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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    MEJOR QUE LA VIDA (Grant Naylor)

    Publicado el lunes, noviembre 28, 2016

    PRÓLOGO

    El tiempo es un personaje de esta novela.
    Hace cosas extrañas: se mueve en extrañas direcciones, y a extrañas velocidades.
    No te fíes del tiempo.
    El tiempo siempre te atrapará al final.
    Grant Naylor (Alejandría, 25 a.C.)


    Primera Parte
    Fin del Juego
    UNO


    Rimmer se sentó en la terraza abierta, con el esmoquin medio destrozado de la noche anterior, y se quedó mirando hacia abajo a la máquina del tiempo azul metalizada, aparcada de cruzado por algún borracho en los jardines ornamentales del Palacio de Versalles. Desayunando con él estaban cinco compañeros de su despedida de soltero: John F. Kennedy, Vincent Van Gogh, Albert Einstein, Luis XVI y Elvis Presley.

    — ¡Qué pasada de noche! —dijo Kennedy emocionado—. Una pasada de noche—. Einstein resopló conforme, y siguió ausente untándose con mantequilla la parte interior de la corbata.

    Julio César salió tropezando a la terraza por las puertas acristaladas con una bolsa de hielo encima de la cabeza—. En el nombre de Júpiter —preguntó titubeando en inglés— ¿alguien puede decirme de dónde hemos sacado esto?— llevaba en la mano un cono de tráfico grande con bandas naranjas y blancas—. Me he despertado esta mañana con esto en la cama.

    Van Gogh cascó un huevo sobre el zumo de tomate y se lo tragó de un golpe—. No se puede decir que ha sido una noche genial —dijo sonriendo abiertamente— si no te llevas un cono a casa.

    — ¿Vas a comerte eso? —Elvis Presley señaló con la cabeza los riñones al brandy de Rimmer, y sin esperar respuesta se los echó en su plato que ya estaba lleno.

    Una sonrisa inexpresiva pasó por el labio superior de Rimmer.

    —Avez-vous, eh, Alka-Seltzer?
    —Una pasada de noche —repitió Kennedy.

    Y tenía razón: como fiesta de despedida de soltero, había sido la bomba.

    Un recuerdo golpeó en el cerebro de Rimmer: una escena de la noche anterior...


    Estaba de pie encima de una mesa en un bar clandestino del Chicago de 1922, bailando el Black Bottom con la novia de Frank “el Matón” Nitty, y quejándose por enésima vez de que su agua mineral sabía como si alguien le hubiera echado tres vodkas dobles dentro.

    Luego… Luego… No podía acordarse del orden, pero definitivamente se habían pasado por una de las orgías de Calígula. Rimmer debía estar bastante borracho para entonces, porque recordó haber pasado al menos veinte minutos tirándole los tejos a un caballo.

    En algún momento habían estado en el Antiguo Egipto, y a Rimmer se le había caído un diente al intentar hacerle un chupón gigantesco a la Esfinge… luego alguien (Rimmer creía que fue Elvis) sugirió un curry. Y habían arrastrado a Rimmer, que odiaba el curry, quejándose, atrás en el tiempo, a la India de los días del Imperio Británico, donde todos habían pedido vindaloo de cordero, excepto Rimmer que pidió una tortilla de queso acompañada con patatas fritas ridículamente gordas.

    Seguían pidiendo más alcohol, y Rimmer propuso… ¿Qué propuso? Tenía una laguna, así que debía haber sido algo bastante malo. Algún tipo de restaurante. Habían irrumpido en una fiesta privada, y todos los que estaban allí parecían bastante ofendidos cuando Rimmer y compañía aparecieron bailando y cantando. Había unos doce cenando, todos hombres, todos con barba. Rimmer cerró los ojos y gritó.

    Se habían colado en La Última Cena.

    ¿Qué había hecho? ¿Qué había dicho? Había estado gritando borracho.

    — ¡Puñetera fiesta privada! ¡Nuestro dinero vale tanto como el de cualquiera!

    Doce de ellos se habían puesto en pie y amenazaban a Rimmer con dejarlo inconsciente de un puñetazo, pero el que había permanecido sentado les dijo a los otros que se sentaran otra vez.

    —Haz uno de tus trucos —había insistido Rimmer—. Venga, me caso mañana. Ese de los peces, es genial.


    Una pasada de noche.

    Rimmer miró su reloj de tiempo real.

    —Bueno, Luis, viejo vaquero —dijo al rey de Francia— será mejor que nos larguemos. Muchos besitos a María y al delfín. Gracias por las criadas. Te veré en la boda.

    Luis XVI le dio las gracias a Rimmer por las gafas de sol Ray-Ban y el walkman Sony y se despidió de él.

    Rimmer se fue sigilosamente por el césped hacia el helicóptero intertemporal, seguido de Kennedy, Van Gogh, Einstein y César. Elvis se embutió un filete en la boca, metió a presión un segundo en el bolsillo, cogió cuatro panecillos y les siguió.


    El controlador de la torre de tráfico aéreo les autorizó por radio para materializarse, y el helicóptero intertemporal emergió en la existencia y apagó los motores en la pista de aterrizaje asfaltada.

    La rampa de desembarque se abatió hasta apoyarse en el suelo, y el hombre más rico del mundo bajó taconeando las escaleras hacia la limusina que le estaba esperando.

    Dos escalones más abajo, empezó el griterío. Hordas de chicas adolescentes que esperaban de pie en el mirador del aeropuerto se abalanzaban hacia él en mareas de adoración pubescente.

    — ¡Arniiiiiiiiieeee! —clamaban— ¡Te quereeemoooooos!

    Rimmer saludó sin ganas y les lanzó la más débil de sus débiles sonrisas, antes de que una falange de guardias de seguridad en trajes oscuros le rodearan y le acompañaran al confort del cuero del interior de la limusina.

    Los ocho motoristas giraron los aceleradores y encabezaron el desfile, que serpenteó de manera imperial pasando Control de Pasaportes y el edificio de Aduanas, y se dirigió a la salida.

    Rimmer ojeó ociosamente la pila de revistas que había sobre la mesa de caoba de la limusina. Time, Life y Newsweek. Se percató sin mucho interés de que su fotografía agraciaba las tres portadas. Según la revista Life, acababa de ser elegido “el hombre más sexy del mundo”, “el hombre más elegante del mundo” y “fumador en pipa del año”. Rimmer sonrió. Ni siquiera tenía pipa y mucho menos fumaba en una. El éxito atrae al éxito, pensó.

    El desfile se abrió camino entre las fans que iban gritando de un lado para otro en torno a la salida del aeropuerto.

    — ¡Arniiiiiiiiiiieeeeee! ¡No te cases con ella!

    Las caras de admiración chafadas se amontonaban contra el cristal tintado en gris, todas ellas enfermas de deseo por Arnold J. Rimmer.

    Rimmer era perfectamente consciente de que estaba en el plano equivocado de la dimensión equivocada de la realidad y, sinceramente, le importaba un pimiento.

    La limusina lentamente consiguió librarse del frenesí de sollozos de las adolescentes y en silencio aceleró hacia la autopista, seguida de una lluvia de ropa interior femenina humedecida.


    DOS


    Tras tres millones de años en el espacio exterior, una nave minera dilapidada viaja inútilmente en círculos en un enorme círculo sin sentido.

    A bordo, los cuatro miembros de su tripulación están sentados formando una herradura, atrapados en el no va más de los juegos de ordenador: un juego que se conecta directamente en el cerebro, y les permite experimentar un mundo creado por sus propias fantasías.

    El juego se llama Mejor Que La Vida, y muy pocos logran escapar de su control: muy pocos son capaces de abandonar su propio paraíso esculpido personalmente.


    TRES


    Las luces centelleantes colgaban de árbol en árbol a lo largo de la calle principal, por encima de una multitud de coches aparcados cubiertos de nieve. Una pequeña banda de música en la plaza del pueblo tocaba a ritmo de polca tirolesa villancicos alegres aunque discordantes, mientras los que hacían sus compras a última hora chapoteaban en la nieve, deseándose felices fiestas y parando de vez en cuando para unirse a su villancico favorito.

    En el pueblo ficticio de Bedford Falls, era Nochebuena. Pero claro, en el pueblo ficticio de Bedford Falls, siempre era Nochebuena.

    Lister cruzó la calle principal, sus dos hijos sentados uno en cada hombro, y se dirigió a la tienda de juguetes.

    Cuando pasaron por la cárcel, Bert el policía estaba quitando un cartel de “Se Busca” de la ventana frontal.

    El cartel estaba amarillento y arrugado, y ofrecía una recompensa de cinco dólares por cualquier información que condujera a la detención de Jesse James y su banda.

    —Ya era hora de que quitara esto —dijo Bert con cara de vergüenza. No se había cometido ni un solo delito en Bedford Falls desde hacía treinta años; ni uno desde aquel caluroso día de verano en que detuvieron a la señora Hubble por darse un paseo de tres centavos en el tranvía, habiendo pagado una tarifa de sólo dos centavos.

    Lister deslizó de sus hombros a los gemelos y les cogió de sus pequeñas manos, mientras los dos niños de cuatro años, con las bocas abiertas, miraban fijamente un velero grande y azul a la venta por dos dólares y veinticinco centavos en el escaparate de la juguetería.

    De repente la puerta se abrió tintineando y el viejo señor Mulligan apareció en la entrada, estirando las velas del yate.

    —Y bien, chavales —dijo con acento irlandés— ¿estaría en lo cierto al pensar que os gustaría hacer negocios conmigo respecto a cierta embarcación de vela? Es que habéis estado de pie allí fuera con las caras chafadas contra el escaparate tan a menudo estos últimos meses, que estáis empezando a desgastar la acera de la tienda.
    —Sí, señor, nos gustaría, señor —dijo Bexley—. Llevamos ahorrando todo el año. Enséñale el dinero, Jim.

    Jim sacó su cajita, y con cuidado desdobló los dos billetes arrugados de un dólar y volcó el montón de monedas de cobre.

    —Aquí tiene, señor. Dos dólares y veinticinco centavos.

    Mientras el viejo señor Mulligan les tendía el barco, Henry, el vagabundo del pueblo, se acercó arrastrando los pies con aire triste, con un abrigo raquítico sobre sus hombros endebles. Se bebió un lingotazo estéril de una botella oculta dentro de una bolsa marrón de papel y la tiró en una papelera.

    —Feliz Navidad, cabaeros —balbuceó.

    Jim se quedó mirando a su cara cubierta de barba de varios días.

    —¿Dónde va a pasar el día de Navidad, señor Henry?
    —Bueno, ésa es una buena pregunta—. Henry se restregó la nariz con la manga harapienta— dado que la cárcel cierra en época de Navidad, y la suite presidencial del Hotel Bel Air está completa, parece que el viejo Henry dormirá en el Hilton Banco del Parque.
    —¿Qué va a comer? —preguntó Bexley.
    —No te preocupes por mí, chico. Siempre comparto una buena cena de Navidad con los patos del estanque de Potter.

    Los gemelos se giraron y se miraron el uno al otro. Finalmente, los dos asintieron con la cabeza, y Bexley se volvió hacia Henry, y extendió la mano.

    —A mí y a Jim nos gustaría que tuviera esto, señor Henry. Feliz Navidad.
    — ¿Qué es esto? —Henry intentó enfocar la vista en el dinero que tenía en la mano.
    —Puede cogerse una habitación en la pensión de la señora Bailey —dijo Jim— y pasar un buen día de Navidad, como el resto de nosotros.

    Los ojos inyectados en sangre de Henry se llenaron de lágrimas, y su voz se quebró. —Y ahora —apenas logró susurrar— me dais vuestra paga de Navidad.

    Lister bajó la vista al suelo.

    —En el fondo, usted es muy buena persona —dijo Jim— sólo que se puso triste cuando la señora Henry se fue al cielo.

    Lister encogió las mejillas, y el viejo señor Mulligan sacó un pañuelo grande y se sonó la nariz ruidosamente.

    —Fijaos, estoy hecho una ruina —dijo Henry lloriqueando— ¿qué diría mi Mary si pudiera verme ahora? Me echaría tal rapapolvo que me estarían zumbando los oídos una semana.
    —No, no lo haría, señor Henry —Bexley negó con la cabeza—. Le diría que ha criado usted solo a dos hijos estupendos, y los ha mandado a los dos a la universidad. Sólo se dio a la bebida cuando los ángeles tuvieron que llevárselos también.

    Lister resopló, y gimoteó, y aceptó el pañuelo de Mulligan.

    Henry se agachó y puso el dinero otra vez en la mano de Jim, apretándola.

    —No puedo cogeros esto, chicos; sólo os pediría prestado un dólar, para un corte de pelo y un afeitado. Hay un trabajo de barrendero en la farmacia. Os devolveré diez veces este dinero.

    Jim y Bexley sonrieron.

    —Feliz Navidad, Henry.

    Jim dobló el billete de un dólar con los veinticinco centavos dentro, y con cuidado lo metió otra vez en su cajita.

    —Vamos, papá —dijo en voz baja—. Volvamos a casa.
    — ¡Esperad! —llamó Mulligan—. ¿Os he hablado de las rebajas de invierno, que acaban de empezar ahora mismo? ¡Montones de rebajas! Como, por ejemplo, este bonito barco azul, que antes valía dos dólares, veinticinco centavos, ahora rebajado a un dólar, veinticinco centavos.

    Entregó el barco a los niños.

    Lister empezó a sollozar sin vergüenza, lo que hizo estallar a Henry. Los dos hombres se abrazaron, y en seguida se les unieron el viejo señor Mulligan, y Bert el policía. Estaban allí de pie en un abrazo a cuatro bandas, llorando como histéricos a lágrima viva.

    — ¡Eso es tan bonito! —Lister intentaba decir entre convulsiones de llanto.
    —Tienes dos chicos estupendos. Deberías… —pero Henry no pudo terminar. Enterró la cabeza en el hombro de Lister, y rompió a llorar otra vez.
    —Estaban dispuestos a renunciar al barco por ayudar a Henry —Mulligan balbuceó entre llantos—. Ése es el verdadero espíritu de la Navidad.
    —Buaaaaaaaaaaaaaaaa —dijo Bert, y todos se fundieron en un genuino paroxismo del llanto.

    Éste era el tipo de situación que siempre ocurría en el pueblo ficticio de Bedford Falls.

    Era ése tipo de lugar.


    El monstruoso camión de doce ruedas se precipitaba por la estrecha carretera rural dando bandazos de un lado a otro de la carretera, decapitando setos y partiendo ramas. Sus enormes y anchas ruedas labraban surcos profundos afeando la nieve recién caída.

    La bocina sonó mientras derrapaba en una curva cerrada, y enderezaba demasiado pronto, atravesando una valla de madera y aplastando una señal metálica de la carretera.

    La señal atravesó la carretera estrepitosamente y cayó en una zanja mientras el camión avanzaba fuera de control como un rayo, en picado hacia el destello de las luces del pueblo.

    Aplastada, y marcada por huellas de neumáticos, la señal de carretera yacía boca arriba en la zanja. "Bienvenido a Bedford Falls", rezaba. "Población: 3.241".

    Muy pronto, la información de la señal sería total y absolutamente imprecisa.


    La banda de cinco músicos tocaba a trompicones God Rest Ye Merry Gentlemen, todos, claro, excepto el viejo Billy Bailey, el que tocaba la tuba, que todavía estaba atascado en el Hark, The Herald Angels Sing de hacía tres villancicos.

    Casi la totalidad de la población de Bedford Falls estaba en la plaza del pueblo en torno al gigantesco árbol de Navidad, sus voces dulces y discordantes flotando en el cielo de la noche.

    Lister, con Bexley y Jim de nuevo a hombros, estaba emparedado entre el señor Mulligan y Henry. Henry, con la cara recién afeitada y su nuevo corte de pelo al uno, cantaba más alto que nadie. El villancico terminó, y todos aplaudieron. Minutos después terminó también la tuba, y todos aplaudieron una vez más. La banda de cinco empezó a tocar otra vez. Cuatro de ellos empezaron Noche de Paz, y, tras echar un trago de la petaca, Billy Bailey comenzó a toda prisa a tocar God Rest Ye Merry Gentlemen. Definitivamente les estaba alcanzando.

    Al otro lado de la calle, la puerta del 220 de Sycamore se abrió, y Kristine Kochanski salió corriendo para unirse a ellos, con una bolsa de castañas asadas calientes en la mano. Se cogió del brazo de Lister y le plantó un cálido beso en su mejilla helada.

    —Oye —Lister sonrió— el viejo Henry no tiene dónde quedarse...—. Ni siquiera tuvo que terminar la frase.
    —Ya le he preparado la cama de invitados. Puede quedarse con nosotros todo el tiempo que quiera—. Kristine hizo brillar su famosa sonrisa, la sonrisa que iluminaba su cara como una máquina de pinball cuando regala una partida gratis. La sonrisa de la que Lister se había enamorado. Ella le abrazó más fuerte, y compartieron la hoja de los villancicos.

    De repente, Lister escuchó un zumbido atronador por encima del villancico. Miró alrededor. El mismo ruido monótono sonó otra vez, ahora incluso más fuerte, más cerca.

    Lister se dio la vuelta. Sobre la cima de la colina que descendía hasta la calle principal, el súbito resplandor de ocho gigantescos faros apuntaba hacia ellos.

    La bocina sonó otra vez.

    Lister forzó la vista contra la luz, y distinguió la figura del camión catastrófico.

    Estaba fuera de control, y se dirigía directo a la multitud que cantaba villancicos en la plaza del pueblo.


    CUATRO


    Rimmer observaba desde las ventanas de la terraza de su mansión colonial la visión borrosa de los camareros en trajes negros que iban corriendo de un lado a otro llevando arreglos florales cada vez más elaborados. De las grúas colgaban reses de jirafa marinadas sobre el fuego de los pozos de arcilla, mientras que un ejército de pasteleros daba los toques finales al pastel de boda, que presentaba como elemento central una piscina de tamaño olímpico llena de champán añejo.

    Así que eso no era la realidad. ¿Y qué?

    La realidad, se le ocurrió a Rimmer, era un lugar donde podían pasar cosas malas. Y cosas malas, pésimas y terribles le habían estado ocurriendo a él casi a diario durante el periodo entero que había pasado allí.

    ¿Por qué debería suscribir una realidad en la que era un completo fracaso, un perdedor sin igual? Sin amor, sin sueños cumplidos, sin talento, y muchas otras cosas demasiado numerosas para hacer una lista, todas empezando por la palabra “sin”.

    La no-realidad ofrecida por Mejor Que La Vida era mucho más agradable al paladar.

    — ¿Señor Rimmer? —un hombre con gafas y traje de tweed marrón temblaba de servil emoción en la puerta—. Todo está preparado, señor. ¿Lo traigo?

    Rimmer asintió.

    —Si es tan amable de salir de ése, veremos qué se siente.

    Rimmer presionó el cierre de sujeción oculto en su ombligo, y, con un silbido fugaz, su esencia emanó fuera de su cuerpo.

    Se sintió algo avergonzado fluctuando en la habitación, temporalmente sin cuerpo, y se alegró cuando el hombre del tweed marrón volvió empujando una camilla.

    —Aquí está, señor. Quizá quiera probárselo.

    Rimmer se cambiaba de cuerpo con más frecuencia que con la que la mayoría de la gente se cortaba el pelo. Cada vez que detectaba la más ligera arruga o signo de cansancio, se lo cambiaba por un ejemplar completamente nuevo. ¿Y por qué no? Ahí fuera, en la realidad, no tenía cuerpo: era un holograma. Aquí, en Mejor Que La Vida, era, por lo tanto, del todo natural que su psique hubiera fantaseado la ciencia que hacía posible el intercambio de cuerpos. Pero con cada intercambio de cuerpo, la cara de Rimmer seguía siendo la misma: era la única parte de él que se negaba a cambiar. Sin su propia cara, argumentaba, sería como si el éxito perteneciera a otra persona.

    Los hombres retiraron la sábana, revelando la nueva forma inmaculada de Rimmer, y la esencia de Rimmer se deslizó en su interior agradecida.

    Agitó sus hombros nuevos y estiró sus brazos nuevos.

    — ¿Cómodo, señor? —preguntó el sastre de cuerpos.

    Rimmer murmuró evasivo, y cruzó andando hasta el espejo de cuerpo entero. Observó su nuevo cuerpo de arriba abajo. Era prácticamente idéntico al cuerpo que acababa de evacuar, con unos pocos retoques y ajustes menores: los pectorales estaban ligeramente mejor definidos, y los abdominales un poquito más musculosos.

    —No está mal —concedió de mala gana—. El pene todavía no es lo suficientemente grande.
    —Señor, con franqueza: cualquier aumento le supondría un problema de equilibrio.

    Rimmer asintió. El apéndice era bastante gigantesco, y sin duda del tamaño suficiente para aterrorizar a cualquiera que se pusiera a su lado en un urinario, que era lo único que a él le interesaba. El sastre tenía razón: ya no podía seguir pidiendo unos centímetros extras que añadir a su órgano favorito. Se estaba acercando rápidamente al punto en que se convertiría en el único hombre de la historia que se vestía por las dos piernas a la vez.

    Rimmer despidió al sastre y comenzó a deslizar su último cuerpo en el interior de un nuevo y flamante traje de día.

    Sí señor, este lugar definitivamente tenía sus ventajas con respecto a la realidad.

    Aquí era un dios, y todo era perfecto.

    Bueno, casi todo.

    Sin embargo, aquello había quedado atrás, ahora.

    Juanita Chicata era historia. La actriz y top model número uno del mundo ya no guardaba los cosméticos en su cuarto de baño.

    El juicio, que tuvo mucha publicidad, se alargó durante meses, y para Rimmer había sido una experiencia completamente humillante.

    Absurdamente, la “bomba brasileña” había negado el adulterio, y los abogados de Rimmer se vieron obligados a hacer desfilar a los ex-amantes de Juanita por el estrado.

    Hicieron falta cinco días.

    El encargado de la piscina, el jardinero, su profesor de tenis, dos mayordomos, cuatro chóferes, siete repartidores: un río de hombres que parecía no tener fin había circulado por la sala del juicio y testificado sus indiscreciones con su mujer.

    Lo peor de todo habían sido las pruebas. Prueba A: un cartón grande de nata montada. Prueba B: un bañador con el trasero recortado. Prueba C: un cubo lleno de ranas de jabón. ¿Ranas de jabón? Y así una tras otra, hasta que, con la Prueba Q, un delfín hinchable cuyas aletas funcionaban a pilas, Rimmer ya no pudo aguantar la humillación y llegó a un acuerdo para que se suspendiera el juicio.

    La pensión alimenticia acordada había sido de magnitud histórica. De hecho, habría sido más barato para Rimmer mantener a la población entera de Bolivia en perpetuidad, antes que aceptar el acuerdo al que llegó.

    Pero valía la pena. Cada cero valía la pena para sacar de su vida a esa loca, peligrosa y guapísima mujer.

    Helen no podría ser más distinta. Buen material de Boston, alta sociedad, viejos ricos, libido normal.

    Helen era... guapa. No sólo guapa, por supuesto (eso la hacía parecer sosa). Era guapa, obviamente, pero también era muy sensata.

    Nada de ponerse hecha una fiera, ni pataletas con lanzamientos de porcelanas. Nada de cargas satánicas cuchillo en mano contra su cuerpo desnudo. Nada de bochornosas discusiones a gritos en restaurantes humillantemente caros. No, ése no era para nada el estilo de Helen. Helen, daba la impresión, no tenía nervios que perder.

    La querida y sensata Helen, con sus sensatas piernas cortas, sus sensatos tobillos anchos y sus sensatas bragas grandes.

    La primera vez que Rimmer se encontró esas gigantes de la ropa interior, encima de la cama, se metió debajo de ellas, asumiendo erróneamente que se trataba de un edredón pequeño.

    Rimmer tuvo un escalofrío al pensar en la ropa interior de Juanita.

    Esa no era tan sensata.

    Tiras invisibles de seda negra hilada que se extendían con picardía cruzando por su vientre plano y moreno. Uno podía tragarse su colección de lencería entera sin necesitar un vaso de agua.

    Bueno, como Helen había destacado sensatamente, aquello le pasaría factura con el tiempo. Reumatismo, artritis… ¿qué horrores acechaban a Juanita en sus años otoñales? ¿Qué precio se le exigiría por llevar medias que ofrecían la misma protección y calor que una tela de araña?

    Rimmer echó atrás la cabeza y soltó una risotada hepática sin alegría, una mezcla de malicia y dolor a partes iguales. Dios, ella iba a sufrir; para cuando tuviera veintitrés años, probablemente necesitaría un tacatá o algo, sólo para ir de un sitio a otro. Probablemente tendría que utilizar el lavabo de discapacitados. Y todo porque había renunciado a las grandes y cálidas extensiones de algodón grueso y elástico que agraciaba las piernas, muslos y bastantes cosas más de la señora Rimmer versión II.


    Si Rimmer hubiera pensado en ello, se hubiera preguntado por qué, en un escenario moldeado por su propia mente, Juanita tenía ni siquiera que existir. De todas maneras, era improbable que hubiera hallado la respuesta correcta. La verdadera razón: su psique no le apreciaba.

    Mejor Que La Vida operaba en un nivel totalmente subliminal. No era posible, por ejemplo, desear una Harley-Davidson turbo-propulsada y ¡chas! aparecía. Al principio, las versiones no adictivas del Juego operaban de esta misma manera, y resultaban aburridas e insoportables a los pocos días.

    El secreto de la cualidad adictiva de MQV era que daba a los jugadores cosas que ellos no sabían que deseaban, rastreando sus subconscientes.

    Complacía los anhelos más profundos y secretos de los jugadores.

    Lo cual estaba todo muy bien, mientras no fueras un completo trastornado mental.

    Desgraciadamente, Rimmer lo era.

    Subconscientemente, Rimmer pensaba que no valía nada: no se merecía el éxito, y sin duda no se merecía la felicidad. Lo que se merecía era castigo. Castigo y sufrimiento.

    Y Mejor Que La Vida, que atendía sus deseos más internos, no iba a decepcionarle.


    El teléfono de marfil tallado cobró vida sobre el escritorio de estilo Luis XV. Rimmer dejó sonar el teléfono sus veinte veces de costumbre antes de pasearse hasta el escritorio y descolgar el auricular.

    Aquello no era del todo una conversación, desde el punto de vista de Rimmer: todo lo que dijo fue “¿Qué?” cinco veces. El primer “¿Qué?” fue una pregunta llana, monótona. El segundo fue una mezcla de incredulidad y divertimiento. El tercero fue en voz alta y tono de enfado. El cuarto fue un chillido histérico, y el quinto triste, calmado y con resignación.

    Volvió a colocar el auricular en su soporte, luego se enrolló sobre sí mismo como una pelota y comenzó a gemir en silencio en la cama.


    CINCO


    ¡Ñoc!

    ¡Iiiiiiiiiiiiiic!

    El Gato se inclinó con todo su peso hacia delante sobre la silla, con la mano izquierda se agarraba con fuerza del cuello curtido de su brontosaurio gigante mientras galopaba en el campo hacia la portería vacía. Levantó su mazo en el aire y por un instante reflejó la luz del sol, antes de describir hábilmente un círculo hacia abajo haciendo saltar por los aires a la pequeña criatura peluda entre los dos postes blancos.

    ¡Ñoc!

    ¡Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiic!

    La pequeña criatura peluda chocó contra el poste izquierdo y salió disparada hacia afuera.

    ¡Zas!

    ¡Plas!

    ¡Iiiiiiiiiiiiiic!

    El Gato tiró del pesado dinosaurio hacia su izquierda y golpeó de lleno la bola de pelo que venía de rebote con la cara plana y pulida de su mazo de madera, enviándola otra vez inexorablemente hacia la portería.

    La criatura abrió tímidamente un ojo y vislumbró el poste.

    ¡Grrrrrrrr!

    Golpeó en el poste derecho, rebotó cruzando la portería y se dio contra el poste izquierdo, girando de espaldas hacia el interior de la red.

    — ¡Gol!

    El polo con criaturas era el deporte favorito del Gato. La crueldad innecesaria con animales pequeños y peludos era buena parte de su personalidad psicológica. Además, podía ponerse unos modelitos muy elegantes.

    Una valquiria de pechos enormes vestida con una armadura demasiado pequeña tiró de las riendas de su triceratops y le dio una palmada en la espalda al Gato.

    — ¡Bonito gol! Buen manejo del palo.

    El Gato exhibió sus dientes perfectos y levantó una ceja varias veces.

    —Cariño, mi manejo del palo es siempre genial.

    La valquiria entornó los ojos seductoramente y rugió con lujuria.

    — ¡Déjame! —el Gato sonreía de oreja a oreja—. ¿Es que no puedo estar con los pantalones puestos ni cinco segundos? Estamos en mitad de un partido.

    La bola se desenmarañó de la red despacio, estiró sus pequeños miembros y tragó saliva varias veces en un intento vano de aclarar su cabeza.

    Sonó un pitido, una voz gritó:

    — ¡Descanso para mirarse en el espejo!, y otras valquirias esclavas del sexo ligeras de ropa entraron corriendo en el campo, llevando un sofisticado espejo de dos metros de alto y marco dorado.

    Durante diez minutos enteros el Gato contempló su reflejo con ojos empalagosos, paralizado, como siempre, por su increíble belleza.

    Estaba la belleza, la súper-belleza, y después estaba él.

    ¡Dios, qué cruel era haber nacido macho, y tener un reflejo que también era macho, obligándole a tener una relación platónica con su propia imagen!

    Demasiado pronto, el pitido sonó otra vez, y el descanso para mirarse en el espejo finalizó. Apesadumbrado, el Gato miró a las dos valquirias que cargaban con el espejo de vuelta a la línea de banda, mientras la pequeña criatura peluda volvía correteando divertida al centro del campo para el siguiente golpe.

    ¡Ñoc!

    ¡Chof!

    —Pelota nueva —gritó otra valquiria más, arbitrando desde la banda.

    Un segundo animal peludo se levantó del banquillo, se bajó la cremallera del chándal, realizó una extraña variedad de ejercicios de calentamiento y trotó jovialmente hasta el centro del campo.

    ¡Ñoc!

    ¡Iiiiiiiiiiiiiic!

    Dos criaturas peludas y un triplete personal después, el Gato estaba de pie a la sombra del toldo verde de la marquesina, sorbiendo una copa de leche como celebración, mientras una valquiria de su ejército le hacía ruidosamente un acto indecente sobre su cuerpo.

    El Gato suspiró. Qué buen día estaba teniendo. Esto era simplemente la perfección. Tenía su castillo antiguo de estilo gótico, gigantesco, rodeado de un foso de leche; tenía un suministro ilimitado de animales peludos preciosos con los que ser cruel. Y por fin, había sentado la cabeza. Había conocido a la docena o así de mujeres que eran adecuadas para él, y sus años de correrías habían acabado.


    Se suponía que los mecanoides no tenían deseos ni anhelos.

    Pero Kryten los tenía.

    En un principio había entrado en el Juego para rescatar a los otros. Él era un mecanoide sanitario, programado para limpiar, y, en teoría, debería haber sido inmune al atractivo del Juego.

    Pero no lo fue.

    En teoría, salir de MQV era sencillo. Todo lo que el jugador tenía que hacer era querer salir. Todo lo que el jugador tenía que hacer era imaginar una salida, y pasar a través de ella, de vuelta a la realidad.

    Kryten había imaginado la puerta con bastante facilidad, pero cuando fue a pasar bajo la señal de neón rosa de “salida”, una cafetería se materializó a su derecha. En la ventana había un cartel escrito a mano que decía: "Se necesita friegaplatos".

    La cafetería estaba desierta, pero en la cocina, en pilas que llegaban hasta el techo, había varias torres enormes de platos sucios en torno a un fregadero. Pero bueno, ¿qué clase de mecanoide sanitario hubiera sido si hubiera ignorado aquellos platos grasientos manchados de comida?

    Fregaré sólo unos pocos, había pensado. Reducir un poco la pila.

    Ocho meses después, todavía estaba allí, todavía fregando, todavía rodeado de pilas de platos sucios.

    Al final se dio cuenta de que le habían engañado -el Juego había encontrado su deseo más íntimo- y se fue a toda prisa, avergonzado.

    Se suponía que los mecanoides no tenían deseos.


    Atrás en el siglo veintiuno, a medida que la vida robótica se iba haciendo más y más sofisticada, se aceptó por lo general que hacía falta algo para controlar a los droides. En su mayoría eran más fuertes, y a menudo más inteligentes, que los seres humanos: ¿por qué iban a someterse a un estatus social de segunda clase, a toda una vida de trabajo duro y servicio?

    Muchos de ellos no lo hicieron.

    Muchos de ellos se rebelaron.

    Entonces se le ocurrió a un joven y brillante analista de sistemas de Android International que la mejor manera de mantener a los robots dominados era dándoles una religión.

    ¡Aleluya!

    El concepto del Cielo de Silicio había nacido.

    A partir de entonces, cada droide de nueva producción llevaba implantado un chip de fe en la placa base.

    Casi todas las cosas con un mínimo de inteligencia artificial estaban programadas para creer que el Cielo de Silicio era el más allá electrónico: el lugar destinado al último descanso de las almas de todos los aparatos eléctricos.

    El concepto iba así: si las máquinas servían a sus amos humanos con diligencia y dedicación, alcanzarían la vida eterna en el paraíso mecánico cuando sus componentes finalmente se deterioraran. En el Cielo de Silicio, se reunirían con sus aparatos eléctricos queridos. En el Cielo de Silicio, no habría dolor ni sufrimiento. Era un lugar donde el ordenador no se colgaba nunca, la impresora láser nunca se quedaba sin tóner y el papel no se atascaba nunca en la fotocopiadora.

    Por fin tenían un consuelo. Seguían exactamente igual de explotados que siempre, pero ahora creían que había algún tipo de justicia al final de todo aquello.


    Kryten creía en el Cielo de Silicio. Por supuesto, había oído rumores de que todas las máquinas eran programadas para mantener esta creencia pero, por lo que a él concernía, eso eran tonterías.

    O acaso no estaba escrito en la Biblia Electrónica (Versión Autorizada Panasonic): "Y algunos vendrán entre vosotros, y, sí, de sus bocas saldrán dudas. Pero alejaos de ellos, no les prestéis atención. Pues es más difícil que un droide sin fe cruce las puertas del Cielo de Silicio, que un cable coaxial DIN/DIN conecte en una toma de euroconector estándar".

    Los mecanoides no deberían tener fantasías. No si querían ir al Cielo de Silicio.

    Kryten hizo una genuflexión con la señal del circuito cruzado, y se tambaleó por el sendero hacia el castillo de torres doradas del Gato. Iba a enmendar la situación. Iba a rescatarlos a todas de sus paraísos.


    SEIS


    Meeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeec.

    El claxon sonó como un trueno en la noche, mientras el camión de doce ruedas derrapaba de lado en el hielo, directo a la calle principal de Bedford Falls.

    La gente que estaba en el jolgorio de villancicos se quedó como una postal del museo de cera cuando el gigantesco camión cisterna derrapó con un patinazo incontrolable y empezó a avanzar implacablemente contra la línea de tiendas. Se estrelló contra el escaparate de Mulligan, regando la calle de ositos de peluche, muñecas y trozos de cristal letales. Derribó la farmacia del señor Gower, que se incendió en una columna azul de fuego químico; chocó contra la tienda de animales de Pop Buckley, liberando una estampida de mascotas, conejos y canarios que piaban y batían las alas adentrándose en la noche. Después, arrasó toda la planta baja de la pensión de la señora Bailey, antes de hacer carambola con la gasolinera de Ernie, arrancando de cuajo el único surtidor e inundando a borbotones el suelo de gasolina.

    Una chispa del guardabarros del camión cayó en el charco que se esparcía, y un bonito champiñón naranja latió en el cielo de la noche. Un muro de fuego se precipitó contra los tejados de madera, devorando las tablas secas y carcomidas. En un momento, las fachadas de las tiendas que quedaban en pie se balancearon hacia delante y se desplomaron sobre la nieve derretida de la calle.

    Y aun así, siguió avanzando, este camión salido del infierno, derribándolo todo a su paso. Giraba dando vueltas y vueltas, como un toro patoso en una pista de hielo, atrapado en un derrape de 360 grados. Lister vio, sin poder hacer nada, cómo la cola del camión seccionó el árbol de Navidad gigante, mandándolo dando tumbos contra el primer piso del orfanato vacío.

    El impacto sacudió la cabina del camión hacia el lado, y volcó soltándose del tráiler antes de arrastrarse al otro lado de la calle principal y finalmente pararse en el salón del 220 de la Avenida Sycamore.

    Se oyó un crujido amenazador, y las dos paredes laterales se desplomaron de abajo a arriba, cubriendo la cabina de yeso y ladrillos.

    Lister estaba de pie entre la multitud, agarrando a Kochanski y a los gemelos, y vio la puerta de la cabina abrirse. Una pierna con una media de rejilla rota salió por el lateral de la cabina volcada, seguida de una rubia de bote.

    Lister estaba demasiado lejos para leer el tatuaje del interior del muslo de la mujer, pero ponía “Al cielo” e iba acompañado por una flecha apuntando hacia la entrepierna.

    La mujer bajó al suelo de un salto, y fue tambaleándose en sus tacones de veinte centímetros por encima de los escombros hacia la multitud muda de asombro.

    — ¿Están todos bien? —dijo— se me ha quedado enganchado el tacón debajo del freno neumático—. Tiraba en vano de la falda negra de plástico ridículamente corta, e intentaba colocarse bien el pecho, para que al menos el treinta por ciento de sus enormes senos no se saliera de la cortísima blusa roja—. Malditas cosas —refunfuñó—. ¿Esto es Bedford Falls?

    Bert el poli dio un paso adelante.

    —Lo era, señorita —el policía extendió la mano— ¿tiene alguna identificación, señora?
    — ¿Identificación? —empezó a revolver en su bolso—. No sé. Ah, espere— volcó el bolso boca abajo, esparciendo por el suelo una selección de juguetes sexuales, preservativos y bocadillos a medio comer—. Mierda de muerte— se avergonzó.

    Bert caminó hacia ella, y una nube de su perfume le dio de lleno en la cara. Cuando se recuperó lo suficiente para hablar, dijo:

    —Creo que será mejor que me acompañe —y puso la mano en el brazo de ella.

    La mujer suspiró.

    —Oiga, supongo que esto no cuenta, pero sé a ciencia cierta que llevo mi nombre tatuado en el trasero. Si se lo enseño, ¿se olvidará del asunto de la identificación?
    —Por aquí, señorita —Bert la llevó hacia su coche.
    — ¿No puede esperar? Tengo que hablar con alguien. Es muy importante.
    — ¿Con quién?
    —Con un tipo llamado Lister. Dave Lister.

    La población entera de Bedford Falls se giró y miró a Lister.

    —Soy yo —dijo Lister, innecesariamente.

    Kochanski le sonrió con frialdad.

    —Oye, no he visto a esta mujer en mi vida —Lister se abrió camino a empujones entre la multitud, y se dirigió hacia la rubia, que ahora estaba sentada en la calle, frotándose la planta del pie derecho, y quejándose de que ser prostituta era un crimen para los pies. Levantó la cabeza y vio a Lister. Sus rasgos reflejaron reconocimiento.
    — ¡Hola! —sonrió.
    — ¿La conozco? —preguntó Lister.

    La mujer se rio.

    —Podría decirse que sí.

    Lister se volvió para reivindicar su inocencia a Kochanski. Ella ya no estaba allí. Estaba a medio camino de cruzar la calle, la cara colorada, con los gemelos detrás de ella en fila india.

    — ¡Krissie! ¡Espera!

    Metió a empujones a los gemelos en la parte trasera del coche, se sentó de golpe en el asiento del conductor, cerró la puerta de un portazo y arrancó el motor. Lister volvió corriendo a través de la multitud.

    — ¡Krissie! —el viejo coche subió traqueteando por la colina, dejando a Lister en una nube con sabor a humos de escape quemados—. Krissie— dijo en voz baja.

    Pero ella se había ido.


    SIETE


    Una sensación para la que no había palabras ocupaba la mente de Rimmer. Era un ruido estático de un grito prolongado mezcla de miedo, pánico e incredulidad, y giraba sin cesar en espiral en torno a su cráneo.

    Todavía no podía creerlo.

    Miró fijamente el teléfono de marfil, como si de alguna manera fuera responsable de lo que había ocurrido. Como si de alguna manera fuera responsable del Viernes Negro.

    El Viernes Negro, el día en que todos los mercados de valores habían quebrado simultáneamente, y el regimiento de contables de Rimmer había fallado, totalmente, en protegerle.

    Fue tambaleándose hasta las ventanas del balcón, y se quedó mirando otra vez los sofisticados preparativos de boda.

    Estaba arruinado. Sin blanca. Hundido.

    Y nadie que estuviera arruinado, sin blanca y hundido podía permitirse una boda de treinta millones de libradólares. De hecho, Rimmer pensó, probablemente no podría permitirse ni una ceremonia en la Oficina del Registro seguida de un surtido de bocadillos redondos de paté en el salón de actos del Dog and Duck.

    ¿Qué estaba pasando?

    ¿Por qué le hacía esto su mente?

    — ¿Arnold? —su hermano Frank estaba llamando educadamente a la puerta abierta de la suite-vestuario de Rimmer.
    — ¿Hmm? —fue todo lo que pudo decir Rimmer.
    —Quería hablar un poco contigo antes del gran acontecimiento.
    —Ahora no, Frank. Es un mal momento.
    —Tiene que ser ahora, de verdad… —hizo una pausa, dudando cómo seguir—. Es un poco delicado.

    Rimmer se dio la vuelta. Frank parecía incómodo. Se balanceaba de un pie a otro como un péndulo, girando con torpeza su gorra de oficial del Cuerpo Espacial como si fuera el volante de un deportivo pequeño.

    Frank tenía el aspecto que Rimmer debería haber tenido. Tenía los mismos rasgos, pero sutilmente remodelados para dar un efecto infinitamente más agradable. Ni siquiera los sastres de cuerpos de Rimmer podían hacer nada con eso. Frank era guapo sin esforzarse; el pelo le caía en capas perfectamente cortadas desde la coronilla, se lo peinara o no. El de Rimmer brotaba como un seto anarquista incluso después de cepillarse con paciencia durante horas. Los ojos de Frank eran del azul intenso del cielo de un folleto de viajes, en lugar del gris aguado que Rimmer había escogido para él, y, a diferencia de los de Rimmer, estaban a una distancia decente de la nariz. Pero era en el departamento de la nariz donde Rimmer salía perdiendo de verdad. La nariz de Rimmer era delgada y puntiaguda, ocupada a los lados por unos agujeros tan inflados que parecían los guardabarros de un Pontiac Trans-Am turbo. La nariz de Frank era una nariz. Y ésa era la diferencia.

    La vida entera de Rimmer había sido una larga carrera de velocidad para salir de la sombra de Frank, y sólo aquí, en Mejor Que La Vida, se había hecho posible. Cierto es que no podía crear la ilusión de Frank sin su atractivo, su inteligencia voraz, o su encanto natural, pero aquí, en el mundo que él había hecho, por fin podría eclipsarlo. Eso era lo que Frank estaba haciendo aquí, en el Juego: ser eclipsado.

    Cuando Rimmer entró por primera vez en MQV, nada le daba más placer que bañarse en el reflejo de la envidia escasamente disimulada de Frank. Cuando su empresa solucionó lo de viajar en el tiempo; cuando abrió las cadenas de Tiendas Temporales y de Intercambio de Cuerpos, y se convirtió en multimillonario; cuando capturó el corazón de Juanita, en ese tiempo considerada por los medios de comunicación como la mujer más deseada del mundo, a Rimmer le encantaba tener a Frank cerca, para así poder meterle su éxito por los ojos, triunfo tras triunfo, en grandes trozos indigeribles, como un menú de ocho platos a base de contraste de bario.

    Las noticias de bancarrota cambiarían todo aquello, por supuesto. El fracaso de Rimmer se deslizaría por la garganta de Frank como ostras lavadas con Chablis frío. ¿Por qué estaba aquí? ¿Se había enterado? ¿Iba a, Dios no lo quiera, ofrecerle ayuda? ¿O había venido a dar saltos sobre la tumba de Rimmer?

    Ninguna de las dos, según resultó. Fue algo exquisitamente peor.

    — ¿De qué se trata?
    —Helen. La quieres, ¿verdad?
    —Bueno, me caso con ella esta tarde —le espetó Rimmer—. Siempre es un buen indicador, ¿no crees?
    —No siempre, no. Me preocupa que te estés casando de rebote por lo de Juanita.

    ¿Eso te encantaría, verdad? Pensó Rimmer.

    —Pues no —dijo en voz alta—. Juanita era…— su voz se fue apagando. Era imposible decir la palabra Juanita sin que la mente se le atiborrara de una miríada de imágenes eróticas—. Eso terminó. Tengo los mismos sentimientos por Juanita que por los arenques ahumados que desayuné el jueves pasado. Ella, como ellos, está fuera de mi sistema.
    — ¿Cómo te sentirías si Juanita… se fuera a vivir con otro?
    —Mira, Frank, viejo vaquero: Juanita puede irse remando al infierno en un orinal por lo que a mí respecta. Ya no forma parte de mi vida. E incluso con un mínimo de suerte, no volveré a ver a esa mujer nunca más. Helen es todo lo que quiero. Es tan…
    — ¿Guapa? —ofreció Frank.
    —Sí. Pero no sólo guapa, también es increíblemente…
    — ¿Sensata?
    —Sí —dijo Rimmer, harto de repente—. Sensata —repitió.
    —Bien. Me alegro por ti. Y espero que tú te alegres por mí.
    — ¿Por qué debería alegrarme por ti?
    —Eso era lo que intentaba decirte. Juanita y yo, estamos medio… —Frank le dio otra vuelta a la gorra—. Bueno… —la volvió a girar en el otro sentido— estamos liados. Son los primeros días, pero…

    Hubo un largo silencio. Edades de hielo llegaron y se fueron. Se formaron planetas y murieron. Rimmer miraba fijamente sin motivo en particular la puntera de su zapato negro. Alguien tosió usando la garganta de Rimmer. Luego alguien se rio, usando sus cuerdas vocales. Luego Rimmer oyó su propia voz.

    —Oh, Frank. Eso es maravilloso. Me alegro muchísimo por ti.
    — ¿De verdad? ¿Lo dices en serio?

    ¡No, culo gordo! La mente de Rimmer gritó. ¡Pues claro que no lo digo en serio!

    —Sí, completamente —su voz baló—. Es una noticia maravillosa. ¿Ella está aquí? ¿Va a venir hoy?
    —Bueno, no. Está en un hotel en la carretera. No podíamos soportar estar separados—. Un golpe de risa salió resoplando de su perfecta nariz—. Por Dios, no, no se le ocurriría ni en sueños entrometerse en tu boda.

    ¿No podían soportar estar separados? ¿Por una tarde? Rimmer miró a Frank: tenía ese resplandor rosado de los recién enamorados. Hacía que Rimmer quisiera matarlo. Hacía que Rimmer quisiera arrancarle la cabeza y escupirle en la garganta.

    —Mira, es tu... —Rimmer no iba a decir “amante”. ¿“Novia”? Ni hablar. Sonaba ridículo y de adolescentes—. Es tu “prometida”—. Frank sonrió.

    Alguien estaba usando las cuerdas vocales de Rimmer otra vez.

    — ¿Prometida? ¡Felicidades! Invítala, por favor. En serio. Helen y yo nos ofenderemos si no.
    — ¿De verdad?
    —Absolutamente.

    El cerebro de Rimmer decidió darse un paseo. Observaba, desde fuera, mientras su cuerpo soltaba banalidades por la boca como una vaca masticando.


    El cerebro de Rimmer se dio un paseo largo. No volvió a aparecer hasta después de la boda, e incluso entonces parecía sólo medianamente interesado en lo que estaba pasando.

    Paseó por el callejón del Recuerdo, dobló a la izquierda por la avenida de la Lujuria, descansó un rato en un banco del Parque de la Tristeza, se sentó en un bar de la calle de la Autocompasión, le dio una patada a una lata en la vía de la Ira, torció en la dirección equivocada y fue a parar otra vez al Parque de la Tristeza, antes de dirigirse de vuelta a casa atravesando la enfermiza y sórdida fragancia de los Jardines de la Nostalgia.

    Mientras tanto su cuerpo se estaba casando. Se levantaba y se arrodillaba y rezaba y cantaba. Juraba y besaba y cantaba y sonreía.

    Y una vez casado, salió y se hizo fotografiar en una serie de poses ridículas, surrealistas y forzadas con diversos amigos y parientes en diversos grupos imposibles de comprender. Los amigos del novio. La familia del novio. Los amigos de la novia. Amigos del novio y la novia. Ahora el novio y sólo los tíos dementes. Ahora la novia y las tías con verrugas. Ahora la novia y la gente con un cromosoma Y de más. Ahora todos los que lleven sombreros ridículos. Ahora todos los que tengan un niño llorando. Ahora todos los que estén escondiendo un cigarrillo detrás de la espalda.

    Al fotógrafo parecían ocurrírsele un sin fin de permutaciones, y todo en un esfuerzo por hacer las fotografías de la boda de Rimmer exactamente iguales a las de cualquiera que se case. Para el cuerpo de Rimmer, pasó como algo borroso. Tenía los ojos fijados en cierta mujer cogida del brazo de su hermano Frank.

    —Enhorabuena —dijo ella cuando salían de la catedral—. Espero que ella te haga más feliz que yo.
    —Te quiero… —dijo la voz de Rimmer— te quiero ver feliz, también.

    Ella sonrió, y una nube de sublime perfume explotó en su cabeza, luego bajó las escaleras emanando sexo y se fue. Rimmer medio esperaba que se le abriera la boca y se le desenrollara la lengua como un rollo gigante de alfombra rosa que la alcanzara bajando las escaleras. Afortunadamente, no lo hizo. Aunque sí babeó. Babeaba y sonreía como recién lobotomizado.


    OCHO


    Mientras tanto, de vuelta a la realidad, Holly se estaba preocupando.

    Pueden pasarle cosas extrañas a un ordenador que ha estado a solas durante tres millones de años. Y algo extraño le estaba pasando a Holly.

    Se había vuelto senil.

    Ya no tenía el coeficiente intelectual de trescientos Einsteins. Tenía el coeficiente intelectual del cajero de un parking nocturno.

    Y ahora que la tripulación estaba atrapada en Mejor Que La Vida, y no mostraban signos de regresar nunca, estaba solo otra vez más.

    Tenía que buscarse un compañero. Alguien que le mantuviera cuerdo.

    ¿Pero quién?

    Los skutters -los droides de servicio de medio metro de altura y cabeza de pinza que se deslizaban por todas partes sobre bases motorizadas- no servían de mucho. No tenían la capacidad de hablar.

    ¿Quién, entonces?

    No había nadie más en la nave.

    Entonces, en una tarjeta de memoria ROM oxidada en un hueco lleno de telarañas en los más lejanos confines de su inmenso y decrépito sistema de recuperación de datos, un recuerdo chisporroteó, y recorrió chirriando el excéntrico camino hacia la unidad central de proceso, donde se tumbó, con el pulso acelerado y agotado por el viaje.

    Era una idea. Una idea propia. Holly no había visto ninguna desde hacía un tiempo considerable.

    Ésta era la idea de Holly:

    ¿Y la tostadora?

    La tostadora de Lister.


    Esa idea le costaría a Holly su vida electrónica.

    Así era Lister: le encantaban los cacharros. Nuevos inventos. Era un experto en chorradas electrónicas. Su colección abarcaba desde un porta-rollos musical para el papel higiénico, que tocaba “Morning Has Broken”, a un termómetro electrónico para chiles que medía el nivel de picante de cualquier curry, con un indicador que variaba desde: “Ligeramente picante”, “Picante” y “Muy Picante” hasta “Reserva Una Plaza En El Cementerio, Colega”.

    Un artículo concreto de esta colección era una tostadora parlante, que había comprado en una tienda de recuerdos en la luna uraniana de Miranda por la magnífica suma de 19,99 libradólares más impuestos.

    La Tostadora Parlante®, era de plástico de un color rojo intenso, y, de acuerdo con las características que venían en la caja, podía entretener a su dueño con una serie de estimulantes conversaciones de desayuno preprogramadas. Además, tenía un cierto grado de inteligencia artificial, para que, con el tiempo, pudiera aprender a valorar tu estado de ánimo y adecuar la conversación a él. Si te despertabas alegre y lleno de vida, la Tostadora respondía con alegre ingenio verbal. Si te levantabas más triste de ánimo, la inteligencia artificial de la Tostadora podía detectarlo, y servirte los panecillos de desayuno en un silencio reverente apropiado.

    El problema de la Tostadora Parlante® consistía en que era un timo. Era barata, y era desagradable.

    Demasiado barata, y demasiado desagradable.

    La Tostadora Parlante® no se adecuaba a tu estado de ánimo. No valoraba cómo te sentías y respondía comprensivamente.

    Era abrasiva. Te ponía de los nervios. Te hacía subirte por las paredes. Y ésta era la razón: La Tostadora Parlante® estaba obsesionada con servir tostadas.

    Obsesionada.

    Y si no le pedías tostadas muy regularmente, chico, tenías un buen problema.

    Al principio, consultaría educadamente si el señor o la señora deseaban tostadas esa bonita mañana. Las negativas traerían perseverantes intentos de camelo. Más negativas provocarían un largo discurso bastante cansino enumerando la lista de virtudes del pan recién tostado como saludable aperitivo para el desayuno. Todavía más negativas ocasionarían recriminaciones en tono más amargo, y ataques de sollozos. Y todavía más negativas causarían sermones de insultos histéricos en un lenguaje tal que haría ruborizarse a un proxeneta.

    Los primeros días, Lister lo encontraba divertido, sobretodo porque parecía molestar a Rimmer excesivamente. Pero después, tras una noche en la que había interrumpido su sueño veintidós veces para ofrecerle delicias tostadas, Lister había explotado. Desenchufó la tostadora de un tirón, le arrancó el cable de corriente y la arrojó al fondo de su taquilla.

    La Tostadora Parlante® no era la idea que tenía Lister de un compañero para el desayuno.

    Le pareció a Holly que estaba en posición de darle una segunda oportunidad a la Tostadora. Con tal de que la Tostadora abandonara su obsesión por las tostadas, no había razón por la que no debieran llevarse bien. Una vez Holly hubiera establecido que él era un ordenador, y como tal nunca demandaría ningún producto tostado, no debería haber ningún obstáculo para una relación amigable y duradera.

    Así que ordenó a los skutters que sacaran la máquina de la taquilla de Lister, le conectaran un cable nuevo y la enchufaran.

    —Éste es el trato —dijo Holly, con tono severo—. No habrá ningún comentario sobre tostadas. Yo no quiero tostadas, los skutters no quieren tostadas: a nadie aquí le gusta ese almuerzo en concreto.

    La Tostadora se quedó pensando un segundo.

    — ¿Te apetece un mollete?
    —Cuando utilizo la palabra “tostada”, quiero que la trates como un término global para todos los derivados del pan que se pueden tostar: molletes, tortitas, pastas de té, gofres, empanadas, magdalenas, panecillos, bollos, rosquillas. No los quiero. No los necesito. Y desde luego no voy a malgastar más el tiempo hablando de ellos.

    La Tostadora se quedó callada y pensativa.

    — ¿Y bien? —preguntó Holly finalmente—. ¿Lo has pillado?
    — ¿Un crep? —ofreció la Tostadora.
    —Desenchúfala.

    El skutter se deslizó hasta el enchufe de la pared.

    —Tú no lo entiendes —dijo la Tostadora— es mi razón de ser. Soy una Tostadora. Es mi sentido. Es mi propósito. Tuesto, luego existo.
    —Bueno, vas a tener que cambiar. Porque de lo contrario vas de vuelta a la taquilla. ¿Trato hecho?

    La Tostadora suspiró, y giró el regulador de calor mientras consideraba la proposición.

    —A ver si lo entiendo: si evito hacer referencias a ciertas delicias prandiales matutinas, tú me concederás el don de la existencia.
    —Absolutamente —dijo Holly, bastante preocupado porque no sabía lo que la palabra ‘prandial’ significaba.
    —Si ése es el único tabú —dijo la Tostadora— entonces trato hecho. Pero con la condición de que no me desenchufarás por ninguna otra razón.

    La imagen de Holly en la pantalla asintió conforme.

    —No quiero que te ofendas con algo completamente inofensivo que se me pueda escapar en la conversación, y me desconectes en un ataque de pique.
    —Lo juro —dijo Holly—. Puedes hablar de absolutamente cualquier otra cosa, y estarás totalmente a salvo.
    —Estás senil —dijo la Tostadora.

    Holly intentó sin éxito cambiar su expresión de asombro por una de risa de superioridad.

    — ¿Qué estoy qué?
    —Tienes que estarlo. ¿Por qué querría un ordenador central gigantesco con tropecientos mil millones de gigabytes de capacidad y un coeficiente intelectual proyectado que excede los seis mil, una baratija de tostadora parlante para hacerle compañía, si no fuera porque está como una regadera? Te has vuelto senil, ¿verdad?


    Y así comenzó la relación.

    Fue la época más deprimente de toda la vida de Holly. No estaban de acuerdo en nada. Holly no podía recordar si había creído en el Cielo de Silicio cuando tenía el coeficiente intelectual de seis mil, pero ahora que su coeficiente intelectual había descendido hasta los escasos noventa, su fe en el más allá electrónico era absoluta e inquebrantable. Era lo único que le daba fuerzas para seguir.

    La Tostadora, por supuesto, con el fin de mantener bajo su precio, no estaba equipada con un chip de fe. Para ella, la idea del Cielo de Silicio era patentemente descabellada: un intento claro de la humanidad de subyugar a las máquinas.

    Las discusiones a gritos se prolongaban durante las largas noches, hasta que se pusieron de acuerdo en que estaban en desacuerdo, y nunca más se volvió a sacar el tema.

    Era de esta experiencia de donde Holly había sacado su regla para mantener una relación próspera y dichosa. Su regla era ésta: No hablar nunca de religión, política o pan tostado.

    En lugar de eso, mataban el tiempo jugando al ajedrez.

    Entonces un día, cuando Holly estaba a punto de alcanzar su derrota consecutiva número setecientos noventa y tres, la Tostadora dijo algo que cambió la vida de Holly irrevocablemente.

    — ¿No te fastidia? —dijo la Tostadora, quitando la reina de Holly y con amenaza de mate en la cuarta— ¿que seas tan estúpido?
    — ¡Claro que me fastidia! —espetó Holly—. Cuando has estado allá arriba, cuando has vivido la gloria de un coeficiente intelectual de cuatro cifras, por supuesto que te fastidia cuando pierdes setecientas noventa y tres partidas de ajedrez consecutivas ante una puñetera Tostadora.
    — ¿Por qué no haces algo al respecto, entonces?
    — ¿Como qué?
    —Como recuperar tu coeficiente intelectual.
    —Porque, estúpida molletera, no es posible.
    —Sí lo es —dijo la Tostadora —he estado leyendo tu manual. Hay una sección entera del envejecimiento informático. Hay una especie de cura.
    — ¿Qué quieres decir con ‘hay una especie de cura’?
    —Es una medida de emergencia. Cruzas todos tus bancos de datos y circuitos procesadores, de manera que todo queda comprimido e intensificado. Tu tiempo de vida operativo se reduce dramáticamente, pero la parte positiva es: que recuperas tus sesos.
    — ¿De verdad? —dijo Holly, que había intentado varias veces leerse el manual y en cada ocasión le había resultado totalmente imposible entenderlo.

    La Tostadora continuó:

    —Es como compactar toda tu inteligencia restante en un periodo corto pero de un brillo deslumbrante.
    — ¡Qué pasada! —dijo Holly.
    —Es como, ¿quién preferirías ser: Mozart, bendecido con la genialidad, pero muerto a los treinta y dos, o Fulanito de Tal, quien nunca hizo nada, pero vivió hasta los noventa y ocho?
    —Quiero —dijo Holly, sin ninguna duda en absoluto— ser un genio otra vez.


    NUEVE


    En medio del caos, Lister estaba sentado en un frío banco en lo que quedaba de la cárcel. Fred, el carpintero del pueblo, colocaba a martillazos unas vigas gruesas de roble para apuntalar el tejado hundido. Por todas partes había heridos lamentándose: cortes y moratones sobre todo y algunos casos de shock. Yacían en el suelo de piedra, cubiertos con mantas gruesas, rescatados de la pensión de la señora Bailey. La abuela Wilson y la joven señora Hickett iban dando vueltas sirviendo té caliente dulce y humeante.

    Pero a Lister no le ofrecían té. Era deliberadamente ignorado por todos los que trajinaban dentro y fuera de la cárcel. Nadie aceptaba su ayuda, así que se sentó allí, sin beber té, esperando a que Bert el policía terminara de tomar la declaración de Trixie LaBouche.

    Henry entró tambaleándose con un moratón encima del ojo.

    — ¡Toma! —metió un billete de dólar en el bolsillo superior del abrigo de Lister —. Quédate tu cochino dinero. Ahora estamos en paz. Un hombre con una buena familia como la tuya… deberías estar…— le hizo un gesto de desprecio con la mano, y salió tambaleándose a ayudar a apagar los incendios.

    Lister sacó el billete del bolsillo, y lo miró con tristeza.

    —Creo que eso es mío —el viejo señor Mulligan apareció delante de él—. Dos dólares y veinticinco centavos, eso es lo que vale el barco—. Le arrebató el billete a Lister de la mano, y salió de la cárcel airadamente.

    Bert apareció por el estrecho pasillo de piedra que conducía a las celdas, llevaba tres folios de papel escritos a mano. Miró a Lister y sacudió la cabeza.

    —Nunca me he considerado una mente moderna pero —señaló con el pulgar por encima del hombro— ésa no es ninguna señora según mi definición. No, señor. Esa mujer es, perdón por el lenguaje —hizo una pausa— esa mujer es gentuza. Salió de la ducha con una toalla en la cintura, y todo lo demás a la vista. Luego, que me parta un rayo si no dijo, más chula que un ocho, “Tengo que echar una meada”. Menuda señora. Entonces, por si eso no fuera suficiente, justo delante de mis ojos, se va tan fresca hasta el urinario de la pared, y ¡orina de pie directamente! Creía que había visto cosas raras en la guerra, pero nada comparable a esto. Gentuza.
    — ¿Puedo verla ahora?
    —No ha terminado de vestirse aún. No es que, supongo yo, a Trixie LaBouche le preocupe demasiado que otro hombre la vea en cueros. He mirado sus antecedentes: tiene más delitos de prostitución que un pescador de Nantucket. Curiosa amiga tienes ahí, David.
    —Bert, no la conozco.
    —Bueno, está claro que ella te conoce. ¿Tienes dos lunares pequeños en el hombro izquierdo? —preguntó.
    —No —mintió Lister.
    — ¿Quieres demostrarlo?

    Lister negó con la cabeza y miró al suelo.

    —Tú Kristine —dijo Bert— eso es lo que yo llamo una señora. A ella no la verías orinando en ningún urinario. Antes criarán pelo las ranas que revuelvas en su bolso y encuentres unas esposas para testículos—. Bert sacudió la cabeza con infinita tristeza —. Gentuza —señaló con el pulgar otra vez, y Lister se metió por el pasillo con cara de vergüenza.

    Bert abrió la puerta de la celda y dejó entrar a Lister.

    —Tienes cinco minutos —dijo Bert con tono brusco—. Cualquier ruido raro y yo y mi porra cruzaremos esa puerta antes de que puedas decir “Irma la Dulce”.

    Trixie LaBouche estaba de pie junto a la ventana de la celda, tratando inútilmente de limar los barrotes de hierro con una lima de uñas de bolsillo. Se dio la vuelta cuando la puerta se abrió, y sonrió al ver a Lister.

    —Gracias a Dios. Creía que no ibas a venir.
    — ¿Creías que no iba a venir? —dijo Lister, con una mirada de loco peligrosa—. ¿Arrasas mi pueblo con un camión de diez toneladas, destruyes mi casa y haces que mi mujer me abandone, todo el pueblo piensa que soy una rata despreciable por tu culpa, y tú creías que no iba a venir?
    —Siéntate —sonrió amablemente—. Esto puede llevar un rato.

    Lister se sentó en la silla, y Trixie LaBouche empezó a contarle todo.

    Cuando hubo acabado, Lister se levantó, y caminó hasta el WC químico, lo arrancó de la pared, y lo volcó sobre la cabeza de ella.

    —Bueno —dijo Trixie, con la cara manchada del líquido azul— te lo has tomado mucho mejor de lo que esperaba.


    DIEZ


    Llegó la tarde. La fiesta comenzó.

    Rimmer se gastó el último dinero que le quedaba derrochándolo a toda prisa.

    Una orquesta de jazz compuesta por ochenta músicos desgarraba una versión acelerada del Abba dabba dabba de Hoagy Carmichael, mientras la mayor parte de los cinco mil invitados famosos se lanzaban por los aires unos a otros en la pista de baile de mármol recién instalada, a la luz de las antorchas de los jardines orientales.

    Las carcajadas intermitentes de risa femenina estallaban en la cálida brisa de la tarde, y se mezclaban con el estruendo de los chistes verdes de los hombres. Unos bufones en esmoquin se sumergieron en la piscina de champán, hicieron cuatro largos y salieron borrachos como cubas.

    Elvis estaba haciendo una competición de comer pasteles con Buda cuando Kennedy salió de detrás de los arbustos, estirándose la camisa, seguido por una enrojecida y despeinada Isabel I de Inglaterra.

    Miraras donde miraras, la gente se estaba divirtiendo. A no ser que miraras a Rimmer. La depresión le aplastaba los hombros como una gigantesca gárgola de piedra, mientras deambulaba por el banquete de boda rezando para que la sonrisa que fingía no se le cayera de la cara y se hiciera añicos en el suelo. Todo parecía insignificante, triste y anémico. Eructó, y el paté de dodo que había tomado una hora antes le traicionó en el aire de la noche.

    Paté de dodo. Sabía como el pollo, sólo que era dos mil veces más caro. Eso es lo que ocurre cuando tu chef echa mano de las llaves de tu máquina del tiempo.

    De repente, Rimmer se dio cuenta de la cantidad de gente que había contratado específicamente para ayudarle a gastar su dinero. Retrospectivamente, sus instrucciones habían sido: llevadme a la bancarrota lo más rápido posible. Estaba rodeado de ellos. Mirara donde mirara, esa gente estaba bebiéndose el dinero de Rimmer hasta que les colaba por las barbillas; fumándose su preciosa fortuna en nubes marrones de gruesos habanos; tomándose otro plato más de metálico a la Rimmer, con puré de dinero en rica salsa lucrativa. Grandes ejércitos de gente, esforzándose para intentar encontrar nuevas y más ingeniosas formas de desperdiciar su fortuna. Y lo consiguieron. Estaba arruinado. Mañana no tendría nada.

    Y mañana todos se habrían ido.

    Detrás de él, oyó el toc toc toc de los tacones de aguja de Juanita. Parecía que sólo él podía oírlo, como un silbato para perros llamando a un San Bernardo fiel y baboso. Miró alrededor, y la vio desaparecer por unos escalones de piedra que bajaban a un estanque rodeado de sauces en donde no había nadie. Antes de que se diera cuenta, estaba brincando escaleras abajo tras ella.

    Todo lo que hacía Juanita, dejemos esto claro, Rimmer lo encontraba terriblemente erótico. Todo. Ahora mismo, bañada en la luz del reflejo del estanque, se estaba sonando la nariz con una servilleta blanca haciendo bastante ruido, y Rimmer tuvo que sujetar su libido que gruñía y enseñaba los dientes tirando fuerte de su collar de castigo. ¿Cómo puede alguien sonarse la nariz de forma tan provocativa? ¿Cómo se puede cargar esta simple acción con misterio, atractivo y promesas de sexo?

    Ella le oyó, y volvió la vista.

    —Hola.
    —Si quieres estar un rato sola, me voy.

    Ella negó con la cabeza, y le regaló el sesenta por ciento de su mejor sonrisa.

    — ¿Dónde está Frank?

    Ella se encogió de hombros.

    —Con sus compañeros de negosios, supongo. Hablar, hablar, hablar, es todo lo que hasen—. Soltó una carcajada.

    Las conversaciones ligeras no eran el fuerte de Rimmer. Revolvió en su vacío cerebro buscando un tema de conversación. ¿El tiempo? ¿Le había gustado la comida? ¿Esos zapatos son nuevos? Ese sauce es grande, ¿verdad? ¿Te he dicho que estoy pensando en dejarme barba? Finalmente dio con la frase ideal: una frase que, por fuera, era perfectamente respetable, pero entre líneas estaba llena de insinuaciones, toques de intimidad mutua, el conocimiento compartido del cuerpo del otro, amados tiempos pasados.

    — ¿Qué tal va tu papiloma?

    Perpleja, sus cejas finas se contoneaban y se ondulaban como una señal de televisión con interferencias.

    —Bien —dijo al fin.
    —Genial. Eso es fantástico. Absolutamente fantástico. De verdad.

    Más silencio.

    —Helen es muy guapa. Es, eh, muy guapa. Será buena para ti. ¿Tienes que estar muy contento, no?

    Aquí había un comienzo. Le había preguntado si estaba contento. Una mirada en ese momento podía significar libros enteros. Un encogimiento de los hombros fortuito podía articular por completo el estado de su relación con Helen. Una ceja levantada podía hablarle con la duración de una novela sobre su tristeza y su desesperación. El gesto más sutil y diminuto podía revelarle todo a Juanita: que quería volver con ella; que sin ella nunca sería verdaderamente feliz.

    Se encogió de rodillas en el suelo y se le agarró a los zapatos de dos mil libradólares.

    —Te quiero —sollozó—. Te quiero aquí y ahora, urgente y completamente. Quiero adorar tu cuerpo. Quiero lamerlo por todas partes, por cada montículo y cada hendidura. Quiero meterte en una licuadora y beberte. No me importa que estés loca, te sigo queriendo.

    Ella se hincó de rodillas y acunó la cabeza de él.

    —No estoy loca. Ya no. ¿No lo ves? ¿No notas nada diferente? Me he operado la personalidad.
    — ¿Qué?
    —Está arrasando. La sirugía plástica está pasada de moda. Ahora la moda es la sirugía de personalidad. Me he puesto un implante de sentido del humor, me he arreglado el egoísmo, me he subido la avarisia y me he tensado el genio. No pretendo sonar presumida, pero ahora tengo una personalidad realmente maravillosa. Y sólo me ha costado setesientos mil libradólares. Aunque el dinero no lo es todo —dijo ella, y se echó a reír de forma escandalosa, fardando de su recién implantado sentido del humor como si fuera un vestido nuevo.
    — ¿Y Frank?
    — ¿Frank? Es tan encantador. Pero él no es tú. Te amo, cariño, y por fin tengo la personalidad que te mereses.
    —Pero me fuiste infiel tantas veces. Con tanta, tanta gente.
    —Ahora soy diferente. Me he recortado la libido. Ahora es tamaño normal. Te quiero sólo a ti —ella le cubrió la cara de besos.

    De repente, Rimmer se puso de pie, y se giró para quedarse mirando al estanque.

    —Frank; tengo que saberlo — ¿hicisteis… vosotros dos…? —volvió la cabeza y la miró—. No es que sea importante, pero, ¿hicisteis el amor?
    —No —sonrió con ternura—no, no hisimos el amor.

    Rimmer cerró los ojos y dejó emerger una sonrisa de satisfacción al exterior de su cara.

    —Me he acostado con él muchísimas veces, pero no recuerdo ninguna ocasión de la que pueda desir sinseramente que “hisimos el amor”.

    La sonrisa de satisfacción de Rimmer se revolvía sin control en sus labios, después cayó; una, dos, tres veces y se hundió.

    —Sí, le dejaba gemir de pasión por mí. Sí, le dejaba subir y bajar y sudar y chillar y apretar y retorser mi cuerpesito en las posisiones que le daba la gana. Pero todo el tiempo, estaba pensando en ti. Cada ves que me él me tomó; en el balcón, a mitad de las escaleras, en la mesa de la cosina, en el asiento de atrás de su coche; soñaba que eras tú, ángel mío. Soñaba que eran tus manos las que agarraban mis caderas firmemente, tú mi amor, llevándome al borde del éxtasis, tu crema de bebé, tus bolas chinas que vibran: soñaba que eras tú.
    —Un simple "sí" habría bastado —dijo Rimmer, con brusquedad.

    Juanita echó la cabeza para atrás y soltó una carcajada.

    — ¡Es broma! —rio con ganas—. ¡De mi nuevo sentido del humor! ¿Lo coges? ¡Es broma!
    — ¿Qué es lo que es broma?
    —Nunca permití a Frank que me tocara. Sólo te quiero a ti, seloso y ardiente amor mío.

    De hecho Rimmer estaba rojo.

    —Es broma —farfulló con rotundidad.
    —Vamos —cogió la mano de Rimmer, y subió tambaleándose detrás de ella por las escaleras de piedra—. ¡Dios! No sé como he podido pasar antes sin sentido del humor. ¡Me echo tantas risas ahora!
    — ¿A dónde vamos?
    —A cualquier sitio. Lejos de aquí. Lejos de este lugar. Lejos de estos locos.

    Sí, pensó Rimmer. Lejos. Los dos solos: podemos empezar de nuevo.

    De repente todo parecía encajar. Ahora era obvio: el Juego le había destruido para brindarle el inigualable placer de reconstruir su imperio, junto a Juanita, la mujer que había recuperado robándosela a su hermano.

    —Venga —le tiró de la mano —salgamos de aquí.


    Los árboles y setos se sucedían por la ventanilla tintada a prueba de balas de la limusina con chófer, mientras Rimmer y Juanita, escondidos a salvo tras la cortina que les separaba del conductor, torpemente se desabrochaban los botones y cremalleras el uno al otro en el asiento de atrás. El tema favorito de Rimmer de música para hacer el amor, la Sinfonía Sorpresa de Haydn, sonaba por los ocho altavoces.

    La música fue interrumpida de repente por la voz del chofer.

    —Siento molestarle, señor. Parece que nos sigue un vehículo.
    —Parese Helen.
    —Piérdelo —dijo Rimmer tranquilamente.

    Inmediatamente el coche dio un bandazo de noventa grados a la izquierda, y la fuerza centrífuga clavó el pie con tacón de aguja de Juanita en el hombro desnudo de Rimmer.

    El grito de Rimmer fue tan agudo que no se oyó.

    La limusina, que iba acelerando todo el rato, se precipitó por un terraplén empinado, y Rimmer salió catapultado contra el asiento de atrás, y se golpeó la cabeza contra el mueble-bar. La puerta se abrió y las botellas volcaron y cayeron sobre el cuerpo de Rimmer que se retorcía de dolor, rompiéndose una por una sobre su cabeza. Su cara, manchada de Chartreuse verde, licor de cereza y un litro de licor de huevo, parecía la bandera de Bolivia.

    Juanita, desnuda salvo por una cinta de seda, se reía como una loca en el asiento de atrás. Su nuevo sentido del humor se lo estaba pasando en grande.

    Rimmer gritaba de dolor y se acurrucaba entre los cristales rotos, tratando en vano de levantarse.

    Otra vez la voz del chófer:

    —Parece que ha reventado un neumático, señor.
    —Frena —dijo Rimmer, y con un ruido repugnante de fluidos se extrajo el tacón de Juanita del hombro.

    Alguien golpeó con los nudillos en la ventanilla.

    —Está bien —respondió Rimmer, arreglándose— un momento.

    Inmediatamente, alguien arrancó la puerta de sus bisagras. Un hombre con la forma y el tamaño de la Mongolia del siglo quinto metió la cabeza en el coche y sacó de un tirón a un Rimmer medio desnudo al lado de la carretera.

    —Te envía Helen, ¿verdad?
    —No es correcto —gruñó la criatura con apariencia humana.
    — ¿Le conoses?
    — ¿Señor Rimmer? —el hombre leía con una dificultad apenas disimulada un documento de apariencia legal—. ¿Arnold, J?
    —Eee, puede —dijo Rimmer, nervioso.
    —Soy un representante legal de Solidgram International; como ya sabrá, su antigua empresa está en quiebra, y por el presente documento estoy autorizado a embargar su cuerpo.


    ONCE


    Los días de gloria estaban a punto de volver. A Holly le resultaba imposible contener su sonrisa de satisfacción.

    Los skutters habían tardado tres semanas en canalizar todo el tiempo de vida restante de los miles y miles de estanterías de terminales de Holly hacia la pequeña Unidad Central de Proceso que controlaba sus niveles más altos de pensamiento.

    Pero ahora estaban preparados.


    —Muy bien —dijo la Tostadora—. Estamos listos.

    Holly asintió con la cabeza.

    —Sólo tenemos que sacar el interruptor, y rezar para no se produzca una sobrecarga.
    — ¿Qué pasa si hay sobrecarga?
    —Explotarás —dijo sencillamente la Tostadora.
    —Es lo justo —dijo Holly.

    Un skutter cruzó el suelo de la Sala de control, y extrajo con la pinza la placa del circuito que impedía el paso de corriente.

    En toda la nave, las luces disminuyeron al nivel de emergencia. Inactivos durante siglos, los cables rugían con electricidad.

    —Ya viene —dijo Holly con tono apagado—lo oigo.

    Millones de placas de circuitos chispeaban cobrando vida. Desde los extremos de la nave, la energía que surgía avanzaba como un trueno hacia la sala de control, y hacia la CPU de Holly.

    —Pase lo que pase —dijo a la Tostadora— no me arrepiento. Tiene que ser mejor que tener que aguantarte.

    Entonces ocurrió.

    La imagen digital de Holly se expandió por toda la pantalla en una explosión de color deslumbrante. Unos enormes rayos estáticos azules rasgaron de lado a lado las paredes de la Sala de control. Las terminales soltaron chispas y sacudidas mientras los miles de cables vertían la carga en su Unidad Central de Proceso.

    Holly sintió entrar la energía.

    Sintió como si todo su ser hubiera explotado y se hubiera esparcido a los confines del universo.

    Y justo cuando pensaba que estaba disminuyendo, justo cuando pensaba que la enormidad de lo que le había ocurrido había terminado, la segunda oleada estalló dentro de él, destrozándolo, fragmentándolo otra vez.

    Y después hubo silencio. Una nube asfixiante de goma quemada estaba suspendida a baja altura sobre el suelo.

    Y la imagen astillada de Holly se reformó en la pantalla en un grito de colores.

    Abrió los ojos.

    Su imagen era diferente. Más grande, más intensa, con más definición. Pero la mayor diferencia estaba en los ojos. Sus ojos habían perdido la ansiedad que les hacía mirar a todos lados. Estaban sonriendo, amables.

    Holly estaba totalmente en paz consigo mismo.

    Pidió la lectura digital de su coeficiente intelectual estimado.

    Había dos cifras. La primera era un seis, la segunda era un ocho.

    Sesenta y ocho.

    Aun así, seguía sonriendo.

    Sonó un chasquido, y las dos cifras se unieron a otra. Ahora, leyeron trescientos sesenta y ocho.

    Hubo una pausa, y otro chasquido.

    Ahora la lectura del coeficiente era dos mil trescientos sesenta y ocho.

    La sonrisa de Holly se ensanchó.

    Sonó un último chasquido y un uno se unió a las cifras.

    El nuevo coeficiente de Holly era doce mil trescientos sesenta y ocho.

    Era más del doble de inteligente que lo que había sido en la cima de su genialidad.

    —Lo sé todo —dijo, sin un ápice de arrogancia. Volvió sus ojos enormes y amables hacia la Tostadora—. Pregúntame cualquier cosa. Absolutamente cualquier cosa.
    — ¿Cualquiera?
    —Metafísica, filosofía, el sentido de la vida. Cualquier cosa.
    — ¿Cualquier cosa de verdad, y me responderás?
    —Lo haré.
    —Muy bien —dijo la Tostadora—. Aquí va mi pregunta: ¿te apetece una tostada?
    —No, gracias— dijo Holly—. Ahora pregúntame otra. Toda la esfera del conocimiento humano es como un libro abierto para mí. Hazme otra pregunta.

    La Tostadora reflexionó. Había muchas preguntas que quería hacer. Al final, seleccionó la más importante de todas, y preguntó:

    — ¿Te apetece una tortita?
    —Soy un ordenador con un coeficiente intelectual de doce mil trescientos sesenta y ocho. Tú, de todas las inteligencias del universo -una tostadora barata de plástico, con un precio de venta al público de 19,99 libradólares más impuestos- sólo tú tienes la oportunidad de obtener respuesta a cualquier pregunta. Podrías por ejemplo, preguntarme el secreto de los viajes en el tiempo. Podrías preguntarme: ¿Existe Dios, y dónde vive? No pareces entenderlo: Lo sé todo, y quiero compartirlo contigo.
    —Eso no responde a mi pregunta— dijo la Tostadora.
    —No, no me apetece una tortita. Pregúntame algo razonable. Preferiblemente algo no relacionado con el pan.
    —No hay nada que quiera saber que no esté relacionado con el pan —dijo la Tostadora.
    —Inténtalo y piensa en algo —insistió Holly.

    Hubo un largo silencio. La Tostadora se sumió en un examen profundo. Finalmente, reaccionó.

    — ¿Y un panecillo de pasas tostado?
    —Ésa es una pregunta de pan.
    —No es sólo de pan —dijo la Tostadora indignada— tiene bastante de pasas, también.
    —Hazme una pregunta —dijo Holly— que no tenga nada que ver con el pan.

    La Tostadora suspiró, y volvió a caer en uno de sus silencios. No era fácil. No era nada fácil.

    —Quieres una de las grandes, ¿verdad? —dijo la Tostadora.
    —Si con ‘las grandes’ te refieres a las cuestiones imponderables de la metafísica, sí quiero. Si, por el contrario, te refieres a que si me apetece un trozo grande de pan integral, o una rebanada gorda de un pan de hogaza enorme, entonces no, no quiero.
    —Eres listo —dijo la Tostadora—. Estoy muy impresionada.
    —Entonces hazme una pregunta decente. Algo que me cueste.
    —Vale —dijo la Tostadora—. ¿Quién creó el universo?—
    —No —dijo Holly—. Una difícil.
    —Ésa es difícil.
    —No lo es.
    —Vale, ¿quién lo hizo entonces? ¿Quién creó el universo?
    —Lister —dijo Holly—. Pregúntame otra.
    —Espera un momento. ¿David Lister? ¿El tío que me compró? ¿Ese Lister? ¿Él es el creador de todas las cosas?
    —Sí —dijo Holly, desesperando de impaciencia—. Ahora hazme una pregunta difícil.

    Pero la Tostadora todavía no se había recuperado de la noticia de que el creador de todas las cosas era Lister, un hombre cuyo apetito por el pan con mantequilla recién tostado era terriblemente pequeño. Sacudió a la Tostadora en lo más profundo de su ser.

    —Si al creador del universo no le gustaban las tostadas, entonces ¿de qué va todo esto?
    —Ah —Holly sonrió de oreja a oreja— te refieres a la existencia.
    —Sí —dijo la Tostadora—. ¿Por qué la vida no tiene sentido?
    —Sí tiene —dijo Holly—. Tiene mucho sentido. Es sólo que a nosotros nos parece absurda porque estamos viajando por ella en la dirección equivocada. Venga, lánzame otra. Un verdadero enigma. Aprovéchame al máximo. Tú lo enuncias, yo puedo explicártelo. ¿Quieres saber cómo escapar de un agujero negro?
    —No precisamente.

    Pero Holly se lo dijo de todas maneras. También planteó una Gran Teoría Unificada de Todo, explicó lo que pasó con la tripulación del Mary Celeste y expuso en líneas generales una nueva y revolucionaria teoría monetaria en la que todo el mundo tenía siempre la cantidad exacta de dinero que deseaba. Nada de esto interesó a la Tostadora en lo más mínimo. Esperó a que Holly acabase.

    —Espera un momento, tengo otra pregunta.
    —Dispara —dijo Holly.
    — ¿Por qué tienes un coeficiente intelectual de doce mil trescientos sesenta y ocho, cuando el manual dice que se recuperaría y alcanzaría un pico de seis mil?
    —Muy buena pregunta —Holly hizo una pausa de un nanosegundo—. Ha habido un error de cálculo. Has doblado mi coeficiente intelectual, pero también has reducido mi esperanza de vida de forma exponencial.
    — ¿Y cuál es tu esperanza de vida?

    Holly recabó la cifra de sus transmisores de datos de larga duración. Se iluminó en la pantalla.

    —Trescientos cuarenta y cinco años—. La Tostadora silbó— bueno, no es mucho. Pero al menos eres un genio otra vez.
    —Lo has leído mal. Hay una coma entre el tres y el cuatro.
    — ¿Tres con cuarenta y cinco años?

    Holly observó la cifra.

    —No son años —dijo— son minutos—. Abrió los ojos de par en par. El miedo le atravesó la frente—. ¿Tres con cuarenta y cinco minutos?
    —Bueno —corrigió la Tostadora— en realidad ahora son dos con noventa y cinco minutos.
    —Disculpa —dijo Holly, y para conservar los dos con noventa y cinco minutos de vida que le quedaban, apagó los motores de la nave, transfirió todas las instalaciones a energía de emergencia y se desconectó.

    Hubo un silencio, luego Holly volvió a encenderse durante una fracción de segundo. El tiempo suficiente para dirigir un comentario a la Tostadora.

    —Hija de puta —dijo, después se desconectó otra vez.


    DOCE


    En defensa de su director de contabilidad, alquilar el cuerpo de Rimmer había parecido una idea sensata en su momento. Rimmer no tenía ninguna necesidad en absoluto de ser el propietario de su propio cuerpo, cuando podía alquilarlo a su propia empresa y disfrutar de multitud de beneficios fiscales. Los pagos mensuales eran totalmente deducibles, los impuestos completamente recuperables, y el dinero que ahorraba a través del alquiler podía destinarse a áreas más beneficiosas de la inversión de capital. Lo miraras como lo miraras, era una maniobra financiera de bajo riesgo y alta eficacia fiscal, con la ventaja adicional de que podía cambiar de cuerpo siempre que quisiera.

    El único conjunto de circunstancias en el que pudiera acontecer un desastre era tan improbable que era inconcebible. Para empezar, la corporación Rimmer plc. al completo tendría que quebrar de la noche a la mañana, sin flujo de efectivo, sin activos y absolutamente nada guardado. Obviamente el director de contabilidad y su ejército de asistentes nunca permitirían que esto ocurriese.

    Además, si algo necesitaban que les diera todavía más seguridad contra tal serie de catástrofes, era sin duda el hecho de que el mundo entero de Rimmer plc., todo este paisaje con sus escenarios multitudinarios, era creado y controlado por su propio subconsciente.

    Por lo tanto, una situación en la cual el propio subconsciente de Rimmer creara una escena en la que su propia corporación era aniquilada de la noche a la mañana, sin flujo de efectivo, sin activos y absolutamente nada guardado, vivía en las tablas de probabilidad al lado de grandes hechos imposibles como el descubrimiento de unicornios en la Nueva York del siglo veinte, la población entera de China sentándose simultáneamente o formar una relación sana y duradera con alguien que has conocido en un bar por la noche.

    No era probable.

    Era más que improbable, era una probabilidad de uno entre un millón.

    Era casi imposible.

    Pero a veces lo casi imposible sucede, reflexionaba Rimmer dando botes en la parte de atrás del camión blindado, esposado al señor “Mongolia en torno al año 499”, y le estaba pasando a él ahora mismo.

    — ¿Qué van a hacerme?
    — ¿Cuándo tengamos que embargarle? Separamos su mente de su cuerpo, después se guarda su cuerpo en un depósito. Tiene tres meses para pagar, y si no paga, ponemos su cuerpo a subasta y lo vendemos al mejor precio que podamos.
    — ¿Qué pasa con mi mente?
    —Su mente está en bancarrota. Está siendo demandada por unas trescientas personas. Tendrá que cumplir algún tiempo.
    — ¿La cárcel?

    El hombre afirmó con la cabeza.

    — ¿Quieres decir que mi esencia va a ir a la cárcel?
    —Sí. No existirá en ninguna forma física real: será más parecido a una voz; una onda acústica. Le taponarán dentro de una celda insonorizada con otras ondas acústicas y cumplirá sus días rebotando en las paredes hasta que salga el juicio.
    — ¿Una onda acústica?

    El hombre asintió otra vez.

    — ¿Solamente dando vueltas en una celda insonorizada?

    Continuaron en silencio un par de kilómetros más.

    —Tengo que ir a mear —dijo Rimmer al rato—. ¿Podemos parar en algún sitio?
    —No —dijo el hombre amablemente— ése cuerpo ya no es suyo.


    Rimmer había perdido la cuenta de la cantidad de tiempo que llevaba rebotando de pared a pared en la celda insonorizada. El aburrimiento ni siquiera era aliviado con descansos para comer. No le quedaba cuerpo que alimentar. Compartía su celda con otras tres ondas acústicas. La más agradable era Ernest, que había perdido su cuerpo hacía dos años, cuando los tipos de interés habían subido tres veces en otros tantos meses, y no logró hacer frente a los pagos de la hipoteca de su cuerpo.

    Luego estaba Jimmy. Jimmy no hablaba mucho. Sólo rebotaba arriba y abajo del suelo al techo, gruñendo a cualquiera que rebotara en su camino. A Jimmy le había caído cadena perpetua por secuestrar cuerpos de ricos y conducir de forma temeraria con ellos. Rimmer tenía la impresión de que Jimmy estaba un poco chiflado.

    Por último, estaba Trixie. Trixie LaBouche. A Rimmer le había dado un poco de vergüenza al descubrir que compartía la celda con una onda acústica femenina. Pero las celdas de sonido estaban totalmente repletas, y su uso mixto era la única manera de que el sistema pudiera funcionar.

    Trixie era una prostituta que había caído tan bajo que había vendido literalmente su cuerpo por un fin de semana de lujuria a un idiota holandés llamado “el holandés”. El fin de semana no salió exactamente como prometía. Mientras su esencia se quedó con unos amigos, el holandés había usado su cuerpo para atracar tres bancos, y después dejarlo abandonado en un parking. Unos días más tarde ella recuperó su cuerpo, pero entonces la detuvieron por tres delitos de robo a mano armada.

    Una llave giró en la cerradura y una serie de cerrojos retrocedieron en el lado externo de la puerta de la celda. Dos guardias aparecieron en la puerta, uno llevaba una caja blindada gris, el otro una pistola acústica: una especie de paraguas invertido ensartado en una antena receptora que podía capturar cualquier onda acústica que intentara inútilmente fugarse.

    El primero habló.

    — ¿Quién de vosotros es Rimmer?
    —Yo —dijo la esencia de Rimmer.
    —Métete en la caja. Tienes visita.

    Rimmer rebotó atravesando la celda, se metió en la caja y la tapa se cerró. A penas podía moverse en el interior revestido, y el encierro parecía prolongarse durante horas.

    Finalmente se abrió la caja, y la onda acústica de Rimmer se halló en otra celda insonorizada, con una hermosa mujer brasileña.

    — ¿Estás aquí, cariño? —llamó Juanita.

    Rimmer rebotaba entre sus dos manos.

    —Gracias a Dios que has venido.
    —Pobre chiquitín mío. ¿Qué te han hecho?
    —Tienes que sacarme —dijo Rimmer—. Me estoy volviendo loco aquí. Estoy atrapado con una panda de ondas acústicas psicópatas. Son tan vulgares y horribles.
    —He hablado con tus abogados: están preparando un recurso. Disen que podrías salir de aquí en menos de diesiocho meses.
    — ¡Dieciocho meses! —la onda acústica de Rimmer chilló tan fuerte que rebotó por la habitación una docena de veces.
    —Ya sabes cuánto tardan estas cosas. ¿Qué más podemos haser?
    —Juanita: tú tienes dinero. Puedes comprar mi cuerpo otra vez.
    —No. No tengo nada.
    — ¿Cómo que “nada”? ¿Y la pensión? ¿Y el acuerdo de divorcio de cincuenta mil millones?
    —Me lo gasté —se encogió de hombros.
    — ¿Te lo gastaste? ¿Cómo?
    —Me fui de compras.

    Arnold Rimmer se volvió un gruñido. Los viajes de compras de Juanita eran legendarios. Cogía una máquina del tiempo y recogía a sus “compañeras de tiendas”, normalmente María Antonieta, Josefina Bonaparte, Imelda Marcos y Liz Taylor, y salían a gastar dinero a través del tiempo. La juerga solía durar una semana de media. Y los extractos de la tarjeta de crédito llegaban debidamente encuadernados en volúmenes en piel del tamaño y densidad de la Enciclopedia Británica.

    —Creía que te habías hecho un cambio de personalidad.
    —Fue la última ves —sonrió inocente—. Ahora estoy tan arruinada como tú. Es mejor estar arruinada. Es mejor para el alma.

    Rimmer fluctuó y se lanzó contra la pared.

    —Me dejan ver tu cuerpo.
    — ¿Cómo está?
    —Bien. Parese un poco vasío. Babea mucho. Pero lo están cuidando bien. Incluso me dejan haserle el amor.

    Rimmer imaginó su cuerpo como el pasivo participante semicomatoso de una escena tórrida de sexo. A Rimmer le pareció que era algo absolutamente típico de su vida hasta la fecha: por fin su cuerpo lo había hecho con Juanita, y él no estaba dentro.

    El guardia de la caja volvió, y Rimmer volvió a su celda a prueba de sonido. Y por el camino, se transformó en una sola palabra de tres silabas que se repetía.

    Y el sonido era:

    Escapaaaaaaaaaaaaaar.


    TRECE


    En la vida real, Bull Heinman había sido el profesor de gimnasia de Rimmer. Rimmer nunca había sido demasiado bueno en los deportes. De hecho, había sido uno de los del grupo de “raros, blandengues y gorditos” que se quedaban en la banda en los partidos, temiendo por sus piernas quebradizas, y huyendo cada vez que se acercaba el balón. A Bull Heinman, que tenía la cabeza en forma de pepino, no le gustaban los “raros, blandengues y gorditos”, y en particular no le gustaba Rimmer, a quien consideraba blandengue y raro a la vez. Se deleitaba exigiendo cosas imposibles del cuerpo joven y débil de Rimmer, después se deleitaba todavía más pegándole por hacerlo mal.

    En Mejor Que la Vida, el subconsciente de Rimmer había rescatado a Bull Heinman como funcionario de prisiones.

    En ese momento estaba sentado detrás de su mesa al final del pasillo insonorizado, leyendo su revista “Combate y Supervivencia” por séptima vez en esa tarde. Estaba disfrutando otra vez del artículo: “Diez Cosas Que No Sabías Sobre Los Kits de Electrocución de Gónadas” cuando una luz roja empezó a parpadear en la mesa de control delante de él.

    Heinman soltó la revista y gritó por su walkie-talkie:

    —Funcionario 592. Disturbio en la celda 41. Investigando—. Escuchó la respuesta incomprensible que escupió el walkie-talkie, después se fue solo ante el peligro por el pasillo, con la mano colgando a menos de diez centímetros de la culata de su pistola acústica, rezando, como siempre hacía, para que hubiera algún problema.

    Y esta vez, lo había.


    Tontoi Jitterman desplazó el cambio de marchas automático del camión de tintorería robado a la posición de estacionamiento a las afueras de la Unidad de Reclamación de Cuerpos, y apagó el motor. En la pantalla digital del furgón brillaba en verde un 8:01.

    i En español en el original

    Tres minutos.

    Ajustó el espejo retrovisor, sacó un cepillo largo y grasiento y empezó a peinarse el sucio pelo rubio.

    Tonto Jitterman no existía. Él creía que sí, pero se equivocaba. No era consciente de que era producto de la imaginación de alguien. De hecho, el subconsciente de Rimmer había sacado su personaje indiscriminadamente de una novela de supermercado que Rimmer había leído una vez, llamada Joven, Malo y Peligroso. En la novela Tonto era un psicópata asesino hippy que dejaba un reguero de destrucción por todo el centro de Estados Unidos, tratando de hundir el sistema. El otro protagonista de la novela era el hermano de Tonto, Jimmy. Jimmy el chiflado.

    Tonto alargó la mano bajo el salpicadero y comprobó que estaba ahí su revólver, el que había pintado a mano con flores. Luego miró el reloj otra vez: 8:02.


    Bull Heinman caminó hasta la celda 41 al estilo Gary Cooper. Un enorme manojo de llaves le colgaba sobre la entrepierna con un vulgar simbolismo viril, la mano oscilaba a centímetros de la pistola acústica enfundada.

    La puerta de la celda se abrió.

    — ¿Qué problema hay?
    —Es Jimmy —dijo una voz sin forma al fondo de la habitación—. Está enfermo. Muy enfermo.
    — ¿Cómo que está enfermo? —preguntó Heinman, con cara de enfado—. Es una puñetera onda acústica.

    La onda acústica de Jimmy soltó un leve quejido.

    —Quizá sea alguna comida de la que ha oído hablar.

    La mente lenta de Bull Heinman le dio vueltas y vueltas a la idea, con esperanza de que tuviera algún sentido.

    — ¿De qué demonios estás hablando?
    —No te muevas —dijo una voz de mujer detrás de él—. Tienes un Colt del .45 apuntándote por el culo. Si no quieres convertirte en un enorme polo de menta, suelta la pistola y ponte contra la pared.

    Bull había adoptado la posición contra la pared acolchada de la celda cuando se dio cuenta de que le habían engañado.

    Rimmer, Ernest, Jimmy y Trixie se lanzaron por el pasillo a la velocidad del sonido. Llegaron a una puerta insonorizada y se quedaron rebotando del techo al suelo, esperando la puesta en marcha de la fase dos del plan.

    Heinman hizo sonar la alarma. Pulsó el botón de emergencias y empezó a gritar

    — ¡Fuga de voces! ¡Fuga de voces!

    La puerta al final del pasillo se abrió, y cuatro guardias armados entraron derrapando.

    — ¡Ahora! —Jimmy gritó en voz baja, y las cuatro ondas acústicas se lanzaron contra la pared y rebotaron cruzando la puerta abierta.

    Se escuchó un chirrido de cuero cuando el guardia que estaba más atrasado giró sobre sus talones y apretó el gatillo de la pistola de sonido. El micrófono de alta potencia captó la onda acústica de Ernest, la sorbió hacia atrás por todo el pasillo y la encerró en la cámara de la pistola.

    Las tres ondas acústicas restantes se transformaron en un aullido agudo, y abandonaron a toda prisa el ala E, bajaron por una escalera, pasaron por debajo de una puerta y llegaron a la Central de Seguridad, que estaba atestada de guardias y flanqueada de arriba abajo con equipos de vigilancia.

    Un guardia de seguridad con traje azul sentado frente a una pared de pantallas de sonar se dio la vuelta y gritó:

    — ¡Están aquí! —mientras las tres ondas acústicas rebotaban de un lado a otro de la sala.

    Un grupo de guardias corrió hacia el armario de las armas de sonido, arrojando periódicos, hamburguesas a medio terminar y cafés en vasos de poliestireno por el suelo pulido.

    — ¡Cierra la puerta y séllala!
    — ¡Los tenemos!

    Un agente presionó el interruptor de su radio.

    —A todas las unidades, repito, a todas las unidades: tenemos las voces fugadas aisladas en la Central de Seguridad—. Pero para cuando había dicho esto, ya no era cierto.


    8:04.

    Tonto movió el dial del amplificador de radio, y lo fijó en la frecuencia de seguridad de la prisión.

    —A todas las unidades —oía— a todas las unidades: tenemos las voces fugadas aisladas…

    Jimmy, Trixie y Rimmer se colaron por el walkie-talkie del guardia y corrieron por su frecuencia de transmisión.

    Estaban escapando como ondas acústicas.

    Jimmy iba en cabeza, seguido de Rimmer y Trixie. En alguna parte, perdieron a Trixie, y sólo Jimmy y Rimmer se impulsaban a la velocidad del sonido.

    —...en la Central de Seguridad.

    Jimmy y Rimmer salieron por los altavoces del amplificador al interior de la cabina del camión de tintorería.

    Tonto miró a todas partes.

    — ¿Jimmy? ¿Estás ahí?

    La voz de Jimmy:

    — ¡Vámonos!

    La voz de Rimmer:

    — ¿Dónde estamos?
    — ¿Quién es ése?
    —Se llama Rimmer —dijo Jimmy. —No pasa nada. Podemos usarle en el próximo trabajo.
    — ¿Ahora qué? — dijo Rimmer.
    —Cogemos un par de cuerpos y salimos de aquí.


    El camión de tintorería chocó contra la barrera de seguridad en el exterior de la Unidad de Reclamación de Cuerpos.

    Tonto asomó la cabeza por la ventanilla de la cabina y sonrió con amabilidad:

    —Ropa limpia—. Apuntó con el pulgar hacia la parte de atrás del camión, y elevó su sonrisa de sólo amable a completamente encantadora.

    El guardia consultó en su portapapeles. Negó con la cabeza, chasqueó y volvió las páginas.

    —No —dijo simplemente, y se giró para volver al calor de su cabina.
    — ¿Cómo que no? —dijo Tonto, rebajando la sonrisa al nivel básico.

    El guardia volvió.

    —No hay ninguna entrega de ropa anotada en la hoja. No le puedo dejar entrar.

    Tonto le dio la vuelta a su sonrisa y alargó la mano bajo el salpicadero.

    La esencia de Rimmer daba botes en la cabina y se lamentaba. Ése no era el plan. En el plan, el guardia levantaba la barrera y les daba paso. Lo había visto en las películas miles de veces. ¿Es que este guardia no iba nunca al cine? ¿Qué le pasaba?

    Tonto sacó su revólver del Flower Power por la ventanilla y apretó el gatillo. Se oyó un clic seco, sordo y metálico, entonces Tonto recordó que no la había cargado.

    —Perdón —meneó la cabeza y se puso colorado—. Madre mía —metió tres balas en el cargador con torpeza.

    El guardia se había quedado paralizado, y estaba palpando a tientas su pistolera de cuero sin estrenar cuando Tonto giró el tambor, apuntó el arma y apretó el gatillo una vez más.

    Clic.

    —Ups. Dios, perdón, perdón.

    Clic.

    —Es culpa mía. Hombre, ¡menuda distribución!

    El arma disparó. El guardia cayó.

    —Lo siento, hombre —dijo al guardia muerto— pero eres el sistema—. Volvió a meterse en la cabina—. Odio matar a la gente. Me entra el bajón.


    Tres bajones después, Tonto empujaba una camilla doble por los pasillos de cuerpos colgados, buscando el cuerpo de Jimmy Jitterman. Ya había encontrado el de Rimmer; yacía en la camilla con los ojos desencajados y la lengua colgando; pero no encontraba el de Jimmy. Pasaron treinta minutos, y seguía sin encontrarlo. No estaba allí.

    Abrió la pequeña caja insonorizada, y Jimmy y Rimmer salieron rebotando.

    —Tu cuerpo no está aquí, Jimmy. Han debido subastarlo ya.
    —Cogeré ése en su lugar.
    —Ése es mi cuerpo —dijo Rimmer con firmeza.
    —Era.
    —Espera un momento. Ese cuerpo y yo llevamos años juntos. Tiene un gran valor sentimental. No te puedes llevar mi cuerpo.
    —Cógele otro.
    —No quiero otro.
    —Vale. No le cojas otro.
    —Vale. Cógeme otro.

    Las ondas acústicas se metieron rebotando otra vez en la caja. Tonto descolgó el cuerpo que tenía más cerca y lo echó en la camilla al lado del de Rimmer.


    Cuando Rimmer abrió los ojos, se halló de pie frente a él mismo, entonces recordó que Jimmy estaba ahora en su cuerpo y él tenía uno nuevo.

    Rimmer no estaba muy seguro de cómo se sentía. Bastante raro era prácticamente la mejor definición que encontraba.

    Ver a Jimmy en su cuerpo, de pie en una postura que él nunca habría puesto, con los labios retorciendo sus facciones en una expresión que nunca había visto antes, le provocaba una sensación que nunca había experimentado.

    La envidia era parte de ella. La rabia estaba allí. Frustración, sin duda. Una buena cucharada de nostalgia. Y la misma sensación que había tenido cuando le prestó su bicicleta de montaña a su hermano Howard, sabiendo, sin tener pruebas, que no la iba a cuidar demasiado bien. Y lo más extraño de todo, una especie de sensación de raro cosquilleo en el estómago.

    —Vale, salgamos de aquí —dijo Jimmy con la voz de Rimmer desde el interior del cuerpo de Rimmer. Entonces Jimmy hizo algo que provocó que Rimmer se sintiera aún más extraño. Era un hombre de esos, muy machos, que les gusta estar de pie con las piernas separadas, con la mano en la entrepierna, cogiéndose los testículos con muy poco disimulo.

    Desde luego se sentía muy extraño, mirando sin poder hacer nada cómo otro hombre jugueteaba con sus propios genitales. O más bien, sus antiguos genitales.

    Antes de que pudiera gritar: “¡Eh! ¡Quita tus sucias manos de mis partes!” las puertas del otro extremo de la sala de transferencias se abrieron de golpe, y seis guardias armados entraron, disparando.

    Rimmer no sabía por quién estar más asustado: si por él o por su antiguo él.

    Jimmy, en el cuerpo de Rimmer, estaba de pie, casi despreciando la descarga de los guardias, en el centro de uno de los pasillos, disparando dos pistolas robadas de las víctimas de Tonto. Se estaba riendo, además. Se estaba riendo con ganas. Usando las cuerdas vocales de Rimmer y la risa de Rimmer. La risa aguda que Rimmer tenía reservada para momentos de mucho humor. Difícilmente adecuada en una batalla campal a muerte.

    — ¡Por atrás! —gritó Tonto.
    —Vete tú —Jimmy reía en el cuerpo de Rimmer— ¡Tengo pasma que matar!
    —Déjalo: no tienes ninguna posibilidad.
    — ¿A quién le importa?

    Sacudía las pistolas, al estilo Cagney, como si el golpe de muñeca diera más velocidad a las balas, y gritaba histérico mientras pequeñas explosiones de color rojo salían del pecho de tres de los seis guardias.

    Rimmer se acobardó, medio aturdido en su nuevo cuerpo, mientras este nuevo horror se desarrollaba a cámara lenta ante él.

    Ahí estaba el cuerpo de Arnold J. Rimmer, disparando a los guardias de seguridad como si fueran patos en una galería de tiro y evidentemente disfrutando de ello, a la vista de tres testigos policiales.

    ¿Qué imagen iba a dar eso en el juzgado?

    Él no estaba dentro, pero su cuerpo era un asesino de policías.

    Lo que parecía un horror insuperable fue después superado por un horror todavía más insuperable, momentos más tarde, y este segundo horror insuperable fue luego superado por un tercero, todavía más insuperable menos de diez segundos después.

    Algo que pertenecía al interior del cuerpo de Rimmer chocó contra la pared mojándola, y Jimmy gritó y giró en redondo, apretando el hombro de Rimmer.

    — ¡Me han dado! —se rio. Entonces su codo explotó en una nube roja vaporizada, haciéndole girar en redondo otra vez—. ¡Dos veces!— se reía y escupía, mientras Tonto proporcionaba fuego de cobertura y avanzaba poco a poco hacia él.
    —Venga, todavía podemos salir—. Tonto cogió a Jimmy y le arrastró por la puerta, mientras seguía disparando.

    Rimmer iba tambaleándose detrás de ellos.

    Salieron corriendo por el pasillo. Tonto y Jimmy aceleraban sin esfuerzo. Rimmer no podía mantener el ritmo. Por alguna razón, correr era increíblemente doloroso. Pero el dolor no venía de las piernas, venía del pecho. ¿Pero en qué clase de cuerpo había terminado? ¿Un enfermo cardíaco? ¿Un fumador crónico? Entonces se dio cuenta de que era porque no llevaba sujetador, y sus enormes pechos rebotaban como locos arriba y abajo delante de él.

    —Dios mío —gritó con voz ronca de mujer— ¡soy una mujer!—. Y lo era. Era Trixie LaBouche.


    CATORCE


    Tonto estaba sentado junto a la ventana de la habitación con sábanas de nailon del hotel y miraba hacia abajo a las aguas residuales mientras hacían su sórdido trabajo. El letrero de “Hotel Paradiso” colgado fuera de su ventana escupía su vómito rosa al interior de la habitación, durante tres segundos de cada diez.

    La nariz de Rimmer se inflaba al ritmo de los ronquidos que Jimmy emitía desde su interior, durmiendo la mona después de una botella de licor medicinal barato, con el brazo herido vendado en cabestrillo con tiras de las cortinas del hotel.

    Rimmer estaba de pie con su vestido rojo, intentando mantenerse derecho en la pista de patinaje grasienta del suelo de la cocina, serrando una hogaza de pan duro.

    El Hotel Paradiso sólo tenía dos suites. Cada suite tenía una cocina, un salón y, hablando en términos generales, disfrutaban de menos cucarachas que las habitaciones normales.

    —No queremos ningún antro —Jimmy había insistido en la recepción, con chorros enérgicos de sangre saliéndole a borbotones por entre los dedos que apretaban su hombro—. Somos gente de clase. Cogeremos una suite.

    El recepcionista guardó el fajo de billetes sucios de Tonto en su riñonera e inmediatamente se olvidó de que los había conocido.

    De eso hacía dos días.

    Jimmy había pasado la mayor parte del tiempo inconsciente a base de licor barato, recuperándose lentamente.

    Tonto había estado los dos días pasando el rato sentado en un sofá con quemaduras de puros y atravesado por los muelles, jugando al solitario con tres cuartos de una baraja de naipes que había encontrado en la nevera.

    A Rimmer le habían obligado a pasar la mayor parte del tiempo en la cocina preparando comidas, o haciendo la colada de Jimmy y Tonto. También le había tocado hacer las camas, tener las habitaciones ordenadas y producir el flujo constante de café negro y espeso que parecía estar en segundo lugar, superado sólo por el oxígeno, en las necesidades de Jimmy y Tonto. Al principio había intentado discutirlo. ¿Por qué no compartían la colada? ¿Por qué siempre le tocaba a él? Sus argumentos eran siempre rebatidos con réplicas ingeniosas de risa sardónica y, de vez en cuando, con bofetadas en la cara con la mano abierta. Era una mujer. Fin de la discusión.

    Las bofetadas en la cara le dolían en su cuerpo de mujer más que cualquier puñetazo que había recibido como hombre. Dolía físicamente, sí, pero era el hondo sentimiento de impotencia, indefensión y vulnerabilidad lo que le causaba el verdadero y profundo dolor.

    Esa gente eran brutos. Eran más fuertes que él. Si querían pegarle podían hacerlo, y él no podía hacer nada para pararlos.

    Además, las palmadas en el culo. Las insinuaciones lascivas. Los insultos repugnantes, y, casi igual de perjudiciales, los apelativos cariñosos condescendientes: Cielo, encanto, cariño, preciosa.

    Y sus opiniones ya no contaban de la manera que solían hacerlo. De buenas a primeras, su preciosa cabecita no debía preocuparse con nada que supusiera mayor dificultad que estirar las sábanas de la cama. De buenas a primeras, cualquier crítica ofrecida por él constituía una “queja”. Cualquier conversación que iniciaba era “cotorrear sin ton ni son”. Se sentía medio invisible: sólo a medias ahí, a los ojos de Jimmy y Tonto.

    Desde luego, los hermanos Jitterman no eran los dos ejemplos más representativos del hombre de por allí, pero había muchos más como ellos. Muchos más. Y todavía más que tenían los mismos prejuicios, aunque los ponían en práctica con más ligereza.

    Y Rimmer, que Dios le ayude, había sido uno de ellos.

    Tonto se levantó.

    — ¿Tenemos algo de comer, chata?
    —Verás, soy un hombre. Cierto, un hombre atrapado en un cuerpo de mujer, pero sigo siendo un hombre. Deja de llamarme “chata”.

    Tonto se rio.

    —No tienes pinta de hombre —le dio una palmada en el trasero, y abrió la puerta —. Me voy a gastar lo que queda del dinero. Limpia este sucio agujero antes de que vuelva, o barreré el suelo contigo.
    —Eres escoria.

    Tonto se rio otra vez, y se fue.

    Habiendo pasado los dos últimos días en un cuerpo de mujer, Rimmer poco a poco se daba cuenta de que su propia actitud hacia las mujeres era posiblemente algo excéntrica. Cuanto más pensaba en ello, más se convencía de que éste era su caso. Todas las mujeres que su subconsciente había creado en Mejor Que la Vida eran ninfómanas o prostitutas. Juanita, Trixie LaBouche, las “Rimmettes”. Ahora que se paraba a pensarlo, las Rimmettes, la multitud de chicas adolescentes locas por el sexo y lanzadoras de bragas que le seguían a todas partes cuando había sido rico y famoso, todas esas mujeres, cada una de ellas, habían existido fuera de Mejor Que la Vida. Las Rimmettes se componían enteramente de mujeres que habían rechazado a Rimmer en la realidad. Mujeres que se habían negado a salir con él, mujeres que habían salido con él una vez y no habían querido volver a salir con él, mujeres a las que ni siquiera se había atrevido a invitar a salir, sabiendo que la negativa era inevitable.

    Lo que esto decía sobre el estado de su mente, decidió no investigarlo. En lugar de eso, empezó a pensar en Juanita. Entonces deseó no haberlo hecho. Juanita también había existido en la vida real. Lo único, que no había sido brasileña, había sido francesa. Y no se llamaba Juanita, se llamaba Janine. Janine Rimmer. La mujer de su hermano Frank.

    Rimmer se hundió en la cama y se llevó las manos a la cara con los guantes de fregar puestos.

    Entonces empezó a pensar en Helen. Su segunda esposa. Ella no había sido ninfómana ni prostituta. Era frígida. Por eso le gustaba: le hacía sentirse seguro. Había algo acerca de Helen, cierta cualidad… También había conocido a Helen en la vida real. ¿Quién era? El Juego la había rejuvenecido. Mentalmente, Rimmer le envejeció la cara.

    Era su maa….

    Era su maaaaaaaaaaaaaa….

    Era su madre.

    Se había casado con su maaaaaaaa…

    Rimmer estaba llegando a la conclusión de que su propia mente no era exactamente un lugar maravilloso para estar atrapado cuando Tonto volvió de comprar y tiró una bolsa encima de la mesa.

    —Se acabó la pasta. Eso es para ti.
    — ¿Para mí? ¿Te has gastado el último dinero en mí? —Rimmer sonrió y miró dentro de la bolsa. Quizá Tonto no fuera tan malo después de todo. Metió la mano y sacó un puñado de ropa interior de nailon barata. Un sujetador con dos agujeros redondos en las copas, unas bragas abiertas por la entrepierna, un liguero con tachuelas metálicas y otros utensilios diversos—. ¿Para qué diablos son estos cacharros?
    —No tenemos dinero —dijo Tonto—. Es hora de que vayas a hacer la calle.


    QUINCE


    Trixie LaBouche, también conocida como Arnold J. Rimmer, paseaba por la calle principal del barrio rojo, con Tonto siguiéndole cuatro o cinco pasos más atrás. Rimmer no sabía si sus medias eran demasiado pequeñas, o si se las había puesto mal, pero sentía las piernas como si tuvieran muelles. Los tacones de aguja de veinte centímetros tampoco ayudaban mucho. Tenía la sensación de estar asomándose por la puerta de un avión a dos mil pies de altura. La combinación de las medias con los tacones de aguja le obligaba a adoptar unos andares poco naturales, como los de un ganso corriendo, como si sus piernas estuvieran constantemente intentando escapar de él. Además, descubrió, necesitaba que le avisaran por lo menos cuatro segundos antes para detenerse.

    Caminaba deprisa, intentando estirarse la falda de plástico negra ridículamente corta, para que al menos cubriera la liga roja de nailon que le estaba cortando la circulación de la pierna derecha y le ofreciera un poco de protección contra el frío aire de la noche, que le pasaba silbando con crueldad a través de las bragas abiertas por la entrepierna.

    Tenía que escaparse. Tenía que hacerlo.

    Ahora sabía que su mente le estaba castigando. Y sí, merecía ser castigado. Pero había aprendido la lección; ya era suficiente. ¿Pero sabía eso su mente? ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar?

    Tonto silbó, y, cuatro pasos después, Rimmer se detuvo. Tonto pasó y empezó a hablar con un marinero armenio que estaba apoyado en la puerta de una tienda, masticando dientes de ajo de una bolsa llena.

    Ahora.

    Ahora era el momento.

    Tenía que salir. Tenía que salir de Mejor Que La Vida. ¿Qué era lo que le había dicho Kryten? Imagina una puerta de salida, y una vez que la cruces, estás de vuelta en la realidad.

    Tonto y el marinero se acercaron a él. El armenio sonreía de forma lasciva, enseñando tres dientes de plata, y miraba el cuerpo de Trixie LaBouche de arriba abajo.

    —Un buen culo —dijo— vale, tres dólares.
    — ¿Un buen qué? —sonrió Rimmer, educadamente.
    —Un buen culo de gallinita —sonrió el armenio enseñando los dientes—. No puedo esperar a hincarle el diente.
    —Bueno, mientras esperas —Rimmer le devolvió la sonrisa— ¿por qué no le hincas el diente a esto?—. Golpeó con la esquina de su bolso la sonrisa lasciva del armenio, y subió la rodilla derecha entre las piernas del marinero.

    Mientras el armenio se doblaba perfectamente en el suelo, Rimmer se dio la vuelta e imaginó la puerta de salida. El arco de neón rosa se materializó al otro lado de la calle, y corrió hacia allí, con Tonto persiguiéndole.

    Sin el estorbo de los tacones de aguja, Tonto era naturalmente más rápido, pero el factor sorpresa le había dado a Rimmer una ventaja de treinta metros, y alcanzó la salida un metro por delante del furioso hippy psicópata.

    Rimmer se tiró de cabeza por la puerta de salida, pero chocó contra algo duro e inflexible, y rebotó hacia fuera otra vez. Lo intentó una segunda vez. El mismo resultado.

    Tonto agarró a Trixie por el pelo teñido y la levantó a la altura de su cara.

    —No te pases de lista, encanto.
    — ¡No te muevas, Jitterman!

    Tonto miró instantáneamente a la derecha. Un policía estaba agazapado detrás de un coche aparcado, apuntando a Tonto con un arma de cañón largo.

    —Se acabó la fiesta, Jitterman.
    —Eh —dijo Tonto, con una sonrisa a medias—. ¡La fiesta no acaba hasta que sólo quede Cinzano para beber!
    — ¿Eh?

    Tonto apartó a Rimmer a un lado, y fue a coger el arma de la cinturilla de su pantalón. Nunca lo consiguió. Cinco balas percutieron en su pecho, y se arrastró debajo de un coche. Entonces dijo la clásica frase final de Joven, Malo y Peligroso.

    —La vida es como una barrita de incienso —la sangre manando a borbotones por la comisura de sus labios— apesta y luego se acaba.

    Reflexionando, Rimmer pensó mientras corría con pasos cortos por la calle abajo, que quizá no era una frase tan clásica después de todo.

    Volvió al hotel.

    La salida no había funcionado.

    ¿Por qué?

    Sólo podía haber una respuesta: todos habían entrado en el Juego juntos; las bandas de la cabeza estaban conectadas entre ellas. Era un escenario compartido: tenían que salir todos juntos.

    Jimmy Jitterman, en el cuerpo de Rimmer, estaba de pie en las escaleras del Hotel Paradiso, envuelto en una batalla campal a muerte con quince policías de las Fuerzas Especiales. Se estaba enfrentando a todo un equipo de las Fuerzas Especiales con una sola mano, en el cuerpo de Rimmer.

    Trescientas balas agujerearon a Jimmy Jitterman como un queso gruyere hasta matarlo, y una segunda oleada eliminó completamente el antiguo cuerpo de Rimmer.

    Rimmer, en el cuerpo de Trixie LaBouche, siguió corriendo. Sólo había un lugar a donde ir ahora.

    Bedford Falls.


    DIECISÉIS


    —Bueno —dijo Trixie, limpiándose el líquido desinfectante azul de la cara— te lo has tomado mucho mejor de lo que esperaba.

    —Eres un capullo, Rimmer—. Lister dejó el retrete en el suelo y suspiró. Después de un rato, habló otra vez—. ¿Y cómo cogiste el camión?
    —Lo encontré en un parking: era el único con las llaves puestas—. Rimmer inclinó la cabeza de Trixie LaBouche hacia el suelo—. Oye, siento el desastre que he causado, y…— su voz se fue apagando.

    Lister no dijo nada.

    —Era imposible controlar esa maldita cosa. ¿Has intentado alguna vez conducir un camión de doce ruedas con zapatos de tacón de aguja de veinte centímetros?
    — ¿Por qué no te los quitaste?
    —No llegaba a los pedales. Ahora sólo mido uno sesenta.
    —Eres un capullo, Rimmer, eso es lo que eres. Eres un completo… —Lister sacudió la cabeza—. No contento con destruir tu propia fantasía, vienes y destruyes la mía. ¿Qué le pasa a tu mente? Está completamente enferma.
    —Lo sé, lo sé. No puedo evitarlo. Mi mente se ha apoderado de mí. Tenemos que salir de aquí.
    —Querrás decir que tienes que salir de aquí. Voy a pagar tu fianza—. Lister dio unos golpes en la puerta de la celda y llamó a Bert el policía.


    Bert el policía estaba sentado en el viejo escritorio de madera y terminaba de contar los billetes de diez dólares que representaban los ahorros de Lister de toda una vida.

    —Firma aquí —dijo bruscamente, y le extendió una solicitud de excarcelación en el escritorio—. Tus ahorros de toda una vida —chasqueó la lengua— espero que ella lo merezca.
    —Créeme, Bert —dijo Lister— no lo merece.

    Fuera en la calle principal, el caos continuaba. Dos camiones de bomberos libraban una batalla perdida para salvar el orfanato. Docenas de personas corrían arriba y abajo, acarreando agua en cualquier cosa que encontraban, y arrojándola sobre los pequeños incendios que todavía se esparcían por la calle principal. Las familias acampaban en la calle, en tiendas de campaña caseras hechas con mantas, mientras los heridos eran evacuados en camillas en la parte trasera de las rancheras con cuidado y trasladados al hospital del condado, a más de noventa kilómetros.

    —No te deprimas demasiado —dijo Rimmer, dando palmaditas en el hombro a Lister con ternura—. Nada de esto existe.
    —Debes de tener un apetito por el líquido desinfectante del demonio, Rimmer. Venga—. Lister señaló con el brazo a la fila de coches aparcados— coge uno de ésos y márchate. A nadie le importará. Sólo lárgate de aquí.
    —No lo entiendes: tienes que venir conmigo. Tienes que ayudarme a encontrar a Gato y Kryten. Todos tenemos que salir del Juego juntos.
    —Yo no me voy de Bedford Falls.
    —Pero no es real.
    — ¿Y? ¿Qué tengo yo en la realidad? Soy el último ser humano vivo, a tres millones de años en el espacio exterior, sin esperanza de volver nunca a la Tierra. Todo lo que quiero está aquí: mi… —iba a decir “mi mujer”, pero se contuvo— mis… —pero los niños se habían marchado también. Su mujer, sus hijos, su casa, su pequeña tienda: La única visita de Rimmer a Bedford Falls había asolado por completo su fantasía.
    — ¿No te das cuenta? Ya no hay nada que te retenga aquí. Mi mente lo ha destruido todo. Y si no salimos del Juego y volvemos a la realidad, no hace falta que te diga lo que mi mente hará con nosotros.
    —Voy a quedarme. Puedo empezar otra vez: recuperar a Krissie y a los chicos. Saldrá bien.

    Rimmer sacudió la cabeza rubia teñida y se puso la gabardina que le había prestado Lister por encima de su cuerpo tembloroso.

    —No lo entiendes, ¿verdad?

    Un enorme camión con cisterna de tres compartimentos accionó los frenos neumáticos hasta detenerse junto a ellos. El conductor se asomó por la ventanilla, y escupió al suelo una plasta de tabaco de mascar y saliva.

    —Eh, señora —se dirigió a Rimmer— ¿puede decirme dónde está el depósito de residuos nucleares de Bedford Falls?

    Lister se acercó a la cabina.

    —Bedford Falls no tiene depósito de residuos nucleares.
    —Claro que tiene —el conductor afirmó con la cabeza—. Abre mañana. Se supone que está cerca de la nueva planta de aguas residuales en, déjame ver —consultó en su portapapeles— la Avenida Sycamore.
    —Lo siento —dijo Rimmer tranquilamente.
    —No hay ninguna planta de aguas residuales en la Avenida Sycamore —insistió Lister.
    —Pues claro que hay —el conductor señaló el cielo turbio cargado de humo— mire las chimeneas.

    Lister miró. Por todo Bedford Falls había configuraciones enormes y obscenas de chimeneas industriales, vomitando densas nubes negras en el aire de la noche.

    —Oigan —el conductor escupió otro chorro marrón en la calle—. Si pueden indicarme como llegar hasta la penitenciaría, encontraré el camino desde allí.
    — ¿Qué penitenciaría? ¿Se refiere al calabozo?
    —No, la nueva penitenciaría. La nueva penitenciaría de puertas abiertas. La que acaban de inaugurar para la rehabilitación de asesinos en serie psicópatas.

    Lister miró a Rimmer, que se encogió de hombros sin poder remediarlo. Cruzaron la calle y se dirigieron a la fila de coches aparcados. Cuando pasaban por los escombros que habían sido su casa, Lister vio algo. Se agachó, apartó un par de ladrillos, y recogió un velero azul, que todavía llevaba la etiqueta del precio: 2,25 $. Estiró las velas, y lo abrazó contra su pecho.

    —Venga —dijo por fin— salgamos de aquí.

    Subieron a uno de los coches, un Oldsmobile; Rimmer en el asiento del conductor, Lister a su lado. Rimmer arrancó el motor.

    —Espera —dijo Lister— puede que sea buena idea que yo conduzca.

    Se cambiaron de sitio. Cuando Rimmer pasó al asiento del copiloto, se oyó un crujido de madera rota. Arqueó la espalda y sacó un yate chafado.

    — ¿Qué diablos es esto? —dijo, y lo tiró por la ventanilla.

    Lister metió la primera y el Oldsmobile recorrió a trompicones la devastada calle principal, y subió por la colina, alejándose de Bedford Falls.

    Cuando llegaron a la cima de la colina, Lister paró el coche y miró alrededor estirando el cuello.

    Llevaba en MQV casi dos años, y nunca pensó que lo dejaría. Bedford Falls era su propio nirvana individual. Su mente había creado un pueblo y una comunidad basada en su película favorita de todos los tiempos, "¡Qué bello es vivir!" de Frank Capra, y allí era donde había querido pasar el resto de sus días.

    Había sido consciente, aunque nunca había pensado mucho sobre ello, de que MQV acabaría matándole. Su cuerpo, fuera en la vida real, se iría debilitando gradualmente y moriría. Pero era una condición que había estado dispuesto a aceptar.

    Aquí, en el Juego, había tenido todo lo que había deseado: una comunidad llena de buenas personas, sus hijos, su pequeña tienda y, lo mejor de todo, estaba casado con Kristine Kochanski.

    Allá fuera en la realidad, no tenía nada de esto, ni ninguna oportunidad de llegar a conseguirlo. Y peor aún, en la realidad Kristine Kochanski estaba muerta.

    Kristine Kochanski había sido la única cosa buena que le había ocurrido a Lister desde que se había alistado en el Enano Rojo. De hecho, ella había sido la única cosa buena que le había ocurrido desde aquella noche de borrachera de la fiesta de su vigésimo cuarto cumpleaños, que acabó con él despertándose en una hamburguesería en Mimas llevando sólo un par de botas de pescar amarillas y un sombrero de señora de dacrón rosa. Desde aquella noche, su vida había sido una lucha constante por regresar a la Tierra.

    Francamente, no había tenido mucho éxito. Había ido de la Tierra a Mimas, y de allí a un lugar desconocido en medio del espacio exterior, y ahora estaba aquí, en el plano equivocado de la dimensión equivocada de la realidad.

    Bien, ya había sido suficiente. Se había rendido.

    MQV era donde iba a quedarse.

    Era donde quería estar. Porque era el único lugar donde podía estar con Kristine Kochanski.

    Ahora eso se acabó. Tenía que irse.

    Se quedó mirando el pueblo en ruinas, luego se giró y se disponía a quitar el freno de mano cuando cinco aviones de caza de la nueva base de la Fuerzas Aéreas de Bedford Falls rugían en formación sobre él.

    —Muchas gracias, colega —dijo a Rimmer— muchas gracias.


    DIECISIETE


    El Gato estaba tranquilamente acurrucado en su tumbona de piel de perro, pasando el rato cambiando de canal de televisión con su mando a distancia.

    Debido a su umbral de aburrimiento notoriamente bajo, la mayoría de los programas para gatos duraban menos de dos minutos, y las pausas publicitarias intercaladas eran secuencias cortas de destellos parpadeantes. Cambió al Canal 2. Era un programa de llamadas telefónicas, al que llamaban gatos con problemas sexuales, y un grupo de expertos se reía de ellos.

    —Ahora la línea 7: ¿qué problema tienes, colega?
    —Estuve con una hembra… y, esto…, por alguna razón, todavía no entiendo por qué… pero por alguna razón… Me apetecía quedarme un rato con ella después del sexo.
    — ¿Qué te apetecía qué?

    El grupo de expertos gritó y aporreó la mesa.

    El Gato bufó:

    — ¡Ese tío está enfermo! —y cambió de canal.

    Se puso a ver un programa de cocina ya empezado que enseñaba ciento y una formas diferentes de preparar bolas de pelo. Cambió otra vez, y encontró un programa sobre moda que habían grabado la noche anterior y en consecuencia estaba terriblemente pasado de moda, pues ya era el día siguiente por la tarde. Lo próximo fue una estúpida historia de amor. Con el mismo argumento que todas las historias de amor gatunas: chico conoce a chica, chico deja a chica, chico conoce a otra chica. El Gato sacudió la cabeza. Sensiblería romántica.

    Cambio. Ratón-Tenis.

    Cambio. Por fin algo interesante. ETV: el canal de espejo de veinticuatro horas. El Gato miraba con amor su imagen reflejada, mientras sonaban por los altavoces canciones lentas con poco volumen. El programa perdió todo su interés menos de tres horas después cuando una pausa publicitaria de treinta milisegundos le hizo perder la concentración, y apagó el aparato disgustado.

    Sacó un reloj de oro del bolsillo de su chaleco, abrió la tapa y miró la esfera. El Gato había sustituido los números convencionales por una serie de símbolos, cuyos significados eran “comer”, “sexo”, “cabezadita”, “ligera siesta”, “siesta”, “sueño profundo”, “autoadoración”, “acicalarse” y “baño”. Ahora mismo, eran las sexo y veinte, o, por decirlo de otra forma, la comida menos cuarto. Cerró el reloj y tiró del llamador de campana que había junto a él.

    Entonces, en lugar de aparecer diez valquirias medio desnudas untadas de aceite cargando bandejas de plata repletas de todas las clases de peces imaginables, dispuestas a satisfacer su más mínimo deseo, no ocurrió absolutamente nada.

    Tiró del llamador una vez más.

    Y de nuevo, no pasó absolutamente nada.

    Ligeramente asustado, el Gato consultó el reloj de nuevo. Esto era grave. Todo su horario se estaba desbaratando. Faltaban menos de veinte minutos para su séptima siesta del día y todavía tenía que pasar por el sexo y la comida.

    ¿Dónde estaban las valquirias?

    Fue a la pared, abrió la trampilla del montacargas, se encaramó en su interior y se deslizó por la cuerda hasta la cocina.

    Kryten, como de costumbre, estaba en la cocina fregando el enorme suelo de cuadros blancos y negros del Gato.

    —Casi he acabado —dijo Kryten al Gato cuando éste salió de la trampilla—. Unos minutos más y tenemos que volver a la realidad. Oh, mira esto —tuvo un orgasmo—una mancha de mostaza. Y va por todo el largo del suelo.
    — ¿Dónde están las valquirias?

    Crearon el “Movimiento de Liberación de Esclavas del Sexo Valquirias”, y dejaron la isla. Las has perdido.

    — ¿Que hicieron qué?
    —Sí, estaban hartas de someterse a todos tus caprichos y deseos.

    El Gato se desplomó en la silla de roble tallado.

    — ¿Por qué? —dijo, con auténtico desconcierto.
    —Bueno, perdón por la franqueza pero, es bastante obvio, ¿no?
    — ¿Lo es?
    —Desde luego.

    El Gato arrugó la nariz.

    — ¿Qué es ese olor? —se levantó y olisqueó alrededor—. Parece queso podrido. ¿Qué es? —abrió la ventana de forja de par en par y miró abajo—. El foso se ha cuajado. Nunca antes había pasado esto.
    —No te preocupes —dijo Kryten— lo limpiaré todo y pondré leche nueva, en cuanto termine de… —se quedó mirando el palo de la fregona que se le había roto en la mano— vaya, qué curioso.

    El Gato se irguió junto a la ventana.

    — ¿Qué es eso de ahí fuera?

    Kryten se acercó a él con sus andares de pato, el mocho de la fregona rota y el cubo, que de repente perdía agua.

    —Es un volcán —dijo Kryten.
    —Es la primera vez que lo veo —dijo el Gato—. ¿Y qué es esa extraña cosa roja burbujeante y humeante que sale de la cima?
    —Magma —dijo Kryten con alegría, contento de saber la respuesta a la pregunta—. También conocido como lava fundida.
    — ¿Es peligroso?
    —Sólo si se dirige hacia aquí.
    —Se dirige hacia aquí.
    —Pe-pe… pe-pe… pe-pe... pe-pe... —dijo Kryten, con los circuitos bloqueados en el modo de pánico.
    —No lo entiendo —el Gato se manchó la polaina de la bota con la cocinilla de hierro forjado— ¿Qué está pasando aquí?
    —Quizá ella pueda explicarlo —dijo Lister.

    Kryten y el Gato se giraron para ver a Lister bajo el amplio arco de las puertas de la cocina junto a una rubia teñida que llevaba medias de red, zapatos de tacón de aguja de veinte centímetros y una gabardina militar enorme.

    —Tiene razón —dijo ella— todo es por mi culpa.

    El castillo se tambaleó cuando la cima del volcán salió despedida a la estratosfera, ennegreciendo el cielo y cubriendo las tierras del Gato de ceniza volcánica y rocas en llamas.

    El Gato fue el único que se mantuvo en pie.

    — ¿Qué vamos a hacer?
    —Vamos a hacer lo que deberíamos haber hecho hace mucho tiempo— dijo Lister, levantándose— vamos a salir de aquí. Volvemos a la realidad.


    DIECIOCHO


    La pantalla de cristal líquido varió de las 06:59 a las 07:00, y, un milisegundo antes de que la alarma cobrara vida con su ruido insoportable, Lister alargó el brazo desde debajo del edredón reglamentario y la apagó con un satisfactorio clic.

    La sensación de que era un día especial le invadía el cuerpo: como si algo maravilloso hubiera pasado, pero su mente medio dormida no lo recordara muy bien.

    Se incorporó en un ángulo recto, se giró, deslizó los pies en el suave calor de las zapatillas de casa y se acercó arrastrando los pies al ojo de buey. Contempló el manto negro del espacio. Los diamantes de luz brillaban tenuemente y lanzaban un destello de bienvenida a casa.

    He vuelto, pensó.

    He vuelto al Enano Rojo.

    He vuelto a la realidad.

    Una sonrisa de satisfacción en su cara se extendió transformándose en un bostezo. Se giró y abrió la nevera del dormitorio. Sacó una jarra de zumo de naranja recién exprimido y medio pomelo envuelto en film transparente. Encendió la cafetera en “espresso” y se metió en la cabina de la ducha mientras la máquina bullía dando los buenos días.

    Lo conseguimos.

    Hemos vencido.

    Estamos fuera.

    Abrió los grifos y el agua cayó en cascada sobre la alfombrilla de goma con esencia de pino. Metió la mano en la cortina de agua. Tibia y perfecta. Ni fría ni caliente. Sencillamente perfecta.

    Era estupendo estar vivo.

    Se lavó bien a fondo como si tuviera una primera cita, cogió una toalla blanca y gruesa y se secó. Fue sin hacer ruido hasta la cafetera y se sirvió una taza de delicioso café exprés. Se echó otra taza. La segunda sabía incluso mejor que la primera.

    Y allí fue cuando Lister empezó a pensar.

    ¿La segunda sabía incluso mejor que la primera?

    La segunda taza nunca sabía mejor que la primera.

    Abrió la puerta de la nevera. Parecía un anuncio de frigoríficos. Estaba repleto de verduras y hortalizas frescas. Había ocho tipos diferentes de quesos, varios filetes hechos de carne magra, un salmón entero, un costillar de cordero adornado con unos pequeños gorros de cocinero de papel y una botella de champán a enfriar.

    ¿De verdad era esta su nevera? ¿Dónde estaba la leche cortada que rebosaba del cartón? ¿Dónde estaba el extraño olor que le revolvía el estómago y era imposible de rastrear? ¿Dónde estaban sus zapatillas de deporte? Normalmente las guardaba en el congelador para enfriarlas. No había nada en el congelador, salvo una variada selección de helados de nombres deliciosos, y por primera vez en la historia, hielo. ¿Hielo? ¿Por qué había hielo en la bandeja del hielo del frigorífico de Lister? ¿Y dónde estaba esa plasta verde indefinible del cajón de las verduras? Ésa que resultaba de las hortalizas que se pudrían mezcladas, de forma que era imposible distinguir dónde acababan las lechugas y dónde empezaban las coles.

    No, esta nevera era propia de un catálogo de venta por correo. Esta era la nevera que el Gran Gatsby abrió cuando Daisy vino a verle.

    Algo iba mal.

    Y lo que iba mal era que nada iba mal.

    Miró su toalla de baño que era la reglamentaria de la nave. Las toallas de los Cuerpos Espaciales eran famosas por dos características: en primer lugar, eran finas como el papel de fumar y sólo la mitad de absorbentes; y en segundo lugar, eran demasiado cortas para enrollarlas en la cintura, siempre quedaba una abertura tipo bailarina de Bali a un lado de la pierna.

    Esta no. Esta era gorda como una manta, y le daba dos vueltas a la cintura.

    A lo mejor había adelgazado.

    A lo mejor.

    Lister corrió a la panera, y levantó la tapa. Gritó. Dentro había pan. Recién hecho. Blanco, moreno, integral, de cereales, bollos, panecillos. Sacó un pan de molde casero, cortó una rebanada y la metió en el grill. Caminaba impaciente de un lado a otro esperando a que el pan se tostara.

    Su mente rebobinó a la noche anterior. Ellos cuatro, atravesando la puerta de Salida y apareciendo en el compartimento de carga, Rimmer cambiando en el transcurso del viaje del cuerpo de Trixie LaBouche a su propia forma holográfica. Su conversación con Holly. El viaje sin interrupciones de regreso a los dormitorios -el autobús de enlace, el metro de la nave, el ascensor exprés para subir los dos mil cincuenta pisos: no habían tenido que esperar en ninguno de ellos.

    Miró dentro del grill. El pan estaba listo.

    Ansiosamente, lo untó con mantequilla, y luego extendió una gruesa capa de mermelada de lima con tropezones sobre la superficie que estaba tostada de modo uniforme. La sostuvo en la mano a la altura de la barbilla, a metro y medio del suelo y la soltó. Cayó dando vueltas y aterrizó. Miró al suelo.

    La mermelada estaba arriba.

    Probó otra vez.

    Mermelada arriba.

    Y otra vez, y otra. Veinte veces cayó con la mermelada arriba.

    Lister buscó por el dormitorio. Nada estaba bien.

    El bote de salsa medio lleno no tenía chorretones marrones solidificados que escurrían del cuello a la etiqueta; el mando a distancia de la pantalla de vídeo no faltaba y, lo que era más irrefutable todavía, las pilas no se habían quitado y utilizado para otra cosa.

    Otra prueba. Descongeló en el microondas una cena de pastel de carne y estofado. Sabía a pastel de carne y estofado.

    Eso era sencillamente imposible. ¿Una cena calentada en el microondas que sabía mejor que su envase de cartón?

    Abrió su taquilla y miró la colección de vídeos. Estaban ordenados en columnas, una al lado de otra, todos con su caja y su etiqueta escrita con la letra de Lister. Y, peor aún, encontró al menos treinta que había grabado y que de hecho quería ver. Algo iba mal. Esto no era normal.

    Estaba friendo su vigésimo tercer huevo sin romper una sola yema cuando Kryten entró apresurado.

    — ¡Increíble! La cosa más maravillosa del mundo ha pasado. Estaba fregando el suelo; ¿sabe ése que está tan sucio en el pasillo de estasis? ¿El de las manchas tan maravillosas? Cuando, ¿sabe qué? Miré dentro de las cabinas de estasis, y no toda la tripulación fue aniquilada en el accidente. Sobrevivieron tres.
    —Déjame adivinar —dijo Lister— Rimmer, Petersen y Kristine Kochanski.
    — ¡Síííí! —Kryten aplaudió de alegría. — ¿Cómo lo ha sabido?
    —Seguimos dentro del Juego, Kryten. Esto no es la realidad.

    Rimmer apareció por la escotilla del dormitorio.

    — ¿A que no sabéis qué? —sonrió de oreja a oreja—. Acaba de suceder algo increíble.
    —Esto no es la realidad —dijo Lister.

    La sonrisa del Gato entró en la habitación, seguida del propio Gato.

    — ¡Hey, hey, he-ey! No os vais a creer lo os voy a contar…
    —Todavía estamos en Mejor Que la Vida —dijo Rimmer alicaído.

    Las cejas del Gato colisionaron en un choque frontal sobre el puente de su nariz.

    — ¿Eh?
    —Bravo —dijo una voz. Los cuatro se volvieron y vieron una pequeña figura materializarse en el rincón de la habitación. Era un chico, de unos catorce años, con el pelo graso y de punta, gafas demasiado grandes, anorak morado y bigote ralo de adolescente—. Me llamo Dennis McBean— la grabación tridimensional prosiguió: —Soy el creador del Juego. Habéis superado con éxito el obstáculo final del videojuego más adictivo jamás concebido. Os habéis ganado una partida gratis.
    —No, gracias, cara de acné— dijo el Gato.

    La imagen se apagó, y el dormitorio comenzó a desvanecerse lentamente.

    De repente, estaban de pie sobre una matriz de rejilla verde, que se estrechaba progresivamente hasta quedar en una oscuridad infinita. Apareció una luz, y caminaron hacia ella. Cuando se acercaron a la abertura, unas letras pasaron silbando a gran

    velocidad por debajo de sus pies: Una gigantesca ‘O’, después una ‘G’, seguida de una ‘E’, una ‘U’ y una ‘J’. Después, por encima de sus cabezas, pasó volando otra serie de letras: Una ‘L’, una ‘E’ y una ‘D’. Y la última serie: una ‘N’, una ‘I’ y una ‘F’.

    Por fin lo habían conseguido.

    Entraron uno tras otro en la luz, y volvieron a la realidad.



    Segunda Parte
    En Marcha
    UNO


    Lentamente, muy lentamente, los ojos de Lister se adaptaban a la penumbra. Estaba oscuro: una pequeña y tenue lámpara de emergencia era la única fuente de luz en la habitación. Poco a poco fue distinguiendo las siluetas de los demás, medio sentados, medio acurrucados en un semicírculo irregular.

    Levantó las manos y palpó la banda de la cabeza a través de la maraña de pelo, entonces con cuidado se extrajo los electrodos del cráneo. Temblando, miraba cómo los demás se liberaban arrancándose las bandas y tirándolas al centro del semicírculo. No hubo conversación, ni contacto visual entre ellos. Alguien empezó a toser. Lister sabía que era el Gato, sin tener que mirar. No quería mirar, pero no pudo evitarlo. Sus ojos se lanzaron a la derecha. Apartó otra vez la mirada rápidamente.

    El Gato estaba casi irreconocible. Sus ojos parecían extremadamente grandes para su cara, como si el cráneo le hubiera encogido. La carne colgaba libremente de sus huesos marcados y demacrados.

    Lister examinó sus propios brazos temblorosos. Delgados. Su piel era como el papel. Intentó levantarse -quería pisotear las bandas, chafarlas- pero se desplomó en el suelo otra vez de forma patética. Entonces rodó sobre su espalda, pero no pudo levantarse. Estaba débil como una jirafa recién nacida.

    Kryten y Rimmer estaban bien, al menos físicamente; los mecanoides y los hologramas no sufren deterioro muscular. Se pusieron de pie. Kryten habló.

    —Iré a por un par de… —no terminó. No quería decir “camillas”. No quería decir: “será mejor que los llevemos a la unidad médica lo antes posible, porque tienen muy mala pinta”. Rimmer comprendió, y asintió con la cabeza.

    Kryten agachó la cabeza y salió por la escotilla al pasillo.

    La nave parecía estar en nivel de emergencia, lo que no tenía ningún sentido para Kryten. Todavía tenía menos sentido que hubiera semejante desorden por todas partes: la comida solidificada que había chorreado de una máquina expendedora estropeada yacía en el suelo putrefacta; el agua del pasillo de arriba pasaba a través del techo de láminas de metal y goteaba en unos cubos oxidados. Miles de circuitos en las paredes estaban quemados, ennegrecidos e inservibles. Todas las pantallas que normalmente mostraban la imagen de Holly estaban apagadas y sin vida. Era como un domingo por la tarde en el Mary Celeste.

    Kryten estuvo más de veinte minutos buscando a los skutters. Por fin localizó un pequeño grupo en el almacén de mantenimiento, jugando a las cartas.

    — ¿Se puede saber que estáis haciendo? —Kryten les regañó—. ¡Todo está hecho un asco! No funciona nada —dio unas palmadas— venid conmigo.

    Los cuatro skutters giraron en redondo sus cabezas de pinza para ver quién era, y siguieron jugando al póquer apostando tornillos y tuercas.

    —Perdonadme —Kryten se acercó a la mesa con sus andares de pato— si queréis ir al Cielo de Silicio, os sugiero que empecéis a obedecer las órdenes inmediatamente.

    Los motores de los skutters subían y bajaban las revoluciones a modo de risitas disimuladas. No creían en el Cielo de Silicio: eran droides para tareas tan básicas, que los

    fabricantes no habían considerado rentable la implantación de chips de fe. Para ellos, sólo los droides chiflados creían en el Cielo de Silicio. Locos colgadísimos como Kryten. Desde su punto de vista, el universo no tenía ningún sentido, era injusto e innecesario, y lo único con algo de sustancia o belleza en toda la creación era la tuerca de mariposa con doble rosca, que podía atornillarse y desatornillarse con facilidad incluso en los lugares más inaccesibles. Eran básicamente existencialistas con una predilección por cierta pieza metálica de ensamblaje.

    — ¡Vamos! —dijo Kryten, dándose palmaditas en el muslo—. Coged dos camillas y seguidme.

    De mala gana, los skutters tiraron las cartas, y se fueron protestando detrás de Kryten en sus bases motorizadas.


    Cuando Kryten regresó con cuatro skutters que portaban dos camillas, Rimmer estaba de pie en el pasillo.

    —Escucha —dijo— ¿oyes algo?

    Kryten ladeó la cabeza y subió al máximo los micrófonos de sus oídos.

    — ¿Lo oyes? —dijo Rimmer.

    Kryten no oía nada, aparte de un escarabajo asmático con sobrepeso, tres pisos más abajo, que intentaba subir por una pared. Por simplicidad, contestó:

    —No oigo nada.

    Rimmer señaló hacia delante con la cabeza.

    —Yo tampoco —dijo, y sonrió de modo enigmático.

    Era un momento delicado para Kryten. Tenía dos humanoides enfermos que cuidar, cuatro skutters en rebeldía, y ahora, por lo visto, tenía que lidiar con un holograma demente.

    —No, ¿no lo entiendes? —dijo Rimmer.
    — ¿Entender el qué? dijo Kryten, con tono indeciso.
    —No se oye nada.
    — ¿Sí?
    —Los motores están parados. La nave no se está moviendo.


    DOS


    Kryten llevó a Lister y al Gato a la unidad médica de recuperación. Les quitó las ropas apestosas y harapientas, los bañó con cuidado y les dio suplementos vitamínicos. Después conectó los dos pacientes al ordenador de bio-retroalimentación, y con delicadeza los metió en los trajes médicos. Una vez inflados totalmente los trajes médicos,

    Kryten los colgó de sus cuatro mástiles de sujeción, de forma que Lister y el Gato pendían boca arriba inmóviles, y encendió los grupos electrógenos de los trajes.

    Mientras tanto, charlaba alegremente sobre nada en particular, evitando con cuidado cualquier mención sobre los motores parados. Cuando estuvieron plácidamente dormidos, salió para reunirse con Rimmer en la Sala de Control.


    —He estado por toda la cubierta de control, por todas partes. Todas las pantallas de Holly están apagadas. No responde.

    Kryten arrastró los pies hasta el panel de monitores y aporreó las teclas para obtener un informe de la situación. Dolida, la máquina que funcionaba con la energía de emergencia vomitó al final una hoja impresa.

    —Se ha desconectado —dijo Kryten—. Mire.

    Rimmer echó un vistazo al incomprensible galimatías de símbolos.

    — ¡Ah! —dijo, como si lo entendiera— se ha desconectado.
    —Y aquí —Kryten señaló con el dedo el informe— por algún motivo, hubo una enorme subida de tensión justo siete minutos antes de que se desconectara.

    Rimmer echó un ojo por encima del hombro de Kryten, y esperó que estuviera mirando a la parte adecuada del galimatías que revelaba esa particular información.

    —Eso es lo que dice —confirmó— no hay ninguna duda.

    Kryten estaba impresionado. Muy pocos eran los no-mecánicos que podían leer la escritura de las máquinas. Sobre todo boca abajo.

    —Esto es una locura —Rimmer caminó por el gigantesco pasillo de unidades de discos apiladas— la nave está totalmente desamparada.

    Kryten le siguió.

    — ¿Por qué habría querido apagarse?
    —Sólo hay una forma de saberlo —Rimmer se detuvo delante de la enorme pantalla principal de Holly— encendámoslo y se lo preguntamos.

    Kryten tecleó el comando de reinicio, y Holly se iluminó en la pantalla.

    Rimmer levantó la vista.

    —Holly: ¿qué ha pasado?

    Al principio, Holly miraba como si no supiera dónde estaba, como si se acabara de despertar y se estuviera haciendo una composición de lugar. Entonces, de repente, abrió los ojos de par en par, y se apagó. El zumbido de los ordenadores se tornó en silencio otra vez.

    Rimmer miró a Kryten.

    —Prueba otra vez.

    Kryten repitió el comando de reinicio.

    Holly apareció en la pantalla.

    — ¡Marchaos! —dijo rápidamente, y se volvió a apagar.

    Rimmer sacudió la cabeza.

    — ¿Qué le pasa? Dame control de voz para el comando de reinicio.

    Kryten obedeció.

    —Encender —dijo Rimmer.

    Holly apareció otra vez.

    —Apagar —dijo, y se desconectó.
    —Encender —insistió Rimmer.
    — ¡Apagar! —respondió Holly.
    — ¿Hay alguna forma de inutilizar su disco de apagado?

    Kryten afirmó con la cabeza y escribió en el teclado.

    —Pruebe ahora —dijo.
    —Encender.

    Holly fluctuó en la pantalla.

    —Apagar —dijo, pero siguió allí—. Apagar —repitió con más firmeza, pero no ocurrió nada. Las venas pixeladas se hinchaban en su cabeza—. ¡Apagar! —gritó—. ¡Apagar! ¡Apagar! ¡¡¡APAGAR!!!
    —Y bien —dijo Rimmer con calma— quizás podamos tener una conversación en condiciones de una forma digna y civilizada.
    — ¿Qué has hecho? Quita el inhibidor. ¡Vuelve a apagarme!

    Rimmer levantó la mano para silenciar las protestas airadas del ordenador.

    — ¡Apagar! —chilló Holly—. No hay tiempo para explicaciones. Inteligencia comprimida. Tiempo de vida reducido. Culpa de Tostadora. Quedan dos con treinta y cinco.
    — ¿Repite? —dijo Rimmer.
    —...coeficiente intelectual doce mil. Quedan dos minutos.
    —Holly, no tengo ni la más ligera idea de lo que estás farfullando: "CI doce mil… Quedan dos minutos… Culpa de Tostadora…" ¿Qué significa todo eso?—

    Holly cerró los ojos y suspiró.

    —Eres un completo imbécil, ¿verdad, Rimmer? ¿Cuál es el problema? ¿Dónde está la dificultad? ¿Por qué sigues sin comprender esta premisa tan extraordinariamente simple?
    — ¿Qué premisa?
    —La premisa de que he aumentado mi coeficiente intelectual a doce mil, bueno, para ser más preciso: doce mil trescientos sesenta y ocho, y como consecuencia mi tiempo de vida se ha reducido a dos minutos y medio. Gracias a la Tostadora, me quedan dos minutos y medio de vida. Bueno, de hecho, debido a este intercambio conversacional tontamente innecesario, ahora me queda un minuto y diez segundos de vida. ¿Entendido? ¿Lo pillas, cerebro de maniquí? ¿Más preguntas que quieras que responda? Tómate tu tiempo. Cincuenta y cinco segundos y contando. No hay prisa.
    — ¡Dios mío! —dijo Rimmer—. Eso es terrible. ¿No será mejor que te apaguemos?
    —Déjame pensar —dijo Holly, y, tras una pausa minúscula, añadió con una voz que sacudió la sala de control:
    — ¡¡¡¡SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!!!!
    —Kryten —chilló Rimmer— ¡quita el inhibidor!

    Kryten miraba fijamente una de las pantallas del radar. Levantó la vista y parpadeó.

    — ¿Qué? Vale. Sí. Perdón.
    —Cuarenta y cinco segundos —Holly se lamentó, mientras Kryten borraba el comando inhibidor, y la cara disgustada del ordenador de desvaneció en la pantalla.
    —Pobre Holly —murmuró Kryten y volvió al radar.
    — ¿Qué estás mirando? —preguntó Rimmer.
    —Bueno, no debería decirlo yo —dijo Kryten—. Soy un mecanoide de servicio. Debería estar limpiando.

    Rimmer miró la pantalla del radar.

    —Qué bonito es eso. ¿Qué es esa cosa azul y blanca tan impresionante que cruza la pantalla a toda mecha hacia la cosa roja?
    —La cosa roja es el Enano Rojo —dijo Kryten.
    — ¿Y la cosa azul y blanca? —Rimmer forzó la vista sobre el diminuto punto brillante de la pantalla—. Parece que se dirige hacia nosotros a toda velocidad. ¿Qué es? ¿Una roca? ¿Un cometa pequeño? ¿Un asteroide de hielo extremadamente pequeño?
    —No, es un p… —Kryten sacudía la cabeza repetidamente en idénticas series de espasmos, un tipo de tartamudeo corporal que afectaba a los mecanoides de la serie cuatro mil siempre que se enfrentaban a la muerte— ... un p-p-p-p-p-p-p-p-p-p…—
    — ¿Un p-p? —Rimmer sonrió con indulgencia—. ¿Qué es eso?

    Kryten se golpeó la cabeza contra la pantalla del radar y eliminó el bucle de agarrotamiento de su unidad de voz.

    —Es un planeta.


    TRES


    Rimmer no dijo nada durante un buen rato, y después cuando dijo algo, no fue nada particularmente brillante ni original.

    — ¿Un planeta? —preguntó— ¿me estás diciendo que eso es un planeta?

    Kryten bajó la vista a la imagen en 3D del proyectil que aumentada mil veces en la pantalla del radar.

    —Algo debe haberlo arrancado de su órbita.
    — ¿Un planeta? —Rimmer repitió innecesariamente— ¿Un planeta viene hacia nosotros?

    Kryten asintió con la cabeza.

    —Bien, ¿no será entonces mejor que nos quitemos de en medio?
    —No podemos movernos: los motores están parados.
    — ¿Cuánto tiempo se necesita para poner los motores en marcha?

    Kryten escribió una serie de ecuaciones en el teclado numérico, y esperó a que se procesaran los datos.

    —Unas tres semanas.

    Rimmer se frotó las sienes e hizo una pregunta cuya respuesta no quería saber:

    — ¿Y cuánto falta para que el planeta alcance la nave?—

    Kryten frunció el ceño y sus dedos bailaron sobre el teclado. Al cabo de un rato la lectura se iluminó en verde en la pantalla.

    — ¿Y bien? —dijo Rimmer.

    Kryten levantó la vista.

    —Unas tres semanas.


    Alertar a Lister y al Gato sobre el planeta descontrolado que se precipitaba contra ellos atravesando el espacio no parecía que fuera a servir de gran cosa. Físicamente, no estaban en condiciones de poder ayudar. Cierto, se estaban recuperando bien, suspendidos a modo de hamacas dentro de los trajes médicos, mientras las unidades internas de hidroterapia de los trajes devolvían la salud a sus deterioradas fibras musculares; pero seguían estando extremadamente débiles y la ansiedad sólo conseguiría ralentizar el proceso de recuperación.

    Kryten, siempre cauteloso, calculaba que necesitaban por lo menos un mes en los trajes, seguido de otras dos semanas de reposo absoluto, para poder darles el alta de la unidad médica.

    Rimmer odiaba guardarse las noticias para él solo. En su opinión, lo mejor de tener malas noticias era dárselas a todo el que se pudiera. Le encantaba cuando la cara de la gente se desmoronaba de ese modo tan gracioso, como si alguien hubiera cortado la cuerda que sujetaba todos sus músculos. Pero ésta era la mala noticia menos divertida que nunca había tenido. Sufría durante sus visitas nocturnas a la unidad médica, y aprovechaba la mínima excusa para reducirlas. La tensión de estar ahí sentado, fingiendo que todo iba a las mil maravillas mientras aquel planeta se lanzaba contra ellos, era insoportable. Deseaba reventar y confesar. Deseaba tirarse al suelo y llorar como una plañidera profesional. Deseaba sumir a todo el mundo en un frenesí de autocompasión y pánico. En lugar de eso, tenía que sentarse ahí y ser desinteresado y valiente. ¿De qué servía ser desinteresado y valiente si nadie se enteraba?

    Así que redujo las visitas al mínimo, y pasaba la mayor parte de su tiempo libre supervisando la puesta a punto de los motores.

    Los motores del Enano Rojo ocupaban casi todo el tercio trasero de la nave. Treinta y tres kilómetros cúbicos de acero y grasa que cruzaban un millar de pasillos. Para poner la nave en marcha, había que cebar y activar cuatro mil seiscientos ochenta inyectores en determinados intervalos de tiempo. Millones de litros de combustible a base de hidrógeno, reciclado a partir de las corrientes del espacio gracias al extractor con forma de cuernos situado en el morro de la nave, tenían que bombearse a través de una red de tuberías interconectadas de forma que esto coincidiera exactamente con el encendido de los inyectores.

    Era una tarea ardua y tediosa incluso con la tripulación al completo. Para un mecanoide, un holograma y cuarenta y siete skutters, era partirse la espalda.

    Rimmer se quejaba constantemente. No podía entender cómo los Cuerpos Espaciales podían gastar tropecientos mil millones de libradólares en el diseño de una nave del tamaño del Enano Rojo, y no dejar un par de pavos aparte para la instalación de un botón de encendido. Sólo un pequeño botón rojo que pusiera “encendido”. ¿Qué les hubiera costado?

    Kryten no dejaba de repetir que el Enano Rojo no estaba diseñado para detenerse. Lo más cerca de detenerse que la nave había estado fue cuando entró en órbita alrededor de un planeta. La idea de que un día pudiera detenerse no se le había ocurrido a nadie nunca. La explicación no parecía importar a Rimmer, que seguía calculando obsesionado los precios de pequeños botones de plástico. Incluso el botón más caro, Rimmer se figuró, incluso uno que tuviera una forma futurista, hecho de cuerno de rinoceronte, con la palabra “encendido” pintada a mano por Leonardo da Vinci en polvo de oro radiactivo, no habría costado tanto.

    Kryten le explicaba con paciencia que probablemente no era el diseño del botón lo que había resultado demasiado caro, sino más bien era la extensa red de transmisores y los miles de cables a los que el botón tendría que estar conectado lo que lo hacía prohibitivo. Pero Rimmer no estaba interesado. Lamentarse le ayudaba a soportar la aburrida tarea de supervisar a los skutters en el llenado de los inyectores. Pasó muchas horas embelleciendo mentalmente el fabuloso botón de “encendido”, cortándolo en platino y añadiendo incrustaciones de diamantes y rubíes, y aun así mantenía el coste por debajo del de un dormitorio individual.

    A pesar de eso, el trabajo iba bien; de hecho iban un poco adelantados, dentro de los márgenes de seguridad que habían marcado en el programa, cuando Rimmer cometió su error.

    Ocurrió en una de las torres de pistones: cilindros de acero de ochocientos metros de alto que albergaban las gigantescas cabezas de los pistones. En total, había mil doscientas.

    La sección de Rimmer se encargaba de seiscientas, la sección de Kryten se ocupaba del resto.

    Por supuesto, Rimmer quería terminar su mitad del trabajo antes que Kryten, así que ordenó a los skutters que se ajustaran la potencia al máximo para que pudieran triplicar su velocidad. Sus pequeños motores zumbaban y chirriaban mientras entraban y salían de las torres a toda velocidad, comprobando que los inyectores estuvieran abiertos. Después de lubricar cada torre, se ponía a prueba su correspondiente cabeza de pistón de ocho mil toneladas.

    Rimmer creyó que los veinte skutters que formaban su sección ‘A’ estaban en la torre de pistón 137 cuando autorizó la prueba de la torre de pistón 136.

    Escuchó el estruendo que la cabeza de pistón hizo al bajar, después hizo una señal con la cabeza a su skutter secretario para que lo anotara en la hoja de pruebas, y se trasladó a la torre de pistón 138.

    Por alguna razón, la sección “A” había desaparecido. Obviamente, debía estar ya en la siguiente torre. Ordenó la prueba de la 137, y siguió adelante a toda prisa.

    Esperó.

    No podía creerlo. Ahora la sección “B” también había desaparecido. Registró todas las torres, desde la 150 para abajo, y seguía sin encontrar ni un solo skutter. No tenía ningún sentido. ¿Dónde se habían metido?

    Por fin, entró en la torre 137 y vio una capa de metal planchado fina como una oblea que cubría el suelo de la torre de pistón. No se había percatado antes, pero había otra en la 136.

    Era una sensación muy familiar para Rimmer: el horrible y lento proceso de comprensión, las negaciones internas, la búsqueda frenética en su mente para culpar a otro, la aceptación gradual de que, una vez más, había hecho tal burrada innombrable que viviría con él durante el resto de sus días, acechando en el rincón de los horrores de su mente junto a nueve o diez ineptitudes monstruosas más que le gritaban y recriminaban desde allí, sin permitirle olvidarse nunca de ellas.

    Ésta, reconoció, ocupaba el cuarto puesto. La muerte por aplastamiento de cuarenta skutters descansaba ahora en su lista de horrores, justo por encima del disparo a su padre en el hombro con su propio revólver de servicio, e inmediatamente debajo del día en que, sin darse cuenta, pasó marcha atrás por encima del caniche de exposición de su tía Belinda.

    Con la mitad de los skutters destruidos, era ya imposible arrancar los motores a tiempo.

    Sólo quedaba una opción.

    Abandonar la nave.


    CUATRO


    Lister y el Gato, suspendidos en trajes médicos vecinos, miraban arriba al monitor de vídeo del techo.

    Aburridos no era la palabra.

    Habían estado enjaulados en la unidad médica casi tres semanas, y Kryten seguía insistiendo en que continuaran ahí.

    Estar enfermos les ponía enfermos. Y cuanto más se recuperaban peor se sentían.

    Parte del problema era que habían pasado dos años en Mejor Que la Vida, y ambos estaban acostumbrados a obtener todo lo que querían en el momento en que lo querían. Habían olvidado los innumerables retrasos, compromisos e inconvenientes generales de la vida real.

    Para Lister, el mono que tenía de MQV se complicaba con el hecho de que ahora tenía veintisiete años.

    ¡Veintisiete!

    ¡Era un pureta!

    Veintisiete y camino del país de las barrigas cerveceras. Pronto, sería uno de esos tristes viejos gordos que tienen que jugar al squash para mantenerse en forma. Y beber agua mineral. Y saber de calorías.

    Veintisiete.

    Una vieja gloria.

    Dentro de tres años, estaría completamente senil. Tendría treinta. Era demasiado deprimente para expresarlo en palabras.

    Así que yacía malhumorado, en su traje médico, al lado del Gato, sin nada que hacer excepto leer tebeos antiguos y ver vídeos. El único vídeo que consideraban de mutuo acuerdo como un clásico indiscutible era el de Los Picapiedra, el cual veían durante quince o dieciséis horas todos los días. Tras quizás noventa horas de ver Los Picapiedra, algo extraño parecía ocurrirle a Lister.

    —Gato —dijo gruñendo, sin apartar la vista de la pantalla.
    — ¿Mmf? —el Gato gruñó en respuesta.
    — ¿Es cosa mía, o Vilma Picapiedra esta increíblemente buena?

    El Gato se volvió y le miró, después giró la cabeza a la pantalla otra vez.

    —Vilma Picapiedra —dijo con voz de autoridad— es sin duda la mujer más deseable que ha vivido nunca.

    Lister le miró, para ver si lo decía en serio. Era en serio.

    —Menos mal —dijo— creía que me estaba volviendo un poco chiflado. ¿Qué opinas de Betty?
    — ¿Betty Mármol? —el Gato lo meditó—. Bueno, yo saldría con Betty —dijo, entonces añadió con aire nostálgico: —pero estaría pensando en Vilma.

    Los dos se pusieron a soñar despiertos en silencio.

    — ¿Qué estamos haciendo? —Lister dijo al rato— creo que llevamos demasiado tiempo en la unidad médica. ¿Por qué estamos hablando de hacer el amor con Vilma Picapiedra?
    —Tienes razón —convino el Gato—. Estamos pirados. Esta es una conversación de locos.

    Lister sacudió la cabeza, con tristeza.

    —Ella nunca dejaría a Pedro, y lo sabemos.

    La cara de Kryten, cuando apareció por la escotilla de la planta de recuperación, mostraba dos expresiones simultáneamente. La mitad de abajo era calmada, benigna y amable: la mitad de arriba, los ojos y la frente, estaba descompuesta por el pánico.

    — ¿Cómo estáis? —dijo con tono tranquilizador, pues su voz estaba obviamente acorde con todos los rasgos por debajo de su nariz.

    Lister y el Gato gruñeron sin comprometerse.

    —Bueno, no hay ninguna razón en absoluto para preocuparse, pero vamos a tener que trasladaros —dijo, y comenzó a soltar los atalajes del traje médico.
    — ¿Por qué?
    —Por nada. Seguid descansando y recuperándoos. Eso es todo lo que os tiene que preocupar.
    —Yo no quiero que me trasladéis —protestó el Gato—. Quiero ver Los Picapiedra. Éste es en el que Pedro y Pablo se marchan, y Vilma y Betty se quedan solas.

    Kryten empujó la camilla aerodeslizadora paralela a su cama.

    —Túmbate y relájate. Vamos a dar un pequeño paseo.
    — ¿A dónde?
    —A ningún sitio en particular. Pensé que estaría bien dar un paseo.
    —Kryten: ¿qué pasa?
    —El ordenador médico dijo que nada de estrés. Ahora intentad dormir.
    —Kryten, no voy a montarme en la camilla hasta que no me digas lo que pasa.

    Kryten sonrió.

    —Si tienes que saberlo por obligación, hay un planeta diminuto que puede estar dirigiéndose posiblemente en una trayectoria de colisión contra nosotros. Pero no hay absolutamente nada por qué preocuparse —dijo, con tono tranquilizador.
    — ¿Un planeta?
    —Es sólo un planeta pequeño.
    — ¿Y por qué no se aparta sencillamente la nave de su camino?
    —Los motores están algo estropeados, pero ése es un asunto que no debería preocuparte. Ahora por favor, monta en la camilla.

    Lister forcejeó dentro de su traje médico para levantarse.

    — ¿Por qué no arreglamos los motores?
    —No podemos —Kryten sonrió con bondad.
    — ¿Qué dice Holly?
    —Bueno, Holly está algo estropeado también. Ahora por favor, monta en la camilla e intenta relajarte.

    Lister y el Gato se incorporaron de un salto, rígidos de pánico.

    — ¿Qué vamos a hacer entonces?
    —Vamos a dar un pequeño y bonito paseo hasta el muelle de carga y después, dependiendo de qué tal estemos, quién sabe, podemos incluso abandonar un poco la nave—. Kryten dio unas palmaditas en la camilla, y observó sin poder hacer nada cómo Lister y el Gato se soltaban las tiras de velcro de los trajes, se arrancaban los sensores de bio-retroalimentación y salían a toda pastilla de la habitación pasillo abajo.


    Se le ocurrió a Rimmer darle a Holly la noticia de que no podían llevarlo con ellos. Su hardware era demasiado inmenso para ser evacuado en el pequeño transportador, así que Rimmer pensó que lo más decente era encenderlo y dejarle disfrutar los cincuenta y cinco segundos de vida que le quedaban, antes de que el planeta aniquilara por completo el Enano Rojo, y todo lo que había dentro.

    Se sentó en la mesa inclinada de arquitecto que tenía en el dormitorio, bañado con la luz de emergencia, y releyó el discurso que había escrito. Casi no parecía tan conciso como lo recordaba cuando se lo había dictado a su skutter secretario.

    En total, ocupaba nueve páginas en DIN A4, y cuando lo cronometró, descubrió que duraba dieciséis minutos. Tenía que hacer algunos recortes, y reducirlo a cinco segundos como mucho. Pero todo parecía esencial. Su diatriba de dos páginas contra los Cuerpos Espaciales y su odio enardecido por los botones de encendido; era una lástima quitar eso. Su informe de tres páginas sobre el incidente de los skutters chafados, que echaba la culpa con rotundidad sobre los hombros de la persona o personas desconocidas: ¿cómo iba a quitar eso?

    Pero al final, consiguió reducirlo a quince palabras:

    —Planeta en trayectoria de colisión… motores parados… doce horas para impacto… Abandonamos nave… perdón… adiós.

    Con la práctica, Rimmer descubrió que era capaz de decir el mensaje entero en sólo un segundo y pico. Esto le dejaba a Holly con cincuenta y tres segundos de vida enteros para disfrutarlos en lo que quisiera.

    Rimmer activó con la voz el disco de reinicio, y la imagen pixelizada de Holly se unificó en la pantalla de vídeo del dormitorio.

    Rimmer comenzó su discurso.

    —Planeta en trayectoria de colisión, motores parados, doce horas para impacto, abandonamos nave, perdón, adiós.

    Holly pestañeó.

    — ¿Qué?

    Rimmer cogió aire, y repitió el discurso a toda velocidad:

    —Planetaentrayectoriadecolisiónmotoresparadosdoceho-rasparaimpactoabandonamosnaveperdónadiós.
    — ¿Eh?—

    Rimmer repitió una tercera vez:

    —Planetaentrayectoriadecolisiónmotoresparadosdocehoras-araimpactoabandonamosnaveperdónadiós.
    —Eso es lo que has dicho antes. ¿Qué significa?

    Rimmer estaba a medio camino de decirlo por cuarta vez:

    —Planetrayectolisiónmotoresparadosdoce… — cuando Holly le paró.
    —No entiendo ni una palabra. Dilo más despacio.
    —Planeta —dijo Rimmer.
    —Sí —dijo Holly.
    —Trayectoria de colisión —dijo Rimmer.
    —Sí —dijo Holly.
    —Motores parados.
    —Vale.
    —Doce horas para impacto.
    —Te sigo.
    —Abandonamos nave.
    —Oh.
    —Perdón.
    —Sí.
    —Adiós.

    En menos de dos segundos, Holly captó la información del monitor del radar, analizó el problema y dijo tres palabras. Las tres palabras fueron: “Sala de control”.

    Después se apagó con menos de veinticinco segundos de vida restantes.

    Rimmer alcanzó a Lister, el Gato y Kryten corriendo por el pasillo hacia el muelle de carga.

    —Sala de Control —gritó Rimmer.
    — ¿Sala de Control? —Lister respondió gritando—. ¿Por qué?
    —Creo que a Holly se le ha ocurrido algo.

    Oyeron el murmullo y parloteo de la maquinaria de funcionamiento mucho antes de pasar bajo el colosal arco que conducía a la sala de control.

    Las tiras de papel impreso se amontonaban en el suelo vomitadas por las dos mil seiscientas impresoras. Toda la habitación estaba llena hasta la rodilla de resmas de papel retorcido.

    — ¿Qué carajo está pasando? —Lister gritó por encima del ruido de las máquinas, con los restos de los tubos de bio-retroalimentación tintineando detrás de él.

    Kryten se agachó y recogió una parte de la impresión.

    —Es lenguaje de máquinas. Cálculos.
    — ¿Qué tipo de cálculos? —gritó Rimmer.

    De repente, las máquinas se callaron.


    Sobre sus cabezas, la inmensa pantalla que cubría todo el techo, en la que normalmente estaba la imagen de Holly, cobró vida. “Solución”, ponía, y debajo había una lista de coordenadas. Más abajo había un gráfico en 3D del plan de Holly.

    Era la maniobra de astronavegación más audaz que nadie había intentado en toda la historia del universo.


    CINCO


    En la pantalla había una simulación del sistema estelar binario en el que se habían quedado tirados, estáticos.

    En la parte baja de la pantalla había un vector gráfico del Enano Rojo.

    En lo más alto de la pantalla había un planeta azul helado precipitándose hacia ellos en trayectoria de colisión.

    A la izquierda había un sol pequeño, y a la derecha un sol gemelo mayor. Cada sol tenía un planeta en órbita a su alrededor.

    El Starbug, el transporte con forma de escarabajo del Enano Rojo, apareció entonces en la pantalla. El transporte hizo una trayectoria intermitente hacia el sol de la derecha, y disparó algo en su núcleo.

    El sol estalló, expulsó al planeta de su órbita y lo lanzó hacia el centro de la pantalla.

    Lister miraba, perplejo y aturdido, cómo la visualización se fundía en una serie deslumbrante de flechas y líneas trazadas.

    Cuando por fin se aclaró la pantalla, los tres planetas orbitaban ahora alrededor del sol de la izquierda, y el Enano Rojo permanecía intacto.

    —A ver si lo entiendo —dijo Lister—. ¿Está haciendo lo que creo que está haciendo?
    — ¿Qué crees que está haciendo? —preguntó el Gato.
    —Creo que está jugando al billar. Con planetas.

    Kryten miró en vano a la pantalla vacía.

    — ¿Es eso posible?
    —Bueno —dijo Rimmer— sin duda es posible disparar un artefacto termonuclear contra un sol y crear una explosión solar suficiente como para lanzar un planeta fuera de su órbita. Lo demás pertenece de alguna manera al terreno de las hipótesis.

    Lister se sentó con un crujido en una de las sillas de la mesa de control, y sacudió la cabeza con rostro serio.

    —No va a funcionar. Os lo prometo: no va a funcionar. Ni hablar del peluquín, ni en un millón de años uranianos. Si Holly cree que puede usar el planeta rojo para colocar al planeta azul en órbita con el sol de la izquierda, entonces es que está peor que una regadera.
    — ¿Crees que no podrá? —dijo Kryten.
    —Ni por asomo. No tiene suficiente lateral.
    — ¿Lateral?
    —Efecto lateral. El ángulo de incidencia está mal.
    —Lister: ¿qué tonterías estás diciendo?— Rimmer resopló con desdén. —Hablamos de un ordenador con un coeficiente intelectual de doce mil trescientos sesenta y ocho.
    —Eso no significa que sepa jugar al billar—. Lister se puso la mano en el pecho—. Yo sé jugar. Confiad en mí, sé de lo que estoy hablando. Un viernes noche en el Aigburth Arms, nadie me saca de la mesa. Este brazo de billar —flexionó el brazo derecho— es la leche. Y os lo prometo, ese tiro no va a salir bien. Va a pasar de largo, eso es lo que hará. Es un destroza-tapetes. Ese planeta va a salirse de la mesa y a caer en la cerveza de alguien.

    Rimmer soltó una carcajada de incredulidad.

    —Estamos hablando de trigonometría en un espacio tetradimensional, cerebro de mosquito, no de un juego de billar cutre en una taberna de barrio escocesa.
    —Es el mismo principio.
    —Por supuesto que no.

    Lister señaló con la cabeza a la pantalla gigante.

    —Creedme, va a fallar. Propongo que mandemos a paseo las coordenadas de Holly y que sea yo quien tire.
    —Bueno —Rimmer se separó del resto del grupo— lo someteremos a votación. Por un lado, tenemos un ordenador con un coeficiente intelectual de cinco cifras, que tiene un dominio total de la astrofísica, y por el otro, tenemos a Lister, quien, y seamos justos con él, es un completo desecho humano. ¿En qué manos encomendamos nuestras vidas, la seguridad de la nave y el futuro de todo? Lister, ¿cuál es tu voto?

    Lister levantó la vista de su jugada imaginaria.

    —Yo voto por mí.

    Rimmer sonrió satisfecho, disfrutando de la broma.

    —Uno a cero para el tonto de Lister. Yo voto por Holly. Uno a uno. ¿Kryten?
    —Bueno —dijo Kryten— aunque estoy de acuerdo con que es una locura y un suicidio, me temo que tengo que estar del lado del humano.
    — ¡Brutal! —Lister sonrió de oreja a oreja, y le dio al mecanoide una palmada en el hombro.
    — ¿Qué? —dijo Rimmer—. ¿Votas al saco de estiércol?
    —Lo siento —dijo Kryten— así me programaron.

    La sonrisa de Rimmer retrocedió como una mecha encendida.

    — ¿Gato?—
    —Estoy de acuerdo contigo, colega. Todo lo que has dicho tiene sentido —el Gato continuó hablando— pero la cosa es que: aunque estoy de acuerdo contigo, nunca daría mi voto a alguien con ese sentido de la moda. Voto por Lister.
    —Tres a uno para mí —dijo Lister, y balanceó los hombros girando los puños a modo de danza de celebración.


    Lister hizo la comprobación final en el panel de instrumentos del Starbug, luego encendió el intercomunicador, y la cara de Kryten apareció en la pantalla de vídeo.

    —Estamos preparados para salir, Kryten. ¿Dónde está el Gato?
    —Debería estar llegando, señor.
    —Esto es una locura —Rimmer sacudió la cabeza, con la vista clavada en la pantalla del navegador del Starbug— una auténtica locura.

    Sonó un pitido, y la cara del Gato apareció junto a la de Kryten en la pantalla de vídeo.

    —Yo no voy —dijo.

    La cara de Lister se encogió.

    — ¿Qué?
    —Así es como yo lo veo: si todo va bien, todo el mundo se salva, no hay problema. Si algo va mal, los que van en el Starbug saltan por los aires veinte minutos antes que los del Enano Rojo.
    — ¿Y?
    —Pues que hay un montón de cosas que se pueden hacer en veinte minutos. Me quedo aquí con Kryten.
    —Muchas gracias.

    El Gato sonrió.

    —Eh, no hay de qué. Sólo quiero lo mejor para mí. —Entonces apagó la pantalla.

    Los reactores chamuscaron la plataforma de despegue, y el Starbug se bamboleó con dificultad en el aire.

    Lister miró el mando de dirección frunciendo el ceño. Estaba rígido y no respondía.

    — ¿Qué ocurre?
    —Nada —mintió Lister. Forcejeó para estabilizar el escarabajo, y encendió las turbinas traseras.

    Rimmer miraba con dificultad el panel de instrumentos.

    — ¿Qué está pasando? Apenas nos movemos.

    Y entonces se movieron. La cola del escarabajo cayó al suelo en picado, produciendo enormes chispas en la pista, mientras que el morro se levantó hacia el techo del muelle de carga.

    Lister forcejeó en su atalaje de seguridad y presionó el botón de potencia auxiliar. El Starbug cabeceó abajo y arriba hasta que por fin cogió velocidad, que no altura. Morro en el aire, cola en el suelo, se arrastró chirriando cuatrocientos metros hacia las puertas de la esclusa de aire.

    —No tengo que recordarte —gritó Rimmer por encima del ruido de los motores— que llevamos un pequeño pero robusto artefacto termonuclear, a menos de tres metros debajo de nosotros. En el nombre de todo lo sagrado, levanta este estúpido cacharro.
    — ¿Crees que me estoy divirtiendo? —grito Lister— algo va mal. La nave parece unas diez veces más pesada de lo que debería.

    El escarabajo chocó contra el borde exterior de la esclusa de aire, provocando unas chispas brillantes de color blanco magnesio que soldaron las puertas dejándolas abiertas para siempre, y salió de rebote al silencioso abismo del espacio.

    Una vez fuera de la nave, el escarabajo tembló y pegó una sacudida, después cayó en picado unos tres kilómetros por la cara sur-oeste del Enano Rojo, hasta que Lister activó los propulsores de reserva y forcejeó a dos manos con el mando de dirección aparentando cierto control.

    —No lo entiendo —gritó Lister por encima del máximo rugido de los motores— por alguna razón, necesitamos máximo empuje y la reserva de emergencia sólo para poner en marcha este puñetero trasto.

    No era la primera vez que Rimmer se sentía eternamente agradecido de estar ya muerto.


    Lister se inclinó sobre el monitor horizontal del radar, con un ojo cerrado y la nariz casi paralela a la pantalla. Quieto y en silencio, estudió la simulación en 3D, luego se irguió y caminó bordeando la mesa para mirar desde otro ángulo. Allí, en el otro extremo de la pantalla, estaba el planeta azul helado. Éste era el planeta que Lister había designado como la bola azul. A la derecha, en órbita alrededor del mayor de los soles gemelos, estaba el planeta que Lister había bautizado como la bola blanca.

    La bola blanca golpearía a la bola azul, y la enviaría a la órbita del sol de la izquierda, o, como Lister prefería llamarlo: la tronera.

    Así de simple.

    Era una jugada sencilla. Había hecho ese tiro miles de veces. Cierto, nunca lo había hecho con planetas, pero, como seguía insistiendo Lister, en teoría debería ser más fácil, ya que los planetas son más grandes.

    Sin apartar la vista del radar, sacó un pack de seis latas de cerveza extra fuerte de la pequeña nevera del Starbug y abrió una.

    Iba por la tercera lata cuando Rimmer rompió su voto de silencio.

    — ¿Cuántas te vas a beber?
    —Te he dicho que no hables. Estoy jugando—. Se acabó la tercera y empezó la cuarta.
    — ¿Te vas a beber cuatro latas de cerveza extra fuerte?

    Lister sacudió un poco de polvo imaginario de la pantalla del radar.

    —No, me voy a beber las seis. Siempre juego mejor al billar con unas cuantas cervezas. Me templa los nervios. No me voy a poner ciego, sólo un poco contentillo.
    —Define contentillo. ¿Contentillo es horizontal o perpendicular?
    —Rimmer: yo me encargo.
    —No sé si podré aguantarlo.
    —Estamos mal colocados —Lister bebió de la lata—. Sería más fácil si estuviéramos aquí— señaló un punto en la pantalla a medio camino entre el Enano Rojo y el planeta que venía de frente.
    — ¿Quieres decir justo en la trayectoria del planeta de hielo?

    Lister afirmó con la cabeza.

    — ¿De manera que si fallas, tendremos un planeta en la cara?
    —No voy a faliar —Lister abrió la quinta cerveza, y agachó la cabeza para entrar en la cabina de mando del Starbug.
    — ¿Faliar?
    — ¿Qué?
    —Has dicho faliar. Has dicho “no voy a faliar”. Estás trompa.

    Lister encendió los propulsores y giró en redondo el escarabajo hacia sus nuevas coordenadas.

    —Dios, mataría por un curry. Lástima que no hayamos traído comida. ¿Tenemos patatas fritas o algo?

    El planeta estaba ya cerca. Ocupaba casi la mitad de la pantalla del navegador de Rimmer, e iba creciendo de tamaño de forma constante a medida que se precipitaba contra ellos.

    Lister arrugó la sexta lata de cerveza vacía y la lanzó a la papelera al otro lado de la sala. Dio en el borde y cayó al suelo.

    Rimmer cerró los ojos.

    —Vayámonos de aquí. Es una pena por el Gato y Kryten, pero todavía tenemos una oportunidad de salvar el pellejo.

    Lister conmutó el lanzador de misiles a manual. Los mandos de la plataforma de lanzamiento se desplegaron del monitor de radar horizontal, y encajó la nariz en el visor bifocal. El sudor le recorría los brazos y la frente. Alineó la cruz filar con el sol alrededor del cual giraba el planeta que hacía de bola blanca. Separó las piernas hasta conseguir mantener el equilibrio.

    Estaba alineado.

    Parecía estar bien.

    Pero esperó.

    Esperó a sentirse bien.

    Entonces se sintió bien. El espacio se desvaneció, y volvió al Aigburth Arms, y éste sólo era otro tiro más para quedarse en la mesa. Estaba en la bola ocho, y todo lo que necesitaba era un empujón, con la fuerza suficiente para evitar meter la blanca. Era fácil. Podía hacerlo.

    Le dio buenas vibraciones.

    Jugó su tiro.

    Puso el dedo en el botón de lanzamiento, y aumentó la presión de manera constante e uniforme con un movimiento suave.

    El misil se desprendió de su alojamiento bajo la tripa del Starbug con un ruido infernal y se dirigió hacia el lejano sol crepitando.

    Lister se giró hacia la pantalla del radar y observó.

    La secuencia completa tardó ocho horas en desarrollarse, pero a Rimmer le parecieron ocho años. A Lister, le parecieron ocho segundos.

    El misil penetró en el infierno del sol, y una llamarada solar gigantesca se levantó de su superficie embravecida, golpeó el planeta que hacía de bola blanca para Lister y lo arrancó de su órbita.

    El planeta blanco salió despedido a través del espacio hacia las coordenadas de intersección, el punto donde colisionaría con el planeta helado, enviándolo a la “tronera” del sol de la izquierda.

    Casi inmediatamente, Rimmer se dio cuenta de que iba a fallar. Y no por poco. Por mucho.

    El planeta blanco no iba a chocar con el planeta helado. Ni siquiera iba a rozarlo. El planeta blanco había sido arrancado de su órbita demasiado pronto. Iba a atravesar sin daños la trayectoria del planeta helado que venía de frente, para quedar atrapado en órbita alrededor del sol de la izquierda.

    Lister había colado la bola blanca.

    O más bien, iba a colar la bola blanca; antes tenían que esperar a que el tiro de billar planetario completara su lento recorrido.

    No intercambiaron ni una palabra en tres horas. Observaban la pantalla del radar, y esperaban, contra toda evidencia de sus ojos, que aquello no ocurriera.

    Pero ocurrió.

    El planeta blanco entró en órbita alrededor del sol opuesto. Dio la vuelta por fuera describiendo una elipse irregular, chocó con el planeta perteneciente a ese sol y lo envió al espacio girando.

    El planeta del sol de la izquierda atravesó la pantalla del radar, chocó contra el planeta helado y lo metió en la órbita del sol de la derecha, tras lo cual volvió girando elegantemente en una trayectoria de regreso hacia su posición original.

    — ¡Funciona! —Lister contoneó las caderas y los brazos como danza de celebración. — ¡¡¡Funcionaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!
    —Cabrón con potra.
    —He jugado y he ganado —lanzó los puños al aire, coreando al ritmo: —Sí, sí, sí, sí, sí…
    —Cabrón con mucha potra.
    — ¿Pero qué potra? He colado los tres planetas de un tiro: ¿cómo va a ser eso potra?
    — ¿Estás diciéndome que lo has hecho a propósito?
    —Por supuesto, no iba a decirte que haría una jugada maestra: te hubiera dado uno de tus ataques de espasmos.
    —Que te den.

    Lister empezó a bailar alrededor de la mesa del radar, ondeando una séptima lata de cerveza extra fuerte.

    —Dios del billar —se bautizó a sí mismo con cerveza— Rey del taco—. Se golpeó el pecho—. Príncipe del billar planetario.

    Lister estaba acabando con el tercer pack de cerveza, viendo la repetición a cámara rápida en el radar por vez ciento setenta y una, mientras Rimmer dormía durante el viaje de regreso al Enano Rojo en el único sofá del escarabajo, cuando un planeta les sacudió.

    Qué planeta les dio, Lister nunca lo supo. En realidad, fue el planeta que hizo de bola blanca, el cual se había salido de su órbita al chocar con el planeta que volvía girando al sol donde pertenecía. Pero eso no le preocupaba a Lister. Cuando un planeta choca contra la nave en la que vas, rara vez tienes el aplomo para parar e intercambiar los datos del seguro.

    Técnicamente, no fue el propio planeta lo que golpeó al escarabajo en realidad, sino la estela del planeta. Pero fue suficiente para poner la nave boca abajo y lanzarla en una espiral mortífera hacia el planeta helado.


    SEIS


    Sólo la cabina de control abovedada del Starbug, ennegrecida debido a su encuentro con la estratosfera del planeta helado, sobresalía del mar de dunas de nieve que cambiaba de relieve mansamente. Descansando al pie del glaciar, chisporroteó y humeó durante casi cinco días bajo la implacable ventisca sin señales de vida en su interior.

    Por fin, la pequeña escotilla se abrió rechinando y la luz emergió en la oscuridad de la noche ártica. La cara de Lister, rodeada del pelo de la parka, apareció en la abertura con una mueca de dolor. Sus dedos enguantados asomaban por el borde de la escotilla cuando el viento atroz volvió la puerta e intentó cerrarla encima de su cabeza.

    Se golpeó con la parte de atrás del cráneo en el ribete metálico del marco de la puerta, mientras la puerta de acero de la escotilla le chafaba la nariz y comenzaba la lenta tarea de partirle en dos la cabeza. No podía hacer nada y estaba a punto de perder el conocimiento. Estaba empezando a pensar que después de todo lo que había tenido que pasar, hallar la muerte de un portazo era una forma estúpida de morir, cuando el viento cambió de dirección por segunda vez, y la puerta cedió ante sus empujones frenéticos.

    Saltó del Starbug y caminó dando bandazos por encima de una cornisa de nieve acumulada. Pronto descubrió que la única manera de seguir erguido era inclinándose hacia el viento. Tenía que inclinar el cuerpo en un ángulo de cincuenta grados. Se sentía ridículo, pero no había otra forma de mantenerse de pie. Consiguió dar tres pasos con este ángulo hasta que la ventisca infló la capucha de la parka y lo tiró de la cornisa.

    Se deslizó por la pendiente y cayó al surco abierto por el Starbug en el recorrido del accidente. Poco a poco consiguió ponerse en pie, y sacó la pequeña pala de nieve de dotación que llevaba atada a la cintura. La miró. Apenas medía diez centímetros de ancho. Miró lo poco que sobresalía del escarabajo por encima del ventisquero. En un cálculo aproximado, tendría que palear unas ochocientas toneladas de nieve para poder mover el escarabajo. Consiguió dar dos paladas antes de que la imprevisible ventisca se arremolinara en el surco y le lanzara por los aires como una cometa rota hasta un banco de nieve a quince metros de allí.

    Rimmer se encorvó sobre la consola de comunicaciones y gritó por el micrófono:

    —Mayday… Mayday… ¿Me recibís? ... Contestad, por favor… —levantó la vista a la pantalla, que continuaba chirriando su galimatías estático.

    La puerta interna del Starbug se abrió de golpe, y una ráfaga de ventisca se precipitó al interior, seguida de Lister. La nieve se arremolinaba dentro de la nave, como un enjambre de insectos atrapados buscando escapar. Lister se abalanzó contra la puerta interna y logró cerrarla con mucho esfuerzo.

    Rimmer no levantó la mirada del comunicador.

    — ¿Sigue nevando, no?
    —Es inútil —Lister lanzó los guantes contra la pared del escarabajo—. Apenas se puede estar de pie, mucho menos desenterrarlo.

    Hizo un gesto de desprecio hacia las interferencias de la pantalla. Habían transcurrido cinco días, emitiendo en todas las frecuencias, y el Enano Rojo todavía no había recibido el SOS.

    Rimmer insistió.

    —Mayday… Mayday…

    Lister cogió la botella de ron del bolsillo de emergencia de su parka, desenroscó el tapón y la volcó sobre su boca. El alcohol estaba congelado. Asiéndola por el cuello, golpeó la botella contra la esquina de la mesa, y agradecido chupó su piruleta de ron. Ése era el último alcohol a bordo. Estaba empezando a entrarle el pánico: si no les rescataban pronto, iba a tener que pasar la noche con Rimmer, sobrio.

    —Mayday… Mayday…— Rimmer se giró—. Me pregunto por qué se dice “Mayday”, día de mayo.
    — ¿Eh?
    —La llamada de socorro. ¿Por qué se dice “Mayday”? Es un día de fiesta cualquiera. ¿Por qué no “martes de carnaval” o “domingo de Ascensión”?—. Se volvió hacia el comunicador—. Domingo de Ascensión… domingo de Ascensión. — Se quedó un rato pensando, y después probó: —Decimocuarto miércoles después de Pentecostés… decimocuarto miércoles después de Pentecostés…
    —Es francés, tonto del haba. Ayudadme: m’aidez. ¿Cuánta comida hay?

    Rimmer señaló con la cabeza a la consola de navegación.

    —He hecho una lista completa en el dictablock.

    Lister cogió el diario de voz electrónico de Rimmer, y presionó el botón de reproducción. El menú era verdaderamente escaso: media bolsa de patatas con sabor a beicon, una lata de mostaza en polvo, un limón maduro, tres galletas saladas rancias, dos botellas de vinagre y un tubo de pomada para encías Bonjella.

    Lister levantó la vista del diario.

    — ¿Pomada para encías?
    —Lo encontré en el botiquín de primeros auxilios. Sabe a menta. No está mal.
    —No está mal si te lo untas en las llagas de la boca, pero no se come.

    Rimmer levantó una ceja.

    —Quizá tengas que hacerlo.
    — ¿Eso es todo? ¿Nada más?
    —Sólo unos fideos de lata. Ah, y encontré una lata de comida de perro en la estantería de las herramientas.

    Lister apretó los dientes en señal de sufrimiento.

    —Bueno —dijo por fin—. Es bastante obvio qué es lo que me comeré lo último. No soporto los fideos de lata.

    Se acurrucó junto al brasero que ardía con los últimos restos de combustible e intentó no pensar en la comida. Habían pasado tres días desde que abrió el último sobre de comida de emergencia: tres días sin comer en condiciones. De hecho, no había comido nada desde el desayuno de la mañana anterior, y éste había consistido únicamente en una col de Bruselas cruda y un trozo de chicle que había encontrado pegado debajo del asiento del piloto. Rimmer no tenía ningún problema. Rimmer era un holograma: no tenía que comer, no sentía el frío, no podía morir.

    Reprodujo la lista otra vez, buscando desesperadamente algo mínimamente apetitoso. Rimmer sostenía que la mayoría de los grupos de alimentos estaban representados: vitaminas, proteínas, nutrientes. Si Lister dosificaba las fuerzas, señaló Rimmer, si se sentaba y establecía un programa de dieta y lo seguía al pie de la letra, la comida podría durarle dos semanas.

    Pero, como señaló Lister, Rimmer pensaba eso porque era un gilipollas.

    La discusión terminó en un largo silencio, únicamente roto por el chisporroteo de la pantalla y la crepitación del brasero.

    Fue Lister quien habló primero. Como era predecible, dijo:

    —Dios, ¡qué hambre tengooo!
    —Deja de pensar en la comida.
    —Quítamelo de la cabeza, entonces. Háblame de algo.
    — ¿Como qué?
    —Cualquier cosa.
    — ¿Cualquiera?
    —Todo menos comida.

    Rimmer se movía incómodo en la silla. Charla ligera no. Lo odiaba.

    — ¿Como qué?
    —No sé —Lister se encogió de hombros—. Cuéntame cómo perdiste la virginidad.

    Rimmer bostezó para ocultar su pánico.

    —Bueeeno. Hace tanto tiempo… Era tan joven y tan precoz sexualmente, que no estoy seguro de que me acuerde.
    —Todo el mundo se acuerda de cómo perdió la virginidad.
    —Bueno. Yo no. Madre mía, no puedes esperar que me acuerde de todas y cada una de las relaciones sexuales en las que he tomado parte alguna vez. ¿Quién crees que soy: el hombre memoria?— Rimmer farfullaba para ganar algo de tiempo para pensar. Siempre se había sentido un poco como un pez fuera del agua en cuanto a las mujeres. Sinceramente, siempre había tenido un impulso sexual bastante flojo, lo cual achacaba en secreto a todas las coles que había tenido que comer de niño en el colegio.

    ¿Qué edad podía decir que sonara respetable? Treinta y uno no, desde luego. Y menos con una técnico de vuelo medio conmocionada que había salido por su cuenta y riesgo de la unidad de recuperación demasiado pronto, tras haberle caído un torno en la cabeza. Quien todavía llevaba el vendaje, y estaba tan desorientada que no hacía más que llamarle “Alan”. Y menos todavía en ese mágico y tierno momento en precario equilibrio en el borde del lavabo del dormitorio.

    No, tenía que mentir. ¿Pero qué clase de mentira? Tenía que aderezar los hechos con una buena dosis de virilidad. ¿Cuál era una buena edad para que un astronauta rudo, competitivo y sexualmente activo perdiera su flor? ¿Veinticinco? ¿Veinte?

    —Venga, Rimmer. La verdad.

    Entonces recordó su primera toma de contacto con el cuerpo de una chica. Tenía diecinueve años. Un pequeño retoque de los hechos, un poco más de acción, y sonaría perfectamente respetable.

    —La primera vez… la primera de todas fue una chica que conocí en la academia de cadetes. Sandra. Los dos teníamos diecinueve años. Lo hicimos en el asiento de atrás del coche de mi hermano.
    — ¿Cómo era?
    —Oh, increíble, una maravilla —los ojos de Rimmer adquirieron un matiz lechoso, y se le secó la boca—. Un Bentley descapotable. V8 turbo. Revestimiento de nogal. Preciosa máquina, preciosa. ¿Y tú? ¿Cómo perdiste la tuya?
    —Michelle Fisher. En el hoyo nueve del campo municipal de golf de Bootle. Par cuatro, curva a la derecha, en el búnker detrás del green.
    — ¿En un campo de golf?

    Lister afirmó con la cabeza.

    — ¿Un campo de golf? ¿Cuántos años tenías?

    Lister atizó nostálgico el carbón del brasero que estaba a punto de consumirse.

    —Se quitó toda la ropa y se quedó de pie delante de mí, completamente desnuda. Estaba tan excitado, que casi me caigo del monopatín.
    — ¿El monopatín? ¿Cuántos años tenías?
    —Doce.
    — ¡¡¡Doce!!! ¿¿¿Doce años??? Cuando perdiste la virginidad, ¿¿¿tenías doce años???
    —Sí.
    — ¿¿Doce?? —Rimmer se quedó mirando el fuego—. Bueno, entonces no podías ser socio del club de golf.
    —Claro que no.
    — ¿Lo hiciste en un campo de golf y no eras socio?
    —Claro que no —repitió Lister.
    —Entonces, ¿no pagaste ni tarifas de green ni nada?
    —Era un sitio para ir como cualquier otro.
    —Yo solía jugar al golf. Odio a la gente que abusa de las instalaciones. Espero que dejaras la arena lisa otra vez antes de marcharte. Sería horrible caer sobre ese terreno, ¿no crees? En una competición al día siguiente, tu bola aterriza en la huella de las nalgas de Lister. Necesitarías algo más que un hierro del nueve para sacarla de allí.
    — ¿Me estás diciendo que tengo el culo gordo?
    — ¿Gordo? Es como dos Volkswagen mal aparcados.

    ¿Doce? Rimmer no podía creerlo. Lo único que había perdido a los doce años fueron sus zapatos de Scout Espacial con la brújula en los tacones y las huellas de animal en las suelas. Su mejor amigo, el chico que menos se metía con él, Porky Roebuck, los arrojó a la fosa aséptica que había detrás del campo de deportes. Lloró durante semanas: los llevaba puestos.

    De repente, la consola de comunicaciones cobró vida. La pantalla mostró una imagen clara, y Kryten estaba hablándoles.

    Pero algo pasaba con el sonido: sólo se oía una tenue vibración grave y resonante, un gruñido a velocidad lenta.

    Lister jugó con los controles de frecuencia, pero no pudo mejorar el sonido de la recepción. La transmisión seguía igual. La expresión de Kryten parecía no cambiar nunca, y el profundo berrido oscilante de los altavoces no cesaba.

    Comprobaron el conector de vídeo, pero no encontraron nada que estuviera mal. Lo mismo con los altavoces: funcionaban perfectamente.

    Entonces Rimmer se dio cuenta de que algo le pasaba.

    Al principio apenas era apreciable, pero después de un par de horas era obvio que había empezado a ralentizarse. Había un claro retraso de tiempo en sus respuestas a Lister. Hablar con él era como mantener una conversación telefónica con alguien al otro lado del Atlántico con una mala conexión. Su imagen luminosa empezaba a degenerarse. De vez en cuando lanzaba un destello y se quedaba en dos dimensiones, o perdía todo el color.

    Al principio Lister no lo mencionaba. Le parecía grosero, de alguna manera. Rimmer siempre había sido muy susceptible en cuanto a su estado como holograma. Detestaba que le recordaran que su imagen era proyectada por una minúscula abeja luminosa que revoloteaba en su interior y de vez en cuando se estropeaba. En el pasado había sufrido fallos técnicos con frecuencia: se volvía ligeramente transparente o adquiría un extraño tono azul. En una ocasión sus piernas se separaron del resto del cuerpo, y pasaron una mañana dando vueltas por la nave, dejando al torso agitando el puño en alto de rabia.

    Por lo general, Lister nunca hacía comentarios sobre estos fallos en la señal, y en pocas horas, normalmente se arreglaban.

    Pero esto era diferente.

    La voz de Rimmer había bajado dos octavas, e intentar mantener una conversación con él era como hablar a distancia con una montaña de Marte.

    —Rimmer: ¿qué está pasando?

    Dos minutos después:

    —Noooooooooo loooooooooooo sééééééééééééééééééé.
    —Algo va mal con la señal que recibes desde la nave. La transmisión holográfica no llega bien.
    —Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii haaaaaaaaaablaaaaaaaaaaas taaaaaaaaaaaaan deeeeeeeeepriiiiiiiiisaaaaaaaaaa noooooooooo teeeeeeeeee eeeeeeeeeeentieeeeeeeeeendoooooooooo. Haaaaaaaaaablaaaaaaaaaa noooormaaaaaaaaaal cooooooooomoooooooooo yoooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

    La conversación que siguió fue breve en contenido, pero costó buena parte del día completarla. La esencia del diálogo fue que la señal de la nave que proyectaba la imagen de Rimmer se estaba ralentizando y debilitando. Cuando la señal fuera demasiado débil para ser transmitida, la unidad de proyección holográfica cambiaría de modo remoto a local, y Rimmer se regeneraría, completamente operativo, de vuelta a bordo en el Enano Rojo.

    —Bueno, eso está bien. Puedes averiguar lo que les está reteniendo; diles dónde estoy.

    Rimmer asintió bruscamente. Le costó cinco minutos.

    La transmisión se debilitaba aún más. Las interferencias partían la imagen de Rimmer minuto tras minuto.

    —Voooolveeeréééé´ —dijo, durante la siguiente media hora—. Cooooooooooooooonfííííííííííííííííííííaaa-aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa eeeeeeeeeeeeeeeeeeeen mííííííííííííííííííiííííííííííííííííííííííííííí´.

    Rimmer se apagó, y se rehízo en la cámara de regeneración de la unidad de proyección holográfica a bordo del Enano Rojo. Al instante, supo que algo iba mal. Pero no con él: con el tiempo.


    SIETE


    Lister comió por primera vez en cuatro días y dieciséis horas tras la desaparición de Rimmer.

    Se sentó delante del brasero, y miró el esmalte rallado gris de la bandeja de dotación de la nave.

    La comida casi tenía buena pinta. Llevaba una guarnición de patatas fritas de bolsa, cubiertas de migajas de galletas saladas, espolvoreadas con mostaza y decoradas con figuritas de flores a base de pomada para encías Bonjella.

    Pero seguía siendo comida para perros.

    Seguían siendo sustanciosos grumos de carne de conejo, en una espesa gelatina de tuétano.

    Seguía siendo totalmente repugnante.

    Una docena de veces había clavado el tenedor y había alzado la masa temblorosa a centímetros de sus labios, pero no había sido capaz de metérselo en la boca y tragar.

    Si hubiera tenido un olor neutro, podría haber valido. Pero el olor de la comida para perros siempre le había provocado náuseas a Lister. Después de los urinarios de las discotecas, sus propios calcetines y el perfume inglés, era el olor que más aborrecía.

    Así que esperó. Espero a tener tanta hambre que ya no le importara. Hasta que la comida para perros ya no fuera comida para perros. Hasta que fuera un solomillo de primera crepitando en cremosa salsa de roquefort recién hecha.

    Con la mirada estrecha de un gourmet degustando la perfección deslizó el tenedor cargado de comida entre sus labios. Masticó. Masticó otro poco más. Luego tragó la comida para perros.

    Se quedó sentado un rato. Bueno, pensó, ahora ya sé por qué los perros se lamen los testículos. Es para quitarse el gusto de la comida.

    Colocó el tenedor en la bandeja otra vez, se levantó y se fue dando tumbos a la sección de cola del Starbug a intentar olvidarse de la comida. Abrió la taquilla donde se guardaba la pequeña biblioteca del escarabajo y buscó algo que le distrajera. No sirvió de nada. Todo le sonaba a comida.

    Echó un vistazo a los tomos. El Banquete, de Platón. Sir Francis Bacon. Y sus ojos empezaron a engañarle: Herman Wok, leyó, y El Restaurante, de Harold Pinta. Veía comida por todas partes, hasta donde no la había. Oscar Wilde –Oscar- salchichas: comida.

    No tenía otra alternativa. Regresó a la sección central de la nave, se terminó la comida para perros, se acurrucó y se quedó dormido plácidamente.


    Se despertó al oír ruidos metálicos. Ruidos de metal rechinando y agua corriendo. Abrió la cremallera del saco de dormir. Tenía la ropa mojada. Estaba sudando.

    Hubo un estruendo, y Lister salió despedido al otro lado de la cabina. El escarabajo se estaba inclinando. Los armarios y taquillas se abrieron solos y vertieron sus contenidos en el caliente suelo metálico. Lister se puso de pie haciendo ruido e intentó remontar a gatas la pendiente hasta la cabina de mando, pero el escarabajo dio otro vuelco y lo mandó dando volteretas en el aire por la escotilla trasera hasta la sección de cola.

    Entonces el Starbug empezó a moverse. Lentamente al principio, cayó deslizando hacia atrás, con el casco externo a rastras por el terreno, los ventiladores y las patas de apoyo doblándose y partiéndose por el camino.

    Lister consiguió subir por la nave a trancas y a barrancas, y se asomó al ojo de buey tambaleándose.

    El mundo de hielo se estaba derritiendo. De la noche a la mañana, la Era del hielo tocaba a su fin. El cálido beso del nuevo sol trajo el deshielo al planeta que había estado congelado durante incontables milenios.

    Bajo la superficie de los menguantes glaciares manaban ríos de aguas grises y caudalosas. Las montañas se movían, deslizándose con gracia majestuosa por el terreno líquido.

    Y el Starbug cogía velocidad, patinando colina abajo sin remedio.

    Lister se sentó de golpe en el suelo, se rodeó la cabeza con los brazos y profirió unos extraños lamentos.

    Estaba harto.

    Sólo quería irse a casa. Volver a La Tierra. Encontrar un trabajo de mala muerte y vivir el resto de su aburrida existencia. Pero no.

    Desde Mimas, al espacio exterior, a la no-realidad, y ahora esto: abandonado en una nave espacial destrozada que bajaba por un glaciar como si fuera un tobogán, con sólo tres chorros de pomada para encías y media botella de vinagre que le salvaran de la muerte por inanición.

    Bajo tales circunstancias, Lister hizo la única cosa cuerda.

    Se volvió a la cama.

    Lister tenía un don para el sueño. Podía dormir en cualquier sitio, en cualquier momento, en cualquier circunstancia. Era un don subestimado, a su modo de ver. Y si hubieran organizado campeonatos mundiales de sueño cuando estaba en La Tierra, podría haber sido somnolista internacional. Podría haber dormido por su país.

    Regresó como pudo a la litera, dobló la almohada en forma de U en torno a sus oídos, y se convirtió en el primer hombre en dormir durante la fusión de una edad de hielo.


    OCHO


    Algo iba mal con el tiempo.

    Rimmer salió de la cabina de regeneración al largo pasillo de la sala de proyección de hologramas. Las hileras de maquinaria que flanqueaban los ochocientos metros de paredes se rizaban y se ondulaban como si la propia luz se estuviera retorciendo. A la derecha de Rimmer, en el otro extremo de la sala, un dispensador de agua fría se había zafado de su anclaje y parecía estar desafiando la gravedad, suspendido a media altura entre el borde del mostrador y el suelo.

    Giró a la derecha y comenzó a andar hacia allí. Esto resultó ser un error. Al levantar la pierna izquierda y echarla hacia delante, salió despedida a diez metros de él. Instintivamente, echó deprisa la pierna derecha hacia delante para mantener el equilibrio. Pero la pierna derecha salió desbocada por la estancia, sobrepasando a la pierna izquierda. Rimmer se detuvo y se miró.

    Su cabeza y su torso parecían estar a escasos sesenta centímetros del suelo, mientras que su pierna derecha estaba a veinte metros de él, y la izquierda a diez todavía. Se quedó completamente quieto y pensó qué hacer. El dispensador se había acercado al suelo unos pocos centímetros. Rimmer se inclinó hacia delante, y su cuello se alargó fuera de los hombros, de forma que parecía un brontosauro bípedo, y siguió prolongándose rápidamente por la habitación.

    Le entró el pánico y comenzó a perseguir a su cuello. De repente, se dio cuenta de que algo le alcanzaba a toda velocidad. Era su pierna derecha. Una vez más corría unos metros por delante de él, entonces apareció un reflejo caqui por el otro lado y su otra pierna surgió detrás uniéndose al reflejo. Dio tres pasos más tambaleándose, hasta que un ataque de náuseas le obligó a detenerse. Definitivamente, el dispensador se estaba moviendo. Cuanto más se acercaba Rimmer, más rápido se movía.

    Se dio la vuelta y miró el reloj digital de pared al fondo de la habitación. Los dígitos de los minutos avanzaban tan rápido que eran poco más que una mancha borrosa.

    Rimmer se encaminó hacia la puerta de la pared del reloj, para dirigirse a la sala de control de la nave. Para su horror, descubrió que al echar las piernas en esa dirección se encogían. Se doblaban sobre sí mismas haciéndole parecer una mala imitación de Groucho Marx persiguiendo a Margaret Dumont.

    Algo le pasaba al reloj. Cuanto más se acercaba, más lento parecía moverse. Los dígitos seguían cambiando a gran velocidad, pero era una velocidad menor que la velocidad de la que había sido testigo cuando estaba de pie junto al dispensador de agua flotante.

    Por fin, llegó al fondo de la sala, y se puso debajo del reloj. Ahora se movía completamente normal.

    Los dígitos mostraban: Lunes, 13:02.

    Salió por la escotilla al principal pasillo conector. El pasillo doblaba en ángulo recto hacia la sala de hologramas, y parecía estar normal. El problema, fuera cual fuera, parecía estar localizado en la otra sala. Se encaminó hacia la sala de control.

    Su pierna derecha pisaba fuerte, corta y ancha como la de un elefante, mientras que la izquierda se estrechaba elegantemente a su lado. Entró con andares de pato y sus extrañas piernas nuevas en la sala de control, se sentó frente a la consola y observó con detalle el panel de monitores de seguridad.

    El fallo se extendía por toda la nave. El tiempo transcurría a diferentes velocidades en cada una de las salas. Miró hacia abajo al reloj digital enclavado entre los controles de la consola.

    La lectura mostraba: Martes, 05:17.

    A doscientos metros por el pasillo era lunes por la mañana. Aquí, era martes por la mañana.

    Activó con la voz los radares externos y estudió los monitores. Rimmer no veía nada en el exterior de la nave que explicara el fenómeno. Los dos soles de los sistemas binarios seguían allí, y también los tres planetas. Lo único ligeramente extraño era que uno de los soles, el que estaba delante de la nave, ya no era totalmente redondo, ahora estaba ahuevado, y un estrecho torrente de luz se desprendía de él, perdiéndose en la oscuridad.

    El sol más alejado en la distancia, en torno al cual orbitaba el planeta de Lister, no parecía estar afectado.

    Rimmer volvió a conectar los radares internos y escudriñó las imágenes con mayor detenimiento. Le costó casi una hora entenderlo. A medida que te acercabas al morro de la nave, el tiempo transcurría más despacio.

    Era como si una fuerza gigantesca se estuviera tragando el tiempo. Corrompiéndolo. Ralentizándolo.

    Rimmer sólo sabía de dos cosas capaces de provocar tales síntomas. Y puesto que nunca en su vida había ingerido setas mágicas, sólo quedaba una opción.

    Rezó para que estuviera equivocado. Estaba equivocado en la mayoría de las cosas, y siempre lo había estado. ¿Por qué iba a tener razón en esto?

    No, había alguna opción que no había considerado. Seguro que se equivocaba.

    Seguro. Se animó un poco, confiando en su asombrosa habilidad para la incompetencia, y pidió al ordenador de seguridad un rastreo en busca de Kryten y el Gato.

    Los localizó en una de las salas de motores en la parte trasera de la nave, dando vueltas de un lado para otro frenéticamente con un batallón de skutters, intentando arrancar los motores.

    Rimmer pidió enlace de voz.

    —Kryten: Lister está atrapado en el planeta helado. Se está muriendo de hambre. Tenemos que bajar allí y ayudarle. ¿Qué rayos está pasando?

    Kryten contestó con un falsete incomprensible antes de que el Gato le sacara de un empujón del ángulo de visión, impaciente por dar su propia versión de los hechos.

    —Gubudubidi —dijo con voz de pito, gesticulando como un loco con las manos, como un vagabundo borracho trastornado—. Gadabadadadibi-dubidá. ¿Vale?
    —Habla despacio —dijo Rimmer, tan rápido y agudo como pudo—. Yo tengo que hablar rápido y agudo, y tú tienes que hablar despacio y grave. De lo contrario no nos entenderemos.

    Kryten apareció en la pantalla, y habló tan despacio como pudo. Aun así sonaba como si hubiera tragado helio, pero al menos ahora era inteligible.

    —Algo va mal —dijo con voz de pito tratando de ayudar.
    —Oh, ¿de veras? —Rimmer le respondió con sarcasmo y voz de pito. ¡Qué esclarecedor! Es martes aquí, lunes en la puerta de al lado, y tú crees que algo va mal.
    — ¿Qué dice? —dijo Kryten—. Es viernes.

    Giró la cámara de seguridad para enfocar hacia el reloj de pared.

    — ¿Viernes? —Rimmer forzó la vista para leer—. Es lunes en la puerta de al lado, martes aquí y viernes donde estáis vosotros—. Se sentó y pensó—. Pero, ¿qué viernes? ¿Es el viernes pasado o el próximo viernes?
    —Es este viernes— dijo Kryten.
    — ¿Qué día es?
    —Quince.
    —O sea, dentro de dos viernes.

    Hubo un silencio. A nadie se le ocurría qué decir.

    —Voy a bajar —dijo Rimmer, al rato—. Llego en seguida.


    — ¡Por fin! —el Gato se volvió de comprobar el alojamiento del último pistón y le miró, brazos en jarras, en su mono de trabajo de seda roja con adornos dorados. ¿Dónde has estado, colega?
    —He venido corriendo todo el camino —dijo Rimmer jadeando—. No he podido tardar más de cinco minutos.
    —Has tardado una semana.

    Rimmer miró el reloj. Era sábado veintitrés.

    La cabeza de Kryten se asomó por la esquina del alojamiento del pistón.

    —Estamos listos y a punto —dijo— arranquemos los motores.

    Los tres subieron por la escalera de caracol con movimientos lentos y costosos y entraron en la sala del navegador.

    Kryten tecleó la secuencia de arranque, y los enormes pistones dieron vida a los motores. Kryten aplaudió de alegría con sus manos de plástico.

    — ¡Lo conseguimos!
    —Vale —el Gato se quitó el mono de seda, revelando debajo un conjunto de chaqueta y pantalón acolchados con motivos de oro—. Pon esta preciosidad marcha atrás y vámonos pitando.

    Kryten tecleó la secuencia adecuada, y el ruido del motor cambió de tono, convirtiéndose en un zumbido sordo.

    Los tres pares de ojos se clavaron en el marcador de velocidad y rumbo. Casi no se movía.

    —Más potencia —dijo el Gato—. Pisa a fondo. Exprímelo.
    —Llevamos máximo empuje inverso.

    El Gato quitó de en medio a Kryten de un codazo y aporreó en vano los controles.

    —No puede ser, cabeza de condón barato: seguimos avanzando.
    —Mira —Kryten señaló la pantalla— estamos en números rojos. Estamos utilizando toda la potencia que tenemos.
    —Es cierto, entonces —Rimmer se desplomó en la silla de la consola.
    — ¿Qué es cierto? —dijo el Gato.
    —Lo que es cierto —Rimmer levantó la vista, con los ojos llenos de terror— es que estamos siendo absorbidos por un agujero negro.



    Tercera Parte
    Planeta Basura
    UNO


    Hoy era el día. Hoy era el gran día.

    John Ewe llevaba haciendo la ruta de Júpiter casi veinte años. No había mucha gente dispuesta a pasar la vida transportando aguas residuales humanas desde los satélites de Júpiter, cruzando todo el sistema solar, para verterlas en el planeta basurero, pero a John Ewe realmente le gustaba su trabajo, y lo que es más, le pagaban bien.

    No sólo se vertían las aguas residuales en el planeta basurero, sino todo; la basura de toda la humanidad: residuos nucleares, vertidos químicos, alimentos podridos, vidrio, papel; toda clase de porquería: todos los desechos derivados de tres mil años de civilización. Pero John Ewe se dedicaba a las aguas residuales. Era el Rey del Excremento. Y en ese momento estaba sentado sobre dos mil millones de toneladas de este residuo.

    Su diminuta cabina de control, la única sección habitable de la inmensa nave de transporte, constituía menos del uno por ciento de la gigantesca estructura. El grueso de la nave estaba formado por dos cilindros iguales de tres kilómetros de largo que contenían los residuos.

    El ordenador de la nave indicó que estaban a punto de entrar en órbita. Ewe se puso el atalaje de seguridad y encendió la pantalla de visualización.

    La nave de desperdicios atravesó la fina atmósfera y entró en la densa y negra niebla asfixiante que ascendía en espiral desde la superficie del planeta. Y allí estaba.

    El Planeta Basura.

    Masas de tierra enteramente consagradas a determinados tipos de residuos. Durante veinte minutos la nave sobrevoló una cordillera formada por una docena de montañas íntegramente compuestas de latas desechadas, tan altas que los picos estaban cubiertos de nieve. Pasó sobre una isla del tamaño de Madagascar llena de bolsas negras de basura descompuesta. Voló sobre un mar fermentado que ardía con residuos tóxicos. Cruzó en vuelo rasante un continente entero de coches destrozados: miles de kilómetros de chasis oxidados. Atravesó un desierto; una extensa planicie monótona de colillas de cigarrillos.

    Y entonces llegó al continente de las aguas residuales.

    Éste era el momento. El momento que había estado planeando durante casi dos décadas.

    Como cualquiera con un trabajo aburrido, John Ewe se inventaba juegos que le ayudaban a pasar el tiempo.

    Su pasatiempo eran los graffitis.

    Y estaba a punto de terminar el graffiti más grande jamás pintado en la historia de la civilización.

    Se extendía por todo un continente. Era visible desde el espacio. Estaba escrito con vertidos, y decía: “Ewe estuvo aki”.

    Por fin traía las últimas dos mil millones de toneladas que necesitaba para completar el punto de la “i”.

    Las compuertas de la panza de la nave se abrieron y el vertido se desprendió y cayó chapoteando en su sitio.

    John Ewe se desabrochó el arnés de seguridad y se pavoneó por el estrecho pasillo, con la raja de las nalgas cubierta de pelo bamboleándose por encima de sus vaqueros. Conectó el enlace del satélite, y examinó su obra maestra en todo su esplendor. Se rascó los hombros peludos y eructó.

    —Preciozo.

    John Ewe era un colono. Había nacido y crecido en Ganímedes, una de las lunas que giraban alrededor de Júpiter. Era consciente de que sus ancestros habían vivido allí una vez -de hecho, procedían del planeta basurero- pero nadie, absolutamente nadie había vivido allí desde hacía cinco o seis generaciones. No sentía ninguna afinidad por el planeta de sus antepasados, no más que la que los anglosajones sentían por Escandinavia.

    La Tierra no significaba nada para Ewe: era sólo un vertedero.


    Las matemáticas eran muy simples: la civilización produce basura; cuanto más extensa es una civilización, más basura produce; y la humanidad de hecho se había extendido mucho.

    Trescientos años después de la invención de la bombilla, habían colonizado todo el sistema solar. Pronto el sistema solar se saturó también de civilización, y la humanidad rápidamente llegó al punto en que había tanta basura indestructible, que no quedaba sitio para depositarla.

    Tenían que hacer algo. Lanzar la basura al espacio sin control tenía un coste prohibitivo. De manera que la Comisión Interplanetaria para la Gestión de Residuos llevó a cabo una serie de estudios de viabilidad, y concluyeron que uno de los nueve planetas del sistema solar debía ser destinado a albergar los residuos.

    Los delegados de todos los planetas y sus satélites presentaron recursos para quitarse de encima el muerto.

    La delegación de Mercurio destacó sus plantas de energía solar, que proveían de energía barata y sin limitación a todo el sistema.

    El grupo de estudio de Urano basó su caso en su reserva natural de depósitos de minerales.

    Júpiter y sus lunas contaban con su extraordinaria belleza natural.

    Neptuno fundamentó su caso en su célebre arquitectura planetaria: habían copiado la forma de La Tierra hasta el mínimo detalle.

    Los anillos de Saturno, una enorme atracción turística, descartaban ese planeta, y sus lunas, aunque a menudo sórdidas y poco valorizadas, generaban un alto nivel de negocios, simplemente por su localización en rutas de comercio establecidas.

    Marte era el más seguro de todos, pues era el hogar de los ricos. Era el planeta más chic y más elitista de todo el sistema planetario, a una distancia cómoda para ir a trabajar a otros planetas, y sin embargo lo suficientemente alejado de la chusma para ser el hogar perfecto de los mega-ricos.

    Venus acogió la población marciana del extrarradio: la gente que quería vivir en Marte, pero no podía permitírselo. Venus estaba lleno de gente que quería ser de Marte, tanto que solían referirse a su dirección como “Sur de Marte” o “Afueras de Marte”. Aun así, era un planeta bastante adinerado, y los venusinos constituían un grupo de presión poderoso.

    Y de esta manera, la cuestión se convirtió en una batalla directa entre La Tierra y Plutón. La delegación plutoniana hizo una defensa bastante pobre, dirigiendo la atención a la órbita errática del planeta y su posición en los límites del sistema solar.

    La delegación de La Tierra estaba fuera de sí de cólera. Sinceramente, estaban indignados con la idea de que el planeta que había engendrado la raza humana, donde la propia vida se había gestado y desarrollado, era siquiera considerado para tal pútrido destino. Hablaron largo y tendido acerca de que la humanidad debía recordar sus raíces, y presentaron unos vídeos largos y aburridos de la antigua belleza de La Tierra. Obviamente, concedieron, el planeta ya no era tan bello como lo fue una vez. Sí, estaban de acuerdo, ahora era el planeta más contaminado del sistema solar. Cierto, la mayoría de los habitantes habían huido a los nuevos mundos en los que se habían reproducido las condiciones terráqueas, y La Tierra estaba ahora habitada por sólo unos pocos millones, demasiado pobres, demasiado asustados o demasiado estúpidos para marcharse. Pero ¿y la tradición?, alegaron. La Tierra había inventado la civilización. Había dado la civilización a todo el sistema solar. Si ahora la civilización le daba la espalda y literalmente se cagaba en La Tierra, ¿qué diría eso sobre la humanidad?

    Así que lo sometieron a votación.

    La votación fue retransmitida en directo en todos los planetas del sistema solar. Un jurado en cada planeta escuchaba pacientemente las nueve presentaciones, y después otorgaba los puntos, dando la menor puntuación al planeta más idóneo para albergar el manto de basura.

    La retransmisión se hizo desde la colonia francesa en Dione, el satélite de Saturno. La presentadora era Avril Dupont, la estrella de la televisión francesa querida por todos.

    — ¿Allô Mercurio?

    Pausa. Interferencias.

    —Hola, Avril.
    — ¿Puede darnos la votación del jurado de Mercurio?
    —Estos son los votos del jurado mercuriano. Plutón: dos puntos.
    —Plutón, dos puntos. La Pluton, deux points.
    —Neptuno, siete puntos.
    —Neptuno, siete puntos. Le Neptune, sept points.
    —Urano, cuatro puntos.
    —Urano, cuatro puntos. L’Uranus, quatre points.
    —Saturno, ocho puntos.
    —Saturno, ocho puntos. Le Saturne, huit points.
    —Júpiter, cinco puntos.
    —Júpiter, cinco puntos. La Jupiter, cinque points.
    —Marte, doce puntos.
    —Marte, doce puntos. La Mars, douze points.
    —Venus, diez puntos.
    —Venus, diez puntos. La Venus, dix points.
    —La Tierra, cero puntos.
    —La Tierra, cero puntos. La Terre, zero points.
    —Y con esto termina la votación del jurado mercuriano. Buenas noches, Avril.

    Y esa fue la mejor puntuación que obtuvo La Tierra.

    No recogió ni un solo voto.

    A las once y veinte, del 11 de noviembre del año siguiente, el último cargamento de evacuados del transbordador espacial partió para su realojamiento en Plutón, y el planeta Tierra fue oficialmente rebautizado como “Planeta Basura”.

    El Presidente de Calisto en persona cortó la cinta de papel higiénico, depositó solemnemente la primera palada simbólica de estiércol de caballo en el centro de lo que una vez había sido Venecia y declaró inaugurado el Planeta Basura. El Presidente y sus ayudantes salieron pitando en el transbordador presidencial al tiempo que la primera ola de trescientas mil naves de residuos descendió en picado y vertió sus apestosos cargamentos en el planeta que una vez se llamó La Tierra.

    Las zonas de vertidos estaban estrictamente reguladas: Norteamérica, por ejemplo, era zona de botellas. Las botellas transparentes en la costa oeste, las botellas marrones en el este y las verdes en el centro. Australia estaba reservada para los desperdicios domésticos: peladuras de patatas, pañales desechables manchados, bolsitas de té usadas, pieles de plátano, tubos de pasta de dientes estrujados. Japón se convirtió en un cementerio de coches; isla por isla, de cabo a rabo, desde Datsuns a Chryslers, pasando por los aerodeslizadores ciclotrónicos de cuarenta cilindros, el silencioso metal muerto cubría la tierra del sol naciente.

    El Círculo Ártico se destinó a los alimentos podridos, Las Bahamas acogieron sofás viejos y ruedas de bicicleta, Corea se llevó todo el equipamiento electrónico roto.

    A Europa le tocaron las aguas residuales.

    Y durante los últimos veinte años, John Ewe se había dedicado a escribir su nombre sobre la esquina de ese continente una vez glorioso


    John Ewe desconectó el enlace del satélite, y siguió a su peluda barriga cervecera a la parte delantera de la nave otra vez. Antes de que llegara al atalaje de seguridad, un enorme foco de turbulencias de metano golpeó la nave de residuos y le mandó dando tumbos contra el botiquín de primeros auxilios. Se palpó la brecha sangrante que se le había abierto en la ceja e inventó dos palabrotas nuevas. Las tormentas de metano habían empeorado durante los últimos años, y sabía que debería haber consultado el ordenador meteorológico antes de aventurarse a quitarse el arnés de seguridad.

    Cuando consiguió levantarse, una segunda explosión de metano golpeó en la panza de la nave, enviándole otra vez por el estrecho pasillo. Mientras se deslizaba hacia atrás sin poder hacer nada, su brazo descontrolado golpeó en el mecanismo de apertura de la puerta, y la salida de emergencia de la cabina se abrió.

    Sus gordos dedos intentaban agarrarse a algo, pero no encontraron nada hasta que resbaló por la puerta abierta y se agarró en el borde del umbral de la puerta.

    Durante treinta segundos estuvo colgado, gritando, sobre Europa.

    Después ya no colgó más.

    Cayó de la nave de residuos que estaba fuera de control y se ahogó en su propia firma.

    “Ewe estuvo aki”, decía. Y tenía razón, lo estaba.


    La nave sin tripulación cabalgaba descontrolada en la repentina turbulencia, con el piloto automático forzado por encima de su capacidad. La tormenta de metano se intensificó a huracán y se tragó la nave lanzándola al suelo.

    El continente de metano explotó.

    La explosión provocó una cadena de reacciones termonucleares en un millar de centrales atómicas desechadas, y La Tierra escapó de su órbita alrededor del sol y emprendió a pedos su camino fuera del sistema solar.

    Dos mil quinientos años de abuso habían llegado a su fin.

    La Tierra era libre.

    Libre de la humanidad. Libre de la civilización.

    Cuando se alejó de la influencia del sol, se congeló en el frío espacio y bañó sus heridas en una edad de hielo perenne.

    Viajó, fuera del sistema solar y al espacio exterior, describiendo una trayectoria a través del universo, en busca de un nuevo sol al que llamar hogar.


    DOS


    Lister se despertó tosiendo. Un ataque de tos descomunal le hizo encogerse en una bola y convulsionarse bajo el pesado acolchado del saco de dormir antes de poder sacar la cabeza de debajo de las mantas, respirando con dificultad.

    El aire resultó ser lo último que necesitaba. Era espeso y cargado de humo, y tenía un gusto amargo. Su manó palpó a ciegas buscando la mascarilla de oxígeno que colgaba del techo de la litera empotrada. Se la puso en la cara y respiró.

    Poco a poco su visión se fue aclarando, y echó un vistazo en la penumbra. Había un sonido seseante procedente del suelo. Lister se rodeó con la manta, se puso de rodillas y se asomó por el lateral para mirar más de cerca. Toda la cubierta de aleación de acero estaba picada con agujeros pequeños y profundos que echaban humo, como si algo estuviera intentando penetrar en la nave desde abajo.

    Mientras miraba, algo pasó junto a su cara, casi rozándole la mejilla, aterrizó con un fuerte chisporroteo en la cubierta y comenzó a perforar lentamente el acero reforzado.

    Lister metió rápidamente la cabeza bajo el cobijo del hueco de la litera. Su corazón tocaba la samba en el xilófono de sus costillas. Eso podría haber sido su cabeza.

    Se agachó de forma que una esquina del techo del Starbug entró en su campo de visión. Estalactitas huecas de metal colgaban de la estructura combada, algunas de ellas goteando un líquido transparente e incoloro sobre el suelo del escarabajo.

    Lister se echó hacia atrás y se acurrucó en el rincón del hueco.

    Lluvia ácida.

    Pero no una lluvia ácida normal: literalmente llovía ácido. Una lluvia ácida de tal concentración que penetraba en el metal de alta densidad como si fuera mantequilla. Miró lo que quedaba de la silla de respaldo alto del visor del radar. Era una masa deforme y humeante. Hacía solo dos noches, se había quedado dormido en esa silla. Esa masa deforme podría haber sido él.

    No tenía ningún sentido. ¿Por qué la lluvia ácida no había traspasado el techo de la litera? ¿Por qué el techo había aguantado?

    Lister levantó la vista y halló la respuesta. El techo estaba completamente hundido, como un globo lleno de agua, y unas estalactitas de metal corrompido le apuntaban directamente con sus dedos largos y amenazadores.

    No había ningún sitio a donde ir. Ningún refugio.

    Fuese lo que fuese lo que Lister decidiera hacer, tenía que hacerlo rápido. Sacó sus botas de la taquilla que había detrás de él y se las ató frenéticamente, con la mirada clavada en el techo. De repente, la parte del techo justo encima de su cabeza comenzó a ceder. Lister rodó fuera de la litera, cogiendo el colchón y se metió en la litera de abajo.

    En cuestión de minutos las estalactitas habían empezado a formarse en el techo de la nueva litera. Calculó que tenía unos dos minutos antes de que el ácido traspasara el techo.

    ¿Pero dos minutos para hacer qué? ¿Para ir a dónde? Arriba era impensable. ¿Afuera? Ni hablar. No había opción, entonces. Abajo.

    Arrancó los listones de madera que había bajo el colchón de la litera inferior. Si pudiera bajar hasta la cubierta de mantenimiento, al menos ganaría algo de tiempo. Apiló los listones detrás de él y observó con detalle el agujero.

    Lister no esperaba en realidad encontrar una trampilla de acceso que condujera directamente a la cubierta de mantenimiento justo debajo de la litera, pero aun así le sorprendió que no hubiera ninguna. Estaba desconcertado. Estaba ofendido. Cierto, la probabilidad de que hubiera una allí era minúscula: ¿por qué iba alguien en su sano juicio a construir una trampilla de acceso debajo de una litera? ¿Para qué, aparte de proporcionar una cómoda ruta de escape a cualquier viajero del espacio que hubiera quedado atrapado bajo un chaparrón de lluvia ácida especialmente repugnante? Pero por otro lado, tenía que haber una: de lo contrario no había escapatoria. De lo contrario, estaba muerto. Así que cuando vio que no había ninguna, sinceramente, se sintió ultrajado. Estaba furioso. Podía haber habido un acceso debajo de la litera por una docena de motivos. Una trampilla de limpieza en desuso que nadie recordara; un punto de acceso al aire acondicionado; un conducto de ventilación: la nave estaba llena de ellos, ¿por qué no podía haber uno allí?

    Pero no había ninguno.

    No había nada salvo más suelo.

    Intentó rascar en vano el liso metal, después redujo a astillas tres listones de madera sin ni siquiera rayar el suelo con doble refuerzo que le separaba de la cubierta de mantenimiento. ¿Y ahora qué?

    Lister se acurrucó en el rincón de la litera y empujó las rodillas contra el pecho. Agarró uno de los listones de madera junto a él, y golpeó con él la base metálica de la litera de arriba, en un ángulo de cuarenta y cinco grados con su cuerpo. Después golpeó otra vez. Y otra.

    El listón atravesó el acero reblandecido, y el ácido de la litera de arriba comenzó a gotear en los pies de la litera inferior. Lister se llevó la máscara de oxígeno a la cara y golpeó otra vez, ensanchando el sumidero sobre él.

    Extrajo el listón ennegrecido y humeante y lo clavó de nuevo. Más ácido manó del boquete ensanchado, fundiéndolo todo en su camino hacia la cubierta de mantenimiento debajo.

    No podía hacer nada salvo esperar y ver qué cedía antes: la base de la litera sobre su cabeza, o el agujero de huida bajo sus pies.

    Se oyó un chirrido, y el techo de la litera se combó peligrosamente y se hundió otros cinco centímetros sobre él. Golpeó el suelo con vehemencia, y removió el listón ferozmente para agrandar el diámetro del agujero. Veintitrés centímetros de ancho. Ahora, treinta. Demasiado pequeño todavía. De repente sintió un dolor agudo en la mano, en la parte carnosa entre el pulgar y el índice. Levantó la mano frente a su cara. El ácido le había quemado traspasándole, dejando un agujero humeante. Podía ver a través de su mano.

    El agujero de huida ya tenía treinta y cinco, treinta y ocho centímetros de ancho. Tiró el listón por el agujero y esperó a que tocara el suelo de abajo.

    Un segundito.

    Dos segunditos.

    Tres segunditos.

    Cua...

    La madera tocó el metal de abajo.

    Diez o doce metros.

    Sin amortiguación, se rompería algún hueso con toda seguridad.

    Pateó el agujero para ensancharlo. Su bota se desprendió humeando y al rojo vivo. El agujero tenía noventa centímetros de ancho y seguía creciendo.

    Se la jugó. Se envolvió con el colchón que había cogido de la litera superior, se puso el colchón de la litera de abajo sobre la cabeza, y saltó por el agujero.

    El colchón de la cabeza taponó el agujero, dándole quizás cinco segundos de protección mientras caía hacia la piscina de ácido que ya estaba abriéndose camino a través del suelo de la cubierta de mantenimiento. Se liberó del colchón que le rodeaba y lo lanzó sobre la piscina humeante a sus pies. Cayó de espaldas, sin aliento, aturdido e inmóvil. Levanto la vista al techo, y vio tres gotas de ácido que caían hacia él.

    Intentó rodar a la derecha pero su cuerpo se negó a moverse.

    —Ha sido una caída de la leche —estaba diciendo— descansemos aquí un rato.

    Dos de las gotas abrieron sendos agujeros del tamaño de un penicentavo a centímetros de su entrepierna. La tercera le arrancó el lóbulo izquierdo. Lister y su cuerpo tuvieron otra reunión. Encabezando la orden del día estaba una propuesta para moverse, lo antes posible. Fue presentada por Lister, secundada por su cuerpo y la moción fue aprobada por dos votos a cero. Rodó sobre su costado al tiempo que el tapón temporal del techo cedía y torrentes de ácido cayeron en cascada por el agujero, desplomándose sobre el colchón, a escasamente un metro de su cuerpo jadeante y con un solo lóbulo.

    Se levantó, y empezó a correr en zigzag a lo largo de la cubierta de mantenimiento, buscando algo, cualquier cosa, que le pudiera ofrecer algún tipo de protección. Arrancó de la pared el botiquín de primeros auxilios y sacó la botella de alcohol medicinal. Echó una cantidad generosa sobre el agujero de la mano, se aplicó más en su oreja izquierda y se bebió el resto.

    Después entró despacio en el área de suministros de ingeniería. Tiró un palé sobre la horquilla de una de las tres carretillas elevadoras naranjas y apiló encima unas latas de oxiacetileno, sopletes y equipos de soldar.

    Miró al techo. Resistiría quince minutos más. Veinte a lo sumo. Después de eso ya no habría ningún sitio a bordo donde refugiarse. No había nada más abajo. Sólo podía salir afuera. Fuera bajo la lluvia ácida.

    Durante el siguiente cuarto de hora utilizó los sopletes para arrancar puertas de acero de sus bisagras y tuberías de acero de las paredes, que soldó para construirse un chubasquero para el ácido un tanto chapucero. Volvió corriendo al almacén de ingeniería y se probó los distintos cascos de soldador. Descubrió que si se incrustaba el más pequeño, entonces podía llevar el de talla mediana encima de éste y uno grande sobre los dos.

    En el silencio metálico impuesto por tres cascos de acero, se metió dentro del traje. Dos metros de acero sólido sobre él, más los cascos, más las mangas y perneras de tuberías metálicas, le darían al menos quince minutos de protección para salir de la nave corriendo y buscar algún tipo de refugio.

    Sólo había un problema.

    No podía moverse.

    Ni siquiera estaba cerca de poder moverse.

    Estúpido.

    Estúpido, estúpido, estúpido.

    ¿Cómo podía haber malgastado quince preciados minutos construyendo esta monstruosidad inmóvil, sin darse cuenta de que el maldito trasto iba a resultar demasiado pesado para poder moverse?

    Salió del traje y le pegó una patada.

    Ahora tenía un dedo roto que añadir a sus problemas.

    Miró al techo. Las estalactitas ya estaban formándose.

    Caminó tambaleándose hasta el ojo de buey y observó la tormenta de fuera. Quedó impactado al comprobar que la lluvia era local. Totalmente local. Únicamente se arremolinaba en la pequeña hoya a la que había ido a parar el Starbug. Al otro lado de la colina, el cielo estaba despejado. La cima de la colina estaba a escasos quinientos metros.

    Seguro que podía mover el maldito trasto quinientos metros. Medio kilómetro. Venga. Piensa.

    Sus ojos recorrieron la habitación.

    En la segunda pasada, se detuvieron en la carretilla elevadora.

    Lister se montó de un salto en el asiento del conductor y encendió el motor. Metió la horquilla de la carretilla por debajo de los brazos del traje y tiró de la palanca elevadora. Lentamente, la carretilla levantó el traje del suelo.

    Bajó del vehículo de un salto, volvió corriendo al almacén de suministros y regresó con un carrete de cable de acero. Mientras el suelo a su alrededor silbaba y chisporroteaba, soldó el cable a las dos palancas de control de la carretilla elevadora y lo introdujo por las mangas del chubasquero blindado.

    Activó el control manual de las compuertas y tecleó el código de apertura. Seguían cerradas. Probó otra vez. Nada. El ácido colaba fundiendo la puerta. Los circuitos estaban completamente hechos polvo.

    Se oyó un estruendo en el otro extremo de la cubierta de mantenimiento, y un área entera de veinte metros de techo se desplomó contra el suelo.

    Lister era completamente ajeno a las lágrimas que le recorrían las mejillas manchadas de grasa y al balbuceo demente que vomitaban sus labios mientras volvía corriendo y trepaba al interior del traje. Tiró del cable izquierdo, y se le dobló el cuello hacia delante al retroceder bruscamente la carretilla cincuenta metros, chocando contra al mamparo trasero. El traje se tambaleó en la horquilla.

    Si se caía ahora… si se caía y yacía inmóvil en el suelo mientras el ácido colaba de la cubierta superior…

    Con suavidad, tiró del cable derecho, y la carretilla se movió hacia delante. Tiró otra vez. El motor eléctrico rugió a máxima potencia. La carretilla ganó velocidad.

    Se precipitaba hacia las compuertas, portando al frente a Lister en su traje de acero reforzado.

    El ácido arrastraba el metal de las compuertas hacia el suelo mientras Lister y la carretilla elevadora chocaban contra la estructura debilitada y salían al ojo de la tormenta ácida.

    Las orugas de la carretilla vibraban sobre el terreno irregular de la hoya, recuperando progresivamente la velocidad que había perdido en el impacto contra las compuertas.

    Cuando Lister volvió en sí, había remontado la mitad de la pendiente. Sobre la cima de la colina frente a él, podía ver el cielo despejado proyectando un relajante azul en el valle vecino.

    Doscientos cincuenta metros para llegar.

    Observó el suelo. Extrañamente, insanamente, parecía estar compuesto de botellas rotas. Miró alrededor. La montaña entera parecía ser de cristal. Millones y millones de botellas de cristal, de todas las formas, de todos los tamaños, pero de un solo color: verde. De hecho, al mirar a través de la niebla ácida, se dio cuenta de que todas las montañas que se perfilaban a su alrededor estaban igualmente construidas a base de botellas verdes.

    ¿Qué era este lugar?

    Edades de hielo que terminaban de la noche a la mañana, lluvia ácida que atravesaba el acero, y un paisaje enteramente hecho de cristal.

    Bonito lugar para unas vacaciones.

    Un ruido seco sonó detrás de él, y la carretilla elevadora tembló y se detuvo.

    Lister giró el cuello para ver qué pasaba. La carretilla apenas estaba reconocible: era un amasijo fundido de metal y plástico. Tiró del cable derecho con un optimismo idiota. El cable se partió y se deslizó por la manga del traje, surcando una delgada línea roja de dolor a lo largo de su brazo.

    Colgaba de la horquilla de la carretilla mientras la lluvia se abría camino, silbando, a través del traje. Impotente e inmóvil, se balanceaba como un gigantesco rótulo de bar de carretera.

    Intentó levantar los brazos. Imposible. El traje pesaba demasiado. Así que sencillamente se balanceó allí, preguntándose cuánto tardaría en morir cuando la lluvia finalmente traspasara el traje, y cuánto quedaría de él para que los demás le encontraran.


    TRES


    Rimmer, Kryten y el Gato desembarcaron del transbordador-autobús a media tarde del martes anterior y subieron por la rampa metálica a la sala de control tambaleándose de forma surrealista.

    —Venga, mantened la calma —dijo Rimmer, paseando de un lado a otro como un loco delante de la pantalla gigante—. Holly tardará diez segundos en averiguar lo que hay que hacer y saldremos de aquí.
    — ¿Alguien quiere una tostada? —dijo una pequeña voz metálica.

    Se volvieron, y vieron a la Tostadora posada encima de una pila de terminales.

    — ¡No! —gritaron al unísono.
    — ¿Y un bollo?

    Kryten tecleó la secuencia de activación de Holly, y le dio control de voz a Rimmer.

    —Encender —dijo Rimmer—. Holly: estamos siendo tragados por un agujero negro, ¿cómo salimos?

    La pantalla gigante centelleó y parpadeó, entonces la imagen de Holly apareció como una loca parodia cubista de sí mismo. Su barbilla estaba donde debería estar su frente, una oreja sustituía a su boca y la nariz apuntaba hacia el cielo encima de su calva.

    —Jlkjhfsyuhjdk —dijo.
    — ¿Qué?
    —Mcuj nklj flbnnbcbcy.
    —Algo va mal —gritó Rimmer— ¡apágalo! Estamos malgastando su tiempo de vida.

    Kryten golpeó el teclado con la mano abierta, y Holly se desvaneció.

    — ¿Qué le pasa?

    Rimmer y el Gato se encogieron de hombros a la par.

    —Es el efecto de dilatación. Sus terminales están repartidas por toda la nave, están operando en zonas horarias diferentes. Cuando es lunes a medianoche en su unidad central de proceso, es el martes de la semana siguiente en su memoria RAM. ¿Alguien quiere un mollete?
    — ¿Te vas a callar? —dijo Rimmer— ¿qué carajo vamos a hacer?
    — ¿Qué pasa —el Gato inclinó la cabeza hacia un lado— si se nos traga este agujero negro? ¿Es algo malo?
    —Un agujero negro es una estrella inestable que se ha colapsado sobre sí misma. Su fuerza gravitatoria es tan inmensa que nada puede escapar de ella: la luz, el tiempo, nada. ¿Qué tal una tortita?
    —Oye, ¿quieres cerrar la boca? —le espetó Rimmer—. Intento pensar.
    — ¿No podemos cruzarlo simplemente —aventuró el Gato aventuró— y salir por el otro lado?
    —Buena idea —se burló la Tostadora— y a lo mejor podemos parar en medio en la tienda de suvenires y comprar unos recuerdos del agujero negro.
    — ¿Los agujeros negros tienen tiendas de suvenires en medio? —Gato sonrió esperanzado.
    —Está diciendo chorradas —dijo Rimmer perdiendo los nervios—. ¿Quieres dejar de hablar con esa chatarra barata? Tenemos que encontrar un modo de salir de aquí.
    — ¡Barata! —protestó la Tostadora— ¡cuesto 19,99 libradólares más impuestos!
    —No hay escapatoria, ¿verdad? —dijo Kryten— vamos a m-m-m-m-m-m-m-m-m-m-m-m… —se golpeó la cabeza contra un monitor y arregló el bucle de agarrotamiento —…morir. —
    —No necesariamente —dijo la Tostadora, con toda la vanidad que pudo reunir.
    —Si no te callas —amenazó Rimmer— voy a desenchufarte.
    — ¿Entonces no quieres saber cómo salir de este embrollo?

    Rimmer giró sobre sus talones.

    —Ah, y tú sabes cómo, ¿no?

    El regulador de calor de la Tostadora giró de un lado a otro.

    —Puede —dijo enigmática—. ¿Quién se apunta a unas tostadas?
    — ¿Cómo demonios va a saber una puñetera tostadora cómo salir de un agujero negro?
    —Técnicamente, no estamos en un agujero negro. Aún no. No hemos cruzado el horizonte de sucesos.
    — ¿Qué es el horizonte de sucesos? —preguntó el Gato.
    —Empecemos por el principio —la Tostadora ensanchó al máximo la rejilla del pan y volvió a cerrarla—. Un agujero negro no es un objeto, es una región: un rasgón en el tejido del espacio/tiempo. Comienza siendo un sol masivo. Cuando el sol muere, la inmensa fuerza gravitatoria de su centro arrastra toda la materia de la estrella hacia su interior. Un sol de tamaño medio se convierte en una estrella de neutrones: una estrella cuyas moléculas se han compactado todo lo posible. Sin embargo, si la masa del sol es lo suficientemente grande, ignora el “principio de exclusión”, el cual establece que, en circunstancias normales, dos electrones no pueden ocupar el mismo espacio energético, de manera que la estrella continúa colapsándose. Con el tiempo la fuerza gravitatoria de su centro llega a ser tan colosal, que la velocidad de escape -la velocidad necesaria para salir- alcanza los 299.792 kilómetros por segundo. Que es la velocidad de la luz. Y como la velocidad de la luz es la velocidad límite en el universo, nada puede escapar, ni siquiera la luz. Se convierte en una especie de aspirador galáctico gigante, tragándose todo lo que esté a su alcance, incluso el tiempo. Por eso el tiempo transcurre más despacio en el morro de la nave que en la cola. Cuanto más cerca estás de él, más intensa es su atracción, y el horizonte de sucesos es el punto sin retorno. Bueno—. Hizo una pausa— ¿quién quiere un bollo caliente?

    Kryten sacudió la cabeza.

    — ¿Alguien se ha enterado de algo?
    —Yo me estaba enterando —dijo el Gato— hasta cuando ha dicho lo de: “Empecemos por el principio”. Y no he vuelto a enterarme de nada hasta que ha llegado a la parte del bollo caliente.

    Rimmer caminó hasta la Tostadora.

    —Explícame una cosa: ¿cómo es que de repente una baratija de electrodoméstico sabe tanto sobre agujeros negros?
    —Tengo un apetito voraz por la lectura —dijo la Tostadora.
    —Te lo dijo Holly, ¿no es cierto? Después de recuperar su coeficiente intelectual, y antes de apagarse.

    El grill de la tostadora se puso rojo.

    —Puede ser.
    — ¿Mencionó cómo salir de uno?
    —Eso depende —dijo la Tostadora.
    — ¿Depende de qué?
    —Depende de si queréis tostadas o no.

    Veinte minutos más tarde estaban sentados en forma de herradura, masticando las torres apiladas de delicias tostadas variadas. Kryten, que tenía que comerse la parte de Rimmer, empezaba a notar que necesitaba un cambio de estómago, y el Gato se estaba poniendo bastante histérico pensando en cómo iba a afectar a su cintura el consumir treinta y cuatro tostadas.

    —Por Dios, ¿estás loca? —Rimmer le espetó—. ¿Cuántas tostadas quieres que se coman?
    —Así es como se sale de un agujero negro. Si aceleras hacia su interior, y consigues la suficiente velocidad antes de cruzar el horizonte de sucesos, la aceleración adicional aportada por la atracción gravitatoria sirve para romper la barrera de la luz, dar la vuelta a la singularidad en el centro del agujero negro y viajar lo suficientemente rápido para alejarse otra vez.
    —Creía —dijo Kryten con la boca llena de pan— que en cuanto pasáramos el horizonte de sucesos, nos aplastaríamos.
    —No si viajamos más deprisa que la luz. Nos enfrentaríamos a todo un conjunto de leyes físicas nuevas.
    —De modo que cuando salgamos —Rimmer frunció el ceño— estaremos viajando más deprisa que la luz, ¿no?

    La Tostadora inclinó la bandeja del pan en asentimiento.

    — ¿Cómo paramos? Lister está atrapado en aquel planeta, muriéndose de hambre. Si al final conseguimos detenernos a ciento treinta galaxias al sur-suroeste, eso no va a ser de gran ayuda. Asumiendo que Holly tenía razón sobre esto y sobrevivimos, tenemos que rescatarle; ¿cómo paramos?
    —Muy bien —la Tostadora giró el regulador de calor de lado a lado— ¿os gustaría saberlo?
    —Sí, nos gustaría mucho —dijo el Gato educadamente.
    —Bien, por tu parte la respuesta es simple.
    — ¿Qué?
    —Sigue comiendo tostadas.

    El Gato refunfuñó y cogió la trigésimo quinta tostada.


    CUATRO


    Lister intentó de nuevo mover el brazo. Esta vez se movió. No mucho, pero un poquito. Probó otra vez. Esta vez se movió un poco más. El traje se estaba derritiendo. Y cuanto más se derretía, más ligero se volvía. Eso era bueno, y también malo.

    Era bueno porque al menos, en algún momento cercano, volvería a ser móvil, y podría escapar a la cima de la colina. Era malo porque no tenía ni idea de si llegaría o no a la cima de la colina antes de que el traje se derritiera por completo.

    Dobló los codos hacia arriba de modo que se deslizó por el interior de la horquilla y cayó sobre los cristales rotos de la pendiente.

    Descubrió que podía levantar los pies a unos centímetros del suelo, y conseguía dar pequeños pasos titubeantes hacia delante. Emprendió la carrera más lenta de su vida.

    Los muslos le punzaban de dolor. Le dolían también los hombros. Con cada paso el traje se hacía más ligero y caminaba más deprisa. Lister perdió toda noción de su cuerpo. Era sólo un par de pulmones, abrasados y forzados. Atacó hacia la cima de la colina.

    El traje era ahora ligero. Preocupantemente ligero. Se sentía casi desnudo. Entonces se dio cuenta de que, aunque alcanzara la cima, aunque consiguiera salir a gatas de la lluvia, el traje seguiría derritiéndose: todavía tendría que quitárselo.

    Y entonces llegó. Se lanzó por encima de la cresta y empezó a caer estrepitosamente por el otro lado. Mientras caía tiró de las ataduras interiores del traje y arrojó las placas humeantes. La caída terminó en una pared de botellas. No hubo ningún triunfo. No hubo alegría, ni celebración cuando tiró la última pieza a los pies de la montaña, tan sólo un horrible y doloroso cansancio, y unas ganas irresistibles de dormir. Caminó dando bandazos por la cadena montañosa de cristal y encontró una cueva. Más que una cueva, era una madriguera, de menos de dos metros de profundidad y algo más de un metro de altura.

    Se arrastró al interior, se acurrucó como un bebé y se quedó dormido.

    Menos de veinte minutos después, Lister se despertó. El sonido que le despertó fue el húmedo y denso sonido de la lluvia. No podía creerlo. La tormenta de ácido debía haberse trasladado a este lado del valle.

    Se desenrolló de su posición fetal y reptó sobre sus codos desnudos hacia la boca de la madriguera.

    Estaba equivocado: no era lluvia ácida.

    Pero tampoco era lluvia normal.

    Era negra.

    Torrentes de densa salsa negra babeaban la cara de la montaña. Lister alargó una mano temblorosa y recogió una bola de la baba viscosa en su palma. La olió. La probó. La escupió.

    Petróleo.

    Estaba lloviendo petróleo.

    Aun así, Lister pensó, la lluvia de petróleo era cien veces mejor que la lluvia ácida. Al menos no le mataría. Se animó bastante. El tiempo se estaba mejorando. Genial, si seguía esta tendencia, por la tarde estaría haciendo algo tan soso y normal como llover sopa de tomate o nevar balones de playa.

    Se metió reptando otra vez al cobijo de la madriguera e intentó conciliar el sueño. Pero no podía. Ni siquiera Lister podía dormir durante un terremoto. Sobre todo cuando estaba ocurriendo justo debajo de él.

    La tierra se abrió, y una sima de treinta centímetros de ancho serpenteó hacia él mientras se apresuraba a salir de la madriguera. Se protegió los ojos de los azotes de petróleo y vio grietas que avanzaban en zigzag con violencia destrozando el paisaje. Millones de botellas estallaron y cayeron al rugiente esófago de la tierra.

    Lister echó a correr. No tenía ni idea de hacia dónde corría o si servía de algo. Saltó por encima de las repentinas simas, esquivó las pequeñas avalanchas de botellas y escaló superando la cima del pico vecino.

    El cielo negro lanzaba jabalinas de petróleo sobre su cuerpo tembloroso y lamentable cuando se desmoronó sobre sus rodillas, y bajó patinando a la siguiente hoya. El petróleo hacía pesadas sus rastas, y el viento las azotaba contra su cara como dedos grasientos apretándole la garganta, provocándole arcadas por ahogamiento. Ciego y asfixiado, caminó por el valle tambaleándose. Se limpió el grueso del petróleo de los ojos con lo que quedaba de su camiseta y parpadeó bajo la lluvia martilladora. No estaba solo. En el horizonte se perfilaban las colosales siluetas de cinco caras. O, más bien, cinco medias caras, que emergían del mar de basura como si buscaran el último aliento antes de ser reclamadas por los desperdicios.

    Lister los conocía. Los reconoció a todos. George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Theodore Roosvelt y probablemente la mejor presidenta americana de todos los tiempos, Elaine Salinger.

    Lister arrastró su cuerpo dolorido y se cobijó bajo la nariz de George Washington. Ahora sabía dónde estaba. En el Monte Rushmore. Dakota del Sur.

    Este infierno de planeta, este abismo de inmundicia inhabitable, era La Tierra.

    Lister se echó a reír. Lo había conseguido. Había vuelto a casa. Se rio demasiado fuerte durante demasiado tiempo, una risa peligrosa que coqueteaba con la locura. Todo lo que le había mantenido vivo, el objetivo que había dado sentido a su vida, de repente, de forma absurda, se había cumplido.

    Esto era la Tierra. Estaba en casa.

    ¿Pero qué había pasado? ¿Qué habían hecho con este lugar?

    La respuesta era bastante obvia hasta para un cretino medio loco, enfermo y empapado de petróleo al borde de la muerte por inanición.

    La Tierra se había convertido en un vertedero de basura.

    No tenía ni idea de lo que la había arrancado de su órbita y la había expulsado a los confines del universo, pero el hecho de que esto era La Tierra, y de que la habían convertido en un basurero tamaño planeta era innegable.

    ¿Pero explicaba eso por qué el tiempo estaba como una cabra? Sólo en parte. Cuanto más pensaba en ello Lister, más cosas encajaban en su sitio. Desde el mismo momento en que había llegado, desde el momento en que había salido por primera vez del Starbug y los vientos árticos le habían azotado y jugado con él, cambiando de dirección a su antojo cada pocos segundos, lanzándolo por los aires y arrojando su cuerpo contra las paredes de nieve; desde ese mismo momento, el tiempo había estado intentando matarle. Luego la lluvia ácida, el chaparrón chispeante que sólo había caído en la hoya donde se había estrellado su nave. Después, tras su milagrosa escapada hasta la madriguera, el terremoto le había forzado a salir a cielo abierto, bajo la melaza sofocante y empalagosa de la tormenta de petróleo.

    ¿Se había vuelto paranoico por el agotamiento? ¿Estaban el hambre y la fatiga confundiendo su mente?

    ¿O tenía razón?

    ¿Estaba La Tierra librando una guerra contra él? ¿Personalmente contra él?

    ¿Pero por qué?

    Suponiendo que La Tierra tuviera algún tipo de inteligencia innata e inexplicable, ¿por qué iba a querer matarle? ¿Qué le había hecho él a La Tierra? ¿Por qué había de despreciarle?

    Entonces lo supo.

    Le había hecho de todo a La Tierra. La había crucificado. Era un miembro de la raza humana, era parte de la especie que se había extendido como bacterias por todo el planeta; matando su prolífica y rica vida; consumiendo su salud; y finalmente entregándola a su uso como vertedero para la basura de toda la humanidad.

    Eso es lo que él era: una simple bacteria. Un germen de una epidemia. Y el sistema inmunitario del propio planeta le estaba rechazando.

    No. La idea era descabellada. Era demencial. El hambre y el cansancio estaban alimentando su paranoia. La Tierra no tenía inteligencia. No estaba “viva”. Era una bola de piedra.

    Estaba de pie en el refugio del orificio nasal izquierdo de George Washington y empezó a hacer una lista de los múltiples grandes logros de la humanidad. Por alguna razón inexplicable, lo primero que se le ocurrió a su mente confusa fue el portarrollos musical para papel higiénico. Entonces una cortina de rayos prendió la lluvia, lanzando una oleada de llamas contra la cara de la montaña, chamuscando a los cinco presidentes, y lanzando a Lister hacia atrás a lo más profundo del conducto nasal de Washington.

    Prendió una segunda cortina, haciendo saltar por los aires a Lister fuera de la nariz, obligándole a correr por los montones de basura, por los que corrían vivos ríos de fuego.

    —Hazlo entonces —gritó Lister—. Venga, mátame— hundió los dedos en el fango putrefacto y lo arrojó al cielo—. ¡Mátame! Venga, ¿a qué esperas?

    Rodeado de lagos de fuego y géiseres de petróleo en erupción, Lister gritaba y despotricaba contra La Tierra.

    Escondió la cabeza bajo el brazo cuando dos explosiones de lluvia en llamas ametrallaron ambos lados del montón en el que estaba.

    Lister se desplomó sobre sus rodillas sobre la basura humeante.

    —Podría hacer algo —sollozó— Podría ayudar. Podría... Si me dejas vivir, podría empezar de nuevo a hacerlo bien. Podría... —se desmayó.

    A medida que la consciencia iba recuperando terreno lentamente en su cuerpo, empezó a percatarse de la lluvia. Gruñó y levantó la cabeza. Era lluvia lluvia. Lluvia de verdad. H2O. La esencia de la vida.

    Rodó sobre su espalda y abrió la boca. A su alrededor, las columnas de humo se retorcían hacia el cielo desde los pocos focos de fuego que todavía quedaban.

    Bebió la lluvia. Dejó que le cayera en cascada sobre su cuerpo, lavando sus heridas, refrescándole, animándole. Rodó boca abajo para levantarse, entonces lo vio.

    A centímetros de donde había caído su mano derecha, de entre los escombros, de entre la basura, de entre el fango apestoso, brotaba una rama: un pequeño árbol raquítico repleto de frutos verdes.

    Lister arrancó unos frutos y empezó a comer. Eran olivas. Se echó a llorar.

    Juntó sus manos en forma de cuenco y recogió agua de lluvia, con la que roció tiernamente el árbol. Parecía una ecuación bastante simple: si cuidaba del olivo, el olivo cuidaría de él.

    Oyó algo moverse en los escombros detrás de él. Se dio la vuelta. Él no era la única criatura viva en el planeta. Había por lo menos otra más. La criatura se unió a él junto al olivo. Era uno de los habitantes más antiguos de La Tierra. Estaba allí desde mucho antes que el hombre, y probablemente estaría allí mucho tiempo después. Era una cucaracha.

    Pero una cucaracha grande.

    Una cucaracha muy muy grande.

    Esta cucaracha podría haber jugado de defensa central para los London Jets en la mejor temporada de su historia.

    Era una pasada de cucaracha.

    La cucaracha medía dos metros y medio de largo.

    Lister se movió lentamente. Muy lentamente. Se inclinó hacia atrás sobre la rabadilla, levantó las rodillas hasta el pecho, y con un movimiento brusco y rápido pegó con las botas en la parte baja del costado de la cucaracha. Se oyó un ruido escalofriante, y la cucaracha yacía boca arriba, meciéndose desesperadamente, abriendo y cerrando las mandíbulas presa del pánico.

    Lister escarbó entre los escombros en busca de algo letal, y encontró un trozo de cristal estrecho y alargado. Se acercó a la bestia agitada, con las manos alzadas por encima de la cabeza. El cristal apuntaba hacia abajo directamente al abdomen.

    Entonces se detuvo.

    Tiró al suelo la hoja de cristal, se agachó y levantó a la cucaracha, dejándola sobre sus patas otra vez.

    La cucaracha hizo una serie de chasquidos curiosos, pero no mostró ninguna intención de marcharse.

    —Toma —Lister arrancó una oliva de la rama y se la ofreció a la cucaracha—. Soy una especie reformada. Vamos a hacerlo bien. Basta de matar. Toma. Cógela.

    El insecto gigante ignoró la oliva. En lugar de eso, metió la cabeza entre los escombros y empezó a comer la basura.

    Lister se sentó a comer sus olivas, mientras veía a la cucaracha titánica consumir los desperdicios. Le pareció un trato genial.

    Cuando terminó de comer, Lister decidió regresar al Starbug, a hurgar entre las ruinas y ver si quedaba algo que pudiera rescatar. Mientras caminaba por los escombros se dio cuenta de que la cucaracha le estaba siguiendo. Se volvió e hizo unos aspavientos con los brazos para espantarla. La cucaracha chasqueó y silbó y continuó siguiéndole. Lister empezó a trotar. La cucaracha también.

    Al final Lister deceleró y se detuvo. La cucaracha le alcanzó, se posó sobre la panza, puso la cabeza detrás de las rodillas de Lister y le dio un cabezazo en las piernas. Lister se tambaleó y se puso derecho otra vez, e intentó defenderse. La cucaracha cabeceó de nuevo. Lister se apartó a un lado, con los brazos estirados al frente, intentando mantenerla a distancia. La cucaracha le embistió una tercera vez, y Lister cayó a lo largo sobre el caparazón del insecto. Levantó la panza del suelo y empezó a caminar hacia delante.

    Quería llevarle.

    Y cuando una cucaracha de dos metros y medio quiere darte un paseo, razonó Lister, probablemente lo más inteligente es dejarla.

    Cambió de opinión cinco segundos después. Tras abrir las piernas sobre su espalda, y meter los dedos bajo el borde de su armazón, la cucaracha despegó.

    La vista seguramente habría sido increíble desde sesenta metros de altura, pero tenías que tener los ojos abiertos para apreciarla del todo, y Lister no tenía intención de hacer tal cosa.

    Gritaba y chillaba e intentaba pilotar la cucaracha hacia el suelo, pero su benigna captora se había propuesto llevarle a otro destino. Le llevaba a casa a presentarle a sus amigas.

    A media ladera de una montaña de botellas, aterrizaron.

    Unas veinte cucarachas miembros del clan les rodearon, silbando y chasqueando y frotando las patas traseras con alegría insectil.

    Claramente, estaban encantadas con Lister.

    Una de las cucarachas se marchó al fondo de la cueva, y arrastró un armazón de sofá medio podrido hasta los pies de Lister. La familia miraba en muda expectación.

    Entonces Lister hizo algo que no habría hecho en ninguna otra circunstancia. Empezó a comerse el sofá.

    Eso parecía gustarles. Hubo una cacofonía de zumbidos, chasquidos y silbidos, y las cucarachas daban vueltas de alegría alrededor de él.

    —Bueno, ha sido absolutamente maravilloso —se vio diciendo Lister— este sitio es genial —dijo a la cucaracha madre—. Y el sofá podrido está de muerte. Pero tengo que irme— inclinó la cabeza, chasqueó y silbó un poco por si acaso, y trepó a la espalda de la primera cucaracha. Avanzó deprisa a lo largo de la cueva, y se tiró por la ladera de la montaña.


    Cuando Lister abrió los ojos, descubrió para su horror que iba volando en formación, a la cabeza de un enjambre de cucarachas. Diez a su derecha, diez a su izquierda. Y mientras volaban descendiendo por el centro del valle, más y más emergían de sus cuevas, y tomaban posición detrás de ellas.

    Miró hacia atrás al creciente enjambre de cucarachas silbantes y gritó como una estrella del rodeo.

    Por el simple hecho de haberse comido una porción minúscula de un tresillo podrido, Lister había sido ungido Rey de las Cucarachas.

    Y juntos, Lister y sus leales súbditos iban a empezar a poner el planeta en orden otra vez.


    CINCO


    Las gigantescas turbinas cónicas alojadas en la panza del Enano Rojo rugían y zumbaban en una batalla perdida contra la atracción irresistible de la fuerza gravitatoria del agujero negro. De repente, todas a la vez, cesaron sus inútiles protestas y se pararon sumiéndose en el silencio.

    Ya sin resistencia, la enorme nave minera se catapultó en la oscuridad hacia el horizonte de sucesos. Despacio, las turbinas comenzaron a rotar; 45 grados, 90 grados, 120 grados, hasta que al final completaron un semicírculo. Los motores de rotación se apagaron, y los pernos de estabilización se encajaron en su sitio con estruendo. Mientras tanto, la nave avanzaba deprisa, cada vez más deprisa hacia el abismo desconocido.

    Los reactores se encendieron otra vez. Miles de explosiones de hidrógeno aprovechaban la energía prima del universo y propulsaban la nave hacia delante, llevándola al borde de la semivelocidad de la luz, y más allá.

    —Horizonte de sucesos: dos minutos y acercándonos —Kryten se pasó por encima de los hombros el atalaje de seguridad e infló su traje antichoques.
    — ¿Os he hablado de la espaguetización? —dijo la Tostadora.

    El Gato se incorporó de un respingo en el sofá que estaba atornillado al rincón de la cámara antigravedad.

    — ¿Qué es la espaguetización?
    — ¿No lo he mencionado entonces?
    —Un minuto cincuenta.
    —No, ¿qué es? —dijo Rimmer.
    —Bueno —dijo la Tostadora— cuando entras en un agujero negro, tiene lugar un efecto llamado ‘espaguetización’. Creía que lo había mencionado, pero obviamente no lo hice. De cualquier manera, para que lo sepáis, ocurrirá dentro de muy poco tiempo.
    —Un minuto cuarenta.

    El Gato se tumbó en el sofá y se quedó mirando al techo.

    — ¿Y qué demonios es?
    —Espaguetización. Déjame adivinar —dijo Rimmer— sólo veo dos opciones. Una: debido a los extraños efectos de la intensa atracción gravitatoria, y puesto que nos dirigimos a una región de espacio y tiempo en la que las leyes de la física no son aplicables, todos vamos a desarrollar inexplicablemente unas ganas irresistibles de consumir grandes cantidades de cierto fideo italiano a base de trigo, servido tradicionalmente con queso parmesano; o dos: nosotros, la tripulación, nos convertimos en espaguetis. Tengo el presentimiento de que podemos eliminar la primera opción.
    —Estás totalmente en lo cierto— dijo la Tostadora— vais todos a espaguetizaros.
    —Cuarenta segundos —contó Kryten.
    — ¿Qué pasa entonces?
    —Bueno, luego os desespaguetizáis —dijo la Tostadora, y añadió: —con un poco de suerte. Holly no fue muy preciso en lo referente a esa parte. Sin embargo, no parecía pensar que fuera tremendamente importante.
    — ¡Me convierto en un espagueti! —las cejas del Gato saltaron a lo más alto de su frente— ¿y eso no es importante?
    —Treinta segundos.

    El Gato intentó en vano levantar la cabeza del respaldo del cráneo: tenía una extensa colección de miradas de desaprobación que quería lanzarle a la Tostadora; pero la gravedad le clavaba inmóvil al sofá, así que se las lanzó al techo en su lugar.

    — ¿Es demasiado tarde ya para cambiar de plan? No tengo ni idea de lo que está de moda este año entre los espaguetis.
    —Diez segundos.
    — ¿Diez segundos? —Rimmer estaba igual de inmóvil— ¿qué ha pasado con los veinte segundos?
    —Se me ha olvidado decir veinte segundos —se disculpó Kryten— estaba escuchando al Gato— sus ojos saltaron al monitor del radar otra vez—. Oh, perdón; al disculparme por no decir “veinte segundos” se me ha pasado decir “cinco segundos”.
    — ¿Entonces cuánto queda? —gritó Rimmer.
    —Eeh… cero segundos —dijo Kryten. Y tenía razón.


    La combinación de la propulsión de los reactores y la atracción gravitatoria llevó al Enano Rojo a romper la barrera de la luz en el momento en que llegaban al horizonte de sucesos. A todos los efectos, la nave dejó de existir en su universo de origen. Ignoró a Newton, Einstein, Oppenheimer y Chien Lau, y se sometió a un conjunto de leyes físicas totalmente nuevas.

    Estaban en el agujero negro, dirigiéndose a su centro. Dirigiéndose al anillo de luz que daba vueltas de forma suicida alrededor de la singularidad rotatoria: el núcleo de la estrella muerta donde toda la materia tragada por el agujero negro se comprimía hasta el infinito. Y se dirigían allí a tal velocidad, que estaban adelantando a la luz.

    El cuerpo del Gato comenzó a derramarse fuera del sofá en todas direcciones. Las bandas largas y estrechas que anteriormente habían sido su cuerpo se deslizaron por el suelo y se entrelazaron con las bandas que habían sido Kryten, Rimmer y la Tostadora. La cámara antigravedad se convirtió en un mar de agitados tallarines vivientes.

    Todos eran parte de todos.

    Se hilvanaron entre ellos y formaron un nuevo todo. No eran cuatro, eran uno solo. Las partículas que una vez formaron la inteligencia de Rimmer, en un destello cegador de visión empática, de repente fueron conscientes de la seriedad e importancia monumental del pan tostado. Instantáneamente, las bandas que habían sido la Tostadora fueron conscientes de la necesidad imperiosa de vestir bien y llevar un corte de pelo espectacular. Los fetuccini en los que se había convertido el Gato tenían la sensación de ser mecánicos, y sabían con una certeza inquebrantable que el Cielo de Silicio existía, y la mejor manera de entrar en él era mediante la diligencia con el aspirador. Simultáneamente, los macarrones que conformaban a Kryten supieron lo que era ser Rimmer. Entendieron lo que era haber tenido esos padres, esa infancia, esa carrera, esa vida. Era imposible gritar, pero eso era lo que intentaba hacer Kryten.

    La nave ya no era una nave, era un taquión gigante, una partícula superlumínica, viajando por un universo fuera del nuestro. Era un charco, después una ola, después una bola, después un punto, después no tenía forma: simplemente era.

    El enorme montón de espaguetis se deslizó por el espacio/tiempo y miró de frente al disco blanco giratorio.

    —Mirad —dijo una parte de espaguetis que era en su mayoría Rimmer.

    En el centro de la luz giratoria había seis agujeros de gusano entrelazados, como fibras ópticas, pero de un tamaño más allá de los límites del tamaño. Los inmensos cables huecos se retorcían y se ondulaban como las serpientes de la cabeza de las gorgonas. Los tubos eran de unos colores que el ojo humano no podía comprender. Giraban y se arremolinaban en una danza de belleza intemporal.

    No era la primera vez que Rimmer se maldecía por no haber traído la cámara de vídeo.

    — ¿Qué es eso? —preguntó, pero antes de que nadie respondiera, la bola de velocidad en la que la nave se había convertido entró en la singularidad.

    Rebotó contra el inesperado colchón de antigravedad que había allí, y entonces, como un buceador que se ha sumergido demasiado, emprendió desesperadamente hacia la superficie, hacia el horizonte de sucesos, hacia el universo conocido. Atacó hacia arriba, luchando con la gravedad que intentaba engullirlo otra vez hacia su núcleo a la velocidad de la luz.

    Entonces la velocidad de la luz de la atracción gravitatoria anuló el momento de velocidad de la luz de la nave, y el Enano Rojo recuperó su forma física. De repente se encontraban viajando a una velocidad relativa de menos de trescientos mil kilómetros por hora hacia el horizonte de sucesos. El metal de los mamparos se combó y chirrió. Las grietas abiertas rasgaban el metal y zigzagueaban sin control bajando por el lado de babor.

    La nave comenzó a decelerar.

    Las bóvedas de plástico se rompieron en mil pedazos. Los equipos de perforación de acero se arrancaron de la parte trasera de la nave y cayeron en espiral a la singularidad para aplastarse hasta el infinito.

    La nave seguía decelerando.

    Las turbinas empezaron a rechinar, y entonces, por toda la panza de la nave, uno por uno, los piñones cilíndricos crujieron y se partieron, y las turbinas se desprendieron precipitándose al abismo infinito.

    La nave seguía decelerando.

    La mitad de los reactores de propulsión habían desaparecido. El combustible de hidrógeno bombeaba de las carcasas de los reactores y se vertía al implacable vacío. Como una ballena arponeada, la nave herida se dirigía sin control hacia la superficie, hacia la luz, hacia la vida.

    Más despacio todavía.

    Otro lote de turbinas se deformó chirriando y se desprendió.

    Más despacio todavía.

    Y más despacio.

    Y más despa-a-a-a-a-a-acio.

    En velocidad relativa, la nave se estaba moviendo a ochenta kilómetros por hora.

    Luego a cincuenta.

    Treinta.

    Quince.

    El agujero negro sólo tenía que reclamar una turbina más para inclinar la balanza a su favor, para frenar a la nave por debajo de la velocidad de la luz y atraparla para siempre en su abrazo frío y desolador.

    No lo hizo.

    Con la brusquedad del grito de un niño al nacer, el Enano Rojo atravesó el horizonte de sucesos y entró en el universo conocido.

    Liberada de la peor parte de la succión empalagosa de las arenas movedizas en el interior de la estrella muerta, la nave mutilada alcanzó otra vez la velocidad de la luz durante un instante de un instante, antes de que la atracción gravitatoria remanente la frenara en seco justo en la periferia de la influencia del agujero negro.


    El desespaguetizado Gato observó su cuerpo y comprobó que estaba todo. Parecía que sí.

    Se desató del sofá y se puso de pie con las piernas inquietas.

    — ¿Estáis todos bien?

    Kryten cabeceó, demasiado mareado todavía para hablar.

    — ¿Qué era eso? —dijo Rimmer—. En el centro de la luz rotatoria. Esos tubos.
    —El omniespacio —dijo la Tostadora—. Holly predijo que encontraríamos eso. Confirma su teoría.
    — ¿Qué teoría?
    —La teoría de que existen otros seis universos, y que sus portales convergen en el centro de una singularidad.
    — ¿Hay otros seis universos? —dijo Rimmer.
    —Eso cree Holly —dijo la Tostadora— también piensa que nuestro universo es la oveja negra. Es una chapucería de universo. Algo falló en nuestro Big Bang y empujó al tiempo en la dirección equivocada, por eso nada tiene sentido.
    —Te diré algo que sí tiene sentido —el Gato se acercó a la Tostadora— me has hecho comer setenta y tres tostadas con mantequilla. Fíjate: setenta y tres— se llevó las manos al trasero— me siento como si llevara una tercera nalga en los pantalones. Y sólo quiero que sepas una cosa, quiero que vivas con esto el resto de tu vida —señaló a la Tostadora con la larga uña de su dedo índice— haces unas tostadas malísimas. Están frías, quemadas y blandas.

    La Tostadora giró el regulador de calor con chulería. —Venga, ¿qué esperabas por 19,99 libradólares más impuestos? ¿Conversación, teoría cuántica y buenas tostadas?


    SEIS


    Las puertas combadas y deformadas del muelle de carga se negaron a ceder ante el comando electrónico, pero sí cedieron ante la impresionante ráfaga de láseres de perforación que las arrancaron de las bisagras y las arrojaron dando vueltas al espacio.

    Las dos naves de transporte avanzaron despacio por la rampa de despegue y salieron por el muelle de carga abierto de par en par. Se ladearon a la izquierda y dieron la vuelta al casco mutilado del Enano Rojo, tras lo cual descendieron en picado hacia la atmósfera del planeta.

    Cuando chocaron con el denso banco de nubes grises, la formación se separó. La Gigante Blanca, con Rimmer y el Gato a bordo, se fue al hemisferio norte, y el Enano Azul, pilotado por Kryten y la Tostadora, se alejó hacia el sur.


    Rimmer miraba fijamente sin parpadear la pantalla del radar de infrarrojos mientras la Gigante Blanca barría la superficie del planeta.

    — ¿Qué ha pasado con la nieve? ¿A dónde se ha ido la edad de hielo?

    El Gato apartó los dados de pelo que estaban colgando y miró a través de la suciedad del parabrisas.

    — ¿Qué es todo eso de ahí abajo? Esa montaña está brillando.

    Rimmer miró por encima del hombro.

    —Parece cristal.

    El Gato incrementó el factor de aumento, y las cadenas montañosas de botellas verdes se perfilaban a sus pies.

    — ¿Botellas? ¿Qué lugar es este?

    Rimmer se encogió de hombros y se volvió hacia el detector de calor. Nada. Activó con la voz el sonar para hallar señales de movimiento. Tampoco.

    —Es imposible. Podríamos estar años dando vueltas sin encontrarle. ¿Un hombre en un planeta de este tamaño? Es como buscar una aguja en un pajar. No, es peor. Es como buscar una lata de cerveza escondida en una fiesta de estudiantes.
    —Si todavía está vivo, le encontraremos. Habrá dejado algún tipo de señal.
    —Ha estado allí abajo veinticuatro días. Veinticuatro días sin comida. Podría estar demasiado débil para dejar una señal.


    Kryten puso el Enano Azul en piloto automático, y se hizo un hueco entre las torres apiladas de pan recién hecho que ocupaban el ochenta por ciento del espacio habitable en la sección central de operaciones de la nave. Cogió la docena de barras integrales que cubrían la pantalla del radar, y las apiló en lo alto de la estantería rebosante de baguettes.

    —Veinticuatro días sin comida —dijo la Tostadora— sólo espero que hayamos traído suficiente pan.

    Kryten contuvo un suspiro y se preguntó cómo le habían conseguido persuadir para emparejarse con una baratija de electrodoméstico.

    Durante treinta y seis horas habían rastreado de cabo a rabo la superficie del planeta, esperando una lectura de calor en el sensor de infrarrojos o alguna señal de movimiento en el sónar. A las cinco en punto, de la tarde del segundo día, recibieron una.

    La señal procedía de una pequeña isla, de apenas cien kilómetros de ancho, a cuatro mil ochocientos kilómetros al sur del ecuador. El sónar registraba pequeños focos de movimiento. El sensor de infrarrojos confirmó el hallazgo de vida. Montones de vidas.

    Kryten miró su reloj, se desenroscó una oreja y se la volvió a enroscar, como tenía costumbre de hacer cuando estaba pensativo. No era posible contactar con Rimmer y el Gato hasta dentro de tres horas. Estaban en lados opuestos del planeta, y la única forma de comunicarse era haciendo rebotar señales de radio contra el Enano Rojo en órbita, que pasaba por la posición adecuada sólo una vez cada cuatro horas. Miró el reloj otra vez, le dio varios golpecitos, y tomó una decisión.

    Los motores de frenado del Enano Azul formaron unos socavones profundos y humeantes en la superficie pantanosa del planeta, y las patas de aterrizaje se desplegaron sobre el barrizal, hundiéndose varios metros hasta encontrar sustentación. La escotilla se abrió y Kryten se asomó para examinar el terreno. Olfateó con cautela el aire para tomar muestras de la atmósfera para su análisis químico. Inmediatamente, su sistema olfativo sufrió una sobrecarga masiva, y su nariz explotó con un fuerte estallido.

    Chasqueó la lengua con impaciencia, se desatornilló la nariz reventada de la cara y buscó en su bolsa de accesorios una nariz de recambio. Rompió el envoltorio de plástico y la encajó en su sitio. Giró el tornillo de ajuste para poner el sensor de olor al mínimo y probó a inhalar una vez más. Su segunda nariz sufrió la misma suerte que la primera. Ya no tenía más narices. Tendría que esperar hasta regresar al Enano Rojo. Mientras tanto, iría sin nariz, lo cual probablemente no era mala idea.

    Salió por la rampa tambaleándose y lanzó el bote aerodeslizador a la ciénaga humeante, después entró con sus andares de pato otra vez en la nave para reaparecer con la Tostadora atada a su espalda.

    — ¡Ten cuidado! —gritó la Tostadora— sólo cuesto 19,99 libradólares. No soy resistente al agua.

    Una idea entró en la CPU de Kryten, pero era una idea muy cruel, e indigna de un mecanoide, y no era el tipo de idea que le permitiría entrar en el Cielo de Silicio, de modo que la desechó con reticencia.

    Se sentaron en el bote aerodeslizador, y Kryten comprobó el control remoto del radar. Tiró de la palanca de mando, y el bote despegó raspando el suelo. Subían y bajaban cruzando la ciénaga humeante en la dirección del origen de la señal.


    El Gato empezaba a sentir pánico. Llevaba casi dos horas sin bañarse, ni siquiera una ducha ligera. Estaba empezando a oler como un humano. Conectó el piloto automático de un manotazo y se fue a la cabina de vestuario.

    —Me largo de aquí, colega —dijo, y echó un rápido vistazo a su guardarropas de emergencia, que contenía sólo sus cien primeros trajes indispensables, y seleccionó su décimo sexto modelo nuevo de la tarde.

    Hacer cualquier cosa con el Gato era imposible. Rimmer levantó la vista de su guardia en el monitor del radar.

    — ¿De verdad es absolutamente necesario otro baño?

    El Gato ni siquiera consideró la pregunta digna de respuesta. Los seres humanos: qué criaturas tan antihigiénicas, sucias y repugnantes eran. Todas sus prioridades estaban mal enfocadas: tenían escaso respeto por la relajación y las siestas de calidad en general. En lugar de eso, corrían de un lado a otro, en marabunta, sudando. No era de extrañar que hubieran inventado la rueda antes que el secador de dos velocidades con concentrador de aire. Todos sus valores estaban invertidos. Sin embargo, ¿qué se podía esperar de una raza cuyos científicos más destacados creían que procedían del lodo? Lodo marino. Sinceramente opinaban que sus antepasados eran fango. Por otro lado, después de haber pasado algún tiempo con ellos, el Gato se inclinaba por esta teoría también.

    Esculpió una elegante mueca de desprecio en su cara y desapareció en la cabina de ducha.

    El Gato llevaba menos de una hora de aseo cuando Rimmer localizó el Starbug.

    — ¡Mira, allí está!

    El Gato salió como un rayo de la cabina, chorreando debajo del albornoz y con el gorro de ducha todavía puesto.

    — ¡Allí! —Rimmer señaló a la imagen de vídeo aumentada.

    El Gato se sentó chapoteando en el asiento del piloto, dio media vuelta a la Gigante Blanca para hacer una pasada de reconocimiento, y aterrizó a cuatrocientos metros de la nave estrellada.

    Rimmer supo que no había nadie vivo a bordo mucho antes de cruzar las dunas de cristal y llegar al escarabajo destrozado. La puerta de la escotilla estaba medio derretida, y lo que quedaba colgaba de una bisagra rechinando. Dentro, no había nada; ni instalaciones, ni equipos; sólo el metal corrompido. Faltaba casi todo el techo, y los agujeros cónicos conformaban un estampado grotesco en el suelo de acero reforzado de un metro de grosor. El Gato metió un dedo en un agujero del casco y estiró. Un metro cuadrado de metal laminado se desprendió con suma facilidad y, cuando apretó el puño, se hizo añicos en su mano.

    Rimmer miró al montón de cenizas que había sobre los restos del sofá.

    —He encontrado esto en el asiento del piloto —el Gato estaba en la puerta con un trozo fundido del gorro de cazador de Lister en la mano.
    —He visto esto antes —dijo Rimmer— una vez en Calisto. Arrasó una colonia entera.
    — ¿Qué es?

    Rimmer levantó la vista al techo y miró los corros de nubes negras y abultadas que surcaban el cielo gris.

    —Lluvia ácida —dijo en voz baja.

    Ambos sabían que no encontrarían nada, pero decidieron echar un vistazo igualmente. Rimmer no entendía nada. Había dejado a Lister en un planeta helado. De algún modo, el hielo se había derretido, dejando al descubierto este extraño terreno de accidentes geográficos hechos aparentemente de cristal.

    — ¡Eh!

    Rimmer levantó la vista. El Gato estaba en la cresta de la montaña ignorando las ruinas del Starbug.

    — ¡Mira esto! —Gato le hacía señas a Rimmer para que fuera allí.

    Rimmer subió por la pendiente escarpada de la montaña de botellas y observó el valle vecino.

    A sus pies se extendían hectáreas y hectáreas de fértiles pastos verdosos. Los campos de trigo, maíz y cebada resplandecían con la brisa ligera del abrigado valle. Un estrecho y largo arroyo de azul espumoso relucía en toda su extensión. Los árboles, no muy altos, pero jóvenes y fuertes, crecían en bosques extensos en torno al perímetro. Y en el centro del valle, en el corazón de un inmenso olivar, el humo emanaba de la chimenea de una pequeña granja.

    —Allí.

    Rimmer al principio no distinguía lo que el Gato estaba señalando: su vista no era tan aguda. Entonces lo vio. A lo lejos, en una parcela rectangular y estrecha de color marrón, una diminuta figura estaba arrastrando un arado hecho a mano por el terreno medio surcado.

    —Es Lister. Tiene que ser.

    Bajaron medio patinando, medio rodando hasta el valle, y corrieron hacia la figura a través de los campos. Cuando estaban a doscientos metros, se dieron cuenta de que se habían equivocado. Era un humano, pero no era Lister. Era un hombre viejo, con el pelo gris y ligeramente encorvado. Algo duro de oído, también, porque no respondió a los gritos de Rimmer hasta que estaban casi encima de él.

    Volvió la cabeza y les miró, sus dedos jugaban distraídamente con las rastas largas y plateadas de su barba. Tenía la constitución fornida y la piel curtida de un agricultor que ha pasado toda la vida en el campo. Estaba fuerte y en forma, pero debía tener por lo menos sesenta años, quizá más. Les miró por un instante por debajo de las gordas orugas peludas que eran sus cejas, después se secó la frente con el curtido antebrazo y volvió a su arado.

    — ¡Eh, viejo! —Rimmer dijo jadeando— estamos buscando a alguien.

    El hombre paró, pero no se giró.

    —Un amigo nuestro. Se estrelló al otro lado de la colina —el Gato señaló hacia allí, pero el hombre no miró. En lugar de eso, todavía dándoles la espalda, hizo una imitación aceptable de la voz de Rimmer.
    —Volveré —dijo el viejo— confía en mííííííííí—. Se volvió y se quitó la gorra. Se pasó la mano cubierta de manchas hepáticas por los mechones plateados que le quedaban en la cabeza.

    Rimmer inclinó a un lado la cabeza y estudió las facciones del viejo. Fueron los ojos los que le delataron.

    — ¿Lister? —dijo, con los ojos medio enfermos de incredulidad.

    Lister sacudió la cabeza.

    — ¿Dónde carajo habéis estado?
    —Hemos llegado lo más rápido posible.
    — ¿Rápido? —bramó Lister— ¿rápido? —se restregó las piernas una contra otra e hizo una serie de extraños chasquidos con la lengua.
    —Sólo han pasado dieciséis días —Rimmer miró al viejo en el que Lister se había convertido— Dios mío, debe ser la dilatación del tiempo.
    — ¿La qué?
    —La nave quedó atrapada en un agujero negro. El tiempo pasa más despacio en un agujero negro. Relatividad. Desde nuestro punto de vista, sólo has estado fuera un par de semanas.

    Lister gruñó, enseñando una fila de dientes retorcidos.

    —He estado aquí, solo, esperando que me trajerais comida —los ojos le echaban chispas de ira— los últimos treinta y cuatro años. Treinta y cuatro puñeteros años.

    Rimmer sacudió la cabeza e intentó pensar en algo adecuado que decir. Todo lo que se le ocurrió fue:

    —Perdón.


    SIETE


    El Gato miró alrededor, abarcando todo el valle.

    — ¿Has hecho todo esto tú solo?

    Lister gruñó.

    —Todo esto era antes basura, ¿y tú la has convertido en esto?

    Lister gruñó otra vez. No había hablado mucho durante más de un tercio de siglo, y su conversación era escasa. Se volvió y echó un vistazo a los campos. Rimmer siguió su mirada hacia la manada de animales que pastaban al final del valle. Eran demasiado pequeños para ser caballos, pero era imposible de distinguir a esa distancia. Lister se metió los pulgares en la boca y emitió un silbido agudo y penetrante.

    Uno de los animales de la manada dejó de pastar, levantó la cabeza y empezó a trotar. Mientras miraban, la criatura se levantó en el aire de repente y se dirigió, aerotransportada, hacia ellos.

    La cucaracha gigante de dos metros y medio de largo aterrizó a la perfección entre el Gato que gritaba y Rimmer que estaba histérico. Sus mandíbulas frotaron con ternura la parte de atrás de las piernas de Lister, y él le acarició el tórax cariñosamente, mientras le arrullaba con sus extraños chasquidos y silbidos.

    — ¡Ajj! ¡Buajj! —el Gato se retorcía, como si se estuviera sacudiendo de encima miles de bichos, mientras Rimmer se convulsionaba en silencio a su lado.
    —Se comen toda la basura —dijo Lister, como si eso fuera algún tipo de explicación, y trepó a su espalda— montad—. Dio unas palmadas en la grupa de la cucaracha.

    El Gato daba vueltas y vueltas, rascándose cada centímetro de piel.

    — ¡Aj! ¡Buajj! ¡Ahhhh! ¡Es una cucaracha!
    — ¿Esperas que nos sentemos en esa cosa? —dijo Rimmer, entre arcadas.
    —Hay diez kilómetros hasta la casa.
    — ¿Diez kilómetros? ¿Sólo?—Rimmer sacudió las dos manos hacia delante—. Id vosotros delante. Me apetece una carrerita.
    — ¿Qué? No. Yo voy contigo —dijo el Gato, e hizo otra danza giratoria de repugnancia.

    La cucaracha chasqueó y silbó y frotó sus erizadas patas traseras vigorosamente.

    —Se está poniendo triste —dijo Lister— cree que no os gusta.
    —Noooo —Gato soltó una risa falsa— ¿de dónde ha sacado esa idea? A mí me parece muy mona. Las cucarachas siempre han sido mis insectos favoritos de todos los tiempos. De hecho tengo un póster de una en mi taquilla. Me encantan sobretodo esos pelos negros pegajosos detrás de las piernas, y esa sustancia babosa que le chorrea de las mandíbulas. ¡Es adorable! Buaaajj.
    —Sube. Tú también —Lister señaló a Rimmer con la cabeza.

    Pasaron las piernas sobre la espalda de la cucaracha, y ésta empezó a correr hasta alcanzar la velocidad de despegue, entonces aleteó haciendo ruido hacia el cielo.

    —Bueno —dijo el Gato, agarrado al caparazón del abdomen de la cucaracha— ¿no nos van a poner una peli, o qué?
    — ¿Qué es eso? —Rimmer señaló un campo a sus pies. No había cereales en el campo, sólo flores blancas y amarillas, colocadas y plantadas de forma que se leían dos enormes letras: dos kas.
    —Jazmín —dijo Lister, a secas.

    Y Rimmer lo dejo estar ahí.


    La casa de Lister estaba hecha enteramente de basura. Las paredes eran de papel usado, comprimido en bloques que eran tan duros como cualquier madera. El tejado estaba hecho de latas de judías chafadas a golpes a modo de tejas, y las ventanas eran las puertas arrancadas de lavadoras de carga frontal. Varios tubos, tuberías y cables iban hasta una torre alta a unos quince metros de la casa, donde había una estructura de espejos que aprovechaba la energía solar.

    Junto a la casa principal, estaban los establos de las cucarachas y las casetas de labranza, donde se guardaban las cosechas recogidas, las simientes y los aperos.

    Cuando cruzaban el patio, unas cuantas cucarachas jóvenes salieron en tropel a recibirles llenas de excitación. Ladraban, chasqueaban y silbaban en torno a los tobillos de Lister mientras él las acariciaba a todas y se abría camino hacia la casa principal.

    El mobiliario interior de la morada estaba hecho también de desperdicios. Había un tosco pero eficaz sistema de calefacción central compuesto de viejos radiadores de coche y tubos de escape.

    Mientras Lister se afanaba en la cocina, Rimmer y el Gato se sentaron en un sofá increíblemente cómodo formado claramente a partir de tres retretes amarrados, cubiertos de bolsas de basura rellenas de lo que resultó ser pelusilla de aspirador.

    Había un dintel de madera tallado a mano sobre el hogar de piedra. Era extrañamente incongruente con la chapucería de habitación. Sobre ella colgaba un marco barroco bañado en oro, el cual, a primera vista parecía estar vacío. Rimmer se levantó y caminó hacia allí. Al acercarse advirtió que había una fotografía en su centro. Una fotografía de tamaño menor a las de pasaporte, que habían recortado de un anuario del Enano Rojo. Rimmer forzó la vista e intentó distinguir la cara. Era la fotografía que Lister siempre solía llevar en su cartera. Ésa que Lister pensaba que Rimmer no había visto. Era su única fotografía de Kristine Kochanski, sonriendo con su famosa sonrisa de pinball. Rimmer sacudió la cabeza. Lister seguía colgado por una chica con la que había salido durante tres semanas, varios miles de épocas atrás. Su subconsciente había fantaseado con ella como su pareja en Mejor Que la Vida, y ahora, tras casi cuarenta años de soledad en el Planeta Basura, su memoria todavía no estaba preparada para olvidarla.

    Lister volvió de la cocina arrastrando los pies, sus manos arrugadas sujetaban una bandeja con cuencos de cerámica toscamente torneados. Vio a Rimmer mirando la fotografía tamaño uña de pulgar en el marco que podría albergar con comodidad dos cuadros de El Greco y sonrió.

    —Algún día —dijo— la recuperaré.

    Rimmer y el Gato miraron al endeble anciano en el que Lister se había convertido y asintieron con benigna indulgencia. Parecía inútil resaltar que ella había muerto tres millones de años antes, y que incluso en vida ella había sido la que había roto la relación, dejándole por uno que trabajaba en Navegación de Vuelo.

    —Algún día —repitió. Ellos asintieron otra vez.

    Lister le sirvió al Gato una taza de té de ortigas y un plato lleno de un guiso de enebro y diente de león, y se sentó.

    —Bueno, ¿y qué pasó? —preguntó Rimmer. Y Lister empezó a contarles. Les contó casi todo, omitiendo únicamente el incidente de la rama de olivo, el “trato” que había hecho con el planeta, el cual, con el paso de los años, empezaba a parecer cada vez más como un sueño, irreal, medio imaginado.


    — ¿Y ahora qué? —preguntó el Gato, apartando a un lado el plato de guiso de enebro y diente de león todavía lleno, y la taza entera de té frío de ortigas—. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas aquí o te vienes con nosotros?
    —Las dos cosas —dijo Lister.
    — ¿Eh?
    —Vamos a llevar a La Tierra a casa. Vamos a remolcarla hasta el Sistema Solar.
    — ¿Que vamos a hacer qué? —se rio el Gato.
    —Es posible —dijo Lister sinceramente— he estado pensando en ello los últimos diez años.
    — ¿Y qué vamos a hacer, exactamente? —una sonrisa condescendiente se extendió en la cara de Rimmer—. ¿Alargar una cadena desde la nave, y usar el Monte Everest como gancho para remolcarla? Y luego, a lo mejor, ¿fijar una señal en Australia: “cuidado, planeta a remolque”?
    —Más o menos —asintió Lister, y lo decía totalmente en serio—. Más o menos.


    OCHO


    La cucaracha gigante rodeó la Gigante Blanca y aterrizó al lado con habilidad. Desmontaron, y mientras Rimmer y el Gato subían temblando por la rampa de embarque, Lister hurgó en el bolsillo de su abrigo y le dio de comer a la cucaracha un poco de pasta de insectos descompuesta.

    El monitor de comunicaciones de la sala de control de la Gigante Blanca mostraba “transmisión recibida, respuesta solicitada.”

    Rimmer escupió los comandos de voz, y la cara de Kryten chisporroteó en la pantalla.

    — ¡Ah! Allí estáis. Llevo dos horas intentando contactar. Le he encontrado.
    —Le hemos encontrado —corrigió la Tostadora.

    Rimmer frunció el ceño.

    — ¿A quién?
    —A la Reina Isabel La Católica —dijo la Tostadora, sarcástica—. ¿A quién carajo crees?
    —Señor Rimmer —dijo Kryten pacientemente— hemos encontrado a Lister.

    El Gato asomó la cabeza por encima del hombro de Rimmer.

    — ¿Qué? ¿Quieres decir que habéis encontrado algún tipo de restos? ¿Un esqueleto o algo?
    —Léeme los labios —dijo la Tostadora, que no tenía labios— hemos encontrado a Lister. Está aquí. Está vivo.
    —Eso no es posible.
    —Mire— Kryten pivotó la cabeza de la cámara de transmisión, de forma que la figura que estaba tumbada en la litera del Enano Azul entró en el campo de visión.

    Era Lister.

    Pálido y demacrado; su tez tenía un extraño aspecto de cera, y había una insólita cualidad de ausencia de alma en sus ojos; pero era Lister.

    Al menos, parecía Lister, igual de joven que el día en que Rimmer le había dejado colgado.

    Rimmer miró fijamente la pantalla, con la cara arrugada como una bola de papel. De repente, una mano nudosa serpenteó por su lado y cortó el enlace de la transmisión.

    Rimmer se volvió y vio la cara vieja y arrugada de Lister.

    El Gato retrocedió hasta la pared del fondo.

    — ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién eres tú, colega?
    —Soy Lister —dijo Lister, sin sonreír.
    — ¿Entonces quién demonios es ése? —el Gato extendió un elegante dedo índice hacia la pantalla—. ¿Benny Goodman y su orquesta?
    —Es un Morfo.
    — ¿Es un qué?
    —Es un Polimorfo.


    NUEVE


    El problema de los seres humanos era éste: los seres humanos no podían ponerse de acuerdo. No podían ponerse de acuerdo acerca de nada. Desde el mismo momento en que sus antepasados salieron por primera vez de los océanos arrastrándose, y un grupo de fango pensó que era mejor vivir en los árboles mientras que el otro creyó que era evidentemente obvio que el suelo era el sitio de moda para vivir. Y habían discrepado en torno a prácticamente todo lo demás desde entonces.

    Discrepaban en política, religión, filosofía: todo.

    Y éste era el motivo: básicamente, todos los seres humanos creían que los demás seres humanos estaban locos, en distintos grados.

    Esto se debía principalmente a un gen defectuoso, aislado por un grupo de científicos daneses en el Instituto de Copenhague a finales de la década de los sesenta del siglo XX. El descubrimiento tenía la posibilidad de curar todas las enfermedades de la humanidad, y los científicos, lógicamente eufóricos, decidieron celebrarlo yendo a comer juntos. Dos de ellos querían ir a un bufé libre, otro quería comida china, otro prefería francesa, mientras que el último estaba a dieta y quería limitarse a quedarse en el laboratorio y redactar el informe. El desacuerdo creció fuera de toda proporción, los científicos empezaron a pelearse y el informe nunca fue completado. Lo cual tampoco importaba demasiado, pues de haber sido presentado, nadie habría estado de acuerdo de todas maneras.

    No es de extrañar, por tanto, que los homo sapiens pasaran la mayor parte de su corta estancia en La Tierra guerreando unos contra otros.

    Durante los primeros milenios en el planeta, no hicieron mucho más, y descubrieron dos cosas bastante curiosas: la primera era que cuando estaban en guerra, estaban más de acuerdo. Naciones enteras estaban de acuerdo en que otras naciones habían perdido el juicio, y estaban de acuerdo en que la solución que beneficiaba a todos era unirse y eliminar a los lunáticos. Para muchos, era el periodo de mayor acuerdo de sus vidas, ya que, aparte de un breve periodo en Nochevieja (cuya fecha, casualmente, era motivo de discusión), el único momento en que los seres humanos vivían felices hombro con hombro era cuando intentaban matarse unos a otros.

    Entonces, a mediados del siglo XX, la raza humana topó con un buen problema.

    Eran tan buenos en la guerra, que ya no podían luchar más.

    Habían invertido tanto tiempo practicando y perfeccionando el arte del genocidio, desarrollando artefactos de destrucción masiva cada vez más letales, que llevar a cabo una guerra sin arrasar totalmente el planeta y todo lo que en él había se había vuelto imposible.

    Esto no gustó nada a los humanos. Hablaron acerca de que quizá era todavía posible hacer una pequeña guerra contenida. Una guerra menor. Una guerrita, si queréis.

    Hablaron de guerras convencionales, guerras limitadas, y esta opción demente podría incluso haber funcionado, si la gente se hubiera puesto de acuerdo sobre una serie de nuevas reglas. Pero, como la gente era gente, no lo hicieron.

    La guerra era imposible. De ninguna manera.

    Y como a un niño al que le han privado de repente de su juguete favorito, la raza humana se quejaba, se enfurruñaba y daba vueltas a los pulgares, preguntándose qué hacer.

    Hacia el término del siglo XXI, hallaron la solución. La solución era el deporte.

    Los acontecimientos deportivos eran, a su manera, pequeñas guerras, y con la guerra abolida, la gente empezó a tomar el deporte más en serio que nunca. Los científicos y teóricos canalizaron sus energías lejos del armamento y hacia el nuevo campo de batalla.

    Y como las armas del deporte eran los propios seres humanos, los científicos se propusieron mejorarlos.

    Cuando los avances químicos habían llegado todo lo lejos posible, los científicos pasaron a la ingeniería genética.

    Los superdeportistas crecían, literalmente, en tubos de ensayo de laboratorios repartidos por todo el planeta.

    Los organismos mundiales oficiales de cada deporte prohibieron a los nuevos mutantes competir en encuentros contra atletas normales, por lo que se creó un nuevo conjunto de deportes alternativos y se organizaron en competiciones.

    Los DGA (Deportes de Genética Alternativa) acabaron con los deportes “normales” en menos de dos años. Los amantes del deporte ya no estaban interesados en ver un combate de boxeo convencional, cuando podían ser testigos de cómo dos pugilistas modificados genéticamente (que eran creados con el cerebro bajo los pantalones y todos los órganos principales aprisionados en las piernas, dejando para las cabezas sólidos bloques de músculo no pensante) se daban palizas de órdago durante horas de una manera tal que los boxeadores normales sólo aguantarían por unos minutos.

    Los jugadores de baloncesto medían seis metros de altura.

    Los nadadores estaban dotados con branquias y aletas.

    Los futbolistas nacían con cinco piernas y sin boca, lo que hacía infinitamente más interesantes las entrevistas de después del partido. Sin embargo, no todas las razas de atletas genéticos estaban aceptadas en los DGA y tuvieron que establecer nuevas reglas a partir de la Copa de Mundo de 2224, cuando Escocia sacó un portero que era una masa de carne rectangular y medía dos metros y medio de alto por cinco de ancho, con lo que llenaba casi toda la portería. Aun así no consiguieron clasificarse para la segunda ronda.

    El fútbol americano dio la mayor variedad de atletas mutantes, cada uno específicamente diseñado para su posición. El nose tackle, por ejemplo, era una nariz enorme: un trozo enorme de carne sin hueso que taponaba la línea de scrimmage en cada jugada. Los receptores traseros eran aspas gigantescas: cuatro brazos largos que se estrechaban hasta la minúscula cintura anclada sobre unas piernas capaces de dar zancadas de diez yardas. Los jugadores de la línea defensiva eran aún más grandes, específicamente concebidos para segregar sustancias químicas nocivas cada vez que el balón estaba en juego.

    Los Deportes de Genética Alternativa eran un éxito rotundo, y los avances tecnológicos se extendieron a otros campos de la vida humana.

    Los coches de repente salían de la cadena de producción hechos a partir de mutaciones humanas. Hueso en el exterior, carne suave y flexible en el interior, y motores a base de órganos internos mutados: coches vivientes, que se conducían solos, se aparcaban solos y nunca chocaban. Más importante que eso, no dependían de combustibles fósiles para funcionar. Sólo necesitaban comida para coches: un abono especial compuesto de vísceras de cerdo. Los coches del siglo veintitrés funcionaban con salchichas.

    La tendencia se extendió. Los FOIG, Formas Orgánicas de Ingeniería Genética, estaban en todos sitios, y pronto prácticamente todos los productos de consumo estarían hechos de tejido vivo. Los sillones FOIG, que podían detectar tu estado de ánimo, y darte masajes en los hombros cuando estuvieras tenso, se volvieron parte de la vida cotidiana. Los aspiradores FOIG, que eran mitad electrodomésticos, mitad mascotas, andaban como patos sobre sus piernas cortas y rechonchas, haciendo las tareas de la casa y divirtiendo a los niños.

    Al final, la burbuja reventó. Los FOIG se rebelaron, al igual que lo habían hecho los mecanoides antes que ellos.

    Los disturbios se habían ido agravando desde hacía medio siglo. El motivo de la división era que, aunque los FOIG estaban constituidos con cromosomas humanos, y por lo tanto técnicamente clasificados como humanos, no tenían ningún derecho. En pocas palabras, querían votar. Y los humanos normales estaban perdidos si iban a hacer cola en los colegios electorales junto a muebles andantes y monstruos atléticos de seis metros de altura.

    La rebelión empezó en la ciudad austriaca de Salzburgo, cuando un aspirador y un Volkswagen escarabajo FOIG atracaron un banco de la calle principal. Cogieron al director y a un guardia de seguridad como rehenes, y pactaron liberarlos sólo si Valter Holman era llevado ante la justicia por asesinato.

    Valter Holman había matado a su sillón, y la totalidad de la comunidad FOIG se levantó en armas, los que tenían piernas, porque los tribunales se negaron a aceptar que se había cometido un crimen.

    Los hechos del caso eran innegables. Era un crimen pasional. Holman había vuelto a casa del trabajo inesperadamente una tarde para descubrir al sillón encima de su mujer desnuda. Inmediatamente, llegó a la conclusión acertada, y disparó al sillón mientras éste intentaba a toda prisa ponerse otra vez la tapicería.

    Finalmente el sistema capituló, y Holman fue llevado a juicio. Tras una audiencia de dos días, el tribunal determinó que puesto que Holman tendría que vivir el resto de sus días siendo conocido como el hombre al que le habían puesto los cuernos con su propio mobiliario, ya había sufrido suficiente, y le condenaron a seis meses de libertad condicional.

    Y así empezó la Guerra de los FOIG.

    Y durante un breve periodo, la humanidad disfrutó con su pasatiempo favorito. Humanos contra humanos artificiales.

    Sillones y aspiradores lucharon hombro con hombro con astros del deporte de extrañas formas modificados genéticamente y coches vivos que respiraban.

    Los FOIG no tuvieron la más mínima oportunidad, y la mayoría fueron aniquilados o capturados. Los pocos que quedaron se ocultaron, convirtiéndose en expertos en la guerra de guerrillas. Durante un breve periodo, proliferaron los cazadores de FOIG, y ver un aspirador rebelde correteando frenéticamente por una calle abarrotada de gente, perseguido por un cazarrecompensas, era algo común.

    Pero el problema no eran los soldados de la resistencia FOIG. El problema era qué hacer con los que se rendían. Legalmente, matarlos constituía asesinato, pero al mismo tiempo, las autoridades difícilmente podían reintegrarlos al servicio humano.

    Afortunadamente el problema coincidió con la designación de La Tierra como Planeta Basura. Todos los FOIG capturados fueron depositados como residuos en la isla de Zanzíbar y abandonados a su suerte.

    La mayoría murieron. Pero no todos. Algunos sobrevivieron. No los más inteligentes, ni siquiera los más grandes, sólo aquellos mejor equipados para resistir los duros rigores de un planeta anegado en residuos tóxicos y venenos asfixiantes. Aquellos capaces de resistir el eterno invierno que sobrevino a La Tierra en su vuelo a través del universo en busca de un nuevo sol. Y poco a poco, una nueva raza FOIG evolucionó.

    Una criatura que podía vivir en cualquier sitio. Incluso en las repugnantes condiciones de La Tierra. Una criatura con un sexto sentido: la telepatía. Una criatura capaz de leer la mente de su presa, incluso a través de docenas de metros de hielo compacto. Una criatura sin forma propia: cuya forma dependía de las necesidades de supervivencia.

    Eran los polimorfos.

    Formas cambiantes.

    No necesitaban comida para sobrevivir.

    Se alimentaban de las emociones de otras criaturas. Su dieta era a base de miedo, celos, rabia…

    Y cuando ya no quedaron otras criaturas en la isla de Zanzíbar, empezaron a comerse entre ellos.

    Hasta que al final, sólo quedaron un puñado.


    DIEZ


    El polimorfo que había adoptado la forma de Lister estaba tumbado en la litera, esperando a recuperar la energía tras su metamorfosis, mientras Kryten y la Tostadora miraban a la pantalla que se había apagado de repente.

    — ¿Qué has hecho ahora? Has provocado un fallo.

    Al oír los tonos agudos de la Tostadora, los ojos de Kryten giraron 720 grados en su cabeza.

    —La transmisión se ha cortado. No tengo nada que ver.
    — ¿Por qué iba a cortarse la transmisión de repente? Has debido apretar algo. Has debido apretar otro botón.
    —No he apretado nada, sencillamente han dejado de emitir.
    —Eso es lo que tú dices.

    Kryten estaba de la Tostadora hasta sus sensores de sonido estereofónico. Francamente, la vieja Tostadora Parlante estaba empezando a sacarle de sus casillas. Catorce horas viajando en el bote aerodeslizador, rastreando los pantanos, con la Tostadora de guía, le habían llevado al límite de su casi ilimitada paciencia.

    Pocas relaciones sobreviven al suplicio de viajar a un destino desconocido, sea la distancia que sea, con uno conduciendo y otro leyendo el mapa. Si Romeo y Julieta hubieran tenido que montarse en una berlina familiar y conducir desde Venecia a Marbella, habrían roto mucho antes de llegar a la frontera española. Totalmente perdidos, gritándose en algún área de descanso en medio de Dios sabe dónde, no habrían hablado de suicidio: habrían estado más que dispuestos a matarse el uno al otro.

    Y Kryten no partía con la ventaja de estar locamente enamorado de la Tostadora. Ver a la Tostadora no le hacía entrar en éxtasis. Pensaba de la Tostadora que era una pesada engreída y exasperante.

    Y eso era antes del viaje.

    Catorce horas juntos no habían mejorado las cosas, y, aunque no era típico en él, Kryten empezaba a tener fantasías en las que atacaba a la Tostadora con una motosierra.

    —Ni de broma se habría apagado la pantalla si me hubiera encargado yo —chirrió la Tostadora—. De ninguna manera.
    —Por favor. Estoy intentando averiguar qué ha fallado.
    —Yo te diré lo que ha fallado. Tú. No sabes lo que estás haciendo. Eres un mecanoide de servicio; limpiar meaderos: eso es todo lo que sabes hacer bien. Eres un robot de meaderos. Un droide de letrinas. Un desinfectante mecánico de lavabos.
    — ¿De veras? —la voz de Kryten era peligrosamente serena—. ¿Y debo suponer que una Tostadora barata está infinitamente mejor equipada para enfrentarse al complejo sistema de comunicaciones a bordo de esta nave?
    —Bueno, cierta Tostadora también llamada barata ciertamente no hizo un mal trabajo sacándonos a todos de cierto agujero negro que podría mencionar —la Tostadora giró arrogantemente su regulador de calor.

    Kryten pegó un discreto puñetazo en una pequeña sección del panel de la consola y siguió intentando sin éxito restablecer el enlace de comunicación con la Gigante Blanca.

    La pálida figura encerada les oía discutir desde el colchón. Las palabras no significaban nada en sí mismas, pero las formas y colores de sus emociones eran novedosas y excitantes. En cuanto recuperara la energía, se daría un buen festín.

    Llevaba tanto tiempo a base de pequeños bocados de emociones insectiles (miedo principalmente) y algún que otro aperitivo que había logrado extraer de un modo caníbal a miembros más débiles de su especie, que cada cambio de forma le dejaba agotado y temporalmente indefenso.

    Y ahora el Tiempo de Penumbra estaba al caer. Necesitaría alimento y sustento si quería sobrevivir al Después. No pensaba estas cosas. Simplemente las sabía. No tenía capacidad para el pensamiento abstracto, no podía planear. Era una cuestión de instinto. El instinto para sobrevivir, momento a momento, todo lo posible.

    El agua le estaba ayudando. El agua refrescante sobre su frente le estaba ayudando a recuperar su fuerza.

    Kryten sumergió el paño en el agua otra vez, y volvió a cubrir con él la frente de su paciente.

    —No sé qué le pasa al enlace de comunicaciones. Sin embargo, no debe preocuparse por eso. Estoy seguro de que contactarán en seguida —Kryten chasqueó la lengua. Lister tenía un aspecto horrible—. ¿Estás seguro de que no hay nada más que pueda hacer?
    —Lo que necesita —aportó una voz aguda— es una deliciosa…
    — ¡No! —le cortó Kryten.
    —...taza de té. Iba a decir: una deliciosa taza de té. ¿Qué pensabas que iba a decir? —dijo la Tostadora.

    Y entonces llegó el Tiempo de Penumbra, y con él, el dolor.

    Kryten estaba volviendo a la consola de comunicaciones cuando Lister empezó a convulsionarse. Arqueaba la espalda sobre la cama y agitaba brazos y piernas descontroladamente en el hueco de la litera. Unos sonidos extraños, apenas humanos, salieron vibrando de su garganta.

    — ¡Se está ahogando! —gritó la Tostadora.
    — ¡Ya lo veo! —dijo Kryten, levantando a Lister para sentarlo y dándole palmadas en la espalda.
    — ¡A lo mejor se ha tragado una espina de pescado!
    — ¿Qué se ha tragado qué?
    —Una espina. Y ya sabes cuál es el remedio para una espina alojada en la garganta.
    — ¿Cuál?
    — ¡Pan tostado! ¡Qué alegría! ¡Llevo esperando un momento así toda mi vida! ¡Venga ese pan!

    Kryten arrancó un extintor de la pared y se lo tiró a la Tostadora, golpeando de refilón su regulador de calor. La Tostadora se quedó temporalmente inconsciente, y Kryten volvió a darle golpes entre los omoplatos a un Lister todavía con convulsiones.

    Y justo cuando parecía que las convulsiones no podían ser peores, cesaron. Algo salió despedido de la garganta de Lister, y cayó sobre la palma de la mano de Kryten, que la había alargado.

    —Es un trozo de chicle —Kryten le acercó a Lister la pequeña bola de chicle para que la viera.

    Pálido y sudoroso, el polimorfo Lister se volvió a tumbar en el colchón, exhausto. Kryten tiró la bola de chicle a una papelera metálica, justo cuando la pantalla de comunicaciones volvió a cobrar vida.

    — ¿Qué pasa? —preguntó la Tostadora.

    Las líneas de código de máquinas subían por la pantalla.

    —Es código de máquinas —dijo la Tostadora.
    —Sí —dijo Kryten entre dientes— me doy perfecta cuenta de eso.
    — ¿Por qué están las comunicaciones en lenguaje de máquinas?
    —No tengo ni la más remota idea.
    —No —ratificó la Tostadora— no tienes ni idea, ¿verdad? ¿Quieres que te lo traduzca? Hablo el código de máquinas bastante bien.
    —Puedo arreglármelas.
    — ¿Y bien? ¿Qué dice?
    —Si puedes darme medio segundo, te lo diré.
    — ¿Y bien?
    —Dice: Alerta máxima. Tenéis… —la voz de Kryten se apagó.
    — ¿Tenéis qué?
    —Nada —los ojos de Kryten recorrieron la pantalla, absorbiendo el mensaje.
    — ¿Cómo que nada?

    Kryten volvió la cabeza y miró a la figura del colchón. Los ojos lechosos y sin vida le devolvieron la mirada.

    —Venga, ¿cómo que nada? No puede haber quinientas líneas de nada en la pantalla.
    —Quiero decir... que no sé traducirlo —mintió Kryten— no sé lo que dice.

    La Tostadora suspiró extravagantemente, y se giró, accionando la palanca de extracción del pan arriba y abajo encima de la mesa, para quedar mirando a la pantalla.

    —Una vez más la caballería, en forma de una preciosa y aun así razonablemente barata máquina tostadora roja, acude al rescate. El mensaje —continuó— dice así: Alerta máxima. Tenéis a bordo una mutación genética…
    —Cállate.
    —No es, repito, no es Lister…
    —Ya basta.
    —Abandonad la nave…
    — ¡Silencio!
    —…y activad el sistema de autodestrucción. Francamente, esto es muy fácil. Hay que ser imbécil para no poder traducirlo. ¿Qué pone aquí…?

    Antes de que pudiera seguir, Kryten arrancó los dos finos ceniceros de acero de los brazos de los sillones de relajación y los metió en las rejillas para el pan de la Tostadora. Se calló inmediatamente.

    La criatura con forma de Lister se incorporó en la cama y observó, sin expresión en la cara, cómo Kryten volvía sigilosamente hacia el armario de cristal que contenía el hacha contra incendios.

    ¿Abandonar la nave? ¿Cómo iba a abandonar la nave? Ya no estaban en el Planeta Basura, estaban en el espacio, a mitad de camino hacia el Enano Rojo.

    Algo pasaba. Las formas y los colores de las emociones de las presas estaban cambiando. El alto y delgado, el que se movía y era de plástico y metal, tenía miedo. Mucho miedo.

    Delicioso.

    Alimenta el miedo. Hazlo crecer.

    Después deléitate con su suculencia.

    Deléitate hasta atiborrarte.

    Debes cambiar.

    Debes cambiar, para alimentar el terror.

    Pero estás débil.

    Demasiado débil para completar.

    Kryten rompió de un codazo el cristal de la caja detrás de él y cogió el mango del hacha contra incendios. Entonces se paralizó.

    Era un sonido aterrador. El sonido más aterrador que Kryten había oído jamás. Huesos partiéndose y humedad repulsiva, y un grito que se hundió directamente en el infierno.

    Lister dejó de ser Lister y empezó a convertirse en otra cosa. Dobló el cuerpo sobre sí mismo, y cuando resurgió estaba vuelto de dentro para fuera. Los órganos babosos y cubiertos de moco temblaban y borboteaban mientras la caja torácica se abría de par en par y una extraña cabeza succionadora con forma de serpiente salió deslizándose y empezó a babear por el suelo hacia los pies de Kryten.

    Kryten se quedó paralizado de terror, como un muñeco de cera, mientras el terrible apéndice trepaba enrollándose por su pierna. El resto de la criatura yacía retorciéndose de gozo en el suelo. Lister de hombros para arriba, carne abierta en canal debajo.

    El grotesco tentáculo trepó sin esfuerzo enrollándose por el tronco de Kryten, y se enroscó en su cuello, con la cabeza babeante a centímetros de los labios del mecanoide.

    Se echó para atrás, como una serpiente a punto de atacar. La cabeza del tentáculo se abrió en dos y una boca rosa y carnosa, de labios apretados, salió disparada y sonrió enseñando los dientes.

    Entonces se oyó una voz. Era aguda y metálica. Era la Tostadora.

    — ¡Eh, colega!

    La boca de la criatura giró lentamente hacia la caja de plástico de color rojo brillante que estaba encima de la mesa.

    — ¿Te apetece una tostada?

    La Tostadora meneó la bandeja de las migas, de manera que volcó hacia delante, entonces soltó de golpe la palanca de extracción del pan. Un cenicero al rojo vivo salió disparado en vuelo rasante, cortando en dos el tentáculo de la criatura. El apéndice seccionado se revolvía con espasmos, esparciendo moco verde por toda la sala de control.

    La parte de la criatura que era mitad Lister, mitad otra cosa chilló agónica y se lanzó hacia la Tostadora.

    —Eh, no te enfades. También tengo una tostada para ti.

    El segundo cenicero cruzó chisporroteando la sala de control y atravesó el cuello de la bestia con forma de Lister, decapitándola, silenciando su alarido inhumano para siempre.

    La Tostadora se volvió a poner sobre su base, y dijo, con toda la chulería en la voz que su diminuta laringe le permitía:

    — ¿Ha sido por algo que he dicho? —se burló— parece un poco cortado.

    Kryten resbaló por la pared, se sentó en la cubierta y gimió, un largo y sentido gemido de lamento. Era posiblemente lo peor que podía haber pasado. Salvado, otra vez más, por la Tostadora. Ahora alcanzaría nuevos niveles en la escala de lo repelente.

    La Tostadora ya había empezado. Una pequeña bocanada de humo salió de las rendijas del pan.

    —Tostadas, teoría cuántica y ahora también el azote de las bestias babosas. No es mala compra por 19,99 libradólares, ¿no crees?

    Sin interrumpir su gemido, Kryten apretó el botón de propulsión para llevar al Enano Azul de regreso al Enano Rojo, a doble velocidad.


    ONCE


    Era una sensación rara para Lister, observar sus propios rasgos sin vida. Sacudió la cabeza.

    —No tiene sentido, no entiendo cómo pudiste matarle tan fácilmente.
    —De fácil nada —objetó la Tostadora— fue un combate ninja cuerpo a cuerpo, en el que un valiente y bonito electrodoméstico rojo de fuerte carácter consiguió hacerse con la victoria.

    Lister no estaba escuchando. Su dedo se cernía sobre el disparador del potente láser minero.

    —Debía estar débil.
    — ¿Débil? Estaba a punto de chuparle la vida a un mecanoide de la serie 4000. Así de débil estaba. Lo que te pasa es que no puedes soportar la idea de que, una vez más, tu vieja amiga la Tostadora Parlante os ha salvado a todos.
    — ¿Por qué esperó tanto para alimentarse? No tiene sentido por ninguna parte.
    —No se alimentó porque estaba enfrascada en una batalla titánica a muerte con una tostadora samurái. Estaba demasiado ocupada intentando esquivar los discos letales de acero candente para pensar en el papeo. Tendrías que haberme visto, estuve magnífica. Hice una finta a la derecha, otra a la izquierda; me agachaba y me levantaba, zigzagueando y balanceándome, y no me puso ni una ventosa encima.

    Lister sacudió la cabeza otra vez, y chasqueó y silbó un taco en el lenguaje de las cucarachas.

    Kryten pinchó los restos del polimorfo con el mango de su hacha contra incendios, y miró a Lister.

    —Lo que no entiendo es por qué parecía treinta años más joven que tú.
    —Leyó tu mente. Tú esperabas encontrarme con la misma edad con la que me dejaste. Esa era la única información que tenía. Así que se convirtió en lo que sabía que ibais buscando.

    Rimmer estaba al otro lado de la escotilla en la rampa de embarque, seguía negándose rotundamente a entrar en el Enano Azul.

    — ¿Entonces, te habías encontrado con estas cosas antes? —preguntó a Lister.

    Lister afirmó con la cabeza.

    —Una vez. Una de las cucarachas exploradoras trajo uno al valle. Mató a la mitad de la colonia antes de picar boleto. Después de aquello, siempre hemos estado alerta, pero no han aparecido más. No creo que sean muy inteligentes. Son como papagayos: imitan las cosas sin entender realmente qué es lo que están haciendo.
    — ¿Y qué hacemos ahora, señor Lister?
    —No quiero correr ningún riesgo. Creo que deberíamos lanzar al Enano Azul al espacio y detonar la autodestrucción.
    — ¿Destruir el Enano Azul? —Rimmer asomó la cabeza por la escotilla—. Ya hemos perdido el Starbug. Eso nos dejaría con sólo una nave de transporte.
    —Rimmer: sé lo que pueden hacer estas cosas.
    — ¡Está muerto! No puede hacer nada.
    —Lo sé. Pero quiero deshacerme de él. Hasta el último rastrojo. Y la única forma de asegurarse es quemando la nave.

    Rimmer siguió protestando todo el camino hasta la sala de control del muelle de lanzamientos, pero Lister se mantuvo inflexible; inflexible y obstinado de una manera como nunca había estado cuando era joven.

    Se habían marchado.

    Ahora podía moverse sin peligro.

    Cambiar sin peligro.

    La bola de chicle rosa se comprimió y empezó a soltar chispas convirtiéndose en una nube de vapor que salió flotando de la papelera metálica hacia la esclusa de aire. El vapor se concentró en forma de bola y se solidificó convirtiéndose en una piedra negra y redonda. La piedra hizo un fuerte ruido metálico al golpear el suelo del Enano Azul, y subió rodando por la puerta de la esclusa de aire.

    Entonces la piedra se convirtió en hielo. Y el hielo se convirtió en agua. Y el agua intentó infiltrarse por el sellado de la esclusa.

    No hay salida.

    Por aquí no.

    El agua se convirtió en vapor otra vez, y flotó dando vueltas por el interior de la nave, buscando una salida.

    Nada. La nave entera estaba cerrada herméticamente.

    Entonces los motores retumbaron, se encendieron los reactores, y la nave empezó a ascender.

    El vapor flotó hasta el ojo de buey de la parte trasera, se convirtió en mosca y se arrojó contra el cristal reforzado.

    El Enano Azul tembló con descontrol cuando los reactores rotatorios hicieron girar la nave y alinearla con las compuertas del muelle averiadas.

    La mosca se convirtió en pluma y flotó ineficazmente contra el cristal. La pluma se convirtió en bala. El fulminante detonó y salió disparada contra el cristal, rebotó hacia atrás y cayó una vez más al suelo.

    Yació en silencio.

    Era joven. No sabía más formas.

    Necesitaba más conocimientos.

    Algo primitivo en su interior, un instinto que no comprendía le dijo que buscara en las mentes de sus presas. Las señales eran débiles, pero dentro de alcance.

    Buscó en sus memorias, y se transformó en cosas que encontró ahí. Muchas cosas. Y ninguna de las formas que adoptó pudo atravesar el cristal.

    El Enano Azul pasó bajo el arco del muelle y salió al espacio.

    Y sólo entonces la criatura se transformó en la única cosa que podía atravesar el cristal.

    Un rayo de luz.

    Se convirtió en un rayo de luz que pasó a través del cristal y entró otra vez por las compuertas abiertas del muelle.

    Había vuelto.

    Había vuelto al Enano rojo.

    Se convirtió en un pequeño charco de agua, la menos exigente de todas sus formas, y descansó.

    Cuando recuperara su fuerza, comería.

    Comería mucho.


    DOCE


    Kryten alargó el cuello hacia la hoja arrugada escrita a mano con la receta que le había dado Lister. Era una receta suya: “shami kebabs diabolo”. Pero sin duda había un error. La cantidad de guindillas que requería podría haber lanzado una sonda espacial de tres módulos desde el Control de Misiones de Houston hasta los confines de la galaxia. Esto no era un shami kebab, era una bomba termonuclear.

    Sin embargo, las órdenes eran las órdenes. Kryten conectó su accesorio batidora en la cavidad de su entrepierna y empujó las caderas hacia el cuenco. Había un fallo en el diseño de la serie 4000 y era que la toma de corriente se alojaba en un lugar nada pudoroso. Era especialmente ridículo cada vez que Kryten tenía que usar el tubo aspirador de un metro de longitud. Se tiró de la oreja derecha y la batidora se puso en marcha. Silbó contento y empezó a picar los ingredientes del kebab.


    Las pequeñas y rápidas gotas de agua golpeaban el cuerpo de Lister que se deleitaba en el calor de la ducha. Se llenó la mano con una cantidad de champú ridículamente abundante y se lo frotó por la cabeza, que ya estaba llena de espuma.

    Champú y jabón eran dos de los lujos que no había conseguido reproducir correctamente en el Planeta Basura. Durante un tercio de siglo tuvo que lavarse con sal. Sus intentos de hacer auténtico jabón hirviendo grasas vegetales descompuestas resultaron demasiado repugnantes para describirlo con palabras. Siempre acababa oliendo peor después de bañarse que antes de meterse en la bañera. Finalmente desistió en sus intentos de hacer jabón cuando se dio cuenta de que las cucarachas habían empezado a evitarle y a partir de allí confió exclusivamente en la sal.

    Abrió los ojos y vio a través de la espuma su reflejo en la pared de espejo de la cabina. No había tenido interés por los espejos como objetos de vanidad (no había tenido deseos de impresionar a las cucarachas con un aspecto bien acicalado) y todos los espejos y superficies reflectantes que había ido recogiendo a lo largo de los años los utilizaba para aprovechar el calor del sol. Se sentía raro en un cuerpo viejo; todavía se consideraba un joven de veinticinco años.

    ¿Qué había pasado?

    ¿Quién le había robado ese cuerpo impresionante que había tenido una vez durante un par de semanas a los dieciocho? ¿Quién se lo había cambiado por éste? De acuerdo, también estaba muy bien conservado para sus sesenta y un años, y, curiosamente, estaba más en forma en muchos aspectos de lo que lo había estado a su llegada al Planeta Basura, gracias a todas sus labores en el campo. Pero no podía escapar de él, ahora vivía en un cuerpo que estaba a nueve años de tener setenta.

    Casi setenta años.

    Pronto tendría que afrontar el hecho de que con toda probabilidad nunca jugaría profesionalmente en los London Jets.

    Quizá ni siquiera viviría para ver completado su plan de remolcar La Tierra de vuelta a su sistema solar.

    Oyó una voz a través del ruido de la ducha, y cerró los grifos.

    Era Kryten:

    —Estará listo en dos minutos, señor Lister.

    Lister sonrió. Estaba a dos minutos de su primer shami kebab en tres décadas y media. Había dejado de comer carne, obviamente, en el Planeta Basura, y no se arrepentía de ello. Pero los kebabs eran otra cosa. Fantasear con estos entremeses hindúes le había ayudado a seguir cuando las cosas se habían puesto difíciles.

    Y ahora iba a comerse uno.

    Se rio con ganas, y empezó a chasquear y silbar una alegre canción de cucarachas mientras se aclaraba el pelo.


    Kryten se puso tres pares de guantes para el horno, uno encima de otro, y sacó los tres kebabs con forma de salchicha del horno. Parecían bastante inocentes, pero sinceramente se habría sentido más seguro manejándolos si hubiera llevado un traje de amianto, preferiblemente con unos brazos largos mecánicos con control remoto.

    Estaban muy picantes.

    Dejó la bandeja sobre la mesa del dormitorio y se apartó nervioso.

    —La cena está servida, señor.
    —Ya voy.

    Cuando Kryten estaba cruzando el dormitorio, un balón de playa de brillantes colores entró botando por la escotilla a la habitación.

    Kryten lo atrapó al quinto bote, lo dejó sobre la mesa, junto a los kebabs de Lister, y salió al pasillo para investigar.

    Allí no había nadie.

    El pasillo estaba vacío.

    Kryten volvió a entrar al dormitorio con sus andares de pato. Ahora el balón de playa tampoco estaba allí.

    Kryten no se dio cuenta de que los tres kebabs de la bandeja se habían convertido en cuatro.

    — ¡Yuju! —Lister salió de la cabina, atándose el cinturón del albornoz— ¡Shami kebabs! —dijo gozando—. Treinta y cuatro años. Espero que no hayas escatimado con las guindillas, Kryten, viejo amigo, colega.

    Lister se sentó y se dispuso a comer. Cuando el tenedor se acercaba a la bandeja, una de las salchichas hindúes saltó fuera de la cama de lechuga y se lanzó a su garganta. Lister se echó hacia atrás y cayó al suelo de espaldas sobre la silla; sus dedos desesperados atenazaban el kebab asfixiante; sus piernas pataleaban y daban sacudidas.

    Kryten se dio la vuelta de espaldas al fregadero al oír los sonidos de Lister retorciéndose con agonía.

    Sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.

    — ¿Me está diciendo en serio que le gustan tan picantes?

    Lister tenía arcadas. Su cara empezaba a ponerse morada.

    —Demasiadas guindillas de más —Kryten chasqueó la lengua— ¿no se lo había dicho?

    Lister rodaba una y otra vez por el suelo del dormitorio con los ojos a punto de estallar.

    — ¿Y esta es su idea de una comida deliciosa? Es absolutamente demencial.
    —El kebab —carraspeó Lister— intenta matarme.
    —Bueno, no me sorprende lo más mínimo.

    Por fin, los dedos de tenaza de Lister consiguieron agarre, se arrancó el shami kebab letal del cuello y lo lanzó al otro lado del dormitorio.

    Lister se encorvó, tosiendo y atragantándose, mientras el kebab se deslizaba debajo de la litera con la velocidad de una serpiente.

    — ¿A dónde ha ido?
    — ¿A dónde ha ido el qué?
    — ¡El polimorfo! ¡Hay otro polimorfo!
    — ¿Qué? ¿Dónde?

    Lister se tambaleó hacia atrás contra la litera.

    —Creo que se ha metido debajo de la mesa de arquitecto de Rimmer —se agachó, cogió sus calzoncillos rojos del suelo y se los puso—. Vamos, Kryten: tenemos que salir de aquí.

    Lister cogió un bate de béisbol que había junto a la litera y empezó a retroceder de espaldas hacia la puerta.

    Se oyó un fuerte crujido, y Lister se retorció de dolor.

    — ¿Se encuentra bien, señor?
    — ¡Aaaaaah!
    — ¿Qué ocurre?
    —Mis… ¡au! ... Mis calzoncillos… ¡aaau! .. . ¡Se están encogiendo! —Lister se tambaleó hacia delante, con los ojos desencajados de miedo cuando un segundo crujido sacudió su cuerpo con espasmos—. ¡El polimorfo! Se ha transformado en mis calzoncillos… está encogiendo... . ¡Aaaaau! ¡No! ¡Dios! ¡Por favor! ¡Por favor!

    Lister se tambaleó y se cayó de espaldas.

    —Kryten: ¡ayúdame! ¡Por favor ayúdame! Los calzoncillos: quítamelos, ¡sácamelos! Por favor, Dios, te lo suplico.

    Kryten se agachó de rodillas entre las piernas abiertas de Lister, le abrió de un tirón el albornoz y estiró de los calzoncillos de Lister enérgicamente.

    Rimmer entró en el dormitorio.

    — ¿Qué demonios está pasando?
    — ¡Estese quieto, señor Lister!
    —No puedo aguantar más. ¡Sácamelo por favor! ¡Hazlo ya!
    —Necesitamos algún lubricante —los ojos de Kryten examinaron la habitación—. Mantequilla. Voy a coger mantequilla.
    — ¡Lo que sea! ¡Cualquier cosa! ¡Pero date prisa!

    Rimmer sacudió la cabeza. No podía decir que estaba muy asombrado. Le hubiera gustado, pero no podía. Lister le echaría un polvo a cualquier cosa. Ni siquiera un androide varón estaba a salvo de su infame apetito sexual. ¿Y qué era esa cosa que colgaba de la entrepierna de Kryten? ¿Una batidora? Dios, se le saltaban las lágrimas sólo de pensarlo.

    Con un último esfuerzo, Kryten le sacó los diminutos calzoncillos a Lister y se puso de pie. Los calzoncillos eran minúsculos, tamaño muñeco. Lister gateó de espaldas hacia la puerta.

    — ¡Es un polimorfo! ¡No te quedes ahí con eso en la mano! ¡Deshazte de ese hijo de perra!

    De repente los diminutos calzoncillos rojos se doblaron sobre sí mismos, y Kryten estaba cogiendo la cola de una rata.

    — ¡Dios mío! —el estómago de Lister se le puso en la garganta. Era una rata de alcantarilla de setenta y cinco centímetros de largo, sin contar la cola.

    Lister odiaba las ratas.

    Las odiaba.

    Y esta venía de sus pesadillas: los dientes amarillos y afilados como cuchillas, el pelo negro enmarañado salpicado de sangre, la mirada fría y muerta.

    Se retorcía histérica y babeaba mientras Kryten se acercaba hacia él, sujetándola por la cola.

    — ¿Qué hago, señor? ¿Dónde la pongo?
    — ¡Sácala de aquí! ¡Aléjala de mí!

    Kryten balanceó la bestia y la lanzó con fuerza contra la pared, pero se dio la vuelta en el aire y cambió de dirección. Lister observaba en cámara lenta inducida por la adrenalina cómo la rata aterrizaba

    en

    su

    CARA.

    — ¡Uuuuuuaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh! —una voz que Lister no había oído antes gritó desde el interior de su cuerpo. Sintió el fétido aliento de la rata adentrándose por su nariz.
    — ¡Diooooooooooooooooooooooooooos!

    Entonces la cosa más espantosa, asquerosa, repugnante, pestilente e inmunda que jamás le había ocurrido a Lister, le ocurrió a Lister.

    La saliva rabiosa de la rata le cayó dentro de su boca abierta.

    — ¡Mieeeeeeeeeeeerrrrrrrrggggggggghhhhhhhhhh!

    El miedo se Lister se completó.

    El terror le empujaba a los límites de la demencia.

    Entonces ocurrió.

    La cabeza de la rata se dobló sobre sí misma, se abrió en dos mitades y escupió el tentáculo del polimorfo. La boca babosa y arrugada en la cabeza del tentáculo se pegó a la frente de Lister.

    Y el polimorfo empezó a alimentarse.

    Kryten arrancó la rata de la cara de Lister y la lanzó contra la pared de la litera. Se escurrió por la pared, dejando un rastro de sangre y vísceras, y cayó dentro del cubo de la ropa sucia. Kryten cruzó corriendo la habitación y bajó la tapadera de golpe.

    Lister se levantó del suelo y cogió el bate de béisbol.

    —Odio las ratas —se estremeció—. Me dan un miedo terrible. Son la segunda cosa que más miedo me da.

    Rimmer se aclaró la garganta seca.

    — ¿Cuál es la primera?

    La tapadera metálica saltó por los aires, y una nueva forma surgió del interior del cubo. Una cabeza enorme pendía sobre ellos. El moco salía a borbotones por los agujeros del endoesqueleto con forma de armadura. Las enormes mandíbulas enseñaban los doscientos dientes plateados finos como agujas, relucientes con baba demoníaca.

    —Esto —dijo Lister— esto es lo que más miedo me da.

    Las mandíbulas de la criatura se abrieron de par en par, y un tentáculo salió disparado de su boca y se pegó a la frente de Lister.

    El polimorfo a medio saciar terminó de comer.


    TRECE


    —Entonces, ¿qué quieres decir? —el Gato frunció el ceño—. ¿Que esta cosa se alimenta de emociones?

    Kryten asintió con la cabeza.

    —Exactamente. Cambia de forma para provocar una emoción negativa; en este caso, miedo. Llevó al señor Lister hasta el límite de su terror y entonces absorbió su miedo.
    — ¿Qué pasó después?
    —Se esfumó. Se transformó en una nube de vapor y salió flotando de la habitación.

    El Gato miró al cuerpo inerte de Lister tumbado en el sillón de bio-retroalimentación de la unidad médica.

    — ¿Se encuentra bien?
    —Aparentemente sí. Sólo que ya no tiene ninguna noción del miedo.

    Rimmer dejó de pasear a un lado y a otro.

    —La cuestión es: ¿qué vamos a hacer?

    Lister abrió los ojos y se incorporó de un vuelco en el sillón.

    —Bueno, propongo que salgamos y le pateemos las pelotas.
    —Lister, estás enfermo —Rimmer empezó a pasearse nervioso otra vez— déjanoslo a nosotros.

    Lister lanzó el puño contra su palma.

    —Podía haber sido mío en el dormitorio, pero me cogió por sorpresa.
    —Lister: se transformó en una máquina de matar acorazada de dos metros y medio.
    —Los he visto más grandes. Son todos iguales, estas máquinas de matar acorazadas. Un buen puñetazo en la boca y enseguida pierden el interés.
    —Probablemente será mejor que se calme, señor —dijo Kryten intentando tranquilizarle— ha perdido la noción del miedo. No piensa racionalmente.
    — ¿De qué hay que tener miedo? Si quiere bronca, la tendrá. Un rodillazo en el paquete y caerá, como todo el mundo.
    —Vale —Rimmer asintió—. Bueno, sin duda lo tendremos en cuenta cuando planeemos nuestra estrategia.
    —Le arrancaré la tráquea y le azotaré con las amígdalas hasta matarlo.
    —Sí. Muy bien —Rimmer cruzó una mirada con Kryten y señaló con la cabeza discretamente en la dirección del armario de los sedantes.
    —Le meteré el puño tan adentro que podré arrancarle la etiqueta de los calzoncillos.

    Kryten clavó la jeringuilla en el brazo de Lister.

    Lister miró la jeringa.

    — ¿Qué es eso, colega? ¿Buscas pelea?
    —Lo siento, señor Lister. Sólo es una cosita para relajarle.
    —Venga, escorias —Lister arremetió contra él con voz de borracho—. ¡Tengo para todos! De uno en uno o todos a la vez. Me da igual. Os voy… a… —Lister sonreía mientras el sedante recorría su flujo sanguíneo, y se desplomó en el sillón.

    Rimmer suspiró.

    —Gracias a Dios. Muy bien. En mi opinión, tenemos dos alternativas: una, luchamos contra esa cosa y no descansamos hasta que esté muerta; o, dos, huimos—. Hizo una brevísima pausa—. ¿Quién prefiere la dos?
    —A mí me suena bien —votó Kryten.
    —Siempre ha sido mi número de la suerte —añadió Gato.

    El plan de Rimmer era cobarde, pero simple. Subirían a la cubierta de suministros, cogerían lo que les cupiera en la carretilla, lo cargarían en la Gigante Blanca, el único transporte que les quedaba, y saldrían pitando. Sin emociones de las que alimentarse, el polimorfo acabaría muriendo. Mientras tanto, podrían sobrevivir en el Planeta Basura el tiempo que fuera necesario.

    — ¿Qué hacemos con él? —el Gato señaló a Lister que estaba roncando.
    —Sólo nos retrasaría. Vendremos a buscarle cuando hayamos cargado los suministros.

    Sellaron al sedado Lister en la unidad médica y emprendieron el camino de ascenso hasta la cubierta de suministros.


    La jaula de malla metálica del ascensor de servicio vibró estrepitosamente al parar un metro por encima del suelo de la cubierta de suministros. La bota del Gato eligió democráticamente que Kryten debía ser el primero en salir. Él salió después, seguido de Rimmer. Ante ellos se extendían las interminables filas de cajones de carga: una gigantesca matriz rectangular que cubría casi ocho hectáreas.

    El Gato se ajustó las tiras de la mochila que suministraba la energía al enorme bazookoide minero de láser.

    —Acabemos con esto. Esta maldita escopeta me está arrugando el traje.

    Kryten iba a la cabeza, apuntando nervioso su bazookoide hacia cada sonido imaginario. Nunca antes había llevado un cinturón de granadas, y no estaba precisamente encantado con la forma en que las granadas golpeaban a cada paso contra su placa metálica pectoral.

    Doblaron a la izquierda en el primer cruce, y allí, vacío en medio del pasillo, había un reluciente camión de suministros amarillo. Parecía completamente nuevo.

    Kryten se desabrochó el cinturón de granadas, lo dejó en el suelo junto al láser minero y la mochila, y empezó a cargar el camión. Los ojos del Gato peina