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    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU; el cual dispone de 22:

    Este ícono aparece en todo el blog y te permite visualizar las siguientes opciones:

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    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la pantalla.

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    Eliminar por Lectura: puedes eliminar del registro de publicaciones guardadas por selección. Cuando presionas esta opción, según la velocidad de proceso de tu celular o tablet, toma unos segundos en aparecer la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
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    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y la misma desaparece.

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    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto. Opción sólo en las publicaciones.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos que has guardado en esa publicación.

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    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

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    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres mes, o a su defecto, cada 100 publicaciones.
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    EL TAPIZ DE LAS ALMAS NEGRAS (Elaine Bergstrom)

    Publicado el domingo, agosto 07, 2016
    Dedicado a Cari con amor, por permitirme compartir su sueño.


    PRÓLOGO

    El presente relato se halla en el más antiguo de los pergaminos conservados por la orden guardiana; aunque los bordes de dicho pergamino están chamuscados, lo que en él se atestigua permanece intacto.


    Lo primero que vio Skya, una nómada abberana de la región de Malsueño, fueron los espinos de la pradera. El chamán de su tribu afirma que fue la tierra quien la atrajo hacia allí.

    Estaba pescando con unos compañeros en el río Ivlis, al oeste del campamento. Unos pocos peces habían caído en las redes, los suficientes como para hacerles creer que iban a recoger más; recitaron la debida acción de gracias para aplacar a la tierra y colocaron los nudos de nuevo. Más allá de la estrecha garganta donde tendían las redes, unos niños pequeños jugaban en los bajíos, soleados y arenosos; mientras tanto, otros, un poco mayores, montaban guardia dispuestos a clavar las lanzas en cualquier serpiente acuática gris o sanguijuela venenosa que se ocultara entre las turbias aguas del Ivlis.

    Hacía calor, la quietud resultaba mortal, el aire pesado y opresivo, y las pocas nubes blancas que moteaban el cielo comenzaban a oscurecerse y a apelotonarse lentamente en un cúmulo que se desplazaba. Los cazadores conocían el peligro que anunciaban esas señales y se dispusieron a regresar al campamento junto al río; pero los pescadores, concentrados en la labor y con la limitada visión del cielo que permitían las arenosas riberas del lecho del río, continuaron faenando más de lo debido. El cielo se oscureció de pronto y el viento aulló brevemente, como un aviso terrible, sólo unos momentos antes de que las nubes empezaran a lanzar gruesas bolas de granizo que cubrieron la tierra seca con un manto de hielo humeante. El Ivlis, templado y plácido unos instantes antes, se transformó en un torrente de rápidos desbordantes coronados de espuma blanca.

    Las mujeres recogieron a sus hijos y treparon por las riberas, cubiertas de hielo, para ponerse a salvo de las enfurecidas aguas que asaltaban la tierra a sus espaldas. Skya, con su hijo menor en brazos, perdió el equilibrio, pero se las arregló para dejar al niño en lugar seguro antes de resbalar por el barranco hasta el centro de los rápidos, que la arrastraron río abajo. Se le llenaron los ojos y la boca de agua turbia, y el ímpetu arrasador de la corriente logró hundirla más de una vez.

    Si moría entre las embravecidas aguas y las crestas de las rocas del fondo, se convertiría en una esclava de la tierra, en un fantasma impulsado por su capricho intempestivo. Con la determinación de evitar semejante final, Skya se deshizo de la falda, empapada de agua, y dio unas cuantas brazadas enérgicas hasta asirse a un arbolillo enano de la orilla; pero la corriente ya había desarraigado el arbolillo y terminó por arrancarlo del todo y arrastrarlo consigo.

    Skya se encaramó como pudo al estrecho tronco. De repente, un vapor más espeso que la niebla surgió del agua y se cerró a su alrededor tapándole la vista de las orillas; la mujer se agarró a las espinosas ramas y se dejó llevar a donde el río quisiera.

    Tendría que haber muerto de frío, pero, al parecer, la tierra le reservaba otro destino. La tormenta cesó tan súbitamente como se había desencadenado, salió el sol y el aire se calentó otra vez, aunque las crecidas aguas no disminuyeron su caudal. Skya no lograba alcanzar la orilla y siguió navegando durante horas, cada vez más agotada por el esfuerzo constante de mantenerse a flote sobre el inestable salvavidas.

    Entonces, la legendaria niebla de la muerte apareció amenazante ante ella, como una bruma con pulso vital propio, viva, eterna. Estaba en el confín del mundo. La tribu de Skya jamás se había aventurado a penetrar en esa oscuridad desconocida; nadie osaría. Era preferible ahogarse que ser engullido por la niebla avasalladora y encontrar el vacío al otro lado. El miedo le prestó la fuerza de la desesperación; viró hacia la ribera y abandonó el arbolillo en las primeras piedras de la orilla.

    Se arrastró hasta terreno seco y besó el suelo mientras daba gracias a la tierra por haberle perdonado la vida. Se encontraba lejos del campamento, en medio de un lugar donde todo era cielo morado y zumbidos de insectos; pero, como toda abberana, era fuerte y sobreviviría sola hasta reencontrar a los suyos.

    El sol se puso repentinamente y el terreno, llano y cubierto de inhóspita vegetación de arenal con algunas flores silvestres, no ofrecía cobijo alguno. Cavó un agujero no muy hondo, lo llenó de hierbas, se acurrucó en el fondo y se quedó dormida tras encomendarse a la tierra.

    Al día siguiente despertó bien entrada la mañana, y advirtió que la pradera había sufrido grandes cambios. Los espinos, cargados de unas flores blancas de penetrante olor, ahogaban la hierba coronada de plata. Esas flores, relumbrantes bajo la luz del sol, la atrajeron con su perfume; veía borroso. Empezó a considerar en voz alta lo que debía de hacer, pero el zumbido que le atronaba los oídos era mucho más fuerte que su propia voz. Había pensado seguir el río hasta llegar a su tierra, pero las aguas habían desaparecido bajo la infinita pradera. Tambaleándose, confusa y cansada, regresó a su escondrijo y volvió a dormirse.

    El siguiente despertar también aportó novedades. Las relucientes flores estaban secándose y marchitándose para dar lugar a unos frutos que maduraban y cambiaban de verde claro a un negro lustroso ante sus propios ojos.

    Acuciada por el hambre y la sed, probó un puñado de tersas bayas y le parecieron maravillosamente dulces. Rezó la consabida acción de gracias y comenzó a comer, y aquellos frutos satisficieron sus necesidades. El aire parecía más ligero, el sol estival más cálido, y el zumbido de los oídos se había aquietado. Llegó hasta el lindero de la pradera recogiendo bayas, pero ya no sentía deseos de marcharse.

    La tribu la encontró varios días después, con los labios y los dedos negros del jugo y la mirada ausente. Apenas quedaban ya unas pocas flores blancas y dulzonas en las plantas. La gente temía los peligros que la tierra encerraba y nadie quiso acercarse a las matas ni probar sus frutos. Para los abberanos, el tiempo tenía poca importancia en aquellos parajes donde los días y las estaciones cambiaban a cada momento, de modo que acamparon a cierta distancia de la pradera dispuestos a esperar. Skya continuaba con vida, y tal vez la tierra decidiera liberarla.

    No tuvieron que aguardar mucho. La pradera se conmovió, el suelo se abrió y, de la profunda sima que se formó en el centro, se elevó una nube de ruidosas langostas azules que cubrió el cielo. Los insectos se posaron en los arbustos y comenzaron a devorar las hojas con el mismo apetito insaciable que antes había impulsado a Skya: comieron sin descanso y, mientras lo hacían, iban engordando y poniendo huevos en las bayas que se pudrían en el suelo. De pronto, levantaron el vuelo en una sola nube oscura y desaparecieron en la negra niebla mortal donde terminaba el mundo. Esa misma noche, los huevos se abrieron y, al día siguiente, los gusanos dieron buena cuenta de los restos de las bayas y tejieron capullos diminutos, suaves como las candelillas que florecían tras las primeras nieves.

    Por la noche, salió la luna e hizo brillar los capullos. Skya recogió un puñado y lo llevó al campamento abberano.

    Los artesanos de la tribu echaron los capullos en una vasija de barro con agua hirviendo y recogieron las hebras de seda. El chamán trenzó una apretada cuerda y observó el resultado: era fuerte, y más elástica que la tripa con que aparejaban los arcos o que la fibra de las redes. Cogió un capullo y separó los brillantes hilos para ver la criatura que encerraba en su interior, pero lo encontró vacío.

    —La tierra nos ha concedido un tesoro milagroso anunció, y ordenó que se recolectaran todos los capullos al día siguiente.

    Al amanecer, la tribu en pleno bajó al campo y, con la tenacidad de las langostas, recogieron hasta el último ejemplar. Destinaron una parte a fabricar cuerdas para arcos y redes, y el resto lo trocaron por paño de lana en Nova Vaasa, con un viajero de Arbora, junto con un collar de oro para Skya, como presente honorífico por haber descubierto el rico don de la tierra.

    Aunque el collar era el más fino de todos los que llevaban las mujeres de la tribu, a Skya no le servía de nada y se lo regaló a su hija mayor. Durante el resto de su vida, la mujer sólo tuvo un gran tesoro: una bolita de hilo tornasolado que apretaba en la mano. Nadie llegó a comprender jamás el beneficio que podía reportarle semejante recuerdo de los espinos de la pradera.

    En Arbora, un tejedor convirtió la fibra en un paño gris reluciente, de la altura y la anchura de tres hombres, pero ligero como tela de araña y más delicado que la más fina seda. Despertaba en todo aquel que lo veía un extraño e incontenible deseo de poseerlo, pero nadie podía pagar el precio que exigía su dueño. Los hombres intentaban robarlo y las mujeres inducir al tejedor a que se lo diera, pero el artesano no quería ni podía desprenderse de él. Terminó por dormir con la tela escondida bajo su jergón, con un cuchillo apretado en la mano.

    Finalmente, lo vendió, aun a costa del mayor dolor de su vida, a un rico señor de Nova Vaasa por una suma suficiente para dos vidas. Sin embargo, al igual que tantos otros que habían tocado aquellos pliegues relucientes, el tejedor sufría el tormento de la ausencia de su maravillosa creación. Al cabo del tiempo, se marchó de Arbora, al parecer con la intención de quitarle el paño a su nuevo dueño. Nunca se lo volvió a ver, y la tela desapareció misteriosamente en las tinieblas de la leyenda.



    PRIMERA PARTE
    LEITH

    UNO


    Después de todo lo que ha sucedido durante tantos meses como llevo en este lugar desolado, tengo la certeza de que el tapiz me llamó a mí.

    Mi esposo, de nombre Vhar, y yo viajábamos hacia la ciudad portuaria de Vezprem para asistir a la feria de otoño. Recuerdo con todo detalle nuestra casa, nuestra ciudad, la familia, que todavía debe de estar preguntándose adonde hemos ido a parar... pero ¿por qué lamentarse de lo que ya se ha perdido? La historia del tapiz es lo único importante.

    No conocíamos el camino y yo estaba segura de que nos habíamos equivocado en alguna encrucijada.

    —Leith, no sabes interpretar los mapas —me reprochó Vhar.

    Yo insistí en que una carretera en tan mal estado no podía ser la del puerto, pero sólo conseguí irritarlo más. Era preferible quedarse callada y conservar la esperanza de que, por la mañana, se diera cuenta de su error. Si continuábamos por aquel camino, no llegaríamos a Vezprem a tiempo para comprar un puesto de ventas... y lo necesitábamos desesperadamente. Aunque los negocios en el puerto resultaran beneficiosos, nos enfrentábamos a un invierno de privaciones.

    Estas consideraciones hicieron aumentar la rabia de Vhar. Su nombre significaba «pincho», y le resultaba muy apropiado. En nuestra ciudad lo llamaban «el rubicundo», porque era pelirrojo, de rostro colorado y con un temperamento igualmente encendido. No gozaba de mucho aprecio, pero sí lo respetaban; los hombres como él suelen inspirar respeto. Cuando me hacía la corte, era tal la pasión obsesiva que concentraba en mí que no llegué a darme cuenta de lo incompatibles que éramos hasta mucho después de celebrar nuestros esponsales. Mi terquedad y su atronador tono de voz quedaban empatados, y, si hubiéramos dedicado a trabajar la mitad de los esfuerzos que dedicábamos a pelearnos, habríamos amasado una fortuna.

    Al menos, éramos sólo dos bocas que alimentar, me recordaba yo mientras viajábamos por aquella carretera reseca y vacía. Traté de consolarme con la triste realidad de que no teníamos hijos tras cinco años de matrimonio. El único que tuvimos había nacido muerto dos años antes: fue la primera y última ocasión en que vi llorar a mi esposo. Acaricié el amuleto de la fertilidad que llevaba en el bolsillo. Vhar y yo albergábamos la esperanza de que tal vez hubiera hecho efecto ya, pero aún habían de pasar unos días antes de tener la certeza total. Mientras me entretenía con estos pensamientos, oí que Vhar bufaba como si estuviera en un aprieto.

    La carretera estaba cada vez peor y la pendiente se hacía más pronunciada. A nuestra derecha se levantaban unas peñas de granito marrón cuyas paredes, ardientes bajo el inclemente sol de la tarde, arrojaban fuego sobre el camino, cada vez más angosto. A la izquierda, el risco caía en picado sobre una llanura cubierta de árboles oscuros y retorcidos. El viento barría el llano con fuerza sacudiendo las copas de los árboles violentamente. Al frente se alzaban los imponentes picos dentados de la sierra.

    Jamás había sabido de la existencia de esas ásperas tierras entre nuestro hogar y el mar, y me acordé de la extraña niebla que nos había envuelto la noche anterior durante el trayecto. Vhar comenzaba a dormitar bajo el toldo de la caravana y, aunque yo sabía que nos habíamos equivocado de camino, no quise molestarlo porque tampoco acertaríamos con el bueno aunque volviéramos sobre nuestros pasos.

    A pesar de lo peligrosa que resultaba aquella carretera llena de piedras, tiré de las riendas para azuzar a los caballos. De pronto sentí un apetito extraño, pero me dije que debía de ser por el calor o por la grandeza impresionante del paisaje, aunque en el fondo sabía que se trataba de algo más recóndito, más implacable, que me empujaba hacia adelante. Al superar la curva de un terraplén muy empinado, frené en seco. Un montón de piedras, caídas de los riscos vecinos, impedía el paso del carro. Me puse de pie para atisbar por encima de la barricada y vi que el camino terminaba a unos cuantos metros, al pie de un castillo en ruinas; castillo que antes yo había tomado por la cima de una montaña. Las dentadas almenas de piedra se recortaban contra el cielo brillante.

    Habría jurado que la fortaleza, semiderruida y abandonada al menos en apariencia, debía de llevar tantos eones colgada en lo alto de su precipicio rocoso que se había transformado en parte de la tierra misma. Una grieta enorme cruzaba la muralla exterior casi hasta el saliente sobre el que se asentaba; tal vez hubiera sido un lugar próspero en algún tiempo, el bastión defensivo de la planicie de matojos que se extendía a sus pies, pero ahora no era más que un montón de ruinas del pasado.

    El apetito se agudizaba.

    Vhar, que ya se había despertado, se sentó a mi lado y se quedó mirando el alcázar con la boca abierta.

    —Parece que nos hemos perdido —musitó para sí mismo. Me quedé sin respiración, pues el miedo que había en su voz me había dejado helada.

    Pero mi apetito tenía mucho más peso que su miedo. No sabía por qué, pero el castillo me atraía inexorablemente, me insuflaba una pasión que ahora conozco mejor de lo que quisiera. Una especie de euforia fatídica se apoderó de mí y, a pesar de que temía lo que pudiéramos encontrarnos, me sentí empujada a entrar entre aquellos muros desolados. Bajé de un salto, subí el montón de piedras y tomé el camino hacia el castillo.

    —¿Adónde vas? —me dijo Vhar—. Ven y ayúdame a dar media vuelta al carro antes de que aparezca algún bandolero.
    —Pero, fíjate, Vhar —repliqué, al tiempo que señalaba hacia las ruinas—; ahí no vive nadie. —Di media vuelta, me levanté la falda y eché a correr por el camino hacia los enormes portones de madera.

    Vhar emprendió la carrera tras de mí, de modo que aceleré el paso. Recuerdo que en aquel momento pensé, quizás por primera vez, que era un egoísta, un loco infantil, y que no estaba dispuesta a que me detuviera. Me llamó en tono normal, después a gritos, pero no le hice caso.

    Enfrente de mí, desde el pórtico en lo alto de la colina, un par de siluetas con hábitos grises descendía deprisa a mi encuentro. Aminoré el paso, con un miedo repentino que me atenazaba el corazón. Uno de ellos llevaba una cuerda y el otro señalaba a un punto detrás de mí. Al pasar a mi lado, uno se detuvo un momento y me tocó el brazo.

    —Al hombre no le va a pasar nada —dijo, y siguió corriendo.

    Di media vuelta; Vhar había desaparecido tras la cresta del risco pero todavía oía sus gritos, llamándome unas veces, pidiendo socorro otras. Seguí mirando el tiempo suficiente para ver que las embozadas figuras desenrollaban la cuerda y la tiraban hacia abajo, pero enseguida retomé mi dirección y proseguí el ascenso hacia las altas murallas de piedras. Aflojé el paso cuando alcancé la sombra del castillo, hasta detenerme por completo, temblando de algo más que un simple escalofrío repentino. Me quedé paralizada un instante y sólo conseguí avanzar un paso más. Después, el miedo desapareció con la misma rapidez con que había aparecido para dar paso a un apetito tan devorador como incontrolable, y crucé el umbral a toda velocidad.

    En el patio de armas había unos cuantos edificios de piedra, la misma piedra marrón que la muralla exterior; pero en total no eran sino un montón de cascotes sin tejados, excepto una espaciosa galería de dos pisos. Una de las dependencias se había incendiado y tan sólo quedaba un cascarón vacío. Lo abarqué todo de una sola ojeada, con la mirada centrada en un bellísimo santuario situado en el extremo opuesto.

    Se me antojó que debían de haberlo traído a esas ruinas desoladas de algún lugar más alegre, más húmedo y verde. Era de ladrillos de arcilla roja, artísticamente combinados y fijados con mortero, que en nada se parecían a las erosionadas piedras de la fortaleza. Tenía unos ventanales con arcos, cegados ahora con pesados tablones, que debían de resultar magníficos con unas vidrieras apropiadas. Pero, incluso sin vidrieras, la piedra del revestimiento estaba exquisitamente trabajada y el edificio irradiaba una especie de poder balsámico y santificante. Me lo imaginé cubierto de hiedra en el centro de una ciudad fresca y pacífica, rodeado de césped y flores; casi veía la hierba húmeda y verde reluciendo como un espejo en aquel patio desolado.

    Sacudí la cabeza para borrar la visión y me acerqué hasta posar las manos en el sólido pórtico de hierro. Había unas complicadas runas grabadas, ensombrecidas por los últimos rayos del sol poniente. De repente, un frío inesperado y tremendo me subió hasta los brazos y retrocedí inmediatamente, con la certeza de que, si me alcanzaba el corazón, moriría allí mismo. A pesar de todo, levanté la oxidada tranca de hierro e intenté abrir las puertas, con la íntima esperanza de que no se movieran.

    Sin embargo, no fue así: se abrieron sin el menor esfuerzo. La luz del sol entró a raudales por el vano y mi sombra se proyectó, negra y alargada, en el irregular suelo de piedra. Si allí había habido alguna vez bancos o estatuas, habían desaparecido mucho tiempo atrás. Me acerqué al altar con tiento. A medida que mis ojos se acostumbraban a la luz del interior, comencé a distinguir achaparrados cirios pegados a la oscura losa del altar. Me detuve a buscar la cajita con el pedernal que siempre llevaba en el bolsillo y encendí un cirio.

    Y, a la luz de una única llama parpadeante, a través de remolinos de polvo y telarañas, lo vi: un tapiz plateado que había sobrevivido al tiempo y a los ladrones, intacto en su sitio; pendía desde el techo hasta el suelo, en la pared de detrás del altar. Alcé la vela encendida del ara y contemplé el tapiz; se trataba de un entretejido complicado de rostros humanos superpuestos en capas, con unas expresiones tan rebosantes de terror y maldad que evocaban una calle bulliciosa de los infiernos.

    No obstante, la seda poseía una especie de majestad reluciente y era de gran belleza. Desprendía un extraño poder que me hacía sentir una mezcla increíble de respeto y temor que sólo podría calificar de veneración. Quería alejarme, pero me acerqué con reverencia y caí de hinojos ante el tapiz... mirándolo... musitando plegarias casi olvidadas que había aprendido de mi madre y de los severos sacerdotes de nuestra población.

    Ignoro cuánto tiempo permanecí postrada allí. Me pareció una eternidad... y un instante apenas. Un ruido fuerte en el exterior rompió el hechizo en que la tela me había prendido. La puerta se abrió de par en par, una ráfaga de aire barrió el sagrario, y el paño se movió produciendo un sonido semejante a una carcajada sepulcral, como si las almas atrapadas en la tela se burlaran de mí.

    La oscuridad invadió de pronto el recinto cuando uno de los hombres de hábito gris se situó en el centro de la entrada.

    —Sal de ahí. Esto no es un lugar sagrado —ordenó con solemnidad.

    Me puse en pie y, trémula, me acerqué a él. Su pálido rostro estaba marcado por la edad, y el hombre se encorvaba sobre un báculo de tal manera que parecía mucho más bajo de lo que era. Llevaba un vendaje de gasas en los ojos y utilizaba el báculo para guiarse. Me disculpé como pude y añadí:

    —Creí que no vivía nadie entre estas ruinas.

    Era una mentira flagrante, pues me había encontrado con ellos fuera. El monje se dirigió a mí en un tono tan rotundo que me dio la extraña sensación de que me estaba atravesando con la mirada, a pesar del vendaje.

    —¿De verdad?
    —Así es. Esta capilla me pareció tan hermosa... —Me sonrojé. ¿Cómo se me habría ocurrido semejante tontería?—. Lo lamento, no tenía intención de ofender.
    —¿Ofender? —repitió.
    —Bueno, quiero decir...

    En ese momento se oyó el ruido de otros que llegaban a la puerta. Dejé la frase a medias e intenté alejarme del monje, pero me detuvo por el brazo con una fuerza inusitada.

    —Has cometido una insensatez muy grave —me dijo—. ¿Acaso ignoras los peligros que encierra esta tierra?
    —¿Qué peligros? Sí, los ignoro. —Me solté de un tirón y me dirigí despacio hacia la puerta abierta.
    —¿De qué tierra vienes? —musitó el ciego, tras mudar su expresión de pensativa en considerada.
    —Somos de Morova. Vamos a Vezpram a la feria de otoño... —No terminé la frase.
    —¿Encontrasteis niebla anoche, una niebla repentina y extraña, más negra que una noche sin luna?
    —Sí —respondí—. ¿Dónde nos hallamos ahora? —Noté que la voz se me debilitaba.
    —En Markovia..., una tierra de tiranía y tinieblas. —Las palabras brotaban de su boca como un canto grave.

    El tapiz volvió a crujir con el mismo sonido de antes, empujado por una leve corriente de la puerta. Me sentí débil de pronto y caí sobre una rodilla para no desnucarme. Vhar me llamaba desde el exterior, pero no contesté siquiera cuando lo vi aparecer trastabillando en el vano de la puerta.

    Uno de los que lo habían rescatado trató de quitarlo de en medio, pero ya era tarde: mi marido había posado la mirada sobre la reluciente tela, y los dos estábamos ya bajo su hechizo. ¿Adonde habíamos ido a parar? Si me hubiera escuchado antes, habríamos buscado el camino de regreso a Morova y nos habríamos enfrentado a un crudo invierno, en vez de vérnoslas con... ¿con qué? Lo que el monje me había contado era tan impreciso como terrible y traté de olvidarlo. Acababa de darme cuenta de que el tapiz estaba embrujado y quise huir al punto. Me alejé ostentosamente del monje y salí por la puerta al asfixiante sol de la tarde. Me hice sombra con las manos y miré a mi marido.

    Tenía rasguños en la cara y en los brazos, y cojeaba: aparte de eso, me pareció que se encontraba bien.

    —¡Mujer necia! ¡La próxima vez que te llame, detente! —farfulló.
    —Esta gente no es de estas tierras —comunicó el ciego al más alto de los que escoltaban a Vhar—. Convendría que los pusiéramos a salvo y les diéramos refugio para la noche —añadió, más suavemente.
    —Tenemos caballo y carromato —replicó Vhar al oír la leve sugerencia, posando la mano en la daga que llevaba en el cinto—, y no podemos dejarlos sin vigilancia.
    —Tienes razón; hay cazadores por estos montes —concedió el monje alto—. Uno de nosotros podría pasar la noche fuera, con el caballo y las provisiones. Soy el hermano Dominic, superior de la orden guardiana, y os ofrezco la protección de estos muros.
    —¿Y si preferimos marcharnos? —inquirió Vhar.
    —No sería sensato. De todos modos, haced como gustéis.

    Traté de cruzar una mirada con Vhar para indicarle que era mejor marcharse, pero él ya había aceptado la invitación tras disculparse por su recelo y comenzaba a atravesar el patio apoyado en uno de los hermanos.

    Nos condujeron al edificio grande donde tenían la cocina y la sala de reuniones. Ahora que lo recuerdo, no comprendo por qué cometieron la locura de darnos asilo. Tal vez, igual que Vhar y yo, no comprendían hasta qué punto estaban bajo control.

    Mi esposo se sentó en un banco de piedra mientras uno de sus rescatadores, un hombre delgado y moreno de manos temblorosas, le curaba las heridas. El hermano Dominic aguardó a que finalizara la cura de Vhar y después me hizo un gesto para que me acercara a la escalera de caracol del fondo de la sala.

    —Antes de que salgáis de aquí, debéis conocer ciertas cosas —me dijo, al tiempo que comenzaba a subir.


    DOS


    El techo se perdía entre las sombras de arriba, y las columnas y las vigas que sujetaban la techumbre estaban cubiertas de hollín y telarañas. Sin embargo, los peldaños de piedra que íbamos pisando resultaban regulares y sólidos. Los retratos, enmarcados en ajadas molduras doradas, renegridas como las paredes, nos miraban con rencor a medida que pasábamos.

    —¿Estos personajes vivieron aquí en algún tiempo? —pregunté al fraile.
    —Creemos que es posible que aún vivan aquí —contestó—. Algunas noches vemos tenues sombras arrastrándose junto a los muros. El viento trae aullidos extraños, como de criaturas atormentadas, e incluso hay ciertas partes de la fortaleza donde no se atreven a acercarse ni los más valientes de entre nosotros.
    —Pero no os hacen nada esas sombras, ¿verdad?
    —Creo que disfrutan de nuestra presencia —dijo Dominic con un chasquido de la lengua—. O tal vez se encuentran solas. Sea como fuere, nos permiten vivir aquí y nosotros las recordamos en nuestras oraciones.

    La escalera terminó en una puerta de madera. Dominic la abrió de par en par, y entramos en un torreón descubierto desde donde se divisaban las tierras del norte y del este. Aunque los tablones del suelo parecían en buen estado, no me acerqué al muro porque tenía algunas roturas que no habían sido convenientemente reparadas.

    —Desde el camino, estas antiguas murallas parecen formar parte de la montaña. Nos gusta que sea así, porque para nosotros el aislamiento es importante. Aquí no llegan visitas. Además, hemos realizado un sortilegio que impide cruzar el paramento exterior a quienquiera que venga de esas tierras espantosas... a menos que hayan recibido la llamada.
    —¿La llamada para ingresar en vuestra orden?
    —Sí —afirmó, después de una breve pausa.
    —Y ¿qué es esa niebla de la que habló tu compañero ciego?
    —Yo llegué aquí por medio de esa niebla, como vosotros, y se lo conté a los demás. Por eso a Mattas se le ocurrió preguntaros de dónde veníais.

    Me miró a los ojos con gran comprensión. En ese momento me pareció natural, puesto que se trataba de un hombre santo, pero más tarde comprendí lo mucho que escaseaba la piedad en esa tierra maldita.

    —¿Y los demás?
    —Provienen de las pavorosas tierras de alrededor. Para algunos, vivir aquí es un sacrificio, pero para otros la orden es el único refugio que han encontrado en su vida.

    Me quedé contemplando el paisaje, las frías llanuras del oeste, los ríos azules y el espeso bosque hacia el norte y el este. A nuestros pies, apenas se distinguía la cinta clara del camino, que serpenteaba entre las escarpadas laderas.

    —Markovia no es un lugar adecuado para vivir, como lo es G'Henna, en el oeste. Pero, si retrocedéis por el camino por el que habéis llegado y os detenéis al borde del río, encontraréis un paso donde el agua cubre poco; por allí podéis cruzar con el caballo y el carromato. Al otro lado está la carretera que lleva a un pueblo llamado Linde, en la región de Tepest. Es el lugar más animado que he visto en mi vida. Las gentes de allí no se molestarán por vuestra presencia; incluso es posible que, con el tiempo, lleguen a consideraros de los suyos.
    —Preferiría volver a nuestra tierra.
    —Eso es imposible —respondió hoscamente, pero después su tono se suavizó—. Corren rumores de que hay ciertas formas de salir, pero pocas y plagadas de peligros singulares. Podríais tardar toda la vida en dar con una salida, y causar más desgracias entre tanto que si aceptáis vuestro destino.

    Dominic se sentó en un banco en el centro de la almena. Con cierto esfuerzo, sustraje la mirada al sombrío panorama y me acomodé a su lado; su rostro quedaba a oscuras, el mío a la luz. Musitó unas palabras en una lengua extranjera y después me dijo:

    —Cuéntame algo sobre cómo llegasteis aquí.

    La sarta de mentiras que había urdido con todo detalle se me olvidó, y le relaté paso a paso los avatares de nuestro viaje desde que salimos de casa, pero nada parecía sorprender ni alarmar al hermano.

    —Dos almas más arrastradas desde las tierras exteriores —comentó cuando concluí.
    —¿Arrastradas? ¿Quién nos arrastró? ¿La tela?
    —¡Cuánto sabes ya! —replicó, al tiempo que sacudía la cabeza.
    —Me comprometo a no decir a nadie que la tela y vosotros estáis aquí —afirmé.

    Aunque no le veía bien la cara, supe que dudaba de mis palabras, y además no tenía por qué confiar en mí. Habríamos seguido hablando de no haber sido por el lúgubre toque de una campana, que nos llamaba a comer.

    La larga mesa de madera del refectorio tenía amplia cabida para veinte comensales, pero sólo sumábamos ocho, concentrados en un extremo, entre Vhar y yo y todos los hermanos, salvo el más joven, que se había llevado la cena al camino para quedarse a cuidar nuestras pertenencias. Nos sirvieron una cena frugal: tosco pan de centeno y queso seco con moho en la corteza; de postre tomamos manzanas verdes y compota de moras recogidas en los bosques cercanos.

    Tenía la certeza de que Vhar deseaba hacer mil preguntas y aclarar otras tantas sospechas, pero tuvo la cautela de no sacar a colación ninguna de ellas con nuestros anfitriones. Por el contrario, se revistió de encanto y relató a los monjes historias falsas de nuestra familia y nuestro pueblo, expresó su agradecimiento a los dos que le habían salvado la vida y se ofreció a recompensarlos mediante su trabajo.

    —No se me ocurre nada que nos haga falta —contestó Dominic—, pero, si lo deseas, déjanos uno de tus cuchillos. Los nuestros son viejos y el filo se desgasta enseguida.
    —Os mostraré los míos y afilaré también los vuestros... pero por la mañana, si no tenéis inconveniente —se ofreció Vhar, con un bostezo mal reprimido.

    Dominic tomó una candela de la mesa y nos acompañó por una desgastada escalera exterior hasta la galería del segundo piso, donde estaban los dormitorios. En la mesa había una botella de vino y dos copas.

    —El vino es excelente —comentó el monje mientras nos servía una copa a cada uno—. Te aliviará el dolor y te ayudará a conciliar el sueño —le dijo a Vhar, y se quedó mirándolo mientras lo bebía.

    Vhar se lo terminó y yo levanté mi copa y me la llevé a los labios pero no bebí, porque pensé que uno de los dos tenía que conformarse con un sueño ligero. Vhar, después de las heridas y de las mentiras de alcahuete, estaba en peores condiciones que yo. Tan pronto como la puerta se cerró tras nuestro anfitrión, Vhar empezó a acosarme a preguntas. Me interrogó, breve y confusamente, acerca de la tierra y de lo que me había enterado, pero enseguida disparó a bocajarro sobre el único tema que, por lo visto, le obsesionaba la mente: el tapiz de la capilla.

    —Sólo lo vi un momento, y con una luz tenue, pero me pareció que brillaba, que se movía, que me hablaba —me confesó—. Tú estabas al lado. ¿Qué viste?
    —Una tela gris reluciente con un dibujo extraño y espantoso. Parecía de seda —añadí, con la vana esperanza de que no insistiera más.
    —Se movía; me susurró algo —insistió.
    —Lo movía el aire, los pliegues crujían —repliqué. Creo que levanté la voz, porque me tapó la boca precipitadamente.
    —¿Cuánto valdrá semejante tesoro, me pregunto?
    —Los guardianes parecen tenerlo en gran estima —repuse, apartándole la mano—, de modo que puede valer nuestra propia vida —concluí; me eché encima el raído cobertor de la cama y señalé el sitio a mi lado—. Ven a acostarte, Vhar. Seguro que por la mañana estás en mejor disposición para hablar de cosas más importantes. En cualquier otra ocasión habría seguido atosigándome a preguntas, pero los monjes ya subían por la escalera que se veía desde la ventana. Vhar se acostó y, mientras escuchábamos las voces de los guardianes en el vestíbulo, se quedó dormido.


    Aquella noche, mi mente viajó por misteriosas sendas propias..., de la niebla a la oscuridad de la capilla, con su horroroso sudario reluciente. Tuve muchos sueños inquietantes; el último, y más vivido de todos, consiguió despertarme: Vhar apuñalaba a un hombre de plata con la daga, pero, cuando la levantaba para clavársela de nuevo, yo era la víctima y el hermano Dominic el asesino, que me hundía la punta del puñal en la garganta con una helada expresión de piedad y preocupación en la cara.

    Me senté en la cama con la certeza de haber oído voces y unas suaves pisadas en el pasillo exterior. La puerta estaba entreabierta y, cuando me acerqué a cerrarla, entendí lo que decían en murmullos.

    En la habitación contigua había cuatro hombres, y reconocí la voz de dos, la de Mattas y la de Dominic; los otros podían ser dos guardianes cualesquiera puesto que apenas habíamos oído hablar a los demás durante la cena. Discutían sobre qué sería más conveniente hacer con nosotros, ahora que sabíamos de su existencia y habíamos visto el tesoro que guardaban. Dominic abogaba por hacernos prisioneros; otro opinaba que sería mejor hacernos un conjuro para que olvidáramos cuanto habíamos visto, y Mattas, con una capacidad de persuasión que helaba la sangre, tomó partido por el asesinato.

    El encantamiento para olvidar parecía la solución menos penosa, pero yo temía esos hechizos porque había visto los efectos que producían cuando salían mal. Era habitual encontrar hombres sin memoria recorriendo las numerosas ferias estivales de nuestra tierra en busca de alguien que les diera la clave para recuperar el pasado. Si el año era bueno, solía darles unas monedas para comida, pero ese año me había limitado a mirar hacia otro lado con incomodidad. Regresé a la cama y me acosté junto a Vhar; me quedé quieta un momento para serenarme antes de despertarlo.

    —Ya decía yo que eran demasiado caritativos —comentó rencoroso, cuando conseguí despabilarlo lo suficiente como para que me escuchara.

    Decidimos escapar y nos vestimos deprisa. Cuando llegamos al corredor, el dormitorio de al lado estaba a oscuras y en silencio, pero no nos atrevimos a encender una luz. Tuvimos que recurrir al tacto para guiarnos por el oscuro pasillo hasta alcanzar la escalera, que nos llevó al patio inferior. Entonces, Vhar me detuvo.

    —Espera aquí hasta que me oigas silbar. Tal vez haya vigilancia en la salida, así que voy a despejar el camino —musitó.
    —Tengo un puñal —argüí—. Prefiero ir contigo.
    —No harás más que molestar si hay pelea —refunfuñó—. ¡Quédate aquí! —Y desapareció sin más ruido que el de alguno que otro guijarro que saltaba a su paso.

    Me daba la impresión de que llevaba demasiado tiempo esperándolo y me preparé para oír la señal de alarma del vigilante de la puerta, pero sólo me llegó el aullido lejano de un lobo y el silbido del frío viento del oeste entre las grietas de los derruidos muros. Ya estaba segura de que habrían reducido a Vhar cuando oí la señal convenida. Bajé con cuidado y, al recordar el mal estado de los escalones, me aferré a la barandilla de madera como si de verdad me ofreciera una sujeción firme.

    Un escalón se desprendió justo a mi espalda y cayó al suelo con un estrépito que se me antojó como el retumbar de un trueno en la negrura silenciosa. Entonces apuré el paso con más miedo a ser descubierta que a caerme. Encontré a Vhar fuera de la muralla.

    —Ven —me dijo en voz baja, y eché a correr tras él camino abajo.

    Al llegar al montón de piedras, yo me detuve y él continuó solo. Siempre me ha asombrado que, a pesar de tener una constitución tan fuerte, se moviera con tanto sigilo; esa facilidad le favoreció mucho esa noche. Cuando me subí al montículo, vi al monje tendido junto a la hoguera en medio de un charco de sangre negra, que fluía de su garganta y destellaba a la luz del fuego.

    No nos atrevimos a encender una antorcha para ver el camino, de modo que Vhar iba delante del carromato llevando al caballo por las riendas, guiándolo por las revueltas del sendero. Se levantó viento y el cielo se despejó de pronto; entonces salió el ojo vigilante de una luna casi llena.

    Comenzaba a amanecer cuando llegamos al pie de los montes. Vhar, cansado de caminar, se sentó conmigo en el carro. Por debajo pasaba el río, retorciéndose como una gran serpiente negra entre los árboles. Lo comenté con Vhar y le conté lo que Dominic me había dicho acerca del país de Tepest.

    —También fue él quien propuso asesinarnos mientras dormíamos —me recordó—. Yo no me fiaría de sus palabras —concluyó, subrayando la idea con un bufido burlón.
    —Pues no veo ningún otro camino —repliqué.

    El caballo tomó una curva cerrada, y una sombra enorme y oscura apareció en el camino ante nosotros. El caballo reculó, y el carro botó hacia atrás de repente con tanta fuerza que a punto estuve de caerme. Saqué la daga que llevo siempre y Vhar esgrimió un machete que extrajo de debajo del asiento, mientras la criatura, en silencio, describía un círculo a unos metros por encima de nosotros. Su cuerpo parecía delgado y negro al recortarse contra el cielo. Aunque no distinguía bien sus rasgos, habría jurado que era casi humano, por la forma. Tenía unas alas inmensas y correosas, como las de algunos dragones legendarios, y en el lugar de las manos y los pies sólo percibí garras de ave. Una gota de sangre me salpicó el brazo, y eché un vistazo a la carretera que tenía delante. Los restos de la presa de ese asesino estaban esparcidos por el suelo... Se me heló la sangre en las venas y se me paró el corazón.

    A juzgar por el tamaño y la forma de los brazos, piernas y cabeza, es decir, de lo que quedaba de ellos, debía de haber sido un festín a base de carne de niño, aunque por la cara no habría sabido decir si se trataba de un niño o de una niña, ya que todo rastro de carne tierna había sido devorado. Tan sólo quedaba el cabello, unos rizos de color cobrizo claro que bailaban al viento y brillaban bajo los rayos del sol naciente.

    —¡Mátalo antes de que nos mate él! —susurré a Vhar.

    Asintió con un gesto colérico y saltó del carro. Se acercó al lugar del macabro banquete con el machete hacia abajo, mientras la criatura descendía en círculos y lanzaba un graznido admonitorio que mi esposo desoyó por completo. Entonces se arrodilló junto a los despojos y alargó un brazo como para apoderarse de lo que quedaba. El ser lanzó un segundo aviso, más agudo e intenso, lleno de cólera; después se elevó en el aire, ciñó las alas al cuerpo y se lanzó en picado hacia Vhar.

    Sin apartar la mirada del enemigo volador, Vhar levantó la hoja. El animal logró arañarle el hombro antes de remontar el vuelo, pero el filo metálico hizo mella en un ala. El ser intentó elevarse para atacar de nuevo, pero perdió el equilibrio mientras su ala herida batía el aire inútilmente. Una vez en el suelo, su cuerpo resultó ser bastante menor que el de mi esposo, y sus garras, perfectas para el ataque aéreo, no le proporcionaban una base estable en aquel terreno irregular. Mientras aquella especie de murciélago reculaba a trompicones hacia el monte en busca de una salida, Vhar bajó la guardia ostentosamente. No sé si por estupidez o por falta de experiencia en enfrentamientos con hombres hechos y derechos, el animal quiso aprovechar la ocasión. Del primer sablazo, y sin ceder terreno a pesar del avance del enemigo, Vhar le mutiló un brazo mientras el bicho aleteaba a su alrededor salpicándolo de sangre. Las negras alas rodearon a mi esposo y lo ocultaron a mi vista. En ese momento me lancé al ataque desde atrás; pero entonces vi que la bestia se quedaba tiesa y lanzaba un graznido desesperado hasta caer finalmente al suelo.

    Después de comprobar que las heridas de Vhar eran superficiales, me acerqué a los restos del niño. Entre los huesos hallé un pequeño anillo de oro con forma de rama. Pensé en el hijo que yo había perdido y en la madre que estaría buscando desesperada a éste, loca de inquietud. Guardé el anillo en el bolsillo antes de que Vhar se diera cuenta; tal vez surgiera la ocasión de devolvérselo a la familia. Vhar se acercó.

    —¡Qué destrozo! —musitó.
    —Enterremos el cadáver —dije.
    —Más vale que salgamos de este lugar infecto antes de que caiga la noche —contestó él, en un tono que no admitía réplica.

    Se detuvo el tiempo justo para recoger el brazo mutilado del monstruo y un trozo del ala, los guardó en el carromato y nos pusimos en marcha otra vez. La zona que rodeaba el monasterio era áspera e inhóspita, pero, a medida que nos acercábamos al cruce del río hacia la tierra que Dominic había llamado Tepest, aumentaban la densidad y la altura de los árboles, que se elevaban varios metros sobre nuestras cabezas. El bosque era muy umbrío y bullía de sonidos inquietantes. A pesar del calor que hacía, agradecí la gran anchura de la calzada que permitía que el sol nos diera de lleno, como si los rayos, al igual que el fuego, pudieran mantener alejadas a las fieras.


    TRES


    Tras recorrer unos pocos kilómetros después del cruce, llegamos a una parte donde habían convertido el bosque en tierra de pastos. Al otro lado de los prados se divisaba un grupo de casas que debía de ser el pueblo. En el centro había una posada de piedra, de nombre El nocturno, y un establo de ladrillo con unas anchas puertas de tablones. Alrededor se esparcían algunas cabañas achaparradas y otros establos menores. Todas las fachadas estaban encaladas y adornadas con complicados motivos florales alrededor de la puerta; tenían persianas de bonitos tonos y macetas repletas de flores multicolores.

    Después de las tierras yermas que rodeaban la fortaleza, tanta exuberancia me pareció mucho más que un mero regalo para la vista. Me dio la impresión de que en aquella aldea reinaba la paz y deseé que a Vhar y a mí nos fuera permitido compartirla. Saludé con la mano a un par de niños que llevaban unas ocas blancas como la nieve, y casi tan altas como ellos, pero, en vez de responder a mi saludo, se limitaron a mirarme con suspicacia. Su cabello cobrizo brillaba al sol del mediodía, y me recordó al niño muerto que habíamos encontrado en la carretera. Apreté el anillo que conservaba en el bolsillo y no lo solté, como si de un amuleto de buena suerte se tratara, mientras cruzábamos el umbral de El nocturno.

    El interior estaba tan oscuro como claro el exterior; las paredes y el suelo eran de madera y estaban muy sucios, y había una docena de mesas de pizarra negra y una barra enfrente de la entrada. Detrás de la barra, un hombre cantaba con una profunda voz de barítono que habría convenido más a otro de complexión más robusta. Cantaba mientras limpiaba una colección de jarras de adorno expuestas sobre dos pieles de lobo, una plateada y la otra blanca. Al parecer, los animales debían de haber sido de un tamaño descomunal, porque hasta la mera visión de los pellejos ponía los pelos de punta. Había lobos también por las paredes: una loba amamantando a su lobezno, una manada cazando y, cerca de la puerta, un paisaje invernal con un lobo aullando al cielo estrellado.

    El hombre de la barra podía ser perfectamente el padre de los niños de las ocas, pues su tez y el color de su cabello eran muy parecidos. Dejó de cantar en cuanto nos vio. Sólo había tres parroquianos más, dos hombres rubios y una mujer, cuyo cabello azabache contrastaba vivamente con un único mechón plateado, que estaban jugando a las cartas en la mesa del rincón. También ellos suspendieron el juego a media mano para mirarnos. Tomé a Vhar del brazo y avanzamos con arrogancia mientras mi esposo preguntaba a grandes voces si había comida y cama.

    —¿Y vuestras monedas? —preguntó el posadero, con una voz casi tan potente como la de Vhar.

    Vhar se soltó la bolsa del cinto y dejó tres monedas en el mostrador; eran de metal común, acuñadas con el águila emblema de nuestra tierra.

    —Las aceptaría como curiosidad —anunció el posadero, sin quitarles la vista de encima—; aquí no tienen más valor que ése. Si yo fuera vosotros, no andaría enseñándolas por ahí. Yo estoy acostumbrado a ver extranjeros, pero no es lo normal en Tepest.
    —Entonces, ¿qué me dices de un trueque? —propuso Vhar, al tiempo que sacaba su puñal de la funda de cuero y lo dejaba al alcance del hombre.

    El posadero tocó la amolada hoja y retiró la mano al punto como si se hubiera quemado; el colgante que llevaba, con una testuz de lobo, lanzó un destello al reflejar la pálida luz de la puerta. El hombre tomó el puñal por el mango de madera y comprobó el equilibrio.

    —Tengo más tan buenos como éste —dijo Vhar.
    —La plata escasea por estas regiones. Muchos te pagarían bien por un arma así —comentó el hombre con frialdad—, pero yo no.
    —¿Sabes de algún comercio donde quieran comprar esta mercancía? —inquirió Vhar.
    —¿Comercio? —sonrió—. Ya veo que venís de muy lejos. —Nos sirvió una cerveza a cada uno y yo miré a los jugadores, que seguían pendientes de nosotros—. Me llamo Andor Merriwite, y soy el propietario de la posada y de los establos que hay detrás. Si tienes un cuchillo menos valioso, que sirva para desollar, por ejemplo, en vez de ser una pieza de colección de aristócratas, tal vez lleguemos a un acuerdo.
    —Leith, enséñale el tuyo.

    Yo no había soltado el anillo todavía y, al sacar la mano, el aro cayó y se fue rodando por el suelo. Me apresuré a recogerlo, pero no llegué a tiempo. El posadero tenía la vista aguda y, de repente, toda su amabilidad se evaporó.

    —¿Me permites verlo? —dijo Andor, con la mano extendida. Lo posé en el mostrador al lado del puñal de Vhar—. ¿De dónde lo has sacado? —inquirió en un tono mucho más bajo.
    —Encontramos el cadáver de un niño en el camino, y el anillo estaba entre los huesos.
    —¿La criatura dejó el anillo? —preguntó Andor como si dudara de mis palabras.
    —La criatura que mató a ese niño está muerta —repliqué—. Mi esposo acabó con ella gracias a una de esas armas aristocráticas. Tenemos las pruebas en el carromato.

    Vhar me apretó el brazo con fuerza, hasta hacerme daño, para indicarme que ya había hablado demasiado con el desconocido. Y tenía razón. Tal vez el pueblo hubiera ofrecido al niño como sacrificio a su deidad local, y Vhar la había matado. Andor debió de captar nuestro temor porque enseguida nos alivió.

    —Era una niña. Vimos cómo se la llevaba el volador oscuro, pero no dio tiempo a rescatarla.
    —Esa niña alocada siempre se escapaba. Al menos ha encontrado una muerte rápida y mucho menos dolorosa que la que le habría esperado con otras bestias —terció la mujer del rincón.

    Su frialdad me dejó de piedra. La miré con detenimiento, ceñuda, y durante mucho más tiempo del que se considera apropiado. Poseía una vitalidad que no podía pasar inadvertida y, al notar la intensidad de mi mirada, me miró a su vez. Me apresuré a desviar los ojos hacia el anillo.

    —Quisiera devolver el aro a su madre —dije.
    —Te lo agradecerá mucho —repuso Andor con ojos brillantes de sorpresa. Levantó mi cuchillo y tocó la fina hoja de acero—. Os doy cama y comida esta noche y mañana por una herramienta como ésta.
    —En el carromato tengo otras mercancías. ¿El establo de ladrillo es tuyo? —preguntó Vhar.
    —Sí, y es el más importante del pueblo de Linde —añadió, y salió a la puerta para calcular el espacio que íbamos a necesitar—. El caballo tiene que quedarse en el establo esta noche —anunció al volver—. A las criaturas que merodean por estos bosques les gusta cualquier clase de carne caliente.
    —¿Lobos? —pregunté, pensando en las pieles de las paredes.
    —Sí, lobos, pero no siempre. Emigran dos veces al año, cruzan el río desde el sur. No abundan las pieles de lobo, y por aquí se cotizan mucho. —Se dirigió a Vhar—. En cuanto al carro, en el establo no cabe; nadie en Tepest te robaría las mercancías, pero de todos modos no te aconsejo que lo dejes sin vigilancia. Si lo llevas a la parte de atrás, te ayudaré a descargar las cajas y las dejaremos en mi almacén; siempre lo tengo cerrado y sólo hay una llave.
    —Puedo descargar yo solo —replicó Vhar, y me acarició la mano con un gesto cariñoso poco frecuente y reñido con su mal humor habitual—. El viaje ha sido largo; mientras yo descargo, Leith podría descansar.
    —Naturalmente. —Me condujo hacia la escalera y señaló hacia arriba—. Instalaos en la primera habitación a mano derecha y no olvidéis correr el cerrojo esta noche.

    Al subir, oí los murmullos de los jugadores y la melodiosa risa de la mujer. Vhar trabajaba mientras yo descansaba en un colchón de plumas mucho más blando que el que llevábamos de viaje; el cobertor era verde y tenía un delicado bordado de flores. Me sentía a salvo, con los problemas resueltos de momento..., y me dormí.


    Desperté sofocada y sudorosa a causa de una pesadilla que no lograba recordar. Me quedé un momento tratando de escuchar la respiración de Vhar pero no oí nada; ya era casi de noche y todavía no había subido. Me vestí rápidamente y bajé a buscarlo.

    Todos los taburetes de la barra y casi todas las mesas estaban ocupados por bebedores y jugadores de cartas. Recorrí la sala con la mirada en busca de mi esposo y sortee las mesas como pude hasta asomarme al comedor trasero, pero no había ni rastro de él.

    Cuando me disponía a volver, alguien me tomó por el brazo. Di un respingo y contuve la respiración con un evidente silbido de susto.

    —Bebe conmigo —dijo un hombre con voz beoda.

    Se trataba de un tipo enorme, más corpulento aún que mi esposo, y ataviado con pantalones y chaqueta de cuero marrón. El cabello le caía en grasientos mechones sobre el rostro sin afeitar, y olía a establos y a sudor. Intenté zafarme, pero él me apretó más fuerte y entonces solté un grito de dolor.

    —¡Bebe! —me ordenó, y me puso el vaso en la mano. Tomé un sorbo de aquel líquido salobre y me atraganté por el amargor que me invadió la lengua y la garganta, y hasta los ojos, que se me empañaron de lágrimas—. Otro —dijo, sacudiéndome el brazo, que se me estaba amoratando.
    —¿Acaso es costumbre en Tepest maltratar a las mujeres? —pregunté fríamente.

    Antes de que el tipo contestara, Andor apareció a su lado.

    —Déjala en paz —le dijo, y me soltó. Aunque Andor resultaba insignificante al lado de aquel tiparrón, lo miraba con fiereza y cara de pocos amigos.
    —No le he hecho nada —se disculpó el hombre, y dejó el vaso en la mesa como un corderito.

    Después descolgó un abrigo sucio de un gancho que había detrás de la puerta, corrió el pestillo y desapareció en la incierta luz del anochecer. Aunque nadie, excepto Andor, parecía haberse percatado del incidente, toda la taberna quedó pendiente de la puerta abierta; unos con el vaso en los labios, otros con las cartas en el aire, y hasta el que jugaba a los dardos se detuvo con la mano en suspenso. Permanecieron como congelados, con los ojos fijos en la puerta, hasta que la cerraron. Un parroquiano echó el cerrojo y la tensión que gravitaba sobre el local se disipó.

    —¿Dónde está Vhar? —pregunté, sin dejar de mirar la puerta como si esperara que un volador oscuro fuera a entrar a través de la maciza madera.
    —Tu marido se ha hecho rico esta noche vendiendo cuchillos... y ha bebido mucho... —Andor bajó el tono de su profunda voz—, y ha hablado más de la cuenta sobre la fortaleza de Markovia.

    Me sonrojé. A pesar de que habíamos salido huyendo, jamás habría violado la promesa hecha al hermano Dominic. Pero Vhar no había prometido nada, aunque de todas formas tampoco lo habría respetado.

    —¿Dónde está ahora?
    —Lo saqué de aquí en compañía de un viejo medio sordo que fue miembro del consejo de ancianos, y que cree que aún lo es. Está tan senil que, aunque Vhar se dedique a alardear durante toda la noche, el viejo no se acordará ni de una sola palabra por la mañana. Además, con lo mucho que bebió, lo más seguro es que ahora esté durmiendo sano y salvo, como tendrías que estar haciendo tú.

    Capté el sutil aviso y observé un momento a los clientes. Todos eran altos y fornidos, y se miraban unos a otros de una forma que me recordó a los gallos de pelea en un corral de competición, con los espolones listos para el ataque. Tan sólo había otra mujer, y era la misma de antes. No sé por qué pero tenía un aspecto más amenazador que los hombres... Era la única que se encontraba a sus anchas, completamente tranquila.

    No quería volver a la cama; ya me había enfrentado a muchos horrores cuando dormía en el carro o en la habitación de los guardianes, pero sin Vhar me sentía desprotegida. Esa mujer estaba allí sola, retando con su presencia a todos los hombres.

    Debió de percibir mi mirada, porque volvió los ojos hacia mí; los tenía muy separados uno de otro y rasgados, lo que me hizo pensar que quizá tuviera sangre élfica. El iris era casi negro, pero tenía reflejos de color violeta, igual que su negro cabello. Llevaba ropa de hombre, aunque de tonos más llamativos que los austeros de los que la rodeaban: una blusa roja abierta casi hasta la cintura, pantalones sueltos con reflejos dorados y un ancho cinturón verde de cuero, además de varias cadenas y pulseras de oro en el cuello y muñeca y unos pendientes de piedras verdes que brillaban cuando movía la cabeza. No usaba calzado, pero tenía las uñas de los pies pintados, igual que las de las manos, de rojo sangre.

    Me quedé sin habla cuando se levantó de la mesa, se acercó a mí y me repitió, casi literalmente, las palabras del posadero.

    —... y dijo más de la cuenta sobre Markovia. —Dio la copa al posadero para que se la llenara y pidió vino para mí. Andor la miró a los ojos un momento y se alejó con un respingo de censura—. Conmigo está a salvo —le aseguró—, te lo prometo. Pero hay ciertas cosas que un bardo debe saber.
    —Deja a esa pobre mujer que se vaya a dormir Maeve —dijo su compañero de tragos, que al primer vistazo me pareció viejo por su palidez cadavérica y los ralos mechones de pelo blanco; pero el rostro tenía la expresión vigorosa de un hombre joven.
    —Cállate, Ivar —le ordenó la mujer, y se volvió hacia mí. Si antes había oído lo que yo le contaba al dueño, ahora estaba tan cerca que debía de oírme el corazón y la respiración—. Dijo que habíais robado la tela a los de la orden —añadió en voz baja.
    —Eso lo ha inventado; siempre inventa...
    —Mírame —me ordenó, y yo obedecí—. ¿Estás segura de que dices la verdad? Piensa antes de contestar...

    Y pensé. Vhar no había mentido a esa gente, sino a mí. Una emoción me sublevó entonces, más de cólera que de miedo y, aunque no contesté a la pregunta, el rubor me delató.

    —Tal como me imaginaba —se reafirmó Maeve, y su aliento cálido me rozó la oreja—. ¿Sabías que los tesoros dotados de poder suelen estar protegidos por maldiciones contra los ladrones?
    —Sí —respondí, casi sin voz.
    —Procura que tu esposo venga a hablar conmigo mañana..., es decir, si la maldición no se lo lleva esta misma noche.

    La mujer sacudió la cabeza, dio media vuelta y atravesó sola la taberna. Los demás hicieron una pausa, pero no se quedaron inmóviles cuando salió; tal vez pensaban que cualquier horror que pudiera acechar en la oscuridad no sería superior a ella.

    —¿Cosas que los bardos deben conocer? —dije en voz alta, sobre todo para que me oyera Andor.
    —Los bardos cantan los horrores de nuestro mundo —me aclaró—. Tiranos sin alma, brujas y hechiceros, goblins, arpías, espíritus; los fantasmas que habitan eternamente en los deseos de los hombres. El Paño Colector los aprisiona entre sus pliegues ardientes. —Andor hablaba con una cadencia fija, casi como si cantara las últimas palabras—. Las canciones avisan a los incautos, para que conserven la vida.

    Al oír al posadero, un borracho se subió a una mesa.

    —Entonces, ¿nadie le ha contado el cuento del fantasma? Voy a contárselo yo.

    Algunos de sus compañeros asintieron, pero otros pidieron temas diferentes. Todos callaron al conjuro de una campana que repicaba en el exterior con insistencia, imposible de pasar por alto.

    Los juerguistas se miraron entre ellos con temor, apuraron sus bebidas y salieron de la cantina con cierta prisa. Sólo quedamos Andor, el hombre canoso, llamado Ivar, y yo. En cuanto desaparecieron los otros, Andor atrancó la puerta y recorrió las ventanas para asegurarse de que todas estaban convenientemente cerradas. Mientras tanto, una mujer delgada de cabello oscuro trajo de la cocina una bandeja con pan y sopa y la dejó en una mesa al fondo de la sala. Nos miramos un momento y percibí simpatía en sus ojos.

    —Sentémonos todos juntos a cenar —dijo, con una ojeada de preocupación a las ventanas e indicándonos que nos sentáramos con ella.

    Comimos los cuatro en compañía. Andor y su esposa, Dirca, hablaron muy poco durante la cena y, una vez concluida, me dejaron sola con Ivar.

    —Vi a tu esposo hablando con Maeve esta noche. Supongo que no siempre será tan insensato —comentó, con una franqueza que me sorprendió—. Creo que debo contarte sin rodeos todo lo que sé sobre esa tela.
    —¿Sin rodeos?
    —Sí. No quise hablar cuando estaban delante los demás porque creo que no saben casi nada, y más vale que así sea. Pero tú sabes bastante, lo suficiente como para que resulte peligroso aunque no tanto como para protegerte, ni a ti ni al loco de tu esposo.
    —Continúa —lo insté, mirándolo con desconfianza.
    —No es que haya vivido mucho tiempo en Linde, pero me han contado muchísimas historias. Hay gentes en Tepest que creen que el alma de los muertos continúa viviendo, pero no en un mundo de fantasmas sino en un lugar físico donde se reúne toda la belleza del nuestro, sin los sufrimientos ni la maldad. Creen que la maldad allá fue vencida milagrosamente y sólo quedaron la bondad y la pureza. En ese lugar, un hombre y una mujer pueden pasearse bajo las estrellas sin temor a las criaturas que acechan en la noche. Algunos afirman que esa limpieza milagrosa se debe al tapiz.
    —¿De dónde proviene? —pregunté en un susurro—. El tapiz, quiero decir.
    —Por lo que yo sé, apareció por primera vez en manos de un hechicero que lo utilizaba para robar el alma de sus enemigos malignos. Una leyenda exagerada añade que, aunque el hechicero destruyó los cuerpos de sus enemigos, su maldad sigue viva en el entramado del tapiz. Con odio y amargura, las almas cautivas tejieron sus propias maldiciones, con lo que el poder de la tela aumentó hasta el punto de que ni el propio brujo fue capaz de resistirlo. Dicen que ese brujo había pagado mil monedas de oro por el tapiz, y después, diez veces esa misma cantidad para deshacerse de él y no quedar atrapado también.
    —¿Y cómo llegó a la forta... a Markovia? —inquirí, confundida con tantas historias.
    —Hace años, antes de que yo llegara a este pueblo —contestó sin dejar de vigilar la puerta por donde habían salido Andor y Dirca—, llegaron tres monjes con un cofre cerrado que siempre llevaban consigo. Uno era ciego y, de los otros dos, ninguno parecía estar en condiciones de viajar. Aun así, sólo pararon aquí una noche antes de proseguir su ruta hacia el sur. Se dice que eran de la orden guardiana, y que transportaban el tapiz en el cofre.

    De pronto hizo un gesto para tomarme la mano. Como yo sabía que con un simple roce se podía hacer efectivo un hechizo, la retiré al punto y le lancé una mirada recelosa. Él se encogió de hombros y continuó hablando.

    —También existe una leyenda en estas tierras que se refiere a la paz de que gozamos. Dice que es gracias a que el tapiz se oculta en los alrededores. Son pocos los que lo creen, pero yo sé que es cierto. —Su voz se redujo a un siseo—. Yo he estado en la fortaleza donde se guarda; conozco la orden guardiana y sé la trascendencia de su cometido. Si tu esposo ha robado la tela, tiene que devolverla inmediatamente... Le queda muy poco tiempo.
    —¿Por la maldición de que habló esa mujer?
    —Maeve pretendía infundirte miedo para que le contaras lo que sabes —dijo, tras negar con un gesto—. Está sedienta de poder. —Hizo una pausa y, cuando me disponía a hacerle otra pregunta, retomó la palabra en tono tétrico y bajísimo—. A pesar de su gran belleza, la cualidad más característica del tapiz es que absorbe y agranda el mal, pero también posee otros poderes más terribles aún. Es imprescindible devolverlo a la capilla antes de que salga la luna llena, mañana por la noche.

    No quería creer a Ivar, pero no me quedó otro remedio. A Vhar jamás se le habría ocurrido emborracharse y empezar a alardear sobre un tesoro exponiéndose a que le robaran o algo peor. Y, aunque era un hombre cruel, jamás habría matado por riquezas... al menos, no hasta que encontramos el maldito tapiz.

    Seguro que esa tela había ejercido poder sobre él y nos había llevado a ese pueblo para desatar sus terribles males.


    A la mañana siguiente, mientras me vestía, un gemido prolongado y desolador resonó por la silenciosa aldea. Abrí las contraventanas y vi que los gritos procedían de una cabaña cercana. La que gemía era una mujer, arrodillada bajo una ventana con los postigos destrozados, que apretaba entre las manos un jirón de tela ensangrentado.

    Bajé y no encontré a Vhar por ninguna parte, pero Andor e Ivar estaban sentados juntos, discutiendo sobre la reciente muerte.

    —Es el tercer niño que se llevan este mes —me dijo Ivar con pesadumbre, cuando pregunté lo que había sucedido—. Ha llegado la hora de que los hombres salgamos a cazar otra vez —añadió; se levantó de la mesa y se encaminó a la puerta.

    Dominic había dicho que era un pueblo alegre, pero pensé que en realidad debía de ser muy triste.

    —Necesito unas cosas del almacén —dije a Andor.

    Mientras seguía a Ivar con una mirada distraída, sacó la llave del llavero de su cinturón.

    —La puerta está afuera, debajo de la escalera —me indicó.

    La niebla nocturna había hecho atascarse la puerta en el marco y tuve que abrirla de una patada, con tal estrépito que seguro que se oyó en todo el pueblo. Entré con la sensación de que en cualquier momento aparecerían Ivar o Maeve para apoderarse del tapiz, pero nada se movió en la calle empedrada.

    Me quedé en el umbral contemplando la atestada y húmeda habitación, y reprimí un estornudo cuando el polvo me cosquilleó la nariz. Volví a sentir la misma emoción que me había asaltado en la capilla, y así supe que el tapiz se encontraba allí antes incluso de encender la linterna y empezar a buscar. Rodeé las cazuelas y cacharros rotos de Andor y los pies me llevaron solos hacia una caja escondida debajo de los cuchillos de plata de mi esposo, envueltos en fieltro.

    La abrí, y allí estaba la tela.

    ¿Por qué la habría robado Vhar? Éramos extranjeros en esas tierras, y tal vez la condena por robo fuera tortura, o muerte o algo peor. Saqué el reluciente paño, lo extendí sobre el regazo y pensé en lo poco que conocía a mi esposo y en lo agraviada que me sentía. No me amaba; yo era sólo una propiedad útil, como los cuchillos en sus envoltorios, como el tesoro que tenía en el regazo.

    Las lágrimas cayeron sobre los pliegues del paño y, cuando pasé las manos para limpiarlas, me pareció que el tapiz me consolaba diciéndome que en realidad me pertenecía a mí, que se ponía a mi servicio. Sabía que allí había un poder, un poder que me protegería y me guiaría donde la vida quisiera llevarme. De pronto sentí deseos de colocármelo sobre los hombros, de envolverme por completo y llevarlo triunfante mientras salía del pueblo y me alejaba de Vhar y de mi insignificante pasado para siempre.

    Semejante osadía habría sido un gran placer, sí, pero todo el mundo codiciaba el tapiz. Vhar mataría por conseguirlo; si pretendía quedármelo y conservar la vida, no podía permitirme tamaña exhibición en público. Me pareció mejor actuar con astucia y esconderlo bajo la capa hasta hallarme lejos de Vhar y de su ira. Estaba envolviéndolo en un trozo de lienzo cuando oí un crujir de madera en el exterior. Me puse de pie inmediatamente, di media vuelta y miré hacia la entrada, alumbrada por el sol.

    Eran Ivar y uno de los monjes. El fraile, con su hábito gris, entró en el almacén tapando la luz; siguió adelante solo mientras Ivar se alejaba a investigar un ruido. El monje extendió la mano y, con una voz llena de sabiduría y autoridad, dijo:

    —Entrégame el tapiz.
    —Es mío —me defendí, y retrocedí apretando la tela contra el pecho.
    —No comprendes cuánto mal encierra el objeto del que os habéis apoderado —me advirtió, hablando como un padre a su bienamado y travieso vástago—. Debe estar de nuevo en la capilla antes de que se ponga el sol, o su poder te destruirá.

    Me moví hacia la derecha, y él me imitó; después hacia la izquierda, pero él volvió a situarse entre la salida y yo. Era tan viejo que podría haberlo arrollado y pasar por encima de él, pero ni siquiera con toda la avaricia que me cegaba habría hecho daño a ese anciano. Salté hacia un lado y enseguida hacia el otro, para engañarlo.

    ¿Cómo podía moverse un viejo con aquella agilidad? ¿Y cómo podía tener tanta fuerza? Me inmovilizó por las muñecas; noté que la tela se me resbalaba e intenté evitarlo. De repente, oí un golpe seco y el viejo me soltó al desplomarse. Caí hacia adelante, con la cara en la rica y suave tela, que olía a un incienso dulzón y parecía robarme el aire. Con un esfuerzo, logré ponerme de rodillas y miré hacia arriba.

    Vhar estaba frente a mí, y el viejo monje se hallaba tendido entre nosotros. Aunque la avaricia no me llevara a la violencia, a Vhar sí.

    ¡Qué desesperación! Todos mis planes por el suelo; ahora ya no escaparía de Vhar jamás.

    A menos que..., a menos que...

    Las palabras llegaron a mi mente, dulces como el olor del paño, y me decían lo que tenía que hacer. No lo dudé. Ahora, mientras escribo esto, comprendo plenamente que me era imposible dudar. Tanteé detrás de mí y di con una caja; así por el mango una enorme sartén de hierro y la levanté a escondidas mientras Vhar saltaba, canturreando, el cuerpo del hermano.

    —Leith, mi amor, escúchame. Fíjate en lo que tienes en las manos: vale una fortuna. Nuestros años de lucha habrán terminado en cuanto lo vendamos. —El trabajo de Vhar consistía en saber valorar las cosas y me recordó que, en parte, me había casado con él por su sentido común. Sin embargo, al mirar la sutil gasa, supe que jamás vendería semejante tesoro a ningún precio, que jamás renunciaría a ella a pesar de ser tan inquietamente lujosa, o por ese mismo motivo.

    Debió de verme la confusión en la cara, porque se arrodilló a mi lado.

    —Dámelo, no puedes protegerlo.

    Acercó las manos despacio hacia la tela y, cuando tocó... ese tesoro suyo que yo consideraba mío, todo el resentimiento que había escondido durante tantos años estalló en rabia y me dio una fuerza que ignoraba poseer. Le di con la sartén en la cabeza y cayó, y volví a golpearlo una y otra vez. Después, tiré la sartén y seguí a puñetazos hasta que el cansancio pudo conmigo. Estaba herido pero seguía vivo, y, mientras lo miraba, sus párpados temblaron y abrió los ojos.

    Me perseguiría si no acababa con él.

    Saqué un puñal de plata de un envoltorio que había al lado y entonces me vi las manos teñidas de sangre. Vhar estaba aturdido a mis pies y, un poco más allá, el viejo monje permanecía inmóvil. Jamás había matado a nadie, pero, en ese momento, mi mano, ardiente y ensangrentada, estaba dispuesta a clavar el puñal a mi esposo y al indefenso monje.

    Con un único grito de angustia y culpabilidad, me apoderé del tapiz, sin soltar la daga, y me dirigí hacia la puerta. Cuando ya la alcanzaba, Ivar apareció tambaleante bajo la luz y se apoyó en el marco con una daga de Vhar profundamente clavada en el hombro.

    —¡Espera! ¡Escúchame! —me suplicó con inusitado vigor.

    Lo miré furibunda, dispuesta a matarlo si me veía obligada. Vhar y el monje ya no se interponían en mi camino, pero ese hombre tenía la osadía de impedirme pasar. Mi mente se doblegó por completo a los poderes del tapiz; nada me impediría poseerlo.

    A pesar de todo, Ivar no pidió auxilio, sino que entró en el almacén y descansó contra la pared. Volvió hacia mí el rostro, ceniciento y lleno de compasión.

    —Si no tienes intención de devolver el paño a la capilla, llévatelo fuera de esta región. Vete a G'Henna antes de que salga la luna esta noche. Los monjes oscuros que viven allí saben manejar sus perversos poderes.
    —Con mucho gusto me voy de Tepest —repliqué sin piedad, con el puñal frío e insistente en la mano.
    —Maeve —musitó. Pensé en la mujer y en el poder que irradiaba y tuve un momento de duda; presté atención a lo que Ivar iba a decir—. Es posible que haya contado... —Se detuvo y cambió de idea—. No tomes la carretera general. Al otro lado del cruce del río hay una senda forestal que se dirige al oeste y sale de Tepest por unos túneles. El camino de la derecha te llevará al túnel de G'Henna y el de la izquierda al de Markovia; toma el que quieras, pero tienes que marcharte.

    «Mátalo —insistía mi mente—. Mátalo o te seguirá.»

    Era una voz suave, hermosa, cautivadora y, a pesar de que Ivar no me había atacado y parecía incapaz de perseguirme, me sentí compelida a obedecer a la voz. Sin embargo, cuando empezaba a levantar el puñal para asestar el último golpe mortal, mi voluntad se impuso. Ignoro cuánto tiempo permanecí con el brazo paralizado, atónita y horrorizada por tan horripilante impulso. Sólo sé que la indecisión terminó al oír un gemido grave tras de mí. Miré hacia atrás y vi a Vhar a cuatro patas, tratando de levantarse. Aunque tenía un lado de la cara lleno de sangre y los ojos empañados por el dolor, capté la furia y la incredulidad de su expresión. Retrocedí y se me aflojó la mano que sujetaba el paño, pero, antes de darme la vuelta y echar a correr lejos de allí, el tapiz ejerció por sí solo su poder inexorable.

    Sacudido por una especie de viento interior, se soltó del lienzo que lo envolvía y salió volando hacia el almacén. Así un extremo con fuerza, pero el resto aleteaba cada vez más lejos hasta cubrir a Vhar. Vhar gritó mi nombre cuando el velo cayó; entonces, su voz se tornó lúgubre y lejana, como si estuviera cayéndose por un pozo sin fondo. Tiré de la tela pero ya era tarde. Debajo sólo había tablones desgastados, pero Vhar, mi esposo, mi adversario, mi amigo, había desaparecido.

    Quizás gritase, no lo recuerdo. El tapiz debió de captar mi repulsa repentina porque los delicados pliegues se retorcieron e intentaron taparme a mí. Con un gran esfuerzo, atrapé el extremo que ondeaba y recogí resueltamente toda la tela hasta reducirla a un pequeño paquete lustroso. Estaba segura de que intentaría escaparse otra vez, de modo que me quité el cinturón de cuero y lo até, bien apretado por el centro. Entonces, por primera vez, contemplé con visión clara el tesoro robado, la abominación que sostenía entre los brazos.

    El horror de los últimos minutos rompió el hechizo que me había cautivado, un hechizo que, con toda certeza, me había alcanzando desde el primer momento en que lo vi colgado en la capilla.

    Era exactamente como Ivar lo había descrito: no sólo absorbía el mal, sino que agrandaba el menor indicio de perversión y convertía la menor contrariedad en algo oscuro y letal. Había utilizado la codicia de Vhar para convertirlo en ladrón. ¿Y a mí? ¡Había recurrido a resentimientos insignificantes acumulados a lo largo de años de matrimonio para convertirme en asesina! Noté la calidez de falso consuelo que irradiaba la tela, que me hacía desear desatarla y acariciarla, doblegarme de nuevo a su poder misterioso y seductor. Pero no volvería a caer en la trampa. Fueran cuales fueran los pensamientos que se me ocurrieran desde ese momento hasta el final del día, en mi mente sólo habría una idea fija: devolver la tela al lugar que le correspondía en la capilla.

    No le conté nada a Ivar, pues no había necesidad. Había notado el cambio de mi expresión, la determinación con que envolvía la tela en un trozo de lienzo y la sujetaba firmemente bajo el brazo. Con la daga de plata escondida bajo el hato, emprendí la carrera.

    Cuando crucé el río, me pareció que había otros conmigo, que me observaban. Escudriñé entre las sombras de las arboledas más densas pensando que me iba a encontrar con un monje vestido de gris, que se acercaría a mí y me libraría del maldito tesoro.

    Pero no encontré a nadie. La tela pareció exhalar un triste suspiro; me pesaba más que antes y mis pasos eran más lentos. En la margen opuesta del río, semiocultos por los árboles, distinguí dos caminos. El de la izquierda describía un ancho ángulo y después continuaba paralelo a la carretera.

    Tomé el sendero estrecho que terminaba en la entrada desigual de una caverna. Dentro hallé un par de antorchas embreadas; busqué el pedernal en el bolsillo y, con la luz en una mano y la tela en la otra, entré en la boca de la cueva.


    CUATRO


    La oscuridad del interior me habría supuesto un obstáculo insalvable, pero afortunadamente tenía las antorchas. Encendí una y me llevé también la otra. La humedad de la tierra y las tinieblas me oprimían sofocando hasta el entrecortado sonido de mi respiración, agitada por las prisas.

    A ambos lados se abrían túneles diversos, y vi ojillos que brillaban a la luz de la antorcha, depredadores que observaban mi paso en silencio desde sus guaridas de medianoche. Los murciélagos volaban por el techo de la caverna y algunas lagartijas se arrastraban por el suelo limoso, muy cerca de mis presurosos pies.

    Mientras me adentraba en la oscuridad, oía las promesas susurradas por el tapiz y veía visiones de la vida que siempre me habría gustado llevar. Vi también la fortaleza, tal como debía de haber sido en el pasado. Yo era la señora y un hombre de ojos plateados el señor, y en el lugar de la capilla crecía una parra cuyas uvas se doraban al cálido sol de estío.

    —¡Desapareced! —grité a todos esos ensueños entrevistos, y apuré el paso.

    El paño parecía más ligero; quizá su peso había aumentado antes porque había puesto en marcha su poder, o quizá fuera el miedo lo que aumentaba mis propias fuerzas. Si no avanzaba deprisa, las antorchas se consumirían y me perdería entre los recovecos de los pasadizos, condenada a morir de hambre, de sed o... de locura.

    Cuando la primera tea comenzó a chisporrotear y a apagarse, me detuve inmediatamente y encendí la otra; entre tanto, comencé a distinguir en la distancia un sonido como de gotas de agua que cayeran sobre un lago profundo bajo tierra. Sin embargo, el sonido se movía conmigo y me seguía por el empinado pasaje, cuyas paredes se estrechaban cada vez más.

    El techo era ahora más bajo, y rocé las estalactitas con la antorcha. Los murciélagos se espantaron y empezaron a revolotear por cientos a mi alrededor, de modo que tuve que agacharme y protegerme la cabeza con las manos, sin dejar de esgrimir la antorcha. El aleteo de tantas pequeñas alas terminó por apagar la llama y allí me quedé, con la cabeza pegada a las rodillas mientras las criaturas pululaban a mi alrededor. Oí en la lejanía un grito agudo de dolor y después unos dientes que cercenaban huesecillos sin tregua.

    Volví a encender la tea y saqué el cuchillo. Me reanimé al sentir su peso y el brillo de la hoja de plata y seguí adelante sin dejar de agitar la llama delante de mí, hasta que el techo volvió a elevarse y la nube de murciélagos disminuyó.

    La antorcha parpadeó y comenzó a extinguirse. El camino describió una curva y yo, sabiendo lo que ocurriría si me quedaba sin luz en aquellas tinieblas, me lancé a la carrera. Mientras sorteaba como podía las columnas y estalagmitas que convergían en el camino, la llama soltó un último chisporroteo y se apagó. Me detuve por fin y saqué el pedernal para encenderla de nuevo; las diminutas chispas azules brillaban en el vasto espacio negro, pero la tea no prendió. Todos mis intentos, cada cual más desesperado que el anterior, resultaron inútiles.

    Me senté abatida en medio de la profunda negrura.

    No obstante, cuando mis ojos comenzaron a acostumbrarse, descubrí una tenue claridad al fondo del pasadizo. Me puse de rodillas y miré de reojo para averiguar la fuente de la luz; parecía del sol, aunque débil por la profundidad a que me hallaba. Adelanté unos pasos a trompicones hasta llegar a una zona en penumbra, desde donde divisé un agujero a unos ochocientos metros, al final de una cuesta que iba ensanchándose a medida que alcanzaba la salida.

    Al salir de la cueva, divisé la muralla de la fortaleza a lo lejos, cuyas piedras marrones relucían como sangre a la luz del atardecer. La luna llena saldría de un momento a otro. Di con un árido camino que serpenteaba por los montes hasta el castillo. Era empinado y estrecho, nada apetecible, pero la carretera se extendía a lo lejos por el oeste, y yo no tenía tiempo ni energía para llegar hasta ella.

    Acababa de rebasar la primera curva cuando advertí un crujido detrás de mí, y un aullido grave. Di media vuelta despacio, con la espalda contra la pared rocosa, y por primera vez vi a quien me había perseguido por los túneles.

    Era un lobo negro, de una talla mucho mayor que las pieles que decoraban las paredes de El nocturno. Estaba agazapado detrás de mí con las fauces abiertas, enseñando los dientes, y su aliento caliente formaba nubes en el aire húmedo del anochecer. Yo no tenía otra protección que la roca y retrocedí más aún, cuchillo en ristre y confiando en que las piernas no me fallaran. La criatura fijó la vista en el arma con un gesto de aprensión casi humano, y se movió hacia mi izquierda en busca de un punto débil. Noté que el tapiz se encogía en respuesta al peligro o a la oportunidad de escapar. Lo tiré al suelo, interpuesto entre la roca y yo, y no le presté más atención, como tampoco al desbocado latir de mi corazón. Aguardé el asalto con el brazo izquierdo por escudo y la daga en la derecha.

    Cuando el lobo saltó, estaba preparada. Lancé un grito de dolor cuando sus mandíbulas se cerraron sobre mi brazo extendido, pero conseguí clavarle la hoja en la coyuntura de la pata delantera. La bestia se convulsionó al notar el tirón hacia arriba, un truco que me había enseñado Vhar.

    El puñal desgarró la carne con mucha mayor facilidad de lo que yo esperaba en un monstruo de aquel tamaño. Las fauces aflojaron la presión sobre mi brazo, y el animal aulló de agonía cuando ahondé el cuchillazo en su cuerpo. Por fin me soltó y se apartó cojeando.

    Había ganado el primer asalto, un comienzo más optimista de lo que esperaba. Me invadió la euforia y volví a exhibir el brazo herido ante la bestia igual que antes, pero esta vez puse el puñal justo detrás y lo incité.

    —¡Vamos! ¡Acércate y terminemos de una vez! —El lobo me enseñó los dientes; me amenazaba con sus afiladas cuchillas, pero yo no titubeé. Esta vez le hundiría el puñal más abajo, en el vientre—. Otro asalto y se acabó —dije.

    De haber sabido yo la verdadera naturaleza de la bestia, habría comprendido por qué no se lanzaba, por qué miraba con fijeza la hoja de plata con una expresión humana de sorpresa.

    Apenas me quedaba tiempo que perder. Aun en contra de mis deseos, ataqué y herí al animal a la altura del costillar. Con un aullido de dolor, el lobo se alejó de mí rodando y, sin poder detenerse a tiempo, se precipitó por el barranco.

    No quise asomarme a ver la profundidad a que había caído, ni si aún seguía con vida. No tenía intención de celebrar la primera victoria mortal de mi vida. Ni siquiera presté atención a la herida del brazo, aunque notaba correr la sangre cálida hasta los dedos. No había tiempo; el camino era muy empinado, el sol ya casi se había puesto y todavía me faltaban muchos metros que recorrer.

    Conservo un vago recuerdo de la subida, excepto de los precipicios a ambos lados y los cantos resbaladizos del camino. Mientras avanzaba, el peso del tapiz cambiaba, plúmbeo, de un lado al otro del paquete y, horrorizada, comprendí que trataba de hacerme caer. Al cabo de un momento estuvo a punto de conseguirlo, y me llevó hasta el borde mismo del abismo. Sacudí los brazos y logré caer de tal forma que sólo la cabeza y un hombro se asomaron al vacío; vi la altura que había hasta los llanos, inhóspitos y barridos por el viento, que se extendían debajo. A partir de ese momento, y temerosa de seguir transportando el paño, lo llevé a rastras.

    Más adelante, la neblina rodeaba la fortaleza, como si en el subsuelo ardiera una caldera dispuesta a estallar y a devorar a los monjes que allí moraban. Cuando crucé las puertas, el paño comenzó a temblar y los brillantes pliegues se esforzaban por desasirse del cinturón. Entonces ya sabía que no era una casualidad, que allí no había brisa ninguna que lo moviera. El tapiz temía la capilla como un prisionero la celda solitaria.

    Atrapé la sutil tela, pero se me escurrió de entre los dedos y no se dejó retener. Se elevó ante mí y todos los ojos de aquellos rostros me miraron con fijeza, con una rabia más escalofriante que cualquier peligro al que me hubiera enfrentado desde que había llegado a estas tierras. Grité pidiendo auxilio, imploré a todas las deidades semiolvidadas que podía recordar y rogué que me asistieran para contener aquella maldad.

    Alguien me escuchó; entre la humareda, más espesa ya, y los pliegues de la tela, vi a los monjes que se acercaban, que se movían entre el paño y los portones de la fortaleza. Tenían los ojos fijos en el tapiz y las bocas abiertas elevando cantos, repitiendo palabras extrañas y antiguas una y otra vez, una letanía de un solo verso.

    Era un canto de poder, un poder que obligó al paño a levantarse del suelo, conmigo entre los pliegues. Volando sobre el arenoso patio, volé atrapada en el tapiz hasta cruzar el umbral de la capilla y entrar en el recinto, iluminado con velas.

    Dejé escapar un suspiro de alivio al creer que mis problemas habían concluido, pero al momento descubrí que acababan de empezar. Cuando me desembaracé de la tela, vi que los dibujos se movían de una forma parecida a la tela misma, despacio al principio, pero luego cada vez más agitados. Un monje que acababa de llegar a la puerta se lanzó hacia mí; quise alcanzar su mano pero los serpenteantes dibujos salieron de la tela y me arrastraron hacia sí. En medio de un terror creciente, vi que el fraile huía por las puertas de la capilla, que se cerraron de golpe tras él, y después colocaron las trancas en su lugar. Mientras tanto, los cantos de los monjes no cesaron un instante.

    ¿Cómo eran capaces de hacerme semejante jugada, dejarme allí encerrada con aquella cosa pavorosa?

    Miré la tela y vi lo que más temían los guardianes: las formas tomaban cuerpo, separadas de la tela. Eran como fantasmas que salían disparados del entramado uno a uno y golpeaban la puerta como las hojas secas de invierno en un vendaval. Poco a poco iban adquiriendo la consistencia que habían tenido antes de caer en el tapiz. Unas manos reales me asieron por los brazos y las piernas y me tironearon del vestido; unas voces auténticas aullaban furiosas contra los cantos de los que las aprisionaban desde fuera. Yo también gritaba, primero de miedo y después con el convencimiento total de que yo era una más, de que aquello era el final para mí, un final merecido por haber tomado parte en la muerte de Vhar.

    ¡Pero Vhar estaba vivo! Vi el rostro de mi marido entre los otros y, cuando abrí la boca para llamarlo, se hizo el silencio en la capilla. Un hombre con ojos plateados, la misma hermosa criatura con la que había soñado, avanzaba hacia mí. Tenía el cabello plateado, igual que los ojos, y sus fríos labios besaron los míos, mientras sus heladas manos me acariciaban. Otras almas que revoloteaban se posaron sobre mí con un roce frío como la tumba.

    Grité en medio del silencio, forcejeé por desasirme, pero en vano. Durante las horas que siguieron sólo fui capaz de imaginar formas de huir.

    El final de la noche llegó con la misma brusquedad que su comienzo, entre los últimos embates de las almas condenadas contra las puertas y ventanas, los últimos intentos fútiles de levantar las trancas y su repentino y aplastante silencio cuando la luna se puso. Entonces, los condenados quedaron tendidos a mi alrededor, secos y marchitos como hojas del final del invierno. Sin embargo, aún movían los ojos mientras sus esqueletos vacíos temblaban con el último hálito de vida, que concluyó definitivamente cuando las puertas se abrieron y la luz del sol cayó sobre ellos.

    Un monje se acercó y recogió la tela, que ya no era más que un paño reluciente sin dibujos, la extendió en el suelo de esquina a esquina del recinto y sacudió las almas oscuras para formar un dibujo nuevo, una nueva disposición de motivos que duraría hasta la próxima luna nueva. Yo sangraba por mil heridas y rasguños, que me escocían por dentro y por fuera. Me quedé allí tendida sin consideración hacia el decoro, esperando que el monje me tapara con la tela.

    Pero no fue así; el hermano colocó el tapiz en su lugar, colgado de la pared, me envolvió en su túnica exterior y me ayudó a llegar al dormitorio donde había pernoctado con Vhar hacía dos noches... o una vida entera.


    Reposé muchos días, comiendo poco y dormitando a ratos un sueño nada reparador. No obstante, empecé a mejorar y, cuando cobré las fuerzas suficientes como para comprender, el hermano Dominic vino a mi dormitorio y me tomó la mano mientras me decía lo que ya esperaba y temía.

    Había siete hermanos en la orden cuando Vhar y yo llegamos a su monasterio; ahora quedaban cinco. El anciano a quien Vhar había atacado en Linde había muerto. Hektor, el joven a quien había cortado la garganta a la entrada del monasterio, tuvo mejor suerte porque lo encontraron enseguida y sobrevivió. El tercero, que había acudido para ayudarme en el cruce del río, había perecido.

    —A juzgar por las heridas, suponemos que fue atacado por el mismo lobo que te atacó a ti ese mismo día unas horas más tarde —dijo, con la voz ronca de pesar pero sin rastro de reproche hacia mí; aunque yo sí me sentía culpable y así se lo comuniqué—. Te cegaban los poderes del paño y la codicia que inspira a todo el que lo mira —me respondió—. Desde el momento en que comprendiste la oscura naturaleza de esos poderes, procuraste remediar el mal. De no haberte mostrado tan valiente y resuelta, todo el horror que viste suelto en la capilla se habría esparcido por el mundo.

    Valiente y resuelta; jamás me había considerado así. En mi opinión, había actuado por pura necesidad.

    —¿Alguna vez han logrado escapar? —pregunté.
    —Hace muchos años —afirmó—, antes de que yo entrara en la orden, el tapiz era objeto de adoración pública en una tierra remota. Durante la celebración de un rito en luna llena, las almas cautivas reunieron fuerzas para escaparse y, aunque la orden que adoraba el tapiz consiguió contener el mal por fin, pagaron un precio muy elevado. —Hizo una pausa y, aunque vi la angustia retratada en su cara, no le pedí que dejara el resto del relato. Al cabo de un momento, prosiguió.

    «Perecieron todos los monjes de la congregación, salvo los tres más jóvenes, y la mayoría de los documentos relacionados con la historia del tapiz ardieron. Sólo el tapiz mismo resultó incólume tras la batalla.

    —¿Se puede quemar la tela?
    —¿Crees acaso que no lo hemos intentado? —replicó con una sonrisa triste—. El fuego normal no lo destruye, y tampoco se puede hacer jirones, ni rasgarlo siquiera. Se diría que cuantos hechizos que le hacen recaen sobre los propios magos, y con poder redoblado. Tal vez nuestros fundadores conocieran la forma de destruirlo, pero hace mucho que murieron y los que quedamos no estamos en posesión del secreto. Al parecer, el único poder que conservamos es el de contener el mal para que no salga del paño, pero no podemos destruir la tela. Sin embargo, ahora también eso resultará dificultoso porque quedamos muy pocos, y tenemos la impresión de que la energía maléfica del tapiz está aumentando.

    Asentí con un gesto: la tela había logrado incluso traspasar con su sombra las barreras entre los mundos para dar conmigo.

    —Tiene que haber una forma de destruirlo —dije.
    —En uno de los escasos pergaminos que conservamos está escrita una profecía: «Llegará el día en que el amor corrompa el paño. Llegará el día en que su propia corrupción lo aniquile». No sabemos interpretar las palabras, pero en ellas se basa nuestra esperanza de que en el futuro nos sea aliviada la carga.

    Desvié la mirada hacia la estrecha ventana de la habitación y contemplé el brillante azul del cielo.

    —El futuro —repetí, pensando que nunca había considerado tan incierto el mío.

    Me vino a la memoria la atenta solicitud con que los monjes me habían curado las heridas y la delicadeza con que me agradecieron la devolución del paño. Parecía mentira que fueran los mismos que habían planeado matarnos a sangre fría la noche en que llegamos. Lo miré fijamente a los ojos y repetí las palabras de Mattas.

    —«Es preferible que mueran rápidamente a nuestras manos a que se divulgue la noticia de que vivimos aquí.» Se lo oí decir a Mattas la noche en que nos escapamos.
    —No bebiste el vino aquella noche, ¿verdad? —Negué con la cabeza y continuó—. Los que duermen entre nuestras paredes sueñan lo que los poderes del paño desean que sueñen. La pócima que te dimos era la misma que bebo yo cuando no tengo que montar guardia en la capilla o en la fortaleza: inhibe los sueños más vívidos.
    —¿Insinúas que por la mañana nos habríais dejado marchar sin más?
    —No; pretendíamos haceros olvidar lo que habíais visto. —Percibió mi sobresalto y enseguida me ofreció una explicación—. El hermano Leo era aprendiz de mago antes de ingresar en la orden, y aprendió bien. No os habría causado el menor daño.

    Yo no estaba tan segura, pero no juzgué importante decírselo entonces. Ellos sí habían sufrido daños por mi culpa, y sólo había una forma de compensarles.

    —Si la orden lo permite, me gustaría quedarme con vosotros y compartir vuestra labor.
    —Nunca ha habido mujeres que recibieran la llamada.
    —A pesar de todo, deseo quedarme. —Lo decía de corazón. Formulé la petición con el sentimiento indudable de que actuaba rectamente, y me sentí en paz de pronto.
    —Tal vez la hayas recibido —comentó Dominic pensativo—. Tendremos que discutir tu ingreso entre todos.

    Dominic no me aceptó inmediatamente, pero yo sabía que me permitirían quedarme; escaseaban los guardianes para cumplir la misión.

    En cuanto el brazo se curó, entré en la ronda de guardias de la capilla; tenía que procurar que nadie interrumpiera el sueño del tapiz. A veces, durante esas largas noches, oía el aullido de un lobo y el rascar de las zarpas contra las rocas del exterior. El posadero de Linde me había contado que los lobos escaseaban en esa tierra y se me ocurrió pensar si no sería el mismo animal al que yo había herido.

    Al cabo de un mes ya formaba parte de la comunidad. Me reunía con los demás a las puertas de la capilla, arriesgando mi vida y mi cordura, para impedir que las almas despiertas entraran en este mundo, tan lleno ya de pesares.

    —Volved a la oscuridad —cantaban los guardianes en una lengua extraña.

    Yo cantaba con ellos, aunque ya sabía que la paz que sentía en el monasterio era falsa, que la oscuridad me aguardaba, inevitable como la muerte que nos espera a todos.

    Estaba embarazada. Me cercioré al cabo de unas pocas semanas después de recuperarme. No quería imaginar quién sería el padre, pero esperaba que fuera Vhar. Ansiábamos tanto un hijo que quería conservar algo suyo conmigo. Por otra parte, ya sospechaba mi embarazo antes de aquella horrenda noche en la capilla. De todas formas, no tenía forma de cerciorarme si lo había concebido antes o no. Sobre todo porque el niño que crecía en mis entrañas parecía desquiciarme la mente poco a poco.

    Los primeros síntomas me parecieron inocuos; empecé a sufrir desvanecimientos durante las noches en que hacía la guardia de la fortaleza. Al principio sólo duraban unos momentos y los tomé por simples cabezadas. No lo comenté con los demás porque no lo juzgué importante y deseaba quedarme por encima de todo.

    Una noche, a las puertas del castillo, mientras contemplaba las sombras dentadas que proyectaban los montes en la carretera a la luz de la luna, me acosó un deseo terrible: me moría por fundirme con la noche, por correr libre bajo el cielo barrido de nubes. Pensé en el volador oscuro y en los peligrosos riscos, en viajeros aterrorizados y en niñas de cabellos cobrizos con bonitos anillos en los dedos... Luché contra aquella ansiedad, la oculté, aunque aumentaba sin cesar y se hacía más y más imperiosa.

    El hermano Leo, más sensible a mi lucha interna, debió de notar mis esfuerzos y, cuando se acercaba la siguiente luna llena, solicitó licencia para que yo descansara y ahorrara fuerzas, pues las necesitaría para la próxima larga noche de vela. Me dio unos bebedizos que me hicieron dormir. Al cabo de un tiempo, creí que las ansias se me habían pasado, pero la realidad fue mucho más brutal.

    Dormían conmigo.

    El anochecer de la segunda luna llena desde que había entrado en la comunidad, los guardianes nos reunimos fuera de la capilla. El cielo se iluminó mientras pronunciábamos las oraciones rituales de preparación y dábamos comienzo al canto. Concentrada como estaba en eí vínculo mental entre los demás monjes y yo, no me quedó energía para resistir las fuerzas desconocidas de mi interior.

    La luz de la luna bañó la tierra y, cuando sus rayos plateados me tocaron, el hambre se despertó dando aullidos. Las palabras del canto volaron de mi mente y miré a Hektor, que estaba a mi lado, a sus manos blancas y a su garganta. Veía el pulso de las venas bajo la luna, percibía el olor de la vida y la calidez que irradiaba su carne. ¡Una presa! Estaba hambrienta. ¡Hektor tenía sangre caliente y aromática! ¡Tanto él como los demás no eran para mí sino carne para saciarme!

    El ansia de atacar me puso en tensión; temblaba mientras lo poco que me quedaba de cordura se debatía por imponerse al impulso devorador. Me alejé de los guardianes en busca de fuerzas para dar media vuelta y echar a correr.

    No podía; otra compulsión, más intensa aún, se sobrepuso al hambre. El paño me requería, me invitaba a entrar y a unirme a las almas cautivas. A pesar de que los gritos de rabia que habían comenzado a resonar en la capilla me causaban terror, di un paso hacia las puertas atrancadas.

    Una mano me detuvo por la muñeca y vi la expresión avisada del hermano Leo. Levantó el puño hacia mi cara y abrió la mano dejando caer una arena fina; al mismo tiempo pronunció unas palabras rápidamente en mi oído. La oscuridad me envolvió y noté que caía en sus brazos.

    A la mañana siguiente, mientras los hermanos dormían, me senté en el vacío refectorio y me quedé absorta contemplando el rayo de sol que entraba por la puerta. Hacía un día espléndido para viajar, me dije, intentando pensar en las aventuras venideras en vez de en la tristeza de partir sin despedirme siquiera de los monjes. No podía enfrentarme a ellos y declararme indigna de confianza para vigilar el tapiz. Sin más que la ropa que los guardianes me habían dado y el cuchillo que tan bien me había servido en el horrible viaje al monasterio, me alejé de allí a hurtadillas por el serpenteante sendero de Tepest.


    CINCO


    Cuando decidí tomar la carretera más larga y cómoda hacia Tepest, en vez de los oscuros túneles, no contaba con un cambio de tiempo. El cielo se oscureció y la lluvia, agitada por un viento que soplaba desde G'Henna, me golpeaba la cara y me hacía cerrar los ojos, retrasando así mi avance. El suelo resbalaba y seguí pegada a la pared rocosa. Casi había llegado al final de la bajada cuando un trueno ensordecedor sacudió los montes; el aire crepitó con el relámpago, y la fuerza del rayo desprendió un peñasco de la cima que provocó un alud justo encima de mí. Eché a correr a una velocidad que ignoraba poseer y me libré de la avalancha de pedruscos y barro. Detenerme fue más difícil, porque, mientras intentaba aminorar, resbalé en un agujero, caí con todo mi peso y me golpeé la cabeza contra una piedra.

    El tobillo me dolía mucho y, cada vez que intentaba levantar la cabeza, sentía que iba a quedarme inconsciente. Fuera como fuese, tenía que buscar dónde guarecerme; de lo contrario moriría, y conmigo el ser que llevaba dentro. Despacio, con gran dolor, me deslicé por el camino hasta llegar a un grupo de árboles que ofrecía cierto abrigo, al menos del viento cortante. Apoyada en un roble viejo, con las piernas dobladas contra el pecho y la sucia cara bien ceñida al cuerpo, caí en un sueño intranquilo.

    Cuando me desperté era noche cerrada, y me hallaba en medio de un bosque repleto de ruidos. Primero oí a un animal que se arrastraba por los arbustos cercanos; después, en otra dirección, otro que olisqueaba, como si quisiera identificarme por el olor. Apoyé la espalda con fuerza en el tronco, saqué el cuchillo y aguardé.

    Las criaturas se acercaron, cuatro o cinco. Oí unos jadeos a la derecha, el gruñido de otro a un tiro de piedra enfrente de mí, pero esperé a que atacaran. No quería lanzar cuchilladas en la oscuridad por si los cazadores que no veía tenían manos y se apoderaban de mi brazo o de mi cuchillo.

    Los segundos se alargaban eternamente. Cuando por fin aparecieron las bestias, llegaron de todas partes. Algo me sujetó por el pelo y me inclinó la cabeza a un lado; otra avanzó desde enfrente. Forzando la vista para distinguir en la oscuridad, lancé el puñal hacia adelante y se lo clavé en el cuerpo. Aulló de dolor y lo aparté de una patada, mientras hundía el cuchillo en el brazo que me apretaba el cuello. Tenía las manos tan resbaladizas de sangre que el cuchillo se me escurrió y lo perdí en la negrura de la noche. Pero, aunque lo hubiera conservado, sabía que iba a morir.

    —Lo siento mucho —dije al niño en voz baja, presintiendo el final de la batalla.

    Me mordieron la muñeca y la pierna, y unas manos me rodearon la garganta; entre resuellos, me debatí por librar el brazo y el pie. El ruido de mis propios manoteos y de mi jadeo se fue apagando en mis oídos.

    Estaba al borde del desmayo cuando algo espantó a la monstruosa manada. Las bestias se alejaron y se desperdigaron; sus aullidos rasgaban el húmedo aire nocturno, y recibieron en respuesta el grito de dominio de un lobo.

    La bestia negra debía de acudir en busca de venganza. Pues que así fuera. Lo había vencido en una ocasión, y tal vez lo consiguiera una más. Me puse a buscar el cuchillo a tientas, y acababa de cogerlo por el mango cuando el enorme cuerpo del lobo me aplastó.

    Antes de recobrar el sentido por completo, vi una serie de imágenes rápidas e informes: un techo luminoso, un hombre de cabello blanco inclinado sobre mí, una mujer con vestido rojo sentada a mi lado y, mucho más tarde, unas paredes azul claro con dibujos de guirnaldas de margaritas que se entrecruzaban, el eco de unas campanillas de bronce colgadas en una ventana abierta, mi cuchillo de plata en la mesilla, un hervidor de cobre humeando en un hornillo de piedra, y un espejo de bronce pulido en una mesa de madera labrada, atestada de perfumes y lápices de labios.

    Y canciones..., notas bellísimas y melodiosas que se elevaban a alturas increíbles como los azores de mi tierra natal. Tenía la cabeza apoyada en unos cojines y girada hacia el hornillo y la ventana, pero, si intentaba moverme, el cuerpo no me respondía. Me miré los brazos, que reposaban sobre un suave cobertor de piel, y los vi envueltos en apretados vendajes. Una de las heridas había sangrado, porque había una gran mancha oscura en la gasa blanca.

    La canción continuaba y tintineaba como las risas en mi mente. Los tonos claros de la acogedora habitación no me parecieron muy apropiados para una mujer como ella, pero no tenía la menor duda de quién era la que cantaba.

    —Maeve —la llamé, con una voz estridente en contraste con sus afinados gorgoritos.
    —Así es que ya te has despertado. —Por fin la vi; la blusa de color naranja deslumhraba en la habitación azul pastel. Traía una taza de té.

    Me ayudó a sentarme mejor en la cama con manos delicadas y firmes. Quise hablar de nuevo, pero me tapó los labios con un dedo. Colocó las almohadas a mi espalda y me puso la taza en la boca para que bebiera. Tragar me costaba un esfuerzo; me atraganté y tosí, y sentí que la cabeza iba a estallarme.

    —El golpe en la cabeza y el mordisco en la garganta son las heridas más graves que tienes. Las demás lo parecen, pero no lo son tanto. —Sonrió al ver mi perplejidad—. Este pueblo tiene contraventanas bonitas por otras razones, además de adornar. «Bestiezuelas», las llaman los habitantes de Tepest, una palabra demasiado poética para los goblins, en mi opinión, incluso para los más pequeños y peludos de este pérfido género. A los goblins les encanta la carne humana. Tuviste suerte de que oyera tus gritos.

    Le miré la cara y los brazos. No tenía cicatrices, y la felicité por su habilidad en la lucha.

    —No es la primera vez que me enfrento a ellos —dijo con orgullo—. Aquí en Tepest desechan su carne y sus pellejos; lo de la carne me parece normal, pero la piel del vientre... —Levantó el cobertor que me tapaba los pies para que apreciase el hermoso dibujo en forma de sol, en tonos dorados, marrones y negros.
    —¿No valoran unas pieles tan bonitas como éstas?
    —Sí, cuando creen que son de gato gigante de Markovia. Como yo se las vendo seis veces más caras de lo que valen en realidad, no tengo motivos para iluminar su ignorancia.

    Me limité a sonreír por miedo al dolor que me produciría una carcajada, y tomé unos sorbos más del té que me ofrecía. No dije nada más hasta que una sombra oscureció la ventana.

    —¡Ivar! —susurró Maeve, irritada.
    —Pensé que ya te habrías despertado —saludó desde la ventana, haciendo caso omiso de la otra mujer—. Dirca me pidió que viniera a ver cómo estabas. Andor me encargó... —No completó la frase. Se acercó a la puerta y llamó civilizadamente. Maeve abrió, aunque muy a su pesar. Ivar se mantuvo a una distancia discreta y siguió hablando—. Andor me encargó que te dijera que vuestras pertenencias están donde las dejasteis; también me dijo que tiene el dinero de Vhar.
    —¿Vhar? —Tardé unos momentos en recordar el rostro de mi esposo.
    —Es tuyo ahora.
    —¿Mío?
    —Cuando desaparecisteis de la posada, nos contaron que os habían comido los goblins, a los dos. Pero aquí estás tú, a salvo de sus garras.
    —Dicen que Vhar no tuvo tanta suerte, que a ti te hirieron gravemente y que te refugiaste en una cueva en la frontera de Markovia, hasta que te recuperaste y volviste a Linde —añadió Maeve—. ¿Es cierto?
    —A lo mejor me quedé aturdida y anduve vagando por Markovia hasta que recuperé el juicio —repliqué, con una sonrisa que no tenía nada de sincera.
    —Nadie podría vagar por Markovia sin estar en su sano juicio y salir indemne para contarlo —sentenció Maeve, mirando a Ivar con desconfianza.

    Creía que eran amigos, que discutían amistosamente, hasta que Maeve nos dejó solos unos momentos. En cuanto salió, Ivar me dijo en un susurro:

    —No olvides tu compromiso con los guardianes. Esa mujer codicia el tapiz, así que cuidado con lo que dices. Volveré mañana.

    En cuanto Ivar se marchó, reapareció Maeve y se sentó a mi lado, con sus bellos ojos fijos en mí.

    —¿Es cierto que tu esposo ha muerto? —me interrogó, y entonces comprendí que ella no sabía nada en realidad, sólo lo poco que hubiera podido deducir.
    —No sé dónde está —respondí, y me alegré de decir la verdad, aunque fuera indirectamente.

    No indagó más, pero percibí que ella sabía dónde había estado yo todos esos días.

    Y era razonable suponerlo, porque, según me enteré esa noche y las noches sucesivas, Maeve cubría muchos kilómetros durante sus correrías nocturnas. Mientras los demás aldeanos cerraban las contraventanas y contaban cuentos junto al fuego, ella retaba a los depredadores que erraban bajo las sombras de la luna. Solía regresar con piezas de piel de goblin, pieles que curaba en la parte trasera de su jardín para que el olor no contaminara la vivienda.

    Nunca hablé de sus costumbres con Ivar, cuando venía a verme, sino que le contaba lo solícita que se mostraba conmigo y que, gracias a sus cuidados, me encontraba mucho mejor. Entonces, en una de las pocas ocasiones en que nos dejaba solos, le pregunté sin tapujos por qué desconfiaba de ella.

    —Sus ojos violáceos, su cabello negro, su voz embrujadora. Es de Kartakass, un pueblo de gentes rubias, pero ella no es rubia. Los kartakanos de pelo negro proceden de alguna bestia, no hay duda. En general son un pueblo de clanes cerrados; seguro que no dejó a los suyos voluntariamente.
    —Tú tampoco eres de Tepest —repliqué—. Maeve me trata con más consideración de la que yo misma he prodigado jamás a un desconocido, y no quiero serle desleal.

    Guardó silencio unos momentos, valorando, quizás, que si me contaba algo de su propia historia tal vez disipara mi recelo.

    —Mi esposa y mi hija viven en Gundarak. La familia significa mucho para mi esposa, y el futuro de mi hija significa mucho para mí; pero en esa región se multa a las mujeres que tienen hijas, como si ser niña fuera un crimen, y la multa es excesiva para un lugar tan pobre como Gundarak, de modo que he venido aquí para reunir el dinero de la redención de mi hija. Dirca, la hermana de mi esposa, Andor y yo somos los dueños de la posada y los establos.
    —¿Qué pasaría si no pudieras pagar la multa?
    —Sondra sería entregada al duque Gundar, el señor de las tierras. Corren tantas historias de lo que sucede a las niñas como familias que aún lamentan su pérdida, y todas son espantosas.
    —¿Y cuál de ellas crees tú?
    —Yo creo que se las come.

    Ivar siempre me había parecido ecuánime. Si él creía en una historia tan macabra, su sólo convencimiento me bastaba para darle crédito. Durante el tiempo en que me hizo compañía, me contó la triste y extraña historia de su tierra. Al cabo de un rato, Maeve se unió a nosotros y se dedicó a pasarse un peine de hueso labrado por los negros cabellos mientras se contemplaba en el espejo.

    —¿Y qué me cuentas de Tepest? —le pregunté cuando concluyó.
    —La gente cree que no hay señor en esta región, pero yo sé que no es así. La tormenta que estuvo a punto de acabar contigo sorprendió a dos jóvenes pastores en el monte. No los encontraron hasta esta misma mañana, con los huesos completamente pelados.
    —En este pueblo habría que cazar goblins —terció Maeve burlonamente; era la primera vez que intervenía desde que Ivar había comenzado a hablar—. Sin embargo, se guarecen acobardados junto al fuego y ruegan para que a sus familias no les suceda nada, como si los dioses prestaran oídos a los cobardes.
    —No se puede cambiar la forma de ser y las creencias de la gente, Maeve —contestó Ivar en tono de hastío, como si hubieran discutido el mismo tema muchas veces ya.
    —Claro que no, ni lo intento siquiera. —Me hizo un guiño al darse la vuelta. Pensé en sus peligrosas cazas nocturnas, que entonces me parecieron muy heroicas.

    ¡Qué poco la conocía!

    Esa noche, cuando me trajo té y estofado de venado, le tomé la mano y me la puse en la mejilla.

    —¡Qué buena eres conmigo, Maeve!
    —Veo a mi madre en ti —replicó, y enseguida me dio la espalda.

    Tenía intención de ir a la taberna esa noche. Vi que se cambiaba la ropa de diario por una blusa de brillante color malva oscuro, con vaporosas mangas lavanda, unos pantalones de cuero azul y botas de tafilete negro con cordones hasta la rodilla. Se oscureció los párpados con kohl; sus largas pestañas le acariciaban los coloreados pómulos, y el cabello relucía con unas plumas de colores. Era de una belleza devastadora que no tenía nada que ver con la remilgada feminidad que me habían enseñado a mí. Llevaba un puñal de acero en su cinturón, afilado y curvo; nadie la importunaría, nadie osaría hacerlo.

    Cuando se fue, me levanté con gran esfuerzo, apoyándome en un bastón que Maeve me había hecho; me dirigí al tocador y me senté ante el espejo. Tenía grandes ojeras y estaba pálida. Tomé su peine y comencé a pasármelo por mi vulgar cabello castaño. Llevaba mucho tiempo ya en la cama, y era hora de empezar a vivir de nuevo.

    Esa noche había luna llena. Noté su influencia al prepararme para ir a la cama; casi oía el canto de los guardianes, inmóviles entre las puertas de la capilla. Si Maeve se hubiera quedado en casa, habríamos jugado a cualquiera de los juegos de cartas que me había enseñado durante la convalecencia. Sin ella, no había nadie que me ayudara a quitarme el pasado de la cabeza.

    Después, recuerdo que me tapé con las mantas y nada más... hasta que me desperté desnuda y temblando en el patio de atrás de la cabaña de Maeve.

    No podía saber si ella había vuelto ya, porque a veces pasaba fuera la noche entera; entré sigilosamente en la casa, hasta el refugio de mi cama, y me dormí. Cuando volví a despertarme, Maeve estaba allí, jugando distraída con unas cartas junto a la ventana. En ese momento no creí que se hubiera dado cuenta de mi escapada nocturna, pero más tarde averigüé que tenía motivos personales para fingir que lo ignoraba.

    La noche siguiente sucedió lo mismo. Me desperté temprano por la mañana con las manos manchadas de sangre y con el olor acre de no sé qué animal pegado al cuerpo. Tenía resentida la cicatriz que se me acababa de formar en el brazo tras la mordedura del lobo, hacía ya tres meses. Al ponerme en pie, el mundo empezó a dar vueltas, sentí náuseas y vomité trozos de carne cruda sobre los limpios guijarros del jardín de Maeve.

    No podía irme a la cama en semejante estado; tenía que lavarme al menos. Seguro que Maeve se despertaría y empezaría a hacerme preguntas, pero sería mejor contárselo y pedirle que me ayudara con su sabiduría y su fuerza. Al fin y al cabo se había comportado como una gran amiga durante un largo tiempo, y en verdad era la única que yo tenía en esa tierra extraña. Incluso ahora, y a pesar de todo lo sucedido, sigo opinando lo mismo. Tomé una buena bocanada de aire y entré; encendí una vela y comprobé que Maeve no había regresado aún.

    A medida que la mañana se iluminaba, medité sobre los peligros a los que exponía a la criatura de mis entrañas durante esos paseos nocturnos, y me juré que no se repetirían. Ya no era tan insensata como el día en que Vhar y yo habíamos caído en estas tierras arruinadas. Hasta esa mañana no había hecho más que rehuir la verdad, pero entonces la afronté cara a cara. Empecé a considerar y a desechar, una a una, todas las explicaciones posibles a los lapsos de memoria, a las caminatas incontroladas y, al final, sólo me quedó una posibilidad, muy fácil de comprobar mediante una prueba sencilla.

    Rebusqué en el cofre donde tenía mis escasas posesiones y encontré el puñal de plata que me había acompañado en más de una pelea. Apreté los dientes y presioné el filo sobre la cicatriz del brazo.

    Un dolor desgarrador me atenazó todo el cuerpo, un dolor que no provenía sólo de la hendidura alargada que se me formó, sino también de la revelación definitiva de la verdad: la clase de ser en que me había convertido.

    Un licántropo, una mujer lobo.

    Tenía esperanzas de hallar una respuesta más agradable; no obstante, prefería la verdad a la ignorancia. Más tarde, el mismo día, salí hacia la posada y recordé la forma en que Andor había retirado la mano al tocar la hoja de plata de Vhar, y también su colgante de plata con una silueta de lobo.

    Cuando llegué, no había clientes en la taberna. Andor estaba sentado con Dirca en una mesa cerca de la puerta. Me dirigí hacia él, posé el cuchillo en la mesa y le enseñé la marca del brazo.

    —Llévala a ver a Ivar —le dijo a su esposa.

    Recogí el cuchillo y seguí a Dirca; cruzamos la cocina y llegamos a la parte de la casa donde vivía la famila. Desde un cuarto interior se abría una escalera que se hundía en la tierra describiendo una espiral. Yo iba apoyándome en la pared mientras seguía como podía los pasos de la mujer.

    Al final había un pasadizo estrecho con una serie de derivaciones oscuras que me recordó a la aventura en la cueva de hacía tan sólo unas semanas. El túnel principal desembocaba en una espaciosa estancia de piedra que olía a papel mohoso y a hierbas secas; estaba atestada de libros encuadernados en piel y legajos de pergamino. Había dos lámparas, una cerca de la puerta y otra detrás; y allí se encontraba Ivar, sentado a una mesa sencilla de madera, con su largo cabello blanco sobre la cara, como una especie de capucha. Cuando nos acercamos, observé que estaba escribiendo notas al margen de un libro. No levantó la cabeza hasta que hubo concluido, aunque seguro que nos oyó llegar.

    A pesar de que lo conocía, me sentía cohibida y muda, pero era tanta la comprensión de sus grises ojos y tan verdadera la sinceridad de su sonrisa que yo también sonreí y me senté a su lado. Dirca nos dejó solos y le conté todas mis tribulaciones.

    —¿Estoy haciendo daño al niño? —le pregunté, una vez terminada la confesión.

    Hizo una pausa durante la cual abrió un libro y leyó unas palabras. Puso una mano sobre mi abultado vientre y con la otra tocó una moneda de cobre que tenía en la mesa al tiempo que cerraba los ojos. Al cabo de un rato, los abrió e hizo un gesto negativo con la cabeza.

    —Has concebido un hijo varón de mente poderosa, y se encuentra bien —declaró.
    —¡Un hijo! —repetí sin aliento—. ¿Le hago daño cuando me transformo?
    —El daño que te hagas a ti misma es lo que puede dañarlo a él, y ya es bastante.
    —¿Eres capaz de enmendar lo que me sucede?
    —No, pero hay otras formas de ayudarte. Ven.

    Abrió un baúl que había junto a la pared, de donde extrajo una alfombra de lana con runas inscritas; nos sentamos uno enfrente del otro, con un incensario en el medio que olía a hierba tierna de primavera. Colocó una bandeja de barro junto al quemador y puso en ella un fragmento de plata.

    Comenzó el ritual.

    Creía que iba a soportar grandes dolores y visiones terribles, porque así sucedía a los infortunados que precisaban de los servicios del mago en mi tierra. Sin embargo, mientras Ivar movía las manos como tenues sombras entre el humo verde que se elevaba, noté que mi alma se aligeraba, que los sufrimientos de las últimas semanas desaparecían. Hacia el final de la ceremonia, Ivar colocó las manos sobre el trozo de plata y entre los dedos comenzaron a salir unas lenguas de fuego azul. La luz se intensificó y derramó una claridad fría y azul por la estancia, llena de humo de incienso. Luego, durante el encantamiento final, apuntó con ambas manos hacia la plata y de sus dedos brotaron llamas. El metal se fundió, brilló y tomó la forma de un lobo.

    Cuando se enfrió, lo engarzó en una cadena y me lo colocó alrededor del cuello.

    —No he modificado tu vida, porque mis poderes no llegan tan lejos, pero ahora tienes una oportunidad —me dijo—. Siempre que te pongas este amuleto, serás capaz de resistir la transmutación en bestia.

    No le pregunté qué pasaría si me lo quitaba, porque no tenía la menor intención de quitármelo.

    —Andor me ha dado el dinero de mi esposo. Puedo pagar el precio que me pidas —le dije, pensando en que no sería barato.
    —La puerta de la orden guardiana permanece cerrada a los extraños gracias a mi sortilegio, hija. ¿Crees que no me siento culpable por haberlo formulado de modo que «nadie procedente del dominio oscuro pueda entrar en ese recinto, excepto aquellos que hayan recibido la llamada»? Las negras almas del tapiz no necesitaban para nada a un artesano avaro y a su esposa, salvo porque a ti no te afectaba mi sortilegio y podías robar el paño. Ya he corregido la fórmula pero no puedo devolverte a tu tierra; sólo por eso te debo la poca felicidad que pueda proporcionarte. Ahora, coloca el cuchillo en la alfombra.

    Tras otro conjuro, más breve que el anterior, me devolvió el puñal, y al tomarlo sentí el calor del encantamiento.

    —Cada vez que te transformes, la plata se convierte en un metal mortal para ti, pero no así este cuchillo. Te ha sido de gran ayuda en el pasado, y así continuará siendo en el porvenir.

    Miré el arma blanca, pesada y hermosa entre mis manos, y después miré la pálida y amable cara de Ivar.

    —¿Me permites? —musité, y le besé las manos.


    En cuanto Maeve me vio, percibió el cambio; lo noté por la forma en que me observaba cuando volví, por la sonrisa maliciosa que le asomó a los labios cuando nuestras miradas se cruzaron, por el modo en que echó una ojeada curiosa por encima del hombro antes de marcharse, vestida con sus atavíos negros de cazadora.

    No le di importancia. Dormí profundamente por primera vez en muchas noches, sin siquiera el menor asomo de pesadillas. Ivar me había liberado.

    Por la mañana, Maeve no había regresado. Esas ausencias no eran cosa extraordinaria, de modo que no me preocupé y procedí con mi rutina habitual: abrir las contraventanas al aire matutino y colocar los trozos de estiércol seco en el fogón, sobre las brasas amontonadas de la víspera. Enseguida preparé una tetera llena y unas galletas tostadas con mermelada. Me disponía a llevarlo todo fuera para desayunar al sol, cuando la puerta de Maeve se abrió de par en par.

    Viktor, uno de los hombres con quienes a veces se reunía en la taberna, apareció en el umbral con la cara muy pálida.

    —¿Dónde está? —vociferó—. Habíamos quedado anoche, y no se presentó. —Miró hacia el espejo, hacia las pinturas y el anillo de oro, recuerdos de su presencia. Y, mientras los contemplaba, su rabia se disolvió en lágrimas, nada apropiadas en un rostro tan ordinario—. Dale esto, y dile que no habrá más hombre que yo. —Me plantó un estuche en las manos, ya ocupadas, y se marchó con la misma brusquedad con que había llegado.

    Unas gotas de té salpicaron desde la taza; la taza se me cayó y me escaldé con el líquido hirviente. También se me cayó el estuche, que se abrió al golpearse contra el suelo y un anillo de oro rodó hasta esconderse bajo el escritorio de Maeve. Lo recuperé y me sorprendió que Viktor le regalara un anillo de hombre con el nombre de otra mujer grabado por dentro. Limpié el té y la taza y guardé el anillo y el estuche en el bolsillo hasta que Maeve llegó. Le di el estuche y me fui a buscar una taza de té, que le llevé al tocador sin una palabra de reproche.

    —No sé qué hacer con esto —me comentó, mirando el anillo en la palma de la mano—. ¿Se lo devuelvo a él... o a su esposa?
    —¿Serías capaz? —pregunté, estremecida y perpleja. ¡No se detenía ante nada!
    —¿Crees que podría ser tan cruel? —inquirió, con una mirada de lástima en sus violetas ojos.
    —No lo sé; en realidad no te conozco en absoluto.
    —Sí que me conoces, Leith; me conoces muy bien. Estoy sola en esta tierra, sin compañero ni familia. Vivo lo mejor que puedo, y no permito que ningún hombre me amenace. Te conviene aprender lo mismo, si pretendes criar a tu hijo sin ayuda.

    Bostezó y se desentumeció, y se fue a dormir un poco mientras yo meditaba sobre su consejo. Me puse a pensar en la idea que debía de tener de mí, con mi vulgar pelo castaño recogido en un apretado moño en el cogote y mis modales bobalicones, siempre dando gracias por todo. Fui a su tocador, me solté el moño y empecé a peinarme dejando suaves bucles alrededor de la cara. Me puse un poco de color en los labios y me pinté los párpados con khol. Mi mirada parecía más incisiva, y mi sonrisa más perversa. Me desabroché el cuello de la blusa, y el colgante quedó a la vista; a pesar de su gran poder parecía una baratija en comparación con las preciosas joyas de Maeve. Cogí una gargantilla dorada de eslabones y me la acerqué a la garganta, pero enseguida la dejé en su sitio. Pesaba mucho y tenía una forma bellísima. ¿Qué habría hecho Maeve para ganarla?

    —Sujétate el pelo hacia atrás con mi pañuelo azul —dijo Maeve desde la cama. Me sonrojé pero obedecí; no conseguía cerrar el lazo y ella se levantó a ayudarme.

    Ese fue el momento preciso que Viktor escogió para aparecer de nuevo. Maeve lo saludó con unas palabras mimosas; yo me abotoné la blusa otra vez y los dejé solos. Me fui por la polvorienta calle hasta la taberna, a comprar pan a Dirca. También había cocido unas bandejas de bollos dulces, y me quedé con ella un rato, contenta por sus halagos sobre lo guapa que estaba.

    —Si crees que ya te has recuperado del todo, Andor puede darte trabajo. Te ofrecemos una habitación como parte del salario si deseas dejar la casa de esa mujer.

    Sus palabras me dieron la medida exacta de lo que opinaba de Maeve, pero no me importó. Aunque detestaba volver pronto a casa, volví enseguida, en el momento en que Viktor salía con una expresión de contento y el anillo otra vez en el dedo.


    En los días siguientes, a Maeve le resultaron provechosas sus cacerías; reunió dos docenas más de hermosas pieles para sus confecciones y, en cuanto las terminó, se las vendió a un comerciante que se dirigía a Nova Vaasa.

    —Ya tengo el dinero suficiente para pasar el invierno las dos sin problemas —me dijo satisfecha—. Vamos a celebrarlo esta noche, pero esta vez no admitiré negativas.

    Me peinó, me maquilló y me llevó a la taberna. Los hombres de Linde y de otras aldeas del este estaban pendientes de nosotras y, sin darme cuenta, empecé a bromear con ellos igual que Maeve. Pero, cuando la chanza tomó un cariz serio, me escabullí por la parte de atrás.

    Ya casi era de noche y apenas había gente por la calle. Estaba a la mitad de camino cuando oí unos pasos que me seguían y se acercaban velozmente. Eché a correr hasta llegar a casa, y, en el momento en que abría la puerta, me alcanzaron.

    —Déjame entrar —me susurró al oído uno de los hombres de la taberna.

    Era enorme y olía a cerveza y a sudor; me abrazaba con tanta fuerza que apenas me dejaba respirar. Me pregunté si acudiría alguien en mi auxilio en caso de que gritara.

    Pero la ayuda ya había llegado.

    —¡Suéltala! —ordenó Maeve.
    —¡Tú! —gritó el hombre girando sobre sus talones—. ¡Vuelve con tus amantes! ¡Yo ya he encontrado a la mía!

    Maeve lo sujetó por el brazo y lo apartó de la puerta.

    —Vete adentro y echa la tranca —dijo, pero me negué; tenía el cuchillo conmigo.

    De todas formas, no hizo falta. Con una rapidez impensable en una persona, Maeve sacó el puñal y, retorciéndole un brazo al hombre hasta colocárselo en la espalda, le obligó a girarse mientras lo amenazaba con la curva daga en la garganta.

    —Si la tocas otra vez, no tocarás a ninguna más —le advirtió, y de una patada le hizo besar el suelo. El hombre se levantó y desapareció calle abajo lanzando maldiciones contra nosotras—. ¡Que los goblins te devoren! —replicó Maeve, y entró en casa detrás de mí. Entonces me derrumbé en una silla y me puse a llorar.

    Maeve se arrodilló delante de mí y me apartó las manos de la cara.

    —Yo no le provoqué —musité.
    —Ya lo sé, pero eso no importa. El malo se come al débil. No lo olvides, si es que deseas ver a tu hijo alcanzar la madurez; sobre todo porque el que llevas ahora es el único que vas a tener.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Nada detiene la transformación —sentenció, señalando el colgante—. Una vez que esté completa, tú quedarás estéril. Sábelo y vive de acuerdo con ello.
    —No te entiendo.
    —Si reniegas de tu fuerza, la tierra te destruirá, a ti y a tu hijo; pero, si la aceptas, los dos viviréis bien.

    Me dejó sola. Atranqué las puertas y ventanas y me quedé sentada en la oscuridad, meditando sobre todo lo que me había contado.


    Maeve tardó tres días en regresar, y yo pasé el tiempo haciendo las cosas de costumbre: limpiar la casa, escardar las malas hierbas del jardín trasero y hacer agujeros en las pieles de goblin cortadas para facilitarle a Maeve el cosido de los dibujos.

    También Viktor desapareció. Los aldeanos lo buscaron como resignados a no encontrarlo y, efectivamente, no encontraron el menor rastro. Era el tercer hombre que desaparecía ese verano, y todos cazadores consumados que no tenían nada que temer en los bosques ni aun de noche. Yo pensaba que a lo mejor Viktor y Maeve habían huido juntos, y mentí para ocultar su ausencia. Por fin ella volvió, entrando a escondidas por la puerta del jardín, con la ropa sucia y rota y un enorme montón de pieles bajo el brazo. No le pregunté por Viktor; ella estaba a salvo y eso era lo único que me importaba.

    Le preparé comida y me senté con ella durante toda la tarde, escuchando sus historias acerca de sus viajes por el sur de Tepest y por Markovia.

    —Conozco muy bien a los goblins... cómo se mueven y lo que piensan. Es muy fácil cazarlos. Pero en las montañas de Markovia existen otras criaturas que caminan sobre dos patas y parecen casi humanas; incluso hablan la lengua de los hombres, pero tienen los ojos extraños y vacíos, como si un sacerdote de G'Henna les hubiera robado el alma.
    —¿Están encantados? —inquirí, pensando en el mago de mi pueblo y en las mentes que había echado a perder con los conjuros para olvidar.
    —Tal vez; y son crueles. —Apretó los puños con tal fuerza que se le pusieron blancos los nudillos—. Nunca he sufrido un ataque tan feroz. Maté a ocho antes de verme obligada a retirarme, y ellos volvieron a la carga, pero logré pasar la frontera y no me siguieron a Tepest. A lo mejor están confinados, en cuyo caso, el pueblo de Linde puede considerarse afortunado, pero a los guardianes deben darles muchos quebraderos de cabeza.

    Sabía que quería sonsacarme, tal como ya había hecho otras veces.

    —¿Dices que mataste a ocho? —le pregunté.
    —Heredé esa aptitud de mi madre.
    —Un día dijiste que yo te recordaba a tu madre, pero yo no tengo nada de luchadora, como bien sabes.
    —Hay muchas formas de luchar, como bien sabes, Leith. Déjame descansar un rato y esta noche te contaré cosas de mi familia.

    Me senté junto a la ventana a hacer agujeros en las pieles mientras ella dormía. Cuando oí que se despertaba, me fui a preparar la cena.

    Al final de la comida se sirvió otra taza de té y comenzó el relato.

    —Mi padre amaba a mi madre profundamente. Creía que era una mujer humana con algo de sangre élfica en la sangre, pero la realidad era trágica. Una zorra la había infectado, pero aún le dio tiempo a tener una hija antes de quedarse estéril.
    —¿Una zorra?
    —Sí, el licántropo más bello y más seductor. Sólo quedan infectadas las mujeres, y toman forma de zorro plateado, en vez de convertirse en lobos. En su forma humana, suelen tener el pelo plateado, y los rasgos marcados y delicados. —Sonrió con tristeza y prosiguió.

    »Durante su único embarazo, logró detener la transformación, pero, según me contaron, en el momento en que me alumbró se le afiló el rostro y se le pusieron las orejas puntiagudas, como a los elfos. Sobrevivió al parto, pero perdió el dominio de sí misma y ansiaba continuamente la compañía de la mujer que la había contagiado. No consideraba a mi padre su marido, sino su carcelero. Cuando nadie la vigilaba, se escapaba y recorría Kartakass en busca de la zorra que la había transformado. Llevaba un amuleto para alejar la transmutación, como tú. Rechazaba lo mejor de su naturaleza y, al final, ese rechazo la sumió en la locura.
    »Su triste sino enfureció a mi padre, que erró por la tierra en busca de la mujer que la había contagiado. Mataba a toda hembra de pelo plateado que encontraba, las aniquilaba brutalmente, porque creía que acabando con la que había esclavizado a mi madre, la liberaría de la maldición.
    «Nunca dio con ella y, si la encontró, su muerte no tuvo trascendencia. —Se levantó y empezó a pasear por la habitación en un silencio tenso que, no obstante, preferí respetar. Cuando reanudó el relato, tenía la voz empañada de angustia y odio.
    »Los kartakanos lo atraparon y lo quemaron. Levantaron una pira. Mi madre, loca, y yo, estábamos allí y, a pesar de que cerré los ojos y me tapé los oídos, no logré silenciar sus gritos.
    »Nos acogió el hermano de mi padre, que llegó a amar a mi madre con tanta devoción como mi padre, pero con mejor juicio. Sin embargo, yo lo despreciaba porque habría podido impedir la muerte de mi padre si no hubiera sido tan cobarde. Cuando me hice mayor, vengué cuanto pude el asesinato de mi padre en todos los que habían tomado parte, y dejé Kartakass. No tengo el menor deseo de volver.

    Como la habitación se había quedado a oscuras, encendí una lámpara de aceite; llené otra vez la taza de Maeve y se la llevé. Me quedé de pie al lado de la ventana cerrada con los ojos llenos de lágrimas. Los suyos estaban secos.

    —¿No volverías ni para ver a tu madre?
    —Mi madre murió poco después de nacer yo, y nunca he sentido cariño por el ser que la reemplazó y que me convirtió en lo que soy. Mi padre solía contarme con añoranza lo sabia y hermosa que era antes de cambiar. En mi opinión, tendría que haberse aceptado tal como era, pero no tenía el valor necesario. En cambio se dejó encerrar por mi padre, después por mi tío y después por el pueblo.
    —¿En qué consistió tu venganza?
    —Fue hace muchos años; tenía veinte y ahora tengo el doble. Es mejor olvidar esa gesta. —Yo creía que tenía la mitad de años, y así lo declaré—. Una de las ventajas de esta maldición, si es que se trata de una maldición, es que no envejezco; aunque, por desgracia, tampoco puedo tener hijos. —Apagó las lámparas de un soplido y abrió las ventanas. Se desvistió en la sombra y se colocó bajo la luz de la media luna, que entraba en la habitación como agua fría. Mientras la miraba, su rostro se desdibujó y se transformó. Le salió pelo plateado en los brazos y piernas, las orejas se le alargaron y su rostro varió, pero sin dejar de poseer las características de Maeve. Siempre había creído que los hombres bestias eran feos, pero ella era hermosa, más hermosa que cualquier criatura que hubiera visto en mi vida. Me acerqué despacio, extendí la mano y acaricié el suave pelaje que le cubría el rostro, todavía humano.
    —Quítate el collar —me dijo, con sus ojos violáceos clavados en los míos y voz melodiosa.

    Las manos me temblaban, pero hice lo que me decía y dejé el pequeño lobo de plata en la mesilla de noche. Después me quité la ropa y, cuando me dio la luz de la luna, me tomó las manos.

    —Cambia, pero no olvides quién eres. Acuérdate antes de decidirte —murmuró, y terminó transformándose. Al cabo de un momento tenía ante mí a un enorme zorro plateado, con la cabeza ladeada en actitud expectante.

    Hice como me indicó y ahogué un grito cuando el dolor me atravesó todo el cuerpo, pero a los pocos momentos deje escapar un aullido de placer por la fuerza que me confería la musculatura lobuna. Seguí a Maeve por la ventana abierta, hacia la noche perfumada. Las sombras pasaban raudas a mi lado a medida que corría, libre de culpa por primera vez, por los neblinosos bosques de Tepest.


    SEIS


    Volví a ponerme el amuleto en cuanto terminó la noche y me lo quité de nuevo cuando el sol se puso, hasta que se convirtió en una costumbre... Las noches se sucedían ininterrumpidamente. Maeve y yo cazábamos venados y goblins en los densos bosques de Tepest, subíamos a las cimas de las montañas nevadas que rodeaban el lago Kronov y regresábamos sigilosas a casa antes de que rompiera el día.

    Nuestras correrías eran cada vez más largas, hasta traspasar la frontera sur de Tepest; en una ocasión, incluso, llegamos a los riscos donde los guardianes custodiaban el tapiz. Traté de desviarnos de la ruta, pero Maeve divisó el castillo en su elevado pináculo y a la mañana siguiente me hizo preguntas acerca de la fortaleza. Le dije que apenas me acordaba de nada, salvo que allí se encerraban secretos misteriosos y que más valía no acercarse.

    —Dicen las leyendas que está protegida por conjuros y que nadie puede entrar —comentó, sabiendo a ciencia cierta que yo acababa de confesar haber estado allí—. Tienen el tapiz, ¿verdad? Lo llevaste tú, ¿no es cierto? —No respondí, pues no lo creí necesario—. Voy a ir al monasterio.
    —Está protegido y no podrás entrar.

    Dejó de pasearse; su animada expresión reflejaba tantas emociones que no logré distinguir ninguna.

    —Contéstame a una pregunta. ¿Te contagiaste allí?
    —No. Me atacó un lobo en el bosque, cuando iba hacia la fortaleza.

    No replicó, pero se quedó mirándome los brazos desnudos; las cicatrices atestiguaban el número de veces que me habían mordido. Levantó después los ojos hacia mi cara, como buscando la respuesta en los rasgos faciales.

    —Vivimos bien, Maeve —argüí—. ¿Quieres que todo esto acabe?

    Se me acercó y, tomándome la barbilla, me obligó a mirarla a los ojos.

    —Mañana por la noche hay luna llena. Vendrás conmigo a la fortaleza, entrarás por las verjas y saldrás con el paño. Te lo ordeno, pequeña, y harás lo que te pido.

    Me quedé atónita por mi necesidad de obedecer, pero yo seguía siendo dueña de mi voluntad. La quería como a una hermana, tanto que no estaba dispuesta a consentir que recibiera mal alguno. Se lo dije así y después le pregunté qué haría si tuviera el tapiz.

    La pregunta resultaba natural, pero le costó tiempo contestarme, y, cuando habló, la rabia que destilaban sus palabras fue suficiente para confirmar que eran genuinas.

    —¿Quieres que te cuente cómo me trató la familia de mi padre después de que lo quemaron? Me golpeaban por las más insignificantes muestras de vanidad, como si yo fuera responsable del destino de mis padres. Aunque sabían que mi naturaleza de zorro me hacía aborrecer el matrimonio, me obligaron a casarme con un hombre al que apenas conocía, un hombre tan exigente como ellos mismos. Sí, voy a vengarme de todos ellos. Soltaré a las criaturas del paño y las encantaré como a las autoridades de esta aldea. Las conduciré a Kartakass con la orden de aniquilar a mis enemigos.
    —Jamás llegarás a ese extremo. Antes te aniquilará el paño a ti, porque posee ese poder.
    —Mañana vamos a la fortaleza.
    —Irás sola.

    Se quedó mirándome fijamente, pero yo le sostuve la mirada con la misma fuerza y la misma entereza. Pensaba que el enfrentamiento de voluntades se alargaría, pero, inexplicablemente, se encogió de hombros y me dio la espalda. Durante las noches siguientes, recorrimos las montañas del este sin llegar a cruzar la frontera, y no volvimos a hablar del tapiz.

    El niño que crecía dentro de mí iba deformándome poco a poco, en ambas naturalezas. Aún así, no dejé de ir de caza con Maeve hasta que noté las primeras patadas. Ese silencioso aviso de la vida que albergaba dentro me produjo remordimientos y sentimientos maternales. Me puse el amuleto y, a pesar de los ruegos de Maeve, no me lo volví a quitar. El niño era más importante que mis placeres nocturnos, que Maeve y hasta que mi propia vida.


    Maeve siguió cazando sola y tardaba días en volver, mientras yo me quedaba sentada a la sombra en el jardín, cada vez más abultada y complacida. Cuando regresaba, dormitaba como un gato en una ventana soleada, y yo me movía por la casa de puntillas para no molestarla o me iba a la taberna a comer y a charlar con Andor o con Dirca. Me sentía sola, pero no quería confesárselo a Maeve; había vivido su mundo, comprendía sus necesidades y jamás sería capaz de negárselas.

    Un día, cuando se había ausentado cierto tiempo, un hojalatero llegó a casa. Se llamaba Fian y tenía el cabello azabache, como Maeve, y la misma fiereza en los ojos; le pregunté si era kartakano.

    —Kartakano y zíngaro —replicó—, y rechazado por ambos, aunque tengo más de gitano errante de lo que me toca.

    Le di unos trabajos que hacer y, mientras los hacía, me contó historias de Kartakass. Cuando terminó de reparar un par de cazuelas, el sol ya se ponía y, como el hombre no tenía dinero para la posada y me pareció que los goblins podían comérselo, le dije que se quedara a dormir en el jardín. Juzgué normal invitarlo a cenar conmigo y tomar su vino, que era muy dulce, espeso como la miel y muy vigorizante. Cuando me desperté, él estaba a mi lado; dejé que me preparara el desayuno y me lo trajera a la cama con otro vaso de ese potente tónico.

    Cuando Maeve volvió, olfateó el aire de la habitación.

    —¿Ha estado alguien aquí? —Asentí—. ¿Quién era? —Se lo conté.

    Se alarmó mucho cuando le dije el nombre y fue a mirar las joyas para ver si le había robado alguna. Luego comentó sus temores de que fuera un enviado de Kartakass enviado para espiarla.

    —¿Acaso soy tan fea que nadie me querría por mí misma? —inquirí, ofendida por el insulto implícito.
    —No. En realidad no sabes hasta qué punto has mejorado. Y, en cuanto a ese tal Fian, me parece que de todas formas no habría tenido necesidad de recurrir a ese bebedizo para que lo recibieras con los brazos abiertos. ¿De qué supones que hablaríais durante todo ese tiempo que no recuerdas? —Pronunció esas últimas palabras con un enfado creciente, pero se dio cuenta y suavizó el tono otra vez—. Tengo enemigos poderosos en Kartakass, de modo que no puedo bajar la guardia. No encontraré reposo hasta que dé con la forma de acabar con ellos. Tenía la esperanza... En fin, interrogaré al hojalatero si vuelve.

    Una tarde de invierno, durante el sexto mes de embarazo, Fian reapareció con las últimas luces. Volvía yo de la taberna cuando distinguí su esbelta silueta junto a la puerta. Apreté el paso y entonces vi que Maeve ya lo hacía pasar como una araña hacia la tela. Le haría preguntas poco agradables y preferí no escuchar las respuestas, así que volví al centro del pueblo y me senté en un banco de piedra enfrente de la posada. Los pastores se llamaban unos a otros en las colinas y los cencerros de las reses repicaban pacíficamente, llenando el valle con sus ecos a medida que volvían a sus seguros rediles.

    Un lugar tan pacífico y sin embargo Maeve no lograba encontrar reposo. Triste y pensativa, intenté alejar el recuerdo de Fian. Al cabo de un rato decidí volver a casa y, cuando estaba a punto de llegar, oí que Maeve me llamaba muy alarmada. Eché a correr a su encuentro y me detuve un instante en el umbral para hacerme una idea de lo que sucedía.

    La mesa de despacho estaba por el suelo, y una de las bonitas sillas grabadas hecha añicos. Maeve, atrapada por Fian, trataba de cambiar de forma, pero cada vez que lo intentaba el zíngaro recitaba un encantamiento que se lo impedía. Vi que estaba perdiendo las fuerzas y, aunque ignoraba las intenciones de Fian, mi lealtad estaba con ella, no con él. Sorteé a los contendientes y saqué el cuchillo de plata de debajo de la cama, donde lo tenía escondido. Con mucho cuidado para no herir a mi amiga, hundí la hoja a Fian en el hombro.

    Lanzó un grito de dolor y aflojó los brazos; Maeve logró soltarse y, cogiendo su arma, caída en el suelo, se acercó al hombre.

    Éste reculó hasta el rincón opuesto y Maeve, mientras tanto, tiró el cuchillo al suelo y salió corriendo por la puerta. En medio de la desesperación y sin importarle si alguien la miraba, se desgarró la ropa y se lanzó a la carrera; fue cambiando de forma rápidamente, hasta que, ya convertida en zorro, desapareció entre los árboles. Al girarme, vi que Fian se había desnudado y comenzaba a transformarse en un colosal lobo gris; luego saltó por una ventana en persecución de Maeve. Había sangre en el suelo, pero al parecer yo no le había hecho mucho daño con el cuchillo.

    Maeve no podría ganarle en la carrera, ni defenderse cuando la alcanzara si no acudía yo en su ayuda. Me deshice del amuleto y al instante, con la daga entre los dientes, asida por el mango de madera, emprendí la carrera a cuatro patas en pos de ellos.

    La falta de práctica durante tantos meses me había restado velocidad, pero no había influido en mis sentidos. Los perdí de vista rápidamente, aunque su olor impregnaba el esponjoso suelo dejando un rastro fácil de seguir.

    Fian estaba herido, de modo que sería una presa fácil para las dos, como los otros animales que solíamos cazar. Esperaba que Maeve confiara en mí, que diera media vuelta y cerrara la emboscada; sin embargo, siguió hacia el este, paralela al camino de Timori, hasta que lo cruzó y tomó la orilla sur del lago Kronov. Suponiendo que pretendía agotar a Fian antes de enfrentarse a él, me mantuve en la retaguardia y me conformé con seguirlos, dispuesta a ayudar en el momento en que fuera necesario, en vez de poner en peligro a mi hijo.

    El bosque era cada vez más espeso y el río describió un repentino meandro que lo alejaba de la carretera. Un instinto animal innato me hizo detenerme y aplastarme contra el suelo, y seguir arrastrándome por entre los bajos matorrales. El olor de mi amante y de mi amiga me impulsaban a seguir, a pesar de ese otro aroma inquietante que percibía. Cuanto más avanzaba, más dominante se hacía, hasta que comprendí que se trataba del hedor creciente de la putrefacción. Sentí el impulso de retroceder, pero no quería abandonar a Maeve y seguí adelante.

    La gran cabaña encalada que apareció de pronto ante mi vista no tenía un aspecto amenazador, aunque resultaba deprimente bajo las sombras de los árboles que la rodeaban. Habría jurado que allí no vivía nadie, de no haber sido por el humo espeso que salía de la chimenea. Di una vuelta alrededor de la construcción y encontré un montón de huesos de goblin, hervidos y mondos, blanquecinos como un saco de madera de roble blanco. Había otro montón, más pequeño, con las cabezas; las que todavía conservaban la piel tenían la misma expresión repulsiva que los ejemplares vivos. Unos eran oscuros, otros claros y unos terceros que percibí al fijarme mejor, eran humanos. Había cabezas de hombres y mujeres y algunas de niño, arrojadas allá como los demás desechos.

    Se me erizó el pelo del lomo y, por miedo a que el asesino de goblins me descubriera, retrocedí lentamente; después corrí a esconderme en los bosques cercanos. Me quedé inmóvil al oír un chasquido repentino y aguardé aterrorizada. Una mujer pasó presurosa a mi lado y alcanzó el calvero.

    ¡Maeve! Aunque aquél no era su paso, y su cuerpo desprendía un intenso tufo de muerte. Era Maeve, y al mismo tiempo no lo era.

    —¡Fian! —gritó retadora, con la burlona cadencia propia de su querida voz—. ¡Enfréntate a mí como hombre, si te atreves!

    Fian tardó cierto tiempo en responder. Salió de entre los arbustos en forma de lobo, ladeando la cabeza a izquierda y derecha, escudriñando en las sombras de los árboles. Entonces, con la misma gracia y flexibilidad que había mostrado en nuestra casa, tomó forma humana y se dirigió hacia Maeve con el cuchillo levantado, listo para atacar. Yo describí un círculo lento entre la espesura, preparando mi asalto.

    Maeve salió a su encuentro con los brazos en alto. En el momento en que creí que iba a rendirse, aferró los brazos de Fian y tiró hacia los lados con fuerza sobrehumana. Entonces lanzó un grito de victoria que fue coreado por otros dos, más roncos, procedentes de la cabaña.

    La luz que rodeaba a Fian rieló y formó unos barrotes transparentes de plata que lo enjaularon. A pesar de sus esfuerzos denodados por soltarse, Maeve no tuvo dificultades en seguir sujetándolo por los brazos hasta el final del conjuro. Con una fría carcajada, lo soltó y se alejó de la jaula mágica. Fian continuaba con los brazos extendidos, sujetos entre los relucientes barrotes, y no lograba moverlos por más que lo intentara.

    Dos seres horripilantes salieron de la cabaña cojeando sobre sus tullidos miembros, en dirección a la jaula y a su hermano cautivo. Uno era alto y negro como la noche, con unos dientes tan grandes que le impedían cerrar la boca incluso al tragar; era hembra, y la saliva le resbalaba por la barbilla formando largos hilos de baba que empapaban el amorfo vestido. El segundo, mucho más bajo, ictérico y leproso, lanzó una desagradable carcajada al acercarse a la jaula; también era hembra.

    Debía de tratarse de las arpías a que se refería Andor. Sentí el impulso de saltar de pronto y salvar a Maeve, pero sólo de pensarlo se me pusieron los pelos de punta y la intuición seguía diciéndome que aquélla no era Maeve.

    Fian trataba en vano de esconder los brazos tras los barrotes y suplicaba a Maeve que lo liberara. Por un momento, pensé que mi amiga, aparentemente ajena a la proximidad de las dos arpías, iba a socorrerlo. Le tomó las manos de nuevo y canturreó algo en voz baja mientras se las besaba. Mis aguzados oídos lupinos captaron el susurro:

    —Y ahora, ¿vas a quererme, marido?
    —Siempre te he amado —replicó Fian.

    Ella rió al oír la declaración. Jamás lograrían convencerla con promesas falsas, no a la Maeve que yo conocía.

    En este momento, una segunda Maeve, con afilado hocico de zorro y pelaje plateado, compareció en medio del claro. La primera inició entonces otro cambio, a su forma verdadera.

    Era una arpía más pequeña que las otras dos. A pesar de su piel, verde como la de un sapo, y de sus ojos, anaranjados y rasgados como los de los reptiles, aún conservaba algún resto de la belleza que debía de haber poseído en algún tiempo. Tenía los pies delicados y se movía con cierta gracilidad mientras rodeaba la jaula estudiando al cautivo. Sin duda su maldición había sido la peor.

    —¿Me amarás? —preguntó otra vez con la melodiosa voz de Maeve. Tendió hacia él una mano delgada con piel de lagarto y espolones negros y curvos, y con una garra de la otra mano le abrió un corte en la muñeca. Inclinó la cabeza y bebió el líquido que manaba; después hizo una seña a las otras para que tomaran parte en el festín. En ese momento, la herida se cerró y la arpía baja y leprosa mordió con fuerza la muñeca para tomar su ración. La negra, que se había reservado el último turno, arrancó unas tiras de carne del brazo de Fian.
    —Para nosotras es un gran placer matar a un hombre tan guapo como tú, y más porque sabemos que vas a tardar mucho tiempo en morir —dijo la menor, todavía con la voz de Maeve. Fian no oía nada; gritaba, chillaba en tono agudo y demencial.
    —Joven zorro —dijo el monstruo negro cuando dio por terminado su banquete, y su atronadora voz me dañó los oídos—, acércate a recoger tus ganancias.

    Entonces, lanzó al medio del claro dos sacos de pieles de goblin, y Maeve, todavía en forma de zorro, las retiró arrastrándolas por el cierre, con el rabo entre las patas.

    Las arpías permanecían atentas a su presa, y Maeve a su recompensa. Yo me retiré, con los gritos de Fian retumbándome en la cabeza; tomé el camino de vuelta a casa procurando colocarme a favor del viento, para que Maeve no me descubriera.

    Cuando se hallaba a buena distancia de la cabaña, Maeve se detuvo y se transformó un momento para hacer un solo bulto de los dos sacos y colgárselo al cuello con la cuerda sobrante. Luego, con la carga convenientemente colocada, volvió a transfigurarse; pero en esa ocasión percibí la mueca de agonía y el dolor que expresó en un único quejido.

    Un lobo tomó cuerpo en el claro, el enorme lobo negro al que tan bien conocía.

    Había recogido el bulto y había comenzado a correr cuando la alcancé. Di un rodeo, me planté delante de ella con la daga entre los dientes, gruñí y me quedé a la expectativa.

    ¿Qué fue lo que percibí en aquellos feroces ojos negros? Sorpresa, naturalmente, y tristeza. Maeve tomó la forma más familiar, con una sonrisa irónica apuntando en los labios pintados.

    —Bien, ahora ya lo sabes. Soy kartakana, y he heredado la maldición de mi padre, además de la de mi madre, así que puedo convertirme en lo que quiera.

    Ladee la cabeza. Aunque no podía hablar, el interrogante de mi gesto no dejaba lugar a dudas.

    —Ese trío horripilante manda en estas tierras —me dijo con amargura—, y mandan en mí. Me han hecho un conjuro mediante el cual no puedo sino obedecerlas; pero pronto poseeré el poder suficiente como para romper su hechizo y liberarme por fin. Entonces no tendré dueño.

    ¿Y yo? ¿Quién me mandaba a mí? Lancé un gruñido, salté sobre ella y la tiré al suelo de espaldas. Me retiré un momento y cambié a forma humana para atacar de nuevo. Su grito rasgó el aire cuando le clavé el cuchillo.

    La habría matado de no haberla mirado a los ojos por última vez. Era tan perfecta y tan hermosa, estaba tan resignada... No presentó batalla, se puso a mi merced. Horrorizada por la sed de sangre que me poseía, la solté, dejé caer el cuchillo y eché a correr.

    En el bosque encontré todo lo necesario para sobrevivir durante los días que anduve vagando en forma de lobo. Dormía al amparo de los árboles y confundía la realidad con el sueño. Maeve era mi dueña y, al igual que le había sucedido a su madre, en el momento en que diera a luz se apoderaría de mí plenamente; ya sabía cuál sería su primera orden.

    Se me ofrecían pocas y trágicas soluciones. Podía volver a casa y matarla, y de paso perder el juicio, o bien suicidarme junto con mi hijo. Ninguna de las alternativas me parecía soportable, y vagué de sur a oeste. Habiendo una montaña entre la aldea de Linde y yo, la llamada de Maeve no sería tan irresistible, y tampoco lo sería su ardiente pasión por robar el paño. Entonces supe lo que tenía que hacer.

    Al día siguiente subí la empinada cuesta hacia la fortaleza donde moraban los guardianes y, a pesar de que para ellos soy una carga, me han tratado con solicitud, han atendido a todas mis necesidades y me han cedido la mejor parte de su escasa ración. Incluso se turnaban para hacerme compañía hasta que se lo prohibí.

    Después les pedí papel y tinta para dejar constancia de la historia de Vhar, el paño y yo. En estos pergaminos he escrito mucho más, pero algún día, tú, hijo mío, comprenderás la razón de mi proceder.

    Ya ves, siento añoranza de Maeve, más que si la hubiese matado. De modo que, cuando nazcas, hijo de Vhar o hijo de aquella noche de horror, poco importa, te entregaré a los guardianes. Después iré a la capilla, arrancaré el tapiz de sus colgaduras en la pared y me envolveré en sus pliegues de gasa. Sentiré la vida disolverse; el alma, el cuerpo y la mente entretejerse en las fibras del paño. Y, aunque no goce de paz, tendré el consuelo de mi esposo y de los otros que son como yo. No condenados, pues no creo que nadie sea condenado hasta que la vida concluya, pero sí cautivos, como siempre lo he estado yo, hasta que el destino me juzgue.



    SEGUNDA PARTE
    JONATHAN

    SIETE


    Sabía que la mujer quedaría encinta desde el momento en que toqué su cuerpo tembloroso. ¡Qué delicia! Después del hambre de tantos años de semivida en esta prisión, su miedo subió hasta mi en burbujas frescas y dulces como el vino joven. ¡Cómo la utilicé, recreándome en su inocencia! ¡Cómo la utilizo aún, atormentándola todos los días de su vida de condena, que ella misma se ha impuesto! De entre todos los locos que atrajeron sobre sí este castigo, ella es la más loca, porque sólo ella poseía el poder para destruir mis sueños, pero lo despreció.
    Cientos de noches vacías y, de pronto, esta amante involuntaria de otro mundo da nueva luz a mi esperanza. Espero que nazca nuestro hijo, el predestinado a nacer, y él me devolverá la libertad.


    El hermano Dominic, prior de la orden guardiana, estaba sentado a la mesa en el refectorio con la cara oculta tras las manos. Ante sí tenía el legado de Leith a su hijo, abierto ya. A su alrededor se hallaban los cuatro hermanos restantes. Tendrían que tomar la decisión entre todos.

    Los guardianes se percataron de la enajenación mental que padecía Leith tan pronto como regresó al monasterio, pero ni siquiera Ivar, el antiguo maestro de Leo, fue capaz de adivinar el motivo de su extraña desesperación. Los monjes observaban atentamente con la esperanza de que el advenimiento del hijo la sacara de su abatimiento.

    Sin embargo, la mujer desapareció antes de transcurrida una semana después de dar a luz. Entonces, cuando ya era tarde para ayudarla, encontraron su testamento escondido en la biblioteca... y comprendieron.

    En el trágico relato de Leith encontraron la respuesta a muchas dudas, pero al mismo tiempo les planteaba otra de mayor envergadura: el niño.

    Como de costumbre, Mattas fue el más directo y despiadado, como si la pérdida de la visión lo hubiera privado también de todo sentimiento de compasión.

    —Es el vastago de una de las almas atrapadas en el paño. Aniquilémoslo ahora y terminemos de una vez —declaró el anciano monje al tiempo que daba un golpe en la mesa con sus artríticas manos.

    Hektor miró al niño, que dormía en sus brazos. Hektor era un hombre en la flor de la vida, de complexión grande, rostro cetrino y una espesa mata de pelo oscuro e indómito. Parecía más el pendenciero que había sido en otro tiempo que al afable gigante que había ayudado a Dominic en el parto de Leith. Desde la desaparición de la madre, él había tomado el niño a su cargo como si fuera su propio hijo.

    En ese momento, la expresión de horror de su rostro no dejaba lugar a dudas.

    —Somos una congregación de adoradores del orden y la paz —declaró—, Mattas nos convertiría en asesinos a todos.
    —Piensa en los monstruos que están atrapados ahí —replicó el anciano—. Son no muertos.
    —Los no muertos no engendran hijos —argüyó Hektor.
    —Licántropos.
    —No todos los hombres bestias son malos, Mattas. Acuérdate de Andor. Si Andor recibiera la llamada, ¿alguien se opondría a que ingresara en la orden? —inquirió suavemente el hermano Peto.
    —A Andor lo contagiaron con un mordisco, no nació así —contestó Mattas—. Leith cuenta algo de un hombre de cabellos plateados que salió del tapiz. —Se frotó los vendajes de los ojos y prosiguió—. Yo me acuerdo de ese hombre plateado, lo recuerdo perfectamente porque él fue lo último que vi antes de que me quemaran los ojos. Él me dejó ciego, y él está socavando los cimientos de la orden. Bien, el niño también tiene el pelo plateado, ¿acaso podemos negar su parentesco?
    —Muchos niños son así de rubios al principio, pero el pelo suele oscurecerse con la edad —objetó Hektor.
    —¿No existe ninguna prueba para salir de dudas? —inquirió Peto.

    Dominic advirtió el temblor de las manos de Peto; le sucedía siempre que le embargaba una emoción fuerte. Las noches en que las almas cautivas se despertaban, ese monje pálido y delgado se mantenía en su puesto trémulo como un sauce al viento, aunque nunca había llegado a romper el círculo. A Dominic lo maravillaba el arraigo de la tenacidad del joven hermano. Miró a los demás de soslayo y se preguntó qué había pasado con sus creencias, con su unidad.

    —Hay una forma de saber si el niño es normal. Sé cómo averiguarlo —anunció Dominic—. Apelaré al dios al que servía antes de venir aquí. Es el dios del sol y de la vida que éste genera; posee numerosos poderes y tal vez nos proporcione la respuesta.
    —Y si la respuesta es que el niño está contagiado, ¿qué haremos? —cuestionó Mattas.
    —Estaría de acuerdo en matarlo —aseguró Dominic. Se volvió hacia Leo, que estaba sentado a su lado escuchando atentamente—. Necesito tu apoyo en esta decisión, y los demás necesitan saber qué postura adoptas en esto.
    —Estoy de acuerdo —declaró Leo.
    —Leo y yo vamos a dedicar cierto tiempo a la preparación —dijo Dominic—, y celebraremos la ceremonia aquí.

    Se levantó y se retiró a la biblioteca, seguido por Leo, que cerró la puerta. Una vez solos, se sentó rígidamente en el banco, enfrente de Dominic, con los oscuros ojos clavados en los del compañero, y lo interrogó en tono suave pero exigente.

    —Tus oraciones no sirven en esta tierra. ¿Por qué mentiste?
    —Mattas es el único entre nosotros que servía en la orden de los tiempos antiguos, cuando la congregación era numerosa y tenía poder. Ahora, como sólo quedamos unos pocos, tenemos que mantenernos unidos. Si matamos al pequeño, tal como él desea, nos destruiremos a nosotros mismos.
    —Pero, ¿y si tiene razón y el niño es hijo del brujo que derribó la primera capilla?
    —Es sólo un niño. Como ocurre con todos los hombres, el momento de elegir entre el bien y el mal le llegará con la edad.
    —¿Qué papel me adjudicas en esta comedia? —preguntó Leo, tras meditar unos momentos.
    —Extiende un aura alrededor del niño, de color verde, creo. Cuando pase el amuleto sobre el aura, ilumínala; creo que resultará convincente. Después mandaremos el niño a otra parte.

    Leo asintió y sacó el libro de encantamientos de un estante. Mientras Dominic oraba porque la decisión fuera acertada, Leo aprendía de memoria las palabras y gestos de un encantamiento sencillo.

    Al cabo de un rato, cerró el libro y juntos fueron al encuentro de los demás hermanos, reunidos en el refectorio. Hektor entregó el niño a Leo de mala gana, y éste lo posó, desnudo, sobre una mesa enfrente de Dominic. El niño temblaba de frío y parecía arrugar el ceño por la indignidad, pero no lloró. Sus ojos, que todavía tenían el azul oscuro de los recién nacidos, se fijaron en el objeto más próximo: el amuleto que Dominic le alzaba por encima de la cabeza.

    Se trataba de un medallón redondo, de bronce, y tenía una esfera con un arco por encima. En otra tierra y en otro tiempo, ese amuleto simbolizaba la esperanza del sol naciente. Dominic sonrió irónicamente al pensar que, incluso en el mundo en el que estaba, el sol naciente los libraba de sus pesadas obligaciones en las noches de luna llena.

    Mientras recitaba el encantamiento, Leo susurró el suyo y un halo de luz comenzó a formarse alrededor del pequeño, un aura verde brillante que se intensificaba a cada palabra. Cuando la luz alcanzó su punto máximo, Dominic pasó el amuleto por el aura, pero en lugar de intensificarse más, tal como había pedido, el medallón la reflejó en concentrados rayos que iluminaron el rostro de los monjes. Los haces verdes bañaron la estoica expresión de Mattas e hicieron relucir las lágrimas de Hektor.

    Cuando Dominic retiró el medallón, el aura parpadeó, se debilitó y se extinguió poco a poco.

    —Ya he concluido; no es hijo del mal. Ahora, llevémoslo afuera para la ceremonia del nombre.

    Celebraron el ritual al viento frío del exterior, enfrente de las puertas de la capilla, que estaban abiertas. Dominic suponía que, si el paño tenía algún vínculo con el pequeño, se manifestaría en ese momento. Se arrodillaron sobre las duras piedras del patio, con el niño tendido en el suelo ante ellos, y entonaron plegarias para encomendarlo al sendero del bien.

    —Te pongo por nombre Jonathan —dijo Dominic cuando concluyeron; era el nombre que Leith había escogido—, y encomiendo tu alma al bien.

    Cuando se inclinó hacia la cabecita para asperjarla con el hisopo, la cadena del amuleto se rompió, cayó de canto y cortó al niño en la mejilla antes de quedar clavada en el suelo.

    Jonathan torció la cara en dirección al objeto y volvió a cortarse con el filo en el mismo lado de antes. Entonces emitió un solo quejido y se quedó en silencio mientras el agua le caía a gotas sobre la frente, símbolo de la purificación de los pensamientos, después sobre las manos para que trabajaran bien, y luego en los pies para que lo llevaran por la senda del bien. Durante toda la ceremonia, Dominic esperaba una señal ansiosamente, pero el niño permanecía completamente quieto mientras el viento azotaba las paredes de la fortaleza y el paño pendía silencioso, meditando en la oscuridad de la capilla.

    —Jonathan —repitió Dominic, y lo envolvió en la manta. Despidió a los hermanos y llevó al niño a su dormitorio.


    Leith había pasado tantos días redactando la historia de su vida, la única herencia de Jonathan, que parecía injusto no entregársela. No obstante, los monjes comprendían que, para el niño, saber su posible parentesco resultaría devastador.

    En la biblioteca, Leo colocó las manos sobre las últimas palabras del relato de Leith, pronunció un conjuro y las líneas se hicieron borrosas, se iluminaron y desaparecieron. Tomó una pluma y escribió otro párrafo imitando la esforzada letra de la mujer. Después repasó todo el documento cambiando cuantas referencias hallaba al parentesco paterno, de modo que sólo Vhar aparecía como padre. Dejó lo demás como estaba y guardó el pergamino en la biblioteca, en un cofre de madera labrada, junto a otros documentos sobre la historia del tapiz. Después cerró la caja con un encantamiento que sólo Dominic o él podían deshacer. El resto de la congregación no sabía leer, pero había otros, ladrones o nigromantes, que encontrarían claves para el poder en aquellas historias.

    Sólo faltaban unos pocos meses para que el niño estuviera en disposición de viajar. Cuando llegara el momento, lo enviarían a Kartakass. Leo conocía allí a una familia y, como el niño era rubio, encajaría bien. Para los niños esas cosas son importantes. Quizá regresara con ellos algún día y, si lo hacía, tendría derecho a conocer el destino de su madre.


    Esa noche, los monjes celebraron un banquete a base de venado recién cazado y la última reserva de vino de Linde, un capricho poco común y bastante embriagador. Fuera por el efecto del vino, por la mala suerte o por el destino, Leo tropezó cuando llevaba la última botella de pócima para no soñar que quedaba en la alacena; se le cayó de la mano y fue a parar a la mesa, al lado de Mattas. El monje ciego la atrapó a tientas y la puso de pie tras derramar la mitad del contenido.

    Leo, Dominic y Peto bebieron mientras Mattas y Hektor se preparaban para montar guardia en la capilla y en la entrada, pero, cuando se despedían para pasar la noche, Mattas sufrió un mareo. Tenía el rostro congestionado, empapado en sudor, señal de que había recaído en su antigua enfermedad. Peto se ofreció voluntario para reemplazarlo esa noche, aunque ya no quedaba bebedizo para Mattas.

    —Hace tanto tiempo que no sueño —comentó el anciano cuando Dominic lo acompañaba a su dormitorio—que me alegro, por terribles que sean las visiones.
    —Si me necesitas, llámame y vendré a tu lado, amigo mío —contestó Dominic con seriedad.
    —Conozco las tretas de los cautivos del paño, y no olvides que tú también puedes soñar esta noche.

    Dicho esto, Mattas empezó a retirarse el vendaje de los ojos; Dominic comprendió la indirecta y lo dejó solo. Tras quitarse la última venda, Mattas se acarició las vacías cuencas, donde ahora sólo quedaba la cicatriz de las quemaduras, y recordó la noche, hacía ya mucho tiempo, en que el cielo enfurecido dejó caer una tormenta de fuego que arrasó la capilla, las viviendas y muchas vidas inocentes. Fueron momentos heroicos para él. Reunió a los guardianes que aún estaban ilesos y les dio tareas para concentrarse y olvidar el terror.

    Al final, los poderes de la tela se vengaron y sólo quedó vivo otro de los hermanos. Mattas hubo de afrontar la terrible visión final de sus compañeros, que se desangraban por las rajaduras abiertas en los cuerpos ennegrecidos. Pero no dejó de cantar ni cuando los ardientes rayos le quemaron los ojos.

    Ni siquiera entonces.

    Todo su arrojo pereció junto con su vista, dejando tan sólo perseverancia. Había sobrevivido al horrendo enfrentamiento y ninguna otra crueldad que proviniera del paño sobrepasaría el mal que ya había hecho.

    —Venid —musitó, al tenderse en su estrecho jergón—, venid, almas negras, y mostradme el poder de vuestra voluntad.

    Se estaba quedando dormido cuando la boca se le llenó de sangre y le provocó un acceso de tos, que salpicó la almohada de gotas rojas. Se le aceleró el corazón, y el miedo y el desfallecimiento le hicieron perder el sentido. La debilidad era tan vívida, tan real que no podía tratarse de un sueño, se dijo. Entonces oyó una voz que parecía provenir de una gran distancia y lo instaba a iniciar el canto. Supo entonces que su noche de tormentos había empezado.

    Intentó levantarse pero no pudo, trató de hablar pero había perdido la voz.

    La oscuridad lo envolvió y, desde la profundidad de las tinieblas, oyó a los demás monjes cantar su nombre. Estaba vendado de la cabeza a los pies y escuchó la introducción del largo y lento canto fúnebre. Notó que lo transportaban, que lo llevaban por la escalera desde su habitación a la tumba, que ya lo esperaba abierta junto a la capilla. Era precepto reglar que los monjes guardaran la capilla en la vida y en la muerte. Lo bajaron al fondo; notó las paladas de tierra que iban cubriéndolo y apisonándolo... y oyó risas, una algarabía alborozada.

    Seductora, triunfante.

    Cayó la noche. En vida, Mattas era un viejo achacoso, de rodillas y brazos inflamados y retorcidos, pero quien se levantó de la tumba fue el fantasma de lo que había sido en su juventud, y mejorado hasta la perfección. Veía de nuevo, y se acercaba flotando hasta la puerta de la capilla para ocupar su puesto y aguardar el comienzo de la larga noche de cantos.

    Sólo dos guardianes más se acercaron desde la sala. Se quedó mirándolos y a duras penas identificó a Dominic y a Leo, porque estaban terriblemente cambiados.

    Dominic estaba muy débil y caminaba apoyado en un bastón. Tenía ojos pitañosos y manos blancas y arrugadas; el brazo libre le temblaba mientras avanzaba penosamente hasta su sitio ante la capilla. Leo lo acompañaba, disminuido y viejo también, pero con la misma resolución de siempre. Un volador oscuro se cernía sobre ellos y arrojaba una sombra tétrica sobre el patio. A las puertas de la decadente muralla se agolpaban toda clase de hombres bestias esclavizados en la tierra. Cuando el último guardián comenzó el canto ritual, los hombres bestias atacaron la podrida puerta con garras y manos peludas. Aquel grotesco ejército de criaturas entró en avalancha con las fauces abiertas y espumosas, ávido por la carne. El que iba delante, gigantesco y oscuro, más parecido a un oso que a un hombre, aplastó a Leo contra la pared de la capilla y comenzó a rasgar a zarpazos el sencillo hábito gris y la blanca piel del anciano monje.

    Mattas se despertó sobresaltado, apaciguó su jadeante respiración y volvió a dormirse. Cuando ya entraba en un delicioso sueño sin visiones, comenzó a oír unos murmullos en la mente.

    Si el anciano se hubiera despertado del todo y hubiera tenido ojos para ver, habría descubierto la sombra gris que velaba junto al jergón, y cuyos finos labios se movían sin cesar.

    Toda la noche pasó la sombra a su lado, invadiendo sus sueños desordenados y susurrándole palabras que se fijaron en su memoria:

    —Jonathan va a hacer esto. Jonathan va a destruirte. Jonathan tiene que alejarse.

    Cuando, por la mañana, se reunió con los demás para desayunar, comprobó que no había sido el único que había tenido visiones espantosas del futuro. Dominic y Leo también habían soñado cosas parecidas, pero a Leo le habían dicho que el niño tenía que quedarse con ellos y Dominic no recibió ningún mensaje al respecto.

    —Tal vez esos sueños digan la verdad —opinó Hektor—. Recuerdo que, cuando éramos pequeños, mi padre nos contaba todas las mañanas lo que había soñado, lo interpretaba y el sueño le servía de guía durante toda la jornada. Me gustaría saber lo que sueño. Bebo la poción de Leo sólo porque me expulsaríais de la orden si desobedeciera.
    —Como debe ser —replicó Mattas—. No tienes idea de las noches que pasábamos antes de que Leo llegara y empezase a fabricarla.
    —En el sueño de Mattas encuentro un detalle de importancia —terció Peto—. Aquí no puede haber nadie que no haya recibido la llamada, ni siquiera un niño pequeño.
    —Estoy de acuerdo. Tenemos que enviarlo a otro sitio —dijo Hektor, cuando nadie se lo esperaba—. Pero no tan lejos que no sepamos más de él ni pueda volver si recibe la llamada.
    —La distancia no es obstáculo si la vocación es verdadera —replicó Peto—. Yo navegué entre las brumas para llegar a esta orden.
    —Sin embargo, en caso de que nos equivoquemos y el niño sea hijo del mal, vale más que lo averigüemos mientras sea pequeño —añadió Hektor—. Enviémoslo a Linde, así sabremos de él y, en caso de que nuestras sospechas sean infundadas y si recibe la llamada, volverá fácilmente.
    —Estoy de acuerdo con Hektor —declaró Dominic, interviniendo en el debate por primera vez—. Y si se le presenta la oportunidad de elegir, como creo que sucede a toda criatura, Andor y Dirca estarán junto a él y lo ayudarán a tomar la decisión acertada.
    —Voto porque lo enviemos a Linde —propuso Peto inmediatamente. Después se dirigió a Leo, pero, antes de que éste hablara, se oyó en la sala el conocido llanto del niño.

    Leo miró a Hektor y percibió la ansiedad de su amigo, que ya deseaba correr al lado del pequeño. ¿Sería capaz de condenar a Hektor a no tener más noticias del pequeño?

    —Estoy de acuerdo —se pronunció, aunque el instinto le decía que cometía un error.
    —Yo también —se sumó Dominic.

    Mattas dejó escapar un suspiro y asintió fatigado. Los sueños habían originado dudas y disensiones, y no quería empeorar la situación. Mientras subía por la escalera hacia la habitación del pequeño, rogó porque sus preocupaciones no fueran más que las exageradas preocupaciones de un viejo.

    Un rayo de sol entraba oblicuo por la estrecha ventana e iluminaba el suelo y la sencilla cuna de madera que Peto había construido para el niño. En la pared había unas estanterías con mantas y pañales limpios y doblados. El anciano sabía que Hektor ya estaba allí, de modo que lo llamó y, siguiendo la voz del joven, se acercó al banco que había junto a la cuna. Hektor había preparado una papilla con leche de cabra y granos molidos que el niño tomaba con ganas de la cuchara. Cuando terminó de darle la comida, lo levantó y se lo puso a Mattas en los brazos.

    —Tú tenías una familia antes. ¿No cantabas nanas a tus hijos?

    Si hubiera podido llorar, Mattas habría llorado mientras canturreaba una canción que jamás olvidaría y pensaba en sus hijos, víctimas del incendio del templo tantos años atrás. Cuando la terminó, acarició el suave pelo del niño y aspiró el olor dulce de la nueva vida, de la esperanza renovada.


    Dirca acababa de poner en el horno el pan del día cuando percibió una sombra que cruzaba por la ventana del este y oyó una llamada conocida en la puerta de atrás. Hacía meses que el hermano Leo se había presentado buscando a Ivar, el esposo de su hermana, y, muy contenta, fue a abrir.

    Leo entró y se saludaron con cariño; entonces Dirca preguntó por Leith. Leo bajó la cabeza tristemente, dando a entender lo que ella ya sospechaba. Para dar a luz, hacía falta estar fuerte, pero también se necesitaba capacidad de aguante. Leith, tan delgada y enajenada cuando llegó el momento, no había podido soportarlo.

    Ivar no había contado a Andor ni a Dirca la forma en que la mujer se había convertido en bestia, y Dirca, durante las numerosas tardes que habían pasado juntas, no se había atrevido a confiarle que lo sabía... ¿Cómo no iba a saberlo si había visto el amuleto que llevaba? Nunca había supuesto que el niño heredaría la maldición, pero, en los últimos días antes de que ella desapareciese, la había visto tan desmejorada que casi parecía transparente, como si la vida que llevaba dentro devorara sus energías igual que un depredador hambriento.

    El hermano Leo dejó una cesta en la mesa. Dirca levantó la manta y vio al hijo de Leith; inmediatamente se arrepintió de sus pensamientos. Acarició el pelo al niño, maravillada por la suavidad y el extraño color plateado. Rozó la cicatriz que le había quedado en la mejilla por el golpe del medallón y le acarició una manita. Jonathan cerró la delicada mano con fuerza alrededor del dedo de Dirca.

    —Leith acudió a nosotros en busca de soledad y sosiego. Se lo proporcionamos, pero no podemos quedarnos con el pequeño. Jonathan necesita el cuidado de una madre, de un padre, la compañía de otros niños y no el aislamiento. Pensamos que tú, tal vez... —No fue necesario recordarle los motivos. Dirca asintió con los ojos llenos de lágrimas.
    —Estoy segura de que mi esposo aceptará —dijo—. Está afuera, arreglando una ventana.
    —Voy a preguntarle —dijo Leo, aunque Dirca no debió de oírlo, pendiente del niño que aún le sujetaba el dedo.

    El fraile pensó que la mujer estaría recordando el pasado; se agachó para dar al pequeño un beso de despedida y salió sin molestarla más.


    Leo acertó en cuanto a los pensamientos de Dirca. Las tragedias ocurridas en el pasado la acosaban con frecuencia. Había dado a luz a dos niñas en Gundarak, una tierra donde se multaba a las niñas por ser niñas; la multa era tan elevada que muchas familias quedaban reducidas a la pobreza. Torvil, su esposo, no estaba dispuesto a pagar por ellas ni a alimentarlas porque se las arrebatarían tarde o temprano. De este modo, Dirca hizo lo que tantas otras mujeres en aquel lugar: llevó a las pequeñas a los montes con sus propias manos, una primero y otra después, y allí las dejó para que murieran. Más tarde, sentada en su pobre cabaña de piedra, se quedó escuchando el lejano aullar de los lobos, dando gracias por haberlas traído al mundo en invierno, porque así las mataría el frío antes. Cuando abandonó a la segunda, al año siguiente, sintió la tentación de tumbarse en el suelo junto a la niña y dejarse morir de frío con ella. Lo único que la obligó a sobreponerse fue saber que el suicidio no le proporcionaría la paz en la otra vida. Siguió viviendo, rogando todos los días para verse libre de la maldición de aquella tierra y de su cruel esposo.

    Tanta era su amargura que tomó una decisión desesperada. Durante la primavera siguiente, los vistanis plantaron el campamento en el bosque, y otro, más reducido, en las afueras del pueblo. Desde allí, la insólita música zíngara y el campanilleo de las risas atraían a la abatida comunidad hacia las ávidas garras de los nómadas. Torvil acudió al campamento gitano con otros compañeros para comprar bebidas y, tal vez, mujeres. Unos cuantos guardias de Gundar se unieron también a la excursión, para mantener el orden, aseguraban, aunque no mostraron mejores modales que cualquier pendenciero. Dirca comprendía que yendo sola, y por ser mujer de Gundarak, sería una presa más fácil que las mozuelas vistanis para aquellos hombres de temperamento ardiente, pero ésa sería la única oportunidad de adquirir la pócima que necesitaba. Se encaminó sola al campamento, manteniéndose al amparo de las sombras, en busca de una vistani que la ayudara.

    Se dirigió a una gitana vieja que estaba sentada en la parte trasera de un carromato, a las afueras del campamento. La vieja cuidaba un cazo que templaba junto a la hoguera; de él se servía tazas de un líquido humeante que bebía a pequeños sorbos, con la mirada fija en el fuego, removiendo las ascuas a ratos. Otros vistanis más jóvenes le llevaban de vez en cuando carne y pan. Ese detalle de respeto infundió valor a Dirca, y juzgó favorable el hecho de que la mujer se mantuviera un poco apartada de las actividades principales del campamento; así su esposo no la vería.

    A pesar de que estaba oculta entre las sombras, la mujer la miró a través del fuego, y sus ojos se cruzaron.

    —Adelante, pequeña tímida —la llamó—. Soy madame Avana. Ven y dime qué necesitas.

    Así lo hizo, y le contó el nacimiento y la muerte de sus dos hijas con voz entrecortada al principio, pero cada vez más firme, pues la rabia prestaba coraje a sus palabras.

    —Puesto que él se niega a cumplir como padre con sus hijas, yo me negaré a cumplir como esposa con él. Deseo no volver a concebir, y con ese castigo quiero que lo maldigas.
    —También recaerá sobre ti —puntualizó la gitana con suavidad.
    —Sí. Aunque tuviera el poder de asegurar que fueran varones, preferiría no tener ninguno. Se lo merece. Hasta su propia madre le rogó de rodillas que perdonara la vida a las niñas, pero se negó rotundamente.
    —Se sabe de hombres fuertes que han desaparecido —insinuó madame Avana—. Maldícelo a él, no a ti misma.
    —No soy capaz.
    —¿Aunque no tengas que hacerlo con tus propias manos?
    —He venido aquí ¿no es cierto? ¡Soy responsable! —replicó furiosa, tratando de apartar la tentación.
    —En efecto —contestó madame Avana, mirándola con más respeto—. ¿Dónde está el dinero?

    Dirca le ofreció cinco monedas de cobre, con la esperanza de que fuera suficiente. La vieja se mantuvo a la espera, segura de que habría algo más.

    —Es todo lo que tengo, y ni siquiera es mío. Me los dio la madre de mi esposo.
    —¿Para emplearlo en esto? —interrogó la anciana, mirándola fijamente.
    —Sí. Lo sabe y está de acuerdo.
    —De modo que ambas tenéis esa misma fuerza indomable —comentó, con una risita—. Pues la vas a necesitar esta noche. —Tomó las monedas de manos de Dirca y levantó la taza—. Termínalo —le ordenó.

    El líquido estaba templado apenas, pero quemaba en la garganta y dejaba un regusto a té y anís. Dirca se atragantó y los ojos se le llenaron de lágrimas, pero aún así apuró la taza, y la mujer le sirvió más.

    —Termina esta otra. Ahora voy a prepararte la pócima.

    Entró en el carromato, y una pálida luz anaranjada escapó por las rendijas de la puerta pintada.

    Dirca esperaba entre las sombras, bebiendo el líquido templado y escuchando la música y las risas que de vez en cuando estallaban en el campamento. Seguía el ritmo del tamboril con el pie y deseaba ser soltera para ir a bailar con los demás. La bebida parecía incrementar ese deseo, como si algo del alma entrara en ella con la amarga infusión.

    La zíngara volvió con un frasco.

    —Tómatelo en cuanto llegues a casa. Si lo bebes ahora, no llegarías jamás; pero no tardes, porque lo que has bebido ahora aliviará el dolor. —Silbó discretamente y apareció uno de los vistanis jóvenes—. Alexei, acompaña a esta mujer a su casa, pero que no te vea nadie; si no se os pondrían las cosas feas a los dos.

    Dirca ocultó el frasco entre la ropa y dio media vuelta para marcharse, pero la vieja la retuvo un instante por un brazo.

    —Este filtro no tiene antídoto.
    —Comprendido —contestó Dirca, agradecida por la sinceridad.
    —Algún día —se despidió madame Avana, fórmula tradicional en Gundarak, pero sólo entre amigos íntimos. Se quedó mirando a Dirca, que se fundió con las sombras—. Algún día, hija —repitió hacia la oscuridad, y volvió a remover la hoguera.

    Tal como esperaba, Torvil no se hallaba en casa cuando ella regresó. Seguramente no volvería en toda la noche. Como casi todas las viviendas del pueblo, la suya consistía en una sola estancia con un pequeño hogar de piedra; una escalera conducía a un desván donde estaba la cama, junto al cañón de la chimenea. Primero pensó en tomar el filtro arriba, pero luego decidió quedarse abajo; así, en caso de que le sentara mal, estaría más cerca de la puerta. Descorchó el botellín y probó el contenido.

    A pesar de la gran cantidad de hierbas que componían la mezcla, para darle mejor sabor, el ingrediente básico sabía a sangre y putrefacción. Le costó trabajo pasar el primer sorbo, pero se tomó todo el líquido resueltamente y después tragó saliva varías veces para no vomitarlo. Las náuseas remitieron enseguida, pero llegó el dolor, en espasmos, como el alumbramiento sangrante de un niño muerto. Dirca se alegraba al pensarlo, aunque el dolor la hiciera retorcerse y ahogar los gritos. Tiró el frasco vacío al fuego y observó cómo chisporroteaban las pocas gotas que habían quedado, desprendiendo una luz fría y verde. Dobló las piernas y apretó las mandíbulas para no chillar. El dolor iba en aumento, hasta que, afortunadamente, perdió el conocimiento. Se quedó tendida y sin sentido hasta la mañana siguiente.

    El fuego se había extinguido y la humedad había calado en la cabaña por entre las contraventanas. Dirca se levantó entumecida y trémula. Todavía se sentía dolorida, pero pudo encender el fuego y preparar algo de comer. El alimento la reanimó y se dijo que, al llegar el mediodía, Torvil no adivinaría jamás lo que había hecho.

    De todas formas, aunque la hubiera encontrado desmayada tampoco se habría dado cuenta; lo llevaron a casa en un jergón, entre cuatro aldeanos que lo depositaron en su cama y se marcharon tras una breve explicación. Al parecer, había bebido más de la cuenta y se había caído por un empinado barranco a la orilla del río. Allí permaneció inconsciente, con medio cuerpo en las negras aguas frías, hasta que el sol de la mañana iluminó la tierra. Los guardias del campamento lo descubrieron, con una contusión en la cabeza y las piernas heladas y sin vida. Aún respiraba gracias a ellos... aunque no estaba completamente vivo porque no veía ni oía nada.

    —He visto casos como éste —comentó uno de los que lo habían llevado—. Tal vez recobre el conocimiento, pero no volverá a trabajar nunca. Cuando los hombres de Gundar sepan... —Ya había hablado más de lo debido. Su colorado rostro enrojeció más aún y farfulló una disculpa. Si el marido quedaba incapacitado para trabajar la tierra, a ella la sancionarían con un impuesto, y, como la mayoría de las familias campesinas de Gundarak, Torvil y ella no poseían nada; sólo la caridad impediría que murieran de hambre.

    Su hermana llegó tan pronto como supo la noticia. Sara, en avanzado estado de gestación, se ofreció a quedarse para cuidar al inválido, pero Dirca se opuso.

    —Pronto vas a tener un hijo —le recordó—. Piensa en Ivar y en ti.
    —¿Estás segura de que no necesitas ayuda? —insistió Sara, que percibía una desesperación misteriosa en el tono de su hermana.
    —Te lo prometo.
    —Ivar me ha dicho que te ayudará cuanto pueda.

    «Un favor generoso pero inútil», pensó Dirca. Lo único que Ivar sabía hacer era brujería pero, desde que había llegado a Gundarak, no había osado realizar ni un solo encantamiento. El duque Gundar detectaba enseguida a los magos que practicaban en sus dominios. A pesar de la precaución de Ivar, Gundar había oído rumores de su presencia y sus secuaces andaban merodeando por el pueblo. Si llegaban a descubrirlo, lo obligarían a emigrar o a ponerse al servicio del duque, y cualquiera de las alternativas le resultaba intolerable.

    —Ya tenéis suficientes problemas. Yo sola podré con todo esto.
    —Sí que tenemos problemas —admitió Sara; parecía inquieta, como si fuera a decir algo más, pero se limitó a besar a su hermana y se marchó.

    En cuanto se quedó a solas, Dirca corrió el cerrojo, se acercó a su esposo y le quitó la manta que lo tapaba. Tenía la ropa empapada y comprendió que debía cambiarlo; vio sus labios morados de frío y se dijo que debería darle también un poco de caldo, pero se quedó mirándolo y pensando en sus hijas. Empezó a lavarle la cara con cariño, porque le recordaba a las pequeñas; lo peinó y le quitó la hojarasca y el barro que tenía en el pelo, que también era del mismo tono castaño dorado que el de ellas. Después, se enfrascó en sus quehaceres domésticos, sonriendo lúgubremente por los lamentos semiinconscientes de su esposo.

    Por la noche, Torvil por fin se había callado. Dirca dejó abiertas las ventanas, no reavivó el fuego y se fue a dormir al desván, que conservaba el calor de la chimenea. Por la mañana, el hombre estaba muerto y, cuando terminó de desnudarlo y vestirlo de nuevo, llegaron los sicarios del duque Gundar a cobrar la multa porque Torvil no había ido a trabajar. Sin embargo, tuvieron que pagar a Dirca, a regañadientes, la mísera ayuda de viudedad. El lugarteniente tomó nota del hogar apagado y del frío de la noche que se respiraba en la estancia.

    —Apenas nos queda leña como para malgastarla en primavera, ahora que nos hacéis pagar impuestos por ella —replicó Dirca cuando el hombre la interrogó.
    —¿Ni siquiera para salvar la vida a tu esposo?

    La mujer quería reírse, pero no dijo nada y ocultó el terror que sentía hasta que se marcharon. No obstante, tan pronto como la dejaron sola, dio rienda suelta al miedo y empezó a pasear por la casa, con la certeza de que los hombres volverían a buscarla. Era joven y serviría de esclava a Gundar.

    Ivar la encontró en el desván, casi fuera de sí por el miedo.

    —Los sicarios de Gundar creen que yo lo he matado —le dijo en susurros, señalando hacia su esposo sin mirarlo.
    —¿Y lo mataste? —inquirió Ivar con suavidad.

    Dirca tenía intenciones de no contárselo a nadie, pero hizo un gesto afirmativo.

    —Gundar te arrancaría la confesión con mucha más facilidad que yo. ¿Quieres marcharte de aquí?

    Lo miró sin comprender; sólo un loco intentaría huir de Gundarak. De vez en cuando, una extraña niebla repentina ofuscaba los sentidos y hacía caer a los prófugos en las garras de las patrullas fronterizas. Los sicarios de Gundar no perdonaban: mataban a los que eran sorprendidos huyendo, para ejemplo de los demás.

    A pesar del peligro, Ivar tenía el plan de marcharse una temporada.

    —Sara va a tener una niña y, desde el momento en que nazca, los hombres de Gundar supondrán que intentaremos huir. Esperaba hacer el viaje con ella, pero ahora no quiere poner en peligro la vida de la niña con un viaje así, ni tampoco quiere tomar un filtro de los vistanis que compré el otro día y que ayuda a cruzar la niebla.
    —¿Y estás dispuesto a abandonarla en estos momentos?
    —Es preciso. Los hombres del duque están indagando mis actividades, pero no tardarán en abordar el asunto con métodos más directos. Si cogen a Sara... —Dejó la frase sin terminar—. Pero, si huimos nosotros dos, ella podrá confesar la verdad: que tú mataste a Torvil y que nos escapamos juntos. Nadie la culpará de nuestra traición. Se quedará con tu madre hasta que la niña pueda viajar; después, volveré a buscarlas con dinero y medios para llevármelas a otra parte.
    —¿Sara está de acuerdo? —preguntó, sabiendo que su hermana dependía de Ivar totalmente.
    —Me anima a marchar.

    Dirca se puso de acuerdo con su cuñado. No se despidió de nadie la noche en que salió con todo sigilo a través de los campos hasta llegar al bosque, donde Ivar la esperaba. Enseguida alcanzaron la frontera y, una vez allí, Ivar tomó la mitad de la poción de los vistanis y le pasó a ella la otra mitad.

    —No hay rastro de niebla —comentó Dirca en un murmullo—. No creo que nos haga falta.
    —Todavía podría aparecer. Mi conjuro atraerá la atención del duque, pero no puedo evitarlo porque no quiero dejar a Sara sin un centavo. Mantente en guardia y sacúdeme el brazo si oyes acercarse a alguien.

    Había un roble tan viejo a la vera del camino que ni entre seis hombres habrían abarcado el tronco completamente. Fue allí donde Ivar cavó un hoyo estrecho entre los helechos y depositó tres piezas de cobre, de las que se usaban como moneda entre los campesinos de Gundarak.

    Dirca montaba guardia al otro lado del árbol, con el oído y la vista fijos en el bosque por si oía lobos, bandoleros gundarianos o algún grupo de duendes, que, según decían, habitaban en los alrededores de las fronteras.

    De pronto, una luz más potente que la del sol iluminó las copas de los árboles y proyectó la sombra del roble en el suelo.

    —Ivar —llamó Dirca en un susurro, protegiéndose los ojos; pero sólo oyó el rápido murmullo de un encantamiento—. ¡Ivar!
    —Gundar ha localizado mi poder —dijo, surgiendo de pronto a su lado—. ¡Sígueme!

    Echó a correr por el estrecho sendero que llevaba a la frontera, con Dirca pisándole los talones.

    «Algún día... —se despidió Dirca con el pensamiento; pero añadió en voz baja el final del saludo que los campesinos omitían siempre—: seremos libres.»

    Al mismo tiempo que corría, la niebla comenzó a levantarse del suelo que pisaba y le fue rodeando los tobillos, las piernas y el cuerpo como un remolino en un estanque de agua que se desborda. Aunque Ivar se encontraba a sólo unos centímetros de ella, dejó de verlo. Lo llamó y notó el bastón que le rozaba el brazo. Se aferró al palo con todas sus fuerzas mientras la bruma le tapaba la cara.

    —¡Corre! —insistió Ivar.

    Dirca siguió corriendo, aunque no veía el suelo. Ivar se detuvo en el momento en que la niebla era más espesa y la ciñó por los hombros. Se quedaron quietos y en silencio, Ivar con el bastón puesto delante de los dos. Lo único real en aquella oscuridad opresiva y tremenda era su conjuro.

    Había cierto movimiento a su alrededor... de bichejos que crujían y los miraban fijamente con enormes ojos sin párpados; arañas y ciempiés, los más grandes que Dirca había visto en su vida. De repente, un hombre alto y pálido, con unos ojos que despedían una luz mortecina, le tendió la mano y la invitó a seguirlo. A pesar de que la invitación parecía ineludible, Dirca se acercó más a Ivar, temblando.

    No habría sabido decir cuánto tiempo permanecieron allí; sólo sabía que Ivar seguía recitando un encantamiento. Con la última palabra de la fórmula se despejó la niebla y apareció un cielo estrellado. El terreno, que antes era llano y boscoso, se había convertido en una ladera de hierba. Ellos estaban en la cima y abajo se encontraba el pueblo de Linde.

    Ivar yacía en el suelo, a sus pies, aparentemente tan sin vida como Torvil. Lo llamó por su nombre y le frotó las heladas manos.

    —Lo he conseguido, Sara —musitó, con los ojos fijos en Dirca, tomándola por su esposa—. Lo he conseguido; hemos logrado salir ilesos de casa. —Perdió el conocimiento y Dirca le sujetó la cabeza entre las manos.

    Más tarde, cuando se reanimó, le contó que era la primera vez que hacía ese encantamiento, aunque no creía que le quedaran fuerzas para volver a intentarlo de nuevo. Se apoyó en ella y juntos bajaron despacio por el sendero del bosque hasta los campos despejados donde pastaba el ganado. Llegaron a El nocturno, que el joven Andor Merriwite acababa de heredar de su padre.

    Dirca nunca contó a Andor por qué había huido de su pueblo, pero sí que no podía concebir hijos. Varios meses después de haberse casado, él le confesó su maldición.

    —De haber tenido hijos yo, habrían sido violentos como animales; por eso, cuando me dijiste que eras estéril me alegré, porque ya me había prendado de ti. De todas formas, sí que quisiera tener hijos —declaró—, y esta tierra cruel deja huérfanos a muchos niños.

    No obstante, sus esperanzas resultaron vanas. Linde estaba habitada por familias muy numerosas y, si los padres morían, los familiares cercanos se encargaban de los niños que quedaban solos. Los verdaderos huérfanos no lograban sobrevivir el tiempo suficiente como para llegar hasta El nocturno y, a lo largo de los años, Dirca terminó por resignarse a su destino.

    En esos momentos, contemplaba a Jonathan, la preciosa criatura de claros cabellos que acababan de confiar a sus cuidados. Inclinó la cabeza hacia la cesta y derramó lágrimas de alegría.

    La alegría duró poco. En cuanto Leo se despidió del pequeño con un beso y se puso en marcha hacia el monasterio, el niño se inquietó muchísimo. Apenas dormía y pasaba llorando las largas horas de vigilia. Aunque, sin lugar a dudas, protestaba de hambre, rechazaba el pellejo con leche de cabra que Dirca utilizaba para alimentarlo. Se arqueaba y se retorcía intentando escapar de los cariñosos abrazos de la mujer, y las cicatrices de la mejilla —la señal del fuego, como las llamaba Ivar—adquirían un color rojo vivísimo cada vez que alguien se le acercaba.

    Ivar ayudó cuanto pudo a Dirca y a su esposo; con un conjuro simple, la pareja lograba conciliar el sueño unas pocas horas por la noche y, a base de un gran esfuerzo, el mago conseguía también calmar al niño el tiempo suficiente como para que Dirca le diera de comer.

    —Este niño tiene una voluntad de hierro —les dijo Ivar—, y no es aconsejable utilizar brujería con los pequeños con tanta frecuencia. —Vio que el comentario afectaba mucho a Dirca y se apresuró a añadir—: Seguiré ayudándote una semana más; si para entonces Jonathan todavía no te acepta... bien, habrá que encontrar una solución.

    Dirca y Andor veían pasar los días con gran preocupación, pues el llanto de Jon, lejos de aminorar, parecía ir en aumento. Finalmente, la pareja recurrió a la última acción que les quedaba: pedir a Ivar que llamara al hermano Leo.

    Dirca rogaba porque el niño no acusara la presencia del monje, ya que entonces tendría derecho a pedir a Ivar que siguiera ayudándola. No obstante, intuía lo que iba a suceder. Tan pronto como el hermano llegó, el niño dejó de llorar y, en cuanto lo tomó en brazos, emitió unos gorjeos de bienestar, recostó la cabeza, en el hombre del monje y se durmió.

    —Es posible que ya haya recibido la llamada —susurró Ivar a Leo.

    El monje asintió y colocó al niño otra vez en la cesta donde lo había llevado a El nocturno. En vez de la sencilla manta tejida, Dirca le puso una gruesa de lana y vivos colores, además de una almohada de plumas para la espalda. Después le dio también una segunda bolsa con ropa, calabazas que servían de sonajero y madejas de hilo de colores llamativos. Creía que sería capaz de despedirse del niño, pero, cuando fue a besarlo, las lágrimas que había retenido se derramaron en sus ojos.

    —Descansa un poco antes de ponerte en marcha —dijo Ivar a Leo.

    Andor lo invitó a comer y, junto con Ivar, se sentaron en la taberna. Dirca se quedó arriba, en la encalada habitación que Andor y ella habían acondicionado para el pequeño, meciendo la cesta en el regazo. Le cantó mientras dormía como si sólo en esos momentos de despedida el niño hubiera llegado a pertenecerle por fin.

    —Es por su bien —dijo Andor, cuando ya Leo había partido—. Tal vez encontremos otro que necesite un hogar.
    —Sí —asintió vacía, sabiendo que las palabras de Andor eran sólo producto de su amor. No sonrió a su esposo mientras éste se esforzaba por animarla. Una semilla amarga había entrado en lo más profundo de su ser: ningún otro niño podría reemplazar jamás a aquel de cabello plateado que nunca sería suyo.


    OCHO


    Antaño los tenté directamente pervirtiendo sus esperanzas de justicia y falsificando sus oraciones con visiones profanas. Antaño, cuando acababa de nacer a este sino horrendo y poseía una fuerza mucho mayor, volví los conjuros contra ellos mismos hasta desencadenar una lluvia de fuego que aniquiló la orden casi por completo, y también su primitivo templo. Pero cada combate me debilitaba y, aunque los efectos me complacían, apenas compensaban mis esfuerzos. Ahora, me escudo en mi energía; los guardianes creen que mis poderes declinan, porque los oculto bien y sólo los utilizo cuando es imprescindible.
    Ya he sembrado la discordia entre ellos. Mi sombra vela el sueño de mi hijo año tras año musitando promesas a su inocente oído, despertándole la conciencia al poder que posee, que aumenta sin cesar, y el mío con el suyo.
    Hijo mío, mi único hijo, la única criatura a la que me he atrevido a amar: estoy esperándote.


    Durante los años que siguieron a la desaparición de Leith, Jonathan se convirtió en un joven inteligente y dócil. El cabello se le oscureció, pero seguía manteniendo unos reflejos plateados, igual que los ojos, que del azul oscuro del recién nacido pasaron a un raro tono argentino, que además se acentuaba a medida que crecía. Durante ese tiempo, los cinco solitarios monjes que lo cuidaban llegaron a olvidar los escandalosos y perseverantes llantos del niño, que no cesaron hasta verse de nuevo entre ellos. Tras tantos años de soledad, con la única compañía de ellos mismos, los guardianes consideraban al pequeño un rayo de luz, de esperanza en la comunidad.

    A pesar del aislamiento de la congregación, disponían de medios adecuados para educar a Jonathan. Ya con pocos años de edad, comenzó a aprender la historia, la geografía y el sistema ecológico de Markovia y las regiones colindantes. El ciego Mattas le enseñaba, saltando de la realidad a la leyenda y describiéndole las criaturas que habitaban en las montañas y en los desiertos, y bajo la capa de la tierra. Le enseñó muchas cosas, pero evitando siempre todo lo relativo al tapiz. La comunidad opinaba que, para juzgar auténtica la llamada de Jonathan, ésta debía producirse antes de conocer la existencia del paño. Aparte de eso, Mattas disfrutaba contándole todas las demás cosas. Puesto que no podía observar el efecto que sus relatos causaban en el chico, el anciano monje lo escuchaba atentamente para detectar el miedo en la voz y cerciorarse así de que había captado el mensaje.

    —En esta tierra, el miedo es una virtud —le repetía al final de cada sesión.

    Mattas no habría pintado sus lecciones con tan macabros colores si hubiera sabido los estragos que producían en el chico. Jon solía quedarse despierto en su habitación tratando de ver en la oscuridad, y algunas noches llegaba a creer que de un momento a otro un vampiro entraría por la ventana y le chuparía la sangre. Otras veces pensaba que un ser le detendría el corazón con un toque helador. Cuando el miedo se le hacía insoportable, se iba de puntillas hasta la habitación de Hektor; con la excusa de que tenía frío, se colaba en su cama y se refugiaba en el enorme corpachón del hermano. Anhelaba hacerse mayor, ser fuerte y no tener miedo, como Hektor.

    En cuanto alcanzó la altura justa para sentarse a la mesa de la biblioteca, comenzó a aprender lectura y matemáticas, que Leo y Dominic le enseñaban. Los monjes descubrieron enseguida aptitudes asombrosas en el muchacho. Era capaz de memorizar un pasaje leyéndolo una sola vez. Frecuentemente, durante la cena, le pedían que recitara los relatos que había leído tan sólo unas horas antes; para las canciones mostraba la misma facilidad. Peto le enseñó a tañer el arpa; después, el mismo Peto lo acompañaba tocando la flauta y Jonathan cantaba baladas de las diversas tierras de los monjes. Poseía una voz tan cristalina y hermosa que los otros, en vez de unirse a él y divertirse cantando, se quedaban escuchándolo en silencio.

    A partir de los trece años, Hektor empezó a enseñarle los rudimentos de la lucha. El monje se zambullía en su antigua actividad con un entusiasmo que contagiaba a Jon. Primero le enseñó algunas formas básicas de lucha libre, defensa y ataque. Más adelante, cuando Jon era algo mayor, el monje continuó con palos y espadas de madera. Aunque el muchacho era ágil y hacía gala de buen juicio durante los entrenamientos, carecía de la estatura y de la fuerza necesarias para ser un verdadero espadachín. Cualquiera que sobrepasara su estatura podría vencerlo sólo con el propio peso y Hektor pensó con tristeza que casi todos los hombres eran más altos; además, a Jon no le gustaba nada perder.

    —Recuerda que posees el valor y el corazón de un guerrero, y la inteligencia suficiente para saber que la lucha no es casi nunca la solución —solía decirle Hektor cuando al chico le fallaban las fuerzas.
    —¿Es tan importante como la fuerza? —preguntaba Jon.
    —Mucho más y, por otra parte, tú posees otras cualidades muy superiores a las mías. —Y Jon asentía, porque lo que Hektor decía era verdad.
    —¿Dónde aprendiste a luchar tan bien? —le preguntó un día, al final de la clase. Hektor era el más reservado de la congregación con respecto a su historia personal, reserva que incluía a Jon.

    El hombretón miró a su aprendiz, que, pese a sus casi diecisiete años y toda su sabiduría, era muy candido.

    —Vamos a dar una vuelta por fuera de la fortaleza —le dijo. Se alejaron los dos por el camino y se sentaron en unas rocas sobre un barranco que caía en vertical. A lo lejos se extendían los áridos yermos de G'Henna.

    »He hablado de mi pasado con muy poca gente, pero a ti, Jon, quiero contártelo. Los demás se burlarían de mis errores, pero tú puedes aprender de ellos. —Señaló hacia el este y prosiguió—. Nací en la tierra de Borca. Mi padre era un gigante de más de dos metros y medio de alto, con unos brazos del tamaño de las piernas de un hombre normal. Se jactaba de tener sangre de gigantes en las venas y de que yo había heredado su estatura y su fuerza. Al parecer es cierto. Ya desde niño era mucho más alto y robusto que los de mi edad.
    »En mi pueblo había la costumbre de que todos los varones, incluso los más pequeños, hicieran demostraciones de fuerza por parejas. El señor de las tierras que mi padre trabajaba me vio luchar por primera vez cuando yo tenía seis años; había oído alardear a mi padre, y comprobó que tenía razón. Me compró y me dio instrucción de guerrero, y después de asesino. Aunque a tu edad ya pasaba los dos metros de alto, tenía menos pericia que tú y el entrenamiento era muy severo. —Hizo una pausa—. Yo lo odiaba.

    —¿Por qué no te escapabas?
    —Mi amo creía que iba a hacerlo, y por eso ideó una forma para conservarme a su servicio. Era un experto en venenos, aunque tardé tiempo en averiguarlo. Ponía una pócima en mi comida que no tenía sabor ni efecto visible, pero, cuando intenté escaparme, tal como él había previsto, se acabó el efecto de la droga y comencé a sentir un gran dolor, tan fuerte que sólo podía pensar en cómo detener aquella espantosa agonía.

    »Volví y le pedí perdón. Entonces me encadenó en el patio de armas del castillo. Los otros esclavos, porque es lo que éramos en realidad, oyeron mis gritos durante dos días, el tiempo que la droga tardó en volver a hacer efecto. A partir de entonces, creí que jamás lograría librarme de él.

    —¿Cómo lo conseguiste?
    —Hice locuras y me acompañó la suerte —dijo entre carcajadas—. Había un hombre que debía dinero a mi amo y abandonó Dorvinia sin pagar la deuda. Me dieron un caballo y me enviaron en su persecución para cobrar y, si se negaba, para imponerle un castigo ejemplar. Sus hombres me tendieron una emboscada cuando me acercaba a sus propiedades, cerca de Lechberg.

    »Me dejaron sin sentido y me llevaron a otra parte. Me desperté en medio del viaje, en la parte de atrás de un carromato, y cuando levanté la cabeza sólo vi peñas peladas. Un viento helado y áspero me metió polvo en los ojos, pero a través de las lágrimas vi que los que me llevaban prisionero tenían el rostro protegido. Más adelante, detuvieron el carromato, me hicieron bajar rodando y me abandonaron allí, atado de pies y manos, a pleno sol de estío. Cuando logré deshacerme de las ataduras, el carromato había desaparecido, y también las huellas porque el viento no cesaba de soplar.
    »Mi amo había calculado que tardaría sólo un día o dos, pero no más; en tan breve lapso habría comenzado a sentir las primeras molestias, pero no el verdadero dolor. Sin embargo, me hallaba abandonado en lo que luego supe que era G'Henna. Cuando los efectos de la droga se disiparon, empezó la tortura. —Se quedó mirando las lejanas tierras donde había estado a punto de morir.
    «Pasé dos noches sufriendo el tormento. Al tercer día, encontré un riachuelo y bebí de sus aguas salobres; podría haber muerto envenenado, pero no conseguí mitigar el dolor. Casualmente encontré un camino que se internaba en los montes y pensé que tal vez hallara refugio contra el viento. —Hizo una pausa. El chico no sabía nada del paño y, aunque Hektor no estaba de acuerdo en la creencia general de que la llamada de Jon debía producirse antes de que supiera nada sobre el tapiz, el juramento lo obligaba a no revelar el secreto. Pero, viendo que el muchacho lo miraba con expectación, siguió hablando.
    «Cuando se acercaba la noche, oí unos cantos. Seguí la dirección del sonido y fui trastabillando hasta entrar en la fortaleza, donde los guardianes acababan de comenzar... los rezos nocturnos. Estaban tan absortos en la ceremonia que al principio no se percataron de mi presencia.
    »En ese momento me pareció que el pasado me llamaba a gritos. Podía escoger entre quedarme o marcharme. Me acerqué a ellos lanzando juramento tras juramento para llamarles la atención. Leo se volvió hacia mí, y después Dominic, y me hicieron entrar en el círculo. Me dejé caer y, aplastado contra la tierra, rogué al dios al que estaban adorando, cualquiera que fuese, que me librara de la maldición.

    —¿Y fue así? —inquirió Jon, con tono de respeto y temor.
    —No de una forma directa. Leo intentó ayudarme, pero carecía de la sabiduría necesaria; entonces trajo a Ivar de Linde. Él sí que sabía algunas formas de aliviar mi agonía. El dolor tardó semanas en irse por completo, pero, una vez curado, me sentí libre por primera vez en mi vida. Habría podido hacer muchas cosas entonces, pero preferí quedarme aquí con los demás y, al igual que ellos, no me he arrepentido jamás. —Yo también quisiera quedarme. Jon sólo tenía diecisiete años, pensó Hektor, y con todo lo que ignoraba, ya estaba dispuesto a abandonar todas las posibilidades que ofrecía un mundo que ni siquiera conocía.
    —Antes de tomar esa decisión, deberías irte a vivir un tiempo al mundo que existe fuera de estos muros —aconsejó Hektor, consejo que ya Dominic había sugerido en cierto modo.
    —Dominic dice que no hace falta que me aleje mucho —comentó Jonathan. Miró al hermano y continuó—. Me ha hablado de un pueblo llamado Linde, en Tepest.
    —Ven. —Hektor se levantó y dio la mano al muchacho. Jon lo siguió hasta el lado opuesto de la fortaleza y bajaron después por un sendero que llevaba a un risco alto desde donde se dominaba Tepest. La tierra era verde y un río la cruzaba por el centro. Hektor señaló hacia el valle—. Linde está justo al otro lado del río. ¿Cuánta distancia crees que hay?
    —Lo bastante poco como para que yo pueda ir a visitarlo —replicó el joven con ojos brillantes.
    —Exacto. —El enorme monje lo abrazó—. Nadie te cerraría jamás esas puertas.

    Sonó la campana de la sala principal llamando a Jon para que acudiera a preparar la cena.

    —Gracias —le dijo el chico, y echó a correr sendero arriba hacia la fortaleza.

    Durante toda la cena estuvo dando vueltas en la cabeza a las últimas palabras de Hektor. En vez de tomar el jarabe, como todas las noches, se quedó despierto en la cama pensando en lo que tendría que hacer. La luz de la luna se colaba por las rendijas de los postigos y proyectaba sombras extrañas en las paredes del cuarto. Cuando estaba a punto de quedarse dormido oyó la voz que tanto se parecía a la suya propia.

    —Deja a los monjes, no tienen nada más que enseñarte.
    —Déjalos —repitió él.

    Como de costumbre, estaba medio convencido de que el pensamiento era totalmente suyo. Las palabras de Hektor se mezclaron con el susurro. Todavía seguía debatiendo la cuestión consigo mismo a la mañana siguiente mientras estudiaba con Leo en las habitaciones de arriba, como de costumbre.

    Al poco tiempo de aprender a leer, había empezado a practicar encantamientos sencillos que Leo le explicaba. Al principio no eran más que trucos, maneras de poner a prueba su talento, discreción y dedicación. La memoria prodigiosa que tenía le era muy útil, aunque los gestos con que debía acompañar las fórmulas le costaban el mismo esfuerzo que a cualquier otro novato. Además, a medida que el tiempo pasaba, iban revelándose en él unas aptitudes para la magia que sobrepasaban con mucho lo que habría sido normal para su edad.

    No obstante, Leo dosificaba el saber en raciones pequeñas y tacañas y, aunque a veces permitía a su pupilo encender la chimenea de la sala principal o el fuego de la cocina con una palabra o un gesto, sólo le enseñaba lo suficiente para asegurarle la supervivencia en Markovia.

    —Las montañas que nos rodean están llenas de enemigos. Markov, el hombre animal, señor de estas tierras, habita hacia el este. Nos deja en paz porque vivimos escondidos en una fortaleza que los hombres bestias creen hechizada. No hagas nada que pueda atraer atención sobre nosotros.
    —¿De qué me sirve aprender esto si no puedo ponerlo en práctica? —protestó Jon.
    —Para protegerte; pero, si haces alardes de tu poder fuera de estos muros por un motivo que no sea salvar tu vida, quemaré tu libro de magia. ¿Lo has comprendido?

    Después de semejante amenaza, Jon procuraba ser siempre muy respetuoso. Si daba muestras de que su deseo de obedecer era sincero, el maestro lo dejaría seguir copiando las fórmulas del libro, perfeccionadas por el propio Leo; y, si se portaba extraordinariamente bien, le enseñaría incluso un par de conjuros nuevos. Sin embargo, a pesar de sus buenos propósitos, lo más frecuente era que practicara conjuros que ya sabía, no que aprendiera otros nuevos; y, si se le ocurría hacer el mínimo reproche, Leo suspendía las clases, a veces durante semanas, y el chico se quedaba frustrado y rabioso.

    Aquella disciplina ejercía el efecto contrario al que Leo pretendía obtener. Jonathan sabía que tenía una disposición innata para la magia y, a medida que transcurría el tiempo, aumentaban sus deseos de ejercitarla, en vez de disminuir. A veces pensaba que sería capaz de cualquier cosa por adquirir los conocimientos necesarios.

    Cuando Dominic habló por primera vez de la necesidad de que el muchacho viajara, Jonathan sintió un miedo cerval. La excursión más larga que había hecho era por los montes de alrededor para cazar conejos. Pero, cuanto más consideraba la cuestión, tanto más mermaba el miedo. Había visto a Ivar algunas veces y sabía que había sido maestro de Leo; tal vez estuviera dispuesto a enseñarle a él también, y la perspectiva de aprender más magia con alguien que alimentara su talento era una razón bastante convincente para marcharse de la fortaleza. Dejar a Mattas no le importaba en absoluto. Despedirse de Leo sería un alivio, aunque echaría de menos a Peto y a Dominic. En cuanto a Hektor, la sola idea de no ver al amable gigantón más de un día o dos lo entristecía profundamente. A pesar de todo, al día siguiente iría al río a contemplar Linde desde lejos, y por la noche esperaba haber llegado a alguna conclusión.

    El nocturno siempre olía a levadura, la levadura que hacía subir el pan y burbujear la cerveza. Ese aroma embriagador se mezclaba con el afrutado del vino de Linde, que estaba en plena fase de fermentación; se trataba de una combinación de uvas y frambuesas famosa en toda Tepest y Nova Vaasa por su sabor y su potencia, así como por su precio, pagado en vidas de cosecheros.

    Las frambuesas crecían cerca del agua, en las empinadas colinas de ambos lados del río y en los confines de los pantanos de las tierras altas, en los elevados valles que se abrían más allá de las tierras de pasto. Como las matas estaban muy separadas unas de otras y daban pocas bayas, los vendimiadores tenían que trabajar en pequeños grupos a causa de la escasa cosecha que se recogía en cada uno de los aislados matorrales; esta forma de trabajar les exponía a grandes peligros.

    Algunas temporadas eran más afortunados y no perecía ningún vendimiador, pero generalmente la tragedia se cebaba en ellos. A veces, como si de una invasión se tratase, llegaba de repente una borrasca fortísima desde las montañas del norte arrastrando árboles y lanzándolos contra los cosecheros; otras, soplaba un cierzo helado que los mataba por congelación o los despeñaba desde los estrechos senderos. En algunas ocasiones, los hombres resbalaban y caían al río, crecido y gélido, o perdían pie y se precipitaban al valle por paredes verticales. También solían desaparecer y jamás se los encontraba.

    Los goblins de Tepest se mostraban más sañudos en otoño, porque tenían que almacenar provisiones para el invierno, por lo cual muchos aldeanos les achacaban las muertes de los cosecheros. Otros pensaban que había criaturas más terribles que se limitaban a esperar a que llegara la vendimia, que les traería carne fresca en abundancia. Ninguna madre permitía a sus hijos pequeños tomar parte en la vendimia, de modo que los niños del pueblo pasaban esa época en la posada, donde los atendían las niñas mayores, que echaban a suertes la fortuna de quedarse en la retaguardia.

    Sondra llevaba ya casi dos años viviendo en Linde, pero al día siguiente iría a recoger frambuesas por primera vez. No obstante, dormiría muy poco la víspera, porque los cosecheros estaban hambrientos después de la jornada de trabajo; su padre y su tío eran los propietarios de la bodega que había detrás de El nocturno, y la taberna asumía la responsabilidad de preparar comida para todos. Sondra acababa de añadir harina y miel a la pasta que su tía preparaba de primer plato cuando oyó una especie de arañazos en las tejas. Pensó que se trataría de algún mapache hambriento tras la tormenta de la noche anterior que había olisqueado la masa, y dio unos golpes en el techo con el palo de la escoba para espantarlo. Oyó un resbalar tejado abajo y siguió trabajando, dispuesta a hacer todo a la perfección, para que en esa ocasión su tía no tuviera el menor motivo para regañarla.

    La sombra del tejado, en vez de espantarse, bajó sigilosamente de las tejas de la cocina al cañizo que cubría el tejado de la taberna; algunas partes del entramado se habían caído a causa de la tormenta, y allí se detuvo la criatura, con el chato hocico hundido entre el zarzo. Con las orejas muy levantadas, escuchaba atentamente los movimientos de la gente que había dentro.

    —Mañana tú no vas a vendimiar, ¿verdad, Mihal? —preguntó Andor a un cliente borracho que estaba solo en un rincón.
    —Ni ningún otro día —replicó Mihal arrastrando las palabras—. Alguien tiene que cuidar el establo y proteger a los pequeños que se quedan aquí. —Dejó el cuchillo en la mesa y acarició la hoja, larga y curva—. Además, a mí el vino no me sirve de nada; al fin y al cabo, la bebida de hombres es la cerveza.
    —De hombres sin dinero, querrás decir —terció un parroquiano, cuyos compañeros, situados alrededor de la barra, rieron la broma.
    —¡De hombres! —repitió Mihal—. Barata, abundante... Ponme otra, Andor.
    —Si eres capaz de venir a buscarla...
    —Pues claro. —Logró ponerse de pie y dar un paso adelante antes de admitir la derrota y caerse sentado en la silla—. Creo que voy a dejar reposar la que he tomado —farfulló; al cabo de un momento, bajó la cabeza hasta la mesa y se quedó dormido roncando sonoramente.

    Los hombres de la barra discutían sobre la forma de mejorar la seguridad durante la cosecha. Cuando se cansaron de oír los ronquidos de Mihal, se fueron con la discusión a una de las mesas grandes del comedor, y lo dejaron solo en la penumbra de la taberna. Cuando hacía ya un rato que se habían marchado, la criatura del tejado empezó a escarbar con el hocico entre los palos, alerta en todo momento por si oía pasos de alguien.

    Sondra había puesto ya las tortas en el horno cuando oyó un suave silbido que venía de la taberna. Se paró a escuchar, pero enseguida volvió a su tarea hasta que captó otro sonido menos identificable. Se acercó a la puerta que daba al bar limpiándose la harina de las manos y se quedó atenta.

    Volvió a oírlo; era como un suspiro, como si la taberna misma respirara. Notó una corriente de aire frío y miró hacia la puerta, pero, sorprendentemente, estaba cerrada y atrancada.

    —¡Mihal! —dijo, al tiempo que se acercaba al rincón opuesto, donde el borracho seguía sin moverse, con la cabeza en la mesa—. ¡Mihal! ¿Estás bien?

    Sólo obtuvo por respuesta la brisa que se enroscaba despacio alrededor de sus pies como un gato hambriento.

    Cuando iba a tocar al hombre, oyó el silbido del viento en el tejado y, al levantar la vista, vio el agujero.

    —¡Mihal! —murmuró, y sacudió al hombre, que cayó de la silla hacia un lado, con el cuello cortado. Un charco de sangre se había formado en la mesa y goteaba sobre los blancos huesos de sus piernas, pues no quedaba nada más de ellas. El cuchillo con que podría haberse defendido tampoco estaba.

    Un grito se le ahogó en la garganta; se la apretó con fuerza tratando de obligarse a emitir algún sonido y de identificar a las criaturas que se escabullían entre las sombras bajo las mesas. Le pareció que estaban calibrando su terror mientras esperaban tranquilamente a que diera otro paso. Enmudecida y temblorosa, segura de que si se encontraba con las cosas que habían devorado a Mihal harían lo mismo con ella sin mayor dificultad, reculó hasta la puerta de la cocina.

    Cuando dio media vuelta para refugiarse allí, vio a otro ser en medio del paso. Tenía unos brazos y unas piernas muy peludos, como una versión grotesca de ser humano, y la cara plana e inexpresiva, a excepción de cierto matiz de inteligencia cazadora. Era de menor estatura que ella pero mucho más robusto, y blandía el cuchillo de Mihal en una mano. La muchacha retrocedió, alejándose poco a poco. La criatura de piel roja empezó a manosear el cuchillo emitiendo unos sonidos burdos y agudos, imposibles para una garganta humana. Otro de su especie le contestó desde atrás, y después otro más.

    Sondra intentó gritar de nuevo, pero sólo lograba articular una especie de gorgoteos de horror. Aunque ella oía a los hombres que hablaban en el comedor, anejo a la taberna, nadie le prestaba más atención que si hubieran oído romperse un cacharro en la cocina. No quería pensar en Mihal y en la forma tan silenciosa en que habían acabado con él; se concentró en lo cerca que se encontraba de los hombres y en que acudirían corriendo a la cocina si se producía alguna señal de que la estaban atacando.

    Tal vez las bestias intuían eso mismo, porque la pareja que estaba más cerca de ella se dirigió en silencio a la puerta y la abrió. Los goznes estaban bien engrasados y apenas chirriaron. El tercero se giró tras los otros dos, pero se detuvo a mirarla un momento más, con la cabeza ladeada y los hundidos y oscuros ojos brillantes a la luz de la cocina. Después desapareció con el mismo sigilo con que había aparecido.

    Sondra se apresuró a cerrar la puerta y atrancarla. Después corrió a la ventana y, a través de una rendija del cuarterón, divisó a los tres, que se perdían ya en las sombras de la noche. Comprobó si la ventana estaba bien cerrada y volvió aturdida a la cocina. Nadie sabría lo cobarde que era, se juró, mientras hundía las manos en la masa. Y los hombres no habían oído nada... y ella tampoco.

    A medida que trabajaba, el miedo iba en aumento. ¿Cómo iría a los bosques al día siguiente, si las bestiezuelas estarían por todas partes? Había creído que los cuentos de las muertes durante la vendimia no eran más que parte de la tradición para asustar a los niños y obligarlos a obedecer. Ahora sabía la verdad, y se sentía aterrorizada.

    Le temblaban las manos cuando dejó de amasar, y seguían temblándole cuando empezó con la siguiente hornada. En ese momento los hombres volvieron a la taberna; oyó jurar a uno y también el ruido de una silla al caerse cuando todos a una se dirigieron hacia el cuerpo de Mihal. Inmediatamente su tío irrumpió en la cocina.

    —¿Estás bien? —le preguntó, abrazándola—. ¿Has visto algo? ¿Oíste ruidos?
    —No, nada —contestó, sorprendida de haber recobrado la voz.

    A primera hora de la mañana siguiente, Sondra entró a hurtadillas en la cocina y echó al fuego todas sus muñecas. Durante los dos años que llevaba en Tepest viviendo con su padre, las muñecas habían sido sus únicas compañeras íntimas; los cuerpecillos de madera y los delicados rostros pintados le recordaban a casa y a su madre. La casa de muñecas, una réplica en miniatura de la que había dejado en Gundarak, podía llevarla a todas partes. Se la había hecho su madre, pocos meses antes de ausentarse.

    «Ausentarse»; así lo decía Sondra. Aunque había visto languidecer poco a poco y morir finalmente a su madre por causa del inclemente decreto de Gundar, esa forma de decirlo significaba que su madre podría volver a la vida por medio de la magia de su padre. Soñaba que se marchaba de las desordenadas habitaciones de su padre, en la parte de atrás de El nocturno, que bajaba andando por la calle y que se encontraba a su madre con los brazos abiertos.

    Era más fácil decir «está ausente» que «se ha muerto».

    Pero ésa era la realidad, y Sondra había tomado la decisión de destruir todos los recuerdos de la vida que había perdido. Cada pieza que tiraba hacía brotar llamas en el fuego de la cocina de su tía Dirca, llamas que morían enseguida.

    Cuando todas las muñecas quedaron reducidas a cenizas, puso en el horno los primeros panes tras sacar los bollos del desayuno, que estaban ya completamente hechos, y colocarlos en un recipiente. Los untó de mantequilla y mermelada y los llevó por la estrecha y curvada escalera hasta el estudio de su padre, en la caverna del sótano.

    No solía ir allí, a menos que se lo mandaran. La oscuridad del subterráneo la asustaba tanto como los monstruos. No comprendía por qué prefería trabajar tan escondido. En una ocasión le había dicho que los poderes de Tepest acudirían a buscarlo si llegaban a saber de su existencia, pero después añadió, en un tono como si estuviera tramando algo con ella, que en Tepest había mucho menos peligro que en Gundarak. Y era cierto. En Tepest podía salir a pasear sola durante el día sin temer nada, y el saludo «algún día» sólo significaba una promesa vaga, y no un reto disimulado al señor de la tierra. En verdad, si su padre no le hubiera dicho que tenía que haber señores en Tepest, habría creído que Linde y Viktal y todos los demás pueblos eran reinos independientes y autónomos.

    —¿Estás despierto, padre? —lo llamó, al entrar en la caverna.
    —Hace ya cuatro horas. No tenías por qué traerme de comer. Habría acudido yo cuando tocaras la campana.
    —Quería verte.
    —¿Para hablar de anoche?
    —No dije la verdad a los otros hombres.
    —Lo supe en cuanto entraste aquí.
    —Vi a las bestiezuelas después de que mataron a Mi—hal. No pude hacer nada, ni siquiera gritar. ¡Fui una cobarde!
    —¿Cobarde? —Soltó una carcajada y después añadió—: No me estoy burlando de ti, hija mía. Después de haber sobrevivido a años de terror en Gundarak, no puedes considerarte sino una auténtica heroína.

    Captó el tono sombrío de las últimas palabras y comprendió cuánto daño le hacía recordar aquellos días.

    —Pero ni siquiera pude pedir socorro —añadió.
    —Los seres que viste son las bestiezuelas que tanto temen los habitantes de Tepest. Son más pequeños y peludos que los demás goblins, pero pertenecen a la misma familia. Cuando huimos de Gundarak, nos persiguieron seres mucho más pavorosos que ellos. En aquel viaje, a pesar de todos los horrores que entrevimos, siempre hiciste lo que yo te pedí y no te quejaste una sola vez. Es posible que aprendieras a contenerte demasiado. De todas formas, Sondra, tú no tienes nada de cobarde. —La muchacha lo besó y se dispuso a bajar la escalera—. Nadie te reprocharía que no fueras a vendimiar hoy —le recordó aún su padre.

    «Excepto yo», se dijo ella.

    —Quiero ir —anunció sin mirarlo, para evitar que notase el miedo y averiguara que, al menos en ese tema, también le mentía a él.

    Antes de llegar a la cocina, se detuvo un momento a limpiarse las lágrimas. Su padre no se había dado cuenta, pero había puesto el dedo en la llaga de sus secretos más íntimos.


    Dirca y Andor estaban vestidos y en la cocina cuando ella llegó.

    —Huele a algo raro —comentó su tía, arrugando la nariz con asco al tiempo que removía las ascuas del hogar—. Si no has ventilado bien el horno otra vez, la masa se va a estropear. Has tenido tiempo de sobra para aprender a hacerlo.

    Sondra se resintió más que de costumbre por la regañina. Acababa de darse cuenta de que no sabría cómo justificar la desaparición de las muñecas, ni explicar por qué las había quemado.

    —A lo mejor las bestiezuelas han cerrado el tiro —sugirió. Se quedó mirando a su tía con cierta ansiedad cuando ésta se agachó a coger un trocito de puntilla azul y lo sujetó entre los dedos como si quisiera recordar dónde lo había visto antes.
    —Sondra, ¿has quemado algo en...? —De repente se acordó de dónde había visto la puntilla—. Sondra, ¿dónde están tus muñecas?

    La muchacha palideció y se encogió antes incluso de que la mano de Dirca la abofeteara en la mejilla, con tanta fuerza que la empujó contra la mesa del centro. La mujer levantó la mano para pegarle otro bofetón pero Andor le retuvo el brazo.

    —Dirca, las muñecas son suyas. Puede hacer con ellas lo que quiera.
    —Pero ¡quemarlas! —Miraba la puntilla de cerca—. ¡Esto es lo único que queda del traje de novia de mi madre! Mi hermana lo llevaba cuando se casó con Ivar, y, como la tela empezó a raerse, salvó la puntilla para hacer vestidos a las muñecas. Incluso les pintó la cara imitando sus propios rasgos. Si Sondra no quería ya el regalo de su madre, me lo podría haber dado a mí; yo lo habría guardado con veneración. ¡Pobre Sara! ¡Pobrecita Sara, que en paz descanse! ¡Qué disgusto, tener una hija tan desagradecida! —Se volvió hacia Sondra con toda la furia en la mirada—. ¡Pide perdón ahora mismo! —le exigió.

    Sondra, que todavía se acariciaba la mejilla, no dijo nada. Dirca se disponía a propinarle otro bofetón, pero, al ver que su esposo tenía intención de detenerla de nuevo, salió de la cocina muy ofendida.

    Andor sirvió un vaso de sidra y se lo ofreció a la muchacha. La joven sabía que su tío esperaba alguna explicación, pero no tenía nada que decir. Tomó el zumo en un momento, se puso el abrigo de lana que su tía le había hecho y salió a reunirse con los demás, que ya habían empezado la jornada de recolección.

    No le gustaba ese trabajo, sobre todo después de los horrores de la noche anterior. Tenía miedo del espeso bosque y de las cosas que vivían entre las sombras de los árboles. En Gundarak, los niños tenían prohibido aventurarse por los bosques cercanos, y los que desobedecían morían o, peor aún, desaparecían sin dejar rastro, mientras sus familias perdían la esperanza y las ganas de llorarlos.

    En Tepest no pasaba lo mismo, según su padre. De todas formas, los oscuros bosques se parecían mucho a los de Gundarak. Las macabras historias de Tepest sobre las bestiezuelas y los malos espíritus que secuestraban a quienes no se portaban bien aumentaron la angustia y el miedo. Bestiezuelas: eso era lo que había visto en la posada la noche anterior, pero tenían un nombre muy simpático para lo que eran. Antes de ir en busca de los demás vendimiadores, cogió un cuchillo y lo sujetó en el cinturón. Aunque los goblins le dieran un miedo espantoso, se juró que se defendería si la atacaban.

    Como salió del pueblo después que los demás, le dijeron que se uniera a un grupo de tres muchachas que estaban vendimiando junto al río, a la salida del pueblo. Se apresuró a alcanzarlas y, por el camino, vio un destello blanco en un sendero angosto que bajaba hasta el cruce del río, pero la silueta desapareció con la misma rapidez con que había aparecido.

    —¡Arlette! —gritó, creyendo que se trataría de una de las chicas de Linde, que siempre llevaban enaguas blancas—. ¡Arlette! ¿Eres tú?

    Arlette contestó desde la orilla del río. Inquieta, Sondra echó a correr hacia la ribera, pero aminoró el paso antes de que las demás la vieran.

    El día era húmedo y pesado. Sondra se quitó el abrigo de lana y, en cuanto llenó los cubos de frambuesas, bajó al río y se mojó las muñecas y el pelo. Levantó la cabeza y dejó que el agua cayera de sus oscuros rizos y le empapara la espalda. Las esquilas del ganado que pastaba por las cercanías ponían una nota agradable en el ambiente de la tarde. Las vendimiadoras charlaban en el bosque detrás de ella. Arlette estaba dando lecciones a otras dos, más jóvenes.

    —No me extraña que atacaran a Mihal —les decía en tono alto para que Sondra lo oyera—. Durante la última semana ha habido muchas bestiezuelas por el bosque, pues saben que es la época de la vendimia. Capturan a los que se apartan y les dejan los huesos limpios, pero la cara no la tocan nunca. ¡Qué raro que sean tan selectivos! ¿Verdad?

    «Los goblins quieren que veamos nuestra muerte», pensó Sondra. De pronto, las palabras de Arlette le parecieron más una premonición que un alarde. Todos los vendimiadores tendrían que haber visto a Mihal; si lo hubieran visto, no andarían rezagándose solos por ahí como el que había visto en el sendero, vestido de blanco. Se puso en pie y se dirigió hacia su grupo, con la intención de contarles lo que le había pasado a Mihal.

    Llegó al lindero del bosque, de donde provenían las voces, pero no encontró a las chicas.

    —¡Arlette! —llamó en voz baja, para que los goblins no captaran el miedo en su voz.

    No contestaron. Se quedó escuchando pero sólo oía una suave brisa en la copa de los árboles y el zumbido de las abejas, que libaban el dulce jugo de las bayas caídas y aplastadas. Después oyó una risita en la orilla del río.

    —¡Arlette! —la llamó de nuevo, en voz un poco más alta, con el cuerpo tenso, lista para salir huyendo.

    La risita sonó una vez más, demasiado tierna para ser de Arlette. Estaban haciéndole una broma, nada más. Furiosa, recogió los calderos llenos y se marchó en dirección a la posada. Al cabo de unos pocos metros, todavía en el bosque, vio bayas esparcidas por el suelo y un cubo tirado. Su tío habría pagado bien por ese cubo, y ninguna de las chicas lo habría desperdiciado para hacer una broma.

    Algo le había sucedido a alguna de ellas.

    Recogió el cubo y echó a correr hacia el claro. Desde allí, empezó a llamar con todas sus fuerzas a las más jóvenes. Las dos salieron de su escondite, riéndose todavía, hasta que vieron la expresión asustada de Sondra y el caldero vacío.

    —Falta Arlette. Vamos a Linde a buscar ayuda —dijo Sondra. Cuando alcanzaron los campos, al final del ribazo, desde donde se veía el pueblo, Sondra dio media vuelta y llamó a Arlette otra vez. Sólo oyó un susurro entre los árboles que podía ser el viento o...

    De repente tuvo la visión de Arlette rodeada de goblins, muda del susto, como ella la noche anterior.

    —Me quedo aquí, por si vuelve —decidió.
    —Tienes que venir con nosotras —dijo la mayor de las dos—. Las bestiezuelas te comerán a ti también.
    —Tengo con qué defenderme —replicó ella, enseñándoles el cuchillo—. ¡Echad a correr!

    «Estaré sola muy poco tiempo», pensaba, mientras seguía llamando a Arlette y escrutando el bosque en busca de cualquier señal. Estaba sobria y armada, en mejores condiciones que Mihal; tenía un cuchillo bien afilado y sabía manejarlo.

    —Muy poco tiempo —repitió en voz alta, aunque las palabras no le servían de consuelo.

    Pensaba que, si aparecían los goblins, se la llevarían con tanta rapidez como a Arlette; no reparó en el hecho de que las bestiezuelas ya conocían su punto débil: que no podía gritar.

    Sobresaltada, se percató de que la estaban observando con sus penetrantes ojos rojos desde el bosque y desde la orilla del río, entre las hierbas y los matorrales. Asustada, miró de nuevo hacia el pueblo, pero no había nadie a la vista. Intentó gritar y sólo consiguió emitir una especie de silbido ronco.

    Las bestiezuelas empezaron a acercarse. Media docena salió del bosque y, de una en una, se colocaron a su alrededor; el último ejemplar se parecía al que mejor había visto en la posada, aunque no estaba segura de que fuera el mismo.

    Tenía un aspecto más humano, porque era de mayor estatura que los otros y menos peludo, y llevaba entre las manos los restos sangrientos de un cadáver pequeño y delicado: el de Arlette, sin duda. Mientras Sondra lo miraba con ojos abiertos de espanto, el ser arrojó el cuerpo a sus pies. Faltaba el dedo corazón. El anillo de oro que tan bien le sentaba a Arlette lucía ahora colgado del cinto de cuerda que ceñía la cintura del goblin, del que pendía también una vaina de cuero muy burda. Sacó de la vaina un cuchillo y se lo enseñó a Sondra para que apreciara los artesanales grabados del mango y lo afilada que estaba la hoja del arma que había robado a Mihal.

    Había tomado la determinación de no morir con la misma facilidad que Arlette, y de no servirles de comida como Mihal, de modo que levantó el puñal y se quedó a la expectativa.

    Sin embargo, en los últimos instantes antes de la batalla final, sucedió algo imprevisible: tres lobos enormes aparecieron en el lindero del claro, silenciosos e inmóviles, atentos a los goblins, no a Sondra, que intentaba por todos los medios comportarse con valentía. El cabecilla de los goblins señaló hacia los lobos balbuceando. Sus compañeros se giraron a mirar y se quedaron boquiabiertos.

    Cuando los lobos se agazaparon para atacar, los goblins salieron en desbandada profiriendo agudos chillidos y se dispersaron entre los árboles, perseguidos por los lobos. Sondra se quedó perpleja, casi mareada por lo inesperado e insólito que había sido el rescate. Un joven de su edad trepaba por el ribazo del río hacia ella, agarrándose a las ramas bajas de los sauces llorones.

    Llevaba camisa blanca y pantalones gris claro, y el pelo despedía brillos plateados a la difusa luz del sol; debía de ser el mismo que había entrevisto antes en el sendero. Le pareció increíble que anduviera solo por los montes.

    —¿Llamaste tú a los lobos? —le preguntó. Aquello sonaba a tontería, una vez pronunciado, pero había oído hablar a su padre de un encantamiento para atraer fieras.
    —Estaba dispuesto a hacer cosas más difíciles —repuso con un encogimiento de hombros—, aunque afortunadamente no ha sido necesario. —Tenía la voz tan bonita como la cara.
    —¿No vives en Linde? —El joven negó con un gesto—. ¿Dónde vives, entonces?
    —No puedo decírtelo —contestó, con una sonrisa.

    Sondra deseaba que dijera algo más, pero oyó que la llamaban desde el bosque. Miró al muchacho por última vez y respondió a los gritos de los salvadores, que acudían a destiempo. El chico se retiró a las protectoras sombras de los árboles.


    La cena se sirvió en el comedor de la posada, como de costumbre. Andor, Dirca, Ivar y Sondra ocupaban un extremo de la larga mesa. Los asientos vacíos del otro extremo siempre se le antojaban a Sondra los de los invitados que no habían acudido a cenar, invitados o familiares. No le gustaba la hora de la cena, pues le recordaba a su madre y a los parientes que habían quedado en Gundarak.

    Esa noche, el recuerdo era más vivo que nunca. Su tía comía en silencio, resentida todavía por lo de las muñecas quemadas; Andor evitaba dirigirse a la joven para no provocar las iras de su esposa; su padre también parecía decepcionado por lo de las muñecas y, sobre todo, por el descuido de su hija en el bosque, aunque tenía muchas ganas de perdonarla por las dos trágicas muertes que había vivido tan de cerca y tan seguidas.

    Durante la sobremesa, Sondra describió al muchacho que había conocido en el bosque y contó cómo la había salvado de los goblins.

    —A los hombres que fueron a buscarte no les dijiste nada de ese chico —observó su tío—. ¿Por qué?
    —Atrajo a los animales con un conjuro, y me pareció que no quería que lo vieran, por eso guardé el secreto. A vosotros os lo he contado porque a lo mejor sabéis quién es.
    —Se llama Jonathan —dijo su padre. Al oír el nombre, Dirca se levantó bruscamente a recoger los platos y se escabulló a la cocina.

    Andor le siguió los pasos con una mirada penetrante y temerosa. Sondra creyó entonces que su tía sentía repulsa por el muchacho, y salió en su defensa.

    —Me salvó la vida. —Ninguno hizo comentarios; esperaban a ver si Dirca volvía de la cocina.
    —¿Te dijo él que había llamado a los lobos? —inquirió su padre, al ver que la mujer no regresaba.
    —Bueno, en realidad no. A lo mejor los encontró en el bosque.
    —¿Lobos? —inquirió Andor. Ivar contuvo una sonrisa.

    Le hicieron algunas preguntas más y después continuaron hablando del chico disimuladamente. Sondra pensó que, si adoptaba una actitud indiferente, tal vez oyera más cosas sobre él, de forma que empezó a recoger los platos de la mesa. Cuando llegó a la cocina, su tía cerraba el armario donde guardaban el vino y tenía lágrimas en los ojos; al ver a Sondra, puso otra vez cara de enfadada y, sin una palabra, salió de allí. Dirca no la quería, ni siquiera antes de quemar las muñecas; pero ¿por qué? No lo sabía y no se atrevía a preguntar, aunque intentaba averiguar el motivo.

    Sondra intuía que Jonathan tenía algo que ver, así es que limpió y guardó los vasos en el armario con toda calma, sin alejarse de la puerta para oír hablar a su padre y a su tío.

    —... vino él en persona. Preguntó si necesitábamos un chico para trabajar aquí —decía su padre—. Opinan que Jonathan no debe quedarse con ellos para siempre, porque, si no, nunca sabrá de verdad lo que quiere hacer en la vida. Desean que venga aquí aunque sólo sea una temporada.
    —¿Qué sabe hacer? —preguntó Andor.
    —Leer..., escribir...
    —En Linde hay poco trabajo para esa clase de conocimientos —repuso Andor con un bufido.
    —... cazar... seguir rastros... Es como un animal cuando está solo en el bosque.
    —Podría trabajar de rastreador —dedujo Andor, pensando en Arlette y todos los niños que perecían durante la vendimia—, pero lo que Sondra cuenta me preocupa. El chico no afirmó que hubiera llamado a los lobos, pero si por casualidad hizo un encantamiento... Bueno, no quiero llamar la atención sobre nosotros. ¿Me garantizarías ese aspecto?
    —Si el chico tiene talento, y según Leo lo tiene, será difícil impedir que practique. De todas formas tendrá que obedecerme; de lo contrario no le enseñaré más.
    —¿Qué sabe de los guardianes?
    —Que son ermitaños, nada más. Piensan que si supiera más, no podría unirse a ellos puramente.
    —¡Son una pandilla de viejos chochos! —exclamó Andor.
    —Tal vez sí, o tal vez no. ¿Recuerdas cómo perdí a Leo hace muchos años?
    —Voy a preguntar a Dirca si le importa que se quede aquí —dijo, sin responder a la pregunta de Ivar.

    Sondra juzgó el momento oportuno para acercarse de puntillas al armario y cerrarlo. Un momento después, pasó delante de ellos y subió la escalera hacia su habitación.

    Fuera había nubes de polillas y bichillos blancos con alas; los oía chocar contra los cuarterones mientras se desvestía a la luz de la vela. La apagó, se metió en la cama y, tapada hasta las orejas, dio gracias porque el techo que la cobijaba fuera de tejas.

    Tardó mucho en dormirse pensando en Jonathan y en la reacción de su tía al oír el nombre. Ella ya tenía la edad suficiente como para encontrar novio y pensar seriamente en el matrimonio, pero Jonathan parecía un candidato muy joven, aunque le resultaba mucho más atractivo que Mishya o cualquiera de los otros jóvenes de Linde. Además, ardía en deseos de volver a ver al muchacho del pelo de plata.

    En otro dormitorio, al final del corredor, Dirca también estaba desvelada y tomaba a sorbos el vino que había cogido en la cocina. Recordaba aquellas pocas semanas, hacía ya tanto tiempo, cuando creía que por fin habían encontrado un hijo. Durante todos esos años, siempre había abrigado el consuelo de que el chico estaba cerca y de que algún día volvería con ella.

    Después, el destino le trajo otra criatura, no la que ella quería, pero una criatura al fin y al cabo. Lamentaba no haberse quedado en Gundarak ayudando a su hermana a criar a la niña. Si hubiera tenido a Sondra entre los brazos cuando era pequeña, si la hubiera visto crecer, habría llegado a sentir afecto por aquella desconocida cabezota cuya presencia le imponían ahora. Pero cada vez que la miraba se acordaba de sus dos hijitas, perdidas por culpa de la fatalidad hacía ya mucho tiempo.

    Habrían sido obedientes y preciosas, y las habría querido muchísimo.

    Hacía meses que no bebía tanto de aquel potente vino de Linde, y se sentía mareada. Al día siguiente, añadiría agua a la botella para que Andor no se diera cuenta de que faltaba tanto y, lo que era peor, de lo mucho que la afectaba todavía el rechazo de Jonathan.

    —Pero Sondra está aquí —se dijo una vez más en un murmullo apagado y amargado, como si la niña fuera su rival, en vez de su sobrina. Las dos buscaban el afecto de una persona a quien ninguna conocía en realidad.


    NUEVE


    Por las noches, mi alma vaga ociosa por las vetustas estancias del alcázar sin nada que hacer, salvo observar la vida de los guardianes y escuchar sus cuitas. Creen que mi hijo puede recibir la llamada... como si fuera a aliarse con ellos e impedirme a mí la entrada en el mundo.
    A veces mi hijo pregunta por su padre. Si no pueden evitar responderle, mienten. Yo le susurro que no lo olvide nunca.


    Aquella noche, durante la cena, Jonathan habló a los monjes de los goblins y de los lobos y confesó que, si no hubiera convocado a los lobos al lugar, habrían matado a la chica con toda certeza; pero no había recurrido a la magia para atraerlos, sino que lo habían seguido misteriosamente. Además, había sabido contenerse y obedecer a Leo, a pesar del fuerte impulso que sintió por hacer algo, por notar el poder fluyendo de su mente a sus manos; por ejemplo, matar a los goblins con unas pocas palabras y un gesto rápido. Pero no lo había hecho. Pese a que había desobedecido las órdenes de los guardianes traspasando los límites establecidos alrededor de la fortaleza, esperaba alguna muestra de aprobación por haber sido tan discreto. Sin embargo lo censuraron, sobre todo Mattas.

    —¿Es que no has aprendido nada en todos estos años? —lo increpó—. En esta tierra habitan poderes que se tomarían gran interés por ti si llegaran a enterarse de que existes. ¿Te gustaría convertirte en esclavo de Markov, el señor bestial? ¿Te gustaría que te contara otra vez la historia de las tres arpías comedoras de carne que moran en Tepest? Sólo el mal posee auténtico poder en estas regiones, y los demás sobrevivimos como podemos... ¡y los más sabios saben esconderse!
    —¡Pero los goblins habrían matado a la chica!
    —Matan a muchos aldeanos de Tepest.
    —¡Mattas! —exclamó Dominic, en un tono escandalizado que a Jon no le pasó inadvertido, como tampoco la resignación con que continuó hablando—. Nadie sino la muchacha vio a Jonathan, y su intervención fue oportuna.
    —Además no utilicé la magia —insistió el chico mirando a Leo, aunque no detectó la menor señal de que lo respaldara.

    Jon ignoraba por qué los lobos lo habían seguido, y supuso que Leo pensaba que los había conjurado él. Lo castigaría sin clases al día siguiente, y seguro que durante varias semanas más. Jonathan había descubierto un encantamiento en un libro de su maestro que tal vez le sirviera para someterlo a su voluntad. Pensó si sería capaz de intentarlo.

    —Es natural que desee ver algo de Linde. Es posible que pronto vaya allí —terció Hektor, apretando la mano del chico en señal de apoyo.
    —Tengo la impresión de que ya ha estado allí más de una vez —farfulló Mattas, pero los demás hicieron caso omiso de él.
    —Zanjemos el asunto —concluyó Dominic con ecuanimidad, al tiempo que levantaba el plato de la mesa e indicaba a Jon que hiciera lo mismo—. No volverá a suceder. No hay necesidad de seguir discutiendo.


    Aquella noche, la voz hablaba con más fuerza e insistencia. Jon se sentó en la cama y alargó el cuello en dirección a la voz. Las sombras de la habitación se arremolinaron hasta adquirir un contorno tembloroso en forma de hombre.

    —¿Quién eres? —preguntó el chico. No recibió respuesta y se dispuso a encender la vela de la mesilla. Cuando la luz dorada de la llama expulsó las sombras del cuarto, vio que estaba solo.

    A la mañana siguiente, Jon, sentado en una almena con las piernas cruzadas, contemplaba una grieta honda que recorría la mal conservada muralla exterior. A lo lejos, apenas visibles entre los árboles, se columbraban los verdes montes de Tepest, desarbolados para tierras de pasto. Pensó en las chicas que había visto riéndose a la orilla del río, sobre todo en una: aquella tan valiente que esgrimía un cuchillo pequeño contra media docena de goblins.

    Se puso en pie. Ya había concluido sus tareas y apenas era mediodía. Recogió el saco con pan tierno que había dejado en el suelo y, con todo el sigilo de que era capaz, bajó la escalinata hasta el patio. Mattas dormitaba apoyado en la pared soleada de la capilla; no quería despertarlo y contestar a las preguntas de siempre sobre adonde iba o dejaba de ir.

    Cuando había empezado a hacer correrías por los montes de alrededor, pensaba que los hombres bestias eran únicamente obtusos mentales y dementes. Leo y Mattas le habían advertido que las criaturas podían hacerlo pedazos o llevárselo a Markov si lo atrapaban. Durante la adolescencia, Jon confiaba en la agudeza de sus sentidos y en su inteligencia para esconderse de las fieras; ahora sabía además algunos conjuros que los harían arrepentirse si lo atacaban. Hasta el momento, no había tenido necesidad de ponerlos en práctica.

    En las cercanías habitaban dos comunidades de hombres bestias; la más numerosa era la más feroz y mejor organizada, y mantenían vigilado su territorio, lo cual dificultaba sus incursiones de espionaje. La otra apenas tenía organización y sus componentes siempre andaban dispersos, cazando en grupos como los animales a quienes se parecían. Jon había observado a ambas desde lejos, porque sabía que, si se acercaba, se arriesgaría a ser capturado.

    Aquel día se dedicó a cazar conejos, no a perseguir a las bestias. Cortaba trozos de pan para atraer a los animalillos hasta una distancia desde donde pudiera darles con la honda, y mató cinco. Guardó tres para Leo y se llevó los dos restantes a un valle poco profundo cerca del río. Llegó a un claro en medio de los espesos matorrales y lanzó un silbido grave. Al cabo de un momento, tres seres aparecieron de entre el follaje, dos machos y una hembra. Tenían caras humanas y cuerpos de criaturas degeneradas. Los habían expulsado de las tribus de bestias y tenían las piernas y la espalda deformadas; al macho de menor estatura le faltaba un ojo, y de la órbita vacía fluía un pus amarillento que le ensuciaba la peluda mejilla. Cuando Jon los había descubierto, llevaban ya un tiempo malviviendo a base de frutos silvestres y alguno que otro pez del río.

    Al contrario que las tribus más numerosas, ese grupo de lisiados carecía de emplazamiento fijo y estaban siempre al raso, moviéndose sin cesar; huían de sus congéneres igual que de Markov, porque cualquiera de ellos pondría fin a sus miserables vidas.

    Jon los había observado durante meses: la forma en que gesticulaban para entenderse mientras descansaban, cómo se defendían unos a otros... Poco a poco, empezó a comprender que, a pesar de su escasa inteligencia y de sus deformidades, habían sido seres humanos en algún tiempo, y todavía conservaban algo de humanidad. ¿Podría acercarse a ellos? ¿Aprendería a entenderlos? Lo que sí sabía es que deseaba intentarlo.

    Empezó dejándoles comida: silbaba cada vez que les dejaba algo y se escondía entre los árboles secos. Más tarde, se dejaba ver de lejos y, cuando ellos ya se habían acercado a la carne, él se aproximaba un poco también. Con el tiempo, le permitieron colocarse a su lado, acariciarles el áspero pelaje y estar con ellos un rato.

    La vez anterior, dos más se habían sumado al grupo. Uno era una hembra menuda cuyas únicas deformidades eran el pellejo suave y dorado que le cubría todo el cuerpo y unos ojos azules de mirada vacía. Con ella iba un macho de cuerpo de toro, pezuñas en los cuartos traseros y cuernos desiguales en la frente.

    —¿Dónde? —preguntó Jon, gesticulando con las manos para referirse a los dos que faltaban.

    La hembra intentó decírselo, pero su boca, apenas una cicatriz profunda en medio de la deformada cara, no lograba articular palabras. Le quedaba un fragmento de lengua y emitía inflexiones, pero ni una sola sílaba. Las lágrimas le llenaron los rasgados ojos, bajó la cabeza y se tapó la cara, avergonzada.

    El macho que tenía un solo ojo le tocó el brazo. Su rostro adquirió una expresión de dolor mientras trataba de encontrar la forma de comunicarse. Después, en silencio, mostró las heridas abiertas que tenía en un lado y señaló hacia el río, indicando a Jon que allí encontraría la respuesta. Jon asintió, recogió el saco y se lo ofreció a la hembra que lloraba. Ella lo tomó y lo abrió. Los tres miraron el festín que contenía y se volvieron a Jon con gran profusión de reverencias y agradecimiento sincero. El de menor estatura le besó la mano, el más alto le acarició el pelo plateado con su enorme zarpa de oso, nada apropiada para el delgado brazo al que se hallaba unida. La mujer quiso sonreír, arrancó unos trozos de pan y, sujetándolos con delicadeza entre las curvadas garras rojas, se los ofreció a un hurón que tenía en el hombro.

    No era la primera vez que Jonathan veía a la hembra con animalillos. Lo que no había visto nunca en ninguna de las tribus eran niños. Cuando Markov había creado esos horrendos mutantes debía de haberlos hecho también estériles, y Jon se preguntaba si, en caso contrario, habrían tenido niños humanos o animales. Conocía la historia del creador de todos ellos, un hombre tan retorcido que los vistanis lo llamaban «el señor de las penas». Los guardianes lo habían aleccionado sobre dicho señor antes de permitirle salir de la fortaleza, y las historias le habían provocado pesadillas en las que se veía atado a una mesa en casa de Markov, bajo una cuchilla afilada que lanzaba destellos a la luz del fuego y descendía poco a poco para hacerlo picadillo.

    —Es un monstruo —le decía Dominic—, un genio enrevesado que se sitúa por encima de nosotros como nosotros por encima de los animales que nos sirven de sustento.

    Jon pensaba en esas palabras mientras observaba el banquete de los tres: devoraban los conejos que él había cazado arrancando porciones que comían crudas y limpiándose la sangre de las manos con trozos de pan... Cuando terminaron, Jon les pidió que lo llevaran al lugar donde habían muerto los otros dos.

    Los habían matado a orillas del rápido y pedregoso río. Los cuerpos desfigurados yacían desmembrados, las partes descarnadas y amontonadas en la orilla. Cerca de ellos, sin heridas, yacía muerta la criatura que los había matado. Era el ser más espantoso que el chico hubiera visto en su vida, con pies, rostro y pechos humanos, pechos que resultaban inútiles sin una cría a quien amamantar, y el cuerpo y la cola estilizados de un gato montes, pero de tamaño monstruoso. Tenía las fauces abiertas y los largos colmillos felinos tocaban la mandíbula inferior. Aquella criatura le provocó un escalofrío, a pesar de estar muerta. La mera idea de que hubiera otras cazando por los alrededores le hizo pensar en volver inmediatamente a los protectores muros de la fortaleza.

    —¿Lo habéis matado vosotros? —inquirió, dirigiéndose al macho herido.

    El hombre bestia asintió, y dejó escapar una risa larga y cavernosa mientras se golpeaba el pecho con la mano abierta. Cuando terminó de celebrarlo, se agachó al lado del río y sacó una espada corta de un escondite entre los arbustos. Se la entregó a Jonathan haciendo gestos elocuentes y después se retiró.

    —¡No! —exclamó el chico, y se la devolvió—. Guárdala, úsala.

    La criatura volvió a esconder el arma entre los matorrales. Jon la sacó de nuevo e intentó dársela otra vez, aunque sabía que de nada serviría.

    El hombre bestia sacudía la cabeza mientras Jon le explicaba por qué debía tenerla a mano, cuando oyeron un gruñido grave entre el follaje, en la orilla, un poco más arriba. Cuando el muchacho se giró hacia el ruido, oyó otro, y aún otro más.

    La hembra chilló e intentó echar a correr, pero sus piernas apenas podían cojear. Jon fue tras ella y la obligó a volver, mientras indicaba a los otros que buscaran refugio en el río. Pero, en cuanto los hombres bestias rozaron el agua helada, se negaron a seguir; no se movieron siquiera cuando Jon imitó los arañazos de un gato que va a saltar sobre la presa. Desesperado, lanzó la espada contra el pecho del macho.

    —¡Entonces, lucha! —le ordenó, y preparó la honda.

    Las piedras eran pequeñas, apropiadas para cazar conejos y ardillas, y no a los hombres felinos que se acercaban entre los árboles avanzando en semicírculo.

    Jon no comprendía por qué no atacaban ya. El trío de bestias no entrañaba peligro alguno, era una presa ideal, y sin embargo los cazadores se mantenían a la espera. Al cabo de un momento, lo comprendió: el ser que había aparecido en el claro de la manada debía de ser el jefe.

    Para hacer una broma perversa, Markov había metamorfoseado gatos monteses poniéndoles cara de hombre, y después debió de darles como jefe un ser humano con cara de gato. Tenía todo el cuerpo de hombre, pero patas de felino, y los brazos humanos terminaban en enormes zarpas gatunas. Miró a Jon fijamente con ojos anaranjados, y los otros lo imitaron; aquellas miradas lo aturdían, y comprendió su significado. No pretendían matarlo, sino adormecerlo, y después devorar a los otros. Una vez bien alimentados, se lo llevarían a Markov, que haría con su cuerpo lo mismo que con todos los desgraciados desconocidos que pululaban por la tierra.

    El miedo le dio fuerzas, y consiguió zafarse de las miradas antes de caer dormido. Se preparó para la única forma de ataque que podía destruir a aquellas bestias acordándose de todo lo que Leo le había enseñado. Separó las piernas para afianzarse sobre el terreno y clavó los talones en el esponjoso suelo de la orilla; juntó las manos como para rezar y las palabras comenzaron a surgir despacio de su mente; mientras tanto, colocó los dedos y esperó.

    Los hombres gatos avanzaban a cuatro patas en pelotón, acercándose amenazadoramente y aguardando la señal del último, el de los ojos anaranjados. Jon dejó de prestarles atención y se concentró en la energía que iba acumulándose en su interior para dominarla, tal como Leo le había enseñado.

    No habría sabido decir el tiempo que los hombres esperaron antes de efectuar el primer movimiento, pero, cuando sucedió, él ya estaba preparado. Extendió las manos y arrojó una cortina de llamas desde los dedos. Uno de los atacantes, con el pelaje incendiado, se tiró al río y se lo llevó la corriente, pero el resto tuvo menos suerte, porque Jon, bajando las manos, prendió fuego a las hierbas que los rodeaban. El hombre bestia comprendió su ventajosa posición y se lanzó a clavar la espada a los gatos que aullaban hasta mutilarlos a todos. Detrás llegaron sus compañeros arrojando piedras al enemigo.

    El poder que Jon había concentrado se disipó con la llamarada, pero el combate no había concluido. El fuego apenas había chamuscado los bigotes del gato jefe, que se batía en lenta retirada hacia los árboles con la boca abierta y enseñando los colmillos.

    Jon gritó como un salvaje, quitó la espada al hombre bestia y se lanzó en persecución del jefe. A pesar de que estaba cansado y era mucho más débil que el ser al que seguía, Jon tenía que convertir la refriega en un combate a muerte, para que la criatura de Markov no contara lo ocurrido a su perverso amo.

    El arma que blandía parecía muy corta y mal afilada, inútil para enfrentarse a un enemigo tan temible. Se acordó del monstruoso gato que su amigo había matado antes, pero su amigo era mucho más fuerte, ágil y experto. Se dijo que no sería desobediencia si utilizaba la magia en ese momento. Más animado, dejó de correr y comenzó un segundo encantamiento. El terreno se hizo pedregoso, cubierto de peñas enormes y, tal como esperaba, el enemigo lo aguardaba subido a una roca. Se detuvo y levantó la espada con las dos manos, preparado para cuando la criatura saltase.

    Percibió la oscura sorpresa de su contrincante; Jon había creado una ilusión mediante la cual parecía más alto de lo que era, aunque no más fuerte ni robusto. Con un gesto de respeto hacia la valiente actitud de Jon, la criatura saltó súbitamente hacia la garganta del chico.

    Si la bestia calculó mal o la ilusión de Jon funcionó, poco importaba, porque, cuando el gato iba a caer sobre él, Jon le clavó la espada en el vientre y la hundió aún más mientras la bestia caía aullando. Las garras gatunas querían arañarlo, pero él estaba preparado. De un solo golpe le dejó una pata inútil, empapada en sangre.

    La bestia rodó por el suelo con la única idea de huir mientras trataba de ganar distancia. Jon iba asestándole mandobles desde un lado, jugueteando con la desgracia del otro como el otro lo habría hecho con él. Por fin, respiró hondo y se arrodilló para asestarle el golpe de gracia en el cogote. Cuando la hoja se hundió en el cuerpo, la sangre salió a chorros, le salpicó la cara y le entró en la boca. Primero se atragantó, pero después tragó, mientras la criatura temblaba y se quedaba quieta para siempre.

    ¡Lo había matado!

    No se trataba de una presa de caza cualquiera para mitigar el hambre de los guardianes, sino de un adversario fuerte y avezado. Había hecho uso de sus conocimientos con una seguridad que jamás habría imaginado. De repente, la sangre le pareció más dulce, un sabor que debía probar para no olvidar. Se lamió las gruesas y espesas gotas del pelo y de las manos saboreándolas con placer.

    ¡Con cuánta perfección lo había hecho todo! Su risa se esparció entre los árboles como una canción vespertina. El grupo, que se había quedado junto al río, lo oyó y se acercó con cautela. Jon, riéndose todavía, les hizo seña de que se aproximaran y comprobaran la hazaña.

    El muchacho se justificó pensando que así Markov jamás llegaría a saber lo ocurrido. Devolvió la espada al hombre bestia y fue al río a lavarse la ropa y el cuerpo. Cuando dejó al grupo de mutilados, creyó que no volvería a verlos, pero a pesar de ello no miró hacia atrás. Sus pensamientos se centraban en cosas mucho más importantes que aquellas criaturas dignas de compasión; reflexionaba en el poder recién descubierto, en la ciencia y en cómo aprender más.

    Durante la cena, aquel mismo día, Jon comunicó su decisión.

    —Si no hay inconveniente, me gustaría marcharme a Tepest lo antes posible... antes de que cambie de opinión —anunció, fingiendo incertidumbre, aunque estaba completamente decidido.

    Dominic, con gesto grave y mirada inflexible, le cedió su sitio en la presidencia de la mesa. Jon asintió satisfecho y ocupó el lugar de honor como si le perteneciera de toda la vida. Mientras comía, los demás lo observaban, algunos con temor, otros con breves sonrisas de esperanza, como si pensaran en el futuro, cuando la fortaleza se convirtiera en su hogar por derecho propio.

    Los guardianes le habían enseñado muchas cosas, pero casi nada sobre el propósito de la orden. Sabía que deseaban vivir apartados del mundo, que la capilla era la casa de su dios, el centro de su fe y el lugar en el que, por humildad, no se atrevían a entrar. Todo lo demás era un misterio que no podían compartir con él a menos que recibiera la llamada, que sintiera vocación de ingresar en la orden. En algún tiempo había intentado sonsacarles más cosas haciéndoles múltiples preguntas, pero no se las contestaban, de forma que lo dejó por imposible.

    Aunque faltaban pocos días para su partida, decidió tratar de resolver el mayor número posible de misterios. Por la noche, cuando se disponía a entrar en la cama, llegó Leo para darle la poción que le depararía un sueño tranquilo. El muchacho vació el pequeño vaso, pero al tragar, dejó la mayor parte del líquido bajo la lengua y, tan pronto como Leo se marchó, lo escupió en la jarra del agua y se enjuagó la boca, pues sabía más amargo que de costumbre. La presencia de la noche anterior no había sido un sueño y tenía la esperanza de descubrir de quién se trataba.

    A pesar de lo poco que había bebido, se durmió enseguida, y podría no haberse despertado en toda la noche de no haber notado un roce en el hombro, ligero como la brisa pero suficiente para despertarlo. Le dolía la cabeza, tenía la boca seca y el regusto amargo de la droga le daba náuseas.

    Se levantó, fue a trompicones hasta la puerta y la encontró cerrada con llave; empezó a golpearla hasta hacerse daño en las manos, pero nadie acudió a la llamada.

    ¿Se habrían drogado también los monjes? Abrió los postigos de la ventana y se quedó mirando la lejanía, más allá de la fortaleza, donde las oscuras sombras de las torres se proyectaban alargadas sobre la tierra bañada por la luna. Nunca se había dado cuenta de que la luna brillara tanto. Se asomó por encima del alféizar hasta alcanzar el espléndido círculo de la luna y las manchas oscuras que moteaban la plateada superficie. Mientras contemplaba la noche con ojos brillantes, oyó el canto de los guardianes que subía desde abajo, desde dentro de las murallas. Y, al mismo tiempo, otro sonido amortiguado y suave como de gritos de placer y dolor.

    No eran los silbidos fantasmales del viento que solía escuchar entre los muros, ni los susurros de sus noches después de la pócima; no, eran mucho más siniestros y más vividos, pero no le resultaban desconocidos. Los había oído durante un sueño que se repetía una vez al mes desde que tenía memoria.

    Prestó más atención. El canto y los gritos frenéticos venían de los alrededores de la capilla; uno de los secretos de los guardianes. Se juró que algún día descubriría qué era lo que guardaban allí con tanto fervor.

    Por la mañana no se acordaba del tiempo que había pasado en la ventana ni de las veces que intentó abrir la puerta, pero despertó con los puños cerrados, arañados y con sangre, las rodillas apretadas contra el pecho y temblando, aunque el sol entraba a raudales en el cuarto.


    DIEZ


    Me asombra tanto la ambición de mi hijo como el poder que posee. Ha prestado oídos a mis palabras, eso es cierto, y me place saber que he sido escuchado. He estado tentado a decirle quién es y en qué forma ha sido traicionado, pero intuyo que todavía no es la hora. Unos meses más de prisión no es nada después de tantos años.


    Dos días después, antes del mediodía, Jon y Leo llegaban a Linde. Leo bajaba al pueblo de vez en cuando y los aldeanos lo reconocían desde lejos; sabían que era un monje de la orden guardiana. Como no deseaba que nadie relacionara a la congregación con el muchacho de cabellos plateados, Leo llegó en esa ocasión disfrazado de misionero rechoncho; representaba tan bien su papel que entró en el pueblo delante de Jon con andares devotos. Jon, en cambio, era la primera vez que entraba en una población y la gente que veía al pasar eran los primeros desconocidos con que topaba en su vida, a parte de Ivar y las muchachas del río. Apretó el hatillo de ropa contra el pecho y trató de no quedarse boquiabierto ante las cabañas pintadas, las múltiples flores de colores que bordeaban la calle, y la gente, adultos y niños por igual, que dejaban de hacer lo que tenían entre manos para mirar abiertamente al chico y al hombre vestido de negro.

    Ni siquiera en la posada se retiró Leo la capucha del sayo; habló con Andor en un tono resonante, apropiado a su profesión fingida, para que todo el mundo se enterase de que iba de camino a G'Henna a predicar entre aquellos paganos, y que pedía a Andor que aceptara a su hijo como criado hasta su regreso. Andor aceptó y Leo dejó sobre la barra unas monedas para cubrir los gastos de las primeras semanas.

    —¿Te quedas hasta mañana? —le preguntó Andor.
    —Mi misión no me permite semejante lujo; restan aún muchas horas de luz y prefiero seguir adelante.
    —Procura llegar a G'Henna antes del anochecer, porque si no te verás predicando en vano a las bestiezuelas —le advirtió un parroquiano.
    —Predicará en vano de todas formas. Los sacerdotes de G'Henna son sanguinarios; comen hombres, en cuerpo y alma —añadió otro, con un gesto de desagrado.
    —Aunque parezcan baladronadas —terció Andor, siguiéndoles la corriente—, dicen la verdad; no creo que volvamos a verte por aquí.
    —Hasta ahora he tenido mejor suerte de la que merezco, pero de todos modos no quisiera llevarme a mi hijo. En cuanto al dinero, te he dado todo el que tengo —replicó Leo. Se caló la capucha más aún y dejó a Jon con un simple adiós.

    Jon se quedó mirándolo hasta que desapareció. Después, permaneció junto a la puerta con las manos temblorosas; se las puso a la espalda y se apoyó en la pared fuertemente. Estaba seguro de que, dijera lo que dijese, sonaría a tontería, de modo que se limitó a esperar en silencio. Por fin, Dirca se acercó a él y lo acompañó arriba, al pequeño cuarto que ya le habían preparado. La ventana miraba al sur y a lo lejos se divisaban las montañas por las que tanto apego sentía. Miró entonces a Dirca, parada en el umbral con una expresión extraña y melancólica.

    —Voy a traerte algo de comer —dijo la mujer.
    —¿Ivar está aquí? —preguntó Jon, en voz más alta de lo que deseaba, a causa del nerviosismo. Era lo primero que decía desde que había llegado.
    —¿Ivar? No, está con Andor en el lagar, vigilando el prensado, pero vuelve esta noche. Mientras tanto, deberías descansar.

    Dio media vuelta y se marchó limpiándose algo de la cara.

    Jon deshizo el equipaje enseguida y colocó la ropa en el armario. Después, volvió a bajar y se encontró a Dirca en la cocina, que estaba preparándole una bandeja de comida.

    —No estoy cansado —le dijo, para justificar su presencia, y se sentó a la mesa.

    Mientras comía, notaba que Dirca estaba pendiente de él; pero, cuando él la miraba, ella apartaba los ojos asustada. Tal vez las mujeres trataban así a los hombres, se dijo, con la intención de observarla después, en presencia de su esposo.

    Acababa de comer cuando la chica a la que había salvado en el bosque entró por la puerta de atrás. Tenía los brazos manchados de rojo, casi hasta los codos, y también el viejo delantal, usado para el mismo menester repetidas veces. Se detuvo en seco al verlo y escondió los brazos a la espalda.

    —¡Qué color tan bonito! —comentó Jon con ojos brillantes.
    —Me dijeron que habías llegado —replicó ella ruborizada—, pero no pensaba que estarías aquí. —Jonathan, te presento a mi sobrina Sondra. —Ya nos conocemos —dijo él, y sonrió a la joven—. ¿Necesitáis ayuda en el lagar?
    —Jon, acabas de hacer un largo viaje a pie —se opuso Dirca.
    —No estoy inválido —replicó cortante; después suavizó el tono—. Tengo costumbre de trabajar y prefiero ir a echar una mano.
    —Hay mucho que hacer —intervino Sondra—. Podrías empezas por ayudarme a preparar la comida a los hombres.

    Entre los dos llevaron el almuerzo al lagar y Andor presentó el nuevo criado a los hombres que trabajaban en las prensas. El olor de las frambuesas impregnaba la sala, un aroma espeso y dulzón que preludiaba el magnífico vino en que iba a convertirse. Durante la comida, los hombres apenas hablaban y miraban a Jon de soslayo, con recelo. En aquel lugar rodeado de depredadores carniceros y saturado de historias de monstruos que cambiaban de forma, siempre se desconfiaba de los desconocidos. Concluido el almuerzo, Jon se puso a echar las bayas en la prensa mientras Sondra se quedaba debajo quitando los hollejos y las pepitas de los estrechos caños.

    Dos hombres vaciaban los cubos en unas tinajas, mientras Ivar mezclaba azúcar de remolacha y miel para endulzar el vino y añadirle grados. En cuanto sonaron las campanas del atardecer, los hombres se marcharon, pero Ivar, Sondra y Jon se quedaron hasta terminar el prensado. Después, cenaron tarde en la cocina.

    Ivar se retiró y dejó solos a Jon y a su hija. La muchacha no sabía qué decir al chico del pelo de plata. Entonces se acordó de una triste historia, de un familiar que había vivido en Tepest.

    —Tenía una tía, una joven muy bella, según dicen, que vivía en Viktal, en Tepest —comenzó en medio del silencio. Jon se acercó a escuchar—. Cuando llegó el momento de casarse, dijo que prefería celebrar la ceremonia sola, en vez de hacer los votos en grupo, que era la costumbre de Viktal durante la primavera. Una semana antes de casarse, desapareció y su prometido también desapareció de su cabaña unos días después. Nunca se encontró rastro de ellos. Estas cosas pasan con frecuencia en Viktal y en Kellee, pero aquí no tanto. Los padres de mi tía sufrieron mucho por ella y, una noche, también desaparecieron. Dicen que las bestiezuelas, los goblins, los tentaron para que salieran de la posada y se los comieron.
    —¿Crees que esas criaturas son capaces de idear cosas así? —le preguntó Jonathan, intentando disipar el miedo de la muchacha.

    Sondra levantó la lámpara y lo condujo a la taberna; después señaló con un dedo trémulo la parte del tejado que había sido reparada hacía poco.

    —Entraron en la posada por allí —le dijo, y le contó la historia de Mihal.
    —Tu padre sabe magi... cómo enfrentarse a esas bestias. ¿Por qué no aprendes tú también? —sugirió.
    —No —replicó con amargura—; ese saber sólo procuró desgracias a mi madre, pues mi padre tuvo que abandonarla por culpa de la magia. Antes de marcharse, hizo cuanto pudo por ella y le dejó unas monedas de cobre convertidas en oro; pero, cuando quiso utilizarlas, los hombres de Gundar se dieron cuenta de que eran producto de la brujería y se las confiscaron, además de las pocas cosas de valor que teníamos. Luego, como venganza, prohibieron a todos que nos ayudaran. Yo era muy pequeña pero me acuerdo de cómo murió, de hambre. —Hizo una pausa y prosiguió—: No es que reniegue de lo que es mi padre, pero no podría soportar la carga de sus poderes ni de su conciencia.

    La tristeza de la joven era tan profunda y arraigada que Jon la sentía en su propio corazón. Para aliviarla un poco, descolgó un laúd de la puerta del comedor.

    —¿Suelen tocar música aquí? —inquirió, mientras afinaba las cuerdas.
    —Nunca. Dicen que Maeve, la mujer que acogió a tu madre cuando vivió aquí, era quien tocaba. Mi padre le prohibió volver a la taberna mucho antes de que llegara yo. Arlette me contó que habían sido amigos, pero que después surgieron problemas graves entre ellos y por eso se lo prohibió. Maeve por su parte juró vengarse de quien se atreviera a traer música a El nocturno. A veces todavía canta en los festivales de temporada, y te aseguro que no he oído una voz tan bella en mi vida.
    —¿Sabes alguna canción?
    —Algunas, pero no tengo voz.
    —¿Conoces ésta?

    Empezó una sencilla melodía que narraba una leyenda Popular trágica sobre un sanador que, pecando de orguLLo, había querido ponerse por encima de los dioses y había dado vida a un muerto; los dioses lo habían castigado destrozando todo lo que amaba, y se había quedado solo y enloquecido de tristeza.

    La canción continuaba con un lamento aún más triste, el del monstruo que había creado, condenado a vivir al margen de la humanidad y desesperado para siempre por la falta de cariño humano.

    Maeve tenía una voz maravillosa, pero no le llegaba al corazón de la misma manera que la del joven. Jon cantó la primera parte de un modo exquisito, pero en los últimos versos dejó fluir la emoción verdadera que contenía la balada.

    —Es la canción más bella que he oído en mi vida —dijo Sondra impulsivamente cuando concluyó. Le rozó la mejilla suavemente, con unos dedos como alas de pajarillo contra su cara.

    La canción había despertado a Andor, que se quedó quieto junto a su esposa escuchando el bello lamento del monstruo.

    Cuando caen los relámpagos pienso en la noche en que nací.
    Cuando arrecia la tormenta vuelven los recuerdos.
    Cuando los vientos amainan lamento la muerte que jamás vendrá a buscarme.


    Andor pensaba en aquellos espantosos años de destrucción, antes de la bendita noche en que Ivar había llegado a la posada, antes de los colgantes con forma de cabeza de lobo. La fría luz de la luna que entraba por las rendijas de los cuarterones atrancados excitó la bestia que llevaba dentro, una bestia que todavía se emocionaba con los estimulantes recuerdos de las cacerías de antaño y el sabor incomparable de la sangre fresca.

    Durante los siguientes días, Ivar y Jonathan trabajaron juntos en el lagar. Jon sabía que estaba en período de prueba y obedecía todas las órdenes siguiendo las instrucciones al pie de la letra. Por fin, la noche en que filtraron el vino por última vez y lo guardaron en las cubas de envejecimiento, Ivar pidió al chico que bajara con él a la cueva que tenía debajo de la posada.

    —Y trae el libro de encantamientos —añadió.

    Jonathan, nervioso y con el libro entre las manos, siguió al hombre de pelo blanco escaleras abajo. Sin mediar palabra, Ivar le indicó con un gesto que se sentara a la mesa frente a él. Seis velas iluminaban la estancia. El chico dejó el libro en medio de ambos. Ivar, antes de abrirlo, examinó las tapas de piel que Jon había confeccionado y el cuidadoso encuadernado. El muchacho se había esmerado a pesar de los escasos medios con que contaba; no cabía duda de que le gustaba mucho el arte de su elección.

    Las primeras páginas contenían fórmulas e instrucciones muy minuciosas de los encantamientos más básicos, casi todos relacionados con el fuego, cosa que no sorprendía a Ivar.

    —¡Qué pocas páginas hay! —comentó—. ¿No quieres aprender más?
    —No me atrevía... —balbució Jon, con un destello ambarino en los ojos por el reflejo de las velas.
    —¿No te atrevías?
    —Procuraba no mostrarme ambicioso con Leo ni exigirle demasiado, porque, cada vez que lo hacía, suspendía las clases. Pensé que, si aceptaba venir aquí, tú serías mi maestro. Tengo muchas ganas de aprender.

    Jon hablaba con voz mesurada pero los ojos le brillaban, e Ivar se preguntó si estaría conteniéndose las lágrimas. Le desagradaba comportarse tan duramente con una persona de tanto talento y a quien tanto debía ya; no obstante, continuó interrogándolo.

    —¿Te explicó Leo por qué no quería enseñarte? —preguntó, sin la menor traza de ablandamiento en la voz.
    —Algo me dijo; me contó que por mucho que aprendiera no podría practicar sin exponer a peligros a mis seres queridos y a mí mismo.
    —Así es. En estas regiones, los poderes pequeños son los más fáciles de practicar, pero la tierra pervierte los grandes y los hace suyos para su propio provecho.
    —Entonces, ¿de qué sirve aprender?
    —Parte de la disciplina consiste en aprender a ser discreto, y otra, en saber cuándo arriesgarse. Yo me arriesgaría para salvar una vida inocente, y te debo mucho por la forma en que te expusiste para salvar a Sondra.
    —Entonces, ¿vas a enseñarme? —inquirió esperanzado.

    Ivar no había tenido aprendices desde que Leo lo había abandonado súbitamente, y era fuerte la tentación, a pesar de que el chico podía dejarlo de repente al sentir la llamada, igual que Leo años atrás. Tal vez fuera ésa su misión, tal vez los guardianes necesitaran los conocimientos que él poseía. En tal caso, tenía la obligación de hacer que el chico avanzara lo más rápido posible.

    —Nadie, excepto Andor y su esposa, sabe de la existencia de esta caverna. Si revelas el secreto, te castigaré con algo peor que suspender tu aprendizaje. Ésta es la primera premisa de nuestro pacto.
    —Lo prometo —dijo Jon emocionado.
    —Tienes que esconder el libro de encantamientos aquí o en tu habitación y no enseñárselo a ningún desconocido ni dar la menor pista sobre su existencia; ésta es la segunda premisa. —Jon asintió con la cabeza, temeroso de hablar—. Aprenderás las fórmulas aquí y las pondrás en práctica tú solo únicamente aquí, o conmigo fuera de estos muros; pero jamás harás ejercicios por cuenta propia a menos que te dé permiso o esté en peligro la vida de un inocente o la tuya propia. He aquí la tercera condición de nuestro acuerdo.
    —Acepto.
    —Y, por último, no puedes hablar con nadie de fuera de la familia de mis poderes ni de los tuyos. Jura ahora que cumplirás estos preceptos. —Jon se precipitó en la respuesta e Ivar lo interrumpió con brusquedad—. Jura por tus poderes que harás cuanto te diga.
    —Lo juro —dijo el chico—, lo juro por mis poderes.
    —Bien. —Ivar sonrió herméticamente y giró el libro hacia su dueño—. Ahora, demuéstrame lo que sabes y tómate el tiempo que necesites para prepararte.

    Jonathan hojeó el libro y reunió los materiales necesarios para sus conjuros; nunca había tenido ocasión de utilizar la máxima potencia de sus poderes, pues a Leo parecía asustarlo, y en ese momento se preparaba con deleite. El fuego de la chimenea adquirió mayor intensidad y cambió de dorado a rojo y a un azul oscuro. Jon encendió las velas de la mesa con llamas de los dedos, y un soplo mágico las apagó. El fuego de la chimenea se extinguió. Sopló al aire unos polvos de fósforo fosforescente que había en la mesa y, al momento, unos fuegos fatuos mágicos revolotearon por el suelo oscuro, confluyeron en el hogar y volvieron a encenderlo. Jon se hizo más alto, más pequeño, encorvado y envejecido. Al final, agotado por el esfuerzo, cerró el libro, dejó caer las manos sobre la mesa y miró a Ivar. Una sonrisa de placer apuntó en los labios del joven, y se ensanchó al ver el mismo gesto en el rostro de Ivar.

    El mago alargó una mano para tocar la cicatriz que el medallón de Dominic le había dejado en la mejilla.

    —Es un signo de fuego, y te sucedió durante la ceremonia del nombre. En algunos lugares lo consideran premonitorio.
    —¿De algo bueno?
    —De poder. Será un placer enseñarte y quizás, algún día, aprender de ti.

    Más tarde, ya en la cama, Jonathan ahogaba la risa en la almohada; tenía aseguradas muchas más horas en la caverna. Por fin había encontrado un maestro que lo respetaba y por fin iba a aprender. No había nada más importante.


    Durante las semanas siguientes, Ivar y Jon trabajaron en el lagar cuidando las tinajas de líquido ámbar y morado hasta completar el proceso de fermentación. Por las noches estudiaban juntos en la caverna. Cuando colocaron el corcho a los últimos litros de vino ambarino y lo embalaron en dirección a toda Tepest y Nova Vaasa y las mezclas moradas quedaron lacradas en los barriles de envejecimiento, empezaron a dedicar más tiempo a la educación de Jon.

    El muchacho era un aprendiz excelente; memorizaba los encantamientos básicos con tanta rapidez y exactitud que Ivar creyó que sucedería lo mismo con los más complicados. Sin embargo, el chico estaba obsesionado con la luz y el fuego; cualquier conjuro en el que entraran estos elementos le interesaba, mientras que los demás, aunque los aprendiera perfectamente, no llamaban su atención.

    «Por otra parte —pensaba Ivar—, el chico consiguió atraer a los lobos, un conjuro extraordinario incluso en circunstancias normales, cuanto más teniendo en cuenta la gran escasez de esas fieras en los alrededores.»

    —Dime qué palabras pronunciaste para convocar a los lobos en ayuda de mi hija —le exigió por fin.

    Jon dudaba. Ivar notó que estaba sopesando la posibilidad de mentir pero se daba cuenta de que le descubriría.

    —No lo hice yo —admitió al fin, sin mirar a su maestro a los ojos—. Yo iba paseando por el bosque y vi que me seguían. —Describió a los lobos y prosiguió—: Después oí a las chicas que corrían gritando junto al río, me acerqué al claro y vi a Sondra. Los lobos me seguían todavía. Les... hablé y al parecer me entendieron, pero, de verdad, no creo que eso fuera un conjuro.
    —Sondra dijo que los habías llamado.
    —Yo no le dije que sí ni que no.
    —Tampoco lo negaste cuando te interrogué.
    —Con los conjuros de fuego que sé habría podido destruir a los goblins, y lo habría hecho, de no haber sido porque los lobos atacaron primero.
    —¿Tienes interés por Sondra? ¿Es ése el motivo por el que mentiste?
    —Soy muy joven como para interesarme por nadie, pero tengo que admitir que cuando la vi en el bosque enfrentándose a aquellos seres... —Dejó la frase en suspenso, un tanto cohibido.
    —Sabe enfrentarse al peligro, ¿verdad? —Jonathan asintió—. La mayoría de los jóvenes de estas regiones se casan antes de los diecisiete años. Te daría permiso para cortejar a Sondra, en caso de que lo pidieras. —El chico se turbó tanto que Ivar comprobó que no se había equivocado.
    —Todavía no —replicó.

    Una respuesta juiciosa, pero que entristeció a Ivar porque siempre había anhelado enseñar a alguien de su propia sangre. Decían que había heredado de su padre las aptitudes para la magia, pero él no lo conoció, y fue su madre quien lo ayudó a dar los primeros pasos en el arte. Se desperezó y bostezó.

    —Estoy cansado —dijo, al tiempo que se disponía a marcharse—. Continúa con las lecciones; puedes seguir por tu cuenta perfectamente.

    Jon se quedó a solas en la caverna, ensayando con pocas ganas la forma de borrar las palabras de un pergamino que tenía delante. Le parecía un conjuro inútil, que no le serviría de protección ni le enseñaría nada práctico; además, parecía que le sustraía poder en vez de dárselo. Pensó que Ivar se lo había impuesto sólo como parte de la disciplina. Consiguió que las letras palidecieran y se dijo que continuaría al día siguiente, cuando tuviera la mente descansada.

    Cerró el libro y lo dejó al lado de los pergaminos y gruesos volúmenes de Ivar y después apagó el fuego y las velas. Había recorrido la escalera de caracol de la posada tantas veces que ya no necesitaba alumbrarse.

    Al final de dicha escalera había un pasaje estrecho que tenía una pared común con el comedor y, al pasar, Jon oyó a Ivar y Andor hablando de él. Pensó que a lo mejor esta familia tenía secretos, como los guardianes, y se detuvo, curioso, a escuchar.

    —Jonathan tiene que hacer algo más, aparte de lo que aprenda contigo —dijo Andor—; si no la gente empezará a preguntarse qué hace aquí. En realidad, ya han empezado a murmurar. Maeve es la que ha empezado, como si no hubiera hecho ya bastante mal al chico.
    —Jon me ha dicho que él no convocó a los lobos, sino que lo seguían y que el cabecilla era uno negro muy grande.
    —¿Es que esa maldita mujer no tiene bastante con la vida de su madre? —se lamentó Andor amargamente.
    —Leith escogió su destino sola, nadie la obligó.
    —¿Sabe Jon lo que le sucedió?
    —Cree que murió al dar a luz, y más vale que así sea.

    ¿Qué significaban esas palabras? ¿Acaso su madre había muerto asesinada? Habían hablado de una tal Maeve, y pensó que debía de ser la misma a quien habían prohibido entrar en El nocturno. Relacionó enseguida a su madre con Maeve, pero desechó el pensamiento con la misma rapidez. Los guardianes no habrían mentido por una cosa así.

    Se le ocurrió entonces una segunda posibilidad, más inquietante: que su madre siguiera con vida. Si fuera así, ¿por qué no habría ido a buscarlo? Reflexionaba en la oscuridad, sin atreverse a respirar para que Ivar no lo sorprendiera en el angosto pasadizo, y lloraba. Aguardó a que se marcharan a la cocina y entonces, con el gesto compuesto, entró él también.

    —Ahora que hemos terminado de embotellar el vino, no sé qué trabajo te gustaría hacer en Linde —le dijo Andor.
    —Cazar —repuso, fingiendo sorpresa—. No tengo facilidad para el trato con la gente.

    Andor sonrió pensando en las chicas del pueblo, que de repente habían empezado a acercarse al comedor a las horas más peregrinas, con la esperanza de ver a Jonathan al pasar o escucharlo tocar el laúd y cantar. Pensó también, aunque con disgusto, en los jóvenes del pueblo, que comenzaban a mostrar encono hacia el rival que, a su vez, no se daba por aludido; el más rencoroso era Mishya, que se sentía defraudado porque Sondra ya no requería su compañía.

    —No es que no tengas facilidad, es que te falta práctica —le dijo—, y eso tiene solución. Mientras tanto, creo que algún grupo de cazadores te acogería encantado.

    Jon se rió para sus adentros. Los había visto cazar, y parecían locos.

    —Cazo solo —replicó, con una expresión gélida.
    —En Tepest no. Ya se han perdido muchos hombres en esos bosques cerrados.
    —Puedo cazar con honda codornices, conejos y ardillas en los pastos de alrededor, sin alejarme del pueblo.

    Se concentró en Andor y le ordenó mentalmente que aceptara, y no se sorprendió cuando comprobó que lo lograba. Tenía cualidades persuasivas innatas y encanto personal; la gente solía hacer lo que él decía, tanto en la posada como en la fortaleza. Escuchó desasosegado los múltiples consejos de Andor sobre la caza a solas, pero nada podría disuadirlo. Había preguntas que precisaban respuestas, y únicamente las encontraría si se movía solo.

    —Empiezo mañana, en los campos más cercanos —anunció al concluir Andor.
    —Empezarás por allá abajo —replicó Ivar, señalando hacia la caverna—. Hay dos pergaminos atados con cintas negras. Antes de salir a vagar solo por los montes, lee los dos.

    Jon apenas durmió por la noche y se levantó mucho antes del alba. Cuando bajó la escalera, una rata se escabulló entre las tinieblas de uno de los pasadizos que no se utilizaban. Lo asombraba que las alimañas no royeran los pergaminos de Ivar ni devoraran los restos de comida que quedaban en la mesa. Las ratas eran una invasión en la pequeña biblioteca de Leo, pero, al parecer, Ivar disponía de medios para controlar sus sencillas mentes. El maestro le había dejado los pergaminos a mano; Jon se frotó las últimas legañas de los ojos, encendió las velas y comenzó a leer.

    El primero era sobre las tres arpías que, según decían, vivían en Tepest. Leo ya le había contado algo al respecto, pero el relato del pergamino era mucho más completo. Eran tres poderosas brujas, capaces de tomar forma de un desconocido o del ser amado para atraer a las víctimas incautas hacia una trampa mortal. El documento aumentó sus deseos y su resolución de adquirir poderes para hacerse inmune a los encantamientos de esos seres.

    El segundo pergamino resultó mucho más interesante. Ivar ya lo había puesto en antecedentes sobre la maldición de Andor, pero el relato revelaba la existencia de otros seres bestias que vivían en el pueblo; entre ellos se encontraba Maeve, de quien se creía que estaba en alianza con las tres arpías y les proporcionaba víctimas de entre sus numerosos amantes. Tal vez Ivar le había recomendado esa lectura para mantenerlo alejado de ella, pero un hecho le llamó mucho la atención: la mujer, en su forma de lobo, era enorme, robusta y cubierta de pelo negro.

    Ya la conocía. Era el jefe del grupo que lo había seguido en el bosque, y se propuso encontrarla pronto otra vez.


    ONCE


    Hay cierta vida entre lunas llenas; percibo el paso de las estaciones, la luz del sol y los conflictos mentales de los que me rodean. Mi hijo tiene sueños oscuros y turbulentos: buena señal. La oscuridad me lo traerá. Pronto será mío.


    Jon superaba con creces a todos los muchachos del pueblo en las lides de caza; tenía la aptitud de quedarse tan inmóvil que las presas no lo veían hasta que la piedra volaba hacia ellas, además de colocar trampas tan perfectas que ni los animales más avezados las detectaban. De esta forma, no necesitó esforzarse mucho para ganarse los parabienes de Andor. En la posada había comida de sobra, y barata, y la despensa de ahumados estaba bien surtida para el invierno.

    Era el tiempo de la siega de otoño. Jon trabajó con los segadores unos días pero no consiguió imprimir el ritmo necesario a la hoz ni resistía mucho tiempo segando. A pesar de los comentarios burlones de los cazadores con respecto a su falta de robustez, Jon se alegraba porque encontraba cierta camaradería en las chanzas, cosa que hasta entonces había echado de menos.

    Nunca se habían cosechado en Linde tantos costales de grano y heno como ese año, ni habían tenido nunca un tiempo tan excelente para trabajar, bonanza que se alargó hasta la temporada de caza de goblins y las fiestas de la cosecha de otoño.

    Montaron tenderetes fuera de la posada, blancos como las casas y decoradas las telas con flores y ramas pintadas. En los palos del eje central colocaron banderolas de colores, y todas las familias contribuyeron con un jarrón de flores para la mesa, además de los mejores guisos y dulces para compartir y la artesanía y los tejidos para vender. Mataron un puerco de la piara de Andor y lo asaron sobre un lecho de brasas y hierbas frescas. Dirca iba untándolo con puré de cebolla y mermelada de frambuesa hasta que la piel quedó tostada y churruscante. Jon, que se había criado entre los ascéticos guardianes, no había participado nunca en un banquete tan espléndido.

    Después de la comida, apilaron los restos en una sola mesa para saciar el hambre de los juerguistas nocturnos y retiraron todas las demás para hacer sitio a los músicos y a los que quisieran bailar.

    Jonathan no había bailado nunca, pero no pudo resistir la tentación de unirse a los demás. Las magníficas canciones, las piruetas de los bailarines y el roce de las manos de Sondra eran más embriagadores que el vino de Linde y las tartas de frambuesa. A medida que anochecía la luna iba descendiendo en el cielo, compitiendo en luminosidad con las antorchas y ribeteando de plata los charcos dorados del centro de la aldea.

    Maeve apareció en plena velada. Jon la había visto de lejos un par de veces y su belleza le había impresionado, pero nunca tanto como en ese momento. Tenía el mechón blanco trenzado con una delicada cadena de oro y el resto del cabello suelto sobre los hombros; llevaba faldas de gasa de muchos colores y una blusa ceñida al pecho, platillos diminutos en los dedos y campanillas en los tobillos. Cuando cruzó descalza por entre la gente, todos, hombres y mujeres, se detuvieron a mirarla y se hizo el silencio. Con una extraña sonrisa, hizo un gesto para que formaran un círculo alrededor del entoldado.

    —¡Además va a bailar! ¡Cuánto tiempo hacía! —comentó una chica a Jon sin mirarlo, con los ojos fijos en Maeve, pletórica de admiración.
    —Así suele presentarse —añadió Sondra en voz baja al tiempo que adelantaba unos pasos con Jon para colocarse en primera fila.

    Maeve dio tres golpes en el suelo con el pie y levantó los brazos, con lo que las amplias mangas cayeron sobre el pecho. Los platillos sonaron suavemente; alzó la cara hacia la luna y empezó a cantar. Se trataba de una canción popular entre los cazadores, aunque un poco modificada, pues hablaba de la querencia de un lobo por una compañera de invierno con quien compartir el frío y las horas oscuras y que calentara la guarida hasta la primavera.

    Mientras cantaba, comenzó a mover las manos y a golpear el suelo con los pies. Dio una vuelta alrededor del círculo mirando hacia la hoguera que había en el centro. Describía dibujos a la luz del fuego con los brazos y con la voz, dibujos que Jon sentía, más que percibir con la vista. Sondra se acercó a él y le tomó la mano. Sorprendido en plena emoción, no se dio cuenta de que la música terminaba; se llevó la mano de Sondra a los labios, la besó y luego la miró fijamente a los ojos.

    —Estás preciosa —musitó.

    Sondra abrió los labios para responder cuando, de pronto, alguien se llevó a Jon al centro del círculo.

    —Mírate —le dijo Maeve, apretándole el brazo con fuerza—. Eres tan rubio, tan exactamente kartakano... Tengo entendido que hasta sabes cantar. —Jon estaba anonadado, mudo, avergonzado—. Pues claro que sabes cantar —insistió, zalamera—. Ven, regálanos una canción y te dejamos libre. —Maeve miró entonces a Sondra—. ¿Una canción de amor, tal vez? ¿De esponsales?

    Mishya, aprovechando la ausencia de su rival, se acercó a Sondra y le susurró al oído, pero ella se alejó sin dejar de mirar a Jon, y éste, al ver a Mishya, cobró ánimos.

    —¡Sí! —exclamó, y tomó un laúd de manos de un músico.

    Empezó con un sencillo tema de amor que Sondra le había enseñado hacía poco. Tocaba bien, y su voz, clara como el agua helada del lago Kronov, rivalizaba con la de Maeve; poseía una cualidad irresistible e insuflada de pasión que encendía en todos los que escuchaban la llama del deseo por el ser amado, mientras los ojos se llenaban de lágrimas y el corazón de vacío.

    Hacia el final de la interpretación, Mishya se situó detrás de Sondra y se arrimó a ella provocativamente.

    —Dicen que los engendros del mal tienen voz cautivadora —musitó, al tiempo que deslizaba la mano sobre el hombro para tocarle los senos. Sondra salió de su ensoñación súbitamente, se desasió y, sin pensarlo, le propinó un bofetón.

    A pesar de que su reacción no fue mucho más exagerada que la de antes, cuando se había propasado con ella, Mishya le devolvió el golpe con más fuerza de la que pretendía y la chica cayó al suelo en medio del círculo. Jon, que cantaba para ella tomando nota de su reacción al mensaje de la letra, dejó el laúd a un lado y se precipitó sobre su contrincante.

    Desde que había llegado al pueblo, Jon había presenciado algunas peleas en la taberna y pensaba que tal vez se encontraría envuelto en una algún día; lo que no se le había ocurrido era la rabia que sentiría entonces. Cuando Mishya pegó a Sondra, algo estalló en su interior, algo monstruoso que jamás había sospechado. Mishya era alto y fuerte, pero él era ágil y estaba bien preparado para la lucha gracias a los entrenamientos con Hektor. La primera arremetida de Mishya atravesó el aire y el chico perdió el equilibrio, pero, antes de que pudiera recuperarse, Jon atacó. Se lanzó con todo su peso sobre el alto muchacho y lo derribó de espalda, para acosarlo después a puñetazos en la cabeza. Cuando los aldeanos los separaron por fin, Mishya tenía la cara llena de sangre y de arañazos.

    —Ve a lavarte —le dijo un miembro del consejo de ancianos sin la menor compasión; después se dirigió a Jon—. En cuanto a ti, enfría el fuego que llevas dentro o no te aceptaremos en el pueblo. —Jon buscaba a Sondra con la mirada e intentaba contener la ira; la vio entrar en la posada y pensó en ir a buscarla, pero entonces el consejero habló de nuevo—. Maeve, es el momento de la canción de caza y del sacrificio.

    El ambiente festivo se restableció con la misma facilidad con que había cambiado cuando Jon dejó el laúd para atacar a Mishya. Volvieron a formar el círculo en silencio expectante en torno a las moribundas ascuas de la fiesta nocturna. Los músicos dejaron descansar las flautas y laúdes y pusieron en su lugar grandes tambores.

    Maeve, situada al lado de la hoguera, comenzó una danza rítmica al compás de los tambores. El tiempo lento fue acelerándose poco a poco y el sonido aumentó hasta resonar en el pecho de los asistentes. Los músicos se detuvieron en seco, y Maeve empezó a cantar.

    —¡Lobo del centeno! ¡Lobo del maíz! ¡Lobo del trigo! ¡Lobo de la cebada! ¡Acudid!

    Cuatro hombres entraron en el círculo; cada uno había cortado las últimas espigas en los campos de cada cereal y las llevaban atadas a los brazos y piernas. Se dieron la mano y los tambores volvieron a redoblar. Los cuatro bailaron en el corro pasando entre los brazos alzados de sus compañeros a un ritmo cada vez más rápido. Gruesas gotas de sudor les resbalaban por las piernas y los brazos mientras los veloces pies daban las primeras muestras de cansancio. Agotados por fin, arrojaron las espigas a la hoguera, que lanzó unas llamas más.

    —¡El sacrificio! —exclamó Maeve, con las manos tendidas, invitándolos a acercarse—. ¿Cuál de vosotros será la víctima propiciatoria?
    —Los cuatro deseamos entregar la vida por el bien de la tierra, pero pide a otro que ocupe nuestro lugar —respondieron los danzarines.

    Los cuatro se dirigieron a la cabaña más próxima y sacaron una jaula de hierro con barrotes por todos los lados. Dentro estaba el goblin de piel roja que habían atrapado durante la caza de la cosecha. Los días que había durado el confinamiento de la bestia habían sido agotadores, porque los niños del pueblo habían vengado la muerte de sus compañeros clavándole palos a todas hora. A pesar de todo, aún le quedaban fuerzas para tironear de las andas en que lo llevaban y sacar los brazos entre los barrotes para tratar de asir a sus enemigos.

    Mientras tanto, los miembros del consejo de ancianos colocaron astillas secas en las brasas, que ardieron con grandes llamas. Después entonaron un canto.

    —Ofrecemos este sacrificio al espíritu de la tierra para que su dolor y su sangre fertilicen nuestros campos, hagan fructificar la semilla en primavera y permitan el correr de las aguas.

    Mientras el pueblo repetía los versículos, los hombres alzaron la caja por encima del fuego. Las llamas lamieron la planta de los pies del prisionero y le chamuscaron el pelaje de las patas; la criatura chillaba y forcejeaba con los barrotes pero los hombres se mantenían firmes, haciendo bajar la jaula poco a poco a medida que el fuego moría.

    —¿Sacrificarían una res si no hubiera goblins? —preguntó Jon a Andor en un susurro.
    —El ganado no vale para esto. Si no hubiera bestiezuelas, el pueblo sacrificaría a un criminal sentenciado a muerte, y, si tampoco lo hubiera, se echaría a suertes entre los hombres. Las fiestas de solsticio son ceremonias de sacrificio, la única época del año en que el pueblo agradece la presencia de las bestiezuelas que asuelan esta tierra.

    Jon apenas escuchó las últimas palabras, concentrado como estaba en los agudos chillidos del goblin que resonaban en los montes vacíos.

    —¡Acepta la muerte de nuestro enemigo! —cantaban los ancianos, y los aldeanos lo repetían una vez más.

    Maeve condujo hacia el círculo a la madre de Arlette, deshecha en lágrimas y temblando de dolor por su hija, asesinada por los goblins durante la vendimia de frambuesas. Del brazo de Maeve, dio la vuelta a la hoguera derramando grasa sobre el fuego; juntas contemplaron las convulsiones de la bestiezuela en medio de las crecientes y voraces llamas.

    —Que la caza nos sea propicia durante el invierno; que la tierra cubra nuestras necesidades —exclamó el consejo, y, una vez más, el pueblo lo repitió.

    Jon captó la expresión feroz de Andor, que contemplaba a la criatura dando vueltas al amuleto entre las manos. El chico volvió a mirar al goblin, pues también él sentía el ardor de un placer oscuro, y el salvaje sacrificio le despertaba un apetito que apenas lograba comprender. Le ardían los ojos cuando Maeve empujó la jaula de un puntapié hasta el borde de la hoguera y alzó el cuchillo.

    —Que la carne de nuestro enemigo nos fortalezca —rogó, mientras cortaba un trozo de goblin achicharrado.

    Por dentro estaba prácticamente crudo, pero ella, en el rapto del ceremonial, no lo acusó; se puso un trozo en la boca y ofreció el resto a la madre de Arlette, que hizo lo propio.

    La gente se agolpaba alrededor de Maeve mientras ella cortaba el cuerpo del sacrificio y llenaba de carne las manos ávidas que le tendían. Jon se acercó también y el sabor, tan nauseabundo como se lo había imaginado, le proporcionó la satisfacción de la victoria tras una guerra larga y cruenta.


    La fiesta llegó a su fin y los aldeanos comenzaron a retirarse a sus casas, Maeve se acercó a Jon, lo tomó de la mano y lo llevó bajo unos árboles entre la carretera y el río.

    —Puedes venir a verme cuando lo desees —musitó antes de besarlo. Jon intentó apartarse, pero lo tenía bien sujeto y las emociones que le despertaba eran tan intensas como la rabia que había sentido antes—. Debes saber ciertas cosas, hijo —le dijo, y empezó a reírse cuando, libre de ella por fin, echó a correr hacia la carretera y hacia la agradable luz de la posada. Dentro, los hombres coreaban las canciones de la fiesta con unas voces mucho menos armoniosas que antes.

    Mishya, junto con sus amigos Alden y Josef, esperaba a Jon a la entrada de la posada. Entre los tres le cerraron el paso y lo provocaron para que diera voces de alarma; pero, lejos de pedir ayuda, se dejó empujar fuera de la luz, hacia los árboles que rodeaban la plaza. Apretó los puños para contener el poder que se acumulaba en sus manos. Una palabra, un gesto, y esos tres hombres dejarían de molestarlo para siempre.

    —Vi cómo mirabas la luna esta noche —susurró Mishya—. ¿Nuestra fiesta ha sido tan salvaje como las que has vivido en el pasado? —Jon no entendió la provocación—. ¿Las mujeres bestias eran tan apasionadas como la chica que me has robado?

    En esa ocasión no había duda del calibre del insulto. Ya habían tenido que sujetarlo una vez esa noche pero ahora nadie detendría la pelea. A pesar de su menor estatura, Jon quería luchar. Saltó sobre Mishya, pero sus compañeros lo atraparon por los brazos y lo arrastraron más adentro entre los árboles mientras Mishya se recogía las mangas de la camisa. Era una cobardía, una encerrona de cobardes. Al principio, los puñetazos se dirigieron a partes del cuerpo donde los moratones no se vieran, pero después, tras el certero puntapié de Jon en pleno estómago, el bruto olvidó los remilgos.

    —Llevadlo al río —dijo Mishya a los otros—. Atadlo allí y que las bestiezuelas lo devoren.
    —¿Tú no vienes? —preguntó Alden.
    —Me están esperando —susurró—. Acuérdate de quién te libró de Vladish cuando vino a reclutar.

    Jon, semiinconsciente, no pidió auxilio cuando se internaron en el bosque; disponía de medios propios para salvarse y no necesitaba la ayuda de nadie.

    —Después de la fiesta de hoy, esto debe de estar atestado de bestiezuelas dispuestas a vengarse —comentó Josef escrutando las sombras con aprensión. Como en respuesta a sus temores, los arbustos de la ribera se agitaron.
    —¡Deja ahí la presa! —exclamó Alden; soltaron a Jon y se lanzaron a la carrera.

    Josef notó que unas manos lo atrapaban por los tobillos; cayó boca arriba con la intención de presentar batalla, pero una criatura mucho más grande y negra que los goblins de Tepest se abalanzó sobre él. Unas manos y unos pies con zarpas le rasgaron el cuerpo mientras el hocico lo obligaba a levantar la cabeza y, de una dentellada, segaba los gritos de su garganta.

    Jon se arrastró hasta lo alto del ribazo y se volvió a mirar a la criatura que había acudido en su ayuda. Estaba sentada al lado de Josef y hundía su lobuno hocico en la garganta del chico muerto, mientras las manos humanas, con brillantes uñas pintadas de rojo, soltaban los cordones de la camisa.

    —¿Maeve? —la llamó en voz baja.

    La mujer lobo se giró e inclinó la cabeza al oír su nombre, pero sólo un momento, porque enseguida volvió a concentrarse en la presa.


    Alden llegó corriendo al centro del pueblo sin darse cuenta de que iba solo. Las puertas estaban atrancadas y las contraventanas cerradas a cal y canto. Sólo salía luz de la posada y las canciones de la fiesta, cantadas por los juerguistas más noctámbulos, eran los únicos sonidos audibles.

    —Josef! —susurró en la oscuridad. No hubo respuesta.

    Tendría que irse a casa a dormir y fingir que no sabía lo que había sucedido, pero sabía que nadie le creería; Josef y él habían pasado la noche juntos y todo el mundo los había visto.

    —Josef!
    —Alden —oyó en voz baja a su espalda, y se giró. Jonathan, magullado y sangrando, avanzaba a trompicones. A pesar de la paliza, hablaba en un susurro sereno, pero tan suave que tuvo que aguzar el oído para entenderle—. Josef está malherido; lo he dejado a la orilla del río. Supongo que prefieres venir a ayudarme en vez de que entre en la posada a buscar a los demás para llevarlos allí, pues tendría que contarles lo que ha pasado.

    Alden sabía que no tenía que confiar en Jonathan para nada, pero el miedo pudo más. Sacudió la cabeza como para aclararse los pensamientos y tomar una decisión.

    —Sé lo de Vladish —insistió Jon en voz baja.

    Alden no se inmutó por la amenaza. En cuanto encontrara a Josef, tomaría medidas para que Jon no se lo contara a nadie más. Hizo un críptico gesto de asentimiento y se puso en marcha tras el chico del cabello plateado.

    Johathan se detuvo junto a la hoguera y señaló hacia los ennegrecidos huesos del goblin enjaulado. La criatura parecía más humana así, descarnada, con la pequeña mano esquelética aferrada a los barrotes de su prisión. Jon lo contempló un momento.

    —Las bestiezuelas andan rondando el pueblo —dijo—, pero el fuego las mantendrá alejadas.
    —El fuego —repitió Alden como un eco vacuo.

    Una especie de voz interior persistente le decía que esas palabras se las había dictado el chico del pelo plateado, que Jon le dirigía los pensamientos. Sin embargo, no supo resistirse a la sugestión; cogió un par de antorchas del montón que había junto a la hoguera y las prendió en las ascuas. Se internaron en la oscuridad del bosque; Jon iba delante pero Alden se sobresaltaba a cada sombra que se movía.

    —Josef! —llamó, con voz trémula por el miedo.

    Al cabo, Jon señaló hacia el suelo. Alden levantó la antorcha y se adelantó. Al pie de un árbol vio un trozo de mano, media cara y varios huesos pelados y colocados en un montón redondo. Alden, pálido y tembloroso, levantó la mirada hacia Jon.

    —¡Lo sabías! —le recriminó.

    Jon asintió sin palabras; tenía la cara rígida por la concentración.

    —¡Les diré que lo sabías!
    —¿De verdad?

    Las antorchas que Alden sujetaba se calentaron y le quemaron las manos; las tiró hacia adelante pero, en ese momento, Jonathan extendió las manos y disparó hilos de fuego por los dedos.

    Los hilos rodearon a Alden y comenzaron a darle tirones como hilaza en torno a la madeja. Alden se quedó inmóvil, temiendo que el fuego le prendiera la ropa. Podía contar su vida en latidos de corazón, pero, aun así, le faltaba aliento para gritar.

    Se le chamuscaron las pestañas y se le quemó el vello de los brazos, lo que le dejó la sensación de mil agujas clavadas en la piel. Jonathan separó las manos, y la maraña mortal que rodeaba a Alden se condensó. El joven respiraba agónicamente entre las llamas y, al exhalar el último suspiro, emitió un prolongado silbido que habría podido ser el comienzo de un grito.

    Habían muerto dos, pero todavía quedaba uno vivo. Furioso y con los ojos secos, Jonathan volvió a la posada a planear su venganza. Entró por la puerta de atrás y se encontró con Sondra en la cocina.

    —¿Dónde estabas? —le preguntó, y entonces vio la sangre y los cortes en la cara. Su preocupación se tornó rabia—. ¿Ha sido Mishya? No sería la primera vez que ese animal...
    —No ha sido Mishya —replicó con frialdad.
    —Siéntate, voy a buscar una palangana y agua caliente —dijo, pasando por alto la extraña furia de Jon.

    Acababa de empezar a limpiar con cuidado la herida más fea cuando las puertas principales de la posada se abrieron de par en par. Un miembro del consejo de ancianos que vivía cerca del río estaba en el umbral, escoltado por sus dos hijos, que iban provistos de antorchas.

    —¡Bestiezuelas! —gritó, y sus hijos lo repitieron—. Las bestizuelas han matado a alguien en el río. —Las palabras siguientes se perdieron en el griterío de los hombres, que salieron atropelladamente de la taberna siguiendo los pasos de los chicos de las antorchas hasta la orilla del río.

    Mishya fue de los últimos en sumarse al grupo, y se quedó sonriendo de una forma extraña mientras los demás partían. Entonces vio a Sondra a la puerta de la cocina, y a Jonathan detrás de ella. Sondra percibió su miedo repentino y, cuando miró hacia atrás, vio el odio que se fundía como fuego frío en los ojos de Jon. No supo cómo interpretarlo, pero pasó enseguida. Mishya salió corriendo en pos de los demás, y Jon volvió a la mesa.

    —Mishya me aporreaba mientras los otros me sujetaban —le explicó—. Después mandó a Josef y a Alden que me llevaran al río. Iban a atarme allí para que me comieran los goblins, pero los goblins llegaron antes y me escapé.
    —Y llaman bestiezuelas a los goblins —musitó Sondra. Se quedó con la mirada perdida, atónita por lo que acababa de decir; después, le limpió las heridas con toda la presteza de que fue capaz—. Ve arriba. Los hombres no deben verte ahora, con esta cara. —Cuando llegó a su habitación, se detuvo en la puerta—. He estado sola en la cocina esta noche. Si me interrogan, diré que tú estuviste conmigo durante la última hora. —Le acarició la herida de la frente—. La hora después de que Mishya te atacó.
    —No es preciso que mientas por mí.
    —Pienso decirlo de todos modos —insistió, y le dio un beso.

    Jon habría respondido con una casta muestra de afecto, pero las emociones experimentadas a lo largo de la noche eran todas nuevas y muy fuertes. Aplastó los labios contra los de Sondra ajeno al pavor que infundía a la muchacha; ésta, reuniendo todas sus fuerzas, lo apartó de sí. Jon supo lo que había hecho por la expresión de miedo de la joven cuando se limpió la sangre de los labios con la mano.

    —Lo lamento —se disculpó. Pero no había sinceridad en sus palabras. Al ver que ella no respondía, se dirigió a su cuarto y cerró la puerta.


    Jon ya había visto la escondida cabaña de Maeve otras veces, pero la mañana siguiente a la fiesta se dio cuenta de su existencia por primera vez. El encanto que pudiera haber tenido en algún tiempo se había desvaído como la pintura de las contraventanas, que además estaban rotas, así como el techo, que necesitaba una reparación urgente. La pared del jardín estaba invadida por plantas trepadoras y a la verja le faltaba un gozne. Era un fantasma de felicidad pasada, de sueños abandonados.

    Mientras Jon, tumbado boca abajo entre las matas del río, se preguntaba si se atrevería a aceptar la invitación de la mujer, se abrió la puerta de la cabaña y salió un miembro del consejo del pueblo. Maeve apareció detrás con un vestido de color naranja que brillaba al sol de la mañana; le dio un beso de despedida profundo, como el que le había dado a él la noche anterior, aunque tenía los ojos abiertos y miraba hacia donde él estaba escondido. Sonrió de una forma muy particular cuando el hombre le dijo adiós. Después, Maeve entró en la casa y dejó abierta la puerta.

    «¿Qué puedo descubrir aquí, si no es mayor vergüenza?», se preguntaba Jon. De todos modos, la mujer había insinuado que sabía cosas de interés para él y la siguió al interior de la casa.

    Maeve no se volvió a saludarlo; se sentó a su atiborrado tocador a peinarse ante el espejo dorado.

    —Te esperaba anoche, aunque sólo fuera para darme las gracias —le dijo, con los ojos fijos en su propia imagen.
    —Y, como yo no vine, buscaste un sustituto.
    —Tenía a mi disposición a todos los presentes en la fiesta. A lo mejor escojo a Mishya la próxima vez. ¿Te gustaría? —Jon captó el peligro implícito en el comentario y miró de reojo la puerta abierta.
    —Me ocuparé de él a su debido tiempo. Ahora, háblame de mi madre.
    —Muy bien. —Una vez arreglado el pelo, empezó a ponerse unas finas pulseras de oro—. Estuvo viviendo conmigo. Yo era amiga suya.
    —La mataste.

    Lo miró de frente por primera vez con grandes ojos violeta que nada tenían de inocentes; en el fondo destellaba un reflejo que hablaba más de locura que de pasión, y su risa vino a confirmarlo.

    —¿Eso es lo que te contaron los guardianes del paño? ¡Oh! No te sorprendas porque sepa de su existencia. Conozco incluso su nombres: Leo, Dominic, Hektor...
    —No me lo ha contado nadie —la interrumpió.
    —Bien —prosiguió tras otra carcajada—, quizá fue mi beso lo que te convenció. ¿Tan irresistible es mi pasión?
    —¿Mataste tú a mi madre?
    —Yo la quería; deseaba que se quedara conmigo para siempre, como una hermana bien amada. No creo que me equivocara tanto. Si se hubiera quedado, te habrías criado aquí, con nosotras, en vez de en esa horrorosa fortaleza, con esos desquiciados. Entre las dos te habríamos procurado una educación adecuada. ¿Acaso no te habría gustado más? —Se detuvo y se acercó a él; Jon no se movió hasta que intentó tocarlo, entonces retrocedió, pero no por temor, sino por aborrecimiento.

    »Te han echado a perder —comentó con amargura—, igual que a tu madre, y te han llenado de culpabilidad lo mismo que a ella. Dime: ¿tú también reniegas de tu poder, como ella?

    —¿Poder? No tengo poder.
    —¿No? Sé que trabajas con Ivar por las noches, en esa cueva suya llena de humo, en los sótanos de la posada. También sé lo que hacéis allí y lo que ocultáis, de la misma manera que sé lo que guardan en el alcázar de donde vienes. —Debió percibir el asombro de Jon, porque hizo una pausa en espera de su pregunta. Como no llegó a formularla, frunció el entrecejo y le dio una respuesta misteriosa—. Conocimiento y poder; lo único que tienes que hacer es ir y tomarlo.
    —¿Por qué me cuentas estas cosas?
    —Para que sepas que puedes confiar en mí, en caso de que lo necesites. A pesar de que Ivar está loco, tenemos cierta afinidad; los dos somos prófugos de nuestra tierra, y más de lo que parecemos. Dile, si quieres, todo lo que te he contado. A mí no me importa. Pero, si eres listo, guarda silencio por tu propio bien.

    Se volvió otra vez hacia el espejo para admirar su imagen. Jon lo tomó como una despedida y se marchó; ella no pareció afectada por su partida.


    El invierno cayó sobre el pueblo tan súbitamente que la gente hablaba de que tenían sólo dos estaciones, en vez de cuatro. Las nieves llegaron pocos días después de la fiesta y cubrieron los prados de macizos montones grises que se confundían con el cielo encapotado. El invierno era un yermo desolador que sólo los cazadores más valientes se atrevían a recorrer; algunos volvían con venados, otros se perdían, se congelaban y eran devorados por los hambrientos goblins, que sufrían la escasez de la temporada.

    En la oscuridad del invierno comenzaban los sucesos.

    Un trozo de mano, media cara..., eran suficientes para que un padre identificara a su hijo. Mientras muchos pensaban que la muerte de Josef no había sido sino la venganza de las bestiezuelas por el sacrificio de la fiesta, otros sostenían que a Jon lo habían herido en la cara esa misma noche. Sondra había atestiguado la presencia de lobos en el bosque cuando Arlette murió, y también encontraron huellas de lobo junto al río la mañana siguiente a la fiesta.

    Esas coincidencias eran suficientes para extraer conjeturas al amor del fuego, aunque pocos se tomaban los rumores en serio. La mayoría opinaban que era Mishya quien propagaba casi todas las habladurías, resentido por haber perdido a la muchacha de su elección; otros, con la misma honradez, consideraban que Sondra había encontrado un partido mucho mejor. Sea como fuere, las historias continuaron, alimentadas por el tedio y el aislamiento del invierno.

    Un reducido grupo de aldeanos mantenía viva la posada. La carretera era poco transitada y apenas se servían comidas en el comedor ni se alquilaban habitaciones, y se lavaba y se abrillantaba sólo de vez en cuando. Los habituales seguían pidiendo a Jon que cantara, pero, aparte de eso, los días del joven transcurrían ociosos.

    Jonathan ocupaba el tiempo libre en aumentar sus conocimientos de las artes arcanas y pasaba horas a solas en la caverna de Ivar, memorizando encantamientos que tenía prohibido practicar, ni siquiera en noches oscuras y lejos de la población de Linde. Aunque los encantamientos de fuego eran los que más le gustaban, empezó a aprender otros más sutiles, que nadie notaba, ni siquiera Ivar.

    Con una palabra rápida y un gesto más veloz aún, hacía que Andor y Dirca comenzaran a discutir y, cuando la disputa se tornaba agria, invertía el conjuro y se encontraba a la pareja abrazándose un momento después, y Andor musitando palabras cariñosas mientras le acariciaba el pelo. Los parroquianos le pedían que cantara con más frecuencia; reían con las letras alegres, lloraban con las tristes, y lo gratificaban con espléndidas propinas por cada canción, propinas que guardaba junto con las monedas que le había dejado su madre.

    A medida que pasaban los días reflexionaba más sobre lo que le había dicho Maeve y pensó en ir a visitarla, pero los deseos que le despertaba lo retenían, y la culpabilidad que esos deseos le creaban lo hacía dedicarse a Sondra como jamás lo habría hecho de no haber tenido remordimientos.

    En cuanto a Sondra, resplandecía en presencia del joven. Una tarde, después de haber pasado varias horas juntos limpiando la nieve de la entrada y del tejado de cañizo, él la miró; tenía el oscuro cabello cubierto de copos lustrosos. Le tomó las manos y balbució las palabras que tantas veces había repetido para sí.

    —Te amo. ¿Quieres casarte conmigo?

    Ella se rió, lo besó y, cuando estaba a punto de responder, se acordó de que no era decente aceptar con tanta prontitud.

    —Tienes que preguntárselo a mi padre primero.
    —Ven conmigo —le dijo, y la llevó a la taberna, donde Ivar limpiaba los charcos que la nieve licuada del tejado formaba en el suelo—. Quiero casarme con tu hija —anunció, contento de ver la expresión de felicidad de Ivar.
    —Nada me complacería tanto —contestó éste—. Anunciad enseguida vuestro compromiso, si lo deseáis. Todavía hay tiempo de hacer un vestido de novia para celebrar la ceremonia con las otras parejas en la fiesta de invierno. —Ivar sacó unas copas de vino de la vitrina que había detrás de la barra y llenó cinco de vino de frambuesa—. Ve a buscar a tu tía —le dijo a Sondra—, que venga a brindar con nosotros.

    La encontró arriba, remendando sábanas, y le comunicó muy contenta lo que pasaba.

    —Eres la pariente más cercana que tengo. ¿Te importaría ocupar el sitio de mi madre en el brindis y darme tu bendición?
    —Ese chico creció entre viejos —replicó con frialdad—. ¿Qué sabe él de mujeres, ni de hijos, ni de responsabilidades? Vas muy deprisa, niña, y al final encontrarás sufrimiento.

    Sondra frunció el entrecejo. Quería recordarle a Dirca que su primer matrimonio no había sido un episodio feliz, pero se limitó a bajar la escalera pensando en una disculpa que justificase la ausencia de su tía al tradicional brindis de compromiso. Sin darle tiempo siquiera a abrir la boca, Dirca la siguió a la taberna y levantó una copa. Tenía en los labios una mueca triste y resignada y dio su bendición a la pareja sin apartar los ojos de Jonathan.


    Jonathan progresaba en sus estudios a una velocidad asombrosa. Al contrario que Leo, que siempre había sentido temor por la habilidad de su pupilo, Ivar estaba encantado, si bien un tanto perplejo por el increíble talento del chico. Finalmente, le confesó que no tenía nada más que enseñarle y lo animó a seguir trabajando solo en la caverna.

    Jon solía encender la chimenea para calentarse, pero se iluminaba por medio de unas frías esferas brillantes que flotaban sobre sus hombros alumbrando los pergaminos. A veces notaba una presencia en la caverna, como si una criatura etérea se esforzara por hacerse ver u oír; pero, cuando se concentraba en ella, desaparecía.

    Una noche, cuando dejaba en su sitio la última lectura, una sombra rozó uno de los últimos pergaminos del estante inferior. Jon pasó la mano por ese punto, pero la sombra seguía allí y se agachó para investigar el extraño efecto de la luz; la sombra se coló por una estrecha rendija de la pared. Después oyó un susurro que venía de la oscuridad del otro lado del tabique, suave como un soplo de aire, e igualmente ininteligible.

    —¿Quién está ahí? —llamó en voz alta, escrutando la caverna en busca del intruso—. ¿Ivar...? —añadió, pero no dijo nada más. Ivar no intentaría asustarlo con un truco tan infantil. No, aquella sombra era otra cosa, tal vez un espíritu que deseaba comunicarse. Volvió a fijarse en la rendija; se arrodilló enfrente y enfocó una esfera luminosa hacia la abertura.

    Allí había un pergamino escondido. Jon nunca leía los pergaminos que Ivar le prohibía, pero de ése no le había dicho nada. Tal vez lo hubiera escondido antes de que llegara él y después lo había olvidado. Lo sacó y vio los bordes amarillentos y quebradizos; desató la cinta y lo desenrolló. Con las luces flotando sobre los hombros, empezó a leer descifrando con dificultad el extraño dialecto y la temblorosa y desvaída letra del autor.


    Juntos aquí llegamos, huyendo de un mal tras otro, vagando hasta regiones meridionales donde sólo los muertos moran. Construimos el templo, cada cual su parte. Cuando terminamos, sellamos los muros según la fórmula antigua, y siempre teníamos las puertas cerradas y atrancadas, excepto en las noches de rito. A través de nuestras oraciones y de nuestra vigilancia, el tesoro guardado limpió la población librándonos del mal que nos rodeaba. Sin embargo, no previmos que la paz sería efímera; nunca habíamos conocido la verdadera paz.
    El mal llegó bajo el gentil disfraz de un joven de blancos cabellos que entró en el pueblo una mañana. Los visitantes solían arribar por la tarde, pasaban entre nosotros las horas nocturnas y partían con la madrugada. Los difuntos de la tierra eran envidiosos de los vivos y mataban a los que viajaban de noche. No preguntamos al desconocido cómo había viajado de noche; mas, al contrario, el pueblo diole de comer nuestros sencillos alimentos, diole de beber nuestra agua y lo observó para comprender la clase de criatura que era.
    Alabó la belleza de nuestros montes y del pueblo, la libertad que respiraban las puertas abiertas y los niños recorriendo las calles. Prendóse de nuestro magnífico templo y dedicóle palabras tan hermosas como su figura, pero nosotros sabíamoslas engañosas.
    Conocimos que era el joven pupilo adoptado, poco tiempo atrás, por el señor de las tierras. Algunos decían que sus progenitores habíanlo vendido por suma elevadísima, y otros que sus progenitores habían muerto asesinados, y el hijo raptado. Pero todos coincidían en afirmar que poseía poderes, no sólo los poderes mágicos de su dueño, sino otros innatos para leer el corazón de los hombres y pervertir los deseos.
    Extendiéronse las murmuraciones por todo el pueblo, aunque el desconocido no hizo gala de su poder. Venido era a descubrir nuestro secreto. Llegó la víspera de la noche de plenilunio y, a pesar del peligro, habíase de celebrar el rito. Dijímosle que para aquella noche no podíamos ofrecerle cobijo y que debía partir.
    Vi la furia destellar en sus ojos claros; diose por traicionado, porque hasta ese momento había recibido de nosotros trato considerado. Yo no estaba de acuerdo con lo que habían hecho los demás, y menos aún con la sangre que estaban dispuestos a derramar, de haberse negado el desconocido a marcharse. Pero partió esa noche con unas pocas palabras de reproche. Teníamos el corazón afligido por lo hecho; si en realidad era un viajero, habíamoslo condenado a un final horrible. Vímoslo perderse en las brumas de la noche y dispusímonos a preparar el rito.
    En la culminación de la ceremonia, el desconocido regresó y entró en el templo por las puertas abiertas. No sé cuánto tiempo estaría allí, contemplando la celebración y escuchando nuestros cantos, pero empezó a cantar de súbito, con una voz más potente y pura que las nuestras. Profanó la santidad del templo burlándose de nuestros dioses con sus palabras y, al mirarlo, vimos que cambiaba de forma, transfigurándose sus rasgos hasta asemejarse al de nuestros dioses.
    Incendióme la cólera y precipíteme hacia él; algunas gentes ya estaban dispuestas a matarlo. Cuando íbamos a caer sobre él, el aire del templo estalló en una nube brillante, una nube de chispas que giraban a nuestro alrededor frenéticamente. Quedámonos inmóviles en el sitio. Era un truco de magos, pensé, pues yo veía y respiraba, aunque los pinchazos de las chispas ardientes hacíanme enloquecer. Paralizado e incapaz de gritar, vi que cruzaba el fulgurante templo en dirección al altar, donde estaba colgado el paño.
    A pesar de mi sufrimiento, oí su hermosa risa cuando descolgó el paño de su santuario.
    —¿Seríais capaces de condenar a un desconocido por proteger esto?
    Tiró con ambas manos cual si rasgar quisiera el paño por la mitad.
    Fue el último acto perpetrado por su cuerpo viviente, pues elevóse entonces el paño de un latigazo y, tapándolo, ahogólo y sorbióle la vida. La nube de chispas desapareció con él, hasta que el recinto quedó helado.
    Aquella noche, enterramos a nuestros muertos y propusimos olvidar. ¡Cuan ingenuos, pues creíamos que no había poder capaz de enfrentarse al del paño colector!
    Descubrimos nuestro error a la mañana siguiente. Cuando de nuevo lució la luna llena, también salieron las almas cautivas. Toda la población pereció esa noche, hasta los niños más pequeños sufrieron atroz agonía porque los conjuros de los sacerdotes volvíanse en nuestra contra. Finalmente, el sumo sacerdote, Wolgar, entonó un encantamiento diferente, con la intención de contener el mal, en vez de destruirlo. Terminólo de formular con su último suspiro. Los pocos que quedábamos repetírnoslo y las almas abandonaron el pueblo y regresaron al templo. Logramos cerrar las puertas con manos quemadas y ensangrentadas.
    Sin embargo, los caídos del pueblo no descansaban. Se levantaron como las pobres almas condenadas de los alrededores, clamando con bocas abrasadas una venganza que no podíamos proporcionar, y también el descanso de la muerte.
    Sólo tres de nuestra orden, los menos poderosos, sobrevivimos a la ira terrible del mal cautivo del tapiz. Casi todos los pergaminos fueron destruidos y el conjuro que ata a las almas negras al paño permanece sólo en la memoria.
    A pesar de que uno de nosotros está muy malherido y el otro ciego, partiremos de aquí mañana los tres en busca de otro sagrario recóndito para descanso del tapiz. Dejo constancia escrita de estos hechos para advertir a otros del poder que poseen las almas negras cautivas de su entramado.


    El relato terminaba con la misma sequedad que comenzaba. Jonathan se quedó contemplando el manuscrito, recordó las alusiones de Maeve al tapiz y comprendió que acababa de descubrir el secreto que guardaba la orden.

    —Gracias —murmuró a la sombra que lo había guiado hasta la revelación.

    Cuando fue a dejarlo en la grieta donde lo había hallado, le llamó la atención el vacío que se abría al otro lado. Con una sola orden, las esferas de luz se redujeron, se intensificaron y se colaron al pasadizo de la otra parte. Jon hizo caso omiso del miedo que le subía por la columna vertebral y se metamorfoseó en un ratón para seguir el camino de las luces.

    El pasadizo se ensanchaba y, al cabo de unos pocos metros, Jon volvió a adquirir su forma real y se puso de pie. Un soplo frío le daba en la cara, indicio de alguna salida en alguna parte. Pensó entonces en los globins y en las criaturas subterráneas de que Mattas le había hablado, pero confiaba en sus luces y en el dominio del fuego que ya poseía. El túnel se dirigía hacia el este, y, tras una revuelta, empezaba a empinarse. Finas vetas de fósforo marcaban las paredes y unos diminutos lagartos azules se apartaban asustados al paso de Jon. Unos quinientos metros más allá, llegó a una cavidad más espaciosa que la que Ivar utilizaba.

    Las esferas no alcanzaban a iluminar todos los rincones, y Jon las envió hacia arriba. Ascendieron en espiral hasta alcanzar las blancas estalactitas que colgaban del techo; de ellas goteaba un agua blanquecina que formaba charcas en el suelo. En las charcas crecían líquenes luminosos y nadaban veloces unos peces con rayas verdes, espantados por las esferas de luz.

    Pensó que en aquella espaciosa cueva, más escondida que la de Ivar, podría dedicarse a la investigación. Muy animado, continuó en busca de la otra entrada. La descubrió tras un prolongado y fácil ascenso, y era además una grieta en la roca, como la de Ivar, por la que pudo pasar con cierto esfuerzo. Al parecer, ni siquiera los goblins la habían descubierto. Se quedó ante el impresionante precipicio de la entrada, con el viento cortante agitándole el cabello. Olió el humo de la lejana Linde y columbró el valle más allá de la mancha oscura que era la cabaña de Maeve.

    Estaba cerca, pero muy escondida; Ivar no podría siquiera protestar por lo que hiciera allí, aunque tomó la determinación de no divulgar el hallazgo. Se le ocurrió entonces que tal vez habrían descubierto ya su ausencia, y, a toda velocidad, volvió a entrar en la cueva y recorrió el pasadizo hasta la cómoda estancia de su maestro.

    Durante las semanas siguientes, Jon se retiró del mundo exterior. Con todo esmero, copió en su segundo libro de conjuros todos los que había aprendido, concluidos los que no había puesto en práctica debido a las limitaciones de la cueva de Ivar y porque tenía prohibido practicarlos en el exterior.

    Se dedicó también a acondicionar la espaciosa caverna a su gusto. El fuego templó enseguida los helados charcos del suelo, los líquenes murieron, los peces también, de hambre, y los lagartos se retiraron a lugares menos frecuentados. Unas luces de colores iluminaban el vacío flotando como auras atrapadas bajo la tierra.

    Jon estudiaba a escondidas. Volvía a la posada por los túneles subterráneos siempre que le era posible, o regresaba a campo traviesa cuando no había más remedio.

    Sólo en una ocasión descubrieron su ausencia, y entonces se justificó con una explicación preparada de antemano. De no haber sido por Sondra, no habría vuelto más al pueblo y habría vivido como un ermitaño en su agujero blanco.

    Una mañana, pocas semanas después de empezar a trabajar en la cueva, se tomó un respiro y se sentó en la de Ivar a escribir una canción. Durante la velada de la fiesta cantaría la historia de las tres arpías, embelleciendo la pérdida de su gracia y belleza para que no se sintieran insultadas si acaso la oían, pero revelando lo suficiente al mismo tiempo como para advertir a todo el pueblo. Mientras la recitaba en voz alta, oyó los susurros otra vez. Las ininteligibles palabras llegaban por delante y por detrás de las sombras oscuras de los pasadizos que lo rodeaban. Musitó unas palabras y extendió los brazos; las esferas de luz estallaron en una intensidad comparable a la del sol.

    A su lado encontró la sombra de un hombre. Casi distinguía su rostro pero, mientras la observaba, tembló y se disipó, dejando sólo el vacío de un recuerdo, la fatiga del poder gastado.

    La visión partió con una palabra de despedida que resonó en su pensamiento igual que en sus oídos, una palabra tan conocida como los sueños que tenía en la soledad de la fortaleza batida por los vientos; la palabra quedó resonando en la cueva.

    «Hogar.»

    —Pronto —musitó Jon con cariño al aire vacío.

    Si deseaba aprender los secretos de la fortaleza, antes tendría que adquirir los medios para aprenderlos. Trabajó durante horas en encantamientos para detectar magia, para abrir puertas, para dormir incluso a un hombre cauteloso.

    Por la tarde, subió a comer como de costumbre y pasó unas pocas horas con su prometida. El sol caldeaba el ambiente mientras paseaban de la mano.

    Sondra lo miraba con tristeza. A pesar de las atenciones que le prodigaba en esos días y de la ternura con que le tomaba las manos, apenas hablaba con ella. En ese momento, decidió romper el silencio.

    —Te has ausentado mucho de la taberna últimamente. ¿Estás aprendiendo tanto como esperabas? —le preguntó, con el tono más ligero de que fue capaz.
    —Sí.
    —¿Podrías enseñarme algo? —insistió.
    —Tenía entendido que no querías aprender —replicó, mirándola fríamente.

    ¡Incluso Mishya habría sido preferible a eso! Sondra se soltó de su mano y emprendió el camino de regreso sola. Jon vaciló un momento y después la alcanzó; le tironeó de la manga del abrigo hasta que se detuvo y se encaró a él.

    —Lo siento. Por favor, no te vayas —se disculpó Jon.

    Sondra miró a los chicos de la plaza, que habían dejado de hacer castillos de nieve para observar a la pareja. Después miró otra vez a Jon y comprobó hasta qué punto deseaba que se quedara con él, pero vio algo más, una especie de satisfacción, como si estuviera orgulloso por haberle provocado el enfado.

    Pensó en el tímido muchacho que había visto en los bosques la primera vez y se preguntó qué le habría ocurrido en el último mes, desde que se habían prometido. Se había vuelto triste, lejano, misterioso...

    La magia exigía mucha energía y concentración; su padre se lo había repetido hasta la saciedad. Como hija de Ivar, debía comprender las preocupaciones de su prometido. Se acercó a él y le acarició la mejilla. Dentro de muy poco compartiría con él todos sus problemas. Decidió mostrarse paciente, como la buena esposa que pronto sería, dispuesta a escucharlo y apoyarlo cuando quisiera por fin hablarle de su trabajo.

    Ese pensamiento no se le fue de la cabeza en todo el día, y se fue haciendo más insistente a medida que el sol se ponía. Esa noche, y aun en contra de las dudas, bajó a la caverna de su padre.

    Si hubiera llegado unos instantes antes, habría encontrado el lugar vacío, pero encontró a su prometido, un tanto sucio, eso sí, y jadeante como si el trabajo lo dejara exhausto.

    —¿Sucede algo malo? —preguntó el joven, al advertir que estaba descalza y que sólo llevaba un tenue camisón.

    Tal vez un ataque de los goblins... Le cosquillearon los dedos, dispuesto ya para intervenir en defensa de la familia de su prometida.

    Ella negó con la cabeza y se acercó; lo abrazó y lo besó profundamente, como devolviéndole la pasión de su beso la noche de la fiesta.

    —¿Te parece bonito? —dijo él, separándola y casi enfadado por su falta de decoro.
    —¿Es que no lo sabías? —Su ingenuidad la hizo sonreír—. Desde el momento en que una pareja anuncia su compromiso y está segura de cumplirlo, es como si estuvieran ya casados en cuestiones de... intimidad. Muchas familias no sólo lo aprueban sino que lo favorecen. En cuanto a nuestro matrimonio, yo estoy segura. ¿Y tú? —Le tomó las manos y se las llevó a la cinta que ataba el camisón.
    —Ven —dijo humildemente, afectado por la confianza de Sondra—, voy a revelarte un secreto.

    La llevó, en forma de ratón, por el estrecho túnel hasta llegar a su caverna. Sondra admiró las charcas, las blancas estalactitas que colgaban sobre ellos y los rayos de colores con que su magia había pintado las claras paredes de la roca. A la luz de las esferas flotantes, consumaron lo que habían acordado meses atrás, cuando se encontraron por primera vez entre las sombras de los árboles.

    —Haría cualquier cosa por ti —le confesó, sin importarle el muro de secretos tras el cual Jon se aislaba, y agradecida por estar con él del mismo lado del muro.


    DOCE


    Es curioso que el pasado se vea tan claro cuando ya no importa. Aunque no recuerdo mi nombre, sé que me adoraban como jamás habían adorado a mi amo. No fui enviado para destruir, sino para perecer. ¡Qué desencanto, habitar el pasado cuando nadie lo recuerda! Pero tengo la esperanza de que algún día...


    Durante las noches de la siguiente luna llena, las almas del paño descansaron. Los guardianes, desconfiando de la paz inusual, llevaron a cabo sus cantos y, en las pausas entre palabras, oyeron unos crujidos en la capilla, como de hojas secas arrastradas por la brisa de otoño. En ocasiones anteriores, alguna vez habían detectado una disminución en el poder de las almas cautivas, pero jamás tanta quietud. Era un verdadero portento y aguardaban con ansiedad lo que el futuro les depararía.

    Las noches se sucedían con pocos cambios, salvo la visita de Jon, que llegó con un breve deshielo invernal. Llevó a los guardianes pan dulce de parte de Dirca, una botella de vino de frambuesa de parte de Andor y ungüentos de parte de Ivar para los catarros invernales y la artritis de Mattas. Se sentaron en la sala principal con él y escucharon las novedades de Linde; después de la cena, bebieron vino mientras Jonathan cantaba canciones. Más tarde, les refirió el cariño que sentía por los aldeanos y, lo más importante, anunció su próximo matrimonio.

    Esperaba enhorabuenas y parabienes, pero el anuncio fue recibido en medio de un silencio plomizo.

    —¿Tan seguro estás de que ése es el futuro que deseas? —preguntó Dominic finalmente.
    —Sí; lo supe desde el momento en que la vi.
    —Entonces, ¡brindemos por Jonathan y Sondra! —exclamó Hektor levantando la copa.

    Los demás se unieron al brindis, pero sólo Hektor parecía alegrarse de verdad. Los otros no disimulaban su decepción, como si hubieran hecho otros planes para él. Estuvo a punto de recordarles que ellos mismos le habían recomendado salir de la fortaleza, ellos habían decidido que tenía que escoger por sí mismo. De todos modos, no juzgó oportuno decírselo en ese momento. Por otra parte, lo empujaba su deseo de descubrir secretos y no tendría oportunidad de hacerlo si no establecía un clima de confianza entre ellos.

    Por la noche, fingió tomar la poción que Leo le llevó y se quedó tumbado en la cama con los ojos abiertos, observando las sombras que creaba la vela y en espera de los susurros, la sombra consistente y el temblor de la silueta humana. Los monjes dormían sin sueños en los cuartos de alrededor, pero la silueta no llegaba.

    A pesar de todo, decidió ponerse en acción.

    Se echó encima una capa negra con capucha y salió descalzo al oscuro pasillo, bajó la estrecha escalinata y cruzó la sala principal hasta llegar a la estancia de piedra que Dominic y Leo utilizaban como biblioteca. Era un cuarto pequeño y angosto cuyo techo se perdía en la oscuridad. En la mesa de madera, que ocupaba casi todo el espacio disponible, no había nada. Se acordó de lo repleta que estaba siempre cuando estudiaba ahí y sintió remordimientos por lo que se disponía a hacer.

    Si lo sorprendían, les contaría la conversación que había escuchado en la posada y exigiría su derecho a saber lo que había sucedido con sus padres. En cierto modo, deseaba que lo descubrieran para poder sacar el asunto a la luz de una vez por todas. Tal vez los guardianes sólo le contaran mentiras y ocultaran la realidad, pero tenía la certeza de que hallaría la verdad allí. Dejó el asunto en manos del destino y se arriesgó a encender una luz para que alguien la viera, aunque se movía despacio y sin ruido para que nadie oyera nada.

    En el pasado, tenía permiso para leer los pergaminos de los pulidos cajones que cubrían una pared; sabía que allí no encontraría secretos y empezó a mover los dedos por las piedras de otra pared y por los viejos tablones del suelo hasta que encontró uno suelto.

    Había mucha suciedad acumulada entre las rendijas y le costó un gran esfuerzo levantarlo, pero, una vez levantado, supo que había encontrado lo que buscaba. Su certeza aumentó cuando comprobó que no podía abrir el cofre de mármol negro que halló.

    Había pasado semanas preparándose para este instante y recurrió al conjuro de abrir cerraduras más potente que conocía. Tardó varios minutos en ejecutarlo correctamente, pero, al fin, la tapa de piedra se movió y volvió a acomodarse en su sitio con más naturalidad. Entonces, la levantó fácilmente y dentro halló pergaminos con la conocida letra de Leo e Ivar. Los dejó a un lado y siguió buscando otro de papiro más nuevo, de letra menuda y desconocida.

    ... tengo la certeza de que el tapiz me llamó a mí...


    Cuando Jon concluyó el relato de su madre, tenía los puños apretados con fuerza y los nudillos blancos, únicas señales de la emoción que, por lo demás, no exteriorizaba. Enrolló el pergamino, lo ató y lo dejó en el cofre. No intentó siquiera sellarlo de nuevo; no le importaba que los guardianes descubrieran lo que había hecho. Ahora lo veía todo claro, como si una voz en la oscuridad le hubiera revelado la verdad.

    Los guardianes habían mentido.

    Oyó voces en la sala principal y puertas que se abrían a medida que los monjes desfilaban hacia sus oraciones matutinas, oraciones que por fin entendía. Temeroso de que lo sorprendieran, aguardó en la biblioteca sin respirar apenas, conteniendo las lágrimas. Esperó con un pergamino de los otros abierto sobre la mesa hasta que los monjes empezaron a cantar; entonces se apresuró a llegar a su cuarto. Se acostó y permaneció despierto en la blanda y estrecha cama de la habitación que Mattas le había cedido porque estaba más caldeada gracias al cañón de la chimenea de la habitación inferior. Se acurrucó en el edredón de plumas que Peto le había hecho y se quedó mirando por la ventana, que los monjes habían agrandado cuando convirtieron el cuarto en el del niño.

    No, no pensaba en todo lo que habían hecho por él ni en el cariño que le habían prodigado: sólo en las mentiras. Mientras reflexionaba, el ardor de la furia fue invadiéndolo poco a poco hasta impregnar las últimas fibras de su cuerpo. Ya no había necesidad de ocultar esa emoción; estaba allí como sus manos o sus pies, y la aceptaba. Era parte de sí mismo, como el pasado.

    Ya no opinaba nada sobre su madre. Había intentado asesinar a su padre y lo había abandonado a él. La familia no significaba nada para ella, nada en absoluto, así que la abandonaba a su destino.

    Pero su padre, su padre estaba vivo, cautivo en el paño, ¡y nadie había intentado liberarlo!

    Durante todo ese día estuvo considerando la posibilidad de encararse a los guardianes y exigirles una explicación, pero se contuvo. Le habían mentido durante diecisiete años, y tampoco ahora le dirían la verdad.

    Por la noche, a Jon se le hacía insostenible continuar fingiendo buen humor. Hektor lo invitó a pasear un rato por fuera de las murallas y se detuvieron en un peñasco que se asomaba a Tepest.

    —¿Te ocurre algo? —le preguntó Hektor—. Has estado muy silencioso esta noche.
    —Ojalá supiera un encantamiento para partir mi alma en dos. Amo a Sondra y deseo vivir con ella, pero os echo de menos muchísimo.
    —Ven siempre que lo desees. Creo que has tomado una decisión acertada. Tu madre estaría de acuerdo.

    Jon captó que Hektor lo invitaba a preguntar sobre la familia; tenía muchas preguntas que hacer y empezó por la más inocente.

    —Hektor, ¿me parezco a ella?
    —En el exterior no, pero sí en el temperamento. Ella se dio cuenta a las pocas horas de que nacieras.
    —Creía que había muerto dando a luz.
    —Al poco tiempo. —Al menos Hektor decía la verdad.
    —Se ha puesto el sol. Debemos volver.

    En cuanto se reunieron con los demás, dio las buenas noches. Tal como esperaba, la presencia que había sentido tantas veces en su vida apareció en forma de una palidez clara en la oscuridad. Jon la siguió por el corredor, cruzaron un dormitorio vacío y llegaron a un pasadizo que terminaba detrás de la capilla. No se atrevió a conjurar luz, a pesar de los bichos que le pasaban por encima de los desnudos pies y de las densas telarañas que se le enredaban en la cara y en el pelo.

    Con toda precaución, fue palpando el camino por una escalera que bajaba hasta otro pasillo interior, estrecho y oscuro, lleno de cascotes que habían caído de arriba. Al andar notaba que pisaba huesos quebrantados y restos oxidados de armaduras. Ya conocía los relatos de la antigua costumbre, y ahora caminaba sobre los resultados. Eran guerreros de la antigüedad, quizá los héroes principales del pueblo que había erigido el castillo siglos antes de que los guardianes se lo apropiaran. Los habían enterrado allí para fortalecer los muros.

    ¿Estaban condenados esos muertos a vagar por el alcázar en forma de fantasmas reviviendo las últimas horas de su vida? ¿Eran sus lamentos lo que oían los monjes por las noches, o sólo el sonido del viento que silbaba por las rendijas? Jon temblaba de miedo pero la sombra lo instaba a seguir adelante. Unos metros más allá, el túnel terminaba en un punto muerto, sin salida visible. Se encontraba a bastante profundidad.

    —Conjura luz.

    ¿Oyó las palabras o tuvo él la idea? No importaba. Una frase, un gesto sencillo, y una esfera de luz iluminó la oscuridad. Jonathan buscó la salida y vio un agujero a sus pies, tapado en parte por un escudo herrumbroso. Se arrodilló y, con el mayor sigilo posible, apartó la porquería del agujero abierto al pie del muro. Cuando terminó, se paró a mirar la tierra que había debajo.

    Era un terreno blando, que cedía, como si hubieran cavado un túnel allí hacía tiempo. Tal vez los guerreros no habían aceptado la muerte con tanta resignación. Si era así, se habían equivocado porque habían cavado hacia el interior de la fortaleza, en vez de hacia el exterior; se imaginó su desesperación al darse cuenta del error. A pesar de todo, emprendió con alegría la tarea de quitar tierra con una pala porque, según sus cálculos, el túnel lo llevaría a la parte de atrás de la capilla.

    Cuanto más cavaba, más sucia y putrefacta olía la tierra, como si estuviera paleando restos de cadáveres. La esfera de luz no servía de nada en los estrechos límites del agujero, de modo que siguió trabajando a oscuras, reprimiéndose las ganas de chillar cada vez que rozaba huesos o carne podrida. No encontró nada nuevo hasta que tocó un trozo de mortero; lo agarró y salió del agujero para examinarlo. Entonces percibió la claridad del día tras los resquicios de la pared y oyó el canto de los guardianes, reunidos ya ante la capilla para la oración matutina. Estaba cansado y prefirió volver sin ser visto mientras ellos cantaban. Dejó caer el mortero y deshizo lo andado por el túnel.

    El canto cesó, y comprendió que se había retrasado. Enseguida llegarían todos a la sala principal y alguno iría a su habitación a despertarlo. Como no iba a darle tiempo a llegar, lo mejor que podía hacer era dejarse ver en alguna otra parte. Volvió por el túnel hasta una parte derruida de la muralla exterior y trepó a una resquebrajadura hasta dar con un hueco suficiente para pasar.

    Con las manos llenas de rasguños y de sangre, los pies cortados por los huesos, las piedras y las armaduras y el camisón hecho jirones, bajó de la muralla a un saliente cubierto de hielo sin espacio apenas donde mantenerse. El viento lo empujaba contra la roca mientras avanzaba hacia el camino y la entrada.

    Las manos se le entumecían y casi no notaba los pies cuando la repisa terminó cerca de la esquina del muro. Lo habían construido así a propósito, para que resultara inaccesible al enemigo. Pero, con el correr del tiempo, las rocas sobre las que se asentaba la fortaleza se habían desgastado y proporcionaban ahora algunos puntos de apoyo. Jon inició el peligroso descenso maldiciéndose por impetuoso y estúpido y murmurando ruegos a la sombra y los dioses de los guardianes para que lo ayudaran.

    Una repisa más amplia atravesaba las rocas, donde encontró un resguardo provisional contra el furioso viento. Se sentó un momento a recuperar el aliento y a frotarse los helados pies, cuando oyó a Hektor que lo llamaba. La muerte sería segura si se arriesgaba a trepar por esas rocas solo, y contestó a la llamada con un grito que se perdió como un susurro en el crudo viento.

    Deseó quedarse donde estaba, dormir, convertirse en parte del ejército de fantasmas de la fortaleza. Y lo habría conseguido de no haber sido por la rabia. Se encaramó cuanto pudo en el risco, se aferró a las rocas y chilló el nombre de Hektor con todas sus fuerzas.

    El viento le robó la voz. No oyó respuesta, ni notó que las manos iban perdiendo apoyo y que el cuerpo se le doblaba hasta que Leo tiró de él y lo enderezó. Tenía una cuerda alrededor de la cintura; lo levantaron en el aire sobre un precipicio abismal hasta los ansiosos brazos de Hektor. Un momento más tarde, Hektor izaba a Leo.

    Jon no sentía sino el calor del enorme cuerpo del monje, que lo tuvo abrazado hasta que despertó. Estaba envuelto en mantas, tendido frente a la chimenea de la sala principal. Leo y Dominic hablaban de él en voz queda.

    —Lo he mirado a fondo —dijo Leo—, y sólo tiene rasguños; no hay mordeduras ni contusiones. Se recuperará.
    —Y me derretiré —añadió Jon, en un tono más bajo de lo que deseaba. Se acercaron a él con una alegría tan sincera que lo que dijo a continuación le pesó sobre la conciencia—. Oí unos gritos por la noche, como una mujer en apuros. Salí para ayudarla y debí de caerme. El viento no me dejaba trepar.
    —¡Qué locura! —exclamó Dominic, con el tono de quien alecciona a un chico. Entonces se dio cuenta de que los ojos plateados que lo miraban pertenecían a un adulto, no a un niño—. Bien, estás vivo y eso es lo que importa —concluyó, y lo dejó a solas con su antiguo maestro.
    —He sido negligente con tu educación, ya veo —comentó Leo en un tono que pretendía ser despreocupado.
    —Negligente no. Me caí tan deprisa que no tuve tiempo de salvarme. Ningún conjuro me habría ayudado a evitar la roca contra la que choqué ni el frío que me congelaba.
    —Ten más cuidado. Nos dolería mucho perderte.

    Jon tenía los ojos empañados por las lágrimas, y Leo lo interpretó como un arrebato de gratitud y cariño. En realidad, eran remordimientos por la mentira.


    La recuperación de Jon se retrasó más de lo que los hermanos pensaban. Dos noches más tarde, después de pasar el día entero en la cama, volvió al túnel, pero mejor preparado para lo que tenía que hacer.

    Se puso unas ropas viejas y entró en la excavación, que parecía haberse agrandado en esas dos noches. Ya no percibía el olor a putrefacción y la tierra parecía húmeda, cálida y segura. Trabajó sin descanso, indiferente a la fatiga y al transcurso del tiempo.

    Cuando por fin llegó cavando hasta debajo de la capilla, no se atrevió a utilizar el martillo contra las losas del suelo, sino que prefirió rascar y entresacar el mortero hasta que quitó una sola, pequeña. Satisfecho de la victoria, envió una esfera de luz al interior de la capilla, pero lo único que vio fue una gran lápida de piedra vertical en frente del agujero, probablemente el altar. La abertura estaba en una parte oscura, poco fácil de ver en caso de que los guardianes entraran. No obstante, volvió a colocar la losa en su sitio y la sujetó por debajo con un montón de tierra. Más animado, salió del túnel, se cambió de ropa y regresó a la habitación para pasar otro día entero en la cama.

    Así se sucedieron dos noches más, muy productivas, durante las cuales ensanchó el agujero hasta que pudo pasar la cabeza por él, pero no más.

    Quería ver el paño exactamente como lo había visto su madre tanto tiempo atrás. Encendió la vela que llevaba y la colocó en el suelo, cerca del agujero. Después irguió bien la cabeza y vio...

    ¡Y vio...!

    La descripción de su madre no lo había preparado para aquella visión. El horror y la belleza del paño estaban tan inextricablemente unidos como lo estaban las almas a la trama de la tela. El arrebato emocional que lo embargó fue tal que quiso echar a correr, esconderse. Empezó incluso a retirar la cabeza, pero entonces se acordó del propósito que lo había llevado hasta allí y llamó a su padre suavemente.

    —Vhar.

    Se le antojó que el paño se movía un momento. Tal vez fuera sólo el aleteo de la vela, o quizás el poder de la tela que se animaba.

    —Vhar —llamó de nuevo.

    La respuesta fue más clara, el paño se movió como empujado por la brisa.

    —Padre, he venido a ayudarte —musitó Jon.

    La brisa sopló más fuerte, apagó la vela y levantó polvo del suelo. Jon cerró los ojos para que no le entrara y volvió a susurrar.

    —Por muy grande que sea el poder del paño, te salvaré. Mañana hay luna llena. Cuando te despiertes vendré a buscarte.

    Aunque no era más de medianoche, su trabajo había concluido y se retiró a la cama a dormir. — Igual que lo había hecho alguna vez, a la mañana siguiente Jon se unió a las plegarias matutinas de los hermanos delante de la capilla. Ahora que sabía lo que había dentro, comprendió la petición breve y sincera de fuerza que los monjes hacían. Sólo Mattas era viejo de verdad, pero todos estaban pálidos, como infectados por una enfermedad que desecara. Tras la oración, hicieron el relevo de la guardia, y Mattas se quedó en el lugar de Hektor para vigilar la entrada de la fortaleza durante el día. Jon observó al encorvado monje, que atravesaba el patio y se sentaba en un banco de piedra al sol de la mañana. De pronto se sintió libre de culpa por lo que iba a hacer.

    Su padre no era brujo, no era una criatura perversa que mereciese el encierro de una prisión eterna. Vhar era comerciante, codicioso tal vez, pero no tan culpable como para ganarse semejante castigo. Jonathan no veía nada malo en lo que pensaba hacer. No se notaría la ausencia de una sola alma entre tantas como habitaban el paño.

    Descansó casi todo el día y apenas tocó la cena, poniendo por excusa que las piernas se le resentían otra vez del frío que había soportado en el accidente. Se retiró temprano y simuló que bebía la poción de Leo, pero la escupió en cuanto éste salió del cuarto. Poco después, cuando Hektor pasó por su habitación para ver cómo se encontraba, lo halló en la cama bajo los efectos de la droga, pero demasiado despierto como para cerrar la puerta con llave. Volvió a pasar más tarde y lo vio tan dormido y envuelto en las mantas que cerró con llave por fin y siguió su camino.

    Pero Jon ya había bajado la escalera escondida, y cuando los frailes se reunieron frente a la capilla y comenzaron el primer canto de los muchos que cantarían esa noche, el joven entraba en el túnel y avanzaba hasta colocar la cabeza a unos treinta centímetros del agujero que había practicado en el suelo.

    Daba la impresión de que el túnel respirase: una especie de corriente que entraba y salía como si una criatura gigantesca inspirase y espirase en la capilla. El aire se movía por encima de su cabeza, húmedo y fresco, vivo y palpable. Inspiración: aroma de aire frío y puro de invierno; espiración: hedor rancio, oscuro, pútrido.

    Oyó comenzar los cantos en la distancia, amortiguados por la tierra y por la capilla. Desde luego no eran tan potentes como la respiración, que ya superaba el ruido de los latidos de su corazón. Oyó que algo se arrastraba por el suello de la capilla: eran pasos.

    Entonces empezaron los ruidos: gritos, carcajadas horrendas y estridentes. Una luz asomó encima del agujero del suelo. Su terror iba en aumento, igual que el estruendo de arriba. Los chillidos levantaban ecos ensordecedores y las pisadas resonaban furiosas en las losas de arriba. De pronto pensó en la amenaza de que el suelo se viniera abajo, o de que lo arrastraran hacia arriba, hacia la cruda orgía. Los espíritus no muertos le chuparían la sangre de las venas y el paño absorbería lo que quedase de él, como a su madre.

    Sin dejar de mirar la abertura que él mismo había hecho, se dijo que el plan no estaba bien concebido. Incluso aunque lograra localizar a su padre, no cabría por el agujero. Y, si Vhar conseguía pasar, ¿adonde irían?

    Otra voz interior le dijo entonces que se había esforzado mucho para llegar a donde estaba y que no abandonara la esperanza. Giró sobre la espalda y poco a poco se acercó al agujero. El ruido atronador seguía en la capilla, unos fragmentos de piedra y tierra le cayeron en la cara y en los ojos. Los cerró y dejó que llorasen mientras seguía avanzando.

    Cesó el ruido.

    Cesó el canto.

    Cesó la respiración.

    Los seres de la capilla esperaban ser liberados.

    Jon notó la luz en la cara, blanca y brillante como el sol de invierno en la nieve. Abrió los ojos y comprobó que estaba justo debajo del agujero, de donde provenía la luz. Sintió unos ojos que lo miraban sopesando la resolución de su alma.

    Parecía que el tiempo transcurriera muy despacio; se le entumecieron las piernas y los brazos y tenía el resto del cuerpo congelado. Un rostro se asomó: una silueta oscura, de hombre, que se retiró después. Luego volvió a asomarse, y Jon distinguió los rasgos. Era una faz triangular, con altos pómulos y ojos muy separados de color plata, con cabello fino y blanco. Cuando él fuera mayor, sería exactamente así. Tenía que ser su padre, y sin embargo... Leith lo describía de otra manera. Lo llamaba el...

    La súbita revelación quedó ahogada por las palabras del hombre que habló desde la capilla.

    —El hombre de plata.

    Desde alguna parte del silencio que reinaba arriba, Jon percibía una alarma insistente y muda. El terror lo sobrecogió de nuevo, pero logró vencerlo.

    —Padre —musitó con una sonrisa.
    —Dame la mano.

    La voz, tan semejante a la suya, había hablado con toda claridad. Obedeció y se tocaron. La mano del hombre temblaba de emoción, sí, pero era fría y sin vida.

    —La noche llegará pronto a su fin, pero para nosotros habrá más; no me dejes.

    Jon apretó los dedos de su padre en respuesta y, aunque había algo que intentaba separarlos, el muchacho se mantuvo firme hasta que la luz desapareció. El aire silbaba en el túnel alrededor de él, y en la capilla. Al sentir que su padre lo soltaba, Jon apretó la mano con más firmeza aún y apuntaló las rodillas contra el borde del agujero para no ser absorbido por el torbellino de arriba. Le cosquilleaba todo el cuerpo al oír el último y terrible estallido de las criaturas que se batían desesperadas contra las puertas y paredes de su prisión.

    Después, todo quedó en silencio.

    La mano que Jon sujetaba quedó seca y leve como si la sustancia vital se hubiera evaporado dejando sólo un cascarón plano y vacío.

    —Padre —susurró, y percibió un temblor por respuesta.

    Sin que nadie se lo dijera, recogió lo que quedaba de su padre y lo sacó con cuidado por el agujero, temeroso de rozarlo contra los afilados bordes de las piedras. Cuando terminó, colocó la piedra en su sitio otra vez y se retiró del túnel con el pellejo inerte de su padre sobre el brazo.

    Cerca ya del pie de la escalera, encontró una abertura y allí lo posó. Sólo parecía humano por la forma; únicamente los ojos se movían, y habría dicho que rebosantes de gratitud. No podía llevarlo a su habitación de modo que lo dejó allí, protegido por un conjuro. Antes de marcharse, murmuró la promesa de que volvería después del anochecer.

    Esperó en un dormitorio vacío hasta que Leo abrió la puerta de su cuarto, y después cruzó el pasillo a hurtadillas. Quitó el montón de ropa de debajo de las mantas y se puso a dormir. Fue consciente de que todos lo miraban, de que Leo le acariciaba la frente..., pero ninguno lo despertó hasta la hora de comer. Se reunió con ellos bien abrigado y caminando con dificultad.

    —En cuanto me restablezca volveré a Linde —les dijo—, pero creo que tardaré una temporada en volver por aquí.
    —Antes de que partas, tenemos que discutir una cosa contigo —anunció Dominic.
    —Mañana —contestó, demasiado agotado en ese momento, aunque habría aceptado hablar inmediatamente. Después volvió a la cama.

    Durmió mucho más de lo que esperaba. En la mesilla lo esperaban la cena y la poción, que volvería a sumirlo en el sueño. La puerta no estaba cerrada con llave, sino abierta de par en par, y oyó el canto en la distancia.

    ¿Creían que se acercaría a la capilla a ver la ceremonia? ¿Responderían después a sus preguntas? Seguramente sí, pero antes iría a ver a su padre. Se vistió rápidamente y entró en el túnel.

    El cuerpo parecía más consistente y el color de la cara, aunque pálido, resultaba más natural.

    —Vhar —musitó Jon, sin atreverse a tocarlo—. Padre.

    Abrió los ojos y los fijó en el joven; los finos labios se curvaron en una amarga sonrisa. Se sentó y tomó la mano de su hijo con fuerza. Estaba vivo.

    —Estos muros están encantados. Quise ir a tu habitación pero no pude; quise volver por el túnel para... consolar a los demás pero no pude. Quizá... cuando me fortalezca.
    —Nos marcharemos de aquí, mañana.
    —Noto que he cambiado, después de tantos años en el paño, y no puedo moverme a la luz del día.
    —Te llevaré yo.
    —Mi cuerpo ardería como paja si lo tocara la luz del sol. Tenemos que partir esta noche.

    Jon sopesó las cosas. Quería escuchar lo que Dominic tenía que decirle, pero, si el rito era tal como había descrito su madre, esa misma noche era el mejor momento para marcharse.

    —Si no puedes traspasar estos muros, ¿cómo vamos a salir? —inquirió Jon.
    —Dame la mano y llévame, como hiciste en la capilla.
    —Entonces, vamos.

    El chico dejó una nota en su dormitorio, confusa e incoherente, que hablaba de su pasión por Sondra y de lo mucho que la necesitaba para recuperarse del todo. Describió con elocuencia deseos desgarradores que esperaba que comprendiesen.

    Después, cubiertos los rostros y las manos con negras capas, se detuvieron los dos en la sala principal para observar el canto de los monjes ante la silenciosa capilla. Su padre musitó una palabra, y el paño despertó. Los gritos de los condenados apagaron los suaves pasos que se escabullían sigilosamente por las puertas de la fortaleza, bajo la luz de la luna.

    Así caminaron, padre e hijo, de la mano, el cabello plateado y la tez clara, blanqueada por los fríos rayos lunares.



    TERCERA PARTE
    EL SEÑOR DE PLATA

    TRECE


    Su vida se había regido por las fases de la luna; ahora el tiempo apresuraba el paso y acortaba la transición del sueño a la vigilia. Por la noche paseaba, hablaba y aprendía de su hijo; durante el día dormía en la caverna preparada para él, pero sólo el pellejo seco de su cuerpo era visible para Jonathan, que descansaba a su lado.

    Recuperaba la memoria a retazos inconexos; veía su imagen en las charcas lechosas de la caverna y recordaba unos niños jugando junto a una fuente en la plaza de un pueblo, y un perro que ladraba avisándolos de su presencia al pasar junto a ellos.

    Se acordaba con claridad de que producía muerte con la voz y fuego con las manos; notaba el calor y oía los chillidos. Sabiamente, no contaba estos detalles a su hijo.

    —Todavía no —susurró.
    —¿Me has dicho algo, padre? —preguntó Jonathan.

    Negó con un gesto y tocó el hombro de su hijo cariñosamente al tiempo que le recomendaba que siguiera durmiendo. Cuando la respiración del chico se normalizó, el hombre salió al exterior.

    Sólo a un demente podría habérsele ocurrido que las estrellas habían cambiado desde la última vez que las había mirado, y, sin embargo, todo se le antojaba más nítido, nuevo, pleno de una vida ávida. Hasta las suaves agujas de los pinos que le rozaban las piernas desnudas al descender la ladera le parecían de una sensualidad impensable, como el primer casto beso de la amada.

    En el pasado aplacaba el hambre de muchas formas. Cuando comía a mediodía con los invitados de su señor disimulaba bien su verdadera naturaleza; incluso durante sus correrías nocturnas, cuando saciaba su apetito inmortal tomando sangre de mortales, la parte más recóndita de su verdadero yo permanecía aletargada. Pero los años de prisión en el paño habían transformado su cuerpo y sólo quedaba ahora la parte más terrible de sí mismo.

    ¡Pero estaba vivo, consciente, libre! Su hijo le había otorgado esa gracia. ¡Su hijo! Echó la cabeza hacia atrás y su risa vibrante se extendió por la tierra helada.

    En las últimas noches había cazado goblins, fortaleciendo su poder con cada vida que tomaba, y en esos momentos se encontraba preparado para platos más suculentos. Se acercó silencioso a Linde, donde un gran festín le aguardaba.

    Los hombres habían abierto redondeles en la helada superficie del río para pescar; en ese momento, estaban todos reunidos en pequeños grupos en las cabañas de madera que les servían de refugio contra el viento inclemente, esperando la presa que les permitiera volver a casa. No le interesaban las emociones de esos hombres, sombrías y hambrientas, ni tampoco los sueños imprecisos de los aldeanos que dormían.

    Pero encontró a alguien que velaba, presa de un sufrimiento profundo y vivo de gran magnificencia. Era una mujer sola, sentada en una cama del segundo piso de una casa en las afueras del pueblo. Sus pensamientos se centraban en un recuerdo que no quería olvidar, el recuerdo de su hijo. ¿Por qué había muerto? ¿Por qué había muerto?

    El viento soplaba alrededor de la casa y batía las contraventanas como un niño exigente. La mujer las abrió y miró hacia el paisaje cubierto de nieve. Siguió con la vista el oscuro camino entre árboles que bajaba al río, donde decían que Alden había muerto.

    ¿Cómo sabían los hombres que aquellos huesos calcinados eran lo que quedaba de Alden? ¿Acaso una madre no sería capaz de identificar el cuerpo de su hijo? Tal vez las bestiezuelas habían dejado a otro al lado de Josef y se habían llevado a su hijo como esclavo a su reino bajo la tierra, donde moriría de hambre o de palizas y completamente solo.

    Una sombra más negra que la noche se agitó en el lindero del claro que había ardido.

    —Alden —musitó y, a medida que la sombra se acercaba más al río, la imagen de su hijo se hizo nítida en su mente.

    Su marido había ido a pescar con los demás... ¡Nadie le impediría salir a buscar a Alden en ese momento! Cruzó la casa corriendo, cogió una manta de la silla que había junto al fuego y se abrigó. Recorrió el pueblo descalza dejando huellas ligeras en la nieve recién caída.

    El viento le batía los negros cabellos mientras avanzaba hacia el lugar donde habían encontrado el cuerpo quemado de su hijo.

    «Debió de ser muy hermosa en su juventud», pensó la sombra; pero en ese momento su única belleza consistía en su dolor, en las lágrimas heladas que tenía en las mejillas cuando se detuvo en el calvero buscando a su hijo.

    La sombra se acercó a ella por detrás, se acercó tanto que el calor de su cuerpo y sus recuerdos la envolvieron. La mujer creyó notar el roce de la capa de Alden en el hombro; se giró y tuvo que contener un grito de júbilo al ver el rostro.

    —¡Alden! ¡No estaban seguros de que aquel cuerpo fueras tú! —Quería avisar a su esposo, pero estaba paralizada por un rapto de emoción. Extendió los brazos para acariciar a su hijo, para apartarle el pelo, negro como el suyo.

    Él la agarró por las muñecas con manos heladas como la nieve.

    —Alden está muerto —musitó—, pero tú estás llena de vida.

    El roce absorbió todo el calor de sus brazos y hombros.

    —¿Quién..., qué..., qué eres? —balbuceó.
    —Alguien que estuvo vivo en otro tiempo, y que volverá a estarlo —habló la voz de Alden.

    El miedo espantó toda visión de sus ojos. A pesar de que estaba mirando un rostro como el de su hijo, sabía que no lo era, que jamás lo había sido.

    —¿Quién eres? —murmuró entre dientes.

    Quería decir el nombre por el que Jon lo llamaba, pues no recordaba ningún otro, pero entonces descubrió una respuesta más acertada, que surgió de entre todos los recuerdos olvidados.

    —Morgoth —respondió, y la atrajo hacia sí envolviéndola en su capa.

    La mujer tembló unos momentos, pero enseguida sucumbió a su poder y se desvaneció en sus brazos mientras las heladas manos le robaban hasta la última gota de pulso vital.

    Soltó el cuerpo poco a poco bendiciendo la vida que lo alimentaba, bendiciendo a la mujer que le había devuelto el poder de su nombre, pues, al recordarlo, todo lo demás también se hizo presente en su memoria.

    —Morgoth —musitó, y levantó la cabeza hacia el cielo estrellado.

    La memoria era poder; lo notaba ardiente como la vida que lo animaba en ese instante, y oscuro como la desesperación del conocimiento. Había tomado una vida humana..., un simple estimulante del apetito. El paño debía de haberlo transformado, condenándolo a cazar de esa forma para siempre, a buscar la vida, a tomarla sin saciarse nunca.

    El olor de los pescadores atrajo a las bestiezuelas, que salieron de sus guaridas subterráneas. Morgoth las había oído moverse entre los arbustos cerca del río, rastreando el olor del cadáver que yacía a sus pies y el de los atestados refugios.

    Habría preferido respetar la vida de los aldeanos, porque siempre lo había halagado la adoración de los débiles; pero no estaba ya en condiciones de mostrarse tan clemente. De todas formas, los hombres eran ganado de su propiedad, sólo para saciar su apetito, y no estaba dispuesto a compartirlos con esas criaturas despreciables.

    Seguro de su memoria, Morgoth levantó los brazos a los lados e inclinó la cabeza. Se hizo sutil y quedó flotando, inmaterial como un jirón de niebla, mientras buscaba con la mente las simples mentes de los goblins. En un momento los atrapó entre sus redes y les comunicó un miedo atroz. Las bestiezuelas huyeron, algunas a las cuevas más lejanas de los montes; otras, aullando de pánico, se lanzaron a la helada superficie del río y cruzaron al otro lado. Los hombres salieron de los refugios de pesca armados de porras y cuchillos.

    Unas cuantas bestiezuelas cayeron, y los pescadores, defraudados por la larga noche en vela, procedieron a despellejarlos con vehemencia y a trinchar la carne en tiras largas para mezclarla con el pienso del ganado; pero la euforia duró poco. Un par de aldeanos siguieron las huellas de los goblins hasta la orilla, donde descubrieron a la madre de Alden tumbada boca arriba, con la capa abierta y el cuerpo amoratado de frío. Yacía en el mismo punto donde habían encontrado a su hijo. Otras pisadas diferentes convergían allí también, pero después desaparecían.

    Hacia el mediodía, los rumores de brujería corrían como copos de nieve por el pueblo, sumido en el invierno.


    —El paño no se despertará, ahora que yo no estoy —dijo Morgoth a su hijo, reunidos los dos en la blanquecina cueva esa misma noche, un poco más tarde.

    Jon no había regresado al pueblo; estaba sentado en una manta, sobre las piedras del suelo, asando pescado en una pequeña hoguera.

    —Pues ya lo hacía antes de que te atrapara a ti —replicó el joven con el entrecejo fruncido.
    —No, no es cierto. Yo soy quien infunde poder a las almas. —Miró fijamente a su hijo—. Soy el hombre pálido que arrasó el templo de los guardianes —añadió. El chico ya le había hablado de los pergaminos que había leído. Jonathan retiró el pescado del fuego y comenzó a limpiar la espina comiendo despacio, mientras escuchaba sin decir nada—. ¿Acaso eso te hace cambiar de opinión?
    —No... es decir... —Sacudió la cabeza. Sin mirarlo, prosiguió con mayor firmeza—. ¿Por qué querías arrasar el templo?

    Morgoth se levantó y empezó a pasear, arrastrando por el suelo la larga vestimenta plateada que brillaba bajo las suaves luces de la caverna.

    —Ha llegado el momento de que conozcas mi parte en esta historia. Mis padres me vendieron, igual que al monje Hektor, aunque prefiero pensar que lo hicieron en contra de su voluntad, sobre todo porque me dejaron en manos de un amo frío y poderoso. Como no aprendía con la rapidez que él deseaba, me enseñó el sufrimiento. Después, resultó que me había enseñado con tanta perfección que acabó por temerme. ¿Cómo justificar, si no, que me enviara a una misión inalcanzable?

    »La gente de nuestras tierras venía a adorarme como jamás lo habían hecho con él. Comprendió que yo era un rival para él y pensó en utilizarme antes de acabar conmigo. Me envió a destruir el paño, porque se sabía amenazado por él; pero, si yo fracasaba, me engulliría a mí en su lugar.

    —¿Por qué fuiste solo?
    —Así me lo impuso: enfrentarme al paño era la última prueba de mi poder. Creí que la misión sería más fácil, que bastaría con un conjuro de fuego; ya sabes lo fáciles que nos resultan los poderes que tenemos. Pero las bolas de fuego se volvieron contra mí y me quemaron, de modo que corrí hacia el paño con un miedo que jamás había sentido. Cuando lo arranqué de su lugar de honor, los gritos de mis enemigos resonaron, pletóricos de victoria, en mis oídos. El maldito paño me cubrió e intenté escapar, pero fue en vano. Todo se disolvió en el tejido, piel, carne, huesos, poder. —Hizo una pausa y se apoyó en el hombro de Jon, como si el contacto con un cuerpo vivo le recordara la época anterior al tapiz. Jon lo miró comprensivamente.

    »Llegué a creer que encontraría la muerte, pero sucedió algo mucho más terrible. En vez de sumirme en el olvido, mi alma quedó atrapada en una red irrompible de fe y poder, y yo yacía aturdido en ella. Al día siguiente, noté la presencia de las demás criaturas con las que compartía la prisión. Reflexioné sobre mis conocimientos anteriores en busca de una forma para romper el hechizo.
    »Y lo encontré. La segunda noche salió la luna, redonda como el sol. Conjuré sus energías y liberé a los cautivos del paño; durante la masacre que siguió a continuación, los guardianes intentaron destruir el paño pero descubrieron que los conjuros que lanzaban se volvían contra ellos. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos y de los de las otras almas desesperadas, no logramos romper el encantamiento que los frailes habían hecho en los muros del