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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL SEÑOR DE LA RUEDA (Gabriel Bermúdez Castillo)

    Publicado el viernes, diciembre 30, 2016

    PRESENTACIÓN

    Hay que tener un cuidado exquisito cuando se presenta un clásico y El señor de la rueda, en el ámbito de la ciencia ficción española, evidentemente lo es. No se trata de una cuestión de respeto ante la "magna obra", no. La "magna obra" tiene que ponerse a trabajar con cualquier lector que se asome a sus páginas y ganárselo como hizo aquel primer día en que salió a la venta hace veinticinco años. El peligro viene de la tendencia a suponer que, en un clásico, el argumento, los personajes o incluso el desenlace, son de conocimiento común y pueden, por tanto, abordarse impunemente al glosar la novela en cuestión. ¡Terrible práctica es ésa, que hace que el lector se entere de quien amará, traicionará, o desaparecerá de la historia, antes ya de empezar el primer capítulo...! ¡Y pensar que el autor se dejó las neuronas intentando presentar los acontecimientos con un determinado ritmo y de una concreta manera...! Reflexiones aparte, lo cierto es que El señor de la rueda, merece un cuidado especial a ese respecto, puesto que la novela de Bermúdez, además de tener en la intriga uno de sus atractivos fundamentales, va creciendo literariamente hasta cumplir expectativas bastante más ambiciosas que las planteadas en principio.

    Cuando el lector se asoma a sus primeros párrafos, el siervo cibernético del joven Peter Le Percutens despierta a su señor pocas horas antes de que comience la ceremonia en que éste será armado caballero. A partir de entonces se despliega ante nosotros una parafernalia de castillos feudales rodantes o "castillocares", carreteras sin fin, tules, armaduras, duelos, blasones y códigos de honor, tan hábilmente tramada, que casi llega a hacerse creíble esta extraña mezcla —sazonada con humor grotesco— de novela de caballería y "road movie". De inicio el lector está convencido de asistir a una ingeniosa parodia. Cuando un Sir Pertinax adolescente reflexiona sobre cómo utilizar los puntos ganados en sus enfrentamientos con otros caballeros para conseguir dormitorio, biblioteca, chimenea... el perfecto apartamento de soltero, parece que estamos ante una comedia juvenil de emancipación y paso a la edad adulta. Pero, según se recorren páginas y kilómetros, surgen las dudas sobre qué demonios se está parodiando... ¿El género artúrico?, ¿la cultura del vehículo privado?, ¿se trata de una antiutopía?, ¿es simplemente una humorada?... Se suele decir que El Quijote era inicialmente una burla de la novela de caballerías y que luego el vigor de sus personajes, el genio de Cervantes y el afecto que el hidalgo manchego supo despertar en su creador, la alzaron al cenit del género novela. Sir Pertinax Le Percutens no es Don Quijote. Más cerca está de los parodiados Amadises y Esplandianes —espejos de la caballería andante— que de quien los satiriza, pero El señor de la rueda, como novela, permitiría quizá hacer cábalas sobre un proceso de crecimiento semejante. Ciertamente, también es una novela sobre la manipulación..., pero sobre su argumento no sería prudente descubrir más. Ya opinará el lector.

    Como novela de aventuras fantásticas El señor de la rueda funciona, además, muy bien. Resulta de un mérito casi inverosímil que una construcción cultural tan disparatada como este mundo feudal de carretera, aguante un recorrido de más de doscientas páginas sin descomponerse como chatarra. Eso es marca de la casa. Gabriel Bermúdez posee esa envidiable cualidad que permite que, una vez dadas las premisas fundamentales de una cultura —tan arbitrarias o absurdas como el autor tenga a bien— la acción se desarrolle en ella con naturalidad y manteniendo su coherencia interna. Y, de paso, entre peripecia y peripecia, el autor deja cuestiones nada banales flotando en el aire: ¿hay una ética universal, que permite considerar absurda o cruel esa cultura? ¿Sir Pertinax es un salvaje o, por el contrario, extremadamente ético, civilizado y moral? ¿Tiene el Señor de la rueda —a la vista del capítulo final— algo de "rechifla religiosa"? Ignoro si El señor de la rueda es portador consciente de alguna tesis ideológica concreta. Me inclino más a pensar en valores siempre presentes en la narrativa de Bermúdez, que pueden rastrearse en otras novelas y relatos suyos: el relativismo, la complejidad de lo existente e incluso una cierta visión paradójica de la realidad.

    Hay, además, otra cuestión que no se puede obviar si se habla, como es el caso, de un hito dentro de una determinada temática literaria: la de su repercusión en el ámbito narrativo que le es propio. Cuando aparece El señor de la rueda —segunda mitad de los setenta— la ciencia ficción está en España conociendo los tímidos inicios de un buen momento comercial. Hay un ligero incremento de títulos, un cierto fandom y público interesado. Los grandes clásicos como Asimov, Clarke o Bradbury comienzan a ser publicados en colecciones generales de literatura de bolsillo, lo cual proclama su reconocimiento fuera del ámbito específico de la ciencia ficción. Lo que sí es bastante magro por aquellos días es el número de cultivadores del género en español. Y aún más escuálido el aprecio que el lector español demuestra por sus escritores. Si los aficionados a la ciencia ficción son unos pocos miles y los que integran los círculos activos que comparten afición —fandom— tres centenares; nuestros escritores son casi desdeñados por esos primeros miles, criticados por la mitad de los trescientos siguientes y venerados por el centenar y pico de fandom restante. En ese panorama Viaje a un planeta Wu-Wei (1976) aparece en Acervo, una de las más prestigiosas editoriales de las que editan ciencia ficción en España. Desde el primer momento, Viaje a un planeta Wu-Wei pasa a ser novela de referencia en ese campo y su autor, desde luego, uno de los grandes. Un par de años después son editadas La piel del infinito (Dronte, 1978) y la novela que tienes entre las manos: El señor de la rueda.

    Editada tras el éxito de Viaje a un planeta Wu-Wei, El señor de la rueda aparece, en esta ocasión, en el corto catálogo de una colección realmente innovadora: Albia Ficción. Imagínense... Las colecciones serias de ciencia ficción presentan un ochenta por ciento de autores anglosajones. Albia, en su decena o así de títulos, publica sobre todo españoles, franceses, algún ruso y, que yo recuerde, sólo a un par de anglosajones. No duró mucho, pera sí lo suficiente para que la segunda gran novela de Bermúdez entrara en liza. Lo cierto es que, finalizando los setenta, la ciencia ficción española tiene sólo, aunque al menos, cuatro novelas y tres autores sobre los que discutir. Serán, por muchos años, candidatos a mejor novela y mejor autor español de ciencia ficción de todos los tiempos: Tomás Salvador con La Nave, Domingo Santos con Gabriel, y Gabriel Bermúdez con Viaje a un planeta Wu-Wei y El señor de la rueda. Pocos años después se sumaría al panteón de clásicos Rafael Marín Trechera con Lágrimas de Luz (1984). Estos cuatro y esas cinco estaban en todas las quinielas, y dos de ellas eran de Bermúdez.

    Con las dos novelas comentadas, Gabriel Bermúdez Castillo (1934), para casi todos, se coloca primero en el escalafón español de la ciencia ficción "seria" —es decir de calidad literaria y con ambiciones—. Afirmar que esto se debió a su categoría como escritor es decir poco y, al mismo tiempo, minusvalorar desdeñosamente a sus posibles rivales. No hay tal, pero lo cierto es que en aquellos días —espero que se me entienda bien— nuestros escritores "serios" eran muy poco divertidos y nuestros escritores divertidos, muy poco serios. En Gabriel Bermúdez, —El señor de la rueda es buena prueba de ello— se reúnen dos corrientes hasta entonces excesivamente separadas: la narrativa y la especulativa. Es un buen fabricante de historias y concibe relatos que a uno le interesa conocer; y los expone con originalidad y buena técnica. Además, entre sus hilos argumentales, tramas, subtramas, diálogos y personajes, se deslizan ideas complejas y a menudo muy poco ortodoxas. Por si fuera poco, es divertido, ya que sabe que la "retranca" puede formar parte de cualquier manera válida de contar las cosas. Y suena distinto, porque trae a la ciencia ficción española exotismo castizo —o identidad cultural propia, denomínese a eso como se quiera—. Lo cierto y paradójico es que, acostumbrados a lo anglosajón, "regüeldo" o "Juan" sonaron por aquellos días mucho más exótico que John o NASA.

    Tras aquellas tres novelas, precedidas en el año 1971 de una recopilación de cuentos Mundo Hokum, habrán de pasar nueve años hasta que podamos disfrutar de su barroca, enloquecida y brillante Golconda (1987). En el intervalo, parece ser que quedó inédita una larga historia aún no suficientemente perfilada. Desde ese Golconda hasta nuestros días, Bermúdez se ha hecho presente publicando al menos en cuatro ocasiones; la más reciente, Demonios en el cielo, tan sólo hace un par de años. En él disfrutamos, por tanto, de un clásico que sigue en la brecha. Quizá desde hace años, al primero del escalafón. Afortunadamente hoy tenemos un par de docenas de buenas novelas para jugar a las clasificaciones, y no menos de un centenar de relatos que considerar a los mismos efectos. Si El señor de la rueda era una de las cinco imprescindibles de hace veinte años, ahora, con más campeones con los que justar, sigue estando entre las más destacadas novelas españolas de ciencia ficción de todos los tiempos. Y permanezcamos atentos, Bermúdez aún no ha escrito su última palabra...


    Alfredo Lara López


    I DE CÓMO PETER PERCUTENS FUE ARMADO CABALLERO


    Al amanecer, el mecanoservus llamado Mágico acudió, renqueando, para despertar a su joven amo Peter. Su liso rostro de metal, con sensores incorporados, no podía mostrar expresión alguna, aunque estuviera dotado de circuitos de sentimientos. Y esos sentimientos, en este instante crucial en la vida del joven Peter, se centraban sobre dos polos principales; por un lado, la satisfacción de que un muchacho de diecinueve años tan sólo hubiera dominado todas las disciplinas que eran precisas para ser armado caballero; por otro, una sensación de dolor, porque probablemente el padre de Peter, el caballero Sir Agavance le Percutens, le entregaría como dote otro mecanoservus más joven que él mismo y más ágil de movimientos. De nada iba a servir la experiencia acumulada por Mágico a lo largo de tantos años de servir a la familia Le Percutens; lo que el joven amo iba a necesitar en el futuro no era un viejo preceptor, sino un mecanoservus apto para efectuar rápidas reparaciones y tomar todo lo preciso de los asteroides en el mínimo espacio de tiempo.

    Con un crujido de sus juntas metálicas, el mecanoservus se detuvo junto a una de las ventanas de vidrio blindado. Pudo ver que el castillocar corría a escasa velocidad, quizá no más de cuarenta kilómetros por hora, y se imaginó que ello tenía por objeto facilitar que los castillocar de familiares y amigos pudieran alcanzar al de Sir Agavance, para asistir a la armadura del joven Peter, y su posterior toma de posesión del patito.

    Vio pasar, siempre gris, la cinta de la carretera elevada sobre el terreno. A lo lejos crecían aquellas protuberancias verdes llamadas árboles, y surgía alguna roca agreste de la tierra fértil. Desvió la vista. Aun cuando no era obsceno el contemplar la tierra, se consideraba como una inconveniencia de no demasiado buen gusto.

    El castillocar tembló ligeramente sobre alguna ondulación del firme de la carretera, y Mágico apoyó su mano de pulido bronce en la agarradera que había bajo el vidrio. Después, cuando el gran vehículo volvió a recuperar su suave marcha, abrió respetuosamente la puerta de la alcoba del joven amo Peter.

    Ya que un mecanoservus no necesitaba dormir, le había vigilado durante la noche. El joven había tardado en dormirse, y a las tres de la mañana Mágico le había visto, a través de la puerta medio cerrada, sentado en la cama y repasando ávidamente el Código de Circulación. No era probable que le preguntasen nada de eso, ni tampoco de los otros libros de caballerías, como el Manual de Conservación y Reparaciones, el Manual de Cortesía en Ruta, o el grueso volumen llamado Lista General de Implementos Disponibles. Había oído decir que en los viejos tiempos, cuando se unían varios castillocar en la gran sala central, los caballeros más allegados al que iba a ser armado le sometían a un ligero examen. Actualmente esa costumbre, como otras muy bellas, se había perdido por completo. El paterfamilias, en este caso Sir Agavance, imponía la dignidad a su hijo o sobrino, y después de la corta celebración, le permitía pasar al patito que el propio neófito había ido ganándose con su trabajo.

    En este instante el joven amo Peter, que pronto dejaría de llamarse así, dormía felizmente con los puños muy apretados en el borde de la cobija de damasco. En el suelo yacían los libros que el muchacho había estado repasando hasta última hora, pues aun cuando no hubiera examen, el joven Peter se caracterizaba por un excesivo sentido del honor que ya le calificaba sobradamente para poder circular a solas. Durante unos segundos, Mágico contempló aquella estrecha habitación donde Peter había pasado su vida; las banderolas colgadas en las paredes, clara señal de sus triunfos deportivos; los pequeños escudos de bronce, con un simple esmalte que indicaba la rama guerrera o manual en que más había destacado. A los pies de la cama, cuidadosamente guardado en una funda de seda, estaba el escudo que Peter había elegido, y que constituía una ligera derivación del de su padre. Mágico se lo sabía de memoria, pues no en vano había ayudado a diseñado, y lo había hecho construir por el mecanoservus Apenato. Era cortado, y traía en jefe en campo de gules, un martillo de argen, y en campo de sinople faja almenada de oro. Ciertamente; una cosa muy sencilla, y por tanto, muy adecuada para el temperamento modesto del joven. Ya habría ocasión, con las indudables victorias futuras, de que el número de cuarteles, cargas, timbres y listeles aumentase.

    Se acercó al lecho, respetuosamente, temiendo que el chirrido de sus miembros ya algo oxidados despertase de forma desagradable a su joven amo. Pero no fue así; Peter dormía con el pesado sueño de la adolescencia. Puso suavemente la mano de bronce sobre uno de los nervudos puños aferrados a la sábana de damasco.

    —Amo Peter —dijo, con la voz más suave y baja que sus registros fónicos pudieron dar—. Amo Peter. Despiértese. Son las ocho de la mañana, amo, y la ceremonia es a las nueve.

    Peter abrió los ojos lentamente, tal como un caballero debe hacerlo, sin brusquedades ni violencias. Una vez más, Mágico quedó admirado ante la profunda negrura de aquellas pupilas, sobre las que caía alguna crencha del dorado cabello. Como todos los mecanoservus, tenía en sus circuitos uno que motivaba siempre una ligera envidia hacia el hombre, por ser precisamente como era.

    —Hola, viejo Mágico —dijo el joven—. ¿Estás nervioso?
    —Algo, mi señor —contestó el mecanoservus—. Para ti y para mí es un día grande éste.
    —Así es. Dame la veste, viejo. Ve preparando las ropas mientras me lavo.

    A pesar de sus años de servicio, Mágico continuaba sintiéndose horrorizado cada vez que veía un ser humano desnudo, recubriéndose de agua por todas partes. De sobra sabía que este líquido mortal, generador de orín y óxidos, era inocuo para los humanos, lo cual constituía, sin lugar a dudas, otra prueba de su innata superioridad. Pero Mágico amaba a su amo, lo amaba profundamente, como a ninguna otra cosa en el universo, y no podía evitar el pensamiento de que si algo fallase... si alguno de los complicados mecanismos que los humanos debían tener para que el agua no les perjudicase perdiera su función y cayera en avería... El solo pensamiento de que una tal desgracia pudiera acaecer al joven amo bastaba para paralizar las reacciones en sus cables de conexión.

    Preparó, amorosamente, la sobreveste de seda roja con borduras de oro y las armas de la familia en el lado diestro del pecho. También el jubón y las calzas, de un atinado tono de verde, estaban allí. En realidad, todos los trajes de Peter, incluyendo la armadura de tres capas (amianto, acero al vanadio y esmalte ignífugo) estaban ya en el patito. Sólo quedaba aquí éste, que era el de ceremonia.

    Peter surgió del diminuto lavabo, y Mágico se retiró, temeroso de que alguna de las gotas de agua le salpicase. Tembló al recordar lo que el mecanoservus Fidelis había contado en la cocina; al parecer, algún caballero malsín se había divertido en otros tiempos sumergiendo los mecanoservus de su enemigo en un baño de agua. Rezó al dios metálico, en su interior, para que tales cosas horribles no volvieran a suceder.

    Con lentitud no exenta de solemnidad, Mágico vistió a su amo. Después, colocó sobre su cabeza el aguzado gorro de caballero, de fieltro color carne, con una sola pluma roja, larga y airosa. Dulcemente, Peter se lo quitó.

    —Aún no es hora, viejo Mágico. Gracias por tu intención... pero aún no es hora.

    En el interior de Mágico vibraba una terrible pregunta, que nunca se atrevería a hacer. «Amo... ¿qué mecanoservus elegirás para tu servicio?». Era hasta impensable, casi una obscenidad, imaginarse siquiera que pudiera preguntar aquello al joven amo. Y no lo hizo; se limitó a suspirar, mientras ajustaba el ceñidor de placas de acero en torno a la cintura del muchacho. Seguramente elegiría a Apenato, gruñón, pero muy eficaz a la hora de resolver cualquier avería de un patito o un castillocar... o quizá a Mansuetudo, muy hábil con los Asteroides de todas clases... o al mismo Fidelis, experto transmisor. Era difícil que eligiera uno de los tres mecanoservus vírgenes guardados en el depósito, y ganados en los últimos combates de Sir Agavance.

    —Vamos allá, viejo Mágico. Sí; ya sé, ya sé... Aún no es hora. Pero quiero ver cómo arreglan la sala...

    Mientras caminaban por el pasillo central hacia la sala de armas, yendo Mágico, respetuosamente, unos pasos detrás de su amo, ni una sola vez se volvió la mirada de Peter hacia la indigna vegetación y roquedales que bordeaban la carretera. Solamente en una ocasión en que cruzaron con el desvío en trébol de la Avenida Aldebarán, los ojos del joven giraron un poco para observar un gran castillocar, con las armas de Sir Bel Amour Irascoratus, que se movía lento en el cruce, cediéndoles, según el Código del Honor, el derecho de prioridad. El viejo mecanoservus, mientras seguía a su amo, pensó que si no era elegido, tendría ocasión de ver colgar el escudo en losange de la doncella Guiomar le Percutens, que pronto cumpliría los diecisiete años. Este recuerdo reanimó sus ancianos circuitos. Sí; pronto colgaría ese escudo al lado del de Sir Agavance, indicando que allí había una doncella presta para hacer el amor y transformarse en dama, con el tratamiento de Lady, y cambiando el escudo en losange por otro ovalado, como a las señoras correspondía. Y si era elegido por Peter, no le importaba; bastante sería su felicidad con seguir al joven amo, ya caballero y con su título de Sir.

    En la sala de armas, cuidadosamente aislada del exterior, sin ventana de ninguna clase para que los eventos que en ella se desarrollaban normalmente tuvieran un carácter más solemne, Apenato y Fidelis, mecanoservus del castillocar, habían retirado las mesas y ordenado las sillas junto a las paredes. Pendían de éstas suntuosas colgaduras de brocado, representando escenas de justas y combates. La de la derecha mostraba en vivos colores una lucha entre dos castillocar, con los nobles caballeros en los mandos de la terraza y las lanzas flamígeras llameando al viento. La de la izquierda representaba el hecho legendario que valió al caballero Sir La Cote Latipole el título de señor de la Rueda; la apertura de varios asteroides cibi que permanecían cerrados pertinazmente. Se veía en el brocado, claramente, al caballero en la cima de su castillocar, violentando con la lanza de garfios, hábilmente manejada, la puerta de acero de un asteroide. No se sabía bien si era un asteroide cibi, o un asteroide combustionis, ya que con adecuada honestidad, rayana en la más extrema delicadeza, el artista no había reproducido el interior de las murallas circulares. Los cronicones decían que se trataba de asteroides cibi, y así debía ser. Por otra parte, el ángulo inferior izquierdo del tapiz mostraba una pequeña pila de cajas de cartón, botes de conserva y guirnaldas de sobres de plástico, con alegres leyendas explicando su contenido; de forma que la alusión resultaba clara hasta para el más lerdo.

    Los dos mecanoservus, Apenato y Fidelis, habían preparado la pequeña tarima desde donde Sir Agavance iba a impartir la nueva dignidad, y el almohadón de terciopelo púrpura donde el joven Peter debía arrodillarse. En una consola, igualmente cubierta de terciopelo, reposaba la espada láser de Peter, a la que éste había bautizado «Old Edsel», por consejo de Mágico. Durante un instante, Peter pensó viéndola, que le hubiera gustado mucho llamada Excalibur. Su aventajada conciencia borró rápidamente ese blasfemo pensamiento, casi increíble en un joven de noble nacimiento y destacadas dotes. Sólo el mítico Rey Arturo tenía tal espada, y solamente él podía haberle dado tal nombre. Con reverencia, Peter hizo el signo de guerra, pidiendo perdón desde lo más hondo de su alma por un pensamiento tan pecaminoso.

    Fidelis estaba preparando también la conexión del transmisor, con el cual, a través de las palabras pronunciadas por Sir Agavance, debía cerrarse la ceremonia.

    Hubo un ligero choque que hizo temblar todo el castillocar. Fidelis quedó quieto durante un par de segundos, escuchando en su interior una retransmisión de onda corta.

    —Mi señor —dijo después, dirigiéndose a Peter con voz llena de respeto—. Han llegado tus primos Sir Belcarrere de Adange y Lady Demulcella Espidinous, junto con sus honorables hijos y sobrinos... Han conectado su magnífico castillocar con el de vuestro dignísimo padre, y avanzan a través del pasillo central.

    Como de costumbre, no fue preciso que Mágico recordase a Peter lo que la etiqueta imponía. No se consideraba correcto que el neófito esperase a los invitados en la sala de armas, su aparición debía efectuarse en el último momento, cuando todos estuvieran reunidos.

    —Vámonos, Mágico —dijo Peter—. Acompáñame a la terraza; veremos desde allí cómo van llegando todos.
    —Como tú mandes, amo.

    Una escalera de caracol, oculta de momento por un pesado tapiz de seda, ascendía a la terraza del castillocar. Sintiendo en su rostro el fresco aire del amanecer, Peter caminó hacia la proa, y se inclinó sobre la barandilla de metal. Abajo, el firme gris de la amplia calzada corría suavemente, a cuarenta por hora, bajo el chato frente almenado del vehículo, mientras las grandes ruedas giraban sin cesar. Se sintió feliz. Aun cuando dentro de unas horas sólo tendría un patito a su disposición, algún día, en el futuro, sería dueño de un castillocar tan grande como éste, o quizá más, tal vez como el de Sir Sagrivan le Miraculous, el caballero más feroz y temido de todo el reino. A través del blindado y transparente parabrisas vio la figura plateada del mecanoservus Mansuetudo, atento a los mandos y presto a cumplir matemáticamente los preceptos del Código del Honor.

    Se volvió hacia atrás, dejando que el ligero viento de la marcha azotase su dorado cabello. Mágico, un tanto preocupado por su seguridad, estaba aferrado con sus manos de metal a la almenada barandilla. Observó el centro de la terraza, donde se alzaba el cuadro de mandos de duelo y el brazo articulado que manejaba la lanza flamígera, ahora en reposo y plegada a un costado del castillocar. También su patito, conseguido lentamente, ganando torneos de neófitos, ayudando en la cocina y en las reparaciones, tenía este mismo mecanismo, si bien no de tanta envergadura.

    Oyó un rugir sordo, y otro castillocar, un poco más pequeño que el de su padre, adelantó correctamente por la izquierda, haciendo sonar ligeramente el cuerno de caza. Apenas pudo distinguir los escudos, pero vio que había dos en losange y uno ovalado, aparte del correspondiente al caballero del castillocar, lo que indicaba claramente que había dos doncellas vírgenes y una dama que deseaban los favores amorosos de un buen caballero. Sintiendo una ráfaga de ternura, Peter se llevo la mano al corazón, imaginando a las doncellas hermosas y jóvenes, y a la dama más madura, pero también muy bella, y con más experiencia en ese tipo de lides.

    Un sonar plateado de trompas heráldicas advirtió la aproximación de otro vehículo. Ya eran varios los adheridos a la trasera del de Sir Agavance, dejando libre al patito, que corría rebotando sobre sus seis ruedas. Éste que se acercaba ahora debía ser el del último invitado, Sir Flemontan de la Caisserie, sus hijas y sobrinos, ya que milady le había dejado unos meses antes para llevar su escudo al castillocar de otro caballero. El hecho había sido comentado con alegre animación y no menos buen estilo por todos los caballeros, y el mismo Sir Flemontan mostró un innegable espíritu deportivo afirmando que se hallaba muerto de dolor y que amaba a Lady Abiegna Confer zu Male más que nunca. ¡Oh, sí! Incluso sus dos hijos mayores eran de ella... jamás podría recuperarse de tan enorme sufrimiento...

    Seguro que en este instante todos los caballeros y damas, admirablemente ataviados, trotaban jubilosamente por los corredores centrales, conectados entre sí, para llegar a la sala central del vehículo de Sir Agavance. Mientras tanto, todos los demás, unidos unos a otros, formando un tren nobiliario, corrían lentamente por la Avenida Orión.

    Mágico levantó la brillante cabeza.

    —Están todos ya, mi señor. Sir Agavance y Lady Rowena presiden la reunión, y se han servido las primeras bebidas. Mi amo, recuérdalo: paso firme y sereno, la mirada altiva y noble; el gorro de caballero en la mano izquierda.
    —Vamos, Mágico.

    Por esta vez, no le había llamado «viejo». Era indudable que, a pesar de sus grandes virtudes, el joven Peter estaba algo nervioso.

    Cuando entró en la sala de armas, después de dar un rodeo para hacerlo por la puerta principal, el discreto bordoneo de conversaciones se detuvo. Pudo ver una cincuentena de rostros amables vueltos hacia él, destacándose las caras admiradas de sus hermanos menores, llenas de asombro ante el hecho de que el bueno de Peter fuera a transformarse en Sir y marcharse para siempre. También vio el rostro ávido y lleno de sensualidad de su primita Acu Pingente la Espidinous, que exhibía sus marfileños senos casi por completo en el gran escote del traje de brocado. Con la cortesía más elemental, dirigió una salaz mirada a los bonitos pechos, siendo recompensado por una sonrisa de la muchacha, y un gesto animador del padre de ella, su tío Sir Belcarrere. Mientras avanzaba pausadamente por la alfombra escarlata, oyó un par de comentarios sobre lo atinada y exacta que había sido su mirada de deseo, y en el fondo de su alma se felicitó por haber sabido darle la dosis de procacidad correcta.

    Sir Agavance, vestido de armadura, desenvainó su gran espada.

    —¿Quién eres? —preguntó, con voz tonante.
    —Mi nombre es Peter, señor, y soy vuestro hijo. De vos y de Lady Guenever de Bramante.
    —¿Dónde está tu madre?
    —Murió, señor. Reposa en el asteroide tumuli.
    —¿Quién te presenta?

    Todos los caballeros presentes desenvainaron simultáneamente sus tizonas, con ruido rechinante. Como de costumbre, Sir Danimor de Irande fue el último en hacerlo. Dado a las crónicas, la literatura, la historia y las letras, olvidaba con frecuencia tener a punto los mecanismos. Al mismo tiempo, un coro de voces varoniles gritó:

    —¡Yo! ¡Yo lo presento! ¡Yo lo amparo! ¡Yo lo apoyo!

    Las lágrimas estaban a punto de saltar de los ojos de Peter, al ver la singular unanimidad con que todos sus familiares y amigos le secundaban. Pero recuperó su seguridad y avanzó un paso más, tal como la etiqueta prescribía, quedando al lado del cojín de terciopelo.

    —¡Detente! —ordenó Sir Agavance, con fingida fiereza—. Si avanzas, mi espada te lo impedirá.
    —No puedo discutir con vos, señor, ya que no tengo espada.

    Las palabras habían sido pronunciadas con la dosis justa de atrevimiento y humildad. Hubo un rumor de admiración en la asamblea.

    —Te daremos una espada, muchacho. ¿Alguno de estos caballeros quiere dártela?

    Sir Danimor de Irande era el que estaba más cerca; así que fue él quien tomó a «Old Edsel» de su nido de terciopelo y la tendió a Peter.

    —¿Te basta con eso, muchacho?
    —No es bastante, señor. También necesito un nombre.
    —¿Y lo has elegido? Si no es así, retírate; y si lo es, y puedes defenderlo con tu trazo, dínoslo.
    —He elegido el nombre de Pertinax, Sir.

    Hubo un instante de silencio. Era un nombre poco conocido y a muchos les sorprendió. Sir Agavance ya lo sabía, de manera que continuó con la ceremonia.

    —Está bien; será un hermoso nombre siempre que sepas defenderlo con honor. Toma tu espada —Sir Danimor de Irande la entregó a Peter, quien la ciñó a su cinto— y yo, ahora, te nombro —Sir Agavance tocó ligeramente con la hoja de su espada el hombro derecho, luego el izquierdo, y nuevamente el derecho del joven arrodillado ante él—, te nombro Sir Pertinax le Percutens. Cúbrete y álzate, caballero, y escuchemos a su majestad.

    En el fondo de la sala, el mecanoservus Fidelis hizo un gesto indicando que la conexión con el Rey Arturo estaba establecida.

    —Señor —dijo Sir Agavance, respetuosamente—. ¿Aceptas el nombramiento? ¿Aceptas la investidura? ¿Aceptas el nombre?

    Durante unos instantes, mientras todos esperaban ansiosamente, se oyó solamente el rechinar del transmisor, y algún parásito. Después resonó en todo el ámbito de la sala la voz majestuosa y firme, la voz maravillosa y paternal de su majestad Arturo Pendragon.

    —Acepto, acepto, acepto —dijo por tres veces—. Tu nombre, Sir Pertinax le Percutens, está ya inscrito en el Registro de Nobleza. Puedes levantarte.

    Con un chasquido, la comunicación se cortó. Las fuertes manos de los caballeros cayeron con sonido sordo sobre los hombros del flamante Sir Pertinax le Percutens, golpeándole amablemente para hacerle ver su satisfacción. Con displicencia algunas, con goloso deseo en los ojos otras, las damas y las doncellas se acercaron a darle el beso de ritual en la boca, aun cuando el de su prima Acu Pingente pecó de cualquier cosa menos de formalidad oficial.

    Apenato, Fidelis y Mágico servían buena cerveza en jarros de peltre, y pasaban bandejas con grandes bocadillos de carne. Al principio, las damas y los caballeros se limitaron a comer a boca llena y a tragar grandes tragos del dorado líquido alcohólico, comentando la ceremonia sin más requilorios; lo bien que había estado, lo sonora que era aún la voz del anciano Sir Agavance, lo musculosas y esbeltas que eran las piernas de Sir Pertinax, y lo estupenda que estaba la cerveza.

    —Si tuvieras algo más que un patito —dijo Acu Pingente, mirando a su primo con ojos de fuego— puedes estar seguro de que mi losange de armas colgaría al lado del tuyo.

    Sir Belcarrere lanzó una gran carcajada al oír las palabras de su hija.

    —¡No le hagas caso, muchacho! —había bebido ya tres picheles de cerveza, y eso se notaba en su voz tartajosa. Pero aun así, como era un noble de buena cuna se dio cuenta prontamente de su error—. Te ruego me disculpes, Sir Pertinax. No quise ofenderte.
    —No hay ofensa en la amistad —contestó, suavemente, el nuevo caballero, apoyando con elegancia la mano derecha en el pomo de ágata de la espada «Old Edsel»— cuando con boca veraz te trata con confianza y te dice la verdad. Haces bien Sir Belcarrere, en hablarme como a un niño, pues aún no soy más que eso, ante esta hermosa beldad.

    Un murmullo de admiración recorrió las filas de la concurrencia. Era evidente que Sir Pertinax no sólo prometía ser valeroso, sino que también estaba lleno de ingenio. Sir Agavance reventaba de satisfacción.

    —No me has dicho, hijo mío, qué mecanoservus quieres llevarte.

    La cuestión no era importante para los invitados, aunque sí lo era, y mucho, para los mecanoservus. Aunque ninguno de los asistentes se fijó en ellos, Apenato, Fidelis y Mágico interrumpieron unos segundos su apresurada tarea de servir espumeante cerveza y sangrantes filetes. La bandeja de plata labrada temblaba visiblemente en las manos broncíneas del viejo preceptor. Pero la mirada de Sir Pertinax le Percutens se fijaba en él con dulzura no exenta de firmeza.

    —Padre... ¿a quién he de elegir sino a Mágico? Él me ha guiado durante mi vida y me ha enseñado los Códigos y Manuales. Permite que lo lleve conmigo al patito, y que continúe a mi lado cuando éste se transforme en castillocar.
    —Es viejo, hijo mío. Comienza a estar oxidado.
    —Aun así, padre. Confío en que pronto habrá otro mecanoservus virgen, a su lado, que le ayude en los quehaceres de la vida.
    —Si tú lo quieres, hijo mío, así será. ¿Has oído, anciano Mágico? Seguirás a Sir Pertinax más tarde y le servirás fielmente, como has hecho conmigo, siervo noble y bueno. Recibirás por tus servicios una placa de oro, que podrás soldar en tu pecho, donde diga: «Intimus consiliis eorum», confidente de sus secretos, y que así sea para con mi amado hijo.

    Si un mecanoservus hubiera podido llorar, las lágrimas habrían anegado los sensores ópticos del viejo Mágico, no sólo por el goce inesperado de poder seguir a su joven amo, sino por el honor dispensado por Sir Agavance, máximo que podía concederse en esta tierra a un mecanoservus. Pocos conocía que tuvieran derecho a llevar en el pecho la placa de oro; el del legendario Sir Sagrivan, el de Sir Lancelote le Fay, y alguno más. Esto, pensó el viejo preceptor mecánico, no era más que una premonición del brillante futuro que sin duda aguardaba a Sir Pertinax.

    Acu Pingente había vuelto al ataque, adosándose a su primo como la hoja de un libro a la siguiente, y rodeándole la cintura con los brazos, mientras los levantados pechos se clavaban audazmente en el torso del joven.

    Sir Belcarrere estaba borracho casi por completo, y sus frases lo indicaban con claridad.

    —No le hagas caso, Sir Pertinax, no le hagas caso. Te aseguro que será como su madre, Lady Demulcella... Al principio muy ardiente y muy bien, pero luego le coges un miedo al tálamo verdaderamente espantoso... Un caballero tiene sus límites, ¡pardiez! Y ha de guardar sus fuerzas para el camino y la justa... no todo han de ser combates entre las sábanas...

    Lady Rowena sonrió grácilmente, sin hacer comentarios, ya que Sir Danimor estaba besándole los hombros, los cuales, sin género de dudas, eran los más blancos y marfileños de todas las damas y doncellas presentes.

    Sir Danimor de Irande levantó la cabeza de tan agradable ocupación para decir:

    —Todo es preferible a la desgraciada suerte de Sir Flemontan, privado de las gracias de Milady Abiegna Confer...

    Sir Flemontan, que tenía en una mano un gran trozo de carne asada, con la grasa chorreando sobre sus vestiduras recamadas, y en la otra un pichel de cerveza, asintió con rostro apesadumbrado.

    —Así es —dijo, con la boca llena, intentando hacer pasar sus palabras a través de los trozos de carne a medio masticar—. Así es, damas y caballeros, doncellas y niños —puso su mano, con tristeza sobre la cabecita de Briant, el hermanito de Sir Pertinax, que, con sus nueve años de edad, prometía verdaderamente, ya que estaba bebiendo cerveza como una persona mayor, y cuando le era posible, levantaba las faldas de las doncellas—. Así es, os repito. Os aseguro que Lady Abiegna Confer era la dama más maravillosa que podáis imaginar... Creo que muchos de los presentes habéis tenido el honor de compartir el tálamo con ella, y por eso no es preciso que os diga que tenía las caderas más redondas y suaves que imaginarse pueda... Como todas las damas y doncellas presentes —añadió, apresuradamente, al ver algún mal gesto en los ojos de ciertos caballeros muy enamorados—. Como todas, así es. Pechos de gacela, pezones de rubí y una suavidad digna de su clase en todo ello... Envidio al noble caballero que ahora la disfruta y le deseo mil felicidades.

    En realidad, todos sabían muy bien que Sir Flemontan estaba harto de Lady Abiegna Confer, y que todo esto lo decía por quedar bien. También se decía que cuando la dama había trasladado su escudo de armas al castillocar de su nuevo caballero, Sir Flemontan y un par de caballeros íntimos habían celebrado el suceso bebiendo hasta la inconsciencia y dedicándose a utilizar los garfios de pillaje en los vehículos que les adelantaban. Pero todo esto no pasaban de ser meras habladurías; la postura de Sir Flemontan, aparentando sentir un terrible dolor, y comentando con voz llorosa la forma en que la dama hacía el amor, era la única correcta en este caso.

    —Si recordáis bien, buen señor, todo eso de las estrecheces y las ondulaciones —dijo la joven doncella Parcimon en Penna le Evellinor— podrías explicármelo a mí. Estoy dispuesta a llevar mi losange a vuestro móvil.

    Era una modernista. Los jóvenes usaban ahora la palabra móvil, en vez de decir castillocar o vehículo, que era lo clásico, y por tanto, lo aceptable. Pero Sir Flemontan, que al parecer había tenido bastante con su última experiencia, supo salir del paso con donosura.

    —Cuando queráis, hermosa doncella —respondió, lanzando una libidinosa mirada, claramente fingida, a los encantadores muslos de Parcimon en Penna, descubiertos hasta la cintura por un corte en la falda de raso borra de vino bordado en oro—. Observo un torneado muslo, y aunque no veo el otro, no dudo de que entre los dos tenéis un tesoro de virtud. Si estáis dispuesta a ayudarme, seré vuestro esclavo. Sólo tengo un mecanoservus, y está muy estropeado ya. Apenas funciona. Hablaremos más tarde, bella joven.

    Parcimon en Penna sabía perfectamente cuando era rechazada, de manera que no insistió.

    —¿Me llevas o no me llevas? —dijo Acu Pingente, despegando su boca roja de los labios de Sir Pertinax—. Aunque sea al patito... nos arreglaremos como sea. Tengo ganas de cambiar el losange por un óvalo... lanza mía, mi amor.
    —Que no, muchacho, digo Sir Pertinax —respondió Sir Belcarrere, antes de derrumbarse, completamente beodo, sobre un canapé de seda guateada.

    La fiesta estaba llegando a su final. Casi todos los caballeros estaban bebidos por completo, y las damas, muy enfadadas porque nadie les hubiera hecho unas proposiciones suficientemente deshonestas, y que hubieran sido oídas por todos. Alguna anciana, al fondo de la sala, clamaba con voz cascada contra estos tiempos de degeneración en que los caballeros preferían el alcohol a las mujeres y a un refugio oculto y caliente.

    —No te puedo llevar, Acu Pingente —dijo Sir Pertinax—. No cabemos los dos en el patito... sólo tiene lo justo. Pero te prometo por lo más sagrado, por mi honor, por el de mi padre, por mi espada «Old Edsel», por el mismo Rey Arturo, que en cuanto haya conseguido añadir piezas suficientes para formar un pequeño castillocar, te buscaré en todas las carreteras, y te haré mía.

    Como tales promesas no valían ni el aire que costaba pronunciadas, Acu Pingente tuvo que aceptar como buena la contestación de su primo, y comenzar a pensar en otro caballero a quien sus gracias corporales resultasen más atractivas. ¡Lástima que las mujeres no pudieran poseer castillocar, y utilizar la lanza flamígera! Porque de ser así, las cosas iban a cambiar mucho.

    Sir Agavance lanzaba la comunicación ritual a todos los patitos y castillocar en circulación:

    —Equites: annuntio vobis gaudeam magnum; habemus novus eques, qui sibi nomen imposuit Sir Pertinax le Percutens...

    Los mecanoservus de las familias visitantes acudían a recoger los borrachos y los residuos del banquete. A Lady Rowena, que también había acabado bebiendo demasiada cerveza y que estaba intentando arrancarle las ropas a Sir Danimor de Irande, tuvieron que sacarla entre dos de los mecanoservus, gritando y entonando a voz en grito delicadas canciones obscenas. Sir Flemontan, muy sereno, ya que sólo se tambaleaba un poco, estrechó la mano del nuevo caballero, y le hizo don de una letrilla báquica que había escrito aquella misma mañana.

    —Continúa solo, Sir Pertinax —susurró en voz muy baja—. No te metas con éstas... no hay quien las aguante. ¿Sabes? Lo mejor del mundo, bebida y amigotes... nada más.

    Acu Pingente le regaló un frasco de esencias que ella misma había destilado, y se marchó, con un gesto muy poco amigable. Sir Danimor de Irande, con las ropas desgarradas, le entregó un poema sobre pergamino, ilustrado con capitulares de oro y cuidadosamente miniado.

    —Empleé tres mañanas en hacerlo, en plena Avenida de Betelgeuse, cuando el viento soplaba y arreciaba la lluvia.

    De Parcimon en Penna vino una copa de estaño, con strigilas labradas, torneada con cuidado, y de Sir Belcarrere, una pequeña daga, forjada con un taqué de acero al cromo, con puño de esmaltes y una perla en cada gavilán. Todos estos regalos, puramente simbólicos, debían haber sido hechos o fabricados por el donante, porque si no, carecían de mérito alguno, ya que el recogerlos en un asteroide partis hubiera constituido un gravísimo insulto.

    La cerveza comenzaba a surtir sus efectos en el nuevo caballero, a quien costaba verdadero trabajo mantenerse en pie. Durante unos momentos pensó en dejarse caer al suelo, y fingir una embriaguez total, de la misma manera que su hermanito Brian, que yacía bajo una mesa taraceada, con un trozo de enagua en las manos. Pero sentía una gran ilusión por terminar la ceremonia por completo, de manera que hizo un esfuerzo de voluntad y continuó en pie. Mágico, a su lado, apoyó ocultamente una de las manos de bronce en la joven cintura, de manera que su amo pudiera aparentar una apostura y resistencia al alcohol, que como joven que era, no tenía aún.

    Fidelis se llevó al dormido Brian, que rugía suavemente, exhalando a través de los aniñados labios, un lento borbotear de cerveza mal digerida.

    —Marcha, Mágico —dijo Sir Agavance—, y recoge las cosas de tu nuevo señor.

    El anciano mecanoservus no se movió.

    —Haz lo que mi honorable padre te dice, Mágico —dijo Sir Pertinax.

    Mágico inclinó la brillante cabeza y salió con suavidad de la habitación. Apenato marchó a sustituir a Mansuetudo en los mandos del castillocar, y a poco apareció este último, que se dedicó, silenciosamente, a recoger picheles de cerveza y restos diversos.

    —Toma asiento, hijo —dijo Sir Agavance, con voz conmovida—. Antes de que marches, quiero darte unos consejos, si es que quieres oírlos.
    —Mal hijo sería, señor, si no escuchase vuestras palabras con el respeto y devoción que os es debido, y no comprometiera vida y honor en ponerlas en práctica.
    —Eres un buen hijo, Sir Pertinax —dijo el anciano—. Tomaré otro jarro de cerveza, Mansuetudo... ¿No me acompañas, hijo? Bien, si no lo deseas, sea como tú quieres... Escucha, joven caballero. Ahora te ves como una persona distinta, con tu gorro de enjoyelado airón ondeando el viento, y tu espada «Old Edsel», aún virgen de sangre, pendiente al costado. Tu patito te espera en el exterior, y tú piensas seguramente en hacer grandes hazañas que sean la admiración del orbe todo.

    Sir Agavance bebió un buen trago de cerveza. Se sintió un lento roce, y el castillocar pareció correr algo más de prisa. Evidentemente el último de los vehículos de los huéspedes se había desenganchado, y todos ellos corrían a su antojo por las carreteras. Del exterior, a través de los muros, llegó un concierto de trompas, sonando claramente cuando las familias visitantes les adelantaban.

    —Mansuetudo, ordena al conductor que aumente a sesenta y cinco. Ya no es preciso que vayamos tan despacio. Como digo, Sir Pertinax, piensas seguramente cubrirte de gloria con hazañas nunca oídas. Todos lo hemos pensado así, y tú también... No voy a decirte que no; los años y el camino te enseñarán más que yo... Pero me voy a referir solamente a lo que yo haría con tu patito... Como sabes, es solamente la armadura, con seis ruedas, un habitáculo para ti, la cabina de mandos, y los dos motores gemelos, a fin de que cualquiera de ellos pueda mantenerte en movimiento... Dicen que Sir Sagrivan le Miraculous fue armado caballero y salió a la carretera con un solo motor... Protégenos, Arturo Pendragon.

    Ambos, padre e hijo, hicieron devotamente el signo de guerra, pensando en la espantosa suerte que esperaba al que sólo llevase un motor, y por sufrir una avería, las ruedas del patito fueran perdiendo velocidad, y se viera obligado a dete... Ni la mente del padre ni la del hijo fueron capaces de completar la indecente palabra, sinónimo del máximo deshonor y de la muerte casi inmediata, si el caballero que sufriera tal deshonra sabía lo que tenía que hacer.

    —Por ello, hijo mío, debes dejar las aficiones y los complementos para más tarde. En tu caso, procuraría conseguir primeramente otros dos motores más, para extremar la seguridad de tu patito... Tiempo habrá luego, cuando justes con adalides esforzados y nobles, de dotarle de sala de armas, habitaciones, terraza, biblioteca, sala de trabajos manuales, si es ése tu gusto, o bien laboratorio, estudio de pintura, atelier de escultura, o bien horno de cerámica... Los motores primero, hijo mío. ¿Sabes? Este castillocar tiene exactamente doce, de los cuales, en este instante uno está fuera de uso. Es igual. Cualquiera de los otros once sería capaz de mover él solo el vehículo, aun a bajo régimen, no deshonroso, sin embargo. Esta noche, mientras tus hermanos y Lady Rowena duermen, Fidelis y Apenato lo repararán, y quedará así nuestro hogar en condiciones de máxima seguridad.

    El buen caballero se detuvo un instante para apurar el último trago de cerveza. Se limpió los labios, cortésmente, con el dorso de la mano, y luego, con una finura que su propio hijo dudaba de tener algún día, enjugó la mano en el mantel de holanda de la mesa cercana.

    —Tu hermano Glenarvan, porque ése fue su gusto, eligió la carrera de eclesiástico, en vez de ser armado caballero. Corre por esas carreteras con su minúsculo castillocar negro, con el escudo ochavado, mordido en la siniestra, y nuestras armas cargadas de una banda de sable. Respétale, si le encuentras. Hay follones que atacan a los prelados; no lo hagas tú, mi buen hijo; mantén siempre limpia la divisa de los Percutens. Por cierto que olvidé llamar al escriba para que levantase acta de tu nombramiento. Lo haré mañana, y te enviaré copia en la más bella vitela que pueda encontrar. Tráeme otra jarra, Mansuetudo, y acompáñala de una buena loncha de buey, asada y sangrante como herida de amor... Amor... En cuanto a las doncellas y damas, hijo mío... ¿qué podría decirte yo? Has hecho bien en no acceder a las proposiciones de tu primita Acu Pingente; sólo un insensato colgaría un losange en su patito... Tiempo tendrás cuando poseas un verdadero castillocar, porque estoy seguro, hijo mío muy amado, que grandes cosas te esperan, y que tu castillocar será el más hermoso del universo... No desprecies, sin embargo, un sarao o recepción en el vehículo de cualquier caballero que lleve escudos ovalados o losanges colgados al arzón... Si es así, acepta la invitación, no te excedas en tomar cosas, y si lo haces, que sean de plata... En cuanto a damas y doncellas, tu propia naturaleza dirá lo que es preciso. Si alguna dama te solicita, no te niegues, porque demuestra no ser de buena cuna el que niega sus favores a la dama del castillocar en que está invitado, y puedes dar por seguro que el caballero se ofendería si no aceptabas y defendías en buena y amorosa lid tus facultades. No intentes violentar los asteroides, y cuando tu mente, llena de gloria, soñando sueños heroicos, quiera emprender la búsqueda del Grial, el Rey Arturo y la espada Excalibur, no resistas esa petición de la naturaleza, y corre por carreteras salvajes e inexploradas hacia el destino infinito, como otros lo han hecho antes que tú.

    Mansuetudo había colocado ante su señor un enorme filete de buey, asado por fuera, reventando de sangre por dentro, así como el jarro de peltre con tapa cónica coronada por una quimera, señal de la alta nobleza de los Percutens, en el cual Sir Agavance, por no menospreciar a sus invitados, bebía solamente en familia.

    —Temo que luego no voy a tener ganas de comer —dijo el anciano, hincándole el diente al grueso trozo de buey—. Nada más, hijo. No te despido. Ve; ve y triunfa.

    Sir Pertinax, sintiendo que la habitación le daba vueltas, y que algo como un sabor ácido le subía a la garganta, hizo una torpe reverencia ante su anciano padre. Después, muy conmovido, salió de la sala de armas y tomó el pasillo central en dirección a la popa del castillocar. Allí, en la plataforma trasera de observación, le esperaba humildemente Mágico, presto a desenganchar el patito.

    Miró su reloj. Eran casi las siete de la noche. A lo lejos, el sol se ponía, ocultando su disco rojo y deslumbrante entre un cúmulo de nubes transversales de azur y púrpura, con filos de sinople en las partes bajas. Presagiaban lluvia. El patito, grotesco y feo con sus grandes vigas de duraluminio que soportaban las seis ruedas, habitación y cabina en la proa, motores gemelos en el centro, corría apresuradamente detrás del castillocar de los Percutens, unido solamente por un cardan de acero. Una ligera pasarela de titanio esperaba que Sir Pertinax pasase a su nueva morada y abandonase para siempre el hogar paterno.

    A Sir Pertinax le pareció que una música celestial descendía de los espacios eternos. Se arrodilló, y juntó sus manos.

    —¡Oh, Rey Arturo! —dijo, emocionado—. ¡Ayúdame...! Seré un buen caballero, lo prometo... y algún día, cuando los hados lo quieran, saldré en tu busca, y yo, yo, Sir Pertinax le Percutens, te encontraré...
    —Amén —dijo, piadosamente, el anciano Mágico.

    Después de eso, el nuevo caballero, asiéndose desmañadamente a las guías de titanio, pasó al patito. Mágico, con leve rechinar en sus junturas, le siguió y le ayudó mientras caminaba hacia el habitáculo. Allí encontró Sir Pertinax su cama y sus cobijas de seda, sus triunfos de neófito, y sus libros. Fuera, sobre las vigas de duraluminio, colgaban ya su escudo y un gran número uno, en sable sobre fondo de argén, indicando que éste era su primer año de caballería. Con extrema solicitud, Mágico le desvistió y le colocó en el lecho, cubriéndole amorosamente con la colcha de damasco. Después, con la máxima reverencia, situó a «Old Edsel» en el sillón frailuno de vaqueta, al lado de la fuerte diestra de su amo. Disminuyó las luces, hasta que fueron solamente un leve resplandor, y salió de la habitación. Comenzaba a gotear y el cielo estaba haciéndose negro. Potentes faros lucían a los largo de la carretera; incluso el mismo castillocar de los Percutens había encendido los suyos, las luces de posición, de un bello ámbar, y el piloto que iluminaba el escudo de sir Agavance.

    Sintiéndose tan feliz que parecía imposible serlo más, el viejo mecanoservus entró en la cabina de conducción. Dio luz a los dos faros delanteros, al piloto que iluminaba orgullosamente el número uno y el escudo de Sir Pertinax, y a toda la constelación de luces amarillas y ámbar que indicaban claramente que aquello era un patito. Después, con suaves movimientos, ajustó la velocidad a la del vehículo que les arrastraba. Cuando sintió que el cardan perdía tensión pulsó los mandos adecuados, y la pasarela de titanio se retiró, los contactos troncocónicos de conexión del cardan se soltaron, y al mismo tiempo, el embrague del patito entró en funciones. Mágico disminuyó algo la velocidad, bajando a cincuenta a la hora... A lo lejos, las luces traseras del castillocar de Sir Agavance comenzaron a separarse y se perdieron en la lejanía. Con ancestral respeto dio Mágico la luz de cruce, y mantuvo la misma velocidad.

    El patito, con su nuevo amo y su único mecanoservus, corría tranquila y triunfalmente por la Avenida de Orión...


    II LA AVENTURA DE SIR PERTINAX CON SIR CLANGBORNE LE EVELLINOR, Y SU VISITA AL CASTILLOCAR DE ALTE FODALE


    Despertose Sir Pertinax con un acusado mal sabor de boca, que hacía que la lengua le pareciera un trozo de madera, las sienes un puro dolor, y la existencia un vacío sin fondo. No se molestó siquiera en mirar la hora, puesto que carecía totalmente de importancia el momento del despertar; la hora exacta sólo tenía trascendencia en muy escasas ocasiones, como había sido la reunión del día anterior.

    El patito, mal equilibrado aún, botaba desigualmente en las pequeñas ondulaciones de la carretera.

    Sintió sed Sir Pertinax; una sed agotadora, agobiante, que secaba sus fauces resecas, y parecía que no podría ser calmada nunca con líquido alguno. Se dijo, in mente, que procuraría en lo futuro no abusar de la cerveza, pues si bien agradable al paladar y animadora en su momento, después traía estas molestas consecuencias. Y no sólo eso, sino que se notaba poco ágil, y con las reacciones acorchadas. Rogó en su interior para que no surgiera ninguna justa aquel día, ya que temía no estar a la altura de la fama que pensaba merecer.

    En la mesilla de noche reposaba una jarrita de cristal de roca, limpiamente tallada con misteriosos caracteres cúficos, regalo personal del propio Sir Agavance, que llevaba el último año supervisando tan hábil trabajo, obra del mecanoservus Fidelis. Estaba llena de agua, y Sir Pertinax la bebió lentamente, dominando los vulgares instintos que le empujaban a tragarla de una sola vez. Aun cuando el agua estaba tibia, calmó en cierto modo la sed devoradora que le aquejaba, y más animado, se aprestó a levantarse y a vestir sus ropas de caballero.

    Levantó las cortinas de raso que cubrían la única ventana de su habitación y observó la cinta gris de la carretera, pasando pausadamente bajo las ruedas del patito. Un castillocar lleno de flámulas y pendones, en cuya terraza los castellanos desayunaban pacíficamente, se cruzó a contradirección con su vehículo, y las dos trompas resonaron levemente, en un mutuo saludo de consideración y respeto.

    Después de asearse, Sir Pertinax se ciñó al cinto la espada «Old Edsel» y salió al exterior. Entre el habitáculo y la cabina de mandos, donde el viejo Mágico había permanecido toda la noche, conduciendo el patito, había, solamente una estrecha plataforma de titanio, de un par de metros cuadrados, con una barandilla provisional. Más allá, hacia la popa, se extendían las dos largas vigas básicas del vehículo, con los grandes motores en el centro, y la robusta caja de cambios situada entre ambos. No era mucho por ahora, pero crecería con el tiempo.

    Mágico inclinó la cabeza, respetuosamente, cuando su joven amo se sentó a su lado. Esto era una cosa que solamente sucedía en los primeros tiempos de un caballero; más tarde, cuando habían concluido de edificar y poseían varios mecanoservus, los castellanos no volvían a aparecer en la cabina de mandos.

    —Prepárame el desayuno, Mágico —dijo Sir Pertinax—. Café, viejo. Sobre todo, mucho café. Nada de comer. Conduciré yo un rato, mientras lo haces.
    —Si mi señor lo desea, puedo conectar el piloto automático. Pero habremos de reducir a veinte a la hora... no es seguro a mayor velocidad.
    —No voy a permitir que ningún deslenguado se ría de mí por ir despacio, Mágico. Obedece, que yo conduciré. Pero date prisa, quiero ese café cuanto antes.

    El viejo mecanoservus dudó un instante.

    —¿Un par de pastillas para el dolor de cabeza, mi amo?

    Sir Pertinax sonrió. Su ancianidad permitía a Mágico tomarse ciertas libertades, como ésta. Asintió sonriendo aún, mientras observaba que el mecanoservus se había colocado ya en el bronceado pecho la placa dorada otorgada por Sir Agavance.

    La carretera se abría amplia ante su vista, cuando quedó solo, con el gran volante negro entre las manos. Mantuvo fácilmente los setenta, sin querer aumentar más, pero su experiencia no era grande, aun cuando su voluntad fuera mucha. En este instante la ancha cinta gris, capaz para seis castillocar de buen calibre, se mostraba totalmente limpia, sin un solo vehículo a la vista. El día era nublado, y alguna gota de lluvia chocaba y resbalaba después por el parabrisas. Sir Pertinax colocó bien a «Old Edsel», que le molestaba un poco, y continuó conduciendo.

    A su derecha la calzada se ensanchó bruscamente en uno de los grandes espacios cercados, destinados a las justas que pudieran producirse ocasionalmente. Estaba libre, aun cuando probablemente había habido poco antes un combate, ya que el suelo estaba cubierto de trozos de chapa y menudos fragmentos, como un puñado de joyas arrojado desde el aire, de cristal inastillable.

    Pasaban a su lado los postes kilométricos, indicándole que se encontraba en la Avenida Orión y que estaba en el punto 3.115. Sabiendo, como era su deber, el Libro de Rutas, conocía de memoria los desvíos principales e incluso las carreteras salvajes. Poco más adelante había una de éstas. La alcanzó en cuestión de segundos, y sólo tuvo tiempo de lanzar una ojeada a la estrecha pista, capaz todo lo más para un par de vehículos no muy grandes, que se hundía en la espesura del bosque. No prestó atención alguna, en cambio, a los enormes árboles y a la muralla de roca ocre que se alzaba más lejos, recortándose sobre el cielo cubierto de nubes.

    Mucho tardaba Mágico en traer el café. Era posible que la diminuta cocina no funcionase bien. Se trataba del último implemento conseguido en un asteroide partis, y debido a su ansia por ser armado, se había conformado con un modelo de calidad inferior, que requería menos puntos honoríficos.

    Había una rasante en lontananza, y Sir Pertinax se ciñó a su derecha, disminuyendo algo la velocidad. El patito coronó sin esfuerzo la ligera cuesta, y tomó una marcha más rápida al iniciar el descenso. El caballero pudo ver claramente, gracias a la ligera elevación, cómo la cinta gris de la carretera se extendía a lo lejos, sobre una gran llanura, sostenida a unos metros de altura sobre la despreciable tierra por medio de gruesos pilotes de hormigón. A un kilómetro, aproximadamente, corría otro vehículo en su misma dirección, y muy lejos, casi indistinguible, había una gran pista de duelo.

    —El café, señor. ¿Tomo los mandos?
    —No; espera. Después de que adelantemos a ese otro caballero.

    Su mano izquierda fue suficiente para sujetar el pesado volante mientras con la otra tomaba las dos pastillas de analgésico, y alzaba la jarra de gres llena de humeante café. Sintió el alivio casi de inmediato, cuando el ardiente y negro líquido cayó en su estómago. Sacudió despectivamente unas cuantas gotas que habían caído en la sobreveste de lino bordado. Estaba ya muy cerca del otro vehículo, y pudo ver que era otro patito. Tenía ocho ruedas, en vez de seis, y tres motores. Aparte del habitáculo y la cabina, el caballero propietario del mismo había conseguido ya una nueva célula habitable que había colocado en la popa, con lo cual el vehículo ganaba mucho en estabilidad, sobre todo en las curvas. En los costados campeaba un gran número uno de sable, sobre fondo de argén, lo mismo que en el de Sir Pertinax. Pero el escudo que acompañaba esa cifra era tremendamente presuntuoso. Era cuartelado en sotouer, y traía jefe de sable, diestra de argén, punta de sable y siniestra de argén, cargado con tres hachones fajeados, con timbre de yelmo y lambrequines. En un listel de carnación, la leyenda «Semper securus».

    Se mantuvo a una respetuosa distancia, según lo prescrito, mientras devolvía el jarro de porcelana a Mágico.

    —Mira el Registro, viejo. Parecen las armas de la casa Evellinor, pero debe ser una rama lejana.

    Al mecanoservus no le hacía falta abrir ningún libro para responder a la pregunta de su joven amo. Le bastaba con ponerse en contacto, por onda corta, con el mecanoservus del otro patito.

    —Se trata de Sir Clangborne le Evellinor, de veintiún años de edad, y pertenece a una lejana rama de parientes de la doncella Parcimon en Penna. Pero no hay relación familiar alguna, mi señor. Sir Clangborne se halla al final de su primer año. Vos estáis sólo al principio.

    Esta última observación, totalmente innecesaria, traicionaba de sobras la preocupación de Mágico ante la posibilidad de que su señor, un tanto malparado por la celebración del día antes, y aún carente de experiencia, quisiera justar con el otro caballero.

    —Quédate tranquilo, viejo —dijo Sir Pertinax—. Hoy quiero tener un día de reposo... no buscaré pelea, si no me provocan. No obstante, tendré que adelantarlo. Va muy despacio...
    —¿Tomo los mandos?
    —¡No! ¡Silencio, malandrín!

    Esto ya era demasiado. Se hacía preciso, a veces, imponer la disciplina a los mecanoservus, cuando su edad o su relación con el amo les hacía demasiado atrevidos.

    Dio el intermitente izquierdo y tocó suavemente, durante un corto espacio de tiempo, la trompa heráldica. Después, confiadamente, comenzó el adelantamiento. Nadie había a la vista en el lado izquierdo de la carretera, y la visibilidad era perfecta a lo largo de más de quinientos metros. Aceleró ligeramente, pasando a noventa a la hora, para acortar el período de adelantamiento, y en un par de segundos había sobrepasado al otro patito, que apenas pasaba de los treinta y cinco. Después, una vez separado por la distancia de seguridad, derivó suavemente hacia su derecha. Se levantó del asiento, con un suspiro.

    —Toma los mandos, Mágico. Y no te enfades. Hay veces en que incluso un caballero debe levantar algo la voz.

    Mágico no contestó; se limitó a tomar el volante y a mirar son sus sensores ópticos hacia delante. Estaba dolido por el tono que su joven amo había utilizado con él, aun cuando en el fondo de su sistema de control central reconocía que se había excedido en sus atribuciones.

    —Continúa, viejo. Me dedicaré el resto del día a componer una oda en honor de mi dama, Entenza la Cordiale. A media tarde, entraremos en el asteroide cibi que se encuentra más próximo. Necesitamos alimentos.

    Mágico calló. Sabía perfectamente que Entenza la Cordiale no existía. Como de costumbre, y tal como la inmensa mayoría de los caballeros jóvenes hacían, Sir Pertinax se había inventado una dama de sus pensamientos mientras no tuviera una real. Si no, caso de tener que forzar a otro caballero a rendir pleitesía, no hubiera tenido donde enviarlo.

    Apenas el joven caballero se había sentado en el habitáculo, tomado vitela, pluma y tintero, y comenzado a pensar el pie que utilizaría para la composición, llegó desde la cabina de mandos una asustada llamada del mecanoservus.

    —Sir... os llaman desde el patito que acabáis de adelantar. Está a nuestras espaldas, a no más de veinte metros.
    —Mal caballero es ése —dijo Sir Pertinax—. A la velocidad que vamos, no debía haberse acercado a más de cincuenta. ¿Qué es lo que quiere?
    —Primero, Sir, su mecanoservus, un insolente casi virgen llamado Arminio, me ha solicitado vuestros datos. Tal como el código de honor establece, se los he dado. Después, ha dicho que Sir Clangborne solicitaba la merced de vuestra conversación.

    Tal vez era una invitación a una buena jarra, o quizá el deseo de intercambiar algunos epigramas o podría ser que simplemente buscase un rato de charla.

    —Ponme con él de inmediato.

    El chasquido de conexión resonó en el habitáculo.

    —¿Tengo el honor de hablar con Sir Pertinax le Percutens?
    —Así es, Sir. Y yo sin duda, estoy honrado con las palabras de Sir Clangborne le Evellinor.
    —No lo dudéis, Sir. He de deciros una cosa, si vuestra paciencia lo permite.
    —Me sentiré satisfecho de escucharlas.
    —Sir Pertinax, debo deciros que me habéis adelantado con suma incorrección. Sin duda vuestro mecanoservus no se halla en condiciones; revisadlo, si os place.

    No dejaba de ser hábil en extremo Sir Clangborne, pensó el joven. O le obligaba a mentir, admitiendo que Mágico conducía, en cuyo caso su mentira sería conocida y comentada en todos los castillocar, ya que no era dudoso que el conductor del otro patito le hubiera visto a los mandos, o bien le obligaba a contestar que era él quien gobernaba el vehículo, lo cual llevaría, muy probablemente, a la primera justa de su vida. Pero en el alma de Sir Pertinax no cabía el temor; y por ello, no hubo duda alguna en su contestación, mientras comenzaba a levantarse para tomar, por primera vez, la armadura de combate.

    —Debo deciros, Sir Clangborne, que al concuctor no le es precisa ninguna revisión, puesto que quien guiaba mi pobre vehículo era yo mismo, y no mi mecanoservus.

    Hubo un momento de silencio. O Sir Clangborne se disculpaba o... Pero era muy poco probable que un caballero que había adoptado un escudo tan recargado y fanfarrón retrocediese ahora.

    —En ese caso, debo deciros, Sir Pertinax, que conducís muy mal.
    —Me veo precisado a contestaros, noble señor, que mi adelantamiento fue perfectamente correcto.
    —Vos no conocéis lo que es la corrección, y mentís como un niño.
    —Y vos, Sir Clangborne, no seréis capaz de defender vuestras palabras como un caballero esforzado debe hacerla.

    Otro momento de silencio. Sir Pertinax se había colocado ya las grebas, rodilleras y quijotes, y estaba endosándose la escarcela tipo tonel, que aunque entorpecía algo los movimientos, protegía mucho más que las ordinarias. No había olvidado extender sobre su piel una buena capa de ungüento destinado a disminuir el efecto de las quemaduras y la infección de las heridas.

    —Dudáis vanamente de mí, Sir Pertinax —retumbó al fin la voz de su adversario—. A no más de dos mil metros de distancia hay una pista de duelo, de la que, si es vuestro gusto, podremos servirnos.
    —Allí me encontraréis, Sir Clangborne —contestó el joven mientras se colocaba el almete—. Y no es preciso que hablemos más, nuestras armas lo harán.

    Afortunadamente había cuidado mucho la elección de la armadura, sabiamente aconsejado por Sir Agavance. Otros caballeros elegían una más ligera, que les permitiese esquivar con mayor facilidad los embates de la lanza enemiga. Pero Sir Agavance le había convencido de que era preferible un buen blindaje, aun cuando se perdiese algo de agilidad. Por eso la armadura de Sir Pertinax llevaba también una pieza casi caída en desuso: una espesa tarja de acero templado ahembrada al guardabrazos izquierdo. De forma de escudo, y con una resistencia enorme, era suficiente para soportar un ataque directo, simplemente con levantar el brazo, lo cual suplía sobradamente la pérdida de ligereza que implicaba el resto de las pesadas piezas.

    Con un rugido, el patito de Sir Clangborne le adelantó de cualquier forma, sin respetar las distancias, y sin dar las luces adecuadas. Era evidente que el otro caballero estaba buscando pelea solamente por el deseo de ganar puntos honoríficos.

    El sol había salido de entre dos nubes de un tono violetanegro cuando el patito de Sir Pertinax llegó a la pista de duelo. El vehículo de Sir Clangborne esperaba allí, dando vueltas muy lentamente, a no más de cinco, alrededor del gran espacio circular. El caballero enemigo estaba de pie en su diminuta terraza, cubierto con una armadura ligera, detrás del tablero de mandos de la lanza flamígera. Ésta, enhiesta sobre sus soportes aceitados, temblaba ligeramente, con la enrojecida punta alzada hacia el cielo, en virtud del impulso contenido de los servomotores de servicio.

    Mágico no había dicho una sola palabra hasta entonces. Sabía perfectamente que en cuestión de justas, los mecanoservus debían limitarse a callar y a cumplir las órdenes de sus amos. Pero cuando el patito de Sir Pertinax entró lentamente en la pista de duelo, pisando con las grandes ruedas algún resto de cristal y alguna tuerca suelta, no pudo evitar el hacer uso de la palabra.

    —¿Qué estrategia debo seguir, mi amo?

    El joven se hallaba en su pequeña terraza de titanio, y acababa de establecer el contacto de la lanza.

    —Un momento, mi buen viejo Mágico.

    No; no estaba nervioso el joven señor, pensó el mecanoservus, al escuchar la voz juvenil y firme. Parecía hallarse tan tranquilo como cuando, niño aún, auxiliaba a su noble padre en las artes del hogar.

    Sir Pertinax introdujo en el almete la borna que le permitiría dar órdenes al conductor. Después movió los controles de la lanza; ésta se alzó lentamente hacia el firmamento, mientras la punta iba enrojeciéndose en virtud de la carga de energía acumulada. Los largos brazos de metal que la hacían levantarse, girar y atacar, subieron al unísono, con fácil movimiento.

    —Comunica a Sir Clangborne que estoy dispuesto, Mágico. Después, cuando ataque, limítate a cruzarte con él. Las restantes órdenes te las daré según lo que suceda.

    Sin duda la retransmisión se efectuó con facilidad y de forma inmediata, porque el patito de Sir Clangborne cesó en su movimiento circular, y comenzó a recorrer la pista, con velocidad creciente, hacia él. La lanza del caballero enemigo bajó, tratando de orientarse hacia un punto sensible; le pareció a Sir Pertinax que iba dirigida no hacia los motores, o las ruedas, sino hacia él mismo. Era, por tanto, un duelo a muerte.

    Su lanza bajó también, pero desistió de encararla hacia la cabeza de su enemigo. Sus grandes dotes personales llegaban tan lejos como esto. Incluso en este momento de suma importancia, Sir Pertinax era capaz de ser generoso. Pensó que quizá si su lanza causaba un daño serio en el otro patito, fuera eso suficiente para conseguir que Sir Clangborne solicitase piedad y se rindiera.

    Ahora corrían los dos vehículos desaforadamente uno hacia el otro, con las lanzas enarboladas en la parte interior de la carrera, las puntas arrojando llamas escarlatas. «Old Edsel» chocaba tranquilizadoramente con las grebas cubiertas de esmalte ignífugo. Más cerca, cada vez más cerca. Cada uno de los dos caballeros, aferrado nerviosamente al cuadro de mandos, hacía leves correcciones en la orientación de las lanzas, y los obedientes brazos de metal, suavemente, subían o bajaban unos centímetros, a derecha, a izquierda, al centro. Rugían los motores brutalmente, dando de sí todo lo posible, y las exhaustaciones de popa arrojaban nubes de humo negro.

    En un segundo transcurrió todo. La lanza de Sir Clangborne venía recta hacia él, como una condena a muerte. En el último instante, Sir Pertinax se echó hacia atrás, y la punta al rojo blanco con su turbante de llamas, rozó ligeramente la blindada tarja, fundiéndola en parte y arrojando goterones de metal derretido sobre las vigas de duraluminio... Al mismo tiempo, la lanza de Sir Pertinax rehuyó el cuerpo del otro caballero, bajó un poco, en virtud de un último toque al mando de altura, y se clavó francamente en el habitáculo trasero del vehículo de sir Clangborne. Con una gigantesca llamarada, las frágiles paredes se hicieron pedazos, la cuadrada construcción se desintegró en mil negros fragmentos voladores, y los restos de una mesa de alfarero, juntamente con platos y cacharros esmaltados, volaron por los aires. La afición de Sir Clangborne, su hobby, acababa de ser destruido.

    —¡Gira y vuelve, Mágico! ¡Gira y vuelve!

    Chillaron las seis ruedas al tomar una curva cerrada para enfrentarse de nuevo al patito de Sir Clangborne. Lo mismo hacía este último, pero su giro, en virtud de su par de ruedas supletorio, sus tres motores, y el contrapeso que aún representaba la destruida caseta, había sido mucho más rápido. Cuando Mágico concluyó la vuelta, el vehículo enemigo corría ya velozmente hacia ellos, con la lanza apuntando amenazadoramente hacia Sir Pertinax.

    Escuchó éste gritos de ánimo. Un tercer vehículo, un gran castillocar con torres y almenas, entraba en este momento en la pista de duelo, atraído sin duda por el singular combate. Aparte del escudo del caballero, dos losanges y otro ovalado colgaban al arzón, mostrando claramente quién ocupaba su interior. En la terraza, las tres damas, ataviadas con trajes multicolores, dos de ellas con hennines de alto cucurucho de los que pendían velos azules, y la tercera, la dama sin duda, con un escofión de raso verde, sobremontando su lindo rostro las dos protuberancias gemelas, agitaban pañuelos y lanzaban exclamaciones jubilosas, muy alegres al tener ocasión de contemplar una justa como aquélla. El caballero, con severo ropaje de seda bordeado de piel, bebía en copa de oro, contemplándoles con atención.

    No tuvo tiempo Sir Pertinax de determinar a quién correspondían los blasones pendientes del castillocar. La lanza de Sir Clangborne estaba peligrosamente cerca, y los rugientes motores ensordecían el aire. Alzó esta vez su lanza sir Pertinax, decidido ya a no conceder cuartel alguno. Hubo un choque monstruoso: las ruedas delanteras de ambos patitos se habían rozado, motivando una intensa oscilación de las lanzas. Sin embargo, la punta de la de Sir Pertinax rozó el costado de su enemigo, que se inclinó sobre el suelo. La de Sir Clangborne pasó como una hoz sobre el habitáculo del vehículo del joven, destrozando en un haz de chispas blancas parte del techo.

    —¡Gira y vuelve, viejo amigo! —gritó el joven, sintiendo la sangre correr tumultuosamente por sus venas—. ¡Esta vez conseguiremos que rinda sus armas!

    Las damas y el caballero del recién llegado castillocar seguían ansiosamente el enfrentamiento. Un mecanoservus de negro tono charolado les servía bebidas, mientras las señoras se inclinaban peligrosamente sobre el almenado pasamanos, mostrando blancas turgencias en sus amplios escotes.

    Sin Clangborne se llevaba el guantelete al costado, donde su negro trazo mostraba la huella de la lanza de fuego. Pero su patito corría de nuevo hacia el joven con la popa lanzando llamas, incendiado el habitáculo trasero.

    Endureció Sir Pertinax sus rasgos, y asió firmemente los mandos de la lanza, mientras Mágico, aferrado nerviosamente al volante, aumentaba al máximo la velocidad. Con rechinar de acero torturado, ambos vehículos volvieron a cruzarse, y mientras la lanza enemiga guardañaba inofensivamente el aire oloroso, la punta ardiente de la de Sir Pertinax atravesó el parabrisas de su enemigo y se clavó en el cuerpo metálico del mecanoservus conductor... Con un espantoso crujido la lanza se partió, quedando un trozo hundido en la proa del vehículo enemigo. Trozos de cristal, en mil minúsculos fragmentos, volaron por todas partes, reluciendo como joyeles bajo el sol. Una pequeña explosión y una llama azul surgieron de la cabina de mandos del patito de Sir Clangborne, demostrando eficazmente que el mecanoservus Arminio estaba destrozado por completo. Perdidos los mandos, el vehículo del caballero pasó a automático y comenzó a rodar lentamente, en círculo.

    —Retírate junto al castillocar, Mágico —ordenó Sir Pertinax.

    Al llegar junto al vehículo de las bellas espectadoras, pudo observar Sir Pertinax que el escudo era entero, y traía en campo de sinople una cerrada mano de carnación. Conocía estas armas; eran, sin género de dudas, las de la familia Alte Fodale, famosa por el fuego de sus damas y doncellas. No obstante, pidió a Mágico que tomase contacto para saber con quién trataba. Mientras tanto, el patito de Sir Clangborne oscilaba lentamente a lo lejos. El caballero se retorcía, medio caído sobre el cuadro de mandos, y el humo azul continuaba surgiendo a borbotones, del lugar que el mecanoservus destruido había ocupado.

    —Sir, se trata de Sir Cicanous Alte Fodale, de Lady Sanguina de Foix, y de sus hijas, las doncellas Deliciola y Delirus. Todos ellos se interesan por vuestro estado, y os felicitan, pues creen que Sir Clangborne no tardará en rendirse. Si os es precisa, Sir Cicanous os ofrece su lanza.
    —Respóndeles que me encuentro bien, y que pongo mi espada a sus pies, pero que Sir Clangborne no ha hecho todavía ninguna señal que permita suponer que se entrega.
    —Hecho, Sir.
    —En este caso, ataquemos de nuevo a Sir Clangborne.
    —Alto, mi señor. Mirad.

    Una flámula de seda blanca ondeaba en el garfio de pillaje del caballero enemigo, levantado apresuradamente.

    —Ponme en contacto con él, Mágico.
    —Lo estáis ya, Sir Pertinax.
    —Lo celebro, Mágico. Supongo que me escucháis, Sir Clangborne. Permitidme que os felicite por vuestro valor sin par, y que me sienta satisfecho de haber justado con vos.

    La voz de Sir Clangborne sonaba dificultosamente en los auriculares del yelmo del joven, y casi podían palparse los espasmos de dolor del vencido.

    —Sois noble y generoso, Sir Pertinax. Vos sois el valeroso. Vuestra habilidad es mucha, y pongo mi espada a vuestra disposición.

    Llegaba ahora la parte más interesante de la justa. Mientras el castillocar giraba lentamente, seguido del patito del joven, el otro patito caminaba torpemente, con una rueda ligeramente torcida.

    —¿Os bastarán cien puntos, Sir Pertinax?
    —Permitidme que os diga que esa suma es indigna de vuestra alta nobleza. No menos de doscientos, Sir, ya que nos hemos embestido tres veces...
    —Pero doscientos puntos, Sir —gimió la voz dolorida de Sir Clangborne— es el rescate de un Rey... Con ciento cincuenta habéis bastante para una habitación en la popa, e incluso os sobrarán para reparar vuestra armadura...
    —Doscientos, Sir Clangborne, y no creo que un combate como el nuestro merezca menos. Me sentiría ofendido de nuevo, y os aprecio como adversario esforzado y noble.
    —Sea —dijo la voz cansada del caballero—. Doscientos puntos. El Rey Arturo sea con vos, generoso señor.
    —Él os acompañe, valiente Sir Clangborne.

    Mientras el patito continuaba girando lentamente tras el castillocar de Alte Fodale, el vehículo de Sir Clangborne le Evellinor, dirigido por su amo desde el cuadro de mandos superior, volvió a salir a la carretera y se perdió en la lejanía, dejando tras sí columnas mezcladas de humo negro y azul.

    —Comunica el rescate, viejo Mágico, para que podamos disponer de lo que mi deseo determine. Por cierto, que he olvidado una cosa. Ponte en contacto de nuevo con Sir Clangborne.

    Pronto resonó la voz de éste, disminuida por la distancia, en los oídos del joven.

    —¿Qué queréis ahora, Sir Pertinax?
    —He olvidado pediros que os pongáis a los pies de mi dama, Lady Entenza la Cordiale, y pregonéis ante ella que soy su más fiel siervo, y que la amo con profundo amor.
    —Lo haré, Sir, no lo dudéis.

    Naturalmente, aquellas palabras no significaban nada, ni Sir Clangborne se iba a molestar lo más mínimo. Bastante tendría con curar sus heridas y reparar sus desperfectos, incluso efectuando labores manuales para otro caballero.

    Durante unos segundos permaneció Sir Pertinax inmóvil en la pequeña terraza, contemplando su destrozada lanza, y sintiéndose en extremo fatigado. Después, lentamente, entró en el habitáculo, sin olvidar dirigir un gesto de gran amabilidad y saludo al caballero, dama y doncellas del castillocar Alte Fodale. Éste continuaba girando con lentitud en la pista de duelo, seguido por el patito a no mucha distancia, como si sus habitantes esperasen algo más.

    Se quitó Sir Pertinax pausadamente las piezas de la armadura, y examinó con atención la robusta tarja. La lanza de Sir Clangborne había efectuado en ella una profunda muesca que si bien no la inutilizaba, haría precisa una seria reparación. De todas maneras, era de agradecer a Sir Agavance que le hubiera recomendado el uso de esa pieza, ya que de no ser por ella, la lanza flamígera del otro caballero le hubiera arrancado el brazo izquierdo.

    Había concluido de endosarse de nuevo la veste de lino bordado y las calzas de terciopelo escarlata, cuando resonó la voz de Mágico.

    —Sir Cicanous pide el favor de vuestra conversación, si os encontráis en perfecto estado.
    —Di a Sir Cicanous que me hallo perfectamente, y que celebraré hablar con éL
    —Os habla ahora, mi señor.
    —Permitidme que os felicite, Sir Pertinax. Ha sido un excelente combate el que habéis librado. Sin duda habréis obtenido buen número de puntos.
    —Doscientos, Sir Cicanous.
    —Está muy bien, Sir. No hubiera conseguido yo más, y sin duda que no habría justado con tanta habilidad como vos.
    —Sois muy modesto, Sir. Tenéis fama de ser el mejor caballero de estos contornos.

    Esto, como era lógico, era una mentira de buen tamaño, ya que el joven Sir Pertinax, aunque conociera de oídas la existencia de la familia Alte Fodale, no había oído en su corta vida una sola palabra sobre Sir Cicanous, ni para bien ni para mal.

    —Me alabáis en exceso, caballero. Os lo agradezco, pues sé que vuestra lengua sólo puede decir verdad. Pero es otro el motivo que me mueve a molestaros...
    —Estoy a vuestra disposición más completa, Sir.
    —Lady Sanguina de Foix y mis hijas, las doncellas Deliciola y Delirus de Baccus, hijas de la desaparecida Lady Rhodomel de Baccus, desearían que celebraseis con nosotros la considerable hazaña que habéis realizado. Si ello os place, Sir, saldremos de nuevo a la carretera, y engancharemos vuestro patito a nuestro castillocar... Después, en buen amor y compañía, lo celebraremos en mi sala de armas.

    Hubiera sido de la más alta ineducación rechazar una invitación tan amable, y aunque lo cierto era que Sir Pertinax se sentía fatigado por el combate, y aún con ciertos rastros de los excesos del día anterior, una negativa hubiera conducido quizá a una nueva justa. Temía que en esta reunión hubiera cerveza y vino en exceso, y sin duda alguna damas y doncellas, lo cual iba a rematar su estado físico.

    —Acepto desde luego, Sir Cicanous —respondió—. Concededme tan sólo unos minutos para mi aseo... aunque lamento que hayamos de detenernos en un asteroide cibi y en un asteroide combustionis, pues necesito alimentos y combustible.
    —No será tal—contestó Sir Cicanous—. Hoy habéis justado bastante y todos los trabajos han de seros evitados. Enganchad, que mi castillocar correrá con el gasto de combustible, y los mecanoservus se ocuparán de alimentos y carga. Y otra cosa más, Sir. Sé bien que ayer salisteis a la carretera por primera vez, de manera que os ruego encarecidamente que no traigáis regalo alguno.
    —Así lo haré, Sir Cicanous. Doy orden a mi mecanoservus de enganchar y quedo a vuestras órdenes. Paso de inmediato, Sir.
    —Os esperamos ansiosamente, Sir.

    Reventaba de alegría el viejo Mágico ante esta primera invitación que recibía su señor. Como había escuchado la conversación completa, no esperó ni un segundo para ponerse en contacto con el mecanoservus conductor del otro vehículo, un experimentado anciano llamado Gabbarus, y realizar las operaciones precisas para que el cardan universal uniera la popa del castillocar con la proa del patito. Afortunadamente, Gabbarus era un viejo servidor, no un insolente casi virgen, soez y sin conocimientos, de manera que pudo entenderse perfectamente con él y llevar a cabo la maniobra con toda facilidad. Después de esto, el castillocar Alte Fodale comenzó a ganar velocidad, se aproximó a la Avenida Orión, perdió marcha prudentemente antes de entrar en ella, y viendo que ningún otro vehículo se aproximaba torció a la derecha y comenzó a correr serenamente, a cincuenta, sobre la suave pista gris.

    Agradeció Sir Pertinax la delicada observación de su huésped al rogarle que no trajera regalo alguno. Cierto era que la etiqueta obligaba a llevar algún presente cuando se recibía una invitación de este carácter, pero aún era tal su pobreza que se hubiera visto obligado a donar uno de los obsequios recibidos el día anterior con motivo de su armadura, lo cual podía producir disgustos en el futuro, si el donante anterior se interesaba por el uso dado al regalo. Era evidente que Sir Cicanous era un fino caballero, y que conocía perfectamente las circunstancias que imperaban a bordo de un patito.

    Escuchó claramente el cese del zumbido de sus propios motores cuando Mágico los desconectó, ya que era el castillocar quien ahora arrastraba el pequeño tren nobiliario. Aún quedaba café en la jarra de porcelana, de manera que lo bebió, no importándole que estuviera frío. Después, se cubrió con el aguzado gorro, se quitó los últimos restos de ungüento del rostro, y salió al exterior.

    El castillocar había tendido una gran pasarela hacia la proa del patito, y en la terraza trasera el caballero y sus damas le esperaban. De manera que Sir Pertinax no tuvo ninguna dificultad en pasar al otro vehículo.

    Calurosa fue la acogida que sus huéspedes le hicieron. Incluso en los movimientos de Mágico, que le había seguido respetuosamente, se denotaba el orgullo por este doble triunfo, bélico y social, de su joven amo. Pronto el viejo mecanoservus se apresuró a pasar a la cabina de conducción del castillocar, pues había experimentado gran simpatía por el llamado Gabbarus, y deseaba departir tranquilamente con él antes de que comenzase la comida.

    Sir Cicanous era un hombre alto, muy delgado, de unos cuarenta y cinco años de edad, con el pelo castaño y vivos ojos negros. Lady Sanguina, bastante más joven que él, tenía una enorme mata de pelo oscuro, que se escapaba en anchas ondas por debajo del escofión, y unos hombros de una blancura casi ultraterrena. En cuanto a las doncellas, Deliciola era una morenita muy joven, algo bizca, y con rasgos más bien graciosos que bellos, y Delirus, una rubia de alto porte, majestuosa y bella sin límites, pero con bovinos ojos azules, carentes de expresión, hasta el punto de que causaba cierta pena contemplar unos rasgos tan perfectos, de entre los que destacaban los labios, por su maravillosa forma y su tono rojo encendido, pero que no parecían encerrar dentro de sí ingenio alguno. Las dos doncellas vestían de la misma forma, con trajes sin mangas de lujoso brocado, con profundos escotes que descubrían sus bien formados pechos, y faldas rasgadas a los lados y por delante, que mostraban al andar las torneadas piernas cubiertas por medias de seda. Ambas, para poder caminar por el interior del vehículo, se habían desprendido de los altos hennines en forma de cucurucho, colocándose unas tocas de impla, con el casquete en forma de cilindro chato sobre la cabeza y las dos bandas de seda blanca cerrándose en la garganta.

    —Fue un maravilloso torneo, Sir Pertinax —dijo la morenita Deliciola, con una sonrisa pícara, mientras su hermana se limitaba a mirarle, sin abrir la boca—. Es indudable que tienes buen brazo y mucho valor.

    Al tratarse personalmente todos se habían apresurado a abandonar el formalista «vos» de las comunicaciones radiales, por el más íntimo «tú» de persona a persona.

    Durante buen rato se verificó un intercambio de cumplidos en la misma terraza, ya que no hubiera sido de buen tono hacer entrar al joven de inmediato. Pero la tormenta que durante toda la jornada había estado amenazando hizo que estas manifestaciones de buena cuna se interrumpieran. El cielo se había puesto cárdeno y aterrador, y terribles relámpagos relumbraban en lontananza, hasta el punto de que tanto ellos como los diversos vehículos con los que se cruzaban de cuando en cuando se vieron obligados a encender las luces de posición.

    —Asaz hemos hablado ya aquí, Sir Pertinax —dijo el amo del castillocar—. Como ves, va a llover, y fuerte. Más vale que nos acompañes dentro.

    Una vez en el interior del vehículo pudo ver el joven que estaba amueblado con lujo, y denotaba por ello un singular valor en el caballero Alte Fodale. Riéndose, Deliciola le mostró las cómodas alcobas, e incluso llegó a darle un ligero codazo en el ijar cuando le enseñó la suya propia, sin dejar de mirarle con aquellos ojos llenos de picardía que compensaban sobradamente la falta de gracia de su rostro. No iba a la zaga Lady Sanguina en estas insinuaciones, pues por dos veces se retrasó al atravesar alguna puerta, de manera que Sir Pertinax se encontró con el ardiente cuerpo de la dama muy adosado al suyo. Sir Cicanous que, como persona sabedora, no perdía tilde de estos acaecimientos, sonreía bonachonamente y daba todas las facilidades para que ellos sucedieran.

    También vio las salas de aficiones, que eran el bordado y pintura para las damas, y el forjado de buenas piezas de armadura para el caballero. No le mostraron, en cambio, una sala reservada, donde se encontraba el anciano padre de Sir Cicanous, muy viejo, imposibilitado, y dotado de un genio insoportable.

    Así que, a la hora adecuada, se sentaron todos en la sala de armas, y los mecanoservus comenzaron a servir la comida. Los truenos retumbaban en el exterior, y se percibía con claridad que el vehículo había aminorado mucho la marcha, seguramente porque llovía en abundancia. Pero allí dentro se estaba caliente y cómodo, y la compañía era amable, y buena la comida y la bebida, por lo cual Sir Pertinax se felicitó a sí mismo.

    Sir Cicanous se había colocado en la cabecera, y Lady Sanguina y Deliciola una a cada lado del joven, tan cerca, que casi no le dejaban manejar los cubiertos. Delirus, con una boba sonrisa en sus labios perfectos, se hallaba sola en el otro lado de la mesa, y comía con buen apetito de un magnífico trozo de pavo relleno.

    —Excelentes manjares, Sir Cicanous —alabó el joven.
    —Come, come sin tasa, honorable huésped —contestó el caballero—. Tengo puntos de sobra, y podemos permitimos estas delicadezas. ¿Qué te parece el vino?
    —Maravilloso, Sir. Digno de la mesa del Rey Arturo. Pero observo que tú no bebes...
    —El maldito físico me ha prohibido todos los placeres de la mesa; el buen vino, las carnes con especias, las salsas, y todo aquello que pone fuego en el cuerpo, y aviva los sentidos. Tengo, al parecer, los humores de la bilis en pésimas condiciones, y hasta las batallas entre sábanas me han limitado. ¡Peste de físicos! ¡Mal haya quien los inventó! Por eso no tengo otro entretenimiento que la justa, y acumulo puntos sin medida, aunque luego no pueda gozarlos. Pero tú eres muy joven, Sir Pertinax, y tu cuerpo no sabe aún de esas cosas. De forma que come y bebe, y luego eliges a quien más te guste, para defender tu caballerosidad en otro campo más suave y caliente que la pista de duelo.

    Esto no fue ninguna sorpresa para el muchacho, ya que la invitación, habiendo dos losanges y un óvalo en el arzón, llevaba consigo esto como cosa casi obligada. Sin embargo, prefirió dejar clara su postura.

    —Creo que sabré cumplir bien con todo, Sir —contestó—. Y lo único que lamentaré es no poder pedir a ninguna de estas señoras que me acompañen mañana, porque carezco de comodidades en mi patito. Creeréis que mi corazón se parte de dolor por ello...

    A Sir Cicanous no le importaba en absoluto que ese dolor fuera real o fingido. Más bien sabía que no había en ello nada de cierto, pero la frase era oportuna y la agradeció. Continuó la comida, entre risas, y al final, el mecanoservus sacó un barrilito de fuerte hidromiel, que colocó entre las flores de la mesa.

    Sir Cicanous juraba ya en mil idiomas, observando con ojos desorbitados los ricos manjares que su invitado devoraba, y los jarros de vino que las señoras se echaban al blanco cuerpo. En esto destacaba Delirus, que ya que no decía una palabra, no perdía ocasión para comer y beber. En varias ocasiones había intentado el joven trabar conversación con ella, ya que físicamente era la que más le gustaba de las tres, con su alto busto y su majestuoso porte, y seguramente sería la que menos problemas causase a la hora de la despedida. Pero Delirus sólo le contestaba con monosílabos, mirándole con sus hermosos ojos azules carentes de expresión, sin darse por enterada cuando la pierna del joven, bajo la mesa, intentó un prudente avance.

    —Si te has de llevar a alguna —dijo Sir Cicanous, con el rostro ensombrecido, y los ojos ávidamente fijos en el hidromiel—, que sea a Delirus. Como es tonta, no te causará molestias, y será como si tuvieses un mueble más.

    Prefirió sir Pertinax no contestar y empinar la jarra de madera pletórica de hidromiel. Un vaivén del castillocar, un claro patinazo en el firme mojado, hizo que buena parte de la bebida cayese sobre los hombros de Lady Sanguina, que se deshizo en risas. Notó el joven que la nacarada mano de la dama se deslizaba debajo del grueso tablero de ébano, colocándose con firmeza en su muslo, y él hizo lo mismo a su vez, pero al otro lado, apoyando la suya en el muslo de la morena Deliciola. Las dos se hallaban completamente apoyadas en él, y reían al unísono, comentando jocosamente los ingeniosos versos del joven. La mano de la dama avanzó un poco más, asegurándose de que la virilidad de Sir Pertinax no hacía mengua a su fama, y así era, porque entre los íntimos contactos, los inmoderados movimientos de senos que había a su vista, las especias de la comida y la fortaleza del hidromiel, el joven caballero se daba cuenta de que no podía resistir mucho más las imperiosas peticiones de Eros.

    —¿Cuántas formas de hacer el amor conoces, Sir Pertinax? —preguntó Deliciola.
    —Todas las que el manual explica, y alguna más que no viene en él y que en mis sueños he imaginado.
    —¿Y las has llevado a la práctica? —preguntó ansiosamente Sir Cicanous—. Sigimer —ordenó a un mecanoservus—. Tráeme recado de fumar. ¿Fumas tú, Sir?
    —No; no lo hago. Creo que no me gustaría.
    —También el físico me lo ha prohibido, pero esto ya es superior a mis fuerzas. No dejaré de fumar así reviente, ¡por todos los diablos del infierno! Pero no hagas caso a este viejo chocho, y sigue ocupando tus manos en dulces menesteres. Delirus y yo nos retiramos... Ah, como decía. ¿Las habéis llevado a la práctica?
    —No, Sir Cicanous. Aún no he hecho el amor con dama o doncella alguna...
    —Es cierto —meditó su huésped—. Salisteis ayer a la carretera; no habéis tenido tiempo... En ese caso, temo que Deliciola no te convendrá; es tan inexperta como tú. Estoy seguro de que milady sabrá servirte... Deliciola, sígueme también...
    —Pero, ¡padre! Sir Pertinax me gusta, y estoy segura de que él...
    —Basta, hija mía. Respétame, y no me obligues a levantarte la voz. Antes de marchar, Sir, no te olvides de anotarme esas nuevas formas que has inventado, pues tendré gusto en gozar de ellas... Pero ahora, entre la dieta de comida y bebida, la vieja lanza no echa fuego ni puede alzarse sobre sus soportes...

    Delirus y Deliciola salieron detrás de su padre, dando traspiés, y con un espantoso ceño en el rostro de la morenita. El muchacho se quedó a solas con Lady Sanguina.

    —¿Te gusto? —preguntó ella, mirándole con sus ojos ardientes.
    —Sin límite, milady. Te hubiera elegido a ti sin ninguna duda. Permite que te bese.

    Fue un beso voraz, impresionante, en el que el joven caballero tuvo la impresión de ser sorbido por un monstruo de las zonas salvajes. La habilidad de la dama en usar de su lengua y de sus manos estaba bien manifiesta, y sin poder contenerse Sir Pertinax se lanzó audazmente a palpar todas las maravillosas turgencias que se le ofrecían. Al acabar el beso, sentía el rostro echando fuego, y pudo ver que el traje de la dama, en virtud e los apresurados manejos, se había desprendido de sus hombros, mostrando la ligera ropilla de seda, que apenas ocultaba nada.

    —Vamos, mi buen caballero —dijo ella—. Soy feliz por poder ser la primera mujer en tu lecho... Te haré conocer todas las artes del amor. Por cierto que, ¿esas formas que has imaginado...?

    Como eso no era más que una mentira cortés, Sir Pertinax se las vio y se las deseó para convencer a la ardiente dama de que no osaba demostrárselas hasta tener más experiencia.

    —Toma la última copa, mi paladín —dijo ella—. Voy a mi recámara, y cuando esté preparada, Sigimer te conducirá allí.

    Constituía una gran imprudencia dejarle solo en la sala de armas, pero ello demostraba a la vez la prisa que la dama tenía, y lo necesitada que se encontraba. En efecto; desde el principio de la comida, había observado Sir Pertinax un extraordinario aguamanil de oro puro, con intrincadas tallas y adornado con perlas, del que Sir Cicanous se había servido para enjugar las grasientas manos. No había un solo mecanoservus a la vista en este momento, de manera que como era muy poco probable que le observasen por alguna mirilla, se apresuró a cogerlo y guardarlo en un bolsillo del jubón.

    A poco apareció Sigimer, que le indicó el camino con su charolada diestra. Aunque no estaba lejos la recámara, Sir Pertinax tuvo que apoyarse en las paredes, porque todo le daba vueltas. No obstante, consiguió llegar a la habitación de la dama, en cuya puerta el mecanoservus le dejó.

    Ella estaba ya en el lecho, sentada y cubriéndose hasta el principio de los senos con la sábana de satén arrugada entre sus manos. Había deshecho su peinado, de forma que el negro y abundante pelo caía en lujuriosas ondas sobre los orgullosos hombros, formando un contraste de lo más excitante. Brillaban sus ojos con un fuego que parecía imposible de apagar.

    —Pasa, Sir Pertinax. Soy toda tuya, mi amor.

    Gruesas colgaduras pendían de las paredes, apenas agitadas por los vaivenes del castillocar. Apagaban totalmente los ruidos del exterior, de manera que ni un solo rumor entraba en la habitación. La cama tenía columnas de madera tallada y gran baldaquino de seda, y sobre la mesilla había un frasco de cordial, y una pequeña daga con mango de ópalos.

    Sir Pertinax, sintiéndose algo mejor, se quitó sus ropas, y ocupó su puesto al lado de la dama. Antes de que ésta apagase la luz pudo ver que el cabecero del lecho estaba cubierto de pequeños arañazos paralelos, como hechos en el barniz por la punta de un instrumento aguzado. Pronto supo lo que aquello significaba, porque entre susurros, besos y caricias, Lady Sanguina le explicó que la punta de la daga de ópalo trazaba una raya por cada combate amoroso.

    Unas horas más tarde la dama dormía apaciblemente, con un ebúrneo brazo pendiente hasta el suelo, y la mano rozando las brillantes losas. Su espalda desnuda relucía suavemente bajo la luz que se filtraba por la ventana, como una hermosa superficie de piel apenas separada por el surco dorsal, lleno de sensualidad. Había en la cabecera del tálamo, cuatro rayas más, las dos primeras trazadas apresuradamente, y las dos últimas con alguna más calma.

    Lentamente, cuidando de no despertar a Lady Sanguina, el joven se vistió, encontrándose algo dolorido y fatigado. Si bien el amor había resultado tan sabroso y excitante como los libros prometían, cada encuentro resultaba menos apetecible que el anterior, y al final todo tenía sus limitaciones. Se encontraba vacío por completo, y con deseos de reposar un día entero, sin beber una gota de licor, comiendo solamente alimentos ligeros, y desde luego, sin tener una señora cerca. Comprendía ahora perfectamente a Sir Flemontan, si lo que contaban de la desaparecida Lady Abiegna Confer era cierto.

    Pensó por un instante en apoderarse también de la daga de ópalo, pero no quería que le tachasen de exagerado, sobre todo teniendo en cuenta la idea que le había rondado por la cabeza desde que aceptó la invitación de Sir Cicanous. Dirigió una última mirada a la dama, que dormía con la laxitud del cuerpo satisfecho, los cerrados ojos rodeados de oscuros círculos, depositó un ligero beso en la insensible mejilla y salió al pasillo central.

    Mágico estaba allí, sentado en una de las sillas de vaqueta. Se puso en pie nada más verle.

    —¿Gozasteis, señor? Es una dama de singular hermosura, y si su habilidad corre parejas con lo mucho que habla, sin duda habéis pasado una feliz noche...
    —Sí, Mágico —contestó cansadamente Sir Pertinax—. Escúchame —añadió, acercando su rostro a la metálica cabeza del mecanoservus— ¿hay alguien despierto?
    —No, mi señor. Todos duermen. Sir Cicanous ha tomado un somnífero, y en cuanto a las doncellas, han recogido más tarde el barrilito de hidromiel, y lo han terminado en una sala. He oído risas y ruidos de ropas, y supongo que...
    —Silencio. Llévame a la cámara de motores. ¿Sabes dónde está?
    —Y... ¿no lo he de saber, señor? El viejo Gabbarus me lo ha mostrado todo.

    En la sala de máquinas había once motores colocados en batería, y sitio preparado para conectar un duodécimo. Sólo cuatro de ellos funcionaban para mantener en marcha el castillocar. Sir Pertinax señaló el onceno motor.

    —Mágico... ¿te crees capaz de desmontarlo? ¿Te crees capaz de llevado a nuestro patito?

    Si Mágico hubiera tenido ojos, éstos habrían lanzado una llamarada de satisfacción. Su joven señor estaba demostrando cumplidamente que era hábil en todo... y esta maniobra era mucho mejor que utilizar el garfio de pillaje para tomar cosas a través de las ventanas de otro castillocar. Sin duda, cuando Sir Cicanous se enterase no le quedaría otro remedio que felicitar a su amo. Lo único peligroso, hasta cierto punto, era que le sorprendieran con el pesado motor en brazos antes de que la apropiación hubiera sido consumada. Si bien era honroso apoderarse de objetos, constituía un espantoso ridículo ser sorprendido con ellos en las manos.

    —Desmontarlo puedo, Sir —respondió, dudoso—. Y aunque mis brazos son viejos, podrán llevado a vuestro hogar. Pero si un mecanoservus nos sorprende, Sir...

    Si los sorprendía, daría parte inmediatamente a Sir Cicanous, que haría colocar de nuevo el motor en su sitio, se burlaría del joven por su poca habilidad, y lo contaría a todos sus compañeros de armas. Demasiado numerosas eran ya las historias que corrían sobre caballeros o damas sorprendidos en plena faena, con una daga, un cuadro o un surtido de alimentos o combustible. Demasiado, en efecto, y Sir Pertinax sentía pocos deseos de ser el objeto de burla de otros caballeros. Pero era tan interesante un tercer motor, lo cual le permitiría aplicar los doscientos puntos obtenidos a una célula de vivienda nueva, que decidió arriesgarse.

    —Gabbarus conduce, ¿verdad? ¿Quién más hay?
    —Sigimer da vueltas por el castillocar, mi amo. Vigila, para evitar que entre un garfio de pillaje. No sé si sospecharán de vos... tal vez os consideran demasiado joven.
    —¿Cuánto tiempo necesitas?
    —Para desmontado, un cuarto de hora o veinte minutos... para llevarlo, cinco minutos tan sólo, y si vos me ayudáis...
    —Lo haré. Comienza, Mágico, que yo estaré en el pasillo. Si me oyes cantar, abandona la tarea y vete con Gabbarus. Así no podrá nadie reírse de mí... aunque encuentren los tornillos sueltos y el motor medio desmontado, no podrán decir que he sido yo, sin exponerse a mi ira.

    Los veinte minutos que transcurrieron en el pasillo fueron los más largos de la corta vida de Sir Pertinax. Pero nada sucedió, y al poco salía Mágico, tambaleándose bajo el pesado mecanismo. Se deslizaron silenciosamente por el corredor, y cuando el viento frío de la mañana les azotó, un suspiro de satisfacción y tranquilidad surgió del pecho de Sir Pertinax. Rápidamente, colocaron el motor junto a los otros dos, balanceándose peligrosamente sobre las vigas de duraluminio del patito, y no olvidó el joven dejar el aguamanil de oro en su habitación, junto a sus otras pertenencias.

    —Entra en el castillocar, Mágico, y descansa. Yo voy a tomar un poco el aire.

    Sentía el cerebro acorchado y todos los músculos doloridos. Un par de mordiscos en los hombros le dolían cada vez más, inequívoca prueba del apasionamiento de la dama. Pero la mañana era soleada, la tormenta había pasado, y el viento casi helado le reconfortó. Dio unos paseos cortos sobre la terraza y mientras lo hacía, Mágico apareció de nuevo, con una hirviente jarra de café en las manos.

    —¿Habéis visto, Sir? —dijo el mecanoservus—, han arreglado vuestra lanza.

    Era cierto; durante la noche, hábiles manos mecánicas habían sustituido las piezas rotas y colocado una hermosa pieza de acero plateado, con un pequeño condensador cilíndrico en la punta, que permitía dirigir con la máxima precisión el pincel de llamas. Un generoso caballero, sin duda alguna. El agradecimiento hacia Sir Cicanous aumentó cuando vio que los depósitos de combustible estaban totalmente llenos... E incluso una lona tapaba provisionalmente el desperfecto que la lanza de Sir Clangborne había causado en el habitáculo. Lástima que el tercer motor estuviera tan visible; habría sido más correcto que ni siquiera ahora se le viera. Pero un pobre caballero como él no tenía con qué taparlo. Y de todas formas estaba ya a bordo, con que Sir Cicanous no podía hacer más que tomar la cosa a broma.

    Y así fue. Poco después le llamaron a la terraza para desayunar, y su huésped le palmeó la espalda, lanzando gigantescas carcajadas.

    —¡Bien me la has jugado! —dijo, ahogándose de risa—. ¿Quién iba a pensar que un joven inexperto se me llevase un motor? ¡Tienes buena carrera por delante, Sir Pertinax!

    El muchacho, agobiado por una sed espantosa, bebía limonada sin cesar, y sonreía cortésmente, sin apartar su vista de los profundos ojos de Lady Sanguina. Le parecía que no iba a poder tenerse en pie un segundo más, ya que su cuerpo era puro cansancio, y su cerebro una oquedad. Pero aguantó, tal y como correspondía a una persona de su alcurnia.

    —Lo único que te pido —dijo Sir Cicanous— es que no lo cuentes por ahí... Me sabría mal.
    —No lo haré, Sir —respondió el joven—. Demasiado generoso habéis sido conmigo. La lanza, Sir...
    —Eso no es nada, ¡nada! Mira, me has caído bien. No me importa lo del motor, y lo de la lanza no significa nada...
    —No lo encuentro, Sir —dijo, inesperadamente, el mecanoservus Sigimer.
    —¿Dónde habrán puesto estos imbéciles mi aguamanil de oro? ¡Lástima! No sé si te fijarías en él... era una magnífica pieza. Se la cogí a Sir Ulrico van Bayerslein una noche que... en fin... para qué vamos a recordarlo. Murieron más caballeros aquel día que los que ahora circulan por esta avenida...

    En otra ocasión Sir Pertinax le hubiera solicitado que contase la hazaña, pero no se sentía ahora con fuerzas para ello. Por ello, solicitó a su huésped permiso para retirarse y desenganchar su patito, el cual obtuvo de inmediato. Dirigió a las doncellas las miradas lúbricas de rigor, y alabó sus encantos antes de partir. También quiso tener unas palabras amables para Lady Sanguina.

    —Con gusto os llevaría en mi pobre vehículo, si tuviera sitio, milady.
    —¡Alto ahí! —dijo Sir Cicanous, con el ceño fruncido—. Si tal hicieres, nos veríamos las caras en la pista de duelo, y no es mi deseo matar a un joven prometedor como tú lo eres. Repito que me has caído bien, y por eso me he reído con lo del motor; lo digo sinceramente. En otro hubiera tenido que callar y aguantar; en ti, lo celebro y te aplaudo. Pero lo que acabas de decir a milady, como cortesía huera lo tomo y no como verdad.
    —Cortesía y no otra cosa es, Sir Cicanous.
    —En tal caso, amable joven, marcha en paz. Siempre serás bien recibido por mí cuando nos encontremos en otros caminos.
    —Y yo espero tener entonces mejor vehículo con que corresponder a tus amabilidades.

    Abrazó al caballero, besó a las señoras y descendió por la pasarela. A poco, Mágico realizaba la misma maniobra que el día anterior, y puesto que el castillocar continuaba a cincuenta, lo adelantaron y lo dejaron atrás.

    Cayó en el lecho como una masa, sin desvestirse siquiera, y se durmió inmediatamente. El aguamanil de oro tintineaba suavemente sobre la mesita, los motores zumbaban con regularidad y el patito corría velozmente hacia la puesta de sol.

    En la cabina de mandos, Mágico se limpiaba las manos con una pella de algodón. Había concluido la instalación del tercer motor, en posición de reserva con los otros dos, y se sentaba orgullosamente tras el volante.

    —Duerme —musitó, con cariño—. Duerme tranquilo, mi joven señor.


    III CÓMO SIR PERTINAX CONSIGUIÓ MÁS HONORES, Y CÓMO CONOCIÓ A UNA EXTRAÑA DONCELLA


    Durmió Sir Pertinax ininterrumpidamente durante toda la noche, el día siguiente, y otra noche más. Cuando despertó, se encontraba repuesto de sus fatigas, si bien terriblemente hambriento. Mágico le sirvió una nueva jarra de café y los escasos manjares que había a bordo del patito, que no fueron suficientes para calmar tan devorador apetito.

    —Deberíamos parar en un asteroide cibi, mi señor —dijo el anciano preceptor—. También se está agotando el combustible que cargamos hace dos noches...
    —Atenderemos a ello. ¿Dónde estamos?
    —Avenida de Orión, Sir. Punto 4359. Los motores funcionan muy bien. He probado el tercero, y se halla en perfectas condiciones.

    El Libro de Ruta informó a Sir Pertinax de que a corta distancia había un asteroide combustionis, y no mucho más allá, en una desviación, un asteroide cibi. También le era preciso aprovechar sus puntos para colocar la nueva célula, de forma que buscó el más cercano asteroide partis.

    Resultó que estaban a punto de llegar a él, así que dio instrucciones a Mágico para que entrase, caso de no hallarse ocupado. Se consideraba de la peor educación servirse en un asteroide cuando otro caballero estaba haciéndolo.

    Pero no era así, de forma que cuando Mágico vio a la derecha de la pista la construcción en forma de herradura, aminoró notoriamente la velocidad, y después de comprobar que no ondeaba la flámula escarlata en la entrada, señal de que otro caballero se hallaba dentro, penetró en la pista circular.

    Todos los asteroides eran exactamente de la misma estructura, aun cuando sus tamaños y finalidades fueran distintos. Los combustionis, cuya única misión era servir combustible para los motores, eran mucho más pequeños, mientras que los partis, cibi, vestis, medicáminis, y sobre todo los omnia res, eran mucho más grandes, dada la variedad de artículos existentes en los mismos. En todos, sin embargo, había una pista circular, que formaba lazo con la carretera principal, a fin de que el castillocar que tuviera que hacer uso de ellos pudiera girar lentamente en el interior, mientras el garfio de pillaje tomaba lo preciso o lo que los puntos autorizasen de las estanterías del interior. Dado que éste era un asteroide partis, en el que eran precisos puntos (en los cibi y combustionis no hacían falta; el servicio era gratuito y casi ilimitado), Sir Pertinax registró a la entrada su disponibilidad de doscientos puntos, y después, se acodó en la terraza, con el Manual y Lista de Implementos en la mano. Ya había escogido lo que quería; se trataba de una célula modelo Haute Stile, para acoplar a la popa, materiales para tallar piedras duras o semipreciosas, y una pasarela que uniese el habitáculo alcoba con la nueva célula. Esto agotaba totalmente sus doscientos puntos.

    Oyó una trompa heráldica impaciente en el exterior. Probablemente otro caballero pretendía servirse del asteroide partis y le urgía a que lo abandonase. Pero eso no podía ser... él estaba allí, y aunque la cortesía le obligase a demorarse lo menos posible, no por ello había de ceder de sus derechos. Así que empleó el tiempo preciso en conseguir que la grúa central tomase de la estantería la célula Haute Stile y la pasarela, y las colocase provisionalmente en sus lugares. En cuanto al material de talla y el surtido de piedras, lo recogió él mismo en uno de los despaciosos giros del vehículo. Puesto en automático, el patito caminaba lentamente, a dos a la hora, mientras los anaqueles pasaban ante su vista... En una de las vueltas, a través de la entrada, pudo ver un castillocar astroso, con un obeso caballero en la terraza, haciendo señales de impaciencia, acompañado de una dama no menos obesa, y una lechigada de niños de diversas edades. Inclinó la cabeza cortésmente, e hizo un gesto con las dos manos solicitando un poco de calma, pero el otro caballero agitó en el aire los puños cerrados. Lo cual encendió algo la sangre de Sir Pertinax.

    No por ello tuvo la reacción que otra persona menos inteligente habría tenido; es decir, retrasar en lo posible su servicio en el asteroide, para que el solicitante que aguardaba pagase así su impaciencia. Por el contrario, generoso y abierto como era, Sir Pertinax urgió a Mágico para que quedase concluida la instalación de la célula y de la pasarela. Desde luego que con la Haute Stile en la popa, el patito iba a tener una estabilidad muy superior.

    Por fin, terminada la instalación, dio órdenes a Mágico para que abandonase el asteroide y al mismo tiempo se enterase de quién era el otro caballero.

    —Se trata de Sir Arrowmore Perpolitor, y hace rato que trata de hablaros. Como es una impertinencia molestar a otro caballero cuando se está en un asteroide, ni siquiera os lo he comunicado, Sir.
    —Has hecho bien, viejo Mágico. Pero ahora ponme con él... temo que mi lanza habrá de funcionar de nuevo.
    —El Rey Arturo lo quiera, Sir, ya que estoy seguro de que obtendréis nuevos honores. Contacto, mi buen señor.
    —¡Escuchadme, Sir! ¿Acaso pensáis que el asteroide es vuestro?
    —Imagino que hablo con Sir Arrowmore Perpolitor.
    —¡Así es!
    —Entonces quizá sabréis que es preferible que os presentéis antes de iniciar una conversación.
    —¡Sir Pertinax, habéis abusado de mi paciencia! ¿Cómo os atrevéis a entrar en un asteroide para no tomar nada?
    —Pero ¿qué estáis diciendo, Sir Arrowmore?
    —Lo que oís, Sir. Os retaría a duelo si no supiera que acabáis de salir a la carretera y que no habéis justado aún con nadie. ¿A qué entráis en el asteroide, sin puntos para tomar nada? ¡Largaos, marchad rápido, antes de que mi paciencia se agote!

    Hubo un momento de silencio, mientras Sir Pertinax, con una ligera sensación de aburrimiento, comenzaba a tomar las piezas de su armadura por segunda vez.

    —Debo deciros, Sir —anunció fríamente— que no sabéis de qué estáis hablando. Hace dos días derroté a Sir Clangborne le Evellinor, deshaciendo su costado y su único mecanoservus, y obtuve doscientos puntos, de los que estoy disponiendo ahora. De manera que armaos, Sir Arrowmore, porque mi paciencia se ha terminado, y vuestras palabras sólo pueden ser sostenidas ya con las armas.

    Hubo unos minutos de silencio en el transmisor. En el otro castillocar, que ahora veía Sir Pertinax más de cerca, la dama y los niños desaparecieron rápidamente en el interior, urgidos por el obeso caballero. Pudo ver el joven que el vehículo de su oponente tenía los costados llenos de rasgones de lanza, el escudo sucio y torcido, y las flámulas hechas unos andrajos. Cuando Sir Arrowmore contestó, ya se hallaba el muchacho en la terraza, armado de todas sus armas, la lanza enhiesta y el pincel de llamas escarlata chisporroteando en el aire.

    —Claro, claro, mi querido Sir Pertinax —dijo la voz del otro caballero—. Os comprendo. No sabía... ¿O sea que los destrozos de Sir Clangborne los hicisteis vos...?
    —No lo dudéis. Y ahora, aprestaos, que...
    —¡Un momento, un momento! Tengo niños, y no quisiera que... Para salvar el honor, quizá os conviniera un duelo de enquerre... os propongo veinticinco puntos.
    —Acepto el duelo, pero veinticinco puntos son una miseria. No menos de cincuenta, Sir, o de lo contrario...
    —¡Cincuenta! ¡Cincuenta! ¡Protégenos, Arturo Pendragon! ¡Me esquilmáis, Sir Pertinax!
    —Cincuenta, Sir Arrowmore, o si no...

    Tocó el joven el mando de fuego, y del condensador cilíndrico de la lanza surgió un enorme chorro de llamas, aterrador como el mismo infierno.

    —Sea, sea. Cincuenta. Conforme. Por favor, no exageréis, ¿eh?

    Tal desprecio sentía Sir Pertinax por el comportamiento del cobarde caballero que no se molestó ni siquiera en usar las fórmulas ordinarias de cortesía para despedirse. Ordenó a Mágico que avanzase hacia el desaliñado castillocar, a veinte, y contempló con disgusto cómo Sir Arrowmore se limitaba a levantar un poco su lanza, sin conectar el mando de fuego y sin ponerse siquiera la armadura.

    Al pasar al lado del otro vehículo, Sir Pertinax rozó ligeramente con el pincel de fuego uno de los costados, trazando un surco ennegrecido de un par de palmos de longitud, y continuó su camino sin cambiar una palabra más con Sir Arrowmore. Hubiera podido emplear sus cincuenta puntos ahora mismo, en este asteroide partis, pero prefería alejarse del obeso caballero cuanto antes.

    Permaneció el resto del día en el nuevo habitáculo, contemplando amorosamente las herramientas de tallar y el surtido de piedras semipreciosas (sodalita, rodonita, jaspe...) que había conseguido. En el curso de su carrera, aún sin abandonar la Avenida Orión, entraron en un asteroide combustionis, donde giraron lentamente mientras la grúa central largaba la manguera y llenaba los exhaustos depósitos, y en el asteroide cibi, donde eligió tan sólo alimentos normales, sin tomar aquéllos extraordinarios y delicados que hubieran exigido un pago en puntos. Compuso una corta silva en honor de Lady Sanguina de Foix (ahora ya tenía una dama concreta a quien dirigirla) y permaneció reposando en la terraza, con el aguamanil de oro y perlas entre las manos, mientras la carretera pasaba bajo sus ruedas y patitos o castillocar se cruzaban con el suyo.

    Unas cuantas justas más, y su patito dejaría de serlo, con las vigas al descubierto, para pasar a ser un verdadero castillocar lleno de habitaciones. Imágenes de gloria ardían en su joven mente, y así, el sueño le encontró descansando con paz y felicidad, mientras Mágico gobernaba sabiamente a lo largo de la ruta infinita. En los últimos segundos antes de dormirse pensó en Lady Sanguina y en la doncella Deliciola. Era sumamente curioso el cambio de pensamiento; una jornada antes no quería ver una señora ni de lejos, y ahora deseaba nuevamente tener un íntimo encuentro con alguna de ellas. Misterios del organismo —meditó— sin duda previstos por la sabiduría del Rey Arturo...

    A la otra mañana, Mágico le advirtió que la Avenida Orión estaba tocando a su fin; de forma que o bien seguían hasta el circo Máximo Sur, legendario lugar donde todas las avenidas se cruzaban, o desviaban por uno de los caminos transversales.

    —Hay una carretera salvaje a tres kilómetros, viejo amigo —contesto Sir Pertinax—. Toma por ella, porque he de hacer algunas prácticas.

    Esta idea rondaba por su cabeza desde el encuentro con Sir Clangborne, y no dudaba que el experimentar todas las facultades de su lanza y de su vehículo sería beneficioso cuando tuviera que entrar en lid, porque no todo iban a ser enfrentamientos de enquerre, como el habido con Sir Arrowmore. Por lo cual, cuando la estrecha cinta de la carretera salvaje, sin número ni nombre, apareció a su diestra, Mágico desvió el patito, que giró fácilmente, y entró en ella. Se trataba de una pista gris oscuro, apenas capaz para dos castillocar, totalmente solitaria. Normalmente los vehículos preferían recorrer los cientos de avenidas disponibles, o incluso reunirse para girar jubilosamente en el Circo Máximo Norte, o en el Circo Máximo Sur, y hasta recorrer asombradamente la avenida mayor, la Autopista de la Galaxia, donde mayor número de encuentros se celebraban, y donde las ocasiones de amar y justar superaban a todo lo imaginable. Pero Sir Pertinax no se consideraba aún capacitado para esto, y por ello, prefirió el desvío por esta ruta abandonada.

    Durante el resto del día se dedicó a obtener de su vehículo todos los recursos disponibles. Desde luego que estaba mucho más equilibrado, gracias a la célula situada en la popa. Aún no había usado sus nuevos cincuenta puntos, pero ocasión habría para ello. Probó el concentrador de la lanza, que era de una precisión y fuerza increíbles, y trató de hacer una curiosa maniobra de su invención, que consistía en manejar a la vez el mando de la lanza y el mando de conducción, todo ello simultáneamente. Resultaba muy difícil, pero gracias a la rapidez de reflejos que su juventud le daba, y a la devota dedicación de Mágico, consiguió poner a punto varias intrincadas maniobras. Una de ellas, consistente en alzar la lanza y utilizada en forma de guadaña, y al mismo tiempo dar un quiebro con las potentes ruedas delanteras, le ocupó toda la mañana. Era indudable la utilidad de esta artimaña, que le permitiría dirigir su vehículo de frente contra el contrario, y en el último instante, virar al mismo tiempo que su lanza barría el lugar ocupado por el otro caballero. Por desgracia, los mecanoservus no tenían las reaccione suficientemente rápidas como para llevar la argucia a buen fin. Y seguramente, ningún otro caballero había pensado en una posibilidad como ésta.

    Comió guisantes y tocino, con un pequeño vaso de cerveza, y añoró los ratos pasados con Lady Sanguina. A pesar de sus esfuerzos, no había logrado imaginar una forma de hacer el amor distinta de las que el manual recomendaba. Repasó un poco su latín, y permaneció en la pequeña terraza, acariciando con sus manos el sensual aguamanil de oro, mientras comentaba en voz alta su alegría de vivir.

    —Cierto es —dijo— que todos hemos de morir, y que todos hemos de acabar en un asteroide tumuli... pero no es menos cierto que la vida nos ofrece todo lo deseable. Sea para otros el actuar de físico, de eclesiástico o de filósofo. Yo no veo en mi futuro algo distinto que el camino y las justas, así como una dama que merezca mis pensamientos y cuyo óvalo pueda colgar a mi arzón... ¡Plegue al cielo que la encuentre cuando posea un castillocar digno de ella!

    Algo sumamente extraño sucedió entonces, que obligó al joven caballero a interrumpir su monólogo. Un surco de fuego, como una señal de ultratumba, recorrió el intenso añil de cielo, y bajó hacia el suelo desapareciendo detrás de las espesas arboledas que había a los costados de la carretera salvaje. Durante unos segundos el muchacho fijó su atención en el rastro de fuego, que se desflecaba en lejanos hilos de humo blanco, procurando no mirar siquiera los copudos árboles, el farallón de roca rojiza y las colinas azules y ocres que le separaban de él. Una señal, pensó, desviando su atención de a cualquier otra cosa que no fuera la carretera salvaje... Pero ¿qué significado tenía esa señal?

    Temió no saberlo nunca, pero en realidad no fue así. Unos segundos más tarde, mientras estaba pensando seriamente en pasar el resto de la jornada utilizando sus nuevas herramientas de talla, un estampido sordo, como un gran trueno que resonase entre los montes, llegó hasta sus oídos. El patito tembló un poco sobre sus ruedas, como si una onda de choque hubiera pasado bajo la carretera, haciendo oscilar los macizos pilotes que sostenían ésta, y al mismo tiempo, un relámpago lejano, como un ingente haz de luz, rompió la quietud del cielo.

    Muy extrañado y con cierto temor, se levantó Sir Pertinax, porque aquellas señales eran desconocidas, y ninguno de los libros decía nada de ellas. Durante unos instantes permaneció apoyado en el barandal, avizorando ansiosamente el lugar desde donde había venido el gran relámpago blanco, mientras el vehículo continuaba marchando. Nada más sucedió, y se preparaba a retirarse, cuando una mano gigantesca le empujó hacia delante, y le hizo caer al suelo. Mágico acababa de aplicar los frenos hidráulicos, y algo muy grave debía suceder para que el experimentado mecanoservus tomase por sí solo una resolución de tan alta trascendencia.

    Sin embargo, el patito no estuvo carente de velocidad más que el fragmento de un instante. Tan pronto como el frenazo hubo concluido, con el rastro aún humeante y negro sobre la lisa superficie de la carretera, Mágico puso la reversa y el vehículo retrocedió muy lentamente, pero sin detenerse.

    Sir Pertinax trato de incorporarse.

    —¡Mágico, condenado mecanoservus! ¿Qué es lo que pasa?

    En todo el carruaje resonó la voz temblorosa del viejo criado.

    —¡Un dragón, Sir! ¡Un dragón en mitad del camino! ¡Nos impide el paso por completo!

    Era cierto. Poniéndose de pie, Sir Pertinax pudo contemplar la inmensa mole amarilloverdosa, cubierta de escamas, que se atravesaba en la ruta, con la gran panza llena de estrías acojinada sobre la pista gris. Un cuello largo y serpentino se alzaba hacia el cielo, coronado por una cuadrada cabeza cubierta de espinas, en la que se abría una gigantesca boca. Mientras lo contemplaba —el patito continuaba retrocediendo a poca velocidad— el dragón hizo ondular su cola bífida y lanzó un rugido que hizo temblar los mismos soportes de la carretera.

    —¡Continúa retrocediendo, Mágico! ¡Voy por mis armas!
    —¿Vais a enfrentaros a él, mi señor?
    —¡Naturalmente! ¿Iba a encontrar otra ocasión como ésta para demostrar mi valor?
    —Pero, Sir... ¡es un animal terrible! He visto otros, y es muy difícil vencerlos... Más de un buen caballero ha perecido entre sus garras...
    —Es inútil cuanto digas, viejo. Continúa apartándote de él... que no he de cejar ante esta coyuntura.
    —Por favor, señor, no os expongáis inútilmente.
    —Inútilmente no. El Rey Arturo sabrá agradecérmelo; no lo dudes.

    El dragón fijó en ellos sus pequeños ojos malvados, y apoyó una pata llena de garras en el borde del camino, al tiempo que alzaba la cabeza y lanzaba otro estruendoso rugido. El firme de la carretera cedió bajo el ingente peso del escamoso miembro, desmoronándose en pedazos. Uno de los pilotes de hormigón se inclinó peligrosamente hacia fuera.

    Sir Pertinax estaba ya en la terraza, cubierto con la armadura. La lanza flamígera se levantó sobre sus soportes, y bajo un toque al mando de control de fuego, escupió una larga llamarada, concentrada por el condensador. «Old Edsel», con el cable ya conectado a la pila de alimentación, pendía de la cintura del caballero, temblando en virtud de la energía acumulada en su hoja.

    —Retrocede más... más... Hemos de tomar carrera para embestirle.
    —Sea como ordenéis, mi señor. Yo no puedo hacer otra cosa que obedeceros.

    El patito continuó en reversa, hasta situarse a unos trescientos metros del dragón. Éste, aún acurrucado sobre la carretera, mostraba en sus quijadas una enorme colección de dientes. De vez en cuando, como si quisiera hacer sentir su fuerza, una de sus garras delanteras bajaba sobre los pilotes de sustentación, que cedían un poco, entre ominosos crujidos.

    —¡Adelante, Mágico! ¡A toda marcha! Pon los tres motores a la vez, y en cuanto choquemos, retrocede de inmediato...
    —¿La borna, Sir?
    —¡Está conectada, idiota! ¡Corre, corre, corre más! ¡Ah mi buen Mágico, para otra vez te conseguiré un parabrisas blindado!

    Frenó un segundo el patito antes de comenzar a correr hacia delante, con los tubos de escape lanzando nubes de humo negro. Temblaba Sir Pertinax sobre la terraza, con ambas manos asidas al cuadro de mandos, en virtud de la loca velocidad que el carruaje estaba adquiriendo. Sesenta. La lanza se había erguido del todo, y paralela al suelo, alzada al máximo por los brazos de sustentación, apuntaba rectamente al corpachón gigante que se alzaba ante ellos. Ochenta. Vibraban las ruedas, rugían los motores, y las crispadas manos del caballero se engarfiaban sobre los controles de la lanza, mientras veía crecer ante él la monstruosa muralla de escamas verdes. Cien. Sólo unos instantes ya... la mano derecha de sir Pertinax abrió al máximo el mando de fuego, y una llamarada gigante surgió del condensador...

    —¡Frena, frena... Mágico, frena!

    El patito recorrió los últimos metros patinando sobre sus ruedas bloqueadas, despidiendo humo y chispas desde los tambores de los frenos. Con un chillido horrible, las ruedas resbalaron, dejando un rastro de grasa y caucho quemado sobre la superficie del camino; el dragón se alzaba sobre sus patas traseras, irguiendo el largo cuello y lanzando un barritar que helaba la sangre en las venas... La intensa y ancha llama de la lanza, al rojo blanco, se hundió en el escamoso costillar, penetrando profundamente, mientras el patito se empotraba casi, en los últimos instantes del bestial frenazo, en el gigantesco y elástico costado...

    —¡Atrás, atrás, Mágico!

    No fue preciso insistir. Casi antes de haber recibido la orden, el viejo mecanoservus había puesto la reversa y apretado el acelerador a fondo. Haciendo eses, con el caballero casi caído en la terraza, y el frente cubierto de escamas arrancadas y gruesos emplastos de carne y sangre, el patito retrocedía a toda marcha. El dragón, revolcándose sobre la carretera, aullaba con un sonido tan intensamente penetrante, que Sir Pertinax, horrorizado, se tapó los oídos. Pero todavía no había concluido la desigual justa, porque la bestia, con el costado ennegrecido por las llamas, y chorreando sangre, se puso torpemente en pie y se dirigió pesadamente hacia ellos.

    Quizá estuviera herido de muerte; quizá no. Eso, Sir Pertinax no podía saberlo aún. Sólo sabía lo que podía ver; que el dragón avanzaba hacia él, y que iba dejando un ancho rastro de sangre negra sobre el firme del camino. Una de las patas, la trasera izquierda, se engarabitaba, cojeaba y temblaba al compás de la lenta marcha, sin duda porque la lanza había tocado un nervio vital. Afortunadamente el dragón no ocupaba la totalidad de la carretera; ahora que avanzaba de frente, quedaba sitio suficiente para que un patito como aquél, sin adornos y sin exceso de peso, pasase a su costado.

    —¡Adelante de nuevo, Mágico! ¡Esta vez acabamos con él!

    No hubo respuesta por parte del fiel servidor. No era precisa. Con toda su atención puesta en el camino, Mágico volvió a acelerar al máximo, poniendo en ello toda la energía de los tres motores, y gastando hasta la última gota de combustible, si preciso fuere. Afortunadamente tenían los depósitos llenos a tope, en virtud de la última carga, de modo que por ahí no había problema.

    —¡Pasa a su costado!, ¿me oyes? ¡Pasa a su costado!

    La mano izquierda de Sir Pertinax se colocó firmemente sobre los controles de la lanza, mientras la derecha extraía la larga hoja brillante de «Old Edsel», ya con el suministro de energía conectado. En unos instantes, mientras el patito aceleraba, la hoja de la espada enrojeció, lanzando chispas blancas por su punta.

    Sesenta. Ochenta. Cien. De nuevo la masa gigante, anadeando con torpeza sobre sus grandes patas, se les vino encima, con la cabeza ondeando al extremo del largo cuello. Los rugidos de la bestia ensordecían el aire, y el caño de sangre hedionda que manaba de su herida aumentaba por momentos.

    Pasaron como un rayo. Simultáneamente sucedió todo; la lanza barriendo como una guadaña, con el movimiento tantas veces ensayado, los ijares del monstruo, la espada «Old Edsel» tajando, machacando y cortando la cabeza inhumana... el patito resbaló peligrosamente en el charco de sangre, y Mágico se las vio y se las deseó para contenerlo. Aun así, rozó con un alerón el quitamiedos de la carretera salvaje, haciendo saltar trozos de piedra, y arañando profundamente la chapa.

    —¡Gira y vuelve, viejo amigo, gira y vuelve!

    El grito jubiloso, característico de las justas, no impidió que Sir Pertinax sintiera de pronto un agudo dolor en el pecho. Las garras del dragón habían arrancado una pieza del coselete, trazando dos surcos paralelos en las costillas. Pero la bestia estaba vencida ya. Caída a medias sobre la carretera, a medias sobre el deshonroso terreno del exterior, agonizaba, con la cabeza convertida en una pulpa sangrienta de donde se desprendían fragmentos de hueso y trozos de cerebro. Por la abertura del estómago, guadañada por la lanza, caían al firme gris cilindros abullonados y amarillentos, que temblaban con un latir acompasado; los intestinos del monstruo. La gran cabeza armada de colmillos y dientes se venció sobre el quitamiedos, lanzó un último y sordo barritar, y vomitó un caudal de sangre y jugos. Con un último temblor y una convulsión epiléptica de las macizas patas, el dragón quedó inmóvil para siempre.

    El patito avanzaba dificultosamente, a poca velocidad, sobre la carretera semidestrozada.

    —¡Habéis triunfado, Sir! ¡Habéis triunfado! —gritó Mágico, en el colmo de la alegría.

    Mientras la lanza continuaba llameando en el aire quieto, Sir Pertinax sintió que los dolores de su pecho aumentaban de forma insoportable. Poco a poco, le pareció que el mundo se nublaba ante su vista... lanzó una última mirada al cuerpo del dragón, que desaparecía ya en la distancia, y perdió el sentido. Su último pensamiento, antes de perder la conciencia, fue una intensa sensación de asombro ante el misterioso significado del surco de fuego y el estampido. Después, todo se hizo negro a su alrededor.

    Continuaba luciendo el sol cuando despertó, molido y deshecho, en su propia cama. Notó que el carruaje avanzaba muy despacio, y que las piezas de la armadura yacían de cualquier forma sobre el suelo. Mágico, a su lado, le ayudó a incorporarse.

    —No es grave, mi señor. Sólo unos arañazos. He desconectado la lanza y recogido a «Old Edsel». Estamos en automático, a solamente dos por hora. ¿Os duele?
    —Un... poco... —articuló el joven con dificultad, mientras concluía de sentarse en el lecho. Un espeso vendaje le recubría el torso, apretado hasta casi no dejarle respirar—. Pronto... comunícame con... el Rey Arturo... Debo poner esto en conocimiento de... Su Majestad...
    —Pero, Sir, debéis descansar... momento habrá...
    —¡Obedece al instante, maldito!
    —Como ordenéis, mi señor. Volveré a mi sitio, que es la cabina de mandos. Los mecanoservus no deben molestar; no están hechos para eso.
    —No seas... rencoroso... Mágico —dijo el joven, después de reír débilmente—. Su Majestad debe saberlo de inmediato.
    —Señor... perdonadme, tiradme a la carretera si queréis, pero debe veros un físico... ¿Me prometéis que volveremos a una Avenida y os visitaréis?
    —Lo haré... lo haré... pero ponme con Su Majestad.

    El viejo mecanoservus, moviendo reprobadoramente la metálica cabeza, salió del habitáculo, mientras el muchacho concluía de incorporarse. Se sorprendió de no encontrarse tan débil como esperaba. Era chistoso, pero estaba más débil y descompuesto después de la comida y el combate amoroso en el castillocar Alte Fodale.

    —Habla, hijo —dijo la voz profunda, retumbando en todo el habitáculo.
    —Majestad... Soy Sir Pertinax le Percutens. He matado un dragón en una carretera salvaje...
    —Dame la situación, buen caballero.

    Muy conmovido, ya que era la primera vez que hablaba directamente con Su Majestad, Sir Pertinax dio los datos solicitados.

    —Está bien —dijo la cansada voz del Rey—. Has obrado noblemente y con extraordinario valor. Te concedo quinientos puntos por ello; úsalos con inteligencia. Puedes regresar, si lo deseas, por el mismo camino; el dragón habrá sido retirado ya y la carretera reparada... Te aconsejo que busques un físico en la propia Avenida Orión.
    —Así lo haré, Majestad. Siempre os obedeceré, venerado Rey.

    No hubo más palabras. Bebió Sir Pertinax un buen trago de un cordial que tenía reservado para una emergencia similar a ésta y dio órdenes a Mágico para que girase y retornase por el mismo camino. Recogió su armadura y su espada, y salió a la terraza, débil, pero con la mente perfectamente clara. Mientras el carruaje avanzaba muy despacio, para evitar sacudidas que le abriesen la herida, notó que ésta comenzaba a latir lentamente, con una vibración profunda, al compás de su propio corazón. Un poco de sangre se filtraba a través de los vendajes.

    Pasaron nuevamente, al cabo de unas horas, por el lugar donde el desigual combate se había desarrollado. Tal como el Rey Arturo había prometido, el gigantesco cuerpo muerto había desaparecido, si bien los destrozos de la carretera no estaban reparados, y los enormes charcos de sangre, negra y cubierta de repulsivos insectos, continuaban allí. Pasó el patito chapoteando sobre aquel mar de podredumbre, y continuó su camino.

    Pero aquella jornada iba a ser de sorpresas para Sir Pertinax. Mientras el patito continuaba su lenta marcha, se reclinó en la banqueta de cuero, respirando ansiosamente el fresco aire del atardecer. No le importó que el sol declinase a lo lejos, en una orgía de colores, ni que largas sombras doradas se extendiesen sobre los amplios campos vírgenes situados a ambos lados de la carretera. Como buen caballero, ni los árboles, ni la espesa hierba, ni los diminutos animales que a lo lejos retozaban, existían para él. De tal manera se había acostumbrado su vista a ver sólo la carretera, que automáticamente no prestaba atención alguna a nada que sucediera fuera de ella. Pero por esta vez tuvo que hacerlo. Una figura humana de pie junto al quitamiedos, apenas distinguible entre las sombras del crepúsculo, lanzaba gritos y agitaba un pañuelo. Sir Pertinax sintió que el estómago se le retorcía de asco al pensar que un caballero pudiera estar allí parado... Parado. Pronunció la obscena palabra con repulsión, mientras la figura iba viéndose más clara.

    —Arroja unas piltrafas a ese desgraciado, Mágico. Seamos caritativos hasta con un ser sin honra alguna como ése.
    —Señor... hasta el arrojar una basura a esos seres es indigno de vos.

    No contestó Sir Pertinax, sumido en dudas sobre si, por esta vez, el anciano mecanoservus tenía razón. Sólo en una ocasión había visto, cuando niño, a uno de estos caballeros al que su torpeza o desgracia había privado de su vehículo. En realidad eran pocos los casos, ya que la inmensa mayoría preferían darse muerte antes que... ¡ag!... detenerse. Si hubiera sido una débil mujer, aún tendría explicación la cosa, pero tratándose de un caballero...

    —¡Para, idiota! ¡Para! ¿Es qué no me has visto?

    La voz era inequívocamente femenina. Esto cambiaba ligeramente las cosas. Pero ¿qué hacía una dama o doncella en un lugar como aquél, y vestida con calzas? Porque así era; porque la dama en cuestión llevaba unas extrañas calzas, no ceñidas a las torneadas piernas, y un blusón de tela basta, cerrado hasta el cuello. A medida que el patito se acercaba, con la marcha muy disminuida en virtud de las órdenes del joven, pudo verse que era una muchacha morena, con el pelo muy corto, ¡como si se tratase de un eclesiástico!, una bolsa de cuero colgada del hombro, el blanco rostro lleno de chafarrinones, y una mirada de ira en los ojos.

    —Conecta altavoz exterior, Mágico. La recogeremos...
    —¡Señor! ¿A una desgraciada como ella? ¿Es que no lo veis...? ¡Está deshonrada para siempre!
    —Es una mujer... Si de un caballero se hubiese tratado, le habría abandonado ahí, sin más miramientos, encomendándole a su suerte. Pero de sobras he demostrado mi valor para tener miedo ahora... dicen las crónicas que las cosas no son lo mismo para una dama que para un caballero... Ellas son distintas incluso para esto.
    —Sabéis más que yo, Sir. Conectado altavoz exterior.
    —¡Subid, dama o doncella! ¡Subid! Reducimos al mínimo...
    —Pero, ¿es que no podéis parar del todo, so imbéciles, cabezas de corcho?

    Ante tan extraño idioma y tan obscenas palabras, a punto estuvo Sir Pertinax de mandar a los infiernos a la desconocida señora, y ordenar a Mágico que acelerase. Pero mucha era su generosidad y su calma, y de sobra lo había demostrado en el curso de su corta vida.

    —Subid, señora —gritó, por el altavoz— y no canséis mi paciencia... Mi patito va tan despacio que casi no se mueve... No me pidáis más, que nada más puedo hacer por vos...
    —¡Alcornoque, estúpido...!

    La muchacha corrió al lado del carruaje, entre los dos primeros juegos de ruedas, y felinamente, se encaramó a la gran viga de duraluminio. Con un extremo esfuerzo, se colocó a horcajadas sobre ella; después, a gatas, sin ningún miramiento hacia lo ridículo de tal postura, reptó hacia la terraza en que el debilitado Sir Pertinax la esperaba.

    —Desconecta altavoz exterior.
    —Hecho, Sir. Perdonadme si os pido que averigüéis bien de quién se trata.
    —Calla, deslenguado, y conduce.

    La joven pasó por encima de la barandilla de titanio y, con un resoplido, se dejó caer sobre el suelo de la terraza. Pudo entonces el caballero contemplarla a su sabor, y de ese examen dedujo que era una de las damas o doncellas más extrañas e inesperadas que hubiera visto nunca. En primer lugar, y tal como había observado antes, vestía unas calzas a modo de cilindros, de tela azul desteñida, que terminaban en unos pies normales (no diminutos) calzados con gruesas botas de becerro. Nada de escarpines dorados con alto tacón, ni sandalias que mostrasen los marfileños dedos con las uñas barnizadas en rojo, escarlata o dorado... Nada de eso. Unas botas horrendas, cuadradas, grandes como camisas de cilindro, y además llenas de pegotes de barro... Sintió asco, pero continuó su examen. El torso de la señora se cubría con un blusón de tela similar a la estameña que usaban los clérigos, desgarrado en algunos lugares, en donde se mostraba una piel tostada con un tono tabaco claro de lo más ordinario... Sobre el seno izquierdo, totalmente invisible bajo tan gruesa cobertura, una plaqueta de plástico decía «SMITH», sin más explicaciones. Ni un solo bordado, ni el más mínimo adorno, a no ser que lo fuera la funda de cuero negro, casi triangular, que pendía de la cintura de este extraño ser femenino. En cuanto al rostro era la imagen misma de la suciedad y la ira infernal. Tal pelo cortado casi al rape no podía pertenecer a una mujer normal, sin undosas crenchas, ni graciosos rizos que enriqueciesen su belleza. Porque, después de todo, la extraña no dejaba de ser bella. Sus rasgos eran regulares, su expresión llena de viveza, y sus labios, muy hermosos. Pero todo ello estaba retorcido y deformado por una espantosa expresión de cólera y por un buen número de manchas grasientas. Los ojos, negros como el carbón, lanzaban chispazos de furia.

    —¡Pedazo de memo! —gritó la señora, con voz ronca—. Pero, ¿esto qué es? ¿Una carrera de obstáculos? ¿Es que crees que puedo subir a este cacharro en marcha?
    —Temo, señora —dijo Sir Pertinax, sin atreverse todavía a darle el título de milady—, que no apreciáis en lo que vale la generosidad que he tenido con vos recogiéndoos del camino.
    —¡Anda! ¡Si sabe hablar y todo! ¡Vaya, hombre! Por lo menos podrás decirme dónde diablos estoy, y dónde está la radio espacial más próxima.
    —No os comprendo, señora. Decís unas palabras que nunca he oído, y quizá si reposaseis un poco... Mi mecanoservus os preparará un cordial, y algunos manjares, si ello os place...
    —¿Es que no sabes hablar en cristiano? ¡Lo que quiero saber es qué cochino planeta es éste!
    —¿Planeta? Por favor, señora. Esto es una carretera salvaje... Planetas sólo los hay en la Gran Avenida de la Galaxia... y como sabréis, llamamos planeta a un conjunto de asteroides unidos en el mismo lugar.
    —¿Es que esto es un asteroide?
    —¿El qué, mi señora? Os aseguro que el asteroide más próximo está a unos cuantos kilómetros... en la Avenida Orión, a la que llegaremos esta noche. ¿Acaso esperáis a alguien que pase por allí? Pero os pido mil disculpas, puesto que ni siquiera os he ofrecido asiento...

    La joven se sentó en la pequeña butaca de raso que Sir Pertinax extrajo del habitáculo, y depositó en el suelo la bolsa de cuero, mientras miraba al caballero con profunda descon0fianza.

    —Tomad un cordial... —dijo el joven, tendiéndole la botella.

    Ella volvió a mirarle de soslayo, como si no pudiera creer en su existencia, y empinó la botella con un estilo tan excelente como el de cualquier otra dama. Lady Sanguina incluida.

    —¡Mil diablos! —dijo, con los ojos desorbitados—. Esto es fuego líquido... Ni en la más asquerosa tasca de Cisne B sirven un brebaje como éste, por un millón de escorpiones...

    Sin embargo bebió otro sorbito, esta vez con mayores precauciones, y devolvió el tallado frasco a Sir Pertinax. Al inclinarse éste a cogerlo, un ramalazo de dolor le recorrió el pecho, pero supo dominarlo.

    —Vamos a ver —dijo ella—. Vamos a ver si nos entendemos, socio. Fíjate bien en lo que voy a decirte, a ver si se te mete en la cabeza. Me llamo Jane Smith, y piloto una astronave de carga. Hace dos días se estropeó el convertidor de masa... ¿sabes? Bueno, por si no lo entiendes. Estaba en el hiperespacio, y todo se fue al traste. Cuando buenamente pude, saqué la condenada nave al espacio einsteniano, di a fondo, y la computadora me localizó este planeta. Hora era, porque tenía los tubos echando llamas. Así que lo único que pude hacer fue echar una ojeada, y como no veía más que carreteras, me tiré con la nave a un espacio desierto. A seis mil de altura salté en paracaídas y me dirigí al camino más próximo. Ahora lo que necesito es ayuda, ¿entiendes? ¡No me mires con esa cara de bobo! Encima de haber perdido carga y astronave, encontrarme con un parapléjico mental... ¡Lo que me faltaba! De una vez por todas, socio, ¿dónde está la estación de radio interestelar más próxima? ¡Tengo que avisar a la compañía!
    —Temo mucho que no os entiendo, mi señora —contestó Sir Pertinax, completamente maravillado—. Usáis un lenguaje del cual se me escapan casi todas las palabras, porque nunca he oído hablar de más planetas que los que hay en la Avenida de la Galaxia, y el Manual de Implementos nunca me mencionó los convertidores, la estación interestelar, ni todas esas otras magias que habéis mencionado... No quisiera ofenderos, pero temo que habéis sufrido un fuerte choque nervioso...
    —¡No lo dudes, máscara!
    —... Nervioso, digo y no sabéis bien de lo que habláis. Sin duda que vuestro caballero ha sido derrotado en una justa, y ha muerto después, y vos os habéis salvado de cualquier forma. Pero os ruego que me digáis si sois dama o doncella, y si me autorizáis a que os tutee...
    —¡Claro que sí, merluzo! ¿Y qué quiere decir eso de si soy dama o doncella?
    —Alterada está vuestra mente... no cabe duda de ello. Quiero decir si habéis hecho ya el amor una o más veces con caballero de vuestro gusto, o si no es así aún. Porque de eso depende el tratamiento que debo darte...
    —¡Habráse visto sinvergüenza! —dijo ella, levantándose, con el rostro rojo como terciopelo—. ¿A ti que te importa si yo... si yo...? ¡Vamos, hombre!
    —No comprendo tu ira, mi señora. Si sois dama, y habéis hecho el amor, debo decirte milady; si no, debo llamarte Jane... Pero a fe de que son extraños a más no poder vuestro nombre y vuestro apellido... ¿De qué familia eres?
    —De los Smith de arriba y de abajo, y de todas partes. ¿Y yo qué sé? En mi vida he oído cosa igual...
    —Ni yo tampoco, señora. Pero todavía no me has dicho si eres dama o doncella, ni cuál es tu escudo de armas. Comprenderéis que debo colgar el losange al arzón.

    Jane Smith se cogió la cabeza con las manos, y fijó en el caballero unos ojos abiertos y admirados. Después, giró la cabeza a un lado y a otro, con un claro gesto de incomprensión.

    —Mira, socio... Ni yo te entiendo a ti, ni, por lo que veo, tú me entiendes a mí. No sé dónde estoy, y dudo mucho que tú sepas quién eres y dónde estás. Pero por lo menos, estoy viva, y algo es algo. Si hubiera podido salvar el atlas espacial, sabría qué mundo del diablo es éste. Pero no he salvado más que la pistola, la radio de emergencia, y un paquete de raciones...

    Para Sir Pertinax la cosa no ofrecía ya ningún problema. Se trataba, evidentemente, de una pobre loca, bien que lo fuese de nacimiento, bien que hubiera perdido la razón al ver morir a su caballero. No quedaba otra solución que tratarla con generosidad y dulzura, y entregarla al primer eclesiástico que encontrase en su camino. No iban a darle ningún punto por ello, pero un caballero no debía pensar exclusivamente en el interés.

    —Tienes razón, tienes razón —dijo, rápidamente—. Ahora, permanece ahí,esto...er...milady, y mi mecanoservus nos servirá la cena. Me perdonarás si no puedo hacerte el amor esta noche, pero estoy herido, y muchos son mis dolores.
    —¡Encima eso! —resopló Jane Smith—. Como te atrevas a ponerme una mano encima, te meto seis gramos de plomo en la sesera, ¡sátiro!
    —Claro que sí, desde luego, milady. Lo que tú digas. ¡Mágico!
    —¿Sí, mi señor?
    —¡Pon el automático, y sírvenos a Lady Jane Smith y a mí la cena!

    La muchacha tuvo un temblor cuando oyó retumbar la voz del mecanoservus.

    —¿Qué es eso?
    —Mi viejo preceptor... me acompaña. Conduce el patito...
    —¿Esto es un patito?
    —Sí, milady.
    —Esto lo que es es un camión muy grande y muy raro, y sin nada de lo que tienen los camiones decentes. ¿A qué transporte te dedicas?
    —No sé lo que quieres decir... ¿Transporte? ¿Qué es eso?

    Lady Jane lanzó un resoplido, extrajo un cigarrillo del bolso y lo encendió con un prisma plateado.

    —No sé para qué pregunto nada —dijo, mirando al cielo, como si fuera a encontrar allí la respuesta a sus problemas—. He debido caer en un manicomio rodante... ¡anda ya! Y para esto he estudiado tres años en la Interestelar Navy Commander School. ¡Bueno va! Más me habría valido casarme con el puerco de Fitzgerald y dedicarme a criar hijos gordos y sucios...
    —Lo siento mucho —dijo Sir Pertinax, pareciéndole que la dama estaba dolorida por algo que no comprendía.
    —¡No, hombre, no! ¡Si es igual...! Vamos a ver si cenamos, y mañana será otro día... No creas, si me las he visto gordas, yo. Ya te contaré cuando me pillaron los ferropilos por su cuenta en NGC-3119... cosa rica. Menos mal que los muchachos de la patrulla llegaron a tiempo, que si no... En fin. Y esto, ¿qué es?
    —La cena, milady.
    —Pues no está nada de mal, socio... ¡Te cuidas como un pachá!

    No era una cena fuera de lo común. Dado que no había querido invertir puntos en comida extra, Sir Pertinax sólo disponía de filetes de buey, aderezados con patatas y verdura, con una salsa de carne concentrada, y todo ello regado con una botella de vino rojo. De postre, un plato de crema blanca.

    —¿Éste es el mecano... lo que sea?
    —Sí, milady.
    —Esto es un robot y no otra cosa. ¡Ganas de ponerle motes a todo, puñeta! De veras que me gustaría saber dónde he caído, palabra. Oye, por favor —dijo, inclinándose hacia Sir Pertinax—. ¿En serio que no puedes ayudarme?

    Los hermosos ojos fijos en él conmovieron al joven, pero no sabía qué hacer por la pobre vesánica. Por ello, contestó con toda la dulzura posible...

    —Haré lo que pueda, Lady Jane. Pero hoy es tarde, y estamos a punto de entrar en la Avenida Orión. Por cierto, Mágico, cuando entres, tira en sentido contrario, y después, te cruzas por la Avenida Aldebaran... está a un centenar de kilómetros...
    —Lo que ordenéis, mi señor.
    —¿No vamos a parar en un motel, de verdad que no?

    Esta vez Sir Pertinax comprendió perfectamente a la desgraciada lunática. Sólo una persona que hubiera perdido la razón podía proferir indecencias como «parar» con tal tranquilidad y hablar de cosas imaginarias como ese «motel». Trató de tranquilizada.

    —No, milady. No. En absoluto. Estáte tranquila que no... ¡ejem!... pararemos en un motel. Ni en ningún otro lado. Ahora cenemos en buen amor y compañía, y luego descansarás.
    —¿Dónde, si aquí no hay más que vigas y motores?
    —Mira al final. Mágico; la luz de la nueva célula...
    —¡Vamos! ¡Si hay una casita...! ¿Y voy a dormir yo ahí?
    —Sí.
    —¿Y tú, qué? Porque como te acerques tan sólo a dos metros, sabrás lo que es una magnum.
    —Yo dormiré en mi habitáculo, que es éste que hay a nuestra vera, milady. De forma que come y bebe, que nadie te molestará.
    —En fin... —dijo ella—. De perdidos, al río.

    Y procedió a comer golosamente el filete de buey acompañado de algunos tragos de vino rojo. Muy pocos, en comparación con lo que era preciso para satisfacer a una doncella como Deliciola o Delirus. Pero al parecer los suficientes para que las mejillas de la desconocida tomasen un leve tinte sonrosado, y sus ojos brillasen un poco más.

    Sir Pertinax se sentía un poco febril. Acompañó a la pobre desequilibrada a la nueva célula, en la que había tan sólo un catre provisional y el acostumbrado surtido de cortinajes, además de algún pequeño mueble. Se asombró cuando Lady Jane consideró aquel pobre lugar como el máximo de los lujos, afirmando que «en su vida había visto cosa igual», pero prefirió no comentar nada y retirarse a su habitáculo.

    Durmió con un sueño pesado e intranquilo, mientras Mágico, muy preocupado, conducía lentamente.


    IV DESAPARECE LA EXTRAÑA DAMA, Y COMIENZA SIR PERTINAX A ESCUCHAR LAS VOCES MISTERIOSAS


    A través del vidrio pudo ver Sir Pertinax, ya despierto de su intranquilo reposo, que durante la noche había alcanzado la Avenida de Aldebaran (Aldebaran Road), y que se hallaban en el punto 811. El poste kilométrico pasó lentamente, y juzgó que caminaban a unos cuarenta a la hora. Se notaba dolorido, y con una ligera sensación de cosquilleo en la herida, claro síntoma de que comenzaba a cicatrizar. Pero su fortaleza física era más que suficiente para soportar una arañazo como aquél, así que se afeitó y aseó recordando aún los numerosos sucesos de la jornada anterior. Fue en ese momento cuando oyó en la terraza la voz de Lady Jane.

    —Pero ¿dónde está usted? —decía ella.

    Con gran sorpresa del joven caballero, otra voz bronca y rasposa respondió a la de la muchacha.

    —En un satélite artificial, a veintiséis mil quinientos kilómetros de altura. Te voy a repetir de nuevo, Smith. Yo no puedo hacer nada por ti. Te has metido en un horno, chica. El único que puede ayudarte es Artie 26, y voy a ponerme en contacto con él.
    —¡No puedo quedarme aquí, con este chalado!
    —Te quedarás ahí lo que haga falta, Smith, y vas a seguirle la corriente al chalado, como tú dices, y a todo el que te encuentres en el camino. Espera un minuto; tengo a Artie 26 en la otra línea.

    Hubo unos instantes de silencio, que Sir Pertinax aprovechó para acabar de vestirse, casi aterrorizado por aquella voz rasposa que salía de la nada. ¿Sería posible que otro caballero hubiera subido a su patito sin permiso? Si tal villanía había sido cometida, su espada «Old Edsel» pondría las cosas en su punto rápidamente.

    —Atiende, Smith —dijo la horrible voz—. Toma nota de esto. Espera; supongo que llevas tu brújula, ¿no es así?
    —Sí, señor Sullivan.
    —Toma nota. 2.113 magnético Este. 22 declinación oeste. Dirección tomada desde el centro...
    —¿Desde el centro de qué?
    —Del castillo. Ya lo verás. Te llevarán allí. Caminas doscientos veintiséis metros; hay dos árboles gemelos y en medio una roca cuadrada. Verás un botón azul sobre ella. Tres cortos y seis largos. Te abrirán. Es todo.
    —¿Se trata de alguna estación?
    —Se trata del mismo centro de este... bueno; de este mundo. Del centro neurálgico, Smith. Repito; te llevarán al castillo, en el Norte absoluto, y desde allí tomas la orientación. En cuanto a salir de 36 Ofiuco A con los limitadores sin recargar, es asunto tuyo y de tu compañía, la Nobile, Campson y Narval. Ellos te dirán.
    —¡No tenía tiempo...! ¡Tenía que cumplir el horario, señor Sullivan!
    —No es problema mío, Smith. Yo sólo te digo que estás en un avispero. Haz lo que te digan, y sigue la corriente a todos. Como hagas algo que estropee la cosa, te freirán viva.
    —¿Me... me echarán? —dijo Lady Jane, con voz llorosa.
    —Pregúntaselo a Nobile, Campson y Narval. Y vale. No intentes entrar en comunicación de nuevo; es muy peligroso. Corto y fuera.
    —Corto y fuera, señor Sullivan.

    Indudablemente aquello era asunto de hechicería o encantamiento. Jamás había oído Sir Pertinax que una voz pudiera resonar así en un carruaje, sin permiso del caballero dueño del mismo. Acabó velozmente su tocado, y salió a la terraza. Con gran sorpresa, vio que Lady Jane estaba sola, sentada en la banqueta de cuero, y con un aspecto de suma tristeza y desesperación. No parecía posible que ella hubiera fingido la voz horrenda, aunque nunca se sabía bien qué esperar de una desequilibrada. En el suelo, ante ella, reposaba una cajita negra, con una esfera, varios botones, y una pequeña lanza cromada extendida hacia el cielo. Desde luego que no era un arma, porque la diminuta lanza no tenía más allá de tres palmos de larga, y no terminaba en punta, sino en un pequeño botón cilíndrico. Mientras la miraba, Lady Jane tomó la cajita negra, apretó la parte superior de la lanza, y ésta se recogió sobre sí misma, entrando totalmente en el interior de la caja.

    —Ah... estás ahí —dijo ella, al verle—. Buenos días.
    —Claro que lo son —contesto Sir Pertinax, yendo de sorpresa en sorpresa—. ¿Acaso hay días malos, milady?
    —¡Oh, no...! ¡Otra vez, no! —dijo la muchacha, y de la forma más incomprensible, se acurrucó en el asiento y se cubrió el joven rostro con las manos. Diose cuenta Sir Pertinax de que estaba llorando, ya que los sollozos sacudían el cuerpo de la muchacha, y no supo hacer otra cosa que sentarse a su lado y esperar a ver qué sucedía. Podría ser que estuviese irritada por no haberle hecho el amor la noche antes. Pero el joven caballero se dijo que en tal caso se lo habría reprochado claramente en vez de llorar por razones desconocidas. Y además... ¿qué era aquella voz rasposa y horrible? No había caballero extraño alguno en el patito, ni podía haber sido el viejo Mágico. Los mecanoservus no tenían más que una voz, como los caballeros y las damas. ¿Tal vez aquella caja negra?
    —Bueno... —dijo Lady Jane, levantando el rostro—. Vamos a ver qué pasa, socio. Bastantes problemas tengo ya.

    Observó Sir Pertinax que la muchacha se había lavado la cara, y que resultaba así más bella que el día anterior. Lástima que su rostro tuviera aquel tono ligeramente tostado, completamente fuera de lugar para una dama. Sin duda que éstas debían tener el cutis blanco como leche y rosas, y no era admisible ninguna otra cosa. Pero aun así, Lady Jane era bella, y sus ojos extraordinariamente penetrantes, aun cuando un tanto llenos de dolor, como si hubiese sufrido mucho. Sintió pena por ella y decidió tratarla con la máxima delicadeza. No era hora de hacer el amor, sin una buena comida y bebida abundante que precedieran al acto, pero más tarde se lo solicitaría de nuevo, para que no tuviera queja alguna de él.

    Mágico, en silencio, colocó una jarra de café ante ambos, y un plato con tostadas.

    —Desayuna, milady —dijo Sir Pertinax—. Es poco lo que puedo servirte, porque sólo soy aún un pobre caballero, pero te lo doy con mis mejores deseos.

    Ella le miró con lágrimas en los ojos.

    —No sé lo que eres... pero pareces buena persona. Te seguiré la corriente, no te preocupes. Mira; ni siquiera sé cómo te llamas.
    —Mi nombre es Sir Pertinax le Percutens, y soy tu más humilde servidor.
    —¡Ojalá! ¿Y cómo debo llamarte?
    —Ya te lo he dicho, Lady Jane. Sir Pertinax.
    —¿No puedo llamarte Perty, para abreviar?

    Ante la ofendida mirada del joven, Lady Jane se apresuró a rectificar.

    —No, claro. Ya veo que no. Está bueno el café, Sir Pertinax. No lo tenemos así en.... en...
    —¿En dónde, milady?
    —No, nada. En ningún sitio. Estaba pensando en otra cosa. Oye... ¿has oído algo, alguna voz rara, algo?
    —No, milady —mintió tranquilamente Sir Pertinax—. No se a qué te refieres.
    —Bueno; menos mal... temía.... Oye: que las tostadas éstas son de primera.
    —¿Te gustan?
    —Un horror. Cosa rica, de veras. No había probado pan como éste desde que mister Nobile quiso que fuera a cenar con él, y tuve que decirle que...
    —¿El qué milady?
    —No, nada. Que todos los hombres son iguales. Hasta tú, me imagino. Perdona, Sir Pertinax, pero estoy pensando en voz alta.
    —Difícil ocupación es ésa, milady.
    —No lo sabes tú bien, socio.

    Un castillocar oscuro, con el escudo de un eclesiástico en el arzón, se cruzó con ellos, seguido después por dos castillocar más y un patito bastante completo.

    —¿Qué diablos es eso?
    —Son castillocar, como éste será algún día, milady.
    —De manera que es así... —dijo ella—. ¿Y cuándo paráis?

    Por segunda vez aquella obscena palabra. Comenzaba a pensar Sir Pertinax que la vesania de la dama no lo era para todo, puesto que en general hablaba con normalidad, aún cuando usase algún vocablo incomprensible. Decidió que lo mejor era explicárselo, por si la perdida memoria volvía a renacer.

    —No debes decir eso, Lady Jane. Es una palabra que la gente bien nacida no pronuncia. Y yo no dudo de lo preclaro de tu nacimiento, aun cuando no vayas vestida con las ropas adecuadas. Pero pronto pondré remedio a eso, porque iremos a un asteroide vestis, y proveeremos de lo necesario.
    —¿Quién haremos todo eso?
    —Yo.
    —¿Y por qué no dices haré o proveeré, o así? ¡No eres más que una persona sola, demontre! ¡Oh, perdona, perdona, Sir Pertinax! No doy ni una, está visto. Oye, tú, ¿y qué es lo que no debo decir?
    —Eso de... perdón, milady... eso de... parar.
    —¿No se puede?
    —No, milady. No se debe ni siquiera pensar en ello.
    —De acuerdo, Sir Pertinax —contestó ella, sonriendo—. Cuando meta la pata otra vez, me lo dices y en paz. ¿De acuerdo?
    —Supongo que sí —contestó Sir Pertinax, sin estar muy seguro de si ésta era la contestación acertada. Tan extrañas eran normalmente las palabras de la dama, que cogía el sentido de la conversación por su tono, y no por lo que las palabras significaban. La pareció ahora que ella estaba pidiéndole que informase de sus errores de etiqueta, si es que cometía alguno, y respondió en consecuencia.
    —Supongo que sí, milady —repitió—. Y ahora, puesto que el próximo asteroide vesti está...
    —¡Mi señor! ¡Oh, mi señor! —resonó la voz de Mágico en la terraza—. ¡Mi señor, por lo que más queráis, atendedme!
    —¿Qué sucede, viejo Mágico?
    —¡Su Majestad, Sir Pertinax! ¡Su Majestad el Rey Arturo quiere hablar con vos...! Pero no es eso solo, mi amo.

    El joven caballero se levantó bruscamente, asombrado. No recordaba que Su Majestad hubiera llamado nunca a nadie. Siempre era al revés, cuando se mataba un dragón, o cuando en una justa moría el otro caballero, o cuando se era armado como tal...

    —¡Habla de una vez, maldito!
    —Sí, mi amo. Su Majestad quiere que milady asista a la conversación, ¡y que yo lo haga también, mi señor!
    —Cosas graves deben suceder para que así sea —respondió Sir Pertinax, con calma—. La dama y yo pasaremos a mi habitáculo, y en cuanto a ti, puedes seguir la conversación desde ahí. Disminuye la marcha, para que puedas prestar atención a las palabras de Su Majestad. ¿Lo ves, viejo preceptor, lo ves? Es sin duda una señal de que grandes cosas nos esperan.
    —¡Oh, Señor...!

    Conmovida sonaba la voz del anciano mecanoservus, porque nunca había sucedido en la historia de la caballería que Su Majestad quisiera conversar o departir con un despreciable ser mecánico como él. Indudablemente su amo estaba llamado a muy altos menesteres, y no había sido todo lo equivocado que él pensaba el recoger a la dama en la carretera salvaje. Con unción y respeto máximo, el viejo Mágico esperó que sonase la voz del Rey, seguro ya de que su amo y milady estaban en el habitáculo.

    —Caballero Sir Pertinax le Percutens —resonó la voz grave de Su Majestad—. Sé que has recogido una dama en la carretera salvaje, poco después de acabar con el dragón...

    Una mano de hielo estrujó el corazón del joven. ¿Habría sido aquello tan deshonroso como para que el propio Rey quisiera privarle de su título? La voz del venerable monarca sonaba como si algo gravísimo estuviera en juego.

    —Así es, Majestad —respondió humildemente Sir Pertinax. Miró de reojo a la dama, que no parecía en absoluto preocupada.
    —Has hecho bien, noble caballero. El valor y la hidalguía pueden demostrarse de muchas formas, y lo que tú has hecho es una de ellas. Se trata de una dama desvalida, a la que era preciso proteger. Pero sobre ella pesa un encantamiento que sólo yo puedo levantar. Por tanto, la llevarás, a la mayor velocidad posible, al Circo Máximo Norte, donde la dejarás al lado de mi castillo, ¿oyes?
    —Oigo y obedezco, Majestad.
    —No permitirás que circunstancia alguna te retrase, y dispondrás del número de puntos preciso para que la dama se vista de acuerdo con su condición, a fin de que las ropas que ahora lleva desaparezcan sin ser vistas por nadie. Entrarás en el próximo asteroide vestis, y las destruirás.
    —Sí, Majestad.
    —En cuanto a ti, mecanoservus Mágico, guardarás absoluto silencio sobe todo esto. Podría pedir a tu señor que te desmontase y te colocase un bloque magnético en la memoria, pero le has servido demasiado bien para que solicite tal crueldad. Te autorizo, además, a añadir sobre tu pecho una nueva placa de oro, que dirá «Rex Arturus audivi», escuché al Rey Arturo.
    —Majestad... —musitó el anciano preceptor, agobiado. Creyó que sus circuitos, sobrecargados, iban a saltar. Nunca había pensado que algo así pudiera suceder; nunca, ni en los más locos sueños...
    —Lady Jane, escúchame. Artie 26, ¿comprendes? Obedece a Sir Pertinax, y no te destaques en nada, o mi ira caerá sobre ti... Si quieres llegar a donde debes, sana y salva, no hagas nada que pueda hacer volcar el bote, ¿comprendes? Y me estoy refiriendo a este bote. ¿Has comprendido?
    —Sí...

    Los ojos de Sir Pertinax echaron llamas.

    —¡Sí, Majestad! —gritó.

    Pareció que Lady Jane se encogía bajo la fulminante mirada del caballero.

    —Sí, Majestad —repitió, dócilmente.
    —Eso está mejor —tronó la voz del Rey Arturo—. Recuérdalo; Artie 26 ¿eh? Sigue las costumbres, adopta el traje, cumple con las normas. Será cosa de poco.

    Un silencio sepulcral invadió la pequeña pieza cuando la comunicación con el Rey Arturo se cortó. A Sir Pertinax le sorprendió mucho el aspecto de la dama; con la cabeza baja y las manos unidas en apretado puño, los hombros encorvados, era la imagen misma de la desesperación. No parecía lógico; una protegida de Su Majestad debía sentirse extraordinariamente satisfecha.

    Pero no era momento de pensar en esto, ni en las extrañas coincidencias que había entre lo dicho por la voz horrible, y lo comunicado por el Rey Arturo... Lo primero era cumplir las órdenes recibidas; tiempo habría para pensar.

    —Asteroide vestis a sesenta y dos kilómetros, mi señor —dijo Mágico.
    —Saca todo lo que puedas de los motores, sin forzarlos, viejo. No podemos ir despacio, pero tampoco debemos arriesgarnos a una avería seria.
    —Sí, mi amo. Yo... yo quería pediros perdón humildemente por haber dudado de vos... Yo...
    —Olvídalo, Mágico. Y empieza a correr. Lady Jane, hazme el favor de retirarte a tu celda; nadie debe verte. Yo voy a trazar el plan de ruta.

    Ella, en silencio, comenzó a caminar por la estrecha pasarela, hacia la célula de popa. A mitad de camino, se volvió con el cabello movido en cortos remolinos por el viento de la marcha, presentando un aspecto terriblemente desvalido.

    —¿Tardaremos mucho, Sir Pertinax?
    —Aún no lo sé, milady —gritó el caballero, tratando de dominar el creciente ruido de los motores—. He de buscar el camino más corto... pero no creo que sea menos de cuatro o cinco días. Hay que ir al Norte y estamos casi en el Sur.

    Ella asintió tristemente con la cabeza, y entró en su habitación. Observó entonces Sir Pertinax que había olvidado en la terraza la bolsa de cuero, y al lado de ésta, la misteriosa cajita negra de donde había salido la voz áspera. Sin dudado un momento, recogió la cajita y entró con ella en su habitáculo. El Rey Arturo había hablado de destruir ropas, y no había dicho nada de la bolsa y la caja. Destruiría la primera, y se quedaría la segunda; no habiendo orden expresa de Su Majestad, no había nada deshonroso en ello.

    Los motores rugían rítmicamente, mientras el patito caminaba a setenta y cinco, con suavidad, sin oscilaciones ni saltos. De vez en cuando el sonido de la trompa y la inclinación a derecha e izquierda demostraban que Mágico, con pericia, estaba adelantando otro carruaje.

    Poco costó a Sir Pertinax calcular una ruta no muy complicada que les llevaría rápidamente al Norte, en el supuesto de que en alguna de las vías menores que iba a verse obligado a tomar, no hubiese demasiada circulación. Se encontraba extrañado. No podía dejar de pensar en la dama y en su aspecto afligido. Juró entre dientes. Estaba a punto de decirse que eso la hacía más atractiva a sus ojos, ya que la tristeza era un estado anímico casi desconocido. Ira, alegría, indiferencia... de acuerdo. Pero tristeza, dolor... ¿por qué? Hasta diría que ese mismo desconsuelo de la dama le empujaba a protegerla más ardientemente, como si no hubieran sido bastantes las órdenes de Su Majestad.

    Bebió un poco de cordial, en contra de sus costumbres, de por sí morigeradas. El ardiente licor cayó en su estómago como en un charco, sin producirle calor ni animación alguna. ¿Y qué pensar de la voz horrible, y de la caja negra? ¿Qué pensar de tan misteriosas casualidades? El surco de fuego, el estampido, el dragón, la dama desvalida, la conversación inesperada, las órdenes de Su Majestad... ¿Por qué la voz áspera había mencionado ese extraño ser llamado Artie 26, y también lo había hecho el Rey Arturo? ¿Qué era volcar un bote, e incluso un bote mismo? Porque no podía tratarse de un bote de conservas, como los que había en los asteroides cibi.

    Poco a poco, la mente de Sir Pertinax iba cargándose... Notó un ligero dolor en las sienes. Era inútil, pensó. Jamás comprendería nada. Si sobre todo ello pesaba un encantamiento, más le valía dejarlo en manos de Su Majestad, que asuntos secretos del monarca eran, y no otra cosa, y por tanto, debía limitarse a cumplir su deber de caballero.

    Mientras metía y sacaba, automáticamente, la lanza de metal acoplada a la caja negra, la solución llegó lentamente a su cerebro. Con júbilo, se dio cuenta de que no era preciso que diera más vueltas al caletre ni intentase comprender lo que nadie podía comprender. Un caballero no debía molestarse por esas cosas... Quizá un filósofo sí, pero él no lo era. Una gran onda de tranquilidad invadió su espíritu cuando consideró el problema resuelto de esta forma.

    Un chirrido surgió bruscamente de la caja negra, y Sir Pertinax retiró la mano, asustado.

    —... por la religión? —dijo la voz rasposa.
    —Que se la inventen ellos —contestó otra voz, muy lejana y deformada, pero que a los oídos de Sir Pertinax sonaba a conocida. —Si hay una verdadera, ésa será la que inventarán, ¿no crees?
    —No. Yo no soy un descreído como tú. Sólo estoy empleado aquí, y esto es un trabajo como otro cualquiera. Igual podía ser prospector en Golconda, o jefe de compañía en Lac 9352. Pero, ¡tú los quieres, Artie!

    ¿Artie? ¿Artie? ¿Otra vez Artie? Más tranquilo, el joven aguzó el oído, tratando de captar las palabras entre el gran número de chirridos, zumbidos y ruidos de fondo que casi las cubrían.

    —Naturalmente, Sullivan. Llevo más de treinta años con esto... y me eligieron porque soy capaz de amarlos y sacrificarme por ellos. Si fuera por el dinero, el maldito trabajo podía irse al diablo.
    —Si fuera por el dinero, no me jugaría yo el tipo hablando contigo por la onda de emergencia.
    —Si nos cogen, te mandarían al mismo Termino.... ya sabes, en el borde de la galaxia...
    —¿Y tú, qué?
    —A mí no me pasaría nada, Sullivan. No pueden privarse de mí. Y más ahora que el proyecto número uno ha dejado de enviar noticias. Ya verás cómo va a resultar que Milton Yale tenía razón, y que el proyecto número dos...

    Las voces se perdieron en un concierto de interferencias. Durante unos segundos, Sir Pertinax permaneció inmóvil, mirando fijamente la caja negra. Tenía la desagradable sensación de que estaba cometiendo algo profundamente pecaminoso e innoble. Pues en el curso de la absurda conversación, había reconocido la voz del llamado Artie. Lejana, borrosa y con otra entonación, pero era, sin ninguna clase de dudas, la del mismo Rey Arturo.

    —Estamos a punto de llegar al asteroide vestis, mi amo.
    —¿Cómo? ¿Qué dices?
    —Que estamos llegando al asteroide vestis, Sir.

    La voz de Mágico sacó al joven de sus cavilaciones. Había comprendido, de una forma oscura, que aquella impenetrable conversación se refería a él mismo y a Lady Jane... Hizo un terrible esfuerzo de voluntad. Si no hubiera sido expreso deseo de Su Majestad que la oyera, no la habría oído. Así que, de ahora en adelante, procuraría estar atento a las fantasmales voces de la caja negra, por si en ellas había algún aviso o críptica advertencia que debiera cumplir.

    El asteroide vestis estaba vacío. Cuando Sir Pertinax trató de registrar puntos en la entrada, la flámula se alzó como era normal, y la carátula transparente de la registradora mostró un número de puntos tan elevado, que sintió una ligera sensación de mareo. Mientras el vehículo giraba lentamente dentro de la herradura, pasando y repasando ante los anaqueles llenos de ropas más o menos suntuosas, hizo salir a Lady Jane de la célula.

    —Puedes elegir lo que quieras. Tenemos muchos puntos, y es deseo de Su Majestad que vistas adecuadamente. No te preocupes; nadie nos puede ver, ni nadie entrará mientras estemos aquí. Coge lo que quieras.
    —Un cheque en blanco ¿eh? —dijo ella.

    Otra frase sin sentido, producto quizá de la magia que sobre la muchacha pesaba.

    —Bueno, ¿y qué debo coger? —continuó ella, con una mustia sonrisa en los labios—. Porque de las modas que uséis aquí, nada de nada.

    Sir Pertinax se sintió feliz de poder demostrar su educación y conocimientos. La hubiera rodeado con sus brazos, pero se dio cuenta de que aún no era momento.

    —Primero zapatos, medias y ropa interior. Adecuada a tu porte, claro está —dijo—. Después un par de trajes de diario, y otro par para sarao; no creo que necesites más. Perfumes, peinetas, redecillas y alguna joya a juego...
    —¡Va a costar una fortuna, oye!
    —¿Qué quieres decir, milady?
    —Que será un horror de caro. Espero que no me lo quieras cargar a mí luego, porque... Bueno, bueno. No he dicho nada. No me mires así. ¿Por dónde empezamos?

    Una vez registrada la talla de la dama, todo era cuestión de elegir. Sir Pertinax recomendó unos escarpines de tafilete dorado, medias de nylón blanco en rejilla, ropa interior de suave seda blanca, y un traje de terciopelo verde, con mangas abullonadas, escote de barco, muy bajo, y aberturas a los costados. Poco a poco, todo lo elegido se acumuló a los pies de la dama, bien empaquetado en sus cajas de plástico transparente. Notó el caballero que las etiquetas habían cambiado; ya no eran el nombre de la cosa con un yelmo encima, sobre fondo blanco, sino que el fondo era azul pálido, con estrellas, y algo como un cilindro que echaba fuego. Debajo decía: «El carruaje celestial» y seguía el nombre del objeto adquirido. No les prestó mucha atención, ya que el cambio de etiquetas, aunque no fuera muy frecuente, tampoco era raro.

    Lady Jane miraba el cúmulo de paquetes con una expresion muy peculiar. A poco, alzo los ojos hacia Sir Pertinax, y éste pudo ver que tenía las mejillas ligeramente enrojecidas.

    —¿Todo esto? —dijo la joven, con un hilo de voz.
    —Eso es sólo un juego completo; aún faltan bastantes cosas, milady... ¿Es que no te gusta ese traje?
    —Sí... claro que sí... aunque no es lo que acostumbro a llevar. Pero no es eso... es que.... el que me compres tú todas estas cosas, me da la impresión de ser una, vamos... ¡una entretenida!
    —Espero —contestó el joven—que eso no sea nada deshonroso.
    —Según. Malo no es. Mejor me iría si hubiera querido... En fin. ¿Qué hago ahora? ¿Me pongo todo esto?
    —Es lo mejor, milady. Así si otro vehículo llegase a la entrada, no te vería con esas ropas que Su Majestad ha prohibido. Además, así puedes dármelas para destruirlas.
    —Está bien... está bien.

    Mientras la dama concluía de cambiarse en su celda, el joven continuó escogiendo ropas, hasta llegar a completar los juegos de trajes y joyas que tenía pensados. Todo ello constituía una pila bastante voluminosa, y se asustó al pensar en la cantidad de puntos que hubiera sido preciso para pagar aquello. Naturalmente, ni siquiera pensó en tomar nada para sí aunque su guardarropa era de lo más limitado, puesto que la autorizacion de Su Majestad para nada se había referido a eso.

    Una figura sorprendente avanzó hacia él, tambaleándose un poco sobre los altos tacones dorados de los escarpines.

    La dama había cambiado completamente. El profundo escote del traje de tercipelo verde descubría unos hombros de línea purísima, aunque tostados de forma desigual, pues una especie de cinta de piel más blanca subía desde los pechos y se cruzaba detrás del cuello, como si hubiera habido allí algo que la hubiera protegido del sol. Una extraña moda, pensó el caballero, pero si en el desconocido lugar de donde Lady Jane venía, se acostumbraba así, no podía objetarse nada. El rostro ovalado, con los ojos llenos de una inesperada alegría y los labios entreabiertos, no desentonaba de la ropa, salvo por el pelo excesivamente corto. Y en cuanto a las piernas y muslos que las rajas de la falda descubrían, enfundados en sensual rejilla blanca, eran perfectos en todo; forma, línea y longitud.

    —Estás maravillosa —dijo Sir Partinax, pensándolo sinceramente así—. Cualquier caballero desearía hacer el amor contigo.
    —¿Es... es costumbre? —murmuró ella, mirándose a todas partes, e intentando en vano subir el escote de la prenda.
    —Naturalmente. ¿Qué otra costumbre cabe? ¿No hacerlo?

    Y, tratando de tranquilizarla en cuanto a su aspecto, le dirigió una cuidadosa mirada de deseo, recorriéndola de arriba abajo con la vista.

    —¡Por favor! —dijo ella—. ¡No me mires así...! Ya me siento lo suficientemente rara con estas cosas, para que encima me mires como si quisieras... si quisieras...

    Calló un momento, y en vista de que Sir Pertinax, lleno de paciencia, no decía una palabra, continuó:

    —¿Y todas las mujeres se visten así?
    —Claro, rnilady.
    —Me imagino lo que pasará, entonces. O por lo menos, me imagino lo que pasaría en Barlión. Pero bueno, si lo hacen todas... ¿por qué no he de hacerla yo? O sea que van por ahí enseñándolo todo, o casi todo.

    Se echó a reír con una risa fresca y agradable.

    —Bueno; pues yo también. La verdad es que no me importa ir un poco, o bastante, descarada. ¡Si van las otras...!
    —Un caballero espera en la entrada, Sir —cantó el viejo mecanoservus.
    —Comunícate con él; pídele excusas y di que salimos ahora mismo.
    —Lo haré, señor.

    A media tarde, mientras momentáneamente se disminuía la velocidad, Mágico les sirvió la comida en la diminuta terraza. Aunque fue exactamente lo mismo que el día anterior, Lady Jane la celebró con los mismos extremos. Incluso llegó a beber una cantidad superior del buen vino rojo, y cuando el mecanoservus retiró los platos, su rostro había tomado muy buen color, y se reía de cualquier cosa. Se dedicó entonces a abrir todos los paquetes que esperaban turno, y Sir Pertinax se admiró ante su asombro y alegría a cada cosa nueva.

    —¡Y esto también! —dijo ella.

    Era una peluca de tono castaño, con grandes cantidades de undoso cabello. Con un gracioso gesto, la dama se la colocó ajustándola después un poco, y entonces su cambio fue total. Era una señora totalmente distinta; si antes era hermosa, ahora, la gran mata de pelo oscuro, derramándose sobre sus hombros, le daba un aspecto regio.

    —Vaya si has sido bueno conmigo —dijo, sentándose de nuevo en la incómoda butaca de cuero—. Si en Ofiuco o en Barlión me regala alguno la décima parte de lo que me has comprado tú, ya te puedes imaginar lo que pediría a cambio.

    Sir Pertinax, pacientemente, tomó un nuevo trago de vino rojo, sin contestar. El patito corría a ochenta hacia su destino, balanceándose levemente sobre los grandes amortiguadores.

    Ella le miró con ojos brillantes.

    —¿Estoy... estoy bien? ¿Verdad que sí?
    —Maravillosa, Lady Jane.
    —Cualquiera lo estaría con estas ropas, ¿sabes? La verdad es que favorecen mucho... y la peluca... ¿cómo se te ha ocurrido eso?
    —Bien, milady —respondió el joven—. Como veo que no comprendes muchas cosas, sin duda por el encantamiento que pesa sobre ti, te diré que en la educación de todo caballero entra el saber lo que agrada a las damas y lo que cada caso singular de belleza merece. A una dama morena y de ojos negros como tú, es indudable que el verde y el oro le hacen buen papel, y la realzan. En cuanto a la peluca, ¿cómo es más bella una señora sino con un pelo undoso y abundante, que se derrame sobre unos hombros perfectos?
    —Pareces un libro hablando —dijo ella, poniendo una cara muy rara, como si estuviera conteniendo la risa—. ¿Todos habláis así? ¡Oh, mira eso!

    Durante el fragmento de un instante, Sir Pertinax miró hacia donde la dama señalaba. Había unos animales amarillos, con gran melena y una corona de largos cuernos, saltando sobre sus patas córneas a unos quinientos metros de la calzada. Algún lejano bramar llegaba a los oídos del caballero, venciendo el rumor monótono de los motores. Inmediatamente, desvió la vista de los animales y del bosquecillo de árboles azulados donde retozaban.

    —Mi dama —dijo, dulcemente—no debes mirar ahí. No importa nada lo que suceda fuera de las carreteras. Eso no existe para los caballeros y damas como es debido. Por favor, no vuelvas a hacerlo.
    —Hay que seguir la corriente... — dijo ella—. Está bien; está bien. Pero podré preguntar cosas, ¿verdad?

    Durante el resto de la tarde le bombardeó con preguntas sobre cómo se conseguían los puntos, lo que eran los otros vehículos que se cruzaban con ellos o a los que adelantaban, qué era un patito, qué diferencia había con un castillocar, si era cierto que todas las damas andaban «así» por el mundo, quién había organizado todo, y por qué estaban allí. Sir Pertinax contestó las preguntas cuya respuesta sabía, y dejó sin responder buena parte, las cuales ni siquiera se había planteado nunca. Estaba un poco hipnotizado por esta viveza rápida de la dama, su forma de cambiar de un tema a otro, sus alegrías o tristezas repentinas. En cierta ocasión ella le preguntó por la radio de emergencia.

    —¿Qué es eso, milady?
    —La caja negra con la antena... esa barra larga y niquelada.
    —La destruí con el resto de tus cosas, mi señora.

    Ella preguntó para qué servía la lanza, y se asombró cuando supo el uso a que estaba destinada. Insistió después para que le trajesen otra botella de vino rojo, y continuó bebiendo poco a poco, sin dar ningún síntoma de embriaguez. Sin embargo, había dejado de sentirse cohibida por el gran escote y por las aberturas de la falda, y cruzaba las piernas con el mejor estilo, mostrando la tirante malla blanca sobre la tensa piel.

    —Nací en Barlión —dijo animadamente—. Me parece, Sir Pertinax, que no vas a entender nada de lo que te diga, pero si no te importa, necesito hablar con alguien. ¿Sabes que eres muy guapo? En la compañía, o en cualquier sitio, las chicas se te rifarían. Pero pienso que tendrás aquí todas las que quieras; claro que con esa forma de pensar... Mi padre era un veterano de la guerra; en la ofensiva de Beta Hidra macho, cuando la batalla de la bolsa, un caza enemigo le cortó las piernas. La pensión no era grande, y con eso de la inflación y los impuestos, menos. Me he quedado sin cenar muchas veces... y te aseguro que no es agradable irse a la cama con el depósito vacío. De niña, no tenía juguetes, ni dinero. A los trece años, el administrador del Servicio de Brontaje quiso violarme... No pudo, y no le pasó nada, aunque lo denunciamos. Mi padre dijo que era un inválido de Beta Hidra macho, pero como si no... A los veinte años conseguí una plaza en la escuela de pilotos, y aunque me costó mucho, soy muy mala para estudiar, pude aprobar. La penúltima, pero aprobé. Bueno, a ti te da igual que te lo diga todo, ¿verdad? ¡No te vas a escandalizar! Conseguí la plaza porque me fui a la cama con un Separador de segunda, que era el encargado de la selección... Luego tuve un novio, o yo creía que era un novio, pero no lo era. ¿Entiendes?
    —Lo siento, pero no lo entiendo, Lady Jane. No sé lo que es un novio, y aunque lo supiera, no comprendería esas circunstancias tan raras de que lo era, pero no lo era, aunque tú creías que lo era. Para mi que son misterios de Su Majestad en los que un caballero no debe intentar penetrar.
    —Pues bien, chico. Ya me has hecho tirar la toalla otra vez. Lo dicho; ni tú me entiendes, ni yo te entiendo. Lo que quería decir es que sólo andaba buscando plan, a ver si lo coges ahora. A todas las chicas que andamos por ahí de piloto de un carguero nos han puesto una fama que no veas. El primero que tiene un descapotable y un palmito un poco bien, o una cúpula en las afueras, se cree que con invitarte a media botella de Contego y unas tapas, se te va a llevar de calle. Aquél era algo más fino que lo normal, porque casi siempre te piden a las primeras de cambio que te vayas a su cuarto, o a la cúpula, o a donde sea, a ver su colección de Snitzs marcianos. Sí; aquél era más fino; hasta llegó a sacar la licencia de matrimonio, y todo. Pero buscaba lo mismo que los otros. Bueno, yo ganaba bastante; y se lo mandaba a mis padres, quedándome sólo lo justo para vivir. Alguna vez, si alguno me gustaba, le decía que sí, y pensaba que había encontrado el hombre de mi vida.

    Estaba anocheciendo, y Sir Pertinax, entre el cansancio que le producía su herida, y las excitaciones del día, comenzó a sentir sueño. Pero no era cortés interrumpir a Lady Jane.

    —Pero nada de eso —continuó ella—. Como ves, según tú dices, sí que soy una dama, aunque en otros sitios no me llamarían así. ¿Cuántos años tienes?
    —Diecinueve, milady.
    —Pues yo soy una vieja a tu lado, porque tengo veintiséis. Ya ves... Temo que la cabeza me dé vueltas; no estoy acostumbrada a beber tanto. Pero, no sé, me he puesto tan contenta con esto de los trajes y los regalos. Nadie me había tratado así nunca... ¡Oye! En el fondo me gusta llevar un vestido como éste, no es muy funcional, pero ¿a que excita?

    Seguro que sí, pensó Sir Pertinax.

    —De todas maneras, tú tranquilo, que yo no te he pedido nada. Lo peor es la que me espera ahora...

    Bruscamente, la alegría contagiosa de Lady Jane desapareció.

    —Me van a echar de Nobile, Campson y Narval. Seguro que sí... ¿Y qué hago yo ahora? ¿Qué demonios hago?

    Con aspecto muy deprimido, la dama se inclinó hacia delante, colocando los codos en las rodillas y el mentón en los puños cerrados. Al hacerla, el escote se abrió más aún, descubriendo unas perspectivas verdaderamente impresionantes, que Sir Pertinax se apresuró a contemplar con gozo.

    —Mira —dijo ella, con la voz un tanto espesa—. Yo no tengo todas esas ínfulas de vivir por mí sola y no depender de un hombre, y demás. Ya sé que en casi todas partes son así, y que yo soy una atontada. A mí lo que me hubiera gustado de verdad es cuidar una casa, y tener niños. Con un marido, ¿eh? No confundamos. El andar de piloto por ahí, carga aquí, déjalo allá, vámonos todas al bar, le damos una paliza a ese tío que nos está mirando y que se cree que es muy macho... Lo hago, ¡qué remedio! Pero no me va, no. Me voy a dormir ahora mismo.

    Se puso en pie, bruscamente. Sir Pertinax se dio cuenta de que vacilaba un poco, y se apresuró a ofrecerle su fuerte brazo. Al sentirlo en la cintura, ella hizo un pequeño movimiento de rechazo; luego, alzó hacia él unos grandes ojos tristes, y dijo:

    —Sí; es mejor que me ayudes. Yo sola igual no llego.

    Aquella historia había dejado, sin saber por qué, un regusto amargo en el alma del caballero. Sin comprender casi nada, percibía un trasfondo de dolor y frustración que le causaba un daño íntimo. Pero lo peor no era eso; lo peor era que entre las voces de los espectrales Artie y Sullivan, y lo dicho por Lady Jane, su alma había llegado a la terrible conclusión de que por encima de las carreteras y los castillocar había otro mundo muy diferente, que quizá nunca lograse conocer. Y además, lo prefería así; prefería francamente no llegar a conocer nunca esa otra vida de encantamientos y hechizos en que una dama tan extraordinaria como ella, podía ser obligada a llorar y a sufrir.

    Pasaron junto a los grandes bloques grasientos de los motores, que bordoneaban agudamente, manteniendo los ochenta. Ella tropezó, y casi cayó sobre el pasamanos.

    —¡Anda! —dijo, mirándolos—. Si son motores Trockmorton... pero les han quitado la placa de características. ¡Cosa más rara! No me sueltes, Perty, que estoy muy mareada...
    —¿Café?
    —No vendría mal...
    —Luego te lo llevará Mágico.
    —¿Y quién conducirá esto?
    —Yo mismo, milady. Continúa; falta poco ya.

    Al sentir en su brazo la cintura elástica de la joven, Sir Pertinax volvió a pensar por un momento en indicarle la posibilidad de hacer el amor, aun cuando ahora estaba convencido de que ella no tenía las mismas normas de vida que las restantes damas y doncellas. Naturalmente, los caballeros tenían a su cargo los castillocar y patitos, así como las lides, pero el amor era privativo de las damas. Normalmente lo solicitaban ellas, aunque tampoco estaba mal mirado que fuera un caballero quien hiciese la petición. ¿Cómo podría ser de otra forma? Ese mundo que se traslucía de las palabras de milady parecía no tener pies ni cabeza; tan pronto resultaba que los hombres tenían en sus manos las justas y el amor, como que también las mujeres proponían amor y luchaban lides extrañas. Eso era inconcebible; sin una separación entre ambas cosas, ¿cómo podía existir un universo ordenado?

    Decidió, por tanto, no solicitarlo a la dama, y esperar que fuese ella quien lo pidiera. Se encontraba un tanto excitado por la proximidad del cuerpo femenino, por las grandes zonas de epidermis que el traje descubría, y por el intenso perfume que se desprendía de sus hombros. Pero ése, y no otro, era el sufrimiento característico de los caballeros; desear a una dama o doncella y que ella no accediese a sus solicitudes.

    Llegaron a la puerta de la célula de popa. Ella se apoyó en el quicio, respirando de prisa, y mirándolo con ojos un tanto velados por el vino rojo.

    —¿También aquí es costumbre —preguntó—el dar un beso de despedida, cuando sales con una chica?
    —Si tú lo quieres, milady—respondió Sir Pertinax, sintiendo que el corazón le daba un salto en el pecho—, lo haré de inmediato. Ya sabes que ningún caballero puede negarse nunca a la petición amorosa de una dama...
    —¿Y si ella no le gusta?
    —Lo mismo, milady. ¡Verdaderamente no te comprendo...! Un caballero está obligado a ello. Si la dama no tiene protector, ni siquiera pensará en rehusar; y si lo tiene y rehúsa, se expone a ser desafiado. Puede eludido cortésmente, pero nada más.
    —¡Mundo perro! —dijo ella—. Bueno; pues aquí...

    Y puso un tembloroso índice sobre la mejilla derecha. Sir Pertinax se inclinó un poco, tomándola por los hombros, y colocó el beso solicitado sobre la suave piel, procurando que fuera todo lo ardiente que tan indirecto contacto podía permitir.

    —Bueno, vale —dijo ella—. Que descanses. Y no te olvides de mandarme al robot con el café.

    A medianoche, las voces de ultratumba despertaron a Sir Pertinax.

    —... ni pensarlo, Sullivan. Ya te digo demasiado. Tú sólo eres funcionario clase C, y no haces más que trabajos administrativos.
    —Si llamas trabajo administrativo a llevar todas las cosas que hay en los almacenes de suministro, bueno. Pero te aseguro que más de una vez me ha tocado cargarlas con el dúmper; no todo son papeles. Escucha, Artie, he oído rumores sobre el proyecto número uno. ¿Es cierto que no ha llegado una de las cápsulas?
    —Bueno... —dudó la voz de Artie, entre una serie de vibraciones y chasquidos que la hacían casi inaudible—. ¿Para qué te lo voy a negar? Es verdad. El número uno enviaba automáticamente una cápsula cada tres meses. Hasta la última venían mensajes y un extracto del diario de a bordo. Las cosas iban mal; las tensiones eran grandes, y casi no sabían ya quiénes eran. Hablaban de lucha y de incendios. Arriba, los jefazos saben lo que eso significa. El proyecto número uno no existe ya.
    —¿Entonces... Artie...?
    —Le han dado la razón a Milton Yale, y orden de forzar marcha en éste. En el dos. Pero va a costar bastante; hay que prepararlos todos para que acepten el cambio de vehículo. Por lo pronto, se ha dado el primer paso...
    —¿Las etiquetas?
    —¡Sabéis demasiadas cosas en ese satélite del infierno! Pues sí; claro está. No podemos utilizar más que tácticas subliminables; una acción más directa rompería toda la estructura.
    —Aún no me creo yo una cultura artificial como ésa...
    —Llevas dos meses aquí, y quieres saberlo todo. Además, hemos estado al borde de la catástrofe. Una chatarra volante de Ofiuco perdió el control y cayó aquí. Las cosas han podido solucionarse en parte...
    —Oye, Artie. Tienes una memoria fatal. ¿Ya no te acuerdas de que fue conmigo con quien ella habló primero?
    —Es verdad; tienes razón. Estoy muy preocupado, Sullivan. Se me van las cosas de la cabeza. ¡Si pudiera acelerar las cosas para que «ellos» estuvieran preparados lo antes posible!
    —Mándalos allí por las buenas.
    —Ni pensado. Después de cinco generaciones, ¿cómo voy a pegarles un viraje de noventa grados en un día? Hará falta un año o más para que las cosas entren con suavidad...
    —Lo que no comprendo es...

    Las voces habían ido debilitándose poco a poco, hasta que tras la última frase de Sullivan sólo se oyeron unos rumores lejanos, y después nada. Sir Pertinax dejó que las palabras resbalasen por su cerebro como agua por un colador; escuchándolas, pero sin tratar en absoluto de comprender nada. Quizá en ese colador quedase, sin embargo, alguna partícula oculta adherida al interior.

    Durante dos días y dos noches, el patito recorrió velozmente las avenidas y las carreteras salvajes, sin disminuir su marcha más que para tomar alimentos y combustible. Por consideración hacia Lady Jane, el joven adquirió alimentos delicados, como pavo relleno, salmón ahumado, caviar, vino de marca y otros. Pero Lady Jane parecía alterada. Después de la cascada de confianza que había depositado en Sir Pertinax aquella primera jornada, había tomado una postura seria, no bebiendo vino, y guardando silencio casi continuamente. En vano fue que Sir Pertinax intentase alegrarla contándole historias picantes o explicándole las justas más famosas que conocía. La joven sonreía tristemente, comía con agrado, alabando débilmente los fastuosos manjares, pero apenas hablaba. Permanecía horas y horas de pie, en la terraza, ataviada con las galas adquiridas en el asteroide vestis, y mirando a lo lejos. A veces, incluso hacía una débil señal con el pañuelo cuando se cruzaban con otro carruaje y las damas o doncellas de éste la saludaban de la misma forma. Pero aquel momento en que a Sir Pertinax le pareció que había adquirido toda su confianza no volvió a repetirse.

    —Desvía por Bellatrix Road, Mágico.

    Incluso el mecanoservus se daba cuenta de la pesadumbre que atribulaba a la dama, y por ende, a su joven señor. Se limitaba a servir las comidas y a conducir el patito sin un solo comentario, temiendo que una sola palabra suya pudiera agravar la situación. En el fondo de sus circuitos el anciano preceptor se daba perfecta cuenta de lo que sucedía, pues no en vano eran muchos sus años de servidumbre y experiencia. Sir Pertinax estaba enamorado de la dama; en cuanto a ésta, era un ser tan incomprensible, que nada podía suponerse sobre sus sentimientos.

    Al tercer día de viaje tuvieron un tropiezo. Corría el patito por una larga carretera salvaje, aparentemente interminable, pero que era la ruta más corta. Como de costumbre, Lady Jane y Sir Pertinax se hallaban en la pequeña terraza, ambos en silencio. El cielo estaba terriblemente encapotado, amenazando con una aterradora tormenta. En el horizonte, rápidos ramalazos blancos surcaban una titánica pirámide de nubes plomizas, bordeadas por un filo violeta y amenazador. De vez en cuando, una gota perdida, preludio de la tempestad, se estrellaba sobre la lisa techumbre de la cabina de mandos, estallando en una corona de salpicaduras. El aire era pesado, y la respiración difícil.

    —Mi señor —dijo Mágico—. Se acerca a nosotros un patito... o quizá debiera decir castillocar. Se maneja de una forma muy dudosa, Sir. Hace eses. ¿Lo veis?

    Sir Pertinax se levantó y miró a lo lejos. En efecto, un patito que, dado el número de sus células, estaba a punto de convertirse en castillocar, avanzaba torpemente por la carretera, hacia ellos, oscilando peligrosamente de lado a lado.

    —¿Qué pasa? —preguntó Lady Jane, poniéndose también en pie.

    Aquel día se había vestido con un traje de satén rojo fuego, sin mangas ni breteles, que dejaba al descubierto sus hombros y sus brazos. Ya no parecía importarle lo más mínimo el descubrir generosas zonas de su piel, ni que Sir Pertinax, educadamente, le lanzase de vez en cuando una mirada lúbrica. Los bordados en plata del traje ponían en alto valor su busto juvenil.

    —Temo que se trate de un caballero borracho, milady. Como puedes ver, el mecanoservus está en la terraza. Además, ningún mecanoservus, si no está estropeado, es capaz de conducir así. Mágico, ponte en contacto con el castillocar, y entérate de quién es.
    —Ya lo sé, Sir. Es Sir Padinor de Ireland, y tal como decís, se halla algo embriagado. Conduce él mismo, y su mecanoservus, un respetable anciano llamado Fasolt, se halla muy preocupado.
    —Comunícame con Sir Padinor.
    —Ya estáis en contacto con él, Sir.
    —Os saludo, Sir Padinor. Habláis con Sir Pertinax le Percutens, a quien acompaña Lady Jane de Smith; ambos os saludan y se interesan por vuestro estado.
    —Me encuentro perfectamente, Sir Pertinax. ¿O es que creéis que estoy borracho?
    —Aunque lo estuvierais, Sir Padinor, nada pasaría. Pero temo por vuestra salud si continuáis manejando vuestro castillocar de esa forma.
    —¿Acaso no os gusta, Sir?

    Un rugido acompañó esta frase. De pronto el castillocar, mientras el mecanoservus Fasolt, en la terraza, se mesaba el metálico cráneo, comenzó a girar en círculo en mitad de la carretera, impidiéndoles completamente el paso.

    —Disminuye, Mágico, y prepárate a girar en círculo también. Trataré de evitar la justa, pero va a ser difícil. ¡Ah! Ahora veo sus armas. Entero; trae sobre gules torre donjonada de tres homenajes; listel de sable con la leyenda «Sincera fide occido». Algo presuntuoso, ¿no te parece, Lady Jane?
    —¿Y yo que sé de eso?
    —Cierto es. Permíteme que tome mis armas; temo que tenga que justar. En cuanto a ti, entra en la cabina, al lado de Mágico. Es el sitio más seguro, y si ves la lanza del otro caballero dirigirse hacia el parabrisas, tírate al suelo.
    —Pero ¿qué va a pasar?
    —Ahora vas a verlo. ¡Ah del castillocar, Sir Padinor! Teneos y abridme paso, que mi dama y yo tenemos prisa.
    —¡No os lo he de ceder, si no es con las armas, hijo de una inmóvil! ¡Vuestro castillocar está parado!

    Ante tal grado de obscenidad y barbarie en los insultos, Sir Pertinax se puso pálido. Ardiendo de ira, hizo un brusco gesto a Lady Jane, que muy asustada no se atrevió a discutir, y se deslizó en la cabina.

    —Sir Padinor —respondió fríamente el joven—, jamás he oído tales cosas de otro caballero. Esos mismos insultos os deshonran, y vais a pagarlos con la vida.
    —¡La vuestra perderéis, bergante!

    Mientras Sir Pertinax concluía de cubrirse con ungüento antiquemaduras y se endosaba rápidamente las piezas de su arnés de guerra, una figura salió trompicando de la cabina del castillocar, y fue sustituida rápidamente por el mecanoservus Fasolt. En contra de lo que pudiera esperarse, al escuchar su ronca voz y sus maldiciones, Sir Padinor era una caballero bajito y ligeramente cojo de la pierna izquierda. Se cubría con una armadura negra, brillante como el sol.

    —¡Acelera, Mágico! ¡Lánzate sobre él!

    Las dos lanzas se habían alzado vomitando torrentes de fuego. Sir Padinor se tambaleaba en su terraza, torpemente asido al cuadro de mandos. Con frialdad, Sir Pertinax se preparó para llevar a cabo una de las maniobras tantas veces estudiadas. Avanzaban, avanzaban el uno contra el otro, y con gran sorpresa, el joven se dio cuenta de que el castillocar de su enemigo apenas podía correr. ¡Ese estúpido!, pensó, es capaz de haber salido a la carretera con un solo motor...

    Un terrible golpe de viento, seguido de un retumbante trueno, hizo que los dos vehículos diesen un bandazo, desviándose francamente de su ruta. Mágico y Fasolt los enderezaron con rapidez, bajo la lluvia que comenzaba a caer en densas cortinas grises. Durante unos segundos, Sir Pertinax sólo vio el ancho florón rojo que constituía la punta de la lanza de su enemigo, a través de los hilos plomizos que descendían del cielo. Luego, como una fiera, su propio patito atravesó la sabana de agua, lanzando a los costados dos olas paralelas, y se abalanzó sobre el de Sir Padinor. La lanza de éste bajó, mientras que la de Sir Pertinax describía un movimiento ondulante... Oyó el crujir de su propio parabrisas, y sintió que se le helaba el corazón. Por muy embriagado que estuviera el otro caballero, conocía aquella treta, la misma que él hiciera a Sir Clangborne. Con sorpresa, se dio cuenta de que su lanza había derribado al caballero de la negra armadura, y trazado un enorme destrozo en el desordenado conjunto de células y almenas del castillocar.

    —¡Atrás, Mágico! ¡Atrás!
    —¡No puedo, Sir! ¡Su lanza me ha arrancado el brazo derecho...! ¡El Rey Arturo os guarde, mi señor, que yo no puedo hacer nada...!

    Dado que iba a quedarse prácticamente inmóvil, el joven se preparó a cambiar la dirección al cuadro de mandos superior, cuando con gran sorpresa suya, el patito comenzó a retroceder a trompicones... El otro caballero se levantaba, sin señales de haber sufrido ningún daño.

    —¡Mágico! ¿Puedes conducir?
    —¡No soy yo, mi señor! ¡Es Lady Jane!
    —¡Claro que soy yo, estúpido robot! ¿O es que crees que esto es más difícil que un carguero? ¡Esto es un camión de pega, al lado de una buena nave de carga!

    No era momento de pensar en lo que estuviera sucediendo abajo. Esto era fantásticamente irregular, pero no estaba prohibido.

    —¡Hacia delante ahora, milady, si eres tan amable!
    —¡Vamos allá, Perty; mátalo!

    El patito volvió a avanzar con toda la fuerza de sus tres motores contra el lento castillocar. La lluvia había amainado un poco, después del primer empujón, pero los relámpagos y los truenos arreciaban. Un rayo cayó cerca de ellos, con un chasquido gigante de madera rota.

    Con un encontronazo, los dos vehículos se rozaron, saltando un haz de chispas blancas de las ruedas delanteras. Sir Pertinax se asió a la barandilla; las dos lanzas habían chocado inofensivamente en el aire. Extrajo a «Old Edsel», lanzando espantosos juramentos. Sir Padinor, a menos de dos metros de distancia, desenvainó una larga tizona blanco azulada, que derramaba un chorro de chispas y estaba rodeada de una luminosidad deslumbradora. Pero no le dio tiempo a usarla. Mientras el patito, con su superior potencia («¡No te pares, milady; no te pares, acelera a fondo!»), arrastraba hacia atrás al desvencijado castillocar. Sir Pertinax, asiendo a «Old Edsel» con las dos manos, la descargó con toda su fuerza sobre el yelmo de su enemigo; éste, torpemente, trató de esquivar el golpe, pero sólo consiguió que la espada cayera sobre su hombrera izquierda, tajándola y abriendo ancho surco en el acero y la carne. Un chorro de sangre saltó hacia arriba, manchando el negro metal y derramándose sobre las almenas.

    La espada deslumbrante trató de alcanzar a Sir Pertinax, pero éste interpuso la tarja, y la hoja chocó con ruido seco sobre la espesa losa de metal. Como una condena, «Old Edsel» volvió a levantarse, y cayó con fuerza inhumana sobre el yelmo de Sir Padinor, que se abrió en dos pedazos, en medio de un último grito («¡¡Cuartel...!!») que quedó sin respuesta. Fragmentos de un color gris perla manchaban el deshecho yelmo, mientras entre bocanadas de sangre, el cadáver de Sir Padinor se vencía sobre el pasamanos de su castillocar.

    —¡Atrás ahora, Mágico... digo milady... atrás, por lo que más quieras...! ¡El castillocar está ardiendo!

    En medio de la carretera, inmóvil y parado, el gran vehículo comenzaba a lanzar llamas desde aquellos lugares en que la lanza flamígera del joven había penetrado en las habitaciones.

    —¡Mi señor...! ¡Soy Fasolt, el mecanoservus de Sir Padinor...! Habéis vencido en buena lid, pero ¿acaso he de morir yo aquí?
    —No será tal. Conduce el castillocar hasta el quitamiedos, y cuando mi patito pase a tu lado, salta. El Rey Arturo decidirá qué ha de ser de ti. Milady, si es tu gusto, ¿quieres avanzar hacia ese vil vehículo y empujarlo fuera del camino?
    —Naturalmente que quiero. Y no seas tan considerado. Si hay que hacer algo, pídelo, y no vengas con guasas de «si me place» o «si es mi gusto».
    —Pues te diré, milady, que no me llames más con ese nombre corto y odioso que usas. Me llamo Sir Pertinax, y no de otra forma.
    —¡Maldito presumido! —dijo ella, con furia—. Ahí vamos. Ahora lo echo fuera... Pero ¿qué hará ese otro Sir?
    —Nada, milady. Está muerto. Adelante.

    Las llamas cubrían rabiosamente la popa del castillocar, y entre la luvia, nubes de humo negro se alzaban hacia el cielo.

    —¡Fasolt...!
    —¿Sí, mi señor?
    —¿Cómo están los depósitos?
    —Llenos a rebosar, Sir Pertinax. Hemos cargado hace cien kilómetros.
    —Prepárate a pasar, que ese repugnante carricoche volará pronto por los aires. ¿Cómo estás, Mágico?
    —De muchas maneras, mi señor. Por una parte, perdiendo carga por la herida, y también líquido aislante. Por otra, avergonzado por haber visto lo que he visto... ¡una dama conduciendo, Sir, conduciendo un patito! Si Sir Agavance lo viera, cubriría su rostro con un paño, para que nadie contemplase su turbación.

    El patito comenzó a empujar al desmantelado castillocar. El mecanoservus Fasolt salió de la cabina de mandos, hizo una reverente inclinación ante el cadáver de su amo y saltó con cierta pesadez al vehículo de Sir Pertinax. Entre crujidos, el castillocar derribó las almenas del quitamiedos. Aumentó al máximo la aceleración de los tres motores, y las ruedas traseras del ardiente carruaje se salieron de la carretera, mientras trozos de mampostería caían en abanico sobre el firme y los vergonzantes campos del exterior. Un empujón más, y el castillocar se venció totalmente sobre el borde, saltando, dando una vuelta y cayendo después de costado. Nubes de humo negro, cargado de hollín, lo ocultaron a la vista casi de inmediato.

    —¡A toda prisa, milady! ¡Vámonos de aquí, que esto va a saltar en seguida!

    Desde luego, Mágico no hubiera arrancado como Lady Jane lo hizo. Con espantosos roces y chirridos en la caja de cambio, el patito pasó de la más lenta velocidad a un salto brutal que le colocó en mitad del camino, acelerando sin cesar. Sir Pertinax y Fasolt se vieron obligados a aferrarse fuertemente a la barandilla.

    Había cesado de llover casi por completo, y un embrujado arco iris se lanzó de un lado a otro del horizonte lejano, dejando la carretera bajo él, en el centro mismo de su paralela sinfonía de colores. Como una tromba, el patito corría, dejando una estela de gases recalentados, hacia ese fascinador signo del fin de la tormenta.

    Un trueno enorme resonó tras ellos, indicando quizá que la tempestad amainaba. Pero no era un trueno. Era el fragor espantoso de los depósitos de gasolina del castillocar al volar éste en mil pedazos. Una columna de humo oscuro se alzó en lontananza.

    —Fasolt, sustituye a milady en la cabina de mandos.
    —¿Acaso conduce una dama, Sir Pertinax?
    —¿Acaso quieres que te eche a la carretera, deslenguado?
    —Perdonadme, mi señor. Aún no me he recuperado de la muerte del pobre Sir Padinor... Se lo dije, señor, se lo dije mil veces. No penséis en células ni trajes hermosos, Sir, recordad los consejos de vuestro padre. Motores, motores. Con un solo motor salimos al camino cuando fue armado caballero, no hará aún cien días, mi señor. Pero no. No quiso hacer caso de los consejos de su viejo mecanoservus... sólo pensaba en gastar los puntos en comer y beber, sobre todo en esto último. Se enfurecía si le rechazaba una dama, aunque yo le explicase que eso no era de buena cuna. Pero hábil con las armas sí lo era. Sir, cuando estaba sereno... ¡Oh, mi señor, mi pobre señor! ¡Quisiera morir yo también!
    —Comprendo tu dolor, Fasolt, pero es preciso que cumplas mis órdenes sin demora.
    —Disculpadme, Sir. Os obedezco de inmediato.
    —Mágico, viejo. El próximo asteroide omnia res está lejos... no llegaremos antes de la madrugada. ¿Podrás aguantar?
    —He soldado los terminales y estrangulado los conductos, Sir. Fasolt, con vuestro permiso, podría acabar de cegar los daños mientras Lady Jane conduce unos pocos minutos más.
    —Creo haber dicho a Fasolt que tomase el volante...
    —Él ha creído que...
    —¡Basta ya! Que obedezca inmediatamente; en cuanto a ti, puerco desobediente, y a mi hermosa dama, os digo que subáis a la terraza.

    Lady Jane subió corriendo, con gran revuelo de faldas y exhibición de muslos torneados, enfundados en seda malva con ligeros bordados negros, desmelenada, hermosa, tensa.

    —¡Oh, Perty, Sir Pertinax, no te ha pasado nada!
    —Milady, él ha muerto.
    —Sí, claro. Pero tú estás bien, ¿verdad?

    Halagaba a Sir Pertinax esta preocupación de la dama por su estado físico. Y le sorprendía un poco que tomase con tal indiferencia la muerte de Sir Padinor. Lo expresó así, y ella contestó:

    —He visto muchas muertes, para que una más me asuste. Además era un salvaje. Te insultó.

    Mágico tenía un gran pegote de estaño en el lugar que había ocupado el brazo derecho, y numerosos cables atados con ligaduras de cobre. Hasta que no llegaron al asteroide omnia res, no pudieron efectuarse los cambios oportunos: el brazo de Mágico, el parabrisas, y algún otro pequeño desperfecto. Todo ello consumió casi hasta el último punto del caballero, y fue entonces cuando recordó que su obligación, en caso de muerte de un oponente, era contactar con Su Majestad.

    —No te quedaba otro remedio —dijo el Rey Arturo—. Has merecido mil puntos. ¿Se encuentra bien Lady Jane?
    —Perfectamente, mi señor.
    —Bien. Corre, corre. Llega pronto a mi castillo, cuanto antes, siempre que el honor no te haga detenerte. ¡Ah, si contase con muchos como tú!
    —Señor... una pregunta, si no cansa vuestra paciencia. Milady condujo el patito en los últimos momentos de la justa. ¿Es deshonroso?
    —Yo no lo he prohibido nunca, Sir Pertinax. Cuando es acertada, apruebo la audacia y la decisión personal. Retírate, caballero.
    —Perdón, Majestad, pero... ¿el mecanoservus de Sir Padinor?
    —Puedes disponer de él a tu gusto, Sir Pertinax.

    Aquella noche, mientras el caballero descansaba, con la imagen de Lady Jane ante los ojos, como un fantasma que le pluguiera y no le abandonase, las voces misteriosas volvieron a sonar.

    —... realmente un juego antiquísimo, Sullivan. El juego de la oca. Pero de una dimensión excepcional, y de una importancia superior.
    —Está bien. Si dices que Milton Yale tenía razón...
    —¡Claro que la tenía, Sullivan! Él lo dijo hace mucho tiempo. Dijo que en una nave grande se suscitarían todos los problemas, que olvidarían nuestra civilización, que surgirían tensiones imprevistas. Pero eran los tiempos del Imperio, y si el Emperador lo quería, había que hacerlo. Bastante fue que le permitiesen llevar su proyecto a cabo.
    —¿Dónde está ahora ese Milton Yale, Artie?
    —Murió hace un siglo, animal. Fue el primero que hizo mi papel. Después vino Prahdana Roadschi, luego Viacheslav Bronski, que sólo estuvo un par de años, y luego yo. El Consejo Galáctico estaba en contra de la decisión del depuesto Emperador, pero el número uno, la nave gigante, estaba en marcha. Lo de Milton Yale continuó, sin que se le diera luz verde. Hasta ahora.
    —Pero todo eso, Artie... el latín, los nombres, las costumbres...
    —Un idioma misterioso viene bien. Los nombres retumbantes están de acuerdo con el entorno psicológico. Te aseguro que todo está calculado, sexo, bebidas, comidas, aficiones, movimiento, soledad, hobbys... ¿Es que no te suena nada?
    —No, Artie. No lo comprendo aún. ¿Por qué no me lo dices de una vez...? ¿Cómo es posible que esto sustituya al proyecto uno?
    —Pues no te lo digo, Sullivan. Secreto oficial. Ya es bastante que hablemos por esta onda; sólo porque somos amigos de toda la vida. Te aseguro que si nos cogen, nos fusilan.
    —Ya sería menos. Peor es lo de esa idiota.
    —Pues no creas. Van las cosas mejor de lo que pensaba. Resulta que...
    —... muerto... tensión...
    —... Artie... ¿... cien mil vehículos...?
    —... no... ¡Nombres relacionados con actividad...!
    —... familias...

    Las voces desaparecieron de nuevo, dejando como último recuerdo aquellas palabras inconexas que las interferencias apenas permitían oír.

    Ya no pudo volver a coger el sueño; no por las frases que acababa de oír, sino por la desagradable labor que le esperaba. Salió a la terraza cuando aún no había amanecido, y pesaba todavía sobre el andador patito el cielo negro cubierto de estrellas. Había dos figuras junto al pasamanos, y reconoció en ellas la estilizada hermosura de Lady Jane, y la forma en aristas y planos de un mecanoservus. Este último estaba en posición de descanso, pegado a la cabina de mandos. La joven, por el contrario, se apoyaba de espaldas sobre la barandilla, con las manos cogidas a la barra superior y el cuerpo algo inclinado hacia atrás.

    —¿No has descansado, milady?
    —No he podido dormir. Me acuerdo de lo de ayer, y ¿sabes, Perty, Sir Pertinax? Me da más miedo ahora que entonces. ¿Tú tampoco has dormido?
    —No, milady. Tengo una tarea que hacer, y preferiría que no estuvieses aquí.
    —¿Por qué?
    —Es algo muy desagradable; preferiría que no lo vieras.
    —Oye; no soy ninguna niña. Si te ayudé ayer, no vaya dejarte solo ahora. Además, me muero de ganas de saberlo. Anda; dime qué es...
    —Se trata de él —contestó Sir Pertinax, señalando la inmóvil figura del mecanoservus Fasolt.
    —¿De él?

    Lady Jane encogió los bellos hombros, con un gesto de incomprensión. Se los había cubierto con un chal de lana, cuyos flecos pendían airosamente alrededor de su cintura; pero no por ello perdía en porte y donosura, sino todo lo contrario.

    —Fasolt... —dijo Sir Pertinax, con voz inexorable—. Acércate a la barandilla. Bien. Pasa por encima y colócate sobre la viga de sustentación...
    —Puedo caer, Sir.
    —De eso se trata, mecanoservus indisciplinado. Ayer te di una orden que no cumpliste. La di por dos veces, ¿recuerdas? Dije: Conduce. La primera vez discutiste y hablaste de Sir Padinor. La segunda, te dedicaste a curar a Mágico.
    —Pero Sir, yo pensé...
    —¡Silencio, perro! Tu obligación es obedecer ciegamente. Puedes observar, recomendar, aconsejar... pero nunca desobedecer. Es todo, Fasolt. ¡Salta a la carretera! ¡No te necesito!
    —¡Perty!

    El grito de Lady Jane detuvo la acción que el mecanoservus habia empezado a realizar.

    —¡Quieto ahí, Fasolt! ¡Esperal —dijo ella, avanzando hacia la figura metálica, aún en difícil equilibrio sobre la gran viga plateada. La superficie gris plomo de la carretera pasaba velozmente entre los dos primeros juegos de ruedas, a poca distancia del mecanoservus condenado.
    —Pero ¿qué clase de persona eres? —dijo la joven, acercándose a Sir Pertinax y poniéndose en jarras ante él—. ¿Eh? ¿Qué clase de persona eres tú? En primer lugar, un robot como ése vale un montón de dinero, y no creo que a tu jefe le guste que lo tires, sea quien sea ese jefe. Y después, ¿no has visto que son como niños? ¡Te sirven como ciegos, no viven más que para ti, y vas a tirarlo a la carretera!
    —Ha desobedecido, milady. Sus circuitos no funcionan bien ya. Cuando un mecanoservus no sirve, se le arroja fuera. Es todo.
    —¿Y Mágico? ¿También hubieras tirado a Mágico, si hace lo mismo que éste?

    Sir Pertinax, mirándola hoscamente, guardó silencio. El inmóvil Fasolt continuaba sobre la viga, balanceándose peligrosamente.

    —¡Claro! A Mágico, no. Ése es tuyo, y puede hacer lo que quiera. Te digo que en Barlión no tenemos robots como éstos; sólo hay unas cosas cuadradas y feas, y aun así, no creas que las pueden tener todos. Si no lo quieres, ¡dámelo a mí!
    —¿Lo dices en serio, milady?
    —Naturalmente que sí. No te pido que lo perdones; tú no eres capaz de perdonar a nadie. ¡Qué va! Una persona capaz de matar a un pobre borracho indefenso... ¡Dámelo!

    Durante un buen rato Sir Pertinax permaneció callado, sintiendo muy cerca la respiración anhelante de la dama, y rehuyendo, sin quererlo, los húmedos y brillantes ojos fijos en los suyos.

    —Sea —dijo, al final—. Es tuyo... Regresa, Falsolt. Has sido perdonado. Servirás a milady fielmente... ¿oyes?
    —Oigo y obedezco, Sir. Mi pobre sistema central falla a veces, y yo...
    —¡Cállate, condenado!

    Durante el resto del día Fasolt y Mágico, a solas en la cabina de conducción (salvo cuando era preciso servir a sus respectivos amos) se alternaron en el servicio del patito, y no cesaron de conversar en onda ultracorta sobre las misteriosas relaciones que unían a Sir Pertinax y a milady. Sin duda que Mágico se abstuvo completamente de comunicar a Fasolt todo aquello sobre lo que Su Majestad le había impuesto secreto, a pesar de las preguntas de aquél sobre la honrosa placa de oro con la leyenda «Rex Arturus audivi». No; Mágico no dijo ni una palabra, ni cedió un milivoltio ante las interrogantes que Fasolt le planteaba. Pero no cesaron de radiarse mutuamente en toda la jornada; ¡cosas de mecanoservus!

    También el día fue muy distinto para Sir Pertinax y Lady Jane. Ella había vuelto a cambiar; quizá conmovida por la acción del joven, perdonando al siervo desobediente; quizá dándose cuenta de que el Circo Máximo Norte estaba ya solamente a unas horas de distancia, había vuelto a ser reidora y amable. Se admiró mucho cuando, durante unos pocos kilómetros, avanzaron por la Avenida Betelgeuse (Betelgeuse Road), en la cual, como próxima al Norte, la acumulación de vehículos lujosamente engalanados era mayor que en ningún otro sitio. Se divirtió extraordinariamente agitando el pañuelo y saludando a los ocupantes de los castillocar, e incluso sostuvo una breve conversación con las dos damas de un castillocar próximo en cierta ocasión en que hubieron de disminuir la marcha debido a la aglomeración. Las palabras que cruzó con ellas resultaron un tanto incongruentes por ambas partes, pero no hubo nada que indujera a las otras damas a sospecha alguna. En realidad, se dedicaron a alabar sus tocados y su belleza, poniéndose unas y otras como el más alto exponente de ambas cosas. Lady Jane cogió la onda bastante bien y no desentonó.

    La carretera salvaje que tomaron a continuación, y que a media mañana siguiente les dejaría en la Autopista de la Galaxia, a escasos kilómetros del Circo Máximo Norte, estaba tan solitaria como este tipo de caminos acostumbraban a estado. Sonrojada y contenta, Lady Jane se sentó junto al caballero, ante una mesa bien provista.

    —¡Esto es vida! —dijo—. La verdad; si pudiera, no me marcharía de aquí...
    —No puedes hacer eso, milady—comento Sir Pertinax, sobriamente—. Hay órdenes expresas de Su Majestad.
    —Sí; ya sé, ya sé... Pero, ¿estás triste? ¿Te importa que me marche?
    —Puedes estar segura de ello, milady.
    —¿Te gusto?
    —Sí.
    —Vaya.

    Pasaron el resto de la tarde uno junto a otro, concluyendo con la sabrosa comida, y bebiendo lentamente vino de marca, del que tan caro había costado a Sir Pertinax. Ella volvió alguna vez sobre problemas de damas y caballeros, que parecían interesarle mucho.

    —Bueno; ¿y si no te hace caso ninguna?
    —El amor, milady, tiene dos vertientes. Una de ellas es la meramente fisiológica; la otra es la mental. La primera se puede templar solitariamente, con habilidad y paciencia, saliendo así de esa gayola en que las circunstancias te encierran. Lance distinto es el segundo; el temor de no ser correspondido, la avaricia íntima del ser amado, el requiebro, la proposición, la negativa, la huida, la porfía. Y también la elusión de lo que no se desea, la cortesía forzada, la excusa, el halago que encubre una repulsa. Ningún caballero sale a la carretera sin conocer todas estas artes.
    —¡Qué complicación! ¿Y las damas?
    —También lo saben, milady. ¿Cómo si no iban a desenvolverse las cosas?

    De soslayo, cuando Sir Pertinax quedaba ensimismado en sus pensamientos, la joven le miraba, examinando las largas ondas de cabello dorado y la oscura y soñadora mirada. También se atrevió a mirar, disimuladamente, la distante puesta de sol, creyendo que el caballero no se daba cuenta de esa transgresión de las normas.

    —Eres bueno... la verdad, tú eres bueno. Si es el Rey Arturo quien te ha hecho así, hay que agradecérselo, vaya.
    —Vaya —repitió el joven, encontrándose un poco extraño al pronunciar tal vocablo—. Es Su Majestad y la vida misma quienes me han hecho así, milady. No hay mérito especial en ello.

    Ella movió la silla de vaqueta repujada para colocarse al lado de él, en vez de enfrente, como siempre había estado. Reclinó la cabeza sobre el hombro masculino, y durante mucho rato, los dos permanecieron callados, sintiendo solamente el sordo bordoneo de los motores y el rozar de las grandes ruedas sobre la carretera. Lentamente, Sir Pertinax pasó su brazo sobre los hombros de la muchacha, y esta vez ella no le rechazó ni dijo alguna de aquellas frases absurdas y sin sentido que acostumbraba pronunciar. A lo largo de la tarde, sin hablar, se besaron alguna vez, suavemente, y Sir Pertinax pudo acariciar con mesura los ofrecidos pechos de la dama, que el gran escote mostraba generosamente. Ella no dijo nada, ni protestó. No le permitió, sin embargo, otras caricias más íntimas.

    Anochecía ya cuando Mágico dirigió un aviso.

    —Mi señor, percibo a no mucha distancia gran estruendo de mecanoservus... ¿Tomo contacto?
    —Hazlo así, e infórmame de inmediato.
    —¿Qué pasa, Perty?
    —Tren nobiliario, me temo, milady. Sucede con frecuencia que varios castillocar se unen o acoplan en una de estas carreteras abandonadas, para dedicarse a sus placeres sin que les haga mengua la circulación. Habremos de adelantar, y creo...
    —Sir Pertinax, mi señor —rogó la voz del anciano preceptor—. Se trata de un tren de seis castillocar y dos patitos, todos acoplados. Son Sir Chalibus Fereo le Acervator, lady Villana de Elsinore, la doncella Vel Agil le Taile, Sir Agrivance Magus, Sir Gawain Icositanus, Lady Solange de Nevers, la doncella Joanna Conquerat, Sir Giovanni Alta Stella, Lady Tuliamor de la Triviale Semina...
    —Basta, basta, charlatán, ¿Quién ha organizado el tren?
    —El insolente mecanoservus llamado L'Herbier dice que la idea partió de Lady Solange, y que si deseáis adheridos, es con ella con quien debéis hablar. Como veis, carece de educación ni formas...
    —Ponme con ella, viejo gruñón. Vaya.

    En contra de lo normal, la comunicación con la dama tardó bastante en establecerse. Para cuando Sir Pertinax logró hablar con ella eran ya perfectamente visibles las hileras de luces del tren nobiliario, relumbrando apagadamente en el crepúsculo.

    —¿Sir Pertinax? —dijo una voz de mujer, profunda y algo ronca—. Disculpadme la tardanza, pero estaba ocupada en labores que no podía interrumpir. Mis saludos a vos y a milady.

    El joven hizo un gesto expresivo, indicando a Lady Jane que debía contestar.

    —Me parece muy bien —dijo ésta—. Encantada.
    —Milady —contestó el caballero— os pido permiso para adelantar vuestro tren; sois muchos y me veo precisado a pedir que me facilitéis el paso.
    —No puedo admitir eso, Sir Pertinax. Todos estamos de acuerdo en que debéis uniros a nosotros. La fiesta durará toda la noche, y habrá sabrosos lances, sin duda, de los que Lady Jane y vos podréis disfrutar...
    —Señora, mis obligaciones...
    —No insistáis, caballero. Temo que todos los que me acompañan están dispuestos a desafiaros si os negáis...
    —Perdonadme un momento, milady. Mágico suspende la fonía hasta que te diga yo. Lady Jane, estamos en un problema. Si me niego y me desafían, perderemos mucho tiempo, e incluso es posible que yo muera. Normalmente, hubiera aceptado la invitación...
    —¡Claro! ¡Ya me imagino que sí! Para verte con esa socia de la voz ronca...
    —Lady Jane, por favor —dijo él, cogiéndola amablemente por la cintura—. Esto es serio...
    —¿Qué puede pasar, si dices que sí?
    —Tardaremos más en llegar al Circo Máximo.
    —¿Tardaremos más?
    —Eso es, milady.
    —¡Pedazo de tonto! ¡Acepta ahora mismo!

    Mientras Sir Pertinax comunicaba su aceptación a Lady Solange, la muchacha hizo una serie de gestos extraños, moviendo la cabeza a un lado y a otro, apretando los labios, y frunciendo la nariz. Le pareció al caballero que ella musitaba en voz baja algo como «Presumido, frío y despistado...», pero no estaba muy seguro.

    Todos los mecanoservus del tren habían unido dos salas de armas, y habían preparado una larga mesa cubierta de manjares. Allí humeaba la blanca pechuga de gallina, nadando en una espesa salsa blanca; acá, tronaba en bandeja de plata una cabeza de jabalí, rodeada de frutas verdes y rojas, y bien cubierta por su propia grasa; más lejos, una pirámide de crustáceos derramaba su líquido salino sobre una almohada de hielo picado; en otro lugar, la mousse de queso parmesano levantaba su tostada cimera, surgiendo de compotera de porcelana, y en todas partes, en general, destacaban los vinos, las copas de refulgente cristal, los haces de barquillos, y las salseras llenas de condimentos. Al lado de esto, bien pobre era la donación de vinos y carnes que Sir Pertinax había hecho discretamente al mecanoservus L'Herbier, para contribuir al banquete.

    Los caballeros y damas, que ya habían ocupado sus sitios en torno a la mesa, se levantaron cortésmente para recibir a los recién llegados, haciéndoles después lugar en el centro, situando a Lady Jane entre otro caballero y Sir Pertinax, y a éste al lado de Lady Solange. Esta última, vestida con un traje extremadamente atrevido de seda malva, hizo un par de cumplidos a la joven, y volvió a atender a todos los invitados. En cuanto a los caballeros, miraron salazmente a Lady Jane, con toda la corrección posible, y ésta, aunque enrojeció un poco, no hizo ningún comentario.

    Había además en la mesa jóvenes y niños, y algún anciano, que no habían sido mencionados por Mágico, y que eran los que más algarabía armaban. De momento, el ramillete de damas realzada su belleza natural por los atuendos más extremados, se limitaba a reír y a hacer comentarios jocosos sobre la apostura de este o aquel caballero, así como su posible rendimiento en el tálamo. lntercambiaban confidencias y consejos y hacían gestos de tal crudeza, acompañados por observaciones tan claras, que Lady Jane casi se arrepintió de haber aceptado la invitación.

    Sonó una música suave en escondidos altavoces, y Lady Solange, casi saliéndose de su traje, anunció el comienzo del ágape. Fuera de ver cómo todas las manos se lanzaron velozmente sobre las mil piezas que componían el lujoso yantar, y cómo el vino oloroso se deslizó en las altas copas, colmando su brillo con un rojo sangriento. Los mecanoservus se atareaban junto a los comensales, no dando abasto a servir nuevos alimentos y a rellenar las copas de vidrio o los cubiletes de estaño.

    —Oye... —dijo Lady Jane, en voz baja—. Este otro de aquí al lado, ¿cómo se llama?
    —Es Sir Kerrigan Afer.
    —Sir Kerrigan. ¿No querrá... vamos... no se atreverá a meterme mano? Le veo muy animado, y comiéndome con los ojos.
    —No es más que cortesía, milady. Está enamorado de Lady Solange, y ésta, para encelarle, me ha colocado a su vera.
    —¿Cómo sabes eso?
    —Los mecanoservus me lo han contado. Lo primero que hay que hacer en un caso de éstos, es enterarse bien de cómo están las cosas. Además, bastará que a un caballero le digas que estás cansada, o que te encuentras mal, para que inmediatamente te deje tranquila.
    —Oye... ¿y si fuera al revés?
    —Ya te he dicho... un caballero no debe negarse. Habría que dar excusas muy justificadas.
    —O sea que cualquiera de estas... de estas elementas puede coger al que más le guste, pero ellos a ellas, no.
    —Así es, milady.
    —Pues, ¡eso está muy bien!
    —Prueba el jabalí, Lady Jane —dijo Sir Kerrigan, extraordinariamente untuoso, y mirando a la vez a la joven y a Lady Solange—. Está en su punto, y perfectamente asado.
    —Gracias, Sir. ¿Y tú no comes, o qué?
    —Yo —dijo Sir Kerrigan, poniendo los ojos casi en blanco—sufro de amores, y la sola vista del alimento me repugna.

    Para demostrar lo cual bebió tres cubiletes de vino seguidos, y a continuación cayó en un hosco silencio.

    —Por favor, Sir Pertinax —dijo Lady Solange, cuyas manos habían desaparecido misteriosamente debajo de la mesa—. Cuéntanos tu última justa. Los mecanoservus han cotilleado bastante sobre la muerte de Sir Padinor de lreland...
    —Bien, damas y caballeros; escuchadme todos...

    Si alguna sorpresa le quedaba a Lady Jane por experimentar, era ésta. No sabía a dónde mirar cuando escuchó a Sir Pertinax contar la más espantosa serie de mentiras que jamás hubieran pronunciado labios humanos. Tal como el joven, mirando ingenuamente a todos con sus negros ojos, lo explicaba, Sir Padinor era un monstruo de más de dos metros de altura, y la lucha había durado días; aparte de que al desgraciado Sir Padinor le protegían varios encantamientos y jamás la lanza del muchacho lograba hacer mella en su castillocar ni en su armadura. Los encuentros de los dos vehículos se multiplicaron por veinte, y la pelea personal con espadas alcanzó una duración de horas. Tras tan espantosas heridas, que era incomprensible cómo Sir Pertinax estaba tan ufano en esta mesa, numerosos golpes habían concluido con la vida de Sir Padinor. Y el joven, moviendo airosamente su rubia caballera, concluyó:

    —Y como mi mecanoservus había sido destrozado al principio del combate, fue la misma Lady Jane quien condujo el patito.

    Hubo un silencio sepulcral; hasta los niños y ancianos se callaron. Todos los ojos se volvieron hacia la joven, que sonrió débilmente, y alargó una mano bajo el tablero, tratando de coger la de Sir Pertinax y encontrar fuerzas en ella. La retiró de inmediato; había topado con la mano de Lady Solange, que, sonriendo también, miró a otro lado, como si no sucediera nada.

    «Maldita colección de sinvergüenzas, sátiros y furcias», pensó. «¿A qué me habré metido yo en este tinglado?».

    —¿Lady Jane? —dijo la voz de Sir Giovanni Alta Stella—. ¿Una dama? ¿Una dama conduciendo un vehículo?
    —Así es, Sir—respondió fríamente el joven, percibiendo algo nebulosamente insultante en la voz del bigotudo caballero—. ¿Te molesta?
    —Me sorprende.

    Sir Pertinaz alzó la copa y sorbió lentamente el vino, sintiéndose hinchado de satisfacción al ver que todos se hallaban pendientes de sus palabras. Soltó la respuesta definitiva, la que tenía pensada desde aquel mismo día, la que no hubiera cambiado por ninguna otra.

    —Sí... —dijo, regodeándose con las palabras—. Sí. Te sorprende, Sir Giovanni. Es lástima. Al Rey Arturo, a Su Majestad, no le sorprendió. Aprobó, por el contrario, la audacia y la valentía de Lady Jane.

    Durante el resto de la noche, Sir Giovanni Alta Stella fue un caballero destrozado, sin moral, al que costó muchas jornadas reponerse de una colisión como aquélla.

    Sir Kerrigan abrió ojos tamaños y volvió a prestar atención a Lady Jane.

    —Cuéntame... —dijo—. ¿Qué sentiste al ver las lanzas echando fuego, las carreras de los castillocar, todo? Estoy muy interesado...

    A pesar de que Lady Solange estaba dirigiendo a ambos unas miradas asesinas, o quizá precisamente por eso, la muchacha se dedicó a contarle a Sir Kerrigan lo que había sucedido. Lo hizo con cierta torpeza no exenta de gracia, salpicando la narración de exclamaciones peculiares y de vocablos que Sir Kerrigan no comprendía. Al final, estaban todos pendientes de sus palabras, y cuando explicó a su manera la muerte de Sir Padinor, un silencio admirado siguió a la terminación de la aventura.

    —Pero entonces —dijo la doncella Vel Agil le Taile, quitándose de la roja caballera la redecilla dorada— ¡nosotras podemos conducir también!
    —¡Claro está que sí! —afirmó Lady Tuliamor, mirando con saña a los caballeros—. Mañana mismo, Sir Gawain, me explicas cómo se manejan los mandos de nuestro castillocar, y te aseguro...

    Un coro femenino de voces que pedían lo mismo a gritos impidió que durante un momento pudiera entenderse nadie con claridad.

    —¡Basta, basta! —gritó Lady Solange, deslizándose lentamente hacia el embobado Sir Kerrigan—. La cosa está clara... mañana empezaremos todas... pero ahora, pasemos al salón de baile.

    Éste estaba formado de la misma manera que el comedor. Para cuando llegaron allí, la comida y los vinos habían hecho su efecto en todos. Brillaban los ojos de los caballeros, y mientras los mecanoservus abrían las ventilas superiores y conectaban la renovación de aire, algunas damas se despojaron de ciertas prendas, resultando todavía más desnudas y atrevidas. Volvió a correr el vino, y un buen número de caballeros rodearon a Lady Jane, mirándola con ojos golosos, y haciéndose notar todo lo posible con objeto de que ella les hiciera alguna insinuación más o menos directa. En cuando pudo, Lady Jane corrió al lado de Sir Pertinax que estaba solo junto a una mesa cargada de barrilitos de hidromiel, bebiendo tristemente en un jarro de madera.

    —¡Vaya! —dijo, con los ojos luciéndole como dos estrellas y el pecho moviéndose agitadamente—. ¡Nunca había estado tan solicitada! ¡Y pensar que puedo hacer lo que quiera!
    —Naturalmente, milady...
    —Bueno; son más educados que lo que yo pensaba. La verdad es que sólo te miran con ojos de cordero degollado, y se insinúan un poquito... Yo les he dicho que eran todos muy guapos, pero que el que me gustaba eras tú. ¿Está mal hecho?
    —No, milady. Se admite eso como explicación.
    —Frío, frío y frío. Eso es lo que eres. Dame de lo que estás bebiendo...

    Las damas, que durante un rato habían estado reunidas, comentado nerviosamente la nueva posibilidad que se les ofrecía, comenzaron a buscar caballeros. En un rincón, Lady Solange, desencadenada y con el traje abierto hasta la cintura, había acorralado al indefenso Sir Kerrigan.

    —¿Tu vero non decumbes? —decía—. Veni et ego exugabo scatebra tua.
    —¿Qué dice? —preguntó Lady Jane.
    —Es una dama de gran cultura; le gusta decir ciertas cosas atrevidas en latín.
    —No sé, milady —decía Sir Kerrigan lanzando miradas de soslayo a Lady Jane—. Os amo profundamente, pero me tratas tan mal, que no sé si renunciar a ti...
    —Audet —dijo Lady Solange—. Si habes membrum punctim, tibi dabo convenientia. Non, si punilionis habes.
    —¿Verdaderamente lo quieres, mi dama? ¡No me hagas sufrir más!
    —Vere; hircus effrenatus indigeo. Veni.

    Desaparecieron los dos.

    —Pero, ¿qué decía ella? —preguntó Lady Jane.

    Sir Pertinax lo tradujo, y las mejillas de la joven se pusieron rojas como sangre.

    —¡Qué barbaridad!

    Más tarde comentó con el joven que no se explicaba el aspecto sano y robusto que tenían todos, llevando aquella clase de vida. Sin darse cuenta ella misma, sincronizaba el sexo con el vicio, y este último con el mal estado físico. En ningún momento se le ocurrió pensar que el aliviar tensiones era el mejor sistema de conservarse sano. Quizá influida por sus recuerdos de mujeres fláccidas y ojerosas, de cuerpos obligados y vencidos y de otras escenas repulsivas de los tabernuchos de Barlión, Lady Jane se dedicó a bailar alegremente, a beber y a flirtear con algún caballero bien portado. Pero al final, como un refugio definitivo, regresaba siempre al lado de Sir Pertinax.

    La doncella Vel Agil le Taile decidió hacer un lento striptease, al compás de una música romántica. Sir Gawain había asido por los hombros a la doncella Joanna Conquerant y le besaba los cabellos, mientras con la otra mano intentaba quitarle las medias cubiertas de flores doradas. Una jarra de vino rodó por el suelo, esparciendo un espadañazo sangriento sobre el tapiz. Entre Lady Tuliamor y Lady Villana, estaban arrancando a puñados las ropas de Sir Chalibus Fereo...

    —Esta gente de edad —dijo Sir Pertinax—no piensa