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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    CONSIDEREMOS SUS CAMINOS (John Wyndham)

    Publicado el miércoles, diciembre 28, 2016
    No había nada allí, excepto yo.

    Colgaba en un vacío sin tiempo, sin espacio, sin fuerza, que no era ni luz ni oscuridad. Poseía identidad, pero no forma; sensaciones, pero no sentidos; mente, pero no memoria. Me preguntaba si esta nada era… mi alma. Que me parecía que había vagado así siempre y que seguiría siendo asi por toda la eternidad…

    Pero, en cierto modo, la falta de tiempo cesó, Comencé a darme cuenta de que había una fuerza: que me movía, y que por tanto, la falta de espacio había cesado también. Y no había nada que me mostrase el movimiento; simplemente sabía que me arrastraban. Me sentí feliz porque supe que había algo o alguien hacia quien quería ser arrastrada. No tenía otro deseo que girar como la aguja de una brújula y luego caer a través del vacío…

    Pero recibí un desencanto. Ninguna caída suave ni rápida se produjo. En su lugar, otras fuerzas se apoderaron de mí. Me arrastraron hacia allí y luego hacia allá. No sé cómo me di cuenta; me faltaba referencia exterior, no tenía punto fijo, ni siquiera dirección; no obstante, pude notar que me tiraban de aquí y de allá, como si estuviera bajo la resistencia de algún giróscopo interior. Era como si una fuerza se hubiese adueñado de mí para debilitarme y perderme ante la acción de otra nueva fuerza. Entonces me parecía deslizarme hacia un punto desconocido, hasta que me paraban y cambiaban mi curso. Erré de un sitio a otro con el sentido de la conciencia haciéndose continuamente más firme; y me pregunté si eran fuerzas rivales las que luchaban por mí, el bien y el mal, quizás, o la vida y la muerte…

    La sensación de tira y afloja se hizo más definida hasta que casi me vi bruscamente arrancada de un rumbo a otro. Luego, de súbito terminó la sensación de forcejeo. Noté que viajaba más y más deprisa aún, surcando el espacio como un meteorito errante que por último ha sido atrapado por alguna fuerza de atracción…


    * * *

    —Está bien —dijo una voz—. La resurrección quedó algo retardada, por no sé qué razón. Mejor será que efectuemos una anotación en su tarjeta. ¿Cuál es el número? O, sólo su cuarta vez; sí, tomaremos nota. Toda va bien. ¡Aquí la tenemos!

    Era una voz de mujer la que hablaba, con un acento ligeramente poco familiar. La superficie en la que yo yacía se sacudió debajo de mí. Abrí los ojos, y vi cómo el techo se movía por encima y los cerré. En seguida, otra voz, de nuevo con tono nada familiar, me habló:

    —Bebe esto —dijo.

    Una mano alzó mi cabeza y un vaso fue llevado a mis labios. Después de haber bebido el líquido permanecí acostada de nuevo con los ojos cerrados. Dormité un ratito y desperté notándome más fuerte. Durante algunos minutos estuve mirando al techo y preguntándome con vaguedad dónde me hallaba. No podía recordar ningún techo pintado con aquel tono rosado y crema. Luego, de pronto, mientras estaba mirando al techo todavía, recibí una sacudida, como si alguien hubiese alcanzado mi cerebro con un brusco golpe. Me di cuenta descorazonadoramente de que no era sólo el techo rosado lo desconocido…, todo me era desconocido. Donde tenían que haber recuerdos, había sólo una gran oscuridad. No tenía idea de quién era, o de dónde estaba; no podía recordar nada, de cómo ni de dónde vine hasta aquí… en una oleada de pánico intenté sentarme, pero una mano me lo impidió y al poco volvió a llevarme a los labios un vaso.

    —Estás muy bien. Descansa. —Me dijo la misma voz con tono tranquilizador.

    Yo quería formular preguntas, pero en cierto modo me sentía inmensamente cansada y todo resultaba demasiado molesto. La primera oleada de pánico amainó, dejándome casi letárgica. Me preguntaba qué podía haberme ocurrido…, ¿quizá fue un accidente? ¿Eran estas clases de cosas que suceden cuando una persona está malherida? No lo sabía y por el momento no me importaba: Me estaban cuidando. Me noté tan soñolienta que comprendí que las preguntas podían esperar.

    Supongo que dormité y quizás lo hiciese durante unos cuantos minutos o por toda una hora. Sólo sé, que cuando abrí uno de los ojos me noté más tranquila —más turbada que alarmada— y estuve algún tiempo sin moverme. Ahora había recobrado la suficiente presencia de ánimo para controlarme con el pensamiento, de que si había habido un accidente, por lo menos no sentía el menor dolor.

    Al poco recuperé una porción más de energía, y con ella la curiosidad de saber dónde estaba. Giré la cabeza en mi almohada para ver algo más de lo que me rodeaba…

    A pocos palmos vi una especie de artilugio con ruedas, algo como si a la vez tuviera la cualidad de una cama y de una vagoneta. En aquel chisme, durmiendo con la boca abierta estaba la mujer más enorme que vi jamás. La miré con fijeza, preguntándome si sobre ella habría alguna especie de jaula que soportase el peso de las sábanas y le diera su enorme apariencia, pero los movimientos de su respirar demostraron pronto que no había tal jaula. Entonces miró más allá y vi dos vagonetas más con ambas mujeres enormes.

    Estudié con más atención a la más próxima y descubrí para mi sorpresa que era jovencísima… no tendría más allá de 22 o 23 años, deduje. Su rostro, quizás, era un poco regordete, pero de ningún modo en exceso; en realidad, con su color fresco y saludable y sus dorados rizos cortos, era muy bonita. Empecé a preguntarme qué curioso desorden glandular había causado tal grado de anomalía a su edad.

    Pasados unos minutos, oí unos vigorosos e indiferente pasos que se acercaban. Una voz preguntó:

    —¿Cómo te encuentras ahora?

    Giré mi cabeza y me encontré mirando un rostro casi a nivel del mío. Durante algún tiempo pensé que su propietaria debía ser una criatura, luego vi que los rasgos bajo la toca blanca representaban unos treinta años de edad. Sin esperar respuesta palpó por debajo de las sábanas y me tomó el pulso. Debió parecerle satisfactorio porque asintió confiada.

    —Te encuentras bien ahora, Madre.

    La miré inexpresiva.

    —El coche está precisamente más allá de esa puerta. ¿Crees que puedes caminar? —prosiguió.

    Divertida, le pregunté:

    —¿Qué coche?
    —¡Oh!, el que ha de llevarte a casa, claro —contestó, con paciencia profesional—. Vamos ya. —Y retiró las sábanas. Comencé a moverme y me miré. Lo que vi me dejó paralizada. Alcé el brazo. Era algo más que una masa regordeta, era una especie de saco con una ridícula manita a un extremo. La miré horrorizada. Después percibí un grito lejano mientras me desmayaba…

    Cuando tomé a abrir los ojos, había una mujer —una mujer de tamaño normal— con una bata blanca y un estetoscopio en tomo a su cuello mirándome ceñuda y perpleja. La mujer de la toca blanca que yo tomé por una niña, estaba plantada a su lado, alcanzando su altura, un poco por encima del codo de la otra.

    —No sé, doctora —decía—. De pronto gritó y se desmayó.
    —¿Qué pasa? ¿Qué me ha ocurrido a mí? Sé que no soy así… no lo soy, no —exclamé, y pude darme cuenta de que mi voz sonaba quebrada.

    La doctora continuó mirándome turbada.

    —¿Qué quiere decir? —preguntó.
    —No tengo idea, doctora —contestó la pequeña—. Fue muy repentino, como si hubiese recibido alguna especie de impresión… pero no sé el porqué.
    —Bueno, ha sido reconocida y dada de alta, y de todas maneras no puede quedarse. Necesitamos la habitación —y dirigiéndose a la doctora terminó—: Será mejor que le dé un sedante.
    —¿Pero qué ha pasado? ¿Quién soy? Hay algo terriblemente equivocado. Sé que mi esposo no es éste. Por favor… dígame… —le imploré, y entonces sin saber cómo, me perdí en una serie de balbuceos e incoherencias.

    Los modales de la doctora se hicieron tranquilizadores. Con suavidad, puso una de sus manos sobre mi hombro.

    —Toda va bien, madre. No hay nada de qué preocuparse. Tómate las cosas con calma. Pronto estarás de nuevo en tu casa.

    Otra ayudante con toca blanca, no más alta que la primera, se acercó con una jeringuilla y se la entregó a la doctora.

    —¡No! —protesté—. Quiero saber quién soy. ¿Quién soy? ¿Quienes son ustedes? ¿Qué me ha pasado? —Traté de quitarle la jeringa de la mano de un manotazo, pero las dos pequeñas asistentas se colgaron de mí y me lo impidieron, mientras que la doctora clavaba en mi carne la aguja.

    Era un sedante. No me hizo perder el conocimiento, pero sí sentirme indiferente a todo. Una rara sensación: Me pareció flotar a unos palmos de mí misma y considerarme con una tranquilidad antinatural. Era capaz, o me pareció ser capaz, de evaluar las cosas con inteligente claridad…

    Era obvio que sufría amnesia. Una impresión de cualquier clase originó la «pérdida de la memoria», como se suele decir. Evidentemente me fallaba una pequeñísima parte de dicha memoria —sólo la parte personal, quién era yo, dónde estaba, dónde vivía— todo el mecanismo cuotidiano parecía haber quedado intacto: no se me había olvidado el hablar, ni el pensar, y me parecía tener un cerebro bien ordenado para las cuestiones intelectivas.

    Por otra parte, había una acuciante convicción de que todo era un error. Sabía, de alguna manera, que jamás había visto aquel lugar en donde me hallaba; sabía, también, que veía algo raro en la presencia de las dos pequeñas enfermeras; sobre todo, sabía con certeza absoluta que aquella forma masiva que allí estaba acostada no era la mía. No me era posible recordar qué rostro debía ver al mirarme al espejo, ni siquiera si era rubia o morena, vieja o joven, pero en mi mente no había la menor duda de que fuese lo que fuese jamás tendría la forma que ahora poseía yo.

    … Y habían las otras enormes mujeres jóvenes también. Con toda evidencia, no podía ser cuestión de desorden glandular en todas nosotras, no se había hablado de enviarme a «casa», estuviera donde estuviese…

    Todavía estaba discutiendo conmigo misma la situación, sin duda gracias al sedante, de una de las maneras más razonables, aunque sin lograr el menor progreso, en absoluto, cuando el techo por encima de mi cabeza comenzó a moverse de nuevo y me di cuenta de que me transportaban sobre ruedas. Las puertas se abrieron al extremo de la habitación y Ja vagoneta o camilla osciló un poco bajo mí, cuando me bajaron por una suave rampa.

    Al pie de la rampa un coche como una ambulancia, con una cabina rosa bruñida, hasta relucir, estaba esperando con las puertas traseras abiertas. Observé interesada, que formaba parte de un proceder rutinario. Un equipo de ocho auxiliares diminutas llevaba a cabo la tarea de transferirme de la vagoneta o camilla hacia una parihuela dentro de la ambulancia como si fuese una especie de piltrafa humana. Dos de ellas se quedaron, después de marcharse las demás, para arroparme y colocar otra almohada detrás de mi cabeza. Después se fueron, cerrando antes las puertas y al cabo de un minuto o dos nos pusimos en marcha.

    Fue en este punto —y posiblemente también ayudada por el sedante— cuando comencé a tener un creciente sentido de balanceo y noté que empezaba a percibir la situación. Probablemente hubo un accidente, como sospeché, pero con toda evidencia, mi error o la falta principal de mi alarma, procedía de mi creencia de que me encontraba en un estado más allá del que en realidad era el mío. Había asumido, que después de un intervalo recobré la conciencia de aquellas abrumadoras circunstancias, donde el verdadero estado de los asuntos demostraba con toda claridad, que la realidad era que yo no había recobrado la consciencia. Seguramente estaba en un estado latente, lo más probable por efectos producidos por las lesiones, tales como la hinchazón, y esto fue la causa del sueño o de la alucinación. Al poco despertaría en buenas condiciones, que por lo menos resultarían sensatas, aunque no fueran necesariamente familiares.

    Me extrañaba ahora que este consolador pensamiento no se me hubiese ocurrido antes y decidí que fue un exagerado sentido alarmante de la realidad, lo que me arrojó en brazos del pánico. Había sido sorprendentemente estúpido por mi parte llegar hasta imaginarme que realmente era una especie de Gulliver entre liliputienses bastante creciditos. Esto era muy característico en buena parte de los sueños también, lo mismo que la falta de un claro conocimiento de mi identidad, así que no debía sorprenderme. Lo que tenía que hacer era observar las cosas con un interés inteligente; lo demás debía ser un aspecto simbólico, cuyo contenido resultaría más tarde interesante de resolver.

    El descubrimiento casi alteró mi actitud por completo y me miré con una nueva atención. Me parecía rarísimo la existencia de tanto detalle circunstancial y todo claramente delimitado… carecía de ese sentido indefinible de lo circundante y también de la falta de fondo del escenario que una suele encontrar en todo sueño. Cada cosa se presentaba con la fluidez tridimensional más convincente. Mis propias sensaciones también parecían perfectamente válidas. La inyección, en particular, había sido auténtica en su agudeza. La ilusión de realidad me fascinaba hasta hacerme tomar notas mentales con sumo cuidado.

    El interior de la furgoneta, ambulancia o lo que fuere, estaba acabado con el mismo tono rosa del exterior… excepto el techo que era de un azul tenue, con una serie de estrellitas de plata esparcidas por allí. En la parte que servía de separación, con la cabina del conductor, había varios cajones con asas plateadas. Mi camilla estaba situada a lo largo del costado izquierdo; en la otra parte habían dos asientos fijos, bastante pequeños y tapizados con un material transparente que hacía juego con el color de lo demás. Dos largas ventanillas a cada lado, dejaban muy poca pared sólida. Cada una de ellas estaba provista de fino encaje, retiradas hacia los lados ahora, mediante lazos rosados y con una persiana por la parte exterior. Simplemente, al volver la cabeza sobre la almohada, me fue posible observar el paisaje… en cierto modo inestable, porque los amortiguadores del vehículo eran usuales o la superficie de la calzada muy mala; fuese lo que fuese, me alegré de que mi propia camilla tuviera también sus amortiguadores independientes yresultasen estos muy confortables.

    El panorama no ofrecía mucha variedad, excepto en sus matices. El camino estaba bordeado de edificios que quedaban más allá de unos veinte metros del cuidado césped. Cada manzana o bloque tenía tres pisos de altura, una longitud de unos cincuenta metros y un tejado como una vaga reminiscencia a influencias italianas. Estructuralmente las manzanas parecían idénticas, pero cada una tenía diferente color, con las ventanas y sus marcos contrastados, lo mismo que las puertas, y cuidadosamente tiradas las cortinillas que parecían uniformes. No pude ver a nadie detrás de las ventanas.

    Mucho más allá de la calzada, quizás a doscientos metros, se veían bloques más altos y utilitarios en su apariencia. Algunos con chimeneas muy altas al estilo de las fábricas. Pensé que debían ser industrias de alguna clase, pero dada la distancia, y porque sólo percibía visiones fugitivas de ellas entre las manzanas del primer término, no pude estar segura.

    El camino en sí, raras veces corría en línea recta más de cien metros de una tirada, y sus curvas hacían que una se preguntase si sus constructores se habían preocupado más de seguir la línea de contornos que una dirección general. Había escaso tráfico y aún ése consistía en camiones. Estaban pintados con un color primario u otro del mismo género, con sólo una combinación de letras doradas y figuras en sus laterales para su identificación. En su diseño se parecían a los camiones de cualquier lugar. Continuamos avanzando monótonamente a una velocidad modesta durante veinte minutos, hasta que llegamos a una zona donde se hallaban reparando la carretera. El vehículo disminuyó la marcha y los trabajadores se apartaron a un lado para que pasásemos. Mientras cruzábamos la irregular superficie me fue posible mirarles bien. Todos eran chicas o mujeres vestidas con pantalones, blusas sin mangas y botas tejanas de trabajo. Llevaban todas el cabello muy corto y unas pocas utilizaban sombreros. Eran altas y de amplios hombros, bronceadas y de aspecto saludable. Los bíceps de sus brazos eran masculinos y los mangos de sus picos y palas estaban empuñados por manos firmes y fuertes, perfectamente varoniles.

    Ellas miraron interesadas cómo el coche cruzaba por el irregular camino, pero tina vez las ventanillas estuvieron a su altura, transfirieron a mí su atención.

    Sonreían con amplitud, mostrando robustos dientes blancos que destacaban en sus rostros morenos. Todas alzaron sus manos derechas, haciendo algún signo, sin dejar sus sonrisas. Su buena voluntad era tan evidente que a mi vez les sonreí. Caminaron junto al vehículo, acompasando su marcha con la lentitud del paso del coche, mirándome con expectación mientras sus sonrisas se desvanecían hasta fundirse con expresiones de turbación. Me decían algo pero no pude entender qué.

    Algunas repitieron el signo. Su desencanto fue evidente demostración de que esperaban que respondiese con algo más que con una sonrisa. Lo único que se me ocurrió fue alzar mi mano derecha en una imitación de su gesto. Por lo menos fue un éxito; sus rostros me miraron aunque permaneciendo en ellos una expresión bastante confusa. Entonces el coche enfiló la nuevo el buen camino mientras sus turbados rostros quedaban atrás al aumentar nuestra velocidad hastaalcanzar el ritmo anterior. Más símbolos naturalmente… pero ninguno de los símbolos que aparecían en los sueños que explicaban en los libros. Me pregunté: ¿Qué diablos hacía una partida de vistosas amazonas, equipadas con utensilios de reparación en lugar de arcos y flechas, asomando por mi subconsciente? Me imaginé que representaba alguna frustración. ¿Un deseo reprimido de dominar? Me pareció no haber recorrido gran trecho por aquel camino, cuando el paisaje cambió desapareciendo los monótonos bloques de casas multicolores y entrando en el campo abierto.

    Los macizos florales me demostraron que estábamos en primavera, y me era posible contemplar terrenos de pasto y campos perfectamente arados en donde comenzaban a verse los verdes brotes; había una especie de bruma verdosa sobre los surcos y algunos de los árboles mostraban sus hojas jóvenes. El sol lucía benigno sobre el más regular panorama campestre que vi en mi vida; sólo el ganado esparcido por los prados introducía un pequeño desorden en las cuidadosas disposiciones. Las granjas en sí formaban parte del estilo; masas cuadradas de limpios edificios con un jardín o huerto a un lado, un invernadero a otro y un patio en el tercero de los lados. En todo parecía haber una ligera sugerencia de panorama infantil. Los edificios parecían casitas de muñecas… pero todo arreglado y racionalizado. No pude ver casitas dispuestas al azar, cobertizos independientemente emplazados, o cultivos dispuestos de manera casual, como las edificaciones de las comarcas. ¿Y qué conclusión debería sacar de aquel exhibicionismo meticuloso, casi patológico?, me pregunté. ¿Acaso era yo una persona más insegura de lo que me suponía, que ni inconscientemente añoraba la simplicidad y la simetría? Bueno, bueno…

    Un camión abierto que debía haber estado viajando delante de nosotros tomó por un camino bordeado por setos maravillosamente dispuestos, en dirección a una de las granjas. Lo ocupaban media docena de jóvenes mujeres, todas provistas de herramientas; de nuevo amazonas. Una de ellas, al mirar atrás, llamó la atención de las demás sobre nosotros. Todas alzaron las manos haciendo un mismo signo que las obreras, alzando luego el brazo animosas. Las respondí del mismo modo.

    Pensé que era bastante desconcertador: las amazonas significaban dominio y este panorama no era seguridad pasiva. Las dos cosas no parecían concordar demasiado bien.

    Seguimos adelante, a nuestra modesta velocidad de cuarenta kilómetros por hora, durante lo que calculé unos cuarenta y cinco minutos, cambiando poquísimo el panorama. El paisaje ondulaba suavemente y parecía continuar según se veía, hasta el pie de una línea de bajas colinas azules a muchos kilómetros de distancia. Las afeadas granjas seguían pasando casi con la regularidad de los hitos kilométricos, aunque con doble frecuencia. Ocasionalmente se veían grupos de trabajadoras en los campos; con mucha menos frecuencia podían verse individuos afanados por la la granja y otros manejando tractores, pero quedaban demasiado lejos para que pudiera percibir cualquier detalle. Al poco, sin embargo, se produjo un cambio.

    Partiendo de la izquierda de la carretera, formando ángulo recto, y así durante casi dos kilómetros, apareció una fila de árboles. Al principio pensé que serían bosques, pero pronto advertí que los troncos quedaban igualmente espaciados y los árboles en sí se unían en su ramales, dando la impresión de una alta cerca.

    El fin de dicha cerca quedaba a unos siete metros de la carretera, en donde ésta daba la vuelta, y así la recorrimos durante casi un kilómetro hasta que el coche disminuyó la marcha, volvió hacia la izquierda y se detuvo delante de un par de altas puertas metálicas. Por dos veces hicieron sonar el claxon.

    Las puertas eran ornamentales y posiblemente de hierro forjado, bajo la pintura color rosa. La entrada que cerraban estaba cubierta de estuco y pintada también del mismo color.

    ¿Por qué —me pregunté a mí misma—, esa predominación del rosa, que yo consideraba un color estúpido? ¿Color carne? ¿Símbolo de un ardor hacia dicha carne al que yo me había entregado insuficientemente? Me parecía difícil de creer. No hubiese sido rosa. Hubiera sido rojo ardiente… no creo que haya nadie que pueda demostrarse realmente ardiente de una manera rosada…

    Mientras esperábamos, una sensación de que allí había algo equívoco detrás de la puerta, creció en mi interior. La estructura era una construcción de un solo piso, alzándose contra el lado izquierdo interior de la arcada y de su mismo color. El trabajo de carpintería del edificio tenía un tono azul pálido, con sencillas cortinas blancas en las ventanas. La puerta se abrió, apareciendo una mujer de mediana edad con blusa y pantalones. Llevaba la cabeza descubierta y entre su pelo moreno se veían algunos grises. Al verme alzó la mano haciendo el mismo signo que las amazonas me hicieron, aunque de modo más indiferente y se dispuso a abrir las puertas. Sólo cuando estaba en esta tarea, me di cuenta de que era muy pequeña… Con certeza no sobrepasaría la estatura de un metro veinte centímetros. Y eso explicaba lo que tenía de equívoco el portalón: estaba construido justamente a su escala…

    Continué mirándola a ella y a la casita mientras pasábamos por delante. Bueno, ¿y eso qué? En la mitología abundan los enanos y gente menuda, personajes que aparecen con demasiada frecuencia en los sueños, para que alguien, estoy segura, haya decidido que son un símbolo normal de algo, aunque de momento no recordé en qué consistía este algo. ¿Representaría una estridencia genética contenida, o era eso demasiado sutil? Seguí rumiando en ese sentido hasta decidir archivar las sensaciones para un repaso posterior y dirigí mi atención hacia lo que me rodeaba.

    No era extraordinario pero sí diferente.

    Caminábamos sin prisas a lo largo de un sendero, cuyos alrededores eran una especie de compromiso entre un jardín público y una granja municipal. Se veían amplios céspedes de un verde aterciopelado, con ocasionales macizos de flores y grupos delicados de álamos plateados y ocasionalmente otra clase de árboles solitarios. Entre ellos se abrían bloques de casas de tres pisos, esparcidos sin ningún plan en apariencia particular.

    Un par de tipos de amazones, con camiseta y pantalones de color rojo caldera descolorida, se entretenían plantando un macizo muy cerca del sendero y tuvimos que entretenernos, mientras apartaban a un lado la carretilla llena de tulipanes, antes de dejamos pasar. Me dirigieron el saludo corriente y una amable sonrisa.

    Un minuto más tarde tuve la sensación de que algo iba mal en mi visión, porque al pasar por delante de uno de esos bloques vimos otro. Era blanco en vez de rosa, pero por otra parte exactamente que el resto… excepto que su escala era un tercio menor que los demás…

    Parpadeé primero, para mirarlo después con fijeza, pero continuó apareciéndoseme como desde el primer momento.

    Un poco más adelante, una mujer enorme grotescamente, vestida de rosa, caminaba despacio y pesadamente sobre el césped. La acompañaban tres mujercitas pequeñas, vestidas de blanco, pareciendo en contraste como niñas o muñecas animadas; involuntariamente me acordé de los remolcadores remoloneando en tomo de un trasatlántico.

    Comencé a sentirme hastiada: la proliferación y combinación de los símbolos era algo exasperante.

    El coche dobló hacia la derecha y al poco llegamos ante un tramo de escalera que conducía a uno de los edificios rosados… de tamaño normal, pero ni aún así libre de la irregularidad, porque los escalones estaban divididos por una barandilla central; los de la izquierda eran normales, los de la derecha más pequeños y numerosos.

    Tres toques de claxon anunciaron nuestra llegada. Al cabo de uno diez segundos, media docena de chiquitinas mujercitas apareció en el umbral y comenzaron a bajar corriendo por los escalones de la derecha. Se oyó un portazo y el conductor bajó y fue al encuentro de ellas. Cuando dicho conductor quedó en mi campo de visión, advertí que era también una mujercita pequeña, pero no iba de blanco como las demás; llevaba un traje rosa brillante que concordaba perfectamente con el colorido del coche.

    Hablaron juntas antes de dar la vuelta hasta la puerta de atrás y entonces escuché una voz que decía animosa:

    —Bienvenida, Madre Orchis. Bienvenida a casa.

    La camilla se deslizó hacia atrás sobre rodillos y entre ellas me bajaron hasta el suelo. Una mujer joven cuya blusa tenía bordada la cruz de San Andrés sobre la parte izquierda del pecho, se inclinó sobre mi. Me preguntó con consideración:

    —¿Crees que puedes caminar, Madre?

    No parecía el momento adecuado para hacer preguntas sobre el tratamiento. Evidentemente se dirigió hacia mí.

    —¿Caminar? —repetí—. Claro que puedo andar. —Y me senté, con ocho manos extendidas para ayudarme.

    Mi afirmación había sido precipitada. Me di cuenta entonces de que tenía como plomo en los pies. Incluso con toda la ayuda de mi alrededor, fue un ejercicio que por poco me sofoca. Miré hacia abajo, a las monstruosas formas que aparecieron debajo de mi vestido rosa, con angustia, sintiéndome grandes arcadas que nacían en mi estómago, y notando que fuese cual fuese el simbolismo que amparasen aquellas formas, resultaría ser una revelación posterior desagradable, probé a dar un paso. «Caminar» apenas es la palabra que pudiese definir mi progreso. Las mujeres, cuya altura no sobrepasaba la de mi codo, revoloteaban en mi torno como un grupo de ansiosas gallinas. Pese a la dificultad, estaba decidida a seguir andando, y lo pude hacer con una especie de movimiento ondulante; primero cruzamos unos cuantos metros de suelo cubierto de grava y luego subiendo por la parte izquierda de la escalera.

    Cuando llegué arriba tuve un perceptible sentido de alivio y triunfo. Nos detuvimos allí unos momentos para que recuperase el aliento y luego, penetramos en el edificio. Un corredor se extendía recto delante, con tres o cuatro puertas cerradas a cada lado, dividiéndose en el extremo por dos ramas, que tomaban la dirección derecha e izquierda respectivamente. Tomamos la de la izquierda y, a su extremo, por primera vez desde que se aposentó en mi la alucinación, me di de bruces con un espejo, es decir, con una imagen como la mía.

    Me costó toda mi energía dominarme para no verme arrastrada nuevamente por el pánico ante lo que estaba viendo. Los primeros pocos segundos de mi mirar, fueron consumidos en reprimir la creciente histeria.

    Delante había un figura fantasmal; una forma femenina elefantina, que parecía mayor aún por sus ropajes rosados. Piadosamente iba con el cuerpo cubierto por entero excepto la cabeza y manos, pero lo que se veía, ya causaba por sí bastante impresión, porque las manos, aunque suaves y regordetas y faltas de toda proporción no encajaban con el cuerpo. Y la cabeza y el rostro eran como los de una niña.

    Era bonita. No podía tener más de veintiún años, si es que los tenía. Su pelo rubio rizado reflejaba luces doradas y formaba una especie de melenita. La configuración del rostro era rosado y crema, su boca linda, sin ningún artificio. Mientras las mujercitas ansiosas se apiñaban en un corro, los ojos de aquella niña deforme, me miraban, con su tono verde azulado debajo de una cejas suavemente arqueadas. Y aquel rostro delicado, aquella imagen sacada de un cuadro de Fragonard, era todavía más horripilante porque emergía de un cuerpo monstruoso. Cuando moví los labios, ella los movió también; cuando moví los brazos, los suyos se doblaron igualmente; y sin embargo, una vez conseguí dominar aquel pánico agobiante, ella dejó de ser una mera imagen. No tenía nada parecido a mí, así que, debió ser una desconocida a quien vi por casualidad, aunque del modo más confuso que pueda una imaginarse. Mi pánico y repulsión dieron paso a la tristeza, a una ardiente compasión hacia ella. Sentí ganas de llorar de vergüenza y lo hice. Vi cómo ella lloraba también con sus lágrimas bañándole toda la cara.

    Una de las mujercitas a mi lado me tomó una de mis manos.

    —Madre Orchis, querida ¿qué te pasa? —preguntó, llena de interés.

    Yo sólo pude decir: yo misma no tenía una idea clara. La imagen del espejo sacudió la cabeza, con lágrimas brillantes en sus mejillas. Manitas pequeñas me palmetearon por todo el cuerpo; voces infantiles me animaron para seguir hacia adelante. La puerta siguiente se abrió y me condujeron dentro de la habitación, en medio de un ajetreo atrevido.

    Entramos en un lugar que nos sorprendió por su aspecto, mezcla de un saloncito íntimo y un cuarto de hospital. La impresión del saloncito la daban los abundantes tonos rosas… en la alfombra, crubre-camas, cojines, pantallas de las lámparas y los visillos finísimos; la sensación de la sala de hospital la daban seis camas o divanes uno de los cuales estaba sin ocupar.

    Había sitio suficiente para tres camas, separadas por un armario, silla y mesa individual a cada lado sin dar la sensación de que la estancia estuviese atestada, y el espacio abierto era suficientemente grande para contener varios sillones lujosos y una mesa central donde lucía un florero cubierto hasta los bordes de flores distintas. Un aroma débil y nada desagradable dominaba el ambiente y de alguna parte provenía la música sentimental de un cuarteto de cuerda. Cinco de las camas estaban ocupadas por mujeres de aspecto montañoso. Dos de las ayudantes que nos escoltaron se adelantaron y prepararon la rosada cama que ocupaba el sexto lugar.

    Los otros cinco rostros se volvieron hacia mí. Tres me sonrieron dándome la bienvenida y los otros dos se mostraron más indiferentes.

    —Hola, Orchis —me saludó amistosa una de ellas. Luego, con una pizca de interés añadió—: ¿Qué te pasa querida? ¿Lo has pasado mal?

    La miré. Tenía un rostro agradable y regordete, enmarcado por un pelo moreno claro, mientras su cabeza quedaba apoyada contra el cojín. Por su expresión tendría uno veintitrés o veinticuatro años. El resto de ella era una mola enorme de satén rosa. Me fue imposible responder, pero hice cuanto pude por dirigirle una sonrisa, al pasar ante ella.

    Nuestra comitiva rodeó la cama vacía. Después de algunos preparativos y ensayos me ayudaron todas a entrar, colocando luego un cojín debajo de mi cabeza.

    El cansancio del viaje desde el coche había sido considerable y agradecida me dediqué al descanso. Mientras dos de las mujercitas subían el embozo y lo arreglaban sobre mí, otra sacó un pañuelo y con suavidad me secó las mejillas y me habló impartiéndome ánimos.

    —Ya estás bien, querida. De nuevo sana y salva en casa. Luego de que hayas descansado un rato te encontrarás perfectamente. Trata de dormir.
    —¿Qué le pasa? —inquirió una voz potente desde una de las otras camas—. ¿Salió mal el asunto?

    La mujercita del pañuelo —una de las que llevaban bordada la cruz de San Andrés y parecía estar al frente de la operación— volvió la cabeza con vivacidad.

    —No tiene necesidad de hablar con ese tono, Madre Hazel. Naturalmente que la Madre Orchis tuvo cuatro hermosos pequeños… ¿verdad, querida? —me preguntó—. Se encuentra un poco cansada después del viaje. Eso es todo.
    —¡Vaya! —exclamó la otra chica, con un tono algo impertinente, pero no hizo más comentarios.

    Prosiguió una cierta agitación. Al poco la mujercita me entregó un cazo de algo que parecía agua, pero que tenía una fortaleza insospechada. Tosí al dar el primer sorbo, pero no tardé en notar una mejoría. Después de algo más de aseo y orden, mi séquito partió dejándome reclinada en el cojín con los ojos de las otras cinco monstruosas mujeres fijos en mí especulativamente.

    El torpe silencio fue roto por la chica que me saludó al entrar.

    —¿Dónde te enviaron para tus vacaciones, Orchis?
    —¿Vacaciones? —pregunté inexpresiva.

    Ella y el resto se me quedaron mirando asustadas.

    —No sé de lo que estáis hablando —les dije.

    Siguieron mirándome, con estupidez, con estoicismo.

    —No se saca mucho de unas vacaciones ahora —observó una de las mujeres, con evidente turbación—. No olvidaré las últimas que pasé. Me enviaron al mar, me dieron un cochecito para que pudiese llegar a todas partes. La gente se portaba con nosotras amablemente. Y eso que éramos solamente seis Madres allí, incluyéndome yo. ¿Fuiste al mar, o a la montaña?

    Estaban decididas a hacer preguntas y no tendría más remedio que responder quisiera o no. Escogí lo que me pareció la manera más sencilla de aplazar aquel momento.

    —No me acuerdo —dije—. No recuerdo nada. Parece que he perdido la memoria.

    Tampoco recibieron complacidas mi afirmación.

    —Oh —exclamó la llamada Hazel con cierto grado de satisfacción—. Ya me imaginé que pasaba algo. ¿Y verdad que ni siquiera puedes recordar de seguro si tus niños fueron del Grado Uno, esta vez, Orchis?
    —No seas estúpida, Hazel —le respondió una de ellas—. Naturalmente que fueron Grado Uno. De no haberlo sido, Orchis no estaría aquí de vuelta… la habrían enviado como Madre de la Clase Dos a Whitewich —y en un tono más amable le preguntó—. ¿Cuándo ocurrió, Orchis?

    No entendía aquellas preguntas.

    —No… no lo sé —contesté—. Me es imposible recordar nada de lo ocurrido esta mañana en el hospital. Todo se me fue por entero.
    —¡Hospital! —repitió Hazel, desdeñosa.
    —Tiene que referirse al Centro —dijo la otra—. ¿Pero, acaso quieres decir que ni siquiera nos recuerdas a nosotras, Orchis?
    —No —admití, sacudiendo la cabeza—. Lo siento.
    —Es raro —exclamó Hazel, con un tono carente de simpatía—. ¿Lo saben ellas?

    Una se puso de mi parte.

    —Claro que tienen que saberlo. Confío en que el recordar o no, nada tenga que ver con el dar a luz niños del Grado Uno. Y de todas maneras, ¿por qué iba a tener que ver? Pero, mira Orchis…
    —¿Por qué no la dejamos descansar un ratito? —intervino otra—. Supongo que no se encontrará muy bien después de salir del Centro. Y del viaje, y llegar hasta aquí. Yo no me sentía mal. No les hagas caso. Orchis, querida. Duerme un ratito. Probablemente todo lo encontrarás bien cuando hayas despertado.

    Acepté la sugerencia, agradecida. Todo el asunto era demasiado asombroso para captarlo de momento; además, en realidad me sentía exhausta. Le di las gracias por su consejo y me arrellané en la almohada, cerrando los ojos. Lo más sorprendente fue, que si alguien puede dormir dentro de una alucinación o sueño, yo lo hice…

    En el momento de despertar, antes de abrir los ojos, tuve un fogonazo de esperanza de que la visión se hubiese desvanecido. Por desgracia, no había tal. Una mano me sacudió por el hombro con suavidad y lo primero que vi fue el rostro de la mujercita jefe, cerca del mío.

    Al estilo de las enfermeras dijo:

    —Vamos, Madre Orchis, querida. Supongo que te encuentras mucho mejor después de haber dormido, ¿verdad?

    Más allá de ella, dos mujercitas estaban portando una bandeja de cortas patas, de las que se emplean en los hospitales para comer en la cama, hacia mí. La colocaron de manera que formaba puente por encima de mí y llegara a mi alcance. Miré lo que contenía. Era sin excepción la comida más enorme y nutritiva que vi jamás. De primer momento me repugnó, pero… percibí cierto impulso interior que no repugnaba a la forma física ocupada por mí: que de hecho, la bocase me hacía agua y que tenía ganas de empezar a comer. Una parte muy íntima mía quedaba maravillada en una especie de alejamiento de la carne mientras el resto consumía dos o tres pescados, un pollo entero, unos filetes de carne, un platode verduras, fruta oculta bajo montañitas de nata, y más de medio litro de leche, sin ningún sentido de hartazgo. Miradas ocasionales me demostraron que las demás Madres estaban haciendo lo mismo con los contenidos de sus similares bandejas.

    Capté un par de miradas de reojo de curiosidad por parte de ellas, pero estaban demasiado ocupadas en su comida para reanudar la inquisición momentáneamente. Me pregunté cómo mantenerlas a raya y más tarde se me ocurrió que si al menos tuviese un libro o una revista lograría enterrarme en la lectura efectivamente, aunque no fuese eso una muestra de buena educación.

    Cuando regresaron las sirvientas, preferí la de la insignia para pedirle me trajera algo para leer. El efecto de tan simple petición fue algo asombroso: las dos que estaban llevándose la bandeja por poco la dejan caer al suelo. La que se hallaba a mi lado carraspeó sorprendida un momento antes de recuperar el dominio de sí misma. Me miró, primero con recelo y luego con interés.

    —¿No te sientes bien del todo, querida? —sugirió.
    —Pues sí que lo estoy —contesté—. Me siento perfectamente ya.

    Sin embargo, la mirada de interés persistió.

    —Yo de ti trataría de dormir un poco más —aconsejó.
    —Pero es que no quiero hacerlo, deseo leer con tranquilidad —objeté.

    Me palmoteó el hombro con cierta inseguridad.

    —Me temo que has pasado unos días agotadores, Madre. No importa, estoy convencida de que pronto pasará.

    No pude reprimir mi impaciencia.

    —¿Qué hay de malo con querer leer? —pregunté.

    Me dirigió una mimosa sonrisa.

    —Vamos, vamos, querida. Trata de descansar algo más. ¡Oh! Dios le bendiga, ¿qué diablos sacaría Madre si supiese leer?

    Con eso me arregló el embozo y se fue, dejándome con los ojos abiertos de asombro y con la mirada fija de mis cinco compañeras. Hazel emitió una especie de suspiro desdeñoso; por otra parte, durante varios minutos no hubo ningún comentario audible.


    * * *

    Había llegado a una etapa donde la persistencia de la alucinación comenzaba a desgastar mi resistencia. Pude advertir que con un poco más de presión, perdería mi confianza y comenzaría a dudar de su irrealidad. No podría conservar continuamente esta calma. Las exageraciones ilógicas y saltos, las percepciones locas, además de las usuales características del sueño, deberían haber sido tranquilizadoras, pero, en su lugar, todo continuaba presentándose bajo una capa de clara tontería, con un aire alarmante de convicción y de consecuencia. Los efectos, por ejemplo, seguían inconfundiblemente a las causas. Comencé a tener una sensación incómoda de que si ahondaba lo bastante, podía comenzar a hallar esas lógicas también para aquellas cosas absurdas. La integración era demasiado buena para un consuelo mental… incluso el hecho de que hubiera disfrutado de la comida como si me hallase por entero despierta, y que comenzaba a sentirme mucho mejor, animaba la conturbadora continuidad de realismo.


    * * *

    —¡Leer! —exclamó de pronto Hazel, con una risa de desdén—. Y supongo que también escribir…
    —Bueno, ¿por qué no? —repuse.

    Todas me contemplaron con más atención que nunca, y luego intercambiaron miradas significativas entre sí. Dos sonrieron. Yo pregunté:

    —¿Qué diablos hay de malo en eso? ¿Acaso se supone que no sea capaz de leer y escribir?

    Una contestó con amabilidad y tono tranquilizador.

    —Orchis, querida. ¿No te parece mejor que llamases a la doctora?… ¿Aunque sólo sea para que te dé una revisión?
    —No —contesté con energía—. No hay nada malo en mí. Estoy tratando de comprender. Simplemente pido un libro y todas me miráis como si estuviese loca. ¿Por qué?

    Después de una pausa corta y densa, la misma dijo con buen humor y casi utilizando las palabras de la mujercita sirviente:

    —Orchis, querida, trata de reanimarte. ¿Qué nos daría saber leer y escribir a vina Madre? ¿Acaso ibas a tener mejores niños?
    —Hay otras cosas en la vida además de tener niños —repuse con sequedad.

    Si antes se habían mostrado sorprendidas, ahora pareció como si un trueno las hubiese abatido. Incluso Hazel pareció incapaz del menor comentario. Su asombro estúpido me exasperó y me dio asco de pronto aquel asunto sin pies ni cabeza. Temporalmente se me olvidó ser la indiferente observadora de todo un sueño.

    —Maldición —grité—. ¿A qué viene toda esta tontería? ¡Orchis! ¡Madre Orchis!…, ¡santo cielo! ¿Dónde estoy? ¿Acaso es éste alguna especie de manicomio?

    Las miré, furiosa, odiándolas simplemente al verlas, preguntándome si habían formado una especie de intriga en mi contra. En cierto modo estaba convencida de que cualquier cosa que fuese yo, no era Madre de nada. Así lo dije, decidida, y entonces, para mi enojo me puso a llorar.

    A falta de otra cosa que utilizar, me sequé los ojos con la manga. Cuando pude volver a ver con claridad, descubrí que cuatro de las chicas me miraban con amable interés. Hazel sin embargo no era de estas.

    —Ya dije que la encontraba algo rara —explicó a las otras, con aire de triunfo—. Está loca, perdió el juicio.

    La que antes se había mostrado más amable conmigo, probó de nuevo:

    —Pero, Orchis, naturalmente que eres una Madre de la Clase Uno… con tres nacimientos registrados. Doce estupendos niños del Grado Uno, querida. ¡NO puedes haberte olvidado de eso!

    Por no sé qué motivo me puse a llorar de nuevo.

    Tenía la sensación de que algo trataba de romper a través de la negrura de mi mente; pero no sabía lo que era, sólo que me hacía sentir una inmensa tristeza.

    —¡Oh, esto es cruel! ¿Por qué no puedo detenerlo? ¿Por qué no se va y me deja en paz? —supliqué— hay una burla implacable en todo esto… pero no lo entiendo. ¿Qué hay de malo en mí? No soy obsesionada… No lo soy… Oh, ¿es que nadie puede ayudarme?

    Mantuve los ojos apretadamente cerrados durante cierto tiempo, deseando con toda mi inteligencia que la citada alucinación se borrara y desapareciese.

    Pero no lo hizo. Cuando volví a mirar de nuevo, allí estaba inmóvil, los rostros estúpidos y bonitos a la vez de mis compañeras mirándome por encima de las repugnantes montañas de satén color rosa.

    —Podré salir de todo esto —dije.

    Me costó un esfuerzo tremendo adelantarme y sentarme. Me di cuenta de que las demás me miraban con ojos desorbitados. Forcejeé para dar la vuelta a mis pies y colocarlos al otro lado de la cama, pero estaban enredados con las sábanas satinadas y no pude liberarme de ellas. Era la desesperada y sincera frustración de un sueño. Oí que mi voz suplicaba:

    —¡Socorro! ¡Oh. Donald, cariño, por favor…!

    De pronto, como si la palabra «Donald» hubiese puesto en libertad algún muelle, algo chasqueó en mi cabeza. El cerrojo de mi cerebro se abrió, no del todo, pero lo bastante como para dejarme saber quién era. Comprendí, de súbito, dónde residía la libertad.

    Torné a mirar a las otras. Estaban aún contemplándome medio azoradas, medio alarmadas. Abandoné el intento de moverme y me recosté en la almohada.

    —Ya no podéis seguir engañándome —les dije—. Ahora sé quién soy.
    —Pero, Madre Orchis… —comenzó una.
    —Basta —la interrumpí. Parecí haber salido de la compasión por mí misma para entrar en una especie de malignidad masoquista—. No soy madre. Soy una mujer que, por breve tiempo tuve un esposo, y que esperaba… pero solamente esperaba… tener hijos de él.

    Siguió una pausa, una pausa bastante larga, en donde por lo menos debió haber un murmullo. Lo que acababa de decir no lo habían entendido. Los rostros no mostraban comprensión; eran tan inexpresivos como los de una muñeca.

    Al poco, la más sociable pareció sentirse en la obligación de romper el silencio. Con un alzamiento de sus cejas, dijo:

    —¿Qué… qué es un marido?

    Miré con dureza a cada uno de sus rostros. No había rastro de broma en ninguna de ellas; nada excepto una turbada especulación como suele haber en los ojos de los niños. Me noté cerca de la histeria durante un momento; luego conseguí dominarme. Muy bien, entonces, puesto que la alucinación me ha querido dejar en paz, seguiría el juego y veríaqué es lo que sabía de todo aquello. Comencé a explicar con la máxima seriedad y palabras sencillas lo que me habían preguntado:

    —Un marido es un hombre a quien una mujer toma por…

    Evidentemente, por su expresión, mi aclaración de nada servía. Sin embargo, dejaron seguir tres o cuatro frases sin interrumpirse. Entonces, cuando me detuve para respirar, la más amable de todas, insistió en un punto que evidentemente necesitaba que se le aclarase:

    —Pero ¿qué es… qué es un hombre? —preguntó, ávidamente perpleja.


    * * *

    Un frío silencio cundió por la estancia después de mi relato y tuve la impresión de haber sido enviada a Coventry, o a SemiCoventry por ellas, pero no me molesté en comprobarlo. Estaba demasiado ocupada tratando de forzar la puerta de mi memoria; forzándola más para descubrir lo que había más allá de cierto punto y si tenía algún significado.

    Supe ahora que mi nombre era Jane. Que había sido siempre Jane Summers y que me convertí en Jane Waterleigh cuando me casé con Donald.

    Tenia —había tenido—, veinticuatro años cuando mi matrimonio; precisamente veinticinco cuando murió Donald, seis meses después. Y allí se detenía lodo. La cosa parecía ocurrida ayer, pero me era imposible precisarlo…

    Antes de eso, todo quedaba perfectamente claro. Mis padres y amigos, mi casa, mi colegio, mi enseñanza, mi trabajo, como doctora Summers en el Wraychester Hospital. Pude recordar la primera vez que vi a Donald cuando le trajeron una tarde con la pierna rota… y todo lo que siguió…

    Ahora me era preciso acordarme del rostro que podría ver en cualquier espejo —y no era ni por asomo parecido al que había visto en el pasillo exterior—… debería ser más ovalado, con una tez débilmente morena por el sol con una boca más pequeña, más recortada; rodeada la cabeza con un pelo color nogal rizado por naturaleza; con ojos pardos bastante separados y quizás serios por costumbre.

    Supe también, el aspecto que debería tener el resto de mí… esbelto, piernas largas, senos pequeños y firmes… un cuerpo bonito, pero en el que no reparé hasta que Donald me hizo sentir orgullo de él, amándolo…

    Miré la montaña repulsiva de satén rosado y me estremecí. Un sentido de ultraje empezó a inundarme. Añoré el consuelo de Donald, sus caricias y su amor y que me dijese que todo saldría bien; que yo no era como me estaba viendo en absoluto, y que esto realmente era un sueño. Al mismo tiempo me vi sacudida por el horror de la idea de que pudiera verme tan gruesa y obesa. Entonces recordé que Donald jamás me volvería a ver en absoluto… nunca jamás… me sentí rota y triste, y las lágrimas volvieron a recorrer mis mejillas.

    Las otras cinco siguieron mirándome con ojos desorbitados y llenos de extrañeza. Pasé media hora, manteniendo el silencio para admitir a todo un ejército de mujercitas, vestidas de blanco. Vi cómo Hazel me miraba y luego miraba a la jefa. Pareció a punto de hablar y después cambió de idea. Las mujercitas se dividieron, dos en cada cama. De pie a ambos lados, nos despojaron del embozo y las sábanas y se arremangaron y pusiéronse a darnos masaje.

    En principio no era desagradable, sino del todo tranquilizador. Una no tenía más que dejarse hacer y relajarse. Al poco, sin embargo, me gustó menos; pronto lo encontré ofensivo.

    —¡Basta! —dije a la de la derecha, con agudeza.

    Ella se detuvo, me sonrió con amabilidad, aunque un poco insegura y luego continuó.

    —Dije que basta —repetí, dándola un empujón.

    Clavó sus ojos en los míos. Su expresión en la mirada era turbada y dolida, aunque una sonrisa profesional amaneció en su boca.

    —Ya oyó lo que le dije —añadí, con sequedad.

    La chica continuó dudosa y miró a su compañera del otro extremo de la cama.

    —Tú, también —dije a la otra—. Basta ya.

    Ni siquiera aminoró su ritmo. La de la derecha tomó una decisión y volvió a la carga. Empezó donde se había detenido. Extendí la mano y la empujé, esta vez con más dureza. Seguramente había más músculos en aquella bolsa de brazo de lo que una podría haberse supuesto. El empujón la hizo casi cruzar la habitación, tropezar y caer.

    En la habitación cesó todo movimiento. Cada chica miró con fijeza primero a ella y después a mí. La pausa fue breve. Todas se pusieron a trabajar de nuevo. Aparté a la chica de la izquierda también, aunque con más suavidad. La otra se levantó. Lloraba y parecía asustada, pero apretó las mandíbulas decidida y empezó a regresar.

    —Apartaos de mí, seres horribles —les dije amenazadora.

    Eso las contuvo apartadas y con expresión triste, intercambiando miradas. La de la insignia jefe se acercó.

    —¿Qué ocurre Madre Orchis? —preguntó.

    Se lo dije. Pareció confusa.

    —Pero eso es bueno —se explicó.
    —Para mí no. No me gusta y no quiero —repliqué.

    Se quedó plantada, como perdida.

    La voz de Hazel vino del otro lado de la habitación.

    —Orchis ha perdido el juicio. Ha estado contándonos las cosas más asquerosas. Está loca de remate.

    La mujercita se volvió para mirarla y luego miró inquisitivamente a las demás. Luego cuando las otras lo confirmaron con un gesto de cabeza y una expresión de disgusto, volvió a mí, dirigiéndome una mirada inquisitiva.

    —Vosotras dos, a informar —dijo a mis decepcionadas masajistas.

    Las chicas se fueron ahora llorando, juntas, decepcionadas. La jefa les dirigió otra larga mirada pensativa y, luego las siguió.

    Minutos después las demás habían recogido sus cosas y se habían ido. Quedábamos sólo nosotras seis. Fue Hazel quien rompió el silencio subsiguiente.

    Me miró con expresión reprochadora.

    —Ha sido una mala pasada. Las diablillas se limitaban a cumplir con su misión —observó.
    —Si ese es su trabajo, no me gusta —respondí.
    —Ahora has conseguido que les den una paliza, pobrecillas. Pero supongo que es culpa de tu pérdida de memoria. No te ha sido posible recordar que una sirviente que enfade a una Madre recibe una paliza, ¿verdad? —preguntó sarcástica.
    —¿Paliza? —repetí, intranquila.
    —Sí, paliza —afirmó—. ¿Pero verdad que no te importa lo que sea de ellas? No sé lo que te pasó mientras estuviste fuera, pero fuese lo que fuese, ha producido unos resultados odiosos. Jamás te tuve cariño Orchis, aunque las demás me creyeran equivocada. Bueno, ahora se habrán convencido.

    Ninguna de las otras hizo el menor comentario. Era fuerte la sensación de que todas compartían la misma opinión, pero por fortuna la puerta se abrió y de esa manera me ahorré percibir en palabras tal sentimiento en mi contra.

    Volvió a entrar la asistenta decana con media docena de pequeñas sirvientas, pero esta vez el grupo quedaba dominado por una guapa mujer de unos treinta años. Su apariencia me produjo un inmenso alivio. No era pequeña, ni amazoniana, ni grandota. Las que le acompañaban la hacían parecer alta con exceso, quizás, pero juzgué que tendría un metro sesenta; una joven normal, de rasgos agradables, pelo castaño, corto y una falda plisada negra, que aparecía por debajo de la bata blanca. La asistenta jefe casi trotaba para mantener el paso de ella y decía algo acerca de alucinaciones y de haber vuelto hoy mismo del Centro, doctora.

    La mujer se detuvo junto a mi cama mientras las pequeñitas se agrupaban, mirándome con cierto recelo. Me puso un termómetro en la boca y me cogió la muñeca. Satisfecha de ambas cosas, preguntó:

    —¿Dolor de cabeza? ¿Otros dolores o molestias?
    —No —le contesté.

    Me miró con atención.

    —¿Qué…? —comenzó.
    —Está loca —intervino Hazel desde el otro lado de la habitación—. Dice que perdió la memoria y que no nos conoce.
    —Ha estado hablando de cosas horribles y asquerosas —añadió una de las otras.
    —Tiene alucinaciones. Se cree capaz de leer y escribir —añadió Hazel.

    La doctora sonrió.

    —¿De veras? —me preguntó.
    —¿Y por qué no…? ¡Pero si es fácil de demostrar! —respondí bruscamente.

    Pareció asombrarse y quedarse un poco asombrada; luego recuperó su sonrisita petulante.

    —Está bien —dijo siguiéndome la corriente.

    Sacó del bolsillo una pequeña libretita de notas y me la ofreció junto con un lápiz. El lápiz quedaba algo raro en mi mano; los dedos no ocupaban su lugar con facilidad, sin embargo escribí:

    «Conozco demasiado bien que padezco de alucinaciones… y que vosotras sois parte de ellas».

    Hazel castañeteó los dientes cuando devolví la libretita.

    La doctora no se quedó boquiabierta, pero sí se borró de su rostro la sonrisa. Me miró con dureza. El resto de la habitación, viendo la cara que ponía, guardó silencio, como si yo hubiese realizado alguna proeza mágica. La doctora se volvió a Hazel.

    —¿Qué clase de cosas os ha estado diciendo —preguntó.

    Hazel dudaba; luego logró balbucear:

    —Horribles. Nos ha hablado de dos sexos humanos. Como si fuésemos animales. ¡Resultó asqueroso!

    La doctora pensó un momento; luego dijo a la asistenta jefe:

    —Será mejor que la llevemos a la enfermería. Allí la examinaré.

    Mientras se marchaba hubo una estampida de las mujercitas para coger una camilla sobre ruedas del rincón y colocarla al lado de mi cama. Doce manos me ayudaron a subir y luego se me llevaron de allá con viveza.


    * * *

    —Vamos —dijo ceñuda la doctora—, empecemos. ¿Quién te habló de toda esa monserga de dos sexos humanos? Quiero que me digas su nombre.

    Nos hallábamos solas en una habitación pequeña decorada con un papel color rosa con pintitas doradas. Las sirvientas, después de trasladarme de la camilla a una cama se habían ido. La doctora estaba sentada con tina libreta en su rodilla y un lápiz en la mano. Su modales eran ios de un inquisidor.

    No me sentía yo propicia a demostrar tacto. Le dije que no fuese estúpida.

    Se quedó abrumada, enrojeció de cólera durante un momento y luego se reprimió. Siguió adelante:

    —Después de abandonar la Clínica, tuviste tus vacaciones, claro. ¿Dónde te enviaron?
    —No lo sé —respondí—. Lo único que puedo decirte es que fui con todas las otras…, que estas alucinaciones, o lo que sean, comenzaron en aquel Hospital que llamáis el Centro.

    Con resuelta paciencia dijo ella:

    —Mira, Orchis. Eras perfectamente normal cuando te fuiste de aquí hace seis semanas. Te llevaron a la Clínica y tuviste tus hijas de la manera corriente.

    Pero entre entonces y ahora alguien ha estado llenándote la cabeza de todas esas porquerías… y enseñándote a leer y escribir también. Pero ahora vas a decirme quién fue ese alguien. Te advierto que no me engañarás con la pretendida pérdida de memoria ni tonterías de esa clase. Si eres capaz de recordar esas cosas nauseabundas que contaste a las otras, entonces también serás capaz de recordar de dónde las obtuviste.

    —Oh, por todos los cielos, habla cosas sensatas —contesté.

    Volvió a ruborizarse.

    —Puedo investigar en la Clínica donde te enviaron y también en la Casa del Descanso donde estuviste, pero no quiero perder el tiempo, así que te pido me ahorres molestias y me lo digas. Que me lo digáis por tu propia voluntad. No queremos hacerte hablar —terminó con tono de amenaza.

    Sacudí la cabeza.

    —Sigues un camino equivocado. En cuanto a mí concierne, toda esta alucinación, incluyendo mi relación con la tal Orchis, comenzó no sé cómo en el Centro… Te aseguro que no puedo decirte cuál fue su origen, y qué pasó a la personalidad cuyo cuerpo ocupo yo ahora antes de que ocurriese este fenómeno, porque no lo recuerdo.

    Frunció el ceño, conturbada.

    —¿Qué alucinación? —preguntó con cuidado.
    —Oh, pero estos fantásticos decorados, y tú —agité el brazo en un gesto que lo abarcase todo—. Este repugnante cuerpo gigantesco, las mujercitas, lo demás. Con toda evidencia resulta una especie de protección del subconsciente… y el estado del subconsciente me preocupa, porque ciertamente no demuestra estar compuesto de anhelos cumplidos.

    Siguió mirándome, más preocupada ahora.

    —¿Quién diablos te ha estado hablando del subconsciente y de deseos frustrados? —preguntó, insegura.
    —No veo por qué, incluso dentro de una alucinación, esperes de mi que sea una analfabeta —respondí.

    Pero una Madre no debe ser ninguna de esas cosas. No lo necesita.

    —Escucha —dije—. Te he dicho, como dije a esas niñas pobrecíllas grotescas del otro cuarto, que no soy una Madre, lo que soy es una infortunada licenciada en medicina que está padeciendo alguna especie de pesadilla.
    —¿Licenciada en medicina? —preguntó con vaguedad.
    —Licenciada en medicina. Practico la medicina —respondí.

    Seguí mirándola con curiosidad. Sus ojos recorrieron mi forma montañosa, inseguros.

    —¿Pretendes ser una doctora? —dijo con voz rara.
    —Hablando en plata… sí —asentí.

    Hubo indignación mezclada con azoramiento mientras protestó:

    —¡Pero eso es una cabal tontería! ¡A ti te han creado para ser Madre! ¡«Eres» una Madre! ¡No tienes más que mirarte!
    —Sí —dije con amargura—. ¡No tengo más que mirarme!

    Hubo una pausa.

    —Me parece —sugerí por fin— que, alucinación, o no, no adelantaremos mucho acusándonos mutuamente de decir tonterías. Supongo que me explicarás lo que es este lugar, y quién crees que soy. Puede que mi memoria se reanime.

    Me contestó con lo siguiente:

    —Supongo que es preferible que tú me digas lo que «puedes» recordar. Me dará una idea más cabal de lo que te está turbando.
    —Muy bien —asentí, y me lancé a relatar la historia de mí misma en cuanto me era posible recordar… hasta el momento, es decir, desde que el avión de Donald se estrelló.


    * * *

    Fue una locura por mi parte caer en aquella trampa. Claro, ella no tenía intención de decirme nada. Cuando hubo escuchado cuanto le dije, se fue, dejándome furiosa en cuanto a mi impotencia.

    Esperé hasta que el lugar estuvo en silencio. Habían apagado la música. Una sirvienta entró para mirar, con aire de estar terminando su jornada laboral, si es que necesitaba algo, y al poco ya no se oyó nada. Dejé un margen de media hora y luego forcejeé por levantarme… haciéndolo por etapas, fáciles en esta ocasión. La mayor parte del esfuerzo se consumió en colocar mis pies en posición sentada, pero logré hacerlo aunque terminé jadeando. Después crucé hasta la puerta y vi que no estaba cerrada. La mantuve un poco abierta, escuchando. En el corredor no había el menor ruido de movimiento, así que terminé de abrirla y me puse a descubrir lo que pude acerca del lugar. Todas las puertas de las habitaciones estaban cerradas. Aplicando el oído a sus hojas pude percibir las respiraciones irregulares y pesadas detrás de algunos cuartos, pero ningún otro sonido más. Seguí adelante doblando varias esquinas, hasta que reconocí ante mí la puerta principal. Probé la aldaba y hallé que no estaba pasada la llave. Me detuve de nuevo, escuchando unos instantes. Después abrí y salí.

    Andaba con muchísima dificultad.

    El parque como el jardín se extendía hacia mí, con duras sombras bajo la luz de la luna. A través de los árboles, a la derecha, relucía el agua; a la izquierda había una casa similar a la que quedaba a mis espaldas, sin ninguna luz en sus ventanas.

    Me pregunté qué es lo que había. Encerrada dentro de aquel corpachón enorme, desvaída, me era posible hacer muy poco, pero decidí seguir adelante y por lo menos descubrir lo que pudiese mientras tuviera oportunidad. Llegué hasta el borde de los escalones que había subido con la camilla desde la ambulancia.

    —Madre —dijo una voz incisiva y aguda detrás de mí—. ¿Qué haces?

    Me volví y vi a una mujercita con su bata blanca reluciendo bajo la luna. Estaba sola. No respondí, pero me acerqué. Pude haber llorado de rabia por la pesadez de aquel cuerpo que era además de feo un insufrible estorbo; sin embargo, la precaución se adueñó de mí.

    —Vuelve. Vuelve en seguida —me ordenó.

    No hice caso. Vino jadeando en mi persecución y se agarró a mis ropas.

    —Madre —repitió—. Tienes que volver. Cogerás un resfriado.

    Comencé a dar otro paso, y ella tiró de la tela para contenerme. Me incliné hacia adelante para resistir el tirón. Hubo un desgarrón agudo cuando la tela cedió. Me balanceé y perdí el equilibrio. Lo último que vi fue el resto del tramo de escalones.


    * * *

    Cuando abría los ojos, una voz dijo:

    —Así es mejor, pero fuiste muy mala, Madre Orchis, y por fortuna no ha habido nada grave. Hiciste una tontería. Me avergüenzo de ti… de veras que me avergüenzo.

    Me dolía la cabeza y me sentí exasperada al darme cuenta de todo aquel asunto estúpido que seguía a mi alrededor. Además, no estaba de humor para aguantar reproches. La envié al infierno. Su carita me miró risueña durante un momento y luego se quedó helada, petrificada. Aplicó un esparadrapo al costado izquierdo de mi frente, en silencio, y luego se marchó muy tiesa.

    De mala gana tuve que admitir para mí que tenía toda la razón del mundo. ¿Qué diablos había esperado hacer… «qué diablos podía» hacer, arrastrando aquella horrible masa de carne? Sentí un inmenso odio hacia el cuerpo en que vivía encerrada y un sentimiento de frustración desvalida que me llevó hasta el borde mismo de las lágrimas. Ansiaba volver a ser dueña de mi cuerpo esbelto y bonito que me complacía en cuanto le ordenaba. Recordé cómo Donalddestacó una vez su parecido con un árbol joven, oscilando a influjos del viento. Y sólo un día o dos antes…

    Entonces, de pronto, efectué el descubrimiento que me hizo sentarme de golpe. La parte en blanco de mi mente acababa de llenarse. Podía recordarlo todo… El esfuerzo hizo que me doliese la cabeza, así que me relajé y me acosté una vez más, recordándolo todo, hasta el punto donde retiraron la aguja y alguien me enjugó el brazo…

    ¿Pero qué pasó después de aquello? Sueños y alucinaciones es lo que esperaba… pero no aquel sentido de la realidad tan vívidamente enfocado… no, este estado entre la pesadilla tomaba solidez…

    ¿Qué, en nombre del cielo, me habían hecho?…

    Debía haberme dormido otra vez porque cuando abrí los ojos era de día y un grupo de mujercitas acababa de llegar para ocuparse de mi aseo personal.

    Extendieron las sábanas con destreza y me hicieron girar de un lado a otro con una técnica experta mientras me limpiaban. Sufrí su trabajo con paciencia, sintiéndome más fresca y alegrándome al descubrir que casi me había desaparecido el dolor de cabeza.

    Cuando estuvieron al término de sus abluciones se oyó una llamada perentoria en la puerta y, sin permiso alguno, dos figuras con uniforme negro y botones plateados entraron. Eran de tipo amazónico, altas, anchas, bien proporcionadas y guapas. Las mujercitas dejaron todo y huyeron con gritos de desaliento refugiándose en un lugar lejano de la habitación.

    Las dos recién llegadas me obsequiaron con el saludo familiar. Con una mezcla de decisión y deferencia una de ellas preguntó:

    —¿Eres Orchis… la Madre Orchis?
    —Así me llaman —admití.

    La chica dudaba, pero luego, en un tono más suplicante que conminativo, dijo:

    —Tengo órdenes de detenerte, Madre; por favor, ven con nosotras.

    Un murmullo excitado y crédulo se inició entre las mujercitas del rincón. La chica uniformada se paró con una simple mirada:

    —Id a la Madre, y prepararla —ordenó.

    Las mujercitas salieron de su rincón dubitativas, dirigiendo sonrisas nerviosas y propiciatorias hacia la pareja. La segunda de ellas les habló con tono brusco y nada amable.

    —Vamos ya. Al trabajo.

    Se afanaron en la tarea.

    Estaba casi embutida en mis ropas rojas cuando entró la doctora. Frunció el ceño cuando vio a las dos de uniforme.

    —¿Qué es esto? ¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó.

    La jefa se lo explicó.

    —¡Arresto! —exclamó la doctora—. ¡Arrestar a la Madre! Jamás oí tontería igual. ¿De qué se la acusa?

    La chica de uniforme contestó con tono sumiso:

    —Se la acusa de Reaccionismo.

    La doctora simplemente se la quedó mirando con fijeza.

    —¡Una Madre Reaccionista! ¿Qué pensará después vuestra gente? Vamos, marchaos, las dos.

    La joven protestó:

    —Tenemos órdenes, doctora.

    La doctora replicó:

    —Tonterías. No tenéis autoridad. ¿Habéis oído alguna vez, que alguna Madre haya sido arrestada?
    —No, doctora.
    —Bueno, pues ahora no consentiré que hagáis un precedente. Marchaos.

    La chica uniformada dudaba, sintiéndose infeliz; luego se le ocurrió una idea.

    —Si tú quieres firmarme un documento en el que te niegas a entregar a la Madre… —sugirió esperanzada.

    Cuando las dos se hubieron marchado, satisfechas con su pedazo de papel, la doctora miró con tristeza a las mujercitas.

    —No podéis evitar el temblor, vosotras, sirvientas, ¿verdad? Y, sin embargo, repetís todo cuanto oís de manera que las noticias y los chismes se propaguen como el fuego en un maizal seco. Bueno, si luego me entero de que os habéis ido de la lengua, sabréis quién soy yo. —Se volvió hacia mí—. Y tú, Madre Orchis, en lo futuro limítate a decir sí y no mientras esas diablesas estén a la escucha. Dentro de poco nos volveremos a ver. Quiero hacerte unas cuantas preguntas —añadió, y se fue, dejando tras de sí un misterioso silencio.

    De una fila de…

    Volvió cuando me quitaban la bandeja del desayuno, descomunal. Las cuatro mujeres que la acompañaban, tan normales como ella, iban seguidas de un cierto número de mujercitas cargadas con las sillas que arreglaron junto a mi cama. Cuando las sirvientas se hubieron marchado, las cinco mujeres, todas con batas blancas me miraron como si fuese un objeto de exhibición. Una parecía tener la misma edad que la primera doctora, dos eran cincuentonas y otra debería tener unos sesenta años o más.

    —Ahora, Madre Orchis —dijo la doctora, con aire de iniciar la encuesta—, resulta claro que ha ocurrido algo en extremo extraordinario. Naturalmente, tenemos interés en saber lo que es y si es posible el porqué. Es necesario que no te preocupes por las hasta aquí. Se trata de una simple encuesta… Una policías de esta mañana… Fue impropio de ellas venir encuesta científica… Para establecer lo que ha sucedido.
    —Me parece que no comprenderéis más de lo que yo comprendo —respondí. Las miré, miré también la habitación y por último a la masa de mi cuerpo—. Me di cuenta de que esto es o tiene que ser una alucinación, pero lo que más me preocupa es que supuse siempre que cualquier alucinación debería encontrarse en deficiencia por lo menos en una dimensión…, debe faltarle realidad en alguno de los sentidos, pero aquí no ocurre así. Poseo mis sentidos y puedo utilizarlos. Nada queda insustancial; me veo encerrada en la carne muy palpable, demasiado sólida. La única deficiencia sorprendente por lo que pude percibir, es la razón… incluso la razón simbólica.

    Las cuatro mujeres me miraron asombradas. La doctora les dirigió una mirada de autosuficiencia y luego clavó los ojos en mí de nuevo.

    —Comenzaremos con unas cuantas preguntas —dijo.
    —Antes de que empecéis —intervine—, tengo que añadir algo a lo que te dije anoche. Acabo de recordarlo.
    —Quizás el golpe cuando caíste —sugirió, mirando el esparadrapo—. ¿Qué tratabas de hacer?

    Ignoré esa pregunta.

    —Creo que será mejor que te cuente la parte que falta… quizás ayude… un poquito, por lo menos.
    —Muy bien —asintió—. Me dijiste… te habías… ejem… casado, y que tu… tu marido minió poco después —miró de reojo a las demás; su falta de expresión parecía estudiada—. Era la parte que seguía a aquello, la que no pudiste contarme —añadió.
    —Sí —dije—. Donald era piloto de pruebas —las expliqué—. Ocurrió seis meses después de nuestro matrimonio… sólo un mes antes de que expirase su contrato.

    »Después mi tía se me llevó a pasar con ella unas semanas. Supongo que jamás lograré recordar muy bien esa parte… yo… no me fijaba mucho en las cosas…
    »Pero entonces recuerdo haber despertado una mañana y empecé a ver de una manera distinta y decirme a mí misma que no podía seguir de aquel modo. Supe que tenía que trabajar, ocuparme en algo que me mantuviese activa y distraída.
    »El doctor Hellyer, que está al frente del Uraychester Hospital en donde yo trabajé antes de casarme, me dijo que se alegraría teniéndome con él otra vez. Así que volví y trabajé con ahínco, para no tener mucho tiempo para pensar. Eso sería hace unos ocho meses antes de ahora.
    »Luego, un día, el doctor Hellyer me habló de una droga que un amigo suyo acababa de sintetizar. No creo que pidiese en realidad voluntarios, pero me ofrecí para probarla. Según lo que dijo, parecía como si la droga pudiese tener propiedades de mucha importancia. Se me presentaba la ocasión de hacer algo útil. Tarde o temprano alguien lo probaría, y como yo no tenía nada que me ligase, y no me importaba mucho lo que me pudiese ocurrir, pensé que era la más indicada para hacer la prueba.

    La doctora que llevaba la voz cantante me interrumpió para preguntarme:

    —¿Cómo se llamaba esa droga?
    —Se llamaba chinjuatín —contesté—. ¿La conocéis?

    Sacudió la cabeza. Una de las otras intervino:

    —He oído el nombre. ¿De qué se trata?
    —Un narcótico —expliqué—. En su forma original se halla en las hojas de un árbol que crece principalmente al sur de Venezuela. Una tribu de indios nativos la descubrió, como otras tribus descubrieron la quinina y drogas similares. En cierto modo la utilizaron para sus orgías. Unos cuantos se sentaban y masticaban las hojas… tenían que masticar unas seis hojas… y poco a poco entraban en una especie de estado de trance, como zombies. Les duraba este estado tres o cuatro días, durante el cual estaban como desvalidos e incapaces de hacer por sí mismos la cosa más minúscula, por lo que los demás miembros de la tribu tenían que cuidarles como si fuesen niños y vigilarlos.

    »Era necesario guardarlos porque los indígenas creían que la droga chinjuatín libera el espíritu del cuerpo, dejándole en posición de emigrar a cualquier lugar dentro del espacio y el tiempo, y la tarea más importante de todo guardián era la de que ningún otro espíritu errante se metiese en el cuerpo mientras el verdadero propietario estaba fuera. Cuando se recuperaban, los individuos pretendían haber experimentado maravillosas experiencias místicas. No parecía haber efectos físicos y nocivos de ninguna clase y tampoco con frecuencias posteriores. Las experiencias místicas, sin embargo, se decía que eran intensas, y claramente recordables.
    »El amigo del doctor Hallyer probó su chinjuatín sintético en cierto número de animales de laboratorio y descubrió las dosis y tolerancias y esa clase de cosas, pero lo que no podía decir, claro, era qué validez, si tenía alguna, podían ofrecer las experiencias místicas en la persona. Presumiblemente eran producto de la influencia de la droga en el sistema nervioso… pero si ese producto producía sensación de placer, éxtasis, aprensión, miedo, horror o cualquier otra cosa, era imposible decirlo un cochinillo de indias. Así que me ofrecí voluntaria.

    Me detuve. Miré los rostros serios y turbados y a la masa de satín rosa que tenía delante.

    (La masa de satín rosa era mi cuerpo).

    —De hecho —añadí—, parece haber producido una sensación de absurdo, incomprensible y grotesco.

    Eran mujeres muy serias, rígidas. Desaprobarían cualquier anomalía… si es que podían hacerlo.

    —Comprendo —dijo la que hablaba en nombre de todas con un aire comprensivo, aunque evidentemente no lo decía con sinceridad. Miró un papel en el que había tomado una nota de vez en cuando.
    —¿Puede darnos la fecha en que ese experimento tuvo lugar?

    Pude y lo hice, y después de eso las preguntas sucedieron una tras otra…

    La parte menos satisfactoria desde mi punto de vista, fue que incluso a través de mis respuestas, advertí una mayor inseguridad en ellas, aunque pudiera satisfacerlas recibir mis contestaciones; sin embargo, cada vez que yo formulaba una pregunta, o era esquivada de una manera hábil o respondida de un modo frío, como si se tratase de una digresión sin importancia.

    Siguieron adelante y sólo se interrumpieron cuando llegó mi siguiente comida. Se fueron, dejándome en paz y agradecida… pero un poco más enterada que antes. Casi esperaba que volvieran, pero al no hacerlo dormí una siesta, de la que salí cuando las mujercitas del grupo hicieron una incursión. Traían consigo una camilla con ruedas, y al poco tiempo me llevaban fuera del edificio… pero no por el camino seguido al llegar. Esta vez bajamos por una rampa en la que otra ambulancia color rosa o la misma estaba esperando. Una vez a bordo, tres de las mujercitas subieron también, para hacerme compañía. Charlaban sin cesar y seguían hablando inconsecuentes de las cosas más incomprensibles la hora y media que duró el viaje.

    El paisaje difería muy poco del que ya había visto.

    Una vez fuera de las verjas exteriores, se veían los mismos aseados campos y granjas gemelas unas a otras. Las zonas ocasionales construidas y edificadas no eran muy extensas, y consistían en bloques de edificios del mismo tipo, cercanos irnos a otros, y recorrimos las mismas carreteras, no en muy buen estado por cierto. Veíamos grupos de tipos amazónicos, y, con menos frecuencia, individuos trabajando en los campos; el escaso tráfico estaba compuesto por escasos camiones, grandes o pequeños, y en ocasiones autobuses, pero sin ningún coche particular. Mi ilusión, según reflexioné, era notablemente consistente en tales detalles. Ni un solo grupo de amazonas, por ejemplo, dejó de levantar sus manos derechas en un saludo amistoso y lleno de respeto hacia la ambulancia rosada.

    En cierta ocasión cruzamos un barranco. Al mirar abajo desde el puente, pensé al principio que cruzábamos el lecho seco de un canal, pero después advertí un poste con una sola inclinación naciendo entre hierbas y matorrales: la mayor parte de sus aditamentos habían caído, pero quedaron los bastantes para identificarlos como un semáforo del ferrocarril.

    Cruzamos una concentración de bloques idénticos en su tamaño, que aunque no en otro aspecto, debía ser una ciudad o pueblo y luego, cinco o seis pueblos más adelante, cruzamos una verja labrada entrando en una especie de parque.

    En cierto modo no era diferente de la hacienda que habíamos dejado, porque todo se veía cuidado con meticulosidad; el césped parecía terciopelo y los macizos florales vividos con capullos primaverales, que se difería en esencia en que los edificios no constituían bloques. Eran casas, pequeñas en su mayor parte y diverso estilo, a menudo no mayores que chaletitos de campo. El lugar tenía un efecto subyugador, de atracción especialmente para mis pequeñas compañeras; por primera vez dejaron de charlar y miraron en tomo con evidente sorpresa.

    La conductora se detuvo una vez para preguntar el camino a una corpulenta amazona que daba grandes zancadas con una carga de leña en el hombro. Dio las gracias con una sonrisa agradable y respetuosa a través de la ventanilla y al poco paramos delante de un sencilla casa de dos pisos, de estilo colonial.

    En esta ocasión no hubo camilla con ruedas. Las mujercitas, ayudadas por la conductora, se apresuraron a ayudarme a bajar, y luego casi me sostuvieron hasta llegar dentro de la casa, en una especie de compacta formación.

    Dentro maniobré con alguna dificultad a través de la puerta de la izquierda y me encontré en una hermosa estancia, elegantemente decorada y con muebles de estilo de época acordes al aspecto de la casa. Una mujer de pelo blanco con un vestido de seda púrpura estaba sentada en un sillón junto a una chimenea encendida. Tanto su cara como sus manos indicaban su considerable edad. Me miró con ojos agudos y vivarachos.

    —Bienvenida, mi querida amiga —dijo, en una voz que no tenía rastro ninguno de temblores, cosa que yo no había previsto.

    Miró una de las sillas. Luego me volvió a mirar y lo pensó mejor.

    —Me parece que estarás más cómoda en el diván —sugirió.

    Miré el diván… un mueble genuino de estilo georgiano, pensé… Lo miré con dudas.

    —¿Lo soportará? —le pregunté.
    —Oh, creo que sí —dijo, pero con tono poco seguro.

    El séquito me depositó con cuidado y permaneció a mi lado con expresión ansiosa. Cuando quedó claro que pese a los crujidos probablemente resistiría, la anciana las despidió con un gesto e hizo sonar la campanilla de plata. Una figura diminuta, una perfecta doncella de servicio de unos noventa centímetros de altura, entró.

    —El jerez tinto, por favor, Mildred —dijo la anciana—. ¿Tomarás jerez, querida?
    —Sí… sí, gracias —contesté con debilidad. Tras una pequeña pausa, añadí—: Perdóneme, señora… ejem… señorita…
    —Oh, debía haberme presentado. Me llamo Laura… no señorita, ni señor, sólo Laura. Tú, lo sé, eres Orchis… la Madre Orchis.
    —Así me llaman —asentí con disgusto.

    Nos examinamos mutuamente. Por primera vez desde que comencé a padecer de alucinación vi simpatía, incluso compasión, en los ojos de alguien. Volví a examinar la habitación, advirtiendo la perfección en los detalles.

    —Esto es una… No estoy loca, ¿verdad? —pregunte.

    Denegó con la cabeza despacio, pero antes de que pudiese responder la mujer miniatura regresó, llevando una botella de vidrio tallado y copas sobre una bandeja de plata. Mientras servía una copa para cada una de nosotras, vi cómo la mirada de la anciana iba de ella a mí una y otra vez, como si estuviese comparándonos. Su cara era inexpresiva. Hice un esfuerzo.

    —¿No debería ser Madeira? —sugerí.

    Pareció sorprendida y luego sonrió y asintió.

    —Creo que has cumplido el objeto de esta visita con sola una frase —dijo.

    La doncella se fue y alzamos nuestras copas. La anciana bebió a sorbos de la suya y luego la colocó en una mesita junto al sillón.

    —No importa —prosiguió—, será mejor que nos adentremos un poco más. ¿Te han dicho por qué te enviaron a verme, querida?
    —No —sacudí la cabeza.
    —Es porque soy una historiadora —me informó—. El acceso a la historia es un privilegio. No se concede a muchos de nosotros hoy en día… y aun así, a quien se les concede lo hace de mala gana. Por fortuna, existe todavía el sentimiento de que ninguna de las ramas del conocimiento deberían extinguirse… aunque algunas son perseguidas a costade cierta sospecha política —sonrió despreciativa y luego continuó—: Así que cuando se requiere una confirmación es necesario acudir al especialista. ¿Te dieron algún informe acerca del diagnóstico?

    Volví a sacudir la cabeza.

    —Me imaginé que no. Es muy propio de la profesión, ¿verdad? Bueno, te diré lo que me dijeron por teléfono desde la Casa de las Madres y así tendremos las dos una idea mejor de lo que se trata. Me informaron que te han entrevistado varias doctoras a quienes has dejado interesadas y turbadas (y sospecho que también penadas), muchísimo, a las pobrecitas. Ninguna de ellas tiene más que unos mínimos conocimientos de historia, compréndelo. Bueno, en resumen, dos son de la opinión de que estás sufriendo alucinaciones de naturaleza esquizofrénica; y tres se inclinan a pensar que eres un caso genuino de transferencia de personalidad. Se trata de una condición en extremo rara. No hay más que tres casos de confianza documentados, y uno sigue todavía en debate, me dijeron; pero los dos confirmados están asociados con la droga chinjuatín y el tercero con otro narcótico de propiedades similares.

    »Ahora, la mayoría de las tres encontraron sus respuestas coherentes en su parte principal y advirtieron que presentaban un aspecto circunstancialmente auténtico. Es decir, que nada de lo que les dijiste contrastaba con lo que sabían. Puesto que saben tan poco fuera de su profesión, hallaron una buena porción del resto tan difícil de creer como imposible de comprobar. Por tanto, yo con mis mejores medios de comprobación, tengo que darles mi propia opinión.

    Se detuvo mirándome pensativa.

    —Prefiero pensar —añadió— que va a ser uno de los casos más curiosos e interesantes que me hayan ocurrido en mi larga vida… Tienes la copa vacía, querida.
    —Transferencia de personalidad —repetí maravillada, mientras le tendía mi copa—. Vamos, si eso fuese posible…
    —Oh, no hay duda acerca de la «posibilidad». Esos tres casos que mencioné están debidamente autentificados.
    —Quizás… puede que sea eso —reconocí—. Por lo menos, en ciertos aspectos puede ser… pero no en otros. Hay una cualidad de pesadilla, «una» cosa que parece perfectamente natural; pero mirándome a mí, a ti misma… y a su doncellita… Ciertamente, hay un elemento de alucinación. Yo «parezco» estar aquí de esta manera y hablando contigo… pero no puede ser realmente, ¿así que dónde estoy?
    —Puedo comprender mejor que la mayoría de las personas, lo real que esto puede parecerte. De hecho he pasado muchísimo de mi tiempo con mis libros hasta el extremo de que algunas veces todo me parece irreal… como si no perteneciese a alguna parte. Ahora, dime, querida, ¿cuándo naciste?

    Se lo dije. Meditó un momento.

    —Vaya —exclamó—. Jorge VI…, ¿pero no recuerdas la segunda gran guerra?
    —No —negué.
    —Pero… ¿recuerdas la coronación del siguiente monarca? ¿Cómo se llamaba?
    —Isabel… Isabel II. Mi madre me llevó a ver la comitiva —contesté.
    —¿Te acuerdas de algo?
    —En realidad, no de mucho… excepto que llovió todo el día —asentí.

    Seguimos así durante un ratito, luego sonrió, tranquilizadora.

    —Bueno, me parece que no necesitamos más para establecer nuestro punto. He oído cosas acerca de la coronación… de segunda mano. Debió ser una cosa maravillosa para la abadía —murmuró un momento y suspiró—. Has sido muy paciente conmigo, querida. Me parece que ya está bien que te llegue a ti el tumo… pero me temo que debes prepararte para recibir imas cuantas sorpresas.
    —Me parece que ya estoy vacunada desde mis últimas seis horas… que en realidad me han parecido treinta y seis —contesté.
    —Lo dudo —dijo, mirándome muy seria.
    —Dígame —le pregunté—. Por favor, explíquemelo todo… si puede.
    —Tu copa, querida. Entonces, después de que hayas bebido, me adentraré en el asunto. ¿Qué es lo que más te sorprende de todo lo que te ha acontecido hasta ahora?

    Pensé.

    —Hay tantas cosas…
    —¿Quizá no haber visto ningún solo hombre? —sugirió.

    Recapacité. Recordé el tono maravillado de las otras Madres al preguntarme qué era un hombre.

    Sacudió la cabeza mirándome tranquila.

    —No hay ninguno, querida, ya no hay ninguno. Ninguno en absoluto.

    Simplemente me quedé mirándola. Su expresión era muy seria y de simpatía. No había rastro de burla ni de decepción, mientras yo sopesaba la idea. Por último logré decir:

    —¡Pero… pero eso es imposible! Puede haber alguno en cualquier lugar… tú me puedes… me refiero, ¿cómo?… quiero decir… —Mis palabras se perdieron en una plena confusión.

    Sacudió la cabeza.

    —Sé que puede parecerte imposible, Jane… ¿me permites que te llame Jane?, pero así es. Yo ya soy una anciana, cerca de los ochenta, y en toda mi larga vida jamás vi a un hombre… excepto en los viejos cuadros y en las fotografías. Bébete el madeira, querida. Te hará bien —hizo una pausa—. Me temo que esto te trastorne.

    Obedecí, demasiado asombrada para hacer algún comentario de momento, protestando interiormente, aunque no del todo incrédula, porque con certeza no había visto ni un solo hombre, ni signo de ellos. La anciana siguió con calma, dándome tiempo para ordenar mis ideas.

    —Comprendo algo de cómo debes sentir. Yo no aprendí sólo la historia en unos libros, ¿comprendes? Cuando era niña, a los diecisiete o dieciocho años, solía escuchar a mi abuela. Era ya una vieja como lo soy yo ahora, pero tenía una memoria muy buena. Casi me era posible ver los lugares de que me hablaba… pero eran parte de un mundo tan diferente, que era difícil para mí comprender cómo sentía. Cuando hablaba del joven con el que estuvo prometida, las lágrimas le corrían por las mejillas, incluso entonces… no sólo por él, claro… sino por el mundo entero que conoció de joven. Yo le tenía lástima, aunque no podía comprender en absoluto sus sentimientos… ¿Cómo iba a poder? Pero ahora que soy vieja también y he leído tanto, estoy algo más cerca de comprender esa clase de sensaciones —me miró con curiosidad—. Y tú, querida, quizás también estuviste prometida en matrimonio…
    —Me casé… fui casada durante un breve espacio de tiempo —dije.

    Me contempló durante unos segundos, como meditando.

    —Debe ser una experiencia muy extraña verse poseída —observó detenidamente.
    —¿Poseída? —exclamé asombrada.
    —Gobernada por un marido —se explicó con simpatía.

    La miré con fijeza.

    —Pero… no era así en absoluto —protesté—. Era… —Pero allí me interrumpí, las lágrimas fluían a mis ojos. Para poderlas reprimir mejor pregunté:
    —¿Pero qué ocurrió? ¿Qué diablos ocurrió a los hombres?
    —Todos murieron —me contestó—. Cayeron enfermos. Nadie pudo hacer nada por ellos, así que murieron. En poco más de un año habían desaparecido… casi todos.
    —Pero, seguramente… seguramente el mundo se derrumbaría…
    —Oh, sí. En su gran mayoría eso pasó. Fue malísimo, hubo una cantidad enorme de muertes a causa del hambre. Las partes industriales sufrieron más, claro. En los países más retrasados y en las zonas rurales, las mujeres fueron incapaces de labrar la tierra y sembrarla para mantenerse ellas y sus hijos, pero casi todas las grandes organizaciones se derrumbaron por completo. El transporte cesó prontísimo. Faltó el petróleo y no se extraía carbón de las minas. Fue un estado de cosas verdaderamente horroroso, porque aunque había muchísimas mujeres, y de hecho sobrepasaban en número a los hombres, sólo habían sido importantes como consumidoras y gastadoras de dinero. Así que cuando vino la crisis, apenas unas cuantas sabían hacer las cosas importantes que habían sido predominio de los hombres, ya que siempre vivieron como mascotas, como muñecas mimadas, como parásitos.

    Comencé a protestar, pero su débil mano me redujo al silencio.

    —No fue culpa suya… no del todo —se explicó—. Se vieron atrapadas en un proceso y todo conspiró contra su escapatoria. Fue un proceso largo, que procedía del siglo XI, nacido precisamente en el sur de Francia. La concepción Romántica empezó allí como una moda elegante y divertida para las clases pudientes. Pero anualmente, al correr el tiempo, se filtró a través de la mayor parte de los niveles de la sociedad, pero no fue hasta la última década del siglo XIX que sus posibilidades comerciales fueron inteligentemente advertidas, y hasta el siglo XX en que éstas entraron en la más perfecta explotación.

    »Al principio del siglo XX las mujeres empezaron a tener su posibilidad de hacerse útiles, creadoras, de labrarse vidas interesantes. Pero eso no convenía al comercio. Se deseaba a las mujeres más como consumidoras en masa que como productoras… excepto en las clases más rutinarias. Así que se adoptó el Romance y se desarrolló como un arma contra su progreso y para promover consumo, y de esta manera fue utilizado con intensidad.
    »No debía dejarse ni por un momento que las mujeres se olvidasen de su sexo y compitieran como iguales al otro. Todo tenía que tener “un aspecto femenino”. Debería de ser distinto del ángulo masculino, y ser variado sin cesar. Habría sido impopular para los fabricantes de aquel tiempo promulgar el decreto de “volver a las cocinas”, pero había otros caminos. Una profesión que no se diferenciaba en nada de la anterior que tuvo la mujer, llamada “ama de casa”, se podía inventar. La cocina fue glorificada y hecha más lujosa; su aspecto la convirtió en cosa deseable y se pudo mostrarque el camino para lograr este deseo del corazón tenía una puerta magnífica, la del matrimonio. Así que las fábricas trabajaban a todo gas, produciendo millares de artículos cada semana. Las revistas que concentraban la atención de las mujeres sin cesar y la agitaban, promovieron una serie de historias en las que las mujeres, al seguir estas historias, comenzaban a venderse a algún hombre para poder conseguir la pequeña unidad económica en su hogar, cuyo costo individual a ellas no les era posible pagar.
    »Todos los comercios adoptaban la forma de atacar romántica, y el “encanto” se extendió cada vez más y más en los artículos producidos, los escritos, y la mayor parte de la publicidad. El Romance halló un lugar en todo lo que la mujer podía comprar, desde ropa interior hasta motocicletas, desde “salud” hasta alimentos sanos y cocinas para el hogar, desde desodorantes a viajes por el extranjero. Hasta que pronto se encontraron demasiado distraídas para aplicarse a otras cosas o estudios.
    »El aire estaba lleno de ansias frustradas. Las mujeres se lamentaban delante de los micrófonos, añorando sólo “rendirse” y “entregarse” a la adoración y a ser adoradas. El cine, más que nada, sostenía la propaganda, convenciendo a la parte más numerosa e importante de su público, que era el de las mujeres, de que nada en la vida valía la pena excepto la loca pasividad en brazos del Romance.
    »La presión duró hasta tal grado que la mayoría de las mujeres se pasaban todas sus horas libres soñando con el Romance y en los medios de conseguirlo. Elaboraron un cierto concepto de la honestidad, creyendo que con ser poseídas por un hombre e instaladas en una cajita de ladrillos, llamada casa, y comprándoles todas las cosas que los fabricantes podían venderles, alcanzarían la mayor felicidad que esta vida puede ofrecer.

    —Pero… —Comencé a protestar de nuevo. La anciana estaba ahora lanzada, sin embargo, y siguió adelante sin hacerme caso.
    —Todo esto, claro, no podía ayudar a descomponer la sociedad, pero la media de divorcios siguió subiendo. La vida real simplemente no podía acercarse para prever el grado de encantos románticos que estaba siendo representado, como la adecuada herencia de cada muchacha. Había probablemente en la redacción más desencanto, desilusión e insatisfacción entre las mujeres que jamás hubo con anterioridad. No obstante, con este ideal ornamentado y ridículo, creado por la propaganda, ¿qué podía hacer una idealista consciente excepto dar pasos para romper el débil matrimonio que la ligaba y buscar en otro lugar el ideal que era suyo, según comprendía por dentro?

    »Fue un estado perverso de asuntos traídos por la insatisfacción deliberadamente provocada; una especie de raza de ratas, pues en cierto modo estaba fuera del alcance, apartado de la obtención, ese ideal romántico encantador que era el cebo. Quizás excepcionalmente unas cuantas lo lograron, pero en total poquísimas, siendo así una vergüenza cruel, atormentadora, con la que se gastaban en vano a sí mismas, y claro, también su dinero.

    Esta vez logré introducir mi protesta.

    —Pero no era así. Algo de lo que tú dices puede ser verdad… pero todo es la parte superficial. Yo no sentí en ningún momento las cosas tal y como las explicas. Las viví. Lo conozco.

    Sacudió la cabeza reprobadora.

    —Una cosa es estar demasiado cerca del panorama para poderlo evaluar adecuadamente. Desde lejos somos capaces de ver las cosas con mayor claridad. Podemos percibir el asunto tal como era… una explotación grande e implacable de la mayoría de voluntad más débil. Algunas mujeres con educación y resueltas fueron capaces de soportarlo, claro, pero pagando un precio carísimo. Debe haber siempre un precio penoso a pagar por resistir la opinión de la mayoría… aun cuando no pudiesen siempre escapar del sentimiento de que estaban equivocadas, y de que los provocadores se estaban aprovechando de este estado de cosas.

    »Mira, la gran esperanza de emancipación de la mujer que comenzó con el siglo, había sido desbordada. El poder de compras había pasado a manos de las personas poco cultas y altamente sugestionables. El deseo de Romance, es esencialmente un deseo egoísta, y cuando se ve animado para dominar todo lo demás, rompe con las lealtades a la corporación. La mujer individual separada así, y al mismo tiempo alojada dentro de la competición de las otras mujeres, quedaba casi indefensa; se convirtió en la presa de la sugestión organizada. Cuando se le representaba a ella que la falta de ciertas mercancías o diversiones sería fatal para el Romance se alarmaba y, de esta manera, se convertía en un ser eminentemente explotable. Sólo podía creer lo que se le decía, y pasaba gran cantidad de tiempo preocupándose acerca de si hacía las cosas adecuadas para animar el Romance. De esta manera se convirtió de un modo más nuevo y sutil, en el ser más explotado, más dependiente y menos creativo, de lo que lo había sido con anterioridad.

    —Bueno —dije—, esto es el relato más curioso e irreconocible de mi mundo que jamás pude oír… Parece algo copiado, pero con las proporciones equivocadas. Y en cuanto al menos «creativo»… bueno, quizá las familias fuesen más pequeñas, pero las mujeres seguían teniendo hijos. La población aumentaba cada vez…

    Los ojos de la anciana se fijaron en mí durante un momento.

    —Eres indudablemente una criatura razonadora de tu tiempo —observó—. ¿Qué te hace pensar que hay algo creativo en lo de tener hijos? ¿Llamarías creadora a una maceta porque dentro de ella germinan las semillas? Se trata de una operación mecánica, y, como la mayor parte de las operaciones mecánicas, la realizan mejor y con más eficacia los menos inteligentes. Ahora, criar a un niño, educarlo, ayudarle a convertirse en una persona, eso sí que es una tarea creadora. Pero por desgracia, en el tiempo de que hablamos, las mujeres tenían, en lo principal, un acondicionamiento triunfante en la tarea de convertir a sus hijas en consumidoras faltas de inteligencia, como ellas mismas lo eran.
    —Pero —dije desesperada—. Conozco la época. Era mi tiempo. Todo queda distorsionado.
    —La perspectiva de la historia debe ser más verdadera —me dijo de nuevo, sin impresionarse, y prosiguió—: Pero si lo que ocurrió tenía que suceder, entonces eligió por fortuna el tiempo más adecuado. Cien años antes, incluso cincuenta, hubiera probablemente significado la extinción. Cincuenta años más tarde pudo haberse producido con exceso de retraso… pudo haber amanecido en un mundo en el que todas las mujeres hubiesen quedado reducidas provechosamente a la domesticidad y al estado de consumidoras. Por fortuna, sin embargo, en mitad del siglo algunas mujeres todavía estaban penetrando en las profesiones, y la mayor parte de ellas desempeñaban la medicina en plan profesional… lo que quiere decir que eran numerosas en este arte y tenían pericia y experiencia en él, porque la medicina fue la profesión que inmediatamente se convirtió de vital importancia para supervivir.

    »Yo no tengo conocimientos médicos, así que no puedo darte detalles de los pasos que dieron. Todo lo que puedo decirte es que una honda investigación intensiva se hizo en las líneas que probablemente te serán más evidentes a ti que lo son para mí.
    »Unas especies, incluso nuestra especie, tienen una gran ansia de supervivencia y las doctoras vieron que esa voluntad tenía sus medios de expresión. A través de todo el hambre, y el caos y las demás privaciones, en cierto modo los niños continuaron naciendo. Tenían que nacer. La reconstrucción podía esperar: la prioridad la tenía la nueva generación, que ayudaría a reconstruir y luego heredaría lo reconstruido. Así fue, nacieron criaturas: las niñas vivieron, los niños murieron. Era acongojador, y una pérdida de tiempo también. Y así, poco a poco, las niñas empezaban… a nacer de nuevo. Los medios por los que podían conseguirse son más fáciles para que tú los comprendas que para mí misma.
    »Esto es, me dijeron, no tan notable como pueda parecer a primera vista. La langosta, según parece, continúa produciendo langostas hembras sin macho, sin ninguna otra clase de ayuda; los afis son capaces de seguir reproduciéndose a solas y de manera individual, durante ocho generaciones, quizá más. Así que nosotros seríamos unas criaturas muy pobres, con todo nuestro conocimiento y facultades de investigación, pero inferiores a la langosta y al afis en este aspecto, de no haber alcanzado lo mismo que ellas, ¿verdad?

    Se detuvo, mirándome de forma interrogativa, en espera de mi respuesta. Quizás esperaba sorprendida… y posiblemente impresionada… que mostrase incredulidad. Si es así, la desencanté: los progresos técnicos habían dejado de maravillarme desde que los físicos atómicos mostraron cómo caían las barreras ante un equipo de cerebros. Uno puede aceptar muchas cosas como posibles: y que sean deseables y valga la pena hacerlas, pero eso es diferente… y lo que me parecía impertinente fue la siguiente pregunta:

    —¿Y qué es lo que habéis logrado vosotras?
    —La supervivencia —me contestó con sencillez.
    —Cuando se ha pasado por el amor, el arte, la poesía, la emoción y la alegría física y se sacrifica todo a una mera prolongación de la existencia, —¿qué queda sino una aridez infinita? Y entonces, ¿qué razón hay para ansiar la supervivencia?
    —En cuanto a la razón, no lo sé… excepto que la supervivencia es deseo común en todas las especies. Yo estoy completamente segura de que la razón para ese deseo no fue más clara en el siglo XX de lo que lo es ahora. Pero, en cuanto al resto, ¿por qué presumes que todo ha desaparecido? ¿Es que Safo no escribió poesía? Y tus presunciones que la posesión de un alma depende de la dualidad de sexos, me sorprende. ¿No es verdad que con frecuencia se ha oído decir que las parejas están continuamente discutiendo?
    —Como historiadora que debe haber estudiado a los hombres, a las mujeres, y a los motivos, tal como tú has hecho, debiste haber captado mejor el significado de todo —le dije.

    Sacudió la cabeza, con reproche.

    —Eres el resultado del acondicionamiento producido por tu época, querida. Me dijeron, en todos los tonos, desde las obras de Freud hasta las revistas más exclusivas para mujeres, que lo importante era el sexo, la civilización, el amor romántico, que todo esto conseguía que el mundo siguiera dando vueltas… y creíste en estas afirmaciones. Pero el mundo sigue dando vueltas por otras razones también… da vueltas para los insectos, para los peces, para los pájaros y los animales… ¿Y supones que estas especies de seres vivos conocen mucho acerca del amor romántico, incluso en sus breves épocas de celo? Te engañaron, te taparon los ojos, querida. Entre ellos canalizaron tus intereses y ambiciones a lo largo de todos los rumbos que eran socialmente convenientes, económicamente beneficiosos y casi inofensivos.

    Sacudí la cabeza.

    —No lo creo. Oh, sí, sí, conoces algo de mi mundo… desde el exterior. Pero no lo entiendes, ni lo sientes.
    —Es tu acondicionamiento, querida —me contestó, tranquila.

    Su repetida creencia me irritó. Le pregunté:

    —Supongamos que creo en lo que dices. Entonces, ¿qué es lo que hace que el mundo dé vueltas?
    —Pues es sencillo, querida. Es la voluntad de alcanzar el poder. Tenemos eso cuando niñas; lo tenemos, es decir, poseemos esa voluntad, cuando ancianas aún. Ocurre tanto en los hombres como en las mujeres. Y es más fundamental y más deseable que el sexo; te digo que te guiaron mal… que te explotaron, te sublimaron siguiendo una conveniencia económica.

    »Después del desastre, las mujeres cesaron, por primera vez en la historia, de ser una clase explotada. Sin machos gobernantes para confundirlas y despistarlas, empezaron a percibir que el verdadero poder reside en el principio de la hembra. El macho ha servido a un breve y útil propósito; durante el resto de su vida es un parásito penoso y caro.
    »Cuando se dieron cuenta del poder, las doctoras se apoderaron de él. En veinte años tenían perdido el control. Con ellas habían unas cuantas mujeres ingenieros, arquitectos, abogados, administradoras, maestras, etc., pero fueron las doctoras quienes guardaron las llaves de la vida y de la muerte. El futuro estaba en sus manos, cuando las cosas empezaron gradualmente a dividirse, ellas, junto con las de otras profesiones, se quedaron en la clase dominante y llegaron a ser conocidas como el Doctorado. Eso presumía autoridad; dictaba las leyes; obligaba a su cumplimiento.
    »Hubo oposición, claro. Ni el recuerdo de los otros días, ni el efecto de veinte años sin ley, podía ser barrido de golpe, pero las doctoras tenían el látigo en las manos… cualquier mujer que quisiese tener un hijo tenía que recurrir a ellas, y vieron y procuraron que esa mujer fuese instalada satisfactoriamente dentro de una comunidad. Las bandas errantes fueron disminuyendo y alejándose, y gradualmente el orden quedó restaurado.
    »Más tarde, se enfrentaron con una oposición mejor organizada. Hubo un partido que luchó diciendo que la enfermedad que había abatido a los hombres había desaparecido, y que podía restablecerse, y se debía, el equilibrio entre los sexos… Se las conoció como Reaccionistas y se convirtieron en un estorbo.
    »La mayor parte del Consejo del Doctorado tenía aún claros recuerdos de un sistema que utilizó cada debilidad de las mujeres y que no fue más que una culminación más civilizada de su explotación a través de las épocas. Recordaban ahora cómo se les permitió de mala gana alcanzar la graduación en sus carreras. Estaban ya en el mando. No se sentían obligadas a rendir su poder y autoridad, y, sin duda, su libertad a una criatura de quien habían demostrado ser, biológicamente y en todos los caminos, independientes. Rehusaron unánimemente dar un paso que las conduciría a un suicidio corporativo, y las Reaccionistas fueron proscritas como una organización criminal subversiva.

    La anciana continuaba, incansable.

    »Eso, sin embargo, fue sólo un paliativo. Rápidamente se hizo evidente que atacaban un síntoma y descuidaban la causa. El Consejo fue arrastrado al comprender que tenía entre las manos una sociedad sin equilibrio… una sociedad que era capaz de la continuidad, pero en su estructura podría decirse que resultaba algo más que el residuo de una forma desaparecida: No podría continuar en aquella forma truncada, y mientras lo intentase aumentaría la desafección, Por tanto, si el poder tenía que convertirse en cosa estable, debía hallarse una nueva forma conveniente a las circunstancias.
    »Al decidir la forma que tomaría, las tendencias naturales de las mujeres poco educadas o sin educación alguna, fueron consideradas con cuidado —tales cualidades como sus sentimientos por los principios enérgicos y su disposición a respetar las distinciones artificiales—. Una no dudaría en recordar que en el propio tiempo de usted, cualquiera estúpida mujer cuyo marido fuese ennoblecido y honrado adquiría al mismo tiempo respeto y envidia de las otras mujeres, aunque siguiese siendo la misma tonta de nacimiento; y también que cualquier reunión o sociedad de mujeres desocupadas, pronto se veía obsesivamente inmersa en la creación y preservación de las distinciones sociales. Aliado a esto está el alto valor que usualmente colocaban sobre un sentimiento de seguridad. Importante, también, es la capacidad para el autosacrificio consciente y la esclavitud de la conciencia dentro de los cánones de cualquier convención local. Naturalmente somos criaturas bastante pusilánimes. La mayor parte de nosotras es más feliz cuando seguimos el método ortodoxo, por muy raro que pueda parecer a nuestras costumbres para cualquier observador extraño; la dificultad en manejarnos hace principalmente establecer los niveles requeridos de ortodoxia.
    »Evidentemente, el amplio esquema de un sistema que tuviese que soportar cualquier posibilidad de éxito, tendría que preocuparse de estos rasgos característicos y de otros no mencionados. Debía de ser un plan donde el entrejuego de fuerzas preservase el equilibrio y mantuviese un respeto por la autoridad. Los detalles de tal organización, sin embargo, eran menos fáciles de determinar.
    »Un extenso estudio de las formas y órdenes sociales fue abordado, aunque durante varios años cada plan avanzado se rechazó al considerarlo en cierto modo como inconveniente. La arquitectura de aquel elegido finalmente, aunque no sé con cuánta verdad, se dijo que había sido inspirada por la Biblia —un libro en aquel tiempo todavía prohibido y que resultó fuente de muchas inquietudes—. Se me dijo que allí decía algo así como: “Mira a la hormiga, tú, holgazán; considera sus caminos”.
    »El Concejo pareció seguir su consejo, convenientemente modificado, de modo que condujese a un estado de negocios que demostraría cumplir con la mayor parte de los requisitos característicos.
    »Un sistema de cuatro clases se eligió como base y gradualmente se introdujeron fuertes distinciones. Éstas, ahora que se han establecido bien, ayudan mucho a asegurar la estabilidad. —Hay fomento de la ambición dentro de una clase, pero es imposible pasar de un estado a otro—. Así tenemos el Doctorado, la clase gobernante educada, el cincuenta por cien de las cuales pertenecen en la actualidad a la profesión médica. Las Madres, cuyo título se explica por sí mismo. Las Servidoras, que son numerosas, y con razones psicológicas pequeñas. Las Trabajadoras, que son fuertes física y muscularmente, para poder realizar el trabajo más pesado. Todas las tres clases inferiores respetan la autoridad del Doctorado. Ambas clases trabajadoras reverencian a las Madres. Las Servidoras se consideran asimismo más favorecidas en sus trabajos que las Trabajadoras; y las Trabajadoras tienden a considerar la labor de las Servidoras con un desdén semiafeccionado.
    »Así que se ha creado un equilibrio, y aunque trabaja en cierto modo de manera cruda todavía, no dudamos que mejorará. Parece probable, por ejemplo, que sería ventajoso introducir subdivisiones entre la clase Servidora antes de mucho, y los políticos han pensado castigar y poner en desventaja a alguien, dándole algo menos de educación que la distinga de una Trabajadora ordinaria…

    Siguió explicando con crecientes detalles mientras la enormidad de todo el proceso crecía gradualmente dentro de mí.

    —¡Hormigas! —estallé de pronto—. ¡El hormiguero! ¿Han tomado ustedes eso como modelo?

    Pareció sorprendida, bien fuera por mi tono o por lo que acababa de decir, y parecía no entenderme.

    —¿Y por qué no? —preguntó—. Seguramente es uno de los moldes o sistemas sociales más duraderos que haya logrado evolucionar dentro de la naturaleza… aunque necesita, claro, de un período de adaptación…
    —¿Está usted… está usted diciéndome que sólo las Madres tienen hijos? —pregunté.
    —Oh, las miembros del Doctorado también, cuando lo desean… —me aseguró.
    —Pero… pero…
    —El Concejo decide los cupos —siguió explicando—. Las médicos en la clínica examinan a los niños y los acondicionan convenientemente en las diferentes clases. Después de eso, claro, es sólo cuestión de procurar su alimentación especializada, el control glandular y el adiestramiento apropiado.
    —Pero —objeté frenética—, ¿para qué? ¿Qué sentido hay? ¿Qué bien produce estar vivo, de esa manera?
    —Bueno, ¿qué sentido hay en vivir? Dígamelo usted a mí —sugirió ella.
    —Pero nosotros, en mi mundo, pensábamos amar y ser amadas, y tener hijos que amaríamos y a su vez nos amarían también.
    —De nuevo aparece su acondicionamiento; glorificando y romantizando el animalismo primitivo. ¿Verdad que usted considera que somos superiores a los animales?
    —Claro que sí, pero…
    —Dice usted amor. ¿Pero qué sabe usted del amor que pueda haber entre madre e hija, cuando no hay hombres que introduzcan el elemento celos? ¿Conoce usted un sentimiento más puro que el amor de una muchacha a sus hermanas más pequeñas?
    —Pero usted no comprende —protesté de nuevo—. ¿Cómo va usted a comprender un amor que colorea con alegría a todo el mundo? ¿Cómo va a darse cuenta de que ese sentimiento se adentre en el corazón y se extienda desde allí para inundar todo el ser propio, cómo puede afectar todo cuanto es una, lo que toca, lo que oye?… Sé, sin embargo, que puede doler terriblemente… Oh, lo sé, pero es capaz de circular como la luz del sol dentro de nuestras venas… Puede hacer de usted un jardín convirtiendo en florido lo que antes era yermo. Puede hacerse de trapos brocado; música de la voz hablada. Pueden mostrarle a usted el universo entero en los ojos de alguien. Oh, usted no lo comprende… usted no sabe… usted no puede… Oh, Donald, cariño, ¿cómo podría enseñarle a ella lo que jamás ha sido capaz de distinguir?

    Hubo una pausa insegura, pero al poco dijo:

    —Naturalmente, en su forma de sociedad era necesario para usted entregarse a tal reacción condicionada, pero apenas puede esperar que rindamos nuestra libertad, que nos resignemos a vernos reesclavizadas, trayendo a la existencia a nuestros opresores.
    —Oh, usted no quiere comprender. Sólo las mujeres y los hombres más estúpidos estaban en guerra continua mutuamente. Enormes cantidades de nosotros éramos complementarios. Formábamos parejas que constituían en realidad unidades.

    Ella sonrió.

    —Querida mía, o está usted sorprendentemente mal informada acerca de su propio período, o quizá la estupidez de que usted habla fuese sorprendentemente dominante. Nadie como yo misma, como historiadora, es capaz de considerar que habría justificación en resucitar tal estado de asuntos. Una época primitiva de nuestro desarrollo ha dado paso a la era civilizada. La mujer, que es el bajel de la vida, tuvo la desgracia de encontrar, durante cierto tiempo, necesario al hombre, pero ahora ya no nos hace falta. ¿Sugiere usted que tal estorbo inútil y peligroso debiera ser conservado aunque sólo fuese por un tonto sentimentalismo? Admitiré que hemos perdido algunas ventajas de segunda clase… Se habrá dado cuenta, espero, que mecánicamente somos menos imaginativas y que tratamos de copiar los sistemas que heredamos; pero eso nos molesta bien poco; nuestros intereses yacen no en lo inorgánico, sino en lo orgánico y lo sensible. Quizá los hombres pudieron enseñamos cómo viajar dos veces más a prisa, o cómo volar hasta la lima, o cómo matar a más gente con mayor rapidez; pero no nos parece que tal clase de conocimientos fuera un buen pago para volvemos a esclavizar. No, en nuestra especie de mundo nos conviene mucho más… a todas, excepto a las pocas Reaccionistas. Ya ha visto usted a nuestras Servidoras. Son de modales algo tímidos, quizá, pero ¿se las ve tristes u oprimidas? ¿No charlan entre sí tan brillantemente como los periquitos? ¿Y las Trabajadoras —ésas que usted llama las Amazonas—, no le parecen fuertes, sanas y animosas?
    —¡Pero ustedes les están robando todo… les roban cuanto les corresponde por el mero hecho de haber nacido!
    —No me venga con esa cantinela, querida. ¿Acaso su sistema social no conspiraba para arrebatar a una mujer lo que le correspondía por nacimiento, a menos que se casase? Ustedes no se lo dejaban saber, pero socialmente ahondaban en la herida. Aquí, nuestras Servidoras y Trabajadoras no lo conocen y no se encuentran preocupadas por un sentido de falta de educación. La Maternidad es función de las Madres y como tal, se comprende.

    Yo no pude menos que replicar:

    —Sin embargo, las están ustedes robando. Una mujer tiene derecho al amor…

    Por una vez se mostró algo impaciente y me atajó con energía.

    —Usted sigue repitiéndome la propaganda de su época. Del amor de que usted me habla, querida, existió en su pequeña y tranquila parte del mundo por una convención educada y beneficiosa. A ustedes apenas se les permitía ver su otra cara, no glorificada por el Romance. Usted jamás fue vendida o comprada abiertamente, como las cabezas de ganado; usted jamás tuvo que venderse a sí misma al primero que llegase con el fin de poder vivir; usted no fue una de esas mujeres que a través de los siglos gritaron con agonía y sufrieron y murieron bajo los invasores en una ciudad saqueada… y se lanzó a una hoguera para evitar caer en manos de sus saqueadores; usted nunca fue obligada a inmolarse en la pira mortal de su esposo cadáver; usted no tuvo que pasar toda su vida aprisionada en un harén; usted nunca formó parte del cargamento de un navío de esclavos; usted jamás retuvo su propia vida en bien del placer de su dueño y señor…

    »Ese es el otro lado… el lado eterno. Ya no habrá cosas así. Han terminado ya por fin. ¿Acaso sugiere que deberíamos evocarlas, volverlas a traer y sufrirlas?

    —Pero la mayor parte de las cosas se habían esfumado ya —protesté—. El mundo mejoraba…
    —¿De veras? —dijo—. Me pregunto si así sintieron las mujeres de Berlín cuando la ciudad cayó. ¿De veras que mejoraba?… ¿O se estaba al borde de un nuevo barbarismo?
    —Pero si ustedes sólo pueden desembarazarse del mal arrancando al mismo tiempo todo el bien, ¿qué es lo que va a quedar?
    —Muchísimas cosas. El hombre era sólo un medio para llegar a un fin. Les necesitábamos para tener hijos. El resto de su vitalidad pagaba por toda la tristeza del mundo. Nosotras somos mucho mejores sin él.
    —¿Así que realmente consideran que han mejorado de naturaleza? —sugerí.
    —¡Claro! —contestó ella impaciente por mi tono—. La civilización es mejorar la naturaleza. ¿Querría usted vivir en una cueva y que la mayor parte de sus hijos muriesen en la más temprana infancia?
    —Hay unas cuantas cosas, que son fundamentales… —Comencé, pero ella me contuvo, levantando una mano y reclamando silencio.

    Fuera, las largas sombras habían reptado a través del césped. Y en la quietud de la tarde pude oír un coro de mujeres cantando a poca distancia. Escuchamos durante algunos minutos hasta que terminó la canción.

    —¡Hermoso! —exclamó la vieja dama—. ¡Ni los propios ángeles podrían cantar con tanta dulzura! Parecen muy felices, ¿verdad? Nuestros propios hijos adorados… dos de mis nietas están entre ellas. Son felices y tienen motivos para serlo: no crecerán en un mundo en donde tengan que jugar con la buena voluntad de algún hombre que las mantenga; jamás necesitarán ser serviles ante un señor y un amo; nunca estarán en peligro de ser raptadas y violadas, tampoco. ¡Escúchelas!

    Otra canción empezó y les llegó ligeramente distante saliendo de la oscuridad más absoluta.

    —¿Por qué llora? —me preguntó la vieja dama cuando la melodía terminó.
    —Sé que es estúpido… yo realmente no creo que nada de esto sea lo que parece… así que supongo que lloro por todo lo que hubieron perdido ustedes, si estos momentos tuvieran realidad —contesté—. Ahí fuera, bajo los árboles, debería haber enamorados; estarían escuchando cogidos de la mano esa canción, mientras contemplaban salir la luna. Pero ya no hay enamorados, ya no los habrá más… —La miré.
    —¿Ha leído jamás los versos: «¿para qué ha nacido una flor y florecido sin ser vista, y desperdiciado su dulzura en el aire del desierto?». ¿Es que no puede usted sentir la soledad de este mundo que han construido entre todas? ¿De veras que no lo comprende? —pregunté.
    —Sé que ha visto muy poco de nosotras, y que es incapaz de comprender qué tal puede ser cuando las mujeres ya no se ven obligadas a luchar una con otra por los favores de los hombres —me repuso.

    Seguimos hablando mientras la oscuridad se hacía cada vez más densa y las luces de las otras casas comenzaron a parpadear a través de los árboles. Ella habia leído mucho. Eso le hizo sentir cierto afecto por algunos períodos del pasado, pero seguía sin aprobarlos de corazón. No encontraba ninguna aridez. Siempre era «mi acondicionamiento» lo que me impedía ver lo que por fin había comenzado, la edad de oro de las mujeres.

    —Ustedes estaban aferradas a muchísimos mitos —me dijo—. Usted habló de toda una vida completa y por ejemplo la suya hubiera sido la de una mujer desgraciada acariciando sus cadenas en una población suburbana. ¡Plena vida, tonterías! Pero era conveniente para los comerciantes que las mujeres pensaran así. Una vida plena y sincera sería sorprendentemente corta, en cualquier forma de sociedad.

    Etc… etc…

    Por último, la pequeña doncella reapareció para decir que mis asistentas estaban dispuestas para marchar cuando fuese conveniente. Pero había una cosa que yo deseaba mucho saber, antes de marcharse. Formulé la pregunta a la vieja dama.

    —Por favor, dígame. ¿Cómo… cómo… ocurrió?
    —Simplemente por accidente, querida mía… aunque fue la clase de accidente producto entero de su época. Una obra de investigación que ofreció resultados secundarios e insospechados, eso es todo.
    —¿Pero cómo?
    —Se podía decir que de manera bastante curiosa… casi irrelevante. ¿Oyó usted hablar de un hombre llamado Perrigan?
    —¿Perrigan? —repetí—. No lo creo, es un nombre muy raro.
    —Pues alcanzó muchísima fama —aseguró—. El doctor Perrigan era biólogo y su interés se centraba en la exterminación de las ratas… particularmente de la rata parda, que causaba una enorme cantidad de daños.

    »Su modo de enfrentar el problema constituía la búsqueda de un modo de hallar una plaga que atacase fatalmente a los roedores. Para producirla, tomó como base una infección virulenta, a menudo fatal para los conejos… O, mejor dicho, un grupo de infecciones por virus altamente selectivos y también inestables, puesto que eran capaces de sufrir rápidas mutaciones. En realidad, no había mucha variación entre los gérmenes que atacaron a los conejos de Australia, pero en la sexta intentona hubo éxito; todas las formas de enfermedad anteriores murieron mientras que los conejos desarrollaban una inmunidad. Se probó en otros sitios, también, aunque con diferentes clases de éxito, hasta que se inició una enfermedad epidémica y efectiva en Francia y recorrió a toda la población conejil de Europa.
    »Bueno, tomando como base algunos de esos virus, Perrigan produjo nuevas mutaciones por irradiación y logró producir una variante que atacaría a las ratas. Eso no bastaba, sin embargo, y proseguía su trabajo hasta que tuvo un virus que poseía suficiente selectividad ancestral como para atacar sólo a la rata parda y con gran virulencia.
    »De ese modo propuso el problema de una peste de larga duración, porque ya no hay ratas pardas ahora. Pero algo se le escurrió de entre los dedos. Queda todavía sin contestación al problema de si el virus volvió a mutar o si alguno de sus primeros virus experimentales fue accidentalmente liberado por ratas que escaparon y que lo portaban consigo. Pero la cosa está clara. Lo importante es que de algún modo, el virus capaz de atacar a los seres humanos quedó suelto y se diseminó ampliamente antes de poder ser localizado… y también que una vez fue libre su velocidad de expansión fue enorme; demasiado rápida para que se oyesen pasos efectivos que los reprimieran.

    Se halló que la mayor parte de las mujeres resultaban inmunes, y el diez por ciento de las que resultaban atacadas aún se recuperaban en una proporción considerable. Entre los hombres, sin embargo, casi no hubo inmunidad, y los pocos que se recuperaron lo fueron de manera parcial. Unos cuantos hombres fueron preservados mediante las precauciones más esmeradas, pero no podían seguir confinados para toda la vida, y por último el virus, que tenía una notable capacidad para aletargarse, se apoderó de ellos también.

    Inevitablemente, esas cuestiones de interés profesional se me ocurrieron, pero por toda respuesta ella sacudió la cabeza.

    —Me temo que ahí no pueda ayudarla. Posiblemente las médicos se lo explicarán voluntariamente —dijo, pero su expresión era dudosa.

    Maniobré para sentarme a un lado del diván.

    —Comprendo —dije—. Sólo un accidente… Sí, supongo que algo tan espantoso no podía ocurrir de otro modo.
    —A menos —observó ella—, a menos que una fuese a considerar que se produjo por intervención divina.
    —¿No le parece eso un poco impío?
    —Pensaba en la Muerte del Primer Nacido —dijo reflexivamente.

    No parecía haber una respuesta inmediata a aquello. Por eso pregunté:

    —¿Puede usted decirme con toda sinceridad que jamás experimentó el sentimiento de estar viviendo alguna clase de pesadillas?
    —Nunca —contestó—. Hubo una pesadilla… pero ya ha pasado. ¡Escuche!

    Las voces del coro, reforzadas ahora por una orquesta, nos llegaban distantes del oscuro jardín. No, no tenía nada de tenebroso. Incluso sonaban como exultantes… Pero, pobres criaturas, ¿cómo iban a comprender…?

    Mis ayudantes llegaron para facilitar ponerme en pie. Di las gracias a la vieja dama por su paciencia y su amabilidad. Pero sacudió la cabeza.

    —Querida mía, soy yo quien está en deuda con usted. En poco tiempo he aprendido más acerca de las condiciones de las mujeres en una sociedad promiscua, que con todos los libros leídos y por leer durante el resto de mi larga vida. Espero, querida, que las Doctoras encuentren un modo de permitirle olvidar y vivir aquí feliz con nosotras.

    En la puerta me detuve y me volví, aún servicialmente sujeta por mis ayudantas.

    —Laura —dije, llamándola por su nombre de pila por primera vez—. Reconozco que muchos de sus argumentos son ciertos… Sin embargo, por encima de todo, ustedes están, oh, tan equivocadas… ¿Jamás leyó cosas de enamorados? ¿Nunca, cuando niña, suspiró por un Romeo que le dijese: «¿¡Es levante aquello y Laura es el sol!»?
    —Creo que no. Sin embargo, leí la obra. Un cuento lindo, idealizado… Me pregunté cuántas desventuras causó a muchas posibles Julietas. Pero pondría yo una pregunta en contra de la suya, mi querida Jane. ¿Vio usted alguna vez el conjunto de pinturas de Goya llamado «Los Horrores de la Guerra»?


    * * *

    El coche rosado no me regresó a la «Casa». Nuestro destino resultó ser un edificio más austero y parecido a un hospital, en donde me metieron en la cama de una habitación, a solas. Por la mañana, después de mi copioso desayuno, tres nuevas Doctoras me visitaron. Sus modales eran más sociales que profesionales y charlamos amigablemente durante media hora. Con toda evidencia habían sido plenamente informadas de mi conversación con la vieja dama y no se mostraron reacias a responder a mis preguntas. Es más, encontraron divertidas muchas de ellas, cosa que a mí no me lo pareció, porque no había nada consoladoramente vago en lo que me dijeron… Todo me parecía demasiado conturbadoramente práctico, una vez que lo resolvió la técnica. Al fin sus modales cambiaron y una de ellas, con un aire meramente comercial, dijo:

    —Comprenderá usted que su presencia con nosotras resulte un problema. Sus compañeras las Madres, claro, apenas son susceptibles al sentimiento Reaccionista… aunque usted, en breve tiempo, ha logrado disgustarlas y azorarlas de manera considerable… Pero en otras mujeres menos estables su influencia podría ser más grave. No sólo una cuestión de lo que usted pueda decir; su diferencia del resto es implícita en toda su actitud. Usted no puede evitarlo y, francamente, no vemos cómo usted, siendo una mujer educada, podría adaptarse a la plácida e impensada aceptación que se espera de las Madres. Usted rápidamente se sentiría frustrada más allá de todo lo soportable. Además, es evidente que el acondicionamiento que sufrió la tiene bajo un sistema elaborado que le impide sentir hacia nosotras la más simple buena voluntad.

    Lo tomé al pie de la letra; simplemente como un juicio sin apelación. Además, no podía discutirlo. La perspectiva de pasarme el resto de mi vida en una existencia rosada, perfumada, oyendo suaves músicas y viéndome sólo interrumpida por la producción de cuatrillizas a regulares intervalos, me hubiese vuelto loca en un brevísimo período de tiempo.

    —Y entonces… ¿qué? —pregunté—. ¿Podrán ustedes reducir este corpachón a su forma y tamaño normales?

    Sacudió la cabeza.

    —Me imagino que no… aunque no sé si se ha intentado alguna vez. Pero incluso aun cuando fuese posible, usted sería una desplazada en el Doctorado… y un estorbo por su influencia Reaccionista.

    Lo comprendí perfectamente también.

    —¿Entonces, qué? —repetí.

    Dudó, pero dijo con suavidad:

    —La única proposición práctica que podemos hacerle es que debería estar usted de acuerdo y aceptar un tratamiento hipnótico que le borrase su memoria.

    Cuando comprendí el significado de aquello, tuve que reprimir una oleada de pánico. Después de todo, me dije a mí misma, se mostraban razonables conmigo. Yo tenía que hacer cuanto pudiera por responder de manera sensata. No obstante, debieron pasar unos cuantos minutos antes que contestase con acento inseguro:

    —Ustedes me piden que me suicide. Mi cerebro son mis recuerdos: forman parte consustancial conmigo. Si los pierdo, moriré, de manera tan segura como si ustedes matasen mi… este cuerpo.

    No discutieron. ¿Cómo iban a discutir?

    Hay sólo una cosa que hace que valga la pena vivir mi vida… saber que me quisiste, mi amado, mi amadísimo Donald. Estás solo en mi recuerdo y por eso tú ahora únicamente vives en él. Si abandonases mi memoria volverías a morir… y para siempre.


    * * *

    A intervalos, durante el día, pequeñas Servidoras entraron tambaleándose bajo el peso de mis comidas. Entre sus visitas sólo mis pensamientos me ocuparon, y no fueron muy buena compañía.

    —Francamente —me dijo una de las Doctores no sin falta de simpatía—, no vemos otra alternativa. Durante años después, ocurrió que las cifras anuales de fracasos mentales constituían nuestra mayor preocupación… aun cuando las mujeres estaban entonces plenamente ocupadas con la ingente cantidad de trabajo que tenía que hacerse, pero aun así, muchas de ellas no se podían ajustar. Ahora, en el caso suyo, ni siquiera nos queda el consuelo de ofrecerle un trabajo.

    Me di cuenta de que era un noble aviso el que me estaba dando… y supe que, a menos que la alucinación que parecía cada vez hacerse más real lograse disolverse, estaba atrapada.

    Durante el largo día y la siguiente noche, traté con el mayor ahínco de volver a la objetividad conseguida antes, pero fracasé. Todo el argumento era demasiado fuerte para mí ahora, mis sentidos tan conscientes de lo que me rodeaba, y la coherencia tan convincente y persistente…

    Después de haber transcurrido el plazo de veinticuatro horas que me dieron para que me lo pensase, volvió a visitarme el mismo trío.

    —Creo —les dije— que comprendo ahora mucho mejor. Lo que ustedes me ofrecen es el olvido, en lugar de un desmoronamiento seguido por dicho olvido… y no ven otra alternativa.
    —No la vemos —admitió la que llevaba la voz cantante—. Pero, claro, para la hipnosis necesitaremos de su cooperación.
    —Me doy cuenta —contesté—, y también comprendo ahora que en estas circunstancias sería una sutil obstinación no prestarla. Así que yo… yo… sí, voluntariamente la cedo… pero con una condición.

    Me miraron interrogadoras.

    —Se trata de esto —expliqué—. Que ustedes prueben otra cosa primero. Quiero que me den una inyección de chinjuatin. Deseo, que sea de la misma dosis que la que recibí antes… Yo se la precisaré exactamente.

    »Miren, o esto es una alucinación intensa, o alguna clase de proyección que se aproxima bastante, y entonces debe tener algo que ver con la droga. Estoy seguro que eso puede, aunque remotamente, estar relacionado con lo que me ocurrió con anterioridad. Así que he pensado que si repitiese la condición o creyese que repetía la condición, podríame decir: ¿puede haber una posibilidad? No lo sé. Quiza ea una simple tontería… pero si nada sucede, las cosas no podrán empeorar de ninguna manera, ¿verdad? Así que, ¿me dejarán ustedes intentarlo…?

    Las tres pensaron durante algunos momentos.

    —No veo ninguna razón que lo impida… —dijo una.

    La que llevaba la voz cantante asintió.

    —Me parece que no hay dificultad en autorizar ese experimento dadas las circunstancias —asintió—. Si usted quiere probar, es noble permitírselo, pero… yo no confiaría demasiado…

    Por la tarde llegaron media docena de pequeñas senadoras, empinándose a mi alrededor, preparándome a mí y a la habitación, con ansiosa actividad. Al poco se acercó más personal, portando en un carrito frascos, bandejas y redomas y ampollas de inyecciones que colocaron junto a la cabecera de mi cama.

    Las tres Doctoras irrumpieron juntas. Una de las pequeñas Servidoras comenzó a descubrirme el brazo. La Doctora que llevaba la voz cantante me miró con amabilidad pero muy seria.

    —Estamos con un juego muy arriesgado, ¿se da cuenta? —dijo.
    —Lo sé. Pero es mi única posibilidad. Voluntariamente acepto el riesgo.

    Asintió, cogió una jeringa y la cargó mientras la pequeña servidora lavaba con alcohol una zona de mi monstruoso brazo. La Doctora se acercó al lecho y dudó.

    —Adelante —le dije—. ¿De todas maneras, qué hay aquí que me importe?

    Asintió y apretó la aguja…


    * * *

    Ahora, he escrito lo anterior con un propósito. Lo depositaré en mi banco, donde permanecerá sin que nadie lo lea a menos que sea necesario.

    No se lo he contado a nadie. El informe sobre el efecto del chinjuatin —el que hice al doctor Hellyer donde describía mi sensación como una clase tan sencilla como flotar en el espacio— era falso. Lo anterior constituye mi verdadera experiencia.

    Lo oculté porque después de haber vuelto en mí, cuando descubrí que había regresado mi propio cuerpo en mi mundo normal, la experiencia me acosó tan vívidamente como si hubiese sido algo de actualidad.

    Los detalles se perfilaban demasiado agudos, demasiado reales, para que los pudiera arrancar de mi mente. Pendió sobre mí todo el tiempo, como una amenaza. Nunca me dejará en paz…

    No me atrevo ni me atreví a decirle al doctor Hellyer cómo eso me preocupaba… Me hubiera puesto en tratamiento. Si mis otros amigos no lo tomaban lo bastante en serio para recomendar tratamiento, también entonces es que se habrían reído de mi relato y harían chistes entre sí a mis expensas interpretando los símbolos. Así que me lo he reservado para mí.

    Cuando recuerdo una y otra vez partes de mi pesadilla con detalle, me enfado conmigo misma por no haber preguntado a la vieja dama más detalles, más hechos, fechas, algo que pudiese ser comprobado. Si, por ejemplo, la cosa debió, según sus cálculos, iniciarse hace dos o tres años, entonces todo el sentido de la amenaza ise desmoronaría: quedaría en descrédito. Pero no se me ocurrió preguntar esa cuestión crucial… y entonces, mientras seguí pensando en ello, recordé que había uno, solamente uno que tuvo un detalle que servía de información y que yo podía comprobar. Y efectué mis investigaciones. Desearía ahora no haberlo hecho, pero me vi obligada…

    Así que he descubierto:

    Hay un doctor Perrigan, es biólogo, trabaja con conejos y ratas…

    Es muy conocido en su campo. Ha publicado artículos sobre el control de la peste en un buen número de periódicos. No es secreto que está cultivando nuevas formas de virus de la mixomatosis con la intención de atacar las ratas; es más, ya ha desarrollado un grupo de estos virus a los que llama mucosimorbus, aunque no ha logrado todavía hacerlos estables o selectivos, lo bastante para su uso general…

    Pero yo no había oído hablar de este hombre o su trabajo hasta que fue mencionado por la vieja dama en mi «alucinación»… Esto tiene las trazas de una revelación del subconsciente.

    He pensado muchísimo en este asunto. ¿Qué clase de experiencia es la que yo he escrito antes? Si fuese una especie de previsión de un futuro inevitable predestinado, entonces nada ni nadie podría cambiarlo.

    Pero eso no parece tener sentido: es lo que ha ocurrido y lo que etsá ocurriendo ahora lo que determina el futuro. Por tanto, debe haber un gran número de futuros posibles, cada uno consecuencia posible de lo que se hace ahora.

    Me parece que bajo la chinjuatín vi uno de esos futuros…

    Era, creo, un aviso de lo que podía ocurrir, a menos que se evitara.

    La idea en general es tan repulsiva, tan mal concebida, comporta una tan monstruosa aberración del curso normal, que el fracaso en captar el aviso sería como descuidar el deber de una persona para los de su raza.

    Por tanto, bajo mi propia responsabilidad y sin extender mi confianza en ninguna otra persona, haré lo que pretendo y este documento será mi defensa. Por eso lo he escrito.

    Es mi decisión, únicamente mía, que el doctor Perrigan no continúe su trabajo.

    (Firmado). JANE WATERLEIGH.


    * * *

    El abogado miró la firma durante algunos momentos; luego asintió.

    —Y así —dijo—, cogió su coche y fue a casa del doctor Perrigan… con este trágico resultado.
    —Por lo poco que sé de ella, yo diría que probablemente hizo cuanto pudo para convencerle de que abandonara su trabajo… aunque no creo que esperase obtener ningún éxito con eso. Es difícil imaginar a un hombre que accediese voluntariamente a abandonar el trabajo de años, por lo que le vería aparecer como una especie de maldición gitana. Así que, con toda claridad, fue preparada para entrar, si era preciso, en acción directa. Parece como si la policía tenga razón cuando supone que le disparó con deliberación; pero no tanta al suponer que ella quemó la casa para esconder las pruebas de su crimen. Esta declaración hace muy evidente que su declaración principal fue barrer de la faz del mundo todo el trabajo de Perrigan.

    Sacudió la cabeza.

    —¡Pobre chica! Hay una clara convicción acerca del deber en la última o el par de últimas páginas; la clase de simple claridad impulsa a los mártires, sin tener en cuenta las consecuencias. Ella no ha negado jamás que lo hiciese. ¿Por qué no quiso decir a la policía la razón de haberlo hecho?

    Se detuvo de nuevo antes de añadir:

    —De todas maneras, doy gracias al cielo por este documento. Por lo menos debería servir para salvar su vida. Dudo que una petición de locura fracasase, respaldada por estos papeles —señaló con los dedos la pila de manuscritos a su diestra—. Es una suerte que ella aplazase su propósito de llevar su declaración al banco.

    El rostro del doctor Hellyer estaba arrugado por, la preocupación.

    —Me culpo a mí de todo esto —dijo—. Jamás debí permitirla probar esa maldita droga, en primer lugar, pero pensé que aún no estaba repuesta de la sorpresa de la muerte de su marido. Trataba de mantenerse ocupada todas las horas del día y se presentó voluntaria para el experimento con sincera ansia. Ya la conocen lo bastante para saber lo decidida que puede resultar esta muchacha. Vio en ello una oportunidad de contribuir en algo a la mejora de los conocimientos de medicina…, lo que era verdad claro. Pero yo también por mi parte, debí tener más cuidado y examinar después si se había producido algo equívoco. La verdadera responsabilidad de esto recae directamente sobre mí.
    —Hummm —dijo el abogado—. Colocar eso como primera línea de la defensa no va a hacerle a usted mucho bien profesionalmente, ya lo sabe, Hallyer.
    —Posiblemente no. Yo puedo cuidarme de mí cuando todo haya acabado. La cuestión es que soy el responsable de ella como miembro de mi personal, aunque no hubiese otro motivo. No se puede negar que si hubiese rechazado su oferta de tomar parte en el experimento, esto no habría sucedido jamás. Por tanto, me parece que deberíamos discutir esa petición de locura temporal; que el equilibrio de su cerebro quedó conturbado por los efectos de la droga que yo le administré. Y si podemos lograr un veredicto a favor, quedará detenida en un hospital mental para observación y tratamiento… quizás un tratamiento muy breve.
    —No sé qué decirle. Quizá pudiésemos celebrar una consulta con el juez y ver qué piensa de todo.
    —Resulta válido también —insistió Hellyer—. Las personas como Jane no asesinan si no han perdido la razón, a menos que se vean acorraladas, pero entonces cometen el delito con mayor listeza. Con toda seguridad no asesinan a perfectos desconocidos. Claramente, la droga causó una alucinación lo suficientemente vivida para confundirla hasta un punto en donde se vio incapaz de hacer una distinción adecuada entre lo actual y lo hipotético. Cayó en un estado en el que se creía que el espejismo era real y actuó en consecuencia.
    —Sí. Sí. Supongo que se podría establecer así —asintió el abogado. Volvió a mirar la pila de papel que tenía delante—. Todo el asunto es, claro, irrazonable —dijo—, sin embargo, tiene una aura en sí de tanta razonabilidad. Me pregunto… —Se detuvo pensativo para luego seguir—: esa posible vida prescindiendo del macho, Hellyer, a ella no le parece demasiado increíble pero sí indeseable. Eso tiene un aspecto raro en sí para un abogado que da por sentado el orden natural, ¿pero usted, como científico de la medicina, diría que era… bueno…, no del todo imposible, en teoría?

    El doctor Hallyer frunció el ceño.

    —Esa es la clase de preguntas que uno quiere contestar. Sería difícil proclamarlo imposible. Considerándolo como un problema abstracto, veo dos o tres formas de solucionarlo… Claro, si una situación tan improbable se produjese reclamando una investigación intensiva… investigación, es decir, en la misma escala en la que se abordó el problema del átomo… bueno, ¿quién podría decirlo…? —Se encogió de hombros.

    El abogado volvió a asentir.

    —Ahí es donde yo quería ir a parar —observó. Y añadió—: Básicamente es sólo una cosa no del todo irrealizable; lo bastante cerca de la posibilidad para conturbar en sobremanera.

    »Fíjese bien, en cuanto concierne a la defensa, su aire, me refiero a la expresión de Jane, de absoluta convicción, conjuntándose con la casi plausibilidad de la cosa, probablemente ayudaría.
    »Pero, por mi parte, es precisamente que la proximidad basta para ponerme algo intranquilo».

    El doctor le miró con agudeza.

    —¡Oh, vamos! ¡Vamos! ¡También un experimentado abogado! No me diga usted que es capaz de creer en fantasías. De todas maneras, si lo es, tendrá que conjurar una tras otra.

    »Si Jane, pobre chica, ha resuelto una de las cosas fundamentales, es que en el futuro ya no cabe la posibilidad de esta fantasía en particular.
    »Perrigan ha terminado todo su trabajo. Ha desaparecido entre el humo y el fuego».

    —Hummm —volvió a decir el abogado—. Lo mismo da, sería más satisfactorio si supiésemos que hay otro medio mejor que este… —Tocó la pila de papeles—, algún otro remedio por el que ella probablemente adquiriese un conocimiento de Perrigan y su trabajo.

    »No hay, en lo que respecta a lo que sabe uno, otro modo por el que él pueda haber entrado en la órbita de ella… a menos, quizá, que ella se interesase en veterinaria, ¿verdad?».

    —No se interesaba.
    —Estoy seguro de eso —le contestó Hallyer, sacudiendo la cabeza.
    —Bueno, entonces, queda un aspecto algo conturbador.

    »Y hay otro de más.
    »Usted creerá que me engaña, que me hace ver visiones, estoy seguro… y sin duda el tiempo demostrará que la razón estaba de su parte… pero tengo que admitir que me estoy sintiendo algo intranquilo mentalmente, por si Jane ha sido o no concienzuda en sus investigaciones antes de entrar en acción».

    —¿Qué quiere decir? —preguntó el doctor Hallyer con expresión turbada.
    —Pues que hay una cosa que parece que Jane no ha descubierto… se trata del hijo del profesor. Y lo tiene. Parece que se ha interesado mucho por el trabajo de su padre y está decidido a que no se haya perdido del todo. En realidad, ya ha anunciado que hará cuanto pueda para seguir adelante con los pocos especímenes que se salvaron del fuego…

    »Laudable cariño filial, sin duda. Por eso mismo me preocupaba un poco descubrir que él, también, es doctor en ciencias, bioquímico y que, naturalmente, su apellido es también Perrigan…».


    Fin