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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
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    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL PRECIO DE LA MENTIRA (Hallie Ephron)

    Publicado el viernes, enero 15, 2016

    Martes, 4 de noviembre
    Mujer embarazada desaparece en Brush Hills.


    BRUSH HILLS, MA. La policía continúa buscando pistas relacionadas con la desaparición de Melinda White, de treinta y tres años de edad, que fue vista por última vez el sábado. Ayer, las autoridades hicieron público un comunicado en el que ponían de manifiesto que la mujer podía encontrarse en situación «de riesgo» y haber sido víctima de un crimen.

    Según la policía, la señora White trabajaba como auxiliar administrativa en la inmobiliaria SoBo y el sábado por la mañana fue a un mercadillo casero en un jardín de Brush Hills. Desde entonces nadie la ha visto. Su hermana Ruth White, residente en Naples, Florida, denunció su desaparición el lunes.

    «Suele llamarme cada día. Al no tener noticias de ella, supe que algo iba mal», ha explicado Ruth White, quien añadió que sus allegados estaban sobrellevando la situación «lo mejor posible».

    El inspector jefe de la policía de Brush Hills, Albert Blanchard, ha declarado que las autoridades aún no han detenido a ningún sospechoso.

    «Estamos interrogando a todos sus conocidos y a las personas que la vieron el sábado, pero no hemos averiguado ningún dato que nos permita establecer qué ocurrió», ha afirmado Blanchard.

    Se ruega que cualquiera que tenga información relativa al caso se ponga en contacto con el departamento de detectives de la policía de Brush Hills.


    Capítulo 1


    Sábado, 1 de noviembre


    «Haga sol o llueva»: eso decía el anuncio de Ivy Rose sobre el mercadillo en su jardín. El día había amanecido con el cielo gris metálico y vientos racheados, pero el tiempo caprichoso típico del otoño de Nueva Inglaterra no había desanimado a los visitantes.

    David apartó el caballete de serrar que bloqueaba el camino de entrada y aparecieron los compradores. Ivy pensó que su arca victoriana toleraba la invasión del mismo modo que una gran ballena blanca flotaría hasta la superficie para permitir que los pájaros picotearan los parásitos que cubrían su piel.

    Durante tres años, Ivy había ignorado por completo las pilas de cachivaches que había dejado en la casa el anciano Paul Vlaskovic, el anterior propietario, un tipo con aspecto cadavérico al que David llamaba Vlad. Era como si el revoltillo de objetos que atestaba el ático y el sótano existiera en un universo paralelo. Y entonces, tan súbitamente como una tormenta primaveral, la imperiosa necesidad de deshacerse de todo lo que no fuera suyo había crecido en su interior hasta que no pudo soportarlo más. «¡Todo fuera!» David había tenido el buen juicio, aunque quizá se tratara de un instinto de conservación, de no achacar el arrebato a las hormonas de Ivy.

    Ivy sintió una patada contundente del bebé, que ahora ya no hacía movimientos ondulantes. «¿Qué pasa, Cachorrito?» Colocó las palmas de sus manos sobre su vientre, sólido como una roca. Durante las tres semanas que quedaban para que Ivy o bien diera a luz o bien explotara, se suponía que debía tener contracciones. Contracciones preparto. Falsas alarmas. Como si se tratara de un motor que calentara pero aún sin la suficiente fuerza para encenderse.

    David y ella habían llegado al punto obsesivo de «qué nombre le ponemos», e Ivy se preguntaba cuántos otros padres inminentes barajaban la posibilidad de llamar Braxton a su hijo.

    «Saldrá bien, saldrá bien, saldrá bien.» Las palabras se repetían una y otra vez en su cabeza, como un murmullo. Se había casado con veinticuatro años y había tardado cinco en quedarse embarazada. Había sufrido tres abortos, el último de ellos a las veinte semanas de gestación, justo cuando empezaba a creer que podía superar la inseguridad y dejar de contener el aliento.

    David se acercó a ella y le pasó el brazo alrededor de lo que algún día había sido su cintura. La barriga de una mujer en sus últimas semanas de embarazo era bastante impresionante: se erguía allí en lo alto, como una calabaza gigante que hubiera ganado un concurso.

    —Eh, Elástica —el apodo había adquirido unas connotaciones totalmente nuevas en los últimos meses—, esto está que arde. Ha venido un montón de gente —comentó.

    A Ivy le encantaba el olor a tierra fértil y rica que desprendía David, la forma en que su mata de pelo cobrizo parecía crecer en doce direcciones distintas, y sobre todo la sonrisa que alumbraba su cara y le hacía guiñar los ojos. La nariz que se había roto mientras jugaba al fútbol americano en la universidad, después de haber salido indemne de dos años como quarterback en el instituto, imprimía carácter a su dulce rostro.

    El aspecto de Ivy podía calificarse de lo que la gente llama «interesante»: intensos ojos negros, una nariz demasiado larga y una boca demasiado generosa para ser considerada bonita. La mayor parte del tiempo prestaba poca atención a su aspecto. Se levantaba de la cama, se cepillaba los dientes, se pasaba el peine por su espesa y larga melena y a otra cosa.

    —Se creen que porque somos los dueños de esta enorme casona tendremos también antigüedades de gran valor —dijo Ivy.

    David jugueteó con un puro inexistente y levantó las cejas al más puro estilo Groucho Marx mientras su mirada se detenía en dos viejos teléfonos negros de disco.

    —Si supieran...

    Ivy saludó a uno de los compradores, Ralph, el yonqui de la furgoneta negra abollada que estaba inclinado sobre una caja de componentes eléctricos. Detrás de él, en medio del gentío, se encontraba Corinne Bindel, la vieja vecina de la casa de al lado. Su pelo, recogido en un moño demasiado cardado, era de un color exageradamente platino para ser natural. Tenía los brazos cruzados sobre la parte delantera de su abrigo de tweed marrón. Su gesto de desconcierto expresaba incomprensión por el hecho de que alguien estuviera dispuesto a pagar más de un penique por cualquiera de aquellos trastos.

    —¿Qué me dices? —preguntó David—. Cuando todo esto se haya calmado, ¿colocamos algunas cosas en la habitación del bebé?
    —Todavía no —replicó Ivy mientras se acariciaba la piedra de cobalto azul engarzada en un talismán de plata en forma de mano que colgaba de su cuello.

    El talismán había pertenecido a su abuela. Sabía que era una superstición estúpida, pero quería guardar todas las cosas del bebé en la habitación de invitados hasta que éste hubiera nacido y ella hubiera contado todos y cada uno de los dedos de sus pies y de sus manos.

    —Disculpe —dijo una mujer que miraba a Ivy desde debajo de la visera de una gorra de los Red Sox.

    Sostenía en las manos una fuente en forma de cisne de cristal verde lima de la época de la Depresión, que había sacado de una caja llena de fruta decorativa víctima del ataque de las ratas.

    —Es suyo por quince dólares —le dijo Ivy—. No tiene ni una muesca ni una grieta.
    —¿Ivy? —La mujer, de pelo rizado color canela con mechas rubio platino, parecía ligeramente asustada—. No te acuerdas de mí, ¿verdad?
    —Yo...

    Ivy dudó. Había algo que le resultaba familiar en aquella mujer vestida con una blusa premamá de algodón con un estampado de acianos azules y girasoles amarillos. Una de sus manos, con las uñas pintadas de rosa y una perfecta manicura, descansaba sobre su propio ombligo. Al igual que Ivy, estaba voluminosamente embarazada.

    —Mandy White —aclaró la mujer—. Por entonces era Melinda...

    Melinda White: el nombre conjuró el recuerdo de una niña regordeta de primaria. Pelo encrespado y negro, gafas y tez pálida. Resultaba difícil creer que se tratara de la misma persona.

    —Claro que me acuerdo de ti. Vaya, ¡estás estupenda! Y felicidades. ¿Es el primero? —quiso saber Ivy.

    Melinda asintió y dio un paso en dirección a ella. Sonrió. Sus dientes, en un tiempo torcidos, lucían ahora alineados y perfectos.

    —Para ti también, ¿no? —Ivy evitó su mirada escrutadora—. Yo salgo de cuentas en Acción de Gracias —explicó Melinda—. ¿Y tú?
    —En diciembre —contestó Ivy.

    De hecho, ella también esperaba el bebé para Acción de Gracias, pero le había contado a todo el mundo, incluso a su mejor amiga, Jody, que el nacimiento estaba previsto para dos semanas después. A medida que se acercara el final tendría suficiente con lidiar con David y ella misma mientras esperaban con ansia que llegara el momento de dar a luz y se preguntaban si algo iría mal esta vez.

    Melinda inclinó la cabeza y observó a Ivy.

    —Un matrimonio feliz. Un niño a punto de nacer. Tenéis mucha suerte, ¿no? ¿Qué más se puede pedir?

    La respuesta de la abuela Fay a esa pregunta habría sido «Kinehora», y luego habría escupido para alejar el mal fario. Ivy acarició el amuleto que le colgaba del cuello.

    La mirada de Melinda se dirigió a la casa.

    —Y además, esta fabulosa mansión victoriana. Si alguna vez quieres venderla, no dudes en decírmelo. Trabajo en una inmobiliaria.
    —¿Coleccionas piezas de cristal de los años de la Depresión? —preguntó Ivy señalando el cisne.
    —No, pero mi madre colecciona cisnes. Bueno, antes lo hacía. Te habría quitado éste de las manos sin dudarlo; pero eso era antes. —Melinda se dio unos golpecitos en la sien con una botella de Evian medio vacía—. Alzheimer. Vendió la casa que tenía aquí, en Brush Hills, y se marchó a vivir a Florida con mi hermana Ruth. ¿Te acuerdas de Ruthie? También colecciona cisnes.

    Su discurso venía en oleadas, e Ivy tuvo la sensación de que una locomotora resoplante se le echaba encima cuando Melinda dio un nuevo paso adelante y la distancia entre ambas se acortó a apenas un antebrazo.

    —Éste sería perfecto para ella. —Melinda admiró el cisne—. Como regalo de Navidad. O para su cumpleaños tal vez. Cuando mi madre —Melinda agarró el asa de la bolsa blanca de lona que llevaba colgada al hombro, se la subió un poco y tomó aliento— la palme, seguramente Ruth querrá quedarse con toda la colección. Tú no tienes hermanos ni hermanas, ¿verdad? —No esperó la respuesta de Ivy—. Debo decirte que al principio no he reconocido la casa. De pequeña solía venir aquí a menudo. Vivíamos casi al doblar la esquina, y mi madre trabajaba para el señor Vlaskovic. A veces. Me acuerdo de que jugábamos al ajedrez en el suelo de la buhardilla y comíamos polvo de gelatina Jell-O de cereza directamente del bote. —Hizo una mueca—. Azúcar refinado. Lo mismo que si nos inyectáramos veneno puro en la vena. ¿En qué estaríamos pensando? Ahora tengo que cuidarme, con lo de comer para dos y todo eso... ¿Tú vas a darle el pecho?
    —Yo... eh...

    La intimidad de la pregunta desconcertó a Ivy, que echó un vistazo al reloj esperando que Melinda captara la indirecta.

    —Es mucho mejor para el bebé —continuó ésta, haciendo caso omiso de la evasiva—. Dios mío, parezco uno de esos viejos anuncios de la vaca lechera, ¿no?

    Por encima del hombro de Melinda, Ivy vio a David hablando con una mujer que sostenía unos apliques de latón, mientras cuatro personas más le rodeaban con diversos objetos y aguardaban pacientemente su turno. Un hombre con el pelo negro y de punta examinaba los sobretodos que colgaban de una cuerda que habían tendido en el porche. El intenso viento bamboleaba los abrigos, que habían sido abandonados en un baúl en el sótano, como si fueran monstruosas alas de murciélago.

    —¿Lo sabías? —preguntó Melinda.
    —¿Cómo?
    —En la leche en polvo para lactantes ponen sirope de maíz —reveló Melinda.

    Ahora sí que Ivy reconocía aquellos ojos: pequeños e intensos.

    —No me parece muy buena idea —comentó. Pelo Pincho se estaba probando uno de los abrigos—. Discúlpame. Veo a alguien interesado en unos abrigos; no quiero que se marche.

    Ivy se alejó rápidamente.

    —Muy elegante —le dijo al hombre. El abrigo de lana negra le sentaba a la perfección, bastaría con llevarlo a la tintorería para quitarle aquel olor a naftalina—. Por cincuenta dólares te puedes llevar los cuatro.

    El hombre examinó el resto de los sobretodos. Ella esperaba que regateara, pero en lugar de eso sacó la cartera del bolsillo, separó dos billetes de veinte y uno de diez de un fajo y se los alargó. Acto seguido se colocó los abrigos sobre el antebrazo y se marchó.

    «¡Sí!»

    Ivy cerró el puño en un gesto de triunfo y luego se metió el dinero en el bolsillo del mandil.

    —¿Crees que es un camello? —Era Melinda, que había seguido a Ivy.

    «Respira hondo.» A Ivy le resultaba cada vez más difícil tomar aliento mientras el bebé presionaba su diafragma.

    —Siempre me encantó esta casa —continuó Melinda—. Con todas esas chimeneas... Era perfecta para jugar al escondite; con tantos rincones secretos y recovecos.

    Melinda esperó. Su mirada inquisitiva era como una exploración vaginal.

    Ivy recordaba que en una época la cara de Melinda había sido rechoncha y blanda; daba la sensación de que si presionabas con el dedo en su pálida mejilla dejarías una marca.

    —Y qué bien has elegido los colores para pintarla —continuó ésta—. Siempre tuviste muy buen gusto. Recuerdo que en el cole fuiste la primera que se compró unas Doc Martens.

    A Ivy se le estaban cansando los músculos de la cara de tanto forzar la sonrisa. ¿Las Doc Martens? Se las había comprado por un dólar en una tienda de ropa de segunda mano del Garment District, en Nueva York. Aún las conservaba en alguna parte del armario. Debería haberlas bajado para venderlas junto con los abrigos.

    Melinda dejó vagar la mirada con ojos melancólicos.

    —Los pantalones ajustados con goma por abajo...
    —Oh, Dios —exclamó Ivy—, ¿cómo podíamos llevar eso?

    Pero Melinda no había llevado pantalones con goma. Su uniforme diario consistía en faldas tipo saco y jerséis enormes. Comía sola en una esquina de la cafetería del instituto, y su madre la llevaba por las mañanas y la iba a buscar por las tardes. Lo cierto es que había cambiado por completo, con aquella manicura perfecta y el corte de pelo a la última. Ahora era esbelta. Sociable y segura de sí misma.

    David se acercó a ellas.

    —A ver si lo adivinas —comenzó—. Alguien quiere comprar las cortinas rojas. —«Te lo dije», parecía decir su mirada—. ¿Y si vas a negociar?
    —Hola, David. Cuánto tiempo sin vernos —intervino Melinda; luego agitó su botella de agua y le miró desde debajo de la visera de su gorra.
    —¿Qué tal? ¿Cómo va todo? —le respondió David, devolviendo el saludo sin asomo de haberla reconocido.

    Ivy se excusó y se dispuso a irse. Un hombre gordo como un tonel, con una calva incipiente y una mirada inquisitiva atrapada en una maraña de cejas grises, la interceptó.

    —Te doy diez dólares por esto.

    El ventilador de metal negro que le mostraba podía aprovecharse también para cortar mortadela. En la etiqueta Ivy había puesto treinta dólares, aunque sabía que en internet los ventiladores eléctricos como aquél se vendían por cincuenta.

    —Veinticinco —dijo.

    El hombre se encogió de hombros y le dio el dinero.

    Había empezado a lloviznar. Ivy miró hacia donde se encontraba David y vio que Melinda le decía algo. Él dio un paso atrás, con la misma expresión que si le hubieran noqueado. Por lo visto se acordaba de ella pese a todo.

    Ivy se miró la mano, que sujetaba un billete de veinte y otro de cinco. La venta del ventilador. Se metió los billetes en el bolsillo.

    Pero ¿adónde debía ir? Se había quedado en blanco. De nuevo.

    Había leído en alguna parte que las mujeres que van a tener una niña, durante el embarazo sufren más pérdidas de memoria a corto plazo. Algo relacionado con los niveles de progesterona. Si ése era su caso, no cabía duda de que era niña. Últimamente se había enviado algún que otro correo electrónico para recordarse a sí misma que debía leer la lista de los recados pendientes. Una semana antes se las había apañado incluso para perder su cepillo de dientes.

    Los abrigos habían desaparecido. El vecino de Ivy y David, el señor Bindel, leía el ejemplar de éstos del Boston Globe. Que no estaba en venta. David seguía hablando con Melinda y tenía pinta de sentirse tan atrapado como Ivy un rato antes. Una mujer agitaba el cortinaje de brocado de gruesa seda roja que había colgado...

    «¡Eso es!» Ahora recordaba adonde debía dirigirse. Y ella que se había burlado de David cuando éste insistió en que había alguien deseando comprar seis juegos de cortinas con flecos que habían hecho que su planta baja pareciera un burdel o un restaurante italiano.

    Se acercó a la mujer, que parecía tener el tamaño de un hueso de albaricoque junto a una enorme roca.

    —Habíamos pensado pedir setenta y cinco dólares por las cortinas.

    «¿Qué demonios?»

    —No estoy segura.

    La mujer frunció los labios. Se pasó el brocado de seda roja entre el pulgar y el índice una y otra vez y luego se llevó una de las borlas a la nariz para olerla.

    Ivy cerró sus manos en sendos puños y los apoyó en las lumbares.

    —De hecho, las venderíamos por cuarenta. Una está un poco gastada.

    La mujer de las cortinas no respondió. Se limitó a seguir mirando la tela con un mohín en el rostro.

    Otro golpecito en el hombro.

    —¿Ivy?

    Los dedos de Melinda tenían agarrado el cisne de cristal por el estilizado cuello.

    —Puedes quedártelo, te lo regalo —le dijo Ivy.

    Las palabras fueron amables, pero el tono delataba su irritación.

    Melinda ni siquiera pestañeó. Se metió la fuente en forma de cisne en la bolsa de lona.

    Ivy se hizo un hueco en los escalones de la entrada lateral y se dejó caer. Tenía ardor de estómago, los cereales que había tomado aquella mañana le repetían, se estaba meando y sus tobillos parecían salchichas pasadas a punto de reventar.

    A Dios gracias, David venía hacia ella.

    —¿Has visto a Theo? —le preguntó con un gesto de preocupación—. Le prometí uno de los sobretodos.
    —Deberías haberme dicho que se lo guardara. ¿Ha venido?
    —Lo justo para dejar un cartel electoral que quiere que coloquemos en el jardín delantero.
    —Pues lo lamento, pero los he vendido todos.

    Ivy sintió un calambre en los abdominales y cerró los ojos. David se agachó junto a ella.

    —¿Te encuentras bien? —le preguntó en voz baja.

    Ivy reprimió un eructo.

    —Sólo cansada.

    David acercó una caja de cartón llena de ejemplares de los años sesenta del National Geographic y le colocó los pies encima.

    —Hay un tipo que busca libros —comentó en su tono habitual—. ¿No había una caja que no hemos sacado?
    —Si es así, estará en el desván.

    David se alejó en dirección a la casa, pero se detuvo a medio camino y se volvió.

    —Oye, Mindy, ¿quieres entrar y verla por dentro?

    «¿Mindy?»

    —Oh, ¿puedo? —Melinda se dio la vuelta y golpeó con la barriga una mesa de juego. El enorme espejo que estaba apoyado en la pata de la mesa empezó a inclinarse hacia delante—. ¡Por todos los santos! —gritó.

    Ivy alargó el brazo y agarró el espejo justo antes de que éste se estrellara contra el suelo.

    —Lo siento mucho. —Melinda se había quedado pálida. Se mordió el labio y mostró una expresión compungida—. Imagínate que...
    —No pasa nada —la tranquilizó Ivy—. No te preocupes.
    —¿Estás segura?
    —¿Ves? —Ivy volvió a colocar el espejo—. No le ha pasado nada.
    —Gracias a Dios —murmuró Melinda.
    —De verdad, tampoco habría sido tan grave
    —¿No habría sido...? —Melinda se inclinó sobre el lugar donde Ivy estaba sentada y le lanzó una mirada penetrante mientras colocaba una mano en la barriga de ella y otra en la suya. A través de la tela de la camiseta Ivy notó la presión de la palma de Melinda; las puntas de aquellas largas uñas pintadas de rosa se le clavaron en la tensa piel—. ¿Estás de broma? No necesitamos más mala suerte, ¿no te parece?

    Ivy se quedó con la boca abierta.

    Melinda se incorporó y se volvió hacia David.

    —¿Así que habéis conservado el empapelado repujado en cuero del recibidor? ¿Y también esa estatua tan bonita que había al pie de las escaleras?
    —Tú misma puedes verlo —respondió David—. Te voy a hacer de guía; así podrás contemplarlo todo.

    Melinda rozó a Ivy al pasar junto a ella camino de las escaleras de la casa. David alzó los ojos al cielo y la siguió.

    Ivy se acarició la barriga con las palmas, en un intento por borrar el rastro de la mano de Melinda.

    —Eh —la llamó Melinda desde la entrada.

    Ivy se giró y Melinda movió los labios como si dijera: «Nos vemos».

    Después se volvió y entró en la casa. La puerta mosquitera se cerró con un golpe tras ella.

    Ivy deseaba de corazón no volver a verla nunca.



    Capítulo 2


    A última hora de la tarde, en el jardín sólo quedaba el penetrante olor del humo del tubo de escape del camión que David había alquilado para que se llevara todo lo que había sobrado. Para Ivy, ésa había sido la mejor parte del día.

    Sujetó el teléfono entre el hombro y la oreja mientras ordenaba los montones de cheques, billetes y monedas en la mesa revestida de formica de la cocina, que había pertenecido a su abuela.

    —Mil doscientos veintitrés dólares y setenta y cinco centavos —le comunicó a Jody, que había llamado para disculparse por no haberse presentado en el mercadillo para ayudar. El hijo pequeño de Jody, Riker, había pillado un virus, y Jody y su marido Zach se habían pasado la noche en vela.
    —Vaya, por lo visto te las has apañado muy bien sin mí. ¡No me digas que te has librado de esas cortinas a lo Escarlata O'Hara!
    —¿A que es increíble? De hecho, una mujer pagó veinticinco dólares por ellas.
    —¿No se dio cuenta de que estaban un poco desvaídas?
    —Ya se lo advertí. No quería que volviera y me reclamara su dinero.
    —Regla Ferengi de Adquisición Número Uno: «Una vez tienes su dinero, no lo devuelvas nunca».

    Como era habitual, Jody tenía un pie en la tierra y el otro firmemente plantado en la nave espacial Enterprise.

    —Te lo acabas de inventar.
    —Búscalo en Google.
    —En cualquier caso sienta de maravilla haberse desembarazado de todo. Mañana limpiaré la buhardilla. Me muero de ganas de subir ahí con el aspirador.
    —¡Uuuh, qué guay! —exclamó Jody.
    —Crees que estoy pirada.
    —Para encerrarte.
    —Es tan reconfortante hablar contigo... Me acuerdo de cuando estabas embarazada de nueve meses de Riker, subida a una escalera y limpiando las ventanas. Eso no sólo era una locura, era lisa y llanamente un peligro.

    Jody rió.

    —Nunca antes me había dado por ahí; y después tampoco. No sé, creo que cuando estás embarazada es como si te hubieran secuestrado los borg: cualquier resistencia es inútil.

    Ivy vertió leche en un vaso.

    —No te vas a creer quién ha estado aquí: Melinda White.
    —Anda ya. ¿Melinda White del instituto? ¿Qué aspecto tenía?
    —Parece otra. Se ha arreglado los dientes, lleva un corte de pelo a la última y ha adelgazado. No la reconocerías ni en un millón de años. Ahora se hace llamar Mindy y ¿sabes qué? Está embarazada.
    —¿Embarazada? ¿En serio? —Una pausa—. ¿Se ha casado?
    —No se lo pregunté, pero no llevaba anillo. —Ivy hizo girar en el dedo su alianza, con sus filigranas y sus tres pequeños diamantes en forma de rosa. David y ella lo habían encontrado en un anticuario en Nueva Orleans—. La verdad es que me escamó un poco. Era como si supiera lo de mis abortos, pero ¿cómo es posible?
    —A mí también se me hubieran puesto los pelos de punta —dijo Jody—. A lo mejor se lo ha dicho alguien que te conoce. ¿Sigue viviendo en Brush Hills?
    —No estoy segura. Me explicó que su madre se había mudado.
    —¿Te acuerdas de cómo hacía que te sintieras culpable para que la trataras bien, y luego caía sobre ti como si fuera la Fagia? —¿La Fagia? Ivy conocía bien a Jody, así que se abstuvo de preguntar por lo que seguramente era algún tipo de herpes que aparecía en un episodio de Star Trek—. Yo fui amable con ella una vez, y luego prácticamente me la tuve que sacar de encima restregándome contra un árbol.
    —¿Tú fuiste amable?
    —Ignoraré el sarcasmo. La llamábamos la Sanguijuela.
    —No es cierto.
    —Sí que lo es.
    —Éramos horribles.
    —Monstruos crueles y egocéntricos. Como la mayoría de los adolescentes. Bueno, al menos yo lo era. Tú no. Tú eras doña perfecta.
    —Tal como lo dices parece un defecto.
    —Ivy, sólo conozco a una persona más buena que tú, y te casaste con él. A pesar de eso, os quiero a los dos. Y estoy segura de que Melinda no se merecía que la margináramos. Pero tienes que admitir que parecía que se ofreciera voluntaria. Era muy rarita.
    —Todavía lo es —le respondió Ivy. Le contó a Jody su reacción con lo del espejo—. Se le quedó la cara blanca como una sábana.
    —Supersticiones. Mira quién fue a hablar —exclamó Jody—. Tú no dejas de acariciar el amuleto ese que llevas. Y ni siquiera has montado la cuna para el niño. ¿Te he hablado alguna vez de mi tía abuela Dotty? En realidad su nombre era Beatrice, pero siempre la llamamos Dottie. El caso es que su superstición rayaba en lo patológico. Llevaba siempre guantes de goma y hervía los pomos de las puertas para eliminar los gérmenes. Estaba convencida de que el presidente Nixon había pinchado su teléfono.
    —¿Y eso era una locura?
    —No. Pero entonces nadie lo sabía.
    —Yo no creo que Melinda esté loca. Sólo es un poco rara y se lo toma todo muy a pecho. Está necesitada.
    —Y desesperada. Bastante. Como mi tío Ferd. —Jody continuó divagando como de costumbre—. El tío... Hablando de cosas raras, ¿te acuerdas de la madre de Melinda? Eran como adictas la una a la otra. ¿No te acuerdas? La llevaba cada día al cole y la venía a buscar por la tarde. Dios mío, aquella mujer era como una boca de incendio con patas.

    Ivy rió.

    —Tan, ta-tán, ta-taaaan ton —entonó Jody.

    Era la canción de la bruja de El Mago de Oz.

    —Para ya. Eres malísima.
    —Si vuelve Melinda, invítame a casa —sugirió Jody—. Yo me desharé de ella por ti. Sin problemas. Pero no me pidas que sea simpática. Ni que pase el aspirador.


    Un olor a sales de baño de romero inundaba aquella noche el baño de la tercera planta, el único con una bañera lo bastante grande como para que Ivy y David pudieran meterse juntos. Se recostaron uno frente al otro; la barriga de Ivy se alzaba entre ellos como una isla en medio de la niebla. De vez en cuando, un terremoto levantaba pequeñas olas que languidecían a ambos lados de la bañera. El cuarto de baño estaba en mitad de la buhardilla que, según el agente inmobiliario, había sido reformada algunas décadas atrás para construir una habitación y un baño de un tamaño desproporcionado para un hijo disminuido psíquico. Ivy no podía evitar tener visiones de un joven tendido en aquella bañera envuelto en sábanas mojadas y frías, como ocurría en los tiempos de las lobotomías salvajes.

    El viento susurró a través de los aleros, mientras la lluvia repiqueteaba sobre el tejado como un cojinete de bolas. Ivy se sumergió hasta que el agua le llegó a la barbilla.

    —¿Estás más tranquila? —quiso saber David—. Ahora que ya nos hemos quitado todos esos trastos de encima...
    —¿Por qué me duele todo el cuerpo? —se preguntó Ivy—. Si no he hecho nada... Me he dedicado a andar como un pato y a aceptar dinero.

    La casa crujió. A veces parecía que estuviera viva, como un anciano que gruñera y se moviera para encontrar una posición cómoda.

    —Pobrecita mía. ¿Qué te duele?

    ¿Por dónde empezar? Ivy hizo rodar los hombros, luego la cabeza. Le crujieron las vértebras.

    —¡Uf! El cuello. Los tobillos. Los pies.
    —Ya veo, pies zancajosos. Pues yo tengo dedos mágicos —dijo David al tiempo que movía los dedos de las dos manos y le dedicaba una de aquellas sonrisas traviesas tan propias de él—. Baja un poco más.

    Ivy se echó hacia delante. David le cogió un pie, lo enjabonó y lo masajeó con suavidad. Ella hizo girar el tobillo. La tensión disminuyó.

    David tenía manos fuertes, curtidas y callosas de trabajar con su equipo cavando, arrancando arbustos y transportando piedras. A pesar de todos sus ordenadores de última generación, David insistía en que él daba lo mejor de sí en el mundo de las tres dimensiones. A su juicio, el diseño de jardines era una cuestión de elecciones: dónde plantar una planta específica, decidir hasta qué punto alterar el entorno natural de un terreno. Bastaba con pasar algo de tiempo en un espacio y la respuesta, la mejor solución, venía a ti.

    Las manos resbaladizas de David producían un ruido ligeramente obsceno mientras metía los dedos entre los de los pies de ella y luego subía por la pierna. Ivy sintió un impulso eléctrico y cálido en la entrepierna. Cerró los ojos mientras disfrutaba de su tacto, lo cual le resultaba tan sensual como terapéutico.

    —¿Crees que los pies se podrían considerar zonas erógenas? —preguntó Ivy.
    —Definitivamente —respondió David mientras empezaba con el otro pie.

    Ella se relajó y se rindió al placer.

    —La espalda también —añadió David, y le tendió el jabón.

    Luego se incorporó, giró sobre sí mismo ciento ochenta grados y volvió a meterse en el agua, de modo que quedó entre las piernas de Ivy, dándole la espalda.

    Ivy se echó hacia atrás y enjabonó la espalda de David. Tenía hombros de jugador de fútbol americano, pero su piel, salpicada de pecas, era suave como la de un bebé.

    —Mmmm. Me encanta. —David se reclinó hacia atrás—. En mi próxima vida quiero ser un gato.
    —Pero si me habías dicho que querías ser una nutria de mar y pasarte el día haciendo el muerto en el agua y alimentándote a base de ostras.
    —Eso también me atrae. Es posible que lo deje para la siguiente vida.

    Ivy presionó con los labios la columna vertebral de David. Luego echó jabón en una esponja y la pasó en círculos por su piel, por los hombros y luego las lumbares.

    —Qué extraño ver a Melinda White después de tanto tiempo —comentó Ivy. Y más raro aún que estuviera embarazada del mismo tiempo que ella—. Todo este tiempo viviendo en la misma ciudad y nunca la habíamos visto. —Ivy mojó la esponja y empezó a enjuagarle los hombros—. ¿Tú la...?

    David se enderezó y se dispuso a levantarse.

    —Espera. Aún estás lleno de jabón.
    —No importa.

    Sacó una pierna de la bañera y alargó un brazo para coger una toalla.

    Ivy estiró las piernas y se inclinó hacia atrás. Sólo su cabeza y su ombligo, ahora salido hacia fuera, sobresalían del agua.

    —No sabía que tuviera una hermana. A su madre la recuerdo perfectamente. ¿Te acuerdas de cómo...?
    —A mí no me preguntes —replicó David mientras se frotaba con la toalla, que luego se anudó en la cintura—. Apenas me acuerdo de ella.

    Ivy se incorporó. El agua se desplazó en ondas a lo largo de la bañera.

    —Creí que la habías reconocido.
    —Pues yo pensé que tú la habías reconocido.
    —Pero parecías tan sorprendido...
    —Claro que estaba sorprendido. ¿De qué iba toda esa historia de que ella venía a jugar a esta casa? ¿Con quién? ¿Con Vlad?
    —Entonces ¿por qué te prestaste a enseñarle la casa?
    —Porque por tu cara cualquiera hubiera dicho que estabas a punto de echarla a la calle de una patada.
    —¿Tanto se notaba?
    —Además, tenía que entrar de todos modos.
    —La verdad es que su presencia me ha incomodado mucho. No paraba de hablar de Doc Martens y pantalones con goma abajo.
    —¿El qué?
    —No importa.

    David le tendió una mano a Ivy y la ayudó a ponerse en pie. Mientras colocaba los pies sobre la alfombrilla, ésta vio con el rabillo del ojo su reflejo en el espejo empañado. Tan sólo unos meses atrás su cuerpo había sido como el de un corredor esbelto: largas extremidades, unos abdominales fibrados y piernas sólidas.

    Ahora se había convertido en una gominola gigante. No se trataba sólo de su prodigioso abdomen, con aquella raya oscura que descendía desde su ombligo hacia su pubis, no, también estaban esos pechos —¿de dónde demonios habían salido?— que desbordaban con creces su talla A habitual.

    Se los observó en el espejo. Maravillas de la naturaleza. Qué lástima que fueran tan sensibles y dolieran; les quitaba toda la gracia. Se los presionó con las manos por los lados, dibujando un canalillo espléndido. ¡Quién le iba a decir que un día tendría uno así!

    Ivy se secó mientras pensaba que ojalá se hubiera comprado toallas de tamaño gigante en lugar de elegir una simple extragrande. La toalla se quedó enganchada en su colgante.

    —Mierda.

    Intentó desprenderla pero no lo consiguió.

    —Para. Déjame a mí —le pidió David. Sus dedos le hicieron cosquillas en la nuca mientras se peleaba con la toalla—. Vaya, parece que el cierre se ha torcido. —Dejó la cadena y el amuleto en forma de mano sobre el mármol del baño—. Lo dejo aquí. Luego te lo arreglo.

    En la habitación había un poco de corriente. Ivy se estremeció y se envolvió en el albornoz. Salió del baño y atravesó la habitación a oscuras. Aquel espacio grande y tenebroso, con su techo catedralicio, hacía que el sofá cama en el que habían dormido en su primer apartamento y el escritorio de madera de arce y la lámpara de pie que Ivy tenía desde pequeña parecieran mobiliario para enanos.

    Sintió bajo sus pies la humedad y la suavidad del linóleo moteado de verde. Melinda tenía razón: era la superficie perfecta para jugar a las tabas.

    A medio camino de la escalera iluminada Ivy sintió un dolor punzante en la planta del pie.

    —¡Ay!

    Volvió a poner el pie en el suelo con mucho cuidado y sintió de nuevo el dolor. Se acercó a la pata coja hasta la pared y se apoyó en ella. Cuando pasó suavemente los dedos por la planta del pie notó algo afilado que sobresalía.

    —¿Qué ocurre? —preguntó David.

    Ivy intentó coger la astilla haciendo pinza con los dedos y sacársela.

    —¡Ay! Maldita sea, se me ha clavado algo en el pie.

    Ivy trató de mirar qué era, pero alcanzar con la vista la planta de sus pies se había convertido en un asunto peliagudo. Además, estaba demasiado oscuro para ver nada.

    —Deja de intentar arrancártelo. ¿Quieres que se te clave aún más? Quédate ahí. Voy a buscar algo para sacártelo.

    Con el pecho descubierto y la toalla anudada alrededor de la cintura, David dejó un rastro de huellas húmedas al cruzar la habitación y empezar a bajar las escaleras.

    —En mi cómoda hay unas pinzas —le gritó Ivy—. Aunque tal vez estén en el neceser, al fondo del lavabo. —Ivy sólo alcanzó a oír un gruñido de la respuesta de David—. Y trae también el alcohol. Creo que está debajo del fregadero, en la cocina. O...

    ¿Cuándo había usado el alcohol por última vez? No lo recordaba.

    Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo. El dolor del pie era insoportable. Más que oírlo, sentía un sonido de carrerillas al otro lado de la pared, en la parte de la buhardilla que no estaba terminada. Lo atribuyó a las ratas que probablemente se estarían preguntando adónde habían ido a parar todos los muebles antiguos y la fruta decorativa. Tendría que pedirle a David que pusiera más trampas. Por suerte, las cosas del bebé estaban en la habitación de invitados.

    La lluvia había amainado. Oyó el ruido del agua al escurrirse por el desagüe mientras David bajaba pesadamente las escaleras. Ivy dobló las piernas y se abrazó las rodillas.

    —¿Me oyes?

    La voz de David llegaba desde el hueco del pequeño montacargas, a unos dos metros. Su risita escalofriante se oyó amplificada.

    Era increíble lo bien que se propagaba el sonido por el hueco del ascensor.

    Ivy se irguió y alzó el panel deslizante que cubría la apertura. En la oscuridad, lo único que alcanzó a ver fue el cable metálico que se extendía hacia arriba y hacia abajo por el hueco, inmóvil, mientras el montacargas permanecía en el fondo, a la altura del sótano.

    —Alto y claro —contestó Ivy.
    —¿No te parece increíble la tecnología?
    —¿Puedes dejar esa clase de jueguecitos por un momento? Esto duele.
    —¿Se te ocurre algún otro sitio donde puedas haber dejado el alcohol?
    —Mira en el baño de abajo. Quizás está en el botiquín. O debajo de la pica. Si no lo encuentras, creo que en algún sitio hay una botella de agua oxigenada.

    Los paneles del montacargas funcionaban como una de esas antiguas ventanas de guillotina; Ivy se había encargado de restaurarlos en su mayor parte. Poco después había encontrado en un mercadillo unos originales apliques de cromo para colocar en el techo.

    —Es muy retro-chic —había exclamado Jody al verlos.

    Harta de pedirle a David que los instalara, Ivy se había agenciado un libro de bricolaje de la biblioteca y los había colocado ella misma. Se había sentido muy orgullosa de sí misma el día que le dio al interruptor de la cocina y las luces se encendieron. Sin plomos fundidos ni olor a chamusquina.

    —¡Bingo! —La voz de David apenas se oía. Hubo una pausa—. Aguanta un poco. —Ahora se oía mejor—. Ya llega la caballería.

    Ivy escuchó sus pasos en las escaleras y luego vio crecer su sombra en la franja de luz del vestíbulo que se reflejaba sobre el suelo de linóleo. Luego apareció él, con una linterna sujeta bajo la barbilla y su rostro transformado en una máscara kabuki.

    —Soooy Vlad y he venido a chuparte la sangre...

    Contra su voluntad, Ivy sintió la adrenalina correr por sus venas y que el corazón empezaba a bombear más rápido.

    —¿Podrías dejar de hacer el tonto y sacarme lo que sea que se me ha clavado en el pie?
    —¿La señora quiere jugar a los médicos? Eso también sé hacerlo. —David se sentó junto a ella y enfocó el haz de luz hacia la planta de su pie—. Bien, Elástica, demuestra que sirves para algo.

    Le pasó la linterna a Ivy y se sacó las pinzas del bolsillo. Ella contuvo el aliento.

    —Ajá; ya lo veo. Muévete un poco hacia allí. —Señaló con la barbilla y luego se encorvó sobre ella—. Ahora estate quieta.

    Con un movimiento veloz y seguro, David colocó las pinzas sobre la astilla, las cerró y tiró con firmeza.

    Ivy notó un pinchazo, un dolor punzante. Se inclinó para verse la planta del pie. La linterna iluminaba un carbúnculo rojo y brillante de sangre. Ivy lo rozó con el borde del albornoz y la sangre empapó el tejido de la toalla. Secó un poco más de sangre y luego presionó la herida con la tela para contener la hemorragia.

    —Y aquí —dijo David con las pinzas en alto— tenemos al culpable.

    La esquirla de cristal de un centímetro, color verde lima, brilló bajo la luz del foco.


    Capítulo 3


    —Si ni siquiera ha llegado el periódico del domingo —gruñó David a la mañana siguiente, mientras arrastraba a golpes el aspirador hasta el altillo, con el tubo enrollado alrededor del cuello como una lánguida boa constrictor. Aún iba en pijama—. Dios, y el sol ni siquiera ha alcanzado el penol, aunque no tenga ni idea de lo que es eso. Por cierto, ¿te he comentado que te estás volviendo un poco loca?

    —Eso dice Jody. —Ivy le siguió hasta el ático; al andar, trataba de no apoyar el peso sobre la parte herida de su pie—. Y estoy segura de que dentro de unas semanas pasar el aspirador será la última cosa que se me ocurra hacer.
    —Pero por ahora has decidido lamer el suelo. —David no estaba tan dormido como para dejar pasar la oportunidad de hacer un espantoso juego de palabras—. Y además, me obligas a mí a hacer lo mismo.

    David dejó el aspirador en lo alto de las escaleras y le dirigió a Ivy un saludo cansado. Aún tenía la cara llena de arrugas de las sábanas, y un montón de remolinos coronaba su pelo.

    —Anda, vuelve a la cama, guapo —le dijo Ivy.

    Enchufó el aparato en la toma del rellano, lo arrastró hasta la parte inacabada del ático y encendió la luz. El suelo era áspero y en el techo se veían las vigas desnudas. Había cinta aislante rosa pegada entre los montantes de la pared y las traviesas del techo.

    Dos días antes ese espacio estaba lleno de lo que en su tiempo habían sido las pertenencias de otras personas. Ahora sólo quedaba una caja de libros.

    Encendió el aspirador con el pie y la máquina se puso en funcionamiento con un rugido. Había una pizca de satisfación en el modo en que las telarañas se abalanzaban sobre la boca del aspirador, algo zen en el crujido del polvo en su camino al olvido. El esporádico pinchazo y el dolor del pie le recordaban la esquirla de cristal que se le había clavado. Mientras aspiraba en las esquinas de la habitación y luego hacía un rápido zigzag por el centro, se preguntó qué debía de haberse roto.

    Ivy apagó el aparato, apoyó las manos en las caderas y se masajeó la parte baja de la espalda con los pulgares. Luego arrastró el aspirador hacia la parte del ático que ya estaba terminada. Gracias a unas fotos, sabía que en su día aquella habitación había tenido ventanas de guillotina. Ahora, en un ejemplo de reparación burda, las aperturas estaban cubiertas con paneles de fibra prensada por el interior y con tablones por el exterior. Tal vez los anteriores propietarios querían asegurarse de que el joven al que cuidaban allí arriba no se tirara por una ventana. Si algún día Ivy y David tenían dinero a espuertas, restaurarían las antiguas ventanas.

    Ivy encendió de nuevo la máquina con el pie. A pesar de las ventanas tapiadas, rayos de luz penetraban a través de un tragaluz con arcos abierto en el tejado inclinado. Mientras trabajaba, percibió las abolladuras y las mellas del suelo de linóleo. Como marcas de derrape en una autopista, eran un testimonio del pasado. En una esquina seis marcas profundas, probablemente de una cama, formaban un rectángulo junto a la pared. Había cuatro hendiduras circulares en el centro de la habitación, ¿de una mesa muy pesada, tal vez? Tuvo una visión de una mesa de billar de caoba, con flecos verdes colgando por los lados, colocada en un sitio de honor en medio de la estancia, aunque no tenía ni idea de cómo podía alguien haberla subido por las escaleras.

    Al terminar, respiró hondo y expulsó el aire lentamente. «Respirar para limpiarse.» Eso es lo que Sarah, su instructora de las clases preparto, les había dicho que hicieran después de haber terminado con los ejercicios respiratorios para la transición, el aterrador período de contracciones intensas entre el inicio del parto y el momento de empujar.

    «Cada parto es distinto», decía la sabiduría popular. Se preguntó cómo sería el suyo. ¿Corto o largo? ¿Tendría dolores agudos, como los que había sufrido durante los abortos? ¿O sólo sentiría «incomodidad», la benigna palabra preferida por Sarah? ¿Le serían de ayuda los ejercicios que habían practicado? Ivy no tenía ningún problema en pedir medicamentos para paliar el dolor, pero prefería pasar sin ellos si eso significaba que el bebé llegara incluso un poco más sano.

    Qué habría sentido su madre...

    Ivy cortó ese pensamiento de cuajo. Pensar que si su madre estuviera viva podía ser algo más que un problema constituiría un síntoma inequívoco de demencia.

    Ivy tenía diez años cuando su madre empezó a ir de mal en peor. Fue entonces cuando le diagnosticaron a su padre un cáncer de páncreas, lo que hizo que la gente apartara la mirada. El 96% de las personas que lo sufrían fallecían en el plazo de cinco años. Su padre sucumbió en seis meses.

    Ivy se daba cuenta ahora, y en su momento también un poco, de que para su madre emborracharse era un método para tumbarse a sí misma. Pero lo que había empezado como un mecanismo para afrontar el golpe se convirtió en un estilo de vida, y su madre no pasó más de una semana o dos sin beber hasta que, una década más tarde, su coche se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol. Ivy tenía veintiún años cuando recibió la llamada, en el semestre de otoño de su penúltimo año en la Universidad de Massachusetts.

    Unos cuantos años antes de eso, su madre y ella se habían ido a vivir con la abuela Fay. «Sólo temporalmente», le había asegurado su madre. Pero para entonces Ivy había dejado ya de creer que alguna vez se mudarían de nuevo a la preciosa casa victoriana que recordaba de su infancia, o a la vivienda tipo rancho a la que se mudaron tras la muerte de su padre, o al apartamento en el que habían vivido después de eso, o a los bajos del edificio de tres pisos de donde habían sido desalojadas por el propietario que esperaba que le pagaran.

    Ivy había permanecido en la UCI con su abuela viendo como su madre se apagaba. Aún podía oler el antiséptico dulzón, oír los zumbidos y siseos, los pitidos y ruidos varios del equipo diseñado para mantener con vida a las personas que intentaban morir.

    «Acepta que no tienes poder sobre el alcohólico»: éste era el consejo del primer paso de Alcohólicos Anónimos que Ivy se había susurrado a sí misma. Y luego el corolario: «Sólo porque sea tu madre no significa que te vayas a convertir en alguien como ella».

    Durante días que se convirtieron en semanas esperaron a que la dificultosa respiración de su madre se extinguiera. Había sido como esperar que los ceros hicieran cola en un cuentakilómetros. Ivy tenía miedo de apartar la mirada.

    Y entonces, de pronto, todo terminó. Su madre estaba muerta. No más llamadas desquiciantes en plena noche. No más vacaciones arruinadas seguidas de disculpas lacrimógenas que Ivy sabía que eran sinceras y de promesas que, una y otra vez, se obligaba a creer.

    El bebé se movió y presionó con lo que debía de ser su pie las costillas de Ivy, lo que la devolvió al presente. Esperaba que la niña que llevaba en su seno no sintiera la misma sensación de vacío hacia ella que Ivy había sentido por su madre. Porque cuando su madre murió, eso fue todo lo que sintió. Con su mejor intención, sus amigas le habían dicho que las lágrimas llegarían, pero no había sido así.

    Ivy podía ver a su abuela sacudiendo su huesudo dedo. «Céntrate en lo que puedes controlar y desentiéndete de lo que no puedas.» Seguramente, toda esa locura de la limpieza tenía que ver con eso. Porque por lo general Ivy era, siendo optimista, un ama de casa distraída, inmune al desorden y capaz de dejar pilas de platos abarrotando la pica. Aunque cuando se animaba —guardó el tubo del aspirador debajo de la mesa—, era capaz de enfrentarse a las bolas de polvo como una campeona. Una Martha Stewart más.

    Cuando hubo terminado, echó un vistazo a la habitación. Aparte de no poder agacharse para aspirar los bordes —lo que habría justificado la llamada de David al hombre de la bata blanca—, lo había hecho lo mejor que había podido.

    Estornudó y, un segundo después, el bebé volvió a dar una patadita. ¡Tachán! A veces se sentía como si representara el papel del payaso tonto en una función de circo.

    Después, tal vez por la tarde, se ocuparía del sótano.

    ¿Y luego qué? Ivy cerró los ojos para reprimir una oleada de pánico. Su baja por maternidad empezaba oficialmente ese día. Como símbolo de desconexión, al llegar a casa el viernes ni siquiera se había preocupado de sacar el ordenador portátil del coche. Su PalmPilot lo decía todo: pese a que normalmente la lista de recados era muy extensa, ahora sólo había visitas con el doctor, una fiesta en Rose Gardens el martes por la tarde en la que le darían los regalos para el bebé y una cita para comer con Jody la semana siguiente. Punto.

    Tampoco es que fuera a echar de menos levantarse cada mañana a las seis y pelearse para llegar a Cambridge. Ni que sus colegas no fueran perfectamente capaces de actualizar la página web y emitir comunicados de prensa sin ella durante las próximas ocho semanas en Mordant Technologies, una de las escasas supervivientes de las empresas punto.com.

    Volvió a estornudar, se secó las manos en los tejanos y bajó al dormitorio principal. Empujó la puerta y el aire cálido se escapó del cuarto, lo que le permitió aspirar el olor a almizcle de David. Su cabeza apenas era visible bajo el edredón.

    «Dale un respiro», pensó Ivy. Cuando la niña naciera, rara sería la mañana en que pudieran dormir.

    Dejó la puerta ajustada y bajó al piso inferior. Al pie de la escalera, una escultura de bronce de una mujer de unos treinta centímetros descansaba sobre el elaborado balaustre. La gorra de David, con manchas de sudor y el logo de Rose Gardens, colgaba del brazo alzado de la estatua. Ivy pasó el dedo por una ranura llena de polvo del liviano vestido de la figura. Hacía tiempo que tenía ganas de sacar a Bessie, así la llamaba David, de su soporte y lavarla a fondo. Tal vez más tarde.

    Continuó hacia la cocina, donde bebió leche a grandes tragos directamente del envase. Qué increíble que el cuerpo humano pidiera justo lo que necesitaba. Agarró un puñado de frutos secos salados. ¿Qué vitamina o mineral esencial había en los anacardos que los convertía en el chocolate del año, mientras que las barras de chocolate muy amargo, que era su favorito, le daban arcadas?

    La pancarta verde y blanca que había traído Theo descansaba apoyada contra uno de los armarios bajos de la cocina. «SPYRIDIS SENADOR», rezaba. En la esquina superior se podía ver una foto de la cara de Theo, que transmitía gravedad y una lúgubre determinación. Theo intentando no parecer el redomado egoísta que era. Theo, vaciado de su individualidad y privado de sus mejores y peores rasgos. Incluso se había cortado la coleta a fin de prepararse para la campaña al Senado.

    —¿Dónde encontraste al doble para la foto? —le había preguntado Ivy.
    —¿No lo sabías? Tengo un gemelo malvado —respondió Theo con un guiño y una sonrisa.

    Ivy cogió el cartel y lo llevó hasta la puerta principal; luego salió al porche. El día estaba despejado y el aire, tan cristalino como sólo puede estarlo en otoño en Nueva Inglaterra.

    Plantó el cartel en el suelo, se protegió los ojos y miró hacia la casa. Monumental, sin duda. La primera vez que el comercial se la enseñó, nada excepto los elementos había tocado la fachada, durante tanto tiempo que parecía rociada por un chorro de arena. La pintura fresca —tres capas de pintura— había hecho maravillas. Malva chelsea en las ventanas, amarillo seda para una banda de tejas entre el primer y el segundo pisos, verde humo para el enrejado de debajo del porche y en lo alto del tejado, sobre el magnífico tragaluz con arcos que se asomaba al mundo como un ojo caritativo.

    Con el interior había sido diferente. Tal como prometía el anuncio del periódico, su estado era inmaculado. Eso se debía a que décadas antes el anterior propietario, el señor Vlaskovic, como si fuera un topo alérgico a la luz, se había retirado a la cocina. Allí había instalado un catre y una estufa de leña, y se las había apañado con una sola bombilla. Cortó el agua y la electricidad del resto de la casa. La factura anual de la luz de la enorme casa había ascendido a unos irrisorios 96,31 dólares el año antes de que el inmueble se pusiera a la venta. La factura del agua era aún más baja.

    Tres años atrás Ivy y David se habían mudado allí sin tener ni la más remota idea del coste que suponía caldear la casa. Ni siquiera les permitieron tirar de la cadena en los baños del piso superior o probar los radiadores de hierro fundido antes de firmar el contrato. Entregar el pago inicial, que había acabado con todos sus ahorros, constituyó un acto de fe.

    Ivy cogió el periódico del césped y regresó al porche. Arrastró la mecedora hasta un lugar donde daba el sol y bajó poco a poco hasta quedar sentada. Cerró los ojos y se apoyó. Tenía el interior de los párpados enrojecido, y sus músculos se relajaron y estiraron bajo el calor del sol.

    Aunque vivían en un barrio animado, los domingos por la mañana ni siquiera el ocasional estruendo de un coche al pasar podía competir con la cacofonía de los pájaros. Un silbido de ida y otro de vuelta por parte de una pareja de cardinales. El estridente graznido de un cuervo. Los carboneros trinaban en un jardín vecino, y de muy lejos llegaba el timbre de una urraca azul.

    Ivy abrió los ojos. Los pájaros sobrevolaban las flores blancas del hibisco que David había plantado enfrente del porche. Había desenterrado unos tejos desproporcionados y los había sustituido por aquellas plantas, obtenidas a partir de unos esquejes recogidos años antes de unos ejemplares que, para su asombro, había descubierto que crecían en estado salvaje en el lecho de un arroyo en New Hampshire.

    Al otro lado de la calle una mujer empujaba un cochecito doble con sendos bebés, parecidos a muñequitos Michelin, embutidos dentro. Ivy la reconoció del mercadillo del jardín. La mujer la saludó con un gesto e Ivy se lo devolvió. En realidad debería levantarse, presentarse y charlar un rato. Aparte de la anciana señora Bindel, que vivía en la casa de al lado, no conocía a ningún otro vecino.

    Entonces, ¿por qué abría el periódico y se escondía detrás?

    Una vez que Cachorrito hubiera nacido y le hubieran puesto nombre y ella anduviera también por la calle empujando su propio cochecito, intentó razonar, tendría un montón de tiempo para conocer a todas las madres desocupadas del barrio. Pero ahora su centro de gravedad radicaba aún en el mundo laboral, con amigos ocupados y sentados a sus escritorios durante toda la semana, amigos a los que había rogado que no la llamaran para preguntarle si el niño había nacido ya. Ivy le había dejado muy claro a todo el mundo que «ya» no era una palabra que se pudiera pronunciar en su presencia. David y ella enviarían un correo electrónico tan pronto como la nueva Rose llegara al mundo.

    Acababa de empezar a leer cuando oyó un extraño ruido: scrich, scrich, scrich-scrich. Luego una pausa. El mismo sonido otra vez, y otra pausa.

    En la casa vecina, la señora Bindel apareció en su campo de visión. Estaba encorvada y con gran esfuerzo arrastraba a tirones un baúl de mimbre por el camino de entrada. Alrededor de sus tobillos revoloteaba Phoebe, un perro de raza indeterminada con cuerpo de salchicha gorda, patas escuálidas y los carrillos negros como un bullmastiff. El animal tenía el morro salpicado de pelos blancos y su piel era marrón y estaba raída en algunos sitios, como una mascota de peluche muy usada.

    Ivy bajó el periódico.

    —Buenos días —saludó—. ¿Necesita ayuda con eso?

    Se levantó sin esperar respuesta. La perra se apartó a un lado y empezó su rutina de gruñidos y resoplidos mientras Ivy atravesaba el césped y avanzaba por el camino de entrada de la casa vecina. Phoebe cojeaba, era corta de vista y, por lo general, tranquila, pero aquellas mandíbulas estaban diseñadas para triturar huesos. Ivy tendría que ir con cuidado cuando su hija, si Dios lo quería, llegara a la etapa de estirar de las orejas a los animales.

    —¿Qué hay, monstruito? —Ivy se inclinó hacia delante y alargó una mano, presta a retirarla si Phoebe se abalanzaba sobre ella en lugar de babear—. ¿Te acuerdas de mí?

    Phoebe olisqueó la mano de Ivy y empezó a remover alegre su rechoncha cola. La única virtud de la perra era que no se dedicaba a olisquear la entrepierna de Ivy. Tal vez después de cierta edad los perros ya no necesitan rascarse ese picor en particular.

    —Usted... me dio... la idea —dijo la señora Bindel entre tirón y tirón; tenía el moño plateado ligeramente torcido.

    Phoebe observaba de reojo, como si la controlara, mientras Ivy empujaba el cesto por detrás y la señora Bindel estiraba por delante. Forcejearon con el baúl hasta la calle, dejando unas marcas blancas en el asfalto del camino de entrada.

    La señora Bindel se llevó la mano al pecho.

    —No... sé... por qué —jadeó con la cara roja por el esfuerzo— no me he deshecho antes... de todas estas cosas. —Se sacó un pañuelo de papel de la manga del jersey—. ¿Dónde están los hombres cuando los necesitas?
    —Durmiendo —respondió Ivy—. Pero estoy segura de que David estará encantado de venir después y ayudar si tiene más trastos que tirar.
    —No, gracias. —La señora Bindel se sacó las gafas, las limpió con el pañuelo y se dio un golpecito en la frente—. ¡Por fin! Éste era el último.

    Phoebe olfateó las cajas de cartón que permanecían alineadas en una fila ordenada en la franja de césped que quedaba entre la acera y la calle, enfrente de la casa de la señora Bindel. De una de las cajas sobresalía el mango de una sartén; otra rebosaba de trozos de tubería y de sus accesorios de porcelana blanca. Había una llena de cajitas de plástico de charcutería metidas unas dentro de otras con sumo cuidado; había tantas que parecía que la señora Bindel las hubiera acumulado durante toda su vida.

    Ninguna de las cajas resultaba tan intrigante como el baúl de mimbre, con la parte de atrás sesgada como si hubiera sido diseñado para encajar en el hueco de un barco. Un par de bisagras metálicas unían la tapa con la base por un lado; por el otro, había un pasador también metálico con un candado.

    Ivy se inclinó un poco más para leer un rótulo amarillo desgastado, una etiqueta de viaje escrita a mano con caracteres cirílicos y atada al pasador.

    —Parece muy viejo —comentó.
    —Ya era viejo cuando el padre de Paul nos pidió que se lo guardáramos en el garaje, y de eso hace unos cuantos años.

    ¿Paul? Ivy tardó un instante en darse cuenta de que la señora Bindel se refería a Paul Vlaskovic, el anterior propietario de su casa.

    Aquello resultaba extraño. Su enorme mansión victoriana disponía de mucho más espacio para guardar cosas que la modesta finca de la señora Bindel, con sus ventanas nuevas con revestimiento de vinilo azul pálido que limpiaba con una manguera cada primavera y cada otoño.

    —¿No se lo reclamó el señor Vlaskovic al mudarse? —quiso saber Ivy.
    —No. Y ahora ya es demasiado tarde. —Muy serena, la señora Bindel cogió un pequeño cartel hecho con cartón y un palo y lo colocó sobre el césped, apoyado sobre el baúl de mimbre. «Gratis. Sírvase usted mismo», rezaba—. Este baúl debió de venir del viejo país con el padre de Paul, allá por los años veinte.

    La familia materna de Ivy también había emigrado desde Rusia a principios de siglo. Ivy había grabado la voz de su abuela mientras ésta narraba las dificultades del viaje y hablaba de sus cinco baúles, incluido uno lleno de biscotes, porque sabía que no encontrarían nada kosher para comer en el barco. Al final llegaron sólo con lo puesto: para cuando alcanzaron Ellis Island, la bisabuela había tenido que vender los baúles y todo su contenido a cambio de agua. Una semana más y habrían muerto de hambre, como les sucedió a otros.

    Ivy había escuchado aquella cinta una y otra vez, y casi podía oír la voz de la abuela Fay explicando cómo unos hombres con uniforme oscuro y gorra los habían empujado para que subieran la rampa y entraran en el gran edificio. «Pero mi madre se quedó allí mirando cómo descargaban nuestros baúles del barco. Ya no nos pertenecían, y era absurdo quedarnos ahí de pie con el frío que hacía. "Vamos", le supliqué. Y los hombres le fruncían el ceño, y a nosotros nos reprendían y nos gritaban palabras que yo no entendía.»

    ¿Contendría el arcón de mimbre manteles de encaje y ropa de cama bordada a mano, igual que los baúles que su bisabuela había vendido para salvar a su familia? Cuando ésta se lamentó de todo lo que había perdido, su bisabuelo la regañó: «No te preocupes por esos viejos schmattes. Esto es América. Aquí podemos conseguirlo todo nuevo».

    —¿Qué hay dentro? —le preguntó Ivy a la señora Bindel.
    —No lo sé. El candado está cerrado.

    Curioso razonamiento: la señora Bindel podía tirar el baúl pero no forzar la cerradura. No debía de ser muy difícil. Las piezas estaban oxidadas y no parecían muy resistentes.

    —¿Ni siquiera siente un poco de curiosidad?
    —¿Lo quieres? —preguntó la señora Bindel en tono esperanzado y ascendente.
    —Bueno, supongo que... —«¿Qué te pasa, estás loca?», sonó una voz acusadora en la cabeza de Ivy; «¿acabas de deshacerte de todos los trastos viejos del señor Vlakovic y ahora consigues más?»—. Yo sólo quería...
    —¡Perfecto! —La señora Bindel sonrió y aplaudió con las manos—. Te lo quedas todo.

    Antes de que Ivy alcanzara a protestar, la señora Bindel sacó el cartel y lo echó dentro de una de las cajas. Luego dio media vuelta y se dirigió a su casa.

    —¡Hecho! —dijo mientras señalaba el cielo con un dedo.


    Capítulo 4


    —Me quedaré con los trozos de tubería y los botes vacíos de pintura; nunca se sabe cuándo puedes volver a necesitarlos —dijo David más tarde esa misma mañana, mientras metía la parte delantera de sus botas de trabajo en una de las cajas que ahora se acumulaban enfrente de su casa—. Pero ¿serías tan amable de recordarme para qué necesitamos una sartén quemada?

    —Quemada y abollada —puntualizó Ivy—. Quería saber lo que había dentro del baúl, y ella me ha obligado a llevármelo todo.
    —¿Te ha obligado? Esa mujer es una dura negociadora.

    Se inclinó sobre el baúl y olisqueó.

    —Lo sé; apesta. Lleva décadas guardado en el garaje de la señora Bindel. Dios sabe la de bichos que debe de haber ahí dentro. Era de los Vlaskovic.

    David observó el arcón con interés renovado.

    —Así que era de Vlad. ¿Es una de sus cajas de tierra?
    —Era de su padre. Además, no pesa tanto —respondió Ivy. Empezaban a cansarle los chistes de vampiros—. ¿Crees que conseguirás abrirlo?

    David cogió una palanca de la caja de herramientas que guardaba en su camioneta y tardó sólo unos segundos en hacer saltar las bisagras.

    —¡Tachán! —exclamó con un movimiento dramático de la mano mientras levantaba la tapa.

    El mimbre crujió y una vaharada a moho se elevó desde el baúl. Ivy se tapó la nariz con la mano, miró en el interior y un temblor de excitación la recorrió: estaba lleno hasta los topes.

    —¡Oh! —exclamó mientras cogía una chaquetita de niño de algodón que una vez había sido blanca, con bordados de picot en los bordes y una tira estrecha de satén en el cuello. A su lado había un vestidito con unas tablillas minúsculas en el pecho y detalles de puntilla en las mangas y el dobladillo, con un gorrito a juego—. ¿No te parecen preciosos?

    Ivy sacó el vestido. La tela parecía rígida y frágil. Al cogerlo cayó al suelo un mechón de cabello negro muy fino atado con una cinta azul celeste. Pelo de bebé. Seguro que quienquiera que hubiera llenado aquel baúl y colocado el mechón con tanto esmero en medio de la ropa de bebé no esperaba que acabara manoseado por unos vecinos anónimos.

    Debajo de una pila de ropa de niño había un vestido de mujer blanco confeccionado con un tejido muy fino. Era de cuello alto, con delicados volantes que cruzaban el hombro y la parte delantera. ¿Un vestido de boda? Qué lástima que estuviera cubierto de manchas de té.

    Ivy escarbó entre lo que quedaba en el arcón. Había más vestidos de mujer, uno de lana azul marino con el cuello redondo y pequeños botones de perla. Ivy lo sacó. No tenía cintura, sólo un lazo que se ataba en la espalda. La tela estaba llena de agujeros de polilla.

    —¿Qué crees que...? —empezó a preguntar David mientras sacaba lo que parecía una pieza tosca de loneta blanca.

    Le dio la vuelta y vio que se trataba de una camisa con las mangas al bies cosidas por los puños. Al final de una de las mangas había cosida una gruesa correa de cuero, y al final de la otra, una hebilla metálica de apariencia sólida.

    En lugar de botones para abrochar la parte delantera (¿o era la espalda?), había correas más pequeñas y más hebillas metálicas. Ivy se sobresaltó al darse cuenta de que era una camisa de fuerza.

    —Tal vez —dijo David— la historia del hijo loco encerrado en la buhardilla sea cierta.

    La parte frontal estaba cubierta de manchas, algunas marrón oscuro y otras amarillas. Ivy apartó la mirada, como si aquello fuera obsceno. Demasiado íntimo para ser mostrado en público.

    —Guárdala —le pidió a David.
    —Espera un momento —replicó él—. Esto también parece interesante.

    Le pasó a Ivy un paquete envuelto con encaje crudo que pesaba bastante. Al levantar la mohosa tela, Ivy descubrió un deslustrado cepillo de plata, y luego un espejo de mano a conjunto y un bote de cristal esmerilado que cabía en la palma de su mano. La tapa de plata tenía un agujero en el centro.

    Ivy abrió el bote. ¿Qué era lo que había enrollado dentro? ¿Hilo guardado por un ama de casa ahorradora? Lo tocó. No era hilo: era pelo.

    El último artículo del fardo era una libreta. Al abrirla, a Ivy le cayeron en las manos trozos de la tapa de cuero negro repujado. Hojeó las páginas pautadas, repletas de entradas datadas y escritas a mano. Entre las hojas encontró un trozo de papel grueso doblado y, al abrirlo, vio que se trataba de una fotografía en sepia.

    En uno de los lados se veía a una mujer joven con una cara alargada e inexpresiva y sombras alrededor de los ojos. Llevaba un vestido negro de cuello blanco, el vestido del baúl. Sus dedos, con aspecto de patas de araña, parecían flotar por encima del impasible hombro de un hombre con expresión severa y un mostacho poblado que se sentaba frente a ella. Éste vestía un traje oscuro y tenía uno de sus brazos suspendido en un gesto rígido alrededor de un niño de ojos brillantes. El chico no debía de tener más de cinco años, pero permanecía sentado sobre la rodilla de su padre con aire sombrío y la espalda tan recta como un adulto, vestido con pantalones cortos, chaqueta y corbata.

    La fotografía se rompió por el pliegue e Ivy se quedó contemplando sólo a la mujer. Mientras observaba el vacío que traslucía su mirada, la embargó una sensación de inmensa tristeza.


    —Estoy segura de que los Vlaskovic no habrían querido tirar esto —dijo Ivy junto a la pica de la cocina esa misma noche, mientras esperaba que el agua se calentara para poder pulir las piezas de plata deslustradas—. Me parece un error que nos lo quedemos.

    David gruñó. Estaba sentado a la mesa con un diccionario e intentaba resolver un crucigrama. Mejorar su vocabulario era el último objetivo que se había propuesto, debido a un incisivo comentario de la encargada de Rose Gardens, Lilian Bailiss, que le había dicho que buscara en el diccionario la definición de «filisteo».

    Ivy bostezó. Aún no habían dado las nueve y media: era demasiado pronto incluso para que ella se acostase.

    —Creo que tenemos la dirección del señor Vlaskovic en alguna parte. Le llamaré y le preguntaré si quiere que se lo devolvamos.

    Aunque no tenía ninguna relación personal con él, Ivy había guardado también la libreta, la fotografía y el mechón de pelo del arcón. Era curioso lo que uno podía hacer y lo que no. Ivy había empaquetado y regalado las cosas de la abuela Fay sin pestañear, su billetera y su bisutería. De entre todas sus pertenencias, lo único de lo que no había podido deshacerse eran sus gafas de leer y una pelota hecha con gomas de plástico.

    Ivy sacó un bote de pulidor de debajo de la pica de la cocina. Antes de empezar a trabajar, echó un vistazo a través de las ventanas. Al principio sólo pudo ver su propio reflejo: sus mejillas lucían lozanas, y aquella novedad que había traído consigo el embarazo hacía ahora que su nariz ya no le pareciera un signo de exclamación estampado en el centro de su cara.

    Enfocó la mirada hasta que divisó el arcón. David y ella lo habían dejado, con el contenido restante, en la acera donde los miércoles se efectuaba la recogida de basura. Aún estaba ahí afuera, desamparado y esperanzado bajo el brillo moteado de la luz de las farolas.

    David se había hecho con el cartel en el que la señora Bindel anunciaba que era todo gratis. Por lo visto a muchas personas aquello les había parecido irresistible: durante toda la tarde y hasta el anochecer una caravana virtual de recogedores de basura se había detenido a echar un vistazo. Una joven rubia, cuyo aspecto le recordó a Ivy el de Britney Spears en uno de sus días buenos, se había quedado con el vestido blanco. La mujer que había estado en su mercadillo en el jardín y a la que Ivy había visto aquella mañana empujando el carrito con sus dos niños por la calle se había llevado la ropa de bebé. Al caer la noche, Ivy había visto a un hombre alto y delgado escarbando entre los restos de la mercancía. Más tarde advirtió que la caja de piezas para tuberías había desaparecido. En un momento dado incluso la propia señora Bindel salió a mirar en el arcón. Ivy se preguntó si se arrepentiría de habérselo dado. Era una lástima que la parte inferior estuviera tan estropeada, si no, alguien habría podido llevárselo para restaurarlo.

    Ivy pasó agua caliente por el dorso del cepillo de plata.

    —Repujado —comentó.

    Consideraba que aquélla era una palabra adorable y voluptuosa, perfecta para describir el recargado y bien definido diseño de flores y colibríes.

    —Tumefacción de la piel. Seis letras. —David levantó el dedo índice e hizo un gesto en el aire—. Ahora, silencio. Estoy intentando concentrarme.

    Ivy cogió los pelos de entre las cerdas del cepillo.

    —¿Sabes el bote de cristal con la tapa de plata? —preguntó Ivy mientras metía las hebras de pelo castaño claro por el agujero de la tapa—. Es un guardapelos. Las mujeres de la época victoriana lo utilizaban para rellenar los alfileteros o hacerse joyas. Hace poco se vendió en eBay uno muy parecido a éste por más de cien dólares.
    —Tendremos que continuar esperando a que nos toque la lotería.

    Ivy secó el exceso de limpiador con un paño húmedo y luego empezó a frotar el dorso del cepillo. El trapo se fue ennegreciendo a medida que la suciedad desaparecía de la superficie repujada.

    —Un juego completo para peinarse tendría un valor mucho mayor —prosiguió ella—. Seguro que había media docena de piezas más, con toda probabilidad un peine, un abotonador, un...

    David cogió el crucigrama y el diccionario y salió de la habitación.

    Ivy cambió el trapo por un viejo cepillo de dientes y se dispuso a acabar con los últimos restos de suciedad del cepillo. Luego cogió el espejo de mano y su cara le devolvió la mirada desde el cristal irregular. Aparte de por sus carrillos de ardilla, seguía pareciéndose a Morticia Addams, con el pelo largo y el flequillo sobre la frente, sobre todo después de un día atareado y agotador.

    Bruñó el reverso del espejo y luego se puso a trabajar en la tapa del guardapelos. Limpió las distintas piezas y las frotó con un paño de cocina. Finalmente las alineó en la encimera y admiró el resultado.

    Entonces se acordó de la pequeña escultura de bronce que descansaba en el balaustre de la escalera. Ahora que estaba por la labor, juzgó conveniente aprovechar para lavarla también, así que fue hacia el recibidor y alzó a Bessie de su podio. Un perno de unos quince centímetros anclado al balaustre era lo único que mantenía la pesada estatua fija en su sitio.

    Mientras trasladaba la figura a la cocina, Ivy recordó la primera vez que David y ella habían traspasado el umbral de su nueva casa y cómo Bessie, con su brazo levantado, parecía darle la bienvenida. Ivy se había sentido abrumada por una sensación de déjà vu: el caserón guardaba un enorme parecido con la modesta casa victoriana donde había vivido con su familia antes de que su padre muriera. Antes de que su madre empezara a beber.

    Colocó la estatua sobre la encimera de la cocina. Había visto suficientes capítulos de Antiques Roadshow para saber que bruñir el bronce era una idea espantosa. Entonces recordó a aquella pobre mujer que había limpiado con Brasso un pie de lámpara Tiffany y que rompió a llorar a mares cuando se enteró de que acababa de cargarse una pátina por valor de diez mil dólares.

    Ivy le estaba pasando un trapo húmedo para limpiar cada recoveco y hendidura llena de polvo cuando oyó un ruido procedente del exterior. Un crujido seco. Un momento después volvió a oírlo. Parecía como si otro cliente se hubiera detenido para ver qué maravillosos artículos podía llevarse gratis.

    Ivy echó un vistazo al reloj. Eran más de las diez. Apagó las luces de la cocina para poder ver el exterior. Más allá del césped y del cartel electoral de Theo, ya en la acera, vio que la tapa del arcón estaba alzada. Cuando ésta bajó un poco, Ivy pudo ver la cabeza y los hombros de alguien. Un coche que circulaba en aquel instante iluminó la figura en sombras. Una mujer.

    La tapa descendió un poco más. Por un instante, Ivy creyó reconocer a la mujer. Pelo largo y moreno. Flequillo. Gafas de sol.

    Si no hubiera sabido que era imposible, habría dicho que se estaba contemplando a sí misma.

    La estatuilla cayó al suelo con gran estrépito; Ivy se llevó la mano a la garganta en busca del collar de su abuela y el amuleto en forma de mano que debía de haber colgado de él. Pero no estaban ahí.


    Capítulo 5


    «Deja de perseguirte la cola y piensa.» Eso era lo que siempre le decía la abuela Fay cuando Ivy iba de un lado para otro de la casa buscando sus deberes o las llaves. «Sea dinero o sean donuts, está donde tú creas que está.»

    Así pues, ¿dónde podía estar? La noche antes se le había enganchado el collar con la toalla de baño. David había roto el cierre al intentar soltarlo y lo había dejado en la pica del baño del tercer piso.

    Pero no estaba ahí. Ni sobre el mármol, ni en la pica ni en el suelo, ni en la basura ni detrás del radiador ni en ningún otro sitio de la habitación.

    ¿Tal vez lo hubiera aspirado sin darse cuenta? Encontró el aspirador, que seguía en el dormitorio de la buhardilla; sacó la bolsa del polvo, la abrió y vació el contenido sobre unos periódicos. Pero cuando se puso a buscar no encontró el colgante.

    Buscó metódicamente por toda la casa, de arriba abajo, cada vez más enfadada consigo misma. Una hora más tarde se encontró a David viendo la tele en el salón. Ivy se apoyó en el marco de la puerta y reprimió un sollozo.

    David la miró con el rabillo del ojo.

    —¿Elástica?

    Aquello era ridículo. Sólo por el hecho de no encontrar el amuleto de su abuela... Ivy se tapó la boca con la mano e hipó de nuevo.

    David se puso en pie de un salto y se acercó a ella.

    —¿Qué ocurre? —Le secó una lágrima de la mejilla—. Vamos, ¿qué te pasa?

    Ella se lo contó.

    —¿Eso es todo? ¿No encuentras el colgante?
    —¡Es tan frustrante! No paro de perder cosas. De ver cosas.
    —¿Qué es lo que has visto?

    Ivy le habló de la mujer de la acera.

    —Pero precisamente era eso lo que queríamos, que la gente se parara y cogiera lo que quisiera, ¿no? —preguntó David.
    —Pero es que era como yo.

    David parpadeó.

    —Por lo que dices, es como si hubieras visto tu propio reflejo...
    —Apagué las luces. Y yo no iba con gafas de sol.
    —¿Ella llevaba gafas de sol?
    —¡Es lo que te acabo de decir!

    David arqueó las cejas.

    —Enséñamelo.

    Ella lo acompañó hasta la cocina a oscuras y los dos permanecieron allí, mirando por la ventana. Fuera, el arcón de mimbre descansaba cerrado sobre la acera.

    —Gafas de sol de esas que se pegan a la cara.
    —Ahí fuera está bastante oscuro.
    —Pasó un coche con los faros encendidos. Sé muy bien lo que vi.

    David se dio la vuelta hasta quedar frente a Ivy.

    —Muy bien. Una mujer con gafas de sol pasa por aquí delante y se para a echar un vistazo al arcón. Quizás incluso se lleva algo. —Le puso las manos sobre los hombros—. ¿Cuál es el problema?

    Ivy suspiró.

    —Es verdad. Tienes razón. Es sólo que... —Hipó un poco—. Y ahora el colgante de la abuela Fay está... —La última palabra se le quedó atravesada en la garganta—. Lo siento. No sé qué me pasa.

    Aunque sí que lo sabía. Había pasado su hora de acostarse y estaba embarazada de nueve meses.

    —¿Has mirado en el...? —empezó David.
    —He mirado en todas partes.

    Las palabras salieron de su boca en un tono alto y quejoso. El embarazo había atacado todas y cada una de sus defensas. David dio un respingo.

    —Eh, seguramente está ahí fuera pegándose una fiesta con mis calcetines desparejados y tus cepillos de dientes perdidos.

    Ivy sacó un pañuelo de papel y se sonó.

    —¿Quieres que te ayude a buscar? —se ofreció David—. Ya sabes lo que dicen de dos pares de ojos.
    —Mejor que ninguno.

    Dejó que David abriera el camino por todos los rincones de la casa que ella ya había comprobado y por otros en los que no había mirado.

    —Te lo he dicho. Ha desaparecido —sentenció ella al ver que seguían sin encontrarlo.

    Él le pasó el brazo por la cintura.

    —La plata no es biodegradable. Te lo aseguro: tiene que estar en alguna parte. Mientras, necesitas a alguien que te meta en la cama y te arrope. Llevas en pie desde que ha amanecido.

    Y suavemente pero con firmeza, la llevó escaleras arriba.


    Demasiado nerviosa para dormir, Ivy se quedó sentada en la cama. Abrió la libreta encuadernada en cuero que había encontrado en el baúl de mimbre. Pasó los dedos por una página seca y quebradiza en la que alguien había escrito con pluma:

    Emilia V. – 23 de mayo de 1922


    Emilia. Era un nombre pasado de moda. La V debía de ser de Vlaskovic. 1922. El período de entreguerras, la época en que la abuela y la bisabuela de Ivy habían abandonado Europa.

    Nuevo diario, nuevo comienzo. Hoy nos hemos mudado a esta preciosa casa en Laurel Street. Ya es más de medianoche pero estoy demasiado excitada para dormir.
    Esta tarde, por primera vez, me he quedado de pie en el porche, mi porche. El prado que hay enfrente está cubierto de arañuelas.


    ¿Al otro lado de la calle había habido un prado? Increíble. Ivy siguió leyendo.

    Mientras observaba al hombre que ha contratado Joseph entrar la mesa que nos han regalado papá y mamá, he notado cómo se movía el bebé. Me habría encantado llamar a mamá y a Matilda, pero mi carta tardará una semana en llegar a Toronto.


    El bebé había sido un niño. Ivy estaba segura, del mismo modo que estaba segura de que Emilia V. era la mujer taciturna y de rostro alargado de la fotografía, y que eran los dedos de Emilia los que habían atado la cinta alrededor del mechón de cabello que había encontrado en la libreta.

    Mientras Ivy leía una página tras otra de entradas señaladas con fecha, llenas de aquella escritura florida, la imagen fantasmal y titilante de una mujer se transformó en otra de carne y hueso, que esperaba el nacimiento de su primer hijo y echaba de menos a la familia que había dejado en Canadá. Ivy no tenía nada parecido a aquel diario para documentar el pasado de su propia familia.

    Al llegar al mes de julio el tono del escrito se volvió duro y malhumorado. Ivy se imaginó a Emilia embarazada, escribiendo en la sala de estar sentada ante un escritorio con la tapa abatible mientras agarraba con fuerza el lápiz, la cara transida de dolor.

    Ivy leyó la entrada del 20 de agosto dos veces.

    Al volver del paseo me he observado detenidamente en mi espejo de cuerpo entero. He visto justo lo que esperaba ver. Mi cara es demasiado estrecha, mi nariz demasiado grande, y mi piel está pálida. Tengo el pelo demasiado corto para que alguien lo describa como una melena espectacular y su color no es ni rubio ni castaño. Mis dedos son rechonchos y embotados en lugar de finos y alargados. Así, no es ninguna sorpresa que Joseph apenas soporte mirarme.


    Pobrecita. Allí estaba, a punto de dar a luz, atrapada en Brush Hills con el despistado de Joseph. Sin clases de Lamaze donde conocer a otras parejas jóvenes. Sin llamadas de amigos ni de la familia. Sin correo electrónico. Sin MySpace.

    «Agradece tus bendiciones», oyó Ivy la voz de su abuela. Aunque embarazada de nueve meses, Ivy tenía el aspecto de una ranchera Bonneville de 1966; David la hacía sentir como lo que la abuela Fay habría denominado un «tomate caliente». Tenía amigos, colegas y un trabajo al que reincorporarse.

    Ivy colocó las manos sobre su abultada barriga. Pronto tendría un bebé. Incluso ella empezaba a creérselo.

    Bostezó y cerró el libro. Luego apagó la luz, se dio la vuelta hacia su lado de la cama y cerró los ojos.

    Una hora después aún seguía despierta, mientras David roncaba levemente a su lado. Por lo visto el olor a moho había infestado sus vías respiratorias. Su mente saltó de la escritura dolorosamente rígida al rostro embrujado que le había devuelto la mirada desde la foto color sepia, y luego a la mujer que había visto a través de la ventana de la cocina, con el pelo largo, moreno y con flequillo enmarcando una tez pálida, oculta en parte por las gafas oscuras. Morticia II.

    Ivy se tapó la cabeza con la almohada, como si los sonidos amortiguados pudieran suavizar las imágenes que la asaltaban. Conjuró el encantador dibujo a pluma de la primera página de Madeline, en el que se veía una vieja casa de París con la hiedra encaramándose por la fachada principal y dos chimeneas emplazadas en el tejado que expulsaban simpáticas espirales de humo. Su padre le había leído aquel cuento tantas veces que se lo sabía de memoria. Siempre había encontrado reconfortante, cuando no podía dormir, vagar entre las caprichosas ilustraciones y el texto rimado.

    Al final hizo su efecto, y entonces Ivy soñó que se encontraba en la buhardilla de la escuela de Madeline en París, una buhardilla abarrotada de mohosos arcones de mimbre y llena hasta los topes de colchones de plumas y ropa de cama putrefactos. Desde alguno de los arcones se oyó el grito de un niño.


    Capítulo 6


    A última hora de la tarde del día siguiente, Ivy estaba tendida en la camilla ginecológica de la consulta de la doctora Shapiro y escuchaba el latido del corazón del bebé a través de un estetoscopio. Un pequeño aparato unido a un monitor descansaba sobre su barriga, donde la doctora había derramado vaselina fría como el hielo.

    «Pom pom. Pom pom.» Los latidos se oían por encima de un ruido como de chapoteo. Una ola de calor recorrió a Ivy mientras sentía cómo se le dibujaba una sonrisa en la cara.

    David también escuchaba a través de un segundo estetoscopio, con los ojos abiertos como platos.

    —¿Eso es un bebé? Parece un camión Mack.
    —Eso —intervino la doctora Shapiro, una mujer mayor y robusta, con el pelo entrecano y un corte muy acertado, por cuyo aspecto parecía que llevara zapatos de golf y estuviera a punto de lanzar un golpe con el hierro nueve— es lo que nosotros llamamos un latido sano y fuerte.

    La doctora cogió la mano de Ivy y le dio un apretón. Le había hecho una exploración interna, la primera en meses. Al anunciar que el cuello del útero de Ivy apenas se veía y que había dilatado dos centímetros, a David le desapareció el color de la cara.

    —Es perfectamente normal. Sólo significa que os acercáis al final —explicó—. Pero no me necesitáis ni a mí ni a ninguno de estos trastos modernos para deciros eso.

    Con ojo entrenado la doctora Shapiro examinó los nudillos de Ivy y palpó su muñeca. Luego comprobó los tobillos. Había sido ella quien le dijo a Ivy que el bebé que había perdido un año antes era una niña.

    —Lo que quiero es que ninguno de los dos se preocupe si el pequeño se calma un poco y deja de moverse tanto. Suelen hacerlo hacia el final. Ahí dentro le queda ya poco espacio...
    —Entonces —dijo Ivy—, ¿cuándo cree que...?
    —Podría ser cualquier día, o podrían pasar semanas —contestó la doctora—. Esto no es una ciencia exacta.

    ¿Cualquier día? El pensamiento resultaba escalofriante. Pero ¿varias semanas más sintiéndose como si se hubiera tragado un hipopótamo? Si los hombres se quedaran embarazados seguro que habrían encontrado un sistema para acelerar esta parte y llegar al final.

    —Ivy ha estado limpiando —explicó David mientras se sacaba el estetoscopio de las orejas.
    —Y alucinando —añadió Ivy.
    —¿De verdad? —preguntó la doctora Shapiro.
    —No.
    —Es bueno que continúes activa —cambió de tema enérgicamente la doctora—, que sigas tu rutina habitual. Me parece bien que limpies, siempre y cuando tú te sientas bien haciéndolo, bebas mucho líquido y tengas cuidado con la sal. Y empezad a pensar nombres, porque este bebé está listo para mover el esqueleto.


    —Esqueleto Rose —dijo David mientras conducía hacia casa con el coche de Ivy. El tráfico se volvía más denso a medida que las prisas típicas de la hora punta vespertina empezaban en serio. Miró por encima de su hombro y cambió de carril—. ¿Qué te parece? Sirve para un niño y también para una niña.
    —Y también para un grupo de música —apostilló Ivy.
    —Bueno, siempre podemos seguir llamándolo Cachorrito.
    —Gwyneth Paltrow le puso Apple a su hija.

    David echó la cabeza hacia atrás e hizo unos chasquidos con la boca, como si saboreara el nombre.

    —No está mal. Pero aún mejor, ¿y si le ponemos el nombre de mi comida favorita?
    —Olvídalo. No vamos a llamarlo Sam Adams. Además, es una niña.
    —Eso no lo sabes seguro.
    —Te apuesto un millón de pavos.

    David resopló mientras tomaba la salida y se colocaba al final de una cola de coches que esperaba frente al semáforo.

    —Licor Rose. No hay duda de que tiene cierta... elegancia.
    —El nombre no puede acabar en r.
    —¿Porqué no?
    —Porque nuestro apellido empieza con erre. Licorose —explicó Ivy juntando las dos palabras—. La gente se pensará que el apellido es Ose.
    —O que el nombre es Lico.
    —Y también está descartado un nombre de una sola sílaba —prosiguió Ivy.
    —Ah, Regla Número Dos —dijo David—. Tienes una regla para cada cosa, ¿verdad?
    —Jane Rose. Jill Rose. Los nombres de una sílaba suenan ridículos con el apellido Rose.
    —Ridículo Rose.
    —Ta-dum Rose. O tam-ta-da-dum Rose. Y...
    —¿Lily Rose? ¿Libadora Rose? —David puso el intermitente para girar.
    —La verdad es que Lily no está mal. Pero ¿no crees que dos flores son demasiado? Ivy Rose ya es bastante malo.

    David tomó la curva que desembocaba en su calle.

    —Oye, a mí una sola flor siempre me ha parecido demasiado, pero nadie me preguntó mi opinión. Además... —Se quedó callado. Había un coche patrulla detenido enfrente de su casa—. ¿Qué demonios...?

    Lo primero que pensó Ivy fue en la señora Bindel. ¿Un ataque al corazón? ¿Un derrame? Pero no, ahí estaba la señora Bindel, de pie tras su contrapuerta, con la chaqueta de punto bien ceñida alrededor de sus estrechos hombros y la boca tapada con las manos.

    Frente a la casa de David e Ivy había un policía agachado junto al arcón de mimbre y hablando por su móvil. La tapa del baúl estaba levantada. El oficial alzó la vista mientras David acercaba el coche al bordillo y lo detenía.

    El policía colgó, bajó la tapa del teléfono y al ponerse en pie reveló lo alto y delgado que era, como una mantis religiosa.

    David bajó del coche e Ivy le siguió.

    —¿Viven ustedes aquí? —les preguntó el oficial mientras hacía un gesto con la cabeza en dirección a la casa, con una expresión a medio camino entre una sonrisa y una mueca. Sus ojos se desviaron hacia la barriga de embarazada de Ivy.
    —Así es —contestó David.

    Con el dorso de la mano el policía se echó la gorra hacia atrás. Su fino cabello era del color de la paja.

    —Agente Fournier, de la policía de Brush Hills. —Les dejó ver su placa y luego les mostró una fotografía—. ¿Alguno de los dos ha visto a esta persona?

    Ivy reconoció aquella versión de Melinda White: una joven rellenita que posaba frente a un fondo de nubes y un cielo azul intenso y ofrecía a la cámara una sonrisa con la boca cerrada.

    —Es Melinda White —dijo Ivy.
    —Entonces ¿la conoce? —preguntó el agente Fournier.
    —Más o menos —respondió Ivy—. No mucho. Fuimos juntas a la escuela.
    —¿Y cuándo la vio por última vez?
    —Estuvo aquí este fin de semana. El sábado por la mañana —informó Ivy, que no percibió la tensa mirada que le dirigió David—. Hicimos un mercadillo casero en el jardín.
    —¿Por qué lo pregunta? ¿Le ha pasado algo? —quiso saber David.

    El policía se metió la foto en el bolsillo y sacó una libreta y luego un bolígrafo que abrió con un clic.

    —Eso es lo que tratamos de averiguar.

    Les pidió sus nombres y escribió algunas notas. Luego entornó los ojos en dirección al sol poniente.

    —Entonces ¿la conocen bien? ¿Vieron cómo se marchaba? —siguió preguntando el agente.

    David abrió la boca pero de ella no salió ni una palabra.

    —Yo hablé con ella —explicó Ivy—. Compró un jarrón en forma de cisne, ya sabe, de cristal verde, de los tiempos de la Depresión. De hecho no lo compró, yo se lo di. Me contó que su madre... ¿o era su hermana?... coleccionaba cisnes e... —Ivy se dio cuenta de que balbuceaba—. Estuvo aquí y sí, hablamos con ella. Ahora prefiere que la llamen Mindy y tiene un aspecto muy distinto al de esa foto.
    —¿Diferente? ¿En qué sentido?
    —Lleva el cabello más claro, más liso y más corto. —Ivy se colocó la mano justo debajo de su oreja para mostrarle hasta donde le llegaba. El agente Fournier tomó algunas notas más—. Ahora ya no va tan desaliñada, no sé si me entiende.

    El policía dejó de escribir, alzó la vista y le dedicó una mirada vacía.

    —También tiene mechas y se hace la manicura —añadió Ivy.
    —¿Recuerda qué ropa llevaba?
    —Una gorra de béisbol —respondió Ivy—. Pantalones oscuros y una blusa premamá azul y amarilla, estampada con girasoles.

    David puso cara de sorpresa. ¿Qué podía decir? Se fijaba en la ropa.

    —¿Blusa premamá? ¿Estaba embarazada? —preguntó el agente Fournier.
    —En avanzado estado de gestación. Y también llevaba una bolsa de lona blanca, más o menos del tamaño de un carrito de la compra —dijo Ivy.
    —¿Y está segura de que es la misma mujer que la de la fotografía?
    —Se presentó ella —le explicó Ivy.
    —Si no lo hubiera hecho no la habríamos reconocido —añadió David—. No la veíamos desde el instituto.
    —Como le he dicho, está muy cambiada —aseguró Ivy.
    —¿Cómo se ha enterado de que estuvo aquí? —le preguntó David al policía.
    —Su hermana denunció la desaparición y localizamos su coche. Estaba aparcado al final de la manzana. Había un ejemplar del Weekly Shopper en el asiento delantero, con el anuncio de su mercadillo casero señalado con un círculo. —El agente Fournier hizo una pausa—. Nunca llegó a su casa, y por el aspecto que presentaba parece que tenía toda la intención de volver. Dejó la cafetera eléctrica encendida.

    El policía hizo una pausa, mientras su mirada saltaba de Ivy a David.

    —No fue a trabajar y no llamó para decir que estaba enferma. Su hermana no ha parado de llamarla. Está bastante afectada, como se pueden imaginar.

    A Ivy se le erizó el vello de la nuca mientras él seguía observándolos fijamente.

    —Bueno, a ver si lo he entendido todo bien —prosiguió el agente—. El mercadillo empieza a las nueve. Melinda aparece. ¿A qué hora llegó?
    —Pronto —respondió Ivy—. Debían de ser las nueve y cinco; acabábamos de abrir.
    —¿Le dijo ella quién era?
    —Sí.
    —¿Alguno de los dos la vio hablando con otra persona?
    —Yo no —aseguró David, e Ivy le secundó.

    El agente Fournier se rascó la cabeza.

    —Entonces ella estuvo aquí ¿qué?, ¿cinco, diez minutos?
    —Más bien media hora —dijo Ivy, a quien le había parecido una eternidad.
    —¿La vieron marcharse con alguien?
    —Ella... —Ivy estaba a punto de explicar que David había acompañado a Melinda al interior de la casa, pero algo en la mirada de éste la detuvo—. No me di cuenta de cuando se iba —aseguró mordiéndose el labio.
    —¿No la seguía nadie?
    —Esto estaba abarrotado, agente —intervino David—. Vendimos un montón de trastos que había dejado el antiguo propietario, y había gente por todas partes.
    —¿Conoce a alguno de los amigos de la señorita White?
    —No, lo lamento —replicó David—. Mire, la verdad es que apenas la conocemos; sólo fuimos juntos al instituto hace un montón de tiempo. Brush Hills tampoco es tan grande, pero en nuestro curso éramos unos mil. Yo nunca tuve amistad con ella; tú tampoco, ¿verdad, Ivy?

    Ivy negó con la cabeza.

    —Mmmm —masculló el agente al tiempo que cerraba la libreta—. Y esto ¿es suyo? —Señaló con el boli en dirección al baúl de mimbre.
    —No... sí —respondió David—. Supongo que ahora sí. Digamos que nuestra vecina —hizo un gesto con la cabeza en dirección a la señora Bindel, que seguía mirando desde detrás de la contrapuerta— nos lo dio.
    —¿Digamos?
    —Estaba a punto de tirarlo —explicó Ivy.
    —¿Y ahora lo tiran ustedes?
    —Exacto —confirmó David—. Es una historia muy larga.

    El agente volvió a abrir el boli, se quedó en silencio y esperó.

    —Es un canasto antiguo muy bonito —explicó Ivy—. Tenía curiosidad por ver qué había dentro; creí que igual encontraría algo que valiera la pena guardar.
    —¿Y así fue?
    —Alguna cosa. Al principio pensé que incluso podría restaurar el propio baúl, pero el fondo está podrido, y apesta.
    —Ya veo —dijo el agente—. Así que lo dejaron en la acera para que lo recogiera el camión de la basura.
    —Así es —confirmó David—. Si hay algún problema por dejarlo aquí fuera hasta mañana, podemos meterlo en el garaje...
    —No, no hay ningún problema —le tranquilizó el agente Fournier—. En circunstancias normales. Sin embargo...

    Se guardó la libreta en el bolsillo; luego alargó el brazo y levantó la tapa del arcón. Con la punta de su boli cogió algo del interior y lo alzó.

    Ivy reconoció el estampado de girasoles y acianos azules. Cuando Ivy había visto a Melinda vestida con ella, la tela estaba planchada y limpia.

    Ahora se veía toda arrugada y llena de manchas de color marrón óxido.


    Capítulo 7


    El suelo pareció inclinarse hacia un lado al tiempo que la cabeza de Ivy se llenaba de un olor metálico, como el del interior de una lata de sopa. Intentó contener las arcadas mientras el agente Fournier hacía oscilar la blusa manchada que colgaba de su boli para inspeccionarla.

    —¿Se les ocurre cómo puede haber llegado esto aquí? —inquirió.
    —¿Qué demonios es eso? —quiso saber David—. No estaba aquí ayer, cuando dejamos el baúl en la acera.
    —¿Ah, no? —preguntó el agente con cara de póquer.
    —Así es. Yo misma lo volví a meter todo dentro —añadió Ivy, sorprendida de lo calmada y firme que sonó su voz—. Mucha gente se paró a mirar lo que había; alguien debe de haberla metido ahí, porque le aseguro que nosotros no.
    —¿Alguien? Claro. —El agente dejó caer de nuevo la blusa en el arcón y bajó la tapa—. ¿Qué tal si entramos un momento? —Miró hacia la casa y luego a David—. Me gustaría hacerles algunas preguntas más y quisiera echar un vistazo, si no le importa.

    David cruzó los brazos sobre el pecho y apretó las mandíbulas.

    —Pues la verdad es que sí me importa. Es nuestra casa, y no hemos hecho nada malo.
    —¿Cuál es el problema? —El tono educado del agente Fournier se había vuelto afilado—. Asumiendo, claro está, que no tienen nada que ocultar...
    —Y no me gusta lo que está insinuando —dijo David.
    —Ya veo. Por supuesto, están en su derecho, pero tienen dos opciones: o me dejan entrar ahora para que eche un vistazo rápido o vuelvo con una orden y un equipo que registrará la casa. A fondo. Si no me equivoco, cualquier juez considerará sin duda esto —con una rodilla abrió suavemente la tapa del arcón y miró la blusa con indiferencia— una causa probable.


    Ivy se preguntó qué habría pasado si David se hubiera limitado a decir: «Claro, lo que haga falta», o: «Por supuesto, pase» cuando el oficial Fournier les pidió permiso para entrar en su casa. Una hora más tarde se sentía atrapada en una repetición surrealista del mercadillo casero pero con el botón de «mute» encendido. La única diferencia era que no era por la mañana, y las personas reunidas al final del camino de entrada no eran gente ansiosa por lanzarse a comprar. Se trataba de mirones que se mantenían a distancia, claramente atrapados por una curiosidad morbosa, y que parecían moverse a espasmos bajo la luz estroboscópica azul y blanca de la policía.

    Al pasar por delante, los coches aminoraban la marcha. Al otro lado de la calle, los vecinos observaban desde las ventanas. Un desconocido montado en una bicicleta mantenía el móvil dirigido hacia ellos. ¿Estaba enviando una foto?

    Ivy tenía náuseas y se sentía atrapada en el lado equivocado del visor. Deseaba desesperadamente correr hacia la casa y cerrar de un portazo, pero un agente uniformado permanecía allí de pie impidiéndole el paso.

    David había llamado enseguida a su amigo Theo, que era abogado y le había dado las siguientes instrucciones: «Cooperad. Sed educados. No discutáis. Pero no, repito, no contestéis ninguna pregunta hasta que llegue yo».

    A cada minuto que pasaba la multitud parecía incrementarse, y ahora el hombre de la bicicleta estaba hablando por el móvil. Un Crown Victoria dorado se acercó y apagó los faros, y de él descendió un individuo con un traje oscuro. Barrió la escena con la vista en un ángulo de trescientos sesenta grados, inspeccionando la calle bordeada de árboles y las casas, y departió brevemente con el agente Fournier antes de dirigirse hacia Ivy y David.

    Ivy apenas se fijó en la placa que les mostró ni oyó cómo se presentaba. Sólo podía concentrarse en los papeles que le tendió a David.

    Éste soltó una maldición y estrujó con fuerza los papeles en el puño.

    —Una orden de registro —dijo—. ¿Dónde demonios está Theo? Por todos los santos, su despacho está aquí al lado.

    Con los labios apretados, subió los escalones y abrió con llave la puerta de entrada.

    El individuo recién llegado y los agentes uniformados entraron como un enjambre en la casa y dejaron apostado a un oficial para vigilar la entrada.

    Ivy y David buscaron refugio bajo la entrada cubierta. Al menos allí, mientras esperaban en la penumbra, se sentían a salvo de miradas indiscretas. Si bien el aire del atardecer era un poco fresco, Ivy sentía que un frío gélido le calaba los huesos. David la había rodeado con un brazo, pero parecía desconectado: despedía poco calor mientras observaba y se ponía tenso cada vez que un coche se acercaba y pasaba de largo.

    Finalmente se acercó un Lexus negro y Theo salió de él. Con su traje y su abrigo oscuros tenía un aspecto muy profesional, y lanzó una mirada preocupada a la multitud que se agolpaba en la acera.

    —Gracias a Dios. Ya era hora —exclamó David mientras le hacía un gesto con la mano.

    Theo se dirigió hacia ellos y dejó en el suelo su abultada cartera de piel color cordobán.

    —Había oído hablar de la vigilancia policial, pero esto es ridículo —masculló en un murmullo de enojo—. Lamento mucho que tengáis que pasar por todo esto. Sobre todo en este momento.

    Miró a Ivy con aire comprensivo y le dio un abrazo que la envolvió en el aroma de su colonia de almizcle.

    Ivy sintió una ráfaga de gratitud y alivio.

    David le tendió a Theo la orden de registro arrugada. Éste la alisó y examinó el contenido. Luego alzó la vista.

    —No habéis contestado ninguna pregunta, ¿no?
    —No teníamos ni idea de que estábamos «contestando preguntas» —replicó David mientras dibujaba unas comillas con las manos en el aire, en un tono de voz bajo pero firme—. Hemos llegado a casa y...

    Theo levantó una mano e Ivy siguió su mirada en dirección a la calle. Una furgoneta de la televisión había estacionado enfrente de la casa.

    —Espera.

    Theo se acercó al agente que custodiaba la entrada y un momento después desapareció en el interior. Unos minutos más tarde se abrió la puerta lateral y apareció su cabeza.

    —Venid. Han acabado con la cocina.

    Ivy subió los escalones y entró en la casa. Atravesó el pequeño recibidor, donde había montones de abrigos colgados detrás de la puerta, y fue hacia la cocina. Sin perder tiempo bajó los estores de las ventanas y cerró los cajones y armarios que la policía había dejado abiertos. Se recostó contra la encimera, se arrebujó en la chaqueta y se quedó allí de pie, temblando y con los brazos cruzados sobre la barriga.

    —Me siento como si nos hubieran tendido una emboscada —dijo David mientras daba un puñetazo a la puerta de la nevera.

    Theo lanzó la orden de registro sobre la mesa. Cerró bien la puerta que comunicaba con el comedor y tomó asiento frente a la mesa.

    David andaba de un lado para otro.

    —¿Qué demonios está pasando? Nos tratan como...
    —Frena. Siéntate —le pidió Theo—. Tenemos que hablar.

    David y él intercambiaron una mirada. Entonces David lanzó un profundo suspiro y se pasó las manos por el pelo. Se sacó la chaqueta, la colgó del respaldo de la silla de la cocina y se sentó.

    —Tú también —dijo Theo mirando a Ivy.

    Ésta se deslizó en una silla.

    Se oyó un sonido parecido a la interpretación de un tema de la vieja serie de televisión Dragnet con un piano de juguete. Theo pescó su móvil del bolsillo, lo abrió y miró la pantalla. Luego lo apagó y el sonido cesó.

    —¿Por qué lo hacen? —preguntó David—. ¿Por qué nos tratan como si fuéramos criminales?
    —Hoy en día no le dan un respiro a nadie; no desde el caso de JonBenét Ramsey. —Theo explicó que desde que la policía de Boulder se había cargado a base de bien la investigación del asesinato de la pequeña, todos los agentes seguían las normas a pies juntillas—. Sobre todo cuando el caso está relacionado con una familia blanca de una zona residencial. No es nada personal.

    Theo leyó la orden de registro de cabo a rabo y luego extrajo de su maletín una estilográfica de plata y una libreta con páginas amarillas pautadas.

    —Muy bien, empecemos por el principio. ¿La mujer desaparecida? —Theo arqueó las cejas, se aflojó la corbata y lanzó a David una mirada inquisitiva—. Aquí pone que se llama Melinda White. ¿Es la misma Melinda White de la escuela?
    —Así es. —David explicó cómo la policía había seguido su pista hasta el mercadillo en el jardín.
    —Muy bien. Su hermana denuncia la desaparición —continuó Theo—. Encuentran su coche. Vuestro anuncio en el periódico los lleva hasta aquí. ¿Cómo es posible que eso les haya bastado para conseguir una orden de registro?

    David le habló del arcón de mimbre de la señora Bindel que habían dejado en la acera para que se lo llevara el camión de la basura, y le contó que el agente de policía había encontrado dentro la ropa de Melinda.

    —¿Pueden hacer eso, Theo? Quiero decir, ¿no es invasión de la intimidad? —preguntó David.
    —Pueden investigar cualquier cosa que esté afuera, en la calle. Es completamente legal que la policía lo abra y mire en el interior.
    —La blusa no estaba ahí cuando sacamos el arcón el domingo por la noche —explicó David al tiempo que miraba a Ivy en busca de confirmación.
    —Por supuesto que no —aseguró ella.
    —A mí no tenéis que convencerme —dijo Theo—. Yo soy vuestro abogado. —Dedicó una larga y dura mirada a David—. Y también vuestro amigo.

    El techo crujió. Probablemente la policía estaba registrando su habitación, manoseando la ropa interior de Ivy y la ropa de cama.

    —Ivy vio a un montón de gente que se paraba y hurgaba dentro —dijo David—. Cualquiera pudo haber metido la blusa allí.

    Theo tomaba notas.

    —¿Qué tipo de gente? ¿Cuántas personas?
    —Nuestro vecino —explicó Ivy—. Otra mujer que vive en el vecindario. Un tipo alto, pero para entonces ya estaba demasiado oscuro para ver quién era. —Ivy cogió un salero de la mesa, una pequeña rana de cerámica que había encontrado en Goodwill. Pasó el pulgar sobre su suave cabeza e intentó que no le castañetearan los dientes—. Seguro que hubo más gente. No estuve todo el rato mirando.
    —Pensamos que estaban cogiendo cosas —intervino David—. Y nos parecía bien, porque esperábamos que por la mañana hubiera desaparecido todo. Quiero decir que esperábamos... —balbuceó.
    —Recogedores de basura —dijo Ivy—. Prefiero que alguien se lleve las cosas y les dé un buen uso antes que tirarlas.

    Ahora Theo parecía desconcertado. Ivy tuvo una visión de su apartamento, todo cromo y cristal y alfombras bereberes blancas. Le resultaba tan difícil imaginarse a sí mismo llevándose a su casa un arcón de mimbre que alguien hubiera tirado, como llevando un Timex o bebiendo vino de una botella con tapón de rosca.

    —Ivy se asustó un poco al ver a una mujer allí fuera ayer noche —comentó David bajando la voz.
    —¿Y? —preguntó Theo—. ¿Ivy?
    —Oí un ruido, miré por la ventana de la cocina y la vi.
    —Esa mujer, ¿la reconociste? —inquirió Theo mientras seguía tomando notas.

    Ivy tragó saliva.

    —Era como yo. —Theo dejó de escribir—. Por lo menos su pelo era igual que el mío —añadió Ivy.
    —¿Embarazada? —preguntó Theo.

    Ivy cerró los ojos e intentó recordar.

    —Yo... no lo sé. La tapa del baúl estaba levantada.
    —¿Le has hablado a la policía de las personas que viste ahí fuera?
    —No me han dado... —empezó Ivy.
    —Bien —la interrumpió Theo—. Porque no sabes cuál sería su reacción si les dices que viste a alguien que era como tú. Parece como si en realidad fueses tú la que estaba ahí fuera e intentaras dar una explicación en caso de que después apareciera un testigo que afirme que te vio.
    —Pero ¡no era yo!
    —Por supuesto que no. Ya lo sé —dijo Theo en un áspero susurro. Se llevó el índice a los labios al tiempo que hacía un gesto en dirección a la puerta que comunicaba con el comedor—. Sólo digo que...
    —Que van a dar por hecho que miento o que soy una maldita loca embarazada.
    —No estás loca —trató de calmarla David con voz trémula—. Melinda es la loca embarazada. Ojalá nunca hubiera...

    Las palabras de David murieron en el aire cuando Theo le lanzó una mirada fulminante.

    —Muy bien. Volvamos a Melinda. —Theo miró alternativamente a Ivy y David—. ¿Cuándo fue la última vez que la visteis?

    David se miró las rodillas.

    —¿Cariño? —dijo Ivy.
    —¿Qué? —preguntó Theo.

    David estaba pálido y parecía cansado, desplomado sobre la silla.

    —Supongo que yo fui el último que la vio —admitió—. Le enseñé la casa por dentro.
    —Él iba a entrar de todos modos —añadió Ivy—. Tenía que coger la última caja de libros. Melinda insistía en preguntar qué habíamos hecho en el interior, así que David se ofreció a enseñárselo.

    Éste bajó la vista hacia la mesa.

    —Dijo que ella solía jugar en la casa cuando era pequeña. Su madre trabajaba aquí o algo así. Era obvio que estaba incomodando a Ivy.
    —Muy bien. Entonces le hiciste una visita guiada por la casa. ¿Qué más?
    —Nada más. Subimos las escaleras, las bajamos. Eso es todo —explicó David.
    —¿Viste cómo se iba? —le preguntó Theo.

    David negó con la cabeza.

    —¿Alguien la vio marcharse?
    —El mercadillo era en el camino de entrada, en el lateral de la casa —explicó David—. Supongo que alguien tuvo que verla. Yo tenía demasiada prisa para...

    Alguien llamó suavemente a la puerta. Theo se inclinó hacia ellos.

    —Muy bien, esto es lo que vamos a hacer —anunció en un susurro—. Es muy sencillo. No contestéis ninguna pregunta a menos que yo os lo diga. Negarse a responder las preguntas de la policía no es un delito. Y no, no se interpreta como si tuvierais algo que esconder. Hace que parezca que escucháis a vuestro abogado, que vela por vuestros intereses.

    Theo se puso en pie.

    —Cualquier cosa, y quiero decir cualquier cosa, que digáis puede ser utilizada en vuestra contra. Incluso aquello que creáis que es totalmente inocuo, son capaces de darle la vuelta y hacer que parezca incriminatorio. ¿De acuerdo?

    Se apretó el nudo de la corbata, se alisó el pelo con las palmas de la mano y se bajó los puños de la camisa.

    —¿De acuerdo? —repitió.

    Hundida en el cuello vuelto de su chaqueta, Ivy asintió. Tenía tanto frío...


    Capítulo 8


    —Así que se han buscado un abogado, ¿eh?

    El hombre que había llegado en el Crown Victoria con la orden de registro hacía que la mesa y las sillas de la cocina parecieran las de una casa de muñecas. Debía de medir más de un metro noventa. Se había presentado a sí mismo como detective Blanchard, y le acompañaba un agente uniformado.

    —Nos gustaría sacar muestras de ADN de los dos —continuó con voz rasposa de fumador—. De ese modo podremos eliminar...
    —Les he dicho a mis clientes que no accedan a someterse a las pruebas —le interrumpió Theo.

    El gesto apesadumbrado del detective Blanchard manifestó una evidente decepción. Ivy se envolvió aún más en su chaqueta.

    —Hemos interrogado a algunos de sus vecinos —prosiguió Blanchard—, para ver si alguien había visto a la señorita White abandonar su casa. Hasta ahora... —Hizo una pausa—. ¿Señora Rose? ¿Se encuentra bien?
    —Sólo... tengo f-frío —respondió Ivy mientras seguía intentando evitar que le castañetearan los dientes.

    David tomó las manos de Ivy entre las suyas; sus palmas estaban calientes.

    —¿Podrías subir el termostato? —le pidió el detective al oficial uniformado.
    —Está en el comedor —señaló David.
    —Ya lo sabemos —replicó Blanchard con una sonrisa sardónica—. ¿Quiere prepararse una bebida caliente? —le preguntó a Ivy.

    Ésta se levantó, con la satisfacción de tener algo que hacer. Una oleada de mareo la asaltó, y se apoyó en la mesa. Cuando se le pasó, cogió una taza y una bolsita de manzanilla.

    La caldera del sótano hizo un ruido seco.

    A Ivy le temblaban las manos mientras llenaba la tetera y la colocaba sobre el fogón. Luego encendió el fuego y se quedó allí al lado tratando de absorber parte del calor que desprendía.

    Tal vez le iría bien comer. Cogió unas galletitas saladas que le supieron a serrín, así que escupió el bocado.

    Ivy apagó el fuego cuando la tetera empezó a silbar. Blanchard esperó con toda la paciencia del mundo, hasta que ella tuvo entre las manos la taza humeante y se apoyó en el radiador de hierro fundido que empezaba a calentarse.

    —Como les decía, estamos buscando a cualquiera que viera a la señorita White abandonar su casa. Sabemos que no tocó su coche, y al parecer nunca llegó a su apartamento. Debió de ir a alguna parte. Nos resultaría muy útil que pudieran darnos los nombres o la descripción de las personas que estuvieron en su mercadillo al mismo tiempo que ella.

    En aquel momento, a Ivy el detective Blanchard le recordaba a su tío Bill, el hermano de su padre y la única persona capaz de engatusarla para que limpiara su cuarto cuando tenía once años.

    Theo hizo un leve gesto de asentimiento y la tensión de la habitación pareció reducirse un grado.

    —Debía de haber veinte personas en el jardín al mismo tiempo que ella —indicó David—. La mayoría eran desconocidos.
    —Cualquier cosa que puedan recordar ayudará.

    David enumeró a los vecinos que había en el mercadillo. Ivy sacó los cheques que le habían dado y describió a todos los que recordaba, incluidos los habituales de los mercadillos que también se habían presentado.

    —Por lo que sé vieron ustedes a algunas personas más tarde, esa misma tarde y por la noche, revolviendo el arcón que habían dejado fuera —dijo Blanchard.

    Ivy describió a todas las personas que había visto. El dedo índice que Theo mantenía levantado le recordó que la policía no tenía por qué saber hasta qué punto la mujer con el pelo largo y negro le había recordado a sí misma.

    —Gracias —dijo Blanchard al tiempo que cerraba su bloc de notas—. Sólo una cosa más. Me preguntaba cuándo fue la última vez que cualquiera de los dos estuvo en la buhardilla.

    El amable y convincente tío Bill se había evaporado. Ivy no necesitaba que Theo se aclarara la garganta para captar el mensaje.

    —Mmm —continuó Blanchard—. Sólo lo preguntaba porque hay un aspirador allí arriba, en la parte que no está terminada. Señora Rose, estoy seguro de que usted es un ama de casa muy escrupulosa, y resulta un poco extraño que la bolsa del aspirador haya desaparecido. No puedo evitar preguntarme por qué, si estaba medio vacía. La hemos encontrado en el cubo de la basura, fuera; alguien la había rajado.

    Aunque Ivy se hubiera permitido decir algo, no habría sabido qué responder.

    David parecía a punto de explotar.

    —El objetivo del mercadillo en el jardín era deshacernos de todos los trastos viejos y despejar el altillo, y el sótano, y cualquier otro sitio en el que los antiguos propietarios habían decidido acumularlos. —Colocó las manos sobre la mesa y casi se levantó de la silla—. Mi mujer, que por si no se ha dado cuenta está embarazada, ha limpiado bastante últimamente.

    Theo le puso una mano sobre el hombro. David se hundió de nuevo en la silla, cruzó los brazos sobre el pecho y se reclinó hacia atrás, haciendo que la silla se mantuviera sobre sus patas traseras. Un músculo le tembló en la esquina de la mandíbula.

    El detective esbozó una sonrisa comprensiva.

    —Ya sé lo que quiere decir; yo también he pasado por ello. —Sus rasgos volvieron a endurecerse—. Me preguntaba si había sido usted misma la que había pasado el aspirador y limpiado allí arriba, señora Rose. Aunque no importa, porque a pesar de sus esfuerzos por dejarlo todo impoluto, hemos encontrado algo muy interesante.

    Blanchard lanzó una bolsa de pruebas sobre la mesa. Fue como si alguien lanzara una piedra en un estanque en calma. Ivy se sintió desfallecer mientras intentaba entender lo que estaba contemplando. A través del plástico transparente se veía claramente un trozo de cristal verde del tamaño de una canica.

    —Señora Rose, ¿le dijo usted al agente Fournier que le había dado a la señorita White una fuente de cristal verde en forma de cisne? —quiso saber Blanchard.

    La taza se le escurrió a Ivy de entre las manos y la manzanilla la salpicó al caer al suelo.

    —Eso es todo. Hemos terminado —intervino Theo.


    La policía permaneció aún una hora más en la casa. Después de que se marcharan, Ivy, Theo y David se sentaron a la mesa de la cocina. Ivy se había cambiado los pantalones, pero la parte interior de los muslos todavía le escocía allí donde la manzanilla caliente la había salpicado.

    Alargó la mano hacia la orden de registro que Theo había lanzado sobre la mesa, la desdobló y la leyó.

    Pruebas incautables: Cualquier objeto que pueda haber contribuido a la desaparición de Melinda White, fecha de nacimiento: 18/05/1976.


    La lista de posibles hallazgos incluía:

    Sangre, tejidos, fibras, pelo, fluidos corporales, tela, ropa, drogas, cualquier arma, incluyendo, aunque sin limitarse a ello, cualquier instrumento cortante, cuchillo o cuchillas, armas de fuego, objetos romos, cables o cuerdas.


    Una cabeza de cisne de cristal. La policía se había llevado el fragmento. Habían revuelto en el cubo de la ropa sucia del baño y requisado las toallas y la ropa que Ivy y David vestían el día del mercadillo. Ivy se preguntó cómo sabían qué era lo que tenían que llevarse, y llegó a la conclusión de que probablemente se lo había dicho la señora Bindel.

    La policía también se había llevado el arcón de mimbre y sin ninguna duda el albornoz de Ivy, al descubrir la mancha de sangre del dobladillo con el que se la había secado después de que David le extrajera la esquirla de cristal del pie. Ahora ya sabía de dónde procedía.

    —Lo siento —se disculpó David al tiempo que buscaba la mano de Ivy y establecía contacto visual con ella por primera vez desde que la cabeza de cisne había aterrizado sobre la mesa—. Debía habértelo contado antes.

    A Ivy se le erizó el vello.

    —¿Contarme el qué?
    —El caso es que no vi cómo Melinda se iba. —David se pasó la mano por la boca—. Cuando llegamos al altillo...

    Theo se puso en pie y agarró su maletín.

    —Quizá sea mejor que no escuche esto.
    —Serás idiota. —David le cogió del brazo—. Deja eso y no me mires de ese modo. ¡No pasó nada! Bueno, nada parecido a lo que estás pensando que podría haber pasado.

    Theo volvió a sentarse en la silla.

    David respiró hondo y luego comenzó a hablar.

    —Llegamos a la buhardilla y ella empieza a mirar por la habitación mientras pasa la mano por las paredes y prácticamente acaricia los pomos de las puertas. Hace el circuito completo y luego se deja caer en el centro de la habitación con las piernas cruzadas, junta las manos y las agita arriba y abajo al tiempo que canta: «A la de una, a la de dos y a la de tres», y luego simula que lanza una pelota y recoge tabas.

    Theo iba abriendo la boca a medida que escuchaba.

    —¿Crees que me podría inventar algo así? —preguntó David—. Me cuenta que cuando era pequeña solía jugar en esta casa y yo, bueno, pues le digo que vale, que muy bien. Entonces empieza a hablarme de su madre, de su hermana y de lo duro que fue el instituto para ella. Estaba cada vez más alterada. —Cerró los ojos y echó el cuello hacia atrás hasta que le crujió una vértebra—. Y entonces empezó a llorar. Yo sólo podía pensar: «Que alguien me saque de aquí, por favor». —Miró a Ivy—. Fue entonces cuando la tiró al suelo.
    —La fuente —dedujo Ivy.

    David mostró las palmas de sus manos en un gesto de impotencia.

    —¿Por qué no me lo habías contado? —quiso saber Ivy.
    —Está loca. Supongo que pensé que era mejor no agobiarte con más cuentos. —David se acercó a ella por detrás y la rodeó con lo brazos—. ¿Por qué tendríamos que preocuparnos más?

    Ivy se escurrió del abrazo.

    —¿Hay algún otro detalle que no me hayas contado porque crees que no podré soportarlo?
    —Ivy, no quería decir eso.
    —¿Qué pasó después? —preguntó Theo.

    David se metió las manos en los bolsillos.

    —Le llevé un vaso de agua y unos pañuelos de papel, y luego me fui abajo a buscar una escoba y el recogedor para barrer el cisne.
    —¿Y luego?
    —Luego nada. Cuando volví ya se había ido.


    Capítulo 9


    Ivy sentía como si la ansiedad le raspara por dentro la caja torácica mientras subía las escaleras, agitada y confusa, y David y Theo seguían hablando en la cocina.

    «¿Por qué tendríamos que preocuparnos más?» Parecía una explicación plausible pero ¿cuándo se había convertido Ivy en alguien a quien David debía proteger? ¿Acaso no habían sido siempre sinceros el uno con el otro?

    Se detuvo en la entrada del dormitorio. Era evidente que la policía había registrado la habitación: las sábanas estaban revueltas, las puertas del armario, abiertas y la ropa colgando por fuera. Habían cambiado de sitio todos los objetos que había sobre la cómoda y en el aire flotaba un intenso olor a sándalo y a clavo. La fragancia que tanto le gustaba le indicó que habían abierto su botella de perfume Opium, aunque no podía imaginar para qué.

    El cajón de en medio de su cómoda estaba entreabierto, y ella lo abrió del todo. Habían colocado sus camisones del revés y en el lado equivocado del cajón. Cogió uno, lo desdobló y olió. Sólo pudo detectar el olor a jabón de lavadora.

    Cogió el espejo Victoriano de plata que había rescatado del arcón de mimbre. Una difusa luz brillante parpadeó en su parte superior mientras ella observaba su propio reflejo. Sus ojos reflejaban el cansancio que sentía, y tenía todo el pelo revuelto.

    Alargó la mano para coger el cepillo a juego. La plata bruñida desprendía un brillo cálido. Había unos cuantos pelos oscuros atrapados entre las púas.

    «Inspira hondo; espira.» Ivy bajó la vista hacia su barriga. Todavía se sentía como una enorme embarazada, pero algo había cambiado. Tenía el vientre más bajo.

    Se colocó las manos en el abdomen y, de hecho, pudo notar las costillas superiores. El bebé debía de haberse colocado más abajo; se suponía que eso era lo que ocurría hacia el final del embarazo. Lo cierto era que ese día no había eructado ni se había sentido incómodamente llena, y eso también explicaba por qué tenía la sensación de que el bebé estaba sentado justo sobre su vejiga.

    Fue al baño a orinar y, luego, aunque no solía hacerlo, se acercó a su despacho para comprobar si tenía algún mensaje de correo electrónico. Una oleada de pánico la detuvo al ver la superficie vacía de su escritorio. ¿Acaso la policía había confiscado su ordenador?

    Entonces se acordó de que el portátil estaba aún en el coche y dio gracias a Dios por los pequeños milagros.

    Ivy bajó las escaleras, y David y Theo se quedaron callados mientras ella atravesaba la cocina. Ivy salió por la puerta lateral y recogió su maletín del maletero.

    De nuevo en su estudio, abrió el portátil, lo enchufó y lo encendió. Como era habitual había recibido un mensaje de kamala@nextgen.com. Kamala era la protagonista de «La pareja perfecta», uno de los episodios favoritos de Jody de Star Trek: La nueva generación.

    Ivy abrió el mensaje.

    ¿Qué? Ya sé que no quieres que llame para preguntar, pero tienes una amiga ansiosa que se muere por tener noticias.
    Beso.


    Ivy tardó un momento en darse cuenta de que Jody se refería a su cita con el médico. Parecía que hiciera muchos días, y no sólo unas horas, desde que había estado en la consulta de la doctora Shapiro y había escuchado el firme latido del corazón del bebé.

    Ivy empezó a escribir la respuesta:

    Todo bien. Confirmado: voy a dar a luz a un búfalo de agua. Fecha aproximada: 1 de abril.


    Hizo una pausa. «Adivina: Melinda White ha desaparecido y sus ropas manchadas de sangre han aparecido en nuestro jardín delantero.»

    No podía escribir eso. Tenía previsto ver a Jody al día siguiente en la fiesta de los regalos para el bebé. Con un poco de suerte, el misterio de la desaparición de Melinda ya se habría resuelto.

    Un rato después Ivy estaba tendida en la cama mientras oía las voces de Theo y David provenientes del piso de abajo. Compañeros de farras, colegas de timbas, quarterback y defensa de fútbol americano en el instituto: ambos habían compartido experiencias que se remontaban a su infancia. Al parecer, ahora estaban discutiendo.

    Se obligó a cerrar los ojos. Otros sonidos la envolvieron como un enjambre: un rasguño firme, el ruido del agua al correr y luego al cerrarse y luego al abrirse otra vez. Un crujido y un sonido como de carraca, como si alguien levantara la tapa de un arcón de mimbre y la cerrara. Probablemente era el arce que se mecía con el viento al otro lado de la ventana. Una inspiración y una espiración resollantes, y un «zumpa-zum-zum» apenas audible. Entonces, el ruido de unos pasos sigilosos disparó el ritmo de su corazón.

    Un momento después identificó de qué se trataba: un grifo que goteaba.

    Salió de la cama y se dirigió al lavabo, cerró el grifo y dejó un trapo en la pica para amortiguar el posible goteo. Luego volvió a la cama, se puso de lado y hundió la cabeza entre la almohada. Por detrás de los párpados cerrados rememoró el firme latido del corazón del bebé. «Un latido fuerte y vigoroso», había dicho la doctora Shapiro.

    Sus pensamientos se centraron en el momento en que habían regresado a casa y habían encontrado al agente en la acera, y el modo en que éste los había desarmado y enredado. Su mente vagó de nuevo y vio a la figura junto al arcón, sólo que ahora no estaba segura de que no se tratara de su propio reflejo. De nuevo sus pensamientos viraron y vio al ciclista con el móvil enfocado hacia su casa.

    Ivy intentó recitar Madeline, pero imaginarse la historia de la señorita Clavell, con su largo hábito de monja, le recordaba su amuleto perdido.

    Dio la vuelta hacia el otro lado y apoyó la mejilla en la fría almohada. ¿Adónde podía haber ido Melinda? Si hubiera estado llorando y distraída cuando se marchó de su casa lo más probable era que no se hubiera dado cuenta si alguien la seguía. Y su coche, ¿había estado estacionado en su calle desde el domingo o alguien se lo había llevado y luego lo había traído de nuevo allí? ¿Estaría la policía interrogando a los amigos y los compañeros de trabajo de Melinda? ¿Habían intentado identificar al padre del hijo que esperaba?

    Las preguntas se agolpaban en la mente de Ivy. ¿Cómo había acabado la blusa premamá de Melinda en el arcón de mimbre? ¿Cuánto tardaría la policía en establecer si las manchas eran de sangre de ella?

    Su mente no dejaba de funcionar.

    Finalmente se tumbó boca arriba, ahuecó la almohada bajo su cabeza, buscó el mando a distancia y encendió la tele. Pasó de un programa de cocina que le dio ganas de vomitar a uno sobre crímenes que en cualquier otro momento le hubiera encantado ver. Pero ahora el asesinato ya no le parecía entretenido.

    Pasó de largo un canal de noticias y luego volvió a ponerlo. Se veía a una presentadora con expresión solemne y un vestido ajustado azul cielo frente a la casa de David e Ivy. Se incorporó apoyándose en los codos. De repente se sentía totalmente despierta.

    —«A estas horas una mujer de Brush Hills sigue desaparecida. Melinda White fue vista por última vez el sábado por la mañana en el mercadillo casero que tuvo lugar en el jardín de esta casa.»

    La imagen se desplazó hacia un lado y mostró un plano del agente de policía que custodiaba la entrada de su hogar.

    Ivy se sentó y se sacudió de encima el edredón.

    —«Está embarazada de su primer hijo.»

    Una fotografía de una mujer rechoncha, toda mofletes y papada y con cejas oscuras, llenó la pantalla. Era la misma fotografía que les había enseñado la policía: Melinda en la época del instituto.

    —«Se ruega a cualquier persona que disponga de información que llame al siguiente número.»

    Un número de teléfono apareció en la parte inferior de la pantalla.

    Un momento después la imagen fue sustituida por un sonrosado hombre del tiempo.

    —«Estamos atravesando un período de inestabilidad...»

    «Esto va en serio.»

    Ivy apagó la tele. Dejó colgar las piernas por fuera de la cama y se presionó los párpados con los dedos. Luego se levantó, atravesó el descansillo del piso superior y entró en su estudio. En uno de los estantes superiores de las estanterías que cubrían la pared del techo al suelo encontró el anuario del Instituto Brush Hills de 1993. Lo abrió por el final.

    Allí estaba, aparecía entre las últimas entradas del índice. «WHITE, MELINDA.» Junto al nombre aparecía el número de cinco páginas.

    Ivy abrió el libro por la primera página de la lista. Era la foto de graduación de Melinda, la misma que les había enseñado la policía y que acababa de ver por la tele. Fue a la siguiente entrada. Melinda era la protagonista de una doble página: la habían votado como la más simpática del curso. Ivy se estremeció al recordar aquella broma cruel que todo el mundo había entendido menos Melinda.

    David también aparecía allí, en la página opuesta. El mejor cuerpo. Le regalaba a la cámara su mejor pose de musculitos mientras se comía con los ojos a la muy bien dotada Maria Ward.

    Ivy no salía en las fotos. Era lista, pero no la más lista. Era integrante de los equipos de atletismo y de fútbol, pero no había sido una estrella del deporte. También había escrito en el anuario, empezado el primer capítulo de la escuela para Amnistía Internacional y pintado decorados para el club de teatro. David había sido un atleta, Ivy una frikie y Melinda una intocable. En la placa de Petri que era el instituto de Brush Hills, donde los grupitos se reproducían como colonias de hongos tóxicos, era casi un milagro que David e Ivy hubieran acabado juntos. De hecho, había sido pura chiripa.

    Ocurrió en el otoño de su último año; los chicos embestían unos contra otros en el campo mientras el equipo femenino de relevos entrenaba en la pista que lo rodeaba. Ivy no vio a David lanzar el balón, no vio al receptor correr hacia atrás, ni tampoco oyó el grito: «¡Cuidado!». El chico le golpeó con fuerza entre los omoplatos, hasta el punto de dejarla literalmente sin aire.

    Lo siguiente que recordaba era su boca llena de barro y a David, con el sol recortado tras su cabeza, inclinado sobre ella.

    —¿Estás bien? ¿Estás bien?

    Esa noche él la llamó por teléfono. Tres horas después seguían hablando. Ivy suspiró al recordar aquellos primeros días, tan dulces, y las miradas de sorpresa que les dedicaron la primera vez que caminaron por los pasillos del instituto cogidos de la mano.

    La siguiente página en la que aparecía Melinda era la del club francés, cuyo mayor reclamo era su celebración anual de la fiesta del queso. Melinda estaba en la fila delantera con la mano sobre la boca para taparse los dientes que con el tiempo se había arreglado.

    Ivy pasó las páginas hasta la siguiente entrada. La banda. Melinda estaba al final de la última fila, con uno de esos sombreros de plumas y una chaqueta con botones de bronce y charreteras que parecían alerones. ¿Por qué, con todo lo que Melinda tenía que soportar ya de por sí, había elegido tocar la tuba? Parecía, como había insinuado Jody, que deseara convertirse en un sacrificio humano.

    Ivy volvió a abrir el anuario por la página de la foto de graduación. Debajo de ella vio su «testamento del último curso»: Empezaba: «Yo, Melinda White, estoy tan contenta de irme de este instituto...». Quizá no estuviera tan empanada como parecía.

    Ivy continuó leyendo:

    Me gustaría mucho dar las gracias al señor Ball por ser el mejor profesor que he tenido nunca y a la señora Markovich por todas las veces en que la necesité y estuvo ahí. Al equipo, gracias por los recuerdos.


    ¿Qué equipo?, se preguntó Ivy mientras reseguía la foto de Melinda con el dedo. La rabia se apoderó de ella y tuvo que reprimir el impulso de golpear con el pulgar aquella sonrisa tonta de labios apretados.

    —¿Dónde demonios estás? —musitó Ivy.

    ¿Por qué no habría desaparecido en el mercadillo casero de cualquier otra persona?

    Ivy cerró el libro con ímpetu y apagó la luz.

    Atravesó el descansillo y entró en la habitación de la esquina, que habían decidido que sería la del bebé. Pasó la mano por la fría superficie de la pared, pintada de un alegre color amarillo; casi no se advertía el bulto de la grieta que había rellenado con masilla y luego lijado. Miró la cenefa de barcos azules que había dibujado con una plantilla cerca del techo. Se acercó a la ventana delantera con las manos sobre el vientre, mientras intentaba calmarse y transmitir al bebé algo parecido a la serenidad.

    El gentío del exterior se había dispersado y el cartel de Theo para la campaña había desaparecido. Tal vez alguien se lo había llevado como recuerdo, o bien lo había sacado el propio Theo, para evitar que su nombre adornara los informativos de la noche en relación con una historia sobre una mujer embarazada desaparecida.

    Ivy se volvió hacia la ventana lateral. Abajo, la luz brillaba en la sala de estar de la casa de al lado. La señora Bindel, como era costumbre, estaba sentada en un sillón orejero orientado hacia la ventana. Tenía un periódico doblado en el regazo y permanecía muy quieta, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta.

    «Soy la alarma antirrobo del vecindario», había alardeado una vez ante Ivy.

    La señora Bindel cambió de postura al tiempo que bostezaba. Entonces se inclinó hacia delante y pareció mirar directamente a Ivy.


    Capítulo 10


    Al amanecer Ivy se sentía agotada. Envuelta en el cálido edredón lo último que deseaba era salir de la cama. Pero no le quedaba otra opción. Tenía que orinar. De nuevo.

    Se envolvió en una manta y la arrastró hasta el baño. Al regresar a la cama, se sumergió en el sueño profundo que la había evitado durante toda la noche. Cuando volvió a despertarse, eran más de las nueve.

    Bajó a la planta baja y echó un vistazo al exterior a través del panel de cristal de la puerta principal. El camino de entrada y la calle estaban desiertos.

    En la encimera de la cocina David había dejado su agenda abierta en la página con la nueva dirección y el teléfono del señor Vlaskovic. Había garabateado «15.00. ¡Fiesta!» en la primera página de una libreta que descansaba sobre su taza de café favorita.

    Ivy tiró al fregadero el centímetro de café que había dejado David y metió dos rebanadas de pan de trigo en la tostadora. Vio el periódico encima de la mesa de la cocina; en la portada de la sección local, que quedaba a la vista, se veía la foto de Melinda con el titular: «Mujer embarazada desaparece en Brush Hills».

    Ivy leyó superficialmente la columna. Al parecer, la policía había avanzado poco en la investigación. Por lo menos no mencionaban a Ivy ni a David.

    Las tostadas saltaron e Ivy se sirvió un vaso de leche. Se sentó a la mesa y continuó leyendo la primera página. Según el artículo, Melinda vivía en un apartamento en Brush Hills. Un año atrás había cambiado de trabajo: había abandonado su puesto de técnica de laboratorio en el hospital Neponset y empezado a trabajar para una inmobiliaria en South Boston.

    Ivy mordió un pedacito de tostada y se forzó a masticar; luego bebió un trago de leche.

    El hospital Neponset. Allí era donde David y ella habían asistido a las clases de preparación del parto y adonde irían cuando Cachorrito estuviera listo para llegar al mundo. También era allí donde Ivy había sufrido su último aborto.

    En verano, un año y medio antes. En la semana veinte de gestación, cuando todos los libros afirmaban que el bebé ya era viable y ella había bajado la guardia, empezó a tener rampas y a llenarse de manchas, y luego a sufrir hemorragias. Había habido tanto dolor, tanta sangre... David había permanecido a su lado, cogiéndole la mano, impotente y con la cara lívida.

    Ivy apartó el periódico.

    Aquel bebé gozaba de una salud perfecta. La doctora Shapiro no pudo explicar lo ocurrido. Era una de esas «cosas malas que le pasan a la gente buena», les dijo. Se suponía —Ivy lo sabía— que aquel tópico debía consolarla.

    Después de eso Ivy se había aferrado a David, incapaz de dejar de llorar. Durante un tiempo sintió un gran vacío, como si fuera su sombra la que iba a trabajar y volvía a casa en su lugar.

    Entonces volvió a quedarse embarazada. Durante los últimos nueve meses se había sentido como si anduviera por el borde de un precipicio, convencida de que en cualquier momento resbalaría y caería por el desfiladero. Les había hecho jurar a David y a Jody que guardarían el secreto y no le contarían a nadie que estaba embarazada hasta que ya no pudiera abotonarse el abrigo; ella misma no se lo había creído del todo hasta que su ombligo se salió hacia fuera, como el temporizador de un asador de pollos.

    Esta vez sería diferente. No podía ser de otra manera. Miró hacia abajo y se tocó la barriga, firme y dura.

    Esta niña iba a nacer, cuando le tocara y sana.


    Era casi mediodía cuando el señor Vlaskovic devolvió la llamada a Ivy y le dijo que le encantaría verla y que si ahora le parecía un buen momento.

    Ivy tenía el tiempo justo para hacerle una visita y después dirigirse a Rose Gardens para la fiesta homenaje del bebé, a las tres.

    Condujo por la I-95 en dirección sur sin salirse del carril de la derecha. Casi la mitad de los árboles que la bordeaban estaban desnudos; las pocas hojas que quedaban habían adquirido un tono marrón cuero con algún destello ocasional de rojo o amarillo, recordatorios de lo que había sido su espléndido follaje otoñal.

    Echó una mirada al asiento del acompañante, donde había dejado las indicaciones del MapQuest después de imprimirlas. Aún faltaban algunos kilómetros para la salida.

    Encendió la radio y sintonizó las noticias, con la esperanza de escuchar un boletín del tipo: «Mujer embarazada desaparecida en Brush Hills reaparece sana y salva en Albuquerque». En su lugar escuchó la información acerca de la explosión de un coche bomba en Iraq y el colapso del mercado inmobiliario. Cuando el locutor empezó a hablar sobre el último test de ADN para detectar posibles malformaciones en el feto, la apagó.

    Ivy aminoró la velocidad detrás de un camión con una plataforma elevadora de un amarillo brillante, muy similar a la que usaba David para mover rocas de un sitio a otro. En la punta había otra elevadora de menor tamaño, pero lo bastante grande para transportar palés de turba.

    La elevadora pequeña se mantenía en un equilibrio precario y se tambaleaba cada vez que el camión pasaba sobre un bache de la carretera. Daba la sensación de que en cualquier momento la temblorosa elevadora fuera a volcarse, o incluso a caerse del camión.

    Cuando Ivy tomó la rampa de salida, lloraba y reía al mismo tiempo. Madres y carretillas elevadoras. El embarazo la había trastornado. Mientras conducía por la serpenteante carretera de tres carriles, pensó que en realidad no era más que una lunática poseída por las hormonas.

    Notó un pinchazo en el diafragma. Hasta el bebé estaba de acuerdo.

    Tomó un camino señalizado con un gran rótulo de madera: «Complejo residencial para jubilados Oak Ridge». El señor Vlaskovic la estaba esperando, encorvado en un sillón orejero gigante en el recibidor; era el único hombre rodeado por una bandada de mujeres con trajes color pastel que miraron a Ivy con sumo interés.

    Él se puso en pie. El dorso de la mano que le tendió a Ivy estaba surcado por venas azules que destacaban en su piel moteada y casi transparente. Su camisa de vestir y sus pantalones caqui se veían planchados y tan rígidos que parecía que estuvieran a punto de echarse a andar solos.

    —Querida —la saludó mientras le daba un fuerte apretón.

    Por su aspecto se diría que en sus mejores años había sido bastante alto; ahora, para poder mirarla a los ojos, inclinó la cabeza hacia un lado, como una cigüeña inquisitiva.

    —Ven —le pidió con una educada deferencia al tiempo que le ofrecía el codo.

    Ella así lo hizo y ambos empezaron a alejarse. Él miró hacia atrás, a las mujeres sentadas que se daban ligeros golpes con el codo y murmuraban, y luego le guiñó un ojo a Ivy.

    Una mujer se les acercó arrastrando un andador, al tiempo que se miraba atentamente los nudillos. Al llegar a su altura alzó la vista y en su rostro se dibujó una amplia sonrisa.

    —Feliz cumpleaños, Paul. Éste es el importante.

    El señor Vlaskovic sonrió y asintió con la cabeza. Una vez fuera del alcance de su oído, musitó:

    —Menuda tontería, los cumpleaños. Cree que cumplo ochenta, cuando en realidad son ochenta y seis. Hacerse viejo... ¡bah!

    Mantuvo la puerta abierta e Ivy pasó junto a él para acceder a un patio iluminado por la luz del sol. Él tomó asiento en un banco de un modo parecido al que la abuela de Ivy solía colocar su preciado juego de té de porcelana en el aparador.

    —Veo que estás embarazada —comentó al tiempo que alzaba una de sus finas y grises cejas en dirección a su barriga—. Y de mucho, según parece.

    Ella se sentó a su lado.

    —Salgo de cuentas en Acción de Gracias —contestó, sorprendiéndose a sí misma al revelar la verdadera fecha. ¿Por qué no? El señor Vlaskovic no le daría la lata a medida que la fecha se acercara.
    —Sólo tres semanas. —Él frunció los labios y sacudió la cabeza—. Y bien, ¿a qué debo el placer de esta visita inesperada? Recuerdo perfectamente que os vendí la casa sin ninguna garantía, así que espero que no hayas venido en busca de un reembolso.

    Ivy se rió.

    —Nada que ver. Nos encanta la casa. Quería hablarle de ciertas cosas que había en un arcón de mimbre que nuestra vecina guardaba en su garaje. Nos dijo que pertenecían a su familia.
    —Un arcón de mimbre —repitió el señor Vlaskovic mientras se le acentuaban las arrugas de la frente—. Recuerdo que la familia de mi padre se trajo un viejo arcón, pero no tengo ni idea de lo que había dentro. ¿Qué ocurre? ¿Quiere que le paguéis el alquiler por guardarlo? Ya sabes que la señora Bindel es muy estricta.
    —La verdad es que sí —convino Ivy—. De hecho iba a tirarlo, pero había algunas cosas dentro —Ivy abrió la bolsa que había traído— que pensé que podrían tener algún valor sentimental para usted o alguien de su familia.

    Sacó el cepillo de plata, el espejo, el guardapelos y el diario forrado de piel y los dejó sobre el banco, entre los dos.

    Los dedos del señor Vlaskovic acariciaron la tapa de plata del guardapelos.

    Luego Ivy extrajo la fotografía. Había unido las dos partes con celo.

    —¡Oh! —exclamó el señor Vlaskovic al tiempo que se la cogía de las manos.
    —¿Es usted?
    —¿Sobre las rodillas de mi padre? —Miró a Ivy y luego de nuevo la fotografía—. No, es mi hermano mayor, Stefan. Y ésta —señaló con un dedo nudoso a la mujer—, aunque sólo puedo suponerlo, debe de ser mi madre.
    —¿Suponerlo?
    —No teníamos ninguna foto de ella. Ésta debieron de tomarla justo antes de que yo naciera. De hecho, no mucho tiempo antes... —Su voz se fue apagando.

    Ivy examinó la foto con más atención. En el arcón había un vestido como aquél. Recordaba que no estaba entallado; sólo tenía un lazo en la espalda. Podía ser perfectamente que la mujer sombría estuviera encinta.

    El señor Vlaskovic asintió levemente.

    —Cuando nací, mi madre... —Se aclaró la garganta.

    Luego cogió el diario, lo abrió y sacó el mechón de pelo atado con cinta azul. Leyó la primera entrada y se quedó ahí sentado, con el mechón agarrado en la palma de la mano y la mirada perdida en el vacío.

    —Este juego de tocador debía de ser suyo —aventuró Ivy.
    —Eso parece —confirmó él, aunque se le veía absorto en sus pensamientos.
    —Pensé que tal vez le gustaría conservarlo. Reliquias, recuerdos de familia. Algo que le recuerde a ella.
    —Pfff. —El señor Vlaskovic dejó escapar el aire, como si quisiera salir del trance—. Los recuerdos están sobrevalorados. Si pasaras ni que fuera una minúscula cantidad de tiempo en este lugar entenderías a qué me refiero. Además, las reliquias requieren herederos. Familia. No queda ninguna. Yo soy el último. —Rió entre dientes—. Pronto, el último muerto.

    Metió la fotografía y el mechón de pelo en el diario y lo cerró de golpe. Hizo el gesto de devolvérselo a Ivy pero su mano se quedó a medio camino.

    —Gracias. Creo que me lo quedaré. —Esbozó una escueta sonrisa—. Haz lo que quieras con el resto de las cosas.

    Ivy volvió a meter el cepillo, el espejo y el guardapelos en la bolsa.

    El señor Vlaskovic se puso en pie, le ofreció su brazo y ambos regresaron dentro.

    —Por cierto —comentó Ivy—, el otro día me encontré con alguien que conocía a su familia: Melinda White. Dijo que su madre trabajaba para ustedes.
    —¿White? —El señor Vlaskovic se detuvo, dándole vueltas al nombre—. La verdad es que no me acuerdo... Espera, había una señora White que limpiaba para nosotros. Pero de eso hace mucho tiempo, veinticinco años por lo menos.
    —Sí, eso cuadra —dijo Ivy.
    —Veinticinco años. —El señor Vlaskovic metió y sacó el labio—. Es curioso cómo a estas alturas ya no me parece tanto tiempo.

    Cuando llegaron al vestíbulo soltó el brazo de Ivy y estiró el cuello para mirarla.

    —Ha sido muy amable de tu parte venir hasta aquí a verme. Podrías haber tirado todas esas cosas.
    —Lo cierto es que tiramos algunas prendas de ropa que pensamos que nadie querría. Y había... —Ivy dudó; no estaba segura de si debía continuar— había una camisa de fuerza.
    —Ah, sí. Eso. —Los ojos del señor Vlaskovic se llenaron de lágrimas—. Otra cosa de la que nunca hablábamos —dijo en voz tan baja que Ivy no le habría oído si no hubiera estado tan cerca de él.
    —¿Era de su hermano? —preguntó Ivy al recordar la historia que les había contado el tipo de la inmobiliaria.
    —Por Dios, no. ¿Qué te ha hecho pensar eso? Más bien de mi madre. Recuerdo muy poco, pero ella era... una inválida. Infeliz. Supongo que el diagnóstico actual sería «depresiva». En aquella época no había tratamiento; sólo se le podía proporcionar asistencia en casa para cuidarla, cosa que, por suerte, mi padre se podía permitir. —Sacudió la cabeza—. Hizo cuanto pudo. Contrató enfermeras, intentó evitar que se infligiera lesiones... Y un buen día, ella desapareció. Así es como se actuaba en esos tiempos con las enfermedades, sobre todo con las mentales. Muerta. Pensaron que lo mejor era seguir adelante y no darle más vueltas.

    »Pero en realidad es algo horrible. Mi padre... —Desvió la mirada sin completar la frase—. Cuando era pequeño me daba miedo subir a la buhardilla. Tenía pesadillas. Creía que ella seguía allí, esperándome, esperando a tragarme. Habría sido mucho mejor que nos hubieran dicho a mi hermano y a mí lo que le ocurrió. —Le lanzó a Ivy una mirada penetrante.
    »Los secretos pueden ser tóxicos —continuó—. La realidad rara vez es tan espantosa o terrible como uno la imagina.


    Capítulo 11


    Así que su agente inmobiliario lo había entendido mal, pensó Ivy mientras conducía por la carretera de curvas para reincorporarse a la autopista. Habían construido la habitación de la buhardilla para la madre de Paul Vlaskovic, no para su hermano. Las historias del pasado que se transmitían de una persona a otra a menudo se distorsionaban así. Emilia Vlaskovic había escrito aquellas entradas del diario mientras estaba embarazada de Stefan, su primer hijo, al principio de lo que se convirtió en un descenso a los infiernos de la depresión de los que nunca volvió a salir.

    ¿La habrían enviado a un psiquiátrico en algún lugar? ¿Enfermó y murió? ¿Se suicidó? Pasara lo que pasase, ¿podía ser más terrible o espantoso de lo que su hijo Paul había imaginado?

    La gente no desaparece así como así. ¿O sí? Ivy se tocó el vacío del cuello en el que debería estar colgado su amuleto.

    Se reincorporó a la autopista. Los estudios de televisión con sus gigantescas antenas parabólicas sobre el tejado que se extendían junto a la carretera le hicieron acordarse del impertinente reportero que había emitido su parte jadeante desde su jardín delantero la noche anterior. «Una mujer de la localidad permanece en paradero desconocido en estos momentos.» Ivy encendió la radio, con la esperanza de escuchar algún boletín informativo de última hora.

    A la altura de la salida de Brush Hills se acordó de la fiesta. Maldita sea. Ya eran casi las tres; los invitados debían de estar llegando.

    Ivy aceleró al cruzar el pueblo y disminuyó la velocidad al llegar al radar que la policía de Brush Hills había colocado para que la gente que iba o volvía del trabajo no atajara por la ciudad. Giró por una calle lateral y se metió en un barrio en el que los criadores de caballos habían vivido durante generaciones en encantadoras casas antiguas.

    La calle terminaba en la amplia desembocadura del río Neponset. Más abajo, donde una vez hubo marjales y más tarde tierras de cultivo, se erguía media docena de viviendas unifamiliares inacabadas. Ante la imposibilidad de encontrar compradores, los promotores se habían quedado sin dinero y la construcción estaba en un punto muerto.

    Ivy giró a la altura de la gran señal de madera tallada con letras doradas en relieve: «Rose Gardens. Paisajismo». Continuó por un camino sin asfaltar bordeado de árboles y llegó a una de las pocas parcelas sin explotar que aún quedaban en el pueblo. David la había recibido oficialmente en usufructo de su madre, cuya familia había cultivado las tierras en el siglo XIX.

    El padre de David ya estaba apopléjico cuando éste abandonó el Boston College en su último año para montar Rose Gardens. Sin duda, había hecho lo impensable: renunciar a una beca deportiva. El señor Rose se había pasado la vida soñando con el fútbol universitario. Conseguir una licenciatura en Administración y Dirección de Empresas y convertirse en un ejecutivo no eran más que partes del glorioso destino que el padre de David había fijado para éste. Pero lo que él ambicionaba era pasar tanto tiempo como fuera posible trabajando al aire libre, con sus manos.

    Los Rose no rastrillaban ni segaban la tierra, le había espetado su padre. Para eso estaba la «ayuda». El hecho de que sus padres se jubilaran y se mudaran a Park City, en Utah, cinco años atrás había supuesto un alivio, tanto para David como para su padre. Ahora sus padres estaban en un crucero, en algún lugar lejano de la costa de Suramérica.

    Al principio la oficina de David había consistido en un remolque de una sola habitación, una lata apenas ventilada. El negocio se había especializado en crear jardines respetuosos con el medio ambiente con plantas autóctonas de bajo mantenimiento y espectaculares bloques de granito de las canteras locales. Su filosofía era: «Es una falta de respeto vender a la gente algo que no quieren ni pueden mantener».

    Una vez dicho esto, lo cierto es que David había heredado el espíritu familiar. «Tu marido sería capaz de vender estiércol al encargado de mantenimiento del zoo», le había dicho una vez a Ivy Lillian Bailiss, la gerente de Rose Gardens. De ser el único empleado, David había ampliado el negocio hasta tener una plantilla de cuatro trabajadores a tiempo completo y media docena de empleados habituales a cuyos servicios recurría tres temporadas al año.

    Ivy dirigió sus pasos hacia la casa de madera que unos años atrás había sustituido al remolque. Estaba dividida en una espaciosa sala de exposición con enormes ventanales en la parte delantera y despachos en la de atrás. Un amplio porche de bienvenida, con mecedoras de madera, recorría la fachada.

    La zona de aparcamiento que quedaba delante de la construcción, rodeada por una valla de alambre, estaba llena. Ivy reconoció el Camry negro de su jefa y directora de marketing en Mordant Technolgies, Naresh Sharma. El monovolumen rojo pertenecía a su compañera de trabajo, Patty-Jo Linehan, el Lexus negro a Theo y el Volkswagen verde ácido era de Jody. La camioneta de David y los coches de sus empleados debían de estar aparcados en la parte de atrás.

    Ivy se miró en el retrovisor y se pasó los dedos por el pelo. La puerta de la cabaña se abrió y apareció David con las manos abiertas en un gesto de «¿dónde demonios te habías metido?».

    Al entrar en la sala de exposición todos estallaron en aplausos. Había seis o siete de sus compañeros, todos con ropa de trabajo, junto con los empleados de David, en tejanos y camisetas. Jody la saludó desde el otro lado de la estancia.

    Riker, con su cara de luna, estaba apoyado en su cadera mientras agitaba un bastón de pan como si fuera un director de orquesta. Theo, el único que llevaba terno, estaba apoyado en una pared.

    El olor a marga húmeda procedente del espacioso y luminoso vivero adyacente impregnaba el ambiente. Los regalos para el bebé estaban apilados en un rincón.

    Ivy sintió una oleada de placer al ver a todos sus amigos y compañeros reunidos allí para desearles lo mejor, y de orgullo al ver el precioso espacio que había creado David. Fotos con el «antes» y el «después» de sus proyectos paisajísticos cubrían una de las paredes, y en otra colgaban un sinnúmero de premios y diplomas de organizaciones locales y de caridad a las que David apoyaba.

    Lillian Bailiss cruzó a grandes zancadas la habitación. Llena de fuerza y vigor pese a estar cerca de la setentena, Lillian era un fenómeno de la naturaleza. David consideraba que la decisión empresarial más inteligente que había tomado nunca consistía en haber logrado que no se jubilara. Desde entonces ella había puesto orden al caos, y el balance de Rose Gardens había abandonado los números rojos para afianzarse en el negro.

    Los ojos de Lillian se fruncieron de alegría.

    —Hola cariño. —Le puso una mano fría sobre la mejilla y su expresión se oscureció al tiempo que escrutaba los ojos de Ivy—. ¿Cómo lo llevas?

    Ivy sabía que no sólo se refería al embarazo, y se las apañó para asentir.

    Una mujer joven a la que no reconoció se acercó a ella con una sonrisa.

    —Así que tú eres Ivy —le dijo. Su nariz respingona estaba quemada y sus mejillas tenían el color de un melocotón maduro—. He oído hablar tanto de ti. —Su cola de caballo se balanceó cuando le tendió la mano—. Soy Cindy Goodwin.

    Su apretón fue fuerte; tenía las palmas encallecidas y las uñas cortadas muy cortas. Del bolsillo de sus tejanos de cintura baja sobresalían unos guantes de trabajo.

    —Cindy es nuestra nueva adjunta a dirección.

    Ivy trató de disimular su sorpresa. Sabía que David había hablado de contratar a alguien para que fuera el segundo de a bordo; recordaba incluso que le había contado que había hecho algunas entrevistas.

    —¡Eeeeeeeeh!

    El grito llamó la atención de Ivy. Al volverse vio a Jody sujetando a Riker que, inclinado hacia delante, tendía los brazos hacia ella.

    —¿Qué pasa, campeón? —le saludó Ivy mientas lo cogía y lo acunaba entre sus brazos.

    Con sólo un año se había convertido ya en un querubín vigoroso y exuberante, que en ese momento alzaba los brazos hacia ella.

    —Hola, cariño —la saludó Jody.

    Con sus rizos cobrizos y sus curvas, Jody siempre había sido el polo opuesto de Ivy. Era una velocista que corría a zancadas cortas y rápidas, de modo que sus piernas se convertían en una imagen a cámara rápida, como las del Correcaminos. Ivy alcanzaba su velocidad con tan sólo la mitad de zancadas.

    —¿Quién es la nueva? —le preguntó Jody mientras hacía un gesto en dirección a Cindy.
    —La adjunta a dirección de Rose Gardens —contestó Ivy.
    —¿Adjunta a dirección? Vaya, yo me hubiera imaginado a alguien con un peto, no a una Barbie animadora. Su barriga parece una maldita tabla —comentó Jody en voz baja.

    Jody aún no había conseguido perder los doce kilos que había engordado con el embarazo de Riker.

    —¿Qué andáis murmurando? —les preguntó David mientras pasaba el brazo por los hombros de Ivy. Con una sonrisa tonta y alzando una botella de champán, anunció—: ¡Por mi bella esposa!

    Se oyeron algunos aplausos.

    —Eh, Elástica —le dijo David a Ivy al oído—. Te quiero mucho, ¿lo sabes? A ti y a quienquiera que sea que escondes dentro de ti.

    A Ivy la embargó la emoción y tuvo que reprimir las lágrimas. Devolvió a Riker a Jody y abrazó a David.

    Cindy apareció desde la oficina trayendo consigo un montón de globos de tonos pastel llenos de helio y una gran cesta envuelta en celofán a la que habían atado una pequeña gorra con el logo «Rose Gardens». Lillian llevaba un pastel rectangular con glaseado y adornos amarillos.

    Theo acercó una silla de despacho con ruedas e Ivy se dejó caer en ella, al tiempo que aceptaba el vaso que le ofrecía. Bebió un pequeño sorbo —era sidra espumosa— y se apoyó en el respaldo. Se relajó y dejó que su mente se empañara con el olor a musgo y tuba, a mantillo y corteza, y al glaseado de azúcar.

    Una hora más tarde Ivy se había zampado una vergonzosa cantidad de queso y galletitas, patatas fritas con sabor a tomate y pastel. Llegó el momento de abrir los regalos. El paquete grande de sus compañeros de Mordant era un cochecito italiano para bebé. La etiqueta anunciaba su capacidad: hasta 50 kilos. Se imaginó a sí misma empujando de aquí para allá a Baby Huey.

    —Ten cuidado —le advirtió Naresh. Aunque había sido su jefa durante cuatro años, ambas habían colaborado en plano de igualdad en el diseño de la página web de Mordant—. Después de ir con este cochecito, cuando sea mayor el niño te va a pedir por lo menos un Porsche. —Aunque por lo general era una mujer tímida y formal, le dio a Ivy un rígido abrazo. Luego se echó hacia atrás y la miró largamente con los ojos empañados—. Bueno...

    Ivy empezó a emocionarse.

    —El cochecito es el mejor regalo del mundo —consiguió decir—. Es perfecto. ¿Quién lo ha elegido?

    Naresh le sonrió y luego se presionó levemente las sienes con la yema de los dedos.

    —Se me olvidaba. También tengo una tontería para el futuro padre.

    Metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de reducidas proporciones, que le tendió a David.

    Éste se lo acercó a la oreja y lo agitó. Sonó como si estuviera lleno de judías secas.

    —¿Tapones para los oídos?
    —Ya lo sé. Somníferos para un año entero —aventuró Ivy, y al ver la expresión de sorpresa de Naresh creyó que había acertado.

    Todos estallaron en carcajadas y David hizo un gesto con la mano para que callaran.

    —Muchísimas gracias a todos. Sois los mejores amigos... —empezó, pero le interrumpió el sonido de unos frenos sobre la grava proveniente del exterior— que uno pudiera desear. —Se oyó un portazo, y luego otro. Todos volvieron la cabeza—. Y...

    Theo se acercó a la ventana y luego se dirigió a la puerta justo a tiempo para interceptar al detective Blanchard y a tres agentes uniformados.


    Capítulo 12


    —¿Alguien quiere más pastel o champán? —preguntó Cindy.

    Su voz sonaba artificiosamente alegre y desnuda en medio del incómodo silencio que reinaba en la habitación mientras David y Theo hablaban con la policía en el exterior.

    Jody estaba junto a Ivy, con sus manos sobre el brazo de su amiga, mientras Riker gimoteaba al notar la inquietud. Lillian Bailiss se encontraba al lado de la ventana, mirando hacia fuera. Todo el mundo parecía evitar la mirada de Ivy.

    David y Theo volvieron al fin, con el detective Blanchard detrás. Éste se quedó en la puerta y echó un vistazo a los globos, los montones de papel de regalo arrugado y lo que quedaba de pastel.

    —Bueno, lamento mucho lo ocurrido —se disculpó David. Su sonrisa no podía disimular la tensión que reflejaba su rostro—. Gracias a todos por venir, por vuestros mejores deseos y por los maravillosos regalos. Sería perfecto si mis trabajadores pudieran quedarse después de que todo el mundo se marche.

    Un momento después pareció como si dos tercios de los invitados se hubieran evaporado. Cindy estaba hecha un ovillo en una silla, mordisqueándose el pulgar y con todo el aspecto de una niña pequeña. Lillian cortó una bolsa de basura de un rollo y la abrió con un golpe seco. Con mucha eficiencia, recorrió la sala recogiendo los envoltorios y los lazos, los platos con pastel a medio comer y los vasos de plástico con champán. Los hombres, empleados de David que trabajaban en el vivero y se encargaban de dirigir a los equipos, permanecieron de pie observando.

    David se aclaró la garganta y levantó ante ellos una hoja de papel.

    —Como algunos de vosotros ya habréis imaginado, esto es una orden de registro. La policía está investigando la desaparición de una mujer que fue vista por última vez en el mercadillo que hicimos en nuestro jardín este fin de semana.

    David se quedó un momento mirando por la ventana mientras le temblaba un músculo de la mandíbula.

    —No tengo ni idea de cuánto tiempo tardarán, así que podéis tomaros el resto del día libre. —Abrió las manos con las palmas hacia arriba—. Deseo tanto como el que más que descubran qué le ocurrió a esa mujer, así que lo mejor es que les dejemos el camino libre. Sólo hacen su trabajo.

    Los frondosos pinos ya habían cubierto de sombras el aparcamiento cuando David y Theo empezaron a llevar los regalos al maletero del coche de Ivy. Mientras salían de la sala de exposición, una agente de policía inspeccionaba los escritorios de la oficina de David y otro permanecía en el despacho de Lillian Bailiss. Ivy oía el toc-toc-toc de una pala escarbando en el montón de turba que había junto al granero.

    —La verdad es que me gustaría quedarme —dijo.
    —Sería mejor que dejaras que nosotros nos ocupáramos de esto —le aconsejó Theo.
    —Pero es que también me afecta a mí.

    Miró a David en busca de apoyo, pero éste observaba fijamente sus pies mientras con el talón hundía una piedra en la tierra.

    —Si no estás aquí —le explicó Theo—, no podrán hacerte preguntas y tú no tendrás que negarte a contestarlas. David debe quedarse; Rose Gardens es su negocio.

    «¿Esto forma parte de su vida y no de la mía?»

    David se colocó frente a ella, le puso las manos en los hombros y le dio un beso en la frente.

    —Sé que es difícil, pero me sentiré más tranquilo si me enfrento a esto solo sabiendo que tú estás a salvo en otro sitio.

    A salvo en otro sitio; ¿y dónde exactamente se encontraba ese sitio? Tenía la sensación de que su casa era una pecera.

    —¿Cuánto tiempo crees que...? —empezó Ivy.

    Era como si una de las piedras del camino de entrada se le hubiera instalado en la garganta.

    —Hasta que se den cuenta de que no van a encontrar nada —respondió Theo.
    —Pero...
    —Pero nada —la interrumpió Theo al tiempo que le abría la puerta del coche—. Lo mejor que puedes hacer ahora mismo para ayudar es no estar aquí.

    A regañadientes, Ivy entró en el coche. Dio marcha atrás para salir del aparcamiento y se incorporó al tráfico que recorría la ciudad. Personas que volvían a casa después de una jornada de trabajo y cuya máxima preocupación era si se harían la cena o comprarían comida preparada.

    Ya había anochecido cuando giró por Laurel Street. Aparcó en el camino de su casa, bajo la entrada cubierta, y apagó el motor. Al salir, no había pensado en dejar alguna luz encendida. Miró por el retrovisor central, luego por los laterales y echó un vistazo alrededor, inquieta, intentando escrutar en la oscuridad que la rodeaba. Se sentía observada pese a que no había ninguna unidad móvil de televisión ni ningún ciclista con un teléfono con cámara esperándola. Tenía la sensación de que los músculos de la espalda le vibraban como las cuerdas de un violin.

    No debería haber cedido. No quería quedarse allí sola mientras se preguntaba qué habría ocurrido y esperaba a que David regresara.

    Sacó el móvil, marcó el número de Jody y esperó a oír el tono de llamada.

    Se sobresaltó al oír un golpe en el cristal junto a su cabeza; fue como si alguien hubiera cogido su corazón y se lo hubiera subido hasta la garganta.

    Al principio sólo pudo ver dos pequeños focos de luz, como dos ojos incisivos que la observaran. Entonces se dio cuenta de que se trataba de la señora Bindel, que llevaba lo que parecían dos monóculos con unas pequeñas luces fijadas en las esquinas.

    Ivy hizo un leve saludo con la mano. Apagó el móvil y respiró hondo unas cuantas veces antes de accionar la palanca para abrir el maletero y salir del coche.

    —Pensé que quizá necesitaras que alguien te subiera los ánimos —explicó la señora Bindel, que sostenía una bandeja cubierta con papel de plata—. Debes de estar pasándolo muy mal.

    Miró a Ivy, enfocando directamente a su rostro los dos haces de luz. Ésta tuvo que entornar los ojos.

    —Lo siento —continuó la señora Bindel—. Son para leer. ¿A que es ingenioso? Las conseguí por internet. —Se tocó la esquina de las gafas y las luces se apagaron, lo que hizo que todo pareciera aún más oscuro que antes—. Esto de internet es un gran invento.
    —Sí, claro.

    Ivy se rió. Para que luego digan que la gente se vuelve más inflexible con la edad.

    Subió los escalones de la puerta de la cocina y buscó a tientas el llavero. Hizo girar la llave en la cerradura, abrió la puerta, entró en casa y encendió la luz exterior.

    —Es horrible. Una mujer desaparecida —comentó la señora Bindel en un susurro—. Estos casos no tenían un final feliz ni siquiera en mi época. La policía me enseñó su foto, pero les dije que no la conocía.

    Ivy volvió hacia el coche y sacó del maletero la caja que contenía el cochecito de diseño. Pesaba una tonelada. Cuando consiguió apoyar un borde en la tapa del maletero, la echó hacia atrás hasta que desplazó el centro de gravedad, y luego la deslizó hasta el suelo.

    La señora Bindel dejó la bandeja en un escalón y ayudó a Ivy a arrastrar la caja y dejarla apoyada contra una de las paredes laterales de la casa.

    —Será mejor que esperes a que tu marido la entre en casa —le sugirió.

    Ivy sacó del maletero la cesta y las bolsas llenas con los demás regalos. La señora Bindel la siguió hasta la puerta de la cocina. Ivy dejó caer la cesta y las bolsas en el suelo del vestíbulo y se volvió hacia ella.

    —Ha sido muy amable de su parte traernos esto. —Cogió la bandeja y levantó el papel de plata; olía a plátano—. Huele de maravilla. Pero tenía usted razón: no es un buen momento.
    —No me importa quedarme si quieres compañía —se ofreció la señora Bindel.

    Unos minutos antes Ivy no se lo hubiera pensado dos veces y habría aceptado. Ahora, sin embargo, sólo quería entrar en la casa y estar sola.

    —Se lo agradezco mucho, de verdad, pero no se preocupe. Estoy agotada.
    —¿Seguro? —insistió la señora Bindel.
    —Sí, seguro.

    La señora Bindel ya se estaba dando la vuelta cuando a Ivy se le ocurrió preguntar:

    —¿Está completamente segura de que no vio a la mujer que están buscando? Estuvo en el mercadillo al mismo tiempo que usted. —La señora Bindel se volvió e Ivy prosiguió—: Estaba con un embarazo avanzado, y habló conmigo. Tenía un cisne de cristal verde en una mano y una botella de agua en la otra.

    La señora Bindel pareció crecer unos centímetros mientras asimilaba sus palabras.

    —¿Ésa es la mujer que están buscando?
    —La fotografía que nos enseñaron es del instituto; ha cambiado un poco.

    La señora Bindel arqueó las cejas y la peluca se le escurrió un poco hacia atrás.

    —Ni que lo digas. Tienes razón, sí que la vi. —Se acercó a Ivy y la mirada que le dedicó la hizo sentirse como una ostra que examinan—. ¿No la acompañó dentro tu marido?
    —Así es. Y luego ella se marchó. No vería usted cómo se marchaba, ¿no?
    —La policía también estaba muy interesada en eso. —Reflexionó un momento con el ceño fruncido—. Claro, ahora sé de quién hablaban... Aun así, estoy bastante segura de que no la vi marcharse. —Le dirigió a Ivy una mirada seria—. Lo lamento mucho, querida. Estaba preocupada, pensando en todas las cosas de las que tenía que deshacerme.
    —¿Se acuerda de que al día siguiente nos dio el baúl de mimbre y que David lo dejó en la acera? ¿Vio a alguien que lo abriera y mirara en su interior?
    —La policía también me preguntó eso. Ya les dije que esto parecía el metro: todo el mundo se paraba, como si esperaran encontrar yo no sé qué... ¿un Van Gogh descatalogado?
    —En un momento me pareció verla a usted ahí fuera.
    —Estaba tan asombrada que salí a ver si me había perdido algo. —Su expresión era avinagrada—. No era así. A mí también me pareció verte a ti, más tarde, por la noche.
    —¿A mí?
    —Por un momento levanté la vista del periódico; estaba oscuro, pero me pareció verte en la acera. Doblando y colocando las cosas en el arcón.

    Antes de que Ivy pudiera discutírselo, la señora Bindel se tocó las esquinas de los monóculos del aparato de su cabeza y las luces se encendieron de nuevo.

    —Buenas noches, querida —se despidió al tiempo que enfilaba el camino de entrada y se adentraba en la oscuridad, hasta que lo único que Ivy pudo ver fueron dos haces de luz alejándose y que parecían flotar y titilar en el aire. Entonces las luces giraron en un ángulo de ciento ochenta grados y enfocaron a Ivy—. Tsss, tsss. No puedo entender qué hacías ahí fuera, sola en la oscuridad. —El aire se llevó la voz de la señora Bindel por el camino—. ¿Y por qué demonios llevabas gafas de sol si era de noche?


    Capítulo 13


    ¡Gafas de sol! La señora Bindel había visto a la misma mujer que Ivy. Pero la sensación de euforia pronto se desvaneció. Por desgracia, la señora Bindel había tomado a la mujer por la propia Ivy y lo más probable era que así se lo hubiera dicho a la policía. Ahora tenían un testigo ocular que podía testificar que había visto a Ivy en la acera aquella noche, revolviendo el contenido del baúl.

    Cerró con llave la puerta lateral y colgó el llavero junto con otras llaves que pendían de un clavo en la pared del recibidor. El contestador de la cocina parpadeaba; había más mensajes de los que Ivy podía contar. A su pesar, escuchó el primero.

    —«Soy Steve Hamlin del South Shore Times...»

    Apretó el botón de «borrar». Luego escuchó el principio de los tres siguientes. Más periodistas.

    —«Hola, ¿Ivy?» —empezaba el cuarto—. «Soy Frannie Simon. Me he enterado de lo que ha pasado y lo siento tanto...» —La mujer seguía hablando; Ivy no tenía ni idea de quién era hasta que oyó—: «Nos vemos en el gimnasio».

    Ivy lo borró. Frannie Simon nunca, nunca antes la había llamado.

    «Desapareced; ¡desapareced todos!»

    Ivy pasó rápidamente el resto de los mensajes. Más periodistas. Más conocidos que querían satisfacer su curiosidad. Los Rose se habían convertido en una atracción de circo, y ahora conocerlos suponía un plus en su vida social.

    Justo cuando apretaba el botón de «borrar» por última vez, sonó el teléfono. Ivy dio un respingo.

    El timbre sonó una vez, y otra más, hasta que saltó el contestador.

    —«Ahora no podemos ponernos» —dijo la voz grabada de Ivy—. «Deja un mensaje y ya te llamaremos.»

    Ivy se encogió. Tenía muy claro que no iba a devolverle la llamada a nadie.

    «Bip.»

    Esperó a que quienquiera que llamaba dijera algo. Se oyó un clic, y la máquina se apagó.

    Ivy se quedó mirando el teléfono, deseando que volviera a sonar. Como no lo hizo, borró todos los mensajes y grabó uno nuevo para el contestador. Con voz brusca y formal, dijo:

    —«No estamos en casa» —y nada más.

    Satisfecha, colgó el teléfono.

    Cruzó el comedor y siguió hasta el recibidor mientras encendía las luces. Echó una mirada a la gran escalera y se sintió como Alicia tras comerse la seta que la hacía pequeña, o tal vez fuera la casa la que se había hecho grande.

    —¿Y tú qué miras? —le preguntó a la escultura de bronce, Bessie, que parecía observarla con aire reprobatorio desde el poste.

    Recogió el montón de cartas que había caído por la ranura de la puerta delantera. Separó las tarjetas y las notas escritas a mano de los periodistas para tirarlas y se llevó el resto del correo a la sala.

    El periódico del día anterior descansaba sobre el sofá, junto con el crucigrama que David había intentado resolver. Levantó la tapa del banco que había bajo la ventana y lo lanzó dentro.

    Volvía a tener frío. Corrió las cortinas, cogió la manta de punto, se envolvió con ella, se sentó en el banco y observó el correo sin abrir que tenía en el regazo.

    Una barrera de sonido, eso era lo que necesitaba, así que se levantó y encendió el equipo de música. Subió el volumen y dejó que las melodías etéreas de los teclados de Radiohead, los zumbidos y murmullos de percusión líquida, inundaran su mente.

    Las ocho en punto, y David aún no había llegado. Le llamó al móvil pero él no lo cogió. En el teléfono de Rose Gardens le saltó el contestador.

    Subió a su estudio y buscó las noticias locales en las páginas web del Boston Globe y del Canal 7. No había ninguna. Abrió su correo electrónico y sólo encontró un mensaje de Jody. ¿Había llegado bien a casa? Ivy le escribió un correo para decirle que sí.

    Bajó de nuevo a la cocina y se calentó una porción de pizza que había sobrado. Se la comió mientras intentaba no pensar en qué estaría reteniendo a David.

    A las nueve intentó llamarlo de nuevo.

    Las diez. Se encontró sentada en el borde de una silla de la cocina envuelta aún con la manta de punto, nerviosa y atenta al menor ruido. El rumor de los coches al pasar a toda velocidad por la calle parecía recorrerle la espina dorsal.

    El bebé le clavó en las costillas lo que debía de ser un pie. Ivy presionó suavemente con el dedo para sacarlo.

    «¿Qué pasa, Cachorrito? Estate quieto. Resolveremos esto, no te preocupes.»

    Por fin Ivy escuchó el rugido del motor de la camioneta de David y se puso en pie de un salto. Un minuto después se oyó el ruido de la llave en la cerradura. La puerta lateral se abrió y David entró en la cocina con la caja del cochecito de diseño, que dejó en un rincón.

    —¿Dónde estabas? He intentado llamarte —dijo Ivy, y de inmediato deseó no haberlo hecho.

    Había sonado como una acusación.

    David no pareció darse por aludido. Se bajó la cremallera de la chaqueta, se la quitó y la echó sobre una silla. Luego se sacó las botas y las lanzó a una esquina, antes de coger la cartera del bolsillo trasero y dejarla sobre la encimera.

    Olía a whisky. Seguramente se había bebido la botella de Jack Daniel's que guardaba en el escritorio de su oficina. Ivy no podía culparle. David abrió la nevera y sacó una cerveza.

    —¿Tienes hambre? —le preguntó Ivy—. Queda otra porción de pizza. O podemos pedir comida china. La señora Bindel ha traído un bizcocho de plátano.

    David se dejó caer en un taburete. Desenroscó el tapón de la botella y le dio un trago echando la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos un momento y, al abrirlos, dejó vagar la mirada.

    —¿Y? —preguntó ella—. ¿Qué ha pasado?
    —Bolsas de papel. —Depositó la botella con un golpe en la encimera—. Han buscado por todas partes y se han llevado algunas cosas en unas malditas bolsas de papel.
    —¿Qué... cosas?
    —Eso no me lo han contado. Theo ha dicho que se lo harían saber a él y luego él me lo explicaría a mí.
    —¿Cuándo?
    —Más tarde.
    —Pero ¿cuándo?
    —¿Y cómo diablos voy a saberlo? —David se golpeó con el puño en la palma de la otra mano y finalmente miró a Ivy—. Lo siento. Es la primera vez que soy sospechoso de asesinato.

    ¿Sospechoso de asesinato? Las lágrimas afluyeron a los ojos de Ivy mientras miraba a David.

    Sin decir una palabra él la atrajo hacia sí y la abrazó, apoyando la cabeza en su barriga. Ella pudo notar su agitación y su esfuerzo para controlarse.

    —Creen que... —Se le quebró la voz. Se aclaró la garganta y la miró—. Creen que tengo algo que ver con la desaparición de Melinda.
    —Los dos sabemos que eso es ridículo.
    —¿Y si encuentran algo?
    —Pero ¿qué van a encontrar?
    —Joder, no lo sé —respondió David—. No pensábamos que fueran a encontrar nada en ese viejo baúl y lo hicieron. Y no parece que la policía esté muy interesada en toda esa gente que viste ahí fuera y que podría haber metido la ropa dentro.
    —David, ¿te acuerdas de la mujer que vi? La señora Bindel también la vio, y pensó que era yo.

    David se apartó de Ivy.

    —¿Eso es lo que le ha contado a la policía? —gruñó—. Genial, ahora creen que tengo un cómplice: mi propia mujer.
    —¿De verdad van a pensar que somos tan estúpidos? Metemos una camisa llena de manchas de sangre en un baúl y luego lo dejamos en la acera con un cartel de «coge lo que quieras» al lado? Qué plan más brillante. Si quisiera deshacerme de una prueba así la quemaría, o la enterraría, o la metería en una bolsa y la tiraría a un contenedor de un área de descanso de la I-95. O mejor aún, la lavaría, la doblaría y la guardaría con mi propia ropa. Sólo la habría metido en ese baúl de mimbre si...
    —Exacto —dijo David—. Sólo habrías hecho eso si quisieras que la policía la encontrara.


    Capítulo 14


    A la mañana siguiente, después de que David se fuera a trabajar, Ivy llamó a un cerrajero. Se quedó observando cómo el educado joven, con los brazos cubiertos de tatuajes en forma de hojas translúcidas, perforaba la centenaria puerta de roble de la entrada. El reluciente latón que rodeaba la nueva cerradura parecía invitar a una futura profanación.

    ¿Cerrojos para la puerta principal y las laterales? Era una ridiculez. Las cerraduras que tenían habían funcionado muy bien hasta el momento. Pero ahora que su vida parecía precipitarse sin control, Ivy sentía que tenía que hacer algo para apuntalar sus fronteras.

    El cerrajero le dejó dos llaves. Metió una en su llavero y colgó la otra en el clavo del recibidor lateral para David. Haría una copia más por si acaso.

    Mantenerse ocupada. Intentar no pensar en nada. Ésos eran prácticamente todos sus planes para el día. Mientras cerraba, le resultó reconfortante oír el sonido de los nuevos cilindros al colocarse en su lugar y los pernos de bronce al deslizarse.

    En primer lugar fue al super a comprar leche, papel higiénico y los ingredientes necesarios para cocinar grandes cantidades de pollo Thai con chile. Congelaría raciones para cuando el bebé hubiera nacido.

    La tienda se veía tranquila a media mañana, sin las prisas a las que estaba acostumbrada cuando iba después de trabajar o el fin de semana. En media hora ya lo había comprado todo. Se detuvo en la biblioteca para devolver un audiolibro, una novela de misterio de Ruth Rendell que la había acompañado cada día mientras iba a trabajar.

    Al volver a casa se paró en la plaza de Brush Hills, una extensión rodeada de edificios comerciales achaparrados de granito de dos plantas, para hacer una copia de la llave nueva en la ferretería Three Brothers. La tienda había cambiado de dueños pero había mantenido el nombre después de que los «tres hermanos» originarios se hubieran retirado. Hacía siglos que no iba allí, desde que abrieron un Home Depot a apenas un kilómetro.

    Aparcó junto a un parquímetro y estaba metiendo una moneda cuando vio un coche patrulla que pasó junto a ella y siguió su camino. Ivy sintió que le subía el color a las mejillas. ¿La estaba siguiendo? ¿No podía ir a hacer recados sin que la agobiaran?

    Se apresuró a cruzar la puerta de una bolera abandonada en el sótano de uno de los edificios, y siguió avanzando hacia la ferretería; una campanilla sonó sobre su cabeza al entrar.

    A través de los ventanales de la tienda vio que el coche patrulla giraba y aparcaba en la zona de carga y descarga de la esquina. La policía solía controlar siempre el tráfico desde aquel lugar, se dijo, a la espera de que alguien se saltara el semáforo.

    Desvió su atención de lo que ocurría fuera. El establecimiento suponía emprender un viaje al pasado, cuando en las ferreterías locales se vendía todo tipo de artículos; olía a serrín, a sudor y a trementina. En los estrechos pasillos los artículos para el hogar —las tazas se mezclaban con utensilios de cocina y paños— compartían espacio con herramientas para arrancar las malas hierbas y artículos de pintura. Los clavos para el tejado, que aún se vendían a peso, llenaban un barril bajo una escalera metálica.

    Un hombre canoso apareció desde la parte de atrás y se instaló sobre un taburete tras un maltrecho mostrador de linóleo. Tenía la tez pálida y llena de manchas, como la parte inferior de una platija. Su mirada se dirigió a la barriga de Ivy. Ella le alargó la llave.

    —¿Podría hacerme una copia, por favor?

    El hombre cogió la llave y la examinó de cerca.

    —¿Ha habido algún problema...? —Alzó la vista para mirarla y parpadeó—. Oh, lo siento. Creía que... —Se restregó la barbilla entrecana, sacudió la cabeza y se encogió de hombros—. Por supuesto. Déme un minuto.

    Más tarde, mientras salía del aparcamiento, Ivy seguía preguntándose por la aparente confusión del dependiente. El coche patrulla había desaparecido. Había recorrido la mitad del trayecto hacia casa cuando se dio cuenta de que un sedán con el parabrisas tintado ocupaba desde hacía rato su retrovisor central.

    Giró a la derecha. El sedán la siguió. A la izquierda. Seguía tras ella. Cuando torció por el camino de entrada de su casa, el sedán giró a su vez. Oyó una puerta al cerrarse. Por el retrovisor lateral, vio acercarse al detective Blanchard.

    Mientras permanecía sentada agarrando con fuerza el volante, Ivy sintió que el corazón se le salía del pecho. Se sentía rodeada, atrapada, y sus pensamientos se desbocaron. ¿Había alguna novedad en el caso? ¿Iban a arrestarla?

    «Tuc.» Activó el cierre centralizado. Sacó el móvil y, con dedos temblorosos, marcó el número de la oficina de David.

    Contestó Lillian Bailiss.

    —Creo que no está —le comunicó después de comprobar su despacho y llamarlo por los altavoces—. Se ha ido a almorzar a las once y cuarto. No es propio de él marcharse durante más de una hora sin pasar en algún momento por aquí. Mira, no sé qué decirte, lo siento. ¿Has intentado llamarlo al móvil?

    El detective Blanchard se había quedado junto a su ventana, con aspecto relajado y esbozando una sonrisa de oreja a oreja, pero se puso un poco tenso cuando vio a Ivy hablar por teléfono.

    Ésta llamó al móvil de David. Tras sonar una sola vez, su llamada fue desviada al buzón de voz. Dejó un mensaje de socorro corto y casi histérico.

    Ahora el detective Blanchard estaba apoyado en el capó del coche, silbando y mordiéndose las uñas.

    Ivy llamó a Theo, que tampoco se encontraba en su despacho. ¿Dónde diablos estaba todo el mundo? Su ayudante le dio el número de su móvil y Theo contestó la llamada al primer tono.

    —¿Qué es lo que quiere? No te ha amenazado ni nada parecido, ¿no? —le preguntó a Ivy.
    —No ha dicho ni una sola palabra. Sólo está ahí quieto, esperando a que salga del coche. Pero es que yo no sé nada. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? —Ivy era consciente del tono histérico que iba adoptando su voz.

    El detective Blanchard la miraba por el parabrisas. El corazón de Ivy empezó a latir con fuerza y la sangre le palpitó en las orejas.

    —Mantén la calma. ¿Estás ahí? —preguntó Theo.
    —Sí, estoy aquí —murmuró Ivy entre sus dientes rechinantes.
    —Respira hondo —le pidió Theo—. Sal del coche y escucha lo que tenga que decirte. Pero no cuelgues el teléfono, ¿vale? Manten la línea abierta.
    —De acuerdo.

    Con el teléfono firmemente agarrado, Ivy abrió la puerta del coche.

    El detective Blanchard se dio cuenta y le sujetó la puerta. Ivy despegó su espalda sudada del asiento y salió del auto, ignorando la mano que él le ofreció.

    —Señora Rose, estoy aquí para que me acompañe a que la interroguemos —le informó el detective.
    —Pregúntale si estás detenida —le indicó Theo al oído.
    —¿Estoy detenida?
    —Sólo queremos hacerle unas preguntas. No le importa venir conmigo, ¿verdad?
    —Lo he oído —confirmó Theo—. Está bien, puedes ir con él. Pero no digas nada a menos que yo esté presente. No contestes a ninguna de sus preguntas. Recuerda que no has hecho nada malo. Ahora mismo salgo para ahí.

    El detective Blanchard le dejó descargar la compra, incluso se ofreció a ayudarla, y luego esperó mientras ella volvía a cerrar la puerta de la casa con llave.

    Ivy fue hasta la comisaría de policía en el asiento trasero del Crown Vic, aislada del exterior por los cristales tintados. Mientras atravesaban la plaza y manzanas y más manzanas de viviendas residenciales, tuvo la extraña sensación de que el coche permanecía inmóvil y las casas y los árboles se movían como panoramas que alguien hiciera correr, como sábanas colgadas de un tendedero.

    El coche giró por el largo camino de entrada que llevaba a la comisaría, un extenso edificio de madera pintada de blanco que parecía un club de campo. A menudo había pasado por ahí, aunque nunca había estado dentro.

    Blanchard dejó atrás una señal de «Prohibido pasar» y se detuvo en un estacionamiento adyacente en la parte de atrás, aparcó el coche y salió. Ivy buscó a tientas la manija para abrir la puerta pero no la encontró. Tampoco había ningún botón para bajar las ventanillas.

    Se obligó a reclinarse de nuevo en el asiento mientras la puerta del aparcamiento se abría, dejando al descubierto un interior bastante vulgar, muy parecido a cualquier otro garaje. Blanchard se detuvo junto a su ventanilla y la miró.

    Esta vez, al abrir la puerta, no le ofreció su mano y permaneció en silencio.

    Ivy salió del coche y se dejó guiar al interior del garaje. En un cartel colgado en el exterior del edificio podía leerse: «Precaución: las puertas se cierran automáticamente».

    Blanchard presionó el botón de un interfono interno. Por encima de sus cabezas se oyó un zumbido e Ivy alzó la vista. Dos cámaras giraron hasta enfocarlos y un momento después la puerta se abrió con un clic. Blanchard la siguió al interior. La puerta se cerró tras ellos con un golpe sordo seguido de un sonido metálico.

    La primera cosa que le llamó la atención a Ivy fue el olor: ambientador de pino mezclado con sudor y hedor a mierda. Le dio una arcada y luego tragó bilis, que se le quedó en la garganta. Sentía la presencia del detective Blanchard tras ella, pero él no la presionaba, sino que dejó que asimilara lo que la rodeaba.

    No había ninguna ventana; era un espacio anónimo y monocromático con paredes de hormigón encaladas y suelo de cemento. Detrás de un mostrador, dos pares de esposas pendían de sendas cadenas de unos treinta centímetros de largo fijadas a la pared. Aquél debía de ser el lugar donde se registraba a los detenidos.

    La visión de Ivy tenía una claridad sobrenatural, hasta el punto de que un par de deportivas y otro de botas de trabajo marrones llenas de barro que había un rincón le parecieron dibujados, como si pudiera borrarlos con el Photoshop.

    Blanchard rodeó el mostrador.

    —Tiene derecho a permanecer en silencio y a no responder ninguna pregunta. —Ajustó un monitor de vídeo que quedaba a la altura de su codo, junto a él. La cara de Ivy aparecía en la pantalla, tomada desde arriba. Al mirar, descubrió la cámara engastada en la pared, justo sobre el hombro de Blanchard—. ¿Lo ha entendido?
    —Me había parecido entender que no estaba detenida.
    —Y no lo está.
    —Entonces ¿por qué...? —empezó.

    Pero Blanchard la interrumpió y siguió leyéndole sus derechos, palabras que Ivy había oído más de un millón de veces en la tele, y esperando a que ella le respondiera después de enunciarle cada uno.

    «Recuerda que no has hecho nada malo.» Las palabras de Theo y la certeza de que no estaba detenida no la consolaban.

    Por fin Blanchard pronunció la última frase:

    —Tras haber escuchado y entendido los derechos que le acabo de explicar, ¿desea contestar mis preguntas sin la presencia de un abogado?

    Ivy tomó aire.

    —No.
    —¿Quiere esperar al señor Spyridis?

    Ivy asintió.

    —Muy bien. El señor Spyridis ya está aquí. Con su marido.
    —¿Con mi...?
    —Le trajimos hace unas horas para interrogarle.

    A Ivy empezaron a temblarle las rodillas. «¿Hace unas horas?» ¿Por qué no la había llamado David para contárselo? ¿Por qué no le había dicho Theo que estaba con David en la comisaría?

    Ivy se quedó mirando las botas, que parecían tener una textura incorpórea. Eran las de David. Se deslizó hacia una puerta abierta y echó un vistazo a lo que parecían unos calabozos. Los dos que alcanzó a vislumbrar estaban vacíos.

    —¿Sabe? La experiencia me dice —Blanchard había adoptado de nuevo el tono de voz del tío Bill— que no siempre es una buena idea que el marido y la mujer compartan el mismo abogado. No sé si me entiende: puede haber un conflicto de intereses. —Se mordió el labio inferior.
    —Por favor, dígale al señor Spyridis que estoy aquí —replicó Ivy. Escogió sus palabras con cuidado, asegurándose de que pronunciaba una frase completa y daba la impresión de no estar en absoluto abrumada por lo que ocurría—. Me gustaría que le acompañaran aquí lo más rápido posible.


    Capítulo 15


    Ivy siguió al detective Blanchard por un tramo de escaleras; luego atravesaron un vestíbulo y se dirigieron a una puerta que había en su extremo. Se preguntó si David se encontraría detrás de alguna de las puertas ante las que pasaron.

    El detective abrió la puerta y la invitó a entrar.

    Ivy había esperado que la llevaran a una sala de interrogatorios, pero aquella habitación parecía más bien el despacho del detective Blanchard, asumiendo que la agradable mujer de la foto enmarcada que descansaba sobre su escritorio fuera su mujer, y el joven con uniforme militar, su hijo.

    Blanchard se acomodó tras el escritorio. Ivy se sentó frente a él al otro lado de la mesa, en el borde de una silla de madera de respaldo recto. Él echó un vistazo al teléfono, que tenía una luz roja encendida.

    La habitación estaba amueblada con gusto y disponía de una ventana acortinada que daba al aparcamiento. El papel secante estaba limpio. Vio una serie de estanterías alineadas en una pared, mientras que en la de enfrente colgaba un gran espejo. Junto a éste había un diploma enmarcado de la Universidad de Suffolk con fecha de 1970. Albert: así se llamaba el detective Blanchard.

    Ivy tenía la frente y el labio superior cubiertos de sudor. Se sacó la chaqueta y la colgó del respaldo de la silla; pensó que tal vez el calor que reinaba en la habitación era deliberado.

    —Me había parecido entender que mi abogado se encontraba aquí —observó.
    —Y así es. Voy a ver por qué no viene.

    Se marchó y dejó la puerta abierta tras de sí. Ivy oyó sus pasos que se alejaban. Luego escuchó un golpe procedente del vestíbulo.

    —¿Dónde está? —Era la voz de David—. Quiero ver a mi esposa.

    Ivy se acercó a la puerta y echó un vistazo hacia el vestíbulo, justo a tiempo de ver a Blanchard desaparecer en la habitación contigua. Oyó voces pero no podía distinguir las palabras.

    Dudó por un momento. Nadie le había dicho que se quedara allí, así que se deslizó hacia la entrada. El detective había dejado entreabierta la puerta de la sala donde había entrado. Ivy se acercó.

    —Malditos cabrones. —Era la voz de David de nuevo, furiosa y alterada—. ¿Pueden hacer esto?

    Oyó una voz que le contestaba en un tono más bajo, probablemente la de Theo, y luego una femenina.

    A través de la ranura de la puerta se veía una habitación de unas dimensiones aproximadas a la que había dejado atrás, débilmente iluminada. Se aproximó un poco más y captó los detalles al vuelo: paredes desnudas, una mesa cubierta de papeles y carpetas de papel Manila junto con un teléfono y una grabadora, y media docena de sillas.

    La mujer era joven y vestía un traje pantalón oscuro; no iba uniformada. David y Theo estaban sentados muy juntos frente al escritorio, enfrascados en una acalorada discusión, y no se percataron de la presencia de Ivy. El agente Fournier, aquel poli alto que los había interrogado acerca del arcón, estaba apoyado en la pared.

    Lo que le cortó la respiración fue el panel de cristal que ocupaba toda la pared: era una ventana a través de la cual podía ver un escritorio y una silla con su propia chaqueta colgada en el respaldo. Un espejo/cristal.

    —El detective Blanchard va a interrogar a su esposa ante la presencia de su abogado —explicó la mujer—. Si lo desea puede quedarse y mirar, o si lo prefiere, podemos llevarlo a un calabozo.

    Ivy se dio cuenta de que debía de ser de la fiscalía. ¿Iban a observarla mientras la interrogaban sin comunicárselo?

    —David —dijo Theo en una voz tan baja que Ivy casi tuvo que imaginarlo—. Te lo advierto, por tu bien lo mejor es que no te quedes. Deja que yo me ocupe de esto. Tienes que confiar en mí.
    —No es que no confíe en ti, pero quiero quedarme; se lo debo a Ivy.
    —Pero no estarás con ella: estarás aquí y no podrás hacer nada. Y yo no puedo quedarme contigo aconsejándote y al mismo tiempo estar allí aconsejándola a ella.

    Ivy captó la mirada que Blanchard le dirigió a la mujer.

    David y Theo continuaron discutiendo, ajenos a su presencia. Theo se fue exasperando a medida que David se mostraba más y más inflexible.

    —Señora Rose —dijo el detective en voz alta—, creo haberle dicho que se quedara en el despacho.

    David se volvió y, al verla, en su rostro se dibujó un gesto de consternación que luego se endureció al dirigir la mirada hacia Blanchard.

    —Sois unos hijos de puta —dijo.

    Blanchard y la mujer intercambiaron una mirada de complicidad, e Ivy se dio cuenta de que habían intentado atraerla desde la otra habitación para que oyera cómo se enfrentaba David a aquella difícil tesitura. Querían que supiera que la iban a observar mientras la interrogaban. Se estaban aprovechando del hecho de que David y ella compartían el mismo abogado, e Ivy había caído en su trampa.

    Divide y vencerás, enfrenta al marido y la mujer: era una estrategia ya probada y de éxito seguro.

    Sintiéndose como una fugitiva en un tren, dejó que Blanchard la acompañara de nuevo al despacho contiguo. Se sentó a la mesa con los dedos entrelazados y un pulgar sobre el otro.

    Un minuto después Theo entró en la habitación.

    —¿Puede apagarlo mientras consulto con mi cliente, por favor?

    Blanchard apretó un botón y la luz roja se apagó.

    —Cinco minutos —dijo, y abandonó la sala.

    Ivy se sentía enferma. Aquello no podía estar sucediendo.

    —¿Y David? —preguntó.

    Theo hizo un gesto con la cabeza en dirección al despacho de al lado.

    —Está ahí. Observando. No le he podido convencer.

    Ivy se puso en pie y miró su propio reflejo en el espejo. Rodeó el escritorio y acercó su cara al panel de cristal al tiempo que presionaba con las palmas de sus manos contra él. Esperaba que David estuviera al otro lado haciendo lo mismo.

    —Ivy. —La voz de Theo sonó baja pero incisiva—. Tenemos que hablar.

    Giró la silla hasta dejarla de espaldas al espejo. Ella se sentó y Theo acercó otra silla.

    Se cubrió la boca con la mano.

    —Es muy importante que sigas todas mis indicaciones. ¿me has entendido? —Ivy se obligó a asentir—. Estos tipos no tienen ni idea de lo que le pasó a Melinda White —continuó Theo en un susurro ronco—. Ahora mismo lo único que tienen es una prenda de ropa y manchas de sangre. Si tuvieran un caso, estarían preparando la acusación. Pero no lo están haciendo; sólo tiran la caña a ver si pescan algo.
    —A ver si pescan algo —repitió Ivy.
    —Ni tú ni David estáis detenidos. Pero si encuentran la mínima grieta, créeme, la explotarán. Intentarán manipularte, manipular los hechos. No va a ser fácil. Estos tipos son listos; saben por dónde atacar y cómo darle la vuelta a las cosas.

    Ivy estaba paralizada; tenía que obligarse a concentrarse para entender lo que Theo le decía.

    —Van a hacerte un montón de preguntas; grabarán tus respuestas y la de la fiscalía estará al otro lado del espejo escuchando y observando junto con David. Pase lo que pase, consúltame antes de decir nada, y luego cíñete a los hechos. No hagas conjeturas. No les des información si no te la piden. ¿Entendido?
    —Creo que sí.
    —Necesito que estés segura. —Alargó el brazo y apretó su mano entre las suyas—. ¿Podrás hacerlo?

    Ivy asintió.

    Un momento después se oyó un toque en la puerta y Blanchard regresó. Se sentó frente a la mesa y pulsó un botón del teléfono. La luz roja se encendió de nuevo. Luego abrió un cajón y extrajo una pequeña grabadora. Metió dentro una cinta virgen y la puso en marcha.

    —Detective sargento Albert Blanchard —empezó—, del departamento de policía de Brush Hills, miércoles cinco de noviembre...

    Las primeras preguntas fueron irrelevantes. El nombre completo de Ivy, su edad, dónde se había criado, cuánto hacía que David y ella estaban casados, cuánto tiempo llevaban viviendo en su casa. A medida que las contestaba, se sentía como si nada de aquello fuera real, como si la habitación fuera un decorado y ella estuviera leyendo un guión que Theo había escrito.

    ¿Había problemas en su matrimonio? Theo asintió con la cabeza indicándole que podía contestar también aquella pregunta. La respuesta de Ivy fue firme:

    —Ninguno.

    El detective pasó al siguiente punto: la relación de Ivy y David con sus vecinos. Y por último, ¿conocía bien a Melinda White?

    Ivy le contó que ambas se habían criado en la misma ciudad y habían ido juntas a la escuela, pero que nunca habían sido amigas.

    —¿Cuándo fue la última vez que la vio antes del mercadillo?

    Theo le dio permiso con la mirada para contestar.

    —La verdad es que no recuerdo haberla visto desde que nos graduamos en el instituto.
    —Melinda White no se graduó —la informó Blanchard—. Abandonó los estudios en el último curso.
    —No lo sabía —dijo Ivy.
    —Un año después terminó el último semestre y obtuvo el GED —explicó el agente Blanchard, que dejó caer la información como si fuera intrascendente. Luego prosiguió—: Señora Rose, ¿podría contarme lo que ocurrió el sábado uno de noviembre y su interacción esa mañana con la víc... con Melinda White?

    Theo dudó un momento y después asintió. Ivy se lo explicó todo al detective, con tanto detalle como pudo recordar. Él tomó alguna nota, pero no parecía escucharla.

    —Hemos interrogado a sus vecinos y algunas personas más que estaban en el mercadillo, y aunque hay gente que dice que vio entrar a la señorita White en su casa con su marido, no hemos podido encontrar a nadie que la viera salir. ¿Podría explicármelo?

    Ivy estaba a punto de contestar cuando se dio cuenta de que Theo sacudía la cabeza. «No hagas conjeturas.»

    Blanchard continuó.

    —Si pudiéramos encontrar ni que fuera una persona que corroborara su versión de que la señorita White abandonó su casa aquella mañana, podríamos abrir otras vías de investigación. Así que supongo que todo se reduce a su palabra... contra la de todo el mundo.

    Ivy no pudo reprimirse.

    —Vino. Se fue. Eso es todo lo que sé.

    Blanchard se encogió de hombros y entonces empezó a hacerle preguntas sobre el arcón de mimbre. Ivy le explicó que lo habían sacado del garaje de la señora Bindel, y enumeró lo que habían encontrado dentro.

    —Antes de dejarlo en la acera, ¿metió su marido algo dentro que antes no estuviera?

    Ivy ni siquiera esperó a que Theo asintiera.

    —No. Sólo volvimos a meter lo que ya había.
    —Después de dejar el baúl en la acera, ¿metieron algo más dentro?
    —¡No!

    Theo se aclaró la garganta, a modo de sutil reprimenda. «Mantén la calma.»

    El detective se inclinó hacia delante y contempló a Ivy.

    —Señora Rose, un testigo fiable afirma haberla visto a usted esa noche metiendo algo en el baúl.

    Ahí estaba. Ivy sabía que antes o después acabaría saliendo, pero aun así la pilló por sorpresa.

    —No era yo. Hace que parezca...

    El enfático «¡Ivy!» de Theo la hizo callar.

    —El testigo —prosiguió Blanchard— testificará que su marido y usted arrastraron el baúl hasta la acera el domingo por la tarde y lo dejaron ahí. Y luego, alrededor de la diez de la noche, usted salió, abrió el baúl y...
    —Suficiente —le cortó Theo—. La señora Rose ha contestado a su pregunta. Siga con otros temas.

    Blanchard abrió el cajón del escritorio y sacó una carpeta de papel Manila.

    —En realidad no importa. Disponemos de una aplastante cantidad de pruebas.

    Sacó una fotografía y la dejó sobre la mesa, frente a Ivy. En la imagen se veía la blusa de premamá con el estampado de flores amarillas y azules, y unos pantalones tejanos.

    —La camisa y los tejanos se encontraron en el arcón frente a su casa. Las manchas son de sangre humana, y su tipo coincide con el de Melinda White.

    Ivy no necesitaba que Theo frunciera el ceño para saber que no debía responder.

    Blanchard colocó otra foto junto a la primera: la cabeza de cisne de cristal.

    —Ya sabe lo que es esto. Encontramos más fragmentos de cristal en la bolsa del aspirador que estaba en la basura. Me pregunto qué dirá el jurado cuando le contemos que usted se dedicó a pasar el aspirador por el altillo después de que la víctima desapareciera. O que encontramos la bolsa destripada y el interior revuelto.

    La actitud de Theo era relajada y no parecía impresionado, como si todas aquellas pruebas circunstanciales no demostraran nada. Pero el corazón de Ivy se aceleró a medida que el detective seguía hablando con voz monótona, resumiendo las pruebas del mismo modo en que lo haría un fiscal ante un jurado. Se daba cuenta de lo mal que sonaba.

    —¿Sabe lo que encontramos ayer durante el registro del negocio de su marido?

    Lanzó otra fotografía sobre la mesa. En ella se veía una bolsa de lona como la que llevaba Melinda el día del mercadillo y, encima, un cuchillo con el mango de madera y un filo alargado y biselado que se estrechaba en la punta. Ivy se estremeció y apartó la vista.

    —¿Reconoce estos objetos? Los encontramos en un contenedor detrás del vivero de Rose Gardens. ¿Y si le digo que hemos encontrado sus huellas dactilares en el mango?

    La mirada de Ivy se vio arrastrada de nuevo a la fotografía. Tenía un juego de cuchillos en un bloque de madera sobre la encimera de la cocina... y uno de ellos era exactamente igual al que mostraba la foto. Si en efecto era el suyo, tenía mucho sentido que sus huellas estuvieran en el mango, y también las de David.

    —¿Le sorprendería que le dijera que encontramos rastros de sangre en este cuchillo? —La boca de Blanchard estaba apretada en una fina sonrisa de satisfacción—. Y también encontramos restos de sangre en la furgoneta de su marido. ¿Qué me diría si le contara que el ADN de estos restos coincide con el que obtuvimos del cepillo de dientes de casa de Melinda White?

    ¿Pruebas de ADN? Ivy supo que mentía. Habían encontrado el cuchillo la tarde anterior, así que no habían tenido tiempo de analizar el ADN. Y si de verdad era la sangre de Melinda, entonces alguien tenía que haberla puesto ahí y haber escondido el cuchillo en Rose Gardens, donde sabían que la policía iría a buscar.

    —¿Quién le sugirió que registrara Rose Gardens? —inquirió Ivy—. A esa persona es a la que debería estar interrogando: esa persona es quien ha dejado ahí todas estas mal llamadas pruebas para que las encuentren.
    —«Mal llamadas pruebas.» También encontramos algunos objetos muy interesantes al registrar el apartamento de la señorita White. —Dejó caer una bolsa de pruebas sobre la mesa—. ¿Reconoce esto?

    A través del plástico Ivy pudo ver una indiscreta fotografía: un retrato de David.

    —La encontramos pegada con un imán en la puerta de la nevera. Es la misma fotografía que los compañeros de Melinda en el hospital Neponset aseguran que ella les enseñó el año pasado, antes de dejar el trabajo. Y también se la mostró a sus colegas de SoBo Realty. A todos les dijo que era su prometido.

    No. Sólo era una fotografía. Ivy se clavó el pulgar en la palma de la mano. Cualquiera podía haberla tomado. Melinda y David no mantenían una relación. Era imposible.

    —¿Cuándo descubrió que su marido tenía una aventura? —preguntó Blanchard mientras la taladraba con la mirada. Acercó la fotografía a Ivy y elevó el tono de voz—. Melinda White tiene una hermana, y madre. Supongo que se imagina lo doloroso que debe de ser para ellas no saber lo que le ha ocurrido.

    Ivy no pudo evitar echarse a llorar mientras se le hacía un nudo en el estómago.

    —Imagínese cómo se sentiría usted en su lugar, si su hijo, el que lleva en su vientre, desapareciera, se desvaneciera en el aire. —Blanchard hizo una pausa, implacable—. Si sabe usted algo que pueda ayudarlas a entender lo que ha ocurrido, por favor, ahora es el momento de decirlo.

    Ivy hundió la cabeza entre los hombros y se dio la vuelta para que David no viera su angustia desde el otro lado del espejo.

    Blanchard dejó un lápiz sobre la mesa y esperó.

    —¡Ah! Y tenemos una cosa más. —Volvió a meter la mano en el cajón del escritorio y sacó otra pequeña grabadora, que dejó sobre la mesa, entre ellos—. Ésta es la cinta que encontramos en el contestador automático de Melinda. Creo que la juzgará muy interesante. A nosotros así nos lo pareció.

    Blanchard la puso en marcha y una voz electrónica anunció: «Sábado, uno de noviembre, 18.05 h». Después se oyó un bip y entonces otra voz: «Melin... ¿Mindy? ¿Estás ahí? —Era la voz de David—. Por favor, si estás ahí cógelo. —Una larga pausa—. Mierda. No estás. Tenemos que hablar; siento mucho lo que pasó. De verdad. No me di cuenta... no me acordé... Sé que te parecerá una locura pero... ¿podemos hablar al menos? No quiero que las cosas queden así...».

    El teléfono que había sobre el escritorio sonó. Un único timbrazo; luego, silencio. Resonó en el aire como la campana final de un combate de boxeo.

    Blanchard lo dejó sonar una vez más antes de coger el auricular. Escuchó con cara de póquer y luego colgó, se puso en pie y fijó en Theo una mirada apacible.

    —Creo que su otro cliente quiere hacer una confesión.


    Capítulo 16


    Ivy observó en un silencio atónito cómo Theo se ponía en pie de un salto y abandonaba la habitación con Blanchard pegado a sus talones. Se levantó, vacilante y fue hasta la puerta, desde donde los observó discutir en el vestíbulo.

    —Nada de esto se sostendría ante un tribunal —decía Theo—. Lo que está haciendo bordea la coacción. Sin acceso a un abogado. No tiene excusa...
    —Ahórrese las molestias —le replicó Blanchard—. Fue el señor Rose quien decidió quedarse y mirar.
    —¿Decidió? ¡Y una mierda! No importa lo que haya dicho, es inaceptable ante un tribunal. Cualquier juez estará de acuerdo. Mi trabajo es proteger a mis clientes, y usted ha hecho que resulte imposible.
    —Si hubiera hecho bien su trabajo, abogado, habría sugerido a sus clientes que contrataran a abogados distintos. Aquí hay un conflicto de intereses, y usted lo sabe.

    Ivy los empujó al pasar junto a ellos y entró en la habitación contigua. David estaba sentado con la cabeza entre las manos. Ella se arrodilló en el suelo a su lado.

    —¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

    Él la miró, exhausto y sin fuerzas.

    —Lo siento. Fue un error. Yo...
    —¡David! —le interrumpió Theo—. Deja de hablar.
    —No puedo —respondió éste—. Yo no digo nada y entonces ellos hacen que mi mujer parezca una asesina. Voy a contar la verdad, y que se vayan a la mierda. Es todo lo que tengo. —Le apretó la mano a Ivy—. Lo siento mucho —susurró.

    Ivy notó cómo el frío se apoderaba de su cuerpo.

    David se irguió y se dirigió al detective Blanchard:

    —Sí, fui yo quien echó la bolsa de lona y el cuchillo al contenedor. Los encontré en mi furgoneta ayer, al ir a trabajar, y le juro que yo no los puse allí.
    —En su furgoneta.
    —En la parte de atrás, debajo de una lona de plástico.

    Blanchard se puso de pie e intercambió algunas palabras con el agente Fournier, que a continuación abandonó la habitación.

    —Sé que parece una locura —continuó David—, pero es lo que sucedió. Reconocí la bolsa y me di cuenta de que el hecho de que estuviera en mi poder llevaría a pensar que yo tenía algo que ver con la desaparición de Melinda. No sabía que había un cuchillo dentro, porque no la abrí para mirar. Sólo quería deshacerme de ella.
    —David —musitó Theo al tiempo que sacudía la cabeza y hundía los hombros en un gesto de derrota.
    —Lo sé, lo sé, tendría que haber llamado a la policía; pero me entró el pánico. Sólo quería que todo desapareciera. Y la verdad, no tengo ni idea de cuándo se fue Melinda de nuestra casa —añadió David con voz y rostro inexpresivos—, porque no la vi marcharse.

    La mujer de la fiscalía le dirigió a Blanchard una mirada de sorpresa.

    —La llevé adentro —explicó David— y le enseñé la casa, tal como les conté. Pero cuando llegamos al ático, empezó a hablar de lo infeliz que había sido su infancia. Fue como si el hecho de estar ahí, de nuevo en esa casa, encendiera un interruptor, y se le fue la cabeza. Le dio un golpe al cisne de cristal y lo lanzó contra la pared.

    »Yo me limitaba a mirarla; no podía hacer nada más. Me pidió que la dejara sola, que le diera un poco de intimidad y tiempo para calmarse. Cuando regresé, ya se había ido.

    —¿Cuánto tiempo tardó en volver? —preguntó Blanchard.
    —Unos diez minutos. Pensé que ella sola había encontrado el camino de salida. Por eso la llamé después, por la noche. Quería comprobar que estaba bien.
    —¿Está diciendo que Melinda encontró ella sola el camino de salida? —repitió el detective con un dejo de escepticismo en la voz—. ¿Y que la última vez que la vio ella se encontraba en su ático, sana y salva?
    —Y consternada. Pero sí, sana y salva. Ésa es la verdad. ¿Por qué iba a dejarle un mensaje si sabía que había desaparecido?
    —Buena pregunta —señaló Blanchard—. Esto es lo que yo creo: que la llamó y le dejó un mensaje porque quería que pareciera que usted pensaba que ella aún estaba viva... cuando sabía perfectamente que no era así.


    «David Rose, queda usted detenido por manipular pruebas físicas...»

    Las palabras aún resonaban en los oídos de Ivy mientras Theo la llevaba en coche a casa. Habían salido de la comisaría por la puerta de atrás y habían pasado desapercibidos mientras atravesaban las unidades móviles de televisión que se habían agrupado allí para una conferencia de prensa convocada a toda prisa.

    La policía los había dejado solos un momento antes de llevarse a David, y éste había besado a Ivy en los labios.

    —No sé lo que haría si te perdiera. —Metió la cara entre su pelo—. Yo no le hice nada; no la toqué. Ni siquiera la conocía. Ivy, tienes que creerme.

    «¿Creerte?» La confianza de Ivy se iba erosionando con cada nuevo descubrimiento acerca de lo que había ocurrido.

    Theo conducía deprisa: se pegaba a los coches que iban despacio, pasaba los semáforos en ámbar y casi no se detenía en las señales de stop. Los neumáticos chirriaban al trazar las curvas y una pequeña cruz de plata se balanceaba de forma errática, colgada en el retrovisor central. Había unas letras griegas grabadas en la cruz: Ivy reconoció el círculo con la línea que lo atravesaba, la letra phi.

    —La vista se celebrará mañana por la mañana. Pediremos la libertad bajo fianza. No te preocupes, por la tarde David estará en casa. —Sonaba arrogante y tranquilizador, justo lo que Ivy quería escuchar.

    Se inclinó hacia delante y se apoyó en el salpicadero cuando el coche dio una sacudida al frenar en un semáforo.

    —Te llamaré en cuanto sepa algo —le aseguró Theo, y luego continuó con sus advertencias de que no hablara con los periodistas ni con los vecinos, ni siquiera con los amigos, sobre lo que estaba ocurriendo.

    Ivy asintió como si le escuchara, aunque en realidad las palabras le entraban por un oído y le salían por el otro.

    El semáforo cambió a verde y Theo aceleró.

    —Como abogado tuyo... —siguió perorando.

    Ivy observó a Theo mientras éste hablaba, dando golpes con la palma de la mano en el volante para enfatizar sus palabras y girando bruscamente en medio del tráfico.

    Tal vez se había apresurado al rechazar la sugerencia del detective Blanchard de que cada uno tuviera su propio abogado. Theo era amigo de David, una amistad forjada a lo largo de décadas de compartir experiencias. Y no estaba muy segura de que fuera una buena idea tener como representante legal a un amigo tan íntimo. Tal vez David necesitaba a otra persona, alguien con más distancia emocional y más experiencia en derecho criminal para que le representara.

    Ya casi había oscurecido cuando Theo tomó la curva que desembocaba en Laurel Street.

    —Oh, oh —dijo.

    A Ivy se le revolvió el estómago cuando vio los vehículos aparcados a lo largo de toda la manzana. Un equipo con una cámara se estaba instalando frente al camino de entrada.

    —No aparques delante de casa —le pidió a Theo—. Se va armar una gorda. Mejor me bajo aquí.

    Theo paró el coche. La cadena y la cruz que colgaban del retrovisor se balancearon adelante y atrás, como un metrónomo. Ivy observó a su propia mano tenderse hacia la puerta para abrirla.

    —Espera un momento. —Theo le puso una mano en el hombro—. Recuerda: no tienen el cuerpo de la víctima, no tienen cuerpo ni testigos. Tanto tus antecedentes como los de David están inmaculados. No teníais relación con Melinda. Hay un montón de otras posibilidades.

    ¿A quién intentaba convencer, a ella o a sí mismo?

    —Vosotros sois las víctimas en este caso —prosiguió Theo—. Todo lo que han descubierto tiene una explicación. No tendremos ninguna dificultad en crear una duda razonable en la mente de los miembros del jurado.

    «¿El jurado?» Pero si a David lo habían arrestado sólo por manipular pruebas...

    —Es auténtica mala suerte que vuestra casa haya resultado ser el último lugar donde esa mujer fue vista antes de desaparecer. O tal vez no tenga nada que ver con la suerte. Quiero que pienses en todas las personas que os pueden guardar rencor por algo, porque las pruebas no aparecen así como así.
    —Eso es lo que no se entiende. Si alguien trata de inculpar a David, ¿por qué esconder el cuerpo? ¿Por qué no darle a la policía lo que necesita para acusarle de homicidio?


    Capítulo 17


    Ivy caminó en dirección a su casa con la débil luz del anochecer. Es difícil pasar desapercibida cuando estás embarazada de nueve meses, pero se las ingenió para escurrirse por el lateral de la casa de la señora Bindel y llegar hasta la suya a través del patio trasero sin que la vieran.

    A la sombra de la entrada cubierta, tuvo que probar varias veces antes de conseguir abrir con la llave nueva. Acababa de empujar la puerta cuando la pared de la casa quedó iluminada por un fogonazo de luz blanca. Luego hubo otro flash cegador. Ivy advirtió que se acercaban a toda prisa desde detrás de ella.

    —Señora Rose, ¿cómo ha reaccionado después de que arrestaran a su marido por asesinato? —gritó un hombre.

    Unos cuantos micrófonos se adelantaron.

    —¿Qué nos puede contar de las pruebas encontradas en Rose Gardens?

    Esta vez era una voz de mujer.

    —¿Eran ustedes amigos de Melinda White?

    Ivy se escurrió por la puerta, la cerró de un portazo y luego le dio vuelta a la cerradura desde dentro. Permaneció un momento en el recibidor en sombras, temblorosa y jadeante. Seguía oyendo las voces en el exterior. Aquella gente intentaba atravesar las paredes de su casa, los poros de su piel.

    Ése era su hogar, donde se suponía que debía sentirse segura, donde se suponía que podía ir en pelotas si quería, o gritar como una loca y romper platos sin que nadie la recriminara por ello.

    Se oyó un fuerte golpe en la puerta y sonó el timbre. Ivy se tapó los oídos con las manos y cruzó la cocina corriendo. Pasó de una habitación a otra de la planta baja tan deprisa como pudo al tiempo que corría las cortinas y los estores de todas las ventanas.

    Luego volvió a la cocina. La taza favorita de David estaba aún en la mesa; la cogió y se disponía a dejarla en el fregadero cuando se dio cuenta de que el bloque de madera con los cuchillos no estaba en su sitio habitual: alguien lo había echado hacia delante, cuando normalmente estaba al fondo de la encimera. Ella no recordaba haberlo dejado allí.

    El cuchillo de trinchar, el que se parecía al que la policía había encontrado dentro de la bolsa de lona en el contenedor de Rose Gardens, no estaba allí.

    Desde el exterior le llegó una voz femenina: «... desaparecida desde el sábado...».

    Ivy arrojó la taza de David contra la pared; ésta se hizo añicos y dejó una mancha marrón. Ivy avanzó de espaldas hasta topar con la pared. Los pies parecían negarse a sostenerla y resbaló hasta aterrizar con fuerza en el suelo.

    ¡El bebé!

    El teléfono sonó, pero no le hizo caso.

    Ivy no podía arriesgarse a hacer daño al bebé. No ahora. Se puso las manos sobre la barriga e ignoró el dolor que le subía desde la rabadilla por la columna vertebral. No había roto aguas ni estaba sangrando.

    El teléfono volvió a sonar. La fuerte patada del bebé en su costilla inferior le resultó tranquilizadora.

    El teléfono sonó una tercera vez. Lo más probable es que se tratara de uno de esos carroñeros que había fuera. O tal vez fuera Theo, para asegurarse de que había llegado bien a casa.

    Ivy se puso de rodillas al tiempo que el contestador se activaba; oyó su propia voz diciéndole al mundo entero que la dejara en paz. Biiiip.

    —Pamplinas. ¿Dónde coño estás? —se oyó la voz de Jody en la máquina.

    Ivy consiguió ponerse en pie y agarró el auricular.

    —¡Jody!
    —Gracias a Dios —exclamó ésta—. Llevo todo el día dejándote mensajes. Se suponía que tenías que llamarme, ¿recuerdas? Fui a verte y tu vecina me dijo que te habían detenido.

    Ivy oyó a Riker chillando.

    —No me han detenido. Me llevaron a comisaría para interrogarme. Es a David a quien han detenido.
    —¿Por qué?
    —Por manipular pruebas.
    —¿Estás sola en casa?
    —¿Sola? Ya me gustaría. Hay un millón de periodistas ahí fuera.
    —¿Quieres venirte aquí? Claro que sí. Ahora mismo voy a buscarte.

    Como en un acto reflejo Ivy comenzó a decir que estaba bien, pero Jody se le adelantó:

    —Prepara la bolsa. Ahora. Estaré ahí en un cuarto de hora como máximo. Te llamo desde la esquina.

    La comunicación se cortó.

    Ivy se quedó mirando el auricular. Jody era justo lo que necesitaba; gracias a Dios que al menos una de las dos no había perdido la razón.

    Llamó a Theo y le dejó un mensaje diciéndole que se iba a casa de Jody y que podría localizarla en el móvil. Diez minutos después estaba sentada a la mesa de la cocina, lista para marcharse. Había metido un cepillo de dientes, un camisón y una muda en una bolsa de la compra.

    Cogió el teléfono en cuanto sonó.

    —Acabo de cruzar la plaza —la informó Jody— y estoy subiendo por Elm Street. —Hubo una larga pausa—. Aquí está Laurel Street. —Otra pausa—. Muy bien, estoy girando en tu esquina. Ostras, ¿de dónde ha salido toda esta gente?
    —No pares delante de casa. Te acribillarán con...
    —¿Quién ha dicho nada de pararse? —la cortó Jody—. Escúchame; esto es lo que quiero que hagas. ¿Me oyes?
    —Sí, dime.
    —¿Estás en la cocina?
    —Ajá.
    —Enciende la luz y comprueba si hay alguien en la puerta lateral.

    Ivy así lo hizo.

    —No hay nadie.
    —Muy bien. Cuelga y sal fuera. Contaré hasta veinte y pasaré a toda prisa; tú corre y métete de un salto en el coche.

    ¿Correr? ¿Saltar? Sí, claro.

    —Será como en los viejos tiempos —continuó Jody—. ¡Chicas al poder!

    Sonaba un poco cutre, pero aquél había sido su grito de guerra, el que chillaba el equipo de relevos de la universidad cuando rompían el corrillo antes de cada carrera.

    —Vale —siguió Jody—, ahora, cuenta conmigo: uno, dos...
    —Tres, cuatro... —se le unió Ivy al tiempo que cortaba la llamada.

    «Cinco, seis.» Bajó la vista hacia su barriga. Más que llegar al poder, como mucho iba a arrastrarse. «Ocho, nueve.» Cogió el monedero y la bolsa de la compra, salió por la puerta y la cerró con llave. Luego avanzó sigilosamente hasta el porche cubierto.

    Por lo que podía ver de la gente que pululaba frente a la casa, nadie se había dado cuenta de su presencia. Más abajo sólo distinguía unos faros, que sabía que pertenecían al Escarabajo de Jody, estacionado en la esquina.

    Al llegar a veinte, se sujetó la bolsa frente a la cara y corrió a toda prisa desde el camino de entrada hasta la acera, sorprendida de lo rápido que podía moverse.

    —¡Señora Rose! —gritó una voz.

    Pero el coche de Jody ya estaba ahí, un destello amarillo verdoso con la puerta abierta. Ivy se metió dentro; se oyó patinar un neumático cuando Jody aceleró, y la puerta se cerró de golpe.

    —¡Guau! Abróchate el cinturón —le dijo Jody mientras derrapaba en la curva.

    El subidón les duró unos diez segundos.


    —Entonces, ¿la comparecencia de David es mañana por la mañana? —preguntó más tarde Jody, mientras acunaba a Riker en su regazo en la cocina de su rancho estilo años cincuenta.

    Sobre la mesa había recipientes de comida china para llevar con restos de gambas lo mein, pollo kung pao y cerdo moo shoo.

    «La comparecencia de David»: cuatro palabras que Ivy nunca había imaginado que oiría juntas en una misma frase.

    —Theo afirma que saldrá bajo fianza y que estará en casa por la tarde.

    Ivy se metió la mano en el bolsillo para comprobar que el móvil seguía allí; lo abrió para comprobar si estaba encendido y vio que no tenía ningún mensaje.

    Jody cogió la taza de plástico de Riker y un montón de servilletas de papel arrugadas de la bandeja de su trona y las dejó sobre la encimera. La parte superior de su ancha sudadera azul marino estaba cubierta de lo que debían de ser copos de avena.

    Resultaba muy agradable estar en aquel hogar caótico con platos sucios en el fregadero, juguetes por el suelo y ganchitos que crujían bajo tus pies. Riker se frotaba la oreja mientras chillaba.

    El marido de Jody, Zach, entró en la estancia. Llevaba unos tejanos polvorientos y una sudadera granate con los puños desgastados. Olía a serrín, barniz y tabaco. Era carpintero de acabados, y Jody solía bromear diciendo que ésa era la razón de que en su casa todo estuviera por acabar. En el cuarto de estar había unas estanterías a medio terminar que ocupaban una pared, y una hendidura en el suelo de la cocina, en el lugar donde había echado abajo una pared que antes separaba la cocina de un pequeño recibidor. Solía empezar un proyecto cuando tenía un hueco en su agenda y lo abandonaba cuando conseguía trabajo remunerado. Como Jody aún estaba de baja de su trabajo de profesora, necesitaban hasta el último centavo que él pudiera ganar.

    —Hola, Ivy. —La mirada de Zach era seria—. Jody me ha contado lo que está pasando. Menuda pesadilla. Sabes que no hay ningún problema con que te quedes aquí. Tú y David, los dos. Siempre que queráis y tanto tiempo como haga falta.

    Riker alargó sus brazos regordetes hacia él.

    —Ven aquí, apestosín —dijo Zach al tiempo que cogía al niño del regazo de Jody. Lo levantó por encima de su cabeza y logró esquivar un plastón de baba que le cayó a Riker al reír—. Es hora de dormir, campeón.

    Cogió al niño con el brazo como si fuera una pelota de rugby y salió de la habitación.

    —¿Sabes de qué me he acordado? —dijo Jody mientras cogía una gamba que flotaba entre los fideos lo mein y se la metía en la boca—. De que Melinda tenía algo contigo. Contigo y con David.
    —¿Algo?
    —Sí, como una obsesión.
    —No es verdad.
    —Vaya si es verdad.
    —La policía encontró una foto de David en su apartamento, en la puerta de la nevera. Por lo visto llevaba más de un año enseñándosela a sus amigos y diciendo que David era su novio.
    —Sí, claro, y yo salgo con Brad Pitt. —Jody se secó las manos con un trapo—. Espera un segundo.

    Jody salió de la cocina y volvió al cabo de un momento con su ejemplar del anuario del último año de instituto.

    —Maldita sea, ¿dónde está? —dijo mientras pasaba las páginas—. ¡Aquí!

    Dejó el libro abierto sobre la mesa y señaló con el dedo una foto de una de esas celebraciones que se organizaban antes de un partido de fútbol para animar al equipo. Se veía a algunos de los jugadores, sonrientes, con sus sudaderas y los cascos debajo del brazo. Y ahí estaba David, con el número 7 sobre el pecho; el mismo número que llevaba Doug Flutie, su ídolo y la principal razón que le impulsó a ir al Boston College.

    —Ésa eres tú, ¿verdad? —Jody señaló a una chica que daba la espalda a la cámara mientras saludaba al equipo—. Me acuerdo de esa estúpida chaqueta; siempre la llevabas.

    No había duda: era ella con la chaqueta de fútbol americano de David, de gruesa lana roja con las mangas de cuero blanco que aún no se habían amarilleado por el tiempo.

    —Es cierto, me encantaba esa chaqueta —recordó Ivy.
    —Estabas enamorada, así que tu cerebro había quedado inutilizado. Y mira quién hay aquí. —Jody le señaló a una chica que se mantenía a un lado, separada de la multitud. Tenía la cabeza rodeada de una maraña de pelo encrespado y llevaba gafas—. ¿Ves cómo te observa?

    Ivy se acercó para ver mejor. Era Melinda. Llevaba un jersey de saco sobre un vestido que caía sobre unos pantalones anchos; o quizás eran unos calentadores. Y la verdad es que sí parecía estar observando a Ivy.

    —Por Dios, ¿dónde se compraba la ropa? —se preguntó Jody—. Parecía que se la enviaran los refugiados afganos.
    —No seas mala —la riñó Ivy—. Ahora somos adultas.
    —¿Te acuerdas de su casa? Estaba en uno de esos callejones junto a la plaza. Espera un momento.

    Acercó su silla al escritorio improvisado —una pieza de formica sobre dos caballetes— y tecleó en el ordenador. Ivy miró por encima del hombro cómo entraba en un directorio online y tecleaba «White» y «Brush Hills, MA».

    —Melinda. Gannett Street —anunció Jody—. Está al otro lado del pueblo.
    —Seguramente sea el apartamento donde vive ahora —dedujo Ivy.

    Jody bajó por la lista.

    —No vas a encontrarla —dijo Ivy—. Melinda me explicó que su madre vendió la casa y se trasladó a Florida.

    Jody siguió bajando.

    —Tienes razón. Odio cuando pasa esto. —Apagó el navegador y se recostó en el respaldo de la silla—. Aunque tal vez... —Se levantó de un salto y abrió uno de los armarios altos de la cocina. Dentro había un montón de listines telefónicos—. ¡Aquí! —Sacó uno de 2004—. Zach nunca tira nada, y de vez en cuando va bien. —Lo abrió por detrás para buscar la W—. White, White, White... Belcher Street. Creo que es éste. Gereda White; podría ser su madre.

    Jody arrancó la hoja y se la alargó a Ivy.

    Allí estaba: Gereda White, Belcher Street, 6. Justo al otro lado de la plaza.

    —Oye, tal vez Melinda aparcó el coche en tu casa y luego dio un paseo hasta la casa donde vivía de pequeña —sugirió Jody.
    —¿Y luego qué?
    —No sé. ¿La atropello un autobús? ¿Se cayó en una zanja y se rompió las dos piernas? ¿Sufrió una combustión espontánea? —Jody le dirigió a Ivy una mirada especulativa—. Podríamos ir allí y...
    —Corta el rollo —la interrumpió Ivy—. Ni se te ocurra decirlo.
    —Eh, ¿dónde está tu sentido de la aventura?
    —Jody, David está en la cárcel. Esto no es un juego.

    La cara de Jody reflejó su desencanto.

    —Perdona. No sé en qué estaba pensando.
    —Además, a lo mejor nos hemos equivocado. ¿Estás segura de que vivían en Belcher Street? Conociéndote, lo más probable es que nos hayamos equivocado de dirección. ¿Te acuerdas de aquella vez...?

    Jody enrojeció. Cuando estaban en el instituto habían empapelado con papel higiénico una casa que Jody afirmaba que era la del entrenador Reiner. Al final resultó que allí vivía una familia coreana que acababa de mudarse a Brush Hills, y la policía pensó que se trataba de un acto racista hasta que las chicas confesaron la verdad.

    —Esta vez no me equivoco —aseguró Jody mientras entrecerraba los ojos—. Belcher Street. Creo que estuve allí una vez, en la fiesta de cumpleaños de Melinda en cuarto. Es curioso las cosas que uno recuerda. Había unas persianas de color verde oscuro en la sala, y una de ellas estaba bajada. Olía muy raro, como si nunca abrieran las ventanas. Y Melinda tenía una habitación minúscula en una galería acristalada. Recuerdo que las paredes eran rosas. Muy rosas. Y tenía una lámpara con un pie que parecía Kate Winslet disfrazada de Cenicienta. A ti te habría encantado.
    —Ahora me encantaría. Entonces la hubiera odiado.
    —El seto de la parte delantera era enorme, y daba miedo.

    ¿Belcher Street? ¿Setos altos y espeluznantes?

    —¿Sabes? Creo que una vez fui a una casa así por Halloween a pedir caramelos. En sexto. Ya éramos un poco mayorcitos para eso, pero Jan Zylstra nos desafió a llamar al timbre. Y entonces, Randy... ¿te acuerdas de él?
    —Claro: ¿«Acepto cualquier desafío» Disterman?
    —Randy se dirigió con sigilo hacia la entrada y llamó al timbre. Luego golpeó la puerta. La mujer que vino a abrir con un cuenco de caramelos debía de ser la madre de Melinda. Randy empezó a lanzar huevos a la casa y la señora White se puso a gritarnos. —Ivy cerró los ojos y se estremeció al recordar la yema de huevo goteando por la cara de la pobre mujer—. ¿En qué estaríamos pensando?
    —Los niños son como monstruos —afirmó Jody—. Es increíble que logremos superar la adolescencia sin daños permanentes.


    Capítulo 18


    Ivy dejó el móvil cerca de la cama de la habitación de invitados de Jody mientras dormía, o intentaba dormir. Daba vueltas y más vueltas mientras las voces de los reporteros resonaban en su cabeza. «¿Eran ustedes amigos de Melinda White? ¿Qué piensa de la detención de su marido por homicidio?»

    A David no lo habían detenido por homicidio, maldita sea. Y además, ¿qué demonios pensaban que había sido su reacción?

    Ivy apretó la cara contra la almohada. Qué estúpido había sido David al contarle a la policía que había visto que Melinda salía de la casa cuando en realidad no había sido así. ¿Por qué mentir? Y no contento con eso, la llama y le deja un mensaje. Cuando se explicó sonaba inocente, pero la policía no parecía escucharle. Y lo había acabado de arreglar intentando deshacerse del cuchillo y la bolsa de lona que había encontrado en su camioneta.

    Aún podía ver la foto del cuchillo y la bolsa manchada de sangre, y sintió el regusto de ésta en el fondo de la garganta. Aún podía oír la voz petulante del detective Blanchard: «Tenemos una aplastante cantidad de pruebas». Primero la policía había tergiversado los hechos para implicarla a ella, y después para implicar a David. Todo aquello podría haberlo preparado alguien con gran facilidad.

    Ivy notó una vibración en la barriga. Deseaba, más que nada en el mundo, tener poder para que el tiempo retrocediera. Sintió otra vibración, aguda y rápida. Puso su mano allí y un minuto después notó otro movimiento. Se preguntó si los niños podían tener hipo mientras estaban en el útero, y el pensamiento la hizo sonreír.

    «En una vieja casa...» Las primeras frases de Madeline atravesaron su mente como si fueran una cinta de satén, en un intento por calmar su confusión con la rima de los versos. Un día acunaría a su hija en el regazo y compartiría con ella la historia de la niña con el gracioso sombrero y el delantal, la pequeña Madeline, que no tenía miedo de nada.

    Ivy aún no se había dormido cuando, a las tres de la madrugada, Riker empezó a llorar. Oyó a Zach murmurando por lo bajo mientras se arrastraba hacia el recibidor. Luego debió de quedarse dormida por fin, porque lo siguiente que recordaba era el ruido de la puerta principal al cerrarse y el olor a café y a salchichas para desayunar. Eran las siete, y su almohada estaba húmeda.

    Enseguida recordó dónde estaba y por qué. El dolor que sintió en su trasero y la parte baja de su espalda al estirarse en busca del móvil le recordó cómo había caído el día antes sobre su rabadilla.

    No había ningún mensaje.

    Aturdida y débil, se levantó y se vistió. Quería estar lista para irse en cuanto Theo llamara para decirle dónde y cuándo se celebraría la vista para la fianza.

    Entró en la cocina, donde Jody leía el periódico frente a la mesa. Esta alzó la vista, dobló el diario y puso encima la taza de café.

    —¡Eh, buenos días! ¿Has dormido bien? —Su sonrisa parecía un poco demasiado alegre—. ¿Qué quieres para desayunar? ¿Café? ¿Huevos? ¿Salchichas? ¿Una magdalena? ¿O un poco de todo?

    Se levantó y fue hacia la encimera.

    Ivy apartó la taza de Jody, pero antes de que pudiera abrir el periódico Jody pasó junto a ella y se lo quitó de las manos.

    —Acabo de leer un artículo que explica por qué las mujeres embarazadas no se caen —explicó—. La investigadora es una mujer, por supuesto, y dice que tiene relación con la curvatura de su columna vertebral y el centro de gravedad, que esta más bajo...

    Ivy abrió los dedos de Jody, agarró el periódico y lo desplegó sobre la mesa. Y allí, en el centro de la página, vio una foto de David y ella, jóvenes y felices. Era la instantánea que habían enviado al periódico años atrás para anunciar su compromiso. Ivy recordaba la sensación de vértigo que habían sentido mientras colocaban la cámara sobre un trípode con un temporizador, corrían hacia el sofá y posaban sonrientes con el brazo por encima del hombro del otro. David llevaba la chaqueta y la corbata que su madre le había obligado a ponerse para la foto, pero lo que no se veía eran los tejanos gastados de la parte inferior.

    Ivy leyó el titular: «Mujer desaparecida en Brush Hills. Posible homicidio». Debajo ponía: «El diseñador de jardines David Rose permanece en dependencias policiales por la desaparición de Melinda White».

    Ivy se dejó caer en una silla y se dispuso a leer el resto del artículo. «Según fuentes policiales, Rose es considerado una persona relevante en lo que pronto podría convertirse en una investigación por asesinato.»

    —Ya es suficiente —le dijo Jody mientras le quitaba el periódico con suavidad—. Confía en mí: será mejor que no leas lo que han escrito. Es sólo un montón de basura.

    El móvil de Ivy empezó a sonar y ella lo sacó del bolsillo.

    —¿Has conseguido dormir? —quiso saber Theo.
    —Un poco —respondió Ivy—. ¿Cuándo es la vista?
    —¿Puedes traerle una muda a David? —preguntó Theo.
    —Claro, pero... me dijiste que la vista sería hoy.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    —Ha habido un retraso.

    A Ivy le dio un vuelco el estómago.

    —¿Un retraso?

    Sintió sobre sí la mirada de Jody.

    —No hay motivo para preocuparse. Así tendremos el fin de semana para...
    —¿El fin de semana? —Ivy tapó el auricular con la mano—. Pero ¡si estamos a jueves!

    Jody cruzó la cocina hasta el fregadero, abrió el grifo y empezó a lavar los platos.

    —Sólo tenemos que resolver algunas cuestiones —le explicó Theo.
    —¿Qué cuestiones?
    —Sí, bueno, ésa es la cuestión...

    Hubo un largo silencio e Ivy se fue al salón.

    —Theo, ¿qué diablos ocurre?
    —No ocurre nada. No sé si debería...
    —Por el amor de Dios, ¿por qué no me lo cuentas? Estoy embarazada, no inválida.
    —Verás Ivy, el punto clave de la libertad bajo fianza estriba en que el juez no piense que existe riesgo de que el acusado huya.
    —¿Cómo pueden pensar siquiera en la posibilidad de que David huya? Vamos a tener un hijo cualquier día de éstos. ¿Dónde demonios va a largarse?
    —Es un poco complicado. ¿Estás segura de que...?
    —Maldita sea, ¡sí! Cuéntamelo.

    Pero mientras lo decía, supo que no quería oír la explicación.

    —La fiscalía ha rastreado los movimientos de vuestra cuenta corriente. El martes se reservó un billete de ida a las islas Caimán a nombre de David.

    «¿Un solo billete? ¿De ida?» David no desaparecería y la dejaría sola ni en un millón de años. ¿Abandonarla a ella y al bebé? Era una locura.

    —El billete era para un avión que salía ayer por la noche —prosiguió Theo—. Obviamente, David no estaba a bordo.
    —¿Me estás diciendo que anteayer David reservó un billete para las islas Caimán?
    —No, no es eso. Él ha sido el primer sorprendido.
    —Entonces ¿quién...?
    —No lo sé. Sólo sé que la reserva se tramitó por internet, y quienquiera que la hiciera usó tu Mastercard.


    Capítulo 19


    —¿De verdad estás bien? —le preguntó Jody mientras aparcaba el coche frente a la casa de Ivy, donde no había reporteros a la vista.

    Ivy estaba harta de que le hicieran la misma pregunta estúpida, y no, no estaba bien.

    —Vale, vale, ya me callo —dijo Jody—. Pero si quieres puedo quedarme un rato contigo. Zach está en casa con Riker.

    Una hoja de roble apergaminada cayó sobre el parabrisas.

    —No entiendo a qué viene tanta insistencia en volver a casa —continuó Jody—. Al menos podrías haberme dejado que te preparara algo más para desayunar aparte de unas tostadas. De hecho, me gustaría que te quedaras con nosotros hasta que todo esto termine.

    Ivy le había contado a Jody lo del retraso en la vista para la libertad bajo fianza y que tenía que llevarle ropa limpia a David, pero no había tenido fuerzas para explicarle lo del billete a las islas Caimán. No podía enfrentarse a la lástima que vería reflejada en la cara de su amiga tras la última revelación.

    Ivy se forzó a sonreír.

    —Eres la mejor amiga que podría soñar, y sabes que te quiero. Y es fantástico saber que siempre estás ahí cuando te necesito. Pero lo cierto es que ahora necesito estar sola. Todo lo que quiero es llegar a casa. De todos modos me lo pensaré, ¿de acuerdo?
    —Me lo pensaré. —Jody hizo un gesto para dejar claro que la idea no le gustaba—. Pero escúchame: no es una imposición. En absoluto. Si cambias de idea, silba.
    —Eso haré. —Ivy cogió su bolsa y salió del coche—. Te lo prometo.

    Cerró la puerta del coche tras de sí y se encaminó a su casa. Se oía ladrar a un perro.

    Jody bajó la ventanilla del copiloto.

    —Y si empiezas a tener contracciones... —le gritó a Ivy.

    Ésta sonrió y se giró.

    —¡No voy a tener contracciones! Aún me faltan dos semanas.
    —No quiero que pases por todo eso sola —insistió Jody—. ¿Me has entendido? Cuando llegue el momento...
    —Sí, sí. Cuando llegue el momento, serás la primera en saberlo. Pero este bebé tiene instrucciones estrictas de quedarse donde está hasta que...
    —Sí, claro, y todos sabemos que los niños obedientes hacen justo lo que sus padres les dicen que hagan —replicó Jody—. Por si acaso me quedaré aquí hasta que entres en casa, no sea que rompas aguas.

    Al llegar a la puerta principal Ivy hurgó en su bolso en busca del llavero. Metió la llave en la cerradura, pero ésta sólo entró hasta la mitad. Se peleó con ella e intentó meterla hasta el fondo hasta que se dio cuenta de que estaba usando la llave vieja. Junto a ella, en el llavero, estaba la nueva.

    La llave se introdujo con facilidad en la cerradura. Ivy entró en casa pasando por encima del montón de correo que habían tirado por la ranura. Saludó a Jody con la mano y cerró la puerta. Dejó la bolsa con su ropa y su bolso en la mesa del recibidor y empezó a subir las escaleras, decidida a averiguar si alguien había reservado un billete de avión a las islas Caimán desde su ordenador.

    Un ruido de rozamiento y un golpe ahogado la sobresaltaron a medio camino. Se dio la vuelta, esperando encontrarse a alguien al pie de las escaleras o en la puerta de la sala, pero no había nadie.

    Ivy se apoyó en la pared y se puso las manos sobre el vientre. Cerró los ojos; sólo deseaba que su respiración se ralentizara y que su corazón dejara de bombear contra sus costillas.

    «Ponte un cerrojo.» Había cambiado las cerraduras y sólo ella tenía copias de la llave nueva. Si iba a pasar por esto sola, necesitaba ser más fuerte. Los jueces podían retrasar una vista, pero nadie podía retrasar el nacimiento del bebé. Cuando su pequeña viera por fin la luz, iba a necesitar a una madre que no se escondiera por las esquinas y se asustara de su propia sombra.

    Ivy abrió los ojos. Bessie, la estatua de bronce que había al pie de las escaleras, estaba ahora del revés, de cara a ella.

    Y entonces percibió el olor. A sándalo y clavo. Perfume Opium. Ivy empezó a tener arcadas cuando el olor se transformó en un desagradable hedor a algodón de azúcar y esencia de pachuli, y un pánico ciego la dominó.

    Bajó a toda prisa las escaleras y cruzó el vestíbulo; se sentía como si una mano invisible la empujara por detrás. Abrió la puerta principal de par en par.

    El Volkswagen de Jody seguía ahí, estacionado en la esquina. ¡Gracias a Dios! Un segundo después Jody ya había salido del coche y subía por el camino.

    —¿Qué ha pasado? —quiso saber—. Estás blanca como una sábana. Ya sabía que no era una buena idea dejarte sola.
    —No ha pasado nada —respondió Ivy con un jadeo—. Es sólo... Es sólo que me he asustado. Me ha parecido oír algo, y luego estaba ese olor...
    —¿Qué olor?
    —Como de perfume. Y la estatua de las escaleras estaba del revés.
    —Tú te vienes conmigo a casa —afirmó Jody mientras cogía a Ivy del brazo.
    —¡No!
    —Muy bien, entonces me vengo yo contigo. —Jody pasó junto a Ivy y subió las escaleras del porche. Se quedó frente a la entrada con los brazos cruzados y dando golpecitos con el pie sobre el suelo—. Vamos. —Ivy dudó, así que añadió—: No voy a marcharme, y no puedes obligarme.

    Jody bajó las escaleras hasta la mitad.

    —Por favor, Ivy, hazme caso. Revisaremos la casa de arriba abajo. Entonces tal vez deje que me convenzas para que me vaya.

    Al entrar en la casa, ésta pareció alzarse amenazante sobre ellas; la ventana con arcos era como un ojo encapuchado que las observara desde el interior del tejado.

    —¿Lo hueles? —preguntó Ivy.

    Jody alzó la cabeza y olió.

    —No. —Volvió a oler—. Bueno, tal vez algo. No estoy segura.

    Jody abrió la puerta del armario del recibidor.

    —Un sitio tan bueno como otro para empezar. —Apartó los abrigos y fue sacando una por una las maletas del fondo—. Aquí no hay nada.

    Ivy la siguió hasta la sala. Las cortinas estaban descorridas. Ivy recogió el periódico con el crucigrama de David, que estaba sobre la mesa del café.

    —Pensaba que... —empezó.
    —¿Qué pensabas? —preguntó Jody.
    —Nada —respondió Ivy. Jody la atravesó con la mirada—. Es sólo que estaba segura de haber corrido las cortinas, y de que guardé el periódico en el banco de la ventana.
    —¿Cuándo?
    —Ayer.
    —A lo mejor David las abrió luego.
    —A lo mejor —convino Ivy. Siguió la mirada de Jody, dirigida al banco cerrado bajo la ventana. Dentro había espacio suficiente para que se escondiera alguien—. Seguro. Eso es lo que debió de pasar.
    —Sí, sí —confirmó Jody mientras se acercaba al banco—, seguro que tienes razón.

    Ella e Ivy intercambiaron una mirada.

    Cuando estuvo a un brazo de distancia, Jody alargó la mano y abrió la tapa del banco. Ambas miraron dentro: estaba vacío.

    Ivy lanzó el periódico y Jody dejó caer la tapa.

    Comprobaron el cuarto de estar y el comedor, luego la cocina y el pequeño recibidor, donde se aseguraron de que no hubiera nadie escondido entre los abrigos que colgaban junto a la puerta.

    —Aquí no hay nada —constató Jody.

    Mientras regresaban, Jody abrió todos los armarios bajos de la cocina. Luego subió el panel del montacargas. El solo hecho de ver a Jody meter despreocupadamente la cabeza en el vacío y mirar arriba y abajo por el hueco hizo que a Ivy se le revolviera el estómago.

    Pese a todo, se obligó a mirar también. Allí no había nada más que el cable y un olor a aceite que se elevaba desde la caldera del sótano. Bajó el panel y se enjugó el sudor de la frente con el dorso de la mano.

    —Vamos al sótano —propuso Jody.

    Encendió el interruptor que había en lo alto de las escaleras y empezó a bajarlas; Ivy la siguió.

    El suelo estaba lleno de suciedad. Por las estrechas ventanas en lo alto de las paredes se colaba una débil luz grisácea. Las cañerías y la instalación eléctrica se cruzaban por encima de sus cabezas, y las bombillas colgaban de cables negros.

    Jody fue tirando de los cables de las bombillas a medida que avanzaba, y una a una éstas se encendieron, como en el juego de «Une los puntos». El aislamiento de fibra de vidrio que David había colocado entre las vigas para que el frío y la humedad no se filtraran al resto de la casa se combaba sobre sus cabezas. Una serie de pilares señalaba la ubicación de las paredes maestras.

    Jody recorrió el perímetro del espacio e Ivy la siguió con la espalda dolorida por la tensión: avanzaron por una pared, dejaron atrás el tanque de gasolina, una estructura metálica que se sostenía sobre unas patas que debían de medir lo mismo que el Escarabajo de Jody; luego pasaron por detrás junto a la caja de herramientas que David e Ivy habían comprado en Sears, un pequeño armario de metal de un rojo reluciente, con ruedecillas, cinco cajones y la inscripción «Bricolaje» en letras plateadas en la parte superior. Con todo lo que habían sacado de allí abajo para el mercadillo, lo cierto es que ya no había tantos sitios para esconderse.

    Llegaron a la pared de enfrente. Jody apartó unos paneles antiguos que estaban apoyados en la apertura del montacargas. Y allí estaba éste, un cubo vacío que probablemente llevaba holgazaneando algunas décadas.

    En la parte de delante se encontraron con un muro sólido. Las ventanas se abrían por debajo del porche delantero.

    Subieron las escaleras. En el vestíbulo principal, Ivy le dio la vuelta a Bessie para que recuperara su posición original y luego siguió a Jody al piso de arriba.

    Miraron en la habitación del niño y en su estrecho armario. Los pequeños barquitos de dos mástiles que Ivy había dibujado en forma de cenefa en las paredes parecían mecerse suavemente sobre el fondo amarillo.

    Ivy miró por la ventana y vio que el sillón orejero de casa de la señora Bindel estaba vacío. Fuera, oyó algunos pájaros, el rugido sordo de un soplador para las hojas y un perro que ladraba.

    Siguió a Jody por el rellano hasta la habitación de invitados. Nada parecía fuera de lugar. Los muebles de caoba y la colcha de patchwork rosa y amarillo de los años treinta que Ivy había conseguido en un mercadillo tenían un aspecto tranquilizadoramente familiar. En la otra habitación libre no había nada aparte de una cuna desmontada, un cambiador, paquetes de pañales y bolsas de ropa de bebé y juguetes, suficientes para unos trillizos.

    En el baño, la pica estaba seca al tacto, había una toalla cuidadosamente doblada y una segunda estrujada en el cesto, donde David la había dejado.

    Ivy se quedó junto a Jody en la puerta del dormitorio principal y echó un vistazo al interior. Los almohadones se veían dispuestos con orden sobre la cama; ¿los había colocado ella así? Al menos las persianas estaban bajadas.

    —Ahora sí que lo huelo —dijo Jody mientras arrugaba la nariz—. Perfume.

    Ivy encendió la lámpara del techo y observó a Jody entrar en la habitación, coger el frasco de Opium que había sobre la cómoda y abrir el tapón.

    —Es esto —aseguró Jody mientras agitaba el bote en dirección a Ivy—. Sin duda.

    Una ráfaga de perfume alcanzó a Ivy.

    Jody volvió a cerrar la botella, miró bajo la cama, abrió todos los armarios y revolvió dentro.

    De vuelta en el descansillo del primer piso, la casa parecía tranquila. Demasiado tranquila, pensó Ivy mientras seguía a Jody hacia las escaleras de la buhardilla.

    —Rema, rema, rema en tu barco... —empezó a cantar Ivy.

    Jody se le unió mientras subía las escaleras; cantaba y picaba palmas a medida que avanzaba e iba encendiendo las luces, llenando la gran habitación del altillo de sonido mientras comprobaba que no hubiera nada debajo de la cama ni en los armarios.

    —Con alegría, con alegría, con alegría...
    —Rema, rema, rema —cantaba Ivy a pleno pulmón.

    Cuando llegaron a la parte inacabada de la buhardilla Ivy se puso a gritar:

    —Eo, eo, eo, ¡un buey libre, libre, libre!

    El espacio tenía el mismo aspecto que Ivy recordaba de cuando había estado allí por última vez, pasando el aspirador.

    —Punto final —dijo Jody mientras apoyaba las manos en las caderas—. Creo que lo hemos mirado todo, y no parece haber ningún monstruo peludo.

    Ivy se vio embargada por el alivio mientras Jody chocaba las palmas con ella. Antes de regresar abajo dejó vagar la vista alrededor y sus ojos se posaron en la caja llena de libros que descansaba sobre el suelo.

    ¿Acaso David no le había dicho que había un tipo en el mercadillo interesado en esa caja? ¿Acaso no había sido ésa la excusa para entrar en la casa de todos modos y que Melinda pudiera verla?

    Entonces ¿por qué seguía allí la caja?


    Capítulo 20


    Ivy bajó las escaleras, aturdida.

    David le había dicho que iba a bajar aquellos libros para un comprador, pero era evidente que no lo había hecho. También le había dicho que vio a Melinda abandonar la casa y no era así. Le había dicho que no era él quien había comprado un billete a las islas Caimán...

    —¿Qué pasa? Parece que te duela algo —le dijo Jody, que la esperaba al pie de las escaleras.

    Ivy se puso la mano sobre la barriga.

    —Es sólo una contracción. Me ha cogido por sorpresa, eso es todo.
    —¿Estás segura de que es una falsa alarma?
    —Sin duda.
    —Entonces ¿qué te parece si comemos algo o...? —empezó Jody.

    Ivy la interrumpió.

    —Mira, me has ayudado mucho; te lo agradezco, de verdad, muchas gracias. Ya me encuentro mucho mejor, me siento segura y definitivamente no estoy de parto. Estoy bien.
    —Perfecto.

    Jody arqueó las cejas.

    —Al menos, estoy tan bien como puedo estar.
    —Y quieres que me vaya.
    —Y quiero que te vayas. Te quiero mucho, pero...
    —Ésta me la apunto —le aseguró Jody mientras se dirigía hacia la puerta.

    La abrió y se dio la vuelta.

    Ivy levantó los pulgares y le hizo un gesto.

    —Anda, vete.
    —Escríbeme un correo, y no te olvides de comer —le pidió Jody, y salió en dirección al coche.

    Ivy se quedó en el umbral de la puerta mirando cómo partía el Volkswagen. La misma mujer a la que había visto el domingo desde el porche avanzaba por la acera del otro lado empujando su cochecito para gemelos. Tenía un aspecto de lo más normal, con sus tejanos, su camiseta blanca y un pañuelo rojo de tipo indio en la cabeza. Le dirigió a Ivy una mirada de curiosidad y no precisamente amistosa.

    Ivy sintió un escalofrío, cerró la puerta y dio doble vuelta a la llave.

    El suelo del vestíbulo estaba cubierto de las maletas que Jody había sacado del armario. También estaba la bolsa de David. Ivy la apartó a un lado y volvió a guardar el resto de las maletas.

    La última de ellas era la bolsa en la que Ivy había guardado su muda para el hospital unas semanas antes. Había seguido al pie de la letra las instrucciones de la comadrona. Dentro había un camisón que se abrochaba por delante, un cepillo de dientes, chupachups rojos para tomárselos entre las contracciones y un sujetador para dar el pecho. El plan previsto era que llamara a David en el momento en el que rompiera aguas o cuando empezara a tener contracciones regulares. Ella había pensado que él estaría allí a su lado para ayudarla con las respiraciones, llamar al médico, llevarla al hospital, cogerla de la mano, acompañarla en todo el proceso; que la apoyaría para que se relajara, se concentrara y se acordara de respirar bien. Contaba con que David ejerciera el papel de padre junto a la madre de su pequeña.

    David y ella...

    Ivy se secó una lágrima con el dorso de la mano. Lanzó la bolsa con su ropa al armario y juntó los abrigos en la barra. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando vio la chaqueta de David de fútbol del instituto. Las mangas que en su día fueron de un cuero flexible se veían ahora peladas, y el forro casi se había desintegrado, pero Ivy se había negado a que él la tirara.

    La cogió del colgador y la sostuvo entre sus brazos mientras aspiraba el olor que relacionaba con la persona de la que se había enamorado. Ella había llevado la chaqueta en muchos partidos, y se la había puesto sobre sus hombros desnudos después de hacer el amor con él por primera vez.

    Podía verse a sí misma al cabo de seis meses: él bebé chuparía un biberón mientras ella arrastraba de un lado a otro la chaqueta como si fuera un salvavidas.

    Volvió a colgar la chaqueta y se llevó la bolsa de lona de David al piso de arriba, donde la dejó en el suelo. Se sentó a la mesa de su estudio y movió el ratón. Con un crujido estático, la pantalla cobró vida.

    Abrió el navegador y clicó en «Historial». En un margen de la pantalla se abrió una ventana que mostraba las últimas páginas visitadas. Pulsó sobre el martes y fue bajando por la lista. Gmaii. Google. El Boston Globe. Información meteorológica. Eran páginas en las que entraba a diario. También estaba la de MapQuest, que había consultado para ir a visitar al señor Vlaskovic.

    Y entonces lo vio. Se quedó sentada intentando recuperar el aliento, intentando aceptar la evidencia que tenía ante sus ojos. Allí, en medio de la lista, estaba lo que esperaba no haber encontrado: Caymanislands.com. Y justo después, Travelocity.

    Ivy cerró la ventana del navegador y se apartó del escritorio. Desde ese mismo ordenador, David había reservado un billete para huir de aquella pesadilla. Ni siquiera se había molestado en borrar sus huellas.

    Si lo hubiera hecho ella, habría reservado dos billetes.

    Las lágrimas le nublaban la vista; Ivy regresó a su dormitorio e ignoró el fantasmal aroma a perfume. Lanzó la bolsa de David sobre la cama, abrió la cremallera y metió dentro ropa interior limpia, calcetines, un par de pantalones y un jersey. Luego entró en el lavabo para coger su cepillo de dientes.

    Se cubrió la boca con una mano para reprimir sus sollozos. ¿Quién era en realidad el hombre al que había amado de forma incondicional desde el instituto? Intentó encontrar alguna clave en el pasado, pero no pudo.

    «Este chico te cuidará», fue lo que le dijo la abuela Fay sobre David.

    ¿Tanto se habían equivocado con él?

    Maldito fuera. ¿Qué se creía? ¿Que podía abandonar a su hija y dejar que Ivy asumiera las consecuencias?

    La desesperación y la confusión luchaban en su interior mientras metía la maquinilla de afeitar y el cepillo de dientes en el neceser de David, lo introducía en la bolsa y cerraba la cremallera.

    Sin perder tiempo se cambió de ropa, se lavó la cara y se cepilló el pelo con fuerza hasta que le escoció el cuero cabelludo. La cara que se reflejaba en el espejo mostraba desasosiego y determinación.

    Llevó la bolsa hasta el descansillo y la lanzó por encima de la balaustrada. Aterrizó con un golpe seco en el centro del vestíbulo, abajo.

    Entonces recordó las palabras de Jody antes de irse: «Y come algo». Iba a necesitar toda la fuerza que pudiera para afrontar lo que el día le tenía reservado.

    Fue a la cocina y se bebió un trago de zumo de naranja. Le dejó un gusto amargo en la boca, como una medicina, que eliminó con un puñado de castañas.

    Comprobó que la puerta principal estuviera cerrada con doble vuelta y salió por la lateral. Lanzó la bolsa al asiento trasero del coche y estaba a punto de entrar en él cuando el ruido de unas ruedas al derrapar la sobresaltó.

    Se oyeron unos ladridos nerviosos y luego un aullido. Una bocina atronó en la mañana.

    Una semana antes, habría corrido a la calle para ver qué ocurría. Ahora, tuvo que luchar para reprimir la necesidad de salir pitando hacia la casa. Se obligó a sí misma a avanzar hasta el porche.

    La perra de la señora Bindel, Phoebe, se encontraba en medio de la calle sentada sobre las ancas, gruñendo y enseñando los dientes, con las orejas hacia atrás y pegadas a la cabeza mientras miraba el morro de un Range Rover negro. La ventanilla del conductor se bajó, y por la expresión del hombre y su gorra de los Yankees (el mero hecho de llevarla en territorio de los Red Sox era ya una provocación), Ivy supo que no iba a inclinarse a acariciar la cabeza del animal y darle una galletita.

    En cuanto vio a Ivy, el tipo empezó a gritar.

    —Tu maldito perro del demonio conseguirá que lo maten. ¿Qué coño os pasa?
    —No es mi perro. Y no hace falta que grite —replicó Ivy.

    Luego se acercó a Phoebe con cautela. Unos cuantos metros más adelante se inclinó hacia delante —en su situación, ponerse en cuclillas no era una opción— y extendió una mano.

    —Shhh, no pasa nada. Soy tu amiga, ¿te acuerdas de mí?

    Ivy no tenía ni idea de si ése era el modo de acercarse a un perro asustado, pero pareció funcionar. Las orejas de Phoebe se irguieron ligeramente, aunque podía ser debido a la confusión, ya que ahora tenía dos objetivos.

    —Buen perro —siguió diciendo Ivy mientras se acercaba un poco más.

    La perra soltó un gemido y un quejido mientras se alejaba con el rabo entre las piernas. Ivy alargó la mano.

    —Ven aquí, Phoebe. —Al oír su nombre, la perra relajó su postura e irguió un poco más las orejas—. Buena chica.

    Phoebe se acercó a Ivy, la olisqueó y le lamió la mano. Después pareció derrumbarse y sus piernas dejaron de sostenerla. Ivy la agarró por el collar y tiró de él para sacarla de la calle.

    Phoebe soltaba gruñidos; pesaba al menos quince kilos y el pobre animal era un manojo de nervios. Tenía el pelaje fruncido encima de sus ojos marrones, tal vez por la angustia, y echó su aliento caliente de perro sobre la cara de Ivy.

    —¡Estúpida! —soltó el hombre mientras sacudía la cabeza, visiblemente enojado—. Ponle una correa.

    Los neumáticos chirriaron cuando el coche se marchó.

    —Tú sí que tendrías que ponerte una correa —murmuró Ivy—. O mejor un bozal.

    Ivy acarició la cabeza de Phoebe e intentó calmar a la perra, que no paraba de temblar. No recordaba haber visto nunca a Phoebe sola en la calle. ¿Dónde estaba la señora Bindel?

    Arrastró al animal hasta la puerta de su dueña, pulsó el timbre y esperó. Nadie contestó, así que llamó con los nudillos. Nada.

    Tal vez la señora Bindel se encontraba en el jardín trasero. Ivy bajó con la perra del porche y estaba a medio camino del jardín de atrás cuando ésta empezó a ladrar, se soltó de su mano y echó a correr entre aullidos.

    Ivy la siguió. En la parte trasera de la casa, la forsitia de la señora Bindel, su membrillo y el rododendro estaban podados en forma de esfera. Ivy se agachó bajo la vieja cuerda de tender para encontrarse con un césped en el que ni un solo diente de león se atrevía a asomar la cabeza.

    Phoebe gruñó en dirección a los escalones de cemento de la puerta trasera de la señora Bindel y luego se puso a olisquear el césped. La señora Bindel estaba ahí tendida, pequeña y frágil, con la cabeza sobre el escalón inferior.

    Ivy se apresuró hacia la figura herida. Vaciló un momento y sintió vértigo al percatarse del ángulo grotesco en que descansaba la cabeza de la señora Bindel; parecía la de una muñeca que alguien hubiera retorcido hacia atrás.

    Se obligó a inclinarse hacia delante y presionó con los dedos el cuello de su vecina. La piel apergaminada estaba fresca, aunque no fría. El rostro se notaba húmedo, aunque ya no caía aquella lluvia fina. No había duda de que aún tenía pulso.

    Ivy sintió un gran alivio al darse cuenta de que en realidad la señora Bindel no tenía el cuello roto. Sólo se le había movido la peluca, que le tapaba parte del rostro.

    Con cautela, Ivy se la sacó. Sólo había unos cuantos mechones de pelo gris en el cuero cabelludo de la señora Bindel, y un feo moretón. Su rostro casi parecía al de un bebé durmiendo.

    Ivy volvió a colocarle la peluca. Su vecina se moriría de vergüenza si unos completos desconocidos, aunque fueran los de la asistencia médica, la vieran sin ella.

    Tenía que llamar a la ambulancia; su móvil estaba en el coche. Cuando Ivy se levantó, Phoebe hizo lo propio sin dejar de gemir.

    —Phoebe, siéntate. —Para su sorpresa, la perra la obedeció—. Buena chica. Espera aquí.

    La perra soltó un bufido y se tendió con la cabeza entre las patas, junto a su dueña.

    Fue entonces cuando Ivy percibió el olor. De nuevo. A sándalo y clavo.

    Se inclinó hacia delante y alzó una de las manos inertes de la señora Bindel. El aroma parecía proceder de los dedos de su vecina.


    Capítulo 21


    Sólo unos minutos después de que Ivy llamara a emergencias llegaron un coche patrulla y una ambulancia. Los paramédicos comprobaron las constantes de la señora Bindel y le colocaron una mascarilla de oxígeno sobre el pálido rostro. Parecía tan pequeña y liviana, como si una leve brisa pudiera llevársela por los aires.

    —¿Se pondrá bien? —preguntó Ivy a uno de los enfermeros.
    —¿Es usted un familiar? —quiso saber éste.
    —Vivo en la casa de al lado. Fui yo quien la encontró y les llamó.
    —El pulso es estable. —No parecía muy convencido—. Pero ya es mayor.

    «Y bastante dura», deseó replicar Ivy.

    El hombre y su compañero empezaron a llevarse la camilla del jardín.

    Ivy se sentó con las piernas cruzadas sobre la hierba junto a Phoebe, mientras observaba cómo introducían a la señora Bindel en la ambulancia. La perra alzó la vista hacia Ivy, sus grandes ojos negros destilando ansiedad, y luego le colocó una de sus patas sobre la rodilla. Ella le rascó detrás de las orejas.

    El detective Blanchard aparcó su Crown Vic dorado justo antes de que los enfermeros cerraran las puertas de la ambulancia. Bajó del coche, saludó con la cabeza a Ivy y se puso a hablar con uno de los paramédicos. Este señaló hacia las escaleras de la parte de atrás y luego a la parte superior de su cabeza, en el lugar donde la señora Bindel tenía el hematoma.

    Blanchard se acercó a Ivy mientras sacaba el bolígrafo y una libreta.

    —¿Qué hace usted aquí?
    —Vivo al lado, ¿se acuerda? —Ivy era consciente de la hostilidad de su tono, pero no le importaba—. Estaba a punto de entrar en el coche cuando...
    —¿Adónde iba? —la interrumpió Blanchard.

    «No es asunto suyo.»

    —A ver a mi marido. Hasta donde yo sé, no hay ninguna ley que me lo prohiba.
    —Ya veo —dijo él, respondiendo al tono desafiante de Ivy con una cara de póquer—. Por lo visto su vecina está gravemente herida.
    —Ya lo sé. La he encontrado yo.

    Ivy observó cómo la ambulancia se alejaba con la sirena puesta.

    Blanchard esperó bolígrafo en mano a que ella continuara.

    —Oí un gran estruendo en la calle —explicó Ivy—. Un tipo con un monovolumen estaba aporreando el claxon mientras Phoebe, la perra, le ladraba. Phoebe nunca sale de casa sin la señora Bindel, así que supe que pasaba algo extraño.

    Phoebe tenía ahora su hocico sobre el regazo de Ivy.

    —¿Alguien más le vio?
    —No lo sé. Creo que no.
    —¿Vio a alguien o algo fuera de lo común, en aquel momento o tal vez antes?

    Ivy trató de recordar. La calle estaba desierta cuando Jody se marchó. Le habló a Blanchard de la mujer con el cochecito al otro lado de la calle.

    —Es la única persona que recuerdo haber visto, y estaba en la calle.

    Blanchard le preguntó por el nombre de la mujer e Ivy admitió que no lo sabía, y que tampoco sabía dónde vivía.

    —Pero ella no vio al hombre del Range Rover —observó el detective.
    —El tipo llevaba una gorra de los Yankees —indicó Ivy.
    —Muy bien. —Blanchard lo apuntó y entornó los ojos—. Me imagino que no tomó nota del número de matrícula...
    —¿Por qué iba a hacerlo? ¿Y por qué iba él a...?

    Ivy estaba a punto de preguntar por qué alguien que acabara de atacar a la señora Bindel se iba a dedicar después a andar por ahí con el coche tocando el claxon y llamando la atención. Pero entonces se dio cuenta de que el detective Blanchard no la creía. Estaba convencido de que se había inventado al tipo del Range Rover, del mismo modo que pensó que la mujer que miraba dentro del arcón en la acera también era producto de su imaginación.

    —No es posible que crea que yo... —empezó Ivy. «¿Qué? ¿He atacado a la señora Bindel?»—. He visto a un hombre. No me lo estoy inventando.
    —Las marcas de neumático en el asfalto son lo bastante claras —dijo Blanchard—. Y son más anchas que las ruedas de su coche. Tal vez ese hombre viera algo que nos permita descubrir qué le ocurrió a su vecina.

    Parecía razonable.

    —Bueno, pues no vi la matrícula. No pensaba en eso, sólo en sacar a Phoebe de la calle. —La perra alzó la cabeza—. Di por sentado que la señora Bindel estaba en casa o en el jardín.
    —¿Así que dice que su vecina no suele dejar que su perra salga sola?
    —Nunca.

    Las patas de gallo en los ojos del detective se acentuaron cuando echó un vistazo al lugar donde había caído la señora Bindel.

    —Muy bien, entonces ¿cuándo oyó ladrar por primera vez a la perra?
    —Cuando entraba en el coche, justo antes... —Ivy se interrumpió—. No; la oí ladrar unos veinte minutos antes. —Se calló de nuevo—. De hecho, es posible que oyera ladrar un perro cuando llegué a casa; sí, casi lo aseguraría.

    Blanchard parecía molesto.

    —¿Cuánto rato antes de encontrar a su vecina inconsciente aseguraría que oyó ladridos?
    —Una hora antes, tal vez una hora y media. Estaba con una amiga; ella también ha debido de oírlo.
    —¿Una amiga?
    —Estuvo un rato en su coche frente a la casa, y luego entró.

    Ahora Blanchard estaba verdaderamente exasperado.

    —¿Qué coche conduce?
    —Un Escarabajo. Puede preguntarle lo que vio.

    El detective Blanchard tomó nota del nombre de Jody y de su número de teléfono.

    —¿Dónde encontró a su vecina exactamente? —preguntó.

    Ivy le indicó el sitio y describió la postura de la señora Bindel. Blanchard se acercó al lugar y se puso en cuclillas. Dibujó un arco con la mano sobre el césped a su alrededor. Luego se puso en pie y empezó a andar describiendo círculos cada vez más amplios. Cuando estuvo a unos dos metros y medio del centro, se detuvo. Se metió la mano en el bolsillo, sacó un pañuelo y lo usó para recoger una piedra del tamaño de un puño. Una expresión especulativa le cruzó el rostro.

    —No cree que esto haya sido un accidente, ¿verdad? —inquirió Ivy.
    —¿Me está preguntando si su vecina tropezó, se cayó y se golpeó la cabeza con el borde del escalón? ¿A usted qué le parece?

    Sacudió la cabeza y se pasó la mano por los labios, en espera de una respuesta.

    Cuando Ivy la encontró, la señora Bindel yacía de lado con la cabeza sobre el último escalón.

    —No lo sé, pero no veo cómo pudo acabar en esa postura si se tropezó con un escalón.
    —Estoy de acuerdo. —Blanchard apretó la boca hasta dibujar una línea severa—. Creo que su vecina ha tenido mucha suerte; su peluca la salvó de una herida mucho más seria.

    Ivy apoyó la mejilla sobre la cabeza de Phoebe. No se le ocurría por qué podría alguien querer hacerle daño a la señora Bindel.

    —¿Recuerda alguna cosa más? —preguntó el detective.

    ¿Qué diría si le hablaba de que había encontrado a Bessie vuelta del revés, y del olor a perfume en la casa? En el peor de los casos, anotaría en su bloc que era una mujer embarazada que había perdido el juicio.

    —Lo más probable es que no tenga ninguna importancia... —empezó.
    —Deje que sea yo quien lo juzgue.

    Ivy se lo contó todo.

    —Hace meses que no uso ese perfume —añadió—. Y cuando encontré a la señora Bindel, me pareció que sus manos también olían a él.

    Esperó a que él descartara su observación, pero en su lugar su rostro adoptó una expresión sombría.

    —¿Cierra todas las puertas con llave al salir de casa?
    —Siempre.
    —¿Y esta mañana al marcharse también lo hizo?
    —Sí.

    El detective Blanchard miró en dirección a la casa.

    —¿Tal vez le diera usted una llave a su vecina para un caso de emergencia? ¿O quizá lo hiciera el antiguo propietario? —Ivy negó con la cabeza—. ¿No guardará una llave de repuesto en el exterior? Mucha gente lo hace.
    —Acabo de cambiar las cerraduras, y nadie tiene una copia de las llaves nuevas excepto nosotros.

    Blanchard escribió un último apunte en su libreta, la cerró y se la guardó en el bolsillo.

    —¿Sabe lo que pienso? —dijo—. Aquí en Brush Hills no se cometen muchos delitos. La mayoría se deben a conductores ebrios y robos. Vandalismo, de vez en cuando. ¿Una mujer desaparecida? Eso es muy raro. ¿Y justo en la puerta de al lado atacan a una mujer en su jardín trasero? Eso también es raro. Una ambas cosas y tendrá una coincidencia. Mi instinto me dice que ambos casos están relacionados, así que voy a buscar el hilo común.
    —Vamos... —Ivy notó cómo la boca se le abría de par en par—. No me creo que piense que...
    —Ayúdeme. —Blanchard le dedicó su cara de tío Bill—. Deme alguna cosa más.


    Capítulo 22


    Después de que el detective se marchara, Ivy se sintió furiosa consigo misma por no haber conseguido enfrentarse a él. Por desgracia, su teoría no era descabellada. Tenía sentido que hubiera una conexión entre la desaparición de Melinda y el ataque a la señora Bindel.

    Un escalofrío la recorrió. Golpeada en la cabeza con una piedra del tamaño de una pelota de tenis. ¿Habría visto la señora Bindel a su atacante? ¿Sería capaz de identificarlo cuando recuperara el conocimiento? Eso si lo recuperaba. A Ivy la había animado el hecho de que el detective dijera que la herida podría haber sido mucho peor.

    Ivy encontró un pedazo de cuerda y ató a Phoebe al tendedero de la señora Bindel. La perra se dejó hacer con una mirada torva. Luego Ivy llenó con agua un recipiente de plástico y se lo acercó, e hizo lo mismo con la comida de perro.

    Regresó al coche y se metió dentro. La bolsa de David descansaba hecha un bulto sobre el asiento del pasajero. Le dio al cierre automático y salió marcha atrás por el camino de entrada. Mientras conducía ensayó lo que le diría a David; éste le debía algunas respuestas.

    Para cuando llegó a la comisaría, le dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes. Aparcó en una plaza para visitas y salió del coche.

    Mientras cogía la bolsa de lona del asiento, notó un tirón en el abdomen; no fue doloroso, ni siquiera incómodo. Sintió un ligero mareo, se puso la mano en el vientre y cerró los ojos.

    «Uno, dos, tres...» Al llegar a diez, el tirón había pasado. Sólo era otra contracción de Braxton Hicks.

    Un agente de policía al que nunca antes había visto la acompañó a una inhóspita sala del sótano con paredes de hormigón armado. Un olor a humedad impregnaba el espacio, amueblado con varias mesas de juego y unas endebles sillas de plástico. A una de las mesas estaba ya sentada una mujer joven junto con un hombre con traje, tal vez su abogado. El reloj colgado de la pared señalaba la una y diez.

    Ivy tomó asiento y esperó con los brazos y las piernas cruzados, mientras movía el pie insistentemente. Unos minutos más tarde apareció otro agente, que escoltaba a David.

    —Eh, Elástica —la saludó éste.

    Estaba pálido y parecía cansado; no tenía aspecto de villano, era sólo David sin su sangre ni su energía.

    Ivy se agarró a los brazos de la silla en un intento por mantener el control sobre sí misma. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras la rabia amenazaba con embargarla. El discurso que había preparado se desvaneció de su cabeza. Quería abalanzarse sobre él, golpearle el pecho y gritar, preguntarle cómo demonios los había metido en aquel lío. ¿No se daba cuenta de lo que había en juego?

    —¿Cómo va eso? —preguntó David sin apenas mirarla—. ¿Te encuentras bien? —Se dejó caer en una silla, se inclinó hacia delante y le puso la mano sobre el vientre—. Eh, Cachorrito, ¿me echas de menos?

    Ivy no se sentía capaz de hablar. Había ido allí a enfrentarse a él, a obligarle que le explicara qué demonios estaba ocurriendo. Pero tenía tan mal aspecto que habría sido como darle una paliza a un flan de gelatina.

    Él alzó la cabeza y sus miradas se encontraron.

    —¿Qué?

    Ivy notó que le temblaba el labio inferior. ¿Por dónde empezar? Abrió las manos en un gesto de impotencia.

    —El mensaje en el contestador, el cuchillo, el billete de avión...
    —Ivy, por favor... No puede ser que pienses...
    —La reserva del billete se hizo desde nuestro portátil.
    —¿Cómo? —La palabra sonó como un estallido al tiempo que los ojos de David centelleaban y su cara se enrojecía.
    —He mirado en la carpeta del historial: consta una página de las islas Caimán y también la de Travelocity.
    —No... puede... ser... —Las palabras salieron de su boca como el aire por un escape. Los ojos de David se movían frenéticamente de un lado a otro—. Eso es imposible. ¿Cuándo?
    —El martes. Y en la buhardilla —continuó Ivy mientras bajaba el tono de su voz hasta reducirla a un susurro— está la caja de libros que se suponía que habías ido a buscar el día del mercadillo.

    El rostro de David se ensombreció.

    —¿Qué libros?
    —Buena pregunta. Nadie preguntó por los libros, ¿verdad? —Las palabras salieron de su boca antes de que Ivy pudiera detenerlas—. Te lo inventaste; sólo era una excusa para llevarte a Melinda dentro de casa.

    Un brillo resplandeció en los ojos de David.

    —¿Llevármela dentro? ¿Llevármela dentro y qué?
    —Y... —A Ivy se le rompió la voz.
    —Escúchame. —David se inclinó un poco más y la agarró del brazo.
    —Suéltame, me haces daño.

    Él relajó la presión.

    —Yo no he comprado ningún billete a las islas Caimán —aseguró con voz baja y firme—. Ni siquiera sé dónde coño están las islas Caimán, y aparte de en los crucigramas nunca había oído hablar de ellas hasta que la poli me contó lo del billete de avión. Y nunca, nunca he tocado a Melinda White, ni durante ni después del mercadillo; no puedo creer que tenga que decirte esto. Imagínate, sólo imagínate, que hubiera pensado en largarme: ¿no crees que te habría llevado conmigo? —Su voz se rompió al pronunciar las últimas palabras.

    Ivy intentó tragar saliva. En medio del silencio se oía el zumbido de los fluorescentes del techo.

    —Quiero creerte —le aseguró—. Pero parece que me voy encontrando una mentira tras otra. Todo esto me supera. Y ahora...
    —¿Ha pasado algo más? —preguntó David—. ¿Qué?

    David se fue alarmando a medida que Ivy le contaba cómo había encontrado a la señora Bindel inconsciente en el patio trasero de su casa.

    —Primero Melinda desaparece y ahora atacan a la señora Bindel. ¿Qué demonios está ocurriendo? —exclamó él.

    Ivy se abrazó por encima de la barriga.

    —Buscar un nexo común —explicó—, eso es lo que dijo el detective Blanchard; claro que él cree que el hilo soy yo.
    —Ese tipo es imbécil. —David se apoyó en el respaldo—. Tiene que haber otra respuesta, una explicación racional para todas las locuras que están sucediendo. Veamos, ¿qué es lo que sabemos con certeza? —Alzó su dedo índice—. Melinda vino a nuestro mercadillo. Yo la dejé en la buhardilla, consternada pero sana y salva. —Alzó otro dedo—. Por desgracia, nadie la vio marcharse; pero eso no significa que no lo hiciera. Y sí, me puso nervioso, y sí, supongo que me olvidé de los malditos libros.
    —La blusa manchada de sangre —señaló Ivy.
    —Y los pantalones. —David levantó un tercer dedo—. Que ninguno de nosotros dos metió en ese baúl de mimbre. Luego tenemos la bolsa de lona con el cuchillo. —David levantó un cuarto dedo—. Debieron de meterla en mi furgoneta el lunes después de que volviera a casa del trabajo.
    —Y también está el billete a las Caimán, reservado desde nuestro ordenador —añadió Ivy.

    David cerró la mano en un puño.

    —Eso no puedo entenderlo. Lo único que tengo claro es que alguien quería deshacerse de Melinda y aparentar que yo la había matado. Y ahora, para más inri, a nuestra vecina le dan un golpe en la cabeza. Me gustaría ver cómo intentan culparme también de eso.
    —¿A quién le han golpeado en la cabeza? —Era la voz de Theo.

    David alzó la vista e Ivy se dio la vuelta. Theo parecía apesadumbrado.

    —A nuestra vecina —respondió Ivy—. Alguien la ha atacado esta tarde en su patio trasero; la han golpeado con una piedra. La policía cree que está relacionado con la desaparición de Melinda.

    La silla de plástico rechinó sobre el suelo cuando Theo la arrastró. Luego se sentó, se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre la mesa. Al hablar lo hizo en voz baja.

    —Tienen los resultados preliminares de los análisis de la sangre de la blusa y la bolsa: coincide con el tipo de Melinda. Y hay algo más —añadió cariacontecido—: Encontraron tejido fetal.

    La noticia impactó a Ivy al mismo tiempo que una rampa ascendía por su espalda. Cerró los ojos pero se obligó a abrirlos para evitar que le asaltaran las imágenes de lo que les podía haber ocurrido a Melinda y a su bebé.

    —Tienen que hacer más análisis —prosiguió Theo—. Disponen del ADN de Melinda, y han requerido una muestra del tuyo, David.
    —Cuanto antes mejor —se avino éste—. Acaso entonces empiecen a buscar al padre del bebé, que ya va siendo hora.


    Capítulo 23


    —Señora Rose —dijo Blanchard más tarde, mientras acompañaba a Ivy a la salida—, ¿tiene usted una hermana?

    —Yo...

    Ivy se tropezó con un escalón.

    Blanchard la cogió por el codo.

    —La hermana de Melinda, Ruth, me llama cada día para interesarse si ha habido algún avance en el caso, y cada día tengo que decirle que la investigación sigue su curso. ¿Sabía que ella y Melinda eran amigas íntimas? Hablaban cada día por teléfono y se lo contaban todo.

    Habían llegado al vestíbulo.

    —La espera le resulta insoportable —prosiguió Blanchard mientras mantenía la puerta cerrada—, y no saber qué le ocurrió a su hermana.

    Ivy giró sobre sus talones y se enfrentó a él.

    —No tengo ninguna duda de que está desesperada por que encuentre a su hermana. Yo también. ¿Por qué no se aparta de mi vista, deja de perder el tiempo y sale ahí fuera a descubrir lo que le ocurrió?
    —Creo que ya sabemos lo que le ocurrió. Pronto podremos formalizar una acusación.

    Ivy empujó la puerta y pasó junto a él.

    —Hay un montón de pruebas, y todas implican a su marido. ¿Cuánto tiempo ha de pasar hasta que deje de protegerlo? —gritó él a su espalda.

    Cegada por las lágrimas, Ivy avanzó dando traspiés hacia su coche. «Hijo de puta.» Sus tacones hacían un ruido sordo sobre el suelo de cemento. Una densa capa de nubes vespertinas hacían que pareciera de noche, y un frío cortante llenaba el aire.

    Se metió en el coche, cerró de un portazo y agarró el volante hasta que los nudillos se le emblanquecieron. Luego metió la llave en el contacto y puso el motor en marcha. La radio se encendió y ella bajó por completo el volumen.

    Los neumáticos chirriaron al salir a la calle. Al darse cuenta de que estaba a punto de meterse en un campo de fútbol a más de setenta por hora, frenó y aparcó el automóvil. Se echó hacia atrás en el asiento e intentó calmar su respiración.

    Cabrón arrogante. Lo peor de todo era que Blanchard tenía razón. A medida que se acumulaban las pruebas contra David, la posibilidad de que Melinda sólo se hubiera perdido se habían reducido a cero.

    «Tejido fetal...» A Ivy se le hizo un nudo en el estómago, así que bajó la ventanilla y tomó grandes bocanadas de aire fresco y húmedo. Le resultaba demasiado horrible imaginar qué podía haber ocurrido. Aunque David tenía razón: los resultados del test de paternidad le proporcionarían a la policía una nueva pista que seguir.

    Ivy se obligó a avanzar. Metió primera y se puso de nuevo en marcha. Como una autómata, fue al supermercado y compró comida para perros. Al conducir hacia casa se encontró en plena hora punta y deseó haber metido la bolsa de quince kilos de pienso en el maletero. Las náuseas la embargaban, y el olor no ayudaba.

    Mantuvo la ventanilla abierta mientras se vio atrapada en un atasco a sólo unas manzanas de casa. Cada vez que el autobús de delante avanzaba unos centímetros, soltaba gases por el tubo de escape. En la parte trasera del vehículo había un anuncio de una aerolínea: «Ahora puedes desplazarte por todo el país». Ojalá.

    El ruido de un martillo neumático proveniente de unas obras una manzana más allá inundó el coche. Se oyó una bocina e Ivy aceleró para cubrir la distancia de un metro y medio que se había abierto ante ella.

    El tráfico avanzó unos metros más e Ivy quedó a la altura de una calle lateral, que según la placa era Belcher Street. Allí era donde vivía la madre de Melinda, donde ésta había pasado su infancia. Seguramente salía e iba hasta la plaza, compraba chucherías en la tienda y jugaba una partida de bolos en el Kezey's Good Time Lanes, ahora abandonado.

    «Melinda está muerta.» ¿Por qué le resultaba tan difícil aceptarlo?

    Ivy se tocó en el vientre, allí donde Melinda había presionado con su mano. Aquella familiaridad no deseada la había hecho retroceder. Pero en realidad Melinda siempre había sido un bicho raro; sus relaciones sociales daban pena y, por decirlo suavemente, podían calificarse de inapropiadas. Ivy recordó que todos los niños alzaban los ojos al cielo cada vez que veían a la señora White llevando a Melinda a la escuela.

    Ivy había formado parte del consejo del anuario, pero no fue idea suya nominar a Melinda como la más simpática, a modo de divertida chanza hacia la chica que todo el mundo conocía como la Sanguijuela. Aun así, podría haber hecho algo para evitarlo, pero esa posibilidad nunca se le pasó por la cabeza. En realidad, nunca se había detenido a pensar en Melinda ni en sus sentimientos, su actitud había sido igual de inmadura y mezquina que la del resto de sus compañeras, aunque tal vez algo más pasiva.

    Y a pesar de todo, Melinda había sobrevivido. Había terminado el instituto, había trabajado en un hospital y en una agencia inmobiliaria, se había transformado... Ivy la recordaba de pie en el camino de entrada de su casa, con los dedos cerrados alrededor del cuello del cisne de cristal verde, contándole que su madre había trabajado con el señor Vlaskovic y lo importante que era para «nosotras» comer sano, y divagando con nostalgia sobre las Doc Martens y los pantalones pitillo con goma (Doc Martens y pantalones pitillo que Melinda nunca había llevado).

    El coche de detrás de Ivy volvió a tocar el claxon. «¡Gilipollas!» Un peatón la observó desde la acera. Ivy se encogió al darse cuenta de que había pronunciado el exabrupto en voz alta.

    Siguiendo un impulso, dobló por Belcher Street y condujo por aquella manzana tranquila y vagamente familiar. Las modestas casas unifamiliares se sucedían una tras otra, muy juntas y construidas a unos pocos metros de la acera; la silueta de cada una parecía la reproducción exacta de la siguiente. Una estaba pintada de amarillo, otra de verde menta, otra decorada con las molduras en verde. En la mayoría se veían especies sencillas plantadas en el jardín: tejos y rododendros.

    Ninguna tenía el enorme seto salvaje y poco cuidado para separar el jardín delantero de la acera que Ivy recordaba de la noche que había estado allí en Halloween. Aún podía ver a la señora White en la puerta, recortada contra la luz del interior, con el huevo resbalándole por la cara. El recuerdo trajo consigo un sentimiento de disgusto y vergüenza; aunque Ivy no había lanzado un solo huevo, sí había traído alguno y se había unido a las carcajadas de sus compañeros.

    Aminoró la marcha frente a una casa gris a mitad de la manzana. La entrada principal se parecía a la que ella recordaba. Junto a la puerta estaba colgado el número 15. No había guardado la página que Jody había arrancado del viejo listín telefónico, pero recordaba que el nombre de Gereda White correspondía al número 6... ¿o era el 9? En cualquier caso, no era el 15.

    Continuó avanzando por la calle hasta llegar al número 9. La casa tenía una entrada lateral, así que no podía ser ésa.

    En el lado opuesto de la calle se alzaba otra casa con una entrada centrada y un seto cuidadosamente recortado hasta la altura de la cintura. Había un tejo enorme a cada lado de la puerta; sus ramas se habían convertido en una densa maraña de tentáculos que se cernían sobre una puerta que nadie parecía haber abierto en años. Frente a la casa había un cubo de basura con un número 6 pintado en él.

    Ivy avanzó un poco más, detuvo el coche frente a la siguiente vivienda y ajustó el retrovisor.

    En un lateral de la casa del número 6 de Belcher Street había una pequeña habitación, como una galería acristalada. Jody había dicho que Melinda tenía un dormitorio de esas características.

    Las manos de Ivy se tensaron sobre el volante mientras el ruido del motor del coche se convertía en un rugido. Tardó un instante en percatarse de que estaba pisando el pedal del gas. Se tranquilizó y apagó el motor.

    Antes de ser plenamente consciente de la decisión que había tomado, Ivy se descubrió saliendo del coche y empezando a caminar por la acera en dirección a la casa. Levantó la tapa de cubo de la basura; estaba vacío. Qué extraño. La mayoría de los cubos y contenedores de reciclaje de las otras casas de la calle se veían desbordados.

    Cuanto más la miraba más convencida estaba de que aquélla había sido la casa de Melinda. El sol estaba bajo en el cielo, y bucles de pintura desconchada dibujaban sombras oscuras como tajos en las paredes. Las plantas brotaban de los canalones del tejado. ¿Cómo debía de haber sido crecer allí, terrorífico o profundamente triste?

    Una racha de aire le echó el cabello sobre la cara; Ivy se arropó en la chaqueta. Se dio cuenta de que la persiana de una de las ventanas de la que creía que había sido la habitación de Melinda estaba un poco abierta y la luz de dentro, encendida.

    Ivy miró a su alrededor. Ya había llegado hasta allí; sólo echaría un vistazo, ¿qué mal podía haber en ello?

    Atravesó a toda prisa el césped, se escondió tras un espinoso arbusto de membrillo, se agachó y observó el interior.

    Casi se quedó sin respiración. Jody había descrito el color de las paredes como «muy rosa». Justo debajo de la ventana, a sólo unos centímetros de Ivy, había una cama estrecha con un cabezal de madera de arce elaborada con gran esmero y cubierta con una colcha a cuadros blancos y rosas. La luz de la habitación provenía de una lámpara colocada sobre un pequeño escritorio sobre la pared de enfrente; el pie era una mujer con un vestido de baile amarillo con volantes: Kate Winslet vestida de Cenicienta.

    Era la habitación de Melinda, tal y como Jody la había descrito. ¿Acaso la señora White no había vendido la casa y se había mudado?

    La superficie de la mesa estaba cubierta de velas a medio consumir. Ivy se estremeció y apartó un insecto que caminaba por su cuello.

    Colgado en la pared por encima de las velas había un collage de fotos y recortes de periódico. Estaban demasiado lejos y demasiado desordenados para verlos con claridad, pero uno de ellos le saltó a la vista. Parecía un recorte con una fotografía de un jugador de fútbol que se desplazaba hacia atrás con la pelota en alto, dispuesto a efectuar un pase. El número 7 destacaba claramente sobre la camiseta.

    El siete. Ese era el número de David.

    «Zorra.» La voz que pareció salir de la nada era la suya propia.

    Ivy deseaba alargar la mano a través del cristal, sacar aquella foto de la pared y registrar la habitación en busca de otras fotos de David y Dios sabía qué otros recuerdos que Melinda hubiera conservado: más pruebas que la policía aseguraría que relacionaban a David con Melinda. Conocía el razonamiento: a las mujeres las matan sus amantes, no un conocido.

    Si pudiera meterse en la casa y destruir lo que sin lugar a dudas era la prueba de una obsesión, no de una relación... Ivy sintió la presencia de Jody, como un espíritu demoníaco apoyado sobre su hombro que le urgía a seguir adelante.

    Intentó abrir la ventana pero estaba cerrada. Tampoco suponía un grave incoveniente, dado que en su estado, saltarla no era ni remotamente posible. Entrar por una puerta parecía la opción más prudente. Eso, en el supuesto de que no hubiera nadie en la casa.

    Ivy cruzó por delante de la vivienda con suma cautela: el suelo era irregular y el césped constituía una maraña de digitaria, malas hierbas y trozos desnudos. En todas las demás ventanas las persianas estaban bajadas y no había ningún vehículo en el camino de entrada.

    Observó la calle. No había coches ni vecinos que miraran por la ventana de las casas cercanas.

    Subió los deteriorados escalones de ladrillo de la entrada. Tras las ramas de los tejos que habían invadido el espacio, gruesas capas de pintura blanca cubrían la puerta, como el glaseado de una galleta de jengibre. «La casa de la bruja», así es como solían llamarla los niños. La ranura para el correo estaba cubierta con cinta adhesiva, igual que el timbre. Echó un vistazo al interior por el panel acristalado que había junto a la puerta; a duras penas distinguió un vestíbulo a oscuras con una puerta que llevaba a otra habitación en sombras. ¿Quién debía de ser el actual inquilino, y por qué se encontraban allí todavía las cosas de Melinda, como si alguien las hubiera preservado en una cápsula del tiempo?

    Ivy llamó a la puerta. Los segundos pasaron mientras esperaba allí de pie, temblando en la sucia penumbra. No se encendió ninguna luz ni se oyeron pasos. Volvió a llamar, esta vez con un poco más de fuerza, y esperó. Después se cubrió la mano con la parte inferior de la manga e intentó dar la vuelta al pomo y empujar. La puerta no se movió.

    Tenía que haber una entrada lateral o trasera, o tal vez ambas.

    Ivy desanduvo el camino frente a la casa y se dirigió velozmente hacia la entrada lateral. Vio una puerta detrás de un anárquico huertecillo con algo de menta, unas ralas cebolletas y grupos de flores amarillas parecidas a crisantemos del tamaño de un botón.

    Ivy subió dos escalones de cemento. En la mosquitera habían encajados algunos sobres y un paquete de cartón, uno de cuyos lados empezaba a abrirse. Aquello la tranquilizó. Si alguien hubiera ido recientemente a la casa habría entrado el correo.

    Ivy se agachó y vio el nombre del destinatario: Elaine Gallagher. Si esa mujer le había comprado la casa a la señora White, ¿por qué esa pequeña habitación tenía el mismo aspecto que si Melinda siguiera viviendo allí?

    Ivy volvió a cubrirse la mano con la manga y abrió la puerta mosquitera. El correo cayó sobre el escalón superior. A través del cristal, vio una cocina sumida en la oscuridad.

    Alargó la mano hacia el pomo, aunque estaba segura de que la puerta estaría cerrada con llave. Pero no fue así. Al abrirse, Ivy ahogó un grito y dejó que se cerrara de golpe mientras apartaba la mano como si se la hubiera escaldado. El estrépito pareció hacer temblar las ventanas y resonar por toda la calle. La puerta mosquitera se cerró con un portazo.

    Andando hacia atrás, Ivy cayó sobre un montón de recipientes de plástico apilados junto a la puerta y éstos rodaron por el césped.

    ¿Eran pasos lo que oía en el interior de la casa? Con el corazón latiéndole desbocado, Ivy esperó a que se encendieran las luces.

    Unos faros iluminaron la calle y un sedán pasó por delante. Gracias a Dios no era un Crown Vic dorado. Pero ¿en qué diablos estaba pensando? Sabía que la policía controlaba sus pasos, así que su presencia no haría más que dirigir su atención hacia la casa.

    Ivy avanzó a gatas mientras intentaba reunir de nuevo los recipientes, que resultaron ser envases vacíos de veinte litros de Ice Melt, un material descongelante; cantidad suficiente para abastecer por lo menos durante diez años aquel modesto camino de entrada. Volvió a apilar los envases y los devolvió a su lugar en los escalones traseros.

    Luego se dispuso a recoger el correo que había esparcido. El desgarrón del paquete se había hecho más grande, y parte del contenido cayó al suelo. Eran sobres. ¿Correo dentro del correo? Tal vez fueran cartas reenviadas a Elaine Gallagher desde su anterior domicilio.

    Un extracto del banco. La factura de una tarjeta de crédito. Lo que parecía un cheque de la seguridad social. Mientras Ivy volvía a meterlo todo en el paquete, sus ojos repararon en la dirección: «Gereda White, apartado de correos 519, Naples, Florida».

    Si la señora White vivía en Florida con la hermana de Melinda, Ruth, ¿por qué le reenviaban a aquella dirección los extractos bancarios, las facturas de la tarjeta y el cheque de la pensión?

    Ivy le dio la vuelta al paquete. ¿Quién diablos era Elaine Gallagher?


    Capítulo 24


    Ivy se armó de valor y volvió a abrir la puerta. Un olor agrio, casi a rancio, la asaltó. Entró en la cocina a oscuras mientras respiraba con inspiraciones breves. Las cortinas estaban corridas y la casa, silenciosa y fría. Una encimera vacía y los armarios cerrados la recibieron. A través de una puerta entornada entrevio una habitación en la parte de atrás.

    Luchó contra el impulso de echar a correr y largarse de allí tan rápido como pudiera. «No hay nadie en casa», se aseguró a sí misma. El ruido que había hecho la puerta al cerrarse de golpe habría despertado a los muertos. Sólo tardaría uno o dos minutos en deshacerse de la foto y cualquier otra cosa relacionada con David.

    Se obligó a cruzar la cocina y un pequeño comedor y llegó al vestíbulo, donde apresuró el paso para atravesar la sala. El polvo cubría un banco de zapatero de madera de arce atestado de figuritas de porcelana y colocado frente a un sofá a cuadros negros y marrones. No daba en absoluto la sensación de que alguien se hubiera mudado a aquella casa un año atrás; parecía más bien que llevaba años deshabitada.

    Se quedó de pie en el umbral de la galería que había sido la habitación de Melinda. A su derecha había una estantería alta y estrecha y, junto a ésta, el escritorio que había visto por la ventana.

    Dio un paso adelante. Se le pusieron los pelos de punta mientras examinaba la pared encima de la mesa. Allí estaba la foto que había vislumbrado a través de la ventana y, a su alrededor, instantáneas de Melinda con su madre, tomadas antes de que Melinda perdiera peso y transformara su imagen. Entre ellas, había más imágenes de David.

    Vio la foto de su graduación, la que había salido en el número anual del Brush Hills Times que recogía las instantáneas de todos los alumnos de último año. Había un artículo en el que se veía a David posando orgulloso junto al cartel del recién inaugurado Rose Gardens. También había fotos en las que no posaba: una de David frente a su casa; otra en la que salía de la camioneta que había vendido dos años atrás; David sentado en el porche de entrada de su casa, con la sudadera que Ivy le había regalado las últimas Navidades. En todas ellas, no parecía ser consciente de que lo estaban fotografiando.

    Ivy se apoyó en el borde del escritorio mientras las náuseas la embargaban como una nube tóxica. Se sentó en la silla y bajó la cabeza. Intentó respirar con calma. Un muelle se soltó en su cabeza, y la habitación pareció moverse y girar como una atracción de feria. Agarró la papelera de debajo de la mesa, convencida de que iba a vomitar.

    Por suerte, las náuseas remitieron. Ivy se incorporó, respiró profundamente y se levantó.

    Alargó la mano hacia el artículo en el que se veía a David a punto de lanzar la pelota y se detuvo a medio camino. Las huellas dactilares. Volvió a cubrirse las manos con las mangas, como si fueran guantes, y las pasó por la parte del escritorio donde se había apoyado. Luego despegó los recortes y las instantáneas y se los metió en los bolsillos de los pantalones.

    Se detuvo frente a dos tiras de instantáneas de fotomatón colgadas una junto a la otra. Las quitó. En una se veía a Melinda en la época del instituto, con quince o dieciséis años, el pelo encrespado y gafas. La otra tira parecía más reciente y Melinda tenía el mismo aspecto que el día del mercadillo: mayor y más esbelta, pero con los mismos ojos, la ancha frente y la cara tan redonda como en la foto anterior.

    «Maldita seas.» Ivy arrugó las dos tiras y también se las guardó en los bolsillos.

    Debajo de la capa de fotos había una cuartilla de papel. Un hoja de anotación para las puntuaciones de la bolera. Estaba fechado el 9 de marzo de 1992, y en el encabezamiento podía leerse: Kezey's Good Time Lanes. Era la bolera que había estado en el sótano de la ferretería de la plaza de Brush Hills.

    Ivy estaba a punto de dejar la hoja de nuevo en el corcho cuando reparó en los nombres de los jugadores, escritos con una letra mayúscula infantil y concienzuda en la columna de la izquierda: «Eddie. David. Jake. Theo».

    Eddie Walsh y Jake O'Connor estaban en el equipo con David y Theo. Aquél debía de ser un recuerdo de una de las muchas veces que habían jugado en Kezey's.

    Ivy cogió la hoja y se la metió en el abultado bolsillo.

    Abrió de un tirón uno de los cajones del escritorio y revolvió en su interior, luego hizo lo propio con el otro en busca de cualquier cosa que relacionara a David con Melinda. Examinó la estantería para ver si había un álbum de recortes o un diario. Los estantes superiores estaban llenos de libros de texto: Técnicas básicas de laboratorio médico, Fundamentos del análisis de orina y fluidos corporales. Un libro preparatorio para el examen de agente inmobiliario y otro titulado Cómo construir y vender casas con rapidez.

    Los tres estantes del centro contenían libros en rústica, en su mayoría novelas románticas, y en el de debajo de todo había cintas de vídeo con etiquetas escritas a mano: Sexo en Nueva York, Reconstrucción total, El cisne. Este último título le trajo a la memoria los cisnes de cristal que Melinda le había asegurado que coleccionaba su madre. Ivy no había visto ninguno en la casa.

    Hurgó en una pequeña cómoda llena de ropa de mujer que apestaba a naftalina. En el fondo del último cajón encontró otro recorte. Apergaminado y amarillento por el tiempo, era el anuncio de la boda de David e Ivy, con la misma foto que había aparecido esa misma mañana en el periódico. Sólo que junto a David, en el lugar donde debería haber estado la cabeza de Ivy, había un agujero cuidadosamente recortado.

    «Tenía algo contigo. Contigo y con David.»

    Jody se equivocaba. No se trataba de ambos: David había sido objeto de la obsesión de Melinda, e Ivy era sólo la persona a la que quería quitarse de en medio.

    Ivy se metió también el recorte mutilado en el bolsillo. Luego pasó la mano por encima del escritorio y tiró al suelo todas aquellas ridículas velas votivas.

    Estaba a punto de mirar en el armario cuando oyó el leve sonido de un correteo sobre ella. El corazón le dio un vuelco y de forma instintiva agachó la cabeza. Entonces se oyó un golpazo.

    Ivy salió disparada hacia la sala. Se convenció a sí misma de que no podía haber nadie en el piso de arriba: sobre la habitación de Melinda sólo quedaba el tejado y apenas había espacio para avanzar a gatas por encima del resto de la casa. Pero sus razonamientos no fueron suficientes para que aminorara el paso mientras corría por el vestíbulo.

    Atribuyó aquellos ruidos a una ardilla o a pájaros o al viento que arrastraba los escombros sobre el techo plano de la habitación. Aun así, siguió corriendo. Deseaba salir de allí, adentrarse en la noche fría y clara, largarse tan lejos como pudiera de aquella casa con sus olores nocivos y su húmedo y bochornoso interior.

    Al llegar a la puerta de la cocina, se vio asaltada por un retortijón. Jadeó, incapaz de respirar mientras éste crecía como una ola de agua pantanosa. El dolor la dobló en dos mientras gotas de sudor le perlaban la frente y el labio superior. Necesitaba un lavabo, ¡ya!

    Ivy avanzó tambaleante hacia la habitación en sombras y pasó entre la cama y las ventanas dobles que debían de dar al patio trasero. Más allá de una puerta entreabierta se veía una habitación oscura con suelo embaldosado. Nunca se había alegrado tanto de ver nada como la visión de aquel váter con asiento acolchado. No había un segundo que perder.

    No podía sino rendirse y dejar que su cuerpo hiciera lo que tenía que hacer. Se sentó en la taza doblada en dos. ¿Sería a causa de algo que había comido? Sólo recordaba haber tomado zumo de naranja y nueces. Había rechazado las salchichas, los huevos y el café que le había ofrecido Jody; el mero hecho de pensar en ello le provocó arcadas.

    Eso era lo que necesitaba, entrar en erupción por los dos extremos.

    Ivy cerró los ojos. La última vez que se había encontrado tan mal fue en el aeropuerto de México DF. En aquella ocasión, había deseado fervientemente estar en su casa, en su propio baño con sus toallitas perfumadas, su cama y unas sábanas limpias entre las que meterse.

    Ahora era como si ese lugar ya no existiera.

    Ivy esperó. Y esperó. Y esperó. Al final, aquello paró. Al menos había papel higiénico.

    Después, con la camisa pegada a la piel, sólo pudo distinguir su rostro en el espejo del oscuro cuarto de baño mientras se lavaba las manos con una pastilla de jabón cuarteada. Tenía la piel grasienta y mechones de pelo pegados a la frente. Se echó agua en el rostro sudoroso.

    Una toalla de mano colgaba del borde de la bañera. La tocó y dio un paso atrás. Estaba rígida, casi como si fuera cartón. Ivy se secó la frente con el antebrazo.

    Su estómago rugió de nuevo. «Por favor, ya basta.» Se inclinó y se agarró al borde de la bañera mientras las náuseas crecían y, finalmente, desaparecían poco a poco.

    Fue entonces cuando se dio cuenta, por debajo del borde de una cortina de baño de plástico verde pálido, de que la bañera estaba llena hasta el borde. ¿De qué? ¿Arena de playa? La superficie era plana y suave.

    Ivy agarró la cortina, que crujió mientras la corría. Fuera lo que fuese que llenaba la bañera era blanco y cristalino. Cerca del borde, algo sobresalía de la superficie.

    Le dio al interruptor de la luz y un fluorescente colocado sobre el espejo crepitó y se encendió. Ivy bizqueó bajo la deslumbrante luz, pero incluso después de que sus ojos se adaptaran, le llevó un momento identificar lo que estaba viendo.

    Por encima de la arena blanca que llenaba la bañera sobresalían los dedos de un pie con las uñas pintadas de rosa.


    Capítulo 25


    Ivy gritó y gritó y gritó. Luego se quedó allí de pie con las manos cubriéndole el rostro, los dedos separados y la boca abierta sin que ningún sonido saliera de ella.

    Salió del lavabo retrocediendo. «¡Lárgate de aquí!»

    Corrió a través de la habitación y la cocina. La puerta mosquitera chirrió y se cerró con un portazo tras ella. El correo que había dejado apilado en la escalera y los envases vacíos de anticongelante salieron volando y cayeron sobre el césped.

    Siguió corriendo por el camino lateral hasta llegar a su coche. Aunque las manos le temblaban, consiguió meter la llave en el contacto.

    No era arena. La bañera estaba llena de cristales blancos: descongelante Ice Melt. Un desecador, por lo que recordaba de las clases de química del instituto, una especie de sustituto de la sal gorda. Se usaba para curar carne o jamón. Sentada en el asiento del coche, el estómago le dio un vuelco.

    La imagen de las uñas pintadas de rosa se abrió camino en su mente. El cuerpo debía de pertenecer a Elaine Gallagher, la mujer a la que le enviaban el correo a aquella dirección. Pero el esmalte de uñas le decía otra cosa: Melinda llevaba las uñas pintadas del mismo rosa iridiscente.

    «Llama a la policía.» Ivy cogió el móvil del asiento del acompañante y abrió la tapa. Sabía perfectamente que si lo usaba la policía rastrearía la llamada. Irían a buscarla y le preguntarían qué estaba haciendo en esa casa.

    Cerró la tapa del teléfono.

    Pero no podía no llamar. Si se trataba de Melinda, el misterio de su paradero quedaría resuelto y la policía podría centrarse en descubrir qué había pasado en realidad. Y tendrían que soltar a David, ¿no?

    Pero no se le pasaba por la cabeza volver a la casa para hacer esa llamada. Tenía que haber otra manera. Tal vez pudiera usar el teléfono de un vecino; había luces en la ventana de la sala de estar de la casa de al lado. Aunque tampoco la consideró una buena idea: sería muy fácil identificarla.

    Unas manzanas más allá había una gasolinera, y en las gasolineras siempre había cabinas telefónicas. Haría la llamada, concisa, agradable y anónima. «He encontrado un cadáver.»

    Mientras daba la vuelta a la llave en el contacto, sintió un dolor en la parte baja de la espalda y la boca del estómago. «Por favor, otra vez no.» Las arcadas le asaltaron a medida que las náuseas aumentaban.

    Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el reposacabezas. Su barriga se había convertido en una roca sólida. «Respira. Concéntrate.» Ivy contó: «Uno, dos», en un intento por mantener el control. «Siete, ocho.»

    Llegó a veinte antes de que el dolor empezara a remitir. Cuando hubo pasado, inspiró hondo, espiró y abrió los ojos.

    Náuseas, diarrea, retortijones. Todo en oleadas. No había comido nada en mal estado ni tenía la gripe. Aunque sus abortos no se habían parecido en nada a esto, supo que se había puesto de parto.

    «¿Cuánto tiempo...?» Trató de concentrarse. Se había sentido mal, a intervalos, desde que había salido de casa. De eso hacía tres horas.

    Recordó las indicaciones de la doctora Shapiro: «Cuando las contracciones sean regulares y duren unos treinta segundos o más, localiza a David y vente al hospital». Por lo visto, había llegado ese momento.

    «Tranquila», eso era lo que le había dicho Sara una y otra vez en las clases de preparto. Los partos de las primerizas duraban entre seis y veinte horas; en el peor de los casos, ya habían transcurrido tres.

    Ivy puso el coche en marcha. No iba a arriesgarse con este bebé. El hospital se encontraba a apenas veinticinco minutos.

    Agarró el volante como si fuera un salvavidas y tomó el camino de la calle principal. El atasco que ocupaba la plaza de Brush Hills se había despejado. Tras pararse un momento en el semáforo, se puso en marcha.

    Condujo un kilómetro tras otro, y vio cómo el letrero de Urgencias del hospital Neponset se hacía más y más grande. Al asaltarla otra oleada de malestar, Ivy detuvo el coche. Los dolores tenían unas características que empezaban a resultarle familiares: empezaban en la parte baja de su espalda, casi como un dolor premenstrual, y luego sentía náuseas. Ivy jadeó mientras sus músculos se contraían.

    «Busca algo en lo que concentrarte para potenciar la relajación.» Se tocó el cuello en busca del amuleto de su abuela. Eso era lo que había practicado. Acariciaba la piedra suave y redondeada del talismán entre el pulgar y el índice mientras respiraba: inspiraba por la nariz y expulsaba el aire por la boca, al tiempo que David contaba y la cogía de la mano. Lo cierto es que resultaba mucho más fácil respirar cuando las contracciones eran imaginarias.

    Cuando la última contracción pasó, una lágrima rodó por su mejilla. ¿Cómo iba a conseguirlo sin David?

    Cogió el móvil y marcó el número de Jody. «Por favor, cógelo.»

    Y eso hizo su amiga después del primer timbrazo.

    —Por fin. —Jody empezó a hablar a toda prisa—. La policía ha estado aquí haciendo preguntas sobre tu vecina. He intentado...
    —Jody.
    —...llamarte y...
    —¡Jody! ¡Para!

    Hubo silencio al otro lado de la línea.

    —Escucha, voy camino del hospital. Estoy de parto.
    —Estás... —Ivy pudo oír cómo Jody tomaba aire—. ¿Quién conduce?
    —Yo.
    —Ivy, eso es una locura. Quédate ahí, voy a recogerte. ¿Dónde estás?
    —No estoy muy lejos del hospital. Todo va bien. Nos encontramos allí, ¿vale? Pero antes hay algo importante que necesito que hagas.
    —Ivy, no deberías conducir.
    —Calla y escúchame. —Ivy detectó el pánico en su propia voz—. Busca una cabina en una gasolinera, o donde sea, y llama a la policía de Brush Hills. Tienes que decirles que hay un cadáver en el lavabo del número 6 de Belcher Street.
    —Pero ¿eso no...?
    —Y luego cuelgas.
    —¿Cómo...?
    —No les digas quién eres, sólo explícales dónde pueden encontrar el cuerpo. Por favor, Jody; te lo contaré todo en el hospital.

    Cortó la llamada y apagó el móvil.

    Unos minutos después Ivy giraba en la entrada de Urgencias del Neponset.

    —Estoy de parto —le explicó a un hombre con atuendo de enfermero que emergió entre las puertas correderas y se acercó al coche.

    No, no sangraba, y no había roto aguas. Le hizo un resumen de sus síntomas, como si recitara la previsión meteorológica.

    Ivy despegó los dedos del volante. Un camillero le acercó una silla de ruedas y la ayudó a salir del coche. Luego la empujaron a través de una agradable y bien iluminada sala de espera hasta llegar al mostrador de admisiones, ubicado en un cubículo aislado de los murmullos de la zona de Urgencias. Una mujer mayor con el pelo anaranjado y un pin colgado en la blusa en el que se leía «Pregúntame» le sonrió y empezó con todo el papeleo mientras otra contracción llegaba y se iba. Según rezaba su placa identificativa la mujer se llamaba Patricia Kennedy, y en la foto su pelo era moreno.

    El hecho de encontrarse allí, absorbida y trasladada por la cinta transportadora de todo el protocolo administrativo del hospital, debería haber calmado a Ivy. Sin embargo, no era precisamente paz lo que sentía mientras la empujaban por el pasillo hacia el ascensor. Recordaba la última vez que había estado allí.

    Había sido en plena noche calurosa de julio, un año y medio atrás. Estaba embarazada de veinte semanas y cuando por fin empezaba a creer que todo iba a salir bien, empezaron los calambres y las pérdidas. Para cuando ella y David llegaron a la entrada de Urgencias, la sangre le corría por las piernas. Se la llevaron en una camilla, le inyectaron de inmediato una aguja intravenosa y la conectaron a un monitor fetal.

    Los médicos habían hecho todo lo posible para detener las contracciones, pero la mañana había sucedido a la noche sin que los dolorosos calambres cesaran.

    Recordaba cómo la doctora Shapiro había fruncido el ceño mientras colocaba el estetoscopio sobre su barriga. La línea plana que mostraba el monitor resultaba elocuente.

    No había llegado a salir de Urgencias. Su cuerpo no dejó de temblar mientras una de las enfermeras extraía los restos de su bebé muerto, la misma enfermera que con una mirada de simpatía por encima de la mascarilla médica le había explicado que el «feto» —qué palabra más horrible— debía ser enviado a Patología.

    En aquella ocasión David había permanecido a su lado sin apartarse ni un instante de ella, agarrándola de la mano. Seguramente Melinda trabajaba por entonces en el hospital como técnica; era posible incluso que aquella noche estuviera de guardia cuando llevaron al bebé de Ivy al laboratorio.

    Ahora todo era distinto, pensó Ivy mientras las puertas del ascensor se abrían en la planta de maternidad. Su embarazo había llegado a término: treinta y siete semanas completas.

    Con amuleto o sin él, con David o sin él, iba a dar a luz a una niña sana.


    Capítulo 26


    Ivy yacía en una cama con las dos piernas alzadas. Llevaba una bata de hospital y la habían conectado a un monitor fetal. La enfermera le había dejado una banda para tomar la presión alrededor del brazo.

    Estaba ahí tendida, con las manos sobre el vientre, esperando la siguiente contracción. Dos brillantes líneas verdes se ondulaban y parpadeaban en la pantalla del monitor, y se oía a una mujer que daba a luz entre gimoteos en la habitación de al lado.

    Oyó un leve golpecito en la puerta y a continuación apareció Jody, que entró corriendo y abrazó a Ivy.

    —¿Qué? —Jody se echó atrás con la mano de Ivy apretada entre sus propias palmas sudorosas—. ¿Estás bien?

    Tenía los ojos llenos de lágrimas.

    Ivy consiguió asentir con la cabeza.

    —Estamos las dos de lujo.
    —Así que ha llegado la hora de la función —dijo Jody con una sonrisa tensa—. ¿Estás respirando como una buena chica?
    —Lo intento.
    —¿Cuándo has tenido la última contracción?
    —Ya ha pasado un rato —contestó Ivy—. Unos veinte minutos. Quizás un poco más.
    —¿Y antes de eso?
    —Me parece que las tenía cada diez minutos. Tuve tres mientras venía hacia aquí.
    —¿Te acuerdas de que cuando me puse de parto con Riker me mandaron dos veces a casa?
    —¿Crees que me enviarán a casa?
    —No me hagas caso. ¿Qué sabré yo? Como decía mi abuela, es la hora de Doris Day: «Qué será, será...».

    Jody arrastró el sillón para acercarlo a la cama y se sentó.

    —¿Hiciste la llamada? —preguntó Ivy.

    Jody asintió.

    —¿Qué han dicho?

    Jody miró a su alrededor como si alguien pudiera escucharla.

    —No les di oportunidad de decir nada. Le expliqué a la operadora que había un cadáver, le di la dirección y colgué.

    Ivy se imaginaba la escena: la policía llegaba a la casa, llamaba a la puerta y encontraba la entrada lateral abierta, como Ivy. Entraban en la vivienda y sacaban el cuerpo de Melinda de su baño lleno de cristales. Y por último empezaban a buscar las pruebas que deberían de haber buscado hacía días, pruebas que tanto podían exonerar a David como certificar, incluso para ella, que era un asesino.

    —¿Crees que era Melinda? —preguntó Jody.
    —Lo parecía.
    —Cuéntame qué ha pasado.

    Ivy le explicó cómo había decidido por azar darse una vuelta por la calle en la que había vivido Melinda.

    —Había un atasco en la plaza, si no, nunca habría pasado por ahí.

    Le explicó a Jody lo del correo dirigido a Elaine Gallagher pero que contenía cartas a nombre de la madre de Melinda, y también le habló de la antigua habitación de esta última.

    —Jody, está tal y como la describiste. Las paredes rosas, y esa lámpara tan kitsch. Los armarios están llenos de lo que parece su ropa, y sus libros colman las estanterías; es como si aún viviera allí. Tenía fotos de David. Y la de nuestra boda; la había sacado de un periódico y había recortado... —Ivy gimoteó—. Había recortado mi cara.

    Desde el pasillo llegó el ruido de unos zapatos de suela blanda y el chirrido de un carrito metálico. Jody se levantó y cerró la puerta.

    —Yo sólo quería destruir las fotos de David y salir de allí cuanto antes.

    Ivy le contó cómo había quitado las fotos y luego había empezado a sentirse mal, y cómo había llegado al baño justo a tiempo.

    —Allí fue donde la encontré —concluyó Ivy, que le explicó a Jody lo de la bañera llena de cristales y las uñas pintadas de rosa.

    Por unos momentos ambas permanecieron en silencio.

    —Odio el rosa —dijo Jody al cabo.
    —Seguramente la poli esté ahí ahora.
    —Mientras venía hacia aquí me crucé con dos coches patrulla con las sirenas encendidas —explicó Jody—. ¿Qué hiciste con las fotos?
    —Están en... —al pronunciar las palabras, Ivy notó cómo el vientre se le ponía duro— los bolsillos de mi pantalón.

    Por fin otra contracción.

    Jody se puso en pie, abrió el estrecho armario, cogió los pantalones de Ivy de un estante donde permanecían doblados y sacó las instantáneas de los bolsillos.

    —Ya te dije que esa chica tenía algo con vosotros, pero ¿me creíste?
    —Te creo... —apretó los dientes a medida que el dolor aumentaba— ahora. —Apenas pudo pronunciar la última palabra.

    Jody dejó caer los pantalones al suelo y se acercó a Ivy rápidamente.

    —Allá vamos. —Acarició la frente de Ivy—. Relájate. Respira. Deja que tus músculos hagan todo el trabajo, no te resistas.

    Ivy se concentró en el suave tacto de Jody, en el sonido de su voz, mientras el dolor crecía.

    —Así, bien, lo estás haciendo muy bien. Sigue así.

    Aquella contracción no parecía tan intensa, o tal vez fuera sólo que era más fácil soportarla con Jody allí a su lado. En cualquier caso, empezaba a remitir.

    —Al menos ha durado quince segundos —constató Jody.

    Ivy inspiró hondo y soltó el aire.

    Una enfermera abrió la puerta y entró en la habitación. Era una mujer joven y con pelo largo y liso, más oscuro incluso que el de Ivy, recogido en una coleta. Echó un vistazo al monitor y comprobó la presión arterial de Ivy.

    Antes de marcharse, agarró el cordón del timbre de emergencia de modo que éste se bamboleó en el aire.

    —Si necesita algo, no tiene más que llamar.

    Jody recogió los pantalones de Ivy y las fotos del suelo, donde los había lanzado. Sacó los trozos de papel que quedaban en los bolsillos y lo extendió todo a los pies de la cama.

    —Ésta parece bastante reciente —observó mientras alisaba la imagen de David frente a Rose Gardens—. Le ha estado acosando y sacándole fotos. ¿David no sospechaba? Y tú, ¿no sabías nada?
    —No tenía ni idea.
    —Da miedo. —Jody cogió la hoja de anotación de la bolera—. Kezey's. Por Dios santo, ¿te acuerdas de aquel sitio? Sólo con pronunciar el nombre puedo olerlo de nuevo. Calcetines sudados —arrugó la nariz—, lápices de cera y humo de tabaco rancio. ¿Te acuerdas del viejo Kezey?

    Ivy lo recordaba. El propietario del local era un tipo con el pelo grasiento que pedía la documentación a los chicos que no iban acompañados de un adulto; cualquiera que no dispusiera de un carné de conducir que demostrara que tenía dieciocho años debía pagar un recargo de un dólar para poder jugar. Aun así, Kezey's era el único local de la ciudad; el único sitio al que los chicos podían ir sin necesidad de coger el coche.

    —Melinda trabajaba en Kezey's —recordó Jody—. La vi alguna vez después de la escuela. Y... ostras, aquí está.

    Jody levantó la más antigua de las dos tiras de instantáneas de fotomatón.

    —Hay otra tira de ésas —señaló Ivy.

    Jody la encontró y la colocó junto a la otra.

    —¿Qué te parece? ¿Es la hermana de Melinda, Ruth?
    —¿Su hermana?

    Las palabras salieron de su boca lentamente. Era una posibilidad que no había contemplado.

    Jody cogió la foto del anuncio de compromiso con la cara de Ivy recortada.

    —Esta tía está enferma.
    —Qué me vas a contar.
    —¿Qué vas a hacer con todo esto?

    Jody juntó las fotos y los recortes en un montón a los pies de la cama.

    —Quemarlo.
    —Un plan excelente. —Jody volvió a sentarse en la silla—. Así que Melinda White está muerta de verdad. Y yo que pensaba que aparecería en cualquier momento. Me pregunto si dirán algo en las noticias. —Agarró el mando a distancia del alféizar de la ventana y lo dirigió a la tele colocada en un estante que colgaba del techo—. ¿Te importa?
    —En absoluto.

    Jody encendió el televisor y fue pasando canales hasta que encontró un boletín de noticias de última hora. Un incendio en un edificio de tres pisos en Southie. Un intento de atraco en un coche en Pike. Una pelota de voleibol metida en una bolsa de papel había disparado los sistemas de seguridad en la terminal de Delta Air Lines en Logan.

    Ninguna mención al cuerpo de una mujer desaparecida encontrado en una casa de Brush Hills.

    Ivy sintió una oleada de agotamiento. Apenas podía mantener la cabeza erguida. En la tele pusieron un anuncio en el que se veía una mariposa blanca revolotear por un paisaje con la música de un arpa de fondo. Cerró los ojos y dejó que el sonido la envolviera. Entrelazó los dedos encima de su vientre y se preguntó cuánto faltaba para que se endureciera de nuevo.

    Ni siquiera se dio cuenta de que se había quedado dormida hasta que se despertó de golpe. La doctora Shapiro estaba inclinada sobre ella. Jody, que parecía haber echado una cabezadita en la silla, bostezaba y se estiraba. La tele estaba apagada y ya era más de medianoche.

    La doctora corrió la cortina que rodeaba la cama de Ivy y la examinó. A continuación, acercó la pantalla del monitor.

    —Esta línea muestra tus contracciones —explicó la doctora Shapiro mientras señalaba la línea superior, que permanecía recta—. Y ésta —señaló la más inferior, que subía y bajaba— es la de tu bebé. ¿Ves? Está perfecto, aunque todavía no se siente preparado para salir y enfrentarse al mundo.
    —¿Así que no estoy de parto?
    —Es muy habitual, sobre todo con el primero.
    —El dolor, la diarrea... Estaba segura de que...
    —Cuando llegaste tenías contracciones fuertes y firmes, pero durante la última hora no ha ocurrido nada. Si la cosa no cambia hasta que amanezca, te mandaremos a casa; allí estarás más cómoda. Los bebés tienen su propio horario. No te preocupes, al final todos salen.
    —No hace falta que te quedes —le dijo Ivy a Jody después de que la doctora se marchara—. Al parecer, todo ha sido una falsa alarma.
    —Me iré dentro de un rato. Volveré por la mañana para llevarte a casa.
    —Pero mi coche...
    —Oh, se me olvidaba; tienes el coche aquí.
    —Puedo conducirlo yo.
    —¿Quieres dejarlo ya? Ni se te pase por la cabeza. Haré que alguien me traiga y uno de los dos llevará el coche a tu casa. Yo me encargo. —Jody cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Ivy—. Anda, vuelve a dormirte.

    Habían pasado muchas cosas desde que se despertó en casa de Jody. Había vuelto a casa y se había encontrado con aquel olor a perfume; ella y Jody habían registrado la casa sin encontrar nada, excepto la caja de libros que daba fe de una nueva mentira de David. Y su ordenador con el historial de visitas a páginas de viajes: otra mentira.

    Luego había encontrado a la señora Bindel. Probablemente la ambulancia se la había llevado al hospital más cercano; por la mañana, si no tenía más contracciones, trataría de localizarla. Tal vez su vecina recordaba lo que había ocurrido cuando ella y su perra...

    ¡La perra! Pobre Phoebe. Aún debía de estar atada al tendedero, desesperada, esperando a que Ivy volviera.

    —Jody, una cosa más... —empezó.

    Pero ésta yacía ya hecha un ovillo en el sillón, dormida.

    Desde el exterior, Ivy oyó el sonido de una sirena cada vez más estridente, que luego se interrumpió al llegar a la entrada de Urgencias del hospital. Se imaginó la cinta policial que acordonaría la vivienda unifamiliar de Belcher Street. Las unidades móviles de televisión que una vez se habían estacionado frente a su casa ahora se habrían apoderado de toda la calle, mientras los detectives de la policía se encontraban dentro recogiendo pruebas y en busca de huellas dactilares.

    Ivy esperaba no haber dejado rastro de su presencia allí. Se había cubierto las manos mientras estaba en la habitación de Melinda pero ¿había recordado hacer lo propio en el baño? ¿Había tocado el borde de la bañera? Ahora ya era demasiado tarde para hacer nada.

    Se estremeció al recordar aquellas uñas pintadas. ¿Cuánto tiempo había pasado después del mercadillo hasta que mataron a Melinda? ¿Dónde se habría cometido el crimen, y cuándo habían trasladado su cuerpo a la bañera? Esas mismas preguntas orientarían por fin la investigación policial en una nueva dirección.

    Ivy se tumbó de lado y observó el monitor fetal. Ya no tenía ninguna contracción, pero el latido del corazón del bebé seguía estable. Bip. Bip. Bip. Bip... Dejó que se le cerraran los ojos.


    Ivy se revolvió adormilada y captó un vislumbre de una enfermera con un uniforme lavanda que salía de la habitación y cuya coleta se balanceó mientras desaparecía por el pasillo. Le recordó a Cindy Goodwin, la nueva ayudante de dirección de David, y a la Barbie animadora de Jody. El sillón donde antes dormía su amiga ahora estaba vacío, y la luz de la habitación, apagada.

    La línea del monitor fetal, la del bebé, todavía subía y bajaba de forma regular y tranquilizadora, al tiempo que proyectaba un resplandor verdoso sobre las paredes y el techo.

    Ivy cerró los ojos y se imaginó a sí misma avanzando a través de las ilustraciones a tinta de Madeline, mientras recitaba mentalmente sus versos rimados.

    No tenía ni idea del tiempo transcurrido cuando sintió una mano sobre su abdomen. Un silueta en sombras se erguía a los pies de la cama.

    —Sabemos que estuvo allí.

    Reconoció la voz áspera del detective Blanchard.

    ¿Qué hacía él en el hospital en plena noche? ¿Y por qué no podía distinguir su rostro? ¿Cómo era posible que él la tocara desde donde se encontraba? Y aun así, notaba su mano sobre el vientre. Intentó moverse, liberarse de ella, pero estaba paralizada.

    «Esto no es real», se dijo a sí misma.

    Se obligó a incorporarse mientras jadeaba como si acabara de salir a la superficie después de que una ola la hubiera alcanzado y bandeado. Había una mujer con uniforme rosa de pie junto a la cama, con una mascarilla sobre la cara. Sus manos descansaban sobre el vientre de Ivy mientras observaba el monitor. No era el detective Blanchard.

    Ivy dejó caer la cabeza sobre la almohada. Sólo era una enfermera. La tarjeta identificativa que le colgaba del bolsillo de su uniforme, sobre el pecho, reflejaba la luz verde del monitor fetal.

    —Todo va bien, muy bien. Relájese —dijo la enfermera—. Sólo estoy comprobando cómo se encuentra el bebé.

    Y, sin una palabra más, se marchó. El único rastro que quedó de su presencia fue el intenso olor a látex y un leve aroma a perfume Opium.


    Capítulo 27


    Incapaz de sacarse aquella fragancia de la cabeza, Ivy durmió de forma irregular lo que quedaba de noche. Tenía la sensación de que cada media hora venía una enfermera distinta a comprobar cómo estaba. A las siete y media de la mañana entró la doctora Shapiro, la desconectó del monitor y le informó de que ya podía darle el alta.

    —No se vaya muy lejos —advirtió a Ivy.

    Pero no había de qué preocuparse. Ivy tenía planeado irse directa a la cama en cuanto llegara a casa. Jody llamó y le dijo que Theo la recogería en coche a las diez. Ivy vio en la tele los informativos de la mañana, y en ninguno se hablaba de un cadáver encontrado en una casa de las afueras de Brush Hills.

    Se dio una ducha extracaliente y dejó que el agua le corriera por la espalda dolorida. Luego volvió a ponerse la ropa del día anterior. En los bolsillos ya no estaban las fotos que había cogido en la habitación de Melinda, y deseó que Jody las hubiera quemado.

    Volvió a comprobar los informativos matutinos, sin novedad.

    Inquieta, cogió el teléfono del hospital.

    —Corinne Bindel. B-I-N-D-E-L —le deletreó el nombre a la operadora.

    Sí, la señora Bindel estaba ingresada en el hospital. Su estado había mejorado: de grave había pasado a estable, eso era todo lo que la operadora podía contarle.

    Ivy colgó y se puso a mordisquear la última tostada de su bandeja del desayuno, sobreponiéndose al impulso de encender de nuevo la tele.

    Con el pelo aún húmedo, abandonó la habitación. En la pared junto a la puerta del ascensor vio colgados un plano del piso y un directorio. Ivy no sabía dónde se encontraba la señora Bindel, pero el hospital no era tan grande; no como aquellas clínicas del centro que constituían pequeñas ciudades en sí mismas.

    Ivy repasó la lista de departamentos. Admisiones y Administración estaban en el primer piso; Cuidados Intensivos, en el tercero, sector este. Maternidad, segundo piso, oeste. Ahí era donde se encontraba ella ahora. Medicina/Cirugía, segundo piso, este: ésa parecía una buena posibilidad.

    Ivy siguió un letrero que indicaba «Segundo Este» más allá de los ascensores. Continuó por un pasillo, atravesó unas puertas dobles y salió por otras a un puesto de enfermeras donde había un doctor hablando por teléfono. Ivy apretó el paso e intentó que pareciera que tenía muy claro adonde iba.

    En cada habitación de la unidad había en la puerta un cartel escrito en rotulador grueso negro. Ivy bajó por un lado del corredor y llegó a la mitad del otro antes de dar con la habitación que buscaba.

    A través de la puerta abierta vio a la señora Bindel tendida en la cama más cercana. Ivy entró. La mujer de la otra cama le echó un vistazo y luego se dio la vuelta y encaró la ventana.

    La señora Bindel estaba tendida de espaldas con la cabeza envuelta en vendas y los ojos cerrados. Tenía los labios secos y cortados. Ivy acercó una silla a la cama, se sentó y agarró la mano de su vecina. Tenía una aguja intravenosa en el brazo, cuyo tubo serpenteaba fuera de la cama. Su pecho subía y bajaba al respirar. «Situación estable.» ¿Qué demonios significaba eso?

    Mientras se sentaba, recordó su última visita a la abuela Fay, unos meses después de casarse con David. Esa tarde, al llegar, se había encontrado a su abuela desplomada en el sillón, con el periódico aún en el regazo. Huérfana del ánimo de su intensa personalidad, su abuela parecía haber empequeñecido tanto con la muerte... Apenas era más que un saco de piel y huesecillos de pájaro.

    Ivy había procurado encargarse de la salud de su abuela pero, como era habitual, ésta había tomado su propia decisión sobre cuándo y cómo irse. Un día iba andando al super con su carro desvencijado y le daba órdenes a todo el mundo. Luego se sintió un poco indispuesta, con algo de dolor en el pecho, y unas horas más tarde estaba muerta. Era una muerte perfecta para alguien que siempre había insistido en que «no quería convertirse en una carga».

    —Ojalá las personas tuviéramos un botón de apagado —le había dicho una vez a Ivy—. Aunque en mi caso en el botón debería decir: «Ya he tenido bastante».

    Ivy volvió al presente cuando la señora Bindel movió la mano. Sus párpados se abrieron de par en par, sus ojos vagaron por la habitación hasta que finalmente se posaron sobre Ivy. Su mirada de reconocimiento se tornó en confusión al tiempo que se llevaba la mano a los vendajes de la cabeza.

    —Sí —le confirmó Ivy—, se ha hecho daño en la cabeza. ¿Se acuerda?
    —Yo... —Los ojos de la señora Bindel brillaron y reflejaron su angustia—. ¿Tú...?
    —Sí, yo la encontré y llamé a la ambulancia.
    —¿Y Phoebe?
    —Oh, está bien. —Ivy sintió una oleada de pánico. En cuanto llegara a casa metería a Phoebe dentro y le daría de comer. Al menos le había dejado agua—. Señora Bindel, ¿recuerda lo que ocurrió?
    —Jardín —respondió ésta con la mirada un tanto perdida—. Lirios.
    —Este año sus lirios están muy bonitos —asintió Ivy—. ¿Los estaba plantando en el jardín?

    La señora Bindel se quedó mirando a Ivy.

    —Allí fue donde la encontré, tendida en la hierba junto a las escaleras traseras. ¿Vio a alguien ahí fuera? —preguntó Ivy—. ¿Alguien le hizo daño?

    La mirada de la señora Bindel vagó por encima del hombro de Ivy. Sus ojos se abrieron y con una fuerza sorprendente liberó su mano de la de Ivy.

    —¿Fue...?

    Alguien dio un fuerte golpe en la puerta que interrumpió la pregunta de Ivy.

    Al darse la vuelta, se encontró al detective Blanchard.

    —Señora Rose, ¿qué está haciendo aquí? —inquirió él al tiempo que entraba en la habitación.

    Ivy se tragó las ganas de replicar: «¿Y a usted qué coño le importa?».

    —Ingresé en el hospital ayer por la noche. Creía que estaba de parto. —La mirada de él se dirigió a su vientre—. Era una falsa alarma —aclaró Ivy.
    —¿Ha pasado la noche aquí?
    —Me han dado el alta esta mañana.
    —¿Así que no lo sabe?

    A Ivy se le disparó el corazón.

    —¿Saber qué?

    Él le indicó que le siguiera al pasillo.

    —Ha habido un avance en el caso.

    Mientras él hablaba, Ivy podía sentir cómo su mirada la escrutaba.

    Intentó mostrarse sorprendida. Saboreó la expresión de venganza que por fin podría mostrar cuando Blanchard le revelara que durante todo este tiempo el cuerpo de Melinda había estado en la casa donde creció.

    —Hemos encontrado el cuerpo de Gereda White. La madre de Melinda —la informó Blanchard.

    ¿La madre de Melinda? Ivy estaba demasiado atónita para hablar.

    —En la casa en la que vivía antes. Al parecer, lleva bastante tiempo muerta.
    —Yo... no sé qué decir. ¿Cómo...?
    —No sabremos la causa de su muerte hasta que le practiquen la autopsia.
    —Pero... —empezó Ivy. ¿Cómo plantear la pregunta sin delatarse?—. Tenía entendido que la señora White vivía en Florida con la hermana de Melinda, Ruth.

    El detective mostró la expresión de disgusto que correspondía a la situación.

    —Nosotros también, pero al parecer todos estábamos equivocados. La policía de Naples fue al apartamento de Ruth White y descubrió que allí no vive nadie. Hace semanas que los vecinos no ven entrar a nadie. —Bajó la vista hacia sus zapatos—. Estamos rastreando las llamadas del móvil de Ruth para establecer con precisión su ubicación las veces que nos llamó. Es un número de Florida, pero podía estar llamando desde cualquier parte.
    —¿Están seguros de que Melinda tiene una hermana que se llama Ruth?
    —Por supuesto. Lo hemos comprobado. —El ceño de Blanchard se frunció un poco más—. Seguimos investigando; el resto de los hechos permanece inalterado.
    —Pero...

    Él alzó la mano.

    —Le he contado más de lo que debía. Confíe en mí; la investigación avanza.
    —¿Que confíe en usted? —repitió Ivy con incredulidad—. ¿Y cuándo va a soltar a mi marido?


    Capítulo 28


    —Odio tener que admitirlo, pero el tipo lleva parte de razón —dijo Theo mientras acompañaba a Ivy a casa desde el hospital. Su coche olía a cuero y a humo de puro—. Que hayan encontrado el cuerpo de la señora White no altera en nada el hecho de que la última vez que vieron a una mujer que ha desaparecido fue al entrar en vuestra casa. David y ella discutieron. La policía encontró restos de sangre y un cuchillo que David admite que intentó esconder. Por no hablar del billete sólo de ida a las islas Caimán. Como mínimo, siguen teniendo evidencias para retener a David por manipulación de pruebas.

    Sus palabras retumbaban en el interior de Ivy como si provinieran de una densa niebla. La condensación había empañado el parabrisas, y el cielo nublado hacía que pareciera que fuera última hora de la tarde y no media mañana.

    —Y bien, ¿cómo estás tú? —preguntó Theo mientras evitaba mirar la barriga de Ivy.
    —¿Físicamente? —Ivy se abrochó el cinturón del coche por debajo de su protuberancia—. Bien.

    Theo accionó los limpiaparabrisas y salió lentamente por el camino de acceso al hospital. Ivy vio a Jody a lo lejos, andando por el aparcamiento en busca del coche de Ivy.

    —Resulta tan frustrante... —Theo miró a ambos lados antes de incorporarse a una calle con varios carriles—. No van a contarnos nada sobre cómo encontraron a la señora White o las circunstancias de su muerte...

    Los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro.

    —El detective me dijo que llevaba un tiempo muerta —señaló Ivy.
    —¿Un tiempo?

    Theo la miró de reojo.

    —Sí, ya lo sé; ¿qué significa eso? ¿Y dónde está la mujer que se suponía que vivía en esa casa? ¿No se la había vendido la señora White a alguien?
    —La casa se vendió —explicó Theo— hará unos ocho meses. Encontramos la noticia de la venta en los registros. La nueva propietaria es una mujer, Elaine Gallagher. Tengo a un detective intentando averiguar quién es y dónde está. Me pregunto cómo supieron que tenían que buscar allí. Supongo que alguien les sopló la información.
    —Seguro —dijo Ivy.

    Luego se puso a mirar por la ventanilla. No iba a decirle a Theo que había estado en la casa de Belcher Street y que había encontrado la bañera llena de material descongelante. Ni que Jody había sido la soplona. Y por supuesto no iba a hablarle de las fotografías de David que había hallado en lo que una vez fue la habitación de Melinda. No podía más que alegrarse de haberse ocupado de ellas.

    Theo le dio un golpe al volante con la palma de la mano.

    —Y ¿dónde demonios se encuentra esa tal Ruth White, que se supone que debía cuidar de la demente, aunque en realidad muerta, señora White?
    —Está claro que David no tuvo nada que ver con el asesinato de su madre —dijo Ivy.
    —Está claro. Y aún no sabemos si fue asesinada. Además, David no ha sido detenido por asesinato. —Ivy pudo oír el «aún no» que Theo no dijo—. Ahora, lo que tenemos que hacer es bajar la cabeza y concentrarnos en la vista del lunes. —La cruz de plata de Theo se bamboleaba colgada del retrovisor central—. Aún debemos encontrar una explicación plausible para el billete a las Caimán. David no lo reservó, así que tuvo que hacerlo otra persona.
    —¿Y si resulta que el billete se compró desde nuestro ordenador? —preguntó Ivy.

    Theo levantó el pie del acelerador.

    —¿Fue así?
    —No lo sé, pero ¿y si fuera así?

    El coche atravesó una zona de la calle donde soplaba el viento y luego se detuvo ante un semáforo.

    —Si lo reservaron desde vuestro ordenador significa que alguien tiene acceso a la casa —respondió Theo—. ¿Quién? Y ¿cómo podemos probar que no fuisteis ni David ni tú? No es como si tuviéramos cámaras de vigilancia.
    —Quizás haya testigos que vieran a alguien entrando.
    —¿Y que no ha dicho nada?
    —Y que no ha podido decir nada. Mi vecina. Tal vez la señora Bindel vio a alguien que intentaba usar la llave vieja después de que yo cambiara las cerraduras. Tal vez por eso la golpearon y la dejaron inconsciente. Ahora no recuerda nada, pero quizá más adelante...

    Ivy recordó la expresión de su vecina al despertarse en el hospital y verla junto a su cama. La confusión inicial se había transformado en... ¿miedo? Ivy no había podido preguntarle, porque justo entonces había llegado el detective Blanchard.

    —La policía registró nuestra casa —prosiguió—. Tal vez hicieron una copia de la llave, o quizás un agente volvió después, cuando no había nadie en casa. Una de las personas que vi revolviendo en el arcón cuando lo dejamos en la acera era una mujer.

    Ivy trató de recordar, pero sólo pudo vislumbrar una silueta. Alta. Delgada.

    —¿Una conspiración por parte de la policía? El juez se partiría de risa ante ese supuesto. Y espero que no sea cierto, porque sería casi imposible de demostrar.

    El semáforo se puso en verde y las ruedas chirriaron antes de emprender la marcha. Theo atravesó la plaza y dejó atrás la ferretería Three Brothers y el Kezey's Good Time Lanes, de donde procedía la hoja de puntuaciones que Ivy había encontrado en la habitación de Melinda.

    —¿Te acuerdas de la vieja bolera? —preguntó.
    —Claro. —Theo le echó un vistazo—. Me pregunto si algún día quitarán el cartel.
    —Vosotros solíais ir a menudo después de entrenar, ¿verdad? David y tú.

    Theo asintió mientras giraba el volante para abandonar la calle principal.

    —¿Y Eddie y Jake?

    Theo le dirigió una mirada de sorpresa.

    —Sí, íbamos todos los del equipo —y giró por Laurel Street.
    —Melinda trabajaba allí después de la escuela —observó Ivy.

    El coche se detuvo frente a su casa. Pasó un buen rato antes de que Theo contestara.

    —Es posible. La verdad es que no me acuerdo.
    —Bueno, has dicho que los del equipo solíais ir allí...

    Theo agarró con fuerza el volante.

    —Ivy, ¿le has dicho algo de esto a la policía?
    —¿Esto?

    Él se volvió para mirarla de frente.

    —Lo de Kezey's. La bolera.
    —¿Por qué iba a hacerlo?

    Los ojos de Theo buscaron los suyos.

    —Buena pregunta. ¿Por qué ibas a hacerlo?

    Ivy no respondió.

    —Bien, pues no se lo digas a nadie. Por favor, no lo hagas.

    El temor se instaló en lo más hondo del estomagó de Ivy.

    —¿Qué ocurrió?
    —Es una vieja historia.

    No debía de ser tan vieja si él no quería que comentara lo de la bolera con nadie.

    Theo puso el freno de mano.

    —Escúchame —se dio la vuelta sobre su asiento para mirarla de frente—; no ocurrió nada.

    Ivy le sostuvo la mirada.

    —Theo, está más que claro que sí pasó algo.
    —Ivy...
    —¿Qué fue?

    Theo soltó un gruñido.

    —Es del todo irrelevante...
    —¡Theo!
    —Vale, de acuerdo. Ella... Melinda... creyó que David... —Hizo una pausa, como si tratara de encontrar las palabras—. Un día estuvimos allí después del entreno y ella pensó que David iba por ella.

    Ivy miró la cruz de plata que colgaba del retrovisor. «Iba por ella.» ¿Qué coño significaba aquello?

    —Estoy seguro de que ella estaba convencida —continuó Theo— de que a él le gustaba. Pero por supuesto no era así.
    —¿Cómo lo sabes?
    —¿Cómo lo...? Porque estaba ahí.

    El sistema de refrigeración del motor se puso en marcha.

    —No quería decir eso. ¿Cómo sabes que Melinda creía que él iba por ella? —insistió Ivy.
    —Yo... Mierda. —Theo desvió la mirada al tiempo que apretaba las mandíbulas—. David me lo contó. Fue por eso por lo que entró en casa con Melinda durante el mercadillo. Ella empezó a hablar de lo que había ocurrido en la bolera. Hace siglos de ello. Su versión. Él pensó que era mejor hablar del tema... en privado. —Theo sacó la llave del contacto—. Pero créeme, Melinda tenía la cabeza llena de pajaritos.
    —¿Cómo de mala es la versión de ella sobre lo que ocurrió? —preguntó Ivy.
    —Él... Ella... —Theo apretó los labios—. Mierda, ¿de verdad quieres saberlo? No sé, no es tan importante...

    Ivy alargó la mano, cogió la cruz para que dejara de balancearse y esperó.

    —Fue después del entreno, en el otoño de nuestro último año de instituto —empezó Theo—. Fuimos a la bolera y no había nadie. El señor Kenzey no estaba, así que alguien consiguió una caja de cerveza y... ya sabes, hicimos el tonto.
    —¿Hicisteis el tonto?
    —Pillamos una cogorza. Todos. Pusimos el local patas arriba. —Soltó una risita—. Debo admitir que las cosas se nos fueron un poco de las manos.
    —¿Un poco?
    —Mucho, me imagino.
    —¿Y Melinda?
    —Ella también bebía, y se lo estaba pasando de coña. Luego... —Theo volvió a pasarse la lengua por los labios.
    —¿Luego qué?
    —¿Te refieres a si...? ¿Si nosotros...? Ni hablar. Pero no por ella; créeme, lo estaba pidiendo a gritos.

    Ivy hizo una mueca. El tono petulante fue como un puñetazo en el estómago. Lo más probable era que Melinda no se hubiera emborrachado nunca antes. Por primera vez en su vida los chicos le hacían caso. Eran sólo una panda de colegiales deportistas, pero para Melinda debía de haber sido la bomba.

    Theo soltó el aire abruptamente.

    —No había duda de que Melinda estaba colada por David. Él fue amable con ella, por Dios; menudo error...
    —¿Me estás diciendo que en el mercadillo en el jardín David se llevó a Melinda dentro porque ella quería hablarle de algo que ocurrió cuando estábamos en el instituto?
    —Exacto, así es. ¿No te parece una locura? Sólo que... no pasó nada.

    Theo se apoyó en el respaldo y se miró en el retrovisor. Se pasó la mano por el pelo y luego observó por encima de su hombro cómo Jody aparcaba el coche de Ivy en el camino de entrada.

    Se volvió hacia ésta.

    —Ivy, David me dijo que se comportó como una loca. Estaba fuera de sí. Él te lo contó todo: tuvo una reacción infantil. Rompió el cisne de cristal y se enfureció cuando él le dijo que estaba... equivocada respecto a lo que había ocurrido. Lo cual es bastante divertido, en realidad, porque David se emborrachó tanto que perdió el conocimiento y prácticamente tuve que llevarle a casa. Y llevaba tal pedo que... —Se rió—. En fin, me sorprende que cualquiera de los dos recuerde algo aparte de la resaca que tuvieron al despertarse. Debió de ser de primera.

    Theo salió del coche e Ivy esperó mientras lo rodeaba hasta la puerta del acompañante; se sentía como si la hubieran golpeado en la espalda con un saco de arena. Sí, David le había contado cómo se derrumbó Melinda en la buhardilla, pero estaba claro que no se lo había dicho todo. Había pasado por alto las acusaciones de Melinda, del mismo modo que hacía Theo ahora.

    Este le abrió la puerta. Había dejado de llover.

    —¿Sabes lo que pensé al enterarme de que habían encontrado un cuerpo? —preguntó él. Ivy luchó contra la repulsión que sentía mientras cogía la mano que le ofrecía Theo para salir del coche—. Que era Melinda, y que se había suicidado. Y te diré algo más: sólo espero que esté muerta. Porque si no es así, se ha pasado de la raya, y eso significa problemas gordos.

    «¿Para quién?» ¿Y si resulta que Melinda aparecía vivita y coleando y ansiosa de contar a la policía lo que había ocurrido en Kezey's? Contarles su versión, vaya. Incluso aunque los cargos hubieran prescrito y fuera demasiado tarde para acusar a nadie, la historia saldría a la luz y David se encontraría en el meollo del escándalo. Habría preguntas sobre el papel de Theo en aquel asunto y el candidato a senador por el estado podría ver su reputación mancillada por un rumor que tal vez nunca pudiera refutar. Su carrera política estaría acabada antes de empezar.

    Jody bajó por el camino de entrada en dirección a Ivy.

    —Te he abierto la puerta lateral y he dejado las llaves en la cocina. ¿Te encuentras bien? ¿No has tenido más contracciones ni nada?
    —Ni un pinchazo —respondió Ivy—. Estoy bien.
    —Pues a mí no me parece que lo estés. ¿Quieres que nos quedemos un rato contigo antes de que Theo me lleve a casa?

    Ivy alzó las manos para rechazar cualquier otra proposición.

    —No, gracias. —No le habría importado quedarse con Jody, pero lo último que deseaba era pasar un minuto más con Theo—. De verdad. Sólo quiero entrar y dormir un poco.

    Empezó a andar por el camino de entrada.

    —Tendré el móvil encendido —oyó la voz de Jody tras ella.

    Ivy estaba a punto de subir los escalones de la puerta lateral cuando un ladrido proveniente de la parte trasera de casa de la señora Bindel hizo que se detuviera. Mierda. Se había vuelto a olvidar de la maldita perra.

    —¡Jody! —llamó al tiempo que se daba la vuelta.

    Jody trotó por el camino.

    —¿Te acompaño den