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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    STARCRAFT: LA VELOCIDAD DE LA SOMBRA (Tracy Hickman)

    Publicado el martes, septiembre 13, 2016

    Sinopsis

    En un futuro muy lejano, a más de 60.000 años-luz de la Tierra, una confederación de exiliados Terranos libra una guerra de supervivencia contra los enigmáticos Protoss y el implacable Enjambre Zerg, guerra que anunciará el comienzo del mayor capítulo de la historia de la Humanidad o preludiará su violento y sanguinario final.

    El único sueño que albergó jamás Ardo Melinkov fue el de vivir en paz en la hermosa colonia de Plenitud. Pero cuando los crueles Zerg atacaron la colonia y asesinaron a sus seres queridos, Ardo se vio obligado a despertar de su sueño y aceptar las brutales realidades de una galaxia desgarrada por la guerra. Convertido en un Marine confederado y consagrado a la defensa de los mundos de la Confederación Terrana, Ardo deberá firmar la paz con los dolorosos recuerdos de su pasado… y las inquietantes verdades que podrían dominar su futuro.


    1. Caída


    DORADO…

    Ésta era la palabra apropiada para aquel día raro y perfecto, uno de esos que calientan el alma con un dorado resplandor de júbilo. Había paz en un día dorado.

    Algunos días eran verdes, densos de nubes plomizas y lluvia, perforados por brillantes destellos de ardiente blanco y truenos agolpados. Otros días eran de un vibrante y frío azul que se extendía en arco sobre las cúpulas cubiertas de escarcha y las naves del asentamiento. Había también días rojos: el cielo de la tarde pintado por el polvo de los vientos primaverales antes de que las cosechas se hubieran asentado en los suelos. Algunos días hasta se extendían en dirección a la noche con una manta de seda de color cobalto que cubría el cielo.

    Le gustaban aquellas noches de otoño en las que podía dejar atrás sus mundos levantando la vista hacia aquella rica oscuridad. Dios había atravesado el cielo con un alfiler, se imaginaba, para que Su luz pudiera brillar por los agujerillos. De niño escudriñaba las estrellas tratando de ver el otro lado y encontrar a su Creador. Nunca había dejado de buscar aunque al llegar a los diecinueve años se había dicho que era demasiado maduro para esa clase de cosas.

    Cada día tenía colores diferentes para él. Los había experimentado en todos sus matices. Cada uno de ellos tenía un recuerdo y un lugar en su corazón. Pero ninguno podía compararse a un día dorado. Era el color de los campos de trigo que se extendía como un oleaje por las colinas bajas que rodeaban la granja de su padre. Dorada era la calidez del sol en su rostro. Dorado era el brillo que sentía en su interior.

    Dorado era el color del pelo de ella y el sonido de su voz.

    —Otra vez estás soñando, Ardo —le susurró con voz juguetona—. Vuelve conmigo. ¡Estás muy lejos!

    Abrió los ojos. Ella era dorada.

    —Melani, estoy aquí, contigo.

    Sonrió.

    —No, de eso nada —protestó ella con fingida tristeza… un arma formidable cuando quería salirse con la suya—. Estás soñando de nuevo y me has dejado atrás.

    Se puso de lado y apoyó la cabeza sobre el codo para poder verla mejor. Tenía un año menos que él. Su familia había llegado cuando Ardo tenía nueve, otro grupo en la larga cadena de refugiados religiosos que caían desde el cielo para unirse con los demás Santos en el pueblo de Helaman.

    Se habían reunido refugiados de casi todos los planetas de la Confederación: pioneros de las estrellas a su pesar. Muchos grupos religiosos habían estado entre los primeros en ser ilegalizados por la Liga de las Potencias Unidas de la Tierra, allá por el año 31. La historia no era nueva para santos y mártires. A lo largo de la historia de la humanidad, aquellos que no entendían a los fieles los habían exiliado y los habían obligado a buscar nuevos hogares. El hecho de que se vieran obligados a viajar de planeta en planeta y luego de estrella en estrella empezaba a resultar un hecho dolorosamente repetitivo en las clases de Herencia. Ahora, exiliadas de nuevo, las familias de los fieles se habían desperdigado entre los transportes del malogrado proyecto ATLAS y cuando esta misión había terminado en un estrepitoso fracaso, los supervivientes habían empezado a buscar a sus hermanos y hermanas. Cuando finalmente se restablecieron las comunicaciones entre los mundos, los Patriarcas eligieron como nuevo hogar una región apartada de un planeta al que llamaron Plenitud. En cuestión de poco tiempo, estaban llegando a diario cargueros orbitales al Espaciopuerto Zarahemia. Las familias que acababan de llegar se las arreglaban a continuación para llegar a los asentamientos. Arthur y Ket Bradlaw, con su pequeña de grandes ojos, formaban una de las cinco familias que llegaron aquel día. Ardo había acompañado a su padre cuando el pueblo entero se reunió para dar la bienvenida a las nuevas familias y ayudarlas a asentarse.

    No recordaba demasiado sobre cómo era Melani en aquel tiempo aunque conservaba la vaga imagen de una chiquilla flacucha que parecía incómoda, solitaria y tímida. Sólo empezó a fijarse en ella cuando su decimocuarto cumpleaños trajo consigo algunos cambios notables. La «chiquilla flacucha» pareció irrumpir en sus pensamientos como una mariposa saliendo de su crisálida. Sus facciones poseían belleza natural —los Patriarcas desaprobaban la escultura corporal y el maquillaje— y Ardo había tenido la gran suerte de ser el primero en acercarse a ella. Su corazón y su alma cayeron en el interior de aquellos grandes ojos azules y luminosos.

    La cálida brisa que soplaba sobre los campos de trigo mecía el nimbo de su largo y brillante cabello. El viento arrastraba el zumbido distante del molino y el tenue aroma del pan que se cocía en la panadería.

    Dorado.

    —Puede que estuviera soñando, pero nunca te dejo atrás —dijo sonriendo. El trigo crujía alrededor de la manta en la que descansaban—. Dime adonde quieres ir. ¡Te llevaré!
    —¿Ahora mismo? —su sonrisa era como la luz del sol—. ¿En tus sueños?
    —¡Claro! —Ardo se arrodilló sobre la pesada manta que había colocado para que pudieran tenderse—. ¡A cualquier lugar en las estrellas!
    —No puedo irme —sonrió—. Esta tarde tengo un examen de Hidroponía con la hermana Johnson. Además —dijo con tono cariñoso—, ¿por qué iba a querer marcharme? Todo lo que quiero está aquí mismo.

    Dorado. ¿Quien querría marcharse en un día dorado como aquél?

    —Entonces no nos vayamos —dijo con voz ansiosa—. Quedémonos aquí… y casémonos.
    —¿Casarse? —lo miró, en parte divertida, en parte intrigada—. Ya te he dicho que tengo clase de Hidroponía esta tarde.
    —No, lo digo en serio —Ardo llevaba algún tiempo preparándose para aquel momento—. Me he graduado y las cosas están yendo muy bien en la granja de papá. Me ha dicho que está pensando en darme cuarenta acres en uno de los extremos de la explotación. Es el lugar más bonito, junto a la base del cañón. Hay un lugar junto al río donde… donde… ¿Melani?

    La muchacha del pelo dorado no lo escuchaba. Se había incorporado y dirigía una mirada entornada hacia el pueblo.

    —¡Ardo, la sirena!

    Entonces también él la oyó. El aullido distante, subiendo y bajando sobre los campos.

    Ardo sacudió la cabeza.

    —Siempre suena a mediodía…
    —Pero no es mediodía, Ardo.

    El sol se eclipsó en aquel momento. Ardo se levantó de un salto y giró la cabeza hacia el sol oscurecido. Se quedó boquiabierto al ver que una sombra cada vez más grande se desplazaba sobre los amarillentos campos de trigo. El miedo hizo que se le abrieran los ojos como platos. La adrenalina empezó a correr por sus venas.

    Enormes volutas de humo volaban tras unas bolas de fuego que se dirigían directamente hacia él desde el extremo occidental del amplio valle. Rápidamente, Ardo se agachó y ayudó a Melani a levantarse. Su mente corría. Tenían que huir, encontrar refugio… ¿Pero dónde podían ir? Melani gritó y entonces se dio cuenta de que no tenían dónde ir y no había ningún lugar seguro para esconderse.

    Las bolas de fuego parecían tan próximas que los dos se agacharon. Las llamas describieron un arco sobre ellos, mientras el atronador sonido de su furia ahogaba rápidamente la lejana sirena de advertencia. La sombra de su paso cubrió el valle entero. Cinco enormes columnas pasaron sobre ellos, como dedos extendiéndose por encima de Ardo y Melani en dirección a los apiñados edificios del pueblo de Helaman.

    Ardo se estremeció —si de miedo o excitación, no hubiera podido decirlo— pero al menos su estupor había terminado. Cogió a Melani del brazo y empezó a tirar de ella.

    —¡Vamos! ¡Tenemos que llegar al pueblo antes de que cierren las puertas! ¡Vamos!

    No hizo falta que insistiera.

    Corrieron.


    * * *

    No recordaba cómo lograron entrar en la ciudad.

    El dorado del día se había trocado por un pardo terroso que derivaba en gris a causa del humo que seguía cubriendo el cielo sobre sus cabezas. Era un color opresivo, oscuro y frío. Allí parecía fuera de lugar.

    —Tenemos que encontrar al tío Dez —se oyó decir a sí mismo—. ¡Tiene una tienda en el recinto! ¡Vamos! ¡Vamos!

    Ardo y Melani lucharon por avanzar por el centro del pueblo, que ahora estaba atestado de refugiados. Originalmente, Helaman no había sido más que un puesto avanzado en los confines más lejanos de Plenitud. Su centro era el antiguo recinto defensivo con un muro de defensa que rodeaba todo el edificio. Desde entonces, se había extendido más allá de aquellos muros centrales. Ahora más de diez mil personas llamaban hogar a Helaman… y casi todas ellas habían buscado refugio en el antiguo recinto fortificado.

    Podía ver el cartel «Equipos Dez» al otro lado de la plaza central.

    El traqueteo del fuego automático resonó de repente desde el muro del perímetro. Hubo dos explosiones sordas, seguidas casi al instante por más fuego de ametralladora.

    Un grito se alzó entre la multitud de la plaza. Más que oírlo, Ardo sintió el temor que embargaba a la muchedumbre. Hubo gritos, algunos estridentes y otros tranquilizadores. El humo proyectaba un velo opresivo sobre todos los presentes.

    —¡Ardo, por favor! —dijo Melani—. ¿Dónde… dónde vamos? ¿Qué hacemos?

    Ardo miró a su alrededor. Podía notar el pánico en el aire.

    —Sólo necesitamos llegar al otro lado de la plaza —se atragantó al ver la mirada en los ojos de Melani—. Lo hemos hecho un centenar de veces.
    —Pero, Ardo…
    —No está más lejos que antes. Sólo un poco más concurrido, eso es todo —vio que en sus preciosos ojos azules empezaban a formarse unas lágrimas. Le apretó la mano con fuerza—. No te preocupes. Estaré a tu lado.

    De alguna manera habían logrado llegar hasta la mitad de la plaza cuando ocurrió.

    Una cortina de llamas explotó a este lado del muro de la fortaleza. Su luz escarlata destelló contra la manta de humo que pendía de forma opresiva sobre el pueblo. Todos los gritos, aullidos y alaridos se fundieron en una cacofonía, pero algunas voces sin cuerpo se adentraron con claridad por los pensamientos de Ardo.

    —¿Dónde están las fuerzas de la Confederación? ¿Dónde están los Marines?
    —¡No discutas! ¡Coge a los niños! ¡No os separéis!
    —¡No pueden ser los Zerg! ¡Es imposible que hayan penetrado tanto en el territorio de la Confederación…!

    ¿Zerg? Ardo había oído rumores sobre ellos. Pesadillas, creía él, para asustar a los niños o para impedir que la gente se instalase en las Colonias Exteriores. No podía recordar todas las historias pero lo cierto era que ahora las pesadillas estaban allí y eran muy reales.

    Otra voz penetró en sus pensamientos. Se volvió hacia ella.

    —¡Ardo, estoy aterrada! —los ojos de Melani estaban muy abiertos y parecían líquidos—. ¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?

    Ardo abrió la boca. No pudo responder a la pregunta. No brotó ninguna palabra. Había tantas cosas que quería decirle en aquel momento… tantas palabras que lamentaría no haber dicho durante incontables años futuros. Pero no brotó ninguna palabra.

    Hubo una luz. Sintió el calor tras de sí. Se volvió, manteniendo a Melani a su espalda.

    Habían abierto una brecha en el muro oriental. La antigua fortificación estaba siendo derribada desde el otro lado, desmantelada frente a los mismos ojos de Ardo. Parecía como si una ola oscura se estuviera precipitando contra la brecha, una silueta ondulante. Entonces los detalles se abrieron paso en su mente: un resplandeciente caparazón púrpura, unas garras de marfil teñidas de rojo que abandonaban el cuerpo fláccido de un colono, los cuerpos arqueados, semejantes a serpientes, que se desperdigaban reptando sobre la piedra rota.

    Era inconcebible… La pesadilla había llegado a Plenitud.

    La apiñada muchedumbre que ocupaba la plaza rugió de terror y se volvió para escapar corriendo de la brecha. No había sitio al que ir. Los Hidraliscos Zerg habían coronado ya la muralla del lado opuesto y se estaban arrojando en cascada sobre las calles, como gotas negras de un vertido grasiento. En cuestión de segundos, desplegaron las capuchas semejantes a cobras por encima de las garras afiladas como cuchillas. Arquearon hacia arriba las colas. Las bolsas de los hombros serrados vomitaron espinas blindadas, que cayeron con terroríficos efectos sobre la muchedumbre.

    Aquellos que se enfrentaban a la nueva amenaza trataron de repente de cambiar de dirección y chocaron al hacerlo contra el gentío que avanzaba detrás de ellos.

    Ardo oyó que Melani jadeaba tras él.

    —No puedo… no puedo respirar.

    La multitud los estaba aplastando. Lleno de desesperación, miró a su alrededor tratando de encontrar una salida.

    Un movimiento sobre su cabeza atrajo su atención. Una forma bulbosa parecida a un cerebro flotaba sobre el muro de la colonia. De su parte inferior colgaban unos zarcillos que parecían vísceras y que se estremecían constantemente. Se estaban extendiendo hacia el centro de la muchedumbre. Ardo había oído historias en las que los Zerg capturaban a colonos con vida y los llevaban a un destino que sólo podía ser peor que la muerte.

    Los ojos se le llenaron de lágrimas. No había escapatoria ni nada que él pudiera hacer.

    De repente el Señor Supremo Zerg que flotaba sobre la colonia se estremeció y se deslizó hacia un lado. Varias explosiones perforaron el costado de la horripilante bestia. El Señor Supremo estalló en una enorme bola de fuego. Los Hidraliscos Zerg que estaban penetrando en el complejo vacilaron de pronto.

    Un ala de cinco Espectros de la Confederación atravesó la cortina de humo que cubría el cielo con un chirrido de motores que casi ahogó los gritos de la aterrorizada multitud. Las ráfagas de láser de veinticinco milímetros parpadearon repetidamente mientras los Espectros daban vueltas en el aire, y alcanzaron sus objetivos al otro extremo de la muralla derruida.

    Uno de los Espectros se estremeció de repente y entonces, tras recibir una salva de fuego antiaéreo lanzada por los enfurecidos Zerg, explotó.

    Los Zerg que habían entrado en el recinto reemprendieron su ataque. Mataban a algunos y se llevaban a otros sin que existiera una razón aparente. Habían acorralado a los humanos; ahora todo lo que tenían que hacer era cosecharlos desde los extremos de la muchedumbre hacia su centro.

    Un segundo escuadrón de Espectros atravesó el cielo ennegrecido. A continuación, una Nave de Descenso confederal desgarró el aire, viró en una rápida maniobra de frenado y descendió hacia la plaza. La fuerza de los motores creó al instante un huracán en el suelo. Los árboles se doblaron hasta casi partirse por la mitad. Era imposible oír nada con el estruendo de los motores. La gente que rodeaba a Ardo cayó al suelo, tratando de escudarse del vendaval.

    Ardo parpadeó en medio de una nube de polvo. La Nave de Descenso siguió flotando sobre ellos pero de alguna manera logró bajar la rampa de carga a la plaza. Vio la figura de un Marine de la Confederación que les llamaba con gestos.

    Toda la gente que había en la plaza lo vio también. Sin pensarlo un instante, corrieron hacia la rampa. Una ola humana arrastró a Ardo.

    Soltó la mano de Melani.

    —¡Melani! —gritó. Trató de enfrentarse a la presión creciente del gentío aterrorizado. Sus palabras se perdieron en el estruendo de los motores de la 1 Nave de Descenso—. ¡Melani!

    La vio tras él. Ahora los Zerg habían reemprendido su ataque con más premura. La Nave de Descenso les estaba arrebatando su premio. Al ver la rapidez con la que la gran muchedumbre había sido diezmada, Ardo empalideció: los habían segado como trigo manchado de rojo en un campo. Los Zerg estaban casi ya junto a Melani.

    Ardo luchó y arañó. Gritó.

    Tres Hidraliscos apresaron a Melani al mismo tiempo y la apartaron a rastras de la muchedumbre.

    —¡Ardo, por favor! —sollozó—. ¡No me dejes sola!

    La muchedumbre aterrorizada lo arrastró hacia la nave. De repente se escuchó el chirrido de unas garras Zerg sobre el casco de la Nave de Descenso. El piloto les había dado todo el tiempo que su suerte iba a concederle. La nave respondió al instante a su orden apartándose de los Zerg y llevándose a Ardo lejos de su hogar, su vida y su amor.

    —¡No me dejes sola! —éstas fueron sus últimas palabras. Resonaron por su mente y su alma, más y más ruidosas cada vez, hasta que fue como si el cráneo le fuera a estallar…

    El mundo de Ardo se volvió negro. Seguiría así durante mucho tiempo.


    2. Mar Sara


    —¡MUY BIEN, CAPULLOS! ¡Agarraos el culo! ¡Aquí viene el gran descenso!

    El soldado raso Ardo Melnikov no se molestó en mirar al sargento mientras éste les gritaba. El hombre era el MT —mando temporal— para ese salto. Lo más probable es que no volviera a verlo una vez que estuvieran abajo. Era mejor no interponerse en su camino hasta que el nuevo pelotón de Ardo recibiera su destino. Apenas oía sus palabras entre el aullido de los motores de la Nave de Descenso y el rugido atronador del rozamiento contra el casco. Había algo en el sargento que parecía requerir una voz poderosa y una mirada furiosa. En realidad, a Ardo le daba igual: lo único que el sargento estaba haciendo era llevarlos a la superficie. Cuando estuviera allí, estaba seguro de que encontraría a alguien que se encargaría de hacerle la vida imposible de manera permanente.

    Se encogió de hombros y trató de apartar la espalda de la pared de la nave. Normalmente el interior de las Naves de Descenso era como una olla a presión y más aún cuando penetraban en una atmósfera. A aquella Nave de Descenso en concreto le faltaban por lo menos dos unidades de refrigeración para que todo el mundo estuviera a gusto. En aquel momento un manchón de sudor cada vez más grande le pegaba los omóplatos al cojín, que encima no era poroso. Tenía gotas de sudor por toda la frente y de vez en cuando algunas de ellas le caían sobre el mono. La barra de sujeción impedía que encontrara algún alivio frente a la incomodidad en forma líquida que se estaba formando en diferentes partes de su uniforme.

    Y lo que era peor aún, la Nave de Descenso estaba llena hasta los topes, de mamparo a mamparo y de lado a lado. El calor no resultaba tan opresivo como el olor cada vez más insoportable que llenaba la sala.

    No había nada que ver salvo las caras deprimidas y vacías de los demás reclutas sujetos al mamparo, frente a él. No había nada que oír salvo los gruñidos ocasionales del sargento y el rugido uniforme del casco a su espalda. No había nada que hacer salvo esperar y darle vueltas a los propios pensamientos… y eso era lo último que él quería hacer.

    Lo atormentaban, aquellos pensamientos que acechaban en el fondo de su mente. Algunas veces tenía la sensación de que los fantasmas lo perseguían dentro de su propia cabeza. Cerrar los ojos no servía para expulsar a aquellos espectros. Eran dolorosamente brillantes y preciosos, terribles y aplastantes. Esperaban en silencio, pacientemente, en la frontera de su pensamiento consciente, contenidos tan solo por su voluntad. Algunas veces su arrogancia lo llevaba a creer que los había dominado de una vez y para siempre. Entonces la brisa le traía el olor del césped fresco o de la tierra removida, o el destello de una miel suave, o una risa lejana y susurrante y los demonios regresaban en tropel para abrumarlo.

    Hubiera sangrado lágrimas con sólo pensar en ellos si hubiera podido hacerlo.

    Lo único que quería era huir. Tenía que luchar. Era la única cosa que lograba mantener a raya a los demonios. Podía concentrarse en la misión y los objetivos… o al menos en los objetivos insignificantes que su comandante le permitía conocer. La estrategia a gran escala no era competencia suya. No era de su incumbencia. Su trabajo consistía en hacer lo que se le ordenaba y pensar tan poco como fuera posible. Y por lo que a él se refería, la cosa estaba bien así.

    El aullido de la Nave de Descenso se estaba apagando. El vehículo había consumido por fin su energía contra la atmósfera del mundo en el que se encontraban. Ahora los motores estaban haciendo cuanto estaba en su mano para imitar la gracia de un ave en vuelo. Ardo rió para sus adentros al pensarlo. El Quantradyne era la prueba ofrecida por la Confederación a las estrellas de que, si contaba con un motor lo bastante grande, cualquier cosa podía volar… aunque no necesariamente bien. Por supuesto, había hecho muchos saltos de entrenamiento antes. Cada uno de ellos era completamente igual al anterior y no tenía razón alguna para recordarlos en ningún detalle.

    ¿Por qué concentrarse en algo tan doloroso como estarse quieto y pensar?

    Era mejor hacer otra cosa… cualquier otra cosa. Ardo examinó los rostros de los Marines que lo rodeaban. Era un ejercicio de autoconservación. Siempre convenía conocer a los Marines que te rodeaban. Uno nunca sabía cuándo podía depender su vida de ellos… o estar amenazada por uno de ellos.

    La mujer que se sentaba frente a él podía ser un ejemplo de ambas posibilidades, pero Ardo no sabía de cuál.

    Llevaba el rubio cabello muy corto y de punta. Su rostro estaba muy tenso, con unos pómulos angulosos que enmarcaban con severidad dos ojos resplandecientes y de brillo acerado. Contemplaban sin pestañear un punto lejano situado por encima del hombro de Ardo, como sendas ventanas abiertas a su alma, si es que la tenía. «Esos ojos podrían congelar un río en pleno verano», pensó. Por lo que al resto de su cuerpo se refería, sólo podía imaginar. La armadura de combate que llevaba ocultaba por completo cualquier detalle que pudiera distinguirla, pero revelaba al menos una cosa: era un oficial.

    Lo miraras por donde lo miraras, para un soldado raso eso significaba peligro. Lo primero que aprende un soldado es a evitar a los oficiales… especialmente en las conversaciones intrascendentes. El último soldado del que recordaba que se hubiera tomado cierta confianza con el líder de su pelotón había terminado con un agujero en lugar de cabeza.

    Aquella oficial no había dicho una sola palabra desde que montaran en la Nave de Descenso. Por lo que a Ardo se refería, podía prolongar su silencio todo lo que quisiera. «Habla cuando te hablen», pensó. «Aparte de eso, no te busques problemas».

    «Al menos ella estaba cómoda», pensó. Su traje tenía sistemas de refrigeración y en aquel momento el umbilical de potencia estaba enchufado a la nave. Ardo sospechaba que su frialdad no se extendía sólo a lo físico. Algún día también él aprendería las complejas habilidades necesarias para llevar una CMC-300, o puede que hasta una 400, el último modelo. Ese día estaba aún muy lejano, por supuesto. Pero sería preferible llevar algo así en el campo de batalla que unas pocas capas de tejido ablativo y la ropa interior reglamentaria. Si lograba vivir lo suficiente como para obtener una armadura de combate propia, sus posibilidades mejorarían considerablemente.

    Bueno, con suerte al menos le darían instrucción con armas. Por el momento no había recibido ni siquiera eso.

    El resto del compartimiento estaba lleno de reclutas como él. Cada uno de ellos tenía la habitual mirada desganada de un Marine de Seguridad de la Confederación. Cada uno de ellos empapaba de sudor confederado su mono confederado, como era su deber.

    La mirada de Ardo, no obstante, se demoró algo más de tiempo sobre un soldado especialmente grande. Era un hombre enorme —Ardo recordaba que habían tenido dificultades para ajustarle el arnés— y no había dejado de rezongar un solo instante. No era capaz de imaginar cómo se las habían arreglado para encontrar un uniforme de su talla. Era de tez oscura y a Ardo le recordaba de forma vaga a lo que en la terminología de la antigua Liga de Potencias Unidas se conocía como un «isleño de los Mares del Sur». Poseía unos rasgos amplios y angulosos y unos labios gruesos. Su pelo era una melena larga que fluía desde su frente hasta su cuello en ondas naturales de color negro. Estaba seguro de que el gigante era un patriotero, uno de esos sicópatas del tipo vamos-a-comernos-sus-corazones-para-desayunar, la clase de individuo que querrías que acudiera a rescatarte en medio de una batalla y el último al que seguirías a una.

    —¡Llevad este trasto a tierra de una vez! —rió el gigante bajo una mirada luminosa—. ¡Tengo que matar algo! ¡Quiero asar un Zerg en un espetón! ¡Puede que hasta me coma su cerebro crudo!

    El isleño echó la cabeza atrás y soltó una nueva risotada. Con sus manos gigantescas le dio sendas palmadas a los dos Marines que se sentaban a su lado. Los dos se encogieron de tal forma a causa del impacto que los ojos se les llenaron de lágrimas.

    —Nos los vamos a comer para cenar, ¿eh? ¡Gran fiesta del Zerg! ¡Já! ¡Llevad este cacharro al suelo antes de que lo abra yo mismo!

    Era altamente improbable que el piloto, aislado en su cabina sellada, hubiera oído la petición pero en cambio sí que parecía dispuesto a concederla. La nave viró de forma palpable —Ardo sabía que era una maniobra estándar de encarado que se realizaba antes del aterrizaje— mientras el zumbido de los motores variaba ligeramente. Una última sacudida, y los motores se apagaron.

    La teniente que Ardo tenía delante desenchufó su armadura de la toma de potencia de la Nave de Descenso y se levantó antes de que la barra de sujeción se hubiera retraído del todo. Con un movimiento rápido de la mano bajó el petate del estante que había sobre su cabeza. Cuando la rampa empezaba a descender hacia el suelo, se dirigía hacia allí. Incluso logró llegar antes que el isleño, que parecía ansioso por meterse en cualquier pelea que pudiera encontrar o provocar.

    Ardo se tomó su tiempo para despegar el mono de todos los sitios en los que el sudor lo había pegado al asiento. El cambio de atmósfera se olía en el aire que estaba entrando ya por la rampa abierta. Una brisa dolorosamente seca se llevó la humedad y el olor a moho del compartimiento. Bajó su petate del estante y siguió a los demás mientras salían arrastrando los pies de la Nave de Descenso.

    —Saquen sus traseros de aquí, señoritas —gruñó el sargento—. ¡No tenemos todo el día!

    El aire estaba tan caliente y seco como un horno: más caliente y más seco que cualquier otra cosa que Ardo hubiera respirado jamás. Su sudor se evaporó casi en el mismo instante en que sus pies tocaron el asfalto del espaciopuerto.

    Ardo dirigió una mirada sombría a su alrededor.

    Había llegado al infierno.

    El planeta era rojo como la herrumbre, el color de una arena que parecía extenderse a todos los edificios y vehículos al margen de su coloración original. Y el efecto resultaba subrayado por el llameante amanecer que tenía lugar en aquel momento sobre el espaciopuerto…

    O lo que quedaba del espaciopuerto. Casi la mitad de las siete torres de control de lanzamiento que originalmente reunía la instalación estaban ardiendo. La parte superior de dos de ellas había quedado reducida a escombros. Se veían columnas de humo que ascendían desde los incendios que salpicaban los edificios del espaciopuerto propiamente dicho. Y varios kilómetros más allá se veían también columnas más grandes e inquietantes originadas en el distrito central de la colonia.

    Fue entonces cuando oyó el sonido: un sonido demasiado familiar. Arrastrados hasta él por el viento, oyó los gritos, la angustia, el pánico.

    Se volvió al instante. Al otro lado de la pista, justo al lado de las zonas de embarque, pudo ver el cordón de Marines que rodeaba la sección del espaciopuerto correspondiente a la Confederación y, más allá de ésta, a la multitud aterrorizada.

    «¡No!»

    Los recuerdos lo inundaron. Volvió a estar en la plaza de la colonia. Los sonidos llenaron su mente. Sus gritos… los gritos de ella…

    «—¡No me dejes sola! —gritó».

    Alguien le dio un fuerte empujón desde atrás. Su instrucción se hizo con el control y rodó con habilidad por el suelo antes de volver a ponerse en pie, con las manos preparadas para atacar y defenderse.

    —Mueve el culo, montón de basura —le espetó el sargento de la nave—. ¿Qué estás esperando? ¿Una recepción oficial? Corre a los barracones para empezar con la instrucción. ¡Os necesitan ya!

    Ardo temía a los barracones más que a cualquier otra cosa. Había algo en ellos que lo repelía, que hacía que se estremeciera cada vez que escuchaba la palabra. Estaba ligeramente aturdido pero a pesar de ello sólo dijo:

    —No, sargento, no puedo…

    El sargento se limitó a darle un nuevo empujón.

    —¡Bienvenido a Mar Sara, Marine! ¡Y ahora mueve el culo!

    Lo hizo. Tras recoger el petate, se reunió con el resto del grupo mientras se dirigía a los barracones situados al otro lado de la pista. Tenía la impresión de estar nadando contra corriente: todo el mundo estaba tratando de dirigirse hacia las zonas de embarque.

    —Parece que somos el equipo de limpieza —musitó para sus adentros mientras trataba de no pensar en lo inevitable. Mantuvo la mirada fija en el suelo, negándose a mirar aquellos barracones móviles parecidos a cajas aun cuando estaba entrando en ellos. Sólo levantó la mirada cuando estuvo dentro, de pie junto con los demás y formados en varias filas toscas en la abarrotada sala de despliegue que había al final de la rampa de acceso.

    El MT seguía allí con ellos, animándolos con su peculiar estilo a cada paso que daban.

    —Ya conocéis el procedimiento, niños y niñas. Dejad el equipo y desvestíos… ¡y volved aquí enseguida!

    Ardo sintió náuseas. No había nada que odiara más que los barracones y no había nada en los barracones que odiara más que lo que estaban a punto de obligarle a hacer. Se dijo que todo formaba parte del trabajo, pero eso no consiguió que le repugnara menos.

    Se dirigió junto con los demás a la sala contigua —como ganado en el matadero, pensó, temblando— y encontró un jergón vacío. Parecía que quienquiera que hubiera vivido allí antes que ellos había tenido que marcharse apresuradamente. Había restos y desperdicios insólitos en las camas y por todo el suelo. Seguro que el MT no hubiera aprobado un comportamiento tan negligente. Con un suspiro, el joven Marine empezó a quitarse la camiseta empapada de sudor. Trató de no fijarse en los demás mientras se desvestía. Había hombres y mujeres presentes —los Marines de la Confederación estaban dispuestos a permitir que los dos sexos murieran en sus misiones— pero a Ardo le daba mucha vergüenza estar desnudo delante de otros hombres, y más aún frente a mujeres. Joven e inexperto, cada vez que las circunstancias lo obligaban a hacerlo, para él suponía una terrible molestia y en más de una ocasión había sido la causa de considerable diversión entre los otros Marines.

    Empezó a tiritar al pasar al cuarto de despliegue. El calor seco estaba enfriando rápidamente el sudor de su espalda. Se sentía físicamente enfermo. Sabía lo que venía a continuación.

    Trató de distraerse mirando a los demás. Le hubiera costado reconocer que sus razones para hacerlo estaban teñidas con un poco de curiosidad pueril. La mayoría de los presentes eran hombres, advirtió. De hecho, en un porcentaje inusualmente elevado. Se había preguntado durante un breve momento qué aspecto tendría la teniente una vez se hubiera quitado la armadura. Se sorprendió un poco al descubrir que no estaba entre ellos. ¿Había logrado librarse de alguna manera de aquella indignidad?

    Dos enormes guardias con bastones aturdidores esperaban junto al MT. Entre ellos, una escotilla conducía a una habitación oscura. Ardo cerró los ojos tratando de calmarse. El MT estaba leyendo nombres de una pantalla manual.

    —… Alley… Bounous…

    Los latidos de su cabeza no dejaban pensar a Ardo.

    —Mellish… Melnikov…

    Avanzó varios pasos al oír su nombre y entonces se detuvo. Sus pies se negaron a acercarse más a la aterradora y oscura escotilla. Sus ojos estaban fijos en el pasillo que se abría más allá. Los dos lados del pasillo estaban jalonados por sendas filas de tubos de tamaño humano, llenos con un líquido entre verde y azulado.

    —Melnikov, ¿qué demonios…?

    Lo meterían en uno de esos tubos y en cuanto lo hicieran la pesadilla empezaría de nuevo.

    —¡Melnikov!

    Era como un ataúd… una pesadilla en un ataúd.

    No podía moverse. Los dos guardias habían visto la misma escena en muchas ocasiones. Se adelantaron con aire prosaico y, con la máxima rudeza posible, ayudaron a Ardo a penetrar en la oscuridad.


    * * *

    Estaba cayendo y la caída no tenía fin. No sabía cómo había llegado allí. ¿Estaba allí de verdad o se encontraba en otro lugar…? ¿Era él mismo u otro? Hizo un esfuerzo por concentrarse en las imágenes y recuerdos que estaban pasando por su mente pero no pudo encontrar el modo de aferrarse a ellos. Alargaba el brazo, desesperado por examinarlos, pero en cuanto trataba de cogerlos se le escurrían como burbujas de aire bajo el agua.

    Burbujas de aire…

    Podía respirar en el agua. El tubo alargado y transparente estaba lleno de agua respirable. Había intentado ser valiente, lo había intentado con todas sus fuerzas, pero al final había sucumbido al pánico y había gritado y se había avergonzado delante de los demás. A ellos no les había importado, ya lo habían visto un millar de veces. Sus manos toscas le habían ajustado la pieza de la cabeza, lo habían metido a la fuerza en el tubo y habían cerrado los sellos.

    —Habrá que hacer un ajuste con éste —había oído decir a uno. Contuvo la respiración todo lo que pudo…

    Todo lo que pudo… ¿qué?

    ¿Qué estaba pensando? ¿Por qué estaba pensando?

    «Cabellos del color de los campos de trigo en un día de verano. Hubo un día dorado…»

    Sus manos golpearon el cristal del tubo mientras se le escapaba el aire de los pulmones. Los implantes se cargaron de improviso y su mente explotó en un millón de fragmentos.

    Los fragmentos flotaban a su alrededor. Burbujas de fragmentos.

    La escuela de armaduras de combate. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Su instructor era un viejo Marine llamado Carlyle. Habían pasado semanas allí perfeccionando su técnica… ¿o habían sido meses? La armadura era como un viejo amigo. Parecía haber vivido con ella toda su vida…

    La armadura. ¿Dónde estaba? ¿Cuándo había sido? ¿Durante las clases del seminario? Estaba el Hermano Gabittas, que les hablaba de la caída de los antiguos y el pecado del orgullo. La paz viene de dentro, un gozoso conocimiento de la pura voz de Dios cuando habla a cada hombre.

    —No matarás —dice, pero alza un rifle gauss AGR-14 delante de la clase.
    —Toma, Ardo —dice el hermano mientras se acerca a la silla del muchacho, casi al fondo de la clase. Le tiende un arma automática que dispara proyectiles de 8 milímetros al chico que no ha estado prestando atención—. Hazlo en dirección a los demás —dice mientras el muchacho coge el arma.

    El muchacho se aleja flotando en la burbuja pero el arma sigue allí, suave y seductora. Aceleración magnética del proyectil a velocidades supersónicas con una enorme potencia cinética y con gran variedad de munición sin casquillo, desde balas de uranio empobrecido hasta balas estándar de infantería con punta de acero. Otro viejo amigo del pasado, el rifle se abre desde dentro, explota y a continuación vuelve ensamblarse formando la cara de su padre.

    —Siempre serás mi hijo —dice el viejo con una lágrima en la mejilla. La granja familiar se extiende tras él bajo el anochecer—. Hagas lo que hagas o vayas donde vayas… siempre serás mi hijo.

    ¿Lo soy? ¿Lo seré?


    * * *

    Ardo se sentía mejor ahora. Al salir del tanque de resocialización había estado un poco desorientado pero ahora se le había aclarado la mente.

    Siempre se sentía mejor con su armadura de combate. Era un viejo modelo CMC-300 pero no le importaba. Llevaba 300 años utilizándola y le sentaba como un guante.

    Había formado junto a los demás Marines. Había algunos Murciélagos de Fuego entre los Regulares en la Sala de Despliegue. En el poco espacio disponible comprobó la conexión entre el rifle gauss y la armadura. Amaba aquel rifle; era el arma de su elección. Llevaba utilizando un rifle gauss casi tantos años como trabajando con la armadura.

    Levantó la mirada. La señal de «salida» que había sobre la escotilla acababa de cambiar de color, de rojo a verde. Los Marines gritaron como uno solo cuando la puerta se abrió.

    Pero él odiaba tener que marcharse.

    Le encantaban los barracones.


    3. Tierra adentro


    ARDO ERA UNA GOTA DE la oleada de Marines que se derramaba uniformemente sobre un mundo sumido en el caos.

    Una compañía de Marines con armadura había formado un perímetro alrededor de la sección confederal del espaciopuerto para proteger las zonas militares. Mientras marchaba a paso ligero sobre el pavimento, Ardo pudo ver que más allá del perímetro había miles de colonos que se agolpaban contra la línea de Marines. Hombres, mujeres y niños —una aullante masa de humanidad— que luchaban desesperadamente por encontrar una salida del planeta.

    Más allá de ellos, la parte civil del espaciopuerto estaba sumida en la anarquía. Por toda la zona de lanzamientos no menos de un centenar de naves espaciales estaban abandonando la superficie del planeta o flotando a la espera de la oportunidad para hacerlo. Y al menos el doble de ese número se movía con aire indiferente más allá de los límites, envueltas en el resplandor de la luz del día que se reflejaba sobre sus lustrosos cascos. Sus movimientos transmitían una sensación de desesperación. Parecía haberse renunciado a todo control. Las naves intentaban despegar y aterrizar cuando podían. Varios transportes flotaban cerca del edificio de la terminal, buscando un lugar para posarse pero la muchedumbre aterrorizada no podía, o no quería, apartarse de su camino. Los restos aún ardiendo de al menos media docena de naves más yacían desperdigados por todo el complejo. Los pilotos de las naves que aún volaban no parecían prestarles demasiada atención. Como polillas a una llama, se veían atraídos por los precios exorbitantes que podían cobrarles a quienes lograban subir a bordo. Preocupados por la seguridad de sus naves y de sí mismos, querían llegar y salir lo más deprisa posible.

    «Si todo el mundo está empeñado en salir de este lugar, ¿por qué se esfuerza tanto la Confederación en traerme aquí?» se preguntó Ardo. El frío terriblemente incómodo y devorador que sentía en la boca del estómago volvió a hacerse notar. «No conozco a esta gente. ¡Si ni siquiera sé en qué planeta estoy! ¿Qué estoy haciendo aquí?»

    Sabía cuál era la nave que le había sido asignada —otra Nave de Descenso— y se encontró corriendo hacia ella junto con dos pelotones de Marines. Cada individuo sabía quién era su oficial superior. De modo que el pelotón se formó de forma automática, casi como si estuviera en una especie de campo magnético. Ardo se encontró trotando junto a la teniente que había visto el día anterior. A su lado corría el enorme isleño moreno, ataviado con la que quizá fuera la armadura más grande que hubiera visto en toda su vida. La reconoció: era una Armadura Pesada CMC-660, con generadores de plasma en la espalda. De modo que el gigante era un Murciélago de Fuego, pensó Ardo: una de aquellas unidades lanzallamas que en ocasiones eran tan peligrosas para sus operadores como para el enemigo. Varios hombres más iban con ellos, incluido un técnico ataviado con un mono. «¿Adónde va ése?» pensó Ardo. «¿De vacaciones?»

    El rugido de las Naves Orbitales que despegaban constantemente de las plataformas circundantes no enfrió el entusiasmo del piloto de la Nave de Descenso, ni logró apagar por completo su chillona voz:

    —¡Suban a bordo, niños y niñas, jóvenes y ancianos! —exclamó, con el tono de voz del maestro de pista de un circo—. ¡Vengan a ver el mayor espectáculo del universo! ¡Vean cómo corren los colonos por sus vidas! ¡Admiren cómo se derrumba el gobierno ante sus propios ojos! ¡Asistan a hazañas de pánico no intentadas hasta hoy por el hombre civilizado! ¡Por aquí!

    Ardo se dirigió hacia el Nave de Descenso. El crepitar del fuego automático de las armas gauss resonó en el aire cerca del cordón de los Marines. Ardo se encogió tratando de no pensar en lo que significaba.

    —¡Cutter! —ladró la teniente cuando llegaron a la rampa de embarque.
    —¡Señora! —respondió el gigantesco isleño.
    —Quiero a estos reclutas embarcados en cinco minutos —su autoritaria voz se abrió camino entre el estrépito del motín que estaba teniendo lugar a su alrededor—. Tenemos un trabajo que hacer. Yo me encargaré de organizado cuando estemos en marcha.
    —¡Sí, señora! ¡Ya habéis oído a la dama! ¡Formad una línea!

    El pequeño grupo obedeció. Cutter empezó a recorrer la línea para asegurarse de que todos tenían el equipo preparado para el embarque.

    El piloto se apoyó en el puntal de despegue de la Nave de Descenso y sonrió.

    —¡Muy bien, señoritas! —Cutter se lo estaba pasando en grande—. Ocupad vuestros asientos en el interior. ¡Vamos!

    Ardo recogió su mochila y avanzó, al tiempo que lanzaba una mirada suspicaz a la imagen pintada en el costado de la nave.

    —¿Zorra Valkiria?
    —Eso es, amigo —respondió el piloto con aire orgulloso—. ¡Dicen que una vez que has tenido a una valkiria no montas con ninguna otra! Has venido al lugar correcto… o el lugar equivocado, no sé si me sigues —el flaco piloto tenía el peinado más extravagante que Ardo hubiera visto jamás. Brillantes escarpias de color azul sobresalían desde su cabeza y las áreas que había entre ellas habían sido afeitadas con un trabajo de precisión. Su esbelta figura parecía un amasijo de brazos y piernas, un espantapájaros ataviado con traje de vuelo y dotado de una sonrisa traviesa que parecía enroscarse alrededor de su cabeza—. Tegis Marz es mi nombre. En la periferia soy el Ángel de la Muerte para vosotros, chicos. Encantado de serviros. Si necesitáis cualquier cosa, incluido un buen afeitado de culo, soy el hombre adecuado.
    —Es una trampa mortal y no pienso entrar en ella.

    Tegis se volvió hacia la voz, que había sonado justo detrás de Ardo. Era el técnico. Ardo no recordaba haberlo visto en el transporte que los había llevado a la superficie; debía de llevar allí más tiempo que ellos.

    —¡Es que no puedo ni mirarla! —dijo el hombre del mono. Era de constitución delgada, tenía el rostro suave y llevaba el pelo muy corto. Parecía tan limpio que probablemente rechinase al andar—. ¡Ese pedazo de basura abandonada no se merece ni ser llamado pedazo de basura abandonada!

    Tegis se apartó del puntal de lanzamiento y emitió un gruñido amenazante.

    —¡Tú, resto de vómito de perro! ¡Esta nave es una auténtica preciosidad! ¡No hay otra como ella en toda la flota!
    —¡Eso es porque el resto de la flota está en un estado razonable de conservación!
    —¡Retira eso, Marcus!
    —¡Ni lo sueñes, Tegis!
    —¡Vas a subir a la nave ahora mismo!
    —¡Ni aunque fuera la última nave de esta roca! Tengo más posibilidades lanzándome de cabeza por un acantilado que subiendo a esa trampa mortal. ¿Cuándo vas a crecer y conseguir una nave de verdad?

    Con un grito de indignación, Tegis se abalanzó sobre el técnico. Cayeron al suelo, rodando y dándose golpes. Una nube de polvo rojizo se levantó a su alrededor mientras peleaban; una maraña de brazos y piernas. Un par de gatos callejeros hubieran tenido dificultades para librar una batalla más furiosa.

    Ardo se quedó allí, boquiabierto. Era casi risible.

    Cutter irrumpió en la pelea y apartó a los dos luchadores.

    —Señor Jans, creo recordar que la teniente le ha ordenado subir a bordo. Creo que ahora mismo sería un buen momento para hacerlo.

    El técnico, con la cara roja, siguió arañando el aire en dirección al piloto de la Nave de Descenso. Cutter lo zarandeó con tanta fuerza que al hombre debieron de aflojársele los dientes.

    —¿No cree? —reiteró.

    Marcus Jans dejó de luchar.

    —Sí. Creo que sí.

    Cutter se volvió hacia Tegis Marz. Las puntas de las escarpias capilares del piloto seguían temblando de rabia.

    —¿Y tú, no tienes una nave que pilotar?
    —Sí —replicó Tegis, aún enfurecido—. ¡Y una nave muy buena, coño!
    —Entonces, con todo respeto, señor, puede que deba tomar los mandos —la sonrisa de Cutter estaba tan llena de dientes que parecía que fuera a comerse al próximo que le llevara la contraria—. Tengo una razón para estar aquí y no quiero que nadie se interponga entre mí y el lugar al que voy. Y ahora mismo está usted en mi camino… señor.

    Tegis dejó de moverse.

    —En… en tal caso, pondré a volar este vehículo maravilloso.
    —Hágalo, señor. Gracias, señor —dijo Cutter, al tiempo que los apartaba y los soltaba. Cojeando ligeramente, los dos combatientes se alejaron prestando gran atención al suelo que había bajo sus pies.

    Ardo exhaló un suspiro.

    —¿Y tú, soldado? —dijo Cutter al tiempo que dirigía sus negros ojos hacia Ardo por vez primera—. ¿Vas a ponerte en mi camino?
    —No, señor —respondió Ardo, lamentando no haber conseguido evitar la atención del enorme isleño por más tiempo—. Es lo último que querría hacer, señor.

    El hombretón volvió a sonreír. Había algo diabólicamente travieso y al mismo tiempo peligroso en aquella sonrisa.

    —No, amigo, no soy ningún «señor» —la mano enguantada que le tendió era enorme—. Soy el soldado raso Fetu Koura-Abi, pero por aquí todos me llaman Cutter.
    —Soldado raso Ardo Melnikov —respondió, dando gracias a que la respuesta activa de su guante hubiese compensado lo que de otra manera hubiera podido ser un aplastante apretón—. Encantado de conocerte.
    —No mientas —Cutter esbozó una sonrisa malévola.
    —No lo hago… del todo —replicó Ardo.

    El hombretón echó la cabeza atrás y lanzó una carcajada resonante.

    —¡Vale! Recoge tus cosas. ¡Quiero ir a algún sitio en el que pueda quemar algo! ¿Te ha gustado el espectáculo?

    Ardo recogió el macuto y empezó a subir por la rama del Nave de Descenso.

    —¿Qué? Oh, ¿te refieres al piloto y el técnico?
    —¡Claro! —replicó Cutter, mientras levantaba fácilmente su petate con una sola mano y se lo colgaba del hombro—. Siempre es divertido ver cómo se zurran dos hermanos. Las mejores peleas que he tenido han sido con mis propios hermanos…

    Ardo se volvió.

    —¿Quieres decir… esos dos son…?
    —Es obvio —Cutter sonrió y al mismo tiempo le dio un amigable empujón a Ardo en el arnés de salto que estuvo a punto de dejarlo sin aliento—. No es posible esconder la sangre entre hermanos.

    De improviso se encogió. Ardo vio que una sombra cruzaba sus facciones. Con un inesperado grito, extendió las manos, sujetó el casco de Ardo por el sello y atrajo su rostro hacia él.

    —Por eso estoy aquí, Melnikov. Mis hermanos están en esta bola de polvo rojo, trabajando para los granjeros de tierra adentro. ¡Voy a encontrarlos, Marine, o los vengaré con mi fuego! ¿Te vas a poner en mi camino, Melnikov?

    Ardo le devolvió la furiosa mirada sin pestañear.

    «Ojo por ojo», pensó. «Y luego, ama a aquellos que te odian».

    —Ardo —respondió con tranquilidad—. Puedes llamarme Ardo si quieres.

    Las mejillas de Cutter temblaron.

    —¿Qué?
    —Me llamo Ardo. Confío que tú me dejes llamarte Cutter, porque no creo haber entendido tu nombre de verdad la primera vez.

    Cutter lo soltó. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

    —Claro, Ardo. Me gustas. Puedes llamarme Cutter, amigo. Entonces, confío en que estarás detrás de mí, ¿eh?

    «Lo más lejos posible», pensó Ardo, pero en voz alta dijo:

    —Hasta el final, Cutter.

    Los sistemas hidráulicos resoplaron de repente. La rampa de popa se estaba cerrando rápidamente. Cutter bajó los brazos, volvió a esbozar su sonrisa de enorme Gato de Chesire y retrocedió un paso hacia la pared opuesta. Se estaba peleando con su propio arnés de salto cuando la teniente volvió a aparecer en el compartimiento de personal.

    —Muy bien, escuchadme todos —dijo con voz impasible y poderosa—. Soy la teniente L. Z. Breanne. Soy vuestro oficial para esta misión.
    —¡Ooh! ¡Mirad eso, chicos, tenemos una misión!

    La teniente Breanne continuó con voz calmada y autoritaria.

    —No tenemos mucho tiempo, gente. Le hemos dado las coordenadas de salto al piloto y deberíamos de estar allí en treinta minutos. Hace quince días, las emisoras de los colonos empezaron a dejar de emitir. Las investigaciones iniciales se tradujeron en la pérdida de varios equipos de reconocimiento. Un reconocimiento posterior realizado por una fuerza más numerosa confirmó que este planeta ha sido infestado por lo que ahora llamamos los Zerg…
    —¡Zerg, chicos! —sonrió Alley.
    —Perdón, señora, pero ¿qué es un Zerg? —Mellish sorbió por la nariz.
    —Una nueva forma de vida alienígena. Aún no sabemos demasiado sobre ella pero…
    —¡Sacad la barbacoa! —gritó Cutter.

    Breanne ignoró los gritos.

    —Teniendo en cuenta el nivel de actividad Zerg en este planeta, la Confederación ha decidido retirar a sus operativos de Mar Sara…
    —¡Eh, la Confederación está retirando sus «operativos»! —se burló Marcus.

    Una carcajada se extendió por todo el compartimiento.

    —Para ya, Jans, o te meteré personalmente en una bolsa —la teniente Breanne lo decía en serio y no había una sola persona en aquel compartimiento que pensara lo contrario—. Nuestra misión tiene tres objetivos: primero, conservar el bunker de la posición tres-nueve-dos-siete para apoyar la evacuación de la Confederación; segundo, vigilar la actividad enemiga desde aquella posición; y tercero, recuperar una pequeña tontería que el mando ha perdido por el camino. Eso es todo.
    —Eh, teniente —preguntó Cutter—. ¿Qué clase de tontería?
    —Lo sabrá usted cuando la vea, Cutter —dijo Brearme—. A bordo de la nave encontrarán una unidad de escáner que pueden adosarle a sus armaduras. Ha sido precalibrada para captar las ondas emitidas por el objetivo. No sé lo que es y lo cierto es que me da igual. Pero si la encontramos, es nuestro billete de salida de esta roca. Sabrán más cuando hayamos asegurado la posición.

    Se volvió y ocupó su posición en su arnés de salto. De nuevo, Ardo se encontró frente a la mujer, que ahora era su superior directo.

    —Discúlpeme, teniente —le preguntó. Los motores de la Nave de Descenso estaban empezando a girar.
    —¿Qué pasa, soldado? —Breanne lo miró con aquellos ojos de frío acero.
    —Ha dicho que estábamos aquí para cubrir la evacuación del personal y el equipo de la Confederación, ¿no?
    —Sí, eso forma parte de nuestra misión —replicó ella por encima del ruido cada vez mayor.
    —¿Y qué hay de los colonos? —exclamó Ardo en medio del estruendo—. ¿También vamos a cubrir la evacuación de los colonos?

    Si Breanne tenía una respuesta, no se molestó en dársela. Puede que el ruido de los motores fuese demasiado. Puede que no tuviese respuesta.

    Ardo volvió a acomodarse en el arnés de salto y se preparó con temor para los próximos treinta minutos. Cerró los ojos por un momento y en su mente pudo ver las ruinas del espaciopuerto de Mar Sara, que se hacía más pequeño a medida que se alejaba. A pesar del estruendo que sacudía el casco, hubiera jurado que podía oír los gritos de los miles de desesperados que trataban de escapar.

    Creyó ver el rostro de Melani entre ellos.


    4. Littlefield


    ARDO SOBREVOLABA UN mundo de herrumbre. Las laderas de las distantes montañas eran de herrumbre. Los peñascos que brotaban de la superficie de la tierra eran de herrumbre. Hasta las afueras de la ciudad estaban cubiertas por una capa de herrumbre. Apenas unos días atrás, aquellos edificios estaban ocupados y el fino polvo que soplaba sobre el árido mundo se mantenía a raya con diligencia. Ahora el mundo no perdía el tiempo para reclamar lo que era suyo.

    Todo esto lo experimentó Ardo indirectamente a través de su armadura. Estaba conectado al bus de potencia principal de la Nave de Descenso, que también le transmitía un flujo constante de datos que Ardo podía configurar a voluntad. Había puesto el sistema de sensores en modo externo y al instante la nave se había esfumado a su alrededor. Volaba a solas sobre el paisaje, mientras el sistema de representación ocultaba automáticamente la nave y a todos cuantos había en ella. Era un ave volando a lomos de un chorro de plasma.

    Las afueras de la ciudad quedaron atrás con rapidez. A sus pies se extendía un yermo desolado, cubierto de cráteres y ennegrecido a causa de las batallas que se habían librado antes de su llegada. Las señales dispersas de luchas desesperadas salpicaban la tierra destrozada. Las moles ocasionales de los Buitres y los centenares de transportes civiles formaban retorcidos y ennegrecidos pétalos de metal aquí y allá.

    Ardo sobrevolaba aquel escenario y se hacía muchas preguntas. ¿Dónde estaban los tanques de asedio, la artillería autopropulsada, los Caminantes Goliaths? Lo único que veía debajo de sí era armamento ligero y los restos de la milicia local.

    Y lo que era más importante, ¿dónde los estaban enviando si la batalla ya se había perdido? Miró hacia delante. Su vuelo estaba perdiendo velocidad mientras la nave descendía hacia un aislado complejo de búnkeres y la zona de aterrizaje que había en el interior del perímetro.

    —Mete la cabeza, Marine —la aguda voz de la teniente Breanne se hizo sentir en sus sistemas—. Es hora de desembarcar.

    La Nave de Descenso se materializó casi en el mismo instante en que su atención cambiaba. La teniente estaba mirando con frialdad la máscara de su casco.

    —Sí, señora —respondió al instante—. ¡Preparado, señora!

    La teniente Breanne no le ofreció más que una mirada de un segundo y a continuación se volvió para dirigirse al pelotón. Su voz se abrió paso entre el zumbido de los motores.

    —¡Estamos aquí por una razón, chicos y chicas! Hagamos nuestro trabajo y salgamos. ¿Está claro?
    —¡Señora, sí, señora! —replicaron todos ellos al unísono.
    —Tenéis diez minutos desde el aterrizaje para encontrar vuestro jergón y guardar el equipo. Os presentaréis a mí en el exterior del bunker de mando para proceder a un despliegue inmediato —extendió dos dedos mientras indicaba a los Marines que la rodeaban—. Cutter, Wabowski, quiero que os preparéis para protocolo de Murciélagos de Fuego, categoría cinco. El resto, reconocimiento exhaustivo, categoría tres.

    Ardo realizó las comprobaciones de la categoría 3 en un momento: potencia de armadura, rifle gauss con munición de infantería, sin mochila; sólo lo imprescindible y preparado para todo. También significaba que no se alejarían demasiado del campamento. Después de todo, parecía que iban a tener una tarde agradable.

    La teniente Breanne hizo una pausa mientras recorría con la mirada el compartimiento, ocupado por los miembros de su pelotón. Ardo se preguntó lo que estaría pensando.

    —Si llegáis un minuto tarde, habréis dejado de respirar al siguiente. ¿Está claro?
    —¡Señora, sí, señora!

    Con una fuerte sacudida, la Nave de Descenso aterrizó de repente. Al instante la teniente se sujetó a un asidero y cerró el visor de su casco.

    Estaba sobre la rampa de salida antes de que hubiera tocado el suelo.


    * * *

    Ardo trató de atravesar la escotilla de los barracones pero estaba demasiado confuso. No parecía capaz de concentrarse en tareas sencillas. El petate se le enganchó en algo que había al otro lado de la puerta cuando trataba de entrar. Las risas contenidas que se levantaron por la doble fila de literas hicieron que se ruborizara. Tiró con más fuerza pero de alguna manera su enfado y su azoramiento lograron impedir que soltara la bolsa. Su mente parecía atrapada en una especie de bucle terrible: comprendía lo que estaba ocurriendo pero por alguna razón parecía incapaz de ponerle remedio.

    —Calma, soldado —dijo un Marine de más edad desde una de las literas de arriba—. Deja que te eche una mano.
    —No hace falta que se moleste, señor —gruñó Ardo. Parte de él estaba segura de que el viejo no quería más que avergonzarlo.

    El viejo Marine soltó un bufido y bajó de la litera.

    —Mira chico, no es molestia. Algunas veces basta con que te relajes un poco y las cosas se sueltan solas. Estás tirando demasiado.

    El Marine le puso con suavidad una mano sobre el brazo.

    Ardo se lo sacudió de encima con un movimiento brusco. La armadura le salvó el codo cuando chocó contra la pared de metal y dejó allí una visible abolladura pero el impacto se lo dejó insensible. El macuto cayó al suelo con un sonido metálico.

    El otro Marine sacudió la cabeza y sonrió. Ardo apenas podía verlo a través de su dolor y azoramiento. Llevaba el cabello grisáceo en largos y descuidados rizos y una barba de varios días. Unos ojos oscuros y penetrantes en medio de un rostro retorcido y cubierto de cicatrices. Ardo supuso que debía de rondar los cuarenta, aunque por las marcas de su cara resultaba difícil de asegurar. El rostro, no obstante, seguía sonriéndole al tiempo que alzaba las dos manos con las palmas abiertas en un gesto de rendición. Entonces, con lentitud, el hombre alargó el brazo por la escotilla, metió el macuto en el barracón y lo dejó delante de Ardo.

    —Calma, hermano —dijo—. Parece que hace poco que te han sacado de los tanques de resoc. Te joden la cabeza durante un buen tiempo.

    Ardo se limitó a asentir con aire malhumorado. El hormigueo de su codo estaba remitiendo.

    —Jon Littlefield —dijo el Marine mientras le tendía una mano grande y llena de callos—. Encantado de conocerte, hermano.

    Ardo parpadeó. En el fondo de su mente, algo le estaba gritando desde lejos, pero no entendía lo que le estaba diciendo. Por alguna razón, la idea de que lo llamaran «hermano» le provocaba mareos.

    Los recuerdos botaban y rebotaban en el interior de su cabeza formando una cascada desconcertante.

    —¡Hermano Melnikov! —su joven líder esbozó una brillante sonrisa a la luz del amanecer…

    La voz de su padre:

    «Todos son hermanos a los ojos de Dios, hijo. Los hermanos no se matan entre sí…»

    —¿Hermano? —parpadeó mientras lo decía, tratando de recuperar el equilibrio.
    —Claro —Jon sorbió por la nariz—. Aquí todos somos hermanos… hermanos en las armas, hermanos en el combate. Afróntalo, recluta, aquí sólo nos tenemos los unos a los otros.

    «El rostro cada vez más alejado de Melani, retorcido de horror mientras los Zerg se la llevaban sangrando hacia el césped de la plaza».

    —Sí… por supuesto —dijo Ardo mientras sus ojos miraban el suelo—. Sólo nos tenemos los unos a los otros.

    Jon Littlefield recogió su macuto y lo arrojó sobre la litera que había debajo de la suya.

    —No te preocupes, hijo. Yo mismo me he pasado «con el subidón» la mayor parte de mi vida como Marine. Quédate a mi lado y no habrá problemas. Te arreglaremos la cabeza y empezarás a sentirte mejor en menos que canta un gallo.

    Ardo lanzó una mirada vacía a Jon Littlefield. Si Littlefield rondaba los cuarenta, el hombre era viejo… más viejo que cualquier Marine que recordara haber visto. Había visto hombres más viejos, por supuesto, allí en Plenitud. Todos los Patriarcas de la colonia eran ancianos de cabello cano. Recordaba que todos ellos parecían muy sabios. En aquel momento había resultado reconfortante tener líderes que hubieran vivido tanto tiempo. Su sabiduría la habían obtenido por sí mismos, no era un préstamo de cualquier otro. Ahora que lo pensaba, Littlefield era el Marine más viejo que hubiera visto de menor graduación que un coronel.

    «Viejo a los treinta» no aparecía en ninguno de los carteles de reclutamiento.
    «¿Y a mí qué?», pensó Ardo. «No me alisté por el plan de pensiones. Lo hice para pagar a los Zerg lo que les debo y si consigo hacerlo antes de que acaben conmigo, mejor que mejor».

    Cutter introdujo con destreza su corpachón por la escotilla. Su mole llenaba prácticamente el espacio que había entre Ardo y Littlefield.

    —¡Vaya, el sargento Littlefield! —el sarcasmo y el desdén de Cutter resultaban evidentes mientras dirigía la mirada hacia el viejo Marine—. ¿No era el capitán Littlefield la última vez que servimos juntos, señor?

    Ardo se quedó boquiabierto al ver que un soldado trataba con semejante falta de respeto a un superior, aunque no fuera más que un suboficial.

    Aparentemente, Jon decidió ignorar el insulto mientras sonreía y respondía:

    —Es una suerte contar con usted en mi pelotón, soldado. Ahora será mejor que se dé prisa. La teniente Breanne tiene un abejorro en el culo y no parará hasta que se haya vertido un poco de sangre en uno u otro bando. ¡Ya conoce el procedimiento, así que prepárese y en marcha!


    5. Tiempo de misión


    EL VIENTO AZOTABA EL escarpado y desolado paisaje. Ardo podía sentir cómo se introducían los granos de arena en las junturas de su Armadura de Combate. No había manera de evitarlo. El pelotón estaba formado y en posición de firmes. Si se le ocurría hacer un movimiento, seguro que la teniente Breanne se encargaba de que fuera el último.

    A pesar de que la armadura mantenía controlada su temperatura corporal para que su capacidad de rendimiento fuera máxima, sintió que un reguero de sudor empezaba a avanzar entre sus omóplatos en dirección al final de su espalda. Puede que el sargento Littlefield tuviera razón. Puede que algo siguiera trastocado en su cabeza después de la sesión de resoc a la que lo habían sometido en el espaciopuerto. Estaba teniendo dificultades para concentrarse y había un presentimiento acechando en las fronteras de su pensamiento consciente. Su padre solía llamar a esa clase de sensaciones «premoniciones del Espíritu», pequeñas voces silenciosas que se aparecían a los hombres para ofrecerles consejo divino.

    —Sigue a esa voz —le había dicho su padre— y nunca te llevará por el mal camino.

    ¿Dónde estaba ese Espíritu benévolo cuando los Zerg habían despedazado a sus padres miembro a miembro?

    Un dolor agudo y cegador estalló detrás de su ojo derecho. Ardo se encogió al tiempo que un ataque de náuseas lo sacudía. La imagen de su desayuno desparramado sobre el visor del casco pasó por su imaginación. «Littlefield ha dicho que pasaría», pensó Ardo mientras trataba de recuperar el equilibrio mental. «Espera un momento y todo irá bien».

    Trató de concentrarse en la teniente Breanne. Estaba frente a ellos, con el visor polarizado del casco bajado para que todos pudieran verle el rostro mientras hablaba. Los miembros del pelotón miraban al frente con rigidez. Ninguno de ellos quería que le mirara los ojos al pasar a su lado.

    —Mientras todos se marchan, a nosotros nos ordenan venir, queridos míos —su voz resonaba frente a ellos, ligeramente distorsionada por el casco que llevaba. Los sistemas de corrección auditiva de los trajes hacían que tanto los sonidos externos como los transmitidos parecieran originarse delante de cada uno—. El ejército entero de la Confederación está abandonando la superficie de esta roca.

    ¿Y qué hay de los colonos?, pensó Ardo. ¿Los está abandonando la Confederación?

    —Antes de que podamos reunimos con nuestras camaradas fuera de esta bola de polvo, tenemos que hacer un trabajo.
    —¡Quemar hasta el último de ellos, señora! —la interrumpió Cutter con entusiasmo y una voz seca y marcial.

    Como respuesta, Breanne sonrió con aire de loba.

    —Tendrá barbacoas de sobra antes de que esto haya terminado, señor Koura-Abi. Le sugeriría, no obstante, que hagamos primero nuestro trabajo y abandonemos esta roca mientras aún haya una salida.
    —¡Señora, sí, señora! —Cutter parecía un poco decepcionado.
    —Nuestro nuevo hogar, lo digo por si alguno de ustedes se lo está preguntando, es el Complejo de Búnkeres 3847. Hace una semana era un puesto avanzado que servía como asentamiento civil. La gente lo llamaba Pintoresco, dios sabe por qué. Ahora es nuestro. Disfrútenlo mientras puedan porque no pienso permanecer en él un segundo más de lo estrictamente necesario para nuestra misión.

    »Hay una vieja instalación de bombeo en el fondo de un cráter situado al norte de aquí. Es un montón de basura llamado Oasis a unos tres puntos en un radial de treinta y cinco grados desde el transmisor de mando. Ajusten sus transreceptores de navegación a estas coordenadas. El capitán Marz —el piloto, de pie en medio del polvo y con la mirada entornada, hizo un leve ademán a modo de renuente presentación— nos dará cobertura desde arriba y dirigirá nuestros movimientos.

    —¿Cobertura? —era Sejak, el muchacho—. ¿Con una Nave de Descenso?
    —Le han colocado a la Zorra un receptor especial, señor Sejak, para ayudarnos a localizar lo que estamos buscando. ¿Algún problema con eso, señor?

    El tono de su voz debía de haber congelado por dentro el casco de Sejak.

    —¡No, señora!
    —Encontramos esa cosa, la cogemos y nos marchamos. Rápido y limpio. El cabo Smith-Puuhn dirigirá el Primer Pelotón en los deslizadores Buitre, junto con Bowers, Fu, Peaches y Wisdom. ¿Littlefield?
    —¡Sí, señora! —la voz del viejo Marine sonó con fuerza en el interior del casco de Ardo. Littlefield estaba a su lado.
    —Encárguese usted del Segundo Pelotón: Alley, Bernelli, Melnikov y Xiang. Cutter y Ekart les proporcionarán apoyo pesado de Murciélagos de Fuego.

    Ardo trató de recordar los nombres de sus compañeros de pelotón. A Bernelli, Xiang y Ekart no los conocía todavía. Cutter seguía siendo una incógnita muy peligrosa. No obstante, y ya que había que tener un líder de pelotón, Littlefield le inspiraba un poco más de confianza de lo normal.

    —¡Señora, sí, señora! —ladró Littlefield con entusiasmo como respuesta.

    Breanne apenas lo advirtió.

    —Jensen, usted dirige el Tercer Pelotón: Collin, Mellish, Esson y M'butu. Wabowski se encargará del apoyo de Murciélago de Fuego.
    —Sí, señora —respondió Jensen sin demasiado entusiasmo. Ardo confiaba en que el hombre luchase mejor de lo que hablaba. Parecía estar a punto de quedarse dormido allí mismo.
    —La Nave de Descenso volará a gran altitud para proporcionarnos cobertura y apoyo de sensores hasta que hayamos dado con el gran premio. Entonces podremos salir de esta roca. ¿Alguna pregunta?

    Lo dijo como un desafío, no como una invitación.

    Ardo no pudo contenerse. Se adelantó un paso y saludó al tiempo que hablaba:

    —¡Señora, sí, señora!
    —¿Sí, señor… Melkof? Es así, ¿no?
    —Melnikov, señora. Le ruego que me disculpe, señora.
    —¿Cuál es su pregunta, Melnikov?
    —¿Qué es lo que estamos buscando, señora?

    La teniente Breanne apartó la mirada y sus ojos enfocaron la lejanía.

    —Una caja, soldado, sólo una caja.


    * * *

    Ardo se sentía muy bien. Le encantaba correr con la armadura. Era como volar sin el menor esfuerzo sobre la tierra. Los guijarros rodaban bajo sus pies y una nube de polvo de color salmón se levantaba al paso de sus compañeros y él.

    Cambió la visión de su armadura al modo de navegación. Cuando miraba en una dirección, el visor superponía a la escena el mapa de los alrededores y etiquetas con los hitos del paisaje más destacables. A pesar de lo que había dicho la teniente, Pintoresco era un nombre apropiado. La misión principal del asentamiento había sido la de mantener en funcionamiento la instalación de extracción de agua para las tuberías que salían de Oasis. Estaba situado en el borde mismo del acantilado que marcaba el extremo de la Cuenca, un cráter de impacto de grandes dimensiones. Los bordes del cráter se habían erosionado con el paso del tiempo. Su visor identificó los picachos que había a su izquierda como «Muro de Piedra» y le dio a la cima que había a su izquierda el embarazosamente apropiado nombre de «Pezón de Molly». Por su parte, el cráter era un yermo desértico, como casi todo el planeta de Mar Sara, pero había en su irregularidad una belleza severa que complacía al ojo de Ardo.

    Un camino descendía serpenteando por la empinada ladera del cráter. Ardo volvió a sonreír al pensar en los habitantes del lugar descendiendo trabajosamente por la traicionera vereda antes de llegar al suelo del valle. Los Marines no sufrían tales inconvenientes. El pelotón había saltado desde el borde del acantilado y había galopado por la ladera hasta llegar al suelo. Las armaduras estaban diseñadas para soportar bastante más castigo que el provocado al rodar por una ladera. Y los Marines que había en su interior, pensó divertido, eran aún más duros que los trajes que llevaban.

    —El orgullo… —era la voz de su padre—. El orgullo precede a la caída…

    Ardo frunció el ceño. Su dolor de cabeza amenazaba de repente con volver. Mejor no pensar en ello y concentrarse en el trabajo.

    El Primer Pelotón flotaba a la derecha del suyo en sus hover-cicletas. Normalmente, el pelotón hubiera contado con el apoyo de unidades móviles en tanques de asedio e incluso un par de Goliaths. Ardo pensaba que el Primer Pelotón había llegado creyendo que tendría a su disposición equipo pesado de esa clase. Pero les esperaba una decepción, puesto que no había para ellos más que Hover Motos del modelo Buitre que hasta entonces habían pertenecido a la milicia local. Eran rápidas, ágiles y muy maniobrables y proporcionaban a sus conductores tanta protección como un sombrero de papel. El líder del pelotón, un cabo llamado Smith-Puuhn, estaba teniendo dificultades para mantenerse alineado con los otros dos pelotones de Marines que avanzaban por el suelo del cráter.

    El Tercer Pelotón corría por el flanco izquierdo, mientras el Segundo Pelotón, el de Ardo, marchaba como avanzadilla. Todos corrían en una línea, por una ladera que se allanaba un poco más a cada segundo que pasaba. Por encima de todos ellos, aullaba la Zorra Valquiria mientras los chorros de sus motores levantaban una nube de polvo detrás de la del pelotón.

    La teniente Breanne corría un poco retrasada respecto al Tercer Pelotón. Aquello era sorprendente. Ardo había supuesto que permanecería en la Nave de Descenso y dirigiría la función desde allí. Había servido con muchos comandantes que preferían mandar a sus pelotones desde una posición remota y segura. La opinión que Breanne le merecía subió varios puntos.

    El suelo se estremecía con cada paso que daba. El traje insuflaba oxígeno en generosas cantidades, lo que hacía que se sintiera vivo, preparado y ansioso por cumplir con su deber para con la Confederación.

    Somos duros, pensó. Todo el mundo lo dice… aunque no recordaba quién lo había dicho ni dónde lo había oído.

    Lo único que sabía era que Oasis estaba apareciendo a toda velocidad frente a él y que por fin tendría la ocasión de cobrarse venganza por lo que los Zerg le habían hecho.


    * * *

    TRANSCRIPCIÓN / CONCOM417 / MET: 00:04:23

    OM: teniente L.Z. BREANNE, al mando.
    3 Pelotones: 1:a-e (Mee/ Cicl); 2:a-g (M/ Inf); 3: a-f (M/ Inf)
    Apoyo: ND (Nave de Descenso Zorra Valquiria)/ Tegis Marz, piloto.


    INICIO:

    OM: BREANNE: ¡Muy bien, reclutas! ¡Es horade currar! Primer Pelotón, rodeen el perímetro.
    1a/ SMITH-PUUHN: ¿… repetirlo? ¿Puede repetirlo?
    OM: BREANNE: ¡Primer Pelotón… rodeen Oasis e informen!
    1a/ SMITH-PUUHN: de acuerdo, recibido… Fu, sitúese a la izquierda y gane altura. Y no se me desbande. ¡Como empiece a dejarme atrás otra vez, le juro que me las paga!
    1b/ BOWERS: ¡Sí, yo también lo quiero, cabo!
    OM: BREANNE: Segundo Pelotón, cubran al Primer Pelotón en aquella barricada.
    2a/ LITTLEFIELD: recibido. ¡Vamos!
    OM: BREANNE: Tercer Pelotón…
    3b/ WABOWSKI: ¡Eh, ya estamos aquí, señora!
    OM: BREANNE: … avancen y reconozcan el… Cutter, va usted a esperar mis órdenes si no quiere que tapice las paredes de la oficina con su pellejo.
    3a/ JENSEN: ¡Roger, teniente! Estamos en la brecha.
    MET: 00:04:24
    3c/ COLLINS: ¡Eh, sargento! ¿Qué es esta mierda? ¡Está por todo el suelo!
    3b/ WABOWSKI: es mierda de Zerg, Ekart. Lo cubren todo con ella cuando llegan.
    2e/ ALLEY: ¡Dios, es asqueroso! Es como si esos bichos hubieran cubierto el pueblo entero de vómitos negros.
    2a/ LITTLEFIELD: cierra el pico, Alley… ¡Y cuidado adonde apuntas! ¡Estás moviendo ese rifle como si esto fuera un desfile!
    MET: 00:04:25
    2e/ ALLEY: estoy vigilándoles la espalda, sargento. No se baje las medias…
    3a/ JENSEN: teniente, aquí Jensen, estoy en la brecha. Hay un montón de mierda Zerg por aquí. Tiene que haber una colonia cerca.
    1a/ SMITH-PUUHN: ¡Eso es una gilipollez, teniente! ¡Acabamos de terminar la ronda y no hemos encontrado ninguna madriguera!
    1b/ BOWERS: sí, díselo a esos, Smith-Puuhn.
    3a/ JENSEN: … lo que usted quiera, cabo, pero ésta es la mierda que hay en las madrigueras y cubre toda la calle principal y rodea los edificios. No sé de dónde viene.
    1a/ SMITH-PUUHN: ¡Eso es porque no viene de ninguna parte, Jensen! Te lo estoy diciendo…
    MET: 00:04:26
    OM: BREANNE: silencio, Smith-Puuhn. Jensen, ¿algún contacto?
    3b/ JENSEN: sólo esta mierda, teniente. Por lo demás, negativo.
    OM: BREANNE: Muy bien. Marz, ¿qué me dice? ¿Hay algo…?
    1a/ SMITH-PUUHN: Fu, te lo digo por última vez, sube ese trasto. ¡Wisdom! Enderézalo, ¿quieres? ¡Y cuidado con esas tuberías! ¡Si le das a una de ellas te capo!
    ND/ VALQUIRIA: repita, teniente.
    OM: BREANNE: ¿Hay alguna señal de lo que buscamos?
    ND/ VALQUIRIA: negativo, teniente. El sensor no capta nada aún. Creo que esos edificios provocan muchas interferencias. Tienen que…
    1b/ BOWERS: no te acerques más, Smith-Puuhn. ¿O quieres que conduzca la moto por ti?
    OM: BREANNE: ¡Cierre el pico, Bowers! Marz, repita.
    ND/ VALQUIRIA: los pelotones tienen que acercarse más. Mándelos dentro.
    2e/ ALLEY: ¿Ahí? ¡Debe de estar de coña!
    OM: BREANNE: Roger, Marz. Segundo Pelotón, avance. Tercer Pelotón…
    2a/ LITTLEFIELD: recibido… avanzando.
    OM: BREANNE: … y reconozcan los edificios de la zona este hasta la…
    3a/ JENSEN: repita. Repita.
    OM: BREANNE: he dicho que se dispersen y reconozcan los edificios de la zona este hasta la torre de comunicaciones. Segundo Pelotón…
    1b/ BOWERS: ¡Ahí no hay nada, Smith-Puuhn! Estamos dando palos de ciego.
    1a/ SMITH-PUUHN: da gracias, Bowers, porque si hubiera algo ahí…
    OM: BREANNE: ¡Dejen de parlotear en el canal de mando! Segundo Pelotón, por el lado oeste. Avancen entre los condensadores y diríjanse hacia el centro administrativo.
    MET: 00:04:27
    2a/ LITTLEFIELD: Roger. Estamos en ello. Sejak, ve con Mellish y comprueba los condensadores. El resto que venga conmigo.
    3a/ JENSEN: ¡Ya habéis oído a la señora! Cutter, sigue a Alley y Xiang por la calle principal. Ekart, ve con Melnikov y Bernelli. Seguid por esa calle y dirigíos hacia el norte por…
    1d/ PEACHES: ¡Eh, Smith-Puuhn! ¿Has visto eso?
    1a/ SMITH-PUUHN: ya has oído a la señora, Wisdom. Corta la charla…
    1d/ PEACHES: ¡Algo se ha movido ahí!
    1a/ SMITH-PUUHN: ¿Dónde?
    1b/ BOWERS: ¡No se mueve nada, os lo digo yo!
    MET: 00:04:28
    3d/ MELLISH: ¿Sargento? ¿Se puede caminar sobre esta… esta cosa viscosa?
    3a/ JENSEN: se llama Biomasa, Mellish. Sí, puedes caminar sobre ella. Parece húmeda pero probablemente sea más dura que tu armadura.
    2a/ LITTLEFIELD: seguid moviendo esos sensores, chicas. Cuanto antes encontremos lo que venimos a buscar, antes podremos largarnos.
    1e/ WISDOM: Peaches tiene razón, cabo. Algo se mueve ahí dentro.
    1b/ BOWERS: ¡Estás viendo visiones, Wisdom!
    1d/ PEACHES: no, yo también lo veo. ¡Junto a la torre de comunicaciones, entre las sombras!
    OM: BREANNE: acabemos con esto y salgamos de aquí. Marz, ¿algo?
    MET: 00:04:29
    ND/ VALQUIRIA: aún no, teniente… que sigan moviéndose.
    2d/ MELNIKOV: ¡Eh, creo que hay algo aquí!
    OM: BREANNE: Melnikov… ¿Qué pasa?
    2d/ MELNIKOV: sargento, creo que tiene que echar un vistazo a esto.
    2a/ LITTLEFIELD: ¿Dónde estás, Melnikov?
    MET: 00:04:30
    2a/ LITTLEFIELD: repite, Melnikov. ¿Dónde estás?
    OM: BREANNE: Littlefield, ¿qué pasa?
    2a/ LITTLEFIELD: Ekart, ¿dónde está Melnikov?
    2g/ EKART: no soy la niñera del chico, sargento.
    2a/ LITTLEFIELD: Ekart, responde.
    2g/ EKART: ¡Mire, estaba detrás de mí hace un minuto!
    2a/ LITTLEFIELD: ¿Bernelli?
    2c/ BERNELLI: acaba de doblar la esquina, sargento.
    2a/ LITTLEFIELD: ¿Puedes verlo?
    2c/ BERNELLI: bueno, está justo… Eh, ¿adónde ha ido?
    MET: 00:04:31
    OM: BREANNE: ¡Melnikov, informe!
    MET: 00:04:32
    OM: BREANNE: ¡Melnikov, informe!


    6. Madriguera de ratón


    ARDO CAÍA.

    Había en aquella caída algo ajeno al tiempo, era como un descenso en una negrura que no parecía tener fin. Los golpes de su casco contra las paredes invisibles del pozo por el que estaba cayendo interrumpían su descenso. De tanto en cuanto sus brazos y piernas se doblaban y retorcían a causa de los impactos pero los sistemas servodirigidos de seguridad automática de la armadura habían impedido que sufrieran daños de consideración. Pero seguía cayendo, adentrándose cada vez más en la inconcebible negrura que se abría debajo de él.

    Se detuvo con una sacudida, envuelto en una cascada de escombros, y aterrizó cabeza abajo sobre el suelo del pozo. La armadura le había salvado la vida reaccionando de manera automática pero ahora los bordes rotos y desprendidos del pozo estaban derrumbándose sobre él y lo enterraban en las entrañas de un mundo que no era el suyo.

    El pánico se apoderó de él. Gritó: un grito que resonó vacío y privado de fuerzas en sus oídos a pesar de haber rebotado en el interior de su casco. Sacudió brazos y piernas contra los escombros y sus pies golpearon los objetos que rodaban a su alrededor. Se puso de pie con dificultades.

    Perdió el equilibrio en su apresuramiento y volvió a caer de espaldas, sacudiendo los brazos en un intento por encontrar algún asidero. Su espalda golpeó la pared resbaladiza que tenía detrás. Allí, al fin con las piernas temblorosas debajo del cuerpo, logró incorporarse apoyándose en la pared, al tiempo que boqueaba buscando aire y trataba de recobrar el control de sí mismo.

    La oscuridad lo rodeaba, completa y penetrante.

    Se estremeció tratando de contener su acelerada respiración.

    «Respira hondo, Ardo —decía su madre con preocupación en la mirada—. No digas nada hasta que hayas respirado hondo».

    Inspiró temblorosamente.

    —Melnikov a… Melnikov a… ¡Cutter! ¡Vamos, Cutter!

    Sólo oyó un débil siseo en los oídos.

    Volvió a respirar hondo, asustado.

    —¿Ekart…? ¿Bernelli? ¿Me… me recibís? ¡Vamos, Ekart! ¡Bernelli, he caído por un pozo en…!

    ¿Dónde? La pantalla de posición del visor estaba apagada. En el marcador de navegación parpadeaba la señal CP, que significaba que había perdido el contacto con la baliza de posicionamiento de la base. ¿Cuánto había caído? Recordaba haber estado caminando sobre la Biomasa en dirección a la torre, desde el este…

    Se quedó sin aliento. ¡La Biomasa!

    Instintivamente levantó el cañón del rifle gauss y apuntó hacia delante con la mano derecha. Con la izquierda tanteó a sus espaldas hasta encontrar la pared. El guantelete de la armadura resbaló por la húmeda superficie cubierta de nervaduras.

    —¡Maldición! —resolló, mientras el temor hacía que los ojos se le abrieran como platos.

    Empuñó el rifle gauss con ambas manos y se apartó de la pared. Se inclinó ligeramente hacia delante, tal como le habían enseñado a hacer.

    —¡Luz! ¡Espectro completo!

    Los focos del casco cobraron vida de repente.

    El Zergling se encontraba como mínimo a diez metros del túnel que se abría inmediatamente a la izquierda de Ardo. La horrenda criatura se volvió de repente hacia la luz, al mismo tiempo que Ardo recuperaba el control. Las alargadas y marfileñas garras que sobresalían de cada antebrazo se cerraron con un chasquido en dirección al aterrorizado Marine. La cabeza del Zergling, de color pardo vómito, se echó hacia atrás mientras profería un chirrido ominoso.

    Ardo no tuvo tiempo de pensar. Instrucción. Instinto. Volteó el arma mientras la pantalla de su visor cambiaba de forma automática al modo de ataque.

    El Zergling se precipitó por el corredor, impelido a prodigiosa velocidad por unas patas traseras de bordes afilados como cuchillas.

    «No matarás» —susurró una voz en el fondo de su mente.

    Ardo apretó el gatillo y se inclinó sobre el rifle.

    El cañón del rifle gauss escupía treinta proyectiles de punta de acero por segundo. Quince estallidos sónicos traquetearon en el aire.

    Ardo soltó el gatillo. Ráfagas cortas. Instrucción.

    Al menos la mitad de la ráfaga original había acertado, destrozando la carne del Zergling y salpicando las paredes con su sangre. Un icor verdoso y negro manaba de las heridas abiertas en el torso de la criatura.

    El Zergling no se frenó.

    Ahora los separaban diez metros.

    Ardo volvió a apretar el gatillo. «Ráfagas más largas», pensó de manera automática, mientras su mente consciente era apartada a un lado en medio de un alarido.

    El rifle gauss volvió a tronar. La trayectoria de las trazadoras se registraba en su pantalla visual y corregía de forma automática el seguimiento del coloso de odio y muerte que trataba de alcanzarlo. Saltaban pedazos del caparazón de la criatura y chocaban contra las paredes y el duro suelo del túnel de esporas. Brotaba sangre negra de las arterias expuestas y la criatura se estremecía con cada impacto.

    Ardo volvió a soltar el gatillo.

    Cinco metros.

    El Zergling, echando espumarajos por la boca de largos colmillos, se tambaleó, pero logró reponerse y —aunque pareciera imposible— siguió adelante.

    Ardo, con los ojos muy abiertos a causa del terror, apretó el gatillo. El rifle gauss respondió casi al instante. Una nueva andanada de metal ardiente salió disparada contra su enemigo y lo atravesó. Pero la criatura siguió avanzando contra la lluvia de acero que la golpeaba. En aquel instante el entrenamiento de Ardo se evaporó. Un grito, puro e inconsciente en su intensidad, brotó de su garganta. El animal que había en su interior tomó el control. La Confederación dejó de existir. Los Marines dejaron de existir. Sólo estaba Ardo, con la espalda contra el muro, luchando por su vida.

    Un metro.

    Los ojos de Ardo estaban paralizados, incapaces de pestañear, mientras el horripilante rostro del alienígena se le acercaba un poco más. El rifle gauss dejó de disparar a pesar de que Ardo seguía apretando frenéticamente el gatillo. El cargador estaba vacío. El suave y moteado rostro del Zergling chocó contra el casco de Ardo. Éste fue incapaz de apartar la mirada. Contempló aquellos ojos negros, carentes de alma, que se encontraban a escasos centímetros de los suyos. Sus manos sacudieron el rifle de asalto, confiando contra lo que dictaba la razón en que de alguna manera pudiera volver a disparar.

    Ardo no podía dejar de gritar.

    Lentamente, el rostro del Zergling resbaló sobre el casco y su torso cayó fláccido en los brazos de Ardo.

    Éste retrocedió tambaleándose. Las botas de su armadura estuvieron a punto de resbalar mientras se apartaba de los destrozados restos de la repulsiva criatura. Con manos temblorosas sacó el cargador del rifle. Golpeó uno nuevo contra el casco para limpiarlo de la arena que pudiera habérsele metido, más por instinto que por necesidad real, antes de introducirlo en el arma y volver a prepararla.

    El Zergling yacía a sus pies. Había perdido casi la mitad del caparazón. Ardo vio que había perdido un brazo, que había salido despedido por el corredor de esporas. En el suelo se estaba formando un charco negro cada vez más grande.

    Aún respiraba.

    «Todas las criaturas de Dios nuestro Señor —cantaba su madre—. Levanta la voz y oye cómo cantamos…»

    Sin poder evitarlo, Ardo empezó a temblar.

    Tenía doce años y estaba en la clase dominical.

    «Pero éstas, como salvajes bestias de la naturaleza, hechas para ser abatidas y destruidas, hablan mal de todo aquello que no comprenden; y habrán de perecer por completo en su propia corrupción… —las bestias eran interesantes para un niño de doce años…»


    * * *

    El Zergling se estremeció a sus pies. Los ojos vacíos y negros del monstruo lo miraban.

    —Y dijo Dios, «y produzcan las aguas gran cantidad de criaturas…»

    Ardo no podía respirar.

    Vencido por el pánico, soltó su rifle. Sus manos arañaron el cierre del casco. Se le resistió un momento pero al fin se abrió con un chasquido diáfano. De un golpe bajó el visor al tiempo que caía a cuatro patas.

    Su desayuno se derramó en un torrente sobre el suelo del túnel de esporas. Los brazos lo sostenían pero seguían temblando de forma incontrolable. Volvió a vomitar, y luego otra vez.

    No fue hasta entonces que advirtió un hedor en el túnel diferente al suyo. Trató de vomitar dos veces y supo que no quedaba nada en su estómago. Se limpió la mano en la ahora manchada armadura antes de volver a cerrar el visor del casco para no tener que seguir oliendo aquello.

    Finalmente, tembloroso y débil, trató de incorporarse. Descubrió que le era imposible ponerse en pie. Así que se sentó con la espalda apoyada en la pared del pozo y levantó las rodillas hasta el pecho.

    «No matarás…»

    El Zergling dejó de sacudirse. Lo vio morir frente a sus ojos y se preguntó cómo podía haber tomado una vida… una vida que sólo Dios podía conceder.

    Ardo había matado.

    «No matarás…»

    El Marine empezó a sollozaren silencio, balanceándose adelante y atrás en el fondo del pozo.

    Había matado. Nunca había matado hasta entonces. Había sido entrenado, condicionado, instruido y sometido a simulaciones tantas veces y de tantas maneras diferentes que no podía recordarlas. Pero hasta aquel momento, jamás había privado a criatura alguna de su vida.

    Su madre le había enseñado que matar era un pecado. Su padre le había enseñado a respetar toda vida, puesto que era un don de Dios. ¿Dónde estaban sus padres ahora? ¿Dónde estaba su fe ahora? ¿Dónde estaba su esperanza? Muertas junto con ellos en un planeta lejano llamado Plenitud. Destruidas por los mismos demonios del infierno, se dijo. Pero aquellas palabras se le antojaron vacías, excusas para esquivar la verdad, tal como su padre solía decirle…

    «… y produzcan las aguas gran cantidad de criaturas de alma viviente. Y Dios vio que esto era bueno».

    Ardo levantó un poco más las rodillas. Parecía incapaz de pensar.

    La pantalla del interior de su visor empezó a parpadear de manera insistente. Los sensores de movimiento habían captado actividad en la negrura del túnel de esporas que se extendía delante de él pero la mente de Ardo parecía paralizada, incapaz de comprender la importancia del hecho.

    —Lo siento, mamá —musitaba entre lágrimas—. No quería hacerlo. No quería…

    Empezó a sonar un crujido en el interior de su casco.

    «Ojo por ojo… diente por diente…»

    Ardo se apretó las piernas con más fuerza.

    —¡… abajo… sargento! ¡… por este agujero! —el crujido empezó a convertirse en palabras. Ardo apenas las oía, como si pertenecieran a una conversación sostenida a una gran distancia.

    La pantalla del casco se centró en el movimiento. La lectura empezó a actualizarse: sesenta metros y acercándose.

    —… este pozo —de repente el sonido se hizo claro para Ardo. Reconoció vagamente la voz de Bernelli—. ¡Mierda! Debe de tener más de treinta metros de profundidad. ¡Eh, Melnikov! ¿Aún…?

    Ardo pestañeó y aspiró entrecortadamente.

    Múltiples contactos aparecieron en la pantalla del visor. Su número estaba aumentando sin cesar.

    —… fondo de un viejo pozo, sargento —la voz continuó crujiendo en sus oídos—. La Biomasa debió de cubrirlo y ha caído por él. No puedo verlo pero no me contesta.

    Cuarenta metros y acercándose.

    Mamá había desaparecido. Papá había desaparecido. Melani había desaparecido. «Yo soy el único que queda para recordarlos», comprendió Ardo.

    Treinta metros y acercándose.

    Levantó la mirada. Podía ver las luces del traje de Bernelli en la lejanía.

    Alguien tenía que vivir.

    —Estoy aquí —exclamó mientras alargaba los brazos y recogía el rifle gauss del suelo. Sacó rápidamente el gancho del bolsillo y lo introdujo en cañón del rifle—. Apartaos, voy a lanzar el gancho.
    —Eh, tío, creíamos que te habíamos perdido.
    —Hoy no —respondió.

    Treinta metros y acercándose.

    Disparó el gancho por el pozo. La cuerda de monofilamento se desenrolló desde el torno automático de la parte trasera de su armadura.

    Bajó la mirada hacia el suelo cuando se activó el mecanismo de subida. Una fría sonrisa se formó en su rostro cubierto de lágrimas mientras sus pies abandonaban el suelo del túnel de esporas.

    —Hoy no.


    7. Asado y en su punto


    LAS ENORMES MANOS DE Cutter se introdujeron en el pozo y sacaron a Ardo de allí, con armadura de combate y todo. Acababa de salir del agujero cuando tres compañeros de pelotón empezaron a disparar en su interior.

    —¡Sargento! —gritó Alley con un poco más de excitación en la voz de la que le hubiera gustado—. Están subiendo. ¡Mierda! ¡Son muchísimos!
    —¡No os quedéis ahí parados, coño! ¡Fuego a discreción! —gritó Littlefield por el canal de mando.
    —¿Tocando los cojones, so macarra? —gruñó el isleño con el casco pegado al de Ardo—. ¿Querías llevarte toda la gloria acabando con ellos tú solo?
    —Aparta de ahí, Cutter —dijo Littlefield con voz tensa—. La teniente quiere tener unas palabras con el chico ahora mismo. ¡Alley! Mantén fuego de supresión. ¡Ekart, Chiang, empezad a machacar este agujero ahora mismo! Bernelli, una carga de demolición. Cuando hayáis acabado con ellos, no quiero que a los Zerg se les ocurra siquiera volver a abrir un agujero aquí. En cuanto podáis, llevad vuestros culos al edificio de Administración. Tened los ojos bien abiertos. Si hay un agujero de esporas aquí, tiene que haber más y no quiero que ninguno de ellos me dé un toquecito en el hombro. ¿Está claro?

    El pelotón asintió mientras descargaba una lluvia de muerte sobre el agujero que se abría a sus pies.

    —Cutter, vigílame a esos novatos y devuélvemelos de una pieza.
    —¡Maldición, sargento! —protestó Cutter—. ¡No he matado un solo bicho en todo el día!

    Littlefield pareció observar con atención al Murciélago de Fuego durante un momento. Había tristeza en sus ojos pero habló con voz sólida y clara.

    —Habrá enemigos de sobra antes de que termine el día, Cutter. Voy a necesitar a esos hombres, los quiero enteros, ¿está claro?
    —Claro, señor —Cutter sorbió por la nariz—. Como el agua.

    Littlefield se volvió hacia Ardo.

    —¡A paso ligero, Marine! ¡Vamos!

    El sargento Littlefield no perdía el tiempo y se había adelantado varios pasos. El viejo Marine corría por las callejuelas de Oasis mientras Ardo trataba desesperadamente de seguirle el paso. La Biomasa seguía bajo sus pies. Ardo temía que en cualquier momento se fracturara bajo él y se precipitara a una situación aún más desesperada que la de antes. Pero por mucho miedo que tuviera, había algo en su interior que temía aún más desobedecer las órdenes del sargento.

    El canal táctico no le permitía formarse una imagen clara de lo que estaba ocurriendo pero lo que oía no sonaba bien.

    —¡Mierda, tío! ¡No se detienen!
    —¡Tú sigue machacándolos, tío!
    —¡Ya lo hago, hombre! Me he quedado casi sin municiones…
    —¡Apartaos, señoritas! ¡Es hora de asar unos cuantos Zerg!

    «Cutter», pensó Ardo mientras doblaba otro recodo tratando desesperadamente de seguirle el paso a Littlefield.

    Oasis había sido un asentamiento pequeño. Tenía poco que ofrecer, aparte del trabajo que proporcionaban los pozos y las múltiples estaciones de bombeo. Las casas eran de tipo modular y cada una de ellas revelaba el carácter temporal de su construcción. El barrio central había contado con unas pocas tiendas para abastecer a los habitantes.

    Al menos era lo que hacían antes. La Biomasa se había extendido por toda la sección central del pueblo. «Debe de haber un nido en alguna parte», pensó Ardo, pero suficientes problemas estaba teniendo siguiendo a Littlefield por aquel laberinto de edificios emplazados sin orden ni concierto como para pararse también a pensar sobre ello.

    —¡… está cambiando, sargento! ¡La Biomasa está empezando a moverse!
    —Bueno, hay que encontrar la fuente. Si la encontramos acabaremos con todos.
    —Ya he mirado. Pero no está aquí.
    —Haremos una nueva pasada a cierta altura sobre la calle principal. Puede que se nos haya pasado por alto.

    Los cuatro Buitres pasaron sobre ellos con un chillido en el mismo momento en que el edificio de administración aparecía ante sus ojos. Era difícil no verlo. De tres pisos, se erguía por encima de todos los demás edificios del asentamiento. Había un gran agujero de bordes irregulares en uno de sus costados y parecía como si la pared metálica del exterior hubiera sido arrancada desde fuera; si por obra de una explosión o de unas manos inimaginablemente poderosas, Ardo no habría podido decirlo.

    La visión lo había dejado tan asombrado que estuvo a punto de chocar de bruces con el sargento Littlefield, quien se había detenido de repente frente al edificio. El viejo le miró a los ojos. Ardo estaba de pie frente a él, jadeando y confundido. Puso el transmisor en modo Seleccionar Miembro de Pelotón. Sus palabras eran sólo para él.

    —Hijo, estás metido en un buen lío, pero no empieces a sudar. Tómatelo como un Marine y las cosas se arreglarán. ¿Entiendes?

    Ardo asintió a pesar de que era una mentira. En aquel momento no entendía demasiadas cosas.

    —¡Señor, sí, señor!

    Littlefield asintió.

    —Bueno, en este lugar no pueden hacerte demasiadas cosas que el trabajo no pudiera hacer por ellos. Sé educado, no repliques a Breanne y puede que regreses con vida al pelotón. Te espera en Operaciones.

    Lanzó una mirada rápida a la armadura de Ardo y sonrió.

    —¡Ojalá hubiéramos tenido tiempo de darte un remojo, hijo! Me temo que a la teniente no va a gustarle tu olor.


    * * *

    «Pensé que al menos se habrían llevado los cadáveres», pensó Ardo mientras entraba en la Sala de Operaciones.

    La Sala se encontraba en el último de los tres pisos del edificio. Su ventanal, ocupado ahora sólo por unos fragmentos de cristal, se asomaba al pueblo. Lo más probable es que el edificio hubiera sido el último reducto de los defensores y cuando la lucha hubo terminado no debió de quedar nadie para enterrar a los muertos.

    Eso había sido varios días atrás. Los Marines de la Confederación habían dado un buen repaso a los Zerg al llegar a Pintoresco. Inteligencia lo llamaba un «exterminio» y creía que en Oasis sólo quedaba una fuerza insignificante de Zerg. No obstante, nadie en la comandancia había creído necesario regresar a la estación de bombeo para honrar a los valientes caídos. Al fin y al cabo, «estaban» muertos.

    La Sala de Operaciones había sufrido daños considerables. Varios Marines del Segundo Pelotón estaban trabajando para tratar de reparar los daños en el muro exterior. Los resplandores ocasionales de sus soldadores manuales proyectaban un resplandor fantasmal entre blanco y azul sobre la espeluznante escena. En el centro de la sala, la teniente se inclinaba sobre la pantalla del mapa, de espaldas a ellos. Se había quitado el casco de la armadura y lo había dejado a un lado mientras trataba de concentrarse en las lecturas que le mostraba la pantalla.

    Ardo aún la oía por el canal táctico:

    —Tercer Pelotón, continúen hacia la torre en dirección norte y luego repliéguense hacia la Sala de Operaciones.
    —¡Hay movimiento por aquí! ¡Viene algo!
    —¡Calla la boca, tío! ¡Hay movimiento… por todas partes! ¡Están saliendo del suelo!
    —¡No os paréis! ¡No os paréis!

    El sargento Littlefield se quitó el casco y se lo colocó entre el costado y el brazo izquierdo.

    —Con permiso, señora. Presentándose de acuerdo a sus órdenes.

    La teniente se enderezó y empezó a volverse.

    Ardo tuvo apenas tiempo de descubrirse y saludar.

    El olor que reinaba en la sala resultaba más familiar que el que había percibido en el túnel y por ello mismo aún más repulsivo.

    La voz de la teniente estaba cubierta de escarcha.

    —Soldado… Melnikov, ¿no es así? Qué bien que se haya dignado obedecer una orden… al fin —sus ojos parpadearon y pasaron al sargento—. Señor Littlefield, ¿cree usted que este Marine novato merece mi tiempo y mis preocupaciones?
    —Señora… por favor, señora —Ardo lanzó una mirada de soslayo al sargento. Parecía haber una sonrisa que se insinuaba en las comisuras de sus labios.
    —Yo lo dudo —dijo Breanne con voz seca—. ¡Adelántese soldado!

    Ardo sintió pánico. Estaba saludando y no podía moverse hasta que le fuera devuelto el saludo pero al mismo tiempo le habían ordenado que se moviera. Algo en su cerebro falló y pareció incapaz de hacer otra cosa que seguir sudando y manteniendo el saludo.

    De repente, Breanne pareció comprender lo que ocurría. Profirió una imprecación entre dientes y le devolvió el saludo con un gesto seco.

    Aliviado, Ardo bajó la mano y se estremeció ligeramente al pasar sobre un torso y un brazo a los que les faltaba la cabeza. No hubiera podido asegurar si se trataba de un hombre o una mujer. No podía apartar la mirada de la teniente.

    —¡Señor Melnikov! ¿Ordené o no a este equipo que no se disparara durante la operación?

    Era una pregunta directa. Ardo no tenía otra opción que contestar.

    —¡Señora, sí, señora!
    —¿Acaso no dejé claro que ésta era una misión de reconocimiento y extracción?
    —¡Muy claro, señora!

    El rostro de Breanne empezaba a estar tan cerca del de Ardo que resultaba incómodo. Sus palabras eran gélidas.

    —Entonces, soldado, ¿por qué ha desobedecido mis órdenes?

    Ardo tragó saliva.

    —¡Me caí por un pozo, señora! Me topé con un Zerg… —titubeó un instante mientras el recuerdo de lo ocurrido regresaba en su totalidad. Bajó la mirada, avergonzado de repente—. ¡Lo… lo maté!
    —¡Míreme cuando le hablo, soldado!

    Los ojos de Ardo se posaron sobre la afilada nariz de la teniente.

    —¿Para eso cree que está aquí, para matar Zerg?
    —¡Señora, sí, señora! ¡Para enviarlos a todos al infierno, señora!

    Breanne puso los ojos en blanco al oírlo y se apartó un paso, enfurecida.

    —Teniente, ¿se lo puede usted creer? ¡Éstos son los nuevos Marines! ¡Resocialización neural! ¡Soldados a medida! ¡Los sacan de los tanques, les dan un cachete en el culo y los envían a morir!

    Littlefield soltó una risilla sombría.

    —Bueno, señora, lo que no puede negarse es que es más rápido que antes. Eso es el progreso.
    —¡Que Dios nos salve del progreso! —Breanne suspiró y a continuación volvió hacia Ardo sus ojos acerados—. Señor Melnikov, permita que lo eduque a la antigua usanza. Soldado, no estamos aquí para matar Zerg.

    Ardo estaba confuso.

    —¿Señora?
    —Estamos aquí para detener a los Zerg. Es una cosa completamente diferente. Esa munición de punta de acero que ha cargado usted esta mañana en su rifle no está diseñada para matar. Está diseñada para herir.
    —Señora, no… No entiendo.
    —Maté a un soldado en el campo de batalla y puede usted dejarlo allí. Las moscas se ocuparán de él —señaló con un gesto la Sala de Operaciones—. Mire a su alrededor, soldado. No había nada que pudiéramos hacer por los muertos. Hágales los honores cuando quiera pero en el campo de batalla no podemos ocuparnos de ellos. Ya no son importantes, ¿comprende?
    —Bueno… sí, señora, pero…
    —¡Pero nada! Si hiere usted a un enemigo en el campo de batalla, hacen falta cuatro amigos suyos para llevárselo de allí y unos cuantos más para curarlo y cuidarlo. Mate a un enemigo y disminuirá sus fuerzas en un soldado. Hiera a un enemigo y disminuirá sus fuerzas en diez soldados. ¿Se ha abierto camino algo de esto en ese cerebro obtuso y resocializado que tiene?

    Ardo pensó un momento.

    —Sí, señora.
    —En ese caso, puede que en el futuro se moleste usted en seguir mis órdenes al pie de la letra.
    —Señora, sí, señora. Pero…

    Breanne entornó la mirada.

    —¿Está tratando de decir algo, soldado?

    Ardo tragó saliva.

    —Le ruego que me perdone, señora pero… ¿está sugiriendo la teniente que hubiera sido preferible que hubiera muerto en el fondo de ese pozo?

    Breanne aspiró hondo antes de responder y entonces contuvo la lengua. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.

    —¡Vaya, vaya, vaya! ¡Un Marine que piensa! Qué refrescante. Aún hay esperanza para usted, Melnikov. Creo…
    —¡Eh, teniente! ¡Hemos encontrado algo!
    —Aquí Marz. Sus escáneres captan algo.
    —¡Eh, lo he encontrado!

    Breanne se volvió al instante hacia el panel del mapa.

    —¿Dónde? ¿Dónde está?
    —Es una casa prefabricada. Creo que está en el sótano.
    —¡Dios mío! ¡El suelo se parte a mi alrededor!
    —¡Movimiento! ¡Movimiento!
    —¿Dónde?
    —¡Por todas partes!
    —¡Cutter! —exclamó Breanne—. ¡Consiga el objetivo! ¡Marz! Están en… ¡Maldición! Coordenadas de mapa treinta y seis marca cuatro diecisiete. ¡Sáquelos de allí!
    —¡Serán vulnerables si lo hago, teniente! ¡Que regresen al centro de Operaciones y los recogeré a todos allí!
    —¡Capitán, traiga esa caja y a mi equipo!
    —No hay lugar para posarse, teniente, y si uso los campos de extracción estarán paralizados en tierra durante unos segundos. Es tiempo más que suficiente para que los Zerg acaben con ellos.
    —¡Bien, eso sí que es estupendo!

    Breanne indicó a Littlefield que se reuniera con ella. El sargento se acercó rápidamente a la pantalla del mapa. Empezó a señalar diferentes puntos mientras ella hablaba.

    —Segundo Pelotón, consigan esa caja. ¡Primer Pelotón, necesito cobertura para el Segundo Pelotón en treinta y seis marca cuatro diecisiete!
    —Eh, tío, ¿se refiere a nosotros?
    —Ya has oído a la señora, eso está por… ¡Coño! ¿De dónde han salido ésos?
    —¡Es un muro entero de ellos!
    —¡Más bien una puta alfombra! ¿De dónde han salido?
    —Tercer Pelotón —continuó Breanne—. Fuego de cobertura entre treinta y cuatro marca cuatro dieciséis y treinta y seis marca cuatro dieciséis. Abran un corredor y luego retrocedan.
    —¿Repítalo?
    —He dicho que abran un corredor y retrocedan a continuación junto con el Segundo Pelotón hacia el centro de Operaciones. Los sacaremos desde allí.

    La teniente se volvió hacia Ardo.

    —Bueno, fue usted quien empezó todo esto, Melnikov, veamos ahora si puede contribuir a arreglarlo. Únase al Tercer Pelotón y trate de traer de regreso al Segundo Pelotón en el menor número de trozos posible.

    La teniente se volvió de nuevo hacia el mapa.

    —Creo que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que saben que estamos aquí.


    8. Viendo al elefante


    ARDO CORRIÓ ESCALERAS ABAJO, sorteando a saltos los cuerpos que se encontraba por el camino y a continuación irrumpió en lo que en su día había sido el vestíbulo. Wabowski, el segundo Murciélago de Fuego del pelotón, estaba cargando ya su lanzallamas de plasma. Tanto Mellish como Esson estaban preparando sus rifles gauss con aire nervioso. Sejak parecía aún más agitado que los demás.

    —¿Dónde está Jensen? —preguntó Ardo.
    —Ha salido a buscar a M'butu —dijo Sejak mientras se pasaba la lengua por los labios—. Dijo que estaría aquí dentro de… oh, demonios, ya se retrasa.
    —Yo digo que vayamos a buscarlo —propuso Wabowski con voz grave.
    —Y yo digo que sigamos las órdenes —le espetó Littlefield, que en aquel mismo momento estaba bajando las escaleras para reunirse con ellos—. La teniente sabe lo que se hace. Ya tenéis vuestras órdenes y conocéis el procedimiento. ¡A moverse, gente! ¡Seguidme!

    Preparó su rifle de asalto y atravesó las destrozadas puertas del vestíbulo. Los componentes del incompleto pelotón se miraron por un momento y a continuación salieron rápidamente en pos del sargento.

    Soplaba una brisa caliente y regular desde el nordeste y el polvo se arremolinaba sobre la Biomasa que se había extendido por la plaza principal. Ardo se estremeció mientras avanzaban por ella. Todos podían oír a Cutter y al resto de los Pelotones Primero y Segundo por el canal de mando, voces sin cuerpo que luchaban por sobrevivir en algún lugar situado más allá del anillo de edificios que rodeaba la plaza central.

    —¡No os paréis! ¡No os paréis!
    —¿Bowers? ¡Bowers! ¿Dónde demonios…?
    —¡Bowers ha caído!
    —¡Fu! ¡Peaches! ¡Traed los culos aquí, ahora mismo!
    —¡Maldición! ¡Sargento! ¡Me han dado! ¡Me han dado! ¡El deslizador está cayendo! ¡Ayudadme! Oh, Dios… ¡Se me van a echar encima! No les dejéis…

    La voz de Littlefield resonó en sus cascos y su proximidad provocó una sobrecarga inmediata que hizo callar las demás voces.

    —¡Sejak! ¡Mellish! Tomad posiciones laterales en la plaza y mantenedlas. Wabowski, el resto del pelotón y tú venid conmigo. ¡No quiero que nada aparezca por detrás de mí, Marines!

    Ardo lo siguió sin decir palabra, aunque en el interior de su armadura de combate estaba temblando. El soldado lanzaba nerviosas miradas en todas direcciones. Si seguía avanzando era sólo por puro entrenamiento. En alguna parte del fondo de su mente estaba el instinto de salir corriendo en dirección opuesta tan rápidamente como la armadura se lo permitiera, pero su instrucción lograba de alguna manera mantener a raya a aquel animal aullante.

    —¡Alley! ¡Salga de en medio de una puta vez! ¡Voy a quemarlos!
    —¡Son una jodida muralla, Cutter!
    —¡No os paréis! ¡Sujeta bien esa caja, Ekart, o te juro por Dios que te haré volver a por ella, con Zerg o sin ellos! ¡No os paréis!

    Wabowski estaba a la izquierda de Ardo, con dos tanques de plasma llenos en la espalda de su armadura de combate de Murciélago de Fuego. Esson lo flanqueaba a él al otro lado. Aunque Ardo no podía verlo directamente, M'butu aparecía en la pantalla de su visor detrás de ellos. Se habían dispuesto en la clásica formación de apoyo a un Murciélago, algo a lo que Ardo no prestaba más atención que los demás que seguían a Littlefield por la plaza. Para ellos hubiera sido como pararse a pensar en respirar. Todo cuanto estaban haciendo seguía al pie de la letra las instrucciones del manual.

    «Entonces, ¿por qué, —se dijo Ardo—, no dejo de temblar?»

    —¡Joder! ¡Están por todas partes! ¿De dónde salen?
    —¡Sigue moviéndote, recluta!

    Llegaron a una barricada levantada al otro extremo de la plaza y que se extendía sobre la carretera que pasaba entre dos edificios. Saltaba a la vista que la habían construido de manera improvisada con todo lo que habían podido encontrar. Dos carretillas hidráulicas pesadas y una excavadora formaban el grueso de la barricada pero entre ellas se veían cosas de todas clases: mesas, camas, piedras, trozos de paredes rotas, hasta un par de bicicletas de niños habían sido arrojadas desesperadamente a la montaña de restos. A juzgar por el aspecto de los cadáveres que quedaban allí, sus esfuerzos debían de haberles proporcionado un minuto y medio adicional.

    Ardo se estremeció violentamente. De pronto tuvo miedo a que el castañeteo de sus dientes se transmitiera por la frecuencia táctica. Se concentró en lo que había dicho la teniente. «No hay nada que puedas hacer por ellos. Ya no son importantes, ¿entendido?» Sin embargo, apartó la mirada, un poco avergonzado.

    Littlefield no reparó en la inquietud de Ardo. Estaba examinando la carretera que discurría en dirección este entre dos edificios. Aunque llamarlo carretera era un acto de generosidad, pues se trataba más bien de un pasadizo sinuoso que serpenteaba entre los edificios modulares.

    —Allí están —dijo el sargento señalando hacia el este.

    Ardo dirigió la mirada hacia allí. Algo se estaba moviendo entre el fino velo de polvo rojizo, pero era imposible saber el qué. El viento estaba aumentando conforma avanzaba la tarde y el polvo que levantaba obstruía la visión aún más. Las voces que se transmitían por el canal de comunicaciones estaban subiendo de volumen y haciéndose cada vez más inteligibles. Cutter estaba haciendo progresos pero ¿sería suficiente?

    —¡M'butu! ¡Esson! —Littlefield hablaba con voz controlada y desapasionada. Un día más en la oficina, parecía estar diciendo—. Cubrid los dos lados de la barricada. Quiero fuego cruzado en esa calle. ¡Melnikov!

    Al oír su nombre, Ardo levantó la mirada hacia el sargento.

    —Wabowski y tú venís conmigo. Vamos a buscarlos.

    Con estas palabras, Littlefield levantó el rifle gauss y trepó sobre la barricada.

    Ardo era incapaz de moverse.

    Empezaba a ser difícil distinguir a Littlefield. El polvo levantado por el viento fundía con el entorno la armadura del sargento.

    La mente de Ardo estaba como paralizada. Era incapaz de avanzar. Era incapaz de retroceder.

    De repente, algo lo golpeó en plena espalda y salió despedido hacia delante.

    —Vamos, Melnikov —Wabowski sorbió por la nariz—. ¡Mueve el culo, cabrón! Ésta es una misión de rescate, ¿recuerdas?

    El pie de Wabowski acabó con el estupor de Ardo. Ambos se encaramaron con rapidez a la barricada. Ardo cubría tanto al apenas visible Littlefield como a Wabowski, que iba tras él.

    —¡A la izquierda! —gritó Wabowski de repente.

    Ardo giró hacia allí, al mismo tiempo que se agazapaba.

    Varios Zerg estaban trepando con increíble velocidad por las paredes de un edificio modular. Parecían capaces de desafiar la gravedad recurriendo a la fuerza bruta. En cuanto Ardo los vio, el primero de ellos saltó del muro y se lanzó directamente sobre el Marine.

    No tuvo tiempo de pensar. Apretó el gatillo de su rifle gauss. La ráfaga acertó al monstruo a mitad de salto. La fuerza de la criatura la había impulsado con fuerza pero los proyectiles acelerados le restaron inercia y lo empujaron de regreso a la pared. Las demás criaturas se encogieron contra la pared, preparadas para saltar a su vez.

    Un repentino chorro de plasma engulló el muro y se tragó a los Zerg en su furia. Ardo se volvió y vio a Wabowski, con una enorme sonrisa en el rostro mientras bañaba el muro con el chorro de plasma.

    También vio a otros Zerg que coronaban sigilosamente el edificio que el sonriente Murciélago de Fuego tenía a su espalda.

    —¡Detrás de ti! —gritó Ardo, con una voz que hasta a él le pareció aguda. El rifle traqueteó entre sus manos y dibujó un patrón de fuego sobre el tejado. Varios de los Zerg cayeron pesadamente al suelo y desde allí sus garras arañaron la arena tratando de acercarse a sus presas.

    «Nosotros somos las presas», comprendió Ardo de repente. La sonrisa del rostro de Wabowski se había helado de repente. Las llamaradas de plasma ardiente estaban cayendo sobre varios enemigos situados a la espalda del propio Ardo.

    —No dejes que se me echen encima, hermano —gruñó Wabowski—. Estoy un poco ocupado por aquí.

    De repente, las esbeltas y oscuras formas parecían estar en todos los edificios que jalonaban la calle. Ardo recordó una ocasión en la que, de niño, había dado una patada a un hormiguero y al instante, como por arte de magia, todas las hormigas parecieron estar a su alrededor.

    «Soy yo el que le ha dado una patada a este hormiguero», pensó.

    De improviso el rifle dejó de trepidar. Instintivamente, Ardo expulsó el cargador vacío, golpeó uno nuevo contra su casco y lo introdujo en la cámara del arma. Apenas se había alojado en su posición cuando Ardo volvió a apretar el gatillo frente a las cada vez más numerosas hordas de Zerg que caían como una lluvia desde los tejados situados al este.

    —¡Maldición! ¿Falta mucho todavía?
    —¡Nunca lo conseguiremos, Cutter!
    —¡Cierra el pico! ¡No te pares!
    —Estamos siendo atacados —las palabras de Wabowski eran prosaicas pero había en ellas una nota de urgencia perfectamente discernible—. Littlefield, si vas a hacer algo, será mejor que sea ahora.
    —Ya los tengo, Wabowski. Tiempo estimado de llegada a vuestra posición: un minuto.

    Ardo vació un segundo cargador. Tenía el rostro empapado de sudor a pesar del sistema de control de temperatura de su armadura. Sacó el cargador vacío e introdujo uno nuevo en el arma al mismo tiempo que apretaba el gatillo. Los cuerpos destrozados y mutilados de sus enemigos caían sobre los dos. El montón se estaba acercando a él a cada segundo que pasaba y los pedazos que lo formaban arañaban la tierra, desesperados por alcanzarlo.

    Pero no dejaban de aparecer sobre la cornisa. Ardo no podía más que imaginarse lo que Wabowski debía de estar afrontando a su espalda.

    El rifle gauss estaba caliente. El traje filtraba la sensación para que no le hiciera daño en las manos pero sabía que significaba que el arma estaba peligrosamente cerca de fallar.

    —Tenemos contacto visual —era Mellish, tras ellos en la plaza—. Hemos abierto fuego en la plaza. ¡No nos vendría mal un poco de ayuda!

    Una de las garras Zerg se levantó del montón de cadáveres y trató de alcanzar a Ardo. Éste retrocedió instintivamente un paso, dirigió la ráfaga hacia el miembro y lo cercenó por completo.

    Cuando levantó la mirada, los monstruos habían saltado desde el tejado y caían sobre él.

    Nunca llegaron al suelo. Una llamarada y una ráfaga de proyectiles gauss procedentes de la izquierda de Ardo los hicieron pedazos.

    —Abre paso, chico —dijo Cutter mientras su enorme traje de Murciélago de Fuego pasaba a toda velocidad delante de Ardo. El hombretón parecía llevar un civil al hombro. Sostenía su cuerpo con una mano y con la otra empuñaba el enorme lanzallamas de plasma. Estaba gritando por el comunicador mientras corría—. ¡No os paréis!

    Littlefield y Xiang pasaron tras él, llevando entre los dos una caja metálica. Bernelli los seguía disparando su rifle, a veces contra objetivos reales y otras contra objetivos imaginarios.

    —¡Quédate ahí y contenlos, Melnikov! —gritó Littlefield al pasar. La caja parecía muy pesada y frenaba a los dos hombres que la transportaban—. ¡Casi hemos llegado! ¡Wabowski! ¡Consíguenos algo de tiempo! ¡Es una orden!

    Ardo se volvió hacia el este.

    Los Zerg estaban inundando la calle, formando con sus garras un muro de muerte y odio. Ardo supo que habían venido a por él. Absurdamente pensó que sabían de alguna manera que se les había escapado ya dos veces. Lo querían, querían su carne, su sangre.

    Dio media vuelta y corrió.

    Wabowski continuaba barriendo las paredes con el chorro de fuego, sin saber que Ardo lo había abandonado.

    Los Zerg que había en la pared contraria saltaron.

    Ardo se volvió al escuchar el grito. Los Zerg le habían arrebatado el lanzallamas a Wabowski de las manos y le estaban haciendo trizas la armadura, aunque con cuidado. Aparentemente sabían que no podía destrozarse una armadura de Murciélago de Fuego de cualquier manera. Se la arrancarían en cuestión de segundos y entonces sacarían al aullante Wabowski de su interior y…

    Tres Hidraliscos atraparon a Melani al mismo tiempo y la apartaron a rastras de la multitud.

    «Ardo, por favor —sollozó—. ¡No me dejes sola!»

    Ardo levantó el arma y disparó una ráfaga de balas perforantes contra los tanques del traje de Wabowski.

    Los trajes de los Murciélagos de Fuego son peligrosos hasta en las mejores condiciones. Wabowski estalló en una deflagración colosal, una bola de fuego creciente que engulló los edificios circundantes y se tragó a los Zerg que estaban demasiado concentrados en su presa. Las llamas avanzaron rodando por entre los edificios, un infierno en expansión que corría directamente hacia Ardo.


    9. Retirada


    —¡MELNIKOV!

    Ardo se volvió al escuchar su propio nombre por el comunicador.

    —¡Muévete, Marine! ¡Maldita sea, Melnikov! ¡Responde!

    La bola de fuego avanzaba a su espalda, devorando el aire entre los edificios. Sintió su poder y su voracidad tras él. Empezó a correr hacia la barricada en la que desembocada la sinuosa calle, iluminada ya por las llamas que se acercaban.

    Los pies le pesaban como el plomo. Sus brazos y piernas se movían con agónica lentitud. El tiempo estaba operando en su contra. Trató de gritar para pedir ayuda pero las palabras le sonaron deformadas e incoherentes.

    De repente la luz lo envolvió. Un caos estalló en su casco. Saltaron media docena de alarmas diferentes, pero no tuvo tiempo de prestar atención a ninguna de ellas. Estaba nadando por la brillante luz y el calor. Los servosistemas del traje se opusieron a la onda expansiva, tratando de mantener sus miembros y extremidades donde les correspondía. Se tambaleó en medio de las llamas, mientras el calor abrumaba los sistemas de refrigeración. Podía sentir que la red flexible de la ropa interior se le pegaba a la carne. Todo sentido de la dirección, del equilibrio, se desvaneció mientras el pánico se apoderaba de él.

    De repente estaba cayendo desde el cielo. El suelo se precipitó sobre él y su cabeza golpeó con fuerza el interior del casco. Aturdido, se sintió como si siguiera moviéndose aunque los toscos gránulos de tierra y roca que enterraban su casco hasta la mitad contradecían esta posibilidad. Se quedó quieto un momento, consciente de que un fino reguero de sangre estaba resbalando por el plástico transparente de su casco y empezaba a formar un charquito.

    Se incorporó de una sacudida y el movimiento hizo que la sangre se extendiera por todo el interior del casco y la cara. Littlefield estaba retrocediendo hacia él, arrastrando consigo la caja de metal. Xiang había estado ayudándolo con ella hasta hacía un momento. Se preguntó vagamente lo que habría sido de él. El rifle gauss del sargento traqueteaba entre sus manos, despidiendo un chorro de muerte. Otros miembros del grupo retrocedían también desde la barricada.

    —¡No os paréis! ¡No os paréis! —gritaba Littlefield a pesar de que todos ellos lo oían perfectamente por el comunicador.

    Ardo se puso en pie con dificultades. A su lado, el sargento giró bruscamente sobre sus talones con el arma preparada como respuesta instintiva a un movimiento tan próximo. Por un momento, miedo y desesperación cruzaron las facciones del veterano Marine. Ardo creyó que iba a matarlo allí mismo, pero el dedo del gatillo del sargento se contuvo el tiempo suficiente como para que su mente reconociera quién era el que estaba delante.

    —¡Joder, Melnikov, eres un hombre difícil de matar! —dijo Littlefield con un atisbo de risa histérica en la voz. A continuación se volvió hacia la barricada—. ¡Retroceded! ¡Escuchadme! ¡Retroceded ahora mismo!

    El infierno provocado por la explosión de Wabowski continuaba ardiendo alegremente por toda la calle que se extendía más allá de la barricada, lo que impedía que la mayoría de los Zerg terrestres los alcanzaran. Aquí y allá, no obstante, pequeños grupos de ellos lograban de alguna manera sortear las llamas. Cutter, erguido con su enorme armadura de Murciélago de Fuego sobre los restantes miembros del grupo, seguía lanzando chorros cortos de plasma sobre los Zerg, que trataban repetidamente de superar la barricada. Ardo jadeó. Cutter seguía disparando con una sola mano mientras con la otra sostenía el cuerpo del superviviente que seguía llevando sobre los hombros.

    —Está funcionando —susurró Ardo, más para sí mismo que para el sargento, que seguía a su lado.
    —Y una mierda —le espetó Littlefield—. Esos bichejos viscosos son muy astutos. Nos mantienen aquí ocupados con unos pocos de los suyos mientras el resto da una vuelta y nos ataca por la espalda. ¡Haz algo útil, Melnikov, y coge la otra asa de la caja! —el sargento volvió una vez más su atención hacia el colosal Murciélago de Fuego—. ¡Cutter, saca a esa civil de aquí! ¡Sejak! ¡Ekart! Quiero fuego de cobertura mientras retrocedéis hacia cero-treinta-siete marca uno-cincuenta-tres. ¡Ya tenemos lo que veníamos a buscar, ahora salgamos de aquí cagando leches!

    Cutter gruñó por el comunicador pero obedeció y retrocedió junto con el resto de la línea. Los brillantes caparazones de los Zerg saltaron sobre la barricada con una rapidez y una gracia que Ardo no hubiera creído posibles. Cada uno de ellos fue recibido por el fuego concentrado de los Marines en retirada.

    —¿Qué tal vamos, jefa? —exclamó Littlefield.
    —El tiempo se acaba —era la teniente, todavía en la torre de Operaciones que, en la mente de Ardo, se encontraba a kilómetros de distancia—. No los veo en la pantalla táctica pero estoy segura de que vienen hacia aquí. Vamos a abandonar el Centro de Operaciones. Nos reuniremos en cero-treinta-siete marca uno-cincuenta-tres ¿Lo has cogido, Peaches?
    —Sí, señora —la voz hablaba con un tono extraño. Si Peaches estaba respondiendo por el canal de mando era que las cosas no habían ido bien para el equipo de los Buitres.
    —Zorra, ¿tienes las coordenadas?
    —Vosotros traed esos culitos aquí y la Zorra se encargará del resto. ¡Recogida y envío! Tiempo estimado de llegada, cinco minutos.
    —Vamos, tíos —bramó Littlefield—. ¡No tenemos mucho tiempo!

    Cutter volvió a gruñir por el comunicador y entonces se volvió. Ardo se volvió hacia él y pudo ver la expresión de su rostro. Sus palabras eran para Littlefield pero sus ojos fríos y negros estaban fijos en Ardo mientras hablaba.

    —¡Debo informar de la pérdida de un Murciélago de Fuego, señor! ¡Wabowski, señor!

    Ardo agarró al instante el asa de la caja de metal. Su armadura tenía sistemas de potencia independientes pero los sensores le informaron de que era pesada.

    —Vamos —le espetó Littlefield.

    Los dos juntos empezaron a correr por la plaza. Littlefield señaló hacia la izquierda de la torre de Operaciones. Ardo sintió que el resto del pelotón venía tras ellos y que el perímetro cedía mientras corrían hacia el punto de recogida.

    También él estaba corriendo, pero no lograba aclarar sus pensamientos.

    —Sargento… con respecto a Wabowski, yo…
    —Eso fue una jodienda, chico —le interrumpió Littlefield. La caja saltaba entre los dos mientras corrían—. Wabowski era ya hombre muerto. Le hiciste un favor… y estamos desperdiciando el poco tiempo que nos conseguiste al hacerlo.
    —Sí… gracias —Cutter corría justo detrás de ellos. El casco le impedía ver al enorme isleño pero su tono de voz resultaba cualquier cosa menos agradecido.
    —Tú asegúrate de no perder a esa civil, Cutter, y déjame a mí el pensar. En cuanto a ti, Melnikov… si sigues vivo al final del día —resolló Littlefield con la voz entrecortada—, bueno, para entonces, hijo, puede que seas un veterano.

    Cutter intervino con voz venenosa dos pasos detrás de ellos.

    —Un veterano, ¿eh, Melnikov? En ese caso ve delante, por favor. Ya he visto lo que eres capaz de hacer con un rifle y creo que es mejor ir detrás de ti.
    —Tiempo estimado de llegada, dos minutos. Zorra descendiendo. ¡Coño! ¡Mirad eso! ¡Habéis conseguido despertar a la madriguera entera, Breanne!

    Corrieron junto a la línea de edificios, vigilando sus flancos. Desde luego había algo allí, pero Ardo no podía verlo. Movimientos oscuros que aparecían y desaparecían en los espacios que separaban las estructuras. «No te pares a mirar», se dijo, en contrapunto al ritmo de sus pisadas. «No te pares o te cogerán».

    —¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego en dirección treinta-tres-cinco! —era la voz de Breanne. Ardo lanzó una mirada al radial de navegación. La teniente estaba corriendo hacia ellos con el rifle preparado. Tres soldados la acompañaban, dos menos de los que había visto en la Sala de Operaciones quince minutos antes.
    —¡No os paréis! ¡Seguid adelante! —la teniente no dejó de correr mientras los instaba a continuar—. ¿Es eso nuestro premio, Littlefield?
    —¡Sí, señora! —Littlefield apretó un poco el paso para ponerse a la altura de Breanne. Ardo, que aún llevaba el otro lado de la caja, se vio obligado a hacer lo mismo.
    —¡Buen trabajo, sargento! —la teniente Breanne estaba mirando en dirección a la abertura del final de la calle, a la que se aproximaban rápidamente—. ¿Qué es ese fardo que trae Cutter?
    —No lo sé, señora. Una civil que encontró cuando entramos a buscar la caja y que aún respiraba.
    —Bien, Cutter, parece que ha rescatado usted con vida a una princesa de verdad —una sonrisa se insinuó en la voz de Breanne—. No la suelte, soldado. Quiero hablar con ella cuando salgamos de aquí.

    Ardo oía el traqueteo filtrado de los rifles gauss por encima del intercomunicador. Alguien estaba disparando ráfagas cortas a poca distancia.

    —¡Contacto, teniente! —era Mellish—. ¡A la derecha!
    —¡Yo también los veo! —Bernelli se batía en retirada por la izquierda—. ¡Maldita sea! ¡Mirad cómo se mueven!

    Breanne levantó la mirada mientras corría.

    —¡Zorra! ¿Cuál es tu situación?
    —Estoy girando la base ahora mismo. Sujétese los faldones, teniente. Estaré allí en… ¡Oh, demonios! Un momento.

    El pelotón emergió de la cobertura de los edificios circundantes. La pista de aterrizaje de Oasis se extendía a su alrededor. Había varios hangares y almacenes destruidos a ambos lados. Después de las claustrofóbicas callejuelas que discurrían entre los edificios, el área parecía expuesta y vulnerable. Más allá de la pista de aterrizaje, en dirección sur, había una gran extensión de hidrogranjas y la larga carretera que habían seguido aquel mismo día para llegar hasta allí. Al sur, en la lejanía, Ardo divisó la pared vertical de la Cuenca. El Pezón de Molly se veía en la distancia y entre la niebla asomaban algunos de los Picos del Muro de Piedra. Sabía que justo entre ellos se encontraba Pintoresco y su base fortificada.

    Parecían estar a un millón de kilómetros de distancia.

    El soldado William Peaches y la soldado Amy Wisdom estaban aterrizando con sus Buitres en el centro del área abierta. Al comienzo del día, había cinco Buitres. Ahora su número se había reducido a dos.

    —¡Littlefield! ¡Melnikov! —la teniente corrió hacia los Buitres—. ¡Que no se separe esa caja de mí! ¡Cutter! ¡Traiga también a la civil! Los demás, necesito un perímetro de recogida a nuestro alrededor, y lo necesito ahora mismo.

    Ardo vio los colectores eólicos situados cerca de la pista de aterrizaje. No dejaba de mirar hacia el sur, hacia las lejanas estribaciones en las que lo esperaban un jergón limpio, un baño y puede que una cierta seguridad. Había matado dos veces en el mismo día. Ansiaba la inconsciencia. Si el capitán Marz estaba siguiendo una trayectoria de aproximación convencional, debía de aparecer por aquella dirección.

    Breanne también miraba hacia allí, escudriñando el cielo en busca de cualquier señal de movimiento.

    —¡Zorra! —exclamó—. ¡Informe!

    Los Marines confederales formaron un círculo en la pista de aterrizaje, con las armas apuntando hacia fuera. Las arenas de la Cuenca volaban sobre el terreno y tapaban las marcas hasta hacía poco visibles. Ardo oía el roce de la arena contra el duro caparazón de su armadura de combate.

    Nada más.

    —¡Zorra! —la voz de Breanne estaba en calma—. Estamos en el punto de recogida. ¿Cuál es su tiempo estimado de llegada?

    Por el canal de comunicación no llegó más que el crepitar de la estática. El equipo había aumentado la ganancia de forma automática tratando de obtener una respuesta.

    —¡Teniente! ¡Movimiento!
    —¿Dónde, Bernelli?
    —¡Al otro lado de los hangares, señora! Nos están flanqueando por el este, más allá de…
    —¡Por el oeste también, teniente! ¡Dioses! ¿Cómo pueden ser tan rápidos?
    —¡Zorra! ¡Maldición! ¡Informe! —Breanne se volvió hacia el sur—. ¡Littlefield! ¿La ve? Dijo que estaba a un minuto de aquí. Ya deberíamos de haberla visto.
    —Ya debería de estar aquí, teniente —replicó Littlefield—. Algo ha ido mal, señora.

    Breanne volvió a mirar hacia el sur.

    —¡Zorra! ¡Vamos, Zorra! ¿Cuál es su situación?
    —No está ahí —dijo Littlefield con voz grave mientras señalaba en dirección sur—. Pero sí que veo algo, señora.

    Unas figuras oscuras empezaban a moverse por el extremo sur de la pista de aterrizaje.

    —Zerg —resolló Breanne—. Nos están cortando la retirada.

    Littlefield sacudió la cabeza.

    —Teniente, creo que…
    —¡No le pagan para pensar, sargento! —le interrumpió Breanne—. ¡Peaches y Wisdom! ¡Monten! ¡Los demás, quiero que recarguen las armas ahora mismo! Cuando dé la orden, salgan con los Buitres a toda velocidad y vuelen en dirección sur, hacia la línea de los Zerg. Tienen que abrirme una abertura entre esos bichos. El resto, corran detrás de ellos, carguen por la abertura y no se detengan. Crucen sus filas y no se detengan por nada del mundo, ¿comprendido?
    —¿Y luego qué, teniente? —preguntó Esson con voz temblorosa.
    —Luego corre, chico. Corre hacia la base y no mires atrás.


    10. El guantelete


    —ESTÁN ACERCÁNDOSE, SEÑORA —susurró Bernelli con voz tensa. Era como si un sonido más fuerte pudiera destrozar de alguna manera el frágil momento y echarles encima la horda de Zerg que se les acercaba lentamente.

    Breanne respondió con voz fría y controlada.

    —¡No disparen, maldita sea!
    —¡Nos están cortando la retirada, teniente!
    —¡Cierre el pico, Mellish! —le espetó Breanne—. ¡Peaches! ¿Es que no puede hacer funcionar ese trasto?

    El enemigo se estaba acercando muy lentamente al lugar en el que Ardo se encontraba. El muro purpúreo de Zerg, cuyos rostros esbozaban horripilantes sonrisas metálicas, arañaba el aire con las garras, anticipando ya la captura de la presa. De pronto Ardo recordó al gato al que, en una ocasión, su madre había dejado vagar por la granja. Una tarde. Ardo había visto con horror y fascinación cómo aquella criatura por lo demás dulce acorralaba a un ratón en el granero y jugueteaba con él como si fuera un muñeco. Al final, el gato había terminado por clavarle las garras en el cráneo a la pequeña alimaña y la persecución había acabado en un sanguinolento almuerzo. Pero antes de que eso ocurriera, creía recordar que había visto una sonrisa como aquélla en la cara del gato.

    Y ahora, en aquel lugar, él era… el ratón.

    De improviso los motores de los Buitres cobraron vida. Ardo podía ver cómo sudaba Peaches mientras seleccionaba los cañones delanteros.

    La voz de Breanne subió ligeramente de tono. Puede que estuviera mirando los mismos dientes que Ardo:

    —No tengo todo el día, sol…
    —¡Ya está, teniente! —respondió Peaches con los dientes castañeteando—. ¡Podemos irnos!
    —Muy bien —Breanne se volvió lentamente y elevó la voz por encima del zumbido de los Buitres—. ¿Todo el mundo está preparado? ¡Peaches y Wisdom: ábranme una brecha! ¡Ahora!

    Los Buitres chillaron y se lanzaron hacia delante mientras sus conductores apretaban el acelerador hasta el fondo. Sus proyectores delanteros empezaron a disparar y las salvas reventaron contra la línea de Zerg mientras se aproximaban.

    Los Zerg también chillaron, alzando sus terribles voces. Parecían indignados por el hecho de que sus presas tuvieran la osadía de desafiarlos.

    —¡Ahora, Marines! —gritó Breanne.

    El círculo exterior de Zerg se abalanzó al instante sobre ellos. Sus garras cortaron el aire, ansiosas por desgarrar armaduras, derramar sangre y arrancar carne de los huesos.

    Pero los Marines ya no se encontraban allí. Corrieron como un solo hombre hacia la línea de explosiones que tenían delante, una floreciente conflagración de color naranja que crecía a cada segundo que pasaba, con las armas apuntando hacia delante, como una sólida columna de llamas y muerte que ardía y se abría paso por la profunda columna de los enfurecidos Zerg.

    —¡No miréis atrás! ¡Corred, bastardos, corred!

    Ardo corría junto a Littlefield y la caja de metal daba saltos entre los dos. Con la mano libre sujetaba el rifle gauss, que se mecía de un lado a otro, sembrando la destrucción de manera indiscriminada. No hacía ningún esfuerzo por escoger sus objetivos: lo único que podía hacer era provocar daños al azar y sumarse a la carnicería que estaba teniendo lugar.

    Ya estaban casi junto a la muralla de fuego que habían abierto. Miembros cortados de Zerg y fluidos viscosos y ardientes caían en cascada a su alrededor.

    —¡Seguid corriendo! ¡Seguid disparando!

    Ardo lanzó una mirada de soslayo hacia Cutter, que corría a su izquierda. El enorme Murciélago de Fuego avanzaba con estrépito, llevando aún la civil sobre el hombro. Daba saltos con cada paso, como una muñeca de trapo. Con su mano libre, Cutter arrojaba fuego sobre la línea Zerg.

    Las llamas se enroscaron alrededor de Ardo al cruzar la línea. Le costaba correr. El suelo estaba resbaladizo por culpa de los órganos Zerg chamuscados y reventados. La caja de metal le golpeaba la pierna, lo que le permitía saber que Littlefield seguía allí, corriendo y arrastrándolo hacia delante.

    Un alarido se alzó por el intercomunicador. Se extendió por todas partes, un ensordecedor aullido de terror.

    —¡Esson! ¡Joder, teniente! ¡Están sobre él! ¡Tenemos que…!
    —¡Siga corriendo, Collins! ¡Es una orden!
    —Pero, teniente, ¿es que no lo oye?
    —¡Corra, maldita sea! ¡No mire atrás!

    La temperatura interna de la armadura de combate de Ardo estaba creciendo por momentos. Podía sentir cómo se le empezaban a formar ampollas en las manos y los pies. De repente se encontró corriendo directamente hacia un Zergling que seguía con vida. Ardo gritó pero no se detuvo y derribó a la criatura de un empujón antes de que los dos se perdieran mutuamente de vista en medio de la conflagración.

    Para su asombro, las llamas desaparecieron de su humeante casco al instante siguiente.

    Frente a él se abría la alargada extensión de la parte meridional de la Cuenca. El Pezón de Molly. Los Picos del Muro de Piedra. Lo único que tenía que hacer era alcanzar el borde de la Cuenca. Lo único que tenía que hacer era…

    El traqueteo del fuego automático hizo acto de presencia en el canal de comunicación.

    —¡Ahí vienen! ¡Se me echan encima! ¡Oh, Dios…!

    Un grito se clavó como una aguja en el oído de Ardo. Antes de que se hubiera extinguido, se le unieron otros dos, cada uno de ellos un sonido de muerte único.

    —¡Seguid corriendo, perros! —resolló Breanne por el canal de comunicación. Había algo en su voz que Ardo no había oído nunca. ¿Estaba exhausta o sólo tenía miedo?—. ¡Seguid corriendo y no miréis atrás!

    Instintivamente, Ardo hizo lo que le decía.

    Los Zerg estaban más cerca de lo que pensaba y eran más numerosos de lo que había imaginado. En todas direcciones se extendía una alfombra de alienígenas que cubría todo el paisaje y se precipitaba sobre ellos.

    La visión le hizo tropezar. Littlefield, que seguía sujetando con mano firme la caja, apretó el paso. Sólo el tirón de su compañero logró impedir que cayera y le permitió seguir corriendo.

    —Vuelve a hacerlo, chico —dijo Littlefield apenas sin aliento— y te dejo atrás.

    Ahora estaban corriendo a campo abierto y de nuevo sus armaduras los impulsaban con increíble velocidad hacia las empinadas paredes de la Cuenca. Ardo recordó por un instante lo divertido que le había resultado recorrer ese mismo camino y bajar por aquella pared pocas horas atrás. ¿O había sido meses atrás? A cielo abierto estaban aumentando la distancia que los separaba de los Zerg. Ahora tenían que subir por aquella pared casi vertical. Con un escalofrío, Ardo comprendió que la pared frenaría considerablemente el avance de su armadura pero no haría lo propio con los enfurecidos Zerg que venían detrás.

    —Sargento —dijo con voz entrecortada—. Mi arma está vacía. Tengo que recargar.
    —Suéltala, soldado —Littlefield soltó una risilla con la garganta seca.
    —¿Señor?
    —Que sueltes el arma —Littlefield era un soldado fuerte pero hasta a él le estaba pasando factura la carrera. Sus palabras eran jadeos casi sin aliento—. Ya no… importa, hijo.
    —¡Pero, señor!
    —¿Sabes… sabes lo que… hay al final de esa pared? Hay un jergón y una comida caliente… esperándome… y a ti. Está esperando… esperando al otro lado del más hermoso muro… muro de defensa confederal que hayas visto nunca. Torretas… con cañones de defensa automáticos… para hacer práctica de tiro… con unos Zerg enfadados.

    Ardo volvió a mirar la pared del acantilado. Casi podía ver los muros de la base de Pintoresco. Parecía encontrarse a un millón de clicks del lugar por el que tan desesperadamente seguían corriendo.

    —Suelta tu arma, hijo —graznó Littlefield—. Si no llegamos al borde de esta cuenca… no habrá munición en el mundo… que pueda salvarte el culo… o a mí.

    Ardo le lanzó una mirada de soslayo. El viejo soldado lo sonreía. Ardo se dio cuenta por primera vez de que había soltado el arma y las municiones.

    Arrojó la suya al suelo, bajó la cabeza y corrió.

    El suelo empezó a empinarse frente a ellos. La superficie de piedra relativamente lisa estaba cediendo el paso a un terreno más irregular que ascendía hasta la base de la pared del acantilado. Ardo avanzó frenéticamente por el suelo cada vez más inclinado. Sus pies arrancaban piedras de tanto en cuanto. La escalada se estaba haciendo más difícil a cada paso que daba. La pared de roca del acantilado se levantaba sobre ellos. La armadura estaba preparada para hacer muchas cosas, pero volar no era una de ellas.

    Alcanzó el camino de subida dando un traspié. Ascendía por la ladera serpenteando hasta llegar a Pintoresco. Era el único modo de coronar el acantilado.

    Ardo se arriesgó a lanzar otra mirada atrás. Los Marines habían logrado ganarles un centenar de metros a los Zerg. No sería suficiente. Ellos tenían que subir por el sinuoso camino pero ya se veía que a los Zerg no les ocurría lo mismo. Las criaturas insectoides trepaban y saltaban entre las rocas sin apenas detenerse. Ascenderían directamente por la pared de roca.

    Alguien más se había dado cuenta.

    —¡Marines, preparados para detenerse y abrir fuego!

    La teniente Breanne. Iba a parar y organizar una línea de defensa.

    —Melnikov. Littlefield. ¡Lleven esa caja a la base! ¡Cutter! ¡Sígalos con esa civil! Ésa es la misión. Los demás aguantaremos aquí todo el tiempo posible. Puede que sea bastante.
    —¡Mierda!
    —¡Cierre el pico, Collins! ¡Diríjanse hacia esa línea de rocas que sobresale del lado del camino! ¡Tomen posiciones y prepárense para disparar! —su voz era como el acero. Había tomado una decisión y nada podría cambiarla.

    El pelotón, sin aliento y exhausto, corrió hacia la línea de peñascos sobresalientes que jalonaba un lado del camino, como una dentadura rota. El enjambre de los Zerg ascendía hacia ellos.

    —¡Littlefield! Salga de aquí o le…

    Un tono agudo estalló de repente en el casco de Ardo. A juzgar por las reacciones de los demás miembros del pelotón, todos ellos lo habían oído también.

    Al instante, Ardo se volvió hacia Breanne y vio que se le abrían los ojos. Estaba levantando la mirada. Ardo la siguió y divisó un destello brillante que se dibujaba en el cielo luminoso.

    —¡Al suelo, Marines! ¡Ahora! —ladró la teniente.

    Obedeciendo a su entrenamiento más que a su pensamiento, Ardo se arrojó de bruces al suelo junto al peñasco más cercano. Cerró los ojos, pero fue casi en vano.

    De repente, el mundo se volvió dolorosamente blanco.

    Pudo sentir cómo se extendía el impacto por el suelo un segundo más tarde. Lo había experimentado muchas veces pero seguía habiendo algo en el hecho de experimentar un poder tan primario, tan incuestionable, que lo sacudía hasta el alma. Estaba llegando, la gran bestia, y las sacudidas de la tierra no eran más que los heraldos de su proximidad.

    La onda expansiva de la explosión nuclear había comprimido el aire frente a sí formando un muro de fuerza pura. La distancia había disminuido sus efectos pero a pesar de ello seguía siendo letal. Pasó sobre Ardo y su armadura y los sacudió con tal fuerza que éste creyó que iba a arrancarle los dientes.

    Sólo sería un momento, eso lo sabía. En cualquier caso, sólo sería un momento.

    Entonces el momento pasó… y él seguía allí.

    Se puso en pie con dificultades.

    El puesto avanzado que había sido Oasis estaba oculto bajo una nube hinchada de polvo rojo… probablemente era la nube de polvo rojo, comprendió Ardo. Los Zerg no habían recibido advertencia. La mayoría había sido aniquilada por la onda expansiva. Los pocos que habían sobrevivido parecían confundidos o cegados.

    Desde luego, aquél no era el momento de tratar de averiguar su estado.

    —¡Moveos, Marines! —gritó Breanne—. ¡Salgamos de aquí antes de que esos cerdos Zerg comprendan lo que ha ocurrido!

    Ardo agarró la caja por el asa y se volvió sonriendo hacia el sargento Littlefield.

    —Un rescate asombroso, ¿eh, sargento?
    —¿Es eso lo que ha sido? —para sorpresa de Ardo, el rostro de Littlefield estaba sombrío—. Vamos a llevar esto a casa. Necesito una ducha y mi jergón.


    11. Vuelta a casa


    CORONARON CASI A RASTRAS LA pared del acantilado. Ardo se había preguntado si volvería a ver aquel lugar. Las paredes del puesto avanzado llamado Pintoresco, oscuras bajo la menguante luz de la tarde, se elevaban desde el suelo de arena y piedras. Más allá de ellas había camastros, duchas, comidas y, lo más importante de todo, medidas de seguridad. El Centro de Mando se alzaba por encima de todo ello y llamaba a Ardo como una sirena. Sus parpadeantes balizas eran tan hermosas que los Marines casi se echaron a llorar.

    Breanne hizo que se irguieran al llegar al borde de la Cuenca. No iba a permitir que regresaran como un puñado de perros apaleados, dijo. Hizo que formaran y les advirtió que si no andaban erguidos y orgullosos, ella insertaría personalmente en sus anatomías determinados elementos antinaturales que los obligarían a caminar erguidos. A continuación, con brusquedad y precisión, los hizo marchar en dirección a la puerta del campamento. El miedo que le tenían se impuso al cansancio. Lo que quedaba del grupo entró en el complejo como una especie de desfile militar cubierto de polvo. Ardo estaba seguro de que si hubiera tenido una bandera, habría hecho que la desplegaran.

    Se permitió una mirada atrás. El gran hongo atómico se estaba disipando ya en la Cuenca y la colérica nube anaranjada se dispersaba en dirección este sobre las rojas montañas que se extendían más allá. Había sido un golpe de aire: una detonación a una altitud determinada que caía como un martillazo sobre cualquier cosa que hubiera debajo. El resultado era una mayor potencia física que en el caso de una detonación terrestre pero unos niveles de radiactividad mucho menores. Aun así, Ardo se preguntó si alguien le habría mencionado estos detalles a los colonos que aún pudieran vivir en la dirección en la que soplaba el viento. Lo más probable era que no, decidió. Además, los Zerg debían de ser las únicas criaturas vivas que quedaban al este de allí.

    Su formación era mucho más pequeña de lo que había sido al principio del día. Ardo contó las cabezas mientras marchaban. El grupo de Marines había perdido casi la mitad de sus miembros. Ekart, el segundo Murciélago de Fuego de su propio Pelotón, había desaparecido y probablemente se encontraba ahora mismo en algún lugar próximo a Oasis, hecho pedazos o aplastado contra el suelo. Aparentemente era el mismo destino que habían corrido Collins y Esson.

    Al menos él esperaba que estuvieran muertos. Era del todo posible, comprendió, que la bomba nuclear hubiera aniquilado a los Zerg y hubiera inutilizado los sellos de sus armaduras sin llegar a aplastarlos del todo. Atrapado en tu propia armadura de combate, incapaz de moverte, en una llanura abandonada y radiactiva… El dolor de cabeza estaba regresando. Probablemente lo mejor fuera no pensar en ello.

    Otro día glorioso para los Marines de la Confederación. Habían dejado atrás a la mitad de los suyos pero Ardo sabía que la misión se contaría entre las victorias. Entonces se dio cuenta de que había caído más de la mitad. Los deslizadores Buitres no los habían esperado pero recordó que todos ellos salvo dos habían caído antes de que huyeran de Oasis y ni siquiera sabía si alguno de éstos había sobrevivido para regresar a la guarnición.

    Glorioso. Todo eso por una pequeña caja de metal que no dejaba de golpearle el muslo y una civil que Cutter llevaba sobre el hombro como si fuera una muñeca de trapo.

    Breanne y lo que quedaba del grupo marcharon hasta la puerta oriental con toda la dignidad que pudieron reunir. Un vibrante anochecer pintado de óxido perfilaba las oscuras paredes de metal del complejo. Mientras se acercaban, Ardo percibía algo antinatural, algo a lo que no podía poner nombre. Pero antes de que llegaran a la puerta principal, Breanne debió de percibirlo también. De improviso levantó el puño izquierdo. Todos los Marines se detuvieron a la vez, exhaustos.

    Breanne permaneció un momento inmóvil. Ardo no sabía si estaba preocupada o sencillamente indecisa.

    —Breanne a Operaciones de Pintoresco —llamó por el canal de comunicaciones.

    Silencio. Eso era, comprendió Ardo. No habían oído nada en el canal de comunicaciones más que sus propias voces.

    —Breanne a Operaciones de Pintoresco. Respondan, por favor.

    El viento se estaba levantando y el sonido de la arena que levantaba siseaba en sus cascos. Ardo dirigió la mirada hacia los búnkeres que había a ambos lados de la entrada. Sus oscuras portillas habían sido reconfortantes hasta hacía un minuto. Se las había imaginado llenas de centinelas preparados para defenderlos frente a cualquier asalto. Ahora parecían ominosamente vacías y siniestras. Trató de ver si había algún movimiento al otro lado pero era imposible saberlo con seguridad.

    Los Marines se miraron unos a otros, inquietos.

    El canal de comunicaciones crepitaba ligeramente.

    Breanne les ordenó con un gesto que prepararan las armas. Fue en ese momento cuando Ardo recordó que no tenía la suya. Se sintió un poco vulnerable. Lanzó una mirada acusadora a Littlefield, que todavía sujetaba la caja por la otra asa. Littlefield no lo notó, pues su mirada estaba fija en las paredes cada vez más oscuras de la fortaleza.

    —¿Por qué no responden?
    —¿Podría ser un problema de comunicaciones?
    —¿Podría serlo? ¿Y si no?

    Breanne se aproximó al control que había junto a la colosal puerta cerrada. Necesitó varios intentos para introducir un código que la puerta aceptara.

    Ardo lo sintió antes de oírlo. La masiva puerta de entrada gimió mientras se iba alzando muy despacio. Breanne levantó el arma pero no se movió. Los demás siguieron su ejemplo.

    —¡Mellish, Bernelli, en cabeza! ¡Moveos!

    Los dos Marines titubearon sólo un instante y a continuación se adelantaron con rapidez, con los rifles gauss preparados. Cada uno de ellos tomó posiciones a un lado de la puerta y escudriñó el interior con el visor de su arma.

    —¡Despejado, teniente! —dijo Mellish con una absoluta falta de convicción.

    La puerta interior empezó también a abrirse. Su masa se alzó con lentitud para revelar el centro del complejo, bañado en el cada vez más oscuro color herrumbre del anochecer.

    —¿Teniente? —preguntó Bernelli con tono nervioso.
    —¡Quieto donde está, soldado! —Breanne se adelantó con la mirada puesta en lo que había al otro lado de la estrecha entrada interior—. Cúbranos. Xiang, venga conmigo.

    Entró en la puerta, seguida por el soldado. El oscuro corredor se los tragó al instante y delineó sus perfiles con la pintura roja que iluminaba el patio del complejo, al otro lado. Al cabo de un instante, ambas figuras abandonaron los confines de la puerta y volvieron a salir a la luz.

    —Todo el mundo, adentro —los llamó Breanne—. ¡Deprisa!

    Ardo volvió a mirar a Littlefield. El viejo veterano asintió y los dos juntos siguieron al resto del pelotón.

    La plaza que había al otro lado de la puerta no era en realidad más que un punto de reunión dispuesto entre los estrechos edificios de la fortaleza. A la Confederación le gustaba que sus bases militares fueran estrechas y eficientes. Cuanto más pequeña fuera el área, más fácil sería aplicar los recursos y menos terreno habría que proteger. Al menos, aquélla era la doctrina que se impartía a todos los comandantes. El resultado solía ser una maraña de edificios separados por la distancia justa para que los vehículos pudieran pasar. Cuando contaban con todo su personal, las guarniciones de la Confederación parecían hormigueros, en cuyos estrechos pasos se agolpaban los Marines, el personal de apoyo y la comandancia, todos ellos con mucha prisa por llegar a alguna parte.

    En cuanto salió con paso vacilante del espacio de la puerta, Ardo advirtió que la Guarnición de Pintoresco estaba dispuesta como cualquier otra base en la que hubiera servido alguna vez, con una notable excepción.

    No había un alma.

    La puerta estaba situada en el extremo oriental de la muralla. La plaza servía como pista de aterrizaje para las Naves de Descenso. Varios edificios se agolpaban en los márgenes del espacio abierto. Había una línea imprecisa de depósitos de suministros que formaba un puzzle estrecho a derecha e izquierda de la plaza. A ambos lados de ellos se elevaban sendas parejas de torretas lanzamisiles. Sus cabezas seguían girando, lo que indicaba que los sistemas de guiado aún funcionaban y seguían buscando objetivos automáticamente. Al oeste de la plaza, justo al otro lado de la puerta, se levantaban los tres barracones de los que las unidades habían salido tan despreocupadamente por la mañana. Una calle amplia situada al sur conducía al gran Centro de Control, cuya torre asomaba por encima de los barracones. La parte superior de la fábrica y el taller se veían un poco más atrás. Había un par de VCE junto a un montón de contenedores de suministros en el extremo norte de la plaza. Todo estaba exactamente donde debía estar.

    —Mellish, cierre la puerta —la teniente hablaba con voz calmada y tranquila. Ardo utilizaba la misma voz para apaciguar a los caballos de la granja de su padre cuando estaban inquietos—. No quiero que nos sorprendan por detrás.
    —Sí —murmuró alguien por el canal de comunicaciones—. En especial teniendo en cuenta las muchas sorpresas que nos esperan por delante.
    —Ya basta, Bernelli —la voz de Breanne seguía helada—. ¿Ha cerrado esa puerta, Mellish?
    —Sí, señora. Asegurada.
    —Es como si todos se hubieran marchado sin más —murmuró Xiang.
    —Sí —asintió Littlefield—, pero fíjate: entiendo que dejen los edificios y las torretas, al fin y al cabo están construidos sobre el terreno. Pero los barracones son móviles. Demonios, hasta el Centro de Control puede volar con esos repulsores. Son unidades móviles y están en buen estado, a juzgar por su aspecto. Si se tratara de una evacuación, ¿por qué no llevarse también el equipo?
    —Son buenas preguntas pero lo que ahora necesitamos son respuestas —Breanne había tomado una decisión—. Vamos a explorar el área. Puede que haya alguien atrapado o herido o incapaz de ponerse en contacto con nosotros. Aquí ha pasado algo y lo más seguro es que si os encontráis con alguien esté un poco nervioso.
    —¡Eso sí que es cierto!
    —Así que tomáoslo con calma y relajad un poco el dedo del gatillo, ¿de acuerdo? No quiero que nadie le abra un agujero a uno de los nuestros sólo porque no sepamos lo que está pasando. Littlefield y Melnikov, quedaos conmigo. Cutter, ¿cómo va esa civil?
    —Empieza a volver en sí, teniente —ahora Cutter sostenía a la mujer en brazos. Al lado del gigantesco isleño, la mujer parecía diminuta y frágil. Ardo vio que estaba despertando—. ¿Quiere que la deje en el suelo?
    —No, hay una enfermería en el Centro de Mando —Breanne parecía frustrada. No le quedaban demasiados hombres—. Vamos a hacer esto entre todos. Comenzaremos por los barracones del norte y luego…
    —¡Teniente, capto movimiento!
    —¿Dónde, Bernelli?
    —A unos cincuenta metros, en el radial dos-siete-ocho.
    —¡Eso es el Centro de Mando! No lo pierda, Bernelli. ¡Preparados, chicos!

    La voz de Bernelli subió ligeramente de tono mientras hablaba.

    —La sigo… se mueve hacia el sur.
    —Aquí estamos al descubierto, teniente —dijo Littlefield en voz baja.

    Breanne entendió al instante.

    —¡Avancen y despliéguense! Tomen posiciones bajo los barracones del norte. Utilicen los puntales de aterrizaje para cubrirse. ¡Vamos!

    El pelotón atravesó la plaza a la carrera. Ardo corría con torpeza junto a Littlefield, llevando entre los dos la caja de metal. Pensó por un instante en las barracas de suministro situadas apenas a unos metros de distancia. En el interior de una de ellas lo esperaba un rifle nuevo con su munición. Pero en lugar de ir a buscarlo tuvo que agazaparse tras de uno de los puntales de aterrizaje de un barracón móvil sin nada con que defenderse salvo insultos, escupitajos y aquella estúpida caja de metal que, por lo que a él se refería, igualmente podía haberse quedado en Oasis y haberse convertido en parte de la enorme nube de radiación que flotaba en dirección al este.

    —¿Bernelli? —Breanne habló en voz baja, a pesar de que la armadura mantenía sus palabras confinadas en el canal de comunicación.
    —Aún lo tengo, teniente. Se mueve deprisa. Quince metros en el radial doscientos. Mantiene trayectoria este.
    —Se está acercando por la calle —gruñó Breanne.
    —Quince metros. Deberíamos de ser capaces de verla ya…

    Ardo se agazapó un poco más tras el puntal.

    Una figura solitaria, bañada por la luz agonizante de la tarde, salió con paso incierto a la plaza.

    —¡Oh, mierda! —escupió Breanne. Se incorporó, se levantó con un movimiento brusco el visor del casco y gritó desde el otro lado de la plaza—. Marcus, en el nombre del infierno, ¿qué coño estás haciendo?

    La figura se volvió. Su mono ya no estaba impecable. Había perdido la gorra y ahora asomaba una cabeza cuyo pelo parecía de paja y se extendía en todas direcciones, como dotado de voluntad propia. No obstante, Ardo lo reconoció: era el técnico que los había acompañado el día anterior durante el vuelo a Pintoresco.

    —¡Señora, oh! —el sargento Marcus Jans hizo un saludo rígido—. ¡Bienvenida a casa, señora!

    La teniente Breanne le devolvió el saludo y a continuación preguntó:

    —¿Permiso para entrar en la guarnición?
    —Uh… ¿señora?
    —Asumo que está usted al mando de la fortaleza, sargento, o de no ser así alguien nos habría dado la bienvenida a estas alturas.
    —Oh —Jans parecía confuso—. Sí, señora, supongo que soy el oficial de mayor rango… salvo usted… desde ahora, me refiero…

    De repente Ardo volvió a pensar en su gato y su ratón.

    —Entonces le informo de que mi pelotón y yo acabamos de regresar de una gloriosa misión para la Confederación —la voz de Breanne estaba cansada y su temperamento empezaba a manifestarse.

    Jans miró más allá de ella, en dirección al lugar en el que Ardo y sus compañeros se habían ocultado.

    —¿Se refiere a los Marines que se esconden bajo los barracones?
    —He aquí nuestro glorioso retorno —gruñó Cutter.
    —Sí —Brearme pronunció la palabra con los dientes apretados—. Los Marines que se esconden bajo los barracones solicitan permiso para entrar en la guarnición, sargento, y después yo querría saber ¡dónde coño está la guarnición!

    Jans pestañeó. Las últimas palabras de Breanne parecían haberlo sobresaltado.

    —Pero… pero, teniente… creía que usted podría decírmelo.


    12. Ciudad fantasma


    —¿DE QUÉ DEMONIOS ESTÁ hablando, Marcus? —Breanne no estaba de humor para adivinanzas. La cólera de su voz hubiera podido fundir al sargento técnico de arriba abajo.

    —Bueno, señora, se han esfumado sin más —balbució Marcus. La película de polvo que cubría el rostro del sargento estaba siendo desbaratada por los regueros de sudor que empezaban a caer por su frente—. Pensaba que, dado que pertenece usted a la cadena de mando y todo eso, la habrían informado, eso es todo.

    Littlefield se acercó a Breanne y el sargento técnico, y Ardo se vio arrastrado tras él por culpa de la caja que seguían sujetando entre los dos. Habló en voz baja y tono confidencial, pero Ardo estaba demasiado cerca como para no oírlo.

    —Teniente, está oscureciendo y no tenemos lugar donde escondernos.

    La mirada de Breanne había estado fija con furia creciente sobre Jans, pero las palabras de Littlefield lograron penetrar de alguna manera en su cólera. Levantó la cabeza con un movimiento repentino y pareció reparar por vez primera en el cielo cada vez más oscuro que se extendía sobre las murallas de la fortaleza.

    —No creo que tengamos mucho tiempo —susurró Littlefield mirando al suelo, pero sus palabras estaban dirigidas a la teniente.
    —El puesto ha sido abandonado —anunció Breanne de repente—. Una evacuación de emergencia, supongo. Ya lo averiguaremos. Mientras tanto, Cutter…
    —¿Sí, señora?
    —Hay una enfermería en el Centro de Mando. Lleve a la mujer allí, átela a una camilla y luego vuelva para informarme. Littlefield, llévese a Melnikov y acompañen a Cutter. Encárguese de que Melnikov mantenga vigilado el cofre del tesoro y a la mujer… si es que es capaz.
    —Lo hará a las mil maravillas, teniente. Yo me encargaré.
    —Bien. ¿Podría también «encargarse» de que consiga un nuevo rifle? Y, ya que está, consígase uno también para usted —los labios de Breanne esbozaron casi una sonrisa—. Y luego regrese aquí. Tenemos que establecer un perímetro.

    Cutter gruñó una vez y a continuación cambió de posición a la mujer que llevaba en brazos. Había mucha decepción en su voz cuando dijo:

    —Hoy no ha habido mucha diversión, teniente. Hemos hecho pedacitos a los Zerg con una bomba nuclear. Ahora lo único que falta es llamar al autobús para que nos saque. La guerra ha terminado en este lugar —el hombretón sacudió la cabeza con tristeza—. No, la verdad es que no ha habido nada de diversión.

    Littlefield lanzó una mirada a Breanne pero si esperaba una reacción de ella, se vio decepcionado.

    —Ya ha oído sus órdenes —dijo la teniente con voz gélida. A continuación se volvió hacia el sargento técnico—. En cuanto a usted, sargento Jans, quédese conmigo. Tengo un montón de preguntas que hacerle y no quiero que se pierda antes de haber podido responderlas.


    * * *

    La noche estaba cayendo muy deprisa mientras se dirigían a la enfermería. Se había levantado un fuerte viento del oeste, que gemía y aullaba entre los edificios de la guarnición de la Confederación. Ardo se estremecía al escucharlo. Los desiertos edificios parecían estar observando cómo se movía entre ellos. El lugar estaba demasiado en silencio para la cantidad de equipo que aún conservaba. Allá donde mirara se encontraba con la visión de cosas que estaban precisamente donde debían y al mismo tiempo enteramente fuera de lugar. La tierra del suelo había sido compactada por las orugas y los repulsores de los numerosos vehículos que habían pasado sobre ella. Las luces brillantes de todos los módulos por los que pasaban seguían encendidas. La puerta de un depósito de suministros seguía abierta y las luces de su interior iluminaban la calle. Dentro había un VCE cuya forma de metal y plástico vagamente humanoide estaba agachada en el acto de recoger un módulo de construcción. El operador, no obstante, se había marchado hacía tiempo, como un espíritu que hubiera abandonado su cuerpo. Allá donde dirigiera la mirada veía las pisadas de los técnicos y Marines que aún deberían estar caminando sobre aquel suelo pero que por alguna razón habían desaparecido. Ahora sólo existían como fantasmas. Ardo no estaba seguro de qué lo sobresaltaría más: ver a alguien de repente o la constante tensión de no ver a nadie en absoluto.

    La calle principal discurría por detrás del barracón del sur y describía una curva sobre la tierra allanada en dirección al enorme Centro de Mando. El edificio era colosal, igual de ancho que de alto, y tenía la forma de un esferoide aplanado de metal. A todas luces, en su construcción había primado la funcionalidad sobre la estética. Es posible que en algún momento, algún ingeniero de la división de I+D de la Confederación hubiera tenido una relación apasionada con aquel diseño, pero en esto se había quedado solo. El Centro de Mando era la utilidad personificada. Unos enormes puntales de aterrizaje, hundidos hasta gran profundidad en unas cavidades abiertas al efecto, sostenían la estructura principal. El casco exterior estaba reforzado por varias planchas ablativas. Por encima de la estructura principal, se levantaba una gran variedad de torres de observación, antenas, cúpulas de sensores y otras dependencias técnicas dispuestas en lo que a un observador casual le hubiera parecido un caos completo. Y por encima de todo ello se levantaba la Sala de Operaciones, un bloque blindado con ventanas por todos los lados desde las que se dominaba el complejo entero. Las luces estaban encendidas al otro lado de las ventanas pero hasta donde Ardo podía ver, no había movimiento alguno al otro lado.

    La rampa de acceso principal del Centro de Mando estaba bajada y los brazos hidráulicos que la accionaban estaban extendidos en su totalidad. La entrada principal estaba bien iluminada pero Ardo no pudo evitar la sensación de que todos estaban entrando en las fauces de una bestia grande y oscura.

    Sin embargo, la iluminación del interior fue de gran ayuda, una vez estuvieron dentro. Cuantas menos sombras hubiera, mejor. La bodega principal tenía dos cubiertas en su interior. Ardo sabía que a su izquierda y su derecha se encontraban los procesadores de mineral y gas, los corazones que sustentaban cualquier base de mando móvil de la Confederación. Su mole ocupaba la mayor parte del espacio interior del Centro de Mando.

    Sobre sus cabezas, encajada en un espacio estrecho entre los gigantescos procesadores, se encontraba la bodega de mantenimiento de VCE. «Mantenimiento» era un término algo inapropiado: sus máquinas podían producir un VCE a partir de casi cualquier cosa utilizando tan sólo el procesador de mineral. Varios Vehículos de Construcción Espacial del modelo T-280 colgaban sobre sus cabezas, suspendidos de unos ganchos. Se balanceaban ligeramente. Ardo tuvo que recordarse que probablemente el causante era el sistema de ventilación.

    En aquel momento se percató de que su molesto dolor de cabeza había regresado. Littlefield seguía andando hacia el ascensor situado al otro lado de la bodega. Ambos se volvieron al subir a la plataforma. Cutter, aún con la mujer entre sus brazos, se reunió con ellos y Littlefield activó el ascensor.

    Mientras subían, Ardo trató de echar un vistazo a la mujer. La enorme maraña de pelo largo y sucio era lo primero que llamaba la atención. No podía verle el rostro, que estaba vuelto en dirección al pecho de Cutter. Llevaba el mono de cualquier trabajador colono. Probablemente trabajara en la ingeniería o en una de las hidrogranjas que había en las afueras de Oasis. La suela de una de sus botas estaba parcialmente suelta. Le resultó extraño, considerando todo lo que debía de haberles ocurrido a sus compañeros en aquel pueblo.

    Al menos, ahora que el pueblo había sido reducido a una nube brillante que flotaba en dirección este, no tendrían que volver para limpiar los muertos.

    ¿Limpiar los muertos?

    La frase se le grabó en la mente, pero no pudo asociarle ningún significado concreto. Además, le dolía demasiado la cabeza como para pensar mucho en ello. Mejor seguir con lo que estaba haciendo y olvidarlo.

    El ascensor se elevó rápidamente por el hueco y se detuvo en el Nivel 3. Cutter se volvió con la mujer en brazos y la llevó por el estrecho pasillo. No era fácil, en especial llevando la gran armadura de Murciélago de Fuego, pero Cutter lo logró sin demasiadas dificultades. Para él la armadura era como una segunda piel.

    —Vamos —dijo Littlefield dando un empujón a la caja que Ardo apoyaba en su muslo. El joven Marine abandonó sus ensoñaciones y empezó a andar por el pasillo.

    La enfermería estaba rodeada por el resto del Centro de Mando. Se encontraba casi en el centro exacto de la estructura. No había tanques de regeneración ni nada que un ciudadano de la Confederación pudiera haber considerado equipo médico estándar. Era más bien una estación de primeros auxilios, una parada en el trayecto de un Marine herido para asegurarse de que viviera lo bastante como para llegar a unas instalaciones médicas de verdad.

    Había varias literas en una de las paredes. La mayoría de ellas estaba impecable, como era habitual entre los Marines. Una de ellas, sin embargo, estaba deshecha y las sábanas habían caído al suelo.

    Cuando Cutter entró en la habitación, su mole pareció ocuparla casi por completo. Eligió una de las literas situadas a media altura y depositó en ella a la mujer, que no paraba de gemir. El hombretón pudo al fin abrirse el casco al mismo tiempo que Ardo y

    Littlefield entraban en el cuarto. Ardo vio que corrían grandes regueros de sudor por el rostro moreno del isleño.

    —No ha sido fácil —dijo con voz entrecortada. Se abrió los sellos de los guanteletes y sacó las manos. En cuestión de instantes estaba poniéndole a la mujer correas en las manos, los pies y alrededor del pecho—. Tengo que hacer más ejercicio. Tengo que trabajar más.

    Ardo sonrió y sacudió la cabeza. Cutter acababa de recorrer varios kilómetros con la mujer en la espalda o en brazos. A pesar de la ayuda del traje, era una hazaña muy notable. Sonrió al pensar que Cutter lo consideraba una señal de debilidad.

    Littlefield señaló en dirección a su derecha. Al otro lado de las literas, había una mesa con su silla junto a la pared.

    —¿Quieres mirarlo?

    Ardo y Cutter se detuvieron.

    La mesa estaba vacía por completo a excepción de una taza de café medio vacía y un sándwich a medio comer.

    Cutter le dedicó una mirada momentánea y a continuación alargó la enorme mano derecha hacia la taza y la recogió.

    —Aún está caliente —dijo, y se bebió el café de un solo trago.

    Ardo y Littlefield lo miraron, estupefactos.

    —Le falta azúcar —dijo el isleño mientras recogía los restos del sándwich y se los metía en la boca. El pan hizo que sus siguientes palabras resultaran apenas inteligibles—. Me largo. Si necesitáis algo, gritad. Seguro que viene alguien.

    Cogió sus guanteletes, salió de la enfermería y la puerta deslizante se cerró tras él.

    Littlefield le devolvió a Ardo su mirada asombrada y entonces los dos hombres se echaron a reír con ganas.

    —Increíble —dijo Ardo con voz entrecortada por las carcajadas.
    —No, no creas —respondió Littlefield con aire jovial—. La verdad es que no es tan malo una vez que lo conoces.

    Ardo se sentó en la silla, una acción no demasiado sencilla con la armadura puesta.

    —¿Lo conoces?
    —Claro —dijo Littlefield mientras se sentaba en el borde de la mesa—. Sirvió bajo mis órdenes durante algún tiempo. No somos demasiado compatibles. Supongo que no soy demasiado compatible con casi nadie.

    A Ardo no se le ocurrió nada que decir en el silencio que siguió.

    —Bueno —continuó Littlefield apartando la mirada—. Es una enfermería preciosa pero tú estás de guardia. Como centinela, ahora que lo pienso. La caja está aquí, sea lo que sea, y no creo que la mujer te cause demasiados problemas. No obstante, mantén abierto el canal de comunicaciones y, pase lo que pase, no te quedes dormido. Iré a buscar un par de rifles nuevos y munición. Breanne quiere organizar las guardias. Luego podremos pensar en el papeo. Estaré de vuelta antes de que te des cuenta.
    —Vale, sargento —asintió Ardo. No había advertido lo cansado que estaba hasta que se había sentado—. Ya te oigo.

    Littlefield sonrió.

    —¿La cabeza aún te molesta?

    Ardo asintió ligeramente.

    —Un poco.
    —Supongo que la resoc te está haciendo efecto, después de todo. ¡Oye, ahora eres un veterano! Has matado tu primer enemigo y has vivido para contarlo.

    El Zergling se retorció frente a él. Los ojos vacíos y negros de la criatura lo miraban.

    «Y Dios dijo: produzcan las aguas gran cantidad de criaturas de alma viviente…»

    Ardo no podía respirar.

    Frunció el ceño y apartó la mirada.

    —Sí, señor.

    El rostro de Littlefield se arrugó.

    —Te pondrás bien, chico. No durará mucho.

    El sargento se puso en pie y se dirigió con paso firme a la puerta. La puerta se abrió cuando se acercaba y se deslizó una vez que hubo pasado.

    Ardo respiró hondo.

    No podía hacer otra cosa que esperar. Y no era capaz de imaginar nada peor que tener que quedarse a solas con sus propios pensamientos.

    «Yo nunca te dejaría atrás —le dijo. El trigo susurraba alrededor de la manta en la que se habían tumbado».

    Estaba cayendo en el interior de aquellos ojos azules y luminosos.

    «Dorado…»

    Se levantó. Tenía que haber algo que pudiera hacer. La cabeza lo estaba matando de nuevo.

    Aparentemente, la mujer de la litera no se encontraba mucho mejor. Empezaba a debatirse débilmente contra sus ataduras y sus gemidos eran cada vez mayores.

    Ardo empezó a registrar los estantes de la enfermería. Mojó una toalla en el grifo de la pared y se acercó a la mujer.

    —Calma, señora —le dijo con voz tranquilizadora—. Nadie va a hacerle daño.

    La cabeza de la mujer se movía de un lado a otro bajo el nimbo de su enmarañado pelo. Sus esfuerzos eran más pronunciados a cada momento que pasaba.

    —Eh… mire, señora, tiene que relajarse. Estamos aquí para ayudarla —no estaba sirviendo de nada. Ardo la sujetó por los hombros y la zarandeó—. ¡Basta! ¡Escúcheme!

    La mujer dejó de debatirse.

    —Ahora está a salvo —Ardo suspiró al soltarle los hombros. Volvió a coger la toalla húmeda y empezó a quitarle el pelo de la cara—. Está en la Guarnición de la Confederación, en Pintoresco. Nadie va a…

    Se quedó sin habla.

    «Dorado».

    Parpadeó y luego se estremeció.

    La mujer lo miraba desde la litera.

    La brisa mecía con suavidad el nimbo de su cabello largo y brillante.

    Sin que pudiera hacer nada por evitarlo, los ojos se le llenaron de lágrimas.

    —¿Melani? ¡Melani, eres tú! ¡Dios mío, es un milagro! ¡Un milagro!

    Abrumado, le cogió la cabeza entre las manos.

    Acercó sus labios a los de ella.

    La mujer gritó.


    13. Merdith


    ARDO SE APARTÓ DE UN salto como si le hubiera dado una descarga eléctrica. La cabeza le palpitaba furiosamente.

    —¡Melani! ¡Basta, por favor! ¡Soy yo!

    La mujer volvió a gritar, con los ojos llenos de terror.

    Ardo levantó las manos tratando de calmarla. Las lágrimas hacían que le picaran los ojos. Le dolía la cabeza tanto que casi no veía.

    —¡Por favor! No voy a hacerte nada. Estás confusa… y… herida. Ha pasado tanto tiempo. Yo…
    —¡Apártate de mí, bastardo! —los dientes de la mujer castañetearon mientras luchaba por contener su miedo—. ¿Dónde demonio estoy?
    —Estás en la enfermería de… uh… de… —el dolor de su cráneo hizo que se encogiera. Le resultaba difícil pensar—. En la Guarnición de Pintoresco… en Mar Sara. Es un puesto avanzado de la Confederación…

    Ella volvió a debatirse contra las correas y al hacerlo sacudió la litera entera. Cutter había hecho bien su trabajo. Al cabo de unos momentos, exhausta y jadeando, se dejó caer sobre la cama.

    —Por favor, Melani —Ardo pestañeó para contener las lágrimas. Se peleó con los sellos de sus guanteletes, tratando de quitárselos al mismo tiempo que hablaba—. Si supieras lo mucho que he soñado con esto… lo mucho que te he echado de menos. He visto tu rostro un millar de veces entre la gente…

    La chica se volvió hacia él, sin dejar de parpadear, poniendo todo su empeño en permanecer consciente.

    —¿Estamos en una base de la Confederación?
    —¡Sí! —con el rostro lleno de angustia, Ardo se le acercó—. Oh, Melani, si supieras cuánto lo siento…

    La mujer le gritó con todas sus fuerzas:

    —¡Si das un paso más te mato, hijoputa!

    Ardo se detuvo, paralizado, incapaz de avanzar o retroceder. Los atronadores pálpitos de cabeza lo abrumaban. Soltó un grito estrangulado y cayó al suelo, sollozando sin control. Los recuerdos lo inundaron y se desbordaron por su mente. Campos dorados. Cabellos dorados. Gritos y sangre escarlata.

    Pasó algún tiempo hasta que volvió a oír la voz de la chica, hablándole en voz baja:

    —Eh, soldadito, tranquilo. Relájate, todo irá bien.

    Ardo levantó la mirada en medio de una turbia cortina de lágrimas.

    —Tómatelo con calma, ¿vale? Hablaremos… sólo hablar… ¿de acuerdo? Yo te ayudaré a sentirte mejor. ¿De acuerdo?

    Ardo asintió despacio. Estaba exhausto, sentado de manera ignominiosa sobre el suelo de la enfermería, con la espalda apoyada en la mesa.

    —Muy bien —dijo la mujer con voz tranquila y firme, como si estuviera hablando con un suicida a punto de arrojarse por un precipicio—. Tú siéntate ahí y charlaremos un minuto para que todo esto se resuelva, ¿vale?

    Ardo volvió a asentir vagamente.

    —Me llamo Merdith. ¿Y tú?

    Ardo inhaló entrecortadamente.

    —Mírame.

    Ardo no sabía si tenía la fuerza necesaria para hacerlo.

    —Oh, Melani…
    —Mírame —dijo Merdith, esta vez con un poco más de autoridad.

    Ardo levantó los ojos.

    —Mírame con detenimiento —Merdith se quedó muy quieta, concentrando su oscura mirada en el rostro de Ardo—. Mira mi pelo… míralo. ¿Es el pelo de… ah, Melani?

    Ardo hizo un esfuerzo por concentrarse.

    —Míralo… fíjate. ¿Es el pelo de Melani?

    El pelo era diferente. Saltaba a la vista que era más oscuro, aun sin la mugre. El pelo de Melani era precioso y fino y…

    —Mis ojos —le ordenó Merdith una vez más—. ¿Son éstos los ojos de Melani?

    Ardo se movió y miró los ojos oscuros, casi negros, de la mujer. Eran como estanques en el fondo de una caverna. Los ojos de Melani eran de un azul tan brillante…

    Ardo apartó la mirada.

    —No… no son los ojos de Melani.
    —Hola. Me llamó Merdith —lo intentó de nuevo—. ¿Y tú?
    —Ardo… Ardo Mein… soldado Ardo Melnikov —seguía sin poder mirar a la mujer—. Lo… lo siento muchísimo, señora. No sé lo que me ha pasado… Le ruego que acepte mis disculpas.
    —Está bien, soldado, no has hecho nada malo —Merdith miró al techo y pensó un momento antes de hablar—. Eres un resoc, ¿verdad?
    —¿Señora? —el palpito de la cabeza de Ardo había cesado un momento pero estaba regresando con todas sus fuerzas.
    —Entrenamiento de resocialización neural por medio de solapamiento de recuerdos, ¿verdad?
    —Sí… supongo que eso me convierte en un «resok» o como quiera que lo llame usted —de repente Ardo volvía a sentirse muy cansado—. Mire, señora, ya le he dicho que sentía lo ocurrido y lo decía en serio. Ahora… bueno, puede que sea mejor que no hablemos más.

    Recogió los guanteletes de su armadura y se puso en pie. Aún no se atrevía a mirarla de nuevo. Rodeó la mesa. Sólo quería estar a solas.

    Pero nunca estaba a solas, y menos en aquel momento. Los fantasmas de su mente seguían atormentándolo. La idea de sentarse y esperar a que Littlefield regresara era un tormento. Necesitaba algo más en que pensar, algo en que ocupar su mente para apartarla de aquellos pensamientos ociosos y negros que siempre amenazaban con dominarlo.

    La caja de metal estaba delante de él.

    El tesoro que casi le había costado la vida… y que había costado la de muchos otros.

    Allí había un rompecabezas en el que ocupar su mente. La caja tenía un asa a cada lado. Seis sellos separados mantenían fijo lo que parecía ser la tapa. No estaban cerrados… lo que a Ardo le parecía invitación suficiente para abrirlos.

    Alargó la mano y abrió el primero de los sellos.

    —Eh… yo no haría eso si fuera tú.

    Ardo levantó la mirada. Merdith seguía maniatada en la camilla. Le hablaba a Ardo pero tenía los ojos fijos en la caja.

    —¿Por qué no? —preguntó Ardo en tono neutro.
    —Bueno… es posible que no quieras saber lo que hay dentro.

    Ardo soltó un bufido y abrió un segundo sello.

    Merdith se sobresaltó visiblemente.

    —Hablo en serio, soldadito.
    —Estoy seguro de ello —suspiró y abrió el tercer sello.

    La voz de Merdith subió de tono y urgencia.

    —Hay una antigua leyenda de la Tierra sobre una mujer llamada Pandora. ¿La conoces, soldadito?
    —Sí —respondió Ardo, irritado. El cuarto sello le estaba causando dificultades. Parecía atascado—. En las colonias no somos todos idiotas, ¿sabes? Yo estudié mitología en el colegio.

    Con un gruñido, logró abrir el cuarto sello.

    —¿Fue allí donde la conociste? —preguntó Merdith rápidamente—. ¿Fue allí donde conociste a Melani?

    Ardo se detuvo.

    —¿De qué demonios está hablando usted, señora?
    —Melani, estoy hablando de Melani —Merdith se pasó la lengua por los labios en un gesto nervioso—. Sólo… sólo quería saber dónde la conociste, eso es todo.
    —Mire… eh…
    —Merdith, me llamo Merdith.
    —Sí. Mire, Merdith, eso fue hace mucho tiempo en un planeta del que ni siquiera creo que haya oído hablar y que, probablemente, aunque no fuera así, no le importaría nada —sacudió la cabeza mientras buscaba el siguiente sello—. Ya no le importa a nadie.
    —¿Qué ocurrió allí? —insistió Merdith—. ¿Qué le ocurrió a Melani?

    Un dolor agudo se encendió tras el ojo derecho de Ardo. Se encogió.

    —Cuéntamelo… cuéntame lo que le pasó.

    La vio tras él. Ahora los Zerg habían reemprendido el ataque con más furia. La Nave de Descenso les estaba arrebatando su premio. Al ver la rapidez con la que la gran muchedumbre había sido diezmada, Ardo empalideció: los habían segado como trigo manchado de rojo en un campo. Los Zerg estaban casi ya junto a Melani.

    Ardo se estremeció.

    —No importa… no debería preguntar…
    —Quiero saberlo —insistió—. ¿Qué es lo que recuerdas, soldadito? ¿Qué es lo que ves en tu mente?

    Los Zerg estaban casi ya junto a Melani.

    Ardo luchó y arañó. Gritó.

    Tres Hidraliscos apresaron a Melani al mismo tiempo y la apartaron a rastras de la muchedumbre.

    —¿Qué es lo que ves?
    —¡Déjeme tranquilo!

    «¡Ardo, por favor! —sollozó—. ¡No me dejes sola!»

    La muchedumbre aterrorizada lo arrastró hacia la nave.

    Merdith volvió a pedírselo:

    —¡Cuéntamelo!
    —Está muerta, ¿vale? —Ardo se enfureció—. ¡Está muerta! Los Zerg atacaron nuestro pueblo. Las tropas de la Confederación llegaron para evacuarnos. Yo traté de salvarla pero fallé, ¿vale? Traté… traté… traté de llevarla hasta la Nave de Descenso pero la muchedumbre estaba entre los dos… y yo… y yo no pude… no pude…

    Su voz se apagó. Para su sorpresa, vio su tristeza reflejada en los ojos de Merdith.

    —Oh, soldadito —dijo con voz apagada—, ¿es eso lo que te contaron? ¿Es eso lo que crees?

    Sonó un pitido por el canal de comunicación y el sonido se arrastró hasta la habitación. Una parte de la mente de Ardo lo reconoció pero no logró reunir la voluntad necesaria para contestar.

    —Lo siento por ti, soldadito.

    Volvió a sonar el pitido en el canal de comunicación. ¿Qué estaba tratando de decirle aquella mujer?

    El canal de comunicación emitió su llamada una tercera vez.

    —¿No piensas contestar? —preguntó Merdith.

    Ardo se sacudió de encima los confusos pensamientos y pulsó el botón de Comunicación Abierta.

    —Aquí Melnikov.
    —Aquí Littlefield. ¿Va todo bien por ahí, chico?

    Merdith no apartaba los ojos de Ardo. Las suspicacias del Marine hacia ella no dejaban de aumentar. Rodeó la mesa y se apartó tratando de impedir que escuchara su conversación.

    —Sí, sargento, por aquí estamos bien.
    —¿De veras lo estamos? Bueno, he encontrado un par de C-14 Empaladores muy nuevos y muy limpios para nosotros. Estaré ahí enseguida. ¿Cuál es la condición de tu prisionera?
    —Habla mucho —replicó y una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de la mujer.
    —Bueno, confiemos en que siga así. La teniente quiere que las llevemos a ella y a la caja a la Sala de Operaciones en cuanto me reúna contigo. Ahora mismo estoy en la puerta del Centro de Mando. Corto y cierro.

    Ardo volvió a poner el comunicador en modo de Escucha y empezó a cerrar rápidamente los sellos de la caja.

    —Confío en que tengamos la oportunidad de hablar de nuevo, soldadito —las palabras de Merdith parecían de seda—. Yo sé algo sobre la suerte de Melani que deberías conocer.
    —No creo que sepas nada sobre eso.
    —Pues así es.
    —¿Como qué?
    —Como que es todo una mentira, soldadito. Es todo una mentira.


    14. Recuerdos disminuidos


    —¡EH, MELNIKOV! La teniente nos quiere en Operaciones ahora… Melnikov, ¿va todo bien?

    Ardo apenas se había percatado de que Littlefield acababa de cruzar la puerta. Seguía observando a Merdith con la mirada entornada.

    —¿Qué acabas de decir?

    Littlefield creyó que las palabras del muchacho se dirigían a él.

    —He dicho que la teniente te quiere en la sala de Operaciones. ¿Me he perdido algo?

    Le arrojó un nuevo rifle gauss C-14 a Ardo. Sentir su peso entre las manos resultaba tranquilizador. Sin pensarlo, Ardo comprobó el seguro, revisó el contador de munición y armó el rifle. Era un placer poder hacer algo que no requería que pensara.

    —¿Cómo está la mujer? —el sargento dejó con cuidado su arma nueva sobre la tapa de metal y a continuación se dirigió hacia la litera en la que descansaba—. Oh, ya veo que está despierta, señora. ¿Cómo se encuentra?
    —Atada —respondió Merdith con voz apagada.

    Littlefield rió para sus adentros mientras comprobaba la dilatación de sus pupilas.

    —Bueno, veo que no ha perdido el sentido del humor. ¿Tiene algo roto? ¿Alguna contractura?
    —Soy portátil —respondió Merdith.
    —Sí, pero apuesto a que resulta difícil de mover —rió Littlefield mientras se apartaba un poco—. Muy bien, señorita, ahora la voy a soltar. La teniente quiere tener unas palabras con usted. No hay de qué preocuparse… la encontramos en un mal sitio y éste es el procedimiento de rutina, ¿entiende?

    Merdith asintió.

    —De modo que no me va a causar ningún problema, ¿a que no?
    —¿Y si fuera así? —Merdith sorbió por la nariz.
    —Bueno, los dos tenemos armas muy grandes, señorita.
    —Eso es lo que dicen todos —esta vez fue ella la que rió—. No le causaré ningún problema, sargento. Y yo también tengo muchas ganas de hablar con su teniente. Me portaré bien.
    —Eso es precisamente lo que quería oír —dijo Littlefield con voz agradable mientras empezaba a soltar las correas de la litera—. Estoy seguro de que acabaremos siendo muy buenos amigos en cuanto hayamos aclarado las cosas. ¿No estás de acuerdo, Melnikov?
    —Señor, sí, señor —respondió Ardo de forma automática. Una parte de su cerebro no estaba tan segura.

    Littlefield soltó la última de las correas y retrocedió un paso largo.

    —¿Asustado? —dijo Merdith mientras se incorporaba.
    —Precavido, señora —replicó Littlefield al tiempo que extendía el brazo hacia atrás y cogía el arma—. Sólo precavido. ¿Y qué me dice del cofre del tesoro que tienen ahí? —a Ardo su voz le pareció despreocupada de una manera muy estudiada, peligrosa—. ¿Viene con nosotros?
    —¿Por qué lo pregunta? —Littlefield entornó la mirada.
    —He estado protegiendo esa cajita desde hace algún tiempo. Digamos sólo que hemos acabado bastante apegados el uno al otro —bajó de la litera y trató de erguirse con cuidado. Sin embargo su pie izquierdo se dobló al hacerlo y tuvo que sujetarse para no caer.
    —¿Está herida, señora?
    —Sólo en mi orgullo —levantó el pie para examinar la bota rota. Sacudió la cabeza—. Era mi par favorito. Bueno, como decía mi madre, «arréglalo o tíralo». ¿Cree que podrían conseguirme un poco de cinta aislante por alguna parte, sargento?
    —¿Cinta aislante? —Littlefield se echó a reír—. ¿No es eso un poco anticuado?
    —Pregúntele a un ingeniero —dijo Merdith mientras se dirigía caminando hacia la puerta de la enfermería—. Todo se puede arreglar con cinta aislante.


    * * *

    La Sala de Operaciones estaba situada en el punto más alto del Centro de Mando. El Gran Diseñador —quienquiera que fuese— había decidido que fuera una gran caja cuadrada de paredes inclinadas y con un anillo de ventanas de transacero que recorría todo su perímetro. Un oficial podía ver en todas direcciones por esas ventanas caminando por una plataforma elevada que discurría a lo largo de la habitación entera.

    El punto neurálgico de la Sala de Operaciones, sin embargo, era la isleta de mando, una plataforma circular sobre elevada y situada en el centro de la sala. Desde allí, los oficiales podían vigilar las operaciones utilizando las diferentes terminales que había por toda la sala.

    Las terminales de mando estaban situadas en la parte interior de la plataforma y en la isleta. Con ellas podía controlarse cualquier aspecto de las diferentes operaciones que una base avanzada de la Confederación podía realizar. Raramente se usaban todas a la vez. Sólo se les quitaba la protección de transporte cuando había que utilizarlas. Se decía que uno podía saber qué operaciones estaba realizando una base con sólo mirar qué terminales habían sido descubiertas.

    Cuando el ascensor dejó a Ardo, Merdith y Littlefield en la Sala de Operaciones, Ardo descubrió con sorpresa que gran parte de las terminales seguían tapadas. No había estado en Pintoresco más que el tiempo imprescindible para echar un rápido vistazo a la base… y en realidad sólo en los barracones, antes de que salieran por la mañana. Mientras salía del ascensor junto con Littlefield, una rápida mirada le bastó para saber que en la base no había gran cosa aparte de los barracones. Una de las terminales de la fábrica estaba encendida, junto con su correspondiente terminal de taller. Aparentemente en aquel lugar se podían fabricar cosas básicas, pero no mucho más. También estaba descubierta la terminal de un depósito de suministros. Pero no le interesaba tanto lo que había allí como lo que faltaba: las consolas que nunca habían sido destapadas. Las del Taller de Armas, Ingeniería y el Espaciopuerto seguían cerradas. Y lo que era más importante, los controles de la refinería seguían sin activarse, lo que significaba que no habían tenido medios de producir el gas necesario para alimentar equipos pesados. Sólo podían utilizar lo que quedase en los depósitos de suministros. Aunque se alegró al ver que una de las consolas seguía cerrada: aparentemente tampoco había Academia operativa en el lugar.

    «No hay mucho con que trabajar», se dijo. «¿Por qué está la base aquí?», se preguntó.

    La teniente Breanne estaba inclinada sobre la consola de mando de la isleta. Cutter se encontraba a su lado, prestando atención a sus instrucciones mientras ella señalaba puntos en la superficie de la pantalla.

    —La muralla del perímetro cubre sólo unas tres cuartas partes de la base. Termina aquí… y aquí —volvió a señalar la pantalla—, en lo alto de la cara de este acantilado. Hay casi diez metros de caída y luego otros siete metros de grava y rocas hasta la base del glacis. La superficie de la pared es de arenisca, resbaladiza hasta para los Zerg. El acantilado desemboca en la Cuenca, que en este momento es en su mayor parte un cementerio nuclear. No creo que vengan por esa dirección, pero tampoco quisiera que nos sorprendieran.
    —¿Teniente? —dijo Littlefield.

    Breanne no apartó la mirada de la pantalla mientras decía:

    —Sí, gracias, sargento. Cutter, vaya al perímetro. Que Xiang y Mellish revisen rápidamente las torres de defensa para asegurarse de que están todas operativas y luego organice las guardias como hemos discutido.
    —A sus órdenes, teniente —replicó Cutter con un saludo rígido. Bajó de la isleta de un salto y su pesado traje provocó un estrépito metálico al chocar con las planchas del suelo. Una luminosa sonrisa se dibujó en su ancha cara al ver a Merdith—. ¡Vaya, princesa! ¡Me alegro de verte con los ojos abiertos!
    —¡Y ruborizada, seguro! —Merdith bostezó.
    —Oye, deberías estarlo. No todas las mujeres tienen la suerte de ser rescatadas por Fetu Koura-Abi —el enorme isleño se dio un golpe en el pecho de la armadura y a continuación dijo con la voz más suave que pudo conseguir—. No hace falta que me lo agradezcas ahora. Estoy seguro de que se te ocurrirán varias maneras de hacerlo más tarde.

    Merdith parpadeó varias veces con un movimiento exagerado de las pestañas.

    —Muchas gracias por traerme aquí, oh grande y fuerte Marine.

    Cutter no captó el sarcasmo.

    —Búscame más tarde. Ya verás lo bien que te lo pasas.

    Se dirigió a grandes zancadas hacia el ascensor y por eso no vio los ojos en blanco de Merdith ni su mueca de amargura.

    No le pasaron inadvertidas, en cambio, a la teniente Breanne, quien ahora los estaba mirando de espaldas al isleño y con los brazos cruzados a la altura del pecho.

    —Soy la teniente L.Z. Breanne de los Marines de la Confederación. ¿Y usted es…?

    Merdith observó cuidadosamente a la teniente, como si la estuviera evaluando.

    —Me llamo Merdith Jernic. Soy… vaya, era… ingeniera en la Estación Oasis.
    —¿Ingeniera?
    —Sí, eso es lo que he dicho.
    —¿Y en qué trabajaba?
    —Pozos termales y sistemas de condensación para el suministro de agua.
    —Ya veo —la teniente bajó de la isleta, con las manos aún cruzadas sobre el pecho—. Y esta caja estaba en su poder.
    —Bueno, no… no lo sé —replicó Merdith con voz tranquila—. En aquel momento creo que estaba inconsciente.

    Breanne soltó una risilla sombría.

    —Qué conveniente.
    —Bueno, señora, si la van a devorar los Zerg, recomiendo estar inconsciente.

    Breanne le miró los ojos.

    —¿Sabe lo que hay en la caja?

    Merdith vaciló un momento y entonces contestó:

    —¿Y usted?

    Breanne esbozó una fina sonrisa y a continuación se acercó a Ardo y Littlefield, que seguían sosteniendo la caja.

    —Vamos a averiguarlo.
    —Espere —dijo Merdith en voz baja.

    Breanne abrió dos de los sellos con un movimiento rápido.

    —Espere —dijo Merdith, esta vez con más insistencia.

    La teniente volvió sus ojos gélidos hacia ella.

    —¿Tiene algo que decir?

    Merdith se pasó la lengua por los labios.

    Breanne dio dos pasos rápidos hacia ella y en cuestión de segundos su angulosa cara estuvo a escasos centímetros de la de la civil.

    —¿Qué hay en esa caja que es tan importante?

    Merdith apartó la mirada.

    Breanne habló con una voz baja y peligrosa.

    —He tenido un día muy largo, señora, y no tengo la menor intención de alargarlo más. El Mando de los Marines de la Confederación nos envía aquí a recuperar esta caja… y yo no hago preguntas. Nos sueltan en mitad de un planeta dejado de la mano de Dios en las colonias exteriores… y yo no hago preguntas. Ahora que tengo esta maldita cosa, me encuentro aquí sola, mi transporte ha desaparecido y cae a mi espalda una bomba nuclear táctica sin advertencia previa…

    «¿Sin advertencia previa?», pensó Ardo. «¿Ni siquiera habían avisado a la teniente de que iban a lanzar una bomba nuclear?»

    —… la mitad de mi pelotón ha arrastrado el culo hasta la extenuación para salir de allí, sólo para descubrir que la base de la que salimos se ha convertido de repente en una ciudad fantasma… y ahora, sólo ahora, tengo al fin algunas preguntas. Y va usted a responderlas.

    Los ojos de Merdith despidieron un fulgor de furia.

    —¿Qué hay en esa caja?
    —Pruebas.
    —¿Pruebas de qué?
    —Pruebas de que la Confederación trajo a los Zerg a Mar Sara —replicó Merdith—. Pruebas de que la Confederación está desarrollando un arma terrible capaz de aniquilar la población civil en mundos enteros.

    Breanne dejó escapar un gruñido de incredulidad y se acercó de nuevo a la caja. Volvió a abrir los sellos.

    —Así que ahora me va a enseñar una caja llena de papeles y documentos y otras «pruebas» semejantes y espera que me crea…
    —¡Por favor, quieta! —gritó Merdith.

    Breanne extendió el brazo en un movimiento rápido y apuntó con su arma a Merdith entre las cejas.

    —¿Por qué?
    —Porque —respondió Merdith con voz controlada y los ojos fijos en el arma de la teniente— esa caja contiene el aparato que atrajo a los Zerg a este lugar. Si la abre… si la abre, cada Zergling, Hidraliscos o Mutalisco que haya a menos de diez mil clicks de este lugar removerá cielo y tierra para llegar hasta esta sala.
    —Está loca —murmuró Brearme.
    —No, oficial —repuso Merdith con voz de derrota—. Con el debido respeto, creo que acaba de describir usted a la gente que construyó ese aparato.

    Ardo contuvo el aliento. Se sentía casi ajeno a la escena que se estaba desarrollando a no más de un metro de distancia.

    Breanne no apartó el arma.

    —¿Robó usted esta… esta máquina?
    —No, oficial, ya se lo he dicho: soy ingeniera. Algunos de Los Hijos de Korhal me la trajeron para que la examinara.
    —¿Los Hijos de Korhal? —Littlefield ladeó la cabeza con aire escéptico—. ¿Quién demonios son Los Hijos de Korhal?
    —Que me aspen si lo sé —Breanne sorbió por la nariz—. Unos revolucionarios de la zona, supongo. Korhal es un planeta del núcleo de la Confederación que se levantó hace algún tiempo. Lo último que supe de él es que estaba sometido a una especie de cuarentena. Últimamente abundan mucho: pequeños grupos de rebeldes que tratan de socavar la integridad de la Confederación.
    —Estamos creciendo —dijo Merdith con orgullo—. Puede que ahora seamos pocos pero, alma por alma, casa por casa, planeta por planeta, amenazamos a esa mal llamada Confederación.
    —Terroristas —le espetó Breanne.
    —Revolucionarios —repuso Merdith.
    —Soñadores con delirios de grandeza —bufó Breanne—. De modo que esos terroristas le trajeron esta caja…

    Breanne bajó la voz hasta que sólo fue un susurro.

    —Y usted la abrió… ¿verdad?

    Merdith siguió mirando el cañón del arma pero guardó silencio.

    Breanne bajó la mano y la enfundó.

    —Merdith Jernic, la pongo bajo arresto a la espera de una investigación por robo de propiedades de la Confederación.

    Merdith sonrió y sacudió la cabeza. A Ardo se le antojaba un poco absurdo arrestar a la mujer pero Breanne siempre parecía hacer las cosas según el manual, por poco sentido que tuvieran.

    —Investigaré sus afirmaciones y si resulta que tienen algún fundamento, será usted puesta en libertad. ¿Comprende?

    Merdith asintió con una risilla.

    —Mejor de lo que imagina.
    —Littlefield, deje aquí esas «pruebas» y escolte a esta mujer a los barracones para que pueda comer algo. Tráigamela dentro de una hora.
    —Con su permiso, señora —dijo Ardo.
    —¿Tiene algo que decir, soldado?

    Los gélidos ojos se volvieron hacia Ardo, para incomodidad de éste.

    —Sí, señora. Yo me encargaré de ella. La verdad es que me vendría muy bien algo de comida y así el sargento estará libre para cosas más importantes.
    —¿Se está presentando voluntario, soldado?
    —Sí, señora… si no hay inconveniente.

    Breanne se encogió de hombres.

    —Como quiera. Littlefield, vaya a buscar al sargento técnico y tráigamelo aquí. Veremos si es posible resolver este rompecabezas. Y, Melnikov…
    —¿Sí, señora?
    —Devuélvamela dentro de una hora —subrayó la teniente—. Preferiría que fuera de una pieza, pero no la pierda de vista.
    —Sí, señora.

    Ardo tomó a Merdith del brazo y la condujo hacia el ascensor. Puede que la teniente no tuviera más preguntas pero él todavía tenía muchas y no tenía la menor intención de perder a Merdith.


    15. El ojo de la mente


    ARDO LA CONDUJO POR LA rampa principal del Centro de Mando y luego en dirección a la entrada del barracón más cercano, situado a su izquierda. El viento aullaba desde el oeste, levantando nubes de polvo seco por toda la instalación. Los remolinos de arena susurraban y gemían entre los edificios. A Ardo, protegido aún por la armadura de combate, la arena casi no le molestaba. Pero la mujer que marchaba a su lado estaba expuesta a los elementos. La mano derecha le cubría el rostro con la solapa de su mono de ingeniera mientras el Marine le sujetaba con fuerza el brazo izquierdo.

    Ardo tenía prisa por llegar al barracón y no precisamente para que ella pudiera guarecerse.

    Pasaron entre los enormes puntales de aterrizaje y los repulsores del barracón del sur. Una columna de luz dorada se derramaba por la rampa de acceso para que resultara más fácil de encontrar.

    Le encantaban los barracones, pensó de repente, pero se preguntó por qué siempre sentía náuseas al acercarse a uno. No tuvo tiempo de pensarlo, sin embargo: había demasiadas cosas en que pensar. Sin soltar todavía el brazo de Merdith, la condujo por la rampa hasta la sala de despliegue.

    Esta sala era uno de los espacios más grandes del abarrotado complejo. Se abría al final de la rampa y era el lugar en el que los Marines se preparaban para las misiones. A su alrededor había armas y estantes de equipo. La mayoría de ellos estaban ordenados y cerrados, aunque había algunas taquillas abiertas. Un equipo de mantenimiento descansaba sobre el suelo, frente a una de las taquillas. Aparentemente, alguien que estaba reparando una armadura lo había dejado allí.

    Parecía que habían abandonado la sala a toda prisa. Más preguntas. La cabeza empezó a dolerle cuando se las planteó pero le dio la impresión de que algunas de las respuestas estaban, literalmente, al alcance de su mano.

    —¿Está bien, señora? —preguntó con aire formal—. El viento es terrible esta noche.

    Merdith tosió un par de veces mientras se limpiaba el polvo del mono con la mano libre.

    —El viento es terrible todas las noches, soldadito. En este lugar nos hemos criado con la arena. No nos preocupa —suspiró, se encogió y miró la cara de Ardo al otro lado del visor—. Dime, si te prometo que no saldré corriendo, ¿crees que podrías soltarme el brazo?

    Ardo pestañeó y lo hizo.

    —Eh, oh… sí, señora. No hará ninguna estupidez, ¿verdad?
    —Te prometo que no bailaré con nadie más en toda la noche —sonrió y miró a su alrededor. Había numerosas salidas que conducían al interior de los barracones—. ¿Y adónde vais por aquí cuando queréis invitar a una chica a una taza de café?
    —La puerta de la derecha —señaló Ardo con el cañón de su rifle C-14—. Usted primero… Insisto.

    Merdith enarcó las cejas y esbozó una sonrisa despreocupada. Ardo se la devolvió mientras se abría el visor del casco con la mano libre. Merdith asintió y se puso en marcha. La enorme puerta de presión se abrió sin ofrecer resistencia.

    Una tenue luz iluminaba el pasillo que había al otro lado. A ambos lados del mismo había grandes tubos transparentes. Cada uno de ellos parecía lleno de un líquido entre verde y azul que circulaba constantemente. Cada uno de ellos tenía su propio panel de control, mientras que al final del pasillo, a la izquierda de otra puerta de presión, había una cabina de control.

    —Por los dioses —dijo Merdith con voz casi reverente—. Son las cámaras de resocialización neural, ¿verdad? Ahí es donde os meten.
    —No se pare —dijo Ardo—. Está al otro lado.
    —¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
    —No se pare —le espetó Ardo.
    —No te gusta este lugar, ¿verdad? Te asusta. Puedo sentirlo.
    —¡Señora, he dicho que se mueva!

    El grito hizo que Merdith se encogiera y rápidamente siguió andando hacia la puerta.

    —A la derecha —le ordenó Ardo. Se sentía un poco mareado. Le encantaba la resoc… odiaba la resoc… esperaba con impaciencia la resoc… antes se hubiera volado la tapa de los sesos que someterse de nuevo a resoc…

    Merdith abrió la puerta rápidamente y salió a un pasillo iluminado, seguida muy de cerca por Ardo. Pasaron junto a los dormitorios de la tropa, incluido el mismo en el que Ardo había dejado sus cosas antes de salir y llegaron por fin a la puerta del comedor.

    Era una habitación estrecha pero funcional. Aparentemente, la evacuación de la base no se había producido durante ninguno de los turnos regulares de comida. El compartimiento estaba como una patena. Ardo se sintió aliviado al ver que nadie se había dejado nada. Estaba harto de encontrarse con constantes detalles que le recordaban que el lugar había estado habitado pocas horas atrás y ahora estaba completamente desierto.

    —Bonito lugar tenéis aquí —señaló Merdith como si tal cosa—. Estéril pero bonito.
    —Los dispensadores de comida están al final de esa pared —dijo Ardo mientras utilizaba de nuevo el rifle para señalar—. No son complicados. Sólo…
    —Sé cómo manejarme en una cocina, soldadito —se aproximó a la fila de dispensadores de comida y bebida—. ¿Quieres algo? ¿Una taza de café?
    —No, señora. No tomo café.

    Merdith cogió una taza del dispensador y empezó a llenarla.

    —¿De veras? Qué interesante ¿Sabías que el café era una de las cosas que la gente pedía con más insistencia cuando los colonos originales fueron exiliados de la Tierra?
    —Sí, señora, ya lo había oído.

    Merdith dio una vuelta por la sala con la taza de café humeante en la mano y luego se apoyó en la pared. Se hizo un silencio. Había tantas cosas que Ardo quería preguntar que ahora las preguntas tropezaban unas con otras en su cabeza. ¿Qué era lo que estaba diciéndole antes de que Littlefield entrara? ¿Algo sobre que todo era una mentira? Sólo que, ahora que lo pensaba, no era capaz de recordar de qué habían estado hablando…

    —Así que, ¿nos van a molestar?

    Ardo abandonó sus ensoñaciones y con gran enfado se dio cuenta de que si se despistaba de aquella manera mientras estuviese custodiando a aquella mujer, podía acabar muerto.

    —¿Disculpe? ¿Qué decía, señora?
    —¿Estamos solos? ¿Va a venir alguien a molestarnos en los próximos minutos?

    Ardo se ruborizó.

    —Por favor, señora. No creo que deba hablar de esa manera. No está… no está bien.

    Merdith se disponía a responder, pero de pronto se contuvo. Su boca tensa esbozó una sonrisa de deleite…

    —Así que pensabas que quería…
    —Escuche, señora, lo de menos es lo que yo crea —podía sentir cómo enrojecía su rostro y sabía que nada que pudiera hacer él lo impediría—. La estoy… la estoy vigilando y no sería apropiado.
    —¿Apropiado? —Merdith se lo estaba pasando en grande y Ardo sabía que era a su costa.
    —¡Sí, señora! ¡Apropiado!
    —No me lo puedo creer —tomó un largo trago de su café y lo levantó hacia Ardo a modo de saludo—. Eres virgen.

    Ardo sabía que iba a hablar en voz demasiado alta aun antes de abrir la boca.

    —¡No creo que eso sea asunto suyo, señora!
    —¡Ahora sí que lo he visto todo! —parecía encantada—. ¡Un Marine de la Confederación virgen!
    —No sería honorable, señora… para ninguno de los dos. Y ahora, ¿por qué no se toma el café y se relaja? Tenemos una hora antes de que haya que volver… —cuanto más hablaba, más parecía empeorar las cosas. Finalmente, dejó que sus palabras desembocaran en un silencio frustrado.

    Merdith apartó la mirada, con un brillo travieso en los ojos.

    —No te preocupes, soldadito, tu secreto está a salvo conmigo —se sentó en una de las mesas—. Además, la verdad es que no me refería a eso. Eres un chico guapo y todo eso, soldadito, pero lo cierto es que sólo quería hablar. Igual que tú, ¿no?
    —Sí, señora. Creía…
    —Llámame Merdith.
    —Oh, no sé si…
    —Vamos, sólo entre nosotros. Seamos amigos.
    —Muy bien… Merdith. Yo… soy el soldado raso Ardo Melnikov.

    La mujer volvió a levantar la taza para agradecérselo.

    —Muy bien. Ardo, encantada de conocerte. Y… dime. ¿Cómo es que se han presentado los Marines para rescatarme?

    Ardo pensó un momento.

    —Lo siento, señora, pero no puedo discutir detalles de la misión con una…
    —Con una civil, lo sé —Merdith terminó la frase por él—. Sólo quería saber cómo me habíais sacado de allí. Los últimos días no terminan de estar del todo claros en mis recuerdos. ¿Dónde me encontraste?
    —Oh, no fui yo quien la encontró, señora. Fue Cutter… O sea, el soldado raso Koura-Abi. El tío grande y fuerte al que ha conocido hace un rato en la Sala de Operaciones.
    —Por supuesto. ¿Y dónde me encontró él?
    —La verdad es que no lo sé, señora. La primera vez que la vi le llevaba sobre el hombro y estaba corriendo para reunirse con el resto de nosotros en la barricada.

    Los ojos de Merdith le sonrieron con calidez.

    —Ya veo. ¿Y cómo salimos de allí? La teniente mencionó que su transporte la había abandonado.
    —Oh —Ardo se encogió de hombros—. Había una Nave de Descenso que debía de sacarnos de allí cuando tuviéramos la caja. Nos abrimos camino luchando hasta la pista de aterrizaje pero… pero nunca se presentó.
    —Creo haberte oído decir que estaba con vosotros.
    —Sí. Es raro. Oí que decía que se estaba acercando a la zona de encuentro, lo oí por el canal de comunicaciones, pero nunca la vimos. Simplemente… no lo sé… no apareció. Los Zerg nos habían cortado la retirada y parecía que había llegado la hora de recibir la última paga. Pero la teniente nos obligó a seguir luchando y logramos abrirnos camino hasta aquí. Perdimos algunos hombres por el camino pero todos los supervivientes seguimos aquí. Si la Nave de Descenso se hubiera presentado, todo habría ido bien. Supongo que fue alguna emergencia.
    —¿Una emergencia? —Merdith asintió con aire ausente mientras en las comisuras de sus labios se insinuaba el atisbo de una sonrisa—. Sí, supongo que podría tratarse de eso, aunque parece que le tocan todas a vuestra teniente. ¿Qué era eso de una bomba nuclear?
    —Oh, eso —Ardo volvió a encogerse de hombros, pero en su rostro se dibujó una mueca de incertidumbre—. Bueno, después de que atravesáramos el fondo de la Cuenca, la Confederación lanzó una bomba nuclear sobre Oasis. Sólo una pequeña, de tipo táctico. Fue una suerte, o esos Zerg nos hubieran seguido y nos hubieran alcanzado en la pared.
    —Bueno, a nadie le hubiera convenido eso —Merdith suspiró pero unos pensamientos inquietantes le arrugaban el ceño. Llegó a una conclusión y su frente se alisó mientras volvía a levantar una sonriente mirada hacia Ardo—. Bueno, lo conseguimos gracias a vosotros. Yo volveré a mi vida de pozos termales y tú seguirás recordando a esa chica. ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Melani.

    Ardo tragó saliva.

    —¿Qué sabe de Melani? Dijo que era una mentira. ¿De qué estaba hablando?

    Merdith bajó la mirada hacia su café. Era como si estuviese leyendo los posos en una especie de rito adivinatorio gitano.

    —La verdad es peligrosa, Ardo. Eres un buen soldadito. Puede que no te convenga hablar de estas cosas.

    Ardo apoyó la bota en el banco que había enfrente de Merdith y se inclinó hacia delante.

    —Señora… Merdith… un hombre muy sabio me dijo una vez que la verdad es lo único real que existe. La verdad deshace las sombras y la oscuridad. Yo lo creo así y me parece que tú también.
    —Lo que yo creo es lo de menos —replicó Merdith, mirando a Ardo como si fuera la primera vez—. Lo importante es lo que crees tú.

    Ardo no entendía lo que la mujer estaba diciendo. Lo único que sabía era que quería descubrir la verdad, que estaba cansado de las sombras que acechaban en el fondo de su mente y lo estaban volviendo loco poco a poco.

    —¿Qué le pasó a Melani? ¿Qué les pasó a mis padres? ¿Qué le pasó a mi planeta?

    Merdith suspiró.

    —Ardo… ¿Recuerdas que antes hemos hablado de la caja de Pandora?
    —¿Qué? —¿Es que estaba tratando de cambiar de tema?—. Sí, hablamos sobre la caja de metal que encontramos contigo…
    —Sí, así es, pero lo que te pregunto es si recuerdas la historia.
    —Claro. ¿Qué ocurre?
    —Hay una caja de Pandora dentro de ti. ¿De verdad quieres que la abra? Una vez que esté abierta, no podrás volver a cerrarla.

    Ardo se encogió. La cabeza le estaba palpitando de nuevo.

    —¿Dices que la respuesta está dentro de mí?

    Merdith pareció tomar una decisión.

    —Háblame de ese último día. Cuéntamelo todo sobre el último día que pasaste con Melani en tu mundo natal.

    Las palpitaciones de su cráneo aumentaron.

    —¿Qué tiene eso que ver con…?
    —Tú cuéntamelo —insistió Merdith—. Comienza con el momento en que las cosas empezaron a ir mal… tú sabes que hubo un momento en que todo empezó a ir mal. ¿Qué estabas haciendo antes de eso?

    Ardo se encogió de dolor. ¿Por qué le estaba haciendo aquello? ¿Por qué se lo estaba permitiendo él? No conocía a aquella mujer. Probablemente fuera una espía o una anarquista o Dios sabe qué.

    Tenía que averiguarla. Tenía que averiguar la verdad.

    —Estábamos… estábamos en un campo…

    «Dorado… uno de esos días perfectos tan raros».

    —… haciendo un picnic. Era el día más hermoso que había visto. Cálido y primaveral. Oh, Dios… ¿De verdad es necesario…?
    —Está bien —lo tranquilizó Merdith—. Estoy a tu lado. Recorreremos el día juntos y yo estaré allí contigo. ¿Qué cambió ese día tan perfecto?
    —La sirena del pueblo empezó a sonar. La sirena de la alarma. Pensé que era la típica prueba que se hacía a mediodía pero Melani dijo que no era mediodía y entonces… llegaron.
    —¿Quiénes?

    «Enormes volutas de humo volaban tras unas bolas de fuego que se dirigían directamente hacia él desde el extremo occidental del amplio valle».

    —Los Zerg.
    —¿Puedes verlos? ¿Qué aspecto tienen?
    —No puedo verlos… Sólo veo bolas de fuego que atraviesan la atmósfera.
    —¿Qué podría provocar eso, Ardo?

    El Marine pestañeó.

    —¿Qué quieres decir?
    —¿Qué podría provocar que los Zerg hicieran grandes bolas de fuego y nubes de humo en el cielo? —insistió Merdith. Sus ojos no se apartaban de él.
    —Grandes velocidades, supongo. El calor provocado por el rozamiento con la atmósfera —respondió Ardo.
    —Pero ¿alguna vez has oído que los Zerg entraran en un planeta de esa manera? —preguntó Merdith con voz suave—. Los Zerg se desperdigan por el espacio como un enjambre. Su llegada es silenciosa.

    Ardo cerró los ojos. La luz de la sala le hacía daño.

    —¿Qué… qué es lo que estás diciendo?
    —No estoy diciendo nada. Sólo estoy escuchando —dijo Merdith—. Tú trata de relajarte y responder. Háblame, por favor. ¿Qué fue lo siguiente que hicisteis Melani y tú?
    —Bueno… ¡Corrimos! Corrimos hacia el pueblo. La antigua colonia tenía un muro defensivo y pensamos que estaríamos más seguros en su interior. No sé cómo llegamos allí pero lo siguiente que recuerdo es que estábamos en la plaza, con todos los demás.

    «El traqueteo del fuego automático resonó de repente desde el muro del perímetro. Hubo dos explosiones sordas, seguidas casi al instante por más fuego de ametralladora».

    —¿Cómo fue? —lo instó Merdith con voz tranquila mientras daba un sorbito a su café.
    —Bueno… ¡Un caos! Los Zerg estaban atacando y…
    —No, me refiero a lo que viste tú. Cuéntame lo que hiciste.

    Ardo cerró los ojos.

    «¡Ardo, por favor! —dijo Melani—. ¿Dónde… dónde vamos? ¿Qué hacemos?»
    «Ardo miró a su alrededor. Notaba el pánico en el aire».

    —Estábamos en la plaza. Era una gran zona despejada en el centro del pueblo. Allí se celebraban conciertos o se representaban obras de teatro las tardes de verano. Nunca la había visto tan abarrotada. Estábamos apiñados. Melani… La cogí de la mano y traté de cruzar la plaza.
    —Sí, eso es —Merdith dejó su taza de café. Sus ojos seguían mirando fijamente a Ardo—. ¿Qué hiciste a continuación?

    Ardo sintió frío de repente. Cerró los ojos para tratar de contener las imágenes que brotaban sin control de las profundidades de su mente.

    «Una cortina de llamas explotó tras los muros de la fortaleza. Su luz escarlata destelló contra la manta de humo que pendía deforma opresiva sobre el pueblo. Todos los gritos, aullidos y alaridos se fundieron en una cacofonía, pero algunas voces sin cuerpo se adentraron con claridad por los pensamientos de Ardo».
    «¡Son las fuerzas de la Confederación! ¡Los Marines!»

    —¡No! —Ardo se apartó de la mesa y su armadura de combate chocó contra la pared que tenía detrás. El plástico de la pared se agrietó a causa del impacto—. ¡Eso no fue lo que dijeron!
    —¿Qué dijeron, Ardo? —Merdith estaba de pie ahora, inclinada hacia él, con las dos manos sobre la mesa—. ¿Qué fue lo que oíste?
    —Dijeron… debieron de decir… ¿Dónde… dónde están las fuerzas de la Confederación…?
    —¡Eso es una mentira! —replicó Merdith—. ¡Recuerda! ¡Piensa! La resocialización neural no puede reemplazar los recuerdos; ¡sólo puede taparlos con otros nuevos! ¿Qué fue lo que oíste?

    «¡Ardo, estoy aterrada! —los ojos de Melani estaban muy abiertos y líquidos—. ¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?»
    «Había tantas cosas que quería decirle en aquel momento… tantas palabras que lamentaría no haber dicho durante incontables años futuros».

    —¡Dime lo que viste! —le ordenó Merdith.

    «Habían abierto una brecha en el muro oriental. La antigua fortificación estaba siendo derribada desde el otro lado, desmantelada frente a los mismos ojos de Ardo. Parecía como si una ola oscura se estuviera precipitando contra la brecha».

    —¡Basta! —gritó Ardo—. ¿Por qué me estás haciendo esto?
    —Querías la verdad. Has abierto la puerta a la verdad en tu interior —dijo Merdith—. La fea, horrible verdad y ya nunca regresará a la caja. Ardo. Nunca más. ¿Qué fue lo que viste, Ardo? ¿Qué pasó entonces?

    Ardo resbaló por la pared tratando de llegar a la puerta de la cantina, tratando de apartarse de Merdith. Quería correr, quería apartarse tanto como fuera posible de aquella mujer, pero en alguna parte de su propia mente estaba la certeza de que no se estaba apartando de ella sino de la bestia que acechaba dentro de sí.

    «Ardo oyó que Melani jadeaba tras él.

    —No puedo… no puedo respirar.

    La multitud los estaba aplastando. Lleno de desesperación, Ardo miró a su alrededor tratando de encontrar una salida.

    Un movimiento sobre él atrajo su atención. La forma angulosa y voluminosa de una Nave de Descenso de la Confederación, ardiendo aún a causa de su acelerado descenso, se precipitaba hacia ellos.

    Los ojos se le llenaron de lágrimas».

    Los ojos se le llenaron de lágrimas.

    «La fuerza de los motores levantó un huracán entre la muchedumbre aterrorizada.

    Ardo parpadeó en medio de una nube de polvo mientras la nave bajaba la rampa. Vio la silueta de varios Marines de la Confederación…

    Lo atraparon.

    Le obligaron a soltar la mano de Melani.

    —¡Melani! —gritó».
    —¡Melani! —gritó Ardo en la cantina.

    «¡Ardo, por favor! ¡No me dejes sola! —gritó ella mientras los Marines se lo llevaban a rastras».

    Ardo trató de escapar mientras la rampa se cerraba. Algo lo golpeó por detrás y el mundo se volvió negro…

    Lentamente, el mundo volvió a iluminarse. Ardo estaba sentado en el suelo. Poco a poco, sus ojos enfocaron a Merdith. Estaba arrodillada a su lado y le acariciaba con una mano la mejilla llena de lágrimas.

    Su voz transmitía muchas emociones.

    —Pobre soldadito. Por lo que sabemos, pasa lo mismo en todos los mundos coloniales. La Confederación necesita formar un ejército lo antes posible. Llevan más de un año secuestrando jóvenes y utilizando sus técnicas de resocialización neural para implantarles tantos recuerdos falsos como sean necesarios… para que sus soldaditos crean lo que la Confederación necesita que crean. Vayan adonde se les dice. Mueran cuando se les dice.
    —Entonces Melani… mi pueblo… —tenía dificultades para respirar.
    —No lo sé, Ardo, pero lo más seguro es que no murieran como tú recordabas y puede que en realidad ni siquiera murieran.
    —Entonces todo lo que sé es una mentira —dijo Ardo.
    —Puede —respondió Merdith—. Pero si estás dispuesto a ayudarme, creo que podremos escapar de este mundo maldito. Puedo ayudarte si…

    Ardo apoyó el cañón de su arma bajo la barbilla de Merdith.


    16. Barricadas


    —¿QUÉ ME HAS HECHO?

    Ardo se estremeció y su dedo bailó en el gatillo del rifle de asalto C-14.

    Merdith se quedó muy quieta. Habló con voz baja y terriblemente comedida.

    —Nada, Ardo. Nada de nada.
    —¡Apártate! —Ardo apenas podía ver a causa del dolor que sentía detrás de la frente. Le costaba concentrarse—. Pero hazlo despacio.
    —Lo siento, soldadito.
    —¡No me toques! —gimió Ardo con la voz temblando de terror y furia. El cañón del arma vibraba bajo la barbilla de Merdith.

    Ésta levantó lentamente las manos, con las palmas abiertas en dirección al Marine.

    —Muy bien, Ardo. Ahora voy a apartarme. Tú relájate.

    Merdith se levantó con agónica lentitud y retrocedió poco a poco hacia la mesa de la cantina. Tenía la mirada fija en Ardo y no pestañeaba.

    Ardo levantó el rifle pero descubrió que temblaba peligrosamente. No parecía capaz de mantenerlo firme.

    Quería ponerse en pie, separarse de la mujer que retrocedía muy despacio en dirección a la mesa.

    Le había hecho algo, en la cabeza. Era un truco, una especie de droga o ataque del que no se había percatado. Trató de recordar cómo había sido: aquel día perfecto y dorado que se había vuelto del color rojo de la sangre. Podía ver cómo irrumpían los Zerg a través de la brecha de la muralla y podía ver cómo hacían lo mismo los Marines de la Confederación. Los Zerg estaban destrozando a Melani y los Marines estaban llevándosela a rastras al mismo tiempo y en el mismo sitio. Coexistían dos verdades en su cabeza al mismo tiempo. Sabía que las dos no podían ser ciertas, pero esta certidumbre no lo ayudaba a elegir entre ellas. Ojalá hubiera podido dormir, disfrutar de un momento de bendito olvido para que cuando despertara de aquella pesadilla sus pensamientos hubieran sido ordenados para él.

    Los dos recuerdos no podían ser reales pero en su interior sabía que de alguna manera los dos lo eran y que la auténtica verdad estaba escondida detrás de ellos. Temía la respuesta, fuera la que fuese, pero sabía también que tenía que conseguirla a cualquier precio. Algo en su interior demandaba la verdad.

    Se puso en pie con dificultades y recobró la compostura lo mejor que pudo. Respiró hondo para calmarse. Su rifle dejó de temblar.

    Merdith no hizo ningún sonido, ningún movimiento.

    —¿Qué me has hecho? —preguntó Ardo con voz controlada.
    —Yo no te he hecho nada —replicó ella con calma—. Podrías hacer la misma pregunta sobre la Confederación…
    —Deja eso ya —le espetó Ardo—. Puede que no esté jugando el mismo partido que tú pero eso no significa que no sea capaz de ver el marcador. Me has hecho algo en la cabeza —movió el cañón del arma hacia ella para dar mayor énfasis a sus palabras—. Y quiero saber lo que es.
    —No he implantado nada en tu mente, si te refieres a eso.

    Ardo levantó el rifle, lo apoyó en su hombro y apuntó.

    —¡Calma! —Merdith se echó ligeramente hacia atrás, con los brazos aún levantados—. Lo juro. Lo único que he hecho es… deshacer lo que ya estaba allí. Mira, soy psíquica, ¿vale? Soy una psíquica no registrada. No me detectaron en el proceso de control. Ocurre algunas veces en las colonias. No levanté sospechas. No me interesaba el programa psíquico de la Confederación, así que mantuve la boca cerrada. No tengo entrenamiento ni nada de eso… Sólo tengo un don para ayudar a la gente con problemas mentales, eso es todo. Te lo juro, eso es todo.

    Ardo bajó un poco el arma. Ponderó sus palabras un momento antes de volver a hablar.

    —Dime: ¿qué le pasó en realidad a mi familia? ¿Qué le pasó a Melani?
    —No lo sé.

    Ardo volvió a levantar el arma al instante.

    —¡No lo sé! —había pánico, rabia y frustración en la voz de Merdith y sus palabras brotaban en un staccato—. ¡No lo sé! ¡Puede que estén vivos! ¡Puede que no! ¿Cómo iba yo a saberlo? ¡Son tus recuerdos, no los míos!
    —¡Aahh! —gruñó Ardo mientras bajaba el arma—. ¡Inútil! ¡Eres absolutamente inútil!
    —Mira, soldadito, no fui yo quien te hizo eso —respondió—. La resocialización neural sólo cubre los antiguos recuerdos con otros nuevos… no los reemplaza. Lo único que yo he hecho es enderezarte un poco la mente.

    Ardo sacudió la cabeza.

    —Pero sigues sin poder decirme qué recuerdos son los verdaderos y cuáles los falsos, ¿verdad?
    —Eras tú el que quería saber la verdad —dijo ella con tono malhumorado.
    —¿Sí? ¿Qué verdad? —gruñó Ardo—. ¿Qué verdad?
    —No sé qué verdad. Pero sí que quieres saber cuál es, ¿o no?

    Ardo la miró y reflexionó. Le había abierto la mente. Ahora no había forma de cerrar la Caja de Pandora.

    —Sí… ¡Tengo que saberlo!

    Ella suspiró mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa triste.

    —Entonces ayúdame y yo te ayudaré a descubrir la verdad. Conozco gente que puede sacarnos de este planeta. Ayúdame a ponerme en contacto con ellos… a reunirme con ellos… y ellos nos ayudarán a nosotros. Regresaremos a tu planeta… eh…
    —Plenitud —terminó por ella en voz baja. La palabra era casi demasiado dolorosa como para pronunciarla.
    —Sí. Regresaremos a Plenitud. Y descubriremos la verdad entre los dos.

    Ardo estaba a punto de contestar cuando sonó la alarma del canal de comunicaciones en su oído. Respondió automáticamente.

    —Aquí Melnikov.
    —Escolta a la prisionera a Operaciones a paso ligero, soldado —la voz de Littlefield le pareció un poco diferente pero ya tenía suficientes cosas de que preocuparse.
    —Como ordene, señor —respondió Ardo y se volvió hacia Merdith—. Ya basta de café y charla. Vamos.


    * * *

    El ascensor no había llegado aún al Nivel 3 cuando Ardo empezó a oír los gritos.

    —… se supone que lo haremos cuando tengamos el transporte. Ya ha oído el canal táctico. ¿Tiene usted una opción mejor?
    —¡No lo sé! ¡No tengo todas las respuestas! ¡Lo único que sé es que no voy a abandonar a estos reclutas, Breanne! ¡Se merecen algo mejor que esto!
    —Sí, así es, y ahí es precisamente donde yo quería llegar. Si hubiéramos sido buenos soldaditos nos hubiéramos sentado debajo de la nuclear y nos la habríamos comido. Eso es lo que querían ellos, ¿no? Pero estamos aquí y todavía respiramos.
    —¿Y qué coño quiere decirme con eso, señora?
    —¡Le digo que no me gusta esto más que a usted, Littlefield, pero nos estamos quedando sin opciones! ¡Si tiene una idea mejor, cojonudo! ¡Oigámosla ahora mismo!

    El ascensor parecía agónicamente lento. Ardo lanzó una mirada a Merdith. Su rostro era una incógnita pero Ardo se dio cuenta de que sus ojos estaban concentrados y atentos. Estaba absorbiendo cada palabra que venía desde arriba.

    —¡No tengo respuestas! —exclamó Littlefield—. ¡Alguien debe de haberla cagado! ¡Seguro que si abrimos el canal táctico, podemos aclararlo con el Cuartel General de la Confederación!

    El ascensor llegó a la Sala de Operaciones. Breanne se encontraba en la isleta, con los brazos cruzados en pose desafiante e inclinada sobre el panel del mapa. El rostro de Littlefield, vuelto hacia ella, estaba rojo y sus grandes puños sujetaban el extremo de la consola del mapa. Tenía los nudillos casi blancos a causa de la furia. Entre ellos, al otro extremo de la isleta, se encontraba Marcus Jans. Miró a Ardo como si estuviera atrapado en un tiroteo y procurase estarse lo más quieto y ser lo más pequeño posible.

    —¡Compruébelo por usted mismo! Son datos del satélite, sargento. Puestos al día en tiempo real —su dedo índice empezó a moverse por el mapa, señalando diferentes localizaciones mientras hablaba—. Incursiones Zerg avanzando desde el noreste en una línea irregular, aquí, aquí y aquí. Las primeras avanzadillas alcanzarán los asentamientos exteriores en los próximos minutos. El resto de asentamientos de la zona noreste será atacado en menos de una hora. ¿Dónde están nuestros Marines en este mapa, sargento?

    Littlefield miró el mapa y no dijo nada.

    —Están todos en el espaciopuerto de Mar Sara —Breanne contestó por él—. Las Naves de Descenso de la Confederación llevan tres horas evacuando todas las posiciones. Se han llevado todo el equipo pesado. Aún están llevando tropas de tierra a los transportes centrales de Mar Sara, pero habrán embarcado en menos de una hora. Las Naves de Descenso están regresando en este mismo momento de los puestos avanzados con los últimos Marines. El hermano de Marcus, el estimado Tegis Marz, está volviendo en este momento de su último viaje.
    —¿El mismo tío que nos dejó tirados la última vez? —Littlefield no daba crédito a sus oídos—. ¿Qué le hace creer que va a desviarse de su curso para venir a sacarnos de aquí?
    —Que no somos los únicos que se lo van a pedir —replicó Breanne con un fulgor en la mirada—. Tegis lleva la última media hora gritando por el canal de comunicación para tratar de descubrir quién se llevó a su hermano de esta pequeña fortaleza. Aparentemente aún no sabe que lo han dejado atrás.
    —¡Eh, no fue culpa mía! —dijo Marcus—. Había bajado a reparar el enlace interno. ¿Quién iba a saber que el VCE estaba estropeado? Me dejó tirado ahí fuera y tuve que traerlo a rastras hasta aquí. Cuando vi que las Naves de Descenso despegaban de la base, corrí como alma que lleva el Diablo pero para cuando llegué aquí, ya se habían marchado.
    —Me alegro de que fuera así —la sonrisa de la teniente era casi perversa—. Ahora eres mi nuevo mejor amigo, Marcus. Vas a llamar a tu hermano por el canal de comunicaciones en cuanto esté en tierra y vas a convencerlo de que venga a buscarte —levantó la mirada hacia Littlefield—. Cuando Tegis venga a buscar a su hermano, subimos a la nave y volvemos al espaciopuerto. Luego arreglaremos este embrollo y nos largaremos de este planeta.
    —¡No puede hacer eso! —intervino Merdith.
    —Ah, la señora Jernic —Breanne reparó en su presencia por vez primera desde que llegaran—. Parece que nos va a acompañar en un pequeño viaje.

    Merdith ignoró su afirmación.

    —¡Sin los puestos avanzados de la Confederación, no quedará nada que pueda detener a los Zerg!

    Breanne se encogió de hombros.

    —Bueno, siempre está la famosa milicia local…
    —¡No tienen el equipo necesario ni son los suficientes para detener una invasión planetaria! —Merdith trató de acercarse a la isleta de mando pero Ardo la sujetó por el brazo con firmeza—. ¿Y los civiles? ¿Y su evacuación?
    —Aparentemente —gruñó Breanne— la Confederación ha dado por perdido el planeta… incluidos sus civiles.

    Merdith trató de sacudirse de encima a Ardo pero el Marine no la soltó.

    —¿Que nos abandonan a los Zerg? ¡Fue la máquina de la Confederación la que trajo a los Zerg aquí! A pesar de todas sus armas y sus naves estelares y sus soldaditos Marines, querían más poder. Así que construyeron esa caja sin comprender siquiera la muerte que acarrearía. Pensaron que podrían capturarlos o controlarlos. No tenían la menor idea de lo que habían desencadenado. ¡Y ahora nos dan por perdidos como si no fuéramos más que una cifra en una hoja de cálculo!

    Nadie en aquella habitación tenía una respuesta para ella.

    Merdith dejó de resistirse, a pesar de que seguía habiendo furia en su rostro.

    —Un planeta lleno de monstruos. Pensé que nunca los vería entre los míos.

    Breanne levantó la mirada y la sonrisa maliciosa volvió a aparecer bajo las cerdas de su cabello.

    —La vida está llena de sorpresas, ¿verdad?
    —Teniente —la interrumpió Littlefield—. Frecuencia de comunicaciones uno-veinte-nueve.
    —Abra el canal —le ordenó Breanne.
    —Aquí la Zorra en la posición tres-cuatro-cero, a cuarenta y cinco clicks del espaciopuerto de Mar Sara… esperando a repostar para despegue inmediato.
    —Negativo, Zorra Informe a la OOD para evacuación inmediata.
    —Eh, estará en tierra dentro de diez minutos —dijo Marcus con nerviosismo—. Puede… puede que no le dejen volver a salir una vez que haya aterrizado.
    —¿Qué hay de mi petición referente a la Estación Pintoresco?

    Ardo levantó la mirada hacia los altavoces.

    —Negativo. No hay respuesta.
    —¿Y de la petición de personal? ¡Tengo que encontrar a ese técnico!
    —El Cuartel General no tiene información para usted en este momento.
    —Muy bien, ya saben lo que tenemos que hacer —dijo Breanne—. Jans, saque el cuerno y sóplelo…
    —¡Teniente, aquí Xiang! ¡Tenemos múltiples contactos acercándose desde cero-cinco-cinco grados!

    Breanne bajó la mirada hacia el mapa, con los ojos muy abiertos de repente.

    —¿Dónde? ¿Cuántos?
    —Hay un… Espere un momento… Hay unos veinte… puede que veinticinco avanzando hacia el sur. Hidraliscos, creo, señora. Y… ¡Oh, joder! Hay una escuadrilla de ocho Mutaliscos volando sobre ellos.
    —No aparecen en el mapa —dijo Breanne, enfurecida—. ¿Por qué no aparecen en el mapa?
    —Los Mutaliscos están virando. Se dirigen hacia la base. Solicito permiso para disparar, señora.

    Breanne siguió mirando con ojos enfurecidos el panel del mapa.

    —¿Permiso para disparar, señora?

    El rostro de Marcus perdió todo el color.

    Littlefield levantó la mirada.

    —¿Breanne?

    La teniente se estremeció y salió de su estado de parálisis.

    —¡Negativo! ¡No disparen!
    —¿Qué… qué quiere decir con «no disparen»? —el técnico se volvió en todas direcciones, aterrorizado.
    —¡Escúchenme! ¡Esta batalla no nos conviene en este momento! —Breanne llamó a todos a la isleta de mando—. ¡Que todo el mundo se cubra! Si alguien es avistado, que abra fuego, pero hasta entonces permanezcan escondidos. No transmitan, sólo reciban. Creemos que los Zerg pueden seguir el rastro de las transmisiones hasta su fuente. ¡Esperen mis órdenes y confiemos en que pasen de largo!
    —¿Hacia dónde se encamina el universo —musitó Littlefield— cuando los Marines empiezan a esconderse debajo de la mesa?

    Ardo arrastró a Merdith por la corta escalera en dirección a la isleta de mando. Mientras lo hacía, apareció una luz en el firmamento. Al este podía verse cómo alzaba el vuelo la primera de las naves de evacuación de la Confederación.


    17. Eslabones débiles


    ARDO SUBIÓ A TODA prisa a la isleta de mando. El área que rodeaba el panel de control estaba atestada de equipo. La armadura de combate sólo empeoraba las cosas. No obstante, las consolas habían sido construidas según las especificaciones de los Marines y su diseño destacaba tanto por su funcionalidad como por su resistencia. Ardo se preguntó por qué no se escondían en el interior del Centro de Mando en vez de tratar de ocultarse tras las consolas de una pecera como la Sala de Operaciones.

    Breanne se agazapó tras la consola del mapa. No era la primera vez que sus felinos movimientos sorprendían a Ardo. Apagó la pantalla del mapa y a continuación, con un suave movimiento, se llevó unos binoculares a los ojos.

    —Seis de ellos… no, siete más bien. Mutaliscos dando cobertura aérea a una fuerza terrestre de… veamos… unos quince o veinte Hidraliscos que se encuentran a un kilómetro en dirección sur —volvió a ocultarse tras la mesa—. Podría haber más a mayor distancia, dos o tres kilómetros quizá. Es difícil de decir. El grupo principal parece estar pasando ahora mismo por aquí. Que todo el mundo se esté muy quietecito. Dejemos que esos bichos voladores se diviertan revoloteando sobre la «vieja base humana abandonada». En cuanto estén a cierta distancia de aquí, podremos hacer nuestra llamada y salir para casa.

    Ardo estaba sentado con la espalda apoyada en una consola, justo frente a Jans. El ingeniero absorbía cada palabra que salía de los labios de Breanne. Se notaba que estaba pálido hasta en la tenue luz de la Sala de Operaciones y asentía con más vehemencia de lo que hubiera sido normal. Jans tragó saliva y a continuación volvió lentamente la mirada hacia la escalera que tenía justo a la izquierda. Ardo siguió su mirada. Estaba observando el panel de comunicación táctica, situado al oeste, en la pasarela. Aún estaba iluminado y las palabras sordas procedentes del espaciopuerto seguían brotando de los altavoces que rodeaban la isleta.

    —Nave alfa cuatro-cero-nueve, tiene autorización para despegar de inmediato desde pista siete. Nave alfa cero-seis-cinco espere en pista catorce. Nave gamma ocho-cero-cero tiene autorización para despegar desde pista doce. Nave delta dos-dos-cero, espere en Lima…

    Se le abrieron los ojos como platos cuando un segundo destello se encendió más allá de las ventanas del oeste, sobre la consola de comunicación táctica.

    —Ahí va otra —musitó.
    —No están perdiendo el tiempo —murmuró Littlefield. El sargento parecía distraído y ajeno a lo que estaba ocurriendo, como si su mente estuviera ocupada en un problema diferente.

    Ardo sabía que era su imaginación pero aquella certeza no lo ayudaba. Las voces que salían de los de los altavoces parecían insoportablemente ruidosas.

    —¿No deberíamos apagar eso?

    Breanne sacudió la cabeza. Levantó la mirada y escuchó.

    —Demasiado tarde. Ya están aquí.

    Ardo se dio cuenta de que también él lo oía: el tamborileo de los chillidos con los que se comunicaban los Mutaliscos mientras se aproximaban a la base humana. El sonido atravesó las ventanas hasta llegar a sus oídos, mezclado con las constantes órdenes transmitidas por el canal de comunicación táctica.

    —Nave alfa cero-seis-cinco tiene autorización para despegar de inmediato desde pista catorce…
    —Control. Zorra solicitando vector de aproximación…

    Jans contuvo el aliento.

    —Zorra, manténgase en marcador de navegación Ta-shua y espere; el patrón está lleno.
    —Roger, control, aguardando en Ta-shua.

    Una nueva columna de fuego atravesó la cada vez más oscura atmósfera.

    Merdith estaba acurrucada junto a Ardo, con las rodillas pegadas al pecho.

    —Parece que los soldaditos van a perder el barco.

    Los ojos de Breanne reflejaban una indiferencia derivada de la práctica.

    —Esto no ha terminado aún, señora Jernic.
    —No, claro que no —respondió Merdith con voz templada—. Lo único que digo es que si ocurriera que perdieran el barco, puede que quisieran considerar otros medios de salida.
    —Ah —Breanne sonrió enseñando los dientes—, ¿se refiere a hacer tratos con una espía y una traidora, quizá?
    —Siento decepcionarla, teniente —Merdith se encogió de hombros—, pero no soy ninguna espía.
    —No, por supuesto que no —Breanne apartó la mirada hacia las ventanas—. Ni una espía, ni una colaboradora, ni una experta en armas que trabaja para los Hijos de Korhal. Sólo es una inocente ingeniera civil en cuyo poder se ha encontrado por pura casualidad un prototipo de la Confederación clasificado como de máximo secreto —se detuvo, la miró y esbozó una sonrisa gélida—. Mire, señora Jernic, he decidido creerla. He decidido creerla porque si no fuera así, haría que el señor Melnikov la sacara de este Centro de Mando y le disparara tantas veces como fuera necesario para asegurarse de que estaba muerta y bien muerta. Ahora bien, no querrá usted que deje de creerla, ¿verdad?

    Merdith observó por un momento el rostro anguloso que tenía delante.

    —No, teniente, la verdad es que no.
    —Entonces, señora Jernic —sorbió por la nariz en un gesto despectivo—, en el futuro, no intente mezclar a sus amigos con los míos.
    —Lo que usted diga, teniente —respondió Merdith como si tal cosa—. No obstante, ¿me permite señalar que mientras que aparentemente sus amigos están abandonando el planeta a toda prisa, es posible que dentro de poco mis amigos sean los únicos que tengan un billete de salida? Aunque logre usted regresar al espaciopuerto, ¿cree de verdad que sus superiores estarán encantados de volver a verla? A nadie le gusta encontrarse con un muerto frente a su puerta… en especial cuando interesa a todo el mundo que siga muerto.

    Un horrible chirrido metálico recorrió el techo de titanio de la Sala de Operaciones. Ardo se encogió al oírlo y se apretó el rifle contra el pecho.

    —Quietos —Breanne habló en voz tan baja como le fue posible—. Están aquí.

    Todos levantaron la mirada. El chirrido de las escamas de las serradas colas arrastradas sobre el blindaje trepidó por las planchas del techo. De tanto en cuanto ahogaba el ruido de las voces que seguían hablando con todo prosaísmo por el receptor.

    —Nave gamma ocho-cero-cero, permiso concedido para despegar de inmediato de la pista doce. Nave épsilon cuatro-tres-tres, aguarde en la intersección ro-beta.

    Hubo dos golpes más en las planchas del tejado. Ardo podía oír con toda claridad las terroríficas y chirriantes voces de los Mutaliscos que se arrastraban por él. Miró a Jans. El hombre estaba sudando copiosamente y tenía la mirada fija en el receptor, como si de alguna manera pudiera introducirse en él y reunirse con la distante voz que hablaba desde el otro lado.

    —Nave épsilon cuatro-tres-tres, permiso concedido para dirigirse a la pista diez…
    —Control, aquí la Zorra esperando en Ta-shua. ¿Qué ocurre? Tengo que ver al comandante de la base y…
    —Zorra, tiene permiso para aterrizar. Diríjase al punto de entrada. Cierro.
    —¿Y qué hay de mi hermano? Aún no sé…

    Los dientes de Jans empezaron a castañetear. Otra voz apareció en el canal de comunicaciones. Ésta no parecía tan desinteresada.

    —Marz, por última vez, probablemente esté ya fuera del planeta, sólo que no se ha registrado en la nave que lo lleva a bordo. Baja tu culo del cielo ahora mismo.
    —¡Espero que tenga razón, señor! Zorra aprox… aprox… punto de entr …

    Ardo miró a Littlefield.

    —La transmisión está fallando.
    —Los Mutaliscos —suspiró el Marine—. Están jugando con las antenas.
    —… de entra… permanezca a…
    —… oger… ave épsilon cuatro-tres… ermiso para… pista siete-izquierda. Zorra, diríjase a la plataforma siete-tres para aterrizar.
    —Roger, control. Zorra dirigiéndose a plataforma siete-tres.

    Breanne se señaló la oreja y a continuación hizo lo propio hacia el techo. Ardo aguzó el oído.

    Los arañazos habían cesado.

    Littlefield juntó los pulgares e imitó el batir de unas alas con las manos. Breanne se encogió de hombros y sacudió la cabeza. Sus cejas estaban arrugadas en un gesto de duda.

    Sin darse cuenta, Ardo contuvo el aliento. Se estaba concentrando tanto en oír lo que estaba pasando en el techo que no advirtió que Merdith estaba tratando de llamar su atención hasta que le dio un segundo codazo.

    Estaba señalando a Marcus Jans.

    Ardo vio al instante que el hombre se encontraba mal. Su pálida piel brillaba a causa de la película de sudor que la cubría. Estaba tiritando y movía los labios como si estuviera hablando para sus adentros. Tenía la mirada fija en la consola de transmisiones, situada a unos pocos pasos de la isleta de mando.

    —Nave pi cero-siete, permiso para despegue inmediato. Zorra, ¿cuál es su situación?
    —¿Se han marchado? —siseó Littlefield.

    Breanne sacudió la cabeza. No lo sabía.

    —Mi carga ha desembarcado, control. Estoy libre.
    —Roger, Zorra. Cierre y diríjase a la plataforma cinco-derecha. Pida instrucciones al jefe de sección para embarcar y marcharse.
    —¡No! —lloriqueó Jans—. ¡No me dejes aquí!

    «¡No me dejes sola! —sollozó Melani». Ardo se quedó helado.

    —Aquí Zorra. Roger. Cerrando…
    —¡No!

    Jans se incorporó en un solo movimiento. Ardo trató de sujetarlo pero llegó tarde. El ingeniero se lanzó hacia el espacio que había entre las consolas de la isleta de mando y corrió sobre las planchas metálicas del cuelo.

    —¡Rápido! ¡Deténganlo! —ordenó Breanne con voz seca.

    Ardo se incorporó y llegó de un salto a la escalera de acceso pero no pudo alcanzar al ingeniero.

    Marcus Jans recogió el micrófono de comunicaciones y apretó el botón de transmisión.

    —¡Tegis! ¡Soy Jans! ¡Estoy aquí! ¡No te vayas! ¡Estoy en la base de Pintoresco! ¡Me dejaron atrás, me…!

    Ardo no tuvo tiempo de pensar mientras corría. Al llegar junto a Jans, simplemente preparó el puño y golpeó al ingeniero en la cabeza.

    El puño blindado, impulsado por los sistemas de potencia de la armadura, hizo bien su trabajo. Jans cayó al suelo, inconsciente.

    —¡Jans! ¡Jans! ¡Voy a buscarte! Tú aguanta y… ¡Eh! ¡Soltadme! ¡Es mi hermano el que está ahí! No podéis…

    El estallido de las ventanas se tragó las palabras. Los paneles de cristal reventaron hacia el interior de la sala. Instintivamente, Ardo se agachó para esquivar los fragmentos. Escuchó el repentino traqueteo del fuego automático en la cámara.

    Por encima de los chirridos, la inconfundible voz de Breanne llenó el canal de comunicaciones.

    —¡Abran fuego! ¡Abran fuego y mátenlos a todos!


    18. Fauces de victoria


    ARDO RETROCEDIÓ DE UN salto hacia la isleta de mando mientras en un movimiento instintivo armaba su rifle. Aún no se había incorporado cuando empezó a disparar.

    Tres Mutaliscos atravesaron el marco de las destrozadas ventanas. Sus alas purpúreas se desgarraron contra los fragmentos que no habían caído pero las criaturas no parecieron sentir el daño que se estaban haciendo. Había locura en sus ojos monótonos y pardos: una locura inconsciente, implacable y mortal. Sus ensordecedores chillidos brotaron de sus grandes bocas mientras se lanzaban a la carga.

    —¡Seguid disparando! ¡Seguid disparando! —gritaba Breanne por el canal de comunicación. Ardo obedeció sin titubear. Su rifle gauss se unió a la lluvia de muerte que emergía de la isleta de mando, a su espalda.

    Alas membranosas, cartílago, piel, músculo, todo era arrancado en grandes fragmentos de los cuerpos de las bestias mientras avanzaban presa del frenesí. Los pedazos sanguinolentos caían sobre los paneles, el techo y el suelo, estallaban en medio de nubes de humo acre. En cuestión de segundos, toda la cámara de mando se había llenado de una arremolinada y densa peste que ni siquiera los ventanales ahora destrozados podían disipar.

    Ardo siguió disparando. Vio que el Mutalisco más cercano abría la boca, vio cómo se tensaban los músculos de sus fauces. Por un segundo pudo ver las protuberancias semejantes a colmillos que brotaban a ambos lados de las enormes mandíbulas.

    «Está atacando», comprendió de repente. Rodó hacia su derecha.

    Un chorro de abominaciones con alas de murciélago brotó de las fauces de la criatura en dirección a la base de la isleta de mando, donde Ardo acababa de cobijarse. Las ciegas criaturas chocaron con el metal y estallaron. Las planchas del suelo se fundieron en un chillido agudo. El Mutalisco movió el repulsivo chorro, tratando de alcanzar a Ardo pero el Marine era demasiado rápido para él. Corrió hacia la puerta del ascensor.

    El mortal vómito lo seguía, pues ahora Ardo era lo único que veía el monstruo. Las criaturas chocaban contra el suelo en una línea y las planchas se disolvían como agua al ser tocadas por ellas. Un humo amargo llenaba la sala e impedía a Ardo respirar con el visor levantado. Se arrastró hacia el ascensor. Las puertas curvas estaban cerradas. A su derecha e izquierda discurría la plataforma elevada. No había lugar donde esconderse. Se le estaban acabando las alternativas.

    Llegó junto al ascensor y apretó el botón. Se volvió rápidamente, sin dejar de pulsarlo. Por un instante vio la infernal acometida de abominaciones aladas que emergían de las fauces del Mutalisco y evaporaban el metal dibujando una línea recta hacia él.

    De repente, el horrible ataque del Mutalisco cesó. Ardo levantó la mirada. La cabeza del Zerg explotó bajo un chorro de fuego de trazadoras procedente de la isleta de mando. Sus pedazos llovieron por toda la sala. Varios trozos grasientos chocaron con la armadura de Ardo y el ácido latente de la criatura empezó a disolver el metal. Ardo profirió un grito incoherente mientras se limpiaba la corrosiva sustancia con las manos. La armadura estaba cubierta de ampollas, pero no parecía que tuviera ninguna brecha.

    Su enemigo cayó pesadamente al suelo y el impacto disolvió casi al instante las planchas de metal del suelo. Un agujero humeante e irregular fue todo lo que quedó del lugar después de que la criatura se hubiera precipitado a los pisos inferiores. A juzgar por los sonidos que subían por la fisura, estaba abriéndose camino por varias cubiertas del Centro de Mando.

    Ardo, de espaldas a la puerta del ascensor, volvió a levantar el arma. Buscó desesperadamente entre el humo que se arremolinaba por toda la sala, pero había perdido a sus compañeros de vista. De pronto reparó en que las armas de la isleta de mando habían dejado de disparar.

    —¿Teniente? —preguntó con voz insegura.

    Sobre él, Ardo oía aún las voces del canal de comunicación táctica.

    —… Repito, Zorra, regrese a la base ahora mismo. ¡Es una orden!
    —¡Jans! ¡Aguanta! ¡Tegis va para allá! ¡Voy a buscarte, chico!

    ¡Marz!, comprendió Ardo. Debía de haber recibido el mensaje. Se dirigía hacia allí. Lo único que tenían que hacer era…

    Ardo tragó saliva. Lo único que tenían que hacer era seguir vivos.

    Las luces rotatorias de emergencia parpadeaban entre el denso y arremolinado humo. Puede que Jans lo hubiera salvado, comprendió de pronto. Si todos los de la isleta de mando estaban muertos, podría llevarse a Jans a la Nave de Descenso. Podma decirle a Tegis que a él también lo habían abandonado. ¡Qué coño le importaba a él la misión o la maldita caja! Si lograba salir del planeta quizá encontrara el modo de librarse de los tanques de resoc y llegar hasta Plenitud. Quizá lograse recuperar su antigua vida. ¡Al demonio con los Marines y la Confederación! Quizá entonces pudiera descubrir si toda su vida había sido una mentira. Quizá, sólo quizá, Melani estuviera todavía allí, en alguna parte, esperándolo, buscándolo. Quizá, sólo quizá…

    Levantó el arma. La nube de humo seguía siendo muy densa pero él recordaba dónde había caído Jans. Empezó a avanzar rápidamente sorteando los agujeros del suelo. Jans había caído en algún lugar cerca de la consola de transmisiones, a la izquierda de la isleta de mando. Si lograba llegar hasta allí sin que nadie lo viera, puede que consiguiese escabullirse en medio de la confusión y utilizar a Jans para salir de aquella roca. Abandonaría a la maldita Confederación y sus Marines y recobraría su vida.

    El Marine se movía con cautelosa ansiedad. Aún quedaban otros dos Mutaliscos en alguna parte. Puede que estuvieran muertos, pero lo más probable es que siguieran allí, acechando.

    —Base Pintoresco, aquí la Zorra, a diez kilómetros de la señal. ¡Jans, responde, por favor! ¡Jans! ¡Responde, por favor…!

    Ardo llegó junto a Jans. El técnico seguía en el mismo sitio en que lo había derribado.

    Algo lo golpeó en un lado del casco. Al principio no se percató de ello, pero fue seguido por un segundo impacto débil.

    Ardo levantó rápidamente el arma y giró hacia la isleta de mando. Con el corazón desbocado de repente, vio a la teniente Breanne en medio del humo, acurrucada junto al panel del mapa. Merdith estaba justo detrás de ella. Littlefield, también agazapado, se encontraba al otro lado del mapa.

    Breanne le indicó con un gesto que mantuviera la posición. A continuación se señaló los ojos con el dedo índice y el anular e indicó a Ardo.

    Ardo comprendió la señal y volvió a mirar a su alrededor. El humo estaba abandonando rápidamente la habitación. El ácido había dañado muchas de las consolas y había abierto muchos agujeros. Seguía saliendo humo de la cavidad abierta por el Mutalisco muerto pero por lo demás la habitación parecía vacía. Ardo se volvió hacia Breanne y sacudió la cabeza.

    Breanne asintió con un gesto seco y a continuación señaló al técnico.

    Ardo bajó la mirada. Tenía un feo cardenal que coloreaba un chichón en un lado de la cabeza. Desde luego no le envidiaba la jaqueca que tendría luego… si despertaba. Se dio cuenta con un sobresalto de que no le importaba que el hombre despertara o no, siempre que pudiese utilizarlo para llegar a esa nave.

    Volvió a mirar a Breanne y extendió la mano a la altura del pecho con la palma hacia abajo. Estable.

    Breanne volvió a asentir. Señaló a Jans, luego a Ardo y después le indicó a éste el ascensor.

    ¡Se había olvidado del ascensor! Miró atrás. Las puertas curvas se habían abierto y ahora el ascensor estaba allí, esperándolos. Cogió al técnico por el cuello del mono y empezó a arrastrarlo lentamente. Sus ojos estaban fijos en el pequeño compartimiento, bien iluminado y acogedor.

    —¡Jans! ¡Soy Marz! ¡Estoy a menos de dos kilómetros de allí…!

    Ardo miró por las cristaleras rotas de la cubierta de mando. En la lejanía, hacia el oeste, avistó la Nave de Descenso; un punto recortado contra el fondo formado por las estelas de los numerosos transportes confederales que estaban elevándose hacia la puesta de sol.

    —No te preoc… herman… ré… ontigo… pocos se…

    Algo brillante cayó entre el ascensor y él con un sonido húmedo.

    Empezó a humear.

    Ardo levantó la mirada rápidamente.

    Una serpentina de plata fundida avanzaba en un arco irregular a lo largo del techo. Su curva se volvió hacia sí misma, describiendo un círculo en el techo, justo encima de la isleta de mando.

    —¡Teniente! ¡Corran! ¡Corran! —gritó Ardo por el canal de comunicaciones.

    Breanne y Littlefield levantaron la mirada al mismo tiempo. Las vigas estructurales se estaban fundiendo bajo una lluvia de ácido. Ya se oía el gemido del metal que cedía por su propio peso.

    No necesitaron que dijera nada más. Breanne saltó por encima de la consola que bordeaba la isleta en uno de sus lados. Littlefield cogió a Merdith del brazo y corrió hacia las escaleras. La empujó hacia la pasarela que rodeaba el perímetro de la sala justo antes de saltar tras ella.

    Con un crujido desgarrador, el techo de la Sala de Operaciones cedió y cayó sobre la isleta de mando. El peso del blindaje y la estructura de soporte aplastó la isleta con un ruido atronador. El sistema entero de antenas cayó junto con él y se convirtió en una maraña de metal apenas reconocible, mientras el pesado trozo de la estructura resbalaba sobre la isleta y caía sobre las planchas del suelo, que el ácido había debilitado.

    Ardo tiró furiosamente de Jans, tratando de apartarse de la trayectoria de la colosal avalancha de metal retorcido. El técnico, sin embargo, estaba empezando a despertar y se oponía a sus esfuerzos. «Mal momento», pensó Ardo, pero necesitaba al hombre para escapar de aquel infierno.

    —¡Preparados! —gritó Breanne—. ¡Ya están aquí!

    Había rodado por el suelo y se había incorporado dolorosamente. Tenía una grieta en la armadura y, tras ella, un profundo corte en el hombro que sangraba profusamente. Littlefield se encontraba al otro lado de la aplastada isleta, junto con Merdith. Ardo vio que se estaban moviendo, tratando de llegar hasta el ascensor.

    Fue entonces cuando las vio: formas aladas que penetraban volando por la abertura del techo. Los Mutaliscos habían abierto una nueva entrada al Centro de Mando y habían logrado sacar a los humanos de su posición resguardada. Las presas estaban ahora al descubierto y eran vulnerables.

    Ardo soltó a Jans al instante. Se encontraban ya en el ascensor. El cuerpo quedó tendido en el umbral, impidiendo que las puertas se cerraran. Fue todo lo que el Marine tuvo tiempo de hacer antes de levantar el arma.

    Merdith se puso trabajosamente en pie, levantó la mirada y lanzó un grito. Más de sorpresa genuina que de miedo, supuso Ardo. Le costaba creer que aquella mujer le tuviese mucho miedo a algo. Fuera la que fuese la razón, se percató de que llamaba la atención de las criaturas. Los restantes Mutaliscos irrumpieron en masa en la habitación.

    Breanne no esperó. Su rifle de asalto empezó a traquetear al instante y las pesadillas aladas retrocedieron en dirección a los escombros. Dos de ellas se clavaron las alas en las agujas retorcidas de las antenas rotas y las estructuras de soporte. Chillaron y se convulsionaron y, enfurecidas por la indignidad de verse confinadas al suelo, se desgarraron las membranas contra el metal destrozado.

    Pero Ardo no tenía tiempo de preocuparse por la lucha de Breanne. Una sombra coriácea se precipitó sobre él a una velocidad imposible. Abrió fuego con su rifle y la derribó. La criatura, no obstante, se negó a detenerse y empezó a avanzar reptando por el suelo destrozado. Ardo le disparó deliberadamente a las alas y destrozó sus membranas. Una parte fría de su mente se había hecho con el control, una parte que hubiera preferido olvidar pero que se adelantaba ahora para salvarlo, como siempre que lo necesitaba. Salió del ascensor y corrió hacia su enemigo sin dejar de disparar. La criatura seguía avanzando hacia él, implacable y aparentemente ajena al castigo al que estaba siendo sometida. Ardo seguía destrozando sus alas. «Unos pasos más deberían de bastar», pensó, se movió ligeramente hacia la izquierda.

    De improviso, el Mutalisco se contrajo y dio un salto.

    Ardo lo estaba esperando. Movió el rifle en el mismo momento en que la criatura atacaba. Los proyectiles de su arma golpearon al monstruo en el hueso del pecho. Éste salió despedido hacia atrás en pleno salto y se precipitó por el agujero que su hermano había abierto en el suelo un momento atrás.

    Batió las alas pero no quedaba en ellas casi nada que pudiera prenderlo del aire. Gritó de furia mientras caía por el agujero. Ardo avanzó, disparando ahora al pecho y la cabeza y sintiendo una extraña satisfacción.

    «No matarás…

    —Ojo por ojo…
    —Ama a aquellos que te odian…».

    Sintió un ataque de náuseas pero no podía detenerse… no quería detenerse. Se volvió una vez más para disparar a los Mutaliscos que seguían tratando de alcanzar a Breanne. Su fuego combinado estaba destrozando rápidamente a los monstruos. Atrapados en la estructura metálica de las antenas, el ácido de su sangre estaba operando en su contra. Cada herida devoraba un poco más el metal que las rodeaba y de este modo las antenas se cernían un poco más sobre ellos y los mantenían inmovilizados.

    —¡Corre! ¡Merdith, corre! ¡Ahora!

    Ardo se volvió al instante hacia el sonido. Era Littlefield.

    El sargento estaba disparando a otro Mutalisco pero la criatura se encontraba peligrosamente cerca. Desde su posición. Ardo pudo ver que el ácido que chorreaba el monstruo estaba devorando ya la armadura de Littlefield. Merdith se encontraba tras él. Estaban en lados opuestos del Centro de Mando.

    Los disparos de Littlefield estaban destrozando a la bestia y rociando los escombros de humeante icor.

    Merdith empezó a correr pero el Mutalisco se movió hacia ella. Littlefield se interpuso rápidamente entre los dos, sin dejar de disparar. La bestia reptó hacia ellos.

    Ardo dejó de disparar a sus anteriores objetivos, que ya agonizaban, pero titubeó, llenó de frustración. El Mutalisco se encontraba entre Littlefield y él. Si le disparaba, se arriesgaba no sólo a darle a Merdith y Littlefield, sino también a rociarles con el ácido de la bestia en desintegración. Gritó:

    —¡Littlefield! ¡Quita de en medio!

    Podía ver el sudor que se estaba formando en la frente de Littlefield.

    El sargento lo miró un instante, sonrió y entonces saltó directamente hacia el Mutalisco. Tras enterrar el arma en el vientre de la criatura, alargó la otra mano y la cogió por el cuello. Enfurecido, el Mutalisco enroscó su afilada cola a su alrededor.

    —¡No! —rugió Breanne.
    —¡Corred! —gritó Littlefield con la voz teñida de agonía—. ¡Corre, Merdith!

    Sus disparos estaban destrozando al Mutalisco. El ácido que chorreaba de su cuerpo estaba deshaciendo la armadura del sargento y fundiendo sus dos cuerpos en uno solo de una forma horripilante.

    Merdith, con la cara completamente pálida, rodeó corriendo los escombros que ocupaban el centro de la sala. Se reunió con Ardo al otro lado pero no pudo mirar.

    Breanne se acercó, gritando, aullando:

    —¡Apártate, Littlefield! ¡Suéltalo y apártate!

    El arma de Littlefield seguía disparando. Ardo estaba seguro de que a esas alturas la carne de su mano debía de haberse disuelto por completo. Puede que fuera el blindaje medio fundido de la armadura lo que mantuviera el gatillo apretado. El Mutalisco dejó de sacudirse mientras se formaba un charco de ácido debajo de él.

    Las planchas del cuelo volvieron a gemir y el sargento Littlefield desapareció de su vista junto con su derrotado adversario.

    Ardo temblaba de tal modo que le costaba sostener el arma. En el exterior se alzó un aullido diferente, más familiar y agudo.

    Merdith levantó la mirada al oírlo y gritó:

    —¡Mirad!

    La Nave de Descenso. La Zorra Valquiria flotaba a diez metros de distancia, emitiendo un sonido agudo que a todos les pareció hermosísimo.

    Ardo exhaló un suspiro entrecortado y se volvió. Jans estaba apoyado en un costado del ascensor, aturdido pero con los brazos abiertos. Ardo se le acercó caminando por las planchas dobladas del suelo y lo ayudó a incorporarse.

    —Amigo, es hora de que nos saques de aquí.

    Se movieron con rapidez hacia lo que quedaba de la ventana. Ardo veía a Marz al otro lado del cristal de la cabina.

    Breanne resolló y dijo:

    —Nos vamos.

    Merdith, de pie junto a ella, parecía inquieta.

    —Teniente, ¿cuántos de estos monstruos voladores avistaron los centinelas cuando todo esto empezó?
    —Ocho. ¿Por qué?
    —Bueno, ¿han informado los centinelas de algún derribo? O sea, no creo que…

    Los ojos de Breanne se abrieron como platos. Se volvió hacia la Nave de Descenso y empezó a hacer gestos. Gritó:

    —¡Fuera! ¡Da la vuelta!

    El piloto sonrió y le devolvió el saludo.

    —¡No! ¡Maldita sea! ¡Vete! —gritó Breanne, gesticulando con más fuerza—. ¿Qué demonios le pasa al canal táctico? No consigo…
    —Oh, no —dijo Merdith con voz entrecortada.

    Los tres Mutaliscos restantes pasaron en vuelo rasante sobre el centro de mando. Marz estaba demasiado concentrado tratando de dar con su hermano como para darse cuenta. Para cuando se percató de lo que estaba ocurriendo, los Mutaliscos estaban ya descargando sus engendros sobre los reactores y el cristal de la cabina.

    Breanne alzó el arma y empezó a disparar. Ardo se unió a ella pero eran demasiado pocos y habían actuado demasiado tarde. Desesperado, Marz aceleró los motores y los desprevenidos Mutaliscos fueron succionados hacia su interior. El ácido se desparramó sobre los motores y separó las aspas de las turbinas de los tubos de alta velocidad. En cuestión de instantes, la Nave de Descenso empezó a deshacerse.

    Marz logró llevarse su Zorra unos cien metros hacia el oeste antes de que explotara, provocando una lluvia de fragmentos que cayó sobre todo el pueblo de Pintoresco. Se estrelló contra el barranco que se extendía al oeste de la base y, cuando los tanques hipergólicos cedieron, empezó a arder furiosamente.

    Más allá de la densa columna de humo, Ardo vio más transportes de la Confederación que se elevaban describiendo un grácil arco hacia los cielos. Sus estelas despedían un resplandor de color salmón contra el horizonte escarlata del sol poniente.

    Ya no eran ni de lejos tan numerosos como habían sido antes.


    19. Deudas


    ARDO ESTABA CONMOCIONADO. Su mente parecía incapaz de comprender lo que acababa de ocurrir. De repente le costaba respirar. Empezó a inhalar en largos y temblorosos jadeos. ¿Qué podían hacer?

    Se volvió hacia la teniente Breanne. Los ojos de la mujer miraban fijamente la mole que ardía al otro lado de los muros del perímetro, como si estuvieran viendo a través de ella.

    —Teniente —dijo Ardo con voz débil, como si temiera perturbarla—. ¿Qué hacemos ahora?

    Breanne parpadeó. No podía —o no quería— mirar en su dirección.

    —Debemos… no… lo… sé. Yo…
    —¿Qué hago, teniente? —repitió Ardo, con la voz temblorosa a causa de la rabia que estaba acumulándose en su interior—. ¡Deme una orden, teniente! ¡Dígame lo que tengo que hacer, teniente! ¿Cómo puedo resolver esto, teniente?

    Breanne se volvió hacia él. Sus ojos estaban húmedos y no enfocaban bien.

    —Creo que… puede que Littlefield sepa…
    —Littlefield está muerto, teniente —gritó Ardo con voz temblorosa. La bestia que siempre parecía enjaulada en las profundidades de su mente se liberó y se desató frente a su superior—. ¡Ya no está! ¡No puede ayudarla a salir de ésta, teniente! No va a salvarla. No hará que parezca mejor de lo que es. ¡Y desde luego no va a salvarle la vida esta vez! ¡Ahora le toca a usted, teniente! ¡Usted da las órdenes! ¡Tiene que sacarnos de aquí…!
    —Bernelli a Mando.

    El canal táctico seguía funcionando. La voz de Bernelli irrumpió a través de la estática.

    Ardo miró a la teniente Breanne, expectante.

    Breanne tragó saliva mientras se formaban gotas de sudor en su frente y entre su pelo rapado.

    —Bernelli a mando; contesten.

    Ardo esbozó una mueca y abrió el canal con el control de su armadura.

    —Bernelli —replicó con brusquedad—. La teniente ordenó específicamente que no se utilizara este canal.
    —Ya no es muy necesario, Ardo. Se marchan.
    —¿Qué?
    —Los Zerg. Nos rodean y se dirigen hacia el oeste. Toda la columna acaba de cambiar de dirección.
    —Eso no tiene sentido —musitó Ardo, aún con el canal abierto.
    —Con sentido o sin él, eso es lo que están haciendo.
    —Tiene razón, Melnikov —era la voz de Mellish esta vez—. Los estoy viendo desde el bunker. Han pasado sobre nosotros como una nube de langostas y nos han dejado atrás. Los veo con los prismáticos y han virado hacia el oeste. Yo diría que pretenden pasar una noche de juerga en la ciudad.

    Ardo silbó entre dientes. La ciudad de Mar Sara se encontraba al oeste, había sido abandonada por los Marines y, en esencia, ahora estaba indefensa.

    —Cutter, aquí Melnikov. Estoy con la teniente en la Sala de Operaciones… o lo que queda de ella. ¿Dónde estás?
    —En el bunker cuatro, perímetro occidental. ¿Qué demonios ha pasado ahí arriba? ¿Dónde demonios están Littlefield y la teniente?
    —Sube aquí a toda prisa —replicó Ardo sin más explicaciones—. La… la teniente te necesita.
    —Ya, bueno, si la teniente me necesita, que me lo diga ella y no un capullo novato con el gatillo fácil…
    —Basta de gilipolleces, Cutter —lo interrumpió Ardo—. ¡La teniente te quiere aquí así que muévete!
    —Voy para allá —respondió Cutter en tono frío—. Aunque sólo sea por eso, tengo ganas de verte. Confío en que hayas mantenido a la chica caliente para mí, recluta. Estoy seguro de que estará encantada de ver a un hombre después de haber pasado un rato contigo.

    Ardo apagó el canal de comunicaciones con un gesto de furia y se volvió a continuación hacia el ascensor.

    —Lo siento, Merdith. Me encargaré de que Cutter no te mol…

    La puerta del ascensor estaba cerrada. Las luces del panel indicaban que estaba descendiendo. El miedo lo embargó.

    Merdith se había ido.

    Ardo lanzó una rápida mirada a su alrededor. La sección caída de la estructura exterior descansaba ahora sobre el suelo en un ángulo extraño. Las consolas del lado izquierdo de la isleta de mando habían sido aplastadas casi hasta el suelo por su peso, pero la parte derecha permanecía intacta. Ardo se encaminó hacia allí sorteando los agujeros de ácido.

    —¿Melnikov? —dijo Breanne como si acabara de despertar—. ¡Maldición! ¿Qué estás haciendo?
    —Estaba en el suelo, apenas a unos pasos de mí —murmuró Ardo mientras se inclinaba para asomarse entre las consolas del lado derecho.

    La caja también había desaparecido.

    Ardo gritó con una voz que era una expresión sin palabras de furia animal. Miró el ascensor. Demasiado tiempo, comprendió. Nunca la alcanzaría así. Se volvió y subió la corta escalera que conducía a la pasarela ahora retorcida que circunvalaba la habitación. Se agarró al marco de uno de los paneles destrozados, sacó la cabeza al viento aullante y miró abajo.

    La oscura y curva estructura desaparecía debajo de él a la luz mortecina del crepúsculo. Pequeñas luces emanaban de las ventanas del Centro de Mando y de las señales anticolisión que parpadeaban con aire lúgubre en las diferentes estructuras que sobresalían de la sección principal. Un poco más allá de la curva del casco exterior, una alargada y brillante franja de luz amarilla se extendía desde las puertas principales del Centro de Mando y sobre la vereda de tierra compactada que discurría por la oscura madeja de la base.

    Allí. Una sombra alargada estaba saliendo. La proyectaba una única figura femenina que ponía todo su empeño en arrastrar una pesada caja.

    Ardo lanzó una mirada a los indicadores de potencia que tenía justo debajo del borde del casco. Aún no había utilizado la reserva. Tendría más que de sobra para alcanzarla. Con un solo movimiento, salió por la ventana y empezó a descender corriendo por la superficie del casco exterior. Sus pisadas resonaban contra el metal mientras bajaba esquivando los diferentes sensores. Semejante carrera hubiera sido imposible sin la armadura pero, a pesar de los zumbidos de queja que emitían los servosistemas, avanzaba rápidamente por la pendiente cada vez más empinada. Merdith estaba corriendo en dirección oeste, hacia la fábrica. Ardo verificó su posición mientras corría. Al cabo de un par de segundos, la pendiente se hizo demasiado acusada y no pudo seguir sosteniéndolo pero para entonces se encontraba tan sólo a siete metros del suelo. Se agarró a una antena sobresaliente, aguantó un segundo y entonces saltó.

    Cayó con fuerza y rodó por el suelo, tal como le habían enseñado a hacer. La armadura absorbió la mayor parte del impacto y los servos zumbaron mientras volvía a ponerse en pie y salía detrás de la chica a toda velocidad.

    Tras doblar la esquina, se encontró con una fila de vehículos. Los habían aparcado delante de la misma fábrica que los había producido obedientemente para ver cómo eran abandonados a continuación. El viento del atardecer levantaba una nube cegadora de polvo entre los VCE, los camiones de apoyo y las motos Buitre.

    Ardo se detuvo. Estaba allí, en alguna parte. Lo único que tenía que hacer era encontrarla.

    El viento aullaba alrededor de su cabeza pero a pesar de ello subió el volumen de los sensores auditivos exteriores. Puso el canal táctico en posición de Espera. Sabía que Breanne no tardaría mucho en empezar a hacerle preguntas y no quería distracciones en aquel momento.

    Empezó a avanzar con cautela entre las máquinas. Se preguntó de forma ausente cómo era posible que una máquina tan complicada como una armadura de combate fuera capaz de moverse con semejante sigilo cuando era necesario. Levantó el arma y la preparó. Sabía que estaba perfectamente dispuesto a pegarle a Merdith un tiro en la cabeza si era necesario… y también aunque no fuera necesario.

    En medio de la arena que casi los ocultaba, los VCE se erguían como centinelas silenciosos. Los metálicos titanes superaban los tres metros de altura. Ardo caminó entre ellos con sigilo y el rifle preparado.

    Hubo un crujido en el viento, a su derecha. Giró sobre sus talones y apuntó con el rifle en aquella dirección. Los sistemas de aumento de su armadura encontraron al culpable al instante: la escotilla de mantenimiento de un VCE se movía de un lado a otro, sacudida por el viento. Le dio la espalda y continuó avanzando con una trayectoria zigzagueante.

    En algún lugar situado delante de él, un motor se encendió con agónica lentitud. Ardo esbozó una fina sonrisa y rodeó con sigilo otro VCE que le tapaba la línea de visión.

    Era un camión de transporte casi tan alto como un VCE. El chasis se apoyaba en seis gigantescas ruedas, tres por cada lado. La cabina de mandos sobresalía de la parte delantera. Ardo distinguió a duras penas la luz de la cabina por culpa de la arena.

    Subir al camión no resultaba sencillo. Uno tenía que trepar por una escalerilla vertical para llegar a una de las puertas laterales. Naturalmente podría hacerlo con la armadura puesta, pero sospechaba que la teniente preferiría que capturara a Merdith con vida. Un asalto directo no era la mejor manera de conseguir su objetivo. De pronto se le ocurrió una idea mejor. Sonriendo para sus adentros, se dirigió hacia la parte trasera del vehículo, con cuidado para no colocarse en los campos de visión de los espejos retrovisores que había a ambos lados de la cabina. Entonces se agachó y empezó a reptar bajo el chasis del camión. A medio camino, volvió a oír la agonía sorda del motor de arranque. Se apresuró. El motor balbució un par de veces y volvió a calarse.

    Cuando estuvo debajo de la cabina, levantó el cuerpo junto a la puerta del conductor. Veía sombras que se movían en su interior, oía cómo apretaban diversos interruptores y escuchaba los murmullos de Merdith.

    Se levantó de repente y arrancó la puerta del conductor. Con su mano libre, sujetó del brazo a una estupefacta Merdith con la intención de sacarla de allí y arrojarla al suelo.

    Con un solo movimiento de la armadura, que le proporcionaba una fuerza prodigiosa, se la arrebató al asiento del conductor. La mujer salió de la cabina, mientras sus manos se sacudían desesperadamente tratando de agarrarse a Ardo. Apoyó las piernas en el costado del vehículo, empujó y Ardo se vio impulsado inesperadamente hacia atrás. Se apartó del vehículo, arrastrando a Merdith consigo.

    Cayeron juntos al suelo. Ardo rodó sobre sí mismo para ponerse rápidamente en pie y para cuando se hubo incorporado, tenía el arma preparada. Merdith seguía tirada a sus pies, gimiendo en medio del polvo.

    —Levanta —le dijo—. Te vienes conmigo.

    Merdith levantó la mirada, tratando de recobrar el aliento.

    —Eres mi prisionera —dijo con voz neutra, al tiempo que levantaba el arma.
    —¿Prisionera? —preguntó ella con tono despectivo—. ¿Prisionera de quién?
    —Prisionera de la Confederación —le explicó Ardo.

    Merdith soltó un bufido desdeñoso.

    —Vaya, ya somos dos.
    —¡Cierra el pico! —gruñó Ardo.
    —Escucha, he estado espiando las comunicaciones desde aquí —indicó la cabina del camión—. Las fuerzas de la Confederación ya han terminado la evacuación, soldadito. Joder, lo más probable es que a estas alturas hayan salido ya del sistema.
    —¡Pues tendremos que encontrar una conexión vía satélite! —Ardo estaba empezando a sudar—. Solicitaremos una evacuación. Vendrán a buscarnos y…

    Merdith lo interrumpió.

    —¡Despierta, Ardo! ¡Se supone que estamos muertos! ¿Crees que esa nuclear cayó sola del cielo? ¡Se supone que nos la hemos comido, soldadito! El Cuartel General de la Confederación os envió a tus amigos y a ti para que nos encontraseis a mi caja y a mí y en el preciso instante en que supieron que lo habíais hecho, ordenaron a vuestro transporte que se marchara y lanzaron una bomba sobre nosotros. Conocían perfectamente vuestra posición. Os la jugaron. ¡Si os enviaron aquí fue para que nos encontrarais a la preciosa caja y a mí y pudierais morir con nosotros!
    —Somos soldados —Ardo tenía la cara roja—. ¡Los soldados mueren! ¡Morir es nuestro trabajo!
    —No —la voz de Merdith perdió volumen pero no intensidad—. Vuestro trabajo es luchar. Hoy habéis luchado y seguimos con vida. El Cuartel General de la Confederación os sentenció a muerte, pero a pesar de ello luchasteis y a pesar de ello sobrevivisteis. No te equivoques, Ardo. Por lo que a ellos se refiere, estamos muertos y es mejor que sea así. ¡Joder, si lo planearon de ese modo! Nadie debe conocer la existencia de esta caja. Si os presentarais con ella en el Cuartel General, se asegurarían de que acabarais mucho más muertos de lo que ahora se supone que estáis.
    —¡Cierra la boca! ¿Por qué coño no puedes cerrar la boca?

    Ella le suplicó por encima del viento aullante:

    —¡No sacrifiques tu vida por fantasmas, muchacho! La Confederación te ha mentido, te ha arrebatado tu amor, tu familia y todo tu pasado. Te envió aquí para que les hicieras un trabajo sucio y una vez que lo has hecho han intentado matarte como si tal cosa. Por debajo de toda esa programación y esos lavados de cerebro y esa «resocialización neural» sigue habiendo un hombre, Ardo Melnikov, que se merece tener una vida propia y poder disfrutarla —Merdith suspiró al viento—. En tu interior debe de quedar algo de ese noble muchacho que fue criado por una familia amorosa.

    Ardo parpadeó. Estaba sudando y los sistemas de refrigeración de la armadura no parecían estar haciendo nada por impedirlo.

    —¿Qué… qué es lo que sugieres? ¿Qué estás diciendo?

    Merdith asintió sin apartar la mirada.

    —Digo que salgamos de aquí. Ellos creen que estamos muertos… dejemos que lo sigan creyendo. Salimos del planeta y conseguimos una nueva vida. Deja que otros se encarguen de la matanza.

    Ardo esbozó una sonrisa triste.

    —¿Y cómo se supone que vamos a salir de aquí? ¿Andando? La Confederación se ha marchado. Se ha llevado los últimos transportes. Aunque dijera que sí, aunque confiara en ti, no hay manera de salir de esta roca.

    Merdith se le acercó sonriendo.

    —Oh, sí, creo que existe una manera de salir de esta roca.

    Ardo levantó ligeramente el arma. Merdith captó la indirecta y retrocedió.

    —Los Hijos de Korhal —dijo con voz comedida.
    —¿Los Hijos de Korhal? —bufó Ardo—. ¿Un puñado de ingenuos fanáticos?
    —Sí —asintió Merdith con una sonrisa en los labios. Porque hay una flota de naves de transporte de esos «ingenuos fanáticos» a cinco horas de aquí y dirigiéndose en este momento hacia esta misma roca. Vienen a evacuar a todos los que puedan… todos los que queden… y, mi buen soldadito, algo me dice que estarán especialmente dispuestos a aceptarnos a nosotros a bordo.

    Ardo sacudió la cabeza pero no dijo nada.

    —¡Ardo, si les damos la caja, nos pondrán en primera clase! —insistió Merdith fervientemente—. Lo único que tenemos que hacer es salir de aquí y permanecer con vida las próximas seis horas. Yo sé dónde hay un enclave, el último lugar que los Zerg atacarían. Es casi seguro que se dirigirán primero a las ciudades.
    —¿Qué? —Ardo comprendió de repente lo que le estaba diciendo.
    —El enclave debería de ser capaz de resistir hasta que llegue la flota. Las ciudades frenarán un poco el avance de los Zerg, de modo que tendremos tiempo suficiente para…
    —¿Las ciudades? —Ardo se vio de repente galvanizado por sus propios pensamientos—. ¿Los civiles masacrados a millares por esas pesadillas… y lo único que haces tú es contar los minutos que su muerte te proporcionará para escapar?

    Merdith tragó saliva.

    —Todos tenemos que hacer sacrificios, Ardo. Algunas veces es duro, pero…

    «El Patriarca Gabinas le estaba hablando en la clase del seminario.

    —¿De qué le serviría a un hombre ganar el mundo entero si para ello ha de perder su alma?

    Melani le sonreía bajo un sol dorado».

    —¿De modo que su sacrificio, el sacrificio de miles de vidas, tiene significado porque tu preciosa rebelión y tú podéis seguir viviendo? —Ardo se estremecía de furia—. ¡Littlefield dio la vida por ti! Se adelantó y tiró su vida para que tú pudieras vivir. ¿No basta con eso? ¿Cuántas personas vale tu vida, Merdith? ¿Cientos? ¿Miles?

    Los ojos de Merdith destellaron. Ardo se volvió, enfurecido, y levantó el rifle por encima de su cabeza. Lanzó un grito furioso y, con un golpe de la culata, destrozó la ventana inferior de la puerta. No sirvió de nada. Con otro grito, arrojó el arma al interior de la cabina. Se volvió hacia Merdith y la zarandeó por los hombros.

    —¿Y qué hay de mi vida, Merdith? ¿Cuánta gente vale mi vida? ¿Cuántos deben morir por mí?

    Apretó con más fuerza. Merdith se encogió de dolor.

    —¿Qué hay de mi alma, Merdith? Mi alma es mía. Nadie puede arrebatármela. Ni la Confederación ni tu preciosa rebelión. No puedes comprar mi redención. ¿Cuánto vale mi vida, Merdith? ¿Cuántas… cuántas personas puedo comprar con mi vida?

    «Su padre estaba leyendo frente a la familia entera:

    —Y no le temáis a aquello que mata el cuerpo pero no es capaz de matar el alma; mas temedle al miedo, pues es capaz de destruir tanto el cuerpo como el alma en el infierno».

    Ardo se quedó helado. Estaba como transfigurado.

    Merdith levantó la mirada. Aún la estaba estrujando.

    —¿Qué ocurre?

    Melani estaba de pie en el campo de dorado trigo. Le estaba tendiendo la caja mientras recitaba un pasaje de las Escrituras.

    —Por favor —suplicó Merdith—. ¡Me estás haciendo daño!

    «Es preferible que perezca un solo hombre a que una nación mengue y caiga en la incredulidad…»

    De repente, Ardo la soltó.

    —¿Cuántas naves vienen?
    —¿Qué? Puede que un centenar… Todas las que hayan podido reunir, supongo… pero nunca llegarán a las ciudades a tiempo.
    —No pero ¿y si los Zerg no se dirigieran a las ciudades? —se volvió hacia el camión mientras hablaba. Abrió la puerta y subió a la cabina—. Podrían salvarse miles, ¿no?
    —¡No puedes detener a los Zerg, soldadito!

    Ardo bajó de un salto de la cabina.

    Tenía en las manos la caja de metal.

    —No, no podemos —dijo Ardo—. Pero tal vez, sólo tal vez, podamos frenarlos…


    20. Sirenas


    —HAS PERDIDO LA CABEZA DEL todo, ¿lo sabías?

    Ardo miró a su alrededor. La mayoría de los rostros que lo observaban parecían estar de acuerdo con la afirmación de Cutter.

    Una cascada de chispas llovía desde el techo de la Sala de Operaciones. Marcus estaba fuera, en un VCE. El técnico había conseguido retirar la mayoría de las antenas y sensores rotos y había devuelto la sección del casco al lugar al que pertenecía. Ahora estaba soldando nuevas planchas de metal a los cortes provocados por el ácido para sellar y reforzar la estructura.

    El resto de los supervivientes se había reunido en la Sala de Operaciones. Ardo estaba de pie frente a lo que quedaba del pelotón que había salido de allí aquella misma mañana… una mañana que ahora parecía encontrarse a años luz de distancia. El soldado Mellish se sentaba pesadamente en la pasarela, con las piernas colgando sobre una de las consolas cerradas. Era el único superviviente del pelotón original de Jensen y aparentemente, ahora prefería mirar en cualquier dirección antes que en la de Ardo. Los soldados Bernelli y Xiang estaban de pie, con la espalda apoyada en la consola que había frente a la de Mellish. La teniente Breanne, con los brazos cruzados y en la plataforma, cerca de Bernelli y Xiang, les daba la espalda a todos ellos. Alguien hubiera podido creer que estaba contemplando la oscuridad del exterior por los ventanales de la sala pero Ardo sabía que no veía nada allí fuera y que su mente estaba en el interior.

    En cuanto a Cutter, el gigantesco isleño con el traje de Murciélago de Fuego, no tenía el menor problema en expresar sus puntos de vista. Caminaba a grandes zancadas sobre las planchas nuevas que acababan de colocar delante del ascensor.

    —¡Se te ha fundido el cerebro por completo!
    —Puede que sí —dijo Ardo, mientras acariciaba con los dedos la caja metálica que descansaba en el suelo abombado de la isleta de mando, frente a sí. Merdith estaba apoyada en uno de los paneles destrozados de la isleta, con las manos en los bolsillos del mono y la mirada fija en el suelo—. Puede que sí, pero no creo que eso suponga una gran diferencia para nosotros y podría suponer una gran diferencia para un montón de gente.
    —¿Que no supone mucha diferencia para nosotros? —balbuceó Cutter—. ¿Quieres encender esa baliza Zerg, atraer hasta el último de los Mutaliscos, Hidraliscos, y yo-qué-coño-sé-liscos que hay en un millar de clicks a la redonda sobre nosotros… y crees que nos da igual?
    —Eso no es lo que he dicho —Ardo sacudió la cabeza.
    —¡Por los dioses, espero que no!
    —Lo que he dicho es que no supondrá demasiada diferencia para nosotros —dejó el casco sobre la caja y empezó a quitarse los guanteletes—. Mira, la Confederación nos ha dado por muertos… ¡Demonios, nos quería muertos! No van a volver a buscarnos aunque se enteren de que seguimos aquí. Nos han abandonado, junto con todos los colonos de este mundo. Esta maquinita secreta de la Confederación trajo a los Zerg a este mundo. Tenemos la prueba aquí mismo. ¿Crees que quieren que todo el mundo sepa que son los responsables de la destrucción entera del planeta?

    Bernelli intervino:

    —Pero… ¿Pero qué hay de esos Hijos de Korhal o como quiera que se llamen? Están acercándose con naves de evacuación. ¿No podríamos ir con ellos?

    Ardo asintió.

    —Podríamos hacer un trato con los Hijos de Korhal. Podríamos ofrecerles la caja y en ese caso tendríamos más posibilidades que nadie de escapar de este planeta. Sólo tendríamos que romper el frente de los Zerg, llegar hasta ellos y hacer el trato. Pero los Hijos de Korhal tienen sus propios planes. Desde luego, las naves que han traído no son suficientes para evacuar el planeta entero. Es una cuestión de publicidad… de enseñar unas pocas fotos en las que salvan a unos desgraciados abandonados por la Confederación. Lo que no quieren que nadie sepa, no obstante, es que también ellos son responsables de que los Zerg estén aquí.

    Xiang se volvió al instante hacia él.

    —¿La banda de Korhal? Creía que era un cacharro de la Confederación.

    Ardo se volvió hacia Merdith.

    —Díselo.

    Merdith se revolvió, incómoda.

    —Es cierto que podríais hacer un trato con los Hijos de Korhal…
    —No —dijo Ardo y Merdith se encogió—. ¡Diles quién activó el aparato!

    Merdith seguía mirando el suelo.

    —A veces hay que hacer sacrificios por la Causa. Las… atrocidades de la Confederación no dejaron otra alternativa a la rebelión más que… ah… utilizar el aparato contra las agresiones de la Confederación. Utilizando su propia arma contra ellos…
    —¡Por los dioses, Melnikov! —Xiang estaba conmocionado—. ¡Es un asesinato en masa! ¡Un genocidio planetario!

    Merdith levantó la mirada con un fulgor en los ojos.

    —Los Hijos de Korhal tienen derecho…

    Mellish escupió en el suelo.

    —¡Oh, cierre el pico, señora! A los Hijos de Korhal les importan un pimiento los civiles, igual que a la Confederación. Por lo que a mí se refiere, son las dos caras de la misma moneda… una moneda falsa.

    Ardo sacudió la cabeza con tristeza.

    —Y así es como acaba todo, porque tampoco los Hijos de Korhal querrán que sigamos con vida. Puede que fuera la Confederación la que creó la caja pero fueron los Hijos de Korhal los que la abrieron. Nosotros sabemos lo que ha ocurrido aquí y cuánta gente han muerto… por culpa de los dos bandos —suspiró—. No, chicos. Estamos todos muertos. Lo único que queda por decidir es el cuándo y el porqué.
    —Vaya, menudo discursito —Cutter sorbió, haciendo que temblaran las aletas de su enorme nariz—. De modo que sí eres un héroe y todo eso, ¿eh, Melnikov? ¡Ya he visto lo heroico que eres, chico! No tuviste problemas a la hora de sacrificar a Wabowski en Oasis… ¡Ningún problema, según recuerdo! ¡Y ahora el gran hombre quiere sacrificar a todos los demás!
    —Hay familias ahí, Cutter —Bernelli parecía cansado—. Mujeres y niños…
    —¡Sí, la mía entre ellas! —los ojos negros de Cutter estaban muy abiertos y húmedos—. ¡Pero yo no me alisté para esto!
    —Cuando llegamos a esta roca me pareció que querías una buena pelea —añadió Mellish con tono cada vez más alto. El soldado no le tenía demasiado aprecio a Cutter—. ¿Y ahora quieres salir por la puerta de atrás?
    —¡Cutter no ha salido por la puerta de atrás en toda su vida, hermanita! ¡Dame una batalla! Deja que vengan y me comeré sus corazones para desayunar. Pero este… —señaló a Ardo con rabia— este limpiador de letrinas quiere que me siente y me deje matar por un puñado de civiles a los que no conozco, que nunca sabrán lo que he hecho y a los que probablemente no les importaría una mierda si se enterasen. ¡Es una locura!
    —¿Para eso estás aquí, Cutter? —saltó Ardo con la voz llena de frustración—. ¿Quieres llevarte el mérito? ¿Que hagan un desfile en tu honor o se derramen unas lágrimas? ¿Es eso lo importante aquí, que se te recuerde como a un héroe? Va a morir gente inocente, Cutter y nosotros somos los únicos que podemos ayudarlos, lo sepan ellos o no.
    —Estoy aquí para buscar a mis hermanos. ¡Están ahí fuera, en alguna parte, y tengo que encontrarlos!

    Ardo se disponía a decir algo pero se contuvo. Los hermanos de Cutter. No había pensado mucho en ello hasta entonces pero, si habían jugado de aquella manera con sus recuerdos en los tanques de resoc, ¿qué le habrían hecho al enorme isleño? ¿Estarían sus hermanos en aquella roca? O, incluso, ¿tendría algún hermano? ¿Cómo podía explicárselo al volátil Marine?

    Breanne suspiró.

    —Bueno, si tengo que morir, prefiero saber que por lo menos lo hago por algo más que mi pensión.
    —Bueno, pues si yo tengo que morir —repuso Cutter— no quiero que sea por culpa de este montón de mierda… ¡y no pienso hacerlo solo!

    Se movió tan deprisa que Ardo no tuvo tiempo de reaccionar. En dos veloces pasos, el gigante atravesó la distancia que los separaba y lo agarró por el cuello.

    Ardo trató de hablar pero le fue imposible. La armadura del Murciélago de Fuego aumentaba la fuerza de su presa. En cuestión de segundos empezó a ver las estrellas y el mundo empezó a desaparecer. Todo el mundo estaba gritando al mismo tiempo. Se movían sombras por la periferia de su visión pero lo único que él veía era la cara enfurecida del isleño con una luz homicida en la mirada.

    Una voz:

    —¡Suéltalo! ¡Suéltalo ahora mismo, Cutter!

    De improviso, Cutter lo soltó. Ardo cayó al suelo como una muñeca de trapo, jadeando. Levantó la mirada.

    La teniente Breanne tenía el cañón de su rifle gauss apoyado contra la sien de Cutter.

    —Cutter, ¿quieres salvar a tus hermanos? ¿Te has parado a pensar que podrían ser algunos de los civiles que están buscando una salida de este lugar? ¿Te has parado a pensar que la única manera de salvarlos podría ser asegurarse de que los Zerg no llegan a la ciudad antes que los transportes?

    Cutter pestañeó furiosamente. Su voz era baja y tranquila cuando replicó:

    —No, señora. No… no lo había pensado.
    —Entonces deja de intentar pensar —gritó Breanne. Su voz era aguda y penetrante—. Yo pensaré por ti. ¡No te pagan por pensar!

    Apartó el arma de su cabeza y le indicó con el cañón que se retirara.

    —He pasado toda mi vida luchando en las guerras de otros, por los ideales de otros y las causas de otros. ¡Melnikov tiene razón! Cada una de nuestras vidas podría salvar centenares, puede que miles. ¡Ellos nunca lo sabrán, nunca nos lo agradecerán, pero ya que tengo que morir, prefiero que sea por algo que merezca la pena!

    Se volvió hacia la caja y con movimientos rápidos y firmes, abrió los sellos. Ahora la máquina estaba al descubierto.

    La teniente se volvió hacia los rostros estupefactos que llenaban la sala.

    —Tenemos, según mis cálculos aproximados, una hora y media antes de que lleguen los primeros Zerg. Sugiero que le demos buen uso a este tiempo.


    * * *

    Era el cuarto viaje que Ardo hacía a los búnkeres. Estaba cansado, pero sabía que ya no duraría mucho. Lo esperaba una paz permanente. Descubrió que la estaba esperando con bastante impaciencia. Las enseñanzas de su juventud seguían emergiendo a la superficie de su memoria: cuentos de fe y esperanza y paz en una vida eterna. Era extraño, se dijo, pensar en tales cosas en medio del infierno.

    Marcus había utilizado los VCE para construir varios búnkeres más alrededor del Centro de Mando. Este sería el núcleo defensivo protegido por el perímetro exterior. Comenzarían su defensa en el anillo exterior, atacando desde lejos mientras el enemigo se iba acercando a la base. Cuando los Zerg estuvieran a punto de superar la posición, debían retirarse al anillo interior de búnkeres enlazados para la defensa final. Después de eso, aguantarían todo lo que pudieran… y rezarían para que fuera suficiente.

    Entretanto, Mellish se había llevado a un par de los otros en un transporte blindado junto con todas las minas que habían podido encontrar. Ardo había sonreído cuando Mellish le había propuesto la idea. Ahora el soldado estaba plantando minas en un patrón específico alrededor de la base, tan feliz como un granjero trabajando en el huerto de su patio trasero. Ardo confiaba en que obtuviera una buena cosecha.

    Él mismo se encontraba encerrado en la fábrica, manufacturando más munición para los rifles. Breanne se había mostrado de acuerdo cuando había señalado que los Zerg no se detenían nunca, ni tan siquiera cuando estaban heridos. La idea era sencilla. En vez de la munición de infantería estándar, había reprogramado el replicador para que produjera munición de punta hueca y blanda. A diferencia de los convencionales, estos proyectiles se achatarían y expandirían al impactar contra sus objetivos. No tenían como propósito herir, sino matar y causar el máximo daño posible. Ardo estaba ansioso por comprobar si funcionaban.

    Marcus seguía trabajando en el bunker del sur del perímetro cuando Ardo se le acercó. No le había dicho más de diez palabras a nadie después de la muerte de su hermano. Ardo estaba preocupado por él pero en aquel momento no tenía tiempo de ocuparse de su problema… y probablemente nunca lo tuviera. Se encaramó al bajo edificio de cúpula redondeada y entró por la escotilla.

    Los búnkeres eran elementos de producción estándar para los VCE y podía decirse en rigor que visto uno, vistos todos. Sus gruesas paredes de metal delimitaban un espacio suficiente para alojar a cuatro soldados, con portillas para armas en todas direcciones. No eran demasiado confortables pero contaban con el beneficio de ser los lugares más seguros que podían encontrarse en al interior de una base de la Confederación. Una vez montados, eran extraordinariamente difíciles de derribar. Hasta qué punto eran resistentes era algo que estaban a punto de averiguar.

    Entró en el compartimiento central, lleno de cajas de munición y se encontró para su sorpresa con Merdith, que miraba por una de las portillas para armas.

    —Oh, disculpa —dijo ella—. Me quitaré de en medio.
    —No, no te preocupes —dejó las cajas en el suelo y empezó a colocar las restantes en las cercanías de las portillas—. No hay problema. Si estás aquí para ver el espectáculo, estás mirando en la dirección equivocada.
    —Ya. Nunca he tenido alma de turista —se rió de forma cansina. Entonces volvió a mirar por la portilla—. ¿Por dónde crees que vendrán primero?
    —No lo sé —dijo Ardo mientras se colocaba a su lado y lanzaba una mirada a la rojiza llanura—. Las últimas unidades que vimos se dirigían hacia el oeste. Supongo que ésas serán las primeras en llegar. Yo los esperaría desde allí.

    Merdith asintió. Se hizo un corto silencio.

    —Oye, soldadito…
    —Sí.
    —Si luego no tengo ocasión de decírtelo… creo que lo que has hecho es… —su voz se apagó.

    Ardo la miró.

    —¿Es qué?
    —No… no lo sé. Iba a decir «bueno» o «correcto» pero las palabras no parecen hacerle justicia —apoyó el brazo en el alféizar de la portilla y puso la cabeza sobre ellas mientras proseguía—. Puede que incluso… épico.

    Ardo se echó a reír.

    —¿Épico?

    Merdith también rió.

    —Vale. Puede que épico tampoco. Sea lo que sea, sólo quería darte las gracias.
    —Yo no me las daría. Por mi culpa, todos vamos a morir.
    —¿Pero cuántos van a vivir gracias a esto? Nunca lo había pensado —lo miró—. Puede que no te den las gracias. Puede que nunca sepan lo que ha ocurrido o ni tan siquiera que estuvimos aquí, pero te doy las gracias en su nombre.

    Ardo asintió y reflexionó un momento.

    —Sabes… Ya ni siquiera sé quién soy en realidad. Me han programado y reprogramado tantas veces que he olvidado quién era y por qué lo era y adonde me dirigía. Y sin embargo algo de mí ha estado siempre ahí: la parte de mi alma que nunca podrían eliminar ni tapar con sus programas. Antes le tenía miedo pero ahora es lo único que tengo para apoyarme. Tú me has ayudado a encontrarla y por esa razón, yo tengo que darte las gracias.

    Recogió otro rifle gauss del suelo, se lo arrojó a ella y dijo:

    —Sabes cómo se usa, ¿verdad?

    Merdith cogió el arma y la cargó con un movimiento digno de un experto.

    —¿No tienes miedo de mí?
    —Eh, si matas a uno de nosotros, sólo conseguirás que haya uno menos para vigilarte la espalda —sonrió.

    Merdith le devolvió la sonrisa.

    —Tendré que tener cuidado con eso, entonces.
    —Ojalá hubieras conocido a Melani, Merdith. Dudo que hubierais tenido mucho en común, pero…
    —Aquí Mellish. Contacto visual al oeste. Tenemos compañía.

    Ardo arrugó la cara.

    —Llegan antes de lo previsto.


    21. Asedio


    —¡PREPARADOS, GENTE! —era la voz de Breanne por el canal táctico—. Primero el perímetro exterior y luego, a mi señal, retirada hacia el perímetro interior. ¡Informe de situación!

    Ardo pulsó dos veces el botón del comunicador.

    —¡Melnikov, Exterior cinco, sudoeste!
    —¡Mellish, exterior cuatro, noroeste! Son un montón y…
    —Cierre el pico, Mellish. ¡Informe!
    —Xiang, estoy aquí. Exterior tres, noreste.
    —Bernelli en exterior dos, sur, teniente.
    —¡Completo! No disparen hasta que lleguen al campo de minas exterior. Informen y abran fuego a continuación, ¿comprendido?

    Ardo sonrió. Incluso en medio de una situación desesperada, Breanne iba a hacer las cosas según el manual. Si existía una manera de morir según el manual, Breanne se ceñiría a ella.

    —¿Qué pasa? —preguntó Merdith al ver la mirada de Ardo.

    El Marine se inclinó hacia delante con los ojos entornados y echó un vistazo por la portilla del bunker.

    —¡Por los dioses! ¿Qué es eso? —preguntó Merdith con un hilo de voz.

    Hacia el sudoeste, parecía que el horizonte se hubiera enturbiado y su línea se hubiera desdibujado. Podría haberse tratado de una tormenta de arena, pero Ardo sabía que era algo mucho más peligroso.

    Abrió el canal de comunicación.

    —Teniente, aquí Melnikov. Tengo una columna de Zerg acercándose a toda prisa desde el oeste… a unos tres clicks de distancia. No distingo los extremos de la línea.
    —Aquí Mellish. Creo que veo el extremo de la línea desde aquí. Está en el radial dos-noventa. ¡Joder! No creía que hubiera tantos Zerg en todo el…
    —Aquí Cutter. No veo el otro extremo de la línea por mi lado.
    —¡Ardo! ¿Qué ocurre?

    El Marine miró a Merdith.

    —¿Qué? ¡Oh, joder! No tienes un comunicador táctico. Son ellos… una columna de Zerg que cubre casi todo el horizonte y sólo Dios sabe qué profundidad tiene. Parece que esa cajita tuya funciona mejor de lo que creía.
    —Vaya —Merdith tragó saliva. De repente se le había quedado la boca seca. Sus dedos aferraban con tal fuerza el rifle que se le habían puesto blancos—. ¿Y ahora qué hacemos?
    —Los esperamos.
    —¿Esperar? —Merdith pestañeó—. ¿Qué es lo que esperamos?
    —A que lleguen al campo de minas del perímetro —Ardo sacudió los hombros y giró la cabeza de un lado a otro. Estaba tenso y ése era un mal estado para entrar en batalla—. Mellish y Bernelli han establecido dos campos de minas en el perímetro de la base. Hay uno a mil metros de distancia y un segundo a quinientos metros. Cuentan con minas saltarinas y minas de carga hueca con enlaces de datos heurísticos…
    —¡Eh, más despacio! ¿Dices que tienen el qué heurístico?
    —Enlaces de sensores. Las minas se comunican entre sí por medio de una red propia de baja potencia y utilizan la información proporcionada por las otras para saber qué rasgos deben buscar en los enemigos que pasan sobre ellas. Cuantas más explotan, más eficientes se vuelven a la hora de matar. Pueden modificar el patrón de su estallido para mutilar con más efectividad. Hemos tenido que cambiar un poco su programación…
    —Porque no queréis que sólo mutilen —terminó Merdith la frase. Se volvió de nuevo hacia la portilla. La borrosa línea se estaba acercando—. Queréis matar el máximo número de ellos y en el mínimo tiempo posible.
    —Exacto —contestó Ardo y a continuación se inclinó sobre la portilla—. ¡Es increíble! Escucha eso…

    El sordo tronar se sentía antes que oírse: la tierra se estremecía y sacudía con nerviosismo todo cuanto descansaba sobre ella. En cuestión de segundos se volvió audible, miles de Zerg corriendo directamente hacia ellos, presa de una furia incontrolable. El ensordecedor chillidos de sus voces, que daba el contrapunto al retumbar, dejó a Ardo helado hasta la médula.

    —¡Por los Dioses! ¿Qué hemos hecho? —gritó Bernelli por el canal de comunicaciones.
    —Alto el fuego —sonó la voz de Breanne como respuesta—. Tengo que saber qué parte del perímetro van a atacar primero.

    Una sacudida sorda zarandeó el bunker. El polvo que se había posado sobre las cajas de munición superiores se levantó y cayó al suelo. Ardo vio que Merdith abría mucho los ojos. Entonces, una rápida sucesión de sacudidas se extendió por las portillas abiertas.

    —¡Aquí Bernelli! ¡Contacto con el perímetro en el radial dos-veinte!

    Las explosiones de las minas se sucedían ahora con rapidez, una detrás de otra. Cada vez estaban más próximas a Ardo.

    —¡Se están moviendo! —gritó Bernelli—. ¡Vienen por la izquierda, Melnikov!

    Ardo cogió los binoculares. Empujó a Merdith hacia atrás y miró por la portilla de la derecha.

    Ahora los veía con claridad: un muro sólido de Zerg que se retorcían y chillaban a casi un kilómetro de distancia. Todas las clases de criaturas de pesadilla que formaban su raza parecían estar presentes, cargando en su dirección. Entonces, como si estuvieran interpretando alguna extraña clase de baile, empezaron a desplazarse hacia la izquierda.

    Las atronadoras explosiones las siguieron. Un muro de polvo, llamas y carne arrancada se alzó en el aire como una cortina de muerte. Los Zerg se lanzaban hacia ella, trataban de dar con el punto débil del perímetro, la abertura que los humanos siempre dejaban en los campos para poder pasar y contraatacar. Ardo sonrió. Estaba asomándose a la mente de su enemigo y sabía algo que él ignoraba: que esta vez no habían dejado ninguna abertura porque sabían que nunca abandonarían aquel lugar.

    —¡Aquí Melnikov! —gritó Ardo por el canal de comunicación en medio del estruendo de las explosiones—. Sus avanzadillas se están arrojando contra el perímetro. Tratan de rodear el campo de minas exterior hacia el este. ¿Cutter? ¿Los tienes?
    —Sí, ya los veo. ¡Dulce Hermana Pecado! ¡Mirad eso! ¡Están tratando de rodear la base! ¡Nunca había visto tantos bastardos de esos en toda mi vida! ¡Ven, dulce carne! ¡Estoy cavando una fosa sólo para ti! Te voy a asar para la cena, feo… ¡Preparados! ¡Ahí vienen!

    La cortina de destrucción seguía levantándose frente a él, ocultando a los Zerg que había detrás. Ardo buscaba frenéticamente con los prismáticos alguna señal de penetración.

    —¡Las torres tienen objetivos seleccionados! ¡Fuego!

    Lo oyó antes de verlo. Las torres defensivas dispararon sus cohetes. El grito de Merdith fue ahogado por el aullido de los cohetes de alta velocidad que se precipitaban contra sus objetivos. Ardo siguió sus estelas con la mirada: docenas de Mutaliscos, tan numerosos que casi oscurecían el cielo, sobrevolaban los campos de minas. Los cohetes cayeron sobre ellos y las brillantes explosiones los engulleron con terrible precisión. Las bestias empezaron a caer sobre el área del perímetro como una lluvia grotesca. Algunos de ellos hacían saltar minas al tocar el suelo pero Ardo advirtió con sombría satisfacción que los artefactos explosivos empezaban a identificar aquellos nuevos objetivos como criaturas muertas y se estaban reservando para otros más sustanciosos y amenazantes.

    De repente, se hizo un silencio casi ensordecedor. El humo y el polvo empezaron a asentarse sobre el perímetro, y la cortina que formaban a caer con lentitud a la tierra.

    Merdith y Ardo se miraron. El silencio que había seguido a la deflagración resultaba inquietante.

    —Los ha detenido —Merdith sonrió, casi mareada de pura felicidad—. ¡Ardo! ¡Es increíble! ¡Los has detenido!

    Ardo volvió a coger los binoculares y trató de averiguar lo que estaba pasando tras el polvo, el humo y los cascotes. Podía ver cómo se movían, cómo cambiaban de posición.

    —Oh, mierda —dijo con voz temblorosa—. Se han dado cuenta.

    Merdith lanzó una mirada desesperada por la portilla, tratando de ver lo que Ardo estaba viendo.

    —¿De qué se han dado cuenta?

    Ardo abrió el canal de comunicación.

    —¡Aquí Melnikov! ¡Se están separando! ¡Preparaos! —entonces se volvió hacia Merdith—. ¡Prepara el arma! Los Zerg se están separando para que las minas sólo puedan abatirlos de uno en uno. Van a cargar contra el campo de minas desde todas direcciones.

    Las criaturas de múltiples patas llamadas Zergling empezaron a avanzar por la ennegrecida y cuarteada zona del perímetro exterior. Ardo se cerró el casco, la pantalla de tiro apareció al instante en el visor y empezó a apuntar con el rifle gauss a la más próxima de las criaturas.

    El sistema de guiado era tan preciso que resultaba espeluznante. El localizador láser ubicaba la localización de los disparos de Ardo. El arma daba una sacudida con cada uno de ellos para elegir a un nuevo Zergling como objetivo. La nueva munición era muy eficaz. Las balas de punta explosiva destrozaban los caparazones de los Zergling que se aproximaban y reventaban en el orificio de salida en un horripilante y mortal despliegue de potencia.

    —¡Whoo-ho! ¡Esto es una galería de tiro!
    —¡Hoy voy a hacer saltar la banca, Marines!

    «¿Cómo termina este juego?», pensó Ardo. Seguía cambiando de objetivos pero estaba teniendo que disparar cada vez más deprisa para seguir el ritmo de la acometida de los Zerg. Era como tratar de contener la marea. Los Zergling seguían llegando, oleada tras oleada… y ya casi habían alcanzado el campo de minas interior.

    Ardo lanzó una mirada a Merdith. Su arma tenía un sistema de elección de objetivos incorporado. Y no le temblaba el pulso al utilizarla.

    De repente, un agudo alarido brotó de un millar de gargantas Zerg.

    Estupefacto, Ardo abrió mucho los ojos.

    —¡Están cargando!

    La segunda línea de Hidraliscos se precipitó con un ruido atronador contra el campo de minas exterior. Al instante, todo el perímetro explotó en una ensordecedora cacofonía de furia y muerte. Las torres defensivas volvieron a disparar, pues al mismo tiempo los Mutaliscos habían reemprendido su avance. Volvieron a llover los Mutaliscos muertos pero sus cuerpos estaban cayendo cada vez más cerca de la base del muro. Sin embargo, Ardo no podía distraerse. La reptante alfombra de Zergling estaba cruzando el campo de minas interior y ahora se encontraba sólo a quinientos metros del muro exterior y estaba reduciendo la distancia a gran velocidad.

    El arma de Ardo enmudeció de repente. Sacó el cargador vacío y metió uno nuevo. Cuando volvió a levantar el arma, los Zergling se encontraban a cuatrocientos metros.

    —¡Teniente! ¡Los Zergling están a punto de superar el campo de minas interior! —gritó Ardo por encima del estruendo de sus ráfagas—. ¡No podemos contenerlos!
    —¡Tienen que conseguirlo! ¡Necesitamos las minas para los Zerg más grandes!

    Los Zergling se encontraban ahora a cien metros. Conforme se acercaban a la base de la muralla, su gran número los obligaba a acercarse unos a otros. Formaban una alfombra sólida de alimañas parecidas a escarabajos motivado, en la mente de Ardo, por el único objetivo de devorarlo. Cambió su rifle a modo de fuego automático y empezó a disparar indiscriminadamente sobre la horda.

    Estaba tan ocupado que no se percató de que el sonido de las detonaciones de las minas cesaba de repente en la distancia. Se llevó un buen susto cuando, con un destello, volvió a reanudarse, sólo que esta vez a quinientos metros de distancia. Enormes columnas de humo, tierra y rocas envolvían a los Zerg en su carga. Un estruendo ensordecedor envolvió la base entera mientras las criaturas cargaban desde todas direcciones simultáneamente. Las oleadas de destrucción ocultaron el sol. Las detonaciones, imposibles ya de diferenciar, se fundieron en un trueno demoníaco aparentemente continuo.

    Las piedras y la carne quemada de Zerg seguían lloviendo sobre el bunker y sus alrededores. Ardo seguía rociando a los Zergling, que ahora se encontraban a escasos metros del bunker, con su letal munición explosiva. Más allá de ellos, el muro demoníaco de muerte seguía avanzando hacia ellos. El ruido sacudía las planchas del bunker y parecía estar a punto de derribarlo. La muralla de explosiones se encontraba ahora a cien metros de su posición.

    Ardo sabía que el campo de minas terminaba a ochenta metros de allí.

    —¡Teniente! ¡Están entrando!
    —Retroceda. ¡Retroceda ahora mismo!

    No tuvo que darle la orden dos veces. Cogió a Merdith del brazo y la apartó de la portilla.

    —¡Tenemos que largarnos ahora mismo!

    Merdith lo siguió sin titubeos. Al mismo tiempo que lo hacía, las planchas metálicas que había sobre la portilla empezaron a abrirse hacia dentro.

    Un Zergling atravesó la abertura, se dejó caer al suelo y al instante saltó sobre ella.

    Ardo disparó su arma. La criatura salió despedida hacia atrás en mitad de salto y explotó contra la pared del bunker.

    —¡Atrás! —le gritó Ardo a Merdith—. ¡Corre!

    Lo último que vio antes de cerrar la escotilla tras ellos fue una hueste de vientres Zergling que cubrían las portillas mientras penetraban por la abertura en el interior del bunker.


    22. Despedida


    EL RUIDO ERA ABRUMADOR. Las torres defensivas estaban vomitando un frenesí de llamas y destrucción. Los misiles tenían que armarse en cuanto salían de sus tubos de lanzamiento puesto que los objetivos estaban muy próximos y lo estaban un poco más a cada segundo que pasaba.

    Merdith corrió delante de Ardo. La polvorienta franja de tierra que separaba los búnkeres interiores y los exteriores estaba cubierta por un velo de cenizas, humo y Zerg quemados que caían como una nieve negra del cielo. Aquí y allá caían chorros de ácido sobre la arena humeante. Ardo siguió a la mujer sin perder un segundo. La calle que los separaba del complejo defensivo interior nunca le había parecido tan ancha.

    Salió a la calle. Levantó la mirada mientras corría, tratando de protegerse. Las torres defensivas habían recibido el impacto de muchos chorros de ácido y dos de ellas empezaban a doblarse bajo su propio peso, que las estructuras dañadas eran ya incapaces de sostener. Más allá, el cielo era una muralla hirviente de llamas y humo en la que de tanto en cuanto se atisbaba una franja de cielo abierto en medio del caos.

    El bunker estaba delante de él. La escotilla principal estaba abierta. En su interior, alguien lo llamaba con gestos.

    Entonces lo oyó: un sonido que no era nuevo para él. Un rugido atronador que empequeñecía hasta el ruido de su propia y desesperada batalla. Levantó la mirada.

    ¡Los transportes de rescate! Atravesaban la atmósfera con una hemorragia de energía disipada en forma de calor. Las naves de los Hijos de Korhal describieron un arco en el cielo y volvieron las estelas llameantes hacia el espaciopuerto de Mar Sara, al oeste. Pronto estarían en tierra. En ese momento, mientras trataban de evacuar a todos cuantos pudieran alcanzarlas, serían vulnerables.

    Tiempo. Necesitaban más tiempo…

    El traqueteo de los rifles gauss cobró vida en las portillas que había a ambos lados de la entrada y Ardo volvió en sí. Saltó hacia la escotilla. Unas manos lo agarraron y lo metieron en el bunker. Sus pies acababan apenas de cruzar la puerta cuando se cerró detrás de él.

    Se puso en pie. Merdith estaba disparando ya por una de las portillas. Bernelli era el que lo había ayudado a entrar. Le gritó algo ininteligible y a continuación siguió disparando por otra portilla.

    Ardo se apresuró a colocarse a su lado, posicionó el arma, llevó el ojo a la mirilla y se asomó al infierno.

    Los Hidraliscos estaban derramándose como una riada sobre el muro exterior. Se habían lanzado contra el campo de minas hasta que no quedó nada que pudiera explotar. Debía de haber miles de muertos alrededor del complejo pero a pesar de todo seguían llegando. Ahora se deslizaban como una terrible marea sobre el muro y se aproximaban en masa al bunker.

    El canal táctico seguía crepitando.

    —¡Xiang! ¡Informe!
    —¡Xiang ha caído, teniente! ¡Tenemos que salir de aquí! ¡No puedo seguir conteniéndolos!

    Bernelli seguía gritando mientras disparaba. Ardo se le unió, impelido por el entusiasmo que le provocaba el sonido de su propia voz en sus oídos mientras vomitaba muerte por el cañón de su arma.

    La marea de negro horror seguía avanzando sobre los cuerpos de sus muertos pero ahora tenía en su contra la estrechez del campo de tiro. Los muertos seguían apilándose delante de ellos pero ya no se estaban acercando al bunker.

    —¡Melnikov! ¿Me escucha?

    Ardo sacó un cargador e introdujo uno nuevo sin dejar de apretar el gatillo.

    —¡Estamos un poco ocupados por aquí, teniente!
    —¡Vamos para allá!
    —¿Qué?
    —¡Vamos a replegarnos a su posición!
    —Afirmativo —replicó Ardo con voz sombría—. ¡Bernelli, contenlos! ¡Yo abriré la puerta de atrás!

    Se dirigió a la sección posterior del bunker. A través de la portilla vio por un momento la plataforma de vehículos, a su izquierda. Tras ella, distinguió los otros dos búnkeres que jalonaban el Centro de Mando. El de la izquierda había sido el de Xiang pero ahora era un hervidero de Hidraliscos. Estaban arrancando las planchas y separando las junturas mientras el bunker ardía furiosamente. «Adiós, Xiang», pensó.

    Algunos Hidraliscos estaban también atacando el bunker de la derecha, pero de improviso en su interior cobró vida una luz brillante. «Cutter», comprendió Ardo. Las llamas del arma del Murciélago de Fuego se estaban acercando cada vez más. Ardo pegó el arma a la portilla y disparó sobre unos Hidraliscos que estaban tratando de rodearlo para atacarlo por detrás. En el último momento, dio un golpe al cierre con la mano y abrió la puerta trasera.

    Breanne fue la primera en entrar, tambaleándose, arrastrando consigo la maldita caja y tirando de Marcus Jans. Todos cayeron al suelo jadeando. Cutter se quedó en el umbral de la puerta y aprovechó para quemar varios Hidraliscos furiosos. Tras una llamarada final, dio un paso atrás. Ardo cerró la escotilla al instante.

    Ahora estaban disparando desde todas las posiciones. Los Zerg muertos formaban brillantes montones.

    De improviso, los Zerg dejaron de avanzar. Los Hidraliscos retrocedieron a las sombras del complejo. Al cabo de unos instantes, no quedaban objetivos a la vista y todos dejaron de disparar.

    —¿Eh, qué pasa? —preguntó Cutter—. ¿Se han cansado?

    La teniente Breanne tenía dificultades para respirar. Si por causa de la fatiga o de un exceso de adrenalina, Ardo no hubiera podido decirlo.

    —No. Ellos nunca se cansan. Sólo están reagrupando sus fuerzas… preparándose. En cuanto estén dispuestos, vendrán a por nosotros.

    Bernelli soltó una risilla nerviosa.

    —Oh, bueno, mientras no estemos perdiendo…
    —Estamos perdiendo —dijo Breanne, al tiempo que se abría el casco y se pasaba los dedos por los cabellos—. No duraremos ni diez minutos cuando decidan atacar. Ya habéis visto esos transportes. Ahora mismo están en Mar Sara: rechonchas naves civiles cargando sus pasajeros a paladas si es que pueden. Están en tierra y el más rápido de ellos no podrá despegar antes de cuarenta minutos. Y algunos tardarán más aún.
    —¿Y? —Bernelli se encogió de hombros—. Estas babosas Zerg no serían capaces de cubrir esa distancia ni en medio día, así que en una hora no digamos…
    —El problema no son los terrestres —Merdith sacudió la cabeza—. Son los voladores: los Mutaliscos. Lo único que los mantiene aquí es esa caja. En cuanto haya sido destruida volarán directamente hacia el espaciopuerto y entonces todo esto no habrá servido para nada.
    —Lo único que necesitamos es contenerlos durante treinta minutos —dijo Ardo—. Sólo treinta insignificantes minutos.
    —Sí —dijo Breanne—. ¿Y quién nos va a conseguir esos treinta minutos?
    —Yo.

    Todos se volvieron.

    Era Marcus Jans.

    —Yo lo haré. Os conseguiré treinta minutos —dijo el ingeniero con voz fría—. Pero voy a necesitar ayuda.

    Bernelli echo un vistazo por la portilla.

    —¡Eh, creo que se están moviendo!
    —Tenéis que llevarme hasta un VCE —dijo Jans—. ¡Y tiene que ser ahora mismo!

    Breanne pensó un momento y tomó una decisión.

    —¡Cutter! ¡Melnikov! ¡Ya lo habéis oído! ¡Llevadlo a un VCE!
    —¡Sí, definitivamente hay movimiento ahí fuera! —gritó Bernelli.

    Ardo golpeó el cierre de la escotilla trasera. Con el rostro sombrío, Cutter salió dando un salto. Jans, con aspecto tembloroso y vulnerable en su mono manchado, fue tras él. Ardo pasó el tercero y se cerró el casco… aunque no creía que fuera a servirle de mucho.

    La tierra estaba cubierta de cuerpos mutilados de los atacantes Zerg. No había tiempo que perder. Corrieron hacia la plataforma de vehículos, tropezando sobre el suelo resbaladizo.

    El VCE más próximo se perfilaba frente a la fábrica, que estaba ardiendo. Jans accionó la escotilla de acceso, que se abrió con un una bocanada sorda.

    —¡Vamos! ¡Vamos! —lo instaba Cutter, muy nervioso.

    Jans metió los pies por la escotilla y se acomodó en la cabina. La escotilla empezó a cerrarse con suavidad.

    —¡Ahí vienen! —gritó Breanne.

    Ardo los vio. Estaban cargando desde la fábrica, por encima del muro, desde los dos lados del Centro de Mando. Estaban por todas partes.

    —¿Y qué hacemos ahora? —Demandó Cutter al ingeniero.
    —¡Volved dentro! ¡Rápido! —replicó Jans.
    —¿Y dejarte aquí? —Ardo estaba estupefacto.
    —Hacedlo. Y mantenedlos alejados de mí el máximo tiempo posible.

    Ardo no tuvo tiempo de protestar. Cutter y él corrieron de regreso al bunker. Ya se veían las trazadoras que salían despedidas en todas direcciones desde las portillas del bunker. Los Hidraliscos cubrían el suelo y se precipitaban contra el bunker. Los caparazones se distendieron y sus púas perforantes se prepararon para atacar.

    Ardo cruzó la escotilla al mismo tiempo que los Hidraliscos lanzaban su ataque. Las púas volaron tras él y atravesaron las primeras capas de su armadura como si fueran de algodón. Un dolor desgarrador estalló en su pierna, una espina que se la había atravesado por completo y se había clavado en una viga de neoacero.

    Cutter lo ayudó a levantarse.

    —¿Estás muerto ya?

    Ardo se encogió de dolor pero no se atrevió a mirarse la pierna.

    —Aún no.

    Los dos tomaron posiciones en sus respectivas portillas, temiendo lo que avecinaba.

    El casco del bunker se estremeció de repente con el tañido de un millar de proyectiles perforantes. Era una lluvia letal que descargaba repetidamente sobre el metal del exterior. Con cada impacto, las púas empapadas de ácido arrancaban trozos de la estructura.

    —¡Matadlos! ¡Matadlos a todos antes de que nos alcancen! —gritó Breanne. Por encima de sus cabezas, la estructura estaba empezando a abombarse hacia dentro, mientras unas grandes abolladuras empezaban a estrechar el espacio.

    Mientras disparaba desesperadamente desde su posición. Ardo vio que el VCE se ponía en funcionamiento.

    El movimiento apenas atrajo la atención de los Zerg que los rodeaban. Las criaturas parecían tan concentradas en alcanzar el bunker que apenas se fijaron en el pequeño vehículo.

    «Si pudiera llegar hasta una de esas motos Buitre», pensó Ardo absurdamente. «Podría escapar… podría…»

    Sacudió la cabeza. ¿Quién moriría para que él viviera? ¿Cuántos morirían porque él había corrido por su vida cuando hubiera podido canjearla por la de muchos otros? Nadie sabría nunca de dónde venía o por qué estaba allí. Todos aquellos que alguna vez lo habían amado ignorarían lo que había sido de él. Puede que Dios sí lo supiera.

    Ya no le importaba lo que la Confederación le había dicho. Al fin sabía quién era, y sabía también que tenía algo en su interior que podía dar.

    El VCE trepó al techo del complejo de búnkeres. Marcus había dejado una pila de planchas junto al bunker. Ardo se preguntó de repente si lo habría planeado todo desde el principio. Recogió las planchas con los colosales brazos del VCE, echó un vistazo al bunker, encontró su punto más débil y lo cubrió con la plancha. Mientras lo sostenía allí con uno de los brazos mecánicos, activó el soldador de plasma del otro y empezó a reforzar la estructura.

    Los Zerg debieron de comprender lo que estaba haciendo. Varios Hidraliscos se volvieron de inmediato hacia él.

    Tanto Cutter como Ardo lo vieron. En cuestión de instantes, habían dirigido su fuego hacia allí.

    —¡Que se los quitemos de encima, dice! —Cutter esbozó una sonrisa. Estaba sudando copiosamente—. ¿Y cómo se supone que vamos a hacerlo?

    Jans seguía trabajando frenéticamente alrededor del bunker, soldando, reforzando, reemplazando las planchas lo más deprisa que podía. Los Marines continuaban lanzando su chorro de muerte contra los invasores, derribando una fila tras otra de Hidraliscos mientras éstos seguían avanzando y disparando.

    La batalla se convirtió en un agónico empate. El arma de Ardo estaba muy caliente. De alguna manera, Jans estaba consiguiendo reparar los daños a la misma velocidad que se producían.

    —¡Eh, creo que está funcionando! —rió Bernelli—. Creo que…

    Los Hidraliscos se lanzaron a la carga.

    —¡No! —exclamó Ardo.

    Jans no los vio acercarse. Varios Hidraliscos habían disparado al vehículo, que estaba gravemente dañado pero seguía operativo. De repente, la demoníaca oleada cayó sobre él. Lo rodearon. Jans trató de sacudírselos de encima. En cuestión de segundos, sin embargo, se lo habían llevado a rastras más allá del campo de tiro de los ocupantes del bunker.

    —¡Tienen a Jans! —gritó Cutter.
    —¡Si lo perdemos, estamos acabados! —replicó Breanne con otro grito.

    Con un terrible alarido, Cutter abrió la escotilla y salió al exterior.

    Grandes chorros de plasma estallaron en el exterior de las portillas. Ardo apenas veía lo que estaba ocurriendo. Entonces entrevió a Cutter, su enorme forma erguida al otro lado de la puerta, provocando una matanza con su fuego.

    El arma de Ardo enmudeció de repente. Sacó el cargador al instante y alargó la mano hacia el siguiente.

    No había ninguno.

    —¡No tengo municiones! —gritó.

    Breanne le arrojó otro cargador.

    —Haz que cada bala cuente, chico. Todos estamos cortos de munición.

    Metió el cargador en la cámara y se volvió hacia la portilla.

    Cutter había desaparecido.

    Ardo miró desesperadamente en todas direcciones pero no pudo encontrarlo en ningún parte.

    —¡Marcus! —gritó por el canal de comunicaciones—. ¿Dónde está Cutter?
    —Están… no lo… ¡Están sobre mí! No podré resistir…

    Breanne salió despedida hacia atrás. Una de las púas disparadas por los Hidraliscos había penetrado por la ranura de la portilla y había atravesado el visor de su casco. De una manera horripilante, le perforó la cabeza y la parte trasera del casco y la clavó a un soporte de neoacero. La teniente L.Z. Breanne se quedó allí colgada. Aún de pie.

    Ardo lanzó una mirada a Bernelli y luego a Merdith.

    —Voy a salir a buscar a Jans. Puede conseguiros un poco de tiempo. Bernelli, ¿tienes algún cargador de sobra?
    —Sí —suspiró el Marine.

    Ardo miró a Merdith.

    —Él se ocupará de ti.

    Merdith asintió y apartó la mirada.

    —Os veré al otro lado —les dijo a ambos y a continuación se dirigió a la puerta.
    —Eh, soldadito.

    Se volvió hacia Merdith.

    «¡Ardo, por favor! —sollozó—. ¡No me dejes sola!»

    —Gracias, soldadito.

    Ardo asintió y abrió la puerta.

    El rifle gauss respondió al instante a su mano entrenada. La Confederación lo había instruido bien. Sus manos se movían rápidamente para cambiar de objetivo y lograban mantener a raya a los Hidraliscos, así como quitárselos de encima al VCE. Allí, de pie en aquel patio infernal, se sentía como si sus sentidos hubieran sido potenciados. A su alrededor el mundo estaba más claro de lo que había estado desde hacía muchos años, puede que más claro que nunca. Lo experimentó en su totalidad: el horror que lo rodeaba y que estaba logrando contener, el humo sobre el complejo que se había convertido en una colección de volutas dispersas a la luz del crepúsculo. Los sonidos. Los olores. Todo estaba vivo para él.

    Ardo era él mismo por fin. Sabía que había algo que nunca le podrían arrebatar: una victoria más gloriosa y satisfactoria que cualquiera vivida en un campo de batalla.

    Mientras el rifle disparaba su última bala. Ardo levantó la mirada. Los transportes, con su precioso cargamento de humanos, se estaban elevando hacia la puesta de sol de aquel día glorioso. Un centenar —puede que un millar— de chorros de gases en combustión los impulsaban hacia los cielos. Nunca sabrían que alguien había luchado de tal forma por sus vidas. Nunca oirían su nombre ni compondrían canciones de alabanza en su honor.

    Mientras la oscuridad se abatía sobre él, un último pensamiento le hizo sonreír.

    Las estelas de las naves que escapaban del planeta… eran todas doradas.


    FIN



    Starcraft - 3
    Título original: The Speed of Darkness
    © Tracy Hickman, 2002
    Traducción: Manuel Mata Álvarez-Santuallo
    ©La Factoría de Ideas (España), 2003
    ISBN: 978-84-8421-865-4



    TRACY RAYE HICKMAN (Salt Lake City, Utah, 26 de noviembre de 1955) es un autor estadounidense de novela fantástica, conocido por su trabajo en la serie Dragonlance.

    Se graduó en la Escuela Superior de Provo. Entre 1975-1977, Tracy sirvió como misionero mormon en Hawaii, Surabaya, Djakarta y Bandung. Aprendió el indonesio, que le sirvió para muchas de las frases mágicas de sus libros. Al regresar se casó con Laura Curtis, y son padres de cuatro niños. Realizó diversos trabajos: reponedor de supermercado, encargado del teatro, director auxiliar de la televisión, etc.

    En 1981 comenzó a trabajar en TSR donde se asoció con Margaret Weis y publicaron juntos: Las Crónicas de la Dragonlance (1984). Han publicado unos cuarenta títulos y se han vendido más de veinte millones de copias. Ha escrito en solitario novelas, Requiem of Stars y The Immortals (1996); y con su esposa Laura publicó El Guerreo Místico, (2004).Reside en St. George, Utah con su familia; Es mormón y miembro activo de su congregación y tiene un gran número de hobbies: tocar la guitarra, el piano, cantar, los juegos de ordenador, la producción de televisión y la animación. Le encanta leer biografías, libros históricos y libros de ciencia.