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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LOS SALTAMUNDOS (Raphael A. Lafferty)

    Publicado el lunes, octubre 17, 2016

    Sinopsis

    Los Saltamundos es un relato cautivante, fruto de una fértil inventiva: la pluralidad de los mundos habitados, la transmigración de las almas, la crítica social punzante, son algunas de las facetas que el lector podrá apreciar. Además el autor se refiere a muchos perfiles de la sociedad superdesarrollada, presentados bajo una luz que descubre su ridiculez.



    1


    Con el resorte de la vida
    Desrizado en la muerte
    Y el cuerpo ya maduro
    Para quitárselo como una piel
    Erectos maniquíes
    Estamos sobre un mundo
    O bien, linces sagaces y despiertos
    Listos para saltar de él.

    —Balada del Saltamundos


    Pilger Tisman agonizaba. Lo atendían tres médicos sobresalientes: Funk, Austin y Ravel, con sus numerosos asistentes. Había también un forense y un oficial de policía. No les tocaba salvar la vida de Pilger (cosa para la cual no existían oportunidad ni razón), sino pesar su muerte. Pesar la muerte era novedad en aquel lugar, aunque fuese corriente en otras partes, según se afirmaba. En tal pesaje los hombres empleaban algunos equipos altamente refinados y otros de silvestre ingenuidad.

    Se ejecutaba a Pilger Tisman en razón de sus actos y comportamientos criminales e irresponsables. La opinión pública había pedido a gritos ese final y sus escasos partidarios se hallaban ocultos. Lo habían sentenciado a morir "de muerte incómoda". Un castigo sumamente cruel pero no desacostumbrado. Inhalaba el viejo gas ritual denominado Yperita o Mostaza y antes de perder el conocimiento padeció la incomodidad más absolutamente horrible.

    —Bueno, ha tolerado bien el dolor —admitió el Doctor Jude Ravel—. Como un hombre, según se solía decir. O como un estoico animal sabio-en-el-trance-de-muerte. Según mi padre repetía, los animales poseen un claro ritual para aceptar la muerte: y añadía que si el animal resultaba libre de tal circunstancia tras haber aceptado el hecho de la muerte, continuaba por su cuenta el proceso y moría a pesar de todo.
    —Oh, qué duda cabe —dijo el Doctor Wilcove Funk—. Se sabe que los animales obran así, pero Tisman no es un animal sabio-ante-la-muerte sino un hombre frustrado-en-su-muerte. Es una personalidad-objeto-de-culto traicionada en la hora del tránsito. La personalidad-objeto-de-culto debe al mundo un deceso teatral, y Tisman no cumplió con esa obligación. Se me ocurre que tenía planeado el espectáculo pero el dolor y la conmoción, mediante algún mecanismo, barrieron todo de su mente. Si esa muchacha hubiese estado con él podría habérselo recordado. En la carrera de Tisman aparecen muchos elementos declamatorios que se le deben a ella. Nuestro hombre se hundió en la inconsciencia tratando desesperadamente de recordar las palabras y los gestos que tenía preparados, y ahora, en el delirio de la muerte, sigue intentando recobrarlos. Si tuviéramos equipos un poquito más perfectos, como nos dicen que hay en otros enclaves, podríamos captar aún en su mente, que chisporrotea apagándose, aquellas palabras y actos envueltos en la niebla. Pero tal como están las cosas se nos niegan sus manifestaciones heroicas. Somos víctimas de un escamoteo.

    Otra disposición de la sentencia decía que Tisman "no debía llevarse nada consigo". Casi nadie lo consigue cuando muere. Pero algunos escasos individuos tramposos lo hacen. El índice de los que se llevaron algo al morir se había elevado al 1% de los casos conocidos, y posiblemente a igual porcentaje de los desconocidos. Tratándose de personalidades-objeto-de-culto el número era mucho más alto: por lo menos dos de cada tres tomaban algo y dejaban al marcharse determinada cosa que no se encontraba allí, hasta el momento de su partida. Las personalidades-objeto-de-culto siempre eran trapaceras. Este señor Tisman había puesto en práctica muchas formas de fraude y posiblemente en aquel momento ejecutaba una más. Morirse opacamente no era para él.

    Los supervisores-de-muerte o sopesadores-de-muerte enfrentaban la dificultad de que cada occiso, entre los que se llevaban algo al marcharse, utilizaba para hacerlo una estratagema individual o inédita. Nada estaba reducido a un común denominador. Al parecer nunca dos personas habían puesto en juego el mismo dispositivo. La técnica de pesquisa era muy nueva en este terreno, pero ya el catálogo de añagazas reunía más de cien. Por eso se tornaba difícil prever el escamoteo de sustancia material o susceptible de ser sopesada.

    Se suponía, con el mero valor de una presunción instrumental, que era probablemente la memoria lo que la mayor parte de las personas se llevaban al morir. O sería la identidad. O la conciencia (mejor dicho, la capacidad de poseer una conciencia, porque las personas que daban el salto, en abrumadora mayoría, estaban inconscientes). ¿Reflejarían esas tres cosas aspectos de una misma realidad? Por lo menos todas eran pesables.

    ¿El que se llevaba algo consigo también solía dejar otro objeto detrás de sí? Tal vez. No siempre era posible detectarlo de inmediato. Tampoco sabemos si era dable pesar en cada caso la cosa sustituyente. Pero los que partían llevándose algo, siempre dejaban a cambio de lo que tomasen —por lo menos eso parecía— un objeto nuevo y compensatorio. Las personalidades-objeto-de-culto, muy especialmente, abandonaban, en frecuentes ocasiones, un residuo de rápida diseminación (¿es lícito llamar residuo a una entidad totalmente nueva?) en lugar de lo que tomaban. A lo mejor lo que llevaban y lo que dejaban eran mitades de la misma cosa, que amenazaba con aplastar a un mundo como a una conchilla entre sus dos pedazos. Pero el mundo tenía la cáscara harto dura, y sólo a las perdidas resultaba verdaderamente torturado por semejante circunstancia.

    En épocas más antiguas los que emergían del tránsito mortal llevándose un equipaje personal tan mínimo (memoria, identidad, conciencia) se presentaban luego bajo la forma de apariciones póstumas nada peores que inofensivos fantasmas. Pero en estos últimos decenios y mientras los cultos fueron desarrollándose hasta convertirse en una nueva fuerza natural, los tramposos viajeros se mostraron capaces de erigir horrendos mundos o contramundos fantasmas, que penetraban, a veces físicamente, en el mundo real. Los encuentros con esos mundos intrusos tenían efectos dislocadores, perturbadores, corrosivos y aterrorizantes. Además no eran inocuos.

    —Como pontón, es decir, en funciones de cuerpo muerto flotante, no me gusta —dijo el Doctor Jon Austin—. De veras no entiendo por qué podría apreciárselo en calidad de pontón, ni aún en calidad de hombre, a juzgar por el conocimiento que tuve de él. Pero las personalidades-objeto-de-culto son amadas. Tienen devotos partidarios. Producen efectos magnéticos. ¿Usted entiende con qué base alguien ha podido querer a Tisman?
    —Lo entiendo a medias —dijo el Doctor Wilcove Funk.
    —Puede ser que yo entienda la otra mitad de la cosa —dijo el Doctor Jude Ravel—. Nosotros dos nunca entendemos la misma mitad de nada.
    —Le hemos paralizado todos los centros —dijo el Doctor Wilcove Funk sin dirigirse a nadie en particular—, incluso algunos de los centros participantes cuyo cometido no comprendemos. Hemos ensordecido su tono-de-llamada o tono-de-persona, sin llegar a silenciarlo por completo. Hemos obscurecido el espectro de su corona; con toda seguridad no conseguimos apagarlo. No podemos hacer nada más. La próxima jugada es asunto que le concierne a él.
    —Uno pensaría que sus zonas adormecidas no logran transferir datos a ningún punto distante de ellas. Y sin embargo, conocemos casos en los que algunas regiones absolutamente muertas han alcanzado tal propósito. Ya veremos. Hemos sido víctimas de artimañas en ocasiones anteriores, y a manos de individuos menos célebres que este hombre. Con cada persona que al emprender el viaje pasa junto a nosotros, aprendemos a protegernos un poquito mejor contra esta suerte de confrontaciones. Todavía ignoramos qué sea la muerte, pero tenemos la certeza de que ningún objeto recorrerá jamás una espiral descendente en toda la distancia posible sin que alguna otra cosa describa idéntica trayectoria en el sentido opuesto.

    El Doctor Funk era un hombre de cabeza grande, con fuertes arcos superciliares; el hocico saliente hacía innecesaria y a la vez imposible una verdadera barbilla; ostentaba el cerebro vastamente desarrollado en la zona occipital y manifestaba un enorme buen humor. Hombretón muy corpulento, con una ríspida porción animal, percibía muy nítidamente todo cuanto se halla entre el hombre y la bestia.

    Ahora bien, el agonizante Pilger Tisman tenía la zona occipital de su cerebro todavía más grande. ¿Cómo se explica que hubiese sitio para alojarla? Era casi como si la parte interior de su cráneo fuese más espaciosa que la parte externa. Y en lo que atañe al humor de Tisman... bueno, los que lo trataron largamente testificaban que era vasto, pedregoso, dominante, hiriente, ruidoso, superabundante y temible. Eso sí, no siempre podía llamársele buen humor. Todos los que presenciaban su muerte abrigaban el secreto temor de que les asestase un rayo de humor virulento, aun desde el delirio agónico.

    —Es desconsiderado, sea quien fuere el sujeto, que un hombre se tome tanto tiempo para morir —dijo malhumorado el oficial de policía—. ¿Están seguros de que más bien meteremos la pata si aceleramos el proceso? ¿O alguno de ustedes padece la enfermedad compasiva?
    —Sí, yo padezco la enfermedad compasiva —dijo el Doctor Funk—. Y no sabemos mediante qué actitud incurrimos en mayor riesgo de meter la pata. Como usted ve, tomamos nota de todo y procuraremos determinar eso tal como determinamos otras cosas.

    El Doctor Funk observaba al agonizante Tisman con simpatía y sentimiento, aunque opinaba también que Tisman demoraba sin necesidad el proceso de entregar su alma. Las enormes manos de Funk se movían compasivamente mientras vigilaban el, cuerpo y el cerebro de Tisman, rezumantes uno y otro. Le preocupaban las huellas impresas de la memoria centralizada, esa zona de abreviaturas y esencias accesibles, que en forma extremadamente comprimida casi repetían la memoria ganglionar diseminada a través de todo el cerebro propiamente dicho. Era el juglans cerebral, el pequeño nódulo cuya función y contenido solo muy recientemente habían sido descubiertos. Funk dañaba el juglans, la "bellota recordante", pero ¿qué efecto produciría al dañarlo? El juglans era un compuesto graso de sustancias químicas y cargas eléctricas que se alojaban en los estructurados pliegues y surcos de aquel pequeño nódulo; y el propio nódulo continente, siempre parecía estar al filo de una explosión nerviosa. Pero los modelos, incluso los vacíos, eran los que guardaban la energía. En este plano ya no resultaban importantes el contenido y el detalle. Las estructuras siempre podían crear su propio detalle. Retirarlas parecería equivalente a robar agujeros o túneles: de nada sirve. Pero se hacía con frecuencia por aquellos días.

    —No ha habido nunca un tono-de-llamada o tono-de-persona como el que tiene este hombre —dijo el Doctor Jude Ravel admirativamente—. Apenas necesita amplificación. Creo que una persona de oído excepcionalmente fino podría captarlo sin el empleo de aparatos. Es demasiado rudo y ampuloso para que se le pueda denominar tono musical, y sin embargo tiene una textura y una profundidad casi infinitas. Es una orquesta completa, llena de ásperos armónicos, una caudalosa orquesta de inmensa magnitud. En algunos casos el tono-de-persona o el tono-de-llamada equivaldría a una buena síntesis del individuo. Pero no es así en la presente circunstancia. Aunque es imposible expresar a Tisman mediante un solo sentido, el tono de este hombre hace las veces de firma. Ninguna otra persona, gracias sean dadas al Dios de los oídos, podría producir semejante sonido.

    El doctor Ravel hablaba del tono-de-llamada de Tisman, un aspecto no-cromático de su corona corporal, trasladado al plano auditivo y luego a gran amplificación.

    —Y a pesar de todo, siendo Tisman un hombre tan destacado, una incandescente figura-objeto-de-culto, no deja en el mundo sino un poderoso amigo y un poderoso enemigo —dijo el doctor Jon Austin—. En cuanto a su culto, se cree que solo dos personas le permanecen fieles. Si es verdad, ¿dónde están esas personas?
    —Deseo comprobar con mis propios oídos que se extinguió el tono de este sujeto Tisman —dijo con robusta firmeza el oficial de policía—. Quiero escuchar cómo se esfuma, en el momento exacto en que fenezca el hombre, cuando perciba que su vida se apagó. Detesto los sonidos póstumos que emergen de un hombre muerto. Indican que la ejecución se ha realizado chapuceramente y en ésta no estoy dispuesto a aceptar ninguna chapucería. ¡Dejen de hacerse los tontos con la amplificación! Y no intenten tomarme el pelo. Necesito que todo él expire, de modo parejo, rápido y definitivo. No quiero ni eco, ni resplandor póstumo ni sonido póstumo.

    Se había dicho que este oficial estaba sujeto a la firme influencia del único enemigo poderoso que tenía Tisman. Pero en aquel momento el oficial daba la impresión de hallar en el propio Tisman la fuente de su odio.

    —Si el hombre consigue escapar de nuestras redes y dar el salto, el tono-de-la-persona también dará el salto... en último término —dijo el doctor Ravel—. Es el signo de que un hombre se ha extinguido o ha escapado a la extinción. Si salta, el tono volverá a ser oído un instante después de la muerte física. En caso de que el hombre eluda su aniquilación se escuchará el tono en clave triunfal, surgiendo de un punto exterior al cuerpo. No necesitará amplificación. Y en ocasiones el tono parecerá una burla.
    —El tono de ese hombre haría bien en no dejarse escuchar desde un punto exterior al cuerpo —declaró el oficial de policía con esa voz amenazante que adquieren todos los oficiales de policía—. He dicho que deseaba oír la desaparición del tono en el preciso instante en que viese finalizar la vida de este hombre. Y mejor para él si no suena de nuevo. Y mejor para él si no se burla.
    —Aquí hay algo nuevo en lo que respecta a la luz —dijo el doctor Jon Austin con placentero interés—, y algo nuevo en lo que atañe al color. Aunque toda aura personal es única, algunas son enloquecidamente más únicas que otras; y Tisman es lo único a la segunda potencia, lo único en persona. Desde la época en que aprendimos a transducir el caparazón eléctrico denominado aura para convertirlo en luz y en color, no se ha presentado un solo caso de espectro personal comparable a éste. Debe contener un centenar de colores no cromáticos. ¡Ah esos grises, esos plata, esos bronces, esa pulsátil palidez! Y algunos resplandores, algunas irisaciones están desprendidos y alejados de cualquier color. Hasta la negrura se retuerce y brilla. Hay zonas de luz que es imposible fragmentar, pues no se dividirán en componentes. ¡Les aseguro que este hombre es un fulgor!
    —Claro que la pirotecnia propiamente dicha es fácil. El mero hecho de utilizarla es casi como obtener del mundo un mezquino provecho. Pero la carne pirotécnica plantea un caso ligeramente distinto; es el de Pilger Tisman y de muchas personalidades-objeto-de-culto. Me gustaría saber si la carne pirotécnica es todo lo que se les exige. En este hombre debe ser posible encontrar alguna otra pequeña cosa.
    —¿Por qué no se muere? —dijo el oficial con un enfado infantiloide que casi parecía un puchero—. Debe tener los pulmones totalmente quemados. El cerebro está cocido. El corazón cesó de funcionar hace tres minutos. Algunos aspectos suyos trataron de escalar el muro para salir y en todos los casos los arrojamos nuevamente al fuego. ¡No permitan que nada trepe por la pared cuando esto llegue a su final! ¡Quiero que Tisman muera! Quiero que muera todo al mismo tiempo, sin que le queden harapos vivos colgando alrededor. Y el momento ha llegado.
    —Nunca sucede así, Salvatore —dijo el forense al oficial—. Morir es siempre una serie de reacciones con chispazos de reviviscencia. Nadie ha muerto jamás de un solo golpe. Ah, apostaría a que ese fue su último estertor. Claro está que ya no puede recuperar el sentido pero en el sótano de su mente hay agitación y coherencia, aunque la zona se localiza en la parte occipital de su cerebro. Ahora emite impulsos enmarcados en la configuración delta (esto no es común en las personas que están inconscientes y menos todavía en un saltamundos; es una triquiñuela, una triquiñuela personal): ese modelo abarca algo así como tres pulsaciones por segundo. Tisman trasmite, tantea, se prepara para dar un brinco.

    Está evaluando, antes de dar el gran salto sobre el abismo, los puntos de apoyo que hay en el otro lado para las manos y los pies.

    —¡Hay que pisotearle esos malditos dedos! —chilló el oficial de policía—. No le den asidero. Que no le quede ningún punto de apoyo. Lo necesitamos muerto, definitivamente despachado.
    —Está muerto —dijo con voz tensa el doctor Wilcove Funk—. Todavía no podemos saber si tuvo éxito en su salto. Posiblemente no lo sepamos nunca. A veces los saltamundos más avispados no brincan derecho y de frente. Algunos saltan río arriba, procurando alcanzar los farallones que se yerguen de aquel lado. Están los que saltan río abajo, rumbo a los remolinos. Algunos vadean aguas poco profundas y otros escalan alturas inconmensurables, esforzándose por cruzar y alejarse. No han existido nunca escaladores de montaña y saltadores de abismos equiparables a estos saltamundos ilegales, en los instantes en que se les abren de par en par los portones de la muerte.
    —Parece que usted conoce muy bien la topografía del otro lado —bromeó el doctor Ravel.
    —La topografía de los otros lados —dijo el doctor Funk—. Son legiones.

    Pilger Tisman estaba muerto. El corazón y la respiración se habían detenido. La temperatura desapareció y el voltaje se descargó. El tumultuoso vinagre de su composición química estaba seco y muerto. Las ondas cerebrales adoptaban lo que humorísticamente se ha llamado configuración Omega: cero por segundo. Su tono había cesado y se apagó el halo de brillantes colores. El centro mnemónico, las abreviaturas y esencias que llenaban aquel pequeño cerebral juglans, estaba todavía gordo y repleto, fosilizado y congelado... y sin haber podido evadirse. Tisman había muerto. Era el final de la pirotecnia.

    Pero solo duró unos tres segundos.

    Entonces aquel depósito centralizado de memoria se disgregó, porque el contenido graso le fue sustraído en forma de carga eléctrica, combinación química y modelo estructural. El cuerpo fue víctima de una ratería absolutamente física que se podía registrar con nitidez. Alguien había robado la sustancia constitutiva de aquel núcleo.

    De nuevo el halo resplandecía y emitía reflejos tornasolados, pero no cerca del cuerpo. Relucía a cierta distancia, dentro de aquel anfiteatro médico, y de pronto se fue en un chispazo, atravesando las paredes. Se marchó de la sala, de la zona y del mundo. Sonó de nuevo el tono personal del hombre muerto, puro, sin traducción ni amplificación alguna; también provenía de un punto exterior al cuerpo. El tono vibraba con el triunfo de su resurrección, y transmitía una punzante burla. Después se fue; no quiere decir que cesara, sino que se marchó, como una exhalación.

    —¡Yo les dije que lo quería muerto y liquidado! —vociferó el oficial, lívido de rabia— ¡Han hecho una chapucería, banda de inútiles! No son capaces ni siquiera de matar a un hombre definitivamente. ¡Van a rodar cabezas, ténganlo por seguro! —Y el oficial salió echando chispas.

    Con una mueca en el rostro, el Doctor Ravel silbó dos o tres compases de una canción popular: "Rodarán Cabezas". El humor de la situación se profundizó y descendió de nivel cuando el tono personal del finado Tisman moduló la misma pegadiza melodía. Algo así como una dentellada de horror clavó sus dientes en todos cuantos se encontraban allí. Pero también sintieron un toque de humor ultravioleta.

    —Dije que solo a medias comprendía las razones que pudieron hacer de él un ser amado —manifestó el Doctor Funk—. Ahora entiendo un poquito más de la mitad. Pero, ¿qué es eso? Ah —produjo un sonido gutural como si se atragantara— no es nada.

    Y bien, Tisman se había llevado algo consigo: su memoria, su identidad y el envoltorio de su conciencia activa. Son cosas que se pueden pesar y fueron pesadas. ¿Pero Tisman había dejado algún objeto nuevo y compensatorio en reemplazo de lo que se había llevado? Todo hacía suponer que sí. Y con idéntica verosimilitud, lo que dejó fue hurtado, para eliminarlo, por el primero de los supervisores que advirtió su presencia.

    Obediente a un extraño impulso, el Doctor Wilcove Funk ocultó la cosa y la retuvo en la mano. Allí la tenía muy bien disimulada, del mismo modo que escondía con éxito el resplandor producido por el objeto trasluciendo a través de la carne y los huesos de su mano. Por cortos días ocultó que ese elemento rebasaba su mano y ocupaba el mundo, de manera muy sutil pero total. Y bien, en cualquier momento dado el mundo está repleto de cosas como aquéllas, en considerable cantidad. Entes muy tenues, muy diluidos. No son notorios, pero cualquiera que se ocupe de pesar el mundo cuidadosamente también debería hallarse en condiciones de pesar esas sutiles esencias ubicuas.

    —Siempre me intriga lo que ocurre con la información, —murmuró el pálido Doctor Ravel. Era habitual que palideciese un poco cada vez que un salto-de-muerte resultaba exitoso. Esos acontecimientos debilitaban a toda persona sensitiva que se hallase presente—. Es como si uno volviese a escuchar un disco, una cinta, o una casete antiguos y hallase que se habían suprimido sin dejar rastros todos los fósiles del sonido. ¿Pero cómo se hace para borrar un cerebro? ¿Qué podía haber ocurrido con esos peculiares surcos cerebrales que contenían la firma de Tisman? Este hombre debía habernos dejado, por lo menos, las impresiones plantares del lugar donde aquellos surcos se encontraban, ¿no les parece? ¿O acaso está en esas huellas la esencia de todo esto que nos preocupa? Podría ocurrir que unas impresiones válidas creasen la persona nueva que coincidiese con ellas.
    —Sí, se las llevó —dijo el Doctor Funk, contrariado por no haber conseguido capturar esas cosas en sus prolijas redes, vencido una vez más en el emprendimiento, pero con una pizca de contento frente al hecho de que la presa hubiese eludido el acoso—. Se llevó una porción de elementos, muchos más de los que suelen tomar consigo los saltamundos. Y si dejó un símbolo, bueno, lo dejó para que fuese ocultado. Este señor Tisman era un adicto.
    —¿Adicto a qué? —preguntó el Doctor Austin.
    —Adicto a morirse, claro está. Puede incluso recordar haberlo hecho —dijo Funk—. Y bien, eludió nuestras redes. Se fue. Saltó del mundo.
    —¿Adonde? —le preguntó a bocajarro el Doctor Ravel.
    —No lo sé —contestó Funk con un matiz de tristeza en la voz—. Cuando tenemos que habérnoslas con estos estrepitosos agonizantes, hay mundos de sombra que nos rodean por todos lados. No puedo tocar esos mundos con la mano ni tampoco verlos. De vez en cuando me parece escuchar un ruidito que viene de ellos, pero es un sonido concordante con mi propio tono. Claro que aquí procuramos reunir información y conocimiento, pero no me apeno demasiado cuando un hombre muerto se nos escapa llevándose algo mucho más delgado que su piel. No advierto cuál es la ley que puede infringir un hombre muerto que salta hacia otro medio. Cuando luchan contra la extinción con perceptible fiereza, suelo sentirme partidario de su lucha. De todas maneras es harto dificultoso conseguir que los muertos obedezcan a alguna ley.
    —Siempre me siento culpable cuando escribo la palabra muerto en el expediente de uno de esos saltamundos —dijo el parco forense—. Para esos casos deberían existir varias categorías especiales; por ejemplo, quizás, "Muerto, pendiente de continuación", o "No tan muerto como se cree". Es seguro que vivo y muerto no son las dos únicas alternativas.

    Pero, "Adicto a morir" o no, "No tan muerto como se cree" o no, Pilger Tisman fue sepultado algunas horas más tarde.

    Al parecer había un solo doliente, María del Mar, una muchacha joven de cara tensa; poco se sabía de ella, a no ser que era una devota de Tisman en cuanto persona-objeto-de-culto.

    ¡Un momentito, por favor! Había uno más, pero se mantenía retraído, a cierta distancia. Participaba del duelo con un silencioso gesto sollozante, aunque no asistió al entierro. Se llamaba Jacob del Mar; era hermano de María y devoto de Tisman como ella.

    El amigo poderoso y el enemigo poderoso de Tisman no se dejaron ver.

    Todo esto sucedió unos quince años antes de lo que narraremos luego. O tal vez un salto de quince años hacia los acantilados que están río arriba haya creado la ilusión de tal intervalo. No hay pruebas de la correlación que pueda existir entre los distintos mundos.


    2


    Con piedras en lugar de panes,
    Culebras en lugar de peces
    Y helados líderes sintéticos
    Reemplazando a los hombres
    El dios Electronus hoy día
    Hace que lo Creado por Dios Padre
    Parezca simple tontería.

    —Archivo de Procedimientos
    —Neo-Creacionales


    En épocas pasadas muchos científicos teóricos creían que en los universos quizás hubiese billones y billones de mundos que servían de sostén a formas de vida. Se pensaba que estaban diseminados por todo el espacio, localizándose en los sitios más aptos o más verdes o más afortunados en cuanto a su capacidad para sustentar el crecimiento de mundos. Esta multiplicidad se dio por sentada aún antes de que se descubriese un Mundo Original del que pudiese proceder la pluralidad. Por aquel entonces ni siquiera se concebía que debe haber un primer individuo antes de que sea posible una procesión. Sin embargo, aquellos científicos teóricos tenían razón.

    También hubo muchos legos desde el punto de vista científico, y muchos seudocientífícos y mucha gente marginal que daban por existentes en los universos (aunque de modo distinto al que he mencionado) billones y billones de mundos sustentadores de vida. Pero los marginales y los no-tales y los seudos imaginaban esta numeración de mundos dispuesta y ordenada según modelos diferentes de los concebidos por los científicos de sólida cabeza. Esos cuerpos celestes no estaban sembrados a través del espacio. Y no existía espacio alguno que respondiese a tal noción distributiva. Aquellos objetos estelares debían ocupar todos el mismo espacio local. Eran los mundos-árbol o los mundos-multicotómicos o los mundos-encrucijada, y solo contaban con un árbol —un único árbol— para implantarse y crecer. Los nones y los seudos y los marginalitos solían llamarles mundos alternativos. Y las personas de grandes ojos asombrados que integraban esos grupos se hallaban muy acertadas en sus suposiciones.

    Existía una tercera creencia, sostenida por numerosos individuos decididos y brillantes, aunque dispersos. Era la convicción de que tan solo había un mundo, habitado por todas las personas posibles. Esta tesis aseveraba que en ese mundo único no había ni siquiera millones y millones de almas personales; que en realidad solo existían unos tres mil quinientos millones de almas disponibles; y que ese número nunca podría crecer. Añadía que en el momento actual casi todas las almas posibles se hallaban alojadas en cuerpos y situadas en el mundo. Subrayaba, por último, que pronto se haría perceptible un firme límite, en cuyo defecto sobrevendría la catástrofe. Había otra gente del mismo tipo pero cuya manera de pensar era ligeramente distinta, para la cual todas las almas habían sido unidas a la carne en lejana época y que en la edad presente tres de cada cuatro personas existentes en el mundo no eran verdaderas personas sino tan sólo reflejos de personas. Según esta creencia, la enumeración original incluía solamente a las almas originales, y todas las otras eran sombras de almas o personas derivadas que no poseían una intensidad comparable, y de ninguna manera podían considerarse reales en sentido estricto. Esas varias creencias, compuestas cada una de diversas facetas, versaban principalmente sobre la transmigración de las almas, el salto de la muerte a la vida reiniciada en otro cuerpo, recordando a veces lo sucedido en la existencia anterior y, más a menudo, olvidándolo. Las personas que abrigaban tales creencias similares tenían todas la más irrebatible razón en pensar así.

    Mientras las tres teorías verdaderas se hallaban en vigencia, por lo menos una persona (se llamaba Pilgrim Dusmano) afirmaba que en las tesis referidas no había contradicción ni pie para conflicto alguno; eran tan solo tres aspectos de la misma cosa. A condición, claro está, de que uno contemple en una perspectiva trimental el espacio, el ser y varias otras cosas.

    El espacio de los incontables universos —argumentaba Pilgrim— era idéntico al familiar espacio local y en ningún sentido más amplio que él. Un espacio no contenía al otro ni estaba situado detrás del otro porque sus medidas eran idénticas. Un hombre de brazo fuerte podía arrojar una piedra que atravesase todo el espacio, pero no hace falta decir que la roca lanzada sería infinita.

    —Mi suposición —estaba diciendo Pilgrim Dusmano a sus alumnos (porque no puedo llamarle teoría, pues desde que se la concibe, se rebasa a sí misma y hace caducar todas las teorías) —, mi arrogante suposición y absoluta afirmación es que esos millones y millones de mundos alternos existen aquí y ahora. Mi afirmación exige una nueva manera de confrontar el espacio y una nueva manera de confrontar el ser. Esas nuevas maneras serán provistas, ya que son necesarias. Los múltiples mundos del espacio que los científicos han amado durante tan largo tiempo están allí. Ah, pero "allí" es también "aquí". Las ubicaciones aparentemente celestiales de las distantes galaxias no son sino notas puestas en los mapas del cielo para atribuir un nombre cifrado a esos racimos, porque no hay lugar para escribirlos todos en un mismo sitio; las notas hay que asentarlas en los márgenes. Esto reclama una nueva forma de concebir los márgenes, que son espacios exteriores a los espacios aceptados. Sin embargo, las ubicaciones distantes son verdaderas. Pero aquí nos topamos con el problema de la bi-ubicación. Porque cualquiera sea el sitio donde se hallan todos los mundos, también se encuentran simultáneamente en un mismo lugar: aquí.
    —No le entiendo ni jota al viejo Dusmano —dijo James Morey, un agradable joven alumno de Pilgrim Dusmano—. Bueno, puesto que no le entiendo ni jota, y si sus presunciones tienen al menos una pizca de validez, es preciso que algún yo alterno le entienda en algún mundo alterno. Han existido alternos míos que verdaderamente lo reverenciaban y yo ignoro por qué hubo de ser así. Tal vez su efecto sea acumulativo. Pero por ahora no aparenta valer gran cosa.
    —La amoralidad está implícita en mi afirmación como una cosa total —estaba diciendo Dusmano—, o se halla, implícita en todos los casos, salvo uno entre docenas de billones. La recompensa no puede ser real; la deuda y la culpa no son reales; el castigo y la muerte son puras ilusiones. No morimos, pasamos a un mundo alterno y allí vivimos de nuevo. Esto ha venido sucediendo desde que existe la humanidad, con sus cuerpos y sus almas. Pero tal vez ahora seamos capaces de mejorar esta metacosmosis, esta transmigración de mundos. Nuestro saltar-entre-mundos no tiene por qué realizarse al azar. Deberíamos someterlo a minucioso estudio.
    —Puede que algunos de ustedes sientan amor por su infancia. Y bueno, repitan su niñez y háganlo tantas veces como lo deseen. Y háganlo vistiendo todos los disfraces que se les ocurran. Para ustedes puede ser conveniente morir (tomando la palabra en el sentido corriente) durante la niñez, para regresar más fácilmente a esa edad. El mayor de todos no tiene más de veinte años; todavía son niños. Si aspiran a una edad menor, todo lo que tienen que hacer es brincar río arriba en su próximo salto-de-mundo. ¿O les agrada la situación actual? Si así fuera dejen las cosas como están. No salten sin necesidad. Sigan un año más, o dos, o tres. Luego suicídense aplicando el método que prefieran. No será un acontecimiento definitivo e irreversible. Y pueden recordar que son ustedes los que salían. Incluso pueden rememorar gran parte de su vida presente quizás en forma encubierta si... bueno, pueden recordarlo si se acuerdan de recordar. En toda muerte hay ciertas distracciones, y ustedes deben aprender a ignorar algunas de ellas. La continuidad de la memoria pide un determinado monto de atención en el instante de morir. Dentro de lo razonable les está permitido escoger la calidad de la vida a la cual piensan saltar. Y con un poquito de práctica podrán retornar casi a cualquier edad que deseen. Si realizan la escogencia con mentalidad tesonera. Por ejemplo, hay circunscripciones donde los varoncitos nacen con barbas y bigotes y las niñas con formas y busto de mujer, además del habla totalmente desarrollada. Estos son tan sólo ejemplos, pero ejemplos verdaderos.
    —En lo que a mí respecta, me encanta el papel de adulto joven. Llegué aquí hace quince años e ingresé precisamente en la edad de quince años. Pienso continuar otros diez años. Entonces volveré a cambiar. Ah, recuerdo un entorno donde los machos adultos jóvenes llevaban cuernos y cascos durante la temporada del celo. ¡Oh, qué temporada! Para un interludio de seis semanas no hay nada que se le pueda comparar. A veces me tienta la idea de regresar allí en cada primavera. Es uno de los entornos de más fácil acceso.
    —Preguntan ustedes si es real. Oh, no totalmente real. Yo diría que es más o menos tan real como el mundo donde nos encontramos ahora.
    —Yo tampoco entiendo al señor Dusmano —murmuró Howard Praise—. Es un poquito irreal cuando deja entender que los mundos son un poquito irreales. Estoy a punto de incorporarme a su culto, pero ¿y si este hombre carece por completo de significación?

    Entonces Howard habló en voz alta.

    —Señor, ¿usted de verdad está sugiriendo que nos suicidemos?
    —Sí, estoy sugiriéndolo —dijo Dusmano con placidez— pero no es una sugerencia planteada con escaso margen de ventaja contra otra posible acción. Es mejor para ustedes mantener su muerte bajo su propio control que dejarla mal dirigir por otros. Después de todo la muerte solo en raros casos es final. Se encuentra entre las cosas que uno debe hacer en persona. La autodestrucción es una firme posibilidad que tenemos siempre disponible. Debemos aprovechar esta flexibilidad de los universos. Pero es más dificultoso cuando morimos en el último minuto. Al hacerlo sacrificamos gran parte de la ductilidad, y nuestras reapariciones serán más opacas en lugar de ser más brillantes. Existen demasiadas personas que van siempre de una vida opaca a otra más opaca todavía, y quizás no haya remedio para ellas. No recuerdan, no preparan con astucia, no sopesan el pro y el contra. Pero yo les traigo palabras verdaderas, jóvenes reunidos hoy aquí. Todo les está permitido. Y no se me ocurre que exista ningún límite para la cantidad o la amplitud de las vidas que ustedes podrán vivir.
    —Veo bien que el señor Dusmano tiene razón, pero no lo comprendo —dijo Rhinestone Suderman, una joven persona corpulenta, rubia y de sexo femenino—. Me lo paso diciendo que él no podría atraerme jamás y por ninguna razón. Y me lo paso sabiendo que estoy equivocada cada vez que lo digo.
    —El señor Dusmano yerra, bien lo sé, pero yo lo comprendo —dijo Mary Morey, una muchacha menuda, pecosa y de cabellos color de herrumbre, que estaba en mitad de una adolescencia perpleja y angustiada. No sería correcto decir que Mary tenía los ojos saltones, aunque sus dos globos oculares mostraban un marcado altorrelieve—. Pero soy su partidaria. Estoy con él para todo el viaje, hasta la tumba y más allá, hasta una serie sin fin de tumbas y una tediosa procesión de más allá. Y en realidad él no cuenta mucho: apenas un poquito, si acaso. ¿Por qué razón me ha atrapado este fascinante demonio?

    Entonces Mary dijo, levantando la voz:

    —¿Cuál es el riesgo que se corre en este asunto, señor Dusmano? Se lo he preguntado antes, repetidamente, en otros sitios y en épocas pasadas. Ya no recuerdo dónde o cuándo fue, pues lo he conocido aquí, esta semana. Pero siempre hay un riesgo. ¿Cuál es el que pesa en el otro platillo de la balanza?
    —Lo que pesa es tan mínimo que ni siquiera lo mencionaremos —aseguró Pilgrim Dusmano dirigiéndose tanto a Mary como al conjunto de la clase—. Millones y millones de posibilidades se oponen a que alguna vez les suceda. Por eso no tomaremos en cuenta la remotísima chance de que suceda lo malo.
    —¿Pero existe alguna probabilidad de que todo salga mal? —preguntó Mary—. Todo lo que puede recibir un nombre tiene chance de suceder. Y sabemos que las infrecuencias racionales no rigen en las anacronicidades fortuitas.
    —¿Cómo lo sabemos? —preguntó Pilgrim Dusmano.
    —Lo dice nuestro libro de aritmética —repuso Mary. Pero el único caso negativo, si se presenta, podría ser millones y millones de veces más severo que el total de casos positivos, excediendo cualquier compensación. Hay un riesgo. Díganos cuál es.
    —¡No! ¡No lo diré! ¡No le dedicaré ni siquiera un pensamiento! —dijo Pilgrim Dusmano con repentina dureza—. Esta mañana delinearé las brillantes oportunidades que se les ofrecen, y no habrá tiempo para más. Solo tendremos tiempo para lo positivo, ahora y siempre. No piensen nunca jamás en un fracaso de extrema improbabilidad. De hacerlo entrarían en el camino hacia la locura.

    Llegado el momento Pilgrim Dusmano finalizó la clase que dictaba a los jóvenes y se marchó. También los estudiantes estaban a punto de irse.

    —Esperen un poquito —dijo Rhinstone Suderman dirigiéndose a todo el grupo—. ¿Alguno de ustedes está interesado en formalizar un culto dedicado a Pilgrim Dusmano?
    —Es que tiene las ideas tan embrolladas —murmuró Howard Praise.
    —Digan más bien que es caótico —sugirió Rhinstone—. De ese modo tenemos acceso a un campo más extenso. En una de las mitologías todo lo grandioso fue sacado del caos. Y si hemos de fundar el culto, comencemos por asentarlo sobre la base más amplia posible: el caos. Nuestro hombre es Dusmano, el hombre caótico que con nuestra ayuda se elevará sobre la condición de hombre.
    —¿Pero es preciso que fundemos un culto? —preguntó James Morey con cierto resentimiento.
    —Claro que es preciso. Estamos compelidos a ello —dijo Rhinstone.
    —¿Compelidos? ¿Qué nos compele? —quiso saber Howard Praise.
    —Pues una compulsión. Una compulsión ciega. Todos los cultos nacen de esas compulsiones.

    Un poco más avanzada aquella misma mañana Pilgrim atribuyó un nombre a la mínima chance contraria que se alcanzaba a divisar, tan imposiblemente pequeña, en las estadísticas.

    —El nombre de esa empedernida cosa es Mundo Original —dijo a su compañero, único amigo poderoso, Noah Zontik.
    —Sus probabilidades son tan ínfimas como un grano de arena junto a un sistema solar de tamaño mediano. A esto, más o menos, se reduce la posibilidad contraria.
    —Un grano de arena es bien molesto hasta en el zapato de un gigante —repuso Noah—. En todo caso, ¿existe de verdad eso que tú llamas Mundo Original?
    —Eso creo. Ateniéndonos a la más simple de las matemáticas, debe existir, o tiene que haber existido. Hubiera sido mejor postular ante todo un Mundo Original, para derivar otros de él, multiplicar las derivaciones y después destruir el modelo, que sin duda ha de haber sido inferior. Pero el Señor de los Mundos no siempre parece estar seguro de cómo utiliza sus propios dispositivos y, respetando la ética más elemental, tiene que haber un Mundo Original. Algún objeto inicial debe haber arrojado la primera sombra; y ese echador de sombra debe conservarse como prueba y para enseñar humildad al universo. No obstante, ese Mundo Original —discúlpame, Noah— está ensombrecido desde hace mucho, a no dudarlo, por sus sombras derivativas.

    Estaban conversando en el Salón Prismático del Club de las Personalidades.

    —¿Por qué te sientes tan amenazado por la mera posibilidad de un Mundo Original, Pilgrim?
    —Porque en un Mundo Original prevalecería la lógica. Así ocurre entre los adalides que campean en una docena de ciencias y especulaciones. Y no hay nada más irracional que la lógica. Posee toda la estrecha secuencia de un viejo camino de recuas. Es unidimensional y unidireccional. Sería asesino para un hombre como yo, eternamente asesino. En el Mundo Original llevan la contabilidad; me refiero a las cuentas definitivas. Llevan libros severos, cuidadosos, fetichistas. ¿Oh, Noah, si alguna vez tengo que pagar?
    —¿Pero si no fuese por el peligro de quedar atrapado allí, no te gustaría conocer alguna vez el Mundo Original, aunque más no fuese por su absoluta singularidad?
    —Nunca, Noah, nunca. Solo podría llamársele singular o único por ser el más insípido de todos los mundos posibles. El Mundo Original alberga toda la sordidez de la mitología que aún existe. Allí es donde se calcula y se recaba la compensación. En ese mundo todos los hechos son duros e impenetrables, sin que se pueda esperar elasticidad alguna. Representa la base y el ancla de las cuatro cosas finales o escatológicas. Por suerte en ninguno de los otros mundos aparecen sujetas estas cosas finales. El Mundo Original tiene esa calidad de fetiche donde a cada especulación debe corresponder una sólida realidad, donde hasta las metáforas son objetos materiales que se ponen en la balanza. Es el mundo donde se abona la tierra con estiércol, tierra que debe servir de sustento firme y está cribada de pantanos sin fondo; allí el cielo desciende demasiado para que pueda servir de cielorraso. Quiero decir barro totalmente material y cielo detallado y provisto de textura. Es el mundo de las manos nervudas que te aprietan sin pausa, el lugar de las mentes delirantes que encuadran tu curso sin concederte la desviación más mínima. Lo más temible que puedes hallar en sitio alguno del universo es la lógica absoluta del delirio total. El Mundo Original es bosta, lodo, fiebre miasmática. No se podría dar el salto desde el Original. Manos peludas, manos fetiches emergerían de esa tierra y te aferrarían de los tobillos con fuerza capaz de quebrantar los huesos. Según los estudiosos que han abordado esta negra posibilidad, solo hay dos vías de salida para abandonar el Mundo Original. Y entre las dos la que a mí me parece más tolerable lleva el nombre de infierno.
    —Pilgrim, en tu teoría o tu presunción —o afirmación, como tú le llamas— ¿hay cabida para gente original y gente derivada?

    Pilgrim retorcía en sus manos casi femeninas un pañuelito de cuello.

    —Con ese pañuelito hago pequeños milagros —dijo—, milagros con un ojo puesto en mi culto. Pero ante todo, Noah, no hagas equivaler mundo original a gente original. Hay allí una mera coincidencia verbal.
    —Para empezar, Pilgrim, la coincidencia meramente verbal jamás puede existir. Toda coincidencia se rebasa a sí misma. Los accidentes no existen; estas son tus palabras y constan en alguna parte.
    —Mis propias palabras en otro contexto. Y bueno, Noah; sí, en mi presunción cabe, aunque apenas quepa, la gente original. Es un tema que estamos dispuestos a considerar. Todo hace pensar que hay multitudes de gente derivada y solo unos pocos de nosotros, los originales.
    —¿Entonces tú te consideras persona original, Pilgrim?
    —Por supuesto, Noah, si es que las hay. ¿Cómo podría yo no ser original?
    —Pero suponte que existe una analogía entre la gente original y el Mundo Original. Y existe, Pilgrim. ¿Qué tal si la gente original, como el Mundo Original, fuera toda sórdida, áspera, puntillosa y fetichista? ¿Qué pasa si son lógicos y chatos? ¿Y si son de mentalidad...?
    —¡No, no!
    —Sí, Pilgrim, sí. ¿Qué pasa si la gente original es lóbrega, pringosa y miasmática? ¿Qué dirías si la gente original fuese esa misma de las manos nervudas, aferrantes, y las mentes dominadas por el delirio? En el principio fueron el tendón y el delirio. ¿A dónde te empujaría todo eso?
    —Noah, estás haciendo una broma cabeza abajo, un chiste de gran altitud, como a veces bromean las águilas en el cielo. Muy temprano en las mañanas las he visto girar así sobre sus alas. Y es cosa que aterroriza al mundo. Por un instante el mundo cree que ha desaparecido cuando el águila ya no lo ve, cuando el ave mira hacia abajo y no divisa más que el cielo. El mundo no piensa con claridad, temprano, en las mañanas. No, Noah, el mundo no se terminó. Solo has dado una vuelta de águila cabeza abajo, durante un segundo. ¡No me estremezcas con esas ideas! ¡No me pongas cabeza abajo! Si la gente original fuese la degradada, no me quedaría ningún punto en que sustentarme.
    —Sí, Pilgrim, te queda toda la extensión existente para sustentarte y deambular. Porque pisas y caminas apoyándote en los mundos sucesivos o alternos, como si fueran piedras que te ayudan a vadear un curso de agua. Nada te apresará, de modo que ¿cómo te iban a apretujar entre sí dos palabras? Lo cierto es que tú no eres, desde ningún punto de vista, una persona original. Eres un derivado.
    —Noah, además de cualquier otra cosa soy un auténtico original. Nunca podría ser un derivado —Pilgrim retorció con cierta petulancia su pañuelo de cuello, ese que en ocasiones le servía para practicar algunos milagritos.
    —¡No! —dijo Noah tajante—. No eres un opaco, lodoso, lógico y afiebrado original de vuelo bajo, Pilgrim. Eres un apasionante derivado aunque de escasa profundidad. Para decir verdad eres, en el conjunto de tu persona, demasiado extravagante y ampuloso para ser una persona original. Pienso que tuviste origen en la imaginación compensatoria de un individuo particularmente obtuso, sin duda una persona original. Tú eres una proyección, tal vez una proyección secundaria y captas la luz tal como hacen esas gaseoimágenes. La carne es opaca, no puede atrapar así la luz, Pilgrim. No puede convertirse en semejante resplandor, en esa irradiación trémula de la nube incendiada por el crepúsculo. Únicamente el gas ionizado puede brillar con una luz parecida. Y el que más rebrilla entre todos es el que emanan las ciénagas, siempre cargado y luminiscente, pero siempre sirviendo de proyección a la más deplorable ciénaga.
    —Basta, basta Noah —gimió Pilgrim.
    —Déjame que te hable un poquito más del mundo original y de la gente originaria, Pilgrim. Es el mundo no infuso, el mundo bajuno, el mundo espiritualista, el mundo curandero, el mundo Forteano. Ese es el mundo real; los otros son apenas sombras de él. Tú lo dices de los labios para afuera, pero te da miedo atribuir sentido a esa declaración; y también te da miedo admitir que eres ciudadano de ese mundo. Pero aparte de eso no te resta otra alternativa que aceptar tu condición de persona refleja y no original. En el mundo original los peces y las rocas y la sangre caen sobre la tierra, a no dudarlo, y caen de cielos inmóviles. Porque son cielos estancados y no rotan. Es dable alcanzarlos con piedras arrojadas por una balista, y esos tiros moverán otras piedras que han de caer como chaparrones sobre la tierra primaria. Todo se mueve muy lentamente en el mundo original, como objetos manipulados por duendes. Se parece a los objetos que se mueven bajo el agua. Es como las cosas que se agitan en la atmósfera primaria, es como su vaho y su pesantez. De ese bajo cielo emergen vulgares interjecciones. ¿Por qué no? Hay gigantes que viven allí, gigantes de diluida intelección que son el orgullo del mundo original. Ese es el mundo originario, y los de talento aguado son la gente inicial. Por favor, Pilgrim, ¿te tragarías solo la mitad de un camello? ¿Y qué harías con el resto?
    —Bromeas, Noah —gritó Pilgrim con nerviosa espontaneidad—. Y no es un chiste de águila que da su salto mortal en el cielo; es un maloliente chascarrillo de vieja arpía, dura como una roca. ¡Cómo es posible que esas fétidas cosas puedan atacarnos en nuestra viva carne! Pero ahora tengo que irme. Y volando.

    El pañuelo de cuello que Pilgrim había estado manoseando, rebalsó de golpe o explotó, transformándose en un manto o capa. Así vestido Pilgrim atravesó de claro en claro las paredes. Salió del Salón Prismático y del Club de las Personalidades, en incipiente vuelo, Noah Zontik dio tres pasos hasta una ventana y observó cómo ascendía Pilgrim por el azul aire incandescente del cielo, volando muy encumbrada y oblicuamente. Tenía una finura superior a la de cualquier pájaro. El pájaro no sabe posar en el aire, obtener de sus líneas naturales el máximo efecto, vivir un poema lírico en rápidas estrofas aladas. Pilgrim atravesó media ciudad en una docena de segundos. Era la perfección.

    —Nunca llegaré a saber cómo hace esas cosas —murmuró Noah Zontik con enronquecida admiración—. Pero en verdad todo lo que tiene es un manojito de tretas y milagros. ¿Bastan para convertirlo en una auténtica personalidad-objeto-de-culto?

    Pilgrim Dusmano, mediado su vuelo a través de la ciudad, descendió de la altura hacia el interior de una casa cualquiera. Con toda rapidez mató a un hombre aterrorizado.

    —Ligeramente injustificado, ¿no le parece? —dijo la víctima afónicamente, con su último aliento.

    Y bueno, sí, era completamente impremeditado. La tarea se hizo mal, sin estilo, sin ajustarse al segundo exacto, sin elegancia, sin buen gusto, sin tensión dramática alguna. Fue un asunto sórdido y común, no tuvo nada que ver con la libertad que se cierne en las alturas. En suma una gafe típica de un mundo original. ¿Pero se trataba de la torpeza atribuible a una persona original o una clase de inhabilidad derivada?

    Esto deberá ser intensamente estilizado, repasado, vuelto a redactar y dramatizado antes de que se incorpore a las gestas de mi culto, pensó Pilgrim, aunque no estaba muy seguro de sus sentimientos. Matar era cosa que debía hacerse en bien del orden, pero hacerlo con torpeza no beneficiaba de ninguna manera la nitidez de los hechos. Por otra parte Pilgrim ignoraba en qué momento había trastabillado en su presentación.

    De poco sirve declarar que nadie fue testigo, salvo yo mismo, de mi desmañada operación. Semejantes resbalones quedan escritos nítidamente en el aire, a los ojos de todos. Haré modificar esta historia todo lo que pueda.

    Pilgrim ascendió nuevamente, atravesando paredes, y se dirigió a una calle expedita. Allí puso los pies en tierra. Basta de milagritos en esta mañana, pensó. Retorció el sedoso manto-capa, reduciéndolo al tamaño de un pequeño pañuelo. Recorrió la calle a saltitos y por un rato dejó de volar.

    —Estoy mutilado —dijo el único enemigo poderoso que Pilgrim Dusmano tenía en esa zona. El individuo luchaba a brazo partido con su obscura intuición, en sus lóbregos recintos—. Acaban de dar muerte a uno de mis miembros corporales —dijo— y el hecho se cometió sin teatralidad. ¡Oh Dios, sin el más mínimo rastro de teatralidad! Un cerdo merecería que se diese mayor resonancia a su muerte cuando lo degüellan. Lo ha perpetrado la criatura llamada Dusmano. No le llamo hombre; ignoro qué es. Pienso que se trata de un gigante insecto con apariencia humana, un ser veteado de escorias verdes e instintos despojados de elegancia. Ah, me gustaría saber de qué color tiene la sangre cuando sangra.

    Este único enemigo poderoso de Pilgrim Dusmano se llamaba Cyrus Evenhand, y se le tenía por buena persona. Hombre serio, simpático, rudo de apariencia, lerdo pero seguro para pensar. Sus ocho secuaces (ahora siete, porque Pilgrim acababa de matarle uno) razonaban con más velocidad, eran mucho más delicados y urbanos que Evenhand. Siendo todos hombres públicos, no se darán aquí sus nombres. Apodos, vaya y pase, pero nombres no.

    El propio Evenhand actuaba como enmascarado, sin que el público sospechase cuál era la conexión que vinculaba sus dos identidades. Siempre estaba entre telones, hombre corpulento, blandamente torpe, de tambaleante discernimiento y desmañado poder.

    —Es bien fácil matar a ese Pilgrim Dusmano —opinó uno de los secuaces—. Se puede hacer en un santiamén y antes de mediodía estará olvidado. No es un problema tan gordo, Evenhand. Tú conviertes los montículos en montañas.
    —¿Y de qué otra manera se han hecho las montañas? Aunque lo sentenciemos por medio del canguro debe ser un juicio justo y una sentencia recta. Pero a este Pilgrim Dusmano lo han muerto antes de ahora, o quizás fuesen proyecciones suyas las que murieron. Son esos asuntos nebulosos que ocurren en alejados niveles; no podemos tomar cuenta directa de ellos. Pero las matanzas no tuvieron valor definitivo. Ahora bien, si das muchas vueltas y manoseos cuando ejecutas a un hombre, te pierde el respeto. Se me ocurre que para dar carácter definitivo a su próxima muerte uno debe cuidar mucho el método que ponga en práctica.
    —Cuando termines con las adivinanzas podrás decirnos lo que piensas —dijo otro de los secuaces— y podremos ayudarte. —Aquellos hombres sentían gran respeto por Evenhand, pero a veces este señor se mostraba innecesariamente lento en sus actos y la pureza de sus motivos solía adquirir una intensidad verdaderamente irritante.

    Solo tres de los acólitos se hallaban presentes en persona. Otros dos asistían mediante un dispositivo de voz-y-visión, y los últimos dos estaban vinculados solamente por una conexión auditiva. El que acababa de ser asesinado participaba del grupo psíquicamente; pero las ordenanzas no le permitían que hablase en aquel momento.

    —Bueno, gracias, caballeros —decía Evenhand sin énfasis—. Hoy no estamos obligados a actuar pero lo haremos antes de que cambie la estación. Dedíquense a pensar en eso.
    —¿Pensar en qué? —dijo otro de los satélites con exasperación—. No nos ha dado ninguna idea clara de sus propósitos. ¡Al cuerno con "para dar carácter definitivo a su próxima muerte uno debe cuidar mucho el método que ponga en práctica"! Puede contar con nosotros Evenhand, pero debe empezar aprendiendo a contar con nosotros.
    —Bueno Evenhand, ocupémonos de este Pilgrim. ¿Usted desea saber qué color de sangre le sale? —preguntó un cuarto secuaz.
    —Sí —replicó el corpulento, descortés Evenhand—. Deseo saber eso.
    —Yo me encargaré de averiguarlo —dijo uno de los paniaguados.

    Pilgrim Dusmano había entrado en guerra apoyándose en recursos poderosos y secretos, y llevaba a su favor el primer muerto de la contienda.

    —Ignoro lo que acaba de hacer, pero se trata de uno de sus golpes fulmíneos —pensaba para sí Noah Zontik, poco después de haber visto, aquella mañana, cómo Pilgrim remontaba el empinado espacio—. Lo sentí y me estremecí. Este Dusmano es el amigo más artero y el cliente más tramposo que un hombre pueda tener. Es la gran muela de molino que llevo colgada al cuello. Es un castigo de Dios.

    Una vez Dios le dijo a Noah Zontik, dirigiéndose a su trasijado oído interno:

    —Todo hombre necesita un enemigo poderoso en quien encontrar la seguridad. Este hombre que a veces llaman Pilgrim te necesitará para que seas su amigo y su escudo. Ninguna otra persona será capaz de realizar esta tarea, que es bien difícil. Desde ahora serás responsable de él. Aunque pasé revista a gran número de personas no encontré a nadie capaz de enfrentar esa labor. Me darás cuenta de él en todo aspecto y detalle. Si como último lugar le toca el infierno, tú también irás allí.
    —¿Y quién será responsable por mí? —preguntó Noah Zontik a Dios con la entonación más razonable que pudo articular.

    Dios le dijo a Noah un nombre. Noah lo reconoció apenas.

    —¿Ese hombre me tendrá a su cargo, desde el punto de vista de la responsabilidad? —quiso saber Noah.
    —Sí. No le hagas la tarea demasiado dificultosa.

    Era un asunto irreal. El hombre casi carecía de significados para Noah. Luego Noah se olvidó del hombre y de su nombre. ¿Qué hacer?

    —Se me escapó el nombre y se me desdibujó la persona —dijo Noah temerosamente—. Repítamelo.

    Dios se lo repitió. Seguía pareciendo irreal. Otra vez el nombre y el hombre se le evaporaron a Noah. Le daba vergüenza volver a preguntar y se hallaba en una situación que estimulaba su nerviosidad.

    —Es difícil mantener protegido con una sombrilla a un ser tan proteico como Pilgrim Dusmano —prosiguió Noah, hablando consigo mismo en la tarde de este día—. Y si para mí resulta trabajoso, va a ser imposible para cualquier otro. Me esforzaré por hacer lo que pueda.

    Noah Zontik era conocido algunas veces como el Paraguas. Se ocupaba de acorazar, proteger, ocultar a personas culpables o inocentes, en obstaculizar la tarea de fiscales y detectives. Personificaba la buena suerte contra las inundaciones y los torrentes del tipo de los que pueden arrastrar una persona. Era un hombre bueno, bien dotado para las tareas manuales, pero siempre tenía las manos sucias por causa de los asuntos en que se hallaba mezclado. Era un profesional.

    Pero jamás hubiese aceptado a Pilgrim como cliente sin recibir la orden del propio Dios. Al comienzo la tarea mostraba un aspecto familiar, como si la hubiera enfrentado en ocasión anterior. Además, Noah nunca habría llegado a experimentar afecto por Pilgrim en ningún orden natural. Sospechaba que ya había llevado a cabo un trabajo similar por orden directa de alguien que no había sido Dios. Era imposible querer a Pilgrim, en aquellos momentos estaba tornándose un personaje-objeto-de-culto. Sus jóvenes adeptos, los que de verdad lo amaban, sentían esa situación como una vergüenza. Era para ellos un vicio infamante y secreto. En el caso de Noah no obraba la excusa de la juventud. Una especie de felicidad desagradable inclinaba a participar en el culto de Dusmano, particularmente en lo que atañe a quienes se encontraban en las márgenes del culto.


    3


    Nínive, donde viven más de ciento
    veinte mil personas incapaces de
    distinguir de la izquierda su
    propia mano derecha, sin contar
    a los numerosos camellos.

    —Dios


    Aun limitado a un solo mundo, Pilgrim Dusmano vivía media docena de vidas simultáneas. Concurría todas las mañanas al semillero o seminario de estudiantes selectos en la Universidad de Rampart. Hiciera lo que hiciere, si se atenía a cualquier tipo de plan profundo, necesitaba siempre grupos pequeños y escogidos de personas sobresalientes, generación tras generación. La mejor manera de tenerlos a su disposición era plantarlos en esos almácigos. En realidad Pilgrim ni plantaba ni regaba a esos jóvenes en sentido literal, pero los moldeaba a su gusto y manera. Y a todos ellos les injertaba algunos brotes cerebrales elegidos.

    Parecería que un saltador como Pilgrim no había de permanecer en un determinado entorno durante el tiempo necesario para manifestar la necesidad de trabajar con grupos selectos, renovados generación tras generación. Pero adherir a este modo de pensar es pasar por alto la Quinta Ley de Dunlunk: "Cualquier acción ejecutada en cualquier mundo pondrá en movimiento, inevitablemente, acciones paralelas en mundos paralelos". De tal manera la educación de los jovencitos plásticos llevada a cabo en este orbe formaría a sus integridades-de-correspondencia en mundos también correspondientes. La influencia formativa los afectaría en grado disminuyente de acuerdo con la distancia que existiese en actitud, espacio y tiempo, pero siempre llegaría a ellos de algún modo.

    Según dice el proverbio, cuando se arroja pan al agua retorna centuplicado. Bueno, no es que a todos les ocurra; muchas personas no recibirán de vuelta ni una miga. Pero el que se ejercita en este intercambio desde temprano y con amor por la perfección puede estar seguro de que su pan aumentará. Pilgrim siempre tenía bien organizada la relación con sus personas correlativas. Sus diferentes integridades-de-correspondencia se ayudaban entre sí, porque al fin y al cabo eran todos la misma persona. Y el cultivo que hacía de las jóvenes semillas, teniendo en mente el lanzamiento del plan al agua, habría de proveer a múltiples eventualidades. Llegar en frío a un mundo extraño provoca siempre una sensación de náusea.

    Pero Pilgrim Dusmano muy rara vez ingresaba en frío o sin preparación a nuevas vidas, nuevas tierras, nuevas regiones. Sus ecos, campos coronales, oleajes, siempre lo precedían. Dondequiera que fuese había gente competente que lo esperaba para servirlo, para organizarle actividades, para construir carreteras que posibilitaran sus proyectos. Y había jóvenes inteligentes que lo esperaban para recibir su enseñanza; y, ay, para establecer cultos en su honor.

    Esas gentes no habían tenido anteriormente noticia verdadera de Pilgrim. En realidad no lo conocían; y ni siquiera lo habían esperado, realmente. Tampoco podían reconocerlo. No existía semejanza próxima ni acuerdo establecido. Faltaba todo recuerdo, toda llamada de dos semejantes atravesando un vacío. Sin embargo esas personas de diversas clases casi habían oído hablar de Pilgrim. Estuvieron al filo de conocerlo. Aguardaron largamente, con expectativa que no tradujeron en palabras, a cierto ser que se le parecía mucho. Y aunque no puede declararse que lo reconocieron con exactitud, todos vivieron como cosa familiar la excitación que su venida les aportó. Los códigos que contenían esta excitación del encuentro se hallaban fuertemente grabados en ellos. Ese fuego les fue comunicado en la infinitud donde se unen los mundos paralelos.

    No creamos que Pilgrim valoraba demasiado todo eso. Él era una nuez de contenido pequeño e insípido pero se reconocía su pertenencia a cierta especie escasa y peculiar, y se confiaba en que el encuentro con él fomentaría, en alguna parte, una cosecha más amplia y nutritiva. Y el propio Pilgrim, cada vez que llegaba a un lugar, se detenía en la playa y tomaba del agua el pan centuplicado, seco, tibio, sabroso, salado y envuelto en cera de abejas.

    Para Pilgrim Dusmano uno de los grandes placeres era la manipulación de las mentes, sobre todo las mentes acusadamente plásticas de los jóvenes. Pilgrim vivía tan sólo para el placer; esto es cuanto debe comprenderse acerca de él. Carecía de conciencia; un individuo que viaja tan a menudo y va tan lejos como Pilgrim tenía que liberar su equipaje de esos componentes no esenciales. Pero tantos placeres posibles giraban simultáneamente en su derredor que sólo podía seleccionar los más exquisitos. Moldear, erradicar a veces, forzar y aun violar esas mentes y psiques e individualidades eran cosas exquisitas para él.

    Y así, cada mañana un poco más tarde, después de haber atendido esta particular horticultura, Pilgrim orientaba su interés y su actividad a las zonas denominadas política, manipulación y mantenimiento (o no denominadas de modo alguno, aunque se las incluyera entre los asuntos más importantes del mundo). Son cosas de gran peso, ejes alrededor de los cuales gira el mundo. Y proporcionan verdadera fruición al que posea una mente bien espaciosa. Pilgrim Dusmano era un hombre a quien intrigaba la intriga. Todo ese interjuego de fuerzas universales, pesado en la balanza de las mentes humanas, era la zona activable que él jamás pasaría por alto de buen grado. Y el hombre clave en las intrigas y los manejos de Pilgrim era Noah Zontik.

    La relación que unía a Pilgrim y a Noah funcionaba en diferentes planos. A veces Zontik observaba a Dusmano con perpleja mirada. En esos desorientados ojos se reflejaban relampagueantes y veloces escenas. Eran escenas de fuera de este mundo, fuera de esta mente, fuera de contexto. Eran escenas profundas y raigales de sucesos que habían ocurrido allá lejos y hace tiempo. Además (torpe característica que las distinguía) eran escenas que habían sucedido a otras personas, y no a Pilgrim Dusmano o a Noah Zontik.

    ¿Cómo era posible que amistades lejanas y olvidadas que vincularon a otros hombres pudiesen originar en esas dos personas, y en el momento actual una reflexión semejante unida a la más vivida rememoración? Y bien, cosas tales, sucedidas a individuos paralelos, tal vez estuvieron muy cerca de ocurrirles también a estos dos. Pero no, la cosa debía tener más peso, ser más importante.

    No hacía más de doce años que Pilgrim y Noah eran amigos, pero mantenían una relación mucho más íntima que la implicada por ese lapso. Noah siempre daba y Pilgrim recibía: un nítido acuerdo. Pilgrim convertía en un hecho ventajoso para él ese vasto enredo de mundos interconectados y paralelos, que casi recordaba, pero no del todo. Cada mañana, algo más tarde todavía y después de las maquinaciones políticas (un sinónimo de "política" es "supervivencia"), Pilgrim Dusmano se dedicaba a sus comercios y negocios. Entre las cosas importantes para él, ésta ocupaba el tercer lugar. Después de poner orden en el futuro con sus jóvenes devotos, después de asegurar el presente manejando muros y alianzas, gustaba de cosechar lo que tenía plantado; en esto consisten los negocios y el comercio.

    Pilgrim controlaba un fabuloso emporio dedicado a la importación, con vastas ramificaciones y abruptas anomalías. Tal vez la más empecinada irregularidad consistía en que, mientras Pilgrim Dusmano vendía y entregaba cada mes mercancías valuadas en millones de dólares, no conseguía recordar con exactitud dónde había obtenido los materiales objeto de venta. Tampoco lograba recordar nunca si los había pagado, ni de qué manera. Un hombre a quien preocupasen problemas de tal índole se sentiría muy perturbado. Pero Pilgrim no se afligía.

    Para decir la verdad en cualquier mundo se lleva a cabo, con gran intensidad, ese comercio desacostumbrado. No hay mundo que pueda arreglárselas sin él, y nunca es bueno escudriñarlo muy de cerca.

    Pilgrim fue a la casa matriz de sus negocios y empresas. Se dirigió a la terminal más importante, cuyo enigmático piso emanaba una luz difusa. Creían algunas personas que ese piso tenía un tufillo de doble ubicación. Allí se encontró Pilgrim con un joven que respondía al nombre de Aubrey Pym. Aubrey estaba muy nervioso; en verdad aquella mañana su nerviosidad parecía muy fuera de lo común.

    —Ah, algo nuevo en materia de nerviosidad —dijo Pilgrim de buena manera—. ¿Sería posible envasarla y crearle un mercado, Aubrey?
    —Señor Dusmano, deseo un aumento de sueldo —declaró Aubrey con cenicienta voz—. Me he pasado la noche pensándolo.
    —Yo también lo pensé durante la noche —repuso Pilgrim—. Pero durante un ratito, no toda la noche. Es el momento de la semana en que se precisa enviar un mensajero, y mi intuición me dice que debería ser usted.
    —¿Un mensajero? Pero esa no es la clasificación que me corresponde, señor. ¿Usted se acordó de mí y estuvo pesando la posibilidad de aumentarme el sueldo? ¿En eso meditó anoche?
    —Sí, efectivamente.
    —Bueno, yo decidí que le pediría un aumento en cuanto lo viese hoy. Quiero un aumento. Sé que conduzco muy torpemente esta gestión pero, en fin, ya lo he dicho. Lo ansío, señor Dusmano. Lo merezco. He sido un trabajador bueno y leal.
    —Eso es lo que opino. ¿Cuántos son ustedes de familia? ¿Su esposa y dos niños?
    —Sí, eso es, señor Dusmano.
    —Los padres de familia resultan óptimos mensajeros. Como usted sabe son rehenes de nacimiento. Tienen razones para persistir en sus esfuerzos. Otros hombres suelen esquivar una situación comprometida o morirse para salir de ella con facilidad. A veces los hombres con familia intentan esguinces, evasivas o escapatorias, pero siempre tienen manos que los aferran. Bueno, haga venir ya a su mujer y sus chicos y planificaremos su rol de mensajero. Hágalos venir de dónde estén y entonces veremos.
    —Pero en este momento mi hijo mayor se encuentra en la escuela y el más pequeño en el jardín de infantes. Y a mi mujer le toca asistir a la Liga de Arqueros esta mañana.
    —Formidable. Es mucho más fácil localizarlos cuando uno sabe dónde están. Tráigalos, Aubrey. Después consideraremos el aumento y otros asuntos.
    —Pero no termino de comprender.
    —¿Es lo que digo lo que no entiende?
    —Sí, entiendo sus palabras, pero no entiendo...
    —Eso es todo cuanto necesito que usted entienda. Traslade esas palabras a la acción.
    —Sí, señor Dusmano. De acuerdo.

    De allí Pilgrim fue a una reunión de directorio. Cada vez que se sentaba a una mesa con tres empleados suyos o más, el suceso era calificado como reunión de directorio. Miró los rostros de los hombres con él reunidos. Todos habían terminado por querer a Pilgrim. Estaban casi subyugados por él, pero también le tenían un poquito de miedo. Al correr de los años se les había olvidado que este señor Pilgrim no tenía nada de extraordinario.

    ¿Y quién de todos ellos le tenía más miedo? ¿Quién, entre todos, se sentía más nervioso aquella mañana? Pilgrim llegó a la conclusión de que era el compañero llamado Spurgeon.

    —Bueno, Spurgeon, ¿qué sucede? —preguntó Pilgrim.
    —Suministros —dijo Spurgeon, presa de visible inquietud—. Será necesario realizar algunos reajustes en Suministros. Y usted es el único de todos nosotros que sabe algo de Suministros. No hay otro que sepa cómo entrar en contacto con ellos.

    ¿Por qué se ponía nervioso Spurgeon cuando sacaba a relucir el tema de los suministros? El asunto afloraba todas las semanas, con perfecta regularidad, y recibía atención perfecta en cada oportunidad. Era simplemente una de esas cosas que Spurgeon y las otras cabezas conductoras del Comercio, siendo como eran mentalidades lúcidas, no lograban recordar de una semana a la otra. Parte de la dificultad nacía de que Pilgrim ordenaba quemar las minutas semanales al vencer la semana. Insistía en que sólidas razones lo justificaban y en que iba a llegar el día que develase esas razones. En resumen, esa política era responsable de que aquellos hombres reunidos en junta no tuviesen memoria de que el tema referente al cambio o modificación de los Suministros se hubiese hallado antes sobre el tapete. Tampoco registraban en su memoria que el problema se había resuelto normalmente. Pero todo lo atinente a Suministros reposaba en una zona sombría y casi prohibida.

    —Solo desde mi plano inconsciente sé cómo entrar en contacto con Suministros —dijo Pilgrim—, o tal vez ocurra en otro rincón igualmente oscuro de mis capacidades. Porque sucede que no tengo la más remota idea —así como no la tienen ustedes— de donde queda Suministros. Bueno, saquen entonces sus conclusiones y recomienden el curso de acción que se ha de tomar. Hablo con usted, Spurgeon, y con todos los presentes. Nunca hemos dispuesto de suficiente ductilidad en el área de Suministros, ¿no les parece? Y a pesar de ello siempre nos atrapan los dedos. Pasemos en limpio lo que deseamos comunicar; yo localizaré al mensajero que ha de llevarlo.
    —¿Cómo va a encontrar un mensajero que vaya a Suministros, señor Dusmano, si nadie sabe dónde está Suministros? ¿Qué mensajero hallará el camino? ¿Ha pensado ya en el individuo que va a mandar? —preguntó Spurgeon.
    —Sí —les dijo Pilgrim—. La idea de que quizás hoy necesitásemos un mensajero acudió a mi mente anoche. Decidí que teníamos disponible una vacante de mensajero. Y la persona para el puesto, la que casi había elegido anoche durante un momento de vigilia, me vino con toda claridad al pensamiento apenas un minuto antes de entrar aquí. Será un hombre, con su mujer y sus dos niños, claro está.

    Dijo Spurgeon:

    —Señor Dusmano, nunca entiendo bien eso de los mensajeros que usted despacha con tanta frecuencia. Pero tengo el estómago muy sensible y me da la impresión de que algo huele a podrido en esas misiones. Y los que llegan aquí de vuelta tienen un aspecto verdaderamente exasperado.
    —Usted fue uno de los que regresaron aquí, Spurgeon, y no ha pasado ni siquiera un año —le dijo Pilgrim—. Y Ud. ha sido un mensajero tan exasperado como cualquiera de los otros.
    —Oh, bueno, entonces me había olvidado. Se me fue por completo de la cabeza el modo en que regresé aquí. Pero en lo que atañe a los mensajeros y las misiones que usted les confía, ¿no existe algo referente a sus situaciones y a sus familias que usted considere cuando les da la partida?
    —Sí, no me agrada desmembrar una familia cuando la separación debería ser permanente —les dijo Dusmano—. Además procuro enviar a grupos familiares del tamaño y la forma que prevalecen, de modo típico, dondequiera se encuentre localizado Suministros en el momento. E influyo en los miembros de la familia para que morigeren a mi mensajero.

    Pero, en suma, ¿qué tienen de malo las mercancías despachadas por Suministros? ¿El sulfuro del combustible portátil registra ahora una graduación demasiado alta o demasiado baja? ¿El material de estructura que nos mandan para la industria de la construcción es magnético en exceso o su magnetismo no alcanza el punto exigible? ¿La cebada de producción nacional, que se ha convertido en el pan de este mundo, llega esta semana demasiado desabrida o por demás resaltante? ¿La proto-proteína se nos entrega demasiado aglutinante o desgranada en exceso? ¿Nos hallamos preparados para probar ese producto relativamente nuevo que Suministros ha estado proponiendo a nuestras infra-mentes desde hace algún tiempo? Veamos si nos resulta hacedero establecer una lista de detalles sobre la que podamos fundamentar todas las recomendaciones de cambio en los requisitos inherentes a una semana completa. Debido a razones que apenas entiendo yo mismo, me resulta dificultoso enviar a Suministros más de un agente por semana. Caballeros: ¿podrían ustedes diseñar en una hora un corpus de requerimientos?

    —Sí, me parece que podemos —manifestó Spurgeon, y los otros caballeros de rango asintieron con la cabeza. Se sentían mejor y más seguros, visto que Pilgrim parecía saber algo acerca del contacto con Suministros.

    Así fue como Pilgrim abandonó la Sala de Juntas para permitir que sus hombres redactaran el documento sin sentirse cohibidos por su presencia. Salió para que su mente siempre voraz pastara en el verde mundo exterior. En las cercanías de su Casa Matriz poseía un bello y bien cuidado parque; allí se dirigió.

    Pilgrim Dusmano, hombre bien parecido, con la testa contorneada de cabellos claros y dóciles, tenía una voz sonora y persuasiva; al mismo tiempo era intrincada y modulada, casi femenina. Acababa de entrar en los primeros años de la madurez, y en algún momento iba a tener que parar su envejecimiento, antes de que transcurriese otra década. Lo rodeaba un halo suave, un cierto fulgor. O hacía creer a la gente que eso ocurría. La prensa popular le había llamado el hombre hipnótico, el hombre eléctrico, el hombre magnético, el hombre trascendente. ¿Y por qué no había de adosarle esas calificaciones la prensa popular? Buen dinero le costaba que la gente lo llamara de tal modo en los órganos de difusión. El elogio es uno de los placeres primordiales que pueden comprarse con dinero, y aun con medios de pago más tenues. Añadamos que las alabanzas genuinas florecen, en más de una ocasión, luego que sus predecesoras artificiales han trazado el camino.

    Alguien estaba llamando a Pilgrim por su voxo personal. Aceptó la llamada.

    —¿Por qué mataste a Hut esta mañana? —reclamó Noah Zontik, iracundo.
    —¿Quién es Hut? —preguntó Pilgrim. No estaba seguro, pero algún barrunto tenía. Aquella mañana había matado solamente a un hombre.
    —Hut se apellida uno de los compañeros de Evenhand —explicó Noah a través del voxo—. Es un hombre muy importante, Pilgrim. Mucho más importante por sí mismo que como asociado de Evenhand. En el grupo de Evenhand él es Hut, el refugio o el puerto, literalmente el sombrero. ¿Por qué lo eliminaste?
    —En otro tiempo me ha tratado con arrogancia, Noah. Y me complace mucho quitarles la vida a los hombres arrogantes. Por otra parte tanto Evenhand como su pandilla habían comenzado a seguir muy de cerca mis idas y venidas. Ni siquiera me conceden los privilegios anexos a una personalidad-objeto-de-culto. Si quieren jugar estoy dispuesto a seguirles el juego. Una personalidad-objeto-de-culto necesita hallarse en guerra abierta contra un grupo bien notorio. ¿Acaso debería haber matado a un hombre menos importante que Hut para declarar la guerra? Suprimir a Hut era mi jugada previa en esta partida.
    —¿Y si ellos se plantan y aumentan la jugada (cosa que van a hacer), a quién de nosotros matarán en la próxima mano? ¿A ti, Pilgrim, o a mí?
    —A ti para plantarse, a mí para levantar la jugada. En este momento, al comienzo del juego, es preferible que te toque a ti. Probablemente no caigamos ni tú ni yo. —Pilgrim apagó su voxo.

    Pilgrim Dusmano encontró a Aubrey Pym con la mujer y los chicos a las puertas del piso donde se recibían los productos, ese lugar de perplejidad y apagado resplandor. Los cuatro Pym estaban un poco acezantes y aprensivos. Pilgrim Dusmano se comportaba siempre como hombre bondadoso, a condición de que la conducta bondadosa no coartase sus placeres. Con todo, creía a pie juntillas que a la gente subordinada es mejor mantenerla sin aliento y aprensiva, en alguna medida. La aprensión era especialmente importante con los mensajeros; era una llave que servía para muchas puertas; a menudo la única cosa común a dos mundos.

    —Sí, le concederé el aumento, Aubrey —dijo Pilgrim vivazmente—. Y será una suma sustancial. También está incluido un traslado que implica un ascenso. Será transferido a un mundo flamante, más que nuevo, un sitio preñado de oportunidades. Servirá para comprobar a fondo todos los aspectos de su capacidad. ¿Le parece que podrá con la tarea?
    —Sí, sí, me las arreglaré —manifestó Aubrey—. ¿Seré aceptado y me ayudarán en ese nuevo lugar, no es cierto?
    —Claro que sí, le darán todo tipo de ayuda, Aubrey. ¿Acaso enviaría a mi gente dejándola librada a su suerte?
    —¿Nos transfieren a otra ciudad? —preguntó ávidamente la señora Pym—. ¿Y cuál es esa ciudad, señor Dusmano?
    —¿Y qué sé yo? —dijo Pilgrim sin pensarlo. Tampoco le sirvió de mucho reflexionar sobre lo que había dicho. ¿De qué modo sabía él semejantes cosas, cuando las sabía? Estiró los dedos de su intuición hasta el máximo
    —Dongolo, probablemente —dijo—. Sí, estoy seguro de que ustedes van a Dongolo.

    ¿Cómo diablos había salido Pilgrim con ese nombre? ¿Y cómo cuernos sabía que ése era el nombre correcto? Los nombres de los destinos y los detalles de las misiones se evaporaban de su psique; eso era lo normal.

    —Sé que les gustará el lugar, lo sé de seguro, declaró.
    —¿Dongolo? ¿Así lo llama usted? —preguntó la Sra. Pym—. ¿No es allí donde fueron los Hemsteds a principios de este año? ¿Nos encantará volver a verlos? Pero es lejísimo, ¿no es cierto? Y sabemos tan poquito de ese lugar. Pero la gente que viaja a tan alejados destinos debe sentirse atraída por ellos. No cabe duda de que nos olvidan velozmente cuando arriban, cuando ponen el pie en cualquiera de esas ciudades que llevan nombres raros. Cuando parten no volvemos a saber nada de ellos.
    —Ustedes cuatro deben adoptar la actitud correcta —opinó Pilgrim—. Es de total necesidad que encuentren la actitud mental adecuada para efectuar el salto: aprensivos, nerviosos, decididos, desafiantes, con la mentalidad en plena función creadora para la defensa de sus personas, desafiando las adversidades del viaje, con la mente abierta de par en par, abierta como las fauces del león. "Hallarse en la disposición de ánimo correcta es fundamental para llegar a una nueva estructura existencial". Es un lema que nosotros los saltadores solemos utilizar cuando nos comunicamos.
    —¿Qué? ¿De qué demonios estoy hablando? —tartamudeó entonces

    Pilgrim—. ¿Por qué expuse solo el final del tema? Jamás me he hallado entre saltamundos. Nada sé de sus lemas. En mi vida he conocido a otro saltamundos que no fuese yo mismo. ¿Y por qué me atribuyo a mí mismo la condición de saltamundos? Piensen un poco en el asunto, ni siquiera sé el significado de la palabra saltamundos.

    —Tampoco lo sabemos nosotros —manifestó Aubrey Pym sin certidumbre.
    —Pero apuesto a que lo hallaremos —dijo la Sra. de Pym.
    —Por el camino más áspero —dijo el niño más pequeño de los chicos.

    ¿Quién hubiera sospechado que el mocosito supiese siquiera hablar?

    —Tengo que salir a gestionarles un documento dentro de escasos minutos —murmuró Pilgrim—. Parece que siempre se atraviesa alguna clase de documento cuando se despacha a un mensajero. Es como los "papeles" que siempre era preciso rescatar de los edificios incendiados en los antiguos melodramas. Pero también semeja que, donde quiera se envíe a un mensajero, hay una especie de nebulosidad, como si existiese algo tan hiriente en el modo de despacharlo que el conjunto de la operación debiese mantenerse difuminado y fácil de olvidar. No recuerdo con exactitud lo que hago cuando envío a un mensajero, pero lo sabré, aunque sea durante un segundo, cuando llegue el momento. Y es un momento que ha de llegar muy pronto. Haré entonces todo lo que sea preciso hacer. Intentaré ejecutarlo mientras nadie me observa, por si lo hago mal. Todo lo que me viene en este instante a la memoria es que se trata de un acto muy grotesco. Ahora me voy a buscar el documento. Cuando lo traiga ustedes cuatro lo verán. Entonces ustedes, los cuatro Pym, podrán ir a desempeñar su tarea.
    —¿A Dongolo? —preguntó Aubrey Pym.
    —Sí, así lo creo —aventuró Pilgrim—. El sonido de la palabra parece señalar un buen sitio. —La niebla ostentaba un claro en el cual Pilgrim halló un nombre. Pero después se cerró en torno de Pilgrim en cuanto se refiriese al nombre, al destino y al objetivo. La claridad es un peligro en todos esos envíos. Debe ser reemplazada por una suerte de expectante orden de batalla.
    —¿Cuál es el importe del aumento que me va a dar, señor Dusmano? —preguntó Aubrey.
    —Se le duplicará el sueldo —dijo Pilgrim sin esfuerzo—. Y sus beneficios marginales serán abundantes como los volados a rayas que llevan en la chaqueta las chicas de los desfiles.
    —Ostentosos, pero no tapan gran cosa —dijo el más chico de los niños.
    —¡Maldito sea el pequeño cascote!

    Entonces Pilgrim dejó a los Pym y se fue caminando por el borde de la zona o piso utilizado para la recepción de mercancías. Era un espacio muy amplio y recibía un crecido volumen de productos por minuto. A cada hora terminaban allí su viaje toneladas y toneladas, miles y hasta millones de toneladas. Enormes cantidades de combustible, vestimentas, artículos alimenticios y materiales de construcción, todo tipo de metales y minerales, productos químicos y mezclas, toda suerte de maquinarias y vehículos, tónicos y talismanes. Era por cierto una desmesurada masa de carga.

    Pero nadie estaba enterado de cómo llegaba a ese lugar o de dónde venía.

    Pilgrim Dusmano hubiera debido saberlo, porque todo eso integraba su comercio y se inscribía en su empresa de negocios. El propietario era él. Solía decir que jamás lograba recordar con precisión de dónde procedía semejante cantidad de cosas. Casi podía recordar, pero no exactamente.

    Tal vez los materiales estuvieran allí desde siempre, pero sin forma definida y sin que se los percibiese, bajo el aspecto de aire, de tierra o de alguna otra entidad. También podría ser que se la transformara o manufacturara en ese sitio, a partir de elementos preexistentes en el ámbito, generándose la energía insumida por la transformación en tenue desplazamiento de dos mundos coincidentes. Aun el más mínimo deslizamiento de dos mundos podía obrar como fuente de increíble fuerza. Es lo que proponía como hipótesis, bajo la tutela de Pilgrim Dusmano, un joven estudiante de vivida inteligencia, al enfrentar teóricamente el problema.

    Ahora bien, si el material procedía del ambiente y la energía se generaba en el ligero desplazamiento de dos mundos coincidentes, ¿qué necesidad había de enviar mensajeros a Suministros? Bueno, debían ir hasta Suministros para efectuar ajustes en la plantilla o modelo, dijo el estudiante.

    —¿Acaso esa plantilla o configuración no podría pertenecer también a este mundo? —le había preguntado Pilgrim—. ¿No es posible que el modelo se encuentre en nuestro propio ambiente? ¿Por qué habíamos de estar forzados a traerlo desde otro ámbito?
    —No, no, solo la mitad del molde puede hallarse aquí. La otra mitad debe llegar desde otro sitio. Lo que origina un increíble monto de energía en la línea de la creatividad y también de la conformación, es el mínimo desplazamiento de dos mundos coincidentes. La mitad del modelo debe provenir de otro mundo.
    —¿Y qué diría usted si el conjunto íntegro fuese originario de aquí mismo?
    —Sería total e irremisiblemente ordinario. Demasiado ordinario para la obtención de resultados tan creadores. En tal caso cualquiera podría hacerlo y usted no se volvería, rico y poderoso.

    Era un estudiante joven y pleno de brillo, pero Pilgrim casi nunca podía recordar lo que decía.

    Lo cierto es que el material no llegaba en ningún vehículo visible, ni por medio de una cinta transportadora, y por lo que uno podía ver tampoco era rematerializado en aquel piso, como sucedería al finalizar una secuencia normal de teleportación. Si era teleportación ¿dónde se encontraba el recibidor? No se hallaba disponible una energía de tal naturaleza, suministrada o consumida del modo que un recibidor requeriría; por lo menos la energía no estaba instrumentada. Tanto el material como los suministros se presentaban como el resultado de "Una-sola-Operación-sin-Tropiezos". ¿Quién puede añadir a esto algo que ignora?

    El piso destinado a la recepción de mercancías tenía aspecto eléctrico, como un dispositivo de conexión con un campo de fuerza. Parecía ser de naturaleza gravitacional e integrar aspectos de gravedad arrastramundos. Pero las mediciones instrumentales más afinadas le negaban todas esas características.

    Sin embargo ahí estaba ese efecto luminiscente, sorpresivo, que envolvía sin pausa a esa zona. No era dable negarlo. El retroimpulso de la bi-ubicación produce ese resplandor algunas veces. Y también se presenta en otras situaciones.

    Los otros grandes mayoristas planetarios, Jones y Cloud, Chung y Ching, Ivanova y McCresh, Izzersted y Panenero, tenían cada uno su propia "Sola-Operación-sin-Tropiezos" para la recepción de suministros mundiales. Pero ninguno de ellos contaba con la misma "Sola-Operación-sin-Tropiezos" que utilizaban las Empresas Comerciales Dusmano. Pilgrim meditaba acerca de estas particularidades.

    Entonces cayó el rayo ciego.


    4


    En la calma agenda del día,
    ¿Por qué un simple despacho escalofría?
    Un vistazo enjoyado, una deuda de cinco pintas,
    y un chico que se aguanta la gran carnicería.

    —Semanario del Mensajero Comercial


    Dusmano fue fulminado en el límite de la zona destinada a la recepción. Recibió en el cuerpo un sacudimiento al que ningún hombre hubiera sobrevivido sin experimentar transformaciones. Lo alzaron; luego, como si fuese una bola de arcilla húmeda lo maltrataron, lo amarraron, y sofocaron casi hasta el punto de la muerte. Temblaba por efectos de la terrible descarga; ¿es que los muertos retiemblan de esa manera? Nadie hizo saltar jamás a Pilgrim en su propio sitio. Nadie tampoco le asestó una descarga tan silenciosa e instantánea.

    Dusmano era bastante fuerte y activo, un hombre vital. Era ágil, tenía imaginación, buen ánimo y buen corazón. Poseía el antiguo coraje masculino y disponía también, en cierta medida, de los jugos ajenos. Conocía los repertorios de todas las disciplinas correspondientes al combate personal.

    Pilgrim Dusmano era tan bueno como cualquier otro en el arte de raspar el fondo de la olla. Pero había caído en las manos de un hombre verdaderamente notable que lo tenía dominado (y a Dusmano nadie se le había montado nunca encima), hombre que lo llevaba y traía como si fuese un niño. No eran comunes estos personajes. El que nos ocupa se hallaba lejos de ser un aficionado; y con idéntica certeza podemos afirmar que debía ser un hombre conocido. A Pilgrim le bastaban los dedos de una mano para contarlos sujetos que eran capaces de propinarle semejante tratamiento. Cuente a este tipo con los dedos de una mano, si quiere, pero sepa que se los quebrará.

    —Me está matando con sus propias manos —pensó Pilgrim, balanceándose entre el pánico y la calma. Todas las reacciones y compensaciones le funcionaban bien. Como el otro lo estaba masacrando era seguro que aún no había muerto. Su sentimiento de pavor mostraba disponibilidad de recuerdos. Canalizando el pánico extrajo toda la fuerza posible y comprobó que no bastaba.
    —Me está matando con sus propias manos —se dijo Pilgrim con desesperación desapegada y abriendo vivazmente los ojos— pero todavía no se me ocurre nada para evitarlo. No puedo gritar porque tengo la garganta cerrada. No puedo retorcerme. No puedo escapar. Él tiene la incondicionada posibilidad de quebrarme el cuello y liquidarme en menos que canta un gallo. Le cabe estrangular el resto de mi aliento y despacharme en dos segundos. Todas esas acciones se hallan a su alcance; ¿por qué no las ejecuta? ¿Los instantes son siempre tan largos como éstos cuando uno muere? No recuerdo que fuesen así.

    Con toda certeza, la situación tenía un aspecto intrigante. Los momentos finales se prolongaban desmedidamente.

    —No estoy preparado para morir —protestó Pilgrim en su fuero interno—. Ni siquiera puedo reunir el ánimo y las capacidades que requiere dar un salto. Ufa, este tal por cual es uno de ¡aquellos! Debe ser una ejecución ritual. Para el sumo bien o el mal más desastrado, según yo consiga maniobrarlo. Ganaré algún tiempo, daré calce a mi mente así se prepara con vistas a un salto-de-mundo. Entre los saltamundos circula un refrán según el cual una muerte mal planificada puede salir costando la ganancia o ventaja que proporcionan dos vidas, y hasta tres. También corre entre ellos un dicho referente a la situación en que se halla uno cuando lo ubican en el punto erróneo de una ejecución ritual.

    Pilgrim Dusmano se preparó velozmente para morir y dar su salto-de-mundo. Salvaría lo que pudiese. Mientras tanto su agresor empuñaba un objeto que sería, con toda probabilidad, el cuchillo ritual delgado y filoso. El atacante había abierto un vaso sanguíneo en la garganta de Pilgrim, y la sangre fluía. Pero no se desperdiciaba. Es difícil concentrarse en un salto-de-mundo de buen auspicio cuando un congénere te tajea la garganta con un cuchillo ritual.

    El asaltante tenía un pichel, un jarro de beber, pieza antigua con tapa movible. Si en algo rozaba el ritual, provenía de la liturgia practicada en los bares. El hombre fuerte llenaba el pichel con la sangre de Pilgrim y Pilgrim vio, en un vistazo casi desentendido (porque tenía la mente ocupada por la correcta filosofía del salto-a-otro-mundo), que era un pichel capaz de contener cinco pintas. Para sacársela a un hombre de una sola sentada es mucha sangre.

    Pilgrim tuvo las manos libres durante casi todo el tiempo. El atacante se hallaba tan seguro de su propia fuerza que las manos no le preocupaban mucho. De todos modos golpear el cuerpo de ese hombre tan fuerte era como dar puñetazos en el tronco de un roble petrificado. Advirtió Pilgrim, mirando oblicuamente el rostro grande, enjuto y torcido del hombre, que una fuerte motivación lo preocupaba.

    —¿Por qué él ha de sentir intensamente y caer en las garras del apasionamiento? —se preguntó Pilgrim dentro de su conciencia ensombrecida y evanescente—. Yo soy el que tiene la vida en la balanza. De todos modos, si él está nervioso significa que tiene algún punto vulnerable. Según el adagio, un demiurgo chthónico encontrará trabajo para las manos inactivas. ¡Qué las mías no permanezcan inactivas!

    Cierta vez un hombre que se ahogaba, atrapado bajo el agua, se ocupaba intensamente en atragantarse de huevas. Le apasionaban y a lo mejor no iba a tener otra oportunidad de comer ni siquiera una; por lo tanto, mejor era sacar alguna ventaja de su atolladero. Pilgrim puso las manos a trabajar en las ropas y el tronco del hombre fuerte. Más que nada ocupó una de las manos en cierta cosa que el individuo tenía en un bolsillo interior del jaco. En cuanto sus dedos lo rozaron Pilgrim supo de qué se trataba, pero muy pocas veces se había topado con uno tan grande y gordo. Retiró la cosa y la deslizó en uno de sus propios bolsillos; aquel hombre extractor-de-sangre estaba tan absorto que ni siquiera se dio cuenta.

    —Si este sujeto fuese mi empleado lo despediría —musitó la mente de Pilgrim, que chisporroteaba como una vela cuando está apagándose—. No me importa que sea tan fuerte. Nunca debería distraerse de semejante manera.


    Pilgrim se despertó (no debe haber sido mucho más tarde: solo había estado sometido durante un breve lapso al sueño o muerte ritual) en el titilante marco de la zona donde llegaban las mercancías. Una sanguaza pegajosa, roja, densa como jarabe, había manchado el piso fosforescente, provocando un repulsivo chisporroteo. Pilgrim se llevó el índice y el pulgar al flanco de su garganta y casi consiguió detener el flujo escarlata que ya había declinado mucho. El atacante no se hallaba en el lugar; se fue y junto con él se marcharon cinco pintas de sangre segregada por Pilgrim. Algo le sucedía a éste, algo como una añadidura sobreimpuesta a su debilidad. Los ojos habían cambiado. Parecía como si los hubiese abierto por primera vez. Mucho más brillantes y a la vez mucho más facetados: ahora la luz les entraba a raudales. Despertarse con los ojos nuevos era casi lo mismo que amanecer en un mundo inédito.

    Pilgrim se puso de pie. Cayó enseguida, dominado por un vahído que lo derrumbó. Repitió la acción. Al fin se irguió, sintió el suelo aceptablemente firme bajo sus pies y dio unos pasos. Se higienizó un poco aprovechando una de las fuentes decorativas colocadas en el filo del área receptora. Y después ingresó en la sala donde se efectuaban las reuniones de directorio.

    —Tenemos casi completa la lista de detalles, señor Dusmano —dijo Spurgeon. Ninguno de los circunstantes prestó mucha atención a la repentina presencia de Pilgrim.
    —Perfecto —repuso Pilgrim. Después de sentarse revisó la billetera sustraída a su asaltante, individuo pugnaz que no había logrado asesinarlo. Los hombres reunidos pensaron que quizás el jefe se había obsequiado con un "viaje" con cura de sangre, para beneficio de su salud y felicidad. Si es que dieron la más mínima importancia al aspecto del patrón. El chispeante Dusmano, que se empeñaba a fondo para convertirse en un símbolo universal de la moda era él mismo, para comenzar, un ferviente adepto de la moda, su pasión sin límites.

    En la billetera se hacían notar muchos billetes de alta denominación.

    —Mi sangre justipreciada en dracmas —bromeó Pilgrim para sí.

    Súbitamente los dedos y los ojos de Pilgrim tropezaron con inesperado conocimiento, mientras revolvían la gorda billetera del asaltante desaparecido. Información de tal tenor jamás debía llevarla un hombre encima.

    —Si fuese mi empleado lo despedía fulminantemente —repitió Pilgrim. Pero ese tipo tan especial, ese individuo capaz, al parecer, de propinar una azotaina a cualquier hombre vivo —y que muy probablemente estaba en condiciones de hacerlo— consideraba al mismo tiempo cosa segura llevar consigo lo que le diese la gana.

    Cuando Pilgrim envuelto en su mareo llegó al borde que enmarcaba la zona de recepción, recordó la identidad pública del asaltante. La hubiese rememorado aun si no hubiera tenido otra oportunidad que la de echar una mirada oblicua y nebulosa al rostro grande, vehemente, ladeado. Sí, aquel hombre, el señor Santidad-merced-a-la-Fuerza en persona, podía zurrar a cualquier hombre del mundo. En ese instante Pilgrim descubría, viéndole en una libretita de apuntes que guardaba la billetera, la identidad privada o de código que correspondía a ese hombre.

    Era un secuaz de su enemigo Evenhand; y por nombre de código llevaba el de Mut, es decir "coraje". Y allí justo en mitad de los garabatos trazados por el hombre íntimo o el hombre-enmascarado Mut, estaban escritas las identidades codificadas de todos los seguidores que respondían a Evenhand:

    Blut, es decir, la sangre o familia.
    Brut, que era el engendro o aborto.
    Flut, que era la inundación, o la rompiente o la superfluencia.
    Glut, a saber, el incendio, la llamarada.
    Gut, vale decir la propiedad.
    Hut, el puerto o cobijo, pero también el sombrero (y había muerto).
    Mut, que era el coraje (pero no, al parecer, la minuciosidad).
    Wut, que vale por la rabia o el frenesí.


    ¿Estaría entre aquellos el nombre codificado de Evenhand? Claro que sí. Era Rut, que significaba bastón de mando, cetro o autoridad. ¿Cómo? ¿Qué dimensión tenía el cacicazgo de Evenhand, al fin y al cabo? ¿Era acaso el conductor supremo?

    Pilgrim recordó con genuina satisfacción al hombre que había matado aquella mañana, Hut, que era el cobijo o el puerto o el sombrero. Y habían existido ocho asistentes de Evenhand (Rut). Pero veamos, ¿por qué había de tener aquel tortuoso pulpo ocho patas emergentes de su diabólica cabeza central? ¿Y a qué hombre del más secreto y alto ofició se le adosan ocho asistentes igualmente secretos y además vigorosos? Pilgrim lo adivinó. Estaba seguro. Y sin dilación lo leyó escrito con gordas letras en otra página. Ahora sabía quién era en realidad su enemigo Evenhand. Personificaba el culto como ningún otro hombre de aquel país.

    —No se me ocurría que Evenhand fuese un inocente de tamaña magnitud —Pilgrim matraqueó esta nueva idea dándole vueltas en la mente—. No se me hubiese ocurrido nunca que fuese un hombre tan bueno, tan absolutamente impoluto. Pero esa circunstancia está certificada, o de lo contrario no ocuparía un cargo tan elevado. En fin, no tengo acusación que hacerle sobre la base de su inocencia, bondad o integridad; Son atributos que para mí sólo encierran un interés clínico. Y pensar que en cierta oportunidad se me consideró en secreto, se me ponderó e investigó con vistas a ocupar esa misma función. Lo deben tener escrito en algún lugar, en cualquier rincón oscuro pero atractivo de los archivos nacionales: que no soy inocente, que no soy bueno, que no soy impoluto. Es bueno poseer una confirmación oficial, aunque sea secreta, de la opinión que uno abriga acerca de sí mismo. En todo caso, ubicado en ese puesto yo hubiera llevado a cabo una excelente labor.

    De todos modos debo hallar el punto de coincidencia para unir y concertar a todos cuantos bajarían a la palestra en el empeño de aniquilar a Evenhand. Es hora de que el movimiento se haga público y se aplique a ejecutar sus fines. Es preciso que exista una actividad opositora de ese porte. Bien mirado, el único objetivo de situar a determinados hombres en el ejercicio de esa dignidad consiste en que puedan ser deshechos en el pleno goce de su elevada función. Consiste en rascarse de modo ritual y satisfactorio una picazón nacional, y aún mundial. Será la violación arrasadora, la gran acometida para reducir a jirones la pandilla. En el plano del Directorio será un placer casi carente de comparación. Tumbar gigantes, sobre todo cuando son muy gigantes, induce una densa saciedad.

    Spurgeon y los que con él trabajaban no habían conseguido finiquitar la Usía detallada que se enviaría a Suministros. Por eso Pilgrim continuaba reflexionando y afinando mentalmente sus tácticas.


    Mientras tanto Evenhand, un hombre alto, delgado, de edad mediana frisando en madura, se encontraba en otro punto de la ciudad; se había ocupado en mordisquear la agenda de su bifronte ejercicio: los asuntos públicos y los de orden oficial y secreto. Por la puerta oculta situada a espaldas de Evenhand entró un hombre, sigiloso y saturnino; irguió su voluminoso cuerpo, su potente humanidad, detrás de Evenhand; éste captó la energía que exudaba el hombre silencioso, pero no se alarmó. Debía ser alguno de los ocho pandilleros (siete en aquel momento, puesto que uno había atravesado la frontera); tan solo uno de esos ocho tenía a su alcance la posibilidad de ingresar por esa puerta oculta.

    —¿Quién es? —preguntó Evenhand, alzando la cabeza—. ¿Y qué es?
    —Soy Mut —respondió el hombre voluminoso y fornido—. Y si quiere saber de Dusmano, está sangrando roja y copiosa sangre.
    —¿Ahá? Entonces es probable que sea humano. Muy pocos extraños verdaderos son humanos.
    —Hasta donde se puede ver parece que es humano. Pero no hay seguridad. No pienso que provenga de ningún mundo exterior, salvo que se trate de un mundo-aspecto, o un aspecto-de-mundo. Aquí tiene una muestra del sujeto. ¿Desea que obtenga algún otro retazo de esa criatura? Podría arrancarle sin dificultad tejido pulmonar o un jirón de cerebro. O del corazón. Sería bueno saber si tiene dos compartimientos, o cuatro, o seis. Pero tal vez podría traerle los riñones o el hígado del tipo.
    —No quiero que lo maten, Mut. Todavía no.
    —¿Matarlo? No. Yo puedo desgajarle la materia blanda a toda velocidad, de modo que quede contorsionándose, pero vivo. Luego moriría a los pocos segundos, anonadado por alguno de esos improbables efectos ocasionados por mí. ¿Estaría muerto?, pero ¿podríamos rotularlo como asesinado?
    —¿A ti te gustan estos bailes, no es cierto, Mut?
    —Sin duda alguna. Y usted necesita por lo menos una persona de su intimidad que guste de esas operaciones. Usted, en sí mismo, es inmaculado por definición. Todo lo que eso significa es que sus manchas se encuentran externalizadas y localizadas. Así es. Están externalizadas en ocho de nosotros (en el momento actual, siete vivos y uno muerto). Y en su mayoría las manchas me cuentan a mí como vector.
    —Todavía no lo mataremos, Mut —expresó Evenhand—. De verdad me pesa que sea un ser humano. Resulta tremendamente difícil comprender que una persona humana pueda ser tan maligna, tan subyugantemente maligna. Por otra parte nuestra tarea consiste en supervisar un interjuego de fuerzas, y él es una de ellas. Nosotros apenas interferimos un poquito. Y mientras tanto esperamos y montamos guardia.
    —Sí. Y mientras esperamos y montamos guardia largamente, se nos destruye.
    —Cierto, Mut, demasiado cierto.
    —¿Usted quiere la sangre, Evenhand? La suya tiene un fuerte sabor.
    —No. No bebo sangre.
    —Yo sí, a veces —dijo Mut y se bebió cinco pintas de un solo largo trago sin aliento.
    —Está completo, señor Dusmano —informó Spurgeon en la sala de dirección de juntas—. En verdad es tan solo un documento rutinario. Todas las semanas redactamos algo semejante, ¿no es cierto? —demandó Spurgeon.
    —Así me parece —repuso Pilgrim.
    —¿Por qué se nos olvida que es un asunto rutinario? ¿Por qué nos zambullimos una y otra vez en la reflexión, pensando que es un suceso de naturaleza crítica, en lugar de advertir que es cosa sin relieve y casi automática?
    —Se me ocurre que eso sucede porque nada opaco y automático puede transmitirse por los canales de que dispongo. Se precisa una cierta impresión de urgencia, o de lo contrario ni sale el mensaje ni parte el mensajero. Y cuando la urgencia reiterada se transforma en una rutina, hay que entrometer en el asunto al fracaso de la memoria.

    Pilgrim tomó la lista, la enumeración de particularidades, las solicitudes a Suministros para que introdujese algunas ligeras modificaciones y adiciones en el flujo de materiales. Con la lista en la mano salió al encuentro de los Pym.

    Al encontrarlos advirtió que denotaban un aspecto de inseguridad. Estaban sentados en cuatro largos bancos de piedra; junto a ellos, una gran máquina moledora-deshilachadora de materiales.

    —¿De dónde llegaron esos cacharros? —preguntó Pilgrim a los Pym y al mundo en general—. Ignoraba que tuviésemos en existencia este tipo de bancos. Y esa moledora-deshilachadora es un modelo que me resulta absolutamente desconocido. ¡Brrr, tiene más o menos el tamaño que corresponde a una moledora de gente!
    —Pero los operarios trajeron esas cosas pocos momentos después de que usted nos dejase, señor Dusmano —dijo Aubrey Pym—. Afirmaron que según su orden debían traer esas máquinas aquí. Dijeron que usted las había instalado aquí cosa de una vez por semana. ¿No es verdad?
    —Oh, claro, es totalmente cierto. Casi recuerdo para qué son ahora. El acto ritual que se espera de mí, me acomete como una correntada. ¿No existe en verdad otro modo de que los mensajes atraviesen la sima? No es cosa buena conocer el ritual o recordarlo de tiempo en tiempo. Si lo rememorase sin pausa se estancaría. Aquí está el despacho, Aubrey. Agárrelo fuerte.
    —Sí, despreocúpese. No dejaré que me lo quite fuerza alguna.
    —Bueno, ¿todo el mundo está listo para el viaje? —preguntó Pilgrim.
    —Sí, yo estoy pronto —manifestó Aubrey Pym.
    —Sí. Nos vamos todos a gozar de la felicidad en una ciudad desconocida donde pagan doble sueldo —expresó la esposa.
    —Claro —dijo el niño mayor.
    —No —intervino el benjamín—. Vea, usted tiene algo raro en los ojos. —El tono del niño traslucía un matiz de burla y una pizca de odio.
    —La felicidad y la confianza son esenciales —dijo Pilgrim a los Pym.
    —Pero no se dejen llevar por sus prevenciones. Todos se encuentran yaciendo en sus camas de piedra. ¿No trajeron los trabajadores un cuchillo de piedra muy largo?
    —Sí, aquí está —señaló Aubrey.
    —Así es la cosa —se admiró Pilgrim. Lo tomó en la mano—. Me viene tan bien como si lo hubiese utilizado antes. ¡La piedra es tan ritual! Ahora, háganme el bien, orienten todos sus pensamientos hacia un puente luminoso, alto e invisible. Ese puente ejerce un poderoso encanto. Conduce a otro mundo y todos lo cruzaremos. Pero al mismo tiempo será el mundo en que ustedes se hallan, visto en otra perspectiva, un enfoque desplazado mucho menos que un millonésimo de pulgada con respecto al sitio donde ustedes se encuentran ahora. ¿Están ustedes dispuestos, con valentía y claro ánimo, a cruzar ese alto puente?
    —Sí —dijo Aubrey Pym.
    —Sí —dijo su mujer.
    —Sí —dijo el hijo mayor.
    —No —expresó el menor de los chicos—. Usted tiene los ojos enjoyados. No los tenía antes. Puede ser que alguien lo mate y le robe las gemas de los ojos. —En aquel niño se observaba la burla más rampante, sumada a una porción de odio nada pequeña.

    Pilgrim Dusmano degolló rápidamente a Aubrey Pym con el cuchillo ritual de piedra. Aubrey gorgoteó un ratito con su garganta seccionada. Después se murió.

    —Esta parece una medida extrema —manifestó la mujer—. ¿De qué manera un hecho como éste nos trasladará a otra ciudad? ¿Está seguro de que las cosas se hacen así?
    —Sin un resquicio de duda —profirió Pilgrim—, Si para despachar mensajeros desde este mundo pusiera en práctica un método menos grotesco, se me echarían encima los competidores sin pérdida de tiempo. Buena esposa, manténgase bien dispuesta. Sea feliz pero prevenida. Sea valiente.
    —Bien, bien, ciento por ciento de acuerdo —manifestó la mujer. Pilgrim le cortó el gañote con el ritual cuchillo de piedra. Ella emitió sonidos aéreos y agudos como si desease decir algo. Y al punto entregó su espíritu.
    —¿Ahora me toca a mí? —preguntó el mayor de los hijos.
    —Sí —musitó Pilgrim y cercenó el cuello del niño con el cuchillo de piedra.
    —¿Podría utilizar para mí un cuchillo nuevo? —indagó el menor de los hijos—. Ese está sucio. Usted tiene los ojos facetados como una mosca que igualase en tamaño a un hombre.
    —Hay un solo cuchillo —informó Pilgrim—. Ahora acércate.
    —¡De ningún modo!

    Y enseguida se llevó a cabo una total confrontación. El niñito de cuatro años contemplaba a Pilgrim con mirada resplandeciente, con ojos de serpiente, con ojos de basilisco. Había un fulgor de ágata en los ojos de esa pequeña criatura que súbitamente se había tornado irreal.

    —Yo no voy —barbotó el niño—. Me puede hacer volar la cabeza, pero no está a su alcance matarme. Quizás usted pudiese nacerme marchar de aquí, pero no recorreré todo el camino que conduce al sitio aquel. Me ocultaré en los pasajes y en los glaciares, lo atraparé en su próximo viaje. Estaré donde sólo quepo yo, y cuando usted pase lo lanzaré zumbando al infierno. Sabrá lo que es el terror.

    No era fácil tomar como normal este modo de expresarse en un niño de cuatro años.

    —Tu papá y tu mamá ya se han ido —dijo Pilgrim con palabras cuya falsedad emitía una particular vibración. Nunca supo cómo hablar con los niños. Y mucho menos con los niños precoces—. ¿No quieres unirte a ellos?
    —No. Quiero permanecer en este estrecho pretil y, la próxima vez que se me aproxime, darle un empujón que lo precipite en el infierno. Sé a ciencia cierta dónde queda. Ya estuve allí.

    Y a Pilgrim Dusmano le costó un triunfo degollar al chico. Era resbaladizo. Escupía y mordía, maldecía y espumajeaba. Además pasaron ciertos inoportunos obreros y Pilgrim se sintió un poco estúpido dando muerte a un niño mientras ellos miraban idiotizados. Siempre procuraba despachar a sus mensajeros cuando nadie lo observaba. Por fin lo decapitó con muy escasa elegancia.

    Pero la acción de enviar mensajeros, en sí misma, no parecía tan seriamente afeada por este pequeño contratiempo. Pilgrim veía cómo se difuminaban y marchitaban las palabras escritas en el mensaje que aún retenía la mano muerta de Aubrey Pym. Y la evanescencia de las palabras significaba que el mensaje había sido recibido en Suministros, sucursal situada en otro mundo o en otro aspecto.

    También quería decir que los mensajeros, o al menos tres de ellos, habían llevado a cabo una exitosa transición a otro mundo y a una circunstancia diferente; que estaban vivos, se encontraban bien y habían logrado alojarse en cuerpos paralelos situados en un lugar paralelo.

    El traslado era ya un asunto completamente rutinario. Todas las semanas lo emprendía la familia de algún mensajero; es uno de los métodos que se emplean para remitir comunicaciones hacia otros aspectos por parte de la gente cuyos intereses comerciales se hallan ampliamente dispersos. Si faltase una organización de ese tipo no existiría comercio alguno entre el Mundo Presente y sitios como Dongolo. Comercio establecido, tal vez invisible para personas ubicadas en ciertas actitudes o situaciones, pero que resultaba siempre ventajoso para los dos intervinientes. Si así no fuese, no habría existido.

    Las puertas que comunican diversas situaciones o mundos pueden abrirse de modos tan peculiares como el que hemos venido comentando; sin embargo no se las debe abrir ni mucho ni muy a menudo. Tampoco se puede dejar tirado por ahí el conocimiento que permite abrirlas. Incluso los que en alguna oportunidad han de usar tales medios carecen de autorización para recordar la artimaña puesta en práctica. Por eso Pilgrim Dusmano iba olvidándose de que había zampado los cuerpos en la máquina moledora-deshilachadora. Con toda sinceridad, no recordaba por qué razón habían llegado hasta el aparato aquellos seres humanos. Sabía que era necesario arrojarlos a los desperdicios y lo había hecho. Pero todo el asunto le parecía de un mal gusto indescriptible.

    Embutió el gran cuerpo masculino y lo envió al dispositivo reductor, chapoteando en su propio jugo. Después lanzó el gran cuerpo femenino al aparato. Luego el pequeño cuerpo de varón. Y después el pequeñito. ¿Qué era esa cosita, en fin de cuentas? Maldito el conocimiento que asistía a Pilgrim sobre el sexo de la criatura menor. Y maldito lo que le importaba. Todavía tenía el cuerpo caliente y a lo mejor continuaba produciendo sonidos desafiantes con su seccionado gañote. ¿Había caído en manos de la muerte, o se trataba nada más que de una mueca purpúrea? Pilgrim lo encajó dentro de la máquina.

    Mas un momento después, mientras Pilgrim echaba una mirada a la etapa final del proceso, ya lanzados a los desperdicios todos los cadáveres, vio que un ojo-de-odio, un ojo de niño, iba boyando en el efluvio del muele-gente. Ninguna duda cabía de que el ojo se hallaba consciente, clavado en Pilgrim con insondable odio. ¡Ese mocoso todavía era capaz de provocar problemas!

    Pilgrim Dusmano le volvió la espalda y lo olvidó. Llegaron unos obreros y se llevaron los cuatro grandes bancos de piedra y el largo, pétreo cuchillo ritual. También retiraron la máquina de moler en cuanto completó el proceso de reducción. Todo se guardó para volver a utilizarlo la semana siguiente.

    Siete días después Pilgrim Dusmano volvería a ver aquellos objetos y no conseguiría recordar que los había contemplado en una situación anterior. Tan solo cuando llegara el momento de emplearlos le vendría a la mente lo que se podía hacer con ellos.


    5


    Un ídolo con ojos enjoyados
    y la leche del bien condensada y cuajada,
    manipuladas sombras, cielos Scanlon,
    y, como signo, asesinato microcósmico.

    —Libro Diario de las ratas de Museo.


    La información que no se repite, pronto se estanca. Se emponzoña.

    Pilgrim Dusmano, aquella mañana, había obtenido cierta información escudriñando la billetera del hombre cuyo apelativo codificado era Mut; sintió el impulso de hacerla circular, todavía fresca, libre de toxinas, orientándola hacia los sitios donde más daño haría. Llamó por el voxo a un reportero conocido por el nombre de Randal Muckman, que trabajaba para varios medios de comunicación.

    —Tengo noticias demasiado calientes para pasarlas por el voxo —dijo simplemente—. Muckman, si puedes salir dentro de cuatro minutos del Museo Luz Solar, me voy a cruzar contigo en el momento de entrar. Y te daré una cosa.

    Cuatro minutos después Pilgrim Dusmano, penetrando en el Museo con paso ágil e inocente, se cruzó con Randal Muckman que salía.

    —Evenhand es Cónsul —dijo Pilgrim con rapidez y en voz baja; casi instantáneamente los dos hombres quedaron separados por un buen número de escalones. Así fue de rápido y sencillo. ¡Pero nunca se había comprimido información tan explosiva en tres meras palabras! Si la identidad de un Cónsul se hiciese pública, el gobierno de un país o de un mundo enfrentaría peligrosos escollos.

    ¿Creería Muckman que Dusmano acababa de referirse a su notorio enemigo? Dusmano no tenía en absoluto fama de honesto. Se le conocía más bien por su variado repertorio de lo contrario. Ahora bien, ¿en qué se puede fundar una persona para divulgar tan maloliente información? ¿Qué fin tenía, si era falsa? ¿Y cuál sería su utilidad aun en caso de contener datos ciertos? Tal vez proporcionarle un penetrante placer a Dusmano. Bien conocida era su inclinación al placer, y de sus inventadas difamaciones extraía una cuota de autocomplacencia.

    ¿Y cómo haría Muckman para identificar la fuente sin comunicar a otras personas aquella información? Y si no daba curso a lo que se le había confiado dejaría de ser Muckman. "Emitida por un vocero habitualmente bien informado" trazaría una manecilla directamente apuntada a Pilgrim Dusmano. "Proveniente de un individuo muy enterado cuya deshonestidad es motivo de escasas dudas", impregnaría todo con el olor de Pilgrim.

    Seis minutos más tarde Muckman retornó a las candilejas con sus emisiones horarias y dio la información como proveniente de "Una elevada, amplia (a veces muy desviada del blanco a que apunta) y bien parecida fuente". Por lo menos las personas más inteligentes y las que se Sallaban al tanto del acontecer público sabían que el emisor del mensaje tenía que ser el sinuoso Pilgrim.

    Los remolinos tridimensionales suscitados por la conmoción del informe cubrieron todo el país. Revelar la identidad de un Cónsul que se hallaba todavía en el ejercicio de sus funciones era un proceder desmesuradamente crudo. En consecuencia, Dusmano había llevado a efecto el primer acto de su propio perjuicio. Resplandecía muy pronto este hombre y luego pasaba a disfrutar de otras fruiciones. En la estructuración de una determinada imagen: la suya.

    El Museo Luz Solar, donde en aquel momento Pilgrim cebaba su mente durante una hora en la abundancia plena, se basaba en el mejor concepto del arte, sin maneas y no comprometido. "Siempre es bueno colocar los soportes donde más tarde uno puede colgar las trabas", había dicho Pilgrim cierta vez. Pero en el Museo Luz Solar no había ángulos obscuros. Tampoco se abrigaban allí conceptos-penumbrosos. No había abstracciones. Si alguien las deseaba: que las extrajese por su propia cuenta del claro material disponible y de su propia mentalidad y psique. Quien necesitara la lobreguez podía producirla él mismo, pero que no fuese lobreguez de segunda mano. Las representaciones originales que acogiese este Museo debían ser nítidas, lo mismo en la línea que en el pensamiento. Y sólo se admitían colores castos. De acuerdo con cierta norma vigente estaba excluido todo color que la mente sana y el ojo claro no pudiesen observar sin una elevación de la fiebre mayor de cuatro décimas, o sin que el índice de inquietud excediera de setenta y cinco sobre sesenta y dos. Era una de las reglamentaciones básicas del Museo, una excelente ordenanza. Impedían el ingreso de cierta basura artística en el Museo.

    (Pilgrim Dusmano se afanó mucho creando una imagen especial mediante el uso de todas las artes a que pudo echar mano; razón que explicaba en parte sus frecuentes visitas a museos.)

    El Museo Luz Solar no tenía algo para cada gusto. Si una persona deseaba ver cuadros desenfrenados o arte estatuario o transfixiones podía ir al Antro Aciago de la Calle Tercera, o, en el centro, a la Casa implosiva o a lo de Tomás el Loco en la alameda. Allí había museos para todo tipo de gente y gusto. Incluso si a una persona le placía su propia maldita lengua podía dirigirse a la Posada de la Introspección en Frankfurt.

    (¿Y cuál era exactamente la peculiar imagen que estaba construyendo Dusmano? Oh, era ni más ni menos la imagen de su yo autoideado.)

    Si a una persona le apetecía lo picante, lo embriagante y nauseabundo, podía dirigirse al infierno (allí afuera, en el complejo de la Puerta Sur). Pilgrim Dusmano intentó visitar los diversos museos bien distintos entre sí durante los diversos días de la hebdómada. No hizo el viaje formal al infierno para enfrentarse con la sucia materia nauseosa, pero en el Infierno de la Puerta Sur o en el Antro Aciago o en las Cáscaras del Averno observó a menudo los costosos juegos de loza hechos con arcilla plástica de color gris extraída de la ciénaga, torneada y cocida en los Hornos de Plutón. También miró otras sombrías cosas que habían estado literalmente en la región infernal. Ninguna era muy artística, pero todas expresaban apasionamiento e intenso estado de ánimo. Uno se podía contaminar emotivamente con solo mirarlas y manipularlas.

    Pero hoy Pilgrim disfrutaba la última obra de su mañana en el Museo Luz Solar, inundado por la claridad del día. Allí se le reunió Mary Morey ("Sus ojos tienen un brillo extraño", opinó Mary, "como de vidrio quebrado o de piedras preciosas. Pensar que es esta su primera poderosa irrupción en una nueva imagen, y resulta que se trata meramente de vidrio roto"), una de las estudiantes mañaneras. Por entonces Mary Morey se unía a Pilgrim en muchas cosas. Y al mismo tiempo ninguno de sus otros estudiantes matinales se juntaba de verdad con él, salvo el hermano de Mary, James Morey. Con mucha frecuencia James se arrimaba un poco a la compañía de Pilgrim, más bien a su periferia, manteniéndose en la penumbra, sonriente, vigilante, siempre escuchando. "Mary a pleno sol, James a la sombra" solían decir de ellos otros estudiantes. Algunos manifestaban ese punto de vista mitad en broma, mitad en serio (se habían llevado a cabo experimentos específicos sobre aquella situación, pero sucesos que cegaban las mentes con imágenes espectrales echaron a perder los resultados), que Mary carecía de sombra salvo su hermano James.

    —¿Cómo consiguió usted ojos nuevos? —estaba preguntando Mary a Pilgrim—. ¿Es que alguien puede agenciarse ojos nuevos?
    —Sí —contestó Pilgrim. Aquella mañana, cuando el tal Mut había derribado a Pilgrim, el agredido vio estrellas y gemas y ruedas de fuegos artificiales. Pero esos resplandecientes objetos, transcurrido su momento de esplendor, no se desparramaron ni dispersaron. Más bien se fusionaron y acabaron por alojarse en los ojos de Pilgrim. Tal le pareció en aquel momento, cuando sus facultades mentales vacilaban. Puede ser que aquellos ojos nuevos se le hubiesen incorporado de otro modo, pero sucedió cuando derribaron a Pilgrim. Los ojos hechos trizas estaban vinculados con alguna experiencia estremecedora.

    El cuerpo de Mary arrojaba una extraña sombra: su hermano. También ocurría algo desusado con la sombra de Pilgrim Dusmano: variaba aunque Pilgrim no se moviese de su posición. Además cambiaban aunque la luz no se modificase. Largos desfiles de sombras, todas producidas por Pilgrim, marchaban una detrás de otra; y él permanecía pasivo, con los párpados semicerrados (abiertos al azar o cerrados, era como mantenía sus nuevos ojos) con fruición interior, proyectando rápidas sombras, su cuerpo mecido por la respiración. Quizás las sombras eran originales y el Pilgrim de carne y hueso, un hombre derivado. Una sombra envuelta en carne es más fácil de postular que todas aquellas restallantes, vividas cosas que arrojaban sombras.

    —¿Qué le ocurre al Sr. Dusmano? —interrogó Mary Morey al curador del museo—. ¿Qué ocurre con sus sombras?
    —Exterioriza mal o irregularmente —repuso el curador—. Por decirlo de la manera más sencilla. Buscador del placer en todas las cosas, se desbalancea porque hace demasiada fuerza. Abunda lo crudamente sangriento en todo lo que se vincula con sus gratificaciones. ¿De dónde pueden venir esas manchas rojas que tiñen sus sombras sino es de su trato con la sangre? Me resulta sospechoso de insana, pero pienso que puede salirse de la demencia en cuanto se le ocurra. Siempre aparta media hora muy especial de su permanencia en este sitio, para disfrutar de su locura. Es cosa que integra sus planes de placer. Y usted, jovencita, también forma parte de él.

    (Una ola de sobresaltos y emoción atravesaba la ciudad, el país y buena parte del mundo en aquellos momentos. Era una emoción asesina, pero placenteramente asesina, como el sueño de matar a un enemigo. Las ondas de aquella conmoción atravesaban las paredes del museo y de todos los edificios.)

    En aquel momento la sombra dé Pilgrim era una gorda burbuja de malignidad muy cordial e intensamente sociable; esto último, en cuanto cualquier persona presente tomaba su parte en la peligrosa atracción de aquella sombra. Y la opaca mancha proyectada por el cuerpo estaba luminosamente realzada por las danzantes notas rojas de una flauta. Pero Pilgrim, por su parte, escrutaba un dibujo anguloso, chato, trazado en blanco y negro por un chico o una chica que, de pie a pocos pasos, no hacía nada en absoluto. La niña, delineada con gran sencillez en color negro sobre una zona blanca, brillante. El chico, cuyo trazo era avaro en detalles, estaba dibujado o pintado sobre un blanco liso en la mitad negra del dibujo.

    Y entonces, ¿por qué aparecía esa nota chillona en la sombra de Pilgrim? Quizás nuestro hombre abstraía a partir del dibujo ejecutado con línea tajante. ¿Pero por qué asumían ese agudo nivel las notas que se hallaban esparcidas en el piso? Eran demasiado chirriantes para que las percibiesen los oídos afectados por algún obstáculo. Tenían tan desmesurada agudeza que si en el sitio hubiese habido cristal, sin duda... pero había cristal allí. Y se rompía con el altísimo impacto de las notas que emitía la flauta de sombras.

    —Lo lamento —dijo Mary Morey al curador del museo—. Tengo la intuición de que en parte he sido responsable del hecho. Ni había visto el cristal. Esa pieza puesta en exhibición sobre aquel estante, el extraño cristal que se trizó, ¿era muy valioso?
    —No, era el vaso que uso para beber —repuso el curador.
    —Dusmano se divierte. —El joven James Morey hablaba desde las sombras—. ¿Pero será cierto que extrae alguna fruición de sus goces y de sus placeres? Sus disfrutes podrían no ser equivalentes al goce. Los placeres que experimenta son placenteros de acuerdo con su propia definición y la de su culto, pero todo este asunto es cosa tan tensa que amenaza con romperse. Yo intervengo en esto e ignoro si es placer o no lo es.

    El curador del museo mantenía a Dusmano, en ese momento, en su cuarto de guardia reservado y en su salón de exhibición. Se permitió que los Morey entraran. El museo acababa de recibir varias piezas impactantes.

    —Tenemos un puñado de magníficas novedades que nos presta el Joyel Pase Adelante, de Melchisedech Duffy de Nueva Orleans —manifestó el curador.

    Entre las cosas recién llegadas las había estridentes y no faltaban las serenas. Había pintura, tallas en madera montajes alemanes en plata. Además, una estatuilla de madera con los ojos vivos. Era, obra de Groben.

    Los ojos que tenía eran vivientes y vividos. Chispeaban Chasqueaban. Acumulaban un mundo de curiosidad y solo la más mínima pizca de animosidad. Eran ojos de mono, pequeños y castaños; o eran pequeños ojos marrones de gnomo. La estatuilla no tenía otra cosa viva. Ni siquiera podía considerársela hermosa, en opinión de Groben.

    —Esta figulina tiene los ojos vivientes —dijo Mary— y se parece a los de alguien que me es conocido. Y usted, Pilgrim Dusmano, ¿sabe que ahora tiene los ojos muertos y hechos de piedra preciosa, sabe que ahora tiene ojos de ídolo?
    —Sí, sé que los tengo. Y estoy en camino de transformarme en un ídolo.
    —Y ésta estatuilla, ¿adquirió los ojos que usted tenía, sus ojos vivientes? Se parecen a ellos. La estatuilla se le parece a usted.
    —Me propongo parecerme a una estatua, pero no a una figulina —expresó Pilgrim—. Pero los ojos que yo tenía no deben estar vivos en ningún lugar. No permito que lo estén.
    —¡Ahoguémoslo! —exclamó Pilgrim orientando su exclamación hacia la estatuilla de madera con un interés casi leproso. (Dusmano no era el que eludía ser atrapado en sus placeres)—. Ah, así, a la mano hay una escudilla finamente decorada, James; llénela con agua y ahogue esa cosa.

    James agarró la escudilla y fue a llenarla con agua.

    —No lo haga —dijo el curador—. Todavía no conocemos la artimaña de los ojos. Y humedecerlo o anegarlo podría descomponer el mecanismo.
    —No existe mecanismo alguno —les advirtió Pilgrim—. Solo existe una estatuilla de madera con los ojos vivos, y contra toda razón, estoy dispuesto a reconocer que son míos. Ah, ha llegado usted, James. Siempre dicen de usted "rápido como una sombra", y es verdad. Ahora sumerja en agua la pequeña talla y manténgala hundida.
    —¿Durante cuánto tiempo?
    —Manténgala inmersa hasta que se ahogue. O hasta que todos nos hallemos hartos del micro crimen. Ruego que jamás me canse de semejante cosa. O hasta que llegue el momento de marcharnos para entregarnos a otros placeres.

    James Morey sumergió en agua la estatuilla de madera y la mantuvo bajo el nivel del líquido.

    —¿Cuál es el primer requisito de un bloque de piedra, un tronco, un trozo de material en bruto destinado a la confección de una estatua, o un icono o... en fin, algo más viviente? —estaba preguntando Pilgrim—. ¿Cuál, entre todas las cualidades, sería la más deseable en la piedra bruta o la madera o el mármol o la arcilla o la... vamos, la carne en bruto?
    —Que se halle totalmente vacía de verdadera personalidad —repuso el curador—. Si un informe bloque de piedra trasunta personalidad no le sirve al artista. Imagínese un pedazo de lienzo tirante, un poco de tela munida de personalidad, ¿por qué había de aceptar el arte?
    —Bueno, entonces yo no tengo razón para preocuparme —dijo Pilgrim.

    Lo cierto es que Pilgrim Dusmano había estado construyendo, desde bastante tiempo atrás, una estatua o un icono o un... bueno, determinado objeto dotado de más vida. Trabajó cuidadosamente en esa imagen y además había empleado la colaboración de otra gente. Las tareas usaban tela, madera, mármol y arcilla. También y en proporción preponderante, la estatua, icono o imagen se hacía con carne, la propia carne de Pilgrim.

    Y la materia prima que insumía la imagen se encontraba verdaderamente vacua de personalidad auténtica. Lo que suministraba un campo más despejado para trabajar.

    En la sala de los guardianes —y también de exhibición— había un indio de madera como los que se ponen enfrente de las cigarrerías, obra recién llegada, de tamaño algo mayor que el natural, debida al arte de Finnegan. Era una de las obras más anómalas ejecutadas por Finnegan, uno de sus más maderosos vitales objetos. Nadie había tallado Indios para cigarrería como Finnegan. En su mano de madera color caoba el Indio empuñaba un manojo de cigarros que parecían de verdad. ¿Parecían? No, eran verdaderos. Pilgrim tomó cuatro de esos largos puros y los ofreció a los circunstantes. Cada uno encendió el suyo.

    —Nunca reparé en que los cigarros eran genuinos —dijo el curador—, pero el Indio llegó esta misma mañana y aún no había terminado de observarlo. Con todo, estoy casi seguro de que cuando los miré la primera vez eran cigarros de madera. Esto debe ser una broma que nos ha jugado alguno de los obreros. Jugarreta costosa. Son cigarros sumamente finos: muy bien curados y estacionados.
    —No son de este siglo —dijo James Morey. Mary Morey expelía el humo en aros con forma de corazón. Tenía la capacidad de moldear la lengua para infundirle al humo todas las formas imaginables. Es una de las bellas artes menos conocidas.
    —Pienso que cuando uno se pone a trabajar en un bloque o leño en bruto, vacío-de-personalidad-verdadera, lo primero que debe hacer es llenarlo de sangre viva —manifestó Pilgrim—. He estado tratando de hacerlo. Y creo que es preciso verter tanta sangre por fuera como en el interior de la pieza bruta. —Los ojos enjoyados de Pilgrim refulgieron.

    En aquella sala había dos marinas de Adam Scanlon. Eran cuadros de calidad. Pero parecía como si aquellos mares y cielos perteneciesen a mundos apenas diferentes del nuestro. O a éste, pero hace muchísimo tiempo.

    Llegó un hombre con un papel escrito y se lo entregó al curador, marchándose luego.

    Había allí un tríptico que quitaba el aliento. Por único título llevaba la palabra Dotty. El ala izquierda mostraba a una muchacha vestida y bella; en el panel central estaba la misma chica desnuda y todavía bella; el ala derecha representaba a la misma joven sometida a un corte que dejaba ver sus órganos interiores; un bello torso, aun con las vísceras a la vista. El cuadro llevaba la firma de "Joe Smith" en dos de las tres tablas. El tercer panel carecía de firma y una parte había sido pintada por distinta mano. El tríptico era casi demasiado fino y casi demasiado nostálgico de alguna escondida cosa, como para ser creíble. No se trataba de nada que uno pudiera encontrar en cada vida.

    —Si las obras como ésta vienen del Joyel-al-Paso de Nueva Orleans, ¿vaya uno a saber qué especímenes hay además allí?
    —Poco que ver —dijo el curador—. Melchisedech exhibe los desperdicios y conserva los materiales de calidad guardados en una leñera que hay al fondo.

    Había cuatro cuadros del misterioso Gregory van Ghi, cuyas pinturas estaban todas bañadas en aquel color naranja tan espectral y como de otro mundo. Parecía como si una luna llena hecha pedazos hubiese sido asperjada sobre todo cuanto pintó van Ghi. Algunos sostenían que van Ghi había sido discípulo de Finnegan. Pero el mayor era van Ghi.

    Había tres cuadros pintados por Alessandro, obras del período de Chicago con textura como de madera, que...

    —Ah —dijo el curador—, el mensaje que acaba de entregarme uno de mis hombres dice que Evenhand es el Cónsul. Lo acaban de dar en los noticieros.
    —Le echaremos los perros, se rendirá a nosotros y lo haremos pedazos —exclamó Pilgrim presa de verdadera agitación—. Lo convertiremos en una ruina, lo destruiremos, lo mataremos y descuartizaremos, y para terminar emporcaremos su guarida y sus cenizas.
    —¿Pero por qué, señor Dusmano, por qué? —quiso saber el curador, acometido por escandalizada perplejidad—. Nunca pude comprender la avidez con que una nación entera se lanza a destruir un Cónsul. Es el dignatario que desempeña la tarea más alta y más plagada de preocupaciones, sin paga, sin agradecimiento y en el más cerrado anonimato. Además debe ser una buena persona y habérsele comprobado y certificado esa cualidad. ¿Qué razón puede tener una turbamulta para asesinarlo y destruirlo?
    —Es la jarana diabólica, curador —barbotó Pilgrim.
    —Un placer asequible dos veces en toda una generación, si acaso. Es el asesinato que la nación entera puede protagonizar, disfrutar y recordar. Se convierte en parte principal de nuestro patrimonio colectivo, de nuestro haber mundial. Lo matamos porque es Cónsul, amigo curador. Y porque en este momento es un hombre notorio y vulnerable a la destrucción. Y porque entre todos los placeres casi el más ardiente consiste en destruir sin dejar rastros a una persona distinguida. Es preciso que los sabuesos rituales aúllen y ladren cerrando el cerco. Además es peculiarmente placentero liquidar a una persona de alto rango si es un hombre bueno. "Procura más placer matar a una sola persona buena que a un centenar de individuos indiferentes". ¿No es lo que ha dicho el Diablo Chabacano? Estos saberes teje el pueblo para crear la historia roja.
    —La estatuilla de madera que tenemos bajo el agua manifiesta gran nerviosidad —dijo James Morey—. Cuesta mucho mantenerla sumergida. El pánico la domina.
    —Es una talla en madera y nada más —opinó el curador.
    —No se limita a eso —contradijo Pilgrim Dusmano—. Es más. ¿Si se redujese a una mera estatuilla me excitaría tanto saber que se ahoga llena de pánico? Este microcrimen servirá de salsa para la gran fiesta que haremos con el cuerpo de Evenhand, el Cónsul —dijo Pilgrim centelleante y vivido como una fogata.
    —Siempre escapó a mi comprensión —reflexionó el curador—. Mi padre intentó explicármelo. En sus tiempos destruyeron a un Cónsul. Pero yo jamás lo entendí.
    —¡Eso sucede porque usted es una oveja inmaculada! —clamó Pilgrim haciendo salvaje irrisión del pío curador—. ¡Detesto su pierna de carnero sin abombar! ¡Odio toda carne sin mácula! Alguna manera habrá de acabar con usted por partidario del Cónsul.
    —T-Tal vez no me pesaría —repuso tristemente el curador—. Si un mundo perverso deshace totalmente a un hombre, hasta que sobreviene la muerte, preferiría abandonar ese mundo yo también. Pero ¿por qué, cuando abundan los perversos, tiene que prosperar esta histeria? Ya la percibo, siento que está atravesando las paredes. ¿Por qué tiene que producirse esta eclosión histérica para torturar y aniquilar a un hombre bueno?
    —¿Qué placer se obtiene violando a una prostituta? —preguntó Pilgrim—. No, no, tiene que ser una víctima inocente. El gran placer que proporciona los martirios se apoya en el maltrato de las vírgenes, en los machucones y magulladuras que las conducen inexorablemente a la muerte. ¿Y usted, siendo un curador de arte no aprecia el alto valor y la complacencia estética de que le hablo?
    —¿Por qué, por qué la gente sigue haciéndolo? —proseguía quejumbrosamente el curador—. Advierto en este mismo instante que van en procura de esa meta. No hay un solo sitio en el país donde no estén moviéndose hacia su objetivo. Pero es insano, es cosa de orates. Es irracional. Es antinatural. ¿Qué condición del pueblo cayó en el extravío?

    Este curador era puro tasajo de carnero.

    —El pueblo no sabe distinguir entre la mano derecha y la izquierda —se mofó Pilgrim—. Por suerte tenemos a nuestro servicio agitadores instantáneos, lobos cuchilleros, expertos en dialéctica. Son gente directa, salvaje, depredadora, desorganizada en el plano visible y con el corazón siempre listo para todo placer desenfrenado. Inyectan en la gente palabras, instigaciones, actividades vivificantes; las inyectan en todos los sentidos y todas las intuiciones. Se convierten en la sangre batida de la gente exangüe; son los cerebros endiablados, los atrabiliarios espásticos y las gónadas caprinas. ¿Acaso la gente debe olvidar que tiene cerdas eréctiles? ¿Han de echar a un lado que las manos deben ser rojas en la estación roja? ¿Les toca ignorar la música placentera que uno puede hallar en el grito mortal de un agonizante? ¡No permitiremos que la gente olvide! Los obligaremos a que participen del intenso placer. Se lo inyectaremos a todos. Y desde su ignorancia responderán al estímulo. Ahora lo inyectamos.
    —¡Me gustaría saber qué Judas reveló la identidad del Cónsul! —dijo plañideramente el curador, sintiendo que le acometía esa menuda indignación que a veces experimentan los hombres mansos.
    —¡Un Judas, con toda certeza! —Pilgrim resplandecía—. ¡Vaya uno a saber qué hallaron las otras once ovejas idiotas, qué cosa podía competir con el arrobamiento del rojo asesinato y la exultación suicida que vivió el verdadero chivo-Judas!
    —Es como una tragedia Griega —masculló el curador—. Es el mal en estado puro que se aproxima marchando sobre patas de chivo. Es el chivo-tragos en persona. Y es el demonio.
    —Claro, claro —dijo ágilmente Pilgrim—. Ya está a punto de rebalsar. Mordisquea animalescamente. Traza arañazos que fluyen sangre.
    —La estatuilla está lanzando chillidos bajo el agua, —James Morey dijo con su amortiguada excitación—. Siendo tan chico, en sus alaridos cabe todo un mundo. Lo oigo en las yemas de los dedos. Quisiera que lo escuchasen ustedes.
    —Yo estoy oyendo —repuso Pilgrim— y he gozado este suceso en toda su extensión, hasta el asa quemante. En estos asuntos siempre hay que determinar cuál de las alternativas le proporciona a uno el placer más intenso. ¿Está bien que disfrutemos más, que experimentemos radiante satisfacción maligna en más alto grado cuando la víctima muere a gran velocidad, o cuando el deceso es lento y prolongado? En todo caso usted se equivoca, curador. Esta no es una tragedia Griega cuyo, primer coro hayamos oído, para que en este instante comience la acción. Es una Catástrofe Griega, es decir una destrucción o ruina. Cosa mucho más agradable que una tragedia. ¿Qué toma usted de su escritorio, curador? Me interesa.
    —Son los ojos de la máscara ritual que perteneció al Cónsul destruido en tiempos de mi padre —respondió el preguntado.

    Mary Morey dijo:

    —Parece una de las piezas oculares hechas de cristal nuevo fracturado y de gemas que pertenecen a su máscara ritual, Pilgrim. ¿Sabe usted que ahora lleva una máscara ritual en lugar de rostro?
    —Lo sé —replicó Pilgrim.

    Los Cónsules siempre portaban minuciosas máscaras y andaban como metidos en una vaina y calzando guanteletes, mientras desempeñaban su alto oficio. Formaban una serie de hombres absolutamente buenos que laboraban sobre la tierra anónimos y enmascarados, emprendiendo la pesada tarea de encabezar los gobiernos. Tomaban entre bambalinas, por así decirlo, las decisiones necesarias. Hasta cuando hablaban asumiendo su responsabilidad oficial y disimulada, tenían que llevar en la boca una paraglotis que trabase la lengua para desfigurarles el habla. Y el sistema del Cónsul enmascarado había dado tan buen fruto que al parecer ningún otro dispositivo mundano serviría jamás para nada. Los gobernantes habían caído asesinados con tal velocidad sucesiva que se desvaneció hasta la propia idea de gobierno. Y entonces los Cónsules enmascarados lograron atemperar la anarquía en medida suficiente como para que el mundo prosiguiese viviendo su historia. Pero si por ventura, ojos humanos veían el rostro de un Cónsul, o se pronunciaba su nombre consular, entonces quedaba al descubierto, conocido y marcado. Como consecuencia se lo destruiría. Los demonios pueden apresar y descuartizar a un hombre desenmascarado.

    —Sí, la pieza ocular está polarizada —observó Pilgrim—. Si bien el que la lleva puesta ve a través de ella, nadie puede divisar sus ojos, porque el aparato impide la visión de afuera hacia adentro. A este Cónsul le quemaron los ojos con clavos ardientes después de quitarle la máscara. Dijeron que, en parte, el humo que produjo la operación se adhirió a las gafas de la máscara. ¡Ojalá yo hubiese podido intervenir en aquella apasionante secuencia!

    El Indio de cigarrería estaba de pie en mitad de aquel cuarto con toda la cualidad inflexible de su madera y de su moralidad angulosa. En verdad no había allí otra persona sostenida por una ética. Pilgrim carecía de moralidad. Los Morey también. Ni siquiera el curador practicaba plenamente una conducta apoyada en principios de rígida integridad. El curador estaba atemorizado y al mismo tiempo le atraía el magneto-de-sangre.

    —¿Qué era una Katastrofe Griega? —preguntó el curador con voz ligeramente aguda.
    —Oh, era el ataque, el saqueo, la violación, la ruina, la destrucción —Pilgrim iba soltando de a una las calamidades—. Era mucho más vital y dramático que los espectáculos del circo Romano. Y se podía representar apasionadamente, dramática y agónicamente por grupos numerosos o pequeños. Cuando adoptaba su forma clásica, sobre todo en Corinto, pero también en otras ciudades, la víctima debía ser una persona virgen, de sexo masculino o femenino. Y era necesario irrumpir en ella tantas veces como fueran necesarias para conducirla a los umbrales de la muerte. Más de una vez la agonía se prolongaba durante tres días y tres noches. Entonces, cuando la víctima había llegado a la situación extrema, con el cuerpo violentamente abierto y desgarrado en mitades, cuando la muerte rondaba muy cercana, farfullando y aullando, era el momento de aplicar simultáneamente todas las torturas imaginables; y gente de diversa condición, incluidas las señoras de alto rango y los hombres maduros y los niños pequeños debían ser traídos a la asamblea para que aportasen sus peculiares modos de torturar.
    —Los miembros se arrancaban del cuerpo todavía vivo. Los ojos como los genitales, la lengua y la glotis sufrían igual destino desde sus sanguinolentas raíces. Bah, vivimos en una era enclenque, olvidada de sus antiguas fruiciones. Yo nací muy tarde y en mal sitio. Ahora organizamos grupos y llevamos a cabo esas celebraciones, pero todo es artificial. La espontaneidad desapareció. Las genuinas raíces chthónicas se han marchitado y habrá que restaurarlas. Si la víctima no fuese una persona virgen, la diferencia se advertiría sin demora, no hace falta ni decirlo. No experimentaríamos un placer tan denso y rico.
    —¿Y los atentados asesinos contra los Cónsules sin máscara son idénticos a esto? —preguntó el curador.
    —Sí, son actos de solidaridad nacional —confirmó Pilgrim—. Son los intensos asesinatos rituales que nos permiten renovar nuestra sangre. Pero si el Cónsul no fuese de verdad un hombre bueno y sin mácula, se percibiría la diferencia desde el mismo comienzo. El placer corporativo emanado del crimen no sería tan poderoso en tal caso. Tenemos la suerte de que Evenhand sea verdaderamente límpido, de modo que el clamor cobrará, con su sentido pleno, el espeso y rancio placer. Actos como los nuestros pueden hacer vacilar las esferas. Ustedes lo saben.
    —¿Cómo está la figurita de madera tallada, James? Porque ése es nuestro símbolo de concupiscencia y de asesinato.
    —Ya veremos —dijo James Morey. Sacó la figurina del agua. Los miembros de madera se habían movido y vuelto a ordenar, como si la talla no fuese de una sola pieza. Los órganos se hallaban desplazados, deformados y retorcidos por la mortal tortura del agua. Tenía abiertos sus ojos de difunta, pero abiertos con expresión de horror, tortura y desolación. La ahogada pieza de madera casi lo hubiera movido a uno a piedad, si ya no tuviese decidido moverse en otra dirección. Una de las más extrañas y acosadoras tallas en madera ejecutadas por Groben.
    —Los ojos que tenía eran el último resto del verdadero Pilgrim, y ahora están muertos —dijo sin énfasis James Morey. Pero James, con todo y entendiendo en profundidad que Dusmano se tornaba diabólicamente artificial por voluntad propia, no había cesado de ser un miembro prominente entre los adheridos al culto de Pilgrim.


    6


    Nuestra regla es ecléctico ultraje:
    Aplastar al jején que nos mancha
    Y nos pone en pecado salvaje.
    Arrojar los enormes camellos
    Por el inodoro,
    En suave pasaje.
    Y en nosotros aún permanecen.
    Camellos de gran tonelaje.

    —"Canción de la Pala de Oro"


    Pilgrim Dusmano almorzó en el Club de los Medios. Era un honorable miembro de esa corporación. Ni siquiera representaban para él un obstáculo las palabras restrictivas que flameaban, escritas con fuego, en la entrada del Club: "Sólo para los Señores del Espíritu". Pilgrim no se limitaba a ser un Señor Espiritual, pues asumía también la calidad de Señor Temporal. El comercio y el dinero que barajaba lo convertían en un Señor Temporal de encumbrado rango. Pero en lo que tocaba a su influencia en las costumbres y los modales, los cultos y las brujerías, las modas y los estilos, era un Espiritual. En sus desviaciones creadoras, sus deformaciones decadentes, en sus desmantelamientos tumultuosos y ambivalencias deíficas era un Señor Espiritual. Y como elevado "Pionero del Placer" era un Señor con todas las de la ley. Vista su filosofía de campo salteado, su devoción por el celo dinámico entendido como una de las bellas artes, por su gusto cinético y sus variaciones vectoriales, era el verdadero Señor Espiritual, condecorado y convertido en objeto de culto.

    La Gente de los Medios necesitaba hombres como Pilgrim. En cuanto a él, vacío de personalidad genuina interesado en incorporarse la mejor individualidad cultica y electrónica que existiese en el mundo, necesitaba de los Medios. La producción de los mensajes masivos como esencia de su propio yo, la poda de las personalidades ajenas al culto y a la electrónica: eso habían significado para él los Medios y en eso consistía Pilgrim Dusmano. Era el Más Nuevo de los Hombres Nuevos.

    Un joven Señor Espiritual, perteneciente al grupo del oropel (el de los comunicadores), se acercó a la mesa ocupada por Pilgrim. "Hemos descubierto y desentrañado a los tres hombres, Gut, Blut y Flut", manifestó el joven Señor. "Clavamos sus pellejos en la puerta del galpón, según reza el antiguo proverbio. Sus nombres y rostros se han hecho públicos para que todo el mundo los vea y escuche. 'Ratas-Pestíferas detrás de las Máscaras', es el mensaje que les adosamos. ¡Desenmascarados mueren! Nada los puede salvar. ¿Quién se iba a tomar ese trabajo? Son la gente no-electrónica, no-oropélica, los tipos de carne sin fractura, que jamás nos han testimoniado a nosotros, los de dios, un afecto entrañable".

    —Blut ya está muerto. Los ejecutores le echaron mano antes de comenzar nuestra instigación. Fue casi demasiado fácil. Lo hicieron trizas.
    —Perfecto —Pilgrim rio con un regusto de placer, casi chasqueando la lengua—. Blut era uno de los adláteres, pero pronto llegaremos a las cabezas eminentes. ¡Será para mí un gran final, un desenlace rebosante de placer!

    Pilgrim, experto apreciador de las comidas novedosas, estaba tomando una sopa hecha con arcilla para pipas, cuyo verdadero ingrediente son los gusanillos que taladran habitáculos en la greda blanca. La sopa se hace con cebollas holandesas y un poco de arcilla sofrita.

    —Y, Señor Dusmano... —empezó a decir el joven Señor, como dando a entender que develaría valiosos secretos.
    —Sí, Cordcutter, la gente hizo picadillo a Blut, ¿no es eso? —respondió Pilgrim concediéndole atención.
    —Uno de los pedazos de Blut está en nuestro poder, señor Dusmano. Lo tenemos aquí, en el Club de los Medios. Y por cierto es una porción bastante grande.
    —¡Oh, qué dulzura! ¿Cuánto falta para que...?
    —Cosa de una hora.
    —Muy bien. Voy a holgazanear mientras espero. ¡Pero qué bueno!
    —Señor Dusmano —comenzó Cordcutter, el joven Señor, y los otros lores de su edad pusieron atención—. Estas cosas no se revelan por sí mismas. Y usted es siempre una fuente de información sin paralelo. Infúndanos entusiasmo otra vez. ¿Tiene usted a mano más unidades de información activadora?
    —En verdad sí. Mut es Satterfield. —Le encantó arrojar aquel hombre fuerte a los recios dientes jóvenes.
    —¿No me diga? ¿El viejo Músculos Trascendentes-en-Persona es uno de los enmascarados? ¿El viejo Fuerza-en-la-Serenidad? ¡Oh, el público lo hará pingajos! Debe haber algo que permita o justifique apresarlo. Algo, quizás un puñado de cosas.

    Y los Señoritos hormigueaban como una nube de jejenes. En algún sitio había de encontrar o falsificar o manufacturar el jején acusatorio contra el poderoso hombre, recio, Fuerza-en-la-Serenidad, Fuerza-en-la-Pureza, Satterfield, descubierto minutos antes como el individuo que se ocultaba bajo el nombre-máscara o nombre-código: Mut. Los Señores (o los Lores, como preferían ser llamados algunos) siempre eran capaces de hallar un jején de evidencia culpable contra cualquier hombre. E invariablemente un pecado cuyo peso alcanzase al de un jején, bastaba para decretar la ruina.

    ¿Acaso los Señores y los Jejenes carecían de investidura? Muchos de los Jóvenes Señores Espirituales ya se habían desbandado en persecución del hombre fuerte, para cazarlo y traerlo bien amarrado. Amarrado como un fardo, con ligaduras lacerantes.

    Porque la gente, incluida la buena gente, no traga los jejenes con facilidad, una vez que se les han metido en el garguero. Se hinchan, resoplan para expulsar al insecto, se ponen tensos y rojos como un tomate, todo por un jején adolescente. Y el jején debe ser disecado, sometido a la taxidermia más minuciosa antes de que consigan ingurgitarlo. Nunca descenderá por el esófago si antes no se lo divide en trozos. Estas tragaderas selectivas son una rareza, incluso entre la buena gente. Pueden tragar sin tropiezos muchos objetos auténticamente grandes, sin contar a los camellos.


    Pilgrim estaba comiendo pizza de utilería, porque la pizza de horno estaba fuera de temporada. No obstante la pizza de engañapichanga era sabrosa, prestigiosa y costosa. El ingrediente principal, más que del toro, provenía de los racimos caprinos, pero era un secreto a voces que una buena porción de la gente común comía la pizza de utilería por preferencia, aun cuando la pizza genuina se pudiera conseguir. ¡Júbilo a bordo! ¡Nada puede reavivar un apetito agotado como la pizza de engañifa!

    En aquellos momentos se acercó a Pilgrim un Señor Espiritual mayor y más elegante. Era hombre de noble apariencia y distinción; llevaba el nombre de la vieja y aristocrática familia Fairfronter. Tenía puesto, como broche de su capa, el singular y privativo joyel denominado "Pepita Pala de Oro". Pero también portaba el "Gente de Pilgrim", todavía más exclusivo, y más pequeño que una mota en el ojo. Solo muy de cuando en cuando, aun entre peritos de la Heráldica, se advertía el significado del minúsculo "Gente de Pilgrim". Transmitía el sentido de que su usuario integraba el culto de Pilgrim Dusmano y estaba adherido a este prócer; en suma, que trabajaba permanentemente para instaurar la imagen de Dusmano y fortalecer su culto.

    —¿Es decisión tomada que su partida ocurrirá esta noche, señor Dusmano? —preguntó Lord Fairfronter con voz que traslucía ansiedad y pesar—. Este mundo no va a ser el mismo sin usted. Incluso desde un punto de vista técnico usted ha contribuido a que la personalidad posthumana avanzase más lejos que cualquier otra. Pero, ¿por qué se va tan pronto? Su culto aún no ha dejado atrás a los similares. Como todos los hechos refinados, se toma tiempo para ir elevándose por sobre los rudos yerbajos que lo rodean. Y cuando usted parta, ¿a quién nos dirigiremos para que nos conduzca? ¿Ha designado a su remplazante?
    —¿Un remplazante para mí, Fairfronter? ¿Quién sino un yo más avanzado podría sucederme? Sí, está resuelto que me marcharé esta noche, salvo que... bueno, salvo que se me ocurra otra cosa. Nosotros los intuitivos sabemos que los tiempos y las direcciones nunca son definitivos. Ah, en cuanto al nombramiento de un conductor para quienes permanecerán aquí, siempre puedo enviarle instrucciones a usted.
    —Bien, puede ser usted, repito, el que reciba las orientaciones y desempeñe el papel de caudillo. ¿Podría asumir la voz quemante, las manos y el cuerpo, ocupando mi sitio? ¿Podría representar la unción electrónica en mi lugar? Yo estructuro mi sistema en un mundo tras otro y al abandonarlos quedan refulgentes como la huella de un caracol o de una babosa. Hago girar esos mundos con mi propio cuerpo celestial. Y esta digestión y experiencia del poder mundial es, en mi caso, tan interna como externa. Cada vez que inauguro un mundo nuevo o una nueva jornada de mi vida es como si llegase ante un portal de mi ser íntimo cuya existencia antes no había advertido. Lo abro y me encuentro con una vasta, nueva y lujosa "suite" de habitaciones ya preparada en mi fuero interno para que la ocupe.
    —Sospecho que los mundos viven en mi, no yo en ellos. Mis personales y cultistas moradas interiores son tan diversas como fastuosas. Para decir la verdad, jamás logro obtener bastante de mí mismo. Pero siempre, donde quiera me halle, puedo degollar un ternero o una oveja humanos y enviarlos de regreso, o a lugares de avanzada o al lugar que fuere, portando un despacho. Ahora bien, lo que mando decir es eternamente el mismo mensaje florido: "No penséis. Sed centelleantes". El pensamiento es un proceso mental que debemos extirpar de nosotros. Existen muchísimas estructuras mentales mejores que el pensamiento.
    —¿Es posible que esa locura zaparrastrosa pueda tener efecto verdadero? —preguntaba el tal Evenhand, el Cónsul sin máscara cuyo nombre de código era Rut. Podía escuchar dirigiendo el oído a cualquier punto cardinal. No despreciaba de modo tajante la tecnología electrónica o postelectrónica. Y durante un corto momento había estado oyendo a Pilgrim Dusmano—. No cabe duda de que todos ellos son Señores de los Jejenes, y éste es el más minúsculo de todos. Supongo que por esa razón se convertirá en rey loco de la banda. Y al final retornará al sitio que le corresponde.
    —Debería haberlo matado esta mañana —dijo Mut—, pero hubiese sido inútil. Son fungibles, intercambiables. ¡Y hay tantos! No existe límite para la articulación de personalidades artificiales y al menos Pilgrim ha conseguido cierta cohesión que un sustituto improvisado tal vez no tendría. Sí, esa locura zaparrastrosa logra sus metas, Evenhand, en nuestro valle de lágrimas. Todo mundo que se desploma cae porque la demencia cochambrosa le devora los cerebros y la sustancia.
    —Nuestra fe nos manda que amemos al pecador y detestemos el pecado —manifestó Evenhand—, ¿pero acaso nos ordena que amemos al mecanismo reticulado que muele pecados como salchichas? Sí, me parece que nos lo ordena. Este mecanismo, como el de un Pilgrim, salvo por... salvo por ser él mismo, podría haber pertenecido al género humano.
    —Pero en los últimos tiempos he comenzado a practicar un nuevo método para ocupar mi propio sitio cuando me marcho —replicaba Pilgrim a la gente del Club de los Medios.
    —¿Cómo? ¿Qué sentido da usted a su afirmación, señor Dusmano? —preguntó Fairfronter.
    —Vea, yo soy un atadijo de estacas, Fairfronter. Soy un millón de estaquitas delgadas y pellejudas unidas en un haz. Toda persona es algo así, aunque dudo que nadie agrupe una variedad tan amplia como yo. Las astillas son mis personas paralelas. No un individuo, no una astilla ni siquiera la que está aquí presente ante esta mesa, puede abarcar una parte muy amplia de mi yo. Pero cuando me voy puedo enviar detrás de mí un duplicado de mi persona, como el Paracleto. Cada uno de mis paralelos es mi verdadero yo, pero todavía no podemos ver esto con claridad. Dígase que nuestros ojos se encuentran todavía en la sombra. En cuanto a mí, en estos últimos ciclos he adquirido una mirada peculiarmente luminosa. Y hoy, mediante un súbito salto de mutación, produje ojos de gemas que me inundan de una luz increíble. Mis fragmentos no logran establecer comunicación entre sí en el plano consciente. Y a pesar de todo establecemos la comunicación, porque somos los arquitectos de nuestra propia personalidad. Quizás ustedes y otros miembros de mi culto más íntimo puedan advertir mi reemplazo, el yo alterno, cuando llegue. Si no sucede así, algún día otros darán reconocimiento a otro paralelo. Nada mío se perderá nunca: les dejo todo a ustedes. Si presenta el aspecto de un falso reemplazo, o un advenimiento de poca monta, harán de él lo que les plazca. Claro que me estarán matando a mí, pero yo puedo aguantar mucha muerte. Que entresaquen y avienten mis egos menores no me desagrada. No hay modo alguno... Bueno, hay una manera prácticamente imposible, pero no la tomaremos en cuenta. Es imposible que todo mi ser pueda resultar atrapado y destruido en un solo cuerpo. Ah, Fairfronter, tal vez usted quiera pulir un poco algunas de estas sentenciase incorporarlas a mi culto.
    —De buena gana señor. Pero las sentencias nunca podrán reemplazarlo. ¿Desea que nos ocupemos de algunos preparativos para esta noche, señor Dusmano? ¿Tiene decidido ya cómo le apetece morir?
    —Hay por lo menos dos buenas posibilidades de que me asesinen. Eso me gusta si me dan tiempo para adoptar la actitud mental adecuada. Es un fastidio que mi propio asesinato me tome por sorpresa. Cuando ejerzo control sobre mi mente, puedo utilizarla energía del ataque en mi propio beneficio. No, los únicos preparativos que ustedes pueden hacer consisten en aguardar y estar listos para recibir posibles órdenes. En estos asuntos soy muy elástico. Fairfronter, buen amigo, los atacantes están siempre tan tensos. ¿Se ha dado cuenta? Bueno, lo veré más tarde o hacia el anochecer.
    —De acuerdo. Por favor, tenga mucho cuidado, señor Dusmano. Para nosotros usted es la única personalidad-objeto-de-culto. Casi deseo que no lo fuese —Fairfronter se apartó de Dusmano y entabló conversación con otros miembros del Club.

    Pilgrim Dusmano comía queso "Espuma de Mar", que se hace con leche de cetáceo. Utilizaba una de esas cucharillas más bien chatas y de mango largo que los comensales siempre han usado para comer queso "Espuma de Mar" cuando la comida no es de etiqueta.

    Se aproximó otro joven Señor Espiritual y tomó asiento junto a Pilgrim. Pero en este joven Señor algo había de tortuoso. Era de las Provincias, poco se sabía de él. No obstante, muy pronto salieron a relucir algunos de sus aspectos negativos. El joven Señor tenía una mirada furtiva, y un verdadero Señor, por más que usted lo busque, jamás mira furtivamente.

    Aquel muchacho encerraba un espía en su corazón. Gracias a sus ojos de gemas, Pilgrim Dusmano había podido observar durante varias horas el interior de las personas. Al joven Señor con alma de soplón le latía temerosamente el pecho. Lo peor es que su corazón era el de un espía enfermizo, un corazón sin fuerzas, un corazón temblón en un individuo enclenque. Ese hombre no era un verdadero Señor Espiritual. Sí, aunque tuviese las credenciales en orden nunca serían señoriales sus vísceras. Se llamaba Trenchant y el más genuino de los jóvenes Señores Espirituales le había endilgado como apodo "el Cuchillo de Goma".

    —Señor Dusmano —dijo nerviosamente el falso Señor (llevaba cierto tiempo hablando, pero sin decir nada en particular) —, usted es un grande hombre y me avergüenza contradecirlo. Pero estoy obligado a ponerlo en tela de juicio, aun cuando todos los otros aquí presentes lo acepten sin condiciones. ¿Será posible que usted esté por cometer un grave error?
    —No. Cometo muchos errores, joven camello, pero siempre por inclinarme hacia la temperancia —repuso Dusmano—. Hoy incurrí en la torpeza de adquirir solamente un millón de dólares en lugar de dos. Caí en falta reorganizando veinte mentes jóvenes en vez de cuarenta. Me equivoqué violando a un muchacho y una chica, debiendo ejecutar ese acto con media docena de individuos por cada sexo. Hay jornadas en que la energía circula a baja tensión y parece que uno alcanza el placer más pleno haciendo menos en vez de más. Sí, es una equivocación, pero no demasiado grande. Hoy he matado a un sólo hombre. Ese sí es un error, porque ya ha transcurrido la mitad del día. No puedo incluir a los mensajeros entre las personas asesinadas porque en el caso de aquellos darles muerte no pasa de ser un asunto técnico.
    —Para mañana a la noche serán nueve los muertos por su mano, si nada lo detiene —dijo el señor fingido—. ¿Ignora usted qué echándole los perros al Cónsul y a los otros está derrumbando algunos de los puntales que sostienen al mundo? ¿Qué me dice usted si el mundo humano se viene abajo?
    —Bueno, si este mundo y otros se desploman tal vez entremos en la era posmundial. De todas maneras los mundos son divisiones arbitrarias y no cabe duda de que podremos hallar mejores acomodos u ordenaciones de las cosas. A mi juicio no se sabe si los mundos son categorías auténticas o si revisten alguna importancia.
    —Bueno yo trataré de impedir que usted se destruya, señor Dusmano.
    —¿Cómo impedirlo? —dijo Dusmano en son de burla—. ¿Qué razón puede tener nadie para obstaculizarme? Soy una fuerza elemental. Sería como querer parar el viento o el sol. Pero no podré anotar en mi cuenta todas esas ejecuciones. Nosotros los atletas de los placeres más afiligranados no tenemos en cuenta como crímenes plenos a los de nuestros asistentes. Por otra parte no me propongo cometer muy pronto ningún asesinato hecho y derecho.
    —Evenhand es un hombre tan bueno —dijo el joven Señor falso—. Ni siquiera los Señores del Foro, los Señores de la Prensa, los Señores del Oropel, los Señores de los Medios ni otro Señor de clase alguna han podido encontrarle tacha. Y han estado rebuscando durante varias horas.
    —Oh, joven potrillo, hemos develado cantidad de cargos que cabe imputarle. Incluso ser desenmascarado es cosa de muy mal agüero para un cónsul —se pronunció Dusmano—. ¿Acaso se puede dar por bueno un individuo de tan mala sombra? En ésta era postanárquica, la arjé o autoridad de cualquier Cónsul o dignatario es maligna; únicamente la máscara la torna soportable, pero cuando cae la máscara debemos considerar que la persona. .
    —¡Pero fueron usted y los suyos quienes le arrancaron la máscara! Y después de arrebatársela lo acusan de no tenerla puesta.
    —Exactamente, joven chivo. En un Cónsul o en cualquier hombre, la carencia de agilidad es mala cosa; que lo atrapen a uno en algo tan elemental denota falta de agilidad. Y hay más. Hace tres años, el día en que ungieron Cónsul a Evenhand, las Sierras Occidentales fueron sacudidas por un terremoto.
    —En las Sierras tiembla un par de veces al día, como promedio.
    —Como promedio sí. Pero algunos días no hay movimientos de tierra.
    —¿Un destino propicio no hubiese otorgado al hombre bueno un día sin terremotos para que asumiese su alta dignidad? Además las manzanas de la Costa Oceánica vienen agusanadas. ¿Acaso iba a ocurrir semejante estropicio si un hombre bueno estuviese desempeñando la magistratura?
    —¡Esos incidentes no entrañan culpabilidad, señor Dusmano! ¡No son razones, no son faltas! —exclamó con vehemencia el falso Señor—. ¡Son jejenes, puros y simples jejenes! Son los minúsculos jejenes de la edad de la sinrazón.
    —¿Por qué había de haber jejenes durante la vigencia de un buen Cónsul? —preguntó Dusmano, marcando con sus fluidas manos ese gesto que significa "seamos razonables"—. Debemos evitar, juvenil potrillo, no sólo debemos evitar la realidad del mal, sino hasta el más mínimo murmullo que a él se refiera. ¿Oyó hablar de los Señores de los Jejenes? Los jejenes, Señor de engañifa, son los susurros del mal.
    —Según me han contado, usted es miembro de los Señores de los Jejenes.
    —Lo soy. Pero nadie puede llamarme murmullo del mal. Yo soy una vociferación del mal. ¿Ignora usted que todos los mundos y todas las palabras han sido puestos cabeza abajo?
    —¿Pero cómo justifica usted esa mentecatez, señor Dusmano? ¿Cómo justifica esa minuciosa violencia que se inflige a los jejenes, usted y la gente de su clase, si toma en cuenta los enormes y desgarbados camellos que se han tragado enteros, haciéndoles recorrer todo el cuerpo y sacándolos al exterior de nuevo? Trenchant, el falso Señor, asumía una actitud desafiante. Sí, ustedes los engullen enteros y los hacen recorrer toda la tubería con pelo, giba y cascos, sin que jamás tropiecen con la menor dificultad.
    —Los camellos son grandes limpiadores de nuestros conductos internos —Dusmano sonrió—. Insuperables limpiadores.
    —Señor aquí están los Señores de la Prensa, los Señores del Foro, los Señores del Ártico, los Señores de Oropel. Y los Señores Jejenes. ¡Aquí están todos los Señores Espirituales y los Señores de los Medios que han decretado la revolución permanente contra el pueblo y sus delegados! —gritaba rabiosamente el espía, el Señor fingido, Trenchant de nombre—. Pienso que ninguna persona como usted debería recibir el título de Señor bajo ningún pretexto.
    —Ándese con más cuidado, verraquito —advirtió Pilgrim—. Con sus razonamientos anticulturales y antielectrónicos, agravados por su vehemencia, ha hecho funcionar el sistema de alarma. Ahora los jóvenes Señores se reúnen como moscardones.

    Y era cierto que algunos de los Señores Espirituales más mozos iban rodeando amenazadoramente a Trenchant, el Señor de pacotilla, el exacerbado espía. No era un espía competente. Alzando la voz y echando a volar sus pasiones en el club enemigo, había perdido el derecho a que lo considerasen hábil aun en ese oficio temporario.

    —Hubo un hombre que llenó la función de Cónsul sin agradecimiento ni paga, un hombre totalmente bueno —alegaba ciegamente Trenchant, el falso Señor, con voz densa y aplastante—. Y este hombre bueno será hecho trizas miembro a miembro, si la atmósfera que hoy reina aquí se continúa y los hechos proyectados llegan a su ejecución. ¿Por qué, grande hombre, por qué?
    —La gente se va a cebar con la sangre de los Cónsules totalmente buenos; se aficionarán a ella —dijo Dusmano—. Les estimulamos la "libertad de gustos". ¿Y ustedes no?
    —¡Sus maquinaciones claman venganza al cielo! —chilló el Señor fingido.
    —Que clamen. ¿Quién les va a contestar? —dijo Pilgrim Dusmano riendo.
    —¡Señor Dusmano, usted no es el verdadero Peter Pilgrim del mito! —rugió el espía incompetente—. Usted es otro Pilgrim más falso. Y todo su culto es mentira.

    Esas manifestaciones agredieron duramente a Pilgrim. Si no era el Peter Pilgrim del mito, ¿quién era entonces? Sabía que a la luz de la razón no podía ser aquel Peter Pilgrim. Pero no ignoraba que vivían en la era posracional. De acuerdo con la clara y simple sinrazón, él debía ser, a pesar de todo, Peter Pilgrim, esa auténtica persona suya. ¿Acaso no era un Señor de los Medios y un Señor Eidolon? ¿O su genuino yo era un mero fantasma hecho por Señores ebrios para su diversión?

    Varios Señores de los Medios llegaron con caras de pocos amigos y se apoderaron del Señor fingido. En el primer empellón medio apagaron la candela de su vida. Al Señor falso le quedó un ojo colgando, el cuello semidegollado, y el hombre, en fin, despojado de su hombría. Lo hubiesen matado en un instante. Pero...

    Intervino Pilgrim Dusmano.

    —Ese asesinato me pertenece —dijo severamente. La inobservancia del orden jerárquico y la ausencia de ritual lo habían ofendido. Los jóvenes Señores se echaron atrás, debidamente abochornados.
    —¿Cómo desea hacerlo, señor? —preguntaron. Se inclinaban ante Pilgrim como personalidad-objeto-de-culto—. ¿Con cuchillo, maza o hacha, señor?
    —Con mis manos —dijo Pilgrim. Y tenía una fuerza tremenda en las manos. Nada importaba que un hombre llamado Mut según el código lo hubiese zamarreado como a un niño aquella misma mañana. En adelante Mut nunca volvería a realizar semejante proeza. Pero Pilgrim vapuleó al espía del ojo sacado, Trenchant, ese falso Señor Espiritual, como si se tratase de una lombriz partida en pedazos. No está bien dejar con vida a un estúpido; y este hipocritón cometió una gran estupidez intentando un doble juego en cuanto Señor Espiritual.

    Pilgrim dejó a la vista y sueltos los tendones y fracturó los huesos del individuo. Intenso placer fluía de las robustas manos asesinas. Pilgrim abrió el cuerpo como si fuese una sanguinolenta caja. Con diestra rapidez echó mano al corazón y al gran redaño, arrancándolos. Sentía en los dedos la titilación de una vida que se desvanecía, y la apagó con las férreas tenazas de sus manos. ¡Qué raudo y sin defecto aquel placer vital y mortuorio! ¡Qué bello deshacer un cuerpo y arrebatarle la vida y la intrincada textura haciéndolo jirones! Rápido goce y rápido también el hartazgo del goce. Pilgrim había terminado su asesinato.

    Otros Señores desmembraron el cadáver en porciones más pequeñas e hicieron llegar diversos trozos a las numerosas organizaciones interesadas que tenían representantes allí. Entonces varios de los jóvenes Señores juntaron lo que quedaba del falso Lord. Llevaron a la cocina los fragmentos y los colgaron en ganchos de carnicero.

    Pilgrim, casi atiborrado de placer, salió al corredor a fumar y a tomarse un ron como prolegómeno de la próxima comida. Sentía también otras saciedades. El último día de una vida, cuando uno ya tiene resuelto que será el último, viene envuelto en un cierto tedio. Y Pilgrim aguardaba la interrupción cuya llegada sabía segura.

    Noah Zontik, a la vez Señor Temporal y Señor Espiritual, que lucía los dos alfileres, el de la Pala de Oro y el que individualizaba al pequeño Estado Mayor del Culto de Pilgrim Dusmano, salió también al pasillo y se unió a su conductor. Pilgrim, al oír que se aproximaba Zontik, pinchó una insignia en su propia capa. Era el Paraguas del Arco Iris, propiedad de Zontik. Significaba que por ser cliente de Noah Zontik se hallaba bajo su protección y defensa.

    —Pilgrim, usted se ha comportado hoy de manera reprensible —dijo severamente Noah—. Y no diga que no es asunto mío, ya que, por contrato, debo proporcionarle guardia y protección. Además usted es mi amigo de corazón. Me preocupo más por usted que por cualquier otro de mis clientes o amigos. Y por añadidura, comparto con mucha gente una locura muy especial: pertenezco al Culto de Pilgrim Dusmano. ¿Oh, Dios, por qué? ¿Qué me ha llevado a intercambiar mi razón por una demencia tan trivial?

    Usted se equivoca de cabo a rabo en casi todo, Pilgrim, y sin embargo aquí me tiene saliéndole de fiador ante todo el mundo, incluido Dios. No me entiendo a mí mismo y esta noche, por culpa de sus pecados, es probable que usted pierda la vida.

    —Una vida se pierde para bien, Noah, si lo que ocasiona la pérdida es una personalidad pecaminosa plena de éxito y totalmente satisfactoria. ¿Todavía no comprende que el pecado es la meta de la vida, su culminación? Sin ese objetivo y ese logro la vida carecería de paz. ¿Pero es tan probable que pierda la vida esta noche, Noah?

    Pilgrim comía queso Roquefort y hongos Mistinguet en una fuente adosada a su sillón, en el corredor. Uno de los jóvenes Señores de los Medios se le aproximó trayendo un testimonio que en otros tiempos había sido un colgante.

    —Tal vez en algún momento lo llevaba al cuello, y debajo de la camisa —dijo el joven Señor—. Pero ahora lo tenía bajo la piel. Estaba en la carne o en el cuello del espía, señor Dusmano, este soplón apodado "el Cuchillo de Goma". Casi no lo vimos. Es propiedad de usted, ya que este muerto le correspondía.
    —Gracias —dijo blandamente Pilgrim. El testimonio era una condecoración de cuero y cerda propia del grupo conocido como "la Venganza del Camello".
    —Ah, pertenecía a la orden de la carne gibosa. ¿Cree usted, Zontik, que esos de la arcilla común y camellar pueden vengarse verdaderamente de una persona como yo, de carne ígnea? —preguntó Pilgrim, sin darle importancia a la cosa.
    —Sí. Creo que pueden y desearía que lo llevasen a cabo si no me hallara obligado por esta idiota compulsión que me conduce a protegerlo. Sí, son los Camellos los que lo matarán esta noche, Pilgrim, si no tiene mucho cuidado —advirtió Zontik—. O lo hará alguno de los otros grupos igualmente ofendidos por su inconducta.
    —Veré si puedo arreglar las cosas para que sean los Camellos —dijo Pilgrim—. Yo pilotearé este hecho y haré de caudillo. Y conduciré a los Camellos para que caigan de cabeza en mi trampa.
    —¿Cómo? ¿Qué trampa, Pilgrim?
    —Los haré caer en la trampa de que me maten, Noah. ¿No le parece astuto? Siempre he deseado sufrir la muerte a manos de Camellos locos. Ya lo ve, Noah, me marcho esta noche.
    —¿Sale de la ciudad, Pilgrim?
    —Salgo del mundo, Noah, y de la vida.
    —Bah, esto sigue siendo su maldita charla idiota, Pilgrim.
    —Me vanaglorio de ser imbécil y tengo toda la esperanza de ser maldito y condenado. Siempre he pensado que la condenación era la última cumbre del placer, pero que se le había puesto un nombre repelente para que nos negáramos a disfrutar de la experiencia. Tengo la convicción de que una "élite" desea preservar la condenación poco concurrida, reservándola para sus propios miembros. Puede que me junte con ellos. Manteniendo mis propias condiciones, por supuesto. Porque tú bien lo ves, Noah: yo no me parezco verdaderamente a los otros hombres. Viviré todas las vidas de mis paralelos. Me regenero caminando por nuevos mundos. Hemos hablado de esto por la mañana, Noah, pero tú no acabaste de comprenderlo.
    —Entiendo que mi obligación es servirte de guardián y protegerte, Pilgrim. No recuerdo en qué momento me asignaron esa tarea no demasiado agradable; pienso que sucedió antes de que comenzara el mundo.
    —¿Antes de que comenzara cuál mundo, Noah? ¿Y acaso ahora no estás comisionado para servir de guardaespaldas a Evenhand, ya desenmascarado y revelado como Cónsul precario? ¿No es otro de tus clientes?
    —Es mi cliente y amigo, como tú. Soy responsable por él y si me hallo en este sitio es debido a los dos. Me propongo salvarles la vida y el alma, aunque no parecen desear la salvación. Por lo demás, no importa. Soy un buen técnico en protección y les daré excelente servicio a los dos, como clientes.
    —Casa de dos puertas mala es de guardar, Noah. Evenhand es el único enemigo poderoso que tengo en el mundo, así como tú eres mi único amigo poderoso. Me parece dudoso que Evenhand me odie, ni aun en las presentes circunstancias. El no decidió que yo fuese su enemigo; lo decidí yo; y cumple su rol a la perfección. Debo proceder de manera tal, Noah, que su protección fracase, tanto en el caso de Evenhand como en el mío. Ambos dejaremos este mundo cuando se haga de noche. Tenemos una cita de confrontación en un artero lugar del filo, pero él lo ignora todavía.
    —Si ustedes dos abandonan nuestro mundo yo también me voy —masculló Zontik—. No se me ha dicho que deba limitarme a vivir en este lugar; lo que se me ha indicado es que realice mis tareas. Pero usted, Dusmano, es muy pródigo con sus vidas. Practica un juego que otros temen porque piensa que tiene existencias para regalar. Sepa, sin embargo, que ningún hombre cuenta con un infinito número de vidas. Ni siquiera usted. Aunque lleve a cabo lo que usted supone que es capaz de hacer.
    —Sí, Noah, tengo billones de vidas, pero no un número infinito. El acoso no me apremia tanto como ocurrirá en cuanto transcurran cien mil millones de años, después de que las chances contrarias me vayan apretando un poco.
    —Una de las vidas deberá desarrollarse en el Mundo Original, Pilgrim.
    —Empezaré a preocuparme por eso cuanto pasen cien millones de años. ¿Quieres venir al comedor y acompañarme en el postre?
    —No. Me parece que hoy estás comiendo cosas abominables.

    Y en verdad eran deleitosas abominaciones las que Pilgrim saboreaba. Retornó a su mesa, en el recinto interior del Club. Solo un cubierto le habían puesto, a saber, un-plato y un corto asador de varilla, una "brocheta". Sobre el plato reposaba una gran presa de carne humana asada. Ninguna guarnición. Ese trozo de carne era todo sin pan, ni vino. El chef permaneció de pie junto a la mesa, triunfalmente silencioso.

    —Es Blut. —El chef hablaba arrobado, transportado.
    —Se supone —susurró Pilgrim con su intrincada voz—. Pinchó la roja y suculenta carne ritual horneada y comenzó a comer. En los ojos le refulgía ese resplandor que a menudo se observa en las personalidades-objeto-de-culto. Pero este era un centelleo nuevo y renacido:
    —La carne tostada sabe placenteramente en mi boca —dijo Pilgrim.

    Hay goces de los que las personas menos favorecidas apenas tienen noticias.


    7


    Porque quien vive más de una vida,
    más de una muerte debe morir.

    —O. Wilde


    Y cuando los sabuesos rituales han cumplido
    Los muertos somos tú y yo.

    —Mercachifle de perros de presa


    Pilgrim Dusmano contrató aquella tarde los servicios de un juntacadáveres muy peculiar. Aunque su oficio era el de recoger animales muertos, no se ocupaba tanto de eso. No los levantaba —como hacen los de su gremio— en las calles, en las carreteras y en los campos de pastoreo, acarreándolos a las fábricas de jabón y de grasa o a los productores de carne enlatada para perros y para gatos.

    A veces tomaba a su cargo cadáveres de gente. Pero con mayor frecuencia lo ocupaban las fortunas, comercios y negocios abandonados por las muertes de esos cuerpos. A veces un juntacadáveres rápido y conocedor puede abordar un barco-pontón de fortuna o de negocios y declararlo abandonado, aunque poco antes no lo estuviese. Mediante esa declaración suele lograr a veces que los acontecimientos se plieguen a sus deseos.

    Es un planteo bizantino dilucidar si un juntacadáveres puede ser tenido en cuenta como Señor Espiritual. En el desempeño de sus funciones se cruza con los espíritus que se marchan y con los que se rehúsan a emprender el viaje.

    Pilgrim Dusmano había contratado a este talentoso juntacadáveres para que recogiese los huesos de los negocios pertenecientes a nueve hombres; también le encargó que extrajese el tuétano de los huesos. Esos nueve individuos eran el Cónsul Evenhand y sus seguidores, denominados según el código Blut, Brut, Flut, Glut, Hut, Mut y Wut. Todos habían poseído fortunas de origen deshonesto y muy por encima de sus necesidades. Descuidaban un poco sus riqueza; solo un reducido grupo de personas encumbradas cuya inocencia las hacía sentirse erróneamente seguras podía permitirse esa negligencia. Y los nueve acababan de morir o serían cadáveres al caer la noche.

    ¡Devorarlo todo! Sería el último gran golpe comercial que daría Pilgrim Dusmano antes de abandonar el mundo. El auténtico placer final, el deleite de quebrar los huesos y sorber la sangre. La roja alegría del acontecimiento, tomada de aquellos lujosos bienes cuyas largas raíces todavía conservaban adheridas hilachas de carne humana, darían mucho de sí; alcanzarían para alimentar incluso a los Dusmano paralelos en mundos alternos o aspectos de mundos. Para decir verdad era una mercancía corporativa.

    Esos hombres muertos o en vías de fenecer habían sido declarados traidores a la comunidad, por lo que sus posesiones quedaban sin dueño. En casos tales un hombre conocedor y digno de confianza podía ser declarado administrador o guardián de los bienes. ¿Y dónde había un hombre más confiable y perito que Pilgrim Dusmano?

    Parte de las riquezas pertenecía a una clase que sólo Pilgrim y tal vez otras diez personas en el mundo conocían con alguna certeza. Es que una porción importante de las propiedades no era ni aun visible en este mundo.

    Estaba, por ejemplo, el comercio extraterrestre, particularmente en las actividades de Evenhand. Este caballero no condujo sus negociaciones extraterrestres utilizando los mismos procedimientos que Dusmano empleó para las suyas. Evenhand había llevado a cabo sus operaciones por medio de "licencias de beatitud", porque era un santo. Evenhand no había tomado conciencia plena de su distante comercio; tampoco Pilgrim Dusmano vivenció totalmente el suyo. Pilgrim comprobó en su momento que no podía operar aplicando "licencias de beatitud" entre dos mundos cualesquiera. Tampoco le estaba permitido usar la licencia beatífica de Evenhand, aunque se echase encima la pesada carga integrada por los bienes de Evenhand y los asuntos que tenía en curso. En las rutas intermundiales rigen reglamentaciones. Hasta hay monitores (que no son humanos) encargados de hacer cumplir las normas. Pero realizar la fusión de su propio comercio con el de Evenhand había de proporcionar ganancias a Pilgrim en este mundo, en el próximo y en cuantos le sucedieran.

    Las actividades mercantiles del juntacadáveres, o al menos su parte sustancial, se desenvolvían en aquel Vestíbulo para Todo Efecto situado tras la Gruta de Oro del Culto Pilgrim. Allí estaban Mary Morey y su hermano James; dedicaban muchas horas a la Gruta de los Efectos y conocían casi todos sus secretos. Tenían a su cargo los hornos donde se fundían las imágenes de oro. Para decir la pura verdad, se encargaban prácticamente de toda la maquinaria.

    —Que usted sea una personalidad-objeto-de-culto legalizada, facilita mucho las cosas —dijo el juntacadáveres a Pilgrim Dusmano—. En la década que corre los cultos ejercen poderosa influencia. Tanto, que su cotización intermundial refleja un modo de ahorrar totalmente seguro, aunque no resulte tan rendidor. Sin embargo a usted le perjudica no alcanzar el nivel ético mínimo que se exige a las personalidades-objeto-de-culto; pero es cosa que tiene remedio. Lo que perdamos por causa de sanciones podemos ganarlo en poder y en velocidad. La combinación de cultos resulta siempre más fácil de lo que uno piensa. Basta con emitir a la ligera, como quien arroja un volante, un sueño que sea recibido por los ojos de quienes supervisan estos asuntos: en la mayoría de los casos los ojos se cierran. En estos momentos estoy redactando algunos textos y profecías que añadirán el culto de Mut (Saterfield) al suyo; se trata de Fuerza-en-la-Pureza y Fuerza-en-la-Serenidad.
    —Bien, juntacadáveres, bien —Pilgrim se restregó de placer y satisfacción las manos carismáticas—. Le digo la verdad, me parece que soy mejor que Mut como objeto "bello-en-cuerpo". Él es un poco más globuloso, quizás corpulento en exceso. Debo confesar que esta mañana me zarandeó como a un niño, pero yo le voy a sacudir el polvo como a un pasmarote cuando entre en los detalles de su muerte. Comenzaré por extraerle las vísceras, rellenaré los huecos con oro fundido y para terminar lo enchapo en oro mediante una rápida zambullida en un crisol-tanque. ¡Oh, no dude usted de que será una preciosa imagen para el culto! Y a lo mejor hoy añadimos una estatua más. Es un día fasto para el crecimiento y la adición. No le dejaré una gruta ruin al paralelo de mi persona, hombre de resplandecientes ojos carismáticos que llegará cuando yo me marche. Me gusta hacer siempre bien las cosas que son para mí y brindarme una buena recepción cuando llego a un nuevo sitio.
    —¿Cuál será la otra estatua de culto, Dusmano? —preguntó el juntacadáveres—. Me parece que el único adecuado para ese ambiente es Mut.
    —Ni piense en los otros. Por ahora es apenas una súbita idea que me ha pasado por la cabeza. Sin embargo concuerdo en que Mut va a quedar bien. Tengo aquí a esos dos jóvenes orífices y del Culto de Mut puede tomarse una cantidad de oro en lingotes o ya fundido como estatua.
    —Sí, señor Dusmano, hay mucho oro. De él tomaré lo que me toca, mis honorarios. Entre los amores de mi vida están el papel de fantasía y los poderes notariales, pero en última instancia prefiero el oro sólido a cualquier título escrito que lo represente. Lo tendré hoy, Dusmano, hoy mismo en pesados lingotes y artísticas estatuas áureas.
    —Mañana —dijo Pilgrim.
    —Hoy —insistió el juntacadáveres—. Soy un juntacadáveres harto experimentado y sé sin lugar a dudas qué cuerpo carecerá de vida mañana.
    —Será aquí y será mañana, juntacadáveres —afirmó Pilgrim subrayando fuertemente su afirmación con el gesto—. Voy dándome cuenta de que en todo esto late una especie de sincronicidad. Me marcharé y a corta distancia llegaré poco después. Sí, estaré aquí mañana. Seré yo en persona aunque mi aspecto parezca ligeramente cambiado.
    —Tanto cambiara que no se acordará de mí ni de lo que hemos negociado —reprochó el juntacadáveres—. Tan otro ha de ser el próximo día que no se le podrán hacer cumplir compromisos adoptados hoy. Su transformación habrá calado tan hondo que no será posible ni aun identificarlo. Quiero el oro de Mut aquí y ahora, antes de que pasen otros sesenta minutos. Envíe a los muchachos a que traigan esa gran carretilla. Es grande y recia. Me parece que me permitirá llevarme el kilaje de oro que necesito, la cantidad que según mis cálculos debe atesorar el culto de Mut.
    —Todavía no hemos erigido los dispositivos que servirán para captar el tesoro, juntacadáveres —dijo Dusmano—. Las transferencias de cultos son complicadas hasta cuando uno tiene el poder en las manos. Pero le aseguro que hoy mismo, un poco más tarde, voy a poner en marcha los mecanismos necesarios.
    —Pues yo los estoy poniendo a funcionar en este mismo instante, Dusmano —dijo el juntacadáveres—. Ya es bien tarde. He obtenido la documentación que me confiere autoridad y tutela sobre esos dos jóvenes. Se tornarán guardianes fervorosos del culto del oro —el de Mut, se entiende— y traerán aquí el metal. Los papeles están listos, aunque seguramente algunos de ellos carecerán de valor legal según su punto de vista, Dusmano. Esos dos muchachos transportarán el oro hasta aquí sin tropiezo alguno.
    —¿Y qué cantidad de oro reclama usted? —quiso saber Pilgrim.
    —Quítese esa preocupación. Disponga que lo traigan todo aquí. ¿Cómo vamos a contarlo si hay un poco allá y otro poco aquí? Que vengan con todo. Echaremos suertes para repartírnoslo. Esos chicos van a cumplir bien sus roles, agregando un poco de documentación. Usted sabe que a veces mi papelería rebasa lo acostumbrado. Ahora les infundiré a los dos una luminosidad de semidioses. Les estremecerá el cerebro pero no ha de acarrearles daño alguno. De hecho les conferirá una belleza incandescente. ¡Mire! Este es un efecto que tanto ellos como usted deberían aprender en esta Casa de los Efectos. ¿Los ve bañados en el resplandor que surge de ellos mismos?

    Y era cierto que Mary y James Morey resplandecían de luz dorada. Parecían seres trascendentes, viajeros de las nubes. Un halo de divinidad lucía sobre ellos.

    —Hace milenios que esta pequeña magia se conoce —les informó el juntacadáveres—, pero en ningún momento ha sido sabida simultáneamente por más de tres hombres en todo el mundo. Y a lo largo de los milenios uno de esos pocos individuos fue, invariablemente, un antepasado mío.

    Los juntacadáveres y su vil oficio no han merecido nunca el respeto de su prójimo, Pero los animales les tienen consideración, porque se ocupan de sus restos. Y los animales saben apreciar, en este dominio, la habilidad profesional. Los despojos que el juntacadáveres aguardaba no eran, ciertamente, animales, pero se hubiesen convertido en fétidos residuos sin el cuidado que recibieron.

    —Tengan cuidado de no dañar ni romper nada —dijo el juntacadáveres dirigiéndose a los dos Morey—. La irradiación semideífica va siempre acompañada de un vigor excepcional.
    —Lo sé, lo percibo —exclamó Mary—. Y me gusta mi corona —dijo, refiriéndose al halo centelleante que circuía su frente—. Pero todos nos conocen en el templo del Culto-del-Cuerpo-de-Mut. Nosotros los devotos nos visitamos y charlamos acerca de nuestro credo. Saben que pertenecemos al culto de Pilgrim. No nos van a soltar la moneda, porque no han de creer que somos guardianes por mandato divino.
    —He dicho que mi documentación sobrepasa los límites de lo convencional —insistió el juntacadáveres—. De modo que documentaré los rostros de ustedes dos con nueva apariencia. Tengo la información y los moldes acerca de dos honorables, finados y desafiliados miembros del Culto Mut. Esas personas serán recibidas como si volviesen de sus tumbas. Véanlo, ya está. Ustedes dos se parecen como dos gotas de agua a los respetados cultistas ausentes de este mundo. Además se parecen con exactitud a lo que los devotos del Culto Mut esperan ver cuando se hallen en presencia de guardianes proféticos. Los seguidores del Culto Mut no se pasan de astutos. Perdónenme la franqueza, pero no son más listos que los cofrades del Culto Pilgrim. ¿Cómo? ¿He dicho alguna inconveniencia? Discúlpenme. Soy un hombre obtuso, un juntacadáveres liso y llano. Carezco de sutileza, pero tengo mis talentos. Ahora márchense —concluyó, dirigiéndose a los Morey.
    —Sí, vayan y apodérense del oro, Mary y James —ordenó Pilgrim Dusmano con blandura—. Háganlo a toda marcha. Ni siquiera el rocío que pone en los ojos un buen juntacadáveres ha de durar para siempre.
    —Profética o no, semejante a una muchacha muerta o, no, esta nueva cara mía me desagrada —protestó Mary—. ¿Se irá con los lavados o no?
    —Se irá con el lavado más o menos como cualquier otra proyección hipnótica, muchachita —dijo el juntacadáveres—. Se irá erosionando, tal cual sucede con las imágenes inmateriales proyectadas y con los documentos. Apúrense, no sea que se borre antes de que hayan finalizado su tarea.

    Mary y James Morey se hicieron cargo de la gran carretilla motorizada y salieron del Vestíbulo de Todos los Efectos, que se encuentra detrás de la Gruta Áurea. Iban a recoger el oro del culto y otras pertenencias y energías que formaban parte del tesoro.

    El juntacadáveres continuaba fraguando documentos permisivos. Pero "fraguar" no denota exactamente lo que hacía. En la juventud falsificó instrumentos y rehízo los documentos que daban visos legales a sus trampas. Pero cuando una cosa crece tornándose grande y respetada, las palabras corrientes dejan de ser aptas. Para describir lo que el maestro juntacadáveres estaba haciendo debía haber mejores vocablos que "fraguar" o "falsificar".

    En su verde juventud el juntacadáveres había documentado cadáveres animales con el cuchillo de cuerear y la sierra de cortar huesos; o los documentaba llevándoselos en su carromato de carga. A esta altura de sus años le pasaban por las manos cadáveres más grandes y más nauseabundos; los tramitaba con mayor variedad de instrumentos. Su ascensión a la dignidad de Señor Espiritual se debió a ciertos servicios fúnebres de enorme magnitud y complicación. Este juntacadáveres se distinguía por ser el único profesional de su ramo capacitado para actuar eficazmente en la era postanárquica.

    Eran grandes osamentas los restos mortales y los residuos de nueve hombres: el Cónsul Evenhand, en código "Rut", y sus ocho allegados, Blut, Brut, Flut, Glut, Gut, Hut, Mut y Wut. Esas riquezas, esas fortunas, esos comercios, esas acumulaciones eran los cuerpos, del mismo modo que las carnes mortales eran los cuerpos. No sólo a Pilgrim le suscitaban anhelos de posesión tales cúmulos de bienes. Tal vez haya sido el único que ansiaba con tanta vehemencia la carne de los cuerpos, tal vez también el único que perdía de pronto ese deseo. De todos modos, existían otros gigantes del dinero cuya indominable apetencia era tornarse aún más gigantes, devorando sus presas. El procedimiento usual para dividir esas heredades incluía reyertas y fingimientos no desatados, sino sujetos a ingeniosa contención. Pero Pilgrim había dicho con toda rudeza que reclamaba todo.

    —Estas son piezas que yo he cobrado —manifestó, haciendo públicos sus derechos de propiedad.

    ¿Y hasta cuándo conseguiría despistar a los otros poderosos para que no le quitaran sus presas? Con toda seguridad, al día siguiente se abrirían paso con sus garras y aplastarían al retonto de Pilgrim, que se había pasado de listo, situándose en una posición vulnerable.

    Pero Pilgrim iba a dejar esta vida y este mundo al llegar la noche; en vista del corto tiempo que le quedaba, no había exagerado sus manipulaciones y artimañas. Dejaría la-mano-de-la-muerte sobre sus caudales, mucho más difícil de quitar que una mano viva. Y al día siguiente la plaza de toros estaría ocupada por un Pilgrim alterno, paralelo, recién llegado. Asistido por toda la inteligencia y osadía de Pilgrim, más un cierto ímpetu intermundial, disfrutaría de las ventajas que usufructúan los espectrales recienvenidos de otros mundos.

    —Siempre manejamos nuestras cosas de este modo —pensó Pilgrim para sí mismo, hablando al mismo tiempo con sus paralelos recipientes—. Ejecutamos nuestras tareas colectivas de la mejor manera posible, y cuando el trance es dificultoso convocamos a todos los cofrades que resulten precisos. Nos perfeccionamos sin cesar.

    Pilgrim y el juntacadáveres trabajaron rápidamente y con lógica intuitiva. Imprimieron, plantaron, cortaron y refilaron, instigaron, tiraron de astutas cuerdas para poner en movimiento trampas letales. Y documentaron. Después de una hora que pasó volando, Mary Morey y su hermano James regresaron al vestíbulo de Todos los Efectos con su carretilla cargada y chirriante.

    Era la carga de oro más grande del mundo, pero estaba humildemente vestida de arpillera y recubierta de cenizas. Algunos de los toscos sacos se entreabrían, reventando de llenos, el resplandor del metal precioso atravesaba las cenizas y los desechos que se usan comúnmente para disimular los cargamentos de oro.

    Hasta Pilgrim estaba impresionado, y el juntacadáveres no le iba en zaga. No se topa uno con fortunas como la de Mut (Culto Fuerza-en-la-Pureza, Culto Fuerza-en-la-Serenidad) todos los días.

    —No siento avidez ninguna —manifestó el juntacadáveres—. Quédese usted con ocho partes y deme la restante. Le cedo el botín de los otros ocho, incluso los imperios de ese buen tipo llamado Evenhand. Me reservaré todo el oro de Mut que han traído los jóvenes. ¿Cuánto pesa?
    —Cosa de veintiséis mil kilos, tal vez un poquito más —dijo James Morey.
    —Gracias, serviciales chicos. Gracias, excelente y recia carretilla —exclamó el juntacadáveres—. Ahora, sin pérdida de tiempo, llevaremos el oro a...
    —No lo trasladaremos a ningún lugar hasta que usted haya concluido su trabajo, juntacadáveres —repuso Pilgrim Dusmano—. Todavía no ha recogido los restos materiales de Wut, que significa furor o demencia. Wut es rico, riquísimo. Deseo que sus delirantes posesiones sean sometidas de inmediato al tratamiento competente. Después se verá cómo nos distribuimos el oro del Culto de Mut, que resplandece tan bellamente.
    —El oro de Mut no será dividido —advirtió el juntacadáveres—. Es todo mío. —Mientras profería esa rotunda afirmación los pesaba con la mirada y los medía de arriba abajo. Pensaba estirar un poquitín la tensa situación. La circunstancia presente era un residuo que desaparecería en pocos minutos.
    —Nunca doy fin a un trabajo hasta que se me paga íntegramente, Dusmano: hemos tramitado los documentos procesales de ocho hombres y ocho fortunas. ¿La novena le causa tanta impaciencia? No, vamos a mantener al rico Wut en espera. Déme tiempo para que guarde todo este oro de Mut en un lugar seguro, en uno de mis recintos. Déme tiempo para que mi gente lo reciba y monte guardia. Cuando llegue ese momento volveremos aquí y someteremos la fortuna de Wut a las formalidades acostumbradas. Para decir verdad, debe ser un conjunto de bienes algo mayor que el oro de Mut, aunque tal vez no revista una forma tan encantadora.
    —¡Mary! —dijo Dusmano con voz tajante—. ¡Pronto, pronto!

    Pilgrim también entendía la situación residual presente, que se esfumaría muy pronto. Mary y James conservaban su fortaleza de semidioses, que terminaría por flaquear. Mary inmovilizó al juntacadáveres y sin dilación comenzó a mutilarlo empleando una cuchilla. ¿Había sido necesario qué el hombre verificase en esos dos jóvenes seres una condición semideífica tan intensa?

    —¡James, ven volando! —llamó Pilgrim y James, sin aguardar más instrucciones, empezó a palear oro arrojándolo a la fragua que Dusmano había encendido.
    —Usted me advirtió que tuviera cuidado y no dañara ni rompiese nada, ¿verdad, juntacadáveres? —Mary reía sonoramente mientras abría el abdomen del juntacadáveres sin dañar ni romper demasiado nada. Trabajaba con una precisión casi quirúrgica—. También dijo que la condición de semidiós venía siempre acompañada de una formidable fuerza física. Bueno, así es, y me apasiona. Discúlpeme si me doy prisa, juntadorcito, pero todos sabemos que mi energía tiene los minutos contados.

    A partir de ese momento la tarea se dificultó. Mary vaciaba la cavidad visceral del "junta", trabajo que no se puede llevar a buen fin sin dañar o romper. Su energía semidivina menguaba, pero la del mutilado juntacadáveres había desaparecido por completo.

    —Usted infringe las reglas de honor de los ladrones, Dusmano —musitó el juntacadáveres inmerso en su tortura.
    —Lo sé, me consta —repuso Pilgrim encantado—. ¡Qué tardos son los ladrones cuando se trata de entender que en la era postanárquica al honor de los ladrones no le caben más remiendos! Pero yo levanto mi honor a tal altura que nadie puede ver las grietas que lo cubren.
    —Usted desecha la fortuna de Wut a cambio del oro atesorado por Mut, resplandeciente pero menos valioso —gruñó lenta y penosamente el juntacadáveres—. Y se está creando un fuerte y peligroso enemigo: yo.
    —Enemigo agonizante, ¿qué daño podrá infligirme? Y tal vez no deseche la fortuna de Wut —repuso Pilgrim—. Yo tampoco soy torpe como juntacadáveres y hace corto rato estuve observando cómo ejecuta su documentación el mejor especialista del ramo. Voy a probar el método aplicándolo a las posesiones de Wut. Y no me preocupará que me odie un perro moribundo.
    —Yo manejo tantas artimañas como usted, Dusmano —profirió el juntacadáveres en sus estertores de muerte—. Y es usted quien ha decidido que yo abandone ahora este mundo. Pero usted suponía que yo ignoraba el modo de enfrentarme con la situación. Y son cosas que conozco. Por causa de su intemperancia estoy partiendo varias horas antes que usted. Le prepararé la bienvenida en el nuevo lugar, señor mío. ¡Y cómo se la prepararé!
    —Usted no va camino a ningún sitio nuevo, recogedor —dijo irónicamente Pilgrim—. Porque no sabe cómo hacerlo.
    —Si en cualquier pasaje de este asesinato usted me hubiese rozado con sus dedos yo lo habría hecho llegar rápidamente al estado de alma en pena, Dusmano —gimió el desfalleciente juntacadáveres.
    —Bien lo sé —pronunció plácidamente Pilgrim—. Estoy enterado de que los juntacadáveres, con sólo tocar al enemigo, pueden asestarle un golpe mortal.

    Varias veces usted pensó en tirarse a fondo para tocarme. De todos modos no hubiese podido hacerlo.

    Mary Morey se hallaba trenzada en dura lucha con el peso muerto —o semimuerto— del fláccido juntacadáveres. La energía excepcional que siempre corre pareja con la condición de numen o semidiós se había desvanecido al desaparecer el estado semideífico. No era cosa de mucha importancia, a no ser porque todo el procedimiento se iba impregnando de lentitud. El robusto juntacadáveres entregaba su alma y ya estaba muy lejos, más allá de la resistencia y de las palabras. El oro fundido llegó a su punto: era tiempo de verterlo.

    —Desearíamos una expresión más apta que la suya para una personalidad-objeto-de-culto, juntacadáveres —dijo Pilgrim, con tono de escarnio, al hombre eviscerado—. Necesitamos la expresión de un ser que contempla la profundidad más extrema de alguna cosa. Vamos, anímese, queremos un gesto interesante y el suyo es de lo más desabrido.

    Mary Morey abandonó el Vestíbulo de Todos los Efectos.

    —La expresión que ostenta cambiará cuando el oro derretido llene su cuerpo hueco —dejó saber James Morey—. Lo que no sé es si ha de cambiar para mejor o para peor. Aunque esté muerto, el gesto se le transformará en algún rictus dé idiota.
    —No existe ningún mejor o peor, que yo sepa —comentó Pilgrim—. En el mundo postanárquico no se dan esos opuestos. Quiero que ese rostro refleje una compostura cultista. Don Juntacadáveres, muerto en ocho novenas partes, usted me lacera la paciencia hasta un punto intolerable.
    —Todo listo, señor Dusmano —dijo James Morey, empujando el gran balde al rojo hasta ubicarlo sobre el abierto abdomen del juntacadáveres.

    Mary Morey regresó del Vestíbulo de todos los Efectos. Traía un cabrito muerto. No pregunte nadie de dónde lo había sacado en lapso tan breve. Era un cuerpo pequeño y denotaba haber muerto poco antes.

    —¡Mire, mire, juntacadáveres de ojos muertos, mire con sus ojos muertos! —invitó, poniéndole el cuerpo del chivito ante el rostro ceniciento y los ojos sin vista. En el mismo instante James Morey comenzó a verter el oro fundido en la cavidad corporal del juntacadáveres. ¡Oh, que colada tan hermosa! Pesaba más de doscientos kilogramos. El cuerpo muriente hizo algunos movimientos espasmódicos, mientras una nueva expresión componía el rostro.
    —Usted quería todo el oro, juntacadáveres. Bueno, ahora lo tiene. Dese una gran panzada —dijo Pilgrim con vulgaridad.

    Poca gente lograría entender la expresión reflejada por el nuevo rostro cultual, la cara que en su momento perteneció al juntacadáveres. Pero los animales, que siempre han respetado a los juntacadáveres por ocuparse de sus restos mortales, tal vez hayan captado algo. El rostro mostraba un rictus boquiabierto, y estaba tan rojo, que parecía negro. Pero en la agonía de la muerte la cara traslucía la más extraña compasión imaginable. Alguien, algo, sería capaz de comprenderla. Probablemente el cadáver del chivito lo entendiese. Hasta los cofrades del culto conseguirían descifrarlo alguna vez. La gente adherida a un culto suele comprender las cosas con mayor profundidad que sus directores espirituales. Esta nueva cara que se proponía a la adoración de sus fieles mostraba una expresión única, impar. Era la de alguien que escudriñaba en las abismales profundidades de una determinada realidad.

    Por entonces toda la luz envolvente y las características de semidiosa habían abandonado a Mary Morey. Era de nuevo una muchacha menuda, pecosa y de cabellos color de herrumbre, que estaba en mitad de una adolescencia perpleja y angustiada. La cosa empeora cuando una se siente ligada, en su perplejidad, a la personalidad de alguien que es objeto-de-culto. Se sentó bajo la luz resplandeciente del Vestíbulo de todos los Efectos y se entregó, desenfrenada, a uno de esos llantos que ensucian la cara.

    El balde al rojo fue retirado después de cumplida la tarea. Ahora James Morey maniobraba con los "dedos" de la grúa bajo el cuerpo del juntacadáveres. Alzó fácilmente el cadáver, tocando apenas los controles con la yema de los dedos. Cuidadosa, delicadamente, para que el cuerpo no se desintegrase por completo con su cargamento de oro todavía no solidificado.

    Después vendría la inmersión de ese cuerpo en la propia caldera del horno. ¡Oh, lo enchaparían bellamente, quedaría cubierto de una lámina esplendorosa! De allí saldría como auténtica imagen de culto, dorada y sobrecogedora. Dele un minuto de tiempo, dele cinco, medidos tan sólo por el lloriqueo y las sonadas de nariz de Mary Morey.

    Y de pronto izaron la estatua nueva, chorreando el ardiente fuego del oro derretido, pesada y poderosa, dejándolo a uno sin aliento con el dolor y la compasión. Intensos e ineludibles sentimientos de conmiseración por aquel matarife y juntacadáveres muerto en el ronco suspiro de su último aliento; ya cadáver su reacción planteó la necesidad de presentarle un cabrito muerto del cual él hubiese podido ocuparse.

    Entonces fue cuando Mary Morey comprendió y brindó al cabrito la atención y la sepultura que le correspondían.

    El dorado juntacadáveres colgaba de la grúa, cerca del techo casi alto como el cielo, en el Vestíbulo de todos los Efectos, latiendo en su propia incandescencia de oro. Los plúmbeos portones que separaban al Vestíbulo de todos los Efectos de la Gruta de Oro, estaban abiertos de par en par y la nueva estatua de culto fue conducida a la Gruta. Allí un grupo de obreros daba los toques finales a un pedestal.

    —Fabriquen otro —ordenó Pilgrim Dusmano—. Necesitamos éste ahora mismo—. La estatua del juntacadáveres fue colocada delicadamente sobre el pedestal.
    —Esplende con una irradiación que sobrepasa la brillantez del oro —manifestó James Morey, con una nota de miedo en la voz—. Nunca he visto cosa semejante.
    —Yo sí —expresó Pilgrim—. Lo remojaron tan bien y con tanta astucia, muchachitos, que el alma no tuvo oportunidad de escurrirse. Quedó atrapada para siempre.

    La estatua exhaló un suspiro. Sonido contradictorio. El oro derretido que se enfría, pero se halla todavía incandescente, suele suspirar a veces de modo parecido. Casi igual. También un alma, cuando se escabulle poniendo en práctica una estratagema, deja oír sonidos semejantes.

    —¡Necesita un nombre! —exclamó Pilgrim en alta voz y alzando las manos. Parecería dar la orden de que un nombre descendiese sobre la estatua—. Debemos inventarle un nombre, un apelativo que nuestros fieles le apliquen espontáneamente al verlo por primera vez.
    —Su nombre es "el Santo Juntacadáveres" —dijo Mary. Y hasta el día de hoy le llaman así.


    James Morey se quedó en la penumbra, apartándose del iluminado Vestíbulo y de la Gruta Áurea, que parecía fluir cascadas de resplandor. Por aquellos días se quedaba quieto y de pie, cobijado por las sombras. Lo hacía cada vez con mayor frecuencia. Habían huido de su persona el ansia de oro y la voluptuosidad de la sangre, dos apetencias que Pilgrim Dusmano jamás iba a perder. James sollozaba en silencio, pero tal vez no sin lágrimas.

    Es arduo para los jóvenes encontrarse unidos en cuerpo y alma a una Personalidad-objeto-de-Culto. Sucede como si se tornasen meros ídolos de un ídolo, simples copias impresas de una imagen impresa.


    8


    Para salvar un alma
    ¿qué hace con sus diez dedos
    un torvo entrometido?
    ¿Qué ruego a Dios presentará
    el mercachifle de sombrillas,
    untuoso, ungido?

    —Grimorio de Oro


    —Pilgrim Dusmano es un hombre tan bueno —dijo Mary Morey—, que yo le cambiaría el nombre a todo ser que habita el mundo antes que cesar en la alabanza de mi Conductor. Diré que lo blanco es negro, que lo dulce es agrio, que arriba es abajo (y tampoco estoy segura de que no sea así), y sostendré que Pilgrim es un hombre bueno. Es preciso que convenzamos al Señor de los Mundos. Pero, ¿cómo haremos nosotros, los desterrados, para lograr siquiera que el Señor nos conceda una audiencia?

    Once de ellos estaban sentados al sol: Rhinestone Suderman dijo que era "el último día soleado de que disfrutaría en este mundo". Los tomadores de sol eran Mary Morey, Rhinestone Suderman y Howard Praise, todos alumnos de Pilgrim Dusmano y al mismo tiempo discípulos, jaguares, creyentes, titubeantes y miembros de su culto. Estaba Clarence Music, curador del Museo Diurno; Randal Muckmari, un Señor de los Medios; Judas Raffels y John Augustine, Doctores Médicos; Spurgeon, que trabajaba con Pilgrim en cuestiones comerciales; Cordcutter y Fairfronter, que tenían muchos puntos de contacto con Pilgrim Dusmano; y Noah Zontik, era el guardaespaldas.

    Había once personas sentadas al sol y una sentada en la sombra: James Morey. Todos pertenecían al Culto de Pilgrim en uno u otro plano.

    —Pilgrim no es solamente la proyección de una persona muy opaca, como ha dicho alguien, tal vez yo mismo —explicaba Noah Zontik—. Es también la protección que ampara a varios cientos de personas muy destacadas. Y al final, al paso de su conversión en leyenda viviente y mientras su culto se afirma en mundo tras mundo, mientras envía a sus vertiginosos mensajeros cada vez más lejos, concentrará en su figura la proyección de personas variadísimas y por millones.

    Y nosotros trazamos proyectos acerca de lo que queremos ser. Parecería que deseamos ser malignas cosas reptantes, porque eso es Pilgrim, aunque lo blanco sea negro, y lo alto sea bajo. ¿Por qué somos así? Lo ignoro. Como individuos no somos malos, salvo que toquemos a Pilgrim. Pero el culto es malo y ese mal surge de nosotros o de Pilgrim. ¿Una correa de trasmisión se toma maligna en el acto de trasmitir, o el mal debe buscarse en la fuente de energía? ¿O se localiza en el punto donde se recibe la fuerza del generador? ¿Pilgrim es algo más que un receptor de energía? ¿En todo su ser hay una partícula de realidad? Si la hubiere costaría mucho encontrarla. Sin embargo la correa de trasmisión trabaja con velocidad. Todas las proyecciones ejercen algún efecto. Pilgrim cambia y se desarrolla mientras se convierte, cada vez con mayor aceleración, en un centro de interés. Desconoce por completo algunos aspectos de su propio ser. Y su preconsciente existe de modo fragmentario en miles de mentes, además de la suya. Mantiene la creencia de que esos recipientes o contenedores que guardan trozos de su psique son sus seres paralelos. Yo pienso que en realidad somos nosotros, todos los que hemos participado de sus cultos y mutaciones, aquí o en otro lugar. Y soy un hombre que no cree en "otro lugar", no acepta la multiplicidad de los mundos, sean ellos paralelos o encuéntrense dispersos en la infinita lejanía. A pesar de todo, si esta noche Pilgrim abandona su vida y el mundo que pisamos, yo también me voy. No creo en él pero todavía creo menos en mí mismo separado de él. Y estoy encargado, por mandato del más allá, de protegerlo siempre, compartiendo su destrucción si me resulta imposible evitarla. Pienso que esta comisión se me encarga desde el más allá, pero no creo en ningún más allá.

    —Esta noche partirá del mundo y no volveremos a verlo —dijo en son de duelo Rhinestone Suderman—. Ha encendido una luz en cada uno de nosotros: ¿qué importa si chorrea como una vela de estearina y arde con vacilante humo heterodoxo? ¿Se acordará o se olvidará de apagar esas luces cuando nos deje? ¿Y qué género de objetos seremos nosotros, librados a nuestra suerte con nuestro desagradable y maloliente arder? —Rhinestone era una persona de sexo femenino, robusta, joven y de cabellos claros.
    —El afirma que volveremos a verlo —les recordó Howard Praise—. Ha dicho que uno de sus aspectos paralelos vendrá a reunirse con nosotros en su lugar.
    —¿Qué es él, un Cristo que ha de enviarnos un Paracleto? —preguntó Fairfronter con falso desdén.
    —Sí, él declara exactamente eso —Mary habló como leyendo. Allí estaba, sentada, pecosa e inconmensurablemente brillante bajo el sol. Moteada y envuelta por el sol, era la luz del día en persona, pecosa luz con nubes que le pasaban por detrás.
    —Para nosotros él es un Cristo —dijo desde la sombra James Morey.
    —¿Podríamos abandonar el tema, esta cháchara sobre el fin del mundo? —dijo preocupado Howard Praise—. ¿Nos está vedado actuar? ¿O nuestra reserva de actividad ha sido totalmente traspasada a Pilgrim? ¿No le importa quebrar mundos como si fuesen huevos, cuando los atraviesa? ¿Este mundo hecho trizas no ha de ser sino una imagen que muestra el espejo de nuestros yo hechos migas y del despedazado Pilgrim?

    El llanto, el rugido y el escarnio de cercanas multitudes todavía era perceptible. Faltaba mucho para la caída del sol.

    —Confío en que nuestro mundo es peculiar y en que nosotros somos gente peculiar —dijo Noah Zontik—. Me parece dudoso que muchos mundos se hallen en la era postanárquica. Incluso me cuesta creer que muchos de ellos hayan llegado al período de la anarquía total. Los más jóvenes de ustedes no lo recuerdan, pero en este mundo habíamos rechazado toda autoridad a tal extremo que incluso ahora, en la era posterior, no tendremos gobernante alguno, salvo que permanezca anónimo y enmascarado. Y será suficiente que echemos un mínimo vistazo tras la máscara, para que lo difamemos. Bastará con descubrir en ese mandatario a una persona humana para que lo agredamos hasta causarle la muerte. Lo desprestigiaremos y lo asesinaremos si los Señores de los Medios se salen con la suya. ¿Me preguntan por los Señores de los Medios? También son proyecciones nuestras. Las emitimos en abundancia; son tantas que deberíamos sentirnos muy enfermos por tenerlas. Experimentamos esa sed de sangre que nos conduce a la masacre del gobernante; pero es un sentimiento vil, y nuestra era no puede contarse entre las que merecen buen concepto. Además no existe nadie, en lugar alguno, que sienta la apetencia de la sangre como Dusmano: no puede ser un hombre bueno. ¿Pero si él no es bueno, qué somos nosotros? Lo convertimos en una personalidad-objeto-de-culto y en un semidiós. Y bueno, a lo mejor él es el semidiós apropiado para la era postanárquica.
    —¿No hemos advertido que el propio Pilgrim se erige como un mandatario, y que nosotros hacemos las veces de su máscara? —el Doctor Médico Judas Raffels abandonó su silencio para plantear la pregunta—. Pero no lo atraparán como han atrapado a Evenhand y a otros. Sacudirán la máscara (es decir nos quitarán de en medio) y ya no existirá detrás de él el Cónsul revelado. Pilgrim se habrá marchado, sus fragmentos estarán esparcidos en miles de mundos y millones de mentes: nada quedará.
    —Oh, él jamás tuvo rostro —dijo John Augustine, el otro Doctor Médico—. Siempre llevó puesta una máscara, aun antes de que usara la del culto, cuya naturaleza es corporativa. Ahora me parece recordarlo en alguna parte, probablemente no en este mismo lugar, habitando un cuerpo tras otro, hablando por intermedio de ellos, sacrificándolos cuando demostraban ser deficientes como cobertura, mudándose a otros y haciéndolos estallar o degollándolos cuando les llegaba la hora. Antes de ser un saltamundos fue un saltacuerpos.
    —Esa es su privativa proyección personal de lo que él era y hacía, Doctor —dijo Fairfronter, precautorio—. Apenas una migaja de la proyección total que es Pilgrim. Insisto: una sola entre tantas franjas de su pasado, aunque la supongo auténtica.
    —¿Por qué están ustedes dos aquí, Doctores Médicos? —preguntó Clarence Music, del Museo Diurno—. ¿Cuál es el rasgo suyo que los atrae? Ustedes son los dos miembros de nuestro culto que más me fastidian. Todos los restantes damos la impresión de constituir una parte de su espíritu perturbado y estremecido, de su no-esencialidad. Sólo ustedes dos presentan un carácter distinto.
    —¿Su espíritu? Yo no creo en ningún espíritu —expresó el Doctor Médico Judas Raffels—. El interés mío se dirige a su cuerpo, desde el punto de vista médico. Ese cuerpo tiene tanta calidad de máscara como su rostro figurado. ¿Han advertido que a veces se lo ve más grande, a veces más pequeño? ¿Que en oportunidades es robusto y en otras extenuado? ¿Se han dado cuenta de que ahora figura en la parte más baja del espectro y más tarde en el extremo superior? Sin duda se han percatado de que su sombra se opone a seguir los pasos del cuerpo.
    —Ah, pero ahora eso ocurre con todos nosotros —dijo Mary—. Nunca ha existido razón alguna para que las sombras fuesen tan sometidas como sucedía en el pasado.
    —¿Quién percibe las sombras de ustedes? —preguntó Raffels—. ¿Han caído en cuenta de que Pilgrim Dusmano no intercepta la luz, ni el calor ni el viento? De nada serviría buscar alguna ventaja poniéndosele a barlovento.
    —No. Para nada cuenta, por más vueltas que le demos —comentó James Morey—. ¿Han visto que suele aparentar a veces una carencia total de peso y que de pronto abruma a otros con un torpe seudopeso? Y no permite que lo toquen o lo pongan a prueba. Hallándose en vida no pisará una balanza; pero pienso que cierta vez, no sé dónde, lo pesamos muerto.
    —Tiene una alianza inextricable con los Señores de los Medios —manifestó Noah Zontik apesadumbrado—. ¿Deberé culparlos de este mal? Alguno tiene que asumir la responsabilidad, puesto que está a mi cargo liberarlo de todo mal. Sólo en una época como la que vivimos y exclusivamente en nuestro mundo existe la posibilidad de que los Señores de los Medios agiganten su poder. No cumplen ningún objetivo. En realidad se oponen a todo objetivo y lo atacan. Carecen de autoridad correctamente fundada. Lo que más odian es la autoridad. Creo que jamás la aceptarán, ni aun para ejercerla ellos mismos; tal vez la tolerarían cambiándole el nombre. Pero durante el último siglo no ha habido elecciones de dignatarios en todo nuestro mundo. No obstante, los Señores de los Medios, que detentan el poder máximo entre los Señores Espirituales, gobiernan porque han recibido su mandato por intermedio de elecciones, tomando la palabra en su significado más profundo. Los hemos seleccionado y los hemos elegido, aunque no en votación ordenada. Porque en nuestro mundo no existe gobierno sistemático, no hay racionalidad. Poseemos, en cambio, las entidades calculadamente opuestas a las realidades que nos faltan. Porque así como los Medios representan el anti-intelecto y la diseminación de los Medios vale por una anti-iluminación, los Señores de los Medios son los verdaderos Lores de la Sinrazón y de las tinieblas.
    —¿Quién nos trajo todo esto al mundo?
    —Alguien debe haber pensado en el asunto cuando puso lenguas en las cabezas humanas para que hablaran, cuando colocó dedos en las manos para que señalasen, cuando depositó estilos en los dedos para que escribiesen, cuando creó el oropel etéreo, transmisor de ondas de cien clases que comunican con doce sentidos, cuando proveyó a las cabezas de oídos y ojos, receptores de mensajes, cuando insertó en nuestros cerebros el lóbulo perverso, órgano para la difamación y la subversión. El Señor de los Mundos colocó tales cosas en sus sitios. Pero, ¿lo haremos responsable a él, o nos culparemos nosotros mismos?

    Recorrían la Avenida Sicómoro, hundidos en hojas casi hasta las rodillas. En Sicómoro no se permitían los vehículos. Era un lugar rústico. La gente arrastraba leña seca y podaba matorrales y árboles apestados. Por la noche encenderían fogatas y piras festivas. Llenaban con hojas secas grandes sacos de plástico, para sahumar con placentero aroma los fuegos del anochecer.

    —¿Saben quién acabará matando a Pilgrim? —preguntó Fairfronter—. Al final, y esta vez, no lo dude, será el final, no lo matará "la Venganza del Camello" ni cualquier otra sociedad por el estilo que haya acumulado resentimientos contra él. No. Han de ser los Medios y los Señores de los Medios a quienes Pilgrim machacó en el mortero durante tanto tiempo. Los Medios y sus Señores laceran y asesinan a los Cónsules cuando pueden desenmascararlos. Los matan por lo que tengan de bueno. Y en estos momentos, igual que nosotros, empiezan a vislumbrar lo qué oculta la máscara de Pilgrim. Lo van a matar —¡agárrense!— por la minúscula porción de bondad que hay en él. ¡Qué microscopios tan refinados poseen los especialistas hoy por hoy! ¡Dígame! ¡Si son capaces de retorcer jejenes! El bien microscópico que se aloja en Pilgrim Dusmano es el jején dado vuelta del revés. ¡Oh, cómo lo están vapuleando en este momento! ¡Oh, qué zurra le están dando los grandes Señores en el inodoro! Andan cerca de acabar con él (ellos, los grandes deglutidores de camellos); cualquiera se da cuenta por el modo como gimen.
    —Ahora están ocurriendo los sucesos finales —dijo el Doctor Judas Raffels—. Parece que tuviera un receptor nuevo y puedo ir captándolos segundo a segundo en mi mente; y me refiero a todo cuanto ocurre en cualquier sitio de la ciudad.
    —Evenhand está muerto y desmembrado. Pilgrim acaba de cenar un trozo de él, un bocado exótico y alimenticio; además lo ha hecho en excelente compañía. Pero algo salió extraño en esta ocasión, ultraterreno y fantástico hasta para las susceptibilidades de Pilgrim; cierta cosa se tornó insólita en esa selecta compañía. A lo mejor nunca jamás se había servido una cena más exquisita. Ni uno había sentado a su mesa comensal más distinguido, por lo menos desde los días preanárquicos. Una cena tan completa y sustancial debería haber saciado. No fue así. Todas las personalidades que ocupaban aquella mesa se miraban unos a otros.
    —¿Desde cuándo ha tenido usted en la cabeza ese teatrito iluminado? —le preguntó Rhinestone.
    —Desde hace apenas un instante —dijo Raffels—. Los grandes hombres se habían sentado y en ellos cuajó una idea referente a las alas negras. ¿Y ahora, qué?, se preguntaban con parpadeantes ojos de reptil, o ¿A quién le toca? ¿Cuál es el más allá de esta titilación?, preguntaron. En alguna parte debe haber o alimentos menos usuales o personas de más alto nivel aptas para consumirlos. ¿Y dónde será posible encontrar personas de más elevado rango que nosotros? La mirada de cada comensal estaba fija en su vecino.

    Lo que narramos sucedió hace apenas un instante. Luego el instante se desplazó. Todos los ojos fueron atraídos por las nerviosas y magnéticas fluctuaciones del hombre más atractivo entre todos los presentes. Los ojos se posaban en Pilgrim Dusmano, para destruirlo y devorarlo en plena fortuna y sabor. Y, al final, para deglutir, ritual y literalmente, sus pedazos.

    —Pero aun así, durante un momento que ya transcurrió, la cosa podía haber tomado una dirección o la contraria. Podría haber sido Pilgrim. O cualquier otro de los Señores reunidos. Y Pilgrim era bien capaz (o lo había sido) de tragárselos a todos, casi, si la corriente le fuese intensamente favorable, si le asistieran el ímpetu pleno y el instante propicio.
    —Tiene las mandíbulas extensibles del pitón, como ustedes saben: mandíbulas en sentido figurado o por lo menos figuradamente extensibles. Podía haber extendido esas quijadas hasta abarcar toda la gente aquí reunida, tragando a esos Señores y sofocándolos con una membrana transparente y apenas visible, quitándoles la vida, y devorándolos después uno a uno con extática morosidad. En los últimos tiempos muchos hombres han recibido la muerte eliminados por objetos del todo transparentes.

    Pilgrim Dusmano podía haberlo hecho. Pero no pudo. Y cuando se invirtió la marea lo hizo con gran chapoteo. Intentó distraerlos con su mente, su voz, y sus fluidas manos. Pero no se dejaban distraer. No aceptaban sustituto alguno. Durante algunos momentos los enfrentó como un ventarrón y casi los barre al modo de los huracanes. Pero después de un día agitado se le cansaba muy pronto la mente y eran unas cuantas las cabezas poderosas que lo enfrentaban. Rechazaron su ataque. Pilgrim aceptó la derrota. Salió corriendo de aquel distinguido Club. Ahora es un fugitivo.

    —¿Por qué había de ser fugitivo? ¿Y de qué lo sería? —preguntó Zontik—. Era su intención hacer caer en una trampa a los "Camellos" para que lo asesinaran esta noche. ¿Qué importa ahora si en lugar de ellos lo matan los Señores?
    —Ha perdido la iniciativa —dijo Raffels—. Ha pasado su cuarto de hora. Morirá aterrorizado y vencido; se me ha dicho que es ese el colmo de la mala suerte. ¡Lo fastidiaron! Y eso lo deja inerme ante cualquier peligro o emboscada que le tiendan en el camino. Ojalá tuviese yo a mi alcance algún medio para retirarme de su culto.
    —No lo hay —dijo el Doctor John Augustine—. Es como si en un mundo racional uno dijera: Ojalá yo pudiese no creer. Pero nadie que haya creído de verdad alguna vez consigue liberarse de su creencia. Nada impide afirmar que ya no cree. Es viable actuar como si ya no creyese. Uno puede difamar, desacreditar y vilipendiar lo que ha creído. Pero por más que haga, todavía cree, todo lo ciegamente que se quiera. Y nosotros pertenecemos todavía a este culto, aunque la persona-objeto-de-culto nos defraude. Lo apuntalaremos con cañas y falsos testimonios. Si por los agujeros se ve la paja de que está relleno, afirmaremos que es la sangre de los dioses. Lo alimentaremos con nuestra propia sangre. Pero después de su partida nuestro mundo se tornará oscuro y frío. Él era nuestra luz y nuestro abrigo. Nada importa si fuimos nosotros los que comenzamos por entregarle esas cosas poniéndolas a sus pies. Nada importa que él las despilfarrara y destruyera, comportándose como la personalidad-objeto-de-culto más ineficaz que ha existido. Parecería a pesar de todo —y lo dejaremos sentado como hecho incuestionable— que toda nuestra luz y nuestro calor provienen, a la larga, de este despreciable Pilgrim.

    Subieron a un pequeño cuartito privado, desde donde podrían observar las fogatas y las matanzas cuando comenzaran. Nadie sabía quién había dispuesto la concurrencia de todos al cuartito aquél, ni tampoco a quién pertenecía la pequeña sala. Les hubiese sido posible columbrar las piras y las masacres, a no ser por un detalle: el cuarto carecía de ventanas.

    —Y bueno. ¿Hay alguien aquí, en esta época tardía, que sea incapaz de ver a través de las paredes? —preguntó Mary—. Y si lo hay, ¿por qué se encuentra aquí?
    —Ahora hay algunos choques cuerpo a cuerpo —dijo el Doctor Raffels mientras movía los ojos de arriba abajo, como si leyese un texto escrito en su mente. Veía sucesos que ocurrían en diversos lugares de la ciudad. Milicias de los Señores de los Medios están luchando con activistas de "La Venganza del Camello". Es una batalla limpia y franca, sobre todo teniendo en cuenta la pretérita alegría del combate sin tapujos. Es una de las pocas cosas sin mancilla que van quedando hoy por hoy. Pero grupos de sucias cosas se van acumulando en las esquinas. Está decidido, no en estas riñas y escaramuzas, pero de todos modos está decidido en firme que se vaya y bien sucio.
    —¿En qué momento se ha vuelto profeta o ha logrado la visión a gran distancia? —preguntó el Doctor John Augustine a su colega el Doctor Raffels—. Es la primera vez que percibo en usted esa capacidad. Ah, John, estamos todos empapados de nuevos poderes. Es precisamente la estación en que tales cosas ocurren. A mí me llegaron casi ahora mismo, durante los últimos treinta minutos, y sin que me diesen aviso de que me alcanzaría la maldición inherente a esas facultades. Los nuevos rasgos de talento aparecen súbitamente y completos hasta el mínimo detalle. Si no lograsen plantar en uno raíces tan rápidas sin darnos tiempo para protestar, serían rechazados. Por otra parte, cuando uno de tales dones arraiga es imposible arrancarlo.

    En este momento Pilgrim se ha escondido. Se ocultó en el matorral espinoso más grande, junto al camino que él mantiene expedito. Ha encontrado un buen refugio, y no advertirán su presencia salvo que alguien denuncie dónde está.

    —¿Y por qué tenía que esconderse Pilgrim? —Spurgeon hubiera querido saber—. Nunca ha tenido miedo y ha conservado su serenidad en las buenas y en las malas.
    —¡Oh, pero si es un cobarde total! —contradijo Mary Morey en un rapto de ira—. Y desde siempre. Es el más alto de todos los llorones. ¿Quién puede tener razones para defenderlo? Bien sabemos que es un inútil y nos convierte a todos en inútiles. Pero James y yo lo seguiremos a donde vaya. Necesitará alguna ayuda.
    —Y hoy día está siendo minuciosamente desconfundida acerca de los hechos —dijo el Doctor Raffels—. No creo en los desconfusionistas; y sin embargo están sacando muchas cosas a luz, en toda la ciudad y para el beneficio común; lo mejor que pueden hacer ustedes es escucharlos, porque los desconfusionistas están respaldados por la fuerza: se le está explicando a todo el mundo cuál es su mano derecha y cuál es la izquierda. A veces la derecha y la izquierda intercambian sus sitios, y no lo advertiremos salvo que seamos tan obtusos como los integrantes del rebaño humano. Por esa causa es preciso enseñar las nociones de derecha y de izquierda, cada vez que cambiamos de era. El mundo da una voltereta y de pronto advertimos que estamos viviendo en el reverso, en una zona inconclusa. Se está informando a la población de que Pilgrim Dusmano está metido hasta las orejas en lo de Evenhand. No hace falta más para que se enfurezcan hasta el aullido. Y a los que aúllan sólo les quedan ahora dos sangres: la de Pilgrim Dusmano y la del nombre cuyo apelativo codificado es Wut, éste afectado ahora de un furor o manía inocente.
    —A Pilgrim lo harán pedazos en el matorral espinoso, —dijo Mary—. Tendríamos que ir hacia él y darle ánimo para afrontar el final. Hasta el más cobarde puede comportarse como un señor en el trance de la muerte, si tiene sedosos los cabellos, las manos rezumantes y la voz distinguida. Claro, eso es; y le daremos al pueblo por lo menos otras dos sangres para que aúlle al olerías y para que las beba. No quiero que pasen sed.
    —Pareces loca —opinó Fairfronter—. Estamos en otoño y los espinos se hallan erizados de aguijones.
    —Tal vez, pero lo contrario es verdad. Y Pilgrim no será despedazado por las espinas. Veo lo que veo. Les sobra control sobre los tiempos y las estaciones para que en su entorno sea la estación de las espinas verdes.

    Reunirse en la pequeña sala sin ventanas se había convertido en un culto. Allí se guardaba el pan de nueces desmigajado, el pan del culto que Mary Morey tomaba con pinzas para ponérselo en la lengua a los fieles. Estaba también la copa de la gracia, la copa de compartir, colmada con vino de membrillos. Pero el Doctor Raffels no esperó que le entregaran el servicio ritual. Extendió brutalmente la mano, aferró el pan del culto y lo comió. Luego tomó con las dos manos la copa de la gracia y bebió directamente de ella, sin usar la pajita de oro.

    —De modo que es usted —dijo Mary Morey—. ¿A quién se le hubiese ocurrido que un grande hombre, y por añadidura doctor, sería quien vulnerase las reglas del culto?
    —Sí, yo soy el que ha de vulnerarlo —repuso Raffels, masticando el pan de nueces y secándose la boca—. Ahora prosigo con mis visiones. Pilgrim Dusmano está haciendo algo; se encuentra muy nervioso y habla solo. Voy a salvar lo que pueda, está diciendo. No cabe duda de que será un mal salto; pero no tiene por qué ser tan malo para mí como lo sería para otro. Tengo mis facultades y mi equilibrio. Puedo llevar el timón con firmeza y atravesar casi todos los bajíos sin riesgo de naufragio. Puedo pescar en la espuma de las olas. Y hasta de mi propia encalladura sacaré alguna ventajita, alguna ganancia, no importa si no es tan pura como el cristal. ¿Tengo que ir o no? Parecería que sí. Es tan difícil sacar la cabeza de un lazo: el cuello queda para siempre con una marca sospechosa. Pero puedo saltar, y saltar y volver a saltar. Saltaré sin ataduras y nadie podrá amarrarme. ¿Quién ha dicho que la muerte y la transformación no se pueden fingir? Si uno se llama Pilgrim Dusmano puede fingir lo que se le ocurra. Pero lo que hemos oído es tan sólo el hombre Pilgrim tratando de fortalecer su coraje para atravesar una tarde azarosa. Silba para darse ánimo en las hondas y obscuras cavernas de su conciencia, pero el pánico lo tiene fuera de sí.
    —Pisadas resonantes —murmuró Howard Praise—. No son las botas coquetas de los bravos. Es la milicia de los Señores de los Medios que se acerca, haciendo resonar sus pesados borceguíes.
    —Y ahora frente a la puerta —masculló Raffels. En efecto, golpeaban estrepitosamente la puerta.
    —Abran en nombre de los Señores de los Medios —ordenó una clara voz imperativa.
    —Pronuncie algunos de sus nombres —dijo burlonamente Mary hablando en dirección a la puerta que vibraba de arriba abajo—. Somos humildes campesinos y nunca hemos oído hablar de los Señores de los Medios.
    —El cuarto y la casa están protegidos por la sombrilla, —hizo notar Noah Zontik—. Se hallan bajo la vigilancia de mi organización, han sido certificados, reconocidos y escriturados hasta otorgar vigencia legal a su situación de resguardo; los reconocen los Señores de los Medios y otras personalidades.
    —Reclamamos la "Libertad de Ingreso", bajo la autoridad de estos Señores de los Medios aquí presentes —exclamó la nítida voz—. En el mundo de la Libertad Total, ¿quién puede negarnos la "Libertad de Ingreso"? —Los milicianos forzaron la puerta y penetraron en el recinto.
    —¿Dónde está Pilgrim Dusmano? —preguntó el joven de la voz clara e imperativa—. Tenemos el instrumento legal necesario para arrestarlo.
    —Permítame ver esa orden —pidió Noah Zontik—. No existe razón para su arresto.
    —Oh, es que no se trata de una orden escrita —dijo el miliciano—. Es una boleta de carne-y-sangre. Está en nuestro poder, la vivimos en cada uno de nuestros miembros y rasgos. La fuerza que ejercitamos y el poder de los Señores que nos mandan, llega muy lejos, nos sirve como orden para arrestar a cualquier individuo. "La Libertad de Arrestar" es una de nuestras prerrogativas fundamentales. ¿Dónde está él? ¿Nos lo dirá? ¿O tendremos que echar doce lenguas cortadas para que floten o se hundan en ese florero?
    —Ninguno de los presentes hablará —repuso Howard Praise de modo tajante.
    —Nadie, nadie, nadie —dijeron otros.
    —Sí, hay uno que va a hablar —dijo Mary Morey—. Y no soy yo, sino otro.
    —Dusmano se encuentra allí afuera, en las inmediaciones del camino que pasa al norte del depósito donde se reciben las mercancías —manifestó el Doctor Raffels—. Se esconde en el espinar más grande que hay allí. Vengan, que les mostraré.

    Los milicianos salieron y el Doctor Raffels los siguió. Mientras marchaban, el médico iba silbando dos o tres compases de la canción "Caerán cabezas". Todavía no llegaba a entender qué tipo de ejecución había de ponerse en práctica.


    Pasando el límite de la ciudad, en la calle que le pertenecía, Pilgrim Dusmano emergió de un espinoso matorral, como un armiño asustado, al oír que se aproximaba la milicia. Tenía los ojos en blanco y pestañaba sin cesar, en el colmo de la nerviosidad. La gente lo rodeó y empezó a dar aullidos pidiendo su sangre; varios lo aporreaban. Pero uno de ellos, al darle un puñetazo, advirtió que tenía una mano inválida; todo el grupo retrocedió.

    —Dejémonos de artimañas baratas, Dusmano —dijo uno de los uniformados.
    —Sí —dijo Pilgrim—. Ahora sí. —Y lo batieron hasta desintegrarlo.

    De pronto, sin que nada lo hiciese esperar, emergió y ascendió al plano que ocupaba siempre. Se convirtió en el Pilgrim de antes, la personalidad-objeto-de-culto que no reconocía parangón con ninguna otra. Su boca trazaba una mueca de complaciente burla. Tenía en el rostro el cabello indómito, la mirada del eterno rebelde y nuevamente se percibía una increíble vulgaridad en el modo como se asentaba su gruesa mandíbula. Había vuelto a ser el hombre buen mozo, de cabellos rubios y sedosos, cortados como una corona que circuía su cabeza. Era el hombre de la voz potente y conductora, esa voz simultáneamente intrincada y modulada, casi femenina. Era el ser que resplandecía, el hombre rodeado de intenso fulgor: el hombre hipnótico, el hombre eléctrico, el hombre magnético, el hombre trascendente. Era el hombre de las manos fluyentes que rezumaban beneficencia. Era el hombre mítico de las manos que goteaban.

    Pero, ¿qué significa el término "manos rezumantes" fuera de su misteriosa utilización en el culto? Las manos le goteaban luz, esplendor, gracia y dones. Repartían simientes y solaz. Y cuando él abría los brazos en un gesto que abarcaba a todos era un ademán lleno de grandeza.

    La milicia de los Señores de los Medios no arrestó inmediatamente a Pilgrim Dusmano. Más bien fue él quien arrestó al escuadrón de milicianos y a la multitud. Pilgrim echó a andar y todos lo siguieron. En el borde de la carretera había un árbol de nísperos. Pilgrim lo maldijo.

    —Su fruto no pertenece a mi culto —dijo, y prosiguió su marcha.

    Solo Raffels y Zontik y Spurgeon y Mary y James Morey abandonaron la reunión del culto, siguiendo a los milicianos.

    —Es probable que si miramos hacia atrás encontremos que el árbol está marchito.
    —Pero yo no miraré hacia atrás.
    —Yo sí —afirmó Mary. Miró a sus espaldas sin advertir que hubiese níspero alguno, ni marchito ni sano—. Me parece que en este sitio nunca hubo un árbol de níspero; ¿O me equivoco?

    Pilgrim se detuvo y habló con los brazos abiertos y su liviano cabello rubio suelto, agitado por el viento. Esto sucedía en una colina castaño-verdosa que dominaba la carretera.

    —Cuando me vaya volverá a florecer —dijo—, pero no ahora. He reverdecido una docena de mundos al marcharme de ellos. Se cubren de follaje verde con sólo recordarme. Ahora óiganme y les daré la carne sin el pellejo y la fruta sin su cáscara.
    —Yo les dedico este sermón acerca del objeto declarado, sin concepto opuesto que lo restrinja. Lo alto sin lo bajo, la luz sin tinieblas, lo de dentro sin lo externo, lo encumbrado sin lo humilde, el festín sin el hambre, la juventud sin la vejez, el comienzo sin el fin, el círculo sin centro, el ápice sin la base, la ganancia sin la pérdida, el premio sin el pago, la carnada sin el anzuelo, toda la lluvia y ni una sola sequía, la exaltación nunca seguida por la depresión, el pecado sin el remordimiento, lo correcto sin lo errado, el tiro sin el retroceso, el crimen sin el castigo, la ebriedad sin los malestares del día siguiente.
    —Esto carece totalmente de significado, ¿verdad? —preguntó Mary Morey.
    —¿Por qué se le ocurre eso? —preguntó Zontik—. ¿Acaso usted busca el significado en un himno?
    —Es una linda trampa —dijo el Doctor Augustine al Doctor Raffels—, ¿pero puede entregar sobre esa base?
    —La trampa consiste en no entregar —dijo Raffels—. Entregar sería un proceder honesto. John, pensé que usted estaba muerto de miedo junto con los otros en el cuarto del culto.
    —A mí un poquito de miedo me alcanza para mucho tiempo. Es tedioso. Raffels, se me ha ocurrido que esta noche deberíamos cobrar unos cuantos honorarios. Somos excelentes doctores médicos. ¿Por qué vamos a permitir que otros doctores de menor mérito reciban pago por atestiguar que determinadas personas han fallecido, sobre todo si están hechas pedazos y muertas sin género alguno de duda? Lo mismo usted que yo somos Señores Espirituales, y tenemos la jerarquía suficiente para desplazar a los doctorcitos que andan a la pesca de restos mortales.
    —De acuerdo, John. Así se hará. Pero en todo este asunto percibo cierto aire familiar. De pronto me acomete la absurda sospecha de que en alguna época anterior he atendido a Dusmano en su lecho de muerte.
    —Bien puede ser. ¿Yo estaba allí?
    —Sí, me parece que sí.
    —Proclamo la contraparte sin que me interese la parte —estaba perorando Pilgrim con su voz de oro—. Hablo de contramundos sin postular un primer mundo. Menciono a la contracultura, pero no existe la cultura propiamente dicha. Hablo de derivados pero en ninguna parte están los modelos. Conozco la antítesis, ignoro la tesis. Amo el anti-yoguismo, pero mis ojos están ciegos si se trata de percibir logismos o aun la lógica en sí misma. Reconozco la antimateria y, no obstante, jamás he visto la materia. Echen una mirada en torno de ustedes. ¿Qué ven? ¿La cosa o la anticosa?

    Entonces la voz de Pilgrim Dusmano adquirió un tono más bien de escoria que de oro.

    —Yo por mi parte, soy anticlimax. ¿Pero quién es clímax? Yo soy antihéroe. Pero no se encuentra a un héroe por ninguna parte.

    Pilgrim abrió los brazos, y trazando con las manos un gesto que carecía de cierto pequeño no sé qué. Era vano buscar un gesto completo y cumplido. En su rol de antihéroe, permaneció de pie como un Cristo y habló. Mary Morey entendió que su conductor era un Anti-Cristo, ¿pero quién más lo entendió? Entonces Pilgrim comenzó a ponerse mustio cuando vio que traían caballos hacia la colina.

    —Hablo de atracción sin distracción —iba diciendo Pilgrim, pero ya casi ni lo escuchaban. Tenía la lengua de arcilla, por así decirlo. Tragó como si procurase ingurgitar sus últimas palabras. Ya ni siquiera parecía un antihéroe.
    —Acaba de recordar que "distraer" significaba, en su origen, partir por la mitad o romper en pedazos —dijo Raffels a Augustine—, Ahora ve las bestias (los caballos) y lo congela el pánico de que su muerte acabe siendo un espectáculo —un descuartizamiento o distracción— a cargo de potros salvajes. La milicia ofrece un interesante surtido de muertes. ¿Me gustaría saber cuál me tocará a mí?
    —¿Usted se va con él, Raffels?
    —Creo que sí. Parece que así ocurre siempre.
    —Lo que dice no tiene sentido.


    Pero Pilgrim moriría sucio y despojado de todas sus fruslerías. Se sintió vencido. Rogaba que le tocase una muerte sin dificultades, sin grumos, como un polvo de dilución instantánea. Se puso a gritar cuando le ataron los caballos para descuartizarlo.

    No es tan fácil como parece distraer (o sea "despedazarlo") sin distraerlo hasta la muerte. Se desprendió un brazo y de pronto pareció que no había de dónde tirar. Los milicianos envolvieron las cuerdas en torno de los tobillos, para seccionarlo y dividirlo enteramente, pero todo lo que lograron fue arrancarle un pie. Pusieron los caballos a tirar de la cabeza. Salió fácilmente. Raffels y Augustine declararon que Dusmano estaba muerto; uno de los milicianos firmó las boletas para que la patrulla pudiese cobrar sus estipendios.

    Dusmano era un desordenado desparramo de carne, barro y sangre, polvo y desperdicios. Los milicianos volvieron a enlazarlo por donde les resultó posible, para continuar tironeando, destrozando y desmenuzando los restos.

    —¡Sofrenen los caballos! —dijo imperativamente Mary Morey, llegando a la colina de la distracción; su hermano la seguía. Nosotros lo acompañaremos. No dejen que nos saque demasiada ventaja, porque si así ocurre lo dominará el pánico. Hoy no es su día favorable, milicianos. ¿Nos harán el favor de narrar esta ejecución en términos que la hagan parecer un poco más brillante de lo que ha sido? Tengan la bondad de redactar informes favorables. Esta no resultó una de sus mejores muertes. Y ahora tengan a bien despacharnos tras él tan pronto como puedan.
    —¿Tienen un permiso en regla para que se les quite la vida? —preguntó uno de los milicianos.
    —No. —dijo Mary—. Se le había olvidado gestionar el permiso y lo mismo le había ocurrido a James.
    —Entonces va a ser imposible matarlos hoy —repuso el miliciano—. La oficina ya está cerrada.
    —Pero cuando se despierte y no nos encuentre cerca no sabrá qué hacer —protestó Mary—. Sentirá un miedo cerval. Se caerá en pedazos. —Y Mary se echó a reír al pensar que Dusmano ya estaba hecho pedazos.
    —Obtendremos los permisos —intervino un sargento de la patrulla—. Haremos este trabajo con limpieza y velocidad. —Marcó a Mary con tajos bien profundos en todas las conyunturas, utilizando una espada ritual corta. Luego ataron los espumantes caballos a las extremidades de Mary y los pusieron en movimiento a latigazos y gritos. La descoyuntaron en un par de tirones; los componentes de la muchacha se desprendieron con facilidad. Se repitió la operación dos veces más. Los Doctores Raffels y Augustine certificaron su muerte y recibieron boletas firmadas para que pudiesen cobrar sus honorarios.


    James, el hermano de Mary, pasó por un proceso muy semejante. No era un hombre de gran fortaleza y a los caballos no les costó mucho sudor ni mucha espuma desmembrarlo.

    —¿Alguien más? —preguntó el sargento de la milicia.
    —Sí. Yo tengo que ir con él —dijo Zontik—. Necesitará mi protección dondequiera que vaya. Entre todos los hombres de la historia que alguna vez han necesitado que los cuiden, Dusmano es el número uno.
    —¿Tienen alguna idea de lo que van a hacer? —preguntó el sargento, intrigado.
    —Ni la más mínima —admitió Zontik—. Una idea es un hecho mental. Lo que tenemos nosotros, tal vez, es un apronte visceral.

    Mataron a Noah Zontik empleando los caballos. Después eliminaron al Doctor Raffels. Pero el furor de Wut espantó a los caballos. Tuvieron que matarlo sencillamente, dándole garrote vil.

    El Doctor Augustine se fue de la vida utilizando vehículo propio, y después de haber cobrado sus honorarios, incluso el que correspondía a la muerte de Raffels.

    Todo este conjunto de sucesos fue un anticlimax sin clímax.


    9


    Mas os digo, que más liviano trabajo es pasar
    un camello por ojo de una aguja, que entrar
    un rico en el reino de Dios.

    —San Mateo 19, 24


    ¿Ustedes saben cómo lo hace el camello?
    Se limita a cerrar un ojo, amusga las orejas y se zambulle.
    El camello se torna muy flaco cuando cierra un ojo
    y amusga las orejas. Además para este fin
    se usa una aguja de ojo muy grande.

    —Valle Estrecho


    Los que acababan de morir habían exhalado su último aliento en una de las provincias que había en el país. El lugar se llamaba a veces Praderas de Hierro y otras veces El Ojo del Camello; el punto más angosto del lugar tenía por nombre el Rincón Estrecho.

    Tres figuras venían escalando el empinado, peligroso e incierto sendero, en el tramo que ascendía hacia el Rincón Estrecho formando un ángulo cuya prolongación penetraba en el bajo cielo de hierro. Uno de los tres había sido una poderosa personalidad-objeto-de-culto, y en aquel momento mostraba un perfil muy peculiar. No se trataba de un contorno borroso; parecía más bien la expresión de varias siluetas muy nítidas, sobreimpuestas. Era como una figura definida percibida en doble visión. O triple visión o visión decuplicada. Pero ningún detalle resultaba esfumado.

    De tal modo la creatura, según sus diversos contornos, podía ser confundida a veces con un simio, otras con una figura teratológica, un dispositivo para pescar, un títiro o pastor, una de las variedades humanas, un Enacian, un sapo. Esa creatura panmórfica parecía quebradiza y compuesta de material rígido, y sin embargo podría haber sido variada en su forma mediante la manipulación.

    Las otras dos creaturas que escalaban el cegador, empinado y quemante sendero eran una gacela y un perro. En cierta oportunidad pasada habían sido humanos, un hermano y una hermana que prestaban servicio a la suma figura de su culto. Para decir la pura verdad, conservaban todavía forma humana pero daban la impresión de ser un perro y una gacela. Ambos se movían con una especie de desatada furia, y los tres seres que venían ascendiendo eran peligrosos y estaban provistos de garras.

    Frente a ellos, mirándolos desde lo alto, se advertían otras tres figuras. Una de ellas, hombre de traza simiesca, había sido llamado en época pasada el Santo Juntacadáveres. Otro, persona dada a la iracundia, llevó alguna vez el nombre de Wut. Y otro era un niño demente y furioso que había nacido en otro lugar, de padres cuyo apellido era Pym.

    —Calma, calma —dijo la gacela ascendente, con furia controlada—. Los que nos aguardan allí arriba se encuentran tan hartos de nosotros como nosotros de ellos. Les llenaremos los ojos de lobreguez y seremos invisibles para ellos, pero nuestros ojos verán.

    Se trataba, entonces, de una batalla por la centralidad. ¿Desde qué cabeza en forma de caja iban a mirar los ojos de quién, para quedar establecidos en calidad de centro? El que ganó la primera ventaja mínima para su grupo fue el personaje-figura-de-culto, ser panmórfico que venía trepando por el humoso sendero. Los ojos de ese panmórfico (tenía ojos enjoyados u ojos de vidrio fragmentado) delimitaron el campo de batalla y lo conformaron a su propia visión. De tal modo, los de arriba quedaban enceguecidos y obligados a moverse dentro de su personal oscuridad. Sin embargo todos eran seres que se conducen cómodamente en la sombra.

    Pero el enfoque cedido a la perspectiva de la personalidad-objeto-de-culto era, incluso para él mismo, una distorsión, una calamidad casi insoportable. El mismo era una fuente de tinieblas. Todo adquiría un carácter aterrador al pasar por los ojos y la mente de este maculado cultista; mucho más espantable que a las miríadas de ojos existentes en aquel lugar personificado e inflamable. La visión escalofriante se convirtió en realidad, impuesta tanto por los de abajo como por los de arriba.

    Este panmórfico hombre-de-culto tenía lesiones en la mente y la memoria. A través de sus diversos agujeros era terriblemente vulnerable. No podía recordar qué significaban esas perforaciones ni dónde las había recibido. Era un ser demencial y cruel, que sobrepasaba el sombrío salvajismo de sus dos servidores, la gacela y el perro. Le constaba que los dos animales eran absolutamente fieles. Pero no ignoraba que eran impredecibles, excitables e irrazonables; su bestial fidelidad también podía conducir a que lo partiesen en pedazos (para salvar su esencia portándolo en sus gañotes a través de los lugares peligrosos). La feroz lealtad podía terminar de cualquier otra manera. Y se sentía oprimido por las cosas que veía arriba. No ignoraba que cuando los prodigios se entrechocan más allá de la vida y del tiempo obran como niños chicos, que fanfarronean engañándose unos a otros. Lo sabía, pero continuaba oprimido. Los niños chicos alardean sanguinariamente cuando se los muda más allá de la vida y del tiempo.

    La más peligrosa de las amenazas era una criatura, un simiesco armatoste que el polimorfo veía en línea recta y en un plano más elevado. (Todo esto sucedía iluminado por el fuego, porque, no habiendo sol en el cielo de hierro, ver y parecerle a uno era lo mismo.) La cosa simiesca se desplazaba descendiendo la terrible, empinada senda, en dirección a los tres que trepaban. Venía con velocidad suficiente para interceptarlos en el Rincón Estrecho. El sendero reducía pavorosamente su ancho, incluso en el tramo que escalaban los tres. La gacela venía con la cresta caída y humeante. El perro traía entre las piernas su cola de mono; el propio polimorfo tenía dientes implantados en el corazón, que se lo mordían y masticaban, empequeñeciéndolo.

    Y por encima de ellos, según iban subiendo, la senda se apretaba mucho más. Se estrechaba y desaparecía a un lado y otro hasta hacer rechinar los dientes de pánico. ¡Cuánto más encantador hubiese sido decir que el caminito se desplomaba en el vacío! Pero el Rincón Estrecho, todavía en un plano más alto que ellos, parecía subir y subir al tiempo que se acercaban, se mostraba como un gran obstáculo, tentacular, pulsátil, empinado hasta parecer casi vertical; era mucho más terrorífico, muchísimo más, que la senda tortuosa por donde iban subiendo.

    El Rincón Estrecho solía ser llamado "el Ojo del Camello", pero en el nombre anidaba un misterio o un error. La fábula no era otra que la del camello y el ojo de la aguja. Bien, pero ocurría que toda aquella caverna debía su existencia a un gigante ojo de camello.

    Además del ser simiesco hacia el cual iban ascendiendo, había una criatura más pequeña, más joven e incomparablemente más salvaje, que se paraba en un borde como un pájaro y producía un sonido farfullante, como ciertas aves. Esta joven furia estaba invadida por el deseo de captar la vida y el alma del ascendente polimorfo. Aquel ser de forma mitológica adoptaba a la vez el aspecto de un niño en rebelión, el de un dragón y el de un ave que emitía un graznido áspero. Pero a diferencia de la criatura simiesca, el niño-furia no venía bajando por el sendero hecho de lava, resbaladizo y lleno de piedritas. Se movía de otro modo. Impregnaba todo aquel baldío alto, estrecho y casi vertical; impregnaba el propio Rincón Estrecho y comenzó a invadir el imposible camino descendente que apuntaba hacia el cielo férreo más allá del Rincón. Este dragón, este niño orate, llegó con su presencia a distintos sitios sin trasladarse de uno a otro, sino ocupando parte de un lugar y parte más pequeña de otro, hasta encontrarse total y amenazadoramente plantado en una nueva ubicación. Y esta porción del espacio podía muy bien no ser exterior a su presa.

    Diablos, demonios, vomitad y a la juerga otra vez. Arrancaos los ojos. Contadlos por tres.


    Las estalactitas ahumadas de aquel pasillo proporcionaban rima a los toscos versos, con piedra caliza y con azufre, añadiéndoles su grano de sal. Y por encima de los escaladores se divisaba una tercera cosa o persona: un semicírculo de escabrosa oscuridad que se abría para mostrar al nuevo individuo, un loco, o al menos un hombre enfurecido. Era un individuo inteligente, calculador, sagaz, implacable, un hombre incapaz de olvidar y de perdonar, a quien le había tocado hallarse en este despiadado sitio; por eso estaba en poder del furor y la demencia.

    Tales eran las personas que se hallaban en aquel escenario de tres niveles. Había además varias quimeras, tanto por encima como por debajo del Rincón Estrecho. Conformaban una confusa agrupación de personas y actores, y era igualmente confuso, y aun experimental, el teatro en que desempeñaban sus papeles.

    (No se inquiete: por todos lados hay fuego y sus pies arderán hasta consumirse si da un solo paso para retirarse.)

    Se cuenta una leyenda que no procede propiamente del otro lado, de la antesala del más allá, como se la ha denominado. Cuenta que el Rincón Estrecho es un precipicio de hielo fulgurante con cegadoras luces que ondulan por encima y a través de él; que este precipicio es abrupto como el filo de un cuchillo mellado; y que a cada lado del cuchillo hay una aullante sima sin fondo donde uno puede caer indefinidamente. Relata asimismo la leyenda que es un lugar lleno de espíritus; son invisibles pero su escarchado aliento puede verse sobre el fondo tenebroso. Espíritus que entrechocan los dientes con el deseo devastador de engullir almas. Agrega que todas las venganzas que continúan sin ejecución más allá de la vida aguardarán el momento de neutralizarse en ese Rincón Estrecho que todos deben atravesar.

    (El tétrico niño o dragón impregnaba la senda, acercándose cada vez más.)

    Y esta leyenda es falsa en su mayor parte, como en aquel instante comprendió el escalador panmórfico. Tal vez alguien había vivenciado una intuición visual o una visión previa del Rincón Estrecho, concluyendo que estaba hecho de hielo. Pero se compone de piedra triturada y cristal de roca; y las deslumbrantes luces que ondulan por encima y por dentro provienen del fuego que mata. En efecto, es un precipicio semejante al filo de un cuchillo y cae por los dos lados hacia el horror sin final; pero los espíritus que sobrevuelan allí como murciélagos bebedores de sangre, iluminan su decurso con aliento-de-llamas, en lugar de hacerlo con aliento-de-escarcha. Y las venganzas que acechan en el lugar con intenciones asesinas no se ocultan en las estalagmitas sino en incendiados matorrales de hierro incandescente.

    El niño tétrico o dragón invadía ya un lugar muy cercano por debajo del Rincón Estrecho y atacaba al pan-mórfico, primero con tenue sustancia, que se hacía rápidamente más densa. "Me ocultaré en el corredor y allí los atraparé cuando tengan que viajar", barbotó el niño privado de razón. "En la senda hay lugar para uno solo, y yo los destrozaré lanzándolos por sobre el filo, los tiraré de cabeza al infierno. Este es el filo aguzado, este es el Rincón Estrecho, aquí es donde yo les echó mano cuando su muerte está todavía fresca y los arrojo al empinado Tártaro".

    El niño demente que también era dragón, ya atacaba con mayor dureza e intensidad al panmorfo, sin que éste pudiese distinguirlo claramente. Había un ojo de tamaño infantil, un ojo disparador de odio que flotaba en el feroz efluvio del moledor de fuego; era lo único que se veía con claridad. El ojo, consciente, goteaba odio sin límites. Pero no se veían los miembros del niño que infligía el horror del tacto y la herida.

    Pero la gacela entabló, batalla con el niño dragón y ambos tenían los colmillos como navajas. En aquellos estrechos lugares se desenvolvieron episodios sangrientos. Y entonces descendió de la altura una voz simiesca como un trueno de sonido agudo.

    —Yo te encadenaré a una forma única —vociferaba la criatura con aspecto de mono, dirigiéndose al agredido pan-Morfeo—. Yo te encarcelaré en un solo cuerpo, caliente hombre marino, hombre de la transformación, hombre mórfico. Te sujetaré a clavo y martillo dentro de una sola carne y haré que te arrebaten del océano muda-formas y te aparten de él por completo. ¿No me recuerdas? Yo era el orfebre de la carne humana, el cincelador del cuerpo. Pero ya no puedes regresar a tu casa, no retornarás al mismo fondo oceánico, no revivirás la Estación del Cambio-de-Mar, que te ha sostenido. La transfiguración que ahora comienza para ti terminará en tu forma final y reducida. Yo te estrecharé, yo te restringiré, yo aseguraré pon firmeza tu forma ultracomprimida. Este es tu último cambio; tienes también tu último nombre: "incambiable".

    Deslumbraron los rayos y resonaba huecamente el trueno, pero ninguno de los dos era nada imponente bajo aquel cercano cielo de hierro.

    —No, no. Hay otros nueve cambios que tú no conoces, —aulló el panmorfo—. Todos ellos me están reservados hasta que uno tras otro se gaste, excepto el último. Esas nueve transformaciones se hallan a mi orden por virtud de un Legado poco usual. Te he engañado.
    —Desperdiciarás los nueve; serás apresado nueve veces en cuanto te caigan encima, que será pronto —dijo el mecánico-de-cuerpos; gruñía con un extraño sonido animal emergiéndole de la garganta.

    Y entonces la batalla se generalizó. Los alardes del hombre-mono eran parte sustancial del combate. El hombre-animal, el hombre-simio, el herrero de la carne, el mecánico del cuerpo, lanzaba sus escalofriantes chillidos con el vientre, que le habían abierto. Esos aullidos hacían cerrar, con gran retemblor, enormes puertas de hierro que cerraban el paso a últimas esperanzas, quemaban y sobrecogían.

    El Rincón Estrecho no había sido construido por manos, al menos por manos humanas. Era una imagen proyectada cuyo propio fuego había solidificado. Era la antología que agrupaba miles de esas proyecciones personales. Se encontraba bajo la influencia de las intuiciones y proyecciones de incontables personas heridas y dislocadas en las angustias de la muerte o en la premonición del último trance. Incluso no sólo estaba influida, sino manufacturada por aquellos sucesos.

    Ahí estaba Alighieri que proyectaba y plasmaba buena parte del Rincón Estrecho. Ahí estaba Cristo según San Mateo. Ahí estaba Maugham. Ahí estaba el loco Blake. Ahí estaba Anastasia Dimitríades, que narró el profético horror del Rincón al Conde Finnegan.

    Este, a su vez, reproyectó las imágenes que le habían descrito sobre la cosa propiamente dicha, merced a su asombrosa capacidad de visualización. Y el letrado Ovidio construyó verdaderas cumbres del Rincón con el fuerte ímpetu de sus Cantos Perdidos. (No se habían perdido: fueron incinerados como castigo por su peligrosa claridad.)

    Esa gente configuró las férreas rocas del Rincón Estrecho; había instituido las hediondeces y las temperaturas. Y no está terminado. Usted le añadirá su propio ser en el trance de la muerte, si su persona detenta alguna deforme originalidad.

    (Otra vez relámpagos enceguecedores y truenos retumbantes.)

    El hombre iracundo había bajado de la colina al terrible, resbaladizo y desmoronado Rincón Estrecho, de fuego y de vertiginosa altura. Vino para intervenir en el ataque contra el panmorfo, que había comenzado a simplificar su océano de formas. Pero el hombre poseído por la ira se topó con el perro guardián. Y el perro, pleno de fresca energía y dotado de salvajismo más destructor que nunca, se trenzó con el hombre colérico, lo interceptó, lo aferró con filosos dientes de acero, mutiló los dedos que el maníaco tendía en su defensa, lo despedazó a dentelladas, devorando el cartílago del cuello con rechinar de dientes. Y el demente le partía el cuello al perro, pero jamás conseguiría arrancarle la cabeza. Era un perro comparable al rayo en sus fulmíneos asaltos; y el loco parecía un hombre trueno que luchaba rugiendo y entrechocando los dientes.

    Ahora bien, el rayo y el trueno, estallando bajo la bóveda cercana y finita de un cielo férreo, ¿alcanzan la misma enorme energía que despliegan en la infinitud? ¿En un cuarto —trampa, pequeño y cerrado—, el león debe inspirar menos miedo que en la abierta llanura?

    La batalla se desarrollaba ya en tres frentes. El niño demente dejó de ser dragón. Era la serpiente pitón que deshacía a la gacela. El loco se enzarzaba con el perro de acero, garra a garra, degollándose el uno al otro; aniquilaba para siempre el vuelo del can diabólico, calcinándole la mente. El herrero de-la-carne, peludo-simio había entablado pelea con el hombre, ya clarificado océano, los dos patinando estremecidos de terror en la resbaladiza lava del estrecho y alto pasaje comparable a la filosa hoja de un cuchillo.

    Prodigios como aquellos no suceden ni aun en la muerte. Sin embargo, acontecen durante la media hora posterior el deceso.

    El primer abatido fue el perro. El hombre de la furia le había quebrado las cuatro patas, el espinazo y el cuello. Arrancándole los ojos, le aplastó además el cerebro, de modo tal que todas sus vías de percepción y de comprensión quedaron enredadas y anuladas. Sin embargo este campeón del furor no podía quitarse de encima a la bestia, que continuaba prendida a su cuello. Cuando por fin el hombre delirante de cólera logró lanzar al destrozado animal por sobre el filo de roca, cortante como una navaja, su propia garganta sanguinolenta, desprendida en el combate, siguió la suerte del can.

    Y el perro cayó a través de un espacio inmedible, que no tenía fin.

    El loco quedó sumido en la desesperación, mudo y manando sangre a chorros. Tan sólo en los ojos le restaba vida, y reflejaban la insania de un nuevo furor. El hombre marino clarificado comprendió que el orate era el hombre conocido, según el código, como Wut. ¿Pero quién podría cosechar la fortuna de Wut en aquella situación?

    Cayó el perro. Se le oyó estrellarse contra el último filo de roca que señala el fondo de la tierra. Se le oyó arañar y revolver las calientes piedras de aquella arista y se le oyó y sintió caer de nuevo. Debe haber perdido el cuajaron arrancado a la garganta de Wut, pero simultáneamente recobró la voz. ¡Aullar en los abismos! ¡Ahondar y ahondar en esas profundidades que quedan fuera del espacio limitado! ¡La voz disminuía segundo a segundo su intensidad, pero todavía por un extenso lapso se sostuvo! ¡Adiós, perro, adiós!

    El niño loco ya no era una serpiente pitón. Había destruido el ímpetu de la gacela. Le había despedazado la voz, el equilibrio y el espíritu. La gacela se precipitó en la sima de sus enemigos, en el pozo de alas negras, hacia abajo, siempre hacia abajo despojada de sus propias alas. Caía y su hermano, el perro aullante, aún caía.

    Pero el niño loco ya tenía invadida la zona alta y se iba escabullendo del Rincón Estrecho. Ya no era sino un ojo de tamaño infantil, un disparo de odio inserto en el efluvio del rayo quemado. Y despreciaba al hierro derretido en que consistía el suelo del Rincón Estrecho.

    El hombre-puesto-en-claro, extraído con artimañas de su cambiante y protector océano, sabía ya que el niño loco era el hijo menor de Aubrey Pym, que había partido, degollado, a llevar un mensaje del hombre a quien llamaban Pilgrim Dusmano. Pero aquel chico de corta edad no abordó la travesía confiadamente.

    —Ha sido sin duda un mensaje tergiversado —dijo el hombre desneptunizado y reducido a una única forma—. Y la cuarta parte ni siquiera ha llegado a destino.
    —Sus dos compañeros y amigos fueron destruidos en el abismo —dijo el herrero-de-la-carne—. Y ahora usted los va a seguir, asegurado con clavos en una piel enteriza. Le llegó el momento final, señor No-Salto-Más.
    —No iré al abismo sin salida. —No-Salto-Más juró cumplir su decisión, clavando los dientes en la nuca del herrero-de-la-carne.
    —Ah, pero ocurre que existe una salida —dijo en tono de escarnio el herrero-de-la-carne, mientras le abría el vientre a No-Salto-Más. (¿Por qué razón habrá tomado este acto un aspecto tan peculiarmente vengativo y acertado?)—. Hay una sola salida y nada más que una. Y cuando comprenda de qué se trata, a usted no le va a gustar. ¿Y cómo se siente ahora, esclarecido joven, una vez puesto en limpio en cuanto atañe a su forma, cuando descubre que la materia de que está formado sigue siendo barro?

    Pero el hombre "clarificado", el Señor No-Salto-Más, era extraordinariamente fuerte. Podía haberle arreglado las cuentas a esa criatura congénere, ese herrero-de-la-carne, si hubiese dispuesto de un sitio firme para plantarse, si no tuviera el vientre despachurrado, y si le hubiesen clarificado la mente tanto como la forma. Pero conservaba en la psique los viejos perfiles sobrepuestos, como si se tratase de una mente nítida afectada de visión doble, triple o decuple. Tenía casi la certeza de haber adquirido la forma humana de modo duradero, y de que mientras poseyese una forma, no había de ser otra diferente. Pero se encontraba como mareado, sin agudeza mental, confuso. No entendía bien lo del Rincón Estrecho, o temía entenderlo. Ignoraba su propio nombre y el sitio a donde quería ir peor todavía: a donde no quería ir. Era fundamental llegar a otro paradero, llegar prontamente a cualquier lugar, salvo uno.

    Dio un mordisco profundo en la nuca de su enemigo; los pies de ambos resbalaban en el piso del Rincón Estrecho, pulido como hielo, liso como lava volcánica, aceitoso como el lomo de un cerdo y afilado como un cuchillo.

    —Aquí todos los resultados son definitivos, ¿sabes? —gruñía su punzante rival, su oponente de abundosa carne, este simioide, esté herrero-de-cuerpos, este hombre obeso y pugnaz—. Irás al fondo de ese abismo, que sólo tiene una salida. Sería mejor la extinción, pero no mereces un destino tan favorable. —Y el palurdo le arrancaba los intestinos al hombre clarificado, al Señor No-Salto-Más.
    —¡Aquí no hay nada definitivo, excepto tu propia destrucción! —barbotaba el hombre "pasado en limpio", sin cesar de clavar los dientes en la nuca de su enemigo—. ¡Evito siempre todas las cosas definitivas! —Hizo entonces un supremo esfuerzo y obtuvo dos ventajas: le quebró el cuello al adversario y recordó su propio nombre. Se llamaba Polder. Era Polder, el recuperado del amorfo océano, el que había cobrado forma sólida y ya no cambiaría. La forma inmutable es una prisión, él lo sabía. Pero algo hay que dar a cambio de un nombre. ¡Qué peligro el de la reyerta!

    Este herrero-de-la-carne que Polder estaba demoliendo exhalaba un olor antiguo, extraño, familiar, exuberante en el recuerdo, y desagradable, sin embargo. Era el olor del oro fundido, siempre hediondo aunque uno purgue con cal apagada la fundición.

    ¡Vaya, esta criatura era el Santo Juntacadáveres en persona! ¡Y este Rincón Estrecho servía de teatro para arreglar los conflictos interrumpidos por la muerte! El juntacadáveres era un hombre a medias, sin poseer la verdadera forma de un simio. ¿Dónde lo había conocido Polder? ¿Y por qué razón el tipo hedía al oro fundido y purgado con cal apagada?

    Entonces Polder aplastó al juntacadáveres con gran estallido de huesos y arrancón de nervios; luego lo lanzó al báratro, el abismo donde caería eternamente, como había caído el perro. Después trató de remendarse la barriga con roca y hierro fundidos. No le salió muy bien, pero lo sacaba del paso.

    Polder trastabilló en el estrecho sendero, agudo como hoja de cuchillo. Tambaleó por causa del calor, de los miasmas, y de los aletazos que le daban los pájaros negros volando sobre el abismo. Sabía que iba a caer. En todo el Rincón Estrecho no había un solo sitio donde afirmar los pies.

    —Aquí todos los resultados son definitivos —había dicho el Santo Juntacadáveres. Polder resbaló y cayó por fin al precipicio.

    ¿Fue para su destrucción? No, de ninguna manera. Allí había un hiato. Había un Legado, que tomar en cuenta. Había un brillante rollo de nueve afortunadas vidas y de mundos que eran placenteras parcelas de eternidad; nadie necesitaba gastar tiempo. Estaba esa sarta de mundos enjoyados, abarcados por los pactos restrictivos.

    Y estaba al salto, sí que estaba. Pero existían interpuestos los tiempos sin medida. Y entonces...


    10


    La garantía dada por Lambeth de que el rico no arderá,
    y aun la promesa de que ileso tornará:...
    ¡Déjalas ir, las vanas ilusiones!
    Decidme ahora, dioses, Quién inspeccionará las posaderas...
    ¿Vosotros, yo o Caronte? ¿Quién lo sabe?
    En el desorden del infierno todo cabe.
    —Belloc


    —Los ricos son diferentes de nosotros.
    —Fitzgerald


    Para el edicto referente al "Ojo de la Aguja" hay una compensación y contraparte. De otro modo los ricos no lo hubiesen aceptado. Los pudientes tienen un legado especial: Las Nueve Vidas en la Spezia. Después de morir se les permite vivir otras nueve vidas de placer casi histérico en cuanto a su inmediatez y extensión, antes de que se vayan al infierno.
    —Clement Goldbeater,
    —The Enniscorthy Chronicle


    Fue un Medici el primero que alzó sus adinerados ojos y la vio en el cielo, aunque gentes muy especiales habían estado viviendo luminosas y eternas vidas en ella, casi desde el principio. Se halla justo en mitad de la Vía Láctea y es el más maravilloso litoral, o letanía de mundos enjoyados que allí se puede encontrar. ¿Por qué han sido incapaces de divisarla los ojos vulgares? No lo sabemos. Cualquiera que tenga ojos enjoyados en la cara puede captarla en la centelleante luz azul-medianoche, o en el resplandor azul-tres-de-la-mañana. Hay nueve estrellas de brillo azul, iluminada cada una por la luz de uno de sus propios trascendentes planetas. El litoral de las nueve estrellas o vidas adopta la forma de un promontorio o cabo, y las nueve se llaman Cannes, Oraioi Polloi, Hy-Brasil, Smart Set, Savona, Delectable, Theleme, Luogo Perfetto, La Spezia. Cuando se las enumera es difícil mantener la calma del historiador.
    —Arpad Arutinov,
    —The Backdoor of History


    La voz de Janie cantaba con melodiosa agudeza, impregnada de una musical queja, y se difundía en aquel lugar. Todas las voces eran melodiosas en el Mundo de Cannes y toda expresión adoptaba carácter musical. No existía disposición alguna que restringiera el derecho a la queja. Quejarse era una de las cosas que mejor se hacían en el Mundo de Cannes.

    —¡Usted no está empleando a personas vivientes! —chilló Janie, melodiosamente, por supuesto—. ¡La que usaron fue una Jezebel de utilería! ¡Qué venga el Mariscal de las Animaciones!

    La acusación era seria, si respondía a la verdad. Estaba estipulado que todos los roles del Festival Perpetuo de Animación de Cannes fuesen desempeñados por personas vivas.

    —¿Tiene pruebas evidentes? ¿Está en condiciones de presentarlas? —venía diciendo Pelion en voz alta mientras se aproximaba al lugar—. ¿Aparte de usted había algún otro espectador, Janie? ¿Los hechos pueden ser verificados?
    —¿Verificados, Pelion? Todavía yacen aquí los pedazos de ella —señaló—. La cabeza aún está en la arena. Observe los ojos, que parecen guiñar con su esfera blanca, y la sonrisa laxa que perdura en el rostro de la cabeza cortada. Se ve a las claras que se trata de una operación automática.
    —Me parece que ya traen para aquí, y no de buena manera, al Mariscal de las Animaciones —dijo Pelion—. ¿De qué espectáculo se trataba, Janie?
    —Los compañeros de Jehu hallan los restos de Jezebel —les dijo Janie—. La cosa es con Doré Day, como ustedes saben. Nos cuesta bastante. Están obligados a cubrir todos los roles con personas vivientes.

    En el Mundo de Cannes estaba en marcha el Festival Perpetuo de Animación de Cannes. Uno de los requerimientos que permitían la existencia del Mundo de Cannes era que el Festival de Animación Perpetua debía llevarse a cabo permanentemente con actores vivos. En aquel sitio se representaban diez mil dramas por día, porque los días eran largos. El año se componía de diez mil días y la vida que vivían allí las gentes privilegiadas se extendía a diez mil años. Al final de una vida señalada de tal modo en Cannes, todos los grandes dramas se cumplían simultáneamente. Y después habrían de repetirse, porque era constante el arribo y la partida de personas en el flujo vital de Cannes.

    En el día que comentamos, los dramas se basaban en las diez mil ilustraciones mejor conocidas de Doré, uno de los pocos trabajadores que había producido material básico suficiente para que durase todas las horas de un día. El drama correspondiente al período de qué hablamos era "Los compañeros de Jehu hallan los restos de Jezebel", en verdad una presentación exigente. Existía, por supuesto, una estructura argumental coherente y de gran valor, pero el impacto principal del drama radicaba en su aspecto visual. El cuerpo de Jezebel, mutilado y despedazado en fragmentos como los que puede tomar un perro para alimentarse, desmembrado y arrojado a los canes para que lo devorasen, era siempre una obra teatral exitosa. Sin excepción, la pieza se desarrollaba a la luz de la luna (sí, créanlo, en la obra se empleaba siempre una luna de verdad), con la mitad superior del satélite obscurecida por nubes. La escena estaba situada junto a una cerrada pared de piedra en un suburbio oscuro de la ciudad. Dos perros feroces se habían retirado al llegar Los Compañeros de Jehu, pero un tercer dogo salvaje, todavía arrancaba dentelladas a los restos de Jezebel.

    Quedaba de ella una mano. Quedaba también un pie. Y además estaba la cabeza abandonada en posición natural sobre la carretera y aún con la cofia puesta. Y ahora nos toca mencionar la otra mano, que reposaba junto a la cabeza. En la presentación al público se hallaban tan sólo cuatro compañeros de Jehu, y únicamente quedaban esos cuatro fragmentos del cuerpo. Alguien había tratado de escatimar el cuerpo, para ahorrar costos de producción, pero el drama se presentaba habitualmente tan bien, que nadie había protestado hasta el momento. Poseía la virtud de la simplicidad.

    Las cuatro partes en que estaba dividido el cuerpo de Jezebel proponían adivinanzas, y cada uno de los cuatro compañeros de Jehu las resolvía. Una mano preguntaba:


    "¿Quién, de las sinagogas lanza afuera el pecado?"

    ¿Y quiénes son los perros? ¿Y quién me ha devorado?"

    Y el primer Compañero contestaba:

    "Somos privilegiados que aspiran al blasón. "

    Somos los ricos, los magníficos, el máximo escalón."

    Tal parecía ser la respuesta correcta, de acuerdo con el texto del drama. Entonces el pie de Jezebel interroga:

    "¿Quién arroja mi carne por lo que se le dé?"

    ¿Quién es el sin pecado, hache de pe?"

    Y el segundo Compañero de Jehu respondía:

    "Nosotros los caudillos,"

    nosotros los campeones."

    Somos los encumbrados centuriones."

    Entonces le tocaba el turno a la cabeza cortada, cubierta con su cofia. Y la cabeza preguntaba:

    "¿Quién con mi simple arcilla se recrea"

    Y mis trozos murientes pisotea?"

    Y replicaba el tercer Compañero de Jehu:

    "La carne iluminada y el ánima suprema:"

    ¡Somos la crema de la crema de la crema!”

    Se percibía una gran fuerza cuando esos sangrientos pedazos de Jezebel planteaban los enigmas. Después de haber trozado el cuerpo de la mujer en porciones de tamaño cómodo para que los perros salvajes lo devoraran, se les había inyectado vitaflujo para mantenerlos en un nivel de vida que les bastase para hablar: en suma todo se reducía a un detalle de puesta en escena. Pero los irónicos versos iban plantando menudos peldaños por los cuales se iniciaba el ascenso hacia el clímax. La otra mano de Jezebel preguntó:

    "¿Quién guerrea una guerra sin sentido"

    Y hasta en mi purgatorio mi muerte ha perseguido?"

    Y el cuarto Compañero de Jehu contestaba con dulzura:

    "Somos la turba que no se arrepiente,"

    Los Legatarios de La Costa Azul,"

    La indominable gente."


    Aguarde un momento: no todas las respuestas están dadas. Las que preceden se emplearon sólo a modo de breves artimañas teatrales para tranquilizarlo, espectador. Porque en este instante la otra mano de Jezebel lanzó un grito, revelando que era la verdadera cabeza de la mujer muerta. Lo que aparentemente había hecho las veces de cabeza no era sino un trozo de la parte más redondeada del cuerpo, que habían puesto allí sobre la arena, cubriéndola con una cofia. Luego la mano que no era tal, sino la verdadera cabeza, pronunció una oración reveladora: todas las respuestas dadas a las adivinanzas precedentes eran erróneas. Y mientras la cabeza verídica se explayaba, la tierra comenzó a producir fuertes rumores internos, estremeciéndose; el clímax crecía como un trueno; pero también en este instante la mujer, Janie, la sola espectadora del autosostenido drama, se puso a chillar que los diseminados miembros eran artificiales, no procedían de un cuerpo viviente. Con lo cual se precipitó el escándalo.

    Ya se habían reunido muchas otras personas integrantes de la élite. El Mariscal de las Animaciones salió arrastrado, con una cuerda ceñida al cuello y la lengua afuera.

    —¿Por qué no ha conseguido una actriz viva para este papel tan importante? —preguntó Albert Fineface, que por el término de aquel día actuaba como capitán de las élites (no era un día corriente, sino una jornada de categoría especial).

    El Mariscal manifestaba que no podía hablar con la cuerda al cuello y con la lengua tumefacta y fuera de la boca.

    —Pagamos precios suficientes para remunerar a personas vivas —dijo Fineface a gritos y apuñaló con un afilado estilete la punta de la lengua que el Mariscal tenía fuera. El procedimiento consiguió hacer hablar al funcionario.
    —No se pudo disponer de una mujer joven —afirmó el Mariscal entre babeos y sollozos—. En la mañana de este maldito día ustedes ya habían visto actuar a más de cien. Saben que algunas de las piezas se repitieron una y otra vez, por pedido de ustedes. Claro que otras damas jóvenes vienen en camino. Y sabemos que Dore Day es siempre muy sangrienta. Llegarán de un momento a otro. Y otros despachos nos están siendo dirigidos a intervalos regulares. En fin, me equivoqué y fue imposible echar mano a una joven para ese breve intervalo.
    —¿Ni siquiera una? —preguntó Fineface.
    —No, ni siquiera una —gorgoteó el Mariscal—, excepto... No, ni siquiera una.
    —¿Excepto, qué? —rugió Fineface—. Contésteme o en un minuto estará despedazado en trozos aptos para el consumo de los perros. Me dará una respuesta aunque deba arrancársela de la garganta.

    El Mariscal no contestaba y tal vez fuese porque no podía. Fineface metió la mano en el garguero del Mariscal y desprendió la respuesta de un tirón.

    —Excepto mi propia hija —dejó saber el pobre hombre. Ah, ese era el tipo de carnada capaz de atraer a las élites. Oh, bien pronto tuvieron allí a la hija del Mariscal. Hicieron representar el drama completo una vez más, con la muchacha en el papel estelar. Demostró ser una excelente actriz, con su vivida representación del miedo, el horror, el desafío y otras emociones. Y no dio trabajo desmembrarla en trozos cómodos para los perros, porque era joven y tierna.

    Pero se apartó del texto justamente cuando el juego de las adivinanzas se aproximaba a su culminación. La mano de la otra Jezebel, que era la auténtica cabeza de Jezebel, propuso una adivinanza propia en lugar de la que figuraba en el guion. Aplicó otro metro y otro ritmo y produjo una ejecución plañidera:


    "¿Quien allá en el infierno se descuida:"

    ignora que una gota de sangre no se olvida?"

    Y el cuarto Compañero de Jehu olvidó su letra y permaneció en silencio.

    Fue nombrado un nuevo Mariscal de las Animaciones; al anterior se le desarmó y se le cortó la cabeza; por lo demás, reducido a los trozos pertinentes fue entregado a los perros. Y entonces la cabeza del ex Mariscal compuso un pareado insólito. No era ni aun una porción de la letra que a él le correspondía en el drama.

    "¿Quién tiene de repuesto nueve vidas,"

    y sufre por las nuestras, tan sufridas?"

    Fue una suerte que se librasen de aquel viejo Mariscal.


    Pelion Tuscamondo estaba en la costa del mar, refulgente y acariciada por la brisa. En su toldito playero lo acompañaba Janie, que era su frecuente compañera de lecho. Pelion era un buen mozo, con su flotante cabello claro que trazaba el bello contorno de su cabeza. Tenía una voz bien sonante y persuasiva, pero al mismo tiempo era intrincada y modulada, casi femenina. Lo envolvía un resplandor, un centelleo. Le habían llamado el hombre hipnótico, el hombre eléctrico, el hombre magnético, el hombre trascendente. Era el personaje de las manos fluidas que goteaban beneficencia. Poseía la curvada y placentera burla de su boca, la increíble vulgaridad en el perfil de su crasa mandíbula, el aire de caballo salvaje que se percibía en su rostro. Y Janie, bueno, personificaba la estereotipada perfección de todas las mujeres distinguidas que participan del Legado.

    Pelion y Janie vieron ocho representaciones dramáticas de excelente calidad, todas basadas en grandes ilustraciones debidas al refinado artista Doré: Las Naciones Extrañas Muertas por los Leones de Samaria; Babilonia Vencida; El Gigante Anteo; El Pasadizo Peligroso (como ustedes saben, algunos elementos del Pasadizo integran el Rincón Estrecho); Los Deudos de Durandarte; Don Quijote en Su Biblioteca (tanto la ilustración como el drama aludidos en último término tienen equivocado el nombre; en realidad se trata de Dios acosado por las angustias de la Creación, antes de que aprendiese a dejarlos detalles en manos subalternas); La Pantera en el Desierto; La Resurrección de Lázaro. Tanto Pelion como Janie tenían ojos enjoyados que les permitían asistir fácilmente a ocho dramas, y mentes enjoyadas por medio de las cuales podían entenderlos.

    ¿Significa esto que contemplaban los ocho dramas simultáneamente?

    No, no, ustedes se equivocan. Ni en el Mundo de Cannes, ni en cualquiera de los Nueve Mundos del litoral o letanía, los mundos que componen el Legado, existe ninguna circunstancia que pueda denominarse "simultáneamente". El Legado no consiste en nueve segmentos de tiempo. Carece de tangencia con la duración, de modo que jamás puede convertirse en cosa transcurrida. Nueve Momentos integran el Legado, es decir de nueve impulsos o fuerzas vivas.

    La Resurrección de Lázaro era el mejor de los espectáculos, una fiesta para los ojos. Cristo hacía que se pusiera de pie rápidamente y al punto se marchaba reclamado por otros quehaceres. Lázaro se erguía de entre los muertos, pútrido y sediento; y así de pútrido permanecía, con mechones de carne descompuesta o a medio pudrir, y a veces los jirones más putrefactos se le iban cayendo. Y también perduraba su sed; ésta era la delicia del espectáculo. Los selectos espectadores bebían una gaseosa helada tras otra para extinguir en sí mismos la sed de Lázaro. La Resurrección era siempre un espectáculo con participación del público.

    Pero Pelion Tuscamondo podía tener en funcionamiento más de ocho atenciones simultáneas, gracias a su mente múltiple. Esta Resurrección de Lázaro carecía, para su gusto, de suficiente apoyo en la investigación. Intuía que se necesitaban montañas de documentación para respaldarla, y pidió montañas. Poseía "Fe Suficiente", posición y vinculaciones. ¿Cómo habían de negársele montañas?

    Albert Fineface, que aquel día estaba de turno como vocero de las élites, llevó el pedido. Y vinieron montañas: montañas Góticas, montañas de Doré, amenazadoras montañas abruptas; pero sus espiras eran de parpadeante azur en lugar de pintarse con la negrura de la medianoche. Lázaro resucitó en Betania, tal vez, o en alguna otra pequeña población, cerca de Jerusalén. Y las montañas del AntiLíbano, o el Hermón o el Hauran o alguna otra masa cordillerana semejante, se alzaba en el fondo con la estimulante excitación de una gran profundidad hacia abajo y una altura imponente hacia arriba. Y había enormes abismos en el hombre resurrecto, abismos de sed y de agonía.

    Pusieron delante de Lázaro una taza de agua. Enseguida, merced a la energía que emanaban las mentes agrupadas de los espectadores-participantes, la taza se movía y escapaba al alcance del hombre sufriente. De nuevo caían del buen hombre pequeños y pútridos trozos (¿Acaso tendría algo de dramático torturar a un hombre que no fuese bueno?); Lázaro parecía no advertir la inmensa suerte de hallarse otra vez con vida. Lanzando un grito frenético, un aullido animal, Lázaro trataba de alcanzar la taza con todas sus fuerzas, y la mente grupal de los espectadores-participantes volvía a alejarle el agua.

    —Eso es auténtico —dijo Albert Fineface—. Siempre se siente una sed intolerable cuando a uno lo hacen levantar de entre los muertos. Pero ahora, amigo Pelion, vuelva hacia mí una faceta de su mente enjoyada. Usted, que lo tiene todo, ha estado deseando una cosa más; aún no ha formulado bien esa aspiración, pero la apetencia lo motiva desde hace largo tiempo. Usted quiere dar testimonio de su llama y de su imagen personales. Siendo una figura-objeto-de-culto, quiere que su mensaje se favorezca con la máxima difusión.
    —Sí —declaró Pelion—. Me agradaría publicarme en toda la extensión de cada océano que yazga bajo un mundo, hasta que fuese imposible no encontrarse conmigo. El requisito consiste en determinada transacción que debe realizarse por ahí. He ejercido algunas actividades comerciales nada corrientes, pero ignoro el lugar donde se cierran estos pactos.
    —Le puedo ayudar —dijo Fineface—. Los dos hemos practicado comercios más bien insólitos, y dejaremos que nuestros territorios mercantiles se intersecten aquí.

    La ávida concurrencia con su inquieto poder mental volvió a mover la taza de modo que Lázaro tampoco pudiese alcanzarla esta vez.

    Albert Fineface era hombre que influía con peso en algunos intercambios altamente dudosos, pero jamás dejaba de cumplir lo que prometiese. Si un genio, por sus propias nebulosas razones, deseaba retornar a la prisión de su botella, Albert podía ocuparse del asunto, a cambio de un honorario. Estaba en sus manos la posibilidad de cumplir extraños deseos.

    —Este océano extendido en cada planeta —peroraba Fineface—, que subraya a las criaturas y a sus manifestaciones, una por una, que se halla infuso en las mentes y las memorias, incluyendo el recuerdo de esa montaña fraguada allí enfrente, el agua omnipresente que es a un tiempo el océano uterino y el definitivo, ese piélago puede ser tanto impregnador como impregnado. Le imprimiremos su llama y su imagen, y usted publicará su testamento en cada gota de agua: después de lo cual permanecerá fijo en el reservorio de cada mente viva, o pasada o que esté por venir. Cuando una botella cubierta de telarañas sea retirada de una mente —da igual si es la conciencia de una luciérnaga o de un gigante—, la botella lanzará resplandecientes gotas de su llama, Pelion. Pero será caro. Usted comprará el agua ubicua, como lo hace Lázaro; pero usted adquirirá océanos y él, apenas gotas.

    Mediante un método que no recibió explicación inmediata, Lázaro había hipotecado las vidas de sus descendientes durante siete generaciones. Operación dramática que había convertido en oro los valores hipotecados. Se le permitía echar monedas de oro en su vaso de agua y lamer las gotas que rebalsaban. Pero el recipiente, en sí mismo, parecía insaciable, y siempre bebía más monedas que lo que devolvía en gotas.

    —El océano registrador es conocido en algunos de los mundos como el "Inconsciente Grupal" y en otros como el "Océano de la Gente del Pueblo" —estaba diciendo Fineface—, y cualquier traza de sustancia situada en uno de sus puntos aparece inmediatamente en toda su extensión. Quizás usted no sepa, Pelion, que este océano se formó con los testamentos personales de un grupo de diablos. Son documentos que pueden conocerse y distinguirse por sus estilos literarios o eidéticos en este depósito, el más plástico de todos los medios masivos (no-lineal, sino formando una esfera de componentes achatada en los polos). Y cada testamento de esos se somete a publicación amplísima (ampliada hasta el infinito, en billones y billones de mentes y de nexos); sin embargo, la mayoría carece de excelencia. No muchos (poco más de un centenar) de esos diablos testificantes han logrado la publicación inconsciente-grupal. Cuando por primera vez se los destejió e identificó por sus estilos, se les asignaron letras, para distinguir a los diablos que se expresaban por medio del lenguaje, de los que proyectaban su conciencia a través de las imágenes. Así que fueron denominados "a", "b", "c", etcétera. Pronto se advirtió que el alfabeto común no tenía suficientes signos. A partir de entonces se utilizó el silabario de Tarshish.
    —En la más reciente crítica literaria de esos autores y creadores se usan también símbolos de los elementos. Se cree que el número de tales diablos editores de sus testamentos igualará a la cantidad de elementos que integran los universos. Vale la pena subrayar que al descubrir los nueve elementos más recientes han salido a luz también, con plena coincidencia, los diablos más nuevos de los medios o diablos redactores. Si a usted le toca llegar al círculo central, Pelion, su equivalente deberá ser un elemento inestable, pues ya no quedan de otra clase.
    —Ningún otro tipo de elemento me satisfaría, Fineface. De modo que desde hace algún tiempo está en el aire esta pregunta, "¿Pueden otros ser partícipes de este juego? Y nosotros decimos, "no pueden"; no decimos si el que pregunta no tiene bien puestos los espolones. ¿Pero debemos ser tan restrictivos? ¿No se podría comprar el derecho a ser socio mediante un costo desorbitado? ¿Nadie puede comprarse un banco en esta iglesia, la más antieclesial de todas? Sí, a mí me parece factible y pienso que ya ha sido hecho. Se me ocurre que usted o yo seríamos capaces de esa hazaña. Somos muy ricos y nuestras capacidades se amoldan a cualquier circunstancia.
    —¿Vale verdaderamente la pena, Fineface? —preguntó Pelion—. Yo no apoyo económicamente cada idea extravagante que me venga a la cabeza.
    —Sí que valdrá la pena para usted. Conseguirá ubicar su llama y su imagen en toda mente y toda carne, desde la más tenue hasta la más tosca, desde la carne-espíritu hecha de fuego y llamas qué reviste a los seres etéreos, hasta la de los camellos, gibosa y con olor a caza. El camello es su tótem, ¿no es cierto, Pelion? Para que se cumpla todo lo que he mencionado beba el agua prestigiosa del océano que llamamos inconsciente grupal o con otros nombres.
    —¿Otros nuevos han intervenido en esto? —preguntó Pelion—. ¿Se ha ejecutado ya?
    —Sí, varios Señores de los Medios o Señores Eidéticos lo han hecho en diversos mundos. Es hazaña cumplida por unas cuantas de las personalidades-objeto-de-culto, en los mundos y en los espacios intermundiales.
    —¿Con quién debería entenderme? —averiguó Pelion—. Este es un asunto que desearía manejar a la perfección.
    —Pelion, le puedo informar quién le hará saber quién se lo puede decir para que sepa con quién tratar. Queda claro que en cada estación deberá oblar un cuantioso peaje.
    —Ah, ¿quién puede comunicarme quién se halla en condiciones de proporcionar la información? —preguntó Pelion.
    —Oh, yo mismo puedo —Albert Fineface se aprontó para el comercio.

    De modo que Pelion le pagó un peaje muy crecido y se puso en camino de idear la entrada en lo más hondo de las sub-mentes de todas las creaturas y no-creaturas, vivas y muertas, para influir en ellas. Cuando uno se mete allí dentro es para siempre.

    A la taza que Lázaro procuraba para beber le apareció una honda rajadura, por el peso de todas las gruesas monedas de oro depositadas en ella, y se perdió toda el agua. Era una taza mal hecha. Y Lázaro gemía, de boca en la arena.

    (En este punto ocurre un cambio no esencial de mundos, vidas y personas.)


    11


    Nueve mundos hasta la saciedad
    De gozo interminable que al odio llegará,
    Sin modo alguno para refrescarlo
    Sin modo alguno de acabar en paz.

    —Endymeon Ellenbogen,
    —Arena del Mar


    —Te está esperando un vendedor de paraguas, Pelion —dijo Janie.

    —Lo alcanzo en el próximo mundo —dijo Pelion Palgrave—. Ahora tengo que irme.
    —Está bien. Se lo diré —repuso Janie-Jeanie.

    Por supuesto, él no se fue. De ninguno de esos lugares es posible marcharse jamás. Un aparato escudriñador especial podría dejarlo allí donde estaba y enfocar a otro ser en alguna ubicación diferente; pero, repitámoslo, no existía modo ni manera que permitiese la idea de Pelion Tuscamondo.

    Las Nueve Vidas de La Spezia no han finalizado su tarea. Todavía están en funciones. Conviene aclarar que lo están eternamente. Recuerde, cuando esté en el infierno, que aún restan otras nueve versiones suyas, todas disfrutando para siempre las nueve vidas de placer casi intolerable. Y domándolas para toda la eternidad. Es, sin excepción, un pensamiento paliativo y nadie se lo puede arrebatar.

    ¿Pero qué tienen en común ciertos grupitos de personas? ¿Qué vincula a Pilger Tisman, Pilgrim Dusmano, Pelion Tuscamondo, Paladin Taj imán, Poly eleus Tasman, Palmas Thasomen, Paulus Theissmand, Pilatus Dosrnens, Philemon Dorsetmoon, Philip Dusselmon, Polder Dossman? ¿Qué los relaciona entre sí y con tantos personajes más? ¿Qué tienen que ver Janie con Jeanie, Joanie, Junie, Ginny, Jenny, Johnnie, qué tienen que ver entre sí y con tantas otras compañeras de lecho? ¿Conservan idéntica personalidad al pasar de un grupito a otro?

    Tomemos esto con cuidado; a todos nos tocará vivir en ese racimo de mundos (somos todos élites cuando el número correspondiente a la élite nos toca en el dado mortal de nueve caras). No es éste el lugar apropiado para poner en claro en qué consiste, rigurosamente formulado, una persona; si nos pusiéramos a agitar el tema se quebrarían las columnas y caería el techo sobre nuestras cabezas.

    Todos los que conforman el mismo equipo pertenecen a igual complejo; con firme certeza, se insertan uno por uno en idéntica estructura. Ocurre que en el interior de cualquier agrupación coexisten individuos muy diversos (es como usted entiende a las personas y le sucede lo mismo con los complejos). En un complejo, por ejemplo, puede haber un santo entre numerosos pecadores. Es cosa que lleva adheridas sus ventajas. Usted confía en que puede conseguir un sorbo de agua, allá abajo, entre las llamas de Jehol. Esa esperanza se hará verdadera si en el complejo de su personalidad hay un santo oficialmente reconocido. Así usted consigue apagar de vez en cuando su devoradora sed.

    (La sed mortal, la sed del Averno, la sed de Lázaro seguía intacta. Sólo la obra, los actores y los espectadores-participantes se renovaban junto con el mundo. Ya volveremos a ocuparnos de esa sed.)

    Pero nadie consume por completo las Nueve Vidas de La Spezia. Allí están para siempre: Cannes, Oraioi Polloi, Hy-Brasil, Smart Set, Savona, Delectable, Thelerne, Luogo Perfetto, La Spezia. Ahora las miradas se reúnen en Oraioi Polloi, y Palgrave Tacoman está bien acomodado en un palco con una compañera de lecho llamada Jeanie y con Albrecht Fairbrow. Un vendedor de paraguas estaba esperando, pero a los sirvientes siempre hay que hacerlos esperar un poco.

    Era el Día de Hieronymus Bosch. ¿Pintó Bosch una Resurrección de Lázaro? No se sabe, pero es evidente que pintó La Sed muchas veces. Y la sed abrasadora se hallaba en las tablas pintadas del Teatro Atrium, en Oraioi Polloi. Todos esos teatros vivientes de los Nueve Mundos de La Spezia estaban ordenados geométricamente de modo que cada punto se hallaba escasamente distanciado del centro.

    Es la disposición que suelen adoptar los Pueblos de Adobe, donde la arena y el caserío y el mundo son idénticos. También se la halla en los Complejos de los Ghettos y en la ordenación del Callejón de Hogan. Se lo encuentra en Courtyards, en Blocks Facing Inwards, en los decorados de West Side Story. Y hablando de Roma, mañana será el Aniversario de West Side Story en el Teatro Atrium de Oraioi Polloi. Este grupo de comunicación resulta destruido por las anchas carreteras que lo atraviesan, dando paso a un denso tráfico; pero no lo dañan ni callejones ni aceras. Es la escenografía arquetípica de los sueños: todo el mundo observando con despierta atención; y así era la estructura adoptada en el lugar de que hablamos.

    —No lo compre, Palgrave —dijo el vendedor de paraguas inesperadamente y con rudeza—. Le resultará demasiado caro convertirse en arquetipo.

    Pero se trataba del hombre llamado Lorica. ¿Por qué había dicho Janie que era un vendedor de paraguas? ¿Por qué? ¿Y por qué el propio Palgrave había tenido conocimiento del hombre como vendedor de paraguas, si no lo era? Porque Lorica era uno de los que componían la élite, un adepto y un hombre poderoso por derecho propio. Vendía mundos, sistemas y galaxias completas. No comercializaba breves nociones, aunque en aquel instante mostraba el aspecto de un hombre que procurase vender una idea. ¿Y qué iba a hacer un vendedor de paraguas en Los Nueve Mundos, donde el tiempo estaba completamente controlado, localizado e individualizado?

    —Usted es una buena persona, Palgrave —dijo Lorica como obedeciendo una orden, pero sin creer demasiado en lo que decía—. Se me ha encomendado vigilar que usted sea un hombre correcto, y digo que lo es, pero digo mentira. Usted ya tiene su fragmentada existencia en miles de mentes además de la propia, y ejerce en esas conciencias un maligno efecto. No se mude de aquí para allá instalando su vida en millones y millones de mentes. Ya tenemos bastantes diablos sin que se añada usted. Ningún hombre bueno (¡Mal rayo lo parta! Las instrucciones prescriben la necesidad de que usted sea un hombre bueno) se instalará en el foso situado debajo de los mundos, o llevará a cabo manipulaciones en el que sirve para mirar por debajo las conciencias.
    —Lorica es un burro —dijo Fairbrow con esa espontánea urbanidad presente en el equipaje de todos los individuos cuya maldad es profunda—. En el último infrasuelo, la cava abierta bajo los mundos y las mentes, contiene todo el poder y la influencia. El demonio Aurelion, símbolo del oro, apoya la solicitud que usted ha presentado para integrarse como miembro activo a este trust siempre exaltante y siempre nuevo, que se consagra a la creación. Tiene así la oportunidad de llegar a ser la sustancia con que se hacen los hombres, las mentes y los mundos. ¡Atrévase a crear!
    —Fairbrow tiene razón —dijo el Enano de Masilla—. Todas las cosas, sin excepción de mundo o universo, se vuelven masilla al echarles mano, cuando pasamos a integrar el gran océano creador. ¡Tenga la audacia de la exultación!
    —¡Bah! —exclamó despectivamente Lorica. Sonó como cuando uno cierra un paraguas.
    —Lorica es común. Pertenece al oficio —declaró el Enano de Masilla—. Es verdad que vende paraguas. ¿Un vendedor de paraguas al por menor posee la llave de acceso a la energía de los universos?
    —No preste atención a esos ratones sarnosos, Palgrave —profirió el hombre llamado Lorica; pero ya se le había hecho el daño—. Hay oportunidad, hay novedad; hay excitación y verdadera creatividad recorriendo todos los mundos sin dejar uno. El espíritu se traslada. Y esos ratones que mordisquean en las sub-mentes ignoran todo lo inédito. Los grandes acontecimientos son escasos, Palgrave. La vida fue un suceso que le ocurrió a la materia una sola vez: un acontecimiento sensacional. Ahora la vida conoce la trascendencia; es también un hecho sin parangón. Participe de él.

    Pero en la conciencia de Palgrave resonó un eco desvalorizante: "Lorica es un paragüero ambulante".

    —La antiviral también fue un acontecer que alguna edad impartió a la materia —declaró el Enano de Masilla—. Esa era la circunstancia que nos llegaba más cerca. Y en estos instantes sucede algo análogo con nuestra apreciada antivida. Es allí donde existimos. Todas las cosas nuevas comienzan en las profundidades. ¡Atrévanse a formar parte de lo más hondo!
    —Lo que Lorica ofrece es gratis —hizo notar Fairbrow—. ¿Puede ser bueno lo que no cuesta nada? Pero lo que estamos proponiendo que tome por meta de su lucha —y no es nada seguro que lo alcance— cuesta mucho dinero. Aurelion, el demonio que simboliza el oro, exige que se le efectúe de inmediato un pago cuantioso. Cumplido ese requisito apoyará con más fuerza tu solicitud. ¿El alto costa no es acaso una prueba del valor?
    —Sí, los hombres pagan un precio altísimo para ingresar en el infierno —se burló Lorica—. Llenan formularios y hacen política para meterse allí. Ya es la locura escalofriante.

    ¡Qué mentecillas subordinadas tienen esos paragüeros que andan de puerta en puerta! Palgrave ordenó que se pagase el monto al ángel-diablo Aurelion, el septuagésimo noveno de los espíritus contabilizadores. Sería dinero simoníaco bien invertido, aunque no se llegase por su medio a la obtención de la meta buscada.

    —Aquí hay una gacela y un perro que quieren hablar contigo dijo Jeanie.
    —No pueden ser ni la gacela ni el perro auténticos —disintió Palgrave—. De ninguna manera podrían llegar a los Nueve Mundos. Son comunes. Y están encadenados al tiempo. Jamás conseguirían llegar aquí.
    —Son los genuinos —sentenció el hombre llamado Lorica— los conozco. Han venido a ocuparse de usted.
    —Tranquilo, paragüero —gruñó Palgrave—. Usted no me hace falta para nada.
    —Sin embargo desean verte y hablar contigo —insistió Jeanie.
    —No los recibiré. ¿Qué razón hay para que me entreviste con una gacela y un perro? Les echaré una mirada desde aquí. —Y Palgrave Tacoman los espió sin que lo viesen.
    —Son devotos —dijo Jeanie con suave voz—. Desean cuidarte. Lo mismo me ocurre a mí. Escúchalos, préstales atención. Escúchame y atiende a este individuo llamado Lorica.
    —No. No escucharé a nadie. Por lo contrario, a todos les hablaré, sugerentemente y bajo cuerda. La gacela y el perro aguardan en el campo, junto al hipódromo.

    La gacela se hallaba bajo el pleno sol. Era pecosa e indescriptiblemente brillante. Tenía la piel moteada y tostada por el sol. Era el día radiante en persona, el día pecoso con nubes que se deslizaban detrás de ella.

    Y el perro estaba en la sombra. Un can de forma humana. Animal siempre sombrío y silente en su penumbra. Se lo suponía totalmente fiel.

    —Los dos serían buenos en las carreras —dijo Palgrave—. Ella al sol y él a la sombra. Vamos, pues, a organizar la cosa. ¿Cómo será el juego? El tigre no tomará parte. Tiene colmillos de navaja, pero se embosca entre las chufas y los cañaverales, siempre que sean más obscuros que el color naranja. El león tampoco ha de participar. Toma el sol echado sobre los yerbajos obscuros o en las peñas amarillas. Luego, o se esfuma o ataca. El búfalo se hallará entre los competidores, pero sólo por un ratito. Enseguida se entierra en el profundo fango, y es asunto asqueroso sacarlo del pantano, con los perros o usando el aguijón.
    —Pero yo conozco un animal grande y dotado de dientes como navajas que competirá en la carrera. Que traigan los caballos grandes. Celebraremos una partida de caza colmada de muerte con cerdas.

    Trajeron doce caballos de gran alzada para los doce miembros del restringido grupo selecto que iba a concursar. Aparecieron doce largas lanzas munidas de hojas hechas con auténtica piedra falsificada. El postillón empezó a tocar fanfarrias y a caracolear melodías con una larga trompeta de bronce. Acompañaron a la trompeta con escenas de cacería a todo color y con asombroso detalle. Una de las escenas mostraba a Palgrave Tacoman caído y a un jabalí gigante que lo mataba con sus dientes de puñal.

    —Este jabalí no me está matando con hidalguía —protestó Palgrave—. Los detalles son erróneos. Cambien esta escena por otra.
    —No es tan fácil —dijo el postillón, estremeciéndose ligeramente—. Cambiar de esa manera una escena tan completa me dejaría exhausto.
    —Quédate exhausto entonces —le ordenó Palgrave—. Hazlo.

    El postillón cambió la escena, colocando otra en su larga trompeta. Las figuras se retorcían, se alteraban y mutaban. Y el muchacho no tuvo que empeñar toda su fuerza en la mudanza. La nueva escena mostraba a Palgrave a caballo, mientras el equino, acosado por el potente y cerdoso hocico de un jabalí verdaderamente gigantesco y armado de temibles dientes, era levantado en vilo y arrojado al aire. Era una escena mejor coloreada que la primera y más completa en sus detalles.

    El postillón hacía arcadas, la náusea se había apoderado de él y tiritaba como un pálido espectro. Era un cuadro de fuertes tintas, anegado de sangre que fluía como en un juego de fuentes y pleno de carne humana arrastrada y arrastrándose, reptante. El muchacho quedó sin fuerza ni sangre, y poco le faltó para quedar también sin vida. En parte era su propia sangre la que coloreaba la sanguinosa escena de la trompeta.

    —De esta manera sucederán las cosas cuando todo esté por terminar —comentó Palgrave—. Percibo la autenticidad de lo que hemos visto. No estoy seguro de poder evitar que el clímax consista en mi propia destrucción. Déjalo así, chico; te ha salido a la perfección.

    El perro de aspecto humano reunió a nueve perros con forma de sabuesos y entró en el boscaje sombrío para sacar todo animal agresivo que pudiese hallar.

    La gacela formó dos grupos de jóvenes campesinos, unas dos docenas entre niñas y muchachos; venía conduciéndolos, llena de temerosas pecas y de entusiasmo, a lo largo de los senderos soleados del hipódromo, para sacar de sus escondites a cuanto animal con piel o cerdas se encontrase allí.

    Bandadas de loros verdes sobrevolaban la pandilla que estaba reuniéndose; los volátiles silbaban, lanzaban unos gritos como de sirena y daban consejos desde su ventajosa altura. Siempre hubo estrechos vínculos entre la élite privilegiada y las bandadas de loros.

    La docena de damas y caballeros selectos montó los altos corceles.

    —Toca la "Obertura Gigante" —ordenó Palgrave al postillón—. Sopla de modo que nuestra caza sea frondosa, gigante. Vuelve a echar el resto con la trompeta.
    —Acaban de descubrir, o, mejor dicho, acaban de producir un nuevo elemento —dijo el pálido corneta a Palgrave Tacoman—. Se me ocurrió que le agradaría enterarse. Pero Palgrave no comprendió, por el momento, el sentido que esa información tenía para él.
    —Toca la "Obertura Gigante" —ordenó, esta vez más secamente. El postillón sopló las titánicas notas con intensidad capaz de destrozar los oídos de todas las élites montadas y de lanzar el delicioso chorro de sangre que emitió, bañándoles los rostros y las nucas. Era la primera sangre que había de ser derramada en aquella partida de caza.

    Habían azuzado a un jabalí negro descomunal, sacándolo del espeso matorral que separaba al sol de la sombra, al pasto de la maleza. Extremadamente alto, puesto de pie llegaba hasta los hombros de los cazadores, montados, como se ha dicho, en caballos de gran alzada.

    —Ataque, Lorica —gritó Palgrave—. Es un jabalí de tercer grado para un paragüero ambulante muerto de miedo y con una bolsa de pellejo en lugar de nuca.
    —Este jabalí no pertenecería al tercer grado en ningún mundo de ningún universo —dijo rabiosamente Lorica.

    Todos los jinetes se lanzaron simultáneamente tras el jabalí. Perseguir a los bravos animales cubiertos de cerdas, empuñando fieramente la lanza, es uno de los placeres más exquisitos, salvo que vivas de eso y tengas que hacerlo por oficio.

    Los loros iban y venían por el aire, lanzados como estelas de flechas verdes. Los perros, en cada acezante toma, de aliento, soltaban un ladrido de guerra, pero aquel jabalí no se rendía ante el sostenido y rabioso ataque. Se volvía repetidamente para enfrentar a sus perseguidores, moviendo con agilidad sus pequeñas patas armadas de filosas uñas y mostrando la corpulencia de sus vastas caderas. Era instantáneo. Llevaba la luz roja del crimen en sus ojillos como verrugas. ¡Y rugía!

    Entonces, de la montaña cubierta de cedros llegó un aullido todavía más combativo y resonante. Era un campeón aprestándose a reforzar las filas de la cerdosa hermandad.

    Pero el jabalí que estaba comprometido en la lucha volvió a dar el frente y mató a varios de los molestos campesinos, muchachas y mozos. Los dejó sobre el soleado césped, torpemente deshechos, en posiciones de muñecos rotos. El jabalí arremetió de nuevo, con la boca llena de espuma, no de cansancio sino de furor.

    Lorica, montado en un bayo muy robusto, se cerró contra el jabalí y dejó que el caballo pasase de largo, yendo a empalarse en el jabalí que en ese minuto daba el frente. En el mismo instante la lanza de Lorica penetró en el jabalí atravesándole el hocico, la boca y la garganta; sin embargo la lanza con punta de auténtica piedra falsa no rozó siquiera el cerebro del animal. La presa, desdeñando el venablo que traía clavado, estaba metida en el vientre del caballo, arrancándole grandes y rojos jirones con sus largos colmillos; y lanzó por el aire caballo y jinete, girando sobre sus jamones velludos de cerda y sus pequeñas patas.

    Lorica se desembarazó prontamente de la montura. Quedó de pie y en alto, parado sobre los cuartos delanteros del caballo muerto; se afirmaba en la lanza, con todo el cuerpo echado hacia adelante, atravesando al jabalí de lado a lado. El jabalí estaba ensartado como en un asador.

    Muy pronto el precario conjunto —jabalí, caballo, jinete— cayó como torre que se desploma; y el hombre llamado Lorica se apartó sin tropiezos de los animales muertos.

    —Buena caza —dijo Albrecht Fairbrow. Pero Palgrave no felicitó al vendedor de paraguas.

    En el minuto siguiente, sin solución de continuidad y como si un ojeador hubiese arreglado de ese modo las cosas, salió otro jabalí de las obscuras frondas que circundaban el coto de caza. La fiera no tardó en lanzar su rugido. Sin pausa

    llegó la resonante respuesta, desde las colinas donde crecían los cedros. El jabalí rey, el campeón, se aproximaba velozmente. Pero ya se encontraba en escena un candidato a campeón.

    El animal presente era más fuerte, más rápido, quizás más pesado y no tan alto como el primero. Pronto dejó marcada una estela de ladridos y chillidos, al destrozar un perro tras otro. No dejaba enemigo sin herida.

    Salió a las soleadas pistas del hipódromo. Era el más truculento poseedor de dientes como púas de horquilla, el ser más feroz que hasta ese momento habían visto las damas y los señores participantes. Provocó un escalofrío en todos los caballos, los perros, y los jóvenes campesinos. Casi sembró el espanto en las propias élites; hubiese sucedido, si no fueran, por definición, inmunes al miedo.

    —Este le toca a usted, Fairbrow —dijo Palgrave. Ah, era la fiera torpemente peligrosa con quien nadie quería vérselas. No tenía la silueta estilizada de los grandes campeones, ni tampoco su estilo. Peleaba a la manera antiheroica, desmañada, dando remolinos de zarpazos y dentelladas, todo con asombrosa velocidad. Como es de suponer, provocaba reacciones antiheroicas en todos los que le ofrecían resistencia. Pero este jabalí tenía el ojo muy bien puesto en Palgrave Tacoman.

    Y Palgrave advirtió entonces que su voluminosa herencia se había multiplicado mil millones de veces. El postillón, el muchacho de la trompeta había dicho que se acababa de descubrir o sintetizar un nuevo elemento. Y ese nuevo elemento debía ser el que le correspondía. Supo así que estaba confirmada su admisión en el grupo de los diablos-ángeles arquetípicos, compuesto por un número siempre variable de seres que no pasaban de unos pocos cientos. Sabía que su testamento, con la cerda de jabalí en función de motivo nuevo, se había unido a ese océano llamado el inconsciente grupal, y que sería sumergido en todo espíritu sediento, humano o bestial, de ave o de insecto; o en todo cerebro flotante, sin cuerpo, o en todo madero, piedra, árbol o colina. Su nueva condición era la de los dioses comunicantes apoyados en los números atómicos, dios inestable de un variable ingrediente. Su testamento, con el viejo motivo del giboso camello, ya se encontraba activo en las infra-mentes del propio pasto que pisaba su caballo.

    Sabía que en los tratados sicológicos de todos los mundos había emergido un arquetipo nuevo. Con Imago Dei, con Orfeo, con Héroe Niño, con Kore llegó alguien nuevo. Con La Madre-Maíz, con Fenris el lobo, con Hermafrodita, con Pitón un nuevo habitante compartía el castillo de don Daniel, que está en el fondo del océano. Con Barbanegra, con Jorge y el Dragón, con Helena, y con Houri revistaba una nueva persona-eterna sometida al totem del camello. Uno más se había unido a la selectísima compañía de Simón el mago y Baubo y Deméter, de Adonis y Alejandro y La-Bruja-de-la-Escoba, del Leviatán de Hermes y Homúnculus, de Moloch y del Pescador. El Huracán y el Rey Mendigo y la Gyne Peribleeneton-Helion (Mujer-envuelta-en-el-sol). Con el Leproso, con el Hombre-Booger, con el Gigante Cuerpo y Sangre estaba ahora el Palgrave.

    Palgrave había ascendido velozmente a la cumbre que pisan las personalidades-objeto-de-culto.

    Pero también sabía que algo le estaba ganando, aventajándolo.


    El jabalí que combatía en todos los frentes girando con rapidez sobre sus patas, quebró los remos del caballo que montaba Fairbrow. En este sitio los jabalíes eran más grandes y tenían más fuerza que los toros. Fairbrow cayó de pie y se apartó del caballo que relinchaba, atormentado por el dolor. Y se puso a combatir a pie, con sólo su lanza, al jabalí movedizo y errático. Y todos los espectadores se dieron cuenta de que Fairbrow ya estaba prácticamente muerto. La lanza era demasiado larga. O el pujante y comparativamente menudo animal giraba describiendo un círculo de diámetro corto. Aquel jabalí era, créanmelo, un rayo untado de grasa; Fairbrow fracasaba una vez tras otra en su intento de clavar el arma, en cuya hoja el jabalí dejaba más grasa que sangre. Entonces, el jabalí ingresó en el radio de acción de la lanza, con lo cual Fairbrow ya se convirtió en perdedor. Y en seguida fue cadáver. La escena se desarrolló exactamente como se la había visto en la trompeta del postillón antes de que Palgrave ordenase su reemplazo. Incluso el rostro de Fairbrow muerto se parecía tanto al de Palgrave como al de Albrecht Fairbrow.

    —¿Va a rematar al jabalí, Palgrave Tacoman? —interrogó en voz alta Leslie Whitebread. Al parecer, al consumarse la muerte de Fairbrow, Whitebread había asumido la representación de las élites por el resto del día.
    —No lo haré —respondió Palgrave—. No acepto los residuos dejados por ningún hombre.

    Bien se veía que Palgrave tenía mucho miedo del tremendo jabalí.

    —Fairbrow no tiene un aspecto muy semejante al de Adonis —dijo entonces Palgrave con un estremecimiento de desprecio—, y el jabalí tampoco representa demasiado bien a un jabalí Aphacan.

    El jabalí debió ser ultimado por un comité. Hay unas pocas cosas que un comité puede llevar a cabo con eficacia. Y hay otras, muchísimas, que los comités eternamente harán mal. Matar un jabalí se halla entre las tareas que ningún comité debería intentar nunca. Porque se derrama mucha sangre de más en la pista de gramilla, sangre real de la élite y sangre innoble de jabalí. Incluso después de muerto, ese jabalí perdulario parecía listo, según lo denotaban sus orejas, para ponerse en pie de un salto y reanudar la pelea.

    Pero de la montaña llegaba el rey de los jabalíes, rugiendo y trompeteando. A Palgrave le tocaba lidiar con una bestia más grande y heroica pero le temía menos que al impredecible jabalí chapuceramente muerto por un comité minutos antes.

    El rey de los jabalíes, erecto y con la cabeza en alto, se había detenido en una pista de carreras larga de una milla. Era como una fogata entre roja y castaña, bestial y contrastada sobre el fondo que le proporcionaban los bajos de las colinas azul claro, en la montaña de cedros. Palgrave Tacoman, en el otro extremo de la pista, blandió su lanza a modo de muy reverente saludo. El jabalí mostró los colmillos, que relumbraron al sol, como fuego blanco y dorado; fue su contestación al saludo. Este combate era heroico, así como la reyerta anterior entre Fairbrow y el oso pillo no lo había sido.

    Palgrave se preparó, ya jinete en su alto caballo color de oro, para echar a correr por la pista, mientras el rey de los jabalíes le venía al encuentro como un torbellino, un trueno regio, una arremetida escalofriante. En una tarde de campeones como éstos debe haber sólo un encontronazo y un momento culminante. Cualquier otro añadido equivaldría repetir, hecho inadmisible cuando en una acción semejante se ha llevado la intensidad hasta, su clímax.

    He aquí la escena grabada que todos veían sangrientamente viva: Palgrave montado y el rey jabalí de toda Apha-can que enterraba sus colmillos alzando al caballo, lanzándolo al aire e impulsándolo con su hocico fuerte y cerdoso. Además la escena estaba llena de sangre que fluía a chorros y carne que se arrastraba.

    Palgrave ya había visto esta muerte suya en el cuerno del postillón. Se preguntó entonces si podría permitir que la culminación del suceso fuese su propia destrucción. No lo pudo permitir.

    Palgrave Tacoman yacía muerto de acuerdo con el rito sobre el verde, maltratado césped de la pista, lleno de tréboles. Palgrave sí daba la sensación de ser un excelente Adonis. El jabalí, por su parte, cumplía a la perfección su rol de jabalí Aphacan. La bestia, estaba de rodillas junto a Palgrave, estaba cribada a lanzazos y ensangrentada, pero la pérdida de sangre no era razón suficiente para que se hallase de rodillas.

    En aquel mismo instante en el Teatro Atrium ponían en escena la "Adoración del jabalí", basada en el gran cuadro de Hieronymus Bosch; se presentaba el drama como la pieza correspondiente a esa fecha en Oraioi Polloi. ¿Pero en verdad el jabalí que Palgrave había ultimado lo adoraba en su muerte? Quizás lo hiciera. El jabalí poseía una estricta conciencia del ritual.

    —El finado Palgrave tenía en la sala de espera a una gacela y un perro —dijo Jeanie a Leslie Whitebread, que había tomado el papel de vocero de las élites para aquel día—. ¿Qué haremos con ellos?
    —Hazles dar una tanda de azotes y despáchalos —ordenó Whitebread.

    En cualquiera de los Nueve Mundos la muerte era un coma placentero. Había suficiente autoconciencia ;el poder de emanación y la influencia también bastaban. Se trataba de un reposo vital y chispeante. En Oraioi Polloi todo es siempre encantador, trátese de vida plena o de trance agónico. Pero el foco de la atención tiende a separarse del hombre después de su muerte, aunque se encuentre tan cómodamente muerto como lo estaba Palgrave Tacoman.

    Otros aspectos anejos de Palgrave tenían en sí mismos la capacidad de infundir placer y abundante fertilidad en los Nueve Mundos de La Spezia. Son cosas que no acaban. Se hallan en curso ahora mismo. Y continuarán vivas cuando los soles de sistemas más pequeños se debiliten y mueran.

    Pero en otros lugares, distintos y más severos, ocurren cosas verdaderamente rudas. Son sucesos localizados en el tiempo áspero y pueden precipitarse en un final abrupto o en una terminación mucho peor que un final.


    12


    Ahora te cuento un cuento sobre Mary Morey
    y el cuento comenzó.
    Otro te cuento que trata de su hermano,
    y ya mi cuento terminó.

    —Woolly Camel Book of Nursery Rhymes


    El salto se llevó a cabo, no lo duden. Pero se interpusieron los maravillosos mundos sin reloj, que continúan en marcha, en alejados sitios donde nadie puede poner el pie dos veces. Y entonces...

    ...el salto olvida su intervalo y lo que se enfoca es otro lugar distinto y más recio. Ese duro lugar es verdadero, a pesar de los fantasiosos contextos que pueden haberse urdido para los mundos más inverosímiles.

    Despertó con una sed inaguantable en el flanco de una colina cubierta de ásperas y agresivas peñas. Estaba lleno de hormigas que lo picaban, pero en todo caso eran hormigas pequeñas y de dientes cortos. Cuando se sentó le rayaron la cara las espinas. Había allí un flaco matorral de espinos, y la época en que esos arbustos tienen verdes sus punzantes aguijones había quedado muy atrás. Tal como suponía, una gacela estaba echada junto a su cabeza y un perro yacía a sus pies. Desde el cielo aborregado una Mano del Paraíso apuntaba hacia él con gran precisión.

    Su nombre era Polder Dossman, que significa "Hombre Sueño-Salvado del Océano". Pero también significaba "Zamarreado-Como-un-Hombre-Toro Rescatado del Océano". Él se asignaba más bien la personalidad del hombre-toro-astado. Nombre nuevo para él, nombre que nunca había usado anteriormente; ni siquiera explorado por completo. Todo hacía suponer que el salto-de-mundo había sido exitoso. Pero el trance no careció de ásperas dificultades.

    —¿Cuál es mi mano derecha y cuál la izquierda? —exclamó, profiriendo así las primeras palabras que había pronunciado en aquel lugar. "Oh, ¿por qué se lo pasan cambiándolas?" Esta confusión de la mano derecha con la izquierda desorienta con persistente frecuencia a los viajeros saltamundos.

    La Mano del Paraíso que señalaba hacia abajo era un truquito de prestidigitación meteorológica, pero no recordaba haber contratado ese servicio. Alguien le trajo una curiosa taza llena de leche de coco de color verde o leche verde de camello. La bebió ruidosamente, apagando de tal modo el filo más agudo de su sed.

    Polder ignoraba adonde había ido a parar y no le parecía importante. Tenía su modo de vérselas con mundos y situaciones. Era capaz de salirse con la suya en cualquier lugar, y no hace falta decir que también estaba pronto para enfrentarse con aquel tortuoso rincón.

    —Esto no es el infierno —pensó, dándose ánimo—. ¿Por qué me iba a tocar a mí? Las chances que me ponen en peligro de arribar a ese pozo son remotísimas. No, este es otro de esos mundos-ostra que abriré con la espada de mi talento.
    —¡Arriba, gacela! ¡Arriba, perro! —gritó entonces Polder, mostrando la energía que esperaba adquirir. En realidad estaba enfermo y cansado. Lo aquejaban esos padecimientos que algunos saltamundos denominan "Blues de la resurrección".
    —Se me ocurre que este es un mundo nuevo —manifestó, como dirigiéndose, condescendiente, al mundo de marras—; o por lo menos se nos concede una nueva perspectiva o una nueva forma de suelo habitable. Cubierto de yerbajos, un mundo duro, pero haré con él lo que me parezca. Epa, ¿no es el sol resplandeciente y coronado de rayos que ahora irrumpe a través de esa nube?
    —Caliente —dijo la gacela—. Nubes calientes y sol caliente. Esa combinación me llena de pecas. Me juego la cabeza a que es un mundo sin aire acondicionado, salvo quizás en las mansiones de los ricos. ¿Por qué diablos hemos venido a un mundo de esta traza?

    En algún lugar le habían arrancado las alas a la gacela, probablemente en "el Ojo del Camello". Tenía el nebuloso recuerdo de haberse encontrado con alguien en un punto llamado el Ojo del Camello. Hubo un niño tétrico o niño-furia que trató de vengar personalmente el crimen de que había sido objeto. ¡Hubo tantas alternativas!: hubo un herrero-de-la-carne o juntacadáveres, poseído de una pasión inédita por destrozar cuerpos; hubo vigas de hierro al rojo pendiendo sobre las negras bocas de los pozos insondables; y allá abajo la destrucción llegó a ser arrasadora. Se vieron otros prodigios: un hombre diafanizado (posiblemente yo mismo, dijo Polder); y hubo un demente llamado Wut.

    —Pero todas fueron circunstancias en las que se halló comprometida otra gente, no yo, ni los míos —dijo, aclaratorio, Polder, mientras repetía, en bien de la práctica, un viejo y expresivo gesto que solía hacer con las manos.
    —¡Pero es que no hay otra gente! —exclamó entonces—. Serán en total unas doce personas. Son todos. Y están repetidos billones y billones de veces.

    Los Nueve Mundos de La Spezia no dejaron trazo alguno en la memoria de Polder Dossman, que ni siquiera estaba seguro de haberlos visitado. Sólo las cosas que pertenecen al pasado pueden dejar recuerdos, y los Nueve Mundos se encontraban fuera del tiempo.

    La gacela sin alas se parecía mucho a una muchacha de tipo corriente. Era pecosa, tenía el cabello color de herrumbre y mediana contextura. Estaba confundida, pero no preocupada. Y tenía los ojos planos. ¿No existió un momento en que los ojos adquirían volumen como tallados vivos en altorrelieve?

    —¿Por qué no despacha de aquí a la Mano del Paraíso? —interrogó a Polder la gacela—. A la gente de por aquí no me parece que le impresione mucho el fenómeno. Y es una manifestación que sin duda utiliza un volumen de energía harto considerable.
    —No estoy de acuerdo: a la gente de por aquí la impactará como a cualquier otra gente —replicó Polder—. No recuerdo qué clase de contrato hice para que se encendiese la Mano del Paraíso, ni me viene a la memoria la persona con quien lo celebré. No voy a despedir a la Mano ahora, porque me propongo utilizarla repetidas veces. Pero por el momento la paso al estado de disponibilidad.

    Y así lo hizo. La luz decreció hasta un nivel mínimo que a duras penas permitía columbrarla. Era como tratar de ver claramente en pleno día un planeta de órbita cercana. Aún era posible percibirla, casi desvanecida, si uno sabía en qué dirección mirar. Pero no era un fenómeno eficiente.

    Polder encontró que tenía oro en los bolsillos, oro de considerable peso. Le alegró haberse acordado de traerlo consigo. A veces el oro, en un mundo desconocido, obra como un hechizo; y siempre, si el que lo posee divulga el hecho demasiado pronto o dándole excesiva difusión, puede costarle la vida; de todas maneras, es mejor tenerlo que no tenerlo.

    —Observen qué tajante nitidez asume aquí cada línea —exclamó Polder—. Los objetos carecen de textura; no hay promontorios que nos confundan. Parecería que todo hubiese sido dibujado con regla y pistolete. Las líneas son tan definidas en perspectiva como si uno las observara de frente. ¡Qué claras y contrastadas se ven las colinas, los árboles, las rocas!
    —Al infierno con la nitidez —gruñó el perro. Ese animal estaba como rodeado por un aura de corta inteligencia. Alguien le había enmarañado los sesos definitivamente. Tenía ojos de perro y patillas de perro. Y sin embargo era un mozo joven, bien dispuesto, pero como frenado por una gran lentitud; la condición de perro se le advertía sólo en su curiosa manera de hablar. Además antes había sido perro en una sola y especial circunstancia.

    El muchacho se cortó el pie con una piedra fantásticamente filosa y sangraba mucho. Polder cayó en cuenta de que la sangre se expresaba mediante líneas paralelas, delgadas, puras, negras y muy próximas entre sí. Los delgados trazos permitían un buen contraste con el mundo circundante, cuyo color básico era el blanco. El nombre del aspecto visual asumido por la sangre era "rojo", se sobrentiende; pero rojo debería haber significado una cualidad más densa y honda, de la cual las líneas eran meramente un símbolo.

    Y en cualquier otro sitio distinto de aquél las líneas hubiesen sido menos nítidas; arrojarían todas algo así como una sombra o trama. Pero en todos se captaba la ausencia de una característica faltante. El nombre del elemento ausente era "rojo", así como el nombre de las líneas simbólicas era "rojo"; ¿pero en qué consistía verdaderamente esa cualidad? Quien haya visto el color rojo, en aquel contexto como en otro cualquiera, no puede ser llamado a confusión ni aun por las líneas más delgadas o las sombras más tenues. Hay mundos dotados de color y otros que solo declaran tener color. Polder no conseguía recordar a ciencia cierta la vivencia mental o sicológica del color y era cuestión que lo deprimía.

    La muchacha, que quizás todavía internamente era una gacela, aunque su aspecto exterior no lo reflejase, se llamaba Moira Mara. Los otros chicos deben de haberle tomado el pelo a causa de ese extraño nombre, cuando niña. El joven de borrosas facultades mentales, que había padecido el revoltillo de los sesos cuando todavía era un perro, se llamaba Jake Mara, y era hermano de Moira.

    —Tenemos que vigilarlo y cuidarlo —le dijo a Polder Moira Mara—. Es nuestro deber hacerlo con plena devoción y abnegación perfecta. A decir verdad no deseamos ocuparnos de esa tarea, pero estamos obligados.
    —¿Quién los obliga? —preguntó Polder.
    —No tenemos la menor idea —dijo Moira—. Nos gustaría mucho salimos de este enredo, pero no podemos.

    Polder y sus dos jóvenes acompañantes fueron bajando la colina hacia el mundo de las líneas netas, el mundo simple, el mundo-fácil-de-aprovechar. Alcanzaron las afueras de una pequeña ciudad situada al pie de los cerrillos. Se veía gente en movimiento; o miraban a su alrededor o hablaban entre sí. Algunos estaban trabajando. Daba la impresión de ser una labor sencilla y arcaica, quizás algún quehacer vinculado con el cultivo de la tierra.

    Ahora bien, todas aquellas gentes tenían un perfil muy definido, preciso y simple. A las claras se advertía que jamás habían viajado, nunca tuvieron que resolver una situación totalmente polarizada, nunca saltaron ni con el cuerpo ni con sus formas ni de un mundo a otro. Era gente que jamás se apercibió de sus aspectos concéntricos, que no habían mutualizado o enriquecido sus personalidades, que no se habían pluralizado en lo más mínimo. Por añadidura mostraban un perfil tan claramente inequívoco que podían haber sido personajes diseñados con tinta por un artista popular semejante a ellos: ni viajado, ni mutualizado, ni enriquecido, ni pluralizado.

    Y sin embargo aquellos muchachos que se divisaban al pie de la colina tenían una apariencia escéptica. Con el fin de impresionarlos Polder reactivó la Mano del Cielo que señalaba hacia tierra desde el firmamento. A pesar de haberlo hecho, Polder se sorprendió de su logro. Y a los muchachos también les impresionó la artimaña.

    —Tener encendido eso durante un minuto debe costar más dinero que el que yo podría ganar en toda mi vida —dijo un campesino muy listo—. ¿Habría que pagar un recargo muy grande para hacer flotar junto a ese dibujo la frase "Este es Mi Amado Hijo", escrita en llamas de fuego diurno?
    —Sí. El costo subiría casi al doble —dijo Polder—. Por eso decidí no hacerlo.

    Le sorprendió la clara comprensión del muchacho campesino en lo que tocaba al costo da la prestidigitación meteorológica. Y poco le faltaba para envanecerse de que la Mano Gigante lo señalase.

    —¿Cómo se llama este pueblo? —preguntó Polder al que parecía más vivaz de todos, el que había manifestado su admiración por la Mano del Paraíso.
    —Aquí es Ciudad Camello. Es la segunda población del mundo desde todo punto de vista. —El joven pronunciaba las palabras subrayando cada una de ellas con una sonrisa. ¿Estaba bromeando?
    —Anótate ahí que debemos averiguar si en este mundo donde nos. hallamos tiene existencia el humor —le dijo Polder a Moira—. Y toma nota de manera permanente para ocuparnos de este asunto, casi como primera actividad, en cada mundo nuevo donde arribemos. Estar bien informado acerca de esas minucias puede resultar ventajoso más de una vez.

    Y entonces volvió a hablar al muchacho.

    —Si Ciudad Camello es la segunda población entre las mejores de este mundo, ¿cuál es la mejor? ¿Y por qué un muchacho listo como tú no está viviendo en la mejor ciudad?
    —No existe ciudad que aventaje a todas en todo —dijo el campesino—. Hay diez mil ciudades diferentes (la pura verdad: son ciento cinco ciudades las de este mundo, pero diez mil es una cantidad más resonante); cada una de ellas es la mejor del mundo en algún aspecto. Pero Ciudad Camello, que no es la mejor en nada, tiene el segundo puesto en todo. Me hace acordar de la gente. De hecho, todas las criaturas, la gente...
    —¿Cómo? —exclamó Polder—. ¿Ciudad Camello es segunda en todo? ¡Es una idea gibosa o, si tú lo prefieres, jorobada!
    —Sí, como el camello. El camello ocupa el segundo lugar de mérito en todo.
    —Imposible, muchacho.
    —En todo, señor, sin excepción alguna. Como cabalgadura, el camello cede el primer puesto al caballo. Si se trata de acarrear bultos pesados, le gana el burro. Entre las bestias de tiro es competidor cercano del buey, sin que se le equipare. Como animal de arrastre en los canales se aproxima muchísimo en capacidad al búfalo de agua Urdu. Arando no cede la preeminencia sino a la mula. En la tarea de trillar cereales pisándolos en una era, a la antigua, ocupa el segundo lugar después de la burra.
    —Invierte dinero en burras, Moira —ordenó Polder—. Un millón de piastras o cosa así. Hemos estado descuidando a las burras.
    —Oh, perfectamente —dijo ella.
    —Para el trabajo de la trilla, el camello no es tan bueno como el cebú macho —prosiguió diciendo el joven—. Cuando canta de noche lo hace apenitas peor que el asno Marroquí en función de compañero sólo el perro se lleva mejor con el hombre.
    —¿Esas calificaciones están debidamente establecidas y certificadas, sin más trámites? —inquirió Polder.
    —Oh, no. Si quisiéramos certificarlas no sabríamos ni cómo empezar —manifestó el mozo—. ¡Y además párese un poco a considerar los productos y subproductos del santo camello! Para la fabricación de gaitas el estómago del camello es apenas una pizquita inferior al del alce Irlandés.
    —Invierte en gaitas, Moira —ordenó Polder.
    —Se hará —dijo Moira—. Soplaremos la gaita en los ratos libres.
    —Si hablamos de manteca, el camello tambi