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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    HERMANA PESADILLA (Alan E. Nourse)

    Publicado el martes, febrero 07, 2017
    Atravesaba un túnel.

    Al principio, no se le ocurrió preguntarse por qué atravesaba aquel túnel ni cómo había llegado hasta allí, ni tampoco qué túnel era. Andaba rápidamente con pasos cortos e iguales, y parecía que hacía horas que marchaba en la misma dirección.

    No fue la oscuridad lo que al principio le aturdió. El túnel no estaba muy iluminado, pero había luz bastante, ya que las paredes brillaban tenuemente produciendo una azulada luminosidad. Ante él continuaban extendiéndose las brillantes paredes, según podía ver. El túnel era de unos diez pies de ancho por otros diez de alto, y sus suaves muros se arqueaban formando una perfecta curva sobre su cabeza. Bajo sus pies el suelo parecía blando, cediendo un poco ante su peso mientras andaba y produciendo un suave y ahogado rumor, que rimaba perfectamente con su paso. Era agradable y tranquilizador, y él no se había parado a preguntarse qué estaba haciendo allí. Después de todo, resultaba obvio. Tan sencillo como cualquier cosa, de lo más sencillo. Estaba atravesando un túnel.

    Pero de pronto, su espíritu experimentó la necesidad de andar con precaución y sus cejas se fruncieron en su quieto rostro. Se detuvo, mirando las brillantes paredes con creciente confusión.

    ¡Qué lugar tan extraño!, pensó. ¡Un túnel!

    Volvió la cabeza, escuchando durante un largo momento, hasta que el profundo silencio del lugar le puso la piel de gallina. Absorbió con fuerza por la nariz y se rascó la cabeza. Mi nombre es David Cox, se dijo, y estoy atravesando un túnel.

    Caviló durante un momento, intentando recordar. ¿Cuánto tiempo llevaba andando? ¿Una hora? Sacudió la cabeza. Debía de hacer más de una hora. No podía recordar, cosa rara, cuándo había empezado a caminar. Y… ¿cómo había llegado allí? ¿Qué había estado haciendo antes de penetrar en el túnel? Su alarma creció pronto, cuando pidió respuestas que no podía dar. ¿Qué le había sucedido a su memoria? Las pequeñas puertas de su mente parecían cerrarse rápidamente cuando él se aproximaba a ellas. Es ridículo, pensó, estar andando por un túnel sin siquiera saber a dónde conduce…

    En medio del silencio, miró hacia adelante. Se encontraba completamente solo. No percibía ningún sonido a su alrededor, ningún movimiento, ningún signo de otro ser humano, ninguna muestra de vida. El frío aumentaba. Se acercó cautelosamente a una de las paredes y la golpeó con sus nudillos. Su golpe produjo sólo un apagado sonido. Entonces se encogió de hombros y continuó la marcha. Después de todo, no existía verdadera razón para sentirse alarmado. Un túnel tenía que acabar en alguna parte.

    Y entonces oyó el ruido. Llegó a sus oídos muy débilmente al principio. Era como un curioso silbido de aire. Como el sonido de una aguda gaita oída a distancia. Cortaba el silencio como una navaja. Escuchó sin atreverse apenas a respirar. ¿Bajaba la luz? ¿O eran que sus ojos no actuaban? Los guiñó, notando que la luz disminuía al tiempo que el silbido se hacía intenso y sonaba más cercano, mezclándose con otro sonido, éste más grave. Un fuerte rugido llegó de pronto hasta sus oídos mezclado con el agudo silbido de antes, y entonces vio la luz, a lo lejos.

    Era una sola luz, redonda y amarilla, colocada en el centro del túnel, y aumentaba de intensidad y de brillantez al intensificarse el rugido. Una ráfaga de viento le cepilló la mejilla mientras contemplaba fijamente, fascinado, la luz amarilla que se acercaba. Una horrible imagen cruzó por su mente, la imagen de un hombre caído en una vía de ferrocarril mientras una negra locomotora se acercaba a él haciendo sonar su sirena, avanzando como monstruo que surgiera de la noche. Un grito brotó de sus labios. ¡Era el tren! Atronando por el túnel mientras avanzaba hacia él. Sin vías, como un demonio que gritase su advertencia al acercarse, y su luz, que cada vez era más intensa y más brillante, le cegaba. La locomotora avanzaba inexorablemente, llenando el túnel de un lado al otro, soltando por sus válvulas humo, fuego y vapor, mientras su silbato no dejaba de sonar.

    Lleno de pánico, David Cox se arrojó al suelo boca abajo intentando frenéticamente enterrarse bajo la alfombra del suelo del túnel, cerrando su espíritu a todo lo que no fuera un horrible y ciego terror. La luz alcanzó su máxima intensidad; el viento y el ruido aumentaron hasta ser un súbito trueno sobre su cabeza. Luego el ruido se transformó en un fuerte y metálico clac-clac-clac de ruedas de acero sobre rieles de acero junto a sus oídos, acabando por perderse lentamente en la distancia detrás de él…

    Sin poder dominar el temblor de sus músculos, Cox intentó incorporarse sobre sus rodillas a la vez que luchaba por recobrar el uso de sus facultades mentales. Sus ojos estaban cerrados fuertemente y, de súbito, el suelo no fue ya suave, sino de un material arenoso que parecía deslizarse bajo sus dedos.

    Abrió los ojos dando un respingo y un grito subió a sus labios. El túnel había desaparecido. Se encontraba hundido hasta los tobillos en un vasto desierto amarillo, y sobre él había un sol abrasador en medio de un cielo púrpura. Guiñó los ojos ante las dunas amarillas, sin creer lo que éstos veían, y un retorcido árbol de Josué respondió a su guiño a diez escasos pasos de distancia.

    En la habitación había dos hombres y una joven, que miraba el cuerpo del hombre extendido en la cama. Por la ventana penetraba el último sol de la tarde, que ponía manchas amarillas sobre la blanca colcha. El hombre acostado yacía inmóvil; sus pálidos ojos abiertos e inexpresivos, sin darse cuenta de nada de lo que había en la habitación. Su rostro estaba tan blanco como la colcha.

    La joven carraspeó.

    —Creo que ha dejado de respirar —murmuró.

    El más alto de los hombres, vestido de blanco, le tomó por un hombro y con suavidad le hizo volver el rostro a otro lado.

    —Respira aún —le aseguró—. No debería usted estar aquí, Mary. Tiene que irse a casa e intentar descansar un poco. Él estará perfectamente.

    El otro hombre, con el rostro congestionado por la ira, lanzó una exclamación de burla.

    —Es que no debía estar tampoco aquí —masculló, señalando al que yacía en la cama—. Le digo, Paul, que David Cox no es el hombre adecuado. No me importa lo que usted diga. Él nunca saldrá airoso de esto.

    El doctor Paul Schiml aspiró profundamente y volvió el rostro hacia su interlocutor.

    —Si Cox no puede salir airoso, no hay hombre en el Centro Médico Hoffman que pueda… ni que quiera. Usted lo sabe de sobra.
    —Lo que sé es que existen otros cincuenta que han seguido el mismo programa de entrenamiento y que son más adecuados para esto que David Cox.
    —Eso no es cierto. —La voz de doctor Schiml sonó muy clara en la silenciosa habitación—. Reacciones rápidas, ingenuidad, oportuno sentido del momento… Ninguno se puede comparar con Dave. —Miró con desprecio al hombre del rostro rojo—. Lo comprendo, Connover. Usted no se preocupa por David, sino sólo por su propio cuello. Ha tenido usted miedo desde el principio, desde que las primeras naves arribaron a la Tierra, pues ha estado a cargo de un programa en el que no creía, y ahora teme lo que pueda suceder si David Cox no sale airoso de la prueba. Estuviera quien estuviese en esa cama, usted continuaría sintiendo miedo. —Sorbió con disgusto por la nariz—. Bien, no necesita preocuparse. Si alguien puede hacerlo, David Cox lo hará. Tiene que conseguirlo.
    —¿Y si no lo hace?

    El doctor miró a Connover durante un momento. Luego se volvió de pronto y se acercó a la cama. Apenas si quedaba un soplo de vida en el hombre que yacía allí; sólo su entrecortada respiración indicaba que seguía vivo. Con dedos suaves, el doctor examinó una pequeña incisión que se veía en el cráneo del hombre que estaba en la cama, y luego miró atentamente la multitud de pequeños y brillantes hilos que iban a parar al panel luminoso que había junto a la cabecera. Se agachó sin dejar de mirar el panel, y luego hizo un vivo ademán dirigido a Connover.

    —Ya está aquí lo primero —murmuró.

    Durante un momento sólo se oyó un ligero runruneo que surgía del panel. Connover dejó escapar un débil silbido.

    —Un túnel —exclamó—. Eso tiene sentido. Pero… ¿qué diablos? —Se volvió hacia Schiml con los ojos muy abiertos—. ¡Puede morir!
    —Claro que puede morir. Lo sabíamos desde el principio.
    —Pero él no lo sabe.
    —Él no sabe nada.

    Schiml señaló el panel.

    —Un tren. ¿Ingenioso? ¡Asombroso! ¿Puede uno pensar en algo peor? —Observó durante un momento y luego continuó—: No hay sitio donde escapar. Tiene que caer necesariamente bajo el tren.

    Los tres, sin apenas respirar, observaron. De pronto, la joven rompió en incontenibles sollozos a la vez que escondía el rostro en el hombro del doctor.

    —¡Es horrible! —murmuró—. ¡Es horrible! No podrá hacerlo nunca, nunca… Morirá antes.
    —No, Mary, no. David podrá hacerlo. Le ayudará el entrenamiento que ha recibido. —La voz del doctor era muy persuasiva—. Tiene usted que creerme, Mary. Esto es la prueba, la prueba final. Él no puede defraudarnos. Ahora no puede.

    Cox sentía el peligro a su alrededor. No era nada tangible, sólo una profunda y oscura voz que sonaba en su cerebro y que le advertía del peligro. Se estremeció y, con la frente cubierta de sudor, miró al desvergonzado sol amarillo. Hacía calor, un calor sofocante y despiadado que parecía introducírsele dentro del cuerpo como cera derretida. Tenía tensos todos los músculos del cuerpo. Permaneció inmóvil, mirando con sus pálidos ojos las desnudas y amarillas dunas de arena, pues sabía que el peligro estaba allí.

    En aquel momento, el árbol de Josué se movió. Lanzando una exclamación, Cox se echó sobre la arena a diez pies del árbol, con los ojos abiertos.

    Se había producido sólo un ligero movimiento en las retorcidas ramas del árbol… Quizá se hubiera equivocado. Su imaginación podía estarle jugando una mala pasada. Temblaba mientras miraba de soslayo, a través del sofocante calor, el triste y retorcido árbol.

    Y entonces, súbitamente, se le ocurrió algo. ¡Un desierto! Él había estado en un túnel… Sí, estaba seguro, era un túnel, y luego apareció aquella luz y aquel ruido ensordecedor… Por lo tanto, ¿qué estaba haciendo allí?

    Se sentó lentamente sobre la arena y pasó sus dedos por los ardientes granos, estudiándolos con infinita curiosidad. No había duda: aquello era un desierto. Pero… ¿cómo? En primer lugar, ¿cómo había llegado al túnel? ¿Y cómo había podido ser transportado a aquel lugar, excepto utilizando medios de un universo irracional?

    Su pensamiento trabajaba afanosamente, luchando contra la curiosa y sombreada pantalla que parecía interponerse en su memoria. Él sabía que existía una respuesta. Algo estaba equivocado: él no tenía que estar allí. En el fondo de su espíritu anidaba el convencimiento de que se encontraba en un terrible peligro, pero que aquel peligro era… una tontería. Si por lo menos pudiese pensar, si pudiese recordar…

    Tensó los hombros y quedó rígido, sin poder apartar los ojos de aquel amarillo montón que tenía enfrente. Sin apenas respirar, observó aquella colina amarilla. Entonces la cosa se movió de nuevo, rápidamente, hasta quedar inmóvil a diez pies de él otra vez.

    En aquella fracción de segundo, la cosa había tenido una gran semejanza con un gato. Un enorme y salvaje gato amarillo. Pero luego se convirtió en una colina de arena.

    Rápidamente Cox se puso a andar en cuatro patas, bajando por el declive y separándose de la cosa. La arena quemaba sus manos y casi profirió un grito cuando unos granos se le metieron en los ojos. Pero continuó observando, con todos los músculos tensos. Aquella cosa se movió de nuevo, con un movimiento tangencial al suyo, deslizándose rápidamente colina abajo, paralelo a los movimientos del hombre… Era una cosa enorme, amarilla, colmilluda, que se movía con la gracia y flotante velocidad del oro derretido… y que mantenía sus pequeños ojos clavados en Cox. Entonces se quedó quieta de nuevo, mezclándose con la amarilla y brillante arena. ¡Estaba acechándole!

    Presa de un ciego pánico, Cox se puso en pie y bajó corriendo la ladera arenosa, huyendo de aquello, con los ojos encendidos, hasta poner una duna entre aquel ser y su persona. Luego se arrojó sobre la arena, mirando por encima del borde de la duna. Se produjo un movimiento amarillo, y el gato de arena se plantó en la cuesta, detrás de él, a veinte yardas de distancia, agazapado en la arena, jadeando de hambre.

    Cox miró a su alrededor frenéticamente. ¡Ningún arma! ¡Nada más que amarillas y ondulantes colinas de arena, el sol abrasador y los altos y retorcidos árboles de Josué! Miró de repente hacia atrás y vio que el gato de arena se arrastraba tras él, lenta, muy lentamente. Ahora se encontraba a treinta yardas.

    Le volvió el aliento en jadeantes inspiraciones mientras observaba a aquel ser. Tenía ocho pies de largo y delgadas y musculosas ancas que temblaban al sol. Sus rojos ojos brillaban con odio salvaje. Se movía con segura confianza, con la cruel certidumbre de que mataría. Cox intentó pensar, intentó limpiar su mente del miedo y del pánico de que era presa, intentó transformar en gritos el incrédulo asombro que le atormentaba. Tenía que marcharse de allí, pero no podía correr. Aquel ser era demasiado rápido. Cox sabía que era algo increíble que él estuviera allí, pues su mente parecía intentar decirle que no lo creyera, que no era cierto… Pero continuaba sintiendo la arena bajo sus sudorosas palmas y aquello era real, completamente real. Y el gato de arena estaba cada vez más cerca…

    En un impulso corrió en zigzag, bajó la cuesta de la colina y subió a la siguiente, observando por encima de su hombro el brillo del movimiento amarillo. A cada cambio de dirección, el gato también cambiaba, acechando sin cesar. ¡Si al menos lo perdiera de vista durante un momento! Si no le veía, podría forzar a su mente a que le diera una respuesta.

    Corrió diez pies hacia la derecha, se detuvo, y luego corrió diez pies hacia la izquierda, dirigiéndose al enorme promontorio que se alzaba, como un desnudo centinela, sobre la duna de más allá. El gato de arena le siguió, moviéndose hacia la derecha y luego hacia la izquierda. De nuevo corrió Cox, seguro ahora de que debía seguir aquel plan, moviéndose hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Una larga carrera para separarse de la roca y luego otra larga carrera para acercarse a ella. El gato se hallaba más cerca, sólo a veinte yardas, acortando a cada carrera la distancia que mediaba entre ellos. Jadeando, Cox intentó recuperar el aliento, así como dominar sus nervios. Sabía que el pánico le podía matar.

    Rápidamente se elevó hasta el borde de la duna, hacia la derecha del promontorio y luego, de pronto, se dejó caer por el otro lado, poniendo el promontorio entre él y el gato, sin dejar de mirar cautelosamente a su alrededor. Dio resultado. Lentamente, tan lentamente como antes, el gato ascendió por la duna, mirando desde su borde en la dirección en que él había corrido. Luego se dejó caer sobre su vientre, deteniéndose, mirando, mientras un salvaje rugido de rabia brotaba de su abierta boca.

    Vivamente, Cox rebuscó en la arena hasta encontrar un trozo de piedra del tamaño de un ladrillo. Entonces aspiró profundamente, salió de detrás del promontorio y se dirigió hacia el gato, moviéndose silenciosamente sobre la suave arena. Lleno de miedo, pero también de salvaje furia, cayó sobre la bestia y, levantando la piedra, la dejó caer con todas sus fuerzas sobre la plana y amarilla cabeza. El gato de arena rugió y aulló al tiempo que arañaba el aire con sus garras. Cox levantó de nuevo la piedra y de nuevo la dejó caer sobre el cráneo de aquel ser. Las garras como navajas rozaron sus costados… hasta que la bestia, rugiendo y presa de convulsiones, quedó en el suelo retorciéndose.

    Súbitamente todo se sumió en la oscuridad y una fría brisa de invierno dio en el rostro de Cox. Las estrellas titilaban sobre su cabeza en el gélido aire nocturno. El gato de arena había desaparecido y también los árboles de Josué. El joven yacía en una hondonada, húmedo de frío barro, y uno de sus costados sangraba.

    Temblando, miró a su alrededor. Se hallaba acostado sobre un frío riachuelo. Más arriba de él pudo ver una especie de ribazo que terminaba en una baja verja de hierro. ¡Un camino! Penosamente Cox se arrastró hasta el borde del ribazo y miró a su alrededor.

    La franja de pulido metal brillaba a la luz de las estrellas mientras frías bocanadas de viento mezclado con nieve mordían sus orejas y ponían lágrimas en sus ojos. Las lágrimas se helaban en sus párpados y la dura frialdad del aire penetraba en sus pulmones, produciéndole dolor cada vez que respiraba.

    A la distancia oyó un rumor de ruedas. La carretera temblaba mientras se aproximaban unos vehículos enormes. Instintivamente, Cox se escondió en el terraplén de la carretera al tiempo que una larga hilera de grotescos monstruos metálicos pasaba por ella produciendo un ruido atronador, avanzando firmemente por la carretera de metal, brillando dentro de sus sombrías pantallas fluorescentes, pero sin mostrar el menor signo de vida. El joven pudo ver las delgadas torrecillas y los salientes parecidos a cañones que se delineaban contra el sombrío cielo de la noche. Armas, pensó. Sí, eran enormes máquinas parecidas a tanques que brillaban y rugían a lo largo de la carretera para cumplir algún recado de muerte.

    Pasó el último de los vehículos y, cautelosamente, David Cox trepó de nuevo a la carretera. Un trueno se oyó, y la lluvia empezó a caer en enormes gotas frías que golpeaban sobre él con la fuerza de balas de ametralladora, azotando su piel y empapando su cabello y sus ropas.

    El joven se estremeció lastimosamente, su mente presa de la mayor confusión. Si por lo menos pudiera encontrar un lugar para pensar, para descansar, para recogerse en sí mismo, y para intentar vendar la herida de su costado… Miró carretera adelante y pensó que podría llegar a las esqueléticas ruinas de un edificio que se alzaba contra la luz de las estrellas. Penosamente se arrastró a través de la cinta de acero, llegando hasta la cuneta del otro lado. Tenía los pies entumecidos y el dolor de su costado había aumentado, llegando a ser un tormento insoportable, pero se las arregló para caminar tambaleándose por el campo, empleando toda la fuerza que le restaba en buscar cobijo.

    Sí, era un edificio… o lo había sido alguna vez. Dos de sus muros se hallaban completamente derruidos, bombardeados, y el tejado se había venido abajo. Pero se alzaba aún una pared intacta. El interior del edificio había sido devorado por un incendio.

    Cox apartó los escombros y la basura de la puerta, y logró que ésta girase sobre sus enmohecidos goznes. Dentro del edificio encontró un rincón seco y localizó un trozo de manta en un montón de basura. Se sentó en aquel rincón y sacudió la cabeza, intentando desesperadamente encontrar una orientación.

    Su costado había dejado de sangrar. Un rápido examen le mostró cuatro arañazos profundos y de feo aspecto, que le llegaban hasta el muslo. ¡Eran de garras! Naturalmente, el gato de arena le había alcanzado en su última y desesperada rabia. Cox se echó hacia atrás al tiempo que manoseaba su negro cabello con dedos temblorosos. El gato de arena estaba en el desierto, no allí. Y antes había habido un túnel y un tren ruidoso que se echaba sobre él, un tren que avanzaba sin que hubiera rieles. Y ahora, un frío mundo devastado por la guerra…

    Unas cosas no se compaginaban con las otras. Desesperadamente, el joven intentó recordar lo que le había sucedido entre escena y escena. Nada, al parecer. Se había deslizado de una a otra en un abrir y cerrar de ojos. Pero eso era imposible… Uno no puede saltar de esa forma de un lugar a otro. Por lo menos, él no lo creía posible.

    Y, sin embargo, estaba allí. No había duda de ello. Aquel edificio era real, el frío y la oscuridad eran reales. Pero las marcas dejadas por la garra del animal también eran reales. Y lo de la herida no había sucedido allí, sino en otro lugar. ¿Cómo había llegado allí? ¿Es que había deseado llegar hasta allí? Sacudió la cabeza irritado. Aquello era ridículo. Pero había habido tres diferentes lugares… los cuales debían tener algo en común, algún común denominador. ¿Qué había en común entre los tres lugares, qué posible conexión existía entre ellos?

    De pronto comprendió cuál era la conexión… y se incorporó rápidamente mirando fijamente la oscuridad. ¡Era obvio! Un túnel, y peligro. Un desierto, y peligro. Y ahora, aquel frío y hostil lugar… ¡y peligro! Peligro para él, ¡peligro crudo y desnudo!

    Pensó sobre eso durante un rato. Le parecía que, en cierto modo, el peligro había formado su vida entera, y que no podía pensar sino en él.

    La única cosa que había conocido siempre era el peligro. ¿Podría ser cierto esto? Instintivamente sabía que no lo era. Antes, en alguna parte, había tenido paz, amor y días felices. Pero clavada en su mente se hallaba la aguda y terrible certidumbre de la inminente muerte, la seguridad de que podía morir allí, de pronto, en cualquier momento, y que sólo sus propios recursos podían salvarle.

    Era como si repitiese los bien ensayados gestos de una obra teatral. Alguien le había dictado todo aquello. No había nacido de forma original en su propia mente. Era propaganda, información condicional, algo que le habían enseñado. ¿Se lo habría dicho Mary?

    Lanzó una exclamación. ¡Mary! Excitado, repitió el nombre una y otra vez. Allí estaba la ligadura. Mary, su esposa. Ciertamente, había habido paz y cordialidad, y comodidad y amor. Mary era su esposa, y él había conocido todas aquellas cosas en su compañía, y todo se hallaba en un oscuro rincón de su memoria. Se sintió contento al recordar a Mary. Le sucediera lo que le sucediese, había conocido a Mary, que le amaba más que a nada en el mundo.

    El viento se filtraba en el derruido edificio, lanzándole fría nieve al rostro. Allí no estaba Mary. Sin saber por qué, él estaba allí, en peligro, y en aquel lugar no había ni cordialidad ni amor. Dando un respingo, hizo que su mente volviera a la realidad. Él no había querido ir allí. No podía haber ido por su propia voluntad. Existía tan sólo una posible respuesta: le habían puesto allí.

    Su mente dio con esta idea y el joven se echó a temblar. Igual que la mano se mete en un guante, el pensamiento se metió en su mente, llenando un terrible vacío. Sí, era eso. Él había sido colocado allí por alguna razón. No cambiaba de lugar por su propia voluntad, sino que era cambiado de lugar, contra su voluntad y contra su deseo. Le llevaban de peligro en peligro como si fuera una pieza de ajedrez que formara parte de una horrible partida de muerte.

    Pero nadie le tocaba, nadie se acercaba a él… ¿Cómo podían producirse aquellos cambios? La respuesta a esto le hizo estremecerse y su mano tembló al apretar contra su pecho su chaqueta. Era obvio: los cambios se producían en su propia mente.

    Se frotó la barbilla, cubierta de barba. Si esto era cierto, entonces aquellos sucesos no habían sucedido realmente. No había estado en un túnel. No había existido ningún gato de arena. No se hallaba echado en un rincón húmedo, con aquel terrible frío que le subía por las piernas.

    Irritado de pronto, desechó el pensamiento. No cabía la menor duda, todo había sido real. Las heridas que tenía en el costado eran verdaderas. Sabía, sin el menor género de duda, que había habido un gato de arena. Sabía que el animal le hubiese matado de haber podido, y que entonces él estaría muerto.

    «Usted puede morir, y sólo sus propios recursos le salvarán».

    ¿Quién le había dicho esto? Había habido un programa, un entrenamiento, en algún lugar, preparándole para algo, para algo muy importante. Su mente trabajaba en la oscuridad, intentando penetrar en los más recónditos recovecos de su memoria. Aquellas palabras… En su memoria apareció un hombre bajito, de rostro rojo, y otro alto y delgado, vestido de blanco… ¡Schiml! Schiml había pronunciado aquellas palabras. ¡Schiml le había colocado allí!

    De pronto, lo veía todo con claridad. Él estaba en peligro y debía superar este peligro, y no tenía por qué conocer de antemano lo que estaba sucediendo. Había habido un largo programa de entrenamiento llevado a cabo por Connover, Schiml y todos los demás, y ahora estaba pasando la prueba. Pero nada podía sucederle, pues aquellas cosas eran todas producto de su imaginación.

    Se estremeció en medio de la frialdad ambiente. De todos modos, no se atrevía a creer en lo que acababa de pensar.

    El doctor Schiml se sentó junto a la cama y secó las gotas de sudor de la frente de Cox. Los ojos del doctor brillaban de excitación al mirar la pálida forma extendida en la cama y luego al colorado Connover.

    —Ha dado el primer paso —dijo con voz ronca—. Estaba seguro de que lo haría.

    Connover hizo una mueca, pero afirmó con la cabeza, sin apartar los ojos del panel que había junto a la cama.

    —Sí, ha dado muy bien el primer paso. Se ha dado cuenta de cuál es la fuente de lo que le rodea. Pero no es bastante.

    Los ojos de Schiml brillaron durante un instante.

    —Cuando calculamos la prueba por primera vez, ni siquiera nos atrevimos a suponer la posibilidad de esto. Ahora ya ve usted que ha sido posible. Pues bien, también dará los otros pasos.

    Connover, colérico, se volvió vivamente hacia el doctor.

    —¿Cómo va a poder hacerlo? ¡No posee los datos! Cualquier loco deduciría, bajo circunstancias especiales, que lo que ve son fenómenos mentales subjetivos. Pero usted pide lo imposible si espera que él vaya más lejos a lo largo de esa línea de razonamiento. No posee bastante memoria de la realidad para poder trabajar con ella.
    —Tiene a Mary, a usted y a mí —respondió el doctor—. Sabe que ha habido un programa de entrenamiento y sabe que está pasando una prueba, y ahora sabe que está viviendo las pesadillas de su propia mente. Ya resolverá el resto.
    —Y ese conocimiento aumenta el peligro mil veces. Se volverá descuidado, se confiará…

    La joven se estremeció. Había estado mirando inexpresivamente al hombre acostado, pero ahora se dirigió al doctor Schiml.

    —Connover tiene razón —dijo tristemente—. David no ha sido puesto en antecedentes. Puede sentirse indiferente y abandonarse… —Sintiéndose desamparada, no acabó la frase.
    —¿No comprende, Mary? Esto es exactamente lo que vamos a averiguar. Tenemos que saber si el entrenamiento ha servido de algo. Puede descuidarse, es cierto, pero nunca se descuidará demasiado. ¿Recuerda al gato? Le hizo daño. Realmente le hizo daño. Dará el paso siguiente y lo dará bien. Será doloroso al principio, pero lo hará.

    El rostro de la joven se encendió de disgusto.

    —¡Eso puede matarle! Están ustedes pidiendo demasiado. No es un superhombre, sino tan sólo un hombre corriente, indefenso. No posee poderes mágicos.

    El rostro del doctor estaba pálido.

    —Eso es cierto —murmuró—. Pero yo le aseguro que posee una especie de poderes no mágicos, unos poderes que hemos estado introduciendo en su mente durante el pasado año. Tendrá que hacer uso de esos poderes, eso es todo. Tendrá que hacerlo.

    Los ojos de Mary se fijaron una vez más en la forma inmóvil que yacía sobre la cama.

    —¿Cuántas pruebas necesitan ustedes? —preguntó suavemente—. ¿Cuánto tendrá aún que sufrir antes de que suspendan la prueba y le devuelvan al mundo?

    El doctor miró a Connover.

    —No se preocupe —contestó con amabilidad—. Pronto detendremos el experimento. En cuanto él dé los pasos necesarios. Pero hasta entonces, no.
    —¿Y si no los da?

    La joven no vio que la mano del médico temblaba al ajustar los cables al panel.

    —No se preocupe —repitió el doctor—. Los dará.

    David Cox sintió que las piernas se le iban entumeciendo más y más cada vez. Yacía echado sobre el frío e inhóspito suelo del ruinoso edificio, mirando la oscuridad que le rodeaba. Su descubrimiento le había producido un gran alivio; ahora respiraba más fácilmente y notaba que su mente descansaba después de la tensión anterior. Sabía, sin que le quedara la menor duda, que no se hallaba en medio de la realidad… que aquel frío e inhóspito lugar no era real, que se trataba sólo de una horrible pesadilla elaborada en las escondidas profundidades de su propia mente, presentada ante él por alguna razón que no alcanzaba a comprender y que era como una idiota y horrible sustitución de la realidad. En lo más profundo de su mente, algo murmuraba que ningún daño podía ocurrirle. La sensación de peligro que invadía su espíritu era falsa, una creación del mundo no real que le rodeaba. Estaba sufriendo una prueba, esto era obvio; aunque él, por más que procuraba atravesar la dura pantalla de su memoria, no comprendía por qué le estaban probando.

    Sin embargo, como se había dado cuenta de la irrealidad, la prueba debía de haber concluido. Ya no podrían engañarle más. Sonrió para sí. Armado con aquel conocimiento, no existía ya peligro. El peligro no era real. Incluso la herida de su costado era imaginada, no verdadera.

    Pero el frío continuaba ascendiendo insidiosamente por sus piernas, produciéndole un estremecimiento, cada vez más arriba, hasta llegar al tronco. Cox no se movía. Se limitaba a esperar. Después de todo, terminada la prueba, lo más seguro era que le devolvieran pronto a la realidad.

    Semejante a una helada hoja de cuchillo, algo se introdujo en su mente con suma rapidez y sin advertencia alguna. Cox gritó, quejándose agónicamente ante el salvaje golpe. Intentó incorporarse y encontró que sus músculos se hallaban entumecidos y paralizados. De nuevo recibió el golpe, más agudo, más enfocado, ahondando con una fuerza que parecía partir su cerebro en dos. Gritó de nuevo, cerrando sus ojos con fuerza, retorciéndose en el suelo. Se puso tenso, esperando el nuevo golpe, mientras toda su mente intentaba rehacerse para formar como una barrera protectora.

    Frenéticamente se retorció levantando la parte alta de su cuerpo, intentando desesperadamente, y sin saber lo que hacía, ponerse en pie y echar a correr. Pero cayó cabeza abajo sobre la basura. De nuevo le llegó la sensación del cuchillo en el cerebro, arañándole la mente de una manera tan salvaje que le dejó sin aliento. Arrastrándose por el suelo, alcanzó la puerta y contempló lastimosamente la negrura del exterior.

    Distinguió la forma gris de uno de los monstruos de acero que había visto pasar con atronador ruido por la carretera un poco antes. El monstruo se hallaba sobre la rocosa y helada tundra del campo, inmóvil, el brillo de su fuerza eléctrica rodeándole como una aurora espectral. Cox sabía que el ataque procedía de allí, anonadador, como si fueran unos grilletes que paralizasen su mente sin dejarle posibilidad de escapar. Un ataque de inimaginada ferocidad. El joven luchó, intentando levantar alguna especie de escudo que le protegiera. Se había equivocado: podía ser dañado, la prueba no había terminado… Pero, ¿por qué aquella horrible tortura? De nuevo y de nuevo se repitió la sensación del cuchillo en su cerebro, hasta que gritó y se retorció, esperando con angustia la próxima vez.

    De pronto notó que su mente caía en un estanque de una suave tibieza de terciopelo, de suave dulzura, un asilo de deliciosa ternura. Una ola de alivio le inundó mientras se abandonaba al encanto de la apacible música que danzaba por su mente, cayendo fácilmente en la trampa… hasta que de pronto recibió otro salvaje golpe en su mente, haciéndole caer al suelo con retorcimientos de agonía.

    No, no, no, gritaba su mente. No te abandones, ¡lucha! Y él intentaba volver a construir la barrera, levantar una pantalla que le protegiera. Esto no es real, se decía. Esto no sucede realmente. Esto es una ridícula e imposible pesadilla. Sí, aquello no podía dañarle… Pero el caso era que le estaba haciendo daño, un daño insoportable.

    Llegó otro golpe y ya fue demasiado para él. Sabía que tenía la muerte muy cerca. Lo que estaba fuera, en el campo, intentaba matarle, intentaba transformarle en una burbujeante masa de protoplasma sin vida, sin espíritu, como…

    …como los hombres que regresaron en la nave espacial.

    Respiró profundamente. Por milagro, se dio cuenta de que otro eslabón de la cadena se había colocado en su sitio. ¡La nave espacial! Él la vio una vez, hacía mucho tiempo. Algún desconocido rincón de su mente recordaba el estrecho y averiado casco de la nave que regresó, después de muchos años, a la Tierra, su planeta natal, trayendo a los hombres casi sin vida, maltrechos, que habían partido en ella al empezar el viaje. Recordó a aquellos hombres: apenas estaban vivos, y traían en sus instrumentos recuerdos de un inimaginable horror y, en sus labios, incoherentes balbuceos. Hombres que habían viajado por el espacio, encontrándose con un salvajismo desconocido con el que no podían luchar; hombres que se ponían a gritar como locos ante el pensamiento de que algún día podían volver al espacio. ¿Era por eso por lo que estaba siendo probado? ¿Se debía a eso su entrenamiento y el haber sufrido tanto?

    Otro golpe llegó hasta él, acabando con las pocas fuerzas que le restaban, anulándole, quitándole la imagen de su mente. Aquellos hombres… ¿se habían enfrentado con esto? ¿Era esto lo que les había destruido, tan lejos de su casa, tan infinitamente solos en un mundo desconocido? ¿O era algo más, algo un centenar de veces más horrible?

    Volvió a gritar cuando se dio cuenta con cierta certidumbre de que, imaginación o no, aquel peligro era real, tan horriblemente real que se estaba muriendo por haber llegado a ese límite de lo insoportable más allá del cual se encontraba una muerte cierta. Fríamente buscó un arma; fríamente buscó un escudo para evitar los horribles golpes, para luchar horror contra horror, para morir luchando si era necesario.

    Con amargura cerro su mente al odio y al miedo, buscando entre las profundidades de su mente algo con que enfrentarse a la cosa monstruosa que tenía ante sí. En un ímpetu de rabia, comenzó a imaginar escenas de salvajismo, de violencia, de odio y de destrucción, algo que pudiese responder golpe por golpe. Estaban intentando matarle, él sabía que podían matarle, y luchaba contra ellos con toda la fuerza de que disponía, experimentando la sensación de una batalla entre su mente y el monstruo que se hallaba en el exterior. Era una lucha a muerte, y se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo, todo en el más profundo silencio, hasta que, de algún modo, el joven sintió que la tensión cedía. Se oyó un grito en el campo…, un grito de desconocido miedo, de odio y derrota. Y luego siguió el silencio.

    David Cox, exhausto, se dejó caer en el suelo. Se quejaba y sus labios se movían débilmente. He tenido que luchar con ellos, murmuraba. He tenido que luchar con ellos… De lo contrario, me habrían matado… me habrían matado…

    La joven sollozaba en la silenciosa habitación.

    —¡Oh, detenga eso! —suplicó—. ¡Paul, detenga eso! No puede más… ¡Oh, es horrible!
    —Esto es más de lo que yo puedo contemplar —dijo Connover con voz ronca; su rostro estaba muy pálido, como si estuviera enfermo—. ¿Cómo puede usted continuar?
    —No soy yo el que continúa —respondió con voz tranquila el doctor Schiml—. No soy yo el que forja esas cosas. Todo lo que hago es aplicar pequeños estímulos a pequeños trozos del tejido de las neuronas. Nada más. El resto surge de su propia mente.

    Mary se volvió hacia él con fiereza.

    —¿Cómo puede ser eso cierto? ¿Cómo puede haber tal… tal horror en su mente? Eso no es David, y usted lo sabe. David es amable, bueno y gentil. ¿Cómo se pueden producir tales pesadillas en su mente?
    —Todo el mundo alberga pesadillas en su mente, Mary. Incluso usted. Y todo el mundo tiene el poder de la muerte en su cabeza.
    —Pero Cox está dando todos los pasos que habíamos planeado —gritó Connover—. ¿Qué más espera usted?
    —Está dando algunos de los pasos —corrigió Schiml, en tono airado—. ¿Es que quiere usted arrojar por la ventana el trabajo de todos estos meses, Connover? Por supuesto, David reacciona muy bien. Se ha dado cuenta de que existe un peligro que puede matarle; esto era enormemente importante. Se da cuenta asimismo de que se halla sometido a una prueba, aunque en su entrenamiento no se habló de ello. Está empezando a darse cuenta de por qué falló la nave del espacio. Y se da cuenta de que ha de luchar para sobrevivir.

    »Desde donde partió, ha realizado un largo camino, un notable camino. Pero ahora no nos podemos detener. Ni siquiera se ha aproximado aún al más vital descubrimiento. Se siente demasiado fuerte, demasiado confiado, sin la suficiente desesperación. No le puedo ayudar, Connover. Tiene que salir airoso por sí mismo.

    —Pero no podrá resistir otro ataque como el último —exclamó Connover—. Con entrenamiento o sin él, ningún hombre podría. Usted, deliberadamente, va a dejar que se mate a sí mismo, Paul. Nadie podría sobrevivir a eso.
    —Pues él tendrá que hacerlo. Las tripulaciones de las naves espaciales no pudieron. He aquí por qué regresaron como lo han hecho.

    Connover reflexionó.

    —Bien, yo me lavo las manos sobre esta cuestión —dijo—. Me limito a indicarle que debe detenerlo ahora. —Miró fijamente al alto doctor—. Si el muchacho muere, no seré yo el responsable.
    —Pero usted estuvo de acuerdo…
    —Bien, pues he dejado de estarlo. Esto ha ido demasiado lejos.

    Schiml le miró con disgusto durante un largo momento. Luego suspiró.

    —Si así es como están las cosas, yo acepto toda la responsabilidad. Pero la prueba acabará.
    —¿Y si muere?

    Los ojos de Schiml se volvieron sombríos.

    —Es muy sencillo —contestó—. Si muere, nunca tendremos otra oportunidad. Jamás habrá otra nave del espacio.

    Cox no pudo calcular cuánto tiempo había permanecido inconsciente. Penosamente levantó la cabeza, agachándola cuando el dolor se presentó de nuevo en su cerebro, y entornó los ojos al mirar el reflejo de sí mismo que le daba el frío espejo de acero de la pared. Contempló el reflejo y empezó a reconocerse a sí mismo.

    Era él, David Cox, con su negro cabello cubierto de barro y pegado al casco, con su rostro surcado por lívidas y feas ronchas, con sus ojos rojos por el esfuerzo y la fatiga. Lanzando un gemido, se dio la vuelta para ponerse en pie sobre el pulido suelo, sin dejar de mirar alrededor. Titubeante, frotó su costado. La herida seguía aún allí, un dolor agudo bajo sus dedos, y su cabeza también le dolía fuertemente. Pero el lugar…

    Sabía que se había producido otro cambio. Era una habitación perfectamente cerrada, sin una abertura, sin una ventana, sin una salida. Tenía el techo bajo techo y seis lados, cada uno de ellos un pulido espejo. El techo y el suelo reflejaron su imagen cuando al fin de puso en pie y aspiró el ligero pero agudo olor a ozono que flotaba en la habitación. En los espejos, cien Davides luchaban por mantenerse en pie mientras se guiñaban estúpidamente los ojos el uno al otro. Un centenar de maltrechos y sombríos Davides que surgían de cada ángulo, de arriba y de abajo, reflejándose y contrarreflejándose en la brillante iluminación de la pieza.

    Entonces oyó el grito. Un largo y lastimoso grito de agonía que las paredes se arrojaron una a la otra y que casi le rompió los tímpanos. El grito se produjo de nuevo, más fuerte, más lastimoso. Sin darse cuenta de lo que hacía, Cox se metió los dedos en los oídos, pero el sonido llegaba lo mismo hasta ellos, golpeando su cráneo. Al mismo tiempo que el grito resonó un pesado y machacante crujido de maquinaria en movimiento, chirriante, tintineante, que le arañaba los oídos. El grito se produjo de nuevo, más fuerte, más lastimoso y apremiante, y un aullido de maldición se unió al ruido chirriante de la maquinaria. Cox permanecía erguido en el centro de la habitación esperando, alerta, dispuesto para cualquier especie de ataque, tenso todo su cuerpo para rechazar lo que pudiera venir a amenazarle.

    En lo más profundo de su mente crecía una especie de odio hacia sí mismo por ser el personaje en que se cebaba aquella continua tortura, y también hacia el doctor Schiml, hacia Connover y hacia todos los que tomaron parte en aquello. ¿Qué querían? ¿Qué motivo había para aquellos ataques, para aquella horrible inestabilidad? ¿Qué era lo que justificaba aquellos peligros, que podían matarle tan fácilmente? Sintió debilidad, una terrible sensación de que no podría soportarlo, de que se tendería en el suelo para morir, de que el límite de su resistencia se aproximaba. Pero continuó erguido, con los puños cerrados, esperando. ¿Cuánto podría resistir un hombre? Los que le hacían aquello, ¿qué deseaban de él? Y… ¿cuándo se detendrían?

    Esta idea se quebró de pronto al tiempo que un frío estremecimiento le corría por la espina dorsal. Se había quedado mirando fijamente y casi con la boca abierta el espejo que tenía enfrente de su rostro. Entornó los ojos mirando la imagen, y luego, incrédulo, se golpeó a sí mismo. Algo le estaba sucediendo. Su imagen no era la de siempre…

    Otro grito cortó el aire, un desgarrador y horrible aullido de dolor y tormento, que puso hielo en su espalda mientras se sentía desfallecer. Fascinado, vio que su mano desaparecía, se torcía, se transformaba en una masa pegajosa de tentáculos, llena de pululantes gusanos. Dejó de mirar el espejo y dirigió los ojos a su propia mano… y entonces el grito brotó de su propia garganta. Su grito fue reproducido por el eco y vuelto a reproducir, como si cada espejo gritase también, burlándose de él. Toda la habitación gritó a su alrededor, junto con los crujientes y chirriantes ruidos de maquinaria con arena en sus ruedas, que se mezclaban a los gritos. Ahora también su brazo se estaba transformando, retorciéndose como algo que tenía vida independiente…

    ¡Tenía que salir de aquella habitación! Lanzando un grito de rabia indefensa, se arrojó contra uno de los espejos, oyendo que el golpe producía un rumor seco mientras él caía de nuevo, dando un salto, en el suelo. Su mente se esforzó en encontrar un camino. Miró a su alrededor buscando una puerta, pero allí no había más que espejos, espejos que jugaban malas pasadas a su mano y a su brazo, que se torcía hacia su hombro. Cada vez que buscaba una puerta en una pared no descubría otra cosa que el reflejo de otra pared, y otra y otra.

    Apoyado sobre manos y rodillas, recorrió toda la habitación. ¿Había cuatro paredes, cinco, seis… o bien siete u ocho? ¿O es que él se repetía al contarlas? No lo sabía. Y cada vez que miraba una pared veía su horrible y cambiante brazo, hasta que con un esfuerzo sobrehumano intentó rehacerse y, cogiendo aquello que se movía con su mano buena, lo separó de sí, y la cosa quedó aparte, una masa parecida a mermelada que se retorcía temblorosa. Aquel muñón que se había separado de su cuerpo continuó retorciéndose y cambiando, pero él no miraba otra cosa que el espejo…

    Un pensamiento se deslizó en su mente y se apoderó de él frenéticamente, como si cogiera una paja en el viento. Lo que veía era un reflejo. No podía ver nada sino un reflejo. ¿Cuántas paredes había? No podía contarlas, nunca estaba seguro. Pero tenía que salir de aquella habitación. ¡Tenía que salir! Cerró los ojos, huyendo de la brillante luz, pero haciendo que los penosos gritos resonaran más fuertemente en su espíritu. Lenta y penosamente se puso en pie apoyado en la pared de la habitación mientras mantenía los ojos cerrados con fuerza, negándose a mirarse en los espejos. Luego tanteó con la mano buena la suave superficie de los mismos…

    Una raja. La siguió. Suavidad… A continuación, metal. ¡Un pomo! Con un grito que fue como un sollozo de alivio, dio vuelta al pomo, notando que la pared cedía, y salió al exterior por la abertura, pisando sobre un terreno desigual y tosco, con los ojos aún cerrados, y dio un portazo tras de él. Quedó jadeante, mientras el ruido de maquinaria y los gritos se alejaban como una nube, sumiéndole en un absoluto silencio casi palpable.

    Había luz. Abrió los ojos, cerrándolos en seguida mientras lanzaba una exclamación al tiempo que la cabeza empezaba a darle vueltas por efecto del asombro y del miedo. Luego, cautelosamente, abrió los ojos poco a poco, luchando contra un terrible y ancestral miedo, pero acto seguido los cerró con una sensación de vértigo.

    ¡Se hallaba en lo más elevado de un pináculo de mil pies de altura!

    Instantáneamente se echó en tierra, asiéndose desesperadamente a los suaves extremos de la roca. El trozo de plana roca en donde se hallaba tenía el tamaño de un ataúd, seis pies de largo por tres de ancho. Sobre su cabeza se veía un frío cielo azul con blancas nubes aborregadas. Pero por todos lados, a pocas pulgadas de donde él se encontraba, se abría un hondo y cruel precipicio que quitaba el aliento y que terminaba en el lejano mar del fondo.

    Una sombra pasó sobre él, y el joven, tenso y temeroso, levantó la vista. Por encima de su cabeza pasaban unas enormes alas negras, un largo y desnudo cuello rojo, crueles garras, oscuras y brillantes, y un pico curvado que destellaba a la luz del sol. Un pájaro como nunca había visto antes, que se acercaba a él, y luego se separaba de él, describiendo enormes círculos bajo el brillante cielo azul. Un pájaro que le aventajaba en tamaño, con malignos ojos que parecían botones y que le miraban sin pestañear… Lanzó un sollozo mientras se agarraba más y más a la roca.

    ¿Por qué? ¿Por qué no detenían aquella tortura? ¿Por qué no la detenían y le hacían volver a la realidad? Experimentaba la sensación de que el fin se aproximaba, y sus fuerzas fallaban y su voluntad también fallaba. Pequeños vapores de desesperanza nublaban su cerebro, desesperación por no poder resistir ya mucho tiempo, desesperación que era ya más fuerte que el miedo a la muerte que le había mantenido en tensión hasta entonces.

    El pájaro volaba tan cerca que podía oír el ruido que hacían sus alas mientras las patas terminadas en uñas de acero se aproximaban cada vez más a sus hombros. Cox miró por el borde del precipicio buscando algo que le ayudara a descender, donde poder apoyar el pie, pero no descubrió nada. Tenía que bajar, no podía luchar contra aquel ser. Con los ojos entornados miró el agua azul que había abajo. Tratar de deslizarse sería una imbecilidad: notaba su brazo mutilado, perdido entre la tela de la manga. Con sólo un brazo para sujetarse no tenía esperanzas de librarse del pájaro, aun cuando encontrara algún medio de bajar.

    Una pata de acero le rompió la camisa, enviando una cuchillada de dolor a su cuerpo y haciendo que en su cerebro se cristalizara una loca idea. Aquella roca tan alta por encima del agua podía significar que el agua tenía mucha profundidad. Era una elección disparatada, pero no había otra cosa que hacer. Tras respirar profundamente, llegó hasta el filo de la roca, reunió todas sus fuerzas y se lanzó al espacio.

    Rompió el agua produciendo un terrible impacto. Contuvo su respiración, pero luchó desesperadamente para lograr salir a la superficie con ayuda de su brazo sano, esperando ser liberado, rogando para que sus probadores se dieran ya por satisfechos, para que detuvieran la tortura, haciéndole volver a la realidad.

    Finalmente salió a la superficie, y luego, de pronto, sintió tierra sólida bajo sus pies. Miró hacia atrás y vio que la roca en forma de pináculo había desaparecido y que el cielo tenía un horroroso matiz naranja. Jadeando y sin fuerzas, anduvo tambaleándose por la orilla.

    Pero aquella orilla no era normal. Con un arrebato de ira, David vio que en la terrible superficie en la que se hallaba, la arena bajo sus pies se movía como si estuviera viva, cual si estuviera formada por avispas que le subían hasta los tobillos, que los rodeaban como queriendo que cayera de rodillas. Había estrellas que titilaban en el suelo, y del cielo caían grandes piedras de granito negro que le rozaban las orejas cual si fueran enormes balas de un cañón no terrestre. El mundo estaba cambiado, y las cosas aparecían contorsionadas o retorcidas en formas imposibles. En el aire olió el húmedo y fuerte olor del cloro.

    Lanzando un grito de rabia se arrojó sobre la hirviente arena, a la que dio de puñetazos con desesperada furia al tiempo que gritaba una y otra vez. No podía resistir más, aquello era el fin, no tenía fuerzas para seguir luchando… Tenían que devolverle a la realidad, tenían que detener aquello.

    Un horrible pensamiento se apoderó de su mente, haciéndole caer de rodillas. Sus ojos, hundidos, se abrieron de par en par sin poder ver el imposible y tergiversado paisaje. El miedo le dominaba, un miedo hondo, profundo, que profería en su mente un miedo desolado y vacío. Cuidadosamente revivió todas las pruebas que había sufrido, todo lo que había pensado, visto y sufrido. Había corrido, había luchado todo lo que humanamente era posible… lo suficiente para satisfacer a cualquiera que le probara. En lo que hacía a su reacciones, conscientes e inconscientes, a su habilidad para encontrar recursos ante el peligro, a su honradez de espíritu, a su resistencia, a su empuje, a sus ánimos… no podían pedir más. Y, sin embargo, no le liberaban. Con toda seguridad, si algún ser humano era capaz de resistir las terribles sorpresas de las estrellas y de los mundos alrededor de las estrellas, ese ser humano era él. ¡Pero no le liberaban!

    El pensamiento se presentó de nuevo, más fuerte, llenándole de horrible certidumbre. Se estremeció, y un enorme sollozo surgió de sus labios. Ahora lo comprendía todo, estaba seguro de ello. Se había sentido esperanzado, en la creencia de que les satisfaría luchando y acabarían por poner término a la prueba. Pero ahora, con terrible claridad, veía el cuadro desde un ángulo diferente.

    No se detendrían. Ellos nunca pararían de someterle a aquellos horrores. A pesar de lo mucho que pudiera resistir, nunca pararían. Había estado luchando por una causa perdida, luchando para satisfacer algo insaciable. Y podía seguir luchando, pero sólo para acabar cayendo muerto.

    La ira se mezcló a la desesperación, una ira ciega que rompía su corazón y torcía su boca en una mueca de rabia. Había sido burlado, vencido. Les había servido de experimento, de prueba, para saber lo que podía resistir un entrenado hombre del espacio; había sido entregado a sabiendas a la muerte, como un indefenso conejillo de indias sin cerebro.

    Dirían que lo hicieron por el bien de la humanidad… Cox escupió sobre la arena. A él le importaba un comino la humanidad. ¡Preparar a un hombre para que visitara las estrellas! ¡Al diablo con las estrellas! Él era un hombre, había sostenido una cruel batalla, se había enfrentado con la muerte, con una muerte dotada de las formas más horribles que su propia mente podía concebir. Y no iba a morir. ¡No iba a morir por más horrores que Connover, Schiml y sus ayudantes del entrenamiento psíquico le enviaran!

    Se echó hacia atrás sobre la arena, con el rostro rojo por la cólera que le corría por las venas. Se daba cuenta de que tenía que luchar contra su propia mente, que aquellas cosas las producía su propia mente, dirigida por las agujas de Schiml, estimulada por pequeñas cargas eléctricas. Todo venía de su propia mente. Claro que podían matarle. ¡Oh, sí! Nunca perdía de vista este hecho.

    Pero él también podía matarles a ellos.

    De pronto vio una enorme roca que se dirigía hacia él. Era negra, llena de picos, como un monstruoso pedazo de carbón, y se dirigía directamente hacia su cabeza, volando por el aire como una enorme bala procedente del infierno. Rebosante de amarga ira, David Cox permaneció inmóvil, haciendo frente a la roca que se aproximaba, con la mente fija en un solo y poderoso pensamiento. Con toda la fuerza que le quedaba, gritó:

    —¡Detente!

    La roca titubeó a medio camino, se detuvo, y acabó desvaneciéndose en una niebla de luz azul.

    Cox se volvió para enfrentarse ahora con aquella cosa movediza, parecida a una selva. Tenía los músculos tensos, y grandes venas se le marcaban en el cuello.

    Esto no es cierto, le gritaba su mente. Tú te puedes despertar solo. Ellos no te ayudarán, pero tú puedes hacerlo solo, puedes hacer que todo esto desaparezca. Tú solo puedes dominar tu mente.

    Y entonces, como las nieblas de un ensueño, el mundo empezó a desaparecer a su alrededor, retorciéndose como virutas en el delgado y vivo aire, cambiando, retorciéndose, cambiando de nuevo, hasta que las últimas fuerzas que le restaban fueron abandonando su maltrecho cuerpo y su mente se unió al mundo que desaparecía, sumiéndose en una nube de inconsciencia. Lo último que distinguió antes de que todo se fundiera fue el dulce rostro de una joven, un rostro rebosante de miedo y de amor, inclinado sobre él y pronunciando su nombre…

    Se despertó de pronto. Poco a poco empezó a distinguir la brillante y acogedora sala del hospital. Su cama se hallaba junto a una ventana y a través de ella se veía un frío sol mañanero que brillaba sobre la atareada ciudad que se extendía debajo. Se veían, más allá, los edificios y terrenos del Centro Médico Hoffman, que se extendían como un oasis verde en medio de la poblada ciudad. El joven vio asimismo, aún más allá, las brillantes puntas en forma de aguja de las naves espaciales que él sabía que estaban esperándole.

    Volvió el rostro hacia el alto y delgado hombre vestido de blanco que se hallaba junto a su cama.

    —Paul —dijo en voz baja—, he salido airoso.
    —Ha salido usted airoso —contestó el doctor. Sonreía feliz y tomó asiento en el borde del lecho.
    —Pero… tuve que terminar la prueba por mí mismo. Ustedes no podían detenerla, ¿verdad?

    Schiml asintió gravemente con la cabeza.

    —Ése era el último paso que tenía que dar, el paso realmente crítico de toda la prueba. Y yo no podía decirle esto a los otros, naturalmente. De haberlo sabido, no me habrían dejado llevar a cabo la prueba. Connover no habría dado su consentimiento. Pero sin ese último paso, la prueba habría resultado inútil. ¿Comprende?

    Cox asintió lentamente.

    —Tuve que superar la reacción física de algún modo. Tuve que forzarme a mí mismo.
    —No sabíamos en absoluto lo que usted encontraría allá —dijo Schiml, con lentitud—. Todo lo que sabíamos era que los otros encontraron algo, y el daño que eso les produjo. Ellos no pudieron superar la amenaza que encontraron. Sabíamos que un entrenamiento para reaccionar con una respuesta al mismo nivel que el peligro no sería tampoco suficiente. Usted tenía que experimentar reacciones rápidas que fueran más profundas que sus poderes racionales, y debía lograrlo cuando se encontrara al límite de sus fuerzas físicas. Y nosotros teníamos que saber si usted experimentaba esas reacciones.

    Schiml se inclinó para inspeccionar, con dedos infinitamente suaves, la vendada cabeza de Cox.

    —Si los horrores con que se enfrentara hubieran sido patrañas que desaparecían en cuanto el camino se hiciera difícil, usted no habría alcanzado ese último eslabón, el que le salvará cuando salga al espacio exterior. Ése ha sido el último esfuerzo, el único que los otros no supieron conseguir… y que tenía que descubrir por sí solo. Usted tenía que comprender por su cuenta que no íbamos a ayudarle; que si debía salvarse, la cosa dependía sólo de usted.

    »Cuando al fin vaya a donde fueron los otros astronautas, nadie estará allí para ayudarle. Estará usted solo. Pero no importa lo que encuentre en los mundos desconocidos, ahora tendrá usted una especie de ángel guardián que le ayudará.

    —¿El entrenamiento?
    —El entrenamiento le servirá, aunque realizado en un nivel de inconsciencia, naturalmente. Pero lo que más le protegerá reside en su propia mente: una afinación de sus sentidos, de su poder analítico, y un poderoso y agudo sentido de la lucha, sean cuales fueren las pesadillas a las que se enfrente.

    Cox. asintió con la cabeza.

    —Ya comprendo. Como dijo usted al principio del entrenamiento, se trata de una especie de hermana nuestra. Esta prueba era el paso final para comprobar si yo podía sobrevivir a tales pesadillas.
    —Y usted, en su viaje interestelar, llevará escondidos en su mente ese conocimiento y esa experiencia, que le ayudarán cuando sea necesario. Usted será el próximo hombre que enviemos, usted junto con su hermana pesadilla.

    Cox miró por la ventana durante un largo momento.

    —¿Está bien Mary? —preguntó en voz baja.
    —Está ahí fuera, esperando verle a usted.

    David Cox se incorporó lentamente mientras recordaba con claridad todos los detalles de la prueba a que había sido sometido. Una prueba terrible y, sin embargo, necesaria. Así, cuando regresara del viaje estelar, no tendría el aspecto de los otros. De esta manera, los hombres podrían efectuar viajes interestelares y volver sanos y salvos.

    Recordó asimismo la ira que le había poseído. Cogió la mano del doctor y la mantuvo fuertemente entre las suyas.

    —Gracias, Paul —dijo—. Si regreso del viaje…
    —Querrá decir “cuando regrese del viaje”… —contestó sonriendo el doctor Schiml—. Sí, Cox, cuando regrese usted del viaje, nos tomaremos juntos una cerveza. Eso es lo que haremos.


    Fin