejos moviéndose hacia afuera de la bahía. Tal vez no podían ver a lo lejos en el aire, o estaba ya fuera de su campo de visión, o tal vez también le habían dicho adiós.

    En la larga caminata de regreso a la nave sus sensaciones eran contradictorias. Había establecido contacto; eran definitivamente inteligentes; ahora disfrutaba de la compañía de otras personas, aunque fueran totalmente diferentes. Pero, ¿cómo podía conversar con ellas? ¿Tendrían alguna cultura según él entendía esa palabra? Si no, esto haría que el abismo entre ellos fuera aún más insalvable.

    Luego estaba el otro problema, aún mayor: había respirado el aire y había acabado con su aislamiento. Realmente había dado el salto en el vacío. ¿Iría a morir? ¿Podría vivir con comodidad y con salud en una nave que no sería estéril una vez estuviera dentro? No podía hacer nada en este momento. Estaba en manos de los dioses.

    Se dio prisa en recorrer los kilómetros que le quedaban, rumiando estos pensamientos, sin molestarse en descansar, indiferente al cansancio. No sabía si debería estar contento de haberse reunido con los extraños, y aliviado por haber tomado finalmente la gran decisión, o mortalmente asustado por las posibles consecuencias. Sentía a la vez aprensión y resignación, como alguien a punto de ser ejecutado. Como muchos otros antes que él, se preguntaba por qué tendría que ocurrirle precisamente a él, por qué no podía hacer que todo esto no ocurriera.

    Para alcanzar la nave tenía que atravesar la franja de la capa de cintas que atravesaba la isla. Estaba indeciso: ¿podría quitarse el casco otra vez y olería un poco? Hoy había hecho tantas cosas que bien pudiera hacerlo todo. Se mantuvo en pie, vacilante, al borde de la capa de cintas, y luego decidió que no; fue al ascensor y entró en la nave. Otra vez lo haría; había hecho demasiado para un solo día.


    9


    Atravesó la esclusa de aire y, ya dentro de la esclusa interior, se quitó la doble capa de película de aislamiento. La metió en el incinerador, y cuando alzaba la mano para pulsar el botón que abría la puerta interior, el sistema de alarma sonó y la pantalla del computador junto a la puerta indicó, centelleante:

    «MATERIAL EXTRAÑO DETECTADO. REPITA PROCEDIMIENTO DE AISLAMIENTO Y EVACUE TODO EL AIRE DE LA COMPUERTA. NO SE PERMITE LA ENTRADA HASTA QUE EL MATERIAL EXTRAÑO NO SEA EVACUADO.»


    Tansis no iba a preocuparse de todas esas tonterías. Él mismo era ahora un material extraño —su cabeza, el interior del traje, el aire que exhalaba— y el computador tendría que acostumbrarse a ello.

    Tecleó como respuesta: «Los procedimientos de emergencia que se están ejecutando quedan derogados por mí en virtud de la autoridad legal que poseo como único superviviente.»

    «DEBO INDICAR QUE SU ACCIÓN PUDIERA PONER EN PELIGRO SU SALUD Y SU VIDA.»


    —Lo sé muy bien —contestó Tansis, irritado—. Se ha comprobado que no hay ningún peligro conocido, excepto el polen de la capa de cintas. Yo mismo he estado expuesto al aire y lo he respirado, sin recibir efectos nocivos hasta ahora. La nave no puede continuar siendo estéril, porque yo ya no soy estéril. Abre la puerta interior y acepta la nueva situación.

    La puerta interior se abrió inmediatamente, y Tansis penetró en la sala de reuniones. Sintió que la estaba viendo de una manera distinta, como si se tratara de algo inocente que violara. Era el fin de una época.

    La pantalla del computador de la sala centelleaba también:

    «MATERIAL EXTRAÑO DETECTADO.»


    Tansis la miró con resignación. Sin ninguna duda ocurriría lo mismo en cada una de las habitaciones en las que entrara hasta que el computador hubiera cubierto todas las habitaciones contaminadas. Sí, era muy consciente —ésa era la palabra exacta—, pero tenía poco sentido común.

    Aquella tarde Tansis comió y durmió bien. Se despertó a media noche después de un sueño de diez horas, refrescado y relajado. El único efecto dañino que parecía tener era una mucosidad mayor de lo normal en la garganta y en la nariz.

    Lo peor había pasado; era como un examen que hubiera concluido; toda su ansiedad parecía haberse evaporado.

    Quedaban varias horas antes del amanecer, porque aquí en invierno las noches eran muy largas, y dedicó el tiempo a aprender del computador las diversas teorías e hipótesis sobre las posibilidades de que los seres humanos puedan comunicarse con inteligencias extrañas con las que en algún momento entraran en contacto. Ninguna de las teorías encajaba en la situación en que él se encontraba. Todas suponían que los seres extraños tendrían miembros, una cultura material y algún sistema de símbolos que pudiera ser traducido a alguna forma visible como la escritura o el dibujo.

    Tansis tenía la certeza de que si cogiera un tablero y dibujara algo en él, eso no significaría nada para las criaturas marinas, porque no tenían miembros y por lo tanto no podían exteriorizar sus formas de comunicación. Su experiencia vital debía ser intensamente interna y su relación con los demás debería basarse en los encuentros interpersonales. Físicamente, desde el punto de vista de la Tierra, eran primitivos e inútiles, sin poseer nada más que sus cuerpos; sin embargo, su mundo mental interno pudiera ser bien mucho más avanzado que el humano. La comunicación con ellos iba a ser un problema: ¿cómo podría él copiar esa habilidad de dilatar las pupilas?

    Tosió y expulsó mocos. Parecía tener muchos desde que se expuso a la atmósfera nativa; tenía también la nariz tapada y dificultades al intentar estornudar, limpiar la garganta y expulsar la mucosidad. A bordo no había pañuelos, y no quedaba papel. Recorrió la nave en busca de algo que pudiera serle útil. Finalmente encontró gasas en la cabina médica, cogió un puñado y se sentó dispuesto a trabajar.

    Según el manual médico y el computador, probablemente tenía un resfriado causado por el frío viento marino, y sentía un temor profundo que intentaba disimular. Tal vez estuviera infectado.

    Dejó de estudiar teorías de comunicación y realizó un análisis bacteriológico de la sustancia que estaba tosiendo. El resultado fue negativo, salvo una pequeña cantidad de moléculas extrañas que pertenecían al agua marina. Evidentemente, no había absorbido nada de importancia.

    En este momento hacía algunas horas que había amanecido y no sabía qué hacer. No podía sentarse para seguir su plan de estudios habitual, porque el encuentro con las criaturas marinas le había dejado intranquilo e indeciso. Quería verlas de nuevo, pero no sabía qué decirles ni cómo decírselo.

    Le goteaba la nariz, y notaba los ojos ardientes. Era la primera vez en su vida que tenía un resfriado, y no podía estar seguro de que no empeorara. Decidió seguir los consejos del manual médico, tomó una buena comida y un coñac y se fue a la cama. Pasó una semana desagradable, la mitad de ella acostado, recuperándose del resfriado y trabajando de modo poco brillante en la preparación de una sesión de conversación con los extraños. Se sentía avergonzado de su fracaso al no poderles decir nada: y en realidad era este mismo sentimiento de vergüenza el que le hacía continuar, porque creía que debía impresionar a esas criaturas para obtener su respeto y hacer que comprendieran lo inteligente que era.

    Tansis, solo y amenazado, estaba sufriendo un complejo de inferioridad. Sentía que los de Capella tenían en su mente una cultura oculta muy superior a la suya, y aunque no tuviera la más mínima prueba de ello, la obsesión crecía en su interior, pese a todo.

    Volvió a presentarse el comandante, y Tansis se encontró discutiendo con rabia con él y con los otros oficiales porque el comandante creía que las criaturas marinas eran enemigos peligrosos y le prohibió que se acercara a ellas. Le acusaban de haber contaminado la nave, lo que le hacía volverse loco y rabioso. ¿Acaso no había hecho él todo el trabajo, él solo, no había asumido todos los tremendos riesgos y no se había sacrificado por los demás? Nadie le entendía, nadie le ayudaba. Estaba rodeado de superiores hostiles, irracionales y tiránicos.

    Después de una semana sometido a esta tensión, Tansis se hartó y salió de la nave para organizar otra expedición al extremo de la isla. Esta vez llevaría el casco puesto y dedicaría varias horas intentando hablar con los extraños.

    Cuando llegó a la bahía meridional aparcó la vagoneta bajo la roca saliente, y luego avanzó por la superficie resbaladiza hasta encontrarse cerca de las olas. Encendió un cohete de señales y se sentó a esperar a unos tres metros por encima del agua, donde la experiencia de las olas agitadas no impresionaba tanto. ¿Qué nuevo fracaso ocurriría en esta ocasión? Cada vez que se había encontrado con los extraños había tenido que retirarse en circunstancias deplorables. Al meditar sobre su triste suerte, una ocupación que no le era extraña, vio a cuatro criaturas de pie en el agua, mirándolo. Recogió el televisor portátil que había traído consigo y lo colocó sobre la roca para que pudieran verlo. Los observó por el rabillo del ojo y se sintió decepcionado. Le observaban a él, pero apenas si contemplaban el objeto que había puesto delante de ellos.

    Se arrodilló e introdujo un cartucho de película, un documental sobre un lanzamiento espacial; a pesar de todo apenas si lo miraban; a quien miraban a la cara era a él.

    Después de algunos minutos quitó el cartucho y puso otro que mostraba un grupo de gente caminando por la playa, un fragmento de una película de la amplia filmoteca de la nave. Aunque la película mostraba personas que se movían, los extraños no mostraban el más ligero interés en ella. Probó otra vez con una película de delfines, que creía que tal vez pudiera interesarles, pero ni siquiera miraban ya el aparato.

    Tansis abandonó sus intentos. Aquí no había ninguna base de experiencias comunes. Estas criaturas sólo se comunicaban personal y directamente, no a través de artefactos. Era evidente que el aparato de televisión no les decía nada. Un pedazo de roca, parpadeante de modo extraño, tal vez, pero un objeto exterior a su propia experiencia, una parte de la tierra árida en la que nunca entraban. Sólo él mismo, una persona, había atraído su atención total.

    Tansis intentó ahora otro de sus planes cuidadosamente preparados. Recogió una roca, y la extendió hacia ellos; luego se arrodilló, puso la roca en el agua y la agitó. Se señaló con el dedo, luego les señaló a ellos y esperó sus reacciones. Continuaban mirándolo, pero no hicieron nada, excepto un ligero movimiento de los cuerpos atrás y adelante, que tal vez no fuera más que un proceso de estabilización automática de su posición en el agua.

    No tenían miembros, y por ello no podían ni señalar a nadie ni recoger cosas. ¿Se darían cuenta de lo que intentaba hacer y podrían hacer algo análogo? Intentaba traer a su atención cuatro cosas: roca, agua, yo, tú, y luego encontrar algún símbolo mutuamente inteligible para cada una de ellas. ¿Cómo formaban sus sistemas de símbolos? ¿Utilizarían nombres?

    Había traído consigo una cámara de cine para filmar los movimientos de sus ojos y luego pasar la película a cámara lenta para ver si así podía comprender algo. Sacó la cámara lentamente, con miedo de alarmar a las criaturas, y la mantuvo a la altura de la cintura mientras filmaba los ojos de los extraños durante dos o tres minutos. Ése era casi el último trozo de película que le quedaba, porque ahora prácticamente se le estaba acabando.

    Un aumento de los movimientos delante de él hizo que mirara hacia arriba. El mar parecía lleno de criaturas: docenas de ellas parecían haber llegado de repente.

    Se movían lentamente hacia allí, en semicírculo, hacia las cuatro criaturas que ya habían llegado. Un gran conjunto de esos seres se reunió a varios metros de distancia de él y parecían estar sumidos en una conversación. No ocurrió nada durante varios minutos, mientras Tansis se preguntaba qué deberían estar diciendo. Luego, todos le miraron como obedeciendo a una voz de mando y lentamente avanzaron hacia delante hasta casi tocar la roca. Los contó: eran veintidós; las noticias sobre él estarían circulando por toda la bahía.

    Veintidós pares de ojos le miraban de fijo, y al devolverles él la mirada sus pupilas se dilataban alcanzando un tamaño enorme, y mantenían con tesón la mirada. Sintió una sensación extraña, como la impresión preliminar de un desmayo, una sensación de irrealidad, de tranquilidad y de desvanecimiento del entorno inmediato. Sus ojos llenaban el mundo y entonces notó su presencia de modo directo, una presencia animal, como encontrarse muy cerca del rostro de alguien, que, sin embargo, tenía una inteligencia despierta. Palpaba directamente su curiosidad. Le estaban preguntando algo, pero no adivinaba lo que era. Ahora sabía, sin ninguna duda, que eran personas y que estaban intentando atraerle a su mente compartida. Y sin embargo no podía captar ni un solo pensamiento; tan sólo el sentimiento de curiosidad y tal vez una ligera ansiedad, tal vez una ligera impaciencia.

    Si los seres inteligentes piensan con símbolos mediante los cuales particularizan el mundo y dan nombres a cada parte, y luego combinan los nombres en estructuras simbólicas y así recrean en su mente la unidad en la diversidad del universo externo, ¿cómo pueden transmitirse esos sistemas de símbolos de mente a mente, sin ninguna piedra de Rosetta que permita traducir un sistema al otro? Tansis podía sentir sus emociones y la textura de sus mentes, y experimentaba lo que sentían, pero no podía entender lo que pensaban.

    Esperaba que ellos también pudieran experimentar la textura y los sentimientos de su mente, e intentó proyectarse hacia ellos. No era un experto en telepatía, y apenas si conocía ese tema debatido, pero hizo todo lo que pudo, y se dejó llevar por sus instintos. Se dio cuenta de que para llegar a ellos debería aceptar la suerte y confiar en ellos. Intentó abrirse a ellos y vio que sus pupilas se dilataban conforme iba diciendo en voz alta sus pensamientos, a su propio modo.

    Sintió que se iba deslizando y le parecía estar cayendo, estar hundiéndose en sus ojos. Repentinamente, con un sobresalto, sus instintos de defensa corporal le dominaron y se tambaleó para mantener el equilibrio, dando varios pasos atrás. El extraño intercambio de mentes cesó de modo abrupto, y de nuevo se encontró abandonado y solitario sobre una roca batida por el viento, con las olas rompiendo a su alrededor.

    Los extraños habían retrocedido algunos metros, y él se había dado cuenta ¿Estaban acaso imitándole, o el abrupto final del intercambio mental les había producido también un sobresalto? Se sentó, puso el brazo alrededor de un saliente de la roca para encontrar apoyo, y de nuevo intentó adentrarse en su relación con ellos. Quería ese contacto, porque le había hecho recordar cuan solo y aislado se encontraba.

    Los ojos le miraron de nuevo y parecían crecer más y más atrayéndole hacia ellos. Sintió la misma vertiginosa sensación de caída y de pérdida del entronque con la realidad, y en esta ocasión su propia conciencia interior alcanzaba un nivel más profundo. Afectuosos y amistosos, no le deseaban ningún mal. Había algo de su experiencia del ser que era indescriptible. Eran mortales; eran animales como él, pero no eran humanos en su experiencia de la vida, y no podía ni siquiera empezar a describir las diferencias.

    Intentó emanar su propia amistad, y tal vez también su soledad. De cualquier modo, eso podía hacerlo fácilmente, pensaba, casi sin intentarlo. Perdió la noción del tiempo mientras duraba su relación con ellos, mientras las criaturas se movían lentamente en el agua atrás y adelante sin separar la vista de él Decidió pensar en sí mismo, en la historia de su naufragio y de lo que estaba haciendo aquí, esperando que parte del relato les llegara. Eran más telepáticos que él, y tal vez estaban captando de él más de lo que Tansis captaba de ellos.

    Se sentó y pensó, silenciosa pero tan claramente como pudo, intentando reconstruir la historia en su mente. Aunque las palabras no pudieran ser proyectadas, tal vez las imágenes mentales sí. Al ir trazando la historia en su mente, le parecía separarse cada vez más de sí mismo. Sentía que estaba con las criaturas observando a Tansis. Le parecía verse a sí mismo por encima de ellas, por encima del agua, en la luz brillante donde terminaba el mundo, él, el más extraño de los seres, brillando con una luz dentro de la cabeza que iluminaba la boca y los ojos. Tansis tenía totalmente iluminado el interior de su casco. Era un ser hecho de misterio y de admiración —sentía esas emociones de un modo muy fuerte— y sin embargo no le temían. La curiosidad y la espera eran las notas dominantes. La relación telepática era unidimensional, lo notaba, porque le llevaban a su mente solitaria. Con una probabilidad de veintidós contra uno, eso no resultaba sorprendente, pero esperaba que de algún modo les llegara su petición de compañía.

    La experiencia de las criaturas comenzaba a relajarse; se dio cuenta de que algunos individuos se volvían y de que todos se movían hacia atrás. Le estaban diciendo adiós. Se puso en pie y se despidió de ellos con la mano. Como un solo hombre dieron una vuelta total para ponerse frente a él, lo miraron unos segundos y luego comenzaron a irse, nadando.

    Observó su partida sintiéndose feliz y contento, con la confianza de que los vería de nuevo. Luego caminó lentamente de regreso a la playa. Se preguntaba cuánto tiempo habría avanzado el día. Suponía, a juzgar por la luz del cielo, que era bastante tarde, pero esto era una intuición adquirida por la experiencia, y no le revelaba la hora. Aún no había fabricado un reloj de treinta y dos horas, pero llevaba un polarímetro que le indicaba a qué altura del horizonte se encontraba Capella, pudiendo determinar la hora con media hora de error.

    Se dio cuenta de que era muy tarde, tres horas antes de la puesta del sol, ahora que el día era tan corto comparado con la noche; tendría un largo camino de regreso en la oscuridad. No había estrellas ni luna en el cielo nocturno de este mundo cubierto de nubes, y aunque la fuerte actividad eléctrica de la atmósfera superior daba al cielo nocturno un ligero resplandor, con ocasionales zonas brillantes en el horizonte norte, las noches eran realmente oscuras y nunca se había aventurado en ellas.

    Esa sesión con los seres extraños había durado más de cinco horas, aunque le pareciera que sólo habían transcurrido unos treinta minutos. ¿Dónde había estado durante todo ese tiempo y cómo había perdido la noción del tiempo de ese modo? Debía de haber estado completamente abstraído durante largos períodos. Comenzó a preocuparse. ¿Sería peligroso continuar haciéndolo? Para ellos estaba muy bien, porque se encontraban en su casa y no estaban solos ni eran vulnerables, como era el caso de Tansis. Tendría que tener cuidado, pues de otro modo se le podría acabar el aire o podría olvidarse de ajustar los controles del traje espacial.

    Sobresaltado, de repente se dio cuenta de que sus temores iban a cumplirse. Estaba a punto de empezar la noche y se encontraba a veinticinco kilómetros de la nave. Le quedaba un recorrido de cinco horas, o tal vez más, si tenía que andarlo en la oscuridad. Pero eso era imposible, por lo que tendría que dormir al aire libre, y a oscuras. Nunca había dormido en el exterior en toda su vida. En cuanto al aire no había problemas, pues llevaba un compresor portátil y un purificador en la vagoneta, pero pasaría hambre, porque la comida que llevaba en el traje era un suministro muy limitado que se succionaba por un tubo, y ya había tomado la mitad del suministro esa mañana. Tendría que dosificar también la bebida, porque siempre que llevaba el traje puesto tenía más sed que la ordinaria. No correría ningún peligro físico, y en todo caso podría quitarse el casco sin consecuencias nocivas; pero la idea de dormir solo en la oscuridad, sobre el suelo, en cualquier parte, le llenaba de temor.

    Ascendió a donde había dejado la vagoneta, se sentó a su lado con la espalda contra la roca y se preguntó qué debería hacer. Recordaba ahora historias que había leído en alguna ocasión. Hombres sentados alrededor de un fuego de campamento en la espesura, durmiendo entre mantas bajo el cielo estrellado de la Tierra, historias alegres en las que la acampada al aire libre era una experiencia divertida. ¿Debería encender un fuego de campamento? Decidió, después de meditarlo, que sería una buena idea, pero luego se preguntó cómo podría conseguir madera. No tenía ni hacha ni sierra; sólo un cuchillo, y con eso no se podría obtener mucha madera. Tampoco había en este mundo troncos secos, de modo que no podía buscarla y recogerla sin más, como creía que podía hacerse en la Tierra. La capa de cintas se encontraba a diez kilómetros de distancia: ¿debería acampar allá y quemarla?

    Se sentó indeciso durante algunos minutos, y luego comenzó la marcha hacia el interior. Hora y media más tarde se encontraba junto a la ancha franja de la capa vegetal y se puso a preparar su fogata.

    La empezó a cortar con el cuchillo, pero descubrió que tardaba demasiado tiempo en conseguir un montoncito de cintas cortadas. Luego pensó que mejor sería averiguar si ardería bien y cuánto duraría un montón de unos diez kilos de peso. Para conseguir una llama conectó dos cables al generador e intentó que formaran arco contra el trozo de cinta de aspecto más deteriorado. Todo lo que obtuvo fue un ligero chamuscado y un poco de humo, pero nada que ardiera en forma de llama.

    Después de diez minutos de concentración intensa, manteniendo los cables a la distancia justa para que saltara la chispa, se encontró sudando y con la sensación de comportarse de nuevo como un estúpido o un inútil. No podía conseguir fuego, y se encontraba a kilómetros de distancia de la roca saliente, que había sido algo acogedor, porque tenía un poco de techo y una pared a su espalda. Dormir directamente al descubierto era ahora incluso peor, y el silencio era opresivo. Debería de haberse quedado cerca del mar, con su ruido ambiente agradable. La luz estaba ahora desvaneciéndose, y no sería capaz de regresar a la costa antes de que cayera la oscuridad total, y si llegaba entonces tampoco podría encontrar aquella roca.

    Se sentó junto a la vagoneta sintiéndose deprimido y ridículo. Le costaba creer que realmente iba a tener que dormir al aire libre en esta inmensidad silenciosa y desolada. Un profundo abismo de soledad total se abrió ante él, y se sintió a punto de llorar. Su contacto con los extraños había debilitado sus defensas contra aquel viejo enemigo. Antes logró desarrollar una especie de costra, un hábito mental que había distanciado un tanto la soledad, pero ahora le asaltaba hasta el fondo de su corazón.

    Llegó la oscuridad, y ya no podía distinguir nada excepto el resplandor apagado de su propio traje blanco, el bulbo oscuro de la capa de cintas a un lado, y un brillo grisáceo y verde en el cielo que no hacía sino separarlo de la tierra.

    La alarma del traje sonó en su oído, indicándole que el suministro de aire se encontraba ahora en la reserva de emergencia y que necesitaba ser recargado. Conectó la lámpara del pecho, y con su luz deslumbrante dispuso el generador y el purificador de aire. Colocó dos depósitos adicionales y los conectó con su depósito de la espalda para ahorrarse la molestia de volverlos a cargar luego en la oscuridad. Al ir pasando el aire al interior de los depósitos dudó si debería quitarse el casco unos minutos. Había estado en el interior de él quince horas, mucho más tiempo que nunca; se notaba la cara sucia y los ojos viscosos, y tenía muchas ganas de frotarse la cara con las manos. Necesitaba también sonarse las narices, aclarar la garganta y escupir; con el casco quitado podría beber también un poco de la ración precintada que llevaba en la vagoneta.

    La soledad y la ansiedad le pusieron nervioso, así que soltó los amarres del casco y se lo quitó. El viento frío le hacía boquear —olvidaba siempre el frío que hacía, ahora que se había acabado el verano—. Mientras respiraba a fondo sintió un cosquilleo en la garganta. Se frotó la cara vigorosamente y se limpió los ojos. Respiró otra vez y tosió; luego le dio un ataque de tos que vació sus pulmones. Esto le recordó que debía sonarse las narices, y entonces sintió el olor de la cubierta de cintas, un olor áspero, agudo, ocre, como de una tela ardiendo o de un metal caliente. No podía determinar a qué olía, pero el olor era horrible y en ese momento le sobrevino un ataque de tos durante varios minutos. Le costaba respirar, y el olor hacía que le picaran las narices por dentro.

    Cuando se encontró parcialmente recobrado, volvió a ajustar el casco, habiendo decidido no respirar nunca más esa sustancia. El cosquilleo de la garganta le hacía toser de nuevo, aunque trataba de luchar contra la tos. Si todo esto se lo había causado el simple olor, si hubiera respirado el polen habría muerto. De todos los momentos que pudiera haber elegido para su primer olfateo, éste debía de haber sido el peor. Ya era bastante duro tener que dormir al aire libre y de mala manera para que ahora además tuviera un ataque de tos; así estaría seguro de no poder conciliar el sueño en absoluto.

    Su malestar aumentó al recordar que se había olvidado de tomar un trago cuando tenía el casco quitado. La bebida tal vez le hubiera suavizado la garganta. Bebió casi todo el líquido que le quedaba en el suministro del traje, y decidió comer y beber de las raciones extra de la vagoneta cuando pudiera alejarse dos o tres kilómetros de la capa de cintas por la mañana. Entonces tendría que quitarse el casco como fuera, después de haber pasado dieciocho horas más enjaulado en él.

    Se tendió sobre la cubierta de cintas. Eso era al menos una ventaja —tenía un lecho suave— pero tenía que tumbarse sobre el costado debido a la mochila de la espalda, que no podía quitar. Se puso en pie otra vez, buscó la pila de cintas cortadas que debieran haber sido su fuego de campamento, y con ellas hizo una almohada, no porque quisiera estar blando, sino para que el casco formara un ángulo recto con el cuerpo. Se puso en pie de nuevo para cavar un agujero a un lado, y así el saliente de la mochila podría encajarse bien y no le haría rodar. Luego se puso en pie una vez más para traer la vagoneta y ponerla a su lado. Lo hacía para que ese lugar se pareciera un poquito a su casa.

    Nada más tumbarse se sintió inquieto, porque el traje no estaba preparado para que nadie durmiera dentro de él. Si pudiera dormir de pie como un caballo hubiera estado más cómodo. El cosquilleo de la garganta le volvía y la nariz le goteaba. Tenía que tragar los mocos continuamente, y eso no beneficiaría a su estómago. Intentó calmarse y dormir, pero sus pensamientos se agitaban y se sentía desesperadamente solo. Le parecía estar condenado: todo lo que había logrado hacer desde el naufragio era agarrarse de un clavo ardiendo, pero nadie podría salvarle de este mundo salvaje. ¿Acaso podría vencer él en su lucha contra todo un planeta? No podía unirse a aquellas extrañas criaturas ni vivir con ellas; tan sólo podía llamarlas a través de un abismo insalvable. La distancia entre las especies es tan amplia como la distancia entre las estrellas.

    Se quedó adormilado y soñó con extraordinaria claridad. Eran sueños en colores vividos. Parecía estar volando y saltando por el aire sin ningún esfuerzo, totalmente exaltado. Se despertó para quedar dormido de nuevo; luego vinieron pesadillas aterradoras; se ahogaba en el mar, le aplastaba la roca saliente, le ejecutaban lenta y concienzudamente los oficiales de la nave. Durante varias horas alternaron los sueños bellos y apasionantes y las pesadillas terroríficas, en un ciclo mental que nada ni nadie podía alterar. Se despertaba para quedar otra vez dormido, y para soñar, y así continuaba hora tras hora: estaba atrapado sin remedio. Cuando despertaba, su desfallecimiento era tan grande que no podía ponerse en pie, e incluso cuando llegó la luz del día continuó allí tumbado, inmerso en sueños.

    Era casi mediodía cuando finalmente se despertó y descubrió que podía levantarse. Se encontraba atontado y cansado, y el sabor de su boca le recordaba el olor de esa maldita cubierta de cintas. Los dos depósitos de repuesto tumbados en el suelo y enlazados por cables al depósito de aire del traje le impedían moverse y le recordaron que debería comprobar inmediatamente el aire. Si no hubiera acoplado el suministro doble de aire, estaría ya muerto a estas horas, y en realidad sólo lo hizo por pereza, porque no le apetecía molestarse en hacerlo a media noche. Comprobó la hora con el polarímetro. Había estado durmiendo casi veinticuatro horas, y era el peor sueño que jamás había tenido. Al recordar las pesadillas y el dolor de su cuerpo, se dio cuenta de que debió de estar enfermo o drogado. ¿Le habría drogado el olor de la capa de cintas? Se asustó al recordar que la capa de cintas estaba llena de alcaloides semejantes a los narcóticos de la Tierra. Sólo la había olido unos minutos, y ello le había bastado para emprender un «viaje» de veinticuatro horas.

    Necesitaba desesperadamente beber un trago —nunca había sentido una sed tan intensa— y sabía que si no lo hacía nunca más regresaría a la nave. Puso todo el equipo en la vagoneta y emprendió la marcha hacia la costa más cercana, en el lado oriental. Se alejaría cinco kilómetros de la capa de cintas y unos veinte de la nave.

    Antes de iniciar la marcha se encontraba ya cansado y enfermo debido a los efectos de los alcaloides en su sistema y por no haberse quitado el traje espacial durante casi dos días. El recorrido iba a ser una auténtica prueba de resistencia.

    Cuando llegó a la orilla del mar notó, con alivio, que el viento venía del mar con dirección sur. Rápidamente se quitó el casco, bebió un largo y rápido trago y comió luego un poco, estornudó, se frotó los ojos y rápidamente se puso de nuevo el casco. Lo hizo todo en menos de medio minuto, y el estómago hizo ruidos y protestó por el esfuerzo repentino de tener que apechugar comida y bebida con esa prisa.

    Tenía que descansar; estaba claro; no podía continuar. Por eso se tumbó en la arena unos minutos. Quedó inconsciente casi al instante.

    Al despertar quedó totalmente desorientado durante varios segundos; no tenía idea de dónde se encontraba. Cuando lo recordó, apresuradamente verificó la hora. Estaba atardeciendo; dentro de tres horas sería otra vez de noche, y aún se encontraba a veinte kilómetros de la nave Quizá pudiera lograrlo. Estaba ahora en contacto por radio con la nave, y podía sintonizar el maser direccional. Llamó al computador y le ordenó que conectara las luces exteriores de la nave, para poder verlas en la oscuridad. Aún se sentía cansado, porque el último sueño no le había refrescado, y se notaba sucio, sudoroso, y olía a cerdo en el interior de su traje. Inició la marcha siguiendo la costa, decidido a llegar hasta la nave. Era ya de noche cuando llegó, pero no tuvo mayores desgracias; habían sido bastantes para un solo día.

    A la mañana siguiente, con algo de tos y con una sensación de cansancio y de depresión, analizó con calma su situación. No podía vivir con la capa de cintas: eso era evidente. Aunque no fuera directamente tóxica, su olor era demasiado desagradable y dañaría su mente con sus efectos narcóticos; si viviera intoxicado en un mundo como éste, no duraría mucho. Así que no podía permitir que la nave quedara contaminada con las moléculas de aroma que desprendía, y, sin embargo, esto era lo que ocurriría cuando se agotara la película de aislamiento. Cuando saliera al exterior siempre podía llevar el traje espacial y respirar aire purificado, y cuando el traje se gastara le quedaban aún diecinueve más. No necesitaba respirar para nada el aire de este mundo directamente. La esclusa de aire continuaría funcionando mientras funcionara la nave, y el aire de la esclusa exterior continuaría vaciándose cada vez que él entrara; pero siempre que pasara al interior de la nave por la compuerta interna introduciría algunas moléculas y gérmenes extraños, y éstos tenderían a permanecer dentro del sistema de aire de la nave, de circuito cerrado, como una constante irritación y un constante peligro. El problema estaba en la película de aislamiento, y en el efecto devastador de que era capaz hasta un puñado de moléculas extrañas.

    Tendría que alejarse lo más posible de la capa de cintas antes de que el aislamiento se acabara, lo que significaba dirigirse al extremo sur de la isla, donde la península en curva se adentraba en el mar. Allí se encontraría a unos trece kilómetros de la capa de cintas, y a más de tres kilómetros también de los «relojes de arena» más próximos.

    Al volver a meditarlo, vio más ventajas en ese desplazamiento. Allá abajo estaría en el lado sur de la isla, y podría reunirse con las criaturas marinas sin tener que hacer viajes de cincuenta kilómetros. Duplicaría el rendimiento de los generadores de viento. Y había algo más: se encontraría cerca de un lugar donde crecían en abundancia las plantas marinas, y eso era lo único que valía la pena convertir en comida.

    Su gran obstáculo era la torre de la nave, y la plataforma de la cima. Estaba muy orgulloso de ese trabajo hecho por sus propios medios, una victoria sobre este mundo lleno de frustraciones. No estaba unida a la nave que, por lo tanto, podría moverse sin ningún impedimento, pero tendría que dejarla atrás, y quedaría enhiesta e inútil en el desierto, como una especie de locura, o un monumento a las falsas esperanzas y a los esfuerzos desperdiciados.

    La plataforma podría llevarla con la nave: en realidad, tendría que hacerlo porque no podría colocarla allá arriba sin la torre como andamiaje. Los generadores que estaban sobre la plataforma tendrían que quitarse antes del despegue, en prevención de accidentes, porque eran demasiado valiosos para correr el riesgo de perderlos, pero, ¿dónde los pondría? No podía llevarlos al interior de la nave porque no estaban aislados. Claro que... Veamos. Los podía entrar por la película de aislamiento, recubriendo cada uno de ellos por separado y depositándolos en los almacenes. Esto contradecía las ordenanzas, pero ¿qué más daba? Él era, aquí y ahora, quien dictaba las normas. A su llegada podría sacarlos de nuevo al exterior, cortar la película de aislamiento y volverlos a poner en marcha. En verdad, también podía hacer lo mismo con la vagoneta grande y con todo el equipo de la cueva bajo la capa de cintas, y con el equipo de perforación. Aquel depósito de protozoos tendría que abandonarlo, pese a todo; era demasiado grande para meterlo en la nave, y era también demasiado grande para hacerlo pasar incluso por la esclusa de aire.

    Lo que más le molestaba era la idea de perder la torre. Era muy fácil subir por ella a la plataforma, y servía como de balcón exterior de la compuerta de aire, muy útil. Odiaba tener que perderla; además, ¿cómo colocaría los generadores otra vez en la plataforma?

    Tendría que intentar llevársela con él.

    Pidió al computador que calculara el peso de la torre, según los planos, y el peso específico de la madera. La respuesta instantánea fue: cincuenta y dos toneladas. Era demasiado peso para colgarlo de la nave. Preguntó de nuevo al computador cuál sería el peso sin el pie cónico sobre el que descansaba la torre. Veintiséis toneladas, fue su respuesta. No era extraño que a la torre nunca la balanceara el viento. Decidió separar los pies del resto de la torre, y atarla a la nave con cuerdas y con cables.

    Saqueó los almacenes en busca de algo que pudiera servirle de cuerda. Había sesenta metros de cuerda de nylon en tiras de seis metros, treinta metros de cable eléctrico, un rollo de alambre, laminados de plástico fuerte que podría cortar en tiras y que luego uniría. Había sacos de dormir y ropa para la tripulación ausente, que podía rasgar y utilizar. Estuvo tres días haciendo cuerdas con esos materiales diversos, y dos días más atando la torre a la nave, anudando primero la cuerda o cable a los maderos de la torre, pasándolo luego alrededor de la nave y atándolo a los maderos del otro lado de la torre. Comenzó desde abajo, donde la nave era más ancha, y continuó atando hasta cubrir unos dos tercios de la altura de la nave. Más arriba el casco comenzaba a reducir su diámetro hacia el morro en punta y, en consecuencia, la torre quedaba separada de la nave. Necesitaba atar la torre a la nave para que quedara prieta, y en el casco habían pocos salientes que pudiera utilizar para anudar las cuerdas. Utilizó un torno de engranaje para que la cuerda quedara lo más tensa posible en cada vuelta en torno al casco de la nave, y esperaba que el engarce de la cuerda contra el metal resistiera los pocos minutos de vuelo.

    Por último, instaló un par de cámaras de televisión, una en la cima de la torre y otra sobre la plataforma de la esclusa de aire, para poder controlar lo que ocurriera durante el vuelo. Eso era todo lo que podía hacer: por lo demás, tendría que confiar en su suerte.

    Desmontó el campamento de la cueva de la capa de cintas, lo almacenó todo recubierto de película de aislamiento, recogió la bomba del pozo de la ladera de la montaña, y luego recordó que allá a donde iba no encontraría ni pozo ni lugar apropiado para hacer uno en muchos kilómetros. Bueno: no se puede tener todo en esta vida; eso podría solucionarlo más tarde.

    La última tarea fue la de bajar los generadores de la plataforma y devolverlos a la nave.

    No vio ninguna razón para permanecer allí más tiempo. Subió a la torre y bajó, para comprobar que las cuerdas estaban bien atadas, y luego fue al interior y ocupó su puesto en la cabina de mando.

    Ordenó al computador que le mostrara en pantalla un mapa de la isla y marcó en él el punto de destino. Luego ordenó que la nave se moviera con la trayectoria de vuelo más rápida y más económica, manteniendo una posición lo más vertical posible.

    Hubo una pausa de unos dos segundos, y el computador respondió:

    —Esto disminuirá la reserva restante de combustible en un noventa por ciento, y reducirá el período de funcionamiento de la nave fijándolo en dieciocho años y 140 días al ritmo actual.
    —Lo sé —tecleó Tansis en respuesta—, pero en el punto de destino hay el doble de viento que aquí, y calculo que los generadores de viento duplicarán su rendimiento, y así alargarán la vida funcional de la nave. Otra razón más para partir es que la capa de cintas es demasiado peligrosa para mí, y debo alejarme lo más posible de ella. Como comandante, ordeno el vuelo inmediato tal como ha sido indicado.
    —Habrá una demora mientras se comprueba el sistema de propulsión —respondió el computador.

    Tansis no hizo ningún comentario. La nave había estado inmóvil durante varios meses. Después de medio minuto el computador indicó, con destellos luminosos, luz verde en todos los sistemas, y los motores rugieron cobrando vida.

    La nave tembló al empezar el ascenso, y la señal de alarma sonó con estrépito.

    —Emergencia —indicó el computador con destellos—, la nave tiene una distribución de masa inestable e inexplicable.

    Tansis, agitado y sintiéndose culpable, contó en pocas palabras que la torre estaba atada a un lado de la nave.

    —Todas las modificaciones de la nave, especialmente las que afecten a su funcionamiento de vuelo, deben ser modificadas al computador de acuerdo con las ordenanzas, según 112. Es muy peligroso omitir estas notificaciones.
    —Lo siento...

    Tansis había comenzado a teclear su respuesta pero luego la canceló. ¿Por qué debía disculparse? El computador no estaba enfadado: sencillamente le estaba indicando un hecho. Era una máquina para comunicar hechos, no una persona que pudiera disgustarse. Unos cuantos años más en este maldito mundo y hablaría con él como si fuera su esposa.

    —Suponiendo una masa de veintiséis toneladas distribuidas a lo largo del lado inferior de estribor de la nave, de morro a cola, vuelve a calcular la trayectoria de vuelo manteniendo la posición más estable y vertical posible en la nave.
    —Cálculo realizado —respondió el computador después de tres segundos—, pero pueden necesitarse uno o más despegues preliminares para determinar los factores que se utilizan en las ecuaciones.
    —Adelante —contestó Tansis.

    Los motores rugieron de nuevo y la nave se elevó cuatro o cinco metros, y descendió de nuevo. Tansis no notó nada anormal, pero había algo que no gustaba al computador. Otro nuevo estallido; la nave se elevó y volvió a descender.

    —Dispuesto para el despegue.
    —Espera mientras compruebo la torre —contestó Tansis.

    Observó por la pantalla de televisión, que estaba orientada hacia abajo, dominando desde la plataforma de la esclusa de aire hasta el pie de la torre. La sección inferior de la torre estaba ardiendo y entre las nubes de humo pudo ver que los macizos pies cónicos ardían furiosamente y que las llamas atacaban ya la sección de la torre más próxima.

    Se puso de pie de un salto, bajó las escaleras al galope, entró en la sala y se apresuró hacia la esclusa, poniéndose el casco a la carrera. Una vez en la esclusa de aire, al apretar con el dedo el botón para abrir la esclusa externa, la pantalla centelleó:

    —Los sensores del casco indican un incremento repentino de la temperatura a cuatrocientos grados centígrados en el...
    —Lo sé, espera —respondió Tansis, y sin explicar más se lanzó a la plataforma exterior de la compuerta de aire. Para su propia utilidad, dejaba siempre una caja de herramientas en la esclusa de aire exterior, para resolver cualquier reparación rápida que necesitara la torre. Pero ahora antes de la partida tendría que hacer un trabajo mucho más rápido.

    Agarrando unas tijeras cortapernos y un cuchillo afilado, descendió la torre, hacia el humo que subía. Con el traje espacial no podía sentir calor, a no ser que el sistema de enfriamiento se sobrecargara, de modo que tendría que vigilar las llamas.

    Descendió al segundo nivel y cortó el cable con las tijeras cortapernos. Las llamas trepaban literalmente por los jabalcones de madera a ambos lados de la torre, pero no habían alcanzado el centro donde estaban las escaleras. Trepó otra vez hacia arriba y atacó la cuerda de nylon con las tijeras especiales y luego con el cuchillo. De nuevo en la baranda, las llamas crujían por debajo de él mientras cortaba el cable metálico, y las dejó atrás al apresurarse al nivel siguiente para tajar y cortar la cuerda de plástico que había fabricado con tantas dificultades.

    Al cortar los jirones de cuerda del nivel superior, toda la torre se tambaleó, y Tansis lanzó un grito creyendo que caería al suelo con ella. Sin embargo, la torre siguió apoyada contra la nave, pero se movió de nuevo conforme Tansis prácticamente caía escalones abajo hacia la esclusa de aire. La plataforma de la esclusa estaba rodeada de llamas, y distinguía pequeños estallidos de humo blanco que surgían de las alfombrillas del suelo conforme él saltaba por la esclusa para entrar en la nave.

    Cerró la esclusa y se reclinó contra la pared; luego recordó que la emergencia aún no había concluido. Entró por la esclusa de aire a la sala, y desde el comunicador que allí había ordenó un inmediato despegue sin retorno. Se sentó en el suelo mientras la nave se tambaleaba hacia arriba y luego se erguía inmediatamente.

    «ATERRIZAJE DENTRO DE UN MINUTO Y DOS SEGUNDOS», apareció centelleando en la pantalla de la sala. Tansis se puso en pie y ascendió, agotado, a la cabina de mando.

    —Dame el control manual para el aterrizaje —ordenó, y luego miró atrás al lugar donde había estado. Una alta columna de humo se elevaba en el aire, pero no pudo ver la torre; debía de haber caído de lado. La escena del desastre iba haciéndose cada vez más diminuta, y tuvo que mirar en la otra dirección, al destino del viaje.

    La nave estaba cayendo ya hacia la bahía. El mar parecía ligeramente ondeado y agitado desde esta altura, pero no podía ver la línea blanca donde se unía a la costa. Debería estar aún tan picado como siempre. Luego la nave alteró el ángulo y comenzó a caer directamente hacia abajo, hacia las estribaciones de montañas de color oscuro que se curvaban hacia el mar. Tomó el control manual y eligió un lugar a mitad de camino siguiendo la línea de colinas, allí donde la cordillera que corría por el centro se elevaba formando una pequeña colina y luego bajaba suavemente hasta el nivel del mar. Allí estaría a salvo de las grandes olas, y lo más lejos posible de la capa de cintas. Éste sería, al fin, el último lugar de reposo de la nave.


    10


    Se sentó unos minutos disfrutando de la vista. Miraba las aguas agitadas de la bahía y logró distinguir un conjunto de rocas en la otra orilla, y sobre ella pendientes oscuras y empinadas que parecían acantilados desde este punto de observación. Por encima de las pendientes, elevándose hacia el cielo, estaba la gran montaña, con forma de cono perfecto; era la primera vez que la veía con claridad, y completa. Tenía un aspecto oscuro contra el cielo brillante detrás, y un casquete casi negro en la cima. ¡ Pensar que había ascendido allá arriba y había bajado, todo en un solo día! Ahora ya no intentaría realizarlo, porque tendría que recorrer unos quince kilómetros antes incluso de llegar a su pie.

    Recordó que tenía muchas cosas que hacer. Pasó por la esclusa de aire y sintió el dolor de una pérdida. Ya no tenía torre; ya no tenía plataforma amplia sobre la que ponerse en pie. La nave estaba desnuda sin ella. La torre había significado mucho más de lo que había supuesto; había convertido el lugar de aterrizaje en un hogar, algo que él había cambiado y donde había puesto el sello de su personalidad.

    Descendió a tierra por el ascensor y bordeó la nave para comprobar si había sufrido algún desperfecto. La pintura naranja brillante y blanco brillante se había ennegrecido en un lado y había quedado estropeada por el fuego, que, según las huellas, debía de haber alcanzado casi la parte superior de la torre antes del despegue. Había estado muy cerca del desastre.

    Miró hacia arriba, a la plataforma. Aun se encontraba allí, y parecía estar en equilibrio y no haber sufrido daño. ¿Cómo demonios podría llegar hasta ella?, e incluso, más aún, ¿cómo podría subir siete generadores y aspas de viento allá arriba? Con tristeza contempló el casco de más de veinte metros, de acero inoxidable, liso. No le quedaba cuerda, no había forma de construir otra torre y la madera se encontraba ahora a kilómetros de distancia; además, había perdido todo su suministro de cable de electricidad para trabajar en el exterior. Miró hacia arriba otra vez para verificar si la toma de energía del maser de la plataforma estaba aún intacta. ¡ Gracias a Dios, así era! No se encontraba en la zona que las llamas habían chamuscado.

    Preocupado por el problema, se dirigió a la pequeña península hasta llegar a su extremo. Podía oír el gemido ronco del mar y el traqueteo de las piedras bajo las olas. Ésa sería a partir de ahora su constante música ambiental: los seres humanos parecían necesitarla para mantenerse cuerdos. La Tierra debe haber sido un lugar ruidoso. Este planeta era, por el contrario, de un silencio mortal, y eso lo hacía tan desequilibrado y tan deprimente. La humanidad no podría nunca colonizar este planeta, aunque pareciera verde y aunque su atmósfera fuera respirable. La agricultura, por ejemplo, estaba totalmente descartada, pues ningún vegetal de la Tierra podría competir con la capa de cintas. La mejor forma de vida pensaba que sería vivir en flotas de botes amarrados lejos de la costa, respirando el limpio aire marino. La tierra era muerta y estéril para el hombre o para cualquier animal, incluso para los de este mundo.

    Miró hacia la bahía, preguntándose si las criaturas marinas se encontrarían allí, y luego de repente divisó unas seis, nadando lentamente hacia fuera a unos treinta metros Les hizo señales con la mano, y se volvieron para mirarle. Si tenían un lenguaje de signos de movimientos corporales, al igual que los seres humanos, que suplementan su lenguaje con gestos y expresiones faciales, ¿cómo podría copiarlo? Nadaban en el agua; él estaba en la tierra; sus cuerpos eran totalmente diferentes. Tal vez pudiera desarrollar un lenguaje de análogos.

    Se acercó al borde del agua y esperó que ellos se acercaran. Lo hicieron hasta unos veinte metros de distancia, y permanecieron alineados ante él. Uno nadó por delante de los otros, girando rápidamente sobre sí mismo en el agua unas seis veces, y luego se unió al resto. Continuaban observándole. Tansis miró el agua: allí era muy poco profunda, y probablemente podría vadear bastante antes de que la profundidad aumentara. Por eso precisamente no se acercaban más. No les gustaba el agua poco profunda; debería ser peligrosa para ellos, por correr el riesgo de quedar varados e indefensos.

    Siguiendo una corazonada, entró en el agua dando brazadas conforme las olas le golpeaban las rodillas y las caderas. A unos cinco metros de los extraños se detuvo, sintiendo ese extraño empuje del mar que le levantaba de puntillas y le mecía atrás y adelante conforme pasaban las olas.

    Desde aquí podía ver sus ojos, y entonces recordó el trance en que había caído la última vez. No debía permitir que le ocurriera aquí en el agua. Juntó los brazos delante de él y golpeó el agua varias veces. Dos o tres de los extraños movieron las colas arriba y abajo, y golpearon también el agua. Perfecto; ya tenían otro gesto en común; lo que faltaba era añadir al gesto un significado útil.

    Una ola de mayor tamaño que las demás, de repente se fue elevando cada vez más por delante de él y pasó prácticamente sobre su cabeza. Sus pies perdieron el contacto con el fondo, y quedó flotando hacia atrás, con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo. Lleno de pánico giró el cuerpo para ver a dónde caía y luego se encontró forcejeando a cuatro patas en aguas poco profundas. Salpicando agua fue, marcha atrás, hacia la orilla, descubriendo conforme lo hacía cuan difícil es caminar en el agua con rapidez. Las piernas le parecían extrañamente débiles y agotadas al regresar a tierra firme. Las criaturas marinas aún le estaban observando: lo que pensaban sobre sus payasadas no podía ni imaginarlo.

    Decidió continuar el paseo hasta el extremo de la pequeña península. Carecía de todo rasgo distintivo: era sencillamente una extensión plana de arena y de piedras. Por la suavidad y las marcas de la arena, parecía que en algunas ocasiones el mar la invadiera. Miró hacia atrás a la nave, plantada en la pequeña colina. Allá arriba parecía segura, pero tendría que calcular hasta qué altura de la pendiente llegaban las olas.

    Alcanzó el extremo del espolón, donde la arena y el agua se mezclaban formando charcos y arroyuelos, y saludó de nuevo con el brazo a las criaturas que le seguían, pero a mucha mayor distancia. Dio varias vueltas, para decirles que iba a regresar, y luego caminó por la península, siguiendo el lado que daba al mar. Miró hacia atrás para comprobar si le estaban siguiendo, pero eran ya invisibles. ¿No les gustaba salir de la bahía, o habían creído que su gesto de dar vueltas significaba una despedida?

    De cualquier modo, tenía mucho que hacer y siempre podría encontrarse con ellas cuando le apeteciera.

    Tenía que imaginar algún modo de colocar los generadores allá arriba en la plataforma. Pensó en utilizar una polea o un dispositivo para izarlas, pero luego se irritó al recordar que no le quedaba cuerda. Tendría que hacerlo con escaleras, y eso quería decir que tendría que cortar madera y acarrearla desde kilómetros de distancia.

    Luego recordó las escaleras estrechas y ligeras que se empleaban en las expediciones. Le quedaban cinco, y cada una medía seis metros cuando estaba totalmente extendida. Sólo necesitaría subir por ellas una vez con los generadores; claro, suponiendo que pudiera fijar las escaleras a la nave hasta alcanzar la cima.

    Recorrió la pendiente ligeramente empinada hasta la nave, vigilando por una parte el terreno para ver dónde acababan las huellas del oleaje, y preocupado, por otra, por el problema de las escaleras. No podía precisar en qué lugar la arena suave de la playa se convertía en arena normal de desierto, pero de todos modos ocurría a mucha distancia de la nave. No necesitaría cambiarla de posición.

    Veinte metros de escaleras atadas entre sí serían, sin embargo, demasiado vacilantes y el viento las volaría. Al pie de la nave estudió los flancos altos y lisos. ¿Podría adherirlas allí? ¡Claro! Podía soldarlas. Ésa era la respuesta: soldarlas a los flancos, desde el suelo hasta la cima. Debiera de haber sido una parte integrante del diseño de la nave, de todos modos. ¿Cómo podría inspeccionar y repararse el casco cuando la nave estuviera posada en un planeta?

    Se había quitado un peso de encima. Alegre, por haber logrado otra victoria frente a las adversidades, entró en la nave y buscó en los depósitos equipo de soldadura y escaleras. Tansis había realizado soldaduras en el espacio, como miembro del equipo de trabajo exterior, así que por esta vez no necesitaría seguir otro curso de estudios. Empezaba la tarde y tenía ganas de iniciar su trabajo en este nuevo proyecto. Las escaleras deberían mantener una separación de la nave al menos de quince centímetros para dejar sitio a los dedos del pie, al trepar por ellas.

    La primera tarea, por lo tanto, era la de cortar barras de acero de unos quince centímetros y soldarlas a las escaleras en ángulo recto, y luego soldar estas barras de metal al casco. Esto le planteó la primera dificultad. No podía soldar dentro de una nave espacial, porque se quema oxígeno y se contamina el sistema de aire con humos de metal que el sistema de purificación no puede eliminar con eficiencia. El último trabajo de soldadura lo había efectuado en la plataforma exterior de la esclusa de aire, pero ahora no tenía ni torre ni cable y ni siquiera podía hacerlo al pie de la nave.

    Después de mucho meditar, decidió no trabajar en el interior para evitar el riesgo de contaminar el aire; y colocó un banco en la esclusa de aire exterior. La primera parte del trabajo era fácil. Con un cortador de rayos láser fue cortando cuarenta barras de acero, cada una de quince centímetros de largo. Con eso agotó todo el acero de repuesto que quedaba en el almacén de reparaciones de emergencia.

    La operación siguiente era más molesta, y le ocupó el resto de la tarde y la mayor parte del día siguiente. Tenía que soldar las barras de acero a las escaleras, dentro de los márgenes estrechos de la esclusa de aire exterior. Con la puerta abierta, la escalera sobresalía tanto fuera de la nave quE tuvo que atarla al suelo para evitar que cayera. Soldó las barras a un metro de distancia y en los dos lados de las cuatro escaleras. Las primeras, en el extremo de la escalera, resultaron fáciles; las otras dos, más arriba, pudo soldarlas estando de pie en la puerta con un pie sobre el ascensor. Las otras dos, más arriba, sólo pudo soldarlas después de atar unos paneles que salían de lado hacia fuera desde la plataforma del ascensor, para poder mantenerse a duras penas a unos tres metros más allá de la puerta interior de la esclusa de aire. Luego giró la escalera y siguió el mismo procedimiento empezando desde el otro extremo Repitió esta operación con las cuatro escaleras, y luego las dejó, ya preparadas, al pie de la nave. Soldarlas al casco, especialmente cuando sobrepasara la altura máxima del ascensor, iba a ser un trabajo duro y agotador, y pensó que sería mejor dejarlo para el día siguiente.

    El resto de la tarde lo pasó estudiando la película que había tomado del rostro y del movimiento de los ojos de los seres extraños. La proyectó a cámara lenta muchas veces y comprobó que había cierto orden, pero no sabía qué querría decir. La pasó al computador para que la analizara; la máquina estuvo rumiándolo media hora y suministró al final un análisis matemático que no aumentó los conocimientos de Tansis. Conocía a fondo las matemáticas de la mecánica celeste y de la navegación espacial, pero no conocía en absoluto las matemáticas rarificadas de cifras y códigos.

    El parpadeo de la pupila izquierda era una repetición rápida de la dilatación de la pupila derecha, idéntica en esquema, pero de distinta frecuencia. Era como si dos seres humanos emitieran exactamente el mismo sonido, el uno rápida y el otro lentamente, y la variación en las pausas intermedias diera el significado. Era imposible que un ser humano lo copiara, y era demasiado rápido para entenderlo.

    El computador podía distinguir grupos de movimientos, y algunos de esos grupos se utilizaban más de una vez en la película; pero su significado Tansis no podía captarlo. Cuando preguntó al computador qué significaba, la respuesta fue tan complicada y erudita que lo abandonó. No podía adivinar cómo lograría hablar con ellos de un modo similar al que utilizaba para comunicarse con los seres humanos. Con tiempo y paciencia tal vez pudiera elaborar un pequeño vocabulario de signos de significado limitado, y eso sería todo lo que podría hacer.

    Durante los dos días siguientes sudó la gota gorda soldando las escaleras al casco. Comenzó desde el suelo, utilizando un soldador de arco eléctrico que funcionaba con un generador portátil. Para empezar tuvo que conseguir que la primera escalera quedara vertical mientras soldaba las primeras barras al casco. Intentar soldar con una mano mientras sostenía una escalera de seis metros recta y alineada con la otra era algo que estaba más allá de sus posibilidades. Lo solucionó atando imanes a la escalera y dejando que se agarraran a los flancos de acero de la nave. Eran lo bastante fuertes para sostener la escalera en su sitio; sin embargo, no podían soportar su peso.

    Consiguió soldar los dos primeros pares de barras estando de pie en el suelo. Para soldar los que estaban más arriba se puso en el ascensor de la nave y subió. La escalera terminaba unos tres metros por debajo de la esclusa de aire. Con los imanes aferró al casco otra escalera, por encima de la primera, soldó los extremos de las dos, y luego las barras una a una. Cuando superó la altura del ascensor de la nave, se sostuvo en otra escalera que descansaba en el ascensor y se apoyaba en el casco. Llevó arriba el generador portátil y lo colgó de la escalera. Había una toma de energía en el transmisor del maser, más arriba, pero no pudo alcanzarla hasta que la escalera estuvo acabada. Otra vez volvió a imantar la escalera al casco y la soldó a la parte superior de la segunda escalera. Soldó las barras de esta última mientras estaba de pie sobre ella. Estaba jugándose la vida, pero no tenía otra alternativa.

    Así llegó más allá del codo de la nave, donde el casco comenzaba a afilarse hacia el cono del morro. La plataforma sobresalía cuatro metros por encima de él. La colocación de la última escalera era la parte más peligrosa y agotadora. Ató un gancho con curva bien cerrada en su extremo y luego elevó la escalera y la hizo oscilar por encima de su cabeza hasta que el gancho se agarró del borde de la plataforma. Había tomado la precaución de atarse en la escalera sobre la que se encontraba, y se alegraba de haberlo hecho, porque por dos veces se había resbalado en su abrazadera y se le había caído la escalera antes de alcanzar, al fin, la plataforma. Luego soldó las dos escaleras y ató con tuberías de plástico flexible los peldaños de ambas para que quedaran bien sujetas; por último ascendió cautelosamente a la plataforma y aseguró la escalera con clavos grandes y toscos hechos por él mismo, con acero que había recortado con rayos láser.

    Nunca podría sentir hacia esa escalera el mismo orgullo y la misma satisfacción que tuvo con la torre. No estaba seguro de que durara mucho: tenía el aspecto de una medida provisional, algo desgarbada y chapucera; pero mientras sirviera para colocar de nuevo los generadores en la plataforma, sería útil.

    Subió tres generadores y los sujetó allí antes de llegar la noche, y al día siguiente colocó el resto; los conectó al cable de energía del maser y los comprobó. El viento era fuerte y constante, y se obtenía energía suficiente para mantener la nave en funcionamiento.

    Con el sistema de energía de nuevo en marcha se sintió más seguro y confió que en este lugar de descanso final podría adaptarse a la vida en el planeta. Estaba ahora a mediados del invierno con temperaturas de cinco grados sobre cero, y vientos fuertes del norte y del este. La gran inclinación del eje planetario ocasionaba en este mundo un clima más extremado que el de la Tierra. Esta isla era vagamente el equivalente a las Islas Canarias en cuanto a latitud y proximidad a un gran desierto, pero se encontraba bañada por una corriente muy fría. Por estas fechas el casquete de nieves del norte probablemente se extendería hacia el sur y alcanzaría el centro de la gran cuenca fluvial, pero nunca lo sabría. Daba gracias a Dios de no encontrarse ya más en el continente.


    Conforme fueron pasando las semanas se amoldó a una nueva rutina. Cada mediodía caminaba por la playa y se encontraba con una o más criaturas marinas. A veces llegaba hasta el largo saliente rocoso y se sentaba en la punta intentando elaborar un sencillo lenguaje de signos. Al principio evitaba llegar a un contacto telepático y no los miraba a los ojos muy profundamente ni durante demasiado tiempo. Encontró que la relación telepática sólo tenía lugar cuando una docena de ellos, o más, intentaban entrar en contacto con él juntos.

    A veces bordeaba toda la bahía hasta llegar al punto opuesto, pero nunca se molestó en ir tierra adentro, ni se acercó a los árboles ni a la capa de cintas. Los seres extraños aprendieron rápidamente sus costumbres, y por lo menos uno le esperaba en el mismo lugar frente a la nave, a mediodía. Comprobó su sentido del tiempo y descubrió que comprendían bien lo que era mediodía. Para hacer un experimento, durante algunas semanas cambió la hora y fue a pasear exactamente a las doce y media; después de varios días aparecían a esa hora exacta. Su sentido del tiempo era evidentemente muy bueno; tal vez era algo natural en una especie cuyo lenguaje implicaba respuestas a señales visuales.

    Todos los alimentos terrestres se habían acabado, y vivía a base de algas procesadas en los tanques de purificación, suplementando la dieta con plantas marinas adecuadamente procesadas, y a veces con aquellas medusas planas que reptaban. Todo lo que pudo averiguar fue que las criaturas extrañas comían plantas marinas, o al menos eso era todo lo que les había visto comer. Comían las hierbas de las rocas, y parecían vacas pastando.

    No vio ninguna prueba de artefactos materiales; tampoco utilizaban ningún tipo de herramientas, y no vio nada que parecieran nidos o agujeros en las rocas, ni divisó lugar alguno en la bahía donde pudieran vivir. En el aspecto material vivían, por ello, a un nivel animal, y sin embargo Tansis no tenía ninguna duda de que eran seres no sólo inteligentes sino también civilizados. Todos se ponían de acuerdo en cuanto a sus gestos o movimientos: «Voy a la derecha», «voy a la izquierda», o «tengo hambre». Respecto a este último gesto, Tansis poco a poco se había acostumbrado a quitarse el casco durante una parte del paseo, aunque solía comprobar primero la dirección del viento y sólo respiraba el aire cuando venía del mar. Luego llevaba alimentos consigo y comía estilo picnic mientras conversaba con sus amigos. Entonces ellos también comían. Una vez recogió plantas marinas e, inclinándose desde la roca, las ofreció a los extraños. Nadie se atrevió a tocar su mano, pero examinaron cuidadosamente lo que les ofrecía y luego cada uno de ellos comió una hoja. Cuando terminaban, movían la cola lentamente de un lado a otro.

    El contacto y la conversación diaria le apaciguaron. Ya no sufría ese terrible malhumor ni esa tensión que le hacían ver a los miembros de la tripulación muertos por toda la nave, aunque continuaba hablando a solas, y en ocasiones le acompañaban los fantasmas de su madre y de su hermana.

    Utilizó el computador para aprender mucho, porque eso también le servía de compañía. Leyó mucho y continuó estudiando medicina. Tendría que ser su propio médico, y en cualquier momento podría tener nuevos problemas de salud.

    En aquella península había vientos abundantes, y el suministro de energía estaba ahora asegurado para la mayor parte de su vida, siempre que los generadores no se rompieran ni se estropeara ninguna pieza más de la nave.


    Llegó el equinoccio de primavera, y con él una señal de alarma: la primera avería grave en esa nave tan perfecta que había funcionado sin ningún fallo durante más de dos años terrestres.

    La bomba que hacía circular el aire por la nave se rompió. Al tener acceso a todos los planos y al tener a su disposición todo el conocimiento del computador, logró ponerla en marcha de nuevo, pero entendió bien el peligro que corría a partir de ahora. Algo tan complicado como una nave espacial, construida por manos humanas imperfectas, no podía funcionar sin problemas año tras año. Necesitaría ser ingeniero de su propia nave, además de ser su propio médico. Éstas serían ahora sus tareas principales, y nunca podría estar satisfecho de dominarlas a fondo.

    A partir de ahora organizó su jornada estudiando medicina por las mañanas, y planos y mecanismos de la nave por la tarde. Por las noches hacía lo que se le antojaba. Durmiendo una siesta al atardecer se había acostumbrado ahora a un día de trabajo de veintidós horas, y a diez horas de sueño. Hasta llegó a considerar el largo día de Capella como una bendición, porque podía rellenarlo con muchísimas cosas, y, a pesar de todo, dormir bien.

    El clima de la isla comenzó de nuevo a caldearse y la capa oscura de vegetación de la montaña cambió de color muy lentamente. Intrigado, e incluso algo ansioso por saber lo que estaba dispuesto a hacer su enemigo, hizo una expedición a la franja de la capa de cintas a trece kilómetros de distancia. De camino miró de cerca los «relojes de arena». Esperaba ver algún signo de crecimiento en el follaje, pero no había señal alguna de crecimiento ni de renovación. Ni vegetación muerta, o mustia, ni retoños jóvenes, ni árboles a medio crecer. Todos los árboles estaban maduros, todos tenían el mismo tamaño, todos eran idénticos. Parecía como si la capa de cintas, en sus múltiples formas, hubiera cubierto el mundo hacía ya mucho tiempo y luego sencillamente se hubiera mantenido así, sin morir nunca, incapaz de extenderse más, inmersa en un statu quo que pudiera haber existido durante millones de años. Y, sin embargo, existían mecanismos de renovación, porque la inmensa producción de polen de cada otoño era algo semejante a la reproducción, que contrarrestaba cualquier tendencia inevitable a la desviación y al desorden genéticos.

    Lo que Tansis sí encontró en las cintas de follaje de los árboles fue una banda fina amarillenta, por el centro de la cinta, que antes no había visto. Cuando llegó a la capa de cintas encontró una faja amarillenta y verdosa que corría también por el centro.

    De este modo, pues, la vegetación se renovaba a sí misma cada año; no por un crecimiento en altura sino por alguna reorganización o renovación interna de las células dentro de las cintas. Tomó muestras de la cinta, de la raíz y del aire cerca de las cintas para analizarlo todo más tarde.

    Mientras estaba de excursión aprovechó la oportunidad para buscar agua, utilizando su varilla hidroscópica. Siguió el pie de la montaña en dirección a la playa del oeste, y descubrió un lugar con posibilidades; lo marcó con un montón de piedras. Tendría que regresar allí y perforar un pozo, porque el suministro de agua de la nave necesitaba rellenarse.


    Pasó la primavera, llegó el verano y subió la temperatura exterior. Para Tansis eso no representaba ninguna diferencia si se encontraba dentro de la nave, porque podía graduar la temperatura de ésta como quisiera; pero cuando estaba en el exterior le agradaba quitarse el casco y respirar el aire puro y cálido del mar. La nariz aún le goteaba un poco y cuando tosía siempre expulsaba mocos, pero se había acostumbrado a ello como a un mal menor inevitable de la vida en Capella Seis.

    Taladró un pozo, lo que le supuso una semana de trabajo pesado llevando el aparato desmontado al lugar indicado, a trece kilómetros de distancia, y regresó trayendo varios tanques llenos de agua, que purificó. Construyó también una plataforma horizontal de piedras en el extremo del saliente rocoso, rodeada de un muro que le llegaba a la altura de la cintura, para que no se sintiera tan indefenso y no tuviera miedo de resbalar y caerse en el agua.

    El ascensor de la nave se estropeó, y cuando lo inspeccionó se dio cuenta de que algunas piezas estaban atrancadas por la arena del viento, y el viento marino las había corroído. Aunque consiguió arreglarlo, supo ya que su funcionamiento sería limitado y que en el futuro tendría que utilizar las escaleras.

    Al no tener conducciones de energía largas eso le implicaría más molestias, porque necesitaba utilizar herramientas en el exterior. Desmontó todo el equipo que no necesitaba, y fue extrayendo pedacitos de cables y dobleces de aquí y de allá, los empalmó y consiguió así unos doce metros: lo suficiente para poder trabajar al pie de la nave. Entonces pudo arreglarse un lugar de trabajo en el suelo. Recogió piedras planas, pavimentó el suelo bajo la esclusa de aire, construyó un muro a su alrededor y almacenó en una tienda colocada en el interior del muro un banco y herramientas. Pasaba mucho tiempo haraganeando en este pequeño patio, y un día cálido y sin viento, en que estaba trabajando sin casco a la sombra de la nave, se quitó todo el traje y por primera vez quedó sin protección alguna en este mundo, salvo los pantalones blancos y finos y la túnica que normalmente llevaba en el interior de la nave.

    Lo encontró tan agradable que a partir de entonces, siempre que el viento soplara en la dirección correcta, trabajaba sin ninguna protección e incluso paseaba por la playa con la misma ropa.

    El problema más acuciante era el del inmediato final de la película de aislamiento. Tansis se dio cuenta de que no había calculado bien el tiempo y que debiera haberla utilizado con mucha más prudencia en vez de hacerlo a manos llenas desde que llegó a esta bahía, porque, en realidad, vivía ahora en el exterior la mayor parte del tiempo.

    Debería dejar de utilizar la película y entrar y salir de la nave solamente cuando el viento soplara del mar y el muestreo continuo de aire del computador le indicara que no había peligro. Lo había estado posponiendo continuamente porque le parecía un paso irrevocable. Hasta aquel momento sólo había sufrido una especie de catarro crónico que nunca mejoraba pero que tampoco empeoraba; pero una vez se acabara aquella lámina de película de plástico, el polvo y los microorganismos comenzarían a acumularse en el sistema de aire de la nave y no había forma de adivinar cuáles serían sus efectos a largo plazo. A partir de entonces ya no le quedaría esa burbuja de ambiente terrestre para descansar y dormir. Lenta pero inexorablemente aquella burbuja se haría igual al exterior, y ¿podría vivir expuesto de modo largo y continuo a las sustancias extrañas del aire exterior?

    No tenía otra elección. Finalmente tendría que vivir así. Esperó que llegara un día particularmente favorable, con viento suave del oeste, para lanzarse a esa proeza. No necesitaba alterar el resto del funcionamiento de la esclusa de aire, porque las puertas interiores se cerraban antes de que se abrieran las exteriores y la esclusa exterior se evacuaba de aire cada vez que pasaba y se introducía aire nuevo por los purificadores. No había escasez de energía para hacer funcionar todo, sino tan sólo falta de película, y la contaminación del aire de la nave sería muy gradual, aunque irreversible una vez iniciado el proceso.

    Desconectado ya el sistema de aislamiento, pareció quitarse un peso de encima, y ya no se molestó en conectarlo de nuevo.

    Después de un período inicial de progreso en su relación con los extraños, ésta se fue debilitando. Ya no se reunía con los veintidós juntos; tan sólo uno o dos le esperaban cada día y no intentaban llevarlo a un contacto telepático. Estaba tan desilusionado como liberado, porque en su interior temía perder el control de su propia personalidad; y, sin embargo, anhelaba su compañía. Cada vez se le hacía más difícil idear nuevas cosas que hacer con ellos, y le preocupaba pensar que tal vez les estuviera aburriendo.

    ¿Eran aquellos pocos que continuaba viendo los mismos, o se turnaban? Aún no era capaz de distinguirlos por separado. ¿Eran simplemente los holgazanes del pueblo que así perdían el tiempo o los más curiosos e inteligentes, dedicados a estudiarlo de cerca? Podrían incluso ser visitantes de otras partes que fueran llegando, invitados a ver a esa extraña criatura por encima de las olas. Meditó en todo ello y se preocupó mucho, pero no llegó a ninguna conclusión.


    Pasaron las semanas, y los meses, y ahora se acercaba ya la estación del polen, y con ella un período de encierro obligatorio en el interior de la nave. Observó cuidadosamente los análisis de aire, intentando encontrar señales anticipadas del diluvio que se avecinaba.

    Cuando llegó fue repentino. El día anterior había sido como cualquier otro, con un débil porcentaje de polvo y un suave viento del sur. A la mañana siguiente el computador mostraba ya en pantalla un conteo de polen muy elevado y era claramente visible una bruma amarillenta sobre la montaña y por todo el cielo.

    Por esta vez a Tansis no le pilló desprevenido. Había preparado suministros abundantes de comida marina procesada, los tanques de agua estaban llenos hasta los topes, y todos los generadores de viento habían sido revisados. Durante las próximas semanas tendría que ponerse el traje y utilizar la película de aislamiento para salir al exterior. Una vez acabara la estación del polen, el aislamiento se desconectaría permanentemente hasta que llegara el mismo momento al cabo de un año.

    Durante los meses veraniegos había pasado tanto tiempo en el exterior que el trabajo de limpieza de la nave lo había ido posponiendo. Se embarcó en una empresa de limpieza y aseo general. También comenzó una revisión sistemática de mantenimiento, y volvió a estudiar medicina por las mañanas y planos y manuales de mantenimiento de la nave por las tardes.

    La tormenta de polen siguió el ciclo del año anterior, el mismo ciclo que probablemente se había repetido millones de veces antes. Primero fue un aumento masivo y repentino, duplicando cada día los porcentajes durante una semana, hasta que la montaña no pudo divisarse y el mar terminaba en una niebla amarilla; luego, un descenso gradual, seguido por un máximo secundario, otro incremento masivo procedente de las latitudes templadas y una explosión final cuando las regiones árticas participaron en la tormenta.

    El mundo se cerraba alrededor de la nave, amarillo y amenazador. En el peor momento Tansis no podía divisar el otro lado de la bahía. Se preguntaba cómo se las arreglarían allá dentro las criaturas marinas. ¿Estaban bien adaptadas o la abandonaban en busca de aguas más profundas? Escudriñó con anteojos el lugar de encuentro habitual, pero no vio ni rastro de ellas.

    Se encontraba nervioso e incómodo, y regresaron la tristeza y la tensión. Se encontró de nuevo discutiendo con el oficial médico y para pasar por delante de la cabina del comandante tenía que hacer un esfuerzo deliberado para dominarse. Le preocupaba que las criaturas marinas no se molestaran tal vez en regresar más. Se preocupaba por si se averiaban los generadores, en el caso de que el polen entrara de algún modo en la nave. La congestión empeoró, así como la tos. ¡Cuán débiles eran sus defensas mentales! ¡Con qué facilidad regresaba el viejo enemigo cuando algo no iba bien!

    Lentamente el porcentaje de polen disminuyó y luego, repentinamente, desapareció del todo. Mantuvo las precauciones durante varias semanas, y luego desconectó el sistema de aislamiento para no volverlo a conectar durante otro largo año de Capella. Tardó otro mes en atreverse a quitar el casco cuando estaba en el exterior.

    Recordando la experiencia vivida, Tansis se dio cuenta de que la tormenta de polen era el punto clave de su propia vida en este planeta. Le obligaba a tomar una decisión permanente sobre el aislamiento. Era el último peligro conocido del año de Capella. Una vez acababa, podía emprender un tipo de vida que se acoplaba a este mundo. Había encontrado el lugar más seguro para vivir; había solucionado el problema de la energía, tenía bastante para comer (aunque no fuera muy apetitoso), podía respirar el aire y había averiguado que no había en él bacterias que pudieran dañarle. Sabía cuáles eran los peligros, y podía evitarlos, y había establecido contacto con criaturas inteligentes.

    Ahora podría descansar, en vez de enfrentarse con una crisis tras otra; sin embargo, después de cierto tiempo se aburrió, y el panorama interminable de tantos años en esta isla le deprimió. ¿Qué más podía hacer? No podía comenzar a cultivar nada, ni a crear una familia; parecía haber llegado al punto final con los extraños y no podía pasar la vida estudiando medicina y planos espaciales y cuidando y limpiando la nave. No se le ocurría nada más que construir, y no había ningún sitio a donde dirigirse. Había visto todas las películas, había escuchado interminables cintas de música y había leído todos los libros que le interesaban. Ahora que tenía tiempo, una rutina tranquila y sin problemas ni peligros, notaba la ausencia de compañía humana, de alguien con quien hablar, de una mujer a quien amar, de niños.

    En algunas ocasiones simplemente no sabía qué hacer, y no se ocupaba en hacer nada: ni trabajo, ni recreo, ni distracción, ni paseos. Todo le parecía tan aburrido como las cenizas. Se sentaba o caminaba arriba y abajo, lleno de abulia y aburrimiento total. Se hizo descuidado, no se preocupaba de comer con regularidad ni de lavarse. El computador le resultaba aburrido, y dejaba que pasaran los días sin molestarse en ver a los extraños, que habían vuelto a aparecer en la bahía dos semanas después del fin de la estación del polen.

    Durante algún tiempo practicó el pasatiempo de tirar piedras. Amontonaba un montón de piedras en la playa y pasaba horas lanzándolas una a una para mejorar su puntería. Luego eso también le aburrió. Se dedicó a pintar, pero después de varias semanas de entusiasmo su interés decreció. Intentó escribir una memoria de su vida, pero lo abandonó porque no habría nadie que la leyera. No sólo hablaba consigo mismo y charlaba con miembros imaginarios de la tripulación, sino que comenzó a desarrollar todo tipo de costumbres excéntricas: no podía irse a dormir hasta tener la ropa ordenada de un modo determinado alrededor de la litera. Sólo podía comer en un lugar preciso de la sala de reuniones. Se ponía rabioso si el computador seleccionaba un fragmento musical que no le gustara, y sus enfados se hicieron más intensos y frecuentes conforme pasaban los meses. Escribía a máquina grandes párrafos y críticas llenas de insultos al computador, que ni sabía ni le importaba saber que Tansis le odiaba.

    Llevado por su aburrimiento y por su inquietud, y con una parte de su personalidad despreocupada del todo de saber si estaba muerto o vivo, se fue de nuevo de expedición. Visitó su antiguo lugar de aterrizaje y no encontró nada, salvo algunos restos imperceptibles de cenizas entre el polvo. La torre había desaparecido por completo. Cuando algo ardía en este mundo, ardía bien, y las cenizas habían sido transportadas lejos por el viento. El depósito bajo la capa de cintas estaba seco; el agua se había evaporado por el calor del verano.

    Le vino entonces a la cabeza la idea de que debía conocer esta isla a fondo, y así durante cierto tiempo intentó visitar todos los «relojes de arena» de la parte sur de la isla. Hizo una excursión cada día para aumentar el número de árboles de los que había tomado muestras, como un coleccionista desea tener un conjunto completo de su rareza elegida.

    Cada día le obsesionaba más la montaña. Se elevaba majestuosa hacia el cielo, era bella de forma y su luz siempre cambiaba. Las nubes se reunían en la cima y la bruma descendía por sus laderas. A veces había un gran penacho de nubes que se deshilachaba desde la cima; en otras ocasiones una nube solitaria se posaba sobre ella, inmóvil. La montaña le había fascinado desde que llegó a la bahía, y era lo primero que miraba por las mañanas cuando se dirigía a la cabina de mando para ver lo que había en pantalla y cursar al computador las instrucciones del día.

    En principio había decidido no volver a ascender nunca más a la montaña, debido a su lejanía, pero más tarde comenzó a desear llegar a ella, y de ahí sólo había un pequeño trecho para preguntarse cuándo lo haría. Hizo los preparativos muy concienzudamente. En dos excursiones llevó una tienda, un generador y un purificador de aire hasta un lugar a más de trescientos metros de altura en la ladera por encima de la capa de cintas. En la tercera excursión llevó otra tienda, tanques de aire de reserva y pulverizadores de aislamiento, y pasó la noche dentro de la tienda en la falda de la montaña. Al día siguiente subió hasta unos trescientos metros de la vegetación de la cima e instaló una tercera tienda con tanques de aire cargados y pulverizadores.

    Acabó de instalar su segundo campamento poco después de mediodía, y después de comer y descansar ascendió hasta la vegetación y paseó por ella el resto de la tarde. Tomaba todas las precauciones posibles con los pulverizadores de aislamiento y se recubría deliberadamente varias veces para tener la seguridad de que no quedaba ningún orificio de entrada al aroma de la capa de cintas. Aquella noche durmió en la tienda, a dos mil metros de altura, dejando todo el día siguiente para llegar a la cima. Éste era ahora el mayor objetivo de su vida. Cuando lo hubiera alcanzado, la isla sería suya; la habría conquistado; habría desvelado todos sus secretos.

    Comenzando muy temprano, ascendió hasta la línea de árboles y siguió hacia arriba. Conforme subía, aquellos extraños troncos de cintas tumbados se hicieron más frecuentes hasta los últimos trescientos metros, en que la pendiente se hizo mucho más abrupta, pues empezaba a escalar el mismo borde del cráter del antiguo volcán. Aquí, en laderas tan empinadas que le resultaba más fácil andar a gatas, los troncos casi cubrían todo el suelo, haciendo más fácil su trabajo porque servían de grandes peldaños por los cuales podía trepar. Los árboles y los troncos crecían muy densamente hasta el mismo borde.

    Cuando lo alcanzó, se encontró en una cresta de borde afilado que rodeaba un cráter amplio y profundo medio lleno de agua, con pendientes densamente pobladas de árboles que caían abruptamente hasta el fondo. Este lago oculto era el último secreto de la isla, a ciento cincuenta metros por debajo de él, negro y totalmente silencioso, enmarcado por unos bosques espesos.

    Mechones de nubes flotaban por encima del cráter, formándose y deshaciéndose rápidamente cuando soplaba un viento fuerte. Las nubes no parecían estar a más de treinta metros por encima de su cabeza y proyectaban sombras en el paisaje, algo poco frecuente en este mundo. Una masa de niebla gris vino volando hacia él desde el otro lado de la cresta. De modo irracional agachó la cabeza, pues parecía que iba a rozársela, y en verdad le rodeó de niebla unos minutos. La escena era bella e intranquila, tan callada y silenciosa allá abajo, tan llena de movimientos y de sombras arriba. El piloto que había en él se preguntaba dónde podría haber aterrizado si hubiera conseguido traer la nave aquí arriba.

    Quedó allí un rato, indeciso, sin saber si descender o no al cráter; decidió hacerlo, pues quizá fuera ésta la última vez que lo veía. La densa vegetación de troncos le ayudó en su descenso, y lo hizo deslizándose y sentándose cuando quería frenar su carrera.

    Junto al agua había una franja de cintas resbaladizas, igual que en todas partes. Cuando llegó al borde, el lago le pareció muy grande, totalmente silencioso y negro; las paredes del cráter se elevaban ante él haciéndole sentir pequeño e insignificante. No había viento, y el silencio era total.

    Estuvo varias horas indagando por la orilla del lago buscando rocas. Quería encontrar azufre, que era uno de los elementos que más necesitaba para la conversión de alimentos. Apenas se veían rocas, porque la capa de cintas crecía con abundancia y lo cubría todo. Encontró unas rocas duras de color verdinegro y tomó una muestra; rellenó una botella con agua del lago para analizarla, pero no encontró en la vegetación nada que no conociera ya.

    Pasó otra noche en la tienda a un nivel algo inferior al de la vegetación —nunca acamparía de nuevo sobre esa sustancia—, y a la mañana siguiente decidió dejar instalada la tienda para cualquier futura expedición. Llegó al campamento inferior al cabo de tres horas, encontrándose aún en plena forma. También dejó ese campamento tal como estaba, y después de volver a cargar sus tanques continuó la marcha llegando a la nave al caer la tarde.

    Con una preparación cuidadosa, y conociendo los peligros que debía evitar, se sentía seguro de poder emprender alguna nueva expedición sin pasar más calamidades.

    La muestra de roca resultó ser peridoto, una roca volcánica que no le sería de ninguna utilidad; sin embargo, el agua del lago contenía azufre. Obtener un tanque de agua de aquel lago para extraer azufre sería un procedimiento pesado y lento; sin embargo, tal vez tuviera que hacerlo en algún momento, y valía la pena saber cómo hacerlo.


    Ya estaba en pleno otoño, tres años y medio terrestres desde que anclara en el planeta, y la vida era ahora una rutina segura y constante en que los años se extendían indefinidamente ante él.

    Un día, sintiéndose al borde de la desesperación por la soledad y el aburrimiento que le corroían, harto de oír su propia voz y con miedo de volverse loco, decidió reanudar el contacto telepático con las criaturas marinas. Las había estado olvidando últimamente y tenía miedo de que se hubieran despreocupado de él. No había realizado sus paseos habituales durante muchas semanas y ya no veía que ninguna de ellas le esperara.

    Recorrió toda la bahía y llegó a la roca larga y saliente y estuvo un rato entre los muros que había construido con grandes piedras planas. Encendió un cohete de señales y esperó. Después de diez minutos de ansiedad dos extraños aparecieron y se situaron a unos metros de distancia, vigilándole. «Siempre parecía que esperaban que él hiciera el primer gesto —pensó—; tal vez una especie telepática no necesitara gestos de salutación ni todas las demás formalidades que necesitan los seres humanos al iniciar un contacto.» Utilizando los pocos gestos con los cuales había establecido por lo menos cierta comunicación, inclinó la cabeza y entonces ellos hicieron lo mismo y dieron una vuelta agitándose. Les indicó que se acercaran y así lo hicieron, hasta quedar exactamente por debajo de él en el agua con las cabezas sobresaliendo encima de las olas y los ojos fijos en los suyos. Luego uno de ellos se alejó mientras el otro se quedaba, retrocediendo varios metros y moviéndose lentamente hacia atrás y hacia delante. Tansis nunca averiguó por qué lo hacían, a no ser que quisieran decir algo así como: «No te preocupes, soy un amigo», gesto que podría haber sido instintivo.

    Durante la próxima media hora llegaron otros más, de uno a uno y por parejas, hasta reunirse diecisiete, moviéndose lentamente atrás y adelante en semicírculo. Luego llegó otro más a la reunión y todos, al unísono, agacharon la cabeza y se deslizaron por el agua. Tansis se preguntaba qué les habría ocurrido a los otros cuatro. ¿Estaban demasiado ocupados, habrían muerto o se habrían alejado de la bahía? Nunca lo sabría. Había muchas cosas que nunca sabría. Por ejemplo, ¿por qué no veía nunca criaturas marinas jóvenes? Seguramente habría niños y adolescentes. ¿Había también machos y hembras? Le gustaría saberlo, porque todos los extraños que había visto parecían iguales, con diferencias muy pequeñas.

    Los miró, y ellos le devolvieron la mirada. Después de un minuto, más o menos, agrandaron sus pupilas y entonces miró profundamente los ojos de uno de ellos. Pasaron unos pocos minutos y sintió la extraña sensación de caerse en ellos, de la irrealidad de lo que le rodeaba. Se apoyó contra las toscas piedras del muro y se agarró a ellas mientras continuaba cayendo en los extraños ojos delante de él. Se vio a sí mismo como si se mirara desde el exterior, allá arriba, donde el mundo acababa con luz, brillo y misterio. Sintió su curiosidad y su amistad: y algo más, tierno y... Pero al intentar captarlo, se lo quitaron. Miró alrededor intentando verlos como ellos se veían a sí mismos, y encontró una unión, uno con el otro y con todas las cosas. Era un sentimiento místico de unidad y una sensación de la divinidad. Él extendía sus brazos para disfrutar de su presencia y de su amistad; ellos confiaban en él aunque lo encontraran extraño y anómalo, como una irrupción de lo desconocido en su mundo familiar y conocido. Su conciencia y sus sentimientos hacia él estaban teñidos de algo que le preocupaba, y de nuevo intentó captarlo. Se .. apiadaban de él. Sí, era piedad. ¿Por qué?

    Se dieron cuenta de su sorpresa y se echaron atrás, rompiendo el contacto, y así se encontró de nuevo sobre la roca con el mar y el viento suspirando y precipitándose a su alrededor.

    ¿Qué habían visto en él que ocasionara esa piedad? ¿Habían entendido sus intentonas anteriores de mostrarles mentalmente su historia, o acaso tenían el presentimiento de algún desastre? Los extraños inclinaron la cabeza y dieron media vuelta para alejarse. Tal vez se encontraran molestos porque él hubiera descubierto su modo de sentir. De todos modos, se estaba haciendo tarde y tendría que regresar. Horas y horas habían pasado totalmente sin dejar rastro.

    Se sentía relajado y más feliz, como siempre le ocurría después de estar en contacto con ellos. Se apiadaban de él... y, muy en su interior, no le sorprendía nada.

    Caminaba hasta la roca cada día después de aquél, y reanudó su contacto con ellos; pero no venían ya en número tan grande. Normalmente venía uno o dos, a veces media docena, y el contacto telepático era más débil y más intermitente; pero necesitaba verlos: en verdad se dio cuenta de que no podía vivir sin ellos, y que eran inevitablemente amistosos, pacientes y corteses. Se dio cuenta de que no podía esperar que ellos vinieran a verle todos los días. Tenían sus propios asuntos en que ocuparse, pero llegó a comprender que no estaban ni aburridos ni indiferentes y que siempre los encontraría allí; eso era ya un gran consuelo.

    Había llegado el invierno, y ya no se quitaba el casco cuando estaba junto al mar. Nunca helaba en esta isla oceánica, pero el viento marino era húmedo y frío, y él estaba tan acostumbrado al calor constante de la nave que para soportarlo tenía que pagar el precio en constantes resfriados.

    Alcanzó un nuevo nivel de estabilidad en su rutina y en su estado psicológico; la depresión se desvaneció un poco, y los enemigos imaginarios de la nave aparecían con menor frecuencia. Volvió a reanudar sus estudios, a limpiar la nave, y tomó la decisión de comer con propiedad, lavarse regularmente, y tener a raya la imaginación y el malhumor.

    Estaba a mitad del invierno... cuatro años terrestres, un año y medio largo de este mundo. Había encontrado un rincón en el que podía existir, había solucionado los problemas principales, excepto su propio problema, pero, ¿acaso podría solucionarlo de otro modo sino creciendo y llegando a una madurez más profunda? A pesar de todo, en su corazón había una resignación ceñuda y nunca se le ocurría pensar en los años que le quedaban. Era como si estuviera esperando algo.


    11


    Cuando había pasado ya la mitad del invierno y los días se hicieron un poco más largos, cuando durante el día se notaba un ligero brillo de nieve en la misma cima de la mole oscura de la montaña, entonces ocurrió.

    Aquella mañana se había dado cuenta de un olor peculiar y desagradable en la nave. Buscó en cada nivel la posible causa, siguiendo su olfato, e intentó relacionarlo con el tanque de algas. Sin ninguna duda el mal olor procedía de allí, y al quitar la cubierta permeable transparente tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para contener la respiración.

    La espuma verde y brillante que crecía en su tanque de sustancias nutrientes, fragmento vivo del mundo originario, estaba ahora llena de manchas marrones. Regresó al computador y le ordenó que realizara una comprobación total del sistema de mantenimiento vital en busca de posibles averías. El suministro de nutrientes, o el dióxido de carbono, o tal vez el control de temperaturas debía de estar averiado. Pero el computador no indicó ninguna anormalidad, y luego, de modo innecesario, le informó que había un nivel excepcionalmente alto de contaminación en el sistema de aire.

    Tansis regresó al tanque e intentó quitar las manchas de algas plagadas vertiendo el barro marrón y maloliente en un cubo. Cuando éste estuvo lleno lo sacó al exterior y enterró esa sustancia en la arena, después de haberla rociado con ácido. Habría sido un crimen contra la naturaleza tirarlo al mar sin más, pues, ¿quién podría saber los tremendos resultados a largo plazo que con ello podría haber causado?

    El olor de la nave empeoraba, y cada vez que inspeccionaba las algas encontraba nuevas manchas de contaminación. En esa misma tarde extrajo dos cubos llenos de barro sucio y antes de acostarse quitó otro más.

    Mientras tanto pidió al computador información sobre las enfermedades que afectaban a las algas, y realizó un análisis de la solución nutriente. Tomó preparaciones microscópicas de Las algas verdes y de las enfermas y las fotografió con el microscopio electrónico. Roció también con antibiótico la solución, con la vaga esperanza de que sirviera de algo. Como medida de precaución desconectó el sistema de agua y de aire de las algas y lo pasó a los purificadores químicos.

    Se fue a la cama sin saber aún qué había ido mal. Mucho antes del alba le despertó un hedor sofocante y se puso en pie rápidamente, alarmado. El tanque de algas estaba completamente contaminado y muerto, y sólo quedaba un barro marrón oscuro.

    El computador mostraba en pantalla un alto nivel de polución, pero como un computador no sabe qué olores son malos y alarmantes, no había hecho sonar la alarma. Si lo hubiera hecho, de poco hubiera servido, porque todo había ocurrido de modo tan repentino y con tal finalidad que dudaba si hubiera podido evitarlo. Buscó en el tanque y en todo el equipo auxiliar, pero no quedaba ni rastro de algas vivas. Así que ya no podría purificar el aire ni el agua biológicamente; no le quedaba ninguna fuente de comida terrestre y el sistema de eliminación de desechos orgánicos había desaparecido.

    Lo primero que tenía que hacer era evacuar el aire enrarecido y sacarlo de la nave. Los filtros de las bombas podían remover polvo y pelusa, pero no podían quitar ese olor, que ya no sabía si sería peligroso para él.

    Tansis, vestido ahora con traje espacial y casco, mantuvo una reunión decisiva con el computador. Era necesario extraer el aire del interior de la nave a la presión más baja que pudieran soportar las bombas, y luego introducir aire del exterior a través de filtros y purificadores químicos, como hacía él a pequeñas dosis, cuando cargaba su traje y sus tanques de aire en el exterior. Estaba liquidando una burbuja de aire terrestre, la pequeña pieza de la Tierra que había sido llevada a cuarenta y cinco años espaciales de distancia, a Capella, pero no había otra alternativa. El olor era insoportable, y tal vez le estuviera envenenando, y tenía que echarlo.

    Antes de que la presión del aire pudiera ser reducida a casi el vacío, tenían que tomarse muchas precauciones y medidas de seguridad en toda la nave. El computador le dio una lista de las válvulas que debían cerrarse, los precintos que debían aplicarse, las cubiertas que debían ser ajustadas y los sistemas que debían desconectarse. Parte de esas medidas las realizaría el computador; el resto lo haría él mismo manualmente.

    Era ya mediodía al terminar todos los preparativos; entonces Tansis ordenó que comenzara la evacuación del aire. Ésta era una tarea para la cual las bombas no habían sido diseñadas, porque aunque era posible cierta ventilación en el diseño de la nave, la renovación total del aire era algo inimaginable. Pasaron cuatro horas antes de que el computador le indicara que se había alcanzado el límite de bombeo. Durante todo ese tiempo Tansis permaneció en su asiento de mando vigilando la pantalla conforme el computador iba controlando los sistemas de la nave.

    Luego comenzó la entrada de aire, que duró otras cuatro horas de espera y vigilancia ansiosas. Cuando concluyó todo, Tansis se quitó el casco y respiró. Era limpio, pero muy frío, porque la nave no había tenido tiempo de calentarlo. Era extraño sentir frío dentro de la nave.

    Luego puso de nuevo en marcha todos los sistemas de la nave y quitó los precintos y demás precauciones. Finalmente realizó un análisis del agua. Había quince mil litros en el sistema cerrado de reciclaje, normalmente utilizados para limpiar y oxigenar el cultivo de algas, Durante varias horas del día anterior recorrió la zona donde estaban las algas enfermas: ¿estaría el agua infectada? No olía a nada; las pruebas no mostraban que hubiera nada extraño, y sabía bien. Perfecto. Hubiera sido imposible sacarla de allí; lo hubiera tenido que hacer a mano, y sustituir quince mil litros cuando la fuente de agua más cercana se encuentra a trece kilómetros y cada litro debe ser primero purificado, era algo que no cabía ni pensarlo. Respecto a sus propios excrementos, tendría que sacarlos de la nave y enterrarlos de vez en cuando.

    El mundo estaba determinado a que viviera como un nativo. De ahora en adelante sólo respiraría aire de Capella, y sólo comería comida de Capella. Se acabaron las sanas y nutritivas papillas de algas terrestres. A partir de ahora debería escarbar en busca de comida marina junto a las criaturas extrañas y pasar mucho tiempo procesando todo lo que fuera a comer. Necesitaría también azufre del lago, y las expediciones a la cima de la montaña serían una necesidad. Los problemas no eran insolubles, pero todo ello era otra sacudida hacia abajo, a un nivel más profundo de naufragio. Este mundo estaba incesantemente atacando su pequeña burbuja de ambiente terrestre.

    Había al menos una pequeña comodidad, aunque fría. El aire estaba ahora más limpio que lo hubiera estado durante meses. Algunas partículas de polvo y de moléculas extrañas se encontraban aún en el interior, adheridas a las superficies, ahora comenzaría con aire fresco purificado y sería una buena idea cambiar el aire al cabo de varias semanas. Ahora que había hecho lo impensable, no tenía nada que perder excepto el aire de Capella.

    Estudió las fotografías electrónicas de las células de algas que eran ahora la única evidencia de lo que había ocurrido. Después de varias horas de estudio y de consultas con el computador sólo pudo llegar a la conclusión de que las células de las algas se habían vuelto cancerosas; al men