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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    CRIPTOZOICO (Brian Aldiss)

    Publicado el sábado, diciembre 10, 2016

    A James Blish, cuyas ciudades alzan el vuelo y cuyas palabras también
    In te, anime meus, tempora metior.
    San Agustín, Confesiones, Libro II.


    “Es una triste clase de memoria aquella que solamente funciona hacia atrás”, observó la Reina.
    Lewis Carroll, A través del Espejo.


    Prefacio

    Yacían amontonadas sin sentido alguno, y sin embargo con una terrible significación que evidenciaba la fuerza que las había arrojado allí. Parecían ser algo entre lo inorgánico y lo orgánico. Proliferaban en las márgenes del tiempo, englobando en ellas todas las sorprendentes formas que acarrearía el mundo; la Tierra era una pesadilla de piedra henchida de la progenie que un día pulularía por ella.

    Esas formas copromórficas sugerían elefantes, focas, diplodocus, extraños seres escamosos y saurópodos, escarabajos, murciélagos, fragmentos de octópodos, pingüinos, cochinillas, hipopótamos, todos ellos vivos o muertos.

    También aparecían desmañadas reminiscencias del cuerpo humano: torsos, muslos, ingles ligeramente ahuecadas, espinas dorsales, senos, esbozos de manos y dedos, hombros en masa, restos filiformes…, todo distinto y sin embargo, todo fundido con las aún más extrañas anatomías que las rodeaban en aquella desesperada agonía de la naturaleza… Y todo moldeado negligentemente en el magma gris sin que el pensamiento apareciera, sin que el pensamiento hubiera sido borrado.

    Se extendían hasta tan lejos como la vista podía alcanzar, apiladas las unas sobre las otras, como si llenaran todo el criptozoico…, o como si fueran tanto los siniestros presagios de lo que aún tenía que venir como la imagen persistente de aquello que había desaparecido hacía mucho tiempo…



    Libro Primero
    1. Un Lecho En La Vieja Arenisca Roja


    El nivel del mar había ido descendiendo lentamente a lo largo de los pocos últimos milenios. El agua apenas se movía y era difícil decir si las pequeñas olas rompían contra la costa, o si se formaban de algún modo en la costa misma y desde allí eran enviadas a las profundidades. El río que desembocaba en el mar había edificado bancos de limo rojo y guijarros que a menudo le impedían la marcha con barreras de grava…, y entonces se estancaba en amplios remansos fulgurantes bajo la luz del sol. Había un hombre sentado junto a uno de esos remansos. Aunque parecía rodeado de vegetación, detrás de él la playa estaba tan desnuda como un hueso reseco.

    Era alto y desgarbado, de cabellos rubios, piel pálida, y una expresión reposada que escondía algo adusto y vigilante. Llevaba un traje de una pieza y cargaba al hombro una mochila en la que guardaba las raciones de agua presurizada, los sucedáneos alimenticios, algunos materiales para artistas y dos cuadernos de notas. Tenía además un aparato a modo de collar conocido vulgarmente como filtraire y consistente en un aro provisto de un pequeño motor detrás, y bajo la barbilla, adelante, una boquilla que le echaba aire fresco en el rostro.

    Se llamaba Edward Bush. Era un hombre solitario de más de cuarenta y cinco años. Por aquella época se sentía encalmado, a la deriva; el trabajo temporal en el Instituto no lo aliviaba en aquella íntima convicción de encontrarse ante un cruce no señalado en los mapas. Era como si todos sus mecanismos psíquicos se hubieran detenido, o permanecieran ociosos, sin saber qué dirección tomar, o bajo el agobio de una inquietante premonición. Con el mentón apoyado en la rodilla, Bush observaba la monótona extensión del mar. En algún sitio unas motocicletas se ponían en marcha.

    No deseaba que lo vieran así. Se puso de pie y se acercó de prisa al caballete. Había retrocedido, disgustado, más de lo que recordaba. La pintura no era demasiado buena, por supuesto; como artista estaba acabado. Quizá por eso no se atrevía a regresar al presente.

    Howells estaría aguardando el informe en el Instituto. Bush lo había incluido en el cuadro. Intentaba expresar la vacuidad, contemplando el océano, trabajando con papel mojado y acuarelas… Tan primitivo equipo era todo lo que uno podía llevar en los viajes mentales. Los colores espesos chorreaban en la punta de los pinceles. Había trabajado con frenesí. Sobre el mar lúgubre había aparecido un sol rojo con las facciones de Howells. Se echó a reír. Un árbol retorcido a un lado de la tela; aplicó allí el pincel.

    —¡Imagen materna! —exclamó—. ¡Ésa eres tú, madre! Sólo para mostrarte que no te he olvidado.

    Los rasgos de su madre lo contemplaban desde el follaje. La adornó con una corona de diamantes; su padre la llamaba a menudo la Reina…, en parte con amor, en parte con ironía. De modo que el padre estaba también en el cuadro, difusamente.

    Bush se quedó mirando la tela.

    —Es una obra maestra, ¿sabes? —le dijo a la imprecisa mujer que estaba de pie detrás de él, a cierta distancia, sin mirarlo. Tomó una acuarela y garabateó un título: Grupo de familia. Al fin y al cabo, él estaba también allí. Todo él estaba allí.

    Luego sacó el bloque de papel de la pinza, arrancó la hoja y la enrolló. Plegó el caballete y lo metió en la mochila.

    El sol brillaba detrás de Bush, sobre las colinas bajas, preparándose para el ocaso. Las colinas estaban desnudas excepto a lo largo del cauce del río, donde unas psilofitas enanas crecían a la sombra de unos licopodios primitivos. Bush no arrojaba ninguna sombra.

    El distante sonido de las motocicletas, único en medio del gran silencio devoniano, lo ponía nervioso. De reojo alcanzó a ver en el suelo un movimiento que lo sobresaltó. Cuatro crosopterigios forcejeaban chapoteando en los bajíos. Se abrieron paso por el barro rojo, irguiendo las cabezas curiosamente acorazadas, mientras miraban alrededor con cómica avidez. Bush iba a fotografiarlos con la cámara de muñeca pero pronto cambió de idea…, ya había fotografiado antes otros crosopterigios.

    Los peces se adelantaron echando dentelladas a los insectos que se arrastraban por los bancos de lodo hurgando afanosamente en la vegetación pútrida. En el tiempo en que aún era un genio, había utilizado la estructura de una de aquellas acorazadas cabezas verdes en uno de sus trabajos más logrados.

    El ruido de las motocicletas cesó de pronto. Bush trepó a una barranca de pedregullo para ver mejor el paisaje; podía ser un grupo de gente lo que veía abajo, en la playa. El océano casi no se movía. El fantasma de la mujer de cabellos oscuros casi no se movía. En cierto sentido, la mujer lo acompañaba…, o tal vez fuera uno de esos espectros irritantes nacido de su cerebro sobrecargado.

    —¡Es como un maldito libro de clase! —le dijo al fantasma, burlándose—. Esta playa, la evolución, la falta de oxígeno en el océano agonizante…, los peces que salen del agua y se aventuran en el espacio…, y, por supuesto, mi padre, para quien todo esto sería un texto religioso —reconfortado por el sonido de su propia voz, Bush se puso a recitar (su padre era muy aficionado a decir poemas)—: La primavera…, no, demasiado larga. Gongula… Demasiado, demasiado larga…, corcho.

    Oh, bueno; aquí uno tenía que divertirse, o terminar loco. Respiró a través del filtro, mirando de reojo a su custodia. La mujer de cabellos oscuros seguía allí cerca, tan imprecisa e insustancial como siempre. Supuso que estaría montando una especie de guardia. Le tendió la mano, pero no pudo tocarla, así como no podía tocar a los crosopterigios, o la arena roja…

    La lascivia, ése era el problema. Necesitaba este aislamiento mientras los relojes internos no funcionaran, pero a la vez se sentía aburrido. La lascivia lo estaba consumiendo otra vez; pero la Dama Oscura era tan inaccesible como las mujeres indecentes que él imaginaba.

    No era ningún placer para él ver las colinas desnudas a través del cuerpo de ella. Se tendió sobre los guijarros, con el cuerpo apoyado a medias en las irregularidades del suelo. En vez de preocuparse por la identidad de la mujer, se volvió hacia el mar lúgubre; lo contemplaba como si esperara que algún monstruo insaciable asomara a la superficie e hiciera trizas la quietud que ahora lo inundaba.

    Todas las playas se conectaban entre ellas. El tiempo no era nada para las playas. La que tenía ante sí lo llevaba directamente a la playa que había conocido en unas miserables vacaciones de su infancia, cuando sus padres peleaban con una violencia contenida, y él permanecía temblando detrás de una cabaña, con los zapatos llenos de arena, escuchando furtivamente las palabras de odio. ¡Si al menos olvidara su propia infancia, podría iniciar una nueva vida creativa! Quizás unas imágenes parecidas a cabañas…, conservadas por el tiempo…

    No era nada raro en Bush que estuviera allí tendido, meditando en una próxima composición espaciocinética, en vez de trabajar; pero como artista (¡ja!) había triunfado con demasiada facilidad y demasiado pronto…, sobre todo porque fue uno de los primeros en llevar a cabo el viaje mental, sospechaba, y no tanto porque al público le impresionara de un modo particular aquel genio solitario o aquellas austeras y cada vez más monocromáticas composiciones de bloques móviles y trampas, expresión de las oscuras interrelaciones espaciales y sincronizaciones temporales que para Bush constituían el mundo.

    En cualquier caso, había terminado con las composiciones de meras señales fóticas que tanto aplaudieron cinco años antes. En lugar de arrastrar adentro aquel fardo de apariencias, empujaría las interioridades hacia afuera, relacionándolas con el tiempo macrocósmico. Eso haría, si sabía cómo empezar.

    Bush oyó de nuevo las motos, golpeteando a lo largo de la playa desierta. No les prestó atención y se hundió más profundamente en sus pensamientos, la cabeza colmada de ángulos y fuerzas que no se resolvían en nada que pudiera expresarse. Había emprendido el viaje mental animado por el Instituto, a fin de romper deliberadamente los ritmos circadianos, y para poder enfrentar los problemas nuevos y fundamentales de la percepción temporal, que tanto preocupaba en su época… Y no había encontrado nada significativo. Por eso estaba ahora solo y abandonado en aquella costa.

    El viejo Claude Monet había seguido la buena senda, teniendo en cuenta la época, pacientemente sentado en Giverny, transformando nenúfares y estanques en formaciones de color que se ordenaban en un esquivo testimonio del tiempo. Monet nunca había tenido detrás el devónico o la Era Paleozoica.

    La conciencia humana se había ampliado de manera tan alarmante y se había afanado tanto en transformar cualquier objeto natural con sus propias tonalidades peculiares, que no podía existir ningún arte que no tomara exacta conciencia de este hecho. Algo enteramente nuevo tenía que ser forjado; incluso la escultura bioelectrocinética de la década anterior había sido superada.

    El poseía las semillas de aquel arte nuevo en su vida, la cual, tal como había reconocido hacía tiempo, seguía el esquema de un vórtice, con sus emociones que se derramaban copiosamente en el deformado centro de la existencia, siempre en movimiento, empujando como un huracán, pero siempre volviendo al mismo punto. El pintor que más lo impresionaba era el viejo Joseph Mallord William Turner; su vida, desarrollada en otro período en el que la tecnología estaba alterando las ideas sobre el tiempo, se había movido también en vórtices, hasta tal punto que sus últimas telas habían sido dominadas por ese motivo.

    El vórtice, símbolo de la forma en que todos los fenómenos del universo penetraban torbellineando en el ojo humano, como agua vaciándose de un lavabo…

    Había pensado en eso un millar de veces. La idea torbellineaba también, girando y girando, sin llevar a ningún lado.

    Gruñendo para sí mismo, Bush se sentó para mirar las motocicletas.

    Estaban casi a un kilómetro de allí, estáticas sobre la deslustrada playa; podía verlas con claridad, los objetos de su propia dimensión parecían mucho más oscuros de lo que serían si existieran en el mundo exterior, con la barrera de la entropía reteniendo aproximadamente el diez por ciento de la luz. Los diez conductores se veían más bien como siluetas recortadas contra el exótico fondo del Devónico, con todas las fuerzas conspirando para admitir que no pertenecían ni pertenecerían nunca a aquel lugar.

    Las motos eran de esos modelos ligeros que sus conductores podían llevar consigo en sus viajes mentales. Giraban en intrincados movimientos pero sin proyectar por eso los consabidos chorros de arena, ni levantar olas cuando parecían circular entre ellas. Carecían del poder de afectar las cosas que nunca habían afectado y apenas conseguían evitarse unas a otras. Finalmente terminaron por detenerse en una línea recta casi perfecta, vueltas a un lado u otro, con sus discos horizontales flotando casi sobre la arena.

    Bush observó a los conductores descender y empezar a hinchar una tienda. Llevaban todos el atuendo verde de ante que era virtualmente el uniforme de los de su clase, y vio que uno tenía una larga cabellera rubia, flotante…, quizás una mujer. Aunque no pudo asegurarse de ello desde allí, su interés se despertó.

    Al poco rato los conductores lo descubrieron, sentado sobre los guijarros rojos. Bush se sintió cohibido cuando vio que cuatro de ellos venían hacia él, pero permaneció en su sitio simulando no haberlos visto.

    Eran altos. Todos llevaban botas altas de ante, peladas. Los filtraires les colgaban negligentemente. Uno de ellos tenía pintado en su casco un cráneo de reptil. Tendrían entre treinta y cuarenta años —era el promedio en estos grupos, de donde les venía el apodo de ‘treintones’, pues treinta era la edad mínima para los viajes mentales—. Había, en efecto, una chica entre ellos.

    Aunque se puso nervioso al verlos avanzar, Bush sintió una repentina oleada de deseo al ver a la chica. Era la de los cabellos largos y rubios, que parecían sucios y grasientos. Nada de maquillaje, rasgos angulosos pero al mismo tiempo indefinidos, la mirada perdida. Silueta delgada… Deben ser esas estúpidas botas, pensó mofándose de sí mismo, puesto que la chica no era precisamente atractiva, y sin embargo su excitación persistía.

    —¿Qué haces aquí, compañero? —preguntó uno de los hombres, bajando la vista hacia Bush.

    Pensó que sería tiempo de ponerse de pie, pero permaneció sentado por la única razón de que levantarse habría parecido hostil.

    —Descansaba, hasta que habéis llegado con vuestro ruido —levantó la vista hacia su interlocutor, un tipo de nariz aplastada y profundos pliegues bajo cada mejilla, en nada semejantes a lo que suele llamarse hoyuelos. Huesudo, desaliñado, muy tenso; nada atractivo había en él.
    —¿…cansado o algo así?

    Bush rió; la pretendida solicitud de su voz de treintón estaba exactamente dosificada. Ya sin tensión, respondió:

    —Podría decirse… cósmicamente cansado, embarrancado. ¿Ves esos peces acorazados de ahí? —apuntó hacia donde supuso estarían los crosopterigios engullendo la maleza marina—. He pasado todo el día aquí tendido, contemplando cómo evolucionan.

    Los treintones se echaron a reír. Uno de ellos dijo, insolentemente:

    —Nosotros pensamos que estabas tendido tratando de evolucionar tú. ¡Te ves como si realmente lo necesitaras! —evidentemente se había erigido en el humorista del grupo, aunque sin mucho éxito. Los otros lo ignoraron y el jefe dijo:
    —¡Estás loco! ¡La marea te barrerá, ya lo creo que sí!
    —No ha habido ninguna en el último millón de años. ¿No lees los periódicos? —mientras los otros se reían de la observación de Bush, éste se levantó y se sacudió el polvo en un gesto puramente instintivo, ya que en ningún momento había tocado la arena. Habían entrado en contacto. Mirando al jefe, dijo—: ¿Tenéis algo de comer que podáis cambalachear por tabletas nutritivas?

    La chica habló por primera vez:

    —Es una lástima que no podamos agarrar algunos de tus peces evolutivos y cocerlos. Aún no he conseguido acostumbrarme a esto…, al aislamiento —tenía una dentadura sana, aunque probablemente necesitaba una limpieza a fondo tan grande como el resto de su persona.
    —¿Hace mucho que estáis aquí? —preguntó Bush.
    —Dejamos 2090 la semana pasada.

    Tras un gesto de asentimiento, Bush continuó:

    —Yo hace dos años que estoy aquí. De hecho, no he vuelto a… al presente desde hace dos años…, dos años y medio. ¡Es divertido pensar que en nuestros tiempos esos peces andadores estarán durmiendo plácidamente en la Vieja Arenisca Roja!
    —Nosotros vamos camino del jurásico —dijo el jefe, apartando a la chica de un codazo—. ¿Has estado ya allí?
    —Seguro. He oído decir que cada año se parece más a una feria.
    —Encontraremos algún lugar, aunque tengamos que limpiarlo antes.
    —Tenéis cuarenta y seis millones de años para elegir —dijo Bush, encogiéndose de hombros. Caminó con ellos en dirección al resto del grupo, que permanecía de pie junto a las hinchadas tiendas.
    —Me gustaría evolucionar hasta uno de esos grandes animales del jurásico con enormes dientes —dijo el humorista—. Esos tiranosaurios o como se llamen. ¡Así sería tan duro como tú, Lenny!

    Lenny era el jefe, el de las mejillas hundidas. El chistoso se llamaba Pete. El nombre de la chica era Ann; pertenecía a Lenny. Nadie del grupo usaba mucho el nombre excepto Pete. Bush dijo que su nombre era Bush, y así quedó. Había seis hombres, cada uno con su respectiva moto, y cuatro chicas que evidentemente habían petardeado hasta el devónico en los asientos traseros de las motos. Ninguna de ellas era más atractiva que Ann. Estaban junto a las motos, paseando o de pie; Bush era el único que se había sentado. Miró en derredor cautelosamente, buscando a la Dama Oscura; había desaparecido. Bien…, por remota que fuera, habría comprendido más claramente que nadie allí lo que había impulsado a Bush a unirse a la pandilla.

    La única persona que Bush consideró interesante era un hombre mayor que el resto, obviamente más que treintón, pese a llevar el atuendo de ante. De pelo negro mate, seguramente teñido, bajo su larga nariz la boca se había quedado en una expresión irónica que parecía merecer un momento de curiosidad. Nada dijo, pero la escrutadora mirada lo advirtió de una mente alerta.

    —¿Dices que llevas dos años viajando? —dijo Lenny—. ¿Eres millonario o algo así?
    —Pintor. Artista. Hago composiciones espaciocinéticas. CEC, para los que conocen. Trabajo para el Instituto Wenlock. Y vosotros…, ¿cómo habéis conseguido venir hasta aquí?

    Lenny desdeñó responder, y dijo, desafiante:

    —¡Estás mintiendo, compañero! ¡Nunca has trabajado para el Instituto! Mira…, no soy estúpido, sé que ellos sólo envían registradores al pasado para períodos de dieciocho meses de una vez, como máximo. Dos años y medio… ¿Qué es lo que estás tramando? ¡No puedes engañarme!
    —¡No te estoy engañando! Trabajo para el Instituto. Es cierto que vine aquí por un tiempo de dieciocho meses, pero simplemente he pasado aquí otro año extra, eso es todo.

    Lenny lo miró desdeñosamente.

    —¡Van a hacer ligas con tus tripas!
    —¡No lo harán! Para tu conocimiento, soy uno de sus mejores viajeros mentales. Puedo ir más cerca del presente que cualquier otro que tengan en sus libros.
    —¡No estás muy cerca ahora, paseándote por el devónico! Sigo sin creer nada de tu historia.
    —Créela o no; es asunto tuyo —dijo Bush; detestaba los interrogatorios, y se estremeció de rabia cuando Lenny se volvió. Impasible ante la discusión, otro de los treintones dijo:
    —Hemos tenido que trabajar, ahorrar, tomar la inyección de CSD, venir… Un montón de dinero. ¡Un montón de trabajo! Apenas me lo creo que realmente estemos aquí.
    —No lo estamos. El universo sí está, pero nosotros no. O más bien, el universo puede que esté y nosotros no. Aún no saben exactamente cómo funciona todo esto. Queda mucho por comprender acerca del viaje mental —hablaba docta y condescendientemente para ocultar su turbación.
    —¿Te gustaría pintarnos? —le preguntó Ann; fue la única reacción a su declaración de ser pintor.

    La miró a los ojos, y creyó comprender algo en el destello que cruzó involuntariamente entre ambos. Una de las pocas ventajas de envejecer era que raramente se interpreta mal tales miradas.

    —Si me interesáis, lo haré.
    —Sólo que… mira, nosotros no deseamos ser pintados —dijo Lenny.
    —No estaba ofreciéndome voluntario para hacerlo… ¿Qué clase de trabajo habéis hecho para ganar tanto como para haber llegado aquí? —a Bush no le interesaba la respuesta; estaba mirando a Ann, que había bajado los ojos. Pensó que podía sentir su realidad…, nada podía ser tocado en el limbo del viaje mental, pero ella pertenecía a su mismo tiempo, así que respondería a su contacto.

    Uno de los treintones anónimos le respondió:

    —Excepto Ann, aquí, y Josie, todos embarcamos en la nueva estación mental de Bristol. Fuimos de los primeros en hacerlo cuando estuvo terminada. ¿La conoces?
    —Yo diseñé la CEC, la composición del vestíbulo…, el símbolo de la sincronizada señal nodal de reentrada con las veletas móviles entrecruzadas. ‘Progresión’, se llama.
    —¡Esa condenada cosa! —Lenny se quitó el cigarrillo de la boca para hacer su ácido comentario, y lo arrojó hacia el lento mar. La colilla quedó inmóvil a pocos centímetros de las olas; ardió hasta que la falta de oxígeno la apagó.
    —A mí me gustó —dijo Pete—. ¡Parecía un par de relojes plusmarquistas que hubieran chocado uno contra otro en una noche oscura e hicieran señales pidiendo ayuda! —se rió vacuamente.
    —No deberías reírte de ti mismo. Acabas de darnos una preciosa descripción de todo esto —Bush hizo un gesto con la mano que englobaba el universo visible e invisible.
    —¡Lárgate! —dijo Lenny, apartándose de su moto y avanzando hacia Bush—. ¡Eres tan listo, tío…! ¡Puedes largarte ya mismo!

    Bush se levantó. Si no hubiera sido por la chica se habría ido inmediatamente. No estaba dispuesto a dejarse aporrear por esa chusma.

    —Si no te interesa mi conversación, ¿por qué no nos proporcionas tú una?
    —Dices tonterías, eso es todo. La historia de la Vieja Arenisca Roja…
    —¡Es cierta! Puede que no te guste, o que no te importe, pero no son tonterías —señaló al mayor del grupo, de pelo negro, de pie, algo apartado—. ¡Pregúntaselo a él! Pregúntaselo a tu amiga. En 2090 todo lo que aquí ves está comprimido en unos pocos metros de prensada roca roja… gravilla; peces, plantas, la luz del sol, la luz de la luna, la auténtica brisa, todo solidificado allá abajo en algo que los geólogos arrancarán con picos de la tierra. Sí no lo sabes o no te sientes emocionado por la poesía implícita en ello, ¿para qué malgastar entonces diez años de ahorros en venir hasta aquí?
    —No te he dicho nada acerca de eso, compañero. He dicho que me aburres.
    —Es un sentimiento completamente mutuo —había ido tan lejos como se sentía preparado para ir, y parecía que Lenny también, ya que se dio indiferentemente media vuelta cuando Ann acudió para tranquilizarlos.
    —Habla como un artista, ¿no? —dijo la rechoncha y bajita Josie, dirigiéndose particularmente al hombre mayor—. Creo que hay algo en lo que dice. No estamos apreciando realmente este lugar como deberíamos, pienso. Es maravilloso aquí, ¿no? Y lo es mucho antes de que haya hombres o mujeres en el globo.
    —La capacidad de maravilla pertenece a todo el mundo. Pero la mayor parte de la gente le tiene miedo —observó el hombre mayor.

    Lenny soltó una tos despectiva.

    —¡No te metas en esto, Stein!
    —Quiero decir que aquí está el mar, donde empezó todo, y aquí estamos nosotros. No podemos tocarlo, por supuesto —Josie luchaba con conceptos demasiado grandes y vagos para su capacidad mental, a juzgar por la expresión de su rostro en trance—. Es divertido…, miro este mar, y no puedo dejar de pensar que estamos en el fin del mundo, y no en el principio.

    Aquello concordaba extrañamente con algo que Bush había estado meditando ese mismo día; la chica había tenido una idea hermosa, y por un instante estuvo considerando desviar su atención hacia ella. Los otros parecían melancólicos; así consideraban una idea profunda. Lenny montó en su moto y pedaleó para ponerla en marcha; las dos columnas de aire empezaron a soplar simultáneamente. Era como un desafío a las leyes físicas que la arena bajo sus pies permaneciera inmóvil; y de hecho lo era. En ese mismo momento se hallaba en el centro de la circunferencia constituida por el invisible aunque contundente muro del viaje mental. Los otros cuatro treintones montaron en sus motos, y dos de las chicas lo hicieron detrás. Se alejaron gruñendo sobre la arena que ensombrecía. Llegaba la noche, las cortas cerdas de la vegetación se balanceaban con la brisa procedente del mar; pero en la dimensión mental todo estaba quieto. Bush permanecía de pie con el hombre mayor, Josie y Ann.

    —Demasiado para una cena —comentó—. Si soy indeseable, me iré. Tengo un campamento junto a la primera serie de colinas —señaló hacia el sol poniente, sin dejar de mirar a Ann.
    —No te preocupes por Lenny —dijo Ann—. Está de mal humor —lo miró; su figura no era realmente nada del otro mundo, se dijo él, e iba sucia y desaliñada, pero no dejaba de estremecerse. El aislamiento del viaje mental podía producir una completa disociación del carácter; ya en viaje, no se podía tocar nada, oler nada, oír nada, excepto los compañeros de viaje. Aquella chica… ¡Era como el menú de un banquete! Y había también algo más…, algo que no conseguía determinar.
    —Ahora que los que no desean discutir temas vitales se han marchado, podemos sentarnos y charlar —dijo el hombre mayor. Quizá fuera tan sólo aquella expresión irónica, o tal vez en cierto modo estuviera burlándose…
    —Creo que ya he permanecido aquí demasiado tiempo. Me voy —para su sorpresa, el hombre avanzó y le estrechó la mano—. Frecuenta usted extrañas compañías —dijo Bush; no se sentía particularmente interesado en aquel tipo, quien quiera que fuese.

    Echó a andar a lo largo de la playa en dirección a su solitario campamento. Su mente estaba llena del deseo inútil de intentar algo con la amiga de Lenny… La cosa oscura sobre el mar había desplegado sus monstruosas alas y luchaba por apoderarse de la tierra. Repentinamente sintió lo estéril de establecer al Hombre en tan gigantesco universo y luego dejarlo que lo desafiara… O insuflarle deseos que no podía controlar ni cumplir.

    —No llego a acostumbrarme al hecho de no poder tocar nada del mundo real —dijo Ann—. Es algo que verdaderamente me molesta. Yo…, ya sabes, tengo la impresión de no existir —caminaba junto a él, podía oír el sonido de las botas palmeando contra sus piernas.
    —Yo me he adaptado. Es el olor de este lugar lo que me falta. Los filtraires no nos proporcionan el menor asomo de los olores de esto…
    —La vida nunca nos da lo suficiente.

    Bush se detuvo.

    —¿Tienes que seguirme? Me meterás en problemas. Será mejor que vuelvas con tu amigo…, puedes ver que no soy tu tipo.
    —Todavía no lo hemos comprobado.

    Se miraron por un momento con expresión desesperada, como si algo tremendo tuviera que ser resuelto en silencio. Siguieron andando. Bush tenía ya su decisión; o mejor dicho, no tenía ninguna decisión. Había huido de él, anegada en el océano de su flujo sanguíneo, en las mareas donde le parecía debería surgir la nueva dirección a seguir. Se abrieron camino juntos en el lecho del río, apresurándose a lo largo de la orilla, sujetándose fuertemente las manos. Sólo momentáneamente fue consciente de lo que estaba haciendo.

    —¿Qué ocurre contigo?

    ¡Estás loca!

    ¡Estás loco!

    Avanzaron apresuradamente sobre un lecho de grandes conchas rotas. Habría podido cortarse una mano con cualquiera de ellas. Las había visto anteriormente en el libro de consulta. Fragmoceráticas. Primero pensó que eran dientes de algún tipo de animal, no los abandonados hogares de un cefalópodo primitivo. Silurianos, quizás, agudizados por el mar para tomar su sangre cuaternaria, si el viaje mental no hubiera erigido aquella impenetrable barrera entre lo-que-había-sido y lo-que-era. Las conchas no se aplastaron cuando él y la chica pasaron sobre ellas. Mirando hacia abajo en su fiebre, vio que sus pies flotaban sobre las conchas, pisando el esponjoso suelo perteneciente más a su propia dimensión que al período devoniano…, una especie de mínimo común denominador de los suelos.

    Se detuvieron en una cañada, al abrigo. Se aferraron uno al otro. Se miraron intensamente bajo la declinante luz. ¿Cuánto estuvieron así? ¿Qué se habían dicho? Todo se escapaba de la mente de Bush…, excepto una observación de ella:

    —Estamos a millones de años de nuestro nacimiento… Deberíamos sentirnos libres para actuar, ¿no?

    ¿Qué había respondido él, que tuviera valor para ella…, que pudiera constituir una ofrenda? Recordaba tan sólo que la había empujado al suelo, quitado sus farragosas botas, ayudado a quitarse los pantalones y luego haberse quitado los suyos. Ella procedía como si la hubieran conectado a una sobremarcha; estuvo inmediatamente, absoluta e irresistiblemente dispuesta para él, a recibirlo enérgicamente.

    Luego recordó con obsesión, una y otra vez, el gesto particular con que ella había levantado una doblada pierna para recibirle en su abrazo, y su sorpresa y su gratitud al descubrir que en cualquier lugar del rugiente abismo de los siglos había aquella dulce cavidad donde cobijarse.

    Mientras descansaban, oyeron las motocicletas rugir como frustrados animales. Aquello simplemente los impulsó a hacer de nuevo el amor.

    —¡Hueles tan condenadamente bien…! ¡Eres hermosa! —recordó que aún estaban medio vestidos, así que le quitó la blusa y la túnica para besarle los pezones.
    —Deberíamos ir siempre desnudos como los salvajes… Lo somos, ¿verdad, Bush?
    —Dios santo, sí. No tienes idea de lo lejos de un salvaje que soy habitualmente. Dominado por mi madre, lleno de dudas y temores… ¡Lo contrario de tu Lenny!
    —¿Él? ¡Está chiflado! Tiene realmente miedo… Miedo de todo esto…
    —¿…de hacer el amor, quieres decir? ¿O del mundo del espacio/tiempo?
    —De eso, sí. Bajo su superficie, tiene miedo de todo. Su viejo le pegaba todo el tiempo.

    Sus rostros estaban muy juntos. Eran más tenues que la oscuridad que les crecía alrededor, sumergidos eternamente en las complejidades de sus propias mentes.

    —Tengo miedo de él, lo tuve cuando aparecisteis por primera vez. ¡Creí que ibais a echaron encima mío para golpearme! Es hermoso… ¿Qué ocurre, Ann?

    Ella se había sentado, y comenzó a ponerse la túnica.

    —¿Tienes un cigarrillo? No he venido aquí para oír lo gallina que eres. ¡A la mierda con eso! Vosotros los hombres sois todos iguales… ¡Siempre tenéis algo estropeado!
    —¡No somos todos iguales! ¡No lo somos en todos los aspectos! Mira, ahora es tiempo de que hable. No he hablado en intimidad con nadie desde hace meses. He estado encerrado en el silencio. Y nada que tocar… Uno termina perseguido por fantasmas. Realmente debería regresar a 2090 para ver a mi madre, pero voy a tener problemas cuando vuelva… Hacía mucho que no hacía el amor con una chica…, honestamente, empezaba a imaginar que me estaba volviendo afeminado o algo así.
    —¿Qué te hace decir esto? —preguntó Ann ásperamente.
    —El deseo de ser honesto mientras pueda. Es un lujo, ¿no?
    —¡Bueno, ya basta, si no te importa! ¿Crees que voy a lloriquear en un hombro y a contarte también un montón de estupideces? No vine aquí contigo para eso.

    Momentos antes, Bush no sentía más que amor hacia ella. Ahora se veía desbordado por la irritación. Le tiró sus ropas.

    —¡Ponte tus pantalones y lárgate a reunirte con tu estúpido amiguito si es eso lo que sientes! ¿Por qué me seguiste, en primer lugar?

    Ella, pasando por encima de la irritación de Bush, le puso la mano sobre un brazo.

    —He cometido un error. Creí que serías distinto —le echó a la cara una bocanada de humo—. No te preocupes, he disfrutado con el error. ¡Lo haces bien, aunque te creas afeminado!

    Bush se puso de pie y se subió los pantalones indignamente, rabiando… contra sí mismo más que contra Ann. Se volvió; Lenny estaba recortado contra el cielo color limón. Dominándose, se subió la cremallera y le hizo frente.

    Lenny volvió la cabeza y llamó a los otros treintones:

    —¡Está aquí!
    —¡Ven a buscarme si quieres algo de mí! —dijo Bush; tenía miedo… Si le rompían los dedos, nunca volvería a trabajar con calidad. O si lo cegaban. Por allí no había patrullas de la policía; podían hacer lo que quisieran con él, tenían todo el inmenso devónico para hacerlo pedazos. Luego recordó lo que había dicho Ann; Lenny también tenía miedo.

    Avanzó lentamente; Lenny tenía algo contundente en la mano, una llave inglesa, al parecer. Sin embargo, lo percibió vacilante cuando le gritó:

    —¡Voy por ti, Bush! —Lenny miró por encima del hombro para ver si los otros lo apoyaban.

    Pero Bush, sin más, saltó sobre él, lo apretó entre sus brazos y lo zarandeó salvajemente. El treintón era sorprendentemente liviano, y trastabilló cuando Bush lo soltó. Cuando Lenny levantó la llave inglesa, Bush lo golpeó en el rostro e inmediatamente dio un paso atrás, como si con eso ya tuviera bastante.

    —¡Golpéalo de nuevo! —gritó Ann.

    Lo golpeó de nuevo. Pero Lenny le envió una patada a la rótula. Bush cayó, agarró las piernas de Lenny y lo tiró también al suelo. El treintón levantó de nuevo la llave inglesa, Bush le sujetó la muñeca, y ambos rodaron, luchando. Finalmente Bush consiguió colocar un rodillazo contra la entrepierna del otro, y Lenny abandonó la lucha. Jadeante, Bush se puso de pie, sujetándose la rodilla. Los otros cuatro miembros de la pandilla estaban alineados cerca de él.

    —¿Quién es el próximo? —preguntó; al ver que no tenían ninguna intención de moverse, les señaló al jefe—. ¡Llévenselo! ¡Sáquenlo de aquí!

    Se movieron dócilmente. Uno de ellos dijo, malhumorado:

    —Eres un bravucón. Nosotros no te habíamos hecho nada. Ann es la chica de Lenny.

    El deseo de luchar lo abandonó. Desde ese punto de vista, tenían toda la razón de verlo así. De acuerdo, los modales del grupo no le habían gustado desde el principio, pero posiblemente ellos eran menos responsables de lo que él había prejuzgado.

    —Me voy —anunció—. ¡Lenny, puedes quedarte con tu chica!

    Ya era tiempo de viajar de nuevo. Iría a un lugar tranquilo, y luego viajaría a otro tiempo y lugar. Echó a andar hacia las colinas, y frecuentemente miraba hacia atrás para asegurarse de que no lo seguían. Al poco rato oyó las motocicletas; el ruido lo hizo consciente de la fuerte impresión de soledad que tenía. Se volvió a mirar cómo las luces láser se desvanecían a lo largo de la orilla. La fantasmagórica Dama Oscura estaba allí; las luces se extinguían a través de su silueta. No le cupo duda de que ella estaba cumpliendo una misión, y de que venía de algún muy remoto futuro. Más allá de las órbitas de sus ojos las estrellas del Boyero brillaban…

    Hubo un ruido cerca, que le indicó la presencia de alguien de su propio continuum, fundido con él por todo el resto del tiempo. La chica lo seguía.

    —¿Tu amiguito no quiso llevarte?
    —¡No seas así, Bush! Quiero hablar contigo.
    —¡Oh, Dios!

    La tomó del brazo y la arrastró consigo en medio de la oscuridad. Al menos no había obstáculos para andar sobre el suelo generalizado.

    Sin decirse palabra, subieron hasta donde estaba su tienda y se metieron dentro.


    2. Ascendiendo La Ladera De La Entropía


    Cuando se despertó, ella se había ido.

    Permaneció tendido un largo rato mirando el techo de la tienda, preguntándose si le importaba mucho. Necesitaba compañía, pero nunca se sentía completamente a gusto cuando la tenía; necesitaba una mujer, pero nunca se sentía feliz con ninguna. Deseaba hablar, aunque supiera que la mayor parte de las conversaciones tenían que admitir la incomunicación.

    Se lavó y vistió y salió. Ni el menor rastro de Ann. Aunque, por supuesto, en viaje mental nadie deja algún rastro tras de sí… El caso es que la vegetación de un verde intenso estaba intacta por todos lados, pese a que Bush había andado sobre ella docenas de veces para ir a visitar a los crosopterigios.

    El sol brillaba. Su enorme y constante horno derramaba su calor sobre un mundo donde los depósitos de carbón aún no estaban formados, en previsión del período de cosecha para su combustión. Bush sentía dolor de cabeza.

    Por un instante permaneció allí, de pie, rascándose, preguntándose el origen de su dolor: las excitaciones del día anterior, o la implacable presión de los vacíos eones. Se inclinó por lo segundo. Nadie podía decir que se viviera realmente en aquellos siglos desiertos; él y los treintones y los demás podían viajar hasta allí, pero sus relaciones con el actual devónico eran meramente tentativas. El Hombre había conquistado el paso del tiempo; al menos, los intelectuales del Instituto Wenlock lo habían hecho… Pero mientras pasaba, el tiempo no era más que un tic (¿tic tac?) del homo sapiens, con el universo inviolado por aquel logro.

    —¿Vas a hacer una composición de mí?

    Bush se volvió. La chica estaba de pie por encima de él, a unos pasos de distancia. Debido a que la dimensión cambiaba entre ellos, y el mundo filtraba parte de la luz, Ann parecía sombría y espectral. Apenas le podía ver el rostro; el viaje mental los había reducido a todos a la condición de espectros, incluso para ellos mismos.

    —Pensé que te habías vuelto con tus amigos…

    Ann descendió hacia él. Hacía oscilar distraídamente su filtraire. Con la túnica abierta y los cabellos despeinados, se parecía más que nunca a un vagabundo. Palpando los bíceps de Bush, dijo:

    —¿Esperabas que me hubiera ido…, o temías que me hubiera ido?

    Bush frunció el ceño, intentaba descubrir a qué se parecía realmente ella. Las relaciones humanas lo agotaban; quizá por eso fuera que había permanecido tanto tiempo allí, lejos en el vacío del exhausto tiempo.

    —No puedo comprenderte, chica. No te ofendas. Es como mirar a través de un vidrio de doble refracción. Nadie es nunca como parece ser.

    Ella abandonó la dureza de su mirada y lo observó casi conmiserativamente.

    —¿Qué es lo que te corroe, cariño? Algo muy profundo, al parecer…

    Su compasión pareció reabrir una herida.

    —No puedo explicártelo. Las cosas están tan confundidas en mi cabeza… Todo está embrollado.
    —Cuéntamelo, si te hace bien hacerlo. Tengo todo el devónico del mundo por delante.

    Bush sacudió la cabeza.

    —¿Qué es lo que dijo ayer tu amiga Josie? Que esto podía ser más bien el fin del mundo que el principio. Sólo podría desembrollarme si eso fuera cierto, si pudiera iniciar de nuevo mi vida.

    Ann se echó a reír.

    —De vuelta a la matriz, ¿eh?

    Bush se dio cuenta de que no se sentía bien. Tendría que informarlo al Instituto; uno puede perder su mente en esos condenados laberintos de silencio. No podía responder a Ann ni hacer frente a su nauseabunda sugerencia. Suspirando profundamente, regresó a su tienda y tiró de la cuerda de deshinchado. Se hundió sobre sí misma en una serie de espasmos; nunca se había preocupado de observar el proceso, pero esta vez alguna parloteante voz en su interior hizo un comentario al respecto, comparándola con una decepcionada matriz de la que hubiera conseguido escapar algún niño afortunado.

    Estoicamente, dobló la tienda y la puso a un lado. Sacó sus raciones y realizó los simples preparativos para el desayuno bajo la atenta observación de Ann, de pie frente a él. Los viajeros mentales llevaban consigo un equipo alimentario básico, frugal en extremo pero fácil de manejar. Había repuesto sus existencias varias veces de otros viajeros mentales que regresaban a la superficie —volvían a su presente— antes de lo previsto, debido a que no pudieron soportar el silencio, y de un amigo suyo que tenía una pequeña tienda en el jurásico.

    Mientras su sartén con extracto de carne empezaba a humear, levantó los ojos hasta encontrar los de la chica y le habló de nuevo.

    —¿Quieres unirte a mí antes de irte?
    —Puesto que me lo pides tan gentilmente… —se sentó junto a él con las piernas abiertas, sonriéndole…, incluso agradecida de mi miserable compañía, pensó Bush—. No pretendía trastornarte, Bush. Eres tan susceptible como Stein.
    —¿Quién es Stein?
    —El tipo viejo, el que iba con la pandilla. Ya sabes…, el de pelo teñido. Hablaste con él…, te estrechó la mano.
    —¡Oh, sí, Stein! ¿Cómo fue a parar con vosotros y Lenny?
    —Iban a partirle la cara o algo así, y Lenny y los muchachos lo salvaron. Es terriblemente nervioso. Ya sabes, cuando te vio por primera vez dijo que podías ser un espía. Viene de 2093, y dice que las cosas están mal allí.

    Bush no quería pensar en 2090 y en el deprimente mundo donde vivían sus padres.

    —Entonces, ¿Lenny tiene también su lado bueno?

    Ann asintió con la cabeza.

    —Stein me hizo sentir miedo acerca del viaje mental —dijo, retomando el hilo de lo que había querido decir—. Ya sabes, decía que Wenlock podía estar equivocado sobre el viaje mental, y que era posible que nosotros no estuviéramos realmente aquí en absoluto, o algo así. Decía que había algo siniestro con respecto a la submente, y nadie le comprendía aún, pese a las declaraciones del Instituto Wenlock.
    —Bueno, todo es aún tan reciente… La submente no fue desarrollada como concepto hasta 2073, y el primer viaje mental no tuvo lugar hasta dos años más tarde, así que es probable que haya más cosas que descubrir, aunque es difícil adivinar de qué podría tratarse. ¿Qué es lo que sabe Stein, de todos modos?
    —Quizá tan sólo estaba haciendo su discursito, tratando de impresionarme.
    —¿Lo dejaste… Quiero decir, ¿se acostó contigo?
    —¿Celoso? —Ann sonrió desafiante.
    —¿Qué es lo que esperas que diga?

    Se miraron. A través del vidrio de su rostro, él pudo ver el brillo de la vida. Se inclinó hacia adelante y la besó. Ella retiró el ardiente concentrado de carne del infiernillo y dijo:

    —Creo que ya tengo bastante del período devónico. ¿Qué te parece ir al jurásico conmigo?
    —¿Van allá Lenny & Co.?
    —Y aunque así fuera… Son cuarenta y seis millones de años, ¿verdad?
    —Touché. ¿Qué deseas hacer por allá? ¿Ver acoplarse a los carnívoros?

    Ann le dirigió una mirada traviesa.

    —Podríamos observarlos los dos juntos.

    Instantáneamente se sintió excitado. Deslizó una mano hacia su muslo cubierto de ante.

    —Iré contigo —mientras bebían el concentrado, él se burló de sí mismo por dejarse embarullar por la chica; ella estaba perturbada y lo único que conseguiría hacer sería perturbarle su equilibrio mental. Era cierto que era buena en la cama y no era tonta, pero nunca se había sentido satisfecho de tener que aceptar a alguien por compartimientos; toda entera no le parecía accesible. Y tal vez él no fuera la persona adecuada para ayudar a la joven a convertir en accesible toda su personalidad. Ella se arrimó contra él.
    —Necesito a alguien con quien efectuar el viaje mental. Tengo miedo de ir sola. Mi madre no viajaría mentalmente, ni siquiera para salvar su vida. La gente de su generación nunca querrá oír hablar de ello, supongo. Huau, me gustaría hacer un viaje mental muy corto…, apenas una generación. Quiero ver a mi viejo cortejando a mi madre y haciendo el amor con ella, ¡apostaría a que lo harían desastrosamente mal, como todo lo demás! —al ver que Bush no le respondía, le dio un codazo.
    —¡Bueno, adelante, di algo! ¿No te gustaría ver a tus padres en pleno trabajo? No eres tan aburrido como aparentas, ¿eh, Bush? ¡Te gustaría…!
    —Ann; simplemente, no te das cuenta de la barbaridad que acabas de decir.
    —¡Vamos, a ti también te gustaría!

    Bush sacudió la cabeza.

    —Sé lo suficiente sobre mis padres como para no necesitar cosas de ese tipo. Pero supongo que el tuyo es el punto de vista de la mayoría… Hará una década…, quiero decir, cerca de 2080, el doctor Wenlock hizo circular por el Instituto un cuestionario que demostraba lo fuertes que eran las motivaciones incestuosas entre los viajeros mentales. Esta es la fuerza subyacente en la predisposición a mirar hacia atrás. Los descubrimientos coinciden con la antigua visión psicoanalítica de la naturaleza humana. La teoría actual sugiere que el hombre primitivo se convirtió en homo sapiens cuando estableció su primera interdicción de… bueno, llamémosle endogamia, la costumbre que prohíbe el matrimonio fuera del grupo familiar. La exogamia fue el primer y doloroso paso hacia adelante que dio el hombre. Ningún otro animal ha prohibido la endogamia.
    —¿Valió realmente la pena? —preguntó Ann.
    —Bueno, desde entonces el hombre se convirtió en lo que sabemos, el conquistador de su medio ambiente y todo lo demás, aunque su separación de la naturaleza se hizo al parecer más profunda…, quiero decir, de su verdadera naturaleza. Tal como lo ven los wenlockianos, la submente es, o debería ser, nuestra antigua mente natural. La sobremente es una adquisición posterior, del homo sapiens, una dinamo de alta tensión cuya función principal es estructurar el tiempo y ocultar todos los tristes pensamientos animales en la submente. Los extremistas proclaman que el paso del tiempo es una invención de la sobremente.

    Pero ella quizá no le estaba escuchando, pues le preguntó:

    —¿Sabes por qué te seguí ayer? Tuve una sensación increíblemente fuerte, apenas apareciste, de que tú y yo nos habíamos conocido… terriblemente bien, en algún tiempo pasado.
    —¡Me habría acordado de ti!
    —Tal vez fuera la submente haciendo de las suyas… De todos modos, lo que decías era muy interesante. Supongo que creerás en ello, ¿verdad?

    Bush se echó a reír.

    —¿Y cómo se podría… no creerlo? Estamos en el devoniano, ¿no?
    —Pero si la submente gobierna el viaje mental, y está obsesionada con el incesto, entonces seguramente deberíamos ser capaces de visitar épocas al alcance de la mano, a principios de nuestro propio siglo, por ejemplo…, de tal modo que pudiéramos ver lo que hacían nuestros padres y abuelos. Sería de lo más interesante, ¿no crees? Pero es mucho más fácil viajar mentalmente hasta aquí, hasta las eras primigenias del mundo, y en cambio es muy difícil alcanzar las épocas de humanidad. De hecho, es imposible para muchos de nosotros.
    —De acuerdo, pero eso no prueba lo que tú piensas. Si crees que el universo espaciotemporal es como una enorme ladera entrópica, con el presente real siempre en el punto máximo de energía y el pasado remoto en el mínimo, entonces obviamente tan pronto como nuestras mentes se liberen del paso del tiempo, y más cerca del punto máximo nos dirijamos, más difícil será el viaje…

    Ann guardó silencio. Bush creyó que seguramente había abandonado el tema porque la sobrepasaba, pero al cabo de un instante, ella dijo:

    —Bush, ¿recuerdas lo que dijiste respecto a mi verdadero yo, que es bueno y amante? Suponiendo que exista tal persona, ¿sería mi sub o mi sobremente?
    —Suponiendo, como tú dices, que exista tal persona, debería ser una amalgama de ambas. Lo que es menos que la totalidad no puede ser la totalidad.
    —¿Estás intentando entrar de nuevo en la teología?
    —Probablemente —ambos se echaron a reír. Bush se sentía casi alegre; le gustaba argumentar, particularmente acerca de la estructura de la mente, un tópico para él fascinante.

    Si tenían que viajar nuevamente, ése parecía ser el mejor momento…, en un buen estado de concordia. El viaje mental nunca era fácil; más aún, el paso podía ser difícil si uno estaba emocionalmente trastornado.

    Empaquetaron sus pertrechos y ataron sus escasas posesiones. Luego se sujetaron del brazo; no había mejor forma de asegurarse de que llegarían a unos cuantos millones de años sin quedar a varios centenares de kilómetros uno de otro.

    Rasgaron sus sobres de droga. El CSD se presentaba en ampolletas transparentes, casi incoloras. Mirada contra el vasto cielo del paleozoico, la ampolleta de Bush parecía ligeramente verde entre sus dedos. Se miraron; Ann hizo una mueca, y ambos engulleron al mismo tiempo sus dosis.

    Bush sintió cómo el ácido cripótico descendía por su garganta. El líquido era un símbolo de la hidrosfera, un vino sagrado que representaba los océanos donde la vida había surgido, océanos que bañaban las arterias del hombre, océanos que regulaban y hacían habitable el mundo que lo rodeaba, océanos que le proporcionaban alimentos y clima, océanos que eran la sangre de la biosfera.

    Y él mismo era una biosfera que contenía todas las vidas fósiles y las ideas de sus antepasados, una biosfera que contenía otras formas de vida, incontables posibilidades ignotas de vida y de muerte…

    Era una analogía del mundo; a través del CSD, podía trasladarse de una forma a otra.

    Únicamente en el estado transitorio, mientras la droga hacía su efecto, uno podía empezar a captar la naturaleza del minúsculo trastorno de la conservación de la energía que el sistema solar representaba. Ese sistema, una burbuja dentro de un mar de fuerzas cósmicas, formaba parte de una metaestructura que era ilimitada pero no infinita con respecto al tiempo y al espacio. Y aquel hecho banal había comenzado a sorprender al hombre tan sólo porque el hombre se había cerrado a él, había encapsulado su mente en aquella inmensidad del mismo modo que la ionosfera escudaba a su planeta de las radiaciones nocivas, había perdido aquel conocimiento, se había defendido de él con el concepto del tiempo que pasa, había conseguido hacer tolerable el universo aislándose, separado no sólo de la inmensidad, como habían descubierto las generaciones recientes, sino de la eternidad, a la que había desmenuzado en pequeños fragmentos culebreantes con los que el hombre podía luchar, y a la que podía captar con cuadrantes solares, relojes de arena, o de bolsillo, o de péndulo…, cronómetros que de generación en generación iban desgranando el tiempo en fracciones cada vez más pequeñas…, y más precisas. Hasta que la obsesiva naturaleza de todo el proceso fue reconocida, y Wenlock y sus colaboradores revelaron el secreto de toda la conspiración.

    Pero la conspiración había sido necesaria. Sin ella, sin protección contra el ciego desierto del espacio-tiempo, el hombre estaría aún entre los demás animales, errando en tribus por las orillas de los resonantes mares cuaternarios. Eso era, al menos, lo que pretendía la teoría… Pero lo que sí estaba claro era que había existido una conspiración.

    Ahora las defensas habían caído. Las complejidades del cerebro y del cerebelo estaban desnudas ante el co-continuo universo, y devoraban todo lo que encontraban.

    El viaje mental era un proceso transitorio. Parecía fácil, aunque necesitaba el apoyo de un riguroso entrenamiento. Mientras el CSD hacía bascular sus metabolismos, Bush y Ann se sometieron a la disciplina…, esa fórmula que el Instituto había concebido para guiarlos a través de las prohibiciones de la mente humana. El devoniano se estaba diluyendo, con la apariencia de una enorme criatura en marcha hecha de duración, cuyas características espaciales eran apenas un exoesqueleto. Bush abrió la boca para reír, pero ningún sonido salió de ella. En la exaltación del viaje, uno perdía la mayor parte de sus características físicas. Todo parecía desaparecer, excepto el sentido de dirección. Era como nadar contra la corriente; lo más difícil era dirigirse hacia el propio ‘presente’; navegar hacia el pasado remoto era relativamente fácil…, y conducía a una eventual muerte por asfixia, como muchos habían descubierto. Si a un feto en el claustro materno se le ofreciera la posibilidad de un viaje mental, se enfrentaría con la misma situación: ir hacia el momento climático del nacimiento, o derivar apaciblemente hacia el momento final —¿o inicial?— de la no existencia.

    No era consciente de la duración, o de la pulsación interior que le servía de cronómetro. En un extraño estado hipnótico, tenía sólo la impresión de ser algo así como un gran cuerpo de realidad emparentado al parecer tanto con Dios como con la Tierra. Y se descubrió a sí mismo intentando de nuevo reír.

    Luego la risa murió, y sintió que estaba volando. Las eras se deslizaban por debajo como la noche. Era consciente de la incomodidad de tener a alguien con él… Después, él y Ann se vieron rodeados por un mundo verde oscuro, y la realidad tal como la habían experimentado normalmente estuvo de nuevo con ellos.

    La realidad del jurásico.


    3. Bajo El Rótulo Del Huevo Amniótico


    A Bush nunca le había gustado el jurásico. Era demasiado cálido y nuboso, y le recordaba uno de los largos y fatídicos días de su infancia, cuando tras haber hecho una travesura de lo más inocente su madre lo castigó a permanecer encerrado todo el día en el jardín. También aquel día había sido nuboso, y el calor era tan pesado que las mariposas apenas eran capaces de volar por encima de las flores.

    Ann se apartó de él y se desperezó. Se habían materializado junto a un árbol muerto. Sus desnudas y relucientes ramas eran como un reproche a la chica; Bush se dio cuenta por primera vez de lo desaliñada que iba, de lo sucia y desgreñada, y se preguntó por qué eso no alteraba sus sentimientos hacia ella…, aunque no pudiera precisarlos.

    Avanzaron sin hablar, dominados por el sentimiento de desorientación que sigue siempre al viaje mental. No había ninguna forma racional de saber en qué lugar ni en qué momento de la Tierra se encontraban; pero una parte irracional de la submente lo sabía, y gradualmente se les manifestaría con la información. Después de todo, ella era la que los había conducido hasta allí, y presumiblemente por razones propias.

    Se hallaban al pie de unas montañas cubiertas por una selva espesa. A medio camino de la ladera de las montañas, las nubes las ocultaban completamente de su vista. Todo estaba tranquilo; el follaje circundante parecía congelado en la larga quietud del mesozoico.

    —Sería mejor que bajáramos a la llanura —dijo Bush—. Creo que éste es el lugar que necesitamos. Tengo amigos aquí…, los Borrow.
    —¿Quieres decir que viven aquí?
    —Tienen una tienda. Roger Borrow era artista. Su esposa es muy gentil.
    —¿Crees que me gustarán?
    —No estoy muy seguro…

    Echaron a andar. Bush pensaba que quizá podría consolidar su poco deseada relación con Ann presentándola a Roger y Ver; no eran claros aún sus sentimientos con respecto a su compañera de viaje. Ann lo observó durante un instante y luego lo siguió. El jurásico era casi el lugar más aburrido que pudiera imaginarse para estar solo.

    Con los bultos a la espalda, emplearon la mayor parte del día en descender. No era fácil, debido a que les era imposible ver dónde ponían los pies a cada paso; estaban completamente aislados de la realidad que los rodeaba. Eran espectros, incapaces de alterar en el más mínimo grado la más pequeña cosa de aquel mundo —ni siquiera el más pequeño guijarro del camino— a menos que, de frecuentarlo, los carismas propios del lugar se les aparecieran. Únicamente los filtraires les proporcionaban una tenue conexión con ese presente, bombeando el aire que necesitaban a través del invisible muro de la entropía temporal que los rodeaba. El nivel del suelo generalizado que pisaban estaba a veces por debajo del ‘presente’ nivel del suelo, por lo que tenían que avanzar penosamente entre el humus que ascendía hasta sus espectrales rodillas… En otras ocasiones tenían la impresión de ir caminando por el aire.

    En el bosque pudieron avanzar en línea recta a través de los árboles. Pero algún árbol podía detenerlos ocasionalmente; sentían como una presencia viscosa, y debían rodearlo; eso significaba que la duración de su vida iba a ser tan larga —sobreviviría lo suficiente a los azares de la vida— como para crear una fantasmagórica obstrucción en el camino.

    A la llegada del ocaso, Bush se detuvo y plantó su tienda, hinchándola hasta que tomara la forma adecuada. Comieron juntos, y luego él se lavó las manos de modo ostensible para ir a dormir.

    —¿Tú no te lavas nunca? —preguntó a Ann.
    —A veces. Supongo que tú te lavas porque te gusta…
    —¿Y a quién no…?
    —Yo permanezco mugrienta porque me gusta.
    —Debe ser alguna especie de neurosis.
    —Sí. Probablemente se deba a que los tipos limpios como tú siempre son aburridos.

    Bush se sentó junto a ella y la miró directamente a la cara.

    —Realmente te gusta molestar a la gente, ¿eh? ¿Por qué? ¿Es porque piensas que eso es bueno para la gente? ¿O bueno para ti?
    —Quizá se deba a que he renunciado a esperar complacerles.
    —Sin embargo siempre he pensado que la gente era patéticamente fácil de complacer —más tarde, al recordar este fragmento de conversación, se sintió molesto por no haber prestado más atención a su comentario; indudablemente ofrecía una forma de penetrar en el comportamiento de Ann, y quizás un indicio de la mejor forma de tratarla. Pero cuando llegó a la conclusión de que, pese a su susceptibilidad, era una chica con la que realmente se podía conversar, Ann se había ido.

    De todos modos era un error discutir con ella tras un día agotador, sin una queja; incluso la Dama Oscura había abandonado la vigilancia.

    Se despertó a la mañana siguiente para descubrir a Ann aun durmiendo, y salió para contemplar el amanecer. Era como un sueño salir de la cama y encontrarse fuera con aquel inmenso paisaje sobrecargado; pero el sueño era capaz de sustentarse por sí mismo durante millones de años. Un millón de años… Quizá de acuerdo con la escala de valores de la que un día la humanidad sería dueña, un millón de años fueran considerados como algo más vacuo, más trivial que un segundo. Del mismo modo, ninguno de aquellos amaneceres haría más efecto en él que la más insignificante observación que pudiera hacer Ann.

    Mientras recogían todo para continuar, Ann volvió a preguntarle si pensaba hacer una composición de ella. Bush se sintió satisfecho ante ese interés, por poco fundamentado que fuera, por su trabajo.

    —Estoy buscando algo nuevo. Me siento bloqueado… Es algo que ocurre muy a menudo a los artistas creativos. De repente la conciencia humana se siente sobrecargada con esta estructura temporal enteramente nueva, y deseo reflexionar del mejor modo posible sobre mi trabajo creativo…, de modo que no sea tan sólo una ilustración, ¿me comprendes? Pero no consigo empezar, no consigo entrar en ello.
    —¿Vas a hacer una composición de mí?
    —Acabo de decírtelo: no. Las composiciones no son retratos de gente en particular.
    —¿Quieres decir que son abstractas?
    —Supongo que no conoces la obra de J. M. W. Turner… Desde su tiempo…, mediados de la época victoriana, poseemos los medios técnicos de reproducir las formas de la naturaleza. Los abstractos reproducen formas e ideas; y, pese a todas nuestras computadoras, únicamente el hombre puede realizar arte abstracto.
    —Me gustan las pinturas de las computadoras.
    —Yo las odio. Mis composiciones espaciocinéticas intentan… oh, identificar el espíritu de un momento, de una época. A veces he utilizado espejos en mi trabajo…, entonces cada uno veía algo distinto en la CEC, con fragmentos de sus propios rasgos flotando sobre el conjunto; ésa es la forma en que vemos el universo, no existe una visión objetiva de él. ¿Has pensado alguna vez en ello? Nuestros propios rasgos nos miran desde todos lados…
    —¿Eres religioso, Bush?

    El hombre sacudió la cabeza y se levantó lentamente, apartando la vista de la chica.

    —Me gustaría serlo. Mi padre, que es dentista, es un hombre religioso… Sin embargo, a veces, cuando conseguía realmente que las ideas brotaran de mis dedos, cuando creaba mis mejores CEC, entonces había algo de Dios en mí.

    A la mención de Dios, ambos quedaron pensativos. Mientras ayudaba a Ann a levantarse, Bush dijo en un tono brusco y prosaico:

    —¿Así que no conoces la obra de Turner?
    —No.

    El tema quedó cerrado. Y no fue sino hasta el atardecer, casi al llegar a las llanuras, que vieron las primeras criaturas de los llanos, correteando por un valle. Obedeciendo al instinto, el primer impulso de Bush fue observarlas desde detrás de un árbol. Luego recordó que ellos eran menos que fantasmas para esas inmensas criaturas, y se dirigió a pecho descubierto hacia ellas. Ann lo siguió.

    Dieciocho estegosaurios parecían llenar el pequeño valle. El macho era un gigante, de quizá siete metros de largo y redondo como un barril, con su erizado caparazón dando la impresión de ser mucho más ancho de lo que realmente era. Las gruesas placas a lo largo de su lomo tenían un sucio color verde pizarroso, pero la mayor parte de la armadura de su cuerpo era de un naranja pálido. Arrancaba el follaje con sus mandíbulas, pero mantenía constantemente sus pequeños ojos alerta ante cualquier peligro.

    Tenía dos hembras con él; algo más pequeñas, y caparazones más ligeros. Una en particular poseía una hermosa coloración, con las placas de su espina dorsal del mismo color amarillo claro que su barriga.

    Alrededor de los estegosaurios retozaban las crías. Bush y Ann anduvieron entre ellos, absolutamente inmunes. Eran quince, y daban muestras de haber hecho eclosión unas pocas semanas atrás. Todavía impedidas por los ligeros vestigios de armadura, brincaban junto a sus madres como corderillos, a menudo manteniéndose erguidas sobre sus largas patas traseras, a veces saltando sobre las colas terriblemente erizadas de púas de sus padres.

    Los dos seres humanos se detuvieron en medio del rebaño a observar las cabriolas de los jóvenes reptiles.

    —Quizá sea por eso que acabaron extinguiéndose —dijo Ann—. ¡Los más jóvenes terminaban siempre empalándose en las erizadas colas de sus madres hasta el fin!
    —Oh, es tan buena como cualquier otra teoría de nuestros días…

    Fue entonces que Bush se dio cuenta del intruso…, el viejo estegosaurio macho retrocedía resoplando desde hacía un rato. Otro animal observaba la escena desde la cercana espesura. Bush sujetó el brazo de Ann y dirigió su atención hacia el lugar indicado, en momentos en que los matorrales se apartaron y de ellos emergió el otro estegosaurio. También macho, de menor talla y presumiblemente más joven que el jefe del pequeño rebaño, fustigaba con la cola a un lado y otro.

    Las hembras y sus crías no concedieron al intruso más que una atención superficial; aquellas siguieron masticando y éstas jugando.

    El jefe cargó inmediatamente contra el intruso, desafiado por la posesión de la manada. Embistió vigorosamente y ambos machos chocaron, hombro contra hombro. Para los humanos la escena se desarrollaba en completo silencio. Las bestias quedaron inmóviles tras la absorción del choque, y luego empujaron lentamente hasta situarse flanco contra flanco, haciendo intentos por derribarse, utilizando las colas como palancas, nunca como armas. Abrían las bocas para mostrarse los pequeños y afilados dientes, mientras las hembras y sus crías seguían sin demostrar mayor interés en lo que estaba ocurriendo.

    Los machos forcejeaban, con sus patas doblándose hasta que sus desmañados cuerpos llegaron a tocar el suelo. El animal mayor sacaba ventajas de su envergadura, y de pronto, el intruso se vio obligado a dar un paso atrás. El jefe estuvo a punto de caer sobre él. Se separaron, y por un momento el intruso estuvo mirando a las hembras con la boca muy abierta. Luego se metió de nuevo en la espesura cercana y ya no se le volvió a ver.

    Después de unos pocos resoplidos triunfales, el jefe de la pequeña manada regresó junto a sus hembras. Ellas levantaron un instante la vista, y continuaron luego su plácido masticar.

    —¡Vaya modo de preocuparse por lo que pueda ocurrirles! —dijo Bush.
    —Es probable que hayan aprendido que no hay mucha diferencia entre un macho y otro.

    Bush dirigió a Ann una incisiva mirada. Ella sonrió, y él se ablandó y le devolvió la sonrisa.

    Cuando llegaron a la cima del promontorio que cerraba el otro lado del valle, gozaron de un amplio panorama de las llanuras, cruzadas por los meandros de un río. Grandes bosques empezaban dos o tres kilómetros más adelante, y casi al alcance de la mano, sobre un amplio promontorio rocoso, se situaba la tienda de los Borrow, junto a otras más.

    —Al menos podremos echar un trago —dijo Ann, mientras se acercaban al abigarrado amasijo de tiendas.
    —Ve tú. Yo prefiero quedarme aquí un rato y pensar —Bush tenía todavía su cabeza completamente llena de dinosaurios. Le molestaban…, ¿moralmente? Dos hombres disputándose una mujer raramente se mostrarían tan vindicativos como aquellos grandes vegetarianos acorazados. ¿Estéticamente? ¿Quién podría decir dónde estaba la belleza, excepto desde su propio punto de vista? En cualquier caso, aquella gran columna vertebral que alcanzaba su máxima altura sobre la pelvis y descendía luego hasta la cola erizada de púas, tenía su propia lógica irrefutable… ¿Intelectualmente? Recordó a Lenny, y luego desvió la atención hacia los jóvenes y deportistas reptiles, tan llenos de vitalidad en sus movimientos…

    Se acuclilló en el esponjoso suelo, que en ese lugar se correspondía casi exactamente con un peñasco, y observó alejarse a Ann. Dominó un impulso de tomar una hoja cercana y ponerse a masticarla, pues la vegetación del lugar era inaprensible para cualquier dedo espectral.

    Uno de los más curiosos efectos del viaje mental era la disminución de luz sufrida por todo el mundo fuera del propio presente. Sólo a unos pocos metros de distancia, Ann se hundía en densas sombras, y el bar de los Borrow, pese a estar pintado de blanco, era aún más penumbroso. Pero había también otras sombras que añadían, además de la penumbra, bastante horror a la escena. Borrow había elegido lo que evidentemente era un paraje popular. Las generaciones futuras de viajeros mentales vendrían también a congregarse allí; el lugar terminaría convirtiéndose en una ciudad…, quizá la primera ciudad del jurásico. Los indicios de su futuro éxito estaban por todas partes. Era posible divisar figuras espectrales de futuros edificios y gente, opaca y brumosa debido a la distancia en el tiempo.

    Bush se había sentado cerca de un edificio muy superior a las tiendas de su propia generación. Por su grado de pizarroso oscurecimiento, tan transparente que podía ver el agreste paisaje a través de él, calculó que provendría de un siglo o más, posterior a su tiempo. Aquellos seres del futuro habían resuelto muchos de los problemas que en aquellos primeros días del viaje mental parecían completamente desconcertantes: por ejemplo, el transporte de materiales pesados y la instalación de plantas eléctricas. El futuro se las había arreglado para vivir cómodamente en el remoto pasado; el presente de Bush no podía hacer allí más que acampar salvajemente. También habían resuelto el problema de las aguas cloacales; su generación esparcía los excrementos desde el pleistoceno hasta el cámbrico sin la esperanza o la excusa de que nunca llegarían a convertirse en coprolitos.

    Había gente asomada a las ventanas del edificio del futuro. Se recortaban tan tenuemente en el aire que era imposible distinguir bien si eran hombres o mujeres. Tenía la inquietante impresión de que los ojos eran ligeramente más brillantes de lo debido. No podían verlo a él mejor de lo que él los veía a ellos, pero la sensación de ser observado era molesta. Bush volvió la mirada hacia la llanura, sólo para darse cuenta de lo cubierta que estaba con las brumosas construcciones de los tiempos futuros. Dos tenues fantasmas de hombres pasaron a través de él, abstraídos en profunda conversación, de la que ni un decibelio le llegó a través de la barrera de la entropía temporal. También se había dado cuenta de que su Dama Oscura estaba de nuevo cerca…, ¿qué sentía por Ann? Pese a su apariencia de fantasma, debía tener sentimientos, allá en su asfixiante futuro. Todo el espaciotiempo empezaba a llenarse de sentimientos humanos. Brevemente, pensó de nuevo en Monet. El viejo muchacho estaba en lo cierto, concentrado en los nenúfares; podían recubrir todo el estanque, pero nunca los vería invadir las orillas y los árboles cercanos.

    Recordó que Borrow había sido pintor en su juventud. Sería bueno hablar con él… Borrow era frío, pero a veces conseguía hacer reír.

    Mientras se levantaba y se acercaba al establecimiento de su amigo, vio que Borrow había efectuado muchas mejoras. Había tres tiendas en lugar del par que había antes, y el tamaño de dos de ellas era considerable. Una era una especie de almacén combinado con tienda de alimentación, la otra era un bar, y la última un café. Encima de todas ellas, Borrow y su esposa habían izado un gran letrero:

    EL HUEVO AMNIÓTICO


    Tras las tiendas, delante de ellas, entre ellas, había otra colección de edificios en los más extraños estilos arquitectónicos, algunos de los cuales se llamaban también El huevo amniótico, y todos ellos en diversos grados de imprecisión, de acuerdo con la distancia en tiempo. Había sido la presencia de esas sombras, claros presagios de su éxito, lo que había animado a los Borrow a instalar allí su negocio al principio de todos los demás; florecían en la paradoja.

    —Dos huevos amnióticos con patatas fritas —dijo Bush, entrando en el café.

    Ver estaba detrás del mostrador, el pelo, más gris de lo que él recordaba; debía estar rozando la cincuentena. Le sonrió con su vieja sonrisa y salió de detrás del mostrador para estrechar la mano del amigo. Bush la notó vítrea al tacto…, no habían iniciado viaje el mismo año, y de ahí que el rostro de la mujer se viera más gris, más oscuro de lo que en realidad era. Incluso la voz le llegaba deformada, filtrada por la ligera barrera temporal. Sabía que la comida y la bebida, cuando las tomara, tendrían también la misma cualidad ‘vítrea’ y que necesitarían cierto tiempo para ser digeridas.

    Charlaron afectuosamente unos instantes, y Bush dijo que aquel viejo lugar estaba construyendo evidentemente la fortuna de Ver.

    —Pero apuesto a que ni siquiera sabes lo que es un huevo amniótico —dijo Ver; sus padres la habían bautizado como Verbena, pero ella prefería la contracción.
    —Quiere decir grandes negocios para ti, ¿no?
    —Mantiene unidos nuestros cuerpos y nuestras almas. ¿Y tú, Eddie? Tu cuerpo se ve bien… ¿Cómo está tu alma?
    —Causándome los problemas de siempre —conocía bien a esa mujer, de los tiempos en que Borrow y él se hacían la competencia como pintores, antes del viaje mental; incluso se había acostado una o dos veces con ella antes de que Roger se hubiera interesado seriamente. Todo aquello parecía muy lejano, cerca de ciento treinta millones de años antes, o después, no lo sabía exactamente; a veces el pasado y el futuro se confundían y parecían fluir en direcciones opuestas a la normal—. No parece enviarme tantas señales como hacía antes, pero las que me llegan son generalmente malas.
    —¿No puede operarse?
    —El doc dice que es incurable —era maravilloso cómo podía hablar tan trivialmente de cosas tan importantes—. Hablando de incurables, ¿cómo va Roger?
    —Va muy bien… Lo encontrarás ahí atrás. ¿Sigues haciendo composiciones actualmente, Eddie?
    —Bueno, estoy precisamente en… en un período de transición. Estoy… Infiernos, no, Ver; estoy absolutamente perdido en este momento —era mejor darle una aproximación a la verdad; ella era la única mujer que le preguntaba por su trabajo porque tenía verdadero interés por lo que él hacía.
    —Los períodos de transición son necesarios a veces. ¿No estás haciendo nada?
    —Hice un par de pinturas la última vez que estuve en 2090. Sólo para pasar el tiempo. Para estructurar el tiempo, como dicen los psicólogos. Hay una teoría de que el mayor problema del hombre es estructurar el tiempo. Todas las guerras no son más que soluciones parciales de ese problema.
    —En ese caso la Guerra de los Cien Años puede ser considerada como un éxito.
    —Ajá. Eso pone todo el arte, toda la música, toda la literatura, dentro de la misma categoría. Todo lo que perdura: Lear, la Pasión según San Mateo, el Guernica, Pecando en la ciudad…
    —Probablemente haya una diferencia de grado.
    —Es contra esos grados que me levanto ahora.

    Intercambiaron sonrisas, y él se dirigió hacia el fondo para encontrar a Borrow. Por primera vez —¿o había sentido lo mismo antes y lo había olvidado?— pensó que Ver era más interesante que su esposo.

    Borrow estaba trasteando fuera, a la gris luz del día. Como su mujer, tenía inclinación a la obesidad, pero iba vestido tan pulcro como siempre, con aquella vieja aureola de dandismo… Se irguió al acercarse Bush y le tendió la mano.

    —Hace un millón de años que no te vemos, Eddie. ¿Cómo va tu vida? ¿Mantienes aún el récord de corta distancia en viaje mental?
    —Por lo que conozco, sí, Roger. ¿Cómo van las cosas?
    —¿Cuál es el año más cercano a casa que has alcanzado?
    —Había hombres —no veía adónde quería llegar su amigo, ni la necesidad de su pregunta.
    —No está mal. ¿Pudiste precisar la época?
    —Algún punto de la Edad de Bronce —por supuesto, cualquiera de los viajeros mentales se sentía fascinado por la idea de que, cuando la disciplina se desarrollara lo suficiente, sería posible visitar los tiempos históricos… Y quién sabe, quizá llegaría incluso el día en que se podrá atravesar completamente la barrera de la entropía y viajar mentalmente al futuro.

    Borrow le palmeó la espalda.

    —¡Magnífico! ¿Viste a los artistas trabajando? Tuvimos un tipo en el bar el otro día que proclamaba que había viajado hasta la Edad de Piedra. Pensé que era algo formidable, pero evidentemente tú sigues ostentando el récord.
    —Sí, bueno… Dicen que se necesita una personalidad dislocada para ir tan lejos como yo.

    Se miraron a los ojos. Borrow apartó la vista casi inmediatamente. Quizá recordara que Bush odiaba ser tocado. El visitante, lamentando su arranque, hizo un esfuerzo por dominarse y ser amable.

    —Es agradable veros de nuevo a Ver y a ti. Parece como si El huevo amniótico fuera bien. Y… ¡Roger! ¡Veo que estás pintando de nuevo! —acababa de darse cuenta de lo que estaba apilando Borrow. Se detuvo, y lentamente llevó uno de los paneles de plasbord a la luz.

    Había nueve. Bush observó el conjunto con un asombro creciente.

    —Has vuelto de nuevo a tu viejo pasatiempo —dijo, con voz apagada.
    —Y me temo que hollando un poco tu territorio, Eddie.

    Pero no eran CEC. Aquellos paneles parecían remontarse, en cierto sentido, a Gabo y Pevsner, pero utilizando los nuevos materiales, aquí decolorados, allá combinados; el efecto era sorprendentemente novedoso, no escultura, no composición, no mecanismo.

    Los nueve paneles eran variaciones sobre un mismo tema, incrustados, como Bush pudo ver, en perspex y cristal, con fragmentos rotatorios de metal mantenidos en su lugar por medio de electroimanes. Estaban dispuestos de tal modo que daban la impresión de grandes distancias, con relaciones que variaban según el punto desde donde fueran observados. Algunos estaban en constante movimiento, animados por la energía de mini-ínfimos reactores nucleares situados en las bases de los paneles, de un modo tal que el elemento estático había sido eliminado.

    De inmediato vio Bush claramente lo que las composiciones representaban: abstracciones de los estratos temporales replegándose ominosamente en tomo al Huevo Amniótico. Habían sido creadas con una precisión y un dominio absolutos…, dominio de la visión y de la materia, aliados para producir obras maestras. Bruscamente, tras la admiración, Bush sintió que la envidia le ardía por dentro como un volcán.

    —Realmente encantador —dijo, inexpresivo.
    —Creía que tú los comprenderías —dijo Borrow, mirando duramente el rostro de su amigo.
    —He venido aquí tras una chica a la que conozco. ¡Quiero beber algo!
    —Tómate algo por cuenta de la casa. Puede que tu chica esté en el bar —Borrow mostró a Bush el camino y éste lo siguió, demasiado furioso como para hablar. Los paneles eran asombrosos…, fríos, pero con una cualidad dionisíaca; revolucionarios, selectivos, personales… Causaban en Bush esa comezón entre los omoplatos que él reconocía como su señal particular ante algo genial; o si no genial, con una cualidad que podía imitar y quizá transmutar en algo genial, fuera lo que fuese el genio… Una comezón intensa, una gran descarga de electricidad a través del sistema celular. Y el viejo Borrow lo había conseguido, Borrow, que había dejado hacía años de ser un artista y se había convertido en un comerciante y su encantadora mujer en su ayudante por amor al dinero, Borrow, el meticuloso con los puños de sus camisas, ¡Borrow había recibido el mensaje y lo había transmitido!

    Lo que más le dolía era que Borrow sabía lo que había conseguido. Era por eso que había intentado amortiguar la impresión de Bush al recordarle que mantenía el récord de menor distancia en viaje mental. Bush podía sentirse barrido como artista, sí, ¡pero conservaba el récord de viaje mental corto! Porque Borrow sabía que Bush reconocería los méritos de los paneles y sentía piedad porque él (Bush) era incapaz de producir algo similar.

    ¿Cuántos de esos paneles habrían sido enviados a 2090, por el amor de Dios? No era sorprendente que El huevo amniótico prosperara; ahora tenía capital para sostenerlo. ¡El artista tendero iba por buen camino, transformando su inspiración en hamburguesas y agua tónica!

    Bush odiaba pensar como lo hacía. Pero los pensamientos acudían, aunque se llamara a sí mismo bastardo. Esos paneles, por supuesto… Gabo, Pevsner… en dos dimensiones… No, ellos habían sido sus precursores, pero los paneles eran originales… No llegaban a ser un nuevo lenguaje, pero sí tendían un puente desde el viejo, un puente que él mismo habría podido construir y en cambio ahora debía descubrir otro, ¡tenía que descubrir otro! Pero el viejo Borrow… ¡Un hombre que en otro tiempo se había atrevido a reírse de las obras maestras de Turner!

    —Un whisky doble —dijo Bush, incapaz de forzarse a dar las gracias mientras Borrow se sentaba a su lado en una banqueta para hacerle compañía.
    —¿Está tu chica aquí? ¿Cómo es? ¿Rubia?
    —Va sucia. Dios sabe de qué color serán sus cabellos. La recogí en el devónico. No vale un pito…, me sentiría feliz perdiéndola de vista —esto no era cierto; en su vergüenza no podía pensar en lo que estaba diciendo. Por otro lado, deseaba volver a echarles otra mirada a los paneles, pero era incapaz de sugerirlo.

    Borrow permaneció sentado en silencio durante un momento, como si sopesara cuánto debía creer de la declaración de Bush. Luego dijo:

    —¿Sigues trabajando para el Instituto Wenlock, Eddie?
    —Sí. ¿Por qué?
    —Ayer estuvo aquí un tipo llamado Stein… Debe estar aún por los alrededores. También trabaja para Wenlock.
    —No lo conozco —¿aquel Stein conectado con el Instituto? ¡Nunca!
    —¿Necesitas una habitación para la noche, Eddie? Ver y yo podemos proporcionarte una.
    —Tengo mi propia tienda. Y de todos modos, quizá no me quede.
    —Vamos, tienes que quedarte a cenar con Ver y conmigo, esta noche, después de cerrar. No hay prisa… Tenemos todo el mundo de tiempo, como dicen.
    —No puedo —hizo un terrible esfuerzo para reconciliarse consigo mismo y dejar de comportarse como un bastardo—. ¿Qué infiernos es un huevo amniótico, de todos modos? ¿Un nuevo plato?
    —Puedes expresarlo así en un cierto sentido —Borrow explicó que el huevo amniótico era el gran invento de la era mesozoica, causa del dominio de los grandes reptiles durante cientos de millones de años. El amnios era la membrana interna del huevo de los reptiles que permitía al embrión pasar el estadio de ‘renacuajo’ en el interior del huevo, para emerger al mundo como una criatura ya completamente formada. Eso permitía a los reptiles poner sus huevos en el suelo, y así conquistar los continentes. Mientras que los anfibios de los cuales habían evolucionado ponían tan sólo huevos blandos y gelatinosos que debían ser incubados en un medio fluido, lo cual los mantenía anclados a los ríos y lagos.

    Los reptiles rompieron el viejo vínculo con los anfibios tan definitivamente como la humanidad rompió el viejo vínculo con los mamíferos en el tiempo espaciotemporal. Fue su gran jugada maestra, y los situó en primera fila por no-sé-cuánto-tiempo.

    —De la misma forma que tu almacén y tu bar te han situado a ti.
    —¿Qué es lo que te preocupa, Eddie, muchacho? No eres el mismo. Deberías volver al presente.

    Bush vació su vaso, se puso de pie y miró a su amigo. Se dominó con un gran esfuerzo.

    —Puede que vuelva, Roger. Creo… que tus construcciones son buenas —mientras se apresuraba hacia la salida del bar, vio que una de las construcciones colgaba como decoración de una de las paredes de tela.

    Todos los relojes de su mente estaban martilleando furiosamente. Deberías estar contento de que alguien lo haya conseguido. Cristo, deberías estar contento de que sea tu amigo quien lo haya conseguido. Pero he sufrido… Quizás él ha sufrido, quizá sufre todo el tiempo, como yo… ¡Y él no ha hecho nada! Todo eso no es más que llamativos artilugios para turistas. Soy tan despreciable… Uno no puede controlarse a sí mismo. Toda esta autorrecriminación no es más que una fachada. Y debajo de esto y aún más debajo de esto…, monda las diversas capas y verás que siempre son alternas, amor a sí mismo y odio a sí mismo, hasta llegar al podrido corazón. Es culpa de mis padres… De nuevo el motivo del incesto. ¡Dios, me siento tan enfermo de mí mismo! ¡Déjame salir de eso!

    Vio hasta qué punto se había consumido a sí mismo. Cinco años antes había estado haciendo un buen trabajo. Ahora era apenas un adicto sumiso al viaje mental.

    Una de las vías de escape de sí mismo estaba a mano. Un hombre y una muchacha venían hacia él, tan definidos que Bush supo que procedían de su mismo año. Apenas dirigió una mirada al hombre. La muchacha era terrible, con hermosas piernas y un andar majestuoso acorde con sus esbeltos tobillos. Las caderas eran proporcionadas y cadenciosas. Llevaba el pelo corto. No pudo verle el rostro, por lo que contemplarlo se volvió una obsesión para él.

    Era la urgencia del jugador de la que era víctima desde hacía tiempo…, y ahora ya no tenía la excusa de que necesitaba una modelo. Las posibilidades de que una muchacha fuera una belleza eran más bien escasas. Un millar de chicas tenía hermosas posaderas, y una de cada mil poseía un rostro aceptable. La fiebre moría rápidamente en él cuando comprobaba que lo que había descubierto no se ajustaba a sus cánones. Era un fetichista del rostro. Hasta el punto de iniciar una persecución. Bush constató —marginalmente— que Ann tenía un hermoso rostro.

    Siguió cautelosamente a la pareja, moviéndose de lado a lado tras la muchacha, esperando que sus movimientos le permitieran ver el máximo de su perfil. Había tiendas clavadas por todas partes, e individuos andrajosos por todas partes, preguntándose qué demonios hacer con el pasado ahora que lo tenían. Bush los esquivó.

    Su presa desapareció tras la esquina de una tienda. Apresurando el paso, Bush la siguió. Vio que la muchacha estaba de pie, sola, justo frente a él. Se había vuelto para mirarlo. Era una vaca. Casi en el mismo momento, Bush olfateó el peligro. Se volvió, pero el golpe ya había sido disparado. La escolta de la muchacha surgió bruscamente de la tienda y lo golpeó brutalmente en el hombro con una porra corta.

    Aquel instante se dilató por toda una estación, como si el pánico en la mente de Bush fluyera en la concepción humana del paso del tiempo. Tuvo tiempo suficiente para leer en el rostro del hombre el miedo y la locura —tan odiosos como el propio y temido golpe—, y para efectuar toda una serie de observaciones interconectadas: tendría que haber vigilado al hombre, o al menos concederle una mirada. Lo reconozco… Es el tipo mayor que iba con Lenny y Ann, maldita sea ella; su nombre era… Pero Roger había mencionado también su nombre. ¿Por qué no puedo recordarlo? ¿Por qué siempre estoy preocupado por otras cosas? Siempre egoístamente, por supuesto. Y ahora me estoy buscando problemas… Stone…, no, Stein, Stein. ¡Stein!

    La porra alcanzó su destino, torpe pero fuertemente, a medias entre el rostro y el cuello. Cayó. La ira llegó demasiado tarde (¿nuevamente a causa de que estaba demasiado preocupado por sí mismo como para reaccionar rápidamente a la situación exterior?), y mientras caía se agarró de las piernas de Stein. Sus dedos se aferraron al pantalón. Stein le dio una patada en el pecho y se soltó. Hundido en el blando suelo generalizado, Bush vio al hombre echarse a correr, pasar junto a la muchacha sin prestarle ninguna atención.

    Todo el incidente no había levantado el menor grano de polvo del jurásico. Permanecía ajeno, impasible.

    Dos hombres acudieron y ayudaron a Bush a levantarse. Dijeron algo acerca de acompañarlo hasta El huevo amniótico. Era lo que menos deseaba. Aún aturdido, se apartó de ellos y se alejó tambaleante de la zona de las tiendas, masajeándose el cuello, con las emociones vibrando y agitándose en su interior. Recordó el rostro de la muchacha cuando se volvía para verlo recibir lo que se merecía; con sus espesas cejas y su pequeña nariz idiota, lo era todo menos hermosa.

    Allí donde terminaban las toscas tiendas de su propia época proseguían las brumosas estructuras pertenecientes a los futuros invasores del pasado. Bush se tambaleó entre ellas, pasando a través de las sombras que las habitaban, para dejarlas finalmente atrás y abrirse camino entre una verde espesura de gimnospermas.

    Un pequeño celulosaurio, no mayor que una polilla, se escurrió entre sus piernas impulsándose con sus patas traseras. Bush se sobresaltó más que el animal.

    Se encontró de pronto en la orilla de un amplio y lento río que emergía de la espesura; el mismo que Ann y él habían visto, antes que la chica lo dejara. Se sentó un rato allí, con una mano en su dolorido cuello. La selva estaba casi al alcance de la mano, la densa y casi sin flores selva del jurásico medio, mientras que el lado opuesto del río, donde se estaba formando un meandro, era más bien pantanoso, y en él florecían los juncos y las cicadáceas en forma de barril.

    Bush contempló la escena algunos momentos. Se preguntaba sobre lo que pensaba sobre el panorama, y entonces se dio cuenta de que le recordaba un dibujo de un libro de texto de hacía mucho tiempo, cuando estaba en la escuela, mucho antes de los días del viaje mental pero en una época en la que se observaba —ahora parecía curioso— una preocupación general por el pasado remoto. Era por 2056, cuando su padre abrió el nuevo consultorio de dentista. La gente estaba loca por la época victoriana…, incluso su padre había instalado junto al sillón un enjuagabocas de caoba plástica para que la gente escupiera. Los victorianos fueron los que primero revelaron el mundo prehistórico, con sus monstruos tan parecidos a las cosas que se movían en las profundidades de la mente, y que presumiblemente una cosa había conducido a la otra. Wenlock probablemente había sido influido por las mismas corrientes de la época… Se había revelado como una de las mentes más esclarecidas de su tiempo, no como un artista fracasado y vencido.

    El dibujo de aquel antiguo libro de texto presentaba la misma disposición del río, del pantano, de las exóticas plantas de variada clase y del bosque distante extendido ante Bush. Sólo que el dibujo mostraba también una selección de reptiles primitivos: un enorme allosaurio que picoteaba delicadamente a un estegosaurio derribado, a la izquierda de la figura; cerca, un comptosaurio que caminaba como un hombre, con sus pequeñas patas delanteras levantadas casi como si estuviera rezando por el alma del estegosaurio; interrumpiendo su devoción, en el centro de la figura, dos pterodáctilos en animado picoteo; luego había un pequeño ornitoleste de rápidos pies, agarrando a un arqueóptero y sacándolo de unos helechos; y por último, a la derecha, un brontosaurio extendiendo complacientemente su largo cuello y su cabeza fuera del río, con un manojo de hierbas colgando pulcramente de su boca para indicar sus hábitos vegetarianos.

    ¡Qué simple era el mundo de los libros de texto, qué parecido y qué distinto de la realidad! Aquel crujiente y viejo mundo verde nunca había estado tan poblado como proclamaban las figuras de los libros; los animales, al igual que los hombres, nunca coexistieron en tan sencilla beatitud. Además, Bush nunca llegó a ver un pterodáctilo. Quizá fueran escasos. Quizás habitaran en otra parte del globo. O quizá simplemente algún imaginativo paleontólogo del siglo XIX había ensamblado equivocadamente los huesos fósiles de alguna criatura reptante. El pterodáctilo podía ser así otra de tantas invenciones victorianas…, como Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas y Drácula.

    Hacía calor y el cielo estaba nuboso —eso al menos guardaba correspondencia con el dibujo, ya que ninguno de los animales representados arrojaba sombra—, igual que el día en que su madre le había dicho que no lo quería y se lo había demostrado echándolo al jardín durante todo el día. Su anhelo de ese momento era que un buen viejo y amistoso brontosaurio asomara la cabeza fuera del agua haciendo chomp-chomp; eso le habría hecho algún bien también aquel día…, pero no apareció ningún brontosaurio. La verdad era que la época de los reptiles nunca estuvo tan repleta de reptiles como la época de los hombres de hombres.

    A medida que el dolor de su cuerpo iba muriendo y su pulso recuperaba lentamente la normalidad, Bush intentaba razonar. La culpabilidad seguía deslizándose en su razonamiento, pero, con todo, consiguió ver más claro algunas cosas.

    Por alguna razón, Stein había creído que Bush lo seguía a él y no a la muchacha. Si Stein estaba allí, era probable que Lenny y sus camaradas vestidos de ante estuvieran también por los alrededores. Su presencia explicaba de algún modo la desaparición de Ann; probablemente Lenny la había atrapado y la retenía prisionera. No, seamos razonables: ella lo había visto y había corrido hacia él con gratitud, contenta de cambiar la pretenciosa cháchara de Bush por sus pies sucios y su obtusa mente. ¡Bueno, al fin me libré de ella! Aunque, por Dios, aquella primera tarde, sobre aquellas conchas de fragmocerátidas, en aquel pequeño valle, su gesto de levantar una doblada pierna, las exquisitas líneas de sus muslos, su dulce y viscosa excitación…

    —¡No te pongas nervioso! —exclamó en voz alta. Otra cosa estaba clara; no deseaba nada de nadie allí, ni de Roger y Ver, ni de Lenny y sus treintones, ni de Stein. Pero era posible que uno o varios de ellos lo siguieran para partirle la cara. En cuanto a Ann…, no tenía ningún derecho sobre ella; él no le había hecho ningún bien.

    Miró ansiosamente a su alrededor. Incluso la Dama Oscura lo había abandonado. Ya era tiempo de que viajara mentalmente a casa, de hacer frente a los problemas que le presentara el Instituto. El jurásico, como siempre, era un fracaso…, él y sus huevos amnióticos.

    Abrió la mochila y sacó una ampolla de CSD. Su viejo, gastado y lejano presente lo estaba aguardando. Allá no había reptiles… Sólo padres.


    4. Se Requiere Más Que La Muerte


    El viaje mental era fácil en algunas circunstancias, una vez aprendidos los principios y la disciplina de Wenlock. Pero regresar al presente era tan penoso y lleno de dolor como un nacimiento. Era un renacimiento. La oscuridad lo rodea a uno, la claustrofobia es incesante y el peligro de sofocación amenaza constantemente. Bush pateó y se debatió y gritó con su mente, “¡aquí, este lugar!”, dirigiéndose hacia allí gracias a los movimientos peristálticos de alguna desconocida parte de su cerebro.

    La luz regresó a su universo. Estaba tendido en una cómoda litera, y el lujo saturaba todo su ser; estaba de vuelta. Lentamente, abrió los ojos. Otra vez en la estación mental de Southall, de donde había partido. El cuello le seguía doliendo, pero estaba en casa.

    Yacía en una especie de capullo en un cubículo que seguramente permaneció cerrado desde que partiera, en un día de invierno de 2090. Sobre su cabeza tenía el pequeño equipo que mantenía con vida algunos de sus tejidos y un litro de su sangre. Eran casi sus únicas posesiones en aquel tiempo, y ciertamente las más vitales, ya que gracias a ellas, mediante algún sorprendente proceso osmótico, había sido capaz de regresar a su casa como una paloma mensajera. Pero su utilidad ya había terminado.

    Bush se sentó, desgarró la fina piel de plástico que cubría su litera —era como una reminiscencia de un dinosaurio que emerge de su famoso huevo amniótico, ¿no?— y examinó su cubículo. Un reloj-calendario en la pared le ofreció el desnudo dato de la fecha: martes, dos de abril de 2093. No había tenido intención de estar fuera tanto tiempo; siempre tenía uno la sensación de que le habían robado parte de su vida cuando regresaba y descubría el tiempo transcurrido. Porque el pasado no era el mundo real; era tan sólo un sueño, como el futuro… El presente era lo real, el presente del tiempo que pasa, el tiempo que el hombre ha inventado y al que está adherido.

    Bush salió de su capullo, se puso en pie y se contempló en el espejo. En aquel ambiente aséptico, le pareció que estaba obscenamente sucio. Introdujo sus medidas en el vestimático y marcó un ‘una pieza’. Exactamente a los treinta segundos su pedido era satisfecho; la gaveta metálica contenedora se abrió con brusquedad y golpeó fuertemente la tibia de Bush. Dolorido, tomó la ropa y se tendió en la cama para quitarse los instrumentos de la muñeca; luego tomó una toalla limpia de la barra de la calefacción y penetró en la ducha. Mientras se relajaba bajo el agua caliente —un lujo inimaginable—, pensó en Ann con su mugrienta piel, perdida en algún remoto tiempo/lugar transformado ahora en estratos rocosos pulverizados y enterrados en el subsuelo. A partir de ese momento debería pensar en ella apenas como otra de sus aventuras ocasionales; no había ninguna razón para suponer que volvería a verla.

    En diez minutos estuvo listo para abandonar el cubículo. Pulsó un timbre, y un vigilante acudió a desprecintar la puerta y presentarle una factura por la habitación y los servicios. Bush miró el total y dio un respingo; pero era el Instituto Wenlock el que pagaría. Tenía que acudir a informar pronto, probar que había estado haciendo algo en esos dos años y medio… En primer lugar, iría a su casa como el respetuoso hijo que era. No importaba retrasar un poco el informe.

    Se echó la mochila al hombro y descendió por el inmaculado corredor hasta el vestíbulo de entrada —tras todas esas puertas selladas, muchos otros evadidos merodeaban mentalmente en las oscuras profundidades y abismos del tiempo—. Una de sus composiciones estaba allí, sujeta al techo…, una de las más grandes. El condenado Borrow la había mejorado. Cruzó los chorros calientes de la entrada prohibiéndose mirarla, y salió al aire libre.

    —¿Taxi, señor?
    —¿Un regalo para su regreso a casa, señor? ¡Preciosas muñequitas!
    —Cómpreme algunas flores, señor… Ramilletes de hoy, recién cogidos.
    —¡Taxi! ¡Lo llevo adonde quiera!
    —¿Quiere una chica, compañero? Para quitarse de la cabeza el viaje mental…
    —¡Deme un céntimo!

    Recordó los gritos de desesperación. Estaba en casa; 2090 o 2093, ésta era la franja del tiempo que conocía. Podía hacer un dibujo para un libro de texto con todo eso; los desdichados alineados de derecha a izquierda, como los dinosaurios de aquel otro dibujo…, el mendigo primero, luego la mujer, luego el taxista tirando de su carrito, después el vendedor de juguetes, más allá el chiquillo harapiento, con la mujer que vendía flores tocando el margen derecho, debajo de la farola; y al fondo, la elegante estación mental contrastando con las deterioradas casas y las calles llenas de socavones. Bush echó a andar abriéndose camino a través de la apretada multitud de mendigos y buhoneros, luego cambió de idea y se dirigió hacia un taxista que permanecía sentado hoscamente en su carrito. Le dio la dirección de su padre y le preguntó cuánto costaría la carrera. Después que el hombre se lo dijo, exclamó:

    —¡Es demasiado!
    —Los precios han subido mucho mientras usted estuvo revoloteando por el pasado.

    Es lo que decían siempre. Y siempre era cierto.

    Bush subió al vehículo, el hombre tomó las varas, y partieron.

    ¡El aire tenía un sabor maravilloso! Era un milagro que sólo aquella pequeña fracción de tiempo, el presente, pareciera poseer ese mágico componente en abundancia, por todos lados, incluso allí donde no había gente. Por muy ingeniosos que fueran los filtraires, uno siempre tenía la impresión de hallarse cerca del sofoco. Y no era solamente el aire… Había miles de ruidos aquí, todos invadiendo voluptuosamente los oídos de Bush, incluso los más estridentes. Además, cada cosa visible tenía su cualidad táctil propia; todo lo que se había convertido en vidrio elástico en el pasado poseía allí sus propias y milagrosas cualidades de textura.

    Pese a saber que estaba completamente atrapado por el viaje mental y que inevitablemente se sumergiría de nuevo en él, Bush era reacio a abdicar de los sentidos que traía consigo. Allí estaba el mundo, el mundo real, estrepitoso, deslumbrante, vivo… Aunque, probablemente, demasiado para él, tal como antes ya lo había comprobado.

    Mientras hinchaba los pulmones, cruzando ruidosamente las calles, pudo darse cuenta de las inquietantes evidencias de que 2093 distaba mucho de ser un paraíso, mucho más, quizá, que 2090. Tal vez fuera cierto el proverbio que decía que uno podía quedarse fuera demasiado tiempo…, quizás el indiferente pasado de los reptiles le era ya más familiar que este presente. Y supo que realmente no pertenecía a ese lugar cuando vio que no podía comprender los slogans de las murallas.

    En determinado punto del camino, una columna de soldados en dos filas avanzaba calle abajo. El taxista los cruzó dando un amplio rodeo.

    —¿Hay problemas en la ciudad?
    —No, si uno no mete la nariz en ellos.

    Una respuesta ambigua, pensó Bush.

    Necesitó algún tiempo para captar exactamente el porqué de que la calle donde vivían sus padres pareciera más pequeña, pobre y sobre todo deslucida que antes. No era sólo porque varias ventanas estuvieran rotas y tapadas con tablas; recordaba eso de antes, y la suciedad en las calles. A poco de pagar su viaje y enfrentarse con la casa de su padre se dio cuenta de que todos los árboles de la calle habían sido talados. En el pequeño y cuidado jardín frente a la casa del dentista había habido dos cerezos ornamentales —el propio James Bush los había plantado cuando abrió su consulta—, que tendrían que haber empezado a florecer por aquel entonces. Mientras recorría el sendero de ladrillos, vio sus amarronados y podridos tocones brotando del suelo como reclamos de la profesión de su padre.

    Algunas cosas seguían igual. La placa de cobre anunciaba aún ‘James Bush, Cirujano Dental Diplomado’. Metida en su funda de plástico transparente, la misma tarjeta seguía diciendo: “Llame y entre, por favor”, con letra de su madre. Cuando la clientela empezó a mermar, ella se había visto obligada, por razones económicas, a convertirse en la recepcionista de su marido, lo cual proporcionaba un impensado ejemplo de la naturaleza circular del tiempo, puesto que se conocieron cuando ella llegó para oficiar como recepcionista. Bush se preparó para oír una larga sucesión de ejemplos de cómo las cosas habían ido de mal en peor desde que se marchara; su madre siempre fue experta en proporcionar tediosas y reiterativas listas de cualquier cosa —esperaba que continuara siéndolo—. Sujetando el pomo de la puerta, Entró Sin Llamar.

    El vestíbulo, que era también la sala de espera, estaba vacío. Diseminados sobre la mesa y las sillas, revistas y periódicos, en tanto que, cubriendo las paredes, anuncios, diagramas y diplomas, como si se tratara de un centro de pruebas de alfabetismo.

    —¡Madre! —gritó, mirando escaleras arriba. El descansillo estaba oscuro. No se observaba ningún movimiento.

    No volvió a llamarla… En vez de eso, golpeó con los nudillos la puerta de la consulta y entró.

    Su padre, Jimmy Bush, James Bush, Diplomado en Cirugía Dental, estaba sentado en el sillón de dentista, mirando hacia el jardín trasero de la casa. Llevaba zapatillas de fieltro, y su bata blanca estaba desabotonada, revelando debajo un jersey raído. Volvió lentamente la cabeza hacia su hijo, como reluctante a mirar a otro ser humano.

    —¡Hola, padre! Soy yo, de nuevo… Acabo de regresar.
    —¡Ted, muchacho! ¡No te esperábamos! ¡Qué alegría verte! Así que has vuelto, ¿eh?
    —Sí, padre.

    Para algunas situaciones, no había ninguna forma racional de hablar.

    Jimmy Bush se levantó del sillón y estrechó la mano de su hijo, sonriendo mientras se murmuraban algunas palabras afectuosas. Tenía el mismo tipo que su hijo…, un aspecto más bien descuidado. La edad y el desgaste lo habían marcado con un encorvamiento que impresionaba como si estuviera pidiendo disculpas, y el mismo aire de disculpa aparecía en su sonrisa. Jimmy Bush no era un hombre que exigiera mucho para sí mismo.

    —¡Pensaba que no regresarías nunca! ¡Esto hay que celebrarlo! Tengo algo por ahí, un enjuagatorio escocés…, la ruina de los dentistas —rebuscó en una alacena, apartó un esterilizador y sacó una botella de whisky de medio litro, por la mitad.
    —¿Sabes cuánto cuesta esto ahora, Ted? Cincuenta libras con sesenta, y no es más que una botella de medio litro. Ha vuelto a aumentar desde la última vez. ¡Oh, no sé adónde van a ir a parar las cosas, realmente no lo sé! Ya sabes lo que dijo Wordsworth… “El mundo es demasiado para nosotros; tarde o temprano, tomando y gastando consumimos nuestras fuerzas.” ¡Sufriría un ataque si viviera en nuestros días!

    Bush había olvidado los clichés literarios de su padre. Le gustaban. Intentando infundir algo de vida en sí mismo, dijo:

    —Acabo de regresar, papá. Aún no he hecho mi informe al Instituto —y preguntó, mientras su padre traía dos vasos—: ¿Está mamá en casa?

    Jimmy Bush vaciló, luego se apresuró a servirse el whisky.

    —Tu madre murió el mes de junio último, Ted. El diez de junio. Estuvo enferma varios meses. Preguntó a menudo por ti. Por supuesto, lamentamos mucho que no estuvieras aquí, pero no había nada que pudiéramos hacer, ¿verdad?
    —No. No, nada. Papá, siento que… Yo nunca… ¿Fue algo grave? —dándose cuenta de la tontería que acababa de decir, se corrigió—: Quiero decir, ¿qué le ocurrió?
    —Lo de siempre —dijo Jimmy Bush, como si su esposa hubiera muerto a menudo antes; su atención estaba fija en su vaso, que levantó nerviosamente—. Cáncer, pobre vieja. Pero era en los intestinos, y no sufrió en ningún momento, así que tendríamos que estar agradecidos. Bueno, salud de todos modos… ¡Brindemos!

    Bush no supo qué responder. Ella nunca había sido una mujer feliz, pero los recuerdos de algunos pocos momentos de dicha volvieron, intensos, a su memoria. Bebió un sorbo de whisky. No estaba mezclado y tenía un sabor como de desinfectante, pero el camino a lo largo de su garganta fue agradable. Aceptó un mesca cuando su padre se lo ofreció, y chupó obedientemente.

    —Necesito digerir la noticia, papá. ¡Me cuesta creerlo! —dijo, muy calmadamente; no podía dejar traslucir sus auténticos sentimientos. Dejó el vaso y salió al jardín, pasando por delante de su padre. Cruzó el pequeño invernadero y vio, al otro lado del césped, su estudio prefabricado. Corrió hasta allá y se encerró dentro.

    Estaba muerta… ¡No, no era posible! No, mientras existieran cosas inacabadas entre ellos… Si hubiera regresado a tiempo… Pero ella estaba bien cuando se marchó. Simplemente no se había imaginado que ella, su madre, pudiera morir. ¡Dios! ¡Si pudiera, cambiaría todas las malditas leyes de la naturaleza!

    Levantó el puño, lo sacudió…, apretó los dientes. Habían sido demasiadas impresiones para su ego. Aturdido, levantó la vista y la detuvo con repugnancia en el Goya: “Cronos devorando a sus hijos”. Una reproducción de un Turner, “Lluvia, Vapor y Velocidad”, colgaba de otra pared; también éste, con su terrible amenaza de disolución, era insoportable. En una estantería estaba una de las esculturas eléctricas de Takis, perteneciente a la década de 1960, deslucida por el polvo, rota, una ruina que ya no se iluminaba. En peor estado se hallaban los propios intentos de expresión de Bush; telas, apuntes, montajes, esculturas de tela plástica, composiciones…, las últimas CEC que había realizado. Nada de eso tenía significado ahora; una progresión sin progreso.

    Bush empezó a demoler el estudio, utilizando sus brazos como arietes, apenas consciente de sus roncos gritos y sollozos. Todo el lugar pareció volar en pedazos.

    Cuando recobró el sentido, estaba tendido en el sillón del dentista. Su padre estaba sentado al lado, bebiendo whisky abstraídamente.

    —¿Cómo he llegado hasta aquí?
    —¿Te sientes bien ahora?
    —¿Cómo he llegado hasta aquí?
    —Andando. Luego, al parecer, te desvaneciste… Espero que no haya sido el whisky.

    No pudo responder a aquella estupidez. Su padre nunca lo había comprendido; ya no quedaba nadie que lo comprendiera. Se recuperó lentamente.

    —¿Cómo te las has arreglado, padre? ¿Quién se ha ocupado de ti?
    —La señora Annivale, la vecina. Es muy buena.
    —No la recuerdo. Señora Annivale…
    —Se mudó el año pasado. Es viuda. Su marido cayó en la revolución.
    —¿…revolución? ¿Qué revolución?

    Papá Bush miró preocupado a su hijo por encima del hombro. Visto a través del invernadero, el descuidado jardín aparecía vacío al sol abrileño. Tras una somera verificación de que no eran espiados, el dentista se animó a decir:

    —El país se fue a la ruina, ya lo sabes… Todos estos gastos del viaje mental, sin ningún beneficio a cambio… Había millones de parados. Las fuerzas armadas se pasaron al lado de ellos y el gobierno fue derribado. ¡Durante unos meses esto fue el infierno! ¡Qué bien que tú estuvieras fuera del país! Me sentí feliz de que tu madre no viviera para ver lo peor.

    Bush pensó en El huevo amniótico, prosperando.

    —De todos modos el nuevo gobierno no puede detener los viajes mentales, ¿verdad?
    —¡Demasiado tarde! Todo el mundo se aferra a ellos. Es como la bebida, que pone punto final a la deshilachada madeja de preocupaciones y todo eso. Ahora tenemos un gobierno militar, que dirige las exportaciones y las importaciones y lo demás, pero el Instituto Wenlock forma parte ampliamente del gobierno…, al menos, eso es lo que se dice. No me preocupa. Ya no me preocupo absolutamente de nada. Vinieron a verme y me ordenaron que trabajara en los cuarteles, a cargo de la higiene bucal de los soldados. Les dije: Tengo mi consulta aquí; si sus soldados lo desean, pueden venir a verme aquí, yo no iré a los cuarteles. ¡Y pueden fusilarme antes de que tenga que hacerlo! Desde entonces no han vuelto a molestarme.
    —¿Qué ocurrió con los cerezos de delante?
    —El último invierno fue terrible… ¡El peor que recuerdo! Tuve que talarlos para hacer leña con que encender fuego. Y sólo por piedad me traje a la señora Annivale a vivir aquí conmigo. Ella no tenía con qué calentarse. Fue algo puramente altruista, Ted; prefiero la botella que el sexo en estos días…, como un bebé. Soy viejo, ya lo sabes, tengo setenta y dos años. Además, soy fiel a la memoria de tu madre.
    —Estoy seguro de que la echarás mucho de menos.
    —Ya sabes lo que decía Shelly: “Cuando el laúd está roto, no se recuerdan los suaves acordes; cuando los labios han hablado, los queridos acentos se olvidan pronto”. ¡Todo tonterías! Hay muchas cosas de las que ni siquiera te das cuenta hasta que han desaparecido hace tiempo, muchas acciones que nunca comprenderás hasta varios años después de ocurridas. Por Dios, tu madre podía ser a veces un verdadero hueso para mí. ¡Me hizo sufrir… no sabes cuánto!

    Bush nada admitió, y su padre siguió sin hacer pausa alguna, como si siguiera un tren racional de pensamiento.

    —Y una tarde, cuando las cosas estaban en lo peor, las tropas se lanzaron sobre la ciudad. Quemaron la mayor parte de Neasden. La señora Annivale vino aquí en busca de protección: estaba llorando. Dos soldados habían cogido a una chica en la calle; no supe el nombre, la gente ha cambiado mucho aquí en estos últimos años. Ya no mantengo relaciones con nadie…, o bien tienen unos dientes maravillosos o las mandíbulas llenas de podredumbre, porque no vienen a molestarme mucho. Sea como fuere, era una chica hermosa, de no más de veinte años; uno de aquellos soldados la arrastró hasta aquí, hasta el jardín delantero, ¡mi jardín delantero! La tiró al suelo junto a la pared…, era un hermoso día de verano y los árboles aún estaban ahí. ¡Se comportó de un modo terriblemente brutal! Ella se debatía fieramente… Le hizo trizas todas las ropas. La señora Annivale y yo lo vimos todo desde la ventana de la sala de espera —los ojos le brillaban, era como si hubiera una nueva vida en él.

    Bush se preguntó qué habría pasado entre la señora Annivale y su padre en aquella ocasión. Ahí estaban de nuevo las imágenes de violencia y odio, de las que nunca se libraría. ¿Qué tenía que ver aquella violación con los recuerdos que conservaba su padre de su madre? ¿Se trataba de una fantasía mediante la que él expresaba sus deseos, su agresividad, su odio hacia las mujeres, su miedo? Era un enigma que Bush no quería ver resuelto; el antiguo tabú acerca de hablar de sexo con su padre no se había levantado tan sólo porque éste estuviera ya borracho… Pero sabía que quizás él no había sido la única persona excluida del amor de su madre. No quería oír nada más; anhelaba los herméticos silencios del remoto pasado.

    Cuando se puso de pie, su padre se estaba tranquilizando.

    —Los hombres son como animales —dijo—. ¡Malditos animales! —antiguamente ése había sido otro tabú en las discusiones con su padre. Eso al menos había muerto allá donde se arrastraban los crosopterigios, o quién sabe en qué lugar donde se hubiera exiliado de su propia vida.
    —Jamás he oído de ningún animal violador, padre. ¡El ser humano, sólo; ésa es una de sus prerrogativas! La reproducción era un acto neutral, como el comer o el dormir o el orinar, mientras perteneció al reino animal. Pero en manos del hombre se ha visto retorcida hasta convertirse en lo que él quiso…, un instrumento de amor, un instrumento de odio…

    Papá Bush vació el vaso, lo dejó y dijo fríamente:

    —Le tienes miedo, ¿eh? Al sexo, quiero decir. Siempre le has temido, ¿eh?
    —En absoluto. Tú estás proyectando tus miedos sobre mí. Pero… no es extraño, considerando el modo en que te burlabas de mí cuando era un muchacho y traía alguna chica a casa.
    —¡El buen viejo Ted, nunca olvidando un rencor, exactamente igual que su madre!
    —Y tú tenías que tenerle también un buen miedo, ¿eh? Por no arriesgarte de nuevo y proporcionarme algunos hermanos y hermanas.
    —Tendrías que haberle preguntado a tu madre acerca de esas cosas…
    —¡Ja! Esos queridos acentos no se olvidan pronto, ¿verdad? ¡Cristo, vaya trío el que formamos!
    —Un dúo…, no más que tú y yo, ahora. Y tendrás que ser paciente conmigo.
    —¡No, todavía un trío…! Se necesita algo más que la muerte para librarse de los recuerdos, ¿no crees?
    —Los recuerdos son todo lo que poseo ahora, hijo… No soy ningún viajero mental, capaz de vivir en el pasado… No tengo más que otra botella arriba, únicamente para casos de emergencia —James Bush se levantó y salió de la habitación arrastrando los pies. Su hijo lo siguió, impotente.

    Subieron las escaleras en la oscuridad y penetraron en el saloncito, que olía a humedad.

    El dentista encendió la luz.

    —Tenemos un agujero en el tejado. No toques el techo, el yeso podría caerse. En el verano estará seco y entonces intentaré arreglarlo; las cosas son muy difíciles. Quizá puedas darme una mano si es que todavía sigues por aquí —trajo una botella de litro de whisky, llena en más de sus tres cuartas partes.

    Habían subido con sus vasos. Se sentaron en enmohecidos sillones y se sonrieron mutuamente.

    James Bush guiñó un ojo.

    —¡A la salud de la infame vieja raza humana! —dijo—. ¡Un hombre es un hombre por ello!

    Bebieron.

    —Somos gobernados por un hombre llamado general Peregrine Bolt —dijo luego papá Bush—. No parece un mal hombre para ser un dictador. Tiene mucho apoyo popular. Al menos mantiene las calles tranquilas por la noche.
    —¿Ya no hay más violaciones?
    —No empecemos con eso de nuevo.
    —¿Qué es lo que ha hecho Bolt por el Instituto?
    —Prospera, desde todo punto de vista. Por supuesto, no sé nada. No tiene nada que ver conmigo. He oído decir que sigue una línea de acción más bien militar.
    —Tengo que dar mi informe. Es lo primero que haré mañana, o me van a despedir.
    —¿No vas a volver al pasado? El nuevo gobierno va a organizar todo eso. Actualmente hay tanta gente viajando mentalmente que los índices de criminalidad están aumentando incluso allá abajo. El carnicero le dijo a la señora Annivale que dos tipos fueron asesinados en el pérmico la semana pasada. El general Bolt ha dispuesto una patrulla de policía en viaje mental a fin de mantener el orden.
    —Hay orden suficiente. Yo nunca vi ningún crimen. Unos cuantos miles de personas esparcidas a lo largo de millones de años…, ¿qué mal pueden hacer?
    —La gente no está esparcida, ¿o sí? De todos modos, si tienes intención de volver atrás yo no puedo detenerte. ¿Por qué no te instalas aquí y haces algunas composiciones y esas cosas, y ganas algo de auténtico dinero? Todos tus útiles están en el estudio. Puedes vivir aquí.

    Bush sacudió la cabeza. No podía hablar de su trabajo. La bebida estaba consiguiendo que el cuello volviera a dolerle. El oído le zumbaba. Quizá lo que más deseaba era un buen sueño. Al menos aquí podría conseguir eso; parecía que la intimidad de su padre muy pocas veces era invadida.

    Alguien golpeó fuertemente la puerta de entrada en el momento en que Bush dejaba su vaso sobre el amplio brazo del sillón.

    —Dice muy claro: “Llame y entre”, ¿no?

    Pero papá Bush se había puesto pálido.

    —No es ningún paciente. Probablemente sean los militares. Será mejor que vayamos a ver. Ted, baja conmigo, ¿quieres? Puede que sea para ti. Yo no he hecho nada. Guardaré solamente esta botella debajo del sillón; se han vuelto muy estrictos sobre el mercado negro, malditos sean. ¿Qué querrán? No he hecho nada. Apenas salgo de casa… —bajó las escaleras murmurando, con su hijo pegado a sus talones.

    El perentorio golpear sonó de nuevo antes de que hubieran llegado abajo. Bush pasó delante de su padre en la sala de espera y abrió la puerta con brusquedad.

    Dos hombres armados y uniformados estaban de pie en el umbral. Llevaban cascos de acero y su aspecto era de todo menos pacífico. Un camión aguardaba en la calle detrás de ellos, con el ruidoso motor en marcha.

    —¿Edward Lonsdale Bush?
    —Soy yo. ¿Qué desean?
    —No ha presentado su informe al Instituto Wenlock tras haber sobrepasado el límite de tiempo de su viaje mental. Se ha metido usted en problemas; síganos.
    —Mire, sargento, ahora precisamente iba al Instituto.
    —Por el camino más corto, ¿no? Ha estado usted bebiendo, ¡se huele a un kilómetro…! ¡Síganos!

    Bush se volvió y tomó su mochila de la mesa llena de revistas.

    —Todas mis notas están aquí, se lo aseguro; precisamente ahora iba…
    —No discuta, o lo acusaremos de incitar al tumulto y terminará mirando el pelotón de ejecución desde el lado malo. ¡En marcha, aprisa!

    Miró a su alrededor, desesperado, pero su padre había retrocedido a la oscuridad y no era visible. Los guardias acompañaron a Bush a lo largo del sendero, cruzaron la medio derruida pared de ladrillos donde había sido cometida la violación, lo empujaron al interior del camión que aguardaba, cerraron la puerta tras él. El camión se puso en marcha.


    5. Un Hombre Nuevo En El Instituto


    A Bush le pareció extraño que durante el viaje no perdiera el tiempo preocupándose en lo que le iría a pasar. Pensaba en cambio cariñosamente en su padre. El viejo estaba de espaldas contra la pared, era digno de compasión. Sus días de dudoso esplendor habían quedado atrás, la situación se había invertido…, o se iba a invertir si Bush no volvía nunca a aquella pequeña y descuidada casa.

    Aunque sus heridas familiares eran incurables, aquel mero hecho significaba que existían inexplicables golfos de calma entre las tormentas, golfos llenos de la mejor de las paces, la paz de la indiferencia, cuando todas las cosas horribles han sido dichas. Era como el tema del incesto que popularmente se suponía yacente bajo todas las disputas familiares; una mezcla de las mejores y más dulces y de las peores prohibiciones.

    Entonces empezó a pensar en la muerte de su madre, examinando sus reacciones. Seguía en ello cuando el camión se detuvo violentamente y lo hizo deslizarse a lo largo del banco hasta golpear con un chasquido contra las puertas traseras, que se abrieron. Bush cayó a medias afuera.

    Mientras permanecía con las manos apoyadas contra el suelo, antes de que sus captores lo levantaran, echó una rápida mirada a los deprimentes alrededores de la parte trasera del camión. Habían cruzado una barrera situada en una alta pared de cemento, y en ese momento volvía a cerrarse. Había rígidos guardias en la puerta, y otros deambulaban por las inmediaciones de un par de barracones adosados a la pared. El suelo, como si lo hubieran limpiado recientemente, estaba lleno de grava.

    Los dos soldados lo hicieron rodear el camión y dirigirse hacia la entrada de un gran pero no imponente edificio. Incrédulo, Bush lo reconoció como el Instituto Wenlock.

    La confusión latente en toda mente que se ha movido entre tiempos distintos y experimentado el ayer como el mañana y el mañana como el ayer surgió y lo dominó. Por un momento, no pudo creer que estuviera en el año correcto. El Instituto había estado situado en una tranquila calle secundaria, con un aparcamiento para coches a un lado y edificios en el otro, y tenía enfrente una compañía de seguros que hacía buenos negocios con los viajeros mentales.

    Penetró en el Instituto antes de haber hallado la sencilla respuesta. Bajo el régimen del ilustre general Peregrine Bolt, el Instituto había crecido en status; su padre se lo había advertido. Simplemente habían demolido el resto de la calle y edificado un muro alrededor del lugar para que el Instituto fuera entonces fácilmente defendible y se pudiera controlar a cualquiera que entrara o saliera.

    Por dentro, el Instituto había cambiado muy poco. Evidentemente pasaba por un período de prosperidad; la iluminación era mejor, e igualmente el revestimiento del suelo. Se había instalado un circuito cerrado de televisión cuyas esferas transmitían regularmente coloreados mensajes. La recepción había sido considerablemente ampliada; tras el enorme mostrador había ahora cuatro hombres uniformados. El hastío y la inquietud generados por sus uniformes hacían más por transformar la sencilla atmósfera de antes que todos los otros cambios juntos.

    Los guardias presentaron un trozo de papel. Uno de los recepcionistas dijo algo en un teléfono insonorizado. Aguardaron. Finalmente, el recepcionista asintió, colgó y dijo:

    —Habitación Tres.

    Los guardias condujeron a Bush hacia la Habitación Tres —un cubículo en el corredor principal— y se fueron.

    La habitación estaba vacía a excepción de dos sillas. Bush permaneció de pie entre ellas, aferrando su mochila, escuchando. Aunque no podía explicárselo, tenía la impresión de que todo iba a salir bien; todos los horrores que había tenido en mente de puñetazos en la boca, patadas en los testículos y demás rasgos característicos de los regímenes totalitarios estaban lejos. Quizá sus captores habían dado simplemente órdenes de traerlo hasta allí lo más rápidamente posible para rendir su informe. Esperaba que Howells estuviera aún; él era quien siempre recogía su informe y —Bush había reconocido los síntomas hacía mucho tiempo— el hombre lo admiraba y sentía por él una secreta envidia.

    La ansiedad hacía que respirara aprisa y levemente. La habitación era como una caja pequeña, y lo estaban haciendo esperar un tiempo sospechosamente largo.

    Seguro que iba a verse en problemas. Si al menos pasaran por alto el año en que se había excedido…, si pudieran comprender que había tenido la intención de regresar, de trabajar correctamente, de informar. Era el mejor viajero mental que tenían.

    Pero si no era el viejo Howells sino algún hombre nuevo… —el cerebro de Bush tomó otro camino—, que no supiera que había rebasado su período establecido… Pero un hombre nuevo, un totalitario, uno de los hombres de Bolt…

    Absolutamente ignorante de todo acerca de la situación política imperante, excepto las pocas palabras que su padre había dejado escapar, Bush empezó a montar en su cabeza un terrible argumento en el cual era brutalizado y a la vez infligía humillación a otros. Era como si, con la muerte de su madre, su mente necesitara encontrar otras complicaciones para alimentarse con ellas. Los recientes acontecimientos, el encuentro con la pandilla de Lenny, el inesperado golpe de Stein, la impresión de descubrir cómo Borrow había alcanzado tan sin esfuerzo lo que él siempre había deseado, la noticia de que su madre había muerto hacía unos meses…, todo eso era demasiado para él. Temió ser incapaz de soportar más.

    Bush se sentó en la silla del rincón y dejó que el universo golpeara y se estremeciera a su alrededor con la cabeza entre las manos.

    Cosas indescriptibles lo atravesaron precipitadamente. Como galvanizado por una descarga, se quedó rígido. La frágil puerta se abrió; un mensajero, inmóvil en el umbral, esperaba. Había algo raro en los ojos de Bush, que no podía ver claramente al hombre.

    —¿Desea que haga mi informe ahora? —preguntó, poniéndose de pie de un salto.
    —Sí. Sígame.

    Tomaron el ascensor hasta el segundo piso, donde Bush acudía normalmente a informar. Un terror macabro se apoderó de él, la premonición de un grave mal. Tenía la impresión de que el auténtico interior del Instituto era distinto, que había variado de alguna forma; las perspectivas y sombras se habían vuelto más inhumanas aún, los ascensores más crueles, con sus rejas metálicas cerrándose sobre Bush como colmillos. Cuando salieron al pasillo superior estaba sudando.

    —¿Vamos a ver a Reggie Howells?
    —¿Howells? ¿Quién es? Ya no debe trabajar aquí. Nunca oí hablar de él.

    La sala de informes era tal como la recordaba, excepto por la telesfera y una o dos instalaciones que le conferían una atmósfera de secreto y desconfianza. Había sillas a ambos lados de la mesa, cuadernos de informes, una telepantalla que zumbaba inútilmente en un rincón. Bush, aún de pie, abría y cerraba los puños cuando Franklin entró.

    Franklin había sido el asistente de Howells; era pálido de aspecto porcino, con carne de gallina y vista enfermiza. Los ojos le flotaban tras las pequeñas gafas con montura de acero. Nunca fue una persona grata… Bush recordó en ese momento que jamás le había simpatizado, ni que alguna vez hubiera intentado congraciarse con él. Sin embargo esta vez lo había saludado casi efusivamente… Era un alivio inesperado encontrar un conocido, aunque fuera Franklin. Se lo veía más gordo, más grande… Por lo menos, unos treinta centímetros más alto.

    —Siéntese y póngase cómodo, señor Bush. Deje la mochila.
    —Siento no haber venido a rendir mi informe inmediatamente, pero mi madre…
    —Sí. El Instituto funciona ahora mucho más eficientemente que cuando estuvo usted aquí por última vez. En adelante, venga a informar directamente aquí apenas regrese. Obedezca esta regla y no tendrá nada que lamentar. ¿Comprendido?
    —Sí, muy bien, entiendo. Lo recordaré. He oído que Reggie Howells se ha ido. Eso es lo que me ha dicho el mensajero.

    Franklin lo miró y entrecerró ligeramente los ojos.

    —A decir verdad, Howells fue fusilado.

    Bush no pudo saber exactamente por qué, pero la frase ‘a decir verdad’ fue lo que más le impresionó de la afirmación; ¡era tan coloquial para encajar en el contexto del resto…! Prefirió callar prudentemente y no decir nada más respecto a Howells. Al mismo tiempo, llegó a la conclusión de que lo que más deseaba hacer era lo más imprudente imaginable: darle a Franklin un puñetazo en su porcina nariz.

    Para ocultar su confusión, Bush dejó su gastada mochila sobre la mesa y empezó a abrirla.

    —Yo la abriré —dijo Franklin, tirando de la mochila hacia sí; la puso bajo un aparato a su derecha, miró un panel situado encima, gruñó algo, y la abrió desgarrándola, esparciendo el contenido entre los dos. Ambos contemplaron el modesto batiburrillo que había acompañado a Bush durante todo aquel largo período.

    Bush sintió, acompañado de aprensivos estremecimientos, que su vientre se contraía. También tenía deformado el sentido del tiempo, como cuando Stein lo golpeó. Franklin husmeaba entre los objetos esparcidos sobre la mesa, con movimientos de brazo perfectamente controlados, un esquema polidimensional movido por una serie de intrincadas relaciones entre los sistemas nervioso y muscular y las fuerzas gravitatorias, en el que intervenían también la presión del aire y los juicios ópticos. Era un ejercicio de mecánica anatómica de libro de texto; mientras lo contemplaba, pudo ver la burda subestructura del gesto. El húmero avanzaba, el cúbito y el radio se elevaban a partir de él, la muñeca se doblaba, los huesos de los dedos se extendían como las lisiadas alas de un pájaro; bajo la manga de sarga azul bullía la linfa.

    Disgustado, Bush levantó la vista hacia el otro; los ojillos astigmáticos seguían mirándolo, aislados tras las gafas…, pero el rostro era un desnudo ejemplo diagramático de cráneo, con una parte de la carne retirada para revelar los dientes, el paladar y los intrincados detalles del oído interno. Una serie de flechitas rojas se desplegaban por el aire a partir de las entreabiertas mandíbulas en dirección a Bush, indicando el sentido del flujo respiratorio del organismo mientras decía:

    —Grupo de Familia.

    Lo leía en una hoja de papel que había recogido del esparcido montón sobre la mesa. El papel había sido enrollado. El organismo lo estaba aplanando y lo examinaba.

    La figura era un somero esbozo a color que mostraba un desolado paisaje con un mar de metal; de un sol, de un árbol, brotaban rostros. Lentamente, Bush se dio cuenta de que se trataba de algo que había realizado en el devónico; él mismo había garabateado el título que el organismo acababa de leer en voz alta.

    Cerró los ojos y sacudió la cabeza de un lado a otro. Cuando volvió a mirar, Franklin parecía otra vez normal, con su anatomía decentemente cubierta por su traje. Había enrollado de nuevo el dibujo y lo había dejado de lado con disgusto.

    Se puso a examinar más bocetos…, una serie que Bush había realizado en un bloc y que representaban formas crípticas que nunca se habían transmutado en algo reconocible. Las había apilado en la página con intención de hacerlas más inaprensibles aún, desafiando el sentido monodireccional, violando todas las duraciones.

    —¿Qué es eso? —preguntó Franklin.

    Quizá sólo voy a carraspear, pensó Bush. Se sentía bastante tenso, todo aquello era muy desagradable. Nada había que explicar, por supuesto… Carraspeó, experimentó cierto alivio cuando las mucosidades dejaron de ejercer su débil presión. Era un error pensar que los acontecimientos del espaciotiempo pudieran expresarse con símbolos sobre el papel…, un error cardinal que había sido de gran ayuda a la humanidad desde las primeras pinturas rupestres. Quizá pudiera inventar una forma de trasladarlos al espaciotiempo. Pero eso era algo que se hacía constantemente. Una partitura musical…

    —Mis registros de notas…

    Asintiendo, Franklin aceptó eso como una respuesta adecuada. Puso cuidadosamente el bloc en una bandeja que tenía al lado, un gesto deliberado. Por un momento, amenazó con disolverse en un diagrama de energía motriz, y Bush luchó por rechazar aquella sensación.

    —Yo… Mis registros de notas…

    La ilusión, fuera cual fuese, había desaparecido. El tiempo recuperó la normalidad. Podía sentir de nuevo la pesada atmósfera de la sala, oír los ruidos, el ligero sonido de Franklin revolviendo en su equipo…

    Franklin separó los registros de notas y la cámara de pulsera, y barrió el resto hacia una bandeja lateral, incluida una foto de mujer.

    —Sus pertenencias personales le serán devueltas más tarde.

    Metió el primer registro en la minilectora de la pared y dejó que fuera girando. La voz grabada de Bush llenó la habitación y la grabadora detrás de Franklin la registró de nuevo.

    El hombre permanecía sentado, escuchando, inexpresivo. Bush empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa, luego los enlazó en torno a sus rodillas. Cada uno de los registros necesitaba veinticinco minutos para ser escuchado, y había cuatro y medio de ellos llenos con sus informes, espaciados a lo largo de todos los meses transcurridos. Cuando terminó el primer registro, Franklin insertó el siguiente sin ningún comentario. Lo habían entrenado para inquietar a la gente; dos o tres años antes habría tosido o dado señales de nerviosismo en esa desagradable atmósfera, pero en la ocasión era Bush quien lo hacía.

    Los informes habían sido pensados para los oídos de Howells, el genial Howells que se complacía con todo tipo de charla. Contenían muy poca información nueva acerca del pasado, pese a existir un sólido desarrollo de las fragmocerátidas, y Bush había investigado genuinamente la duración de los años primitivos, que se incrementaba a medida que uno retrocedía en el tiempo, debido al decreciente efecto de frenado de la Luna sobre la Tierra por la fricción de las mareas. Había confirmado que a principios del período cámbrico, un año se componía de unos 428 días. Había anotado también cuidadosamente los efectos psicológicos del CSD y del viaje mental. Pero una gran parte del informe parecía allí como un fútil charloteo acerca de la gente que había encontrado en sus vagabundeos a través del tiempo, intercalada con notas artísticas. Cuando terminó el último registro, tras por lo menos dos horas de lectura, apenas se atrevió a mirar a Franklin, que parecía haber aumentado de tamaño durante todo ese tiempo, mientras él se encogía.

    Franklin habló con una deliberada suavidad:

    —¿Cómo concibe usted los objetivos de este Instituto, Bush?
    —Bueno…, empezó siendo un centro de investigaciones sobre el análisis mental, como una ampliación del descubrimiento de la submente…, de su teoría, quiero decir. No poseo una educación científica, me temo que no podré expresarlo con precisión. Pero Anthony Wenlock y sus investigadores descubrieron los usos del CSD y abrieron las nuevas vías de la mente que nos han permitido superar las barreras que erigieron nuestros lejanos antepasados para protegerse del espaciotiempo, y así fue como se desarrolló el viaje mental. Por supuesto, esto es una simplificación, comprendo que quedan todavía muchas paradojas por elucidar. Pero… bien, de todos modos, el Instituto es el cuartel general del viaje mental, dedicado a un mayor conocimiento científico de… bueno, del pasado. Como decía, yo…
    —¿Cómo diría usted que ha servido a esa “dedicación a un mayor conocimiento científico”, utilizando su propia expresión?

    La grabadora seguía zumbando, reteniendo para la posteridad la insinceridad de su voz. Sabía que estaba atrapado. Haciendo un esfuerzo, dijo:

    —Nunca he pretendido ser un científico. Soy un artista. El propio doctor Wenlock me entrevistó; él creía que los puntos de vista artísticos eran tan estrictamente necesarios como…, bueno, como los científicos. Además, descubrieron que yo era un sujeto particularmente dotado para el viaje mental. Puedo ir más lejos y más aprisa que la mayor parte de los viajeros, y acercarme mucho más al presente. Usted sabe todo esto… Está en mi expediente.
    —¿Pero cómo diría usted que sirve a la “dedicación a un mayor conocimiento científico” de la que tanto habla?
    —Supongo que usted piensa que no muy bien. Ya le he dicho que no soy un científico. Estoy más interesado en… Mire, hago las cosas lo mejor que puedo, pero mi interés se centra en la gente. Maldito sea, he realizado el trabajo para el cual me estaban pagando. De hecho, aún tengo que cobrar un montón de sueldo atrasado.

    Franklin parpadeó ligeramente, como si fuera uno de sus pasatiempos.

    —Diría, por la evidencia de esos informes suyos, que usted ha despreciado casi completamente el aspecto científico de las observaciones. Ha perdido el tiempo revoloteando. Ni siquiera se ha confinado en la era que le había sido asignada.

    Interiormente, Bush reconoció la veracidad de lo que decía Franklin, y eso —quizás afortunadamente— le impidió responder nada. En cambio, carraspeó; el puño contra los dientes, la bota en los testículos… Se estaban acercando de nuevo.

    —Por otro lado, ha traído usted un montón de información sobre la gente…

    Bush asintió. Notó que Franklin no se había preocupado mucho por el hecho de no haberle respondido, y se sintió algo mejor. Franklin se inclinó sobre la mesa y apuntó con el índice hacia el rostro de Bush, como si de pronto detectara algo extraño en la habitación.

    —Los objetivos de este Instituto han cambiado desde la última vez que estuvo aquí, Bush. Está usted fuera de tiempo… Ahora tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos que del “mayor conocimiento científico”. Será mejor que se saque esa idea de la cabeza. Claro que nunca estuvo allí muy afianzada, ¿verdad? Bueno, ahora estamos de su lado —con una sonrisa en su rostro, Franklin aguardó el efecto que causaría en Bush ese momentáneo alivio.

    Bush inclinó la cabeza, avergonzado de hallar un tal aliado de base en su traición a la ciencia. Considerándose a sí mismo como un artista, se creía orgullosamente opuesto de alguna manera a la ciencia, algo así como un defensor de lo particular contra lo general; de pronto vio hasta qué punto era débil e insulsa esta noción; esta especie de dicotomía había contribuido a aquella otra especie de oposición a la ciencia, que reconocía —quizás a partir del propio olor de aquella sala intimidatoria— como antítesis de los valores humanos. De tal modo se había equivocado —Franklin hasta podía permitirse decirlo como una broma de mal gusto— que ambos estaban ahora en el mismo lado.

    El valor de Bush regresó. Se puso de pie.

    —Tiene usted razón. ¡Estoy fuera de tiempo! ¡Soy un fracasado! De acuerdo, dimito del Instituto. Firmaré mi dimisión inmediatamente.

    Franklin se permitió un parpadeo.

    —Siéntese, Bush, aún no he terminado. Como usted dice, está fuera de tiempo. Bajo el actual sistema de empleo, y por la duración de la emergencia…, supongo que ya sabe que hay una emergencia, nadie puede abandonar su trabajo.
    —Yo puedo abandonarlo. ¡Puedo negarme, simplemente, a efectuar ningún otro viaje mental!
    —Entonces sería usted encarcelado, o quizás algo peor. Siéntese. ¿O quiere que llame a alguno de nuestros especialistas? Así está mejor. Mire, Bush, no voy a irme con rodeos… La economía está naufragando debido a que la gente parte de viaje mental…, ¡por miles! ¡Por centenares de miles! Obtienen su CSD de contrabando; viene del exterior. Son elementos desafectados, y eso representa una traición al régimen… A usted y a mí, Bush. Necesitamos hombres que viajen mentalmente allá abajo y vean lo que está ocurriendo, hombres entrenados. Usted haría un buen trabajo por allá, con sus habilidades… Y de verdad que es un buen trabajo, muy bien pagado; el general se preocupa de que sea así. Un mes de entrenamiento intensivo y podremos enviarlo con su correspondiente categoría, siempre que sea usted razonable.

    A Bush le costaba entender lo que Franklin le decía.

    —¿…razonable? ¿Qué quiere usted decir con razonable?
    —Eficaz, útil. Usted participa activamente en la comunidad, y lo hace sincronizadamente… Tiene que renunciar a esa idea de salir en persecución de su propia personalidad a lo largo de las eras —al ver que sus palabras eran asimiladas, Franklin añadió—: Olvide toda esa historia de ser un artista. Eso terminó, ¡ha sido barrido! Ya no hay mercado ni oportunidades para el trabajo de artista… De todos modos, la inspiración se le ha ido, ¿no? ¡Seguro que Borrow se lo demostró!

    Bush inclinó la cabeza…, luego, forzó la mirada; quería encontrar los huidizos ojos que habitualmente se ocultaban tras las pequeñas gafas, y que en ese preciso instante lo estaban observando desde el otro lado de la mesa.

    —De acuerdo —consiguió decir; se sometía de ese modo a las argumentaciones de Franklin, admitía ser incapaz de desempeñarse en cualquier otra función que no fuera la de espía, informador o como quisieran llamarle. Pero incluso entregándose voluntariamente al hasta allí tradicional enemigo, estaba encontrando un nuevo valor, una nueva determinación en él; ésa era su única posibilidad como artista de recomenzar los viajes mentales. Aunque también comprendía que era menos artista que viajero mental, el primero de una nueva raza cuyo único métier era el viaje mental, y que prefería morir antes que perder su salvaje libertad mental… Como corolario de este descubrimiento, pudo ver que interpretando su personalidad bajo estas nuevas bases podía alcanzar con el tiempo una nueva forma de arte que expresara la transformada visión del mundo, la nueva y esquizofrénica zeitgeist.

    Por un momento, mientras miraba fijamente a Franklin, una gran alegría lo invadió; vio que tenía todavía la posibilidad de hablarle al mundo (o a las minorías) de su visión, su única visión; y luego pensó cuán insignificantes se verían entonces las maquetas de Roger Borrow. Ese mezquino pensamiento lo devolvió a la realidad, al zumbido de la grabadora y a la nariz y las gafas de Franklin.

    Era el turno de Franklin de levantarse.

    —Si espera abajo, le devolverán dentro de poco sus efectos personales.
    —¿Y mi paga?
    —Y su paga. Una parte de ella. El resto será emitido en créditos post-emergencia. Luego podrá volver a su casa. El próximo curso de entrenamiento empieza el lunes; tiene usted permiso hasta entonces. Pero no vaya a hacer ninguna tontería, por supuesto… Un camión irá a buscarlo a primera hora de la mañana del lunes. Esté preparado. ¿Entendido?

    La malicia de Bush le hizo decir:

    —Bueno, fue un placer volver a verlo, Franklin. ¿Y qué piensa el doctor Wenlock de todos estos cambios?

    Franklin tuvo uno de sus típicos parpadeos.

    —Ha estado usted fuera demasiado tiempo, Bush. Wenlock se trastornó hace ya un tiempo. A decir verdad, está en una institución psiquiátrica.


    6. La Analogía Del Reloj


    Estaba empezando a llover cuando Bush pasó delante de los cariados tocones de cerezo y la pared donde se habían apoyado violador y violada; subió los peldaños para descubrir que su padre había cerrado la puerta con llave. Sólo tras mucho llamar y golpear la puerta y gritar por la ranura del buzón consiguió que el viejo bajara y abriera.

    Papá Bush había ingerido casi todo el resto del whisky. Con las pagas atrasadas del viajero mental compraron más por la tarde, y estuvieron bebiendo toda la noche y el día siguiente. La embriaguez era un sustituto infalible de la amistad que no conseguían establecer. También ayudaba a alejar el terror de la mente de Bush.

    Al día siguiente, jueves, James Bush llevó a su hijo a inspeccionar la tumba de su esposa. Ambos estaban sobrios y graves, cubriendo sus dosis de melancolía. El cementerio era antiguo y abandonado, situado en una colina tan escarpada y batida por el viento que la hierba crecía a un solo lado del túmulo. Parecía un lugar poco adecuado para el reposo de Elizabeth Lavinia, Amada Esposa de James Bush. Su hijo se preguntó por primera vez qué habría sentido ella en el interior de la casa aquel largo día en que lo tuvo castigado en el jardín. Era ella quien ahora estaba encerrada para siempre, con el alma arrojada a una playa más desolada y larga que cualquier otra conocida en toda la historia de la Tierra.

    —Sus padres eran católicos. Ella abandonó todas sus creencias a la edad de seis años.

    ¿Seis? Parecía una edad curiosa para abandonar creencias; papá Bush bien podía haber dicho “a las seis de la mañana”.

    —Algo le ocurrió cuando tenía seis años que la convenció de que Dios no existía. Nunca quiso decirme qué fue.

    Bush no dijo nada. Su padre había eludido el tema de la religión desde su entrevista con Franklin. En ese momento se aprestaba a volver sobre él…, la ocasión era abominablemente favorable. Se puso a silbar muy bajo, con aire molesto, para contrarrestar la ventaja de papá. El solo pensamiento de la religión lo irritaba.

    No creía en la historia de su madre perdiendo la fe, o lo que tuviera a la edad de seis años. Si realmente hubiera acontecido algo como tal, habría oído hablar de ello a menudo a sus padres, que no eran del tipo de los que ocultan sus desdichas.

    —Supongo que será mejor que regresemos, papá —arrastró los pies; James Bush no se movió, permaneció de pie mirando la tumba de su esposa, rascándose una nalga con aire ausente. Observó cómo adoptaba una de sus clásicas expresiones mojigatas, seguida por algo quizá más sincero, quizás un vacío y generalizado sentimiento de asombro ante lo que él mismo y Ted y el resto de la humanidad y todas las cosas animadas del planeta se suponía que hacían con la vida. Y consideró todo esto más grave que la expresión mojigata; Bush se conocía lo suficiente para saber de dónde podía provenir tanto enervante autoanálisis. Esperó que los años de flirteo de su padre con la fe estuvieran muertos y enterrados; una resurrección a esa altura de la vida sería de lo más inconveniente.
    —Parece que va a llover.
    —Ella apenas sabía dónde se hallaba con relación a Dios. Pero quería ser enterrada aquí. “Nuestras razones viven su propia existencia”, como dijera el poeta Skellet.
    —¿Hay algún autobús que nos lleve de vuelta?
    —Sí. Te sorprenderías… No hay forma de conseguir una lápida, ni por dinero ni por caridad, en nuestros días. ¿Ves ésa de ahí? La hice yo personalmente. ¿Cómo la encuentras, Ted? Cemento armado, y grabé la inscripción antes de que se secara.
    —Muy profesional.
    —¿No crees que habría sido mejor poner solamente ‘E. Lavinia’? Ella nunca usaba el Elizabeth.
    —Está bien así, papá.
    —Estoy contento de ella.
    —Sí.
    —Siento que no hayas podido estar aquí para todo esto. No parecía correcto sin ti.

    Así terminaba la vida de su madre, no sólo bajo ese túmulo del que el goteo del agua que iba colina abajo había empezado a socavar un lado, sino con el intercambio de trivialidades entre quienes habían sido su esposo y su hijo. Mientras se decía esto, Bush tuvo el convencimiento de que ninguno de los dos volvería otra vez allí. La futilidad que podían soportar los seres humanos tenía sus límites.

    —¿Pero no es todo eso increíblemente absurdo? —dijo—. ¿Quién era ella? No lo sé, y dudo que tú lo sepas, tampoco. ¿Había alguna razón para su vida? Y si había alguna, ¿cuál era? ¿La de los seis años? Si esa historia es cierta, entonces el resto de su vida fue anticlimático, y habría sido mejor vivir sus días al revés, con su cáncer curándose y ella volviéndose más y más joven y reencontrando finalmente su fe de niña.

    Pudo controlarse ya en el límite del terror, y ambos empezaron a alejarse de la tumba.

    Papá Bush dijo:

    —Nunca, desde que nos casamos, nos hicimos preguntas de este tipo.
    —Lo siento, padre. Volvamos a casa. No sabía lo que estaba diciendo… Tú siempre has sido más sensato que yo. Sólo que…
    —Tú eras la razón de su vida, como lo eres para mí.
    —Eso no tiene sentido, a menos que creas que toda la razón de la especie humana es simplemente dar nacimiento a otra generación y luego a otra…

    Papá Bush empezó a bajar la colina rápidamente, hacia la semiderruida entrada sotechada del cementerio.

    Era un día frío. La casa del dentista estaba húmeda. Comieron frugalmente a base de patatas fritas y salazón. La comida era escasa y terriblemente cara. Por la tarde, Bush leyó algunas de las viejas revistas de la sala de espera. Un paciente apareció milagrosamente, apretándose un supurante flemón en la mandíbula, y Bush frunció el ceño ante la interrupción.

    A través de las distorsionantes páginas de las revistas, se hizo un cuadro de los factores que habían conducido gradualmente a la actual situación. Había viajado negligentemente a través de la vida, peleándose, haciendo el amor, hablando, pintando, sin ninguna restricción a sus apetitos o referencias a las corrientes que avanzaban a través de su generación. Y veía que una de las ocasionales reacciones contra una todopoderosa sociedad industrial se había manifestado hacía algunos años, bajo la forma de una moda hacia las glorias iluminadas por los mecheros de gas de la era victoriana, muerta bastante tiempo atrás. Tales reacciones se apagaban por sí solas cuando ya no tenían nada que las alimentara, y surgía una nueva moda para distraer la atención. Pero alrededor del 2070 la novedad era el viaje mental, o su posibilidad, lo que reanimó antes que apagó la nostalgia pública. En un tiempo sorprendentemente corto, seguramente a mediados de la década siguiente, las civilizaciones avanzadas del mundo se reorientaron hacia el pasado…, el remoto pasado prehistórico, puesto que paradójicamente era el más fácil de alcanzar, con la segunda ley de la termodinámica no extendiéndose hasta cubrir las zonas más profundas de la mente humana. Una generación creció completamente dedicada, con todas sus energías y habilidades, a escapar de su propio tiempo. Todas las actividades humanas se vieron afectadas, desde la industria turística (las arenas de Florida, las playas del mediterráneo, estaban tan despobladas como en los tiempos victorianos) hasta la industria del acero, desde las diversiones hasta la filosofía.

    En medio de la crisis mundial que se avecinaba, tan sólo el Instituto Wenlock seguía prosperando. Cualquiera podía inscribirse a precios moderados en los cursos que enseñaban la disciplina Wenlock que rompía las antiguas cadenas de la mente. Cualquiera podía comprar las drogas que lo ayudaban a uno en su camino hasta los encantados mares donde chapoteaban los plesiosauros. En las estaciones mentales, pertenecientes al Wenlock, cualquiera podía mantener a un precio moderado un anclaje con el mundo del tiempo que pasa mientras desaparecía…, para siempre, si se seguía pagando.

    Como otros sistemas humanos, el sistema Wenlock, aunque humanitario en sus fundamentos, era falible. En muchos países fue denunciado como un monopolio peligroso; en otros, pasó inmediatamente al control del gobierno. Y por supuesto, gentes menos bienintencionadas descubrieron los secretos de sus disciplinas y drogas, y sacaron al mercado sus propias versiones. Muchos refrigeradores en multitud de apartamentos vacíos guardaban recipientes de sangre y cultivos de tejidos, mientras toda la familia partía a meter la nariz en el continente de Gondwana.

    Para el imperio de Wenlock las cosas tampoco iban demasiado bien. Un artículo en el Mundo Dental de enero pasado, titulado ‘La Disciplina y la Remuneración Dental’, llamó por primera vez la atención de Bush hacia el nombre de Norman Silverstone, que luego volvió a encontrar en dos de las otras manoseadas revistas. El comentarista apuntaba que toda la teoría del viaje mental estaba apoyada en unos pocos hechos y en una masa de suposiciones, un poco como las teorías del psicoanalista Sigmund Freud, a finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX. Silverstone jugaba ante Wenlock el papel de Jung frente a Freud. Pese a que el hecho del viaje mental fuera innegable, muchos eran los que negaban que Wenlock lo hubiera interpretado correctamente. El más poderoso entre ellos era un antiguo amigo y socio de Wenlock, Norman Silverstone, quien sostenía que la mente humana podía ciertamente librarse de la barrera psicótica tras la cual había edificado su supremacía prisionera del tiempo sobre el resto del reino animal; pero proclamaba que todavía faltaba liberar otros poderes mucho más extraordinarios, y que las limitaciones del viaje mental —como la impenetrabilidad de los tiempos históricos— hacían evidente que la disciplina no era más que un fragmento —probablemente un fragmento distorsionado— de un todo mucho mayor.

    Silverstone era de naturaleza poco comunicativa, un hombre que rehusaba ser entrevistado o fotografiado, y sus ocasionales contribuciones en la polémica eran tan abstrusas que difícilmente podía decirse de ellas que constituyeran alguna oposición considerable a Wenlock. De todos modos, él y sus seguidores proporcionaron un instrumento que demostró ser útil a los gobiernos deseosos de meter la mano en la administración de los institutos locales y estaciones mentales.

    Por obvias razones, el suministro de antiguas revistas terminaba en la época de la revolución, pero igualmente Bush creía ver claramente el desarrollo de la cadena de acontecimientos. En la mayor parte de los países, el severo descenso de las condiciones se había visto acentuado por el derrumbe del mercado de cambios; los parados habían marchado sobre las capitales; los muertos de hambre se habían sublevado; los gobiernos más fuertes eran reclamados tanto por los ricos como por los pobres, aunque por distintas razones. Sentado en aquella descuidada habitación, Bush fue adivinando el proceso de los acontecimientos.

    La inestabilidad no podía durar mucho. Las naciones se recuperarían, como lo habían hecho antes en tantas y tantas ocasiones. Bush había percibido una señal de que incluso el régimen del general Bolt tenía el tiempo contado, casi una señal mística…, aunque en su momento le hubiera pasado casi inadvertida. Cuando estuvo esperando en la Habitación Tres, casi en un estado de paroxismo, se le había aparecido la Dama Oscura. Su mente estaba demasiado preocupada como para darse completamente cuenta entonces de la presencia de su visitante del futuro. Pero en ese momento comprendía que, aun imprecisa como era, había resplandecido ligeramente, como un fantasma de las ridículas representaciones victorianas a las que su madre lo llevaba cuando era un muchacho. Aquello sólo podía significar una cosa: que en su época, ella estaba al aire libre; en otras palabras, el Instituto había sido demolido en su época, lo cual probaba que el ala protectora del General no existiría siempre… No siempre, pero su vigilante fantasma podía estar a quinientos años en el futuro, y eso era demasiado tiempo. Bueno, había una esperanza. Las cosas más terribles del mundo acababan pasando.

    Miró a su alrededor en la sala de espera. Precisamente en ese momento ella no estaba. Por fiel que fuera, tenía que tomarse también algún tiempo libre… Entonces pensó que tal vez fuese una invención de su imaginación, de su ánima. ¿Estaré radicalmente desequilibrado, alternativamente cobarde y temerario, sexualmente subdesarrollado y obseso…? Quizá la Dama Oscura no sea más que una proyección de mi disociada personalidad.

    Pero era más que eso. Era el futuro, que por razones propias mantenía un ojo vigilante sobre él. El futuro estaba por todas partes en ese entonces, como si quisiera poner un dique a su generación y repeler su oleada de cólera para que el flujo de descontento fluyera lejos y lo dejara olímpico y a salvo. Habían descubierto una forma de viajar a las eras ocupadas por el hombre.

    Bush salió de la casa a caminar un poco, después de renunciar a sus intenciones de especular acerca del futuro. Desde que Franklin le había ordenado sufrir un entrenamiento, se sentía incapaz de razonar constructivamente. Su vida estaba a punto de verse alterada. De hecho, apenas comprendía lo que estaba ocurriendo. Por las noches creía oír la voz de su madre.

    Intentó pensar en Ann, pero le parecía tan remota como el devónico donde la había encontrado. Trató de pensar en su padre, pero no había nada nuevo en qué pensar. Pensó en la señora Annivale, a la que había conocido esos días, y que lo ponía nervioso; no era ni la mitad de horrible de lo que se había imaginado. De acuerdo con su cálculo, no era mucho mayor que él; aún había algo de juventud en ella. Tenía una sonrisa agradable, era amigable y natural, parecía amar genuinamente a su padre, y su mente no parecía ser enteramente trivial. Pero todo eso no le importaba mucho.

    Dio media vuelta. No sentía deseos de ir a ningún lado, y las calles vacías y sucias le repelían. Recordó que en su destrozado estudio había una caja de arcilla para moldear; tal vez pudiera lograr algo de interés en eso, aunque toda chispa de inspiración parecía muerta en su interior.

    Cuando la masa que moldeaba empezó a parecerse a la cabeza de Franklin, renunció y regresó a casa.

    —¿Ha pasado un buen día? —preguntó la señora Annivale, bajando las escaleras.
    —Muy bueno. Esta mañana fuimos a ver la tumba de mi madre, y por la tarde le di un buen repaso a algunas de esas revistas de hace dos años.

    Ella lo miró y sonrió.

    —Habla usted un poco como su padre… Ahora está durmiendo, no quisiera despertarlo. Iba a mi casa, a buscar mi rallador; quiero hacerles un pastel de queso para esta noche. ¿Por qué no viene conmigo? Aún no ha visto mi casa.

    Bush la siguió, malhumorado. La casa de la señora Annivale era limpia y clara y parecía contener muy pocos muebles. En la cocina, preguntó:

    —¿Por qué no se va a vivir con mi padre y se ahorra el alquiler y todo lo demás, señora Annivale?
    —¿Por qué no me llama Judy?
    —Porque no sabía que ése fuera su nombre. Mi padre la llama siempre señora Annivale cuando me habla de usted.
    —Es muy formal. Espero que usted y yo no tengamos que ser tan formales, ¿eh? —estaba tontamente de pie junto a él, mirándolo, mostrando ligeramente los dientes.
    —Le preguntaba por qué no se va a vivir con mi padre.
    —Suponga que le digo que me siento atraída hacia los hombres más jóvenes…

    No había posibilidad de engañarse ni con el tono de su voz ni con su mirada. El camino estaba llano, se dijo. La cama de Judy estaría limpia, papá dormía en la casa vecina, ella sabía que él se marchaba la semana próxima. Su cuerpo estuvo a punto de traicionarlo, diciéndole que la idea le gustaba. Pero él se apartó apresuradamente de ella.

    —Entonces es deliciosamente gentil de su parte que se ocupe de él, Judy.
    —Mire, Ted…
    —¿Tiene ya su rallador? Será mejor que volvamos para ver si todo está bien —la precedió al regreso; se sentía estúpido, y ella, evidentemente, también, a juzgar por la forma como charlaba. Pero después de todo… Bueno, habría sido como un incesto. ¡Hay cosas a las que se debe poner límite, por muy fracaso moral que fuera la vida de uno!

    Aunque no fuera éste el caso, Judy Annivale debió imaginar que había ofendido a Bush, por lo que se mostró abrumadoramente solícita con él. Una o dos veces él se vio obligado a buscar refugio en el estudio, con el medio moldeado busto de Franklin. El día en que el camión debía venir a buscarlo, ella lo siguió hasta el interior del estudio.

    —¡Váyase! —dijo; vio muerte en las líneas que rodeaban la boca de ella.
    —No sea insociable, Ted… Quería ver lo que estaba haciendo en el campo artístico. En mis buenos tiempos yo también quise ser artista.
    —Si quiere usted jugar con mi arcilla, adelante, hágalo, ¡pero no me siga por todas partes! ¿Intenta ser una madre o algo así conmigo?
    —¿Piensa realmente que le he dado muestras de amor materno, Ted?

    Bush se encogió de hombros, desmoralizado. Aunque quizás estaba dejando ir una buena oportunidad que más tarde lamentaría haber perdido para siempre.

    James Bush metió la cabeza en el cobertizo.

    —¿Así que es aquí donde estabais los dos?
    —Precisamente le decía a Ted lo mucho que admiro su talento artístico, Jim. Yo también fui un poco artista hace tiempo, cuando era una muchacha. Estoy segura de que todas las amplias perspectivas del pasado por el que ha viajado usted le han ayudado mucho…

    El susurro de alguna sospecha habrá cruzado quizás el cerebro de James Bush, quien irritadamente dijo:

    —Tonterías, el chico no ha visto casi nada. Eres como la mayor parte de la gente…, parece que no te dieras cuenta de lo antigua que es la Tierra y de lo pequeña que es la parte accesible a los viajeros mentales.
    —¡Oh, la analogía del reloj no, padre! —Bush había oído ya esa elaborada composición antes.

    Pero su padre estaba bloqueando la salida. Concienzudamente, le explicó a Judy un diagrama estándar de libro de texto, según el cual se suponía que la Tierra había sido creada a medianoche, luego habían seguido largas horas de oscuridad sin ninguna vida, el tiempo del fuego y la atmósfera extraña y las largas lluvias, los tiempos precámbricos o el criptozoico, de los que poco se sabía o podía saberse. El cámbrico marcaba el inicio de los hallazgos fósiles y no llegaba hasta que la esfera del reloj señalaba las diez en punto. Los grandes reptiles y los anfibios aparecían con el período carbonífero hacia las once, y se extinguían a las doce menos cuarto. La humanidad entraba en escena doce segundos antes del mediodía, y la Edad de Piedra pasaba en apenas una fracción de segundo.

    —¡Eso es lo que quería decir acerca de perspectivas! —dijo Judy animadamente.
    —Quizá no lo hayas comprendido exactamente, querida. Todos esos enormes millones de años de los que te hablan tan libremente los viajeros mentales en sus conversaciones no representan más que los últimos diez minutos de la esfera del reloj. El hombre no es más que una cosa pequeña, su escasa vida no sólo termina sino que también empieza con un sueño.
    —La analogía del reloj es equívoca —dijo Bush—. No tiene en cuenta el inmenso futuro, que representa muchas veces todo ese inmenso pasado. Tú crees que tu reloj pone las cosas en su auténtica perspectiva, pero realmente lo que hace es deformarlas.
    —Bueno…, no podemos ver el futuro.

    La cuestión era irrefutable, al menos por un tiempo.


    7. El Pelotón


    El camión depositó a Bush en el centro de entrenamiento a las diez y media de la mañana. Al mediodía, le habían retirado las ropas civiles y se las habían reemplazado por un vasto uniforme color caqui. Le habían afeitado la cabeza, lo habían hecho pasar por un baño desinfectante frío, lo habían vacunado contra la tifoidea, el cólera, el tétanos y la viruela, y lo habían examinado para comprobar que no sufría ninguna enfermedad venérea; le probaron la voz, los reflejos de las retinas; le tomaron las huellas dactilares… Y tuvo que hacer cola en la cocina para que le dieran una comida infecta.

    El curso propiamente dicho comenzaba a la una en punto, y desde ese momento hasta finalizar el mes no tuvo el menor descanso.

    Bush fue puesto en el Pelotón Diez, bajo las órdenes del sargento Pond, quien condujo a sus hombres a lo largo de una sucesión de tareas difíciles o imposibles. Tuvieron que aprender a andar e incluso correr llevando el paso, aprender a responder órdenes dadas a medio kilómetro de distancia por una voz humana, si podía designarse así los sonidos emitidos por el sargento Pond, gritados en los tonos más rasgados y repulsivos imaginables, aprender a escalar muros de ladrillo y a dejarse caer de las ventanas de los pisos superiores, aprender a lanzar cuerdas y vadear estanques de aguas pútridas, aprender a cavar hoyos de profundidades absurdas y a estrangular a los compañeros; a disparar y apuñalar y maldecir y sudar y comer inmundicias y dormir como muertos. Al principio, una parte sardónica del cerebro de Bush se divirtió permaneciendo apartada y contemplando las acciones. De tanto en tanto se acercaba y decía: “El objeto de este ejercicio es debilitarte como individuo y convertirte en una máquina de recibir órdenes. Si cruzas este puente de cuerdas sin caer a las rocas de abajo serás menos humano de lo que eras antes de conseguirlo. Traga esta ración de empanada de león marino y serás menos artista de lo que eras ayer”. Pero la parte sardónica del cerebro de Bush fue muy pronto anestesiada por la constante actividad carente de sentido. Estaba demasiado cansado y absorto como para que floreciera la crítica, y el bronco rugido de la voz de Pond suplía el murmullo de su inteligencia.

    De todos modos, estaba lo suficientemente alerta como para notar las actividades de algunos de sus compañeros reclutas. La gran mayoría aceptaba y sufría como él, dejando a un lado la personalidad —si la tenían— para resistir mejor. Había también dos pequeñas minorías: los infortunados que no conseguían desprenderse de sus personalidades y llegaban tarde a formar filas, con las botas sucias, y no conseguían tragar la comida, giraban a la izquierda cuando había que hacerlo a la derecha, casi se ahogaban en las inmundas charcas y a veces se pasaban las noches sollozando en lugar de dormir.

    La otra pequeña minoría se llamaba a sí misma ‘La Tropa Tripera’. Eran los que apreciaban los insultos del sargento Pond, que gozaban con las degradaciones sufridas en el patio de ejercicios, que habían nacido para apuñalar los muñecos llenos de arena. Y en los tiempos libres se emborrachaban salvajemente, se peleaban con los miembros de la otra minoría, vomitaban sorpresivamente en el suelo, lisonjeaban a Pond y generalmente se conducían como héroes.

    Eran también ellos los que daban al pelotón su firmeza moral y su espíritu, y Bush se preguntaría más tarde si habría soportado todo el curso sin su deseo de probarse a sí mismo que era tan bueno y resistente como ellos.

    Lo hizo lo mejor que pudo, y superó al resto del curso tan sólo en las prácticas de tiro, cuando el pelotón se dispersaba todos los lunes y jueves por los ventosos alrededores. Allí aprendían a disparar con las pistolas de rayos que más tarde se constituirían (lo más probable era que no) en una parte estándar del equipo. Las pistolas de rayos disparaban certeros haces de luz compacta que podían abrir limpiamente un agujero negro a través del cuerpo de un hombre a cuatrocientos metros de distancia. Pero eran menos las cualidades mortíferas del arma que su lado artístico lo que atraía a Bush. El estilizado cilindro de metal trabajaba con la sustancia básica de todos los pintores: la luz, ordenada, organizada… El rubí láser que contenía proyectaba su luz en milésimas de segundo, en una serie de rayos monocromos paralelos en dirección al blanco. Mientras carbonizaba el centro de sus objetivos, Bush tenía la impresión de que se estaba dedicando a la única actividad artística que le quedaba al hombre en aquellos tiempos de emergencia.

    Intercaladas con las marchas, persecuciones y simulacros a que estaba sometido el Pelotón Diez, recibían conferencias sobre los más variados temas. El pelotón se sentaba en bancos por unos instantes de bendita paz, y Bush utilizaba a veces esos períodos para preguntarse cuál sería el objeto de ese curso.

    Resultaba claro que había sido improvisado rápidamente a partir de otros cursos militares ya establecidos, pero no podía ver qué conexión tenía con el futuro como agente que habían trazado para él. Podía apreciar que estaba siendo sistemáticamente degradado, y quizá más eficientemente que la Tropa Tripera, donde acogían alegremente todos los castigos. Pero seguía fracasando en su intento de captar el objetivo de todo eso; hasta que finalmente se dio cuenta de que iba dirigido a la submente; sabiendo su valor, podría ser humillada y vencida, y podría morir más fácilmente cuando le fuera ordenado.

    Pero aquello no tenía sentido, debido a que… Su deber no era morir. El odio que el sargento Pond inyectaba en ellos durante doce horas al día era para ayudarles a sufrir, no a morir. Su submente estaba siendo alimentada de veneno… ¡Y nadie protestaba! Tenían que estar locos. Y esa conspiración no era un capricho del régimen del general Bolt; era ubicua, eterna. Los hombres siempre se habían envenenado de ese modo, adquiriendo hábitos rudos, desprovistos de inteligencia, vacíos de individualidad. Como artista, siempre había estado solo. Allí, por primera vez, estaba rodeado por otros hombres, y veía en ellos. Tenían ventanas en sus pechos. Había algo que se movía en ellos y se asomaba a través de aquellas ventanas brumosas, empañadas por las inhalaciones que se dirigían hacia las esponjas de sus pulmones.

    Pero no era fácil ver. Una de las cosas de dentro estaba escribiendo en la ventana con un dedo. Pedía ayuda, algo que explicaba el sano juicio de toda la humanidad. Pero no sólo las letras estaban al revés, sino que, además, habían sido escritas en dirección opuesta a la normal. Ya estaba casi por descifrar el mensaje cuando…

    Estaban diciendo su nombre. Se enderezó bruscamente.

    Lo estaban llamando y… ¡se había dormido!

    —Bush, tiene usted diez segundos para responder a la pregunta —un oficial de cara rojiza, un tal capitán Stanhope, de pie junto a la pizarra, miraba fijamente a Bush.

    El resto del pelotón también se había vuelto para mirarlo, y los Triperos sonreían y se daban codazos. “¡La vena carótida!”, susurró alguien dirigiéndose a Bush.

    —La vena carótida, señor —dijo Bush, agarrándose al clavo ardiente.

    El pelotón se retorció de risa. Los Triperos estuvieron a punto de tirarse al suelo de puro gozo. Stanhope ladró pidiendo silencio. Cuando el pelotón consiguió callarse, dijo:

    —Muy bien, Bush. La pregunta era en qué planta se encuentra la carotina. Ha querido hacerse el gracioso, ¿eh? Me ocuparé de usted luego.

    Bush dirigió una mirada de odio a los espontáneos. Más tarde, mientras el resto del pelotón se marchaba ruidosamente, se dirigió hacia el capitán. Permaneció de pie en posición de firmes hasta que el oficial se dignó darse cuenta de su presencia.

    —Así que ha intentado usted divertirse a mis expensas…
    —No, señor. Me había quedado dormido.
    —¡¿Dormido?! ¿Quiere decir que estaba usted durmiendo mientras yo hablaba?
    —Estoy agotado, señor. El ejercicio físico es mucho en este curso.
    —¿Qué hacía usted en los días prerrevolucionarios?
    —Era artista, señor. Hacía composiciones y cosas así.
    —Oh, ¿cuál es su nombre?
    —Bush, señor.
    —Ya lo sé. Su nombre completo, hombre.
    —Edward Bush.
    —Entonces conozco su trabajo —Stanhope pareció ablandarse ligeramente—. Yo era arquitecto antes de que desapareciera la necesidad de la arquitectura. Admiraba algunas de las cosas que hacía usted… Como sus composiciones, especialmente la que hizo para la estación de Southall; la serie espacio cinética que hizo allí fue toda una revelación. Tengo… Tenía un libro sobre su obra, con ilustraciones.
    —¿El de Branquier?
    —Branquier, sí, ése mismo. Bueno, me alegra conocerlo, incluso en estos duros lugares y condiciones. He oído también que es usted un experto viajero mental…
    —Hace mucho tiempo que lo práctico.
    —¡No debería estar usted en un curso como éste! ¿No fue acaso el propio Wenlock quien lo seleccionó?
    —Quizá sea en parte por eso que estoy aquí.
    —Hmmm. Entiendo. ¿Qué piensa usted de esa controversia Wenlock-Silverstone? ¿No cree que la ortodoxia de Wenlock posiblemente sea un poco mitológica, y que en realidad ese Silverstone y sus interpretaciones darían para mucho más si su aproximación al asunto estuviera menos distorsionada? Toma demasiadas suposiciones como hechos, ¿no cree?
    —No lo sé, señor. No sé nada al respecto.

    Stanhope sonrió.

    —Ahora ya se han ido todos. Puede hablar con toda libertad conmigo. Honestamente, el régimen está equivocado al perseguir a Silverstone, ¿no cree? ¿Qué piensa de esto?
    —Ya le he dicho, señor, que éste es un curso muy duro. Ya no puedo pensar en nada. No tengo opiniones.
    —Pero como artista, en un asunto tan vital como Silverstone, debería tener usted una opinión bien asentada.
    —No, ninguna, señor. Tengo ampollas en manos y pies, señor; no opiniones.

    Stanhope se levantó.

    —Váyase, Bush… Y la próxima vez que lo descubra durmiendo en mis charlas va a tener problemas de verdad.

    Bush se alejó, envarado y clavando los pies planos en el suelo. Interiormente reía y cantaba. ¡Los bastardos no lo iban a atrapar tan fácilmente…!

    Pero le sorprendía mucho la noticia de que el régimen estuviera persiguiendo a Silverstone. Sonaba auténtico. ¿Y por qué desearían saber su punto de vista al respecto? En ese momento le quedaban tan sólo dos semanas de actividad antes de descubrirlo. Pero esas dos semanas se arrastraron interminablemente a medida que el curso proseguía su camino sin finalidad. De naturaleza antisocial, Bush descubrió que la vida en el barracón no se le había hecho más placentera tras el tropiezo con Stanhope; más bien, al contrario, a causa del incidente, los Triperos lo convirtieron en su blanco favorito.

    —¡Eh, compañero! ¿No sabías que la carotina está en la zanahoria? —le preguntaban, con lerdo buen humor y nunca cansados de las respuestas obscenas de Bush.

    Hasta que, por fin, el último maniquí de paja fue apuñalado, la última ignorante charla acerca de cómo ver sin ser visto escuchada, el último kilómetro caminado. El Pelotón Diez desfiló para sus últimos ejercicios, y acto seguido vinieron las entrevistas personales a solas con dos oficiales en el miserable barracón donde habían tenido lugar las conferencias.

    Bush se encontró frente al capitán Howes, un hombre calvo, y el capitán Stanhope.

    —Puede sentarse —dijo Stanhope—. Le haremos una serie de preguntas, sólo para comprobar sus conocimientos y su rapidez de reacción. ¿Qué es lo que está mal en esta frase?: “La naturaleza y las leyes de la naturaleza estaban ocultas por la noche. Dios dijo: ‘Hágase Newton’, y la luz fue hecha”.
    —Es una cita exacta de algún poeta que… ¿Pope? Pero no es cierta. No existe Dios, y Newton no iluminó tanto como suponía su generación.
    —¿Qué está mal en la frase: “El régimen están equivocados persiguiendo a Silverstone”?
    —El sujeto en singular nunca puede ir seguido de un verbo en plural.

    Stanhope frunció el ceño.

    —¿Qué más?
    —No sé.
    —¿Por qué no?
    —¿Qué régimen? ¿Qué Silverstone? No sé.
    —La siguiente pregunta…

    Continuaron a través de un laberinto de trivialidades, con los dos capitanes turnándose en el interrogatorio, mirando a Bush sombríamente cuando le tocaba preguntar al otro. Finalmente la farsa terminó.

    El capitán Howes carraspeó y dijo:

    —Cadete Edward Bush, nos complace informarle que ha pasado usted su prueba. Le concedemos un coeficiente de un ochenta y nueve por ciento, con la mención de que posee usted una personalidad inestable particularmente dotada para el viaje mental. Esperamos enviarlo a una misión especial al pasado dentro de pocos días.
    —¿Qué tipo de misión?

    Howes rió sin demasiadas ganas. Era un hombre alto, bien parecido, y algo más controlado que Stanhope.

    —¡Vamos, ya tiene usted bastante por hoy! ¡Relájese, Bush! El curso ha terminado. El capitán Stanhope y yo lo veremos de nuevo mañana por la mañana, a las nueve y media, para darle la información. Hasta entonces, puede usted irse y celebrarlo —se inclinó y sacó una botella de un cajón del escritorio, que extendió solemnemente a Bush—. No imagine que el régimen no tiene tiempo para divertirse, Bush, o no aprecia las cosas buenas de la vida. Vaya a divertirse, y acepte este obsequio con las felicitaciones de los oficiales del curso.

    Una vez fuera del recinto, Bush se puso a examinar la botella con cierta curiosidad. Tenía una gran etiqueta a cuadros escoceses con el nombre: “Black Wombat Especial. Genuino Whisky de Arroz del Sur de la India. Elaborado en Madrás a partir de una Receta Prohibida”. Retiró la cápsula metálica y lo olisqueó cautelosamente. Se estremeció.

    Regresó al barracón dormitorio con la botella debajo de la túnica. Los Triperos en pleno estaban celebrando el final del curso bebiendo innobles bebidas resinosas en pequeños cubiletes. Acogieron a Bush con una ovación y alegres referencias a la arteria carótida. Dispuestos a empezar su nueva vida como miembros de la recién formada policía mental, trabajando de paisano, tenían una semana de permiso que empezaba al día siguiente. Juraban pasársela bebiendo.

    Bush les regaló el Whisky de la Receta Prohibida y al sentarse con ellos descubrió que el sargento Pond estaba allí. Pond, cuyas palabras más amables durante el último mes habían sido para maldecirlos y tratarlos de manada de camellos herniados. Pond, que les ladraba como un sabueso y los acosaba como un terrier.

    El sargento Pond apoyó un brazo en el hombro de Bush.

    —¡Habbéis sido mi mejorr pelotón, muchachozz! ¿Qué voy a hacerr yo sin vosotross? Otrra mierrda de reclutas, maññana…, que tendrré que limpiarrles los mocos todo el tiemmpo. ¡Vosotrros sois mis amiiigos! —chirriando los dientes, Pond echó algo de la Receta Prohibida sobre el líquido amarronado que flotaba en el cubilete de Bush—. Tú erres mi mejorr amigo, Bush —dijo; su maltratada voz, que irrumpía arrastrándose lentamente, se hizo apenas audible debido a que una banda de música empezó a tocar de pronto mientras algunos de los más brillantes o estúpidos de los allí reunidos empezaban a silbar y a gritar y llevar un ritmo dispar golpeando botes, platos de latón y otros instrumentos.

    Armándose de valor, Bush tomó un sorbo del Black Wombat y quedó instantáneamente tres cuartos de borracho.

    Cuatro horas más tarde, casi todos los hombres del barracón dormitorio estaban sumidos en un saturado sopor. Pond había desaparecido tambaleándose en la noche, y los miembros del pelotón habían caído en las camas o habían sido echados en ellas por algún compañero compasivo. Un hombre permanecía solo en el sitio más apartado del dormitorio, frente a una ventana abierta de par en par, agarrando todavía una botella y cantando una canción libertina.

    …pero la forma en que cogió al mayordomo
    fue la más obscena de todas.


    Finalmente llegaron el silencio y la oscuridad. Bush permanecía tendido en su cama, insomne bajo un sentimiento de terror ilusoriamente familiar.

    —No me estoy muriendo, ¿verdad? —murmuró; le parecía escuchar voces, como si alrededor de su cama hubiera cuatro hombres; dos con chaquetas blancas, dos con negras.

    Uno de los hombres decía:

    —No puede comprender nada de lo que le dices; se ha volcado completamente en sus propias necesidades. Se imagina que está en otro lugar, quizás en otro tiempo. ¿No es un comprometido insecto?

    La idea de insectos fue para Bush un impulso aguijoneante para que se incorporara. La lúgubre y fría sala llena de cuerpos insensibles se extendía en todas direcciones. Los cuatro hombres seguían de pie al lado de su cama. Complaciéndose en su fantasía, dijo:

    —¿Dónde creen que estoy, muchachos?
    —¡Tranquilo! —lo reprendió uno de los fantasmas—. Despertará a los otros en el pabellón… Sufre usted de anoxia, con las habituales alucinaciones.
    —Pero la ventana está abierta —protestó—. ¿Qué lugar es éste, por favor?
    —El Hospital Mental de Garfield. Nos estamos ocupando de usted…, creemos que es un huevo amniótico.
    —No les comprendo —dijo, y se dejó caer de nuevo, abrumado por sensaciones de embriaguez y futilidad. Esos hombres no podían hacer nada por él ni con él. En la almohada lo aguardaba un insondable pozo de sueño.

    A la mañana siguiente llegó a tiempo al barracón de lecciones, pese al estado de su cabeza. Howes y Stanhope llegaron a los pocos minutos. Iban vestidos de civil; el curso había terminado…, hasta que empezara el próximo. En el patio, el disperso Pelotón Diez erraba vestido con ropas poco familiares, preparándose remisamente para la vuelta a casa o al trabajo, gritándose las últimas obscenidades.

    Los oficiales se sentaron en el banco más cercano a Bush, y Stanhope empezó a hablar con un tono directo.

    —Sabemos que se sentirá honrado con la misión que el gobierno le ha encomendado. De todos modos, antes de decirle de qué se trata, creemos necesario darle alguna explicación general.

    Vivimos un tiempo de gran inseguridad, nacional e internacional, de lo que debe ser usted consciente. La nueva teoría del tiempo ha trastocado el statu quo. Es particularmente así en Occidente…, América y Europa, que por razones históricas siempre se han preocupado por todo lo relativo al tiempo. En Oriente, las cosas han seguido en buena parte como siempre. El concepto de duración significa otra cosa para los chinos o los indios que para nosotros.

    El general Peregrine Bolt ha tenido que intervenir y tomar el control debido a que este país nuestro estaba al borde de la ruina económica. Se necesitaba una mano fuerte durante un largo tiempo, hasta que nos ajustáramos a las nuevas condiciones. Mientras tanto, nos hallamos en la paradójica posición de tener que aceptar ayuda de Oriente.

    La dolorida cabeza de Bush lo incitó a decir:

    —De ahí el Black Wombat Especial, supongo —observó que Stanhope permanecía impasible en tanto Howes captaba la referencia.
    —Verá usted que es imperativo que no se produzcan nuevas rupturas capaces de trastocar el orden que estamos intentando edificar.
    —¿A qué tipo de rupturas se refiere?

    Stanhope pareció embarazado. Howes dijo:

    —A veces las ideas son peores que las revueltas armadas. Como intelectual, usted tendría que saberlo.
    —No soy un intelectual.
    —Lo siento. Suponga que surge ahora una nueva y conflictiva idea acerca de la naturaleza del tiempo. Podría enviarnos de vuelta a donde estábamos hace unos meses…

    La comprensión empezaba a abrirse camino en Bush. Aquellos dos hombres parecían tan inofensivos, tan marginales (y Stanhope no era en realidad demasiado brillante), pero estaban sentados allí como dos tíos perversos junto a la cabecera de un chico enfermo, contándole tétricos cuentos de hadas que podían revelar todo el secreto de… de los temores del régimen, y por consiguiente de Bolt; de las neurosis de la época. Fue algo en el rostro de Howes lo que suscitó esa sensación; estaba siendo tan franco como se atrevía, y al mismo tiempo ocultaba algo: el clásico dilema de un hombre inteligente en una sociedad totalitaria.

    Howes dijo a Bush:

    —Es una cuestión de tiempo, ya lo sabe usted. Todo lo que es el hombre, y todo lo que ha edificado, aunque, como dice el capitán Stanhope, eso es más cierto en Occidente que en Oriente, se funda en la idea de que el tiempo es mono direccional: como el fluir del agua a través de una esclusa, por poner un ejemplo. Pero ésta era una idea inventada por el hombre, y lo poco que sabía de la verdad lo mantuvo retenido en las oscuras profundidades de su ser, la submente, tal como la llamamos. Ocasionalmente, algunos atisbos de la verdad se abrían camino para aterrarlo. Experiencias pre cognitivas o sueños, percepciones extrasensoriales, la impresión del déjà vu, y así… Casi todo lo que podía ser descartado como magia o superstición eran filtraciones de ese tipo, y contradecían directamente la preciosa teoría del tiempo mono direccional. Por cuya razón todo el mundo se reía tan vehementemente de ellas…
    —¿Y cuál es su alternativa al tiempo mono direccional?
    —El tiempo co-continuo, Usted lo conoce, cree en él. Usted ha seguido la Disciplina Wenlock. Siendo lo que es el espacio-tiempo, pasado y presente están a la par en términos de energía. Imagine un mundo sin rasgos propios, sin día ni noche ni procesos orgánicos: no tendríamos en él base alguna para establecer ningún concepto del tiempo, ni siquiera uno tan incorrecto como el monodireccionalismo, debido a que no habría forma de establecer diferencias temporales desde un punto de vista humano. El error, el concepto mismo del flujo del tiempo, reside en la conciencia humana, no en el universo externo: ese credo es lo que origina que hablemos de viaje mental en lugar de viaje temporal, como algunos originalmente habrían preferido. Así es el descubrimiento de Wenlock y lo que nos da algo sobre lo cual trabajar. Cualquier otra teoría rival debe ser aplastada, en el caso de que amenace con devolvernos al caos.
    —Debo suponer entonces que existen teorías rivales —ya sabía lo que iba a seguir antes de que Stanhope le respondiera (era su campo, el mundo de la seguridad, mucho más simple que el reino de la especulación):
    —Usted sabe que existen teorías rivales… El renegado Silverstone, un antiguo colega de Wenlock, está divulgando peligrosos y falaces desatinos.
    —Herejías, ¿eh?
    —No se burle, Bush. No se trata de herejía sino de traición. Silverstone es culpable de traición por difundir ideas calculadas para trastocar la seguridad del Estado. Debe ser eliminado.

    Bush adivinó lo que venía a continuación. Los locos que lo habían visitado esa misma noche habrían podido adivinarlo. Por la propia naturaleza de su pensamiento, Silverstone debía ser un experto viajero mental. El régimen necesitaba otro tan bueno como él para extirparlo… Y ése era Bush.

    Howes debió haber leído la expresión de Bush, ya que dijo:

    —He ahí su misión, Bush, y espero que se muestre digno de tal honor. Tiene que perseguir a Silverstone y matarlo. Sabemos que está en algún lugar a lo largo del tiempo, probablemente bajo un nombre supuesto; le daremos toda la ayuda que necesite —abrió su cartera porta documentos con un chasquido, sacó un grueso legajo y se lo dio a Bush.
    —Tendrá usted cuarenta y ocho horas de permiso, y luego se le dará su equipo y se le pedirá que viaje mentalmente hasta que halle al traidor Silverstone. Nos ocuparemos de que a su padre no le falte nada; apreciará el Black Wombat. Usted estudiará estos documentos y se familiarizará con el caso Silverstone lo mejor que pueda… Y no tema, que nosotros no le infligiremos las traicioneras teorías de ese hombre.

    Captando una punta de ironía en la voz de Howes, Bush levantó la vista, pero viendo la impasibilidad con que el oficial permanecía, volvió a bajar los ojos hacia el dossier.

    En la cubierta había una fotografía de Silverstone, una de las pocas que se conocían. Mostraba a un hombre de largos cabellos blancos y descuidado bigote gris. Su nariz era larga y aguileña. Aunque en la foto los ojos eran serios y abstraídos, una semisonrisa vagaba por los labios. La última vez que Bush lo vio, llevaba los cabellos teñidos y más cortos, y se había afeitado el bigote; pero no tuvo ninguna dificultad en reconocer a Stein.

    —Veré lo que puedo hacer, caballeros —dijo—. Me gustará cumplir esta misión.

    Los capitanes se levantaron y le estrecharon la mano.


    8. Unas Palabras De William Wordsworth


    Un destartalado camión trasladó a Bush desde el cuartel hasta la casa de su padre. Llevaba junto a su equipaje media caja de Black Wombat Especial, señal de la gratitud gubernamental.

    Se detuvo en la acera a contemplar el camión hasta que se perdió de vista. La primavera había derivado en un polvoriento verano, y el camión era apenas capaz de abrirse camino a través del polvo. Si no se organizaban de nuevo los servicios municipales, la calle terminaría finalmente obstruida. Los hierbajos y los cardos crecían en los bordes. En el jardín del dentista, los tocones de los cerezos desaparecían bajo el profuso perejil silvestre y las ortigas…, como indicadores de un cambio monodireccional.

    Bush permaneció un rato ante la puerta, saboreando el sentirse lejos de la horrible vida del Pelotón Diez. Era casi como haber escapado de una camisa de fuerza. No podía entrar todavía en la pequeña casa; parecía demasiado restrictiva, y necesitaba tiempo para respirar. Necesitaba tiempo para respirar… Se echó a reír, pensando en un móvil que podía construir con relucientes fragmentos de metal que representarían minutos y segundos aspirados a través de un par de jaulas para pájaros. Era algo sencillo en lo que podría trabajar hasta que se hubiera recuperado.

    Después de ocultar la caja de whisky entre el perejil silvestre, echó a andar calle abajo en la misma dirección que había tomado el camión. No se veía a nadie. Era como si faltara color en la escena. Pensó en el sexo. Trató de recordar a la señora Annivale y a Ann, pero apenas le fue posible evocar sus rostros. Tanto y de tal modo se había arrastrado el último mes que en su cuerpo ya no quedaban pulsiones sexuales; ni siquiera el recuerdo de una pierna y un muslo acogedoramente doblados lograron atormentarlo… Interpretaba la locura de la disciplina militar como un síntoma de que la humanidad estaba profundamente enferma; ¿cómo, si no, las generaciones habrían tolerado aquella aniquilación de la voluntad individual? En ese momento experimentaba una de las consecuencias de ese severo sistema monástico.

    Se paseó por las calles transversales, descubrió un viejo estanque al final de una de ellas y se maravilló de no recordarlo. Permaneció un rato contemplando los lodosos bajíos repletos de desechos, botas sumergidas y ruedas y latas…

    Unas voces llegaron a sus oídos. Junto al estanque se levantaba un edificio en ruinas; las voces parecían partir de allí. Se quedó a escuchar y pronto captó el nombre de Bolt.

    —Sería mejor que intensificáramos el tratamiento, ¿no?
    —¡…antes de que lo haga Bolt!
    —Cuanto antes. Esta misma tarde, si conseguimos hacer pasar el mensaje; lo único que nos tiene detenidos es la falta de libras, chelines y peniques. Yo me encargaré del contacto.

    Mencionaron otro nombre. ¿Traición? O quizá dijeran Gleason.

    Bush se acercó cautelosamente al edificio en ruinas y miró a través de una sucia ventana. En la penumbra, dos negros estaban hablando con dos hombres blancos. De pronto se sintió tremendamente asustado de que ellos lo descubrieran y atraparan. Se alejó lentamente de las inmediaciones del estanque, echó a correr, y no se detuvo hasta que llegó jadeante frente a la casa del dentista. Ya no se sentía tan seguro de haber visto realmente lo que creyó haber visto… Tal vez sus nervios le hubieran jugado una mala pasada. La muerte de su madre lo tenía un poco trastornado, necesitaba irse de allí.

    Tomó su equipaje y la caja de whisky y entró apresuradamente en la casa.

    James Bush descorchó una botella del whisky indio, echó un poco para la señora Annivale, para Ted y para sí, y escuchó de malhumor lo que Bush decía sobre la nueva vida de acción que estaba a punto de emprender. Le habían dado instrucciones de no mencionar a Silverstone. Les explicó que iba a patrullar el pasado, proclamó que sus días de ocio habían terminado y que a partir de entonces iba a convertirse en un hombre de acción. Se sintió enormemente excitado, lo cual se expresaba con los gestos amplios de sus brazos.

    —¡Lo han conseguido contigo! —exclamó el viejo Bush—. ¡Sólo un mes, y lo han conseguido! Te han afeitado la cabeza y al mismo tiempo te han llevado la inteligencia. ¿Qué es lo que eres? ¡Hablas de acción…! ¡La acción no es nada, puah!
    —¡Tú preferirías emborracharte a muerte antes de actuar!
    —¡Sí, pero, de ser posible, no con ese estiércol indio! Lástima que seas un analfabeto…, de otro modo recordarías lo que decía Wordsworth.
    —¡Al diablo con tu maldito Wordsworth!
    —¡Te contaré lo que dijo ese maldito Wordsworth!
    —¡No me interesa saber lo que dijo!
    —¡Te lo diré igualmente! —papá Bush se puso en pie y empezó a gritar a su hijo, que se levantó de un salto y lo agarró por las muñecas.

    Ambos permanecieron de pie, mirándose fijamente mientras el viejo recitaba:

    La acción es transitoria; un paso, un soplo…
    el movimiento de un músculo de un lado a otro
    ya está hecho,
    y en el vacío subsiguiente, nos preguntamos
    como hombres traicionados…
    El sufrimiento es permanente, oscuro, tenebroso.
    Y encubre la naturaleza del infinito.


    —¿Qué te parece? A ver…
    —¡Malditas estupideces monodireccionales! —Bush apartó a su padre y salió tambaleándose de la habitación. Los iba a engañar… No se daban cuenta de que todo lo ocurrido formaba parte de la propia existencia de un artista. Wordsworth debió haber tenido sin embargo el suficiente buen sentido como para reconocer su propio error: la acción estaba hecha tanto de sufrimiento como de inacción.

    En la inacción de los dos días que siguieron descubrió otro acicate para sufrir. Pensó que se había dejado llevar por el curso de los acontecimientos no sólo porque podían serles favorables sino también porque procediendo así conseguía algo de seguridad para su padre. Pero si el patronazgo del gobierno no cubría más que el whisky, no estaba haciendo mucho por ayudarle; de hecho, lo estaba empujando por una vertiginosa pendiente.

    Fue mientras el viejo Bush daba cuenta de la segunda botella de Black Wombat que conectaron la televisión; la imagen de un apacible campo llenó la esfera, y sobreimpreso se leía: “En pocos momentos más, un anuncio importante”. De fondo sonaba una banda militar.

    —¡Traición! —exclamó Bush, y se puso de rodillas a trastear en los controles.

    Apareció un hombre con dos cabezas…, pero inmediatamente se fundieron en una sola, obedientes al mando de Bush. La cabeza dijo:

    —A resultas de los graves disturbios registrados en todo el país durante la pasada noche, ha sido puesta en vigor la Ley Marcial en todas las grandes ciudades. El pretendido ‘gobierno’ del general Bolt ha probado su inefectividad. En la mañana de hoy, militantes del partido de Acción Popular tomaron el cuartel general del gobierno tras una acción militar limitada. El bienestar del país es desde entonces responsabilidad del almirante Gleason, quien ejercerá el mando total sobre el gobierno y las fuerzas armadas hasta la restauración de los procedimientos gubernativos normales. El almirante Gleason hablará ahora a la nación. ¡Almirante Gleason!

    Sobre un fondo de tambores, la imagen cambió a una habitación en la que un hombre corpulento vestido con uniforme militar, de pie tras un escritorio, enfrentaba la cámara. El enfoque fue concentrándose hasta que la imagen se completó con el busto del militar: cabeza y hombros. Tenía un rostro duro e inflexible, y su expresión no se alteró durante su breve discurso. Su amplia y prominente mandíbula contenía las frases que fueron surgiendo de su boca. El tono hizo recordar a Bush los gruñidos del sargento Pond.

    —Vivimos en un incierto tiempo de transición. Todos nosotros debemos aceptar severas restricciones si queremos superar estos años críticos. Acción Popular, el partido que represento, ha actuado para garantizar que la nación emerja victoriosamente de sus problemas. El corrompido régimen que hemos derribado nos ocultaba hasta qué punto está llegando la bancarrota. El general Bolt fue un traidor. Tenemos pruebas documentales de que estaba a punto de huir a la India, llevándose con él lingotes y tesoros artísticos ilegalmente adquiridos. Fue un penoso deber para mí haber asistido ayer por la tarde a la ejecución del general Bolt, efectuada con plena legalidad en beneficio del pueblo de esta nación.

    Pido a cada uno de vosotros que me brinde toda su cooperación. Acción Popular es el partido del pueblo, pero Acción Popular no puede tolerar ninguna actividad imprudente por parte del pueblo en estos graves tiempos. Los traidores que apoyaron a Bolt serán detenidos a objeto de que sean juzgados en los próximos días; os rogamos que colaboréis en su arresto. No me andaré con rodeos. Debo deciros que tenemos enemigos fuera del país que se sentirían felices de tomar ventaja sobre nosotros en estos tiempos de inseguridad. Cuanto antes podamos eliminar a los enemigos que están dentro de nuestras fronteras, más pronto seremos capaces de imponer una paz fuerte, nacional e internacionalmente.

    Que nuestro lema sea ‘Unión a través de la Acción’. Unidos, saldremos triunfantes de todas nuestras penurias.

    Las palabras finales desencadenaron de nuevo el redoble de los tambores. Gleason siguió mirando fijamente a la cámara, sin pestañear, hasta que la imagen desapareció y James Bush se inclinó sobre el hombro de su hijo y desconectó la esfera.

    —Suena como si fuera a ser peor que Bolt —dijo sombríamente la señora Annivale.
    —Bolt era uno de los moderados —dijo James—. ¡Pondrá fuera de combate a todos esos viajeros mentales…, ya lo veréis! —pronunció aquella advertencia con una especie de tono malsano que instantáneamente ofendió a Ted.
    —¡Entonces, esperemos que esa Acción sea transitoria, papá, como proclama tu viejo poeta!

    La atmósfera de la casa era demasiado agobiante; el estudio de Bush seguía siendo un revoltijo desde que lo hubo devastado. Con la cabeza pesada por la bebida, salió a dar un paseo sin rumbo concreto. Cualquiera que fuese el líder de las hormigas, su trabajo seguiría siendo matar a Silverstone…, a menos que Howes y Stanhope le dieran nuevas órdenes. Con la mente en blanco, sus pasos lo llevaron hasta el estanque de encharcadas aguas. El edificio en ruinas se veía tranquilo y siniestro; ¿realmente había sido el complot del asesinato de Bolt lo que oyó de aquellos cuatro hombres, o sólo había sido una extraña especie de precognición?

    Calmado, Bush se quedó un rato junto a la maloliente orilla, contemplando un par de ranas que chapoteaban saliendo del agua de un modo que le recordó a los peces pulmonados del devoniano. Construyó mentalmente gigantescos móviles escenográficos CEC con enormes títulos como ‘El curso de la evolución’, en los cuales las aletas se agitaban y se transformaban en piernas que se convertían en alas que se convertían en olas que se convertían en aletas…

    Su propia misteriosa y probablemente cíclica evolución mental abordó a su debido tiempo una nueva fase. El camión había venido a buscarlo; su permiso había terminado. Dijo adiós a su padre y a la señora Annivale y subió al vehículo. Pero todo aquello era distante. También ellos habrían podido ser apenas huellas en un estrato de comprimida luz solar. Tenía la impresión de estar cayendo en las primeras etapas del estado hipnagógico que la disciplina Wenlock requería.

    Y en la extraña y brutal miseria del acuartelamiento estaba aún mucho más remoto.

    Cuando penetraron en el familiar patio y la barrera descendió tras ellos, Bush vio que había allí oscuras siluetas del futuro. El lugar era vigilado; se preguntó si estarían aguardando el hundimiento o la aclamación del nuevo régimen.

    Saltó del camión y se quedó un rato observando desfilar un pelotón. Era una de las nuevas unidades, formada apenas dos días atrás, y que todavía tenía que aprender los secretos del movimiento en formación. El sargento Pond, con su más rugiente y maldiciente voz, intimidaba a conciencia a sus reclutas en un honesto intento de transformarlos en autómatas. Bolt, Gleason o cualquier otro eran lo mismo para Pond, escudado en su propio cuadrilátero de tiranía.

    El pelotón se detuvo desordenadamente a una orden de Pond. A uno de los reclutas se le cayó la gorra al suelo; Bush lo miró detenidamente y creyó reconocer ese despreciable rostro. Las probabilidades de que fuera no eran muchas —con la cabeza afeitada era difícil asegurarlo—, pero después de todo el régimen estaba rastreando las profundidades del pasado… A buen seguro era Lenny, sudoroso en el nuevo pelotón de Pond.

    Cuando Bush se presentó ante Howes, le señaló el hecho. El capitán asintió, ladró una orden a un cabo, y cinco minutos después Lenny estaba rígidamente de pie delante de ellos en su versión particular de firmes, las mejillas profundamente hundidas, la mirada yendo ansiosamente de Howes a Bush alternadamente.

    Unos patrulleros de civil lo habían capturado en los comienzos del jurásico ‘causando disturbios’, y lo trajeron de vuelta al presente. El resto de la pandilla había escapado.

    Lenny negó saber nada acerca de Stein. Howes llamó a Stanhope, ya que se trataba de un asunto de seguridad. Los dos capitanes, Bush, Lenny y su escolta, recorrieron el pasillo hasta una pequeña habitación vacía. El recluta empezó a gritar desde el mismo momento en que entró. Las paredes y el suelo estaban manchados con sangre, y en un rincón había unos palos de golf retorcidos. Howes se disculpó y se fue. La escolta montó guardia fuera.

    La boca de Stanhope se curvó en un rictus horripilante. Tomó uno de los palos y le mostró a Bush cómo utilizarlo. Lenny gruñó y cayó al suelo. Bush tomó el palo, húmedo allí donde Stanhope lo había cogido. Lo hizo descender en un golpe brutal sobre las costillas de Lenny. Era fácil… ¡Y agradable! ¡Acción!

    Más tarde se consideró a sí mismo como un hombre traicionado. Lenny no les dijo nada, excepto la reiteración de que se había peleado con Stein y que el viejo se había apartado de ellos; perdió una buena cantidad de sangre, pero no les dijo nada.

    Después de lavarse y tomar en solitario una excelente comida, Bush pasó a equiparse para su misión de asesinato. Le proporcionaron un resistente atuendo de una sola pieza y una mochila. Tanto la ropa, repleta de profundas bolsas y bolsillos, como la mochila, contenían multitudes de cosas que podría necesitar en el viaje, incluso una pistola de rayos capaz de matar a cuatrocientos metros (la mayor distancia a que se suponía que alcanzaría a ver a su presa en viaje mental), una pistola de gas y dos cuchillos; uno enfundado en su cinturón, otro asomando de la punta de su bota derecha. Iba cargado con píldoras de vitaminas, de estimulantes, y agua concentrada, y equipado con un filtraire último modelo.

    Una ansiedad nerviosa se apoderó de él cuando le ordenaron presentarse ante el coronel que estaba al mando del cuartel. Con todo el equipo a sus pies, permaneció un rato ante la puerta de la oficina del oficial, aguardando la orden de entrar. Transcurrieron cincuenta minutos antes de que un sargento lo introdujera.

    El coronel era un hombre pequeño de ademanes suaves, sepultado bajo un enorme montón de órdenes emanadas del nuevo régimen de Acción Popular. Seguramente había quedado libre de toda acusación de ser hombre de Bolt…, de lo contrario no estaría allí.

    Nada fundamentado dijo a Bush, y lo poco que expuso fue más bien con torpeza, forcejeando miserablemente con los papeles mientras hablaba. Al concluir, dijo:

    —El almirante Gleason aprecia a los hombres que hacen bien las cosas. Silverstone es un enemigo del Estado porque sus enseñanzas podrían traer confusión a todos nosotros… Bueno, a nosotros no…, a nuestros hermanos más débiles. Digamos que podría tornar confusa la salida de la actual situación. Si usted consigue encontrar a Silverstone y eliminarlo, su nombre llegará hasta el almirante; yo me encargaré de ello. No se considere un asesino; piense que es un ejecutor en misión de Estado. Puede retirarse.

    El mismo destartalado camión que había traído a Bush lo aguardaba para conducirlo hasta la estación mental. ¡Pronto podría escapar! Mientras colocaba su equipo en la parte trasera del vehículo, apareció el capitán Howes. Miró a Bush con repugnancia. Bush recordó haberle visto la misma expresión cuando el capitán abandonó la sala de torturas.

    —¿Se cree usted capaz de matar a Silverstone? —preguntó.

    Bush sintió la necesidad de ser franco con aquel hombre, de mostrarse abierto y expansivo. Pero no pudo conseguirlo; se sentía cerrado incluso consigo mismo.

    —Sí.
    —Procure hacerlo entonces. Muchas cosas dependen de usted.
    —Sí —la afirmación define mucho más que la negación.

    Subió al camión. Mientras se levantaba la barrera pudo ver que Pond estaba dando un paso ligero a su pelotón a través de las sombras del futuro.

    En la estación mental volvió a ser otra persona. Entregado a manos de cirujanos y enfermeras, era allí un singular paciente.

    Tomaron un cuidado especial con Bush. Ellos también habían recibido órdenes. Lo pertrecharon con dosis suplementarias de CSD… Bush observó cambios en el diseño de la droga, que en esa ocasión era cristalina. Fue instalado en un cubículo especial (de tal modo que jamás podría volver a su propio tiempo sin ser detectado y llevado a rendir su informe). Una enfermera con una sonrisa aséptica y por completo ajena a la lujuria tomó la reglamentaria cantidad de su sangre, y le rebanó diestramente un poco de tejido de la tetilla izquierda. Estaba bajo la acción de un sedante ligero, recitando unos pocos fragmentos de la disciplina, acurrucado en posición fetal.

    Tomó la droga.

    Y volvió a ser otro; ni muerto ni vivo sino en un estado en el que, al no haber allí ningún cambio, tampoco había tiempo. Su mente se estaba abriendo, haciendo que las puertas que habían permanecido selladas para la humanidad por un millón de años se abrieran y dejaran pasar una parte del universo. Puesto que era ésa la salud mental, se sentía feliz. Los palos de golf se alejaron flotando, y también dejó que se deslizaran una pierna curvándose, una botella con una etiqueta a cuadros escoceses… Era el universo lo que deseaba, y no sus minucias. Era libre.

    Libre, pero no carente de objetivo. La droga y la disciplina estaban actuando conjuntamente, con un sentido de la dirección que surgía de él como una llamada divina. Trabajaba del modo como lo haría un submarinista que, posado en el borde de la plataforma continental, se sintiera atraído por el abismo abierto ante él, fuera del alcance de cualquier auxilio; Bush se sentía atraído hacia abajo por la vasta ladera de la entropía que podía conducirlo a… quién sabía dónde ni cuándo, pero lejos del criptozoico desprovisto de aire, si no luchaba. Forcejeó en su camino ladera arriba, nadando, pateando, orientándose. El medio lo empujaba hacia abajo pero él se debatía. Hasta que el agotamiento lo venció y tuvo la seguridad de que volvería a caer.

    Entonces emergió en la superficie.



    Libro Segundo
    1. El Otro Jardín


    Las casas trepaban por la colina a ambos lados de la arenosa carretera. Eran pequeñas, generalmente de sólo dos exiguas habitaciones en la parte alta, apretadas bajo el techo de pizarra; pero estaban sólidamente construidas de piedra, y confortablemente apretujadas en la ladera de la colina como para protegerse un poco de los fríos vientos del este. Cada casa poseía su propio jardincillo trasero, que en las proximidades de la cresta de la colina era tan inclinado que casi era posible desbrozarlo desde la ventana del piso superior.

    En la cresta de la colina, al llegar a la última casita de piedra, el paisaje se allanaba, extendiéndose hasta perderse de vista bajo el amplio cielo, y revelando claramente que su verdadera naturaleza era la del páramo indómito. Andando cerca de aquella última casa, que había sido convertida parcialmente en una pequeña tienda de comestibles, Bush pudo mirar hacia abajo el pequeño pueblo que aún lo sorprendía. Lo veía casi totalmente desde allí; para verlo todo, simplemente tenía que darse la vuelta. Porque allí donde terminaban las casas empezaba otro tipo de casas.

    Esas otras casas, que difícilmente parecerían formar parte del pueblo, estaban edificadas en pequeñas y miserables terrazas, unas frente a otras. Eran de ladrillo y se extendían en una línea irregular, desafiando el perfil del terreno, como bloques que un chico hubiera dispuesto geométricamente sobre su cama de enfermo. Desde ninguna de esas casas era posible ver otra cosa que no fuera el amarronado páramo y el cielo, que en aquella época del año descargaba frecuentes lluvias que barrían las deterioradas calles sin desagües; el resto del pueblo quedaba oculto para ellas por el arco de la colina; ni siquiera la tienda de comestibles, cuyo techo sobrepasaba el arco, podía ser vista desde la última casa de la terraza; sus ocupantes no gozaban del privilegio de contar con ventanas que dieran hacia ese lado.

    Bush se quedó observando la escena bajo el chaparrón. Sabía muy bien que los habitantes de aquel melancólico lugar debían tener algún tipo de problema, tanto como él los tenía, pero aún era incapaz de descubrir su naturaleza. La lluvia no lo tocaba; estaba en viaje mental; excepto en un sentido emocional, no había ninguna posibilidad de que esa zona desconocida de la historia de la Tierra y él entraran en contacto. Y parecía ser desconocida… Ninguna sombra del futuro se movía por allí, no había edificios fantasmas; el jurásico hacía que ese lugar pareciera desierto, remoto a las empresas del mundo del espaciotiempo. Se había sentido tan determinado a escapar del régimen de Acción Popular que había viajado mentalmente hasta un período relativamente reciente de la historia humana. ¡Y había sido casi sencillo!

    La lluvia amainó con el crepúsculo, que parecía extenderse sobre el paisaje como una cortina que recoge en su brumoso seno los insignificantes obstáculos del terreno. Las casas luchaban débilmente contra ese proceso de digestión poniendo unas pocas luces en sus ventanas cuando el oscurecimiento era ya casi completo. Había algunas excepciones, principalmente al fondo de la colina. En esa dirección avanzó Bush.

    En la parte baja de la colina, del lado de las casas de piedra, había uno o dos edificios de mayor envergadura, también construidos de piedra, algunas tiendas y una iglesia. Luego venía un paso a nivel, con una sucia y vetusta estación de ferrocarril de las que Bush no había conocido. Los rieles principales se dirigían hacia un conglomerado de edificios grandes y parduscos levantados en los confines del pueblo. A la luz del día Bush había podido ver que esos edificios estaban coronados por una enorme rueda inmóvil erigida en lo más alto de una torre de madera.

    En la oscuridad era posible distinguir dos o tres luces entre la maraña de edificios ferroviarios; dispersas en las inmediaciones brillaban unas pocas linternas rojas. En ese momento no se alcanzaba a ver la menor huella del par de rieles que partía de todo aquel conjunto y avanzaba sobre un pedregoso camino hasta donde el valle terminaba y más allá de los enormes hombros del terreno. Ni una sola luz, tampoco, que revelara la muerta masa de edificios del otro lado del paso a nivel.

    La mayor parte de la vida del lugar se concentraba en el interior y en los alrededores de una casa de bebidas, a media docena de puertas de la iglesia, colina arriba, y cuyo desgastado escalón frontal quedaba aproximadamente al mismo nivel que el canalón que circundaba el tejado de la iglesia. El único signo de función allí era un pequeño letrero sobre el porche, en la pared exterior, que decía: Posada de la Fragua - Cervezas. Llevaba mucho tiempo en ese mismo lugar y permanecería aún mucho allí, ya que hasta Bush en viaje mental fue incapaz de atravesar sus paredes… Tuvo que entrar por la puerta, como un cliente cualquiera.

    Había poca animación y luz en el interior de la Posada de la Fragua. En la única sala, los hombres estaban sentados en bancos, con sus botas firmemente plantadas en el suelo cubierto de serrín. Varios fumaban cigarrillos, unos pocos bebían. Todos iban vestidos de la misma forma, con ropas oscuras y delgados abrigos abotonados hasta el cuello aun dentro del local, y gorros de paño en la cabeza. Incluso se veían como parecidos, con los rostros finamente erosionados, los gestos agudos pero desconfiados.

    Uno de los que bebían lo hacía solo, ocupando su asiento ante una mesa pequeña. Los demás lo saludaban al entrar o salir, pero ninguno se sentaba con él. Vestía de la misma forma pobre que ellos, pero el rostro era más redondo y posiblemente más colorido. Fue en él que Bush concentró su atención, pues creía que llevaba su propio nombre: Bush.

    Cuando el hombre terminó su bebida, miró en derredor como esperando hallar algún tipo de diversión, y al no hallar ninguna, se levantó, alcanzó su vaso vacío al camarero y dirigió un saludo general de buenas noches. Pareció recibir un murmurado ‘buenas noches’ colectivo como respuesta, pero Bush, desde su aislamiento, no percibió sonido alguno.

    Bush salió tras su presunto homónimo. El hombre se levantó el cuello del abrigo y se lo apretó contra el rostro, encorvó los hombros y echó a andar colina arriba. Bush reparó en que el suelo sobre el que caminaba era prácticamente lo mismo que la calle…, tanto tiempo establecida en el mismo lugar.

    En la cresta de la colina, el hombre se detuvo junto a la pequeña tienda de comestibles y la rodeó hacia la parte trasera. Invisible para él, intangible, la modesta tienda estaba plantada en el jardín trasero, entre la maleza y los troncos de col. Llamó a la puerta trasera y entró. Bush se deslizó tras él.

    Cuando estuvo deambulando aturdidamente por el pueblo la primera vez había observado que había un letrero colgando del escaparate de la tienda de comestibles…, una simple ventana de la casa cuya conversión al comercio había sido efectuada retirando las cortinas y colocando una pila de pastillas de jabón rojo y un montón de latas de corned-beef, y la inspección de las amarillentas letras le había indicado: ‘Amy Bush, Comestibles, etc.’ Aunque era incapaz de determinar por qué las corrientes instintivas del viaje mental lo habían dirigido hasta allí, creía que su homónimo podía proporcionarle algún indicio. Por supuesto, se preguntaba si esos Bush podían contarse entre sus antepasados.

    La habitación en la que entraron estaba atestada hasta la locura. Tres niños pequeños de diversas edades correteaban y brincaban por todos lados, gritando… Pero ningún decibelio llegaba a oídos de Bush a través del muro de la entropía. El más pequeño de los chicos, que era también el más pálido y enjuto (parecía que los huesos estaban a punto de brotarle dolorosamente por todo su cuerpo), estaba desnudo e iba mojado; resistía los intentos de una hermana mayor de capturarlo y devolverlo a una gran bañera metálica, correteando alocadamente de un lado a otro de la habitación. Sus carreras lo hicieron entrar en colisión con una mujer en zapatillas entrada en carnes, que estaba lavando un vestido en un fregadero de piedra, y con una mujer de edad, evidentemente la abuela de la familia, que permanecía sentada con una manta sobre las rodillas en un rincón de la habitación, rumiando su dentadura postiza.

    El hombre al que había seguido Bush colina arriba sacudió los brazos y pareció gritar salvajemente. El chiquillo enjuto se volvió hacia su hermana, que lo metió inmediatamente en la bañera mientras los hermanos mayores se arrojaban sobre algunas cajas de embalaje de madera que oficiaban de banco a lo largo de la pared detrás de la puerta interior, y se hundieron en la apatía. La mujer metida en carnes de la fregadera se volvió hacia el hombre para mostrarle lo raída y remendada que estaba la camisa que restregaba, y ese movimiento le permitió a Bush ver que estaba en avanzada gravidez.

    Bush era incapaz de estimar la edad de la hija; podía estar entre los quince y los diecinueve años; su silueta estaba en desarrollo y su cabello era hermoso. Pero los dientes no eran buenos, y un aire apagado añadía a su actitud y expresión el recuerdo para Bush desagradable de los pocos años que la separaban de la vieja que rumiaba en el rincón. No obstante, ella sonrió a su hermano mientras lo frotaba, lo secaba cuidadosamente y por último, con una ayuda marginal de su padre, enviaba a los tres niños a la cama.

    Los arreglos para dormir eran de lo más pobres. El menor de los chicos dormía con sus padres en una cama doble, a cuyo lado una colchoneta acomodaba a los otros dos pequeños. Eso era en la más amplia de las dos exiguas habitaciones bajo el tejado. En la más pequeña apenas había espacio para la única cama en que dormían la hija con su abuela.

    El hombre vació la bañera en el jardín. Cuando su hija regresó de las habitaciones, la sentó cariñosamente en sus rodillas y trabajó sobre la mesa con algunas cuentas, para las cuales vino finalmente a ayudarle su mujer. La hija se contentaba con pasar un brazo alrededor del cuello de su padre, con la mejilla apoyada en la cabeza del hombre.

    Esa era la familia Bush. En los días y semanas que siguieron, Bush llegó a conocer bien a sus homónimos. Aprendió lentamente sus nombres. La madre encinta, que cuidaba de la tienda, se llamaba Amy, tal como declaraba el cartel en el escaparate. Cuando la vieja abuela bajó renqueando colina abajo hasta la oficina postal, Bush leyó en su cartilla de pensionista que su nombre era Alice Bush, viuda. Y cuando su homónimo se puso a la cola del desempleo y presentó sus cupones para ser estampillados, el espectral Bush que observaba por encima de su hombro descubrió que era Herbert William Bush. El nombre de la chica era Joan. Los dos muchachos mayores eran Derek y Tommy. Bush nunca pudo descubrir el nombre del pequeño.

    Pronto supo que el pueblo se llamaba Breedale. Un periódico de Darlington, revoloteando caprichosamente colina abajo a impulsos del viento, le proporcionó la fecha: marzo de 1930. Había viajado mentalmente a ciento sesenta y dos años del tiempo al que era cómodo considerar como ‘presente’. Allí era poco probable encontrar a Silverstone, e igualmente ser descubierto por los agentes de Gleason, suponiendo que lo buscaran. Así que estaba seguro allí…, pero volvió a preguntarse qué sistema de orientación lo habría traído. Aquel era para él el aspecto más desconcertante del viaje mental; algo equivalente al instinto migratorio de los pájaros lo había llevado hasta 1930, y él seguía absolutamente ignorante acerca de su función.

    Su principal preocupación no era sin embargo ni su finalidad ni su seguridad, sino algo sobre lo que volvía continuamente sin que Bush fuera capaz de abarcarlo. Esa preocupación era como un remolino en una corriente, en la que todo lo que pasaba era atraído y finalmente atrapado. Indiferente a lo que pasara, a la escena de Breedale en la que se mezclara, su atención volvía una y otra vez a la brutalidad con que había golpeado a Lenny con el palo de golf. Aquella habitación blanca en el acuartelamiento estaba siempre con él. Veía la elevada ventana cegada, oía el crujido del impacto que hacía el extremo metálico contra la caja torácica, veía la sangre empapar el suelo. Para su víctima aquello no era nuevo… Ann había dicho que “su viejo le pegaba todo el tiempo”. Recordaba la sobreexcitación expresada por el rostro de Stanhope, así como la mirada de desdén de Howes cuando se marchó, en la puerta de la sala de torturas. Sabía que se había degradado; pese a que nunca había pensado en términos teológicos, se veía a sí mismo como un ser en pecado. Breedale era un autoexilio. Bush permaneció en ese estado durante las siguientes semanas. Era como un mal gusto en la boca. Habría sido un desterrado en Breedale por esa causa, incluso sin el aislamiento de la entropía.

    No hizo intento alguno por redimirse de su propia bestialidad. Era como algo tangible, podía llevarla consigo como si fuera una joroba y sentirse satisfecho de que representara una carga. Lo que había hecho había sido el peor acto de su vida. Y prefería, en su actual disposición autocondenatoria, contemplarlo como el clímax de su vida antes que como la aberración subsiguiente a su entrenamiento militar…, como algo que realmente merecía el día de exilio en el jardín, cuando el atizador al rojo se había elevado sobre él y su madre le había probado que no lo amaba. Aquel castigo convenía a este crimen. ¡Era típico que el orden se hubiera visto invertido, como si simbólicamente viviera su vida al revés, con el espíritu aturdido de principio a fin! En su tienda en el jardín de 1930, a veces intentó llorar; pero la impresión de que ofrecer cualquier síntoma de debilidad sonaría falso en alguien que había golpeado tan alegremente a su víctima retenía las lágrimas, dejaba sus ojos secos y duros como el cristal.

    Frente a esos cristales, los habitantes de Breedale representaban sus propios dramas particulares. Bush pensó que era bueno ver tan sólo la parte externa de ellos.

    Por algún tiempo, curiosamente, Bush se sintió desconcertado con la forma de vida de aquella gente; parecían tan divorciados de la realidad como lo estaba él. Obtuvo su respuesta como con el paro, a fragmentos. Sólo después de haber vagado sin rumbo por el pueblo durante varios días descubrió la función de la tétrica colección de edificios del otro lado de las líneas ferroviarias. Fue una revelación darse cuenta de que se trataba de una mina de carbón. En sus propios días, las minas de carbón aún operaban en varios rincones del mundo, pero ofrecían muy poca semejanza con ese crudo lugar.

    Había un camino que conducía a la parte trasera de la mina. Un día, a la llegada de la primavera, Bush siguió a la joven Joan por él. Un muchacho iba con ella, un joven casi tan pálido como ella misma, que le tomó la mano cuando estuvieron fuera de vista de la estación de ferrocarril. Anduvieron más allá de la solitaria y silenciosa mina, donde nadie entraba ni salía, y donde alrededor de la entrada principal, unos pocos gorriones se disputaban los materiales para construir sus nidos.

    El camino conducía hasta un río; el paisaje se volvía hermoso. Allí crecían árboles que exhibían sus más verdes hojas, y uno de ellos dejaba caer sus ramas por encima de un puente de piedra, grisáceo, que conducía hasta la acogedora orilla del otro lado. En ese lugar Joan dejó que el muchacho la besara. Permanecieron inmóviles durante un momento, mirándose a lo más profundo de los ojos con esperanza y amor. Bush pensó en el pérmico con hambrienta añoranza; los primeros anfibios reptaban por allá como cosas heridas, tan liberados del amor y de la esperanza y del dolor que obstaculizaban los siglos de humanidad.

    Intimidados por su propia audacia, los jóvenes siguieron andando. Hablaban animadamente; su observador se sentía feliz de no oír lo que decían. El camino conducía a un muro de piedra a lo largo del cual serpenteaba a continuación. Joan y el muchacho se detuvieron allí, apoyándose en el muro y sonriéndose mutuamente. Tras cinco minutos, dieron media vuelta y regresaron por donde habían venido. Bush se quedó quieto; no quería verlos besarse de nuevo, como si los besos fueran promesas de oro. Al fin y al cabo, había alcanzado una edad en la que las certidumbres de la juventud lo habían abandonado.

    Miró por encima del muro de piedra hacia una hermosa casa circundada por un parque y un jardín, bien situada en el valle. El muro llevaba tanto tiempo en su sitio que tuvo que saltarlo para entrar en la propiedad. Anduvo entre amplios y bien cuidados huertos y llegó a la parte trasera de la casa.

    Así fue como conoció la heredad local, y descubrió a la familia Winslade, sus moradores, que en ese período de su historia era casi tan discreta en su clase como los habitantes del pueblo. Errando como un fantasma en la magnífica casa, fue llegando a la conclusión de que ellos eran los propietarios de la mina. La novedad chocó con su sentido común, pues no estaba muy fuerte en historia humana y no podía comprender cómo un solo hombre o familia podía poseer un producto de la Tierra tan natural como el carbón.

    Los días fueron transcurriendo. Atormentado por la culpabilidad, Bush necesitó un tiempo para comprender que todo el vecindario estaba paralizado por una larga huelga. El óxido en el candado de la entrada principal de la mina era un símbolo de la parálisis general. Aunque la vida continuaba —y la protuberancia bajo el mandil de Amy Bush se hacía más pronunciada y los vientos en el páramo se calmaban—, los asuntos de los hombres estaban en un completo punto muerto. Bush creía saber ya porqué había llegado allí; se trataba de un caso de empatía.

    Se instaló en el jardín trasero de la tienda de comestibles; vivía frugalmente de los alimentos concentrados especiales que le habían proporcionado. La maleza, insensible a la ilusoria sustancia de las pertenencias de Bush, seguía creciendo. El comercio de alimentación estaba bien situado para hacer negocio. Los vecinos acudían, y también lo hacían los de las casas más pobres, del otro lado de la cresta, cuyos ocupantes preferían la comodidad de la cercanía que tener que bajar al pueblo. Pero en esa época había poco negocio; a medida que la huelga se prolongaba, el dinero de la clientela era cada vez menos, y los Bush eran progresivamente menos capaces de sostener la venta a crédito; había que pagar a los proveedores. Edward comprendió que Herbert había sido minero en tiempos mejores; Amy llevaba sola la tienda. Al principio lo veía entrar alegremente en la tienda; ayudaba a limpiar y charlaba horas y horas con los clientes de su esposa. En pocas semanas, sin embargo, los clientes se volvieron menos comunicativos y se mostraron claramente vejados por la cesación del crédito. Herbert empezó a sonreír menos, y fue apartándose de la tienda. Se llevaba a su hija a dar largas caminatas por el páramo; Edward los siguió en una ocasión; los veía recortados contra el desnudo horizonte, la muchacha cada vez más retrasada. Era evidente que a Joan no le gustaban aquellos paseos. Cuando los dejó, Herbert los abandonó también, y empezó a reunirse en las inclinadas calles con los otros hombres de pantalones arrugados. Hablaban poco, no hacían nada.

    Una mañana hubo un mitin delante de la iglesia; el propietario de la heredad vino y habló, de pie entre media docena de oficiales en el paseo elevado que rodeaba la iglesia, mientras los hombres llenaban la calle. Bush no tenía forma de saber lo que se decía, pero los hombres no regresaron al trabajo. Estaba aislado de lo que lo rodeaba. Pero, en su creciente implicación emocional con ellos veía que esta situación era preferible a la de su propio tiempo, cuando en contacto con los acontecimientos y capaz de influir en ellos se había sentido sin embargo emocionalmente aislado, indiferente a lo que aconteciera o dejara de acontecer.

    El embarazo de Amy se acercaba a su término. Ella pasaba la mayor parte del día en la tienda, más vacía y polvorienta en ese tiempo. Parecía haber abdicado de la familia; Joan era quien se preocupaba de la abuela y los niños. Tampoco prestaba ninguna atención a su marido, que en respuesta permanecía más y más tiempo fuera de la casa; eran mutuamente extraños.

    Herbert regresaba por la noche, que era cuando Joan estaba. Aunque el trabajo de la muchacha se había vuelto más duro, sus mejillas alboraban algo de primavera, inspiradas quizá por su amigo. Herbert parecía necesitar cada vez más las atenciones de su hija, ante la indiferencia de Amy. La ayudaba a bañar a los niños, y empezó a preparar cada día el desayuno, a base de té y pan con mermelada. Amy siempre se acostaba temprano, aun antes que la vieja y desvencijada abuela, y entonces Herbert pasaba el brazo en tomo a la cintura de su hija y la conducía a repasar las cada vez más magras cuentas de la tienda; a veces dejaba completamente a un lado las cifras y se quedaba sentado sujetando la mano de la chica y mirándola directamente a los ojos. En una de esas ocasiones, Joan dijo algo como en protesta y se soltó como si quisiera abandonar la habitación. Herbert saltó y la sujetó y la besó como si quisiera aplacarla, pero cuando intentó rodearla con los brazos ella se escabulló diestramente y subió corriendo las escaleras. Herbert se quedó largo rato inmóvil, la mirada fija en un punto delante y con una expresión tan horrible de miedo que incluso Edward se estremeció, temeroso por un momento de que se hubiese vuelto visible para el hombre a través de algún medio mágico. Pero era en la propia mente de Herbert Bush donde se hallaba el objeto de su terror.

    Los chicos crecían en el abandono progresivo, pescando en el río o jugando con otros pequeños truhanes en las cunetas. Amy vivía en su tienda y a menudo miraba a su esposo como si nunca antes lo hubiera visto. Motivado por el interés de Herbert en su hija, Edward recordó lo que mucho tiempo atrás se había dicho acerca del incesto: que era el tabú que inició el aislamiento del hombre primitivo y lo condujo al desarrollo de la conciencia individual, de donde había surgido la civilización.

    Si la endogamia era la regla aun en 1930, Amy y Herbert podían ser primos hermanos y hasta hermanos, y en tal caso una existencia compartida habría podido hacerlos menos extraños uno al otro.

    Una de las causas externas de estos problemas se reveló por sí sola un día que Bush bajó al pueblo. Ya conocía de vista a todo el mundo y se interesaba en los asuntos de todos tanto, como para dedicar buena parte del día en meterse dentro de las casas y absorber con igual deleite lo que no representaba más que instantes y lo que poseía un aroma de eternidad. De regreso a la pequeña tienda de alimentación vio la camioneta del reparto semanal delante de la puerta; llevaba suficiente tiempo allí como para reconocer en los abollados costados el nombre de la firma de Darlington. Entró por la puerta pero no halló a nadie. Se dirigió entonces hacia la parte de atrás —su identificación con la época era tanta que ya no atravesaba ningún objeto si le era posible—, y encontró a Amy y Herbert en conferencia con un desconocido, un hombre brusco con un traje elegante que en ese momento se levantaba de la mesa, sombrero en mano, y se metía algunos documentos en un bolsillo interior. Edward le dirigió una rápida mirada, y observó que sonreía de un modo algo forzado. Amy parecía derrumbada a un lado de la mesa. Lloraba. Herbert estaba quieto, impotente al lado de su esposa, sujetándola por los hombros.

    Sobre la mesa había un legajo. Bush le echó una rápida ojeada antes de que Amy lo tomara. Por lo poco que alcanzó a ver, dedujo que ella se había visto obligada a vender el negocio a la gran firma. Al parecer, estaban demasiado endeudados como para encontrar otra solución. Miró de nuevo a Amy, y pudo captar la impresión y el dolor que sentía.

    El hombre brusco salió sin que nadie lo acompañara. Amy permaneció sentada junto a la mesa, ahogando las lágrimas mientras Herbert paseaba nerviosamente de un lado al otro de la sala. Amy se recobró y se puso de pie; algo dijo a Herbert con modales bruscos, y él respondió, gesticulando. Poco después se encontraban sumidos en una penosa discusión, quizá la peor de todas. Por los gestos de la mujer, que incluían frecuentes indicaciones a la parte baja de la colina, Bush comprendió que en sus injurias estaba aludiendo a la mina…, la mina, que con sus cerradas galerías subterráneas ocupaba una parte importante en la vida de ellos.

    La discusión aumentó en violencia. Amy tomó un libro de texto y lo arrojó contra Herbert. Estaban muy cerca como para fallar y el libro lo alcanzó en un extremo de la boca. El golpeado Herbert saltó sobre su mujer, la agarró por el cuello con ambas manos y la arrojó al suelo, tambaleándose a un lado. Bush se lanzó también hacia adelante y cayó a través de ellos gesticulando con ambas manos. Se golpeó la cabeza contra el antepecho de la chimenea. . Poco después, Herbert salió corriendo por la puerta trasera, dando un portazo a sus espaldas.

    Bush se apoyó contra la pared en que se había golpeado. A través de la barrera de la entropía tenía una consistencia vítrea y elástica, como todos los demás objetos. Respiraba dolorosamente, aferrado a su filtraire. La cabeza le zumbaba, pero se sentía contento de haber saltado instintivamente en ayuda de la mujer. Abrió un ojo y la miró; estaba doblada en dos en el suelo, con los dolores del parto.

    Olvidado de su propia aflicción se lanzó a la calle. No había nadie. Eran las dos de la tarde, cuando todo el mundo está en su casa presumiendo de haber comido adecuadamente, o en el bar, procurando olvidar que no se ha comido adecuadamente. Los chicos de Bush habían desaparecido y no había señales de Herbert. Además —se dio cuenta casi inmediatamente al contemplar la calle vacía— tampoco podía atraer la atención de nadie, aunque lo intentara.

    Localizó a Tommy y Derek jugando con otro par de tunantes en un viejo vagón de ferrocarril fuera de servicio, aparcado al final de un desvío. El menor de los niños no estaba por ningún lado. La abuela estaba sentada en la cocina de una vecina charlatana. Necesitó una hora para encontrar a Joan. Tal como debió suponer si no se hubiese sentido en un estado mental tan angustioso, estaba sentada en una pequeña habitación trasera charlando con dos amigas. Se detuvo y miró. Se la veía tan sumisa, tan retraída… Y tan lejos de adivinar que su madre estaba tendida en el suelo de su casa en agonía. Ella y sus amigas seguían charlando y charlando, con sus pálidos labios moviéndose incesantemente; a veces sonreían o fruncían el ceño, ayudando ocasionalmente a reforzar el sentido de lo que decían. ¿Y de qué hablarían, tanto y tanto rato, tan desesperadamente encajadas en el tiempo? Conocía la vida de Joan en profundidad, la había visto bañarse, durmiendo, había espiado su primer beso… Ella no tenía nada que decir que valiera la pena de ser contado luego, ni siquiera en una tarde tan mortal como aquella. ¿De qué se trataría…?

    La pregunta se extendió por toda la historia de la humanidad. Bush tenía la impresión de que a lo largo de su vida se lo había preguntado demasiado a menudo, en tanto que nadie más se lo había preguntado tanto. Su maldita memoria; recordó un viejo día, lejos en la lejanía de su propio tiempo, o un día joven, no importaba…, no podía tener más de cuatro años. El dentista había construido un pequeño foso de arena para que su hijo jugara en él. El chico había construido un gran castillo y había horadado un túnel a través de él. Y había llenado el foso y el túnel con agua caliente de su cubo (rojo, con mango (?) amarillo). Muy oportunamente el chico había encontrado un escarabajo en un cantero de flores cercano. Y había puesto el escarabajo en un velero de juguete. Con un ligero impulso, el barco atravesó la gran caverna turbulenta con el escarabajo encaramado a la proa, como un valiente capitán. Pregunta, entonces y ahora: ¿Qué era realmente el escarabajo? ¿Qué era realmente el chico? ¿Qué determinaba realmente los papeles desempeñados?

    Y el ‘realmente’…, ¿evidencia de algún reflejo inconsciente? ¿Dios enmascarado? ¿Dios como una devoradora entidad alienígena de otra galaxia, rector de todos los escarabajos, flores, gusanos, gatos, hijos, madres, de tal modo que pudiera experimentar glotonamente la vida a través de todos sus seres?

    Bueno, ésa era más o menos la respuesta tradicional a la pregunta del misterio de la vida en su parte del globo. Luego estaba la respuesta científica, pero al cabo de un momento golpeaba también contra el vacío muro de dios. Estaba también la respuesta atea, de que todo era debido al ciego azar, o a la insana fortuna. Y otro centenar de preguntas… Quizá todas ellas plantearan el problema al revés.

    Por un segundo, el vértigo que no tenía nada que ver con su magullada cabeza invadió a Bush. Era como si hubiera tocado casi con su mano la llave de todo el asunto; y recordó haber experimentado ya lo mismo… Le pareció que su confusión interior podía ser lo más cercano a la claridad.

    Se alejó de las muchachas charlatanas con las manos vacías. Afuera, el sol brillaba, pero eso a él no lo afectaba. El verano titubeaba en el umbral de Breedale, y Bush contemplaba las miserables casas que limitaban el páramo. En unos pocos jardines habían hecho meritorios esfuerzos para construir parterres donde crecieran algunas flores o verduras para llenar las vacías ollas; pero el páramo había presentado obstinada resistencia a tales economías. Bush estuvo un rato errando por la cresta de la colina; miró hacia el pueblo como tantas otras veces. Y vio a Herbert Bush.

    Muy cerca de su casa, Herbert subía la colina. Estaba bebido. Edward corrió hacia él, se puso a su lado…, pero no era más que un fantasma. Si su presencia producía alguna alteración psíquica en Herbert, no lo demostraba en absoluto. Tenía el rostro enrojecido y jadeaba entre murmullos. Seguramente había pasado buena parte de la tarde bebiendo con algún compañero en cualquier sitio. Y regresaba a casa para decirle a su mujer algo más de lo que pensaba. Abrió la puerta trasera de par en par, y descubrió a Amy tendida desmañadamente sobre las baldosas.

    Amy se había movido; al parecer, se había izado hasta una silla, y luego había vuelto a caer, crispada por los dolores. Y allí estaba, desmadejada en el suelo, la silla volcada sobre el rostro y el pecho y un brazo enredado en los barrotes del respaldo. En algún momento se había desgarrado las ropas. El bebé muerto le colgaba entre las piernas sin haber acabado de nacer.

    Herbert se echó al suelo al lado de Amy.

    —¡No! —jadeó Bush; se apartó de la ventana y apoyó su palpitante cabeza en la vítrea pared. ¡No puede ser que esté muerta! Uno no se muere así, tan sencillamente… Oh, sí, uno moría, si se ha estado bastante tiempo subalimentado, si se golpeaba contra la mesa al caer, si se encontraba atrapado en una madeja de circunstancias económicas, históricas y emocionales adversas; uno podía morir muy fácilmente. Pero aquella vida… ¡Ella no podía haber nacido para ese sórdido fin! Las promesas de su juventud…, su matrimonio… Hacía tan sólo unas semanas parecía feliz, pese a todo.

    Pero nada de eso importaba.

    Estaba sorprendido de ver que el rostro de Herbert lo miraba directamente a través de la ventana. Había perdido el color, estaba ceniciento… Parecía incluso haber perdido forma. Entonces se dio cuenta de que no estaba mirándolo a él ni miraba nada, excepto el fracaso de su vida; extendió una mano hacia el pequeño estante sobre el fregadero, donde guardaba sus utensilios de limpieza. Tomó su larga navaja de afeitar.

    —¡Herbert, no, no! —Edward Bush saltó frente a la ventana, aporreó inútilmente los cristales, blandos a sus puños. Gesticuló, gritó. Y ante sus ojos, Herbert Bush se cortó la garganta, tirando de la hoja desde la oreja izquierda hasta casi la derecha. Poco después aparecía en la puerta trasera, con la navaja aún en la mano. La sangre caía a borbotones sobre su camisa.

    Dio tres pasos por el jardín, se hundió hasta las rodillas en el perejil silvestre, y se derrumbó entre las cremosas puntas de los tallos de la maleza, con el cuerpo cubriendo a medias la fantasmal tienda de Bush.

    Bush echó a correr, aterrado.

    Era como si la tragedia que había ocurrido en la familia de Bush hubiese sido una necesidad histórica. Todo el pueblo se desprendió de sus peniques para ayudar a los chicos, todo el pueblo desfiló por el cementerio detrás de la iglesia. Hasta el señor de la heredad envió a uno de los ejecutivos de la mina para que lo representara; probablemente Herbert gozaba de una buena reputación en el pozo. Algunos de los hombres hablaron luego con el ejecutivo; el sindicato fue convocado; se reanudaron las discusiones. Las horribles muertes habían sacudido a todos de su taciturna apatía. Y tras las negociaciones se llegó a un acuerdo.

    Apenas cuatro días después del entierro de Amy y Herbert Bush, los hombres marcharon de nuevo colina abajo con sus trajes de faena, y la primitiva jaula volvió a descender con ellos hasta las entrañas de la tierra, donde empezaron a cortar de nuevo los árboles fósiles que en lejanos días crecieron allí.

    Bush se quedó en Breedale para ver a Joan iniciar su trabajo como ayudante en la tienda, a las órdenes de un ex-empleado de los mayoristas que había comprado el negocio, y que cada mañana llegaba en bicicleta desde otro de los pueblos del valle. Impecable, eficiente, siempre sonriente pese al incómodo cuello de su camisa, era un hombre joven y prometedor. Una vecina se ocupaba de los pequeños Bush durante el día. La abuela se las apañaba por su cuenta…, el tiempo estaba bueno y ella podía sentarse afuera del lado de la puerta trasera de la tienda en una silla dura…, de lo cual evidentemente se resentía, ya que las abuelas de la vecindad que no se veían afligidas con una tienda de comestibles podían sentarse fuera en sus puertas delanteras, observando la calle con su activida