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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    ARMANDO LA GORDA (Joan Butler)

    Publicado el domingo, agosto 07, 2016
    Título original: TROUBLE BREWING


    CAPÍTULO PRIMERO


    El viejo pueblo de Deepdene, tan viejo como el mismo mundo, estaba soñoliento bajo el sol de aquel atardecer. Sólo un par de caballos, uno o dos cerdos y media docena de vacas erraban por sus calles. Unas cornejas lanzaban sus armoniosos graznidos desde las copas de los árboles, y en un campo cercano una codorniz saltaba de un lado a otro, indiferente a todo. En el umbral del «Pelican», el más anciano, de los habitantes de Deepdene, miraba fija y pensativamente hacia la lejanía, mientras mascaba tabaco y escupía. La paz envolvía la tierra: otro día estaba tocando a su fin.

    Este había sido un gran día en la historia del pueblo, pero no más grande que muchos de los que le habían precedido. Durante la última quincena transcurrida, Deepdene había ocupado la primera página de los más frívolos periódicos, y sus vecinos se habían habituado a esta celebridad. Fotografías del pueblo, tomadas desde todos los ángulos, habían aparecido periódicamente. Un sinfín de jóvenes ceñudos y resueltos, con unos cuadernos de notas bajo el brazo, se habían hospedado día tras otro en las dos posadas más importantes de Deepdene: el «Pelican» y el «Pig and Litter».Su estancia había sido corta, pero llena de incidentes. Llegaban, permanecían en observación y regresaban a sus oficinas, y el nombre de Percival Trotter estaba en los labios de todo el país.

    Con las cejas ligeramente arqueadas, Dan'l Simms, propietario del «Pig and Litter», observaba un lujoso coche que se detenía ante su puerta. Cuando el chofer saltó ligero, dirigiéndose hacia él, Dan'l no se sintió preso de ningún vértigo, como le hubiese ocurrido sin duda alguna un mes atrás; no obstante, se sintió palidecer bajo su piel tostada por el sol, y tuvo que agarrarse a la barra del mostrador para que sus piernas no flaquearan, aun cuando en apariencia, salvo el repentino brillo de sus ojos, no dio ninguna señal de emoción.

    —¿Hay sitio? —inquirió el chófer.

    Dan'l meneó afirmativamente su gruesa Cabeza.

    —Tengo habitaciones disponibles —dijo.
    —¿Dos? —preguntó aquél.
    —Tres —respondió el posadero— .Y muy buenas.

    El chófer pareció dudar de sus palabras. Olfateó con cierto recelo y lanzó una mirada inquisidora a su alrededor, después de lo cual se dirigió nuevamente hacia el coche.

    Dan'l observó de reojo a una joven que se apeaba del coche. Había sido por espacio de veinte años un excelente padre de familia y un buen marido, pero no por ello pudo evitar contemplar a la joven con aire de aprobación. Emanaba de ella un verdadero encanto y Dan'l estaba dispuesto a confesarlo así a cualquiera que le pidiese su opinión. Era quizás algo más delgada que el ideal que él se había forjado. Necesitaba estar ligeramente más gruesa, pero apurando tanto las cosas no se podría encontrar perfecta a ninguna mujer. Según pudo observar Dan'l inmediatamente, la seguía un hombre bajo y grueso, con sombrero de copa, cuyo rostro congestionado recordaba un tomate maduro. Dan'l no prestó tanta atención al aspecto de este individuo, y si éste tenía a su vez algún encanto pasó inadvertido a los ojos del posadero. Observó cierto empaque en sus ademanes. Dan'l pensó que había algo de altivez en su porte y un soupçon de arrogancia que trascendía de todo su ser. Dan'l era un hombre despreocupado y. dispuesto a cambiar de opinión, pero dudaba de que un determinado detalle le hiciera apearse de su juicio.

    —¿Es usted el dueño? —preguntó el hombre grueso, fijando sobre Dan'l sus dos ojillos azules, como si quisieran perforar su cerebro.

    Dan'l, con un airoso movimiento de cabeza, indicó que, en efecto, lo era.

    —¿Dispone de unas habitaciones libres, verdad?
    —Tres, señor.
    —¿Están limpias?

    La cólera de un Simms era lenta en encenderse. En aquella ocasión ni siquiera se inmutó. Las dos últimas semanas habían endurecido a Dan'l contra los insultos de esta naturaleza. Prefirió tomarlo a broma.

    —Puede usted comer en el suelo, sí lo desea, señor —contestó con orgullo.
    —No quisiera verme precisado a ello.
    —Desde luego —replicó Dan'l—. Quiero decir que podría hacerlo, sí así se le antojara, a menos que quisiera tomar «zopas».
    —¿Qué?
    —«Zopas».
    —Quiere decir sopa —intervino la joven.
    —Esto es —ratificó Dan'l—. Las «zopas» empaparían el suelo.
    —Por amor de Dios —exclamó el señor, con irritación— Deje ya de hablar de sus «zopas».
    —Además —prosiguió Dan'l con voz tranquila—, las «zopas» llenarían de manchas el techo del piso inferior, y esto no puedo permitirlo de ningún modo. De manera que si ustedes habían pensado tomarse las «zopas» en el suelo, desde luego no será sobre el de mi casa.

    El hombre, al oír estas últimas palabras, sintió que la sangre arrebolaba sus mejillas y, resoplando, dejó caer su cuerpo pesadamente contra el mostrador. La muchacha, en cambio, apoyó con dulzura su mano sobre el brazo de él, acariciándolo tiernamente.

    —En realidad no teníamos intención de hacerlo —dijo la muchacha a Dan'l—, se lo aseguro.
    —Lo celebro, señorita. No me interesan las manchas de «zopas» en mis techos.
    —Por supuesto. Ya nos hacemos cargo. Entonces, ¿tiene usted dos habitaciones disponibles?
    —Tres, señorita.
    —Nos basta con dos, gracias.

    Perfectamente, les daré dos —asintió Dan'l temiendo que su cortesía fuese excesiva. Se hizo con un grueso libro, un tintero y algo parecido a un espetón de algún antiguo asado, que había sobre el mostrador, y preguntó—: ¿Su nombre, señorita?

    —El nombre —se apresuró a contestar el grueso señor— es Smith. Ya firmaré yo, Joy.

    Y al decir esto agarró la pluma, resoplando con rabia.

    —¿Son acaso padre e hija? —preguntó Dan'l.
    —Por supuesto. ¿Qué es lo que usted creía que éramos?
    —¡Oh, esto no me, interesa! —replicó Dan'l con calma—. Voy a enseñarles las habitaciones.

    Las sombras de la noche invadían rápidamente el pueblo, cuando se presentó el tercer visitante del día. Llegó en un coche de dos asientos que había conocido tiempos mejores, pero no mucho mejores. El motor chirriaba lúgubremente, y uno de los guardabarros delanteros había dejado de hacer compañía al chasis. El coche no podía compararse en modo alguno con el «Rolls—Royce» del señor Smith. No obstante, Dan'l Simms, modelo de posaderos, acogió al recién llegado con una amplia sonrisa de bienvenida.

    Tenía éste un aspecto simpático y olía a limpieza. Vestía con un llamativo traje a cuadros y, una vieja gorra, completando el conjunto con unos zapatos y calcetines de acuerdo con las demás prendas. No era precisamente lo que podía llamarse un hombre guapo, pero su rostro era franco y abierto, y su mirada noble. Saludó alegremente al posadero, y pidió una cerveza. Éste se la sirvió inmediatamente, y apenas el joven hubo refrescado su garganta, entabló conversación.

    —Todo lleno, ¿verdad? —se aventuró a preguntar, guiñando un ojo a Dan'l—. En el «Pelican» me aseguraron que no encontraría una habitación disponible en todo el pueblo.
    —Pues son unos embusteros —manifestó Dan'l con tono pausado.
    —¿Son qué... ?
    —Unos embusteros —sostuvo—. Sí, lo son. Tengo una habitación libre en el piso de arriba.
    —¿ Dónde, amigo mío?

    Dan'l levantó su grueso pulgar, señalando el techo diciendo:

    —Aquí encima.
    —¿Está usted —seguro?
    —Desde luego.— Por algo nací en ella.
    —En este caso estará usted bien enterado, ¿no es cierto?
    —Desde luego.
    —¿Está libre, pues? Quiero decir, ¿no se produce ningún nuevo nacimiento en este instante?
    —En este caso, ¿podría tal vez ofrecérsela?
    —De acuerdo. Consideradas las cosas de esta forma, supongo que no. Más bien dicho, aseguraría que no.
    —Se trata de una buena habitación, señor.
    —No lo dudo, amigo.
    —Si hubiese llegado una hora antes, me habría sido posible ofrecerle otra mejor.

    El joven hizo chascar su lengua con resignación.

    —La vida es siempre así —suspiró—. Por causas ajenas a nuestra voluntad, perdemos oportunidades como ésta. En este caso la culpa fue del coche que sufrió una avería. Desearía tomar otro vaso de cerveza, amigo. ¿Decía usted que tenía otros huéspedes?
    —No.
    —Pero los tiene, ¿verdad?
    —Bueno, sí, dos.
    —¿Periodistas? inquirió el joven sutilmente.
    —No. Son padre e hija.
    —Esto no impide que sean periodistas, ¿no le parece? Quiero decir que los periodistas, a pesar de sus ocupaciones, pueden ser padres, y las hijas pueden ser periodistas. El hecho de que un padre tenga una hija no impide que pueda ser periodista, o el hecho de que una muchacha sea periodista no le impide tener un padre. Usted me entiende, ¿verdad?
    —Sí —asintió Dan'l—. Pero los periodistas no suelen llevar sombrero de copa.
    —Cuando han de asistir a alguna ceremonia suelen llevarlo.
    —Tampoco los periodistas recorren el país en un «Rolls—Royce», conducido por un chófer.
    —Soy de su opinión —se apresuró a asegurar el joven—. ¿Un chófer, decía usted?
    —Sí—.
    —¿Y sombrero de copa?
    —Sí señor, sombrero de copa, y flamante, además.
    —¿Cómo se llaman?
    —Smith.

    El joven se rascó la cabeza.

    —Jamás he oído hablar de ellos.

    Dan'l bajó la voz, murmurando:

    —A mi juicio habrán venido seguramente para ver al señor Trotter.
    —¿El señor Trotter? ¿Percy Trotter?
    —Sí. El señor Percy Trotter.
    —¿Usted cree que este Smith ha venido para verle?
    —Sí. Esto creo.

    El joven se apoyó sobre el mostrador.

    — ¿Qué es lo que le ha inducido a pensar esto, amigo?
    —Ha dejado dicho que el coche pasara a recogerle a las once de la mañana.
    —¿Y esto es lo que le ha hecho creer que piensa dirigirse a Towers?
    —Sí.
    —¿A las once?
    —Sí.
    —No es que desee refutar su opinión, pero, ¿por qué no habría de dirigirse a otra parte?
    —Porque le oí decir al chófer que averiguase hacia dónde se encuentra Towers.
    —¡Oh! ¿Ha oído usted esto?
    —Sí.
    —¿Y cree usted que esto tiene alguna relación con la cerveza cuya elaboración ha inventado el joven Trotter?
    —Ésta es mi opinión.
    —Quizá tenga la intención de adquirir uno o dos barriles.
    —Es posible —admitió Dan'l tolerante—, pero a mí no me da la sensación de ser un hombre que beba cerveza.
    —¿Por qué no?
    —No me ha pedido que la sirviera con la cena.
    —Esto parece bastante lógico... Y ahora que hablamos de comida, ¿podría darme algo de corner?
    —¿Rosbif con legumbres? —preguntó Dan'l.

    El joven se pasó la lengua por los labios:

    —Rosbif con legumbres; eso es. Y cerveza, mucha cerveza. Y mucho rosbif, sin olvidar las legumbres.
    —Perfectamente. El registro, señor.
    —El registro. ¿Qué registro?
    —El registro del hotel.
    —Quiere usted que lo firme, ¿verdad?
    —Sí.

    El joven firmó. Su nombre era Samuel Brewster, y añadió en la información que procedía de Londres. Una vez hubo llenado todos los requisitos, apartó el libro y pidió le fuera servido sin más demora el rosbif con legumbres.

    Samuel Brewster, al encontrarse en su habitación, en un estado de laxitud, se echó vestido sobre la cama. Sea por lo que fuera, aquél había sido un día agitado para él, y su fatigado cerebro parecía haberse embotado. No obstante, físicamente, estaba lejos de sentirse agotado.

    Además, la profunda quietud de la noche, rota solamente por el mugido de alguna vaca, ahuyentó los deseos que había acariciado de sumirse en un profundo sueño. Acostumbrado como estaba al bullicio de la vida nocturna de Londres, este silencio inquietaba sus nervios.

    Apagó la vela que le había dado el posadero, abrió la ventana de par en par y se asomó a respirar toda la fragancia de la noche. El perfume tenue y sutil de las rosas llegó hasta su nariz. Con este perfume se mezcló otro, nada tenue ni sutil, de uno o dos cerdos que jugaban al escondite por las cercanías. Brewster estaba intrigado. Aquel olor penetrante era nuevo para él. Pasó unos momentos divertidos, tratando de adivinar de dónde procedía y acabando por sospechar que sin duda alguna debía provenir de alguna planta exótica del campo. Decidió descubrirla a la mañana siguiente y coger una flor para prenderla en su ojal.

    Tomada esta determinación se disponía a retirarse de la ventana y acostarse, cuando un rumor de voces procedentes de la habitación contigua le hizo detenerse. Estando ambas ventanas abiertas se podía advertir claramente lo que ocurría en el cuarto vecino. Los ojos de Brewster salieron ligeramente de sus órbitas y el color se disipó de sus mejillas a medida que escuchaba.

    —¿No te has acostado todavía, papá? —preguntó la muchacha.
    —No.

    A pesar de aquella lacónica respuesta, Brewster quedó desfavorablemente impresionado por el tono y la expresión de aquella voz. El viejo no parecía estar de muy buen talante. Quizás era debido a la difícil digestión producida por el rosbif con legumbres de Dan'l, plato al cual no estaba acostumbrado.

    —¿Acaso estás pensando en Percy Trotter?

    Fue en este preciso instante cuando Brewster quedó como clavado en el suelo, y su rostro perdió aquel color saludable, propio de su tez.—¿Por que, se preguntó, pasaba el viejo Smith las horas en vela, cavilando acerca de Percy Trotter? Había alzo oscuro y siniestro en todo aquello.

    —En realidad he de confesar que pensaba en él.

    Brewster aguzó cuanto pudo el oído, y le pareció advertir el fantasma de un suspiro,

    —Lo mismo me ocurre a mí, papá.
    —¿Sí?
    —Me es imposible conciliar el sueño, pensando en él.

    Brewster quedó sorprendido. Hacía tiempo que no había visto a Percy Trotter, pero en el curso de su último encuentro con él, no le había impresionado tanto como para trastornar el corazón de una muchacha. En cuanto al viejo Smith no parecía ser demasiado simpático.

    —Bien —le aconsejó—, será mejor que no pienses en él.
    —Vi su retrato en los periódicos. Está muy bien.

    Sus palabras tropezaron con una dolorosa respuesta.

    —¡Bah! ¿Te das cuenta, Joy, de que ese muchacho va a ser mi ruina? A menos que sea el Rey de todos los Embusteros, dentro de un par de meses habremos ido a parar a la Casa de Caridad.
    —¡Oh, no!
    —¡Ya lo creo! Si le es posible vender la cerveza a dos peniques el bock, ¿quién va a pedir la mía? —Esto era, desde luego, un verdadero problema. Hubo un intervalo de silencio, roto finalmente por el mismo Smith—. ¿Lo ves? Ya empiezas a darte cuenta de la situación. ¡Joy—, es preciso que me venda su secreto!
    —Quizá se niegue a hacerlo.
    —En tal caso, te corresponde a ti persuadirle.
    —No sé cómo me las arreglaría para ello.
    —Has de conseguirlo. Enamórale. Será fácil tarea. Es joven y tonto.
    —Parece muy inteligente.
    —Quizá lo sea, pero está destinado a ser un tonto allí donde se interponga una mujer. Te será fácil embaucarle, y no le sueltes hasta que acceda a vender.
    —No se me presentarán muchas oportunidades.

    Ante esta muestra de debilidad, el viejo resopló, ordenando:

    —Haz lo que te he dicho. Busca las oportunidades. Permaneceremos aquí hasta que el asunto —quede resuelto de una forma u otra. Si juegas bien tu carta, dentro de una semana te hará proposiciones. Cuando esto ocurra tú debes empezar a tratar del asunto.
    —¿Permitirías que me casara con él —articuló lentamente la muchacha sólo para obtener el secreto de la elaboración de su cerveza?
    —¿Permitir que te casaras con él? ¡Yo mismo me casaría para conseguirlo! Además, yo no he hablado de esto, ¿verdad? No te será difícil romper luego el compromiso.
    —Esto no sería muy honrado, papá.
    —¡Bah! En los negocios no tienen cabida los sentimientos.

    Hubo un nuevo silencio, roto esta vez por la muchacha.

    —¿Qué ocurrirá si se niega a vender y yo no le gusto?
    —Por supuesto, le gustarás.
    —A lo mejor, no. He encontrado muchos hombres que no me han pedido que me casara con ellos.
    —Habrá sido por temor a que les dieras calabazas. De todos —modos, no te preocupes por ello. Tu viejo es un hueso difícil de roer. Si todo fracasa, jugare otra carta.
    —¿Cuál, papá?

    El viejo Smith rió sarcásticamente.

    —No te preocupes. Ya lo verás si se presenta la ocasión. Ahora sé buena chica, márchate y déjame acostar.
    —Sí. Estoy cansada. Buenas noches, papá.

    Brewster oyó el ruido de una puerta que se cerraba. Lanzó un profundo suspiro, se retiró al interior de la habitación y empezó a pasear de un lado a otro de la alfombra, que se extendía a los pies de la cama.

    Su cerebro estaba confuso. La conversación que había oído por casualidad, le había dejado abatido. Notó que su frente estaba bañada en sudor y sus orejas tensas por el esfuerzo realizado al aguzar el oído. Bendijo el accidente sufrido en su coche, el cual le había obligado a pernoctar en Deepdene. Este mismo afortunado accidente le había abierto los ojos ante el peligro que corría el joven y prometedor inventor, Percy Trotter.

    «Estos Smith —pensó Brewster—, son un par de granujas.» Desde luego, durante su variada carrera, raramente se había encontrado con un tipo más granuja. El inocente Percy Trotter tenía pocas probabilidades de no caer en sus redes. La muchacha parecía poseer una conciencia algo elástica y poco firme; en cambio, el viejo la tenía mucho más endurecida. Parecía haber olvidado las lecciones recibidas en el regazo materno, y el tiempo lo había curtido de forma tal, que estaba dispuesto a cambiar a su hija por una nueva marca de cerveza. El viejo Smith, supuso Brewster, había nacido cuatro o cinco siglos demasiado tarde. Por ley natural debió haber sido un pirata.

    Ante esta pareja, Percy Trotter sería como un cordero frente a una manada de lobos hambrientos. Smith y su hija se lo tragarían de un bocado, con pantalones y todo, y aún buscarían a ver si quedaba algo a su alrededor. Brewster, por un deber de humanidad, decidió que debía ponerse del lado de Percy para ayudarlo. El joven estaba situado en un callejón sin salida, y necesitaba ayuda. Y él, Samuel F. Brewster, era el hombre destinado a prestarle auxilio.

    Con este, pensamiento, Brewster se acostó. Pero tan grande era la confusión que reinaba en su cerebro, que tardó más de diez minutos en conciliar el sueño.


    CAPÍTULO II


    Los pájaros lanzaban sus acostumbrados trinos, volando de rama en rama, y los corderos pacían en el campo, cuando Brewster se dirigía en coche hacia Deepdene Towers, la mansión que Trotter había heredado de sus mayores.

    Brewster no prestó la menor atención al canto de los pájaros, lanzando tan sólo una mirada distraída a los corderos, mientras su pie apretaba el acelerador. Los pájaros y los corderos no le atraían en absoluto en aquella clara mañana de junio. Su mente estaba abstraída en cosas prácticas y serias. Su antiguo compañero de colegio, Percy Trotter, corría el peligro de caer de bruces en las redes de los Smith. La gravedad de este peligro sólo pudo calibrarla Brewster cuando, a la hora del almuerzo, ante un plato de huevos fritos con jamón, se dedicó a observar a los dos conspiradores.

    El espectáculo de Smith padre, le produjo tal impresión que engulló un huevo frito de un bocado, en lugar de cortarlo a trozos como tenía por costumbre. Conocía aquellos rasgos duros tan bien como los suyos propios. No había error posible. Aquellos ojos redondos y penetrantes como los de un búho, llenos a la vez de una simulada expresión de bondad, le habían contemplado más de una vez desde muchas fotografías; aquella boca grande, tierna como la del cocodrilo; aquellos carrillos mofletudos que recordaban los del sabueso común, le resultaban desagradablemente familiares. Un escalofrío recorrió por la columna vertebral de Brewster, poniéndole la carne de gallina. Ante él, devorando un plato de tostadas y tortas de maíz, no se hallaba el vulgar Smith, sino Sir Henry Wigthorn, el millonario cervecero, en persona.

    Aquella primera impresión fue seguida inmediatamente por otra. Brewster trató de reponerse haciendo un esfuerzo que dejó su frente bañada en sudor, y dirigió su atención hacia la joven. Lanzo un resoplido, que se mezcló con el ruido producido por las mandíbulas de Wigthorn al masticar. Esperaba encontrarse con una figura vulgar, si no del todo repulsiva, lo bastante desagradable para que Percy Trotter se sintiera estremecer.

    Pero se quedó completamente defraudado. Había encontrado muchas mujeres atractivas en su camino, pero ninguna tanto como Joyce Wigthorn. Algo le hacía presentir que Percy resultaría fuera de combate en su primer encuentro con la joven.

    Pensando todas estas cosas terminó su comida en un santiamén, y sin perder un instante se lanzó en busca de Percy Trotter, para entrevistarse con él y ponerlo en guardia. Sir Henry había pedido el coche para las once; esto brindó a— Brewster, que era un gran madrugador, media hora de tiempo para poner en antecedentes a Percy. Esto le bastaba. Por lo que podía recordar, Trotter era un hombre listo y sagaz. La tarea de hacerle ver las cosas no ocuparía más de veinte minutos.

    Brewster no quedó desagradablemente sorprendido ante la doble verja de hierro que cerraba inusitadamente el paso de Deepdene Towers. Hizo sonar la bocina con impaciencia y tras unos minutos de espera apareció un individuo hosco, seguido de un perro. La expresión de su mirada no era realmente amistosa, y en cuanto al perro tampoco parecía dispuesto a recibir con agrado esta visita. Asomó el, hocico entre los barrotes, levantó la cabeza y mostró los dientes más afilados que jamás debieron hincarse en la pantorrilla de un periodista.

    «Forman una pareja repulsiva», pensó Brewster, y le extrañó que Percy los tuviera a su servicio.

    —¿Sería usted tan amable —dijo Brewster fríamente— de abandonar su actitud hostil y abrirme la puerta? Tengo prisa. El tiempo es oro.

    El individuo escupió primero, dando a entender que la pregunta de Brewster exigía una réplica más que verbal. Sus ojos lanzaron una llama de desprecio, escupió de nuevo, y dijo:

    —No —con tono seco.

    Brewster contuvo una ola de rabia que le impulsaba a saltar del coche y sacudir la puerta con gran riesgo de su vida. Un ladrido del perro le ayudó sin duda a reprimirse.

    —¿Estoy en Deepdene Towers?
    —Sí.
    —¿Vive aquí el señor Trotter?
    —Sí.
    —Vengo a visitarle.
    —No es posible.
    —¿Se niega usted a dejarme entrar?
    —Sí.
    —¿Por qué?
    —Ningún periodista ha podido franquear esta puerta.

    Brewster lanzó una carcajada de alivio.

    —¿Me ha tomado usted por un periodista?
    —Desde luego.
    —¿Qué es lo que le hace suponer esto?
    —Sólo un periodista —dijo el hombre, escupiendo nuevamente—, conduciría un coche semejante.

    Brewster se quedó meditando sobre el asunto. La sangre ardía en sus venas. Su impulso fue saltar por encima de la verja y lanzarse sobre el individuo, pero logró contenerse y dominar sus nervios. Recordó los principios que le habían enseñado de niño en el colegio. Además, aquel perro tenía un aspecto verdaderamente feroz y parecía vanagloriarse de pertenecer a una familia de bullterriers. Por otra parte, no sería muy digno inaugurar su llegada con una tanda de puñetazos. Semejante proceder causaría una mala impresión en el joven Trotter y se divulgaría rápidamente. Las personas de ciertos prejuicios vacilarían antes de relacionarse con él.

    Todos estos pensamientos, al cruzar por el cerebro de Brewster, le hicieron reprimirse, y dando media vuelta al coche, apretó con fuerza el acelerador y tomó el camino del pueblo. Cuando los argumentos fracasan y no se quiere llegar a las manos, no queda más remedio que recurrir a la estrategia para lograr los resultados que se persiguen. Los Brewster habían sido todos, buenos estrategas.

    El plan de Brewster era sencillo. Después de recorrer dos o trescientos metros, se detuvo, bajó del coche y escaló la tapia que rodeaba la finca. Los jardines estaban poblados de árboles y él abrigaba la esperanza de poder llegar inadvertidamente hasta la casa. Percy, mientras tanto, podía seguir confiando en su portero.

    No obstante, aún no había recorrido unos cuantos metros, cuando un penetrante aullido a su espalda, semejante al que lanzan los lobos a la vista de su presa, le hizo comprender que había juzgado demasiado ligeramente a su adversario. Apretando el paso lanzó una mirada hacia atrás. A una prudente distancia advirtió al hombre lanzado en acalorada persecución y blandiendo una especie de hacha, A pesar de ser un buen corredor, el perro había conseguido tomarle delantera. El fiel animal, sin cesar de lanzar unos ladridos amenazadores que iban cada vez en aumento, corría ligero como un galgo, abriéndose paso entre arbustos y plantas, con la clara intención de probar en Brewster la resistencia de sus dientes.

    Éste, al verse perseguido de esta forma, actuó con su característica prontitud y decisión. El caso exigía, a su parecer, una discreta astucia, más que el acto de valor temerario que su sangre ardiente le impulsaba a realizar. Sin perder un segundo, se encaramó por las ramas del árbol más cercano, y trepó con una agilidad que el mismo— Tarzán, en su juventud, le hubiese envidiado. Cuando hubo alcanzado unos veinte pies de altura se detuvo, satisfecho de haber conseguido, por el momento, poner a salvo su vida, muy valiosa en aquellos instantes para la comunidad. Sin embargo, tras una profunda meditación, trepó unos cuantos pies más arriba, lamentando no haber escogido otro árbol más corpulento.

    El perro había llegado, por fin, jadeante, al pie del árbol, y empezaba a morder con furia su corteza como una demostración de lo que pensaba hacer. Brewster, al ver aquel entrenamiento sintió la sangre helarse en sus venas, pero se mantuvo sereno. Con admirable indiferencia encendió un cigarrillo y aguardó la llegada del portero.

    Éste no se hizo esperar. Unas imprecaciones hirieron el oído sensible de Brewster. Miró a través de las espesas ramas y pudo divisar el rostro congestionado de su amigo de la verja. El hombre parecía de un humor irascible. Había ocultado el hacha detrás de su espalda, pero sus intenciones estaban grabadas en sus crispadas facciones, y en sus ojos llameantes de cólera.

    —Haga el favor de bajar —le ordenó con voz ronca.
    —¡Ni por, todo el oro del mundo! —contestó Brewster—. No se moleste en esconder el hacha, pues ya la he visto.
    —¿Va usted a bajar?
    —No me atrevo.
    —Entonces voy a subir yo.
    —Hágalo —repuso Brewster, cordialmente.
    —Me brindará la feliz oportunidad de darle un puntapié en el hocico.

    Esta amenaza pareció imponer cierto respeto a su interlocutor. Retrocedió unos pasos, y se rasco pensativamente la cabeza. Con muestras evidentes de descontento, se sentó en el suelo, a fin de poder meditar con detenimiento. El perro, en cambio, continuaba dando vueltas, alrededor del árbol, agitando, la cola y lanzando de vez en cuando un gemido de impaciencia. Al ver sus ojos sanguinolentos, Brewster sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

    Al cabo de un rato, el hombre se decidió a hablar.

    —¿Piensa usted quedarse ahí arriba?
    —Indefinidamente.
    —En este caso, señor, quédese ahí.
    —Muy amable por su parte.
    —Le dejaré el perro para que lo vigile.
    —Déjelo. Necesita ejercicio.
    —De esta forma, si intenta usted bajar, le atrancará una pierna.
    —¿Cuál de las dos? —preguntó Brewster, interesado.
    —Las dos —replicó el hombre dando media vuelta.
    —¿Tiene que irse?
    —Sí. Voy a buscar una escopeta.
    —¿Una escopeta? —inquirió Brewster, con voz velada.
    —Sí.

    El portero dio unas breves instrucciones al perro:

    —Muérdele, Snap, vigílale, vigílale.

    El ruido de los pasos que se alejaban advirtió a Brewster que el debate había concluido. Su amigo el portero, se había retirado para ir a armarse hasta los dientes. Brewster descendió un poco y examinó la situación.

    Se vio obligado a admitir que la perspectiva distaba mucho de ser halagüeña. El perro estaba echado sobre el césped, con el hocico entre las patas, y la mirada fija sobre él. Brewster había leído mucho acerca de los exploradores del África, sitiados en un árbol por los leones, y se había extrañado de su falta de iniciativa, pero ahora comprendía por qué éstos esperan la llegada de un compañero armado, montado sobre un elefante. Esta medida era, desde luego, prudente y los exploradores sabían lo que hacían, pero algo le hizo sentir que pasaría mucho tiempo antes de que un amigo hiciese su aparición y le librase de Snap. Mientras tanto la mañana iba transcurriendo.

    Brewster consultó el reloj y lanzo un juramento de terror.

    ¡Las once! Su discusión con el portero le había ocupado más— tiempo, de lo que había supuesto. En este mismo, momento, si no estaba ya en camino, el viejo Wigthorn se dirigía en su «Rolls—Royce» a casa de Trotter. Dentro de unos minutos, él y su hija estarían celebrando su entrevista con Percy, tratando de sonsacarle el secreto de elaboración de su cerveza. Este pensamiento bastó para bañar la frente de Brewster con un sudor pegajoso. Si bien sus deseos de hablar con su amigo Trotter se habían malogrado por causas ajenas a su voluntad, esto no podía servirle de gran consuelo.

    Sam Brewster no era hombre para permanecer sentado ociosamente en un árbol, mientras su amigo Trotter perdía una fortuna. No sentía el menor deseo de ser mordido en una pierna, pero una tontería de esta índole no podía de ningún modo retenerlo alejado de su deber. Uno o dos mordiscos podían soportarse fácilmente en aras de la amistad. Rompió una rama y se dispuso a descender.

    Snap, el fiel sabueso, observaba estos preparativos con sumo interés. Se levantó, avanzó unos pasos y comenzó a emitir unos gemidos. Fue un sordo gruñido, pero su tono tuvo la suficiente elocuencia para el oído de Brewster. Snap paseaba lentamente su lengua por su hocico. Esta demostración causó poco, o ningún efecto, sobre aquel arrojado e intrépido joven llamado Samuel Brewster. Éste, una vez tomada una determinación, no iba a retroceder ante el gruñido de un perro. Sin embargo, bajó tomando sus precauciones. No tenía ningún deseo de perder los fondillos de su pantalón. El viejo Wigthorn y su hija llegarían de un momento a otro y Brewster se daba cuenta de que si tenía que formar parte de la reunión, era preciso que sus pantalones se conservaran intactos.

    Snap no compartía los mismos pensamientos. Se había entrenado en diversas ocasiones mordiendo la tibia de algún cazador furtivo, y en las últimas dos semanas había ampliado sus experiencias a costa de un par de periodistas. Consideraba erróneo atacar de frente, prefería atacar por el flanco e hincar sus colmillos en la pantorrilla de su adversario. Otras veces, atacaba por detrás mordiendo el muslo de su víctima. Casi siempre la sangre brotaba de las heridas, y jamás se había retirado de la lucha sin un trozo de paño entre las mandíbulas. Desde luego, no tenía ahora la intención de no batir el acostumbrado récord.

    Brewster siguió deslizándose suavemente por el tronco del árbol. Snap se lanzó al ataque. A los pocos segundos se oyó el ruido de un paño que se desgarra y a una legua a la redonda pudo percibirse una blasfemia. Snap se retiró un poco para paladear su botín. Había ganado el primer round.

    El segundo round, que dio fin a la lucha, correspondió a Brewster. Tal vez éste fuera descendiente de Berserk, o quizá la pérdida de una buena parte de sus pantalones llevó su ira al paroxismo, el caso es que una oleada de sangre invadió su rostro, y levantando la rama que había arrancado, la descargó con fuerza sobre el lomo del perro. Snap, al recibir, desprevenido, aquel estacazo sobre sus costillas, consideró que ya había hecho bastante por aquel día, emprendió una carrera loca, aullando como una fiera, y desapareció entre la vegetación, dejando a Brewster dueño del campo.

    Sin embargo, Brewster no tenía motivos para felicitarse por el resultado. Había perdido en la lucha un palmo de paño de su pantalón, y este simple examen fue suficiente para hacerle comprender que no estaba en condiciones de formar parte de una reunión. Por primera vez en su vida conoció el sabor amargo de la derrota, y una blasfemia brotó de sus labios. Se sentía abandonado entre aquellos árboles, mientras el viejo Wigthorn y su hija iban a llevar a cabo sus perversos planes contra el amigo de su infancia, Percy Trotter. En aquel mismo momento, mientras se mordía los labios con desespero, percibió el sonido de una bocina requiriendo la presencia del portero: Wigthorn y su hija habían llegado.

    Brewster, que había estado estudiando la situación, no vaciló un minuto más. Se volvió bruscamente, y se dirigió a toda prisa hacia la casa. Cabía la posibilidad de que Sir Henry Wigthorn, pese a su sombrero de copa y a su chófer con librea, fuese entretenido unos instantes en la verja. De ocurrir esto, no estaba todo perdido. Una sola palabra al oído de Trotter, seria suficiente para poner a Percy en guardia.

    Esta esperanza fue vana. Brewster llegó en el instante preciso para presenciar cómo Wigthorn y su hija traspasaban el umbral de la puerta principal de Deepdene Towers. Se detuvo en seco, lanzando una maldición sobre el portero y su perro.

    Pero cuando un Brewster ha planeado un proyecto, no lo abandona con facilidad. Después de mordisquearse los labios, se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta, con toda la dignidad posible en un hombre que ha perdido los fondillos de sus pantalones. No hay nada, se dijo, que dificulte tanto el cumplimiento del deber, como la timidez.

    ¿Debió ser la causa de la ruina de los Trotter la pérdida de un palmo de tela? Se rió sarcástica y ásperamente, con la risa de un hombre desesperado.

    Un mayordomo le abrió la puerta. Sam había visto mayordomos a docenas. Había sido criado entre ellos, pero éste le cayó en gracia inmediatamente.

    Era un hombre grueso, de contornos fláccidos. En su rostro, dos ojos azules de brillo apagado contemplaban el mundo con una leve expresión de censura. Pero lo que más impresionaba en él era su dignidad; la discreción de sus modales. Sam había conocido embajadores, con un porte similar al de aquel mayordomo. Tenia, en verdad, una figura imponente. Sam se dio cuenta en seguida de que se trataba de una persona que aceptaría una propina con el aire de conceder un favor.

    —¿Está en casa el señor Trotter? —preguntó Sam.
    —El señor Trotter —dijo el mayordomo, con la entonación de un arzobispo bendiciendo las multitudes— está ocupado.
    —¿Con el señor Henry Wigthorn? —inquirió Sam—. Estoy al corriente de todo. El señor deseara verme.
    —Perfectamente. ¿A quién debo anunciar?
    —Brewster. ¿Es éste el abrigo del señor Trotter?
    —Sí, señor; es el suyo.
    —Voy a ponérmelo.
    —Como guste, señor.
    —Sufrí un pequeño percance al cruzar el jardín.
    —Lo lamento mucho, señor.
    —Sí. Me desgarré los pantalones.
    —El señor Trotter sentirá una gran satisfacción al ver que lleva usted su abrigo.
    —No me sorprendería que tuviera usted razón —manifestó Sam.

    El mayordomo le ayudó a ponerse el sobretodo y prosiguió:

    —El señor Trotter se encuentra en la biblioteca.
    —No me sienta mal, ¿verdad? Algo corto, y me da la impresión de tener una serpiente enroscada alrededor de mis hombros. Me disgustaría verme precisado a nadar con él en un río de mucha corriente.
    —Le cubre perfectamente el desgarrón, señor.
    —Sí, ¿verdad?
    —Sí, señor. Completamente.
    —Si es así, iremos a reunirnos con los demás.
    —Perfectamente, señor.

    El mayordomo abrió de golpe la puerta de la biblioteca y, con una voz que recordaba el tañido de las campanas de una iglesia, anuncio:

    —El señor Brewster desea verle, señor.

    Sam penetró en la estancia con paso majestuoso, llevando con dignidad el abrigo de Percy Trotter. La circunstancia, a su juicio, requería un alarde extraordinario de tacto y de «noblesse oblige». En seguida advirtió que le correspondía a él poner sin dilación a sus anchas a aquellos señores.

    —¡Hola, hola! ¡La cuadrilla está completa! —exclamó alegremente—. Quiero decir que ya estamos aquí todos reunidos.


    CAPÍTULO III


    La cosa salió bien. Percy Trotter saltó de su asiento, tapándose la boca con la mano para contener el grito que brotaba de su pecho. Era de elevada estatura, delgado, de frente despejada y ojos cubiertos por unas enormes gafas de concha. En fecha no muy lejana, sus cejas habían sufrido los efectos de una terrible explosión y desde entonces nunca volvieron a ser las mismas. Sea por lo que fuere, parecían haber perdido su firmeza, y aquella falta de vello daba un aspecto de singular juventud y candor al último vástago de los Trotter. Ésta no era una simple apariencia, ya que Trotter poseía, en realidad, el corazón de un niño.

    Sir Henry Wigthorn se mostró más retraído, Se levantó pesadamente, con el ceño fruncido, mostrando con su actitud el desagrado que le causaba aquella interrupción. Sólo la muchacha seguía sentada, tranquila, pero sus ojos se abrieron ligeramente, y sus labios se separaron apenas, dejando entrever una doble hilera de dientes como perlas.

    —¡Brewster! —exclamó Percy, apartando la mano de su boca y tragando saliva.

    En carne y hueso —contestó Sam, con imperturbable serenidad—, ¿Qué tal te va, hombre? En perfecta salud, ¿verdad? Has engordado desde la última vez que te vi. Estás más lleno; has ganado por lo menos dos kilos de peso. El último día que nos vimos te encontré muy flaco; ahora, por lo menos, tienes más corpulencia. Has mejorado mucho, créeme.

    El joven Trotter, sorprendido todavía por la brusca aparición de su viejo amigo, descuidó contestar a todas aquellas amables frases y dijo a boca de jarro:

    —¿Qué diablos has venido a hacer aquí?
    —Pues un viajecito —declaró Sam— para visitar a todos los amigos de mi infancia. Una idea magnífica, ¿verdad?
    —Estoy seguro de que estarán contentos de verte —dijo Percy, un poco cohibido.
    —Por cierto que tú has sido el primero. Además, es lógico que así fuera. ¿Recuerdas los ratos que pasamos juntos? Pero ya hablaremos de esto más tarde. No te violentes por mí; siéntate y considérame de la familia.
    —Gracias —dijo Percy y, procurando reponerse, hizo las presentaciones—: La señorita Joyce Wigthorn, el señor Brewster. Un viejo, amigo, señorita. Fuimos a la escuela juntos. —Luego, volviéndose—: Sir Henry Wigthorn. —Luego dijo—: Sir Henry y yo —prosiguió el joven Trotter— estábamos discutiendo sobre un pequeño asunto de negocios.
    —Me parece magnífico —exclamó Sam—. Prosigan ustedes y no se preocupen por mí. —Y dando unos golpecitos afectuosos sobre el hombro de Percy, continuó—: Entre viejos amigos de infancia, no debe haber secretos, ¿verdad?
    —Este asunto es reservado —indicó el viejo Wigthorn con calma.
    —¡Oh, no, no lo es! —replicó Sam—. Estoy al corriente de todo. Usted está tratando de sonsacar a Percy la fórmula de la elaboración de su cerveza, ¿no es así? ¿Verdad que he dado en el clavo?

    Se oyó respirar fuertemente a Sir Henry, recordando a un perro que hoza en el agujero por donde se le acaba de escapar una rata.

    —No acabo de comprender, señor Brewster, de dónde ha sacado esta información.

    Sam lanzó una sonora carcajada:

    —Usted no puede engañar a un Brewster, amigo. Hombres mucho más listos que usted han fracasado en su intento. Me figuro que le gustaría hacerme creer que ha hecho todo este camino para adquirir un barril de este brebaje, ¿no es verdad?
    —No tenía ninguna intención de decirle nada semejante.
    —Me alegro de ello porque no le habría creído. De esta forma estamos mejor orientados, y pueden ustedes continuar.

    La sangre se agolpó en el rostro de Sir Henry, hinchándole las venas. Ante estos signos, harto conocidos, de inminente apoplejía, Joyce tomo parte en la conversación:

    —Si el señor Trotter no tiene ningún inconveniente en que este señor esté presente en la conversación, no tienes por qué preocuparte, papá.
    —¿Inconveniente? —exclamó Sam—. Desde luego que no. —Cogió del brazo a Percy, con una expresión fría y hostil en los ojos, y añadió—: Esta idea no ha cruzado siquiera por tu imaginación, ¿verdad?
    —No.
    —¿Estás realmente contento de volver a verme?
    —¡Oh, sí, desde luego! ¡Contentísimo!
    —¡Ya me lo figuraba!
    —Perfectamente —atajó Sir Henry—. En este caso hablemos de nuestro asunto.
    — Desde luego —convino Sam, con tono cordial—. Pueden ustedes proseguir.
    —Soy de la opinión que es mejor no andarse por las ramas —comenzó Wigthorn.
    —¿Que ramas? —preguntó Brewster, con verdadero interés.
    —Siempre he sido enemigo de los rodeos. Prefiero ir directamente al grano.
    —Adelante, pues, amigo —le animó Sam.

    Sir Henry esbozó una sonrisa aterradora.

    —Si usted me lo permite, señor Brewster, le diré que es con el señor Trotter con quien he de tratar del negocio, y no con usted, como parece creerlo.
    —Si insinúa usted con esto que yo no tengo vista, está usted en un error, amigo. —Dio unas palmaditas sobre el hombro de Percy, diciéndole—: Este estimado señor es tan inocente en asuntos de negocios como un niño recién nacido. —Luego, volviéndose hacia Wigthorn, continuó—: Él le daría a conocer la fórmula de la elaboración de su cerveza si le cayera usted en gracia, y me permito decirle de paso, que así es. Pero nosotros, los Brewster, somos distintos. Procuramos sacar provecho de las negociaciones. No obstante, si prefiere usted tratar del asunto con Percy, hágalo.
    —Gracias, señor Brewster.
    —Llámeme usted Sam.
    —Cómo iba diciendo —prosiguió Sir Henry—, me gusta ir directamente al grano. Usted posee algo que desea vender. Yo...
    —Aquí está usted en un error —interrumpió Sam.
    —Usted perdone.
    —No tenemos ninguna intención de vender, ¿verdad, Percy?
    —En realidad no sé todavía —balbuceó el joven Trotter, con voz apenas perceptible.
    —Entonces acepta mi consejo, y no vendas. Y de ningún modo a este precio.
    —¿Qué precio?
    —El que Sir Henry quiere ofrecerte.
    —¿Cuál es?
    —Lo ignoro, pero sea el que sea, es demasiado bajo.

    Sir Henry, que había estado dando verdaderas señales de impaciencia, intervino bruscamente:

    —Si usted diera fin a este coloquio, señor Brewster, quizá me permitiría hacer mi proposición al señor Trotter.
    —Adelante, pues. ¡Hable!
    —Es usted muy amable. Mi proposición, señor Trotter, es la siguiente: le pagaré a usted al contado...
    —¿Cuánto? —interrumpió Sam.
    —La cantidad que acordemos.
    —Su proposición es muy vaga.
    —Luego me haré cargo de la elaboración de la cerveza, siempre y cuando sea un producto vendible, y le daré un tanto por ciento sobre los beneficios.
    —Su proposición continúa siendo vaga —insistió Sam—. ¿Cuánto piensa usted pagar?
    —Como el pago es al contado, pensaba dar cinco mil libras.
    —En este caso, amigo mío, será mejor que lo piense otra vez y, desde luego, en unas condiciones más generosas. ¿No tengo razón, Percy?
    —Sí, desde luego —exclamó Trotter, con un entusiasmo que hasta aquel momento no había demostrado—. Tienes toda la razón, Sam.
    —¿Le parece demasiado pequeña la cantidad? —preguntó Wigthorn, mordisqueando con exasperación su labio inferior.
    —Desde luego, ¿verdad, Percy?
    —Sí.
    —En realidad, nos ha dado ganas de reír...
    —Sí.
    —Reconozco —declaró Sir Henry— que debo subir un poco...
    —Pero no tal vez lo suficiente.
    —Como iba diciendo, estoy dispuesto a subir un poco, siempre y cuando la cerveza, responda a las exigencias del público.
    —Desde luego, responde a esto y a mucho más. Jamás en mi vida he probado cosa parecida.
    —¿La ha probado usted, señor Brewster?
    —Todavía no. Pero por lo que Percy me ha dicho, sostengo mi afirmación.

    En aquel momento, Percy, que empezaba a sentirse impaciente, tomó cartas en el asunto:

    —Debo confesar, Sir Henry, que no estoy del todo satisfecho de mi producto.
    —¡Ah! —exclamó el viejo Wigthorn.
    —Pero me parece que podré estarlo dentro de breves días.
    —Por supuesto, por supuesto. No lo dudo.
    —Entonces podrá probarla y a continuación hablaremos de las condiciones.
    —Su idea es muy práctica, señor Trotter.
    —Pero debo advertirle —dijo Trotter, francamente— que el precio será elevado. Preferiría que usted ya lo tuviera en cuenta, desde el primer momento.
    —¡Ah! —exclamó Sir Henry, con leve acento de disgusto en la voz.

    Se mordió de nuevo el labio inferior, y tras esforzada lucha, consiguió arrancar el tercer botón de su chaleco. Satisfecho de esto, se quedó meditando en silencio.

    —Usted debe de haber leído en los periódicos que cifro mi ambición en poder suministrar cerveza a un precio módico a todas las clases trabajadoras de Inglaterra.
    —Necesitarás una fábrica grandiosa —señaló Sam, animándole.
    —Esta cerveza es muy fácil de elaborar, y la cantidad que se puede extraer de cada fruto es realmente asombrosa.
    —Si usted no lo cree —dijo Sam—, vaya a cualquier taberna y eche un vistazo.
    —Debido a estas circunstancias, comprenderá que el precio de coste de la cerveza es muy barato. Tan barato que con una instalación grande y moderna, puedo producir y vender a dos peniques el bock, y obtener, aún, y así, pingües beneficios.

    Ante esta noticia el rostro de Sir Henry palideció un poco y sus ojos se hundieron en sus órbitas, dada la clara visión de la ruina que lo aguardaba gracias a aquel joven correcto con cara de niño.

    —La idea que persigo —continuó Percy— de poder ofrecer al trabajador una cerveza a un precio asequible a todos los bolsillos, me permitirá quizá, con el tiempo venderla más barata todavía. —Aquí se detuvo, antes de concluir sentencioso con estas trascendentales palabras—: Tan barata, que tal vez alcance el precio de un penique el bock. Y ahora, ¿qué piensa usted de esto?
    —Magnífico—suspiró $ir Henry—. ¡Vaya beneficios que podrá obtener usted! ¡Millones, millones!
    —Realmente no son los beneficios lo que me interesa —declaró el joven Trotter con tono indiferente—. Quedaré más que satisfecho con un cincuenta por ciento y me entregaría de lleno a este negocio. Sin embargo, no veo la forma material de sacrificar todo mi tiempo a la elaboración de esta cerveza, y si usted estuviese dispuesto a hacerse cargo de la producción yo quedaría sinceramente muy aliviado.
    —Desde— luego lo estoy —contestó Sir Henry con un temblor de emoción en las mejillas y los, ojos chispeantes de codicia. Lo estoy, y lo único que le pido es que me brinde usted esta oportunidad.
    —En tal caso, voy a decirle el precio que exijo.
    —Diga, diga,
    —Cincuenta mil...
    —Y otras cincuenta mil —atajó Sam, rápidamente— cuando se haya firmado el, contrato, lo cual suma cien mil que deberán pagarse al contado.
    —¡Señor Brewster! —rugió Sir Henry—. ¿Quiere hacerme el favor de no meterse en ... ?
    —Lo siento —declaró Sam—. Éste es nuestro precio. Cien mil pavas. ¿No tengo razón, Percy?
    —Desde luego, Sam —contestó éste, tragando saliva.
    —Siempre la tengo. Y acerca del tanto por ciento sobre el negocio, ¿qué opinas, Percy?
    —Un veinte...
    —Veinte no sería suficiente, mejor será un cincuenta.
    —¡Absurdo! —resopló Sir Henry.
    —Tómelo o déjelo, amigo mío.
    —Pues bien, lo dejo.
    —De, acuerdo. Y pasando a otra cosa: Usted nos compraría toda la producción de hayucos, ¿no te parece, Percy?
    —Si —convino éste.
    —¡Es un verdadero timo! —rugió el rey de la cerveza—. No me interesa en absoluto. ¡Un cincuenta por ciento!
    —Todo lo que usted quiera —dijo Sam, con tono cordial—. Demos este asunto por terminado. Queda usted al margen de este negocio, pero, le advierto que ha perdido la oportunidad de ganar un millón, aunque a nadie podrá reprochárselo más que a usted mismo. Percy, amigo mío, ya montaremos nosotros una grandiosa fábrica de cerveza. Yo me encargaré de dirigirla, poniendo en ello todo mi entusiasmo y mi energía.
    —Tú eres el hombre ideal, para un asunto de esta envergadura.
    —Gracias por tus buenas palabras. Alcanzaremos el precio de un penique por bock.
    —Sin duda alguna.
    —Y quizá consigamos rebajar todavía más el precio.
    —De esta forma tendremos muy pocos competidores, ¿no crees?
    —Ninguno, aseguraría yo. Seremos los dueños absolutos del mercado.
    —Francamente, habríamos cometido una idiotez desprendiéndote de este negocio. Se trata de un asunto de millones.
    —Empiezo a creerlo así. Era una idea absurda, ¿verdad?
    —En efecto —corroboró Sam—. Suerte que te detuve a tiempo.
    —Miren... —interrumpió el viejo Wigthorn.
    —Pero, ¿está usted todavía aquí? —preguntó Sam, dando muestras de sorpresa—. Habiendo fracasado las negociaciones, le imaginaba ya camino de casa, meditando sobre la oportunidad que había perdido. ¿Qué es lo que está rumiando ahora?
    —Señor Trotter, concédame una semana para pensarlo.
    —No faltaría más, Sir Henry. Tómese usted todo el tiempo que necesite.
    —Mientras tanto —dijo Sam, descontento por el giro que tomaban las cosas—, nos dedicaremos a buscar por los— alrededores un lugar apropiado para el montaje de la fábrica.
    —No es preciso. Ya tengo elegido un lugar en la finca, y ya he puesto los anuncios pertinentes en la Prensa para que me hagan ofertas; espero que éstas lleguen de un día a otro.
    —Bien hecho, así no perdemos el tiempo.
    —Lo menos posible —dijo Percy, con modestia.
    —Vamos directamente al grano. Desde luego.
    —No nos andamos por las ramas, ni en titubeos.
    —No hagan nada —interrumpió Sir Henry, con cierta excitación— hasta que reciban noticias mías.
    —Desmiéntame, si estoy en un error —dijo Sam, cortésmente—. Pero, ¿no nos dio usted a entender que ya no le interesaba este asunto? ¿No fue éste el quid de sus observaciones? Creo recordar algo sobre una declaración suya acerca de un pretendido timo. ¿Es esto lo que quería expresar, o hablaba por hablar?

    Sir Henry dio un puñetazo sobre la mesa:

    —Necesito disponer de algún tiempo para reflexionar. Un asunto de esta envergadura no puede decidirse en unos momentos.
    —Entonces será conveniente que esté usted alerta. Pase por aquí la semana próxima, y ya vera colocada la primera piedra. No dude que siempre será bien recibido.
    —Señor Trotter, no haga nada hasta dentro una semana.
    —Mi única ambición, por el momento, es dedicarme al perfeccionamiento de mi cerveza.
    —Yo te ayudaré —dijo Sam.
    —Mi hija y yo —dijo Sir Henry—, aguardaremos en aquella posada de nombre tan raro.
    —¿El «Pig and Litter»? —preguntó Sam—. Un nombre muy apropiado. No me refiero a usted, amigo mío; estaba pensando en Simms y en los suyos.
    —No puedo permitir esto —manifestó Percy.
    —¿Permitir qué? —preguntó Sam.
    —Que Sir Henry y la señorita Wigthorn, se hospeden en el «Pig and Litter».
    —No seas tonto, ¿por qué no?
    —Deben quedarse aquí —dijo, y a continuación murmuró—: Ten en cuenta que hago esto por que me interesa.
    —Ya lo sé —repuso Sam, entre dientes.
    —¡Oh! Entonces, ¿por qué pusiste tantas trabas, tonto?
    —¿Por qué no, después de aquella ingenua sugestión tuya? —Luego en voz alta dijo—: ¿Cómo diablos quieres que Sir Henry permanezca aquí? ¿No te das cuenta que es un hombre de negocios y que tiene muchas ocupaciones? Hoy mismo le esperan un sinfin de asuntos y no me extraña que se echara a reír, al oír tu proposición.
    —No me he reído, absoluto, señor Brewster.
    —Entonces usted tiene equivocado el sentido del humor. Jamás he oído una cosa tan divertida en mi vida.
    —Al contrario, estimo que por parte del señor Trotter, es una verdadera gentileza hacernos esta invitación.
    —Desde luego, tiene un corazón excelente. Es una lástima que ustedes no puedan aceptar. Formaríamos todos reunidos un feliz círculo familiar.
    —Desde luego que pueden aceptar —intervino de nuevo Percy—. Insisto en ello.
    —Es para mi un gran placer poder aceptar su amable invitación —anunció Sir Henry, con énfasis.
    —Me hago cargo —respondió Sam.
    —Es una verdadera gentileza por parte del señor Trotter —dijo la muchacha, rompiendo un largo silencio.
    —No cabe duda —dijo Sam—. Y les anuncio que Percy es un muchacho estupendo cuando uno le conoce en la intimidad.

    Las miradas de la joven y de Sam se cruzaron expresando una misma aversión. Algo parecía decirles que nunca podrían ser amigos. Ella se decía para sus adentros que jamás labia tropezado con un individuo tan grosero como Brewster. Acerca de hombres de su calaña había leído mucho en las novelas que describían el lado malo de la vida, pero ésta era la primera en que se encontraba con uno de carne y hueso. Era una experiencia que no sentía ningún deseo de repetir, y no comprendía cómo Trotter podía tolerarlo.

    Entretanto, por el cerebro de Sam cruzaban las frases oídas casualmente la noche anterior. Admitió que posiblemente ella no fuera de la misma estofa que su padre, pero, no obstante, era de cuidado. Seguramente, hubiera cambiado de opinión si se hubiese dignado contemplarla. Sus enormes ojos pardos eran cándidos como los de un niño, y de no haber sido por aquella conversación que le definió su carácter, se habría sentido más que dispuesto a convertirse en su amigo. Dalila, aunque empleando una técnica diferente, había sido su digna predecesora.

    Percy, que era más entendido en química que en mujeres, sería pan comido para ella. Una dulce mirada de aquellos grandes ojos le embriagarían y una sola palabra de aquellos gruesos labios, te haría perder el sentido durante un mes. Percy estaría más seguro en su laboratorio, entregado a sus fórmulas, que dejado a merced de esta sirena.

    —Estaré encantada —dijo Joyce, dirigiéndose a Sam, e imprimiendo a su voz un ligero tono de desafío.
    —¿Lo cree usted realmente? —preguntó Percy con ansiedad.
    —Estoy segura de ello. Este es uno de los lugares más encantadores de Inglaterra, Mr. Trotter, ¿no es verdad?
    —Lo será —indicó Sam— cuando tengamos en marcha la cervecería.
    —Por supuesto, Mr. Trotter —dijo Sir Henry, ligeramente turbado por la última declaración de Sam—. Confío que no tomarán ninguna decisión hasta no haber recibido mi respuesta.
    —Lo tendré en cuenta —le aseguró Percy, mirando fijamente a los ojos de Joyce—. No tengo la menor duda, Sir Henry, que finalmente llegaremos a un acuerdo satisfactorio. Con buena voluntad, Por ambas partes, no hay nada imposible.
    —Estoy muy contento de oírle hablar así dijo Sir Henry, haciendo uso de una cortesía insólita en él—. Y ahora, Joy, tenemos que marcharnos.
    —¿No pueden ustedes quedarse a almorzar con nosotros? —preguntó Percy.
    —¡No, no! No debemos abusar de su hospitalidad. Además, he de escribir algunas cartas.
    —Puede escribirlas aquí. Le daré papel y pluma.

    Sir Henry rióse alegremente ante esta ocurrencia, pero continuo acercándose a la puerta.

    —En realidad, señor Trotter, resulta difícil rechazar sus invitaciones. Puede tener la seguridad de que vendremos a comer sin falta. Mientras tanto, le dejaremos para que hable a sus anchas con su amigo, el señor Brewster. No hay duda que tendrán ustedes muchos recuerdos que evocar de las buenas horas pasadas juntos.

    La conversación entre los dos amigos de infancia, y a la que casualmente había aludido Sir Henry, dio comienzo cuando el viejo Wigthorn y su hija acababan de subir a su «Rolls—Royce».

    —Me gustaría saber —comenzó diciendo el joven Trotter a su amigo Brewster, con tono acalorado— qué es lo que pretendes metiendo tus narices en un asunto privado y portándote groseramente con mis visitas. Siempre fuiste un imbécil; pero últimamente tenías, por lo menos, la suficiente decencia para limitarte a tus malditas ocupaciones. Ahora, al parecer —observó Trotter, mordaz—, haces caso omiso de esta virtud.
    —¿Cómo? —preguntó Sam—. ¿Te molestaría repetírmelo?
    —¿No me estabas escuchando?
    —Naturalmente que no. ¿Te figuras que doy tan poco valor al tiempo para malgastarlo escuchándote? ¡Calma, amigo¡ ¿Qué diablos te propones pidiendo a esta gente que se hospede en tu casa?

    El joven Trotter se ruborizó ligeramente, y mordiéndose los labios, replico:

    —Soy dueño de hacer en mi casa lo que me parece, ¿no es así?
    —Si llevas la discusión por este derrotero no llegaremos a ninguna parte —dijo Sam, fríamente—. Cuando entré, te saludé con el típico apretón de manos del colegio, ¿no es verdad?
    —Sí, y casi me dislocaste la muñeca. Pero, ¿qué quieres decir con todas estas tonterías?
    —Me refiero al significativo apretón de manos del colegio —repitió Sam, con la mirada húmeda—. Aquel apretón de manos que nos dábamos cuando éramos pequeños e inocentes, con los ojos brillantes y el rostro encendido. Aunque, por lo que puedo recordar, a tus mejillas les faltaba con frecuencia un poco de color. La costumbre aún sigue en pie, y cuando te estreché la— mano debías haberte dado cuenta de que había algo turbio en el asunto.
    —Ya me di cuenta —dijo Percy—. ¿Crees que en caso contrario, hubiera permitido tu intromisión?
    —Éstas son palabras mayores, impropias de ti —señaló Sam con amargura— ¿Tu sabías que el asunto no era limpio? Entonces, ¿por qué diablos no te pusiste de mi parte?
    —¡Ya lo hice!
    —¿Lo hiciste? ¡Pues no me di cuenta!
    —Sí, me puse de tu parte; y no creo que necesites dártelas de chistoso, lo cual en cambio es propio de ti. Dejé el asunto en tus manos desde el principio, y buen lío te armaste.
    —Hablas por hablar, amigo; pero dejemos todo esto. Cuando tú invitaste a esa pareja de desahogados para que se quedaran aquí, yo me opuse, ¿no es verdad?
    —Sí; y me gustaría saber qué diantre perseguías con ello. Y hablando de otra cosa, Brewster: no quiero que en mi casa te permitas tratar de desahogada a Miss Wigthorn.
    —No me refería a ella precisamente, hablaba en términos generales.
    —Pues conste que no lo es.
    —¿Tú lo crees?
    —Desde luego. Es una muchacha encantadora.
    —Sí, ¿verdad?
    —Es la muchacha más encantadora que he conocido en mi vida; y, si vuelves a hablar de ella en términos tan poco respetuosos, te echaré de casa, ¿comprendes?
    —Sí, te comprendo. ¿Tú crees que no merece este adjetivo?
    —No se lo merece.
    —¿Crees que no la define bien?
    —En absoluto —dijo el joven Trotter con voz hueca—. Nada podría ser más injusto e inhumano.
    —¿Qué te parece si la tildase de despistada?
    —¿Despistada?
    —¿Tampoco lo permitirías?
    —Desde luego que no.
    —¿Y si la llamase necia?
    —Si tienes que referirte a ella —dijo Percy con admirable dominio—, hazme el favor de llamarla Miss Wigthorn.
    —Muy bien, la llamaré Miss Wigthorn. Y ahora que hemos dejado bien sentado este punto a satisfacción nuestra, volvamos al asunto.
    —Está bien —dijo Percy—. Pero empezaremos por el principio. ¿Qué diablos te trajo por aquí?
    —El jefe —dijo Sam— me mandó aquí para escribir un artículo sobre tu cerveza.
    —Dile que se vaya al diablo —rugió Percy, furioso.
    —Ya se lo he dicho varias veces, pero hasta la fecha no ha tomado en consideración, mi consejo.
    —Y hay otra cosa que me gustaría saber —continuó Percy, levantando la voz—. ¿Qué demonios estás haciendo con mi abrigo encima de tus malditos hombros?
    —No esperarías que me lo pusiese en los pies, ¿verdad?
    —Lo que no esperaba es que te lo pusieras.
    —¡Oh! ¿Es esto lo que te molesta? La verdad es que tuve una disputa con el perro de tu portero, y antes de conseguir demostrarle su error, logró arrancarme lo que podría describirse como la parte vital de mis pantalones; me comprendes, ¿verdad?
    —Es una lástima que se contentase sólo con tus pantalones —dijo Percy, con acritud—. Sin embargo, no importa; tengo que mandarlo a la tintorería.
    —Deberías haberlo enviado hace ya varios meses —observó Sam, fríamente, pero contigo dentro. No has mejorado con los años, Trotter. Cuando te miro, todavía me pregunto por qué viniste al mundo. ¡Un gran descuido por parte de tus progenitores! Recuerdo que esta pregunta acaparaba toda mi atención al principio de conocerte. Me parecía una lástima que no te hubiesen hecho desaparecer. Y actualmente sigo todavía con la misma opinión.
    —Dejemos todo esto —dijo Percy, con hastío—, sino no llegaremos a ninguna parte. Dime, Sam, ¿qué tienes contra estos Wigthorn? Tal vez el viejo sea algo judío, pero la muchacha me robó el corazón en cuanto la vi.

    Entonces será mejor que vayas a rescatarlo otra vez, ¡tonto! —dijo Sam—. Permíteme decirte, amigo mío, que anoche me hospedé en el «Pig and Litter», y pude oír muchas cosas.

    —Me importa un comino dónde te hospedaste —declaró Percy, con rudeza—. ¿No puedes ir al grano? Ahórrate contarme la historia de tu vida. No me interesa en absoluto.

    Pues ahí está precisamente el grano del asunto. De no haberme hospedado en el «Pig and Litter», estarías listo a estas horas. El quid del asunto es éste: el viejo Wigthorn y su hija se encontraban también allí.

    —Ya sé lo que vas a decirme —interrumpió Percy, con tono despreciativo—. Que se presentó bajo el nombre supuesto de Smith. Y bien, ¿qué mal hay en ello? No quería que, los periódicos se, enterasen de la oferta que venía a hacerme.
    —No era esto lo que iba a decirte. Por cierto que ya supuse que tendría sus razones para presentarse bajo ese nombre, y que la causa no era porque la Policía estaba siguiendo su pista.
    —Bien, prosigue.
    —Yo tenía la habitación donde nació Dan'l Simms. El viejo Wigthorn tenía el cuarto contiguo al mío, y ambas ventanas estaban abiertas. Yo estaba asomado a la ventana, aspirando el perfume de unas flores exóticas, cuando oí el rumor de unas voces. En resumen, las del viejo Wigthorn y su hija.
    —Sigue, ¿qué es lo que decían?
    —Prepárate para recibir un golpe.

    Percy, sofocando un grito, lo cogió por la muñeca con fuerza, diciendo:

    —No irás a decirme que...
    —No, no, nada de esto. Ella es realmente su hija. Se trata de algo completamente distinto, algo que te concierne a ti.
    —¿A mí?
    —Sí. La muchacha dijo que no podía dormir pensando en ti.
    —¡Dios mío, si jamás me había visto hasta ahora!
    —Y eso no es todo, ¡estúpido! El viejo «zorro» contestó diciendo que a él le ocurría lo mismo; por lo tanto, el motivo no podía ser tu encanto personal. Dijo que había estado cavilando toda la noche sobre ti y que tu imagen se había interpuesto continuamente entre él y su sueño. Manifestó que de triunfar tu cerveza en el mercado, se vería sumido en la mendicidad en un plazo de dos meses, teniendo que contentarse con fumar alguna colilla recogida por las calles.
    —¿Eso dijo? —preguntó Percy, con avidez.
    —Algo por el estilo. Luego continuó diciendo que tenía la intención de tratar de comprarte la fórmula de esta pésima cerveza que fabricas, pero parecía dudar de que estuvieses dispuesto a vender. Si te negabas a ello, entonces la muchacha entraría en acción para atontolinarte, lograr que te enamorases de ella, le pidieras en matrimonio y luego romper el compromiso una vez el viejo te hubiese hecho firmar el contrato. ¿Estabas enterado de todo esto, Trotter?

    Percy, ante el asombro de Brewster, se puso muy colorado, respirando ruidosamente por la nariz. El joven se había impresionado de veras ante este relato, y sus ojos tornábanse vidriosos. Todo parecía indicar que iba a sufrir un ataque de apoplejía.

    —No puedo creerlo —balbuceó.
    —Espero que no te irritarás la próxima vez que la llame desahogada —dijo Sam.
    —Claro está que me enfadaré. ¡No lo es! ¡Estás equivocado!
    —No acostumbro a equivocarme. Ella es muy astuta y su padre también.
    —¡Repítelo otra vez! —dijo Percy con tono de desafío—, y te romperé el cráneo.
    —Serénate —suplicole Sam, riendo a carcajadas—, te va a dar un ataque.
    —¡Repítelo!
    —Por supuesto que lo repetiré. Siempre estoy dispuesto a hacer un favor. Ella es...

    La puerta se abrió, y la voz armoniosa del mayordomo acarició con dulzura sus oídos, como si en vez de hablar hubiese emitido notas musicales.

    —Miss Charteris desea verle, señor.
    —¡Dios mío! —exclamó Trotter, y se desmayó.


    CAPÍTULO IV


    Examinando la cuestión desde todos los puntos de vista, Sam no vio ninguna razón para que su amigo Trotter se desmayase por el mero hecho de haber oído mencionar el nombre de aquella muchacha. Ésta, al entrar pisándole los talones al mayordomo, causó a Sam una agradable impresión. Era alta y, a su juicio, tenía un tipo perfecto. Había visto muchachas más bonitas, pero jamás ninguna que tuviese mayor atractivo. Hizo su aparición con una alegre sonrisa, al mismo tiempo que se quitaba los guantes. Mientras la contemplaba con simpatía, no pudo descubrirle Sam nada que justificase el visible gesto de horror de su amigo, y acabó por verse obligado a apartar la vista de ella para sustraerse a su atractivo físico.

    —Hola, Percy —dijo ella, extendiendo la mano—, ¿cómo te encuentras? Tal vez me equivoque pero pareces estar indispuesto. Tienes las mejillas hundidas y sin color. Ya sé lo que te ocurre: habrás estado trabajando demasiado...

    Percy hizo un esfuerzo y se repuso, pero dejó sin contestación su amable saludo.

    —¿Dónde está tu madre?, —murmuró.

    Mi madre está en casa, en cama.

    —¿En cama?

    Sí. Ha tenido la gripe.

    —¿La gripe?
    —Sí. La gripe.

    La tristeza que cubría el semblante pálido de Trotter, desapareció en parte, y sus ojos cobraron brillo.

    —¡Espléndido! —exclamó, expansivo.
    —Supuse que te alegrarías.
    —Por supuesto.
    —Ya hace varias semanas que guarda cama.
    —¡La cosa no puede ir mejor!
    —Pero el doctor asegura que muy pronto podrá levantarse y salir.
    —Esto ya no me gusta tanto —declaró Percy—. Sin embargo, aún podría ser peor. Todavía transcurrirá bastante tiempo antes de que pueda hacerme alguna visita.
    —Desde luego.
    —Es muy divertido a su edad coger la gripe. No obstante, es un paso hacia el Más Allá.
    —¿Qué quieres decir con esto, Percy?
    —Nada —dijo apresuradamente—. Sin duda te habrás dejado caer por aquí para traerme la noticia, ¿verdad?
    —Sí. Mi madre me envió.
    —Muy amable por su parte.
    —Me encargó te comunicara que vendría a verte lo más pronto posible.
    —¡Oh! ¿Va a venir?
    —Sí, y tengo que aguardar su llegada.
    —¡Eres el diablo en persona! ¿Qué quiere tu madre? ¿Qué es lo que está tramando?
    —Tengo la idea de que su propósito es hablarte sobre el negocio de tu cerveza y darte su valiosa opinión.
    —Ya me lo temía —refunfuñó Percy—. ¿No podría la buena mujer preocuparse de lo suyo?

    Miss Charteris movió la cabeza, riéndose.

    —No. Tú ya sabes que esto no es posible. Ya habría venido mucho antes de no haber sido por la gripe. Al principio creyó que se trataba de uno de tus locos inventos y se sintió inclinada a tomarlo a broma. Pero luego, cuando los periódicos comenzaron a hablar de ti seriamente, se alarmó y sufrió una recaída.
    —Bien —dijo Percy, con calma—, esto ya es algo. Por lo menos no he malgastado del todo mi tiempo.
    —Lo anotaré en mi Diario como dato interesante. Sin embargo, ella no perdía aún la esperanza de tu fracaso; pero cuando los periódicos continuaron elogiando tu cerveza y pronosticaron su éxito, me mandó aquí para que te vigilara hasta que ella pudiese venir.
    —¡Qué desfachatez! —exclamó Percy con arrebato, olvidándose de los buenos modales—. ¿Cuáles son sus intenciones?
    —Pues, como tú ya sabes —observó Miss Charteris ingenuamente—, ella es secretaria de la Liga Anticervecera, y le pareció que si esta cerveza que estás fabricando, puede venderse a dos peniques el bock, tendría que luchar contra un poderoso handicap.
    —Mándale un cable —sugirió Percy— diciéndole que confío venderla a seis peniques el galón. Esto le producirá otra recaída.
    —Como te iba diciendo, me envió para comunicarte que si no abandonas este asunto, hará que tú mismo llegues a maldecir la hora en que viniste al mundo.
    —¿Esto dijo?
    —Sí, y, además, me parece que habló de hacerte la vida imposible.
    —No me extraña; éste es su sistema.
    —Añadió, de paso, que cuando naciste hubieran tenido que dejarte abandonado en el arroyo.
    —No parece haber cambiado mucho.
    —También dijo que deberían arrojarte en una cuba de aceite hirviendo.
    —¿De veras?
    —Sí. Pero mi opinión es que debes vender esta cerveza por encima de todo, incluso por encima de su cadáver.
    —Nada podría causarme un placer más grande —dijo Percy, sin ambages.
    —Lo sospechaba. Tal vez haya olvidado algún otro mensaje, pero fácilmente puedes imaginártelos ahora que ya conoces sus intenciones. De todas formas, he de vigilar que no cometas ninguna temeridad, hasta que ella venga a encauzarte por el camino de la rectitud, aunque para ello tenga que apelar a cualquier recurso.
    —¡Bendita sea la gripe! —exclamó Percy con entusiasmo—. Jamás hasta la fecha había tenido una opinión tan elevada de ella; pero ahora me descubro ante la gripe. La enfermedad capaz de retener a esta mujer en cama es digna de todo encomio. Con un poco de suerte, el negocio habrá pasado a manos de otro cuando ella esté en condiciones de levantarse.
    —¿Acaso, insinúas que piensas dejarte sobornar, vendiendo la patente? —preguntó Miss Charteris, con asombro.
    —Si, estoy decidido.
    —¿Quién es el comprador?
    —Sir Henry Wigthorn me ha hecho una oferta.
    —¡Oh!
    —Sí, una oferta realmente espléndida.
    —Me alegro que lo creas así, pero debes andar con cuidado.
    —¿Qué quieres decir?

    Miss Charteris miró de soslayo a Sam. A éste, que no perdía de vista ningún detalle, le pareció helada su mirada. Quizá se equivocaba, pero tuvo esta impresión y trató de rechazarla. Oyó su voz que preguntaba:

    —¿Puedo hablar con franqueza?
    —Con absoluta franqueza —dijo Percy con impaciencia—. Aquí te presento a Sam Brewster, un viejo amigo mío. Sam, mi prima, Miss Charteris. Y ahora, Sidney, ¿qué tienes que decir de Sir Henry?
    —Pues que es un tramposo.
    —¿Un tramposo?
    —Sí, un tramposo. Con frecuencia he oído hablar de él a mi madre. Si ella supiese que tienes la intención de venderle el negocio, le daría un ataque.
    —En este caso —exclamó Percy con júbilo—, lo menos que podemos hacer es comunicárselo. Es un deber de humanidad. ¿Qué le induce a suponer que Sir Henry es un tramposo?
    —No lo supone, lo sabe concretamente. En varias ocasiones ha tenido que tratar con él.
    —Esto no prueba que sea un tramposo. Hay que ser más indulgentes. ¿Qué clase de trato han tenido?
    —No lo sé; pero me figuro que debía estar relacionado con la Liga Anticervecera.

    Percy lanzó desdeñosamente un fuerte resoplido y exclamó:

    —¡Qué liga más nefasta!
    —Desde luego —confirmó Miss Charteris, alegremente.
    —No es de esperar que tu madre le encuentre alguna virtud a un cervecero, ¿no es cierto? Quiero decir que encontraría lógico que a la primera oportunidad que se le presentase le cortara el pescuezo y bailara el charlestón sobre su cadáver. Considera a los cerveceros como las ratas. Les daría veneno si esto no fuera contrario a la ley.

    Sidney asintió con la cabeza.

    —Admito que hay una parte de razón en lo que dices, pero esto no cambia el hecho de que ella considera a Sir Henry como un tramposo. Y, como primos que somos, Percy, te recomiendo que estudies minuciosamente el asunto antes de cerrar ningún trato con él, de lo contrario, es casi seguro que te va a timar. Es posible que seas un verdadero experto en este negocio, pero cuando hay que tratar con Sir Henry Wigthorn, mano a mano, lo más probable es que te despelleje. Quizá mí madre, en realidad, no sienta mucha simpatía por ti, Percy, pero yo te quiero mucho, y tendría un disgusto si te supiera explotado y estafado por esa víbora.
    —Esto es exactamente lo mismo que yo le estaba diciendo —hizo observar Sam con un sentimiento de alivio.

    Miss Charteris le miró de nuevo, y Sam volvió a sentir una sensación deprimente. Esta muchacha, por alguna razón insospechada, no le había prestado a primera vista ninguna atención.

    —¿Usted también se lo ha dicho? —preguntó Miss Charteris con tono displicente.
    —Sí —afirmó Sam—. El tonto quería vender el negocio por cincuenta mil.

    Miss Charteris lanzó un pequeño suspiro, y abrió desmesuradamente los ojos.

    —¿Cincuenta mil?
    —Sí, pero yo elevé el precio hasta cien mil, más el cincuenta por ciento sobre los beneficios.
    —¡Usted está loco!
    —¿Lo cree realmente así?
    —Estoy segura de ello. ¿No comprende que si cabe alguna posibilidad de que Percy cobre cincuenta mil libras esterlinas, no hay en cambio una sola de que obtenga cien mil?
    —No vamos a discutir esto ahora —opinó Sam, con ligero enfado—. La cuestión es saber cuánto estaría dispuesto a pagar para no terminar sus días en la Casa de Caridad,
    —¿En la Casa de Caridad?
    —Eso es. Le oí perfectamente cuando dijo a su hija que dentro de un par de meses irían a parar a la Casa de Caridad, si no iban a un arreglo con Percy. ¡He aquí la cuestión! No se trata de asesinar a su madre, sino de no tener que ingresar en la Casa de Caridad. ¿No cree usted que estaría dispuesto a deshacerse de cien mil libras con tal de eludir este triste destino?
    —No lo creo si confía obtener lo que persigue valiéndose de otros medios —replicó Miss Charteris con firmeza.
    —Sin duda alguna, pero aquí estamos nosotros para impedirlo.
    —¿Nosotros?
    —Sí. Usted y yo —afirmó Sam, impasible.
    —¿No sirvo yo acaso para manejar mis propios asuntos? —inquirió Trotter, con tono molesto.
    —No —declaró Sam.

    Además, nunca has servido —confirmó Sidney—. Sobre este punto estoy de acuerdo con Mr. Brewster. Supongo que Sir Henry no habrá aceptado el precio que pediste.

    —No —confirmó Percy con disgusto—. Quiere que le conceda una semana para pensarlo detenidamente y tomar una decisión. Es un asunto de mucha envergadura como comprenderás.
    —Entretanto —intervino Sam—, debido a una debilidad de nuestro joven amigo y colega, Sir Henry va a permanecer aquí.
    —¿Aquí? —gritó Sidney horrorizada.
    —Sí, aquí —repitió Sam con energía. Bajo este mismo techo.
    —¡Dios mío, Percy! Te vas a encontrar en una difícil situación.
    —Y no se trata solamente de Sir Henry —continuó Sam, implacable—. Va acompañado de una hija.
    —¿Por qué diablos la trajo con él?
    —Voy a decírselo —dijo Sam con indiferencia—. La trajo para fascinar a Percy y seducir su corazón. Su papel se reduce a engañar a Percy enamorándole y cuando lo tenga chiflado y ardiente de ansiedad, comportarse entonces con la máxima frialdad —y dirigiéndose a Percy continuó—: Aunque te pese, Trotter, te lo decimos por tu bien. Algún día nos lo agradecerás con los ojos anegados en lágrimas.
    —Pero, ¿está usted seguro de esto, Mr. Brewster?

    Sam sacudió la cabeza afirmativamente.

    —Les oí hacer juntos los planes. Ella empieza por conceder a Percy una amplia y alentadora sonrisa; luego le da a entender que él lo significa todo para ella; le sonsaca el secreto, le hace firmar el contrato y después rompe las relaciones. ¡Y el tonto cayó en la trampa! ¿Lo comprende?

    Sidney volviose hacia su primo y preguntó:

    —Pero, ¿es verdad todo esto?
    —¡Por supuesto que no! —exclamó Trotter, acaloradamente— Miss Wigthorn es una muchacha encantadora e incapaz de cometer una acción deshonrosa. No tiene nada que ver con este proyecto tan vil —y con cierta amargura añadió—: Probablemente Brewster estaría borracho.
    —Tú me dijiste —atajó Sam, sin hacer caso del insulto— que era la muchacha más encantadora que jamás habías visto.
    —Bien, ¿y qué tiene de particular si lo dije?
    —Tú me amenazaste con echarme de esta casa cuando insinué que, a mi juicio, ella era una desahogada y una pícara.
    —¡Y lo hubiera hecho!
    —¡Ya lo ves! Te has enamorado de ella, y sólo con mencionar, su nombre tus ojos despiden llamaradas de amor. Un día o dos más, amigo mío, y le escribirás poemas.
    —Un día o dos más —murmuró Trotter— y con la ayuda de Dios te mandaré a ti flores. Si no fuera porque estás aquí de visita, te rompía ahora mismo las narices.
    — Serénate —dijo Sam, fríamente—. No hay motivo para representar un drama vulgar. A menos de que nos tomemos las cosas con calma, el viejo Wigthorn saldrá beneficiado, con la cartera repleta de unas ganancias mal adquiridas. Tenemos que dividir la manera de entorpecer sus malvados proyectos.
    —Hay algo que no veo muy claro en todo esto —dijo Sidney.
    —Pues ya se lo aclararé.
    —¿Cómo se enteró usted de ello?
    —Eso es lo que yo digo —convino Trotter—. ¿Quién te pidió que metieras tus narices en este asunto?

    Brewster no tomó en consideración este insulto, y aspirando a pleno pulmón, preguntó con tono de reproche:

    —¿Acaso soy el tipo de individuo que permanece ocioso cuando ve que un viejo amigo de la infancia se halla en una crítica situación? Cuando me entero de que se traman intrigas contra un compañero, ¿cuál es mi deber con respecto a la humanidad y a mi propia conciencia?
    —Tu deber es ocuparte de tus malditos asuntos —contestó Percy, con desdén.
    —Esto es precisamente lo que estoy haciendo, ¿no lo crees así? Vine aquí en busca de noticias para escribir un artículo, y tengo que encontrarlo aunque me vea obligado a inmiscuirme en ellas.
    —¿Es usted periodista, Mr. Brewster?
    —Sí. El rey de los periodistas. Si las noticias no quieren venir hacia mí, yo voy hacia ellas. Este motivo me trajo aquí, y permaneceré en esta casa hasta conseguirlo.
    —¿Aquí?
    —¿Por qué no? Si puedes tolerar a un Wigthorn bajo tu arcaico techo, deberías saltar de alegría ante la suerte de poder dar albergue a un tal Brewster. Esta oportunidad no se presenta todos los días, amigo.
    —Afortunadamente —gruñó Percy—. ¿Cómo voy a poder trabajar con tanta gente en la casa?
    —¿Qué trabajo tienes que hacer? —preguntó Sidney.
    —Tengo que acabar de refinar esta cerveza, antes de que el viejo Wigthorn la pruebe.
    —A propósito, amigo. ¿Por qué no nos concedes este honor? Lamento verme obligado a dar lecciones de hospitalidad a un Trotter, pero me parece que ésta es la única manera de poder echar un trago. Soy un excelente catador de cerveza, y te daré mí opinión sobre la misma, con absoluta imparcialidad.
    —Eres muy amable —declaró Percy con aspereza—, pero tengo la opinión de un hombre que sabe lo que dice.
    —¿Quién es?
    —Mi mayordomo.
    —Es nuevo ¿no es verdad? preguntó Miss Charteris.
    —Sí. Hace una semana que lo tengo.
    —¿Qué le ha ocurrido a Higgs?
    —Se fue.
    —No lo despediste, ¿verdad, Percy?
    —No. Se marchó sin decir una sola palabra. Únicamente dejo una nota diciendo que había muerto una tía suya, y que había heredado una fortuna. Yo estaba ausente entonces y ni siquiera pudo aguardar mi regreso.
    —Es raro, ¿verdad? Hacía mucho tiempo que estaba a tu servicio.
    —Sí, es algo raro. Lo he visto toda mi vida en nuestra casa.
    —Me figuro que sentiría la, necesidad de un cambio de aires —comentó —Sam, con impaciencia—. Bueno, volvamos a nuestro asunto.
    —¿Qué opinó este majadero de tu cerveza?
    —Convino que no era todavía perfecta, pero que tenía grandes posibilidades de llegar a serlo. Aseguró que preveía un futuro risueño para ella.
    —¿Sí? ¿Y qué más dijo?
    —Pues que en este asunto había en juego un millón.
    —Tal vez tenga razón —asintió Sam, impresionado—. Debe ser perito en la materia. Apostaría que no ha perdido el tiempo desde que ha entrado en la bodega. Me recuerda enormemente a un arzobispo, y todos los arzobispos que he conocido son buenos catadores de cerveza. Sin embargo, ya lo comprobaremos nosotros mismos. ¿Dónde guardas el cuñete, Percy?
    —En mi laboratorio. Pero está cerrado.
    —Eres prudente. ¿Dónde está la llave?
    —Si quieres te enseñaré el laboratorio.
    —No te molestes; enséñanos la cerveza. El resto ya lo haremos nosotros.
    —Está en el laboratorio, idiota.
    —Enséñanos entonces el laboratorio.
    —Perfectamente. Acompáñame, pues.
    —Tenemos que salir al exterior? inquirió Sam.
    —Sí. ¿Por qué?
    —Estaba pensando en el perro.
    —¿Qué perro?
    —El que desgarró mis pantalones. ¿Puedo ir tranquilo?
    —Creo que sí. No es probable que nadie le haga daño.
    —No lo dudo, pero tal vez sea él quien nos lo haga a nosotros.
    —Si se encontrase por casualidad por aquellos alrededores, no me extrañaría, pues no siente mucha simpatía por los forasteros.
    —Ya me lo suponía —dijo Sam, cogiendo un grueso bastón del paragüero del vestíbulo—. ¿No te importa que me lleve esto?
    —¡No, no! Hazte cargo que estás en tu casa.
    —No lo hago por mí, sino por tu abrigo —observó Sam.
    —Ya.
    —Además, imagínate qué bochorno para mí si lo desgarra. ¿Por qué tienes a un animal tan salvaje en tu casa?
    —Porque me es de gran utilidad —contestó Percy.
    —No lo dudo, pero, ¿en qué sentido? Tiene la especialidad de morder a los periodistas.
    —¿De veras?
    —Sí. Parece que los reconoce por instinto o por olfato. La semana pasada sorprendió a uno que saltaba por encima de la verja, y lo mordió con verdadera furia.
    —¿Ha mordido a muchos periodistas?
    —Sí.
    —¿Y tú lo apruebas?
    —Por supuesto. De esta manera no vuelven más.
    —Ya me hago cargo. Pero, ¿por qué esta aversión hacia los periodistas?
    —Me harté de ellos. Se presentaban aquí a todas las horas del día y de la noche. Por esta razón di órdenes severas prohibiéndoles la entrada en esta casa. Tú has sido el primero desde entonces que has logrado penetrar en ella.
    —Para impedir la entrada a un Brewster se necesita algo más que un perro salvaje —dijo Sam con modestia—. ¿Es éste el laboratorio?
    —Sí.

    El laboratorio, no sin justa razón, se hallaba situado en medio de un grupo de árboles, a cierta distancia de la casa. Existía siempre el peligro de una explosión, según decía Trotter. Además de esta causa, el hedor que siguió a sus primeros experimentos, fue de una naturaleza tan poderosa, que el pueblo entero de Towers le envió un ultimátum. Percy, cediendo gustosamente a la demanda del pueblo, hizo construir este edificio en el lugar donde menos molestias podía causar a sus conciudadanos.

    Era un edificio largo, de planta baja, con tres ventanas a cada lado y una sola puerta. Las ventanas, en aquel momento, tenían los cerrojos echados, y la puerta estaba cerrada bajo candado. El joven Trotter hizo observar con orgullo, que no había necesidad de tomar tales precauciones.

    —El laboratorio —dijo Trotter, con una ligera sonrisa en los labios—, era mirado con verdadero horror por todo el mundo. Incluso los cazadores, que eran hombres resistentes, pasaban a gran distancia.
    —No los censuro —declaró Sidney, arrugando la nariz— Desde luego se nota un olor peculiar, ¿no te parece?
    —¿Te refieres a este tenue olor aromático?
    —Bien, llámalo como quieras.
    —Hedor, es la palabra que yo habría empleado —dijo Sam con franqueza— Me recuerda el olor a perros muertos. ¿En qué estado se encuentran las alcantarillas, amigo?
    —No hay ninguna alcantarilla aquí —replicó Trotter con brusquedad.

    Mejor sería que te preocupases de este asunto sin pérdida de tiempo, antes de que este vaho llegue hasta las narices del inspector de Sanidad.

    —Proviene de la cerveza —anunció Percy.
    —¿El qué?
    —El olor.
    —¡Vaya por Dios! ¿Hablas en serio?
    —Desde luego.
    —¿Y tú hablas honradamente cuando dices que piensas vender esta pócima a los ingleses que se precian de tener un paladar refinado?
    —¿Qué hay de malo en ello?
    —Que es repugnante —contestó Sam—. Un vaso de este brebaje junto a la nariz, sería suficiente para revolver el estómago del más sano y no alcanzo a comprender cómo es posible que alguien se lo beba.
    —Aquí queda demostrada la cortedad de tu entendimiento —declaró Percy con aspereza,
    —Tal vez, pero esto es ajeno al hedor. Éste se filtra por los poros.
    —Creo —declaró Percy, abriendo la puerta—, que podría suavizarse un poco. Éste era uno de los puntos que hizo observar Bates, mi mayordomo. Dijo que a él, particularmente, no le molestaba el olor, pero comprendía que a algunos podría ofenderles. Cuando le comuniqué que existía la posibilidad de que este olor peculiar desapareciese estando en el barril, pareció quedar completamente satisfecho. De todos modos, como no soy amante de contar con el azar, ya he encontrado una fórmula para quitarle el olor. No es que me disguste, muy al contrario; personalmente lo encuentro más bien agradable y estimulante.

    Tú disfrutarías en una fábrica de cola —observó Sam con tono de crítica—. Bien, ahora que estamos aquí supongo que podremos probar la cerveza.

    —He aquí la tina —anunció Percy, con un ligero rubor de orgullo en el rostro.

    Sam se asomó por encima del borde y quedó defraudado al comprobar que no había cabras muertas flotando en la superficie. Vio, en cambio, un líquido claro, de color moreno, cubierto de espuma que burbujeaba continuamente. Sintió una impresión desagradable, y retrocedió tambaleándose, preso de unas náuseas que le atenazaban la, garganta.

    Sidney, turbada por aquel tufo, había salido al exterior y estaba apoyada contra un árbol, con un pañuelo delante de la cara. Sam sintió deseos de imitarla, pero el orgullo de los Brewster vino en su ayuda. Si Percy podía soportar aquella atmósfera nauseabunda, Samuel F. Brewster podía también soportarla, y aun gustarle.

    —He aquí los barriles —continuó Percy, impasible.
    —¿Están llenos? —inquirió Sam.
    —Completamente llenos. Dentro de ellos acaba de adquirir su punto.
    —¡Vaya!
    —Por supuesto, esta cerveza declaró Percy excusándose—, no está todavía completamente refinada para el consumo.
    —En esto estoy de acuerdo contigo, amigo mío.
    —Pero aquí tengo dos barrilitos del producto, perfeccionado del todo. Al principio me vi obligado a elaborar de una sola vez varias pequeñas cantidades, cada una con una fórmula distinta. Para hacer la prueba, por separado, con cada fórmula, habría necesitado mucho tiempo. Cuando logré obtener el mejor resultado posible que se podía apetecer, vertí el líquido en la tina principal. El contenido de la tina, que finalmente decidí lanzar al mercado, se encuentra en estos cuñetes completamente listo y en condiciones de ser bebido.
    —¿Quiere decir que esto es, en realidad, todo lo que tienes?
    —Hasta que la cerveza de los otros barriles alcance el punto de sazón, sí.
    —Bien, sea por nuestra amistad, probaré un vaso. Pero si me enveneno, Trotter, seré tu pesadilla hasta el día de tu muerte. Toma nota de esto.
    —No tengas miedo —replicó Percy, con frialdad; y llenando un vaso, prosiguió—: Confío en que oiré una opinión honrada.
    —Desde luego, amigo. —Dime, ¿tengo que beberla o simplemente olerla?
    —Tienes que sorberla despacio para apreciarla bien.
    —No te preocupes, así lo haré.

    Sam acercó el vaso a sus labios, y comenzó a beber con la mayor reserva. Sabía que Percy le vigilaba atentamente, pero esto le tenía sin cuidado. Percy, sin duda, estaba pendiente de sus reacciones. Sam, por su parte, se estaba preguntando si llevaba a cabo un acto juicioso. Tenía ante sí un futuro brillante y prometedor y era una imprudencia jugárselo así tan a la ligera. Luego se imaginó tendido en el suelo, con los ojos en blanco y la boca llena de espuma. Este pensamiento no le causó una grata impresión. A su modo de ver había otras formas más dignas de morir.

    Finalmente sus escrúpulos se desvanecieron y acabó por catar el sabor amargo y penetrante de la cerveza. Acudió a su memoria lo que su padre le había explicado acerca de la vendimia de anteguerra. Animado por aquellos recuerdos, tomó otro sorbo. Una ola de calor recorrió todas sus venas, y la tensión que parecía tenerlo congestionado, desapareció de su rostro. Bebió otro sorbo y una alegre, sonrisa iluminó sus facciones. Luego vació el vaso de un trago.

    —¿Qué te parece? —preguntó Percy, con ansiedad.
    —No sé —dijo Sam—. Necesitaría otro vaso para poder apreciarlo mejor.
    —Lo siento, pero no puedo ofrecértelo. Me queda muy poca, y transcurrirán por lo menos unas cuantas semanas antes de que haya preparado una nueva cantidad. ¿Cuál es tu verdadera opinión, Sam?
    —Percy —declaro aquél con gravedad—, hay realmente un millón en perspectiva, si tan sólo consigues eliminar este olor, y si te es posible llegar a venderla al precio que nos has dicho.
    —¿Lo crees de veras?
    —Sí —Brewster puso una mano encima del hombro de su amigo y prosiguió—. Tu cerveza es un éxito, Trotter. Es la clase de cerveza con la cual he soñado durante años.
    —Gracias, Sam. Me alegra oírte hablar así.
    —Tienes motivos para ello. Te aseguro, Percy, que esta cerveza levanta los ánimos.
    —En efecto, así es.
    —Sí; me hace sentirme otro hombre. Me hace tener confianza en el futuro, cosa que no tenía durante estos últimos veinte minutos. Lo único que siento, Percy, es que ofrecimos el negocio al viejo Wigthorn. ¿Por qué se lo habremos dicho? Es nuestro secreto, ¿no es cierto?
    —Ya te expuse mis razones —replicó Trotter con impaciencia—. Y no me arrepiento. Es posible lo del millón, pero yo no tengo ningún deseo de pasar el resto de mi vida fabricando cerveza.
    —¿Por qué no? ¿Qué otra cosa mejor podrías hacer?
    —No discutamos sobre esto ahora —atajó Percy. Vámonos. Ya ha tocado el gong para el almuerzo.
    —Oye —preguntó Sam, al salir del laboratorio—. ¿Dónde hay posibilidad de que encuentre a tu perro?
    —Junto a la verja de entrada. ¿Qué quieres de él?
    —Desearía amaestrarlo —declaró Sam—. Este perro no puede romper los pantalones de un Brewster y marcharse tan tranquilo llevándose un trozo entre sus dientes. A propósito, Percy, tendrás que prestarme unos pantalones para el almuerzo. No es muy correcto sentarse a la mesa con el abrigo puesto, y bajo ningún concepto podría sentarme sin él; por lo tanto, cuento contigo.
    —De acuerdo. Ya te prestaré unos.
    —Es muy amable por tu parte. Después del almuerzo telegrafiaré para que me manden sin demora unos trajes.
    —¿Crees necesario tomarte esta molestia? —preguntó Percy, irónico.


    CAPÍTULO V


    Durante el almuerzo Brewster estuvo obsesionado por una idea fija acerca de Sidney Charteris.

    Pese a las pruebas contrarias, Sam estaba convencido de que en el curso de su carrera periodística había tropezado con aquella muchacha, pero por más que le daba vueltas a su cerebro, no conseguía recordar las circunstancias de aquel encuentro.

    Parecíale imposible haber sido presentado a ella. Cuando hizo su aparición aquella mañana, no había dado la menor muestra de conocerlo. Ninguna exclamación de alegría había brotado de sus labios cuando él le dio la bienvenida con una amplia sonrisa. Tampoco su nombre, pronunciado por Percy, le había hecho morderse el labio y permanecer pensativa. Sin embargo, su rostro era de los que ningún hombre sensato podía olvidar, y Sam estaba completamente dispuesto a reconocer que un verdadero encanto emanaba de toda su persona.

    Por lo tanto, terminada la comida, acogió con verdadero agrado la decisión de Trotter de retirarse a su laboratorio para llevar a cabo unos complicados experimentos. Percy, teniendo en cuenta sin duda que no eran ellos unos invitados de compromiso, diole a entender claramente con su conducta que no necesitaban en absoluto de él para ayudarles a pasar el tiempo. Sin más demora, salió del comedor frunciendo el entrecejo y rascándose la oreja izquierda.

    A Sam esto le pareció una oportunidad maravillosa para celebrar una entrevista charlando con Sidney, pero cuando le sugirió la idea de salir a dar un paseo por el jardín, tropezó con una ligera oposición por su parte.

    —Lo siento, señor Brewster, pero tengo que escribir unas cartas.
    —¿Cómo? —dijo Sam—. ¿Cartas? Pero, querida niña, medítelo bien, usted no puede tener nada que escribir todavía. Acepte mi consejo y aguarde una semana, entonces tendrá muchas novedades que contar a sus amigos.
    —He de escribir a mi madre —declaró Sidney con firmeza—. Y haga el favor de no llamarme «niña».
    —¿Por qué no?
    —Porque no me gusta.
    —Es un término cariñoso —comentó Sam—. Pero en cuanto a la cuestión de la carta, ¿no cree usted que sería una buena idea aguardar la llegada de los Wigthorn? Quiero decir que a su madre le agradaría recibir la descripción de Sir Henry hecha por un testigo ocular. Podría describírselo comiendo sopa, con la seguridad de arrancarle una alegre carcajada. Le he visto comer algo parecido a una papilla de harina de avena, y esto excitó mi jocosidad durante todo el día. ¿Acaso esto no merece la pena de aguardar un poco?
    —De acuerdo —asintió Sidney. Y preguntó con tono brusco—: ¿Dónde quiere que vayamos?
    —Usted manda —dijo Sam—. Quiero decir que usted conoce el lugar mejor que yo.
    —¿No había estado usted nunca aquí, señor Brewster?
    —No. Y sepa que para todos los amigos me llamo Sam.
    —Entonces iremos al lago.
    —Bien, no veo el porqué de su elección, pero si usted lo ordena...
    —¡Cómo! —exclamó Sidney—. El lago es el orgullo de Deepdene Towers, ¿no sabe usted eso?
    —No. Creí que este honor pertenecía a la cerveza de Percy. No obstante, siempre estoy dispuesto a conocer cosas nuevas. ¿Dónde está el lago?
    —En un bosque que hay detrás de la casa.
    —¿Y a qué se debe su fama?
    —Se cree que está encantado.
    —¿Y no es cierto?
    —Lo ignoro. Pero los naturales del país no pasarían cerca de su orilla a la hora en que se oculta la luna.
    —¿Cuándo?
    —Cuando la luna se oculta. Usted ya conoce el misterio de esas horas.
    —Tengo una idea —admitió Sam—. Pero, ¿por que habrían de ir?
    —Me refiero a que en esa hora es cuando el fantasma hace su aparición.
    —¿Cuándo?
    —Pues cuando la luna se oculta, por supuesto.
    —Es una tontería —comentó Sam, con tono de crítica— ¿Cómo puede ver por dónde anda? Si no va con cuidado, cualquier noche se caerá en el lago.

    Esto es exactamente lo que sucedió.

    —¿Cuándo?
    —Hace cientos de años.
    —¿Y está todavía allí? Debe ser un estúpido.
    —Era un antepasado de Percy.
    —Entonces era realmente un estúpido.
    —Venía para reunirse con su amada, y en la oscuridad cayó al lago y se ahogó. Desde entonces, ha embrujado ese lugar.
    —¡Pobrecillo! ¡Debía saber que ella no acudiría! ¿Ésta es toda la historia?
    —Sí. Uno puede mostrarse escéptico mientras el sol alumbra, pero la cosa cambia en plena noche. Yo estuve allí una vez con Percy y sentí un verdadero terror. Desde luego, Percy no cree en los fantasmas, y tampoco yo creía hasta entonces.
    —¿Vio usted algo? —preguntó Sam, con interés.
    —No. En realidad no vi nada, pero tuve la impresión de que podía ver en cualquier momento.

    Esto no basta —opinó Sam—. ¿Sabe usted de alguien que haya visto algo en alguna ocasión?

    —Desde luego. Se asegura que ha sido visto varias veces desde que ocurrió el hecho. El fantasma se asoma fuera de las aguas, cubierto de algas, y empieza a escudriñar entre los árboles, lanzando unos lúgubres gemidos.
    —¿Gemidos?
    —Sí —murmuró Sidney, estremeciéndose— No parece existir ninguna duda de que ha sido visto. Incluso ahora cuando pienso en ello, siento frío. En cambio, durante el día es un lugar realmente encantador. Los lirios que brotan en el agua, los peces de variados colores, y los cisnes que se deslizan sobre su superficie, le prestan un verdadero encanto. Pero ya hemos llegado; ahora puede usted apreciarlo con sus propios ojos.

    Sam se quedó contemplándolo. El sendero que se abría entre los árboles les había conducido a la orilla del lago. Era, en efecto, como Sidney había dicho, un lugar maravilloso. Sam, aun cuando no era un amante de la Naturaleza, lo contemplaba con agrado. El lago era pequeño, pero profundo. Aunque los rayos del sol caían de lleno sobre la superficie, el agua parecía oscura y fría. Los innumerables lirios que emergían del lago salpicaban la sombra que proyectaban los árboles frondosos que lo circundaban, y dos hermosos cisnes flotaban sobre él con las cabezas hundidas en sus aguas.

    —Herbert y Phyllis —dijo Sidney—. Herbert es el de la derecha —indicó—. Es mucho más grande. Hay que ir con cuidado con él, pues tiene la costumbre de picar a la gente en los pies.
    —¡Ah! ¿Sí?
    —Sí. Tiene esta costumbre. Es muy desagradable. Una vez me pico y quedé coja durante toda una semana.
    —Percy parece sentir una extraña inclinación por los animales —observó Sam—. Pero los suyos tienen la costumbre de morder a las visitas, aunque Herbert no parece peligroso ahora.
    —No. Lo que ocurre es que es muy astuto. Da un rodeo, aparentando ignorar tu presencia, y de pronto, sin previo aviso, te hinca el pico en la carne. Ésta es una gracia suya, según parece. Bien, podríamos ir a sentarnos en la glorieta, ¿quiere?
    —Con sumo gusto. Nada me place tanto como sentarme en un lugar así, después de una copiosa comida. Además, tengo muchas cosas que decirle.
    —¿De veras?
    —Sí. No se siente aquí, podría pincharse. Hay dos o tres cosas que quisiera aclarar.
    —¿Puedo ayudarle?
    —Sí —dijo Sam—. Cuidado con estos insectos. Percy tendría que cuidar de esto. Todo está infectado de bichos.
    —No se preocupe por ellos; son inofensivos. ¿De qué forma puedo ayudarle a aclarar los misterios a que se refiere?
    —Pues bien. En primer lugar podría decirme dónde la he visto a usted antes.

    Sidney se sobresaltó. Evidentemente no esperaba aquella pregunta.

    —¿Nos hemos visto antes? —murmuró.
    —Sí —dijo Sam con firmeza.
    —¿Y no puede usted recordar en qué ocasión?
    —En este momento me resulta imposible. He estado devanándome los sesos durante toda la mañana.
    —¡Ah!, ¿sí?
    —Por regla general, acostumbro a recordar las cosas, pero en esta ocasión he fracasado.
    —Quizá sufre un error. Es posible que me confunda con alguna otra muchacha.

    Sam sacudió la cabeza, y apartó una araña que empezaba a tejer su tela sobre su puño.

    —No. Puede desechar esta idea. Jamás he confundido una muchacha con otra, y si usted disculpa mi atrevimiento, le diré que emana un encanto particular de toda su persona.
    —¡Oh!
    —Sí, lo repito. Es algo muy personal. En el primer momento que la vi, me di cuenta de que ya nos habíamos encontrado antes, y fue entonces cuando empecé a cavilar sobre esto. ¿Podría usted recordar en qué circunstancia ocurrió?
    —¿Ocurrió qué? ¿Cuando usted empezó a cavilar?
    —¡No, no! Cuando nos vimos.
    —No recuerdo —aseguró Sidney con sencillez.
    —¿No?
    —No. Y no estoy segura, Mr. Brewster, de que desee recordarlo.
    —Oh, ¿cómo he de interpretar esto?
    —En realidad, lo mismo me da.

    Sam, confundido, se rascó la cabeza.

    —Está usted enfadada, ¿no es cierto?
    —En absoluto. Tan sólo aburrida.
    —¡Oh!

    Permanecieron sentados en silencio durante unos momentos, tras los cuales Sidney dijo:

    —Si usted no puede recordar en qué circunstancias nos vimos, no veo por qué he de ser yo quien le ilumine sobre esto.
    —Usted dijo que no le era posible recordarlo.
    —Bueno, esto fue una excusa.
    —!Oh!
    —Pero no siento ningún deseo de recordarlo.
    —¿Por qué?
    —Porque es demasiado penoso.
    —¡Demonios!
    —Sí, demasiado desagradable. Prefiero olvidarlo.
    —Pero, quiero decir...
    —Por favor, hablemos de otra cosa.
    —¿Penoso? ¿Desagradable? —repitió Sam—. Debe de estar pensando en alguien.
    —En absoluto.
    —¿Está usted segura?
    —Completamente. Le diré, Mr, Brewster, que emana un verdadero encanto de toda su persona; algo muy personal.
    —El diablo es lo que tengo en el cuerpo —murmuró Sam, débilmente.
    —Sí. Y ahora hablemos de Percy.
    —¿En un día como éste? —protestó Sam—, ¿En un lugar tan hechicero como este?
    —Sí. Es una oportunidad excelente. No olvide que los Wigthorn llegarán aquí esta noche. ¿Cuál es su verdadera opinión sobre esta cerveza?
    —Es lo bastante buena para obtener con ella un feliz resultado.

    ¿De veras?

    —Sí. Es la mejor cerveza que he probado en mi vida. A decir verdad, sentí arder la sangre en mis venas después de tomarla.
    — Sí?
    —Sí. Un solo vaso me llenó de optimismo de joie de vivre, de una laxitud libre de toda preocupación. Si hubiese tropezado en aquel momento con el perro de Percy, lo habría aniquilado alegremente en un abrir y cerrar de ojos. Esto le prueba qué clase de cerveza es ésta. Resulta agradable al paladar, y al mismo tiempo enciende los ánimos. No posee un solo defecto, salvo su olor. Créame, Trotter tiene en sus manos un verdadero porvenir, y sólo si se deja conducir por Samuel F. Brewster, llegará a ganar un millón de libras esterlinas.
    —¡Oh, a mi madre no le agradará esta noticia!

    Quizá no. Semejante noticia no puede resultar agradable a ningún secretario de la Liga Anticervecera. Pero no creo que pueda disuadir a Percy de su empresa, y no es probable que ella adopte medidas extremas contra él. Al fin y al cabo es su tía. En el fondo de su corazón, siente cariño por Percy.

    —Usted no conoce a mi madre.
    —Si consigue vencer esta gripe, es probable que en el curso de la próxima semana tenga el placer de conocerla y estudiarla.
    —Ella no le prestará a usted la menor atención.
    —¿Usted cree?
    —Me consta. Es usted demasiado frívolo.
    —¿Frívolo?
    —Sí demasiado frívolo.
    —¿Me considera superficial?
    —Sí. La vida con ella es seria y real. Tiene una misión.
    —¿Una qué?
    —Una misión. Algo hizo nacer en ella la idea de que había venido al mundo para exterminar a todos los bebedores de cerveza.
    —¿Y es ella la elegida?
    —No sé. Pero el hecho de que usted beba cerveza será motivo suficiente para que caiga en desgracia ante sus ojos.
    —¿Acaso no la prueba nunca ella?
    —¡Oh, no, por Dios! ¡Sólo pensarlo le revuelve las tripas! Si llega aquí antes de que Percy venda la fórmula, puede tener la seguridad de que la venta no se llevará a cabo.
    —¿Quiere usted decir que Percy le tiene miedo?
    —Su pelo es capaz de volverse blanco en una noche, cuando ella está a su lado.
    —Siente una especie de complejo de inferioridad, ¿verdad?
    —Nada de esto. Sólo verdadero terror. Cuando ella le lanza una mirada, se encoge, como un gusano.
    —Debe ser una mujer dominante.
    —Desde luego. Desde que Percy era un niño ha ejercido sobre él una gran influencia, y esto es lo que le ha dado agallas. Lo siento por él, pues es un buen chico.
    —¡Bah! —exclamó Sam—. Supongo que en su casa debe mandar él.
    —Cuando está mi madre, no.
    —En este caso —manifestó Sam, con tono de reproche— no debería permitirle cruzar el umbral de su casa.
    —No puede negarse a recibirla. Y lo curioso, es que todo lo que ella hace es en bien suyo.
    —Quizás él no llega a comprenderlo.
    —Sí que lo comprende. Además, ella se lo dice.
    —Si ella no le permite lanzar esta cerveza al mercado no creo que le haga con esto un excesivo favor.
    —Hará el «boicot» al negocio. Sólo la gripe le ha impedido hacerlo antes. En cuanto se levante, se presentará aquí clamando por la sangre de Percy, y no se irá hasta lograr sus propósitos.
    —Ya lo entiendo. Si Percy se toma unos cuantos tragos de su cerveza antes de que llegue ella, le aseguro que se portará como un hombre. Es cuestión de que se lo diga. Un litro o dos, serían suficientes. Percy es abstemio, y con un litro de esta pócima en el cuerpo sería capaz de estrangular a varios tigres con sus propias manos desnudas.
    —Debo decirle —confesó Sidney— que me agradaría asistir a semejante espectáculo. Siento verdadera compasión por él; es como un pobre corderito indefenso.

    Sam le dirigió una mirada penetrante:

    —¿Son sinceras sus palabras? Quiero decir si este sentimiento brota realmente de su corazón.
    —Sí, es sincero. Me gustaría poder ayudar a Percy.
    —Y así debe usted hacerlo.

    Ella se volvió, sorprendida, hacia Sam, y éste pudo observar con placer el ligero rubor que coloreaba sus mejillas.

    —¿Qué quiere decir?
    —Usted y yo —anunció Sam, confidencialmente—, nos uniremos para ayudarle. Quizás usted no se haya dado cuenta, pero se han tendido muchos lazos alrededor de Percy. Un solo paso dado en falso, bastaría para hundirlo. Si le dejamos obrar por su cuenta, daría este paso a la primera oportunidad. Él es así, y nosotros estamos aquí para evitarlo, ¿me comprende?

    Sidney meneó la cabeza.

    —Temo que no: Hay siempre cierta vaguedad en sus palabras. ¿A qué lazos se refiere usted?.
    —A los del viejo Wigthorn.
    —¡Ah!
    —Sí. El peligro lo representan el viejo Wigthorn y la joven Wigthorn.
    —¿La joven Wigthorn?
    —Sí, su hija. Usted conoce a Percy mejor que yo. ¿Le cree acaso capaz de saber escapar de las artimañas de una mujer?
    —Desde luego que no.
    —¿Le cree capaz de escabullirse cuando una mujer de indudable encanto le lanza una de esas miradas de reojo, llenas de equívoco?
    —No lo creo.
    —Entonces, ¿qué posibilidades le quedan a este pobre infeliz para luchar contra las fuerzas combinadas de la socarronería del viejo Wigthorn y el encanto de la muchacha? Estoy seguro de que convendrá que tales posibilidades son casi nulas.
    —¿Qué tal es ella?
    —¿Conoce usted al viejo?

    Sidney sacudió la cabeza:

    —Personalmente no—, pero he visto muchas veces su fotografía.
    —Pues bien ella no se parece en absoluto a él; en cambio, hace verdadero honor a su madre. Me crea o no, le aseguro que es realmente hermosa: ojos azules, tez maravillosa y unos labios verdaderamente tentadores. Esto cautiva a los hombres. Me refiero a los labios tentadores. Ellos sienten la impresión de que su alma encierra algún triste secreto que la reviste de un encanto, una dulzura, un algo indecible.
    —Pero —confesó Sidney— yo no veo lo que ella puede hacer.
    —Puede hacer que Percy se enamore de ella; ¿no lo cree usted factible?
    —Todo podría ser, pero siempre y cuando ella considerase que merece la pena. ¿Qué pasaría si esto ocurriese realmente?
    —Pues que ella podría engatusarlo con la mayor facilidad.
    —Sí, sí, sería capaz de, hacerlo.
    —Puede convencerle de vender el negocio a buen precio al viejo, ¿no es verdad?
    —¿Cómo?
    —Nada más sencillo. Dándole a este pobre tonto la esperanza de que se convertirá en su esposa.
    —¡Oh! No había caído en esto.
    —Tenga la seguridad de que así lo hará. En realidad fue su padre quien se lo sugirió.
    —Pero —observó Sidney seguramente para mantener el honor de su sexo—; no creo que vaya tan lejos.
    —Sus proyectos no son demasiado honrados. Tiene intención de romper el compromiso en el momento oportuno.
    —¡Oh! ¿Acaso esto es una opinión suya?
    —No, no es una opinión, sino un hecho. Un hecho real.
    —¿Quiere usted decir que tiene pruebas de ello?
    —Desde luego, las tengo.
    —Francamente, no veo cómo puede usted tenerlas.
    —Sin embargo, las tengo. Les oí trazar sus planes casualmente en el «Pig and Litter». Reconozco que la muchacha no se mostró en principio muy entusiasmada, pero después de unas cuantas zalamerías del viejo, se avino a representar el papel que éste le asignaba.
    —¡Qué criatura más repugnante!
    —Es bastante astuta. Así se lo manifesté a Percy, pero éste me amenazó con arrojarme de su casa si me atrevía a repetir una cosa semejante.
    —¿Usted le contó a Percy lo que había oído?
    —Sí, pero no dio crédito a mis palabras.
    —Es un cabezota.
    —Siempre lo ha sido —ratificó Sam—. En el colegio ya le tomábamos el pelo. Pero nos estamos desviando de la cuestión. Esta muchacha no es el único peligro que existe. No hemos de descartar al viejo. Jamás ha traspasado el umbral de esta casa un rufián mayor que éste. Es un viejo ruin. Le dijo a su hija que si ella fracasaba en su juego le quedaba todavía otra carta para jugar.
    —¡Ah! ¿Sí? ¿Qué clase de carta será ésta?
    —Un triunfo. —Y al decirlo, reía con una de esas risas que me recordó el gruñido de los cerdos cuando se revuelcan sobre el estiércol. Pero, dejemos esto.

    ¿No tiene usted idea de lo que está tramando?

    —En absoluto, pero no cabe duda de que es algo tenebroso. Cuando la muchacha le preguntó sobre el particular, le contestó que pronto lo sabría si la necesidad se presentaba. ¿Qué consecuencias saca usted de esto?
    —Nada halagüeño —convino Sidney.
    ——Así es.
    —De todas formas, no veo lo que puede hacer Los dos hemos prevenido a Percy; por lo tanto, bien puede ponerse en guardia.
    —Mi opinión es que el viejo Wigthorn, en el caso de que le fallen todas sus estratagemas, abriga la intención de robarle la fórmula.
    —No puede hacer una cosa semejante.
    —¿Por qué no? Tal como las cosas se presentan no sería muy difícil.
    —Percy no acostumbra a anotar las cosas.
    —Entonces tiene más talento de lo que yo suponía. ¿Está usted segura de lo que dice?
    —Completamente. Siempre ha obrado así. Cuando trabaja en algún invento, lleva la fórmula grabada en su cerebro. Me lo ha dicho más de una vez. Posee una memoria excelente, como la de los elefantes, que nunca olvidan.
    —¡Ah! —suspiró Sam, con alivio—. Esto despeja un poco el horizonte.
    —Sí, ¿verdad? Si Sir Henry tiene intención de robar algo, tendrá que robar la misma cerveza.
    —Quizá sea ésta su intención.
    —No me sorprendería en absoluto. Tiene el aspecto de un hombre amigo de llevarse lo ajeno.
    —Sin duda tiene usted razón. Le sería fácil hacerla analizar.

    Sidney asintió con la cabeza:

    —Esto creo, y hemos de evitarlo.
    —Sí, tenemos que evitarlo.
    —¿Cómo?
    —La robaremos nosotros.
    —¡Oh, éste no será un remedio muy eficaz!
    —¿Por qué no? Personalmente creo que es una idea excelente; una de mis mejores ideas. No se me ocurren con frecuencia.
    —Sir Henry tiene que probar la cerveza, ¿no es verdad? —observó Sidney.
    —¿Por qué no podría probar otra cerveza?
    —¿Qué quiere usted decir?
    —No notaría la diferencia. Ha echado a perder su paladar con la extraordinaria cantidad de champaña que ha ingerido. Lo único que persigue es ser dueño de una cerveza que pudiera venderse a dos peniques el bock, y ya quedaría satisfecho con una cerveza de tipo vulgar.
    —La suya, por ejemplo —dijo Sidney.
    —Exactamente —convino Sam.
    —Pero, ¿cómo diablos podemos efectuar nosotros el cambio?
    —Reconozco que no he pensado todavía en los detalles, pero déjelo usted en mis manos, que una empresa como ésta es pan comido para un Samuel Brewster.

    Sidney frunció las cejas, pensativa:

    —Tendremos que realizar esto de noche —comentó.
    —Desde luego, y cuanto más oscura sea la noche, más seguros podemos estar del éxito.
    —Además, tendremos que hacerlo pronto.
    —Así es. Y cuanto antes mejor. Si lo demorásemos podría ser fatal. En realidad tendríamos que actuar esta noche.

    Sidney dio un respingo:

    —¿Esta noche?
    —¿Por qué no?
    —Por nada, pero me parece muy prematuro.
    —Tenemos que darnos prisa., El viejo Wigthorn puede presentarse de un momento a otro con su plan de campaña trazado.
    —Sí, pero no nos queda mucho tiempo.
    —Un Brewster no necesita mucho tiempo. Actuaremos con rapidez.
    —Pero, ¿dónde adquirirá usted la cerveza?
    —En el pueblo. Hay mucha en el «Pig and Litter». La vi anoche.
    —¿No sospecharán cuando vaya usted a comprar un barril?
    —¡Oh, no! Siempre la he adquirido por barriles.
    —¿Un solo barril será suficiente?
    —De sobras. Percy sólo tiene dos pequeños barrilitos preparados para el consumo. Pero no tenga miedo, el sobrante no lo desperdiciaremos; ya encontraremos dónde ponerlo.
    —No pensaba en esto. ¿Dónde esconderá usted la cerveza de Percy, cuando haya vaciado los barriles?
    —Esto es lo importante. Hemos de ocultarla en algún sitio, ¿Tiene usted alguna idea?
    —Sí, la esconderemos aquí.
    —¿Aquí?
    —Sí, en la glorieta. Colocaremos sobre el barril todas estas viejas raquetas.
    —Bien, pero, ¿estará seguro aquí?
    —Completamente. Nadie viene aquí a causa del fantasma.
    —¡Ah! —exclamó Sam—. No recordaba al fantasma y sus costumbres. Puede, por lo tanto, considerarlo ya como un hecho. La ocultaremos aquí. ¿Cuándo podremos empezar a poner manos a la obra?
    —No es conveniente que retardemos la cosa, pues podrían surgir algunos inconvenientes que no nos permitieran salir de la casa.
    —En efecto. Después de cenar, ¿no le parece?
    —Espléndido, si podemos ausentarnos.
    —Podríamos salir con el pretexto de ir a dar un paseo a la luz de la luna.
    —No, no hay luna.
    —¡No hay luna! —exclamó Sam.
    —No, no hay luna esta noche —manifestó Sidney, con voz apagada.
    —Mejor todavía. La oscuridad ocultará todos nuestros movimientos.
    —Desde luego.
    —No parece usted muy entusiasmada —observó Sam—. Puede usted contradecirme si no está de acuerdo. Hay algo en su tono que parece decirme que se siente usted inquieta por esta ausencia de la luna.
    —En efecto.
    —Lo está, ¿verdad?
    —Estaba pensando en el fantasma.
    —¡Oh! ¿El fantasma?
    —Sí. Saldrá esta noche.
    —Confío que no se llevará la cerveza...
    —Claro está, pero me molestaría tropezarme con él.
    —¿Quiere decir que tiene usted miedo ?
    —Sí, lo tengo. No tiene idea de lo que es este sitio por la noche. Quizá sea más prudente que pensemos en otro lugar para esconder el barril,

    Sam se echó a reír de buena gana.

    —No, no —protestó—. La primera idea es siempre la mejor. No podríamos encontrar un sitio más adecuado. ¡Fantasmas! —Sam hizo chascar sus dedos—. ¡Bah, me río de todos los fantasmas del mundo!
    —Usted, puede reírse —declaró Sidney—, pero yo no.
    —De acuerdo. Pero usted no necesita tener miedo estando conmigo.
    —¿Usted lo cree?
    —Desde luego. Yo inspiro confianza. Además, no es preciso que usted venga. En realidad, no necesito de su ayuda para ocultar el barril.

    Sidney meneó la cabeza:

    —No, yo no puedo permitir esto. No voy a dejarle que usted se las componga solo. Además, si no le acompaño, existe un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que usted caiga en el lago.
    —Le disgustaría, ¿verdad? —preguntó Sam, con picardía.
    —Por la cerveza —contestó Sidney—. No podemos arriesgarnos a perderla.
    —En efecto. Compraré una pila eléctrica en el pueblo.
    —¿Y cómo tiene pensado traer del pueblo el barril?
    —No podemos encargar que lo envíen, esto podría despertar las sospechas de Percy.
    —Es verdad. Existe este inconveniente. Lo traeré en coche.
    —¿En qué coche?
    —No puedo utilizar el mío, es de dos plazas. Cogeré el de Percy.
    —Quizás él no se lo preste.
    —No se lo pediré. Es un coche muy espacioso y verdaderamente indicado para lo que necesitamos.

    Sidney asintió con aprobación:

    —Tiene usted una imaginación muy fecunda, Mr. Brewster.
    —Llámeme Sam.
    —Bien, Sam, entonces. Pues, como iba diciendo, usted obra con rapidez, pero hay otra cuestión, y crea que sólo trato de prevenir los posibles obstáculos. Cuando llegue aquí con el barril, ¿que piensa usted hacer? No olvide que llegará en plena luz del día y que no debe ser visto.
    —Tiene usted razón, como siempre... ¿No podría ocultarlo en alguna parte, en el jardín?
    —Desde luego, puede hacerlo. Hay un grupo de rododendros a medio camino de la verja a la casa. Allí quedará completamente oculto de la vista de la casa, y tampoco está muy lejos del laboratorio.
    —Lo celebro. Un barril de cerveza, como usted supondrá, tiene un peso bastante respetable. Y ahora, ¿queda algo más que discutir?

    Sidney se llevó la mano a la boca:

    —¡Oh! —exclamó—. Se me ocurre una cosa.
    —¿Cuál es?
    —¿Cómo penetraremos en el laboratorio? Siempre está cerrado, y Percy lleva la llave encima.
    —En este caso, sólo hay una solución.
    —¿Cuál es?
    —Se la quitaré del bolsillo.

    Sidney lo miró admirada.

    —¿Cree que podrá hacerlo?
    —Esto corre de mí cuenta —contestó Sam, con modestia.
    —¿Quiere que le diga una cosa, Sam? —notificó Sidney—. Empiezo a sentir cierta admiración por usted.
    —No lo he dudado un solo momento —respondió Sam—. Y ahora vayamos a ver como me las arreglo para llevarme el coche de Percy.


    CAPÍTULO VI


    La conversación durante la cena no fue muy animada. Sam, que parecía sentirse bastante elocuente, hizo cuanto pudo para excitar el interés de los demás comensales, pero sus esfuerzos no encontraron eco. De vez en cuando el joven Trotter le dirigía una mirada fulminante, o bien era el viejo Wigthorn que cesaba de masticar para mirarle a su vez con el ceño fruncido. Aparte de esto, su charla alegre parecía resbalar indiferente sobre oídos sordos.

    Esto, sin embargo, no hacía mella en el ánimo de Sam. Tenía una sonrisa en los ojos, y una canción en los labios. Sabía que el triunfo le aguardaba y estaba dispuesto a mirar frente a frente el futuro con una sincera carcajada que escapaba de su alma.

    Existía una razón para ello. Mientras el gongo anunciaba la cena, retumbando por toda la casa, bajo el golpe de una mano maestra, él había penetrado en el dormitorio de su anfitrión, lanzando una mirada inquisidora a su alrededor. Percy, como sabía muy bien, acababa de bajar hacia unos cinco minutos, y a juicio de Brewster, estaría en aquellos instantes cambiando unas miradas enternecedoras con Joyce Wigthorn. El horizonte, por lo tanto, se mostraba despejado para poder escudriñar unos momentos por la habitación. Brewster se consagró a ello con su habitual destreza.

    Unos segundos le fueron suficientes para dar con los pantalones de Trotter. Éste los había dejado tirados en el suelo, olvidándose de recogerlos. Sam hizo chascar su lengua de satisfacción ante aquel descuido de su amigo, y comenzó a hurgar en los bolsillos.

    En uno de ellos encontró una pipa, una petaca y unas cuantas semillas de hayuco. Como todo aquello no le era de ninguna utilidad, lo volvió a colocar en el bolsillo. En el otro tuvo más suerte, pues su mano tropezó con varios billetes de Banco, unas monedas de plata, y un manojo de llaves. No queriendo detenerse en arrancar del llavero la llave que necesitaba, se metió el manojo en su bolsillo y bajó al comedor.

    Le habían colocado en la mesa, al lado de Joyce Wigthorn. Ésta vestía para la ocasión un traje de gasa blanco que le permitía a Sam vislumbrar la mayor parte de su espalda. A pesar de la sincera convicción que tenía respecto a la muchacha de que era una pájara de cuidado, no pudo por menos de contemplarla con aprobación. Tenía unos hombros muy hermosos, y una piel blanca como la leche, que ofrecía un brillo satinado bajo el resplandor de los candelabros. Percy, sin duda alguna, estaría espiando todos sus movimientos.

    Ella era mas bien una compañera taciturna. Sam tuvo la impresión de que su conciencia la torturaba, o bien que no había comido desde hacía una semana. Tenía los ojos fijos en el plato y sólo contestaba con lacónicos monosílabos. Percy, que ocupaba la presidencia de la mesa, hizo cuanto estuvo a su alcance para atraer su atención, pero sin lograr un resultado visible, aunque Sam la sorprendió más de una vez mirándole por el rabillo del ojo, y creyó descubrir en su expresión una ligera, inquietud. «Algo debe ocultar en su mente», pensó Sam. En cuanto al viejo Wigthorn, no se mostró mucho más explícito. Sir Henry, observó Sam, parecía sentir gran afición por las papillas de harina de avena, y sin duda alguna tendría sus motivos para limitarse a ingerir únicamente esta clase de alimento. No tenía que hacer ningún esfuerzo para exteriorizar su parquedad, pues demostraba bastante claramente con su actitud que no se había sentado a la mesa para discutir de tal o cual cosa, y conseguía su propósito con una sencillez que despertaba la admiración y el respeto de Sam.

    Esta atmósfera de encogimiento desapareció, sin embargo, en cuanto las señoras se retiraron al salón.

    —Bien —comenzó Sir Henry, con tono amable—, ¿ha realizado ya usted las mejoras de las cuales me habló?

    Percy, apartando la vista de la puerta por la cual acababa de desaparecer Miss Wigthorn, contestó:

    — Estoy haciendo unos experimentos, y es posible que éstos me ocupen unos días.
    —¡Ah! ¿Se trata de algo equivocado en la fórmula, quizás?
    —No, no. Sólo he tratado de hacer unas ligeras modificaciones.
    —Tal vez pueda serle de alguna ayuda. La experiencia, joven, tiene un valor enorme, y yo la poseo. Sin duda entre los dos podríamos resolver este problema en menos tiempo.
    —Percy prefiere resolverlo solo, ¿verdad, Percy? —dijo Sam.
    —Sí.
    —Él tiene su sistema particular de hacer las cosas —prosiguió Sam, extendiendo la mano para alcanzar la botella de oporto.
    —No es el único en esto —declaró Sir Henry, con una sonrisa sarcástica.
    —¿Qué quiere decir?
    —Usted también parece tener un sistema peculiar de hacer las cosas.

    Sam se encogió de hombros con indiferencia:

    —Mis métodos son originales —declaró—, pero raras veces fracasan. —Miró a Sir Henry, y repitió con tono significativo—: Raras veces fracasan. Tome nota de ello y manténgalo siempre fresco en su memoria.

    Trotter, que se había entregado a la meditación mientras ellos discutían, tomó parte en aquel momento en la conversación:

    —Sir Henry, lamento decirle que esta mañana, poco después de su partida, recibí una noticia desagradable.
    —Mi querido amigo, lo siento de veras.
    —Lo sentirá usted cuando lo sepa —notificó Sam, alegremente—. Prepárese a recibir un golpe, amigo mío.
    —Mi tía —prosiguió Percy— llegará dentro de pocos días.
    —¿Su tía?
    —Sí, mi tía Cloe. Mrs. Charteris.
    —¿Mrs. Charteris? ¿La madre de esta encantadora muchacha, que he tenido el placer de conocer esta noche?
    —La misma. Y además, secretaria de la Liza Anticervecera.

    Sir Henry se sobresaltó, palideciendo hasta las orejas. Al parecer, esta noticia distó mucho de causarle una satisfacción. Respiró ruidosamente por la nariz, y sus labios se movieron mascullando algo en silencio, pero al cabo de un rato consiguió dominarse, ayudado en parte por la escandalosa carcajada de Brewster, y esbozó una pálida sonrisa.

    —No tenía la menor idea de que esta señora fuese su tía.
    —Todos los días aprendemos algo nuevo —hizo constar Sam.
    —¿La conoce usted? —preguntó Percy.

    Sir Henry asintió con la cabeza:

    —En un sentido la conozco muy bien —declaró—. Periódicamente me envía unas cartas llenas de insultos.
    —¡Ah! ¿Sí? —dijo Sam—. ¿Son emocionantes? Quiero decir si su lectura le pone lívido y un viento de locura se apodera de su cerebro.
    —Generalmente las tiro a la papelera sin leerlas.

    Sam movió la cabeza como en señal de reproche:

    —No debería obrar así, amigo. Quizá pierde usted algo; el bello giro de una frase, algún bosquejo de carácter, alguna intima verdad que le podría proporcionar una vida mejor. Si estuviese en su lugar, las haría encuadernar y las releería durante las largas veladas de invierno.
    —Lamento tener que confesar esto, Mr. Trotter —dijo Sir Henry con voz compungida.
    —No se preocupe —tranquilizóle Sam—. Él también le retorcería el pescuezo si pudiera —añadió, refiriéndose a Percy.
    —Pero, ¿por qué les contraría tanto su llegada?
    —Pues porque hará todo cuanto esté a su alcance para impedir que yo me asocie con usted, o con quien sea para explotar este negocio.
    —¿De veras?

    Percy asintió tristemente con la cabeza:

    —Me ha enviado un mensaje ordenándome que no haga nada hasta su llegada.
    —Legalmente no tiene ninguna autoridad sobre usted para privarle de hacer lo que se le antoje.
    —Desde luego, la ley no le concede esta facultad.
    —Entonces...
    —Pero ella se mete en todas mis cosas, y hará todo lo que pueda para impedir que ponga a la venta esta cerveza.
    —Y esto es suficiente —corroboró Sam.

    Lo único que podemos hacer —continuó Percy, mirando con acritud a su amigo—, es dejar las cosas arregladas antes de que ella llegue.

    —¡Ya! ¿Y cuándo cree usted que llegará?
    —Lo ignoro. De momento está en la cama con gripe, pero dudo que una enfermedad así la retenga mucho tiempo en el lecho. Es una mujer de una voluntad férrea.
    —No obstante, difícilmente podrá emprender el viaje antes de una semana.
    —Aquí está el asunto —dijo Trotter—. ¿No le sería posible tomar una decisión durante este lapso de tiempo? Quiero decir, ¿necesita usted todo este tiempo para tomar una determinación? ¿Por qué no se decide usted en cuanto haya terminado mis experimentos y pueda probar la cerveza.

    Sir Henry movió la cabeza, pesaroso:

    —Temo que esto sea imposible. La suma que usted pide es tan crecida que me veo obligado a pensarlo detenidamente.
    —Yo puedo tener la cerveza lista en pocos días —anunció Percy, con tono persuasivo.
    —A pesar de ello necesitaré una semana para decidir.
    —Usted no conoce a mi tía.

    Sir Henry se echó a reír de buena gana.

    —Su tía no me conoce a mí —declaró.
    —Entonces, ¿por qué —preguntó Sam, con agudeza— le envía cartas insultantes?

    Sir Henry se ruborizó, pero hizo un esfuerzo para dominarse.

    —Me figuro, Mr. Brewster, que es porque soy un cervecero —dijo.
    —¿Lo cree usted así? ¿No habrá nada de índole personal? Quiero decir, ¿no conocerá acaso algún secreto oscuro de su pasado, o algo por el estilo?
    —¡No! —exclamó Sir Henry, conciso.

    Trotter les interrumpió:

    —Perfectamente, Sir Henry, le concedo una semana de tiempo, pero no me haga ningún reproche si las cosas no salen a la medida de nuestros deseos. Tengo el presentimiento de que ella intenta entorpecer nuestros planes.
    —Querido amigo, le aseguro que está usted en un error —dijo Wigthorn, tranquilizador—. Pero sea cómo fuere, puede usted dejar el asunto en mis manos con toda tranquilidad.
    —Lo tendré en cuenta —afirmó Percy—. ¿Quiere que vayamos a reunirnos con las señoras?
    —¿Ya ha podido adquirir la cerveza? —preguntó Sidney.

    Sam asintió con la cabeza.

    —Sí, nunca fallo. Debería habérselo dicho antes.
    —Creo que ya lo dijo. ¿Y la llave del laboratorio?

    Sam palpó su bolsillo:

    —Aquí está. Lo tengo todo preparado.
    —¡Es usted maravilloso! —exclamó Sidney.

    Ambos se habían lanzado en la oscuridad de la noche, dejando a los otros en el salón. Su ausencia había pasado inadvertida. Al abandonar la mesa, Percy había saltado junto a la señorita Wigthorn, con la ligereza de un galgo que se ve libre de su dogal, clavando con éxtasis sus ojos en los de ella. Sir Henry, por su parte, se arrellanó en una butaca, lanzando un gruñido de satisfacción. Joyce se instaló convenientemente, para devolver a Trotter sus ardientes miradas. Todos se sentían dichosos.

    La noche, conforme comprobó Sam con satisfacción, era completamente oscura. Las nubes se habían ido agrupando hacia el poniente, apagando así los últimos reflejos del crepúsculo. El parque estaba silencioso, envuelto entre las sombras impenetrables.

    —Hace una noche magnífica para un asesinato —observó Sam, con fruición.

    Sidney se agarró al brazo de él:

    —No, Sam. Preste atención al rumor del viento entre los árboles.
    —Ya lo oigo. Precisamente resulta muy adecuado para ahogar el último gemido de la víctima. En tantos años de experiencia, jamás he vivido una noche tan propicia para introducir un puñal de acero en una garganta.
    —Por favor, Sam, no diga estas cosas.
    —¿Está usted nerviosa?
    —Sí, lo estoy.

    Sam hizo chascar su lengua:

    —¿Con un Brewster al lado?
    —Incluso con un Brewster. ¡Todo está tan oscuro!
    —Tanto mejor para nuestro trabajo.
    —Sí, desde luego. Soy una estúpida, ¿Dónde ha ocultado el barril?
    —Entre los rododendros. A menos, que algún cazador haya tropezado con él, lo encontraremos allí, esparciendo su aroma que las ramas dispersarán al aire. Créame, Sidney, pesaba como un diablo. Mis venas estuvieron a pique de reventar a causa del esfuerzo que hice para sacarlo del coche. El trasladarlo al laboratorio es un verdadero problema.
    —Ya se las compondrá usted —aseguró Sidney, con tono confidencial—. Una cosa de esta envergadura es pan comido para un Brewster.
    —Sin duda alguna, pero probablemente dejaré en esta hazaña diez años de vida.
    —Bien, ¿qué impresiones tiene usted? ¿Observó cómo aquella muchacha miraba a Percy?
    —Sí. Y usted, ¿observó cómo él la miraba a su vez?
    —Sí. Me recordó intensamente a un cordero degollado.
    —La descripción es magnífica —concedió Sam—. Sus ojos estaban inundados de ternura. Raras veces he asistido a un espectáculo tan original. Realmente Percy ha demostrado estar verdaderamente ávido de su amor.
    —Sí, temo que ella lo tenga cautivado.
    —Él no es más que un pelele en sus manos.
    —Desde luego, hay un atenuante para Percy. Hay que reconocer que ella es realmente hermosa, y lo más extraño es que parece muy decente. Resulta difícil creer que está representando un falso papel.
    —Sí, pero no hay ninguna duda acerca de ello, de lo contrario, ¿por qué insistió su padre en obtener una semana de tiempo antes de tomar una decisión?
    —¡Ah! ¿Sí?
    —Sí. Durante la sobremesa, Percy hizo lo imposible para persuadirle de que tomara una determinación en un plazo de tres o cuatro días, pero todo fue inútil: el viejo se mantuvo obstinado. No creo que necesite una semana para llegar a una decisión. Su plan es dar tiempo a la muchacha para enamorar a Percy, y por lo que he podido comprobar, creo que un par de días serán suficientes para que vea logrado su propósito.
    —No veo la manera de evitar que Percy se enamore de ella. A cualquier muchacho impresionable le ocurriría lo mismo.

    Sam lanzó una carcajada:

    —¡No vaya a perder el sueño por esto! Recuerde que hay un Brewster por medio. De paso, le diré que ya debemos estar cerca del barril. Estimule su olfato y abra bien los ojos.
    —¿Ha traído usted una pila eléctrica?
    —Sí, pero prefiero no hacer uso de ella. Aquel maldito perro podría estar merodeando por los alrededores; ya me ha destrozado unos pantalones, y no quiero que el hecho se repita. Créame, tiene unos dientes afilados como cuchillos.
    —Tiene razón. Acostumbran a dejarlo suelto durante la noche.
    —Sí, ¿verdad? De haberlo sabido me habría provisto de una armadura. ¿Qué es esto?
    —El barril —dijo Sidney. He tropezado con él.
    —Confío que no se habrá lastimado. Mejor será que encienda la pila; le hará falta un poco de luz. ¿Está usted bien orientada?
    —Creo que sí —contestó Sidney; sin mucha convicción.

    Será mejor que obremos sin pérdida de tiempo. Con frecuencia he leído de hombres que han estado dando vueltas por el desierto sin avanzar un solo paso, y yo no tengo el menor deseo de pasar la noche rondando por el parque con el barril sobre los hombros. A menos que sufra un error, la carretera se encuentra a nuestra izquierda y la casa está detrás de nosotros. ¿Tengo razón?

    —Sí. Veo, las ventanas del salón.
    —En este caso estamos bien situados para llegar a buen puerto. El laboratorio se encuentra al noroeste, a menos que lo hayan trasladado de sitio.
    —No. Ha de estar allí.
    —Confío en su palabra. —Sam cogió el barril—. Abra usted la marcha, y le ruego que trate de evitar las zanjas, los árboles caídos y los hoyos. Si el barril cae sobre mí, quedaré aplastado como un escarabajo, y entonces habrá un segundo fantasma rondando por el parque.
    —¡Oh, Sam!
    —¿Qué le ocurre?
    —Desearía que no me hubiera recordado esto.
    —¿El fantasma? —Sam rió con una voz cavernosa que estuvo a pique de hacer resbalar el barril—. Oiga, no se ponga tan cerca.
    —¡Es que está tan oscuro!
    —Ya me hago cargo, pero este barril es muy pesado y me disgustaría que le cayera a los pies.
    —¡Por Dios, vaya con cuidado!
    —Haré todo lo posible para evitarlo. ¿Que tal estamos orientados?
    —Creo que vamos bien.
    —¿Está usted segura de que no estamos dando vueltas alrededor de un círculo vicioso?
    —Me parece que no. Pronto nos encontraremos en un claro. Cada vez la espesura, se hace menos opresiva.
    —En cambio, ocurre todo lo contrario con el barril. ¿Le importa que descanse un momento?
    —¿Lo necesita usted mucho? Quiero decir que no podemos estar demasiado tiempo ausentes.
    —¿Por qué no?
    —Se preguntarán qué es lo que estamos haciendo.
    —Déjelos que piensen lo que quieran. Nunca lo adivinarán. Créame, sí no apoyo un momento este barril en el suelo, voy a reventar.
    —En este caso, descanse, pues si revienta, todos nuestros planes se irán al diablo.

    Sam dejó caer pesadamente el barril en el suelo, y enjugó el sudor de su frente:

    —¿Dónde nos encontramos? —preguntó.
    —En el parque —contestó Sidney.
    —¿No nos habremos extraviado?
    —De momento, no.
    —No veo la casa.
    —La hemos perdido de vista hace un momento, pero vamos bien.
    —¿Está usted segura?
    —Creo que sí —dijo Sidney, con tono de duda. El laboratorio debe encontrarse en esta dirección.
    —¡Oh! —exclamó Sam—. Yo creo que deberíamos ir un poco más hacia la izquierda.
    —Quizá tenga usted razón. ¿Qué será mejor?
    —Como le parezca. Siempre podemos esperar a que amanezca. Esto es lo que me sentiría inclinado a hacer si no temiera que Percy enviara alguna patrulla en nuestra búsqueda. Pero usted conoce a Percy. Es muy nervioso, y creería que algo malo nos había ocurrido. Proseguiremos nuestra marcha y nos arriesgaremos, ¿no le parece?
    —Sí, quizá tal vez sea mejor. Después de todo, no es fácil que nos extraviemos demasiado.

    A lo sumo podemos cometer un error de medio kilómetro —opinó Sam, fríamente. Siento no poder ayudarle a llevar este peso, Sam.

    —Yo también lo siento. La culpa es mía. Hubiese tenido que comprar dos barriles pequeños en lugar de uno grande. Fui un estúpido, ¿no le parece?
    —Desde luego.
    —Entonces sigamos adelante, y terminaremos de recorrer el trecho que nos queda.
    —El valor y la perseverancia se vieron coronados por el éxito. Una línea oscura de árboles aparecí o ante ellos, y Sidney lanzó un grito de júbilo.
    —Tierra, ¿verdad? —suspiró Sam, jadeante,
    —Sí, ya llegamos. Sólo nos quedan unos cincuenta metros. ¿Se ve con ánimos de recorrerlos, Sam?
    —Mientras no me caiga en ningún barranco.
    —No hay ninguno por aquí.
    —¿No hay tampoco ningún hoyo?
    —No, no hay ninguno.
    —Lo celebro. ¿De dónde proviene este olor; del laboratorio o de alguna vaca muerta que yace por los alrededores?
    —Creo que del laboratorio. Sí, ahí está. ¿Quieres que encienda la lámpara eléctrica?
    —No, gracias. No hay necesidad. El olor me guiará. Avíseme cuando tengamos que detenernos.
    —Ya puede hacerlo ahora mismo, hemos llegado. ¿Cree necesario que entre con usted?
    —Será mejor que vaya usted delante —confesó Sam.
    —No sé si podré. Este olor me marea.
    —No piense en él. Átese un pañuelo alrededor de la cara. Tome, aquí tiene el mío.

    Sam se lo anudó. Mientras se entregaba a aquella labor, notó un perfume tenue que emanaba de los cabellos de la muchacha. En otra ocasión se habría detenido para aspirarlo, y se habría dispuesto a decir algo sobre el particular, pero en aquellos momentos tenía la mente ocupada en asuntos de más envergadura y se contentó con retenerlo en su memoria para una ocasión mas propicia.

    —¿Se encuentra mejor así?
    —Sí, muchísimo mejor, gracias. Es conveniente que nos demos prisa.
    —Tiene razón, no perdamos tiempo. —Sam dio vuelta con la llave a la cerradura—. Entre —dijo.
    —¿Quiere que encienda la luz?
    —Será preferible que no lo haga, sería demasiado peligroso.
    —Todas las ventanas están cerradas —observó Sidney.
    —Ya lo sé, pero podría haber alguna rendija que dejara pasar la luz. —Sam entró el barril haciéndolo rodar, y cerró la puerta—. Encenderemos la lámpara —indicó a continuación—. En primer lugar, nos harían falta un par de cubas.
    —¿Cubas?
    —Sí, cualquier cosa para vaciar esta cerveza.
    —Pero, ¿no piensa meterla en los barriles de Percy?
    —Será preciso que los vacíe antes.
    —Desde luego. No había pensado en ello.

    Un Brewster —hizo constar Sam— se acuerda de todo. Déjeme la lámpara, y yo buscaré lo necesario. Nos hacen falta una barrica y un cubo.

    —Creo que encontrará cuanto nos haga falta —contestó Sidney— . Percy tiene algo de los Brewster. Está siempre en todo y al igual que usted no descuida un solo detalle.

    Sobre este particular, según pudo comprobar Sam casi inmediatamente, ella tenía razón. Todo lo que podía hacer falta para transvasar la cerveza de un barril a otro, estaba allí. Con una rapidez y desenvoltura, dignas de despertar la admiración del espectador, Sam puso manos a la obra. Sidney sostenía la pila mientras él trabajaba. El gorgoteo uniforme de la cerveza que pasaba de un barril a otro se dejaba sentir sin interrupción.

    Salvo alguna que otra blasfemia que escapaba de los labios de Sam cuando el vaho de la cerveza producía cierto vértigo en su cerebro, éste trabajaba en el más profundo de los silencios. El viento había cesado, y ningún ruido del exterior llegaba hasta sus aguzados oídos. La escena resultaba tétrica, repugnante y fantasmal, bajo la luz de la lamparilla. La mano de Sidney tembló levemente bajo los efectos de la excitación nerviosa que la poseía, haciendo danzar la luz entre los barriles de todos tamaños, amontonados unos junto a otros, dando así la, sensación de fieras en acecho dispuestas a lanzarse sobre su presa. Sam, ocupado en su tarea, no se daba cuenta de nada. Sidney hubiese deseado que hablase, ansiaba oír el alegre sonido de su voz, pues aquel silencio la ponía nerviosa.

    De repente la luz de la pila se apagó.

    —¿Qué diablos ocurre? —preguntó Sam.
    —Chissst... Chissst...
    —¿Qué?
    —¡Oh, Sam, estése quieto! —musitó Sidney. Su mano se apoyó sobre el cuello de Sam, que sintió su corazón desfallecer bajo aquel contacto. Sidney se agachó junto a él, y acercó sus labios a su oído. El roce de su cabellera produjo un agradable cosquilleo en el rostro de Sam.
    —Me ha parecido oír algo —murmuró Sidney, jadeante.
    —¿Qué demonios puede ser?
    —No sé.
    —¿Qué ha sido lo que ha oído?
    —Creo que hay alguien en la puerta.

    Sam, sobresaltado, lanzó un gruñido. Ella le apretó el brazo para imponerle silencio.

    —Escuche.

    Se quedaron atentos, prestando oído en medio del silencio. Luego se oyó un resoplido y el contacto de un cuerpo que se apretaba contra la puerta. Sam, bañado en un ligero sudor, bendijo su ocurrencia de haber echado los cerrojos. Aquel resoplido le resultó desagradable en exceso, pues no había en él nada de humano.

    Al parecer, tampoco le había hecho ninguna gracia a Sidney. Ésta se apretó más junto a él, y él pudo sentir el temblor que sacudía todo su cuerpo.

    —¡Oh, Sam! —suspiró Sidney.
    —Calma, calma —murmuró Sam, con dulzura. Encontró su mano y la acarició suavemente. Aquellas caricias fueron seguidas de otro resoplido procedente de la puerta.
    —¡Oh! ¿qué es esto?
    —Parece alguien que sufre de amigdalitis. Présteme la lámpara.
    —No, no. No salga.
    —¿No correrá ningún peligro?
    —Confío que no.
    —Prométame que no saldrá.
    —Se lo prometo —aseguró Sam.

    Un tercer resoplido más fuerte que los anteriores les hizo —ponerse de pie. Sam, seguido inmediatamente por Sidney, se acercó a una ventana, levantando en silencio el pestillo. Este movimiento fue saludado por un gruñido del exterior. El gruñido era realmente amenazador, pero Sam, enjugando el sudor que bañaba su frente lo recibió con una carcajada exenta de miedo.

    —Aquí lo tenemos. Es el perro.
    —¿Qué perro?
    —El de Percy. El que conserva para morder a los reporteros.
    —¡Oh! ¿Está usted seguro?
    —Segurísimo. Ya me lo figuraba.

    Sidney lanzó un largo y tembloroso suspiro.

    —Desearía que ya estuviésemos listos, Sam.
    —No tardaremos mucho ahora. Sólo dan un par de cubos y habremos terminado.
    —Por suerte. Dése usted prisa, se lo ruego.

    Dos minutos más tarde Sam. se enderezó lanzando un gruñido de satisfacción.

    —Ya está, pero nos sobran algunos litros, ¿qUé hacemos con ellos?
    —Échelos en el desagüe.
    —¿Cómo?
    —Que los eche en el desagüe.
    —¿Toda esta cantidad?
    —¿No quiere tirarla?
    —Podría encontrar algún sitio para verterla, pues me disgusta tirarla como usted dice, pero así lo haré para complacerla. —Después de tirar unos cuantos litros, titubeó un poco y dijo—: No le parece que podríamos dejarla aquí y volver más tarde a buscarla? Es una cerveza excelente, muy superior a la que Wigthorn fabrica.
    —Haga lo que le parezca —contestó Sidney, con frialdad—. Después de todo, es suya.

    Sam suspiró, y la derramó toda.

    —Esto será causa de que tenga pesadillas por la noche —observó con tono de reproche—. Ahora ya está todo listo. Bueno, ¿y qué hacemos con el perro?.
    —Me parece que se ha ido; hace un rato que no le oigo.
    —Estupendo. Entonces nos marcharemos, pero antes eche un vistazo general y mire si hemos dejado alguna huella.

    La luz de la lamparilla recorrió toda la pieza, iluminando el desagüe y las hileras de barriles.

    —Todo parece estar conforme —dijo Sidney.
    —No se olvide de la ventana.
    —Sidney dirigió la luz hacia la ventana, y exhaló un débil gemido. Sam, que estaba sopesando el barril, lo dejó caer con suavidad.
    —¿Qué diablos pasa?
    —¡Oh, Sam!
    —¿Qué ha sido?
    —He visto un rostro.

    ¿Un rostro? ¿Dónde?

    —En la ventana. Tenía un tono lívido. Miraba hacia dentro e inmediatamente desapareció.
    —¿Está usted segura? Quiero decir, ¿no sería acaso el perro?

    ¿Cómo podía ser el perro?

    —Pues el perro es completamente blanco, salvo una mancha negra sobre el lomo.
    —No era el perro, era un hombre.
    —¿No sería Percy? —preguntó Sam, con ansiedad.
    —No, era el mayordomo.
    —¿El mayordomo? Estaría curioseando, ¿verdad?
    —Supongo que sí. ¿Qué vamos a hacer ahora?
    —Vamos a aclarar esto inmediatamente. Apuesto cinco libras a que él se figura que somos unos ladrones, y ha huido directamente hacia la casa, en busca de ayuda. —Sam cerró de golpe la ventana, y corrió los pestillos—: Abra inmediatamente la puerta. No hay tiempo que perder. Si nos viesen con los barriles a cuestas causaríamos mala impresión y estas cosas suelen ocasionar disgustos. Tenemos que evitarlo.
    —Es preciso que no fracasemos ahora.
    —Habla usted como un Brewster —aprobó Sam—. Se hace acreedora de todas mis simpatías. He trabajado demasiado esta noche para fracasar por causa de un vulgar mayordomo. —Sam cerró la puerta, guardó la llave en su bolsillo y levantó el barril—. Camine usted delante.

    Sidney abrió la marcha con paso firme. Sam la siguió, vacilando bajo el peso del barril. Evitando cuidadosamente el jardín que rodeaba la casa, se dirigieron hacia el lago. Aquí el terreno era más despejado y esto desesperaba a Sam, pues sabía que si llegaban a descubrirlos, esto los conduciría a un verdadero escándalo. Percy consideraría aquel acto —que sólo una verdadera y desinteresada, amistad había impulsado a Sam a llevar a cabo—, como un intento de robo, y un Trotter en defensa de su cerveza sería capaz de hacer correr la sangre.

    —Ya estamos —jadeó Sidney.
    —¿Dónde?
    —A la entrada del bosque.
    —¡Oh!
    —Sam dejó con sumo cuidado el barril en el suelo y dirigió la vista hacia la casa:
    —No nos persiguen, ¿verdad?
    —Me parece que no.
    —¿No ha oído ningún ruido sospechoso?
    —No.
    —Yo tampoco; por lo tanto, podemos seguir andando.
    —Sí, creo que sí, pero...
    —Pero, ¿qué?

    Sidney apoyó una mano sobre el brazo de Sam:

    —¿Ha olvidado usted el fantasma, Sam?
    —Entre el perro, el mayordomo, etcétera, no me ha quedado tiempo para pensar en él, y no me importa confesar que prefiero tropezar con el fantasma en plena noche que con el perro de su primo. Jamás he visto una bestia tan feroz, me refiero a que nunca en la vida he oído hablar de ningún fantasma que hubiese desgarrado el pantalón de un hombre y huyera con un trozo de ellos entre sus dientes.
    —Claro, pero...
    —Apostaría a que ningún fantasma que se aprecie un poco rondaría por los alrededores de una casa donde este perro tiene esta libertad de movimientos durante todas las horas del día y de la noche. Este bicho le arrancaría el sudario antes de que el fantasma se diera cuenta. Prosigamos la marcha y así nos desprenderemos de este barril, pues si Percy nos encontrase, no cabe duda de que sospecharía algo.
    —Sí —asintió Sidney, débilmente.
    —Quédese usted aquí —sugirió Sam—, mientras yo voy a esconder el barril.

    Sidney sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo:

    —No, no, me sería imposible aguardar aquí sola.
    —Entonces márchese a casa.
    —No, prefiero acompañarle.
    —Por mi parte, encantado.
    —Además, si usted fuera solo, podría caerse en el lago.
    —No me extrañaría.
    —Le acompañaré a condición de no ir delante.
    —No podría consentirlo —manifestó Sam, cortésmente.
    —Caminare a su lado, cogida de su mano.
    —Magnífico. Pero tenga presente que yo no puedo ver por dónde ando.
    —No se preocupe, lo tendré en cuenta. Iremos por el sendero. No encontraremos a nadie ahora. ¿Está usted preparado?

    Sam le dijo que sí, y ambos se internaron en el bosque. En el bosque reinaba una profunda oscuridad y un silencio sepulcral. El suelo estaba cubierto de musgo, lo cual amortiguaba el rumor de las pisadas. Sidney no iba cogida de la mano de Sam, pues éste la necesitaba para sostener el barril, pero apoyó sus dedos sobre el codo de él, sintiéndose así tranquilizada, y de vez en cuando lo oprimía ligeramente para adquirir más valor, pero cuando desembocaron a orillas del lago le dio un apretón tal que hizo vacilar el barril sobre los hombros de Sam. Sidney se detuvo en seco y oprimió su cuerpo contra el de él.

    —Sam, Sam.

    Éste, sin pérdida de tiempo, dejó caer el barril en el suelo. Si se trataba de un fantasma, como parecía seguro, era preferible que sus movimientos no se vieran obstaculizados por el barril.

    —¿Qué ocurre? —preguntó con tono conciso.
    —He visto algo —articuló Sidney, temblorosa—, algo blanco.
    —¿El mayordomo, quizá? —preguntó Sam.,
    —No, no. Algo blanco y escuálido. Se deslizaba por...
    —¿Por dónde?
    —Por la orilla del lago.
    —¿Hacia dónde se dirigía?
    —Se esfumó.

    El cabello de Sam se enderezó. Él estaba preparado para entablar una lucha con perros o mayordomos, pero no con sombras blancas y escuálidas que se esfumaban en el espacio. Empezó a lamentar su asentimiento a la sugestión de Sidney de que la glorieta junto al lago era un lugar ideal para ocultar la cerveza. Le parecía ahora que Sidney había hablado a la ligera. No había estudiado el asunto desde todos los puntos de vista. Estaba equivocada.

    Esta convicción se hizo más firme después de haber dirigido una mirada por los alrededores. El lago tenía un brillo tenebroso bajo el cielo sin estrellas. Los árboles, erguidos durante el día, estaban, ahora caídos y parecían querer abrazarles con sus ramas semejantes a brazos hambrientos. Sólo faltaba, para completar la escena, que surgieran sombras blancas y escuálidas que danzaran entre el follaje, desvaneciéndose misteriosamente, y una de estas sombras, sí había que dar crédito a Sidney, estaba ya, efectuando su danza macabra. Sam decidió asegurarse primero de la veracidad del hecho.

    —¿Por qué parte lo ha visto?
    —Cerca de la glorieta.
    —¿Está usted segura de que no se trata del mayordomo?
    —Completamente. Tampoco era el perro, era el fantasma.
    —¡Oh! ¿El fantasma?
    —Sí.
    —Bien, pero ya ha desaparecido.
    —Probablemente volverá a aparecer.

    Sam meneó la cabeza:

    Lo dudo. Si hay algo de verdad en lo que usted me ha explicado esta tarde, estará vagando entre la maleza en busca de la mujer amada. De seguro que no estará en la glorieta. Ésta no existía en aquellos tiempos, y ésta es nuestra suerte. Sigamos adelante.

    —¿Cree usted realmente que estaremos seguros, Sam?
    —Desde luego —confirmó éste, con indiferencia.
    —Andando, pues…

    Caminaron unos cuantos pasos, cuando por segunda vez aquella noche, Sidney clavó sus uñas en el brazo de su acompañante.

    —Sam, oigo voces —murmuró.
    —¡Diablos, quizá la haya encontrado por fin!
    —Preste atención.

    Sam aguzó el oído, y un sudor frío empapó todo su cuerpo. Hasta sus oídos llegó el rumor de un cuchicheo casi imperceptible, junto a ellos. Luego se oyó la voz de Percy Trotter:

    —Reaparecerá de un momento a otro.
    —¡Dios mío! —exclamó Sam, y con un hábil movimiento dejo caer el barril entre los arbustos. En aquel mismo momento, Trotter, con Joyce Wigthorn cogida de su brazo, salieron de la glorieta.


    CAPÍTULO VII


    La vista de su amigo Brewster pareció producir un choque desagradable en el ánimo de Percy. Dio un respingo, lanzando un grito sofocado, y en la penumbra, de la noche su rostro adquirió un tono verdoso. Aquella escena tranquilizó a Sam. Si Percy tenía la intención de aniquilar a alguien, el último de los Brewster no encabezaría, desde luego, la lista.

    —¿Qué diablos estás haciendo por aquí? —preguntó Trotter, reponiéndose.
    —Si no fuera en menoscabo de mi habitual cortesía, podría hacerte la misma pregunta a ti.
    —Traje a Miss Wigthorn a este lugar para que viera el fantasma.
    —Pues nosotros paseábamos por aquí con la misma intención, pero no parece estar dispuesto a exhibirse esta noche.
    —¿Tenías interés en verle?
    —Naturalmente, ¿por qué no?
    —Tenía entendido —señaló Trotter— que a Sidney le daban miedo los fantasmas.
    —Desde luego, pero no cuando está conmigo. Sabe que está segura con un Brewster a su lado.
    —¿Habéis visto algo?
    —Vimos a Miss Wigthorn, y creímos dar con el fantasma. Sin duda, nuestra confusión ha sido debida a su vestido blanco.
    —Seguramente, pero el fantasma de nuestra familia está pasado de moda; viste de negro.
    —Tomaré nota de ello, y de paso te haré observar que deberías estar avergonzado de traer a Miss Wigthorn a dar un paseo, sin un abrigo que la preserve de la humedad de la noche. Podría coger un resfriado, o una pulmonía o algo parecido. Es una imprudencia por tu parte, Percy.

    Éste sintió que la indignación le ahogaba. Tuvo deseos de coger a su amigo por la garganta, y arrojarlo al lago, pero se contuvo por respeto a las señoras.

    —Sidney se encuentra en el mismo caso observó con tono comedido.
    —En efecto —admitió Sam—. No me había dado cuenta. Opino que sería conveniente que regresásemos todos a casa, y tomásemos una copa de coñac para quitarnos el frío de los huesos.
    —Mis huesos no están en absoluto ateridos por el frío —comentó Trotter—. En cuanto a ti, desde luego, puedes hacer lo que te dé la gana...
    —¿Alguien más siente frío? ¿No? ¿Nadie? En este caso podemos permanecer aquí todos juntos hasta que el fantasma haga su aparición. Cuantos más seamos, más seguros estaremos.

    La única réplica a esta sugestión, fue una imprecación lanzada por Trotter. Sam la oyó, pero se rió de ella. Supuso que Percy distaba mucho de sentirse satisfecho por la inesperada compañía de su prima y de Brewster. Percy deseaba estar solo con Miss Wigthorn. Sin duda, tenía la intención de rodear el talle esbelto de la muchacha, oprimiéndole apasionadamente contra su pecho, mientras le susurraba al oído palabras de eterno amor. Había, desde luego, se apresuró a admitir Sam, maneras mucho mas triviales de pasar una hora de ocio.

    Pero no tendría más remedio que esperar. De momento Percy tendría que tragarse todo su vocabulario amoroso aunque se ahogase. La proximidad de un barril de cerveza robado, no era, a juicio de Sam, el lugar más adecuado para hacer una declaración de amor. La mirada tímida de la muchacha podría tropezar con el barril y el discurso de Trotter, pleno de esperanzas para el futuro, quedaría cortado de una forma intempestiva. Resultaría harto difícil en aquel caso reanudar el hilo de la conversación.

    Sidney parecía ser de la misma opinión. Desde la aparición de su primo y Joyce, había mostrado una marcada inquietud, y un deseo cada vez más creciente de terminar de una vez con la aventura en que ella y Sam se habían lanzado. Por su parte, carecía de la habilidad de su compañero para reírse en las mismas narices del peligro. Desde donde ella estaba, el barril era visible como un punto negro entre la maleza, y le parecía imposible que Percy pudiera permanecer mucho más tiempo sin darse cuenta de su presencia.

    —Será mejor que entremos —observó—. Este aire húmedo de la noche no es muy saludable.
    —¿Por qué? —preguntó Percy.
    —Porque es húmedo.
    —Y frío, además —añadió Sam—. Sin contar que del lago emanan unos vapores malsanos, llenos de microbios, muy nocivos por cierto para los pulmones.
    —Estoy segura de que usted comparte nuestra opinión —dijo Sidney, dirigiéndose a Joyce.

    Ésta hizo un signo afirmativo con la cabeza.

    —En efecto, me siento algo resfriada —confesó.
    —En este caso —murmuro Trotter a regañadientes, será mejor que volvamos a casa.

    Encontraron a Sir Henry dormido en una butaca, con las manos cruzadas sobre su chaleco, y una sonrisa de beatitud iluminando su rostro. Para el ojo crítico de Brewster, distaba mucho de estar en uno de sus mejores aspectos. Su boca había quedado abierta ostentando un surtido variado de di—entes de oro, mientras escapaban de aquella cavidad unos gruñidos verdaderamente desagradables para un oído sensible. Su rostro había adquirido un tono purpúreo y de vez en cuando sufría unas contracciones, como si alguien se divirtiese —en traspasar su abdomen con un alfiler de sombrero.

    Este cuadro sorprendió a Sam, que esperaba encontrar a Sir Henry paseando a grandes zancadas de un lado a otro de la estancia, aguardando a su anfitrión con impaciencia, ávido de saber las noticias relativas a los ladrones, ocupados en saquear el laboratorio. Sam, que había estado meditando detenidamente sobre aquel asunto, creía que el mayordomo, al regresar a casa y encontrar a su amo ausente, se habría apresurado a dar la noticia a Sir Henry, instándole a dar la alarma.

    Sin embargo, aquella creencia parecía carecer de fundamento. Sir Henry, advertido de la presencia que unos ladrones en el laboratorio, no era hombre para quedarse dormido en una butaca con la boca abierta y las manos cruzadas sobre el pecho. Era evidente que el mayordomo no le había hecho partícipe de sus temores.

    Aquella reserva por parte de Bates, dio que pensar a Sam. Dando vueltas al asunto le pareció que Bates no había cumplido con su obligación. Los mayordomos, según él, una vez habían descubierto a un ladrón en la casa, no debían retirarse a la despensa, encerrándose en ella, sin dar el parte a los interesados. Este comportamiento, aunque recomendable en muchos aspectos, parecía indicar una falta, absoluta de interés por el bienestar de su amo.

    Algo por el estilo le había ocurrido a Sidney. Mientras Joyce despertaba a su padre tirándole de la oreja, y sacudiéndole la cabeza, bajo la mirada encandilada de Percy, Sidney se apoyó en el brazo de Brewster.

    —Sam —murmuró.
    —¿Qué hay?
    —¿Dónde se habrá metido Bates?
    —Me figuro que estará en la despensa vaciando alguna botella de oporto.
    —¿Por qué no habrá divulgado la noticia de habernos sorprendido en el laboratorio?

    Sam se encogió de hombros con indiferencia.

    —Yo también me he hecho la misma pregunta. Quizás acaricie la idea de hacer algún chantaje.
    —¡Oh! Pero él no puede habernos reconocido.
    —Él no puede haberla reconocido a usted. Usted sostenía la pila y tenía un pañuelo anudado alrededor de su rostro; en cambio, no había nada que le impidiera distinguir las facciones del aristócrata Brewster. «Verlas una vez, es no olvidarlas jamás». Ya llegaremos a saberlo. Tal vez abriga la esperanza de aumentar con ello sus ingresos. Posiblemente habrá leído los anuncios que apoyan la teoría de que hay que aprovechar los ratos perdidos para hacer dinero, y él está dispuesto a llevarla a la práctica.
    —Pero si él le acusa, ¿qué puede usted hacer en su defensa?
    —Negarlo rotundamente —contestó Sam.
    —¡Oh! ¿Seria capaz?
    —Naturalmente. Además, no tiene ninguna prueba. Es su palabra contra la mía y la de usted.
    —¿La mía?
    —Desde luego, usted puede jurar que en toda la noche no hemos estado a un kilómetro a la redonda del laboratorio.,
    —Claro que podría hacerlo, pero ésta no es la cuestión. Me siento inquieta por todo; quisiera saber lo que está tramando, algo me hace sospechar que sus intenciones no son muy buenas.
    —Pronto lo sabremos —pronosticó Sam—. Lo que me molesta es tener que volver al lago para esconder el barril. He quedado harto del lago para el resto de mi vida.
    —No es preciso que vuelva esta noche —dijo Sidney—. Aguarde hasta mañana. El barril está seguro allí durante la noche.

    ¿Lo cree usted?

    —Desde luego. Le sobrará tiempo antes del desayuno.
    —¿Antes del desayuno?
    —Sí. ¿Por qué no? ¿Qué acostumbra a hacer antes de desayunar?

    Me visto. Algunas veces ni siquiera me molesto en hacerlo. Pero dejemos esto, ya me las arreglaré; hay algo más urgente que llevar a cabo.

    —¿De qué se trata?

    He de guardar nuevamente las llaves en el bolsillo de Percy.

    —Sí. Será mejor que lo haga en seguida.
    —Creo que tiene razón.
    —Yo aprovecharé para ir a acostarme.

    Sam aprobó con la cabeza:

    —Es lo mejor que puede hacer. Esta carrera a través del parque me ha extenuado por completo. Aún me duelen las rodillas y me figuro que a usted le debe ocurrir lo mismo. Sólo le ruego que aguarde unos minutos más y vigile a Percy, pues no quisiera que él entrase en su habitación y me encontrase registrando sus bolsillos. Cinco minutos serán más que suficientes.

    Sidney consultó su reloj.

    —Esperaré cinco minutos entonces. Buenas noches.
    —Bien, ¿no siente usted deseos de decirme cuándo nos volveremos a ver a solas?
    —No. ¿Por que me recuerda usted esto ahora que empezaba a sentir cierta simpatía por usted? Buenas noches.
    —¿Nos volveremos a ver?
    —Quizá. Depende. Y ahora dése prisa, Sir Henry ya se está desperezando.
    —No malogrará nuestro trabajo. Está entregado a un dulce sueño.

    Sam había dejado colocadas felizmente las llaves en el bolsillo de Percy, y se encontraba en su habitación, quitándose pensativamente el cuello, cuando llamaron a la puerta. Tras conceder el permiso para que entrasen, fue recompensado, con la aparición de un majestuoso personaje: Bates, el mayordomo.

    —¡Vaya! —exclamó, circunspecto.

    El mayordomo hizo una reverencia, y preguntó:

    —¿Puedo pedirle permiso para hablar un rato a solas con usted?
    —Hágalo —repuso Sam, conciso.

    Bates cerró la puerta con cuidado. Después se originó un cambio brusco en sus modales. Se precipitó hacia la cama, tomando asiento en ella. Extrajo un paquete de cigarrillos de su bolsillo y se puso a fumar alegremente. Mientras tanto, sus facciones perdieron su contorno suave y redondo. Su mandíbula se volvió dura, cuadrada y agresiva, y sus ojos herían como cuchillos. Sam comprendió que Bates había nacido para jefe.

    —Oiga —dijo Bates, bruscamente.
    —Diga —contestó Sam, quitándose el chaleco.
    —¿Cuál es su plan?
    —¿Cómo? —preguntó Sam.
    —Ya me, ha oído. ¿Cuál es su plan?
    —Me parece que sufre usted un error —contestó Sam, con tono cortés—. No creo que hayamos comido nunca en el mismo plato, y no estoy acostumbrado a ser interpelado de esta forma por un mayordomo; por lo tanto, le aconsejo que me diga usted lo que tiene que decirme sin perdida de tiempo, y sin todos estos preámbulos que usted parece considerar esenciales.
    —¿Está usted seguro?
    —Sí. De lo contrario, Bates, siento decirle que me veré obligado a expulsarle de mi habitación.

    Bates lanzó una carcajada que hizo temblar toda la cama.

    Apenas pudo dominar su risa, inició de nuevo la acometida. Parecía ser de la opinión que ya se había perdido demasiado tiempo. Los preliminares que un mínimo de cortesía requieren, habían terminado, y la hora de exponer su opinión, clara y abiertamente, había sonado ya.

    —Dejemos las risas —dijo con tono amenazador—. No tengo tiempo para reírme. ¿Qué estaba usted haciendo en el laboratorio esta noche?
    —¿En el laboratorio? —exclamó Sam.
    —Puede usted enorgullecerse de su buena vista.

    Bates hizo un gesto de fastidio:

    —Déjese de bromas. Cuando quiero reírme, voy al cine, y no acostumbro a hacerlo con frecuencia. Ahora lo único que deseo es decirle que abandone usted sus proyectos.
    —¿Qué insinúa usted con esto?
    —Quiero decir que si no lo hace le habrá de pesar.
    —Quizá me equivoque, pero esto parece una amenaza.
    —En efecto. Téngalo en cuenta y obre en consecuencia.
    —¿A que proyectos se refiere usted?
    —Los que tiene respecto a la cerveza.
    —Tiene usted acaso algunos intereses en ella?
    —Sí.
    —¿Y usted cree —contestó con agudeza— que yo trato de robar el secreto?
    —Usted y cierta señora.
    —No sirve de nada tratar de convencerle a usted de que sufre de alucinaciones.
    —Es inútil, yo les vi.
    —Está bien. Suponga que admito que a los dos nos interese lo mismo.
    ——De acuerdo.
    —Usted, ha venido a prestar sus servicios aquí para robar la fórmula.
    —Sí, lo mismo que usted.
    —¿Qué es lo que me impide —preguntó Sam, ir al señor Trotter y contárselo todo?
    —No, usted no lo hará.
    —¿Por qué no?
    —Porque si lo hace, yo también podré referirle lo que vi.

    Sam examinó el asunto. Había algo de verdad en lo que decía el mayordomo. Las relaciones estaban tirantes entre Sam y su anfitrión. Percy, en el momento de la realidad, estaría sólo inclinado a creer cualquier cosa que pudiera perjudicar a un Brewster; y, además, estaba Sidney por medio. Trotter, tras unos momentos de reflexión, llega ría sin duda a la conclusión de que ésta había sido la compañera de Sam en su excursión nocturna al laboratorio. En tales circunstancias sólo le quedarían dos caminos: o bien llegar a las manos, o verse obligado a tener que abandonar la casa.

    Bates cortó el hilo de sus pensamientos.

    —Lo que usted debe hacer, amigo mío —díjole con tono meloso— es abandonar este asunto. No perdería nada con ello.
    —Y, así dejarle el campo libre a usted, ¿verdad?
    —Sí, Esto es— exactamente lo que deseo.
    —¿Y qué ocurriría si no me diera la gana de hacerlo?
    —Ya le dará —afirmó Bates, con tono sombrío.
    —¿De veras?
    —Sí. —Bates le lanzó una mirada amenazadora—: Nunca acostumbro a hacer dos veces la misma advertencia.

    Sam se rascó la cabeza:

    —¿Podría decirme quién es usted? —preguntó.
    —Mi nombre es Bates, querido amigo.
    —Desmiéntalo si me equivoco, pero por su acento aseguraría que es usted americano.
    —Es cierto. Vine por asuntos de negocio, y leí en los periódicos algo referente a esta cerveza de hayuco, lo cual me impulsó a venir hasta aquí para echar un vistazo. En nuestro país abunda esta semilla, crece por todas partes. Confío que podrían llegarse a elaborar anualmente cuatro millones de litros de esta cerveza. Haría una verdadera fortuna.
    —¿Acaso se dedica usted al contrabando de bebidas alcohólicas?
    —En absoluto. —Bates escupió con desdén en la chimenea—. Yo no me dedico al contrabando, sino a la elaboración.

    Ya comprendo. Usted posee grandes fábricas.

    En efecto. Elaboro toda la cerveza que se consume en Nueva York y Nueva Jersey.

    Pues bien, usted no podrá fabricar la misma cerveza que Trotter.

    —¿Quién dice que no?
    —Yo lo digo, si es que puedo evitarlo, desde luego.

    Bates se levantó pesadamente de la cama y se desperezó.

    —Lamentaré verme obligado a ponerle fuera de combate —declaró Bates en tono compungido, dirigiéndose hacia la puerta—. Es una lástima, es usted un chico listo.
    —No le aconsejo que lo haga. Se necesita ser un coloso para enfrentarse con un Brewster, no lo olvide.
    —A sus órdenes, señor. ¿Manda usted, algo más?
    —Nada más por esta noche —contestó Sam.
    —Gracias, señor. Buenas noches.

    La puerta se cerró suavemente. Sam quedó solo.

    Sam se levantó a las ocho, después de una noche de insomnio. Su charla en «téte—á—tete» con Bates, le había turbado, profundamente hasta el punto que después de acostarse, rendido de fatiga, tardó un par de horas en adormilarse.

    Nadie se había levantado todavía. Percy, que con frecuencia trabajaba hasta muy tarde, no era ningún madrugador. Sir Henry consideraba sin duda su estancia en la casa como unas vacaciones, y debía estar retardándose entre las sábanas más tiempo que de costumbre. Tampoco las señoras daban ninguna señal de estar levantadas. Unos cuantos criados se dedicaban a la limpieza de la casa, pero el piso de abajo estaba completamente desierto.

    Sam no perdió tiempo. Supuso que Bates estaría ocupado en la cocina haciendo los preparativos para el desayuno y no tenía ningún deseo de ser visto por él. Éste, viéndole levantado tan temprano, podría sospechar algo y seguirle la pista. Con este pensamiento en la cabeza, Sam se lanzó fuera, dirigiéndose precipitadamente hacia el lago. Aprovechó todos los árboles que se presentaban a su paso, para ir ocultándose tras ellos como un experto cazador. Se detuvo en el linde del bosque, echando una ojeada rápida por los alrededores. Los pájaros cantaban en los árboles, y los, conejos correteaban entre la maleza. Por ningún lado se veía la menor señal de Bates. Un ligero rubor de orgullo encendió sus mejillas al comprobar que había sido más listo que su adversario. Este Bates, se dijo Sam, podía ser un verdadero lince en su país, pero al lado de un Brewster, toda su agudeza quedaba reducida a la nada. Como cervecero podía ocupar tal vez el primer puesto, pero carecía de la fineza esencial para un juego de esta clase.

    Sam se volvió alegremente y se encaminó silbando hacia el sendero que conducía al lago. Bates no estaba a la vista, y todo marchaba como una seda. No podía comprender ahora su nerviosismo de la noche anterior. Bajo los rayos dorados de aquella hermosa mañana, el lago le parecía un lugar realmente acogedor. Se rió de buena gana ante la fantasía de que el lago albergase a un fantasma. Los fantasmas, se dijo, rehuyen los rincones risueños y luminosos como aquél. Prefieren las casas deshabitadas y los cementerios. El lago de Deepdene Towers no era lugar adecuado para un fantasma.

    Se detuvo un momento a la orilla, haciendo chascar amistosamente su lengua, saludando a Herbert y Phyllis, los dos cisnes. Ambos le miraron impasibles y no mostraron la menor intención de aproximarse. Phyllis, después de una mirada glacial, de corta duración, ocultó su cabeza bajo el ala y pareció sumergirse en un profundo sueño.

    Herbert, por su parte, se deslizaba entre los lirios con la idea clara de buscar algo, con que alimentarse. Sam, recordando la extraña costumbre de este animal, de morder a los desconocidos en el tobillo, decidió no perder más tiempo haciéndoles señales amistosas. Los favoritos de Percy eran en verdad bastante insociables.

    Localizó sin dificultad el lugar donde había dejado el barril. Según recordaba, era junto a la glorieta, y sólo a unos pocos metros del sendero. Se felicitó por su rápida decisión de dejarlo caer fuera del alcance de la vista. Cualquiera, sin duda, salvo un Brewster, lo habría dejado caer en el lago. De ahora en adelante Percy tendría mucho que agradecerle.

    —Con estos gratos pensamientos en la imaginación, Sam se internó entre los arbustos. Se detuvo unos instantes para aspirar la fragancia de las flores silvestres que crecían a su alrededor. Este lago, se dijo, era un verdadero paraíso. Percy tenía razón en estar orgulloso de él.

    Cinco segundos más tarde, un sonido ronco brotó de sus labios.

    Allí, sobre el blando césped, junto a sus pies, se veía la huella del barril; pero éste había desaparecido.

    Sam, al regresar a la casa, tropezó con Percy. Su amigo tenía un aspecto triste y lleno de preocupación. Mordisqueaba nerviosamente su labio inferior y dirigió un saludo glacial a Sam.

    —¿Dónde diablos has estado? —preguntó a continuación.
    —Pues paseando por estos alrededores —contestó Sam, alegremente—; aspirando el aire puro y pisando el fresco rocío de la mañana. Un paseo de tres o cuatro kilómetros tiene la virtud de abrirme el apetito para el desayuno.
    —¿Te propones dar un paseo de tres o cuatro kilómetros?
    —No, hoy no será tan largo; ya tengo apetito.
    —Lo supongo —convino Percy, con tono amargo—. Jamás te he conocido sin apetito. Oye, Brewster, ha ocurrido algo extraño.

    ¿De veras? —preguntó Sam, receloso.

    —Sí, acabo de recibir la visita del mayordomo, que ya no pertenece a la casa.
    —¿Qué quieres decir? ¿Ha muerto?
    —Claro que no.
    —Entonces, ¿por qué dices que ya no pertenece a la casa? Te aconsejo que tengas un poco más de miramientos con tus semejantes. Te aseguro que me has dado un verdadero susto.
    —Me refiero a Higgs.
    —¡Oh! ¿Higgs?
    —Sí, Higgs.
    —¡Ah, esto ya es otra cosa! ¿Qué le ocurre? ¿No es aquel cuya tía murió, legándole una gran fortuna?
    —Sí, pero ahora parece ser que esto no era verdad.
    —¿Qué es lo que no era verdad?
    —Que su tía hubiese fallecido.
    —Pues no encuentro nada serio —opinó Sam, con tono crítico — en el hecho de hacer nacer falsas esperanzas en el corazón de un hombre y luego defraudarlo. Debía haber esperado algo más para darle la noticia, y sobre todo, asegurarse de no volver atrás en el camino hacia el Más Allá.
    —Al parecer, está gozando de una salud envidiable.
    —He observado que con las tías ricas ocurre siempre lo mismo: no mueren nunca. En cambio, las tías pobres mueren como moscas. Por lo menos en lo que a mí respecta, he perdido como mínimo una docena de tías, que no sólo no me han dejado un céntimo, sino que aun me han ocasionado gastos; en cuanto a las ricas que tengo, no tienen otro deseo que verme en la tumba.
    —¿Quieres callarte un momento? Higgs recibió una carta de una agencia de Londres, comunicándole que fuera a hacer una visita a una dirección que le señalaban. Yo, aquellos días, estaba ausente, y él me dejó una nota, marchándose en seguida. Después de una semana de ausencia, creí que ya no volvería y, aprovechando que Bates se presentó para ofrecerme sus servicios, lo tomé con carácter provisional.
    —Ya entiendo. Pero, ¿qué es lo que querías, contarme sobre algo extraño que había sucedido?
    —Precisamente iba a decírtelo ahora. Higgs acaba de reaparecer pidiéndome una entrevista. Tiene un aspecto desconocido. Sus ojos despiden un fulgor extraño y no cesa de murmurar algo ininteligible. Además, he observado que le faltan dos brillantes que siempre llevaba. Inmediatamente me di cuenta de, que estaba grillado, pero, no obstante, opté por escuchar lo que tenía que decirme. Después de todo, ha estado en esta casa desde que era un niño.
    —En este caso, no es de extrañar que este grillado, pero prosigue.
    —Fue a la dirección que le dio la agencia y le recibió un señor con barbas. La casa, según Higgs, parecía estar vacía, pues no se veía ningún mueble. Aquel señor, antes de iniciar la conversación, le ofreció una bebida y ya no recuerda nada más.
    —¿Nada más? —preguntó Sam, con gran curiosidad.
    —Nada más. Volvió en sí diez días después, encontrándose tendido en una carretera en los alrededores de Londres. Esto ocurrió de madrugada, y un coche que pasaba por allí se detuvo y creyendo que había sido víctima de alguna paliza, le llevó directamente al hospital. Los médicos no le encontraron nada anormal, pero dijeron que mostraba señales de haber sido narcotizado.
    —¿Narcotizado? —repitió Sam.
    —Sí. Le hicieron guardar cama durante veinticuatro horas y luego lo dejaron marchar. Se apresuró a dirigirse a casa de su tía que creía muerta y la encontró estupendamente bien. Le contó lo que le había ocurrido, pero ella no pareció darle crédito. Le aconsejó que no bebiera y le señaló la puerta, diciéndole, además, que cuando ella muriese en realidad no le dejaría siquiera por valor de seis peniques.
    —Debió pasar un mal rato. ¿Por qué no le enseñó la carta?
    —Se la robaron mientras estuvo inconsciente, junto con el dinero y todo lo que llevaba encima. Luego se encaminó hacia la casa donde le dieron el narcótico y encontró las paredes llenas de anuncios: la casa estaba en venta. Salvo ir a la Policía, cosa que jamás había hecho, ya no le quedaba nada más que hacer allí; por lo tanto, emprendió el camino de regreso hacia aquí. ¿Qué deduces de toda esta historia, Sam?

    Éste quedóse pensativo, acariciándose la barbilla. Por lo que podía entrever, Higgs había sido victima de un engaño para alejarlo de la casa y dejar el sitio a Bates. Sí, Bates era el alma de todo aquel enredo, pero Sam se reservó esta opinión y se limitó a preguntar:

    —¿Qué hiciste tú?
    —Le di el sueldo de un mes y le dije que se fuera. ¿Qué otra cosa podía hacer? Está más loco que una cabra. Si lo tomara de nuevo a mi servicio, cualquier noche, durante la cena, seria capaz de rajarme el cuello con el trinchante, y verdaderamente no quiero correr este riesgo.
    —¿Y se marchó sin armar ningún escándalo?
    —Sí, pero no me gustó la mirada que me lanzó cuando se fue.
    —¡Ah! Una mirada de reproche, ¿verdad?
    —¿De reproche? ¡Asesina! Por lo menos ésta es la impresión que me dio.
    —Probablemente tengas razón. Si está, en efecto, loco, sin duda rondará por los alrededores aguardando la ocasión propicia para matarte.
    —¿Tú lo crees? —preguntó Percy inquieto.
    —No me cabe la menor duda. Estará sediento de tu sangre. Si yo estuviese en tu lugar, no saldría jamás de noche. Estos maniáticos son muy hábiles, tienen una paciencia admirable. A menudo se regodean incluso semanas, y hasta meses, esperando que se presente una oportunidad para segar de cuajo una garganta, y finalmente siempre consiguen su deseo.
    —Quizá sería preferible que avisara a la Policía —sugirió Percy, nervioso.

    Sam observó que su amigo se había puesto lívido y respiraba con cierta dificultad.

    —No, yo no haría esto.
    —¿Por qué no?
    —Sería perder el tiempo. Empezarían por encerrarlo para tenerlo en observación, pero, por lo que me has explicado, no podrían realmente certificar que es peligroso. Para ello sería preciso que te hubiese estropeado antes el físico, y francamente, no creo que después de esto te proporcionara ningún consuelo saber que pasaría el resto de sus días entre rejas. Mi consejo, Percy, es que te apartes de su camino. Si puedes hacerlo durante un par de meses, es posible que llegue a olvidar.
    —Me parece que tratas de animarme —dijo Percy.
    —Claro —admitió Sam con franqueza—. Además, te diré sin rodeos que ni por un millón quisiera estar dentro de tu piel.
    —Tal vez somos demasiado severos juzgándole —sugirió Percy, con cierta esperanza—. Es posible que haya algo de verdad en su relato. Parece extraña la forma en que se presentó Bates solicitando el empleo, casi inmediatamente después de haberse marchado Higgs.
    —¿Sospechas de Bates? —inquirió Sam, con agudeza.
    —No es que sospeche precisamente de él, pero, bien mirado, parece que hay en todo ello algo raro.
    —Rechaza esta idea de tu imaginación —aconsejóle Sam con gravedad—. Bates está por encima de toda sospecha y es tan inocente como la mujer de César; y si el destino fuera justo con los hombres, merecería ser arzobispo. Créeme, Percy, puedo asegurarte sin exageración, que debo mis últimos pantalones a Bates, por no decir mi vida.

    Trotter asintió tristemente con un movimiento de cabeza.

    —Está bien, esperemos a ver.
    —Mientras tanto —indicó Sam—, ¿qué te parece si nos fuéramos a desayunar? Desde anoche que no he probado bocado.

    Trotter hizo de nuevo un signo afirmativo con la cabeza, sin poder ocultar cierta preocupación, y ambos se dirigieron hacia la casa.


    CAPITULO VIII


    Sidney tardó en bajar a desayunar. Los Wigthorn ya habían almorzado y retirado del comedor y Percy estaba ocupado en su laboratorio, cuando finalmente ella hizo su aparición. Sin embargo, encontró a Sam que la estaba aguardando, entretenido en clavar su tenedor en un embutido que los demás habían rechazado con repulsión, mientras él se dedicaba a desmenuzarlo, con aire de triunfo, llevando a cabo un post—mortem cuando Miss Charteris penetró en la estancia.

    —Buenos días, Sam.

    Está usted encantadora —exclamó Sam, sin levantar la cabeza del plato—. Acérquese, quiero enseñarle algo que he encontrado en este embutido. Me parece que se trata de la concha de un caracol, pero puedo estar equivocado. Tal vez sea la concha de algún marisco. Me gustaría saber qué opina usted.

    Prefiero no verlo. ¿Ha desayunado ya todo el mundo?

    —Sí. Puede usted comer todo lo que queda. Percy está en el laboratorio, y los Wigthorn han salido a dar un paseo por los alrededores. Confío en que el perro los muerda.
    —Es tardísimo. No he descansado muy bien, Estuve pensando en el barril y preguntándome sí realmente estaría en sitio seguro. Cuando logré conciliar el sueño, tuve unas pesadillas acerca de él.
    —No se habrá levantado durmiendo, por casualidad, ¿verdad?
    —No, no lo creo. ¿Por qué?
    —Es una idea que acaba de cruzar por mi pensamiento, porque, verá, el barril ha desaparecido.

    Sidney casi se atragantó con el pedazo de tostada que se había llevado a la boca, pero Sam le dio unos golpecitos en la espalda e inmediatamente se repuso.

    —¿Desaparecido? Sam, usted me está tomando el pelo.

    Sam meneó la cabeza.

    —Sea valiente y afronte la realidad —dijo, tratando de darle ánimos—. Piense que el barril ha desaparecido, pero no eche a perder su desayuno. Un detalle de esta índole no es nada para un Brewster.
    —¡Cielos, Sam, esto es terrible! ¿Está usted seguro de que lo ha buscado en el lugar donde lo dejamos?
    —Completamente seguro —declaró Sam, imperturbable—. En realidad, encontré su huella, y en el aire se percibía aún cierto vaho que envenenaba la fresca atmósfera matinal, pero el barril ya no estaba allí.
    —Quizás haya caído en el lago.
    —No, no lo creo probable; además, me habría dado cuenta.
    —¿Miró usted por todas partes?
    —Lancé una mirada penetrante por los alrededores —indicó Sam—. Pero por ninguna parte se veía la traza de un barril de cerveza ni de nada por el estilo. Después de meditar unos momentos sobre el asunto, llegué a la conclusión, acertada o no, de que el barril había sido robado durante la noche por algún desconocido.

    Sidney se lamentó débilmente:

    —¿Qué diablos podemos hacer ahora?
    —Aguardar los acontecimientos —repuso Sam—, y, si no me equivoco, serán pródigos. De paso, he descubierto que Bates es un bandido.
    —¿Bates?
    —Sí, Bates; el mayordomo. Se dedica al contrabando de bebidas alcohólicas en gran escala en Nueva York y todo su Estado. Vino aquí para robarle a Percy la fórmula de su cerveza.
    —¿Cómo ha descubierto usted esto?

    No me mire con esta sonrisa burlona. La verdad es que se presentó él mismo anoche en mí dormitorio y me expuso todo lo que acabo de contarle. Me aconsejó con tono paternal que me desentendiese de este asunto. Según parece, me reconoció en el laboratorio y vino a decir que suponía que nos había traído aquí el mismo asunto. También me dio a entender que no toleraría que nadie estorbara sus planes, y que si yo me metía en su camino corría un verdadero riesgo. Dijo todas estas cosas con una plácida sonrisa en los labios, pero la amenaza se leía en sus ojos.

    Sidney lanzó un profundo suspiro y se sirvió otra tostada.

    —¿Qué hizo usted?
    —¿Qué podía hacer un Brewster?
    —Esto es. ¿Qué podía hacer un Brewster?
    —Naturalmente, pues me reí en sus propias narices.
    —¿Se mostró ofendido?
    —En absoluto. Me envió otra de sus plácidas sonrisas y se fue.
    —¡Qué canalla! —exclamó Sidney.
    —Un verdadero pájaro.
    —¿Se lo ha contado usted a Percy?
    —No.
    —¿Por qué no se lo ha explicado todavía?
    —Pues por una razón muy sencilla. Si yo le explico lo de Bates, éste le dirá lo del laboratorio, y ojo por ojo y diente por diente.
    —¡Oh!
    —¿Comprende? Además, Bates sabe que había una señorita conmigo. Él no la reconoció a usted, pero sabía que yo estaba acompañado. ¿Qué pensaría Percy de esto? Sospecharía inmediatamente de usted, pues no podría sospechar en concreto de nadie más.
    —Pero, ¿no podríamos decirle lo que estábamos haciendo? Después de todo, Sam, estábamos velando por sus intereses.
    —Desde luego —asintió Sam—, pero sería difícil convencerle de esto, ahora que la cerveza ha sido robada. Claro que esto de momento, puede retrasar un poco la venta.
    —Él debe tener mucha más, ¿no cree usted?
    —Sin duda alguna, pero está todavía en embrión, por así decirlo. Percy me dijo que no quedaría lista para su embotellamiento hasta dentro de unas semanas, lo cual quiere decir que el viejo Wigthorn no podrá probar la cerveza de Percy antes de la llegada de su madre.
    —Pero, ¿no podrá probar acaso la que usted vertió en los dos barrilitos?
    —Desde luego, pero si lo hace, cabe la posibilidad de que reconozca que ésta es la de su propia fabricación y entonces podría presentar una denuncia contra Percy por estafador. No me extrañaría nada de este viejo.

    Sidney lanzó otro suspiro:

    —Creo que impulsados por las mejores intenciones del mundo, nos hemos metido en un buen lío.
    —No, no —protestó Sam—, todo se solucionará. Lo que interesa ahora es descubrir quién robó la cerveza.
    —Esto no parece tampoco demasiado fácil.
    —Es sólo un pequeño problema —admitió Sam—. Mi única esperanza estriba en la sabiduría de Percy de no haber anotado en ningún sitio la fórmula de la cerveza, en cuyo caso no veo cómo Bates o el viejo Wigthorn puedan aprovecharse de algo realmente provechoso.
    —Quizá no, pero hay otra cuestión que parece usted olvidar. Si ni Sir Henry, ni Bates, son los autores del robo, ¿quién lo cometió? Parece como si en este asunto alguien más que desconocemos, una tercera persona que se mantiene oculta, siguiera todos nuestros pasos.
    —¿Lo cree usted así?
    —¡Oh, es una cosa bastante evidente! ¿No le parece?
    —¿No se referirá quizás, a algún cazador? Alguien que anda a la captura de algún faisán y tropieza de pronto con el barril. ¿Qué hacer en tal circunstancia? Echar un trago, luego, otro, hasta acabar medio beodo.
    —Le advierto, Sam, que los cazadores no se acercan al bosque. Tienen miedo del fantasma y, además, éste es terreno vedado; por lo tanto, ¿qué estaría haciendo tan cerca de la casa?
    —Pues cazando, —contestó Sam—. Bueno, dejemos esto, pues tan sólo es una fantasía, pero en cuanto a la tercera persona a quien se refiere usted, ¿quién podría ser?
    —¿Cómo diantre puedo yo saberlo?
    —¿No sospecha usted de nadie en particular?
    —Como no sea de usted mismo, de nadie contestó Sidney. No veo cómo vamos a volver a encontrar este barril. Si Percy descubre que fuimos nosotros quienes lo robamos, lo menos que hará será estrangularnos con sus propias manos. Pese a nuestras buenas intenciones, no podrá usted negar que hemos hecho lo que puede llamarse una cochinada.
    —¿Acaso es mía toda la culpa? —preguntó Sam, con viveza.

    Sidney se ruborizó.

    —Yo no he dicho esto. La culpa es tanto mía como suya, Más mía que de usted, ya que fui yo quien propuso ocultar el barril en la glorieta.
    —¿Quiere usted decir que no me va a hacer objeto de sus reproches?
    —Ciertamente que no. Usted está en falta, pero yo también. Ambos merecemos ser censurados, y sería muy poco ecuánime si no lo reconociese así.
    —Es usted maravillosa —exclamó Sam.
    —Hubiésemos tenido que dejar que Percy se las compusiera cómo le diera la gana.
    —Voy a decirle lo que vamos a hacer.
    —¿Si?
    —Iremos a hacer un pequeño reconocimiento alrededor del lago, buscando algún rastro, ya que esta mañana no tuve tiempo de hacerlo.

    Sidney asintió con la cabeza:

    —Esto no puede causarnos ningún perjuicio.
    —Quizás encontremos ceniza de algún cigarrillo.
    —¿Y de qué nos va a servir esto?
    —No lo sé a punto fijo, pero todos los buenos detectives parecen tomar en gran consideración este detalle, o bien, si la suerte nos acompaña, tal vez encontremos alguna mancha de sangre.
    —No veo por qué tiene que haber manchas de sangre aquí.
    —Usted no sabe nunca nada. No me extrañaría en absoluto que hubiese algún derramamiento de sangre antes de que este asunto quedase terminado.
    —¿Quién va a ser el criminal? —preguntó Sidney con curiosidad.
    —No he examinado todavía la cuestión bajo este aspecto; me he limitado a pensar en quién iba a ser la víctima. Lo que puedo adelantarle, desde luego, es que no voy a ser yo, si es que Samuel F. Brewster es el hombre que él cree ser, y el que todos sus amigos creen que es.
    —Usted no es muy modesto, ¿verdad?

    Procuro serlo —contestó Sam, con humildad— pero esto es algo que salta a la vista. Pero bien, no vamos a profundizar ahora esta, cuestión; en cuanto haya terminado de desayunar iremos al lago.

    Sidney empujó su silla hacia atrás.

    —Ya estoy lista —dijo.
    —¿De veras? —preguntó Sam, ansioso—. Todavía quedan unos riñones y un par de huevos.
    —Nos llevaremos un poco de pan para los cisnes. Vámonos.
    —De paso le diré —continuó hablando Sam, que se ha desarrollado algún acontecimiento nuevo que ha trastornado la casa: Higgs ha vuelto, completamente desconocido, al decir de Percy.
    —¡Dios mío! ¡Pobrecillo! ¿Dónde se había metido?
    —Percy opina que ha debido estar en algún círculo de cocainómanos. Dice que sus ojos estaban vidriosos, y que no cesaba de murmurar algo ininteligible.
    —¡Pobre!

    Sam la miró con cierta sorpresa:

    —Usted parece sentir mucho cariño por este mayordomo.
    —Es cierto. Higgs me ha mecido más de una vez en su regazo cuando yo era una niña.
    —¿De veras?
    —Sí, y un día me llevó a la despensa con él y me dio tanto pastel que tuve un empacho que me duró varios días.
    —Este hombre parece poseer unos sentimientos nada comunes. He pasado la mayor parte de mi vida buscando un mayordomo como este, pero jamás lo encontré. Es una lástima que haya perdido lo mejor de sí mismo para entregarse a la bebida.
    —¡Pero si él era abstemio! —exclamó Sidney, con indignación—. Acostumbraba a tomar un vaso de ponche al acostarse, para su lumbago, o para su reuma, no estoy muy segura.
    —Quizá tomaba un vaso para cada cosa.
    —No, le repito que es un verdadero abstemio. ¿Y qué ha ocurrido con una tía suya que iba a legarle, al parecer, una fortuna?
    —Hubo un error en ello. Esta señora sigue gozando de una salud envidiable, y la última entrevista que tuvo con ella sirvió para que ésta le señalara la puerta de una forma terminante.
    —¡Pobre! ¿Qué es lo que hizo?
    —Según me han dicho, salió de la casa muy incomodado.
    —Tenía motivos para ello. Y luego vino hacia aquí, ¿verdad?
    —Como una paloma que regresa al nido, pero no tan aprisa.
    —Estoy segura de que él se siente muy satisfecho de estar de vuelta.
    —Lo estaría —señaló Sam— si Percy no lo hubiese puesto de patitas a la calle.

    Sidney exhaló un gemido.

    —Sam, usted bromea, ¿no?
    —¿Que yo bromeo?
    —Sí, usted no querrá decir que Percy ha echado a Higgs.

    Sam meneó la cabeza.

    —No creo que haya habido ninguna riña; Percy es un perfecto caballero, pero tiene la impresión de que Higgs, durante los días pasados en Londres, se ha trastocado un poco y, naturalmente, no se ha sentido dispuesto a tener un mayordomo loco en su casa. Teme que le raje el cuello alguna noche con el trinchante; claro está que esto es sólo una manía suya, ¿me comprende? Higgs no ha dicho una sola palabra de esto, pero Percy lo aceptó como un hecho y se lo quitó de encima.
    —¡Oh! ¿Cómo pudo tener el corazón tan duro para cometer una acción semejante?
    —Es difícil de comprender —admitió Sam.

    Cualquier hombre que la haya tenido a usted en su regazo, aun durante su más tierna infancia, tiene el derecho de esperar cosas mejores de la vida. Pero hemos de ser indulgentes con Percy; el chico se encuentra en un estado de sobreexcitación. Observó un extraño fulgor en las pupilas de Higgs y saltó a las conclusiones.

    —Es preciso que lo encontremos.
    —¿A quién?
    —A Higgs, por supuesto. Debe de estar transido de dolor.
    —No me entretendría en esto; tengo el presentimiento de que tendremos más noticias de él.
    —¿Qué quiere usted decir?
    —No lo sé a punto fijo, pero si Percy tiene ciertos recelos, yo, también puedo tenerlos. Algo parece decirme que Higgs no se ha ido para siempre. Tarde o temprano, Percy está destinado a descubrir que Bates es un bandido, y entonces Higgs volverá a ocupar su puesto.
    —¿Siente usted realmente todas las cosas que dice, Sam?
    —Sin duda alguna. Higgs tiene ante sí un futuro risueño, y puede contemplar el horizonte con la perspectiva de llegar a mecer en su regazo a una serie de pequeños Trotter. Yo no tengo esta aspiración, pero cada cual en este mundo tiene sus gustos. Higgs parece sentir cierta debilidad por esto; no hay duda de que para él es un hábito, como lo son para otros el tabaco, el rapé o las drogas. Es ya demasiado viejo para cambiar, así es que nada se puede hacer.
    —¿No cree usted, pues, aconsejable que lo busquemos?
    —En esta circunstancia, no. Además, nada podría hacer usted para favorecerle. Percy piensa demasiado en su garganta, para volver a tomarlo a su servicio. De momento tiene esta idea fija en su mente, pero con el tiempo ya se le pasará y recibirá a Higgs con los brazos abiertos. Aguarde y verá. Confíe en Sam.
    —Perfectamente —asintió Sidney—. Ya sé que soy una —tonta, pero deposito mi confianza en usted. Ahora será mejor que prosigamos, tenemos que ver de encontrar algún rastro.

    El lago, como Sam ya había observado, era un lugar tranquilo. Su corazón latía de una forma extraña, dando unos saltos como una trucha recién pescada, ante la perspectiva de pasar una o dos horas junto a Sidney. No podía imaginar una manera más deliciosa de pasar el tiempo, y ni siquiera se detuvo en analizar sus emociones. Se sentía como un chiquillo. No observó que la sangre corría por sus venas, aceleradamente, pensando tan sólo que la vida era hermosa y valía la pena de ser vivida.

    Mientras se aproximaban al bosque, se oyó de pronto el gemido feroz y lastimero de un animal. Sam, levantando ligeramente las cejas, miró a Sidney. Observó que la joven había perdido un poco el color mientras sus ojos miraban fijamente hacia delante.

    —Sir Henry, ¿verdad?

    Sidney asintió con la cabeza:

    —Creo que sí.
    —Parece haber tropezado con algo, ¿no cree?
    —Sí. Este grito horrible...
    —Me dio la impresión de que lo habían estrangulado, pero esto sería demasiada suerte.

    Sidney le agarró del brazo.

    —Escuche.

    Sam prestó atención, y después de un intervalo de silencio, oyó un chapoteo. Hizo un movimiento de alegría.

    —Quizá me equivoque —admitió divertido—, pero creo que han echado a alguien en el agua.

    Sidney le tiró del brazo:

    —Vamos —dijo.

    Echaron a correr entre los árboles, y al llegar al linde del bosque se detuvieron de repente:

    —¡Vaya! murmuró Sam, apoyándose contra un árbol para mejor gozar del espectáculo.

    Sir Henry, preocupado con sus cosas, no había advertido su llegada. Andaba a gatas entre los arbustos, semejante a un mono entretenido en recoger cacahuetes del suelo, saltando de un lado a otro mientras sus labios murmuraban algo ininteligible. Parecía enojado por algo. Su silencioso auditorio observó su rostro, notando que éste estaba más congestionado que de costumbre. Este pormenor causó gracia a Sam. Sidney no se mostraba tan divertida, y declaró que jamás había visto una cosa tan repulsiva.

    De repente, Sir Henry, lanzando un grito salvaje, se enderezó y se dirigió a la orilla del lago. En cada mano sostenía una piedra casi tan grande como su cabeza. Levantando su vigoroso brazo derecho, lanzó la primera piedra al agua. Para un hombre de su edad era un acto digno de admiración, pero se encontraba frente a un adversario cuya habilidad competía con la suya. Con un ligero deslizamiento, Herbert avanzó con elegancia y la piedra fue a parar a dos palmos de distancia detrás de él.

    El fin de este episodio pareció satisfacer a Herbert, e irguiendo su graciosa cabeza en el aire, emitió un ronco grito de triunfo. Éste fue contestado desde la orilla por un bufido de rabia. Sir Henry pasó la segunda piedra a su mano derecha, cuidadosamente, tomó puntería. Se disponía a lanzarla cuando Sidney gritó:

    —¡Sir Henry!

    Éste tuvo un violento sobresalto y dejó caer la piedra sobre su pie. Un agudo gemido escapó de sus labios, mientras una mueca espantosa se dibujaba en su rostro, denotando su enojo. Con un débil ademán de su mano admitió la derrota. Cojeando avanzó hacia ellos.

    —Miss Charteris, he de darle una explicación.
    —No se moleste en darme ninguna explicación; lo hemos presenciado todo.
    —El bicho este me atacó.
    —Debería usted darse vergüenza —profirió Sam—. Un hombre de su edad.
    —Le repito a usted que el animal me atacó. Vino nadando hacia mí, y me dio un violento picotazo en el pie, con el agravante de que fue a dar precisamente en un callo que tengo, desde hace años. El dolor fue tan agudo que casi me desmayé.
    —Bueno —dijo Sam—, lo siento.
    —Puede usted censurarme por mi reacción violenta, pero por un momento perdí el dominio de mí mismo.
    —Ésta no es razón suficiente para que usted tratase de acabar con la vida de este pobre cisne —dijo Sam con severidad—. Debería haber tenido más dominio. El animal sólo quería jugar; es más juguetón que un gatito, y sólo porque le da un picotazo en el pie, usted le lanza una piedra capaz de hundir a un destructor. Le aseguro, amigo mío, que los bárbaros no habrían hecho una cosa semejante.
    —¿Quiere usted calmarse, señor Brewster? —jadeó Sir Henry.
    —No —repuso Sam—. Considero que mí deber es hablar claro. Percy quiere al cisne como a un hermano. De pequeño siempre jugaba con él, y le he visto más de una vez corretear por aquí con Herbert sobre su hombro. ¿Que pensaría si viniera aquí y lo encontrara flotando sobre el agua panza arriba, con el cuerpo destrozado? Dígame, ¿cuál sería su reacción ante este horripilante espectáculo?
    —¡Bah! —rugió Sir Henry—. Esto no es una casa de campo, es un asilo de locos. Hizo un ademán amenazador con el dedo, y añadió—: Se mete usted demasiado en mi camino, señor Brewster.
    —Y quizá va a tirarme piedras por ello, ¿verdad? No se lo aconsejo, amigo; podría usted perjudicarse. Le aseguro que sufre de artritismo, y si no anda con cuidado, tendrá un ataque de apoplejía en medio de la calle. Mi única— esperanza es la de poder estar presente en este momento; no se me brindan muchas oportunidades para reírme a gusto.

    Sir Henry se alejó lanzando una palabrota. Sidney lo observó hasta perderlo de vista, y luego, exclamó dirigiéndose a Sam:

    —¡Oh, Sam!
    —¿Qué pasa?
    —¿Qué ha hecho usted?
    —¿Que qué he hecho?
    —Ha provocado la enemistad de Sir Henry. —Sam rió de buena gana—. Es un hombre peligroso —subrayó Sidney—. Su mirada era asesina, y le aseguro que si hubiese tenido una escopeta en sus manos en aquellos momentos, habría disparado a gusto contra usted sin titubear.
    —Estaba un poco excitado —admitió Sam, alegremente—. Está bien. Tendré en cuenta su consejo; siempre que le vea con una escopeta procurare evitarle.
    —Hablo en serio, Sam. Debería tener usted más cuidado. He oído decir con frecuencia a mi madre que Sir Henry no se detendría ante nada para conseguir mis deseos.

    Sam acarició la mano de Sidney:

    —¡Pequeña mía! —murmuro con dulzura—, tiene usted un corazón de oro.
    —Le repito, Sam, que es peligroso.
    —Nosotros, los Brewster —declaró— Sam—, amamos el peligro, y si un rey de la cerveza trata de perjudicarnos, le aseguro que su hora ha sonado. No piense en él, y volvamos al bosque a ver si encontramos algún rastro.
    —De acuerdo, Sam.
    —Y si descubre usted el barril, no pase de largo.

    Percy estaba plenamente entregado a su trabajo en el laboratorio, cuando oyó unos golpes suaves en la puerta. Un gruñido inarticulado escapó de su boca, y sus mejillas enrojecieron de enojo. Si había algo que sacaba a Trotter de quicio, era ser molestado cuando estaba trabajando. Lanzando una blasfemia se dirigió a la puerta y la abrió.

    A la vista de su visitante, los sentimientos que lo habían embargado, desaparecieron como por encanto. Joyce Wigthorn, apareció ante él con un vaporoso vestido de verano, cortado al bies, y la cabeza desnuda. Los rayos del sol jugaban con sus cabellos, y sus ojos parecían más azules. Una tímida sonrisa vagaba en sus labios, como si temiera no ser demasiado bien recibida.

    Percy se dio cuenta de ello y tuvo que lanzar un profundo suspiro para poder acompasar su respiración. Era un chico flemático y despegado de todo sentimiento, pero ante aquella inesperada visión quedóse completamente turbado. En un destello de poética sutileza comprendió que aquellas pupilas azules podían iluminar su vida cual un faro de promisión. El indefinible hechizo de la sonrisa de aquellos tiernos labios, hizo vibrar las fibras de su corazón. Tuvo que hacer un esfuerzo para serenarse y dar a sus facciones una apariencia de calma.

    —¿Le molesto? —preguntó Joyce, excusándose—. Si le molesto me iré.
    —¡No, no! —exclamó Percy apresuradamente—. Nada de esto.
    —Pero usted está trabajando. ¿verdad?
    —Estaba —rectificó Percy—. De todos modos, como no me sentía muy inspirado esta mañana, estaba a punto de dejarlo. —Con un movimiento cortés se apartó a un lado para dejarla pasar—. Ahora que está usted aquí, ¿quiere visitar el laboratorio?

    Me encantaría —contestó Joyce, ansiosa.

    —¿No le molesta este olor?
    —Al contrario, me agrada.

    Trotter sintió un ligero estremecimiento. No estaba acostumbrado a este halago. Por su parte, no prestaba la más mínima atención a este olor, pero la experiencia le había demostrado que sobre este punto difería de la mayoría.

    —¿Le agrada? —repitió como un eco.
    —Sí, lo encuentro aromático. Me recuerda esas hierbas perfumadas que los chinos queman ante sus ídolos.
    —¿De veras?
    —Sí; hay algo oriental y misterioso en él.
    —Celebro que lo juzgue usted así. Sam Brewster, en cambio, dijo que le recordaba el olor a perros muertos.
    —Yo, en su lugar, no prestaría mucha atención a lo que pueda decir Sam Brewster.
    —No le hago caso; pero, ¿qué es lo que la hace hablar así?
    —Pues —contestó Joyce con franqueza—, le diré que a mi juicio es bastante estúpido.
    —Tiene usted mucha razón.
    —No creo que posea ningún gran cerebro.
    —¡Oh, no! Es el mayor mentecato de Londres.
    —Ya lo suponía y me di cuenta de ello en cuanto le vi.
    —Es usted una gran psicóloga —declaró Percy con admiración—. A decir verdad, Miss Wigthorn, estoy hasta la coronilla de Sam.
    —¡Oh!
    —Sí, ha estado entrometiéndose siempre en mis asuntos, y ésta es una cosa que no puedo tolerar.
    —Ya me lo figuraba.
    —¿De veras?
    —Sí. Me dio la impresión de que él era quien mandaba aquí y no usted.

    Trotter se echó a reír tristemente. Con su pueril inocencia Joyce le había herido en su punto más sensible, pero él era demasiado caballero para dejarlo entrever.

    —Todavía soy capaz de manejar mis asuntos por mi mismo —contestó Percy, con tono indiferente.
    —No lo dudo —afirmó Joyce—. Me gustó su manera de enfrentarse con mi padre. —Se apoyó contra un barril y dirigió una sonrisa a Percy—. Demostró usted valor y decisión para los negocios. Usted sabía muy bien lo que deseaba y no quería ceder. No le importa que diga todo esto, ¿verdad?
    —En absoluto —contesto Percy—. ¿Le gustó de veras que me portase de aquella forma?
    —Muchísimo. Siempre me causa un gran placer ver que alguien le opone resistencia a mi padre. Él tiene siempre tendencia a ser dominante; pero usted no se rindió. ¡Estuvo admirable! Se rió en sus propias narices y le dijo que aceptase una oferta o que la dejase. En aquellos momentos sentí por usted una honda admiración.
    —¡Oh! —exclamó Percy.

    Estaba tratando de recordar la ocasión en que se había reído en las propias narices del viejo Wigthorn, pero no lo consiguió. Pensó —que debióse reír inconscientemente sin darse cuenta, pero el hecho— de que Joyce le hubiera admirado profundamente, se había clavado en lo más recóndito de su cerebro. Consideraba esto digno de recordarse. Durante las largas veladas de invierno podría consolarse evocando aquel testimonio espontáneo de la muchacha más encantadora del mundo.

    —¿Es aquí donde fabrica usted la cerveza? —preguntó Joyce, lanzando una mirada a su alrededor, con expresión inteligente—. ¡Qué conmovedor!

    Percy volvió a la realidad, y respondió con indiferencia que era en efecto allí donde se dedicaba a su fabricación, y con algunas frases amables describió el proceso de elaboración. El hecho de que la señorita Wigthorn comprendiese tan Sólo una décima parte de lo que él dijera, no quitaba nada al placer de aquella desagradable explicación. Ella escuchaba conteniendo su respiración, y mucho antes de que él terminase sus ojos resplandecían y el color encendía sus mejillas.

    —¡Yo no sé cómo puede retener tantas cosas en su cabeza! —exclamó cuando hubo acabado de hablar.
    —Es muy sencillo.
    —¿No olvida jamás ningún dato?
    —Raras veces. Poseo una memoria excelente.
    —De todas formas, ¿usted acostumbrará sin duda a anotar sus fórmulas?

    Percy movió la cabeza:

    —En la mayoría de los casos lo considero inútil; pero esta cerveza es diferente. He probado fórmulas tan diversas, experimentadas en tan diversos modos, que fue absolutamente necesario conservar una minuciosa recopilación de todo.
    —Entonces, ¿usted tiene un archivo de todas las pruebas que ha realizado?

    Percy asintió con gravedad:

    —En efecto —respondió.
    —¿Este archivo encierra, pues, su maravilloso secreto?
    —Sí, contiene la fórmula que utilicé para el producto final.
    —¿No le parece peligroso? Me refiero a que podrían robárselo.

    Trotter, lanzando una franca carcajada, despreció esta sugestión:

    —No creo que exista un gran peligro —dijo.
    —Quizá sea mayor de lo que usted imagina. Cualquiera puede forzar la puerta de este laboratorio.
    —No es tan fácil como parece —declaró Percy, con una leve sonrisa.
    —Tendría que tener por lo menos la precaución de guardarlo en casa, en su caja de caudales. ¿No seria terrible para usted que alguien se lo robase?
    —Esto —admitió Percy— sería una verdadera catástrofe.

    Joyce le puso una mano en su brazo y le miró intensamente a los ojos:

    —¿Me dejaría que yo se lo guardase?

    Percy sintió que un fuerte escalofrío sacudía su cuerpo, y se puso lívido. Esta sugestión hirió sus oídos como una descarga mortífera. Sintió una sensación verdaderamente desagradable y recordó que su viejo amigo Sam le había puesto en guardia contra esta muchacha, tratándola de zorra. ¿Era posible —preguntábase— que Brewster tuviera razón? ¡Acaso el viejo Wigthorn estaría usando a su hija como cebo? ¿Utilizaba ella, tal vez, su belleza como incentivo? ¿Serían falsas las sonrisas que le había dirigido? Tales pensamientos le resultaban molestos. Percy adoptó una actitud glacial. Era preciso —se dijo— profundizar en el asunto; su futuro estaba en juego: si aquellos candorosos ojos azules escondían un alma mezquina, entonces se apartaría de todas las mujeres para siempre.

    —¿Si dejaría que usted me lo guardase? —repitió.
    —Velaría por él con extraordinario celo; mejor, quizá, que usted mismo. Déjemelo, se lo ruego. Si alguien tuviera la intención de robarlo, se dirigiría inmediatamente aquí, pero nadie pensaría en buscar en mi habitación. Lo ocultaré hasta que mi padre haya decidido lo que va a hacer.

    Percy era de la opinión de que el viejo Wigthorn no tardaría en decidir si Joyce entraba en posesión de la fórmula, pero no dijo nada. En medio de un doloroso silencio dio vueltas al asunto en su cerebro. Por mucho que se esforzara no podía olvidar la versión de Sam sobre la historia que pretendía haber oído en la posada. Había hecho lo posible para convencerse de que se trataba de un error, y casi lo había conseguido, pero esta convicción se tambaleaba ahora ante aquella súplica y, sin embargo, se preguntaba: ¿Podía una muchacha con ojos claros y límpidos como las aguas de un lago, conducirse de una manera tan ruin?

    —Si usted no tiene confianza en mí... —dijo Joyce apartándose.

    Desde luego que la tengo —farfulló él.

    —No parece estar demasiado seguro de lo que dice —observó Joyce—. Ha tenido que pensarlo.
    —Pondría mi vida en sus manos.

    Ella le miró de nuevo y su rostro se ruborizó:

    —¿De veras?
    —Sí.
    —¡Cuánto me alegro! —murmuró ella, tímidamente—. ¿Y dejará que guarde el archivo?
    —Sí. —Percy se dirigió al escritorio, y cogiendo un librito negro se lo puso en sus manos, diciendo—: Todo está aquí.

    Ella lo apretó contra su pecho.

    Sus ojos —pensó él— tenían la profundidad y el color de los mares tropicales, y sus labios parecían de coral. Decidió decírselo a la primera oportunidad, con tal de que ella se hiciera, desde luego, merecedora de su confesión; de lo contrario, su fe en las mujeres se desvanecería como humo para la eternidad, convirtiéndose en un cínico amargado, ostentando en sus labios una sonrisa de escarnio, y en los ojos una frialdad de mármol, y cruzaría así por la vida, dejando una estela de corazones rotos a su paso.

    No sé cómo agradecérselo —manifestó Joyce con voz quebrada.

    No lo haga —aconsejóle Percy. Se quitó la bata blanca, y se puso la americana. Luego acarició suavemente el pelo de la muchacha—. ¿Quiere que vayamos a dar una vuelta?

    Me encantaría —dijo Joyce.

    Y salieron juntos, bajo los rayos del sol.


    CAPÍTULO IX


    Es fácil comprender que hubiera un poco de inquietud en más de un cerebro, mientras los diferentes miembros de la reunión se vestían aquella noche para la cena. No habla duda de que la atmósfera estaba cargada de ansiedad y recelo.

    Percy, en el transcurso de la tarde había sufrido remordimiento tras remordimiento de conciencia. Él debía haber pasado el día entregado a su trabajo, en lugar de pasearse por los alrededores en compañía de Joyce. No había excusa para él. Después de la merienda tenía que haber vuelto al laboratorio, venciendo sus deseos, pero el encanto de Miss Wigthorn era algo demasiado tentador, y una simple mirada de sus ojos había bastado para fundir hasta la medula de sus huesos y dar al traste con sus más firmes resoluciones. Sidney, por su parte, había mantenido también una lucha con su conciencia. Se censuró por dejarse arrastrar por el influjo de Sam. Ella le había ayudado y animado a sacar del laboratorio la cerveza de Percy, y ahora esta cerveza, de la cual todo dependía, había sido robada. Hasta que fuese recuperada, Sidney no conocería la paz. Sentía verdadero cariño por Percy, quien había hecho nacer en su alma instintos maternales, y al pensar lo que éste podía decirle al descubrir que ella había tomado cartas en aquel asunto, le producía escalofríos. Teniéndolo todo en cuenta, su comportamiento, desde luego, hubiera podido ser más brillante.

    Samuel Brewster se entregaba también a la meditación, mientras se ponía los pantalones y luchaba con su cuello duro. Tenía el presentimiento de que iba a sobrevenir algún suceso en Deepdene Towers, pues los acontecimientos, a su juicio, estaban decididamente en movimiento. Por su cabeza sólo cruzaban presagios funestos; sentía que algo se tramaba en la oscuridad: Bates se había descubierto, pero algo más temible se ocultaba tras él, y esto le dio más material aun para cavilar.

    Sin embargo, la sorpresa del día sobrevino sin previo aviso. Percy y Sam estaban reunidos en el salón, hablando acaloradamente, cuando Bates anuncio un nuevo visitante.

    —Mrs. Charteris desea ser recibida, señor.

    Percy sólo tuvo tiempo de emitir un grito ahogado cuando su tía hizo su aparición.

    Mrs. Charteris era una mujer majestuosa, digna descendiente de la antigua y conocida familia de los Bodley—Thwaites. Los Bodley—Thwaites tenían que mantener una reputación, y Mrs. Charteris conservaba todo el abolengo de los suyos. Pasaba la vida imponiendo su voluntad y su único placer consistía en, dar órdenes, inmiscuyéndose en los asuntos ajenos, impulsada, no obstante, por un noble sentimiento y por el afán de guiar a los demás. La rama de los Bodley—Thwaites obraba así desde hacía varios siglos, pero la tía de Trotter era el ejemplar más perfecto de toda aquella familia.

    Era una mujer bella con una personalidad que, por sí sola la colocaba a la vanguardia del Club. Una vida de intensa actividad no había minado en absoluto ni su vitalidad, ni su fe en la sangre de sus antepasados. Si sus ojos habían sido más dulces en su juventud, no habían perdido su brillo con el transcurso de los años. Sólo se habían vuelto más fríos, más duros, y quizá más brillantes. Se clavaban como cuchillos, y uno tenía la impresión de ser atravesado por ellos. Bajo su mirada, hombres de reconocida virilidad, se habían escabullido con el rabo entre las piernas, como si hubiesen sido descubiertos cometiendo algún robo.

    Hizo su entrada en la sala con paso firme y majestuoso.

    —¡Hola, Percy! —exclamó.

    Trotter esbozó una sonrisa apagada y se frotó los ojos:

    —¿Cómo estás, tía— Cloe? No te esperaba tan pronto.
    —Habrá sido sin duda para ti una agradable sorpresa, —dijo tía Cloe.
    —Desde luego. Sidney me dijo que estabas enferma.
    —Lo estaba, y en realidad lo estoy todavía; vine aquí contra la prescripción del médico, que me ordenó siguiese guardando cama.
    —Tal vez desees retirarte en seguida a tu habitación —ofreció Percy, lleno de esperanza.
    —En absoluto. Antes quiero cenar y será mejor que ordenes retrasar la cena media hora; esto me daría tiempo para cambiarme y tomar mi medicamento.
    —Perfectamente, tía Cloe.
    —Hay algo que quisiera aclarar.
    —¡Ah!, ¿sí? —exclamó Percy, inquieto.
    —Sí.
    —¿Cuánto tiempo todavía va a estar poblado el mundo de locos?

    Percy perdió el poco color que todavía quedaba en sus mejillas.

    —¿Locos? —farfulló.
    —Sí, locos. Cuando Parker subía por la Avenida, un loco cruzó delante del coche. Parker tuvo que hacer una violenta maniobra y lanzarse contra los arbustos, para no atropellarlo. Frenó y le ordené a aquel individuo que me explicara su estúpida conducta; y su respuesta, lamento decirlo, fue grosera y ofensiva al extremo.
    —¿Qué te hace pensar que se trataba de un loco? —preguntó Percy.
    —En primer lugar, su aspecto me inclinó a esta creencia. Hacía mucho tiempo que no se había afeitado y su traje estaba hecho jirones. Además, sus ojos estaban inyectados de sangre y su boca llena de espuma. Jamás he tropezado con algo tan repugnante, y hasta ahora el recuerdo de su vocabulario me hace estremecer.
    —Me hago cargo —asintió Percy, cortésmente—. Habrá sido un incidente muy desagradable, tía Cloe.
    —Figúrate que iba con un barril al hombro.
    —¿Un barril? —interrumpió Sam bruscamente.
    —Mrs. Charteris se volvió, fijando su mirada en él. Pareció no agradarle lo que vio. Una ligera expresión de repugnancia crispó sus facciones.

    Percy —dijo fríamente—, no me has presentado, ¿quién es este joven?

    —Me llamo Brewster —dijo Sam—. Samuel Francis Brewster. Tal vez ya haya oído antes mi nombre.
    —Jamás —contestó Mrs. Charteris.
    —¿No? ¡Qué raro! Pero, ¿qué estaba usted diciendo acerca de un barril? ¿Aquel individuo llevaba un barril al hombro? ¿Fue esto lo que dijo?
    —¿Dije esto, señor Brewster?
    —Quizá no tan concisamente —admitió Sam—. Pero esto es lo que vino a decir. Usted ha hecho la descripción de un tipo repugnante, andrajoso y barbudo, lanzándose contra el motor de su coche, sosteniendo un barril, ¿verdad?
    —Sí, llevaba un barril.
    —Esto es. ¿Cómo era este barril?
    —Si esto es de orden vital para usted, le diré que el barril parecía de cerveza.
    —¿Un barril de cerveza?
    —Sí, un barril de cerveza.
    —¡Diablos! —dijo Sam—. ¿Y él iba sin rumbo de un lado a otro, o hay que suponer que se dirigía a un punto fijo?
    —Lamento confesar, señor Brewster, que no me detuve a pensar en ello. Me pareció que el asunto no tenía ninguna importancia.
    —¡Oh! —exclamó Sam. Quizás esté todavía en la avenida, ¿que opina usted?
    —No sé. Después de lanzarme aquellos injuriosos vocablos desapareció entre los rododendros.
    —¿Llevándose el barril? —inquirió Sam presuroso.
    —Naturalmente.

    Trotter intervino en la conversación:

    —Desearía saber de dónde sacó este barril —observó con inquietud.

    Tía Cloe se volvió para mirarlo:

    —¿Por qué quieres saberlo, Percy?
    —Porque quizá sea uno de los míos.
    —Esto mismo estaba pensando yo —corroboró Sam— Quiero decir, que todos los barriles que pueda haber por estos contornos te pertenecen, y este movimiento de barriles ha de ser detenido, pues podría significar un perjuicio para la— Humanidad.

    Ante este razonamiento, el rostro de Percy tornose de un color amarillo terroso:

    —¿No querrás decir que se trata de alguno de mi laboratorio? —barbotó.
    —¿De dónde podría ser, pues? —dijo Sam, lacónicamente, ¿No se te había ocurrido esta idea?

    Percy se dirigió hacia la puerta:

    —Será mejor que vaya a dar un vistazo.
    —Espera un minuto. ¿Qué hay de Higgs?

    Trotter, sacudido por aquella nueva interpelación, se detuvo vacilante:

    —¿Crees que puede rondar por aquí fuera?

    Sam asintió con la cabeza:

    —Sí, es posible que esté en acecho, afilando el cuchillo en la suela de su zapato.
    —No sería de extrañar que Higgs fuera el hombre del barril. ¿Cómo llevaba la barba esta mañana?
    —Desde luego, muy descuidada —admitió Percy. Pero tía Cloe conoce a Higgs. ¿No es verdad, tía?
    —¿Higgs? Naturalmente que le conozco. Pero, ¿de qué diablos están ustedes hablando?

    El asunto es el siguiente: Higgs se trastocó y Percy lo despidió. Ahora anda rondando por los alrededores, armado de un cuchillo o de un puñal, sediento de la sangre de Percy. Nosotros tenemos la impresión de que el individuo que usted vio pudiera muy bien ser Higgs.

    —¿Higgs se ha vuelto loco? ¡Esto es absurdo! Las personas como Higgs no enloquecen; están demasiado bien amaestradas y, además, el individuo que yo vi no era desde luego Higgs.
    —Es posible que esté acechando —observó Sam—. Si estuviese en tu lugar, Percy, andaría con cuidado, a menos que desees ser degollado.

    Tía Cloe dio una patada en el suelo, como un caballo impaciente.

    —¿Qué demonios —preguntó acaloradamente—, significa todo este galimatías?
    —Se trata de Higgs —dijo Percy.
    —Está chiflado —añadió Sam.
    —Está loco como —una cabra.

    Esto es. Anda como un perro rabioso.

    —Vino esta mañana a solicitarme que lo tomara de nuevo a mi servicio, y cuando se lo negué, me amenazo con matarme.
    —¿Qué dijo?
    —No se trata de lo que dijo.
    —Entonces, &#