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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL QUINTO ELEMENTO (Tenry Bisson)

    Publicado el jueves, enero 05, 2017

    1


    Era 1913 y aún no había comenzado la '“guerra para terminar todas las guerras”, la Primera Guerra Mundial.

    Pero había otras guerras.

    En el linde del desierto, donde los campos de la aldea se encontraban con las dunas, se libraba la milenaria Guerra del Desierto contra el Nilo, y un año la batalla dejaba un poco más de arena, al siguiente un poco más de suelo cultivado.

    En un sendero que se internaba en el desierto alejándose de los campos, una mula que trotaba con un chico en el lomo libraba la Guerra del Animal contra el Hombre.

    La mula andaba cada vez más despacio, hasta que el chico le pegó con un palo entre las orejas, ganando provisionalmente esa guerra.

    –Andando –dijo Omar en un dialecto nativo tan antiguo como las tumbas que moteaban el paisaje–. Pero tampoco te apures demasiado –añadió.

    El chico, por su parte, libraba la eterna Guerra de los Jóvenes contra los Adultos.

    Lo habían mandado a buscar agua, y no tenía prisa en regresar para que los mayores pudieran darle más órdenes.

    Entretanto se preparaban otras guerras, guerras de las que nada sabían los chicos ni las mulas.

    El sendero se internaba en el desierto serpenteando entre las dunas. El sol caía a plomo sobre las ruinas desperdigadas. Ninguna de ellas tenía nombre.

    Con los años, las antiguas tumbas y templos iban y venían como nubes, a medida que las arenas siempre en movimiento las cubrían y descubrían. A veces Omar pensaba que se movían las ruinas y no las dunas, pues el eterno desierto parecía mucho más sustancial que las tumbas y los templos que aparecían y desaparecían según el capricho de los elementos.

    Omar pasó junto al Ford T del profesor, sepultado en la arena hasta las ruedas.

    Más tarde su tío iría a sacarlo con un camello. Por un precio.

    Omar y su mula avanzaron por el fondo del uad y treparon por la loma que conducía a la nueva tumba. Aun a esa distancia era imponente.

    Omar nunca la había visto. Su tío decía que había aparecido varias veces en el pasado, pero los saqueadores de tumbas la ignoraban porque no contenía ningún tesoro.

    –No es para nosotros –dijo.

    El tío de Omar era un saqueador de tumbas.

    Los lugareños saqueaban tumbas y templos buscando oro. Los europeos viajaban allí para saquearlas en nombre de algo que llamaban ciencia.

    Los europeos intrigaban a Omar. Eran más niños que hombres. Eran crueles como niños, pero de risa fácil. Como los niños, no parecían tener interés en el oro ni la plata. El profesor italiano estaba tan entusiasmado con las inscripciones que había encontrado como un '“auténtico” saqueador que hubiera encontrado argollas de oro o cestos de piedras preciosas.

    Aun semienterrado en la arena, el templo era imponente. Las enormes columnas de la entrada empequeñecían a los dos jóvenes que aguardaban afuera, sosteniendo espejos para reflejar luz dentro del templo, un viejo truco de los saqueadores de tumbas.

    Los chicos agitaron el brazo.

    –¡Agua! –gritaron, y Omar se detuvo para darles unas gotas de los odres de piel de cabra.
    –No tenéis sed–les dijo–. Sólo aburrimiento. Agradeced que tenéis un trabajo.
    –Deja de jugar al sahib –dijo Mahmoud, que sostenía el espejo más grande–. Eres solamente un aguador.

    Omar decidió ignorarlo.

    Dejó la mula a la sombra y entró. Omar sabía que el profesor y su asistente americano, Billy, tendrían sed. Los europeos bebían mucha agua.

    Los espejos de la puerta alumbraban un largo corredor. Omar avanzó contra la pared para no tapar la luz.

    Otro chico sostenía otro espejo en el extremo. Su trabajo era enfocar el haz hacia el interior y asegurarse de que la luz siguiera al profesor y su asistente hasta la gran cámara.

    Pero ese chico ya estaba haciendo algo mal. Cabeceaba, adormilándose por causa de la penumbra, del aire enrarecido o del parloteo del arqueólogo italiano que explicaba los jeroglíficos que cubrían el extremo de la gran cámara.

    –¡Oye, Aziz!

    La voz del profesor resonó en la cámara.

    El chico se irguió, y su luz recorrió el interior de la cámara como un relámpago plateado.

    –¡Presta atención! –rezongó el profesor.
    –¡Sí, Aziz! –susurró Omar. Se detuvo en la puerta, saboreando el último momento de libertad antes de que lo vieran los adultos. Estaba fascinado por esa cámara con su pared cubierta de trazos. En la obscuridad parecían inscripciones, pero cuando les daba la luz parecían fulgurar con magia, promesas y poder.

    El profesor señalaba los ideogramas desde una escalera desvencijada, mientras Billy, el joven americano, los dibujaba en su cuaderno de bocetos.

    A Omar le gustaba Billy. Le agradaba verle trabajar. Billy dibujaba sin siquiera mirar el cuaderno que tenía en la mano, pero sus dibujos eran casi tan perfectos como las nuevas '“fotografías” que Omar había visto en una '“revista” de El Cairo.

    Omar pensaba que los científicos (que amaban las novedades) habrían preferido fotografías, pero la iluminación del templo era insuficiente.

    Omar recogió sus sacos de agua, disponiéndose a cruzar la habitación, cuando sintió una mano huesuda en el hombro.

    Se sobresaltó, pero al mirar atrás vio una figura menuda y familiar.

    Omar conocía al viejo sacerdote. Hacía años que vivía en el linde del desierto. No era del todo europeo, pero tampoco del todo egipcio.

    El sacerdote cogió el odre que Omar llevaba en el hombro.

    –Yo me encargaré, hijo mío.

    Omar asintió y le entregó el saco de piel de cabra. El viejo sacerdote lo ponía nervioso, aunque no sabía por qué.

    –Ve con Dios –dijo el sacerdote, haciendo la señal de la cruz en la frente del chico.

    Lo dejó en las sombras y caminó con el odre hacia la escalera donde el italiano estaba revisando la inscripción, carácter por carácter.

    –Cuando los tres planetas estén en eclipse –decía el profesor, recorriendo los extraños caracteres con los dedos, como si leyera Braille–. El agujero negro, como una puerta, está abierto. El mal llega, sembrando terror y caos.

    Señaló un ideograma donde una serpiente se deslizaba entre tres planetas. La escalera se balanceó peligrosamente.

    –¿Ves, Billy? –le dijo al joven–. La serpiente, Billy. Procura registrar la serpiente. El mal supremo. Asegúrate de registrar la serpiente.

    Billy dibujaba sin mirar abajo, las manos rápidas, los trazos seguros.

    –¿Y cuándo se supone que esta serpiente se presentará en escena? –preguntó secamente.

    El profesor ignoró su sarcasmo. Se volvió hacia la pared y pasó los dedos por la inscripción.

    –Si esto significa cinco, y esto significa mil... cada cinco mil años.
    –Entonces tenemos tiempo –dijo Billy.

    El viejo sacerdote se detuvo en medio de la cámara. Torció el gesto al oír el tono sarcástico del americano.

    '“¡Si él supiera!” Por un instante, el sacerdote vaciló. Ese joven era ignorante, a fin de cuentas. Y la ignorancia era una especie de inocencia. Él no sabía nada.

    Luego el sacerdote oyó el murmullo del profesor, que leía la inscripción:

    –Conque aquí tenemos estos diferentes pueblos, o símbolos de gente, reuniendo estos cuatro elementos de vida: agua, fuego, tierra, aire...

    Los dedos del profesor se detuvieron en el único ideograma que tenía forma humana.

    –En torno a un quinto elemento.

    El sacerdote supo que tenía que hacer lo que se había propuesto.

    Sacó un frasco envejecido del bolsillo de su tosca sotana negra. Lo abrió y frunció la nariz al sentir el punzante olor de ese polvo seco.

    Abrió el odre mientras el profesor seguía murmurando:

    –Es como si estas personas dieran algo de sí para fabricar a esta criatura.
    –Que Dios me perdone –susurró el sacerdote mientras echaba el polvo de la pócima en el saco de agua–. Ya saben demasiado. Demasiado.

    El profesor seguía hablando con emoción. Sus dedos se detuvieron en el ideograma.

    –Este ser en el cual reside toda la historia del universo... toda la fuerza, toda la esperanza... para protegernos del Mal.
    –Amén –dijo el viejo sacerdote, vertiendo agua en una taza de estaño.

    El profesor bajó la vista y reparó en su presencia.

    –Padre –dijo–. Esto es extraordinario. El hallazgo más grande de la historia. Mire usted...

    El sacerdote asintió gravemente.

    Entusiasmado con sus propias palabras, el profesor bajó la voz y habló más despacio, como si rezara.

    –Aquí está el Bien, aquí el Mal, y aquí...

    Señaló los símbolos de los cuatro elementos, dispuestos alrededor de la figura central.

    –¡Un arma contra el Mal! ¡Fenomenal! ¡Seré famoso!
    –Entonces brindemos por su fama. Ten, Billy –dijo el sacerdote dándole la taza al joven artista antes de servir otra para el profesor.

    Billy empezó a beber mientras el profesor bajaba de la escalera.

    –Beba –dijo el sacerdote, dándole la taza.

    El profesor la alzó.

    –¡Por la fama! Salutel

    De pronto bajó la taza sin probarla.

    –No podemos brindar con agua. Billy, hay grappa en mi mochila.

    Ante los horrorizados ojos del sacerdote, el profesor arrojó el agua al piso del templo. Billy vació su taza y corrió al pasillo.

    “Un comienzo apropiado –pensó el sacerdote con desconsuelo–. ¡He matado al inocente!”

    '“No está mal” pensó Billy. Habitualmente el agua de aquellos sacos de piel sabía demasiado... a cabra.

    Pero esta vez era más dulce.

    Tal vez el aguador, Omar, la había extraído de un pozo mejor. O tal vez el saco estuviera más limpio que de costumbre.

    '“Vete a saber” pensó Billy, mientras atravesaba el largo pasillo que conducía hacia la brillante luz del sol del desierto. Se cubrió los ojos para protegerse del resplandor de los espejos.

    Había recorrido la mitad del pasillo cuando encontró la mochila del profesor. Al agacharse para recogerla oyó un ruido sordo y sintió que la luz cambiaba.

    Algo sucedía fuera del templo. ¿Una tormenta repentina? '“Imposible” pensó Billy.

    Allí no había tormentas repentinas. Egipto no era Indiana, donde un temporal podía arreciar y amainar en cuestión de minutos.

    Aquí el calor era implacable y las pocas nubes permanecían a gran altura, como temiendo que la gente las arrancara del cielo y las exprimiera para sacarles la poca humedad que contenían.

    Billy sintió un mareo. ¿Qué era eso? ¿Un relámpago? ¿Un trueno? Los ruidos sordos eran cada vez más intensos.

    Billy abrió la cremallera de la mochila y encontró la ametralladora que el consulado le había dado al profesor para que la llevara consigo. El profesor, que odiaba las armas, la había llevado pero la había dejado en la mochila.

    Era una Sten último modelo.

    Debajo de la ametralladora Sten estaba la grappa. La botella había perdido más de cuatro centímetros desde la mañana. Billy sospechaba que el profesor la usaba para '“facilitar” su traducción de los jeroglíficos.

    '“Qué más da” pensó. Regresaría a Indiana en pocos meses, a menos que...

    Pero ¿por qué se sentía tan mareado?

    La entrada del templo estaba obscura, y el '“trueno” crecía cada vez más.

    Luego cesó.

    Billy se acercó a la puerta. Los jóvenes que sostenían los espejos miraban hacia arriba, desconcertados.

    Billy vio una inmensa nave de metal, erguida sobre su base.

    En el costado de la nave se abría una puerta.

    Lo que salió no era humano.

    –Esta persona perfecta –leyó el profesor–, este ser perfecto...

    Miró al viejo sacerdote, que cerraba los ojos y juntaba las yemas de los dedos, como rezando.

    –Sé que ésta es la clave –dijo el profesor–. Pero no entiendo. '“¿Perfecta?” ¿Qué querrá decir?
    –Perfecta significa perfecta –sugirió el sacerdote.

    Los chicos corrieron hacia las dunas dando gritos.

    Billy se refugió en las sombras del templo. No sabía si corría para salvar su pellejo, su cordura o los dibujos que había dejado en la mochila del profesor.

    Se agachó para recogerla cuando oyó pasos a sus espaldas en el pasillo.

    Fueran lo que fueren, estaban entrando.

    Apretándose contra la pared, Billy se ocultó en las sombras mientras una hilera de enormes seres pasaba de largo. Parecían moverse despacio, pero en un momento, como si se desplazaran dentro de otro tiempo, se habían adentrado en el pasillo.

    Cubiertos con una reluciente armadura metálica, eran macizos como enormes tortugas erectas, aunque se movían con sorprendente gracia y celeridad. No parecían tener cabeza, hasta que Billy vio que algo parecido a una cabeza de ave les nacía en el centro de un tórax enorme.

    Billy metió la mano en la mochila del profesor. Sentía un hormigueo en los dedos.

    Estaba mareado.

    ¿Era posible que todo fuera un mal sueño?

    El sueño se transformó en fría realidad cuando cerró los dedos sobre el acero de la Sten.

    –Y esta luz divina que mencionan los jeroglíficos... –dijo el profesor–. ¿Qué es '“luz divina”?

    En ese momento, como en respuesta a sus palabras, la cámara se obscureció. Un vasto rumor llenó el aire. Las paredes del templo temblaron.

    –¡Aziz! –gritó el profesor sin volverse–. ¡Luz!

    La cámara se llenó de luz.

    –¡Eso es! ¡Mucho mejor! –dijo el profesor desde la escalera–. Gracias, Aziz.

    El profesor siguió leyendo los caracteres de la pared. La luz era más fuerte que nunca, y revelaba aún más sutilezas en la inscripción.

    –Padre, esto es lo más increíble que he visto. ¿No le...?

    El profesor se volvió y vio por qué el sacerdote no respondía. Estaba arrodillado frente a un enorme ser que parecía un hombre.

    Pero no era un hombre.

    Tenía dos metros y medio de altura, era corpulento como un oso pardo y llevaba armadura.

    –¿... parece? –concluyó el profesor, mientras dos enormes brazos (o algo parecido) lo cogían por las axilas y lo bajaban de la escalera.
    –¿Es usted alemán? –preguntó el profesor, pataleando en el aire.

    Ninguna respuesta.

    –Sprechen sie Deutsche–jadeó el profesor.

    Ninguna respuesta.

    ¿Dónde estaba Billy? Presa del pánico, el profesor miró a su alrededor. Junto a las paredes, más criaturas sostenían esferas relucientes que alumbraban la cámara.

    El viejo sacerdote estaba tendido en el suelo. El profesor siempre había pensado que era cristiano, tal vez copto, o de una de esas extrañas sectas del desierto.

    Pero parecía estar adorando al líder de esas criaturas, que se erguía sobre él. Le estaba hablando.

    –Amo –dijo el sacerdote–. Estaba a punto de descubrirlo todo, pero yo tenía la situación bajo control.

    Tendido en el frío piso de piedra, miraba al comandante mondoshawan.

    El mondoshawan extendió la mano y ayudó a incorporarse al viejo sacerdote. Su voz era profunda pero asombrosamente cálida.

    –Siervo –dijo–, tú y los mil guardianes que te precedieron realizasteis bien vuestra tarea, pero la guerra se aproxima.
    –¿Guerra?

    El sacerdote tembló.

    La criatura asintió con un gesto mínimo y distante y dijo:

    –Debemos protegerlos.
    –¿Proteger a quiénes? ¿Proteger qué? –preguntó el profesor, tratando en vano de hablar sin gimotear.

    Era sorprendente cómo se perdía la dignidad cuando uno no podía tocar el suelo con los pies.

    El líder no respondió. Caminó hacia la pared cubierta de jeroglíficos y acarició la superficie lisa, como buscando una apertura.

    Una apertura que no podía existir.

    Pero existía.

    –¡Increíble! –jadeó el profesor cuando la criatura insertó un dedo metálico en la apertura. La pared se deslizó, abriéndose con un áspero chirrido de piedra sobre arena.

    Las dos criaturas dejaron al profesor en el suelo. Mientras él todavía procuraba recobrar el equilibrio, el líder entró por la puerta e indicó a los demás que lo siguieran.

    El viejo sacerdote vaciló un instante, luego los siguió también.

    El profesor estaba a punto de seguirlos cuando una de las criaturas que se había quedado movió la mano metálica sobre la cabeza del profesor.

    Suavemente, como una plegaria o un hechizo.

    El profesor cayó al suelo, inconsciente.

    El viejo sacerdote nunca había estado en esa sala interior. Era de un material diferente de la gruesa piedra rojiza que formaba la cámara exterior del templo.

    Las paredes eran lisas y brillantes, como mármol luminoso. Se elevaban formando una empinada pirámide de cuatro lados.

    En cada rincón de la sala había una piedra rectangular de treinta centímetros. Cada piedra resplandecía con un color diferente: rojo, verde, azul y amarillo.

    En el centro de la sala había un sarcófago luminoso sobre un altar bajo.

    El líder mondoshawan se detuvo ante el altar y miró el sarcófago con reverencia, como confirmando que incluso los dioses tienen dioses.

    El viejo sacerdote estaba a su lado.

    –El Quinto Elemento –susurró el sacerdote, como en una plegaria.

    El jefe mondoshawan asintió, mostrando lo que podría haber sido una sonrisa.

    Pidió una caja a uno de sus seguidores, un simple maletín de un material parecido al aluminio, pero más cálido.

    Abrió el maletín y lo extendió.

    Cuatro mondoshawans fueron hasta los cuatro rincones de la sala y llevaron al jefe las cuatro piedras relucientes, una por una.

    Las piedras encajaban perfectamente en el maletín.

    –Comandante...

    El jefe cerró la caja y miró al sacerdote en silencio.

    –Si te llevas el arma, quedaremos indefensos en caso de que regrese el Mal –dijo el sacerdote.

    El mondoshawan asintió.

    –Si regresa el Mal, también regresaremos nosotros.

    El sacerdote inclinó la cabeza.

    –¡Manos arriba!

    La voz venía de la entrada.

    El viejo sacerdote dio media vuelta y vio a Billy, el joven asistente del profesor. El artista. Pero en vez de sostener papel y lápiz, blandía un arma de aspecto maligno.

    –¡Que nadie se mueva! –dijo Billy.

    Entró en la sala como si estuviera borracho. Sólo el viejo sacerdote sabía que sufría los efectos del agua envenenada.

    –¡Que nadie se mueva! –repitió Billy–. Os lo advierto. Tengo un arma. Y sé usarla.

    ¡Liberad al sacerdote!

    “¡Cree que me está salvando! –pensó el asombrado sacerdote–. Y he sido yo quien lo ha condenado.”

    Se aproximó al joven.

    –¡No, hijo mío! –gritó–. Los mondoshawans son nuestros amigos. Vienen en paz.

    ¡Baja el arma!

    –¿Amigos? –preguntó Billy. Señaló el cuerpo del profesor, que yacía en la cámara externa–. Han matado al profesor. ¡Son monstruos!
    –No, Billy.

    El sacerdote aminoró el paso. El joven se tambaleaba meciendo peligrosamente la ametralladora.

    El sacerdote extendió la mano.

    –Confía en mí –dijo en su voz más firme–. Baja el arma.

    Pero los lentos movimientos del viejo sacerdote parecían aterrar a Billy en vez de tranquilizarlo.

    Retrocedió.

    –¡No! ¡Usted es uno de ellos! Usted...

    Tropezó, perdió el equilibrio y cayó. La Sten que Billy llevaba en la mano roció con una lluvia de balas el techo y las paredes de la cámara interior.

    ¡RATATATATATAT!

    –¡No! –gritó el sacerdote–. ¡No!

    ¡RATATATATATAT! Esquirlas de piedra y arena arrancadas por las balas mordieron las mejillas del sacerdote. A sus espaldas, vio que el líder mondoshawan recibía un balazo y caía. Los demás lo rodearon.

    Billy cayó hacia atrás y atravesó la puerta para ir a caer en la cámara externa. Su cabeza golpeó el suelo de piedra con un crujido.

    Todo terminó tan pronto como había empezado. Billy yacía en el piso de la cámara externa, inconsciente.

    El sacerdote se persignó, alzó la vista.

    La puerta se estaba cerrando.

    –¡Deprisa! –exclamó. Corrió hacia el líder mondoshawan, que había recibido varios impactos de la Sten. No había sangre, pero el sacerdote oía el lento siseo de los gases vitales del alienígena, que se evaporaban en el aire seco del desierto.

    El sacerdote trató de ayudar al líder mondoshawan a levantarse, pero era como tratar de mover un piano.

    El líder entregó el maletín de metal a un subalterno. Otro ya se llevaba el sarcófago que estaba sobre el altar. La puerta se cerraba rápidamente.

    –¡Deprisa! –repitió el sacerdote.

    El jefe mondoshawan sacudió la diminuta cabeza, despacio pero enérgicamente.

    –Siervo –dijo–, he aquí tu misión. Mantén preparado el templo. Comunica el conocimiento tal como se te comunicó a ti.
    –Haré lo que ordenes –respondió el sacerdote–. Pero date prisa, por favor. Aún tienes tiempo.

    El mondoshawan se levantó del suelo de piedra y empujó al sacerdote por la entrada que se cerraba rápidamente.

    –El tiempo no tiene importancia –dijo–. Sólo la vida es importante.
    –Pero...

    La puerta se cerró sobre la mano del jefe mondoshawan. El dedo, que también era una llave, se cortó. Tintineó como una campanilla cuando cayó a los pies del sacerdote.

    La mula rebuznaba frenéticamente, aterrorizada.

    Omar trató de calmarla, luego retrocedió para poder ver mejor aquella nave gigantesca. Era tres veces más larga que las naves de los europeos, y se mantenía erguida sobre la arena.

    Luego desapareció con un rugido. Muy despacio, pero súbitamente.

    Encandilado, Omar siguió a Aziz hacia el templo. El corredor estaba obscuro. La puerta que se había abierto estaba cerrada, y la cámara estaba igual que antes.

    El espejo aún estaba donde Aziz lo había soltado, reflejando la luz del crepúsculo.

    Una de las esferas de los mondoshawans resplandecía en un rincón, cada vez más tenue. Se apagó con un ruido de pompa de jabón.

    El profesor estaba tumbado en el piso, roncando ruidosamente.

    Billy parecía muerto, pero también respiraba.

    El viejo sacerdote estaba de rodillas frente a los trazos de la pared. Alzaba las manos en una plegaria, o quizás en un gesto triunfal. O de desesperación.

    Sostenía un corvo dedo de metal, o quizás una llave.

    –Estará preparado, mi señor –dijo–. Si el Mal regresa.

    Señalaba tres soles en la pared de piedra arenisca.


    2


    Quinientos años después, los mismos tres soles relucían en la pantalla de control digital de una nave estelar de la Federación Unida.

    Las coordenadas proyectadas por los chips EPROM de las calculadoras de la nave se intersectaban en un punto de ese vacío llamado espacio.

    En el puente, un capitán que vestía el colorido uniforme del Mando Espacial de la Federación Unida estudiaba las líneas cruzadas con el ceño fruncido. La pantalla de control era su única vista desde la nave, pues las ventanas del puente estaban obscurecidas por un campo de energía protectora.

    Una puerta se abrió y se cerró a sus espaldas.

    Moviéndose ágilmente en la gravedad provisional, el general Staedart del Mando Central de la Federación Unida entró en el puente.

    –¿Alguna novedad? –preguntó, con la típica arrogancia e impaciencia de los altos mandos militares.
    –No, señor –respondió el capitán, con un tono que manifestaba el resentimiento de los oficiales de línea ante la interferencia del cuartel general.
    –¿Ni siquiera una temperatura?

    Aquella mañana el general había recibido informes de sus analistas, y esperaba que su pregunta reflejara tanto la hondura de su preocupación como la anchura de su conocimiento.

    El capitán negó con la cabeza.

    –Nuestros termoanalistas se han atascado. Uno de ellos lee más de un millón de grados, y el otro está en cinco mil bajo cero.

    Staedart se volvió hacia el curtido anciano del ojo lloroso, que había sido su representante en el puente durante su ausencia.

    –¿Mayor Gruber?
    –Nunca había visto nada semejante –gruñó Gruber.

    Un técnico intervino desde un terminal cercano:

    –¡Está cobrando forma!
    –Veamos –dijo Staedart.
    –Escudo –ordenó el capitán.

    Un técnico deslizó el dedo por una franja de control. Las estrellas aparecieron una a una mientras se apagaba el escudo.

    El capitán y el resto del personal del puente miraron aquel sector desconocido de la galaxia. Y vieron que en su centro...

    Una masa móvil, semejante a una ameba, giraba como una tormenta.

    Era algo a medio camino entre un planeta, una estrella embrionaria y un agujero negro.

    Su forma vibrante y voluble evocaba todos los horrores del universo. Cambiaba de color mientras giraba y burbujeaba, escupía y regurgitaba, chisporroteaba y ardía, una aborrecible amalgama de rosa decadente, verde rancio, azul gélido, rojo sangre y morado gangrenoso.

    Eran todos los colores de la muerte, con vida.

    El capitán no se sorprendió. Era él quien había señalado la nueva perturbación en el sector. Pero también él estaba aterrorizado y desconcertado por esa visión grotesca.

    –¿Qué rayos podrá ser? –preguntó.
    –Envíen una sonda –ordenó Staedart, con una voz obviamente acostumbrada a que la obedecieran.

    A años luz de distancia, en lo alto de la telaraña de torres que formaba la presidencia de la Federación Unida, se oyó un susurro.

    El inconfundible sonido del poder.

    El presidente entró. Encarnaba la autoridad de su oficio. Era un hombretón negro y fornido de ascendencia africana, con el cuello taurino de un atleta y el ojo acerado de un cazador. Héroe de guerra, había sido elegido en tiempos de paz gracias a la nostalgia del público por las perdidas simplicidades del conflicto interestelar. Pero ahora surgía un nuevo conflicto, aunque nadie sabía qué era, de dónde venía ni qué significaba.

    –Contacto con Staedart dentro de treinta segundos –susurró un asistente.

    El presidente asintió y se sentó frente a su enorme escritorio. Su despacho estaba atestado de militares uniformados, científicos, asistentes, técnicos y asesores.

    En medio de ellos sobresalía un viejo sacerdote de sotana negra, asistido por un joven novicio.

    El joven susurró al oído del sacerdote:

    –Le buscaré un asiento, padre Cornelius.
    –Gracias, David, hijo mío.

    Una pantalla se iluminó en un extremo de la sala, como un portal abriéndose hacia los confines de la galaxia. Y eso era, pues mostraba el puente de una distante nave estelar, donde una pantalla idéntica mostraba la oficina del presidente.

    –El presidente en línea, señor.

    El general Staedart miró la pantalla que mostraba al presidente y su comitiva a través de un abismo de años luz.

    –Estamos en posición, señor presidente.

    La voz profunda e imperiosa del presidente sacudió ambas salas:

    –Dentro de diez minutos debo hablar ante el Consejo Supremo. Sólo los datos, general.
    –Aún no tenemos los resultados del análisis químico y molecular –dijo Staedart–.

    Todos los medidores están sobrecargados. Estamos iniciando una proyección de imágenes termonucleáticas...

    –¿Me está diciendo que no sabe lo que es? –interrumpió el presidente.

    Staedart suspiró de alivio.

    –Todavía no, señor. Sólo sabemos que sigue creciendo.

    Un murmullo recorrió las filas de los que llenaban el despacho del presidente. El viejo sacerdote y el joven novicio seguían con los ojos clavados en la pantalla.

    El presidente se volvió hacia su equipo.

    –¡Opciones! –dijo. No era una afirmación ni una pregunta, sino una orden.
    –Esperar o actuar –dijo un general, adelantándose.

    El presidente se volvió hacia la pantalla.

    –Staedart, recomendaciones.

    Staedart reflexionó un instante.

    –Mi filosofía, señor presidente, es disparar primero y preguntar después. No me gustan los huéspedes a los que no he invitado.

    El presidente giró en la silla. Disparó su siguiente pregunta, literalmente, por encima de las cabezas de los militares, dirigiéndose a los científicos que estaban detrás.

    –¿Caballeros?

    Los científicos se aclararon la garganta incómodamente. El más audaz se puso de puntillas para responder.

    –Creo que sería estúpido disparar contra un organismo que parece vivo sin primero tomarse el tiempo de estudiarlo más. Además, no ha dado indicios de hostilidad.

    Hubo un murmullo de protesta entre los militares de ambos lados de la pantalla.

    El presidente los silenció con un ademán apenas perceptible.

    –No –concedió–, pero está creciendo.
    –También las personas crecen –dijo el científico, ruborizándose–. Y eso no es motivo para dispararles.

    La respuesta ofuscó al presidente.

    –La seguridad de los territorios confederados es y seguirá siendo nuestra máxima prioridad –dijo con voz atronadora.

    Bajó la voz para interpelar nuevamente a sus generales.

    –Supongo que la filosofía del general Staedart es aceptable para ustedes.

    Todos asintieron.

    El presidente giró en la silla.

    –¿De acuerdo, Staedart?

    De repente se oyó una voz en el extremo de la sala.

    –¡Señor presidente!

    Los militares se separaron como las aguas del mar Rojo, y una figura pequeña pero imponente avanzó. Era el viejo sacerdote, un hombre bajo y robusto con un extraño amuleto de plata colgado del cuello.

    El novicio lo seguía con andar respetuoso.

    –¿Sí? –preguntó el presidente.
    –Cornelius –dijo el sacerdote, avanzando para presentarse–. Vito Cornelius. Puedo sugerirle otra teoría, señor presidente.

    El presidente parecía tan divertido como exasperado por esa interrupción. Un asistente se inclinó para susurrarle al oído: –De la delegación religiosa, señor.

    El presidente de la Federación Unida, elegido guardián de doscientos mil millones de almas, no todas humanas, estudió al hombre que tenía delante.

    –Tiene veinte segundos –dijo.

    Si su feroz mirada estaba destinada a intimidar al menudo y viejo sacerdote, no dio resultado.

    –Imagine por un momento –dijo el padre Cornelius– que esta cosa no sea nada que podamos identificar, porque prefiere que no la identifiquen. Porque es maligna.

    Totalmente maligna.

    El presidente se encogió de hombros.

    –Una razón más para disparar primero, ¿verdad?

    Los generales asintieron en perfecto y simultáneo acuerdo.

    El padre Cornelius sacudió la cabeza.

    –El mal engendra el mal, señor presidente. Dispararle sólo lo haría más fuerte.

    Hubo un estallido de actividad en la pantalla. El presidente giró en la silla para mirar.

    –La sonda llegará a su objetivo dentro de cinco segundos –anunció un técnico entusiasta desde el puente de la nave estelar.
    –Bajen el escudo –murmuró el capitán de la nave, y el técnico deslizó el dedo por la franja de control.

    Las ventanas de la nave se aclararon, y por primera vez esa masa obscura, burbujeante y multicolor fue visible en la pantalla de la oficina del presidente.

    Se oyó un grito ahogado.

    Un tenso silencio mientras la luz parpadeante de la sonda se aproximaba a su objetivo.

    Un berrido cuando la sonda desapareció en la tumorosa tiniebla y la extraña y maligna masa comenzó a hervir y burbujear aún más ferozmente.

    –Señor presidente –exclamó el general Staedart–, estamos en un punto de crisis.
    –¡La tasa de crecimiento es del veintisiete por ciento! –intervino un asustado técnico.

    Todos los ojos de ambas salas, el despacho y el puente de la nave, se clavaron en el presidente.

    Éste parecía desconcertado.

    Sin mirar al sacerdote, dijo cortésmente.

    –Su teoría es interesante, padre, pero me temo que no tenemos tiempo para analizarla en este momento.
    –El tiempo no tiene importancia –dijo el padre Cornelius–. Sólo la vida es importante.
    –Precisamente. Por eso, lo que haremos ahora será proteger la vida de doscientos mil millones de conciudadanos.

    El presidente giró en la silla como para poner punto final a su conversación con el sacerdote.

    –General, puede disparar cuando esté listo.

    Se hizo silencio en la sala. El joven novicio y el viejo sacerdote estaban exactamente donde el presidente los había dejado, entre su sillón y su fila de generales complacientes.

    Todos los ojos miraban la pantalla del extremo de la oficina, que mostraba el puente de la nave estelar.

    Staedart estaba impartiendo órdenes. Era un torbellino de actividad.

    –Carga frontal de un misil 120ZR. Luces marcadoras en el objetivo.

    Mientras él hablaba, algo cambiaba fuera de las ventanas de la nave. Aquella gigantesca ameba hirviente y burbujeante estaba tomando forma sólida. Se estaba convirtiendo en un planeta cubierto por una corteza lisa y negra.

    Un técnico que miraba los datos de un terminal de control confirmó lo que todos veían con sus propios ojos.

    –¡Su estructura se ha solidificado en la superficie!

    Desde la segunda hilera de observadores de la oficina del presidente, un científico habló, lanzando sus palabras por encima de las cabezas de los militares.

    –Creo que está previendo el ataque –exclamó con nerviosismo–. ¡Esa prevención denota inteligencia!

    Una voz más apacible, la del sacerdote, añadió:

    –La inteligencia más espantosa que pueda concebirse, señor presidente.

    Al oír esto, el presidente titubeó. Pero no apartó los ojos de la pantalla.

    –¿Staedart?
    –Sí, señor.

    El general se volvió hacia el presidente. Su cuerpo era un hervidero de actividad y parecía estremecerse desde las puntas de las botas hasta las yemas de los dedos romos.

    El presidente miró a su alrededor: generales, científicos, asistentes, y el sacerdote y el novicio que aguardaban pacientemente.

    –Tengo una duda –dijo el presidente.
    –Yo no, señor presidente –masculló Staedart.

    Y antes que pudieran darle una contraorden, le hizo una seña a un técnico que estaba en el tablero de control de la nave, quien tocó un interruptor.

    Al dispararse el misil, una luz brillante inundó la pantalla.

    La luz se redujo a un punto mientras el 120ZR aceleraba, cruzando mil kilómetros de un brinco gracias a su motor de seudotorsión de fusión fría. Parpadeaba, entrando y saliendo del espacio real, aproximándose a su enorme blanco.

    Poco antes del impacto, pasó del hiperimpulso al impulso de fusión, y con un estallido químico penetró en esa masa maligna y negra.

    Imitando a Staedart y la tripulación de la nave estelar, el presidente y su comitiva se taparon los ojos para no ser cegados por la explosión.

    Pero no hubo explosión.

    El misil penetró en la masa negra y fue devorado. Hubo una leve perturbación en la superficie y luego...

    Nada.

    Y luego algo.

    El obscuro planeta comenzó a crecer de nuevo, con mayor rapidez que antes.

    –Prepárense para disparar tres –ladró el general Staedart–. Carguen una serie de misiles 240ZR. Escudo de máxima protección.
    –Sí, señor –respondió el capitán.
    –Staedart –dijo el presidente–, ¿qué sucede? ¿Puede destruirlo?
    –Estoy por hacerlo, señor presidente.

    El general hizo un gesto con la cabeza, y el técnico del tablero de control tocó tres interruptores.

    Estalló otro fogonazo, tres veces más brillante que el anterior.

    Tres puntos de luz se dirigieron hacia el abominable blanco. Los misiles parpadeaban mientras atravesaban esa distancia a una alta fracción de la velocidad de la luz.

    Y fueron deglutidos en silencio, igual que el primero.

    Sólo que esta vez el planeta obscuro duplicó inmediatamente su tamaño.

    Una voz aterrada llegó desde la fila de científicos que estaban en la oficina del presidente.

    –¡El diámetro del planeta ha aumentado un doscientos por ciento!

    De inmediato estalló un grito en la fila de generales:

    –¡Y se desplaza hacia la nave!

    Esto fue suficiente para el presidente, quien se incorporó en su silla y gritó a la pantalla: –¡Staedart, salga de ahí al instante! No quiero un incidente. ¿Me oye, Staedart?

    Staedart fingió no oír. Se volvió hacia el capitán de la nave.

    –¿Qué tenemos que sea más grande que el 240?
    –Nada, general.

    El presidente, furioso al comprobar que ignoraban sus órdenes perdió los estribos.

    –¡Staedart, salga de ahí! ¡Es una orden!

    El estentóreo grito del presidente afectó al zoom activado por voz, y el rostro de Staedart llenó toda la pantalla.

    El sudor le brillaba en la frente.

    Y algo más. Un líquido espeso y negro brotaba y goteaba despacio, como jarabe.

    Staedart estaba por enjugarse la frente cuando un chispazo enorme llenó la pantalla.

    El zoom fotosensible retrocedió, y la pantalla mostró nuevamente el puente de la nave. Todos estaban petrificados de terror, mirando la lengua de fuego que surgía del planeta negro.

    Se aproximaba a la nave.

    –¡Dios santo! –exclamó Staedart.

    Y una tormenta de luz y ruido arrasó la nave estelar.

    –¡Dios santo! –exclamó el presidente.

    Y detrás de él, un viejo sacerdote musitó en tono de plegaria:

    –Dios santo.


    3


    –¡Dios santo!

    Korben Dallas se irguió en la cama.

    Había visto una luz cegadora, una explosión tremenda, y...

    Korben se estremeció.

    Otra pesadilla de guerra.

    Miró el reloj de la mesilla.

    –¡Rrring! –dijo el reloj.
    –¡Cállate! –dijo Korben, apagándolo con un dedo mientras buscaba un cigarrillo.
    –Dieciocho de marzo de 2413 –dijo el reloj–. Las ocho de la mañana.
    –Lo sé, lo sé –dijo Korben.
    –Miau –dijo el gato desde el pasillo, arañando la puerta.
    –Ya voy –dijo Korben. Luego oyó el teléfono.

    ¡Rrriiinng!

    ¡Todo al mismo tiempo!

    Cogió el teléfono mientras cruzaba su diminuto apartamento modular para ir hasta la puerta, palpándose en busca de lumbre.

    A sus espaldas, la cama se hizo automáticamente.

    Korben era un hombre corpulento de treinta y cinco años, calvo salvo por una sombra de pelo muy corto, y bien parecido a pesar de las cicatrices del rostro y los brazos, que revelaban un carácter más aventurero que juicioso.

    –¿Sí? –le dijo al teléfono, siempre palpándose en busca de fuego.
    –¡Hola, compañero! –dijo una voz conocida–. Soy Finger. Finger, tu más viejo amigo, y ahora tu jefe en la agencia de taxis.

    Korben abrió la puerta gatera atascada. Entró un pequeño gato amarillo.

    –Hola, dulzura–dijo Korben.
    –Yo también te amo, mayor, pero no me habías llamado así desde que hacíamos instrucción juntos.
    –No era para ti, Finger. Le hablaba al gato.

    Siempre buscando una cerilla, Korben abrió un cajón de la mesilla. Estaba lleno de medallas.

    Desenrolló un papel. '“Certificado de la Medalla de Honor, extendido a nombre del mayor Korben Dallas. Por demostrar coraje más allá de...”

    –Claro, lo olvidé –dijo Finger–. Prefieres la compañía de un gato a la compañía de verdad.

    Korben desenrolló otro papel. Una fotografía descolorida, él con su ex esposa.

    Bella, aunque levemente depredadora...

    –Al menos el gato regresa–dijo Korben. Metió la foto en el cajón y se enrolló sola.

    Debajo de una maraña de cintas de campaña encontró una anticuada cajita de cerillas.

    –¿Todavía echas de menos a esa zorra traicionera? –preguntó Finger–. Olvídala.

    Hay un millón de mujeres.

    –No quiero un millón –dijo Korben. Probó una cerilla. No encendió–. Sólo una. Que sea perfecta.
    –Eso no existe, compañero.

    Korben sacó otra foto. Dos hombres de uniforme, de pie frente a un caza espacial con alas de murciélago.

    –Acabo de encontrar una foto tuya –le dijo a Finger.
    –¿Cómo estoy?

    Korben probó otra cerilla. No encendió.

    –Como una mierda.
    –Debe de ser vieja–dijo Finger–. Escucha...

    Korben fue hasta la nevera y la abrió. Estaba vacía salvo por un recipiente vacío de croquetas Gemini. Lo recogió y estudió el letrero que había encima de la etiqueta: '“¡Gane un viaje de ensueño para dos al Fhoston Paradise!”

    –Escucho –masculló Korben, cerrando la nevera.
    –Tienes que traer tu coche para la revisión semestral–dijo Finger–. Cuanto antes.

    Korben fue hasta el diminuto fregadero y abrió el grifo. Salió un líquido marronoso.

    –No necesito revisiones –dijo.
    –Seguro que sí.

    Korben llenó un cazo con agua obscura y lo puso sobre la cocina. El quemador se encendió automáticamente.

    –Olvidas quién fue tu compañero en mil misiones –continuó Finger–. Sé cómo conduces.
    –¡Finger! –dijo Korben. Recordando el cigarrillo, se agachó para encenderlo en el quemador–. Ahora conduzco un taxi, no un caza espacial.
    –¿Cuántos puntos te quedan en la licencia?
    –Mmm... –murmuró calculando una mentira–. Por lo menos treinta.
    –¡Sí, hombre, y qué más! Bueno, nos vemos esta noche.

    El teléfono hizo un chasquido cuando Finger colgó. Korben, suspirando, hizo lo mismo.

    El agua estaba hirviendo. Korben le echó una píldora de instantáneo colombiano.

    Sacó el cazo del fuego y lo apoyó en la diminuta mesa de tres patas.

    El fuego siguió ardiendo alegremente.

    Korben le asestó un puñetazo a la cocina.

    El fuego se apagó.

    –Miau –dijo el gato saltando a la mesa.

    Korben puso el cuenco del gato sobre ella. Sirvió la mitad del café instantáneo en su taza rajada y la otra mitad en el cuenco del gato.

    –Lo lamento, dulzura. Es todo lo que tengo.
    –Miau.

    Korben chocó su taza contra el cuenco del gato.

    –¡Salud!


    4


    El despacho del presidente de la Federación Unida estaba en silencio. La pantalla de la pared estaba apagada. Era transparente, y al otro lado las torres de Manhattan se elevaban contra el cielo sucio.

    Sólo quedaban algunos oficiales de las fuerzas armadas, en fila con sus uniformes brillantes, gesticulando al unísono como pájaros al borde de la extinción.

    El presidente los ignoraba.

    Estaba inclinado sobre la mesa enorme, examinando un antiguo cuaderno de

    bocetos. El viejo sacerdote, el padre Vito Cornelius, volvía las páginas lentamente.

    –Tiene cuarenta y ocho horas –dijo Cornelius–. El tiempo que eso necesita para adaptarse a nuestras condiciones de vida.
    –¿Y después?

    El presidente alzó los ojos, el rostro ancho y obscuro arrugado de preocupación.

    –Y después será demasiado tarde –dijo el sacerdote–. El objetivo de esta cosa no es luchar por dinero o poder. Su objetivo es exterminar la vida. Todas las formas de vida.
    –Pero ¿por qué?

    El menudo sacerdote escrutó el cielo, o más bien un obscuro misterio interior.

    –Ojalá lo supiera.

    Al otro lado de la sala sonó la señal de activación de la pantalla. La ventana se obscureció lentamente, borrando ese paisaje de taxis y vehículos que revoloteaban entre las torres.

    –En definitiva, padre, ¿me está usted diciendo que no podemos hacer nada para detener esta cosa?
    –Hay una sola posibilidad.

    Cornelius miró la pantalla.

    –Y está en camino.

    A años luz de distancia, en un sector remoto de la galaxia, una nave estelar de más de un kilómetro de longitud se dirigía a la Tierra, el planeta madre de la Federación Unida.

    Los sensores de advertencia la habían detectado y la seguían.

    La conducía una raza poco conocida en la Tierra, pero bien conocida por el anciano sacerdote, que informaba al presidente como mejor podía.

    –Este es un mondoshawan –dijo el padre Cornelius, señalando el alienígena que Billy había dibujado quinientos años atrás, en el templo.

    El presidente estudió el cuerpo redondo y fornido, la diminuta y angulosa cabeza.

    –Los mondoshawans poseen la única arma que puede derrotar al Mal que nos acecha.
    –¿Qué es?

    Cornelius volvió otra página.

    –Los cuatro elementos, tierra, aire, fuego y agua, reunidos en torno de un quinto elemento. El Ser Supremo, el máximo guerrero, creado para proteger la vida.

    El presidente miró la página con escepticismo. Mostraba una figura humana enfundada en una armadura. Guantes metálicos sostenían un maletín donde estaba tallado el emblema de los tres soles.

    –El maletín contiene las piedras sagradas. Junto con el Quinto Elemento, producen aquello que los antiguos llamaban la Luz de la Creación, capaz de llevar vida a los confines más lejanos del universo. Pero si el Mal se presenta aquí... Entonces...

    Señaló el Quinto Elemento.

    –¿Entonces qué? –preguntó el presidente con impaciencia.

    Cornelius lo miró a los ojos.

    ––Lo blanco se torna negro. La luz, obscuridad. La vida, muerte. Por toda la eternidad.
    –Señor presidente...

    El presidente se volvió y vio que uno de sus generales sostenía un teléfono celular parpadeante.

    –Tenemos una nave mondoshawan en la frontera, pidiendo autorización para ingresar en territorio de la Federación.

    El presidente miró al menudo sacerdote que había traído esa enorme novedad, y luego a los generales.

    –Supongo que debo tomar una decisión.
    –Señor –dijo el general, tapando el teléfono–. Estos mondoshawans no pertenecen a la Federación Unida. No conocemos sus intenciones. Recomiendo una intercepción militar inmediata antes de que...
    –¿Usted vio cómo esa cosa se engullía una nave estelar como si fuera una golosina? –interrumpió el airado presidente–. ¡Ni siquiera pueden explicarme qué es!

    Les pido opciones y sólo me dicen pamplinas.

    El presidente asestó un puñetazo en el escritorio. El padre Cornelius se sobresaltó.

    –Envíeles mi autorización para ingresar en nuestro territorio. Con mis saludos más afectuosos.

    Cornelius suspiró con alivio.

    –Gracias, señor presidente –susurró, cerrando el antiguo libro de bocetos que había llevado consigo.


    5


    Imaginemos una nave grande como una ciudad, entrando en un sistema estelar al que se le ha autorizado el acceso.

    Ante los controles están los ancianos mondoshawans, que han asumido la misión sagrada de custodiar el universo contra el Mal supremo, que se manifiesta cada pocos milenios.

    Los mondoshawans son una raza tan serena, tan filosófica, tan exenta de corrupciones y desdichas mezquinas que su presencia tiene un efecto sedante sobre los demás, aunque su apariencia resulte desagradable para algunos, pues debajo de su tosco exterior brilla la conducta de una raza totalmente evolucionada que ha hecho las paces consigo misma y con el universo.

    La nave mondoshawan refleja la imponencia de sus sabios constructores. Es grande, un poco aparatosa, pero majestuosa en sus movimientos y firme en sus propósitos.

    Pero la nave no está sola. Delante y detrás hay dos pequeñas naves de guerra que parecen medusas asesinas.

    Naves de guerra mangalores.

    Ahora imaginad una raza de seres tan feos que la evolución les ha suministrado el poder de cambiar temporalmente de forma, para que puedan mirarse en el espejo sin sufrir el shock de verse a sí mismos.

    Los mangalores han desarrollado su genio evasivo hasta convertirlo en un arte exquisito, y lo usan para esconderse de la nave mondoshawan. La siguen por arriba y por detrás (por detrás no sólo en el espacio sino también en el tiempo, y por arriba no sólo en el tiempo sino también en el espacio) y se aproximan rápidamente.

    El mangalore de los controles está a punto de experimentar la mayor alegría de su raza. La destrucción total. Para un mangalore no hay mayor placer que destruir algo más bello que él mismo. Y eso incluye todo el universo.

    ¡Y esta vez hasta le pagan por ello!

    ¡Qué plétora de deleites! Atacará la nave mondoshawan por detrás, sin advertencia. La perfidia es una recompensa en sí misma.

    Alcanza los controles con una excitación casi sexual (entre los mangalores, la sexualidad está íntimamente relacionada con el acto de matar) y desciende.

    Un fogonazo.

    Impacto.

    La confusión reina en la nave mondoshawan. Aunque están conciliados con su propia muerte, los mondoshawans son muy conscientes de la importancia del arma que llevan a una Tierra indefensa.

    El mangalore dispara otra vez. Y otra.

    Y otra.

    Nuevo impacto. Éste es fatal.

    La nave mondoshawan vira hacia un pequeño planeta cercano.

    El comandante mondoshawan localiza un área deshabitada y bloquea los controles.

    La explosión sacude el cielo.


    6


    –¡Bienvenido al Paraíso!

    Korben Dallas se detuvo en su camino a la puerta.

    Una imagen de palmeras, aguas azules y arenas blancas llenó la pantalla de televisión que estaba a sus espaldas.

    Korben maldijo entre dientes. Ojalá pudiera costearse un televisor con botón de apagado. El modelo barato (es decir, gratuito) que llenaba un rincón de su apartamento modular se encendía cada vez que transmitían un comercial. Llegaban sin previo aviso, como los antiguos catálogos de pedido por correspondencia.

    –¡Bienvenido al Flohston Paradise! Esta tarde, de cinco a siete, Loe Rhod, el locutor supremo, el hombre más escuchado del universo...

    El gato miraba fascinado.

    –... anunciará el ganador del concurso de las croquetas Gemini. Dos días en el Flohston Paradise.
    –No lo mires todo el día –dijo Korben, acariciando al gato entre las orejas–. Te estropeará el cerebro.

    El gato maulló distraídamente, clavando los ojos en las palmeras y el agua azul.

    –Croquetas Gemini –canturreó el anunciador–. ¡ La comida perfecta para un mundo perfecto!

    Korben abrió la puerta de su apartamento para salir a un mundo no tan perfecto.

    Había un hombre en el pasillo. Un chico, a decir verdad. Unos dieciocho años.

    Complexión mediana.

    Pero el rifle láser que apuntaba al rostro de Korben era bastante grande. Y letal.

    Zumbaba peligrosamente.

    –¡Dame la pasta, tío! –dijo el chico.

    Korben contuvo una risotada. ¿ La '“pasta” ? Pero ¿quién llevaba dinero en efectivo a esas alturas?

    –¿Hace mucho que andas por aquí? –preguntó.
    –Lo suficiente –dijo el chico–. Dame la pasta o te vuelo en pedazos. ¡La pasta!
    –Claro. La pasta –dijo Korben estudiando el arma del salteador de caminos (¿salteador de pasillos?)–. Oye, ¿no es un Z140? Aleación de titanio. ¿Modelo de asalto con carga neural?

    El chico, que había pedido el arma '“prestada” al vecino del padre del ex novio de su hermana, estudió el rifle láser.

    –Oh...
    –¿Sabes una cosa? –comentó Korben afablemente–. Podrías lastimar a alguien con este juguete. Por suerte no está cargado.

    El chico lo miró compungido.

    –¿No?
    –No. Tienes que oprimir ese botoncito amarillo.

    Korben señaló un interruptor en el costado del arma.

    El chico oprimió el botón.

    –Gracias.

    El zumbido del Z140 murió.

    Y Korben aprovechó la oportunidad.

    Tumbó al chico con la mano derecha mientras con la izquierda desarmaba al aspirante a ladrón.

    –Sabes –dijo Korben–, estos trastos son muy ilegales.

    El chico cayó al suelo y miró hacia arriba, aturdido.

    –Podrías meterte en un buen marrón. Será mejor que te lo guarde.

    Korben abrió un cajón situado junto a la puerta del apartamento. Estaba lleno de armas similares. Metió el Z140 y lo cerró.

    –Y ahora perdona, pero me tengo que ir.

    Pasó por encima del chico tumbado mientras la puerta se cerraba a sus espaldas.

    –Su–licencia–por–favor.

    Korben deslizó una tarjeta de plástico por la ranura del salpicadero del taxi.

    Tecleó datos y códigos. Las turbinas gimieron. El giroscopio zumbó.

    –Bienvenido–a–bordo–señor–Dallas –dijo una voz robótica.
    –¿Cómo andas esta mañana? –preguntó Korben–. ¿Has dormido bien?

    Apretó un botón del salpicadero, debajo de la pegatina que decía SÓLO GASOLINA SIN PLOMO, y la puerta del garaje se abrió.

    El giroscopio zumbaba. Las turbinas gemían.

    El taxi se deslizó sobre su campo magnético o, mejor dicho, el campo magnético se deslizó hacia delante mientras el coche permanecía perfectamente centrado. El efecto, sin embargo, era el mismo.

    –Combustible–nivel–6.03 –dijo el coche–. Propulsión–2XS.
    –¿Sabes? He tenido una pesadilla asquerosa. Y no me refiero al imbécil del atracador –murmuró Korben. Todavía sentía la explosión en su cabeza.

    Después de realizar mil misiones con Finger, estaba acostumbrado a hablar durante la cuenta atrás y el despegue, aunque hablara solo. O con el estúpido chip del taxi.

    –Quedan cinco puntos en la licencia –dijo el chip del taxi.

    En los viejos tiempos, cuando los puntos eran multas, habría sido buena señal.

    Ahora, en cambio, cuando se acababan los puntos, se acababa la licencia.

    –Gracias por recordármelo.

    Apretó el botón AVANCE.

    El taxi avanzó, se despejó de la rampa y se elevó en el aire.

    La megalópolis que era el New York del siglo XXV surgió a la vista. Desde allí arriba, por encima de los desechos que se posaban en el suelo como hojas de otoño, era de una belleza sobrecogedora.

    –Que–tenga–un–buen–día –dijo el chip.
    –¿Por qué no ? –dijo Korben mientras volaba entre las relucientes torres, buscando su primer pasajero.


    7


    A poca distancia, en el despacho del presidente de la Federación Unida, reinaba un silencio desesperado.

    El presidente permanecía inmóvil y mudo en su sillón.

    Acababa de enterarse de que habían derribado la nave mondoshawan que había ingresado en el sistema con su autorización.

    Hacía un momento que había llamado al sacerdote para darle la mala noticia.

    Dicen que es mejor dar que recibir, pero el presidente consideraba que era mejor –

    o al menos más fácil– recibir malas noticias que darlas.

    El padre Cornelius había respondido a las palabras del presidente derrumbándose en silencio en una silla. El novicio, David, permanecía aturdido a su lado.

    Al fin Cornelius rompió el silencio.

    –Estamos perdidos –dijo simplemente.

    En ese momento, el militar de mayor rango, el general Munro, entró en la oficina con un fax todavía caliente.

    –Señor presidente –dijo–, el ataque fue obra de dos naves de guerra no registradas.
    –Cierre todas las fronteras –respondió el presidente–. Y declare un estado de alerta general.
    –Sí, señor –dijo el general Munro cuadrándose antes de marcharse.

    El presidente se volvió hacia otro oficial que estaba detrás de él.

    –Trate de comunicarse con los mondoshawans –dijo–. Les debemos una explicación.
    –Sí, señor.
    –¡Perdidos! –repitió el padre Cornelius–. ¡Hemos aguardado quinientos años, y todo para nada!

    El presidente apoyó su enorme mano en el pequeño hombro del sacerdote.

    –Padre, váyase a casa. Descanse.

    El sacerdote lo miró con ojos bañados en lágrimas.

    –Pero los mondoshawans... yo soy su contacto en la Tierra. Vendrán a buscarme.
    –Padre –dijo severamente el presidente–, ahora es problema del gobierno. Lo mantendré informado.

    Hizo una señal a dos guardias, que se acercaron y ayudaron al viejo sacerdote a levantarse.

    Se lo llevaron del despacho, y David, el novicio, los siguió.

    La puerta apenas se había cerrado cuando se abrió de nuevo.

    Entró un capitán.

    –Señor, el equipo de rescate ha enviado un informe desde el lugar donde se estrellaron los mondoshawans.
    –¿Hay supervivientes?
    –Técnicamente hablando –respondió el capitán–, sí.


    8


    –¿Un brazo?

    El general Munro seguía el carro quirúrgico por el pasillo del centro neurológico. Se esforzaba para seguirle el paso al doctor Mactilburgh, el científico de delantal blanco que empujaba el carro.

    En el carro quirúrgico había un brazo, todavía enfundado en su largo guante de metal. La mano sostenía un asa rota.

    –¿Eso es todo lo que sobrevivió? –preguntó Munro.
    –Algunas células siguen activas –dijo el doctor Mactilburgh–. Con eso me sobra.

    El general Munro estudió el guante con sus largos dedos ahusados. Parecía casi humano. Ciertamente no era tan repulsivo como esperaba.

    –Pues no parece exactamente mondoshawan –dijo–. ¿Ya lo ha identificado?
    –Lo hemos intentado –dijo Mactilburgh, atravesando una puerta oscilante, y otra, y otra–. Pero el ordenador se ha desorientado.
    –¿Se ha desorientado? –preguntó Munro, corriendo tanto como podía.
    –Verá usted –explicó Mactilburgh, bajando la voz pero sin aminorar el paso–. Los seres humanos normales tienen cuarenta grupos de memoria ADN, lo cual es más que suficiente para que una especie se perpetúe. Pero esto...

    Atravesó otra puerta, y Munro apuró el paso tras el doctor Mactilburgh.

    –Esto tiene doscientos mil grupos de memoria ADN.
    –¡Doscientos mil! Parece una aberración de la naturaleza, ¿verdad? –jadeó Munro, sin aliento.
    –Sí –dijo Mactilburgh. Se detuvo frente a la última barrera, una puerta deslizable de vidrio esmerilado con la inscripción CENTRO NEUROLÓGICO: LABORATORIO

    CENTRAL. Sonrió al general–. Estoy impaciente por conocer a esa aberración.

    El laboratorio central parecía más una sala de máquinas que un laboratorio. Era un lugar destinado a la realización más que a la experimentación, un monumento a la ciencia práctica más que a la ciencia visionaria.

    En el centro de la sala zumbaba una enorme turbina de vidrio. Estaba llena de un líquido claro que hervía y burbujeaba.

    En el líquido flotaba el brazo, todavía en su guante metálico.

    Los dedos se curvaban levemente en lo que parecía el último adiós de una raza que se ahogaba... o el primer saludo de una raza que acababa de nacer.

    (Era ambas cosas, como Munro y Mactilburgh estaban por descubrir.)

    Mactilburgh estudiaba la pantalla de un terminal de ordenador. Para Munro, que estaba a su lado, era sólo una larga lista de números. Para Mactilburgh era una ventana para examinar un código genético.

    Un código genético que no se parecía a ninguno que él hubiera visto.

    –Los elementos que componen esta cadena ADN son los mismos que los nuestros.

    Pero en mayor cantidad, abarrotados de infinitos conocimientos genéticos. Como si esta criatura fuera…producto de la ingeniería.

    El general Munro, el guerrero, adoptó el punto de vista del combatiente.

    –¿Existe algún peligro?

    Mactilburgh, el científico, lo interpretó como una pregunta relacionada con la salud.

    –Lo pasamos por el detector de higiene celular. La célula es, a falta de mejor palabra, perfecta.
    –De acuerdo –dijo Munro. El presidente lo había enviado para observar el experimento, y él conocía su deber–. Vamos allá.

    Usando la llave que le había proporcionado la Academia de Ciencias Militares y Culturales, abrió la caja de autodestrucción.

    –Adelante –dijo. Apoyó el dedo en el botón rojo de luz intermitente–. Pero será mejor que Don Perfecto sepa comportarse. De lo contrario, lo convierto en alimento para gatos.

    Mactilburgh asintió y apretó el interruptor que iniciaba la reconstrucción del ADN.

    Bajo la mirada de los dos hombres, el líquido del generador circular comenzó a girar. Comenzó a hervir. Comenzó a burbujear.

    El medidor lateral de la turbina indicó 7, luego 8, mientras el zumbido se agudizaba hasta quedar fuera del alcance del oído humano. Pero la constante vibración del suelo y las paredes seguía en aumento.

    –¡Mire! –dijo Mactilburgh con entusiasmo.

    El medidor indicaba 9.

    Manchas diminutas asomaban en el fluido turbulento. Parecían surgir de la nada, como copos de nieve en la luz de los faros. Bailaban y giraban como chispas de un fuego invisible; relucían y fulguraban como estrellas, formando un nuevo universo y aglomerándose en galaxias.

    La lluvia de chispas descendió en espiral, como una galaxia; luego, ante los ojos asombrados de los dos hombres, la espiral comenzó a perfilar el contorno de un cuerpo humano.

    El medidor llegó a 10.

    Lo que había sido pura luz y movimiento comenzó a cobrar forma y sustancia.

    Primero la blancura del hueso, luego el rojo de la sangre y la carne recubriendo el hueso. Surgieron venas, nervios. Una telaraña de tendones perfeccionó la silueta de un cuerpo humano.

    Era como presenciar lo opuesto de la putrefacción: la composición de la vida corporal.

    –Ignoraba que el proceso fuera tan... ¡tan bonito! –dijo Mactilburgh mientras miraba el vidrio con fascinación.

    El general Munro callaba, manteniendo una mano cerca del botón de destrucción.

    El medidor se aproximaba a 11.

    –Tres segundos para protección ultravioleta –dijo el asistente de Mactilburgh desde un puesto de control del otro lado del laboratorio.

    Un escudo semiopaco bajó dentro de la cámara, ocultando a la vista el cuerpo en reconstrucción.

    –¿Qué sucede? –preguntó Munro.
    –Esta es la fase crucial –dijo Mactilburgh–. Las células son bombardeadas con átomos solares levemente grasos, que obligan al cuerpo a reaccionar.
    –¿Reaccionar?
    –A protegerse. Eso significa desarrollo de la piel. Ingenioso, ¿eh?
    –Maravilloso –dijo Munro. Pero mantuvo la mano preparada, por si acaso.

    El medidor empezó a descender.

    10.

    9.

    El proceso perdía aceleración.

    El doctor Mactilburgh miró a su asistente e hizo un gesto con la cabeza.

    El joven de bata blanca dio una orden a su terminal activado por voz.

    –Reconstrucción completa. Iniciar reanimación.

    La turbina de la cámara silbó.

    Munro acercó la mano al botón rojo. Un toque y el laboratorio dejaría de existir.

    Una forma se vislumbraba apenas a través del escudo. El líquido burbujeaba y humeaba, sublimándose en gas.

    –Activar sistema de soporte vital –dijo Mactilburgh.

    Su asistente oprimió un botón.

    Crujidos y chasquidos.

    Estallaron relampagueos dentro y en torno de la cámara, agitando los pocos mechones de cabello que quedaban en la cabeza de Mactilburgh.

    –Sistema activado –dijo el asistente.

    Un sonido semejante a pasos gigantescos retumbó en el altavoz. ¡bum! ¡bum! ¡bum!

    –Los latidos del corazón, amplificados –dijo Mactilburgh, bajando el volumen.

    Las palpitaciones se volvieron más suaves.

    Bumbitbat, bumbitbat, bumbitbat...

    La forma que estaba dentro de la cámara tembló.

    Una vez, dos.

    Era apenas visible a través del escudo semiopaco, pero se movía al emerger desde las tinieblas de la inexistencia hacia la luz de la creación. Se retorcía (¿bailaba?) en un movimiento sinuoso y grácil.

    –¡Está vivo! –dijo Mactilburgh–. Abajo el escudo.

    El asistente oprimió otro botón y el escudo desapareció lentamente.

    En la cámara ya no había líquido ni gas, sólo unas volutas de humo. Un olor dulzón y extraño, semejante al aroma de un campo lejano cubierto de flores, impregnaba el laboratorio.

    Mactilburgh, su asistente y el general Munro miraban en maravillado silencio.

    Había alguien en la cámara.

    Una mujer. Una muchacha, en verdad. No tenía más de dieciocho o diecinueve años.

    El pelo era rojo y brillante y los ojos enormes y verdes. Sostenía la misma asa rota que antes sostenía el brazo. Parecía parte de un maletín.

    Tenía un cuerpo bello y perfecto, y estaba desnuda salvo por algunas tiras de cinta quirúrgica estratégicamente ubicadas.

    –Se lo dije... perfecta–dijo Mactilburgh, volviéndose hacia Munro.

    El general parecía hipnotizado.

    Mactilburgh apartó suavemente la mano de Munro del botón rojo de autodestrucción.

    Munro no podía quitar los ojos de esa silueta casi desnuda que había dentro de la cámara.

    –Me gustaría tomar algunas fotos –dijo–. Para los... eh... archivos.

    Sonriendo, Mactilburgh apretó un botón y una cámara giró hacia el recinto. Un flash estalló y la muchacha retrocedió de un brinco, sobresaltada.

    Sus ojos verdes enmarcados en negro escudriñaron el laboratorio. Ella miró el asa rota que sujetaba entre los dedos.

    – Oucra cocha o dayodomo binay ouacra mo cocha ferji akba ligounai makta keratapla –dijo–. Tokemata tokemata! Seno santonoi–aypa! Monoi ay Cheba! Givamana seno!
    –¿Qué está diciendo? –preguntó Munro, volviendo a acercar la mano al botón de autodestrucción.

    Mactilburgh le apartó la mano.

    –Activa el detector sónico –le dijo a su asistente.

    La muchacha pateaba el vidrio de la cámara.

    El asistente de Mactilburgh sacó un micrófono lleno de lucecitas.

    La muchacha aún pateaba el vidrio.

    –Dale un sedante liviano.

    El asistente apretó un interruptor. Se oyó un siseo y una niebla flotó en la cámara.

    –Y dale algo para que se vista.

    Otro interruptor, y ropas brillantes cayeron desde el techo de la cámara formando un montón.

    La muchacha cogió la ropa y la inspeccionó con gesto de desagrado.

    – Teño akta chtaman aasi n ometka! –dijo mientras comenzaba a vestirse, sin prisa y sin vergüenza.

    Munro se acercó. La visión de esa bella muchacha poniéndose un ceñido mono de plástico era aún más excitante que verla desnuda o casi desnuda.

    –¿Esto es sólido? –le preguntó a Mactilburgh.
    –Irrompible –dijo el científico.

    Munro le sonrió a la muchacha, que lo miró con cara de pocos amigos mientras se vestía.

    –Si quieres salir, tendrás que desarrollar esas facultades de comunicación –la aguijoneó Munro.

    Por toda respuesta, un puño –el de la muchacha– atravesó el vidrio.

    A medio vestir, la muchacha se inclinó hacia el exterior de la cámara, agarró a Munro por la guerrera y lo levantó en vilo. Las medallas tintinearon.

    Sonó una alarma. ¡AaaoooGGGaaa!

    La muchacha hizo impactar el cuerpo de Munro contra la cámara y lo dejó caer al suelo.

    Se dirigió a un lado de la cámara, la abrió y salió, tambaleándose levemente en sus largas y torneadas piernas.

    ¡AaaoooGGGaaa!

    Dos corpulentos guardias de seguridad irrumpieron en el laboratorio.

    La muchacha los arrojó contra las paredes.

    Mactilburgh y su asistente retrocedieron. El rostro de Mactilburgh revelaba un terror teñido de admiración. El de su asistente sólo revelaba terror.

    Una falange de diez guardias de seguridad con escudos de plástico y armas paralizadoras entró en el laboratorio.

    Rodearon a la muchacha. Ella los estudió un instante, retrocedió.

    Un paso, dos.

    Los guardias avanzaron. La muchacha quedó arrinconada en un extremo del laboratorio.

    Se volvió y atravesó la pared de un salto, como si fuera de papel.

    –¡Perfecta! –jadeó Mactilburgh, sin preocuparse por la destrucción del laboratorio.

    A fin de cuentas, eran fondos públicos.


    9


    –¡Corred tras ella! –exclamó el jefe de seguridad. Era su propio empleo lo que estaba en juego.

    Envió a sus hombres en equipos de dos por el boquete de la pared, ordenándoles que revisaran cada rincón de esa planta.

    Sabía que era sólo cuestión de tiempo. La muchacha –o lo que fuera– estaba atrapada. Habían cerrado los ascensores y el laboratorio central estaba en la planta 450.

    –¿Tenemos autorización para tirar a matar? ––preguntó un guardia de seguridad mientras corría por un pasillo.

    Su compañero rió. Era una broma. Tirar a matar era el procedimiento operativo estándar para cualquier actividad no autorizada en los laboratorios centrales. O en cualquier parte de Manhattan, llegado el caso.

    Cuando la muchacha apareció en el extremo del corredor, ninguno de los dos vaciló en abrir fuego.

    ¡Bratbratbratbrat!

    Bratbratbratbrat!

    Esquivando las balas, la muchacha miró hacia arriba. En el cielo raso, una rejilla cubría un tubo de ventilación.

    ¡Bratbratbratbrat!

    Saltó hacia arriba, arrancó la rejilla y la arrojó contra los guardias.

    La esquivaron, sin dejar de disparar.

    ¡Bratbratbratbrat!

    Cuando abrieron los ojos, ella se había ido.

    –¡Le he dado!
    –No. ¡Le he dado yo!
    –No le ha dado ninguno de los dos. Ha desaparecido.

    Los guardias miraron el tubo de ventilación. Vieron movimiento en el otro extremo.

    –Tú primero –dijo uno.
    –No, tú primero –dijo el otro.

    Llegó el jefe de seguridad. Mirando hacia arriba, vio de inmediato lo que sucedía.

    –¡Vosotros dos! Venid conmigo –ordenó, trepando por el conducto abierto.
    –Después de ti.
    –No, después de ti.
    –¡Venga, maldita sea! ¡Moveos!

    Con agilidad gatuna, la muchacha (si es que era una muchacha) pelirroja seguía avanzando por el tubo de ventilación, buscando una salida.

    Aunque se movía a la velocidad del rayo, su rostro no mostraba indicios de pánico.

    Sus ojos verdes eran claros. En sus labios de rubí se esbozaba una leve sonrisa.

    A sus espaldas oía los desmañados movimientos de los guardias de seguridad.

    El angosto tubo viró a la derecha, luego a la izquierda.

    Subió, bajó.

    Con cada recodo el tubo se empequeñecía, hasta que la muchacha tuvo que andar a gatas, y luego a rastras.

    Era tan rápida reptando como corriendo.

    Entonces llegó al final.

    Una reja con barrotes de acero.

    Más allá se veía un cielo azul.

    Sonrió y dio una patada a la reja, que salió despedida al vacío.

    Se deslizó por el agujero y saltó sobre una angosta cornisa.

    La cornisa tendría unos treinta centímetros de anchura. Rodeaba el piso 454 del edificio de Tecnologías Centrales, que ocupaba una manzana entera en la calle Cincuenta y cinco de Manhattan.

    La muchacha miró hacia abajo.

    Allá vio enjambres de aeromóviles y taxis circulando entre las torres.

    Y aún más abajo, los detritos y desechos que constituían el '“estercolero” de la sociedad postindustrial moderna, la basura acumulada durante quinientos años. Era más fácil construir sobre ella que desplazarla o recogerla.

    Oyó ruidos ásperos en el conducto, pisadas y voces jadeantes.

    La muchacha se alejó unos pasos.

    Caminaba con presteza, como si no temiera las alturas. Sus ojos verdes brillaban escrutando el espectacular paisaje de Manhattan a mediados del milenio.

    El metro no sólo tenía líneas horizontales sino también verticales, y los trenes suplían y conectaban los anticuados ascensores.

    Entre los edificios de oficinas se alzaban los esqueletos de las '“torres–perchero” también llamadas '“megatorres”, donde se alquilaba espacio para apartamentos modulares que podían desconectarse y mudarse a voluntad del dueño. A mayor altura, mayor precio.

    La calle era un borrón en el abismo. Nadie vivía allí excepto los sin techo y los proscritos que se desplazaban por la basura, alimentándose de los residuos y escombros que caían de arriba.

    La teoría económica del trickle–down en pleno funcionamiento.

    Si la escena era nueva para la muchacha, no lo demostró. Apenas pareció notarlo.

    Metió la mano en un bolsillo de su ceñido mono y extrajo el asa rota. La miró, sacudió la cabeza y la guardó.

    ¡Bratbratbratbrat!

    Los disparos rebotaron en la pared y la cornisa, y la muchacha dobló la esquina del edificio, saliendo de la línea de fuego.

    Una cabeza asomó por el tubo.

    Era el jefe de seguridad. Miró afuera, miró abajo. Palideció y metió la cabeza adentro.

    Se volvió a los dos hombres que tenía detrás.

    –¡Seguidla!

    Un guardia de seguridad sacó la cabeza, luego una mano y un pie. Dio un paso en el angosto reborde, giró y se metió de cabeza en el tubo de ventilación.

    –Imposible –dijo simplemente.

    El segundo guardia echó un vistazo y retrocedió.

    –Imposible.

    El jefe de seguridad estaba preparando una serie de amenazas. Reflexionó y las olvidó.

    Sacó el teléfono celular.

    –Necesitamos una unidad volante –dijo.

    ¡UUUUIIIIIIIUUUUIIIII!

    Ulular de sirenas, luces intermitentes. Un coche patrulla se elevó entre los edificios.

    Enjambres de taxis se apartaban del camino.

    El jefe de seguridad se asomó lo justo para señalarles el camino, y el coche patrulla apagó la sirena. Revoloteando en silencio, enfiló despacio hacia la esquina del edificio.

    –Policía –dijo una voz robótica amplificada–.Estamos–procesando–su–identificación.

    No era un robot, sino uno de los dos agentes del coche patrulla, que había aprendido a imitar a un robot en un curso por correspondencia.

    Veía a la fugitiva de pie en la angosta cornisa. Una muchacha bonita con ropa muy brillante y muy ceñida.

    –¡No tiene archivo! –dijo su compañero, golpeando el vidrio del ordenador del coche.
    –Por–favor–levante–las–manos–y siga–nues–tras–instrucciones –dijo el conductor en su mejor voz robótica.

    La muchacha pareció feliz de obedecer.

    Sonrió y alzó las manos. Se puso de puntillas, miró hacia abajo y...

    –¡Santo cielo! –exclamaron ambos policías al unísono–. ¡Ha saltado!


    10


    –Déjeme allí, por favor. Esa entrada de la izquierda, en la esquina.

    Korben tiró del volante del coche, virando tan bruscamente que el giroscopio gimió, y pasó bajo dos carriles de tráfico, eludiendo diestramente un guardabarros, un alerón y un parachoques mientras ignoraba los insultos de sus colegas.

    Se detuvo en una parada flotante frente a una cornisa de entrada, por encima del corredor Cuarenta y cuatro. Lo que había sido la calle Cuarenta y cuatro yacía bajo seis metros de residuos.

    –Vaya –dijo el pasajero, un empresario con traje color turquesa–. ¿Dónde aprendió a conducir así?
    –En la última guerra –dijo secamente Korben–. Y en la penúltima.
    –Impresionante.

    El pasajero pasó su tarjeta por la ranura y todas las pegatinas parlantes del taxi de Korben se activaron al mismo tiempo, un coro de voces robóticas y metálicas.

    –Por.favor.cerciórese.de.que.sus.pertenencias.estén...
    –Mientras.se.encuentre.en.New.York.visite...
    –Presente.sus.quejas.o...

    El pasajero abrió la portezuela.

    –Oiga –dijo Korben–, ¿no se le olvida algo?

    El pasajero revisó el asiento.

    –¿Qué?
    –La propina.
    –No doy propinas –dijo el pasajero, saliendo del coche–. Va contra mis principios.
    –Sensacional –dijo Korben, elevándose con un rugido–. No todos los días se conoce a un hombre que es fiel a sus principios.


    Dejando el corredor Cuarenta y cuatro, Korben enfiló hacia el norte, buscando más pasajeros. Los taxis se llamaban con globos enviados por los porteros, o mediante un centelleo de luces en los conductos de entrada de las grandes empresas.

    Volaba a una altura de cuatrocientos pisos, mirando las cornisas por el rabillo del ojo, cuando... ¡CRASH!

    ... algo chocó contra el techo del coche.

    El impacto activó todos los sensores.

    –Acaba.de.tener.un.accidente –dijo el taxi automáticamente.
    –¡No me digas! –masculló Korben, luchando para recobrar el control del tambaleante vehículo. Miró hacia atrás y vio con asombro que alguien había caído en el interior del coche, atravesando el techo.

    Estabilizó el giroscopio y viró hacia el costado, alejándose del tráfico. Revoloteó a la sombra de un parapeto mientras la voz del taxi zumbaba: –Cuatro.puntos.restados.temporalmente... Queda.un.punto.en.su.licencia.

    '“¡Fantástico!” Korben suspiró y miró el asiento trasero para evaluar los daños.

    Sospechaba que lo había golpeado un '“caedor”, uno de los ciento y pico suicidas diarios del centro de Manhattan.

    Pero en tal caso, era un suicida frustrado.

    Aquello que había atravesado el Plexiflex™ de mala calidad del taxi era una pila de piernas y brazos en el asiento trasero. A decir verdad, piernas y brazos realmente bonitos.

    –¿Algún superviviente? –preguntó Korben, conteniendo el aliento.

    Había una muchacha sentada entre los trozos de techo en el asiento trasero del coche. Era, a falta de mejor palabra, hermosa. Más que hermosa...

    Celestial.

    En la cara tenía un poco de sangre que brotaba de un labio cortado, pero aparte de eso parecía milagrosamente ilesa.

    Korben se inclinó para enjugarle la sangre con la manga.

    Sus ojos eran tan verdes...

    Korben se quedó sin pulso, sintió vértigo.

    Su cabello era tan rojo...

    Ella sonrió.

    Korben se sintió obligado a decir algo. Pero ¿qué se le dice a una muchacha despampanante que acaba de caer del cielo?

    –Hola –dijo–. Bonito cabello.
    – Akine delucan –respondió la muchacha con una amplia sonrisa, como si Korben acabara de decirle la frase más ingeniosa que hubiera oído jamás–. Nou shan.

    Djela... bum.

    –¿Bum? –preguntó Korben.
    – ¡Bada bum! –dijo la muchacha, batiendo palmas.

    Korben miró el techo pulverizado. Vio que un coche patrulla se acercaba, haciendo centellear las luces.

    –Sí –dijo–. Gran bada bum.
    –Lleva.usted.un.pasajero.no.autorizado –gruñó el coche patrulla con un demencial chirrido robótico mientras descendía frente al taxi de Korben–. Vamos.a.arrestarlo...

    Por.favor.apoye.las.manos.en.el.volante... Gracias.por.su.cooperación.

    Korben tenía experiencia con los policías neoyorquinos y conocía su reputación de locos del gatillo.

    Apoyó las manos en el volante, poniéndolas a la vista.

    –Lo lamento, primor –dijo por encima del hombro–, pero creo que vienen a buscarte. Será mejor que hagamos lo que dicen.

    El coche patrulla se aproximó despacio, adhiriéndose magnéticamente al taxi.

    Enormes armas apuntaban desde todas las ventanillas del coche patrulla, y detrás de cada cañón había dos ojos negros y turbios.

    Polizontes.

    Las puertas del coche se abrieron y un Felonnet™ hidráulico, la red para atrapar a criminales, con su juego de esposas automáticas incluido, se aproximó haciendo señas.

    Korben se sintió mal.

    Se sintió doblemente mal cuando miró hacia atrás y vio lágrimas en los ojos de la muchacha.

    Grandes y bellos ojos verdes.

    –Lo lamento –dijo.

    En vez de responder, ella señaló una de las muchas pegatinas que decoraban las puertas y ventanillas del taxi.

    Era un teléfono de llamada gratuita a una organización de ayuda a los huérfanos.

    Mostraba los ojos suplicantes de un niño y debajo dos palabras: AYUDA, POR FAVOR.

    ¿Acaso trataba de comunicarse?

    –No me hagas esto. No me pongas en esta situación. ¡No puedo!

    La muchacha asintió y volvió a señalar la pegatina. AYUDA, POR FAVOR.

    –Sólo me queda un punto en mi licencia, y lo necesito para llegar al garaje –suplicó Korben–. Me toca la revisión semestral, ¿entiendes?

    La muchacha parecía entender el extraordinario poder que ejercía sobre las emociones de Korben. Sonrió tristemente, se enjugó una lágrima y señaló de nuevo la calcomanía. AYUDA POR FAVOR.

    –Finger me matará –murmuró Korben.

    Apagó el taxímetro del coche.

    –Gracias.por.su.cooperación –dijo la policía mientras Korben golpeaba la palanca de anulación situada bajo el salpicadero, cancelando momentáneamente el contacto magnético.
    –De nada–dijo Korben.

    Activó el giroscopio, haciendo rotar el taxi y enviando al coche patrulla a una caída lateral que lo arrojó contra el flanco del edificio, dos pisos más abajo.

    –¡Hemos.sufrido.un.impacto! –chilló el coche patrulla con voz automática–. Requiero.ascenso.y.persecución.
    –Un.punto.restado.de.su.licencia –dijo el taxi a los oídos de Korben.
    –Extrañaba tu dulce voz –murmuró Korben.

    Movió el volante, doblando rápidamente una esquina y bajando seis pisos, alejándose del centelleo de las luces del coche patrulla.

    Lo siguió una andanada de insultos, bocinazos y alaridos.

    –No.quedan.puntos.en.su.licencia –continuó el taxi–.No.está.autorizado. para.operar.con.este .vehículo... Por.favor...

    La voz murió de repente cuando Korben arrancó el altavoz del techo y lo arrojó por la ventanilla sobre la parte trasera de una camioneta.

    –No aguanto ver llorar a la gente –dijo. Por el espejo retrovisor, vio que la muchacha pelirroja observaba todo aquel jaleo con una sonrisa divertida.

    Era tan bella que Korben apenas pudo apartar los ojos de ella para atender al veloz tráfico aéreo.

    –No tengo defensas, ¿sabes?


    11


    A pocas manzanas de allí, la unidad 47 del distrito 2345 estaba en la fila de la ventanilla de McDonald’s cuando la radio despertó con un carraspeo.

    –Todas las unidades del sector 12 alerta. Confluir en vector 21.
    –Vector, sector –dijo el joven policía que empuñaba la escopeta–. Nunca sé reconocer la diferencia.
    –Unidad 47, vamos en camino... –dijo al micrófono su maduro compañero, que estaba al volante. Luego lo colgó y concluyó–: En cuanto hayamos almorzado. Trae las hamburguesas, chico.

    El policía joven habló por otro micrófono que revoloteaba pacientemente en el aire frente al coche patrulla, aguardando un pedido.

    –Un Big Mac con patatas fritas, con Diet Coke. Un Quarter Pounder con patatas grandes y una Diet Cherry Coke sin cafeína. ¿Me copia?
    –Un Big Mac con patatas fritas, con Diet Coke. Un Quarter Pounder con patatas grandes y una Diet Cherry Coke sin cafeína.
    –Afirmativo. Corto y fuera.

    La fila de aeromóviles avanzó. El policía joven se volvió hacia su compañero.

    –¿No deberíamos responder a esa llamada?

    El policía maduro meneó la cabeza.

    –Estoy demasiado cansado, demasiado viejo y demasiado hambriento para andar persiguiendo a locos de la velocidad.

    El coche se detuvo junto a la ventanilla.

    –Y además también estoy demasiado sediento –añadió cogiendo la bandeja de bebidas.

    Siguió una bandeja de hamburguesas y patatas. La estaba cogiendo cuando...

    ¡BAM!

    ... desapareció de golpe. Un taxi amarillo había pasado como un bólido entre la ventanilla y el coche patrulla, arrancando el costado de ambos.

    Los policías se miraron, luego miraron el destartalado taxi amarillo que desaparecía entre los rascacielos.

    –¿Por qué no te sientas aquí? –dijo Korben, palmeando el asiento que tenía al lado–. Al menos mientras sigamos fuera de la ley.

    La muchacha trepó al asiento delantero. Su colorida vestimenta era extrañamente reveladora.

    Se peinó el cabello rojo con los dedos.

    ¡uuuiiiiiiuuuih!

    Detrás del taxi, las sirenas eran cada vez más estridentes. Korben pasó a través y encima de seis carriles de tráfico, retrocedió dos manzanas, subió seis pisos, disminuyó la velocidad.

    –Si no te persiguen después de un kilómetro –dijo–, no te persiguen más, créeme.

    Dobló una esquina, y seis coches patrulla azules se lanzaron sobre él desde un callejón.

    –Tal vez sean dos kilómetros –murmuró Korben, acelerando y poniendo el giroscopio en modalidad evasiva.
    – Klaatu barada nikto –dijo la muchacha.
    –Oye, lo lamento. Sólo hablo dos idiomas. Inglés y mal inglés.

    Los seis coches patrulla se dividieron en dos grupos de tres, uno a la izquierda y otro a la derecha.

    Korben viró, bajando entre los edificios hacia un techo ajardinado.

    Los policías lo siguieron.

    Korben se elevó en el último momento.

    Cuatro coches patrulla se elevaron...

    ¡GUMP! ¡GUMP! Dos coches patrulla quedaron enterrados en la arena sintética del jardín.

    Korben enfiló hacia el centro perseguido por cuatro coches de policía.

    – Maica Iota muni–dijo la muchacha.
    –Oye, me encanta la conversación, pero cállate un minuto. Esto se ha puesto complicado.

    Los cuatro coches patrulla se aproximaban haciendo gemir sus potentes turbinas.

    La pantalla del taxi emitió un pitido.

    Korben la encendió.

    ¡MODALIDAD DE ATAQUE! ¡MODALIDAD DE ATAQUE! ¡MODALIDAD DE ATAQUE!

    Korben le habló a su pasajera.

    –No sé qué hiciste para enfadarlos...

    ¡EN LA MIRA! ¡EN LA MIRA! ¡EN LA MIRA!

    –Pero están muy enfadados. Agárrate.

    Korben duplicó la potencia de giro mientras activaba los cohetes de freno: un viejo truco del combate aéreo.

    El taxi rezongó pero efectuó el giro.

    –Creo que estamos a salvo por un rato –dijo Korben. Miró el espejo retrovisor.

    Aún lo seguían dos coches patrulla.

    –He tratado de ser amable, muchachos –susurró Korben–. Lástima que no sepáis apreciarlo.

    Desactivó los propulsores y empujó la palanca hacia delante.

    –Estaremos a salvo en el smog. Si llegamos.

    El coche de Korben perdió velocidad y descendió en picado, entre taxis, minicoches y limusinas de levitación magnética.

    Volvió a activarlos en el último momento, por encima de la basura que cubría la calle.

    Derecha, izquierda, a través de la niebla tóxica de metano.

    Un callejón sin salida.

    –Daya deo bono dato! –dijo la muchacha. Parecía encantada con el alboroto–.

    Dalutan!

    –Si hay algo que no necesito –dijo Korben–, es que me digan cómo conducir.

    Girando en un súbito rizo, Korben dobló al costado. Apretó la palanca con la rodilla y apagó el freno magnético –otro viejo truco de piloto de combate–, de modo que el coche se colocó de costado.

    Conduciendo con turbadora precisión, Korben se lanzó por un callejón tan estrecho que los antiguos ladrillos arrancaron la luz del techo.

    El primer coche patrulla era varios centímetros más ancho. Aceleró y se atascó con un chirrido.

    El segundo coche frenó justo a tiempo.

    –¡Mierda! ¡Atención, todas las patrullas!

    Retrocedió y giró en redondo.

    La bruma y el smog que cubrían el suelo de la ciudad ocultaban piadosamente generaciones de desechos y residuos, el estercolero urbano que cubría las calles hasta una altura de diez o quince metros.

    Nadie vivía allí.

    Eso pensaba el joven policía.

    Entonces vio esas siluetas casi humanas, vestidas con harapos y pieles, que trepaban aquí y allá, patinando y deslizándose en las enormes pilas de basura podrida.

    Se estremeció.

    –¡Mira! –le dijo a su compañero–. ¿Qué pasa? ¿No vienen por aquí los recogedores de basura?
    –No –dijo cáusticamente el policía maduro–. Hace por lo menos una semana que no vienen por aquí.

    Era una broma, naturalmente. Hacía más de una generación que no se recogía la basura, desde que el ayuntamiento había descubierto que era más barato dejar que los desechos se acumularan en vez de trasladarlos a un vertedero.

    Como la ciudad crecía hacia arriba más rápidamente que la basura, no creaba ningún problema para los que vivían en los niveles superiores.

    Y la basura ofrecía vivienda y sustento a quienes eran literalmente '“los de abajo”, los que no podían permitirse el lujo de crecer con la ciudad.

    Era el retropostneodarwinismo en acción, y aunque económicamente todo encajaba, para el joven policía resultaba...

    Repulsivo.

    Las pilas parecían suspirar, emitiendo nubes de pestilencia humeante. Pero ¿dónde estaba el taxi fugitivo?

    Supuestamente estaba arrinconado en ese nicho sin salida. Pero allí no había nada salvo un letrero vertical que hacía publicidad para una compañía olvidada tiempo atrás: IBM.

    El joven policía miró el rótulo, que tenía quince metros de altura pero sólo tres de anchura, insuficientes para esconder un taxi.

    –¿Adónde habrá ido? –le preguntó a su compañero.

    El policía maduro señaló la capa de basura.

    –Allá abajo, supongo. Se le habrá fastidiado el giroscopio. No es nuestro trabajo escarbar en esa mugre buscando cuerpos. Vamos a por otra hamburguesa.

    Korben miraba arriba mientras los policías miraban abajo.

    Su coche estaba detrás del letrero, inmóvil y en posición vertical. Otro viejo truco de piloto de combate. Costoso en energía eléctrica, pero efectivo.

    Incómodo, también. La muchacha y Korben estaban aplastados contra el asiento delantero.

    O no tan incómodo. La muchacha despedía un olor cálido y agradable que se imponía al de la basura.

    –Aguardaremos aquí hasta que se calmen las cosas –susurró Korben–. ¿Te parece bien?

    La muchacha le cogió el cuello de la camisa y le susurró al oído:

    –Sacerdote...

    Korben la estudió. Parecía débil. Entornaba los ojos verdes.

    –Sacerdote... –repitió.
    –No estás tan grave –dijo Korben–. Vamos, iremos a ver a un médico.
    – Vii too –dijo la muchacha–. Cor nee lii us.

    Sonaba como un nombre.

    –¿Vito Cornelius?

    La muchacha asintió.

    Luego se desmayó.


    12


    –¿Sí?

    Un anciano menudo, con un rostro redondo como una moneda y un mechón de cabello blanco, abrió la puerta.

    Vio a un hombre fuerte y curtido, con poco pelo pero muchos nervios.

    Traía a una muchacha en los brazos. Parecía dormida.

    –Disculpe –dijo Korben–. Estoy buscando a un sacerdote.
    –Las bodas son un piso más abajo, hijo mío –dijo el sacerdote–. Mis felicitaciones.

    Cerró la puerta.

    Una patada la abrió de nuevo.

    –No es mi prometida –dijo Korben–. Es mi pasajera. Está buscando a un tal Vito Cornelius. Según la guía telefónica, él vive aquí.
    –Soy yo –dijo el sacerdote, ciñéndose la sotana mientras miraba a los dos intrusos–. Pero no sé quién es ella.

    La muchacha usaba un mono brillante y ceñido y su cabello, largo hasta los hombros, era rojo como el fuego.

    El sacerdote la miró con suspicacia.

    –¿Dónde la encontró?
    –Ella... se me cayó encima–dijo Korben.

    Extendió la muchacha hacia el sacerdote y el brazo de ella cayó al costado. Tenía un tatuaje en la muñeca.

    Cuatro elementos conectados por líneas.

    El sacerdote palideció.

    Miró el gastado símbolo de los cuatro elementos en su antigua hebilla de bronce.

    Concordaba exactamente con el tatuaje.

    –¡El Quinto Elemento! –jadeó, y cayó al suelo, inconsciente.

    Korben entró en el apartamento, dejando que la puerta se cerrara a sus espaldas.

    –Finger me matará –masculló, buscando un lugar donde poner a la muchacha.

    Un bofetón.

    Cornelius despertó.

    Estaba mirando a un sujeto tosco pero amable, rudo pero inteligente.

    –¿Quién es usted?
    –Yo traje a la muchacha, ¿ recuerda ?

    Cornelius se incorporó.

    –¿Muchacha?

    Recordó. El Quinto Elemento.

    –Sí–dijo Korben–. Ella se me cayó encima.

    Es decir, cayó en mi taxi. Hablando en ese idioma raro.

    Cornelius sacudió la cabeza tan lentamente que parecía un nuevo estilo de plegaria.

    –No es raro. Es la lengua divina. El idioma más antiguo. Hablado en todo el universo antes de que el tiempo fuera tiempo. El Quinto Elemento, el Ser Supremo...

    Cornelius miró a la muchacha que estaba tendida en el sofá, su reluciente cabello rojo, y cayó en la cuenta de algo.

    –¡Él... es ella!
    –Lo ha notado –dijo Korben.

    El sacerdote no reparó en el sarcasmo. Se arrodilló frente a la muchacha dormida.

    –¡Es un milagro! ¡No hay tiempo que perder! Despiértela, pero con suavidad. Esta mujer es la más preciosa posesión de la humanidad.
    –¿De veras?
    –Es... es perfecta.

    Cornelius salió corriendo de la habitación.

    Korben se arrodilló junto a la muchacha.

    Alzó la mano para despertarla de un bofetón, pero cambió de parecer.

    Bajó la mano despacio. Le tocó la mejilla con los dedos.

    El cutis era suave y frágil como un pétalo de rosa. Costaba creer que había atravesado el techo del taxi casi sin lastimarse.

    –Perfecta –susurró Korben.
    –¡Es un milagro!

    El novicio, David, apartó los ojos de la sotana que estaba remendando con sus utensilios antiguos favoritos: aguja e hilo.

    El padre Cornelius había irrumpido en la habitación, sin aliento y congestionado.

    –¿Un milagro? ¿Dónde?

    El padre Cornelius abrió la puerta del guardarropa.

    –No puedo usar esta ropa –dijo–. Esto exige dignidad.

    El guardarropa estaba lleno de sotanas. Todas eran idénticas a la que estaba remendando David, idénticas a la que el padre Cornelius llevaba puesta.

    –Tengo que vestirme para mi papel –exclamó Cornelius, internándose en el guardarropa mientras David meneaba la cabeza desconcertado.

    La muchacha no despertaba.

    Korben le tocó una mejilla, luego la otra.

    De repente, en un impulso que lo sorprendió incluso a él, se inclinó para besarle suavemente los labios.

    Eso funcionó.

    Ella abrió los ojos.

    Korben sintió algo frío y se incorporó.

    Era su propia arma apoyada bajo su barbilla.

    La muchacha se había apoderado de ella con un rápido movimiento, extrayéndola de la pistolera que Korben llevaba al hombro.

    – Eto akta gamat!
    –Lo lamento, es sólo que...

    ¿Sólo que qué?, parecía preguntar ella con los ojos.

    Avergonzado, Korben buscó una excusa. No era muy hábil con las mujeres (aunque habitualmente ellas no parecían notarlo).

    –Me dijeron que te despertara suavemente, así que pensé...

    La muchacha parecía desconcertada. Bajó el arma.

    –Tienes razón –dijo Korben–. No debí besarte. Sobre todo teniendo en cuenta que no nos han presentado formalmente y...

    Hurgó en los bolsillos de su chaleco y sacó una tarjeta barata de plástico brillante.

    –Aquí tienes. Es un poco tarde, pero me llamo Korben. Korben Dallas. Soy taxista.

    Llámame cuando quieras. No tienes por qué saltar de un edificio para coger un taxi.

    Tan sólo llama.

    La muchacha titubeó un instante, cogió la tarjeta.

    Con una sonrisa inesperada.

    –¡Padre!
    –Mmm.

    David podía saber dónde estaba el padre Cornelius observando la ondulación de las sotanas del guardarropa. Era como seguir a una ballena bajo el agua.

    Una ballena muy pequeña y muy resuelta.

    –Padre, ¿quiere explicarme qué sucede?
    –El Ser Supremo –dijo el padre Cornelius, la voz sofocada por los metros de tela polvorienta que colgaban en el guardarropa.
    –¿El qué?
    –¡El Quinto Elemento! ¡Aquí, en nuestra parroquia!

    Cornelius salió con una sotana limpia, sosteniéndola frente a él como una adolescente mirando el vestido de su baile de graduación.

    –¡Es un milagro! –dijo.
    –¿Y tú cómo te llamas? –le preguntó Korben a la muchacha.

    Ella estudiaba la tarjeta que él le había dado.

    Korben señaló su nombre en la tarjeta.

    –Nombre.

    Ella pareció comprender.

    – Leeloo Menai Lekarariba–Laminai–Tchaii Ekbat De Sebat –dijo sin una pausa.
    –Oye –dijo Korben, tratando de recordarlo–. Es simpático. ¿Y no tienes un apodo?

    ¿Algo un poco más... breve?

    – Leeloo.

    Korben miró esos profundos ojos verdes. Eran como un mar donde anhelaba ahogarse. El flamígero pelo rojo era como un fuego donde ansiaba desesperadamente consumirse.

    Se estaba enamorando.

    –Leeloo –repitió–. Realmente... simpático.

    El padre Cornelius y David entraron en la sala y se encontraron frente al cañón de la pistola de Korben. La muchacha les apuntaba.

    – Apipulai Leeloo Menai–dijo Cornelius.

    La muchacha bajó el arma.

    –¿Cor nee lii us?

    Él hizo una reverencia.

    –A tus órdenes.

    Ella se echó a reír. Era una carcajada infantil y contagiosa que hizo sonreír al sacerdote, y también a Korben.

    Sólo David el novicio fruncía el ceño. Nunca había estado tan cerca de una criatura tan deseable. Le molestaba que ella fuera tan... apetecible.

    Miró al sacerdote.

    –¿Está seguro de que ella es el Ser Supremo?
    –Absolutamente –dijo Cornelius–. ¡Los cuatro elementos están en su muñeca!

    David se agachó mientras Leeloo extendía la muñeca para que él la examinara.

    Entretanto, Cornelius cogió la gruesa muñeca de Korben en sus pequeñas manos y lo guió hacia la puerta.

    –Muchas gracias por su ayuda, señor...
    –Dallas. Korben Dallas. Pero...

    Korben miró por encima del hombro. Leeloo ya no se reía. Lo miraba con ojos tristes.

    –Sí –dijo el sacerdote–, está bien. Muchas gracias, mil gracias.
    –¿ Cree usted que debería llamar para saludarla? –preguntó Korben mientras se abría la puerta del apartamento–. Ya sabe, para ver si está mejor.
    –Ella está bien, no se preocupe –dijo el padre Cornelius mientras conducía con diligencia a Korben hacía la puerta–. Sólo necesita descansar. Ha tenido un viaje muy largo.
    –Lo sé. Yo estaba allí cuando llegó.

    Faltó poco para que lo arrojaran al pasillo.

    La puerta estaba por cerrarse cuando él la contuvo con la mano, trabando el mecanismo de seguridad.

    –Disculpe, padre. Una cosa más. Hace un rato me dijo algo y no lo entendí. ¿ Akta gamat?
    – Akta gamat –repitió Cornelius, activando el mecanismo de seguridad–. Significa

    '“nunca sin mi permiso”.

    –Es lo que pensé –dijo Korben mientras le cerraban la puerta en la cara.
    –Buenas noches –le dijo Korben al portero robot.

    Había pasado media hora. Había llevado el coche a su garaje y regresaba al solitario apartamento de la megatorre. No estaba a altura suficiente para gozar del aire verdaderamente limpio, pero evitaba los olores más pestilentes.

    –Buenas noches –le dijo a su vecino antipático en el pasillo.
    –Jódete –dijo el vecino antipático. Se lo decía a todo el mundo.
    –Gracias –dijo Korben–. Tú también.

    Entró en su diminuto módulo.

    –Miauu.

    El gato acudió corriendo y se frotó contra su pierna.

    –Oh, cielos. Me olvidé de tu comida. Lo lamento de veras.

    Korben apretó un botón de la pared. Estaba conectado con un restaurante de comida rápida.

    –¿Qué te parece un apetecible nosh tailandés para disculparme? ¿Qué dices?
    –Miauu.

    Sonó el teléfono.

    –¿Hola?
    –Hola, compañero –gruñó Finger–. He esperado todo el día en el garaje.
    –Finger, hombre –murmuró Korben–. Lo lamento. Escucha. El coche está bien.

    Ronronea como un gato.

    –¿Sí? Bien, ¿por qué no me dejas oírlo, entonces?
    –De acuerdo, mira. Iba hacia allá, pero una pasajera me cayó en las rodillas. Ya sabes, uno de esos grandes viajes que no puedes resistir.

    Finger aún sospechaba algo.

    –¿Como cuánto de grande?
    –Un metro ochenta –dijo Korben, sacando un cigarrillo del chaleco–. Ojos verdes, piernas largas, cutis suave. ¿Entiendes? Perfecta.

    Trató de encender una cerilla.

    La cerilla chisporroteó y se apagó.

    –¡Vaya! –dijo Finger–. Entiendo. Y esa pasajera perfecta, ¿tiene un nombre?
    –Sííí –suspiró Korben–... Leeloo.


    13


    –¿Qué está haciendo? –preguntó David.

    No podía apartar los ojos de ella.

    Primero había salido casi desnuda de la ducha.

    Ahora estaba sentada ante el ordenador, envuelta en una exigua toalla, engullendo pollo frito.

    Leeloo recorría la Internet a tal velocidad que el cable del módem humeaba, el disco duro gemía, el microprocesador ladraba como un perro.

    Los datos recorrían la pantalla en un flujo continuo.

    –Está aprendiendo nuestra historia –dijo Cornelius–. Los últimos cinco mil años que se perdió. Ha estado un tiempo fuera de circulación, ¿sabes?

    Ambos hombres se sobresaltaron cuando Leeloo se echó a reír. Su carcajada era un cascabeleo diáfano y musical, como la risa de los niños, totalmente exenta de malicia o crueldad.

    –¿De qué te ríes? –le preguntó Cornelius. ¿Qué podía encontrar en la sangrienta historia de los últimos cinco mil años de la humanidad que le resultara medianamente divertido?
    –Nap O León –dijo Leeloo.
    –¿Qué gracia tiene Napoleón? –preguntó David.
    –Pequeño –gorjeó Leeloo–. Tan pequeño.

    Riendo aún, metió otras dos cápsulas Kwik–Chik™ en el microondas.

    El microondas examinó las cápsulas, sintonizó el temporizador y se activó.

    –Oh, padre –dijo David–, sé que ella ha pasado por una situación difícil. Pero no tenemos mucho tiempo. El Mal Supremo se acerca cada vez más.
    –Sí, por supuesto.

    ¡Ding!

    Leeloo abrió el microondas. La cápsula se había expandido formando una humeante bandeja llena de pollo y verduras.

    Leeloo puso su cena junto al ordenador y se sentó enfrente, desplazando el documento con una mano y comiendo con la otra. Su apetito parecía insaciable.

    –Leeloo –dijo Cornelius–, lamento interrumpirte, pero...

    Le mostró el asa rota que ella le había dado.

    –¿El maletín?

    Leeloo se encogió de hombros, comenzando su segunda cena. La pantalla se movía más deprisa.

    –El maletín con las piedras sagradas –continuó el padre Cornelius–. Se suponía que lo tenías tú.
    – San agmat chay bet –dijo Leeloo–. Envolet.
    –¿Robaron el maletín?

    Leeloo asintió sin inmutarse. Se sirvió más pollo.

    –¿Quién haría semejante cosa, en nombre de Dios? –exclamó Cornelius, azorado.

    Zorg, ¿quién si no?

    En ese mismo instante, el financiero más cruel de la galaxia recorría su almacén con su mejor cojera byroniana, reflexionando sobre cómo usar sus miles de millones de la manera más estratégica, en detrimento de toda virtud y decencia. Para Zorg la ecuación era sencilla: preferir siempre aquello que redundara en el mayor beneficio para él y el mayor perjuicio para la humanidad.

    Estaba sumido en estos elevados pensamientos cuando se le aproximó su asistente más valioso.

    –Disculpe, amo –dijo Brazo Derecho, el brazo derecho de Zorg–. El consejo está preocupado por el recalentamiento de la economía. Se preguntan si sería posible despedir a quinientas mil personas. Pensé en alguna de las empresas más pequeñas, donde nadie lo notaría. Como una de las compañías de taxis.

    Zorg reflexionó.

    –Despide a un millón.
    –Pero amo, sólo necesitan quinientos mil.

    Zorg se volvió lentamente hacia su asistente.

    La delgada cicatriz que le cruzaba la cara se puso roja. Su párpado derecho aleteaba, indicando que estaba a punto de montar en cólera.

    Brazo Derecho no pasó por alto el mensaje claramente escrito en la cara de Zorg.

    –Un millón. De acuerdo, amo. Perdón por la molestia, amo.

    Entretanto, en el nivel 323 de una '“torre–percha” de ingresos medios, en un apartamento monástico y austero, el padre Cornelius hablaba consigo mismo.

    –¿Quién haría semejante cosa?

    Su joven novicio, David, entró en la habitación con una pila de ropa. Ropa de mujer.

    –Estaba ese tío cojo, con la cicatriz –reflexionó Cornelius en voz alta–. Fue hace un mes. Dijo que era un marchante de arte. Hizo muchas preguntas sobre las piedras sagradas.

    David le entregó las prendas a Leeloo, que estaba sentada ante el ordenador, seductoramente vestida solamente con una toalla.

    –No conocía tu talla –se disculpó–. También he encontrado esta caja de maquillaje.
    –En el momento no le di importancia –continuó distraídamente Cornelius–. ¿Cómo se llamaba? Soy tan malo para los nombres.

    Leeloo se levantó sonriendo. Se quitó la toalla y la arrojó al rincón.

    El padre Cornelius y David le clavaron la vista.

    Estaba desnuda.

    Maravillosa, bella y perfectamente desnuda.

    –Realmente la han hecho... eh... –tartamudeó David.
    –Perfecta –concluyó Cornelius–. Sí, lo sé.

    Los dos hombres miraron hacia otro lado mientras Leeloo se ponía la ropa que le había llevado David.

    Giró y se admiró frente a un espejo imaginario (el padre Cornelius no tenía espejos en su apartamento). Era como si ella pudiera verse desde fuera.

    – Domo danko –le dijo a David, apretándole la mano.

    David giró y sonrió estúpidamente. Las prendas le sentaban a la perfección.

    –Leeloo –dijo el padre Cornelius–, las piedras. El tiempo se acaba. Debemos recobrarlas.

    Ella asintió y volvió a sentarse ante el ordenador.

    –Ikset–kiba. Me imanetaba oum dalat!

    El padre Cornelius no sabía si asombrarse o alegrarse ante sus palabras, o ambas cosas.

    –¿Lo sabes? ¿Sabes exactamente dónde están las piedras?

    También lo sabían otros.

    O al menos eso creían.

    Un grupo de guerreros apuestos como dioses entró en el almacén de Zorg, pasó junto al robot de seguridad y llenó el ascensor.

    Aknot, el más apuesto de esos apuestos guerreros, llevaba un maletín metálico en la mano.

    El maletín no tenía asa.

    La puerta del ascensor se abrió. Seguido por sus guerreros, Aknot echó a andar por el largo corredor.

    Zorg y Brazo Derecho esperaban al final.

    –Aknot, ¿eres tú? –preguntó Zorg cuando vio a los guerreros.

    Aknot asintió. Una perfecta sonrisa de dios iluminó su apuesto rostro.

    –¡Qué facha! –dijo Zorg–. No te sienta nada bien. Cámbiate.

    Akanit se encogió de hombros. Su rostro se derritió, revelando el nudoso, viscoso, monstruoso, deforme, crapuloso, decadente, irregular, distorsionado rostro de...

    Un mangalore. La raza más fea de la galaxia.

    –Así está mejor –dijo Zorg–. Nunca te avergüences de ser quien eres... lo que eres.

    Akanit asintió. Hizo una seña a sus guerreros, que también se relajaron y dejaron que sus rostros se derritieran, revelando su fealdad mangalore.

    Brazo Derecho trató de disimular su repulsión.

    –¿Qué importa si el Ejército Federal aplastó a toda vuestra raza? –dijo Zorg–.

    ¿Qué importa si el gobierno dispersó a vuestro pueblo a los cuatro vientos? Lo que no te mata te fortalece, ¿verdad?

    Abrió la caja que tenía al lado. Estaba llena de rifles láser.

    –Ha llegado la hora de vuestra venganza. Voilá.

    Zorg alzó uno de los rifles.

    –¡El ZF1!

    Zorg alzó el arma en sus manos fuertes y pequeñas.

    –Es ligero. La culata es ajustable para que sea más portátil, cómoda para diestros y zurdos...

    Zorg movió un interruptor en el flanco de la culata. El arma centelleó y zumbó con lo que parecía un anhelo inteligente, aunque maligno, de destrucción.

    –Ideal para intervenciones rápidas y discretas –continuó Zorg, adoptando el persuasivo tono de vendedor que distinguía a uno de los traficantes de armas más importantes de la galaxia.

    Hizo una seña a un par de peones, que se apresuraron a instalar un maniquí en un extremo del corredor.

    –¡La última palabra en poder de fuego! –ladró Zorg–. Recarga de titanio, cartucho de tres mil disparos. Con el botón de repetición, otra innovación de Zorg, es aún más fácil. Un disparo...

    Apuntando rápidamente, Zorg disparó contra el lejano maniquí.

    ¡Brat! ¡Tonk!

    Impacto.

    –Luego se aprieta '“repetición” y... ¡todos los disparos irán al mismo objetivo!

    Zorg giró sobre los talones y dio una vuelta completa sin dejar de disparar el ZF1.

    ¡Bratbratbratbrat!

    Los mangalores se tiraron al suelo. También Brazo Derecho.

    ¡Tonk! ¡Tonk! ¡Tonk! ¡Tonk! ¡Tonk! ¡Tonk! ¡Tonk!

    Todos los disparos acertaron en el maniquí, haciendo que se meciera.

    Los mangalores, Aknot incluido, se levantaron.

    También Brazo Derecho.

    –Y, ahora, para completar la tarea –continuó Zorg–, los tradicionales pero infalibles accesorios de Zorg.

    Un pequeño misil atravesó la sala y se enterró en el maniquí.

    –El lanzacohetes.

    Una lengua de fuego lamió el suelo.

    –El siempre eficiente lanzallamas, mi favorito...

    Una granada saltó al aire, estalló y se abrió en una red que cayó sobre el maniquí humeante.

    –¡Nuestro famoso lanzarred!

    Una andanada de flechas echó a volar. Algunas se clavaron en el maniquí y otras estallaron con el impacto.

    –El lanzaflechas, con puntas de gas explosivo o venenoso... muy práctico. Y para redondear...

    Un fino chorro de gas salió del rifle, enfriando el aire al pasar.

    –¡El novísimo sistema de cubos de hielo!

    El maniquí, que ya estaba acribillado, quemado, perforado, chamuscado y erizado de flechas, se congeló y se quebró en astillas de hielo sucio y humeante que se derrumbaron en el piso del depósito.

    Zorg arrojó el arma a las enormes manos de Aknot.

    Señaló las cuatro cajas del costado del corredor.

    –Cuatro cajas llenas de ZF1, entregadas puntualmente. ¿Qué hay de ti, querido Aknot? ¿Me has traído lo que te pedí?

    Aknot apoyó el maletín de metal en una caja.

    Zorg lo tocó con reverencia.

    –Magnífico.

    Aknot sonrió.

    Mientras Zorg abría el maletín con cuidado reverencial, su rostro cubierto de cicatrices se arrugó en una sonrisa de júbilo cruel.

    Que se borró en cuanto abrió el maletín.

    Estaba vacío.

    –¿Cómo que estaba vacío? –preguntó Cornelius.

    Leeloo se reía con ese sonido infantil y musical que era como el viento soplando en campos floridos.

    Se explicó en su melodioso idioma mientras Cornelius traducía para el joven novicio, David.

    –Dice que los guardianes temían un ataque. Sacaron las piedras sagradas del maletín y las entregaron a alguien de confianza, que siguió otra ruta.
    – Caupo ruta welso brak –dijo Leeloo, y se inclinó sobre el teclado. En el ordenador los programas de búsqueda gruñían.
    –Leeloo debe encontrarse con esta persona en un hotel –dijo Cornelius–. Está buscando la dirección.

    Pero en vez de una lista de hoteles de cuatro estrellas, la pantalla mostró un mapa estelar.

    – Dot! –dijo Leeloo.

    David se agachó para mirar.

    Siguió el dedo de Leeloo, cogió el ratón y cliqueó dos veces donde ella señalaba.

    –El planeta Fhloston, en la constelación del Ángel –leyó.

    El padre Cornelius se reclinó en la silla y suspiró de alivio.

    –¡Estamos salvados!
    –Estoy jodido –dijo Zorg.

    Cerró el maletín.

    –Vacío es lo contrario de lleno. Se suponía que este maletín estaba lleno. ¿Alguien me lo puede explicar?

    Clavó una mirada gélida en Aknot, quien, siendo ya de sangre fría, ni siquiera se inmutó.

    –Pediste un maletín. Te trajimos un maletín.

    La cicatriz de Zorg se puso roja. Sus párpados aletearon.

    Zorg perdió los estribos.

    –¡Un maletín con cuatro piedras en su interior! ¡No una! ¡No dos ni tres, sino cuatro!

    ¡Cuatro piedras! ¿ Qué cuernos hago con un maletín vacío ?

    Los guerreros de Aknot retrocedieron, intimidados por el arranque de cólera de Zorg. Se apiñaron en torno de su líder, acariciando el gatillo de sus armas, las cuales, aun sin ser ZF1, eran bastante respetables.

    Zorg y sus ayudantes estaban desarmados.

    Brazo Derecho empezaba a ponerse nervioso.

    –Somos guerreros, no mercaderes –dijo fríamente Aknot.
    –Pero sabéis contar –dijo Zorg. Su voz había cobrado un tono falsamente apacible que no era precisamente tranquilizador. Alzó cuatro dedos.
    –Mira mis dedos. Cuatro piedras, cuatro cajas. Cero piedras...

    Elevó la voz en un chillido.

    –¡Cero cajas!

    Se volvió a sus empleados.

    –Guardad todo. ¡Nos vamos de aquí!

    Los empleados titubearon. Los guerreros mangalores apuntaban sus armas a Zorg.

    Aknot sacudió la cabeza.

    –Arriesgamos la vida. Creo que nos corresponde una pequeña recompensa.
    –Conque eres un mercader a pesar de todo –dijo Zorg sonriendo. Luego se volvió a su empleado y ordenó–: Déjales una caja. Por la causa.

    Sin decir más, se marchó con el maletín vacío .

    Brazo Derecho lo siguió.

    Siempre encañonados por los mangalores, los empleados alzaron las tres cajas de rifles láser y enfilaron hacia el ascensor.

    –No me agradan los guerreros –dijo Zorg mientras salía del almacén, dirigiéndose a la calle.

    Entregó el maletín vacío a su brazo derecho, Brazo Derecho, que se lo puso bajo el brazo derecho.

    –Tienen una mente demasiado estrecha.

    Brazo Derecho asintió. Sabía que no le convenía replicar. Ésta no era una conversación, sino una conferencia.

    –¡No tienen ninguna sutileza! Peor aún... luchan por causas perdidas. ¡Por el honor! El honor ha matado a millones de personas, pero no ha salvado a ninguna.

    Brazo Derecho asintió.

    Mientras Zorg hablaba, los mangalores, varios cientos de metros a sus espaldas, estaban abriendo la caja de rifles.

    –¿Sabes lo que me gusta de verdad? –continuó Zorg mientras él y Brazo Derecho subían a una limusina.

    Brazo Derecho asintió. Sabía que lo único que debía hacer era escuchar.

    –Lo que a mí me gusta son los asesinos. Los asesinos implacables. Fríos. Limpios.

    Metódicos. Exhaustivos.

    Brazo Derecho asintió.

    En el almacén, los guerreros miraban las armas relucientes. Uno de ellos cogió un rifle láser y se lo entregó a Aknot.

    –Un auténtico asesino –continuó Zorg–, al coger el ZF1, habría preguntado de inmediato qué era ese pequeño botón rojo que está en el extremo del arma.

    Golpeó el cristal que les separaba del chófer.

    –En marcha.

    Al otro lado de la manzana, en la parte superior del almacén, Aknot volteó el rifle.

    Vio el pequeño botón rojo.

    Relampagueaba con insistencia.

    Lo apretó con un rechoncho dedo de lagarto.

    ¡BRUUUMMM!

    Zorg sonrió mientras el almacén volaba en llamas dos manzanas atrás. Volutas de humo se elevaron por las calles, y se hizo un silencio.

    Luego el gemido distante de las sirenas.

    –Tráeme al viejo sacerdote –dijo Zorg.

    Brazo Derecho asintió.


    14


    Thai Fly By tenía un servicio rápido.

    Diez minutos después de la llamada de Korben, el minirrestaurante volante estaba amarrado a la ventana del apartamento.

    Parecía un cruce entre junco chino, nave vikinga y locomotora esmaltada de rojo.

    Pero los olores que brotaban de la pequeña cocina eran deliciosos.

    Korben, sentado a la mesa, y su gato, sentado en la mesa, compartían un plato desechable de fideos de arroz, rollitos de primavera y una selección de delicias tailandesas.

    –Entonces, ¿me perdonas? –preguntó Korben.
    –Miau –dijo el gato, engullendo otra costosa tajada de pescado asado en aceite de sésamo.

    El cocinero tailandés golpeó el alféizar.

    –Tienes mensaje –dijo, señalando el tubo de vidrio que prestaba el servicio a todos los apartamentos modulares de la megatorre.
    –Lo sé –dijo Korben, ignorando el parpadeo de la luz.
    –¿No abrir?
    –Más tarde –dijo Korben.
    –Pero quizás importante –dijo el cocinero.

    Korben se encogió de hombros.

    –Claro. Como los dos últimos mensajes que recibí. El primero era de mi esposa, avisándome de que me abandonaba. El segundo era de mi abogado, para decirme que él también se iba. Con mi esposa.
    –Oh –dijo el cocinero tailandés–, eso mala suerte. Pero matemáticas dicen suerte debe cambiar. Abuelo decía: '“Nunca llueve todos los días.” Esto garantía buenas noticias. Te apuesto comida.
    –De acuerdo –dijo Korben–. Apostado.

    Sacó el mensaje del tubo y se lo entregó al cocinero tailandés.

    El cocinero abrió el papel y lo leyó con una sonrisa que pronto se convirtió en mal ceño.

    –Pierdo apuesta –dijo–. Estás despedido.

    Korben sonrió.

    –Al menos me he ganado la comida.
    –Buena filosofía –dijo el cocinero volante, afilando su cuchillo en el costado de su minicocina volante–. Ver bien en mal. Preparo postre número uno, especial para ti y minino.
    –Miau –dijo el gato.

    También servían el postre en el austero apartamento del padre Cornelius, al otro lado de la ciudad.

    Leeloo estaba terminando su tarta, sorbiéndose las elegantes yemas de los dedos, una por una.

    Entretanto el novicio, David, estaba sentado ante el ordenador. Los programas de búsqueda crujían y gruñían, y la pantalla se llenaba de veloces dígitos.

    –¡Lo tengo! –exclamó David triunfalmente–. Todo lo que necesitamos saber sobre el Fhloston Paradise, y un plano detallado de todo el hotel flotante.
    –Buen trabajo, hijo –dijo el padre Cornelius–. Ahora sólo necesitamos un modo de llegar allá.

    David siguió buscando entre las reservas.

    –No será fácil. Mañana hay una gran función de beneficencia en Fhloston. Ya hace meses que se agotaron todas las reservas. Y con todas las celebridades, el hotel estará custodiado como una fortaleza.
    –Tiene que haber una manera –dijo Cornelius.

    Sonó la campanilla. Cornelius se puso de pie.

    –Yo atenderé.

    Era Brazo Derecho con un guardia armado. Un feo e intimidatorio guardia armado.

    No es que el padre Cornelius se intimidara fácilmente. Un hombre que se ha preparado toda la vida para combatir contra el Mal Supremo rara vez se deja amilanar por sus versiones menores.

    –¿Padre Cornelius? –preguntó Brazo Derecho.
    –Sí, hijo mío.

    Era la primera vez que alguien llamaba '“hijo” a Brazo Derecho. Hasta su madre lo llamaba '“Oye, tú”.

    Tardó un momento en recobrar la compostura.

    –El señor Zorg desea hablar con usted.
    –¿El señor qué?

    Pocos minutos y varios centenares de metros verticales después, el padre

    Cornelius entraba en una oficina de la parte alta de Manhattan.

    –Zorg–dijo Zorg, levantándose afablemente para saludar a su huésped–. Jean Baptiste Emmanuel Zorg. Es grato verle de nuevo, padre.

    Señaló un sillón de cuero.

    –¿De nuevo? –Cornelius estudió ese rostro cubierto de cicatrices, exquisitamente odioso–. Ahora lo recuerdo. El presunto marchante de arte.
    –Me alegra que haya recobrado la memoria –dijo Zorg–. Porque la necesitará.

    ¿Dónde están las piedras sagradas?

    –¿Por qué le interesan las piedras? –preguntó Cornelius.
    –Personalmente las piedras no me interesan. Prefiero vender armas. Pero tengo un cliente para ellas. Así que cuénteme...
    –Aun si supiera dónde están las piedras sagradas, nunca se lo diría a alguien como usted.

    Zorg puso cara de ofendido. O tal vez halagado. O tal vez un poco de ambas cosas.

    –¿Por qué? ¿Qué tengo de malo?
    –Yo soy sacerdote. Estoy aquí para honrar la vida. Lo único que usted hace es destruirla.

    Zorg sacudió la cabeza compasivamente.

    –Ay, padre –dijo, como si hablara con un niño travieso–, ¡está usted tan equivocado! Si me lo permite se lo explicaré.

    Cogió una jarra de agua helada de una mesa.

    Llenó un vaso por la mitad.

    –La vida, esa vida a la que usted honra tan noblemente, proviene de la destrucción, el desorden y el caos. Mire este vaso.

    Con un dedo empujó el vaso hacia el borde del mostrador.

    –Helo aquí, apacible y sereno. Aburrido. Pero si es destruido...

    Empujó el vaso.

    Se hizo añicos contra el suelo.

    De inmediato el suelo se cubrió de diminutos nanobots que lo limpiaban de cristales y secaban el agua.

    –Mire esas cosillas. ¡Tan ocupadas! Fíjese cómo todas son útiles. Qué adorable ballet, tan lleno de forma y color. Tan lleno de... ¿vida?
    –¿Vida? –Cornelius miró desdeñosamente–. Son robots.

    Zorg sirvió agua en otro vaso.

    Arrancó el tallo de una cereza y arrojó la cereza en el vaso.

    La cereza se hundió.

    –Sí, son robots, pero ¿quién los diseña? –preguntó Zorg–. ¿Quién los construye?

    Ingenieros, técnicos, mecánicos. Cientos de personas que podrán alimentar a sus hijos esta noche, de modo que esos hijos puedan crecer para ser grandes y fuertes, tener hijos propios. Y así sucesivamente, sumándose a la gran cadena de la vida.

    Cornelius guardó silencio.

    –Como verá, padre, al crear un poco de destrucción, en realidad aliento la vida.

    Usted y yo estamos en el mismo negocio.

    –No creo –dijo Cornelius–. Destruir un vaso es una cosa. Matar a gente con las armas que usted produce es algo muy distinto.

    La seca risotada de Zorg crujió como el viento entre hojas muertas.

    –Permítame tranquilizarlo, padre. En toda mi vida nunca podré matar a tanta gente como ha matado la religión en los últimos dos mil años.

    Alzó el vaso. La cereza giró en el fondo como una cabeza cortada.

    –Salud.

    Inclinó el vaso y bebió un largo trago. El agua desapareció.

    Luego desapareció la cereza.

    Los ojos de Zorg se abrieron desmesuradamente. Soltó el vaso. Señaló el vaso, se señaló el gaznate.

    –¿Se está ahogando? –preguntó Cornelius.

    Con una contorsión, Zorg se desplomó sobre su gran mesa de teca.

    Agitó el brazo, estirándolo hacia la consola de comunicaciones del escritorio.

    Buscaba a ciegas la hilera de botones.

    Se encendieron las líneas telefónicas.

    Se activó la máquina de fax.

    Parpadearon luces.

    Un grabador de discos compactos se elevó de un compartimiento del escritorio.

    Un monitor de televisión surgió de la pared.

    –¿Dónde está el robot que le palmea la espalda? –preguntó Cornelius. Su voz era tan seca y su tono tan sarcástico como el de Zorg–. ¿Dónde está el ingeniero, o el mecánico... o sus hijos? ¿Dónde están todos aquellos que supuestamente le deben la vida?

    Zorg siguió tanteando la consola a ciegas.

    La puerta de la oficina se cerró, aislando a los dos hombres de toda esperanza de ayuda externa.

    Un panel se abrió en el cielo raso y descendió una jaula.

    En su interior había una bestia alienígena gorda y multicolor, un reptil viscoso con trompa de elefante: la mascota de Zorg, un Souliman Aktapan llamado Picasso.

    La jaula se posó en el escritorio y Picasso asomó la trompa viscosa por los barrotes para lamer (o lo que fuera) la trémula mano de su amo agonizante.

    Cornelius se levantó de su sillón de cuero y rodeó el escritorio.

    Lentamente.

    –No nos pusieron en esta Tierra para destruir, señor Zorg, sino para reflexionar sobre la bondad de la vida, las infinitas posibilidades de la vida.

    Se detuvo a admirar la vista de la ventana, dando la espalda al paralizado Zorg.

    –Ésa es nuestra misión, no decidir quién vive y quién muere. Y si usted olvida eso
    –añadió Cornelius recogiendo el tallo de cereza que Zorg había dejado sobre el escritorio– ...bien, si lo olvida, la naturaleza se lo recordará. ¿No ve usted las limitaciones de su presunto poderío? ¿No ve que basta una pequeña cereza para derrumbar su imperio de destrucción?

    Zorg se estaba poniendo azul.

    Picasso, para quien el azul era una señal de afecto, se estaba poniendo verde de felicidad.

    –Lo cierto, hijo mío, es que la vida es una bendición –dijo el padre Cornelius–. Un don precioso, dado con amor, tal como yo lo doy ahora.

    Cornelius palmeó a Zorg en la espalda.

    La cereza saltó de su boca, golpeando a Picasso entre sus ojos empañados.

    Zorg se incorporó, aturdido. Miró a su alrededor y apretó un botón de la consola del escritorio.

    La puerta de la oficina se abrió.

    –Usted me ha salvado la vida –dijo Zorg–. Así que perdonaré la suya... por ahora.

    ¡Guardias!

    Dos guardias armados irrumpieron en la habitación. Brazo Derecho iba detrás de ellos.

    –¡Echadlo de aquí! –ordenó Zorg.
    –Es usted un monstruo, Zorg –dijo Cornelius mientras los dos guardias se lo llevaban a rastras.

    Zorg parecía haber recobrado la compostura.

    –Gracias –dijo–. Lo sé.

    Vio a su secretaria en el escritorio de recepción, pintándose las uñas. Ella inclinó la cabeza para saludar al sacerdote que arrastraban hacia el ascensor.

    –Que tenga un buen día, padre –dijo, mientras se cerraba la puerta de la oficina y se abría la puerta del ascensor.

    Zorg abrió la puerta de la jaula, sacó a Picasso y lo sostuvo en sus brazos.

    Brazo Derecho aguardó en silencio las órdenes que recibiría tarde o temprano.

    –Tortura a quien sea necesario –dijo Zorg–. Al presidente, si es preciso. Pero quiero esas piedras.

    Brazo Derecho asintió.

    –Tienes una hora.

    Brazo Derecho asintió y se marchó.

    Zorg permaneció sentado largo rato, acariciando a su mascota y mirando el sol que caía en la vasta y turbulenta ciudad.


    15


    A años luz de Zorg y su mascota, tres naves de guerra estaban emplazadas frente una forma obscura que se había condensado hasta formar un planeta.

    Las naves de guerra eran la crema de la flota de la Federación Unida. Lo mejor de lo mejor.

    El planeta era lo peor de lo peor, un obscuro conglomerado de antimateria inteligente, o al menos capaz de reaccionar. Parecía devorar literalmente la luz, dejando una tiniebla de la cual el ojo no podía apartarse.

    Pequeñas manchas brillantes volaban atraídas hacia ella.

    Una, venida de muy lejos, parpadeó y desapareció. Luego otra, de otro sector de la galaxia

    Eran atraídas por su obscuridad como los insectos son atraídos por la luz. Era una anti–luz, un vacío que succionaba información, un agujero negro que devoraba tecnología.

    –¡Se está tragando todos los satélites de comunicaciones de la galaxia! –exclamó una voz desde una de las naves de observación.

    Gracias a la magia de la óptica de plasma ultralumínico, el obscuro planeta también aparecía en la pantalla de un despacho de Manhattan.

    La voz de la nave también se oyó allí.

    El que escuchaba era un hombre negro y corpulento recostado en una silla que ostentaba el sello de la Federación Unida.

    El presidente.

    –¿Por qué diablos se come esos satélites? –preguntó.

    A su lado había un científico de rostro adusto.

    –Lo estamos averiguando, presidente Lindberg.
    –¡Ojalá se le atraganten! –gruñó el presidente.

    El general Munro entró en el despacho cuando se marchó el científico.

    También entró en la oficina una pequeña cucaracha, o algo parecido. Las diminutas antenas del lomo revelaban que era un dispositivo de escucha genéticamente alterado.

    En un cuartucho del otro lado de la ciudad, un hombre conectado al escurridizo dispositivo escuchaba con auriculares.

    Brazo Derecho.

    El general Munro se cuadró.

    –He establecido contacto con los mondoshawans –dijo–. Lamentan el incidente, pero aceptan nuestras disculpas.

    El presidente suspiró de alivio.

    –¿Y las piedras? ¿Las encontraste entre los restos de la nave mondoshawan?
    –Las piedras sagradas no estaban a bordo de la nave.
    –¿Qué?

    El presidente esperaba impaciente una explicación.

    También Brazo Derecho, gracias a la magia de la nanotecnología.

    –Los mondoshawans nunca se fiaron mucho de la raza humana –dijo el general Munro–. Así que entregaron las piedras a alguien de confianza. Ella se llama Plavalaguna.
    –¿Plavalaqué?
    –Plavalaguna. Es la famosa Diva, y cantara en la función de beneficencia del Fhloston dentro de pocas horas. Ella tiene las piedras sagradas.
    –Excelente –dijo el presidente, quitándose un zapato.

    '“Excelente”, pensó con alivio Brazo Derecho.

    –¡Malditos bichos! –dijo el presidente alzándolo para aplastar la cucaracha que paseaba por su mesa.

    ¡Paf!

    Y los auriculares de Brazo Derecho saltaron por los aires.

    Gracias a la magia de la amplificación del sonido.

    –Quiero que esta operación se realice con la mayor discreción posible –dijo el presidente– Sin tropas, sin grandes desplazamientos. El consejo no tiene por qué enterarse todavía. Quiero que se lo encomiende a su mejor hombre.
    –Tengo al hombre perfecto –dijo Munro.

    El hombre perfecto de Munro estaba vomitando en el inodoro.

    Su gato miraba por la puerta abierta del lavabo. Los humanos tenían costumbres extrañísimas, ya lo sabía. Pero esas bolas de pelo habían sido el colmo.

    Desde la ventana, el cocinero tailandés miraba con preocupación profesional.

    Conservaba las sobras del postre. Era un manjar especial preparado con calamares vivos y excremento de medusa endulzado.

    –¿No gusta postre?

    Korben levantó el pulgar débilmente.

    –Sólo comí demasiado deprisa. Creo que habrá sido eso.

    Sonó el teléfono.

    Korben atendió.

    –¿Hola?
    –Eres el canalla más roñoso de esta ciudad hedionda.
    –Hola, mamá.

    Korben sostuvo el auricular a cierta distancia del oído.

    –¡Hace veinte años que juego dos veces por semana! Hace veinte años que como esas croquetas repugnantes.

    Korben cruzó la habitación y encontró un cigarrillo.

    –Tú ni siquiera eras capaz de comerte una para ayudar a tu pobre madre. ¿Y quién gana el gran premio? ¿Eh? ¿Sabes qué? ¡Todo este asunto me da asco!
    –Comprendo, mamá –dijo Korben, aunque ignoraba de qué hablaba.

    Hurgó en los bolsillos del chaleco buscando una cerilla. Entretanto, en la ventana, el Thai Fly By empezaba a limpiar.

    Korben cubrió el auricular.

    –Haga su trabajo. Yo creo que tengo para un rato.
    –Dejo esto aquí –dijo el cocinero–. Hago trabajo mío.

    Dejó el postre en el alféizar y se despidió con un ademán.

    El postre aún se movía. En el interior de la corteza, Korben oía pequeños chillidos.

    –¿Me estás escuchando, ingrato?
    –Sí, mamá –dijo Korben, sentándose a la mesa–. Aparte de eso, ¿te encuentras bien?

    Probó una cerilla.

    Nada.

    –Y ahora te burlas de mí. ¡Te lo advierto!

    Korben probó la segunda cerilla.

    Encendió.

    –Si no me llevas contigo después de tantos años de sacrificio, nunca te perdonaré.
    –Mamá, ¿de qué hablas?
    –Entiendo. Quieres hacerte de rogar, ¿verdad?
    –Sólo quiero que me expliques de qué hablas. Acabo de llegar, he perdido mi empleo y he destrozado mi taxi. También me han atracado, pero aparte de eso todo va estupendamente, mamá. Gracias por preguntar. Ahora cálmate y explícame de qué estás hablando. ¡Ay!

    La olvidada segunda cerilla quemó la mano de Korben.

    Se apagó cuando él la soltó.

    –¡Acabas de ganar un viaje, imbécil! ¡Dos días en el Fhloston Paradise para dos!
    –Mamá, si hubiera ganado lo sabría. Alguien me lo habría notificado.
    –Miau.

    El gato miraba el tubo de mensajes. La luz de '“entrantes” parpadeaba.

    Korben sacó la última cerilla. Un intento más.

    –Hace una hora que vociferan tu nombre por la radio, zopenco.

    Korben miró el mensaje que aguardaba en el tubo. Estaba por cogerlo cuando...

    ¡Rrriiiinggg!

    Sonó el timbre de la puerta.

    Korben guardó la última cerilla en la caja.

    –Mamá, es la puerta. Aguarda un segundo.

    Apretó el botón de '“espera” y encendió el monitor de seguridad del pasillo.

    Vio un rostro conocido. Demasiado conocido.

    Volvió a encender el teléfono.

    –Mamá, te llamo después.

    Abrió la puerta.

    –Bonito apartamento, mayor –dijo el general Munro, entrando sin esperar a que lo invitaran.

    Lo seguía una mujer de uniforme. Una especie de mujer. Lo único que le faltaba para ser hombre era el bigote.

    –Parece que ha logrado una vida maravillosa al abandonar el servicio –dijo Munro–

    Aunque por lo que sabemos ha perdido su empleo.

    Korben estaba cruzado de brazos.

    –Encontraré otro.
    –No se moleste. Nosotros tenemos un empleo para usted.
    –Me alegra saber que aún piensan en mí.
    –Más que nunca –dijo Munro. Chasqueó los dedos y la oficial abrió una carpeta y le entregó un papel.
    –Mayor Korben Dallas –leyó Munro en su mejor y más tajante tono militar–. Ha sido usted escogido para una misión de suma importancia.
    –¿Qué misión?
    –Salvar el mundo.
    –Me lo temía. Creo que conozco esta cantinela.

    Munro lo ignoró.

    –Debe partir de inmediato para Fhloston, donde pedirá cuatro piedras a la Diva Plavalaguna. Y las traerá con la mayor discreción posible.

    Munro devolvió el papel a la oficial, que lo guardó en la carpeta.

    –¿Preguntas?
    –Sólo una. ¿Por qué yo? Me retiré hace seis meses, ¿recuerda?
    –Tres motivos –dijo el general Munro–. Primero, como miembro de las Fuerzas Especiales de Elite de las fuerzas armadas de la Federación Unida, usted es un experto en el uso de todas las armas y naves espaciales necesarias para resolver esta misión.

    '“Segundo: entre todos los miembros de su unidad, usted fue el más condecorado.

    Korben aún no estaba convencido.

    –¿Y tercero?
    –Usted es el único que ha quedado con vida.

    Antes que Korben pudiera responder, Munro se inclinó sobre el parpadeante tubo de mensajes y lo abrió. Eran dos billetes envueltos en un mensaje.

    –¿No se molesta en abrir sus mensajes?
    –Ya he tenido suficientes buenas noticias por hoy.
    –Pues ha ganado el concurso anual de croquetas Gemini, y un viaje a Fhloston –

    dijo Munro sin leer el mensaje–. Para dos. Felicitaciones.

    Entregó los billetes a Korben, que los miró y se los devolvió al general.

    –¿Han arreglado el concurso?

    El general asintió.

    –¿No podrían haber inventado algo más... discreto?

    Munro negó con la cabeza.

    –Los trucos viejos son los mejores –dijo.

    Dio un paso atrás y la oficial se adelantó.

    –La mayor Iceborg lo acompañará, como esposa de usted.

    Korben empezó a negar con la cabeza.

    –No iré.
    –¿Por qué no? –preguntó Munro.
    –Sólo por un motivo –dijo Korben–. Quiero seguir siendo el único de mi unidad que ha que dado con vida.


    16


    El pasillo estaba a obscuras.

    Extraños insectos correteaban por el suelo mientras Leeloo y el padre Cornelius buscaban el apartamento de Korben.

    Leeloo llevaba la tarjeta barata que Korben le había dado.

    Estudiaba cada puerta, y luego la tarjeta, con la intensidad de una niña aprendiendo un nuevo idioma.

    ¡Al fin!

    Puso la tarjeta junto a la placa de la puerta de Korben, y estaba por golpear (una señal universal para pedir acceso) cuando el padre Cornelius le detuvo la mano.

    Ella lo miró inquisitivamente.

    – Asin get let deloun omekta?

    Cornelius arrancó cuidadosamente la placa de Korben de la puerta del apartamento.

    –Tu amigo ha ganado los dos últimos billetes disponibles –dijo–. Te aseguro que no somos las únicas personas que han pensado en contactar con él.

    Le entregó la placa a Leeloo.

    –Pégala en otra puerta, pasillo abajo.

    El timbre de Korben sonó.

    –Disculpen –les dijo al general Munro y a la mayor Iceborg.

    Por la mirilla vio lo que al principio consideró una fantasía, y luego una visión celestial. ¡Era ella!

    Leeloo.

    La muchacha más hermosa del mundo... ¡ante su puerta!

    Korben se dispuso a abrir.

    Entonces recordó al general Munro y a la mayor Lo–Que–Fuera.

    –¡Demonios! –masculló.
    –¿Qué pasa? –preguntó Munro, preocupado–. ¿Sucede algo malo?
    –Es que –Korben buscó una mentira apropiada. ¿Cómo podría deshacerse de este par? Algo le decía que no convenía que Leeloo se mezclara con los militares.

    Finalmente balbuceó–:... es mi esposa.

    –¿Se ha vuelto a casar? –preguntó Munro.

    Iceborg lo miró glacialmente.

    –No. Es decir, sí. Es decir, pronto. Es algo nuevo. No pueden quedarse aquí.
    –¿Por qué no? –preguntó Munro.
    –Ella odia a la gente de uniforme –dijo Korben–. Si los ve aquí, todo habrá terminado. ¡Por favor! Por culpa de ustedes mi primer matrimonio fue un Infierno. No me estropeen esto antes de empezar. Aquí...

    Apretó un botón de la pared. Una cinta transportadora zumbó mientras una gran nevera reemplazaba su ducha.

    Cogiendo a Munro con una mano y a Iceborg con la otra, Korben los llevó hacia la nevera.

    –Mayor –protestó Munro–, no tenemos tiempo para esto.
    –¡Un minuto! –dijo Korben, abriendo la puerta de la nevera–. Sólo me llevará un minuto. Arreglaré otra cita con ella.

    Los metió en la nevera.

    –¡Ya va! –le dijo a Leeloo.

    Puso la tarta de medusas a medio comer en las manos de Munro.

    –¡No se la coma! –advirtió, y cerró la puerta antes que el general pudiera protestar.
    –¡Ya voy!

    ¡Menudo desorden! La muchacha más bonita de la galaxia llamaba a su puerta, y el apartamento era un desorden absoluto. Las adormecidas hormonas de Korben resucitaron, y vio el apartamento a través de los perfectos ojos verdes de Leeloo.

    ¡Repulsivo!

    Sacó los platos sucios de la mesa y los arrojó en el cubo de residuos (que gruñó con seudobiológica satisfacción). Recogió toda la ropa sucia que pudo y la metió en la cama plegable.

    Sacando un peine del bolsillo del chaleco, se lo pasó por el cabello ralo.

    Con una sonrisa expectante, abrió la puerta del apartamento...

    Y se topó con el cañón de una pistola. La empuñaba el padre Cornelius.

    Korben apenas lo notó. Sólo tenía ojos para Leeloo, que estaba detrás del sacerdote.

    – Apipoulai!–dijo ella.
    –Supongo que eso significa hola –dijo Korben.

    Cornelius hizo entrar a Leeloo en el apartamento, y Korben cerró la puerta.

    –Lamento tener que recurrir a estos métodos –dijo Cornelius, blandiendo el arma amenazadoramente–. Pero hemos oído por radio que usted es el afortunado, y necesitamos los billetes para Fhloston.
    –¡Vaya! ¿Así es como los curas se toman vacaciones? –preguntó Korben, con lo que esperaba fuera una voz rebosante de desprecio e ironía.
    –No nos vamos de vacaciones –dijo Cornelius–. Se trata de una misión.
    –¿Qué clase de misión?
    –Tenemos que salvar el mundo –dijo Cornelius.

    Korben se sentó a la mesa y rió.

    –¡Pero bueno! ¿Hay eco en esta habitación?

    Cornelius lo miró sin comprender.

    –No, no –dijo Korben con sarcasmo–. Ya lo entiendo. Es martes, ¿verdad? El martes debe de ser el día de salvar el mundo. Dígame, padre, ¿piensa salvarlo usted solo?
    –Claro que sí –dijo el padre Cornelius con toda franqueza–. Pero si usted quiere ayudar, estaríamos encantados.

    Leeloo sonrió aprobatoriamente.

    Korben no se fijó en ella. Estaba demasiado ocupado negando con la cabeza y señalando hacia abajo con los pulgares.

    –Padre, estuve un tiempo en el ejército, y cada vez que nos decían que nuestra misión era salvar el mundo, lo único que cambiaba era que yo perdía muchos amigos. Así que gracias por el ofrecimiento, pero no.

    Cornelius parecía defraudado. Leeloo, de pie junto a él, tenía un aire afligido.

    Su radiante sonrisa había desaparecido.

    Korben notó la decepción en sus grandes ojos verdes, y estaba por retractarse cuando una voz robótica amplificada rompió el silencio desde fuera de la ventana.

    –Ésta–es–una–acción–de–control–policial.

    El padre Cornelius retrocedió hacia la pared, presa del pánico, olvidando el arma que empuñaba.

    Korben le arrebató el arma y fue hasta la puerta. Miró por la mirilla.

    El pasillo estaba atestado de policías.

    Una patrulla aguardaba en el rellano, con luces, equipo antidisturbios, escudos, cascos y rayos láser que permitían ver a través de la puerta de los apartamentos.

    –¡Dios mío! –dijo Cornelius–. ¿Cree que nos buscan a nosotros?
    –No hace falta que lo averigüemos –dijo Korben. Apretó de nuevo el botón de la pared, enviando la nevera al piso inferior y volviendo a poner la ducha.
    –Leeloo –dijo–, entra allí y no te muevas.

    Sin titubear, ella se metió en la ducha. La puerta se cerró.

    Korben abrió la cama plegable.

    –¿Qué hace? –preguntó Cornelius.
    –Trato de salvarle el pellejo –dijo Korben, metiendo al sacerdote en la cama, entre el montón de ropa sucia–. Así podrá salvar el mundo.

    Apretó el botón que guardaba la cama en la pared. Cogió los dos billetes de la mesa y se los metió en el cinturón.

    ¡Splat!

    Un círculo transparente apareció de golpe en la puerta del apartamento, donde los policías habían pegado un adhesivo que permitía ver el interior.

    –Separe–las–piernas–y–apoye–las–manos–en–los–círculos–amarillos –dijo una voz robótica.

    ¡Splat! ¡Splat!

    Dos círculos más pequeños aparecieron en la puerta. Eran dispositivos de sujeción láser.

    –Apoye las manos en los círculos amarillos por favor.

    Un policía miraba por el círculo. Tenía un papel con la foto de Korben. Era una vieja foto militar donde Korben tenía pelo largo y barba.

    –Las manos en los círculos amarillos, ¡ya!

    Korben fue despacio hasta la puerta, tratando en lo posible de no mostrar la cara.

    –¿Es usted humano? –preguntó el policía, tratando de ver mejor.
    –No –dijo Korben–. Soy un sorbete de carne.

    El policía estaba a punto de examinar de cerca el rostro de Korben cuando una voz sonó en el pasillo.

    –¡Lo encontré!

    La placa de la puerta decía Korben Dallas.

    ¡Bingo!

    El policía apoyó un adhesivo visor en la puerta.

    El vecino antipático de Korben se estaba afeitando. Tenía el rostro cubierto de crema. Casi como una barba.

    El policía apagó su bocina robótica. ¿Para qué hacer tanto ruido y molestar a todo el mundo?

    –Esto es un control policial –dijo cortésmente–. Por favor, apoye las manos en los círculos amarillos.

    El vecino antipático de Korben miró por el círculo transparente de la puerta.

    Vio a dos policías jóvenes que empuñaban nerviosamente pistolas paralizadoras y miraban la foto de un tío con barba.

    Ellos vieron a un tío que se afeitaba la barba.

    –¡Abra la puerta! –ordenaron.

    Siempre con una respuesta a mano, el vecino antipático dijo lo que decía cada vez que se enfrentaba a un nuevo elemento irritante en un mundo siempre irritante: –¡Jódete!

    Korben lo oyó desde su apartamento.

    Oyó la orden de la policía y la respuesta del vecino antipático.

    Luego oyó el estallido de la puerta, los disparos de armas paralizadoras, el forcejeo.

    Sonrió.

    –Respuesta errónea.

    Más pasos, más policías acudiendo a la carrera.

    Korben miró por el agujero transparente, que ya estaba recobrando la opacidad.

    Los policías arrastraban algo por el pasillo y lo llevaban hasta el rellano. Era un saco de arresto. Controlando sus sacudidas, lo esposaron.

    –¡Listo! –gritó uno hacia la calle–. ¡Lo tenemos bien amarrado!

    Brazo Derecho también lo había oído todo.

    Estaba en la oficina de Zorg, conectado con las líneas de la policía por medio de un teléfono celular.

    –No ha sido fácil, pero lo atrapamos –dijo un teniente de policía por teléfono–.

    Gracias por el dato.

    –Me alegra haber sido útil –dijo Brazo Derecho. Sonrió al colgar.
    –Acaban de arrestar a ese Dallas por contrabando de uranio –le dijo orgullosamente a Zorg–. Todo va como lo planeé.
    –¿Contrabando de uranio? –preguntó Zorg con escepticismo–. Creí que lo buscaban por infracciones de tránsito y evasión del arresto.
    –Un error burocrático –dijo Brazo Derecho–. Lo inserté en el código de puntos para asegurarme.

    Le mostró a Zorg un billete de avión falso y un pasaporte, ambos a nombre de Korben Dallas.

    –Ahora sólo debo ir al puerto espacial y ocupar su lugar. Estaré en Fhloston en menos de cuatro horas.
    –No regreses sin las piedras –dijo Zorg sin inmutarse.


    17


    Korben abrió la ducha. Leeloo estaba en pie bajo la lluvia, tiritando.

    –Lo lamento –dijo Korben–. Olvidé que el agua caliente no funciona muy bien en esta vieja torre.

    Sacó una manta de un rincón y la arropó.

    Ella se acomodó en sus brazos sin dejar de tiritar.

    Korben la frotó más despacio, cruzando gradualmente la línea que separa un masaje amistoso de una caricia íntima.

    –Es raro –dijo–. Hoy te he encontrado dos veces, y en ambas ocasiones has terminado en mis brazos.

    Leeloo sonrió y se acurrucó contra él.

    – Vallo massa. Chacha hamas.
    –Eh... de nada –dijo Korben.

    Se apartó nerviosamente.

    –¡Café! Eso es lo que necesitas –dijo. Apretó la almohadilla de control del microondas.

    ¡Esos ojos! Lo ponían nervioso.

    –Una buena taza de café caliente. Con miel.

    Había jurado no liarse nunca más con mujeres. ¿O no?

    Entonces ¿por qué el corazón le palpitaba tanto?

    –Con miel –dijo agitadamente–. Verás. La miel es sensacional.

    ¿Pero dónde estaba la maldita miel? Korben abrió un cajón tras otro, hurgando entre los desechos de seis meses de soltería.

    –Una taza de café caliente... con miel...

    Leeloo parecía deseosa de ayudar. Todavía envuelta en la manta del ejército, lo siguió por el diminuto apartamento, abriendo y cerrando cajones.

    – Huh knee! –dijo.
    –Tengo una miel magnífica en alguna parte –dijo nerviosamente Korben–.

    ¿Conoces la miel? Antes había animalillos con antenas que la fabricaban...

    Leeloo encontró una foto en un cajón. La examinó.

    Era el Mayor Korben Dallas, Héroe de Guerra, ACEPTANDO UNA MEDALLA POR

    VALOR MÁS ALLÁ DE LAS EXIGENCIAS DEL DEBER.

    –Había otros animales que la comían–continuó Korben–. Unos se llamaban abejas y los otros se llamaban osos.

    Leeloo miró al Héroe de Guerra y luego al hombre nervioso y agitado que parloteaba sobre abejas y osos.

    Y sonrió.

    –Ya no recuerdo cuáles la fabricaban y cuáles la comían. ¡Pero aquí está!

    Alzó un frasco antiguo, de esos que se abrían cando vueltas a la tapa. Dio vueltas a la tapa.

    –Prueba esto.

    Leeloo metió su dedo encantador en el frasco de miel, luego metió ese mismo dedo en esa boca encantadora.

    Korben estaba cautivado.

    –Se... te derrite en la boca, ¿verdad?

    Leeloo asintió. Se sorbió el dedo sensualmente, luego metió los cuatro esbeltos dedos en el frasco y se los limpió... uno por uno por uno por...

    Korben estaba perdido.

    Ido.

    Rendido.

    Estaba tan cautivado por la visión de Leeloo que ni siquiera oyó esos golpes sordos en la pared.

    Hasta que se convirtieron en un martilleo constante.

    Pum.

    Pum.

    Pum.

    ¡Pum!

    ¡¡PUM!!

    –¿Oyes eso? –preguntó Korben.

    Leeloo asintió, todavía lamiéndose los dedos.

    – Cor nee lii us –dijo.
    –¡Oh, Dios!

    Korben oprimió el botón de la pared y la cama se abrió.

    El padre Cornelius estaba enredado en la ropa sucia, cabeza abajo.

    –Lo lamento de veras –dijo Korben–. Permítame que le ayude.
    –No necesitamos su ayuda –dijo Cornelius, desenredándose con toda la dignidad que permitían las circunstancias.

    ¡Blip! La alarma del microondas.

    –El café está listo –dijo Korben. Fue hasta la mesa y sirvió una taza para él y otra para Leeloo.
    –Te advierto –dijo– que el café no es mi especialidad.

    Se volvió para ofrecerle la taza y vio que ella se había quitado la ropa húmeda. La estaba exprimiendo en el fregadero.

    Había dejado a un lado la manta del ejército.

    Estaba desnuda.

    Fascinadora, encantadora, adorable, magnífica, maravillosa y totalmente desnuda.

    Perfectamente desnuda.

    Korben desvió los ojos con embarazo.

    –Tal vez deba... mantenerlo caliente –murmuró–. Me apetece... caliente.

    A sus espaldas, Cornelius estudiaba un macizo y polvoriento trofeo militar, un galardón que Korben había obtenido durante una guerra olvidada y que ahora servía de pisapapeles.

    Cornelius lo alzó, lo levantó por encima de su cabeza y lo bajó sobre la cabeza de Korben.

    Un impacto rápido y contundente.

    Leeloo miró airadamente a Cornelius.

    –Vano da, mechtaba? Soun domo kala con gammas!
    –Lo sé –dijo Cornelius–. No me siento orgulloso de mí mismo. Pero no podemos permitirnos el lujo de escoger.


    Miembros del equipo de intervención rápida de la policía llevaban al vecino antipático embolsado hasta un coche patrulla.

    También ellos sintieron un impacto rápido y contundente.

    ¡Pop!

    ¡Pop!

    ¡Pop!

    Tres disparos. Tranquilizantes, pistolas con silenciador. Los policías se encogieron como periódicos bajo la lluvia.

    Tres guerreros mangalores, expertos en el cambio de forma, cogieron el saco mientras sus rasgos recobraban su abominable forma natural, el esfuerzo de parecer humanos había cobrado su precio, y los tres guerreros estaban exhaustos.

    Cargaron el cuerpo en la parte trasera de un camión volante donde Aknot, todavía vivo pero gravemente herido por la explosión del almacén aguardaba con impaciencia.

    –Korben Dallas –dijo el jefe del equipo de ataque, señalando al vecino embolsado–.

    Lo tenemos!

    –Perfecto –gruñó Aknot–. Toma el mando, Akanit. Ve a Fhloston a buscar las piedras. Si Zorg las quiere de veras, va a tener que negociar.

    Entornó los ojos.

    –La venganza se avecina.


    Korben se levantó con esfuerzo.

    Miró el apartamento que hacía unos instantes era agraciado con la bella imagen y la presencia de Leeloo.

    Y ese adusto sacerdote.

    Ambos se habían ido.

    –Cielos –dijo Korben. Se apoyó una mano en la nuca. Estaba pegajosa de sangre coagulada.

    La trama se complicaba.

    ¡Rrriiinnng!

    Korben cogió el teléfono con una mano mientras se apoyaba la otra en la nuca.

    –Sí.
    –¿Ya te has recobrado de la sorpresa?
    –Todavía no, mamá.

    Colgó.

    La cabeza le dolía horrores. Necesitaba hielo.

    Apretó el botón de la pared y la cinta transportadora chirrió, reemplazando la ducha con la nevera empotrada.

    Abrió la puerta y se topó con la mirada helada del general Munro y la mayor Iceborg.

    Epa, se había olvidado.

    –Aceptaré la misión –dijo Korben, cogiendo unos cubitos y volviendo a cerrar.


    18


    El puerto espacial de Manhattan estaba abarrotado.

    De basura, no de pasajeros.

    Había huelga, y los empleados sanitarios habían dejado que los residuos se apilaran hasta el cielo raso del vestíbulo.

    Senderos cavados en la basura conducían a los mostradores de facturación y puertas de acceso.

    Los huelguistas se manifestaban y coreaban sus consignas. Algunos eran humanos, otros robots o androides, otros alienígenas o alterados. Todos llevaban carteles.

    La policía se preparaba para intervenir. La tensión espesaba el aire como la electricidad que precede a una tormenta estival.

    David, el novicio, estaba mirando cuando sintió una mano en el hombro.

    Se sobresaltó y gritó.

    Al volverse vio al padre Cornelius y a la encantadora Leeloo, todavía empapada (pero vestida).

    –¿Los conseguiste? –preguntó Cornelius, un hombre que siempre iba al grano.

    David asintió. Entregó dos pasaportes al sacerdote.

    –Estupendo –dijo Cornelius, abriéndolos y estudiando el trabajo de falsificación.

    Le dio uno a Leeloo.

    –Leeloo Dallas.

    Ella lo recibió con una sonrisa.

    –Y Korben David Dallas. Perfecto.

    El padre Cornelius entregó a David el segundo pasaporte.

    La sonrisa de Leeloo se desvaneció.

    –Akta dedero ansila deno poerfect?

    El padre Cornelius negó con la cabeza.

    –Leeloo, no puedo fingir que soy tu esposo. Soy viejo. David está en excelente forma. Es joven y fuerte. Él te protegerá.

    David parecía hincharse con cada sílaba de alabanza. Extendió una mano hacia Leeloo, que la cogió con cierta desgana.

    ¡Bam!

    ¡Bam!

    El padre Cornelius miró nerviosamente a los huelguistas mientras los policías avanzaban efectuando disparos. Señaló la cola que esperaba ante el mostrador.

    –Vamos. Ved a la Diva, conseguid las piedras sagradas. Yo os aguardaré en el templo. ¡Que Dios os acompañe!

    ¡Bam!

    ¡Tuang!

    Korben se agachó. Detrás de su cabeza, una bala perdida destrozó un vidrio. Se agachó para protegerse mientras corría por el vestíbulo abarrotado de basura.

    Escrutó la multitud, buscando a Leeloo.

    Sólo vio huelguistas zambulléndose de cabeza en la basura para eludir el ataque de la policía.

    El letrero de la puerta parpadeaba: '“FHLOSTON SIN ESCALAS. PRIMERA

    LLAMADA PARA EMBARCAR.”

    Deshaciéndose sin esfuerzo de dos policías que lo habían confundido con un huelguista, Korben se abrió paso por la basura hacia el mostrador de facturación de equipajes.

    –Felicitaciones –dijo la empleada del mostrador.

    David quedó desconcertado.

    –Por ganar el concurso de croquetas Gemini, el viaje a Fhloston –explicó la empleada mientras abrochaba la tarjeta de embarque al billete de David y le devolvía el pasaporte.
    –¡Ah, sí!
    –¡Llegué a tiempo! –dijo Korben. Hundió los nudillos en la espalda de David como si empuñara un arma, y le arrebató el pasaporte de la mano–. Pensé que perdería el vuelo –le explicó a la confundida empleada.

    Leeloo sonrió.

    –Gracias, chico –dijo Korben, empujando a David a un lado–. ¿Pusiste el equipaje en la cinta transportadora?

    Le clavó amenazadoramente el '“arma”.

    –Claro –tartamudeó David.
    –Magnífico –dijo Korben, apartando a David con un empellón amistoso pero enérgico–. ¡Ahora lárgate!

    Korben miró a la confundida empleada con su sonrisa más encantadora.

    –Temía perder mi vuelo, así que mandé al chico a recoger la tarjeta de embarque.

    Leeloo sonrió y tendió la mano para recibir su billete.

    La empleada retuvo la tarjeta de embarque y el pasaporte de Leeloo. Los miró a ambos con suspicacia.

    –¿Su esposa? –le preguntó a Korben.

    Korben cogió el pasaporte y lo leyó.

    –Eh... sí. Recién casados. Amor a primera vista. Nos cruzamos, oímos campanillas, nos casamos y apenas nos conocemos. ¿Verdad, querida?

    Leeloo tendió la mano y cogió la tarjeta de embarque.

    – Dinoine chagatakat!
    –Me has sacado las palabras de la boca, tesoro. Vamos, en seguida estoy contigo.

    Korben se volvió hacia la empleada.

    –Es nuestra luna de miel –dijo guiñándole el ojo–. Está nerviosa.

    Un rostro conocido y antipático entró en el aeropuerto, abriéndose paso entre las malolientes pilas de basura.

    Era el rostro del vecino antipático de Korben, acompañado por una joven de expresión ausente.

    Mientras los dos se abrían paso por la basura, fueron casi arrollados por una enorme bestia rosada.

    Un puerco policía con correa de acero.

    –Vamos, Snyffer, ¡busca, busca! –dijo el policía porquerizo, corriendo detrás del animal.

    El vecino antipático se apartó, enfiló hacia el mostrador.

    La muchacha de rostro ausente lo siguió.

    A pocos metros, el padre Cornelius miraba desde un taburete del bar, disfrutando de su segundo martini.

    –Me siento tan culpable –le dijo al camarero robot–. Mandar a Leeloo a hacer el trabajo sucio... como esos pobres puercos de policía. Sé que ella está hecha para ser fuerte, pero parece tan frágil. Tan humana. ¿Entiendes a qué me refiero?

    El rostro del camarero era un monitor. Brilló compasivamente, con un juicioso cabeceo.

    Los robots saben escuchar.

    El vecino antipático entregó el billete a la empleada.

    Ella lo miró sorprendida.

    –¿Dallas? ¿Korben Dallas?
    –Si–dijo el vecino antipático–. Soy yo.

    La empleada sonrió cortésmente. Entretanto, pisó un pedal que encendía un sensor de ultraluz para pasajeros.

    La ultraluz reveló que el vecino antipático y la muchacha de rostro ausente eran mangalores.

    Sin embargo, la empleada no perdió la calma.

    –Un momento, por favor –dijo con su tono más amable.

    Con el otro pie pisó una alarma silenciosa.

    Intuyendo un problema, los mangalores retrocedieron.

    –¡En seguida volvemos! –dijo el falso vecino antipático, con suspicacia. Cogió la mano de su '“amiga” y se la llevó a rastras, perdiéndose en la muchedumbre.
    –¿Lo mismo? –preguntó el camarero robot.

    El padre Cornelius tenía los ojos vidriosos. –Sí.

    –Que sean dos –dijo una voz al costado.

    Cornelius se sorprendió al ver al novicio, David, sentado en el taburete.

    Se puso sobrio de golpe.

    –¿Dónde está Leeloo? –jadeó horrorizado.

    David se bebió el martini de un trago y golpeó la copa en la barra, al estilo vaquero.

    El pie de la copa se partió.

    –En el vuelo. Con el señor Dallas. El verdadero.
    –¿Qué?
    –Me apoyó un arma aquí –dijo David, señalando su zona lumbar.
    –¡Válgame Dios! –dijo el padre Cornelius–. Es culpa mía. Yo soy el siervo. Esta misión es mía. Nunca debí encomendártela.

    David ya estaba pidiendo su segundo martini.

    El padre Cornelius metió la mano bajo la sotana y se quitó la cadena que le rodeaba el cuello.

    –Toma.
    –¿Eh?
    –La llave del templo –dijo Cornelius, bebiéndose el martini de David y luego el suyo–. Ve a prepararte para nuestra llegada. Yo voy a enfrentarme con mi destino.

    Y se perdió en la muchedumbre.

    Lamentablemente, estaba detrás de los mangalores. El rostro del vecino antipático perdía definición mientras él y la '“chica” corrían hacia la salida del aeropuerto.

    –Informa a Aknot que el plan A falló –dijo el mangalore '“vecino” al mangalore

    “muchacha”–. Pasamos al plan B.

    '“Ella” asintió y se largó, buscando la salida en medio de la basura.

    Dos policías aparecieron frente al mangalore '“vecino”.

    Él desenfundó su ZF1 y disparó dos veces, luego se zambulló en la pila.

    ¡Bratbrat!

    ¡Bratbrat!

    Los policías respondieron el fuego:

    ¡Bam!

    ¡Bam!

    –¡Enviad ayuda! –gritó el policía por el walkie–talkie–. Zona 7.

    Cornelius se aplastó contra la pared, tratando de evitar las balas.

    Una trampilla se abrió en la pared a sus espaldas, y salieron tres puercos gigantescos, seguidos por tres hombres con armadura.

    La trampilla osciló, empezó a cerrarse.

    Cornelius miró a la derecha, luego miró a la izquierda.

    Se agachó y pasó a gatas por la apertura, justo antes que se cerrara.

    –¡Oiga, señorita! –dijo Korben.

    Una azafata lo conducía por un largo pasillo en el sector de primera clase.

    Ella había insistido en que Korben la acompañara. Haciendo chasquear sus altos tacones, caminaba tan deprisa que él apenas podía seguirla.

    –No debí dejar sola a mi esposa –protestó Korben–. Mi esposa, cuando se pone nerviosa, es...

    Buscó la palabra para describir a Leeloo, la encontró:

    –Imprevisible.
    –Esto sólo le llevará un minuto –dijo la azafata–. Loc Rhod es el locutor más rápido del universo. Tiene usted mucha suerte.

    Korben no estaba tan seguro.

    –Escuche, sin duda es grandioso, pero no quiero que me entrevisten. Preferiría permanecer en el anonimato.

    La azafata se detuvo y se encaró a Korben.

    –Olvídese del anonimato. Aparecerá en el programa en vivo de Loc Rhod todos los días de cinco a siete.

    Korben empezaba a percibir la magnitud del circo de relaciones públicas al que se había prestado sin saberlo.

    –Se trata de una broma, ¿verdad? –dijo, aunque empezaba a comprender que todo aquello iba absolutamente en serio.

    La azafata sonrió y meneó la cabeza.

    No, no bromeaba.

    ¡Uap!

    Se abrió una puerta, encendiendo nuevas estrellas en el ya dolorido firmamento de la conciencia de Korben.

    Por la puerta entró una criatura de vitalidad arrolladora, elegancia intachable e inteligibilidad intermitente.

    Un joven negro con un peinado complejo, pantalones acampanados de terciopelo y zapatos tamaño embarcación.

    El locutor más popular del siglo xxv.

    Loc Rhod.

    –¡Korben Dallas! –dijo el locutor, hablando por un micrófono que también oficiaba de bastón de plata, con una voz rítmica que sonaba más a rap que a reportaje radiofónico–. ¡Aquí está él! ¡El único ganador del concurso de las croquetas Gemini!

    Loc Rhod se volvió hacia la multitud que ya se reunía alrededor.

    –¡Este chico arde como fuego! ¡Que las damas empiecen a derretirse, porque arde, arde, arde!

    Loc Rhod apoyó la mano en el brazo de Korben.

    –¡El tamaño ideal! –exclamó–. El físico ideal, el cabello ideal, todo ideal. Y está dispuesto a decir algo para esos cincuenta mil millones de oídos ansiosos.

    ¡Escúpelo, ganador!

    Puso el micrófono ante la cara de Korben.

    –Eh... hola–dijo Korben.

    Loc Rhod hizo una mueca y apartó su micrófono de plata, tachonado de lentejuelas.

    –In–cre–íble –dijo.

    Cogió del brazo a Korben y lo llevó al pasillo.

    La muchedumbre los siguió.

    –Temblad, mujeres, temblad–ronroneó Loc Rhod–. Pondrá el mundo en llamas, aquí mismo de cinco a siete. Sabréis todo lo que hay que saber sobre el Hombre D.

    Sus sueños, sus deseos, sus intimidades más íntimas. Y por lo que estoy viendo, intimar es la especialidad de este semental.

    Se agachó y de nuevo puso el micrófono ante la cara de Korben.

    –Cuéntame, campeón, ¿nervioso?
    –Eh... pues no –tartamudeó Korben.

    Loc Rhod rodeó con el brazo a la azafata.

    –Juntad esas rodillas, avecillas mías, porque este Korben es cosa seria.

    La procesión se detuvo en una intersección del corredor, donde el servicio de suministro de la aerolínea había dejado un robot con una bandeja de copas de champán.

    Loc Rhod cogió una copa, se la bebió y la tiró mientras firmaba autógrafos y parloteaba sin cesar.

    –La rana de ayer será mañana el príncipe del Fhloston Paradise.

    Un asistente le entregó una tarjeta.

    –El hotel volante de las mil y una locuras, aventuras y dulzuras. Una fuente mágica de donde brota el vino, las mujeres y el jaleo. Toda la noche, ¡sí!

    Korben miró asombrado mientras el impecable y ágil locutor cogía a dos azafatas del brazo y continuaba su rap con tanta facilidad como otros caminan o respiran.

    Parecía ser una actividad inconsciente. Fundía las rimas y los ritmos sin pensar mientras evaluaba con los ojos a la muchedumbre que lo seguía por doquier.

    –Y empezad a lamer esos sellos postales, niñas, porque con este tío tendréis que escribirle a mamá. Mañana de cinco a siete seré vuestra voz y vuestra lengua, y seguiré el rastro del hombre más sexy del año. El Hombre D. Mi hombre. Vuestro hombre.

    Blip.

    –Fin de transmisión –dijo la voz de un técnico a través de un altavoz distante.

    Loc Rhod se paró en seco.

    Se hizo silencio.

    Dos asistentes corrieron hacia Loc Rhod, uno con un cigarrillo, otro con una cerilla.

    Loc Rhod encendió el cigarrillo, sopló una nube de humo y preguntó:

    –¿Cómo ha ido?
    –Onda –dijo un asistente.
    –¿ Cuánta onda ?
    –Onda onda onda–dijo otro asistente–. Superonda. Ultraonda.

    Loc Rhod se acercó a Korben.

    Le apoyó la mano en el brazo y dijo con voz meliflua:

    –Korben, primor, hazme un favor.

    ¿Primor? Korben miró escépticamente al locutor. ¿Favor?

    –Sé que esto ha de ser lo más grandioso que te ocurrido en tu mísera vida –dijo Loc Rhod–. Pero debo montar un espectáculo y necesito chispa chispa chispa. Así que mañana, cuando estemos en el aire, échame una mano.

    ¿Una mano? Korben miró incrédulamente a ese locutor menudo y arrogante.

    –Procura hacerles creer que tienes un vocabulario de más de seis palabras.

    ¿Onda, camarada?

    En vez de responder, Korben aferró a Loc Rhod por el cuello de la chaqueta.

    Un guardia de seguridad se acercó, pero Korben lo apartó de un empujón. El compañero del guardia vaciló.

    Korben aplastó a Loc Rhod contra la pared, hundiéndole la cabeza en el rincón, sosteniéndolo a varios centímetros del piso.

    –¿Onda? –dijo Korben–. No vine aquí para hacer el ridículo en la radio. Así que mañana de cinco a siete, la mano te la echas tú. ¿Onda, camarada?
    –¡Ultraonda! –dijo Loc Rhod con ojos desorbitados.

    La empleada del mostrador de facturación, resplandeciente en su vestido transparente y su sombrero de vinilo, examinó los dos billetes que tenía en la mano.

    Los leyó con curiosidad.

    –¿El señor Dallas? ¿El señor Korben Dallas?
    –Correcto –dijo el brazo derecho de Zorg, con su sonrisa más persuasiva.

    Que no lo era tanto.

    Con el pie, la empleada pisó el sensor de pasajeros, y el haz de ultraluz bañó el rostro del brazo derecho de Zorg.

    Que siguió siendo el rostro del brazo derecho de Zorg.

    –El problema es que tengo un solo Korben Dallas en la lista. Y él ya se ha registrado.
    –Imposible –dijo Brazo Derecho, olvidando la sonrisa–. El está en la cárcel...

    Quiero decir, debe haber un error. Tengo mi billete. Y yo soy el verdadero Korben Dallas.

    ¡Ring! Una campanilla sonó en el extremo del corredor.

    –Lo lamento, señor –dijo la empleada–. Ya han terminado de embarcar.

    Brazo Derecho estiró el brazo hacia la empleada, pero una gruesa plexipantalla se interpuso súbitamente.

    –¡Soy Korben Dallas! –gritó Brazo Derecho, pensando en los tormentos que le infligiría Zorg si fracasaba–. ¡Quiero ver a su jefe! ¡Baje esta estúpida pantalla!

    ¡Maldición, alguien ha cometido un error!

    Golpeó el mostrador con ambos puños.

    Sólo consiguió que una cortina de acero bajara para reforzar la plexipantalla.

    –Esto–no–es–un–ejercicio –dijo una voz robótica desde el aire, donde un nódulo atmosférico parlante se había condensado provisionalmente.

    Rojos láseres de avistamiento hendieron el aire, formando blancos en torno del cuerpo de Brazo Derecho.

    –Esto–es–un–control–policial–apoye–las–ma–nos–en–los–círculos–amarillos.

    Surgieron armas de la pared, del mostrador, del piso.

    –Lo lamento –dijo Brazo Derecho, con su voz más mansa–. Me sulfuré un poco.

    Eso es todo. Ahora ya estoy más tranquilo...


    19


    Korben odiaba los viajes espaciales.

    Las naves militares ya eran bastante inaguantables, con la carne de cañón alineada en duros asientos de aluminio, cada hombre sumido en nerviosos pensamientos mientras cruzaba la galaxia como un bólido, rumbo a la última misión suicida.

    La clase turista comercial era aún peor. Sólo espacio para estar de pie, y una pequeña ración de cacahuetes resecos. A menos que el viaje tuviera más de cien años luz, en cuyo caso uno recibía medio emparedado frío y una galleta de mantequilla de cacahuete.

    Pero este viaje era diferente. No había compartimento de ganado, ni cacahuetes.

    Sólo primera clase.

    –Leeloo –susurró Korben mientras se dirigía hacia la popa de la nave.

    El corredor estaba bordeado por pequeños compartimentos privados.

    –Leeloo...

    Como respondiendo a su deseo más profundo y su sueño más entrañable, la puerta de un compartimento se abrió silenciosamente, y allí estaba ella, tendida en un cojín de terciopelo, estudiando una pantalla de ordenador.

    Primera clase.

    Recibió a Korben con una sonrisa de calidad galáctica mientras él se sentaba junto a ella.

    – Apipoulai!

    La puerta del compartimento se cerró, y ella concentró su atención en los caracteres que desfilaban por la pantalla. Los programas de búsqueda zumbaban.

    –Sí, ya sé –dijo Korben nerviosamente–. Leeloo, escúchame. Esos billetes que cogiste prestados... no eran míos. Es decir, son míos, pero no para ir de vacaciones como todos creen.

    Leeloo se encogió de hombros. ¿Comprendía? Por momentos parecía entender todo, y por momentos nada. Korben sólo sabía que iba en una misión muy peligrosa y quería mantenerla fuera de la línea de fuego.

    –Estoy trabajando para gente muy importante –dijo–. Y si no hubiera venido aquí contigo, te habrías metido en un buen lío. Me encantaría estar de vacaciones contigo.

    ¡Era un alivio decir la verdad!

    –Pero no ahora. Ahora tengo que trabajar. Y, Leeloo, me gustaría trabajar en paz.

    ¿Comprendes?

    Leeloo tecleó una palabra de cuatro letras, al parecer como respuesta.

    A–M–O–R.

    –Sí –dijo Korben–. Pero amor no es la palabra clave aquí, sino paz.

    Leeloo tecleó p–a–z.

    –Paz –repitió, imitando a Korben–. Y amor...

    El programa de búsqueda gimió y presentó una imagen de un hippy de los sesenta con abalorios, haciendo el signo de la paz.

    Korben suspiró. Había leído acerca de los hippies. Antibelicistas. Él también era antibelicista, pero en su fuero interno.

    –Mal ejemplo –dijo, apagando el ordenador–. No puedes aprender nada en una pantalla. A veces es mejor preguntar a alguien con experiencia.
    –De acuerdo –dijo Leeloo, asintiendo con deleite–. ¿Qué es... hacer el amor?
    –Eh...

    Korben miró a Leeloo. Una rara combinación de inocencia y experiencia. Nunca había vacilado ante una mujer, pero esta mujer era... diferente.

    Esta mujer era lo que él quería, y sin embargo tenía miedo por primera vez.

    –¿Sabes qué? –dijo Korben, poniéndose rojo como un tomate–. Tal vez en ese tema te convenga usar la pantalla.

    Encendió de nuevo el ordenador.

    Entretanto, en el corredor, una voz robótica anunció en tono sedante:

    –Para–que–el–vuelo–resulte–más–breve–y–agradable–nuestras–azafatas–encenderán–los–reguladores–que–alentarán–el–sueño–durante–la–travesía.

    Una azafata avanzó por el corredor, apretando un botón rojo encima de cada compartimento de primera clase.

    Y en la cabina, el capitán y el copiloto terminaban sus preparativos para la partida.

    –Ochocientos veintiséis pasajeros registrados a bordo...
    –Afirmativo, verificando lista antes del vuelo.
    –De acuerdo. He terminado –dijo Leeloo.

    ¿Hablaba inglés? Korben la miró atónito.

    –¿Has terminado de qué?
    –De aprender idiomas.

    Leeloo apagó el ordenador.

    –¿Te refieres al inglés?

    Ella asintió.

    –Los novecientos.

    Korben estaba azorado.

    –¿Has aprendido los novecientos idiomas de la Tierra en sólo cinco minutos?
    –Sí. Ahora te toca a ti. Yo he aprendido tus idiomas, tú tendrás que aprender el mío.
    –Sé decir hola. Apipoulai.

    Leeloo asintió con deleite.

    –Enséñame a decir adiós –dijo Korben–. Es todo lo que necesito saber.
    – Apipoussan.
    – Apipoussan–repitió Korben tentativamente.

    Leeloo asintió.

    –Bien. ¿Sabes cómo decimos '“hacer el amor”?
    –Eh... –Korben vaciló.
    – Hoppi–hoppa.

    El corazón y la determinación de Korben se derretían rápidamente ante los ojos de la criatura más bella que había contemplado.

    –Ayuda –murmuró para sus adentros.

    En ese momento, la camarera apretó el regulador de sueño del compartimento de Korben y tachó otro nombre de la lista.

    –Dulces sueños, señor Dallas –dijo.

    Korben, que estaba por abrazar a Leeloo, cayó redondo.

    Dormido al instante.

    En el otro extremo del corredor, otra azafata tenía un problema.

    El problema era la celebridad.

    La azafata estaba acostumbrada a las celebridades galácticas. A fin de cuentas, era una nave de primera clase.

    Pero ésta era la supercelebridad galáctica más famosa que había conocido.

    Y la más insistente.

    –Señor Rhod –dijo–, debe ocupar su posición.

    Él la metió en su compartimento y la sentó en sus rodillas.

    –No quiero una posición –dijo–. Quiero todas las posiciones.

    La azafata se resistió.

    Sin demasiada convicción.

    –Pronto despegaremos, señor Rhod.

    Loc Rhod sepultó la nariz en el cabello de la azafata.

    –Yo despegaré ahora mismo.

    En la cabina, el capitán accionaba una larga fila de interruptores idénticos.

    Clic–clic–clic–clic–clic–clic–clic.

    Los tumbaba con el dedo y caían como bolos.

    –Autorización axial confirmada –dijo el copiloto.

    La jefa de azafatas entró en la cabina.

    –Zona 1. Reguladores de sueño activados –informó.

    El capitán echó una ojeada al elegante traje transparente de la muchacha.

    –Afirmativo –dijo.

    Ella se marchó con una sonrisa.

    Una luz verde relampagueó en el panel de control.

    –Alerta, personal de tierra –dijo el copiloto.
    –¿Algún problema? –preguntó el capitán con impaciencia.

    Estaba ocupado observando la elegante partida de la azafata.

    –Tenemos parásitos en el tren de aterrizaje.

    Momentos después, en tierra, un camión se aproximó al enorme vientre de la nave galáctica.

    Bajaron dos hombres vestidos con trajes desinfectantes de alta tecnología y bajo riesgo, herméticamente sellados.

    Desenrollaron una manguera y lanzaron un brillante haz de fuego limpiador al compartimiento del tren de aterrizaje.

    Se oyeron gritos. Chillidos, alaridos, maldiciones, exclamaciones, interjecciones e imprecaciones. Una lluvia de criaturas abominables cayó del compartimiento, desparramándose en la pista.

    Mientras el personal de desinfección aspiraba los inquietos parásitos llenando el tanque del camión, otro camión se aproximó.

    Dos hombres bajaron y abrieron una trampilla debajo de la nave.

    Cayó un tubo fosforescente, grande como un tronco.

    –Sí, soy yo –dijo Brazo Derecho–. Ponme con Zorg.

    Brazo Derecho estaba en el vestíbulo del aeropuerto, usando una de las cabinas telefónicas móviles que merodeaban por allí en busca de clientes.

    –Escucho –dijo fríamente Zorg.
    –¡El verdadero Korben Dallas está en la nave! –dijo Brazo Derecho–. Tomó mi lugar.
    –Es una broma, ¿verdad? –dijo Zorg con una voz gélida como una noche de invierno.

    Loc Rhod rodeaba a la azafata con brazos y piernas mientras exploraba sus zonas erógenas con las manos.

    –No –le susurró al oído–. Juro por Dios que nunca he sido tan sincero...

    La azafata se ablandó.

    A fin de cuentas, él era más que famoso. Era superfamoso.

    –... con un humano –concluyó Loc Rhod.
    –¿De veras?
    –Estoy lleno de sinceridad –dijo Loc Rhod, contoneando las caderas con urgencia.

    Dos miembros del personal de tierra guardaron el tubo fosforescente.

    Otros dos, uno de ellos humano, el otro perteneciente a una especie de la zona externa de la galaxia, insertó un nuevo tubo fosforescente en la nave.

    La lenta y larga inserción era casi sexual.

    La nave parecía gruñir de placer.

    –Carga de combustible completa, todo listo para la partida –informó el jefe de la cuadrilla por un micrófono.
    –Gracias –respondió el capitán desde la cabina. Se volvió a su copiloto–.

    ¿Preparado para el despegue?

    –No –dijo la azafata, cada vez más débil.
    –¿No? –escupió Loc Rhod. No estaba habituado a oír esa palabra.
    –Quiero decir... todavía no. No estoy preparada.
    –¿No estás preparada?
    –Me gusta charlar un poco antes.

    Loc Rhod sonrió. Charlar antes, charlar después, charlar durante. Para él todo era charla.

    Se puso a decir naderías a ritmo de rap al oído de la azafata, mientras empezaba a quitarle el uniforme.

    –No Txxxzdsd oigo –dijo Zorg–. Creo que hay un bxgxxxxcczc cruce.

    La cabina móvil aguardaba pacientemente.

    Brazo Derecho miró el vestíbulo lleno de basura buscando otra, pero todas estaban ocupadas.

    –¿Cuál es el cxcxcxzxzxnúmero? –preguntó Zorg–. Te llamaré.

    Brazo Derecho limpió la placa del teléfono para distinguir el número.

    –278–645–321 –leyó.
    –Te XZXZ en seguida –dijo Zorg con buen humor.

    Con demasiado buen humor, pensó Brazo Derecho con un escalofrío.

    El personal de desinfección partió en una dirección.

    El camión de combustible partió en la otra.

    Un hombre con sotana salió de las sombras donde estaba agazapado.

    Era el padre Cornelius. Miró el compartimiento desinfectado.

    Deteniéndose un instante, rezó rápida y silenciosamente. Luego trepó por el tren de aterrizaje y se encaramó al compartimiento, tan ágil y sigilosamente como un mono capuchino.

    –Presión de potencia –dijo el copiloto.

    El capitán bajó otra hilera de interruptores.

    Clic–clic–clic–clic–clic–clic–clic.

    –Al máximo.

    La azafata tenía seis botones en la blusa.

    Loc Rhod compuso un poema para cada uno.

    El sostén tenía dos ganchos.

    Cada cual era un soneto.

    –¡Protección! –dijo el capitán.

    Un escudo rodeó los motores de la nave.

    –Confirmada –dijo el copiloto.

    Las piernas de la azafata se elevaron lentamente en el aire.

    Separándose cada vez más.

    Zorg tecleó el número telefónico que le había dado su brazo derecho, Brazo Derecho.