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  • Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    CRIPTOZOICO (Brian Aldiss)

    Publicado el sábado, diciembre 10, 2016

    A James Blish, cuyas ciudades alzan el vuelo y cuyas palabras también
    In te, anime meus, tempora metior.
    San Agustín, Confesiones, Libro II.


    “Es una triste clase de memoria aquella que solamente funciona hacia atrás”, observó la Reina.
    Lewis Carroll, A través del Espejo.


    Prefacio

    Yacían amontonadas sin sentido alguno, y sin embargo con una terrible significación que evidenciaba la fuerza que las había arrojado allí. Parecían ser algo entre lo inorgánico y lo orgánico. Proliferaban en las márgenes del tiempo, englobando en ellas todas las sorprendentes formas que acarrearía el mundo; la Tierra era una pesadilla de piedra henchida de la progenie que un día pulularía por ella.

    Esas formas copromórficas sugerían elefantes, focas, diplodocus, extraños seres escamosos y saurópodos, escarabajos, murciélagos, fragmentos de octópodos, pingüinos, cochinillas, hipopótamos, todos ellos vivos o muertos.

    También aparecían desmañadas reminiscencias del cuerpo humano: torsos, muslos, ingles ligeramente ahuecadas, espinas dorsales, senos, esbozos de manos y dedos, hombros en masa, restos filiformes…, todo distinto y sin embargo, todo fundido con las aún más extrañas anatomías que las rodeaban en aquella desesperada agonía de la naturaleza… Y todo moldeado negligentemente en el magma gris sin que el pensamiento apareciera, sin que el pensamiento hubiera sido borrado.

    Se extendían hasta tan lejos como la vista podía alcanzar, apiladas las unas sobre las otras, como si llenaran todo el criptozoico…, o como si fueran tanto los siniestros presagios de lo que aún tenía que venir como la imagen persistente de aquello que había desaparecido hacía mucho tiempo…



    Libro Primero
    1. Un Lecho En La Vieja Arenisca Roja


    El nivel del mar había ido descendiendo lentamente a lo largo de los pocos últimos milenios. El agua apenas se movía y era difícil decir si las pequeñas olas rompían contra la costa, o si se formaban de algún modo en la costa misma y desde allí eran enviadas a las profundidades. El río que desembocaba en el mar había edificado bancos de limo rojo y guijarros que a menudo le impedían la marcha con barreras de grava…, y entonces se estancaba en amplios remansos fulgurantes bajo la luz del sol. Había un hombre sentado junto a uno de esos remansos. Aunque parecía rodeado de vegetación, detrás de él la playa estaba tan desnuda como un hueso reseco.

    Era alto y desgarbado, de cabellos rubios, piel pálida, y una expresión reposada que escondía algo adusto y vigilante. Llevaba un traje de una pieza y cargaba al hombro una mochila en la que guardaba las raciones de agua presurizada, los sucedáneos alimenticios, algunos materiales para artistas y dos cuadernos de notas. Tenía además un aparato a modo de collar conocido vulgarmente como filtraire y consistente en un aro provisto de un pequeño motor detrás, y bajo la barbilla, adelante, una boquilla que le echaba aire fresco en el rostro.

    Se llamaba Edward Bush. Era un hombre solitario de más de cuarenta y cinco años. Por aquella época se sentía encalmado, a la deriva; el trabajo temporal en el Instituto no lo aliviaba en aquella íntima convicción de encontrarse ante un cruce no señalado en los mapas. Era como si todos sus mecanismos psíquicos se hubieran detenido, o permanecieran ociosos, sin saber qué dirección tomar, o bajo el agobio de una inquietante premonición. Con el mentón apoyado en la rodilla, Bush observaba la monótona extensión del mar. En algún sitio unas motocicletas se ponían en marcha.

    No deseaba que lo vieran así. Se puso de pie y se acercó de prisa al caballete. Había retrocedido, disgustado, más de lo que recordaba. La pintura no era demasiado buena, por supuesto; como artista estaba acabado. Quizá por eso no se atrevía a regresar al presente.

    Howells estaría aguardando el informe en el Instituto. Bush lo había incluido en el cuadro. Intentaba expresar la vacuidad, contemplando el océano, trabajando con papel mojado y acuarelas… Tan primitivo equipo era todo lo que uno podía llevar en los viajes mentales. Los colores espesos chorreaban en la punta de los pinceles. Había trabajado con frenesí. Sobre el mar lúgubre había aparecido un sol rojo con las facciones de Howells. Se echó a reír. Un árbol retorcido a un lado de la tela; aplicó allí el pincel.

    —¡Imagen materna! —exclamó—. ¡Ésa eres tú, madre! Sólo para mostrarte que no te he olvidado.

    Los rasgos de su madre lo contemplaban desde el follaje. La adornó con una corona de diamantes; su padre la llamaba a menudo la Reina…, en parte con amor, en parte con ironía. De modo que el padre estaba también en el cuadro, difusamente.

    Bush se quedó mirando la tela.

    —Es una obra maestra, ¿sabes? —le dijo a la imprecisa mujer que estaba de pie detrás de él, a cierta distancia, sin mirarlo. Tomó una acuarela y garabateó un título: Grupo de familia. Al fin y al cabo, él estaba también allí. Todo él estaba allí.

    Luego sacó el bloque de papel de la pinza, arrancó la hoja y la enrolló. Plegó el caballete y lo metió en la mochila.

    El sol brillaba detrás de Bush, sobre las colinas bajas, preparándose para el ocaso. Las colinas estaban desnudas excepto a lo largo del cauce del río, donde unas psilofitas enanas crecían a la sombra de unos licopodios primitivos. Bush no arrojaba ninguna sombra.

    El distante sonido de las motocicletas, único en medio del gran silencio devoniano, lo ponía nervioso. De reojo alcanzó a ver en el suelo un movimiento que lo sobresaltó. Cuatro crosopterigios forcejeaban chapoteando en los bajíos. Se abrieron paso por el barro rojo, irguiendo las cabezas curiosamente acorazadas, mientras miraban alrededor con cómica avidez. Bush iba a fotografiarlos con la cámara de muñeca pero pronto cambió de idea…, ya había fotografiado antes otros crosopterigios.

    Los peces se adelantaron echando dentelladas a los insectos que se arrastraban por los bancos de lodo hurgando afanosamente en la vegetación pútrida. En el tiempo en que aún era un genio, había utilizado la estructura de una de aquellas acorazadas cabezas verdes en uno de sus trabajos más logrados.

    El ruido de las motocicletas cesó de pronto. Bush trepó a una barranca de pedregullo para ver mejor el paisaje; podía ser un grupo de gente lo que veía abajo, en la playa. El océano casi no se movía. El fantasma de la mujer de cabellos oscuros casi no se movía. En cierto sentido, la mujer lo acompañaba…, o tal vez fuera uno de esos espectros irritantes nacido de su cerebro sobrecargado.

    —¡Es como un maldito libro de clase! —le dijo al fantasma, burlándose—. Esta playa, la evolución, la falta de oxígeno en el océano agonizante…, los peces que salen del agua y se aventuran en el espacio…, y, por supuesto, mi padre, para quien todo esto sería un texto religioso —reconfortado por el sonido de su propia voz, Bush se puso a recitar (su padre era muy aficionado a decir poemas)—: La primavera…, no, demasiado larga. Gongula… Demasiado, demasiado larga…, corcho.

    Oh, bueno; aquí uno tenía que divertirse, o terminar loco. Respiró a través del filtro, mirando de reojo a su custodia. La mujer de cabellos oscuros seguía allí cerca, tan imprecisa e insustancial como siempre. Supuso que estaría montando una especie de guardia. Le tendió la mano, pero no pudo tocarla, así como no podía tocar a los crosopterigios, o la arena roja…

    La lascivia, ése era el problema. Necesitaba este aislamiento mientras los relojes internos no funcionaran, pero a la vez se sentía aburrido. La lascivia lo estaba consumiendo otra vez; pero la Dama Oscura era tan inaccesible como las mujeres indecentes que él imaginaba.

    No era ningún placer para él ver las colinas desnudas a través del cuerpo de ella. Se tendió sobre los guijarros, con el cuerpo apoyado a medias en las irregularidades del suelo. En vez de preocuparse por la identidad de la mujer, se volvió hacia el mar lúgubre; lo contemplaba como si esperara que algún monstruo insaciable asomara a la superficie e hiciera trizas la quietud que ahora lo inundaba.

    Todas las playas se conectaban entre ellas. El tiempo no era nada para las playas. La que tenía ante sí lo llevaba directamente a la playa que había conocido en unas miserables vacaciones de su infancia, cuando sus padres peleaban con una violencia contenida, y él permanecía temblando detrás de una cabaña, con los zapatos llenos de arena, escuchando furtivamente las palabras de odio. ¡Si al menos olvidara su propia infancia, podría iniciar una nueva vida creativa! Quizás unas imágenes parecidas a cabañas…, conservadas por el tiempo…

    No era nada raro en Bush que estuviera allí tendido, meditando en una próxima composición espaciocinética, en vez de trabajar; pero como artista (¡ja!) había triunfado con demasiada facilidad y demasiado pronto…, sobre todo porque fue uno de los primeros en llevar a cabo el viaje mental, sospechaba, y no tanto porque al público le impresionara de un modo particular aquel genio solitario o aquellas austeras y cada vez más monocromáticas composiciones de bloques móviles y trampas, expresión de las oscuras interrelaciones espaciales y sincronizaciones temporales que para Bush constituían el mundo.

    En cualquier caso, había terminado con las composiciones de meras señales fóticas que tanto aplaudieron cinco años antes. En lugar de arrastrar adentro aquel fardo de apariencias, empujaría las interioridades hacia afuera, relacionándolas con el tiempo macrocósmico. Eso haría, si sabía cómo empezar.

    Bush oyó de nuevo las motos, golpeteando a lo largo de la playa desierta. No les prestó atención y se hundió más profundamente en sus pensamientos, la cabeza colmada de ángulos y fuerzas que no se resolvían en nada que pudiera expresarse. Había emprendido el viaje mental animado por el Instituto, a fin de romper deliberadamente los ritmos circadianos, y para poder enfrentar los problemas nuevos y fundamentales de la percepción temporal, que tanto preocupaba en su época… Y no había encontrado nada significativo. Por eso estaba ahora solo y abandonado en aquella costa.

    El viejo Claude Monet había seguido la buena senda, teniendo en cuenta la época, pacientemente sentado en Giverny, transformando nenúfares y estanques en formaciones de color que se ordenaban en un esquivo testimonio del tiempo. Monet nunca había tenido detrás el devónico o la Era Paleozoica.

    La conciencia humana se había ampliado de manera tan alarmante y se había afanado tanto en transformar cualquier objeto natural con sus propias tonalidades peculiares, que no podía existir ningún arte que no tomara exacta conciencia de este hecho. Algo enteramente nuevo tenía que ser forjado; incluso la escultura bioelectrocinética de la década anterior había sido superada.

    El poseía las semillas de aquel arte nuevo en su vida, la cual, tal como había reconocido hacía tiempo, seguía el esquema de un vórtice, con sus emociones que se derramaban copiosamente en el deformado centro de la existencia, siempre en movimiento, empujando como un huracán, pero siempre volviendo al mismo punto. El pintor que más lo impresionaba era el viejo Joseph Mallord William Turner; su vida, desarrollada en otro período en el que la tecnología estaba alterando las ideas sobre el tiempo, se había movido también en vórtices, hasta tal punto que sus últimas telas habían sido dominadas por ese motivo.

    El vórtice, símbolo de la forma en que todos los fenómenos del universo penetraban torbellineando en el ojo humano, como agua vaciándose de un lavabo…

    Había pensado en eso un millar de veces. La idea torbellineaba también, girando y girando, sin llevar a ningún lado.

    Gruñendo para sí mismo, Bush se sentó para mirar las motocicletas.

    Estaban casi a un kilómetro de allí, estáticas sobre la deslustrada playa; podía verlas con claridad, los objetos de su propia dimensión parecían mucho más oscuros de lo que serían si existieran en el mundo exterior, con la barrera de la entropía reteniendo aproximadamente el diez por ciento de la luz. Los diez conductores se veían más bien como siluetas recortadas contra el exótico fondo del Devónico, con todas las fuerzas conspirando para admitir que no pertenecían ni pertenecerían nunca a aquel lugar.

    Las motos eran de esos modelos ligeros que sus conductores podían llevar consigo en sus viajes mentales. Giraban en intrincados movimientos pero sin proyectar por eso los consabidos chorros de arena, ni levantar olas cuando parecían circular entre ellas. Carecían del poder de afectar las cosas que nunca habían afectado y apenas conseguían evitarse unas a otras. Finalmente terminaron por detenerse en una línea recta casi perfecta, vueltas a un lado u otro, con sus discos horizontales flotando casi sobre la arena.

    Bush observó a los conductores descender y empezar a hinchar una tienda. Llevaban todos el atuendo verde de ante que era virtualmente el uniforme de los de su clase, y vio que uno tenía una larga cabellera rubia, flotante…, quizás una mujer. Aunque no pudo asegurarse de ello desde allí, su interés se despertó.

    Al poco rato los conductores lo descubrieron, sentado sobre los guijarros rojos. Bush se sintió cohibido cuando vio que cuatro de ellos venían hacia él, pero permaneció en su sitio simulando no haberlos visto.

    Eran altos. Todos llevaban botas altas de ante, peladas. Los filtraires les colgaban negligentemente. Uno de ellos tenía pintado en su casco un cráneo de reptil. Tendrían entre treinta y cuarenta años —era el promedio en estos grupos, de donde les venía el apodo de ‘treintones’, pues treinta era la edad mínima para los viajes mentales—. Había, en efecto, una chica entre ellos.

    Aunque se puso nervioso al verlos avanzar, Bush sintió una repentina oleada de deseo al ver a la chica. Era la de los cabellos largos y rubios, que parecían sucios y grasientos. Nada de maquillaje, rasgos angulosos pero al mismo tiempo indefinidos, la mirada perdida. Silueta delgada… Deben ser esas estúpidas botas, pensó mofándose de sí mismo, puesto que la chica no era precisamente atractiva, y sin embargo su excitación persistía.

    —¿Qué haces aquí, compañero? —preguntó uno de los hombres, bajando la vista hacia Bush.

    Pensó que sería tiempo de ponerse de pie, pero permaneció sentado por la única razón de que levantarse habría parecido hostil.

    —Descansaba, hasta que habéis llegado con vuestro ruido —levantó la vista hacia su interlocutor, un tipo de nariz aplastada y profundos pliegues bajo cada mejilla, en nada semejantes a lo que suele llamarse hoyuelos. Huesudo, desaliñado, muy tenso; nada atractivo había en él.
    —¿…cansado o algo así?

    Bush rió; la pretendida solicitud de su voz de treintón estaba exactamente dosificada. Ya sin tensión, respondió:

    —Podría decirse… cósmicamente cansado, embarrancado. ¿Ves esos peces acorazados de ahí? —apuntó hacia donde supuso estarían los crosopterigios engullendo la maleza marina—. He pasado todo el día aquí tendido, contemplando cómo evolucionan.

    Los treintones se echaron a reír. Uno de ellos dijo, insolentemente:

    —Nosotros pensamos que estabas tendido tratando de evolucionar tú. ¡Te ves como si realmente lo necesitaras! —evidentemente se había erigido en el humorista del grupo, aunque sin mucho éxito. Los otros lo ignoraron y el jefe dijo:
    —¡Estás loco! ¡La marea te barrerá, ya lo creo que sí!
    —No ha habido ninguna en el último millón de años. ¿No lees los periódicos? —mientras los otros se reían de la observación de Bush, éste se levantó y se sacudió el polvo en un gesto puramente instintivo, ya que en ningún momento había tocado la arena. Habían entrado en contacto. Mirando al jefe, dijo—: ¿Tenéis algo de comer que podáis cambalachear por tabletas nutritivas?

    La chica habló por primera vez:

    —Es una lástima que no podamos agarrar algunos de tus peces evolutivos y cocerlos. Aún no he conseguido acostumbrarme a esto…, al aislamiento —tenía una dentadura sana, aunque probablemente necesitaba una limpieza a fondo tan grande como el resto de su persona.
    —¿Hace mucho que estáis aquí? —preguntó Bush.
    —Dejamos 2090 la semana pasada.

    Tras un gesto de asentimiento, Bush continuó:

    —Yo hace dos años que estoy aquí. De hecho, no he vuelto a… al presente desde hace dos años…, dos años y medio. ¡Es divertido pensar que en nuestros tiempos esos peces andadores estarán durmiendo plácidamente en la Vieja Arenisca Roja!
    —Nosotros vamos camino del jurásico —dijo el jefe, apartando a la chica de un codazo—. ¿Has estado ya allí?
    —Seguro. He oído decir que cada año se parece más a una feria.
    —Encontraremos algún lugar, aunque tengamos que limpiarlo antes.
    —Tenéis cuarenta y seis millones de años para elegir —dijo Bush, encogiéndose de hombros. Caminó con ellos en dirección al resto del grupo, que permanecía de pie junto a las hinchadas tiendas.
    —Me gustaría evolucionar hasta uno de esos grandes animales del jurásico con enormes dientes —dijo el humorista—. Esos tiranosaurios o como se llamen. ¡Así sería tan duro como tú, Lenny!

    Lenny era el jefe, el de las mejillas hundidas. El chistoso se llamaba Pete. El nombre de la chica era Ann; pertenecía a Lenny. Nadie del grupo usaba mucho el nombre excepto Pete. Bush dijo que su nombre era Bush, y así quedó. Había seis hombres, cada uno con su respectiva moto, y cuatro chicas que evidentemente habían petardeado hasta el devónico en los asientos traseros de las motos. Ninguna de ellas era más atractiva que Ann. Estaban junto a las motos, paseando o de pie; Bush era el único que se había sentado. Miró en derredor cautelosamente, buscando a la Dama Oscura; había desaparecido. Bien…, por remota que fuera, habría comprendido más claramente que nadie allí lo que había impulsado a Bush a unirse a la pandilla.

    La única persona que Bush consideró interesante era un hombre mayor que el resto, obviamente más que treintón, pese a llevar el atuendo de ante. De pelo negro mate, seguramente teñido, bajo su larga nariz la boca se había quedado en una expresión irónica que parecía merecer un momento de curiosidad. Nada dijo, pero la escrutadora mirada lo advirtió de una mente alerta.

    —¿Dices que llevas dos años viajando? —dijo Lenny—. ¿Eres millonario o algo así?
    —Pintor. Artista. Hago composiciones espaciocinéticas. CEC, para los que conocen. Trabajo para el Instituto Wenlock. Y vosotros…, ¿cómo habéis conseguido venir hasta aquí?

    Lenny desdeñó responder, y dijo, desafiante:

    —¡Estás mintiendo, compañero! ¡Nunca has trabajado para el Instituto! Mira…, no soy estúpido, sé que ellos sólo envían registradores al pasado para períodos de dieciocho meses de una vez, como máximo. Dos años y medio… ¿Qué es lo que estás tramando? ¡No puedes engañarme!
    —¡No te estoy engañando! Trabajo para el Instituto. Es cierto que vine aquí por un tiempo de dieciocho meses, pero simplemente he pasado aquí otro año extra, eso es todo.

    Lenny lo miró desdeñosamente.

    —¡Van a hacer ligas con tus tripas!
    —¡No lo harán! Para tu conocimiento, soy uno de sus mejores viajeros mentales. Puedo ir más cerca del presente que cualquier otro que tengan en sus libros.
    —¡No estás muy cerca ahora, paseándote por el devónico! Sigo sin creer nada de tu historia.
    —Créela o no; es asunto tuyo —dijo Bush; detestaba los interrogatorios, y se estremeció de rabia cuando Lenny se volvió. Impasible ante la discusión, otro de los treintones dijo:
    —Hemos tenido que trabajar, ahorrar, tomar la inyección de CSD, venir… Un montón de dinero. ¡Un montón de trabajo! Apenas me lo creo que realmente estemos aquí.
    —No lo estamos. El universo sí está, pero nosotros no. O más bien, el universo puede que esté y nosotros no. Aún no saben exactamente cómo funciona todo esto. Queda mucho por comprender acerca del viaje mental —hablaba docta y condescendientemente para ocultar su turbación.
    —¿Te gustaría pintarnos? —le preguntó Ann; fue la única reacción a su declaración de ser pintor.

    La miró a los ojos, y creyó comprender algo en el destello que cruzó involuntariamente entre ambos. Una de las pocas ventajas de envejecer era que raramente se interpreta mal tales miradas.

    —Si me interesáis, lo haré.
    —Sólo que… mira, nosotros no deseamos ser pintados —dijo Lenny.
    —No estaba ofreciéndome voluntario para hacerlo… ¿Qué clase de trabajo habéis hecho para ganar tanto como para haber llegado aquí? —a Bush no le interesaba la respuesta; estaba mirando a Ann, que había bajado los ojos. Pensó que podía sentir su realidad…, nada podía ser tocado en el limbo del viaje mental, pero ella pertenecía a su mismo tiempo, así que respondería a su contacto.

    Uno de los treintones anónimos le respondió:

    —Excepto Ann, aquí, y Josie, todos embarcamos en la nueva estación mental de Bristol. Fuimos de los primeros en hacerlo cuando estuvo terminada. ¿La conoces?
    —Yo diseñé la CEC, la composición del vestíbulo…, el símbolo de la sincronizada señal nodal de reentrada con las veletas móviles entrecruzadas. ‘Progresión’, se llama.
    —¡Esa condenada cosa! —Lenny se quitó el cigarrillo de la boca para hacer su ácido comentario, y lo arrojó hacia el lento mar. La colilla quedó inmóvil a pocos centímetros de las olas; ardió hasta que la falta de oxígeno la apagó.
    —A mí me gustó —dijo Pete—. ¡Parecía un par de relojes plusmarquistas que hubieran chocado uno contra otro en una noche oscura e hicieran señales pidiendo ayuda! —se rió vacuamente.
    —No deberías reírte de ti mismo. Acabas de darnos una preciosa descripción de todo esto —Bush hizo un gesto con la mano que englobaba el universo visible e invisible.
    —¡Lárgate! —dijo Lenny, apartándose de su moto y avanzando hacia Bush—. ¡Eres tan listo, tío…! ¡Puedes largarte ya mismo!

    Bush se levantó. Si no hubiera sido por la chica se habría ido inmediatamente. No estaba dispuesto a dejarse aporrear por esa chusma.

    —Si no te interesa mi conversación, ¿por qué no nos proporcionas tú una?
    —Dices tonterías, eso es todo. La historia de la Vieja Arenisca Roja…
    —¡Es cierta! Puede que no te guste, o que no te importe, pero no son tonterías —señaló al mayor del grupo, de pelo negro, de pie, algo apartado—. ¡Pregúntaselo a él! Pregúntaselo a tu amiga. En 2090 todo lo que aquí ves está comprimido en unos pocos metros de prensada roca roja… gravilla; peces, plantas, la luz del sol, la luz de la luna, la auténtica brisa, todo solidificado allá abajo en algo que los geólogos arrancarán con picos de la tierra. Sí no lo sabes o no te sientes emocionado por la poesía implícita en ello, ¿para qué malgastar entonces diez años de ahorros en venir hasta aquí?
    —No te he dicho nada acerca de eso, compañero. He dicho que me aburres.
    —Es un sentimiento completamente mutuo —había ido tan lejos como se sentía preparado para ir, y parecía que Lenny también, ya que se dio indiferentemente media vuelta cuando Ann acudió para tranquilizarlos.
    —Habla como un artista, ¿no? —dijo la rechoncha y bajita Josie, dirigiéndose particularmente al hombre mayor—. Creo que hay algo en lo que dice. No estamos apreciando realmente este lugar como deberíamos, pienso. Es maravilloso aquí, ¿no? Y lo es mucho antes de que haya hombres o mujeres en el globo.
    —La capacidad de maravilla pertenece a todo el mundo. Pero la mayor parte de la gente le tiene miedo —observó el hombre mayor.

    Lenny soltó una tos despectiva.

    —¡No te metas en esto, Stein!
    —Quiero decir que aquí está el mar, donde empezó todo, y aquí estamos nosotros. No podemos tocarlo, por supuesto —Josie luchaba con conceptos demasiado grandes y vagos para su capacidad mental, a juzgar por la expresión de su rostro en trance—. Es divertido…, miro este mar, y no puedo dejar de pensar que estamos en el fin del mundo, y no en el principio.

    Aquello concordaba extrañamente con algo que Bush había estado meditando ese mismo día; la chica había tenido una idea hermosa, y por un instante estuvo considerando desviar su atención hacia ella. Los otros parecían melancólicos; así consideraban una idea profunda. Lenny montó en su moto y pedaleó para ponerla en marcha; las dos columnas de aire empezaron a soplar simultáneamente. Era como un desafío a las leyes físicas que la arena bajo sus pies permaneciera inmóvil; y de hecho lo era. En ese mismo momento se hallaba en el centro de la circunferencia constituida por el invisible aunque contundente muro del viaje mental. Los otros cuatro treintones montaron en sus motos, y dos de las chicas lo hicieron detrás. Se alejaron gruñendo sobre la arena que ensombrecía. Llegaba la noche, las cortas cerdas de la vegetación se balanceaban con la brisa procedente del mar; pero en la dimensión mental todo estaba quieto. Bush permanecía de pie con el hombre mayor, Josie y Ann.

    —Demasiado para una cena —comentó—. Si soy indeseable, me iré. Tengo un campamento junto a la primera serie de colinas —señaló hacia el sol poniente, sin dejar de mirar a Ann.
    —No te preocupes por Lenny —dijo Ann—. Está de mal humor —lo miró; su figura no era realmente nada del otro mundo, se dijo él, e iba sucia y desaliñada, pero no dejaba de estremecerse. El aislamiento del viaje mental podía producir una completa disociación del carácter; ya en viaje, no se podía tocar nada, oler nada, oír nada, excepto los compañeros de viaje. Aquella chica… ¡Era como el menú de un banquete! Y había también algo más…, algo que no conseguía determinar.
    —Ahora que los que no desean discutir temas vitales se han marchado, podemos sentarnos y charlar —dijo el hombre mayor. Quizá fuera tan sólo aquella expresión irónica, o tal vez en cierto modo estuviera burlándose…
    —Creo que ya he permanecido aquí demasiado tiempo. Me voy —para su sorpresa, el hombre avanzó y le estrechó la mano—. Frecuenta usted extrañas compañías —dijo Bush; no se sentía particularmente interesado en aquel tipo, quien quiera que fuese.

    Echó a andar a lo largo de la playa en dirección a su solitario campamento. Su mente estaba llena del deseo inútil de intentar algo con la amiga de Lenny… La cosa oscura sobre el mar había desplegado sus monstruosas alas y luchaba por apoderarse de la tierra. Repentinamente sintió lo estéril de establecer al Hombre en tan gigantesco universo y luego dejarlo que lo desafiara… O insuflarle deseos que no podía controlar ni cumplir.

    —No llego a acostumbrarme al hecho de no poder tocar nada del mundo real —dijo Ann—. Es algo que verdaderamente me molesta. Yo…, ya sabes, tengo la impresión de no existir —caminaba junto a él, podía oír el sonido de las botas palmeando contra sus piernas.
    —Yo me he adaptado. Es el olor de este lugar lo que me falta. Los filtraires no nos proporcionan el menor asomo de los olores de esto…
    —La vida nunca nos da lo suficiente.

    Bush se detuvo.

    —¿Tienes que seguirme? Me meterás en problemas. Será mejor que vuelvas con tu amigo…, puedes ver que no soy tu tipo.
    —Todavía no lo hemos comprobado.

    Se miraron por un momento con expresión desesperada, como si algo tremendo tuviera que ser resuelto en silencio. Siguieron andando. Bush tenía ya su decisión; o mejor dicho, no tenía ninguna decisión. Había huido de él, anegada en el océano de su flujo sanguíneo, en las mareas donde le parecía debería surgir la nueva dirección a seguir. Se abrieron camino juntos en el lecho del río, apresurándose a lo largo de la orilla, sujetándose fuertemente las manos. Sólo momentáneamente fue consciente de lo que estaba haciendo.

    —¿Qué ocurre contigo?

    ¡Estás loca!

    ¡Estás loco!

    Avanzaron apresuradamente sobre un lecho de grandes conchas rotas. Habría podido cortarse una mano con cualquiera de ellas. Las había visto anteriormente en el libro de consulta. Fragmoceráticas. Primero pensó que eran dientes de algún tipo de animal, no los abandonados hogares de un cefalópodo primitivo. Silurianos, quizás, agudizados por el mar para tomar su sangre cuaternaria, si el viaje mental no hubiera erigido aquella impenetrable barrera entre lo-que-había-sido y lo-que-era. Las conchas no se aplastaron cuando él y la chica pasaron sobre ellas. Mirando hacia abajo en su fiebre, vio que sus pies flotaban sobre las conchas, pisando el esponjoso suelo perteneciente más a su propia dimensión que al período devoniano…, una especie de mínimo común denominador de los suelos.

    Se detuvieron en una cañada, al abrigo. Se aferraron uno al otro. Se miraron intensamente bajo la declinante luz. ¿Cuánto estuvieron así? ¿Qué se habían dicho? Todo se escapaba de la mente de Bush…, excepto una observación de ella:

    —Estamos a millones de años de nuestro nacimiento… Deberíamos sentirnos libres para actuar, ¿no?

    ¿Qué había respondido él, que tuviera valor para ella…, que pudiera constituir una ofrenda? Recordaba tan sólo que la había empujado al suelo, quitado sus farragosas botas, ayudado a quitarse los pantalones y luego haberse quitado los suyos. Ella procedía como si la hubieran conectado a una sobremarcha; estuvo inmediatamente, absoluta e irresistiblemente dispuesta para él, a recibirlo enérgicamente.

    Luego recordó con obsesión, una y otra vez, el gesto particular con que ella había levantado una doblada pierna para recibirle en su abrazo, y su sorpresa y su gratitud al descubrir que en cualquier lugar del rugiente abismo de los siglos había aquella dulce cavidad donde cobijarse.

    Mientras descansaban, oyeron las motocicletas rugir como frustrados animales. Aquello simplemente los impulsó a hacer de nuevo el amor.

    —¡Hueles tan condenadamente bien…! ¡Eres hermosa! —recordó que aún estaban medio vestidos, así que le quitó la blusa y la túnica para besarle los pezones.
    —Deberíamos ir siempre desnudos como los salvajes… Lo somos, ¿verdad, Bush?
    —Dios santo, sí. No tienes idea de lo lejos de un salvaje que soy habitualmente. Dominado por mi madre, lleno de dudas y temores… ¡Lo contrario de tu Lenny!
    —¿Él? ¡Está chiflado! Tiene realmente miedo… Miedo de todo esto…
    —¿…de hacer el amor, quieres decir? ¿O del mundo del espacio/tiempo?
    —De eso, sí. Bajo su superficie, tiene miedo de todo. Su viejo le pegaba todo el tiempo.

    Sus rostros estaban muy juntos. Eran más tenues que la oscuridad que les crecía alrededor, sumergidos eternamente en las complejidades de sus propias mentes.

    —Tengo miedo de él, lo tuve cuando aparecisteis por primera vez. ¡Creí que ibais a echaron encima mío para golpearme! Es hermoso… ¿Qué ocurre, Ann?

    Ella se había sentado, y comenzó a ponerse la túnica.

    —¿Tienes un cigarrillo? No he venido aquí para oír lo gallina que eres. ¡A la mierda con eso! Vosotros los hombres sois todos iguales… ¡Siempre tenéis algo estropeado!
    —¡No somos todos iguales! ¡No lo somos en todos los aspectos! Mira, ahora es tiempo de que hable. No he hablado en intimidad con nadie desde hace meses. He estado encerrado en el silencio. Y nada que tocar… Uno termina perseguido por fantasmas. Realmente debería regresar a 2090 para ver a mi madre, pero voy a tener problemas cuando vuelva… Hacía mucho que no hacía el amor con una chica…, honestamente, empezaba a imaginar que me estaba volviendo afeminado o algo así.
    —¿Qué te hace decir esto? —preguntó Ann ásperamente.
    —El deseo de ser honesto mientras pueda. Es un lujo, ¿no?
    —¡Bueno, ya basta, si no te importa! ¿Crees que voy a lloriquear en un hombro y a contarte también un montón de estupideces? No vine aquí contigo para eso.

    Momentos antes, Bush no sentía más que amor hacia ella. Ahora se veía desbordado por la irritación. Le tiró sus ropas.

    —¡Ponte tus pantalones y lárgate a reunirte con tu estúpido amiguito si es eso lo que sientes! ¿Por qué me seguiste, en primer lugar?

    Ella, pasando por encima de la irritación de Bush, le puso la mano sobre un brazo.

    —He cometido un error. Creí que serías distinto —le echó a la cara una bocanada de humo—. No te preocupes, he disfrutado con el error. ¡Lo haces bien, aunque te creas afeminado!

    Bush se puso de pie y se subió los pantalones indignamente, rabiando… contra sí mismo más que contra Ann. Se volvió; Lenny estaba recortado contra el cielo color limón. Dominándose, se subió la cremallera y le hizo frente.

    Lenny volvió la cabeza y llamó a los otros treintones:

    —¡Está aquí!
    —¡Ven a buscarme si quieres algo de mí! —dijo Bush; tenía miedo… Si le rompían los dedos, nunca volvería a trabajar con calidad. O si lo cegaban. Por allí no había patrullas de la policía; podían hacer lo que quisieran con él, tenían todo el inmenso devónico para hacerlo pedazos. Luego recordó lo que había dicho Ann; Lenny también tenía miedo.

    Avanzó lentamente; Lenny tenía algo contundente en la mano, una llave inglesa, al parecer. Sin embargo, lo percibió vacilante cuando le gritó:

    —¡Voy por ti, Bush! —Lenny miró por encima del hombro para ver si los otros lo apoyaban.

    Pero Bush, sin más, saltó sobre él, lo apretó entre sus brazos y lo zarandeó salvajemente. El treintón era sorprendentemente liviano, y trastabilló cuando Bush lo soltó. Cuando Lenny levantó la llave inglesa, Bush lo golpeó en el rostro e inmediatamente dio un paso atrás, como si con eso ya tuviera bastante.

    —¡Golpéalo de nuevo! —gritó Ann.

    Lo golpeó de nuevo. Pero Lenny le envió una patada a la rótula. Bush cayó, agarró las piernas de Lenny y lo tiró también al suelo. El treintón levantó de nuevo la llave inglesa, Bush le sujetó la muñeca, y ambos rodaron, luchando. Finalmente Bush consiguió colocar un rodillazo contra la entrepierna del otro, y Lenny abandonó la lucha. Jadeante, Bush se puso de pie, sujetándose la rodilla. Los otros cuatro miembros de la pandilla estaban alineados cerca de él.

    —¿Quién es el próximo? —preguntó; al ver que no tenían ninguna intención de moverse, les señaló al jefe—. ¡Llévenselo! ¡Sáquenlo de aquí!

    Se movieron dócilmente. Uno de ellos dijo, malhumorado:

    —Eres un bravucón. Nosotros no te habíamos hecho nada. Ann es la chica de Lenny.

    El deseo de luchar lo abandonó. Desde ese punto de vista, tenían toda la razón de verlo así. De acuerdo, los modales del grupo no le habían gustado desde el principio, pero posiblemente ellos eran menos responsables de lo que él había prejuzgado.

    —Me voy —anunció—. ¡Lenny, puedes quedarte con tu chica!

    Ya era tiempo de viajar de nuevo. Iría a un lugar tranquilo, y luego viajaría a otro tiempo y lugar. Echó a andar hacia las colinas, y frecuentemente miraba hacia atrás para asegurarse de que no lo seguían. Al poco rato oyó las motocicletas; el ruido lo hizo consciente de la fuerte impresión de soledad que tenía. Se volvió a mirar cómo las luces láser se desvanecían a lo largo de la orilla. La fantasmagórica Dama Oscura estaba allí; las luces se extinguían a través de su silueta. No le cupo duda de que ella estaba cumpliendo una misión, y de que venía de algún muy remoto futuro. Más allá de las órbitas de sus ojos las estrellas del Boyero brillaban…

    Hubo un ruido cerca, que le indicó la presencia de alguien de su propio continuum, fundido con él por todo el resto del tiempo. La chica lo seguía.

    —¿Tu amiguito no quiso llevarte?
    —¡No seas así, Bush! Quiero hablar contigo.
    —¡Oh, Dios!

    La tomó del brazo y la arrastró consigo en medio de la oscuridad. Al menos no había obstáculos para andar sobre el suelo generalizado.

    Sin decirse palabra, subieron hasta donde estaba su tienda y se metieron dentro.


    2. Ascendiendo La Ladera De La Entropía


    Cuando se despertó, ella se había ido.

    Permaneció tendido un largo rato mirando el techo de la tienda, preguntándose si le importaba mucho. Necesitaba compañía, pero nunca se sentía completamente a gusto cuando la tenía; necesitaba una mujer, pero nunca se sentía feliz con ninguna. Deseaba hablar, aunque supiera que la mayor parte de las conversaciones tenían que admitir la incomunicación.

    Se lavó y vistió y salió. Ni el menor rastro de Ann. Aunque, por supuesto, en viaje mental nadie deja algún rastro tras de sí… El caso es que la vegetación de un verde intenso estaba intacta por todos lados, pese a que Bush había andado sobre ella docenas de veces para ir a visitar a los crosopterigios.

    El sol brillaba. Su enorme y constante horno derramaba su calor sobre un mundo donde los depósitos de carbón aún no estaban formados, en previsión del período de cosecha para su combustión. Bush sentía dolor de cabeza.

    Por un instante permaneció allí, de pie, rascándose, preguntándose el origen de su dolor: las excitaciones del día anterior, o la implacable presión de los vacíos eones. Se inclinó por lo segundo. Nadie podía decir que se viviera realmente en aquellos siglos desiertos; él y los treintones y los demás podían viajar hasta allí, pero sus relaciones con el actual devónico eran meramente tentativas. El Hombre había conquistado el paso del tiempo; al menos, los intelectuales del Instituto Wenlock lo habían hecho… Pero mientras pasaba, el tiempo no era más que un tic (¿tic tac?) del homo sapiens, con el universo inviolado por aquel logro.

    —¿Vas a hacer una composición de mí?

    Bush se volvió. La chica estaba de pie por encima de él, a unos pasos de distancia. Debido a que la dimensión cambiaba entre ellos, y el mundo filtraba parte de la luz, Ann parecía sombría y espectral. Apenas le podía ver el rostro; el viaje mental los había reducido a todos a la condición de espectros, incluso para ellos mismos.

    —Pensé que te habías vuelto con tus amigos…

    Ann descendió hacia él. Hacía oscilar distraídamente su filtraire. Con la túnica abierta y los cabellos despeinados, se parecía más que nunca a un vagabundo. Palpando los bíceps de Bush, dijo:

    —¿Esperabas que me hubiera ido…, o temías que me hubiera ido?

    Bush frunció el ceño, intentaba descubrir a qué se parecía realmente ella. Las relaciones humanas lo agotaban; quizá por eso fuera que había permanecido tanto tiempo allí, lejos en el vacío del exhausto tiempo.

    —No puedo comprenderte, chica. No te ofendas. Es como mirar a través de un vidrio de doble refracción. Nadie es nunca como parece ser.

    Ella abandonó la dureza de su mirada y lo observó casi conmiserativamente.

    —¿Qué es lo que te corroe, cariño? Algo muy profundo, al parecer…

    Su compasión pareció reabrir una herida.

    —No puedo explicártelo. Las cosas están tan confundidas en mi cabeza… Todo está embrollado.
    —Cuéntamelo, si te hace bien hacerlo. Tengo todo el devónico del mundo por delante.

    Bush sacudió la cabeza.

    —¿Qué es lo que dijo ayer tu amiga Josie? Que esto podía ser más bien el fin del mundo que el principio. Sólo podría desembrollarme si eso fuera cierto, si pudiera iniciar de nuevo mi vida.

    Ann se echó a reír.

    —De vuelta a la matriz, ¿eh?

    Bush se dio cuenta de que no se sentía bien. Tendría que informarlo al Instituto; uno puede perder su mente en esos condenados laberintos de silencio. No podía responder a Ann ni hacer frente a su nauseabunda sugerencia. Suspirando profundamente, regresó a su tienda y tiró de la cuerda de deshinchado. Se hundió sobre sí misma en una serie de espasmos; nunca se había preocupado de observar el proceso, pero esta vez alguna parloteante voz en su interior hizo un comentario al respecto, comparándola con una decepcionada matriz de la que hubiera conseguido escapar algún niño afortunado.

    Estoicamente, dobló la tienda y la puso a un lado. Sacó sus raciones y realizó los simples preparativos para el desayuno bajo la atenta observación de Ann, de pie frente a él. Los viajeros mentales llevaban consigo un equipo alimentario básico, frugal en extremo pero fácil de manejar. Había repuesto sus existencias varias veces de otros viajeros mentales que regresaban a la superficie —volvían a su presente— antes de lo previsto, debido a que no pudieron soportar el silencio, y de un amigo suyo que tenía una pequeña tienda en el jurásico.

    Mientras su sartén con extracto de carne empezaba a humear, levantó los ojos hasta encontrar los de la chica y le habló de nuevo.

    —¿Quieres unirte a mí antes de irte?
    —Puesto que me lo pides tan gentilmente… —se sentó junto a él con las piernas abiertas, sonriéndole…, incluso agradecida de mi miserable compañía, pensó Bush—. No pretendía trastornarte, Bush. Eres tan susceptible como Stein.
    —¿Quién es Stein?
    —El tipo viejo, el que iba con la pandilla. Ya sabes…, el de pelo teñido. Hablaste con él…, te estrechó la mano.
    —¡Oh, sí, Stein! ¿Cómo fue a parar con vosotros y Lenny?
    —Iban a partirle la cara o algo así, y Lenny y los muchachos lo salvaron. Es terriblemente nervioso. Ya sabes, cuando te vio por primera vez dijo que podías ser un espía. Viene de 2093, y dice que las cosas están mal allí.

    Bush no quería pensar en 2090 y en el deprimente mundo donde vivían sus padres.

    —Entonces, ¿Lenny tiene también su lado bueno?

    Ann asintió con la cabeza.

    —Stein me hizo sentir miedo acerca del viaje mental —dijo, retomando el hilo de lo que había querido decir—. Ya sabes, decía que Wenlock podía estar equivocado sobre el viaje mental, y que era posible que nosotros no estuviéramos realmente aquí en absoluto, o algo así. Decía que había algo siniestro con respecto a la submente, y nadie le comprendía aún, pese a las declaraciones del Instituto Wenlock.
    —Bueno, todo es aún tan reciente… La submente no fue desarrollada como concepto hasta 2073, y el primer viaje mental no tuvo lugar hasta dos años más tarde, así que es probable que haya más cosas que descubrir, aunque es difícil adivinar de qué podría tratarse. ¿Qué es lo que sabe Stein, de todos modos?
    —Quizá tan sólo estaba haciendo su discursito, tratando de impresionarme.
    —¿Lo dejaste… Quiero decir, ¿se acostó contigo?
    —¿Celoso? —Ann sonrió desafiante.
    —¿Qué es lo que esperas que diga?

    Se miraron. A través del vidrio de su rostro, él pudo ver el brillo de la vida. Se inclinó hacia adelante y la besó. Ella retiró el ardiente concentrado de carne del infiernillo y dijo:

    —Creo que ya tengo bastante del período devónico. ¿Qué te parece ir al jurásico conmigo?
    —¿Van allá Lenny & Co.?
    —Y aunque así fuera… Son cuarenta y seis millones de años, ¿verdad?
    —Touché. ¿Qué deseas hacer por allá? ¿Ver acoplarse a los carnívoros?

    Ann le dirigió una mirada traviesa.

    —Podríamos observarlos los dos juntos.

    Instantáneamente se sintió excitado. Deslizó una mano hacia su muslo cubierto de ante.

    —Iré contigo —mientras bebían el concentrado, él se burló de sí mismo por dejarse embarullar por la chica; ella estaba perturbada y lo único que conseguiría hacer sería perturbarle su equilibrio mental. Era cierto que era buena en la cama y no era tonta, pero nunca se había sentido satisfecho de tener que aceptar a alguien por compartimientos; toda entera no le parecía accesible. Y tal vez él no fuera la persona adecuada para ayudar a la joven a convertir en accesible toda su personalidad. Ella se arrimó contra él.
    —Necesito a alguien con quien efectuar el viaje mental. Tengo miedo de ir sola. Mi madre no viajaría mentalmente, ni siquiera para salvar su vida. La gente de su generación nunca querrá oír hablar de ello, supongo. Huau, me gustaría hacer un viaje mental muy corto…, apenas una generación. Quiero ver a mi viejo cortejando a mi madre y haciendo el amor con ella, ¡apostaría a que lo harían desastrosamente mal, como todo lo demás! —al ver que Bush no le respondía, le dio un codazo.
    —¡Bueno, adelante, di algo! ¿No te gustaría ver a tus padres en pleno trabajo? No eres tan aburrido como aparentas, ¿eh, Bush? ¡Te gustaría…!
    —Ann; simplemente, no te das cuenta de la barbaridad que acabas de decir.
    —¡Vamos, a ti también te gustaría!

    Bush sacudió la cabeza.

    —Sé lo suficiente sobre mis padres como para no necesitar cosas de ese tipo. Pero supongo que el tuyo es el punto de vista de la mayoría… Hará una década…, quiero decir, cerca de 2080, el doctor Wenlock hizo circular por el Instituto un cuestionario que demostraba lo fuertes que eran las motivaciones incestuosas entre los viajeros mentales. Esta es la fuerza subyacente en la predisposición a mirar hacia atrás. Los descubrimientos coinciden con la antigua visión psicoanalítica de la naturaleza humana. La teoría actual sugiere que el hombre primitivo se convirtió en homo sapiens cuando estableció su primera interdicción de… bueno, llamémosle endogamia, la costumbre que prohíbe el matrimonio fuera del grupo familiar. La exogamia fue el primer y doloroso paso hacia adelante que dio el hombre. Ningún otro animal ha prohibido la endogamia.
    —¿Valió realmente la pena? —preguntó Ann.
    —Bueno, desde entonces el hombre se convirtió en lo que sabemos, el conquistador de su medio ambiente y todo lo demás, aunque su separación de la naturaleza se hizo al parecer más profunda…, quiero decir, de su verdadera naturaleza. Tal como lo ven los wenlockianos, la submente es, o debería ser, nuestra antigua mente natural. La sobremente es una adquisición posterior, del homo sapiens, una dinamo de alta tensión cuya función principal es estructurar el tiempo y ocultar todos los tristes pensamientos animales en la submente. Los extremistas proclaman que el paso del tiempo es una invención de la sobremente.

    Pero ella quizá no le estaba escuchando, pues le preguntó:

    —¿Sabes por qué te seguí ayer? Tuve una sensación increíblemente fuerte, apenas apareciste, de que tú y yo nos habíamos conocido… terriblemente bien, en algún tiempo pasado.
    —¡Me habría acordado de ti!
    —Tal vez fuera la submente haciendo de las suyas… De todos modos, lo que decías era muy interesante. Supongo que creerás en ello, ¿verdad?

    Bush se echó a reír.

    —¿Y cómo se podría… no creerlo? Estamos en el devoniano, ¿no?
    —Pero si la submente gobierna el viaje mental, y está obsesionada con el incesto, entonces seguramente deberíamos ser capaces de visitar épocas al alcance de la mano, a principios de nuestro propio siglo, por ejemplo…, de tal modo que pudiéramos ver lo que hacían nuestros padres y abuelos. Sería de lo más interesante, ¿no crees? Pero es mucho más fácil viajar mentalmente hasta aquí, hasta las eras primigenias del mundo, y en cambio es muy difícil alcanzar las épocas de humanidad. De hecho, es imposible para muchos de nosotros.
    —De acuerdo, pero eso no prueba lo que tú piensas. Si crees que el universo espaciotemporal es como una enorme ladera entrópica, con el presente real siempre en el punto máximo de energía y el pasado remoto en el mínimo, entonces obviamente tan pronto como nuestras mentes se liberen del paso del tiempo, y más cerca del punto máximo nos dirijamos, más difícil será el viaje…

    Ann guardó silencio. Bush creyó que seguramente había abandonado el tema porque la sobrepasaba, pero al cabo de un instante, ella dijo:

    —Bush, ¿recuerdas lo que dijiste respecto a mi verdadero yo, que es bueno y amante? Suponiendo que exista tal persona, ¿sería mi sub o mi sobremente?
    —Suponiendo, como tú dices, que exista tal persona, debería ser una amalgama de ambas. Lo que es menos que la totalidad no puede ser la totalidad.
    —¿Estás intentando entrar de nuevo en la teología?
    —Probablemente —ambos se echaron a reír. Bush se sentía casi alegre; le gustaba argumentar, particularmente acerca de la estructura de la mente, un tópico para él fascinante.

    Si tenían que viajar nuevamente, ése parecía ser el mejor momento…, en un buen estado de concordia. El viaje mental nunca era fácil; más aún, el paso podía ser difícil si uno estaba emocionalmente trastornado.

    Empaquetaron sus pertrechos y ataron sus escasas posesiones. Luego se sujetaron del brazo; no había mejor forma de asegurarse de que llegarían a unos cuantos millones de años sin quedar a varios centenares de kilómetros uno de otro.

    Rasgaron sus sobres de droga. El CSD se presentaba en ampolletas transparentes, casi incoloras. Mirada contra el vasto cielo del paleozoico, la ampolleta de Bush parecía ligeramente verde entre sus dedos. Se miraron; Ann hizo una mueca, y ambos engulleron al mismo tiempo sus dosis.

    Bush sintió cómo el ácido cripótico descendía por su garganta. El líquido era un símbolo de la hidrosfera, un vino sagrado que representaba los océanos donde la vida había surgido, océanos que bañaban las arterias del hombre, océanos que regulaban y hacían habitable el mundo que lo rodeaba, océanos que le proporcionaban alimentos y clima, océanos que eran la sangre de la biosfera.

    Y él mismo era una biosfera que contenía todas las vidas fósiles y las ideas de sus antepasados, una biosfera que contenía otras formas de vida, incontables posibilidades ignotas de vida y de muerte…

    Era una analogía del mundo; a través del CSD, podía trasladarse de una forma a otra.

    Únicamente en el estado transitorio, mientras la droga hacía su efecto, uno podía empezar a captar la naturaleza del minúsculo trastorno de la conservación de la energía que el sistema solar representaba. Ese sistema, una burbuja dentro de un mar de fuerzas cósmicas, formaba parte de una metaestructura que era ilimitada pero no infinita con respecto al tiempo y al espacio. Y aquel hecho banal había comenzado a sorprender al hombre tan sólo porque el hombre se había cerrado a él, había encapsulado su mente en aquella inmensidad del mismo modo que la ionosfera escudaba a su planeta de las radiaciones nocivas, había perdido aquel conocimiento, se había defendido de él con el concepto del tiempo que pasa, había conseguido hacer tolerable el universo aislándose, separado no sólo de la inmensidad, como habían descubierto las generaciones recientes, sino de la eternidad, a la que había desmenuzado en pequeños fragmentos culebreantes con los que el hombre podía luchar, y a la que podía captar con cuadrantes solares, relojes de arena, o de bolsillo, o de péndulo…, cronómetros que de generación en generación iban desgranando el tiempo en fracciones cada vez más pequeñas…, y más precisas. Hasta que la obsesiva naturaleza de todo el proceso fue reconocida, y Wenlock y sus colaboradores revelaron el secreto de toda la conspiración.

    Pero la conspiración había sido necesaria. Sin ella, sin protección contra el ciego desierto del espacio-tiempo, el hombre estaría aún entre los demás animales, errando en tribus por las orillas de los resonantes mares cuaternarios. Eso era, al menos, lo que pretendía la teoría… Pero lo que sí estaba claro era que había existido una conspiración.

    Ahora las defensas habían caído. Las complejidades del cerebro y del cerebelo estaban desnudas ante el co-continuo universo, y devoraban todo lo que encontraban.

    El viaje mental era un proceso transitorio. Parecía fácil, aunque necesitaba el apoyo de un riguroso entrenamiento. Mientras el CSD hacía bascular sus metabolismos, Bush y Ann se sometieron a la disciplina…, esa fórmula que el Instituto había concebido para guiarlos a través de las prohibiciones de la mente humana. El devoniano se estaba diluyendo, con la apariencia de una enorme criatura en marcha hecha de duración, cuyas características espaciales eran apenas un exoesqueleto. Bush abrió la boca para reír, pero ningún sonido salió de ella. En la exaltación del viaje, uno perdía la mayor parte de sus características físicas. Todo parecía desaparecer, excepto el sentido de dirección. Era como nadar contra la corriente; lo más difícil era dirigirse hacia el propio ‘presente’; navegar hacia el pasado remoto era relativamente fácil…, y conducía a una eventual muerte por asfixia, como muchos habían descubierto. Si a un feto en el claustro materno se le ofreciera la posibilidad de un viaje mental, se enfrentaría con la misma situación: ir hacia el momento climático del nacimiento, o derivar apaciblemente hacia el momento final —¿o inicial?— de la no existencia.

    No era consciente de la duración, o de la pulsación interior que le servía de cronómetro. En un extraño estado hipnótico, tenía sólo la impresión de ser algo así como un gran cuerpo de realidad emparentado al parecer tanto con Dios como con la Tierra. Y se descubrió a sí mismo intentando de nuevo reír.

    Luego la risa murió, y sintió que estaba volando. Las eras se deslizaban por debajo como la noche. Era consciente de la incomodidad de tener a alguien con él… Después, él y Ann se vieron rodeados por un mundo verde oscuro, y la realidad tal como la habían experimentado normalmente estuvo de nuevo con ellos.

    La realidad del jurásico.


    3. Bajo El Rótulo Del Huevo Amniótico


    A Bush nunca le había gustado el jurásico. Era demasiado cálido y nuboso, y le recordaba uno de los largos y fatídicos días de su infancia, cuando tras haber hecho una travesura de lo más inocente su madre lo castigó a permanecer encerrado todo el día en el jardín. También aquel día había sido nuboso, y el calor era tan pesado que las mariposas apenas eran capaces de volar por encima de las flores.

    Ann se apartó de él y se desperezó. Se habían materializado junto a un árbol muerto. Sus desnudas y relucientes ramas eran como un reproche a la chica; Bush se dio cuenta por primera vez de lo desaliñada que iba, de lo sucia y desgreñada, y se preguntó por qué eso no alteraba sus sentimientos hacia ella…, aunque no pudiera precisarlos.

    Avanzaron sin hablar, dominados por el sentimiento de desorientación que sigue siempre al viaje mental. No había ninguna forma racional de saber en qué lugar ni en qué momento de la Tierra se encontraban; pero una parte irracional de la submente lo sabía, y gradualmente se les manifestaría con la información. Después de todo, ella era la que los había conducido hasta allí, y presumiblemente por razones propias.

    Se hallaban al pie de unas montañas cubiertas por una selva espesa. A medio camino de la ladera de las montañas, las nubes las ocultaban completamente de su vista. Todo estaba tranquilo; el follaje circundante parecía congelado en la larga quietud del mesozoico.

    —Sería mejor que bajáramos a la llanura —dijo Bush—. Creo que éste es el lugar que necesitamos. Tengo amigos aquí…, los Borrow.
    —¿Quieres decir que viven aquí?
    —Tienen una tienda. Roger Borrow era artista. Su esposa es muy gentil.
    —¿Crees que me gustarán?
    —No estoy muy seguro…

    Echaron a andar. Bush pensaba que quizá podría consolidar su poco deseada relación con Ann presentándola a Roger y Ver; no eran claros aún sus sentimientos con respecto a su compañera de viaje. Ann lo observó durante un instante y luego lo siguió. El jurásico era casi el lugar más aburrido que pudiera imaginarse para estar solo.

    Con los bultos a la espalda, emplearon la mayor parte del día en descender. No era fácil, debido a que les era imposible ver dónde ponían los pies a cada paso; estaban completamente aislados de la realidad que los rodeaba. Eran espectros, incapaces de alterar en el más mínimo grado la más pequeña cosa de aquel mundo —ni siquiera el más pequeño guijarro del camino— a menos que, de frecuentarlo, los carismas propios del lugar se les aparecieran. Únicamente los filtraires les proporcionaban una tenue conexión con ese presente, bombeando el aire que necesitaban a través del invisible muro de la entropía temporal que los rodeaba. El nivel del suelo generalizado que pisaban estaba a veces por debajo del ‘presente’ nivel del suelo, por lo que tenían que avanzar penosamente entre el humus que ascendía hasta sus espectrales rodillas… En otras ocasiones tenían la impresión de ir caminando por el aire.

    En el bosque pudieron avanzar en línea recta a través de los árboles. Pero algún árbol podía detenerlos ocasionalmente; sentían como una presencia viscosa, y debían rodearlo; eso significaba que la duración de su vida iba a ser tan larga —sobreviviría lo suficiente a los azares de la vida— como para crear una fantasmagórica obstrucción en el camino.

    A la llegada del ocaso, Bush se detuvo y plantó su tienda, hinchándola hasta que tomara la forma adecuada. Comieron juntos, y luego él se lavó las manos de modo ostensible para ir a dormir.

    —¿Tú no te lavas nunca? —preguntó a Ann.
    —A veces. Supongo que tú te lavas porque te gusta…
    —¿Y a quién no…?
    —Yo permanezco mugrienta porque me gusta.
    —Debe ser alguna especie de neurosis.
    —Sí. Probablemente se deba a que los tipos limpios como tú siempre son aburridos.

    Bush se sentó junto a ella y la miró directamente a la cara.

    —Realmente te gusta molestar a la gente, ¿eh? ¿Por qué? ¿Es porque piensas que eso es bueno para la gente? ¿O bueno para ti?
    —Quizá se deba a que he renunciado a esperar complacerles.
    —Sin embargo siempre he pensado que la gente era patéticamente fácil de complacer —más tarde, al recordar este fragmento de conversación, se sintió molesto por no haber prestado más atención a su comentario; indudablemente ofrecía una forma de penetrar en el comportamiento de Ann, y quizás un indicio de la mejor forma de tratarla. Pero cuando llegó a la conclusión de que, pese a su susceptibilidad, era una chica con la que realmente se podía conversar, Ann se había ido.

    De todos modos era un error discutir con ella tras un día agotador, sin una queja; incluso la Dama Oscura había abandonado la vigilancia.

    Se despertó a la mañana siguiente para descubrir a Ann aun durmiendo, y salió para contemplar el amanecer. Era como un sueño salir de la cama y encontrarse fuera con aquel inmenso paisaje sobrecargado; pero el sueño era capaz de sustentarse por sí mismo durante millones de años. Un millón de años… Quizá de acuerdo con la escala de valores de la que un día la humanidad sería dueña, un millón de años fueran considerados como algo más vacuo, más trivial que un segundo. Del mismo modo, ninguno de aquellos amaneceres haría más efecto en él que la más insignificante observación que pudiera hacer Ann.

    Mientras recogían todo para continuar, Ann volvió a preguntarle si pensaba hacer una composición de ella. Bush se sintió satisfecho ante ese interés, por poco fundamentado que fuera, por su trabajo.

    —Estoy buscando algo nuevo. Me siento bloqueado… Es algo que ocurre muy a menudo a los artistas creativos. De repente la conciencia humana se siente sobrecargada con esta estructura temporal enteramente nueva, y deseo reflexionar del mejor modo posible sobre mi trabajo creativo…, de modo que no sea tan sólo una ilustración, ¿me comprendes? Pero no consigo empezar, no consigo entrar en ello.
    —¿Vas a hacer una composición de mí?
    —Acabo de decírtelo: no. Las composiciones no son retratos de gente en particular.
    —¿Quieres decir que son abstractas?
    —Supongo que no conoces la obra de J. M. W. Turner… Desde su tiempo…, mediados de la época victoriana, poseemos los medios técnicos de reproducir las formas de la naturaleza. Los abstractos reproducen formas e ideas; y, pese a todas nuestras computadoras, únicamente el hombre puede realizar arte abstracto.
    —Me gustan las pinturas de las computadoras.
    —Yo las odio. Mis composiciones espaciocinéticas intentan… oh, identificar el espíritu de un momento, de una época. A veces he utilizado espejos en mi trabajo…, entonces cada uno veía algo distinto en la CEC, con fragmentos de sus propios rasgos flotando sobre el conjunto; ésa es la forma en que vemos el universo, no existe una visión objetiva de él. ¿Has pensado alguna vez en ello? Nuestros propios rasgos nos miran desde todos lados…
    —¿Eres religioso, Bush?

    El hombre sacudió la cabeza y se levantó lentamente, apartando la vista de la chica.

    —Me gustaría serlo. Mi padre, que es dentista, es un hombre religioso… Sin embargo, a veces, cuando conseguía realmente que las ideas brotaran de mis dedos, cuando creaba mis mejores CEC, entonces había algo de Dios en mí.

    A la mención de Dios, ambos quedaron pensativos. Mientras ayudaba a Ann a levantarse, Bush dijo en un tono brusco y prosaico:

    —¿Así que no conoces la obra de Turner?
    —No.

    El tema quedó cerrado. Y no fue sino hasta el atardecer, casi al llegar a las llanuras, que vieron las primeras criaturas de los llanos, correteando por un valle. Obedeciendo al instinto, el primer impulso de Bush fue observarlas desde detrás de un árbol. Luego recordó que ellos eran menos que fantasmas para esas inmensas criaturas, y se dirigió a pecho descubierto hacia ellas. Ann lo siguió.

    Dieciocho estegosaurios parecían llenar el pequeño valle. El macho era un gigante, de quizá siete metros de largo y redondo como un barril, con su erizado caparazón dando la impresión de ser mucho más ancho de lo que realmente era. Las gruesas placas a lo largo de su lomo tenían un sucio color verde pizarroso, pero la mayor parte de la armadura de su cuerpo era de un naranja pálido. Arrancaba el follaje con sus mandíbulas, pero mantenía constantemente sus pequeños ojos alerta ante cualquier peligro.

    Tenía dos hembras con él; algo más pequeñas, y caparazones más ligeros. Una en particular poseía una hermosa coloración, con las placas de su espina dorsal del mismo color amarillo claro que su barriga.

    Alrededor de los estegosaurios retozaban las crías. Bush y Ann anduvieron entre ellos, absolutamente inmunes. Eran quince, y daban muestras de haber hecho eclosión unas pocas semanas atrás. Todavía impedidas por los ligeros vestigios de armadura, brincaban junto a sus madres como corderillos, a menudo manteniéndose erguidas sobre sus largas patas traseras, a veces saltando sobre las colas terriblemente erizadas de púas de sus padres.

    Los dos seres humanos se detuvieron en medio del rebaño a observar las cabriolas de los jóvenes reptiles.

    —Quizá sea por eso que acabaron extinguiéndose —dijo Ann—. ¡Los más jóvenes terminaban siempre empalándose en las erizadas colas de sus madres hasta el fin!
    —Oh, es tan buena como cualquier otra teoría de nuestros días…

    Fue entonces que Bush se dio cuenta del intruso…, el viejo estegosaurio macho retrocedía resoplando desde hacía un rato. Otro animal observaba la escena desde la cercana espesura. Bush sujetó el brazo de Ann y dirigió su atención hacia el lugar indicado, en momentos en que los matorrales se apartaron y de ellos emergió el otro estegosaurio. También macho, de menor talla y presumiblemente más joven que el jefe del pequeño rebaño, fustigaba con la cola a un lado y otro.

    Las hembras y sus crías no concedieron al intruso más que una atención superficial; aquellas siguieron masticando y éstas jugando.

    El jefe cargó inmediatamente contra el intruso, desafiado por la posesión de la manada. Embistió vigorosamente y ambos machos chocaron, hombro contra hombro. Para los humanos la escena se desarrollaba en completo silencio. Las bestias quedaron inmóviles tras la absorción del choque, y luego empujaron lentamente hasta situarse flanco contra flanco, haciendo intentos por derribarse, utilizando las colas como palancas, nunca como armas. Abrían las bocas para mostrarse los pequeños y afilados dientes, mientras las hembras y sus crías seguían sin demostrar mayor interés en lo que estaba ocurriendo.

    Los machos forcejeaban, con sus patas doblándose hasta que sus desmañados cuerpos llegaron a tocar el suelo. El animal mayor sacaba ventajas de su envergadura, y de pronto, el intruso se vio obligado a dar un paso atrás. El jefe estuvo a punto de caer sobre él. Se separaron, y por un momento el intruso estuvo mirando a las hembras con la boca muy abierta. Luego se metió de nuevo en la espesura cercana y ya no se le volvió a ver.

    Después de unos pocos resoplidos triunfales, el jefe de la pequeña manada regresó junto a sus hembras. Ellas levantaron un instante la vista, y continuaron luego su plácido masticar.

    —¡Vaya modo de preocuparse por lo que pueda ocurrirles! —dijo Bush.
    —Es probable que hayan aprendido que no hay mucha diferencia entre un macho y otro.

    Bush dirigió a Ann una incisiva mirada. Ella sonrió, y él se ablandó y le devolvió la sonrisa.

    Cuando llegaron a la cima del promontorio que cerraba el otro lado del valle, gozaron de un amplio panorama de las llanuras, cruzadas por los meandros de un río. Grandes bosques empezaban dos o tres kilómetros más adelante, y casi al alcance de la mano, sobre un amplio promontorio rocoso, se situaba la tienda de los Borrow, junto a otras más.

    —Al menos podremos echar un trago —dijo Ann, mientras se acercaban al abigarrado amasijo de tiendas.
    —Ve tú. Yo prefiero quedarme aquí un rato y pensar —Bush tenía todavía su cabeza completamente llena de dinosaurios. Le molestaban…, ¿moralmente? Dos hombres disputándose una mujer raramente se mostrarían tan vindicativos como aquellos grandes vegetarianos acorazados. ¿Estéticamente? ¿Quién podría decir dónde estaba la belleza, excepto desde su propio punto de vista? En cualquier caso, aquella gran columna vertebral que alcanzaba su máxima altura sobre la pelvis y descendía luego hasta la cola erizada de púas, tenía su propia lógica irrefutable… ¿Intelectualmente? Recordó a Lenny, y luego desvió la atención hacia los jóvenes y deportistas reptiles, tan llenos de vitalidad en sus movimientos…

    Se acuclilló en el esponjoso suelo, que en ese lugar se correspondía casi exactamente con un peñasco, y observó alejarse a Ann. Dominó un impulso de tomar una hoja cercana y ponerse a masticarla, pues la vegetación del lugar era inaprensible para cualquier dedo espectral.

    Uno de los más curiosos efectos del viaje mental era la disminución de luz sufrida por todo el mundo fuera del propio presente. Sólo a unos pocos metros de distancia, Ann se hundía en densas sombras, y el bar de los Borrow, pese a estar pintado de blanco, era aún más penumbroso. Pero había también otras sombras que añadían, además de la penumbra, bastante horror a la escena. Borrow había elegido lo que evidentemente era un paraje popular. Las generaciones futuras de viajeros mentales vendrían también a congregarse allí; el lugar terminaría convirtiéndose en una ciudad…, quizá la primera ciudad del jurásico. Los indicios de su futuro éxito estaban por todas partes. Era posible divisar figuras espectrales de futuros edificios y gente, opaca y brumosa debido a la distancia en el tiempo.

    Bush se había sentado cerca de un edificio muy superior a las tiendas de su propia generación. Por su grado de pizarroso oscurecimiento, tan transparente que podía ver el agreste paisaje a través de él, calculó que provendría de un siglo o más, posterior a su tiempo. Aquellos seres del futuro habían resuelto muchos de los problemas que en aquellos primeros días del viaje mental parecían completamente desconcertantes: por ejemplo, el transporte de materiales pesados y la instalación de plantas eléctricas. El futuro se las había arreglado para vivir cómodamente en el remoto pasado; el presente de Bush no podía hacer allí más que acampar salvajemente. También habían resuelto el problema de las aguas cloacales; su generación esparcía los excrementos desde el pleistoceno hasta el cámbrico sin la esperanza o la excusa de que nunca llegarían a convertirse en coprolitos.

    Había gente asomada a las ventanas del edificio del futuro. Se recortaban tan tenuemente en el aire que era imposible distinguir bien si eran hombres o mujeres. Tenía la inquietante impresión de que los ojos eran ligeramente más brillantes de lo debido. No podían verlo a él mejor de lo que él los veía a ellos, pero la sensación de ser observado era molesta. Bush volvió la mirada hacia la llanura, sólo para darse cuenta de lo cubierta que estaba con las brumosas construcciones de los tiempos futuros. Dos tenues fantasmas de hombres pasaron a través de él, abstraídos en profunda conversación, de la que ni un decibelio le llegó a través de la barrera de la entropía temporal. También se había dado cuenta de que su Dama Oscura estaba de nuevo cerca…, ¿qué sentía por Ann? Pese a su apariencia de fantasma, debía tener sentimientos, allá en su asfixiante futuro. Todo el espaciotiempo empezaba a llenarse de sentimientos humanos. Brevemente, pensó de nuevo en Monet. El viejo muchacho estaba en lo cierto, concentrado en los nenúfares; podían recubrir todo el estanque, pero nunca los vería invadir las orillas y los árboles cercanos.

    Recordó que Borrow había sido pintor en su juventud. Sería bueno hablar con él… Borrow era frío, pero a veces conseguía hacer reír.

    Mientras se levantaba y se acercaba al establecimiento de su amigo, vio que Borrow había efectuado muchas mejoras. Había tres tiendas en lugar del par que había antes, y el tamaño de dos de ellas era considerable. Una era una especie de almacén combinado con tienda de alimentación, la otra era un bar, y la última un café. Encima de todas ellas, Borrow y su esposa habían izado un gran letrero:

    EL HUEVO AMNIÓTICO


    Tras las tiendas, delante de ellas, entre ellas, había otra colección de edificios en los más extraños estilos arquitectónicos, algunos de los cuales se llamaban también El huevo amniótico, y todos ellos en diversos grados de imprecisión, de acuerdo con la distancia en tiempo. Había sido la presencia de esas sombras, claros presagios de su éxito, lo que había animado a los Borrow a instalar allí su negocio al principio de todos los demás; florecían en la paradoja.

    —Dos huevos amnióticos con patatas fritas —dijo Bush, entrando en el café.

    Ver estaba detrás del mostrador, el pelo, más gris de lo que él recordaba; debía estar rozando la cincuentena. Le sonrió con su vieja sonrisa y salió de detrás del mostrador para estrechar la mano del amigo. Bush la notó vítrea al tacto…, no habían iniciado viaje el mismo año, y de ahí que el rostro de la mujer se viera más gris, más oscuro de lo que en realidad era. Incluso la voz le llegaba deformada, filtrada por la ligera barrera temporal. Sabía que la comida y la bebida, cuando las tomara, tendrían también la misma cualidad ‘vítrea’ y que necesitarían cierto tiempo para ser digeridas.

    Charlaron afectuosamente unos instantes, y Bush dijo que aquel viejo lugar estaba construyendo evidentemente la fortuna de Ver.

    —Pero apuesto a que ni siquiera sabes lo que es un huevo amniótico —dijo Ver; sus padres la habían bautizado como Verbena, pero ella prefería la contracción.
    —Quiere decir grandes negocios para ti, ¿no?
    —Mantiene unidos nuestros cuerpos y nuestras almas. ¿Y tú, Eddie? Tu cuerpo se ve bien… ¿Cómo está tu alma?
    —Causándome los problemas de siempre —conocía bien a esa mujer, de los tiempos en que Borrow y él se hacían la competencia como pintores, antes del viaje mental; incluso se había acostado una o dos veces con ella antes de que Roger se hubiera interesado seriamente. Todo aquello parecía muy lejano, cerca de ciento treinta millones de años antes, o después, no lo sabía exactamente; a veces el pasado y el futuro se confundían y parecían fluir en direcciones opuestas a la normal—. No parece enviarme tantas señales como hacía antes, pero las que me llegan son generalmente malas.
    —¿No puede operarse?
    —El doc dice que es incurable —era maravilloso cómo podía hablar tan trivialmente de cosas tan importantes—. Hablando de incurables, ¿cómo va Roger?
    —Va muy bien… Lo encontrarás ahí atrás. ¿Sigues haciendo composiciones actualmente, Eddie?
    —Bueno, estoy precisamente en… en un período de transición. Estoy… Infiernos, no, Ver; estoy absolutamente perdido en este momento —era mejor darle una aproximación a la verdad; ella era la única mujer que le preguntaba por su trabajo porque tenía verdadero interés por lo que él hacía.
    —Los períodos de transición son necesarios a veces. ¿No estás haciendo nada?
    —Hice un par de pinturas la última vez que estuve en 2090. Sólo para pasar el tiempo. Para estructurar el tiempo, como dicen los psicólogos. Hay una teoría de que el mayor problema del hombre es estructurar el tiempo. Todas las guerras no son más que soluciones parciales de ese problema.
    —En ese caso la Guerra de los Cien Años puede ser considerada como un éxito.
    —Ajá. Eso pone todo el arte, toda la música, toda la literatura, dentro de la misma categoría. Todo lo que perdura: Lear, la Pasión según San Mateo, el Guernica, Pecando en la ciudad…
    —Probablemente haya una diferencia de grado.
    —Es contra esos grados que me levanto ahora.

    Intercambiaron sonrisas, y él se dirigió hacia el fondo para encontrar a Borrow. Por primera vez —¿o había sentido lo mismo antes y lo había olvidado?— pensó que Ver era más interesante que su esposo.

    Borrow estaba trasteando fuera, a la gris luz del día. Como su mujer, tenía inclinación a la obesidad, pero iba vestido tan pulcro como siempre, con aquella vieja aureola de dandismo… Se irguió al acercarse Bush y le tendió la mano.

    —Hace un millón de años que no te vemos, Eddie. ¿Cómo va tu vida? ¿Mantienes aún el récord de corta distancia en viaje mental?
    —Por lo que conozco, sí, Roger. ¿Cómo van las cosas?
    —¿Cuál es el año más cercano a casa que has alcanzado?
    —Había hombres —no veía adónde quería llegar su amigo, ni la necesidad de su pregunta.
    —No está mal. ¿Pudiste precisar la época?
    —Algún punto de la Edad de Bronce —por supuesto, cualquiera de los viajeros mentales se sentía fascinado por la idea de que, cuando la disciplina se desarrollara lo suficiente, sería posible visitar los tiempos históricos… Y quién sabe, quizá llegaría incluso el día en que se podrá atravesar completamente la barrera de la entropía y viajar mentalmente al futuro.

    Borrow le palmeó la espalda.

    —¡Magnífico! ¿Viste a los artistas trabajando? Tuvimos un tipo en el bar el otro día que proclamaba que había viajado hasta la Edad de Piedra. Pensé que era algo formidable, pero evidentemente tú sigues ostentando el récord.
    —Sí, bueno… Dicen que se necesita una personalidad dislocada para ir tan lejos como yo.

    Se miraron a los ojos. Borrow apartó la vista casi inmediatamente. Quizá recordara que Bush odiaba ser tocado. El visitante, lamentando su arranque, hizo un esfuerzo por dominarse y ser amable.

    —Es agradable veros de nuevo a Ver y a ti. Parece como si El huevo amniótico fuera bien. Y… ¡Roger! ¡Veo que estás pintando de nuevo! —acababa de darse cuenta de lo que estaba apilando Borrow. Se detuvo, y lentamente llevó uno de los paneles de plasbord a la luz.

    Había nueve. Bush observó el conjunto con un asombro creciente.

    —Has vuelto de nuevo a tu viejo pasatiempo —dijo, con voz apagada.
    —Y me temo que hollando un poco tu territorio, Eddie.

    Pero no eran CEC. Aquellos paneles parecían remontarse, en cierto sentido, a Gabo y Pevsner, pero utilizando los nuevos materiales, aquí decolorados, allá combinados; el efecto era sorprendentemente novedoso, no escultura, no composición, no mecanismo.

    Los nueve paneles eran variaciones sobre un mismo tema, incrustados, como Bush pudo ver, en perspex y cristal, con fragmentos rotatorios de metal mantenidos en su lugar por medio de electroimanes. Estaban dispuestos de tal modo que daban la impresión de grandes distancias, con relaciones que variaban según el punto desde donde fueran observados. Algunos estaban en constante movimiento, animados por la energía de mini-ínfimos reactores nucleares situados en las bases de los paneles, de un modo tal que el elemento estático había sido eliminado.

    De inmediato vio Bush claramente lo que las composiciones representaban: abstracciones de los estratos temporales replegándose ominosamente en tomo al Huevo Amniótico. Habían sido creadas con una precisión y un dominio absolutos…, dominio de la visión y de la materia, aliados para producir obras maestras. Bruscamente, tras la admiración, Bush sintió que la envidia le ardía por dentro como un volcán.

    —Realmente encantador —dijo, inexpresivo.
    —Creía que tú los comprenderías —dijo Borrow, mirando duramente el rostro de su amigo.
    —He venido aquí tras una chica a la que conozco. ¡Quiero beber algo!
    —Tómate algo por cuenta de la casa. Puede que tu chica esté en el bar —Borrow mostró a Bush el camino y éste lo siguió, demasiado furioso como para hablar. Los paneles eran asombrosos…, fríos, pero con una cualidad dionisíaca; revolucionarios, selectivos, personales… Causaban en Bush esa comezón entre los omoplatos que él reconocía como su señal particular ante algo genial; o si no genial, con una cualidad que podía imitar y quizá transmutar en algo genial, fuera lo que fuese el genio… Una comezón intensa, una gran descarga de electricidad a través del sistema celular. Y el viejo Borrow lo había conseguido, Borrow, que había dejado hacía años de ser un artista y se había convertido en un comerciante y su encantadora mujer en su ayudante por amor al dinero, Borrow, el meticuloso con los puños de sus camisas, ¡Borrow había recibido el mensaje y lo había transmitido!

    Lo que más le dolía era que Borrow sabía lo que había conseguido. Era por eso que había intentado amortiguar la impresión de Bush al recordarle que mantenía el récord de menor distancia en viaje mental. Bush podía sentirse barrido como artista, sí, ¡pero conservaba el récord de viaje mental corto! Porque Borrow sabía que Bush reconocería los méritos de los paneles y sentía piedad porque él (Bush) era incapaz de producir algo similar.

    ¿Cuántos de esos paneles habrían sido enviados a 2090, por el amor de Dios? No era sorprendente que El huevo amniótico prosperara; ahora tenía capital para sostenerlo. ¡El artista tendero iba por buen camino, transformando su inspiración en hamburguesas y agua tónica!

    Bush odiaba pensar como lo hacía. Pero los pensamientos acudían, aunque se llamara a sí mismo bastardo. Esos paneles, por supuesto… Gabo, Pevsner… en dos dimensiones… No, ellos habían sido sus precursores, pero los paneles eran originales… No llegaban a ser un nuevo lenguaje, pero sí tendían un puente desde el viejo, un puente que él mismo habría podido construir y en cambio ahora debía descubrir otro, ¡tenía que descubrir otro! Pero el viejo Borrow… ¡Un hombre que en otro tiempo se había atrevido a reírse de las obras maestras de Turner!

    —Un whisky doble —dijo Bush, incapaz de forzarse a dar las gracias mientras Borrow se sentaba a su lado en una banqueta para hacerle compañía.
    —¿Está tu chica aquí? ¿Cómo es? ¿Rubia?
    —Va sucia. Dios sabe de qué color serán sus cabellos. La recogí en el devónico. No vale un pito…, me sentiría feliz perdiéndola de vista —esto no era cierto; en su vergüenza no podía pensar en lo que estaba diciendo. Por otro lado, deseaba volver a echarles otra mirada a los paneles, pero era incapaz de sugerirlo.

    Borrow permaneció sentado en silencio durante un momento, como si sopesara cuánto debía creer de la declaración de Bush. Luego dijo:

    —¿Sigues trabajando para el Instituto Wenlock, Eddie?
    —Sí. ¿Por qué?
    —Ayer estuvo aquí un tipo llamado Stein… Debe estar aún por los alrededores. También trabaja para Wenlock.
    —No lo conozco —¿aquel Stein conectado con el Instituto? ¡Nunca!
    —¿Necesitas una habitación para la noche, Eddie? Ver y yo podemos proporcionarte una.
    —Tengo mi propia tienda. Y de todos modos, quizá no me quede.
    —Vamos, tienes que quedarte a cenar con Ver y conmigo, esta noche, después de cerrar. No hay prisa… Tenemos todo el mundo de tiempo, como dicen.
    —No puedo —hizo un terrible esfuerzo para reconciliarse consigo mismo y dejar de comportarse como un bastardo—. ¿Qué infiernos es un huevo amniótico, de todos modos? ¿Un nuevo plato?
    —Puedes expresarlo así en un cierto sentido —Borrow explicó que el huevo amniótico era el gran invento de la era mesozoica, causa del dominio de los grandes reptiles durante cientos de millones de años. El amnios era la membrana interna del huevo de los reptiles que permitía al embrión pasar el estadio de ‘renacuajo’ en el interior del huevo, para emerger al mundo como una criatura ya completamente formada. Eso permitía a los reptiles poner sus huevos en el suelo, y así conquistar los continentes. Mientras que los anfibios de los cuales habían evolucionado ponían tan sólo huevos blandos y gelatinosos que debían ser incubados en un medio fluido, lo cual los mantenía anclados a los ríos y lagos.

    Los reptiles rompieron el viejo vínculo con los anfibios tan definitivamente como la humanidad rompió el viejo vínculo con los mamíferos en el tiempo espaciotemporal. Fue su gran jugada maestra, y los situó en primera fila por no-sé-cuánto-tiempo.

    —De la misma forma que tu almacén y tu bar te han situado a ti.
    —¿Qué es lo que te preocupa, Eddie, muchacho? No eres el mismo. Deberías volver al presente.

    Bush vació su vaso, se puso de pie y miró a su amigo. Se dominó con un gran esfuerzo.

    —Puede que vuelva, Roger. Creo… que tus construcciones son buenas —mientras se apresuraba hacia la salida del bar, vio que una de las construcciones colgaba como decoración de una de las paredes de tela.

    Todos los relojes de su mente estaban martilleando furiosamente. Deberías estar contento de que alguien lo haya conseguido. Cristo, deberías estar contento de que sea tu amigo quien lo haya conseguido. Pero he sufrido… Quizás él ha sufrido, quizá sufre todo el tiempo, como yo… ¡Y él no ha hecho nada! Todo eso no es más que llamativos artilugios para turistas. Soy tan despreciable… Uno no puede controlarse a sí mismo. Toda esta autorrecriminación no es más que una fachada. Y debajo de esto y aún más debajo de esto…, monda las diversas capas y verás que siempre son alternas, amor a sí mismo y odio a sí mismo, hasta llegar al podrido corazón. Es culpa de mis padres… De nuevo el motivo del incesto. ¡Dios, me siento tan enfermo de mí mismo! ¡Déjame salir de eso!

    Vio hasta qué punto se había consumido a sí mismo. Cinco años antes había estado haciendo un buen trabajo. Ahora era apenas un adicto sumiso al viaje mental.

    Una de las vías de escape de sí mismo estaba a mano. Un hombre y una muchacha venían hacia él, tan definidos que Bush supo que procedían de su mismo año. Apenas dirigió una mirada al hombre. La muchacha era terrible, con hermosas piernas y un andar majestuoso acorde con sus esbeltos tobillos. Las caderas eran proporcionadas y cadenciosas. Llevaba el pelo corto. No pudo verle el rostro, por lo que contemplarlo se volvió una obsesión para él.

    Era la urgencia del jugador de la que era víctima desde hacía tiempo…, y ahora ya no tenía la excusa de que necesitaba una modelo. Las posibilidades de que una muchacha fuera una belleza eran más bien escasas. Un millar de chicas tenía hermosas posaderas, y una de cada mil poseía un rostro aceptable. La fiebre moría rápidamente en él cuando comprobaba que lo que había descubierto no se ajustaba a sus cánones. Era un fetichista del rostro. Hasta el punto de iniciar una persecución. Bush constató —marginalmente— que Ann tenía un hermoso rostro.

    Siguió cautelosamente a la pareja, moviéndose de lado a lado tras la muchacha, esperando que sus movimientos le permitieran ver el máximo de su perfil. Había tiendas clavadas por todas partes, e individuos andrajosos por todas partes, preguntándose qué demonios hacer con el pasado ahora que lo tenían. Bush los esquivó.

    Su presa desapareció tras la esquina de una tienda. Apresurando el paso, Bush la siguió. Vio que la muchacha estaba de pie, sola, justo frente a él. Se había vuelto para mirarlo. Era una vaca. Casi en el mismo momento, Bush olfateó el peligro. Se volvió, pero el golpe ya había sido disparado. La escolta de la muchacha surgió bruscamente de la tienda y lo golpeó brutalmente en el hombro con una porra corta.

    Aquel instante se dilató por toda una estación, como si el pánico en la mente de Bush fluyera en la concepción humana del paso del tiempo. Tuvo tiempo suficiente para leer en el rostro del hombre el miedo y la locura —tan odiosos como el propio y temido golpe—, y para efectuar toda una serie de observaciones interconectadas: tendría que haber vigilado al hombre, o al menos concederle una mirada. Lo reconozco… Es el tipo mayor que iba con Lenny y Ann, maldita sea ella; su nombre era… Pero Roger había mencionado también su nombre. ¿Por qué no puedo recordarlo? ¿Por qué siempre estoy preocupado por otras cosas? Siempre egoístamente, por supuesto. Y ahora me estoy buscando problemas… Stone…, no, Stein, Stein. ¡Stein!

    La porra alcanzó su destino, torpe pero fuertemente, a medias entre el rostro y el cuello. Cayó. La ira llegó demasiado tarde (¿nuevamente a causa de que estaba demasiado preocupado por sí mismo como para reaccionar rápidamente a la situación exterior?), y mientras caía se agarró de las piernas de Stein. Sus dedos se aferraron al pantalón. Stein le dio una patada en el pecho y se soltó. Hundido en el blando suelo generalizado, Bush vio al hombre echarse a correr, pasar junto a la muchacha sin prestarle ninguna atención.

    Todo el incidente no había levantado el menor grano de polvo del jurásico. Permanecía ajeno, impasible.

    Dos hombres acudieron y ayudaron a Bush a levantarse. Dijeron algo acerca de acompañarlo hasta El huevo amniótico. Era lo que menos deseaba. Aún aturdido, se apartó de ellos y se alejó tambaleante de la zona de las tiendas, masajeándose el cuello, con las emociones vibrando y agitándose en su interior. Recordó el rostro de la muchacha cuando se volvía para verlo recibir lo que se merecía; con sus espesas cejas y su pequeña nariz idiota, lo era todo menos hermosa.

    Allí donde terminaban las toscas tiendas de su propia época proseguían las brumosas estructuras pertenecientes a los futuros invasores del pasado. Bush se tambaleó entre ellas, pasando a través de las sombras que las habitaban, para dejarlas finalmente atrás y abrirse camino entre una verde espesura de gimnospermas.

    Un pequeño celulosaurio, no mayor que una polilla, se escurrió entre sus piernas impulsándose con sus patas traseras. Bush se sobresaltó más que el animal.

    Se encontró de pronto en la orilla de un amplio y lento río que emergía de la espesura; el mismo que Ann y él habían visto, antes que la chica lo dejara. Se sentó un rato allí, con una mano en su dolorido cuello. La selva estaba casi al alcance de la mano, la densa y casi sin flores selva del jurásico medio, mientras que el lado opuesto del río, donde se estaba formando un meandro, era más bien pantanoso, y en él florecían los juncos y las cicadáceas en forma de barril.

    Bush contempló la escena algunos momentos. Se preguntaba sobre lo que pensaba sobre el panorama, y entonces se dio cuenta de que le recordaba un dibujo de un libro de texto de hacía mucho tiempo, cuando estaba en la escuela, mucho antes de los días del viaje mental pero en una época en la que se observaba —ahora parecía curioso— una preocupación general por el pasado remoto. Era por 2056, cuando su padre abrió el nuevo consultorio de dentista. La gente estaba loca por la época victoriana…, incluso su padre había instalado junto al sillón un enjuagabocas de caoba plástica para que la gente escupiera. Los victorianos fueron los que primero revelaron el mundo prehistórico, con sus monstruos tan parecidos a las cosas que se movían en las profundidades de la mente, y que presumiblemente una cosa había conducido a la otra. Wenlock probablemente había sido influido por las mismas corrientes de la época… Se había revelado como una de las mentes más esclarecidas de su tiempo, no como un artista fracasado y vencido.

    El dibujo de aquel antiguo libro de texto presentaba la misma disposición del río, del pantano, de las exóticas plantas de variada clase y del bosque distante extendido ante Bush. Sólo que el dibujo mostraba también una selección de reptiles primitivos: un enorme allosaurio que picoteaba delicadamente a un estegosaurio derribado, a la izquierda de la figura; cerca, un comptosaurio que caminaba como un hombre, con sus pequeñas patas delanteras levantadas casi como si estuviera rezando por el alma del estegosaurio; interrumpiendo su devoción, en el centro de la figura, dos pterodáctilos en animado picoteo; luego había un pequeño ornitoleste de rápidos pies, agarrando a un arqueóptero y sacándolo de unos helechos; y por último, a la derecha, un brontosaurio extendiendo complacientemente su largo cuello y su cabeza fuera del río, con un manojo de hierbas colgando pulcramente de su boca para indicar sus hábitos vegetarianos.

    ¡Qué simple era el mundo de los libros de texto, qué parecido y qué distinto de la realidad! Aquel crujiente y viejo mundo verde nunca había estado tan poblado como proclamaban las figuras de los libros; los animales, al igual que los hombres, nunca coexistieron en tan sencilla beatitud. Además, Bush nunca llegó a ver un pterodáctilo. Quizá fueran escasos. Quizás habitaran en otra parte del globo. O quizá simplemente algún imaginativo paleontólogo del siglo XIX había ensamblado equivocadamente los huesos fósiles de alguna criatura reptante. El pterodáctilo podía ser así otra de tantas invenciones victorianas…, como Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas y Drácula.

    Hacía calor y el cielo estaba nuboso —eso al menos guardaba correspondencia con el dibujo, ya que ninguno de los animales representados arrojaba sombra—, igual que el día en que su madre le había dicho que no lo quería y se lo había demostrado echándolo al jardín durante todo el día. Su anhelo de ese momento era que un buen viejo y amistoso brontosaurio asomara la cabeza fuera del agua haciendo chomp-chomp; eso le habría hecho algún bien también aquel día…, pero no apareció ningún brontosaurio. La verdad era que la época de los reptiles nunca estuvo tan repleta de reptiles como la época de los hombres de hombres.

    A medida que el dolor de su cuerpo iba muriendo y su pulso recuperaba lentamente la normalidad, Bush intentaba razonar. La culpabilidad seguía deslizándose en su razonamiento, pero, con todo, consiguió ver más claro algunas cosas.

    Por alguna razón, Stein había creído que Bush lo seguía a él y no a la muchacha. Si Stein estaba allí, era probable que Lenny y sus camaradas vestidos de ante estuvieran también por los alrededores. Su presencia explicaba de algún modo la desaparición de Ann; probablemente Lenny la había atrapado y la retenía prisionera. No, seamos razonables: ella lo había visto y había corrido hacia él con gratitud, contenta de cambiar la pretenciosa cháchara de Bush por sus pies sucios y su obtusa mente. ¡Bueno, al fin me libré de ella! Aunque, por Dios, aquella primera tarde, sobre aquellas conchas de fragmocerátidas, en aquel pequeño valle, su gesto de levantar una doblada pierna, las exquisitas líneas de sus muslos, su dulce y viscosa excitación…

    —¡No te pongas nervioso! —exclamó en voz alta. Otra cosa estaba clara; no deseaba nada de nadie allí, ni de Roger y Ver, ni de Lenny y sus treintones, ni de Stein. Pero era posible que uno o varios de ellos lo siguieran para partirle la cara. En cuanto a Ann…, no tenía ningún derecho sobre ella; él no le había hecho ningún bien.

    Miró ansiosamente a su alrededor. Incluso la Dama Oscura lo había abandonado. Ya era tiempo de que viajara mentalmente a casa, de hacer frente a los problemas que le presentara el Instituto. El jurásico, como siempre, era un fracaso…, él y sus huevos amnióticos.

    Abrió la mochila y sacó una ampolla de CSD. Su viejo, gastado y lejano presente lo estaba aguardando. Allá no había reptiles… Sólo padres.


    4. Se Requiere Más Que La Muerte


    El viaje mental era fácil en algunas circunstancias, una vez aprendidos los principios y la disciplina de Wenlock. Pero regresar al presente era tan penoso y lleno de dolor como un nacimiento. Era un renacimiento. La oscuridad lo rodea a uno, la claustrofobia es incesante y el peligro de sofocación amenaza constantemente. Bush pateó y se debatió y gritó con su mente, “¡aquí, este lugar!”, dirigiéndose hacia allí gracias a los movimientos peristálticos de alguna desconocida parte de su cerebro.

    La luz regresó a su universo. Estaba tendido en una cómoda litera, y el lujo saturaba todo su ser; estaba de vuelta. Lentamente, abrió los ojos. Otra vez en la estación mental de Southall, de donde había partido. El cuello le seguía doliendo, pero estaba en casa.

    Yacía en una especie de capullo en un cubículo que seguramente permaneció cerrado desde que partiera, en un día de invierno de 2090. Sobre su cabeza tenía el pequeño equipo que mantenía con vida algunos de sus tejidos y un litro de su sangre. Eran casi sus únicas posesiones en aquel tiempo, y ciertamente las más vitales, ya que gracias a ellas, mediante algún sorprendente proceso osmótico, había sido capaz de regresar a su casa como una paloma mensajera. Pero su utilidad ya había terminado.

    Bush se sentó, desgarró la fina piel de plástico que cubría su litera —era como una reminiscencia de un dinosaurio que emerge de su famoso huevo amniótico, ¿no?— y examinó su cubículo. Un reloj-calendario en la pared le ofreció el desnudo dato de la fecha: martes, dos de abril de 2093. No había tenido intención de estar fuera tanto tiempo; siempre tenía uno la sensación de que le habían robado parte de su vida cuando regresaba y descubría el tiempo transcurrido. Porque el pasado no era el mundo real; era tan sólo un sueño, como el futuro… El presente era lo real, el presente del tiempo que pasa, el tiempo que el hombre ha inventado y al que está adherido.

    Bush salió de su capullo, se puso en pie y se contempló en el espejo. En aquel ambiente aséptico, le pareció que estaba obscenamente sucio. Introdujo sus medidas en el vestimático y marcó un ‘una pieza’. Exactamente a los treinta segundos su pedido era satisfecho; la gaveta metálica contenedora se abrió con brusquedad y golpeó fuertemente la tibia de Bush. Dolorido, tomó la ropa y se tendió en la cama para quitarse los instrumentos de la muñeca; luego tomó una toalla limpia de la barra de la calefacción y penetró en la ducha. Mientras se relajaba bajo el agua caliente —un lujo inimaginable—, pensó en Ann con su mugrienta piel, perdida en algún remoto tiempo/lugar transformado ahora en estratos rocosos pulverizados y enterrados en el subsuelo. A partir de ese momento debería pensar en ella apenas como otra de sus aventuras ocasionales; no había ninguna razón para suponer que volvería a verla.

    En diez minutos estuvo listo para abandonar el cubículo. Pulsó un timbre, y un vigilante acudió a desprecintar la puerta y presentarle una factura por la habitación y los servicios. Bush miró el total y dio un respingo; pero era el Instituto Wenlock el que pagaría. Tenía que acudir a informar pronto, probar que había estado haciendo algo en esos dos años y medio… En primer lugar, iría a su casa como el respetuoso hijo que era. No importaba retrasar un poco el informe.

    Se echó la mochila al hombro y descendió por el inmaculado corredor hasta el vestíbulo de entrada —tras todas esas puertas selladas, muchos otros evadidos merodeaban mentalmente en las oscuras profundidades y abismos del tiempo—. Una de sus composiciones estaba allí, sujeta al techo…, una de las más grandes. El condenado Borrow la había mejorado. Cruzó los chorros calientes de la entrada prohibiéndose mirarla, y salió al aire libre.

    —¿Taxi, señor?
    —¿Un regalo para su regreso a casa, señor? ¡Preciosas muñequitas!
    —Cómpreme algunas flores, señor… Ramilletes de hoy, recién cogidos.
    —¡Taxi! ¡Lo llevo adonde quiera!
    —¿Quiere una chica, compañero? Para quitarse de la cabeza el viaje mental…
    —¡Deme un céntimo!

    Recordó los gritos de desesperación. Estaba en casa; 2090 o 2093, ésta era la franja del tiempo que conocía. Podía hacer un dibujo para un libro de texto con todo eso; los desdichados alineados de derecha a izquierda, como los dinosaurios de aquel otro dibujo…, el mendigo primero, luego la mujer, luego el taxista tirando de su carrito, después el vendedor de juguetes, más allá el chiquillo harapiento, con la mujer que vendía flores tocando el margen derecho, debajo de la farola; y al fondo, la elegante estación mental contrastando con las deterioradas casas y las calles llenas de socavones. Bush echó a andar abriéndose camino a través de la apretada multitud de mendigos y buhoneros, luego cambió de idea y se dirigió hacia un taxista que permanecía sentado hoscamente en su carrito. Le dio la dirección de su padre y le preguntó cuánto costaría la carrera. Después que el hombre se lo dijo, exclamó:

    —¡Es demasiado!
    —Los precios han subido mucho mientras usted estuvo revoloteando por el pasado.

    Es lo que decían siempre. Y siempre era cierto.

    Bush subió al vehículo, el hombre tomó las varas, y partieron.

    ¡El aire tenía un sabor maravilloso! Era un milagro que sólo aquella pequeña fracción de tiempo, el presente, pareciera poseer ese mágico componente en abundancia, por todos lados, incluso allí donde no había gente. Por muy ingeniosos que fueran los filtraires, uno siempre tenía la impresión de hallarse cerca del sofoco. Y no era solamente el aire… Había miles de ruidos aquí, todos invadiendo voluptuosamente los oídos de Bush, incluso los más estridentes. Además, cada cosa visible tenía su cualidad táctil propia; todo lo que se había convertido en vidrio elástico en el pasado poseía allí sus propias y milagrosas cualidades de textura.

    Pese a saber que estaba completamente atrapado por el viaje mental y que inevitablemente se sumergiría de nuevo en él, Bush era reacio a abdicar de los sentidos que traía consigo. Allí estaba el mundo, el mundo real, estrepitoso, deslumbrante, vivo… Aunque, probablemente, demasiado para él, tal como antes ya lo había comprobado.

    Mientras hinchaba los pulmones, cruzando ruidosamente las calles, pudo darse cuenta de las inquietantes evidencias de que 2093 distaba mucho de ser un paraíso, mucho más, quizá, que 2090. Tal vez fuera cierto el proverbio que decía que uno podía quedarse fuera demasiado tiempo…, quizás el indiferente pasado de los reptiles le era ya más familiar que este presente. Y supo que realmente no pertenecía a ese lugar cuando vio que no podía comprender los slogans de las murallas.

    En determinado punto del camino, una columna de soldados en dos filas avanzaba calle abajo. El taxista los cruzó dando un amplio rodeo.

    —¿Hay problemas en la ciudad?
    —No, si uno no mete la nariz en ellos.

    Una respuesta ambigua, pensó Bush.

    Necesitó algún tiempo para captar exactamente el porqué de que la calle donde vivían sus padres pareciera más pequeña, pobre y sobre todo deslucida que antes. No era sólo porque varias ventanas estuvieran rotas y tapadas con tablas; recordaba eso de antes, y la suciedad en las calles. A poco de pagar su viaje y enfrentarse con la casa de su padre se dio cuenta de que todos los árboles de la calle habían sido talados. En el pequeño y cuidado jardín frente a la casa del dentista había habido dos cerezos ornamentales —el propio James Bush los había plantado cuando abrió su consulta—, que tendrían que haber empezado a florecer por aquel entonces. Mientras recorría el sendero de ladrillos, vio sus amarronados y podridos tocones brotando del suelo como reclamos de la profesión de su padre.

    Algunas cosas seguían igual. La placa de cobre anunciaba aún ‘James Bush, Cirujano Dental Diplomado’. Metida en su funda de plástico transparente, la misma tarjeta seguía diciendo: “Llame y entre, por favor”, con letra de su madre. Cuando la clientela empezó a mermar, ella se había visto obligada, por razones económicas, a convertirse en la recepcionista de su marido, lo cual proporcionaba un impensado ejemplo de la naturaleza circular del tiempo, puesto que se conocieron cuando ella llegó para oficiar como recepcionista. Bush se preparó para oír una larga sucesión de ejemplos de cómo las cosas habían ido de mal en peor desde que se marchara; su madre siempre fue experta en proporcionar tediosas y reiterativas listas de cualquier cosa —esperaba que continuara siéndolo—. Sujetando el pomo de la puerta, Entró Sin Llamar.

    El vestíbulo, que era también la sala de espera, estaba vacío. Diseminados sobre la mesa y las sillas, revistas y periódicos, en tanto que, cubriendo las paredes, anuncios, diagramas y diplomas, como si se tratara de un centro de pruebas de alfabetismo.

    —¡Madre! —gritó, mirando escaleras arriba. El descansillo estaba oscuro. No se observaba ningún movimiento.

    No volvió a llamarla… En vez de eso, golpeó con los nudillos la puerta de la consulta y entró.

    Su padre, Jimmy Bush, James Bush, Diplomado en Cirugía Dental, estaba sentado en el sillón de dentista, mirando hacia el jardín trasero de la casa. Llevaba zapatillas de fieltro, y su bata blanca estaba desabotonada, revelando debajo un jersey raído. Volvió lentamente la cabeza hacia su hijo, como reluctante a mirar a otro ser humano.

    —¡Hola, padre! Soy yo, de nuevo… Acabo de regresar.
    —¡Ted, muchacho! ¡No te esperábamos! ¡Qué alegría verte! Así que has vuelto, ¿eh?
    —Sí, padre.

    Para algunas situaciones, no había ninguna forma racional de hablar.

    Jimmy Bush se levantó del sillón y estrechó la mano de su hijo, sonriendo mientras se murmuraban algunas palabras afectuosas. Tenía el mismo tipo que su hijo…, un aspecto más bien descuidado. La edad y el desgaste lo habían marcado con un encorvamiento que impresionaba como si estuviera pidiendo disculpas, y el mismo aire de disculpa aparecía en su sonrisa. Jimmy Bush no era un hombre que exigiera mucho para sí mismo.

    —¡Pensaba que no regresarías nunca! ¡Esto hay que celebrarlo! Tengo algo por ahí, un enjuagatorio escocés…, la ruina de los dentistas —rebuscó en una alacena, apartó un esterilizador y sacó una botella de whisky de medio litro, por la mitad.
    —¿Sabes cuánto cuesta esto ahora, Ted? Cincuenta libras con sesenta, y no es más que una botella de medio litro. Ha vuelto a aumentar desde la última vez. ¡Oh, no sé adónde van a ir a parar las cosas, realmente no lo sé! Ya sabes lo que dijo Wordsworth… “El mundo es demasiado para nosotros; tarde o temprano, tomando y gastando consumimos nuestras fuerzas.” ¡Sufriría un ataque si viviera en nuestros días!

    Bush había olvidado los clichés literarios de su padre. Le gustaban. Intentando infundir algo de vida en sí mismo, dijo:

    —Acabo de regresar, papá. Aún no he hecho mi informe al Instituto —y preguntó, mientras su padre traía dos vasos—: ¿Está mamá en casa?

    Jimmy Bush vaciló, luego se apresuró a servirse el whisky.

    —Tu madre murió el mes de junio último, Ted. El diez de junio. Estuvo enferma varios meses. Preguntó a menudo por ti. Por supuesto, lamentamos mucho que no estuvieras aquí, pero no había nada que pudiéramos hacer, ¿verdad?
    —No. No, nada. Papá, siento que… Yo nunca… ¿Fue algo grave? —dándose cuenta de la tontería que acababa de decir, se corrigió—: Quiero decir, ¿qué le ocurrió?
    —Lo de siempre —dijo Jimmy Bush, como si su esposa hubiera muerto a menudo antes; su atención estaba fija en su vaso, que levantó nerviosamente—. Cáncer, pobre vieja. Pero era en los intestinos, y no sufrió en ningún momento, así que tendríamos que estar agradecidos. Bueno, salud de todos modos… ¡Brindemos!

    Bush no supo qué responder. Ella nunca había sido una mujer feliz, pero los recuerdos de algunos pocos momentos de dicha volvieron, intensos, a su memoria. Bebió un sorbo de whisky. No estaba mezclado y tenía un sabor como de desinfectante, pero el camino a lo largo de su garganta fue agradable. Aceptó un mesca cuando su padre se lo ofreció, y chupó obedientemente.

    —Necesito digerir la noticia, papá. ¡Me cuesta creerlo! —dijo, muy calmadamente; no podía dejar traslucir sus auténticos sentimientos. Dejó el vaso y salió al jardín, pasando por delante de su padre. Cruzó el pequeño invernadero y vio, al otro lado del césped, su estudio prefabricado. Corrió hasta allá y se encerró dentro.

    Estaba muerta… ¡No, no era posible! No, mientras existieran cosas inacabadas entre ellos… Si hubiera regresado a tiempo… Pero ella estaba bien cuando se marchó. Simplemente no se había imaginado que ella, su madre, pudiera morir. ¡Dios! ¡Si pudiera, cambiaría todas las malditas leyes de la naturaleza!

    Levantó el puño, lo sacudió…, apretó los dientes. Habían sido demasiadas impresiones para su ego. Aturdido, levantó la vista y la detuvo con repugnancia en el Goya: “Cronos devorando a sus hijos”. Una reproducción de un Turner, “Lluvia, Vapor y Velocidad”, colgaba de otra pared; también éste, con su terrible amenaza de disolución, era insoportable. En una estantería estaba una de las esculturas eléctricas de Takis, perteneciente a la década de 1960, deslucida por el polvo, rota, una ruina que ya no se iluminaba. En peor estado se hallaban los propios intentos de expresión de Bush; telas, apuntes, montajes, esculturas de tela plástica, composiciones…, las últimas CEC que había realizado. Nada de eso tenía significado ahora; una progresión sin progreso.

    Bush empezó a demoler el estudio, utilizando sus brazos como arietes, apenas consciente de sus roncos gritos y sollozos. Todo el lugar pareció volar en pedazos.

    Cuando recobró el sentido, estaba tendido en el sillón del dentista. Su padre estaba sentado al lado, bebiendo whisky abstraídamente.

    —¿Cómo he llegado hasta aquí?
    —¿Te sientes bien ahora?
    —¿Cómo he llegado hasta aquí?
    —Andando. Luego, al parecer, te desvaneciste… Espero que no haya sido el whisky.

    No pudo responder a aquella estupidez. Su padre nunca lo había comprendido; ya no quedaba nadie que lo comprendiera. Se recuperó lentamente.

    —¿Cómo te las has arreglado, padre? ¿Quién se ha ocupado de ti?
    —La señora Annivale, la vecina. Es muy buena.
    —No la recuerdo. Señora Annivale…
    —Se mudó el año pasado. Es viuda. Su marido cayó en la revolución.
    —¿…revolución? ¿Qué revolución?

    Papá Bush miró preocupado a su hijo por encima del hombro. Visto a través del invernadero, el descuidado jardín aparecía vacío al sol abrileño. Tras una somera verificación de que no eran espiados, el dentista se animó a decir:

    —El país se fue a la ruina, ya lo sabes… Todos estos gastos del viaje mental, sin ningún beneficio a cambio… Había millones de parados. Las fuerzas armadas se pasaron al lado de ellos y el gobierno fue derribado. ¡Durante unos meses esto fue el infierno! ¡Qué bien que tú estuvieras fuera del país! Me sentí feliz de que tu madre no viviera para ver lo peor.

    Bush pensó en El huevo amniótico, prosperando.

    —De todos modos el nuevo gobierno no puede detener los viajes mentales, ¿verdad?
    —¡Demasiado tarde! Todo el mundo se aferra a ellos. Es como la bebida, que pone punto final a la deshilachada madeja de preocupaciones y todo eso. Ahora tenemos un gobierno militar, que dirige las exportaciones y las importaciones y lo demás, pero el Instituto Wenlock forma parte ampliamente del gobierno…, al menos, eso es lo que se dice. No me preocupa. Ya no me preocupo absolutamente de nada. Vinieron a verme y me ordenaron que trabajara en los cuarteles, a cargo de la higiene bucal de los soldados. Les dije: Tengo mi consulta aquí; si sus soldados lo desean, pueden venir a verme aquí, yo no iré a los cuarteles. ¡Y pueden fusilarme antes de que tenga que hacerlo! Desde entonces no han vuelto a molestarme.
    —¿Qué ocurrió con los cerezos de delante?
    —El último invierno fue terrible… ¡El peor que recuerdo! Tuve que talarlos para hacer leña con que encender fuego. Y sólo por piedad me traje a la señora Annivale a vivir aquí conmigo. Ella no tenía con qué calentarse. Fue algo puramente altruista, Ted; prefiero la botella que el sexo en estos días…, como un bebé. Soy viejo, ya lo sabes, tengo setenta y dos años. Además, soy fiel a la memoria de tu madre.
    —Estoy seguro de que la echarás mucho de menos.
    —Ya sabes lo que decía Shelly: “Cuando el laúd está roto, no se recuerdan los suaves acordes; cuando los labios han hablado, los queridos acentos se olvidan pronto”. ¡Todo tonterías! Hay muchas cosas de las que ni siquiera te das cuenta hasta que han desaparecido hace tiempo, muchas acciones que nunca comprenderás hasta varios años después de ocurridas. Por Dios, tu madre podía ser a veces un verdadero hueso para mí. ¡Me hizo sufrir… no sabes cuánto!

    Bush nada admitió, y su padre siguió sin hacer pausa alguna, como si siguiera un tren racional de pensamiento.

    —Y una tarde, cuando las cosas estaban en lo peor, las tropas se lanzaron sobre la ciudad. Quemaron la mayor parte de Neasden. La señora Annivale vino aquí en busca de protección: estaba llorando. Dos soldados habían cogido a una chica en la calle; no supe el nombre, la gente ha cambiado mucho aquí en estos últimos años. Ya no mantengo relaciones con nadie…, o bien tienen unos dientes maravillosos o las mandíbulas llenas de podredumbre, porque no vienen a molestarme mucho. Sea como fuere, era una chica hermosa, de no más de veinte años; uno de aquellos soldados la arrastró hasta aquí, hasta el jardín delantero, ¡mi jardín delantero! La tiró al suelo junto a la pared…, era un hermoso día de verano y los árboles aún estaban ahí. ¡Se comportó de un modo terriblemente brutal! Ella se debatía fieramente… Le hizo trizas todas las ropas. La señora Annivale y yo lo vimos todo desde la ventana de la sala de espera —los ojos le brillaban, era como si hubiera una nueva vida en él.

    Bush se preguntó qué habría pasado entre la señora Annivale y su padre en aquella ocasión. Ahí estaban de nuevo las imágenes de violencia y odio, de las que nunca se libraría. ¿Qué tenía que ver aquella violación con los recuerdos que conservaba su padre de su madre? ¿Se trataba de una fantasía mediante la que él expresaba sus deseos, su agresividad, su odio hacia las mujeres, su miedo? Era un enigma que Bush no quería ver resuelto; el antiguo tabú acerca de hablar de sexo con su padre no se había levantado tan sólo porque éste estuviera ya borracho… Pero sabía que quizás él no había sido la única persona excluida del amor de su madre. No quería oír nada más; anhelaba los herméticos silencios del remoto pasado.

    Cuando se puso de pie, su padre se estaba tranquilizando.

    —Los hombres son como animales —dijo—. ¡Malditos animales! —antiguamente ése había sido otro tabú en las discusiones con su padre. Eso al menos había muerto allá donde se arrastraban los crosopterigios, o quién sabe en qué lugar donde se hubiera exiliado de su propia vida.
    —Jamás he oído de ningún animal violador, padre. ¡El ser humano, sólo; ésa es una de sus prerrogativas! La reproducción era un acto neutral, como el comer o el dormir o el orinar, mientras perteneció al reino animal. Pero en manos del hombre se ha visto retorcida hasta convertirse en lo que él quiso…, un instrumento de amor, un instrumento de odio…

    Papá Bush vació el vaso, lo dejó y dijo fríamente:

    —Le tienes miedo, ¿eh? Al sexo, quiero decir. Siempre le has temido, ¿eh?
    —En absoluto. Tú estás proyectando tus miedos sobre mí. Pero… no es extraño, considerando el modo en que te burlabas de mí cuando era un muchacho y traía alguna chica a casa.
    —¡El buen viejo Ted, nunca olvidando un rencor, exactamente igual que su madre!
    —Y tú tenías que tenerle también un buen miedo, ¿eh? Por no arriesgarte de nuevo y proporcionarme algunos hermanos y hermanas.
    —Tendrías que haberle preguntado a tu madre acerca de esas cosas…
    —¡Ja! Esos queridos acentos no se olvidan pronto, ¿verdad? ¡Cristo, vaya trío el que formamos!
    —Un dúo…, no más que tú y yo, ahora. Y tendrás que ser paciente conmigo.
    —¡No, todavía un trío…! Se necesita algo más que la muerte para librarse de los recuerdos, ¿no crees?
    —Los recuerdos son todo lo que poseo ahora, hijo… No soy ningún viajero mental, capaz de vivir en el pasado… No tengo más que otra botella arriba, únicamente para casos de emergencia —James Bush se levantó y salió de la habitación arrastrando los pies. Su hijo lo siguió, impotente.

    Subieron las escaleras en la oscuridad y penetraron en el saloncito, que olía a humedad.

    El dentista encendió la luz.

    —Tenemos un agujero en el tejado. No toques el techo, el yeso podría caerse. En el verano estará seco y entonces intentaré arreglarlo; las cosas son muy difíciles. Quizá puedas darme una mano si es que todavía sigues por aquí —trajo una botella de litro de whisky, llena en más de sus tres cuartas partes.

    Habían subido con sus vasos. Se sentaron en enmohecidos sillones y se sonrieron mutuamente.

    James Bush guiñó un ojo.

    —¡A la salud de la infame vieja raza humana! —dijo—. ¡Un hombre es un hombre por ello!

    Bebieron.

    —Somos gobernados por un hombre llamado general Peregrine Bolt —dijo luego papá Bush—. No parece un mal hombre para ser un dictador. Tiene mucho apoyo popular. Al menos mantiene las calles tranquilas por la noche.
    —¿Ya no hay más violaciones?
    —No empecemos con eso de nuevo.
    —¿Qué es lo que ha hecho Bolt por el Instituto?
    —Prospera, desde todo punto de vista. Por supuesto, no sé nada. No tiene nada que ver conmigo. He oído decir que sigue una línea de acción más bien militar.
    —Tengo que dar mi informe. Es lo primero que haré mañana, o me van a despedir.
    —¿No vas a volver al pasado? El nuevo gobierno va a organizar todo eso. Actualmente hay tanta gente viajando mentalmente que los índices de criminalidad están aumentando incluso allá abajo. El carnicero le dijo a la señora Annivale que dos tipos fueron asesinados en el pérmico la semana pasada. El general Bolt ha dispuesto una patrulla de policía en viaje mental a fin de mantener el orden.
    —Hay orden suficiente. Yo nunca vi ningún crimen. Unos cuantos miles de personas esparcidas a lo largo de millones de años…, ¿qué mal pueden hacer?
    —La gente no está esparcida, ¿o sí? De todos modos, si tienes intención de volver atrás yo no puedo detenerte. ¿Por qué no te instalas aquí y haces algunas composiciones y esas cosas, y ganas algo de auténtico dinero? Todos tus útiles están en el estudio. Puedes vivir aquí.

    Bush sacudió la cabeza. No podía hablar de su trabajo. La bebida estaba consiguiendo que el cuello volviera a dolerle. El oído le zumbaba. Quizá lo que más deseaba era un buen sueño. Al menos aquí podría conseguir eso; parecía que la intimidad de su padre muy pocas veces era invadida.

    Alguien golpeó fuertemente la puerta de entrada en el momento en que Bush dejaba su vaso sobre el amplio brazo del sillón.

    —Dice muy claro: “Llame y entre”, ¿no?

    Pero papá Bush se había puesto pálido.

    —No es ningún paciente. Probablemente sean los militares. Será mejor que vayamos a ver. Ted, baja conmigo, ¿quieres? Puede que sea para ti. Yo no he hecho nada. Guardaré solamente esta botella debajo del sillón; se han vuelto muy estrictos sobre el mercado negro, malditos sean. ¿Qué querrán? No he hecho nada. Apenas salgo de casa… —bajó las escaleras murmurando, con su hijo pegado a sus talones.

    El perentorio golpear sonó de nuevo antes de que hubieran llegado abajo. Bush pasó delante de su padre en la sala de espera y abrió la puerta con brusquedad.

    Dos hombres armados y uniformados estaban de pie en el umbral. Llevaban cascos de acero y su aspecto era de todo menos pacífico. Un camión aguardaba en la calle detrás de ellos, con el ruidoso motor en marcha.

    —¿Edward Lonsdale Bush?
    —Soy yo. ¿Qué desean?
    —No ha presentado su informe al Instituto Wenlock tras haber sobrepasado el límite de tiempo de su viaje mental. Se ha metido usted en problemas; síganos.
    —Mire, sargento, ahora precisamente iba al Instituto.
    —Por el camino más corto, ¿no? Ha estado usted bebiendo, ¡se huele a un kilómetro…! ¡Síganos!

    Bush se volvió y tomó su mochila de la mesa llena de revistas.

    —Todas mis notas están aquí, se lo aseguro; precisamente ahora iba…
    —No discuta, o lo acusaremos de incitar al tumulto y terminará mirando el pelotón de ejecución desde el lado malo. ¡En marcha, aprisa!

    Miró a su alrededor, desesperado, pero su padre había retrocedido a la oscuridad y no era visible. Los guardias acompañaron a Bush a lo largo del sendero, cruzaron la medio derruida pared de ladrillos donde había sido cometida la violación, lo empujaron al interior del camión que aguardaba, cerraron la puerta tras él. El camión se puso en marcha.


    5. Un Hombre Nuevo En El Instituto


    A Bush le pareció extraño que durante el viaje no perdiera el tiempo preocupándose en lo que le iría a pasar. Pensaba en cambio cariñosamente en su padre. El viejo estaba de espaldas contra la pared, era digno de compasión. Sus días de dudoso esplendor habían quedado atrás, la situación se había invertido…, o se iba a invertir si Bush no volvía nunca a aquella pequeña y descuidada casa.

    Aunque sus heridas familiares eran incurables, aquel mero hecho significaba que existían inexplicables golfos de calma entre las tormentas, golfos llenos de la mejor de las paces, la paz de la indiferencia, cuando todas las cosas horribles han sido dichas. Era como el tema del incesto que popularmente se suponía yacente bajo todas las disputas familiares; una mezcla de las mejores y más dulces y de las peores prohibiciones.

    Entonces empezó a pensar en la muerte de su madre, examinando sus reacciones. Seguía en ello cuando el camión se detuvo violentamente y lo hizo deslizarse a lo largo del banco hasta golpear con un chasquido contra las puertas traseras, que se abrieron. Bush cayó a medias afuera.

    Mientras permanecía con las manos apoyadas contra el suelo, antes de que sus captores lo levantaran, echó una rápida mirada a los deprimentes alrededores de la parte trasera del camión. Habían cruzado una barrera situada en una alta pared de cemento, y en ese momento volvía a cerrarse. Había rígidos guardias en la puerta, y otros deambulaban por las inmediaciones de un par de barracones adosados a la pared. El suelo, como si lo hubieran limpiado recientemente, estaba lleno de grava.

    Los dos soldados lo hicieron rodear el camión y dirigirse hacia la entrada de un gran pero no imponente edificio. Incrédulo, Bush lo reconoció como el Instituto Wenlock.

    La confusión latente en toda mente que se ha movido entre tiempos distintos y experimentado el ayer como el mañana y el mañana como el ayer surgió y lo dominó. Por un momento, no pudo creer que estuviera en el año correcto. El Instituto había estado situado en una tranquila calle secundaria, con un aparcamiento para coches a un lado y edificios en el otro, y tenía enfrente una compañía de seguros que hacía buenos negocios con los viajeros mentales.

    Penetró en el Instituto antes de haber hallado la sencilla respuesta. Bajo el régimen del ilustre general Peregrine Bolt, el Instituto había crecido en status; su padre se lo había advertido. Simplemente habían demolido el resto de la calle y edificado un muro alrededor del lugar para que el Instituto fuera entonces fácilmente defendible y se pudiera controlar a cualquiera que entrara o saliera.

    Por dentro, el Instituto había cambiado muy poco. Evidentemente pasaba por un período de prosperidad; la iluminación era mejor, e igualmente el revestimiento del suelo. Se había instalado un circuito cerrado de televisión cuyas esferas transmitían regularmente coloreados mensajes. La recepción había sido considerablemente ampliada; tras el enorme mostrador había ahora cuatro hombres uniformados. El hastío y la inquietud generados por sus uniformes hacían más por transformar la sencilla atmósfera de antes que todos los otros cambios juntos.

    Los guardias presentaron un trozo de papel. Uno de los recepcionistas dijo algo en un teléfono insonorizado. Aguardaron. Finalmente, el recepcionista asintió, colgó y dijo:

    —Habitación Tres.

    Los guardias condujeron a Bush hacia la Habitación Tres —un cubículo en el corredor principal— y se fueron.

    La habitación estaba vacía a excepción de dos sillas. Bush permaneció de pie entre ellas, aferrando su mochila, escuchando. Aunque no podía explicárselo, tenía la impresión de que todo iba a salir bien; todos los horrores que había tenido en mente de puñetazos en la boca, patadas en los testículos y demás rasgos característicos de los regímenes totalitarios estaban lejos. Quizá sus captores habían dado simplemente órdenes de traerlo hasta allí lo más rápidamente posible para rendir su informe. Esperaba que Howells estuviera aún; él era quien siempre recogía su informe y —Bush había reconocido los síntomas hacía mucho tiempo— el hombre lo admiraba y sentía por él una secreta envidia.

    La ansiedad hacía que respirara aprisa y levemente. La habitación era como una caja pequeña, y lo estaban haciendo esperar un tiempo sospechosamente largo.

    Seguro que iba a verse en problemas. Si al menos pasaran por alto el año en que se había excedido…, si pudieran comprender que había tenido la intención de regresar, de trabajar correctamente, de informar. Era el mejor viajero mental que tenían.

    Pero si no era el viejo Howells sino algún hombre nuevo… —el cerebro de Bush tomó otro camino—, que no supiera que había rebasado su período establecido… Pero un hombre nuevo, un totalitario, uno de los hombres de Bolt…

    Absolutamente ignorante de todo acerca de la situación política imperante, excepto las pocas palabras que su padre había dejado escapar, Bush empezó a montar en su cabeza un terrible argumento en el cual era brutalizado y a la vez infligía humillación a otros. Era como si, con la muerte de su madre, su mente necesitara encontrar otras complicaciones para alimentarse con ellas. Los recientes acontecimientos, el encuentro con la pandilla de Lenny, el inesperado golpe de Stein, la impresión de descubrir cómo Borrow había alcanzado tan sin esfuerzo lo que él siempre había deseado, la noticia de que su madre había muerto hacía unos meses…, todo eso era demasiado para él. Temió ser incapaz de soportar más.

    Bush se sentó en la silla del rincón y dejó que el universo golpeara y se estremeciera a su alrededor con la cabeza entre las manos.

    Cosas indescriptibles lo atravesaron precipitadamente. Como galvanizado por una descarga, se quedó rígido. La frágil puerta se abrió; un mensajero, inmóvil en el umbral, esperaba. Había algo raro en los ojos de Bush, que no podía ver claramente al hombre.

    —¿Desea que haga mi informe ahora? —preguntó, poniéndose de pie de un salto.
    —Sí. Sígame.

    Tomaron el ascensor hasta el segundo piso, donde Bush acudía normalmente a informar. Un terror macabro se apoderó de él, la premonición de un grave mal. Tenía la impresión de que el auténtico interior del Instituto era distinto, que había variado de alguna forma; las perspectivas y sombras se habían vuelto más inhumanas aún, los ascensores más crueles, con sus rejas metálicas cerrándose sobre Bush como colmillos. Cuando salieron al pasillo superior estaba sudando.

    —¿Vamos a ver a Reggie Howells?
    —¿Howells? ¿Quién es? Ya no debe trabajar aquí. Nunca oí hablar de él.

    La sala de informes era tal como la recordaba, excepto por la telesfera y una o dos instalaciones que le conferían una atmósfera de secreto y desconfianza. Había sillas a ambos lados de la mesa, cuadernos de informes, una telepantalla que zumbaba inútilmente en un rincón. Bush, aún de pie, abría y cerraba los puños cuando Franklin entró.

    Franklin había sido el asistente de Howells; era pálido de aspecto porcino, con carne de gallina y vista enfermiza. Los ojos le flotaban tras las pequeñas gafas con montura de acero. Nunca fue una persona grata… Bush recordó en ese momento que jamás le había simpatizado, ni que alguna vez hubiera intentado congraciarse con él. Sin embargo esta vez lo había saludado casi efusivamente… Era un alivio inesperado encontrar un conocido, aunque fuera Franklin. Se lo veía más gordo, más grande… Por lo menos, unos treinta centímetros más alto.

    —Siéntese y póngase cómodo, señor Bush. Deje la mochila.
    —Siento no haber venido a rendir mi informe inmediatamente, pero mi madre…
    —Sí. El Instituto funciona ahora mucho más eficientemente que cuando estuvo usted aquí por última vez. En adelante, venga a informar directamente aquí apenas regrese. Obedezca esta regla y no tendrá nada que lamentar. ¿Comprendido?
    —Sí, muy bien, entiendo. Lo recordaré. He oído que Reggie Howells se ha ido. Eso es lo que me ha dicho el mensajero.

    Franklin lo miró y entrecerró ligeramente los ojos.

    —A decir verdad, Howells fue fusilado.

    Bush no pudo saber exactamente por qué, pero la frase ‘a decir verdad’ fue lo que más le impresionó de la afirmación; ¡era tan coloquial para encajar en el contexto del resto…! Prefirió callar prudentemente y no decir nada más respecto a Howells. Al mismo tiempo, llegó a la conclusión de que lo que más deseaba hacer era lo más imprudente imaginable: darle a Franklin un puñetazo en su porcina nariz.

    Para ocultar su confusión, Bush dejó su gastada mochila sobre la mesa y empezó a abrirla.

    —Yo la abriré —dijo Franklin, tirando de la mochila hacia sí; la puso bajo un aparato a su derecha, miró un panel situado encima, gruñó algo, y la abrió desgarrándola, esparciendo el contenido entre los dos. Ambos contemplaron el modesto batiburrillo que había acompañado a Bush durante todo aquel largo período.

    Bush sintió, acompañado de aprensivos estremecimientos, que su vientre se contraía. También tenía deformado el sentido del tiempo, como cuando Stein lo golpeó. Franklin husmeaba entre los objetos esparcidos sobre la mesa, con movimientos de brazo perfectamente controlados, un esquema polidimensional movido por una serie de intrincadas relaciones entre los sistemas nervioso y muscular y las fuerzas gravitatorias, en el que intervenían también la presión del aire y los juicios ópticos. Era un ejercicio de mecánica anatómica de libro de texto; mientras lo contemplaba, pudo ver la burda subestructura del gesto. El húmero avanzaba, el cúbito y el radio se elevaban a partir de él, la muñeca se doblaba, los huesos de los dedos se extendían como las lisiadas alas de un pájaro; bajo la manga de sarga azul bullía la linfa.

    Disgustado, Bush levantó la vista hacia el otro; los ojillos astigmáticos seguían mirándolo, aislados tras las gafas…, pero el rostro era un desnudo ejemplo diagramático de cráneo, con una parte de la carne retirada para revelar los dientes, el paladar y los intrincados detalles del oído interno. Una serie de flechitas rojas se desplegaban por el aire a partir de las entreabiertas mandíbulas en dirección a Bush, indicando el sentido del flujo respiratorio del organismo mientras decía:

    —Grupo de Familia.

    Lo leía en una hoja de papel que había recogido del esparcido montón sobre la mesa. El papel había sido enrollado. El organismo lo estaba aplanando y lo examinaba.

    La figura era un somero esbozo a color que mostraba un desolado paisaje con un mar de metal; de un sol, de un árbol, brotaban rostros. Lentamente, Bush se dio cuenta de que se trataba de algo que había realizado en el devónico; él mismo había garabateado el título que el organismo acababa de leer en voz alta.

    Cerró los ojos y sacudió la cabeza de un lado a otro. Cuando volvió a mirar, Franklin parecía otra vez normal, con su anatomía decentemente cubierta por su traje. Había enrollado de nuevo el dibujo y lo había dejado de lado con disgusto.

    Se puso a examinar más bocetos…, una serie que Bush había realizado en un bloc y que representaban formas crípticas que nunca se habían transmutado en algo reconocible. Las había apilado en la página con intención de hacerlas más inaprensibles aún, desafiando el sentido monodireccional, violando todas las duraciones.

    —¿Qué es eso? —preguntó Franklin.

    Quizá sólo voy a carraspear, pensó Bush. Se sentía bastante tenso, todo aquello era muy desagradable. Nada había que explicar, por supuesto… Carraspeó, experimentó cierto alivio cuando las mucosidades dejaron de ejercer su débil presión. Era un error pensar que los acontecimientos del espaciotiempo pudieran expresarse con símbolos sobre el papel…, un error cardinal que había sido de gran ayuda a la humanidad desde las primeras pinturas rupestres. Quizá pudiera inventar una forma de trasladarlos al espaciotiempo. Pero eso era algo que se hacía constantemente. Una partitura musical…

    —Mis registros de notas…

    Asintiendo, Franklin aceptó eso como una respuesta adecuada. Puso cuidadosamente el bloc en una bandeja que tenía al lado, un gesto deliberado. Por un momento, amenazó con disolverse en un diagrama de energía motriz, y Bush luchó por rechazar aquella sensación.

    —Yo… Mis registros de notas…

    La ilusión, fuera cual fuese, había desaparecido. El tiempo recuperó la normalidad. Podía sentir de nuevo la pesada atmósfera de la sala, oír los ruidos, el ligero sonido de Franklin revolviendo en su equipo…

    Franklin separó los registros de notas y la cámara de pulsera, y barrió el resto hacia una bandeja lateral, incluida una foto de mujer.

    —Sus pertenencias personales le serán devueltas más tarde.

    Metió el primer registro en la minilectora de la pared y dejó que fuera girando. La voz grabada de Bush llenó la habitación y la grabadora detrás de Franklin la registró de nuevo.

    El hombre permanecía sentado, escuchando, inexpresivo. Bush empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa, luego los enlazó en torno a sus rodillas. Cada uno de los registros necesitaba veinticinco minutos para ser escuchado, y había cuatro y medio de ellos llenos con sus informes, espaciados a lo largo de todos los meses transcurridos. Cuando terminó el primer registro, Franklin insertó el siguiente sin ningún comentario. Lo habían entrenado para inquietar a la gente; dos o tres años antes habría tosido o dado señales de nerviosismo en esa desagradable atmósfera, pero en la ocasión era Bush quien lo hacía.

    Los informes habían sido pensados para los oídos de Howells, el genial Howells que se complacía con todo tipo de charla. Contenían muy poca información nueva acerca del pasado, pese a existir un sólido desarrollo de las fragmocerátidas, y Bush había investigado genuinamente la duración de los años primitivos, que se incrementaba a medida que uno retrocedía en el tiempo, debido al decreciente efecto de frenado de la Luna sobre la Tierra por la fricción de las mareas. Había confirmado que a principios del período cámbrico, un año se componía de unos 428 días. Había anotado también cuidadosamente los efectos psicológicos del CSD y del viaje mental. Pero una gran parte del informe parecía allí como un fútil charloteo acerca de la gente que había encontrado en sus vagabundeos a través del tiempo, intercalada con notas artísticas. Cuando terminó el último registro, tras por lo menos dos horas de lectura, apenas se atrevió a mirar a Franklin, que parecía haber aumentado de tamaño durante todo ese tiempo, mientras él se encogía.

    Franklin habló con una deliberada suavidad:

    —¿Cómo concibe usted los objetivos de este Instituto, Bush?
    —Bueno…, empezó siendo un centro de investigaciones sobre el análisis mental, como una ampliación del descubrimiento de la submente…, de su teoría, quiero decir. No poseo una educación científica, me temo que no podré expresarlo con precisión. Pero Anthony Wenlock y sus investigadores descubrieron los usos del CSD y abrieron las nuevas vías de la mente que nos han permitido superar las barreras que erigieron nuestros lejanos antepasados para protegerse del espaciotiempo, y así fue como se desarrolló el viaje mental. Por supuesto, esto es una simplificación, comprendo que quedan todavía muchas paradojas por elucidar. Pero… bien, de todos modos, el Instituto es el cuartel general del viaje mental, dedicado a un mayor conocimiento científico de… bueno, del pasado. Como decía, yo…
    —¿Cómo diría usted que ha servido a esa “dedicación a un mayor conocimiento científico”, utilizando su propia expresión?

    La grabadora seguía zumbando, reteniendo para la posteridad la insinceridad de su voz. Sabía que estaba atrapado. Haciendo un esfuerzo, dijo:

    —Nunca he pretendido ser un científico. Soy un artista. El propio doctor Wenlock me entrevistó; él creía que los puntos de vista artísticos eran tan estrictamente necesarios como…, bueno, como los científicos. Además, descubrieron que yo era un sujeto particularmente dotado para el viaje mental. Puedo ir más lejos y más aprisa que la mayor parte de los viajeros, y acercarme mucho más al presente. Usted sabe todo esto… Está en mi expediente.
    —¿Pero cómo diría usted que sirve a la “dedicación a un mayor conocimiento científico” de la que tanto habla?
    —Supongo que usted piensa que no muy bien. Ya le he dicho que no soy un científico. Estoy más interesado en… Mire, hago las cosas lo mejor que puedo, pero mi interés se centra en la gente. Maldito sea, he realizado el trabajo para el cual me estaban pagando. De hecho, aún tengo que cobrar un montón de sueldo atrasado.

    Franklin parpadeó ligeramente, como si fuera uno de sus pasatiempos.

    —Diría, por la evidencia de esos informes suyos, que usted ha despreciado casi completamente el aspecto científico de las observaciones. Ha perdido el tiempo revoloteando. Ni siquiera se ha confinado en la era que le había sido asignada.

    Interiormente, Bush reconoció la veracidad de lo que decía Franklin, y eso —quizás afortunadamente— le impidió responder nada. En cambio, carraspeó; el puño contra los dientes, la bota en los testículos… Se estaban acercando de nuevo.

    —Por otro lado, ha traído usted un montón de información sobre la gente…

    Bush asintió. Notó que Franklin no se había preocupado mucho por el hecho de no haberle respondido, y se sintió algo mejor. Franklin se inclinó sobre la mesa y apuntó con el índice hacia el rostro de Bush, como si de pronto detectara algo extraño en la habitación.

    —Los objetivos de este Instituto han cambiado desde la última vez que estuvo aquí, Bush. Está usted fuera de tiempo… Ahora tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos que del “mayor conocimiento científico”. Será mejor que se saque esa idea de la cabeza. Claro que nunca estuvo allí muy afianzada, ¿verdad? Bueno, ahora estamos de su lado —con una sonrisa en su rostro, Franklin aguardó el efecto que causaría en Bush ese momentáneo alivio.

    Bush inclinó la cabeza, avergonzado de hallar un tal aliado de base en su traición a la ciencia. Considerándose a sí mismo como un artista, se creía orgullosamente opuesto de alguna manera a la ciencia, algo así como un defensor de lo particular contra lo general; de pronto vio hasta qué punto era débil e insulsa esta noción; esta especie de dicotomía había contribuido a aquella otra especie de oposición a la ciencia, que reconocía —quizás a partir del propio olor de aquella sala intimidatoria— como antítesis de los valores humanos. De tal modo se había equivocado —Franklin hasta podía permitirse decirlo como una broma de mal gusto— que ambos estaban ahora en el mismo lado.

    El valor de Bush regresó. Se puso de pie.

    —Tiene usted razón. ¡Estoy fuera de tiempo! ¡Soy un fracasado! De acuerdo, dimito del Instituto. Firmaré mi dimisión inmediatamente.

    Franklin se permitió un parpadeo.

    —Siéntese, Bush, aún no he terminado. Como usted dice, está fuera de tiempo. Bajo el actual sistema de empleo, y por la duración de la emergencia…, supongo que ya sabe que hay una emergencia, nadie puede abandonar su trabajo.
    —Yo puedo abandonarlo. ¡Puedo negarme, simplemente, a efectuar ningún otro viaje mental!
    —Entonces sería usted encarcelado, o quizás algo peor. Siéntese. ¿O quiere que llame a alguno de nuestros especialistas? Así está mejor. Mire, Bush, no voy a irme con rodeos… La economía está naufragando debido a que la gente parte de viaje mental…, ¡por miles! ¡Por centenares de miles! Obtienen su CSD de contrabando; viene del exterior. Son elementos desafectados, y eso representa una traición al régimen… A usted y a mí, Bush. Necesitamos hombres que viajen mentalmente allá abajo y vean lo que está ocurriendo, hombres entrenados. Usted haría un buen trabajo por allá, con sus habilidades… Y de verdad que es un buen trabajo, muy bien pagado; el general se preocupa de que sea así. Un mes de entrenamiento intensivo y podremos enviarlo con su correspondiente categoría, siempre que sea usted razonable.

    A Bush le costaba entender lo que Franklin le decía.

    —¿…razonable? ¿Qué quiere usted decir con razonable?
    —Eficaz, útil. Usted participa activamente en la comunidad, y lo hace sincronizadamente… Tiene que renunciar a esa idea de salir en persecución de su propia personalidad a lo largo de las eras —al ver que sus palabras eran asimiladas, Franklin añadió—: Olvide toda esa historia de ser un artista. Eso terminó, ¡ha sido barrido! Ya no hay mercado ni oportunidades para el trabajo de artista… De todos modos, la inspiración se le ha ido, ¿no? ¡Seguro que Borrow se lo demostró!

    Bush inclinó la cabeza…, luego, forzó la mirada; quería encontrar los huidizos ojos que habitualmente se ocultaban tras las pequeñas gafas, y que en ese preciso instante lo estaban observando desde el otro lado de la mesa.

    —De acuerdo —consiguió decir; se sometía de ese modo a las argumentaciones de Franklin, admitía ser incapaz de desempeñarse en cualquier otra función que no fuera la de espía, informador o como quisieran llamarle. Pero incluso entregándose voluntariamente al hasta allí tradicional enemigo, estaba encontrando un nuevo valor, una nueva determinación en él; ésa era su única posibilidad como artista de recomenzar los viajes mentales. Aunque también comprendía que era menos artista que viajero mental, el primero de una nueva raza cuyo único métier era el viaje mental, y que prefería morir antes que perder su salvaje libertad mental… Como corolario de este descubrimiento, pudo ver que interpretando su personalidad bajo estas nuevas bases podía alcanzar con el tiempo una nueva forma de arte que expresara la transformada visión del mundo, la nueva y esquizofrénica zeitgeist.

    Por un momento, mientras miraba fijamente a Franklin, una gran alegría lo invadió; vio que tenía todavía la posibilidad de hablarle al mundo (o a las minorías) de su visión, su única visión; y luego pensó cuán insignificantes se verían entonces las maquetas de Roger Borrow. Ese mezquino pensamiento lo devolvió a la realidad, al zumbido de la grabadora y a la nariz y las gafas de Franklin.

    Era el turno de Franklin de levantarse.

    —Si espera abajo, le devolverán dentro de poco sus efectos personales.
    —¿Y mi paga?
    —Y su paga. Una parte de ella. El resto será emitido en créditos post-emergencia. Luego podrá volver a su casa. El próximo curso de entrenamiento empieza el lunes; tiene usted permiso hasta entonces. Pero no vaya a hacer ninguna tontería, por supuesto… Un camión irá a buscarlo a primera hora de la mañana del lunes. Esté preparado. ¿Entendido?

    La malicia de Bush le hizo decir:

    —Bueno, fue un placer volver a verlo, Franklin. ¿Y qué piensa el doctor Wenlock de todos estos cambios?

    Franklin tuvo uno de sus típicos parpadeos.

    —Ha estado usted fuera demasiado tiempo, Bush. Wenlock se trastornó hace ya un tiempo. A decir verdad, está en una institución psiquiátrica.


    6. La Analogía Del Reloj


    Estaba empezando a llover cuando Bush pasó delante de los cariados tocones de cerezo y la pared donde se habían apoyado violador y violada; subió los peldaños para descubrir que su padre había cerrado la puerta con llave. Sólo tras mucho llamar y golpear la puerta y gritar por la ranura del buzón consiguió que el viejo bajara y abriera.

    Papá Bush había ingerido casi todo el resto del whisky. Con las pagas atrasadas del viajero mental compraron más por la tarde, y estuvieron bebiendo toda la noche y el día siguiente. La embriaguez era un sustituto infalible de la amistad que no conseguían establecer. También ayudaba a alejar el terror de la mente de Bush.

    Al día siguiente, jueves, James Bush llevó a su hijo a inspeccionar la tumba de su esposa. Ambos estaban sobrios y graves, cubriendo sus dosis de melancolía. El cementerio era antiguo y abandonado, situado en una colina tan escarpada y batida por el viento que la hierba crecía a un solo lado del túmulo. Parecía un lugar poco adecuado para el reposo de Elizabeth Lavinia, Amada Esposa de James Bush. Su hijo se preguntó por primera vez qué habría sentido ella en el interior de la casa aquel largo día en que lo tuvo castigado en el jardín. Era ella quien ahora estaba encerrada para siempre, con el alma arrojada a una playa más desolada y larga que cualquier otra conocida en toda la historia de la Tierra.

    —Sus padres eran católicos. Ella abandonó todas sus creencias a la edad de seis años.

    ¿Seis? Parecía una edad curiosa para abandonar creencias; papá Bush bien podía haber dicho “a las seis de la mañana”.

    —Algo le ocurrió cuando tenía seis años que la convenció de que Dios no existía. Nunca quiso decirme qué fue.

    Bush no dijo nada. Su padre había eludido el tema de la religión desde su entrevista con Franklin. En ese momento se aprestaba a volver sobre él…, la ocasión era abominablemente favorable. Se puso a silbar muy bajo, con aire molesto, para contrarrestar la ventaja de papá. El solo pensamiento de la religión lo irritaba.

    No creía en la historia de su madre perdiendo la fe, o lo que tuviera a la edad de seis años. Si realmente hubiera acontecido algo como tal, habría oído hablar de ello a menudo a sus padres, que no eran del tipo de los que ocultan sus desdichas.

    —Supongo que será mejor que regresemos, papá —arrastró los pies; James Bush no se movió, permaneció de pie mirando la tumba de su esposa, rascándose una nalga con aire ausente. Observó cómo adoptaba una de sus clásicas expresiones mojigatas, seguida por algo quizá más sincero, quizás un vacío y generalizado sentimiento de asombro ante lo que él mismo y Ted y el resto de la humanidad y todas las cosas animadas del planeta se suponía que hacían con la vida. Y consideró todo esto más grave que la expresión mojigata; Bush se conocía lo suficiente para saber de dónde podía provenir tanto enervante autoanálisis. Esperó que los años de flirteo de su padre con la fe estuvieran muertos y enterrados; una resurrección a esa altura de la vida sería de lo más inconveniente.
    —Parece que va a llover.
    —Ella apenas sabía dónde se hallaba con relación a Dios. Pero quería ser enterrada aquí. “Nuestras razones viven su propia existencia”, como dijera el poeta Skellet.
    —¿Hay algún autobús que nos lleve de vuelta?
    —Sí. Te sorprenderías… No hay forma de conseguir una lápida, ni por dinero ni por caridad, en nuestros días. ¿Ves ésa de ahí? La hice yo personalmente. ¿Cómo la encuentras, Ted? Cemento armado, y grabé la inscripción antes de que se secara.
    —Muy profesional.
    —¿No crees que habría sido mejor poner solamente ‘E. Lavinia’? Ella nunca usaba el Elizabeth.
    —Está bien así, papá.
    —Estoy contento de ella.
    —Sí.
    —Siento que no hayas podido estar aquí para todo esto. No parecía correcto sin ti.

    Así terminaba la vida de su madre, no sólo bajo ese túmulo del que el goteo del agua que iba colina abajo había empezado a socavar un lado, sino con el intercambio de trivialidades entre quienes habían sido su esposo y su hijo. Mientras se decía esto, Bush tuvo el convencimiento de que ninguno de los dos volvería otra vez allí. La futilidad que podían soportar los seres humanos tenía sus límites.

    —¿Pero no es todo eso increíblemente absurdo? —dijo—. ¿Quién era ella? No lo sé, y dudo que tú lo sepas, tampoco. ¿Había alguna razón para su vida? Y si había alguna, ¿cuál era? ¿La de los seis años? Si esa historia es cierta, entonces el resto de su vida fue anticlimático, y habría sido mejor vivir sus días al revés, con su cáncer curándose y ella volviéndose más y más joven y reencontrando finalmente su fe de niña.

    Pudo controlarse ya en el límite del terror, y ambos empezaron a alejarse de la tumba.

    Papá Bush dijo:

    —Nunca, desde que nos casamos, nos hicimos preguntas de este tipo.
    —Lo siento, padre. Volvamos a casa. No sabía lo que estaba diciendo… Tú siempre has sido más sensato que yo. Sólo que…
    —Tú eras la razón de su vida, como lo eres para mí.
    —Eso no tiene sentido, a menos que creas que toda la razón de la especie humana es simplemente dar nacimiento a otra generación y luego a otra…

    Papá Bush empezó a bajar la colina rápidamente, hacia la semiderruida entrada sotechada del cementerio.

    Era un día frío. La casa del dentista estaba húmeda. Comieron frugalmente a base de patatas fritas y salazón. La comida era escasa y terriblemente cara. Por la tarde, Bush leyó algunas de las viejas revistas de la sala de espera. Un paciente apareció milagrosamente, apretándose un supurante flemón en la mandíbula, y Bush frunció el ceño ante la interrupción.

    A través de las distorsionantes páginas de las revistas, se hizo un cuadro de los factores que habían conducido gradualmente a la actual situación. Había viajado negligentemente a través de la vida, peleándose, haciendo el amor, hablando, pintando, sin ninguna restricción a sus apetitos o referencias a las corrientes que avanzaban a través de su generación. Y veía que una de las ocasionales reacciones contra una todopoderosa sociedad industrial se había manifestado hacía algunos años, bajo la forma de una moda hacia las glorias iluminadas por los mecheros de gas de la era victoriana, muerta bastante tiempo atrás. Tales reacciones se apagaban por sí solas cuando ya no tenían nada que las alimentara, y surgía una nueva moda para distraer la atención. Pero alrededor del 2070 la novedad era el viaje mental, o su posibilidad, lo que reanimó antes que apagó la nostalgia pública. En un tiempo sorprendentemente corto, seguramente a mediados de la década siguiente, las civilizaciones avanzadas del mundo se reorientaron hacia el pasado…, el remoto pasado prehistórico, puesto que paradójicamente era el más fácil de alcanzar, con la segunda ley de la termodinámica no extendiéndose hasta cubrir las zonas más profundas de la mente humana. Una generación creció completamente dedicada, con todas sus energías y habilidades, a escapar de su propio tiempo. Todas las actividades humanas se vieron afectadas, desde la industria turística (las arenas de Florida, las playas del mediterráneo, estaban tan despobladas como en los tiempos victorianos) hasta la industria del acero, desde las diversiones hasta la filosofía.

    En medio de la crisis mundial que se avecinaba, tan sólo el Instituto Wenlock seguía prosperando. Cualquiera podía inscribirse a precios moderados en los cursos que enseñaban la disciplina Wenlock que rompía las antiguas cadenas de la mente. Cualquiera podía comprar las drogas que lo ayudaban a uno en su camino hasta los encantados mares donde chapoteaban los plesiosauros. En las estaciones mentales, pertenecientes al Wenlock, cualquiera podía mantener a un precio moderado un anclaje con el mundo del tiempo que pasa mientras desaparecía…, para siempre, si se seguía pagando.

    Como otros sistemas humanos, el sistema Wenlock, aunque humanitario en sus fundamentos, era falible. En muchos países fue denunciado como un monopolio peligroso; en otros, pasó inmediatamente al control del gobierno. Y por supuesto, gentes menos bienintencionadas descubrieron los secretos de sus disciplinas y drogas, y sacaron al mercado sus propias versiones. Muchos refrigeradores en multitud de apartamentos vacíos guardaban recipientes de sangre y cultivos de tejidos, mientras toda la familia partía a meter la nariz en el continente de Gondwana.

    Para el imperio de Wenlock las cosas tampoco iban demasiado bien. Un artículo en el Mundo Dental de enero pasado, titulado ‘La Disciplina y la Remuneración Dental’, llamó por primera vez la atención de Bush hacia el nombre de Norman Silverstone, que luego volvió a encontrar en dos de las otras manoseadas revistas. El comentarista apuntaba que toda la teoría del viaje mental estaba apoyada en unos pocos hechos y en una masa de suposiciones, un poco como las teorías del psicoanalista Sigmund Freud, a finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX. Silverstone jugaba ante Wenlock el papel de Jung frente a Freud. Pese a que el hecho del viaje mental fuera innegable, muchos eran los que negaban que Wenlock lo hubiera interpretado correctamente. El más poderoso entre ellos era un antiguo amigo y socio de Wenlock, Norman Silverstone, quien sostenía que la mente humana podía ciertamente librarse de la barrera psicótica tras la cual había edificado su supremacía prisionera del tiempo sobre el resto del reino animal; pero proclamaba que todavía faltaba liberar otros poderes mucho más extraordinarios, y que las limitaciones del viaje mental —como la impenetrabilidad de los tiempos históricos— hacían evidente que la disciplina no era más que un fragmento —probablemente un fragmento distorsionado— de un todo mucho mayor.

    Silverstone era de naturaleza poco comunicativa, un hombre que rehusaba ser entrevistado o fotografiado, y sus ocasionales contribuciones en la polémica eran tan abstrusas que difícilmente podía decirse de ellas que constituyeran alguna oposición considerable a Wenlock. De todos modos, él y sus seguidores proporcionaron un instrumento que demostró ser útil a los gobiernos deseosos de meter la mano en la administración de los institutos locales y estaciones mentales.

    Por obvias razones, el suministro de antiguas revistas terminaba en la época de la revolución, pero igualmente Bush creía ver claramente el desarrollo de la cadena de acontecimientos. En la mayor parte de los países, el severo descenso de las condiciones se había visto acentuado por el derrumbe del mercado de cambios; los parados habían marchado sobre las capitales; los muertos de hambre se habían sublevado; los gobiernos más fuertes eran reclamados tanto por los ricos como por los pobres, aunque por distintas razones. Sentado en aquella descuidada habitación, Bush fue adivinando el proceso de los acontecimientos.

    La inestabilidad no podía durar mucho. Las naciones se recuperarían, como lo habían hecho antes en tantas y tantas ocasiones. Bush había percibido una señal de que incluso el régimen del general Bolt tenía el tiempo contado, casi una señal mística…, aunque en su momento le hubiera pasado casi inadvertida. Cuando estuvo esperando en la Habitación Tres, casi en un estado de paroxismo, se le había aparecido la Dama Oscura. Su mente estaba demasiado preocupada como para darse completamente cuenta entonces de la presencia de su visitante del futuro. Pero en ese momento comprendía que, aun imprecisa como era, había resplandecido ligeramente, como un fantasma de las ridículas representaciones victorianas a las que su madre lo llevaba cuando era un muchacho. Aquello sólo podía significar una cosa: que en su época, ella estaba al aire libre; en otras palabras, el Instituto había sido demolido en su época, lo cual probaba que el ala protectora del General no existiría siempre… No siempre, pero su vigilante fantasma podía estar a quinientos años en el futuro, y eso era demasiado tiempo. Bueno, había una esperanza. Las cosas más terribles del mundo acababan pasando.

    Miró a su alrededor en la sala de espera. Precisamente en ese momento ella no estaba. Por fiel que fuera, tenía que tomarse también algún tiempo libre… Entonces pensó que tal vez fuese una invención de su imaginación, de su ánima. ¿Estaré radicalmente desequilibrado, alternativamente cobarde y temerario, sexualmente subdesarrollado y obseso…? Quizá la Dama Oscura no sea más que una proyección de mi disociada personalidad.

    Pero era más que eso. Era el futuro, que por razones propias mantenía un ojo vigilante sobre él. El futuro estaba por todas partes en ese entonces, como si quisiera poner un dique a su generación y repeler su oleada de cólera para que el flujo de descontento fluyera lejos y lo dejara olímpico y a salvo. Habían descubierto una forma de viajar a las eras ocupadas por el hombre.

    Bush salió de la casa a caminar un poco, después de renunciar a sus intenciones de especular acerca del futuro. Desde que Franklin le había ordenado sufrir un entrenamiento, se sentía incapaz de razonar constructivamente. Su vida estaba a punto de verse alterada. De hecho, apenas comprendía lo que estaba ocurriendo. Por las noches creía oír la voz de su madre.

    Intentó pensar en Ann, pero le parecía tan remota como el devónico donde la había encontrado. Trató de pensar en su padre, pero no había nada nuevo en qué pensar. Pensó en la señora Annivale, a la que había conocido esos días, y que lo ponía nervioso; no era ni la mitad de horrible de lo que se había imaginado. De acuerdo con su cálculo, no era mucho mayor que él; aún había algo de juventud en ella. Tenía una sonrisa agradable, era amigable y natural, parecía amar genuinamente a su padre, y su mente no parecía ser enteramente trivial. Pero todo eso no le importaba mucho.

    Dio media vuelta. No sentía deseos de ir a ningún lado, y las calles vacías y sucias le repelían. Recordó que en su destrozado estudio había una caja de arcilla para moldear; tal vez pudiera lograr algo de interés en eso, aunque toda chispa de inspiración parecía muerta en su interior.

    Cuando la masa que moldeaba empezó a parecerse a la cabeza de Franklin, renunció y regresó a casa.

    —¿Ha pasado un buen día? —preguntó la señora Annivale, bajando las escaleras.
    —Muy bueno. Esta mañana fuimos a ver la tumba de mi madre, y por la tarde le di un buen repaso a algunas de esas revistas de hace dos años.

    Ella lo miró y sonrió.

    —Habla usted un poco como su padre… Ahora está durmiendo, no quisiera despertarlo. Iba a mi casa, a buscar mi rallador; quiero hacerles un pastel de queso para esta noche. ¿Por qué no viene conmigo? Aún no ha visto mi casa.

    Bush la siguió, malhumorado. La casa de la señora Annivale era limpia y clara y parecía contener muy pocos muebles. En la cocina, preguntó:

    —¿Por qué no se va a vivir con mi padre y se ahorra el alquiler y todo lo demás, señora Annivale?
    —¿Por qué no me llama Judy?
    —Porque no sabía que ése fuera su nombre. Mi padre la llama siempre señora Annivale cuando me habla de usted.
    —Es muy formal. Espero que usted y yo no tengamos que ser tan formales, ¿eh? —estaba tontamente de pie junto a él, mirándolo, mostrando ligeramente los dientes.
    —Le preguntaba por qué no se va a vivir con mi padre.
    —Suponga que le digo que me siento atraída hacia los hombres más jóvenes…

    No había posibilidad de engañarse ni con el tono de su voz ni con su mirada. El camino estaba llano, se dijo. La cama de Judy estaría limpia, papá dormía en la casa vecina, ella sabía que él se marchaba la semana próxima. Su cuerpo estuvo a punto de traicionarlo, diciéndole que la idea le gustaba. Pero él se apartó apresuradamente de ella.

    —Entonces es deliciosamente gentil de su parte que se ocupe de él, Judy.
    —Mire, Ted…
    —¿Tiene ya su rallador? Será mejor que volvamos para ver si todo está bien —la precedió al regreso; se sentía estúpido, y ella, evidentemente, también, a juzgar por la forma como charlaba. Pero después de todo… Bueno, habría sido como un incesto. ¡Hay cosas a las que se debe poner límite, por muy fracaso moral que fuera la vida de uno!

    Aunque no fuera éste el caso, Judy Annivale debió imaginar que había ofendido a Bush, por lo que se mostró abrumadoramente solícita con él. Una o dos veces él se vio obligado a buscar refugio en el estudio, con el medio moldeado busto de Franklin. El día en que el camión debía venir a buscarlo, ella lo siguió hasta el interior del estudio.

    —¡Váyase! —dijo; vio muerte en las líneas que rodeaban la boca de ella.
    —No sea insociable, Ted… Quería ver lo que estaba haciendo en el campo artístico. En mis buenos tiempos yo también quise ser artista.
    —Si quiere usted jugar con mi arcilla, adelante, hágalo, ¡pero no me siga por todas partes! ¿Intenta ser una madre o algo así conmigo?
    —¿Piensa realmente que le he dado muestras de amor materno, Ted?

    Bush se encogió de hombros, desmoralizado. Aunque quizás estaba dejando ir una buena oportunidad que más tarde lamentaría haber perdido para siempre.

    James Bush metió la cabeza en el cobertizo.

    —¿Así que es aquí donde estabais los dos?
    —Precisamente le decía a Ted lo mucho que admiro su talento artístico, Jim. Yo también fui un poco artista hace tiempo, cuando era una muchacha. Estoy segura de que todas las amplias perspectivas del pasado por el que ha viajado usted le han ayudado mucho…

    El susurro de alguna sospecha habrá cruzado quizás el cerebro de James Bush, quien irritadamente dijo:

    —Tonterías, el chico no ha visto casi nada. Eres como la mayor parte de la gente…, parece que no te dieras cuenta de lo antigua que es la Tierra y de lo pequeña que es la parte accesible a los viajeros mentales.
    —¡Oh, la analogía del reloj no, padre! —Bush había oído ya esa elaborada composición antes.

    Pero su padre estaba bloqueando la salida. Concienzudamente, le explicó a Judy un diagrama estándar de libro de texto, según el cual se suponía que la Tierra había sido creada a medianoche, luego habían seguido largas horas de oscuridad sin ninguna vida, el tiempo del fuego y la atmósfera extraña y las largas lluvias, los tiempos precámbricos o el criptozoico, de los que poco se sabía o podía saberse. El cámbrico marcaba el inicio de los hallazgos fósiles y no llegaba hasta que la esfera del reloj señalaba las diez en punto. Los grandes reptiles y los anfibios aparecían con el período carbonífero hacia las once, y se extinguían a las doce menos cuarto. La humanidad entraba en escena doce segundos antes del mediodía, y la Edad de Piedra pasaba en apenas una fracción de segundo.

    —¡Eso es lo que quería decir acerca de perspectivas! —dijo Judy animadamente.
    —Quizá no lo hayas comprendido exactamente, querida. Todos esos enormes millones de años de los que te hablan tan libremente los viajeros mentales en sus conversaciones no representan más que los últimos diez minutos de la esfera del reloj. El hombre no es más que una cosa pequeña, su escasa vida no sólo termina sino que también empieza con un sueño.
    —La analogía del reloj es equívoca —dijo Bush—. No tiene en cuenta el inmenso futuro, que representa muchas veces todo ese inmenso pasado. Tú crees que tu reloj pone las cosas en su auténtica perspectiva, pero realmente lo que hace es deformarlas.
    —Bueno…, no podemos ver el futuro.

    La cuestión era irrefutable, al menos por un tiempo.


    7. El Pelotón


    El camión depositó a Bush en el centro de entrenamiento a las diez y media de la mañana. Al mediodía, le habían retirado las ropas civiles y se las habían reemplazado por un vasto uniforme color caqui. Le habían afeitado la cabeza, lo habían hecho pasar por un baño desinfectante frío, lo habían vacunado contra la tifoidea, el cólera, el tétanos y la viruela, y lo habían examinado para comprobar que no sufría ninguna enfermedad venérea; le probaron la voz, los reflejos de las retinas; le tomaron las huellas dactilares… Y tuvo que hacer cola en la cocina para que le dieran una comida infecta.

    El curso propiamente dicho comenzaba a la una en punto, y desde ese momento hasta finalizar el mes no tuvo el menor descanso.

    Bush fue puesto en el Pelotón Diez, bajo las órdenes del sargento Pond, quien condujo a sus hombres a lo largo de una sucesión de tareas difíciles o imposibles. Tuvieron que aprender a andar e incluso correr llevando el paso, aprender a responder órdenes dadas a medio kilómetro de distancia por una voz humana, si podía designarse así los sonidos emitidos por el sargento Pond, gritados en los tonos más rasgados y repulsivos imaginables, aprender a escalar muros de ladrillo y a dejarse caer de las ventanas de los pisos superiores, aprender a lanzar cuerdas y vadear estanques de aguas pútridas, aprender a cavar hoyos de profundidades absurdas y a estrangular a los compañeros; a disparar y apuñalar y maldecir y sudar y comer inmundicias y dormir como muertos. Al principio, una parte sardónica del cerebro de Bush se divirtió permaneciendo apartada y contemplando las acciones. De tanto en tanto se acercaba y decía: “El objeto de este ejercicio es debilitarte como individuo y convertirte en una máquina de recibir órdenes. Si cruzas este puente de cuerdas sin caer a las rocas de abajo serás menos humano de lo que eras antes de conseguirlo. Traga esta ración de empanada de león marino y serás menos artista de lo que eras ayer”. Pero la parte sardónica del cerebro de Bush fue muy pronto anestesiada por la constante actividad carente de sentido. Estaba demasiado cansado y absorto como para que floreciera la crítica, y el bronco rugido de la voz de Pond suplía el murmullo de su inteligencia.

    De todos modos, estaba lo suficientemente alerta como para notar las actividades de algunos de sus compañeros reclutas. La gran mayoría aceptaba y sufría como él, dejando a un lado la personalidad —si la tenían— para resistir mejor. Había también dos pequeñas minorías: los infortunados que no conseguían desprenderse de sus personalidades y llegaban tarde a formar filas, con las botas sucias, y no conseguían tragar la comida, giraban a la izquierda cuando había que hacerlo a la derecha, casi se ahogaban en las inmundas charcas y a veces se pasaban las noches sollozando en lugar de dormir.

    La otra pequeña minoría se llamaba a sí misma ‘La Tropa Tripera’. Eran los que apreciaban los insultos del sargento Pond, que gozaban con las degradaciones sufridas en el patio de ejercicios, que habían nacido para apuñalar los muñecos llenos de arena. Y en los tiempos libres se emborrachaban salvajemente, se peleaban con los miembros de la otra minoría, vomitaban sorpresivamente en el suelo, lisonjeaban a Pond y generalmente se conducían como héroes.

    Eran también ellos los que daban al pelotón su firmeza moral y su espíritu, y Bush se preguntaría más tarde si habría soportado todo el curso sin su deseo de probarse a sí mismo que era tan bueno y resistente como ellos.

    Lo hizo lo mejor que pudo, y superó al resto del curso tan sólo en las prácticas de tiro, cuando el pelotón se dispersaba todos los lunes y jueves por los ventosos alrededores. Allí aprendían a disparar con las pistolas de rayos que más tarde se constituirían (lo más probable era que no) en una parte estándar del equipo. Las pistolas de rayos disparaban certeros haces de luz compacta que podían abrir limpiamente un agujero negro a través del cuerpo de un hombre a cuatrocientos metros de distancia. Pero eran menos las cualidades mortíferas del arma que su lado artístico lo que atraía a Bush. El estilizado cilindro de metal trabajaba con la sustancia básica de todos los pintores: la luz, ordenada, organizada… El rubí láser que contenía proyectaba su luz en milésimas de segundo, en una serie de rayos monocromos paralelos en dirección al blanco. Mientras carbonizaba el centro de sus objetivos, Bush tenía la impresión de que se estaba dedicando a la única actividad artística que le quedaba al hombre en aquellos tiempos de emergencia.

    Intercaladas con las marchas, persecuciones y simulacros a que estaba sometido el Pelotón Diez, recibían conferencias sobre los más variados temas. El pelotón se sentaba en bancos por unos instantes de bendita paz, y Bush utilizaba a veces esos períodos para preguntarse cuál sería el objeto de ese curso.

    Resultaba claro que había sido improvisado rápidamente a partir de otros cursos militares ya establecidos, pero no podía ver qué conexión tenía con el futuro como agente que habían trazado para él. Podía apreciar que estaba siendo sistemáticamente degradado, y quizá más eficientemente que la Tropa Tripera, donde acogían alegremente todos los castigos. Pero seguía fracasando en su intento de captar el objetivo de todo eso; hasta que finalmente se dio cuenta de que iba dirigido a la submente; sabiendo su valor, podría ser humillada y vencida, y podría morir más fácilmente cuando le fuera ordenado.

    Pero aquello no tenía sentido, debido a que… Su deber no era morir. El odio que el sargento Pond inyectaba en ellos durante doce horas al día era para ayudarles a sufrir, no a morir. Su submente estaba siendo alimentada de veneno… ¡Y nadie protestaba! Tenían que estar locos. Y esa conspiración no era un capricho del régimen del general Bolt; era ubicua, eterna. Los hombres siempre se habían envenenado de ese modo, adquiriendo hábitos rudos, desprovistos de inteligencia, vacíos de individualidad. Como artista, siempre había estado solo. Allí, por primera vez, estaba rodeado por otros hombres, y veía en ellos. Tenían ventanas en sus pechos. Había algo que se movía en ellos y se asomaba a través de aquellas ventanas brumosas, empañadas por las inhalaciones que se dirigían hacia las esponjas de sus pulmones.

    Pero no era fácil ver. Una de las cosas de dentro estaba escribiendo en la ventana con un dedo. Pedía ayuda, algo que explicaba el sano juicio de toda la humanidad. Pero no sólo las letras estaban al revés, sino que, además, habían sido escritas en dirección opuesta a la normal. Ya estaba casi por descifrar el mensaje cuando…

    Estaban diciendo su nombre. Se enderezó bruscamente.

    Lo estaban llamando y… ¡se había dormido!

    —Bush, tiene usted diez segundos para responder a la pregunta —un oficial de cara rojiza, un tal capitán Stanhope, de pie junto a la pizarra, miraba fijamente a Bush.

    El resto del pelotón también se había vuelto para mirarlo, y los Triperos sonreían y se daban codazos. “¡La vena carótida!”, susurró alguien dirigiéndose a Bush.

    —La vena carótida, señor —dijo Bush, agarrándose al clavo ardiente.

    El pelotón se retorció de risa. Los Triperos estuvieron a punto de tirarse al suelo de puro gozo. Stanhope ladró pidiendo silencio. Cuando el pelotón consiguió callarse, dijo:

    —Muy bien, Bush. La pregunta era en qué planta se encuentra la carotina. Ha querido hacerse el gracioso, ¿eh? Me ocuparé de usted luego.

    Bush dirigió una mirada de odio a los espontáneos. Más tarde, mientras el resto del pelotón se marchaba ruidosamente, se dirigió hacia el capitán. Permaneció de pie en posición de firmes hasta que el oficial se dignó darse cuenta de su presencia.

    —Así que ha intentado usted divertirse a mis expensas…
    —No, señor. Me había quedado dormido.
    —¡¿Dormido?! ¿Quiere decir que estaba usted durmiendo mientras yo hablaba?
    —Estoy agotado, señor. El ejercicio físico es mucho en este curso.
    —¿Qué hacía usted en los días prerrevolucionarios?
    —Era artista, señor. Hacía composiciones y cosas así.
    —Oh, ¿cuál es su nombre?
    —Bush, señor.
    —Ya lo sé. Su nombre completo, hombre.
    —Edward Bush.
    —Entonces conozco su trabajo —Stanhope pareció ablandarse ligeramente—. Yo era arquitecto antes de que desapareciera la necesidad de la arquitectura. Admiraba algunas de las cosas que hacía usted… Como sus composiciones, especialmente la que hizo para la estación de Southall; la serie espacio cinética que hizo allí fue toda una revelación. Tengo… Tenía un libro sobre su obra, con ilustraciones.
    —¿El de Branquier?
    —Branquier, sí, ése mismo. Bueno, me alegra conocerlo, incluso en estos duros lugares y condiciones. He oído también que es usted un experto viajero mental…
    —Hace mucho tiempo que lo práctico.
    —¡No debería estar usted en un curso como éste! ¿No fue acaso el propio Wenlock quien lo seleccionó?
    —Quizá sea en parte por eso que estoy aquí.
    —Hmmm. Entiendo. ¿Qué piensa usted de esa controversia Wenlock-Silverstone? ¿No cree que la ortodoxia de Wenlock posiblemente sea un poco mitológica, y que en realidad ese Silverstone y sus interpretaciones darían para mucho más si su aproximación al asunto estuviera menos distorsionada? Toma demasiadas suposiciones como hechos, ¿no cree?
    —No lo sé, señor. No sé nada al respecto.

    Stanhope sonrió.

    —Ahora ya se han ido todos. Puede hablar con toda libertad conmigo. Honestamente, el régimen está equivocado al perseguir a Silverstone, ¿no cree? ¿Qué piensa de esto?
    —Ya le he dicho, señor, que éste es un curso muy duro. Ya no puedo pensar en nada. No tengo opiniones.
    —Pero como artista, en un asunto tan vital como Silverstone, debería tener usted una opinión bien asentada.
    —No, ninguna, señor. Tengo ampollas en manos y pies, señor; no opiniones.

    Stanhope se levantó.

    —Váyase, Bush… Y la próxima vez que lo descubra durmiendo en mis charlas va a tener problemas de verdad.

    Bush se alejó, envarado y clavando los pies planos en el suelo. Interiormente reía y cantaba. ¡Los bastardos no lo iban a atrapar tan fácilmente…!

    Pero le sorprendía mucho la noticia de que el régimen estuviera persiguiendo a Silverstone. Sonaba auténtico. ¿Y por qué desearían saber su punto de vista al respecto? En ese momento le quedaban tan sólo dos semanas de actividad antes de descubrirlo. Pero esas dos semanas se arrastraron interminablemente a medida que el curso proseguía su camino sin finalidad. De naturaleza antisocial, Bush descubrió que la vida en el barracón no se le había hecho más placentera tras el tropiezo con Stanhope; más bien, al contrario, a causa del incidente, los Triperos lo convirtieron en su blanco favorito.

    —¡Eh, compañero! ¿No sabías que la carotina está en la zanahoria? —le preguntaban, con lerdo buen humor y nunca cansados de las respuestas obscenas de Bush.

    Hasta que, por fin, el último maniquí de paja fue apuñalado, la última ignorante charla acerca de cómo ver sin ser visto escuchada, el último kilómetro caminado. El Pelotón Diez desfiló para sus últimos ejercicios, y acto seguido vinieron las entrevistas personales a solas con dos oficiales en el miserable barracón donde habían tenido lugar las conferencias.

    Bush se encontró frente al capitán Howes, un hombre calvo, y el capitán Stanhope.

    —Puede sentarse —dijo Stanhope—. Le haremos una serie de preguntas, sólo para comprobar sus conocimientos y su rapidez de reacción. ¿Qué es lo que está mal en esta frase?: “La naturaleza y las leyes de la naturaleza estaban ocultas por la noche. Dios dijo: ‘Hágase Newton’, y la luz fue hecha”.
    —Es una cita exacta de algún poeta que… ¿Pope? Pero no es cierta. No existe Dios, y Newton no iluminó tanto como suponía su generación.
    —¿Qué está mal en la frase: “El régimen están equivocados persiguiendo a Silverstone”?
    —El sujeto en singular nunca puede ir seguido de un verbo en plural.

    Stanhope frunció el ceño.

    —¿Qué más?
    —No sé.
    —¿Por qué no?
    —¿Qué régimen? ¿Qué Silverstone? No sé.
    —La siguiente pregunta…

    Continuaron a través de un laberinto de trivialidades, con los dos capitanes turnándose en el interrogatorio, mirando a Bush sombríamente cuando le tocaba preguntar al otro. Finalmente la farsa terminó.

    El capitán Howes carraspeó y dijo:

    —Cadete Edward Bush, nos complace informarle que ha pasado usted su prueba. Le concedemos un coeficiente de un ochenta y nueve por ciento, con la mención de que posee usted una personalidad inestable particularmente dotada para el viaje mental. Esperamos enviarlo a una misión especial al pasado dentro de pocos días.
    —¿Qué tipo de misión?

    Howes rió sin demasiadas ganas. Era un hombre alto, bien parecido, y algo más controlado que Stanhope.

    —¡Vamos, ya tiene usted bastante por hoy! ¡Relájese, Bush! El curso ha terminado. El capitán Stanhope y yo lo veremos de nuevo mañana por la mañana, a las nueve y media, para darle la información. Hasta entonces, puede usted irse y celebrarlo —se inclinó y sacó una botella de un cajón del escritorio, que extendió solemnemente a Bush—. No imagine que el régimen no tiene tiempo para divertirse, Bush, o no aprecia las cosas buenas de la vida. Vaya a divertirse, y acepte este obsequio con las felicitaciones de los oficiales del curso.

    Una vez fuera del recinto, Bush se puso a examinar la botella con cierta curiosidad. Tenía una gran etiqueta a cuadros escoceses con el nombre: “Black Wombat Especial. Genuino Whisky de Arroz del Sur de la India. Elaborado en Madrás a partir de una Receta Prohibida”. Retiró la cápsula metálica y lo olisqueó cautelosamente. Se estremeció.

    Regresó al barracón dormitorio con la botella debajo de la túnica. Los Triperos en pleno estaban celebrando el final del curso bebiendo innobles bebidas resinosas en pequeños cubiletes. Acogieron a Bush con una ovación y alegres referencias a la arteria carótida. Dispuestos a empezar su nueva vida como miembros de la recién formada policía mental, trabajando de paisano, tenían una semana de permiso que empezaba al día siguiente. Juraban pasársela bebiendo.

    Bush les regaló el Whisky de la Receta Prohibida y al sentarse con ellos descubrió que el sargento Pond estaba allí. Pond, cuyas palabras más amables durante el último mes habían sido para maldecirlos y tratarlos de manada de camellos herniados. Pond, que les ladraba como un sabueso y los acosaba como un terrier.

    El sargento Pond apoyó un brazo en el hombro de Bush.

    —¡Habbéis sido mi mejorr pelotón, muchachozz! ¿Qué voy a hacerr yo sin vosotross? Otrra mierrda de reclutas, maññana…, que tendrré que limpiarrles los mocos todo el tiemmpo. ¡Vosotrros sois mis amiiigos! —chirriando los dientes, Pond echó algo de la Receta Prohibida sobre el líquido amarronado que flotaba en el cubilete de Bush—. Tú erres mi mejorr amigo, Bush —dijo; su maltratada voz, que irrumpía arrastrándose lentamente, se hizo apenas audible debido a que una banda de música empezó a tocar de pronto mientras algunos de los más brillantes o estúpidos de los allí reunidos empezaban a silbar y a gritar y llevar un ritmo dispar golpeando botes, platos de latón y otros instrumentos.

    Armándose de valor, Bush tomó un sorbo del Black Wombat y quedó instantáneamente tres cuartos de borracho.

    Cuatro horas más tarde, casi todos los hombres del barracón dormitorio estaban sumidos en un saturado sopor. Pond había desaparecido tambaleándose en la noche, y los miembros del pelotón habían caído en las camas o habían sido echados en ellas por algún compañero compasivo. Un hombre permanecía solo en el sitio más apartado del dormitorio, frente a una ventana abierta de par en par, agarrando todavía una botella y cantando una canción libertina.

    …pero la forma en que cogió al mayordomo
    fue la más obscena de todas.


    Finalmente llegaron el silencio y la oscuridad. Bush permanecía tendido en su cama, insomne bajo un sentimiento de terror ilusoriamente familiar.

    —No me estoy muriendo, ¿verdad? —murmuró; le parecía escuchar voces, como si alrededor de su cama hubiera cuatro hombres; dos con chaquetas blancas, dos con negras.

    Uno de los hombres decía:

    —No puede comprender nada de lo que le dices; se ha volcado completamente en sus propias necesidades. Se imagina que está en otro lugar, quizás en otro tiempo. ¿No es un comprometido insecto?

    La idea de insectos fue para Bush un impulso aguijoneante para que se incorporara. La lúgubre y fría sala llena de cuerpos insensibles se extendía en todas direcciones. Los cuatro hombres seguían de pie al lado de su cama. Complaciéndose en su fantasía, dijo:

    —¿Dónde creen que estoy, muchachos?
    —¡Tranquilo! —lo reprendió uno de los fantasmas—. Despertará a los otros en el pabellón… Sufre usted de anoxia, con las habituales alucinaciones.
    —Pero la ventana está abierta —protestó—. ¿Qué lugar es éste, por favor?
    —El Hospital Mental de Garfield. Nos estamos ocupando de usted…, creemos que es un huevo amniótico.
    —No les comprendo —dijo, y se dejó caer de nuevo, abrumado por sensaciones de embriaguez y futilidad. Esos hombres no podían hacer nada por él ni con él. En la almohada lo aguardaba un insondable pozo de sueño.

    A la mañana siguiente llegó a tiempo al barracón de lecciones, pese al estado de su cabeza. Howes y Stanhope llegaron a los pocos minutos. Iban vestidos de civil; el curso había terminado…, hasta que empezara el próximo. En el patio, el disperso Pelotón Diez erraba vestido con ropas poco familiares, preparándose remisamente para la vuelta a casa o al trabajo, gritándose las últimas obscenidades.

    Los oficiales se sentaron en el banco más cercano a Bush, y Stanhope empezó a hablar con un tono directo.

    —Sabemos que se sentirá honrado con la misión que el gobierno le ha encomendado. De todos modos, antes de decirle de qué se trata, creemos necesario darle alguna explicación general.

    Vivimos un tiempo de gran inseguridad, nacional e internacional, de lo que debe ser usted consciente. La nueva teoría del tiempo ha trastocado el statu quo. Es particularmente así en Occidente…, América y Europa, que por razones históricas siempre se han preocupado por todo lo relativo al tiempo. En Oriente, las cosas han seguido en buena parte como siempre. El concepto de duración significa otra cosa para los chinos o los indios que para nosotros.

    El general Peregrine Bolt ha tenido que intervenir y tomar el control debido a que este país nuestro estaba al borde de la ruina económica. Se necesitaba una mano fuerte durante un largo tiempo, hasta que nos ajustáramos a las nuevas condiciones. Mientras tanto, nos hallamos en la paradójica posición de tener que aceptar ayuda de Oriente.

    La dolorida cabeza de Bush lo incitó a decir:

    —De ahí el Black Wombat Especial, supongo —observó que Stanhope permanecía impasible en tanto Howes captaba la referencia.
    —Verá usted que es imperativo que no se produzcan nuevas rupturas capaces de trastocar el orden que estamos intentando edificar.
    —¿A qué tipo de rupturas se refiere?

    Stanhope pareció embarazado. Howes dijo:

    —A veces las ideas son peores que las revueltas armadas. Como intelectual, usted tendría que saberlo.
    —No soy un intelectual.
    —Lo siento. Suponga que surge ahora una nueva y conflictiva idea acerca de la naturaleza del tiempo. Podría enviarnos de vuelta a donde estábamos hace unos meses…

    La comprensión empezaba a abrirse camino en Bush. Aquellos dos hombres parecían tan inofensivos, tan marginales (y Stanhope no era en realidad demasiado brillante), pero estaban sentados allí como dos tíos perversos junto a la cabecera de un chico enfermo, contándole tétricos cuentos de hadas que podían revelar todo el secreto de… de los temores del régimen, y por consiguiente de Bolt; de las neurosis de la época. Fue algo en el rostro de Howes lo que suscitó esa sensación; estaba siendo tan franco como se atrevía, y al mismo tiempo ocultaba algo: el clásico dilema de un hombre inteligente en una sociedad totalitaria.

    Howes dijo a Bush:

    —Es una cuestión de tiempo, ya lo sabe usted. Todo lo que es el hombre, y todo lo que ha edificado, aunque, como dice el capitán Stanhope, eso es más cierto en Occidente que en Oriente, se funda en la idea de que el tiempo es mono direccional: como el fluir del agua a través de una esclusa, por poner un ejemplo. Pero ésta era una idea inventada por el hombre, y lo poco que sabía de la verdad lo mantuvo retenido en las oscuras profundidades de su ser, la submente, tal como la llamamos. Ocasionalmente, algunos atisbos de la verdad se abrían camino para aterrarlo. Experiencias pre cognitivas o sueños, percepciones extrasensoriales, la impresión del déjà vu, y así… Casi todo lo que podía ser descartado como magia o superstición eran filtraciones de ese tipo, y contradecían directamente la preciosa teoría del tiempo mono direccional. Por cuya razón todo el mundo se reía tan vehementemente de ellas…
    —¿Y cuál es su alternativa al tiempo mono direccional?
    —El tiempo co-continuo, Usted lo conoce, cree en él. Usted ha seguido la Disciplina Wenlock. Siendo lo que es el espacio-tiempo, pasado y presente están a la par en términos de energía. Imagine un mundo sin rasgos propios, sin día ni noche ni procesos orgánicos: no tendríamos en él base alguna para establecer ningún concepto del tiempo, ni siquiera uno tan incorrecto como el monodireccionalismo, debido a que no habría forma de establecer diferencias temporales desde un punto de vista humano. El error, el concepto mismo del flujo del tiempo, reside en la conciencia humana, no en el universo externo: ese credo es lo que origina que hablemos de viaje mental en lugar de viaje temporal, como algunos originalmente habrían preferido. Así es el descubrimiento de Wenlock y lo que nos da algo sobre lo cual trabajar. Cualquier otra teoría rival debe ser aplastada, en el caso de que amenace con devolvernos al caos.
    —Debo suponer entonces que existen teorías rivales —ya sabía lo que iba a seguir antes de que Stanhope le respondiera (era su campo, el mundo de la seguridad, mucho más simple que el reino de la especulación):
    —Usted sabe que existen teorías rivales… El renegado Silverstone, un antiguo colega de Wenlock, está divulgando peligrosos y falaces desatinos.
    —Herejías, ¿eh?
    —No se burle, Bush. No se trata de herejía sino de traición. Silverstone es culpable de traición por difundir ideas calculadas para trastocar la seguridad del Estado. Debe ser eliminado.

    Bush adivinó lo que venía a continuación. Los locos que lo habían visitado esa misma noche habrían podido adivinarlo. Por la propia naturaleza de su pensamiento, Silverstone debía ser un experto viajero mental. El régimen necesitaba otro tan bueno como él para extirparlo… Y ése era Bush.

    Howes debió haber leído la expresión de Bush, ya que dijo:

    —He ahí su misión, Bush, y espero que se muestre digno de tal honor. Tiene que perseguir a Silverstone y matarlo. Sabemos que está en algún lugar a lo largo del tiempo, probablemente bajo un nombre supuesto; le daremos toda la ayuda que necesite —abrió su cartera porta documentos con un chasquido, sacó un grueso legajo y se lo dio a Bush.
    —Tendrá usted cuarenta y ocho horas de permiso, y luego se le dará su equipo y se le pedirá que viaje mentalmente hasta que halle al traidor Silverstone. Nos ocuparemos de que a su padre no le falte nada; apreciará el Black Wombat. Usted estudiará estos documentos y se familiarizará con el caso Silverstone lo mejor que pueda… Y no tema, que nosotros no le infligiremos las traicioneras teorías de ese hombre.

    Captando una punta de ironía en la voz de Howes, Bush levantó la vista, pero viendo la impasibilidad con que el oficial permanecía, volvió a bajar los ojos hacia el dossier.

    En la cubierta había una fotografía de Silverstone, una de las pocas que se conocían. Mostraba a un hombre de largos cabellos blancos y descuidado bigote gris. Su nariz era larga y aguileña. Aunque en la foto los ojos eran serios y abstraídos, una semisonrisa vagaba por los labios. La última vez que Bush lo vio, llevaba los cabellos teñidos y más cortos, y se había afeitado el bigote; pero no tuvo ninguna dificultad en reconocer a Stein.

    —Veré lo que puedo hacer, caballeros —dijo—. Me gustará cumplir esta misión.

    Los capitanes se levantaron y le estrecharon la mano.


    8. Unas Palabras De William Wordsworth


    Un destartalado camión trasladó a Bush desde el cuartel hasta la casa de su padre. Llevaba junto a su equipaje media caja de Black Wombat Especial, señal de la gratitud gubernamental.

    Se detuvo en la acera a contemplar el camión hasta que se perdió de vista. La primavera había derivado en un polvoriento verano, y el camión era apenas capaz de abrirse camino a través del polvo. Si no se organizaban de nuevo los servicios municipales, la calle terminaría finalmente obstruida. Los hierbajos y los cardos crecían en los bordes. En el jardín del dentista, los tocones de los cerezos desaparecían bajo el profuso perejil silvestre y las ortigas…, como indicadores de un cambio monodireccional.

    Bush permaneció un rato ante la puerta, saboreando el sentirse lejos de la horrible vida del Pelotón Diez. Era casi como haber escapado de una camisa de fuerza. No podía entrar todavía en la pequeña casa; parecía demasiado restrictiva, y necesitaba tiempo para respirar. Necesitaba tiempo para respirar… Se echó a reír, pensando en un móvil que podía construir con relucientes fragmentos de metal que representarían minutos y segundos aspirados a través de un par de jaulas para pájaros. Era algo sencillo en lo que podría trabajar hasta que se hubiera recuperado.

    Después de ocultar la caja de whisky entre el perejil silvestre, echó a andar calle abajo en la misma dirección que había tomado el camión. No se veía a nadie. Era como si faltara color en la escena. Pensó en el sexo. Trató de recordar a la señora Annivale y a Ann, pero apenas le fue posible evocar sus rostros. Tanto y de tal modo se había arrastrado el último mes que en su cuerpo ya no quedaban pulsiones sexuales; ni siquiera el recuerdo de una pierna y un muslo acogedoramente doblados lograron atormentarlo… Interpretaba la locura de la disciplina militar como un síntoma de que la humanidad estaba profundamente enferma; ¿cómo, si no, las generaciones habrían tolerado aquella aniquilación de la voluntad individual? En ese momento experimentaba una de las consecuencias de ese severo sistema monástico.

    Se paseó por las calles transversales, descubrió un viejo estanque al final de una de ellas y se maravilló de no recordarlo. Permaneció un rato contemplando los lodosos bajíos repletos de desechos, botas sumergidas y ruedas y latas…

    Unas voces llegaron a sus oídos. Junto al estanque se levantaba un edificio en ruinas; las voces parecían partir de allí. Se quedó a escuchar y pronto captó el nombre de Bolt.

    —Sería mejor que intensificáramos el tratamiento, ¿no?
    —¡…antes de que lo haga Bolt!
    —Cuanto antes. Esta misma tarde, si conseguimos hacer pasar el mensaje; lo único que nos tiene detenidos es la falta de libras, chelines y peniques. Yo me encargaré del contacto.

    Mencionaron otro nombre. ¿Traición? O quizá dijeran Gleason.

    Bush se acercó cautelosamente al edificio en ruinas y miró a través de una sucia ventana. En la penumbra, dos negros estaban hablando con dos hombres blancos. De pronto se sintió tremendamente asustado de que ellos lo descubrieran y atraparan. Se alejó lentamente de las inmediaciones del estanque, echó a correr, y no se detuvo hasta que llegó jadeante frente a la casa del dentista. Ya no se sentía tan seguro de haber visto realmente lo que creyó haber visto… Tal vez sus nervios le hubieran jugado una mala pasada. La muerte de su madre lo tenía un poco trastornado, necesitaba irse de allí.

    Tomó su equipaje y la caja de whisky y entró apresuradamente en la casa.

    James Bush descorchó una botella del whisky indio, echó un poco para la señora Annivale, para Ted y para sí, y escuchó de malhumor lo que Bush decía sobre la nueva vida de acción que estaba a punto de emprender. Le habían dado instrucciones de no mencionar a Silverstone. Les explicó que iba a patrullar el pasado, proclamó que sus días de ocio habían terminado y que a partir de entonces iba a convertirse en un hombre de acción. Se sintió enormemente excitado, lo cual se expresaba con los gestos amplios de sus brazos.

    —¡Lo han conseguido contigo! —exclamó el viejo Bush—. ¡Sólo un mes, y lo han conseguido! Te han afeitado la cabeza y al mismo tiempo te han llevado la inteligencia. ¿Qué es lo que eres? ¡Hablas de acción…! ¡La acción no es nada, puah!
    —¡Tú preferirías emborracharte a muerte antes de actuar!
    —¡Sí, pero, de ser posible, no con ese estiércol indio! Lástima que seas un analfabeto…, de otro modo recordarías lo que decía Wordsworth.
    —¡Al diablo con tu maldito Wordsworth!
    —¡Te contaré lo que dijo ese maldito Wordsworth!
    —¡No me interesa saber lo que dijo!
    —¡Te lo diré igualmente! —papá Bush se puso en pie y empezó a gritar a su hijo, que se levantó de un salto y lo agarró por las muñecas.

    Ambos permanecieron de pie, mirándose fijamente mientras el viejo recitaba:

    La acción es transitoria; un paso, un soplo…
    el movimiento de un músculo de un lado a otro
    ya está hecho,
    y en el vacío subsiguiente, nos preguntamos
    como hombres traicionados…
    El sufrimiento es permanente, oscuro, tenebroso.
    Y encubre la naturaleza del infinito.


    —¿Qué te parece? A ver…
    —¡Malditas estupideces monodireccionales! —Bush apartó a su padre y salió tambaleándose de la habitación. Los iba a engañar… No se daban cuenta de que todo lo ocurrido formaba parte de la propia existencia de un artista. Wordsworth debió haber tenido sin embargo el suficiente buen sentido como para reconocer su propio error: la acción estaba hecha tanto de sufrimiento como de inacción.

    En la inacción de los dos días que siguieron descubrió otro acicate para sufrir. Pensó que se había dejado llevar por el curso de los acontecimientos no sólo porque podían serles favorables sino también porque procediendo así conseguía algo de seguridad para su padre. Pero si el patronazgo del gobierno no cubría más que el whisky, no estaba haciendo mucho por ayudarle; de hecho, lo estaba empujando por una vertiginosa pendiente.

    Fue mientras el viejo Bush daba cuenta de la segunda botella de Black Wombat que conectaron la televisión; la imagen de un apacible campo llenó la esfera, y sobreimpreso se leía: “En pocos momentos más, un anuncio importante”. De fondo sonaba una banda militar.

    —¡Traición! —exclamó Bush, y se puso de rodillas a trastear en los controles.

    Apareció un hombre con dos cabezas…, pero inmediatamente se fundieron en una sola, obedientes al mando de Bush. La cabeza dijo:

    —A resultas de los graves disturbios registrados en todo el país durante la pasada noche, ha sido puesta en vigor la Ley Marcial en todas las grandes ciudades. El pretendido ‘gobierno’ del general Bolt ha probado su inefectividad. En la mañana de hoy, militantes del partido de Acción Popular tomaron el cuartel general del gobierno tras una acción militar limitada. El bienestar del país es desde entonces responsabilidad del almirante Gleason, quien ejercerá el mando total sobre el gobierno y las fuerzas armadas hasta la restauración de los procedimientos gubernativos normales. El almirante Gleason hablará ahora a la nación. ¡Almirante Gleason!

    Sobre un fondo de tambores, la imagen cambió a una habitación en la que un hombre corpulento vestido con uniforme militar, de pie tras un escritorio, enfrentaba la cámara. El enfoque fue concentrándose hasta que la imagen se completó con el busto del militar: cabeza y hombros. Tenía un rostro duro e inflexible, y su expresión no se alteró durante su breve discurso. Su amplia y prominente mandíbula contenía las frases que fueron surgiendo de su boca. El tono hizo recordar a Bush los gruñidos del sargento Pond.

    —Vivimos en un incierto tiempo de transición. Todos nosotros debemos aceptar severas restricciones si queremos superar estos años críticos. Acción Popular, el partido que represento, ha actuado para garantizar que la nación emerja victoriosamente de sus problemas. El corrompido régimen que hemos derribado nos ocultaba hasta qué punto está llegando la bancarrota. El general Bolt fue un traidor. Tenemos pruebas documentales de que estaba a punto de huir a la India, llevándose con él lingotes y tesoros artísticos ilegalmente adquiridos. Fue un penoso deber para mí haber asistido ayer por la tarde a la ejecución del general Bolt, efectuada con plena legalidad en beneficio del pueblo de esta nación.

    Pido a cada uno de vosotros que me brinde toda su cooperación. Acción Popular es el partido del pueblo, pero Acción Popular no puede tolerar ninguna actividad imprudente por parte del pueblo en estos graves tiempos. Los traidores que apoyaron a Bolt serán detenidos a objeto de que sean juzgados en los próximos días; os rogamos que colaboréis en su arresto. No me andaré con rodeos. Debo deciros que tenemos enemigos fuera del país que se sentirían felices de tomar ventaja sobre nosotros en estos tiempos de inseguridad. Cuanto antes podamos eliminar a los enemigos que están dentro de nuestras fronteras, más pronto seremos capaces de imponer una paz fuerte, nacional e internacionalmente.

    Que nuestro lema sea ‘Unión a través de la Acción’. Unidos, saldremos triunfantes de todas nuestras penurias.

    Las palabras finales desencadenaron de nuevo el redoble de los tambores. Gleason siguió mirando fijamente a la cámara, sin pestañear, hasta que la imagen desapareció y James Bush se inclinó sobre el hombro de su hijo y desconectó la esfera.

    —Suena como si fuera a ser peor que Bolt —dijo sombríamente la señora Annivale.
    —Bolt era uno de los moderados —dijo James—. ¡Pondrá fuera de combate a todos esos viajeros mentales…, ya lo veréis! —pronunció aquella advertencia con una especie de tono malsano que instantáneamente ofendió a Ted.
    —¡Entonces, esperemos que esa Acción sea transitoria, papá, como proclama tu viejo poeta!

    La atmósfera de la casa era demasiado agobiante; el estudio de Bush seguía siendo un revoltijo desde que lo hubo devastado. Con la cabeza pesada por la bebida, salió a dar un paseo sin rumbo concreto. Cualquiera que fuese el líder de las hormigas, su trabajo seguiría siendo matar a Silverstone…, a menos que Howes y Stanhope le dieran nuevas órdenes. Con la mente en blanco, sus pasos lo llevaron hasta el estanque de encharcadas aguas. El edificio en ruinas se veía tranquilo y siniestro; ¿realmente había sido el complot del asesinato de Bolt lo que oyó de aquellos cuatro hombres, o sólo había sido una extraña especie de precognición?

    Calmado, Bush se quedó un rato junto a la maloliente orilla, contemplando un par de ranas que chapoteaban saliendo del agua de un modo que le recordó a los peces pulmonados del devoniano. Construyó mentalmente gigantescos móviles escenográficos CEC con enormes títulos como ‘El curso de la evolución’, en los cuales las aletas se agitaban y se transformaban en piernas que se convertían en alas que se convertían en olas que se convertían en aletas…

    Su propia misteriosa y probablemente cíclica evolución mental abordó a su debido tiempo una nueva fase. El camión había venido a buscarlo; su permiso había terminado. Dijo adiós a su padre y a la señora Annivale y subió al vehículo. Pero todo aquello era distante. También ellos habrían podido ser apenas huellas en un estrato de comprimida luz solar. Tenía la impresión de estar cayendo en las primeras etapas del estado hipnagógico que la disciplina Wenlock requería.

    Y en la extraña y brutal miseria del acuartelamiento estaba aún mucho más remoto.

    Cuando penetraron en el familiar patio y la barrera descendió tras ellos, Bush vio que había allí oscuras siluetas del futuro. El lugar era vigilado; se preguntó si estarían aguardando el hundimiento o la aclamación del nuevo régimen.

    Saltó del camión y se quedó un rato observando desfilar un pelotón. Era una de las nuevas unidades, formada apenas dos días atrás, y que todavía tenía que aprender los secretos del movimiento en formación. El sargento Pond, con su más rugiente y maldiciente voz, intimidaba a conciencia a sus reclutas en un honesto intento de transformarlos en autómatas. Bolt, Gleason o cualquier otro eran lo mismo para Pond, escudado en su propio cuadrilátero de tiranía.

    El pelotón se detuvo desordenadamente a una orden de Pond. A uno de los reclutas se le cayó la gorra al suelo; Bush lo miró detenidamente y creyó reconocer ese despreciable rostro. Las probabilidades de que fuera no eran muchas —con la cabeza afeitada era difícil asegurarlo—, pero después de todo el régimen estaba rastreando las profundidades del pasado… A buen seguro era Lenny, sudoroso en el nuevo pelotón de Pond.

    Cuando Bush se presentó ante Howes, le señaló el hecho. El capitán asintió, ladró una orden a un cabo, y cinco minutos después Lenny estaba rígidamente de pie delante de ellos en su versión particular de firmes, las mejillas profundamente hundidas, la mirada yendo ansiosamente de Howes a Bush alternadamente.

    Unos patrulleros de civil lo habían capturado en los comienzos del jurásico ‘causando disturbios’, y lo trajeron de vuelta al presente. El resto de la pandilla había escapado.

    Lenny negó saber nada acerca de Stein. Howes llamó a Stanhope, ya que se trataba de un asunto de seguridad. Los dos capitanes, Bush, Lenny y su escolta, recorrieron el pasillo hasta una pequeña habitación vacía. El recluta empezó a gritar desde el mismo momento en que entró. Las paredes y el suelo estaban manchados con sangre, y en un rincón había unos palos de golf retorcidos. Howes se disculpó y se fue. La escolta montó guardia fuera.

    La boca de Stanhope se curvó en un rictus horripilante. Tomó uno de los palos y le mostró a Bush cómo utilizarlo. Lenny gruñó y cayó al suelo. Bush tomó el palo, húmedo allí donde Stanhope lo había cogido. Lo hizo descender en un golpe brutal sobre las costillas de Lenny. Era fácil… ¡Y agradable! ¡Acción!

    Más tarde se consideró a sí mismo como un hombre traicionado. Lenny no les dijo nada, excepto la reiteración de que se había peleado con Stein y que el viejo se había apartado de ellos; perdió una buena cantidad de sangre, pero no les dijo nada.

    Después de lavarse y tomar en solitario una excelente comida, Bush pasó a equiparse para su misión de asesinato. Le proporcionaron un resistente atuendo de una sola pieza y una mochila. Tanto la ropa, repleta de profundas bolsas y bolsillos, como la mochila, contenían multitudes de cosas que podría necesitar en el viaje, incluso una pistola de rayos capaz de matar a cuatrocientos metros (la mayor distancia a que se suponía que alcanzaría a ver a su presa en viaje mental), una pistola de gas y dos cuchillos; uno enfundado en su cinturón, otro asomando de la punta de su bota derecha. Iba cargado con píldoras de vitaminas, de estimulantes, y agua concentrada, y equipado con un filtraire último modelo.

    Una ansiedad nerviosa se apoderó de él cuando le ordenaron presentarse ante el coronel que estaba al mando del cuartel. Con todo el equipo a sus pies, permaneció un rato ante la puerta de la oficina del oficial, aguardando la orden de entrar. Transcurrieron cincuenta minutos antes de que un sargento lo introdujera.

    El coronel era un hombre pequeño de ademanes suaves, sepultado bajo un enorme montón de órdenes emanadas del nuevo régimen de Acción Popular. Seguramente había quedado libre de toda acusación de ser hombre de Bolt…, de lo contrario no estaría allí.

    Nada fundamentado dijo a Bush, y lo poco que expuso fue más bien con torpeza, forcejeando miserablemente con los papeles mientras hablaba. Al concluir, dijo:

    —El almirante Gleason aprecia a los hombres que hacen bien las cosas. Silverstone es un enemigo del Estado porque sus enseñanzas podrían traer confusión a todos nosotros… Bueno, a nosotros no…, a nuestros hermanos más débiles. Digamos que podría tornar confusa la salida de la actual situación. Si usted consigue encontrar a Silverstone y eliminarlo, su nombre llegará hasta el almirante; yo me encargaré de ello. No se considere un asesino; piense que es un ejecutor en misión de Estado. Puede retirarse.

    El mismo destartalado camión que había traído a Bush lo aguardaba para conducirlo hasta la estación mental. ¡Pronto podría escapar! Mientras colocaba su equipo en la parte trasera del vehículo, apareció el capitán Howes. Miró a Bush con repugnancia. Bush recordó haberle visto la misma expresión cuando el capitán abandonó la sala de torturas.

    —¿Se cree usted capaz de matar a Silverstone? —preguntó.

    Bush sintió la necesidad de ser franco con aquel hombre, de mostrarse abierto y expansivo. Pero no pudo conseguirlo; se sentía cerrado incluso consigo mismo.

    —Sí.
    —Procure hacerlo entonces. Muchas cosas dependen de usted.
    —Sí —la afirmación define mucho más que la negación.

    Subió al camión. Mientras se levantaba la barrera pudo ver que Pond estaba dando un paso ligero a su pelotón a través de las sombras del futuro.

    En la estación mental volvió a ser otra persona. Entregado a manos de cirujanos y enfermeras, era allí un singular paciente.

    Tomaron un cuidado especial con Bush. Ellos también habían recibido órdenes. Lo pertrecharon con dosis suplementarias de CSD… Bush observó cambios en el diseño de la droga, que en esa ocasión era cristalina. Fue instalado en un cubículo especial (de tal modo que jamás podría volver a su propio tiempo sin ser detectado y llevado a rendir su informe). Una enfermera con una sonrisa aséptica y por completo ajena a la lujuria tomó la reglamentaria cantidad de su sangre, y le rebanó diestramente un poco de tejido de la tetilla izquierda. Estaba bajo la acción de un sedante ligero, recitando unos pocos fragmentos de la disciplina, acurrucado en posición fetal.

    Tomó la droga.

    Y volvió a ser otro; ni muerto ni vivo sino en un estado en el que, al no haber allí ningún cambio, tampoco había tiempo. Su mente se estaba abriendo, haciendo que las puertas que habían permanecido selladas para la humanidad por un millón de años se abrieran y dejaran pasar una parte del universo. Puesto que era ésa la salud mental, se sentía feliz. Los palos de golf se alejaron flotando, y también dejó que se deslizaran una pierna curvándose, una botella con una etiqueta a cuadros escoceses… Era el universo lo que deseaba, y no sus minucias. Era libre.

    Libre, pero no carente de objetivo. La droga y la disciplina estaban actuando conjuntamente, con un sentido de la dirección que surgía de él como una llamada divina. Trabajaba del modo como lo haría un submarinista que, posado en el borde de la plataforma continental, se sintiera atraído por el abismo abierto ante él, fuera del alcance de cualquier auxilio; Bush se sentía atraído hacia abajo por la vasta ladera de la entropía que podía conducirlo a… quién sabía dónde ni cuándo, pero lejos del criptozoico desprovisto de aire, si no luchaba. Forcejeó en su camino ladera arriba, nadando, pateando, orientándose. El medio lo empujaba hacia abajo pero él se debatía. Hasta que el agotamiento lo venció y tuvo la seguridad de que volvería a caer.

    Entonces emergió en la superficie.



    Libro Segundo
    1. El Otro Jardín


    Las casas trepaban por la colina a ambos lados de la arenosa carretera. Eran pequeñas, generalmente de sólo dos exiguas habitaciones en la parte alta, apretadas bajo el techo de pizarra; pero estaban sólidamente construidas de piedra, y confortablemente apretujadas en la ladera de la colina como para protegerse un poco de los fríos vientos del este. Cada casa poseía su propio jardincillo trasero, que en las proximidades de la cresta de la colina era tan inclinado que casi era posible desbrozarlo desde la ventana del piso superior.

    En la cresta de la colina, al llegar a la última casita de piedra, el paisaje se allanaba, extendiéndose hasta perderse de vista bajo el amplio cielo, y revelando claramente que su verdadera naturaleza era la del páramo indómito. Andando cerca de aquella última casa, que había sido convertida parcialmente en una pequeña tienda de comestibles, Bush pudo mirar hacia abajo el pequeño pueblo que aún lo sorprendía. Lo veía casi totalmente desde allí; para verlo todo, simplemente tenía que darse la vuelta. Porque allí donde terminaban las casas empezaba otro tipo de casas.

    Esas otras casas, que difícilmente parecerían formar parte del pueblo, estaban edificadas en pequeñas y miserables terrazas, unas frente a otras. Eran de ladrillo y se extendían en una línea irregular, desafiando el perfil del terreno, como bloques que un chico hubiera dispuesto geométricamente sobre su cama de enfermo. Desde ninguna de esas casas era posible ver otra cosa que no fuera el amarronado páramo y el cielo, que en aquella época del año descargaba frecuentes lluvias que barrían las deterioradas calles sin desagües; el resto del pueblo quedaba oculto para ellas por el arco de la colina; ni siquiera la tienda de comestibles, cuyo techo sobrepasaba el arco, podía ser vista desde la última casa de la terraza; sus ocupantes no gozaban del privilegio de contar con ventanas que dieran hacia ese lado.

    Bush se quedó observando la escena bajo el chaparrón. Sabía muy bien que los habitantes de aquel melancólico lugar debían tener algún tipo de problema, tanto como él los tenía, pero aún era incapaz de descubrir su naturaleza. La lluvia no lo tocaba; estaba en viaje mental; excepto en un sentido emocional, no había ninguna posibilidad de que esa zona desconocida de la historia de la Tierra y él entraran en contacto. Y parecía ser desconocida… Ninguna sombra del futuro se movía por allí, no había edificios fantasmas; el jurásico hacía que ese lugar pareciera desierto, remoto a las empresas del mundo del espaciotiempo. Se había sentido tan determinado a escapar del régimen de Acción Popular que había viajado mentalmente hasta un período relativamente reciente de la historia humana. ¡Y había sido casi sencillo!

    La lluvia amainó con el crepúsculo, que parecía extenderse sobre el paisaje como una cortina que recoge en su brumoso seno los insignificantes obstáculos del terreno. Las casas luchaban débilmente contra ese proceso de digestión poniendo unas pocas luces en sus ventanas cuando el oscurecimiento era ya casi completo. Había algunas excepciones, principalmente al fondo de la colina. En esa dirección avanzó Bush.

    En la parte baja de la colina, del lado de las casas de piedra, había uno o dos edificios de mayor envergadura, también construidos de piedra, algunas tiendas y una iglesia. Luego venía un paso a nivel, con una sucia y vetusta estación de ferrocarril de las que Bush no había conocido. Los rieles principales se dirigían hacia un conglomerado de edificios grandes y parduscos levantados en los confines del pueblo. A la luz del día Bush había podido ver que esos edificios estaban coronados por una enorme rueda inmóvil erigida en lo más alto de una torre de madera.

    En la oscuridad era posible distinguir dos o tres luces entre la maraña de edificios ferroviarios; dispersas en las inmediaciones brillaban unas pocas linternas rojas. En ese momento no se alcanzaba a ver la menor huella del par de rieles que partía de todo aquel conjunto y avanzaba sobre un pedregoso camino hasta donde el valle terminaba y más allá de los enormes hombros del terreno. Ni una sola luz, tampoco, que revelara la muerta masa de edificios del otro lado del paso a nivel.

    La mayor parte de la vida del lugar se concentraba en el interior y en los alrededores de una casa de bebidas, a media docena de puertas de la iglesia, colina arriba, y cuyo desgastado escalón frontal quedaba aproximadamente al mismo nivel que el canalón que circundaba el tejado de la iglesia. El único signo de función allí era un pequeño letrero sobre el porche, en la pared exterior, que decía: Posada de la Fragua - Cervezas. Llevaba mucho tiempo en ese mismo lugar y permanecería aún mucho allí, ya que hasta Bush en viaje mental fue incapaz de atravesar sus paredes… Tuvo que entrar por la puerta, como un cliente cualquiera.

    Había poca animación y luz en el interior de la Posada de la Fragua. En la única sala, los hombres estaban sentados en bancos, con sus botas firmemente plantadas en el suelo cubierto de serrín. Varios fumaban cigarrillos, unos pocos bebían. Todos iban vestidos de la misma forma, con ropas oscuras y delgados abrigos abotonados hasta el cuello aun dentro del local, y gorros de paño en la cabeza. Incluso se veían como parecidos, con los rostros finamente erosionados, los gestos agudos pero desconfiados.

    Uno de los que bebían lo hacía solo, ocupando su asiento ante una mesa pequeña. Los demás lo saludaban al entrar o salir, pero ninguno se sentaba con él. Vestía de la misma forma pobre que ellos, pero el rostro era más redondo y posiblemente más colorido. Fue en él que Bush concentró su atención, pues creía que llevaba su propio nombre: Bush.

    Cuando el hombre terminó su bebida, miró en derredor como esperando hallar algún tipo de diversión, y al no hallar ninguna, se levantó, alcanzó su vaso vacío al camarero y dirigió un saludo general de buenas noches. Pareció recibir un murmurado ‘buenas noches’ colectivo como respuesta, pero Bush, desde su aislamiento, no percibió sonido alguno.

    Bush salió tras su presunto homónimo. El hombre se levantó el cuello del abrigo y se lo apretó contra el rostro, encorvó los hombros y echó a andar colina arriba. Bush reparó en que el suelo sobre el que caminaba era prácticamente lo mismo que la calle…, tanto tiempo establecida en el mismo lugar.

    En la cresta de la colina, el hombre se detuvo junto a la pequeña tienda de comestibles y la rodeó hacia la parte trasera. Invisible para él, intangible, la modesta tienda estaba plantada en el jardín trasero, entre la maleza y los troncos de col. Llamó a la puerta trasera y entró. Bush se deslizó tras él.

    Cuando estuvo deambulando aturdidamente por el pueblo la primera vez había observado que había un letrero colgando del escaparate de la tienda de comestibles…, una simple ventana de la casa cuya conversión al comercio había sido efectuada retirando las cortinas y colocando una pila de pastillas de jabón rojo y un montón de latas de corned-beef, y la inspección de las amarillentas letras le había indicado: ‘Amy Bush, Comestibles, etc.’ Aunque era incapaz de determinar por qué las corrientes instintivas del viaje mental lo habían dirigido hasta allí, creía que su homónimo podía proporcionarle algún indicio. Por supuesto, se preguntaba si esos Bush podían contarse entre sus antepasados.

    La habitación en la que entraron estaba atestada hasta la locura. Tres niños pequeños de diversas edades correteaban y brincaban por todos lados, gritando… Pero ningún decibelio llegaba a oídos de Bush a través del muro de la entropía. El más pequeño de los chicos, que era también el más pálido y enjuto (parecía que los huesos estaban a punto de brotarle dolorosamente por todo su cuerpo), estaba desnudo e iba mojado; resistía los intentos de una hermana mayor de capturarlo y devolverlo a una gran bañera metálica, correteando alocadamente de un lado a otro de la habitación. Sus carreras lo hicieron entrar en colisión con una mujer en zapatillas entrada en carnes, que estaba lavando un vestido en un fregadero de piedra, y con una mujer de edad, evidentemente la abuela de la familia, que permanecía sentada con una manta sobre las rodillas en un rincón de la habitación, rumiando su dentadura postiza.

    El hombre al que había seguido Bush colina arriba sacudió los brazos y pareció gritar salvajemente. El chiquillo enjuto se volvió hacia su hermana, que lo metió inmediatamente en la bañera mientras los hermanos mayores se arrojaban sobre algunas cajas de embalaje de madera que oficiaban de banco a lo largo de la pared detrás de la puerta interior, y se hundieron en la apatía. La mujer metida en carnes de la fregadera se volvió hacia el hombre para mostrarle lo raída y remendada que estaba la camisa que restregaba, y ese movimiento le permitió a Bush ver que estaba en avanzada gravidez.

    Bush era incapaz de estimar la edad de la hija; podía estar entre los quince y los diecinueve años; su silueta estaba en desarrollo y su cabello era hermoso. Pero los dientes no eran buenos, y un aire apagado añadía a su actitud y expresión el recuerdo para Bush desagradable de los pocos años que la separaban de la vieja que rumiaba en el rincón. No obstante, ella sonrió a su hermano mientras lo frotaba, lo secaba cuidadosamente y por último, con una ayuda marginal de su padre, enviaba a los tres niños a la cama.

    Los arreglos para dormir eran de lo más pobres. El menor de los chicos dormía con sus padres en una cama doble, a cuyo lado una colchoneta acomodaba a los otros dos pequeños. Eso era en la más amplia de las dos exiguas habitaciones bajo el tejado. En la más pequeña apenas había espacio para la única cama en que dormían la hija con su abuela.

    El hombre vació la bañera en el jardín. Cuando su hija regresó de las habitaciones, la sentó cariñosamente en sus rodillas y trabajó sobre la mesa con algunas cuentas, para las cuales vino finalmente a ayudarle su mujer. La hija se contentaba con pasar un brazo alrededor del cuello de su padre, con la mejilla apoyada en la cabeza del hombre.

    Esa era la familia Bush. En los días y semanas que siguieron, Bush llegó a conocer bien a sus homónimos. Aprendió lentamente sus nombres. La madre encinta, que cuidaba de la tienda, se llamaba Amy, tal como declaraba el cartel en el escaparate. Cuando la vieja abuela bajó renqueando colina abajo hasta la oficina postal, Bush leyó en su cartilla de pensionista que su nombre era Alice Bush, viuda. Y cuando su homónimo se puso a la cola del desempleo y presentó sus cupones para ser estampillados, el espectral Bush que observaba por encima de su hombro descubrió que era Herbert William Bush. El nombre de la chica era Joan. Los dos muchachos mayores eran Derek y Tommy. Bush nunca pudo descubrir el nombre del pequeño.

    Pronto supo que el pueblo se llamaba Breedale. Un periódico de Darlington, revoloteando caprichosamente colina abajo a impulsos del viento, le proporcionó la fecha: marzo de 1930. Había viajado mentalmente a ciento sesenta y dos años del tiempo al que era cómodo considerar como ‘presente’. Allí era poco probable encontrar a Silverstone, e igualmente ser descubierto por los agentes de Gleason, suponiendo que lo buscaran. Así que estaba seguro allí…, pero volvió a preguntarse qué sistema de orientación lo habría traído. Aquel era para él el aspecto más desconcertante del viaje mental; algo equivalente al instinto migratorio de los pájaros lo había llevado hasta 1930, y él seguía absolutamente ignorante acerca de su función.

    Su principal preocupación no era sin embargo ni su finalidad ni su seguridad, sino algo sobre lo que volvía continuamente sin que Bush fuera capaz de abarcarlo. Esa preocupación era como un remolino en una corriente, en la que todo lo que pasaba era atraído y finalmente atrapado. Indiferente a lo que pasara, a la escena de Breedale en la que se mezclara, su atención volvía una y otra vez a la brutalidad con que había golpeado a Lenny con el palo de golf. Aquella habitación blanca en el acuartelamiento estaba siempre con él. Veía la elevada ventana cegada, oía el crujido del impacto que hacía el extremo metálico contra la caja torácica, veía la sangre empapar el suelo. Para su víctima aquello no era nuevo… Ann había dicho que “su viejo le pegaba todo el tiempo”. Recordaba la sobreexcitación expresada por el rostro de Stanhope, así como la mirada de desdén de Howes cuando se marchó, en la puerta de la sala de torturas. Sabía que se había degradado; pese a que nunca había pensado en términos teológicos, se veía a sí mismo como un ser en pecado. Breedale era un autoexilio. Bush permaneció en ese estado durante las siguientes semanas. Era como un mal gusto en la boca. Habría sido un desterrado en Breedale por esa causa, incluso sin el aislamiento de la entropía.

    No hizo intento alguno por redimirse de su propia bestialidad. Era como algo tangible, podía llevarla consigo como si fuera una joroba y sentirse satisfecho de que representara una carga. Lo que había hecho había sido el peor acto de su vida. Y prefería, en su actual disposición autocondenatoria, contemplarlo como el clímax de su vida antes que como la aberración subsiguiente a su entrenamiento militar…, como algo que realmente merecía el día de exilio en el jardín, cuando el atizador al rojo se había elevado sobre él y su madre le había probado que no lo amaba. Aquel castigo convenía a este crimen. ¡Era típico que el orden se hubiera visto invertido, como si simbólicamente viviera su vida al revés, con el espíritu aturdido de principio a fin! En su tienda en el jardín de 1930, a veces intentó llorar; pero la impresión de que ofrecer cualquier síntoma de debilidad sonaría falso en alguien que había golpeado tan alegremente a su víctima retenía las lágrimas, dejaba sus ojos secos y duros como el cristal.

    Frente a esos cristales, los habitantes de Breedale representaban sus propios dramas particulares. Bush pensó que era bueno ver tan sólo la parte externa de ellos.

    Por algún tiempo, curiosamente, Bush se sintió desconcertado con la forma de vida de aquella gente; parecían tan divorciados de la realidad como lo estaba él. Obtuvo su respuesta como con el paro, a fragmentos. Sólo después de haber vagado sin rumbo por el pueblo durante varios días descubrió la función de la tétrica colección de edificios del otro lado de las líneas ferroviarias. Fue una revelación darse cuenta de que se trataba de una mina de carbón. En sus propios días, las minas de carbón aún operaban en varios rincones del mundo, pero ofrecían muy poca semejanza con ese crudo lugar.

    Había un camino que conducía a la parte trasera de la mina. Un día, a la llegada de la primavera, Bush siguió a la joven Joan por él. Un muchacho iba con ella, un joven casi tan pálido como ella misma, que le tomó la mano cuando estuvieron fuera de vista de la estación de ferrocarril. Anduvieron más allá de la solitaria y silenciosa mina, donde nadie entraba ni salía, y donde alrededor de la entrada principal, unos pocos gorriones se disputaban los materiales para construir sus nidos.

    El camino conducía hasta un río; el paisaje se volvía hermoso. Allí crecían árboles que exhibían sus más verdes hojas, y uno de ellos dejaba caer sus ramas por encima de un puente de piedra, grisáceo, que conducía hasta la acogedora orilla del otro lado. En ese lugar Joan dejó que el muchacho la besara. Permanecieron inmóviles durante un momento, mirándose a lo más profundo de los ojos con esperanza y amor. Bush pensó en el pérmico con hambrienta añoranza; los primeros anfibios reptaban por allá como cosas heridas, tan liberados del amor y de la esperanza y del dolor que obstaculizaban los siglos de humanidad.

    Intimidados por su propia audacia, los jóvenes siguieron andando. Hablaban animadamente; su observador se sentía feliz de no oír lo que decían. El camino conducía a un muro de piedra a lo largo del cual serpenteaba a continuación. Joan y el muchacho se detuvieron allí, apoyándose en el muro y sonriéndose mutuamente. Tras cinco minutos, dieron media vuelta y regresaron por donde habían venido. Bush se quedó quieto; no quería verlos besarse de nuevo, como si los besos fueran promesas de oro. Al fin y al cabo, había alcanzado una edad en la que las certidumbres de la juventud lo habían abandonado.

    Miró por encima del muro de piedra hacia una hermosa casa circundada por un parque y un jardín, bien situada en el valle. El muro llevaba tanto tiempo en su sitio que tuvo que saltarlo para entrar en la propiedad. Anduvo entre amplios y bien cuidados huertos y llegó a la parte trasera de la casa.

    Así fue como conoció la heredad local, y descubrió a la familia Winslade, sus moradores, que en ese período de su historia era casi tan discreta en su clase como los habitantes del pueblo. Errando como un fantasma en la magnífica casa, fue llegando a la conclusión de que ellos eran los propietarios de la mina. La novedad chocó con su sentido común, pues no estaba muy fuerte en historia humana y no podía comprender cómo un solo hombre o familia podía poseer un producto de la Tierra tan natural como el carbón.

    Los días fueron transcurriendo. Atormentado por la culpabilidad, Bush necesitó un tiempo para comprender que todo el vecindario estaba paralizado por una larga huelga. El óxido en el candado de la entrada principal de la mina era un símbolo de la parálisis general. Aunque la vida continuaba —y la protuberancia bajo el mandil de Amy Bush se hacía más pronunciada y los vientos en el páramo se calmaban—, los asuntos de los hombres estaban en un completo punto muerto. Bush creía saber ya porqué había llegado allí; se trataba de un caso de empatía.

    Se instaló en el jardín trasero de la tienda de comestibles; vivía frugalmente de los alimentos concentrados especiales que le habían proporcionado. La maleza, insensible a la ilusoria sustancia de las pertenencias de Bush, seguía creciendo. El comercio de alimentación estaba bien situado para hacer negocio. Los vecinos acudían, y también lo hacían los de las casas más pobres, del otro lado de la cresta, cuyos ocupantes preferían la comodidad de la cercanía que tener que bajar al pueblo. Pero en esa época había poco negocio; a medida que la huelga se prolongaba, el dinero de la clientela era cada vez menos, y los Bush eran progresivamente menos capaces de sostener la venta a crédito; había que pagar a los proveedores. Edward comprendió que Herbert había sido minero en tiempos mejores; Amy llevaba sola la tienda. Al principio lo veía entrar alegremente en la tienda; ayudaba a limpiar y charlaba horas y horas con los clientes de su esposa. En pocas semanas, sin embargo, los clientes se volvieron menos comunicativos y se mostraron claramente vejados por la cesación del crédito. Herbert empezó a sonreír menos, y fue apartándose de la tienda. Se llevaba a su hija a dar largas caminatas por el páramo; Edward los siguió en una ocasión; los veía recortados contra el desnudo horizonte, la muchacha cada vez más retrasada. Era evidente que a Joan no le gustaban aquellos paseos. Cuando los dejó, Herbert los abandonó también, y empezó a reunirse en las inclinadas calles con los otros hombres de pantalones arrugados. Hablaban poco, no hacían nada.

    Una mañana hubo un mitin delante de la iglesia; el propietario de la heredad vino y habló, de pie entre media docena de oficiales en el paseo elevado que rodeaba la iglesia, mientras los hombres llenaban la calle. Bush no tenía forma de saber lo que se decía, pero los hombres no regresaron al trabajo. Estaba aislado de lo que lo rodeaba. Pero, en su creciente implicación emocional con ellos veía que esta situación era preferible a la de su propio tiempo, cuando en contacto con los acontecimientos y capaz de influir en ellos se había sentido sin embargo emocionalmente aislado, indiferente a lo que aconteciera o dejara de acontecer.

    El embarazo de Amy se acercaba a su término. Ella pasaba la mayor parte del día en la tienda, más vacía y polvorienta en ese tiempo. Parecía haber abdicado de la familia; Joan era quien se preocupaba de la abuela y los niños. Tampoco prestaba ninguna atención a su marido, que en respuesta permanecía más y más tiempo fuera de la casa; eran mutuamente extraños.

    Herbert regresaba por la noche, que era cuando Joan estaba. Aunque el trabajo de la muchacha se había vuelto más duro, sus mejillas alboraban algo de primavera, inspiradas quizá por su amigo. Herbert parecía necesitar cada vez más las atenciones de su hija, ante la indiferencia de Amy. La ayudaba a bañar a los niños, y empezó a preparar cada día el desayuno, a base de té y pan con mermelada. Amy siempre se acostaba temprano, aun antes que la vieja y desvencijada abuela, y entonces Herbert pasaba el brazo en tomo a la cintura de su hija y la conducía a repasar las cada vez más magras cuentas de la tienda; a veces dejaba completamente a un lado las cifras y se quedaba sentado sujetando la mano de la chica y mirándola directamente a los ojos. En una de esas ocasiones, Joan dijo algo como en protesta y se soltó como si quisiera abandonar la habitación. Herbert saltó y la sujetó y la besó como si quisiera aplacarla, pero cuando intentó rodearla con los brazos ella se escabulló diestramente y subió corriendo las escaleras. Herbert se quedó largo rato inmóvil, la mirada fija en un punto delante y con una expresión tan horrible de miedo que incluso Edward se estremeció, temeroso por un momento de que se hubiese vuelto visible para el hombre a través de algún medio mágico. Pero era en la propia mente de Herbert Bush donde se hallaba el objeto de su terror.

    Los chicos crecían en el abandono progresivo, pescando en el río o jugando con otros pequeños truhanes en las cunetas. Amy vivía en su tienda y a menudo miraba a su esposo como si nunca antes lo hubiera visto. Motivado por el interés de Herbert en su hija, Edward recordó lo que mucho tiempo atrás se había dicho acerca del incesto: que era el tabú que inició el aislamiento del hombre primitivo y lo condujo al desarrollo de la conciencia individual, de donde había surgido la civilización.

    Si la endogamia era la regla aun en 1930, Amy y Herbert podían ser primos hermanos y hasta hermanos, y en tal caso una existencia compartida habría podido hacerlos menos extraños uno al otro.

    Una de las causas externas de estos problemas se reveló por sí sola un día que Bush bajó al pueblo. Ya conocía de vista a todo el mundo y se interesaba en los asuntos de todos tanto, como para dedicar buena parte del día en meterse dentro de las casas y absorber con igual deleite lo que no representaba más que instantes y lo que poseía un aroma de eternidad. De regreso a la pequeña tienda de alimentación vio la camioneta del reparto semanal delante de la puerta; llevaba suficiente tiempo allí como para reconocer en los abollados costados el nombre de la firma de Darlington. Entró por la puerta pero no halló a nadie. Se dirigió entonces hacia la parte de atrás —su identificación con la época era tanta que ya no atravesaba ningún objeto si le era posible—, y encontró a Amy y Herbert en conferencia con un desconocido, un hombre brusco con un traje elegante que en ese momento se levantaba de la mesa, sombrero en mano, y se metía algunos documentos en un bolsillo interior. Edward le dirigió una rápida mirada, y observó que sonreía de un modo algo forzado. Amy parecía derrumbada a un lado de la mesa. Lloraba. Herbert estaba quieto, impotente al lado de su esposa, sujetándola por los hombros.

    Sobre la mesa había un legajo. Bush le echó una rápida ojeada antes de que Amy lo tomara. Por lo poco que alcanzó a ver, dedujo que ella se había visto obligada a vender el negocio a la gran firma. Al parecer, estaban demasiado endeudados como para encontrar otra solución. Miró de nuevo a Amy, y pudo captar la impresión y el dolor que sentía.

    El hombre brusco salió sin que nadie lo acompañara. Amy permaneció sentada junto a la mesa, ahogando las lágrimas mientras Herbert paseaba nerviosamente de un lado al otro de la sala. Amy se recobró y se puso de pie; algo dijo a Herbert con modales bruscos, y él respondió, gesticulando. Poco después se encontraban sumidos en una penosa discusión, quizá la peor de todas. Por los gestos de la mujer, que incluían frecuentes indicaciones a la parte baja de la colina, Bush comprendió que en sus injurias estaba aludiendo a la mina…, la mina, que con sus cerradas galerías subterráneas ocupaba una parte importante en la vida de ellos.

    La discusión aumentó en violencia. Amy tomó un libro de texto y lo arrojó contra Herbert. Estaban muy cerca como para fallar y el libro lo alcanzó en un extremo de la boca. El golpeado Herbert saltó sobre su mujer, la agarró por el cuello con ambas manos y la arrojó al suelo, tambaleándose a un lado. Bush se lanzó también hacia adelante y cayó a través de ellos gesticulando con ambas manos. Se golpeó la cabeza contra el antepecho de la chimenea. . Poco después, Herbert salió corriendo por la puerta trasera, dando un portazo a sus espaldas.

    Bush se apoyó contra la pared en que se había golpeado. A través de la barrera de la entropía tenía una consistencia vítrea y elástica, como todos los demás objetos. Respiraba dolorosamente, aferrado a su filtraire. La cabeza le zumbaba, pero se sentía contento de haber saltado instintivamente en ayuda de la mujer. Abrió un ojo y la miró; estaba doblada en dos en el suelo, con los dolores del parto.

    Olvidado de su propia aflicción se lanzó a la calle. No había nadie. Eran las dos de la tarde, cuando todo el mundo está en su casa presumiendo de haber comido adecuadamente, o en el bar, procurando olvidar que no se ha comido adecuadamente. Los chicos de Bush habían desaparecido y no había señales de Herbert. Además —se dio cuenta casi inmediatamente al contemplar la calle vacía— tampoco podía atraer la atención de nadie, aunque lo intentara.

    Localizó a Tommy y Derek jugando con otro par de tunantes en un viejo vagón de ferrocarril fuera de servicio, aparcado al final de un desvío. El menor de los niños no estaba por ningún lado. La abuela estaba sentada en la cocina de una vecina charlatana. Necesitó una hora para encontrar a Joan. Tal como debió suponer si no se hubiese sentido en un estado mental tan angustioso, estaba sentada en una pequeña habitación trasera charlando con dos amigas. Se detuvo y miró. Se la veía tan sumisa, tan retraída… Y tan lejos de adivinar que su madre estaba tendida en el suelo de su casa en agonía. Ella y sus amigas seguían charlando y charlando, con sus pálidos labios moviéndose incesantemente; a veces sonreían o fruncían el ceño, ayudando ocasionalmente a reforzar el sentido de lo que decían. ¿Y de qué hablarían, tanto y tanto rato, tan desesperadamente encajadas en el tiempo? Conocía la vida de Joan en profundidad, la había visto bañarse, durmiendo, había espiado su primer beso… Ella no tenía nada que decir que valiera la pena de ser contado luego, ni siquiera en una tarde tan mortal como aquella. ¿De qué se trataría…?

    La pregunta se extendió por toda la historia de la humanidad. Bush tenía la impresión de que a lo largo de su vida se lo había preguntado demasiado a menudo, en tanto que nadie más se lo había preguntado tanto. Su maldita memoria; recordó un viejo día, lejos en la lejanía de su propio tiempo, o un día joven, no importaba…, no podía tener más de cuatro años. El dentista había construido un pequeño foso de arena para que su hijo jugara en él. El chico había construido un gran castillo y había horadado un túnel a través de él. Y había llenado el foso y el túnel con agua caliente de su cubo (rojo, con mango (?) amarillo). Muy oportunamente el chico había encontrado un escarabajo en un cantero de flores cercano. Y había puesto el escarabajo en un velero de juguete. Con un ligero impulso, el barco atravesó la gran caverna turbulenta con el escarabajo encaramado a la proa, como un valiente capitán. Pregunta, entonces y ahora: ¿Qué era realmente el escarabajo? ¿Qué era realmente el chico? ¿Qué determinaba realmente los papeles desempeñados?

    Y el ‘realmente’…, ¿evidencia de algún reflejo inconsciente? ¿Dios enmascarado? ¿Dios como una devoradora entidad alienígena de otra galaxia, rector de todos los escarabajos, flores, gusanos, gatos, hijos, madres, de tal modo que pudiera experimentar glotonamente la vida a través de todos sus seres?

    Bueno, ésa era más o menos la respuesta tradicional a la pregunta del misterio de la vida en su parte del globo. Luego estaba la respuesta científica, pero al cabo de un momento golpeaba también contra el vacío muro de dios. Estaba también la respuesta atea, de que todo era debido al ciego azar, o a la insana fortuna. Y otro centenar de preguntas… Quizá todas ellas plantearan el problema al revés.

    Por un segundo, el vértigo que no tenía nada que ver con su magullada cabeza invadió a Bush. Era como si hubiera tocado casi con su mano la llave de todo el asunto; y recordó haber experimentado ya lo mismo… Le pareció que su confusión interior podía ser lo más cercano a la claridad.

    Se alejó de las muchachas charlatanas con las manos vacías. Afuera, el sol brillaba, pero eso a él no lo afectaba. El verano titubeaba en el umbral de Breedale, y Bush contemplaba las miserables casas que limitaban el páramo. En unos pocos jardines habían hecho meritorios esfuerzos para construir parterres donde crecieran algunas flores o verduras para llenar las vacías ollas; pero el páramo había presentado obstinada resistencia a tales economías. Bush estuvo un rato errando por la cresta de la colina; miró hacia el pueblo como tantas otras veces. Y vio a Herbert Bush.

    Muy cerca de su casa, Herbert subía la colina. Estaba bebido. Edward corrió hacia él, se puso a su lado…, pero no era más que un fantasma. Si su presencia producía alguna alteración psíquica en Herbert, no lo demostraba en absoluto. Tenía el rostro enrojecido y jadeaba entre murmullos. Seguramente había pasado buena parte de la tarde bebiendo con algún compañero en cualquier sitio. Y regresaba a casa para decirle a su mujer algo más de lo que pensaba. Abrió la puerta trasera de par en par, y descubrió a Amy tendida desmañadamente sobre las baldosas.

    Amy se había movido; al parecer, se había izado hasta una silla, y luego había vuelto a caer, crispada por los dolores. Y allí estaba, desmadejada en el suelo, la silla volcada sobre el rostro y el pecho y un brazo enredado en los barrotes del respaldo. En algún momento se había desgarrado las ropas. El bebé muerto le colgaba entre las piernas sin haber acabado de nacer.

    Herbert se echó al suelo al lado de Amy.

    —¡No! —jadeó Bush; se apartó de la ventana y apoyó su palpitante cabeza en la vítrea pared. ¡No puede ser que esté muerta! Uno no se muere así, tan sencillamente… Oh, sí, uno moría, si se ha estado bastante tiempo subalimentado, si se golpeaba contra la mesa al caer, si se encontraba atrapado en una madeja de circunstancias económicas, históricas y emocionales adversas; uno podía morir muy fácilmente. Pero aquella vida… ¡Ella no podía haber nacido para ese sórdido fin! Las promesas de su juventud…, su matrimonio… Hacía tan sólo unas semanas parecía feliz, pese a todo.

    Pero nada de eso importaba.

    Estaba sorprendido de ver que el rostro de Herbert lo miraba directamente a través de la ventana. Había perdido el color, estaba ceniciento… Parecía incluso haber perdido forma. Entonces se dio cuenta de que no estaba mirándolo a él ni miraba nada, excepto el fracaso de su vida; extendió una mano hacia el pequeño estante sobre el fregadero, donde guardaba sus utensilios de limpieza. Tomó su larga navaja de afeitar.

    —¡Herbert, no, no! —Edward Bush saltó frente a la ventana, aporreó inútilmente los cristales, blandos a sus puños. Gesticuló, gritó. Y ante sus ojos, Herbert Bush se cortó la garganta, tirando de la hoja desde la oreja izquierda hasta casi la derecha. Poco después aparecía en la puerta trasera, con la navaja aún en la mano. La sangre caía a borbotones sobre su camisa.

    Dio tres pasos por el jardín, se hundió hasta las rodillas en el perejil silvestre, y se derrumbó entre las cremosas puntas de los tallos de la maleza, con el cuerpo cubriendo a medias la fantasmal tienda de Bush.

    Bush echó a correr, aterrado.

    Era como si la tragedia que había ocurrido en la familia de Bush hubiese sido una necesidad histórica. Todo el pueblo se desprendió de sus peniques para ayudar a los chicos, todo el pueblo desfiló por el cementerio detrás de la iglesia. Hasta el señor de la heredad envió a uno de los ejecutivos de la mina para que lo representara; probablemente Herbert gozaba de una buena reputación en el pozo. Algunos de los hombres hablaron luego con el ejecutivo; el sindicato fue convocado; se reanudaron las discusiones. Las horribles muertes habían sacudido a todos de su taciturna apatía. Y tras las negociaciones se llegó a un acuerdo.

    Apenas cuatro días después del entierro de Amy y Herbert Bush, los hombres marcharon de nuevo colina abajo con sus trajes de faena, y la primitiva jaula volvió a descender con ellos hasta las entrañas de la tierra, donde empezaron a cortar de nuevo los árboles fósiles que en lejanos días crecieron allí.

    Bush se quedó en Breedale para ver a Joan iniciar su trabajo como ayudante en la tienda, a las órdenes de un ex-empleado de los mayoristas que había comprado el negocio, y que cada mañana llegaba en bicicleta desde otro de los pueblos del valle. Impecable, eficiente, siempre sonriente pese al incómodo cuello de su camisa, era un hombre joven y prometedor. Una vecina se ocupaba de los pequeños Bush durante el día. La abuela se las apañaba por su cuenta…, el tiempo estaba bueno y ella podía sentarse afuera del lado de la puerta trasera de la tienda en una silla dura…, de lo cual evidentemente se resentía, ya que las abuelas de la vecindad que no se veían afligidas con una tienda de comestibles podían sentarse fuera en sus puertas delanteras, observando la calle con su actividad.

    La principal preocupación de Bush era observar a Joan. En un año o algo así sería lo suficientemente mayor como para casarse con el muchacho que seguía cortejándola, y que ya estaba trabajando en las profundidades de la mina. Era imposible detectar algún indicio de que ella recordara a sus padres… Bush se preguntaba si en la cabeza de la chica habría entrado alguna vez la idea de que su padre se había matado en un momento de desequilibrio, y no por pena o desesperación sino por remordimiento. Pero si había sido así, ella y él habrían sido los únicos en pensarlo de ese modo.

    Fue así que a Bush le pareció haber llegado a un callejón sin salida, por lo que gradualmente se vio obligado a volver sobre su propia situación. Y no sin sorpresa fue descubriendo que su ego se había curado por sí mismo. Tuvo que aceptar, eso sí, que la impresión de haber hallado a su madre muerta, e inmediatamente haberse metido en el abrumador entrenamiento militar le habían nublado temporalmente la razón.

    Al mismo tiempo, jirones sepultados —aunque intactos— de disciplina moral, sobrevivientes de un período lejano de su vida, lo persuadieron de que en adelante debía esforzarse más al servicio del bien. Ya conocía bastante el mal como para reconocer sin dificultad a su opuesto.

    Lo cual llevó a Bush a la comprensión de que debía hacer todo lo que estuviera en su mano por derribar el régimen de Acción Popular. Porque…, ¿hasta qué punto era genuino un sentimiento si no hallaba expresión en los actos?.

    Utilizó esta pregunta para reafirmar sus resoluciones, embelesado por su belleza y universalidad, por las verdades que contenía y que sentía haber descubierto en Breedale 1930… Poco después hubo de reconocer el parentesco de su pregunta con una cita bíblica que su profesor de arte aplicaba a menudo jocosamente a los estudios de naturalezas muertas de manzanas y peras de sus alumnos: “Por sus frutos los conoceréis”. De todos modos, había llegado por sí mismo a ese reconocimiento, y eso era un signo prometedor.

    El alma de Bush se había desprendido de su pequeña choza de barro, y había pasado a habitar un maravilloso palacio de cristal. El hombre pudo sentir las cualidades divinas que había en él.

    Su misericordioso interludio en Breedale, lejos del mundo real, le había dado la oportunidad de encontrarse consigo mismo. Habían sido sus cuarenta días en el desierto. Muchos de los días en que descubrió su transmutación los pasó rezando; pero las plegarias cambiaban de forma y tono, y regresaban a él aleteando. Eran sus dones lo que necesitaba revelar…, y revelarlos a los demás, tanto como a sí mismo.

    Durante aquel largo día en otro jardín, cuando su madre le probó de qué manera se había vuelto en contra de él, se hizo consciente de una grieta en la estructura moral del universo. Y había llegado ya el tiempo en que se sentía con las fuerzas suficientes como para reparar aquella grieta, para levantarse por encima del curso de la acción positiva, ¡para rehacer el mundo!

    Ayunó. Tuvo visiones. Retirado del mundo, podía verlo brillar en los extremos de sus dedos, preparado para ser moldeado. Era una obra de arte compleja, sobre la que se basaban las más amplias —¡y puras!— ambiciones. Mostraría a su madre que podía ser dios, mucho más allá de su mezquino esquema de recompensas y castigos.

    De nuevo se encontró en disposición de realizar el viaje mental. Sabía lo que tenía que hacer. Las cosas pequeñas antes que las grandes, lo material antes que lo trascendental. Pero en el comienzo tuvo una vacilación, fácilmente superada: se preguntó si debía quedarse en 1930, no en Breedale sino en otro lugar…, particularmente en Londres. Sabido era —creía recordarlo—, y casi objeto de broma, que los intelectuales en viaje mental generalmente se dirigían al Palacio de Buckingham a deleitarse con sus refinamientos, su confort y sus incomodidades, su conveniencia como lugar de cita… Pero tan cerca del presente, el palacio estaría desierto a excepción de la Casa Real de Windsor y su séquito.

    No, su presa bien podía hallarse allí…, pero algo más atrás en el tiempo, en una época más fácilmente asequible a todos excepto a los rebeldes como él. Creyó adivinar la fecha exacta y se preparó para viajar mentalmente hasta ella.

    Pero al dejar la comunidad minera se le presentó una sorpresa. El nuevo gerente de la pequeña tienda de comestibles, a escasos diez días de haberse hecho cargo del negocio, una tarde bajó la esterilla que cubría la puerta de entrada a las ocho en punto y cerró por dentro. Luego se volvió para proponerle a Joan que se casaran; eso al menos interpretó Bush por las modestas miradas de la chica, sus sonrisas, sus momentos de miedo, la forma como él le tomó formal y tiernamente la mano. Y al día siguiente, el joven llegó al trabajo pedaleando en su bicicleta como de costumbre. Sacó del bolsillo de su impecable chaleco un anillo, y se lo ofreció a Joan. Mientras lo deslizaba por el dedo de ella, Joan sonrió con ojos turbados y repentinamente pasó un brazo en tomo al cuello del joven, permaneciendo con una mejilla apretada contra la cabeza de él.

    A Bush lo sorprendió eso. ¡…chica ordinaria! ¿No era más que una oportunista? ¿Experimentaba realmente algo por el joven comerciante? ¿Tenía un corazón duro o indiferente? Le pareció que los actos externos de la joven eran contradictorios.

    —Es mi propia historia, representada por mí mismo —se dijo Bush—. Cuando haya terminado con mis asuntos, podré volver y ver lo que ha ocurrido, si lo deseo…

    Allí estarían, todavía, pertrechados en el borde del gran páramo. En cuanto al padre de la muchacha, seguiría corriendo fuera de la casa, agonizando entre el perejil silvestre. Quizá Bush podría regresar y cambiar todo aquello mediante sus nuevos poderes.

    Una vez levantada su tienda, recogidas sus pertenencias, estuvo presto para inyectarse una dosis de CSD. Pero antes fue a despedirse de Joan. Estaba en la habitación trasera, repasando facturas. Cerca de ella estaba la abuela, sentada, removiendo los dientes postizos con la horrible complacencia de un medieval memento mori.

    Bush levantó una mano en señal de saludo a todas aquellas cosas agridulces; ya casi deliraba a causa de la droga; se dijo que frecuentemente se había sentido mucho más solo en su propia época, entre gente a la que podía tocar y con la que podía hablar, y presuntamente ‘comprender’ mejor de lo que ‘comprendía’ a esa pequeña, pálida y subalimentada virgen… Pero la comprensión era algo muy pobre junto a la maravilla.

    Reluctante a desaparecer ante aquellos ojos que no lo veían, salió. Sobre su cabeza, un cuclillo trazaba una parábola en dirección a la desnuda línea del páramo, como disparado por una gigantesca y alada arma. Bush se desvaneció en la escena como un fantasma.


    2. El Gran Palacio Victoriano


    De pie bajo los grandes olmos, supo que ése era el lugar…, su Dama Oscura estaba muy cerca, una sombra uniforme, con la silueta borrada miles de veces por los transeúntes. Al final de la hilera de olmos había una gran fuente de cristal, cuyas aguas se derramaban en un estanque circular. Fuente, estanque y olmos se cobijaban bajo una poderosa arcada de cristal, flanqueados por extrañas estatuas.

    Bush conocía ese lugar y tiempo; la manía victoriana de su infancia se lo aseguraba. Estaba en 1851, época de la celebración de la gran Exposición universal para testimoniar la creciente riqueza y poder británicos. Avanzó y se detuvo ante una gigantesca estatua que llamaba su atención tanto como la de la multitud. Era una estatua alemana de cinc que representaba a una imponente amazona montando a pelo un garañón, desnuda de la cintura para arriba. Estaba a punto de clavar su lanza en una tigresa que, impulsada por razones sólo por ella conocidas, saltaba hacia el lomo de su cabalgadura.

    Los victorianos, tanto en pintura como en escultura, habían sido maestros en el “¿Qué es lo que ocurre a continuación?”, la plasmación del instante mismo de la pregunta; pero esta habilidad había caído en el ridículo con el advenimiento de la fotografía y el cine y la televisión y los lasoides…, todos los cuales insistieron en dar respuesta a la pregunta en lugar de limitarse a su formulación. Bush se enfrentaba en ese momento con la misma pregunta en su propia vida, y debía resolverla a través de la acción. La Dama Oscura lo estaba observando. Desde su ventajosa posición en el tiempo, debía saber bien lo-que-le-ocurriría-a-continuación-a-Eddie Bush. No era un pensamiento reconfortante; y le complació pensar que ella no sabría en mayor medida que él si era la amazona o la tigresa la que ganaba esa batalla.

    Había otros qué-es-lo-que-ocurre-a-continuación involucrados en su ecuación personal; demorándose un poco bajo la estatua de cinc, pensó que el primero concernía a Silverstone, alias Stein. Lo habían entrenado para matar a Silverstone, y era claro que el hombre representaba un peligro para el régimen de Gleason…, lo cual lo hacía apreciable a Bush en su nuevo estado anímico. Era su deber encontrar a Silverstone y advertirlo —si aún seguía con vida—, pues aunque él tuviera razones personales para saber que Silverstone era muy capaz de protegerse con éxito, lo más probable era que hubiera varios agentes de Gleason tras su pista. Los viajeros mentales de Acción Popular se estarían desparramando a lo largo del tiempo en busca de Silverstone y cualquier otro buscaproblemas potencial que pudieran encontrar. Y lo más probable sería que a esas alturas el propio Bush estuviera incluido.

    Con tal razonamiento, sus pensamientos de Breedale descendieron a la tierra. El lugar obvio para empezar a buscar a Silverstone era el Palacio de Buckingham.

    Echó a andar, invisible, a través de la multitud, y aun en esos momentos de preocupación halló lugar para deleitarse con la diversidad, excentricidad y ostentación de toda aquella gente, tan distinta de las masas niveladas en el extremo inferior de sus días. Afuera, la gente era menos reprimida. Había carruajes por todos lados, tanto privados como públicos, todos con hombres vestidos de cuero sujetando a los caballos, o caballeros conduciéndolos, solos o en grupo. Bush pensó que los victorianos se parecían más aún a ellos mismos cerca de aquellos oscuros y ambiguos animales. Y deseó poder montar uno y ganar así algo de tiempo.

    La espléndida fachada de vidrio y acero del Crystal Palace, con ondeantes banderas en todas las plantas, desapareció tras él después de haber cruzado el Hyde Park y dirigirse hacia Rotten Row. Había briosas calesas avanzando por todos lados; se mantuvo apartado, pese a que no podían dañarlo.

    En algún lugar en medio de esa heterogénea humanidad, Turner se dedicaba a su obra, el gran Turner cuyos pensamientos eran amarillos y rojos vórtices de fuego; un artista que era todo lo que sería Bush: consumidor de sí mismo y de su época. Pero mucho más, también. En algún lugar de allí, Turner, en su alcohólica vejez —era el año de su muerte—, se interesaría en nuevas técnicas tan traicioneras como la fotografía y, si visitaba la Gran Exposición, sin duda que sonreiría ante la amazona y su caballo de cinc.

    Bush hizo un paréntesis en sus pensamientos. Se prometió a sí mismo que un día se convertiría totalmente en un artista… Pero antes tenía que quitar de su camino unas cuantas necesidades históricas.

    Por el momento sus sentidos estaban alerta ante el peligro. A medida que se acercaba al palacio observaba por si descubría la presencia de alguien de su propio tiempo; sabía que sería distinguible incluso a distancia, por su aspecto algo más oscuro y polvoriento, como si fueran ellos antes que la escena que los rodeaba los carentes del grado de realidad suficiente.

    Los guardias a caballo desfilaban ante el suntuoso edificio; los animales que cabalgaban miraban desdeñosamente a través de Bush, quien se deslizaba entre ellos por los jardines del palacio abriéndose camino cautelosamente hacia la parte trasera, donde se habían alineado varias carretas y carromatos en tanto porteros y sirvientes del palacio los descargaban y llevaban sus contenidos a las cocinas. Bush observó particularmente uno de los carromatos, del cual sacaban aves de caza…, urogallos, faisanes, perdices y aves de otra clase; perdices blancas, tal vez… Venían en especies de angarillas, con grandes bloques de hielo fundiéndose a cada extremo, cuya agua empapaba el plumaje ya ralo de aquellos volátiles. De otro carromato descargaban pavos. Bush desvió la mirada; su ánimo aún se encontraba en un estado de inocencia y a la vista de todas esas muertes se alteraba.

    El Palacio de Buckingham llevaba mucho tiempo edificado. Incluso para los viajeros mentales era suficientemente denso y compacto como para tener que pasar por sus puertas como el resto de los ordinarios mortales prisioneros del tiempo.

    Así que las puertas deberían estar vigiladas por el partido de Acción Popular…, si estaba allí. Bush recorrió con la vista el grupo de hombres de librea y mandil que cargaban faisanes hacia el interior. Y reparó especialmente en uno que no llevaba nada; lucía un bigote rizado, ligeramente gris sobre el fondo. Bush lo estaba mirando cuando el hombre desapareció dentro. Por su tonalidad, estaba en condiciones de asegurar que procedía, años más o menos, de su propio presente… Uno de los agentes de Gleason, sin duda.

    ¿O uno de los de Silverstone? Bush tenía que descubrir todavía hasta qué punto su hombre estaba organizado. Pero entonces se dio cuenta de que no tenía mayor importancia…, tanto unos como otros serían igualmente sus adversarios. Lo mejor era ocultarse en el palacio antes de que la oposición se percatara de su llegada.

    Pasó rápidamente entre los lacayos y penetró en el gran edificio. Se encontró en el laberinto de las dependencias de la servidumbre y la trascocina…, la pequeña mujer que vivía en el corazón de aquella gran conejera y la gobernaba igual que gobernaba aquellos otros países tan lejanos probablemente visitaba más a menudo las Indias que esas regiones de su morada… Pero, ¿era cierto todo eso? ¿Se utilizaban dirigibles en aquella época? Creía que no, pero sus nociones de historia no eran muy precisas en ese punto.

    Llegó a las escaleras de servicio, no alfombradas, y las subió torpemente. Las escaleras nunca eran fáciles en viaje mental. En el primer piso emergió en un lugar más bien espartano, y retrocedió rápidamente hasta un gabinete cuando vio que un grupo de mujeres se aproximaba. Tres doncellas avanzaron —más bien desfilaron— en sus almidonados uniformes matinales; junto a ellas (Bush recordó al sargento Pond) iba una mujer formidable, quizás una subama de llaves, resplandeciente en un austero vestido violeta que se agitaba en torno a sus pies. El grupo se detenía ante cada puerta a lo largo del corredor, una de ellas se apartaba de la fila y abría la puerta para su superiora, tras lo cual ambas entraban seguramente para una inspección higiénica. A la débil luz era difícil afirmar si esas siluetas correspondían a su propio tiempo.

    Bush corrió el riesgo. No podía aguardar las inspecciones y salió valientemente, pasando junto a ellas.

    Pero nadie lo vio. Bush era menos que un fantasma.

    El corredor terminaba en unas puertas. Las cruzó y se encontró en otro corredor, más amplio y lujoso. Todavía era temprano, tanto como para que el lugar estuviera desierto excepto la servidumbre. Recordó que la gran costumbre victoriana era postergar el desayuno hasta las diez y media o más tarde aún.

    Mientras avanzaba por el corredor, vio grandes salas de consejo a un lado, con pesados cortinajes en las ventanas, suntuosas alfombras en el suelo, mesas y sillas de madera maciza tallada, inmensas plantas en jardineras. Avanzó por corredores y corredores hasta casi perder la orientación. Recordó que los intelectuales plantaban sus tiendas en el salón de fumar del príncipe Alberto, pero no supo dar con el piso en que se hallaría esa estancia.

    Se estaba sintiendo cada vez más confundido e inquieto. Seguro que los agentes de Gleason habían observado ya su presencia en el palacio. Tenía que estar preparado lo mejor posible para cualquier eventualidad. Pero su pistola había quedado en la mochila… Giró hacia un pasillo lateral, donde la luz era más débil.

    Una doncella venía hacia él. Nervioso, se dirigió hacia la primera puerta que encontró abierta. La doncella lo siguió. Lo sujetó del brazo.

    —¡Eddie! ¡No te sorprendas! ¡Soy yo!

    ¿Cuánto tiempo que no oía ninguna voz que no fuera la suya propia? ¿Cuánto tiempo que no sentía una mujer junto a él? ¿Cuántos cientos de años…?

    Vio que el filtraire de la chica estaba camuflado como un broche sujeto a la parte frontal de su almidonada ropa, los cabellos enrollados bajo el gorro de doncella. Y el rostro, sucio como siempre.

    —¡Ann! ¡Ann! ¿Eres realmente tú? ¡Me abandonaste en El huevo amniótico hace siglos…! —se aferró a ella, inseguro de sus propios sentimientos; eso dependería de lo que ella sintiera por él. Su contacto era ligeramente vítreo, la voz le llegaba algo debilitada a través de la barrera de la entropía. Pero había viajado desde una época suficientemente cercana a su propio tiempo como para que le pareciera completamente real.
    —¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó la doncella.
    —¿Qué estás haciendo aquí?
    —¡He pasado una época terrible! —Ann condujo a Edward hacia la habitación más cercana, y entraron. Era algo recargada de muebles, con una chimenea sobrecargada de adornos donde crepitaba un fuego de carbón, ardiendo como en una fría mañana sin el sustento de unas brasas que lo mantuvieran encendido hasta prender completamente. Con la espalda vuelta hacia las llamas azules y amarillas, una mujer regordeta con un manojo de llaves atado a la cintura permanecía sentada ante un pequeño escritorio, redactando una lista de artículos.
    —¿Para qué vinimos aquí?
    —Es el ama de llaves. Estamos en una de las habitaciones asignadas a la Administración de Palacio, donde se recibe y entrevista a las doncellas y mayordomos. ¡Tranquilízate, Eddie! Nadie creería que te sientes feliz de verme de nuevo.

    A Bush no le gustaba eso. La última vez que había visto a Ann, ella había permanecido completamente indiferente a todo lo que la rodeaba. La información gratuita que acababa de proporcionarle despertó inmediatamente sus sospechas. Empezó a quitarse la mochila. Quería tener su pistola a mano.

    —Me abandonaste en El huevo amniótico allá en el jurásico. ¿Dónde fuiste?
    —Cariño, yo no te abandoné. Volví a buscarte a ese lugar una docena de veces, y le pregunté muchas veces a tu amigo, ese tipo elegante, si te había visto. Pero tú te habías largado.
    —Eso no explica por qué te escabulliste antes tú —sacó la pistola de rayos de un compartimento de la mochila y se la puso en el bolsillo, cuidadoso de que Ann no se hubiera dado cuenta de sus movimientos.
    —Me topé con mi viejo amigo Lenny y un par de sus compinches. Me llevaron a la fuerza, y no pude largarme hasta que estuvieron dormidos.
    —Podría ser una explicación.
    —¡Maldito seas, es una explicación! Además, yo no significaba nada para ti. Era tan sólo una chica más. Al menos Lenny me necesitaba.

    Edward dijo categóricamente:

    —Yo te necesitaba… entonces. Ahora parece que fueras tú quien me necesita a mí. ¿Cómo has llegado a 1851? —no le gustó la referencia a Lenny, al que recordó tendido en posición fetal, ensangrentado, en la sala de torturas. ¿Qué pensaría ella si lo supiera?

    Los desabridos modales de Ann regresaron. Arrojó su gorro de doncella sobre una mesa…, pero el gorro la atravesó y cayó al suelo.

    —No tengo por qué responder a tus preguntas, ¿sabes? Si no quieres ayudarme, de acuerdo. Pero no vale la pena que me preguntes cosas si no estás dispuesto a creer ni una palabra de lo que yo te diga. Puedo ver por tu actitud que estás disgustado por algo. ¿Lo estás?
    —Te he preguntado qué estás haciendo en 1851.
    —Oh, tú sabes cómo están las cosas allá en el presente… El nuevo gobierno es cada vez más duro; quieren recoger a todos los viajeros mentales, les inyectan su CSD y los confinan en su propia época. Todos los viajeros del jurásico han sido atrapados… El ejército trabaja con ropas civiles, de modo que uno no sospecha nada de ellos hasta que los tiene encima. Se llevaron a Lenny y a sus muchachos al presente, pero yo me escapé. Ya te dije que soy una experta viajera mental, y vine aquí, donde pensé que estaría a salvo. ¿Estás satisfecho ahora?

    El ama de llaves iba de un lado a otro de la habitación. Pese a estar seguro de que ella pertenecía a su propia actualidad y no podía afectarlo de ninguna forma, Bush descubrió que sus movimientos lo ponían nervioso.

    Extrajo con rapidez la pistola de rayos de su bolsillo y apuntó hacia Ann.

    —No, no estoy satisfecho —dijo—. Ocultas algo. ¿Cómo sabías que yo había vuelto a 2093?

    Ann pareció atemorizada. Lo miró fijamente con ojos angustiados, un rictus en su boca.

    —¿Qué vas a hacer? ¿Te has vuelto loco, Bush? No sabía que hubieras vuelto a 2093. Nunca te dije que lo supiera, ¿no?
    —Has dicho que yo sabía cómo están las cosas allá.
    —No es necesario volver para saber cómo están las cosas. ¡No me crees en absoluto! Yo no he vuelto y yo lo sé.

    Bush tuvo que admitir que eso sonaba verosímil. Pero había algo más.

    —Dijiste que agarraron a Lenny y a los demás treintones. ¿A quiénes?
    —¿Sus nombres, quieres decir…? Pete, Jacky, Josie —iba recitando los nombres.
    —¿Stein?

    Ann se humedeció los labios.

    —¡Eddie, por favor! ¡Me das miedo…!

    Bush seguía apuntándole con la pistola.

    —¿¡Stein…!?
    —No vi a Stein en el jurásico. ¿Y tú?
    —¿Dónde está Stein ahora?
    —¡Eddie, no lo sé!
    —¿Por qué viniste aquí?
    —Pensé que estaría a salvo… ¡Ya te lo he dicho!

    Bush la sujetó por el brazo y la miró fijamente al rostro. Sentía el cuerpo de la chica contra el suyo.

    —¡Oye, sabes que soy un maldito bastardo! Dímelo, ¿está Stein aquí?

    Ann se volvió ansiosamente hacia Bush.

    —¡Eddie, Eddie, no seas cruel conmigo! Sé que eres cruel, pero yo nunca te haría daño…
    —¡Te he preguntado si está el maldito Stein aquí…! —insistió Bush, sacudiendo a la muchacha.
    —Sí, sí, está aquí…, con su nombre auténtico.
    —¿…Silverstone?
    —Sí.

    Bush empezó a registrarla. Ann llevaba una antigua pistola de gas bajo el mandil. El contacto con ese cuerpo despertó sus emociones. Hasta podía oler su aroma…, lo primero que olía en mucho tiempo. Pero mantuvo su mente en lo que tenía que hacer. Mientras la miraba, el ama de llaves pasó a través de ellos y penetró en una habitación interior.

    —Viniste aquí para matarlo, ¿verdad, Eddie? Te emplean como agente de ellos, ¿no? —la muchacha bajó la vista, temerosa de oír la respuesta.

    Bush sabía cuán frágil era ella, no más fuerte que Joan Bush aunque de muy distinto espíritu. Y comprendió que era tan prisionera de las circunstancias como Joan. No podía amarla, pero lamentó el trato que le estaba dando.

    —Ann… He sido enviado aquí… He sido enviado aquí para eliminar a Silverstone. Tienes que llevarme hasta él. Tú sabes dónde está, ¿verdad?

    Ann estaba agitada; se mordía los labios, miraba la ventana como si el opaco sol del siglo XIX pudiera traerle un mensaje…

    —Mira, Eddie, supongo que eres un bastardo como dices, pero… bueno, por favor, confía en mí tan sólo cinco minutos. ¿Puedes esperarme aquí? Te prometo que volveré. Sé que no confías en mí, pero te lo prometo.
    —Silverstone está aquí, ¿no? Estoy seguro.
    —Sí, sí, está aquí.
    —Entonces, te doy cinco minutos. Trae a Silverstone aquí. No le digas de qué se trata ni traigas a nadie más. No le digas a nadie que estoy aquí. Solamente trae a Silverstone. ¿Me has comprendido?
    —Sí, sí, Eddie. ¡Por favor, confía en mí!
    —Como confío en mi madre.

    Ann lo miró, sospechando un oculto sentido en lo que acababa de decir. Luego se volvió y se fue.

    Bush pensó que no era prudente esperar nada bueno de las maquinaciones de la chica. Creyó haber detectado en sus maneras cierta reserva, como si se le hubiera impuesto un objetivo ajeno…, y a él no le era difícil conocerlo. Si los violentos de Acción Popular la acorralaron cuando habían atrapado a Lenny, lo más probable era que la hubiesen enganchado en algún curso de entrenamiento, igual que Lenny y él mismo. Al descubrir la falta de voluntad de la muchacha y su habilidad como viajera mental por amplios radios, seguramente pudieron haberla entrenado también a ella para matar a Silverstone, como lo habían entrenado a él. Sería por eso que no le había revelado sus intenciones. El cerebro de Bush trabajaba a gran velocidad. Veía la telaraña del presente extendiéndose sobre el desprevenido pasado.

    Y no la habrían enviado a ella sola, una vez que el régimen pudiera haber descubierto la desaparición de Bush entre los siglos… Seguro que la habrían enviado con alguien, ya que, por muy experta viajera mental que fuera Ann, la muchacha necesitaba compañía siempre…, como antes con Lenny y con él mismo.

    Por eso, dentro de cinco minutos iba a volver con alguien, sí. Habría varios agentes de Acción Popular en el palacio, y seguro que traería alguno con ella, aunque también viniera Silverstone. Quizás aguardarían por si él disparaba contra Silverstone, y ésa sería entonces la única posibilidad de evitar que lo ejecutaran… La ventaja inicial —él lo sabía— era la siguiente: ellos no podían tener ninguna certeza de lo que él pudiera hacer. Y él haría todo lo posible por salvar a Silverstone.

    No tenía la menor intención de permanecer en ese lugar y dejarse capturar en esa atestada antecámara. No confiaba en Ann, nunca había confiado en ella, ni siquiera cuando hacían el amor; era más bien por deporte que lo hacía, como un desafío, y no por cariño… Ella era una treintona, tan inestable como él.

    Cruzó la puerta mientras se guardaba la pistola de gas en el bolsillo, sujetando la suya de rayos en su mano derecha.

    La puerta del almacén de ropa, del lado opuesto del corredor, estaba abierta. Era una habitación amplia. Allí, dos maduras matronas con almidonados mandiles blancos planchaban lencería, calentando las enormes planchas en un hornillo… Una rápida y desinteresada mirada le mostró los rojos monogramas ‘VR’ y las coronas en los bordes de las sábanas. Oculto junto a la puerta vigilaba el corredor en penumbras. Estaba esperando que los problemas se presentaran. Era un medio de permanecer en contacto.

    La espera minaba sus exaltados nervios. Por supuesto, siempre podía regresar a 2093… Pero allí estarían, aguardándolo; y si se sumergía sin resistencia en el pasado, el devónico, el cámbrico, sus nuevas resoluciones lo seguirían implacables, le harían compañía por toda la eternidad. ¡Qué largo era el tiempo, incluso el tiempo humano! Bien mirado, prefería terminar en el Palacio de Buckingham.

    Alguien venía corriendo por el pasillo. Bush oyó y pensó: “¡Dios, está loco!”. Y se metió aún más en la oscuridad del quicio.

    Apareció un hombre de desordenados cabellos rubios, con el rostro hendido por una sonrisa contagiosa. Extendió una franca mano hacia Bush. El gesto era tan espontáneamente amistoso que Bush lo respondió igualmente sonriente incluso antes de darse cuenta de quién era ese hombre…, ¡el más amistoso de los extranjeros!

    —¡Tú!
    —¡Yo!

    ¡Era él mismo, surgiendo del tiempo como un dios para bendecir su empresa! Hicieron una especie de intercambio de amor, y Bush se sintió desbordado por la emoción al ver y sentir esa extensión de sí mismo. Se sintió incapaz de pronunciar palabra. Pero la visión estuvo apenas instantes con él —casi como amedrentada— antes de deslizarse dentro de su mente a través de sus ojos. La imagen se borró de sus retinas, dejó de sentir una mano sobre su mano. El corredor estaba de nuevo desierto, y su propio futuro se mezcló en algún lugar con el apilado montón de las demás horas.

    Sintió que los sollozos ascendían por su garganta, que las lágrimas ardían en los ojos. Pero poco antes de que pudiera recobrar el control de la situación, escuchó otros ruidos procedentes del corredor.

    En absoluto silencio, oyó los sordos pasos de gente que se acercaba en viaje mental. Retrocedió para que su silueta no se destacara contra la luz de la puerta abierta, del lado en que las mujeres planchaban.

    Sería una satisfacción saltar sobre Silverstone como Silverstone había saltado sobre él en el jurásico… seguramente confundiéndolo —por algún curioso error precognitivo— con un asesino entrenado por Stanhope, Howes y compañía.

    Dos siluetas aparecieron y se detuvieron a un metro de Bush. Inmediatamente vio que provenían de su propio tiempo, aunque ambas llevaban disfraces de la época. Una era Ann, aún con su uniforme de doncella. La otra, un caballero vestido con levita y chaleco. No pudo distinguir su rostro mientras miraba fijamente a Ann, a no ser las patillas lisas como costillas de carnero. Pero evidentemente no era Silverstone.

    Ambos penetraron en la antecámara de la Administración de Palacio. Bush los siguió, su pistola de rayos enarbolada.

    —¡Arriba las manos! —dijo.

    Los recién llegados se volvieron hacia él, sorprendidos. Y entonces Bush pudo ver el rostro del hombre. Ni siquiera bajo esas patillas era posible dejar de reconocerlo. También llevaba una peluca que le cubría el calvo cráneo. Una vez había sobornado a Bush con una botella de Black Wombat Especial. Era quien le había dado las órdenes para su misión asesina, y debía ser uno de los hombres que más deseaba matarlo por haber fallado en tal misión. Su nombre era Howes.

    Si Ann lo había traído, pensó Bush, eso quería decir que ella lo había traicionado. Mujer al fin, no debía confiar en ella, no lo amaba. Y le disparó. Ella no estaba a más de cuatro pasos y su cuerpo se derrumbó cuando el rayo lo penetró.

    Mientras Bush giraba para apuntar hacia Howes, vio que el capitán extraía su arma. El tiempo se desarticuló de nuevo. Vio que la pistola se elevaba y lo apuntaba, vio el cambio de la expresión de Howes al pulsar el botón. Durante todo ese tiempo el brazo de Bush fue elevándose lentamente, lentamente, como el de un cadáver bajo el agua… Ann rodaba a sus pies, con el cabello rubio cubriéndole el rostro.

    Vio partir el disparo de Howes, y luego cayó cruzado sobre el cuerpo de Ann a reunirse con ella en el olvido.


    3. Bajo Las Faldas De La Reina


    —Usted que cita a Wordsworth —dijo Howes fríamente—. ¡De pie, vamos!

    Las náuseas habían hecho doblarse a Bush, y lo arrancaron de una incoherente y desordenada inconsciencia. Se sentó; aún respiraba penosamente. Howes le había disparado con una pistola de gas, cuyos efectos eran desagradables pero no fatales. Sujetándose la frente, Bush deseó que hubiera sido al revés.

    Howes lo había arrastrado hasta un dormitorio, una enorme habitación amueblada algo excéntricamente, incluso para los tiempos victorianos, con una cama de latón en un costado, y en el otro una masiva chimenea ejecutada como una parodia del estilo cinquecento; el artefacto era además el soporte de dos enlutadas damas y un sorprendente número de querubines menores moldeados en bronce. Bush los contempló con una horrorizada sorpresa: parecían todo lo que necesitaba para completar su desorientación. Los estaba viendo de cerca, tendido sobre una amplia piel de oso polar de pelaje inaccesible para su tacto.

    —¡Oh, Dios, he matado a Ann! —dijo, pasándose la mano por el rostro.

    Howes, de pie junto a él, dijo:

    —Lo estaba buscando, Bush. ¿Qué tiene que decir en su defensa?
    —Hablaré cuando me sienta capaz de levantarme, no antes.

    Howes sujetó a Bush por el brazo y tiró de él. Y entonces, mientras se levantaba, Bush intentó golpear a Howes. Pero los efectos del gas no se habían disipado todavía y le fue imposible poner la fuerza suficiente en el golpe, que Howes bloqueó fácilmente.

    —Bueno, ya está, Bush… ¡Ya está de pie! Tenemos problemas aquí, y quisiera saber dónde estuvo metido desde que dejó 2093… ¡Adelante, empiece a hablar!
    —Nada tengo que decirle a usted ni a nadie de su régimen.
    —Sospecho que usted no sabe de qué lado estoy, o de qué lado está usted mismo.
    —Sé lo suficiente acerca de mí mismo, gracias. ¡Ocúpese de sus propios asuntos!
    —De acuerdo, entonces empecemos por usted. ¿Por qué disparó contra Ann?

    Bush no podía dejar pasar esa pregunta.

    —¡Usted lo sabe! ¡Fue porque me traicionó! Lo trajo a usted hasta aquí para que me matara. Y no me diga lo contrario.
    —Si fuera así, ¿por qué no disparó antes contra mí, si yo era el peligro? —Howes notó la vacilación de Bush, y prosiguió—: Yo le diré por qué. Leí su dossier en el Instituto Wenlock mucho antes de enviarlo tras Silverstone. Usted está perturbado con respecto a las mujeres pues cree que su madre lo traicionó de alguna manera; desde entonces ha tenido siempre una compulsión a traicionar a las mujeres antes de que ellas puedan traicionarlo a usted.

    En la necesidad de justificarse, Bush dijo:

    —Howes, usted no sabe lo que ocurrió. No podía llevar a cabo sus descabelladas órdenes. Estuve meditando, fuera de su alcance. Observé los problemas de una familia perdida en la historia, sus esperanzas y sufrimientos. Había allí una mujer en cuya ayuda habría hecho cualquier cosa.

    La reacción de Howes no fue de simpatía. Bush intentaba a menudo la confesión para desarmar al contrario; nunca había funcionado, pero él estaba demasiado imbuido en su idea para renunciar a esa táctica inútil.

    —Es posible. Usted es un tipo realmente retorcido. Y le diré por qué ha cometido usted un tremendo error respecto de Ann…, y respecto de mi papel en este asunto.
    —¡Al infierno con sus sermones! Dispare contra mí y terminemos de una vez. O sacrifíqueme al Gran Señor Gleason… ¡O a su jefe actual, quienquiera que sea!

    Howes se apoyó en el entablado de roble de la pared y dijo:

    —Lo he arrastrado hasta aquí para hablar con usted, no para matarlo, Bush. Estoy con problemas, y no soy su enemigo, aunque no niego que no siento gran aprecio por usted. Ahora escuche: Ann lo quería. Puedo decir que dio la vida por usted. Yo la envié a este tiempo de aquí para encontrarlo y matarlo antes de que usted matara a Silverstone… Sabíamos que llegaría aquí en el peor momento. Usted cree que Ann era una pequeña zorra, ¿eh? Era solamente una pose para proteger su fragilidad interior. Cuando ella lo encontró en el corredor, no fue capaz de hacerle daño alguno. Vino a decírmelo y…

    Bush rió fríamente.

    —Seguro, usted realizaría el trabajo por ella. ¡Un corazón muy tierno! Eso es lo que podríamos llamar delicadeza.
    —No lo dudo. Pero usted no comprende la situación. He estado muy ocupado estas últimas semanas mientras usted viajaba tranquilamente, para preocuparme por usted. Pero apenas Ann vino a decirme que había llegado, supe que había cambiado de opinión acerca de matar a Silverstone… Lo conozco bien, ¿ve? ¿Estoy en lo cierto? Usted vino aquí para advertirlo, no para matarlo, ¿verdad? ¡Puedo leerlo en su rostro, hombre!

    Yo también vine aquí para salvar a Silverstone. Esperaba que usted se pusiera de mi lado… Es por eso que Ann me fue a buscar y me trajo hasta aquí para hablar con usted. ¡Y usted la mata sin darle la menor oportunidad…!

    —Me está mintiendo… ¡No hace más que contarme malditas mentiras! Fue usted y ese loco de Stanhope los que primero me enviaron a matar a Silverstone. ¡No pretenda haber cambiado repentinamente de bando!
    —Repentinamente no, Bush… Mi mentalidad es muy diferente de la suya. Yo siempre he estado del mismo lado: contra Bolt o Gleason y todo lo que representan…, aunque Gleason esté demostrando ser mucho más tiránico de lo que fue Bolt.

    Bush se frotó la nuca y miró a las dolientes damas broncíneas de la chimenea.

    —Está loco si espera que acepte todo eso. ¿Qué es lo que pretende al contármelo?
    —Silverstone sabe cosas que pueden derribar al partido de Acción Popular…, y no solamente a Acción Popular sino a cualquier régimen totalitario. Wenlock, como usted debe saber, fue confinado a una institución mental, bajo estrecha vigilancia. Está perfectamente sano. Aunque antiguamente consideraba a Silverstone como un rival, tras lo que ha sufrido últimamente ve en él a un aliado. Hemos conseguido infiltrar algunos de nuestros hombres entre los guardias que vigilan a Wenlock, quien, como Silverstone, es una de las figuras clave de la revolución que está por venir. Estoy trabajando para ellos.

    Bush lo miró con desconfianza.

    —Pruébelo.
    —¡Usted es mi prueba! Ya sabe que mi trabajo era enviar asesinos y agentes a matar o traer de vuelta a todo posible enemigo del régimen. Saboteé muy eficientemente el sistema utilizando oficiales incompetentes en el curso de entrenamiento, y el idiota de Stanhope fue de gran ayuda para mí, pues pude elegir así a los hombres menos adecuados para aquellos trabajos. ¡Usted, como asesino de Silverstone, es mi obra maestra!

    Inesperadamente, ambos se echaron a reír. Bush no aceptaba aún por completo lo que Howes le había dicho; sentía vagamente que había alguna pieza de evidencia que él tenía que ser capaz de aprehender para refutar a Howes. Pero de todos modos, algo en la expresión del capitán lo tranquilizaba.

    —Supongamos que acepto lo que dice. ¿Qué viene a continuación?

    Howes se relajó y apartó el arma con un gesto en cierto modo ostentoso. Extendió la mano.

    —Entonces estamos los dos del mismo lado. Tenemos que irnos de aquí…, con Silverstone, antes que los matones de Acción Popular lo atrapen.
    —¿Y el cuerpo de Ann? Quisiera llevarlo de vuelta a 2093.
    —Eso deberá esperar. Ahora es demasiado peligroso. Primero Silverstone —esbozó a grandes rasgos la situación; el nuevo gobierno estaba apretando la mano sobre el país, prohibiendo los sindicatos, cerrando universidades, promulgando sus propias injustas leyes, controlando severamente las importaciones, llevando a cabo arbitrarias purgas. Howes había conseguido establecer un estrecho contacto con el movimiento revolucionario, pero los otros lograron neutralizarlo y entonces ya no hubo nada más que hacer… En todo caso, su presencia en los centros revolucionarios del pasado sería inútil. Viajó mentalmente desde su propio escondite, acompañado por Ann.

    Tardaron un poco en localizar a Silverstone, quien había abandonado el jurásico a poco de iniciarse la captura de los sospechosos, y se había ocultado en varias eras hasta que finalmente alcanzó 1901, el límite superior de su capacidad de viajar.

    —1901 lo deprimió —explicó Howes con una leve sonrisa—. Estaba solo, la chica con la que vivía en el jurásico no llegaba mentalmente hasta tan lejos. Decidió hacer del Palacio de Buckingham su cuartel general. Desgraciadamente, había elegido el mes posterior a la muerte de la reina; todo estaba velado de negro, todos iban de negro. Esto y el hecho de no poder hablar con nadie, de no poder oler nada, fue demasiado para Silverstone. Al poco tiempo tuvo que retroceder en busca de compañía, y así fue que muy pronto lo encontramos.
    —¿Qué es lo que ocurre ahora? —preguntó Bush.
    —¿Quién es su amiga? —preguntó Howes señalando la cama.

    Bush tuvo un sobresalto agorero. Por un momento creyó en fantasmas. Detrás de la cama había una incorpórea silueta femenina; los motivos florales del papel mural eran perfectamente visibles a través de su cuerpo. Luego reconoció en ella a su Dama Oscura.

    —No somos los únicos fantasmas en este palacio.
    —Nos está siguiendo. ¿Quién es?
    —Yo la llamo la Dama Oscura. Me sigue por todas partes desde hace años.
    —Ninguna intimidad, ¿eh? —Howes atravesó la habitación hacia ella. Bush hizo ademán de detenerlo pero pensó que no sería sensato iniciar otra discusión y lo siguió.

    Howes se enfrentó con la mujer. Era brumosa, apenas algo más que un contorno trazado en el aire. Bush no se había atrevido jamás a mirarla así; ella era casi como una parte de su propio carácter al que temía enfrentar…, escapada de las mazmorras de su sadismo.

    Con tal pensamiento en la mente, se disgustó cuando oyó que Howes le decía:

    —Se parece a usted.
    —¡Dediquémonos a nuestros asuntos! ¿Dónde está Silverstone ahora?
    —Ella nos está espiando.
    —¿Y qué podemos hacer?
    —Supongo que tiene razón.

    Mientras Howes se daba la vuelta, algo hizo que Bush le preguntara:

    —Realmente… ¿Me amaba Ann?

    Howes hizo un gesto evasivo.

    —Yo lo interpreté así —se encogió de hombros como si hubiera dejado algo por decir, y después agregó enérgicamente—: Tenemos que llevar a Silverstone a un sitio seguro, aquí estamos rodeados de agentes de Acción Popular. Desgraciadamente, la seguridad es algo difícil de conseguir, y desgraciadamente también, Silverstone se está poniendo difícil.
    —¿De qué forma?
    —Disfrutó con sus travesuras a través de los tiempos con una pandilla de treintones, y eso lo ha vuelto un poco… salvaje. En cuanto a sus conocimientos…, sólo quiere transmitirlos a las personas adecuadas.
    —¿Y?

    El capitán dejó escapar una sonrisa forzada.

    —No me considera entre esas personas. No confía en los militares. Espere… ¡Bush, usted podría ser la persona adecuada! ¡Usted es un artista! En estos momentos está un poco chiflado con el arte. Vamos… Y déjese guiar por mí. Tendremos que cooperar.

    Se miraron dubitativamente.

    —Vaya usted delante —dijo Bush—. Si he de dar crédito a su historia, también usted tendrá que suponer que no le dispararé por la espalda…

    Howes sonrió.

    —Sé que no haría eso.

    Bush se sintió vejado nuevamente por la idea de saber algo que su mente bloqueaba con destreza, no quería dejar escapar. Lo que él sabía quedaba enmascarado, disimulado como otra cosa. Igual que la chimenea…, disfrazada de tumba de una virgen. O como Howes…, camuflado de caballero victoriano. No conseguía esclarecer sus pensamientos; la carga de dolor y culpabilidad que sentía por la muerte de Ann mantenía oscurecido su raciocinio.

    Por un momento Howes y Bush se mostraron vacilantes, y entre tanto la Dama Oscura cruzó delante de ellos y abandonó la habitación.

    —Usted no sabe quién es, Bush… Podría tratarse de una espía del gobierno.
    —O el fantasma de alguna de las mujeres que usted dice que he traicionado.

    Howes gruñó.

    —Vámonos —dijo.

    Echaron a andar por el corredor principal. Bush iba aferrado a su filtraire, y varias veces tragó saliva; sentía como si se sofocara. Quizá tenía a Némesis tras sus pasos, dispuesta a cobrarse la deuda de Ann y Lenny… Némesis en sus formas más particularmente exasperantes, pues en aquel lugar los auténticos habitantes eran fantasmas y los fantasmas eran gente real; bajo las falsas patillas podía haber vida o muerte… Bush estaba siguiendo a un hombre en el que no confiaba.

    Por el camino, Howes murmuró algunos consejos. Bush asentía con la cabeza, incapaz de responder; se acercaba la hora en que los montones de volátiles y animales muertos entregados a las cocinas serían servidos y devorados; en el palacio había vida, el corredor estaba bastante poblado. Si en ese momento abatían a Bush, nadie vería ni sabría nada del incidente y, peor aún, la gente caminaría a través de su cuerpo sin siquiera echarle una mirada.

    —Silverstone está en el Salón de Recepciones Oeste, cuatro puertas más allá —dijo Howes por encima del hombro.

    Levitas galonadas de amplias solapas, corpiños forrados con ballenas, chalecos bordados, faldas con volados múltiples los rodeaban; por cada invitado había un sirviente con levita de la casa real. Bush observaba ansiosamente los hombros desnudos y las patillas, en busca de algún asesino.

    Alcanzaron la puerta del salón de recepciones. Los invitados avanzaban por el lujosamente enmoquetado corredor. Del lado de afuera había un hombre con librea, de pie, que parecía tener una consistencia profundamente oscura. Bush levantó el arma, pero Howes le hizo un gesto para que la bajara.

    —Es de los nuestros —dirigiéndose al guardia, preguntó—: ¿Todo bien?
    —Silverstone está dentro. No hay signos de interferencia. La oposición debe estar esperando fuera, al aire libre.

    Howes frunció el ceño.

    —No veo qué ventaja pueda reportarles eso —se encogió de hombros en señal de apartarse del tema, y se dispuso a entrar; la puerta estaba entreabierta.

    Con la mente llena de lóbregas sospechas, Bush miró al guardia; ya no conocía —tal vez nunca hubiera conocido— la diferencia entre amigos y enemigos, sólo sabía que no sentía ningún deseo de entrar en esa estancia… Pero enzarzarse en una discusión con un hombre que Howes presuntamente conocía bien no sería más que una táctica dilatoria. En un breve momento de vacilación se prometió una gloriosa depresión anímica una vez libre de los problemas presentes, y se rió de sí mismo por ese pensamiento.

    Avanzó, inmediatamente detrás de Howes… Y fue repentinamente cogido y golpeado en el estómago.

    Bush alcanzó a tener la visión de un rostro repugnante que mostraba los dientes, y de unas piernas, y de su mano derecha disparando convulsivamente su pistola de rayos. Y luego del suelo, acudiendo a su encuentro… Le pareció que era una elaborada alfombra turca, pero de consistencia blanda y vítrea, tal como en los viajes mentales. Luchando por recuperar el aliento, se acurrucó —recordó a Lenny en una situación similar— y luego consiguió sentarse. Alguien acudió y le clavó la punta de una pistola en la nuca, pero él se quedó sentado en tensión, preguntándose qué sentiría cuando el disparo partiera.

    —¿Quién es este tipo? —preguntó alguien.
    —Es un amigo mío —dijo Howes.

    Bush miró cautelosamente en derredor tratando de mantener el cuello inmóvil.

    El traidor de la puerta entró. Sus aliados en el interior eran cinco. Cuatro habían estado aguardando tras la puerta; en ese momento permanecían de pie junto a Howes y Bush. Todos iban disfrazados de caballeros victorianos, aunque la apariencia cenicienta de sus rostros los señalaba como viajeros mentales de 2093 mal iluminados. Parecían inteligentes…, pero difícilmente unos imbéciles habrían podido llegar hasta tan cerca del presente como 1851, eso era evidente. Uno de ellos se inclinó sobre Howes y le arrancó las falsas patillas y la peluca. Pareció desnudo y desamparado, tendido en el suelo con una pistola apuntándole.

    —Es culpa suya… ¡Estaba demasiado ocupado con usted para tomar las precauciones debidas! —le dijo a Bush, que levantó las cejas calladamente.

    Bush, siempre atento a valorar tales cosas, reconoció que Howes tenía algún tipo de compulsión a transferir la culpa a otros. Parte de esa tendencia la había revelado en su curiosa conversación tras… el accidente con Ann.

    Howes comenzó a maldecir al hombre de la puerta por haberlos traicionado, pero un golpe en el rostro lo redujo al silencio.

    El quinto miembro de la emboscada —sexto, contando al de la puerta— permanecía de pie junto a las cortinas que enmarcaban una de las ventanas altas. Junto a él había un sillón y en el sillón, un hombre atado y amordazado. Lo indefinido de su rostro y el exceso de luz en la estancia hacían difícil identificarlo, pero Bush no dudó en que sería Silverstone. Por los sonidos que emitía, tenía problemas de respiración con su filtraire, al parecer.

    —¡Estupendo! Fue más fácil de lo que pensamos —dijo el tipo que estaba de pie junto a Howes. Parecía ser el jefe. Tenía una amplia frente pálida y una boca gruesa; llevaba un atuendo gris y había dejado a un lado, en lugar seguro, un sombrero alto color gamuza claro, que volvió a poner sobre su cabeza. Con el rostro despierto, casi brutal, formaba un conjunto chocante.
    —¡Debí suponer que harías todo lo posible para unirte a Acción Popular, Grazley! —dijo Howes despectivamente; el nombre de Grazley sonó familiar a Bush…, uno de los lugartenientes de Bolt que había cambiado de chaqueta, supuso.
    —Te vamos a llevar de vuelta a 2093, Howes. A ti y a tus compinches —dijo, ignorando la observación del otro—. Seréis juzgados, los dos, por traición al gobierno que tengo el honor de servir. Os daremos gotas paralizantes, os inyectaremos CSD y viajaréis de vuelta, atados, con nosotros. Silverstone volverá a casa por el mismo método.

    Mientras hablaba, enfundó la pistola y chasqueó los dedos a uno de los suyos, quien inmediatamente empezó a rebuscar en su mochila.

    —¿Por qué no liquidarnos aquí y ahorrarnos toda la farsa? —dijo Howes. Pero por toda respuesta recibió una patada en la espina dorsal.

    Mientras el hombre sacaba una jeringuilla de su mochila penetraron en la estancia algunos sirvientes con librea. El grupo de Grazley se puso inmediatamente alerta…, pero los lacayos pertenecían obviamente a su época y avanzaron a través de los viajeros mentales sin parpadear. La habitación había estado vacía hasta entonces. Se dirigieron ceremoniosamente hacia las ventanas altas para disponer el cortinaje contra el resplandor del sol; quizás era una visita de rutina.

    La atención de todo el grupo se vio distraída por la intrusión. Bush se puso a calcular el tiempo que necesitaría para saltar y correr hacia la puerta. La acción no habría valido la pena bajo circunstancias normales, pero en tan desesperada situación… Apenas dos pasos habían dado los sirvientes y Bush ya había terminado sus cálculos y se disponía al intento, los músculos tensos. Entonces intervino el futuro.

    Eran cuatro: la Dama Oscura y tres hombres. Parecían flotar sin sustancia en el aire, como seres sin piernas ocultos tras cristales de enorme espesura. Apuntaron contra ellos unas estilizadas varillas.

    Las miradas de Bush y de la Dama Oscura se encontraron. Ella le hizo un pequeño gesto, levantando su mano libre para cubrir su nariz y su boca, y luego los cuatro se acercaron hasta cubrir a Grazley y los suyos y abrieron fuego.

    Grazley era rápido. Se lanzó contra su indefinido atacante, y cargó a través de él, perdiendo en el intento su sombrero de copa.

    Las armas del futuro actuaban a través de la barrera de la entropía, lanzando densas bocanadas de un pegajoso gas. Dos de los hombres de Grazley respondieron disparando indiscriminadamente. Las armas se volvieron hacia ellos, que vacilaron y cayeron. Bush percibió un olor acre que casi le hizo perder el sentido. Levantándose de un salto, corrió hacia la puerta.

    Su cabeza giraba, el gas la embotaba. Su acción era inútil. Nunca estaba libre. ¿Qué era aquello de la naturaleza del infinito? Acción Popular es… El sufrimiento es… Dios, sí, permanente, uniforme, y oscuro… Como Ann.

    Consiguió mantener algo de su lucidez. Se dejó caer sobre la lujosa moqueta del corredor. La gente había desaparecido, se había apresurado hacia el banquete. Sólo dos siluetas importantes venían hacia él, la mujer andando majestuosamente, como una reina, la mano posada de tal forma en el brazo de su caballero que… ¡Él! ¡Y ella! ¡No era de sorprenderse que los lacayos se inclinaran tan obsequiosamente tras ellos hasta casi dejar caer sus pelucas! Gruñendo, Bush hizo inútiles esfuerzos por rodar fuera del paso mientras la reina de Inglaterra y el príncipe consorte pasaban a través de él, sumergido bajo las amplias faldas espectrales.

    La impresión, la farsa, la locura de todo aquello le devolvió los sentidos. Secándose los ojos, aspiró aire fresco de su filtraire, se levantó y extrajo su pistola de gas, la única arma que le quedaba. Echó una cautelosa mirada a la habitación de la que acababa de escapar. Todos los viajeros mentales yacían inconscientes en el suelo. Los sirvientes victorianos habían terminado de disponer el cortinaje, y en ese momento cruzaban la puerta a través de Bush; el gas no los había afectado. Los cuatro del futuro lo saludaron y abandonaron también penumbrosamente la habitación, con la Dama Oscura a la cabeza.

    Bush les dedicó apenas un instante de atención. Avanzó rápidamente por la habitación y desarmó a Grazley y a sus hombres; ninguno se movió. Se le ocurrió otra idea e hizo una nueva ronda de registro, recogiendo sus provisiones de CSD para retrasarles el regreso a 2093…, aunque estaba seguro de que sencillamente se apropiarían de la droga de otros. Tomó al inconsciente Howes por debajo de las axilas y lo arrastró hasta el corredor, con los ojos ardiéndole por el persistente gas. Y volvió a entrar para sacar al también inconsciente Silverstone, aún atado en su sillón. Mientras lo arrastraba por el suelo le dio con el pie a su pistola de rayos, que le había caído de la mano al entrar la primera vez. Su mente, algo embotada aún por el gas, empezó a engranar revelaciones. Y casi gritó en voz alta de sorpresa y alivio.

    Tenía un cuchillo en la mochila. Lo tomó, cortó las cuerdas que sujetaban a Silverstone y ató a Howes en su lugar, colocándole las manos detrás de los pies y atándole las muñecas a los tobillos.

    —¡Sucio bastardo! —dijo; luego echó a correr por los corredores del palacio, gritando:
    —¡Ann! ¡Ann!


    4. Un Caso De Luz Incoherente


    Cierto número arbitrario de puntos marca las fronteras mentales de nuestras vidas. Por ejemplo, una pierna doblada, un verso de Wordsworth, un día en un jardín abandonado, una amante mejilla sobre un hombro, un palo de golf ensangrentado, una droga, los largos crepúsculos en una playa del devónico, una pistola de rayos…, y en el núcleo de esos factores quedará definida una existencia humana. Sólo que un ser humano particular es más que el producto de esos factores.

    Bush estaba fuera de sí. Tan fuerte era su repentina certeza de que Ann vivía todavía que olvidó todo lo que le habían enseñado y empezó a inventar nuevas reglas.

    Tras unos momentos de furiosa locura en que corrió gritando por los corredores, comprendió la inutilidad de intentar hallar así las huellas de Ann. Seguro de que la encontraría viva, se dio cuenta de que ella quizá tenía sus propias oscuras razones para mantenerse lejos del palacio. No tenía más que unos instantes para actuar, antes que Grazley y los suyos recobraran el sentido. Para descubrir si Ann seguía aún con vida, viajó mentalmente.

    Lo hizo poniendo en actividad unos músculos desconocidos para él dentro del oscuro territorio de su submente. El CSD corría aún por sus venas de su reciente aparición en 1851…, de otro modo no habría podido lograr lo que hizo.

    Se lanzó al pasado de una zambullida en la sala de recepciones; el espaciotiempo se balanceó, y salió de nuevo a la superficie en el palacio…, ¿cuánto tiempo antes? No lo sabía. Había otras personas en la estancia, victorianos genuinos… Ni Silverstone, ni Howes, ni Ann.

    Y volvió a zambullirse; pataleó, se sumergió y emergió del viaje mental una y otra vez. Gente. Tiempos. ¿1847? ¿… 49? ¿… 50? Salía a la superficie y se zambullía nuevamente impulsado por la emoción, como un delfín hendiendo el agua, mirando, tratando de adivinar por la ventana el medio que estaba atravesando, viendo cómo la luz del sol en el patio exterior era reemplazada por la nieve, las hojas en el suelo barridas por el viento, la noche, el día, la luz gris o la luz diáfana. Luchaba yendo contra la corriente.

    Mientras lo hacía, permanecía oculto tras una de las cristaleras. Las gruesas cortinas le ayudaban. Necesitaba encontrar el punto exacto del espaciotiempo inmediatamente anterior al que Ann y Howes habían acudido a él, cuando su doble más viejo estaba aguardando en el quicio de la puerta al final del corredor. A medida que su primitivo frenesí se enfriaba, la tarea del viaje mental se hacía más difícil. El delfín estaba embarrancado. Se detuvo. Algún maldito y anónimo día de 1851, que la historia no había registrado… Aunque la reina haría alguna anotación en su diario, cuidada y prosaica, libre de toda duda acerca del universo, del cual gobernaba una buena porción.

    Impaciente, se inyectó una ampolla de CSD en la arteria y se zambulló otra vez en el viaje mental.

    ¡Ahí estaba Silverstone! Iba y venía interminablemente por la habitación. Bush recordó con claridad ese notable rostro, con el rictus de la boca y la nariz ganchuda; le brotó una frase para describirlo… El pájaro que se burla de sí mismo. Cuatro genuinos victorianos fumaban al otro lado de la estancia. Era ése el momento que necesitaba encontrar; aquel misterioso sentido instintivo que lo guiaba a través del viaje mental había vuelto a manifestarse. Debía ir con cuidado. Estaba a sólo cuestión de minutos, escasamente a una hora en el tiempo, de Silverstone. El hombre podía verlo muy fácilmente, oírlo, hablarle, dispararle. Se ocultó tras las espesas cortinas.

    Silverstone se dio la vuelta… Giró la cabeza en un gesto rápido, vio a Bush, quizá lo vio materializarse con el rabillo del ojo. Su rostro se ensombreció, apuntó un dedo acusador hacia el intruso. Atónito por su propia estupidez, Bush volvió a zambullirse en viaje mental. Había olvidado que Silverstone llevaba ya algún tiempo en 1851 antes de que llegara Howes, había olvidado tomar precauciones de que no lo vieran hombres de su propio tiempo.

    Emergió de nuevo. La habitación estaba vacía, bañada por el crepúsculo; parecía una réplica de sí misma en un museo. Fue hacia un amplio sofá cuyo respaldo tapizado se curvaba como una ola de caoba espumante de rosas y capullos. Bien protegido, se zambulló una vez más en el tiempo, ignorante de su fatiga.

    ¡Y finalmente lo consiguió! El instinto lo había servido bien, y apareció en el preciso momento en que hablaban de él.

    Silverstone estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Howes estaba de pie junto a él, pero se dio la vuelta cuando Ann entró en la habitación; parecía alterada, lo llamaba mientras corría desde el lado opuesto de la habitación hacia donde estaban ellos. Todas sus palabras se referían a Bush, débiles pero muy claras en el silencio que los rodeaba.

    —¡Eddie Bush está en el palacio, David! Acabo de encontrármelo en este mismo piso —se detuvo frente a Howes mientras recorría arriba y abajo con sus inquietas manos las costuras de su uniforme de doncella. Howes se puso en tensión y, sin sonreír, se alisó las falsas patillas.

    Silverstone murmuró:

    —Les advertí que volvería. Estaba en esta misma habitación hace dos meses, lo vi junto a esa ventana… ¡El joven rufián habría podido matarme entonces!

    Ignorándolo, Howes espetó a la chica:

    —¡No has obedecido las órdenes!
    —¡No pude, David! Escucha…, ya no hay necesidad de matarlo. Ha cambiado de opinión. Nos ayudará, y Dios sabe que necesitamos ayuda.

    Howes la apartó, buscando al mismo tiempo su pistola.

    —Has desobedecido las órdenes, Ann. Ya tenemos bastantes problemas sin el factor de incertidumbre de Bush complicándonos la vida. ¡Llévame hasta él!

    Ella lo sujetó del brazo.

    —No hagas nada que vayas a lamentar luego, David. Puede ayudarnos. Sé razonable con él… Siempre has dicho que era un artista típico. Además, tiene una pistola de rayos.
    —¡Ja! ¡No tienes por qué preocuparte de ella! Nosotros ya hemos arreglado eso.
    —¡Eres tan bueno arreglando cosas…! Sólo te estoy pidiendo que no le hagas daño. ¡Por favor!

    La expresión de Howes se dulcificó cuando miró a Ann.

    —Sigues encariñada con él, ¿eh? De acuerdo, hablaré con él, si es necesario. Pero no olvides cuántas cosas dependen del éxito de esta operación. Profesor Silverstone, quédese aquí, por favor; estaremos de vuelta en un par de minutos, y luego podremos viajar de nuevo antes de que las cosas se pongan demasiado calientes para nosotros.
    —Pero mi paquete…, no puedo irme sin él —dijo Silverstone—. Ann, usted tenía que ir a buscármelo.

    Ann hizo chasquear los dedos.

    —Era lo que estaba haciendo… Lo olvidé cuando vi a Eddie. Esta vez no habrá trabas, profesor… Le traeré inmediatamente su paquete.

    Bush no se quedó a oír la última parte de la conversación. Aprovechando que ellos estaban atentos en sus cosas, echó a correr hacia la puerta, doblado en dos. Se metió de cabeza en el corredor, hubiera o no hubiera agentes enemigos. ¡Magnífico!

    Había visto la expresión de Ann cuando Howes le preguntó si aún seguía encariñada con él. Hasta ese momento, había olvidado que poseyera algún talento para amar. La espontánea expresión del rostro de Ann le indicó que sí lo poseía…, cogida de improviso, como la pequeña Joan Bush cuando la observaba desprevenida; era la primera vez que veía a Ann con la guardia baja.

    ¡Y había pillado también a Howes con la guardia baja…! ¡Howes, el que arreglaba las cosas…! Un hombre bravo, frío, previsor; todas, cualidades que a Bush le era imposible ver en sí mismo. El extraño sabotaje de Howes a los planes del régimen había sido tan completo como había podido; incluso se había asegurado de que las armas de los asesinos que él había elegido no funcionaran correctamente. Sin ninguna duda, la pistola de gas de Bush disparaba inofensivo anhídrido carbónico, al igual que su pistola de rayos había disparado un resplandor inofensivo que sería de todo menos láser, en lugar del coherente rayo de luz que supuestamente debía producir. Estaba bien claro. No había matado a Ann.

    Lo que Howes había dicho confirmaba las sospechas de Bush. El hecho de que la pistola de Bush hubiera sido trucada era la única prueba palpable de que la actividad subversiva de Howes, según su propia versión, era cierta.

    Sabía que podía regresar despreocupadamente al punto donde había dejado a Silverstone y Howes tendidos en el pasillo bajo los efectos del gas. El tiempo era lo esencial…, ¡un pensamiento fecundo! ¡Ya no era un asesino, lo habían amnistiado! No era más que una inofensiva criatura que no pretendía hacer daño a nadie. ¡Y Ann seguía viviendo su escurridiza vida!

    Y se le ocurrió una extravagancia. Riendo, recorrió el corredor siguiendo la misma dirección por la que Ann había venido. Descubrió así a su doble anterior, acechante tras la oscura puerta donde las mujeres seguían planchando. Impulsivamente, extendió la mano y sintió cómo él mismo la tomaba. Sonrió. Qué bien se sentía, mejor de lo que había anticipado, hábil en los movimientos.

    —¡Tú!
    —¡Yo!

    Era una especie de intercambio amoroso. Qué bien le caía ese hombre, ese extraño cuyos más íntimos pensamientos, cuyo cuerpo, centímetro por centímetro, tan bien conocía… ¡La única persona que podía decirlo! ¡Qué loco, oscuro, desconocido incesto…, sentirse enamorado de sí mismo! No podía decir más, desbordado por la emoción, que pudiera tener una carga mayor que lo que había transmitido. Viajó mentalmente.

    Llegó de regreso… O tal vez hubiera permanecido siempre allí, y todo el resto del universo había sido el que se había ausentado. El esfuerzo de romper la barrera de la entropía le hizo saber lo agotado que estaba, devolviéndolo a la conciencia de los peligros inmediatos.

    Silverstone y Howes estaban recuperando el sentido, tendidos sobre la moqueta del corredor. Aunque habían respirado relativamente menos gas que los hombres de Grazley, no iba a pasar demasiado tiempo sin que también el enemigo se recuperara e irrumpiera en el corredor.

    Inclinado, Bush abofeteó el rostro del profesor —el rostro del pájaro que se burla de sí mismo— y lo sacudió bruscamente. Lo llamó:

    —¡Stein! ¡Stein! —pero pronto cambió de pensamiento—. ¡Silverstone!

    El profesor abrió los ojos.

    —Era la prueba —murmuró—. Esa arma… ¡La prueba positiva! —las palabras añadieron confusión a la cabeza de Bush.

    ¿Podía Silverstone saber que su pistola de rayos había sido trucada? No podía comprender cómo el hombre pudiera saber lo sucedido. Se limitó a mirar fijamente a Silverstone mientras el profesor se esforzaba en colocarse en posición de sentado. Decía, de un modo mucho más coherente:

    —Esa arma que utilizaron las cuatro personas del otro tiempo…, ¡es una prueba de que mi teoría es absolutamente correcta! Pero tendremos otras, ¡ya lo verá! Es la primera vez que intervienen a través de la entropía temporal.
    —Lo voy a sacar de aquí, Silverstone. De todos modos, no veo cómo han podido utilizar un arma a través de la barrera de la entropía.
    —Sencillo, ¿no? Indudablemente nosotros también la habríamos desarrollado en unos pocos años. Ya hemos aprendido a filtrar el aire a través de la barrera; el propio concepto del viaje mental lo requiere. Simplemente han filtrado un analgésico a través de ellos mismos. Ayúdeme ahora a ponerme de pie, ¿quiere? Usted es Edward Bush, lo sé. Nos hemos encontrado aquí y allá por el espectro del tiempo, y no siempre en circunstancias amistosas. Espero no haberle hecho demasiado daño aquella vez en El huevo amniótico. Creí que usted sería uno de esos agentes del canalla de Bolt.

    Bush echó a reír.

    —En aquella ocasión ni siquiera había reparado en usted. Estaba demasiado fascinado con la chica que lo acompañaba.

    La expresión más bien tensa de Silverstone se aflojó.

    —Bueno, yo también estaba fascinado con ella. Las mujeres son mi debilidad, afortunadamente. Gracias por haberme sacado de esa habitación. Desate a Howes y vayámonos.
    —He atado a Howes a propósito. Fue cruel conmigo, sólo para asegurarse de que yo estaba tan abrumado como para obedecerle sin hacer preguntas. No me gusta ser instrumento de nadie.
    —Todos somos el instrumento de alguien. Eso es lo que significa sociedad. Usted es un hombre muy emocional, Bush, pero ahora no tenemos tiempo para emociones. David Howes es un hombre de una importancia vital, y debemos llevárnoslo con nosotros.

    Todos somos el instrumento de alguien… No era un pensamiento particularmente elevado, en estimación de Bush. Pero era una forma de poner sentido a los asuntos humanos. Uno utilizaba y era utilizado; él había utilizado a Ann, Howes lo había utilizado a él, él utilizaría a Howes, él utilizaría a Silverstone.

    Howes y Silverstone poseían poder; y podían incluso acrecentarlo. De vuelta al presente —en 2093—, podrían ayudar a Bush si él les ayudaba ahora. Podía hallar a través de ellos la libertad de pintar, de realizar nuevamente composiciones… Necesitaba crear como un hombre que duerme necesita soñar. Si su arte debía perdurar, él iba a tener que renunciar a algunas de las mezquindades de ser uno mismo.

    Se inclinó y empezó a desatar a Howes, que ya estaba abriendo los ojos. Mientras se peleaba con los nudos, Silverstone dijo:

    —Quizá sepa usted que hay una camarilla de intelectuales exiliados procedentes de nuestro tiempo aquí, en el palacio. Les he explicado mi mensaje, y han ido a propagarlo.
    —¿Mensaje? ¿Se ha vuelto usted religioso?
    —Mi enseñanza. Me gustaría que Wenlock estuviera aquí, ahora que nuestra disputa ya no tiene sentido. Incluso a mí me cuesta captar lo que he descubierto. Es algo que pone el mundo patas arriba, completamente patas arriba. Debemos irnos lo antes posible.
    —No puedo irme sin Ann.
    —Lo sé. Necesitamos a Ann. Vendrá de un momento a otro con mi paquete, que se había quedado abajo. ¿Cómo se encuentra, capitán?

    Howes gruñó. Se sentó mientras Bush terminaba de desatarlo, sacudió la cabeza para esclarecerla, miró a su frustrado captor.

    —¿Sabe lo de Ann? ¿…que está viva?

    Bush asintió.

    —Lo siento, Bush. Hay que culpar a su temperamento inestable. Cuando usted disparó la pistola de rayos trucada contra ella, Ann se tiró al suelo, y cuando yo lo gaseé a usted hice que Ann simulara estar muerta. Ya era tiempo de que tuviera usted un buen shock. ¡Podía ser bueno para su sadismo!
    —¡Está usted enfermo! —exclamó Bush; se volvió, disgustado. Ann venía a toda prisa por el corredor, con una enorme caja de plástico bajo el brazo. Silverstone agarró el paquete y Bush agarró a Ann. Ella le sonrió, con una ceja levantada y un eco de su antigua desconfianza.
    —¿Por qué hiciste eso? —preguntó Bush.
    —¿Y te atreves a preguntármelo? ¿Por qué me disparaste? ¡No respondas! Sé la respuesta… No confías en mí, no te atreves a confiar en mí, ¡porque no te atreves a confiar en ti mismo!

    Bush mintió:

    —La pistola se disparó por accidente.
    —¡Estás mintiendo! Vi la intención en tus ojos cuando apretaste el botón.
    —Estaba loco de desesperación… ¡Tú lo sabes! Tú sabes que yo creía que estabas trayendo a Howes para que me matara. Era porque te amaba, Ann, nada más. ¡Por eso me volví loco!

    Ann bajó la mirada y dijo resentidamente:

    —No confías en mí.
    —Ahora tenemos que conseguir confiar en cada uno de nosotros —dijo Howes—. Porque si no nos vamos de aquí rápidamente, Grazley y los suyos caerán de nuevo sobre nosotros. Podríamos eliminarlos fácilmente mientras están indefensos ahí, quizá Bush querría hacerlo, pero prefiero viajar antes de que se recuperen.
    —Excelente idea, capitán… Aunque pienso que es usted injusto con Bush, que nos sacó a los dos de manos del Partido de Acción Popular, y debemos agradecérselo —dijo Silverstone—. Ahora tengo mi paquete; unamos nuestros brazos e inyectémonos una dosis de CSD. Mantengamos la disciplina en nuestras mentes, y vayámonos de esta casa de locos. Viajemos mentalmente hasta el jurásico, los cuatro.
    —Pensé que volvíamos a 2093 —dijo Bush.
    —Usted obedecerá las órdenes —dijo Howes, levantándose una manga, sacando una ampolla y apretándola contra su brazo.
    —Tenemos un pequeño asunto que atender…, recoger a alguien en el jurásico —dijo Silverstone, tratando claramente de atenuar la brusquedad de Howes.

    Bush se encogió de hombros.

    —Quiero hablar contigo, Ann —dijo a la chica en voz baja mientras se preparaba también para el viaje mental.

    Ella dijo con voz deprimida:

    —No tengo ganas de hablar. David me ha contado lo suficiente de la teoría de la submente de Silverstone como para aturdirme por completo…
    —¡Ann, vamos, por favor! —dijo Silverstone—. No hablen. ¿Preparado, capitán Howes?

    Howes ya había tomado a Silverstone del brazo. Con el otro sujetó el de Bush, quien a su vez enlazó el brazo de Ann.

    —Vamos —dijo.


    5. En Las Decrépitas Márgenes Del Tiempo


    El palacio de Buckingham, las estepas del jurásico. No había mucha diferencia entre ambos lugares, en un aspecto muy importante, para un viajero mental: ambos yacían eternamente bajo la maldición del silencio, eran tridimensionales pero difícilmente accesibles a ningún sentido excepto el de la vista. Y no había pterodáctilos volando.

    Los cuatro llegaron al mismo tiempo, y un inmenso cansancio hizo arraigo en Bush, que miró reprobatoriamente a Silverstone y Howes. A medida que recordaba las buenas resoluciones y los sentimientos de divinidad con que había abandonado Breedale, el desagradable episodio en el palacio de Buckingham le disgustaba más y más. Todos sus intentos por participar en los acontecimientos del mundo eran un fracaso; necesitaba de nuevo silencio y soledad, y reflexionó con cinismo que “la impotencia absoluta corrompe absolutamente”. El significado del mal funcionamiento de su arma aún no lo había abandonado.

    Estaban de pie contemplando el paisaje junto a un río de cauce poco profundo, la opaca selva azul-verdosa extendida detrás, mientras delante se abrían la llanura y la montaña. Nada se movía excepto el río. El cielo estaba lleno de las mismas nubes que Bush había observado rodar siempre en el jurásico.

    —Seguiremos con nuestro plan —dijo Silverstone—. Capitán Howes: yo me quedaré aquí con Bush mientras usted y Ann van a buscar a nuestro otro amigo.
    —Vamos inmediatamente —dijo Howes—. Duerma usted algo, profesor. Parece que también Bush necesita descabezar un sueño. Si todo va bien, estaremos de vuelta en dos o tres horas.

    Ann hizo un gesto con la mano a modo de saludo, y sin más ceremonias echaron a andar con el letárgico paso de los que aún se hallan bajo los influjos del CSD.

    Silverstone empezó inmediatamente a desenrollar una cama de campaña de su mochila, indicando a Bush que hiciera lo mismo.

    —Estamos completamente seguros aquí. He elegido este lugar porque está a unos tres kilómetros de la habitación humana más cercana. El capitán y Ann recogerán a alguien y cuando se reúnan de nuevo con nosotros haremos el resto de nuestro viaje.
    —Profesor… Me estoy controlando porque me doy cuenta que no soy más que un peón en este juego, pero por favor, ¿querría explicarme con quién vamos a encontrarnos ahora y adónde iremos a continuación?
    —Usted está demasiado preocupado por las cosas pequeñas, amigo mío. Pero… Yo también estoy… preocupado todavía porque he roto mi reloj de pulsera y no sé la hora que es… ¡La hora! ¡Una hora! Y sin embargo sé que los relojes de pulsera han quedado totalmente obsoletos. Bueno…, soy un hombre incoherente.
    —¡Yo también! El genio es incoherente. ¿Recuerda usted su infancia?
    —Tenemos que descansar un poco. Pero contestaré a su primera pregunta —empezó a desembalar el paquete de plástico que había traído consigo de la época victoriana—. Usted era una especie de artista, ¿no?
    —Soy artista. ¡Uno jamás deja de ser artista!
    —Bueno, digamos entonces que ha dejado de manifestarse, ¿no es así?

    Bush buscó ironía en esas palabras, pero olvidó completamente el tema cuando el panel emergió del paquete.

    —Vamos a encontrarnos con el hombre que realizó esto; él comprenderá mis descubrimientos cuando se los explique, visceralmente si no intelectualmente. Es necesario que todas las cosas nuevas del mundo sean interpretadas para el público más amplio posible no sólo a través de los científicos sino también a través de los artistas…, ése es el eterno papel del artista, y ese hombre demuestra que es ideal para mis propósitos. Observe este magnífico trabajo.

    Bush estaba observando.

    —Es un Borrow. Admirable…, ¿no?

    Sin ostentación, Borrow había establecido varias áreas de oscuridad en su composición, interrelacionadas por motas de color que se combinaban aquí y allá en masas dominantes presentadas de modo que pudieran ser tanto núcleos atómicos como ciudades o estrellas; puesta así en duda la escala del conjunto, aparecían otras ambigüedades que multiplicaban los significados. Algunas partes parecían más burdas y menos logradas, pero eran inseparables del conjunto, como si Borrow se hubiera ampliado a sí mismo, desechando el papel de dandy, y hubiera intentado afrontar simultáneamente la totalidad de sí y la totalidad de su mundo.

    Era una composición menos perfecta, a juicio de Bush, que los montajes que él había observado en El huevo amniótico, pero infinitamente más grande; supo sin la menor vacilación que se trataba de una obra posterior, para la cual las anteriores le habían servido como ejercicios preliminares. Era un Roger Borrow parecido a uno de los últimos Turner, de los últimos Kandinsky, de los últimos Braque, de los últimos Rellom, de los últimos Wotaguci. A Bush le costaba creer que el poco ardiente Borrow hubiese podido producir una manifestación tal; y sin embargo, en toda ella estaba la firma de su amigo, por impersonal que pareciera.

    Y Borrow iba a reunirse con ellos cuando volviera con Ann y Howes…

    Se dio cuenta de que llevaba varios minutos mirando la obra. Partes de ella estaban, partes de ella parecían estar, en un lento movimiento contrapunteado; su atención fue atraída por la oprimente circunstancia humana, por el medido desplazamiento de galaxias y protones, y por los estratos temporales que se amontonaban como una ominosa tormenta sobre su mundo.

    Levantó los ojos hacia Silverstone. Ni siquiera sentía deseos de preguntarle dónde irían cuando llegara Borrow.

    —Como decía usted, profesor, será mejor que durmamos un poco…

    Sonido de voces. Ann, que se inclinaba para tocarle el brazo. Bush se sentó; parecía que no hubiera pasado el tiempo desde que había cerrado los ojos, aunque su cabeza volvía a estar clara. Algo había ocurrido en ella…, su padre había reído o su madre sonreído… Nuevamente era capaz de ocupar su conciencia. Inmediatamente recordó la obra maestra.

    Apretando la mano de Ann se puso de pie y extendió su mano hacia la de Borrow.

    —Has hablado por tu tiempo —dijo.
    —El huevo amniótico lo hizo…, verse atado allí, a las órdenes de todo el mundo. Fui creado para descubrir un medio de autoexpresión.
    —Es más que eso. Seguro que Ver te habrá dicho que era más que eso.

    Borrow dio señales de querer cambiar de tema.

    —He dejado a Ver custodiando el fuerte —dijo—. Norman Silverstone ha tocado los clarines de la aventura. Será algo nuevo para mí, estoy tan nervioso como un cachorrillo.

    Parecía completamente tranquilo. Como siempre, iba meticulosamente vestido, con un dos piezas de línea clásica, la mochila echada sobre un hombro al descuido. Un extraño profeta del nuevo orden, pensó Bush… Sea cual fuese ese nuevo orden.

    —Todos estamos nerviosos, Roger, pero al menos el jurásico es más seguro que el victoriano palacio de Buckingham.
    —No apuesten nada sobre eso —dijo Howes, interrumpiéndolos—. El huevo amniótico pulula de agentes. Seguro que nos han reconocido, y es sólo cuestión de tiempo, poco tiempo, que se organicen y acudan a buscarnos. La cabeza de Silverstone tiene un precio.
    —Entonces tengo que comer algo —dijo Bush—. Desfallezco.
    —No hay tiempo. Profesor Silverstone, ¿estamos listos para partir?

    El profesor estaba enrollando su cama de campaña, y se hallaba tan despierto como Bush, quien observó al acercársele cuán ansioso parecía. Vio también que la Dama Oscura estaba de nuevo a poca distancia de ellos, mirando pacientemente. Dominando el impulso de averiguar quién era, pensó que era tan inaccesible como el ánima de su mente por la cual la tomaba a veces.

    Silverstone dijo:

    —Excepto usted, señor Borrow, todos los demás tenemos todavía CSD en nuestras venas. ¿Quiere inyectarse, por favor? Estoy contento de que venga con nosotros. ¿Podrá su esposa encargarse de El huevo amniótico sin usted?
    —Seguro. Tiene un apagabroncas para ayudarle —Borrow estaba apretando una ampolla contra la arteria de su antebrazo izquierdo, y no perdió tiempo en cháchara educada.
    —Usted va a ser una especie de huevo amniótico para los tiempos venideros…, usted y el señor Bush, espero, con sus talentos artísticos unidos. La raza humana debe arrancarse de lo que era, tan definitivamente como los reptiles se arrancaron de los anfibios, y espero que ustedes dos formarán parte del vehículo que efectúe la transformación.
    —El capitán Howes me ha dicho dónde íbamos.
    —Bien —Silverstone se dirigió a Bush—. Entonces usted es el único que no está informado de mi plan. Tome el brazo de Ann… Y usted, Ann, sujétese del señor Borrow, y usted, señor Borrow, del capitán. Yo tomaré su otro brazo, Bush, y procederemos juntos a la disciplina. Viajaremos mentalmente hasta el único lugar que todos podemos alcanzar donde estemos seguros de las interrupciones violentas…, más allá del devónico, tan lejos como podamos dentro del criptozoico.
    —¿Sabe usted del cambio de aire dentro del mundo primitivo?
    —Por supuesto. Nos sumergiremos hasta el límite en que aún podamos respirar.
    —¿Es realmente necesario? —preguntó Borrow—. ¿Qué hay de una extensión remota del carbonífero? Un buen lugar, lleno de escondrijos. El enemigo no podría rastrearlo todo.
    —Soy muy consciente de ello. Pero podrían rastrear una parte, y no deseo más huidas por los pelos como la que tuvimos que efectuar en la época victoriana. El capitán Howes es un militar; él puede soportarlo, pero yo no. Así que será el criptozoico… Y espero que si nos vemos metidos en problemas, otros poderes vengan a ayudarnos —señaló con un dedo a la Dama Oscura, dirigiéndole al mismo tiempo una cortés inclinación de cabeza.

    Se tomaron del brazo, y Bush se cuidó de sujetar muy fuertemente a Ann. Se negaba a decir nada, no sólo porque viera que Howes seguía manteniendo una inquina contra él que podía causar problemas, sino porque se sentía como embarrancado en una orilla de la que la realidad se estaba retirando cual marea que baja. Hasta el pensamiento de que alguna especie de gratificación artística obtendría de ello había dejado de emocionarlo.

    No conseguía dejar de pensar —mientras una parte automática de su mente recitaba las partes apropiadas de la disciplina Wenlock— en la comparación estúpida que su padre había utilizado para explicar las eras de la Tierra a la señora Annivale: la esfera del imaginario reloj, con el mundo prestidigitado a la medianoche y cuya madrugada se llenaba con los terribles volcanes de la creación, las agujas giraban en la esfera con el tono de los eternos tornados y los cuartos de hora sonando en una habitación desierta en la que los mares de plasma rodaban… El día amanecía, sonaba la campanilla del despertador agitando las cadenas pépticas bajo las durmientes nubes… El largo y lúgubre amanecer se había consumido casi antes de que los primeros dientes en las primeras mandíbulas mordieran los primeros flancos, y hasta las once no acudían los pelicosaurios del pérmico a tomar su café. Sólo a unos pocos segundos del mediodía mostraba la humanidad una pierna…, a cuya hora, según la fantasía, la oscuridad volvía a caer y todo empezaba otra vez. Pero en ocasión de esta revolución particular, cinco de los mamíferos que habían exhibido la pierna se proponían retroceder abriéndose camino hasta el amanecer.

    Salió a la superficie, y encontró todo tan oscuro como lo había visto en su alucinación. Los otros estaban a su lado, Ann apretada contra él. Permanecieron totalmente inmóviles, respirando pesadamente por medio de sus filtraires.

    Estaban de pie sobre el suelo generalizado con el que el viaje mental los había familiarizado. El suelo real estaba a unos tres metros por debajo de sus talones, de tal modo que parecían suspendidos en el aire.

    Pasó un rato largo antes de que ninguno de ellos diera un paso adelante. Abajo, el mundo transpiraba y se estremecía, despertando a la larga fiebre de la existencia. Grandes cinturones de