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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    COMPAÑIA DE SUEÑOS ILIMITADA (James G. Ballard)

    Publicado el jueves, noviembre 10, 2016

    1. La llegada de los helicópteros


    Ante todo, ¿por qué me apoderé del avión?

    Si hubiera sabido que apenas diez minutos después de haber despegado del aeropuerto de Londres la máquina en llamas se precipitaría en el Támesis, ¿habría subido a la cabina? Quizá ya en ese momento tuviera una confusa premonición de los sucesos que ocurrirían durante las horas que siguieron a mi rescate.

    De pie aquí, en el centre de este desierto pueblo ribereño, veo mi equipo de aviador hecho jirones reflejado en los escaparates de un supermercado vecino, y recuerdo con claridad el momento en que me introduje en aquel hangar sin vigilancia. Hace siete días tenía la mente clara y tersa como el techo de acero sobre mi cabeza. Mientras me ajustaba el cinturón de seguridad en el asiento del piloto, sabía que toda una vida de fracasos y proyectos frustrados estaba por fin a punto de esfumarse ante la más simple, la más misteriosa de todas las acciones: ¡volar!

    Sobre los estudios cinematográficos giran helicópteros. Pronto la policía aterrizará en este centro comercial vacío, sin duda ansiosa por interrogarme sobre la desaparición de todos los habitantes de Shepperton. Sólo deseo verles las caras cuando descubran el modo asombroso en que he transformado este pueblo pacífico.

    Alarmados por los helicópteros, los pájaros remontan el vuelo, y sé que ha llegado el momento de irme. Millares de aves me rodean, llegadas desde todos los rincones del mundo: flamencos y fragatas, halcones y albatros de alta mar, como escapados de las jaulas de un zoológico bien provisto. Se posan en los pórticos de los puestos de gasolina, se disputan un lugar sobre los techos recalentados de los automóviles. Cuando me apoyo contra un buzón, y procuro componer los jirones de mi equipo de vuelo, el águila real que custodia esas cartas que nadie recogerá intenta picotearme las manos, como si hubiera olvidado quién soy y quisiera examinar a este piloto solitario que el viento ha depositado en las calles desiertas. El bárbaro plumaje de las cacatúas, los guacamayos, los ibis de color escarlata, cubre el centro comercial: un vivido lazo que me gustaría ajustarme a la cintura. En pocos minutos, mientras me aseguraba de que ya no quedaba en el pueblo ninguno de mis vecinos, el centro de Shepperton se ha convertido en una pajarera espectacular, una inmensa reserva de volátiles gobernada por los cóndores.

    Sólo los cóndores permanecerán conmigo hasta el final. Dos de esos grandes rapaces me observan desde el techo de hormigón de un garaje. Tienen la punta de las alas manchada de hongos, y el pus de la carne en putrefacción relumbra entre las garras, oro de carroña en las zarpas de ávidos cambistas. Como todos los pájaros, parecen dispuestos a atacarme en cualquier momento, enardecidos por los helicópteros y por la herida todavía abierta en mi pecho.

    A pesar de estas amenidades suburbanas, desearía poder quedarme más tiempo aquí y adaptarme a lo que ha ocurrido, a las consecuencias que nos atañen a todos nosotros, y que se prolongan mucho más allá de los límites de este pueblo, a veinticinco kilómetros al oeste de Londres. A mi alrededor, las calles están silenciosas en la luz crepuscular. Hay juguetes caídos junto a las puertas de los jardines, que los niños dejaron caer allí mismo cuando huyeron hace una hora. Uno de mis vecinos ha olvidado parar el irrigador del césped: gira infatigable, proyectando una serie de arco iris inmaculados sobre el estanque que adorna el jardín, quizá con la esperanza de enlazar algún pez espectral.

    –¡Señora St Cloud...! ¡Padre Wingate...! –Ya los echo de menos: la viuda que procuró financiar mi curso en la escuela de aviación, el sacerdote que encontró mis huesos en el lecho del río.
    –¡Miriam...! ¡Doctora Miriam...! –La joven médica que me revivió cuando yo me estaba ahogando.

    Todos me han dejado ahora. Hago señas a los pájaros para que me sigan y atravieso el centro comercial. En la costa hay un escondrijo donde podré esperar hasta que los helicópteros se vayan. Por última vez alzo la mirada hacia la vivida vegetación tropical que forma el singular horizonte de Shepperton. Orquídeas y helechos abruman los techos del supermercado y de la gasolinera; palmitos de hojas dentadas invaden los escaparates de la ferretería y la tienda donde se alquilaban aparatos de televisión; mangos y magnolias infestan los jardines antes tan austeros, transformando en un rincón de alguna remota ciudad amazónica este apacible pueblo suburbano donde me estrellé hace apenas una semana.

    Los helicópteros están más cerca ahora: van y vienen matraqueando sobre las calles desiertas, junto a los estudios cinematográficos. Los prismáticos de los tripulantes apuntan a las casas vacías. Pero aunque los habitantes se han ido, todavía los siento en mi cuerpo. En el escaparate de la tienda de artículos para el hogar, veo que mi piel brilla como la de un arcángel, iluminada por los sueños de las amas de casa y las secretarias, los actores de cine y los cajeros de banco que duermen en mi interior, a salvo en los dormitorios de mis huesos. A la entrada del parque se alzan los monumentos que erigieron en mi honor antes de embarcarme en un último vuelo. Con risueña ironía alzaron esos santuarios: minúsculas pirámides de máquinas lavaplatos y aparatos de televisión, templetes de tocadiscos ornamentados con girasoles, calabazas y pérsicos, los materiales más adecuados que estos peregrinos pudieron encontrar para demostrar cuánto me quieren. Cada uno de esos templetes contiene un trozo de mi equipo de aviador o un fragmento del aparato: reliquias de nuestros vuelos en los cielos sobre Shepperton y de la máquina voladora de propulsión humana que siempre quise construir y que ellos me ayudaron a armar.

    Uno de los helicópteros que gira explorando el centro del pueblo está muy cerca de mí. El piloto y el oficial de ruta ya han visto el brillo de mi piel entre los árboles. Pero todo ese afán es inútil; más valiera que salieran de la máquina, en pleno vuelo. Pronto serán incontables los pueblos abandonados. A lo largo del valle del Támesis, en toda Europa y en las Américas, a través de Asia y de África, diez mil suburbios semejantes irán vaciándose a medida que los habitantes emprendan sus primeros vuelos de propulsión humana. Sé que estos apacibles caminos arbolados son pistas posibles para que todos nosotros remontemos vuelo hacia los cielos en cuya busca zarpé hace siete días, cuando dirigí mi avión liviano hacia el espacio aéreo de este pueblecito junto al Támesis, en el que me precipité huyendo tanto de mi muerte como de mi vida.


    2. Me apodero del avión


    Viví el último año acosado por la obsesión de volar.

    Durante el verano había trabajado en el aeropuerto de Londres en la limpieza de los aviones. A pesar del ruido incesante y de los millones de turistas que pululaban en las terminales, yo estaba completamente solo. Rodeado de aviones estacionados, avanzaba por los pasillos desiertos con mi aspiradora, recogiendo los desechos de los viajes, restos de comidas, píldoras sedantes y anticonceptivos, reliquias de llegadas y partidas que me enfrentaban con todos mis incumplidos sueños de llegar a alguna parte.

    Ya a los veinticinco años sabía que los últimos diez años de mi vida habían sido una zona de desastre. Cualquiera que fuese el curso que yo emprendiera, por más empeño que pusiese en seguir el rumbo que me señalaba la brújula, siempre iba a dar contra el primer muro de ladrillos. Por algún motivo tenía la impresión de que aunque no dejara de ser yo mismo representaba un papel que hubiese debido asignarse a algún otro. Sólo mi actuación compulsiva, disfrazado de aviador con el equipo blanco que había encontrado en uno de los armarios, alcanzaba a tocar los bordes de una suerte de realidad invisible.

    A los diecisiete años me habían expulsado de la última de media docena de escuelas. Siempre había sido agresivo y perezoso, empeñado en considerar el mundo como una tediosa conspiración de la que no deseaba participar. De niño, me había lastimado en el choque de automóviles en que había muerto mi madre, y el hombro izquierdo me había quedado un poco inclinado hacía arriba, lo que pronto exageré en una actitud de combativa arrogancia. Mis compañeros de escuela se divertían imitándome, pero yo no los tenía en cuenta. Me veía a mí mismo como una nueva especie de hombre alado. Recordaba el albatros de Baudelaire, hostigado por los marineros, e incapaz de caminar sólo a causa del peso de las alas.

    Todo avivaba mi imaginación de manera extraña. La biblioteca de ciencias de la Facultad, gracias a un profesor de biología muy ilustrado, era una cornucopia de posibilidades extravagantes. En un diccionario de antropología descubrí un curioso y conmovedor rito de fertilidad: los aborígenes de la tribu cavaban un agujero en el desierto y se turnaban para copular con la tierra. Profundamente impresionado por esta imagen, quedé suspendido en una especie de deslumbramiento, hasta que una medianoche procuré tener un orgasmo con el más venerado de los campos de cricket. Me descubrieron en un resplandor de linternas, borracho, tendido sobre el campo violado, entre un montón de botellas de cerveza. Curiosamente, el intento me pareció menos absurdo que a mi atribulado profesor.

    La expulsión apenas me hizo mella. Desde la adolescencia estaba convencido de que alguna vez haría algo extraordinario, que me asombraría a mí mismo. Conocía el poder de mis sueños. Tras la muerte de mi madre, me había educado en parte junto a una hermana de ella que vivía en Toronto, y el resto del tiempo junto a mi padre, un exitoso cirujano oculista que vivía consagrado a su profesión y que nunca parecía reconocerme del todo. A decir verdad, había pasado tanto tiempo en jets transatlánticos que mi única educación programada había sido la de las películas exhibidas a bordo.

    Después de un año en la Universidad de Londres fui expulsado de la Facultad de Medicina: una tarde, mientras disecaba un tórax en el laboratorio de anatomía, tuve la súbita certeza de que el cadáver estaba todavía vivo. Persuadí a un aterrorizado estudiante de que me ayudara a reanimar el cadáver llevándolo de un lado a otro por el laboratorio y haciéndolo saltar como una rana. Todavía estoy casi seguro de que lo hubiéramos conseguido.

    Repudiado por mi padre –nunca me había sentido muy ligado a él, y a menudo imaginaba que mi verdadero padre era uno de los primeros astronautas, y que el semen de mi concepción había madurado en el espacio exterior: personaje mesiánico nacido en el vientre de mi madre por obra de un universo fecundo–, inicié una carrera de obstáculos cada vez más vertiginosa. Frustrado aspirante a piloto mercenario, malogrado novicio jesuíta, autor inédito de relatos pornográficos (pasé muchos febriles fines de semana telefoneando a oficinas desiertas de Londres, y dictando a los contestadores automáticos extraordinarias fantasías sexuales, para que candorosas secretarias mecanografiaran y las pasaran a ejecutivos perplejos, a pesar de todos esos fracasos conservaba una fe obstinada en mí mismo: Mesías aún sin mensaje que alguna vez se construiría una identidad única con este rompecabezas incompleto.

    Durante seis meses trabajé en las pajareras del zoológico de Londres. Las aves me enloquecían con su parloteo y sus chillidos incesantes, pero aprendí mucho de ellas y fue entonces cuando el vuelo de propulsión humana empezó a obsesionarme. En una ocasión la policía me detuvo por mi conducta escandalosa en un parque infantil cerca del zoológico, en el que pasaba buena parte de mi tiempo libre. Una tarde de lluvia, poseído por un complejo de flautista de Hamelin, creí con sinceridad que podría guiar a los veinte niños, junto con las madres azoradas, los pocos perros que deambulaban por allí y aun las flores goteantes hasta un paraíso que –en caso de que pudiera encontrarlo– estaba a pocos metros de nosotros.

    Cuando salí del tribunal –absuelto por un magistrado comprensivo– me abordó una ex azafata que trabajaba de camarera en el bar de un hotel del aeropuerto y poco antes había sido condenada por ejercer la prostitución en la terminal sudeste del aeropuerto de Londres. Era una mujer atractiva, vivaz, y con gran acopio de extrañas anécdotas sobre las actividades sexuales en los aeropuertos internacionales. Arrebatado por esas visiones, de inmediato le propuse matrimonio y me mudé al apartamento que ella alquilaba cerca de Heathrow. Por entonces, la idea de construir un artefacto aéreo de propulsión humana era ya mi obsesión. Planeaba el primer vuelo alrededor del mundo y me veía como el Lindbergh y el Saint-Exupéry de esas nuevas máquinas. Empecé a visitar a diario el aeropuerto para observar los aviones y los millares de pasajeros que subían al cielo. Los envidiaba: envidiaba esas vidas tan ordinarias, enaltecidas por el increíble sueño de volar. El sueño de volar era cada día más acuciante. Después de pasar unas pocas semanas en las terrazas de observación, encontré empleo en las cuadrillas de limpieza de aviones. En la parte sur del aeropuerto había una sección reservada para las máquinas ligeras. Yo pasaba todo el tiempo libre en los hangares, sentado ante los controles de esas máquinas fatigadas por los vientos pero elegantes, complejos símbolos que movían en mi mente toda clase de resortes. Un día, aceptando la lógica de mis sueños, decidí que también yo volaría.

    Así empezó mi verdadera vida.

    Lo cierto es que, cualquiera que fuese por entonces mi motivo, aquella mañana había ocurrido algo que me había perturbado profundamente. Mientras observaba a mi prometida, que se vestía en el dormitorio, sentí la súbita urgencia de abrazarla. Su uniforme llevaba unos adornos que aludían a los vuelos y siempre me divertía el modo en que ella se ponía ese grotesco disfraz. Pero mientras la estrechaba contra mi pecho, comprendí que no me impulsaba el menor afecto, sino la literal necesidad de apretarla hasta deshacerme de ella. Recuerdo la lámpara junto a la cama, que cayó a nuestros pies derribada por un movimiento de su brazo. Cuando empezó a golpearme la cara con unos puños duros, permanecí junto a la cama, sofocándola contra mi pecho. Sólo cuando se desplomó ante mis rodillas, advertí que había estado a punto de matarla, pero sin la menor traza de odio o de furia.

    Después, sentado en la cabina del Cessna, enardecido por la máquina que cobraba vida tosiendo y rugiendo, fui consciente de que no había querido hacerle daño. Pero al mismo tiempo recordaba el mudo terror de su rostro mientras permanecía sentada en el suelo. Estaba seguro de que acudiría a la policía.

    Esquivando apenas un avión detenido, despegué en una de las pistas transversales. Había observado a los mecánicos cuando ponían en marcha las máquinas y con frecuencia los había importunado para que me permitieran sentarme junto a ellos cuando se desplazaban por los hangares. Varios de ellos eran pilotos habilitados y me habían informado de cuanto necesitaba saber acerca de los controles y los botones de mando. Lo extraño era que, ya en el aire, volando sobre los automóviles en hileras, las fábricas de material plástico y los depósitos que rodeaban el aeropuerto, no tenía la menor idea de adonde ir. Y aun en esos momentos sabía con claridad que me atraparían y me juzgarían por apoderarme del Cessna después de haber intentado asesinar a mi prometida.

    Como me había olvidado de levantar los alerones, no pude remontar el avión a más de doscientos metros, pero la idea de volar a baja altura siempre me había entusiasmado. Unos ocho kilómetros al sur del aeropuerto el motor comenzó a recalentarse. Pocos segundos después se incendió y un humo ardiente llenó la cabina. Abajo había un plácido pueblo ribereño, de arboladas calles suburbanas y un centro comercial que ocupaba un amplio recodo del río. Vi unos estudios cinematográficos y un grupo de técnicos junto a las cámaras en un parque. Unos cuantos biplanos vetustos estaban dispuestos junto a un hangar de utilería. Actores vestidos con equipos de cuero de la primera guerra mundial alzaron hacia mí unas miradas azoradas cuando pasé sobre ellos, arrastrando una inmensa pluma de humo. Un hombre de pie sobre una plataforma en una torre de metal sacudió el megáfono apuntándome, como tratando de incorporarme a la película.

    Para entonces, el aceite ardiente que llenaba la cabina me chamuscaba la cara y las manos, Resolví dirigir el avión hacia el río: prefería ahogarme a quemarme vivo. Un kilómetro adelante, más allá de unas pistas de tenis y un parque bordeado de álamos secos, una vasta mansión Tudor se alzaba en una pendiente que se deslizaba hacia las aguas.

    Mientras el avión cruzaba el parque, las llamas me consumían los zapatos. Glicol vaporizado subía por las perneras de mis pantalones. Sentí que me abrasaba las piernas y que mis testículos estaban a punto de hervir. Las copas de los árboles pasaban velozmente a uno y otro lado. El tren de aterrizaje desmenuzaba las frágiles ramas superiores de los álamos secos, y desde ellos una nube de golondrinas salía proyectada como fuego de metralla. La palanca de mando se me desprendió de las manos. En el último momento grité al río que se precipitaba hacia mí. Partido en el aire, la cola atascada en las ramas, el avión se zambulló en el agua. La espuma y el vapor atravesaron el fuselaje con una explosión: los duros proyectiles me golpearon el rostro. Arrojado sobre el arnés, sentí que mi cabeza se estrellaba contra la puerta de la cabina, pero sin la menor sensación de dolor, como si mi cuerpo perteneciera a algún pasajero. Sin embargo, estaba seguro de no haber perdido nunca la conciencia. En seguida el avión empezó a hundirse. Mientras procuraba desasirme del equipo, luchando con la hebilla poco familiar, unas aguas negras e hirvientes inundaron la cabina y remolinearon codiciosas a mi alrededor. Supe que moriría ahogado en unos pocos segundos.

    En ese instante tuve una visión.


    3. La visión


    Sostenido por las alas, el avión yacía pasivamente en el agua. Una inmensa nube de vapor brotaba del motor hundido y avanzaba hacia la orilla. La nariz del aparato sobresalía apuntando al aire, y el río lamía con languidez el parabrisas roto delante de mi cara. Solté la traba de mi equipo y cuando trataba de abrir la puerta de la cabina una escena me llamó la atención.

    Creía estar contemplando un enorme cuadro iluminado a la vez por el agua en movimiento y por un profundo fulgor que atravesaba la tela. Lo que me sorprendió, al empujar la puerta contra la corriente, fue la intensa claridad de todo. Ante mí, en la cima de la pendiente, se erguía la mansión Tudor, construida en parte con madera. Unas cuantas personas me observaban, como figuras dispuestas por el artista en un cuadro clásico. Ninguna de ellas se movía, como petrificadas por el avión en llamas que había desgarrado el cielo vespertino para caer en el agua al pie de la pendiente.

    Aunque nunca había estado en ese pueblo –Shepperton, suponía, por la presencia de los estudios cinematográficos–, creí reconocer aquellos rostros, convencido de que eran un grupo de actores que descansaban entre una toma y otra. La figura más próxima era una joven morena que llevaba un guardapolvo blanco de laboratorio y jugaba distraídamente con tres niños, al borde de la pendiente orlada de espuma. Los niños, dos varones y una niña, estaban sentados en el columpio, como monos apeñuscados sobre una percha, sonriendo y a la expectativa de cualquier juego que la muchacha pudiera sugerirles. Me observaban con el rabillo del ojo, como al tanto de lo que ocurría: parecían haber esperado el día entero a que yo depositara mi avión sobre las aguas frente a ellos. El más pequeño tenía unas prótesis metálicas en las piernas y de cuando en cuando silbaba mirándose los pies pesados, como instándolos a que patearan el aire. El otro niño, mongólico de cráneo enorme, susurraba algo a la niña, una criatura bonita de mejillas pálidas y ojos misteriosos.

    Sobre ellos, en una alta ventana de la mansión, se veía una hermosa mujer de mediana edad, con un vacuo rostro de viuda: la madre, supuse, de la joven del guardapolvo blanco. Sostenía la cortina de brocato con una mano, el cigarrillo olvidado en la otra, como preguntándose si la violencia de mi llegada no podría precipitarla hacia abajo, junto conmigo. Llamaba a un hombre de barba que frisaría los sesenta, sentado en la playa estrecha que me separaba del borde de la pendiente. Sin duda era una especie de arqueólogo, rodeado de un caballete, un cesto de paja y unas bandejas para muestras. El cuerpo fuerte pero entrado en carnes estaba encasetado en una sillita de lona. Aunque tenía la camisa empapada por el agua que el avión había salpicado al caer, clavaba los ojos en algo que le había llamado la atención en la playa.

    El último de estos siete testigos era un hombre de treinta años de edad, sin más vestimenta que un pantalón de baño; de pie en el extremo de un muelle de hierro forjado que avanzaba hacia el río desde el grupo de hoteles más allá de la mansión. Estaba pintando la barquilla de una rueda giratoria en miniatura, parte de un parque de atracciones infantil instalado en el ruinoso muelle eduardiano. Se detuvo, esgrimiendo el pincel, y con absoluta presencia de ánimo me miró casualmente por encima del hombro, exhibiendo el pelo rubio y el cuerpo musculoso y espectacular de un atleta cinematográfico.

    El agua subía alrededor de mi pecho desde el sumergido tablero de mando. Esperaba que alguno de los testigos acudiría en mi ayuda, pero permanecían inmóviles, como actores que aguardan la señal de un director, iluminados por la luz vibrante que impregnaba el aire. Un intenso resplandor premonitorio flotaba sobre la mansión, el parque de diversiones y los hoteles de la costa, como en los últimos microsegundos anteriores a un inmenso desastre. Yo mismo estaba casi convencido de que una nave gigantesca se había precipitado sobre ese pueblo suburbano, o que estaba a punto de ser devastado por una catástrofe nuclear.

    El río se movía en remolinos detrás del parabrisas. Una espuma obscura golpeaba contra el vidrio roto. En el último momento vi que el arqueólogo se levantaba de la silla, los fuertes brazos extendidos a través del agua, tratando de rescatarme del avión, como si hubiera comprendido de pronto que era responsable de lo que me estaba pasando.

    El ala de estribor se hundió bajo la superficie. Arrastrado por la corriente, el Cessna se inclinó de costado. Ya libre del cinturón de seguridad, forcé la puerta y salí de la cabina deslizándome por el ala de babor. Subí al techo y allí me quedé, en mi desgarrado equipo de piloto, mientras el avión se sumergía a mis pies llevándose al fondo del río mis sueños y esperanzas.


    4. Intentan matarme


    Estaba tendido sobre la hierba húmeda, al pie de la mansión. Los testigos se empujaban a mi alrededor en lo que parecía un tumulto de borrachos. La muchacha del guardapolvo blanco procuraba alejarlos.

    –¡Doctora Miriam...!
    –¡No está muerto! ¡Apártense todos! –Se quitó de los ojos el pelo revuelto y se arrodilló junto a mí, una mano nerviosa pero fuerte sobre mi pecho, dispuesta a reanimarme el corazón.– Santo Dios... parece estar bien.

    A pesar de que me hablaba con autoridad, la muchacha parecía confusa, como si no se pudiera creer que yo no me hubiera muerto. Detrás de ella estaba la mujer madura que había visto en la ventana de la mansión. Me miraba aturdida, como si hubiera sido ella, y no yo, la que había escapado con vida del accidente. La grasa del motor le había manchado la blusa de seda y las perlas que le pendían del cuello. Sostenía el olvidado cigarrillo en la mano izquierda, como dispuesta a marcar con fuego a ese aviador empapado que se había arrastrado hasta la hierba.

    Se inclinó y me sacudió un hombro con exasperación.

    –¿Quién es usted?
    –¡Señora St Cloud! ¡Le hará daño...!

    Un hombre con uniforme de chófer trataba de calmarla, pero la mujer seguía sacudiéndome, como si yo le hubiese robado algo valioso.

    –¡Mamá! –La joven médica le apartó la mano de mi hombro.– ¡No está en condiciones de responderte! ¡Trae mi maletín de la casa!

    Los demás retrocedieron de mala gana, revelando un cielo plácido. La luz intensa había desaparecido, y la rueda giraba contra las nubes como un amable mándala. Me sentía fuerte pero con una extraña decrepitud, como al término de un viaje inmenso. Toqué el brazo de la médica tratando de calmarla, preguntándome cómo podría prevenirla acerca del desastre que iba a precipitarse sobre el pueblo.

    La muchacha me palmeó la mejilla, tranquilizándome. El dramatismo de mi llegada le había causado sin duda una profunda impresión. Le miré el rostro confuso y sentí una poderosa oleada de gratitud. Deseaba acariciarle la piel, posar mis labios sobre su pecho. Durante un momento casi me sentí como pretendiente, y había elegido ese extravagante modo de llegar para proponerle matrimonio.

    Como si se hubiera dado cuenta, la muchacha sonrió y me apretó la mano.

    –¿Se siente bien? Le aseguro que me ha dado un susto tremendo... ¿Puede verme? ¿Y oírme? ¿Cuántos dedos? Bien. ¿Había alguien más con usted en el avión? ¿Algún pasajero?
    –Yo... –Sin saber por qué, resolví no hablar. La imagen de la cabina del Cessna era como un vacío en mi mente. Ya no me recordaba a mí mismo ante el tablero de mandos.– No...estaba solo.
    –No parece muy seguro. En todo caso, ¿quién es usted? Parece a punto de olvidarlo.
    –Blake... Piloto de acrobacia. El avión se incendió.
    –De eso no hay duda.

    Me tomé de su brazo y me incorporé. El aceite de mi equipo de aviador había dejado manchas sobre la hierba húmeda. Los zapatos estaban carbonizados, pero por fortuna el fuego no me había quemado los pies. Por los rostros respetuosos de alrededor –un jardinero, un chófer, una pareja madura que sin duda cuidaba de la casa– deduje que me habían dado por ahogado y no se explicaban mi aparente retorno de entre los muertos.

    A ambas orillas del río había gente. Jugadores de tenis con las raquetas en la mano se movían entre los árboles y un grupo de niños arrojaban terrones al agua, imitando la zambullida del avión.

    El Cessna había desaparecido, arrastrado por la corriente obscura.

    El arqueólogo se acercó desde la playa, la barba y el cuello de clérigo empapados. Retenido el aliento, miraba con impaciencia la hierba manchada de aceite, con el aire de un hosco profeta marino que había desembarcado en busca de una oveja perdida. Me observó con extraña decepción. Supuse que había vadeado el río para rescatarme, había dado por sentado, como los demás, que estaba muerto, y se disponía a leer el oficio de difuntos.

    –Padre Wingate... ha vuelto en sí. –La doctora Miriam me apoyó contra su hombro.– Un milagro que le concedo.
    –Ya lo veo, Miriam. –El sacerdote no hizo nada por acercarse a mí, receloso ante ese desaire que era mi regreso al mundo de los vivos.– En fin, gracias a Dios... Pero dejémoslo descansar.

    La luz palideció y de pronto se animó otra vez. El rostro del sacerdote flotó en el aire, y los firmes rasgos espartanos se le torcieron en una mueca exasperada. Agotado, me recliné contra la doctora Miriam y apoyé de costado la cabeza sobre el regazo tibio.

    Me pareció sentir la presión de una boca extraña contra la mía. Yo tenía los labios hinchados y partidos apretados contra los dientes. Un par de manos enérgicas me había magullado el pecho. El hombre que me había ayudado a respirar había utilizado una fuerza innecesaria, hundiéndome los dedos entre las costillas, como decidido a matarme. A través del intenso resplandor que iluminaba el río, que ya era casi un ámbito lunar sin sombras, alcanzaba a ver al sacerdote que me observaba con intensidad peculiar, como desafiándome de alguna manera. ¿Había intentado revivirme, o matarme?

    Al mismo tiempo, yo sabía que no había perdido el conocimiento. Recordaba que después de trepar al techo del avión había nadado con vigor hacia la playa, hasta que alguien me había subido a la costa. Miré hacia el cielo, suspendido en torno de ese vivido resplandor que había visto desde la cabina del Cessna. Cuando la doctora Miriam me sostuvo la cabeza apretándome con fuerza las sienes, yo estaba a punto de hablarle del inminente desastre.

    De pronto el cielo se aclaró. La doctora Miriam me miraba con aire pensativo, como si hubiéramos sido amantes largamente habituados a la proximidad de nuestros cuerpos. Podía olerle los muslos fuertes y le veía los pies, de una suciedad sorprendente, a través de las sandalias. Llevaba el pelo desaliñado, sujeto atrás con una cinta desteñida, y la blusa había perdido un botón. Me quedé mirando los arañazos de niño que le marcaban el pecho izquierdo. Sentí el impulso de abrazarla allí, sobre la hierba, frente a ese sacerdote agresivo. Estaba seguro de que la violencia de mi accidente la había excitado, y me decepcionó comprobar que no era la boca de ella la que había cortado mis labios.

    La joven se enderezó y empezó a limpiarse el aceite de la cara con un pañuelo perfumado. En cualquier momento llegaría la policía local, atraída por la multitud que nos observaba a lo largo de la orilla opuesta, por encima del agua tranquila.

    Me puse de pie y me apoyé contra el armazón del columpio, ante la mirada de los tres niños en el asiento. Rieron histéricamente cuando pataleé en el aire para librarme de los zapatos carbonizados. El equipo de aviador me colgaba en jirones alrededor de la cintura. Faltaban la manga y la pernera derecha, arrancadas cuando escapaba del Cessna.

    Volví la espalda al sacerdote y dije: –Tengo que irme. Soy instructor en una escuela de aviación... hay que avisarles que el avión ha caído aquí.

    –Creí que era usted piloto de acrobacia.
    –Lo soy, en cierto modo. Soy piloto de acrobacia. –Evitando la mirada curiosa de la joven, le pregunté:– ¿Qué le pasa a su madre? Está furiosa...
    –Usted la ha asustado, para no decir más. Pero aguarde un momento.

    Se acercó a mí y me palpó las costillas y el abdomen magullado, como una maestra que revisara a un niño lastimado en el patio de juegos. La sangre de mis nudillos raspados le manchó las manos. Sentí otra vez una fuerte atracción sexual, parte del nervioso alivio de estar vivo. Ella tenía una leve hinchazón en el labio superior, como si se lo hubiera lastimado besando a su amante.

    –Antes de que se vaya, quiero tomar una radiografía de esa cabeza. Hace cinco minutos creíamos que usted...

    Dejó la frase sin terminar, menos por deferencia hacia mí que hacia el sacerdote. Vi que el hombre daba unos pasos hacia nosotros, pero sin acercarse del todo. Me miraba seriamente, como sospechando ya que yo no era un piloto habilitado.

    La doctora Miriam enjugó el agua de mi traje. –Padre Wingate, ¿quién es el santo patrono de los pilotos de acrobacia y de los instructores de aviación? Tiene que haber alguno.

    –Por supuesto. Miriam, deje en paz a este pobre muchacho. –Y agregó, dirigiéndose a mí:– No todos los días cae un joven del cielo.
    –Por desgracia. –La doctora Miriam se volvió para hacer callar a los niños, que corrían alrededor del columpio. El niño de las prótesis lanzaba una serie de gritos espasmódicos, como imitando mi voz.
    –Jamie, qué grosero eres.

    Estuve a punto de abofetear al niño, pero el sacerdote me tocó el hombro. Por fin se había acercado a mí y me miraba la cara como si examinara unas vetas en un terreno de fósiles.

    –Antes de que se vaya... ¿se siente usted bien? Ha de tener una voluntad inquebrantable: literalmente, ha vuelto a la vida en nuestras manos.

    A pesar de su tono piadoso, comprendí que no iba a proponerme que me uniera a él en una oración de gracias. Era evidente que mi retorno de entre los muertos había conmovido las pautas y cánones de su universo. Quizá había intentado reanimarme en la playa, y después de tantos años de llevar los hábitos le desconcertaba comprobar que parecía haber conseguido un milagro.

    Al verle de cerca el cuerpo poderoso –los hombros temblando aún por los efectos de una extraña emoción reprimida– pude imaginar fácilmente que era capaz de acabar conmigo y mandarme de vuelta al otro mundo, antes de que todo se le fuese de las manos. No me ocultaba sus recelos: me provocaba con toda intención. Tuve ganas de arrojarme sobre él, golpearlo con mi cuerpo maltrecho y derribarlo sobre la hierba manchada de aceite.

    Me toqué los labios, preguntándome si el sacerdote me habría reanimado mediante un acto de violación oral. Alguien de brazos poderosos había expulsado el aire de mis pulmones, un hombre de mi propio tamaño, a juzgar por la huella de la boca y las manos. El sacerdote tenía bastantes años para ser mi padre, pero a pesar del cuello clerical tenía la figura agresiva de un jugador de rugby.

    Miré el círculo de caras, las personas que bordeaban la ribera opuesta del río. Si no el sacerdote, ¿cuál de los siete testigos? Quizá la doctora Miriam, o su madre chiflada. La señora St Cloud había salido de la mansión, las perlas sucias de aceite como una cadena grasienta alrededor del cuello. Aún vacilaba en acercárseme, como temerosa de que me inflamara espontáneamente y destruyera el parque ya afeado.

    El último de los testigos, el hombre rubio que pintaba la rueda giratoria, había dejado el muelle herrumbrado y avanzaba hacia nosotros por la playa. Pisaba el agua de la orilla, descalzo, mostrándome el cuerpo semidesnudo. La seguridad con que vadeaba el agua era deliberada: un modo de reafirmar sus derechos sobre el río, del que me había apoderado transitoriamente.

    Saludó con la mano a la doctora Miriam, imitando la actitud confabulatoria de un ex amante, esperando que ella lo invitara a unirse al grupo. Como la muchacha ignoró el ademán, la mano se desvió hábilmente para señalar los álamos secos sobre nuestras cabezas.

    Alcé la mirada y vi parte de la cola del Cessna colgando de las últimas ramas. Clavada contra el cielo, oscilaba como una bandera que señalaba mi presencia a la policía.

    –Stark... siempre advierte el menor detalle. –La doctora Miriam me tomó del brazo con gesto protector.– Vamos, Blake. Tenemos que irnos. En la clínica le daré ropa para que se cambie.

    Mientras la seguía a través del césped, yo sólo tenía conciencia de la multitud silenciosa que nos observaba desde ambas orillas del río, los jugadores de tenis sentados en la hierba con las raquetas. Las caras de esta gente eran casi hostiles. Bajo aquella extraña luz, el pueblo apacible en que yo había caído tenía una atmósfera decididamente siniestra, como si todos esos suburbanos de aire tan calmo hubieran sido en verdad actores de cine contratados por los estudios para que desempeñaran sus papeles en una sutil conspiración.

    Fuimos hacia el automóvil deportivo de la doctora Miriam, estacionado en el sendero detrás de la casa. En el porche, la señora St Cloud tendió a su hija el maletín de médico.

    –Miriam...
    –Por Dios, mamá, no corro ningún peligro. –Con un resignado movimiento de cabeza, la doctora Miriam me abrió la portezuela del automóvil.

    En ese instante, parado allí, descalzo, envuelto en los andrajos de mi equipo de aviador manchado de aceite, tuve la certeza de que la señora St Cloud no se precipitaría al teléfono no bien me marchara. Esa viuda entrada en años nunca había visto a nadie volver de entre los muertos. Con una mano en el cuello, me observaba como si yo hubiera sido un hijo olvidado.

    Por otro lado, yo no tenía intención de alargar la buena acogida. Por motivos que yo ignoraba, alguien entre ellos había intentado matarme.


    5. Vuelvo de entre los muertos


    ¿Tenía que haber sido más cauto con Miriam St Cloud? Ya entonces, mientras nos acercábamos a la clínica, era extraño que yo estuviera tan dispuesto a confiar en esa joven doctora, apenas más que una estudiante, de guardapolvo blanco y pies manchados por la hierba, sentada con gran seriedad ante el volante del coche. Todavía inquieta, se preocupaba demasiado por mí. Temí que intentara llevarme a la comisaría local. Nos detuvimos varias veces para que los niños pudieran alcanzarnos. Los niños corrían chillando por el parque, como empeñados en sacar a las solemnes hayas de su silencio. Yo estaba alerta ante la posible llegada de la policía, un brazo echado sobre el asiento de la doctora. Si aparecía un patrullero, estaba dispuesto a arrebatarle el volante y tirarla a la hierba de un empujón.

    El sol temblaba a través de los árboles. Los pájaros y las hojas estaban inquietos, como si los elementos de la tarde perturbada procuraran recomponerse.

    –¿Quiere usted volver junto a su madre? –pregunté–. Creo que ella la necesita más que yo.
    –Le ha dado un buen susto... No esperaba que usted se reanimase de una manera tan espectacular. Desde la muerte de papá hace dos años, se pasa todo el tiempo junto a la ventana, casi como si él anduviera aún por aquí. La próxima vez que resucite, hágalo usted poco a poco.
    –No he resucitado.
    –Lo sé, Blake... –Disgustada consigo misma, me apretó la mano. Esa joven médica me caía simpática, pero aquella risueña alusión a mi muerte me irritó de veras: ese humorismo de laboratorio de disección me pareció innecesario. Por lo demás, a pesar de mis costillas y mis labios maltrechos, me sentía muy bien. Recordé que había nadado con vigor hacia la costa desde el Cessna que se hundía bajo mis pies, y que después me había desmayado en la playa, más por alivio que por agotamiento. El sacerdote me había llevado hasta la hierba y luego, en la confusión, algún chiflado había procurado reanimarme: sin duda algún suburbano entusiasta de los primeros auxilios y no demasiado competente.

    Resolví largarme lo antes posible de Shepperton, antes de que ocurriera otro disparate. Pero para irme necesitaba ropa limpia.

    –Hay un traje en la clínica, aunque cuando se lo ponga sus alumnos de la escuela de aviación no lo reconocerán. –En tono festivo agregó:– Suena muy misterioso... quizá le den ganas de arrojarse de este automóvil.
    –Mientras el traje no sea de algún muerto... Tentar a la providencia dos veces en la misma tarde no es algo que ese sacerdote aprobaría.
    –Blake, usted no tentó a la providencia. –Eligiendo con cuidado sus palabras, continuó:– A decir verdad, nadie muere en la clínica; es sólo para pacientes externos. Me alegra que no sea usted nuestro primer internado. La clínica tiene un pabellón geriátrico, y por el momento hemos instalado allí a los niños. Nadie quería encargarse de ellos. Lamento que hayan sido tan impertinentes. Es que antes de que vinieran aquí los trataron de un modo terrible.

    Señaló un edificio de tres plantas, más allá del parque de estacionamiento de la clínica. En la terraza una hilera de ancianos, sentados en sillas de ruedas, cabeceaban al sol. En cuanto vieron mi equipo hecho jirones se reanimaron de inmediato, empezaron a señalarme y a discutir entre ellos. Supuse que habían visto el Cessna en llamas rozando los árboles a lo largo del río.

    Esperamos en el parque a que los tres niños corrieran hasta nosotros. Sin advertir que yo la observaba de cerca, la doctora Miriam se apoyó contra uno de los automóviles y se quitó una mota de tierra de debajo de la uña del pulgar. Por algún motivo –quizá el calor reflejado por la celulosa bruñida y mi cuerpo semi-desnudo–, la presencia de esta muchacha de pronto se convirtió en una obsesión, con la pintura descascarada en las uñas de los pies, los talones sucios de hierba, el intenso olor de sus muslos y sus axilas y hasta el misterioso residuo que las funciones corporales de algún paciente le habían dejado en el delantal. La muchacha arrojó al suelo la mota de tierra, como devolviéndole al parque una parte de la naturaleza generosa que de continuo le manaba por los poros. Tuve la impresión de que los pies mugrientos y el aire de desaliño no se explicaban por falta de higiene, sino por una completa absorción de todos los lugares comunes de la naturaleza. Sin duda curaba a sus pacientes con emplastos de tierra y saliva, amasados por sus fuertes manos y entibiados entre sus muslos. Enardecido por su olor, tuve ganas de montarla como un semental a una yegua salvaje.

    –Blake... –La doctora Miriam me miraba sin hostilidad, como si supiera que yo no era un piloto común, y estuviera permitiendo deliberadamente sentirse atraída por mí. Cuando los niños llegaron junto a nosotros, se inclinó y los abrazó por turno, sonriendo sin repulsión cuando los dedos pegajosos de la niña le buscaron los labios.

    La niña era ciega. Entonces comprendí por qué esos tres niños incapacitados siempre estaban tan juntos: de ese modo sumaban sus capacidades. La niña, de cara alerta y puntiaguda, y nariz indagatoria, parecía la más inteligente del trío. El más robusto de los dos niños, el corpulento mongólico de frente abultada como casco de aviador, era su devoto perro de guía, siempre cerca, y muy cuidadoso de conducirla entre los automóviles estacionados. No dejaba de murmurar entre dientes un incesante comentario acerca de todo, sin duda transmitiendo a su compañera ciega la imagen de un afable mundo de fantasía.

    El tercero era un niño de pelo color de arena que echaba miradas al cielo con tremendo entusiasmo, como redescubriendo en cada segundo el puro goce de todo lo que sucedía alrededor. Cuando recorría con los ojos el parque iluminado por el sol, cada hoja, cada flor parecía prometer un don especial. Usaba como eje la barra de hierro fija en el pie derecho, girando con cierta gracia sobre él.

    Los observé mientras correteaban entre los automóviles. Me gustaba este trío que se bastaba a sí mismo. Me hubiera encantado poder ayudarlos. Recordé mi complejo de flautista de Hamelin. En algún lugar de ese parque quizá hubiera un paraíso minúsculo, un secreto ámbito donde pudiera devolver la vista a la niña ciega, un par de fuertes piernas al espástico, inteligencia al mongólico.

    –¿Qué dices, Rachel? –La doctora Miriam se inclinó para oír el susurro de la niña.– Rachel está ansiosa por saber qué aspecto tiene usted. No he logrado convencerla de que no es usted un enviado especial del arcángel Miguel.

    Las ágiles manos de la niña, de muñecas muy flexibles, ya trazaban el perfil de un rostro. Como los dos niños, parecía captar la realidad en una perspectiva especial. La alcé y la sostuve contra mi pecho, en parte para confirmar que esas manitas no podían haberme magullado las costillas. Sentía en la cara su leve aliento, sus dedos que me corrían como polillas aturdidas por la frente y las mejillas, para hundirse en la boca y los agujeros de la nariz. Casi disfruté del dolor agudo cuando me tocó los labios. La sostuve con fuerza, apretando sus caderas contra mi abdomen.

    El mongólico me tironeaba de los puños, mirándome con ojos alarmados bajo la frente sobrecargada. La niña gritó, apartando el rostro ciego de mis labios.

    –¡Blake! ¡Bájela!

    La doctora Miriam me quitó la niña de los brazos. Se quedó mirándome con el ceño fruncido, preguntándose quizá si me comportaba siempre de ese modo. Cincuenta metros más allá, el padre Wingate cruzaba el parque. Se había detenido bajo los árboles, con la silla de lona y el cesto de mimbre en las manos fuertes, observándome como si yo hubiera sido alguna especie de criminal fugitivo. Me di cuenta de que me había visto alzar a la niña.

    La doctora Miriam la depositó en el suelo.

    –David, Jamie... A jugar con Rachel.

    La niña se apartó de mí, a salvo bajo la mirada vigilante del mongólico, incapaz de resolver si en verdad Rachel se había asustado entre mis brazos. Los tres echaron a correr por el parque. Las manos de Rachel dibujaban el perfil de un rostro extraordinario.

    –¿Qué ha visto?
    –Según parece, una especie de pájaro extravagante.

    La doctora Miriam se interponía entre yo y los niños, como previendo el riesgo de que se me ocurriera salir corriendo tras ellos. Aún me temblaban los brazos por el esfuerzo de abrazar a la niña. Comprendí que la doctora Miriam era harto consciente de la breve excitación sexual que me había dominado, y se preguntaba si no la arrastraría hacia el asiento trasero del automóvil más próximo. ¿Con cuánta fuerza se me habría resistido? Permaneció a mi lado cuando entramos en la clínica, temiendo quizá que atacara a uno de los ancianos que pasaba por la sala de espera.

    Pero cuando estuvimos en su oficina, me volvió resueltamente la espalda, casi invitándome a que la tomara por el talle. Aún estaba perturbada por el dramatismo de mi caída. A pesar de su recato, mientras me auscultaba nunca apartó las manos de mí. La miré como en una especie de ensoñación cuando me apretó los hombros contra la máquina de rayos X. El lunar exquisito bajo la oreja derecha, como un hermoso cáncer, el elegante pelo negro echado hacia atrás, los ojos inquietos dominados por la frente amplia, la vena azul en la sien que latía con alguna especie de emoción inestable... Quería examinarlo todo a mi antojo, saborear el aroma de sus axilas, conservar para siempre en una redoma colgada de mi cuello el minúsculo pellejo que tenía suelto en el labio. Me pareció entonces que lejos de ser un extraño, hacía años que la conocía.

    Me trajo la ropa que me había prometido y me observó mientras me cambiaba, sin apartar la mirada de mi cuerpo desnudo y mi pene semierecto. Me puse los gastados pantalones negros y la chaqueta, el traje planchado y limpio de un sacerdote o un atuendo funerario, provisto de insólitos bolsillos destinados a ocultar un rosario secreto o las propinas para los sepultureros. Cuando la doctora Miriam volvió con las radiografías, me tendió un par de zapatillas de tenis. –Parezco un sepulturero que ha salido a dar un paseo. –Esperé mientras ella examinaba las radiografías de mi cráneo.– Durante un año fui estudiante de medicina. ¿A quién pertenecen los derechos de autor? Pueden ser valiosos.

    –A nosotros. Y quizá lo sean. Gracias a Dios, no hay nada malo. ¿Volverá usted en busca del avión?

    Me detuve ante la puerta, contento de que la doctora Miriam quisiera volver a verme. Evitando mis ojos, se frotaba los dedos con suavidad, como borrando las tenues huellas de mi piel. ¿Todo eso sería una especie de argucia inconsciente? Comprendí que había identificado a esta joven doctora con mi rescate del Cessna. ¿Hasta qué punto era egoísta la atracción que me unía a ella, el amor de un paciente al borde de la tumba? A la vez deseaba prevenirla acerca del peligro que amenazaba al pueblo. Por grotesca que fuera, mi visión del holocausto inminente se había transformado en mi mente en una poderosa convicción. En los momentos de crisis extrema quizá salgamos de los planos del tiempo y el espacio habituales, y seamos capaces de vislumbrar todos los acontecimientos que han ocurrido y los que ocurrirán en el futuro.

    –Espere, Miriam. Antes de irme... ¿alguna vez ha habido un desastre en Shepperton? La explosión de una fábrica, la caída de un avión...

    Cuando ella sacudió la cabeza, mirándome con súbito interés profesional, señalé hacia el cielo sereno a través de la ventana, hacia el parque bañado por la dulce luz estival donde jugaban los niños incapacitados, girando en círculo con los brazos tendidos, como aviones.

    –Después de la caída, presentí que ocurriría un desastre, tal vez hasta un accidente nuclear. Había un enorme resplandor en el cielo, una luz intensa. Venga conmigo... – Procuré tomarla del brazo.– Cuidaré de usted.

    La doctora Miriam me puso las manos sobre el pecho, los dedos cubriendo las magulladuras. No era ella quien me había reanimado.

    –No se preocupe, Blake. No es insólita. Los moribundos suelen ver luces brillantes. En el último momento el cerebro trata de salvarse, de librarse del cuerpo. Creo que de ahí vienen nuestras ideas sobre el alma.
    –¡No estaba muriéndome! –Los dedos de ella se hundieron en mis costillas. Estuve a punto de tomarla por el cuello y obligarla a mirar mi pene aún erecto.– ¡Míreme, escapé nadando del avión, Miriam!
    –Sí, Blake, así fue. Lo vimos. –Volvió a tocarme, recordándose a sí misma que yo estaba todavía con ella. Perturbada por sus sentimientos hacia mí, agregó:– Blake, cuando lo vi atrapado en la cabina, llegué a rezar por usted. No sabíamos si estaba solo. En el instante en que escapó, nos pareció que había dos personas allí.

    Recordé la luz intensa que impregnaba el aire sobre el pueblo, como si un terrible vapor incandescente hubiese estado a punto de inflamarse. ¿Había algún otro en la cabina del Cessna? Más allá del límite de mi visión parecía delinearse la figura de un hombre sentado.

    –Escapé nadando del avión –repetí con obstinación–. Algún imbécil me hizo respiración artificial. ¡Quién fue!
    –Nadie. Estoy segura.

    Ordenó la confusión de lápices que sobre su escritorio apuntaban en sentidos diferentes, observándome con la misma expresión que había visto en el rostro de su madre. Comprendí que yo la atraía y que al mismo tiempo casi la disgustaba, como si algo la fascinase en una tumba abierta.

    –Miriam... –traté de tranquilizarla.

    Pero en un súbito acceso de lucidez, avanzó hacia mí abotonándose el guardapolvo blanco.

    –Blake, ¿no entiende aún lo que ocurrió? –Me miró a los ojos como una maestra enfrentada a un alumno lerdo.– Cuando quedó atrapado en la cabina, estuvo bajo el agua más de once minutos. Todos pensamos que había muerto.
    –¿Y era cierto?
    –¡Sí! –Casi gritando, me golpeó la mano con furia.– ¡Murió! ¡Y después resucitó!


    6. Atrapado por la carretera


    –¡La muchacha está loca!

    Salí de la clínica dando un portazo.

    Más allá del parque una bandera blanca señalaba un mensaje urgente. La cola del Cessna pendía de las ramas superiores del álamo seco, azotada por el viento. Por fortuna la policía aún no me había encontrado y los jugadores de tenis no mostraban el menor interés por el avión sumergido. Golpeé con el puño los techos de los automóviles estacionados, furioso contra Miriam St Cloud; esa médica atractiva pero perturbada mostraba todos los signos de estar convirtiéndose en una bruja. Resolví perderme entre las amas de casa del atardecer y tomar el primer autobús de regreso al aeropuerto.

    Al mismo tiempo me sorprendí riendo en voz alta. El vuelo interrumpido había sido un fracaso doble. No sólo había estado a punto de matarme, sino que para colmo los pocos testigos que quizá habían tratado de salvarme estaban ahora empeñados en creer que había muerto. Confusamente, la idea de mi muerte colmaba en ellos una profunda necesidad, quizá relacionada con las vidas estériles que llevaban en ese pueblo sofocante: de manera inconsciente, suponían que todo el que cayera entre las garras de Shepperton estaría «muerto».

    Sin dejar de pensar en la doctora Miriam –me hubiera gustado demostrarle qué muerto estaba yo y sembrar un hijo entre aquellas caderas pudibundas– pasé frente al monumento a los muertos en la guerra y la piscina al aire libre. El centro del pueblo apenas consistía en algo más que un supermercado, una galería de tiendas, un edificio de varias plantas para estacionamiento de automóviles y la gasolinera. Shepperton, del que sólo tenía noticia por sus estudios cinematográficos, parecía el suburbio de cualquier parte, el paradigma de ninguna parte. Madres jóvenes atravesaban con sus hijos las puertas del lavadero mecánico y el supermercado, reabastecían sus automóviles en la gasolinera, contemplaban sus propios reflejos en los escaparates de la tienda de artículos para el hogar, exhibían sus cuerpos deseables ante los lavarropas y los aparatos de televisión, como iniciando con ellos relaciones clandestinas.

    Al mirar ese despliegue de muslos y pechos, tenía conciencia de mi sexo nervioso, enardecido por la caída del Cessna, la doctora Miriam St Cloud y la niña ciega. Todos mis sentidos parecían intensificados; el aire estaba impregnado de aromas, los carteles de las tiendas me hacían guiños obscenos. Me movía entre esas mujeres jóvenes con mi percutor amartillado, dispuesto a montarlas entre las pirámides de botellas de detergente y las ofertas de cosméticos gratis.

    Sobre mi cabeza el cielo brillaba, enmarcando los plácidos tejados en una luz rosácea y transformando la calle principal de ese suburbio en una avenida de templos. Sentí náuseas y me apoyé contra el castaño frente a la oficina de correos. Esperé a que pasara mi ilusión retinal, sin resolverme a detener el tránsito y advertir a esa recua de mujeres que ellas y su prole pronto serían aniquiladas. Ya estaba llamando la atención. Un grupo de adolescentes se detuvo al verme parpadear apretando los puños. Rieron ante mi absurdo atuendo, el brillante traje negro de sacerdote y las zapatillas blancas.

    –¡Blake, espéreme!

    Mientras trataba en vano de mantener el equilibrio, rodeado por las burlas de los jóvenes, oí que el padre Wingate me gritaba. Cruzó la calle, conteniendo el tránsito con una mano enérgica, la frente brillando como un casco en el aire resplandeciente. Dispersó a los adolescentes y se quedó mirándome con la misma expresión preocupada y furiosa, como si yo hubiera sido un usurpador anómalo a quien a causa de un imperativo misterioso él tenía la obligación de auxiliar.

    –¿Qué está mirando, Blake? ¡Blake!

    Para huir de la luz y de ese sacerdote extravagante salté por sobre una baranda decorativa y corrí por la calle de casas apacibles detrás de la oficina de correos. La voz del padre Wingate se diluyó a mis espaldas, perdiéndose entre los bocinazos y el ruido de los aviones en el cielo. Allí todo parecía más tranquilo. Las aceras estaban desiertas; los cuidados jardines parecían parques funerarios, consagrados a los dioses domésticos del aparato de televisión y la máquina lavaplatos.

    La luz fue disminuyendo a medida que me acercaba al borde norte del pueblo. Menos de cien metros más allá de un campo de rastrojos corría la ancha cinta de la carretera. Una caravana de camiones giraba hacia la salida más próxima, cada uno de ellos con un remolque que transportaba la réplica –de madera y lona– de algún avión antiguo. Mientras esa procesión de fantasías aéreas –sueños polvorientos de mi propio vuelo– entraba por los portones de los estudios cinematográficos, atravesé el camino de circunvalación y avancé hacia el puente tendido sobre la carretera. Amapolas y caléndulas me rozaban las piernas, depositando sobre mí un polen esperanzado. Florecían entre colchones abandonados y neumáticos de automóviles. A mi derecha había un hipermercado de muebles; el área frente a él estaba llena de juegos de muebles de tres piezas, mesas de comedor y armarios entre los que unos pocos parroquianos se desplazaban de manera abstracta, como espectadores en un museo tedioso. Junto al hipermercado había un taller de reparaciones repleto de automóviles usados. Yacían bajo el sol con números en los parabrisas, avanzada de un universo digital en el que todas las cosas tendrían una cifra y un rótulo, catastro definitivo que registraría cada piedra, cada grano de arena bajo mis pies, cada amapola.

    Ahora que por fin escapaba de Shepperton –muy pronto cruzaría el puente y tomaría el autobús hacia el aeropuerto– me sentía seguro de mí y ágil en mis zapatillas blancas. Me detuve junto a un poste de cemento plantado en el suelo, un dígito que señalaba esa tierra baldía. Miré por última vez el pueblo asfixiante donde había estado a punto de morir y pensé que alguna noche volvería a él para dibujar con aerosol un millón de números en los portales de los jardines, en los carritos del supermercado, en la frente de los niños.

    Impulsado por esa fantasía, avancé gritando números a cuanto me rodeaba, a los conductores en la carretera, a las pulcras nubes en el cielo, a los galpones a prueba de ruidos, semejantes a hangares, de los estudios cinematográficos. A pesar del accidente, ya pensaba en la carrera que iniciaría: un curso en una escuela de aviación, un cargo con la fuerza aérea; inauguraría los vuelos de propulsión humana alrededor del mundo, o sería el primer astronauta europeo...

    Sin aliento, me desabotoné la chaqueta clerical, dispuesto a librarme de ella. Fue entonces, a unos veinte metros de la carretera, cuando descubrí algo alarmante. Aunque avanzaba a paso firme por el terreno desigual, no me acercaba al puente para peatones. El suelo arenoso se extendía a mis espaldas, las amapolas me rozaban con más urgencia las rodillas cubiertas de polen, pero la carretera seguía alejada. En todo caso, la distancia que me separaba de ella parecía aumentar. Al mismo tiempo, Shepperton retrocedía: y yo estaba en un campo inmenso, lleno de amapolas y neumáticos gastados.

    Observé los automóviles que se deslizaban por la carretera, las caras de los conductores claramente visibles. En un impulso súbito, tratando de vencer el desconcierto que parecía haber arraigado en mi sentido de orientación, me precipité hacia delante y después corrí a un lado hasta una hilera de herrumbrados tanques de combustible.

    La carretera volvió a retroceder.

    Jadeando en el aire polvoriento, me miré los pies. ¿Esas absurdas zapatillas de tenis eran una treta de Miriam St Cloud, parte de su repertorio de brujerías?

    Pisé una y otra vez con cuidado el terreno silencioso. A mi alrededor la tierra baldía continuaba tal como la había encontrado: acogedora y recelosa a la vez, en connivencia con los impenetrables habitantes de Shepperton. A través de las puertas de un automóvil asomaban matas de digitales. Una luz uniforme aquietaba las impacientes ortigas en torno de la carretera. Algunos conductores me miraban desde los automóviles: un sacerdote chiflado con zapatillas de tenis. Con desechos y pedazos de madera tracé una línea de mojones que numeré con una piedra cretácea: un sendero calibrado que me llevaría hasta el puente. Pero cuando avancé, los mojones me rodearon con un brazo espiral que se enroscaba sobre sí mismo, una elipsis de números que me devolvían al centro del campo.

    Media hora después desistí y regresé a Shepperton. Había agotado todas las estratagemas imaginables: andar a gatas, caminar hacia atrás, cerrar los ojos y avanzar tanteando el aire. Mientras dejaba atrás el automóvil abandonado y los neumáticos viejos, las calles del pueblo se me acercaron como contentas de volver a verme.

    Tratando de tranquilizarme, eché a andar por el camino de circunvalación. Era evidente que la caída me había dislocado la cabeza más de lo que yo pensaba. Delante del hipermercado elegí un sofá abultado y me acosté a la ardiente luz del sol, descansando entre falsas reproducciones y escritorios rebajados hasta que el cauto vendedor me obligó a marcharme.

    Atravesé el perímetro del garaje, donde la celulosa lustrada de los automóviles usados brillaba al sol: hileras de jaquecas coloridas. Alisándome el traje polvoriento, seguí por el camino que bordeaba esa zona. Había dos mujeres con sus hijos en la parada del autobús. Me observaron con atención, quizá temerosas de que reiniciara mi danza ritual y las cercara con cientos de mojones numerados.

    Esperé a que llegara el autobús. Ignoré las miradas de soslayo, pero sentí la tentación de un acto exhibicionista y pensé en mostrar mi pene semierecto a las dos mujeres. Por más que supusieran que había muerto, me sentía más vivo que nunca.

    –¡No lleven sus hijos a la doctora Miriam! –les grité–. ¡Dirá que han muerto! ¿No ven esta luz brillante? ¡Son las mentes de ustedes, que procuran liberarse!

    Obnubilado por mi urgencia sexual, me senté en el borde de la acera junto a la parada del autobús, riendo entre dientes. En la intensa luz de la tarde el camino desierto se había convertido en un túnel de polvo, un tubo de sofocante opresión mental. Las mujeres me observaban, gorgonas con vestidos estivales, junto a sus hijos boquiabiertos.

    De pronto tuve la certeza de que el autobús no llegaría nunca.

    El coche policial cruzó la carretera, los faros encendidos en el resplandor del sol. La luz llameó sobre mi piel magullada. Incapaz de hacerle frente, me volví y escapé corriendo por el camino.

    Ya había empezado a comprender que estaba atrapado en Shepperton.


    7. El zoológico de Stark


    Una corriente fresca soplaba entre los álamos, como procurando aliviarme la piel. Más allá de la pradera se veían yates y cruceros amarrados a lo largo del río. Durante diez minutos yo había seguido el camino de circunvalación, aguardando el momento oportuno para intentar una segunda huida de Shepperton. Bordeadas de hayas y plátanos, las calles apacibles eran una sucesión de glorietas, los portales de un amable laberinto. De cuando en cuando asomaba un trampolín por encima de los cercos. En las pequeñas piscinas de los jardines el agua brillaba con destellos exasperados, como irritada al verse confinada en esos tanques domésticos y perturbada por los ángulos violentos de esos recipientes en los que había sido filtrada con tanto cuidado. Imaginé cómo esas piscinas, atestadas de niños y madres perezosas, tramaban una secreta venganza.

    Resultaba evidente que mi avión en llamas no se había precipitado por casualidad en ese pueblo ribereño. Shepperton estaba enteramente rodeado de agua: lagos con lecho de grava, tanques y depósitos, los canales y conductos de las aguas corrientes locales, los brazos del río alimentados por un laberinto de riachos y arroyos. Los altos terraplenes de los depósitos se alineaban en una serie de horizontes elevados. Comprendí que vagabundeaba en un mundo submarino. La luz que atravesaba los árboles caía sobre un lecho oceánico. Estos pulcros pueblerinos eran en verdad una exótica fauna marina con la mente poblada por los sueños de mamíferos acuáticos. En torno de estas plácidas amas de casa y de sus domesticados enseres había una calma profunda. ¿Acaso el resplandor amenazante que yo había visto suspendido sobre Shepperton era un reflejo premonitorio de este pueblo sumergido?

    Había llegado hasta los hoteles de la costanera. Sobre la mansión Tudor de los St Cloud la cola del Cessna colgaba del álamo seco emitiendo señales intermitentes, como aburrida de su mensaje.

    Crucé el camino y me acerqué al kiosco del muelle donde se vendían las entradas para el parque de atracciones. Las góndolas recién pintadas de la rueda giratoria y los caballos alados del minúsculo tiovivo brillaban esperanzados en la luz vespertina, pero me dije que los únicos que acudirían a esa feria ruinosa serían unas pocas parejas nocturnas.

    Detrás del kiosco vi las jaulas de un pequeño zoológico. Dos buitres harapientos estaban posados en una percha, sin prestar atención a un conejo muerto tendido en el suelo, con sueños de los Andes perdidos tras los ojos sellados. Una marmota dormía en un estante: un venerable chimpancé se acicalaba interminablemente, hurgándose el ombligo con dedos delicados, acaso en busca de la combinación de este cerrojo umbilical, un exiliado interior que no perdía la esperanza.

    Mientras yo le miraba amablemente la cara resignada, un enorme vehículo fastuosamente ornamentado emergió de los portales de los estudios de cine, avanzó rápida y estrepitosamente por el camino, y entre nubes de polvo giró hacia el kiosco de las entradas. Carro fúnebre adaptado para transportar equipos de surf y alas deltas, llevaba como blasones emblemas alados y peces de oro. Tras el volante, el hombre rubio que antes había pintado las góndolas de la rueda giratoria me miró de reojo; luego se quitó un anticuado casco de aviador, bajó del vehículo y entró en el kiosco de las entradas fingiendo que no me había visto.

    Sin embargo, cuando llegué al extremo del muelle, lo oí correr sobre las planchas de metal.

    –¡Cuidado Blake! –Me hizo señas para que me apartara de la débil baranda, temiendo que todo el herrumbrado armatoste se desplomara bajo nosotros.– ¿Se siente bien? Es aquí donde cayó usted...

    Me miraba con simpatía, pero a la vez se mantenía a cierta distancia, como temeroso de que en cualquier momento yo pudiera intentar algo extravagante. ¿Habría observado mis esfuerzos por cruzar la carretera?

    –Ese sí que ha sido un aterrizaje espectacular... –Miró la fuerte corriente del río a nuestros pies.– Sé que es piloto de acrobacia, pero ha debido de ensayar ese número durante años.
    –¡No sea imbécil! –Tuve ganas de golpearlo.– ¡He estado a punto de matarme!
    –Lo sé, Blake. Pero supongo que también eso se ensaya... –Jugueteó con las anteojeras y el casco anticuado, súbitamente avergonzado de ese equipo rival que exhibía ante mí.– Trabajo en una película que se está filmando en los estudios, una nueva versión de Hombres con alas. Soy uno de los pilotos de prueba. –Miró desdeñoso hacia la rueda giratoria.– Esta es una inversión a largo plazo, o así la planeamos, por lo menos. Necesita algo que le dé vida. A decir verdad, me sorprende que no haya más gente aquí esta tarde. Es curioso, Blake, que sea usted el único que ha venido...

    Se instaló en una de las góndolas y se meció en el aire, exhibiendo el cuerpo musculoso no tanto para intimidarme –yo hubiera podido acabar con él sin el menor esfuerzo– como para que yo lo respetara físicamente de alguna manera. Me miraba con aire agresivo, pero conquistador: sin duda ya estaba tramando cómo sacar partido de mi caída. Mientras miraba codiciosamente hacia el río y las huellas desaparecidas de mi accidente, transportadas por el brillante lomo del Támesis, comprendí que lamentaba no poder aprovechar que yo hubiese caído cerca de ese muelle ruinoso.

    –Dígame, Stark, ¿me vio usted nadar hasta la playa?
    –Desde luego. –Como anticipándose a que yo criticara que no hubiese cooperado, se apresuró a explicar:– Ya iba a zambullirme cuando de repente usted se las arregló para salir del avión.
    –El padre Wingate me ayudó a llegar hasta la playa. ¿Vio usted si alguien intentó reanimarme? Respiración boca a boca...
    –No. ¿Por qué lo pregunta? –Stark me observaba con una sorprendente mirada de inteligencia en su rostro de actor.– ¿No lo recuerda, Blake?
    –Fuera quien fuese... quisiera agradecérselo. –Como al pasar, agregué:– ¿Cuánto tiempo estuve atrapado en el avión?

    Stark desvió la mirada hacia los buitres alborotados. Los enormes pájaros se agitaban tras los barrotes, procurando atrapar un pedazo de cielo. Examiné los ojos inquietos de Stark, los pelillos rubios clavados como agujas alrededor de los labios. ¿Sería él quien me había reanimado? Imaginé la hermosa boca de Stark apretada contra la mía, los fuertes dientes sobre mis encías laceradas. En muchos aspectos Stark hacía pensar en una mujer rubia y musculosa. Me sentí atraído hacia él, no por algún impulso homosexual que la caída hubiera liberado en mi psique, sino por una intimidad casi fraternal con su cuerpo, los muslos, hombros, brazos, nalgas, como si de niños hubiéramos compartido un dormitorio. Yo era el hermano más joven pero más fuerte, la vara contra la cual Stark siempre tendría que medirse. Podía abrazarlo cuando se me antojara, apretarle las manos contra mis costillas magulladas para comprobar si había tratado de atacarme, probar la mordedura de sus dientes.

    Perturbado por mi mirada, Stark volvió la espalda al río.

    –¿Cuánto tiempo estuvo bajo el agua? Tres o cuatro minutos, quizá más.
    –¿Diez minutos?
    –Es demasiado, Blake. Usted no estaría aquí ahora.

    Se recobró y me miró frunciendo el ceño, preguntándose cuál sería mi próximo paso. Seguía jugueteando con el casco anticuado, moviendo frente a mí ese elemento de utilería como para insinuar la sospecha de que tanto él como yo éramos pilotos actores. Pero yo había volado en un avión de verdad, una máquina con motor, no uno de esos pasivos artefactos alados sometidos a los vientos.

    El coche de la policía se acercaba por el camino de circunvalación, los faros inflamando la luz vespertina. Cuando se detuvo junto al kiosco, vi al padre Wingate en el asiento trasero, entre los dos policías. Me miraba a través de la ventanilla cerrada con el aire melancólico de quien se ha entregado tranquilamente a la policía.

    Mientras yo esperaba que me señalara a los oficiales, Stark me tomó de un brazo.

    –Blake, iré a Londres en automóvil. Puedo llevarlo.

    Instalado en el asiento para pasajeros del carromato, mi cara y mi traje funerario ocultos tras el ala doblada del planeador, oí los rezongos de la marmota, los chillidos guturales de los buitres. Por algún motivo mi llegada los había intranquilizado. El espejo retrovisor me mostraba la imagen del padre Wingate observándome desde el asiento trasero del automóvil policial, como copartícipe de una confabulación, ocultando cuidadosamente que hubiera tenido alguna clase de relación conmigo.

    Stark estaba junto al kiosco, recomendando a los policías que se alejaran del muelle ruinoso y encogiéndose de hombros cuando señalaron al cielo sobre los estudios cinematográficos.

    De modo que la policía buscaba testigos. Al ver que el actor sacudía la cabeza, supe que a pesar de las dudas de esa tarde, ni Stark, ni el padre Wingate, ni Miriam St Cloud, ninguno de los testigos de mi accidente, habría de entregarme a la policía.


    8. El entierro de las flores


    Al fin podía escapar de ese pueblo sofocante. Sentado junto a Stark, esperaba con impaciencia a que avanzara la cola de automóviles detenida frente al puente de Walton. Era el final de la tarde y los accesos al puente estaban atascados por el tránsito que regresaba de Londres. Aunque el puente de Walton quedaba al sur de Shepperton, aún a mayor distancia del aeropuerto, por lo menos era una salida desde esa zona de peligro. Pensé en la decisión que había tomado Stark: no entregarme a la policía. Mi aparente resurrección había enmudecido transitoriamente al actor de cine, como lo había hecho con la doctora Miriam, su madre y el sacerdote cazador de fósiles. Sin embargo, me dije que cuando me hubiera ido de Shepperton, Stark correría con el cuento a un periódico o a un canal de televisión, sobre todo cuando supiese que había robado el Cessna.

    Por alguna razón mi condición de piloto había impresionado profundamente a Stark. Mi llegada espectacular –una caída genuina, tan diferente de los laboriosos simulacros de las películas– representaba para él un ideal apenas balbuceado, pero siempre acuciante. Me señaló el tránsito casi inmóvil, la fila de automóviles cautivos en las nubes de humo de los escapes, iluminadas por el poniente.

    –Blake, usted tiene derecho a estar a mil metros sobre todo esto. Alguna vez tomé clases de aviación, pero no estaba preparado para volar. ¿No ha probado los deslizadores?

    Yo miraba los olmos secos del extremo superior del parque. En la curva del río el timón del Cessna transmitía para mí una señal intermitente. Las góndolas recién pintadas de la rueda giratoria colgaban del cielo, juguetes que esperaban a que unas manos de aeronautas bajaran a recogerlos.

    –Mi verdadero interés es el vuelo de propulsión humana. Algún día haré el primer vuelo alrededor del mundo.
    –¿Un vuelo alrededor del mundo y de propulsión humana? –Stark puso los ojos en blanco. ¿En verdad no era consciente de que me había salvado de la policía?– Quisiera ayudarlo, Blake. Podría empezar aquí, en Shepperton.
    –¿En Shepperton?
    –No hay lugar mejor, desde el punto de vista de la publicidad. Después de su caída, todos estarían dispuestos a adoptarlo como piloto local. Podría abrir una escuela de aviación, quizá asociada a los estudios de cine. Además, a la gente de estos lugares le entusiasman esas cosas... parques con fieras sueltas, espectáculos con delfines, vuelos de acrobacia, todo les da lo mismo. Están siempre dispuestos a vestirse de alabarderos o de infantes de Hannover y a representar la batalla de Austerlitz. He resuelto reorganizar el zoológico. Si pudiera rescatar su avión, me gustaría exhibirlo.
    –No...
    –¿Por qué no? Quizá su compañía de seguros me lo venda.
    –¡No se entrometa, Stark!
    –Está bien, Blake... –Sorprendido por mi vehemencia, me tomó de un brazo para calmarme.– No buscaré los restos. El río se los llevará al mar. Comprendo cómo se siente.

    Avanzábamos apenas por el tramo central del puente. Centenares de luces de frenos me latían en los ojos a medida que los conductores se detenían y reanudaban la marcha. A un brazo de nosotros, las vigas del puente retrocedían con tal lentitud que yo podía contar los remaches bajo la pintura descascarada.

    Volví a tener la certeza de que estaba atrapado. En lugar de acercarnos al final del puente de Walton, nos alejábamos cada vez más. Las filas de automóviles y autobuses se extendían frente a nosotros como inmensas correas de transporte. A mis espaldas, la costa de Shepperton, con sus fondeaderos y arsenales, parecía encontrarse a doscientos metros.

    El río oscilaba. Sentí náuseas y me apoyé contra el respaldo de mi asiento, sofocado por los vehículos que me cercaban por todos lados, moviéndose pero inmóviles, las luces drenándome los ojos. Esperé a que se disipara la ilusión, prisionero de aquella larga calzada de metal.

    –¡Blake, ya nos movemos! ¡Tranquilícese!

    Pero yo sabía lo que hacía.

    Cuando abrí la puerta, sentí una mano de Stark sobre mi pecho lastimado. Lo aparté de un codazo y me arrojé al suelo. Pasé por encima de la valla, que me llegaba hasta la cintura, y salté al camino para peatones. Corrí por la pendiente hacia la segura costa de Shepperton.

    Cinco minutos después, cuando el río quedó a mis espaldas, me senté en un banco junto a las desiertas pistas de tenis. Libre del miedo que me había dominado en el puente, me masajeé el pecho magullado. Por lo menos sabía que Stark no había intentado revivirme: las manos que me habían marcado las costillas eran más grandes, fuertes como las mías.

    Miré hacia los álamos secos, hacia las calles y las casas distantes. Por algún motivo que yo no alcanzaba a distinguir, estaba atrapado en ese pueblo ribereño, en torno del cual mi mente había delineado un estricto perímetro cuyos límites eran la carretera, al norte, y el sinuoso curso del Támesis al este y al sur. Miré el tránsito que avanzaba hacia el este, hacia Londres, ya seguro de que si intentaba escapar por esa última puerta del horizonte, las mismas perspectivas alucinantes volverían a sofocarme.

    Dos jovencitas y una mujer mayor, la madre de ellas, se acercaron a las pistas de tenis, raquetas en mano. Me miraron de soslayo, perplejas ante la imagen de ese joven sacerdote con zapatillas de tenis, sin duda borracho de vino de misa. Me dieron ganas de pasarme la tarde jugando al tenis con esas mujeres. A pesar de mi agotamiento, me dominó el mismo deseo sexual –poderoso pero indiscriminado– que había sentido por todas las gentes a quienes conociera en Shepperton, después de mi caída: Stark, la niña ciega, la joven médica, aun el sacerdote. En una ardiente ensoñación contemplé a la madre y las dos hijas, como si estuviesen desnudas y ellas lo supieran. Quería seducirlas con la promesa de una confesión entre las peripecias del juego, copular con cada una de ellas entre una volea y otra y montarlas cuando se agacharan junto a la red.

    ¿Por qué me había dejado atrapar en Shepperton? Quizá continuara pensando en el pasajero del avión, algún mecánico secuestrado junto con el Cessna, y de manera inconsciente me negara a salir del pueblo hasta no rescatar su cuerpo. ¿Ese pasajero desconocido habría tratado de matarme en una última, desesperada convulsión? Creí recordar una lucha en la cabina sumergida del Cessna: sus manos expulsando el aire de mi pecho, su boca adherida a la mía para absorber el último hálito que lo mantendría vivo unos segundos más.

    Las mujeres habían detenido el partido de tenis. Raquetas en mano, me miraban en silencio, maniquíes de una pesadilla. Por la tierra revuelta a mis pies, y el polvo que subía en el aire, comprendí que yo había imitado esa titánica lucha subfluvial, peleando conmigo mismo ante las mujeres.

    Exasperado por sus miradas atónitas, les grité una obscenidad y crucé el parque corriendo.

    El sol, que durante todo el día había pendido sobre el río como un reflector olvidado, ahora yacía sobre los estudios de cine, al noroeste de Shepperton. El follaje del parque parecía más sombrío y la luz bajo los árboles había quedado atrapada allí por unas pocas horas más, incapaz de realimentarse a sí misma. En algún lugar cercano, en un prado junto al parque, oculta por una obscura valla de rododendros, jugaban los tres niños. David corría a los tumbos por la hierba, Jamie gritaba, la ciega Rachel impartía unas rápidas instrucciones. Recordé ese trío encantador y decidí unirme al juego. Caminé entre los rododendros y me adelanté por ese prado recóndito que junto a un arroyo iba a dar al río. Observé a los niños que jugaban en la hierba. Caminaban en fila por un mundo imaginario, hacia un cantero de flores recién plantado entre los árboles. El risueño mongólico iba delante; Rachel y Jamie lo seguían llevando ramilletes de tulipanes marchitos.

    Se detuvieron con aire solemne junto al cantero de flores. Rachel se arrodilló, tanteó la tierra con manos rápidas y depositó los tulipanes entre las margaritas y los ranúnculos. Entonces comprendí que el cantero de flores era una tumba, y que los tres niños celebraban un funeral por los tulipanes muertos que encontraron en los recipientes de basura del parque. Habían hecho una modesta cruz con varillas y la habían adornado con pedazos de vidrio coloreado y papel plateado.

    Conmovido por ese rito candoroso, avancé hacia ellos. Los niños volvieron hacia mí unos rostros alarmados. Rachel, pálida de pronto, arrojó los últimos tulipanes a la tumba y buscó las manos de su guía. Sin darme tiempo a hablar, huyeron entre las hierbas altas animados por las voces de alarma de Jamie.

    –¡Rachel...! ¡No te haré daño! ¡Jamie...!

    Entonces descubrí que habían encontrado un compañero para que compartiera la tumba con los tulipanes. La cruz de madera reproducía toscamente la imagen de un avión, las alas y la cola dibujadas con tiza.

    Pero ¿era el Cessna lo que proyectaban enterrar?

    Eché una mirada al prado secreto. Los niños habían desaparecido. Por primera vez tuve la sensación de que podía estar muerto.

    Pero ese atardecer, en el desierto refugio entre los árboles, nació en mí la resolución de probar que si en verdad había muerto, si había muerto ahogado en la máquina robada, a partir de entonces viviría para siempre.


    9. La barrera del río


    –¿Estoy muerto?

    Hablé en voz baja ante la tumba, esperando una respuesta. Miré con furia el avión dibujado en la cruz y los sofocantes rododendros.

    ¿Por qué me había perturbado a tal punto ese juego de tres niños impedidos? Pateé las flores de la tumba, atravesé el follaje polvoriento y regresé al parque. La luz atrapada bajo los árboles se arrojó sobre mí, entusiasmada al descubrir algo vivo de que apoderarse. Jugó alegremente en las solapas de mi chaqueta, retozó alrededor de mis zapatillas blancas.

    Estaba seguro de no haber muerto. La hierba aplastada bajo mis pies, la luz crepuscular reflejada por el río, los ciervos que pastaban y la corteza rugosa de los álamos secos me convencían de que todo era real, de que no era la invención de un moribundo encerrado en un avión sumergido. Sabía que no había perdido el sentido en ningún momento. Había salido de la cabina antes de que se hundiera. Y me recordaba a mí mismo de pie entre las alas, con él agua remolinando alrededor de mis piernas.

    Fui hacia el río agitando los brazos para rechazar la luz que se apiñaba a mi alrededor, claque demasiado entusiasta. Mi premonición del desastre reflejaba el temor de que yo lo hubiera inventado todo –ese pueblo, esos árboles, esas casas, hasta los talones de la doctora Miriam St Cloud, sucios de hierba–, inclusive a mí mismo.

    En ese instante estaba vivo, pero ¿había muerto antes? Si había permanecido en el avión durante once minutos, ¿por qué no había acudido nadie en mi auxilio? Ese grupo de personas inteligentes –entre las cuales había una médica– se había congelado a la orilla del río como si yo mismo hubiera detenido el mecanismo del tiempo mientras escapaba del Cessna. Volví a verme tendido en la hierba mojada, el pecho estrujado por manos desconocidas. ¿El corazón me habría fallado por unos segundos, transmitiendo a mi mente exhausta una premonición de la muerte que los niños habían incorporado a sus juegos?

    No estaba muerto. Permanecí en la orilla, mirando el agua serena y la apacible luz crepuscular. En la playa había un bote de remos. Avancé por la arena y arrastré el bote hasta el agua. Armé los remos y me alejé remontando la fría corriente que fluía junto con la luz, ocultando las aguas obscuras bajo la superficie.

    Fui acercándome a la mansión Tudor. El río golpeteaba contra la proa, computando alguna suma urgente.

    Ya estaba en el centro del Támesis; abajo, a través de la superficie opalescente, vi el espectro blanco del Cessna. Solté los remos y me tomé de la borda. El avión yacía en el lecho del río, a siete metros de profundidad, sobre el tren de aterrizaje, como estacionado en un hangar subfluvial. La puerta de la cabina estaba abierta y oscilaba de un lado a otro en la corriente. Me sorprendió la extensión de las alas: aletas de una raya gigantesca.

    Un cardumen de peces plateados pululó en torno del Cessna, yendo y viniendo a lo largo de las alas y el fuselaje. La luz reflejada por los cuerpos moteados iluminó la cabina, revelando fugazmente la imagen de un hombre ahogado ante el tablero de mandos.

    Remé con una mano, los hombros asomados por sobre la borda, la boca y el mentón rozando el agua, preparado para beber el ácido de mi propia muerte. La cabina estaba sólo a unos cuatro metros de distancia, iluminada intermitentemente por la acuosa luz solar. Unas sombras móviles cruzaban el panel de instrumentos.

    Vi otra vez la obscura imagen ante el tablero: ¡mi propia sombra proyectada a través del agua!

    Exhausto, me desplomé en el fondo del bote, entre los remos. En el prado que veía ante mí el ganado tascaba pacífico la hierba profusa. Me separaban de la orilla – hechizada por las dulces trenzas de los sauces– unos pocos golpes de remo. Desembarcaría en ese sitio. Ahora que había confirmado que yo estaba solo en el avión podría irme para siempre de Shepperton. Caminar por ese prado tranquilo, entre el ganado satisfecho, me haría revivir antes de regresar el aeropuerto.

    Enfriándome las manos en el agua, remé hacia la orilla. El río se afanaba en torno del bote bullendo con miríadas de partículas, formas de hidras y amebas, restos de insectos y plantas, algas minúsculas y animales ciliados. Mis dedos filtraban nubes de polvo en suspensión, en el umbral de la vida: lo animado y lo inanimado en un espectro continuo que me adornaba con una guirnalda de arco iris.

    Levanté el agua con las manos y examiné ese hormigueo de partículas a la luz del sol. Agitados feligreses de una catedral en miniatura colmaban el agua viviente. Deseé hacerme tan pequeño como una mota de polvo, hundirme en ese estanque que sostenía entre mis manos ciclópeas, remontar esos haces de luz hasta los lugares donde la vida misma nacía desde ese coloquio de polvo.

    Sin desviar la mirada, esperé a que el bote encallase. Cuando las últimas gotas cayeron de mis manos, alcé los ojos hacia la orilla opuesta.

    El lomo inmenso de un río abierto se extendía a mi alrededor, la superficie argéntea de un Missisipi colmado de sol cuyas orillas formaban un horizonte remoto. Una orla de árboles festoneaba la costa de Shepperton; apenas discerní a través de las hojas el frente de la mansión Tudor. Ante ella, sobre el césped, había dos figuras minúsculas, con rostros que eran apenas unos puntos luminosos.

    Resuelto a cruzar el río a pesar de las visiones que pudieran alterarme la mente, empecé a remar con fuerza. El agua embestía los flancos del bote. Aunque vi por encima del hombro que el puente de Walton se alejaba de mí, seguí remando sin pausa. Se me reabrían las heridas de los nudillos, pero estaba seguro de que si continuaba remando atravesaría el perímetro en que mi mente se había encerrado a sí misma. Concentré todas mis fuerzas, Colón arengando a una tripulación descreída, Pizarro surcando el Amazonas silencioso y espectral.

    Mis manos resbalaban sobre los remos ensangrentados. Me puse de pie, solo en ese universo de agua, e impulsé el bote con un solo remo. Ambas orillas se habían desvanecido bajo el horizonte. La sangre que me chorreaba de las manos manchaba el agua. Los coágulos se alargaban en cintas, estandartes que celebraban ese viaje homérico.

    La luz menguaba. Exhausto, arrojé el remo al fondo del bote. El sol había llegado al horizonte, y el aire antes transparente fue poniéndose brumoso y opaco. Unas nubes tenues fluctuaban sobre el agua y los hilos de sangre, como si unas extrañas aves marinas estuvieran naciendo de la sangre y el hálito de mis esfuerzos, quimeras voraces que se alimentarían de mi carne.

    Desistí de cruzar el río y empecé a remar otra vez, iniciando el largo viaje de regreso a la costa de Shepperton. Precipitándose hacia mí, los álamos secos se alzaron en la orilla como impulsados por unos enormes elevadores mecánicos; la cola del avión empezó a transmitir su mensaje; la mansión Tudor asomó sobre el agua. Con una última embestida, la hierba invadió la playa.

    Estaba a pocos metros de la orilla. Miriam St Cloud y su madre, de pie sobre la hierba en la penumbra, unían las pálidas linternas de sus rostros como para guiarme con la luz de un faro. Cuando desembarqué, tropezando en la arena húmeda, se me acercaron por la playa y me tomaron de los brazos. El aroma de sus cuerpos flotaba pesadamente sobre las flores obscuras.

    –Blake, no se agite. Apóyese en nosotras. Somos verdaderas.

    Miriam me enjugó los nudillos ensangrentados, impasible, como un médico que atiende a un niño después de una travesura peligrosa. Comprendí que procuraba mantenerse apartada de mí, clausurar la puerta de sus emociones ante el riesgo de que yo la involucrara en mi propia pesadilla.

    La señora St Cloud me condujo hacia la casa. Esperaba que me insultase: su ternura me sorprendió. No había ninguna hostilidad en ella; me ceñía con brazos tibios, apoyándome con mano firme la cabeza contra el hombro, como consolando a un hijo pequeño.

    ¿Me habrían observado toda la tarde mientras remaba con desesperación a poca distancia de ellas, niño absorto en su juego de Colón?

    –Tenemos todo listo para usted, Blake –me dijo–. Le hemos preparado un cuarto, y ahora queremos que duerma por nosotras.


    10. La noche de los pájaros


    Esa noche, en el dormitorio principal de la mansión Tudor, tuve el primero de lo que entonces creí que eran sueños.

    Volaba en un cielo nocturno, sobre un pueblo que reconocí: Shepperton. Abajo estaba el lomo plateado del río, la doble curva que abrazaba los amarraderos y los barcos junto al puente de Walton, la mansión Tudor y el parque de atracciones con su rueda giratoria. Seguía el rumbo sur que ese día había iniciado en el Cessna. Pasé sobre los estudios cinematográficos, donde el avión antiguo yacía sobre la hierba obscura, y después sobre el terraplén de la carretera. A la luz de la luna la superficie de cemento era una infinita pista de aterrizaje. Los habitantes de Shepperton dormían tras las cortinas corridas.

    Las mentes que soñaban sostenían mi vuelo.

    Al pasar sobre sus cabezas sabía que volaba, no como un piloto en un avión, sino como un cóndor, ave de buen augurio. Ya no dormía en el dormitorio de la mansión de los St Cloud. Aunque consciente de mi mente humana, y enardecido como nunca podría estarlo un pájaro por el aire vertiginoso y las puntiagudas ramas de los álamos secos, comprendí que tenía la forma visible de un ave. Surcaba majestuoso el aire frío. Veía mis alas enormes, la orla acanalada de plumas de un blanco helado. Sentía los músculos poderosos en mi pecho. Rasgaba el aire con las garras de una gran ave rapaz. Me envolvía un plumaje áspero, de olor acre, que no era el olor de un mamífero. Hileras de esposos malolientes manchaban el aire nocturno. No era un ave graciosa, sino un cóndor de energía violenta. En mi cloaca había incrustaciones de excremento y semen. Estaba dispuesto a copular con el viento.

    Mis gritos surcaban el aire veloz. Volé en círculo en torno de la mansión Tudor. Suspendido ante las ventanas de mi dormitorio, vi mi lecho vacío, las sábanas revueltas como si un ser enloquecido hubiera luchado con unas alas pesadas tratando de liberarse. Sobrevolé el parque proyectando mi sombra lunar entre los canteros de flores y rocé el agua con mis talones, enviando dos chorros de rocío sobre el Cessna sumergido.

    Ansioso por que el pueblo dormido se uniera a mi vuelo, planeé sobre las casas y grité ante las ventanas. Sobre el tejado del salón de belleza había una forma blanca acurrucada. Un ala se abría débilmente: era un pájaro lira que pugnaba por escapar de la mente dormida de la solterona, acostada en el dormitorio. Describí un círculo sobre esa ave sensible, instándola a confiar en el aire. Al otro lado de la carretera de Londres, sobre el tejado de la carnicería, se movían dos halcones. El macho probaba las alas, espíritu liberado del sólido carnicero que dormía en la cama matrimonial, sobre un depósito en el que colgaban cortes de carne vacuna y porcina. Su mujer ya había soltado amarras. Se pavoneaba por el tejado, lanzando ávidos picotazos a los aromas nocturnos.

    Para alentarlos a que me siguieran, sobrevolé la calle lunar, llamando suavemente a esos primeros compañeros que había rescatado de su sueño. El pájaro lira desplegó las alas con temor y saltó en la noche. Cayó hacia el jardín y estuvo a punto de clavarse en una antena de televisión; al fin consiguió afirmarse en el aire y remontó vuelo hacia mí. Pero yo no estaba dispuesto aún a copular con esa ave en el viento.

    En todos los tejados de Shepperton aparecían pájaros liberados por mis gritos: maridos y esposas ataviados con un nuevo, brillante plumaje nocturno; padres con crías bulliciosas, resueltos a alzar vuelo todos juntos. Suspendido sobre ellos, oía la baraúnda de los gritos y el batir de las alas. Una densa espiral de formas aéreas se elevaba en la noche, procesión ascendente que pasaba del sueño a la vigilia. Parejas de cisnes salían de los apartamentos sobre los supermercados, serpentarios enteros volaban desde las casas junto a los estudios cinematográficos, águilas doradas emergían desde las imponentes mansiones junto al río, una bandada de gorriones irrumpía desde las tiendas de campaña donde dormían unos niños exploradores, cerca de la carretera.

    Seguido por esa multitud de aves, atravesé el parque en dirección al río. Millares de plumajes emblanquecían el aire de la noche. Juntos volamos alrededor de la mansión. Miriam St Cloud dormía en su cuarto, ajena a los vehementes cortejantes que me acompañaban. Volé una y otra vez sobre el jardín obscuro, gritando para despertarla.

    Yo deseaba que todos copuláramos con ella.

    El aire estaba colmado de aleteos, de graznidos. Enardecida por la muchacha que dormía, la inmensa bandada era toda lujuria. Picos y garras me hurgaban las alas: cada ave quería absorberse en mi plumaje, compartir conmigo el cuerpo dormido de Miriam St Cloud.

    Las alas me quitaban el aire, me sofocaban en un vacío de plumas.

    El cielo dejó de sostenerme. Caí hacia el parque de atracciones, abriéndome camino con ese huracán de pájaros y gritos. Exhausto, llegué hasta el chapitel de la iglesia y me posé sobre el techo. Al plegar las alas, tuve conciencia del enorme peso de mi cuerpo y de los grandes brazos emplumados que me apretaban el pecho y me arrastraban al sueño otra vez.

    Las láminas de plomo cedieron bajo mis garras. Incapaz de abrir las alas, caí en el espacio obscuro hasta dar contra el suelo embaldosado de un cuarto pequeño.

    Permanecí agotado entre mis alas exánimes, rodeado de mesas sobre las que se exhibían esqueletos de animales extraños, desmembrados en parte. Delante de un microscopio, sobre un escritorio de tapa inclinada, vi lo que parecía ser el esqueleto de un hombre alado. Tendía los brazos largos, como para recogerme y llevarme a la necrópolis del viento.


    11. La señora St Cloud


    Al despertar sentí una boca suavemente posada sobre mis labios y una mano que me acariciaba el pecho. Un río de luz inundaba el cuarto, fluyendo por las altas ventanas frente a la cama. El sol matinal había cruzado el prado y brillaba ante mí como si hubiera procurado despertarme desde el amanecer.

    Cuando me senté, la señora St Cloud me observaba serenamente de pie junto a la ventana. Estaba donde la había visto por primera vez tras la caída del Cessna, un brazo alzado hasta las cortinas de brocato. Más tranquila ahora, parecía la aplomada hermana mayor de su propia hija. ¿Me había besado mientras yo estaba durmiendo?

    –¿Pudo dormir, Blake? Nos ha traído usted un tiempo insólito. Anoche estalló una tormenta extraordinaria... todos soñamos con pájaros.
    –Desperté una vez... –Recordé mi propio sueño, y su clímax agotador, y me sorprendió sentirme tan descansado.– No oí nada.
    –Me alegro. Queríamos que descansara. –Se sentó en la cama y me tocó un hombro, mirándome con aire maternal.– Fue algo excitante, por cierto; una especie de tormenta eléctrica. Oíamos a millares de pájaros volando por los aires. Ha habido muchos daños. Pero supongo, Blake, que para climas insólitos ya le basta a usted con el que tiene dentro de la cabeza.

    Advertí que se había marcado en el pelo una onda leve pero coqueta, como si estuviese esperando a un amante. Yo pensaba en mi sueño, en la visión del vuelo nocturno y aquel final de pesadilla, cuando me había sentido ahogado en un vacío de alas batientes antes de caer a través del techo de la iglesia en un extraño cuarto repleto de huesos. La autenticidad de la visión me enervaba. Recordaba mis embestidas y mis giros en el aire sobre el pueblo iluminado por la luna tan vividamente como el vuelo del Cessna desde el aeropuerto de Londres. Los gritos de los pájaros enardecidos de lujuria, mis propios reclamos a Miriam St Cloud, la fuerza desatada de los cuerpos emplumados, la violencia cloacal de aquellas criaturas primitivas, todo parecía más real que este cuarto civilizado y lleno de sol.

    Levanté las manos heridas, que la doctora Miriam me había vendado antes de dormirme. La hilaza del vendaje y la piel lastimada de mis antebrazos y mis codos estaban incrustadas de partículas negras, como si me hubiera debatido con una almohada cubierta de pedernal. Recordé vagamente que había corrido desde la iglesia a la luz de la luna. El hedor de los pájaros, la tosca belleza del aire me envolvían el cuerpo, el acre olor de las aves marinas que se alimentaban de carne todavía viva. Me sorprendió que la señora St Cloud no hubiera reparado en ese olor.

    Permanecía sentada junto a mí, acariciándome el hombro. Receloso, me quedé apoyado contra la almohada, observando el cuarto al que madre e hija me habían llevado tras mi vano intento de cruzar el río. Lo que me desasosegaba era que ambas me habían esperado, como si yo, un miembro de la familia, hubiera vivido en esa casa durante años y hubiera regresado después de un accidente en el río.

    ¿Cómo podían estar seguras de que volvería? Las dos mujeres me habían desnudado con un extraño sentido de intimidad física, como descubriendo un tesoro que se disponían a compartir. La señora St Cloud se puso de pie, tomó mi traje del armario y cepilló las solapas, como tratando de borrar las huellas de mi piel en la tela, los rastros de mi cuerpo en esa sarga barata. Me palpé las costillas magulladas y la boca –aún tan doloridas como la tarde anterior– y pensé en mi sueño. No había sido más que la fantasía de un aviador caído, pero mi poder sobre las aves, el modo en que las había conjurado desde los tejados obscuros, me daban de pronto una sensación de autoridad. Tras años de fracasos, de desencuentros con una forma de vida que se ajustara a la imagen secreta que tenía de mí mismo, había rozado fugazmente los bordes de una especie de realización. Había volado convertido en cóndor, el superior de los pájaros. Recordaba mi imperio sexual sobre todos ellos y deseaba que Miriam St Cloud me hubiera visto transfigurado en la más grande de las rapaces. La habría atraído hacia el cielo, como a un albatros tímido. Y de no ser por aquel súbito pánico de lujuria aérea y el hundimiento del techo de la iglesia, la habría poseído en el hondo lecho del aire nocturno.

    Al pensar en mi caída pregunté a la señora St Cloud: –¿Hay un museo aquí? ¿Con una colección de huesos?

    La señora St Cloud depositó el traje de sacerdote sobre la cama, sonriendo al acariciar la tela.

    –¿Piensa usted donar los suyos, Blake? A decir verdad, hay un museo en la sacristía de la iglesia. El padre Wingate es un excelente paleontólogo. Según parece, en el Támesis pueden encontrarse las muestras más insólitas. Seres prehistóricos, peces fósiles... –Me apartó el pelo de la frente.– Para no mencionar los pilotos náufragos...
    –¿La tormenta dañó el techo de la sacristía?
    –Sí, por desgracia. –La señora St Cloud se asomó por la ventana e hizo señas a alguien en el parque.– Ha llegado la policía.

    Salté de la cama y permanecí desnudo detrás de ella. Dos policías uniformados cruzaban el parque con la doctora Miriam. Los tres niños impedidos jugaban alrededor del sargento, que señalaba el ganado en el prado más allá del río. Sin duda sabía que el Cessna había sobrevolado el parque al dirigirse hacia el sur, desde el aeropuerto de Londres, pero ignoraba que el avión estaba en el agua a pocos metros de él. El espectro blanco del Cessna fluctuaba bajo la superficie soleada.

    –Blake... –La señora St Cloud trató de calmarme.– No lo molestarán.

    Confundido, procuré decidir si correría hacia el avión o trataría de escabullirme entre los policías. Miriam había avanzado hacia la franja de la playa y permanecía allí en su guardapolvo blanco, como ocultando el avión de los policías mientras se preguntaba qué hacer conmigo. Los niños la habían seguido y gritaban con forzado entusiasmo ante el agua, con ondas amenazantes alrededor de los pies. Corrían extendiendo los brazos, Rachel como un pequeño avión ciego entre Jamie y David. Jamie clavó la prótesis en la arena mojada y miró al cielo frunciendo los ojos y chillando al ritmo de la cola del Cessna que se mecía en las ramas del olmo seco.

    La señora St Cloud me acariciaba los hombros, pero yo miraba a su hija. Con las manos metidas en los bolsillos, contemplaba la ventana, sopesando sagazmente mi futuro en sus ojos tranquilos. Se había soltado el pelo, y este vellón cautivo jugaba ahora libremente alrededor de sus hombros, saboreando el aire del río como las aves ansiosas que yo había visto en mi sueño. ¿En qué hermoso y bárbaro animal se habría convertido, ser quimérico que perturbaba el aire matinal?

    –Ya se van. –La señora St Cloud saludó al sargento con la mano.– Sabe Dios a qué han venido...

    Los policías saludaron y regresaron al automóvil. La señora St Cloud me miraba las magulladuras del pecho. Mientras me acariciaba el cuerpo, recorriendo mi piel con los ojos, comprendí que ignoraba haber participado en la conspiración inconsciente que me había protegido. Los testigos de mi caída se habían constituido a sí mismos en una familia protectora. Stark era mi ambicioso hermano mayor; Miriam mi prometida. Pero si la señora St Cloud había tomado ella misma el papel de madre, ¿por qué mostraba de manera tan obvia que yo la atraía sexualmente? Recordé la tolerancia con que Miriam la había observado mientras su madre me desnudaba la noche anterior, muy consciente de aquella excitación sexual.

    Aproveché el momento para apretar las manos de la señora St Cloud contra mis costillas. Los dedos delgados no alcanzaban a cubrir las marcas azules.

    –Señora St Cloud... usted estuvo junto a mí en la playa. ¿Vio si alguien me reanimó?

    Me acarició los omóplatos, como palpando los muñones de mis alas.

    –No, no creo que nadie se atreviera, Blake. Yo estaba demasiado asustada para pensar. Sé que lo insulté... me enfureció verlo vivo cuando ya había aceptado que estuviera muerto.
    –¡No estoy muerto! –La aparté con violencia.– ¡Tengo que irme!
    –No... no puede irse ahora. Miriam dice que le encontrará un trabajo en la clínica.

    Bajó los ojos cuando le deslicé un brazo por la cintura. La alejé de la ventana, como un hipnotizador desnudo con una mujer madura en trance. La desvestí y nos tendimos en la cama. Ocultó el rostro contra mi pecho, pero advertí que percibía el olor acre, ese resabio sebáceo del cóndor que el fuerte resplandor del sol despertaba en mi piel. Al abrazarla y rozarle los labios con mi boca lastimada, ese olor violento me enorgulleció. Trató de apartarme, asqueada por el hedor, los ojos fijos en mi piel. Me arrodillé frente a ella y poniéndole las piernas alrededor de mi cintura, recordé las alas enormes que me habían remontado en el cielo nocturno. Me imaginé a mí mismo copulando con la señora St Cloud en el aire. Sabía que éramos cuatro los participantes: ella y yo, el gran cóndor y el hombre o la mujer que me había reanimado, y cuya boca, cuyas manos aún sentía en mi piel.

    –¡Blake... usted no está muerto!

    La señora St Cloud se aferró a mis caderas. Jadeaba, y la sangre que había bebido le manchaba la boca. Yo luchaba contra esa mujer madura, empujándole contra la almohada los hombros anchos, apretándole la boca ensangrentada contra los labios y la nariz, sorbiendo el aire que le brotaba de la garganta. Ya no importaba su sexo: trataba de fundir nuestros cuerpos, uniendo en un solo ser nuestros corazones, nuestros pulmones, nuestros brazos, nuestros riñones. Sabía que me quedaría en el pueblo hasta haber copulado con cada uno de sus habitantes –mujeres, hombres y niños, perros y gatos, los pájaros enjaulados en las salas de enfrente, el ganado en el prado, los ciervos en el parque, las moscas en este dormitorio–. Los cuatro nos uníamos en el viento.

    La señora St Cloud yacía exhausta junto a mí, absorbiendo el aire luminoso a través de la boca ensangrentada. Tendida de espaldas, buscaba mi mano con una mano temblorosa, las piernas pecosas extendidas, como muertas. En la piel irritada de los pechos y el vientre aparecían ya unos moretones obscuros.

    Esperé junto a ella, sintiendo que casi había matado a esta mujer, salvada sólo porque yo mismo había estado a punto de morir sofocado. Se incorporó, y me puso una mano sobre el pecho, buscándome el diafragma, como para asegurarse de que yo había vuelto a respirar. Mientras se vestía permaneció junto a la cama con la boca y el pecho manchados de sangre. Me miraba sin hostilidad, muy consciente de lo que había hecho.

    Comprendí que ella daba por sentado que yo había intentado matarla, a esa madre que acababa de dar a luz a una criatura violenta y bárbara, arrancándome de su cuerpo.

    Antes de irse se detuvo junto a la ventana, y dijo distraídamente: –Hay un buitre en el prado. Dos. Mire, Blake... buitres blancos.


    12. ¿Soñaron anoche?


    ¡Buitres! Mientras corría escaleras abajo, abotonándome la chaqueta de sacerdote, pensaba que esas aves devoradoras de carroña habrían escapado del zoológico de Stark, atraídas por el hedor del cadáver aún atrapado en el Cessna. Desde la terraza del invernadero procuré descubrir los buitres blancos sobre el cuerpo del pasajero. El césped centelleaba como vidrio molido. Una tormenta feroz había perturbado la noche. Entre los senderos de grava el sol se reflejaba en charcos de agua. A lo largo de la costa de Shepperton las hojas de los plátanos y los abedules brillaban sin rastros de polvo. En contraste, el prado de la orilla opuesta parecía amarillento y desleído.

    –Pelícanos...

    Aliviado, miré los dos torpes pájaros que avanzaban a los tumbos por el césped. Sin duda la tormenta los había traído a las tierras del interior, aunque el mar estaba a ochenta kilómetros. Hundían los picos pesados entre los gladiolos, sin saber qué hacían en el parque de esa mansión Tudor, entre árboles ornamentales y canteros de flores.

    En la playa el espectáculo era más siniestro. Un petrel enorme destripaba un esturión, desgarrando con los talones la carne ensangrentada. De pico corvo y cuerpo poderoso, ese pájaro ártico en nada se parecía a las aves que poblaban el plácido valle del Támesis.

    Tomé una piedra del sendero y la arrojé hacia la playa. El petrel volvió río abajo, arrastrando perezosamente las vísceras del esturión, reflejándose en la arena húmeda, teñida con la sangre que se diluía en el agua.

    Avancé por la playa, cubierta de restos marinos y de cientos de plumas endurecidas. Un bolso de lona con el instrumental para arqueología del padre Wingate aún estaba en la arena, junto a una grieta abierta en la orilla de guijarros por la oleada que el Cessna había levantado al hundirse. De casi dos metros de largo y unos treinta centímetros de profundidad, la hendidura era suficientemente grande para dar cabida a un hombre. Sentí la tentación de meterme en ella, como Arturo en Avalon o como un mesías durmiendo un sueño eterno en una tumba ribereña.

    A unos pocos metros la arena relumbraba con un fulgor plateado, un espejo que se fundía en el río. En las aguas bajas, entre los pilares eduardianos del muelle, yacía una góndola de la rueda giratoria. Arrancada por la tormenta nocturna, una parte del muelle de atracciones de Stark se había desplomado en el agua, llevándose consigo parte del tiovivo. Entre los desechos de la playa mojada se veía un caballito alado.

    Recordé mi sueño, y los cuerpos de los pájaros enloquecidos que entrechocaban sobre el parque de atracciones y giraban a mi alrededor en el aire vertiginoso. Poco después del amanecer el río había devuelto este antiguo Pegaso a la misma playa a la que yo había llegado nadando. Me acerqué al caballo y lo arrastré hacia la costa. La pintura fresca me plateó las manos y dejó una huella jaspeada en la arena.

    Mientras me limpiaba las manos en la hierba, los pelícanos me observaban desde los macizos de flores. La misma luz vivida relumbraba sobre las plumas. Las hojas de los sauces y los abetos parecían retocadas por un jardinero psicodélico aficionado a los colores chillones. Una urraca voló sobre el césped fulgurante: sus plumas brillaban como las de un guacamayo.

    Estimulado por ese despliegue de luz, contemplé el agua vidriosa. La tormenta había alterado el río. Montones de anguilas pululaban en los vados. En las partes más profundas se movían unos peces corpulentos que parecían haber elegido el Cessna como morada. Pensé en la señora St Cloud, en nuestra unión sexual extraña y violenta, en el alumbramiento de un niño adulto que habíamos parodiado. La nerviosa irritación de la luz en esa mañana de domingo ya despertaba en mí una renovada energía sexual.

    Al salir del jardín de los St Cloud para entrar en el parque, pasé junto a un corzo que restregaba el hocico contra un abeto. Bromeando a medias, traté de aferrarle los cuartos traseros, sintiendo hacia ese tímido animal el mismo impulso sexual que sentía aun por los árboles y la hierba bajo mis pies. Quería festejar la luz que bañaba el pueblo todavía dormido, derramar mi semen sobre los cercos pulcros y los jardines primorosos, irrumpir en los dormitorios donde los contadores públicos y los agentes de seguros dormitaban sobre los periódicos dominicales, y copular al aire de las camas con las esposas e hijas dulces como la noche.

    Pero ¿seguía atrapado en Shepperton?

    A esa hora en que las calles estaban desiertas, di la vuelta al pueblo. Siguiendo el contorno de la carretera, a partir del sitio donde había fracasado en mi primer intento de huida, partí hacia Londres, por una zona donde una serie de lagos apacibles y depósitos de cantos rodados llenos de agua, entre terraplenes de arena, sucedían a los campos. Dejé atrás las últimas casas al este de Shepperton, pasé por encima de un cerco y atravesé un campo de amapolas, rumbo al primero de los lagos.

    En las aguas bajas había un transportador abandonado junto a dos carrocerías de automóviles herrumbradas. A medida que me acercaba a ellos el aire parecía oscilar a mi alrededor. No le presté atención, y apresuré el paso. De pronto, la perspectiva de arenales y lagos se invirtió, como en un signo de advertencia. El suelo fangoso giró a mis pies, antes de ceder todo alrededor, mientras una turbamulta de ortigas en una plataforma de cemento se precipitaba desde lejos para envolverme las piernas.

    En ese instante renuncié a toda idea de abandonar Shepperton. Mi mente aún no estaba preparada para escapar de este suburbio indescriptible.

    Pero si estaba atrapado allí, al menos me concedería una libertad absoluta para hacer cuanto se me antojara.

    Tranquilizado, crucé el campo y regresé al pueblo. Cuando entré por las calles en calma, los habitantes ya podaban los cercos y lavaban los automóviles. Un grupo de niños recién bañados iba a la escuela dominical. Pasaban frente a los jardines luminosos, sin darse cuenta de que los seguía un sátiro enjaulado, que calzaba zapatillas de tenis, dispuesto a apoderarse de sus cuerpecitos. A la vez me inspiraban una extraña ternura, como si los hubiera visto nacer. Ellos y sus padres eran también prisioneros de este pueblo. Deseé que pudieran aprender a volar, robar aviones ligeros...

    Desde un jardín cercano a los estudios cinematográficos, se elevó una cometa, un rectángulo de papel y bambú en la que un niño había pintado una cabeza de pájaro, el perfil de un cóndor. Miré cómo subía sobre el horizonte de Shepperton, y reparé en un desván que había visto en mi sueño. Era el mismo tejado a dos aguas por donde había caminado la pareja de halcones, la misma buhardilla de dintel adornado.

    Tras la valla de los estudios cinematográficos, sobre la hierba, junto a los hangares de utilería, se alineaban varios aviones antiguos: triplanos Spad y Fokker, un enorme biplano encordelado de entre guerras, varias réplicas de Spitfires. Ninguno de ellos estaba allí cuando volé por primera vez sobre Shepperton; pero los había visto sobre la hierba nocturna durante mi sueño.

    Miré a mi alrededor y comprendí que también había visto esas casas. Las plantas inferiores me eran desconocidas, pero reconocí con claridad los techos y las chimeneas, las antenas de televisión en las que había estado a punto de ensartarme. De un edificio de apartamentos salió un hombre de unos cincuenta años acompañado de su hija adolescente; los dos me miraron de reojo, como preguntándose qué iría a pedirles. Recordé el toldo de lona a rayas en el balcón de la última planta, la pareja de halcones que yo había precipitado hacia el cielo de la noche.

    Sin duda la hija me había reconocido. Cuando la saludé con la mano, se quedó mirándome como hipnotizada. El padre avanzó hacia el camino y me hizo un gesto amenazador.

    Procuré calmarlos alzando mis manos vendadas y los nudillos ensangrentados.

    –Díganme... ¿soñaron anoche? ¿Soñaron que volaban?

    El padre me apartó de un codazo y cogió con fuerza el brazo de su hija. Iban camino de la iglesia, y era evidente que no esperaban encontrar mi presencia mesiánica en la puerta de la calle. Mientras se alejaban a toda prisa, alcancé a percibir bajo el pesado aroma de colonia el olor acre pero familiar que todavía impregnaba sus cuerpos recién bañados.

    Dos parejas de ancianos pasaron junto a mí con sus hijos adultos. Me miraron con irritación, pero caminé a la par de ellos husmeando el aire.

    –Y ustedes... ¿alguno de ustedes soñó que volaba?

    Les sonreía, excusándome por mi raído traje clerical y mis zapatillas de tenis. Mientras tanto yo continuaba oliendo ese mismo olor punzante, el hedor de las aves rapaces.

    Siguiendo este rastro aéreo me interné en el pueblo. Un grupo de grandes aves marinas volaba sobre el centro comercial, gaviotas de aguas profundas que la tormenta había traído desde alta mar. En el techo del supermercado había un cuervo; dos oropéndolas se habían posado sobre la fuente ornamental junto a la oficina de correos. En esa apacible mañana otoñal, una abigarrada vida alada se había materializado sobre las cabezas de los feligreses que iban a la iglesia. Los pájaros invadían el centro comercial, atraídos por el olor acre de aquellas gentes a quienes tomaban por miembros de su propia especie. Las pesadas gaviotas andaban a los tumbos por las baldosas decorativas, las alas debatiéndose entre los zapatos lustrados. Una mujer rió nerviosamente desconcertada cuando una de ellas intentó posársele en el sombrero; un anciano de porte rígido, vestido de tweed marrón, alzó el bastón ante un cuervo dispuesto a instalársele en el hombro. Los niños corrían riendo entre las oropéndolas que saltaban de una mano a otra y llameaban entre los aparatos de televisión y las máquinas de lavar.

    Acosados por los pájaros, atravesamos el centro del pueblo, más allá del brillante follaje del parque, y avanzamos hacia la iglesia que se alzaba junto a la piscina al aire libre. Por lo menos allí los pájaros nos dejaron en paz, como ahuyentados por la inmensa cantidad de plumas que una vertiginosa justa aérea había esparcido sobre los techos de los automóviles, cerca del cementerio.

    Ante la sorpresa de todos, las puertas de la iglesia estaban cerradas con candado. Perplejos, los feligreses permanecieron entre las lápidas con los libros de oraciones en las manos. El anciano alzó su bastón hacia la torre de la iglesia y el reloj. Varios números romanos habían caído de la esfera, y las agujas se habían detenido pocos minutos después de las dos. Las grandes lajas del pavimento, alrededor de la iglesia, estaban cubiertas de plumas, como si una enorme almohada hubiera estallado sobre el chapitel.

    –¿Es usted el cura? –Una joven esposa a quien yo había seguido desde el centro se atrevió al fin a señalar mi traje. Era evidente que no lograba explicar la conjunción del corte clerical de mi chaqueta con mis zapatillas de tenis y mis manos ensangrentadas.– El servicio tenía que empezar a las once. ¿Qué ha hecho con el padre Wingate?

    El marido la apartó en el momento en que el anciano de traje de tweed avanzó y me tocó el hombro con el puño del bastón. Me observó con la mirada de un militar retirado que todavía desconfía de todos los civiles.

    –¿No es usted el piloto? Ayer cayó en el río. ¿Qué hace usted aquí?

    Los feligreses me rodearon, una congregación frustrada. Mi presencia en tierra los llenaba de inquietud. Me habrían preferido a salvo en el aire. ¿Acaso advertían cómo mi mente irradiaba esas perspectivas invertidas que me habían atrapado en el pueblo?

    Alcé los puños vendados, me abrí paso entre ellos hacia las puertas de la iglesia, levanté el pesado aldabón, y golpeé tres veces. Me irritaban esas personas tímidas, con trajes bien planchados y vestidos floreados, de una decorosa religiosidad. Sentí el impulso de forzar las puertas y empujarlos hacia los bancos, y obligarlos a asistir en la nave a un acto indecente: embadurnar con la sangre de mis manos el Cristo ensangrentado, abrirme la bragueta, orinar en la pila, cualquier cosa con tal de quitarles aquella timidez y comunicarles un pavor frenético y violento. Tenía ganas de gritarles: «¡Aquí en Shepperton se están reuniendo las aves, quimeras maravillosas que nunca han soñado los estudios de cine!».

    Señalé los petreles que volaban en torno del chapitel de la iglesia.

    –¡Los pájaros! ¿No los ven?

    Cuando los feligreses retrocedieron entre las lápidas, advertí que una insólita vegetación crecía entre los guijarros de alrededor del atrio, como brotando de mis talones. Me descubrí rodeado por un grupo de plantas que parecían gladiolos, de medio metro de altura, con hojas como espadas y una trompeta blanca y carmín –los colores del semen y la sangre– en cada flor.

    Hice señas a los feligreses, inmóviles, con los libros de oraciones en las manos, expresiones frustradas, el embarazoso olor a pájaro. Iba a ordenarles que recogieran las flores, pero volvieron los ojos hacia la puerta de la vicaría: el padre Wingate estaba en el umbral, fumando tranquilamente un cigarrillo. No llevaba sotana sino un sombrero de paja y una camisa floreada; parecía un corredor de Bolsa que inicia resueltamente sus vacaciones. Aunque los feligreses sonreían esperanzados, agitando los misales, el padre Wingate los ignoró y cerró la puerta detrás de él.

    Sin dejar de fumar, me clavó la mirada. Una arruga profunda le cruzaba la frente poderosa, como si hubiera recibido un duro golpe capaz de quitarle su confianza en el mundo de alrededor... Quizá la noticia del cáncer inoperable de un amigo íntimo o la muerte de una sobrina predilecta. Parecía preocupado, y llegué a pensar que no recordaba que era el sacerdote de esta parroquia, y esperaba distraído a que yo mismo celebrara el oficio religioso.

    En lo alto habían reaparecido las gaviotas. Guiadas por los petreles, giraban en torno a la iglesia, rozando con las pesadas alas el chapitel, procurando arrancar los últimos números de la esfera del reloj y acabar así con todo el pasado de Shepperton. Manchas de excrementos cubrían los automóviles y las lápidas. Alarmados, los feligreses retrocedieron hacia la piscina.

    –¡Padre Wingate! –llamó el militar retirado–. ¿Necesita ayuda, padre?

    El sacerdote no le prestó atención. Bajo el sombrero de paja, el fuerte rostro se había replegado en sí mismo. Rodeado por los chillidos de las gaviotas que descendían en picado, los feligreses se dispersaron entre los automóviles estacionados.

    Cuando hubo partido el último de ellos, el padre Wingate avanzó a grandes zancadas desde la vicaría hacia la iglesia. Arrojó el cigarrillo entre las lápidas e inclinó la cabeza en un breve saludo.

    –Sí... pensé que vendría. –Miró mi traje de sacerdote, casi con la esperanza de no reconocerme.– ¿Es usted Blake, el piloto que aterrizó ayer? Recuerdo sus manos.


    13. Los luchadores


    A pesar de esta bienvenida, el sacerdote no hizo nada por mostrarse amable, y continuó hablándome con la agresividad que yo había notado el día anterior. Mientras nos acercábamos a la iglesia me obligó a caminar detrás de él. Tuve la impresión de que el padre Wingate habría deseado luchar conmigo hasta derribarme entre las flores del camino pateándolas como un jugador de fútbol de mal talante. Tratando de evitarlo, mis pies resbalaban sobre las plumas empapadas por la lluvia.

    El padre Wingate me tomó de los hombros. Me observó la boca, como para clasificarme dentro de alguna especie conocida.

    –Blake, parece usted un sonámbulo. Quizá todavía no haya bajado a la tierra.
    –No he dormido por culpa de la tormenta. –Le aparté las manos de mis hombros. Bajo la camisa floreada sudaba copiosamente. A diferencia de sus feligreses, no olía a pájaro. Lo cierto era que no lo había visto en mi sueño... Para salir de dudas, le pregunté: – ¿No ha visto las aves?

    Asintió con aire resignado, como admitiendo que me había apuntado un tanto.

    –A decir verdad, las he visto. –Señaló el reloj de la torre con el sombrero de paja.– He visto algunas muy extrañas anoche. Según dice mi ama de llaves, todo Shepperton ha dormido con una pajarera en la cabeza.
    –Entonces usted ha tenido el mismo sueño...

    El padre Wingate abrió el candado de las puertas de la iglesia.

    –¿De modo que era un sueño...? Me alegra que lo diga, Blake. –Atravesó las puertas y me indicó que lo siguiera.– Y bien, acabemos con esto.

    Mientras yo atisbaba en la nave a través del aire tibio y estancado, el padre Wingate arrojó el sombrero de paja sobre la pila bautismal. Se volvió de súbito en la penumbra como dispuesto a atacarme. Di un paso atrás. El padre Wingate levantó un extremo del banco más cercano y arrastró el mueble de roble por el pasillo, dispersando sobre las baldosas los libros de oraciones.

    –Blake, tome la otra punta. Juntemos fuerzas.

    Levanté el banco; en la luz tenue no podía ver mucho más que la camisa floreada del sacerdote. Oí que jadeaba pesadamente, como un animal que se debate dentro de su madriguera en alguna crisis privada. Llevamos juntos el banco hasta la pared oeste de la nave y volvimos en busca del siguiente. El padre Wingate se movía con la impaciencia de un tramoyista que dispone de cinco minutos para un cambio de escena. ¿Había alquilado el edificio a la compañía cinematográfica para algún episodio de la película de aviones? Arrojó al aire los almohadones de terciopelo raído, empujó el atril contra la puerta de la sacristía, llevó un montón de libros de oraciones bajo el brazo izquierdo, y los metió en un cajón tras la pila bautismal. Yo esperaba que en cualquier momento llegara un técnico del estudio con un contingente de escenógrafos y actores vestidos con trajes de aviadores, dispuestos a transformar esa iglesia parroquial en un puesto médico de Flandes, en una capilla del frente de batalla desventrada por las fuerzas de la obscuridad.

    El padre Wingate volvió de la sacristía con dos paños blancos, y cerró las puertas del entarimado del órgano. Quitó las velas de los candelabros de plata y cubrió el altar y el crucifijo con uno de los paños blancos.

    –Blake, ¿dónde está usted? No se quede ahí soñando con sus pájaros. Enrolle las alfombras.

    Mientras nos movíamos en la nave sombría, desmantelando el interior de la iglesia, yo observaba al sacerdote. El sudor le corría por los surcos de la cara y caía en gotas brillantes sobre las lajas desgastadas. Durante una breve pausa se tendió en uno de los bancos. Un hombre corpulento, pensé, acosado por una obsesión baladí, que me utilizaba como excusa para enfrentar sus propios problemas. Miraba los vitrales, como pensando en cómo bajarlos al suelo de la nave.

    A pesar de toda su energía, ¿sabía lo que estaba haciendo? ¿También él había tenido aquella visión premonitoria del holocausto? Se me ocurrió que reaccionaba con toda sensatez, trasladando todo lo que pudiera poner a resguardo y desplazando los bancos para que la nave sirviera de refugio, verdadero puesto de primeros auxilios en la inminencia de la muerte que bajaría del cielo.

    Pero la brusquedad con que tomaba los libros de oraciones, los retratos de santos y apóstoles en marcos dorados que amontonaba en el cajón, me convenció de que lo impulsaba otro motivo, un plan en el que yo habría de tomar parte. El padre Wingate barría los puentes de su vida anterior con demasiada fruición.

    Sin pensarlo, respondí a este desafío de energía física, íbamos de banco en banco, los alineábamos contra las paredes. Me quité la chaqueta y dejé al aire las magulladuras de mi pecho. Mientras bregábamos con aquellos pesados maderos, yo sabía que mi oponente era ese sacerdote de cincuenta años, y que yo lanzaba mis puños y mis hombros contra los de él. Separados por la extensión de cada banco, afianzábamos los pies sobre las baldosas húmedas y acometíamos contra la inmensa serpiente rígida que sosteníamos entre ambos.

    Transportado por el sudor que cubría el piso de piedra y por el olor de nuestros cuerpos, miré con fruición la sangre que me brotaba de los nudillos. Una excitación casi homoerótica se había apoderado de mí. Arrastré por la nave vacía el último de los bancos, arrebatándolo de las manos del padre Wingate, que pretendía seguirme. Como un hijo que alardea de fuerza y brío, yo quería que me admirara.

    –Muy bien, Blake... estoy exhausto. Muy bien.

    Jadeante, el padre Wingate apoyó las manos contra los muslos en el centro de la nave llena de polvo. Tenía manchas de mi sangre en la camisa floreada. Aún ignoraba quién era yo y qué me había traído a Shepperton, pero me miraba con el súbito afecto de un padre que después de luchar con un extraño descubre que es su propio hijo. A partir de ese momento tuve una confianza total en ese sacerdote renegado.

    Más tarde, cuando hube barrido el piso de la nave, el padre Wingate abrió las puertas para que el fresco aire matinal quitara el polvo de la iglesia. Se quedó mirando cómo el viento agitaba los paños que cubrían el altar y la pila, y volvía las páginas de los libros de oraciones. Impertérrito ante ese acto de autovandalismo, volvió a ponerse el sombrero de paja con toda calma. Me echó un brazo sobre los hombros para sostenerse y me permitió conducirlo hacia la sacristía.

    Las manos del padre Wingate no alcanzaban a cubrir las marcas en mi pecho. Una vez más sentí mucho afecto por él, y lamenté que no me hubiera vuelto a la vida. Hasta entonces no me había sentido ligado a un hombre mayor que yo, ni me había enorgullecido la confianza que él me mostraba. Yo era el hijo pródigo ahora de regreso, el joven sacerdote alado: no sólo un hijo caído del cielo, sino también un sucesor.

    Ya tomaban forma en mi mente los pormenores de extrañas ceremonias y rituales fantásticos.

    El padre Wingate abrió la puerta de la sacristía. De inmediato vi el fulgor del sol que entraba por el gran agujero del techo, iluminando las baldosas rotas del piso y las cajas con muestras que llenaban el cuarto: fragmentos de huesos desgastados que eran cuanto quedaba de alguna playa de fósiles.

    –Antes de irme haré que reparen el techo para que pueda usted instalarse aquí. –El padre Wingate se arrodilló sobre las baldosas y recogió una pluma ensangrentada.– Un pájaro muy grande cayó aquí durante la tormenta. Tuvo que ser uno de los cóndores que escaparon del zoológico de Stark... Es muy descuidado con sus animales.

    Le tomé la pluma de la mano y me la acerqué a la boca; paladeé otra vez el olor del aire nocturno, el sebo de mis alas. El padre Wingate me llevó hacia la mesa del laboratorio, equipada con un microscopio y un juego de lentes. En mi sueño había visto el esqueleto completo de un ser alado, pero sobre la platina del microscopio había sólo una astilla de bordes rugosos. Ya poco tenía de hueso: tan vieja era que había empezado a volver a sus orígenes minerales, un nódulo de tiempo calcificado que conmemoraba un breve intervalo de vida de millones de años atrás.

    El padre Wingate me hizo mirar a través de la lente ese hueso que flotaba como un antiguo planeta.

    –Encontré esto pocos segundos después de que llegara usted, Blake. La oleada provocada por el avión la llevó sin duda a la playa. De modo que usted la ha descubierto junto conmigo. Es la muestra más importante que he encontrado. No debería guardármela para mí. Pero será por unos pocos días... De todos modos, permítanme presentarlos, señores aviadores. Tendré que confirmarlo, desde luego, pero estoy casi seguro de que es parte del miembro anterior de un pez volador primitivo... Observe el punto de enganche para la membrana del ala. Un verdadero pez volador, quizá precursor del arqueoptérix, el ave más antigua de que tengamos noticia.

    Se quedó contemplando su tesoro; apoyaba una mano tranquilizadora en mi brazo, consciente, parecía, de la relación que había entre mi vuelo casi fatal y el largo viaje que mi antecesor alado había emprendido en el tiempo geológico, para acudir al fin a nuestra cita en esa mesa de muestras. La luz que atravesaba el techo acariciaba el hueso, reliquia de una nueva santidad aérea.

    –Padre Wingate, dígame... ¿por qué se irá de aquí?

    El padre Wingate me miró, sorprendido de que no lo supiese. Puso las grandes manos sobre las cajas de muestras.

    –Blake, éste es mi verdadero trabajo. Aunque usted no hubiera llegado, habría tenido que dedicarle todo mi tiempo. A propósito, lamento haberlo fatigado. Sé que los próximos días serán una prueba para usted.

    Alcé la mirada hacia el agujero de bordes mellados a través del cual había caído en mi sueño. Me volví hacia el padre Wingate, obedeciendo a la súbita necesidad de describirle mi extraña visión, mi temor de haber muerto y el modo en que había ido a parar a Shepperton.

    –Usted estaba allí cuando caí, padre. La doctora Miriam dice que permanecí bajo el agua por lo menos diez minutos. No sé por qué, pero tengo la sensación de que sigo atrapado en el avión.
    –¡No lo está, Blake! ¡Consiguió escapar! –Me tomó con fuerza de los hombros, casi como para instarme a que yo mismo asumiera mi propia defensa.– Blake, por eso he cerrado la iglesia. No sé cómo ocurrió. Pero sé que ha sobrevivido. A decir verdad, casi creo que no ha sobrevivido a la muerte, sino a la vida. Usted ha sobrevivido a la vida...
    –No he muerto.
    –Créame, Blake... desde ayer tengo una sensación incomprensible: no se trata de que usted esté vivo, sino de que nosotros estamos muertos. Aproveche cada oportunidad que se le presente, por rara que le parezca.

    Pensé en el parque de estacionamiento ante la clínica, en mi impulso de violar a Rachel.

    –Padre, ayer traté de violar a esa niña ciega. Por qué, no lo sé.
    –Lo vi. Pero logró contenerse. Acaso los vicios de este mundo sean metáforas de virtudes en el otro. Quizá pueda usted hacernos atravesar ese umbral, Blake... He sentido esos mismos impulsos demenciales...

    El padre Wingate contemplaba a través de la lente el fragmento del pez alado. Tomé de la mesa de zinc a sus espaldas la botella de vino de misa, resuelto a irme de la iglesia. Había convertido en mi padre a ese sacerdote simpático pero perturbado: otro miembro de la familia que yo mismo había reunido a mi alrededor con los testigos de mi caída. Ya conocía esos fósiles. Recordaba con nitidez cada uno de los huesos, perfilados por la luz de la luna mientras yo yacía tendido en el suelo, entre cajas de muestras, oyendo los gritos de las aves que embestían la torre de la iglesia, arrebatadas por aquel frenesí sexual. Recordaba las tibias de jabalí arcaico; el cráneo apenas humano del primitivo habitante del valle que vivió junto a ese río más de cien mil años atrás; el esternón de un antílope y el espinazo cristalino de un pez: todos integrando una extraña quimera. Recordaba también el espantoso esqueleto del hombre alado.

    En un caballete junto a la mesa del laboratorio estaba el dibujo que el padre Wingate hacía cuando caí al agua, el terso papel manchado por las salpicaduras. Había contemplado ese esbozo mientras se hundía el avión: la reconstrucción del ser alado en que me había convertido mientras nadaba hacia la playa, en parte hombre, en parte pez y en parte ave.


    14. El estornino estrangulado


    Vividas flores pululaban entre las tumbas, sus pétalos henchidos de semen abrevaban el sol. Embriagado por el vino de misa, atravesé el parque con la botella medio vacía en una mano. Mas allá del desierto campo de tenis, el río –espejo enardecido– me aguardaba con la intención de hacerme alguna travesura. El aire todo se había transformado en un vibrante tambor amarillo. El pesado fulgor del sol abrumaba el follaje de los árboles. Cada hoja era un postigo a punto de abrirse para revelar un sol en miniatura, uno de los ventanucos en el inmenso calendario navideño de la naturaleza.

    La misma luz intensa brillaba en los ojos del ciervo que me seguía hacia la clínica, en la corteza mercurial del abeto plateado, en los troncos inertes de los olmos secos. Pero por primera vez comprobaba que no tenía miedo. Mi encuentro con el padre Wingate me había hecho comprender lo que era sentir el apoyo de un padre: la misma seguridad que había extraído de la señora St Cloud. Yo los había tocado con mi sangre. Y lo que otorgaba al aire esa vibración era la tierra firme de nuestros corazones en que yo asentaba los pies, ese lugar que por fin había encontrado en el tiempo y el espacio.

    Ya estaba convencido de que la luz provenía tanto del sol como de mí mismo.

    Me calmé mientras me aproximaba al parque de estacionamiento de la clínica. Había unos cuantos ancianos sentados en la terraza de la unidad geriátrica: me miraron con interés mientras salía de entre los árboles esgrimiendo la botella. Los consultorios de la clínica ya estaban cerrados. Había tenido la esperanza de ver a la doctora Miriam, en parte para contarle que el padre Wingate había clausurado el templo –al día siguiente, los acongojados feligreses trastornados por la conmoción psicosomática colmarían la sala de espera–, pero también para exhibir ante ella mi nueva seguridad.

    Con el pico de la botella apoyado en los labios, observé los carteles frente a la clínica y las listas de enfermedades, que parecían destinos de los pacientes. Agité la botella ante los ancianos para animarlos. Copulando con ellos, con el ciervo leonado del parque, con las urracas y los estorninos, liberaría la luz que esperaba tras la mampara de realidad que cada uno de ellos tenía delante, como un escudo. Fundiendo mi cuerpo con el de ellos, uniéndome al tronco de los abetos plateados y los olmos secos, llevaría los tejidos al punto febril de un verdadero esplendor.

    La botella cayó a mis pies, salpicando con el resto de vino mis zapatillas de tenis. Confundido, miré a mi alrededor, buscando a alguien a quien perturbar con mis alucinaciones mesiánicas. Más allá de la clínica los niños jugaban en el prado, moviéndose en un sueño atemporal a través de la hierba resplandeciente. La gran cabeza de David oscilaba entre las amapolas, globo cuadrado que llevaba estampada la imagen de un rostro amable. Rachel lo seguía corriendo entre las flores de penachos carmesíes, con una serena sonrisa en los labios. Jamie gritaba tras ella girando sobre el eje de la prótesis, el rostro alzado hacia el sol como para mirarse la cara en un espejo.

    Dichoso ante la idea de reunirme con ellos, salí del parque y avancé hacia el prado. Los niños animaban la hierba profusa con sus juegos secretos. Cuando me reconocieron, gritaron de entusiasmo. Corretearon a mi alrededor, chillando mientras yo los perseguía con los brazos extendidos como las alas de un avión. Vi flamear un banderín blanco entre las piernas de Jamie.

    –¡Te sigo, Rachel...! ¡Vuelo sobre ti, Jamie...!

    Me precipité tras ellos, consciente de que en verdad no estaba jugando. Si atrapaba a uno de esos niños...

    Por suerte se me escabulleron arrastrando el banderín blanco como un cebo y desaparecieron atravesando la glorieta rumbo al muelle.

    Entré en la umbrosa glorieta y me acerqué a la tumba, ese ambiguo santuario de las flores. Observé cómo habían trabajado los niños y hasta qué punto los había inspirado mi llegada. Margaritas y amapolas marchitas llenaban la tumba, y la cruz de madera estaba ornamentada con una cinta de metal blanco, parte del remate del ala del Cessna arrancado por la corriente y depositado en la playa.

    Embriagado por el aroma de las flores marchitas, decidí descansar en esa tumba exuberante. El sol estaba ahora en el cénit y el calor atrapado en ese prado secreto agitaba a millares de insectos. Entre el estridor de las cigarras, las libélulas eran destellos eléctricos en el aire sofocante. En una rama de un abeto plateado se había posado un visitante insólito en ese pueblo ribereño: un papagayo escarlata cuyo plumaje resplandeciente se destacaba a duras penas en el espectro de luz excitada. El prado yacía ahíto de sí mismo, henchido con la savia de cada hoja.

    Yo permanecía tendido entre las flores, en majestuoso abandono. A medida que el sol iba entibiándome el pecho magullado, renacía en mí la vehemencia sexual que me había acosado durante todo el día. Pensaba en la doctora Miriam, en su madre, en los tres niños. Necesitaba copular con ellos, con los débiles ancianos, con el suelo tibio, y desembarazarme de mi piel reluciente como una serpiente dorada. Tenía otra vez la certeza de que esa vida abundante había brotado de mi propio cuerpo, saliendo por los poros y por las magulladuras con forma de mano que me cubrían las costillas.

    Dos ciervos aparecieron en el prado husmeando la hierba tibia. Penetré mentalmente en el cuerpo de esos seres tímidos. Soñaba con repoblar Shepperton, sembrando en los vientres de sus candidas mujeres una serie de criaturas extravagantes, niños alados, progenie quimérica, con el plumaje rojo y amarillo de los papagayos. Con astas como los venados, con las escamas iridiscentes de las truchas, estos cuerpos misteriosos se exhibirían en los escaparates del supermercado y en las tiendas de electrodomésticos.

    Hurgué entre las flores buscando la botella de vino de misa. Mi mano dio con un bolso emplumado de mujer, oculto allí por los niños. Recordé que la doctora Miriam no me había dado dinero para que pagara mi viaje al aeropuerto. Estaba a punto de abrir el bolso cuando descubrí que lo que sostenía en la mano era el cuerpo aún tibio de un estornino. Miré las plumas moteadas, el cuello quebrado, mientras oía los gritos exagerados de Jamie entre los árboles. En mi piel irritada por el resplandor del sol apareció una súbita urticaria. Manchas rojas, como picaduras de avispones invisibles, me brotaron en los brazos y en el pecho. Tuve la sensación de que otro ser quería compartir mi piel.

    Necesitaba mudar esa piel.

    Me incorporé y salí de la tumba, apartando con las manos la nube de pétalos que me caían de los hombros, y corrí por la hierba hacia el río. Desde todas partes los pájaros remontaban vuelo: centenares de estorninos y pinzones, habitantes de una pajarera enloquecida. Atraídas por esa luminosa mañana dominical, por el verano que se duplicaba en las flores refulgentes, muchas personas caminaban por el parque. Había parejas de jóvenes tendidos sobre la hierba. Un padre y su hijo remontaban una enorme cometa. Un grupo de actores aficionados con trajes shakesperianos ensayaba en el césped, y el círculo de arte local instalaba una exposición al aire libre, los cuadros modestos sofocados por los roncos chillidos de un papagayo.

    Agobiado por el calor, corrí hacia el río. Derribé a una niña que perseguía una paloma con pasitos vacilantes. La puse de nuevo en pie, deposité la paloma entre sus manos, y reanudé mi carrera, dejando atrás las pistas de tenis. En pleno vuelo las pelotas parecían hacerme señas. Animado por la esperanza de ver a Miriam St Cloud, avancé entre los olmos secos. Los jóvenes que tomaban el sol tendidos sobre la hierba de la pendiente me saludaron con gritos jubilosos. La piel me escocía; sorteé sus cuerpos, salté por encima de un perro que ladraba y me zambullí en el agua fresca.


    15. Nado como una ballena boreal


    Estaba en un recinto de cristal, sumergiéndome a través de infinitas napas de agua descendente. Sobre mí había una bóveda iluminada, una galería invertida de muros translúcidos, suspendida desde la superficie del agua. Transportadas por las corrientes que me acogían, las diatomeas enjoyaban los cardúmenes que habían acudido a recibirme. Tanteé en busca de mis brazos y mis piernas, pero habían desaparecido, transformados en aletas y en una poderosa cola.

    Nadaba como una ballena boreal.

    Refrescado por la corriente bienhechora en ese ámbito ajeno al polvo y al calor, viré hacia el sol y emergí a la superficie en un estallido de espuma. Detenido en el aire, exhibiéndome ante los centenares de testigos en la ribera, oí los gritos enardecidos de los niños. Giré sobre mí mismo y agité el agua convirtiendo el resplandor del sol en un laberinto frenético. Me precipité de nuevo a la superficie y proyecté hacia los niños el rocío que brotaba desde mis magníficos hombros. Mientras me volvía en el aire, los jugadores de tenis corrieron de entre los árboles para vitorear mi aparición. Un pescador tomó una plomada de su red y me la arrojó: bala de plata que atrapé entre los dientes.

    Todo Shepperton acudió para presenciar mi exhibición. Miriam St Cloud y su madre estaban en el jardín frente a la mansión Tudor, boquiabiertas ante mi esbelta belleza. El padre Wingate había desempacado la caja de muestras, con la esperanza de que mi estela explosiva le depararía otros fósiles raros. Stark permanecía a la defensiva en un extremo del parque de atracciones, temeroso de que yo sacudiera los pilares herrumbrados. Para invitarlos a que se reunieran conmigo, me deslicé en círculos por el agua ondulante: agitaba la cola para deleite de los niños, atravesaba con chorros de vapor el rocío transido de sol, avanzaba a breves brincos que bordaban el aire y el agua en un encaje de espuma.

    Debajo de mí el Cessna hundido yacía sobre el lecho del río en su podio de luz. Intentando huir de él para siempre, nadé hacia el embarcadero, donde las afiladas quillas de los yates me rasgaron la espalda. Si lograba avanzar entre ellas, me alejaría por el Támesis hacia el mar, hacia los océanos polares y el frescor de los témpanos.

    Pero cuando eché una última mirada a Shepperton, me conmovió el espectáculo de sus habitantes en la ribera. Todos esperaban que regresaría: los jugadores de tenis, los actores shakesperianos, los niños y sus padres con las cometas en las manos como regalos inútiles, los jóvenes amantes y las parejas maduras, Miriam St Cloud y su madre saludándome como imágenes en un sueño.

    Cambié el rumbo y volví hacia ellos, dichoso ante sus vítores. Un muchacho se despojó de la camisa y los pantalones, y se arrojó de cabeza en el agua revuelta. Atravesado por rayos de luz emergió a la superficie transformado en un hermoso y esbelto pez espada.

    Una muchacha con equipo de tenis se deslizó por la hierba húmeda y se zambulló en el agua. Entre la profusión de burbujas pasó junto a mí como un gracioso esturión. Riendo, una mujer madura y su marido permitieron que un grupo de adolescentes los empujaran desde la orilla; enseguida resurgieron entre un estallido de espuma convertidos en un par de dignas marsopas. Unos cuantos niños se arrojaron a la corriente y me rodearon como un cardumen de jaramugos plateados.

    A lo largo de la playa todos entraban en las aguas del río. Un padre y una madre atravesaron las olas, cada uno de ellos sosteniendo a un niño, y se transformaron en una familia de carpas doradas. Dos muchachas sentadas en la playa, las piernas metidas en el agua de la orilla, se miraban con deleite las colas elegantes que les bajaban perezosamente desde las cinturas. Se quitaron las blusas y fueron dos sirenas reclinadas con los pechos al aire. Dejaron que las ondas con que yo las envolvía suavemente –una manta de encaje tendida sobre dos amantes desnudas– las arrastraran al agua. Mientras las cabelleras se les disolvían en la espuma, se convirtieron en dos delfines juguetones que se alejaron deslizándose entre nubes de peces pequeños. Una mujer corpulenta de vestido floreado se desplomó jadeando en el agua y resurgió transformada en un majestuoso manatí. El grupo de actores isabelinos avanzó cauteloso hacia la corriente, las mujeres recogiéndose las crinolinas para que no tocaran la espuma manchada de arena, y desaparecieron bajo la superficie, transmutados en los integrantes de una escenografía subfluvial, un cardumen de angelotes con gorgueras de agallas translúcidas y emplumados con delicadas antenas.

    Unas cuantas personas todavía vacilaban en la orilla. Salté a través de las olas multitudinarias, instándolas a abandonar el aire sofocante. Los jugadores de tenis tiraron las raquetas y se zambulleron en el río donde nadaron como hermosos tiburones. El carnicero y su atractiva esposa bajaron a los tumbos la pendiente hacia el río, se sumergieron y navegaron como inmensas tortugas de caparazón ondulado.

    Casi todo Shepperton se había reunido conmigo en este nuevo ámbito. Me deslicé a lo largo de la orilla, frente a la cometa abandonada y las raquetas de tenis, las radios que seguían funcionando y las olvidadas cestas de picnic. Sólo quedaba un grupo que me observaba desde sus puestos habituales: Miriam St Cloud y su madre, el padre Wingate de pie en la playa, Stark y los tres niños. Pero sus rostros no tenían ninguna expresión, velados por el rocío como en un profundo sueño del cual yo estaba excluido.

    En ese instante supe que aún no estaban listos para unirse a mí y que eran ellos quienes soñaban.

    Me alejé siguiendo la corriente luminosa. Guiada por el pez espada, me rodeaba una congregación inmensa: cardúmenes de salmones, marsopas, truchas, delfines, manatíes. Me sumergí hacia el lecho del río arrastrando los rayos del sol. Juntos alzaríamos el avión y lo llevaríamos hacia el estuario del Támesis y el mar, carroza real en la cual yo transportaría a los habitantes de Shepperton hasta las profundidades abisales de sus vidas auténticas.

    La luz del sol palideció. Muy cerca de mí, a través del parabrisas borroneado por el agua, un rostro que ya no era humano me hizo una mueca. Un hombre ahogado con casco de aviador, la boca inmovilizada en el rictus de la muerte, yacía sobre los controles. Los brazos oscilaban hacia mí en la corriente que entraba por la puerta de la cabina.

    Aterrorizado por ese abrazo ondulante, me volví y escapé nadando ciegamente. El aire de mis pulmones atravesaba el agua violenta. Ya no era una ballena mientras buscaba la superficie entre los centenares de peces. Arrancada del avión, un pedazo de tela blanca ascendía en el agua. Siguiéndola, hendí la corriente. Y en una última, exhausta carrera hacia el sol, subí al aire.

    Desperté en el prado zumbante de insectos. Estaba tendido sobre las flores húmedas que llenaban la tumba. A pocos pasos de mí, los tres niños me miraban entre las amapolas. Tenía la chaqueta y los pantalones empapados de sudor. Estaba demasiado cansado para hablar a los niños. Se me estaba yendo un extraño dolor de cabeza. Respiraba con dificultad, como en un estertor. Procuré enfocar la mirada con los pájaros vividos y en las flores. Era consciente otra vez de mi boca y mi pecho lastimados, como si el ocupante muerto del aparato que yo había visto en sueños hubiese intentado ahogarme.

    Pero a pesar de la intensa realidad del prado, yo sabía que esa hierba tibia, esas libélulas, esas amapolas pertenecían a otro sueño, y que la febril alucinación durante la cual había nadado convertido en ballena boreal era una ventana abierta a mi verdadera vida.

    Me incorporé y me sacudí los pétalos de la chaqueta. Los niños se apartaron, aún subyugados por algo que habían visto. El estornino con el cuello roto estaba entre las margaritas marchitas. Jamie giró sobre las prótesis, evitando mi mirada. Pero arrugaba la carita, preocupada, como si hubiera deseado guiarme para que yo pudiera dejar atrás la ordalía de mi visión. Llevaba en las manos un gorrión muerto: otro bolso emplumado que esconderían en la tumba.

    Cuando los tres niños se fueron, caminé a solas en el atardecer, mi traje húmedo cubierto de un manto de arco iris, un confetti de pétalos para celebrar mis bodas con el prado.

    Los habitantes de Shepperton se alejaban de la ribera, de regreso a sus casas: los jugadores de tenis, los jóvenes padres con sus hijos, las mujeres viejas con sus maridos. Una extraña energía que yo no había advertido hasta entonces les iluminaba el rostro. Cuando pasaron junto a mí, noté que tenían la ropa mojada, como si los hubiera sorprendido un chubasco repentino.


    16. Un hambre especial


    Fue entonces, después de esta segunda visión, cuando Miriam St Cloud y yo empezamos a comprender qué estaba sucediendo en Shepperton. Cuando salí del parque y me aproximé a la mansión Tudor, Miriam me esperaba en el césped. Me adelanté por la hierba mojada y ella me observó sacudiendo la cabeza: yo era el paciente irresponsable empeñado en arriesgar su salud. Ya no me temía, pero sin duda esperaba que me fuera para siempre de ese pueblo antes tan apacible.

    –Blake, ¿no puede acabar con esos pájaros?

    Señaló las aves marinas que revoloteaban chillando sobre el agua veteada de espuma, como personajes de una fantasía que yo hubiera abandonado en pleno desorden. Una bandada de petreles y cormoranes se había sumado a los alcatraces, y un grupo de rapaces hambrientos de pesadas alas, rozaba con los picos la superficie del río, persiguiendo con una especie de histeria lastimera y distraída los peces que yo había conjurado. Pero esos peces nadaban ahora en las soleadas lagunas de mi mente.

    –Blake, ¿quiere que lo lleve a la estación? –Llevándose una mano a los ojos para no ver los pájaros, Miriam se puso delante de mí, cerrándome el camino.– ¿Tiene algún sentido que se quede usted aquí?

    A pesar de su actitud agresiva, estaba preocupada por mí como una joven esposa. Yo tenía la seguridad de que Miriam había presenciado mi visión de algún modo, quizá apenas en un súbito atisbo del mundo real que yo iba revelando al apartar las cortinas que encubrían Shepperton y ese ámbito sucedáneo. Cuando me quité la chaqueta empapada, me pasó las manos por el pecho y la espalda, en busca de nuevas heridas.

    –He nadado en el río –dije–. Tendría que haberme acompañado.
    –Supongo que el agua estaría deliciosa. Tiene usted suerte de estar vivo... había un pez espada en el río.
    –¿No vio la ballena?

    Sacudió la cabeza, mirando casi con desesperación las aves que chillaban en el aire.

    –Esos pájaros dan miedo... Fue usted quien los trajo aquí. He tenido que dar un somnífero a mi madre. –Guiándome hacia la casa, agregó con calma:– Blake, he visto algo. Quizá fuera una ballena... Un magnífico animal iba y venía por el río, como tratando de acercarse a la playa. A veces aparecen ballenas perdidas en el Támesis.

    Me tomó de un brazo y me llevó hacia la escalera, casi abrazándome. Mientras yo me desnudaba en el dormitorio ella doblaba de prisa mi ropa como una esposa que quiere que su marido se meta enseguida en la cama. ¿Conocía ya mi destino de copular con cada habitante de Shepperton? Permanecí desnudo frente a ella, las heridas en el pecho y en la boca más visibles que nunca a la luz eléctrica. Sonriendo para tranquilizarla, respondiendo con una sonrisa a su mirada desembarazada, le miré francamente el cuerpo, de embriagadores aromas. Dediqué mentalmente cada uno de nuestros posibles actos sexuales a los niños lisiados, a las mujeres jóvenes y a las ancianas, a los árboles y a las aves y a los peces, a ese pueblo transformado.

    –Miriam, ¿había alguien conmigo en el agua?
    –Unas cuantas personas... cinco o seis. Algunos de los que jugaban al tenis. Y es curioso: también uno de los carniceros del pueblo.
    –¿Sólo ésos?
    –Blake... –Aunque yo estaba desnudo, permitió que la abrazara, apoyando las manos contra mis hombros.– Estamos tan agotados... Primero la caída y la forma increíble en que consiguió librarse. Después la tormenta de anoche, esos pájaros raros y todos esos peces... Portentos de sabe Dios qué. Hay momentos en que no sé si estoy despierta o dormida.
    –Miriam... ¿estoy muerto?
    –¡No! –Me dio una palmada en la mejilla y después me sostuvo con fuerza la cabeza entre las manos.– Blake, no está muerto. Sé que no lo está. Pobre hombre, esa caída... Algunas de las cosas que se le ocurren llegan a asustarme. Está cruzando el tiempo y el espacio en un plano que no es el nuestro. Aquí ha ocurrido algo... tendría que irse de una vez por todas de Shepperton.

    Mis brazos la retuvieron. –No. Tengo que quedarme. Hay mucho que aclarar.

    –Hable con el padre Wingate, entonces. Sé que todo es un disparate, pero no se me ocurre otra cosa para ayudarlo.
    –El padre Wingate me pidió esta mañana que me haga cargo de la iglesia.
    –¿Por qué? ¿Qué piensa que puede usted hacer ahí?
    –Quizá celebrar un matrimonio... muy especial.

    Riendo, me apartó las manos, como temiendo que pudiera convertirla en una Diana de mil pechos.

    –Es curioso. ¿Sabe usted, Blake? De niña solía imaginar que me casaba en un avión. Creo que estaba enamorada de un piloto que había visto en Orly durante un cambio de aviones con mis padres. Por algún motivo, me fascinaba la idea de una boda a diez mil metros de altura.
    –Alquilaré un avión, Miriam.
    –¿Otra vez? Entre paréntesis, Stark es piloto... especializado. Como usted.
    –Pero no de verdad.
    –¿Lo es usted, Blake?

    Después del baño había recuperado mis fuerzas. Podría haber alzado a Miriam y llevarla a la cama. Pero pensaba en mis propios sueños de volar. ¿En verdad Miriam habría tenido esa fantasía infantil de casarse en el aire, o habría sido yo quien se la había impuesto? Un resplandor lívido le tiraba el pelo, bañaba los árboles en el parque, la hierba en el prado, y hasta mi sangre, que irrigaba todas las posibilidades secretas de nuestras vidas. Quería copular con Miriam St Cloud en el viento, atravesar con ella los frescos corredores del aire, surcar con ella las aguas de ese río pequeño rumbo a la mar abierta, ahogar las corrientes de nuestro amor en el ir y venir de las mareas oceánicas...

    –¡Blake!

    Jadeando, se debatió para desasirse de mí. Cuando tuvo libres los brazos me golpeó la cara con los puños duros. Durante un instante, mientras recobraba el aliento, me miró con verdadero terror. Cuando corrió hacia la puerta me toqué la boca herida, consciente de que había empezado a extraerle la vida de los pulmones, como había hecho con su madre.

    Después, todavía desnudo, sentado en un sillón de alto respaldo junto a la ventana, miraba hacia el río en el crepúsculo, hacia el agua ahora rojiza en la que había brincado transformado en una ballena boreal, el cuerpo esbelto vestido de espuma como las gorgueras de encaje de los actores shakesperianos. Lo que me perturbaba no era mi intento de asfixiar a Miriam St Cloud, sino la certeza de que ya no deseaba huir de Shepperton. Me sentía responsable, casi como si fuera el pastor, de los habitantes del pueblo. Las fuerzas invisibles que me habían salvado del avión me habían encomendado también la misión de salvar a estos hombres y mujeres, librándolos de las vidas que habían llevado hasta ahora, y de los límites que sus mentes y cuerpos les habían impuesto. De algún modo, mi salida del Cessna –cuyo espectro podía ver sumergido en el agua obscura más allá de la ventana– me había abierto las puertas del mundo real que aguardaba tras la mampara de cada flor, cada pluma, cada hoja, cada niño. Mis sueños de volar como un ave entre las aves, de nadar como un pez entre los peces, no eran sueños sino la realidad de la que surgía a su vez el sueño de esa casa, ese pueblo y sus habitantes.

    Mientras el aire de la noche me calmaba el pecho lastimado, fui sintiendo el poder que fluía de mi cuerpo y colmaba el río y el parque. Lamentaba haber asustado a Miriam... Deseaba que ella fuese el receptáculo de mi anhelo transformador, que nuestras bodas no fuesen una violación sino una coronación privada. Observé un cardumen de peces minúsculos, como un halo alrededor del Cessna, seres marinos de alguna tibia profundidad pelágica que habían cruzado los océanos para remontar el Támesis y darme luz.

    En cuanto al cadáver en el Cessna, ya no me atemorizaba ese cuerpo imaginario. Hasta respondía de buen grado al desafío: un duelo por el dominio de este río y de este pueblo.

    Durante toda la noche los habitantes de Shepperton siguieron paseando a lo largo del río. Contemplaban el vivido follaje del parque, que parecía brillar en la obscuridad como una selva junto a una ciudad tropical. El padre Wingate caminaba por la playa, junto al agua luminosa, abanicándose con el sombrero de paja. Recuperado de nuestro enfrentamiento en la iglesia, patrullaba la ribera como para asegurarse de que nada perturbaba mi descanso. Una vez más sentí la presencia de mi primera familia genuina. Todos ellos me alentaban a que me realizara como hombre y sacara el mejor provecho de mis posibilidades.

    Sin embargo, cuando el ama de llaves me llevó la cena en una bandeja, me sentí incapaz de probar la carne asada que ella había preparado. Aunque no había comido desde hacía cuarenta y ocho horas, sólo estaba hambriento de la carne de mi propia especie. Y devoraría esa carne: no con mi boca herida, sino con mi cuerpo todo, con mi piel insaciable.


    17. Un dios pagano


    A la mañana siguiente –era mi tercer día en Shepperton– empecé mi trabajo en la clínica de la doctora Miriam. Al cruzar el parque iba diciéndome a mí mismo que a pesar de su deferencia y de mis propios delirios mesiánicos, mis tareas serían casi de sirviente: tenía que limpiar los corredores y la sala de espera, hacer mandados para las enfermeras. En el momento de vestirme pensé en rechazar ese trabajo: tendría más tiempo para explorar Shepperton. Pero la solícita presencia de la señora St Cloud, que se demoraba junto a la bandeja del desayuno intacto, acabó perturbándome. Me miraba con expresión sonriente pero turbia, como aún bajo los efectos del sedante que su hija le había dado. ¿Acaso me creía su hijo menor, engendrado en la madurez y en el lecho de un marido muerto? Yo mismo, aún empeñado en imaginarme hijo suyo, sentía un vago bochorno al recordar nuestro contacto sexual. Desde la ventana la observé mientras conversaba frente a la casa con un joven mandadero. El interés evidente que le demostraba llegó a incomodarme. Casi me sentí rechazado por ella. La señora St Cloud elogiaba al muchacho, tocándole los hombros. Era obvio que yo había iniciado un rumbo insospechado en la vida suburbana de la señora St Cloud.

    Peto el sueño de la noche y el brillo del nuevo día me devolvieron la confianza. Me sentía halagado por la luz del sol que atravesaba los árboles y me seguía como un reflector en pos de alguna celebridad. Por lo demás, la clínica era el lugar perfecto para esperar a que se me ordenara la mente –sobre todo para el caso de que yo perdiera de pronto la conciencia o tuviera una hemorragia cerebral–, y yo descubriese el verdadero sentido de lo que ocurría a mi alrededor. Pensaba que la causa de mis extrañas alucinaciones y de la distorsión del tiempo y el espacio era quizás un coágulo en mi cerebro. La hierba y las flores resplandecientes me producían una excitación vertiginosa. Mi mente estaba demasiado cerca del filamento zumbante de una lámpara incandescente a punto de apagarse.

    El sol que se alzaba a mis espaldas parecía desbordar del río y transformar el parque y el prado en una ensenada óptica. Peces de toda clase colmaban el agua: cardúmenes de rubios y lucios ondulaban en torno del Cessna sumergido, como saciándose con los residuos de mi alucinación. Yo caminaba entre los árboles, extendiendo los brazos para atrapar las brillantes partículas de polvo. Al pasar frente a las pistas de tenis eché a correr, impulsado por la vehemencia de la luz creciente. Las franjas de pintura blanca se cernían a varios centímetros sobre el suelo de arcilla, como a punto de desprenderse de él y elevarse en las alturas para señalar el rumbo a un piloto de acrobacia. Conteniendo el aliento, me apoyé contra un Jacaranda, extraño visitante en ese parque templado. Las hojas estaban henchidas de savia iluminada; las flores acampanadas eran halos de sí mismas. Los ciervos se movían entre un grupo de abedules plateados, mordisqueando la corteza eléctrica. Cuando les grité, se volvieron mirándome con ojos centelleantes, como si la manada entera hubiera llevado lentes de contacto.

    El sol deliraba, alimentándose ávidamente del musgo tropical que pendía de los olmos secos. Los zarcillos de las lianas se enroscaban en los austeros castaños y en los plátanos. Macizos de lirios transformaban ese parque en un jardín botánico devastado y vuelto a plantar durante la noche por un horticultor enloquecido.

    Di un brinco sobre un macizo de tulipanes rojos abrumado por unos helechos enormes. Un guacamayo asustado alzó vuelo junto a mí. Al atravesar el parque se sacudió unas escamas de luz de las alas verdes y amarillas. A pocos metros de mí, Miriam St Cloud caminaba entre los árboles rumbo a la clínica, en un alboroto de oropéndolas y guacamayos: una joven médica que acudía a visitar a un paciente en medio de una naturaleza de copiosa fecundidad. Contento de verla, tuve la impresión de que era yo quien había preparado para ella toda esa sobreabundancia.

    –¡Miriam! –Corrí entre los automóviles estacionados y me detuve frente a ella, señalando con orgullo el brillante follaje, como un amante que ofrece un ramillete.– Miriam, ¿qué ha ocurrido?
    –El parque ha tomado alguna droga fertilizante, Blake.

    Arrojaba bayas contra un castaño, donde un animal que parecía un mono, de cola peluda, colgaba de una rama, sorprendido al verse en este parque elegante.

    Miriam sacudió una mano alrededor de la cabeza, como intentando contener el aire deslumbrante.

    –Guacamayos, pericos, ahora un tití... ¿Qué más nos traerá usted, Blake? –Avanzó de lado hacia mí, las manos en los bolsillos del guardapolvo blanco.– Es usted una especie de dios pagano.

    A pesar de ese sonriente remedo de bravuconería, me miraba con cierta cautela, pensando en la ambigüedad de mis proezas y nada dispuesta a enfrentarlas.

    –¿Un tití? –Al reconocer el animal, di un brinco en el aire, procurando asirle la cola.– Se ha escapado del zoológico de Stark.
    –O de la cabeza de usted, Blake... –Miriam señal; la clínica con un ademán.– Ha venido a trabajar aquí. Y bien: ¿qué se propone hacer?

    ¿Sospechaba que aún me acostaba con su madre? Dio unos pasos por el césped que bordeaba el parque de estacionamiento, mirando su propio reflejo en las puertas bruñidas y exhibiendo ante mí las fuertes piernas y caderas. ¿Qué podía hacer yo? Tenía ganas de gritar: ¡Puedo volar, Miriam, y puedo soñar! ¡Suéñeme! A pocos pasos de ella, sentí que mi sexo se enardecía. ¿Un dios pagano? Por alguna razón la frase me gustó: me daba seguridad.

    De pronto tuve la certeza: desde luego, no estaba muerto; pero tampoco estaba meramente vivo. ¡Estaba dos veces vivo!

    Incapaz de contenerme, cogí a Miriam de un brazo, deseando transmitirle la buena nueva y abrazarla en el asiento trasero del sedán estacionado de la partera local.

    –Quieto, Blake...

    Me apartó, evitando mi mirada. Temblando de excitación, me apoyé contra el parabrisas de un automóvil deportivo. Miré hacia el suelo: a través de las grietas del cemento brotaba una cárdena planta del trópico. Las opulentas flores color de sangre, como gladiolos aberrantes, parecían atraídas por mi vehemencia sexual, y se abrían entre mis piernas. Había visto las mismas flores ante la iglesia del padre Wingate. Ahora los tallos eran como lanzas bañadas de sangre que surgían desde mis pisadas apuntando hacia los automóviles estacionados.

    –Blake, son extraordinarias... ¡Qué hermosas!
    –Miriam, ¡le daré todas las flores que quiera! –Salmodiando ante los mil aromas de su cuerpo, entoné:– ¡Haré brotar orquídeas de sus manos, rosas de sus pechos! ¡Tendrá magnolias en el pelo...!
    –¿Y en mi corazón?
    –En el útero, ¡le pondré una trampa para moscas!
    –Blake... ¿Siempre se excita tanto por todo? –Sin saber aún cuál era la fuerza motriz que hacía saltar esos fusibles sexuales, Miriam se arrodilló entre los coches y comenzó a recoger las flores. Tranquilo ahora, miré orgulloso cómo esta hermosa joven llevaba mi sexo en las manos hacia la clínica. Advertí otra vez la fuerza que había sentido todo el día, una fuerza que me había inundado durante la última visión. Después del sueño en que volaba me había comportado como un pájaro herido atascado en un pequeño jardín suburbano: así de atrapado estaba yo en ese pueblo insípido. Pero luego de la visión en la que nadaba como una ballena, me había transformado, dándome cuenta de que haber escapado del avión hundido era un verdadero triunfo. Ahora alimentaba mis fuerzas el poder invisible de los grandes mares, que subía por la diminuta vena de este río modesto. Yo había salido a tierra firme renacido, como los antepasados anfibios que millones de años antes habían dejado el mar para recorrer los parques de la tierra joven. Como ellos, yo llevaba en el torrente sanguíneo recuerdos de esos mares, recuerdos del tiempo profundo. Yo había llegado con la majestad de las ballenas, la edad y la sabiduría de todos los cetáceos.

    Esa mañana anduve majestuosamente por toda la clínica con el estropajo y el balde, llevé la ropa al furgón de la lavandería, hice recados para las recepcionistas. Miré tranquilamente cómo Miriam repartía mis capullos en los quirófanos y las oficinas, llenando los floreros que yo había sacado para ella de un armario. Entre las pacientes de la sala de espera, las madres embarazadas y las esposas infértiles, dispuso las flores vividas de mi sexo.

    Dos de las pacientes eran mujeres maduras que yo había visto por última vez cuando saltaban al río, durante mi visión de los peces. Las recordaba, la peluquera del pueblo y la mujer del carnicero, navegando espléndidamente en el río atestado, parte de la congregación acuática. Ahora estaban sentadas entre mis flores, pensando sólo en venas varicosas y flujos menopáusicos. Mientras yo lustraba el piso alrededor de sus pies, ninguna me sacó los ojos de encima.

    Más tarde, cuando concluyó el turno matutino de la clínica, la doctora Miriam me llamó a la oficina para que le vaciara el depósito de instrumental quirúrgico. Sujetas a la pantalla iluminada, estaban las placas de rayos X de mi cabeza. Miriam daba la espalda a la ventana. Una luz brillante inundaba el parque con un fulgor casi eléctrico, como si uno de los equipos exteriores de los estudios cinematográficos hubiera encendido las luces de arco voltaico.

    –Aquí el índice de natalidad está a punto de irse a las nubes, Blake. ¿Se da usted cuenta de que esta mañana casi todas las pacientes estaban obsesionadas con la idea del embarazo? Hasta había una abuela pidiendo un donante para que la inseminase.

    Se quitó la chaqueta y me miró con interés frío. ¿Esperaría que yo sacase fuera el pene y me pusiese a trabajar? Quería tranquilizarla, darle coraje para que enfrentara mi presencia y nuestro futuro próximo.

    Revoloteé alrededor de ella con el balde de basura. Las formas y los olores de su cuerpo me trastornaban los sentidos. Todo me obsesionaba.: los dientes claros que entrechocaban mientras ella miraba las placas de rayos X; el lado izquierdo de la nariz, que olía una uña pintada; las caderas fuertes sobre las que se hamacaba de un lado a otro. Yo quería adueñarme del aire que ella respiraba, de los pensamientos que tenía en la cabeza, quería grabar sus risitas y sus miradas distraídas, quería destilar su transpiración y fabricar con ella los perfumes más exquisitos...

    –¿Usted ha tenido hijos, Miriam?
    –¡Claro que no! Aunque Stark y yo... –Me apartó con un ademán agresivo, y en un impulso repentino me siguió hasta la puerta. Me apretó con fuerza el brazo.– En realidad, desde que usted llegó no he pensado en otra cosa. Estoy tan obsesionada como esas mujeres estúpidas...
    –Miriam, ¿no entiende...? –Intenté abrazarla, pero ella me lo impidió con una fuerza notable.– Es el accidente... Usted...
    –Blake, por el amor de Dios... Anoche... usted estaba ensayando algún tipo de muerte. Si esa muerte era para usted o para mí, no quiero saberlo.
    –No era muerte. –Por primera vez la palabra no consiguió asustarme.– Una nueva forma de vida, Miriam.

    Después de que ella se fuera a hacer sus visitas en el coche deportivo, yo me quedé en la oficina y examiné las placas de rayos X en la pantalla, esas fotografías de mi cabeza atravesadas por una luz incesante. Me pareció que todo el mundo exterior, los árboles y el prado donde los niños construían mi tumba, las calles tranquilas de casas sosegadas, eran una inmensa imagen transparente proyectada en la pantalla del mundo, a través de la cual se derramaban, como una fuente continua, los rayos de una realidad más cabal.


    18. El curador


    Al mediodía sólo quedábamos en la clínica yo y la recepcionista, un ama de casa voluntaria. Mientras yo descansaba en la sala de espera, aguardando impacientemente el regreso de Miriam St Cloud, llegó una mujer con un niño de diez años. El chico se había quebrado un brazo mientras trepaba a un árbol del parque. La madre se quejaba neuróticamente, perturbando a la recepcionista que trataba de ponerle al niño una tablilla provisional.

    Entristecido por el llanto del niño, me acerqué a ver si podía hacer algo, mientras la madre decía furiosa: –Subió a la higuera que está al lado del supermercado. Parece como si todos los niños de Shepperton estuviesen allí. ¿No tendría que intervenir la policía? Entorpecen el tránsito.

    El chico continuaba llorando y se negaba a mirarse el brazo enrojecido y las venas doloridas. Le tomé la mano con la intención de consolarlo. El chico dio un respingo, y mientras se soltaba me golpeó los nudillos con el puño libre. Inmediatamente uno de los cortes se abrió, y una gota de sangre le cayó en el brazo, que él se frotó contra el cuerpo.

    –¿Quién es usted? ¿Qué le hace? –La madre trató de apartarme, pero el chico había dejado de llorar.

    De pronto el chico chilló, feliz. Orgulloso, le mostró a la madre el brazo delgado y sin marcas, y se lanzó al corredor, colgándose de las manijas de las puertas.

    La madre no salía de su asombro. Mirándome fijamente dijo, acusadora: –Usted lo curó. –Como la doctora Miriam, parecía enojada, con la misma expresión de resentimiento que yo había visto en las caras de los feligreses del padre Wingate.

    Después que ella y el chico se fueron, la recepcionista me señaló con un ademán el sillón de Miriam. Sin sacar los ojos de mis nudillos heridos, húmedos de tintura de sangre curativa, preguntó con naturalidad: –Señor Blake, ¿está usted preparado para ver al resto de los pacientes?

    Una hora más tarde había una enorme cola dentro de la clínica. Madres con sus hijos, un viejo en una silla de ruedas, un técnico de teléfonos con una quemadura en la mejilla, una joven con una pierna vendada, todos aguardaron pacientemente en la sala de espera mientras yo enceraba y lustraba los pisos de linóleo. De algún modo, la noticia de mi cura milagrosa se había difundido por todo Shepperton. De vez en cuando yo hacía una pausa en mi trabajo –quería dejar la clínica impecable para la doctora Miriam– y hacía pasar al próximo paciente al consultorio: una adolescente con acné, una azafata con dolores menstruales, un recadero de cine con problemas de incontinencia.

    Fingí examinarlos a todos atentamente, sin prestar atención a las muecas que hacían cuando yo los tocaba con las manos ensangrentadas. Para ellos yo era sin duda una especie de brujo omnímodo, cuya reputación los había traído hasta allí, donde se espantaban ante mi falta de higiene.

    Aunque los había curado continuaban mirándome con cierto disgusto, como si mi poder sobre ellos los ofendiera y se negasen a admitir el impulso que los había llevado hasta allí. Pronto descubrí que casi todos aquellos males eran de origen mental: mi caída del cielo había satisfecho evidentemente alguna necesidad profunda que cada uno expresaba a su manera, mediante esguinces y erupciones cutáneas. La mayoría eran pacientes estables de la doctora Miriam. Mientras enceraba el piso delante del conmutador, oí que ella llamaba varias veces para preguntarle a la recepcionista qué había pasado con ellos.

    El último en irse, un mecánico con una infección de garganta, me dio las gracias de mala gana mientras se le aclaraba la voz. Detrás de él, en los escalones de la entrada, estaba la punta de la cola. Los tres niños impedidos habían venido desde el prado secreto y se paseaban entrando y saliendo por las puertas. Los varones, cuando vieron que yo volvía a fregar y a encerar, apretaron las narices contra los vidrios de las ventanas. David susurró algo en el oído de Rachel mientras observaba con aire de esperanzada inteligencia los anuncios sobre inmunización, enfermedades venéreas y atención prenatal.

    Después de guardar el trapo y el cubo, me puse a pensar si tendría que atenderlos. No dudaba ni por un instante de mis poderes curativos: eran parte de la herencia legada por los poderes invisibles que habían presidido mi caída en el río. Al mismo tiempo me sentía aturdido, como un novio antes de la boda, con una sensación creciente de hambre, poder y lujuria, como si estuviese a punto de casarme con todo Shepperton.

    Los tres niños me esperaron pacientemente. A pesar del afecto que sentía por ellos, me asustaban. Me asustaba no poder curarlos. Me asustaba la tumba que me estaban construyendo, y que podrían terminar antes de que yo estuviese preparado, si les devolvía las facultades perdidas.

    –Ven aquí, Jamie. Tengo un regalo para cada uno de vosotros. David, trae a Rachel.

    Rachel, tus ojos.

    Jamie, tus piernas.

    David, tu cerebro.

    Me quedé en la puerta, llamándolos. Curiosamente, ahora no parecían muy dispuestos a acercarse, como si mis dones los pusieran nerviosos. Me arrodillé, preparando tres gotas de sangre en los nudillos, y en ese momento el ruidoso deportivo rojo llegó a la puerta de la clínica. La doctora Miriam, furiosa, me apuntó con el índice por encima del volante.

    –¡Blake... déjelos en paz!

    Miraba el aire brillante con la misma rabia, arrugando el ceño, tratando de apagar la luz que brotaba de los árboles y de las flores del parque. Hasta los pisos de la clínica, que yo había encerado tan cariñosamente para ella, reflejaban el mismo aire resplandeciente.

    Como no quería enfrentarme a esa joven con la que soñaba volar, dejé a los niños impedidos y eché a correr entre los coches hacia el pueblo iluminado.


    19. ¡Mira!


    Las flores y los niños alegraban el aire. Sin advertirlo, Shepperton se había puesto de fiesta. Mientras pasaba junto a la piscina al aire libre vi que toda la población estaba en las calles. De los miles de voces nacía un ruidoso espíritu festivo. Girasoles y llamativas plantas tropicales cargadas de frutos carnosos habían brotado en los cuidados jardines, invasores vulgares pero felices de un lugar de veraneo excesivamente formal. Las enredaderas colgaban de los letreros de neón instalados sobre el frente de las tiendas, y arrastraban flores perezosas entre las ofertas y los anuncios de saldos. Pájaros de extraordinarios plumajes atestaban el cielo. Guacamayos e ibis de color escarlata observaban desde el techo del edificio-garaje, y un trío de flamencos inspeccionaba a través del escaparate los automóviles de la sala de exposiciones, como esperando a que esos vehículos de bruñidos cromados saliesen a participar del día brillante.

    Una luz refulgente, como caída de la excitada paleta de un pintor de selvas vírgenes, se derramaba por todo el pueblo. La piscina al aire libre estaba llena de gente que se zambullía atravesando vividos arco iris de espuma. Conté una docena de llamativas cometas que volaban por encima de los techos, una de ellas de una envergadura de dos metros y con el emblema de un avión estampado en la tela blanca.

    Mientras aceptaba todos esos cumplidos, aliviado de que Miriam St Cloud hubiese decidido no seguirme, eché a andar hacia el centro del pueblo. Me sentía dominado por una extraña grandeza: sabía muy bien que de algún modo yo había hecho posible todo aquello. Había perdido el miedo inicial; nada de lo que sucediese allí me sorprendería. Disfrutaba de mi sensación de poder sobre ese pueblo pequeño, de mi certeza de que tarde o temprano copularía con todas esas mujeres de brillantes vestidos veraniegos que pasaban a mi lado caminando y conversando. Perversamente, sentía lo mismo por los jóvenes y los niños, hasta por los perros que corrían entre las gentes apiñadas en las aceras; pero esto ya no me escandalizaba. Sabía que tenía tantas cosas que hacer aquí, tantos cambios, y apenas había empezado.

    Ya estaba pensando en la siguiente visión, convencido de que no sería un sueño sino un reordenamiento de la realidad al servicio de un designio más amplio y más verdadero, donde los apetitos más fantásticos y los impulsos más aviesos encontrarían su auténtico significado. Recordé el tranquilizador comentario del padre Wingate: los vicios de este mundo son metáforas de las virtudes del otro. Pero ¿de qué extrañas criaturas eran metáforas esas mariposas, las sonrisas en los rostros de esos niños, el chillido de felicidad del niño que yo había curado? ¿Serían máscaras quizá de una verdad siniestra?

    En el centro de la calle principal, entre el supermercado y el puesto de gasolina, había aparecido una enorme higuera. El tronco grueso había partido el asfalto, arrancando pedazos casi del tamaño de un hombre. Las ramas anchas colgaban sobre la calle y arraigaban en las aceras. Una vasta multitud se había reunido alrededor del árbol; las madres saludaban con la mano hacia las ramas altas, donde unos treinta niños estaban sentados entre guacamayos y periquitos. El árbol bloqueaba todo el tránsito del centro del pueblo, y las ramas que estaban echando raíces –tan gruesas ya como patas de elefante– habían atrapado un coche. El viejo soldado del rifle no se apartaba del vehículo, gritándole órdenes a la esposa anciana, encerrada en el asiento trasero.

    Mientras avanzaba entre la gente tuve la certeza de que todo el mundo en Shepperton había decretado día de fiesta. Hasta la escuela había cerrado. Los maestros y las maestras despedían desde la puerta a los últimos niños que corrían gritando hacia la higuera. Mientras tanto, los comerciantes aprovechaban esa marea de clientes. A las puertas de las tiendas se veían hileras de máquinas de lavar platos, equipos estereofónicos, aparatos de televisión, entre cuyos muebles jugaban niños y pájaros. El gerente del emporio del mueble y sus ayudantes montaban al aire libre una exhibición de piezas de bar, sofás y juegos de dormitorio. Agotadas por el trajín de esa apretada feria, las amas de casa se recostaban en los mullidos colchones como turistas agradecidas.

    En la entrada de la tienda de golosinas, un grupo de niños se servía los chocolates y caramelos exhibidos en un mostrador, llenándose los bolsillos de tesoros imprevistos. Esperé a que el dueño los echase con la escoba, pero el hombre descansaba apoyado tolerantemente en la puerta, arrojando maníes a los guacamayos.

    Del otro lado de la calle estaba la estación de ferrocarril, de la que se preparaba a partir un tren suburbano. El maquinista esperaba asomando la cabeza por la ventanilla, y les gritaba a los pasajeros que seguían conversando en la plataforma. Secretarias y dactilógrafas, ejecutivos de traje obscuro con el maletín en la mano, ya llevaban horas de retraso para el viaje diario a Londres.

    –Blake, usted no ha conseguido nada... –Una niña pequeña, de mejillas embadurnadas de chocolate, me ofrecía un puñado de golosinas. Presté atención al zumbido de los motores eléctricos, tentado de abrirme paso entre la gente y subir corriendo al tren. En cuestión de minutos podía huir definitivamente de Shepperton.

    Le di las gracias a la niña y caminé hasta la estación. Pero cuando miré las vías de acero que corrían atravesando los lagos de grava al este de Shepperton, me dominó una profunda sensación de lasitud, una pérdida total de interés por el mundo exterior. Quería quedarme allí, y explorar esas aptitudes que me habían sido conferidas tras el accidente. Yo ya sabía que mis poderes quizá no llegaban más allá de los límites de ese pueblo pequeño.

    El maquinista soltó un grito de rabia. Desconcertado, miró a los pasajeros meneando la cabeza. El tren vacío salió de la estación. Los pasajeros caminaban por la plataforma, sin dejar de conversar tranquilamente entre ellos. Los ejecutivos tiraron los maletines en el césped, se quitaron las chaquetas y se aflojaron el nudo de las corbatas. Encendieron cigarrillos a las secretarias y se tendieron boca arriba en la hierba tibia, viajeros antes disciplinados que ya tendrían que haber pasado la mañana en agencias de publicidad y en redacciones de periódicos.

    Detrás de ellos, a pocos pasos de los maletines abandonados contra la cerca, había brotado una pequeña mata de plantas de hojas afiladas. Cuando di la espalda a la estación, ya se desviaban los primeros ojos hacia esas plantas de cannabis y los próximos sueños vespertinos.

    Contento de dejarlos en ese estado, seguí recorriendo Shepperton. El pueblo cambiaba delante de mis ojos. Cerca de los estudios cinematográficos la gente había salido a los jardines. Padres e hijos trabajaban arduamente fabricando primorosas cometas, como si fuesen a participar en algún festival aéreo. Los prados antes inmaculados y los macizos de flores estaban ahora cubiertos de plantas tropicales. Palmitos, bananos y caucheras lustrosas se disputaban el espacio bajo la luz vivida. Lirios y hongos exóticos cubrían la hierba como plantas marinas en un lecho oceánico seco. Voces alborotadas de pájaros desconocidos colmaban el aire, o trompeteaban alguna inquietud desde el techo del supermercado. Cigüeñas blancas batían el pico mientras estudiaban el pueblo desde el proscenio del puesto de gasolina. Alrededor de una piscina tartamudeaban tres pingüinos emperador, perseguidos por un niño chillón.

    Nadie trabajaba. La gente había dejado abiertas las puertas de las casas y caminaba por el centro de las calles, los hombres con el pecho descubierto y pantalones cortos de gimnasia, las mujeres con las prendas veraniegas más llamativas. Las personas casadas cambiaban de pareja de la manera más razonable y amistosa, hombres del brazo de la mujer o de la hija del vecino. En una esquina, un grupo de solteronas entradas en años piropeaban a los jóvenes que pasaban.

    Al ver a esas nuevas y felices parejas, pensé en la gozosa promiscuidad que nos esperaba. Sentía una creciente necesidad sexual, no sólo de las jóvenes que me rozaban en las calles apiñadas sino también de los niños que me seguían, hasta de los pequeños de cinco años con las manos repletas de caramelos. Perturbado por este siniestro impulso paidofílico, apenas me di cuenta de que había tomado de la mano a una niña pequeña, la hermosa criatura de ojos obscuros y rostro serio que todavía trataba de darme su provisión de golosinas gratuitas, seguramente preocupada por mi semblante ceñudo.

    Hablándole sin cesar, resolví llevarla al parque. Pensaba en la glorieta secreta y en el suave lecho de flores dentro de la tumba. Aunque los niños impedidos nos viesen juntos –y de un modo perverso quería que eso ocurriese, por el bien de ellos– nadie les creería.

    Mientras guiaba a la niña entre la gente, sintiendo mi propio rechazo pero apremiado por esa mano pequeña y firme, vi al padre Wingate que atravesaba la calle hacia mí. Llevaba el sombrero de paja en una mano, moviéndolo a un lado y a otro como un controlador de vuelo que en la cubierta de un portaaviones señala un aterrizaje defectuoso. Vi que sabía perfectamente lo que pasaba en mi cabeza. Al mismo tiempo sentí que no lo desaprobaba del todo, y que de alguna manera entendía la lógica secreta de este acto perverso.

    –Ven por aquí... –Tratando de esquivar al padre Wingate, tiré de la niña hasta la puerta de la peluquería. Todos los sillones estaban ocupados, y los ayudantes trabajaban como prestidigitadores creando peinados exóticos, una espléndida confusión de plumas y pelucas fulgurantes, alas de cabello cepilladas como el plumaje de un ave.

    La boutique local, al lado de la peluquería, estaba repleta de dientas, como si todas las mujeres de Shepperton hubieran resuelto renovar su vestuario. En la acera colgaban hileras de perchas con trajes de boda, y en el escaparate la encargada acomodaba sobre las caderas de un maniquí de plástico un espléndido vestido de encaje, aparentemente convencida de que ésa era la prenda que toda mujer escogería en primer término. Las dientas apiñadas se codeaban alegremente para ver el traje de boda. Se oían exagerados suspiros de encanto, irónicas risitas de excitación mientras esas amas de casa y secretarias, camareras y ejecutivas maduras sacaban las prendas de las perchas y se las medían unas a otras. Se afanaban a mi alrededor, apoyándose los vestidos en los hombros y gritándome alegremente. Me sentía en un pueblo de fiesta, poblado sólo por mis novias.

    Sin dejar de apretar con fuerza la mano de la niña, recordé el plumaje blanco de los pájaros que me rodeaban estruendosamente, enloquecidos de lujuria. Las mujeres se bamboleaban contra mi cuerpo, las voces cada vez más chillonas, criaturas de un zoológico demente que temblaba de celo. Me protegí los ojos del sol demasiado brillante. Un guacamayo enorme, de plumaje azul eléctrico, pasó ululando junto a mi cabeza. Los talones rasgaron metódicamente el toldo de rayas color sangre. Un niño con ojos de enano enloquecido sacudió una matraca delante de mi cara.

    Acorralado contra el escaparate, alcé a la niña en brazos. Probé en mi boca el aliento húmedo y aterrorizado de la niña. Tropecé contra una mesa, volcando una bandeja de adornos y lentejuelas. Las mujeres empujaron, avanzando hacia mí, acompañadas por la gente que abarrotaba el centro de compras, visitantes excitados que se movían de un lado a otro tratando de atisbar, siquiera fugazmente, la figura venerada de un santón.

    Tratando de aclararme la mente, miré la higuera que bloqueaba la calle. Docenas de niños se columpiaban en las ramas, cuerpos iluminados por el follaje incandescente: una ventana de vidrios coloreados, con figuras móviles. Oropéndolas y periquitos flexionaban las alas entre los niños, derramando colores en el aire ruidoso.

    Los cuerpos ardientes de las mujeres se apretaban contra mi piel, inflamando con aromas las magulladuras de mi pecho. Sentí que me dominaba una incómoda euforia sexual, la intoxicación de un extraño apetito. Los trajes de boda se movían en el calor, rodeándome, girando en las perchas que las mujeres sostenían delante de ellas.

    Por un hueco en la multitud, vi que Miriam St Cloud bajaba del coche deportivo y miraba casi hipnotizada las saqueadas hileras de vestidos de boda. Mientras me tambaleaba entre las mujeres, toro lidiado por aquellos matadores femeninos, cada uno provisto de una capa blanca, Miriam pareció desconcertada e indecisa: la última de mis prometidas, que llegaba tarde para la ceremonia. ¿Se daría cuenta de que yo había curado a aquellas pacientes para poder casarme con ellas? Yo sabía que pronto me aparearía con Miriam St Cloud y con todos los otros, con los jóvenes y las jóvenes, con los niños y los bebés en los cochecitos. Quizá no volviese a comer nunca más, pero me alimentaría del sudor y el olor de esos cuerpos.

    Aterrorizada, la niña se soltó de mi mano y corrió a través de la multitud, buscando a sus amigos entre las lavadoras y los televisores. A punto de desmayarme, levanté los puños hacia una madre enloquecida que había alzado a su hijo pequeño para que me chillara en la cara. Me enredé en la cola de encaje de un vestido de bodas y caí a los pies de las mujeres. Agotado por el ruido, me quedé allí tendido en un delirio feliz, seguro de que mis novias pronto me matarían a puntapiés.

    Unas manos fuertes me tomaron de la cintura y me depositaron en la mesa de caballete. El padre Wingate me sostenía en brazos, sujetándome contra la vidriera. Apartó las joyas de bisutería con un pie, y luego hizo retroceder a las mujeres. Bajo la camisa floreada, las axilas le olían a sudor de caballo. Me miraba con una mezcla de rabia y ternura, un padre que está a punto de abofetear a su hijo. Él –yo lo sabía– era el único que alcanzaba a ver la resolución de mi destino, el futuro inmanente en el que yo estaba a punto de entrar.

    –Blake... Era como si su voz bajase del cielo. Me apoyé contra él.
    –Llame a la doctora Miriam. Necesito...
    –No. No ahora.

    Apretó mi cabeza contra su pecho, obligándome a respirar su sudor, decidido a que yo no me apartase de alguna visión a la que, según él, yo me estaba acercando.

    –Blake, apodérese de ese mundo de usted –susurró ásperamente–. Mírelo, lo tiene ahí alrededor. –Me puso las manos en las costillas magulladas, cubriendo con dedos duros la huella de aquellas otras manos que me habían hecho revivir por primera vez.
    –Póngase en pie, Blake. Ahora ¡mire!

    Acercó la boca a mis labios lastimados; sentí el sabor de los dientes del sacerdote, el tabaco rancio de la saliva.


    20. El pastor brutal


    Un extraño barniz cubrió todas las cosas. La multitud había retrocedido; las mujeres habían echado a andar llevándose a los niños a través de la luz polvorienta. Miriam St Cloud todavía me miraba desde el otro lado de la calle, pero parecía que se alejara de mí, perdida en una fuga profunda. Yo alcanzaba a ver al padre Wingate, a mi izquierda. Me miraba con ojos firmes, alentándome con una mano a que siguiera adelante. Como todos los demás en el ahora silencioso centro de compras, parecía un sonámbulo a punto de atravesar el umbral del sueño.

    Me aparté de ellos y caminé hacia el supermercado y la biblioteca. Había menos gente en las calles, maniquíes fantasmagóricos bajo la luz todavía potente; uno por uno se deslizaban hacia los jardines luminosos. Por encima de ellos se alzaba la inmensa fuente orgánica del bayúa, lo único que aún tenía contornos definidos. Alrededor, todo Shepperton comenzaba a desvanecerse. Los árboles y el parque, las casas que había a mis espaldas, eran ahora imágenes borrosas, y los últimos rastros de su tenue realidad se evaporaban ahora al sol.

    Bruscamente la luz se aclaró. Yo estaba de pie en el centro del parque. Todo resaltaba con una nitidez sin precedentes, cada flor, cada pétalo, cada hoja de los castaños parecía haber sido cuidadosamente preparada para que coincidiese con el foco de mis ojos. Las tejas de las casas a cientos de metros de distancia, la mampostería de las paredes, los vidrios de las ventanas habían sido pulidos hasta darles una claridad absoluta.

    Nada se movía. El viento había cesado y los pájaros se habían marchado. Yo estaba solo en un vacío mundo, un universo creado para mí y puesto a mi cuidado. Tenía conciencia de que éste era el primer mundo verdadero, un parque tranquilo en los suburbios de un universo vacío y todavía despoblado en el que yo era el primero en entrar y el que quizá conduciría a los habitantes de ese Shepperton fantasmal que había dejado detrás de mí.

    Al fin no tenía miedo. Caminé tranquilamente por el parque, volviéndome para mirar las pisadas que dejaba, las primeras huellas en esa hierba vivida.

    Yo no era rey de nada. Me saqué las ropas y las tiré entre las flores.

    Sentí a mis espaldas un ruido de pezuñas. Desde los abedules plateados me miraba un corzo. Mientras me acercaba, contento de ir a saludar a mi primer acompañante, vi otros ciervos, gamos y corzos, jóvenes y viejos, caminando por el bosque. Una manada de esas dulces criaturas me había seguido a través del parque. Mientras miraba cómo se acercaban, supe que eran la tercera familia de esa trinidad de seres vivientes, los mamíferos, los pájaros y los peces, que gobernaban juntos la tierra, el aire y el agua.

    Ahora sólo me faltaba conocer las criaturas del fuego...

    De la cabeza me brotaron unas astas, una cornamenta de ciervo que me salía por las suturas del cráneo y se alzaban en el aire. Yo pacía en la hierba blanda, observando a las hembras jóvenes. Estaba rodeado por mi rebaño, y todos pastábamos tranquilamente. Pero por primera vez un aire nervioso estremeció las hojas y las flores. Una ansiedad casi eléctrica flotaba sobre el parque, perturbando la luz cálida. Mientras conducía a mi rebaño hacia la seguridad del pueblo desierto, toqué a una hembra pequeña, y enseguida la monté en un espasmo de ansiedad. Nos apareamos bajo la luz moteada, nos separamos y galopamos juntos, el sudor y el semen se mezclaron en nuestros flancos mientras corríamos.

    Siguiéndome, el rebaño atravesó la carretera y entró en las calles vacías; los golpes de los cascos resonaron entre los coches abandonados. Me detuve a la cabeza de la manada, excitado por el rastro de unas invisibles bestias de presa que tal vez me observaban desde esas ventanas silenciosas, preparadas para saltarme a la garganta y derribarme. Tomé a otra hembra y la monté junto al monumento a los caídos en la guerra; mi semen salpicó los nombres cincelados de esos trabajadores y burócratas. Avancé nerviosamente entre las filas de coches. Me apareaba sin cesar con las hembras, montando una y luego apartándome para tomar otra. Nuestros reflejos corcoveaban en los escaparates, entre pirámides de latas y artefactos domésticos, máquinas de lavar platos y televisores, instrumentos siniestros que amenazaban a mi familia. Mi semen chorreaba por las ventanas del supermercado, rociaba los letreros de ventas y ofertas. Para calmar a las hembras las llevé por las calles laterales, me apareé con cada una y dejé a cada una paciendo satisfecha en un jardín solitario.

    Pero mientras las iba llevando a sus lugares, repoblando ese pueblo suburbano con mi semen nervioso, sentí que yo era también el verdugo de todas ellas, y que esos tranquilos jardines eran los corrales de un enorme matadero donde yo iría a degollarlas en el momento oportuno. De pronto me vi no como un guardián sino como un pastor brutal que se aparea con sus animales mientras los conduce al sacrificio.

    Sin embargo, de ese olor a muerte y a semen que flotaba sobre el pueblo desierto, comenzó a nacer una nueva forma de amor. Me sentía saciado y excitado, sabía que tenía poderes para dominar los árboles y el viento. El vivido follaje que me rodeaba, las flores tropicales y los saludables frutos: todo brotaba de mi cuerpo infinitamente fértil.

    Pensando en la única hembra que todavía no había montado, caminé por las calles tranquilas hacia el parque. Al pasar cerca del maniquí desnudo, detrás de la vidriera manchada de semen, olí el dulce rastro de Miriam: llevaba hacia el río y la mansión detrás de los olmos secos. Quería lucir ante ella mi cuerpo animal de piel olorosa y cornamenta gigantesca. La montaría en el prado, al pie de la ventana de la madre, y nos aparearíamos a la vista del avión hundido.

    La luz del atardecer ya había comenzado a apagarse, transformando el parque en un lugar de luces y sombras incómodas. Pero yo veía a Miriam de pie en la pendiente, al lado de la casa, mirando cómo yo me movía entre los árboles corriendo en una serie de saltos cada vez más poderosos. Vi su asombro ante tanto orgullo y magnificencia.

    Al acercarme a los olmos secos, una figura salió de atrás de los helechos obscuros y me cerró el paso. Por un momento vi el piloto muerto enfundado en su andrajoso traje de vuelo, el rostro de calavera como un farol demente. Había salido del agua para buscarme, y no había podido llegar más allá de los árboles esqueléticos. Caminaba tropezando entre los helechos altos, alzando una mano enguantada, como preguntando quién lo había abandonado en el avión hundido.

    Aterrado, corrí hacia la seguridad del prado secreto. Cuando llegué a la tumba me tendí en el suelo y escondí la cornamenta entre las flores secas.


    21. Soy el fuego


    Cuando desperté, una luz lóbrega cubría el prado. El crepúsculo había atravesado el parque, y los faroles de las calles de Shepperton brillaban entre las hojas. La cornamenta había desaparecido, junto con las pezuñas salpicadas de semen y los poderosos genitales. Estaba sentado en la tumba sombría, encarnado otra vez en mi propia forma. A mi alrededor, la glorieta secreta de los niños impedidos brillaba como la capilla lateral de una olvidada catedral selvática. Me estrujé las ropas para sacarles el sudor. La tela estaba manchada de sangre y de excrementos, como si me hubiese pasado la tarde arreando una manada de animales violentos.

    Miré la tumba de flores, los cientos de tulipanes y margaritas secos que habían juntado los niños. Habían agregado otros pedazos del Cessna: una parte de la punta del ala de estribor, fragmentos arrancados del fuselaje y depositados por las aguas en la playa. La estructura ya se parecía demasiado al avión original, que se reconstruía a mi alrededor.

    Entre las hierbas altas, las caras de los niños brillaban como lunas pensativas. Los ojos preocupados de David miraban bajo la frente enorme, esperando a que los alcanzaran las zonas ausentes del cerebro. Los rasgos menudos de Rachel, una llama olvidada, aleteaban entre las amapolas obscuras. De vez en cuando Jamie le gritaba al aire, recordándoles al cielo y a los árboles que todavía existía. Se sentían tristes porque yo los excluía de mi nuevo mundo. ¿Se habrían dado cuenta de que yo podía cambiar de forma como un dios pagano y convertirme en la criatura que yo desease? ¿Me habrían visto como amo de los ciervos, pavoneándome al frente de la manada, copulando mientras corría?

    Me levanté y les hice señas con la mano para que se fuesen. –David, lleva a Rachel a casa. Jamie, es hora de dormir.

    Quería que no se me acercasen demasiado, por su propia seguridad.

    Los dejé en la hierba obscura, junto a la tumba, y caminé por el prado hacia el río. Las aguas nocturnas bullían atestadas de peces: anguilas de lomo plateado, lucios y carpas doradas, meros y tiburones pequeños. Seres microscópicos y fosforescentes pululaban en apretados cardúmenes. Eché a andar por la arena, dejando que las aguas cargadas me lamiesen las zapatillas de tenis y lavasen la sangre y los excrementos. Un pez grande se arrastró a mis pies por las aguas bajas. Me miró con atención, devoró los fragmentos, y se retiró calladamente a las profundidades.

    En el techo del conservatorio se habían posado unos pelícanos blancos. El plumaje de millares de pájaros, y los encendidos pétalos de las flores tropicales enroscadas en los olmos secos, iluminaban desde abajo el aire nocturno, formando un inmenso halo como el que había visto al salir del avión.

    «Soy el fuego...» Y la tierra y el aire y el agua. De esos cuatro reinos del mundo, verdadero, yo ya había entrado en tres. Había atravesado tres puertas, la de los pájaros, la de los peces y la de los mamíferos. Ahora sólo me quedaba entrar en el fuego. Pero bajo la forma de qué extraña criatura, ¿nacida de las llamas?

    Del otro lado de las barandas metálicas del parque de atracciones brillaba un farol, iluminando los miles de peces del río. Llevando el farol, Stark bajó al pontón de una chalana de acero atracada contra el muelle. La vieja embarcación, arrancada de algún riacho olvidado, estaba equipada con una draga, un cabrestante y una grúa. Sin prestar atención a los atunes y a los pequeños tiburones que le saltaban alrededor de los tobillos, Stark inspeccionó el pico metálico de la grúa y los cables oxidados.

    Así que todavía tenía intenciones de rescatar el Cessna y exhibirlo en el arruinado circo de feria. Hizo girar el farol, apuntándome a la cara con el rayo, como increpándome delicadamente por haber dejado sin guardia el avión hundido. Alcancé a verle una expresión socarrona: sin duda sabía que estábamos trabados en un tipo especial de duelo.

    Me aparté de él y caminé hasta la casa. Las puertas vidrieras estaban abiertas a la noche cálida, y las luces de la sala brillaban en las sábanas que cubrían los sofás y las mesas. Habían tapado cuidadosamente los muebles de mimbre del invernadero, la larga mesa del comedor, las sillas y los aparadores, y habían desenchufado las lámparas y los teléfonos.

    Miriam y su madre ¿habrían decidido irse, tan aterrorizadas por el hechizo que yo había lanzado sobre Shepperton, y por mi transformación en un animal, que habían cerrado la casa y huido mientras yo dormía en el prado? Pensando en Miriam, y en el lugar que ocuparía en el centro de mi grandioso proyecto, subí corriendo por las escaleras obscurecidas. Mi propio cuarto estaba intacto, pero el dormitorio de Miriam había sido atacado por un ladrón enloquecido. Alguien había arrojado un delantal sobre el espejo del tocador y había vaciado un maletín sobre la cama, desparramando el contenido, que en parte había caído al suelo. A mis pies, entre vidrios rotos, había frascos y jeringas, un estetoscopio y un recetario.

    Cuando salí de la calzada unos guacamayos aletearon perezosamente atravesando la obscuridad. Más allá de los árboles, junto a la piscina, alcancé a ver una luz débil que oscilaba detrás de las ventanas de la iglesia. Habían sacado los vidrios coloreados de la ventana que miraba al este, y por allí se veía el techo abovedado, iluminado por velas.

    La puerta de la sacristía estaba abierta; la luna alumbraba las vitrinas de los restos fósiles. Aunque había abandonado la iglesia, dejándola en mis manos, el padre Wingate había trabajado mucho ese día, armando la primitiva criatura voladora cuyos huesos antiguos había encontrado en la playa. Con los brazos extendidos, las piernas delgadas y los pies delicados, de huesos enjoyados por el tiempo, se parecía más que nunca a un hombre alado –tal vez yo mismo–, tendido durante millones de años en el lecho óseo del Támesis, durmiendo allí hasta que llegó la hora de que el avión lo despertase. Quizá el Cessna había sido robado por otro piloto, aquella figura espectral que yo había visto perdida entre los olmos secos. ¿Habría tomado yo su identidad? ¿Habría salido yo a la playa desde mi lugar de descanso a orillas del río?

    Un candelabro plateado ardía en el suelo de la nave, donde apenas el día anterior el padre Wingate y yo habíamos apilado los bancos contra la pared. Detrás del altar cubierto con paños subía una escalera hasta la ventana del este, de la que habían sacado todos los vidrios coloreados, dejándolos caer en el suelo.

    De pie junto al altar, vestida con la bata de siempre, la señora St Cloud miraba perpleja la luz vacilante. Miriam estaba sentada tranquilamente en el suelo áspero, moviendo una mano entre los trozos de vidrio. Debajo de la chaqueta de enfermera vi la falda bordada de un vestido de bodas que ella trataba de ocultarme, el atuendo de una desposada novicia. Recogía casualmente los fragmentos de vidrio coloreado, las porciones de halo rubí y de túnica de apóstol, de cruz y de estigmas, piezas de un inmenso rompecabezas que había comenzado a rearmar.

    –Blake, ¿puede usted ayudarme...? –La señora St Cloud me tomó el brazo, evitando mirarme a los ojos, como si yo pudiese quemarle las pupilas.– El padre Wingate se ha vuelto loco. Miriam está tratando de juntar todos esos vidrios. Hace horas que está ahí sentada. –Miró impotente la iglesia saqueada y luego se volvió hacia la hija.– Miriam, querida, vuelve a casa. La gente pensará que eres una monja loca.
    –No hace frío, mamá. Me siento muy bien. –Miriam apartó la mirada del rompecabezas con una sonrisa fácil. Parecía tranquila pero deliberadamente desprendida de todo lo que la rodeaba, como preparada para enfrentar cualquier promesa violenta que yo pudiese ofrecerles. Pero mientras ella observaba con admiración mi traje manchado, advertí que sólo mediante un esfuerzo de voluntad contenía el deseo de atacarme.
    –Miriam, tienes la clínica mañana... Te esperan tus pacientes. –La señora St Cloud me empujó hacia el círculo de vidrios rotos.– Blake, ha decidido renunciar a la clínica.
    –Mamá, pienso que Blake es más que capaz de cuidar de los pacientes. Tiene manos de auténtico curador...

    Estuve a punto de caminar sobre los pedazos de vidrio y abrazarla, y asegurarle que yo sólo quería llevarla conmigo a ese mundo verdadero cuyas puertas estaba abriendo. Entonces comprendí que ella había ido allí no sólo para rearmar la ventana rota sino para protegerse de mí dentro de ese círculo místico, como si yo fuese una fuerza vampírica que había que frenar mediante signos y símbolos arcaicos.

    –Ustedes han cerrado la casa –le dije a la señora St Cloud–. ¿Se van de Shepperton?

    Aturdida, la señora St Cloud escondió las manos en la bata. –No lo sé, Blake. Por algún motivo estoy segura de que todos nos iremos pronto, tal vez dentro de unos pocos días. ¿Usted tiene esa impresión, Blake? ¿Ha visto los pájaros? ¿Y los extraños peces? La naturaleza parece... ¿Blake?

    La señora St Cloud esperó a que yo hablase, pero yo miraba a su hija, conmovido por el miedo que Miriam me tenía, y por su coraje, por su determinación de enfrentar mis poderes. Pero yo ya sabía que Miriam y la madre, el padre Wingate, Stark y los tres niños no se irían de Shepperton si yo no los acompañaba.

    Luego, mientras descansaba en mi dormitorio sobre el río, pensé en la tercera visión de esa tarde, en mi dominio de los ciervos. Aunque hacía tres días que no comía me sentía harto, y preñado. La preñez no se debía a la presencia de un falso útero en mi vientre, sino a algo más verdadero, donde cada célula de mi carne, cada glándula y nervio de mi cerebro, cada hueso y cada músculo, estaba cargado de vida nueva. Los miles de peces que se apiñaban en las aguas obscuras, el plumaje fosforescente de las aves del parque, también parecían cargadas de algo, como si estuviésemos participando todos de una invisible orgía reproductiva. Sentía que habíamos abandonado nuestros órganos genitales y que nos estábamos fundiendo, célula con célula, en el cuerpo de la noche.

    Ahora tenía la certeza de que mi visión de esta tarde no había sido un sueño sino otra puerta a ese reino al que me estaban guiando mis guardianes invisibles. Primero me había convertido en pájaro, luego en pez y en mamífero, partes todos de un ser mayor que nacería de mi condición presente. A pesar de mi apariencia bárbara –una divinidad pagana menor que presidía ese pueblo suburbano vestida con un traje andrajoso manchado de sangre y semen–, tenía un fuerte sentido de la disciplina y del deber. Sabía que no debía abusar de mis poderes, sino preservarlos para esas metas que todavía no se me habían revelado.

    Como el espíritu local de una modesta cascada, o de una puerta, yo ya podía convertirme en alguna otra criatura. Sabía que me habían transformado en un dios doméstico: no en un ser cósmico de poder infinito que ocupase todo el universo sino en una divinidad menor de no más de uno o dos kilómetros de diámetro, cuyo imperio no se extendía más allá de ese pueblo y sus habitantes, y cuya autoridad moral yo aún tendría que definir y conquistar. Pensé en el halo de destrucción que había visto sobre los techos, y en mi convicción de que algún día mataría a toda aquella gente. Tenía la certeza de que no quería hacerles daño, sino llevarlos a la seguridad de un sitio más alto, por encima de Shepperton. Esas paradojas, igual que mi aterrador impulso de copular con niños y con viejos, se me presentaban como una serie de pruebas.

    Ocurriera lo que ocurriese, yo sería fiel a mis obsesiones.

    Como no necesitaba dormir más, me senté junto a la ventana. ¿No sería el sueño, simplemente, un esfuerzo del bebé en la cuna, del pájaro en el nido, del viejo y del joven por llegar a la otra orilla donde yo había corrido con los ciervos esa tarde? Allá abajo el río fluía hacia Londres y el mar. Los delfines blancos que atestaban el agua alumbraban el caso del Cessna hundido, transformando el río en un oceanario de medianoche alimentado por mi corriente sanguínea. En cada hoja del bosque parpadeaban motas de luz, faros en miniatura dentro de las constelaciones desmembradas de mí mismo. Mirando el pueblo dormido hice la solemne promesa de conducir a sus habitantes al mismo final feliz, armar con cada uno el mosaico de un verdadero ser (así como Miriam St Cloud ordenaba los pedazos de vidrio coloreado), transformarlos en unos arco iris que mi cuerpo proyectaría sobre cada pájaro y cada flor.


    22. La reconstrucción de Shepperton


    Al día siguiente comencé a rehacer Shepperton a mi propia imagen.

    Poco después del amanecer salí desnudo al prado, entre los pelícanos amodorrados. Me había despertado de un sueño profundo y sereno, y casi me había sorprendido encontrar ese dormitorio tranquilo todavía a mi alrededor. El sillón de respaldo alto junto a la ventana, el escritorio y la mesa del tocador de la señora St Cloud, los armarios con puertas de espejo contra la pared, eran presencias borrosas en la penumbra, como si acabaran de volver a mi lado después de un largo viaje. Bajé de la cama al suelo alfombrado, agradeciendo ese pelaje suave, el aire pasivo que se movía apenas, como tratando de no perturbarme. Me sentía como un chico en un hotel de vacaciones, los sentidos alerta al más mínimo defecto en la pintura del cielo raso, a un extraño jarrón en la repisa, a todas las excitantes posibilidades del día que comenzaba. Me picaba la piel como una película fotográfica demasiado sensible que ya comenzaba a registrar los primeros atisbos de luz que tocaban el cielo peltre sobre Londres. Avanzando tranquilamente hacia Shepperton, el alba temprana tocó el mástil de un yate anclado en el fondeadero al lado del puente de Walton, y luego la rampa inclinada de un transportador de arena junto a los lagos de grava, y los pararrayos de las techumbres galvanizadas en los estudios cinematográficos.

    Cada una de esas imágenes –parte del mundo de alrededor que formaba el fresco iluminado de mi cara y mis manos– dejaba una huella en mi piel. Vivificado por esos mensajes remotos, delicadas manifestaciones del día, decidí no vestirme por el momento. No había nadie más que estuviese despierto, y salí del dormitorio y bajé a la sala. En todas partes los muebles tapados parecían estar esperando que les llegara el turno para reconstituirse.

    Salí por la puerta principal y crucé la hierba húmeda hacia el agua gris. El río subió a mi encuentro, frotándose contra la playa, impaciente por quitarse de encima la capa obscura. Las enormes bandadas de pájaros permanecían tranquilamente en los árboles, esperando a que yo les diese vida con una señal.

    Las primeras luces atravesaban el prado. Fui hasta la playa y alcé los brazos hacia el sol. Allí, desnudo, supe que saludaba al sol como si fuera mi par, un plenipotenciario respetado que yo recibía en mis dominios. Di la espalda a ese disco cada vez más alto y caminé por las aguas poco profundas, admirando las carpas doradas que pululaban alrededor de mis pies.

    Seguido por el sol, dejé los terrenos de la mansión y entré en el parque desierto, un palafrenero que llevaba un caballo grande y pasivo a cumplir un día de trabajo. Corrí desnudo entre los árboles, simulando abandonar el sol en las ramas más altas de los olmos secos, pero el sol se movía entre los árboles, tolerante, con paso firme. Por primera vez desde la llegada me sentía seguro y libre, listo para enfrentar el día.

    Al llegar junto a la iglesia me detuve a recuperar el aliento. Recordé a Miriam St Cloud de rodillas entre los fragmentos de vidrio coloreado, jugando demasiado tranquilamente con su rompecabezas. Dejé el sol anclado al campanario de la iglesia y entré en la sacristía, donde los viejos huesos del hombre alado parecían moverse a la luz de la mañana.

    Me quedé desnudo al pie del altar; en el aire flotaba un aroma tenue. Me rodeaban olores corporales, los olores de los labios y los pechos de Miriam, las manos nerviosas preparadas para rechazarme. Quise otra vez abrazarla y tranquilizarla. Pisé el círculo de vidrio con el pene en la mano. Sentía los masajes de Miriam mientras yo despertaba en la hierba húmeda después de la caída...

    El semen me saltó a la palma de la mano. Miré ese fluido brillante, y recordé el agua del río que yo había examinado a la luz, un universo condensado de polvo líquido.

    Salí de la iglesia y dejé caer el semen en el sendero empedrado, delante de la puerta de la sacristía. Mientras miraba por encima de la piscina la réplica de un avión en el parque de los estudios cinematográficos, unas plantas verdes y acanaladas brotaron entre las piedras, junto a mis pies, con aquellas flores de color rojo lechoso. Eché a andar entre ellas, rumbo al pueblo, llevando el pene inflamado en la mano. Mientras corría entre los árboles pensé en Miriam. Eyaculé otra vez junto a las pistas de tenis, y arrojé el semen sobre los canteros de flores.

    Una exuberante vegetación tropical brotó inmediatamente entre los serios tulipanes, partiendo la tierra húmeda. Las hojas pálidas y tiernas de los bambúes temblaban contra el alambrado. Un delicado tapiz de musgo negro se descolgó desde las ramas de un olmo seco, cadáver vestido para su propia coronación. Unas enredaderas sofocantes rodearon los troncos delgados de los abedules como novios ansiosos.

    Excitado por mi propio sexo, me sentía generoso y atolondrado. Ya no tenía hambre. Decidí asustar al pueblo tranquilo con mi sexo, pero no mediante el coito con los habitantes suburbanos que todavía dormían en sus casas. Montaría al propio pueblo, transformaría a Shepperton en un paraíso instantáneo más exótico que todas las imágenes turísticas que gobernaban allí a todos desde el televisor.

    Dejé que el sol se las arreglase para atravesar el parque, caminé hasta el borde de la piscina y subí al trampolín. Allá abajo estaba el agua quieta, y un suelo de azulejos decorado con tritones y peces amables donde no había aviones sumergidos. El aire jugueteó en mi pecho lastimado, trayendo desde la iglesia el olor de Miriam St Cloud.

    Ante el contacto más leve, el semen se me derramaba en la mano. Dejé caer en el agua el hilo nacarado. Unos medallones enjoyados centellearon en la superficie, una onda electroquímica fue y vino como un nadador invisible. En pocos segundos esas figuras se habían transformado en una serie de platos verdes, todos con una flor blanca en el centro. Cuando bajé de la escalera la superficie de la piscina estaba cubierta por lirios inmensos, campos de juegos de un querubín acuático.

    Dejé la piscina y eché a andar hacia el centro de Shepperton. Los enormes brazos de la higuera habían arrancado el pavimento delante de la oficina de correos y del puesto de gasolina, como tratando de arrojar al cielo todo Shepperton. Caminé a pasos largos por la calle desierta, y toqué el primer poste de luz, untándolo con mi semen. Una enredadera de fuego se enroscó en el hormigón gastado y subió hacia la lámpara donde floreció en una trompa de capullos.

    Encantado, marqué el borde de la calle con orquídeas y girasoles. Delante del supermercado instalé una hilera de mangos en los jarrones ornamentales; los frutos felices irrumpían entre los restos de paquetes de cigarrillos y de envoltorios de papel de estaño. En el puesto de gasolina eyaculé sobre las bombas de combustible, y sobre la pintura de los coches estacionados delante de la sala de exposiciones. Enredaderas de dos kilómetros por minuto colgaban como una bruma espesa sobre los radiadores, se devoraban a sí mismas en el aire de la mañana y subían por las ventanas de vidrio, aferradas a los carteles de neón y los desagües del techo. Junto a las bombas florecían lirios, y unas plantas suculentas se arrastraban alrededor de las mangueras, que se decoraban para los primeros clientes.

    Shepperton ya estaba adquiriendo un aire carnavalesco, una ruta procesional que se preparaba para un desfile triunfal motorizado. Trabajé con rapidez, ansioso por transformar el pueblo antes de que la gente dormida despertase y descubriese el día. Planté matas de adelfas delante del banco y de las tiendas, y tejí enredaderas floridas en los cables telefónicos, un bordado encantador para los mensajes matutinos. Las flores de pétalos de laúd se ordenaban en cadenas de luces decoradas. Desde el techo del edificio de estacionamiento, yo derramaba el semen en los bordes de los niveles inferiores, de los que brotaba una catarata de canáceas y fresas que transformaba el laberinto gris en un alegre jardín colgante.

    Esa mañana, mientras iba por el pueblo esparciendo mi semen, una vida nueva brotaba a mi paso. Incitado por el sol naciente, que me había alcanzado al fin, entré y salí de las calles desiertas, jardinero pagano que reclutaba el aire y la luz para abastecer este Edén reacondicionado. En todas partes una densa vegetación tropical invadía los setos de ligustros inmaculados y la alisada superficie del césped; las palmeras y los tamarindos transformaban a Shepperton en el suburbio de una jungla.

    Esos cambios ya tendrían que ser visibles para cualquiera que anduviese por los alrededores, para los conductores que pasaban por la carretera. Cuando regresé al garaje, poco después de las seis, vi que yo había pintado el pueblo con una vivida paleta ecuatorial, dándole una pátina amazónica.

    De los jardines nacían cientos de cocoteros que mecían sobre las chimeneas las desgarradas sombrillas de las hojas. En todas las esquinas, entre los adoquines rotos, asomaban matas de bambú. Por todo Shepperton, desde los techos de los estudios cinematográficos, del supermercado y del puesto de gasolina, el follaje tropical rezumaba su luz en el aire. El sol subía sobre el pueblo, un gigante de movimientos lentos que me ayudaba mientras recorría su tedioso pero seguro camino. Miles de pájaros habían salido de la apretada vegetación y cantaban un coro estridente: guacamayos y cacatúas, vistosos pájaros campana y aves del paraíso.

    Desde la entrada del garaje, yo escuchaba orgullosamente ese alboroto temprano, y pensaba en la impresión que se llevaría Miriam cuando saliese a la ventana y viese cómo le había adornado el día. Ya habían llegado los primeros espectadores a admirar mi trabajo. Dos repartidores de periódicos, sentados en las bicicletas debajo de la higuera, miraban boquiabiertos la brillante vegetación y las grullas y los ibis escarlata que los observaban desde el techo del supermercado. Al verme bajaron de las bicicletas, demasiado aterrados para moverse. Supuse que les alarmaría mi cuerpo desnudo y mi pene erecto, el semen que me brillaba en los muslos, pero de pronto me di cuenta de que no advertían mi desnudez, y que sólo les asustaban los grandes cardenales que yo tenía en el pecho.

    –Eh, ustedes, salgan de ahí. Si no, quedarán atrapados.

    Caminé hasta donde estaban y alcé las bicicletas, entre las raíces del bayúa. Se alejaron pedaleando, y en cuanto estuvieron fuera de mi alcance mi silbaron, burlándose de mí. Ramos de flores brotaron de los manillares de las bicicletas, unas orquídeas se entrelazaron en los rayos, y los dos muchachos zigzaguearon por las calles desiertas lanzando ráfagas de pétalos.

    Delante del banco, un cartero agitaba los brazos en el aire demasiado iluminado, tratando de alejar una bandada de oropéndolas que se precipitaba sobre las estampillas brillantes que llevaba en el bolso. Al acercarme casi chocó conmigo.

    –Se ha levantado usted temprano. ¿Lo despertaron todas estas flores?

    Demasiado sorprendido para reparar en mi cuerpo desnudo, el hombre me observó cautelosamente mientras yo recogía los montones de cartas. Se fue por una tranquila calle lateral, murmurando. La rosas brotaban de los sobres que llevaba en la mano. Perplejo, el hombre metía en los buzones tarjetas ceñidas por hojas de parra, demandas de impuestos decoradas con tigridias, y entregaba paquetes transformados en ramos floridos a las amas de casa soñolientas.

    Por último, para completar la transformación de ese pueblo suburbano, caminé por las calles principales que llevaban a los bordes de Shepperton. Al sur, eché mi semen al pie del puente de Walton. Parado en el centro de la carretera principal a Londres, no hice caso de los bocinazos de los conductores que pasaban. Una vez más yo tenía la seguridad de que no se daban cuenta de que estaba desnudo: pensaban que se trataba de un aldeano excéntrico a punto de tirarse debajo de algún coche. En cuanto les di la espalda, los tallos verdes de los bambúes perforaron el macadam agrietado y se estremecieron a cinco metros de altura, y al fin formaron una empalizada que atravesaba el terraplén del puente, un muro selvático que pronto impediría el paso de los automovilistas.

    En el camino del aeropuerto, en el límite norte de Shepperton, donde yo había estado atrapado hacía sólo tres días, me tocó ahora sellar el mundo exterior. Dos limpiadoras de oficinas de edad madura pasaron pedaleando junto a mí. Se rieron con ganas mientras yo me masturbaba allí en la carretera, con el sol esperando pacientemente en mi hombro. Cuando se volvieron para mirarme, una mata de palmitos de hojas dentadas brotó atravesando el camino, a mis pies.

    Mientras yo regresaba al río, Shepperton empezó a despertar, abriendo las cortinas al día brillante y a los jardines selváticos que poblaban las calzadas y los techos de los garajes. Niños en pijama se asomaban a las ventanas y gritaban y chillaban mirando las nubes irisadas de pájaros tropicales. Un lechero con un cargamento de botellas se había detenido delante de los estudios cinematográficos, y señalaba los helechos gigantescos y las palmeras altas que se esparcían por los estudios de sonido. Tres actores cinematográficos bajaron en un taxi y se quedaron mirando esa transformación como si los hubieran traído para interpretar una escena desconocida en una película amazónica que el demente productor había soñado de la noche a la mañana. Cuando pasé junto a ellos me miraron el cuerpo desnudo y los muslos manchados de semen, suponiendo sin duda que ése era el atavío adecuado para una épica de la selva.

    Por mucho que me agradasen esos preparativos del día, sabía que se trataba sólo del comienzo. Había traído de vuelta el bosque primitivo, pero entre esas enredaderas tropicales, detrás del llamativo plumaje de los pájaros, esperaba un mundo menos agradable. Observé a las amas de casa que salían en camisón al paso del cartero y sacaban de los buzones ramilletes de orquídeas, sonriendo ante esos mensajes de algún amante desconocido. Todo el pueblo era una guirnalda con la que yo ceñía la tibieza nocturna de sus cuerpos.

    Pero éste era sólo mi primer día como verdad dominante de Shepperton, como el dios pagano de los suburbios que Miriam St Cloud había descrito. Escuché el graznido de los grandes pájaros, y vi un cóndor que se encaramaba en el tejado de la clínica. Con las garras aferraba las tejas como si fueran el pescuezo de una presa. Me miró con un ojo cansado, aburrido por tanta festividad, y esperando a que comenzase el tiempo verdadero.

    Alejé con un ademán la cierva preñada y entré en el bosque todavía fresco. Me arrodillé en la hierba húmeda, entre los árboles iluminados, los olmos antes secos y que ahora se movían con una tímida vitalidad, emitiendo los primeros nuevos retoños que traspasaban la corteza moribunda. Mientras sentía que el sol me bañaba el cuerpo desnudo, me adoré a mí mismo.

    –¡Blake, nos ha preparado usted un día espléndido! –La señora St Cloud estaba en el sitio de costumbre, junto a la ventana del dormitorio. Señaló la luz que vertían los árboles a lo largo del río de Shepperton, una orilla eléctrica.– Es maravilloso: usted ha transformado a Shepperton en un estudio cinematográfico.

    Durante una hora yo había estado acostado bajo el cálido aire matutino, mientras el sol se ocupaba de mi cuerpo. Me alegré de ver a la señora St Cloud, tan excitada como una exploradora en una espectacular reunión internacional. Esperó al pie de la cama, sin saber bien si le estaba permitido penetrar el aura que sin duda me envolvía. Estaba contenta, y también confundida: era madre de un chico cuyos talentos podían abrirse en una docena de direcciones inesperadas. Yo quería lucirme, sacar del aire y para ella toda clase de tesoros extraordinarios. Aunque yo no tenía aquí una idea demasiado acabada del alcance verdadero de mis poderes, notaba que la señora St Cloud los daba por sentados. Esa confianza en mí mismo era lo que yo más necesitaba. Ya pensaba en extender mi dominio, quizá hasta en desafiar las fuerzas invisibles que me habían conferido esos poderes.

    –¿Ha visto usted a Miriam esta mañana?

    Tenía miedo de que hubiese huido de Shepperton, buscando la seguridad de Londres, escondiéndose en la casa de algún colega mientras aquellos extraños acontecimientos continuaban desarrollándose en ese pequeño pueblo ribereño donde un dios pagano retozaba entre máquinas de lavar y coches usados.

    –Está en la clínica. No se preocupe, Blake; anoche estaba trastornada. –La señora St Cloud hablaba de su hija como de una esposa fugitiva atacada por alguna tonta fiebre religiosa.– Pronto lo comprenderá. Yo ya lo comprendo... También el padre Wingate.
    –Ya lo sé. Eso es muy importante. –Saludé con la mano a la gente en el embarcadero de Walton y que había atravesado el prado para ver con sus propios ojos la transformación de Shepperton.– Todo esto lo he hecho para ella. Y para usted.
    –Por supuesto, Blake. –La señora St Cloud me tomó de los hombros, tratando de tranquilizarme. Me gustó que me tocara con sus dedos fuertes. Yo ya había empezado a olvidar que nos habíamos acostado juntos en su cama, durante mi nacimiento sustitutivo. Me alegraba que ella, como todos los demás, no notara mi desnudez.

    Un pez espada saltó en el río, perforando el aire con la espada blanca mientras me saludaba. El agua estaba atestada de peces, oceanario demasiado surtido. Sin prestar atención a los delfines y a las marsopas, a los cardúmenes de enormes carpas y a las truchas, el padre Wingate trabajaba sentado en la silla de lona, rodeado del equipo para buscar fósiles. Tamizaba con atención la arena húmeda, cercado por un grupo de pingüinos curiosos. Los tres niños impedidos estaban con él en la playa, arrastrando fuera del agua un pedazo del ala del Cessna que se había desprendido durante la noche.

    Trabajaban todos con ahínco, como si el tiempo fuera a acabarse pronto. Se me ocurrió que cada vez que yo despertase, encontraría a los miembros de mi «Familia» en sus lugares primitivos, como actores de cine que se preparan para una nueva toma en su personificación de la realidad. Hasta Stark, vestido sólo con los pantalones de baño, trabajaba en el destartalado parque de atracciones. Había soltado las amarras de la draga, con todo preparado para llevar el oxidado pontón por encima del Cessna. El tosco pico de la grúa estaba enredado en las lianas gruesas que cubrían la rueda giratoria. Machete en mano, cortaba hoscamente las enredaderas, blandiendo la pesada cuchilla ante los petreles que lo observaban.

    Perturbado por toda esa actividad, tomé a la señora St Cloud del brazo. Ella me apretó contra su pecho, tranquilizándome.

    –Dígame, Blake... ¿qué va a soñar para nosotros hoy?
    –Yo no sueño.
    –Ya lo sé... –Su propia torpeza la hizo sonreír, contenta por el afecto que me tenía.– Ya sé que somos nosotros los que soñamos, Blake. Usted nos está enseñando a despertar. –Mientras pasaba por delante de la ventana un guacamayo escarlata, la señora St Cloud dijo con total seriedad:– Blake, ¿por qué no monta usted una academia de vuelo? Podría enseñar a todos los habitantes de Shepperton a volar. Si usted quiere, puedo hablar con la gente que está ahí en la orilla.

    Pensando en esa sugerencia extraña pero poderosa mientras caminaba hasta el prado, observé al padre Wingate y a los tres niños que trabajaban afanosamente en la playa. ¿Por qué tendría tanto interés ese sacerdote renegado en descubrir los restos de la arcaica criatura alada enterrada bajo sus pies? Sonreí al ver las expresiones de culpa en las caras de los niños, comprometidos en una actividad secreta que contradecía el espíritu del día. Arrastraron el pedazo de ala del Cessna hasta la maleza; tan preocupados estaban que tampoco ellos notaron mi cuerpo desnudo.

    ¿Enseñarles a todos a volar? Nadie podría enseñarles a volar a esos niños impedidos, pero en cuanto a Miriam St Cloud... Ya nos veía volando juntos en el cielo por encima de Shepperton, escapando para siempre de ese modesto paraíso. Me alejé de la casa y me metí en el parque. Mientras corría por delante de las canchas de tenis el aire tibio me rozaba la piel desnuda, ansioso por levantarme. Necesitaba encontrar a Miriam antes de que ella desesperara de todo lo que yo había hecho.

    En todas partes, a mi alrededor, la gente caminaba entre los árboles; los niños corrían entre los macizos de flores tratando de atrapar los pájaros relucientes. Atraídos a Shepperton por la extraordinaria vegetación que brotaba de todos los techos, por los cientos de palmeras que inclinaban las selváticas sombrillas en los jardines suburbanos, los primeros visitantes se abrían paso a través de las empalizadas de bambú que yo había levantado junto al puente de Walton. En el camino del aeropuerto se bajaban de los coches y fotografiaban los cactos y las tunas cómodamente arraigados en el pavimento.

    Una larga hilera de pacientes me esperaba delante de la clínica: ancianos del pabellón geriátrico mordidos por el tití, una mujer con una mano empalada en una estaca de bambú de su jardín, dos adolescentes que me miraban con risitas nerviosas, como si tuvieran la certeza de que yo las había embarazado, un joven electricista bárbaramente atacado por un águila que anidaba en el tejado del edificio de correos. Miraron mi cuerpo sin hacer ningún comentario, dando por supuesto que yo estaba vestido. En la sala de espera había un batallón de mujeres maduras, discutiendo impacientemente acerca de los resultados de sus análisis de embarazo. Esa claque fervorosa clavó los ojos en las manchas de semen de mis muslos. ¿Las habría montado a todas durante mi visión? Mientras observaba esas mejillas regordetas y esas bocas rosadas, supe que todos los análisis serían positivos.

    –¡Señor Blake! ¡Por favor...! –La recepcionista se abrió paso entre la multitud del pasillo. Exhausta, me aferró el brazo.– ¡Se nos fue la doctora Miriam! Cerró el consultorio esta mañana. Parecía rara, y pensé si usted...

    Tomé las llaves y entré en la habitación de Miriam. Cerré la puerta, aislándome del ruido que venía de afuera, y me quedé desnudo en la penumbra. Los cien olores del cuerpo de Miriam, sus mínimos gestos, flotaban en el aire tenue como una caricia, un regalo que me faltaba abrir.

    Habían despejado el escritorio, vaciado los cajones, precintado los armarios. Clavadas en la pared, estaban las radiografías de mi cabeza, joyas deformes que aún tenían una luz fantasmagórica, como el aura de destrucción que yo había visto por primera vez sobre Shepperton. Entre ellas había una tarjeta postal de un colega, una reproducción de una pintura de Leonardo, la Virgen sentada en la falda de Santa Ana. Miré esas figuras serpentinas de actitud insondable. Miriam ¿habría visto mi forma alada en esa criatura parecida a un ave, el emblema de mi vuelo onírico, que parecía salir de las ropas de la madre y de la hija, tal como yo había salido de Miriam y de la señora St Cloud?

    –Señor Blake... ¿Verá ahora a sus pacientes?

    Intranquilo, eché a la recepcionista con un ademán.

    –Estoy ocupado. Dígales que ellos mismos se pueden curar si se lo proponen.

    Necesitaba volar.

    Me abrí paso entre la multitud de mujeres y salí de la clínica. La gente me empujaba, me mostraba las heridas y los vendajes, me acorralaba contra los coches. Una anciana se arrodilló en el suelo a mis pies, tratando de chupar la sangre de mis nudillos.

    –¡Déjenme! –Cansado de todos ellos, y pensando sólo en Miriam St Cloud, aferré el parabrisas del coche deportivo, salté por encima de la capota y me alejé hacia la iglesia. Trataba de pensar en mi próximo paso en la transformación de ese pueblo. A pesar de toda mi autoridad, aún sentía la necesidad de probarme, de explorar mis poderes hasta el último límite, de provocarme incluso. ¿Estaba yo ahí para explotar a esa gente, para salvarla o castigarla, o tal vez para conducirla a alguna utopía sexual...?

    Miré la brillante vegetación tropical que atestaba los tejados del pueblo, los cientos de inmensas datileras que se inclinaban sobre las chimeneas, la fuente verde del bayúa. Estaba ansioso por seguir adelante con el día. Escuché las voces acaloradas de la gente reunida delante de la clínica, discutiendo como niños entre los coches. Quería que descubrieran sus verdaderos poderes: si existían dentro de mí, también existían dentro de ellos. Todos podían conjurar un pequeño paraíso en el suelo que ahora pisaban.

    Quería llevarlos a su mundo natural, por encima de todas las vallas aduaneras de formalidades y restricciones. Al mismo tiempo, en el nivel más práctico, sospechaba que podría llegar a utilizar la población de Shepperton no sólo como parte de mi plan para huir del pueblo, y al fin negar la muerte de la que ya había escapado una vez, sino también para desafiar a las fuerzas invisibles que me habían conferido esos poderes. Ya les había arrancado el gobierno de esa pequeña población. No sólo sería yo el primero en escapar de la muerte, sino que sería el primero en elevarse por encima de la mortalidad y del estado de ser un mero hombre para demandar la legítima herencia de un dios.

    La iglesia estaba vacía; los capullos rojos y lechosos de mi sexo sofocaban el atrio y la puerta de la sacristía, flores bárbaras más altas que los frustrados feligreses. Buscando todavía a Miriam, corrí por delante de la piscina hacia la entrada del muelle de diversiones de Stark.

    El kiosco había sido pintado recientemente, y sobre la mesa había una máquina de emitir billetes. Cuando ocurriese mi segunda venida, Stark estaría esperando en la taquilla. La draga, sobre el oxidado pontón, flotaba ahora a menos de diez metros del muelle, liberada ya la grúa de las enredaderas que cercaban la rueda giratoria y el tiovivo.

    Pero ¿por qué la gente de Shepperton, mucha de la cual trabajaba en el Aeropuerto de Londres y en los estudios cinematográficos, habría de interesarse por los restos andrajosos del Cessna? ¿Supondría Stark que una vez que la noticia de mis poderes extraordinarios, de mi supervivencia, se difundiesen por todo el mundo el avión tendría un aura talismánica que sobreviviría a mi propia partida? Ante las cámaras de televisión del mundo, la gente pagaría cualquier cosa por tocar las alas empapadas, por mirar en la cabina descolorida de donde había salido ese joven dios...

    Sentí las magulladuras del pecho, casi convencido ahora de que era Stark quien me había resucitado. Sólo él tenía la certeza de que yo había muerto, y de que por la estrecha rendija de mi supervivencia se colaba un mundo, distinto, derramándose en este otro.

    Unas alas polvorientas se sacudieron en la obscuridad, debajo de las jaulas. La puerta se abrió de pronto y vi a un buitre que picoteaba desconsolado el suelo de grava. Su compañera se acurrucaba contra una pila de cajas viejas, apartando del sol el raído plumaje.

    Así que Stark había abierto las jaulas del arruinado zoológico y había echado a los ocupantes. El tití colgaba del lado de fuera de los barrotes, expulsado de su propia casa, mientras que el chimpancé se había sentado en una góndola de la rueda giratoria y manipulaba los mandos con manos delicadas, como tratando de volar hasta un campo de aterrizaje más feliz.

    Parecían hambrientos y abandonados, intimidados por la vegetación tropical que brotaba alrededor. Yo sabía que no eran parte de mi renaciente Shepperton, pero me dio pena verlos tan desamparados y me arrodillé, toqué las manchas de semen de mis muslos y apoyé las manos en el suelo. Cuando me levanté, subió conmigo un árbol de pan, con los frutos a la altura de mi cabeza. Le di de comer al tití, luego caminé hasta la rueda giratoria e hice crecer un banano en miniatura al lado del chimpancé. El chimpancé, desde la góndola, agachó tímidamente la cabeza y peló con gracia la fruta fresca y amarilla.

    Aún no había podido ocuparme de los buitres, cuando oí que llegaba el auto fúnebre de Stark: el motor ronco respiraba como una bestia. Stark hizo girar el pesado vehículo y lo metió en el patio delantero, arrojándome contra las piernas el polvo caliente. Se alisó tímidamente el pelo rubio y me miró desde atrás del volante, sin darse cuenta de que yo estaba desnudo. En su mente preparaba la primera entrevista de televisión.

    Mientras yo desafiaba esa mirada insolente, sentí que la sangre me subía en el cuerpo. Estuve a punto de lanzarle un halcón desde mi brazo, un joven asesino que saltaría a la garganta de Stark en un primer momento de vida. O una cobra que saldría de mi pene para escupirle el veneno en la boca. Pero al acercarme vi en la parte trasera del furgón el plumaje palpitante de una criatura desmelenada. Sobre los soportes de acero del féretro había una docena de aves que Stark había atrapado con una red. Guacamayos, oropéndolas y cacatúas se debatían impotentes en el suelo del coche fúnebre, nuevos inquilinos del zoológico de Stark.

    –Usted los pone nerviosos, Blake. –Stark levantó la tapa trasera del furgón con movimientos majestuosos.– Atrapé a todos estos en la última media hora. Shepperton se está transformando en una especie de pajarera demente...

    Seguía actuando de una manera cautelosa e insinuante, como si mi creciente poder sobre ese pueblo pequeño, mi ilimitada fertilidad, lo incitasen a desafiarme con mayor fuerza. Yo tenía la certeza de que él sospechaba que esas criaturas sucias atrapadas en la red eran partes de mí mismo.

    Cuidando de no tocarme –¿y si yo lo transformaba en un ave de rapiña de pico afilado pero patas débiles?– levantó la tapa trasera del furgón, aferró la red y arrojó las aves en el polvo a mis pies. Miró las figuras caídas, los plumajes estropeados, tentado sin duda de estrangular a aquellos pájaros allí mismo y en ese momento.

    –Le va a gustar lo que estoy haciendo, Blake. Aquí habrá un recuerdo permanente de cada especie, algo así como un monumento a usted. ¿Le gusta eso, Blake? Ya ando pensando en un delfinario bastante grande como para admitir a una ballena. Pero traeré aquí a todas las aves. Y en una jaula grande, junto al Cessna, pondré la más grande de todas, el rey de los pájaros.

    Los ojos soñolientos recorrieron mi cuerpo casi con pasión erótica.

    –¿Qué le parece, Blake? Un cóndor para usted...


    23. Los regalos


    Sentado desnudo en el monumento a los caídos de guerra, decidí disfrutar de ese feriado público. Toda la población de Shepperton estaba ya en las calles, celebrando un jubileo. Una vasta multitud, vestida con sus mejores ropas veraniegas, paseaba por el centro del pueblo, transformando la calle modesta en la rambla florida de una ciudad tropical. La gente caminaba del brazo, señalando las enredaderas y el musgo enjoyado que colgaba de los cables telefónicos, los cientos de cocoteros y palmeras. Los niños se columpiaban en las ramas del bayúa, los adolescentes trepaban a los emparrados de orquídeas y calabazas en que se habían convertido los coches abandonados. Las tapiocas desbordaban en los jardines, ahogando las rosas y las dalias.

    Y los pájaros estaban en todas partes. El aire era una lata de pintura de colores extravagantes arrojada al cielo. En los antepechos de las ventanas gorjeaban periquitos, aves zancudas chillaban en los techos salváticos de los grandes garajes, palamedeas trompeteaban alrededor de los surtidores de gasolina.

    Mientras los miraba a todos, volví a sentir la necesidad de volar.

    A mi lado, un chico de diez años se encaramó en los escalones del monumento a los caídos y trató de poner un prototipo de avión en mis manos, con la esperanza de que yo lo bendijese. Sin prestarle atención, leí los nombres de los muertos de dos guerras mundiales, artesanos y cajeros de banco, vendedores de automóviles y curtidores de cueros. Deseaba poder arrancarlos de las tumbas e invitarlos al carnaval, convocarlos desde playas y campos de batalla olvidados, donde descansaban desde hacía mucho tiempo. Y también aquellos que estaban a mano, en el cementerio detrás de la iglesia.

    Bajé del monumento y caminé entre la gente, contento de verla de tan buen humor. Delante de la estación de ferrocarril los últimos oficinistas insistían otra vez con poco entusiasmo en partir hacia Londres. Pero cuando me acerqué dejaron de pensar en el trabajo. Las corbatas flojas, las chaquetas sobre los hombros, echaron a andar entre la alegre muchedumbre, olvidándose de las conferencias de ventas y las reuniones de comité.

    Había una gran agitación delante del banco. La gente dio un paso atrás, mirando cómo dos cajeras desconcertadas montaban una mesa de caballetes junto a la puerta. La más joven se encogió de hombros de modo casi histérico cuando la gerente apareció con una caja metálica. Alta, refinada, de frente profesoral, la mujer abrió la caja dejando a la vista miles de billetes –francos, dólares, libras esterlinas, marcos y liras– apretados en fajos. Ante la mirada fascinada e incrédula de todo el personal reunido en la entrada, hundió las manos delicadas en la alta capa de billetes y comenzó a poner los fajos sobre la mesa.

    Algo chocó contra mí, el cuerpo de un hombre excitado, tan desnudo como el mío si no fuera por el pantalón corto. Stark siguió adelante, apartando a la gente. La red de atrapar pájaros olvidada en una mano, miraba los billetes, hamacándose en los pies como un amante hipnotizado.

    Incapaz de tocar el dinero, y de apartar los ojos, murmuró: –Mi querido Blake, les está dando de comer en la boca...


    La gerente hizo una señal amistosa con la mano, invitando a los espectadores a acercarse al dinero, y entró en la oficina. Nadie se movió; nadie era capaz de aceptar ese regalo extremadamente misterioso. Stark se adelantó, balanceando la red como un gladiador. Volvió la cabeza para echarme una mirada intensa, cómplice, sin duda convencido de que yo había fabricado todo eso mediante algún extraordinario juego de prestidigitación. Cargó rápidamente media docena de fajos en la red, luego dio media vuelta y se alejó con toda naturalidad entre la muchedumbre.

    Todavía indecisa, la gente se agolpaba alrededor de la mesa. El propietario del local de alquiler de televisores tomó un manojo de dólares y se lo tiró a una adolescente, como quien lanza un caramelo a un niño. En un gesto de osadía sacó su billetera y la vació sobre la mesa.

    A mi alrededor, de pronto, la gente se regalaba dinero, arrojando sobre el tapete verde monedas y libretas de cheques, tarjetas de crédito y billetes de lotería, jugadores felices que apostaban todo ante la certeza de una vida nueva. A mi lado, una gitana joven con un niño mugriento en brazos, abrió la cartera y sacó un solo billete de una libra. Me lo metió tímidamente en la palma de la mano, un mensaje secreto entregado furtivamente a un amante desconocido. Cautivado por esa mujer, y deseando darle algo a cambio, froté el billete entre mis manos pegajosas de semen y se lo pasé al hijo, que lo desenvolvió hasta descubrir un colibrí minúsculo, una mancha escarlata que se quedó revoloteando a dos centímetros de su nariz.

    –Blake... aquí tiene un millón de liras.
    –Tome todo esto, Blake. Hay aquí más de mil dólares. Suficiente para poner en marcha la academia de vuelo...

    Todo el mundo me entregaba dinero y tarjetas de crédito, aplaudiendo con alegría mientras yo les devolvía pájaros y flores, gorriones y petirrojos, rosas y madreselvas. Encantado de divertirlos, extendí los brazos sobre la mesa, tocando las billeteras y las libretas de cheques, y luego me aparté con un ademán. Entre las monedas desparramadas apareció un pavo real que abrió majestuosamente la cola.

    En el centro de compras, los gerentes y sus ayudantes cogían las mercaderías y se las regalaban a los transeúntes. Volví a ver a Stark, una y otra vez, excitado hasta el paroxismo, empujando un cargado carro de supermercado de una tienda a otra. Había estacionado el coche fúnebre en una calle paralela, delante del correo. Pidiendo ayuda a gritos a los niños, llevó a pulso dos televisores y un refrigerador hasta la parte trasera del vehículo, y desparramó puñados de billetes sacados de la red.

    Contento de ver cómo colmaba sus deseos, no lo detuve. Al menos una persona necesitaba demostrar algo de aprecio por esos objetos materiales. Coincidiendo conmigo, una multitud amistosa siguió a Stark, alentándolo mientras él cargaba el coche de videos y cassettes. En un ambiente de jocosa ironía la gente le daba dinero; un hombre se sacó el reloj de pulsera de oro y se lo metió en la mano, una mujer le puso debajo de la barbilla un collar de perlas.

    En todo Shepperton se producía un feliz intercambio de regalos. En las calles suburbanas, antes tan tranquilas, invadidas ahora por la selva tropical, la gente instalaba mesas y sillas de cocina, preparando exhibidores de máquinas de lavar platos y botellas de Scotch, juegos de té de plata y cámaras cinematográficas, como otros tantos puestos de una feria de pueblo. Algunas familias habían sacado todos sus enseres a la calle. De pie junto a sus muebles de dormitorio, los rollos de alfombra, las pilas de utensilios de cocina, parecían emigrantes felices a punto de abandonar ese pueblo pequeño y regresar a la vida simple de la jungla envolvente. Risueñas amas de casa regalaban a través de las ventanillas de los coches y de los autobuses que pasaban por la calle sus últimas reservas de comida: hogazas de pan, tarros de pickles, bistecs frescos y patas de cerdo.

    Asombrados por toda esa generosidad, los últimos visitantes de Shepperton se alejaron por las aberturas cada vez más estrechas de las empalizadas de bambú, delante del puente de Walton y en el camino del aeropuerto. Cargados con el botín, se volvían a mirar a Shepperton como bandidos que se marchan de un pueblo que se ha saqueado a sí mismo. Hasta los estupefactos conductores de dos coches de la policía, que se habían metido por error en la calle principal, se iban cargados de regalos; en los asientos traseros de los vehículos salpicados de pétalos se amontonaban verdaderos tesoros: vajillas de plata, cubiertos, cajas con joyas y dinero, residuos de ese misterioso festival del regalo.

    Mientras los miraba orgulloso, supe que quería quedarme con esa gente para siempre.


    24. El traje de boda


    Yo estaba otra vez preparado para volar.

    Era el mediodía. El aire no se movía, pero un viento extraño me soplaba en la cara. Un aire secreto me barría la piel, como si cada célula de mi cuerpo estuviese esperando en la cabecera de una pista de aterrizaje en miniatura. El sol se había ocultado detrás de mi cuerpo desnudo, deslumbrado por la vegetación tropical que había invadido ese modesto pueblo suburbano. La gente comenzaba a calmarse, y se detenía a descansar. Las madres y los niños se sentaban en los artefactos del centro de compras, los niños trepaban a las ramas del bayúa, las parejas mayores reposaban en los asientos traseros de los coches abandonados. Había una sensación de tregua. Mientras cruzaba la calle hacia el garaje, seguido por un grupo de niños, yo era el único adulto que todavía caminaba por el lugar.

    Y ninguno de ellos se daba cuenta de que yo iba desnudo.

    Sabía que todos estaban esperando la siguiente fase de mi actuación. Según sus propias palabras, esperaban a que yo los «soñase» otra vez. Caminé entre esos relajados grupos familiares, a los que antes de mi llegada no se les habría ocurrido nada más audaz que filmarse desnudos en los jardines. Me sentía orgulloso de que toda esa gente estuviese dispuesta a confiarme las nacientes posibilidades de sus vidas. Habiendo regalado el contenido de sus despensas, pronto tendrían hambre, un hambre que no podrían satisfacer ni los mangos ni los frutos de los árboles del pan que colgaban entre el follaje selvático de alrededor. Yo tenía de algún modo la certeza de que cuando llegase el momento se alimentarían de mi carne, como yo me alimentaría, a mi vez, de la carne de ellos.

    Rodeado por los niños, subí al techo del garaje y caminé hasta el borde de cemento. A lo lejos, más allá del parque, los peces espada saltaban en el río, esforzándose por llamarme la atención, señal de que yo debía dar comienzo al tiempo de los sueños. Allí de pie, con el sol a mi lado, sentí que todas las fuerzas de una naturaleza benévola se concentraban en mí. Las matas de bambú al pie del puente de Walton y en los caminos del aeropuerto de Londres eran más tupidas ahora, empalizadas gruesas que obligaban al tránsito a detenerse. Los pasajeros bajaban de los coches, pero no se atrevían a acercarse demasiado a los cactos y a las tunas. Sabía que me quedaba poco tiempo. En unas pocas horas Stark llamaría a los canales de televisión, y los camarógrafos bajarían en Shepperton seguidos por un ejército de botánicos, científicos sociales e inspectores de salud mental.

    Sentí que me ponían algo en la mano. El niño que me había seguido desde el monumento a los caídos de guerra estaba junto a mi codo, mirándome de soslayo con una sonrisa alentadora.

    –¿Quieres que lo haga volar?

    El niño asintió con ansiedad, y yo levanté el modelo de plástico y lo lancé al aire. Mientras la gente agachaba la cabeza, el avión giró pasando entre los cables del teléfono, se precipitó hacia el suelo y se transformó en una ágil golondrina que pasó por encima del edificio de correos.

    Los niños sentados en el techo, a mis espaldas, soltaron un grito de placer. Inmediatamente tuve en mis manos media docena de aviones en miniatura, puestos allí por sus ruidosos propietarios. Imitaciones de aviones de combate y de bombarderos de la segunda guerra mundial, se alejaron de mis dedos, girando, cuando los lancé por encima de la calle, dardos errantes que remontaron vuelo bajo la forma de vencejos, estorninos y alondras.

    Mientras los niños corrían chillando por el tejado, sólo el pequeño Jamie se quedó quieto, apoyado tímidamente en las prótesis de hierro con un avión de fabricación casera oculto entre las manos. David trataba de disuadirlo, mirándolo con ojos preocupados debajo de la abultada frente, temiendo que ese esfuerzo de aficionado no mereciese nunca la transformación en pájaro.

    ¿Sólo esos niños impedidos sabrían que yo estaba desnudo?

    –Dámelo, Jamie. Puedo hacer volar cualquier cosa... ¿o no me crees?

    ¿Me habría traído otro pájaro muerto? Pero cuando abrió las manos vi que tenía allí un pequeño fragmento de un ala del Cessna, un papel remachado del trozo que habían arrastrado hasta la playa esa mañana.

    –¡Jamie!

    Traté de abofetearle la cabeza, furioso con ese niño impedido que me había hecho semejante juego macabro, pero se escapó rápidamente golpeando el suelo con la prótesis metálica.

    Desde la calle llegó un grito de advertencia, luego una ola de risitas de los niños subidos al bayúa.

    –Aquí abajo, Blake –vociferó alguien–. La primera estudiante.

    Caminando por el centro de la calle principal sembrada de flores, venía Miriam St Cloud, vestida con un grotesco pero espléndido traje de boda. Confeccionado con cien metros de tul blanco, parecía el vestido de alguna película de Hollywood en la década de los años treinta. La enorme cola –de borde ondulado como una cola de pájaro– se extendía allá atrás, sostenida por la pequeña Rachel. Los ojos ciegos de la niña iban cerrados, como si estuviese soñando que volaba. En los hombros de Miriam los paños laterales del traje formaban un par de alas inmensas y delicadas, esperando para subir en el viento.

    Miriam se detuvo en la calle allá abajo, un gran pájaro blanco que buscaba su propio cielo. Al principio pensé que estaba en algún tipo de trance religioso, una fuga profunda de la que nunca podría rescatarla. Miró alrededor a las flores y enredaderas que cubrían el supermercado y la tienda de artefactos domésticos, a los pájaros del pórtico del puesto de gasolina, a los tímidos corzos que la observaban desde las bombas de combustible coronadas de flores, como preguntándose cuál de ellos sería el novio.

    –Doctora Miriam, está en el techo...
    –Allá arriba, doctora...

    La gente le gritaba desde los coches y señalaba mi figura, que se recortaba contra el cielo en el techo del garaje. Pero cuando Miriam me miró me di cuenta de que estaba completamente despierta, intentando de la manera más sensata que toda esa exuberancia, ese jardín colgante de orquídeas y buganvillas, no la impresionaran. Me agradaba que admirase mis poderes sobre el aire y sobre las aves, mi autoridad sobre la floresta, aunque ella todavía sospechase que yo era una especie de intruso en el correcto orden del universo natural.

    Al mismo tiempo, yo sabía que ella estaba por fin alcanzando la ambiciosa meta secreta que se había impuesto, ese sueño adolescente de una boda aérea. Sosteniendo el ruedo del traje de boda con una mano, caminó tranquilamente entre el gentío atento, sin importarle que la viesen entregarse a ese agradable capricho delante de sus pacientes.

    Pero cuando se encaminó con firmeza hacia el garaje, tuve la seguridad de que me estaba desafiando en su estilo sereno, y que creía todavía que mis poderes eran limitados, infinitamente inferiores a los de la divinidad que presidía la vida de ella. ¿Me estaría probando, para saber si yo podía enseñarle a volar?

    Todo el mundo calló mientras ella subía por la escalera. En las calles cercanas, los últimos habitantes del pueblo salieron de sus casas y se nos acercaron por debajo de los doseles boscosos. Hasta Stark descansaba de su alegre pillaje del pueblo. Se había sentado en el techo del coche fúnebre, delante del correo, rodeado de artefactos robados y de una colorida alfombra otoñal de billetes de banco. Me saludó con la mano y con una sonrisa confiada, seguro de que, hiciera yo lo que hiciese a continuación, asombraría a todo el mundo. Me gustaba esta completa franqueza.

    Al final de la calle principal, junto al monumento a los caídos de guerra, el padre Wingate se abanicaba la cara con el sombrero de paja. El y la señora St Cloud habían llegado a través del parque con el chófer y el ama de llaves, empujando las sillas de ruedas de tres ancianos, pacientes del pabellón geriátrico. Se mantenían juntos, y el sacerdote tranquilizaba a la señora St Cloud asegurándole que yo no corría peligro: dos padres provincianos eclipsados por los logros de su hijo, del que sin embargo se sienten orgullosos.

    Se produjo un forcejeo a mis espaldas. David salió del grupo de niños y corrió hacia mí. Tenía ojos alterados debajo de la frente hinchada. Sabía que él era el único al que no habían revelado el secreto de la felicidad de ese día. Tenía en las manos un andrajoso trapo blanco, una ofrenda de paz por la cruel travesura de Jamie.

    –Blake... es para usted.
    –Es una preciosidad, David.

    Reconocí un resto de mi traje de piloto, un pedazo desflecado del hombro izquierdo y del cinturón. Me lo puse por encima de la cabeza y lo ajusté a la cintura. Vestido con ese fragmento de mi pasado, me volví para mirar a Miriam St Cloud, que había llegado al final de la escalera y caminaba ahora hacia mí con su traje de novia, lista para sus bodas con el aire.

    El viento ya se movía en el techo del garaje, levantando la cola y las alas del traje de Miriam, ansioso por llevársela.

    –Blake, ¿puede usted sostenerme?

    Tranquilizándose, me tendió las manos, tímida esposa de un prodigio atlético que no estaba muy enterada de lo que iba a ocurrir pero que tenía la seguridad de que todo saldría bien. Sentí el olor cálido del cuerpo de Miriam, y vi que el sudor le manchaba las axilas del traje de nupcial.

    –Blake, usted lleva el traje de piloto... está hecho un andrajo.
    –Queda una cantidad suficiente, Miriam. Ahora tómeme las manos.

    Yo sólo quería ponerla en libertad, volar con ella fuera de ese pueblo en el que estábamos atrapados. Quería transferirle todos mis poderes para que pudiera escapar aunque yo no pudiese hacerlo.

    Le apreté las muñecas y la llevé al borde del techo. Al ver el suelo, cinco pisos más abajo, Miriam tropezó y soltó la cola del vestido. Las manos se le agitaron en el aire hasta que encontraron mi hombro.

    La gente estaba callada, sentada debajo de los árboles. Hasta el policía del pueblo se había detenido con su bicicleta. Miles de pájaros caían irremediablemente del cielo, las alas confundidas por un aire que no las sostenía. Varados en los techos, se agitaban débilmente comunicándose unos con otros. En la cuneta del supermercado había guacamayos y periquitos desparramados. En el proscenio del puesto de gasolina se veían flamencos tendidos con las patas abiertas. Gorriones y petirrojos caían a plomo desde el aire inmóvil.

    Un nuevo tipo de cielo cubría ahora el pueblo.

    Sentí, como había sentido durante mis visiones anteriores, que una fiebre eléctrica se movía debajo de mi piel, y supe que estaba atravesando otra vez las puertas de mi cuerpo y entrando en un reino gobernado por otro tiempo y por otro espacio.

    –Blake, ¿podemos...?
    –Sí, Miriam, podemos volar.

    Estábamos juntos en el borde del antepecho, con los pies colgando en el vacío. Miriam me apretaba las manos y miraba la calle, allá abajo, asustada de que fuésemos a lanzarnos a la muerte entre los coches estacionados. Pero en el último momento se volvió hacia mí con total confianza, deseando ver otra vez cómo yo triunfaba sobre la muerte que ya había desafiado poco antes.

    –Blake, ¡vuele...!

    Le deslicé una mano alrededor de la cintura y me arrojé con ella al aire libre.


    25. Primer vuelo


    Caímos juntos.

    Las manos de Miriam se aferraron a mi pecho, rasgándome la piel con las uñas. Hubo un grito allá arriba, el chillido de alarma de la ciega Rachel.

    Apresé nuestros cuerpos que caían y los afirmé contra el aire. Allá abajo, en la calle, la gente corría en todas direcciones, las madres tropezando en sus hijos. Miriam y yo flotábamos juntos a un brazo de distancia de la cuarta planta del edificio. A través de la buganvilla que se derramaba por el borde del techo veía los coches acomodados entre las sombras en la cubierta inclinada. La cola blanca del vestido de Miriam colgaba verticalmente encima de ella, y subía veinte metros en el aire como una inmensa cofia.

    Ya tranquilo, comencé a respirar otra vez. Un aire fresco subía por la fachada del edificio y me acariciaba el lado posterior de los muslos, el pecho y los hombros. Los ojos de Miriam, vacíos de toda expresión mientras se concentraba en mis manos, seguían mirándome fijamente.

    Esperé a que ella volviese a respirar. Yo sentía que la piel le vibraba, un tambor demasiado tenso. Mediante un esfuerzo de voluntad, cada célula de su cuerpo estaba atravesando el umbral que la separaba de su verdadero dominio, donde se rearmaba partícula por partícula. Por fin se tranquilizó, segura de su poder sobre el aire. Sus manos se movieron dentro de las mías, palpando el pulso de mis nervios y de mi corriente sanguínea, como un piloto novicio que se tranquiliza. Me sonrió con ternura, una esposa que participaba con su joven marido no en ese vuelo sino en su primer acto de amor sexual.

    El último de los pájaros pasó por delante de nosotros, cayendo a través del aire.

    Levanté suavemente a Miriam y nos propulsé hacia el cielo. Nos detuvimos encima del garaje, esperando a que se le acomodara la cola del vestido. La luz del sol irradiaba los paños del traje de novia, alas iluminadas que nos llevaban por el aire. Los tres niños impedidos nos miraban bizqueando desde el techo. Cerraban y abrían las manos pequeñas, tratando de acortar la distancia que nos separaba del suelo. En las calles, allá abajo, cientos de personas nos hacían señas con las manos para que volviésemos: temían que volásemos demasiado cerca del sol.

    Las miré, y reconocía a los vecinos hasta hacía poco tan familiares; ahora los veía como a través de un velo, como si estuvieran de pie en el lecho de un lago vítreo. Mi verdadero reino era el aire vivido, esa nación de espacio y tiempo donde compartíamos cada fotón. Poniendo a Miriam delante, subí más alto en el cielo claro y la llevé a recorrer mi dominio.

    Del brazo, de pie en la góndola de una aeronave invisible, volamos por encima de los techos de ese pueblo selvático, yo vestido con harapos de mi traje de piloto, Miriam con su resplandeciente traje de boda. Ella llevaba los ojos abiertos pero casi parecía dormida; me miraba como una niña feliz excitada por un extraño sueño en el que ha vislumbrado un primer amor. Mientras le apretaba las manos frías, tuve la sensación de que ella estaba muerta, de que su cuerpo había quedado en las calles, allá abajo, y que yo volaba con su alma.

    Llegamos a los estudios cinematográficos, donde los antiguos biplanos descansaban en pistas de hierba. Allí giramos y seguimos la trayectoria que había trazado mi avión al acercarse a Shepperton. A lo lejos, el resto del mundo, los pequeños pueblos del Valle del Támesis, el río sinuoso y las autopistas congestionadas parecían veladas por la luz intensa. Atravesamos el centro de compras, el supermercado y el correo, y volamos sobre el parque y los olmos hasta donde se había hundido el Cessna, junto a la playa donde yo había despertado a mi segunda vida.

    Flotamos por encima del agua; el vestido de novia de Miriam parecía el espíritu de ese avión sumergido. Apremiado por la necesidad de abrazarla, hice girar a Miriam hacia mí. Miriam me puso las manos en las costillas lastimadas: hasta en sueños trataba de aliviar mi dolor. Mientras la atraía hacia mi pecho un halo de luz vibró en el aire a nuestro alrededor. La apreté con fuerza y sentí su piel temblorosa. Su rostro tocó el mío, y sus labios buscaron ávidamente mi boca herida.

    Nuestras sonrisas se fundieron sin dolor. Su piel fresca atravesó la mía, la trama de sus nervios se entretejió mercurialmente con la mía, las mareas de sus arterias derramaron su calor y su afecto en los rincones más remotos de mi cuerpo. Mientras nos abrazábamos, ella se fundió conmigo: la caja torácica se le disolvió en la mía, los brazos se le fundieron en mis brazos, las piernas y el abdomen se le desvanecieron en los míos. La vagina me ciño el pene. Sentí su lengua dentro de mi boca, sus dientes que mordían mis dientes. Nuestros ojos se mezclaron, las retinas se fundieron. Nuestra visión se empañó: imágenes múltiples vistas por los ojos facetados de este ser quimérico.

    Entonces vi todo lo que me rodeaba con ojos dobles, los ojos de Miriam y los míos. Dentro de nuestras mentes yo sentía el vértigo nervioso de ella, la confianza y el cariño que tenía por mí. Cada flor y cada hoja del parque brillaba con un fulgor todavía más deslumbrante, un bosque de cristal iluminado, creado por un joyero experto.

    Busqué en el aire pero Miriam no estaba: se había escurrido por las cien puertas de mi cuerpo. Yo mismo llevaba puesto ahora el traje de boda. Sentía el peso de la cola enorme, y de los paños que parecían las alas del Cessna. Di la espalda al río y me remonté sobre el parque hacia el centro de Shepperton. Allí me detuve sobre el edificio del garaje colmando con el vestido de novia el aire soleado, mostrándole a la gente silenciosa que miraba allá abajo la unión quimérica de Miriam conmigo.

    Cuando aterricé en el techo de cemento, David y Jamie se me acercaron corriendo. Sostenían la temblorosa cola del vestido, sujetándome al tejado, esta extraña aeronave que se había perdido en el espacio aéreo de Shepperton. Me acerqué al borde, plegué las alas, y saludé tranquilizadoramente con la mano a la gente reunida allá abajo. Los rostros de esta gente parecían embotados, como si no entendieran lo que acababan de ver. Hasta el padre Wingate, que se abanicaba con el sombrero de paja, parecía aturdido por todo, suspendido entre la credulidad y el escepticismo. La señora St Cloud deambulaba por la calle, escudriñando el aire sobre su cabeza. En algún sentido el cielo había extraviado a su hija.

    Ahora, con la seguridad de que estaba más que meramente vivo, me sentía más cerca de ellos. El espíritu y el cuerpo de Miriam habían recargado los míos. Sentía la tentación de conservarla en mi interior, una princesa encerrada en el castillo feroz de mi mente.

    Ya la echaba de menos. Consciente de que podía incorporar a otras personas, y alimentarme con sus espíritus, caminé hasta el centro del techo. Abrí los brazos y solté a Miriam al aire soleado.

    Miriam retrocedió alejándose de mí, llevándose el traje de novia. Un trance intenso –el sueño profundo de mi cuerpo– le empalidecía el rostro. Al ver que se materializaba delante de ellos, Jamie y David corrieron a saludarla, seguidos por Rachel y su sonrisa ciega. La tomaron todos de las manos. Allá abajo, en la calle, el soldado retirado lanzó unos vítores y blandió el fusil.

    Su voz pareció despertar a todo el mundo. Reanimándose, la gente bajó de los techos de los coches y se puso a conversar, con la certeza de que el espectáculo aéreo había terminado.

    En la escalera, Miriam se volvió y me miró, viéndome por primera vez desde nuestro vuelo. Me sonrió, y supe entonces que reconocía mi autoridad sobre el aire. Todavía tenía el rostro descolorido, como si el cuerpo se le hubiera muerto un poco al dejar ese pequeño pueblo.

    Yo ahora estaba seguro de que a través de ella, y a través de los espíritus ascendentes del pueblo de Shepperton, al fin podría huir.


    26. El aire se colma de niños


    –Blake, ¿podemos volar?

    –Enséñenos a volar, Blake...

    Mientras salía del garaje, me rodearon docenas de niños. Los aparté amistosamente, y miré orgulloso alrededor las fachadas de tiendas y supermercados engalanadas con flores. Después de tantos días agotadores me sentía transformado, confiado de nuevo. No sólo había podido volar otra vez sino que había tomado en mi cuerpo el cuerpo de Miriam. Como un ave grande, me había apareado y alimentado en vuelo. ¿Me podría alimentar con la gente de ese pueblo, utilizar sus ojos y sus lenguas, sus mentes y sus sexos para construir una máquina voladora que me alejase de allí? Ahora estaba casi seguro de que mis poderes eran ilimitados, que podía hacer cualquier cosa que desease imaginar.

    Los niños tiraban unos de otros y discutían mientras yo estaba en el centro de compras entre aparatos de televisión y juegos de dormitorio. Una bandada de gorriones aleteó alrededor de mis pies, persiguiendo una migaja de pan. En todas partes los pájaros subían de nuevo al aire.

    –¡David! ¡Jamie! –Decidí distraer a los niños.– ¡Quiero que todos me miren!

    Mientras los gorriones saltaban entre los billetes, yo los atrapaba con las manos y los hacía desaparecer como un prestidigitador. Los gorriones se fundían rápidamente con mi carne, y yo sentía en las muñecas el aleteo de los pequeños corazones, un murmullo de pulsos nerviosos. Los niños miraban boquiabiertos, y con un chasquido de dedos liberé un aturdido gorrión. Mientras el gorrión se acomodaba las plumas aplastadas, un joven halcón posado en un coche cercano se abalanzó sobre él. Batí palmas y absorbí el pesado pájaro, sintiendo la resistencia de sus talones en los codos, las poderosas alas dentro de mi espalda.

    Asombrados por esos aparentes juegos de manos, los niños chillaban de alegría y perplejidad. Jamie le gritaba al cielo, advirtiéndole que de mí se podía esperar cualquier cosa. Sólo David parecía escéptico. En la puerta del supermercado le murmuró algo a Rachel, preocupado por lo que estaba pasando. Pero durante la hora siguiente anduve por el barrio como un prestidigitador, aplaudido por la muchedumbre. Absorbí en mi cuerpo docenas de pájaros arrebatándolos del aire y metiéndolos por las puertas de mis manos.

    Mi cuerpo era un manicomio gorjeante de aves furiosas. Salí del supermercado y David dio un defensivo paso atrás, murmurándole una advertencia a Rachel. Mientras los niños vociferaban alrededor de mis piernas, solté una docena de herrerillos y un tucán, y el arrugado halcón se alejó de mis hombros cortando el aire y chillando fastidiado. Me encorvé y dejé salir por la espalda un desmañado flamenco que estiró las patas largas como un tullido nervioso. Los niños chillaron mientras el flamenco trepaba a mis hombros y echaba a volar hacia el puesto de gasolina. Escondí el rostro y de pronto solté un colibrí por la boca. En un final espectacular, desembuché de mi cuerpo los últimos pájaros, volcando sobre el centro de compras un torrente de alas y plumas.

    Encantado de divertir a los niños y a las madres, recordé mis intentos de oficiar de flautista de Hamelin en los parques de Londres. ¿Anticipaba, de algún modo, que algún día poseería esos poderes? Quería enseñarles a esos niños a volar, a capturar pájaros con los cuerpos, quería que los maridos se fundiesen con sus mujeres, los jóvenes con sus novias, los padres con sus niños, preparándose para el último vuelo a los invisibles paraísos del aire.

    La fiebre de volar cundía por todo Shepperton. Los niños corrían por el centro de compras con réplicas de aviones en las manos, pidiéndoles a los padres que los llevasen a una excursión aérea. Cuando llegué al monumento a los caídos de guerra, en mi viaje de vuelta al río, vi que me seguía una procesión de varios cientos de personas.

    Detrás del monumento, el camino descendía hacia el parque. La multitud de niños y padres frustrados bajó corriendo por la pendiente, persiguiéndome, tirándome de los andrajos del traje de piloto.

    –¡Blake...!
    –¡Quédese aquí, Blake...!

    Luché entre todo ese gentío, abriéndome paso, trepé a las cabezas de los niños y me elevé en el aire. Flotando a un metro del suelo, me puse a la cabeza de la procesión.

    –¡Llévenos con usted, Blake...!

    Al fin podía respirar. Me volví para mirarlos. Me hablaban a gritos, como refugiados asustados de que los abandonaran en ese pueblo selvático.

    –¡Vamos todos! ¡A volar!

    Dos jóvenes con chaquetas de motociclista saltaban en el camino, tratando de subir en el aire. Una mujer madura luchaba contra la luz del sol que le caía en la cara, retorciendo los labios como si quisiera librarse de un corsé. Allí abajo todo el mundo bailaba y se contorsionaba, riéndose a carcajadas: parecían atacados por una plaga de insectos amistosos. Sólo los niños me miraban con seriedad. Una docena de ellos se juntó a mi alrededor, tratando de tocarme los pies.

    –Blake, por favor...

    Una niña de diez años, de trenzas rubias, me quiso sobornar con un caramelo. Me incliné, la tomé de los hombros y la alcé en el aire. Chillando de alegría mientras se sostenía la falda, flotó ingrávida en el aire ruidoso, se inclinó y ayudó a que su hermano menor subiera a mis brazos.

    De pronto el aire se colmó de niños. Cada vez que se miraban los pies, que se movían y pateaban bastante por encima de las cabezas de los padres, lanzaban un grito de felicidad.

    –¡Sarah, ten cuidado...!

    Mientras corría detrás de la hija con las manos alzadas, una madre ansiosa dejó de tocar el suelo con los pies. Pedaleando furiosamente, subió en el aire y abrazó a la hija. Sonriendo de felicidad flotaron hacia el parque.

    Con la procesión detrás, avancé por el camino como la cabeza de una inmensa cometa que arrastraba por el suelo una cola pesada. Los que iban detrás pateaban y saltaban, intentando elevarse en el aire de cualquier modo. Un joven se soltó, y ayudó a su novia a subir junto con él. El viejo soldado del rifle ascendió tiesamente en el aire. Mientras flotaba, blandió el rifle hacia mí, como si tuviera ya un par de cosas que decirme acerca del arte de volar.

    Íbamos rápidamente hacia el parque, y familias enteras corrían desde las calles laterales para unirse al grupo. Los ex ejecutivos que hacía tres días que no trabajaban tiraron los maletines y se incorporaron a la procesión; riendo se tomaron de los brazos y remedaron el pataleo de la gente que flotaba allí delante: asombrados, descubrieron que también ellos estaban en el aire.

    Cuando llegamos al parque, me seguían más de mil personas. Se unían al grupo los últimos rezagados, técnicos cinematográficos y actores de los estudios, equipados con polainas y anteojos antiguos, un carnicero con delantal blanco que repartía la carne sobrante a un feliz círculo de perros y gatos, dos mecánicos del puesto de gasolina vestidos con overoles grasientos.

    Desde la puerta de una cabina telefónica, el policía del pueblo nos miraba con aire de profunda sospecha. Pensaba si no tendría que amonestarnos por una seria infracción de los reglamentos, de algún estatuto medieval contra el vuelo indiscriminado. Entonces lo oí gritar: acababa de darse cuenta de que estaba solo en Shepperton. Tiró la bicicleta y corrió hacia nosotros. El casco en la mano, logró trepar al aire, y flotó serenamente a la cola de nuestra procesión, como el guardián de un tren aéreo.

    En último término llegaron los niños impedidos, bajando apresuradamente por la calle principal. Jamie saltaba y se retorcía sobre la prótesis metálica, como si eso hubiera sido desde el principio una catapulta secreta que lo propulsaría al aire. David iba detrás, pesadamente, sin aliento, y demasiado perplejo para explicarle a Rachel adonde se había ido todo el mundo. La niña ciega ladeaba la cabeza y se tapaba las orejas, confundida por los cientos de voces conocidas que flotaban sobre ella, los chillidos de los otros niños que caían desde el aire atestado.

    Esperé a que se uniesen al grupo, y cuando llegamos al parque detuve la procesión. El policía y un actor cinematográfico se inclinaron para tomarlos de las manos. Con un último esfuerzo David subió al aire, abriendo desmesuradamente los ojos ante la repentina liviandad de su enorme cabeza. Tras él trepó Jamie, pedaleando con las piernas tullidas, dando pasos largos y elegantes. Pero Rachel, atontada por los gritos, corrió asustada por el pavimento y se perdió entre las máquinas lavaplatos y los televisores. Antes de que yo pudiese intervenir, David y Jamie me llamaron por señas y saltaron al suelo para consolar a Rachel.

    Lamentaba abandonarlos, pero yo ya miraba hacia el cielo y el sol que nos esperaba. Como un avión de pasajeros que despega, la procesión subió en el aire a mis espaldas, ante la mirada de los ciervos curiosos que pastaban entre los árboles. Hubo jadeos de asombro cuando Shepperton se alejó allá abajo y apareció la larga curva del río. Los peces espada y las marsopas, los delfines y los peces voladores saltaban en el agua plateada, incitándonos a seguir.

    Ahora volábamos en silencio, describiendo un amplio círculo a cien metros por encima de los tejados. El aire fresco nos enmudecía a todos. A mi lado los niños flotaban con los rostros levantados hacia el sol, dejando atrás ríos de cabellos. Imitándome, iban con los brazos estirados a los lados, en ángulo recto; ellos y los padres, jóvenes y viejos llevaban la misma expresión extasiada, durmientes que despertaban de un largo sueño.

    Pronto estuvimos a más de un kilómetro de altura sobre Shepperton, ese pueblo selvático rodeado por una empalizada de bambú, una pequeña región amazónica instalada en el tranquilo valle del Támesis. Las calles estaban desiertas; me acompañaban todos menos los viejos del pabellón geriátrico y los miembros de mi familia. El padre Wingate estaba en la playa, entre especímenes arqueológicos, saludándome y alentándome con el sombrero de paja. La señora St Cloud observaba desde la ventana del dormitorio, sin poder creer todavía lo que veía pero igualmente encantada. Stark bajó del coche fúnebre y desplegó la tela de un ala delta, como tentado de venir con nosotros. Hasta Miriam, mi novia del aire, vestida aún con el traje de boda, estaba en el prado entre los pelícanos ansiosos, esperando a que yo bajase del cielo y la rescatase de esos pretendientes.

    Directamente encima de la iglesia detuve la procesión y esperé a que todos nos alcanzasen. Shepperton volaba allí detrás con los brazos extendidos, los miembros de una congregación que iba a orar en la catedral de mi ser aéreo. Ahora tenían rostros inexpresivos, hundidos en una arrebatada vigilia. El aire fresco desacomodaba las faldas de las muchachas y despeinaba el pelo de los niños. Los padres miraban atentamente mi figura brillante, como si se viesen dentro de mí por primera vez.

    A mi lado estaba la niña de diez años que se había juntado conmigo en el aire, apretando todavía un caramelo en la mano derecha. La tomé de las muñecas y la acerqué, abrazándola suavemente.

    –Sarah, querida... despierta.

    Esperé a que soltase el aliento, que ella retenía cuidadosamente por miedo a resbalar de pronto y matarse allá abajo, en las calles vacías.

    Entonces, en un arranque de confianza, me tomó de las manos y me abrazó con vehemencia. La apreté contra mi cuerpo desnudo. El aire fresco corría furiosamente entre nosotros, abriendo cien puertas a nuestras muertes, allá abajo. Pero el sol fundió nuestras pieles, uniéndolas, y metí a la niña en mi carne. Sentí que el corazón de ella se aceleraba dentro de mi corazón, que sus pequeños pulmones bombeaban dentro de los grandes doseles de mis pulmones. Sentí que sus brazos delgados me guiaban mientras yo avanzaba por el aire brillante para abrazar a su hermano menor.

    –Stephen... ven aquí. –Oí que la voz de la niña hablaba desde mi garganta.

    El niño vaciló; con la cara redonda reflejaba el sol como un espejo. Se arrojó en mi pecho como quien se zambulle en una piscina tibia. Su cabeza me estrujaba el esternón, sus manos recorrían mis caderas y mi estómago, buscando una puerta para entrar en mi cuerpo. Lo tranquilicé admitiéndolo en mi interior, devorándole la boca, los labios frescos y la lengua dulce, inhalando su aliento cálido, dejando que entrara en mi carne y me traspasara.

    Fortalecido, recargado por esos pequeños espíritus, atravesé la procesión llamando por señas a los cientos de hombres y mujeres suspendidos en el aire rápido con los brazos abiertos. –Emily... Amanda... Bobby... Rápidamente abracé al resto de los niños que me habían seguido todo el día, metiendo sus caderas estrechas dentro de las mías. Cuando los padres empezaron a mirarme angustiados, dejé salir a los niños de mi cuerpo, desarmándome como una mansa bestia marina que echa fuera los peces pequeños que se le han metido en la boca. Se quedaron allí flotando en el aire, saludando y sonriendo mientras yo los atraía de nuevo y los hacía entrar en mi cuerpo uno por uno.

    Seguí adelante, y toqué los hombros de una madre joven cuyo hijo estaba dentro de mí. El cuerpo fuerte de la mujer se apretó a mí en un abrazo casi violento. Sentí los muslos largos y las caderas fuertes, el mordisco punzante de su boca dentro de mi quijada. En mi interior, entre sus huesos, estaban otra vez los huesos de su hijo.

    Como un hipnotizador que va de un lado a otro entre un público dormido, abracé al resto del grupo, viejos y mujeres, esposos y esposas, el policía y el soldado retirado, cuerpos gordos y esbeltos, torpes y elegantes. En sus ojos, mientras me tomaban de las manos, veía la misma confianza y el mismo orgullo. Metí en mi cuerpo al último, un joven actor de los estudios cinematográficos vestido con un anticuado traje de piloto. Me abrazó alegremente, entrando en mí como un amante.

    Solo ahora en el cielo, atravesé el aire a grandes saltos. Me había convertido en una especie de arcángel de enorme poder, por fin bastante fuerte para huir. Lejos, allá abajo, los miles de pájaros desamparados se agachaban en las calles de aire enrarecido, aleteando desvalidos entre los billetes de banco.

    Floté sobre la carretera, dispuesto a aterrizar en los campos cercanos y abandonar a mis pasajeros, depositar a los habitantes de todo un pueblo en los altos maizales, entre campesinos espantados.

    Pero mientras iba por el aire hacia el norte una extraña pendiente me volvió contra mí mismo. El viento apoyó contra mí su enorme espalda. Me sentía atenazado por los tejidos de mi cuerpo, los nervios, los glóbulos; la gente que llevaba dentro tiraba de mi corazón con hilos de afecto. Necesidades y lealtades eran como un dique inmenso alrededor del cual girábamos en un círculo invisible.

    Empujado de vuelta hacia el centro de Shepperton, pasé otra vez sobre las calles desiertas. Exhausto, me quedé flotando entre los almohadones blandos de dos nubes apacibles. El suelo se alejaba allá abajo. El cielo era cada vez más claro a medida que subíamos en el aire fresco. Yo sentía a los habitantes del pueblo, acomodados serenamente en mi interior, pasajeros dormidos de esa góndola propulsada por un profundo sueño ascendente. Me llevaban hacia el sol, impacientes por perderse en aquella comunión de luz.

    Desesperado por librarme de ellos antes de morir quemado, me reanimé y me dejé caer hacia el puente de Walton como un enloquecido piloto de pruebas. Pero mis pasajeros volvieron a desviarme, y me torcí sobre mí mismo. Enfurecido, giré alejándome del aire sólido. Simulé subir hacia el sol y de pronto me arrojé sobre el centro de compras, dispuesto a aplastarme contra las baldosas ornamentales, a desparramar mi cuerpo y los cuerpos de los habitantes del pueblo sobre los artefactos domésticos y los muebles.

    El suelo subía en el aire violento. En el último instante volví a sentir el afecto estabilizador de la gente que llevaba en mi interior, una mano cálida que me condujo sin peligro por encima del techo del edificio del garaje. Los solté en el aire a mis espaldas, abandonando toda pretensión de huida, y llevé el inmenso tren a un agitado aterrizaje delante del supermercado.

    Mientras bajaban todos alegremente del aire, me apoyé desamparadamente en un coche estacionado; parecía el conductor loco de una montaña rusa, que ha planeado secretamente estrellar a sus pasajeros, pero que se calma con la amistad de un niño. A mi alrededor aterrizaba, conteniendo el aliento, toda la población de Shepperton, encabezada por los niños bulliciosos. El viejo soldado caminaba tambaleándose sobre pies inseguros, blandiendo hacia el cielo el rifle que sostenía al revés. Amas de casa aturdidas se bajaban las faldas, los jóvenes se acomodaban el pelo. Sin aliento, pero acalorado, el policía del pueblo se sentó en un sillón delante de la mueblería. En todos lados la gente señalaba el cielo, alta bóveda atravesada por nuestros rastros de vapor, complicadas cunas de gato que cosían los aires a la coreografía de un ballet angelical. Veía con claridad las estelas curvas que delataban mis frustrados intentos de huida, disolviéndose ahora en el aire revuelto encima del puente de Walton y los estudios cinematográficos.

    A pesar de mi ira, sabía que estaba confinado en ese pueblo, tanto por los habitantes, que me necesitaban (cada vez reconocían con mayor sinceridad que yo les había abierto las puertas de su mundo verdadero), como por el universo finito de mi propio yo. Pero mientras miraba todas esas personas felices de piel cantarina, sonriendo y saludándose con la mano, igual que allá arriba, encima del pueblo, supe que para obtener mi libertad primero tendría que huir de ellos, de su afecto y de sus cuidados.

    Andaban del brazo por las calles tranquilas, apremiando a los pájaros asustados que caminaban entre ellos a que volasen otra vez. Cuando se cruzaban conmigo me sonreían tímidamente, con la dulzura de amantes que habían conocido los sitios más íntimos de mi cuerpo. Las pieles heladas en el aire abrían pasillos de aire fresco en la tarde húmeda.

    Sin embargo, ya no había tanta gente como antes del vuelo. Las madres golpeadas por el viento buscaban en el ahora vacío centro de compras, miraban hacia el cielo sobre ellas como si sus hijos estuvieran flotando todavía allá arriba.

    –Sarah, querida, ¿por qué no bajas...?
    –Bobby, ahora les toca volar a los pájaros...

    Pasé por delante de ellas, vestido sólo con los andrajos de mi traje de piloto. Dentro de mí sentía los cuerpos de Sarah, de diez años, el de su hermano menor y el de un adolescente. Envidioso de su libertad, no los había soltado cuando aterrizamos. Necesitaba la fortaleza de esos cuerpos y de esos espíritus jóvenes. Jugarían para siempre dentro de mí, corriendo por los prados obscuros de mi corazón. Todavía no había comido, aunque ése era el cuarto día desde mi llegada, pero había probado la carne de estos niños y sabía que ellos eran mi alimento.


    27. Cónsul de esta isla


    El sol incendiaba el cielo. Subí al último piso del edificio del garaje y miré por encima de los techos de Shepperton. Allá abajo, miles de pájaros llenaban la selva vivida, transformando ese pueblo monótono en un paraíso tropical que mi mente había conjurado sin esfuerzo. Pero sobre mi cabeza, la rúbrica temblorosa de un senil escritor de cielos mostraba mi vano intento de huida. Quienquiera que me hubiese abandonado en ese sitio me había hecho cónsul de esta isla, me había otorgado el poder de volar y de transformarme en cualquier otra criatura, el poder de hacer brotar de las puntas de mis dedos flores y aves. Sin embargo, ahora esos poderes me parecían escasos; era como si me hubieran desterrado a un remoto puerto del Mar Negro y me hubieran concedido el derecho de hacer que las piedras de la playa cantaran para mí.

    ¿Acaso yo estaba allí sólo para divertirme? Miré a las madres desdichadas que se alejaban en el atardecer. Una de ellas se detuvo a hablar con los pavos reales sentados en el pórtico del banco, a preguntarles si habían visto a un niño y a una niña jugando entre las nubes. Pero yo oía en mis huesos las voces débiles de estos niños.

    Los últimos habitantes del pueblo ya habían llegado por las calles selváticas hasta sus casas. Nadie se había dado cuenta de que yo estaba desnudo, dando por supuesto que el dios pagano de los suburbios, la divinidad que presidía esos televisores y aparatos de cocina se vestía solamente con las ropas de su propia piel.

    A mis pies estaba el traje manchado de semen, la ropa vieja del sacerdote muerto que seguramente me habían traído los tres niños mientras yo llevaba a todos los demás en nuestra excursión aérea. Mientras lo miraba supe que nunca más volvería a ponérmelo. Pateé el pantalón y la chaqueta hacia la calle, decidido a andar desnudo desde entonces, a exponer mi cuerpo a esas gentes hasta que por fin lo reconocieran.

    De esa piel venían todos mis poderes. Cuanto más la mostraba al aire y al cielo mayores eran mis esperanzas de tenerlos a mi lado. Me ofendía estar atrapado en ese pueblo pequeño. Tarde o temprano tendría que desafiar las fuerzas invisibles que me habían exiliado en Shepperton, medir con ellas los recursos de mi torcida imaginación.

    Y ya soñaba con ampliar mi limitada autoridad al mundo más allá de Shepperton, a los otros pueblos del Valle del Támesis, hasta a la propia Londres. Casi recibiría con alegría las cámaras de televisión y los periodistas. El crepúsculo selvático me bañaba la piel en una luz verde y dorada, como si unos deseos extraños estuvieran aceitando mi cuerpo. El plumaje de los ibis escarlata iluminaba las calles: desde los techos, como otros tantos faroles exóticos, me alumbraban el camino. Excitado por mi voluntad de presentar batalla, me acaricié las lastimadas costillas. Decidí explotar mis poderes al máximo, y si fuera necesario hacerlo de la manera más despiadada y perversa, y así tropezar tal vez con poderes ocultos que me liberarían.

    Anduve por el techo del garaje en el crepúsculo, la rampa de cemento desde la que me había lanzado al aire. Decidí no regresar a la mansión de las St Cloud, quedarme a vivir en ese laberinto de pisos inclinados.

    Sin embargo, a pesar de todos mis deseos de éxito, sabía que quizá se me estaba acabando el tiempo. Recordé la visión del holocausto. A pesar de toda mi ira, aún quería salvar a esa gente que primero me había salvado a mí, sobre todo Miriam St Cloud. Lamenté que no estuviese conmigo en ese lugar. Pensé en la sonrisa y en el olor de Miriam, en los tacos gastados y las uñas rotas, un inventario ilimitado de excitaciones y posibilidades. De algún modo la clave de mi huida estaba en las vidas comunes de los pobladores de Shepperton. Ya había reformado sus vidas, alterado sus nociones del matrimonio y de la paternidad, el sentido del orgullo ante el trabajo bien hecho. Pero yo necesitaba ir más allá, socavar la confianza entre maridos y mujeres, entre padres e hijos. Quería que atravesaran las líneas que dividían a niños y padres, especies y reinos biológicos, lo animado y lo inanimado. Quería destruir las limitaciones que separaban madre e hijo, padre e hija.

    Recordé mi grotesco intento de sofocar a la señora St Cloud, la extraña manera en que había tratado de violar a la niña ciega, y a la joven inconsciente que casi había asesinado en su apartamento, cerca del aeropuerto de Londres. Esos delitos e impulsos eran los primeros indicios de las fuerzas benignas que se me revelarían en Shepperton. Mi apareamiento escolar con la tierra, mis esfuerzos por revivir el cadáver, mi obsesión de Flautista de Hamelin con un cercano paraíso infantil, no habían sido más que premoniciones de esos poderes, que a mi vez podía compartir con la gente de ese pueblo tranquilo.

    Pensando en la señora St Cloud, la madre adoptiva que había compartido mi cama, me toqué los labios lastimados. De pronto quise que toda la gente de Shepperton se fundiese, que las madres se apareasen con los hijos, los padres con las hijas, que todos se encontrasen dentro del burdel de mi cuerpo como ya lo habían hecho antes, tan alegremente, mientras volábamos.

    Ante todo quería que me alabasen, y poder sacar de esa alabanza la fortaleza necesaria para huir del pueblo. Quería que alabasen mi talento y mi sudor, el aire que había tocado mi piel siquiera brevemente, mi semen y mi orina, las huellas de mis pies en el suelo, las magulladuras en mi pecho y en mi boca. Quería que todos apoyasen sus manos en mi cuerpo para saber quién me había hecho revivir. Necesitaba que trajesen sus hijos a este laberinto, que me diesen sus mujeres y sus madres.

    Recordando las palabras del padre Wingate, tenía ahora la certeza de que los vicios de este mundo eran una metáfora de las virtudes del otro, y que sólo mediante las más extremas de esas metáforas conseguiría huir.


    28. El motor de vida


    El día siguió avanzando rápidamente hacia una noche salvaje.

    Desde el techo del garaje observé cómo el dosel del bosque se cerraba sobre el pueblo. De los jardines suburbanos subían cientos de palmeras, superponiendo las frondas amarillas, sellando los techos bajo una vivida llamarada tropical. En todas partes la vegetación brillaba con una luminiscencia extraordinaria, como si el sol se hubiera convertido en una lente que enfocaba sobre Shepperton toda la luz que caía del universo.

    Le sonreí al aire poblado, pensando en los fracasos de mi vida pasada: el hostigamiento policial y los trabajos de tercera, los sueños fugaces y prematuros. Ahora, como respuesta, una naturaleza urgente crecía rodeándome. Cada hoja y cada flor, cada pluma de los ibis de color escarlata posados allá abajo en el techo de la gasolinera estaba cargada de una luz feroz.

    Shepperton se había convertido en un motor de vida.

    Alrededor de las afueras del pueblo unas densas matas de bambú y de tunas cerraban las rutas a Londres y al aeropuerto. A un kilómetro de la estación había un tren detenido: no podía atravesar los cactos y los palmitos que habían brotado entre las vías. Una hilera de coches policiales esperaba al pie del puente de Walton; los agentes trataban de abrirse paso a través de las empalizadas de bambú, que volvían a brotar a medida que las cortaban. Un bombero con un hacha pesada abrió un sendero entre las plantas robustas. Tras una docena de pasos se vio rodeado por retoños nuevos y por lianas gruesas como muñecas que lo ataron a los barrotes de una jaula selvática de la que sólo pudieron sacarlo los cansados policías mediante unos cabrestantes.

    En las últimas horas de la tarde el disco del sol tocó por fin el dosel del bosque, encima de los estudios cinematográficos, y la luz de la jungla corrió sobre el techo de Shepperton como una marea de sangre. Dos helicópteros sobrevolaban el perímetro del pueblo, un Sikorski de la policía y una máquina más pequeña, contratada por un canal de televisión. Las cámaras me enfocaban, y los sonidos de un altavoz reverberaban en el follaje denso. El Sikorski matraqueó subiendo por la calle principal, a veinte metros de mi cabeza, pero las nubes de pájaros que descendían y se elevaban en el aire líquido rechazaron el aparato; los cientos de personas que saludaban alegremente desde los jardines confundieron a los tripulantes. Desnudo bajo los andrajos del traje de aviador, los saludé majestuosamente desde el techo, ese laberinto y jardín colgante desde el que presidía a Shepperton.

    Al anochecer, cuando mil luces de color cereza y ciclamen atravesaban el dosel del bosque –el plumaje parpadeante de pájaros fantásticos– las primeras personas desnudas comenzaron a andar por las calles de Shepperton. Mientras caminaban del brazo por los suburbios, sonriéndose abiertamente unos a otros, tuve la certeza de que estaban desnudos no porque sintiesen un repentino deseo de mostrar sus cuerpos sino, simplemente, porque se habían dado cuenta de que estaban vestidos. Había familias con los niños, hombres con sus mujeres, parejas mayores y grupos de adolescentes. Vagaban naturalmente entre las bandadas de oropéndolas que cubrían el pavimento, y descansaban en la penumbra recostados en los bancos delante de la mueblería.

    Al saber que yo estaba allá arriba, en el techo del garaje, un grupo de mujeres maduras comenzó a construir para mí un círculo de pequeños altares en el centro de compras. Delante del supermercado armaron una pirámide de cajas de detergente, y montaron un tabernáculo en miniatura con las máquinas de lavar platos y los televisores. Halagado por esa muestra de gratitud, arranqué pequeños pedazos de tela chamuscada de mi traje de aviador y se los tiré a aquellas mujeres desnudas. Las mujeres, alegremente, pusieron esos andrajos manchados de aceite dentro de los altares, que adornaron con plumas y flores. Al obscurecer más, miré cómo esas mujeres elegantes andaban por el centro de Shepperton construyendo pequeños templos de latas de aceite en el patio delantero del puesto de gasolina, pirámides de radios de transistores delante de las tiendas de artefactos domésticos, de aerosoles de desodorante en la entrada de las farmacias. Yo estaba orgulloso de presidirlas, de ser la divinidad local del lavadero de coches, de la lavandería automática y de la oficina que alquilaba aparatos de televisión.

    En todo Shepperton, a medida que la noche caía sobre las calles selváticas, la gente se sacaba las ropas. Todos caminaban en el aire cálido, bajo lámparas coloreadas por orquídeas y magnolias, recogiendo flores de las enredaderas y decorándose los cuerpos unos a otros con guirnaldas de capullos. Delante de la mueblería, el viejo soldado del rifle había tirado la chaqueta de tweed y los pantalones. Se había preparado un pequeño puesto detrás de un escritorio de época donde adornaba los cuerpos de las adolescentes, engalanándoles con flores los pechos pequeños. La gerente del banco, una Juno de la penumbra, estaba desnuda junto a la puerta de la calle, entre las monedas reflejadas en las luces de colores, entregando flores a los jóvenes que pasaban.

    Los últimos helicópteros habían regresado a la obscuridad, llevándose su ruido sobre los depósitos y los campos de amapolas. Los faros de los coches lejanos alumbraban las empalizadas de bambú que rodeaban Shepperton. De pronto, cuando la señora St Cloud apareció desnuda saliendo de las sombras del bayúa, supe que por fin había impuesto mi aviesa imaginación a ese pequeño pueblo. Sin darse cuenta de que yo la miraba desde el garaje, caminó por el pavimento detrás de un grupo de adolescentes; en el cuerpo blanco se le veían todavía los moretones de nuestro abrazo. A pesar de los pechos abultados y las nalgas caídas, tenía una belleza espléndida y brutal.

    Cientos de personas desnudas llenaban el centro de Shepperton, caminando de un lado para otro como paseantes nocturnos. Vi al padre Wingate, desnudo pero con el sombrero de paja, delante de la gasolinera, admirando las flores y las aves. Al acercarse la señora St Cloud, la saludó encantadoramente y le puso alrededor del pescuezo un collar de flores de mirto. Al verme, me hicieron señas los dos con la mano, sonriendo como huéspedes de un sueño, atrapados no de muy buena gana en un juego extraño.

    Pero sólo yo sabía que estaban desnudos.

    Toda la noche anduvo furtivamente por las calles felices una sexualidad potente y abierta, de la que nadie revelaba el verdadero propósito. Mientras miraba a esas gentes ingenuas, supe que ninguna de ellas se daba cuenta de que se las preparaba para participar en una orgía insólita y tal vez depravada. Yo quería provocar a las fuerzas invisibles que me habían elevado a ese estado de gracia.

    Maridos y mujeres se separaban sin ninguna ceremonia y caminaban del brazo con otras parejas; los padres retozaban con las hijas en los emparrados frondosos delante de las casas; las madres acariciaban a los hijos mientras deambulaban por el centro de compras. Un grupo de muchachas se habían recostado como amables cortesanas en los divanes delante de la mueblería, y llamaban por señas a los transeúntes. La gente que iba de un lado a otro por las calles entraba en las casas ajenas, se servía lo que se le antojaba, las mujeres se decoraban con las joyas de la vecina.

    Sólo dos personas se mantenían alejadas de esos juegos festivos. Después del anochecer, cuando la obscuridad impidió continuar con el salvamento del Cessna, Stark atracó la daga y regresó a Shepperton. Había pasado las últimas horas de la tarde trabajando con el cabrestante y la grúa, maniobrando el pontón por encima del avión sumergido. Al fin concluyó la tarea del día, se sentó al volante del coche fúnebre, y subió y bajó por las calles traseras del pueblo, saqueando las casas que los propietarios habían abandonado. Miré cómo cargaba el furgón con rollos de alfombra, televisores y utensilios de cocina, un obsesivo encargado de mudanzas que evacuaba él solo ese pueblo amazónico amenazado por la selva. Mientras pasaba con el coche fúnebre entre la muchedumbre vespertina de la calle principal, me saludó franca y sinceramente. El zoológico se había convertido ya en un importante depósito de objetos robados, y entre las jaulas de las aves se alzaba una reluciente pirámide de máquinas de lavar platos y refrigeradores.

    Admiraba a Stark, con su sueño de los artefactos, pero pensaba en Miriam St Cloud y esperaba que volviese a lucir para mí su traje de bodas. Temía que también ella apareciese desnuda en esas calles nocturnas. Aunque la había admitido en mi cuerpo, y sentido que sus articulaciones chocaban contra las mías, que su vagina ceñía mi pene, mi deseo sexual hacia ella había desaparecido: nuestro vuelo compartido lo había borrado. Quería abrazarla pero sólo de la manera en que deseaba fundirme con todas las criaturas de ese pueblo.

    –Blake, ¿nos enseñará a volar...?
    –A volar de noche, Blake... enséñenos a volar de noche.

    Las adolescentes que holgazaneaban en el diván delante de la mueblería habían atravesado la calle, y sus cuerpos engalanados con flores brillaban bajo las luces coloreadas. A pesar de sus risitas y de su timidez, ni siquiera ellas tenían conciencia de que estaban desnudas. Empujadas entre la multitud por un grupo de muchachos, me saludaron con la mano.

    –Suban aquí –les grité–. Una cada vez... les enseñaré a volar.

    Mientras discutían entre ellas, incapaces de ponerse de acuerdo sobre quién sería la primera en volar, una voz femenina resonó por encima del ruido del gentío:

    –¡Emily, vuelve a casa enseguida! Vanessa y las demás, ¡no os acerquéis a Blake!

    Miriam St Cloud atravesó la calle desde el lado del supermercado, haciendo señas con las manos a las muchachas para que se alejaran. Se había puesto el guardapolvo blanco de doctora, abotonado firmemente sobre la blusa. Dedicó una sonrisa severa a la gente desnuda que la rodeaba, deliberadamente, sin escandalizarse ante esos pacientes reunidos allí como para una inspección venérea de medianoche.

    Indicó con ademanes a las muchachas que se alejaran de las plantas selváticas del garaje, un laberinto de enredaderas y buganvillas, y me enfrentó con una mirada sobria. Por la rigidez de esa barbilla fuerte supe que ella había decidido vencer todas esas confusiones, plantear una última resistencia. ¿Recordaría que ya había volado conmigo, y que había entrado brevemente por la puerta de mi cuerpo al mundo verdadero?

    Las últimas luces del sol desaparecido atravesaron el techo del garaje. Dejé a Miriam discutiendo con las jóvenes, bajé a la planta siguiente y esperé entre los coches estacionados.

    –Blake... ¿me enseñará a volar?

    A pocos metros de distancia, en la obscuridad plateada, había un joven desnudo. A la luz de la calle reflejada por las defensas de cromo vi que las zarzas que poblaban la escalera y el suelo de madera le habían cortado la piel pálida. Me miraba con escepticismo, como si no estuviera muy convencido de mis poderes de vuelo. Esperé a que se me acercase, estudiando en la obscuridad los contornos de esas caderas y esos muslos delgados.

    –La señora St Cloud me dijo que viniese a verlo. ¿Es aquí donde tiene la academia de vuelo?

    Lo llamé por señas en la obscuridad cromada. Anhelaba su juventud. Su olor a miedo me excitaba, sentía el gusto de su sudor en la obscuridad, y veía la blancura nítida de los dientes en la boca perpleja, las palmas pálidas preparadas para golpearme. Lo deseaba, pero por su cuerpo y no por su sexo.

    –Exactamente. Le enseñaré a volar.

    Las luces coloreadas de la calle le moteaban la piel como el disfraz de un arlequín. Vi mi reflejo en las ventanas de los coches de alrededor, la tela andrajosa del traje de piloto, el semen que me perlaba el pene, las antiparras en la frente como cuadernos de color escarlata.

    Lo tomé de la mano y lo llevé entre los coches hasta las sombras más profundas del fondo. En el asiento trasero de una limusina adornada con flores lo abracé dulcemente, acariciándole la piel nerviosa, y le apreté las manos frías contra las puertas de mi cuerpo.

    En el último instante, mientras lo metía en mi pecho, lanzó un grito repentino de miedo y de alivio. Sentí las largas piernas dentro de las mías, las cañas de los huesos rodeando mis fémures, las nalgas fundiéndose en mis manos. El sexo se le derritió y se le disolvió en mi pene, las fontanelas del cráneo se le volvieron a abrir por primera vez desde su nacimiento. El mosaico de huesos craneanos se hundió por las suturas de mi cabeza. Una mueca de terror y de éxtasis se movía en mi interior como una garra. Con un último suspiro se fundió en mi carne, hijo renacido en el útero del padre. Sentí que unos fuertes huesos se fijaban en los míos, que otra sangre se descargaba en mis venas como una brillante marea, que el semen de sus testículos corría a derramarse en los míos, en un torrente de espuma.

    Mientras el joven estaba en mi interior, perdiendo para siempre su identidad, supe que no lo soltaría nunca, y que su verdadero vuelo ocurría ahora en los cielos de mi cuerpo, en el asiento trasero de esa limusina. Las últimas motas de su yo escaparon por las arcadas de mi torrente sanguíneo, bajando por los terraplenes sombríos de mi columna vertebral, siguiendo los gritos tenues de los tres niños que había metido en mi cuerpo esa tarde.

    Durante unos segundos finales, mientras yo lo cabalgaba en una última noche, el joven voló en mi interior. Mientras yo cabalgaba en él, me transformé en un andrógino de sexo múltiple, una figura seráfica que se elevaba sobre el cuerpo de este hombre joven. Lo abracé en mi interior mientras me abrazaba a mí mismo.


    29. Noche


    ¿Por qué el sol no se había detenido en el cielo para mí?

    Toda la tarde, y luego durante la noche, presidí a Shepperton desde el corazón del edificio garaje. A mi alrededor, en las calles obscuras, reinaba una cópula inocente y abierta. Todo el pueblo se apareaba, bajo las enramadas frondosas que habían brotado entre las lavadoras y los televisores del centro de compras, en los canapés y los divanes puestos delante de la mueblería, en los paraísos tropicales de los jardines suburbanos. Cientos de parejas de todas las edades se acariciaban tratando de enseñarse a volar, seguras de que mediante ese afecto mutuo podrían reconquistar el aire.

    Ninguna tenía conciencia del sexo, inocentes como querubines de lo que ocurría entre ellos bajo aquellas glorietas selváticas. Vi a la señora St Cloud caminando alegremente por las calles cubiertas de flores, el vientre manchado de esperma y los pechos lastimados por las manos de los muchachos. Vi a la gerente del banco con un gallo en la mano, ofreciendo dinero a los transeúntes. Ninguno de ellos sabía que estaba desnudo.

    Mientras yo descansaba en el obscuro asiento trasero de la limusina. El cuerpo del joven me había refrescado. Mis ojos eran más penetrantes, y mis sentidos sintonizaban mil señales desconocidas que brotaban de cada pájaro y de cada flor. Desde mi llegada a Shepperton no había comido nada, y tenía ahora la certeza de que mi verdadero alimento eran los cuerpos de esos hombres y mujeres jóvenes. Cuantos más admitiese en mi cuerpo, mayores serían mis poderes. No sólo me habían encarcelado en Shepperton los siete testigos de mi accidente, sino toda la población del lugar, y cuando los hubiese metido a todos en mi cuerpo tendría por fin fuerzas suficientes para huir.

    Recostado en la limusina adornada de flores, recordé las aterradoras compulsiones que habían poblado mis últimos años. Había soñado con delitos y crímenes, desvergonzados actos sexuales con animales, con pájaros, con árboles y con la tierra. Recordé mis intentos de vejar niños pequeños. Sabía que esos impulsos perversos no habían sido más que esfuerzos confusos por anticipar lo que ocurría en Shepperton, la captura de esa gente y la fusión de sus cuerpos con el mío. Ya me había convencido de que no existía el mal, y que hasta mis impulsos más francamente malvados no eran otra cosa que esfuerzos imperfectos por aceptar las demandas de un reino superior que existía dentro de cada uno de nosotros. Al aceptar esas perversiones y obsesiones yo abría las puertas del mundo verdadero, donde volaríamos todos juntos y nos transformaríamos a voluntad en peces y aves, flores y polvo, uniéndonos una vez más dentro de la gran nación de la naturaleza.

    Poco después del amanecer, desde el asiento trasero de la limusina vi que una niña de doce años me miraba por la ventanilla. De algún modo se las había arreglado para atravesar el laberinto del edificio y subir por las rampas pobladas de zarzas y buganvillas.

    –Blake, ¿puedo volar...?

    Despreciando el sol que me esperaba –dejé que siguiese con su tarea de alimentar el bosque–, abrí la puerta de la limusina e invité por señas a la niña. Le saqué de las manos nerviosas la réplica de un avión del hermano y la puse en el asiento.

    Tranquilamente, la ayudé a sentarse a mi lado e hice de ella un desayuno pequeño, dulce.


    30. La procesión


    Las calles estaban extrañamente silenciosas. Yo permanecía en el techo del garaje, sintiendo cómo el sol me bañaba la piel. Un viento suave, cargado con el aroma de la mimosa y la madreselva, me sacudía los harapos del traje de aviador.

    Nada se movía en torno. Los miles de pájaros estaban posados en los techos de los automóviles abandonados, encaramados en los desagües del supermercado y en el pórtico del puesto de gasolina. Todos parecían estar esperando a que ocurriese algo. ¿Suponían que yo volaría de nuevo?

    Irritado por el silencio, arrojé un trozo de cemento a la bandada de flamencos posada alrededor de la fuente del centro de compras. Se bambolearon chocando unos contra otros, batiendo las alas en un desgarbado resplandor rosa. Entonces, por una avenida de casas bajas, vi a un pequeño grupo de personas que corrían bajo el dosel selvático, como conspiradores desnudos huyendo por el bosque.

    Los pétalos se amontonaban en la calle principal, ante la mirada atenta de las aves. Esperé a que apareciesen los habitantes del pueblo. ¿Me tendrían miedo, y se habrían dado cuenta por fin de que andaban desnudos? ¿Miriam St Cloud los habría predispuesto contra mí, advirtiéndoles que yo era un dios renacido de los muertos? Quizá estaban avergonzados de lo que había pasado entre ellos la noche anterior, y temían que en cualquier momento yo bajase del techo del garaje, los atrapase en los dormitorios y los metiese en mi cuerpo uno por uno.

    Pero lo que yo verdaderamente quería era ayudarlos.

    El primer helicóptero de la tarde voló por encima del río, a la altura del puente de Walton, la tripulación agazapada detrás de la cámara cinematográfica. La empalizada que rodeaba Shepperton tenía ahora veinte metros de altura, una valla de lanzas doradas. Toda la mañana los helicópteros habían patrullado el perímetro del pueblo; las nubes de pájaros que levantaban con las aspas no habían dejado que se acercaran más. Al paso de la máquina se elevó una bandada de petreles excitados; al mismo tiempo, en las calles desiertas se oyó el ruido de unos disparos. Un ave pesada cayó como una bomba desde el aire poblado. Stark la persiguió corriendo entre los retoños de bambú, esgrimiendo las redes y la escopeta, el pelo atado atrás como si fuera un pirata. Había abandonado el trabajo para rescatar el Cessna, y ahora se dedicaba abiertamente a cazar pájaros, siguiendo a los helicópteros que estudiaban el pueblo.

    Stark temía, sin duda, que todo eso terminase pronto, que el mundo exterior, la policía y los canales de televisión, una legión de turistas y vándalos entrasen en Shepperton y alejasen esas criaturas exóticas antes de que él estuviese preparado. Lo dejé con su cacería, preocupado por cómo llevar a la gente de Shepperton a una trampa mucho más grande. Yo ya pensaba en mi última cena. Después de devorar a todos los habitantes de Shepperton tendría la fortaleza necesaria para mudarme al mundo exterior atravesando los tranquilos pueblos del valle del Támesis, un espíritu santo que incorporaría toda la gente de Londres antes de seguir hacia el resto del mundo. Sabía que había derrotado a las fuerzas invisibles que me habían retenido allí, los poderes ilimitados que acababa de descubrir en mí mismo me asustaban de veras. Era la primera criatura viviente que escapaba de la muerte, que ascendía por encima de la mortalidad para convertirse en un dios.

    Volví a pensar en mí mismo como en un calendario de adviento: había abierto las puertas de mi cara, sacado los travesaños de mi corazón para que esas gentes suburbanas entrasen en el otro mundo, el mundo verdadero. Ya comenzaba a sospechar que yo no era simplemente un dios, sino el dios primero, la divinidad primigenia de la cual todas las demás eran anticipaciones imperfectas, metáforas chapuceras de mí mismo...

    –¿Blake...?

    Reconociendo sólo a medias mi nombre, di media vuelta y encontré al pequeño David que me miraba bizqueando bajo la luz brillante. Tenía la camisa y los pantalones agujereados por las zarzas, la frente arañada por las espinas que cubrían la escalera. De algún modo había resuelto el laberinto de pisos y había llegado hasta el techo.

    –Blake... Rachel y Jamie quieren...

    Calló. No recordaba el mensaje que había traído. Quizá la niña había pensado, astutamente, que esa mente deforme podría ser la llave que abriría el laberinto. Ella y Jamie permanecían allá abajo, en la calle. Sin prestar atención a un guacamayo que le chillaba desde el pórtico del puesto de gasolina como incitándolo a que se desvistiese, Jamie le murmuraba algo a Rachel. Con una mano pequeña apoyada en el rostro escandalizado, la niña escuchaba los comentarios de Jamie sin poder creer lo que oía.

    David me miró; los ojos se esforzaban bajo la pesada frente por entender qué estaba haciendo yo. Vi su preocupación por mí, pero evité esa mirada crítica. ¿Se daría cuenta de que yo estaba a punto de irme de Shepperton llevándome los pájaros, y que él y sus compañeros estarían solos en ese pueblo silencioso cuando llegasen los canales de televisión?

    Extendió la mano y me tocó el andrajoso cinturón del traje de aviador, tratando de apartarme del borde de la terraza. Al mirar ese cuerpo pequeño y esa cabeza deforme sentí una ola de lástima y de afecto. Pensé en llevarlo conmigo, fundiéndolo en mí junto con los demás. Podrían jugar allí para siempre, en uno de los prados secretos de mi corazón.

    Pero cuando me acerqué a abrazarlo, dio un paso atrás y se abofeteó la cara como tratando de despertar de una pesadilla.

    –David, volaremos ahora...

    Mientras tomaba entre las manos la cabeza torpe, preparado para apretarla contra mi pecho, oí el estallido de un petardo allá abajo, en la calle. Una docena de voces gritó entre el clamor repentino del gentío que regresaba. Solté a David y miré hacia la calle. Todo el pueblo se reunía allí otra vez. La gente salía de las tranquilas calles laterales y caminaban hacia el centro de Shepperton. Me saludaban con la mano arrojando flores y disparando fuegos artificiales. Quemados por el sol, los cuerpos tenían un brillo salvaje.

    Ahora entendía por qué todos se habían metido en sus casas esa mañana, y qué los había mantenido tan ocupados todo el día. Un grupo de actores y de técnicos encabezaba una procesión que salía por las puertas de los estudios cinematográficos llevando una docena de carrozas que habían armado sobre los techos de los automóviles.

    –¡Blake! –El cabecilla, un viejo actor de anuncios de la televisión, me gritó jovialmente.– ¡Hemos preparado una fiesta para usted, Blake! ¡Venga a acompañarnos...!

    Señaló las carrozas decoradas, una serie de variaciones espectaculares que los diseñadores y los utileros habían montado sobre el tema del vuelo. Inmensas construcciones de cartón piedra y mimbre representaban aves heráldicas, enormes cóndores de bambú decorados con miles de flores. Otras imitaban aviones, biplanos y triplanos preparados con los modelos que había en los estudios de cine.

    La procesión se detuvo allí abajo, esperando a que yo bajase de la terraza. Cargado de aromas de flores excitadas por el sol de la tarde, el aire de la calle era un mar dulce en el que estábamos todos suspendidos, como en un sueño.

    –Son nuestro tributo, Blake. Queremos darle algo que recuerde cuando no esté aquí.

    El actor me abrió un camino entre la apretada muchedumbre desnuda: ejecutivos contables y vendedores de zapatos, programadores de computadoras y secretarias, amas de casa y niños. Contentos de verme, arrancaban capullos de las guirnaldas y me los arrojaban, con la esperanza de que yo los transformase en pájaros. En todas partes había cámaras cinematográficas enfocándome, registrando la escena.

    Pero yo estaba preocupado por asuntos más importantes, empeñado en organizar mi último día en ese sitio. Caminé siguiendo la hilera de carrozas, admirándolas una por una. Saludé a la gerente del banco y al viejo soldado, que iban orgullosamente de pie junto a la carroza que ellos mismos habían armado. Montada sobre un taxi de la empresa local, era la más espectacular de todas, una extravagante estructura de mimbre con alas múltiples, como un excéntrico molino de viento diseñado para volar simultáneamente en todas las dimensiones del espacio-tiempo. Me gustó inmediatamente; sabía que era la adecuada para mí.

    Todo el mundo esperaba. Alumbradas por el sol de la tarde, mil caras se alzaron para mirar cómo subía yo al techo del taxi. Zumbaron las cámaras, los fogonazos destellaron contra las pieles aceitosas. ¿Tendrían conciencia de que yo estaba a punto de celebrar mis bodas con ese pueblo, un matrimonio que se consumaría de una manera única? ¿Y que dentro de unas pocas horas todos habrían comenzado una nueva vida en los pequeños suburbios de mi cuerpo?

    Metí los brazos en los huecos de las alas y acomodé la cabeza dentro del casco. La enorme estructura temblaba allá arriba, pero mis hombros la sostenían cómodamente. La correa de la boca y el arnés me apretaban las heridas de los labios y el pecho, y casi podía creer que ya había usado antes ese grotesco disfraz de ave, cuando volara por primera vez en el espacio aéreo de Shepperton.

    Encabezada por los niños excitados, la procesión dobló hacia el río. Yo iba en el techo del taxi, sosteniendo el disfraz sobre mi cabeza. Docenas de pájaros pequeños, abadejos y petirrojos que espiaban entre las plumas toscas, se habían encaramado en las enormes alas y en la cabeza picuda.

    La procesión había llegado al monumento a los caídos. Me acompañaban todas las criaturas del pueblo, bandadas de pájaros, jaurías de perros y de niños pequeños, ciervos que saltaban entre la multitud desnuda siguiendo el desfile de automóviles. La luz se debilitó. Como si le pusiera nervioso presenciar lo que yo me proponía hacerle a ese pueblo pequeño, el sol exhausto se retiró detrás de las fajas de nubes carmesíes que él mismo derramaba. Una luz de color sangre se extendió por los techos de la selva y sobre el plumaje de los flamencos y los periquitos, transformando a Shepperton en un jardín zoológico febril. El mismo barniz extraño cubría los cuerpos ahítos de los peces que saltaban en el río y los pechos de las jóvenes que me sostenían las piernas mientras yo iba en el techo del taxi.

    Sobre el gorjeo de los pájaros oí a un helicóptero que pasaba por encima de los olmos en la orilla del río. La máquina descolorida se bamboleó en la luz débil. Las aspas matraquearon levantando en el aire una nube de hojas y de insectos. Mientras sostenía con firmeza el casco, sentí la presión del aire empujado por el helicóptero que giró y se alejó volviendo hacia el río. Sobre todo el parque caían lentamente pájaros del cielo. El helicóptero perdió el dominio del aire cambiante y se deslizó de costado hacia el techo de la iglesia, mientras el motor aceleraba con furia. En los mandos, las manos blancas del piloto se movían rápidamente como si estuvieran haciendo juegos de prestidigitación.

    La procesión se detuvo, azorada. Perros y ciervos saltaban entre las ruedas de los coches, los niños corrían en busca de las madres, tropezando con las patéticas aves que cubrían el suelo. Miles de pétalos, arrancados de las alas de mimbre, eran como una nube que hervía sobre nuestras cabezas.

    –¡Doctora Miriam...! ¡Regrese, doctora! –El viejo soldado se adelantó corriendo, blandiendo el rifle. Forcejeé con el aparato que llevaba en la cabeza, convertido ahora en un poderoso planeador que trataba de levantarme en el aire. A través del remolino de pétalos vi que el centro del parque había sido transformado en una pista auxiliar. Ayudada por David, Rachel y Jamie, Miriam St Cloud estaba poniendo en la hierba un círculo de linternas.

    Bajé del taxi tambaleándome a causa de todo lo que llevaba encima. Casi estrangulado por la correa del casco, no pude gritarle a Miriam cuando vi que se quitaba el guardapolvo blanco y lo agitaba frenéticamente hacia el helicóptero.

    Pero ahora yo dominaba el aire. Seguido por la multitud, corrí atravesando la hierba azotada por los pétalos. Cientos de personas desnudas se me adelantaron, despejando el camino y gritándole al helicóptero mientras un tornado de pétalos empujaba a la desventurada máquina, alejándola por encima del río. Trizas de bambú, mimbre y encaje giraban subiendo en el crepúsculo. La hilera de carrozas siguió avanzando, ahora en hombros de los habitantes del pueblo, como si navegara en una bruma de sangre.

    Sentí que lo que llevaba en la cabeza pesaba menos. Mis pies se alzaron en el aire. Estaba entrando otra vez en el tiempo verdadero, llevándome a mis feligreses hacia la iglesia. Mientras yo volaba, los brazos extendidos dentro del inmenso disfraz de ave, Miriam St Cloud me miró desde el círculo de luz.

    –¡Blake! –gritó por encima del ruido del helicóptero, entre los fogonazos de las cámaras–. ¡Usted está muerto, Blake!

    Trató de proteger a los niños que se le aferraban a la falda, agitando el delantal blanco como si tratase de alejar a un demonio con quien estaría obligada a aparearse. Sólo ella, entre los habitantes de Shepperton, sabía que estaba a punto de aparearse conmigo por última vez.

    El helicóptero había retrocedido hasta el prado de hierbas húmedas del otro lado del río. Vi que la gente que corría había tropezado con Miriam y la había hecho caer. Mientras estaba arrodillada en la hierba, unas jóvenes secretarias le sacaron alegremente la ropa de los hombros y la levantaron para meterle la cabeza en un vestido de plumas.

    Juntos volamos sobre el parque, sostenidos por una nube de pétalos, y entramos por las ventanas abiertas de la iglesia.

    Más tarde floté desnudo junto a Miriam St Cloud, los dos disfrazados de pájaro, los pies a unos pocos centímetros por encima del altar descubierto. Debajo de nosotros, los devotos vecinos de Shepperton llenaban la nave. Del brazo, se deslizaban en el aire sobre el pasillo una multitud de figuras que se filmaban encantadas unas a otras en ese vuelo último. Ahora estaba preparado para admitirlos en mi cuerpo, en la hostia de mi carne. Necesitaba sus cuerpos para mantenerme en vuelo, para darme el poder de salir al mundo de fuera. Desde allí volaría atravesando el planeta, fundiéndome con todas las criaturas hasta que hubiese incorporado a cada ser viviente, cada pez y cada ave, cada padre y cada niño, un solo dios quimérico que uniría dentro de mí todas las formas de vida.

    A mi lado flotaba Miriam St Cloud, los ojos cerrados, una soñadora en trance profundo. Después de nuestro matrimonio sólo la reconocería como una de las luces de mis huesos.

    Estiré los brazos para abrazarla por última vez. Pero en ese momento, mientras miraba los ojos dormidos, apareció Stark en la entrada de la iglesia, el rifle en la mano.

    Miró la congregación que giraba en el aire obscuro de la nave a tres metros por encima de su cabeza, y los enormes disfraces de ave que Miriam y yo llevábamos puestos sobre los hombros. El rostro manchado de sudor no mostraba ninguna expresión, pero se movió con rapidez, como si tuviese algo decidido desde hacía mucho tiempo. Levantó el rifle hacia Miriam y hacia mí, y nos disparó a ambos al pecho.

    Por segunda vez ese día caí a través del aire. Quedé agonizando al pie del altar, entre las plumas de mi disfraz. Sobre mi cuerpo volaban todavía los chorros de sangre, que ondulaban y se estiraban.


    31. El aviador moribundo


    Toda la noche estuve sentado contra el altar de esa iglesia abandonada. Atrapado por el adorno de flores y plumas que llevaba sobre los hombros, no podía moverme; mis piernas se apoyaban en el suelo, delante del cuerpo, sin cumplir ninguna función. Cerca, pero fuera de mi alcance, estaba Miriam St Cloud, tendida boca arriba en el suelo de piedra. La piel pálida, a la que la bala de Stark había quitado todo el color, tenía ahora un barniz de pesadilla, como si una cera amarilla y purulenta hubiera sustituido la sangre de los delicados vasos capilares. Poco después de medianoche los labios finos se le separaron en una silenciosa mueca de reproche.

    Al principio, tendidos uno al lado del otro bajo los adornos, tuve la esperanza de que estuviese todavía viva. Las balas de Stark habían atravesado nuestros corazones, pero ahora yo sabía que Stark no me mataría nunca, ni ninguna otra persona de ese pueblo. Tal vez mi propia inmunidad alcanzaría a Miriam. Pero entonces sentí en la obscuridad cómo cambiaban los olores de su cuerpo: el aroma vivido del sudor y el torrente cálido de la sangre se desvanecieron en el olor rancio de la muerte común.

    A nuestro alrededor había fragmentos de vidrios coloreados, pedazos de apóstoles, santos y animales sagrados que reflejaban las llamas de docenas de hogueras. Por las puertas abiertas de la iglesia, veía cómo ardía la selva en el cálido aire nocturno. Miles de pájaros aterrorizados se agachaban en las ramas del bayúa, mientras los habitantes del pueblo apilaban leña alrededor de las raíces y le prendían fuego. Por todo Shepperton la gente arrancaba las enredaderas y las trepadoras de los techos de las casas. Sacaba combustible de los coches estacionados y empapaba los palmitos y los tamarindos de los jardines.

    Durante toda la noche recorrieron el pueblo en grupos, descargando las hachas en la selva tropical que yo había creado para ellos con tanto amor. Oía el grito de los petreles, el ulular aterrorizado de las lechuzas, el llanto de los ciervos. En la pared de la sacristía temblaba entre las llamas el esqueleto de la criatura alada, como si ese antiguo hombre-pájaro arrancado del lecho del río estuviese intentando escapar de la vitrina y alejarse volando en la noche.

    En las horas anteriores al amanecer los chorros de mi sangre se hundieron en el aire, borlas alargadas que salían de la herida de mi pecho, vistosas banderillas clavadas en un toro moribundo. La bala de Stark me había dado en el centro del esternón, me había atravesado el pecho, y me había salido por la espalda en cien fragmentos, llevándose cada uno un pedazo de mi corazón.

    Aunque yo estaba todavía vivo, sólo sentía una entumecida desesperación. Sabía que habían desaparecido mis poderes, y con ellos toda la exaltación de mí mismo, mi orgullo de ser la divinidad que presidía ese pequeño dominio y de haber probado mi derecho a entrar en aquel mundo verdadero que había pisado fugazmente desde el aterrizaje forzoso. Habían vuelto a arrancarme del aire, en el preciso momento en que me casaba con Miriam St Cloud.

    Ya sabía que era culpable de muchos delitos, no sólo contra esos seres que me habían concedido una segunda vida sino contra mí mismo, delitos de arrogancia y de imaginación. Llorando a la mujer que yacía a mi lado, esperé a que mi sangre cayese del aire.

    Al amanecer llegó un grupo de aviadores desarreglados.

    –¡Blake! ¡Todavía está vivo!
    –¡No lo toquen!
    –¡Llamen a Stark!

    Entraron en la iglesia uno por uno, encabezados por el viejo soldado del rifle. Avanzaron deslizándose de espaldas contra las columnas, sospechando que si se acercaban demasiado a mí serían arrebatados por algún furioso torbellino. Tenían los rostros ennegrecidos por las fogatas de la selva, las manos despellejadas por los mangos de las hachas. Se acercaron tímidamente, escondiéndose uno detrás de otro, ejecutivos contables y empleados de banco. Habiendo destruido sus ropas el día anterior, llevaban puestos ahora los disfraces robados de los estudios cinematográficos, una colección variada de uniformes usados en el programa dedicado al vuelo: trajes antiguos para volar en cabina abierta, chaquetas forradas de lana, uniformes de hombros anchos de una línea de pasajeros.

    Mientras me miraban, las hachas alzadas incómodamente a la luz del amanecer, llegó Stark y se abrió paso entre ellos. El pelo rubio suelto sobre los hombros, llevaba el traje ajustado de un piloto de combate. Parecía estar desempeñando deliberadamente un papel principal muy por encima de sus posibilidades, el ángel de la muerte en una película sobre un Armagedón aéreo.

    Se detuvo entre los fragmentos de vidrio y me apuntó con el rifle, dispuesto a atravesarme el corazón con otra bala.

    –Sin duda usted está vivo, Blake. Lo sé. –Hablaba tranquilamente, en un tono casi paciente.– En cualquier caso no está muerto... vi esos ojos en la playa...

    Noté que no estaba totalmente convencido de que yo hubiese perdido mis poderes; de algún modo esperaba que conservase fuerzas suficientes como para utilizarme en las entrevistas de la televisión. Intenté levantar la mano, perdonarlo por haber disparado contra mí, pero no pude moverme. Los gallardetes de mi sangre flotaban todavía a unos pocos centímetros del suelo, ondulando alrededor de los pies de Stark, sostenidos en el aire por los espíritus de los niños que yo había metido dentro de mí.

    Stark giró y miró a Miriam St Cloud. A pesar del bostezo amarillo de la boca, y de las moscas apiñadas en los párpados, la mujer que yo había amado estaba todavía presente en las gotas de humedad que le empapaban el borde del cuero cabelludo, en el lunar junto a la oreja izquierda, en la cicatriz de infancia debajo de la barbilla. Tenía las manos gastadas sobre la herida del pecho, y apretaba la espuma de la sangre seca como una novia que empuña el inesperado ramillete de flores obscuras que algún intruso le ha metido en el pecho.

    Stark la miró sin una sombra de piedad, como si acabara de salvar a los cielos de Shepperton de un ave mucho más peligrosa que yo. Comprendí entonces que la había matado por miedo a que ella concibiese un hijo mío, y llevase en el vientre una siniestra criatura alada que los exterminaría a todos.

    Stark escupió a los pies de ella, y luego llamó por señas a los demás.

    –Bien... llévenlo afuera. Pero vigílenlo por si intenta volar.

    Dominándose, me sacaron al fin de la iglesia. Delante del porche me alzaron y me pusieron sobre una carretilla metálica del supermercado. Mientras me empujaban pasando por delante de los estudios de cine, falsos aviadores con un colega muerto ataviado con un par de alas, los gallardetes de mi sangre temblaban en el aire frío. Stark corría delante, levantando el rifle hacia los árboles obscuros, dispuesto a despachar a cualquier pájaro que se atreviese a mirarlo. Volvió precipitadamente junto a mí, y apartó al viejo soldado que me aguijoneaba la cabeza con el arma.

    En tono hostil, pero respetuoso, murmuró: –Lo llevaremos a volar, Blake. A usted le gusta volar. Yo le enseñaré a manejar un ala delta.

    Anduvimos por las calles desiertas hasta más allá del monumento a los caídos. Sobre el pavimento humeaban enredaderas y trepadoras, metros y metros de mecha carbonizada, abandonada por un piquete de demolición que había recorrido Shepperton durante la noche. Miles de flores pálidas cubrían la calle principal, y entre los pétalos ensangrentados se veía el plumaje húmedo de los pájaros muertos. Los brazos del bayúa colgaban todavía sobre la calle principal, pero una docena de hogueras encendidas debajo de las ramas pesadas les habían carbonizado la corteza. Atrapadas entre las raíces obscurecidas se amontonaban las carrocerías de los coches quemados.

    Delante del supermercado se había reunido una pequeña multitud, un grupo de maridos y sus sobresaltadas mujeres, niños y padres vestidos con una variedad de prendas rescatadas de las hogueras y de los cubos de basura. Se agolpaban a mi alrededor, ejecutivos y auxiliares de tienda que sólo unas pocas horas antes habían volado alegremente conmigo por la nave de la iglesia.

    Una joven desgreñada, vestida con un traje de noche tiznado de hollín, me golpeó la cara con dedos afilados.

    –¿Dónde está Bobby? ¡Usted se ha llevado a mi hijo!

    Los demás vociferaban a mi alrededor, gritando los nombres de sus hijos perdidos.

    –¡Aún está vivo! ¡Mírenle los ojos!

    Stark los hizo retroceder con el rifle y manipuló la carreta hacia el edificio de los coches.

    –¡No le toquen las manos! ¡Es un muerto!

    La gente pisaba los gallardetes de sangre que flotaban sobre mi corazón entreabierto, la cola todavía flameante de una cometa caída. El viejo soldado los golpeaba con el arma.

    –¡No me mire, Blake! ¡Le voy a arrancar los ojos!

    Entre las islas de utensilios domésticos y los juegos de dormitorio brotó un coro:

    –¡Córtenle las manos! ¡Y los pies!
    –¡Córtenle el pene!
    –¡No lo toquen!

    Impotente, yo iba sobre la carreta, cubierto de saliva, los hombros envueltos por el andrajoso traje de pájaro. Stark miraba hacia el garaje. Yo sabía que planeaba arrojarme desde la terraza de cemento, con la certeza de que caería esta vez. Pero ¿suponía que yo sobreviviría, aunque me dejase caer desde el ala delta?

    –Stark, lo necesitamos aquí. –El viejo soldado se aferró a la carreta, sermoneando a Stark.– Sin Blake no escaparemos nunca.

    Mientras discutían, mi mente flotó hasta mis huesos, vagando por mi cuerpo exhausto. Los salivazos me picaban en las mejillas y en la mano, los gallardetes, tirados por tantas manos, me desgarraban el devastado corazón. Me había convertido en un ídolo de fiesta, hilvanado en mi propia sangre por esas mujeres sucias y excitadas.

    Desperté otra vez mientras Stark empujaba la carreta por la calle. Entramos y salimos por obscuras calles laterales. En todo Shepperton, contra las cercas de los jardines, se veían restos de adornos alados, como si durante la noche hubieran derribado una flota aérea sobre el pueblo. Gente de cara pálida, sentada en cuclillas en las puertas de calle, encendía pequeñas fogatas con hojas de palmitos. Niños nerviosos grababan consignas erráticas en la corteza de las palmeras.

    Nos acercamos a la empalizada de bambú, delante de la carretera abierta que llevaba a Londres y al aeropuerto. Las llamas de las hogueras habían abierto grandes agujeros en ese muro selvático antes impenetrable, y los primeros madrugadores observaban desde las ventanas tranquilas del pueblo vecino, seguramente desconcertados por ese tropel de gente disfrazada que llevaba en una carreta el cuerpo herido de un hombre alado.

    Nos metimos corriendo por una brecha en la empalizada. Pero a medida que los gritos excitados se apaciguaban a mi alrededor, volví a tener la sensación que había conocido el primer día en Shepperton.

    –¡No se detengan! ¡No se entreguen ahora! ¡Esta noche estaremos en los noticiarios! –Aporreándome la cabeza con el rifle, Stark arreaba a los rendidos ejecutivos, sus mujeres e hijos, que empezaban a claudicar, uno a uno, y a caminar arrastrando los pies. Después de recuperar el aliento, se volvieron para mirar a Shepperton, que se alejaba hacia el sur como un espejismo lejano. En el horizonte, detrás del perímetro de la carretera, se veían las casas de ladrillo rojo del pueblo, perspectiva distante en una postal victoriana.

    Stark tiró el rifle sobre mis piernas. Con un grito de fastidio hizo girar la carretilla hacia Shepperton.

    –Usted ahora puede retenernos aquí, Blake –murmuró–. Pero antes de que todo acabe, volverá a volar para los canales de televisión...

    Durante la hora siguiente anduvimos vagando por Shepperton, recorriendo las obscuras calles selváticas. Yo iba apenas consciente, tendido en la carretilla de supermercado, mientras esa rendida compañía de lugareños disfrazados de aviadores se movía por el pueblo casi vacío. Encabezados por Stark, marcharon a través del parque de estacionamiento, a sólo cien metros de la carretera. Gritando roncamente, avanzaron a tropezones, andrajosa brigada ligera que llevaba la carretilla por el suelo áspero, un ariete con el que esperaban atravesar el muro del mundo que yo había puesto alrededor de Shepperton. Pero a los pocos segundos se encontraron arrastrándose penosamente por el parque de estacionamiento más grande del mundo. La superficie cubierta de ceniza se extendía hasta el horizonte; entre los coches aislados había kilómetros de espacio vacío.

    Rechazados de nuevo, retrocedimos hasta el pueblo. El correo y el supermercado se armaron de nuevo a nuestro alrededor. Decidido a probar que su autoridad sobre ese nuevo tiempo y espacio era igual a la mía, Stark nos llevó detrás de la tienda de muebles, donde volvimos a perdernos dentro de un ámbito interminable poblado de cocinas y juegos de dormitorio, archipiélagos de islas de utensilios que se extendían hasta el horizonte, como si el contenido de todas las casas suburbanas del planeta se estuviera exhibiendo en el infinito puesto de ventas del universo.

    –¿Para qué sirve usted, Blake? –Desesperanzado, Stark perdió interés por mí. Dejó la compañía delante del estacionamiento de coches, caminó hasta la higuera, apuntó a las ramas, y comenzó a disparar al azar. Rendidos, los vecinos del pueblo se sentaron en cuclillas a mi alrededor, y se pusieron a arrancarles las plumas a los guacamayos muertos, caídos entre las flores húmedas. Se marcharon uno por uno, hasta que sólo quedó el viejo soldado del rifle. Antes de irse, el soldado aferró la manija de la carretilla y me dio un empellón. Me precipité calle abajo y choqué de frente con la baranda del monumento a los caídos.


    32. Rescate


    Yo estaba vivo y estaba muerto.

    Todo ese día permanecí tendido sobre los guiñapos del adorno alado, entre las coronas cada vez más amarillas al pie del monumento. Yo había caído de la carreta a los escalones de piedra, y los gallardetes de mi sangre se entrelazaban rodeando el obelisco, acariciando los nombres de hombres y mujeres de Shepperton que habían muerto en las guerras nacionales. Incapaz de moverme, esperé a que la señora St Cloud y el padre Wingate fuesen a vendarme la herida, pero me habían abandonado. Los vi a través del parque; acababan de salir de la sacristía, donde yacía Miriam, y el padre Wingate consolaba a la madre. Sabía que habían decidido no enterrarla hasta que yo muriese de nuevo.

    Mientras tanto, el mundo exterior parecía haber olvidado a Shepperton. El tránsito se movía por la carretera hacia Londres, y los conductores y los pasajeros no parecían darse cuenta de la existencia de ese pueblo pequeño, como si la pantalla mental que rodeaba a Shepperton reflejase sólo sus propios pensamientos momentáneos.

    Durante toda esa tarde húmeda cayó sobre las casas manchadas de humo una lluvia fina, que goteaba desde las enredaderas y los palmitos. Oía a Stark que andaba por las calles con el rifle, matando a los pocos pájaros que se arriesgaban a salir de sus perchas.

    Los vecinos de Shepperton se ocultaban en sus dormitorios, pero al anochecer un grupo de mujeres se acercó al monumento y empezaron a insultarme. Eran las madres de los niños que yo había admitido en mi cuerpo, las chicas y chicos cuyas almas distantes corrían por las obscuras galerías de mis profundidades, manteniéndome con vida. Las mujeres habían traído basura en bolsas de plástico. Llevaban trajes de aviador abiertos hasta la cintura, y me apedrearon con los desperdicios mojados y me arrojaron pájaros muertos.

    A pesar de todo ese odio, me alegraba haberles enseñado a volar. Gracias a mí habían aprendido a ser más de lo que eran, mamíferos, pájaros y peces, y habían entrado fugazmente en un mundo donde podían fundirse con sus hermanos y amigos, con sus maridos y niños.

    Yo estaba tendido a los pies de estas mujeres atrapado por el adorno alado. Los gallardetes de mi corazón subían en el aire frío y aleteaban delante de ellas, espíritus perdidos de sus hijas e hijos.

    Esa noche vi que los rostros de los tres niños impedidos me observaban a través de la luz húmeda, lunas pequeñas que giraban tranquilamente unas alrededor de otras. Estaban en cuclillas entre las flores y los guacamayos muertos, y jugaban con los gallardetes de mi sangre. Rachel los acariciaba, mientras sus ojos ciegos revoloteaban extasiados, tratando de leer sus misteriosos códigos, mensajes crípticos de otro universo transmitidos por el telégrafo de mi corazón. David miraba seriamente la selva moribunda que cubría las fachadas de las tiendas, intrigado por esa transformación inútil. Mientras tanto Jamie me imitaba, apretándose amapolas mojadas contra el pecho, exprimiéndolas entre los dedos. En un momento se adelantó gateando y puso un cuervo muerto junto a mi cabeza, pero yo sabía que no era un acto de crueldad. Yo me había vuelto un ser tan impedido como él.

    Bajo el manto de obscuridad los niños entraron en acción, y me arrastraron hasta la carretilla. Las manos de Rachel me aporreaban las piernas, tratando de reanimarlas.

    Se veían fuegos saliendo de las calles obscuras, y de las últimas plantas del garaje. Los niños me empujaron rápidamente, llevándome por delante de la clínica abandonada hacia su prado secreto.

    En la luz grisácea vi la forma blanca del avión que habían armado sobre mi tumba.


    33. Una nube de moscas


    Los niños me llevaron a vivir a mi tumba. Yo estaba sentado como un espantapájaros en el sepulcro repleto de flores, sobre un tapiz de aves muertas, rodeado por los harapos del adorno que todavía llevaba sujeto al cuerpo mediante las correas del hombro y de la barbilla. En la obscuridad, a ambos lados de la tumba, se veían partes de las alas del Cessna, y los fragmentos del parabrisas y del estabilizador de cola formaban un fuselaje tosco. Hasta la hélice se había desprendido del lecho del río. La habían arrastrado por el prado y ahora estaba tirada en la hierba, a mis pies, espada torcida y oxidada.

    Los tres niños estaban sentados en la enramada umbría, querubines deformes en un jardín mortuorio. Sobre Shepperton se había asentado un miasma casi tangible. Un dosel sombrío cubría los árboles, como si hubieran puesto una mortaja gris sobre la selva moribunda. La luz ya no brotaba de cada hoja. Los pájaros permanecían callados, ocultos entre orquídeas y magnolias cada vez más descoloridas, de pétalos –ahora, en la muerte– tan cerosos como las mejillas de Miriam St Cloud.

    Allá arriba, como velas rasgadas, revoloteaban unas alas obscuras. Los buitres se reunían en el cielo apagado, y aterrizaban en la hierba amarilla para alimentarse con los cuerpos de las aves masacradas. Una pequeña ave rapaz se posó en la hélice delante de mí, aferrándose con las garras a la espada de doble filo. Por todas partes nacía una vegetación macabra. Extraños animales de presa se movían entre las hierbas. Por las orillas del arroyo subían víboras. Una plaga de arañas tejía telas de pus sobre los árboles, echando mortajas plateadas sobre las flores muertas. Por encima de la tumba se ensañaba una aureola de moscas blancas. Cuando la aurora pálida inundó el valle, vi a una urraca que atacaba a los colibríes y los empalaba en los espinos.

    Todo Shepperton se estaba enfermando, envenenado por la desesperación que brotaba de mí. Poco después del amanecer regresaron los tres niños. Con la esperanza de resucitarme, Jamie me trajo por primera vez un pájaro vivo, un petirrojo lastimado que soltó entre la hierba. Demasiado asustados para acercarse a mí, los niños se acurrucaban entre las hierbas cubiertas de piojos. Jamie lanzó un grito quejumbroso y agachó la cabeza bajo los buitres que giraban esperando para alimentarse con mi cuerpo, la carne de donde ellos mismos habían salido. David puso las manos sobre los ojos de Rachel, preocupado porque ni siquiera la ceguera pudiese salvarla de esos horrores.

    Por las calles pálidas vagaban unas pocas personas, disfrazadas todavía con los trajes de aviador. Yo era responsable de la agonía de un pueblo de pilotos y ellos, a su vez, eran responsables de mi agonía.

    Pero yo aún estaba vivo.

    En el centro del parque los buitres se comían los cadáveres de los ciervos. Una obscura nidada de aves de rapiña se había posado en las bombas de gasolina, mientras el cabecilla devoraba un perro muerto. Un viento gris agitaba los millares de flores aplastadas, y la gente retrocedía ante los pájaros y los miraba desganadamente desde las puertas. Esa gente, armada con cuchillos y horquillas, miraba hacia el parque, donde la hierba estaba cubierta de ciervos moribundos. Sólo un macho debilitado se mantenía en pie entre la manada exhausta.

    Esperé a que la policía viniese y me rescatase, dispuesto ahora a admitir que había robado el Cessna. Pero el mundo había perdido interés en Shepperton, como si hubieran puesto una cerca invisible alrededor. Los últimos coches policiales habían partido, y el personal de los camiones de transmisión de exteriores de los canales de televisión estaba guardando los equipos.

    Esa tarde no apareció ningún helicóptero.

    Del lado de los olmos secos llegaron unas voces altas. Encabezada por Stark, una partida de caza volvía de una expedición al río, arrastrando sobre los macizos de flores secas una marsopa ensangrentada. Vi entre los afeados rododendros el rostro excitado y el pelo alborotado de Stark. Cubierto de sangre, colgó el pez de un gancho delante de la carnicería, al lado del monumento a los caídos. Mientras las amas de casa se acercaban subrepticiamente por las calles laterales, Stark se subió a un barril metálico y empezó a cortar en lonjas la carne de la marsopa.

    La matanza a orillas del río continuó toda la tarde. Una capa de sangre y de escamas cubrió la hierba húmeda del parque cuando una pandilla de asesinos, que trabajaba desde el pontón de Stark, se puso a arponear delfines y marsopas, meros y salmones: aviadores crueles que se vengaban en las criaturas de otro elemento. Stark caminó con el agua hasta la cintura para matar a golpes el pez espada blanco que intentaba ocultarse en el Cessna hundido. Sentí que la última luz de ese espíritu llamaba a mi tumba.

    Esa tarde corrió sangre por las calles de Shepperton, entre las flores y las plumas. Ávidos de comida, los habitantes de Shepperton se amontonaban en las carnicerías, pidiendo a gritos la carne cruda que se apilaba en los mostradores donde Stark y los aviadores regalaban mi cuerpo.

    La tumba estaba llena de insectos que zumbaban ferozmente, avispas de carroña que se destrozaban las alas en su avidez por las aves muertas. Una nube de moscas se levantó de mi piel, y descendió sobre vivos y muertos.


    34. Hogueras


    Las culebras se deslizaban hacia atrás sobre el prado sombrío. Los pájaros volaban patas arriba entre los árboles moribundos. A menos de cinco metros de mi tumba un perro famélico buscó sus propias heces, se agachó, y las reabsorbió ávidamente. La sangre me brotaba del corazón abierto en crespones negros, banderolas que se arrastraban por el bosque cada vez más obscuro. Un extraño hongo cubría los árboles endebles, alimentándose con el aire nitrogenado. Un miasma fétido flotaba sobre el parque y deformaba los capullos moribundos. Yo estaba sentado en el avión, en una cabina de aves muertas. Me rodeaba por todas partes un jardín de cánceres. La muerte salía de mí y corría por el prado tranquilo y por las calles de Shepperton. Escuchaba los gritos tenues de los vecinos que recorrían el bosque, disparando a los últimos pájaros.

    Al atardecer un ciervo pequeño se metió en la enramada. Se acercó a la tumba, tambaleándose sobre patas esqueléticas. Me miró con ojos débiles, tratando de enfocar la imagen cada vez más borrosa de mi cara, y se tendió en la hierba obscura. Observados por los buitres posados en las ramas sobre mi cabeza, otros animales – últimos sobrevivientes del pequeño paraíso que yo había llevado a ese pueblo– comenzaron a juntarse a mi alrededor. Entre las amapolas apareció una perra spaniel, que se agazapó sollozando junto a la hélice del Cessna. El viejo chimpancé que yo había alimentado cuando Stark abandonara el zoológico, estaba sentado en cuclillas sobre la hierba, golpeándose la cabeza como para que el mundo verdadero volviese a acomodarse en el prado. Por último, el tití se deslizó por el suelo, trepó al fuselaje y me miró con ojos enormes a través del parabrisas.

    Esperaban a que yo los sanase, yo que había tapizado las calles de flores y los había alimentado. No podía moverme, sentado en la cabina de la tumba. Mis venas heladas eran como minas de lápiz dentro de mis brazos. Los habitantes del pueblo trataban de quemar la selva desde las tiendas y las casas, y las hogueras iluminaban el cielo exhausto.

    Vi a los miembros de mi familia, fantasmas en un prado soñado, que me miraban desde la mansión de las St Cloud. El padre Wingate estaba de pie en la hierba empapada de sangre, con una sotana inmaculada. Pero tenía rostro y brazos flacos, y supe que había pasado hambre para protegerse el cuerpo. Los tres niños estaban con él, Rachel dormida de pie con la cabeza apoyada en el hombro de David. En la ventana abierta de mi dormitorio estaba la señora St Cloud, el rostro pálido consumido hasta los huesos. Llevaba el camisón gris como una mortaja, como si se hubiera levantado de su lecho de enferma para pedirme que me muriese.

    Hasta Stark había ocupado su lugar en una góndola de la rueda giratoria. Con una brillante guirnalda de guacamayos alrededor del pescuezo, miraba el oxidado pontón anclado sobre el Cessna, una mancha de sangre que parecía brotar de la cabina del avión.

    Estaban esperando a que yo me muriese y los dejase en libertad. Recordé el holocausto que había visto cuando salí del avión, una visión de mi propia muerte bajo un cielo alumbrado por hogueras. A pesar de todas mis demostraciones yo era ahora un cadáver acomodado en su tumba. La perra spaniel se acercó olisqueando, tratando de arrebatarme las últimas fuerzas. El chimpancé, recostado en el pasto, me miraba fijamente. No les presté atención. Escuchaba los gritos de las aves de presa. A poca distancia un buitre movió las alas. Miré hacia el río, esperando ver un helicóptero salvador.

    Finalmente, desesperado, decidí morir.


    35. Fuerza


    Aun mientras estaba muriendo sentí una marea de fuerza. Una mano me estrujaba el corazón. Gentilmente, me apretaba las cámaras rotas, permitiendo que un breve flujo de sangre entrara en mis venas. La piel se me calentó, la sangre se movió otra vez a través de los capilares endurecidos.

    Por vez primera fui capaz de alzar el brazo derecho. Cuando alargué el brazo hacia el buitre que estaba posado en una rama sobre mi cabeza, invitándolo a que se alimentara de mi carne, sentí que la mano me apretaba otra vez el corazón. Luego vi la cara del viejo chimpancé, y había obscuridad en sus ojos abiertos. Un instante antes de morir sentí otra vez un movimiento de vida dentro del pecho, como si el corazón del chimpancé hubiese sido transplantado al mío. Me senté; unos latidos extraños me golpeaban el pecho. Vi que las patas del ciervo daban una última coz, y sentí que se me aceleraba el pulso cuando la sangre de este animal moribundo me corrió por las arterias.

    Me miré, desnudo en mi desgarrado traje de piloto. Mi piel había perdido el color ceniciento. Cuando me saqué el adorno de los hombros, los gallardetes de sangre se desprendieron de mis cicatrices y se alejaron ondulando entre las amapolas ajadas.

    Mi herida había dejado de sangrar. Los animales morían uno tras otro en la hierba, alrededor de mi tumba. Cada uno me daba algo de sí mismo: la sangre, los tejidos, un órgano vital. Sentí que el corazón del chimpancé latía con fuerza dentro de mi pecho. Sentí que la sangre del ciervo corría por mis venas vacías, torrente de primavera que inundaba un laberinto de conductos resecos, sentí que los pulmones del tití aspiraban el aire a través de mi boca, sentí el cerebro borroso de la perra spaniel en la base del mío, animal fiel que llevaba a su amo herido.

    Murieron todos juntos en la hierba, a mi alrededor, entregándome sus vidas. Me levanté en la cabina de la tumba. Había vuelto a librarme del avión.

    Nada se movía en el bosque, y las hojas y la hierba estaban suspendidas en el silencio. Sentí que la vida me llegaba de todas partes, legada por las criaturas más pequeñas y más humildes. Juntos, esos seres simples me estaban rehaciendo. Los gorriones y los tordos traspasaron a mis ojos sus retinas en miniatura, los ratones y los tejones escondidos en madrigueras me dieron sus dientes, los olmos y los castaños me regalaron su savia, solemnes nodrizas que vertían leche en mi cuerpo. Hasta las sanguijuelas de la hélice, los gusanos debajo de mis pies, la miríada de bacterias del suelo se movían por mi carne en una vasta congregación. Una enorme concurrencia de seres vivos atestaba mis arterias y mis venas, transformando la muerte de mi cuerpo con una nueva vida y buena voluntad. La humedad fría de los caracoles irrigaba mis articulaciones; sentí que se me aflojaban los músculos, en la flexión de mil ramas, que el bálsamo de los tibios vasos capilares de un millón de hojas brillantes de sol me corría por la carne.

    Caminé por el prado, rodeado por una extraña niebla luminosa, como si mi verdadera identidad se estuviese disipando, y permaneciera dentro de los cuerpos de todas esas criaturas que me habían dado parte de ellas mismas. Yo renacía dentro de ellas, y dentro del amor que me brindaban. Mi espíritu gravitaba dentro de cada hoja y cada brizna de hierba, cada pájaro y cada caracol. El bosque sentía que yo revivía dentro de sus tejidos.

    Volví a nacer de las criaturas más humildes, de la ameba que se dividía en los charcos del prado, de la hidra y del alga. Me desovaron los anfibios el arroyo junto al prado, y en el río fui un pez pequeño brotado del cuerpo de mi madre tiburón. La cierva preñada me dejó caer en la hierba alta del prado. Salí de la cloaca tibia de las aves. Padre de mí mismo, nací mediante mil partos de la carne de cada ser viviente del bosque. Me convertí en mi propio hijo.


    36. Me entrego


    El bosque brillaba otra vez. Unas flores vividas fulguraban entre los árboles antes sombríos. Una luz conocida atravesaba las hojas, como si el divino jardinero que supervisaba ese paraíso obscurecido hubiese llegado de pronto, tras alguna demora, y encendido las luces. En el río saltó un pez volador, pedernal de plata que reavivó el día.

    En la entrada al prado estaban los tres niños arrodillados en la hierba, las pequeñas sonrisas entre las amapolas ondulantes. Parecían exhaustos pero contentos, cansados del esfuerzo de transmitirme su vigor, una parte pequeña de sus cuerpos deformes: David, tal vez su estoicismo; Jamie su excitación ante todas las cosas; Rachel su curiosidad y su calma.

    Todo Shepperton parecía estar descansando como después de un esfuerzo inmenso. Los vecinos ya no trataban de destruir la vegetación, y se sentaban en las puertas de las casas después de dejar las hachas y las sierras. Miraban tranquilamente cómo resucitaba el bosque.

    Todo me esperaba. Me miré el pecho, la herida curada. Hasta la cicatriz había desaparecido. Sentía dentro los órganos que me habían dado todas aquellas criaturas. Llevaba mil pulmones y corazones, mil hígados y cerebros, mil genitales de cada sexo, la potencia necesaria para poblar el nuevo mundo en el que estaba a punto de entrar.

    Ahora tenía la certeza de que podía escapar de Shepperton.

    Atravesé el parque de estacionamiento de la clínica. En la terraza del pabellón geriátrico estaban sentados los viejos y los inválidos. Me seguían los tres niños, cabiz-bajos, seguros de que pronto los abandonaría. Una arruga surcaba la frente abultada de David mientras trataba, virilmente, de decidir algo sobre el futuro de los tres. El rostro de Rachel se había contraído; llevaba los ojos cerrados como si no quisiese arriesgar la posibilidad de ver en ese momento de despedidas. Sólo Jamie seguía de buen ánimo. Gritó al aire sobre su cabeza, tanteando el cielo con la esperanza de que le enviase otro aviador.

    Un viejo alzó la mano en la terraza, saludándome por última vez. Una anciana destruida por la leucemia sonrió desde su camilla, agradeciéndome las flores del jardín, el vivido plumaje de los pájaros.

    Volví junto a los niños, movido por el afecto. Me arrodillé delante de ellos, entre los coches estacionados, y tomé las manos de Jamie. Esperé hasta que dejó de gritar y fijó sus ojos en los míos. A través de los dedos entrelazados transmití a su cuerpo la fuerza y la flexibilidad que había dado a mis piernas el ciervo moribundo.

    Le solté las manos. Mirándolo a los ojos le pateé las prótesis de las piernas. Jamie se miró las rodillas, boquiabierto, asombrado por esas piernas firmes. Riendo para sus adentros, se hamacó, jugando, simulando caerse. Lanzó un último grito, descartó el cielo y echó a correr por el parque, saltando sobre los macizos de flores.

    Rachel escuchó todo el tiempo atentamente, volviendo los ojos hacia la hierba excitada, incapaz de leer esos códigos escurridizos. Asustada, retrocedió alejándose de mí, sacando la mano del hombro de David. Pero entonces, en un repentino arranque de coraje, se adelantó corriendo y me aferró las rodillas. Me abrazó apretadamente, tratando de devolverme la fuerza que había entrado en Jamie.

    Le tomé la cabeza con las manos y la apreté contra mis muslos. Le toqué las ventanas muertas de los ojos. A través de mis dedos le pasé la vista de los halcones y las águilas, el certero juicio de los cóndores. Los globos de sus ojos corrieron debajo de las puntas de mis dedos como si estuviese soñando todas las imágenes perdidas de la infancia. Sentí que los nervios vivificados le brotaban del cerebro como tallos de orquídea y le florecían en los suaves pétalos de las retinas. Exasperada consigo misma, sacudió la cabeza alegremente a un lado y a otro, abrumada por la luz que le entraba en las obscuras cámaras del cráneo.

    –Blake, ¡sí...!

    Se libró de mis manos y miró con ojos muy abiertos el prado, el cielo y las hojas. Levantó la mirada y me observó con naturalidad; por un breve instante vio a su amante y a su padre.

    Jamie se acercó corriendo, zigzagueando entre los coches, y se puso a bailar alrededor de David, que se mantenía estoicamente en su puesto, contento por lo que les había pasado a sus amigos pero sin poder entenderlo.

    Rápidamente, sabiendo que yo me iría pronto, Rachel tomó a David de las manos y me lo acercó deprisa. Sostuve esa cabeza abultada contra mi vientre. Sentí como le latía el vigoroso corazón, un corazón preocupado de que algún usurpador cerebral quisiera reemplazarlo. Por las suturas del cráneo le metí pequeñas astillas de inteligencia, delgadas llamas de soplete que le perforaron el obscuro depósito de trastos del cerebro. La mente de David respondió y buscó a tientas en las menguantes tinieblas, reparando el tejido roto. Por último le di entendimiento, el buen juicio de los viejos peces y las sabias culebras.

    La cabeza le reverberaba contra mi vientre, zumbante planetario colmado por una astronomía de sueños. Se apartó de mí y me miró con serenidad.

    –Blake, gracias... ¿Puedo ayudarlo?

    Se alejó cortésmente, caminando con timidez entre los coches polvorientos como si lo perturbara ese inquilino vigilante y lúcido que había ido a vivir a su cabeza.

    Aturdido por esos esfuerzos, y seguro de que mi mente y mi cuerpo habían pagado por ellos un precio elevado, decidí irme. En cualquier momento llegarían los primeros turistas a Shepperton, seguidos por la policía que vendría en busca del Cessna accidentado. Descansé recostado en el coche rojo deportivo de Miriam St Cloud, recordando a la joven doctora y la ayuda que me había brindado después de mi llegada. En el polvo de la puerta estaban las marcas de sus dedos, último mensaje cifrado para mí.

    David estaba esperándome. Mi visión se había debilitado, pero le vi los ojos claros y azules que miraban a los viejos de la terraza.

    –Blake, antes de que se vaya... –Hablaba con voz casi de adulto.– ¿Se despedirá de ellos?

    Siguiendo a ese niño tranquilo y serio, atravesé la playa de estacionamiento hasta la terraza. Los viejos me saludaron con la mano desde las camillas y las sillas de ruedas, contentos de estar allí al Sol. Al mirar esos seres agonizantes, sentados a la puerta de su propia muerte, sentí la tentación de dar media vuelta y echar a correr, de volar por encima de los árboles alejándome para siempre de Shepperton. Sabía que si les daba la fuerza que me habían pasado las aves y las plantas, no podría escapar nunca más.

    Estaba a punto de que me atraparan otra vez.

    David me esperó, y sonrió, tranquilizándome, cuando yo me puse a temblar. Se daba cuenta de lo furioso que estaba yo con esos viejos, y dejaba en mis manos la decisión de ayudarlos o no.

    –Gracias de nuevo, Blake.

    Subí por los escalones. Caminé entre los ancianos pacientes, tomándoles las manos gastadas. A la mujer de la leucemia, un manojo sonriente y ceniciento, le di mi sangre, entregándole el don de los ciervos y los olmos. Le sostuve las manos diminutas, y le envié mi sangre a través de las mangueras de mis muñecas. David estaba radiante de alegría, y la mujer revivió ante nuestros ojos. Me apretó el codo con dedos cálidos.

    –Le pediré a la enfermera que le traiga el estuche del maquillaje, señora Sanders. – David nos separó riendo, y me llevó al próximo paciente. A ese hombre con demencia senil le di una segunda parte de mi cerebro, la parte que había tomado de los halcones y las águilas. La cabeza floja se enderezó en mis manos, y los ojos me miraron con la comprensión súbita de un soñoliento jugador de ajedrez que despierta y descubre que con un movimiento gana la partida.
    –Unos cuantos años más, Blake. –David me sostuvo mientras andábamos entre las sillas de ruedas. A los achacosos y a los artríticos, al diabético y a la esquizofrénica, les conferí los dones de la razón y la salud. La vista se me nubló cuando empezaron a bajar de las sillas y de las camillas, y se juntaron a mi alrededor vestidos con sus batas. Un viejo demente me aporreó el hombro, tras entender por primera vez la lógica del tiempo y el espacio. La esquizofrénica le gorjeó una extraña canción a un árbol cercano. La lozanía juvenil de una adolescente le cubrió la piel áspera, como si yo la hubiera transformado en su propia nieta.

    David me condujo sosegadamente entre ellos mientras yo confería dones de vista y entendimiento, salud y gracia a esa gente inválida desarmando pedazos de mi mente y de mi cuerpo y dándoselos a cualquiera que me apretase las manos.

    Por último, al hombre del cáncer de boca, le regalé mi lengua.

    –Blake, ha sido usted bondadoso... –Aunque David estaba junto a mi mano derecha, la voz parecía venir del otro lado del parque. Yo no podía hablar.

    Me entregaba alegremente.


    37. Tiempo de volar


    Solo ahora, ciego y casi sordo, sin lengua en la boca, caminé arrastrando los pies por las calles bulliciosas, sosteniendo la muleta que me había dado alguno de los viejos que yo había curado. Notaba que me rodeaba la gente de Shepperton, que ahora era feliz por fin. Extrañamente, me alegraba haberme entregado a ellos, haberles transmitido esas cualidades que me habían conferido los pájaros y las culebras y los ratones, las más pequeñas criaturas del suelo, cualidades conferidas de la misma manera en que el universo me había conferido dos veces la vida. Yo había escapado de Shepperton, sumergiéndome en sus cuerpos, metiéndome en la lozanía rosada de la piel de la anciana, en los ojos brillantes de los que habían sido viejos seniles.

    Golpeé el suelo con el pie, seguro de que estaba cerca del supermercado. Pero no había ningún desconocido entre las personas que me rodeaban. Las conocía a todas, sus debilidades y sus fuerzas, el olor de su transpiración, los lunares de la espalda, las caries de los dientes. Yo era madre y padre, habían pasado por mi cuerpo y nacido de mi carne aérea.

    Llegué al puesto de gasolina y descansé entre las bombas de combustible. Un aroma de flores tropicales me bañaba la piel. Oí que unos pasos se acercaban, tacos afilados que resonaron en el patio de cemento. Al cruzar la calle hacia el centro de compras, tanteando el camino con la muleta, otras gentes me siguieron en silencio. Caminamos entre los altares arruinados y las islas de artefactos domésticos, atravesamos el depósito de coches usados y salimos al campo abierto, junto a la carretera.

    Me detuve y presté atención a las respiraciones continuas que me acompañaban. ¿Me seguía una banda de asesinos, a punto de lapidarme? Yo estaba dispuesto a darles lo que me pidiesen, las piernas y los brazos débiles, los pulmones sin resuello, el vientre nada mágico. Si me despojaban, quedaría un puñado de huesos invisibles en el polvo de la carretera.

    Una mano me tocó el hombro. Sentí un aliento cálido en la nuca. Unos dedos me exploraron las muñecas, buscándome el pulso, otros me tocaron la cara, me acariciaron el pecho lastimado, me frotaron suavemente los ojos ciegos. La gente se amontonaba a mi alrededor, tocándome con las manos el cuerpo, las piernas, masajeándome los muslos, levantándome el escroto. Una dulce boca de mujer se apoyó en mis labios. Todo ese afecto estaba a punto de asfixiarme: bebé deforme deliberadamente sofocado por parientes cariñosos.

    Me recorrió una ola, una marea violenta que me inundó los vacíos vasos sanguíneos. El aire comenzó a despejarse. Mi bajo vientre revivió en las manos del joven que me sostenía el pene. Su semen recargó mis testículos.

    –¡Blake...! ¡Abra los ojos!

    El padre Wingate y la señora St Cloud me sonreían en la cara. Como toda la demás gente, llevaban puestos disfraces de piloto, miembros de una banda victoriana de fanáticos de la aviación. El sacerdote se sacó el sombrero panamá y lo arrojó sobre los coches abandonados, luego me abrazó afectuosamente.

    –Blake, ¡lo ha conseguido...! –Había perdido ese aire de fastidio, y tenía la cara distendida, iluminada por la misma luz interior que había visto brillar en las placas de rayos X de mi cráneo. Parecía alegre y atolondrado, un joven cura que festeja una broma excelente sobre el vino de la comunión.

    La señora St Cloud me sostuvo las mejillas entre las manos y me besó en la frente. Mientras me sonreía, vi en ella la expresión de su hija. Las facciones, los huesos de la barbilla y de las sienes, parecían más altas. El pelo rubio le caía suelto sobre los hombros.

    –Blake, es tiempo de volar. Ahora estamos todos preparados.

    Con los ojos todavía nublados, vi que se habían juntado cientos de personas a mi alrededor. Estaban todos allí, figuras de un sueño blanco entrevistas en la luz polvorienta. Ahora todos parecían más jóvenes, niños que volvían a sus identidades anteriores. Allí estaban la gerente del banco y el vendedor de la mueblería, las cajeras del supermercado, ejecutivos contables y secretarias, el soldado retirado y el actor de televisión que me había fabricado el traje alado, los viejos y los inválidos que se habían desprendido de las muletas y las sillas de ruedas. Sólo faltaban los niños y Miriam. A lo lejos Jamie y Rachel corrían por el parque, persiguiendo pájaros y mariposas. Hasta David se estaba alejando de mí. Cuando regresó del río se detuvo junto al monumento a los caídos de guerra para volver a mirarme con una sonrisa sabia.

    Los ojos se me aclararon, y sentí que las manos de Shepperton me apretaban. Cada habitante del pueblo me entregaba algo de sí mismo, un recuerdo que me sujetaban al corazón como si yo fuese el novio de una boda.

    –¡Blake! ¡Vamos! ¡Es tiempo de volar!
    –¡Levante esa mirada, Blake!

    El padre Wingate me gritó alzando la cabeza robusta hacia el sol. Las primeras personas ya estaban subiendo en el aire, la gerente del banco y el actor de televisión. Me invitaron por señas a que los acompañase, y me tendieron las manos. Pronto abandonaron todos el suelo. Giraban a mi alrededor en la luz cálida, levantando con los pies una vasta nube de polvo. Al mirarlos, vi afecto y preocupación en todos ellos. El padre Wingate, rodeando con un brazo la cintura de la señora St Cloud, pasó flotando a mi lado, rozándome el hombro con las rodillas.

    –¡Llegó la hora, Blake! –Volaban a mi alrededor, a tres metros del suelo, tomados de la mano, reclamándome. Al fin sentí el aire frío en los lastimados dedos de los pies. Arrojé la muleta, y atraído por la fuerza de aquel amor, subí en el cielo.


    38. Partida


    Tomándonos de las manos estiradas avanzamos por el cielo, una inmensa congregación aérea. Lejos, allá abajo, el pueblo había comenzado a florecer otra vez, transformándose en la brillante selva que había adornado los techos de las casas suburbanas. El viento cálido llevaba cientos de olores, y flotábamos en una nube de perfume. Contentos de estar juntos, formamos un círculo alrededor de Shepperton, los rostros alumbrados por el sol que nos daba la bienvenida.

    Antes de irnos por última vez, decidimos darle las gracias a ese pueblo pequeño. Yo iba flanqueado por el padre Wingate y la señora St Cloud, entusiasta y joven pareja encantada con ese primer vuelo. Nos remontamos en el aire pasando cerca de la carretera, ya sin preocuparnos porque los conductores de los coches que corrían hacia Londres alcanzaran a vernos. Flotamos por encima del poste de cemento con el que yo tropezara la primera vez que intenté escapar de Shepperton, y celebramos una modesta acción de gracias a las piedras del campo. Dimos gracias a las islas de artefactos domésticos y a los juegos de dormitorio, a las bombas de gasolina, y al coche oxidado que una vez había sido mi refugio.

    –Adiós, Blake... –La señora St Cloud me había soltado la mano y estaba alejándose, adolescente excitada vestida con un traje de piloto para adultos.
    –¡Adiós, Blake! –gritó una niña, una cajera del supermercado que ahora tenía poco más de diez años.
    –Blake... –El padre Wingate me tomó de los hombros; su delgado rostro adolescente era el de un animoso novicio. Nos abrazamos por última vez, y cuando lo solté sentí que su sonrisa juvenil se quedaba un momento en mis labios.

    Pero yo ya sabía que no podía acompañarlos. Yo les había enseñado a volar, conduciéndolos por las puertas de mi cuerpo, y ahora no me necesitaban para llegar al sol. Mientras tanto faltaban todavía otros, los tres niños, los pájaros y los ciervos, los ratones y los insectos que se me habían entregado tan generosamente. Sólo después de haber encaminado a la última criatura hacia el sol, me sentiría libre y podría irme.

    Ya estaban a casi cincuenta metros por encima de mi cabeza, un grupo de niños felices que avanzaban tomados de la mano hacia el cielo iluminado.

    –Blake, adiós...

    Se apagaron las últimas voces. Solo en ese cielo pequeño, me hundí bajando por el aire sereno. Me posé en la azotea del garaje, agotado por el esfuerzo de poner en camino a los habitantes de Shepperton, y miré hacia el pueblo desierto. Ahora conocía el significado del extraño holocausto que había visto desde la cabina del Cessna mientras me hundía en el río: una visión de las almas ilustradas de estas gentes que yo había llevado conmigo para enseñarles a volar, cada uno una banda de luz en el arco iris del sol.


    39. Admito a Stark


    Caminé por la calle desierta, viendo mi reflejo en las ventanas del supermercado. Invadidas por el bosque silencioso, las calles tranquilas se extendían delante de piscinas olvidadas y entradas de garajes vacíos. Un rociador de agua giraba sobre un estanque ornamental, y junto a las puertas del jardín había juguetes abandonados. En todas partes las aves ocupaban los techos y los alambres telefónicos, y se disputaban el espacio sobre los coches. Me observaban esperando el último acto ya inminente, sin saber si yo las abandonaría. Los cóndores me miraron con ojos antiguos, alzando las enormes alas para aquietar el aire.

    –Señora St Cloud... Padre Wingate... –Habían ido a unirse con el sol. Pero Stark ¿había escapado? Sólo quedaba Miriam, tendida en la sacristía de la iglesia.
    –¡Miriam...! ¡Doctora Miriam...!

    Sobre los estudios cinematográficos giraban los helicópteros. Le di la espalda al supermercado. Las manchas de mi semen cubrían el vidrio silencioso, perlas arrojadas entre las mercaderías en liquidación. Inflamadas tal vez por mi último vuelo, las heridas de mi boca y de mi pecho se habían vuelto brasas encendidas en mi piel.

    Cuando llegué al monumento a los caídos, oí a los tres niños que jugaban alegremente en el prado. Atravesé el parque de la clínica y caminé por la hierba hacia ellos. La luz de mi cuerpo fulguraba contra las amapolas, dorando los pétalos rojos, alumbrando el plumaje de los cóndores que me seguían de árbol en árbol.

    Observé a los niños un rato, deseando que pudiesen jugar para siempre en ese prado secreto. Se me acercaron saltando, colmando de excitación cada segundo. Jamie giró alrededor de mis piernas, escapando de las manos rápidas de Rachel. Lanzó un chillido cuando lo atrapé y lo abracé.

    –Es hora de irse, Jamie...

    Me miró sorprendido, y luego me tomó de los hombros. Su boca pequeña besó mi mejilla. Se echó hacia atrás, dedicó un último grito irónico al mundo, y se me echó encima. Se hundió fácilmente en mi piel dorada, pateando por última vez con aquellas piernas fuertes.

    Rachel se me acercó sin vacilar. Las manos pulcras separaban la hierba resplandeciente, como si fuese la encargada del prado y quisiese mantenerlo en orden para los siguientes inquilinos. Vino hacia mí, y me abrazó seriamente la cintura.

    –Es hora de que nos vayamos todos, Rachel...

    Le tomé las manos fuertes, sentí su boca impaciente en mi boca, la lengua que me palpaba los dientes. Lanzando un último grito de felicidad, se deslizó en mi corazón.

    David, ahora solo, esperó entre las hierbas altas. Los ojos me miraban con tranquilidad por debajo de la frente enorme.

    –Te enseñaré a volar, David. Pronto llegará una gente... Entonces no te gustará estar aquí.
    –Estoy preparado, Blake. Me gustaría volar. –Sonrió mirándose las manos, dudando de que alguna vez se le transformasen en alas. Me mostró una vieja caja de zapatos en la que había atrapado dos polillas amazónicas.
    –He empezado a coleccionarlas –dijo con naturalidad–. Vale la pena llevar un registro de todo esto.
    –¿Quieres cazar otra? –le pregunté–. Te esperaré.

    Meneó la cabeza, y puso la caja abierta sobre la hierba. Miramos como las polillas aleteaban polvorientas entre las amapolas, insectos de oro alumbrados por mi piel. David vino hacia mí. Me apoyó la enorme cabeza en la cintura, y echó una última mirada al prado, a los árboles y a las aves.

    –Blake... ¡adiós!

    Me tomó las manos. La cabeza enorme, con las suturas abiertas, se metió en mi cuerpo, fundiendo esos hombros fuertes con los míos.

    Subí en el aire y los solté hacia el cielo, sobre el parque. Como soñadores en vuelo, se alejaron tomados de la mano, los rostros alumbrados por el sol que les daba la bienvenida.

    Mi piel fosforecía ahora con tanta intensidad que las hierbas altas que me rodeaban y las hojas obscuras de los rododendros eran casi blancas. Caminé hacia el río, como un arcángel que se movía entre aves mortuorias; la luz que salía de mi cuerpo destellaba en los troncos de los olmos.

    Me acerqué a la mansión abandonada de las St Cloud. Cientos de peces saltaban en el agua, impacientes por recibir fugazmente mi luz en sus cuerpos, con la tristeza de que yo pudiese dejarlos. Detrás del agua blanca, en la balaustrada del muelle de diversiones, estaba Stark. Se había sacado el traje de aviador y llevaba el rifle sobre el hombro desnudo. Rodeado por las aves, pelícanos y petreles, me miró mientras yo atravesaba el prado. Cuando tiró el rifle al agua supe que había renunciado a toda esperanza de desafiarme. Escuchó los helicópteros, aceptando que volaban en un cielo diferente.

    La plataforma de dragado se había soltado y había encallado en los bancos de lodo de la orilla opuesta. Pero Stark había arrastrado el Cessna hasta la playa. El esqueleto del avión, con las alas rotas y el fuselaje destripado, yacía sumergido a medias en la arena, al pie del prado de las St Cloud. La superficie antes blanca estaba cubierta de óxido y de algas, manchada por el aceite del motor.

    Stark esperó a que me acercase al Cessna y mirase en la cabina. Sin hacer caso del avión, bajé a la playa y eché a andar por la arena. Subí la escalera que llevaba al muelle herrumbrado. Mi piel resplandeciente doraba los unicornios, agregando una pátina todavía más brillante a las pinturas de Stark.

    Stark retrocedió cuando me acerqué a él. Titubeando, se ocultó la cara, como pidiendo unos pocos segundos finales para prepararse para la muerte. Luego, al ver que yo no tenía intención de hacerle daño, levantó las manos en signo de rendición.

    Forcejeamos brevemente entre las góndolas pintadas; los brazos fuertes de Stark intentaban mantenerme a distancia. Miraba con desesperación hacia el río, tentado de zambullirse en las aguas tranquilas. Pero nunca llegaría a la seguridad de la orilla del Walton. Sabía que Shepperton se nos estaba cerrando encima, y que sólo mi presencia lo sustentaba en ese lugar.

    –¡Blake...! ¡Rescaté el avión para usted!

    Sentí que se fundía conmigo, que nuestros cuerpos se abrazaban con la intimidad de luchadores largamente acostumbrados el uno al otro. En el último momento miró la feria de atracciones y las góndolas pintadas de la rueda giratoria, adolescente ansioso por cabalgar el cielo.

    Volé hasta el aire fresco y despejado encima de los estudios cinematográficos y lo solté hacia el Sol.


    40. Miriam respira


    Solo por fin, caminé por la playa hasta los restos del Cessna. Subido a la sumergida ala de estribor, miré en la cabina a través del parabrisas fracturado. Como sospechaba, había un hombre vestido con un traje blanco de aviador sentado ante los mandos. Miles de peces le habían arrancado la carne de la cara, y las algas le colgaban en velos grises sobre los ojos vacíos, pero reconocí la calavera que había dentro del andrajoso casco de piloto.

    Ese aviador ahogado era mi yo anterior, que había quedado en la cabina cuando escapé del Cessna. Estaba sentado ante los mandos del aparato, sumergido a medias, como entre dos mundos. En un arranque de lástima, abrí la puerta de la cabina y aferré el esqueleto. Lo enterraría en la playa, dejaría que ocupase el lugar del hombre pájaro fósil, mi antepasado del plioceno arrancado de un largo sueño por la caída del avión.

    Lo levanté con facilidad, un manojo de huesos dentro de los harapos de un traje de aviador con partes que faltaban y yo llevaba puestas en ese momento. Sentí una profunda piedad por esa criatura muerta, todo lo que quedaba de mi ser físico. Sostuve a ese yo anterior en mis brazos, como un padre que lleva a su hijo muerto, calentándole los huesos por última vez antes de ponerlo a descansar.

    Entonces, como si yo los hubiera resucitado, los huesos comenzaron a moverse en mis manos. La columna vertebral se endureció contra mi pecho. Las manos me aferraron la cara. Las protuberancias óseas del cráneo me golpearon la frente, los dientes mellados me cortaron la boca.

    Asqueado, intenté arrojar el esqueleto en la arena. Forcejeando, caímos hacia atrás en el agua, junto al estabilizador de cola del Cessna. Excitado por recuerdos de la fría corriente, el esqueleto me apartó las manos y apretó la boca huesuda contra la mía, tratando de succionarme el aire de los pulmones.

    Mientras las frágiles costillas se hundían con las mías, mientras las muñecas pétreas se abrían paso en mis brazos, descubrí de quién era la boca y las manos que había tratado de encontrar desde mi llegada a ese pueblo pequeño. Las heridas eran las cicatrices de mi propio cuerpo que se aferraba a mí con terror mientras yo me liberaba de ese yo agonizante y escapaba del avión hundido.

    Tendido boca arriba en el agua, el blanco casco del Cessna a mi lado, tranquilicé mi yo muerto, admitiendo en mi cuerpo mi osamenta, mis tibias y mis brazos, mis costillas y mi cráneo. A mi alrededor había miles de peces, enjoyando el agua soleada, las pequeñas criaturas que se habían alimentado con la carne de mi cuerpo durante los siete días que yació en el lecho del río.

    Estiré los brazos y los llamé y tomé esos peces en mis manos, absorbiendo de nuevo en el cuerpo los fragmentos de mi carne muerta que ellos habían llevado como un tesoro nacarado dentro de sus tejidos.

    Me quedé en la playa junto al Cessna. La marea creciente corría alrededor del avión, sumergiéndole las alas. Aunque yo estaba ahora solo en Shepperton, aparte de la mujer muerta en la iglesia y la congregación de pájaros, ya no me sentía abandonado en ese lugar, como si las ahora templadas mitades de mí mismo fueran al fin las dueñas de ese pueblo pequeño.

    Salí de la playa y atravesé el prado, debajo de la mansión abandonada. Un pavo real se me acercó furtivamente, desplegó la cola y me señaló la iglesia. Miré los pájaros que se amontonaban en los techos. Habían venido de todo Shepperton para juntarse en ese lugar, como un público ansioso que espera la última faena de un matador.

    Entré en el cementerio y caminé entre las tumbas hacia la sacristía. Las flores brillantes que habían brotado de mi sexo se alzaban a mi alrededor, con lanzas rojas que me llegaban a la altura de los hombros, y sembraban sus semillas entre los muertos. Me detuve en la puerta y miré el cuerpo de Miriam, tendido en una vitrina en el centro de la sacristía. La luz de mi piel resplandeciente destelló en las paredes, iluminando el viejo espinazo y las vértebras del hombre alado.

    Arranqué los últimos harapos de la cintura de mi traje de aviador y los arrojé al suelo. Recordé a Miriam que había acariciado los capullos jóvenes delante de la clínica, incitándolos a estrujar las cabezas contra sus muslos, como si estuviese tratando de seducir el prado de hierbas. Ahora no parecía mayor que los tres niños que había cuidado, la boca y las mejillas tan suaves como lo habían sido en vida.

    Me quedé desnudo delante de ella, y dejé que mi piel fosforescente la calentase como había calentado a mi yo muerto en la playa. Pensé en las criaturas que habían dado sus vidas por mí, el ciervo y el viejo chimpancé. Tomando a Miriam por los hombros entregué a su cuerpo todo lo que yo había recibido, mi primera y mi segunda vida. Si yo podía levantarme entre los muertos, también podría levantarse esa joven.

    Sentí que la vida se me escapaba. Mi piel se marchitó, perdió luz. A mi alrededor la sacristía volvió a obscurecerse.

    Me entregué por última vez. Ahora sólo tendría fuerzas suficientes para poner en camino a Miriam antes de regresar al lecho óseo de la playa.

    Sentí que se movía. La mano derecha se alzó y me tocó la cara.

    –¡Blake! Usted me despertó... ¡Me había dormido aquí!


    41. Compañía de sueños ilimitada


    –Blake, ¿no podemos quedarnos?

    Estábamos del brazo entre las relucientes flores del cementerio. Miriam alzó las manos hacia el sol brillante, riendo por dentro.

    –¿Un rato más, Blake?

    La miré con alegría mientras una bandada de colibríes giraba alrededor de nuestras cabezas. Miriam había salido de la sacristía con el paso fuerte y la mirada vivaz de una escolar entusiasta. Los dos días de muerte la habían rejuvenecido; era como si hubiese venido de un mundo más nuevo y más fresco a visitar esta iglesia parroquial.

    Encantada de verme, se quedó desnuda a mi lado, entre las lápidas. Me alegraba que ya no se acordara de su muerte. Me rodeó la cintura en un repentino gesto de afecto.

    –¿Dónde están todos? Mamá y el padre Wingate.
    –Ya se han ido, Miriam. –La llevé entre las tumbas hasta la puerta del cementerio.– Stark y los niños, y todos los demás. Se ha ido el pueblo entero.

    Miró al cielo, sonriéndole al arco iris que rodeaba el sol.

    –Blake, los veo... ¡están todos allí!

    Yo ya comenzaba a insensibilizarme ante la partida de Miriam. Sabía que ella pronto se mudaría a ese mundo del que Shepperton no era más que una antecámara brillantemente amueblada pero modesta. Apreté sus hombros desnudos contra mí, respiré los olores calientes de su cuerpo, contando una a una las pequeñas imperfecciones de su piel, el punto de cera seca en la oreja. Deseaba poder quedarme para siempre allí entre las flores, con esa joven, adornarle el pelo con guirnaldas brotadas de mi propio sexo.

    Pero nos apremiaban los pájaros. Estaban en todos los alféizares de las ventanas, y poblaban los techos de los estudios cinematográficos. Volví a sentir que el pueblo se cerraba sobre sí mismo, comprimiendo a los pájaros en un espacio cada vez menor. Los grandes cóndores ya miraban hacia arriba, dispuestos a apoderarse de sus lugares en el cielo.

    –Miriam, es hora de que se vaya.
    –Ya lo sé, Blake. ¿Vendrá usted conmigo?

    Me tocó la frente como si me estuviera tomando la temperatura, una adolescente que jugaba al doctor. Cada minuto que se quedaba, parecía rejuvenecer un año.

    Se arrodilló entre las tumbas y levantó en las manos un pichón de tordo, un manojo de plumas graneadas con una cabeza colgante, agotado por el aire extraño.

    –Blake, ¿tendrá fuerzas para volar?

    Lo tomé y lo cargué brevemente con mis fuerzas, la envergadura de las aves fragatas que henchían mis brazos. Mientras abría las alas en mis manos sentí que a nuestro alrededor crecía un torbellino. Un tornado en miniatura barría el cementerio. Los capullos de punta roja nos azotaron con sus blandas lanzas, incitándonos a subir al aire. Miriam luchó con el pelo, que subía con unos pétalos arremolinados. Un torbellino de plumas rodeaba el cementerio, alimentado por miles de alas.

    Los pájaros subían al aire por todas partes. Miriam se inclinó hacia mí, y yo le apreté las manos.

    –¡Llegó la hora, Miriam! ¡La hora de volar!

    Nos abrazamos, recibiendo cada uno el cuerpo del otro. Sentí sus huesos fuertes y su carne firme, la presión afectuosa de su boca en la mía, de sus pechos en mi pecho.

    –¡Blake, llévelos con nosotros! ¡Hasta a los muertos, Blake!

    Nos fundimos juntos con la nube de criaturas que cubría ahora el cielo sobre el cementerio. Navegamos atravesando el aire vivido, subiendo por los largos corredores del sol. Invitamos a los pájaros a que se uniesen a nosotros, convidados gratos de la fiesta de bodas del aire. Entramos en nosotros y salimos de nosotros, confluencia alumbrada por el plumaje de los pájaros, una armada de quimeras aladas y emplumadas que volaban por encima de los techos del pueblo abandonado. Mientras el tránsito se movía por la autopista, a lo lejos, solté a Miriam de mi cuerpo y la adorné con las alas del albatros. A su vez, ella me adornó con el pico y las garras de los cóndores.

    Por todos lados subía al aire una inmensa panoplia de criaturas vivientes. Una nube de peces plateados se alzó desde el río, catarata invertida de formas moteadas. Sobre el parque, los ciervos tímidos ascendían en una manada trémula. Ratones y ardillas, culebras y lagartos, innumerables insectos navegaban hacia arriba. Nos fundimos por última vez, sintiendo que nos disolvíamos en esa flota aérea. Los metí a todos en mí, volviéndome quimera, múltiplo de todas esas criaturas que atravesaban las puertas de mi cuerpo hacia el reino superior. De mi cabeza se derramaban multitudes de seres quiméricos. Sentí que yo mismo me disolvía dentro de esas formas que se juntaban y separaban, latiendo todos con un único pulso, el corazón de cavidades infinitas del inmenso pájaro al que todos pertenecíamos.

    Por último, cerca del fin, subieron los muertos a acompañarnos Venían de las tumbas del cementerio, de la tierra cálida del parque, del polvo que cubría las calles vacías, de los arroyos fríos y de las cuevas olvidadas. Del suelo brotó una miasma gris, un sudario etéreo que pareció a punto de nublar los árboles y el cielo, pero fue alumbrado entonces por los faroles de los seres vivos que andaban por encima.

    En el último momento oí la voz de Miriam. Se separó de mí, un puerta-diadema por la que pasaron todas esas criaturas hacia el sol, las más pequeñas y las más altas, las vivas y las muertas.

    –Espérenos, Blake...

    Estaba en la playa con los restos del andrajoso traje de aviador tirados en la arena húmeda, a mis pies. Aunque andaba desnudo, todavía me calentaban la piel las criaturas que habían pasado por mi cuerpo, encendiendo cada célula a medida que la atravesaban. Miré al cielo y vi el último destello de luz que se movía hacia el sol.

    Shepperton, abandonada por los pájaros, estaba ahora en silencio. El río vacío me tocó los pies: durmiente sereno que me rozaba en sueños. El parque estaba desierto, las casas vacías.

    El Cessna estaba casi sumergido, las alas ladeadas bajo la corriente arrolladora. Mientras miraba, el fuselaje giró y se escabulló bajo la cubierta de agua. Después de que el río se lo llevó, caminé por la playa hasta el lecho óseo de la criatura alada que yo iba a reemplazar. Me acostaría allí, en esa grieta de grava antigua, un lecho preparado para mí hacía millones de años.

    Allí descansaría, ya con la certeza de que Miriam vendría a buscarme un día. Entonces partiríamos, llevando con nosotros a los habitantes de los otros pueblos del valle del Támesis y del resto del Mundo. Esa vez nos fundiríamos con los árboles y las flores, con el polvo y las piedras, con todo el mundo mineral, disolviéndonos alegremente en el océano de luz que formaba el universo, un universo renacido de las almas de los seres vivos que han regresado gozosamente. Ya nos vi subiendo en el aire, padres, madres e hijos, oscilando sobre la tierra en nuestros vuelos ascendentes, tornados benignos colgados del dosel del Universo, celebrando las bodas finales de lo animado y lo inanimado, de los vivos y los muertos.


    FIN



    Titulo original: The unlimited dream company
    Tradutor: Enrique Pezzoni
    Editorial: Debolsillo
    Saga: Biblioteca J.G. Ballard nº 4
    Colección: Bestseller, 758/4
    Idioma: Español
    ISBN: 9788483460610