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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU; el cual dispone de 22:

    Este ícono aparece en todo el blog y te permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la pantalla.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: puedes eliminar del registro de publicaciones guardadas por selección. Cuando presionas esta opción, según la velocidad de proceso de tu celular o tablet, toma unos segundos en aparecer la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Esta opción sólo aparecerá si tienes como mínimo 2 publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y la misma desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto. Opción sólo en las publicaciones.

    Ultima Lectura: puedes acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones.

    Ver Imagen Principal. permite ver la imagen de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y aparece sólo en las publicaciones.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog, y te permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:
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    En la lista 'Por Categoría' no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, en la imagen o en '...más'.
    Las listas "Por Autor" y "Alfabético de todo", según la fuerza del wifi, se vuelven un poco lentas al cargar, debes tener paciencia.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.


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    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente.


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    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto en que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto de retorno funcione, debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

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    OBSERVACIONES

    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada mes, o a su defecto, cada 100 publicaciones.
    ● Esta versión no dispone de todas las opciones disponibles para PC.

    NOCHE DE LUZ (Philip Joseph Farmer)

    Publicado el domingo, enero 31, 2016

    PRIMERA PARTE


    En la Tierra hubiera resultado algo horrible ver a un hombre correr calle abajo tras la piel de un rostro humano, una fina película de tejido arrastrada por el viento como una hoja de papel.

    En el planeta de la Alegría de Dante aquella visión apenas reclamaba la curiosidad de los pocos transeúntes. Y si se mostraban interesados era debido a que el perseguidor era un terrestre y, en consecuencia, resultaba una curiosidad en sí.

    John Carmody corría bajando la larga calle rectilínea, pasando ante las imponentes fachadas de las torres construidas con enormes bloques de granito estriado con cuarzo, con gárgolas y pesadillescas figuras sonriendo desde los tenebrosos interiores de numerosos nichos y las bendiciones de dioses y diosas observándole desde los innumerables balcones.

    Siendo como era un hombre de corta talla, se veía aún más empequeñecido por las altas paredes y los majestuosos contrafuertes, mientras corría calle abajo en una frenética persecución tras la flotante y transparente piel que revoloteaba arrastrada por el fuerte viento, y revoloteaba, y volvía a revolotear, mostrando ahora los orificios de los ojos, ahora los de los oídos, la ávida cavidad de la boca, y arrastrando tras de sí unos pocos y largos cabellos rubios que partían del extremo de la frente, ya que el cuero cabelludo en sí había desaparecido.

    El viento aullaba tras él, pareciendo añadir su furia a la del hombre. Súbitamente la piel, que había flotado casi hasta su alcance, se vio arrastrada en la esquina de un edificio por un fuerte soplo de aire.

    Carmody maldijo y saltó, y sus dedos casi la rozaron. Pero se le escapó y fue a aterrizar en un balcón a unos tres metros de altura como mínimo, cobijado entre los pies de una imagen en diorita del dios Yess.

    Jadeando, sujetándose los costados con las manos, John Carmody se apoyó contra la base de un contrafuerte. Hasta hacía poco se había sentido en perfectas condiciones físicas, como correspondía a un ex campeón amateur de boxeo de peso medio de la Federación, pero últimamente su barriga había aumentado tanto como su apetito, y la grasa anidaba bajo su barbilla, como si fuera un dogal.

    De todos modos, eso no tenía mucha importancia ni para él ni para los demás. Visto en su conjunto, no era tampoco demasiado agraciado. Tenía una greña de pelo negroazulado, recio y alborotado, que recordaba irresistiblemente las púas de un puercoespín. Su cabeza tenía forma amelonada, su frente era demasiado alta, su párpado izquierdo caía lo suficiente como para darle a su rostro un aspecto asimétrico, su nariz era excesivamente larga y afilada, sus labios demasiado delgados, sus dientes demasiado separados.

    Levantó la vista hacia el balcón, inclinando la cabeza hacia un lado como un pájaro, y vio que le era imposible escalar el áspero pero demasiado liso muro. Las ventanas estaban aseguradas con pesadas contraventanas metálicas, y la masiva puerta de hierro estaba cerrada con llave. En su picaporte había colgado un cartel. En él estaba escrita una simple palabra en el alfabeto de los habitantes del continente septentrional de Kareen: dormimos.

    Carmody se alzó de hombros, sonrió indiferentemente, en contraste con su alocada persecución de la piel, y echó a andar. Bruscamente el viento, que había cesado, volvió a soplar, y le golpeó como un brutal puñetazo.

    Trastabilló bajo el golpe como lo hubiera hecho en el ring bajo los efectos de un directo, conservó a duras penas el equilibrio, e inclinó la cabeza para resistir el embate mientras sus ojos, de un azul brillante, no dejaban de mirar hacia arriba. Nadie le había sorprendido nunca con los ojos cerrados. Había una cabina telefónica en la esquina, una masiva caja de mármol que podía contener cómodamente a veinte personas. Carmody vaciló a su lado pero, impelido por la rugiente furia del viento, penetró. Se acercó a uno de los seis teléfonos y descolgó el auricular. Pero no se sentó en el amplio banco de piedra, prefiriendo permanecer inquietamente de pie, mirando nervioso a uno y otro lado, con la cabeza inclinada y un ojo fijo en la presencia de posibles intrusos.

    Marcó su número, el de la pensión de la señora Kri. Cuando ella respondió, dijo:

    —Hermosa, aquí John Carmody. Desearía hablar con el padre Skelder o con el padre Ralloux.

    La señora Kri resopló, tal como esperaba, y dijo:

    —El padre Skelder está aquí al lado. Un segundo.

    Hubo una pausa, y luego una profunda voz masculina:

    —¿Carmody? ¿Qué ocurre?
    —Nada alarmante —dijo Carmody—. Creo que...

    Aguardó un comentario al otro lado de la línea. Sonrió, pensando en Skelder de pie allí, preguntándose que había ocurrido, incapaz de decir gran cosa debido a la presencia de la señora Kri. Podía ver el alargado rostro monjil, con sus arrugas y sus altos pómulos y sus mejillas hundidas y su reluciente cráneo calvo, con sus labios parecidos a las pinzas de un cangrejo cerrándose hasta desaparecer casi por completo.

    —Escuche, Skelder. Tengo algo que decirle. Puede o no puede ser importante, pero es más bien extraño. —Se interrumpió de nuevo y aguardó, sabiendo que el monje estaba ardiendo bajo su impasible apariencia exterior, que haría todo lo posible por no aparentarlo y que se odiaría a muerte si no lo conseguía y le preguntaba a Carmody qué era lo que tenía que decirle. Pero cedería; se lo preguntaría. Había demasiadas cosas en juego.
    —Bien, bien, ¿qué ocurre? —restalló finalmente—. ¿No puede decirlo por teléfono?
    —Claro que sí, pero no quería molestarle si era algo que no le interesaba. Escuche, ¿hace unos cinco minutos no le ha ocurrido nada extraño ni a usted ni a nadie a su alrededor?

    Hubo otra larga pausa, y luego Skelder dijo con voz tensa:

    —Sí. El sol pareció parpadear, cambiar de color. Yo me sentí mareado y febril. La señora Kri también, y el padre Ralloux igualmente.

    Carmody aguardó hasta asegurarse de que el monje no tenía nada más que añadir.

    —¿Eso fue todo? ¿No ocurrió nada más, ni a usted ni a los otros?
    —No. ¿Por qué?

    Carmody le habló de la piel del inacabado rostro que había parecido materializarse de pronto en el vacío aire ante él.

    —Pensé que quizá usted hubiera sufrido una experiencia similar.
    —No; excepto esa sensación de náusea, no ocurrió nada.

    Carmody creyó detectar una vacilación en la voz de Skelder. Bueno, ya vería más tarde si el monje estaba ocultando algo. De momento...

    De pronto, Skelder dijo:

    —La señora Kri acaba de irse de la habitación. ¿Qué es lo que quería realmente, Carmody?
    —Realmente quería comparar impresiones acerca de ese parpadeo del sol —dijo crispadamente—. Pero también quería decirle algo acerca de lo que he descubierto en el Templo de Boonta.
    —Tiene que haberlo descubierto todo o casi todo —interrumpió Skelder—. Ha estado fuera mucho tiempo. Al no verle aparecer la última noche, pensé que quizá le había ocurrido algo.
    —No habrá llamado a la policía.
    —No, por supuesto que no —chirrió la voz del monje—. ¿Cree usted que por el hecho de ser clérigo soy estúpido? Además, creo que no merece usted que se preocupen por su persona.

    Carmody soltó una risita.

    —Ama a tu prójimo como a ti mismo. Bueno, yo nunca me he preocupado demasiado de mi prójimo... ni de nadie. De todos modos, la razón de mi tardanza, aunque solo haya sido de una veintena de horas, es que decidí tomar parte en el gran desfile y las ceremonias que le siguieron. —Se rió de nuevo—. Esos kareenianos aman realmente su religión.

    La voz de Skelder era fría.

    —¿Tomó usted parte en la orgía del Templo?

    Carmody soltó una carcajada.

    —Seguro. Cuando estés en Roma, ya sabe. De todos modos, no era sensualidad pura. Parte de ella era auténtico ritual de lo más aburrido, como todos los rituales; no fue hasta el anochecer que la alta sacerdotisa dio la señal para mêlée.
    —¿Tomó usted parte?
    —Seguro. Con la propia alta sacerdotisa. Todo está bien; esa gente no tiene la misma actitud que usted con respecto al sexo, Skelder; no creen que sea algo sucio o un pecado; lo contemplan como un sacramento, un gran don de la diosa; lo que a usted le parece infinitamente asqueroso, un espectáculo indigno, es para ellos algo puro y casto que merece las bendiciones de la diosa. Por supuesto, considero que su actitud es tan equivocada como la de usted: el sexo es tan solo una fuerza, y uno debe aprovecharse del de los demás; pero debo admitir que al respecto las ideas de los kareenianos son mucho más divertidas que las suyas.

    La voz de Skelder tenía el tono ligeramente impaciente y aburrido de un maestro sermoneando a un alumno no demasiado brillante. Si estaba irritado, consiguió disimularlo.

    —Usted no comprende nuestra doctrina. El sexo no es en sí mismo una fuerza repugnante o indigna. Después de todo, es el medio designado por Dios para que las formas superiores de vida se perpetúen. El sexo en los animales es tan inocente como beber agua. Y en el círculo sagrado del matrimonio un hombre y una mujer pueden usar esa fuerza donada por Dios, pueden, a través de ese sagrado y tierno éxtasis, hacerse uno, pueden acercarse a tal éxtasis, o tener una insinuación de tal éxtasis, que es la comprensión y quizá incluso el destello de...
    —¡Cristo! —dijo Carmody—. ¡Ahórrame todo esto! ¿Qué es lo que deben murmurar sus feligreses para sí mismos, qué deben gruñir cada vez que lo ven subir al pulpito? ¡Dios, o Quienseas, ayúdales!

    De todos modos, me importa un pimiento lo que diga la doctrina de la Iglesia. Es en absoluto evidente que usted cree que el sexo es algo sucio, incluso cuando tiene lugar dentro de los límites permisivos del matrimonio. Es algo repugnante, y cuando antes se termine con ese mal necesario y antes pueda uno irse a dar un baño, tanto mejor.

    Pero me estoy alejando del tema, que es que para los kareenianos esas crisis de frenesí religioso-sexual son manifestaciones de su gratitud hacia el Creador, quiero decir la Creatriz, por darles la vida y las alegrías de la vida. Normalmente, su comportamiento es más bien aburrido...

    —Mire, Carmody, no necesito que me sermonee; después de todo, soy antropólogo, conozco perfectamente bien cuál es el pervertido punto de vista de esos nativos y...
    —Entonces, ¿por qué no estaba usted ahí para estudiarlos? —dijo Carmody con una nueva risita—. Es su deber de antropólogo. ¿Por qué me envió a mí? ¿Tenía miedo de contaminarse por tan solo mirar? ¿O estaba aterrado ante la posibilidad de que pudieran convertirle a su religión?
    —Cambiemos de tema —dijo Skelder fríamente—. No tengo ningún interés en oír los detalles depravados; solo deseo saber si ha descubierto algo pertinente con respecto a su misión.

    Carmody sonrió ante la palabra misión.

    —Claro que sí, papi. La sacerdotisa dijo que la Diosa en sí no se aparece nunca, excepto como una fuerza en los cuerpos de sus adoradores. Pero sostiene, como lo hacen muchos de los laicos con los que he hablado, que el hijo de la diosa, Yess, existe encarnado, que lo han visto y que incluso han hablado con él. Estará en esta ciudad durante el Sueño. Se dice que viene aquí porque aquí es donde nació y murió y resucitó.
    —Sé eso —dijo el monje, con voz exasperada—. Bueno, ya veremos cuando nos enfrentemos con ese impostor qué es lo que tiene que decir. Ralloux está trabajando con nuestro equipo de grabación para tenerlo todo a punto.
    —De acuerdo —dijo Carmody con indiferencia—. Estaré en casa dentro de media hora, a menos que me tropiece con algunas hembras interesantes. Lo dudo; esta ciudad está muerta... casi literalmente.

    Colgó el teléfono, sonriendo de nuevo al pensar en la expresión de intenso disgusto que podía imaginar luciría el rostro de Skelder. El monje permanecería de pie ante el aparato durante al menos un minuto, enfundado en sus negras ropas, los ojos cerrados, los labios musitando una silenciosa plegaria por la extraviada alma de John Carmody, luego se giraría y subiría las escaleras para encontrarse con Ralloux y contarle lo que había ocurrido. Ralloux, con su hábito rojo oscuro de la orden de San Jairo, chupando su pipa mientras trabajaba en las grabadoras, le escucharía sin excesivos comentarios, no expresaría ni disgusto ni alegría con respecto al comportamiento de Carmody, luego diría que era una lástima que se vieran obligados a trabajar con Carmody pero que quizá pudieran conseguir algo bueno para Carmody y para ellos también. Mientras tanto, como no había nada que pudieran hacer para alterar las condiciones en la Alegría de Dante o cambiar el carácter de Carmody, lo mejor era trabajar con lo que tenían.

    De hecho, pensaba Carmody, Skelder detestaba a su compañero científico y correligionario tanto como el propio Carmody. Ralloux pertenecía a una orden que era muy sospechosa a los ojos de la organización de Skelder, mucho más antigua y por ello mucho más conservadora. Además, Ralloux se había declarado a favor de la adopción del Dogma de la Flexibilidad Histórica, o Evolución de Doctrina, la teoría que había sido presentada por algunas tendencias de la Iglesia y que se pretendía convertir en dogma. Tan fuerte había sido la controversia que se había suscitado que la Iglesia se había visto ante el peligro de un nuevo Gran Cisma, y algunas autoridades sostenían que los próximos veinte años iban a ver profundos cambios y quizá una ruptura crucial en la propia Iglesia.

    Los dos monjes hacían esfuerzos por mantener sus relaciones a un nivel de compromiso, pero Skelder había perdido en una ocasión su compostura, mientras discutían la posibilidad de autorizar a los clérigos a que se casaran... una simple evolución de disciplina más que de doctrina. Pensando en el enrojecido rostro de Skelder y en sus rabiosas lamentaciones, Carmody se echó a reír. Él mismo había contribuido a la irritación del monje con algunos punzantes comentarios aquí y allá, riéndose para sí mismo, burlándose despectivamente al mismo tiempo de un hombre que se tomaba tan en serio cosas como aquella. ¿Acaso aquel asno estúpido no comprendía que la vida era tan solo una gran broma y que la única forma de soportarla era compartirla con el Bufón?

    Era cómico el que los dos monjes, que se odiaban visceralmente, y él, que los detestaba a ambos y los despreciaba profundamente, pudieran estar juntos en aquel proyecto. "El crimen reúne extraños compañeros", le había dicho en una ocasión a Skelder, en un esfuerzo de hacer surgir la rabia que anidaba constantemente en el huesudo pecho del monje. Su comentario había fallado en su finalidad, ya que Skelder había respondido fríamente que en aquel mundo la Iglesia tenía que trabajar con las herramientas de que disponía, y Carmody, por malo que fuera, era el único disponible. Y además, no creía que fuera un crimen el poner al descubierto el fraude de una falsa religión.

    —Mire, Skelder —había dicho Carmody—, usted sabe que usted y Ralloux fueron comisionados conjuntamente por la Sociedad Antropológica de la Federación y su Iglesia para llevar a cabo un estudio de la llamada Noche de Luz en la Alegría de Dante, y también, si era posible, entrevistar a Yess... contando con que existiera. Pero ustedes se han propuesto ir más lejos que esto. Ustedes pretenden capturar a un dios, inyectarle chalarocheil y hacerle confesar todo el engaño. ¿No creen que van a verse en problemas cuando regresen a la Tierra?

    Skelder había respondido a eso que estaba preparado para hacer frente a todos los problemas con tal de tener la oportunidad de matar aquella religión en sus raíces. El culto de Yess se había extendido a la Alegría de Dante y a muchos otros planetas; su parodia del ritual de la Iglesia y los Sacramentos, además de las orgías, que habían sido sancionadas por la religión, habían provocado numerosas deserciones entre los fieles de la Iglesia; ahí estaba la fantástica pero auténtica historia de la diócesis del planeta de Venaquiya. El obispo y todos los miembros de su congregación, cuarenta mil, habían cometido apostasía y...

    Recordando aquello, Carmody sonrió de nuevo. Se preguntó qué diría Skelder si sabía lo literales que eran sus palabras acerca de "matar la religión en sus raíces". John Carmody tenía su propia interpretación al respecto. En su bolsillo llevaba el diminuto asesino del Auténtico Lanzaagujas Azul, calibre .03, capaz de lanzar un centenar de balas explosivas una tras otra antes de necesitar un nuevo cargador. Si Yess estaba hecho de carne y de sangre y de huesos, entonces la carne podía desgarrarse, la sangre brotar, los huesos romperse, y Yess podía tener otra oportunidad de resucitar de entre los muertos.

    Le gustaría ver aquello. Si lo veía, entonces podría creer en cualquier cosa.

    ¿Podría realmente? ¿Qué ocurriría si creía? ¿Qué entonces? ¿Qué cambiaría? ¿Qué milagros ocurrirían? ¿Qué? ¿Qué relación establecería todo aquello con John Carmody, que existía fuera de los milagros, que no resucitaría jamás de entre los muertos, que por ello estaba decidido a sacarle el mayor provecho de todo lo que aquel universo pudiera ofrecerle?

    Un poco de buena comida, filetes y cebollas, un poco de buen escocés, un poco de embriaguez para que uno pudiera estar algo más cerca pero nunca lo suficientemente cerca de la verdad que uno sabía existe justo al otro lado de las paredes de este rígido universo, un poco de placer contemplando los dolores y las ansiedades de los demás y las estúpidas preocupaciones que los atosigan y que tan fácilmente hubieran podido evitar, un poco de burla, la mayor alegría de uno, realmente, ya que tan solo riéndose puede decirle uno al universo que le importa un pimiento... no una falsa burla, ya que realmente no le importaba un pimiento, no le importaba nada de lo que los demás parecían valorar tan desesperadamente... una pequeña risa, y luego el gran sueño. El que reiría último sería el universo, pero John Carmody ya no lo oiría, y así uno podía decir que realmente él sería el que reiría el último, y...

    Y en aquel momento oyó que alguien que pasaba por la calle pronunciaba en voz alta su nombre.

    —¡Venga aquí, Tand! —gritó John Carmody en kareeniano—. Creía que ya se había ido al Sueño. Así que no va a correr el Riesgo, ¿eh?

    Tand entró en la cabina, le ofreció un cigarrillo nativo, encendió uno para él, sopló el humo por sus estrechos orificios nasales y respondió:

    —Tengo un asunto muy importante que terminar. Necesitaré un cierto tiempo para dejarlo listo. Así que... voy a tener que retrasar el Sueño tanto como me sea posible.
    —Es extraño —dijo Carmody, anotando mentalmente que Tand había respondido en los términos más vagos que le había sido posible—. Había oído que ustedes, los kareenianos, pensaban tan solo en términos de ética y de la naturaleza del universo y de mejorar sus resplandecientes almas, y no en algo tan sucio como el viejo dinero.

    Tand sonrió.

    —No somos diferentes de la mayoría de los demás pueblos. Tenemos nuestros santos, nuestros pecadores y nuestros personajes intermedios. Pero parece que tenemos una reputación galáctica más bien contradictoria. Algunos nos pintan como una raza de ascetas y de santos; otros, como el más vil y sensual de los pueblos llamados civilizados. Y, por supuesto, corren extrañas historias acerca de nosotros, principalmente a causa de la Noche de Luz. Cada vez que viajamos a otros planetas somos tratados como algo absolutamente único. Supongo que lo somos, pero tan solo como lo es cualquier otra raza.

    Carmody no hizo ninguna pregunta acerca de la naturaleza del importante asunto que impedía a Tand sumirse inmediatamente en el Sueño. Aquello hubiera sido contrario a las normas kareenianas. Lo examinó por encima de la humeante punta de su cigarrillo. El hombre medía aproximadamente metro ochenta, y era agraciado según los estándares de su raza. Como la mayor parte de los seres inteligentes de la galaxia, podía pasar a distancia por un miembro de la especie del Homo Sapiens, ya que sus antepasados habían evolucionado a lo largo de líneas paralelas a las terrestres. Solo cuando uno estaba más cerca de él podía apreciar que su rostro, aunque humanoide, no era en absoluto humano. Y sus cabellos parecidos a plumas y sus azuladas uñas y dientes provocaban una fuerte impresión cuando uno se encontraba por primera vez con un nativo de la Alegría de Dante.

    Tand llevaba una especie de sombrero gris, cónico y sin ala, parecido a un casquete de asno, inclinado precariamente hacia un lado; llevaba el cabello muy corto excepto encima de sus lobunas orejas, donde colgaba ocultándolas; su cuello estaba rodeado por un alto cuello de encaje, pero su larga y brillante túnica violeta era más bien austera. Un largo cinturón de terciopelo gris la sujetaba a la cintura. Llevaba las piernas al aire, y sus pies, provistos de cuatro dedos, estaban enfundados en sandalias.

    Carmody había sospechado desde hacía tiempo que el hombre pertenecía a las fuerzas de policía de aquella ciudad de Rak. Siempre se le veía rondando, y se había ido a alojar al mismo sitio que Carmody precisamente al día siguiente de que el terrestre firmara su estancia.

    No importaba, pensó Carmody. Incluso la policía estaría Durmiendo dentro de un día o dos.

    —¿Y usted? —preguntó Tand—. ¿Sigue insistiendo en correr el Riesgo?

    Carmody asintió y dirigió a Tand una confiada sonrisa.

    —¿Qué es lo que perseguía? —añadió Tand.

    Repentinamente, las manos de Carmody temblaron, y tuvo que metérselas en los bolsillos para ocultarlas. Sus labios formaron silenciosamente una respuesta para sí mismo.

    Vamos, vamos, Carmody, tranquilízate. Sabes que no te importa nada. Pero si es así, ¿por qué este temblor, por qué esta fría náusea en el centro mismo de tu barriga?

    Ahora fue el turno de Tand de sonreír, revelando sus humanos pero azules dientes.

    —He captado un destello de lo que estaba persiguiendo tan desesperadamente. Era el esbozo de un rostro, quizá kareeniano o terrestre, no he podido discernirlo. Pero tal como lo ha concebido usted, debía ser humano.
    —¿Qué... qué es lo que quiere decir, concebido? ¿Yo, concebido...?
    —Oh, sí. Lo vio formarse en el aire ante usted, ¿no?
    —¡Imposible!
    —No, no tiene nada de fantástico. El fenómeno, aunque no es común, ocurre de tanto en tanto. Usualmente, se produce un cambio en el cuerpo del que lo concibe, no fuera. Su problema debe ser extraordinariamente fuerte, si la cosa ha ocurrido fuera de usted.
    —Yo no tengo problemas que no pueda resolver —gruñó Carmody con la comisura de su boca, el cigarrillo colgando al otro lado como un desafiante estoque.

    Tand se alzó de hombros.

    —A su gusto. Mi único consejo es que tome una espacionave ahora que aún está a tiempo. La última parte dentro de cuatro horas. Tras ella, no llegará ni partirá ninguna hasta que haya transcurrido el Sueño. Y entonces, ¿quién sabe...?

    Carmody se preguntó si Tand estaba siendo irónico, si sabía que él no podía abandonar la Alegría de Dante, que sería arrestado en el momento mismo en que tocara un puerto de la Federación.

    Se preguntó también si Tand tenía alguna idea de lo que él estaba planeando como un medio de abandonar la Alegría de Dante en completa seguridad. Recuperando finalmente el pleno control de sus manos, las sacó de sus bolsillos y tomó el cigarrillo de su boca. Maldita sea, dijo, formando silenciosamente las palabras en su boca, ¿por qué dudas, Carmody, viejo compañero? ¿Has perdido arrestos? No, tú no. Eres tú contra el universo, como siempre, y nunca has tenido miedo. O atacas un problema, y lo destruyes, o simplemente lo ignoras. Pero esto es tan extraño que no consigues atraparlo. Bueno, ¿y qué? Aguarda a que lo extraño desaparezca y entonces... ¡BLAM!, lo pillas entre tus manos y lo haces migajas, lo destrozas, tal como hiciste con...

    Sus manos se crisparon recordando lo que había hecho, y sus labios se curvaron en el inicio de una silenciosa sonrisa. Aquel rostro revoloteando en el aire. ¿No tendría un cierto parecido...? ¿Era posible que...? ¡No!

    —Me está pidiendo que crea en lo imposible —dijo—. Sé que ocurren muchas cosas extrañas aquí en este planeta, pero por lo que he visto, bueno, no puedo pensar realmente que...
    —He visto a muchos de ustedes, terrestres, enfrentados con esto anteriormente —interrumpió Tand—. A ustedes les parece algo surgido de uno de sus cuentos de hadas o de sus mitos. O quizá de ese increíble fenómeno que ustedes llaman una pesadilla, y que los kareenianos no han experimentado nunca.
    —No —dijo Carmody—. Sus pesadillas se producen fuera de ustedes, cada siete años. E incluso entonces la mayoría de ustedes escapan de ellas gracias al Sueño, mientras que nosotros los humanos no podemos encontrarlas excepto precisamente soñando.

    Hizo una pausa, sonrió con su sonrisa rápida y fría, y añadió:

    —Pero yo soy distinto a la mayor parte de los terrestres. Yo no sueño; yo no tengo pesadillas.
    —Comprendo —respondió Tand, tranquilamente y en apariencia sin la menor malicia—; es por eso por lo que usted difiere de la mayor parte de ellos, y de nosotros, ya que usted no tiene conciencia. La mayor parte de los terrestres, a menos que me hayan informado mal al respecto, sufrirían terribles remordimientos de conciencia si hubieran matado a su mujer a sangre fría.

    Las delgadas paredes de la cabina retumbaron con la risa de Carmody. Tand le miró sin emoción hasta que la risa se convirtió en una risita y entonces dijo:

    —Ríe fuerte, pero mucho menos que esto —levantó una mano para indicar el viento que ululaba afuera en la calle.

    Carmody no comprendió lo que quería decir. Se sentía decepcionado; había esperado la habitual reacción violenta a su reacción con respecto a su "crimen". Quizás aquel tipo fuera un policía. Si no, ante la risa de Carmody, ¿cómo explicar su rígido autocontrol? Pero quizá fuera algo que no le concernía, ya que el asesinato se había producido en la Tierra y entre terrestres. Un individuo de una especie tenía dificultades en excitarse ante el asesinato de una persona perteneciente a otra especie, principalmente si esta se hallaba a diez mil años luz de distancia.

    De todos modos, existía una profunda empatía universalmente admitida en los nativos de la Alegría de Dante; se admitía que eran los seres más éticos del universo, los más sensitivos.

    Bruscamente cansado, Carmody dijo:

    —Regreso con Madre Kri. ¿Viene?
    —¿Por qué no? Esta noche será la última cena que servirá por algún tiempo. Se sumergirá en el Sueño inmediatamente después de haberla servido.

    Echaron a andar calle abajo, en silencio por un tiempo, hasta que el viento, errático como siempre, cesó e hizo posible la conversación. A su alrededor se erguían los masivos edificios recargados con gárgolas y dioses, construidos para durar siempre, para resistir a todos los embates del viento, fuego o cataclismos, mientras sus ocupantes Dormían. De tanto en tanto se cruzaban con algún solitario y silencioso nativo, apresurándose en resolver algún asunto antes de hundirse en el Sueño. Las multitudes del día anterior habían desaparecido, y con ellas el ruido, la animación y la vida.

    Carmody observó a una mujer joven atravesando la calle, y se dijo que si se le echaba un saco sobre la cabeza uno no podría distinguirla de una terrestre. Tenía las mismas esbeltas piernas, amplia pelvis, seductoras y cimbreantes caderas, cintura esbelta, prominentes senos... repentinamente la luz cambió de color, parpadeó. Levantó la vista hacia el sol del mediodía. De un blanco cegador hacía tan solo un momento, ahora era un enorme disco de color violeta pálido aureolado de rojo oscuro. Se sintió mareado y febril, tenía calor, y el sol parpadeó y se difuminó y le pareció que se fundía como una bola de melcocha que goteara lentamente desde el cielo.

    Y luego, tan repentinamente como había venido, el mareo y la debilidad pasó, el sol brilló de nuevo cegadoramente en el cielo, y tuvo que desviar la mirada.

    —¿Qué infiernos es eso? —dijo a nadie en particular, olvidando que Tand estaba con él.

    Se dio cuenta de que estaba temblando de frío y que se sentía repentinamente débil, como si lo hubieran zarandeado fuertemente y le hubieran extraído la mitad de su sangre.

    —¿Qué, en el nombre de Dios? —dijo de nuevo, con voz ronca. Entonces recordó que se había producido algo parecido hacía menos de una hora, que el sol había cambiado de color —¿violeta? ¿azul?—, y que había sentido calor, como si hubieran prendido fuego en sus entrañas y todo se difuminara. Pero la sensación había sido mucho más rápida, apenas un destello. Y el aire a un metro por delante suyo había parecido endurecerse, volverse brillante, como si de las moléculas del aire se estuviera formando un espejo. Y luego, por fuera de aquel aire aparentemente mucho más denso, había aparecido aquel rostro, aquel medio rostro, la primera capa de la piel, un tejido tremendamente delgado que inmediatamente había sido arrastrado por el viento.

    Se estremeció. El viento se estaba levantando de nuevo, y aquello no iba a contrarrestar el frío que sentía.

    Luego gritó. A unos tres metros ante él, moviéndose paralelamente al suelo, deslizándose calle abajo y enrollándose hasta formar una bola, había otro trozo de piel. Dio un paso adelante, preparándose para echar a correr tras él, pero se detuvo. Agitó la cabeza, se rascó su afilada nariz con aire de perplejidad, y luego, insospechadamente, se echó a reír.

    —Esto puede desmoralizarle a uno en poco tiempo —dijo en voz alta—. Pero no va a meter sus zarpas sobre John Carmody. Esa piel, o cualquier otra cosa que sea, puede irse flotando hasta la alcantarilla más próxima. No me importa en absoluto.

    Sacó otro cigarrillo, lo encendió, luego miró a Tand. El nativo estaba en mitad de la calle, inclinado sobre la muchacha. Esta yacía de espaldas, con los brazos y piernas rígidas pero temblorosos, los ojos muy abiertos y vidriados, la boca mordiéndose furiosamente los labios y escupiendo saliva y sangre.

    Carmody echó a correr hacia allá, miró y dijo:

    —Convulsiones. Está haciendo usted lo correcto, Tand. Impídale que se muerda la lengua. ¿Ha estudiado medicina también?

    Inmediatamente deseó haberse mordido él también la lengua. Ahora el tipo iba a saber algo más de su pasado. Aquello no iba a ayudar mucho a Tand a acumular evidencias sobre él, pero no sentía el menor deseo de revelar nada de su persona. No sin ser pagado de una u otra forma. ¡Nunca des nada sin recibir algo a cambio! Era algo contrario a las leyes del universo; para mantenerse con vida uno debe recibir siempre tanto o más de lo que da.

    —No —respondió Tand, sin mirarle, atento a que el pañuelo enrollado formando una bola que había metido en la boca de la muchacha no la asfixiara—. Pero mi profesión requiere que tenga algunos conocimientos de primeros auxilios. Pobre chica, hubiera debido empezar el Sueño hace al menos un día. Pero supongo que no sabía que podía verse afectada de esta manera. O quizá lo sabía pero estaba tanteando su Riesgo para ver si se curaba por sí misma.
    —¿De qué está hablando?

    Tand señaló hacia el sol.

    —Cuando se decolora así parece provocar una tormenta en las ondas cerebrales. Entonces las tendencias epilépticas quedan al descubierto. A condición de que la persona esté despierta. De todos modos, este es un espectáculo que no se ve muy a menudo. Las tendencias hereditarias de un tal comportamiento han sido prácticamente eliminadas; aquellos que confían en correr el Riesgo resultan generalmente muertos, aunque no necesariamente. Si consiguen superarlo, se curan para siempre.

    Carmody contempló incrédulamente el cielo.

    —¿Una erupción solar, a cien millones de kilómetros, puede causar esto?

    Tand se alzó de hombros y se puso en pie. La muchacha había dejado de convulsionarse y parecía dormir pacíficamente.

    —¿Por qué no? En el planeta de usted, por lo que me han dicho, la gente está muy influenciada por las tormentas solares y por otras fluctuaciones de las radiaciones del sol. Su gente, al igual que la nuestra, ha calculado incluso los ciclos climáticos, psicológicos, físicos, económicos, políticos, sociológicos y otros que dependen directamente de los cambios en la superficie del sol, y que pueden ser predichos con cien años o más de anticipación. Entonces, ¿por qué sorprenderse de que nuestro propio sol haga lo mismo, a un nivel mucho más intenso?

    Carmody empezó a esbozar un gesto de perplejidad e impotencia, pero detuvo su mano ya que no debía dejar que nadie pudiera pensar ni por un momento siquiera que dudaba acerca de nada.

    —¿Cuál es la explicación de toda esta... esta hibernación, estas increíbles transformaciones fisiológicas, esa... esa proyección física de imágenes mentales?
    —Me gustaría saberlo —dijo Tand—. Nuestros astrónomos han estudiado el fenómeno a lo largo de miles de años, e incluso su propia gente ha establecido una base en uno de los asteroides para examinarlo. Pero, tras su primera experiencia con el Riesgo, los terrestres abandonan ahora su base cuando llega el tiempo del Sueño. Lo cual hace prácticamente imposible realizar un examen en proximidad. Nosotros tenemos los mismos problemas. Nuestros científicos están demasiado ocupados luchando contra su propia tensión física durante ese período como para realizar un estudio.
    —Sí, pero los instrumentos no resultan afectados durante ese tiempo.

    Tand sonrió con su sonrisa azul.

    —¿No resultan afectados? Registran una alocada mezcolanza de ondas, como si las propias máquinas se hubieran vuelto epilépticas. Quizá esos registros resulten muy significativos, pero ¿quién puede traducirlos? Nadie, hasta ahora.

    Hizo una pausa, y luego dijo:

    —Eso no es cierto. Hay tres que podrían explicarlo. Pero no lo harán.

    Carmody siguió la dirección que señalaba el dedo del kareeniano y vio el grupo escultórico de bronce al final de la calle: la diosa Boonta protegiendo a su hijo Yess del ataque de Algul, el dios negro, su hermano gemelo, en la metamorfosis de un dragón.

    —¿Ellos...?
    —Sí, ellos.

    Carmody rió burlonamente y dijo:

    —Me sorprende ver a un hombre inteligente como usted admitiendo una creencia tan primitiva.
    —La inteligencia no tiene nada que ver con las creencias religiosas —respondió Tand.

    Se inclinó sobre la muchacha, abrió sus párpados, comprobó su pulso, luego se irguió de nuevo. Se quitó el sombrero con una mano y con la otra hizo un signo circular.

    —Está muerta.

    Hubo una pausa de al menos quince minutos. Tand telefoneó al hospital, y casi inmediatamente llegó la enorme ambulancia roja movida a vapor. El conductor saltó del alto sillín de la parte delantera del vehículo, que tenía una forma muy parecida a un landó, y dijo:

    —Son ustedes afortunados. Esa es la última llamada a la que acudimos. Dentro de una hora entraremos en el Sueño.

    Tand había rebuscado en los bolsillos de la chica y había sacado sus papeles de identificación. Carmody observó que había actuado con una eficiencia sospechosamente policial. Tand se los entregó a los hombres de la ambulancia y les dijo que lo mejor sería esperar a que finalizara el Sueño antes de notificar a los familiares.

    Más tarde, mientras andaban calle abajo, Carmody dijo:

    —¿Quién se hace cargo del departamento de bomberos, del trabajo de la policía, de los hospitales, de los suministros?
    —Nuestros incendios son escasos debido a la construcción de nuestros edificios. Almacenar provisiones para siete días no constituye ningún problema; hay tan poca gente que vaya arriba y abajo. En cuanto a la policía, bueno, no existe la ley durante ese período. Ninguna ley humana, se entiende.
    —¿Y qué hay con el policía que corre el Riesgo?
    —He dicho que las leyes quedan entonces en suspenso.

    En aquellos momentos estaban pasando del distrito comercial al residencial. Aquí los edificios no estaban apretujados los unos contra los otros sino que estaban construidos en medio de amplios jardines. Todo estaba lleno de espacio libre. Pero la sensación de masividad, de poderío, de eternidad congelada en piedra seguía flotando en el aire, ya que todas aquellas casas tenían como mínimo tres plantas y estaban construidas con masivos bloques pétreos y tenían pesadas protecciones de hierro en puertas y ventanas. Incluso las casetas de los perros estaban construidas para resistir un asedio.

    Fue tras ver varias de ellas que Carmody recordó la repentina interrupción de toda vida animal. Los pájaros, que el día anterior habían llenado el aire con sus trinos, habían desaparecido; los lyans y los kins, animales domésticos parecidos a los perros y a los gatos, y que normalmente se veían en gran número incluso en las calles del centro, habían desaparecido. Y las ardillas parecían haberse retirado a los agujeros de sus árboles.

    Tand, respondiendo a una observación de Carmody al respecto, dijo:

    —Sí los animales duermen instintivamente durante la Noche, lo han venido haciendo, según todas las evidencias, desde la aparición de la vida aquí. Solo el hombre ha perdido la habilidad instintiva, solo el hombre posee la elección o el conocimiento de utilizar drogas para someterlo a un estado próximo a la animación suspendida. Aparentemente, incluso los hombres prehistóricos conocían la planta que proporciona la droga que induce este sueño; existen pinturas rupestres que describen el Sueño.

    Se detuvieron ante la casa perteneciente a la mujer que Carmody llamaba Madre Kri. Era allí donde, de buen o mal grado, eran alojados los visitantes terrestres por el gobierno kareeniano. Era una casa circular de cuatro plantas, construida de piedra caliza y mortero, cubierta con un grueso techo de pizarra, y situada en medio de un jardín que tenía al menos cien metros cuadrados.

    Un largo y sinuoso camino bordeado de árboles conducía hasta el gran porche, que rodeaba toda la edificación. A la mitad del camino, Tand se detuvo junto a un árbol.

    —¿No nota nada peculiar en él? —le preguntó al terrestre.

    Como era su costumbre cuando estaba meditando, Carmody respondió en voz alta, sin mirar a su interlocutor sino con la vista desviada hacia un lado, como si estuviera hablándole a alguien invisible.

    —Parece como un árbol maduro, y sin embargo es demasiado pequeño, apenas tiene dos metros de alto. Algo así como un álamo enano. Pero tiene un doble tronco que se une en uno solo aproximadamente a un tercio de su altura. Y dos ramas principales, en lugar de varias. Como si tuviera brazos y piernas. Si tropezara con él en una noche oscura, podría pensar que es un árbol que se está preparando para echar a andar. —No se equivoca demasiado —dijo Tand—. Compruebe la corteza. Auténtica corteza, ¿eh? Lo parece a ojo desnudo. Pero bajo el microscopio, la estructura celular es más bien peculiar. Ni la de un hombre ni la de un árbol. Y sin embargo parecida a la de ambos. ¿Y por qué no?

    Hizo una pausa, sonriéndole enigmáticamente a Carmody, y dijo:

    —Es el marido de la señora Kri.
    —¿Realmente? —respondió fríamente Carmody. Se echó a reír—. Tiene un carácter más bien sedentario, ¿no?

    Tand frunció sus pobladas cejas.

    —Exactamente. Durante su vida como hombre prefirió permanecer sentado, observando los pájaros, leyendo libros de filosofía. Taciturno, evitaba a la mayor parte de la gente. Como resultado de todo ello nunca tuvo éxito en su trabajo, que más bien detestaba.

    La señora Kri tuvo que sacar dinero para sobrevivir instalando esta pensión; y se vengó haciéndole la vida imposible con sus sarcasmos, aunque nunca pudo insuflarle sus entusiasmos y ambiciones. Finalmente, y en parte para escapar de ella, imagino, él intentó correr el Riesgo. Y esto es lo que ocurrió. Casi todo el mundo dice que fracasó. Bueno, yo no lo sé. Obtuvo lo que deseaba realmente, su más profundo anhelo.

    Rió suavemente.

    —La Alegría de Dante es el planeta donde uno obtiene lo que realmente desea. Es por eso por lo que ha sido prohibido para la mayoría de los pueblos de la Federación. Es peligroso que los anhelos inconscientes se vean realizados en todos sus más mínimos detalles.

    Carmody no comprendió todo lo que le estaban diciendo, pero respondió desenvueltamente:

    —¿Alguien lo ha radiografiado? ¿Acaso tiene... un cerebro?
    —Sí, en cierto modo, pero creo que nadie sabe cuan frondosos son sus pensamientos.

    Carmody rió de nuevo.

    —Vegetal y/o hombre, ¿eh? Mire, Tand, ¿qué es lo que pretende, asustarme para que abandone el planeta o me sumerja en el Sueño? Bueno, no va a funcionar. No hay nada que me cause miedo, nada en absoluto.

    Bruscamente, su risa se truncó en un sonido sollozante, y se envaró, mirando fijamente ante él. Su fuerza lo abandonó, y su cuerpo irradió calor desde su vientre hacia el exterior. A un metro ante él había una reverberación parecida a una ola de calor, y luego, como si el aire se solidificara en un espejo, las vibraciones se condensaron en materia. Lentamente, como un balón deshinchándose a medida que el aire escapaba por múltiples agujeros, el saco de piel que había aparecido se contrajo sobre sí mismo.

    Pero no antes de que Carmody reconociera el rostro.

    —¡Mary!

    Necesitó cierto tiempo antes de atreverse a tocar la cosa que yacía en el camino. En primer lugar, no tenía la fuerza necesaria. Algo se la había sorbido completamente.

    Tan solo su reluctancia a mostrar miedo ante alguien lo empujó a inclinarse y tomarla.

    —¿Auténtica piel? —dijo Tand.

    De algún lugar en el tremendo vacío de su interior Carmody consiguió extraer una risa.

    —Al tacto parece exactamente como la de ella, tan suave, tan perfecta. Poseía la más hermosa textura de todo el mundo.

    Frunció el ceño.

    —Cuando las cosas empezaron a ir mal...

    Abrió la mano, y la piel se deslizó de entre sus dedos y cayó al suelo.

    —Tan vacía como ella, esencialmente vacía. Nada en la cabeza. Nada en las tripas.
    —Es usted un tipo sereno —dijo Tand—. O superficial. Bueno, ya veremos.

    Tomó el saco y lo mantuvo entre sus dos manos, de tal modo que la brisa lo hinchó como una bandera. Carmody vio que no solo era el rostro en sí, sino que también estaba toda la cabellera, completa, y la parte delantera del cuello y algo de los hombros. Además, muchos de los largos cabellos rubios flotaban como hilos de araña, y la primera capa de los globos oculares había empezado a formarse bajo los párpados.

    —Está empezando a captar el significado de todo esto —dijo Tand.
    —¿Yo? Yo no soy el causante de eso; ni siquiera sé lo que ha sucedido.

    Tand le tocó la cabeza y el corazón.

    —Ellos lo saben —dijo. Hizo una bola entre sus dedos con el tejido y lo arrojó a una papelera del porche.
    —Polvo eres y en polvo te convertirás —dijo Carmody.
    —Ya veremos —respondió Tand de nuevo.


    Por aquel entonces habían aparecido algunas nubes dispersas, una de las cuales enmascaró el sol. La luz que se filtraba a su través volvía todas las cosas grises, fantomáticas. Dentro de la casa el efecto era aún peor. Fue un grupo de fantasmas el que los recibió cuando penetraron en el comedor. Madre Kri, un vegano llamado Aps, y dos terrestres, sentados todos a la mesa redonda en la gran habitación penumbrosa iluminada por la vacilante luz de siete velas colocadas en un candelabro. Tras la anfitriona había un altar con una escultura en piedra de la Diosa Madre cobijando en sus brazos a Yess y Algul bajo la apariencia de bebés gemelos. Yess chupaba plácidamente su seno derecho, Algul mordía el izquierdo y lo arañaba con unas garras que nada tenían que ver con las uñas de un bebé, mientras la Madre Boonta los contemplaba a ambos imparcialmente con una beatífica sonrisa. En la mesa, dominando el candelabro y los platos y vasos, había los símbolos de Boonta: la cornucopia, la espada llameante, la rueda.

    Madre Kri, pequeña, gruesa, con pechera prominente, sonrió a los recién llegados. Sus azules dientes parecían negros en la penumbra.

    —Bienvenidos, caballeros. Llegan justo a tiempo para la Última Cena.
    —La Última Cena —gritó Carmody dirigiéndose hacia el lavabo—. ¡Ja! Yo seré mi homónimo, el buen viejo Juan. ¿Pero quien hará el papel de Judas?

    Oyó al padre Skelder gruñir indignado y al padre Ralloux bramar:

    —Hay un pequeño Judas en cada uno de nosotros.

    Carmody no pudo resistir la tentación de detenerse y decir:

    —¿También tú estás en estado, cariño? —y siguió andando, riéndose a grandes carcajadas. Cuando regresó y se sentó a la mesa, Carmody se sometió con una sonrisa a la acción de gracias de Skelder y a la petición de bendiciones de Madre Kri. Era más fácil permanecer en silencio por un momento que buscarse complicaciones insistiendo que se sirviera inmediatamente la comida.
    —Cuando estés en Roma... —le dijo a Skelder, y se sonrió a sí mismo ante la perplejidad del monje—. Páseme la sal, por favor —prosiguió—, pero no la derrame.

    Estalló en una risotada cuando Skelder hizo eso precisamente.

    —¡Judas resucitado!

    El rostro del monje enrojeció. Frunció el ceño.

    —Con su actitud, señor Carmody, dudo mucho de que sobreviva al Riesgo.
    —Más vale que se preocupe por usted mismo —dijo Carmody—. En lo que a mí respecta, tengo la intención de encontrar alguna chica apetitosa y concentrarme en ella con tal intensidad que no me daré cuenta hasta mucho después de que hayan pasado los siete días. Eso es lo que debería intentar también usted, Prior.

    Skelder se pellizcó el labio. Su largo y delgado rostro estaba diseñado para expresar desaprobación; las numerosas y profundas arrugas en su frente y mejillas, las protuberancias óseas de los pómulos y mandíbula, la larga y carnosa nariz apuntando hacia abajo, llevaban el sello del juez severo, mostraban la huella de un Creador que había modelado aquella carne de arcilla a imagen de la virtud, y luego la había puesto a cocer hasta adquirir la dureza de la piedra. Pero la piedra daba ahora señales de humanidad, ya que estaba tensa y enrojecida por la caliente sangre que fluía bajo la piel. Los pálidos ojos grisazulados relampagueaban bajo las cejas color oro pálido.

    La suave voz del padre Ralloux se desparramó como una bendición por la estancia.

    —La cólera no es precisamente una de las virtudes.

    Era un hombre extraño, aquel clérigo de rasgos tan contradictorios, las enormes orejas en forma de asas de cántaro, el pelo rojo, la nariz respingona, y los labios sonrientes de un irlandés de caricatura, todo ello desmentido por los enormes ojos oscuros y sus largas pestañas femeninas. Sus hombros eran amplios y su cuello fuertemente musculoso, pero sus poderosos brazos estaban rematados por unas delicadas y hermosas manos de mujer. Sus suaves y líquidos ojos lo miraban a uno grave y honestamente, y sin embargo uno tenía la impresión de que había algo turbador en ellos.

    Carmody se había preguntado por qué aquel hombre era el ayudante de Skelder, ya que no era excesivamente conocido como podía serlo el viejo. Pero había sabido que Ralloux tenía una buena reputación en los círculos antropológicos. De hecho, estaba situado en un plano tan alto como su superior, pero Skelder estaba al cargo de la expedición debido a su renombre en otros campos. El delgado monje estaba a la cabeza de la facción conservadora de la Iglesia que intentaba reformar la actual moralidad de los laicos; su imagen y su voz grabadas habían aparecido en todos los planetas de la Federación donde existía un reproductor; había retumbado denunciando la desnudez en casa y en las playas públicas, las relaciones matrimoniales bajo contrato a corto plazo, las actitudes sexuales polimorfas y perversas, todo aquello que antiguamente había sido prohibido por la sociedad occidental terrestre y especialmente por la Iglesia pero que ahora era tolerado, si no aprobado, entre los laicos debido a que era socialmente aceptable. Deseaba usar las más potentes armas de la Iglesia para forzar el regreso a los estándares anteriores; cuando los liberales y los moderados de la Iglesia lo acusaron de Victoriano, adoptó alegremente ese título, declarando que esa era la época a la cual deseaba regresar. Eran esos antecedentes los responsables ahora de la furiosa mirada que lanzó al padre Ralloux.

    —¡Nuestro Señor se encolerizó cuando la ocasión se lo exigió! ¡Recuerde los mercaderes en el templo y la higuera! —Apuntó a su compañero con un largo dedo—. ¡Es un error pensar en Él como en el dulce Jesús! Uno tiene que tomarse tan solo la molestia de leer los Evangelios para comprender inmediatamente que era un hombre duro en muchos aspectos, que...
    —Dios mío, qué hambre tengo —dijo Carmody con voz fuerte, interviniendo no tan solo para cortar el torrente de palabras sino porque realmente estaba hambriento. Tenía la impresión de no haber estado nunca tan vacío.
    —Durante los próximos siete días se dará cuenta de que necesitará comer una enorme cantidad de alimentos —dijo Tand—. Su energía va a verse drenada tan rápidamente como sea capaz de acumularla.

    Madre Kri se levantó y salió de la estancia para regresar rápidamente llevando una bandeja llena de pastelillos.

    —Caballeros, hay siete, cada uno de ellos hecho a la imagen de uno de los Siete Padres de Yess. Se hacen siempre en ciertas fiestas religiosas, una de las cuales es la Última Cena antes del Sueño. Espero, caballeros, que no les incomode compartirlos. Un bocado de cada uno de los pastelillos y un sorbo de vino con cada uno de ellos es la costumbre. Esa comunión simboliza no solo que están compartiendo ustedes la carne y la sangre de Yess sino que han recibido el poder de crear su propio dios, como hicieron los Siete.
    —Ralloux y yo no podemos hacer esto —respondió Skelder—. Cometeríamos un sacrilegio.

    La señora Kri pareció apesadumbrada, pero volvió a animarse cuando Carmody y Aps, el vegano, dijeron que ellos participarían. Carmody pensaba que sería un signo de buena política para el caso de que necesitara usar a la señora Kri más tarde. —No creo —dijo la mujer— que le reporte ningún perjuicio, padre Skelder, el conocer la historia de los Siete.

    —La conozco —dijo el hombre—. Estudié su religión antes de venir aquí. No me permito el permanecer ignorante de ningún tema si puedo ponerle remedio. Si comprendí bien, el mito dice que en el principio de los tiempos la diosa Boonta tenía dos hijos, concebidos por sí misma. Al llegar a la edad adulta, uno de los hijos, el malvado, mató al otro, lo cortó en siete pedazos y los enterró en lugares muy distanciados para que su madre no fuera capaz de reunidos de nuevo y devolverle la vida a su hijo. El hijo malvado, o Algul como lo llaman ustedes, reinó sobre el mundo, y no destruyó a la humanidad por completo gracias a que su madre lo frenaba. El mal estaba en todas partes; los hombres eran visceralmente perversos, como en los tiempos de nuestro Noé. Entonces les fue dicho a los pocos seres buenos que aún le rogaban a la Madre que resucitara a su hijo bueno que si era posible que siete hombres buenos se reunieran en un mismo lugar y a un mismo tiempo, el hijo podría ser resucitado. Se presentaron voluntarios que intentaron resucitar a Yess, pero ninguno era lo suficientemente calificado como para que siete de ellos existieran en ese mundo a un mismo tiempo. Transcurrieron siete siglos, y el mundo se hundía cada vez más en la depravación.

    Y luego, un día, se reunieron siete hombres, siete hombres buenos, y Algul, el hijo malvado, en un esfuerzo por frustrarlos, hizo que todo el mundo se durmiera excepto siete de sus más malvados seguidores. Pero los siete hombres buenos lucharon contra el Sueño, tuvieron una unión mística, una especie de relación psíquica con la Madre —el rostro de Skelder se crispó con disgusto—, convirtiéndose cada uno de ellos en su amante, y los siete fragmentos del hijo Yess fueron reunidos, juntados y reanimados, y volvieron a vivir. Los siete demonios se convirtieron en toda suerte de monstruos, y los siete hombres buenos se transformaron en dioses menores, consortes de la Madre. Yess devolvió el mundo a su anterior estado. Su hermano gemelo fue despedazado en siete trozos, que fueron enterrados en distintos lugares a lo largo de todo el planeta. Desde entonces, el bien ha dominado al mal, pero queda todavía mucho mal en el mundo, y la leyenda dice que si siete hombres absolutamente malvados consiguen reunirse durante el tiempo del Sueño, pueden ser capaces de resucitar a Algul.

    Hizo una pausa, sonrió en una tranquila burla del mito, y dijo:

    —Hay otros aspectos, pero esto es lo esencial. Obviamente, es un relato simbólico del conflicto entre el bien y el mal en este universo; muchos de sus elementos son universales; pueden ser hallados en casi todas las religiones de la galaxia.
    —Simbolismo o no, universal o no —dijo la señora Kri—, queda el hecho de que siete hombres crearon a su dios Yess. Lo sé porque le he visto andar por las calles de Kareen, lo he tocado, le he visto realizar sus milagros, aunque a él no le guste. Y sé que durante el Sueño hay hombres malvados que se reúnen para crear a Algul. Puesto que saben que si él vuelve a la vida, entonces ellos, de acuerdo con la antigua promesa, reinarán sobre este mundo y tendrán todo lo que deseen.
    —Oh, vamos, señora Kri. No quiero desprestigiar su religión, pero ¿cómo puede usted saber que ese hombre que proclama ser Yess lo es realmente? —dijo Skelder—. ¿Y cómo unos simples hombres podrían modelar un dios a partir del aire?
    —Lo sé porque lo sé —dijo ella, ofreciendo la antigua e indiscutible respuesta del creyente. Se tocó el ampuloso pecho—. Hay algo aquí que me dice que es así.

    Carmody dejó escapar su prolongada e irritante risa.

    —Le ha ganado, Skelder. Lo ha quemado con el propio petardo de usted. ¿No es esta la última defensa de su propia Iglesia cuando todas las demás se han derrumbado?
    —No —respondió fríamente Skelder—. No lo es. En primer lugar, ninguna de lo que usted llama nuestras defensas se ha derrumbado. Permanecen firmes como una roca, impávidas a las burlas de los mezquinos ateos y a los golpes de los gobiernos organizados. La Iglesia es imperecedera, como lo son sus enseñanzas; su lógica es irrefutable; la Verdad es su más preciosa posesión.

    Carmody se echó a reír de nuevo, pero se negó a seguir hablando del asunto. Después de todo, ¿qué diferencia planteaba lo que pudiera pensar Skelder o cualquier otro? Lo que él quería ahora era acción; estaba cansado de palabras estériles.

    La señora Kri se había levantado de la mesa y estaba retirando los platos. Carmody deseando extraerle más información y no queriendo que los otros lo oyeran, dijo que le ayudaría a lavarlos. La señora Kri se mostró encantada; le gustaba Carmody debido a que siempre tenía pequeños detalles hacia ella y de tanto en tanto le hacía delicados halagos. Aunque era lo suficientemente astuta como para comprender que tras todo aquello había un propósito, no dejaba de gustarle.

    En la cocina, Carmody dijo:

    —Vamos, Madre Kri, dígame la verdad. ¿Realmente ha visto a Yess? ¿Como me está viendo a mí ahora?

    Ella le tendió un plato para que lo secara.

    —Lo he visto a él más veces que a usted. Lo he tenido incluso una vez a cenar.

    Carmody tuvo dificultades en asimilar aquel prosaico contacto con la divinidad.

    —Oh —dijo—. ¿Realmente?
    —Realmente.
    —¿Y luego fue también al baño? —preguntó, pensando que aquella era la última prueba, la distinción básica entre el hombre y el dios. Uno podía imaginar a una deidad comiendo, quizá para hacer su presencia más familiar a sus discípulos, quizás incluso para saborear las cosas buenas de la vida, pero la excreción parecía tan innecesaria, tan poco divina que, bueno...
    —Por supuesto —dijo la señora Kri—. ¿Acaso Yess no está hecho de sangre y entrañas como usted y yo?

    Skelder entró en aquel momento, ostensiblemente para beber un poco de agua pero realmente, pensó Carmody, para escucharles.

    —Claro que sí —dijo el monje—. ¿No lo son todos los hombres? Dígame, señora Kri, ¿cuánto tiempo hace que conoce usted a Yess?
    —Desde que era niña. Ahora tengo cincuenta años.
    —¿Y no ha envejecido nada, sigue siendo siempre joven, intocado por el tiempo? —dijo Skelder, con su voz teñida por el sarcasmo.
    —Oh, no. Es un viejo ahora. Puede morir en cualquier momento.

    Los dos terrestres enarcaron las cejas.

    —Quizá haya algún malentendido aquí —dijo Skelder, hablando tan rápidamente que daba la impresión de un buitre rondando en torno a la señora Kri—. Alguna diferencia en la definición, o en el lenguaje quizá. Un dios, según entendemos nosotros el término, no muere nunca.

    Tand, que acababa de entrar en la cocina a tiempo para captar las últimas palabras, dijo:

    —¿Acaso el dios de ustedes no murió en la cruz?

    Skelder se mordió el labio, luego sonrió y dijo:

    —Debo pedirles que me perdonen. Y debo confesar que soy culpable de un lapsus de memoria, culpable porque he permitido que un segundo de rabia ofuscara mi pensamiento. He olvidado por un instante la distinción entre las Naturalezas Humanas y Divinas de Cristo. Estaba pensando en términos puramente paganos, e incluso entonces estaba equivocado, ya que los dioses paganos son mortales. Quizá ustedes los kareenianos hagan la misma distinción entre la naturaleza humana y la divina de su dios Yess. No lo sé. No llevo el tiempo suficiente en este planeta como para determinarlo; hay muchas otras cosas que asimilar antes de que pueda estudiar los puntos más sutiles de su teología.

    Hizo una pausa, respiró profundamente y luego, como si se preparara para sumergirse en el mar, adelantó su cabeza, arqueó los hombros y dijo:

    —Sigo creyendo que hay una enorme diferencia entre su concepción de Yess y la nuestra de Cristo. Cristo resucitó y luego subió al Cielo para reunirse con Su Padre. Además, Su muerte era necesaria si Él quería cargar con todos los pecados del mundo y salvar así a la humanidad.
    —Si Yess muere, renacerá de nuevo algún otro día.
    —No me entienden. Existe la diferencia muy importante de que...
    —¿De que su historia es cierta y la nuestra falsa, un mito pagano? —respondió Tand, sonriendo—. ¿Quién puede decir lo que es realidad, lo que es mito, o que un mito no es algo tan real como, digamos, esta mesa de aquí? Todo lo que actúa provocando una acción en este mundo es real, y si un mito engendra acción, entonces ¿no es real? Las palabras pronunciadas aquí ahora morirán en vibraciones decrecientes, pero ¿quién sabe qué efecto inmortal pueden provocar?

    Repentinamente la estancia se ensombreció y todos sus ocupantes se sujetaron en lo que tuvieron más a mano, el respaldo de una silla, el borde de una mesa, cualquier cosa que les permitiera mantener el equilibrio. Carmody sintió que lo invadía una oleada de calor y vio que el aire ante él se endurecía, parecía convertirse en un espejo.

    La sangre brotó del espejo, lanzada contra su rostro como el chorro de una manguera, cegándole, inundándole, entrando por su abierta boca, deslizándose por su garganta y dejándole un gusto salado.

    Se produjo un grito, no producido por él sino por alguien a su lado. Dio un salto hacia atrás, sacó su pañuelo, se limpió la sangre de sus ojos, vio que la apariencia espejeante había desaparecido al igual que el chorro de sangre, pero que la mesa y el suelo junto a él tenían un color carmesí. Deben haber sido al menos cinco litros, pensó; exactamente lo que uno esperaría de una mujer que pesara unos cincuenta kilos.

    No tuvo oportunidad de seguir aquella línea de pensamiento ya que tuvo que dar un salto de costado para evitar a Skelder y a la señora Kri que estaban forcejeando por toda la cocina; quien dominaba era la señora Kri, ya que era la más pesada y, quizá, la más fuerte. Ciertamente era la más agresiva, ya que estaba haciendo todo lo posible por estrangular al monje. Este se aferraba a las manos que apretaban su cuello y gritaba:

    —¡Quite sus sucias manos de encima mío, especie de... de... hembra!

    Carmody rugió una risotada, y el sonido pareció romper el maníaco conjuro que poseía a la señora Kri. Como si se despertara sobresaltada de un sueño, se detuvo, parpadeó, dejó caer sus manos y dijo:

    —¿Qué es lo que estaba haciendo?
    —¡Estaba intentando estrangularme! —gritó Skelder—. ¿Qué infiernos le ocurría?
    —Oh, Dios —dijo ella, sin dirigirse a nadie en particular—. Es más tarde de lo que creía. Será mejor que me vaya a dormir inmediatamente. De repente me ha parecido que era usted el hombre más odioso del mundo, debido a lo que había dicho sobre Yess, y he deseado matarle. Realmente, me ha irritado un poco lo que ha dicho usted, pero no hasta tal punto.
    —Aparentemente —dijo Tand—, su rabia es mucho más profunda de lo que usted cree, señora Kri. Usted la ha enterrado en su inconsciente, se niega a admitirla, y así...

    No terminó. Ella se había girado para mirar a Carmody y se había dado cuenta por primera vez de que estaba cubierto de sangre y de que había sangre por toda la cocina.

    Chilló.

    —¡Cierre su maldita boca! —dijo Carmody, casi desapasionadamente, y la abofeteó en los labios. Ella dejó de chillar, parpadeó de nuevo, y dijo con voz temblorosa:
    —Bueno, será mejor que limpie toda esa porquería. Odiaría despertarme y tener que rascarlo todo una vez se haya secado. ¿Está seguro de que no está usted herido?

    Él no respondió; salió de la cocina y subió a su habitación, donde empezó a quitarse sus empapadas ropas. Ralloux, que lo había seguido, dijo:

    —Estoy empezando a tener miedo. Si tales cosas pueden ocurrir, y obviamente no son alucinaciones, entonces ¿quién sabe lo que va a ser de nosotros? —Pensaba que teníamos un aparatito que nos iba a mantener a salvo —dijo Carmody, quitándose la última de sus viscosas prendas y dirigiéndose a la ducha—. ¿O no está usted seguro de ello? —Se echó a reír al ver la expresión desesperada de Ralloux, y dijo desde detrás de la cortina de agua caliente que caía sobre su cabeza—: ¿Qué ocurre? ¿Realmente está asustado?
    —Sí, lo estoy. ¿Usted no?
    —¿Asustado yo? No, nunca he tenido miedo a nada en toda mi vida. Y no lo digo por decir, ya lo sabe. Realmente no sé lo que es sentir miedo.
    —Sospecho fuertemente que usted no sabe lo que es sentir nada —dijo Ralloux—. A veces me pregunto si tiene usted un alma. Debe estar evidentemente en algún lugar, pero tan enterrada que nadie, ni siquiera usted mismo, puede verla. De otro modo...

    Carmody rió y empezó a enjabonarse el pelo.

    —El arreglacabezas de John Hopkins decía que yo era un psicópata congénito, que había nacido incapaz de comprender siquiera un código moral, que estaba más allá de toda culpabilidad, más allá de toda virtud, no que hubiera nacido con una enfermedad mental, entiéndalo, sino tan solo con algo menos, eso que hace que un ser humano sea un ser humano. No me ocultó el decirme que yo era una de esas rara avis ante las cuales la ciencia del Año de Nuestro Señor 2256 era completamente impotente. Lo sentía, me dijo, pero probablemente tendrían que internarme para el resto de mi vida, probablemente bajo sedantes suaves para hacerme inofensivo y dócil, e indudablemente me convertiría en el sujeto de miles de experimentos encaminados a determinar qué era lo que crea al psicópata constitucional.

    Carmody hizo una pausa, salió de la ducha, y empezó a secarse.

    —Bueno —prosiguió, sonriendo—, puede imaginar que yo no iba a soportar aquello. No John Carmody. Así que... escapé de Hopkins, escapé de la Tierra, llegué a El Trampolín... en el extremo de la galaxia, el último planeta colonizado de la Federación; permanecí allí un año, hice una fortuna contrabandeando peras sodomitas, estuve a punto de ser atrapado por Raspold, ya sabe, ese Sherlock Holmes galáctico, pero lo eludí y me vine aquí, donde la Federación no tiene jurisdicción alguna. Pero no tengo intención de quedarme aquí; no porque sea un mal mundo, aquí podría ganar también mucho dinero, la comida y los licores son buenos, y las mujeres son lo suficientemente inhumanas como para atraerme. Pero deseo demostrar lo que es realmente la Tierra, un establo para asnos estúpidos. Tengo la intención de regresar a la Tierra para vivir allí en completa inmunidad de arresto. Y hacer todo lo que me plazca, aunque por supuesto seré discreto en algunas cosas.
    —Si cree usted que puede hacer eso, está completamente loco. Será arrestado en el momento mismo en que descienda de la nave.

    Carmody se echó a reír.

    —¿Lo cree de veras? Supongo que sabe que la Oficina Federal Antisocial depende para su información y parcialmente para sus directrices del Boojum.

    Ralloux asintió.

    —Bien, después de todo, el Boojum es tan solo un monstruoso banco de memoria proteínico y un computador de probabilidades. Contiene almacenada en sus células toda la información disponible acerca de un tal John Carmody, e indudablemente ha enviado órdenes de que todas las naves que abandonen la Alegría de Dante sean registradas en su busca. ¿Pero y si le llega la prueba de que John Carmody está muerto? Entonces el Boojum cancelará todas las órdenes relativas a Carmody, y retirará la información de sus archivos mecánicos. Así pues, cuando un colono de digamos Wildenwooly, que ha hecho fortuna y desea gastarla en la Tierra, acuda a su planeta natal, ¿quién va a molestarle, aunque se parezca notablemente a John Carmody?
    —¡Pero eso es absurdo! En primer lugar, ¿cómo obtendrá el Boojum la prueba positiva de su muerte? Y en segundo lugar, cuando aterrice en la Tierra, sus huellas dactilares, retínales y circunvoluciones cerebrales van a ser tomadas e identificadas. Carmody sonrió alegremente.
    —No tengo la menor intención de revelarle cómo me las arreglaré para lo primero. En cuanto a lo segundo, ¿qué importancia tiene el que todas mis huellas sean registradas? No van a ser comparadas con nada; serán simplemente las de un inmigrante, alguien nacido en un planeta-colonia, que son registradas por primera vez. Ni siquiera me tomaré la molestia de cambiarme el nombre.
    —¿Y si alguien le reconoce?
    —¿En un mundo de diez mil millones de habitantes? Correré el riesgo.
    —¿Quién me impedirá a mí decírselo a las autoridades?
    —¿Acaso los muertos hablan?

    Ralloux palideció, pero no se echó atrás. Su expresión seguía siendo la del educado monje de rostro grave, con sus grandes y brillantes ojos mirando honestamente a Carmody, pero dándole una apariencia en cierto modo grotesca enfrentados con aquel conjunto nariz respingona labios carnosos grandes orejas.

    —¿Tiene intención de matarme? —dijo.

    Carmody rió jovialmente.

    —No, no será necesario. ¿Tanto usted como Skelder creen por un momento salir de la Noche vivos y en su sano juicio? Ya han visto lo que ha ocurrido durante los escasos breves destellos que hemos tenido. Eso no son más que preludios, puestas a punto. ¿Qué ocurrirá en la auténtica Noche?
    —¿Y qué le ha ocurrido a usted? —dijo Ralloux, todavía pálido.

    Carmody se alzó de hombros, se pasó la mano por su negroazulado cabello parecido a las púas de un puercoespín, ahora limpios de sangre.

    —Aparentemente mi subconsciente o como usted quiera llamarlo está proyectando fragmentos del cuerpo de Mary, reconstruyendo el crimen, si puede decirse así. El cómo puede tomarse un fenómeno puramente subjetivo y transformarlo en una realidad objetiva, no lo sé. Tand dice que hay varias teorías que intentan explicarlo científicamente, dejando a un lado lo sobrenatural. No tiene importancia. No me importó cortar a Mary en pedacitos, y no me importa tampoco ver como algunos de esos pedazos vuelven ahora flotando a mi vida. Podría nadar a través de su sangre, o de la de cualquier otro, con tal de alcanzar mi meta.

    Hizo una pausa, miró con los ojos entrecerrados pero sin dejar de sonreír a Ralloux, y dijo:

    —¿Qué es lo que ha visto usted durante esos destellos?

    Ralloux, más pálido que nunca, tragó saliva. Hizo la señal de la cruz.

    —No sé por qué tendría que decírselo. Pero se lo diré. Estaba en el Infierno.
    —¿En el Infierno?
    —Ardiendo. Con los demás condenados. Con el noventa y nueve por ciento de todos los que han vivido, están viviendo o vivirán. Millones y millones.

    Su rostro se humedeció.

    —No era algo imaginario. Sentía el dolor. El mío, y el de los demás.

    Permaneció en silencio, mientras Carmody inclinaba la cabeza hacia un lado como un pájaro perplejo intentando comprender a otro. Luego murmuró:

    —Un noventa y nueve por ciento.
    —Así —dijo Carmody— que eso es lo que más le inquieta, esa es la premisa básica de su pensamiento.
    —Si es así, yo no lo sabía —murmuró el monje.
    —¡Qué ridículo puede llegar a ser! Incluso su propia Iglesia ha dejado de insistir en el concepto medieval de las llamas literales. Aunque, no sé. Por lo que veo de la mayor parte de la gente, merecen freírse. Me gustaría ser el supervisor de los hornos; me he encontrado con alguna gente a lo largo de mi corta vida cuyo gordo egotismo me gustaría hacer arder junto con ellos... Incrédulamente, Ralloux dijo:
    —¿Usted odia a los egotistas?

    Carmody, ya limpio y vestido, sonrió y empezó a bajar las escaleras.

    El estropicio, anunció la señora Kri, había sido limpiado, y ahora iba a bajar a la cripta para el Sueño. Dejaría la casa abierta para su conveniencia, dijo, pero esperaba que cuando despertara no encontraría nada demasiado sucio, que se limpiarían los pies antes de entrar y que vaciarían los ceniceros y lavarían los platos. Luego insistió en darles a cada uno un beso de paz, y después se echó a llorar y a gemir diciendo que tal vez nunca volvería a verles de nuevo, y pidiéndole a Skelder que la perdonara por su ataque anterior. Él se mostró magnánimo y le concedió su bendición.

    Cinco minutos más tarde, la señora Kri, habiéndose inyectado la dosis necesaria de hibernativos, cerró la gran puerta de hierro de la cripta y aseguró los cerrojos por dentro.

    Tand les dijo adiós.

    —Si el trance me llega antes de que alcance mi propia cripta, deberé pasar la Noche, lo quiera o no. Una vez se inicia, no se puede volver atrás. Todo es blanco y negro entonces; uno sobrevive o no sobrevive. Al final del séptimo día, eres un dios, un cadáver o un monstruo.
    —¿Y qué se hace con los monstruos? —preguntó Carmody.
    —Nada, si son inofensivos, como el marido de la señora Kri. En otro caso, los matamos.

    Tras algunas otras observaciones, estrechó sus manos, sabiendo que era una costumbre terrestre, deseándoles, no suerte, sino una recompensa conveniente. A Carmody fue al último que le dijo adiós, apretando su mano más largamente mientras le miraba directamente a los ojos.

    —Esta es su última oportunidad de llegar a ser algo. Si la Noche no rompe las heladas profundidades de su alma, si sigue siendo un iceberg de la cabeza a los pies, como lo es ahora, entonces estará definitivamente perdido. Si existe la menor chispa de calidez, de humanidad, déjela convertirse en una llama y que le consuma, sea cual sea el dolor. El dios Yess dijo una vez que para ganar la vida uno debe perderla. No hay nada de original en ello... otros dioses, otros profetas, en cualquier lugar donde haya seres sentientes, han dicho lo mismo. Pero es cierto en varias maneras, en inimaginables maneras.

    Tan pronto como Tand se hubo ido, los tres terrestres subieron silenciosamente la escalera y tomaron de una gran maleta tres cascos, cada uno de ellos con una pequeña caja en su parte superior, a la que estaba fijada una larga antena. Los colocaron sobre sus cabezas, luego giraron un dial justo debajo de su oreja derecha.

    Skelder frunció sus delgados labios dubitativamente y dijo:

    —Espero realmente que los científicos de Jung estén en lo cierto en su teoría. Dicen que desde el momento en que este aparato detecta una onda electromagnética, emite otra onda que la anula; que no importa lo intensas que sean las energías de la tormenta magnética, deberemos ser capaces de andar a través de ella sin vernos afectados.
    —Yo también lo espero —dijo Ralloux, con aire abatido—. Ahora me doy cuenta de que, pensando que podía vencer lo que hombres mejores que yo han considerado invencible, estaba cometiendo el peor de todos los pecados, el del orgullo espiritual. Quiera Dios perdonarme. Le doy las gracias por estos cascos.
    —Yo también le doy las gracias —dijo Skelder—, pero pienso que no deberíamos tener que recurrir a ellos. Nosotros dos tendríamos que depositar nuestra confianza en Él y descubrir nuestras cabezas, y nuestras almas, a las fuerzas maléficas de este planeta pagano.

    Carmody sonrió cínicamente.

    —No hay nada que les impida hacerlo. Adelante. Quizá con ello consigan una aureola.
    —Tengo órdenes de mis superiores —respondió Skelder rígidamente.

    Ralloux se puso en pie y empezó a pasear arriba y abajo.

    —No acabo de comprenderlo. ¿Cómo unas tormentas magnéticas, incluso de una violencia sin paralelo, pueden excitar los núcleos atómicos de unos seres situados en un planeta a cien millones de kilómetros de distancia, y al mismo tiempo sondear y activar la mente subconsciente hasta tal punto que ponga un férreo dogal a la consciencia y provoque inconcebibles cambios psicológicos? El sol se torna violeta, extiende su invisible varilla mágica, y despierta la imagen de la bestia que vive en las oscuras cavernas de nuestras mentes, o del dios de oro que duerme en ellas. Bueno, puedo comprender algo de ello. Los cambios en las frecuencias electromagnéticas del sol de la Tierra no solo influyen en el clima y el tiempo, sino que también controlan el comportamiento humano. ¿Pero cómo puede esta estrella actuar sobre la carne y la sangre de tal modo que la tensión de la piel disminuya, que los huesos se ablanden, se doblen, se endurezcan en formas desconocidas que no se hallan impresas en los genes...?
    —Todavía no sabemos lo suficiente sobre los genes como para decir qué formas se hallan implícitas en ellos —interrumpió Carmody—. Cuando yo era un estudiante de medicina en Hopkins, vi algunas cosas realmente extrañas. —Guardó silencio, pensando en aquellos días.

    Skelder se sentó, envarado y con los labios prietos, en una silla, con su casco dándole un aspecto más de soldado que de monje.

    —No va a ser largo —dijo Ralloux, sin dejar de pasear arriba y abajo—. No tendremos que esperar mucho a que comience la Noche. Si es cierto lo que dice Tand, las primeras veinte horas o así sumirán a todos los que permanezcan en pie, excepto nosotros que estamos protegidos por nuestros cascos, en un profundo coma. Aparentemente, los cuerpos de los durmientes adquieren una resistencia parcial, de tal modo que poco más tarde se levantan. Una vez despiertos, están tan cargados de energía o de no sé qué tipo de impulso, que no pueden dormir hasta que finalice la fase violenta del sol. Es mientras estén durmiendo que nosotros...
    —¡...haremos nuestro trabajo sucio! —dijo Carmody alegremente.

    Skelder se puso en pie.

    —¡Protesto! Estamos aquí efectuando una investigación científica, y nos hemos asociado con usted simplemente porque hay un cierto trabajo que nosotros...
    —...no queremos mancharnos nuestras blancas e inmaculadas manos con él —dijo Carmody.

    En aquel momento la luz de la estancia se oscureció, adquiriendo un tono violeta profundo. Hubo un vértigo, luego una debilitación de todos sus sentidos. Pero duró tan solo un segundo, lo suficiente sin embargo para que les fallasen las rodillas y cayeran los tres al suelo.

    Carmody se levantó a cuatro patas, tembloroso, agitó la cabeza como un perro al que acaban de apalear y dijo:

    —¡Huau, vaya sacudida! Es bueno llevar estos cascos. Parecen habernos protegido.

    Se puso en pie, los músculos agarrotados y doloridos. La habitación parecía estar llena de velos violetas, tan oscura y silenciosa estaba.

    —Dígame, Ralloux, ¿qué le ocurre? —preguntó.

    Ralloux, blanco como un fantasma, su rostro crispado por la agonía, saltó en pie, gritó, se arrancó el casco de la cabeza, y atravesó corriendo la puerta. Pudieron oír sus precipitados pasos resonando en el pasillo, luego bajando los escalones. Y la puerta de entrada resonó violentamente.

    Carmody se giró hacia el otro monje.

    —Él... ¿qué le ocurre a usted?

    La boca de Skelder estaba abierta, y miraba fijamente al reloj de la pared. Repentinamente, se giró hacia Carmody.

    —¡Aléjese de mí! —restalló.

    Carmody parpadeó, luego sonrió y dijo:

    —Seguro, ¿por qué no? Nunca pensé que su piel fuera agradable de acariciar, de veras. Observó divertido como Skelder empezaba a deslizarse a lo largo de la pared en dirección a la puerta.
    —¿Por qué cojea?

    El monje no respondió, pero salió de la estancia andando como un cangrejo. Un momento más tarde la puerta de la casa resonó otra vez. Carmody, ahora solo, permaneció pensativo un instante, luego examinó el reloj que había estado mirando el monje. Como la mayor parte de los instrumentos kareenianos que marcaban el tiempo, señalaba la hora del día, el día, el mes y el año. El ataque de violeta se había producido a las 17:25 horas. Ahora eran las 17:30.

    Habían pasado cinco minutos.

    Mas veinticuatro horas.


    —¡No es sorprendente que me duelan todos los músculos! —dijo Carmody en voz alta—. ¡Y que esté tan hambriento!

    Se quitó el casco y lo arrojó al suelo.

    —Bueno, ya está hecho. Un noble experimento. —Bajó a la cocina, medio esperando verse sorprendido con un nuevo chorro de sangre a la cara. Pero no había nada anormal. Silbando alegremente, tomó algo de comida y un poco de leche del refrigerador, se hizo él mismo los bocadillos, comió con apetito, luego comprobó el buen funcionamiento de su pistola. Satisfecho, se levantó y se dirigió hacia la puerta delantera.

    El teléfono sonó.

    Vaciló, luego decidió responder. Si es que valía la pena, se dijo.

    Descolgó el auricular.

    —¿Sí?
    —¡John! —dijo una encantadora voz femenina.

    Echó bruscamente la cabeza hacia atrás, como si el receptor fuera una serpiente.

    —¿John? —repitió la voz, ahora sonando más lejana, espectral.

    Inspiró profundamente, cuadró los hombros, apoyó de nuevo resueltamente el auricular en su oído.

    —John Carmody al habla. ¿Quién es?

    No hubo respuesta.

    Lentamente, depositó el auricular en su horquilla.

    Cuando salió de la casa, se halló sumergido en una oscuridad iluminada tan solo por las farolas de la calle, situadas a intervalos de treinta metros, y por la enorme luna, que colgaba difusa y violeta y malévola sobre el horizonte. El cielo estaba claro, pero las estrellas parecían muy lejanas, manchas imprecisas que intentaran perforar la purpúrea bruma. Los edificios eran como icebergs surgiendo entre la niebla, amenazadores, pareciendo a punto de derrumbarse sobre uno. Solo cuando uno se acercaba mucho a ellos cristalizaban estabilizándose.

    La ciudad estaba silenciosa. Ni el ladrido de un perro, ni el chillido de un pájaro nocturno, ningún claxon, ninguna sirena, ninguna tos, ni el cerrarse de una puerta, ni el seco taconeo de unos pasos en la acera, ni una risa. Si la visión estaba amortiguada, el sonido estaba muerto.

    Carmody vaciló, preguntándose si podría tomar el coche que había visto parado junto a la acera. Seis kilómetros hasta el Templo era una larga caminata cuando uno pensaba en lo que podía acechar entre las brumosas y violetas tinieblas. No era que sintiera miedo, pero no tenía por qué tropezar con obstáculos innecesarios. Un coche le daría velocidad para escapar; pero por otro lado era mucho más detectable.

    Decidiendo que conduciría los primeros tres kilómetros, y luego caminaría, abrió la portezuela. Retrocedió, y su mano se crispó sobre su arma. Pero la dejó caer.

    El ocupante, tendido boca abajo en el asiento, estaba muerto. La linterna de Carmody, enfocada sobre el rostro del hombre, reveló una masa de llagas secas. Aparentemente, el conductor había sido uno de los que habían intentado correr el Riesgo o quizá había tardado demasiado en sumirse en el Sueño. Algo, quizá una explosión de cáncer, lo había carcomido, había devorado incluso los globos oculares y engullido la mitad de su nariz.

    Carmody sacó el cuerpo y lo tiró en la calle. Tardó varios minutos en calentar el agua de la caldera y luego se puso en marcha lentamente, con todas las luces apagadas. A medida que avanzaba, vigilando a ambos lados en busca de extraños, manteniéndose cerca del bordillo de su izquierda para mantener el contacto con algo sólido, pensó en aquella voz al teléfono, intentando analizar cómo había podido producirse.

    Para empezar, se dijo, tenía que aceptar absolutamente que él, John Carmody, a través del poder de su mente, había creado de la nada algo sólido y objetivo. Al menos, él era el transmisor de la energía. No creía que su cuerpo contuviera el poder suficiente como para transmutar la energía en materia; si sus propias células tenían que proporcionarla, arderían por completo antes incluso de que se iniciara el proceso. Por lo tanto, él debía ser no el motor, sino el transmisor, el transformador. El sol proporcionaba la energía; él, el catalizador.

    De acuerdo. Así pues, si algo que no podía controlar —un pensamiento odioso pero que no podía negar—, si algo que no podía controlar estaba reconstruyendo a su esposa muerta, él al menos era el ingeniero, el escultor. Lo que ella resultara dependía de él.

    La única explicación que podía dar era que aquel proceso utilizaba de alguna forma, no el conocimiento consciente del cuerpo humano, sino el autoconocimiento subconsciente de su cuerpo. A través de algún medio, sus células se reproducían por sí mismas directamente en el cuerpo renacido de Mary. ¿Eran entonces las células del cuerpo de ella las imágenes de las suyas en un espejo, como las células de un gemelo lo son de las del otro?

    Eso podía comprenderlo. Pero ¿y los órganos que eran peculiarmente femeninos? Era cierto que su memoria contenía un minucioso inventario de la anatomía interna femenina. Había diseccionado bastantes cuerpos; y en lo que se refería a los órganos particulares de ella, los conocía lo suficientemente bien, ya que los había ido separando científica y cuidadosamente antes de irlos echando uno tras otro al triturador de basuras. Incluso había examinado el embrión de cuatro meses, la causa originaria de su ira y revulsión hacia ella, la creciente cosa en su interior que la transformaba de la más hermosa criatura del mundo en un monstruo de vientre deforme, que finalmente exigiría de modo inevitable una parte del amor que ella sentía por John Carmody. Incluso una pequeñísima parte sería mucho; él poseía la más preciosa, exquisita, absolutamente perfecta obra de arte; y era suya, de nadie más.

    Y luego, cuando él le había propuesto desembarazarse de aquel creciente estorbo, y ella había dicho que no, y él había insistido, y había intentado obligarla, y ella había luchado contra él, y luego había gritado que él no la quería como antes y que ese hijo ni siquiera era de él sino de un hombre que era un hombre, no un monstruo de egoísmo; entonces, por primera vez en su vida, que recordara, se había sentido furioso. Furioso era poco. Había perdido completamente el dominio de sí mismo, literalmente lo había visto todo rojo, había pensado todo rojo, se había ahogado en un flujo carmesí.

    Bueno, había sido la primera y la última vez. Y ahora estaba aquí a causa de aquello. ¿Aunque había sido realmente así? Aunque la pasión no le hubiera cegado en aquel momento, ¿no habría terminado matándola luego, simplemente porque la lógica se lo exigía? Y simplemente porque no podría aceptar la idea de que la más hermosa joya del universo se viera mancillada y deformada, monstruosa...

    Quizá. No importaba lo que hubiera podido ocurrir. Lo que había ocurrido era lo único que debía tener en cuenta un espíritu realista.

    Había el asunto de las células de ella, que deberían ser femeninas pero que no lo serían si eran imágenes reflejadas de las de él. Y había el asunto de su cerebro. Incluso si su cuerpo podía ser creado femenino a causa de su conocimiento de los órganos y de la estructura de los genes, el cerebro no sería el de Mary. Su configuración original, más los miles de millones de submicroscópicas circunvoluciones creadas por sus recuerdos, todo aquello estaría más allá de su poder, consciente o inconsciente.

    No, si ella tenía un cerebro, y debería tenerlo, entonces sería el suyo, el cerebro de John Carmody. Y si era así, entonces contendría sus recuerdos, sus actitudes. Se sentiría desconcertado de hallarse en el cuerpo de Mary, no sabría qué hacer, qué pensar. Pero, siendo John Carmody, hallaría el modo de extraerle el máximo partido posible a la situación.

    Sonrió ante aquel pensamiento. ¿Por qué no iba a su encuentro? Sería la mujer perfecta, su incomparable belleza y además su propia mente, que estaría siempre absolutamente de acuerdo con él. Un sublime autoabuso.

    Rió de nuevo. Mary había utilizado aquel mismo término en el último fulgurante momento antes de que él perdiera completamente el control. Había dicho que para él ella no era una mujer, una esposa, sino tan solo un instrumento superior para amarse a si mismo. Ella nunca había experimentado aquella gloriosa sensación de ser ambos una sola carne que en buena ley debe sentir una esposa amante y apasionada, no, ella siempre se había sentido sola. Y se había visto obligada a buscar a otro hombre, y tampoco entonces había experimentado realmente la maravilla de ser dos-hechos-uno debido a que sabía durante todo el tiempo que estaba pecando y que debería limpiar su conciencia a través de la confesión y el arrepentimiento. Incluso aquella sensación a la que tenía derecho le había sido negada. De todos modos, se había sentido más esposa y mujer con aquel hombre que con su propio marido.

    Bueno, se dijo como siempre, lo hecho hecho está. Olvidemos el pasado. Pensemos en la cosa que se parece a Mary.

    (Se sentía feliz de que aquella cosa tomara forma fuera de él, no en él, como ocurría con los demás. Quizá tenía realmente un alma de hielo, pero si era así, era bueno que la tuviera. El hielo repelía la subjetividad, hacía que el inconsciente surgiera fuera de él, y podía luchar contra aquello, contra una multitud de Marys, mientras que se hubiera sentido impotente si se hubiera hallado como aquella chica epiléptica o el marido de la señora Kri o el conductor de aquel coche devorado por el cáncer.)

    Gracias a la cosa que se parece a Mary.

    Si ella —ello— ha sido concebida fuera de tu cabeza, como Atenea de Zeus, entonces en el momento de su nacimiento tenía, por lo que tú puedes saber, tu propia mente. Pero desde ese momento, empieza a ser una criatura independiente, con pensamientos y motivaciones propias. Así que, John Carmody, si te hallaras de alguna forma desposeído de tu cuerpo original, alojado en la carne de una mujer a la que tú has matado, y supieras al mismo tiempo que el otro tú estaba en tu primer cuerpo, ¿qué es lo que harías?

    —Yo —dijo, murmurando para sí mismo— aceptaría inmediatamente el hecho de que era lo que era, de que no podía salirme de ello. Definiría las limitaciones dentro de las cuales debería moverme, y me pondría al trabajo. ¿Y qué es lo que haría? ¿Qué es lo que querría? Querría abandonar la Alegría de Dante e ir a la Tierra o a algún otro planeta de la Federación, donde podría encontrar fácilmente algún marido rico, donde podría insistir en convertirme en su esposa número uno. ¿Por qué no? Sería la mujer más hermosa del mundo.

    Dejó escapar una risita ante aquel pensamiento. Más de una vez se había imaginado a sí mismo como mujer, pensando en lo que realmente representaría eso, envidioso, en la medida en que le era posible envidiarlo, ya que una mujer hermosa con su cerebro tendría todo el universo agarrado por la cola, lo tendría tan fuerte como puede sujetarse por la cola un universo tan profundamente machista como aquel.

    Y entonces sus manos se crisparon sobre el volante, y se envaró como si la nueva idea fuera un hierro al rojo hundido en sus carnes.

    —¿Por qué no habré pensado antes en ello? —dijo en voz alta—. Dios mío, si ella y yo pudiéramos llegar a algún tipo de acuerdo... y aunque no lo consigamos seguro que encontraré algún medio de forzarla... entonces, entonces, ¡eso sería la coartada perfecta! Yo nunca confesé que la hubiera matado, no a las autoridades, al menos. Y ellos nunca hallaron el menor rastro de ella. Así, si regreso a la Tierra con ella y les digo: "Señores, aquí está mi esposa. Como les había dicho, había desaparecido, y lo que ocurrió es que tuvo un accidente, recibió un golpe en la cabeza, perdió la memoria, y de alguna manera fue a parar a la Alegría de Dante... Sí, ya sé que esto suena como una novela romántica, pero recuerden que esas cosas ocurren de tanto en tanto. Qué ¿no se lo creen? Está bien, caballeros, tomen sus huellas dactilares, fotografíen el esquema de sus vasos sanguíneos en su retina, analicen su grupo sanguíneo, háganle un electroencefalograma..."

    Oh, pero ¿no serían aquellas marcas de identificación las de John Carmody, si las células de ella eran reflejo de las de él? Posiblemente. Pero también había la posibilidad de que fueran las propias de ella. Las había visto fotografiadas, más de una vez, y aunque no podía reproducirlas conscientemente sí pudiera hacerlo tal vez inconscientemente, ya que presumiblemente su inconsciente poseía un registro exacto de todas ellas, que podían ser reconstruidas en esa cosa Mary...

    Pero el electroencefalograma. Si esa materia gris en su cabeza era la de él...

    Bueno, a veces ese esquema puede cambiar si el cerebro ha resultado dañado, y aquel detalle desconcertante podría ser la prueba que testificara su historia. ¿Pero y la onda zeta? Aquello indicaría que ella era un ser masculino, y una mirada de las autoridades hacia cualquier otro detalle de su anatomía lo desmentiría inmediatamente. El nuevo paso debería ser entonces insistir en que la examinaran. La única posibilidad de que la onda zeta cambie su ritmo de femenino a masculino o viceversa es cuando el sujeto cambia de sexo. Y un examen demostraría que ella era femenina, que sus hormonas eran predominantemente femeninas. ¿Y si no? Si sus células eran reflejo de las de él, entonces los genes serían masculinos, y quizá las hormonas también. ¿Y qué ocurriría con el examen interno? ¿Mostraría órganos femeninos, o interiormente sería también un duplicado de él?

    Por un segundo se sintió abatido, pero su fértil cerebro se aferró a otra coartada. ¡Por supuesto! Ella había estado en la Alegría de Dante durante los siete días del Riesgo, ¿no? Y eso significaba que probablemente habría sufrido algún cambio extraño, ¿no? Así, las discrepancias reveladas en el laboratorio, las ondas cerebrales, las hormonas, incluso los órganos internos contradictorios, todo ello sería resultado del Riesgo que habría corrido. Aquello atraería probablemente una considerable publicidad, y él se ocuparía de construir una historia sólida e irrefutable, de tal modo que si ella tenía una voluntad firme y unos nervios de acero (y los tendría), podría mantenerse firme y exigir sus derechos como ciudadana de la Federación, y por muy reluctantes que fueran deberían concederle la libertad. Tras lo cual, ¡vaya equipo formarían ella y John Carmody!

    Pero, si ella se inclinaba a ser cooperativa, entonces ¿por qué no había mantenido su teléfono en contacto con él, por qué no había concertado un encuentro? Si ella poseía su cerebro, ¿por qué no había tenido la misma idea que él?

    Frunció el ceño y silbó suavemente entre sus dientes. Existía también otra posibilidad que él no podía permitirse ignorar, aunque no le gustara en absoluto. Tal vez ella no fuera un John Carmody femenino.

    Quizá simplemente fuera Mary.

    Tendría que encontrarse con ella para saberlo. Mientras tanto, sus planes originales resultaban cambiados tan solo ligeramente, a fin de ajustarse a las realidades de la situación. La pistola en su bolsillo podía ser utilizada para proporcionarle el único, el original placer que se había prometido a sí mismo.

    En aquel momento vio vagamente, a través del halo púrpura de una farola callejera, a un hombre y a una mujer. La mujer iba vestida, pero el hombre estaba desnudo. Estaban apretadamente abrazados, la mujer apoyada contra el poste de hierro de la farola, echada hacia atrás como obligada por el apasionado abrazo del hombre. ¿Obligada? Parecía estar cooperando entusiásticamente.

    Carmody se echó a reír.

    Aquel seco sonido, abofeteando en pleno rostro el pesado silencio de la noche, hizo que el hombre se sobresaltara y girara bruscamente la cabeza, mirando con ojos desorbitados al terrestre.

    Era Skelder... pero un Skelder difícilmente reconocible. Sus alargados rasgos parecían haberse alargado aún más, su rapada cabeza estaba cubierta con un ralo y dorado vello que parecía dorado incluso a la escasa luz, y su cuerpo, desprovisto de sus monjiles ropas, mostraba una monstruosa deformidad en una de sus piernas, un aspecto retorcido que estaba a mitad de camino entre la pierna de un hombre y la pata de un animal. Parecía como si sus huesos se hubieran ablandado y en aquel período de flaccidez sus articulaciones se hubieran invertido. Sus desnudos pies se habían convertido en una prolongación de sus piernas, de tal modo que se apoyaba tan solo sobre las puntas, como una bailarina, y parecían estar recubiertos con una sustancia córnea amarillenta que les daba el aspecto de pezuñas.

    —¡El pie del macho cabrío! —dijo Carmody en voz alta, incapaz de resistir su alegría.

    Skelder soltó a la mujer y se giró por completo hacia Carmody, revelando en su rostro los rasgos definitivamente caprinos y en su cuerpo las repulsivas pero fascinantes formas anormales de un sátiro.

    Carmody echó la cabeza hacia atrás para soltar otra carcajada, pero detuvo su movimiento, la boca muy abierta, paralizado por la impresión.

    La mujer era Mary.

    Mientras él la miraba, paralizado, ella le sonrió, agitó alegremente su cabeza, luego tomó el brazo de Skelder y echó a andar con él hacia la oscuridad, ondulando exageradamente sus caderas al antiguo ritmo de las prostitutas callejeras. El efecto fue, o lo hubiera sido en otras circunstancias, semicómico, a causa de los seis meses de grasa acumulados en torno a su cintura y nalgas.

    Al mismo tiempo, Carmody se sintió asombrado por un sentimiento que nunca antes había experimentado, una lancinante palpitación, una alocada sensación dirigida a Skelder, mezclada con una fría burla hacia sí mismo. Sintió un invencible y vehemente deseo hacia aquel monstruoso clérigo, pero supo también que él se mantenía apartado observándole desde una esquina y riéndose burlonamente de él. Y al mismo tiempo y bajo todo aquello sentía la presencia de una suave marea ascendente, que con el tiempo amenazaba sumergir a todos sus demás sentimientos, una irrefrenable lascivia hacia Mary, teñida por un horror hacia sí mismo por lo que esa misma lascivia representaba.

    Contra aquella multitud de invasores no había más que una defensa, y la adoptó inmediatamente, saltando fuera del coche, dándole la vuelta, levantando su arma y disparando contra la neblina roja que había reemplazado a la púrpura.

    Skelder, gimoteando, se arrojó al suelo y rodó varias veces sobre sí mismo, un confuso montón de ropa sucia a la incierta luz, arrastrado por los vientos de la desesperación, desapareciendo en las oscuras sombras de un enorme contrafuerte.

    Mary se giró, con la boca abierta en una muda O en medio de su pálido rostro, sus manos blancos pájaros implorando piedad, y luego se dejó caer pesadamente.

    Y John Carmody vaciló mientras recibía golpe tras golpe en su pecho y estómago, sentía que su corazón y sus vísceras estallaban, notaba que se derrumbaba, caía, mientras la sangre caía en catarata sobre él, mientras se sumía en la oscuridad.

    Alguien había disparado repentinamente sobre él, pensó, y aquello era el fin de todo y adiós y ahí os pudráis y el universo se reía el último...

    Y entonces se dio cuenta de que estaba consciente, tendido boca arriba, pensando en todo aquello, mirando hacia arriba hacia la borrosa forma púrpura de la luna, un monstruoso guantelete arrojado al cielo por algún monstruoso caballero. Así que arriba, Sir John Carmody, gordo hombrecillo enfundado en tu delgada armadura de carne, entra en liza. —Siempre al ataque —murmuró para sí mismo, y se puso vacilantemente en pie, sus manos palpando incrédulamente su cuerpo, buscando los enormes agujeros que estaba convencido tenía que tener. Pero no estaban; su carne estaba intacta, sus ropas vírgenes de sangre. Empapadas sí, pero de sudor.

    De modo que así es como se muere, pensó. Es horrible debido a que lo hace a uno tan impotente, como un bebé entre las garras de un adulto que lo está estrangulando, no porque lo odie sino porque tiene que matarlo pues ese es el orden de las cosas, y que estrangularlo es la única forma que conoce de cumplir con lo que le ha sido ordenado.

    Sorprendido en un primer momento, fue recuperando poco a poco su lucidez. Obviamente, aquellas sensaciones que debían ser evitadas a toda costa, incluso a la de su temperamento, eran las mismas que experimentaban Skelder y la cosa-Mary, y el impacto de las balas penetrando en su cuerpo había sido comunicado de algún modo por ellos, provocando un shock tan grande que había perdido el conocimiento o bien su cuerpo había sido engañado por un momento y se había considerado muerto.

    ¿Y si él hubiera insistido en seguir creyéndolo? ¿Hubiera muerto realmente?

    ¿Y qué hubiera ocurrido entonces?

    —No te hagas ilusiones, Carmody —se dijo—. Sea como sea, no te hagas ilusiones. Tú te asustaste... a morir. Llamaste a alguien en tu ayuda. ¿A quién? ¿A Mary? No lo creo, pero podría ser. ¿A tu madre? Pero su nombre es Mary. Bueno, no importa; el hecho es que yo, esta cosa de aquí —se golpeó el cráneo— no era responsable, era John Carmody el niño el que pedía ayuda, el pequeño que hay en mí y que llamaba a mamá en vano porque mamá generalmente estaba fuera, trabajando, o con algún hombre, pero siempre fuera, y yo, yo estaba solo, y ella no acudía a mí salvo para decirme el pequeño monstruo que yo era...

    Se acercó a Mary y le dio la vuelta.

    Un grito en la oscuridad le hizo ponerse en pie de un salto. Se giró, con la pistola dispuesta, pero no vio a nadie.

    —¿Skelder? —llamó.

    Otro terrible grito le llegó como respuesta, más de un animal que de un hombre.

    La calle avanzaba recta por un centenar de metros frente a él, para luego girar en ángulo recto. En la esquina había un alto edificio, con cada una de sus seis plantas sobresaliendo de la de abajo, dando así la impresión de un telescopio cuyo extremo pequeño estuviera clavado en el suelo. De entre sus sombras surgió Ralloux, el rostro convulsionado por el dolor. Al ver a Carmody, retuvo su marcha.

    —¡Échese a un lado, John! —gritó—. ¡No tiene usted por qué mezclarse en ello, aunque yo lo esté! ¡Apártese de esto! ¡Yo ocuparé su lugar! ¡Quiero ocuparlo! ¡Hay sitio tan solo para uno, y ese sitio está reservado para mí!
    —¿De qué infiernos está usted hablando? —gruñó Carmody. Desconfiado, mantuvo su automática apuntada en el monje. Era imposible saber qué maniobra ocultaban sus caóticas palabras.
    —¡El Infierno! Estoy hablando del Infierno. ¿No ve usted esa llama, no la siente? Me quema cuando estoy en ella, y quema a los demás cuando no estoy. Quédese a un lado, John, y déjeme aliviarle de ese dolor. Permanece inmóvil el tiempo suficiente para consumirme por entero, y entonces, cuando ya estoy acostumbrado a ella, se aparta y debo perseguirla, porque se instala alrededor de alguna otra alma torturada, y no la suelta hasta que yo me ofrezco de nuevo para tomar su lugar. Y lo hago, sea cual sea el dolor.
    —Está realmente loco —dijo Carmody—. Usted...

    Y entonces se puso a gritar, soltó su arma, empezó a palmear sus ropas, se tiró al suelo y se revolcó por él.

    Tan pronto como había acudido, aquello cesó. Se puso de nuevo en pie, tembloroso, sollozando incontrolablemente.

    —¡Dios, creí que estaba ardiendo! Ralloux había avanzado hacia el lugar que antes ocupaba Carmody y ahora se mantenía inmóvil allí, con los puños cerrados y los ojos mirando desesperadamente hacia todos lados como buscando alguna escapatoria a su invisible prisión. Pero viendo a Carmody avanzar hacia él, le miró fijamente y dijo:
    —¡Carmody, nadie merece esto, sea cual sea su perversidad! ¡Ni siquiera usted!
    —Tanto mejor —respondió Carmody, pero apenas quedaba nada del antiguo tono burlón en su voz. Ahora sabía de qué estaba sufriendo el monje. Era el como lo que lo preocupaba. ¿Cómo podía Ralloux proyectar una alucinación subjetiva hacia otra persona, y hacer que esa persona la sintiera tan intensamente como la sentía él?

    Lo único que podía pensar era que la curiosa acción del sol desarrollaba enormemente en algunas personas sus poderes PES, o, si no era eso, que podía transmitir las actividades neurales de una a otra persona sin contacto directo. Realmente, no había ningún misterio en ello; era algo que estaba dentro de los límites conocidos del universo. Las transmisiones radiofónicas, por ejemplo, o las imágenes de televisión; lo que uno oía o veía no era la persona original, pero el efecto era el mismo, o equivalente. Aunque no supiera cómo se producía, era efectivo. Recordó cómo había sentido en sí mismo las balas que alcanzaban a Mary, como había experimentado el terror a la muerte... y no importaba el que fuera su terror o el de Mary, y... ¿acaso todos los que encontrara a lo largo de las siete noches le transmitirían sus sensaciones, y él sería incapaz de resistirlas?

    No, no incapaz; podía matar a los autores de las emociones, a los generadores y difusores de ese poder.

    —¡Carmody! —gritó Ralloux, como intentando que la potencia de su voz apagara el dolor del fuego—. Carmody, tiene que entender que yo no estoy obligado a permanecer en el centro de esta llama. No, la llama no me sigue, soy yo quien la sigue a ella y no la permito escapar. Yo deseo estar en el Infierno.

    Pero no entienda con ello que he perdido mi fe, he renegado de mi religión, y en consecuencia me he visto arrojado de cabeza al lugar donde moran las llamas. No, creo más firmemente que nunca en las enseñanzas de la Iglesia. No puedo ser no creyente. Pero... me he entregado voluntariamente a la llama, puesto que no puedo creer que sea cierto que esté bien el condenar al noventa y nueve por ciento de las almas creadas por Dios al Infierno. O, si eso está bien, entonces yo debo estar entre los malos.

    Creyendo absolutamente cada ápice del Credo, me niego pese a todo a ocupar el lugar que me corresponde por derecho entre los elegidos, si tal lugar ha sido reservado alguna vez para mí. No, Carmody, prefiero colocarme entre los condenados por toda la eternidad, como protesta contra la divina injusticia. Si solo una fracción es perdonada, o incluso si las cosas se invierten, y el noventa y nueve coma nueve nueve nueve y tantos nueves como sean posibles son salvados, y tan solo una solitaria alma merece el Infierno para ella sola, yo renunciaría al Cielo y me quedaría entre las llamas con esa alma desgraciada, y le diría: "Hermana, no estás sola, porque yo estoy aquí contigo por toda la eternidad hasta que Dios se arrepienta de su rigor". Pero nadie oiría ninguna blasfemia de mis labios, nadie oiría una palabra implorando misericordia. Simplemente me quedaría allí y ardería hasta que aquella única alma fuera liberada de sus tormentos y pudiera ir a reunirse con las otras noventa y nueve coma nueve nueve nueve y tantos nueves como sean posibles. Yo...

    —Loco de atar —dijo Carmody, pero no estaba tan seguro. Ciertamente el rostro de Ralloux estaba contorsionado por la agonía, pero el aspecto disonante, la sensación de fractura, como de dos fuerzas en conflicto, había desaparecido. Ahora parecía, a través de su dolor, no formar más que una entidad consigo mismo. Lo que había parecido desgarrarlo interiormente ya no existía.

    Carmody no podía comprender qué era lo que había hecho que la escisión se desvaneciera, especialmente ahora que, debido a las circunstancias, esta debería haber sido más profunda que nunca. Alzándose de hombros, dio la vuelta y regresó al coche. Ralloux le gritó algo más, una advertencia al mismo tiempo que una plegaria.

    Al segundo siguiente, Carmody notó aquella terrible sensación de fuego en su espalda; sus ropas parecieron humear, y su carne lanzó un silencioso grito.

    Se giró, disparando en la dirección aproximada del monje, incapaz de verle debido al resplandor de la llama.

    Repentinamente, la deslumbrante luz y el ardiente calor desaparecieron. Carmody parpadeó, reajustando sus ojos a la penumbra violeta, buscando el cuerpo de Ralloux, pensando que la alucinación había muerto junto con el cuerpo que la proyectaba. Pero tan solo había un cadáver, el de Mary.

    Al final de la calle, algo oscuro se deslizó por la esquina. Sonó un grito agudo. Ralloux en su ardiente persecución de su tortura y de su justificación.

    —Dejémosle irse —dijo Carmody—, siempre que se lleve la llama con él. —Pero, pensó, era la llama la que llevaba tras ella al monje.

    Ahora que Mary estaba muerta, era el momento de determinar para sí mismo algo acerca de lo cual había estado pensando mucho.

    Necesitó un cierto tiempo. Tuvo que ir a buscar a la caja de herramientas del coche un martillo y una herramienta parecida a un escoplo que probablemente era utilizado para sacar el tapacubos de las ruedas. Con aquello consiguió abrir el cráneo. Dejando las herramientas a un lado, se puso de rodillas y se inclinó sobre la abierta caja craneana, sujetando su chaqueta por encima para resguardarla de la luz directa. Encendió la linterna, apuntándola directamente al orificio, acercándose tanto como le fue posible al cerebro. Sabía que no iba a ser capaz de distinguir entre un cerebro de hombre, el suyo, y de una mujer, el de Mary. Pero se sentía curioso de ver si había algún cerebro o si, tal vez, tan solo se encontraba con una amplia red de nervios, un nexus para recibir las órdenes telepáticas procedentes de él. Si la vida y el comportamiento de ella eran de alguna forma dependientes de su propio subsconsciente, entonces...

    La luz brotó.

    No pudo ver ningún cerebro. Tan solo pudo ver que había algo que no tuvo tiempo de determinar, tan solo tiempo de ver una figura agazapada de brillantes ojos rojos, unas fauces muy abiertas con blancos colmillos, y luego un movimiento impreciso cuando la cosa atacó.

    Cayó hacia atrás, y la linterna escapó de sus manos y rodó por el suelo, lanzando su rayo de luz hacia la noche. Ni siquiera se preocupó de ello, ya que su rostro empezó a hincharse inmediatamente. Era como un globo, hinchándose como si le inyectaran aire a una gran velocidad. Y al mismo tiempo un intenso dolor se expandió por todo él, corriendo a lo largo de su cuello y por sus venas. El fuego invadió su cuerpo, desparramándose como si su sangre se hubiera convertido en plata fundida.

    No había forma de huir de aquella llama como lo había hecho de la de Ralloux.

    Gritó, y gritó, y gritó, se puso en pie de un salto y, medio loco, clavó su tacón con una furia histérica y un dolor insoportable en la serpiente cuyos colmillos se habían clavado en su mejilla y cuya cola emergía del racimo de nervios de la base de la médula espinal de Mary, crecía de ellos. Había vivido alojada en su cráneo, seguramente aguardando el momento en que John Carmody abriría su nido óseo. Y había derramado su mortal veneno en la carne del hombre que la había creado.

    Carmody no dejó de golpear hasta que la horrible cosa quedó completamente aplastada bajo su tacón, reducida a una pulpa de donde emergían todavía dos largos colmillos curvilíneos. Luego se dejó caer al suelo al lado de Mary, los tejidos de su cuerpo parecidos a leña seca ardiendo en llamas, y el terror de disolverse para siempre arrancando un ahogado grito inarticulado de una garganta que parecía llena de un rugiente terror a punto de desbordarse de nuevo...

    Había un solo pensamiento, la única forma definida en medio del caos, la única cosa fría en medio del fuego. Se había matado a sí mismo.

    Desde algún lugar entre la bruma violeta del claro de luna estaba sonando una campana. Muy lejos, el árbitro estaba cantando lentamente:

    —...cinco, seis, siete...

    Alguien entre la multitud —¿Mary?— estaba gritando:

    —¡Levántate, Johnny, levántate! ¡Tienes que ganar, chico Johnny, levántate, golpea a ese bruto, déjalo fuera de combate! ¡No dejes que te cuente, Joh-oh-oh-oh-nyyyy!
    —¡Ocho!

    John Carmody gimió, se irguió e intentó, en vano, ponerse en pie.

    —¡Nueve!

    La campana seguía sonando. ¿Por qué tenía que levantarse, si había sido salvado por la campana?

    Pero entonces, ¿por qué el arbitro no había dejado de contar?

    ¿Qué tipo de combate era aquel, en el que el round no se detenía cuando sonaba la campana?

    ¿O acaso estaba anunciando el comienzo de un nuevo round, no el final del anterior?

    —Vamos, levántate. Lucha. Envía al infierno a ese gran bastardo —murmuró.
    —¡Nueve! —resonó aún el aire a su alrededor, como si hubiera sido lanzado a la bruma y colgara allí, reluciendo, violentamente fosforescente.

    ¿Contra quién estaba luchando?, se preguntó, y se puso en pie, vacilante, abriendo por primera vez los ojos, el cuerpo encogido, su puño izquierdo adelantado, tanteando, su mentón protegido por su hombro izquierdo, su mano derecha en guardia, esa derecha que le había proporcionado en otro tiempo el título de campeón de los pesos medios.

    Pero no había ningún adversario. Ni árbitro. Ni público. Ni Mary dándole ánimos. Sólo él.

    Sin embargo, en algún lugar, pensó, había el sonido de una campana.

    —El teléfono —musitó, y miró a su alrededor. El sonido provenía del masivo teléfono público de granito situado media manzana más abajo. Automáticamente echó a andar hacia él, observando al mismo tiempo que tenía un terrible dolor de cabeza y que sus músculos estaban como agarrotados y sus intestinos se retorcían desgraciadamente en su vientre, como serpientes acabadas de despertar por el sol matutino.

    Descolgó el receptor.

    —¿Sí? —dijo, preguntándose al mismo tiempo por qué estaba contestando, sabiendo que era imposible que aquella llamada fuera para él.
    —¿John? —dijo la voz de Mary.

    El receptor cayó, quedó colgando de su hilo, y luego la cabina telefónica estalló cuando Carmody vació un cargador contra ella. Trozos de plástico rojo volaron hacia su rostro, y la sangre, auténtica sangre, la suya, chorreó por sus mejillas y goteó desde su mentón, trazando cálidos surcos a ambos lados de su cuello.

    Vacilante, casi a punto de caer, echó a correr calle abajo, mientras cargaba su arma y se decía una y otra vez:

    —Estúpido, idiota, imbécil, podías haberte quedado ciego, haberte matado, asno imbécil, asno imbécil. Perder así la cabeza.

    Repentinamente se detuvo, se metió de nuevo la pistola en el bolsillo, sacó el pañuelo y se limpió la sangre del rostro. Las heridas, aunque numerosas, eran solo superficiales. Y su rostro ya no estaba hinchado.

    No fue hasta entonces que captó plenamente el significado de aquella voz.

    —¡Santa Madre de Dios! —gimió.

    Incluso en su turbación, una parte de él permanecía apartada del resto, observando fríamente, y comentando que no había blasfemado desde su infancia, pero ahora que estaba en la Alegría de Dante parecía estarlo haciendo constantemente. Desde hacía mucho tiempo había renunciado a utilizar términos blasfemos ya que, en primer lugar, casi todo el mundo lo hacía, y en segundo lugar, si uno blasfemaba, demostraba que creía en aquello contra lo cual blasfemaba, y él no era creyente.

    El frío observador dijo: —Vamos, John, anímate. No te dejes engañar así. No nos dejemos vencer nunca, ¿eh?

    Intentó reír, pero lo único que consiguió fue emitir algo semejante a un graznido, y sonaba tan horrible que prefirió olvidarlo.

    —Pero yo la maté —se susurró.
    —Dos veces —dijo.

    Se irguió; se metió la mano en el bolsillo, empuñó la culata de la pistola.

    —De acuerdo, de acuerdo, así que ha resucitado de nuevo, y yo soy el responsable de ello. ¿Y qué? Puedo matarla de nuevo, una y otra vez, y cuando hayan transcurrido las siete noches, habrá desaparecido para siempre, y yo me habré librado de ella para siempre. Así que si he de llenar esta ciudad de uno a otro extremo con sus cadáveres, está bien, lo haré. Claro que luego la cosa va a heder espantosamente. —Consiguió esbozar una débil sonrisa—. Pero tampoco voy a tener que preocuparme de limpiar toda la porquería; ya se encargará de ello el servicio de limpieza.

    Regresó al coche, pero decidió ir a echar antes una última mirada al cuerpo de Mary.

    Había dos enormes manchas de sangre negruzca en el pavimento y un sangrante rastro de huellas de pasos que se perdían en la noche, pero la mujer muerta había desaparecido.

    —Bueno, ¿por qué no? —se susurró a sí mismo—. Si tu mente puede producir carne y sangre y huesos del simple aire, ¿por qué no puede con la misma facilidad reparar la carne desgarrada y la sangre derramada y los huesos aserrados y reparar el cuerpo muerto? Después de todo, ese es el Principio de la Menor Resistencia, la economía de la Naturaleza, la navaja de Occam, la Ley del Mínimo Esfuerzo. No hay ningún milagro en eso, John, viejo compañero. Y todo tiene lugar fuera de ti, John. Tu yo interior está seguro, incambiado.

    Subió al coche y lo puso en marcha. Como fuera que la noche parecía algo más luminosa, avanzó un poco más aprisa. Su mente, también, parecía estar emergiendo del torpor inducido por los recientes shocks, y estaba pensando con su anterior fluidez.

    —Digo, "levantaos de entre los muertos", y se levantan —dijo—. Como la hija de Jairo. Talitha cumi. ¿No soy acaso un dios? Si pudiera hacer esto en algún otro planeta, sería un dios. Pero aquí —añadió, con una risita que tenía algo de su antiguo vigor—, aquí soy tan solo un viejo tonto, uno más de esos chicos que vagabundean por la noche con los demás monstruos.

    La avenida frente a él se ofrecía recta como un rayo láser a lo largo de dos kilómetros. Normalmente, hubiera debido ser capaz de ver el Templo de Boonta al final de la avenida. Pero ahora, pese al enorme globo de la luna, a medio camino allí en el cielo, no podía discernir la estructura más que como una masa de un color púrpura más oscuro surgiendo de otra masa púrpura más generalizada. La masa sugería apenas un indicio de que estaba formada de piedra y no de sombras, que era en sí misma una sustancia y no una sombra. Y era ominosa.

    Sobre ella, la luna brillaba con un color púrpura dorado en el centro y púrpura plateado en los bordes. Era tan enorme que parecía estar cayendo, y esta impresión de caída estaba reforzada por la ligera variación de matiz en su halo púrpura. Cuando Carmody miraba directamente a la Luna, se hinchaba. Cuando miraba a un lado, se comprimía.

    Decidió no seguir mirando a través del parabrisas a aquel globo ambiguo. No era el momento de perderse en aquel monstruo, de sentirse infinitamente pequeño y desamparado bajo aquella masa dominante. Era peligroso concentrarse en algo en aquellas amenazantes tinieblas. Todo parecía dispuesto a tragárselo. Era un ratoncito pequeño en medio de gigantescos gatos púrpuras, y aquella sensación no le gustaba en absoluto.

    Agitó la cabeza intentando despertarse, lo cual era el término correcto. Aquellos pocos segundos de contemplar la luna casi lo habían adormecido. O, al menos, aquel breve instante había succionado buena parte de su conciencia. La luna era una esponja púrpura que absorbía mucho... tremendamente, demasiado. Ahora estaba a tan solo medio kilómetro del Templo de Boonta, y no recordaba haber recorrido el último kilómetro y medio.

    —¡Hey, John! —murmuró—. ¡Las cosas están yendo demasiado aprisa!

    Detuvo el coche al pie de la estatua en medio de la avenida. El vehículo quedaría oculto por la enorme base de la vista de cualquiera que se hallara ante el Templo. Y también quedaría fuera de campo de cualquiera que estuviera dentro del Templo y mirando por alguna de las ventanas.

    Salió del coche y se asomó con precaución por un lado de la base. Tan lejos como podía ver —una distancia limitada entre aquellos velos púrpuras— no se veía nada viviente. Aquí y allí había algunos pocos cadáveres en el pavimento y algunos otros más desparramados por la rampa que conducía al gran pórtico del Templo. Pero nada que ofreciera peligro. No, absolutamente nada, a menos que alguien se estuviera haciendo el muerto, en la confianza de que el descuidado transeúnte no sospecharía siquiera que el cuerpo inmóvil, aparentemente sin vida, podía saltar sobre él y convertirse en el asesino.

    Se acercó prudentemente. Antes de llegar junto a cada uno de los cuerpos, se detenía para observarlo. Ninguno presentaba el menor signo de vida. Por supuesto, la mayoría de ellos era imposible que estuvieran aún con vida. Estaban destrozados, o tan mutilados o desfigurados por las excrecencias o deformaciones, que no podrían sobrevivir de ninguna manera.

    Pasó por entre los cuerpos y ascendió la rampa. Los oscuros pilares de piedra del pórtico se erguían majestuosos, con su parte superior oculta por las volutas de bruma. Las partes inferiores estaban esculpidas en forma de enormes piernas. Algunas de ellas eran femeninas, otras masculinas.

    Más allá de las enormes piedras no había más que sombras... sombras y silencio. ¿Dónde estaban los sacerdotes y las sacerdotisas, el coro, los porteadores, las aullantes mujeres rojas de la cabeza a los pies por su propia sangre, esgrimiendo los cuchillos con los cuales se laceraban? Antes —¿cuánto tiempo antes?—, cuando había asistido a los rituales, había sido un hombre perdido entre cientos de hombres, sumido en un aplastante ruido. Ahora, la oscuridad y un canturreante silencio...

    ¿Vivía realmente el dios Yess en el Templo, como insistían todos los kareenianos con los que había hablado? Estaba aún Yess en el Templo, aguardando a que transcurriera otra Noche de Luz? Se decía que Yess no podía estar nunca seguro, durante este período de tiempo, de que su Madre no fuera a retirarle su gracia.

    Si Algul vencía, entonces Algul, o más bien uno de sus discípulos, mataría a Yess. Algunas veces, decía el mito, un seguidor de Algul podía hacerse tan fuerte —tan malvadamente fuerte— que podía ser capaz de matar al dios Yess. Luego, cuando terminara la Noche y los Durmientes despertaran, reinaría el nuevo dios. Y los seguidores de Algul serían quienes dominarían hasta que empezara la próxima Noche.

    El corazón de John Carmody latía fuertemente. ¿Qué otro acto había más grande que matar a un dios? ¡Un deicidio! Hasta ahora era una cosa que tan solo un hombre entre muchos millones podía vanagloriarse de haber hecho. Un deicidio. Y si su reputación había sido grande antes, conocida en toda la galaxia, ¿cuál iba a ser a partir de ahora? Su robo del Fuego Perenne del Starinof no fue nada comparado con esto. ¡Nada!

    Hasta ahora, se dijo, no había hecho nada. Aferró la culata de su pistola, luego relajó su mano porque la había crispado en exceso. Anduvo entre los tobillos de una mujer de piedra. El color violeta se condensó en negro, pero siguió andando lentamente, paso a paso, hacia adelante. No podía ver nada frente a él. En un momento dado se giró para mirar atrás. Había luz allí, o al menos una cierta luminosidad, un resplandor cerúleo entre las piernas de las estatuas. Más allá, las tinieblas no parecían intensificarse. De todos modos, la luz oscilaba, como una vela ondulando al viento.

    Se enfrentó de nuevo a la oscuridad del Templo. No sabía lo que significaba aquella oscilación de la luz, pero había conseguido transmitirle el sentimiento de una amenaza que superaba en mucho los numerosos peligros con que se había enfrentado durante aquella larga noche.

    ¿A menos que fuera proyectada por alguien para forzarle a penetrar en el Templo?

    Hizo una pausa. No le gustaba en absoluto la idea de que alguien sabía que estaba allí, estaba esperándole y tenía la intención de capturarle.

    —No dejes que te asusten ahora, John —murmuró—. Infiernos, ¿alguna vez te has sentido tan nervioso? Entonces, ¿por qué tienes que estarlo en este momento? Incluso si ahora se trata de Lo Grande, no dejes que te avasalle. No tienes que permitírselo. Además, ¿cuál es la maldita diferencia, lo mires por donde lo mires? O lo consigues o no lo consigues, y punto.

    De todos modos, me gustaría conseguirlo. Mostrárselo a todos esos bastardos.

    No sabía lo que quería decir exactamente con esta última observación, y no se preocupó en averiguarlo. ¿Qué había de malo en pasarles la mano por la cara a todos los demás? Y por otro lado ¿qué importancia tenía?

    Apartó la idea de su cabeza. Tenía que hacerlo, ahora y aquí, y eso era todo. Se había comprometido, así que adelante.

    Repentinamente, sin ninguna indicación sensorial, supo que había pasado del pórtico al interior del Templo. No se produjo la más mínima modificación, ni en más ni en menos, de luz ni sonido. Pero supo que estaba dentro. Sin ser capaz de verlo, pudo visualizar el suelo de pulida piedra rojiza que se extendía al menos a lo largo de medio kilómetro desde la entrada hasta la pared del fondo. Los lados de la estancia tenían también la lisura del cristal. Se inclinaban imperceptiblemente, en una ligera curva que le hacía adoptar la forma de una esfera. En contraposición a la estructura externa, que era una borrachera de imágenes de piedra, las paredes interiores eran tan lisas y desnudas como la cáscara de un huevo.

    Avanzó con lentitud. Sus rodillas temblaban ligeramente; estaba tenso, preparado para saltar al menor sonido o al primer contacto. Las tinieblas se congelaban a su alrededor. Eran densas, y parecían penetrar en sus oídos y ojos y nariz, haciendo la negrura que anidaba en su cuerpo más densa todavía. Cuando se giró para mantener una idea de la dirección por la cual había penetrado, ya no pudo distinguir el contorno del pórtico. Era una mota de polvo en un rayo de no luz.

    Pero él no estaba flotando, él conservaba su poder de decisión. Nada lo movía excepto él mismo, y tenía un destino.

    Pese a todo, estaba necesitando mucho tiempo para alcanzarlo. Paso a paso, a lo largo de medio kilómetro, con frecuentes pausas para escuchar, es algo que toma tiempo. Finalmente, cuando se estaba preguntando si no se estaría apartando de su rumbo, los dedos de sus pies tocaron algo sólido. Se inclinó para palparlo con su mano. Era el primer peldaño. Levantó su pie, lo apoyó contra la roca, avanzó. El segundo peldaño detuvo su cauteloso tanteo. Lo subió y siguió arrastrando sus pies hasta que tropezó con el trono.

    —Veamos —murmuró—. El trono mira hacia ese lugar, hacia la entrada. Así, si avanzo en línea recta a partir de su respaldo, llegaré a la pequeña entrada que hay en la pared. Y tras ella...

    Tras aquella pared, le habían dicho, estaba el Arga Uboonota, el Santo de los Santos. Para entrar en él, uno empujaba la pared, y una puerta de piedra se abría hacia dentro. Se suponía que la cámara a la que daba acceso esa puerta estaba reservada únicamente a los elegidos de entre los elegidos. Eso significaba los altos sacerdotes y sacerdotisas, los grandes hombres de estado y, por supuesto, los arrshkiim. Esa palabra kareeniana podía ser traducida como los que han pasado", aquellos que habían sobrevivido a la Noche de Luz.

    En aquella cámara se celebraban los más altos misterios. También en ella, si uno creía a los kareenianos, habían nacido los dioses Yess y Algul. En aquella estancia, la Gran Diosa Boonta daba a conocer a veces su presencia. Y allí se producía la comunión mística de los Siete Buenos o de los Siete Malvados para procrear a Sus hijos. La propia puerta, por lo que había entendido, no estaba nunca cerrada. Ningún kareeniano que no se considerara digno se atrevería a abrirla ni a echar siquiera una mirada dentro si la hallaba accidentalmente abierta. Y los elegidos la cruzaban con un sentimiento de extremo peligro.

    —Boonta no se preocupa demasiado de lo que come, y a menudo está hambrienta —era un proverbio kareeniano. El que lo pronunciaba nunca lo desarrollaba, quizá porque no sabía más que el proverbio en sí y nunca había considerado sus implicaciones. Quizá tenía miedo de considerarlas. Pero el que lo pronunciaba siempre hacía la señal del círculo mientras lo decía, como si aquello lo protegiera.

    John Carmody se había convencido de que la religión kareeniana estaba basada en un fraude que utilizaba la superstición para extenderse, como hacían todas las demás religiones. Ahora ya no estaba tan seguro de que no existieran algunos elementos genuinos en el boontismo. Demasiados acontecimientos que podían ser considerados como increíbles se habían producido ya.

    Su mano derecha extendida, la que tenía libre, tocó la pared. La piedra le pareció caliente, demasiado caliente. Era como si hubiera fuego al otro lado.

    Empujó y la pared cedió. La puerta se estaba abriendo. Ninguna luz surgió del otro lado. Estaba tan oscuro dentro como fuera.

    Durante un largo momento permaneció inmóvil, con su mano apoyada contra la pared que era puerta, sin desear entrar ni quedarse allí. Si entraba y dejaba que la puerta se cerrara a sus espaldas, quizá se encontrara atrapado.

    —¡Al infierno! —murmuró—. O todo o nada.

    Empujó más fuerte y entró, y la puerta cedió sin el menor sonido. Aunque mantuvo su mano lo más cerca de ella que le fue posible, o al menos lo intentó, no consiguió notar ningún desplazamiento de aire cuando se cerró. Pero se cerró, sin que conociera ningún medio para abrirla de nuevo. Lo intentó, pero no consiguió moverla en lo más mínimo.

    Por un momento dudó de si usar su linterna. Con ella podría ser capaz de detectar a cualquiera que avanzara hacia él, que intentara sorprenderle, dar el primer golpe. Pero, si su presencia no era conocida, sería una locura revelarla. No, seguiría moviéndose en la oscuridad, que hasta ahora había sido su aliada. Él era el gato; los otros hombres, los ratones.

    Avanzó lentamente, deteniéndose a cada tres pasos para escuchar. El silencio zumbaba. Podía oír el pulsar de su sangre en sus oídos e incluso, creía, los latidos de su corazón.

    ¿Pero era realmente su corazón?

    Había un thum-thum de palillos envueltos en lana golpeando contra el parche de un lejano tambor. Y sin embargo, algo en el ruido le indicaba que estaba muy próximo, tanto como para ser el eco de un corazón muy cerca del suyo.

    Se giró lentamente, intentando localizar el origen del sonido. ¿O era el fantasma de un sonido? ¿O podía ser alguna especie de maquinaria girando lentamente, o un pistón ligeramente fuera de fase con el resto de la maquinaria en el interior de su propio pecho?

    Quizá, pensó, esta cámara posea una resonancia que detecte, amplificados y reproyectados, los ruidos de las lentas convulsiones de mi corazón.

    No, aquello era absurdo.

    Entonces, por Dios, ¿qué era aquello?

    El aire reptaba sobre él, helándole mientras discurría sobre el sudor de su rostro. La temperatura de la propia estancia no era ni demasiado cálida ni demasiado fría. Pero él estaba transpirando como si se hallara en un lugar muy caliente, y al mismo tiempo temblaba como si tuviera frío. Además, estaba captando ahora un olor como el que nunca había olfateado antes. Era el olor de la piedra antigua; de alguna forma, reconocía su identidad.

    Maldijo silenciosamente y se obligó a sí mismo a dejar de temblar. Lo consiguió, pero ahora era el propio aire el que parecía estar temblando.

    ¿Era el equivalente físico de las manifestaciones psíquicas que ya se habían producido varias veces antes? ¿Cuándo el aire había parecido endurecerse, reverberar como transformándose en una espejeante jalea? ¿Se estaba Mary formando de nuevo ante él? ¿En aquella oscuridad?

    Sus ojos brillaron, y su boca se abrió en un gruñido.

    La mataré, pensó. ¡La mataré! No va a quedar nada de ella... nada excepto grumos de sangre. La destruiré de tal forma que nunca más volverá a aparecer.

    Sin preocuparse de lo que podía resultar si revelaba su presencia, tomó la linterna del bolsillo de su chaqueta. El rayo brotó a través de un enorme espacio, y su círculo se proyectó en la pared del otro lado. Piedra veteada de rojo oscuro que formaba espirales sobre un blanco carnoso.

    Paseó el rayo por la enorme estancia. Lo detuvo. Una estatua de piedra se erguía hacia el techo. Tendría unos sesenta metros de alto, una mujer titánica, desnuda, con numerosos e hinchados senos. Una de sus manos estaba petrificada en el acto de arrancar un chillante bebé de su vientre. Su otra mano apretaba un segundo niño. Este estaba gritando mudamente de terror, ya que la boca de la mujer estaba abierta —una boca repleta de colmillos— y estaba a punto de morder la cabeza del niño.

    Otros niños estaban esparcidos en torno a su cuerpo. Algunos estaban mamando de sus múltiples pechos. Algunos caían de ellos, sorprendidos petrificadamente en su caída, intentando agarrarse a los pezones sin conseguirlo.

    El rostro de la diosa Boonta era un estudio perfecto de doble personalidad. Un ojo, fijo en el bebé que estaba a punto de ser devorado, era cruel y salvaje. El otro estaba entrecerrado, calmado, maternal, y estaba posado en el bebé que se agarraba plácidamente en su más próximo pecho. Un lado de su rostro era amante, el otro maléfico.

    —Muy bien —murmuró Carmody—. Entiendo el mensaje. Así que esta es la gran Boonta. El asqueroso ídolo de una asquerosa bandada de asquerosos bárbaros.

    Bajó el rayo de su linterna. Agarrado a cada una de sus piernas había un niño de piedra, ambos de unos cinco años de edad, comparando sus proporciones con las de Boonta. Yess y Algul, supuso. Ambos miraban hacia arriba, y su expresión era de esperanzado miedo o de amedrentada esperanza.

    —Podéis esperar de ella un montón de amor maternal —dijo Carmody—. Tanto como yo recibí de mi madre... ¡la mala puta!

    Al menos, pensó, su madre no se había materializado de repente en el aire. Lástima. Hubiera sentido tanto placer reventándole las tripas como lo había sentido tras la materialización de Mary.

    Continuó paseando el rayo por el recinto. Lo detuvo cuando iluminó un altar de piedra cubierto a medias por una especie de terciopelo rojo vino. Sobre aquel altar, en el centro, había un enorme candelabro dorado. Tenía una base redonda y un grueso pedestal con una serpiente dorada enrollada justo hasta debajo del lugar previsto para la vela. La vela, sin embargo, no estaba.

    —Me la estoy comiendo —dijo un kareeniano.

    Carmody dio un salto, y estuvo a punto de apretar el disparador de su automática. Su linterna iluminó al hombre desnudo que estaba sentado en una silla. Era alto y bien proporcionado. Su rostro era, según los cánones kareenianos e incluso humanos, agraciado.

    Pero era viejo. Sus cabellos azules, muy finos, eran casi blancos, al igual que su vello púbico. Su rostro y su cuello estaban llenos de arrugas.

    El kareeniano dio otro mordisco a la semicomida vela. Sus mandíbulas se movieron vigorosamente mientras sus azules ojos permanecían fijos en Carmody. El terrestre se detuvo a unos pocos pasos de él.

    —El gran dios Yess, supongo —dijo. —Conozco la referencia de la frase —dijo el kareeniano—. Es usted un tipo frío. Para responder a su pregunta, sí, soy Yess. Pero no por mucho tiempo.

    Carmody decidió que el kareeniano no representaba un peligro inmediato. Siguió su examen de la estancia a la luz de la linterna. En uno de los extremos había una arcada con una escalera ascendente. Arriba, proyectándose a partir de la pared y a una altura de unos cuarenta metros, había un balcón. Era lo suficientemente grande como para alojar una cincuentena de espectadores cómodamente sentados en hileras de sillas. La pared del otro lado tenía la misma arcada y el mismo balcón. Eso era todo. La sala contenía tan solo la gigantesca estatua de Boonta, el altar con el candelabro, la silla, y el hombre —¿dios?— en ella.

    ¿Yess, o un señuelo?

    —Soy realmente Yess —dijo el kareeniano.

    Carmody se sobresaltó.

    —¿Puede usted leer mi mente?
    —No se deje dominar por el pánico. No, no puedo leer su mente. Pero puedo percibir sus intenciones.

    Yess tragó su bocado. Tras un suspiro, dijo:

    —El Sueño de mi pueblo es turbado. Están teniendo una pesadilla. Los monstruos surgen de las profundidades de su ser. De otro modo, usted no estaría aquí. ¿Quién sabe lo que verá esta noche? ¿Quizá... el tiempo del triunfo de Algul? Está impaciente tras su largo exilio. —Hizo la señal del círculo—. Si Madre lo quiere.
    —Mi curiosidad me causará la muerte —dijo Carmody. Se rió, pero cortó bruscamente su risa cuando el eco regresó brutalmente hasta él desde las masivas paredes.
    —¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Yess.
    —No mucho —respondió Carmody. Estaba pensando que debería matar a aquel hombre —dios— en cuanto tuviera una oportunidad. Si aparecían los servidores de Yess, podrían ponerle difíciles las cosas al hombre que proyectaba matar a su dios. Por otro lado, ¿y si el kareeniano no era Yess sino tan solo un impostor o un señuelo? Lo mejor sería aguardar y asegurarse. Además, aquella podía ser su única oportunidad de charlar con una deidad.
    —¿Qué es lo que desea? —dijo Yess. Mordió un pequeño trozo de la vela y empezó a masticar.
    —¿Puede proporcionármelo? —dijo Carmody—. No es que me importe realmente. Estoy acostumbrado a obtener lo que deseo. La caridad, darla o recibirla, no es uno de mis vicios.
    —Entonces debe ser uno de los pocos vicios que no posea —dijo Yess. Miró calmadamente al terrestre, luego sonrió—. ¿Qué es lo que desea?
    —Eso me recuerda la historia del príncipe mago —respondió Carmody—. Lo deseo a usted.

    Yess alzó sus plumosas cejas.

    —No realmente. Resulta obvio que es usted un discípulo de Algul. Es algo que brota de cada poro de su piel, es irradiado con cada latido de su corazón. Hay maldad en su aliento.

    Yess inclinó la cabeza, sin dejar de mirarle. Luego cerró los ojos.

    —Y sin embargo... hay algo.

    Abrió los ojos.

    —Pobre diablo. Pobre miserable cucaracha engreída y doliente. Morirá envaneciéndose de haber vivido como ningún otro hombre se ha atrevido a vivir. Usted...
    —¡Cállese! —gritó Carmody. Luego sonrió y dijo suavemente—: Es usted muy bueno irritando, ¿no cree? Pero nunca lo hubiera conseguido si yo no hubiera pasado antes por todo lo que he tenido que pasar, por los infernales efectos de esta Noche. Suficientes para volver loco a un hombre.

    Apuntó a Yess con su pistola.

    —No va a conseguir que me irrite de nuevo. Pero puede felicitarse por haberlo conseguido hace un momento... aunque esos de ahí no estén con vida para poder congratularse por ello.

    Hizo un gesto con la pistola hacia la vela que Yess tenía en la mano.

    —¿Y en nombre de qué locura está comiendo eso? Seguro que los ratones de la iglesia son más bien pobres, pero ¿acaso los dioses que viven en los templos son pobres también?
    —Usted no ha comido nunca nada tan delicioso —respondió Yess—. Esta es la vela más cara del mundo. Está hecha con los huesos molidos de mi predecesor, una harina mezclada con la cera excretada por el divino pájaro trogur. El trogur es sagrado para mi Madre, como ya debe saber. Tan solo existen veintiuno de esos incomparablemente hermosos pájaros viviendo en mi planeta o en todos los demás planetas del universo, y son cuidados por las sacerdotisas del templo de la isla de Vantrebo.

    Cada siete años, precisamente antes de que empiece la Noche, una pulgarada de polvo de los huesos del Yess que murió hace 763 años es amasada en la cera de trogur. La vela así formada con el polvo de los huesos del dios y la cera es colocada en esta mesa, y es prendida. Yo me siento aquí y aguardo mientras los millones de Durmientes dan vueltas y se agitan y gruñen en su drogado Sueño. Y mientras las pesadillas revolotean y atacan y matan en las calles de Kareen.

    Cuando la vela ha ardido un poco, soplo la llama. Y, según un ritual viejo de eones, me como la vela. Haciendo eso, entro en comunión con el dios muerto, que al mismo tiempo está vivo, y comparto su divinidad. Me alimento con su divinidad.

    Algún día, quizá esta Noche, moriré. Y mi carne será arrancada de mis huesos. Mis huesos serán molidos hasta formar como una harina, y esa harina será mezclada con cera de trogur y convertida en una vela. De septenio en septenio, una parte de mí será así quemado en una ofrenda a mi pueblo y a mi Madre. El humo de la vela ardiendo ascenderá y se filtrará por los sistemas de ventilación y saldrá al aire de la Noche. Y no solo seré quemado, sino también comido por el dios que me seguirá. Eso es, si el dios es Yess.

    Ya que un Algul nunca comerá a un Yess, al igual que un Yess nunca comerá a un Algul. El mal se alimenta del mal, y el bien del bien.

    Carmody sonrió ampliamente y dijo:

    —¿Cree realmente en todas estas estupideces?
    —Las sé.
    —Todo eso es magia primitiva —dijo Carmody—. Y usted, un ser que se autoproclama civilizado, está embaucando a sus discípulos, esos pobres, ciegos y supersticiosos estúpidos.
    —En absoluto. Si yo estuviera en la Tierra, su acusación podría estar justificada. Pero usted ha sobrevivido hasta este momento a través de la Noche, un mal presagio para mí, y tiene que saber que cualquier cosa es posible.
    —Estoy seguro de que todo es explicable por medios físicos todavía desconocidos. Además, no me preocupa. Le diré tan solo una cosa. Usted va a morir.

    Yess sonrió y dijo:

    —¿Y quién no va a morir?
    —¡Quiero decir ahora! —restalló Carmody.
    —Habré vivido 763 años. Empiezo a sentirme cansado, y un dios cansado no es bueno para el pueblo. Además, mi madre no quiere tampoco un hijo débil. Así que, gane Yess o Algul esta noche, yo deberé morir igualmente.

    Estoy preparado. Si no es usted el instrumento de mi muerte, otro lo será.

    —¡Yo no soy el instrumento de nadie! —aulló Carmody—. ¡Hago lo que quiero, y los planes que preparo son absolutamente míos! ¡Sólo míos, ¿entiende?!

    Yess sonrió de nuevo.

    —Entiendo. ¿Está usted intentando irritarse lo suficiente como para lograr la decisión de matarme?

    Carmody apretó el disparador. Yess y la silla en la cual estaba sentado saltaron hacia atrás bajo el impacto del chorro de balas explosivas. Carne y sangre salpicó en pequeños fragmentos, se condensó en pequeñas masas, revoloteó a su alrededor y cayó como una lluvia sobre él. Su cabeza saltó en pedazos. Sus brazos se levantaron y gesticularon, sus pies se agitaron como movidos por invisibles hilos. El movimiento lo volcó a él y a la silla, y cayó con un crujido.

    Carmody dejó de hacer fuego tan solo cuando el cargador estuvo vacío. Entonces se inclinó y depositó la linterna en el suelo. A su luz, hizo saltar el cargador vacío y lo reemplazó por otro lleno.

    Su corazón latía salvajemente; sus manos temblaban. Aquella era la culminación de su carrera, su obra maestra. Le gustaba considerarse como un artista, un gran artista en el crimen, si no el más grande. Algunas veces se reía ante esta idea, burlándose de sí mismo. Pero pensaba en ello demasiado a menudo, de modo que seguramente creía en ello. Si existían los artistas, él era uno. Y nadie podía superarle ahora. ¿Quién otro había matado a un dios?

    Sin embargo, se sentía un poco triste. ¿Qué podía hacer ahora que fuera superior a aquello?

    Se dijo que ya pensaría algo. En un universo tan amplio, algo mucho más soberbio que aquello le estaría esperando. Todo lo que tenía que hacer era salirse de esta situación y buscar otro desafío de mayor envergadura.

    Por un lado, no podía contar aquello como un éxito absoluto hasta que no se hubiera salido de ello vivo y sin ser capturado. Una auténtica obra de arte debía de ser rematada hasta su último detalle. No lo capturarían. No era como una polilla que se deja quemar en la llama de la belleza del acto.

    Carmody tomó de su bolsa de cintura un pequeño recipiente plano. Tras quitarle el tapón lo apretó, y el líquido que contenía se derramó sobre el cadáver. Tras comprobar que el cuerpo quedaba cubierto por una fina película del fluido, se apartó de él. Otro recipiente, mucho más pequeño que el primero, salió de su bolsa. Un chorro pulverizado surgió de la finísima abertura de su extremo y tocó la película del líquido. Yess ardió en llamas. Humo, y el acre olor de carne quemándose, surgió y se extendió por la sala.

    Carmody sonrió. Los kareenianos no serían capaces de fabricar una vela sagrada con la harina de los huesos de su dios. El panpírico no dejaría de actuar hasta que todo el cuerpo quedara reducido a cenizas.

    Pero había la vela semicomida que había soltado Yess cuando las balas lo alcanzaron. Carmody se inclinó y la tomó. Al primer momento pensó en quemarla también. Luego sonrió. Y comió la vela. La sustancia cerúlea tenía un gusto ligeramente amargo, aunque no desagradable. La engulló fácilmente, sonriendo ante el pensamiento de que estar comiendo aquella vela era un acto único, mientras que el asesinato tenía tan solo una importancia histórica. Otros Yess anteriores habían sido muertos, aunque no por un terrestre. Pero nunca, al menos por lo que sabía, nadie aparte el hijo-dios de Boonta había comido la vela-dios.

    Mientras comía, buscó alguna salida a la luz de las llamas, a través de las movientes ventanas formadas por los remolinos de humo. Vio, entre las piernas de Boonta, una abertura en la pared. De algún modo le había pasado desapercibida antes, cuando había barrido la pared con el rayo de su linterna. No era más alta que su cabeza y muy estrecha. De hecho, mientras andaba hacia ella se dio cuenta de que tendría que colocarse de lado si quería pasar por ella.

    Ahora pagaba por sus pasados excesos. Su barriga era demasiado prominente; y aquello hizo que quedara encajado en la abertura como un tapón demasiado grande en el cuello de una botella de vino.

    Mientras maldecía y se debatía, se preguntó cómo pasarían los demás por aquella abertura. Luego se le ocurrió que muchos hombres simplemente no podrían utilizarla. Así pues, no era la puerta habitual que conducía al otro lado. Entonces, ¿qué otra clase de puerta era?

    ¡Una trampa!

    Se extrajo violentamente y echó a correr alejándose unos pasos. Cuando se giró, vio que la arcada, que le había parecido ser de piedra como la pared en la que había quedado atrapado, se estaba cerrando lentamente.

    Así pues, al menos una parte de la pared estaba compuesta de pseudosilicona. Pero aquel conocimiento no le servía de nada. No poseía la llave necesaria para abrirse un camino.

    Surgieron voces tras él. Hombres y mujeres gritaron. Se giró, para ver que la puerta por la que había entrado, y que se había cerrado tras él, estaba de nuevo abierta de par en par. Varios kareenianos la habían franqueado. Otros les seguían. Los primeros señalaban horrorizados el cadáver ardiendo.

    John Carmody gritó y se lanzó contra ellos a través del humo. Algunos intentaron detenerle, pero los derribó. Los que estaban en la puerta saltaron dentro, gritando y apartándose de su camino, o retrocedieron corriendo, sumergiéndose de nuevo en la bruma púrpura.

    Carmody corrió tras ellos. Tosía, y sus ojos le ardían y lagrimeaban. Pero siguió corriendo hasta que hubo cruzado las puertas exteriores y sus pulmones se vieron libres del humo y del hedor. Entonces refrenó su marcha, convirtiéndola en un andar rápido. Un cuarto de kilómetro más adelante se detuvo. Algo yacía en la avenida ante él. Parecía un hombre, pero estaba rígido y duro, y había una cualidad en él y en la rigidez de sus miembros que lo impulsaron a investigar de más cerca.

    Era la estatua a tamaño natural de Ban Dremon, caída de su pedestal.

    Miró hacia arriba del pedestal. Ban Dremon —otro— estaba de pie en lo que tendría que ser un lugar vacío.

    Se agarró al borde de la base de mármol, que estaba a unos treinta centímetros por encima de su cabeza, y con un movimiento a la vez suave y poderoso se izó. Un momento más tarde, pistola en mano, se enfrentaba nariz contra nariz con la estatua.

    No era ninguna estatua. Era un hombre, un nativo.

    Estaba en la misma actitud que el desalojado Ban Dremon, el brazo derecho levantado en un saludo, el izquierdo sujetando un bastón, la boca abierta como si estuviera dando una orden.

    Carmody tocó la piel de su rostro, mucho más oscura que lo normal en los kareenianos, pero no tan oscura como el bronce de la estatua.

    Era dura, lisa y fría. Si no era metal, podía pasar por él. Tanto como podía determinarlo a la incierta luz, los ojos habían perdido su color brillante. Apretó sus pulgares en ellos y comprobó que eran tan resistentes como el bronce. Pero cuando metió un dedo de su mano izquierda en la abierta boca, notó que la parte posterior de la lengua cedía un poco, como si la carne bajo el revestimiento metálico fuera aún blanda. La boca, sin embargo, estaba tan seca como la de cualquier estatua.

    Veamos, pensó, ¿puede un hombre convertir su protoplasma, que según recuerdo tiene tan solo unos pequeñísimos indicios de cobre y nada de estaño, en una aleación sólida? Incluso aunque esos elementos estuvieran presentes en cantidades lo bastante importantes como para formar bronce, ¿qué cantidad de calor necesitaría para que la aleación se formara?

    La única explicación en que podía pensar era que el sol había proporcionado la energía y el cuerpo humano había proporcionado el proceso y, de algún modo, las materias primas necesarias. La psique tenía carta blanca durante las siete noches del Riesgo; utilizaba, aunque fuera inconscientemente, fuerzas que debían existir en todo momento a su alrededor pero de las cuales no tenía ningún conocimiento.

    Si era así, pensó, el hombre podía ser, potencialmente, un dios. O si dios era un término demasiado fuerte, entonces podía ser un titán. Un titán más bien estúpido, de todos modos, ciego, un Cíclope afectado de cataratas. ¿Qué hacía que un hombre no pudiera detentar ese poder en otros momentos más que durante la Noche? ¿Ese inmenso poder de doblar el universo a su voluntad? Nada sería imposible, nada. Un hombre podría trasladarse de un planeta a otro sin espacionave, podría saltar de la Avenida del Templo de Boonta en la Alegría de Dante a 1.500.000 años luz de allí, a Broadway, en pleno Manhattan, en la Tierra. Podría convertirse en cualquier cosa, hacer cualquier cosa, quizá proyectar soles a través del espacio tan fácilmente como un muchacho lanza una pelota de béisbol. El espacio y el tiempo y la materia no serían ya muros infranqueables, sino puertas susceptibles de ser cruzadas.

    Un hombre podía convertirse en cualquier cosa. Podía convertirse en un árbol, como el marido de la señora Kri. O, como aquel hombre, en estatua de bronce, cavando de algún modo con invisibles manos hasta las profundidades de la tierra, extrayendo los minerales, fundiéndolos sin ayuda de las paredes de un horno ni del calor, y depositándolos directamente en sus células sin matarse inmediatamente.

    Había un impedimento. Eventualmente, habiendo conseguido lo que deseaba, moriría. Aún siendo capaz de realizar el milagro de la metamorfosis, no era capaz de realizar el milagro de seguir viviendo.

    Aquella semiestatua moriría, al igual que moriría Skelder cuando su demente lujuria hubiera hinchado aquel monstruoso miembro que había hecho crecer para satisfacer su avidez, se hinchara hasta convertirse en algo tan grande como él mismo, y él, convertido entonces en apéndice del miembro, se hallara inmovilizado, incapaz de hacer nada excepto alimentarse y utilizar su corazón para bombear la sangre suficiente para mantenerse con vida, él y el parásito que había crecido hasta convertirse en algo tan grande como su huésped. Moriría, como moriría Ralloux en el calor de su imaginaria llama del Infierno. Todos ellos morirían a menos que invirtieran el salto de sus mentes y el fluir de la carne que los precipitaba en tan ricos mares de cambios.

    ¿Y qué ocurre contigo, pensó, qué ocurre contigo, John Carmody? ¿Es Mary lo que deseas? ¿Por qué? ¿Y qué daño puede hacerte su resurrección? Los otros obviamente sufren, están condenados, pero tú no puedes ver ninguna condena en el hecho de dar nacimiento de nuevo a Mary, ningún sufrimiento. ¿Por qué eres una excepción?

    Yo soy John Carmody, susurró. Siempre he sido, soy y seré una excepción.

    Desde detrás y debajo de él le llegó un fuerte rugido, como el de un león. Algunos hombres gritaron. Otro rugido. Un gruñido. Un hombre gritó como en una agonía de muerte. Otro rugido. Luego un extraño sonido como el estallido de un enorme saco. Vagamente, Carmody notó que sus tobillos estaban húmedos.

    Miró sorprendido a su alrededor y vio que la luna se había puesto y que el sol había salido. ¿Qué había estado haciendo durante toda la noche? ¿Había estado de pie allí en aquel pedestal soñando durante las horas violetas?

    Parpadeó y agitó la cabeza. Se había dejado atrapar por los pensamientos de bronce de aquella estatua, había sentido lo que ella, había frenado el tiempo y lo había dejado que chapoteara a su alrededor suave y soñadoramente, tal como había experimentado la dura lujuria escarlata de Skelder, los movimientos líquidos y fundentes de Mary hacia el clérigo-sátiro, el impacto de las balas penetrando en ella, el terror de la muerte, de la disolución, y la agonía carnal de Ralloux en su muralla de llamas y la agonía de su alma ante la condenación humana... al igual que había sentido todo aquello, se había dejado atrapar ahora en la filosofía mineral de aquella criatura; y quizá hubiera terminado como había terminado ella si algo no lo hubiera arrancado de la fatal contemplación. Incluso ahora, emergiendo de su ¿coma?, se sentía tentado por la silenciosa paz, por el dejar que el tiempo y el espacio fluyeran, suave y blandamente.

    Pero al segundo siguiente estuvo completamente despierto. Acababa de intentar apartarse y había descubierto que estaba anclado más que mentalmente. El dedo que había metido en la boca de la estatua estaba estrechamente aprisionado ahora entre sus dientes. Por muy violentamente que tirara, no conseguía liberarlo. No sentía ningún dolor en él, solo un entumecimiento. Eso era debido, supuso, a que la circulación de la sangre había quedado interrumpida. Sin embargo, debería sentir algún dolor. Si aquella ambivalencia de pensamientos había ido tan lejos que su propia carne había cambiado...

    El hombre-estatua no debía estar aún completamente transformado; debía quedarle aún alguna sensación en la base más blanda de la lengua. Reaccionando automáticamente —o quizá maliciosamente—, había cerrado lentamente sus mandíbulas durante la noche, y cuando el sol selló el proceso de fundir la carne en completo bronce, sus mandíbulas estaban casi cerradas. Ninguna fuerza conseguiría abrirlas de nuevo, ya que el alma que albergaba aquel cuerpo en su interior había desaparecido. O, al menos, Carmody no podía detectar ningún sentimiento ni pensamiento emergiendo de él.

    Miró a su alrededor, ansioso no solo debido a que todavía no sabía cómo librarse de aquella trampa sino también por su expuesta situación. Lo peor era que había dejado caer su pistola. Yacía a sus pies, pero aunque flexionara sus rodillas y tendiera todo lo que le fuera posible su mano izquierda, sus dedos quedaban aún a unos pocos centímetros de distancia.

    Poniéndose de nuevo en pie, se permitió el lujo de lanzar una retahíla de maldiciones. Aquella explosión verbal era ridícula, sin el menor uso práctico. Pero ciertamente sirvió para distenderle algo.

    Miró a ambos lados de la calle. Nadie a la vista.

    Miró hacia abajo, recordando entonces que había sentido la impresión de que sus piernas se habían mojado durante la noche. Sangre seca manchaba sus sandalias y salpicaba las rayas verdes y blancas de sus elegantes pantalones.

    —Oh, no, no de nuevo —murmuró, pensando en el chorro de sangre en la cocina de la señora Kri. Pero un examen más detallado le mostró que esta vez Mary no era la responsable. El chorro había brotado de las heridas infligidas al cuerpo de un monstruo, que yacía boca arriba en la base del pedestal, con sus muertos ojos fijos en el purpúreo cielo. Era dos veces más grande que un kareeniano medio y estaba recubierto de velloso pelo azulado. Aparentemente los pelos de su cuerpo, anteriormente no más densos que los de un terrestre, se habían espesado hasta formar una apretada mata. Sus piernas y pies se habían ensanchado, como los de un elefante, para soportar su peso. De sus ancas surgía una larga cola afiladamente ahusada, que con el tiempo se hubiera parecido a la de un tiranosaurus rex. Sus manos habían degenerado en garras, y su rostro asumido un perfil bestial, alargado, las mandíbulas más recias, provistas de grandes músculos, equipadas con afilados dientes. Estaban apretadamente cerradas en torno a un brazo que debía haber sido arrancado de algún infeliz, probablemente uno de los que lo habían matado durante la lucha que debía haberse producido. Pero de los demás no había ninguna otra señal excepto grandes rastros en la calle y en la acera.

    Los seis hombres giraron en aquel momento la esquina y se detuvieron al verle. Parecían estar desarmados, pero había algo en la concentración de sus expresiones que lo alarmó. Tiró violentamente de su dedo, una y otra vez, hasta que jadeando, sudando, no pudo hacer otra cosa más que mirar directamente al frío rictus y a los rígidos ojos de la estatua y maldecirla. Antes, pensó, esta cosa había sido humana, y por lo tanto se podía forcejear con ella, ya que estaba hecha de débil carne y de sangre. Pero ahora, muerta y convertida en resistente, indiferente metal, estaba más allá de toda argumentación, más allá de cualquier palabra.

    Rechinó sus dientes en una silenciosa agonía, y pensó: Si no quieren ayudarme, y no hay ninguna razón para que quieran, entonces deberé sacrificar mi dedo. Es lógico; es lo único que puedo hacer si quiero verme libre. Puedo tomar mi cuchillo del bolsillo y...

    Uno de los hombres dijo burlonamente, como si hubiera estado leyendo los pensamientos de Carmody:

    —¡Vamos, terrestre, adelante, córtalo! ¡Hazlo, si te ves con fuerzas para mutilar tu preciosa carne!

    Por primera vez, Carmody reconoció a aquel hombre: era Tand.

    No tuvo oportunidad de replicar, ya que los otros se echaron a reír, burlándose de que se hubiera dejado atrapar de una forma tan ridícula, preguntándole si siempre se dedicaba a dar tales espectáculos de sí mismo. Se carcajeaban y se daban palmadas en los muslos y se sacudían unos a otros en los hombros en la típica forma desinhibida de los kareenianos.

    —¡Ese es el mequetrefe que creía que podía matar a un dios! —aulló Tand—. ¡He aquí al gran deicida, atrapado como un niño cualquiera con el dedo metido en el bote de la mermelada!

    Tranquilo, Carmody, no pueden tocarte.

    Podían seguir hablando de lo mismo, no significaba absolutamente nada. Estaba cansado, cansado, su fanfarrón orgullo desaparecido con la fuerza que parecía haberle sido extraída de su cuerpo. Si su dedo no le dolía porque estaba hecho de frío metal, sus pies realmente lo compensaban. Tenía la impresión que soportaban su peso desde hacía varios días.

    Repentinamente, sintió pánico. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba en este pedestal? ¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Cuánto tiempo le quedaba antes de que terminara la Noche de Luz?

    —Tand —dijo uno de los hombres—, ¿crees honestamente que esa pseudoestatua puede tener el Poder?
    —Mira lo que ha conseguido hasta ahora —respondió Tand. Habló dirigiéndose a Carmody—: Has matado al viejo Yess, amigo. Él sabía que era algo que le iba a ocurrir, y me lo dijo antes de que se iniciara la Noche.

    Ahora, nosotros seis estamos buscando al séptimo para formar los Siete Amantes de la Gran Madre, los Siete Padres del bebé Yess.

    —¡Así que me mentiste! —restalló Carmody—. ¡Así que no te sumiste en el Sueño!
    —Si recuerdas mis palabras exactas —dijo Tand—, verás que no te mentí. Te dije la verdad, aunque ambiguamente. Tú elegiste una interpretación en particular.
    —Amigos —dijo otro hombre—, creo que estamos malgastando nuestro tiempo aquí y dándole al enemigo una ventaja que tal vez no podamos superar. Ese hombre, pese a su tremendo poder, que puede sentir sin necesidad de sondearle... ese hombre, digo, es una de las almas mancilladas. De hecho, dudo que tenga un alma. O, si la tiene, es un fragmento, un jirón, una cosa minúscula, inapreciable, acurrucada en las profundidades y en la oscuridad, temerosa de comprometerse en algo con el cuerpo, dejando que el cuerpo opere como quiera, negándose a tomar ninguna responsabilidad, rehusando admitir siquiera su propia existencia.

    Los otros parecieron encontrar aquello muy divertido, ya que se echaron a reír inconteniblemente y añadieron observaciones a cual más mordaz.

    Carmody tembló. Aquel divertido desprecio le golpeaba como seis martillazos, uno tras otro, luego todos a la vez, luego uno tras otro, como un coro de yunques. Y se intensificaba varias veces ya que él lo compartía al mismo tiempo que sentía su impacto, como si fuera a la vez transmisor y receptor. El que siempre había pensado que estaba por encima de verse afectado por cualquier burla o desprecio, había descubierto de pronto que no era una altitud la que lo protegía, sino una barrera edificada a su alrededor. Y esa barrera se había derrumbado.

    Cansadamente, sin esperanzas, empezó a tirar de su dedo, y luego, al ver a otros seis extraños andando calle abajo hacia él, se detuvo de nuevo. Aquellos hombres también estaban desarmados, y andaban con la misma orgullosa seguridad que el otro grupo. Ellos también se detuvieron ante él pero ignoraron a los primer llegados.

    —¿Ese es el hombre? —dijo uno.
    —Creo que sí —respondió otro.
    —¿Deberíamos liberarlo? —No. Si desea ser uno de los nuestros, deberá liberarse por sí mismo.
    —Pero si desea ser uno de ellos, también deberá liberarse por sí mismo.
    —Terrestre —dijo un tercero—, tú has sido honrado por encima de todos los demás... quiero decir que eres el primer hombre no nacido en este planeta que es honrado de esta manera.
    —Ven —dijo un cuarto—, vayamos todos al Templo y acostémonos con Boonta y concibamos a Algul, el verdadero príncipe de este mundo.

    Carmody empezó a sentirse algo menos humillado. Aparentemente, era importante, no solo para el segundo grupo, sino también para el primero. Aunque, si el primero le necesitaba para algo tenía una forma muy extraña de congraciarse con él.

    Lo que volvía tan peculiar el proceder de todos ellos era que no había ningún hombre en los dos grupos que se distinguiera por algún signo convencional de bondad o de maldad. Todos eran agraciados, vigorosos, y aparentemente seguros de sí mismos. La única diferencia en su comportamiento era que los primeros, aquellos que hablaban en nombre de Yess, parecían estar muy contentos, y no tenían miedo de perder su dignidad con las risas. Los segundos estaban uniformemente serios y en cierto modo envarados.

    Deben necesitarme condenadamente, pensó.

    —¿Qué me daréis? —dijo muy alto, abarcando a los dos grupos con una sola mirada.

    Los hombres del primer grupo se miraron los unos a los otros, se alzaron de hombros, y Tand dijo:

    —No te daremos nada que no puedas darte tú a ti mismo.

    El portavoz de los recién venidos, un hombre joven y alto, casi demasiado bello, dijo:

    —Cuando vayamos al Templo y nos acostemos con Boonta en su encarnación de la Madre Oscura, y engendremos a Algul, su Oscuro Hijo, experimentarás un éxtasis que no puede ser descrito porque nunca habrás sentido algo parecido antes. Y durante los años que tarde el bebé en crecer hasta convertirse en un hombre adulto y un dios adulto, serás uno de sus regentes, y no habrá nada en este mundo que te sea negado...
    —Ni siquiera —interrumpió Tand— el miedo de que esos otros te maten para que no tengan que compartir contigo ninguna de las riquezas que aunque quieran no podrán gastar durante el tiempo de sus vidas. Porque lo cierto es que cuando los siete Padres malvados triunfan, siempre terminan completando entre ellos desde el nacimiento de Algul. Se sienten forzados a ello, ya que no pueden confiar los unos en los otros. Y siempre ocurre que tan sólo uno de ellos sobrevive, y cuando Algul llega a la edad adulta, mata a éste, ya que no puede soportar el tener un Padre mortal.
    —¿Qué es lo que impide que Algul sea muerto por alguno de sus Padres? —preguntó Carmody.

    Incluso en la luz violeta, pudo ver a algunos hombres del segundo grupo palidecer. Se miraron mutuamente.

    —Aún siendo un bebé que debe ser alimentado y lavado y cuidado, Algul es ya un dios —dijo Tand—. Eso quiere decir que, siendo un dios, es el summum y la esencia del espíritu de aquellos que lo han creado. Y, como la mayor parte de los hombres anhelan la inmortalidad, él, que los representa, es inmortal. Eso quiere decir que vivirá eternamente mientras sus creadores vivan también. Pero, siendo como es malvado, no puede confiar en sus padres, y así estos deben morir. Y cuando esto ocurre, él empieza a envejecer y finalmente muere también. Así que siendo potencialmente inmortal, empieza a morir desde el día de su nacimiento, ya que las semillas de la maldad están en él, y las semillas crecen entre la desconfianza y el odio.
    —Todo esto está muy bien —dijo Carmody—. Pero entonces, ¿por qué Yess, que se supone que es un dios bueno, envejece y muere también?

    Los hombres de Algul se echaron a reír, y su líder dijo:

    —Bien hablado, terrestre.

    Pacientemente, como si le estuviera hablando a un niño, Tand respondió: —Yess, aún siendo un dios, es también un hombre, un ser de carne y sangre. Como tal, es limitado, y actúa entre esos límites impuestos por la carne y la sangre. Como todos los hombres, debe morir. Además, es el summum y la esencia del espíritu predominante de la gente que vivió en la época de su nacimiento... o de su creación, si así lo prefieres. Aquellos que Duermen tienen tanto que ver con la formación y el temple de su cuerpo y espíritu como los siete Veladores. Los Durmientes sueñan, y la fuerza colectiva de sus sueños decide qué dios será concebido durante la Noche, y también cuál será su espíritu... o lo que tú llamas su personalidad. Si la inclinación del pueblo que Duerme durante los años que preceden a la Noche ha sido hacia el mal, entonces lo más probable es que sea Algul el que nazca. Si ha sido hacia el bien, entonces lo más probable es que nazca Yess. Nosotros, los Padres potenciales, no somos realmente factores determinantes. Somos los agentes, y los Durmientes, los dos mil millones de personas que pueblan nuestro mundo, son la voluntad.

    Tand hizo una pausa, miró duramente a Carmody, como si intentara transmitirle su sinceridad, y dijo:

    —Voy a ser franco. Tú eres tan importante en parte porque eres un terrestre; un hombre de otra estrella. Sólo últimamente nosotros los kareenianos hemos empezado a ser conscientes de las religiones alienígenas, y de lo que su existencia implica. Hemos tomado consciencia de que la Gran Madre, o Dios, o la Causa Primordial, o comoquiera que desees llamarle al Creador del universo, no está limitado en Su interés a nuestra pequeña nube de polvo, que Ella ha dispersado a Sus criaturas por todas partes.

    En consecuencia, los Durmientes, sabiendo que el hombre no está solo, que tiene hermanos de sangre en todas partes donde la vida tiene oportunidad de existir, en el infinito y en la eternidad, desean tener como Padre a uno de esos extranjeros procedentes de las estrellas. Yess, renacido, no será igual al viejo Yess. Será tan diferente del viejo que acaba de morir, su predecesor, como lo es cualquier bebé de su padre. Será, esperamos, en parte alienígena, debido a su herencia alienígena. Y durante su reinado nos permitirá comprender y acercarnos y unirnos a esos extranjeros de las estrellas, y seremos mejores gracias a él y a su herencia. Esa es una de las razones, Carmody, por las que te necesitamos.

    Tand señaló a sus enemigos.

    —Y esos seis te quieren también como séptimo, pero no por la misma razón. Si tú eres uno de los Padres de Algul, entonces quizá Algul pueda extender sus dominios más allá de este planeta, a las estrellas. Y ellos, a través de Algul, se repartirán ese botín cósmico.

    Carmody sintió que la esperanza —y el ansia— surgían en su interior, haciendo brotar fuerzas de algún lugar de su agotada carne. ¡Tomar para sí los más ricos planetas, como si fueran los mejores diamantes de un collar! ¡Enhebrarlos en un hilo de espacio y colocarlos en torno al cuello de uno! ¡Con los enormes poderes que indudablemente recibiría como regente de Algul, podría hacer cualquier cosa! ¡Nada le estaría vedado!

    Fue entonces cuando el segundo grupo debió decidir que había llegado el momento adecuado, ya que repentinamente arrojaron sobre él la fuerza colectiva de sus sentimientos. Y él, abierto completamente a la recepción, vaciló bajo aquel terrible impacto.

    Oscuridad, oscuridad, oscuridad...

    Éxtasis...

    Él, John Carmody, sería para siempre el John Carmody que conocía, inviolado, fuerte, desafiante, obligando a doblegarse o destruyendo a cualquier cosa que se interpusiera a su voluntad. No había ningún peligro de cambio, de convertirse en algo distinto a lo que era ahora. Cuerpo, mente, y alma, todo ardería en la llama de aquel oscuro éxtasis para hacerse duro como un diamante, resistente a cualquier cambio, permanente, John Carmody para siempre. La raza de los hombres podría morir a su alrededor, los soles enfriarse, los planetas frenar sus órbitas y caer en sus estrellas, pero él, John Carmody, viajaría hacia afuera con los universos en expansión, aterrizando en planetas recién nacidos, viviendo allí mientras crecieran y se hicieran viejos y murieran, y luego partiendo de nuevo. Y siempre y eternamente sería el mismo, hoy y mañana, sin cambiar nunca, el mismo duro-y-brillante-como-un-diamante John Carmody.

    Y luego el primer grupo se abrió también. Pero en lugar de proyectar sobre él su concentrada esencia, como una lanza, simplemente se contentaron con bajar la barrera y dejarle que atacara o hiciera lo que quisiese. No había el menor indicio de asalto o fuerza, ninguno de los sentimientos que daban los padres de Algul de estar ocultando profundamente algo, en reserva, dentro de ellos mismos. Estaban simplemente abiertos de par en par, transparentes hasta lo más profundo de sus seres.

    John Carmody no pudo resistir el atacar como un tigre hambriento que ve a una cabra atada a un poste.

    Luz, luz, luz...

    Éxtasis...

    Pero no el endurecido, permanente éxtasis de los otros. Este era amenazante, estremecedor, ya que lo hacía estallar, disolverse, volar en mil pedazos en todas direcciones.

    Gritando silenciosamente, en una agonía mental, intentó reunir los cien mil fragmentos, hacerlos regresar, recomponerlos de nuevo en la imagen del viejo John Carmody. El dolor de destruirse a sí mismo era insoportable.

    ¿El dolor? Era idéntico al éxtasis. ¿Cómo podían ser lo mismo el dolor y el éxtasis?

    No lo sabía. Todo lo que sabía era que había retrocedido ante los seis de Yess. Sus murallas caídas eran su defensa. Por nada del mundo los atacaría de nuevo. ¿Destruir a John Carmody?

    —Sí —dijo Tand, aunque Carmody no había dicho nada—. Antes deberás morir; deberás disolver esta imagen del viejo John Carmody, y edificar una nueva imagen, una imagen mejor, al igual que el recién nacido Yess será mejor que el viejo dios que acaba de morir.

    Bruscamente, Carmody se giró de los dos grupos y, metiendo su mano en el bolsillo, tomó su cuchillo automático. Su pulgar pulsó el botón del mango y la hoja surgió como una lengua grisazulada, como la lengua de la serpiente que le había mordido.

    Tan solo había un medio de liberarse de aquellas mandíbulas de bronce.

    Lo hizo.

    Le dolió, pero no tanto como había esperado. Como tampoco sangró tanto como imaginaba. Mentalmente ordenó a los vasos sanguíneos que se cerraran. Y estos, como flores a la llegada de la noche, obedecieron.

    Pero el esfuerzo de aserrar carne y hueso le dejó jadeante como si hubiera recorrido varios kilómetros. Sus piernas temblaban, y los rostros bajo él fluctuaban, confundiéndose con dos siluetas blancas, sin rasgos. Se dijo que no aguantaría mucho.

    El líder de los hombres de Algul avanzó y le tendió los brazos.

    —Salta, Carmody —dijo alegremente—. ¡Salta! Yo te sujetaré; mis brazos son fuertes. Luego ahuyentaremos a esa banda de flojos llorones e iremos al templo y allí...
    —¡Esperen!

    La voz femenina tras ellos, seca y autoritaria, pero al mismo tiempo musical, los inmovilizó.

    Carmody miró por encima de las cabezas de los otros hombres.

    Mary.

    Mary, viva y entera de nuevo, tal como la había visto antes de vaciar el cargador de su pistola contra su rostro. Sin ningún cambio, excepto por una cosa. Su vientre se había hinchado enormemente; había crecido desde que la había visto por última vez, de modo que ahora estaba a punto de dar a luz a la vida que llevaba en su interior.

    El líder de los hombres de Algul le dijo a Carmody:

    —¿Quién es esa terrestre?

    Carmody, de pie en el borde de la base, preparado para saltar, vaciló y abrió la boca para responder. Pero Tand habló antes. —Es su esposa. Él la mató en la Tierra y huyó hasta aquí. Pero la creó de nuevo durante la primera noche del Sueño.

    —¡Ahhh!

    Los seis de Algul exhalaron aire como deshinchándose y retrocedieron.

    Carmody parpadeó, mirándoles. La información de Tand parecía tener implicaciones que él no conseguía entender.

    —John —dijo ella—, es inútil que me asesines de nuevo una y otra vez. Renaceré siempre. Siempre lo haré. Y estoy lista para dar a luz al niño que tú no querías; lo haré dentro de la próxima hora. Al amanecer.

    Lentamente, pero con un temblor en su voz fue traicionaba la gran tensión que lo poseía, Tand dijo:

    —Bien, Carmody, ¿qué decides?
    —¿Qué? —dijo Carmody, sonando estúpido incluso a sus propios oídos.
    —Sí —dijo el jefe de Algul, regresando al pedestal—. ¿Qué es lo que decides? El bebé, ¿será Yess o Algul?
    —¡Así que eso es! —dijo Carmody—. La economía de la Diosa, o de la Naturaleza, o de Lo-que-vosotros-queráis. ¿Para qué crear un bebé cuando se tiene uno a mano?
    —Sí —dijo Mary con voz fuerte, aún musical pero ahora exigente, el sonido de una campana de bronce—. John, tú no querrás que nuestro bebé sea como eras tú ¿no? ¿Un alma fría y oscura? Querrás que sea un ser de calor y luz, ¿no?
    —Hombre —dijo Tand—, ¿no ves que ya has elegido de qué va a ser el bebé? ¿No comprendes que ella no posee un cerebro propio, que lo que ella dice es lo que tú piensas, lo que piensas realmente y realmente deseas en las profundidades de tu alma? ¿No te das cuenta de que eres tú quién está poniendo las palabras en su boca, que sus labios se mueven como si tú los estuvieras dirigiendo?

    Carmody estuvo a punto de desvanecerse, pero no de debilidad ni de hambre material.

    Luz, luz, luz... Fuego, fuego, fuego... Dejemos que se disuelva. Como el fénix, volverá a elevarse...

    —Cógeme, Tand —susurró.
    —Salta —dijo Tand, riendo sonoramente. Un rugido de risas y de gritos que sonaban como aleluyas brotó de entre los hombres de Yess.

    Pero los hombres de Algul gritaron su alarma y se desparramaron corriendo en todas direcciones.

    Al mismo tiempo la tenebrosa neblina púrpura empezó a hacerse más diáfana, se volvió violeta pálido. Luego, súbitamente, la bola de fuego estaba sobre el horizonte, y la luz violeta era de nuevo blanca, como si alguien hubiera corrido bruscamente a un lado un velo.

    Y aquellos de entre los hombres de Algul que aún eran visibles trastabillaron, cayeron al suelo, y murieron entre convulsiones que los arrojaron de un lado a otro rompiendo todos sus huesos. Durante un tiempo se agitaron como pollos degollados, hasta inmovilizarse finalmente con las bocas llenas de sanguinolenta espuma.

    —Si te hubieras decidido por la otra elección —dijo Tand, que seguía sujetando a Carmody tras el salto de éste—, seríamos nosotros los que yaceríamos en el polvo de la calle.

    Echaron a andar hacia el templo, formando un círculo alrededor de Mary, que avanzaba lentamente y se detenía de tanto en tanto cuando los dolores la alcanzaban. Carmody, andando junto a ella, rechinaba los dientes y gemía suavemente, ya que también él sentía los dolores. No era el único: los demás se mordían los labios y crispaban sus manos sobre sus vientres.

    —¿Y qué le va a ocurrir luego a ella... a ello? —le susurró a Tand. Habló en voz muy baja debido a que, aunque sabía que aquella cosa-Mary no era consciente, estaba realmente manipulada por los pensamientos de él —y ahora por los de los otros también—, se había vuelto de repente sensitivo a los sentimientos de las demás personas. No quería correr el riesgo de herirla, aunque aquello pareciera imposible.
    —Su misión habrá terminado cuando Yess haya nacido —dijo el kareniano—. Morirá. Se está muriendo ahora, comenzó a morir cuando terminó el Sueño. Ha sido mantenida con vida gracias a nuestras energías combinadas y a la voluntad inconsciente del niño que hay en su interior. Apresurémonos. Muy pronto los Despiertos empezarán a salir de sus criptas, sin saber si en esta ocasión habrá ganado Yess o Algul, sin saber si deben alegrarse o lamentarse. No debemos dejarles mucho tiempo en la duda, debemos llegar al Templo. Allí entraremos en la cámara sagrada de la Gran Madre, nos acostaremos con Ella en el amor y la procreación místicos, en este acto que no puede ser descrito sino tan solo experimentado. El hinchado cuerpo de esa creación tuya de tu odio y de tu amor entregará su bebé y morirá. Y entonces deberemos lavarlo y arroparlo y prepararlo para que pueda ser mostrado a la adoración de la gente.

    Apretó afectuosamente la mano de Carmody, luego crispó sus dedos cuando el dolor lo aferró de nuevo. Pero Carmody no sintió aquella tenaza estrujando sus huesos ya que estaba luchando con su propio dolor, ardiente y duro en su propio vientre, creciendo y decreciendo en oleadas, el terrible dolor y el inimaginable éxtasis de estar alumbrando una divinidad.

    Aquel dolor era también la luz y el fuego en él estallando y disolviéndose en un millón de fragmentos. Pero ya no sentía pánico, tan solo una alegría que nunca había experimentado aceptando aquella luz y aquel fuego y con la seguridad de que al final de aquella destrucción él seguiría siendo una entidad completa, seguiría siendo uno como muy pocos hombres lo son.

    Junto con aquel dolor, aquella alegría, aquella certeza, había una resolución subyacente de que debería pagar por lo que había hecho. No pagar en el sentido de que se hallaría sumergido para siempre en el autocastigo, en las tinieblas y los remordimientos y el odio a sí mismo. No, no era una enfermedad, no era la manera saludable de pagar. Debería compensar lo que había sido y lo que había hecho. Aquel universo, aunque seguía corriendo como una máquina dura y fría y no presentaba realmente ningún rostro sonriente a la humanidad, aquel mundo podría ser cambiado.

    Qué medios emplearía y qué tipo de objetivo elegiría era algo que aún no sabía. Aquello vendría más tarde. En aquel momento, estaba demasiado ocupado participando en el último acto del drama del Sueño y del Despertar.

    Repentinamente, vio los rostros de dos hombres que nunca hubiera esperado ver de nuevo, Ralloux y Skelder. Los mismos, pero transfigurados. La agonía del rostro de Ralloux había desaparecido, reemplazada por la serenidad. La dureza y la rigidez habían desaparecido del rostro de Skelder, reemplazadas por la dulzura de una sonrisa.

    —Así que los dos habéis salido bien librados —dijo Carmody estranguladamente.

    Sorprendido, observó que uno de ellos seguía llevando sus ropas monjiles, mientras que el otro se las había quitado y las había sustituido por un atuendo nativo. Le hubiera gustado saber por qué exactamente aquel hombre había sido aceptado y aquel otro rechazado, pero estaba seguro de que ambos tenían sus propias buenas y suficientes razones, o de otro modo no hubieran sobrevivido. La misma expresión azorada en ambos rostros, y de momento no importaba qué camino habían elegido para su futuro.

    —Así que ambos lo habéis logrado —murmuró Carmody, casi sin poder creerlo.
    —Sí —dijo uno de ellos, sin que Carmody pudiera determinar cuál, tan irreal le parecía todo aquello, excepto la realidad de las oleadas de dolor en sus entrañas—. Sí, ambos hemos atravesado el fuego. Pero hemos estado al borde de ser destruidos. En la Alegría de Dante, ya sabes, uno obtiene lo que realmente desea.


    SEGUNDA PARTE


    —¿Y ahora debo regresar a Kareen? —dijo el padre John Carmody—. ¿Después de veintisiete años?

    Permaneció sentado calmadamente mientras el cardenal Faskins le decía lo que la Iglesia esperaba de él. Pero ya no pudo mantener por más tiempo su compostura. Aunque de pie no era mucho más alto que sentado, se alzó vivamente de su sillón, los brazos en alto y abiertos, como si pretendiera volar. Y aquella postura expresaba lo que realmente deseaba hacer en aquel momento... volar lejos del cardenal y de todo lo que representaba.

    Empezó a pasear arriba y abajo por el finamente pulido suelo de madera de goma, las manos cruzadas a la espalda durante un momento, luego descruzadas tan sólo para volver a cruzarlas sobre su estómago. Aparentemente, no había cambiado mucho; seguía pareciendo más bien un puercoespín que un hombre. Pero ahora llevaba el hábito marrón de los miembros de la Orden de San Jairo.

    El cardenal Faskins permaneció sentado en su silla, con sus ojos grises brillando bajo la nariz tremendamente aguileña. Giró su cabeza para seguir la andadura de Carmody. Parecía como un viejo halcón inseguro de su presa pero decidido a lanzarse sobre ella a la primera oportunidad. Su rostro era apergaminado; sus cabellos blancos. Hacía media década, había renunciado voluntariamente a las jerries, y sus ciento veintisiete años pesaban sobre sus hombros.

    Repentinamente, John Carmody se detuvo ante el cardenal. Frunció el ceño y dijo:

    —¿Cree realmente que soy el único cualificado para esta misión?
    —El mejor cualificado —dijo Faskins. Se envaró un poco y apoyó sus manos en los brazos del sillón como si se preparara para saltar en pie—. Ya le he dicho una vez el por qué es tan urgente. Una vez debería bastar; usted es un hombre inteligente. Además, su dedicación a la Iglesia es completa. De otro modo, no hubiera sido considerado para un puesto episcopal.

    El reproche, aunque no formulado, fue detectado y considerado brevemente por el sacerdote. Carmody sabía que su decisión de casarse de nuevo, casi inmediatamente después de que la Iglesia hubiera relajado su disciplina sobre el celibato, había decepcionado al cardenal. Faskins había trabajado mucho para asegurarse de que Carmody fuera nombrado obispo de la diócesis del planeta colonial de Wildenwooly. Había tenido que librar una batalla política con aquellos que creían que Carmody no era lo suficientemente ortodoxo en sus métodos como para llevar a buen término una política cristiana. Nadie cuestionaba la ortodoxia de sus creencias; era su desenvoltura, o su liberalismo en su modo de proceder, lo que creaba dudas. ¿Era conveniente que un tal excéntrico" —una de las palabras más suaves utilizadas— llevara la mitra de obispo?

    Y luego, cuando la investidura de Carmody parecía ya segura, se había casado, y aquello parecía haberle alejado de todas las posibilidades. Las acusaciones de sus enemigos parecieron verse confirmadas. Pero el cardenal nunca se lo había reprochado directamente.

    Ahora, John Carmody se preguntaba si el cardenal no estaría utilizando su "traición" como palanca. ¿O acaso era él mismo el que se sentía tan tremendamente culpable por lo que estaba proyectando?

    Faskins echó una ojeada a las letras amarillo pálido que pasaban en rápida sucesión por la pantalla al otro extremo de la gran habitación.

    —Tiene usted dos horas para prepararse —dijo—. Tiene que empezar ahora si quiere llegar a tiempo al puerto.

    Calló, con la mirada fija en el reloj.

    Carmody se echó a reír suavemente y dijo: —¿Qué puedo hacer? Nadie me está ordenando nada, tan sólo se me pide que me presente voluntario. Muy bien. Lo haré. Usted sabía que lo haría. Empezaré a preparar las maletas. Pero tengo que decírselo a Anna. Va a ser una impresión infernal para ella.

    Faskins se removió inquieto.

    —La vida de un sacerdote no es siempre fácil. Ella lo sabía.
    —¡Sé que lo sabía! —dijo Carmody ceñudamente—. Ella me dijo lo mismo que acaba de decirme ahora usted cuando pedí el permiso para casarme. ¡Realmente, ha pintado usted un cuadro may negro!
    —Lo siento, John —respondió Faskins con una débil sonrisa—. La realidad no es siempre dorada.
    —Sí. Y usted es conocido por su reticencia... "Pocas-frases" Faskins, le llaman... pero usted le habló más bien como un tornado.
    —De nuevo, lo siento.
    —Olvídelo —dijo Carmody—. Ya está hecho. No me estoy quejando por Anna. Mi única queja es no haberme podido casar con ella hace años. Yo la bauticé, usted ya lo sabe, y ha vivido toda su vida en mi parroquia.

    Vaciló, luego añadió:

    —Además, está en estado. Esa es otra razón por la que odio darle esta impresión.

    El cardenal no dijo nada. Carmody murmuró:

    —Discúlpeme. Tengo sólo diez minutos para hacer las maletas. Telefonearé a Anna par decirle que vuelva a casa. Podrá venir al puerto con nosotros.

    El cardenal, incapaz de dominar su alarma, se puso en pie.

    —No creo que sea conveniente que yo venga con usted, John. Ustedes dos desearán estar a solas un rato, y el único momento que tendrán será durante el viaje hasta el puerto.
    —Nada de eso —dijo el sacerdote—. Usted sufrirá conmigo. Además, no tengo intención de ir solo. Anna puede venir conmigo hasta El Trampolín. Allí habrá una larga espera, y entonces podremos estar solos. ¡Usted vendrá al puerto con nosotros!

    El cardenal se alzó de hombros. Carmody le echó otro escocés en su vaso y penetró en el dormitorio. Sacó una maleta y la abrió sobre la cama. Una pequeña sería suficiente. Anna, aunque su viaje iba a ser corto, probablemente insistiría en llevarse dos grandes para ella. Le gustaba estar preparada para las emergencias más insospechadas. Tras abrir dos maletas más para ella, pulsó un pequeño botón en el disco plano sujeto con una correa a su muñeca derecha. Su centro brilló: un suave campanilleo llegó a sus oídos.

    Continuó preparando las maletas, no deseando perder tiempo y sabiendo que ella respondería pronto a su llamada. Pero cuando hubo metido toda su ropa y notó que habían transcurrido diez minutos, empezó a preocuparse. Se dirigió al teléfono de la mesilla de noche y marcó el número de código de la señora Rougon. Esta respondió inmediatamente. Al verle, su rubicundo rostro se iluminó.

    —¡Padre John! ¡Ahora precisamente iba a llamarle! ¡Bueno, quiero decir a Anna! Habíamos quedado que ella pasaría por aquí hace más de media hora, después de hacer sus compras. He pensado que tal vez se olvidó y había vuelto directamente a casa.
    —No, no está aquí.
    —Quizá se quitó su señal de llamada por alguna razón y olvidó volver a ponérsela. Ya sabe como es ella, un poco distraída a veces, especialmente cuando está pensando en el bebé. ¡Oh, cielos, Alice está llorando! Debo dejarle, padre. ¡Pero no deje de llamarme cuando localice a Anna! ¡O dígale a ella que me llame cuando regrese a casa!

    Carmody llamó inmediatamente a la tienda de ropas Rheinkord. La vendedora le dijo que la señora Carmody se había ido hacía unos quince minutos.

    —¿Por casualidad dijo dónde iba?
    —Sí, padre. Mencionó que iba a pasar un minuto por el hospital. Quería reconfortar un poco a la señora Augusta; dijo que no va a quedar bien del todo después de su accidente.

    Carmody suspiró aliviado y dijo: —Gracias, muchas gracias.

    Llamó a la centralita del San Jairo, y le contestaron inmediatamente. La telefonista pareció ligeramente impresionada al ver al fundador del hospital en persona.

    —La señora Carmody se ha ido hace cinco minutos, padre. No, no ha dicho donde iba.

    Carmody llamó de nuevo a la señora Rougon.

    —Me temo que tendrán que dejar su charla para otro momento. Dígale a mi mujer que me llame inmediatamente; es muy importante.

    Cortó, pero seguía sin estar satisfecho. ¿Por qué no había podido localizarla con la señal de llamada? ¿Una avería en el instrumento? Posible, pero no muy probable. Los localizadores no se gastaban, y no tenían partes delicadas que pudieran estropearse. No podía dejarse fuera de uso más que utilizando algo así como un golpe de martillo pilón. Pero podía ser olvidado. Quizá la señora Rougon estuviera en lo cierto. Anna podía habérselo quitado para lavarse las manos, pese a que ni el jabón ni el agua ni siquiera los sónicos podían estropearlo. Y luego quizá se había olvidado de volver a ponérselo.

    También existía la posibilidad de que se lo hubieran robado, ya que incluso en aquel país de abundancia existían todavía hombres que robaban, siempre por razones suficientes para ellos.

    Volvió a sus maletas. A Anna no iba a gustarle ni su elección de la ropa ni su forma de doblarla, pero ya no había tiempo de dejarla dudar en la elección de su vestuario.

    Una vez llena y cerrada la primera maleta, empezó con la segunda. Sonó el teléfono. Tiró la blusa que estaba doblando. Precipitadamente, pronunció el código de activación y se acercó a la pantalla, aunque esto no era necesario. Pero le gustaba estar cerca de cualquiera que hablara con él, incluso a través del teléfono, y especialmente cuando se trataba de Anna.

    Apareció el rostro de un policía municipal. Carmody gruñó, y su vientre se contrajo como ante el impacto de un cuchillo.

    —Sargento Lewis, padre —dijo el policía—. Lo siento, pero... tengo malas noticias... acerca de su esposa.

    Carmody no respondió. Miraba fijamente el duro y nudoso rostro de Lewis, notando al mismo tiempo, incongruentemente, que había una mosca zumbando por encima de la cabeza de Lewis. Nunca nos libraremos de ellas, pensó. Toda la ciencia del siglo XXII en nuestras manos, y sin embargo las moscas y las otras criaturas que reptan y se arrastran se multiplican incansablemente por encima de todos los esfuerzos humanos...

    —...su tatuaje ha desaparecido, así que oficialmente no podemos identificarla, aunque su rostro sea reconocible y haya sido identificada por algunos de sus amigos que estaban allí —estaba diciendo el sargento—. Lo siento terriblemente, pero tendrá que venir para hacerlo oficialmente.
    —¿Qué? —dijo Carmody, y luego las palabras del policía fueron penetrando en él. Anna había abandonado el hospital en su coche. Unas pocas manzanas más adelante una bomba colocada bajo el asiento del conductor había hecho explosión. Sólo había quedado la parte superior de su cuerpo, y al menos un brazo había desaparecido, ya que su tatuaje de identidad había quedado destruido.
    —Gracias, sargento —dijo Carmody—. Vendré ahora mismo. —Se apartó del teléfono y penetró en el salón. El cardenal, al ver su rostro pálido y sus hombros hundidos, se puso en pie de un salto, derribando estrepitosamente el vaso de sobre la mesilla.

    Con voz átona, Carmody le explicó a Faskins lo ocurrido.

    El cardenal se echó a llorar. Más tarde, cuando Carmody se hubo recuperado de su shock, comprendió que había tenido acceso a la profunda estima que Faskins sentía hacia él, ya que todo el mundo decía que Faskins no tenía en su cuerpo más elementos líquidos de los que podía tener un hueso viejo. El propio Carmody había sido incapaz de llorar; nada en él parecía funcionar excepto sus brazos y piernas y, de tanto en tanto, su boca.

    —Iré con usted —dijo el cardenal—. Pero antes debo llamar al puerto y anular su pasaje. —No —dijo Carmody. Regresó al dormitorio, tomó su maleta y, mirando las otras dos maletas, una abierta, la otra cerrada, salió de la habitación. El cardenal lo miraba fijamente.
    —Iré —dijo Carmody.
    —No está en situación de hacerlo.
    —Lo sé. Pero iré.

    La campanilla de la puerta sonó. Entró el doctor Apollonios, maletín en mano.

    —Lo siento, padre. Tome, esto le ayudará. —Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una píldora. Carmody agitó la cabeza.
    —Estoy bien. ¿Quién lo ha llamado?
    —Yo —dijo Faskins—. Creo que debería tomarla.
    —Su autoridad no se extiende a cuestiones médicas —respondió Carmody. Un ligero zumbido resonó en la habitación. Dejó la maleta en el suelo y se dirigió a la pared. Abrió una puertecilla y retiró un pequeño cilindro delgado.
    —El correo —dijo, a nadie en particular. Miró al interior del cubículo para ver si había sido registrado algún otro correo. La pequeña lucecita roja estaba apagada. Cerró la puertecilla y regresó junto a su maleta, metiéndose la carta en su bolsa de cintura.

    En camino hacia el depósito de la policía, el cardenal dijo:

    —No tengo corazón para pedirle que vaya a Kareen, John. Pero si usted desea ir voluntariamente, no pondré objeciones. Anna...
    —...es sólo un ser humano, y el destino de miles de millones de otros depende de mí —terminó Carmody por él—. Sí, ya lo sé.

    El cardenal dijo que él tampoco partiría aquella tarde tal como había planeado. Pese a la urgencia de regresar a Roma, se quedaría allí para ocuparse de los funerales de Anna. Se encargaría de todo lo que fuera necesario, incluida la investigación policial. Cuando Carmody hubiera llegado a Kareen, recibiría noticias, por correo, respecto a los resultados de la investigación.

    —La policía —dijo Carmody, ausente—. Me pregunto quién puede odiarme lo suficiente como para matar a Anna. Ella nunca ha tenido enemigos. ¿No me va a retardar la policía con sus preguntas lo bastante como para hacerme perder la nave?
    —Confíe en mí —dijo Faskins.

    Más tarde, Carmody no pudo recordar claramente muchas de las cosas que ocurrieron a continuación. Levantó la sábana sin aprensión ni dolor, y contempló durante un momento el rostro calcinado y la boca abierta. Repitió al capitán de la policía lo que le había dicho al cardenal. No, no tenía la menor idea de quién había podido colocar la bomba. Alguien había vuelto de un pasado que Carmody había esperado que estuviera olvidado para siempre y había matado a Anna.


    Los dos sacerdotes partieron en taxi hacia el puerto. Pasaron ante la sede de la Orden de San Jairo en Wildenwooly. Hacía veintitrés años, el edificio había estado situado en las afueras de una pequeña ciudad. Hoy estaba en el corazón de la gran capital del planeta. Allá donde antes no había edificios de más de dos plantas se levantaban ahora docenas con más de veinte plantas de altura. Donde antiguamente un hombre podía andar del centro de la ciudad hasta sus límites en veinte minutos, ahora necesitaría del alba al atardecer. Todas las calles estaban pavimentadas, y la mayor parte de las carreteras que conducían al campo estaban recubiertas con griegite. Cuando John Carmody había llegado por primera vez allí, como hermano lego de la orden, había manchado de polvo sus sandalias desde el momento mismo en que había puesto el pie fuera del recinto del espaciopuerto.

    Y las casas de la ciudad estaban hechas con troncos de madera y mortero...

    Anna. Si no se hubiera casado con ella, ahora estaría sentado tras el enorme escritorio de madera barnizada del arzobispo. Sería el supervisor de los asuntos eclesiásticos de su Iglesia en un planeta tan grande como la Tierra. De acuerdo, Wildenwooly tenía una población de tan solo cincuenta millones, pero esto era cincuenta veces el número de cuando Carmody había puesto por primera vez el pie en él. Era un paraíso de espacio vital. La Tierra estaba atestada con gente que se despellejaba los codos en su intento por hacerse un poco de sitio.

    Anna. Si no se hubiera casado con ella, quizá aún estaría viva hoy. Pero cuando él le había dicho que no estaba seguro de estar haciendo lo correcto casándose con ella, ella le había dicho que entraría en un convento si no se casaba con él. Entonces él se había reído y le había dicho que era una mujer romántica y poco realista. Ella necesitaba un hombre. Si no podía tenerlo a él, podía buscar eventualmente a otro.

    A raíz de aquello se había producido una furiosa disputa, tras la cual habían caído el uno en brazos del otro. Al día siguiente, él había tomado una nave con dirección a la Tierra para hacer su informe anual. Había estado dos semanas allí y luego se había ido, contento de abandonar la Tierra y deseoso de ver a Anna de nuevo. El Vaticano era ahora un cubo de poco menos de un kilómetro de lado. Albergaba no solamente al Santo Padre sino también a los millones de seres necesarios para hacer funcionar el complejo gobierno de la Iglesia en la Tierra y en los cuarenta planetas coloniales de la Tierra, y a la gente que prestaba sus servicios y sus familias. También contenía un titánico ordenador proteínico cuyo tamaño era ganado tan solo por el Og Boojum de la Federación.

    El resto de Roma era un cuadrilátero de tres kilómetros de alto alrededor del Vaticano. Las eternas Siete Colmas habían sido niveladas desde hacía mucho tiempo; el Tiber discurría por el interior de un tubo de plástico en las entrañas de la Tierra.

    El cambio era la única constante en los asuntos humanos y, por supuesto, en el universo. Los hombres y las mujeres nacían y morían y... ¡Anna!

    Lloró y sollozó como si en su interior grandes manos estuvieran estrujando sus pulmones, cortándole la respiración y haciendo brotar las lágrimas. El cardenal estaba rígido y azarado, pero atrajo la cabeza de Carmody hacia su pecho y palmeó el cabello del sacerdote mientras murmuraba tímida y desmañadamente algunas palabras de consuelo. Luego, su cuerpo se relajó, y sus propias lágrimas cayeron sobre Carmody.

    Cuando llegaron al puerto, Carmody estaba sentado de nuevo, envarado y secándose los ojos con un pañuelo.

    —Todo está en orden. Por el momento, al menos. Estoy contento de tener una excusa para irme. Si me hubiera quedado, seguro que me hubiera derrumbado. ¿Qué ejemplo hubiera dado a aquellos a quienes he intentado consolar en su dolor? ¿O a aquellos que me han escuchado predicar que la muerte es más una ocasión para alegrarse que para entristecerse, ya que es la gloria lo que espera a los muertos y se hallan más allá de las tentaciones y las maldades de este mundo? Mientras pronunciaba todas esas palabras sabía condenadamente bien que apenas significaban nada. Que hasta que el shock y el dolor no se van mitigando uno no encuentra ningún consuelo.

    El cardenal no respondió. Un momento más tarde, llegaron al puerto. Era un edificio de cinco plantas que se extendía por más de quince hectáreas, y construido con abundante mármol extraído de las canteras de las montañas Whizaroo, situadas a unos noventa kilómetros de la capital. El enorme salón principal estaba repleto de seres humanos procedentes de todos los planetas de la Federación y buen número de otros sentientes. Muchos de ellos estaban allí por asuntos oficiales o negocios; la minoría eran aquellos que tenían suficiente dinero como para pagarse un billete de primera clase. La sección de inmigración se hallaba en otra parte del edificio, y allí la gente no iba tan bien vestida ni se mostraba tan despreocupada.

    Los dos sacerdotes se abrieron lentamente paso entre la multitud, muchos de cuyos componentes iban tocados con "medusas" o con "pelucas vivientes" que se reajustaban a tiempos determinados para formar nuevos peinados y a cada hora recorrían todo el espectro de 100.000 colores. Algunos llevaban medias capas con llameantes hombros "bartizan", hechos de un material tintineante cuyas notas variaban constantemente de acuerdo con los cambios de la temperatura y de la presión del aire. Unos pocos de más avanzada edad llevaban las piernas pintadas, pero el resto llevaba medias "boswells", en cuya superficie aparecían escenas móviles del portador en diversas etapas de su vida, y estadísticas personales o biografías resumidas. Una mujer elegantemente vestida llevaba unas "boswells" que mostraban en dibujos animados los momentos más importantes de su vida.

    Carmody le dijo adiós a Su Eminencia, que deseaba regresar a la ciudad y tomar las disposiciones para el funeral. Tenía que dictar también algunas cartas a las autoridades en el Vaticano, a fin de explicar su retraso. Las formalidades requeridas para cada viaje interestelar tomaban una media hora. Carmody se desvistió, y sus ropas fueron llevadas a esterilizar. En el cubículo de examen físico, permaneció sin moverse durante dos minutos, mientras los diversos aparatos sondeaban imperceptiblemente su cuerpo. Finalmente le fue entregado un certificado de buena salud. Sus ropas fueron devueltas con otro certificado. Se metió su tricornio de borde bajo, su cuello blanco almidonado, su sencilla blusa, y el resto de su modesto atuendo marrón sin adornos. Desde aquel momento hasta que entrara en la nave, no podía volver a penetrar en la otra parte del edificio.

    Sin embargo, le fue entregada una carta, también esterilizada, vía tubo. Una voz de mujer surgió de un altavoz para informarle que la carta acababa de llegar con la Mkuki, directamente de la Tierra. Carmody miró el sello, que llevaba su nombre y dirección y el del expendedor: R. Raspold. La metió en la misma bolsa que la otra.

    Mientras, su pasaporte y sus demás papeles fueron puestos al día, verificados y sellados. Tuvo que firmar un descargo según el cual ni el gobierno de Wildenwooly ni la Federación se hacían responsables si moría o resultaba herido en Kareen. Tomó también un seguro para el vuelo hasta El Trampolín. La mitad a su propio beneficio, una cuarta parte para su hija (concebida dos años después de su ordenación como sacerdote), y la otra cuarta parte para la agencia gubernamental que supervisaba las reservas para los aborígenes sentientes pero primitivos de Wildenwooly.

    Terminó pocos minutos antes del anuncio del despegue de su nave, la Mula Blanca, una pequeña nave de línea perteneciente a la compañía privada Saxwell. Así que tuvo poco tiempo para examinar a sus compañeros de viaje. Eran cuatro, tres de los cuales iban a otros planetas distintos de Kareen. El único cuyo destino era el mismo que el suyo era Raphael Abdu. Era un hombre de talla media, metro noventa de altura, complexión media, pero con unas manos y unos pies enormes. Tenía un rostro largo y carnoso, una piel oscura, rizado pelo marrón y rasgos fisonómicos que indicaban antepasados mongólicos. Según los registros, era nativo de la Tierra y acababa de pasar varias semanas en Wildenwooly. Sus negocios habían sido registrados como importación-exportación, un término que cubría multitud de intereses.

    Una voz desde el altavoz les pidió que se sentaran. Un minuto más tarde, la sala en que estaban sentados los viajeros se desprendió por sí misma del edificio principal y avanzó hacia la Mula Blanca. La nave de línea era un hemisferio cuya parte plana reposaba sobre un círculo de aterrizaje pavimentado con griegite. Su casco de plástico blanco irradiada relucía al sol del mediodía de Wildenwooly. Al acercarse la habitación móvil, la aparentemente lisa superficie del costado de la Mula Blanca se abrió cerca del suelo, transformándose en una portilla redonda. La sala móvil, dirigida por control remoto, se encajó suavemente en la entrada, y su puerta frontal se replegó sobre sí misma. Un oficial con el uniforme verde de las líneas Saxwell entró y les dio la bienvenida.

    Los pasajeros entraron en fila en una pequeña salita con únicamente una alfombra verde como todo mobiliario, y de allí a otra sala más grande. Era el bar, ahora cerrado. Pasaron a través de otra sala, donde les entregaron a cada uno un pequeño folleto. Carmody le echó un vistazo para ver si le había sido añadido algo con respecto a anteriores ocasiones, y luego se lo metió en el bolsillo de su blusa. Contenía una historia resumida de las líneas Saxwell y una lista del reglamento de pasajeros, todo lo cual le era ya familiar.

    Había tres niveles abiertos a los pasajeros, primera, segunda y tercera clase. Carmody tenía un billete de tercera clase, de acuerdo con las normas de economía estipuladas en su orden. Su nivel era una enorme sala que parecía más bien un teatro que otra cosa, excepto que la pantalla mostraba en aquel momento el paisaje que rodeaba la nave. Los asientos estaban dispuestos por parejas, con una separación intermedia. La mayor parte de los ochocientos sillones estaban ocupados, y la habitación zumbaba con las conversaciones. En aquel momento Carmody lamentó no estar en una cabina de primera clase, donde tendría algo más de intimidad. Pero aquello quedaba fuera de lugar, así que se sentó al lado de un sillón vacante.

    Una azafata verificó que se hubiera atado correctamente el cinturón de seguridad, y le preguntó si había leído el reglamento. ¿Deseaba una píldora contra el mareo espacial? Dijo que no necesitaba ninguna.

    Ella le sonrió y se dirigió hacia el siguiente pasajero. Carmody le oyó pedir a la azafata que le dejara otra píldora por si acaso.

    El sonriente rostro del piloto apareció en la pantalla. Dio la bienvenida a sus pasajeros a bordo de la Mula Blanca, una excelente nave que nunca había tenido un accidente, ni siquiera un retraso, en sus diez años de servicio. Los avisó que el despegue se efectuaría dentro de cinco minutos, y repitió las instrucciones de la azafata de no soltarse los cinturones hasta que recibieran el aviso de que podían hacerlo. Tras unas pocas palabras relativas a su próxima escala, desapareció.

    La pantalla quedó ciega por un segundo, y luego la proyección en 3-D de Jack Wenek, un humorista muy conocido, surgió bruscamente en el aire a un metro frente a la pantalla. Carmody no sentía el menor deseo de escucharle, así que ignoró el botón que le hubiera traído hasta él la voz de Wenek. De todos modos, sentía que necesitaba algo que lo distrajera. O algo más fuerte que una diversión, algo que le permitiera situar su dolor y sus problemas en otra perspectiva Necesitaba la inmensidad, temor y maravilla para situarlo en su lugar.

    Buscó bajo su sillón y tomó del pequeño estante una especie de casco con un visor abatible. Tras colocárselo en la cabeza, bajó el visor sobre su rostro. Inmediatamente oyó la voz de un oficial de la Mula Blanca.

    —...es entregado individualmente a fin de que sus compañeros de viaje no tengan que verlo si no lo desean. Algunas personas, enfrentadas con este espectáculo por primera vez, caen en un estado de shock o de histeria.

    El curvado interior del visor se animó bruscamente. Carmody pudo ver el espaciopuerto fuera, los blancos edificios con murales decorados resplandeciendo a la brillante luz del sol de media tarde, a la gente mirando por las ventanas de los edificios del puerto a la Mula Blanca.

    —Una docena de espacionaves despegan cada día de este puerto. Pero el espectáculo, aún y no siendo espectacular, sigue atrayendo a centenares, a veces incluso a millares, de espectadores, cada día, en cada planeta de la Federación. Y también en los planetas que no forman parte de la Federación, ya que los sentientes son exactamente tan curiosos como los terrestres. Incluso los pasajeros habituales, los empleados del puerto, y las tripulaciones de las otras naves, no acaban de acostumbrarse nunca a este truco aparentemente mágico.

    Carmody tamborileó con sus dedos en el brazo del sillón, ya que había oído discursos semejantes muchas veces. De pronto, una voz interrumpió:

    —¿Se encuentra bien, señor?
    —¿Huh? —dijo Carmody. Luego dejó escapar una risita—. Sí, sí, me encuentro bien. Tan solo estaba algo impaciente con el discursito. Llevo casi cien saltos ¿sabe?
    —Muy bien, señor. Lamento haberle molestado.

    Hizo un esfuerzo por calmarse, y se reclinó en su asiento para contemplar la escena en el visor.

    La primera voz regresó:

    —...tres, dos, uno, ¡cero!

    Carmody, sabiendo lo que iba a ocurrir, refreno su parpadeo. El puerto había desaparecido. El planeta de Wildenwooly y el resplandor de su sol habían desaparecido. Copas de ardiente vino se derramaban sobre una mesa negra: rojo, verde, blanco, azul, violeta. Las tuertas bestias de la jungla del espacio llamearon.

    —...aproximadamente 50.000 años luz en, cito, un parpadeo, fin de la cita. El planeta de tamaño terrestre que acabamos de abandonar está ya demasiado lejos como para ser visto, y su sol es tan solo uno más de los millones de estrellas prodigalmente esparcidas por todo el universo a nuestro alrededor "las chispas eternas de los pensamientos de la mente de Dios", como dijo el gran poeta Gianelli.

    Un momento. Nuestra nave está girando ahora a fin de alinearse para el próximo salto. El computador proteínico que les he descrito brevemente hace tan solo un instante está comparando los ángulos de luz de una docena de estrellas identificables, cada una de las cuales irradia su único complejo de colores espectrales y cada una de las cuales posee una relación espacial conocida con relación a las otras. Después de que, cito, el cerebro artificial, fin de la cita, del computador determine nuestra posición, situará la nave para el próximo salto.

    Finas líneas horizontales y verticales aparecieron en el visor frente a Carmody.

    —Cada cuadro de este enrejado está numerado para su conveniencia. El cuadro 15, cerca del centro, contendrá el astro de Wildenwooly dentro de unos pocos segundos. Ahora está en el número 16, derivando en un ángulo de 45 grados. Obsérvenlo, damas y caballeros. Se está haciendo más brillante, no porque se acerque a nosotros, sino porque hemos amplificado su luz a fin de que puedan identificarlo más fácilmente.

    Un destello amarillo pasó a una luminosidad más grande para adoptar luego un tono azul pálido más difuso, luego entró en la esquina del cuadrado quince. Se deslizó a través de la cuadrícula, se detuvo en medio, y se quedó allí inmóvil en el centro.

    Carmody recordó la primera vez que había visto aquello, hacía ya tantos años. Entonces había sentido un dolor muy definido en el vientre, como si su cordón umbilical hubiera sido conectado de nuevo tan solo para ser arrancado después brutalmente y alejarse derivando a través del espacio. Se había sentido perdido, más perdido de lo que nunca se había sentido en su vida.

    —La posición del sol de Wildenwooly con respecto a las demás estrellas-puntos ha sido determinada y registrada por el computador. Hace ya varios millones de microsegundos que la nave está preparada para dar su próximo salto en lo que se ha venido a llamar el subespacio o el noespacio. Pero el capitán ha retrasado la nave porque las líneas interestelares Saxwell se preocupan por la distracción de sus pasajeros. La Saxwell desea que sus clientes puedan ver por sí mismos lo que ocurre fuera de la Mula Blanca.

    El próximo salto será también de 50.000 años luz, y, cito, emergeremos, fin de la cita, del noespacio o extraespacio, a cien kilómetros de distancia de los límites extremos de la atmósfera de nuestro próximo destino planetario, Mahoma.

    Esta precisión es posible tan solo gracias a los numerosos vuelos que ha efectuado la Mula Blanca entre Wildenwooly y Mahoma. Por supuesto, las posiciones relativas de ambos han cambiado desde el último viaje. Pero hay un reloj de cesio coordinado con el computador, y la distancia y ángulos atravesados por los planetas pertinentes desde el último viaje han sido calculados y comparados con nuestra actual posición. Cuando el capitán active el control adecuado, dará la orden a todo el complejo de navegación de la Mula Blanca para que empiece los cálculos, que le llevarán un microsegundo, y luego haga que la nave dé automáticamente el salto.

    El oficial hizo una pausa, y luego dijo:

    —¿Están preparados, señoras y caballeros? Voy a iniciar la cuenta...

    El salto mínimo, por alguna razón que Carmody no podía comprender, era la longitud de la espacionave. El salto máximo dependía del número de generadores de translación utilizados y de la energía disponible. La Mula Blanca podría haber pasado de la Galaxia a cualquier punto de Andrómeda en un solo salto. Un millón y medio de años luz podían ser franqueados tan rápidamente como el recorrido de un electrón a lo largo de un hilo. Y la distancia desde Wildenwooly hasta una posición exactamente fuera de la atmósfera de Kareen podía ser recorrida en cuatro maniobras, en un tiempo total real" de sesenta segundos. Pero los propietarios de la Mula Blanca estaban más interesados en ganar dinero que en exhibir la potencia de la nave. Así que había aún otras dos escalas planetarias antes de Kareen.

    La oscuridad y las esferas ardiendo parpadearon. Ante Carmody estaba ahora la gran giba de un planeta, siempre tensa por la atracción de la gravedad, la luz del sol reflejándose en un océano, la oscuridad de un continente con forma de tortuga, la blancura de una masa de nubes como una enorme y antigua cicatriz en el caparazón de la tortuga.

    Pese a sus anteriores experiencias, Carmody se sobresaltó. La masiva joroba estaba cayendo hacia él. Luego se perdió en su admiración, como siempre, ante la aparente sencillez y precisión de la maniobra. El complejo de células artificialmente cultivadas, de solo tres veces el tamaño de su propio cerebro, había situado a la Mula Blanca en su rumbo correcto. Había dirigido el salto de tal modo que la nave había saltado como un conejo de un sombrero, peligrosamente cerca de la atmósfera exterior de Mahoma, tangente al curso del planeta en torno a su sol y moviéndose a la misma velocidad. Además, la Mula Blanca estaba sobre el hemisferio donde tenía que aterrizar.

    Carmody parpadeó. La curva saltó hacia él. Otro parpadeo. El visor estaba ocupado por un amplio lago, una cadena de montañas, y unas pocas nubes. La nave osciló durante unos breves segundos, luego se estabilizó cuando los cohetes compensadores entraron en funcionamiento.

    Un parpadeo. La cadena montañosa era ahora una docena de montañas, y el lago había aumentado de tamaño. En la orilla occidental del lago se divisaba la tela de araña de las calles de una ciudad y un número determinado de enormes manchas redondas, blancas como huevos de araña —los círculos de aterrizaje— en el centro de la tela.

    Allá abajo en la superficie, aquellos que miraban hacia arriba debían ver a la Mula Blanca, si la veían, tan solo como un punto de luz. Pero en unos pocos segundos oirían un bum producido por el primer desplazamiento de! aire cuando la Mula Blanca pasara del "no-espacio" a la atmósfera. Entonces, cuando la nave se hiciera visible como un gran disco, otro bum seguiría al primero. Y luego un tercero.

    La nave frenó su marcha muy pronto y, ligera como un globo deshinchándose lentamente, apoyó su plana parte inferior en el Círculo de Aterrizaje Seis.

    Pese a las dos horas de escala, Carmody no abandonó la nave. No sentía el menor deseo de pasar de nuevo por el proceso de descontaminación para volver a entrar en la nave; deseaba leer las dos cartas que tenía en la bolsa de cintura y, ante todo, deseaba estar solo. En el bar, ordenó un bourbon largo y luego cerró la puerta del cubículo. Tras varios profundos sorbos a la bebida, sacó las cartas. Durante varios minutos jugueteó con los cilindros, falto de su habitual decisión. ¿Cuál leer primero?, pensó, como si aquello fuera una trascendental decisión. Finalmente ganó la curiosidad, y por fin insertó la carta no identificada en la abertura del inductor, una cajita pequeña fijada a la pared.

    Había también colgado un "lector", un ligero hemisferio de plástico con un visor. Se lo puso en la cabeza, bajó el visor ante sus ojos, y pulsó el botón que haría pasar ante sus ojos el contenido de la carta.

    El interior del visor se iluminó. Apareció algo que hizo que Carmody retrocediera en un movimiento reflejo. Ante él había una máscara... una máscara que parecía querer representar un rostro desfigurado por un accidente.

    Una profunda voz de hombre habló:

    —Carmody, esta carta es de Fratt. En este momento, tu esposa habrá muerto. Tú no sabes por qué la han matado ni quién lo ha hecho, pero voy a explicártelo.

    Hace ya muchos años tú mataste al hijo de Fratt y dejaste a Fratt ciego. Lo hiciste deliberada y maliciosamente, puesto que no era necesario, puesto que hubieras podido llevar adelante tus tenebrosos planes sin necesidad de hacerle daño ni a Fratt ni a su hijo.

    Ahora, si queda algo de humanidad o sentido del amor en ti, lo cual es dudoso, sabrás exactamente la magnitud de lo que le hiciste a Fratt, cuánto ha sufrido Fratt por la muerte de su hijo.

    Y vas a seguir sufriendo. No solo a causa de tu mujer, sino a causa de que no sabrás cuándo ni de qué modo morirás. Porque vas a morir en manos de Fratt.

    Pero no esperes una muerte fácil o rápida, como la que ha tenido la suerte de sufrir tu esposa. Tú morirás lenta y dolorosamente, y así pagarás por lo que hiciste. Vas a experimentar los mismos sufrimientos que Fratt, tu inocente víctima, experimentó.

    Y entonces sabrás quién ha matado a tu mujer y durante todos esos años no ha pensado en nada más que en devolverte el pago adecuado.

    ¡Verás a quien no te ha perdonado nunca, criatura inmunda y despreciable!"

    La pantalla se apagó y la voz cesó.

    Carmody levantó el visor con una mano temblorosa y miró al mural que había en la pared. Respiraba pesadamente. Así pues, sus sospechas habían sido exactas. Algún antiguo enemigo, alguien a quien había perjudicado en los lejanos y malignos días no le había olvidado. Y por lo que había hecho entonces había perdido ahora a su mujer y su mayor dicha. Anna, pobre Anna...

    Volvió a bajar el visor e hizo pasar de nuevo la carta. Ahora comprendió por la peculiar forma de hablar que el que la había dictado no era Fratt. Tampoco daba el menor indicio sobre el sexo de Fratt. La carta había sido pensada para evitarlo, para evitar dar ninguna especificación sobre la época o el lugar del crimen del cual era acusado.

    —¿Fratt? ¿Fratt? —murmuró—. ¿Fratt? El nombre no me dice nada. No recuerdo ningún Fratt, y sin embargo debería hacerlo. Tengo una memoria excelente. Pero esos pocos años estuvieron tan llenos de acontecimientos, y yo me preocupaba tan poco de la identidad de mis víctimas. Yo, Dios me perdone, maté e incluso torturé a gente cuyos nombres nunca llegué a conocer.

    Así que es probable que no recuerde a ningún Fratt debido a que nunca llegué a saber su nombre, fuera él o ella. ¿Fratt hijo? Eso tendría que darme alguna pista. Pero quizá ni siquiera supiera que ese Fratt tenía un hijo. ¡Dios mío!

    Bebió un nuevo sorbo y deseó que aquello pudiera borrar todo recuerdo de su pasado. Él no era el John Carmody que Fratt había conocido. El nombre y el cuerpo podían parecer los mismos, pero tras ellos no estaba aquel John Carmody. Aquel hombre había muerto tan realmente como si hubiera perdido la vida en Kareen.

    Pero otros no habían muerto, y no habían olvidado ni perdonado.

    Bebió otro sorbo del bourbon. No había nada que pudiera hacer por el momento. Pero al menos estaría en guardia. Fratt vería que no iba a ser fácil sorprenderle. No iba a encontrar a una víctima pasiva, debilitada por la contrición y la vergüenza, y esperando pagar con su muerte las otras muertes, alguien dispuesto a ser sacrificado en el altar de su propia conciencia.

    Dio un puñetazo a la superficie de la mesa y estuvo a punto de hacer volcar el vaso. ¡Al infierno con Fratt! Si Carmody había sido malvado, ahora estaba despojado de esa maldad. Era más de lo que podía decir Fratt de sí mismo. Si Fratt había sido en su tiempo una víctima inocente, ahora ya no era inocente.

    Luego pensó: pero entonces soy el responsable de haber inculcado la maldad en Fratt. Si yo no hubiera hecho lo que hice, no hubiera generado este odio en Fratt. Quizá presioné tanto a Fratt que lo despojé de todo lo bueno que pudiera haber en él, y luego yo abandoné la maldad, mientras que él se convertía en el monstruo que yo había sido. Acción y reacción. Es algo que está en las reglas del juego. Haya pasado lo que haya pasado o pase lo que pase, yo seré siempre el culpable.

    Sin embargo, notó que algo del antiguo vigor fluía de nuevo por sus venas. La venganza es mía, dijo el Señor. Pero Él usa todo tipo de armas para llevar a efecto su venganza.

    —No —se dijo a sí mismo, y agitó la cabeza—. Estoy racionalizando. Debo perdonar y amar a mi enemigo como a un hermano. Esto es lo que he estado predicando durante todos estos años. Y creo en ello. O al menos creía.

    Dio un nuevo puñetazo a la mesa.

    —¡Pero odio! ¡Odio! ¡Oh, Dios mío, cómo odio!

    ¿Odio a sí mismo?

    —¡Oh, Dios! —dijo—. ¡Déjame ver que estoy equivocado!

    Vació el vaso y pulsó el mando del autobar para otro.

    Cuando llegó el segundo bourbon, retiró la carta de Fratt del inductor y colocó la de Raspold. En la pantalla del visor vio el salón del apartamento de Raspold en el nivel sesenta de la ciudad de Denver. El propio Raspold no estaba sentado para hacer frente a la cámara. Tan nervioso y enérgico como Carmody, se le hacía difícil permanecer mucho tiempo en un mismo lugar.

    Raspold era un ave de rapiña revestida de carne, un hombre alto y muy delgado con engomado cabello negro, ojos marrón negro tan agudos y penetrantes como dos tomahawks. Tenía una nariz grande y bulbosa, como un perro sabueso. Llevaba el mono escarlata y el cuello negro de un empleado de las Líneas Interestelares Prometeo. Carmody no se sorprendió de ello, ya que había visto al detective bajo numerosos disfraces.

    Raspold dejó de andar arriba y abajo tan sólo el tiempo suficiente para saludar a Carmody con la mano, Y dijo:

    —Hola, John, viejo renegado. Perdóname si esta es una carta breve.

    Siguió andando arriba y abajo, mientras hablaba alto con su profunda voz de barítono.

    —Debo irme dentro de pocos minutos, así que no sé cuanto tiempo voy a estar sobre esta pista en particular. Además, la nave que debe llevarse esta carta parte dentro de media hora.

    John, mientras estaba en este caso, para el cual me ves vestido así, he entrado en conocimiento accidentalmente de algo que no tiene nada que ver con el caso, pero que es muy grave. Créeme, muy grave. Un grupo de ricos y fanáticos laicos, de tu religión, lamento tener que decirlo, han decidido asesinar a Yess, el dios de Kareen. No lo hará ninguno de sus miembros, sino que han contratado a un asesino, quizás a varios, para ejecutarlo. Es uno de los mejores profesionales en el asunto. No conozco su identidad. Pero creo que el asesino será un terrestre. De todos modos, tanto si el asesino tiene éxito como si falla y es capturado, las repercusiones serán enormes.

    Yo no puedo hacer nada por mí mismo, porque estoy atado aquí hasta que este caso quede resuelto. He notificado a 3-E, e indudablemente enviarán agentes a Kareen. Probablemente también advertirán a Yess. Aunque quizá no, ya que no quieren que se sepa que son terrestres los que están intentando eso.

    Pero creo que tú podrías hacer algo al respecto, echar una mano. Digo esto porque el asesino puede que sea un hombre que ha superado la Noche, se haya convertido en un algulista, y que por eso sea un hombre terriblemente peligroso. Se necesitará a otro que haya corrido el Riesgo y sobrevivido para oponérsele, y uno terrestre podrá comprenderle mejor. Naturalmente, el que sea un algulista es sólo una suposición, en pocas palabras un rumor. Quizá ni siquiera sea posible. No conozco lo suficiente las cosas de Kareen como para estar seguro.

    Si el asesino no es alguien que haya sobrevivido a la Noche, entonces deberá realizar su trabajo antes de que la Noche empiece. Así pues, no tiene mucho tiempo, y tú tampoco.

    Quizá prefieras ignorar todo esto. Quizá Yess sea perfectamente capaz de cuidar de sí mismo. De todos modos, aquí están los nombres de algunos asesinos profesionales, los mejores. Tú no debes conocer a ninguno de ellos. Todos los grandes chicos de tu tiempo están ahora muertos, en prisión, perdidos o, como tú, metamorfoseados.

    Raspold enumeró diez nombres, los deletreó, y añadió una breve descripción de cada uno de ellos. Terminó:

    —Buena suerte y mis bendiciones para ti, John. La próxima vez que vengas a la Tierra espero estar allí también. Me gustará ver de nuevo tu agradable fea cara, y tú podrás gozar de la contemplación de mis nobles rasgos romanos y escuchar mis brillantes palabras y mi enorme erudición. Pero ahora debo irme. ¡Adiós!

    Carmody se quitó el lector de la cabeza y tendió la mano hacia su segundo bourbon. Antes de tocarlo, su mano se inmovilizó. No era el momento de empezar a emborracharse. No sólo debía tener en cuenta a Fratt —por lo que sabía podía estar incluso en aquella nave— sino que tenía otro problema aún mucho más importante. El cardenal debía ser informado de aquel giro de los acontecimientos. Si lo que decía Raspold era cierto —y normalmente uno podía creer en él— entonces la Iglesia estaba en un peligro mucho mayor del que había predicho el cardenal. El asesinato de Yess por miembros de la propia Iglesia podía causar una erupción que se convirtiera en un cataclismo.

    —¡Los estúpidos! —maldijo Carmody en voz baja—. ¡Los ciegos estúpidos llenos de odio!

    Insertó dos stanleys es una hendidura; una hoja de papel para cartas en blanco surgió del orificio situado sobre ella. Carmody se giró hacia la pantalla en la pared al lado de la mesita, introdujo la hoja en blanco en el interior, metió tres stanleys en la hendidura y pulsó el botón DIC. Tras dictar la carta al cardenal, llamó a la camarera y le preguntó si la carta podía ser enviada en la próxima nave que partiera hacia Wildenwooly. Ella trajo un talón de cargo para que lo firmara y pusiera en él sus huellas dactilares, ya que las cartas eran muy caras y no llevaba encima moneda suficiente para pagarla.

    Luego Carmody fue a los servicios y tomó un oxidante para quemar el alcohol que había pasado a su sangre. La otra única persona que había allí era Abdu, el hombre de negocios de importación-exportación que había subido con él en Wildenwooly.

    Abdu no respondió a las maniobras de Carmody de iniciar una conversación. Excepto "Sí" y "¿Oh, sí?" y algunos gruñidos inconcretos, permaneció en silencio. Carmody renunció y regresó a su asiento en la sala de pasajeros.

    Llevaba apenas diez minutos sentado, con los ojos entrecerrados e ignorando la película que pasaba por la pantalla, cuando fue interrumpido.

    —¿Está libre este asiento, padre?

    Un joven sacerdote de la orden de los jesuitas estaba de pie frente a él, sonriéndole y mostrándole unos dientes algo largos. Alto y delgado, poseía un rostro ascético, ojos azules muy claros, pelo negro, y una piel muy pálida. Su acento era irlandés, y un momento más tarde se identificaba a sí mismo como el padre Paul O'Grady, del Bajo Dublin. Había servido en la parroquia de México Capital, Nivel Medio Occidental, durante tan sólo un año tras haberse graduado en el seminario. Luego había sido enviado a El Trampolín para ayudar en la situación de allí.

    O'Grady fue franco respecto a su extremo nerviosismo.

    —Me siento perdido, no solamente con relación a la Tierra sino también con relación a mí mismo. Tengo la impresión de que me estoy desmenuzando en montones de piececitas diminutas. Me siento pequeño, muy pequeño; todo lo demás parece tan grande.
    —Agárrese a algo —dijo Carmody. No deseaba hablar con nadie, pero no podía ignorar al pobre hombre—. Mucha gente siente lo mismo que usted, casi la mitad de los pasajeros de esta nave, apostaría. ¿Quiere beber algo? Aún tenemos tiempo antes del despegue.

    O'Grady agitó la cabeza.

    —No. No deseo depender de una muleta.
    —¡Muleta, infiernos! —dijo Carmody—. No sea ridículo, hijo. Si la necesita, la necesita. Eso pasará pronto; cuando tenga de nuevo los pies apoyados sobre suelo sólido y vea sobre su cabeza un cielo azul parecido al de la Tierra. ¡Azafata! —Debe usted pensar que soy un bebé horrible —dijo O'Grady.
    —Sí, lo pienso —respondió Carmody. Se echó a reír cuando el joven sacerdote le miró desconcertado—. Pero no creo que sea un cobarde. Si hubiera usted rehusado una vez llegado aquí, entonces sí. Pero no lo ha hecho. Así que crecerá.

    O'Grady permaneció en silencio durante un rato, rumiando las observaciones de Carmody. Finalmente dijo:

    —Bueno, estaba tan nervioso que he olvidado preguntarle su nombre, padre.

    Carmody se lo dijo.

    Los ojos de O'Grady se desorbitaron.

    —¿No será usted el padre Carmody que... el padre de...
    —Dígalo.
    —¿Del falso dios Yess de Kareen?

    Carmody asintió.

    —Se dice que va usted con una misión a Kareen —dijo O'Grady con voz temblorosa—. Se dice que va usted a denunciar a Yess y a demostrar que el boontismo es una religión falsa.
    —¿Quién dice eso? —dijo Carmody, casi en un susurro—. Y baje la voz.
    —Oh, todo el mundo lo sabe —dijo O'Grady, haciendo un gesto con la mano que indicaba aparentemente la totalidad del universo.
    —Al Vaticano le agradaría saber cómo son custodiados sus secretos mejor guardados —dijo Carmody—. Bien, para su información, no estoy yendo a Kareen para desenmascarar a Yess.

    O'Grady sujetó a Carmody por el brazo y dijo:

    —No irá usted para renunciar a nuestra fe por el boontismo.

    Carmody soltó su brazo.

    —¿Es este otro rumor? —dijo fríamente—. No. Admitiré que hay algunos aspectos desconcertantes en el boontismo. Pero mi fe es inquebrantable. Confusa, quizá, y cuestionable en algunos aspectos, pero inquebrantable. Y puede decírselo a todo el mundo, si quiere.
    —Hemos tenido muchos problemas en El Trampolín —dijo O'Grady—. El número de componentes de nuestro rebaño que nos han dejado por el boontismo es alarmante. No puedo revelarle la cifra, pero sí puedo decirle que es alarmante.
    —Ya lo ha dicho dos veces —respondió Carmody.
    —Padre, quizá pueda quedarse usted en El Trampolín lo suficiente como para predicar un poco. Necesitamos un hombre como usted, un hombre que haya ido a Kareen y pueda exponer la falsedad de sus pretendidos milagros y de su pretendido dios.
    —No tengo tiempo de quedarme —respondió Carmody—. Además, probablemente les decepcionaría bastante. Los pretendidos milagros son reales, y el que Yess sea o no el verdadero salvador de ese planeta es una cuestión que ni siquiera el propio Santo Padre puede responder actualmente. Todavía no.

    Carmody se irguió y se inclinó hacia adelante, miró a la pantalla sin ver realmente las siluetas que se movían en ella, y dijo:

    —Le advierto que hará mejor no diciendo nada a nadie de nuestro encuentro y de nuestra conversación. Se supone que esta misión es secreta. Sólo yo y algunas altas esferas de la Iglesia saben presumiblemente de ella, aunque puedo ver que el teléfono de los rumores ha funcionado rápidamente otra vez. Es la única cosa en el universo que es más rápida que la luz. Pero si usted susurra a alguien una sola palabra de esto, le advierto que recibirá una severísima reprimenda y que eso será un freno tan grande en su carrera que lo mantendrá en el mismo sitio durante más de veinte años. Así que mantenga su boca cerrada.

    O'Grady parpadeó, y su rostro se empurpuró y palideció a la vez. Para alivio de Carmody, la señal de aviso zumbó, y el capitán empezó de nuevo su discurso habitual. Durante el resto del camino hasta El Trampolín, O'Grady estuvo lo suficientemente preocupado controlando su temor como para hablar.

    Cuando la Mula Blanca hubo aterrizado, Carmody decidió abandonarla por unos instantes. Necesitaba desentumecer las piernas, echar una nueva mirada a aquel lugar que en otro tiempo le había sido tan familiar. Además, era el último planeta "normal" que iba a ver por algún tiempo.

    El puerto había cambiado mucho en diez años, al igual que la ciudad que había tras él. Los blancos conos brobdingnagianos, erigidos por los casi extintos castoristas —animales de sangre caliente que emulaban a las termitas de la Tierra en comer madera y construir edificios con excrementos cementados— aún eran numerosos. Los primeros colonos habían matado a los castoristas y se habían instalado en los rascacielos prefabricados. Luego las casas hechas con troncos o piedra artificial habían ido ocupando los espacios entre los conos. Pero las construcciones originales humanas habían desaparecido, reemplazadas por amplias estructuras de piedra y travesaños de plástico.

    Había muchas más naves en los círculos de aterrizaje que en su última visita. Carmody dio gracias a Dios por haber tenido el privilegio de ver los planetas cuando aún estaban relativamente intocados por manos humanas. Evidentemente, había aún muchos otros que todavía tenían que ser descubiertos y explorados. Pero últimamente sus asuntos lo habían llevado por caminos muy hollados.

    Paseó durante una media hora por los edificios del puerto, luego regresó a su terminal para el proceso de descontaminación. Una enorme multitud en el salón principal le cortaba el paso. Por un momento no pudo determinar qué era lo que ocasionaba los enfurecidos gritos, los enrojecidos rostros, los amenazantes puños. Luego vio que un grupo, algunos de cuyos componentes llevaban pancartas con la enseña: Sociedad Protectora Cristiana, rodeaban a una docena de hombres y mujeres. Esos, dejando aparte su actitud defensiva, no se diferenciaban aparentemente de sus perseguidores.

    Tan sólo cuando decidió emplear los codos para abrirse camino entre la multitud y consiguió llegar lo suficientemente cerca pudo ver los anchos anillos de oro en los dedos índices del grupo sitiado. Los anillos estaban grabados con un círculo que dominaba dos lanzas entrecruzadas de aspecto fálico. Había visto ya varios de aquellos anillos en Wildenwooly, y supo que aquellos que estaban siendo atacados eran conversos al boontismo. Se habían agrupado cerca de las ventanillas de la aduana y hacían todo lo que podían por ignorar las burlas y los insultos que les llovían de todos lados. En la primera fila de los de la Sociedad Protectora Cristiana se hallaba un sacerdote corpulento, de hirsuto pelo y enorme nariz. Carmody lo reconoció inmediatamente, aunque no lo había visto en doce años. Era el padre Christopher Bakeling, y había entrado en el sacerdocio y en la Orden de San Jairo el mismo año que Carmody.

    Carmody se abrió camino hacia él, con la multitud dejándole paso a la vista de su atuendo sacerdotal. Se detuvo entre el enorme sacerdote y los boontistas.

    —Padre Bakeling, ¿qué ocurre aquí?

    Los ojos de Bakeling se abrieron enormemente.

    —¡John Carmody! ¿Qué está haciendo usted aquí?
    —¡No provocar disturbios, puedo asegurárselo! ¿Cuál es su queja contra esa gente?
    —¡Queja! —resopló el enorme sacerdote—. ¡Queja! ¡Carmody, le conozco bien! ¡Usted está aquí para crear problemas, tan seguro como que su apodo es "Metomentodo"!

    Gesticuló y babeó por unos instantes, y finalmente consiguió recuperar su autocontrol. Señaló a un hombre alto y agraciado que estaba de pie junto a la ventanilla de admisión.

    —¡Mírelo! ¡Es el padre Gideon! ¡Se ha convertido en un seguidor del asqueroso ídolo Boonta, y ahora se está llevando a tres de sus propios fieles directamente con él al Infierno! ¡Y además a dos de mis propios fieles!

    Una mujer entre la multitud aulló.

    —¡Gideon es un Anticristo, eso es lo que es, un Anticristo! ¡Y era mi propio confesor! Habría que meterle en prisión y encerrarlo allá donde no pudiera seguir divulgando todos sus secretos.
    —¡Habría que lapidarlo! —gritó Bakeling—. ¡Lapidarlo! ¡O colgarlo aquí mismo, como a Judas! Ha traicionado a nuestro buen Señor por un diablo, ha seducido...
    —Cállese, Bakeling —dijo duramente Carmody—. ¡Está convirtiendo una situación comprometida en algo mucho peor con su bocaza y sus incongruencias públicas! Creo que lo que debería hacer sería intentar tapar esto de la mejor manera posible. ¡Ese tipo de publicidad, tanto para ellos como para nosotros, debería ser evitada!

    Bakeling, con los puños fuertemente apretados, se lanzó contra Carmody y obligó al pequeño sacerdote a retroceder.

    —¿Se pone usted de su lado? ¡Le conozco, Carmody! ¡Usted mismo se ha visto infectado por el boontismo! ¡He oído decir incluso que había fornicado con la sacerdotisa de Boonta o hecho algo igualmente perverso, y que el hijo de Boonta es también su hijo! No he querido creerlo; ningún hombre del clero podría ser tan inicuo, ¡ni siquiera un monstruo como usted! ¡Pero ahora ya no estoy tan seguro!
    —Apártese de mí, Bakeling —dijo Carmody. Sentía que su cólera ascendía en su interior como el mercurio de un termómetro en plena canícula—. ¡Apártese, e intente comportarse como un siervo de Dios!

    Hizo una pausa, luego no pudo contener por más tiempo su ira.

    —¡No me empuje! ¡Se lo advierto!
    —¡Oh, es usted un gallito de pelea, cree en su propia reputación de hombre peligroso! ¡Es usted tan pequeño para mí que me basta con escupirle encima! ¡Y ni siquiera es usted digno de que me tome esa molestia!

    La mujer que había denunciado a Gideon intervino de nuevo:

    —¿Qué clase de sacerdote es usted? ¿Tomando partido contra nuestra propia religión, nuestra propia gente?

    Carmody se esforzó en calmarse. En voz baja, dijo:

    —Estoy intentando conducirme como cristiano, intentando impedir que su gente actúe movida por el odio. Recuerde: Ama a tu enemigo.
    —¡Y la próxima vez nos va a decir que presentemos la otra mejilla e invitemos a esa basura a comer! —gritó la mujer—. ¡Son malvados, padre, malvados! ¡Y el padre Gideon es Satán en persona! ¿Cómo puede... cómo puede...? —Y se lanzó a una retahíla de insultos y maldiciones que Carmody, en sus viejos días, hubiera admirado. Fuera lo que fuera lo que poseía a aquella mujer, tenía realmente imaginación y un auténtico don para la blasfemia.
    —¡Apártese de mi camino, Carmody! —rugió el enorme sacerdote—. ¡Voy a hacer que Gideon se retracte aunque para ello tenga que retorcerle el cuello!
    —¡Ese no es el camino! —dijo Carmody.
    —¡Infiernos no lo es! —gritó Bakeling, y se arrojó sobre Carmody. Mientras el pequeño sacerdote se inclinaba bajo el empuje de aquel poderoso puño, la rabia y la frustración que ardían en él desde la muerte de Anna subieron a la superficie. Hundió los dedos rígidos de su mano izquierda en el enorme y blando vientre ante él, y Bakeling se llevó ambas manos a su estómago, boqueó, se dobló, y recibió de lleno un puñetazo en la nariz. La sangre salpicó sus zapatos y las piernas de Carmody.

    Un único grito brotó de la multitud. Empujaron hacia adelante, arrastrando a Carmody con la muralla de sus cuerpos, apretándole contra los aterrorizados boontistas. Sonaron algunos silbatos de la policía. Varios puños golpearon a Carmody, y perdió el conocimiento.

    Cuando abrió los ojos, su cabeza, mandíbula, costillas y hombros le dolían. Un policía con el uniforme blanco y negro y el casco cónico de las fuerzas municipales de El Trampolín intentaba reanimarle. Antes de que Carmody pudiera decir nada fue puesto bruscamente en pie por dos fornidos hombres y arrastrado por la gran sala hasta el exterior. Allí varios coches celulares le aguardaban a él y a los demás manifestantes que no habían escapado lo suficientemente aprisa o habían sido lo bastante heridos como para no poder correr. Sin embargo, él recibió un trato de favor. Mientras la mayor parte de los demás eran metidos por la fuerza en las camionetas celulares, él fue metido en la parte de atrás de un coche de patrulla. Un teniente se sentó a su lado. Al otro lado estaba el padre Bakeling, con un pañuelo apretado contra su nariz.

    —¡Ya ve la que ha armado, especie de buscaproblemas! —murmuró Bakeling—. ¡Ha desencadenado un disturbio, y ha deshonrado a su Iglesia y a su diócesis!
    —¿Yo?

    Carmody lo miró sorprendido, luego se echó a reír, pero se interrumpió cuando sus costillas lanzaron una oleada de dolor a través de todo su cuerpo.

    —¿Vamos a ser acusados de algo? —le preguntó al teniente.
    —El padre Bakeling ha presentado cargos contra usted. —El policía le tendió un teléfono de muñeca—. Tiene usted derecho a llamar a su abogado.

    Carmody lo ignoró y se dirigió a Bakeling.

    —Si me veo retenido y pierdo la nave a Kareen, va a tener que responder de ello a las más altas autoridades. Y cuando digo a las más altas me refiero precisamente a las más altas.

    Bakeling se apretó el pañuelo contra la nariz y gruñó:

    —No me amenace, Carmody. Recuerde, le conozco, sé quién es, un pequeño mentiroso embaucador.
    —Creo que después de todo voy a hacer esa llamada —dijo Carmody. Tomó el teléfono—. ¿Cuál es el antecódigo?

    El teniente le dijo los números, y Carmody los repitió. La medialuna gris de la parte superior del disco de 5,08 centímetros se volvió luminosa.

    —¿Cuál es el número del obispo Emzaba?

    Bakeling se sobresaltó; el teniente abrió mucho los ojos.

    —No se lo diré —dijo Bakeling.
    —De acuerdo; teniente, dígamelo usted.

    El policía suspiró, pero sacó una libretita de su bolsa de cintura y la hojeó.

    —606.

    Carmody dijo el número, y un segundo más tarde el rostro de un joven sacerdote apareció en la pequeña pantalla. Carmody hizo girar la parte superior móvil del disco, y el rostro pareció salir fuera de la pantalla y flotar, muy ampliada, a dieciséis centímetros delante del disco.

    —Al habla el padre Carmody de Wildenwooly. Debo hablar con el obispo. Inmediatamente. Es una emergencia.

    El rostro se esfumó; la pantalla permaneció ciega, aunque sin perder su luminosidad. Bruscamente, los rasgos de un mulato danzaron ante Carmody. El parpadeante rostro tenía el ceño fruncido, y su voz era profunda y dura.

    —¿Carmody? ¿En qué lío se ha metido usted ahora?
    —Uno que no ha sido en absoluto culpa mía, Su Eminencia —dijo Carmody—. De hecho, yo estaba simplemente intentando llevar a cabo una acción cristiana, sin mencionar la caridad cristiana. Pero fracasé. Y aquí estoy, camino del puesto de policía, a punto de ser inculpado y encarcelado.
    —He oído hablar de los disturbios en el espaciopuerto y de su participación en ellos —dijo Emzaba—. Ya he empezado algunas acciones por iniciativa propia. Quizá no sea cristiano, pero se trata de algo de extrema necesidad.

    Carmody giró el teléfono de modo que el obispo pudiera ver a Bakeling.

    El ceño de Emzaba se frunció aún más.

    —¡Bakeling! ¿Es cierto que se ha enfrentado usted a otro sacerdote? ¿Y que estaba capitaneando una manifestación de sus propios fieles contra los conversos boontistas?

    Bakeling gruñó inconcretamente por un instante y luego dijo:

    —¡Estaba solamente intentando que el padre Gideon y su gente vieran el error que estaban cometiendo, Su Eminencia! ¡Pero ese, ese Metomentodo de aquí, ha venido a ponerse en su favor! ¡Incluso me atacó, a un hermano sacerdote, a un miembro de su propia orden, para proteger a los herejes boontistas!
    —¿Es eso cierto? —dijo Emzaba—. ¡Carmody, gire el teléfono de modo que pueda ver su rostro!

    Carmody giró el teléfono y dijo:

    —Es una larga historia, Su Eminencia, y haría falta mucho tiempo para separar los varios hilos de la verdad de los de la pasión. Pero no tengo tiempo de explicarlo. ¡Debo proseguir mi camino hacia Kareen! ¡Inmediatamente! ¡Llevo una misión de la más alta importancia, autorizada por el Santo Padre en persona!
    —Sí, lo sé —dijo Emzaba—. Ayer me llegó un correo informándome de que debía ayudarle a seguir su camino, por irrazonables o extrañas que fueran las demandas que usted pudiera hacerme. He comprendido algo de su misión, y estoy preparado para ayudarle. ¡Pero Carmody, un alboroto! ¡Debería comprender mejor que nadie la necesidad de no verse envuelto en algo que pueda retrasarlo!
    —Lo sé, y lo siento. Pero aquí estoy. Ahora, ¿cómo puedo regresar al puerto a tiempo de tomar la Mula Blanca antes de que despegue? ¿Puedo conseguirlo realmente?

    Emzaba pidió hablarle al teniente. Carmody giró de nuevo el teléfono para que el policía y el obispo pudieran hablar frente a frente. El teniente enumeró los cargos que habían sido hechos contra Carmody. Al oírlos, el obispo frunció tan fieramente el ceño que se asemejó a uno de los ídolos de ébano esculpidos por sus antepasados en aquellos lejanos tiempos.

    —Le llamaré de nuevo, teniente. O lo hará algún otro —dijo Emzaba.

    Su rostro se disolvió, pero el fantasma de su irritación colgó en el aire. Bakeling pareció incómodo, mirando de reojo a Carmody.

    —Si sale usted con bien de ésta, especie de rata de cloaca, y si soy injustamente acusado... si tengo que sufrir por su causa... le juro que...
    —¿Qué hará? —dijo Carmody—. ¿Negarse a aprender su lección y volver a cargar como un toro en celo para golpear de nuevo su gorda cabeza contra las paredes?
    —Es usted repugnante, Carmody, un insulto a su sagrado oficio.
    —Las situaciones violentas exigen un lenguaje violento —dijo Carmody—. ¿Pero no se le ha ocurrido pensar que el obispo hubiera estado aún mucho más furioso contra usted si hubiera hecho unos mártires de los boontistas? Eso es lo que la Iglesia desea evitar a toda costa, y eso es precisamente lo que estaba haciendo usted.
    —Yo estaba actuando según los dictados de mi conciencia —dijo rígidamente Bakeling.
    —Haría mejor en tomar su conciencia y sacudirle un poco el polvo —dijo Carmody—. Límpiela, haga que brille como un espejo, y échese una buena mirada a usted mismo en ella. Admito que el espectáculo será nauseabundo, pero a veces se necesitan unas cuantas náuseas para poner en forma a un hombre.
    —¡Usted, sucio pequeño hipócrita bocazas!

    Carmody se alzó de hombros por toda respuesta. Estaba empezando a sentirse de nuevo deprimido, ya que sabía que el obispo tenía razón.

    El coche se detuvo ante el puesto de policía. Se hallaba en uno de los conos de los castoristas ocupados por los primeros colonos, una estructura gris blanca en su exterior, de unos cien metros de diámetro en su base y una altura de cuatrocientos metros hasta su cúspide. Antiguamente el cono había albergado a la organización central de policía de todo el planeta. Pero en sus cincuenta años de colonización, El Trampolín había aumentado de tal modo su población que ahora el edificio albergaba tan sólo la jefatura de puestos. La base planetaria había sido trasladada a una nueva estructura a veinte kilómetros de distancia, un rascacielos construido por el hombre.

    La entrada original, lo suficientemente amplia como para dejar pasar tan sólo a dos castoristas hombro contra hombro, había sido ampliada hasta convertirla en un amplio arco. Carmody lo franqueó en compañía del teniente y de Bakeling, entrando en un enorme y abovedado vestíbulo cuya blanca desnudez había sido recubierta con fórmica verde. De aquel vestíbulo pasaron a una gran habitación. Había allí un curioso olor, compuesto por los rastros, de cincuenta años de antigüedad, de los castoristas, mezclado con el inmemorial efluvio de los edificios de la policía y los tribunales: humo de cigarrillos y orina. Bajo la pintura verde, sabía Carmody, había manchas y rastros de sangre, ya que los castoristas no se habían dejado desposeer pacíficamente.

    Carmody y Bakeling se sentaron en un banco mientras el teniente iba a hablar con sus superiores. Cinco minutos más tarde regresó con el rostro pálido y los labios apretados.

    —¡El obispo ha interferido en el procedimiento policial! —dijo—. Tiene que haber hecho realmente una buena presión. Acabo de recibir órdenes de olvidar todos los cargos y soltarlos a los dos. Y como si esto no fuera poco, tengo que escoltarle a usted, Carmody, hasta el puerto.

    Los dos sacerdotes, en silencio, se levantaron y le siguieron fuera del edificio. Esta vez, Carmody fue instalado en un aerocoche. El vehículo se elevó en vertical y salió disparado hacia las espiras del puerto, haciendo sonar todas sus sirenas y destellando todas sus luces.

    El teniente, sentado delante de Carmody, se giró repentinamente y le tendió el teléfono.

    —El obispo —dijo, y se giró nuevamente de espaldas.

    El rostro de Emzaba brotó de la pantalla, y se detuvo tan sólo a unos pocos centímetros del de Carmody. Estaba tan cerca que el sacerdote podía percibir las líneas ondulantes que formaba la proyección. Aquello le daba aún más fuerza a las palabras del obispo.

    Poco después, Carmody, debidamente escarmentado y contrito, se excusó. No dijo nada acerca de la muerte de su esposa. Pero el obispo debía saber de ella, ya que inmediatamente después de su discurso se ablandó.

    —Ya sé que arrastra usted consigo un pesado fardo, John. Bajo circunstancias normales, no me hubiera contentado con una simple reprimenda. Pero nada debe desviarle de su misión.
    —Hay veces en que las cosas escapan a todo control —dijo Carmody—. Bueno, pronto estaré en Kareen y dedicado por completo a mi tarea.

    El obispo guardó silencio durante un minuto, y luego dijo:

    —¿Será presuntuoso por mi parte pedirle más detalles acerca de su misión? Tengo una idea general, pero no me ha sido dicho nada específico. De todos modos, no pienso que tiene usted que contármelo todo tan sólo porque yo sea curioso. Considéreme como un correligionario que se siente gravemente preocupado y que sabe mantener la boca callada.

    Carmody se entretuvo encendiendo un cigarrillo, y luego dijo:

    —Puedo decirle, Su Eminencia, que mi misión es doble. Por un lado, debo intentar disuadir a Yess de que envíe a sus misioneros a otros planetas. En segundo lugar, debo intentar convencer a Yess de que no obligue a toda la población de Kareen a pasar la Noche de Luz.

    Emzaba pareció impresionado.

    —No sabía que Yess tuviera la intención de mantener a sus seguidores Despiertos.
    —Todavía no está decidido. Aparentemente, aún lo está considerando, y no dará a conocer su decisión hasta que la Noche esté a punto de empezar.
    —¿Pero por qué querrá hacer eso?
    —Me han dicho que desearía hacer una criba de todos los adoradores secretos de Algul y también de los tibios y de los indiferentes. Quiere un planeta lleno de fanáticos.

    El obispo asintió.

    —Y entonces Yess enviará a esos fanáticos como misioneros, ¿correcto?
    —Correcto.
    —¿Y Yess tiene el poder de hacer esto, de obligar a todo el mundo a exponerse a los terribles peligros de la Noche?
    —Tiene el poder. El obispo vaciló, frunció el ceño, y luego dijo:
    —Nuestros superiores deben creer que tiene usted alguna posibilidad de éxito. De otro modo, no lo enviarían junto a Yess.
    —Quizá sea también un acto de pura desesperación —dijo Carmody—. Las incursiones que ha hecho el boontismo en nuestra fe, en todas las religiones no kareenianas, han sido devastadoras. Y cada vez será peor.
    —Entiendo. Sin embargo... usted ha pasado la Noche... se dice incluso que es uno de los Padres de Yess... pero que no se ha convertido usted en un adorador de la diosa. Así pues, hay esperanzas. Pero no comprendo que no haya sido utilizado publicitariamente por nuestra Iglesia. Es usted el mayor testimonio viviente de nuestra fe.

    Carmody sonrió amargamente y dijo:

    —Hay un gran peligro en mi testimonio. ¿Qué pensaría el hombre medio si yo jurara, y tendría que hacerlo, que los fenómenos de la Noche son reales? ¿Que el dios Yess es formado realmente del aire por la unión mística entre la Gran Madre y los Siete Padres? ¿Que los denominados milagros son cosa corriente en Kareen, que el boontismo puede ofrecer la prueba viviente de lo que dice, resultados sólidos y visuales de la práctica de su religión?

    ¿O que yo era un criminal de la peor calaña, varias veces asesino, ladrón, pervertido, lo que usted quiera... y que sin embargo tras haber sobrevivido a la Noche no he necesitado ni siquiera un tratamiento de reeducación en la John Hopkins?

    —Dirían que el boontismo ha hecho eso y darían aún más crédito a los misioneros kareenianos. Pero usted no se ha convertido en un seguidor de Boonta.
    —Creo que hubiera podido llegar a ocurrir si me hubiera quedado en Kareen —dijo Carmody—. Pero regresé o la Tierra casi inmediatamente después de la Noche. Y mientras estuve en Hopkins tuve una experiencia de cuyos detalles no voy a hablar ahora. Aquello fue suficiente para decidirme a entrar en la Iglesia, y convertirme en hermano laico y luego en sacerdote.
    —Sigo sin comprender —dijo el obispo—. Usted afirma la validez de Yess y de Boonta, y pese a ello declara la veracidad de su fe. ¿Cómo pueden reconciliarse dos conceptos tan opuestos?

    Carmody se alzó de hombros y dijo:

    —No pueden. Yo me hago mis propias preguntas, estoy lleno de ellas. Pero hasta ahora siguen sin respuesta. Quizás esta visita a Kareen me permita hacerlo.

    El aerocoche se posó en el aparcamiento. Carmody le dijo adiós a Emzaba, recibió su bendición, luego se entretuvo un poco más para pedirle al obispo que no fuera severo con Bakeling. Emzaba replicó que intentaría ser tan justo como le fuera posible. Pero antes de soltarlo le haría comprender a Bakeling exactamente lo que había hecho y le haría prometer que evitaría tales errores en el futuro.

    Carmody ocupó su asiento en la Mula Blanca tan sólo un minuto antes de que las portillas fueran cerradas para las comprobaciones previas al despegue. Vio que la mayor parte de los boontistas conversos que se habían visto mezclados en el altercado habían conseguido llegar a tiempo a la nave.

    Uno de los pasajeros, que había entrado pisándole los talones a Carmody, no era un boontista. Era un hombre pequeño y musculoso, que parecía tener la misma edad psicológica de Carmody, es decir, entre los treinta y cinco y los cien años. Tenía una pelambrera negra, espesa y muy rizada, un ancho rostro amerindio con una gran nariz aquilina, labios delgados y un mentón agresivo. Iba vestido enteramente de blanco: un sombrero cónico con una amplia ala blanda, una camisa ceñida con mangas abombadas, un amplio cinturón de similpiel con una hebilla metálica hexagonal, una bolsa de cintura blanca, y un pantalón ajustado en los muslos pero amplio en las pantorrillas. Sus zapatos, sin ninguno de los adornos habituales de frunces y festones, eran sencillos pero resistentes.

    Aferrado en una de sus manos llevaba un grueso libro encuadernado en blanco. En su cubierta, en el antiguo alfabeto no fonético, había escritas unas palabras en negro: Versión auténtica - Sagradas Escrituras. Por ello y por sus blancos hábitos, Carmody comprendió que el hombre pertenecía a un grupo religioso cada vez más poderoso. Los miembros de la Iglesia Profunda de Dios —a veces llamados Culosduros por sus enemigos— eran fundamentalistas que creían haber vuelto a la fe original de los principios del cristianismo. Carmody había encontrado a varios de ellos en Wildenwooly.

    Sin embargo, no fue la religión de aquel hombre lo que hizo que Carmody desorbitara los ojos. Fue la impresión del reconocimiento.

    ¡Así que todos los antiguos profesionales no habían desaparecido! Aquel hombre era Al Lieftin, y en una ocasión había trabajado con Carmody durante una fase del robo del Staronif.

    Los ojos de Lieftin también se abrieron enormemente al ver el rostro de Carmody. Los abrió aún más cuando los descendió y vio las ropas marrones de un sacerdote de la Orden de San Jairo.

    Lieftin levantó la mano como para defenderse de algo, dio un paso atrás, y se giró. Pero el sacerdote lo llamó en voz alta:

    —¡Al Lieftin! ¡Ven y siéntate a mi lado! No necesitas evitarme. No tengo nada que ocultar. Y parece que ambos hemos cambiado mucho.

    Lieftin vaciló. El color regresó a su rostro; sonrió, y con un andar casi fanfarrón fue a sentarse en el asiento al lado del de Carmody.

    —Me has dejado asombrado —dijo—. Hace tantos años. Tú... ¿tú eres el padre Carmody ahora?
    —Padre, sí —dijo Carmody—. ¿Y tú?
    —Soy un diácono de la Verdadera Iglesia —dijo Lieftin—. ¡Loado sea el Señor! Los días de maldad han desaparecido para siempre; vi la luz a tiempo. Me arrepentí, pagué por mis pecados. Y ahora predico la Palabra Fundamental.
    —Estoy muy contento de que estés en paz —dijo Carmody—. Al menos, presumo que lo estás. Hemos seguido caminos algo divergentes, pero ambos han sido, creo, buenos caminos, los caminos adecuados. Dime —prosiguió—, si no tienes ninguna objeción, ¿para qué vas a la Alegría de Dante? La Noche de Luz se aproxima. No creo que estés planeando pasarla.
    —¡Nunca! No, voy allí porque mi Iglesia me ha enviado a hacer un informe sobre los rituales pre-Noche, y luego tomar la última nave que salga. Hubiera preferido no tener que observar esas cosas Satánicas, pero el Principal en persona me pidió que lo hiciera.
    —¿Para qué quiere tu Iglesia un informe? Seguro que hay los suficientes datos acerca de Kareen en las librerías de la Tierra.
    —La amarga verdad —dijo Lieftin— es que hemos perdido más cantidad de gente que se ha pasado al falso dios Yess de lo que nos gustaría admitir. Muchos hombres y mujeres de los que nunca hubiera creído que pudieran desviarse de la Palabra Fundamental han sucumbido ante las falacias Satánicas de los misioneros kareenianos.

    Así que debo hacer un informe detallado, descubrir las cosas que no constan en los libros, obtener un relato de primera mano. He de tomar también película, y usarlo todo ello en ciclos de conferencias en la Tierra. Debo mostrarles a las gentes de la Tierra qué clase de pecadores son realmente los kareenianos. Cuando los actos indescriptiblemente obscenos y maléficos que cometen los kareenianos en nombre de su religión sean puestos en evidencia, entonces los terrestres se mostrarán menos ansiosos de convertirse al boontismo. Verán por sí mismos qué abominaciones se practican en el nombre de Boonta.

    Carmody no le dijo a Lieftin que aquel método había sido intentado ya más de una vez. Algunas veces, funcionaba. Pero la mayor parte de las veces conseguía tan sólo el efecto contrario. Despertaba la curiosidad, incluso el deseo.

    Carmody encendió un cigarrillo. Lieftin resopló. Carmody dijo: —Antes encendías un cigarrillo con la colilla del anterior. ¿Cuan difícil te ha sido apartarte del hábito?

    —Nada, loado sea el Señor. No he sentido ni una tentación momentánea desde el instante en que vi la luz. ¡Nunca! Renuncié a los pecados del tabaco, del alcohol y de la fornicación. Y doy gracias al Señor que me ha protegido desde entonces de toda tentación.
    —El tabaco y el alcohol pueden ser malos si se abusa de ellos —dijo Carmody—. Pero la moderación es también una virtud. En general, al menos.
    —Tú no crees en ello, Carmody. Cuando se lucha contra el mal, es todo o nada.

    Vaciló, y luego dijo:

    —De hecho, quizá no debería escarbar en los viejos días. Pero ¿qué fue lo que le ocurrió al Staronif? Recuerdo que tuvimos que salir por piernas aquella noche. Yo apenas conseguí escapar de los guardias y de su wego. Oí más tarde que Raspold casi estuvo a punto de cogerte, pero que lo burlaste. Pero nunca volví a saber qué le había ocurrido al Staronif. ¿Escapaste con él?
    —Logré escapar de Raspold porque él se vio obligado a refugiarse en un árbol perseguido por un logar —dijo Carmody, refiriéndose a un enorme felinoide carnívoro del planeta Tulgey—. Yo casi conseguí llegar a nuestra nave, pero también tuve que refugiarme en un árbol; el logar venía tras mis huellas. No creas esas historias acerca de gente que está demasiado gorda como para trepar a un árbol. Yo no tenía más que un arma, ya que había vaciado todos mis cargadores durante la persecución y la batalla con los guardias. Esa arma era el Staronif.

    Se lo hundí al logar en la garganta, y el bicho se tragó el Staronif. La última vez que vi al logar estaba corriendo por el bosque, aullando como si fuera presa del más grande de todos los cólicos.

    —¡Dios! —dijo Lieftin. Y luego—: Lo siento. No debo usar el nombre del Señor en vano. ¡Pero el Staronif! Diez millones de giffords perdidos en el estómago de un gato. ¡Vaya fortuna hubieras podido obtener! ¡Y todos esos meses de planear las cosas y todo ese dinero gastado en organizarlas!

    Carmody soltó una risita y dijo:

    —En aquel momento no me pareció en absoluto divertido. Pero ahora me río de ello. En algún lugar de aquel enorme y umbrío bosque, la más valiosa joya de la galaxia reposa en medio del esqueleto de un logar.

    Lieftin se secó la frente con un pañuelo que sacó de su manga. Carmody se lo quedó mirando, preguntándose si aquel pañuelo contendría aún la pequeña bola de acero cosida en una de sus esquinas. Lieftin se había hecho famoso hacía tiempo por su habilidad en lanzarla al ojo de un hombre durante una lucha, haciéndoselo saltar muy a menudo. Ahora no había ninguna señal de ella.

    La azafata anunció el despegue. Diez minutos más tarde, tiempo de la nave, la Mula Blanca estaba en la atmósfera de Kareen. En otros diez minutos, había aterrizado a la luz del sol del atardecer.

    Una vez más tuvo que pasar Carmody por la inspección. Perdió de vista a Lieftin hasta que estuvo camino de la salida del espaciopuerto. Cuando pasó delante de la puerta de los servicios (diseñados para los machos bípedos de origen no kareeniano), la puerta se abrió. Y vio a Lieftin aplastando un cigarrillo en un cenicero.

    Lieftin levantó la vista al mismo tiempo. Se sobresaltó, luego salió precipitadamente y sujetó a Carmody por el brazo.

    —Perdóname, Carmody, te he mentido. Caigo en la tentación de tanto en tanto. Pero generalmente resisto a ella con la ayuda del Señor. Sólo que esta vez he caído. Quizá debido a que este viaje me ha puesto muy nervioso. Ya sabes, venir a un lugar tan dominado por el mal.
    —Este lugar no está más dominado por el mal que cualquier otro lugar —dijo Carmody—. No te preocupes. No te estoy juzgando. No me voy a reír ni le voy a decir nada a nadie al respecto. Olvídalo. Y perdóname. Creo que la delegación oficial está aquí para recibirme.

    Había visto a su viejo amigo Tand penetrar en la enorme sala. No se le veía mucho más viejo de cuando se habían separado. Había algunos rastros grises en el plumoso cabello de su cabeza, y parecía un poco más grueso de como Carmody lo recordaba. Pero era el mismo individuo alegre, con sus azules dientes siempre expuestos en una sonrisa. Su actual e importante posición no había cambiado su modo de vestir. Seguía llevando sus habituales ropas sencillas y conservadoras.

    Tand avanzó hacia él, los brazos abiertos, llamando:

    —¡John Carmody! ¡Bienvenido!

    Se abrazaron. Tand dijo, en inglés:

    —¿Cómo estás, padre?

    Se echó a reír, y Carmody comprendió que Tand estaba usando aquel título con un doble sentido.

    —Estoy bien —respondió Carmody en kareeniano—. ¿Y tú, Padre Tand?

    Utilizó la palabra pwelch, que estaba reservada para Padre de Yess.

    Tand dio un paso hacia atrás y dijo:

    —Me siento tan feliz como pueda estarlo bajo las actuales condiciones. Oh... —Se giró hacia los otros kareenianos que estaban tras él—. Permíteme presentarte...

    Carmody saludó a cada uno de ellos con la formal combinación de apretón de manos y ligera flexión de las rodillas. Los cuatro eran miembros del gobierno: un oficial de la policía secreta, un sacerdote, un etnólogo, y un secretario del jefe del gobierno mundial.

    Todos parecían interesados en saber qué era lo que había traído a Carmody de vuelta a su planeta. Abog, el secretario de Rilg, el jefe del gobierno, era un hombre joven, muy bien parecido, pero había algo en su actitud —¿o quizás en su voz?— que puso en guardia a Carmody.

    —Todos nosotros esperamos que haya venido a anunciar públicamente su conversión al boontismo —dijo Abog.
    —He venido a hablar con Yess —dijo Carmody.

    Tand se hizo cargo de la situación.

    —¿No prefieres ir primero a tu hotel? Como sea que eres uno de los Siete, el gobierno te ha reservado una de las mejores suites. A cargo del estado, por supuesto.

    Tand hizo un gesto a los demás que sugería que todos ellos estaban muy ocupados. Comprendieron la alusión y se despidieron. Pero Abog, antes de irse, insistió en que Carmody le concediera una entrevista, aquella misma tarde si era posible. El sacerdote respondió que se sentiría muy feliz de hablar con él.

    Tras la marcha de los oficiales, Tand condujo a Carmody a su coche. El vehículo era una unidad de baja gravedad, como la mayor parte de los que se veían por la calle.

    —El cambio —dijo Tand—. Está por todas partes en el universo, incluso en nuestro planeta alejado de todos los caminos. La población se ha cuadruplicado. Nuevas industrias, basadas en la tecnología de la Federación y a veces también gracias a los préstamos de la Federación, han brotado a miles.

    Tand condujo: Carmody miraba por la ventanilla. Las masivas estructuras de piedra con sus gárgolas burlonas o amenazantes seguían siendo siempre las mismas. Había más gente en las calles, y se veían atuendos de un estilo claramente influenciado por las modas de la Federación.

    —La ciudad que tú conoces —dijo Tand— es casi la misma. Pero a su alrededor, cubriendo lo que antes eran granjas y bosques, se ha erigido una gran ciudad nueva. No está hecha de piedra, no está hecha para durar siempre. Demasiada gente y demasiado pronto. No hemos tenido tiempo de tomarnos nuestro tiempo en edificar.
    —Es como en todas partes —respondió Carmody—. Dime, ¿sigues estando en relación con la policía? —Ya no. Pero tengo influencias. Cualquier Padre las tiene. ¿Por qué?
    —Un hombre llamado Al Lieftin ha venido conmigo en la Mula Blanca. Hace años, era un asesino a sueldo. Viaja bajo su propio nombre, así que presumo que fue readaptado en Hopkins o en alguna otra institución similar. Ahora proclama que es un diácono de la Iglesia Profunda de Dios. Su historia puede ser cierta. Si tuviéramos tiempo, podríamos investigar acerca de él. Pero no lo tenemos. Y existe la posibilidad de que sea el asesino enviado por los fanáticos de la Tierra para matar a Yess. Estás al corriente, ¿verdad?
    —He oído algo. Pondré a la policía sobre la pista de Lieftin. Pero van a perder mucho tiempo manteniéndolo vigilado, a menos que lo arresten. Una vez se mezcle entre la multitud en el festival de la pre-Noche, podrá despistarlos fácilmente. O desaparecer sin dejar huella.
    —¿Qué posibilidades hay de arrestarlo?
    —Ninguna. Podría crearnos muchos problemas. Las autoridades no desean ofender a un ciudadano de la Federación a menos que tengan razones muy poderosas.

    Carmody permaneció en silencio unos instantes, luego dijo:

    —Hay otro hombre que me gustaría que fuera vigilado. Pero dudo en hablar de él. Es una cosa muy personal, importante para mí pero pequeña en relación con el complot contra Yess.

    Le contó a su amigo las amenazas que había recibido del hombre que se llamaba a sí mismo Fratt. Tand permanecía pensativo. Finalmente dijo:

    —¿Crees que el terrestre llamado Abdu pueda ser Fratt?
    —Es posible, pero no es muy probable. El elemento tiempo está contra él. ¿Cómo podría saber de mi repentina decisión de venir aquí?
    —La explicación podría ser muy sencilla si supieras qué es lo que hace. Haré que alguien lo vigile. La policía va a estar demasiado ocupada con la gente para dejarme a alguien, pero contrataré a alguien particular.

    Tand detuvo el coche frente a su destino. El equivalente kareeniano de un botones llevó la maleta de Carmody en una gravicarretilla, y los dos subieron directamente a la suite de Carmody. Como fuera que Tand había hecho todos los arreglos necesarios, no hubo que pasar por el registro. Pero un grupo de periodistas intentó entrevistar a Carmody. Tand les hizo señas de que se fueran. Pese a que eran tan agresivos como sus colegas terrestres, obedecieron a Tand, uno de los Padres de Yess.

    Mientras que en otro tiempo los dos hombres hubieran tenido que subir por la gran escalera curvilínea, ahora subieron a un graviascensor. El hueco de la escalera era tan enorme que no fue necesario realizar ninguna obra en ella para instalar la batería de elevadores.

    —Este edificio ha sido siempre un hotel —dijo Tand—. Es probable que sea el hotel más antiguo del universo, fue construido hace más de cinco mil años. —Hablaba con orgullo—. Ha sido ocupado durante tanto tiempo que se dice que un hombre con un buen olfato podría detectar el olor de la carne absorbido por las piedras durante tantas eras de habitación.

    El ascensor se detuvo en la séptima planta, un número de suerte elegido precisamente en honor a Carmody como uno de los Siete Padres. Su habitación estaba a unos doscientos metros por el largo corredor de paredes de piedra. Las puertas de las habitaciones eran de hierro, casi tan gruesas como las de la caja fuerte de la bóveda de un banco. Como muchas puertas kareenianas, no tenían goznes a un lado sino que pivotaban sobre ejes en su centro. Las habitaciones tras aquellas puertas eran tan seguras que sus ocupantes se quedaban en ellas durante su Sueño en lugar de ir a las enormes bóvedas públicas proporcionadas por el gobierno.

    Carmody investigó su suite de tres habitaciones. Las camas estaban excavadas en la pared, y las mesas talladas en proyecciones de granito de los bloques del suelo.

    —Ya no se construye así —dijo Tand con una sombra de tristeza. Echó un poco de un vino rojo oscuro en dos multifacetadas copas de madera veteada de blanco y rojo. El vino descendió lentamente, como si él también fuera granito pulverizado.
    —A tu salud, John.
    —A la tuya. Y a los hombres y mujeres buenos de todo el universo, sea cual sea su forma, y a la redención de los perdidos, y que Dios bendiga a los niños.

    Bebió, y notó que el licor no era dulce, como había esperado. Estaba muy cerca de ser amargo. Le agradó. Tenía un cierto regusto que dejaba en la boca un sabor muy placentero, y un calor que nacía dentro de uno, se extendía, y luego brotaba al exterior. La penumbra de la habitación se volvió dorada.

    Tand le ofreció otra copa. Carmody la rechazó dando las gracias.

    —Deseo ver a Yess. ¿Cuan pronto podré hacerlo?

    Tand sonrió.

    —No has cambiado tu impetuosidad. Yess está tan deseoso de verte como tú puedas estarlo de verlo a él. Pero tiene múltiples deberes; ser un dios no le exime de los trabajos de un mortal. Iré a verle, a su secretario, por supuesto, y concertaré una entrevista.
    —Cuando quiera —dijo Carmody. Dejó escapar una risita—. Aunque no demostrará mucha devoción filial si hace esperar mucho a su Padre tanto tiempo ausente.
    —Tú eres tres veces bienvenido, John. De todos modos, tu presencia es un tanto embarazosa... o podría serlo. Entiéndelo, la población sabe de ti pero no sabe mucho acerca de ti. Muy pocos han oído hablar de que no eres un creyente de Boonta. Cuando este conocimiento se haga general, puede crear muchas dudas y confusión en las mentes sencillas. E incluso en las más sofisticadas. ¿Cómo puede un Padre no ser un seguidor de Boonta?
    —Mi propia Iglesia me ha preguntado lo mismo. Y no he sabido dar una respuesta. He visto docenas de auténticos milagros aquí, los suficientes para convencer a sextillones de infieles. Los suficientes a buen seguro para convencer a los más endurecidos materialistas. Pero no siento ningún deseo de convertirme.

    A decir verdad, yo no era un ateo cuando abandoné Kareen por la Tierra. No tenía ninguna inclinación hacia ninguna religión en particular. Mientras estuve en Hopkins, tuve una experiencia muy extraña... y esencialmente inexplicable. Fue aquello lo que me empujó a la Iglesia. Pero lo olvidaba. Ya te escribí acerca de todo ello.

    Tand se puso en pie de su silla.

    —Voy a ver a Yess inmediatamente —dijo—. Te telefonearé más tarde.

    Besó y abrazó al sacerdote, y se marchó.

    Carmody deshizo su maleta y luego tomó un baño en una bañera cuyas paredes interiores estaban ya gastadas por la fricción de cinco milenios de agua deslizándose y de cuerpos frotando. Apenas había vuelto a vestirse cuando la pesada aldaba de la puerta resonó. Abrió el cerrojo y empezó a abrir la puerta, empujando uno de los lados para que girara hacia afuera. Aunque masiva, la puerta estaba perfectamente equilibrada y giraba tan fácilmente como un bailarina sobre las puntas de sus pies.

    Carmody retrocedió y alargó su mano para detener la mitad de la puerta que giraba hacia adentro. Al mismo tiempo, el kareeniano que estaba en el pasillo metió la mano en su abierta bolsa de cintura. Carmody no aguardó. Los viejos reflejos actuaron de nuevo. Saltó hacia adelante, arrojándose contra el lado de la puerta que se abría al pasillo. El kareeniano, sacando una automática de su bolsa, había empezado a entrar ya por el lado que se abría a la habitación. Aparentemente, su intención era entrar y disparar contra Carmody confiando en quedar oculto el tiempo suficiente por la propia puerta y confundir así a su víctima.

    Pero el otro lado de la puerta, empujado por el hombro de Carmody, anuló su maniobra. Todo el pesado conjunto giró sobre sí mismo mucho más rápidamente de lo que el asesino había planeado. Y el lado derecho le golpeó mientras él se recobraba de su sorpresa y se giraba. Carmody vio su expresión de sorpresa antes de que la puerta, dando una rotación completa, perdiera su impulso y cerrara de nuevo la entrada. Luego la puerta empezó a girar de nuevo cuando el kareeniano, dentro de la habitación, la empujó de nuevo violentamente, quizá furioso o dominado por el pánico ante la idea de que su víctima pudiera escapársele echando a correr por el pasillo. Carmody sabía que no podía correr lo suficientemente rápido como para alcanzar la distante esquina antes de que el kareeniano volviera a salir. El pasillo estaba desierto, y no había otras puertas abiertas para ofrecerle un refugio tras ellas.

    Saltó de nuevo, aprovechando la parte otra vez entreabierta de la puerta. Oyó el grito de sorpresa y rabia. Rápidamente, Carmody detuvo el movimiento rotatorio de la puerta y cerró con precipitación el cerrojo. Estaba a salvo, al menos por el momento. Corrió al teléfono y llamó a Recepción. Al cabo de un minuto la policía del hotel estaba al otro lado de su puerta. El asesino, por supuesto, había desaparecido.

    Carmody contestó a las preguntas de la policía del hotel y, un poco más tarde, de la policía municipal. No, no conocía al kareeniano. Sí, había sido amenazado por un hombre llamado Fratt. Carmody describió la carta que había recibido de él y dijo que Tand le había prometido ocuparse del asunto.

    La policía se fue, pero dos guardias quedaron apostados fuera de la puerta. Era impensable que un Padre quedara expuesto a un ataque, ahora que se sabía que su vida estaba en peligro. A Carmody no le gustaba la presencia de los guardias, ya que coartarían sus movimientos. De todos modos, pensó, si era necesario no le costaría mucho despistarlos.

    Mientras calmaba sus nervios con otra copa de vino, reflexionó. ¿Había sido el kareeniano contratado por Fratt? No parecía muy probable. Fratt quería una venganza personal; tenía que ser su propia mano la que infligiera la tortura y la muerte que estaba planeando.

    Pensó en Lieftin. Si el hombre no era lo que parecía ser, si sus palabras y su apariencia de diácono eran un disfraz, si era el asesino alquilado por los fanáticos de la Tierra, desearía apoderarse de Carmody. Podría sacarle a Carmody alguna información acerca de Yess.

    Carmody se acabó el vino y se puso a pasear arriba y abajo. No podía abandonar su habitación, ya que no quería perderse la llamada de Tand, pero la espera lo ponía nervioso.

    El teléfono sonó. Pasó su mano por delante de la pantalla y ésta cobró vida. Abog, el secretario del jefe del gobierno, le miró desde el otro lado.

    —Es un poco pronto, Padre. Pero tengo verdadera urgencia da hablar con usted. ¿Puedo subir?

    Carmody asintió. Unos pocos minutos más tarde, la aldaba sonó. Carmody abrió un poco la puerta y echó una mirada. Los guardias parecían haber quedado muy impresionados por las elegantes ropas de Abog y sus credenciales, ya que estaban rígidos en su posición de firmes.

    El secretario entró, y casi inmediatamente el teléfono volvió a sonar. Esta vez era el rostro de un terrestre el que estaba en la pantalla.

    —Job Gilson —dijo en inglés—. De la SET. Me han dicho que deseaba usted verme.

    Gilson era un hombre de mediana edad. Era de complexión media, piel clara y pecosa, cabello marrón. Sus rasgos eran tan regulares que resultaban inexpresivos. Era un rostro fácil de ser olvidado... una virtud para un agente de la Seguridad Extraterrestre.

    —¿Puede esperar? Tengo una visita.
    —Estoy acostumbrado a esperar —dijo Gilson. Sonrió—. Soy tan sólo un piesplanos algo glorificado.

    Carmody pasó su mano por delante de la pantalla, y Gilson desapareció. Ofreció a Abog algo de beber; el kareeniano aceptó.

    —Normalmente, no suelo precipitarme tanto —dijo Abog—. Pero por desgracia el tiempo no permite las usuales esperas diplomáticas. Así que espero no ofender al Padre yendo directamente al grano.
    —Por el contrario. Me ofendería si girara en torno al asunto como una serpiente sobre el aceite, es decir, como un político. Me gusta ir directo al asunto.
    —Muy bien. De todos modos, primero tengo que decirle algo acerca de la autoridad de que estoy investido. Y también algo acerca de la estructura de nuestro gobierno, y acerca del hombre que está a su cabeza. Creo...
    —Creo que sus buenas intenciones acerca de ir directamente al grano se ven traicionadas por su condicionamiento. No nos preocupemos de nada que no tenga relación directa con el asunto.

    Abog pareció desconcertado, pero se recuperó con una rápida sonrisa de sus azules dientes.

    —De acuerdo. Lo único que quería era que se diera usted cuenta de que mi gobierno no se atrevería nunca a entrometerse en su vida privada ni en sus creencias... al menos en circunstancias normales. Ahora, desearía preguntarle...
    —Pregunte.

    Abog inspiró profundamente y luego dijo:

    —¿Ha venido usted, sí o no, a anunciar su conversión al boontismo?
    —¿Eso es todo? No, no pienso convertirme. Me siento firme en mi fe.
    —Oh.

    Abog pareció decepcionado. Tras un silencio y una prolongada mirada más allá de Carmody, dijo:

    —Quizá pueda usted usar su influencia como Padre para, esto, uh, disuadir a Yess.
    —Ignoro si poseo alguna influencia sobre él. Y disuadirlo, ¿de qué?
    —Francamente, mi jefe, Rilg, está preocupado. Si Yess toma la decisión de que todo el mundo permanezca Despierto, el efecto será catastrófico. Aquellos que sobrevivan puede que sean "buenos", "purificados", ¿pero cuántos sobrevivirán a la Noche? Los estadísticos predicen que más de las tres cuartas partes de la población morirán. Piense en ello, Padre. ¡Tres cuartas partes! La civilización kareeniana será aniquilada.
    —¿Sabe Yess esto?
    —Se le ha dicho. Acepta que los estadísticos pueden estar en lo cierto. Pero no cree que tenga que ser necesariamente así. Mantiene que hay una buena razón por la cual generalmente Yess triunfa sobre Algul durante la Noche. La mayoría de los Durmientes son, cito textualmente, buenos. Su estado de sueño refleja sus auténticos deseos. Y esos deseos afectan de algún modo a aquellos que permanecen Despiertos. Consecuentemente, Yess vence.

    Siguiendo este razonamiento, si todos permanecen Despiertos, el efecto será el mismo que si la mayor parte Duerme. Sólo que los esencialmente buenos" tendrán una posibilidad de verse completamente purificados de los elementos de mal presentes incluso entre los mejores.

    —Puede que tenga razón —dijo Carmody.
    —Yess podría también estar muy equivocado. Nosotros creemos que lo está. Pero incluso si está en lo cierto, ¡piense en lo que ocurrirá! Aunque las predicciones sean erróneas, al menos una cuarta parte de la población resultará muerta. ¡Qué devastación, qué carnicería! ¡Hombres, mujeres, niños!
    —Realmente, parece horrible.
    —¡Horrible! ¡Es terrorífico, salvaje! ¡Ni siquiera Algul podría imaginar algo tan alucinante! Si no estuviera seguro de que no es así, diría...

    Se interrumpió, se levantó, y se acercó al terrestre. Susurró:

    —Han corrido rumores de que no fue realmente Yess quien nació durante aquella Noche. Fue Algul. Pero Algul, con su maldad innata, proclamó que era Yess. Un engaño muy propio de un Mentiroso como él.

    Carmody sonrió.

    —Espero que no dirá esto en serio —observó. —Por supuesto que no. ¿Me toma usted por uno de esos pobres estúpidos? Pero ese tipo de rumores muestran la confusión del pueblo. No pueden comprender cómo su gran y buen dios exige esto de ellos.
    —Sus escrituras predicen exactamente un acontecimiento así.

    Abog pareció estremecerse, y hubo un asomo de pánico en su voz.

    —Cierto, pero nadie ha esperado nunca que ocurriera. Sólo un puñado de superortodoxos han creído en ello, incluso han rogado por ello.
    —Hay algo que no comprendo —dijo Carmody—. ¿Qué les ocurrirá a aquellos que se nieguen a pasar la Noche?
    —Cualquiera que se niegue a obedecer una orden de Yess será automática y legalmente clasificado como un seguidor de Algul. Puede ser arrestado y metido en prisión.
    —¿Pero no tendrá que someterse a la Noche?
    —Oh, sí, tendrá que hacerlo. No le serán entregadas las drogas que lo sumen en el Sueño, y tendrá que afrontar lo que ocurra en una celda de la prisión.
    —Pero supongamos una resistencia masiva. El gobierno no tendrá ni tiempo ni posibilidad de enfrentarse a tan gran cantidad de gente, ¿no cree?
    —Usted no comprende a los kareenianos. Por muy aterrados que puedan sentirse, la inmensa mayoría de ellos considerarán impensable la idea de desobedecer a Yess.

    Cuanto más pensaba en ello Carmody, menos le gustaba. En una cierta medida, podía comprender que hombres y mujeres se vieran forzados a pasar por aquello, ¡pero los niños! Los inocentes iban a sufrir; la mayor parte de ellos morirían. Si un padre odiaba a su hijo, consciente o inconscientemente, lo mataría. Y los padres que defendieran a sus hijos de los ataques de los otros serían muertos, y sus hijos morirían también.

    —No puedo comprenderlo —dijo—. Pero como dice usted muy bien, yo no soy kareeniano.
    —¿Pero intentará usted persuadirle de que no intente algo así?
    —¿Ha hablado usted con los demás Padres?
    —Con algunos de ellos —dijo Abog—. Y no he conseguido nada. Todos ellos harán lo que desee Yess.

    Carmody permaneció en silencio unos instantes. Tenía intención de discutir con Yess, por supuesto, pero no estaba seguro de lo que era prudente decirle a Abog.

    ¿Quién sabía qué partido sacarían Abog y aquellos a quienes representaba de lo que él pudiera declarar? ¿Y qué resentimiento podría experimentar Yess si las intenciones de Carmody eran hechas públicas?

    —Tendré que afrontar las consecuencias —dijo finalmente Carmody en voz alta—. De acuerdo, intentaré disuadir a Yess de que tome la decisión que tanto usted como muchos otros temen. Pero no quiero ser citado en la televisión ni que esta conversación aparezca impresa en los periódicos. Si eso ocurre, lo negaré todo.

    Abog pareció satisfecho. Sonriendo, dijo:

    —Muy bien. Quizás usted consiga tener éxito donde los otros han fracasado. Hasta ahora él no ha hecho todavía ninguna declaración oficial. Aún estamos a tiempo.

    Dio las gracias a Carmody y se fue.

    El sacerdote llamó a Gilson abajo y le dijo que subiera; luego indicó a los guardias que dejaran pasar al terrestre cuando llegara.

    El teléfono sonó por tercera vez. El rostro de Tand apareció en la pantalla.

    —Lo siento, John. Yess no puede recibirte esta noche. Pero te verá mañana por la noche en el Templo. Mientras tanto, ¿qué piensas hacer para pasar el tiempo?
    —Creo que me voy a poner una máscara y me uniré a los celebrantes en la calle.
    —Tú puedes hacerlo, porque eres un Padre —dijo Tand—. Pero tus compatriotas de la Tierra, esos hombres de los que me hablaste, Lieftin y Abdu, no podrán. He conseguido que la policía los confine en su hotel a menos que acepten pasar la Noche. Además, todos los no kareenianos se ven confinados por la nueva reglamentación. Me temo que haya un buen número de turistas y científicos irritados esta noche. Pero así son las cosas.
    —Tienes realmente mucho peso, Tand.
    —No abuso de mi poder. Pero creo que esta reglamentación es una buena idea. Me gustaría salir contigo, John, pero me veo retenido por demasiados deberes oficiales. El poder trae también consigo responsabilidades, ya sabes.
    —Sí, lo sé. Buenos noches, Tand.

    Su mano pasó por delante de la pantalla, y se giró para alejarse de ella. El teléfono sonó de nuevo. Esta vez no fue un rostro sino una horrible máscara la que apareció en la pantalla. La máscara bloqueaba completamente todo lo que había tras ella. Por el ruido Carmody supuso que se trataba de un teléfono público de una de las calles principales.

    La voz que surgió de los rígidos labios de la máscara estaba distorsionada.

    —Carmody, aquí Fratt. Sólo quería echarte una buena mirada antes de tu muerte. Quería ver si estabas sufriendo, aunque nunca podrás sufrir tanto como hemos sufrido mi hijo y yo.

    El sacerdote se obligó a permanecer tranquilo. Con voz calmada, dijo:

    —Fratt, ni siquiera sé quién es usted. Ni siquiera puedo recordar el incidente que alega ocurrió. Así que, ¿por qué no viene a mi habitación y habla conmigo? Quizá yo pueda cambiar su forma de pensar.

    Hubo una pausa tan larga que Carmody llegó a la conclusión de que había impresionado a Fratt. Luego:

    —Supongo que no pensarás que soy tan idiota como para ponerme en manos de un hombre como tú. ¡Estás loco!
    —De acuerdo. Dígame la hora y el lugar. Iré yo solo a reunirme con usted; hablaremos de todo esto.
    —Oh, no te preocupes, te aseguro que me encontrarás. Pero será cuando y dónde menos te lo esperes. Al menos, te he hecho sudar un poco. Y suplicar.

    Un guante parecido a una garra pasó por delante de la máscara, y la pantalla se apagó. Carmody se dirigió a la puerta en respuesta al golpe de aldaba. Gilson entró.

    —Me temo no ser capaz de ayudarle mucho, padre —dijo coléricamente—. Acaban de notificarme que quedo confinado dentro de este hotel.
    —Es culpa mía —dijo Carmody. Le contó a Gilson lo ocurrido, pero Gilson no pareció muy feliz de oírlo, especialmente después de que Carmody le relató la conversación por teléfono con Fratt.
    —Creo que lo mejor que puedo hacer es tomar la próxima nave que salga de aquí —dijo.
    —Bajemos al comedor y comamos algo —dijo Carmody—. Le invito. Y he oído que el hotel tiene un cocinero terrestre para aquellos que no pueden adaptarse a la dieta kareeniana. El único problema es que es mexicano. Si a usted no le gustan las enchiladas, las tortillas ni los frijoles, entonces...

    En el comedor, se encontraron con Lieftin y Abdu sentados a la misma mesa. Los dos hombres apenas picoteaban su comida y parecían bastante irritados. Carmody se invitó a su mesa, y Gilson siguió su ejemplo. Gilson fue presentado como un hombre de negocios.

    —¿Te han negado la autorización para entrevistar a Yess? —preguntó Carmody a Lieftin.

    Lieftin gruñó.

    —Han sido muy amables, pero han dejado bien claro que no voy a poder verle hasta después de la Noche —dijo.
    —Puedes sumirte en el Sueño —dijo Carmody, e hizo una pausa—. Hummm, si Yess prohíbe el Sueño, ¿acaso esta disposición no será aplicable también a los no kareenianos?
    —¿Quieres decir que yo podría Dormir y luego entrevistar a Yess? —dijo Lieftin, con el rostro congestionado—. ¡Qué más quisiera!

    Carmody se preguntó por qué se mostraba Lieftin tan vehemente. Si Lieftin era el asesino, evidentemente querría terminar su trabajo antes de que se iniciara la Noche. —¿Va usted a regresar? —le preguntó Carmody a Abdu—. No podrá cerrar ningún trato por ahora.

    —Esta restricción me crea impedimentos —admitió Abdu—, pero puedo cerrar algunos de mis tratos por teléfono.
    —No creo que pueda hacer mucho durante el festival. La mayor parte de las casas comerciales estarán cerradas.
    —Los kareenianos son como los terrestres. Siempre hay algunos que están dispuestos a hacer negocio pase lo que pase, incluso durante un terremoto.

    Lieftin apuntó un dedo hacia la entrada del hotel.

    —¿Ves esos dos tipos vestidos con plumas azules y rojas? Son polis. Quieren asegurarse de que no salgamos de esta maldita tumba.
    —Todo está muy tranquilo —dijo Carmody. Miró a su alrededor. Excepto un camarero que permanecía de pie diez mesas más allá, eran los únicos en el comedor. Además, el vestíbulo que había más allá estaba ocupado tan sólo por algunos empleados y botones, todos ellos silenciosos y ceñudos.
    —No puedo soportar quedarme en mi habitación —dijo Lieftin—. Es como estar en un mausoleo. Toda esa fría piedra y ese mortal silencio. ¿Cómo, hum, como pueden los kareenianos vivir en lugares como éste?
    —En cierto modo se parecen a los antiguos egipcios —dijo Carmody—. Piensan mucho en la muerte y en su breve estancia en este planeta. Les gusta que les recuerden que esto no es más que una escala.
    —¿Cuál es su idea del cielo? —dijo Abdu—. ¿Y del infierno?

    Carmody empezó a hablar, luego esperó a que contestara Lieftin. Si Lieftin era realmente lo que pretendía ser, al menos conocería los elementos de la religión kareeniana. Seguro que su iglesia no habría enviado a un hombre ignorante hasta allí en una misión como la suya; los viajes espaciales eran tremendamente caros.

    Lieftin empezó a comer, con los ojos fijos en su plato. Cuando se hizo evidente que no iba a contestar a Abdu, Carmody dijo:

    —El boontismo tiene dos niveles de cielo. El nivel inferior es para aquellos que son seguidores de Yess, que se esfuerzan en ser "buenos", pero que no tienen el valor de probarse a sí mismos pasando la Noche. Esos viven eternamente en un lugar similar a su existencia mortal. Es decir, deben trabajar, dormir, conocen las incomodidades, el dolor, la frustración, el aburrimiento, etc. Pero viven eternamente.

    El nivel superior es para los seguidores de Yess que han desafiado con éxito a la Noche. Se supone que gozan del éxtasis eterno, un éxtasis místico. La experiencia, puede suponerse, es como la que gozan los elegidos de la religión Cristiana. Ven a Dios cara a cara, solo que en este caso es el rostro místico de Yess, la gloria tras la máscara carnal de Yess. Nadie ve a Boonta, ni siquiera Su propio hijo.

    —¿Y con respecto a su infierno? —dijo Abdu.
    —También hay dos infiernos. El nivel inferior es para los religiosamente indiferentes, los tibios, los hipócritas, los que se engañan a sí mismos. Y también para aquellos que han desafiado a la Noche y han fallado. ¿Entiende?, esa es una de las razones por las cuales tan pocos yessitas permanecen Despiertos. Es cierto que la recompensa por el éxito compensa el riesgo. Pero el fracaso te arroja directamente al infierno. Y siempre hay un gran número de fracasos. Es más seguro no correr el Riesgo y así alcanzar al menos el nivel inferior del cielo.

    El nivel superior del infierno está reservado para los auténticos algulistas. Y esos gozan de su propio éxtasis, análogo al que gozan los yessitas del nivel superior. Sólo que es un éxtasis sombrío, el orgasmo del mal. Inferior al del cielo, pero, si uno es un genuino algulista, lo preferirá. El mal aspira al mal, no desea otra cosa excepto el mal.

    —Es una religión demente —dijo Lieftin.
    —Los kareenianos dicen lo mismo de nosotros.

    Carmody se disculpó, dejando a Gilson a sus propias expensas, y regresó a su habitación. Hizo llamar a Gilson al teléfono.

    —Voy a salir un momento. Quiero ver a una vieja amiga, una kareeniana. Y también quiero darle a Fratt una posibilidad de golpear. Quizás así pueda echarle la mano encima, quizá neutralizarle o tal vez razonar con él. Me gustaría descubrir quién es y qué es lo que le hice para atraer de tal modo su venganza.
    —Él puede golpear primero.
    —Lo tengo en cuenta. Oh, otra cosa. Voy a telefonear a Tand y ver si puede utilizar de nuevo su influencia. Desearía que lo liberara a usted de toda restricción. No por el caso Fratt. Tendrá que vigilar usted a nuestro primer sospechoso, Lieftin. Si intenta escapar, lo cual tengo grandes sospechas que hará, no quiero que se vea usted impedido para seguirlo.
    —Gracias —dijo Gilson—. Mantendré un ojo fijo en él.

    Carmody corto la comunicación y pronunció el número de Tand ante el auricular. El rostro de Tand apareció en la pantalla.

    —Tienes suerte —dijo—. En este momento me iba. ¿Qué puedo hacer por ti?

    Carmody le dijo lo que deseaba. Tand respondió que no había ningún problema para ello. Daría la orden inmediatamente.

    —Realmente, necesitamos cualquier ayuda que se nos pueda prestar. No tenemos a nadie para seguir a Lieftin si se nos escapa, como puede hacer, si es lo suficientemente ingenioso.
    —El viejo Lieftin lo era —dijo el sacerdote.
    —Te diré la verdad. No son tan sólo los asesinos de la Tierra los que nos preocupan. Los algulistas van a intentar también algo antes de que empiece la Noche. Y cuando digo los algulistas no me refiero tan sólo a aquellos que han pasado la Noche. Estoy hablando de toda la sociedad secreta, que está compuesta en su mayor parte por aquellos que no han corrido el Riesgo. Nuestro gobierno está infestado de ellos, y no me extrañaría que toda nuestra conversación estuviera siendo interceptada.
    —Hay algo que no acabo de comprender —dijo Carmody—. ¿Por qué esos algulistas que pasaron la Noche durante el reinado de Yess siguen aún con vida? ¿Recuerdas cuando yo estaba aprisionado por la estatua y no sabía aún qué camino iba a seguir, si seguiría a los seis de Yess o a los seis de Algul? Bien, cuando hice mi elección, y quedó establecido definitivamente que el bebé de Mary sería Yess, los potenciales Padres de Algul intentaron huir. Pero todos ellos murieron.

    Bien, siempre pensé que los algulistas sobrevivirían a la Noche tan sólo si dominaba Algul. Y sin embargo he oído decir a ti y a otros que algunos algulistas que pasaron la Noche sobrevivieron, y que aún hoy siguen con vida. ¿Por qué?

    —Aquellos que viste murieron porque nosotros, los seis Padres, conscientemente, y tú inconscientemente, quisimos que murieran. Pero había otros algulistas, no Padres, que sobrevivieron. No murieron porque nosotros no los conocíamos.

    Es ilegal ser algulista, ya sabes. La pena es la muerte. Por supuesto, si Algul llegara a vencer alguna vez, Boonta no lo quiera, entonces puedes estar seguro de que cualquier yessita que sea atrapado será ejecutado. Y mucho más dolorosamente de lo que actualmente muere ningún algulista.

    —Gracias, Tand. Voy a ir a visitar a la señora Kri. Supongo que seguirá con vida y habitando el mismo lugar.
    —Realmente no puedo decírtelo. No la he visto ni he oído hablar de ella desde hace varios años.

    Carmody pidió que le subieran un vestido, uno con una amplia máscara, la de un pájaro togur. Se lo puso y salió del hotel, tras mostrar sus credenciales a los guardias estacionados en la puerta principal. Antes de salir, echó una ojeada al comedor y vio que Gilson, Lieftin y Abdu se habían ido. Ahora había aproximadamente una docena de no kareenianos comiendo. Ellos también parecían deprimidos.

    Afuera, el sepulcral silencio del hotel se convirtió en un tornado de música, gritos, risas, silbatos, pirotecnia, tambores y megáfonos. Las calles estaban atiborradas de un ruidoso y alegre caos de personas disfrazadas.

    Carmody avanzó lentamente abriéndose paso entre la multitud. Tras casi quince minutos de esfuerzos y empujones, consiguió llegar a una calle lateral que estaba mucho menos llena. Anduvo durante otros quince minutos antes de encontrar un taxi. El conductor no se mostró muy feliz de haber hallado un cliente, pero Carmody insistió. Gruñendo para sí mismo, el taxista puso en marcha el coche con mil precauciones y fue abriéndose paso entre la muchedumbre, y finalmente llegaron a una zona donde pudo circular a una velocidad más razonable. Pese a ello, el taxi tenía que pararse de tanto en tanto para dejar pasar cortejos de máscaras que iban en busca de las calles principales.

    Al cabo de media hora el taxi se detuvo ante la casa de la señora Kri. Por aquel entonces, la enorme luna de Kareen ya se había asomado, derramando sus plateados confeti en las piedras grises y negras de las masivas casas. Carmody descendió, pagó el conductor, y le pidió que aguardara. El conductor, que aparentemente se había resignado a perderse el jolgorio, asintió.

    Carmody ascendió el camino, y se detuvo para mirar el árbol que en otro tiempo había sido el señor Kri. Había crecido mucho desde que lo había visto por última vez. Tenía casi treinta y cinco metros de alto, y sus ramas se derramaban por encima de todo el jardín.

    —Hola, señor Kri —dijo el sacerdote.

    Siguió su camino, ya que evidentemente el hombre-planta no le respondió, y golpeó la pesada aldaba de la gran puerta de hierro. No había luces en las ventanas, y empezó a preguntarse si no habría sido demasiado impulsivo. Tendría que haber telefoneado antes. Pero la señora Kri debería ser muy vieja ahora, ya que la geriatría terrestre estaba tan sólo al alcance de los kareenianos muy ricos. Había dado por supuesto que ella raramente abandonaría su casa.

    Golpeó de nuevo la aldaba. Silencio. Desanduvo el camino, y había dado ya unos pasos cuando oyó la puerta chirriar a sus espaldas. Una voz preguntó:

    —¿Quién es?

    Carmody se giró, quitándose la máscara.

    —John Carmody, de la Tierra —dijo. La puerta se abrió y la luz brotó del interior. En el umbral había una mujer vieja. Pero no era la señora Kri.
    —Viví aquí hace tiempo —dijo Carmody—. Hace mucho tiempo. Había pensado saludar a la señora Kri.

    La vieja y arrugada mujer pareció estremecerse al encontrarse ante aquel hombre venido del espacio interestelar. Cerró la puerta hasta que solamente dejó ver una parte de su rostro, y dijo con voz vacilante:

    —La señora Kri ya no vive aquí.
    —¿Podría decirme dónde puedo hallarla? —preguntó amablemente Carmody.
    —No lo sé. Decidió pasar la última Noche, y desde entonces nadie ha sabido nada más de ella.
    —Lamento oír eso —dijo Carmody, y realmente lo sentía. A pesar de su irascibilidad y su frivolidad, apreciaba a la señora Kri.

    Regresó al taxi. Se estaba acercando a él cuando los faros de otro coche giraron la esquina más próxima, y un vehículo se lanzó sobre él. Carmody se lanzó bajo el taxi, pensando mientras lo hacía que probablemente se estaba comportando como un idiota. Pero habitualmente no discutía con sus presentimientos.

    Esta vez tampoco se equivocó. Sonó una ráfaga; volaron cristales hechos añicos. El conductor del taxi gritó. Luego el coche desapareció calle abajo, acelerando a toda velocidad. Sus neumáticos chirriaron cuando tomó la otra curva, y desapareció.

    Carmody empezó a levantarse. Algo restalló exactamente encima de su cabeza, a través de la ventanilla del coche. Se sintió proyectado hacia atrás, cegado y ensordecido.

    Cuando finalmente consiguió ponerse de nuevo en pie estaba rodeado de un acre y espeso humo. Las llamas brotaban del interior del coche y revelaban, a través de la portezuela de su lado, abierta de par en par, el semicolgante cuerpo del conductor.

    Echó a correr de vuelta hacia la casa y golpeó repetidamente la aldaba de la sólidamente cerrada puerta. No se oyó ningún ruido dentro. No podía reprocharle a la vieja mujer que no le respondiera; probablemente debía estar llamando a la policía.

    Recogió su máscara, volvió a colocarla sobre su cabeza, y echó a andar. Sus oídos dejaron de zumbar y las mariposas desaparecieron de sus ojos. Dos minutos más tarde estaba en el interior de una cabina telefónica. Llamó a Gilson al hotel, pero el detective no respondió. Probó con Lieftin. Esta vez, un policía kareeniano apareció en la pantalla.

    A petición del policía, Carmody se quitó la máscara. Los ojos del kareeniano se abrieron desmesuradamente al ver al Padre Terrestre de Yess, y sus modales se volvieron tremendamente respetuosos.

    —El terrestre, Lieftin, ha escapado hará cosa de una hora —dijo—. Aparentemente ha utilizado alguna especie de termita para fundir los barrotes de las ventanas y ha descendido utilizando una cuerda que debía llevar en su equipaje. Hemos transmitido una llamada general de busca y captura, pero va disfrazado. El disfraz le ha sido suministrado por un botones.
    —Compruebe si el terrestre Raphael Abdu está ahí, ¿quiere? —dijo Carmody—. ¿Y sabe donde está Gilson?
    —Gilson salió poco después de la huida de Lieftin. Espere. Comprobaré si está Abdu, Padre.

    Carmody comprobó que transcurrían cinco minutos antes de que el rostro del oficial apareciera de nuevo.

    —El terrestre Abdu está en su habitación, Padre —dijo.

    Su rostro desapareció, pero su voz dijo:

    —Un momento.

    Aparentemente, debía estar hablando con alguien. Se oyó un "De acuerdo" apenas murmurado. Luego su rostro apareció de nuevo.

    —Gilson acaba de transmitir un mensaje para usted. Pide que le llame a este número.

    Carmody pronunció el número en el receptor. El rostro de Gilson apareció en la pantalla. Por el receptor llegaba el sonido de ruidosas voces y risas.

    —Estoy en una taberna en el cruce de las calles Wiilgar y Tuwdon —dijo Gilson—. Espere un minuto, me pondré de nuevo la máscara. Me la he quitado para que usted pudiera comprobar que era realmente yo.
    —¿Qué ocurre? —dijo Carmody—. Ya estoy al corriente de la huida de Lieftin.
    —¿Sí? Bueno, lo tengo localizado. Está aquí, en la taberna, hablando con otro tipo. Un kareeniano, estoy seguro. Le he echado una buena mirada a sus uñas y a su cogote. Lieftin lleva un disfraz marrón que se supone debe representar algún tipo de animal. El equivalente kareeniano de un ciervo, imagino. Su máscara es un rostro de animal con cornamenta. Su amigo va vestido de gato o algo así.

    Probablemente Ardour y Eeshquur, pensó Carmody. Conocía bastante bien las figuras principales de la mitología kareeniana, lo suficiente como para poder identificarlos. Pero no perdió tiempo en comunicarle a Gilson aquellos detalles.

    —¿Puede quedarse por ahí hasta que encuentre un taxi? Ya le contaré luego lo que me ha ocurrido.

    Cortó y pidió un taxi por teléfono. Pasaron diez minutos antes de que llegara. De todos modos, estimulado por el abundante montón de dinero que Carmody le ofreció, el conductor violó todas las leyes de tráfico apenas se le presentó la ocasión. Carmody no pudo quejarse de que el trayecto fuera más largo de lo deseado.

    La Taberna Tiiwit estaba alejada de las calles principales de la ciudad de Rak, pero aquella noche estaba atestada. La festiva multitud se había desbordado hacia aquella parte tras el desfile. Gilson, vestido con un disfraz de trogur parecido al del sacerdote, estaba esperando fuera. Carmody habló con él durante un minuto, luego lo siguió al interior.

    Lieftin y el kareeniano estaban sentados ante una mesa al fondo, en un rincón poco iluminado. El kareeniano estaba gesticulando de un modo que a Carmody le recordó a alguien al que había visto recientemente. Cuando el kareeniano se puso en pie y se dirigió hacia los servicios, su forma de andar lo traicionó.

    —Es Abog —le dijo Carmody a Gilson—. El secretario de Rilg. Ahora, ¿qué infiernos estará haciendo aquí hablando con Lieftin?

    Abog no debía estar actuando por iniciativa propia, por pura diversión. ¿Acaso su jefe, Rilg, era un miembro clandestino de la facción algulista? Podía haber oído hablar del asesino enviado por los fanáticos de la Tierra y decidido utilizarlo para sus propios fines.

    —Escuche, Gilson —dijo Carmody—, será mejor que actuemos prudentemente a partir de ahora cuando tengamos que ponernos en contacto con la policía. Algunos de sus miembros puede que estén trabajando para Rilg. Váyase y regrese al hotel. Si yo soy arrestado, tengo más posibilidades de ser tratado con guante blanco. Me quedaré cerca de Lieftin.
    —No me gusta que haga usted esto —dijo Gilson.
    —Conozco este mundo mucho mejor que usted. Además, a menos que planee usted pasar la Noche, no podrá quedarse aquí mucho tiempo más.

    El detective se marchó, deseándole a Carmody buena suerte. El sacerdote se quedó en el bar un rato, sorbiendo lentamente una cerveza kareeniana. Cuando una pareja se levantó de una mesa cercana a la de Lieftin y salió, Carmody la ocupó. La taberna estaba tan llena de ruido que no podía oír lo que Lieftin y Abog estaban hablando. Lamentó no haber traído un escucha con él. Hubiera podido enfocarlo a los dos hombres y escuchar todo lo que decían.

    Bruscamente, los dos hombres se pusieron en pie y se dirigieron a paso rápido hacia la puerta. Carmody dudó un instante antes de seguirles. Evidentemente estaban sobre alerta, ya que Abog miraba a menudo tras él. Ambos cruzaron la puerta mientras Carmody estaba todavía a medio atravesar el local.

    Un momento más tarde, tres policías aparecieron en la puerta, bloqueándola. Carmody se detuvo y miró hacia atrás. Más policías estaban entrando por la puerta trasera.

    ¿Habían podido Abog y Lieftin reconocerle a él o a Gilson? Carmody no lo consideraba probable. Lo más seguro era que simplemente estuvieran tomando precauciones... asegurándose de que cualquiera que intentara seguirles sería retenido por la policía.

    Carmody se desvió hacia un lado y se dirigió con paso vacilante hacia los lavabos. Cruzó la puerta en el preciso momento en que los silbatos empezaban a sonar y eran coreados por los gritos de los alarmados clientes. Sin ser observado, salió por la abierta ventana de los servicios.

    Mientras se dejaba caer como un gato en la pavimentada calle, una voz dijo:

    —¡Alto ahí! ¡Las manos sobre la cabeza!

    Levantando las manos, Carmody se giró. Vio a un policía de pie, apuntándole con una pistola.

    —¡Dé media vuelta! ¡Las manos contra la pared! ¡Aprisa!
    —¡No estaba haciendo nada, oficial! —gimió Carmody en kareeniano bajo. Empezó a obedecer, luego se quitó la máscara, la arrojó contra el rostro del policía y terminó su giro violentamente.
    —¡Ugh! —dijo el policía. El arma ladró, y la bala estalló contra la pared de piedra. Fragmentos de piedra llovieron sobre Carmody. Se dejó caer y rodó contra las piernas del policía, haciéndole caer boca abajo. Antes de que el oficial pudiera ponerse de nuevo en pie, Carmody estaba sentado sobre sus espaldas. Se derrumbó de nuevo pesadamente cuando el sacerdote le apretó con sus pulgares justo detrás de las orejas.

    Carmody recogió la pistola y la máscara. Mientras corría hacia el extremo de la callejuela, se puso la máscara y se metió la pistola en la cintura. Hubo silbatos a su espalda, luego gritos. Mientras Carmody se tiraba de plancha contra el suelo, sonaron disparos, y trozos de piedra volaron ante él. Rodó sobre sí mismo hasta la esquina, saltó en pie y echó a correr de nuevo. Al cabo de un minuto estaba en medio de la calle, mezclado con la muchedumbre. Un coche de la policía se abrió paso a duras penas, haciendo sonar insistentemente su sirena. Carmody se detuvo y se lo quedó mirando hasta que se alejó.

    Ya no le quedaba gran cosa que hacer; había perdido a Abog y Lieftin. Lo mejor sería regresar al hotel.

    Desde el vestíbulo, llamó a la habitación de Gilson. No contestó nadie. Llamó a Tand, y un sirviente le dijo que no estaría de vuelta hasta primera hora de la mañana. Carmody subió a su planta con dos policías, abrió la puerta de su habitación, y les pidió que registraran la suite. Informaron que no había ningún intruso y que no parecía contener nada sospechoso. Les dio las gracias y cerró y aseguró la puerta tras ellos.

    Tras beber una copa de vino, Carmody arregló la cama de modo que pareciera que alguien estaba durmiendo bajo las sábanas. Echó una manta bajo una mesa y, oculto por el pesado mantel, se acurrucó y se durmió.

    Lo despertó el timbre del teléfono en la mesa bajo la cual estaba. En lugar de salir y tomar el teléfono, levantó prudentemente una esquina del mantel. La luz de la mañana se filtraba entre los barrotes de hierro y el doble cristal de las ventanas. Todo parecía correcto, así que se arrastró fuera de la mesa. Sus músculos estaban doloridos y agarrotados por los ejercicios de la noche anterior y su forzada posición.

    Era Tand quien llamaba. Parecía como si hubiera dormido aún peor que Carmody. Su rostro estaba tenso, y había duros surcos frunciendo su rostro entre las aletas de su nariz y las comisuras de sus labios. Sin embargo, sonreía.

    —¿Ha sido buena tu primera noche de estancia en el hotel?
    —No me he aburrido —respondió Carmody. Miró el reloj de la pared—. Es casi la hora de comer. Me he perdido el desayuno.
    —Tengo buenas noticias —dijo Tand—. Yess te verá esta noche. A la hora del thrugu.
    —Estupendo. Ahora dime, ¿crees que hay alguna posibilidad de que nuestra línea esté intervenida?
    —¿Quién sabe? Es posible. ¿Por qué?
    —Querría hablar contigo. Inmediatamente. Es muy importante.
    —No he dormido en toda la noche —dijo Tand—. Pero al fin y al cabo, ¿quién duerme en estos momentos? De acuerdo. ¿Por qué no vienes a mi casa? ¿O quizá prefieres algún otro lugar?
    —Tu casa puede estar atestada de escuchas.

    Tand perdió su sonrisa.

    —¿Tan malo es? Muy bien. Conduciré yo mismo, te iré a buscar frente al hotel. Estaré ahí en media hora.

    Mientras aguardaba en su habitación, Carmody paseó arriba y abajo, agitando violentamente los brazos como si estuviera haciendo marcha atlética en mitad del campo. El nombre de Fratt resonaba como un mazo en su cabeza. ¡Fratt! ¡Fratt! ¿Quién era Fratt? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?

    Tenía una memoria excelente, sin ninguna laguna, sin ningún blocaje. Recordaba muy bien los horribles crímenes que había cometido. Había habido un tiempo en el que había pensado que la única forma en que sería capaz de dejar de recordarlos sería suicidándose. De aquello hacia mucho tiempo. Ahora, podía visualizar todo lo que había hecho, pero era como si estuviera viendo a otra persona.

    ¿Pero por qué no podía hacer resurgir a aquel hombre Fratt de su pasado?

    Recorrió los nombres de todas las víctimas que podía recordar. Eran muchas. Luego intentó visualizar los rostros anónimos, que también eran muchos. Cuando llegó el momento de abandonar su habitación había renunciado a seguir buscando. Tenía incluso un ligero dolor de cabeza, algo que no había sufrido desde hacía varios años. ¿Era ocasionado por su conciencia? ¿Quedaba aún algo agazapado en su subconsciente, cuando creía haber quedado limpio de toda clase de culpabilidad y remordimientos?

    Cruzó la puerta del hotel justo en el momento en que llegaba Tand, al volante de un largo y reluciente coche negro. Su portezuela de la derecha se abrió antes de que Carmody estuviera a su lado, y se cerró una vez se hubo sentado junto a Tand en el asiento delantero.

    —Es un Ghruzha —dijo Tand, con un cierto orgullo—. Observarás que está inspirado en el GM Stego de la Tierra.

    Tand abandonó la calle principal y condujo en dirección a un distrito residencial. Detuvo el coche junto a un terreno de juego para niños.

    —No te preocupes por los escuchas enfocados hacia nosotros —dijo—. Tengo un interferidor funcionando.

    Carmody contó a su amigo todo lo ocurrido la noche anterior.

    —Había supuesto algo parecido —dijo Tand—. Pero no hay nada que podamos hacer. No tenemos ninguna evidencia concreta que nos permita actuar. Supongamos que podamos confrontar a Abog con tus acusaciones; ¿qué conseguiremos con ello? En primer lugar, no puedes afirmar con toda seguridad que el hombre disfrazado de Eeshquur fuera realmente Abog. Puedes tener la compleja seguridad en tu fuero interno, pero en términos legales no puedes identificarlo positivamente. Más aún: supongamos que pudieras. Estaba hablando con un terrestre en una taberna. ¿Es eso algo inusual durante el festival de la pre-Noche? Y él podría argumentar que ni siquiera sabía que Lieftin fuera un terrestre.
    —No, no podría hacerlo —dijo Carmody—. Dudo que Lieftin pueda hablar el kareeniano como un nativo.
    —No puedes probar nada —dijo Tand en inglés—. De todos modos, como decís vosotros los terrestres, un hombre advertido es un hombre cuatro veces armado.

    Carmody se rió, captando el juego de palabras. Tand había hecho el signo que utilizaban los niños kareenianos y los campesinos supersticiosos para alejar el malvado espíritu Duublow, que se suponía tenía cuatro brazos con los cuales agarraba a los viajeros desprevenidos en los cruces de caminos antes de devorarlos.

    —Puede que Rilg no sea siquiera un algulista —prosiguió Tand—. Puede que se considere a sí mismo como un devoto yessita. Pero es el jefe de nuestro gobierno, y su primera preocupación debe ser la supervivencia del estado y el bienestar de Kareen. No le envidio su posición. Debe estar desgarrado entre su inclinación religiosa de aceptar lo que diga su dios y su deseo de preservar el status quo. Sin tener en cuenta sus dudas acerca de su propia habilidad de sobrevivir a la Noche. Este último elemento debe ser, estoy seguro, el más fuerte en él, como en la mayor parte de la gente.

    De todos modos, lo que él no puede ver, como no puede ver la mayoría, es que va a ser necesario afrontar una purga en algún momento. Entonces ¿por qué no ahora, por doloroso que pueda ser? Créeme, la resistencia que tanta gente ha expresado ilustra lo poco profunda que es la fe de la mayoría. Es muy sencillo seguir la religión más popular, adorar al dios victorioso. Pero cuando eres llamado a la prueba suprema, es distinto.

    —¿Yess está separando a los buenos de los mediocres?
    —Es una forma de decirlo.
    —¡Pero y los niños!

    Tand hizo una mueca.

    —A mí tampoco me gusta la idea. Pero el conjunto podría fracasar si ellos no fueran sometidos a la Noche.
    —Eso no es lógico —dijo el sacerdote—. Supón que la Noche no deje más que a los buenos para reproducirse. ¿Y sus niños? No puedes decir que la bondad, sea cual sea tu definición al respecto, es un rasgo genético.
    —No, pero los niños tienden generalmente a ser lo que son sus padres. En cualquier caso, no tendrá importancia. Porque, una vez Yess decrete la Vigilia general, entonces ya no habrá más Sueño. Todo el mundo deberá pasar todas las Noches.
    —De acuerdo. Puedo ver que es inútil discutir sobre este punto en particular. Así que, ¿qué es lo que piensas hacer acerca de Rilg y Abog?
    —Reforzar las precauciones tomadas para salvaguardar a Yess. Y salvaguardarte a ti. Ya he hecho trasladar tus pertenencias a una habitación de la planta catorce. Los hombres que te protegen serán reemplazados por hombres en los que sé que puedo confiar. No darás un paso fuera de tu habitación sin una protección adecuada.
    —Eso parece razonable, aunque restrictivo —dijo Carmody—. Oh, a propósito, ¿podríais tomar medidas con respecto a la viuda y los huérfanos del pobre taxista? No soy realmente responsable de su muerte, pero, de no ser por mí, seguiría aún con vida.
    —Ya me he ocupado de ello —respondió Tand. Sonrió amargamente—. De todos modos, quizás el dinero no les sirva de mucho alivio. Depende de cómo consigan pasar la Noche. Y si luego el dinero seguirá teniendo valor o no.

    Tand puso en marcha el coche y regresó al hotel. Carmody permaneció en silencio durante un largo rato. Su cardenal le había dado instrucciones para que intentara persuadir a Yess de que no forzara una Vigilia universal. Pero parecía como si aquello fuera precisamente lo más deseable, desde el punto de vista de la Iglesia. Si la civilización kareeniana se colapsaba, los kareenianos no proseguirían su labor misionera durante mucho tiempo.

    Pero desde el punto de vista humano el cardenal estaba en lo cierto. Aunque Carmody dudaba de que el cardenal y su superior hubieran tomado aquello en consideración. Para ellos, a un millón y medio de años luz de distancia de una cultura alienígena, los resultados de la decisión de Yess podían no ser aparentes. Debían estar pensando tan sólo en lo que podía hacer un pueblo absolutamente yessado y probablemente henchido de celo. Debían estar imaginando enjambres de fanáticos descendiendo sobre la Tierra y los planetas coloniales.

    ¿Qué era lo que debía decirle a Yess? ¿Acaso, contrariamente a las instrucciones del cardenal, debía animar la decisión de que todo el mundo pasara la Noche? ¿O debía obedecer las órdenes y actuar contrariamente a los intereses de la Iglesia, incluso aunque la Iglesia no supiera la realidad?

    No había ninguna duda en la mente de Carmody. Prevenir la carnicería y el dolor y la miseria. No podía ser cristiano y actuar de otra manera. Sus superiores tendrían que comprender que tan sólo un hombre en el lugar mismo de los hechos era capaz de conocer y comprender bien la situación. Y un hombre tal, si era realmente un hombre, desobedecería. Si sus superiores no estaban de acuerdo, entonces que lo castigaran como consideraran más correcto. Estaba dispuesto a admitir el castigo.

    Tan sólo quedaba una duda. ¿Y si las cosas no era tan malas como Tand y muchos otros pensaban? Yess, un ser superior a los mortales ordinarios, podía saber mucho más que ellos.

    Tand le dejó a la entrada del hotel. Tres kareenianos con traje civil se apresuraron hacia el coche para escoltar a Carmody.

    —Enviaré un coche a buscarte esta noche —dijo Tand—. Te esperaré en el exterior de las dependencias de Yess en el Templo y te tendré al corriente antes de la audiencia.

    Carmody le dio las gracias y regresó a su habitación, ahora en la planta catorce. Los hombres de Tand se estacionaron en el pasillo. Llamó por teléfono a la habitación de Gilson, pero no respondió nadie. Entonces telefoneó a recepción y preguntó si Gilson había dejado algún mensaje para él. El recepcionista respondió que el señor Gilson no había regresado desde que saliera la pasada noche.

    Carmody se inquietó. Tras efectuar varias llamadas y no conseguir comunicarse con

    Tand, pidió hablar con el largh, el teniente a cargo de los policías que lo habían custodiado antes. Los policías habían sido destinados a otras tareas, pero había sido designado un largh para que prosiguiera la investigación.

    El largh Puñal estaba en el vestíbulo. Subió inmediatamente para hablar con Carmody en su habitación. Puñal era un kareeniano joven, muy alto, delgado y solemne.

    —¿Sospecha usted juego sucio? —dijo.
    —Hay una posibilidad —dijo Carmody. No le había contado a Puñal todo sobre los incidentes de la noche anterior. Su historia había sido que Gilson había localizado a Lieftin en la taberna Tiiwit. Carmody había acudido allí tras la llamada telefónica del detective, y había espiado a Lieftin por un tiempo. No mencionó sus sospechas sobre Abog. Gilson había seguido luego a Lieftin cuando éste salió de la taberna, pero Carmody no había podido ir con él. Había vuelto al hotel para esperar la llamada de Tand. No mencionó tampoco el incidente con el policía en el callejón.
    —Puedo intentar poner algunos hombres en el caso —dijo Puñal—. Pero debe comprender que el festival restringe nuestras posibilidades. Además del hecho de que las calles están repletas de gente enmascarada a todas horas. La gente baila y bebe y hace el amor hasta caer rendida, y luego duerme algunas horas y continúa. De modo que va a ser muy difícil identificar a alguien, aunque sea un terrestre.
    —Comprendo —respondió el sacerdote—. Creo que debería realizar yo mismo la búsqueda. Podría reconocer la forma de andar y los gestos de Gilson aunque llevara puesta una máscara.
    —Tengo órdenes de garantizar su seguridad —dijo el largh—. No podré hacerlo si se mezcla usted con la multitud. Lo siento, Padre, pero así son las cosas.
    —El Padre Tand me ha dado tres hombres para que cuiden de mí —dijo Carmody.
    —Pido disculpas, Padre, pero no puede salir. Los hombres del Padre Tand pueden protegerle, pero yo tengo autoridad sobre ellos.

    Sonó el teléfono. Puñal, que estaba cerca, fue quien respondió. Apareció el rostro de un policía.

    —Windru informado, señor —dijo—. Es acerca del terrestre, Gilson. Ha sido hallado; está muerto. En un callejón cerca del Bloque Thrudhu. Hace unos diez minutos. Apuñalado dos veces en la espalda y degollado.

    Carmody gruñó.

    —Windru, ¿ha sido efectuada una identificación positiva? —dijo.

    Windru miró a su superior, y el largh dijo:

    —Todo está correcto. Responda.
    —Sí, Padre. Sus papeles estaban en su bolsa de cintura. Sus huellas y su foto han sido comprobadas.

    Puñal se disculpó, diciendo que debía tomar medidas para el envío del cuerpo. Aparentemente, la SET tenía un acuerdo con las autoridades kareenianas para que todos sus agentes muertos fueran embarcados en una nave a la Tierra para ser enterrados allí. Carmody pensó que Puñal se sentía feliz de poder utilizar aquello como una excusa para cortar su conversación con él.

    Irritado, llamó una vez más a Tand, sólo para oír que no era posible contactar con él. Empezó a pasear arriba y abajo por la habitación. Era terriblemente frustrante el tener que permanecer encerrado allí; deseaba poder hacer algo. Estaba seguro de que Lieftin tenía alguna conexión con la muerte de Gilson. Probablemente también Abog era culpable. Pero no podía hacer nada al respecto, nada. ¿Y dónde estaba Lieftin? Estuviera donde estuviera, seguro que debía estar trabajando en la realización de su tarea: el asesinato de Yess.

    Carmody se enfureció lo suficiente como para maldecir al grupo de terrestres, sus propios correligionarios, que habían contratado a Lieftin. ¡Qué extraño que los discípulos de Algul y los discípulos de Cristo siguieran el mismo camino! La aldaba sonó, ahogada por el grueso hierro. Carmody descorrió el cerrojo y empujó un lado de la puerta para mirar y decirles a los policías que podían entrar. La puerta siguió girando, y dos kareenianos penetraron en la habitación. Llevaban pistolas en la mano. Tras ellos, fuera en el pasillo, había otros dos. Estaban arrastrando los cuerpos de los guardias.

    Carmody, los brazos alzados, retrocedió. Mientras un hombre mantenía la pistola apuntada hacia él, el otro regresó al pasillo para ayudar a los otros con los policías. No estaban muertos, como Carmody había pensado al principio. Estaban inconscientes, como drogados.

    Un kareeniano le tendió al sacerdote un disfraz y una máscara.

    —Póngaselas —dijo.

    Carmody obedeció.

    —¿Trabajan para Fratt? —preguntó, pero ninguno de los cinco le respondió.

    Una vez vestido y puesta la máscara, una astada cabeza de Ardour, le dijeron que siguiera a los demás. Estarían tras él. Si intentaba echar a correr o gritar pidiendo ayuda, le dispararían a las piernas.

    Los kareenianos, ahora también enmascarados, parecidos a cualquier otro grupo de alegres concelebrantes, lo llevaron hasta el final del pasillo. Allí, le dijeron que subiera las escaleras. En la planta quince, fue empujado por el pasillo hasta una habitación exactamente encima de la suya. Uno del grupo dio dos rápidos golpes con la aldaba, y tras una pausa de cinco segundos tres golpes más.

    La puerta se abrió, y una pistola se clavó en la espalda de Carmody. No podía hacer otra cosa más que entrar. En ninguno de los pasillos había visto a otro huésped o algún empleado del hotel.

    La puerta fue cerrada a sus espaldas, y el cerrojo resonó sordamente. Le quitaron la máscara del rostro, y entonces pudo examinar la habitación. Estaba amueblada como la suya; las puertas que conducían a las otras dos habitaciones de la suite estaban abiertas.

    Junto a la mesa de piedra, en el centro de la habitación, Raphael Abdu permanecía de pie. Una mujer terrestre de avanzada edad estaba sentada al otro lado. Llevaba ropas que habían estado de moda hacía treinta años, pero había algunos detalles en ellas que le daban un aire colonial. Carmody no pudo situar su origen. La mujer tenía largos cabellos blancos trenzados y enrollados en una enorme corona en la parte superior de su cabeza. Su apergaminado rostro tenía huellas de una antigua belleza. Sus ojos quedaban ocultos tras unas grandes gafas de sol hexagonales.

    —Están ustedes absolutamente seguros de que es John Carmody? —preguntó a Abdu en un inglés no terrestre.

    Impacientemente, Abdu dijo:

    —¡No sea ridícula! ¿Quiere que hable, para que así pueda reconocer su voz?
    —¡Sí!
    —Hable alto, Carmody —gruñó Abdu—. Diga algunas frases de cualquiera de sus sermones. La señora desea oírle.
    —Oh, Fratt —dijo Carmody—. Cometí un error natural. Imaginé que era un hombre. Obviamente, hizo que un hombre dictara aquella carta por usted.
    —¡Es él! —gritó la mujer. ¡No he olvidado esa voz! ¡Ni siquiera después de todos estos años!

    Apoyó una mano de prominentes venas sobre la de Abdu.

    —Pague a los otros. Dígales que nos dejen solos.
    —Encantado —dijo Abdu. Entró en la habitación a la derecha de Carmody y regresó inmediatamente con un grueso fajo de dinero kareeniano. Contó la parte de cada hombre y aguardó mientras estos verificaban la cuenta. Cuatro de ellos se fueron, pero uno se quedó dentro. Le quitó la ropa a Carmody y le ató los brazos a la espalda con cinta adhesiva. Hizo sentar a Carmody en uno de los grandes sillones y le ató los tobillos juntos. Sacó una cuerda de bajo su capa y la usó para atarlo al sillón. Dos nuevos trozos de cinta adhesiva por sobre los hombros de Carmody y por debajo de sus sobacos lo aseguraron al respaldo del sillón.
    —¿Su boca? —dijo el kareeniano. Abdu se lo tradujo en inglés a la mujer.
    —No —respondió ésta—. Siempre podré hacerle callar si lo deseo. Sólo deje la cinta adhesiva aquí, sobre la mesa.
    —Sigo sin saber quién es usted —dijo Carmody.
    —Su memoria está tan repleta de acciones inmorales —dijo ella—. Pero yo no he olvidado. Eso es lo importante.

    El kareeniano se marchó, y Abdu cerró la puerta tras él. Hubo un largo silencio. Carmody estudió los rasgos de la mujer. Repentinamente, los recuerdos nadaron por fin hacia la superficie.

    Era la mujer que le había facilitado el acceso a la fortaleza donde estaba custodiada aquella joya, el Fuego Perenne del Staronif.

    Él había ido al planeta colonial de Beulah para ocultarse. Raspold y otros estaban tras sus talones en El Trampolín, pero él había conseguido escapar. En Beulah un planeta colonizado principalmente por ingleses y escandinavos, había representado el papel de prospector. Había ignorado el desafío del Staronif durante mucho tiempo porque había decidido no buscarse problemas.

    Pero cuando pareció como si Raspold hubiera perdido su pista, estableció su identidad asumida; ya no podía seguir resistiendo a la tentación. Su minucioso plan le llevó cuatro meses, no mucho tiempo realmente si se tenía en cuenta la magnitud del trabajo. Reunió a un cierto número de criminales, entre ellos Lieftin. Tras garantizarse una escapatoria de Beulah con una nave, sobornó a uno de los guardias del Staronif, un logro considerable en sí mismo, ya que los guardias eran famosos por su honestidad. El guardia debía abrirles las puertas, tras haber silenciado el mecanismo de alarma. Les dio un plano de las habitaciones y de los dispositivos de alarma instalados en la bóveda donde por la noche era depositado el Staronif.

    Pero el demo que gobernaba uno de los pequeños estados de Beulah había decidido que las cosas estaban demasiado calmadas. Hizo despedir a todos los guardias, contrató a otros nuevos, hizo alteraciones en los mecanismos de protección e incluso en la distribución interna del edificio. Carmody temió que el guardia pudiera hablar si pensaba que, siendo ya inútil, iba a verse separado de su parte del botín. Había que matarlo, y Carmody lo mató.

    Los otros componentes de su grupo quisieron entonces abandonar el robo, pero Carmody insistió en continuar. Además, debían respetar su plan. Tras alguna investigación, descubrió que la secretaria del demo no había sido ni despedida ni transferida a otro trabajo. Además, corría el rumor de que era también la amante del demo; él no podía resistir la idea de verse abandonado por ella. Carmody penetró en la casa de la mujer la noche antes del robo.

    La señora Geraldine Fratt, así era como se llamaba, estaba con un hombre... su hijo. Vivía en otro estado, y estaba de visita en casa de su madre. Cuando la madre probó su resistencia incluso a las torturas de Carmody, y cuando éste vio que iba a morir incluso antes que revelar nada, empezó a trabajar con su hijo. Ella no pudo soportar el ver como destrozaban lentamente a su hijo, pese a que él le suplicaba que no dijera nada por su causa.

    La señora Fratt les condujo al interior de la fortaleza. Su hijo fue llevado también, cargado por Lieftin y otro hombre, a fin de asegurarse de que no iba a traicionarles. Tras sacar el Staronif de su bóveda, Carmody metió en ella a la madre y al hijo. Luego lanzó dentro una granada y cerró la puerta de la bóveda.

    Fue la explosión lo que activó el sistema de alarma y obligó a Carmody y a sus hombres a correr, en lugar de dirigirse tranquilamente tal como estaba planeado a la nave. Raspold, que recién acababa de llegar a Beulah en su búsqueda, se unió a la caza.

    Durante la huida, Carmody robó un graviplano. Obligado a aterrizar en el lindero del Gran Bosque Espino, tuvo que continuar a pie. Y fue en aquel bosque que se vio obligado a hundir el Staronif en las fauces del logar. Más tarde, consiguió escapar de Beulah y finalmente llegó a la Alegría de Dante.

    —Confieso que ni en un momento pensé en usted, señora Fratt —dijo—, debido a que, uno, pensé que era un hombre quien me había enviado aquella carta, y dos, pensaba que tanto usted como su hijo habían muerto.
    —Mi hijo me protegió con su propio cuerpo —dijo ella—. Murió. Mi rostro resultó terriblemente dañado, y mis ojos quedaron destruidos por la metralla. Hice que recompusieran mi rostro, pero mis ojos...

    Se quitó las gafas, y Carmody pudo ver las vacías órbitas.

    —¡Pero podía obtener nuevos ojos! —dijo Carmody.
    —Juré que no volvería a ver de nuevo hasta que usted hubiera pagado por lo que nos hizo a mí y a Bart. Gasté mucho tiempo y dinero buscándole. Mi fortuna era grande, ya que el demo me legó todos sus bienes al morir. Pero había desaparecido casi por completo cuando supe finalmente que se había convertido en un sacerdote en Wildenwooly. Por aquel tiempo, había dejado de comprar jerries, ya que deseaba reservar todo mi dinero para la búsqueda. Es por ello por lo que ahora parezco tan vieja. Temía morir antes de encontrarle. Pero, gracias a Dios, finalmente lo he conseguido.
    —¿Y ha tardado todos esos años en encontrarme? —dijo Carmody—. Señora Fratt, ¿qué tipo de hombres contrató usted para que me buscaran?
    —Raphael Abdu condujo la búsqueda para mí. ¡No diga nada contra él, monstruo de lengua viperina! Es un hombre bueno y fiel; ha trabajado incansablemente para mí durante mucho tiempo. Le conozco y tengo confianza en él.
    —Así que ahora, cuando ya le ha chupado todo su dinero y sabe que ya no puede recibir más, me ha descubierto muy convenientemente —dijo el sacerdote—. Bueno, hay que felicitarle por ello. Al menos al final se ha portado honradamente. Le ha dado algo a cambio de los veintiocho o veintinueve años de trabajo cómodo y bien pagado que imagino le ha sacado a usted. ¡Oh, el bueno y leal servidor!
    —¿Le cierro la boca, señora Fratt? —dijo Abdu—. Podría hundirle todos los dientes. Sería un buen comienzo.
    —No, déjele hablar. No me preocupa lo que diga; no podrá cambiar mi mente.
    —Señora Fratt, Abdu podría haberme encontrado fácilmente en cualquier momento después de que abandoné este planeta. Estuve en John Hopkins durante un año. La policía sabía donde estaba, y mi Iglesia no tenía ninguna razón para ocultar mi identidad o mi residencia. Abdu la tomó a usted por la gallina de los huevos de oro.
    —Es usted escurridizo —dijo ella—. Escapó al primer hombre que Abdu envió tras usted, e hizo todo lo posible para dificultar el que pudiéramos hallarlo. Pero ahora está aquí, y nada ni nadie podrá librarlo de esto.

    Carmody, pese a la frialdad de mausoleo de la habitación transpiraba.

    —Señora Fratt —dijo, sin ninguna inflexión que evidenciara la desesperación que sentía—. Puedo comprender que usted desee vengarse de mí. Puedo comprenderlo en parte, al menos, pese a todos esos años transcurridos y al hecho de que ya no soy el hombre que usted conoció... ¡De todos modos, no puedo ni comprender ni olvidar el que haya asesinado usted a una mujer inocente, mi esposa!

    Ella crispó las manos sobre los brazos de su silla.

    —¿Qué? ¿De qué está usted hablando?
    —¡Sabe usted condenadamente bien de qué estoy hablando! —dijo él duramente—. ¡Usted hizo asesinar a mi Anna! Y al hacerlo, se convirtió usted en tan culpable y execrable como ese John Carmody al que tanto odia. Es usted tan perversa como yo era, ¡y usted no tiene derecho a hablar ni de justicia ni de venganza!
    —¿Qué quiere decir con esto? —chilló ella, girando su ciega cabeza primero hacia Abdu y luego de nuevo hacia Carmody—. ¿Qué es eso acerca de su esposa? ¡Ni siquiera sabía que estuviera casado! ¿Asesinada, dice? ¿Asesinada?

    Abdu habló desapasionadamente, incluso con una risita divertida, pero sus ojos llameaban cuando miró a Carmody.

    —Ya le dije que tenía que tener cuidado con él, señora Fratt. Es tan retorcido como el propio Satán. Está diciendo lo de su esposa tan sólo para desconcertarla, para confundir sus ideas. E implantar en su mente sospechas hacia mí. Su esposa está sana y salva. La vi darle el beso de despedida cuando él se marchó de Wildenwooly.

    La expresión de la señora Fratt era colérica.

    —¡Está mintiendo, Carmody! ¡Daría cualquier cosa con tal de salvar su piel!
    —¡Estoy diciendo la verdad! —gritó Carmody—. Mi mujer fue muerta por una bomba. Y poco después de que ella muriera, recibí una llamada telefónica de un hombre que llevaba una máscara. ¡Dijo que era usted responsable del asesinato de Anna!
    —¡Está mintiendo!
    —Entonces quizá pueda usted explicarme otra cosa. Si me deseaba vivo, ¿por qué entonces sus hombres intentaron matarme delante de la casa de una vieja amiga mía, aquí en Rak?

    Ella palideció; su boca se movió sin que brotara ningún sonido.

    —En su odio hacia mí, usted no sólo ha matado a mi esposa, sino que también ha causado la muerte de un hombre inocente, a alguien que no tenía nada que ver conmigo excepto que condujo el taxi que me llevó hasta la casa de la señora Kri. Fue muerto por la bomba a mí destinada.
    —¡Está mintiendo de nuevo! —gritó Abdu salvajemente—. Dirá cualquier cosa con tal de retrasar lo inevitable, lo justificadamente inevitable, juraría.

    La señora Fratt adelantó un brazo, tocó a Abdu, recorrió su mano a lo largo de su costado y sujetó la mano del hombre.

    —Usted no ha hecho ninguna de esas terribles cosas, ¿verdad? Usted no ha matado a su esposa y a ese hombre, ¿verdad? Ni ha intentado matar a Carmody y robármelo.
    —Estoy diciendo la verdad, señora Fratt. Creo que lo mejor sería que dejara de escucharle. Es capaz de convencer a una serpiente hambrienta para que no se coma a un pájaro. —Miró su reloj—. Señora Fratt, tenemos diez horas antes de que parta la última nave. Será mejor que empecemos. Usted no quería que la cosa fuera rápida, ¿recuerda?
    —¡Oh, cometí un error no haciéndome poner unos ojos antes de esto! —dijo ella—. ¡Hubiera deseado verle sufrir! ¡Pero no había tiempo para ello!
    —No importa, podrá oírlo. Y sentirlo.
    —Señora Fratt —dijo Carmody, incapaz de hacer que su voz sonara como algo más que un graznido—. Estoy apelando por última vez. Usted ha hablado de Dios hace muy poco. Le ha dado las gracias. ¿Cree usted realmente que Él aprobaría esto? Si es usted cristiana, entonces, en nombre de Dios, ¡no haga esto! Aunque yo siguiera siendo el hombre que tanto la hizo sufrir. Él no desearía que usted me torturara. Mía es la venganza, dijo el Señor. Pero yo ya no soy...
    —¡Mía es la venganza, dijo el Señor! —casi siseó la señora Fratt—. El Diablo puede citar las Escrituras, y yo lo creo. ¡Pero adelante! ¡Gima, suplique, implore misericordia! ¡Yo supliqué por mi hijo, y usted se echó a reír! ¡Ría ahora de nuevo!

    Carmody guardó silencio. Estaba determinado al menos a intentar morir con dignidad. No iban a arrancarle ni súplicas ni gritos de dolor, al menos mientras pudiera resistirlo. De todos modos, no podía dominar los estremecimientos de su cuerpo.

    —Señora Fratt —dijo—, mientras aún puedo hablar y pensar racionalmente, quiero decirle que la perdono. Espero que tenga la oportunidad de que Dios la perdone también. De modo que, sin importar lo que pueda decir más tarde, recuerde que estos son mis verdaderos sentimientos. Que Dios le conceda Su gracia.

    La señora Fratt se había puesto en pie. Empezó a andar lentamente hacia él, con Abdu sujetando su mano. Se detuvo y se puso una mano sobre su corazón. Permaneció en silencio hasta que Abdu dijo:

    —Es tan sólo otro truco, señora Fratt.
    —Ayúdame, Raphael —dijo la señora Fratt en voz muy baja—. Ayúdeme.
    —Yo seré su fuerza —dijo Abdu. Se dirigió hacia la mesa y echó a un lado el mantel. El acero destelló bajo la luz. Largos y afilados cuchillos, escalpelos, tenazas y sierras de cirujano. Había también astillas de durul kareeniano, una madera parecida al bambú; una jeringa de caucho con una larga y curvada punta; suturas; un par de tijeras; un par de pinzas de afilado y puntiagudo extremo; una porra, y un martillo.

    Abdu tomó un escalpelo, se dirigió hacia la señora Fratt, y lo depositó en su mano.

    —Creo que para empezar debería marcarle un poco la cara. Convendría que sintiera un poco del dolor que sintió usted, señora Fratt.

    Ella rozó ligeramente el escalpelo y retiró la mano.

    —Si usted siente escrúpulos ahora, señora Fratt, habrá malgastado todos esos años. ¿Se quedó usted ciega para nada?

    Ella agitó la cabeza.

    —Déjeme palpar su rostro. No puedo ver, pero quizá, si puedo verlo a través de mis dedos, pueda odiarle tanto como lo vi por primera vez. ¡Dios! ¡Nunca llegué a pensar que retrocedería ante esto! ¡Muchas veces he llorado porque aún no lo tenía en mi poder!

    Se acercó a Carmody. Adelantó su mano derecha, tocó su frente. La retiró, luego volvió a adelantarla, la paseó por su rasgos.

    Carmody cerró fuertemente sus dientes sobre aquella mano. Ella lanzó un grito e intentó retirarla, pero las mandíbulas la sujetaban. Él levantó los pies; aunque sus tobillos estaban atados entre sí, no lo estaban al sillón. Sus pies juntos ascendieron entre las piernas de ella y, en un espasmo de fuerza, la levantaron unos pocos centímetros. Ella gritó de nuevo ante el golpe. Abdu chilló y echó a correr para ayudarla.

    Carmody replegó sus piernas hacia su pecho en una contorsión que le dolió terriblemente. Su boca se abrió; la mujer retiró su mano liberada y retrocedió. Él distendió violentamente sus piernas; sus pies la golpearon en el centro del estómago. Doblándose sobre sí misma, cayó hacia atrás, contra Abdu. Luego se enderezó y se derrumbó al suelo.

    Abdu miró fijamente el ensangrentado escalpelo en su mano y la sangre que brotaba de la espalda de ella. Soltó el cuchillo y cayó de rodillas junto a la señora Fratt.

    La llamó en vano, escuchó su corazón, y finalmente se levantó.

    —El escalpelo no ha penetrado lo suficiente como para matarla. ¡Usted la ha matado al golpearla, bastardo!
    —No era mi intención —jadeó Carmody—. No lo hubiera hecho de no ser por usted. ¡Pero que me condene si iba a quedarme aquí tranquilo mientras ella me hacía pedacitos!
    —Está condenado de todos modos —dijo Abdu lentamente—. Ese truco no le va a servir una segunda vez.

    Recogió el escalpelo y avanzó por un lado de Carmody.

    —¿Cuál es su interés, Abdu? Se ha ganado bien la vida gracias a ella. ¿No es suficiente? ¿Por qué desea torturarme?
    —Oh, seguro, la he engañado, y gracias a ella me he dado una vida de rey. Pero en el fondo me gustaba la vieja señora, aunque no fuera más que una obsesa. Además, siempre he deseado saber de qué demonios estaba hecho usted.

    Ahora estaba tras el sillón; enrolló su brazo izquierdo en torno a la cabeza de Carmody para inmovilizarla. Su escalpelo se clavó en la mejilla de Carmody y descendió.

    —¿Duele eso, Carmody? —dijo Abdu en el oído del sacerdote.
    —Bastante —siseó Carmody.
    —Déjeme ver lo tierna que es la piel de sus labios.

    El escalpelo cortó un lado de su boca. Carmody se envaró, pero encajó los dientes para no gritar. Abdu colocó la hoja contra la yugular de Carmody.

    —Un golpecito, y todo terminaría. ¿Le gustaría eso?
    —Me temo que me gustaría mucho —dijo Carmody—. Dios me perdone.
    —Sí, sería una especie de suicidio, ¿no? Bien, si existe un Infierno, espero que vaya a parar allí. Pero no demasiado aprisa.

    Abdu regresó a la mesa y tomó varias astillas de la madera parecida al bambú.

    —Probemos a quemar algunas de estas bajo las uñas de sus pies. ¿No las ha usado ninguna vez?

    Carmody tragó saliva y dijo:

    —Que Dios me perdone de nuevo.
    —¿De veras? Bueno, creía que todo eso había quedado detrás de usted, ¿no? Esto prueba que uno no puede escapar nunca por completo de sus crímenes; le siguen como perros olisqueando un viejo hueso.

    Abdu se acercó por un lado, se puso de rodillas, y apoyó todo su peso sobre las piernas de Carmody. Le quitó un zapato y el calcetín. Carmody intentó debatirse, pero no podía mover sus piernas. Lanzó un grito cuando la astilla se hundió bajo la uña de su dedo gordo.

    —Adelante, grite —dijo Abdu—. Nadie podrá oírlo a través de estas paredes.

    Tomó una caja de cerillas kareenianas y encendió una en el suelo de piedra. Cuando la astilla hubo prendido, se puso en pie.

    —Esa madera está empapada de aceite —dijo—. Arde como el infierno, ¿no?

    La aldaba de la puerta resonó. Abdu se giró bruscamente y sacó la pistola de una funda bajo su capa. La aldaba siguió golpeando durante un instante, luego se detuvo. Abdu lanzó un suspiro de alivio, sólo para dar un nuevo salto cuando el teléfono sonó.

    El sacerdote observaba el humo que brotaba del fuego que avanzaba lentamente. Aunque había dejado de gritar, sentía que iba a desvanecerse. No podía imaginar un dolor más intenso que aquel que sentía ahora, pero sabía que no podría compararse con el que iba a experimentar cuando el fuego alcanzara los nervios.

    —¡Deja de sonar, maldita sea! —le dijo Abdu al teléfono.
    —Creo que me están buscando —gimió Carmody—. Deben haber encontrado a los oficiales que dejaron fuera de combate. Y saben que no he abandonado el hotel.
    —Bueno, dejemos que busquen. No podrán entrar aquí mientras la puerta esté cerrada.

    Carmody siseó a causa del dolor, y luego dijo:

    —¿Y qué hará usted luego? Le esperarán. Además, saben que esta es la habitación de la señora Fratt, y que ella no contesta. Y que usted no está en la suya. Y que no ha abandonado el hotel. Ya sabe que llevan el control de todos los que entran y salen.

    Abdu frunció el ceño y miró al teléfono. Se dirigió a la mesa y tomó un trozo de cinta adhesiva. Tras aplicarla sobre la boca de Carmody, regresó al teléfono.

    Carmody hubiera deseado oír la conversación, pero no pudo. El fuego empezaba a prender en la madera bajo su uña. No podía oír nada excepto sus propios gritos, confinados dentro de su boca por la cinta adhesiva y resonando agudamente en el interior de su cabeza. El dolor no enturbiaba sin embargo su visión, y así pudo ver la primera fina voluta de humo surgiendo del cerrojo de acero de la puerta. Abdu no podía verlo, ya que estaba vuelto de espaldas, hablando por el teléfono.

    Una línea apareció en el cerrojo, se alargó y se ensanchó. El cerrojo se separó en dos piezas. Al mismo tiempo, Abdu se giró, vio el humo y la hendida barra de acero, y sus labios se retorcieron en una muda maldición.

    La puerta giró sobre su pivote; Abdu levantó su pistola y disparó. Un objeto redondo voló al interior de la habitación, rebotó hacia Abdu, y estalló en una densa nube de amarillento humo que lo envolvió. Su cuerpo se convirtió en una silueta que levantó unos fantasmagóricos brazos para llevárselos a su fantasmagórica garganta. Se derrumbó pesadamente. Un segundo más tarde, unos kareenianos equipados con máscaras de gas penetraron. Uno de ellos se apresuró hacia Carmody, e intentó extraer la astilla de su dedo, sin conseguir otra cosa que romper la parte ya quemada. Se levantó e hizo una seña a otro, que extrajo una hipodérmica de algún lugar y la clavó en el brazo de Carmody. Unos pocos segundos más tarde, una benefactora inconsciencia le envolvía.

    Se despertó en una cama desconocida. El dolor en su dedo y en su rostro habían desaparecido. Tand estaba inclinado sobre él. El alivio y la inesperada presencia de su amigo se tradujeron en lágrimas. Tand no se mostró embarazado, ya que los hombres kareenianos eran tan propensos al llanto como las mujeres terrestres. Sonrió y palmeó la mano de Carmody.

    —Todo está bien ahora. Estás en mi casa, sano y salvo, por el momento al menos. Kaseramos la puerta y el cerrojo justo a tiempo. Tuvimos suerte. Aparentemente, Abdu no descubrió lo que estábamos haciendo con el tiempo suficiente para matarte.
    —¿Abdu simplemente perdió el conocimiento?
    —Sí, está vivo, y ahora está siendo interrogado.
    —¿Ha dicho si tenía algún contacto con Lieftin y Abog?
    —Hemos usado chalarocheil, y lo ha soltado todo. Abdu había hecho un trato con Lieftin para hacerte matar; fueron los hombres de Lieftin los que intentaron asesinarte frente a la casa de la señora Kri. Sin embargo, estamos seguros de que Lieftin no sólo actuó independientemente de Abog, sino que tomó mucho cuidado de ocultarle a Abog su parte en el complot contra ti. Abog deseaba mantenerte con vida, ya que él y Rilg confían en tu ayuda para hablarle a Yess en contra de una Noche universal.

    Tú, querido amigo, estabas atrapado en las redes de la conspiración.

    —¿La señora Fratt está muerta?
    —Desgraciadamente sí. Abdu nos contó cómo resultó muerta.

    Tand, viendo a Carmody sobresaltarse, se apresuró a tranquilizarle.

    —¿Qué otra cosa podías hacer?
    —Te conozco lo suficiente como para saber qué es lo que estás intentando averiguar —dijo Carmody—. Te estás preguntando por qué yo, un hombre que pasó la Noche, pude luchar tan salvajemente. Por qué no continué intentando razonar con la señora Fratt para que no me torturara cuando estaba tan obviamente flaqueando.
    —Me lo he preguntado. Pero comprendo por qué tu deseo de sobrevivir se impuso a todo lo demás. Un hombre que ha pasado una Noche no es ni con mucho "perfecto". Yo he pasado muchas, y si bien soy "mejor" cada vez, me queda aún mucho camino por recorrer. Además, ¿quién soy yo para juzgar? Creo que yo en tu caso tuviera hecho lo mismo.

    Hizo una pausa, y luego dijo:

    —Pero hay una cosa que no comprendo. Tú tienes el poder de disociar tu mente del dolor. ¿Por qué no usaste ese poder?
    —Lo intenté —respondió Carmody—. Y, por primera vez, no pude conseguirlo.
    —Hummm. Entiendo.
    —Algo en mí cortó los hilos —dijo el sacerdote—. Y es obvio el qué. Sentí, o la parte subconsciente de mí sintió, que tenía que sufrir por lo que le había hecho a la señora Fratt y a su hijo. No era un sentimiento lógico, porque mi dolor no iba a alterar la situación de la señora Fratt o sus sentimientos o los míos. Pero el subconsciente posee su propio lógica, como tú bien sabes.

    Agitó el dedo gordo de su pie.

    —Ningún dolor —dijo.
    —Te dolerá cuando pase el efecto del anestésico. Pero deberías ser capaz de controlar el dolor, después de todo. A menos que aún sigas determinado a infligirte remordimientos.
    —No lo creo.

    Se sentó en la cama. Se sentía un poco débil y mareado y, sorprendentemente, hambriento.

    —Me gustaría comer algo. ¿Qué hora es?
    —Debes ir a ver a Yess dentro de una hora. ¿Crees que podrás? —Me encuentro perfectamente. Ahora, ¿qué es lo que piensas hacer acerca de Abog y Rilg?
    —Eso depende de Yess. Es una situación muy complicada. Se necesita tiempo para decidir lo que es conveniente hacer y montar un plan al respecto. Y el tiempo es precisamente lo que nos falta. De hecho, aún no hemos localizado a Lieftin.

    Carmody se levantó de la cama. Una vez hubo comido, se hubo bañado y vestido, volvió a sentirse el mismo de siempre.

    Tand estaba satisfecho.

    —Quiero que te veas como nunca cuando estés en presencia de tu hijo —dijo—. Nuestro hijo, mejor, aunque creo que realmente tú eres mucho más su Padre que el resto de nosotros.
    —¿Estarán allí los otros?
    —No esta vez. Vámonos. Necesitaremos más tiempo del normal para llegar allí debido a la gente.

    Tand estaba equivocado. Había muy poca gente en las calles, y ésta se mostraba mucho menos ruidosa o activa de lo habitual.

    —Nunca he visto nada así antes —dijo—. Debe ser el temor a la decisión de Yess. La gente preferirá quedarse en casa, viendo la televisión, para el caso de que Yess haga su anuncio.

    El coche rodeó el enorme Templo, un lado que Carmody no había visto nunca. Faltaba el pórtico con sus cariátides, y había muy pocas estatuas en los nichos. Tand estacionó el coche cerca de la entrada y condujo a Carmody hacia una pequeña puerta en la esquina sudoeste del edificio. Un pelotón de centinelas lo saludaron, y un oficial le abrió la puerta con una enorme llave que colgaba de una cadena de plata de su ancho cinturón.

    Tras la puerta había una pequeña sala de espera con unas cuantas mesas y sillas y un cierto número de revistas, libros y cintas grabadas tanto kareenianas como no kareenianas. La única otra puerta conducía a otra habitación que albergaba el extremo inferior de una estrecha escalera con escalones de cuarzo y la pequeña cabina de un graviascensor. Todo ello estaba en el fondo de un pozo excavado en la piedra.

    Tand y Carmody penetraron en la cabina; Tand pulsó el botón de puesta en marcha y el botón con el ideograma correspondiente al siete.

    —No iré contigo —dijo—. Obviamente, no necesitas ser presentado, aunque normalmente el protocolo lo requiera. Él ha visto tu foto. Además, ¿qué otra persona podría ser?

    Carmody se sentía nervioso. La cabina se detuvo. Tand abrió la puerta y penetraron en otra pequeña antecámara. Metió la llave en la cerradura de una puerta ovalada y le hizo dar una vuelta. Luego sacó otra llave parecida de su bolsa de cintura y se la tendió a Carmody.

    —Cada Padre tiene una de ellas.

    Carmody dudó.

    —Adelante —dijo Tand—. Yess tiene que estar en la habitación siguiente a la próxima. Te aguardaré abajo.

    Carmody asintió y entró. Se halló en una habitación mucho más amplia, iluminada tan sólo por una pequeña lámpara. Rojos tapices cubrían la pared; una alfombra verde claro, muy gruesa y blanda, cubría el suelo. Aunque no había ventanas, un aire frío rozó su ligeramente húmeda piel. En la pared opuesta había otra puerta ovalada, entreabierta.

    —Entra —dijo una profunda voz de barítono en kareeniano.

    Carmody entró en otra habitación aún más amplia. Sus paredes estaban cubiertas con yeso de color verde claro. Algunos murales, describiendo escenas de la mitología kareeniana, habían sido pintados en las paredes. El mobiliario era sencillo; una mesa de brillante madera negra, algunos sillones de aspecto liviano pero confortable, y una cama en un nicho. Había también un videofono, un enorme aparato de televisión, y una alta y estrecha librería de la misma brillante madera. La mesa estaba llena de cintas grabadas, algunos libros, útiles de escritorio, y una antigua estilográfica hecha de piedra pulida con estrías blancas y verdes.

    Yess estaba de pie junto a la mesa. Era un hombre alto; la cabeza de Carmody no le llegaba más arriba de su pecho. Su cuerpo soberbiamente musculoso estaba desnudo. Su negro cabello parecía terrestre, pero una inspección más detenida mostraba un ligero vello kareeniano. Su rostro era agraciado y también kareeniano, pero Carmody sintió que algo se le apretaba en la garganta cuando vio los rasgos de Mary reflejados en los de Yess. Sus orejas eran como las de un lobo; sus dientes tenían un color azul muy pálido. Pero tenía cinco dedos en cada pie.

    Un dolor agudo se apoderó de Carmody, ascendió por su pecho, forzó un sollozo, y se derramó en lágrimas. Llorando violentamente, avanzó tambaleándose hacia Yess y lo abrazó. Yess también estaba llorando.

    Luego Yess se desasió del abrazo e hizo sentarse a Carmody en uno de los sillones. Abrió un cajón de la mesa y sacó un pañuelo con el que se secó los ojos.

    —He esperado tanto tiempo este momento —dijo—. Pero sabía que iba a ser difícil. Somos dos extraños, y no importa lo mucho que lleguemos a conocernos mutuamente, me temo que siempre habrá una cierta barrera entre nosotros.

    Por primera vez en su vida, a Carmody le fue difícil hablar. ¿Qué podía decir?

    —Como puedes ver, Padre —siguió Yess—, soy medio terrestre, realmente tu hijo. Y este es precisamente uno de nuestros argumentos a favor de la universalidad del boontismo. Restringido hasta ahora a este planeta, el boontismo está destinado a esparcirse por todo el universo. Su destino empezó a hacerse manifiesto desde el momento en que fui concebido por una madre y por un Padre extrakareenianos. Boonta realizó esto con un propósito muy específico.

    Carmody, sintiéndose mejor, sonrió.

    —Tú posees realmente una de mis características: vas directo al grano. Y estoy seguro de que también posees otra: la agresividad. Pero debo decir que esto último no me satisface demasiado.

    Yess sonrió y se sentó en el sillón al otro lado de la mesa.

    —Así pues, iré directo al grano. Una pregunta. ¿Por qué tú, que experimentaste la mística unión con Boonta, te convertiste a otra religión? Hubiera creído que tú te habrías sentido tan iluminado por el sentido de la verdad de Boonta y por las experiencias de la Noche, que no hubieras podido hacer otra cosa que venerar a Boonta.
    —Otros, principalmente mis superiores en la Iglesia, me han hecho la misma pregunta —respondió Carmody—. Quizá, si me hubiera quedado en Kareen, me hubiera convertido al boontismo. Pero creo sinceramente que un Algo —Destino, Azar, o Dios, y este último es el término que prefiero— me dirigió hacia otro lado. Mientras estaba bajo observación en Hopkins, viví una experiencia, tan mística y convincente como cualquiera de las que viví aquí. Me convenció, y nada de lo ocurrido después ha podido convencerme de que la fe que yo elegí no es la única para mí.

    La voz de Yess era tranquila, pero estudió el rostro de Carmody con gran intensidad.

    —Entonces, ¿crees que Boonta es una deidad falsa?
    —En absoluto. O mejor, podría decir que para mí Ella es la manifestación que toma el Creador en Kareen. Es otro de sus aspectos. Al menos, me gusta pensar esto. Pero realmente no lo sé, y no creo que pueda llegar a estar seguro nunca. Mi propia Iglesia no ha hecho ninguna declaración oficial, y puede que pase mucho tiempo antes de que la haga.
    —Yo no estoy menos inseguro —dijo Yess. Abrió de nuevo el cajón y extrajo una botella y un paquete.
    —El vino es kareeniano; los cigarrillos, terrestres. Ambos me gustan. Y cuando los saboreo, pienso en mi origen. Ya no soy tan sólo Yess, el dios de Kareen. Soy Yess, el dios de todos los planetas.

    Hablaba como exponiendo una verdad absoluta.

    —¿Lo crees realmente?
    —Lo sé.
    —Entonces es inútil discutir —dijo Carmody—. De todos modos, no tenía intención de hacerlo. Pero seré franco. He venido aquí para intentar disuadirte de que des un paso en particular. Yo...
    —Sé por qué estás aquí. Tu Iglesia te ha enviado para argumentarme lo mismo que me argumentó Rilg. De hecho, Rilg, aunque él no quiere que se sepa, es un algulista. Hace mucho tiempo que lo sé, pero no he hecho nada al respecto debido a que nunca, o muy raramente, interfiero en los asuntos gubernamentales. Además, casi todos los políticos de este planeta, y probablemente muchos otros, son algulistas. Conscientemente o no.
    —Entonces, ¿ya has tomado tu decisión?
    —Desde el año pasado. De todos modos, no tengo intención de hacer el anuncio hasta el último momento. Si la gente tiene demasiado tiempo para pensar en ello, podría haber una revuelta.

    Por supuesto, no podría reprochárselo. Demasiados de ellos saben, muy al fondo, que no van a pasar la Noche. Pero ya ha pasado el tiempo de los que pueden mentirse a sí mismos. Si son realmente algulistas tras su fachada de seguidores de Yess, entonces deberán reconocerlo.

    —¿Pero y los niños? —dijo Carmody. Sabía que su rostro se estaba congestionando y que Yess era consciente de su cólera.
    —La vida es prodigalidad. La vida es lucha. Algunos sobreviven, otros no. Boonta da, pero nunca toma. Deja que las cosas ocurran por sí mismas.

    Carmody permaneció sentado en silencio, abrumado por la convicción de que nada de lo que pudiera decir haría cambiar a Yess de opinión.

    —Cuando la Noche haya transcurrido y nos hayamos reorganizado —estaba diciendo Yess—, iniciaremos una campaña intensiva de proselitismo extrakareeniano. Tengo intención de visitar yo mismo otros planetas.
    —¿No será peligroso? —dijo Carmody—. Si eres asesinado por algún fanático religioso de otro planeta, quedarás desacreditado.
    —En absoluto. Otro Yess aparecerá. El que un Yess pueda ser asesinado no invalidará su divinidad, al igual que el asesinato de Cristo no invalidó la Suya.
    —Ahora vas a decirme que cada planeta tiene su salvador local, lo suficientemente buenos a su manera, pero tan sólo sustitutos temporales hasta la llegada del super-salvador... tú.
    —Exactamente —respondió Yess—. Es la evolución de lo divino. Tal como el Nuevo Testamento fue añadido al Antiguo Testamento para formar un nuevo libro, y tal como el Libro de los Mormones y el Corán y las Llaves de la Ciencia y la Salud fueron secuelas de la Biblia, así aparecerá otro Libro que los superará a todos.

    Estoy dictando el Libro de la Luz. Lo terminaré muy pronto. Es una historia resumida de Boonta y sus pueblos. También presenta en una forma organizada y auténtica el dogma de nuestra religión. Y se atreve a lo que ninguna otra de las escrituras se ha atrevido nunca. Da una profecía detallada de las cosas que han de venir. No en una forma simbólica y vaga, que permita mil interpretaciones distintas. Es claro y específico.

    Cuando este Libro sea traducido a las muchas lenguas de las galaxias y sea accesible a todos, se convertirá en nuestro mayor misionero.

    Yess miró a Carmody directamente a los ojos, a través de la mesa, y Carmody sintió que los pelos de su nuca se le erizaban. Era el aura, aunque mucho más atenuada, que había sentido cuando penetró en el Templo con los otros Padres para el nacimiento de Yess... cuando Boonta dejó sentir Su presencia.

    Bruscamente, la sensación desapareció. Yess se puso en pie y dijo:

    —Volveré a verte, Padre.

    Carmody se puso también en pie. —¿Soy libre de dar a conocer tu decisión?

    —No. No dirás nada al respecto.

    Yess rodeó la mesa, abrazó a Carmody y lo besó.

    —No te aflijas, Padre. Hay cosas que están más allá de tu conocimiento. Debes aceptarlas, al igual que aceptaste las cosas de la Noche y mi concepción por una criatura de tu mente.
    —Querría que fuera así —respondió Carmody—. Pero no puedo aceptar el sufrimiento y la muerte inútiles.
    —No son inútiles. Que Boonta sea contigo.
    —Y Dios contigo... hijo.

    Tand avanzó hacia el sacerdote cuando éste penetró en la sala de espera en la planta baja.

    —¿Cómo ha ido, John? ¿Cómo lo has notado?
    —Abatido. Y turbado. Me ha dado la sensación de un actor que acaba de entrar en escena solo para darse cuenta de que se ha equivocado de teatro y de obra.
    —Has cumplido con tu misión. ¿Por qué no regresar a casa?
    —No sé por qué, pero no puedo. Algo me dice que tengo una tarea inacabada aquí. Quizá sea descubrir la verdad, si ello es posible. Te diré algo. La teoría de Yess de un único salvador universal me perturba enormemente. ¿Las verdades divinas son reveladas poco a poco, a medida que los seres sentientes se hallan preparados para recibirlas? ¿Y está Yess a punto de revelar una, y una verdad válida?


    Carmody regresó a su casa y a su cama. Durmió hasta tarde a la mañana siguiente, algo raro en él. Cuando descendió al comedor del hotel para el desayuno, lo halló vacío de todos los no kareenianos excepto un escaso número de terrestres convertidos al boontismo. Comió solo y triste su desayuno. Justo antes de terminar fue interrumpido por un sacerdote de Boonta.

    Carmody miró los verdes hábitos y el peinado en cola de pavo real, y pasaron varios segundos antes de que reconociera a Skelder.

    Carmody se levantó y lo abrazó alegremente. Hubo una indicación del cambio que se había producido en el sacerdote antes severo y adusto en su respuesta igualmente alegre.

    —Deseaba verle antes de que empezara la Noche —dijo Skelder—. Después de todo, ¿quién sabe?
    —Creo que no es necesario que le pregunte si sigue pensando que eligió correctamente —dijo Carmody.
    —No. Soy perfectamente feliz acerca de mi decisión. Nunca lo he lamentado. ¿Y usted?
    —Lo mismo. Bueno, ¿nos sentamos y hablamos?
    —Me gustaría —dijo Skelder—. Pero debo ir al Templo. Yess hará su anuncio al mediodía, ya sabe.
    —No, no lo sabía. ¿Y luego?
    —Lo que ocurra está en manos de Boonta. Tand me dijo que usted sabe mucho de las cosas que ocurren tras la escena. Así que usted debe saber que no sería sorprendente que Rilg intentara evitar que Yess hiciera público su anuncio. No que se atreviera a poner las manos sobre Yess... oficialmente al menos. Pero puede intentar un fallo general de la energía o una interferencia en la emisión.
    —Debe estar desesperado.
    —Lo está. Bien, debo irme. Oh, sí. Tand me ha dicho que Lieftin sigue sin ser hallado. Y debe estar desesperado también. La última nave ha partido, ya no puede abandonar el planeta. De todos modos, puede tener la esperanza de ser sumido en el Sueño durante la Noche y escapar así de sus efectos. Creemos que intentará llevar a cabo lo que tenga planeado antes de la emisión. Quizá sea esto lo que esté esperando Rilg.

    Skelder dijo adiós y se fue con un revuelo de largos hábitos verdes. Carmody firmó el volante del crédito gubernamental por su desayuno y salió a la calle. No iba acompañado, puesto que ya no parecía haber ninguna razón para mantenerlo bajo protección. Había mucha gente por las calles. Permanecían inmóviles en las esquinas, frente a las grandes pantallas públicas de televisión, evidentemente aguardando a Yess. Muchos se habían quitado sus máscaras.

    Carmody intentó hablar con algunos de los que permanecían aguardando en la acera frente al hotel. Tras algunos intentos, abandonó. No solamente no querían hablar con él, sino que fruncían el ceño y se giraban murmurando para sí mismos.

    Tras vagabundear un poco por el vestíbulo, regresó a su habitación. Intentó sin éxito interesarse en un libro sobre la historia kareeniana. Llegó el mediodía, y con una sensación de alivio se giró hacia la televisión. El locutor hizo un breve y familiar discurso. Aparentemente, y pese a los avances de la ciencia tanto de la Tierra como de Kareen, habían surgido algunas dificultades técnicas. Si los telespectadores eran un poco pacientes, las cosas se arreglarían en muy poco tiempo. Mientras tanto, allí tenían un interesante...

    Pasó una media hora, con varias intervenciones más y un breve documental sobre el aterrizaje del primer terrestre en Kareen. Por aquel entonces, Carmody comprendía que algo no iba bien. Intentó llamar a Tand, pero no obtuvo más que la señal de ocupado. Transcurrió otra media hora con más intervenciones tranquilizadoras y documentales que no tenían nada que ver con la aparición de Yess. Llamó a Tand tres veces más, sólo para recibir más señales de ocupado. Por aquel entonces, supuso, los sistemas telefónicos debían estar colapsados por las llamadas de la gente que deseaba saber qué era lo que no marchaba.

    Repentinamente, el locutor dijo:

    —Kareenianos... ¡vuestro dios!

    Yess apareció en la pantalla, visible de cintura para arriba. Sonrió y dijo:

    —Mis bienamados, Yo...

    La pantalla se oscureció. Carmody lanzó una maldición. Quitó el cerrojo de la puerta, corrió por el pasillo y bajó a saltos las catorce plantas hasta el vestíbulo. Este se hallaba atestado de gente que hablaba en voz muy alta. Carmody agarró a un botones del brazo y preguntó:

    —La emisora. La emisora de televisión. ¿Está cerca?
    —Tres manzanas, Padre. Hacia el este —respondió el botones. Parecía aturdido.

    Carmody se abrió camino a codazos entre la multitud y cruzó corriendo la puerta. La calle estaba atestada ahora y, toda la gente mostraba expresiones asombradas. Muchos hablaban incoherentemente. Ellos también sabían que algo le había pasado a su dios. Y, aunque habían estado temiendo u odiando lo que iba a decirles, ahora habían olvidado por completo ese sentimiento. Estaban asombrados o asustados, embotados o excitados. Nadie se opuso al paso de aquel hombrecillo terrestre que volaba abriéndose camino entre ellos, contentándose con quedárselo mirando tras su paso.

    Una manzana antes del edificio de la televisión, Carmody vio las humaredas surgiendo de las ventanas de las primeras dos plantas. Una alterada multitud impedía los esfuerzos de los policías y las ambulancias por entrar. Carmody luchó y forcejeó por abrirse paso, pero no consiguió moverse.

    Una mano palmeó su hombro. Se giró y vio a Tand.

    —¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
    —Lieftin debió instalar explosivos tan hábilmente que la policía no consiguió encontrarlos —dijo Tand—. O quizá no quisieron encontrarlos. La emisión fue retrasada una hora mientras se realizaba la búsqueda de bombas por toda la emisora. Luego vino Yess y... Ya viste la pantalla apagarse. Yo hubiera estado allí con él si mi coche no hubiera colisionado con otro. A mí no me pasó nada, pero mi conductor resultó herido.

    Miró al edificio.

    —¿Crees que está muerto?
    —No lo sé —dijo Carmody—. ¿Qué es eso?

    Un gran grito había surgido de cien mil bocas. Repentinamente, como si un vehículo invisible avanzara entre ellos, la multitud abrió un paso. Yess, ennegrecido por el humo y sangrando por varias heridas pero indemne, avanzaba hacia ellos.

    Le hizo una seña a Tand, que acudió corriendo, con Carmody tras sus talones.

    —Busca un coche y llévame a la Emisora Fuurdal —dijo Yess.
    —Tengo un coche cerca de aquí —dijo Tand—. No es el mío; el mío resultó accidentado. Ven.

    Lo precedió calle abajo, mientras la gente se apartaba. Todos lloraba