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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
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    S3
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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LOS CAMINANTES (Carlos Sisi)

    Publicado el martes, junio 16, 2015

    La pandemia no se los llevó.
    Los trajo de vuelta


    Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.

    Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.


    A mi familia. A todos.


    I


    Cuando Susana se decidió por fin a regresar al apartamento, hacía un buen rato que la noche había caído. Era una noche fresca, limpia, y el aire no traía consigo nada de la pestilencia desapacible de los bordes exteriores. Solamente este detalle había inundado de buen humor el corazón de la joven, que caminaba a buen paso por los corredores inferiores del edificio.

    La guardia había sido muy tranquila. Los caminantes ya rara vez se acercaban a las alambradas, aunque aún podían verse muchos en la distancia, silenciosos, arrastrando los pies en su lento pero continuo deambular. No todos andaban. Susana habría jurado que uno de ellos, situado junto al desvencijado quiosco de prensa, había estado inmóvil durante semanas enteras, con las piernas abiertas y los brazos extendidos, observando la luna con ceñuda preocupación, o el sol con manifiesta indiferencia.

    En realidad, las ideas de Aranda habían tenido buen resultado. Fue él el que sugirió crear el segundo campamento base, mucho más iluminado que el primero. Siguiendo sus instrucciones, se colocaron allí varias fuentes de sonido que atraían la atención de los caminantes como insectos a la luz. Venían en oleadas y se arremolinaban alrededor sin cejar nunca en el empeño de intentar acceder; desgarrándose la carne contra las alambradas, descomponiéndose en los lodazales ácidos, y finalmente siendo bloqueados por los muros y camiones barricada. Desde entonces, el campamento real disfrutaba de mucha más tranquilidad. Tener a los muertos acechando en el lugar equivocado tenía un efecto psicológico muy positivo sobre todos los supervivientes. Pero sobre todo, haberse librado de los ruidos había obrado maravillas en el corazón de aquellos hombres y mujeres que se obcecaban en sobrevivir. Ruidos de muerte y ruina, como las lentas, arrastradas y sordas palmadas sobre los muros sin ningún deje de ritmo visible. O el susurro de los cuerpos deslizándose unos contra otros en la oscuridad. De vez en cuando, el abominable cloqueo de una garganta inundada por una pasta cenagosa de sangre seca y tierra. Todo eso había cesado por fin. Los muertos acechaban el campamento falso.

    Susana caminó la distancia que le separaba de su habitación, entró y aseguró la puerta con los muchos cerrojos y tablones. Entonces se volvió hacia la oscuridad de su pequeño apartamento. Era entonces cuando cerraba los ojos y respiraba hondo, preparándose para disfrutar de las últimas horas del día en soledad. Horas para sí misma, que ningún pensamiento oscuro conseguían violentar. Entonces se desnudaba, se aseaba y se tumbaba sobre la cama. Le gustaba entonces permanecer en silencio, concentrándose en no pensar en nada, al menos hasta que el sueño se proclamaba vencedor. Pero no eran muchas las ocasiones en las que conseguía vaciar su cabeza; imágenes y recuerdos se interponían en tropel. Casi siempre, su inconsciente tenía otros planes e insistía en regresar, una y otra vez, al pasado. Al principio. A un antes... a cuando la vida era normal, y la gente moría y se quedaba muerta.


    II


    Julio tenía veintiún años cuando vio por primera vez un cadáver. No era un cadáver horrible, no estaba podrido, ni tenía heridas. Sólo estaba blanco, blanco como la mismísima nieve. Y estaba blanco porque acababan de sacarlo del fondo de la playa. Era un ahogado.

    La policía, por supuesto, no permitía que nadie se acercase, pero Julio y todos los demás tenían una buena vista desde lo alto del rompeolas. Se decía que lo había encontrado una alemana mientras paseaba al amanecer; la marea lo había arrastrado, desnudo y tieso como un viejo leño, hasta la orilla. La policía había hecho fotos, habían hablado con la alemana y tomado numerosas notas. Habían examinado el cadáver y lo habían cubierto al fin con una especie de loneta oscura, que tenía el brillo y la textura del plástico. Todo eso lo había visto Julio desde su privilegiada posición.

    Tan sólo diez minutos más tarde, mientras el juez y los policías intercambiaban documentación, el cadáver se sacudía con una arremetida tan fuerte que la loneta se deslizó a un lado. Todo el mundo se volvió para mirar. Julio lo miró con cierta fascinación; el sol bañaba su carne blanca y húmeda confiriéndole un aspecto jabonoso. Entonces, torpemente, el ahogado comenzó a incorporarse emitiendo gruñidos y ásperos cloqueos. Sus brazos temblaban, parecía que en cualquier momento iba a caerse de bruces contra la arena. Dos de los policías, saliendo por fin del estado de shock, corrieron hacia el hombre y le sujetaron de los brazos para ayudarle a sostenerse.

    Pero entonces... entonces el ahogado atacó a uno de los policías con una violencia fuera de todo baremo. Lo derribó sobre la arena mientras su compañero aún intentaba determinar qué estaba pasando. Su cabeza era un martillo demoledor; subía y bajaba como en un baile enloquecedor dando dentelladas sobre la cara del policía, que intentaba protegerse con los brazos. Sin éxito, pronto sus brazos también estuvieron llenos de sangre. Finalmente, varios hombres se abalanzaron sobre el ahogado para agarrarlo. La escena estaba salpicada de gritos.

    Tanto Julio como sus compañeros permanecían petrificados. La sangre salía a borbotones de uno de los agentes en el suelo, otro se agarraba un brazo con dolor. El ahogado se debatía, poseso de una demencia primigenia y brutal. Por fin, uno de los policías le encañonó con su arma y le disparó en una pierna. El falso ahogado cayó al suelo, pero de la herida no brotó sangre. La carne, hendida, era una cueva negra y ominosa; el ahogado se levantaba sin acusar dolor alguno, su mirada llena de despiadada tenacidad.

    Julio, inconscientemente, dejó de respirar. Su estómago se había contraído hasta doler. Un segundo disparo le hizo estremecerse de pies a cabeza. La misma pierna. Diminutos coágulos espeluznantes salieron despedidos por la parte de atrás de la pierna, pero no se detuvo. El policía trastabilló y disparó una tercera vez, esta vez en la zona de la clavícula, pero tampoco entonces se detuvo.

    Presa del pánico, el policía hizo un cuarto disparo. Esta vez el impacto le alcanzó en la mandíbula e hizo volar trozos de carne y dientes en todas direcciones; y tampoco eso lo detuvo. Hubo gritos de horror. Alguien había cogido un raquítico palo y estaba golpeando al ahogado desde atrás. La desaparecida mandíbula supuraba ahora un denso puré negruzco que caía en cuajarones sobre su abotargado pecho, pero sus blancas manos aún buscaban desesperadamente al policía.

    Un quinto disparo alcanzó al ahogado encima del ojo derecho. El impacto entró limpiamente y le hizo retroceder dos pasos. Allí, bizqueó con gesto confundido y, por fin, cayó al suelo cuan largo era, sin flexionar rodillas o extender las manos.

    Julio se descubrió en pie. Todos se habían puesto en pie y habían retrocedido varios pasos. El sol de las cuatro de la tarde, brumoso, tintaba la escena de tonos dorados, y la piel del ahogado le recordaba a Julio al pollo frito. El policía en el suelo era por fin atendido: había perdido el conocimiento y su cara era un repulsivo espectáculo de sangre, carne y músculos expuestos. La nariz era un muñón irreconocible. Varios hombres miraban con estupor el cadáver del ahogado, sus bocas cubiertas por manos temblorosas. Sus ojos recorrían las heridas abiertas, pero casi nadie decía nada.

    —¿Qué cojones ha pasado? —bramó uno de los hombres mientras se movía erráticamente de un lado para otro—. ¡¿Qué cojones de mierda ha pasado?!

    Y entonces, como activados por un resorte, los demás comenzaron a reaccionar y a interaccionar atropelladamente.

    —Joder... joder... joder... —repetía otro hombre.
    — ...sí, mi compañero herido... No, no, se ha acabado... en la playa de La Cala, a la entrada, una ambulancia... —barbullaba el policía por su radio.
    — ...joder... joder...
    —Está muerto.
    — ...por Dios que alguien llame...
    —¡Joder, está muerto!
    —¡...coño!

    En medio de la algarabía, Julio supo que el policía en el suelo había muerto. Su sangre había oscurecido una enorme cantidad de arena debajo de su cuerpo inmóvil.

    —Dios... —dijo de pronto Alberto, uno de sus compañeros—. Qué pasada...
    —La... hos... tia... —musitó otro, asegurándose de marcar muy bien cada sílaba.
    —El hijo de puta... —dijo Alberto—. ¡Qué fuerte!
    — ...la boca, los dientes... —susurraba Flavio mientras frotaba su incipiente perilla con desconcertante tenacidad.

    Julio, sin embargo, aún no se había atrevido a unirse a sus colegas, cuyos aspavientos eran cada vez más pronunciados, haciendo algún comentario. Algo le preocupaba sobremanera. Algo, en toda la escena, estaba completamente mal. Algo chillaba a pleno pulmón denunciando que algo no estaba funcionando como debiera, y la sensación era tan fuerte que Julio sintió un pitido agudo en los oídos.

    —Pero estaba ahogado... —dijo de pronto Flavio.
    —Qué coño va a estar ahogado, tío, pero tú has visto al hijo de puta... ése era un traficante y en cuanto lo han pillao se ha puesto como loco... —dijo Alberto.
    —Sí, sí... listo, que ere mu listo. Ése estaba más muerto que mi abuela, te lo juro...
    —Sí, anda, gilipolla, no veas qué muerto estaba; tú lo flipas... ¿no has visto lo que ha hecho con el policía o qué? —protestó Alberto, en tono visiblemente enfadado.
    —Pues estaba muerto, más blanco que una paré... —Flavio miraba al suelo, intentando encontrar algo de coherencia a sus propias palabras.

    Por fin, Julio habló con voz clara:

    —Estaba muerto antes, pero luego ya no lo estaba.

    Hubo unos momentos de silencio. En sus cabezas, manejaban las palabras de Julio como se paladea un pimiento rojo chileno: con miedo a morder, a asimilar la noticia en todas sus significaciones por lo que su mensaje implícito supondría. Las miradas se concentraban ahora, ensimismadas, en la escena que ocurría abajo en la playa. Allí, la mayoría de los hombres hablaban atropelladamente entre sí. Algunos se inclinaban con fascinación sobre el cadáver del falso ahogado, y una mujer de larga cabellera pelirroja señalaba con rápidos ademanes la herida en la cabeza. El policía seguía hablando por radio con gesto afectado.

    —Esto es la polla —dijo Flavio.

    En ese momento llegó otro coche patrulla. Los dos policías se apearon del vehículo y bajaron con agilidad las rocas que les separaban de la playa. Había muchos aspavientos y manos que señalaban, intentando explicar lo que había pasado, y mientras tanto, a medida que la noticia se propagaba, llegaban más y más curiosos de La Cala y La Araña, dos pequeños pueblos cercanos. Después de unos instantes, el coche patrulla recién llegado se marchó con la sirena puesta.

    —Mira a ése —dijo Alberto, señalando al policía—. No para de hablar por radio.

    Julio se fijó. Lo cierto era que el hombre no se había separado de su aparato. Escuchaba durante un buen rato mientras iba de un lado a otro, dando rápidos giros.

    —¡¿Y la ambulancia?! —le preguntaban algunas voces. Pero el policía les pedía calma con gestos de la mano.

    La ambulancia, sin embargo, nunca llegó.

    Treinta y dos minutos más tarde, la cantidad de gente arremolinada en torno a la escena era apabullante. Julio, Alberto y Flavio habían conseguido permanecer en primera línea, siguiendo con mórbida fascinación el desarrollo de los acontecimientos. A su alrededor, la gente compartía todo tipo de historias. Un tipo enjuto y de pelo gris, otrora conductor de tráilers y que vivía en las antiguas casitas de pescadores de La Cala —desde antes de que el boom turístico cambiara el pueblo para siempre— aseguraba que su cuñado, pescador de toda la vida, había visto una vez varias formas humanoides buceando a toda velocidad por debajo de su barca, una buena noche de junio, un día después de Luna llena. Para él, estaba claro que en las fosas abisales de La Cala había una población de seres blancos, sin sangre y sin pulso, y capaces de una violencia sin parangón. Dos señoras rollizas que parloteaban a su lado simplemente se escandalizaban de que, en medio de semejante situación, hubiera alguien capaz de dejarse llevar por tamaño disparate.

    Pero el hecho inequívoco y fascinante de que un ahogado, ya blanco e hinchado por acción del agua salina, oficialmente dictaminado difunto y dejado debajo de una lona de plástico, se había incorporado y devorado parcialmente a un policía estaba en boca de todos.

    Aproximadamente una hora después de que el agente de policía hubiera muerto, una oleada de gritos germinó en algún punto indeterminado de la playa y se extendió implacable, como un hediondo pedo furtivo, entre toda la gente presente. El motivo era la vieja lona de plástico que ahora cubría los dos cuerpos: el del policía sin rostro y el del falso ahogado. Se movía. Otra vez.


    III


    En el depósito de cadáveres del Hospital Carlos Haya, de Málaga, el principal responsable de la cámara mortuoria, Antonio Rodríguez, podía contabilizar los costos de la inmigración indocumentada de modo distinto al de otros funcionarios. En aquellos momentos se enfrentaba a una severa sobrecarga debido a un pecio encontrado que se había convertido en el último lugar de descanso de seis docenas de inmigrantes.

    Rodríguez abrió la puerta de la gran sala frigorífica donde se guardaban los cadáveres. Resultaba imposible abrirse paso por ella, de tantos cuerpos como yacían en el suelo, amortajados con las sábanas sanitarias en las que los envolvieron o vestidos todavía con las ropas con las que fallecieron. Alrededor de las paredes se amontonaban los cadáveres, dos en cada nicho. En una segunda cámara frigorífica los nichos eran más estrechos, por lo que el señor Rodríguez no tenía más que una espeluznante alternativa: o la de apilar los cuerpos unos encima de otros, con lo que las caras se quedaban aplastadas, o dejar los cuerpos fuera, en el vestíbulo, donde la refrigeración era inexistente. El señor Rodríguez se resistía a que los cuerpos se deformasen, y ésa era la razón por la que un par de cadáveres habían sido dejados fuera, en camillas, detrás de una cortina. El olor a descomposición no era muy fuerte, pero sí nítido.

    —¿Es todo? —preguntó a uno de los ayudantes.
    —Sí, ése era el último... —contestó con tono visiblemente afectado. Estaba revisando una lista y escribiendo algunos datos en ella—. Mañana habrá que embalsamar a los que van a irse, creo que estarán más de setenta y dos horas en tránsito.

    Rodríguez se tomó un momento para echar un vistazo a los cadáveres que habían dispuesto. Sabía que era una solución temporal hasta el día siguiente, pero se sentía muy mal por no haber podido dar un buen aposento a los cuerpos.

    —Deberíamos filtrar esto a la prensa, a ver si amplían de una puta vez —comentó con aire distraído. Sus ojos estaban fijos en una marca de nacimiento en uno de los pies descalzos, en forma de corazón—. Enviarles una puta foto de esta mierda, sabes lo que te digo...
    —Si vas a hacerlo, yo mismo te regalo mi cámara digital —contestó el ayudante sin apartar los ojos de su lista.
    —Es que esto no es normal, hombre.
    —No, no lo es.
    —Es...

    En ese momento, el mundo tranquilo y rutinario de Rodríguez cambió para siempre. Ya no habría más cervecitas después del trabajo en la cafetería Oña, ni celebraría la tradicional Compra Del DVD El Viernes Por La Noche. Ni volvería a comer cocido en casa de su madre o a beber aquel vodka ruso con su amiga Paola la noche de Navidad. Y ese Punto y Final llegó con el espasmo tremendo de uno de los cadáveres. Se sacudió con tanta violencia que uno de los cuerpos que tenía al lado se dio vuelta y cayó pesadamente al suelo con un golpe sordo.

    Rodríguez dio un acusado respingo.

    —¡Coño!

    Durante unos segundos, él y su ayudante permanecieron en silencio; el zumbido de los tubos de neón y las gigantescas cámaras frigoríficas llenaban el aire. Pero al fin, espasmos similares recorrieron muchos de los otros cuerpos. Y entonces empezaron a levantarse.

    Rodríguez no daba crédito. Miraba alrededor, posando su vista en un cuerpo y en otro a medida que se incorporaban, más o menos trabajosamente, con los ojos en blanco y las bocas abiertas. Las sábanas caían a un lado, los brazos se levantaban, las manos trocadas en garras y puños cerrados. Al incorporarse, casi todos carraspeaban horriblemente, o proferían horribles cloqueos y ruidos guturales de sorda naturaleza, y una mujer de cabello encrespado vomitó una suerte de puré negruzco.

    —Qué... ¿Qué...?
    —Por Dios, ¿qué...? A-ayuda... ¡Ayuda!

    El joven ayudante se acercó rápidamente al primero de los hombres. Rodríguez no pudo moverse. Se descubrió a sí mismo mirando cómo su ayudante le cogía de los hombros y le preguntaba si estaba bien. "¿Está usted bien?", le preguntaba, "¿está usted bien?". Y aquel hombre de color, de labios generosos y facciones duras, le miraba como emergiendo de un profundo sueño, y poco a poco, iba mudando sus facciones de la perplejidad... a una mirada brutal de odio. "Incrustado", pensó Rodríguez incoherentemente. "Tiene el odio incrustado en sus ojos". Quiso avisar a su ayudante, quiso advertirle, gritar, pero no podía articular palabra.

    De repente, sin que pudiera decir muy bien cómo, su ayudante sonreía con aire estúpido a uno de los chicos, que había reptado hacia su pierna y le había agarrado con ambas manos. El otro hombre movía la cabeza entre espasmos, intentando a todas luces abrir la boca. Eso parecía causarle serias dificultades. El resto de los hombres evolucionaban lentamente, moviéndose como una ola. Algunos bizqueaban hacia el techo, otros movían las manos en extraños ademanes, como si quisiesen alcanzar un objetivo invisible delante de ellos.

    —¿Qué... qué hace? Vamos, suélteme... señor... ¡señor, suélteme!

    Rodríguez quería cerrar los ojos. Intuía lo que iba a pasar. Sabía lo que iba a pasar. Lo veía en los ojos acuosos y muertos de toda aquella gente. Pero aún no era capaz de reaccionar.

    —¡Suéltemeeeeeee!

    Cuando el hombre que tenía cogida la pierna de su ayudante hundió sus dientes en ella, éste gritó. Y todavía gritaba cuando el que había atendido hundió su cara en la curva de su cuello y permaneció allí entre borbotones horribles y continuados.


    IV


    Nadie sabía cómo había empezado todo exactamente. El mundo se había desestabilizado mucho antes de que ningún científico hubiese podido dar alguna explicación, teoría o hipótesis. Ningún programa de televisión aguantó el tiempo suficiente como para teorizar sobre el problema. Al principio podías verlo en la televisión. Hablaban sobre ello... muy poco al principio, pero luego cada vez más; en la televisión basura de la noche, en los programas nocturnos líderes de audiencia, hasta que ya no se hablaba de otra cosa y la noticia del año lo inundaba todo. En el programa TNT salieron las primeras imágenes —que Susana recordase— y se pronunciaron por primera vez las palabras "muertos vivientes". Pero por entonces todo el asunto no era muy diferente de los ovnis o las caras de Bélmez, y aún podías sonreír con autosuficiencia y sentirte alejado de todas esas patrañas, aun cuando emitían cantidades ingentes de imágenes horrorosas de gente enloquecida atacando a otros seres humanos en el telediario de la dos, y luego ya no echaban los documentales, sino que seguían hablando sobre los incidentes. Entonces te preocupabas, sí. Incidentes bastante extraños en un tanatorio en Madrid..., en un hospital de Zaragoza, en Huelva. En todas partes. En un hospital, en cinco. Un accidente múltiple de tráfico que acaba en una carnicería cuando uno de los accidentados ataca violentamente a uno de los chicos del 061 y le arranca limpiamente un pedazo de cuello con los dientes. Un suicida que cae estrepitosamente desde la terraza de un duodécimo, y empieza a sacudirse dentro de su bolsa dieciséis minutos después de que el juez hubiese levantado acta. Pero después de algunos días, sabías que la cosa estaba realmente mal porque lo veías en las calles. Una ambulancia estrellada y abandonada en una concurrida avenida, o un policía que te desvía cuando vuelves de Cártama porque, al parecer, algunos vándalos están causando problemas en el Cementerio de San Miguel. Pero sabías que no eran vándalos. Lo veías en sus caras.

    El mazazo psicológico del concepto de que los muertos habían vuelto a la vida se aceptó bastante rápidamente una vez que todas las televisiones empezaron a emitir boletines de emergencia las veinticuatro horas. Para entonces, las ciudades estaban ya sumidas en un cierto desorden debido al hecho de que cada persona que moría regresaba a la vida entre hora y media y dos horas después. Los cementerios, hospitales, iglesias... y el sótano oscuro y húmedo de algún geriátrico, fueron controlados tan rápidamente como fue posible, aunque para entonces ya se habían registrado numerosos problemas.

    Resultó que Málaga ocultaba cadáveres donde menos se esperaba. Un día cualquiera de octubre, la gasolinera Calypso, en Mijas Costa, fue escenario de un macabro espectáculo de canibalismo e infección en masa cuando no menos de siete cadáveres abandonaron la cámara frigorífica de un negocio tapadera de restauración, regentado por un holandés metido en la mafia de compra-venta de armas. Los siete cadáveres irrumpieron a la luz del sol a las once cuarenta y cinco del lunes, degollaron a una norcoreana de diecinueve años llamada Yhin Un y arremetieron contra el interior de la gasolinera acabando con la vida de los tres ingleses, cuatro suecos y dos españoles que hacían sus compras en ese momento. A la una y veinte, una espasmódica horda de caminantes bloqueaba la nacional 340 causando accidentes y atropellos. A las tres y cuarto, doce muertos vivientes vestidos con monos de trabajo de Mudanzas Gaspar masticaban con lenta fruición el cuerpo sin vida de una anciana aquejada de osteoporosis en un chalet de la zona.

    Cuando las escenas como ésta se repetían en diversos puntos de una misma ciudad, las comunicaciones por móvil se resentían bastante. Después de algunas horas, era incluso imposible comunicar por teléfono fijo. Una locución automática informaba de saturación en la red. "Vuelva a llamar más tarde". Echar un vistazo a la CNN por Internet para ver cómo estaba afectado el resto del mundo se convertía en una auténtica utopía.

    Susana vivía en un bloque de ladrillo visto en frente del polideportivo de Carranque, a seiscientos metros del Hospital Carlos Haya. El día que se desató la locura, la zona fue inmediatamente impactada por el caos. Empezó en torno a las diez y media, cuando Susana volvía de comprar algunas cosas del supermercado. Una ambulancia se había detenido en la rampa de entrada a la zona de urgencias, y dos policías uniformados se llevaban a un hombre que luchaba por desasirse con inusitada energía. Había sangre en su rostro y en sus puños crispados, y la muchedumbre empezaba a arremolinarse a su alrededor.

    —Venía en la ambulancia... —comentaba una señora al grupo que la rodeaba. Justo entonces, un enfermero salió de la puerta de urgencias y corrió hacia los policías, gritándoles algo que Susana, por estar en la acera de enfrente, no pudo entender. Los policías se miraron, confundidos, luchando con visible esfuerzo por mantener sujeto al convulso detenido. Por fin, con algo de ayuda de un par de transeúntes, metieron al detenido en la parte de atrás del coche policial y, tras asegurar la puerta, siguieron al enfermero corriendo hacia el interior del centro sanitario.

    Pero casi todo el mundo seguía observando, en silencio, el coche de policía. Se sacudía con una violencia intimidatoria ante los persistentes embates de su pasajero. Desde la distancia, Susana podía ver una tormenta de brazos y piernas arremetiendo sin sentido contra paredes y cristales, mientras el coche se bamboleaba de izquierda a derecha, de adelante a atrás.

    Y entonces, se escuchó un fuerte y seco petardazo que levantó ecos entre las torres de edificios.

    Llevándose una mano al pecho, una señora dio un grito ahogado que fue seguido de un intenso silencio, solamente interrumpido por las arremetidas del preso en el interior del coche de policía. Cuando todas las cabezas se hubieron vuelto ya hacia la fuente de sonido, el edificio del hospital, empezó a llegar un sordo rumor in crescendo, una algarabía bulliciosa de voces y gritos mezclada con una nueva serie de petardazos en cadena. Fue entonces cuando Susana comprendió de qué se trataba. Eran disparos.

    Algunos de los curiosos trastabillaron, retrocediendo sin mirar atrás mientras un grupo numeroso de personas salía atropelladamente del hospital. Había angustia y terror en aquellas caras. Fue entonces cuando Susana sintió una oleada de pánico; una sensación sobrecogedora que nacía de algún punto indeterminado cerca de su estómago y subía como un manantial hirviente hacia la base del cerebro, donde explotaba como una escalofriante alarma. "Está pasando", pensó, "está pasando aquí y ahora. Realmente está pasando aquí en-este-mismo-momento". Lo había visto en televisión, lo habían comentado en la cafetería, y en la sala de espera del Centro de Salud, pero ahora estaba ahí mismo. Aquello que estaba pasando, estaba ahí mismo, y la había sorprendido con dos bolsas de plástico azul y blanco en las manos.

    Sintió el irrefrenable impulso de correr; correr muy lejos de allí. Si conseguía doblar la esquina, no tendría que ver nada de aquello. Si conseguía doblar la esquina tan sólo, el hospital desaparecería de su vista y podría volver a su casa. Pasaría la mañana trabajando con el ordenador, y todo pasaría. Después de comer, todo habría pasado.

    Pero cuando dobló la esquina mezclada con la gente que corría en ambas direcciones a través del tráfico detenido, supo que algo estaba cambiando para siempre. Lo olió en el aire. Lo vio escrito en las caras de la gente. Lo notaba en su propia piel. Anduvo con celeridad hasta el portal y se encerró en la seguridad de su hogar. Allí bebió dos grandes vasos de agua y se llevó un tercero al gran ventanal del salón, que daba a una ancha avenida de cuatro carriles con el polideportivo al otro lado. Desde allí, la perspectiva era un poco mejor. La gente, o bien corría, o bien permanecía quieta formando grupos donde intercambiaban comentarios y señalaban en varias direcciones haciendo grandes aspavientos con las manos. Los coches formaban un gran atasco, y muchos de los conductores se habían bajado para otear en la distancia. Muchos señalaban en dirección al hospital.

    Aproximadamente una hora y treinta minutos más tarde, llegaron dos coches patrulla. Uno de ellos estaba abollado y tenía uno de los laterales completamente raspado. Avanzaban lentamente por la acera, ya que los cuatro grandes carriles estaban colapsados, a medida que los curiosos se apartaban. Los cuatro policías se apearon y se perdieron tras la esquina, en dirección al hospital. Allí a lo lejos, Susana escuchaba sirenas, disparos, y un tropel ensordecedor de gritos y voces.

    Esa escena se prolongó con pocas variantes durante cinco horas más. En todo ese tiempo, el atasco de tráfico se resolvió a duras penas, aunque casi no pasaban coches. Muchos de los conductores habían ido subiendo sus vehículos a la acera y se habían ido andado, pero al final de la calle, cerca del hospital, Susana aún distinguía muchos vehículos en caravana, con las puertas abiertas pero vacíos. Para entonces, apenas había curiosos andando por las aceras.

    Durante toda esa noche, a lo lejos, una ocasional columnata de humo negro, el resplandor de un fuego o el constante ir y venir de las sirenas denunciaban que Málaga soportaba una lenta agonía. Cuando volvió a asomarse al ventanal, observó que sus vecinos también miraban desde las ventanas, y en los pisos, las vecinas comentaban con la puerta entreabierta, como preparadas para encerrarse en la seguridad de sus casas. Pero nadie bajaba a la calle, si podían evitarlo. En esas conversaciones veladas llenas de rumores y habladurías, pudo enterarse Susana de algunas cosas. Se decía que la zona del hospital era una auténtica locura. Había policías, heridos y unos grandes camiones donde metían a los violentos. También habían cerrado el tráfico y acordonado el edificio.

    La televisión tampoco era de mucha ayuda. En La Primera, se hablaba de una oleada de violencia a nivel internacional. Escenas de incendios, tumultos y ataques estremecedores saltaban en la pantalla en una impactante sucesión. En Madrid, en Barcelona... pero también en Beirut, en Londres, en Libia. En una de las escenas, un agente uniformado disparaba a bocajarro sobre otro agente con la camisa desgarrada. En Canal Sur 2, la inesperada visión de unos dibujos animados la hizo pestañear unos momentos intentado comprender. Luego cambió... Antena 3, Telecinco... Canal Sur. En todos los canales se hablaba en términos de ataques irracionales, situación de caos generalizada, incontrolable ola de terror.

    Susana observó las imágenes durante veinte minutos, incapaz de reaccionar. Luego, apagó el viejo televisor con un movimiento brusco y paseó durante un largo rato por la casa.

    Más tarde, ese mismo día, llegaron los cortes de luz.

    Al principio el fluido eléctrico iba y venía. Algunas zonas estuvieron más afectadas que otras, pero no pasó mucho tiempo hasta que la luz ya no volvió. Para entonces, ya nadie iba a sus respectivos trabajos. Las carreteras estaban vacías y el aire nocturno traía ruidos extraños que parecían no venir de ningún lado. Eso hizo la nueva realidad mucho más difícil para todos porque nadie sabía qué hacer o cómo afrontar la situación. Susana había visto partir a casi todo el mundo. La noche anterior, sin ir más lejos, dos familias salieron corriendo muy apresuradamente por la ancha avenida, y al fin desaparecieron por la rampa del garaje portando voluminosas maletas. A dónde iban nadie se lo dijo. Pero ella se quedó en su casa. Estuvo doblando ropa de verano y guardándola primorosamente en sus fundas nuevas hasta que se hizo demasiado oscuro para ver nada. De tanto en tanto, se asomaba a la terraza a mirar a lo lejos. Era inquietante ver cuán silenciosa se había quedado la avenida que se extendía ante sus ojos. El quiosco de abajo permanecía cerrado, lo que le causaba un gran desasosiego porque no era miércoles. Nadie paseaba por las anchas aceras, y Susana tenía la terrible sensación de que todo el mundo se había marchado ya. De que todo el mundo estaba en otro lado, menos ella, y de que la ciudad se la tragaría si no hacía algo pronto.

    Pero Susana aún no había querido hacer frente al problema. Aún descolgaba el teléfono a cada poco, confiando poder hablar con alguien en cuanto los técnicos de Telefónica solucionasen la avería. En el surrealismo de la escena, el monocorde y desacelerado mensaje de "vuelva a llamar más tarde" se había convertido en una promesa de futuro, y Susana llamaba y llamaba. Se quedó dormida a las seis y media de la madrugada, envuelta en procelosos sueños. A las diez y cuarto, una fea pesadilla la despertó con un sobresalto. Se levantó a beber agua, pero descubrió con desasosiego que el grifo ya no daba nada. Pasó el resto del día intentando obtener señal del teléfono. Nadie la invitaba ya a llamar más tarde.

    Al final de la tarde, cuando la oscuridad devoraba ya el cielo por el este, los vio por fin. Aparecieron por la esquina que llevaba al hospital. Uno llevaba puesta una bata blanca de personal. El otro era grande y musculoso, pero se movía como aquejado de dolorosos espasmos. Los dos iban juntos, avanzando despacio por entre el tráfico detenido. Cruzaron la calle con desmañadas maneras, despacio, arrastrando los pies con exasperante parsimonia, y desaparecieron al fin tras la esquina del bloque de edificios del otro lado. Susana los observó con incrédula fascinación. Eran esas cosas. Eran ésos de la televisión. Eran gente muerta, o eso pensaba. Cosas muertas. Muertos vivientes. Ahora los había visto. Estaban ahí abajo. Ésa era la razón por la que toda la avenida estaba llena de coches abandonados. Era la razón por la que todo había dejado de funcionar. Por la que no había agua. La razón por la que sus sueños estaban plagados de garras húmedas cuajadas de sangre.

    Cuando pasaban las diez, unos golpes sordos en la puerta la sacaron de su ensimismamiento. Susana corrió a abrir, como si al otro lado estuviese por fin la solución a toda aquella situación inconcebible. Pero la cara lánguida y pálida de su vecina, que la esperaba envuelta en un chal color crema, volvió a desanimarla.

    —Sigue usted aquí... —comentó la vecina con tono neutro. Susana no sabía si era una pregunta o una afirmación. El pelo aplastado sobre la frente y el tizne negro en la cara le daban un aspecto desaliñado. Los ojos, aspaventados, denunciaban que, de alguna manera, había transgredido hacía algún tiempo los límites de su capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias.
    —Sí.

    Se miraron durante algunos momentos, incómodas, en el rellano de la planta.

    —¿No quiere usted venirse? —preguntó la vecina al fin como si acabara de pensar en ello—. Nosotros nos vamos. Nos vamos a ir.
    —¿A dónde se van? —preguntó Susana, dubitativa.
    —Pues... a otra parte. Con el coche... a algún sitio donde haya gente. Aquí no hay luz, no hay agua...

    Pero en ese instante, Susana supo. La certeza de que irse a cualquier otra parte era tan inútil como cortar el agua con un cuchillo se hizo tan evidente que su comprensión casi encajó en su mente con un sonoro clic. Negó con la cabeza lentamente, y algo en su gesto hizo comprender a su vecina la verdad de esa negación. Retrocedió dos pasos, mirándola con ojos mortecinos, y desapareció por el pasillo sin decir nada más.


    V


    Al amanecer del séptimo día las cosas habían empeorado bastante. El cuarto de baño despedía un consistente hedor a heces y orina, tan penetrante que cuando abría la puerta sentía náuseas. Tuvo que recurrir a un trapo impregnado de alcohol para poder seguir utilizándolo. En la cocina, las provisiones se habían terminado. Los platos se apilaban en hilera sobre la encimera y la pila. Las reservas de velas se habían acabado, y la cera consumida se había rebañado de los ceniceros en un magro intento de reutilizarla.

    Susana miró fuera, a la calle. Aún se escuchaba un incesante rumor plano, mezcla de voces, algunos chillidos agudos, y un lejano y sordo retumbar, como de maquinaria pesada. Pero con la excepción de algún coche que pasaba prudente con rumbo desconocido, la calle permanecía muda y queda.

    Se sentó en el sofá, enfrentándose al hecho de que tenía que bajar a la calle. Tenía sed. Se había bebido todos los zumos, el almíbar maravilloso de las latas de melocotones, los batidos y toda la leche. Aún tenía gas butano pero no había ya nada que calentar. La pasta, las legumbres, todo el arroz almacenado... se había ido, devorado lentamente en horas y horas de angustiosa espera sin sentido. La última comida había sido ayer por la noche y consistió en una lata insípida de mejillones que tenían el color y el tamaño de un botón de trajecito de comunión.

    Se situó en el rellano, frente a la puerta. De repente se le ocurrían dos decenas de razones por las que no abandonar la seguridad de la casa, pero se convenció a sí misma de que era mejor hacerlo pronto, antes de que la debilidad la consumiera. De manera que, con un rápido movimiento, abrió la puerta al fin. La oscuridad del rellano la saludó.

    Escudriñó el exterior. Estaba oscuro e inhóspito; no le recordaba al entorno cálido y conocido que había llamado hogar. Volver la cabeza le produjo la misma sensación desapacible: de repente se dio cuenta de que su casa era una boca oscura, un pozo que le era extraño. Así que, animada por esa nueva sensación, comenzó a bajar las escaleras. Un escalón con paso dubitativo, luego dos... y al momento estaba trotando hacia abajo, hasta que salió por fin al exterior.

    Respiró el aire fresco de octubre. El cielo era un paisaje hermoso de grises y azules, colmado de detalles y volúmenes. A lo lejos, los primeros rayos de sol arrancaban estrías anaranjadas entre las nubes plomizas. Desde el nivel de la calle, Susana pudo contemplar el espectáculo que había estado observando desde los ventanales de su casa en toda su magnitud. Recordaba a una escena sacada de una película catastrofista: coches abandonados en los cuatro carriles, sobre la mediana, sobre la acera, incluso con las puertas abiertas; periódicos y papeles arrastrados por el viento, un carrito de supermercado abatido sobre lo que parecía ser un fardo de ropa. Mirando a la derecha, a lo lejos, Susana vio un enorme tráiler detenido en mitad de la enorme rotonda. Y por encima de los edificios que tenía alrededor, el aire estaba viciado, como si el viento arrastrase pesarosamente las últimas trazas de un incendio ya extinguido.

    Se dirigió despacio hacia el norte, procurando no acercarse a ninguno de los coches. No le gustaban; tan abandonados y quietos denunciaban que todo iba mal. Sin embargo, el pequeño paseo estaba discurriendo sin sorpresas, y casi estaba sintiéndose ya mejor cuando, al doblar la esquina, se enfrentó a una escena para la que no estaba preparada.

    La zona de acceso del hospital estaba sitiada por una barricada irregular de sacos blancos y marrones. Alrededor había varios camiones que parecían del ejército, de color verde oscuro y con grandes atrios de loneta verde. También había coches de policía, y en uno de ellos aún cimbreaba, casi extinguida, la luz de la sirena. Alrededor había cajas, montones de sábanas y ropa blanca, un escritorio grande parcialmente destrozado, sillas diversas, y unos estantes grandes, arramblados y amontonados a un lado. Por el suelo, además, había latas, botellas, revistas, cajas de cartón, envases de plástico y otra basura diversa. Y no bien había empezado a asimilar este tremendo batiburrillo, vio también los cadáveres en el suelo. Estaban apilados en un pequeño jardincillo, formando una amalgama horripilante. También había unos cuantos desmadejados en varios otros lugares: junto a la barricada, en las escaleras de acceso, en mitad de la rampa. Uno en particular, no era más que un torso desnudo en mitad de un charco enloquecedor de sangre negra. Para completar la escena, la mayoría de los cristales a lo largo de toda la fachada estaban rotos.

    Susana observó los cadáveres con creciente aversión. Sabía ya perfectamente lo que había causado toda aquella situación. Y a estas alturas podía imaginarse por qué el hospital se había convertido en un campo de batalla; allí era donde la gente había ido al sufrir heridas, o cuando empezaban a encontrarse mal. Y allí morían bien por sus heridas o al ser atacados por las cosas que ya estaban allí. Pensó en todos los enfermos en sus camas, en el tanatorio, en la sala de autopsias. Tantos cadáveres que de repente volvían a la vida. Y, por ende, tanta gente que, al morir, volvía otra vez a la vida en posición de infectar a otros a su vez...

    Sacudió la cabeza, horrorizada, mientras imaginaba los pasillos del hospital infectos de muertos que habían vuelto a la vida. Los muertos visitando las camas donde los enfermos no habían podido escapar o defenderse. Entonces le sobrevino un llanto desgarrador pero silencioso, que ahogó con ambas manos sobre la cara crispada. Lloró por fin, tras una semana de horror mudo, rodeada por los vestigios de la derrota de la lucha por la vida. Y el llanto fue bueno... disolvió en parte un nudo maligno y tumefacto que había germinado dentro de ella a lo largo de todo aquel periplo. Veinte minutos más tarde, un desecho de cuartilla de papel que el viento hacía volar de un sitio a otro encontró a Susana en el mismo sitio, todavía apoyada contra la pared, con el semblante sereno y demudado, y los ojos ausentes.


    VI


    Unas semanas antes de que Susana expulsara por fin sus pequeños demonios, un corpulento marroquí de nariz aguileña, una hermosa barba rala y duras facciones caminaba con paso resuelto por la calle Beatas, situada en pleno centro de la ciudad. Era una calle peatonal; lo había sido desde mucho antes de la gran peatonalización, pero a esas horas del atardecer estaba demasiado vacía. Todas las calles estaban vacías porque no corrían buenos tiempos, aunque en la vida de Moses nunca habían soplado vientos distintos.

    Desde los catorce años, Moses había navegado tortuosamente por los negros canales de la adicción. Drogas blandas, drogas duras, drogas de diseño. Había tomado caballo, francés, maría, LSD... y había bebido alcohol hasta caer inconsciente prácticamente a diario. La adicción encendía y apagaba su vida como un interruptor. Cuando ésta lo dejaba tranquilo, se ganaba bien la vida trapicheando, como todos sus colegas. Y entonces trabajaba duro, sin importarle de qué trabajo se tratase; pero cuando el diente de sierra en su enfermedad estaba abajo, volvía a arruinarlo todo. Pasaba las noches arrastrándose por la calle o dormitando en una esquina llena de orines, envenenado de alucinógenos o alcohol. Y pasaba los amaneceres tiritando, sintiendo que su alma se enfriaba.

    Una vez estuvo en el trullo, y allí aprendió más de lo que le hubiera gustado saber. Y no todo fue bueno. Los primeros seis meses fueron los más difíciles. No entendía nada: ni el argot de la cárcel, ni los códigos de las relaciones humanas. Tuvo que aprender con quién se podía hablar y con quién no. Aprendió a escuchar hasta diez conversaciones a la vez sin abrir la boca y con cara de jugador de póquer. Pero sobre todo, aprendió quién fingía ser amigo y quién lo era de verdad.

    Allí conoció al Cojo.

    El Cojo era, sobre todo, un obstinado. La vida insistía en enseñarle toda una completa gama de horribles miserias y él se obcecaba en sonreír, encogerse de hombros y tirar p'alante. Y la exposición empezó pronto. Esos mismos devaneos caprichosos habían querido que a los dos años un padre atiborrado de barbitúricos encharcados en alcohol quisiese asfixiarlo. Aún se acordaba de la sofocante y blanda sensación, del calor de su propio aliento en la boca, inútilmente abierta cuanto le era posible. Él no recordaba por qué se detuvo su padre; por qué nunca terminó lo que había empezado. Pero desde aquel día, su madre y él vivieron en otra parte, y ya nunca volvió a verlo o a preguntar por él. Treinta años después, cuando su madre exhalaba el último aliento, miró hacia arriba y musitó: "Hay otro". El Cojo no supo inmediatamente a qué se refería, pero pensó sobre ello, ya que le parecía que unas palabras pronunciadas mientras se desliza uno en el olvido de la muerte debían ser importantes. Conjeturó que bien podía ser un hermano; la vida de su madre había sido muy desorganizada cuando era joven, pero también podía ser que hubiera otro padre, un padre biológico. No era que le importara mucho; su entorno familiar no le había ayudado a valorar los vínculos de sangre, pero en numerosas ocasiones se sorprendía a sí mismo acariciando la idea de tener un hermano, alguien parecido a él. Alguien que comprendiera la oscuridad inherente a su legado genético, y que tanto le costaba controlar.

    —A lo mejor tengo un hermano —le soltó a Moses un día, en el patio de la cárcel—. Por ahí, en alguna parte.

    Moses reflexionó sus palabras unos instantes.

    —Un hermano es un hermano —contestó al fin—. No te lo pienses y búscalo cuando salgas de aquí. Busca a tu hermano.

    El Cojo asintió sin levantar la vista.

    —Creo que eso haré.

    Permanecieron los dos en silencio un buen rato. El Cojo se entregaba a la dulce ensoñación de pensar por dónde empezaría su búsqueda: las viejas vecinas de su madre, el viejo barrio, los viejos amigos largamente olvidados en los recodos de la vida. Trazaba el primer borrador de un plan y eso le provocaba una cálida sensación interior, y sonreía, sin saberlo, con pequeños ojos ausentes. Moses, en cambio, pensaba en lo mucho que le hubiera gustado tener una familia. Aunque sólo fuera un hermano. Un primo. Alguien.

    Algunas semanas más tarde, libre ya de la condena y sentado en un escalón de la calle San Juan a eso de las tres y media de la madrugada, Moses encontró a Jesús en el fondo de una botella de vino barato. Fue en verdad raro porque después de aquella noche Moses no sintió jamás la necesidad de tomar más drogas. Se quitó de encima el mono; se levantó limpio, sintiéndose despejado y bien. Se dijo a sí mismo que por fin había hecho las paces con el Jefe.

    Cuando el Cojo salió a su vez de la cárcel, Moses lo esperaba. El ex-presidiario detectó el cambio enseguida: algo en su aspecto prolijo y su sonrisa le traían promesas de futuro. Moses ayudó al Cojo a reengancharse en el tren social: un alquiler, un trabajo, responsabilidades. Le consiguió empleo como vendedor en una conocida tienda de telas, y lo mantuvo alejado de la calle. Era allí donde, arropada por la oscuridad de la noche y evolucionando como fantasmas insípidos e insustanciales, se movía la calaña.

    A medida que el Cojo se aclimataba a su nueva existencia, Moses empezó a pensar en la búsqueda del hermano perdido. Rogaba a Dios que existiera, que pudiera encontrarlo, y que fuera un buen modelo para su compañero, alguien que se asegurara de que el Cojo no volvía a planear una bajada por los rápidos de las cloacas de la vida. Tardó muchos meses, pero por fin averiguó que la señora Vaello había dado a luz dos hijos: Alejandro y Josué Vaello, más conocido como "el Cojo".

    Por lo que pudo averiguar, mamá Vaello tuvo a Alejandro cuando ella aún no era mayor de edad. Resultó ser un bebé rollizo y saludable con unos hermosos y redondos ojos azules. Ella era toxicómana y una ruina humana por añadidura, así que sus padres confiaron el pequeño a unos familiares argentinos que quedaron rápidamente prendados. La pareja, que no había podido tener hijos, se lo llevó y cortó lazos. Ella, sin embargo, no lo echó de menos, hasta que muchos años después quedó embarazada de nuevo. El padre no era mal tipo, al menos al principio, pero la llegada del bebé obró un importante cambio en él: se volvió intransigente, malhumorado y egoísta. Cuando él se acercaba al pequeño —lo que por otro lado no ocurría a menudo— a ella le saltaban todas las alarmas. Algo en la manera como él le miraba estaba francamente mal. Lo sentía en la piel, lo sentía en los poros, y una mañana fría de enero, ella se largó.

    Cuando miraba a Josué, vestido con esos preciosos trajecitos de hilo blanco que la Iglesia le conseguía, su corazón volvía con persistencia a su hermano, pero Argentina era tan inalcanzable para ella como el satélite marciano Deimos, así que se contentó con cuidar de su hijo todo lo bien que sabía y podía. Su legado genético no era tan bueno como lo había sido el de su hermano, y Josué salió con una deficiencia en el menisco. Su fémur derecho era también más corto que el izquierdo y, como consecuencia de todo eso, Josué había cojeado siempre.

    Una vez que hubo averiguado todo eso, habló con el Cojo.

    —Tenías tú razón... tienes un hermano —le soltó una noche durante la cena.

    El Cojo levantó rápidamente la cabeza y estudió el rostro de su amigo. Sujetaba la cuchara con la que daba buena cuenta de un plato de sopa de ajo.

    —¿Has estado... investigando? Moses asintió.
    —¿Lo has visto?
    —No. Se lo llevaron a Argentina, antes de que tú nacieras.
    —¿Cómo se llama?
    —Se llama... Alejandro. Aunque quizá sus nuevos padres le cambiaron el nombre. Tu madre nunca le puso el apellido de su padre biológico. Ella era menor de edad por entonces, y tenía problemas con las drogas, problemas económicos... no creo que supiera tampoco quién era el padre, así que como tú, se apellidaba Vaello.

    El Cojo removió, pensativo, los tropezones de pan de su plato de sopa.

    —Argentina...
    —Estuve buscando por Internet, pero no encontré nada. Vaello es un apellido común. No... no he podido encontrar nada más —musitó. Se había esforzado mucho, había indagado, preguntado a muchísima gente, telefoneado, rebuscado en los registros oficiales de la provincia, pero ahora sentía que tenía, en realidad, muy poco que ofrecer a su amigo en conclusión. Experimentaba una sensación de frustración tan física que notaba cómo le hormigueaban las manos. Por fin, sintiendo que debía añadir algo más, terminó con unas palabras de disculpa.
    —Es curioso... —dijo el Cojo después de un rato, ahora sin levantar la vista, mientras sorbía lentamente su sopa.
    —¿El qué?
    —Tú buscabas a mi hermano, pero en todo este tiempo, yo lo he encontrado.
    —¿Qué? —preguntó Moses, sin comprender realmente.
    —Me ayudaste en la cárcel y me ayudaste fuera de la cárcel. Me ayudaste a conseguir un empleo. Me diste una nueva vida. Te pasaste meses sin querer apartarte de mí las noches de los fines de semana, para que no sintiera la tentación de volver a la calle de nuevo, ¿crees que no me daba cuenta? Y ahora descubro que te has tirado no sé cuánto tiempo intentando encontrar un hermano para mí...

    Moses, callado, escuchaba envuelto en una miríada de sensaciones.

    —¿Sabes lo que te digo...? Que quién le necesita. Tú eres mi hermano ahora, tío. Mi familia.

    Hubo un pequeño silencio mientras Moses asimilaba todo lo que su amigo le había dicho. El Cojo, por su parte, se concentraba en dar buena cuenta de la sopa, con la cabeza prácticamente metida en el plato.

    —Bueno, bueno... —dijo Moses al fin—, no nos chupemos las pollas.

    Rieron de buena gana durante un buen rato, y después rieron otra vez. Sentados en la pequeña cocina, vagamente iluminada por un destartalado y amarillento neón en el techo, ambos experimentaron una alegría interior que era del todo desconocida para ambos: era el calor invisible y embriagador de la familia.

    El día en el que el Infierno cerró sus puertas y dejó de aceptar más huéspedes, Moses andaba trapicheando en el rastro. Conseguía y vendía cosas, la mayor parte de las veces cosas que la gente ya no quería: cachivaches y pequeños electrodomésticos cogidos de la basura que luego arreglaba, pero también revistas, objetos de decoración, muebles y, a decir verdad, cualquier cosa susceptible de ser encontrada y que pudiese despertar el interés adquisitivo de alguien. Tenía un apaño bastante bueno con el chaval de la camioneta de los Servicios Operativos del Ayuntamiento de Mijas, y cuando había cosas interesantes para recoger, le llamaba. Era inaudito lo que la gente tiraba a la calle en urbanizaciones de alto standing como las de Calahonda, Elviria o Cabopino. Desde ordenadores y periféricos informáticos en buen estado hasta frigoríficos en perfectas condiciones pasando por mobiliarios de alta gama completos.

    —Por lo que unos tiran otros suspiran —decía Moses cuando las piezas eran buenas.

    Aquel soleado domingo de septiembre las cosas habían ido complicándose desde primera hora. Los coches de la policía local, la municipal y la benemérita pasaban de un lado a otro continuamente con las sirenas puestas, y hacía rato que las dos parejas encargadas de velar por la seguridad habían sido convocadas en alguna otra parte. También pasaron ambulancias y un coche de bomberos.

    —¿Qué pasa hoy? —preguntó el africano que atendía el puesto continuo al de Moses.
    —Ni idea... —contestó éste con los ojos entornados, como hacía siempre que pensaba en algo.
    —¿Todo el mundo loco hoy, amigo?
    —El mundo está loco siempre...

    Moses siguió colocando las cajas con la mercancía.

    —Esta mañana yo escuchado un problema, ¿tú sabe? —continuó diciendo el africano.
    —¿Qué problema? —Moses seguía colocando las cajas, sin mirarle.
    —En Madrid, en Madrid un poblema gande. Un persona, mucha persona hase una ataque a... edifisio que muere persona, ¿tú sabe?
    —¿Hospital?, ¿un hospital?
    —Nono... no hospital, si tú muere, tú va de hospital a ese sitio...
    —Un... ¿tanatorio?, ¿un depósito de cadáveres?
    —¡Sí, amigo!, un depósito cadávere... esse sitio. Lo atacaron... lo atacaron de vera... yo vi en la tele hoy tempano, sí... ¡Un cosa increíble!
    —Tenía la mirada ausente, como recordando las imágenes que había visto en la televisión. Por fin, sacudió la cabeza y dijo unas palabras en portugués, como para sí—: A ruina de uma nação...

    Moses pensó brevemente en lo que el africano acababa de decirle.

    —¿Y para qué coño querría alguien atacar un depósito de cadáveres?
    —Yo no sabe, ¿sí?, pero muy muuuy muy violento, amigo, muy fuerza que atacaba a la pulisía, a todo a todo... y entonse se corta, ¿sí?, la tele es cortado de pronto... y luego sale una mujer que habla en outro lado y ya no se ve como atacaron, y esto muy raro, yo pienso, que muy raro porque siempe siempe televisión pone toda imágenes más violento, y más fuerte, ¿sí? ¿Y este ahora que hoy no pulisía aquí? ¿Hoy? ¿Ahora? Este muy raro, muy raro...

    Moses sintió un deje de inquietud. Miró alrededor. A decir verdad, ¿no había poca gente? Estudió los rostros de las personas que andaban de puesto en puesto, cogiendo alguna cosa, mirándola con cierto interés, y volviéndola a dejar. Había una pareja de adolescentes que bromeaban con una especie de corazón de peluche de color rojo brillante. El sol se filtraba por entre las ramas de los árboles y arrancaba preciosos destellos en el cabello de ella. Sonreían, y sus ojos brillaban con la ilusión del primer amor. Esa imagen le convenció de que no pasaba nada, de que era domingo, de que el día era precioso y largo aún, de que la vida era maravillosa, y de que todo andaba por fin bien.

    Unas horas más tarde, Moses volvía a casa en la vieja furgoneta Renault. Las ventas habían ido regular, peor de lo esperado, pero sería suficiente para pasar la semana. Además podría pasarse por los recreativos a ver si Paco, el encargado, querría pagarle una tarde o dos; todo dependería de la cartelera de cine. Con eso debería alcanzarle para llegar al próximo domingo.

    Aparcó y subió al pequeño ático donde vivía con el Cojo. Encontró a éste enganchado al pequeño televisor rojo de 14 pulgadas que habían conseguido hacía ya algunos meses.

    —Buenas... ya estoy aquí —dijo, dejándose caer en una butaca. El Cojo se dio la vuelta, como reparando por primera vez en su presencia.
    —Joder, Mo... tío, no sabes lo que está pasando.

    Solamente esas palabras despertaron una profunda inquietud en Moses. Llegó rápida, como una bala certera, acompañada de una sirena que ululaba como un demonio. En el fondo, había estado sintiéndolo toda la mañana, lo sentía en las vísceras, lo sentía en la base de la nuca. Era un sexto sentido que había ido forjando a lo largo de su vida, y era un sexto sentido en el que confiaba. Y Dios, cómo chillaba aquel apacible domingo. Chillaba que algo iba tan mal que más le valía coger un par de calzoncillos limpios y saltar fuera del puñetero planeta. Se agarró con fuerza a los brazos de la butaca y consideró salir corriendo. No quería escucharlo. No quería escucharlo de la boca del Cojo. No quería que nada cambiase.

    El Cojo lo miró con los ojos bien abiertos. No recordaba haber visto esa expresión en su rostro jamás. "Jesús", pensó, "parece una versión sin afeitar del grito de Munch". Luego reculó en la butaca como el que espera que le caiga encima una bomba. "Ahí viene. Me lo va a soltar...".

    —Hay gente muerta que está volviendo a la vida.

    Boom.


    VII


    Sumido en el silencio total de la pequeña oficina de la tercera planta, Antonio Rodríguez escuchaba.

    Le latían las sienes. Sentía las rápidas pulsaciones, el corazón y la respiración todavía acelerados. Permanecía agachado tras una mesa de despacho, sintiendo el tacto rasposo de la vieja moqueta en la mano. En la otra mano llevaba los restos de un viejo flexo de hierro. Lo había estado utilizando para golpear a gente. A pacientes del hospital.

    Hacía ya un par de horas que estaba todo en silencio. Los gritos y los ruidos dejaron de escucharse y, sin embargo, el puño se cerraba sobre el flexo tan fuertemente que los nudillos estaban blancos. Su mente se repartía entre la tarea de escuchar y la de repasar las últimas horas. Las imágenes se repetían en su cerebro con contundentes mazazos. Intentaba apartarlas, pero era inútil.

    Sacudió la cabeza con un pronunciado escalofrío y miró su muñeca desnuda. ¿Qué hora sería? Le parecía que había pasado una eternidad desde que empezó todo, y sin embargo, esa misma mañana se había regalado con la deliciosa rutina del desayuno: nube doble y catalana. Apenas dos horas más tarde había golpeado a un grupo de inmigrantes que estaban... estaban muertos. Estaban muertos pero habían arrancado un trozo de carne del cuello de su ayudante, y después se habían lanzado a por él también. Antonio había cogido entonces un flexo de la mesa y le había propinado un sonoro golpetazo al agresor. Un coágulo de sangre negra y espesa había salido volando por mor del contundente impacto, pero el agresor no reaccionó ni en un sentido ni en otro, siguió avanzando con una horrible mueca dibujada en el rostro. Antonio golpeó otra vez, y otra, con desmedida violencia. Se recordaba chillando mientras lo hacía, aunque entre la bruma blanca del pánico que rodeaba la escena en su cabeza, pensaba en las terribles lesiones craneales que sus golpes podían estar provocando. El agresor, sin embargo, no cejaba, avanzaba con ambos brazos levantados, contraídos en un espasmo. Por fin se escuchó un sonoro crujido. La cabeza del agresor cayó hacia un lado, la mejilla rozando su propio hombro y los ojos acuosos concentrados en él. Antonio detuvo la tormenta de golpes. Aquello no era posible. Le había descoyuntado la cabeza. Tenía que haber caído redondo al suelo. Muerte instantánea. ¿Pero acaso no había estado muerto antes también? Miró a su alrededor. Todos ellos estaban muertos. Lo veía en la mirada furibunda y apagada de sus ojos ausentes, y sin embargo, avanzaban.

    Después de aquello, Antonio no recordaba muy bien cómo había sido todo. Recordaba trozos, escenas inconexas. Se veía a sí mismo buscando el manillar de la puerta y saliendo al pasillo presa del pánico. Ahora creía estar seguro: sí, chillaba todo el tiempo. En su huida se tropezó con Marisa, enfermera asistente de la planta, quien se había llevado un susto tremendo. Miró en la dirección de la que huía Antonio, y vio el grupo de muertos abandonando la Nevera.

    Se quedó bloqueada: no dijo ni hizo nada más. Al cruzar las puertas dobles de la sección, Antonio miró hacia atrás y vio a Marisa en el suelo con tres de ellos encima.

    Recordaba gritos. Recordaba a los guardias de seguridad intentando detener a los inmigrantes. Recordaba cuerpos caídos. Y, sobre todo, recordaba una sensación de asfixia y de bloqueo cuando, en algún momento, vislumbró una figura conocida al final del corredor. Por allí avanzaban dos figuras con bata blanca. Una era su ayudante; tenía la bata ensangrentada y una monstruosa herida en la zona del cuello, pero caminaba igualmente, la cabeza ladeada y los dientes expuestos en un gesto de rabia contenida. La otra era Marisa. Su cara a medio devorar le perseguiría en sus pesadillas durante todos los días del resto de su vida.

    En algún momento se encontró a sí mismo en un ascensor, rumbo a las plantas superiores. Alguien chillaba que la planta baja era un infierno, que era imposible cruzar por allí; otro hablaba de atacantes, y un tercero de una banda de carniceros.

    Una vez estuvieron arriba, todos seguían muy nerviosos. Les llegaban gritos aterradores por las escaleras. Doctores, enfermeras y pacientes por igual subían por las mismas trayendo narraciones increíbles. Antonio, pese a tener información de primera mano, no hablaba mucho. Estaba blanco como una pared encalada, y se sorprendió a sí mismo examinando el flexo que sujetaba fuertemente en la mano, como si no comprendiera qué hacía ahí.

    Las siguientes horas fueron, con mucho, las peores de su vida. Era indudable que los pisos inferiores eran el escenario de una desquiciante batalla. El eco de las altas escaleras traía toda clase de sonidos espeluznantes. Las mujeres lloraban, arracimadas en una esquina. Algunos encontraban valor dentro de sí mismos y se atrevían a bajar, pero casi ninguno volvía. El doctor Morales sí que volvió, empapado en sangre, pero no consiguió decir nada. Siempre había sido un hombre cabal, entregado a su carrera, autor de varios libros de neurocirugía y cofrade de toda la vida. Pero los que vieron la expresión de horror que traía grabada en sus ojos supieron que jamás volvería a ser el mismo. Le dejaron acuclillado en el suelo, balanceándose sobre sus rodillas con un hilacho de saliva resbalando por la comisura de sus labios.

    Por fin aparecieron, subiendo la escalera con terca parsimonia. No eran, sin embargo, los inmigrantes que Rodríguez había visto abajo. Eran pacientes. Eran doctores. Eran agentes de seguridad. Eran visitantes. Eran todos ellos, con las ropas rasgadas, heridas sangrantes, miembros amputados o parcialmente devorados, con las bocas hambrientas. Avanzaban erráticamente, arrastrando las piernas sin vida, ganando escalón tras escalón ante la mirada enloquecida de los últimos supervivientes del último piso del Hospital Carlos Haya.

    Sin embargo, Rodríguez no recordaba gran cosa de lo que había ocurrido después. El pánico se había apoderado de todos. Le parecía que habían corrido por los pasillos hacia el interior de la planta, pero no había allí ninguna salida, sólo habitaciones con pacientes. Había habido llantos y gritos por partes iguales. Algunas de las habitaciones estaban cerradas por dentro. Las puertas de emergencia estaban bloqueadas con una gruesa cadena. Alguien había llamado a los tres ascensores con la esperanza de encontrar ahí una vía de escape, pero en su interior se encontraban más de esas cosas. Sacudidos por terribles espasmos, salieron atropelladamente ante la visión de la carne humana.

    Antonio sacudió la cabeza, luchando por reaccionar; se había quedado hipnotizado con la grotesca escena que se desarrollaba ante sus ojos. Un hombre venía corriendo por el pasillo portando una silla y arremetió contra dos de los atacantes con cierto éxito. Entonces se maldijo a sí mismo por su falta de iniciativa, por no tener arrestos para enfrentarse a esos muertos vivientes. Se unió a aquel hombre, golpeando a los atacantes con la barra de metal del flexo. Los atacantes cayeron al suelo, la cabeza hendida por las heridas.

    —¡Vamos, VAMOS! —gritó el hombre, embriagado de éxito. En su frente se pronunciaban las venas hinchadas.

    La combinación de silla y flexo estaba funcionando muy bien. Las patas de hierro les empujaban y el asiento les mantenía apartados. El flexo, mientras tanto, les castigaba severamente, despegando sangre y esquirlas de hueso. Pero ellos siempre volvían a levantarse. Incluso cegados por la abundancia de sangre que manaba de sus heridas, arañaban el aire y propinaban dentelladas donde nada había.

    Así, muy pronto el ímpetu fue decayendo. Cada vez costaba más levantar el brazo con el flexo y propinar los contundentes golpes sobre sus enemigos. El hombre de la silla también acusaba el cansancio, y la lenta pero firme convicción de que todo aquello no conducía a nada fue agostando sus ánimos. Los muertos, un vaivén arrítmico de fatalidad, llenaban ahora la escalera.

    Por fin, una zarpa contrahecha desgarró la ropa alrededor del hombro, y la silla cayó a un lado. Antonio le miró; su rostro acusaba una mueca de dolor. Tironearon de él, le arrastraron hacia la masa y desapareció entre una tormenta de brazos y dientes. Antonio huyó, cogió su cordura y se fue; corrió por el pasillo como no recordaba haber corrido jamás. Por el camino pisó un cuerpo abatido, pero ni siquiera más tarde pudo recordar si era de alguien vivo o se trataba de un cadáver desmadejado. Se alejó del grupo de atacantes, y pronto se encontró a sí mismo en una pequeña oficina situada al final de la planta. No cerró la puerta, que estaba compuesta por un enorme cristal en su mitad superior, y en cambio decidió esconderse tras la mesa de despacho. Allí permaneció bastantes horas mientras todo ocurría: carreras, gritos desgarradores, aullidos, y también otros sonidos cloqueantes que no pudo identificar. Alguien, una mujer, pedía socorro en una habitación cercana a la suya, pero hasta ese sonido terminó por fin diluyéndose.


    VIII


    Málaga, como tantas otras ciudades en todo el mundo, sucumbió rápidamente a la catástrofe. Una máxima popular reza que la guerra engendra héroes, pero en aquellos primeros días de infección, los protocolos de prevención y salvamento del Cuerpo Nacional de Policía, las Fuerzas Armadas y de los diferentes servicios de Emergencias y Protección Civil no sirvieron de gran cosa debido, precisamente, a la naturaleza humana.

    Cuando los primeros casos brotaron, coparon rápidamente toda la disponibilidad de los Cuerpos de Seguridad. Pese a que había, naturalmente, protocolos para activar una Defensa NBQ (Nuclear Bacteriológica Química), nadie estaba en realidad preparado para hacer frente a una amenaza como aquélla. Las víctimas se tornaban en atacantes con brutal velocidad; los médicos eran atacados por los pacientes en el interior de las ambulancias, los que eran auxiliados por los bomberos acababan convirtiéndose en una letal amenaza. Y aun peor: el policía que era mordido acababa embistiendo contra su compañero, el hermano asesinaba a su hermana, los hijos a sus padres.

    En pocos días, las unidades de salvamento y las Fuerzas de Seguridad habían sido efectivamente reducidas a una presencia testimonial inoperante, y la situación empeoró. Surgió un nuevo y fabuloso enemigo, germinado por una sociedad deshumanizada e instruida en el egoísmo y el materialismo desbordado: el pillaje. Sin nadie que velara por la seguridad ciudadana, las calles se volvieron peligrosas. Los asesinatos proliferaron rápidamente, y eso causaba nuevos e inesperados focos de infección. Cuando empezaron los apagones, las noches se poblaron de disparos, gritos y vehículos que circulaban a alta velocidad provocando graves accidentes. De vez en cuando se declaraban incendios, que muchas veces ardían sin que nadie hiciese gran cosa por acotarlos.

    En las calles, se formaron bandas más o menos organizadas. Sin embargo, dichas bandas se creaban sobre la marcha, a menudo por marginados que encontraban una oportunidad para dar rienda suelta a sus instintos cometiendo robos y pillerías allí donde surgía la oportunidad. Nacidas de un anarquismo improvisado, no tardaron mucho en desaparecer, víctimas de sus propias rencillas y de los enfrentamientos con los muertos vivientes.

    En medio del caos, un grupo de hermanos de una de las muchas cofradías sacramentales sacaron a uno de sus sagrados titulares de su templo para pasearlo por la calle, rememorando al Cristo de la Epidemia al que se le atribuyó el fin de la terrible plaga de peste amarilla que diezmó la población malagueña en 1803. Avanzaron algo más de veinte metros, llevando el Cristo sobre sus hombros mientras se entregaban a sus oraciones. La improvisada procesión terminó en desastre cuando los espectros se abalanzaron sobre ellos. La hermosa talla se quebró en dos trozos enormes cuando se precipitó hacia el suelo; la cabeza del Cristo quedó vuelta hacia un lado, testigo silencioso de la abominable escena que tuvo lugar ante su eterna expresión de dolor.

    La historia de la Caída de Málaga, como tantas otras ciudades en todo el mundo, no estaría completa sin mencionar a aquéllos que dieron sus vidas por conseguir que otros vivieran. Una madre se entregó voluntariamente a sus perseguidores con el objeto de que su hijo, que había cumplido diez años la semana anterior, ganara un poco de tiempo. Y a poca distancia, un hombre llamado Antonio aguantó las embestidas de los zombis con una gruesa puerta arrancada de sus goznes para que sus vecinos tuvieran tiempo de escapar por la ventana. Todos ellos sabían inequívocamente que sus acciones les condenaban, pero aun así las llevaron a cabo.

    El hombre, al fin, fue expulsado de la calle; tuvo que retroceder a vivir de nuevo en las cuevas que eran sus altos edificios.

    En Ronda, el acuartelamiento de legionarios "General Gabeiras" contaba con una de las dotaciones más grandes de España, más de dos millares de profesionales. La Legión había promovido siempre el culto al combate, minimizando la relevancia de la muerte, el miedo natural a morir. En Madrid, donde empezaban a darse cuenta del terror psicológico que ese enemigo tan inesperado como fantástico estaba ejerciendo, muchos pensaron que semejante adoctrinamiento, la "mística legionaria" simbolizada en el Credo legionario y en las enseñanzas del Bushido japonés, serían ideales para controlar la situación. Sin embargo, los legionarios tenían sus propios problemas.

    Unos quince minutos después de empezar su turno, un supervisor de tráfico de la línea de cercanías observaba su pantalla. Ninguna de sus compañeras había venido a trabajar aquella mañana, lo que era bastante extraño. Además había un indicador rojo en el enorme tablero digital donde se veía el estado de los trenes y su situación en el esquema topográfico general. El cuadrado rojo indicaba que existían serias dificultades en la red de fibra óptica, y cuando eso ocurría, el sistema estaba programado para efectuar la transferencia de la totalidad del sistema de control a los puestos de mando locales.

    Rápidamente, pulsó el botón de llamada de su supervisor. No le gustaba nada la idea de tomar el control sin sus compañeras y, mucho menos, sin su supervisor directo. Llevaba pocos meses trabajando en esa oficina y aún no se encontraba cómodo con el software de control. Si algo iba mal, y un tren que debía ir a Córdoba se colaba por la línea hacia la estación de Málaga, sería únicamente su responsabilidad. Y él sabía bien cómo se pagaban tales errores.

    Observó el enorme panel de rutas con ceñuda preocupación. La situación global de las líneas bajo su supervisión era normal, y casi todos los indicadores eran verdes. Eso le tranquilizó un poco. La única situación naranja estaba marcada por un tren que llegaba a la estación de Ronda. Allí debía dejar pasajeros y retirarse por la línea de servicio a una revisión rutinaria semanal. Un segundo tren esperaba en el andén para coger esa misma línea hacia Bobadilla. El operario comprobó que el circuito de la vía de aproximación estaba ocupado, lo que indicaba que el maquinista ya había aceptado la señal a libre y el tren se encontraba en la zona de tránsito. El ordenador había calculado que el tiempo que tardaba el tren en desviarse hacia la línea de servicio era suficiente para darle tiempo al otro tren a llegar hasta ese punto.

    Mientras sorbía, preocupado, su café, una señal acústica y unos indicadores luminosos encima del panel de control le avisaron de que, por fin, la transferencia se había efectuado. Su pantalla se activó con una miríada de iconos diferentes, indicándole que tenía el control.

    El operario experimentó la transferencia como la caída por una montaña rusa. Su punto de estrés, como él lo llamaba, y que resultaba ser un lugar indeterminado entre el centro de su pecho y la boca del estómago, empezó a pulsar con una asfixiante sensación de quemazón. Pulsó de nuevo el botón de llamada de su supervisor, cuatro, cinco, nueve veces.

    Sin embargo, desechó su angustia con un rápido movimiento de cabeza. Había varias cosas que debía hacer urgentemente; después podría mirarse el ombligo.

    Antes de transferir el control, el ordenador había creado rutas válidas para los dos trenes circulando por la misma vía. En una situación de control manual, todas las situaciones naranja debían cancelarse; todos los estados, ponerse en "Stop" y resolverse uno por uno. Pulsó simultáneamente el botón de origen de ruta del tren que llegaba y el botón de destrucción de urgencia, y la ruta hacia el depósito se canceló. Estaba empezando a dar las nuevas órdenes cuando, de repente, el estado de la situación cambió a "Alerta". Un marco de luces en rojo emergencia se encendieron al mismo tiempo a lo largo de todo el panel de información.

    El operador pestañeó. Su boca se había secado instantáneamente. No entendía el rojo. No sabía qué pasaba. Por fin, lo vio claro: el tren situado en el andén se movía. Se movía por la vía en ruta de colisión directa con su tren. "Dios... Dios mío no Dios mío no no no...". El jefe de circulación de la estación de Ronda había puesto la señal de salida de la estación en verde en el mismo momento en que él había destruido la ruta. Como la ruta de colisión no estaba creada, el software no le había avisado de que la última operación podía resultar en catástrofe.

    Cogió el teléfono y marcó el código directo del jefe de estación que tenía en pantalla. Aún podía detenerlo, tenía que detenerlo. El tren todavía no había cogido velocidad. "Dios mío por favor, Dios mío... no lo permitas..."

    Observó la pantalla. "¿Dígame?", dijo el jefe de estación. Los pequeños rectángulos que conformaban los dos trenes se acercaban a gran velocidad. Uno había acelerado a velocidad suficiente, y el otro aún no había llegado a aminorar lo suficiente. Estaban apenas a un kilómetro de la estación. "¿Dígame?".

    —Yo... —dijo, sintiéndose la lengua como una esponja de baño.

    En el gran tablero digital, los trenes confluyeron y se quedaron trabados, inmóviles. Un icono con una enorme señal de alerta apareció encima.

    El operario colgó. Una lágrima resbalaba por sus mejillas, rojas y calientes.

    El choque fue frontal, y tan violento que tres de los vagones quedaron literalmente reducidos a trozos de metal de un tamaño no superior a un pliego de papel. El estruendo del choque rompió numerosos cristales de los edificios circundantes. Éstos cayeron sobre la calle provocando varias víctimas mortales casi inmediatamente. Algunos pedazos de los trenes habían salido despedidos a una velocidad tal que los pasajeros que esperaban en el andén recibieron una lluvia inesperada de hierro retorcido. Un hombre vestido con ropa deportiva y una mochila recibió tanta metralla que cayó desparramado a lo largo de una hilera de sangre de varios metros de longitud. Unos metros más allá, una chica joven, que había permanecido impertérrita ante la súbita explosión de trozos que caían alrededor, se encontró sujetando la mano de su novio cuando pudo recuperarse. Sólo la mano. Otros tuvieron muertes mucho menos prosaicas, y fueron derribados en el acto, víctimas de los proyectiles.

    De las doscientas personas que iban en el tren, sobrevivieron casi cuarenta. La mayoría había viajado en los vagones de cola. Muchos estaban heridos de gravedad y otros vivían aún, pero presos en aquella pesadilla metalúrgica. Algunos, sin embargo, pudieron valerse por sí mismos, y aun aturdidos hacían lo que les era posible por ayudar a los demás.

    Las autoridades fueron muy veloces. En menos de cuatro minutos, ambulancias, bomberos y policía se encontraban en el lugar. También acudieron numerosos vecinos del pueblo, que llegaron alertados por el estruendo.

    Nadie prestó atención cuando los primeros cadáveres volvieron a la vida. Había sangre y miembros amputados por doquier, y aquella visión, unida a los quejumbrosos lamentos apagados que poblaban la zona, ocultaron las enloquecedoras escenas en las que las víctimas se rebelaban contra sus salvadores y los cadáveres que eran retirados en bolsas desaparecían. Durante un tiempo al menos, nadie pudo distinguir el caminar arrastrado de los muertos vivientes del de los heridos que intentaban alejarse tambaleándose.

    Un oscuro designio del destino quiso además que uno de los trenes llevara varios vagones de mercancías; y aunque la mayoría eran textiles, los de la cola contenían ácido sulfúrico e hidróxido sódico. Los vagones contenedores aguantaron notablemente bien el choque frontal, y aún resistieron los primeros diez minutos posteriores, pero finalmente se derramaron, se mezclaron y formaron un gran lago ácido que desprendió enormes nubes tóxicas. La nube se propagó, invisible, mecida por una suave brisa otoñal. Provocaba un molesto picor en la garganta que se volvía insoportable a los pocos segundos; luego traía una sensación de quemazón en el pecho, y en menos de dos minutos hacía arder los pulmones. Los que aspiraban aquel veneno acababan tosiendo sangre, incapaces de hacer otra cosa más que caer retorcidos al suelo. Luego sobrevenía el colapso respiratorio, bien por fallo del pulmón o por la falta de aire al hincharse la garganta y los ganglios.

    En menos de media hora, el ochenta por ciento de la población de Ronda había sucumbido. Unas dos horas después, la mayoría volvían a caminar, indolentes a sus pulmones disfuncionales y sus heridas. Dieron buena cuenta de los pocos supervivientes que quedaban.

    En La Indiana, una zona alejada unos cinco kilómetros de Ronda donde La Legión española tenía su cuartel general, la noticia fue recibida junto con la orden prioritaria y enérgica de prestar colaboración inmediata y completa. Se fletaron camiones con una dotación total de ochenta efectivos, todos dotados de máscaras y filtros antigás. Los trajes funcionaron, pero los legionarios no estaban preparados para enfrentarse a una horda de zombis y la operación de salvamento se convirtió en una masacre atroz. En el mismo instante en el que uno de los muertos vivientes arrancaba con aire distraído los últimos cincuenta centímetros de intestino de un joven legionario llamado Ramón González, el viento cambió de repente. Comenzó a soplar con ímpetu desde el este, esparciendo la nube tóxica. La muerte llegó al cuartel de la Legión, en forma de picor de garganta, unos cuatro minutos más tarde. Muchos de aquellos jóvenes sobrevivieron al veneno químico, y lograron escapar de las garras de sus compañeros cuando volvieron a abrir sus ojos una vez muertos; vivieron sus propias aventuras viajando hacia el norte intentando sobrevivir a la demencia que había dominado el mundo entero, pero aquél fue el fin del acuartelamiento de Ronda.

    A las doce y veinte de la mañana de un jueves, el gobierno declaraba el Estado de Alarma en todo el territorio español, y daba cuenta al Congreso de los Diputados con una reseña recomendando el Estado de Sitio. Fue una formalidad sin mucha repercusión: para entonces, los conductos básicos de comunicación estaban ya seriamente dañados. La nación estaba fragmentada, y moría.


    IX


    Era un 24 de octubre, y Juan Aranda se enfrentaba al fin del mundo. Tenía veinticinco años, aunque aparentaba ser mucho mayor. La brisa marina hacía tremolar sus cabellos largos y negros, llenos de bucles, y sus ojos grises miraban a algún punto indeterminado del horizonte. La playa se extendía a su alrededor, de arena fría y grisácea como el mismo océano. Las olas rompían bravías contra las rocas y los montones de cañas, y el olor a sal inundaba sus pulmones como un bálsamo tonificante. "Bendito aroma", pensó, "qué lejos del hedor putrefacto del interior". Inspiró largamente, sintiendo que se limpiaba. Las gaviotas planeaban en el cielo plomizo. Juan se preguntó si también ellas podrían verse afectadas, como todas las personas a su alrededor, pero por lo que podía ver, todas ellas se comportaban con normalidad.

    Le gustaba la playa, porque nunca había muertos vivientes en la playa. Sentado en su pequeño vehículo, un Honda Foreman de 2005 con tracción a las cuatro ruedas, se preguntó por qué. En la playa avanzaban todavía más lentamente; la arena les hacía tropezar, pero aun así era extraño que nunca hubiese encontrado ninguno, ya que solían estar por todas partes: dentro de todos los edificios, en cada calle, en campo abierto. Entonces se acordó del caminante —así los llamaba— que había encontrado en la enorme cañería que traía las aguas fluviales al mar. Lo encontró una soleada mañana, hacía ya cuatro semanas, enganchado entre un montón de enmarañadas zarzas y arbustos espinosos. Se le había clavado una rama en la zona del bazo que lo mantenía firme en el sitio. Cuando Juan se asomó, la pobre cosa enseñó los dientes y estiró sus brazos como queriendo alcanzarlo; profería gruñidos animalescos y tironeaba, pugnando por avanzar. El cadáver era increíblemente delgado, y de su cráneo raspado sin piel colgaban algunos jirones de cabello blanco. Sus ojos eran dos diminutas canicas blancas, pero llenas de un odio primigenio. Juan lo observó unos instantes y luego se fue. Lo dejó allí, abriendo y cerrando sus dedos crispados en un fútil intento por capturarlo.

    Movido por una mórbida curiosidad, Juan arrancó el motor del Foreman y dio la vuelta para echar un vistazo a la tubería de nuevo. ¿Cómo habría afectado el tiempo a aquel cadáver huesudo? Una vez hubo recorrido los cien metros que le separaban del sumidero, se sobresaltó: allí estaba todavía la infeliz criatura, todavía firmemente clavada a la rama, con los punzantes arbustos retorcidos alrededor de su torso y brazos. Miraba hacia arriba, con los ojos abiertos; su boca revelaba un pozo hediondo de tejido necrótico y negruzco. Constituía una escultura horrible, tan hierática e inmóvil como espeluznante.

    Impresionado por la visión, Juan apagó el motor del quad y se bajó. Se acercó lentamente, absorto en los abominables detalles. A sus oídos llegaba, lejano, el rumor del mar. Escuchaba también su propia respiración, envuelta en un zumbido apenas audible que impregnaba toda la escena. Bizqueó. Algo en su interior, un instinto primitivo largamente olvidado, parecía avisarle de algo, pero seguía acercándose despacio.

    Vete. De aquí.

    Observó sus piernas, dobladas en un ángulo imposible. La tela de sus raídos pantalones estaba enganchada aquí y allá por las espinas de las zarzas. Uno de sus pies era apenas un muñón de color parduzco.

    Lárgate. Pronto. Ahora.

    De repente, el cadáver se sacudió con un espasmo brutal. Juan dio un respingo y cayó hacia atrás, sobre la arena fría. El cadáver giró la cabeza; de su garganta brotaba un estertor arrastrado y ronco. Juan chilló, incapaz de retirar la mirada de las manos que intentaban apresarle. Su mente intentó tranquilizarle: "Está atrapado. Qué susto, joder, qué susto, hijo de puta, grandísimo hijo de puta, pero está arrapado, atrapado como la última vez". Sin embargo, las ramas eran ahora viejas, y estaban completamente secas; ya no poseían la flexibilidad de otrora. Con ojos desorbitados, Juan observó cómo el cadáver se desasía de sus ataduras. Las zarzas se quebraban, las ramas se partían, y la rama que tenía clavada en el bazo se liberó con un sonido acuoso. Sus dientes eran cinceles negruzcos; su boca, una ventosa inmunda. Ya venía a por él.

    Juan chilló con toda la intensidad que le permitía el pánico que experimentaba. El cadáver se debatía con tanta violencia que se encontraba literalmente bloqueado. Por fin, consiguió retroceder, ayudándose de sus piernas y brazos para recular. El cadáver de cabellos blancos se servía de sus brazos para arrastrarse por el suelo, ganando terreno con una velocidad pasmosa. Parecía obvio que sus piernas ya no podían sustentarle. Por su parte, en su huida, Juan chocó contra algo y gritó de nuevo con mucha intensidad: era el quad.

    Por fin pudo incorporarse dando un gran brinco: trepó al asiento del quad e intentó arrancarlo rápidamente sin perder de vista al cadáver.

    —¡HIJO DE PUTA! —gritaba, mientras hacía girar la llave de contacto, todavía sin éxito. El cadáver seguía avanzando. Su boca se abría y cerraba como la de un pez imposible—. ¡QUE TE FOLLEN, MAMÓN, QUE TE JODAN!

    Por fin consiguió girar la llave y meter la marcha correctamente, y el maravilloso sonido del motor le llenó de alegría. Aceleró apresuradamente a la par que el horrible cadáver lanzaba una mano hacia el vehículo, y éste salió con una fuerza endiablada hacia delante. Juan reía mientras el Foreman evolucionaba con un rugido por la arena de la playa.

    —¡CABRÓN ASQUEROSO DE MIERDA! ¡QUE TE JODAN, CABRÓN, CABRÓN MÁS QUE CABRÓN!

    Miró hacia atrás, henchido de alivio y respirando aceleradamente. Dedicó una última mirada al cadáver, quien se ayudaba de los brazos para levantar el torso hacia él: los dientes apretados y los ojos blancos, pequeños y redondos como pequeñas canicas.

    Una vez que hubo puesto suficiente playa entre él y el cadáver, dejó que el quad entrara de nuevo en letargo. "Tranquilízate, corazón", pensó, llevándose una mano al pecho. Juan había pasado un auténtico calvario desde que empezó todo. Había enterrado a sus hermanos y había dejado a sus padres convertidos en caminantes en algún lugar del Rincón de la Victoria, pero nunca se había llevado un susto tan grande como aquél. ¿Cómo era posible?, se preguntaba, enfadado consigo mismo por no haber pensado en ese asunto antes. ¿Qué demonios les sostenía? Habían pasado por lo menos tres meses desde que los muertos comenzaron a caminar por la faz de la Tierra, y todavía aguantaban. De alguna forma, siempre había pensado que los caminantes se alimentaban unos de otros, pues no en pocas ocasiones se había encontrado cadáveres parcialmente devorados, con el torso hueco o la cabeza desparramada por la acera de alguna calle. Sin embargo, aquel cadáver no había podido alimentarse de forma alguna en aquel túnel. Seguramente la falta de alimento era lo que había provocado que entrara en una especie de coma hasta que él se acercó, y sin embargo, había vuelto a la vida de nuevo. ¿Cuánto tiempo podía aguantar una persona sin alimentarse antes de desfallecer por la falta de nutrientes y de agua? No mucho más de una semana, suponía. ¿Por qué esas cosas eran diferentes?, ¿sus organismos no necesitaban aminoácidos y ácidos grasos esenciales como los vivos?

    Había muchas cosas que no comprendía acerca de los caminantes. Para empezar, no sabía por qué todos los cadáveres habían vuelto a la vida. Fue de repente, como si alguien allá en los cielos pulsara un interruptor. El Día del Juicio Final, pero sin trompetas ni fanfarrias. Como en todas aquellas películas de zombis. Desde que se produjo el incidente que trajo a los sepultos a la vida, creía haberlas visto casi todas: las italianas, las americanas y algún bodrio francés insufrible. Buscaba alguna pista que le permitiera comprender la situación, pero no encontró nada. En algunas cintas le echaban la culpa a un fenómeno relacionado con las manchas solares; en otras, a un experimento militar fallido —indefectiblemente americano—, y en no pocas, a algún germen mutado por culpa del efecto invernadero, la pérdida de la capa de ozono o la gripe aviar.

    Tampoco terminaba de comprender por qué algunos eran tan lentos y torpes, y otros eran capaces de desarrollar una fuerza sobrehumana. Algunos parecían víctimas de su propio y cruel destino, arrastrando su miserable existencia con parsimonia y visible cansancio; y otros eran poderosas máquinas de aspecto humanoide, capaces de las más asombrosas proezas físicas. Al menos, el viejo mito de la cabeza era cierto: si la cabeza sufría un daño considerable, el cadáver ya no se levantaba nunca más.

    Además, seguramente había una razón determinada por la que no había niños ni ancianos zombis. Juan había visto el proceso que sufría una víctima desde que era atacada hasta que volvía a la vida: un lapso de tiempo en estado de coma sin pulso, que duraba desde pocos minutos a varias horas, y después sobrevenía la reanimación. Cuando la víctima volvía a la vida ya no era más que un depredador integral con un único objetivo: alcanzar y devorar a su presa. Los niños y los ancianos no volvían a la vida, sin embargo. Se quedaban muertos. Y ya que estaba en esa línea de pensamiento, se preguntó a qué se debía esa diferencia de tiempo en el proceso de reanimación; con probabilidad a algún factor determinado que podría explicarse desde el punto de vista médico. Con el ceño fruncido, se dijo a sí mismo que cosas como ésa podrían ser datos significativos que le podrían ayudar en su lucha por la supervivencia. Podrían ayudarle a vencer a esas cosas.

    Sentado en el Foreman cerca de la línea donde rompían las olas, un Juan ensimismado en sus propias ensoñaciones se imaginó rociando un gas sobre la ciudad. Un gas de su propia invención conteniendo el resultado de sus investigaciones y estudios sobre la sangre infectada; un gas que afectaba solamente a los caminantes, y que los volvía a poner de nuevo en su sitio: a bordo de la galera de velas negras que viaja hacia el dulce olvido de la muerte.


    X


    El periplo de Juan Aranda desde el pueblecito costero del Rincón de la Victoria hasta el centro de Málaga, a unos cuarenta kilómetros de distancia, fue una epopeya que duró varios días. Había comprendido que no quedaba ya absolutamente nadie con vida en la zona, así que una serena noche de luna llena, con un hermoso cielo azulado como testigo, Juan cogió su quad Foreman y empezó a conducir en dirección oeste, hacia la ciudad.

    Mientras comenzaba su viaje, Juan pensaba en los últimos hombres vivos que había visto en el Rincón. Un grupo de individuos que habían hecho suyas las calles subidos a vehículos con tracción a las cuatro ruedas. Iban armados con cadenas, rifles y una suerte de lanzas que utilizaban para ensartar a los cadáveres desde la bandeja trasera. Juan no se fió de ellos desde el principio; ya conocía las bandas dedicadas al pillaje, así que cuando los vio por primera vez, por sus maneras rudas y su forma violenta de manejarse, supo que no eran gente a la que quisiera exponerse. Por lo tanto, siempre que los oía llegar con sus poderosos motores y sus gritos de cowboys empapados en crack, trataba de ocultarse y se dedicaba a observarlos.

    Eran nueve, todos jóvenes y fuertes. Generalmente iban bebidos, con botellas de vodka o whisky en sus manos. Al principio parecían manejarse sorprendentemente bien: No sabía dónde se ocultaban cuando no andaban por ahí revolucionando el motor y embistiendo zombis, pero sabía que disfrutaban volando las tapas de los sesos de los espectros con sus armas automáticas y atropellando sus cuerpos.

    Ambos coches estaban dotados de grandes ruedas anchas y superaban con facilidad los bultos de los cuerpos caídos.

    La tarde antes de que Juan decidiese intentar llegar a Málaga, el grupo cometió un fatal error. Habían dejado los coches en la acera y se habían encaramado en lo alto de un pequeño taller de reparaciones de una sola planta. Desde allí, se dedicaron a beber alcohol y a pegar tiros a los espectros. Chillaban y reían y arrojaban las botellas vacías contra ellos. Juan los vio llegar, oculto tras la reja metálica de un supermercado al que iba a abastecerse. Le gustaba porque tenía un acceso discreto por la parte de atrás que siempre aseguraba tras irse, así sabía si el lugar había sido violentado y, por lo tanto, infecto por los caminantes.

    Fue la primera vez que Juan los vio transformarse.

    Fue un proceso paulatino. Al principio, los muertos deambulaban erráticos por la calle, como siempre hacían. Juan los observaba pensativo mientras acababa una bolsa de patatas con jamón desde la seguridad de su escondite. En ocasiones, uno chocaba contra otro y cambiaban de rumbo. De pronto, alguno se detenía y se quedaba mirando estúpidamente un bajante de una pared o un silencioso aparato de aire acondicionado. Cuando los coches llegaron, Juan observó un cambio en los espectros. Comenzaron a andar un poco más deprisa, inquietos por el ruido. Levantaban las manos erráticamente, y sus bocas muertas se abrían, quizá anticipándose al ataque. Juan vio bajar a los chicos y servirse de los vehículos para trepar al tejado. Para entonces, el ruido de las puertas, sus voces roncas y burlonas y el par de disparos que se produjeron habían provocado una excitación notable en todos los muertos vivientes. Ahora todos se dirigían hacia los coches, algunos torpemente, pero en otros se apreciaba una fuerte crispación. En la hora que los vivos estuvieron entregados a la tarea de beber y disparar, habían llegado multitud de espectros desde las calles adyacentes. Los disparos les excitaban cada vez más. A veces, alguno era alcanzado en la cabeza y se desplomaba, totalmente laxo, al suelo. Pero el sonido violento del disparo les hacía dar un respingo y les enfurecía. El clamor de sus voces guturales alcanzaba cada vez nuevas cotas; levantaban sus manos trocadas en garras muertas hacia ellos y se afanaban, impotentes, en atraparlos.

    En aquel momento, Juan sabía que no podía ya intentar salir del supermercado. No le importaba mucho a aquellas alturas. Tenía alimento y bebida suficiente alrededor como para resistir durante meses, y se preguntaba cómo acabaría todo aquello. La calle estaba atestada de espectros encolerizados, y eran rápidos. Muy rápidos.

    Mientras se entregaba a esas divagaciones, un piloto de uno de los vehículos saltó, despidiendo una pequeña nube de esquirlas de plástico. Juan no supo si aquello marcó un camino para los demás, pero de repente el vehículo se vio atacado por una horda de brazos que asían, desgarraban, golpeaban. El coche empezó a sacudirse con un peligroso vaivén, la placa metálica del techo se combó y la luna delantera explotó.

    Los hombres del tejado chillaban y disparaban contra la horda de muertos vivientes, pero si sus disparos tuvieron algún efecto, Aranda no pudo decirlo: eran demasiados como para distinguir si alguno caía contra el suelo. El clamor de los roncos estertores de la atroz muchedumbre ahogaba las voces de los sitiados.

    Hubo más disparos, y más cristales rotos, y justo cuando parecía que el horror ya no podía llegar más allá, uno de los espectros se alzó sobre los demás, triunfante, y se encaramó en el techo abollado del todoterreno. Inmediatamente recibió tres disparos, todos en el pecho, pero aquello no hizo sino arrancar jirones de ropa de su espalda cuando las balas atravesaron su carne muerta y reseca. Juan, sobrecogido por la violencia desmedida de la escena, se aferró con fuerza al estante de las bolsas de patatas hasta que los nudillos se pusieron blancos.

    Sucesivos disparos consiguieron su objetivo: el espectro cayó hacia atrás, con los brazos extendidos, y desapareció entre el grupo de atacantes. Sin embargo, una vez más, el espectro había abierto un camino para el resto, e inmediatamente tres de los zombis saltaron sobre el vehículo con la intención de encaramarse a la cornisa del edificio.

    Los hombres hicieron frente al asalto como pudieron. En un momento dado, Aranda se percató de que ya no había más disparos, probablemente porque habían agotado ya toda la munición. Los rechazaban con patadas y a base de golpes de cadenas, si bien éstas no resultaban muy eficaces ya que ese particular enemigo no acusaba el dolor.

    Aranda observó con cierta fascinación el rictus de terror que todos los hombres reflejaban en sus rostros. Rostros lívidos y blanquecinos en el atardecer de un día cualquiera, en un pueblecito con varios miles de habitantes, todos ellos muertos vivientes. Era ahora cuando empezaban a ser conscientes de que la situación se les había escapado totalmente de las manos y de que los zombis jamás cejarían en su ataque. No necesitaban descansos, y no pararían para dialogar o permitirles una tregua, o pactar una rendición. Continuarían con tenacidad sobrehumana día y noche, mostrando la misma cólera y la misma furia desmedida en sus intentos por desgarrar la vida fuera de sus cuerpos.

    Entonces, un brazo teñido de un púrpura malsano por mor de la muerte consiguió aferrarse al tobillo de uno de ellos. El hombre perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el suelo. Chilló como un cerdo en el matadero, pero no recibió ayuda hasta que fue demasiado tarde: tironearon de él y, antes de que nadie pudiese reaccionar, ya había caído sobre el techo del vehículo. Allí, cuatro figuras encorvadas se abalanzaron sobre él, y hubo gritos, unos gritos tan agudos y estremecedores que Aranda tuvo que taparse los oídos con fuerza para evitar perder el control. Tenía un nudo cogido en el pecho, tan fuerte que creyó por un momento que se partiría en dos.

    El resto fue cuestión de tiempo, y Aranda se esforzó por no mirar. De repente hacía un calor tremendo y sudaba copiosamente; las manos le temblaban como si tuvieran vida propia. Los espectros consiguieron, eventualmente, trepar a la parte de arriba formando una columna humana, y Aranda casi pudo ver sus expresiones de cólera y los tendones de sus cuellos, tensos como cables de acero. Los hombres no consiguieron defenderse en absoluto, fueron derribados y sometidos con una rapidez tan pasmosa como atroz. Voló la cascarria de sus vísceras y hasta una pierna cercenada a la altura del muslo; el hueso blanco teñido de sangre despuntando como un cetro tenebroso. La extremidad fue motivo de disputa entre la muchedumbre que esperaba abajo, pero no hubo ninguna dentellada, ningún zombi estaba interesado en comerse la carne, sólo en desgarrar y despedazar.

    Aranda había visto otras escenas de horror similares anteriormente, pero aún no había conseguido que no le afectasen. Quizá precisamente por eso seguía vivo: aún le quedaba algo de humanidad.

    Los zombis no se tranquilizaron inmediatamente. Aullaban y chillaban como viejas histéricas, empapados de barbarie. No obstante, se dispersaron, algunos corriendo calle arriba como si hubieran detectado algo en alguna otra parte, otros alejándose en direcciones erráticas, golpeando con sus puños todo lo que encontraban a su paso: vehículos, farolas, buzones de correos, contenedores...

    Aranda se recostó, exhausto, en un rincón del supermercado, entre el papel higiénico y el cartón con la silueta de una mujer a tamaño natural que proclamaba "SONRÍE CON TODOS LOS DIENTES". Se hizo un ovillo en el suelo y abrazó sus propias piernas flexionadas sobre el pecho, en clara posición fetal. Le dolían los brazos y las piernas, los músculos agarrotados por la tensión a la que los había sometido. Intentó cerrar los ojos, diciéndose a sí mismo que allí estaba a salvo, pero era muy consciente de que su seguridad en ese momento era sólo aparente y estribaba únicamente en no ser descubierto. Sabía que, si ellos se daban cuenta de que allí dentro había alguien con vida, ya nada les detendría. Ni la reja metálica, ni las puertas de seguridad, ni los cristales antibalas. Mientras sentía que se quedaba dormido, cosa que consiguió únicamente atendiendo a un deseo inconsciente e íntimo de escapar a aquella situación, se dijo a sí mismo que era sólo cuestión de tiempo que aquellas cosas acabaran acorralándolo, como a todos los demás. Tenía que irse, buscar a alguien más. Tenía que localizar a otros supervivientes, organizar un grupo, recibir cada nuevo día con posibilidades controladas de supervivencia.

    A la mañana siguiente se despertó, solo y sudoroso, en la densa quietud del supermercado. Un vistazo a la calle le permitió constatar que todo había vuelto a la normalidad. Los coches estaban destrozados, y había sangre y trozos irreconocibles de carne por doquier. Vomitó, sin poder controlarse, las patatas de bolsa que había ingerido el día interior, pero después de sintió un poco mejor. Tenía un único mensaje parpadeando con grandes letras de neón en su mente: no esperaría ni un día más; se iría a Málaga, en busca de la gente. Seguro que allí encontraría más personas vivas, gente organizada que tenía controlada la situación. Tomó algunos víveres, unas botellas de agua, y partió.

    Le costaba un enorme esfuerzo avanzar, y cada kilómetro ganado era un logro. La carretera estaba atestada de coches abandonados, colocados en siniestra hilera. Había vehículos volcados, algunos estaban calcinados en su totalidad, y la mayoría estaban siniestrados en mayor o menor medida. Había furgonetas cargadas de maletas cuyo contenido había sido abierto y desparramado por todas partes. Y había cadáveres, cadáveres de verdad, tendidos sobre el suelo, de espaldas y de costado, con los ojos abiertos, fijos para siempre jamás en alguna escena horripilante que se había quedado grabada en sus retinas opacas. También encontró zombis, arrastrando sus pies empolvados entre el cementerio de hierro y cenizas, pero muchos menos de los que había pensado.

    El quad Foreman demostró ser un valioso aliado, sobre todo por la prodigiosa habilidad de Juan conduciéndolo. Cuando el caos de vehículos hacía imposible continuar de modo alguno, abandonaba la carretera subiendo por algún terraplén de tierra y avanzaba a buen ritmo campo a través. No había paso demasiado difícil o corte en el terreno demasiado pronunciado, el Foreman sorteaba todos los obstáculos.

    Apenas hubo llegado al supermasificado barrio de El Palo, un hervidero humano plagado de altos edificios, Aranda derivó hacia la playa y avanzó por ella tanto como pudo. Mientras conducía, exploró la línea del horizonte; el color del cielo se mezclaba con el color perla del mar, picado con pequeñas crestas de espuma blanca, pero una vez más le entristeció la total ausencia de barcos. Era realmente como si no quedara nadie más, aunque su corazón y su mente le gritaban que eso era imposible.

    Entonces el quad petardeó, emitió un ruido ronco y se caló, y el silencio cayó sobre la playa como si nunca se hubiese ido.

    Instintivamente, Aranda intentó arrancar de nuevo el vehículo. Lo consiguió una vez, pero casi inmediatamente volvió a calarse. Una oleada de ansiedad comenzó a crecer en su interior, tan intensa que experimentó un ligero desvanecimiento. Miró alrededor. Había algunas figuras moviéndose en la distancia, pero como en la playa del Rincón, no había demasiados espectros a la vista.

    Miró su preciada máquina, desconcertado, y entonces cayó en la cuenta: la aguja del indicador de gasolina permanecía plana, completamente horizontal, marcando el cero absoluto.

    —Idiota... ¡IMBÉCIL! —dijo, sintiendo que su corazón se aceleraba. Se maldijo por no haberse dado cuenta antes—. ¿¡Qué cojones me PASA!? —gritó, a nadie en particular. Sabía que su supervivencia dependía de la gran autonomía y capacidad de movimiento que el Foreman le brindaba.

    Cuando hubo recobrado de nuevo la calma, miró hacia septentrión. El paseo marítimo estaba desierto excepto por un par de esas cosas, y ni siquiera parecían haber reparado en su presencia. Ambas caminaban despacio hacia el este, manteniendo la distancia el uno del otro. Un poco más allá se abría una pequeña calle con hermosos árboles en ambas aceras, umbrosa y oscura, y allí se adivinaba el lento caminar de un grupo más numeroso de zombis. También había un par de coches. Coches, quizá, con gasolina en su interior.

    Cambiar de vehículo era impensable, nunca podría manejarse por las calles y superar los obstáculos del camino ni siquiera con un todoterreno decente. Se imaginó a sí mismo utilizando un tubo de goma y extrayendo la gasolina de uno de los vehículos para ponerla después en un bidón de plástico. Cosa de un minuto realmente, pero antes necesitaría localizar un vehículo con la tapa de la gasolina accesible, el proverbial tubo y el clásico bidón, y todo ello sin llamar la atención de los zombis. Nunca funcionaría.

    Permaneció unos instantes tratando de decidir cuál sería su primer paso. No se arriesgaría a internarse en esas calles, sabía perfectamente que constituían una trampa mortal. No, necesitaba algo diferente, pensar de otro modo, ver el problema fuera del cuadro, como le había enseñado su padre. Así que intentó serenarse, respirar normalmente y concentrarse. Extendió las manos hacia abajo y miró alrededor. Detalles, tenía que fijarse en todo, la cosa más pequeña podría ser la clave, la solución al problema. Se fijó en la desvencijada marquesina de un viejo chiringuito abandonado que decía "ESPECIALIDAD EN SANGRÍA"; en una farola caída, apoyada en su extremo más alto contra una ventana abierta formando un ángulo de treinta grados; en los cadáveres desparramados por los rincones, ya secos y reblandecidos por el sol; en un cartel del Gran Circo de Berlín; en la basura que la suave brisa arrastraba sin finalidad de un lado a otro; en las barcas de madera de los pescadores, cuya pintura empezaba a agrietarse y combarse allí donde las estrías habían aparecido... en las barcas...

    Se detuvo... y se dio la vuelta con rapidez. Allí estaba la solución: una enorme extensión de libertad donde no había nada: el mar.

    Había una vieja barca que no tenía mal aspecto del todo, no demasiado grande, y no estaba lejos de la orilla: podría empujarla si encontraba los rodillos. Rodillos y, si la bondadosa hada de la providencia tenía un buen día, puede que consiguiera también un par de remos. Miró hacia el interior y allí, cerca de la barandilla del paseo marítimo, encontró la caseta de pescadores. Incluso desde su posición se podía ver perfectamente que estaba sólidamente cerrada con cadenas y un candado.

    Buscó en su mochila y extrajo un pequeño cortafrío; sólo Dios sabía cuántas veces le había encontrado utilidad a aquel prodigioso mecanismo, y cómo se alegraba ahora de haberlo incluido entre su equipo de campaña. Entonces respiró hondo y empezó a caminar despacio hacia la caseta... un paso, otro, cinco, diez... sobre todo no quería atraer la atención de los espectros, eso era lo primordial; pensaba que, con un poco de suerte, podría incluso llegar de vuelta a la barca sin tener a una horda de caminantes intentando despedazarle.

    ... diecinueve... veintitrés...

    Los zombis caminaban despacio, la piel de sus cráneos contraída y llena de ampollas por acción de los rayos del sol cayendo implacable sobre sus frentes expuestas, día tras día.

    ... treinta y dos... treinta y siete...

    La caseta estaba ya a pocos pasos. Sudaba copiosamente, aunque la brisa era fresca y no hacía demasiado calor.

    ... treinta y nueve...

    Uno de los espectros se detuvo, inclinó la cabeza a un lado, como si olfateara el aire. Entonces abrió la boca, replegando sus labios resecos y finos y dejando escapar un coágulo negruzco que cayó pesadamente al suelo con un sonido acuoso.

    Aranda se detuvo, sin atreverse siquiera a respirar. Y en ese momento, como en respuesta a su peor pesadilla, se encontró con que el zombi le estaba mirando. Fue como si estuviera dentro de una película y hubiera habido un corte: no había visto el movimiento, habían quitado esos fotogramas.

    No se dio más tiempo: eliminó la distancia que le separaba del candado de un salto y empezó a aplicar el cortafrío a la pequeña barra del candado. El zombi se lanzó hacia donde estaba él, profiriendo sonidos ásperos que surgían de su garganta. Aquello pareció activar al espectro que caminaba a poca distancia, que se agitó como si lo hubieran atizado con una vara y comenzó a avanzar haciendo grandes aspavientos con las manos.

    Aranda apretó con fuerza y el candado cayó silencioso sobre la arena. Tiró de la cadena una y otra vez, pero parecía arrastrarse durante toda una eternidad por las presillas metálicas. Los zombis estaban saltando por encima de la pequeña barandilla que separaba el paseo marítimo de la playa; el segundo de ellos se limitó a girar sobre sus caderas por encima de la baranda, cayendo torpemente de cabeza contra la arena. Se escuchó un crujido similar al de una rama quebradiza tronchándose en la quietud de un bosque. El golpe habría bastado para truncar el cuello a cualquiera, pero el espectro naturalmente volvió a levantarse, la cabeza pegada a los hombros y los ojos cargados de odio.

    Con un tirón final, Aranda consiguió quitar la cadena de la puerta. Estaba oscuro y recibió una bocanada de polvo y aire enrarecido cuando asomó la cabeza al interior. Se trataba de un pequeño cuartucho con estantes de metal llenos de utensilios de pesca, redes, salvavidas y botes de lo que parecía ser pintura. Y allí, escrupulosamente recubierto por un plástico de burbujas amarillento, un pequeño motor fueraborda de color negro, con las letras "SEAKING" adornando sus curvas líneas negras, colgaba de un gancho en la pared.

    Aranda desgarró el plástico con rapidez y descolgó el motor. Pesaba una tonelada, algo totalmente inesperado, así que estuvo a punto de dejarlo caer contra el suelo. Lo abrazó con las dos manos y lo apretó contra su pecho, curvándose hacia atrás para ayudarse con los lumbares. Era realmente pesado, tanto que le recordó al peso de aquellos grandes sacos de sal que su madre hacía traer a casa para el descalcificador que tenían instalado, así que calculó que el motor debía pesar por lo menos unos cincuenta kilos. Notó también, con amplia satisfacción, el vaivén de la gasolina en su depósito, así que ahí se desvanecía otra preocupación. Sabía, por otro lado, que no podría llegar a tiempo a la barca con ese peso, no antes de que los dos zombis lo alcanzaran, así que, con mucho esfuerzo, volvió a colocarlo sobre el gancho y miró hacia el marco de la puerta. En ese momento, escuchó un golpe sordo contra la pared de la caseta. Ya estaban ahí.

    Buscó con la mirada entre las cosas que tenía alrededor, sabía que apenas tenía unos pocos segundos. Al fin, entre unas grandes cajas de herramientas, localizó un martillo que parecía suficientemente grande como para conseguir su propósito. Cogerlo y girarse hacia la puerta fue todo uno, pero ya no le sobró ni un segundo más: allí, ocupando todo el marco, estaba aquel ser repulsivo, vestido aún con una raída chaqueta de color gris oscuro y la cara surcada por innumerables heridas resecas. Unos pocos dientes negros despuntaban en su boca entreabierta.

    Tuvo apenas un instante para lamentar cómo había hecho las cosas. Estaba atrapado, encerrado en un lugar estrecho; se había dejado arrinconar como un estúpido. Si el segundo zombi conseguía colarse dentro también, estaba seguro de que no podría conseguirlo. Sin embargo, un impulso visceral, casi primigenio, le movió a precipitarse hacia el espectro y asestarle un contundente golpe con el martillo, justo en la cabeza. El zombi se sacudió como si hubiera recibido una descarga eléctrica y pareció a punto de derrumbarse hacia atrás, víctima de un colapso cerebral, pero cuando tanteaba el aire con sus manos pútridas, trastabilló y recuperó el equilibrio, devolviéndole la mirada con renovada furia. "Se está excitando", pensó Aranda entre la bruma blanca de un terror creciente.

    Corrió de nuevo hacia el espectro y lo empujó con toda la fuerza de la que fue capaz. Esta vez sí, el enchaquetado cayó hacia atrás sobre la polvorienta arena de la playa, gruñendo como un viejo oso vapuleado. Aranda salió al exterior, a tiempo de ver cómo el segundo zombi le cogía del brazo. Su rostro era prácticamente cadavérico, y un único ojo velado por una sustancia gris le miraba furibundo. Se deshizo de su presa con un fuerte tirón del brazo y se alejó unos pasos sin perderlos de vista.

    Ahora contaba de nuevo con un área de acción lo bastante amplio como para asegurarse una mínima posibilidad de éxito. Llevaba el martillo en la mano, pero notaba el pulso tembloroso: la herramienta se sacudía en su puño cerrado como si tuviera vida propia. Mientras el primer espectro se incorporaba, el tuerto se lanzó hacia él; Aranda lo recibió con una lluvia de martillazos mientras procuraba no dejarse coger. A medida que el cráneo se hundía como un huevo de avestruz podrido, cada golpe que propinaba sonaba aun peor que el anterior. Sin embargo, el espectro no se detenía. A su lado, el enchaquetado se estaba levantando sin flexionar las rodillas, ayudándose de ambas manos. Algún proverbial problema con las articulaciones en las piernas. Si finalmente conseguía incorporarse iba a tener problemas.

    Por fin, mirando a su enemigo directamente a su único ojo, se le ocurrió un plan. Levantó el martillo por encima de su cabeza y lo hundió en aquella masa gris bulbosa que le rodeaba la cuenca ocular. El espectro no acusó ninguna reacción de dolor, pero empezó a girar la cabeza como si buscara algo. Levantó las manos, tanteando. Estaba ciego.

    Aranda se apartó para que el espectro continuara su búsqueda errática, sintiendo una sensación de alivio. Se volvió justo a tiempo para encontrarse de frente con el otro zombi, que había conseguido incorporarse. Su mirada estaba tan llena de cólera que casi podía sentir las chispas alcanzándole. Entonces se deslizó con una rápida maniobra hacia su espalda, cogió la chaqueta y la camisa que llevaba debajo y las levantó con fuerza, obligándole a levantar los brazos, hasta dejar la ropa enganchada a la altura de los codos. El espectro perdió al instante todo su aterrador aspecto: parecía un pelele incapaz de vestirse él solo. Para terminar, saltó sobre su espalda y le obligó a caer al suelo; luego se retiró rápidamente.

    Ya estaba, nunca se levantaría por sí solo. Se sacudía y forcejeaba en el suelo, incapaz de desprenderse de la chaqueta. El otro espectro se alejaba en una dirección indeterminada, como si hubiera perdido todo el interés al perder el estímulo visual.

    Echó de nuevo un vistazo al paseo marítimo. Los otros zombis estaban aún lejos y no parecían haberse percatado de la refriega, sin embargo, sabía demasiado bien que era cuestión de tiempo que llegaran más, la calma que precede a la tormenta, así que volvió al interior de la caseta y puso sus manos sobre el motor fueraborda. Estaba fatigado, y los contundentes golpes que había propinado con el martillo no le ayudaban a recuperar el pulso. No obstante, el tiempo corría como si llevara las zapatillas aladas del mismísimo Hermes, así que lo cargó de nuevo tal y como había hecho antes y comenzó su lenta andadura hacia la barca. Cluc, cloc... la gasolina iba de un lado a otro en el interior a medida que avanzaba.

    Tardó un buen rato en llegar, y cuando lo hizo, sintió que sus pulmones no daban abasto para inhalar todo el aire que su cuerpo demandaba. Los brazos le dolían, la espalda parecía haber pasado por las manos de un ejército de púgiles encolerizados. Durante todo el trayecto se sorprendió a sí mismo girando la cabeza continuamente, no sólo para mantener controlados al enchaquetado y su colega ciego, sino para asegurarse de que ningún otro caminante se unía a la fiesta. Estaba ligeramente mareado, y sabía exactamente por qué era: estaba literalmente muerto de miedo.

    Colocar el motor en su emplazamiento resultó mucho más fácil de lo que había pensado. Luego volvió a por un par de rodillos para deslizar la barca, cosa que consiguió sin más sobresaltos. Empujar la barca, sin embargo, fue otra cosa. Descubrió que la vieja quilla de madera hacía un ruido horrible, alto y fuerte, al deslizarse por los rodillos. Dio un respingo, como si hubiera puesto una radio a todo volumen en una biblioteca atestada de estudiantes embebidos en sus libros. Empujó de nuevo. Crrrrriiiiiikkkk. ¿No había demasiado silencio ahora? Miró hacia atrás. Cambió el rodillo y empujó de nuevo. Crrraaaakkkk.

    De repente, escuchó los gruñidos de los muertos, convergiendo en un clamor creciente que consiguió helarle la sangre y los huesos.

    —Hos... tia... —balbuceó.

    Se obligó a moverse, a mover el rodillo de atrás hacia adelante, empujar... empujar... y volver a mover el segundo rodillo de nuevo, de atrás hacia adelante. Miró otra vez.

    —Oh, Dios... no...

    Los zombis se habían puesto en marcha, en gran número. Llegaban a paso vivo, dejándose caer por la barandilla del paseo. A veces, uno de ellos caía sobre otro y era pisoteado, pero eso no parecía importarles, funcionaban como una comejenera, como si obedecieran a una sola mente común. Gruñían y lanzaban quejumbrosos lamentos arrastrados.

    —Dios mío... por favor...

    Apenas unos metros le separaban del agua. Aranda se movía con toda la rapidez que le permitían sus exhaustas energías. De atrás hacia adelante; empujar. Crrrrraaaakkk. De atrás hacia adelante. Cada vez que tenía que extraer el rodillo y volverlo a colocar delante le parecía que iba a ser la última: ya no se sentía con fuerzas para seguir empujando. Sin embargo, se encontraba a sí mismo haciéndolo, con lágrimas en los ojos y un fuerte nudo de tensión atenazándole la boca del estómago. Por fin, encontró el agua del mar lamiendo la arena bajo sus pies.

    Cambió por última vez el rodillo: el siguiente empuje puso la barca a merced de las olas. Esperó a que la siguiente ola rompiera para darle el empujón definitivo. Justo a tiempo; al mirar atrás vio que los muertos vivientes se encontraban a unos escasos metros, trotando sobre sus piernas torpes y retorcidas.

    Saltó sobre el bote y bajó el motor para introducir la hélice en el agua. Los espectros ya estaban allí. Uno de ellos, como adivinando que su presa estaba a punto de escaparse, se lanzó en plancha agarrando el fueraborda con las manos. Juan lo puso en marcha inmediatamente, y sus hélices al girar arrojaron minúsculos trozos de carne en todas direcciones; el espectro se incorporó, levantando los muñones cercenados que eran sus brazos. Su boca era una "o" perfecta.

    Mientras tanto, los espectros seguían llegando y pronto hubo otras manos intentando agarrar la barca, pero el potente motor hizo su trabajo y ninguno de los muertos vivientes consiguió permanecer agarrado el tiempo suficiente. Sólo entonces, cuando la barca fue alejándose del enorme grupo de zombis, Juan profirió grandes gritos de júbilo acompañados de sonoras carcajadas. Levantaba las manos hacia el cielo y chillaba, eufórico, hasta que no pudo gritar más. Luego se tumbó hacia atrás y dejó que el viento y la brisa marina le revolvieran el pelo. Se dijo a sí mismo que era como inhalar vida en su estado más puro, y durante varios minutos se concentró solamente en respirar.


    XI


    La pequeña barca pesquera, que no había esperado ya volver a encontrarse con la sal del mar nunca más, saltaba de cresta en cresta a buena velocidad. Aranda casi se sentía culpable por no haber pensado en esa solución mucho antes.

    En poco tiempo se encontró navegando junto al puerto de Málaga. La visión de la ciudad, desde esa distancia, era desalentadora. El puerto era un hervidero de muertos vivientes; sus cabezas se agitaban sinuosas como una ola a medida que sus cuerpos caminaban, bamboleantes, sin rumbo fijo. De vez en cuando alguno caía al agua para no salir más.

    El fenomenal barco-discoteca Santísima Trinidad estaba medio hundido por popa; el resto, que mostraba signos de haber sido pasto de las llamas, asomaba como un pecio abandonado. Mirando con los pequeños prismáticos que llevaba en su mochila, más allá del puerto las calles parecían haber sido el escenario de alguna batalla. Había restos de barricadas hechas con sacos y vehículos volcados, restos negruzcos de incendios que ardieron descontroladamente en el pasado y cuerpos caídos por todas partes. Las ventanas de los edificios eran testimonio de viejos horrores: marcos de ventanas destrozados con cortinas que colgaban hacia fuera y tremolaban perezosamente bajo la brisa, y otras con restos de sangre reseca en sus cristales estriados. Y naturalmente había zombis, más muertos vivientes de los que había visto jamás juntos en todo el Rincón de la Victoria.

    Aranda detuvo un momento el fueraborda y permaneció impasible durante unos minutos. Había esperado algo diferente. Había confiado que el centro de Málaga pudiera ser una "zona fuerte" donde los supervivientes hubieran controlado la locura de la infección zombi. ¿Qué les pasó? ¿Qué pasó con la policía, los agentes de seguridad, el ejército, la legión española?, ¿todos los hombres y mujeres fuertes que vivían en Málaga?; ¿sucumbieron todos? ¿Cómo, por qué? ¿Tan difícil era resistir?, ¡él lo había logrado!

    Se sentía triste y enfadado al mismo tiempo. El ruido del agua golpeando rítmicamente el casco de la barca le trajo recuerdos de tiempos mejores, cuando todo era normal. Ojalá hubiera prestado más atención a la vida cuando ésta le rodeaba, se decía mientras los lamentos guturales de los espectros se mezclaban con el arrullo del mar, lejanos pero omnipresentes.

    Sacudió la cabeza como para desprenderse de aquellos pensamientos tristes e improductivos. Tenía que pensar qué hacer a continuación. Málaga era una ciudad grande, seguramente habría muchos supervivientes como él, gente que resistía en sus hogares, o quizá en un centro cívico, en una comisaría o un centro comercial. Obviamente, desembarcar en el puerto era imposible, así que decidió continuar un poco más hacia el oeste, hasta que encontrase una zona menos inhóspita. Más animado con la situación, se dispuso a arrancar el fueraborda. Tuk.

    Algo había chocado contra el casco, apenas un golpe seco en la proa. Se giró y se asomó por la borda. Era una especie de alga de color gris oscuro con vetas blancas, bastante desagradable a la vista, y flotaba a medias al lado de la barca. Durante el trayecto había encontrado un único remo sujeto con bandas de goma, así que lo sacó para alejar esa cosa antes de que se enredara con la hélice.

    Hundió el remo en el agua y trató de empujar aquello lejos de la barca, pero para su sorpresa, se encontró con algo duro justo debajo del alga. La resistencia de aquel objeto le repugnó, así que empujó con fuerza.

    Entonces el alga se giró hacia un lado. Debajo había algo de un color blanco casi larval. Siguió girando... y aparecieron unos ojos hundidos de un tono vidrioso casi apagado. No eran algas, era pelo. Era un ahogado, un cadáver.

    Aranda contuvo un grito, más de repugnancia que de sorpresa o miedo. Los peces habían estado picoteando aquella cara monstruosamente hinchada, y los labios habían desaparecido. Los dientes inmaculados sobresalían como cinceles de hierro.

    El ahogado reaccionó de forma instantánea ante el estímulo visual que tenía delante. Una mano blanda y macilenta afloró en la superficie y sujetó el remo. Aranda lo soltó instintivamente, asqueado, y corrió hacia el fueraborda. Cuando estaba accionando el encendido, se fijó en la superficie del mar: había numerosos bultos, cuerpos flotando a duras penas, la mayoría boca abajo, y aun había otros cuerpos difusos a medio sumergir, dejándose llevar por la marea.

    Aranda encendió el motor y se alejó, dejando al ahogado sujeto con fuerza al remo. Mientras salía de la bolsa de cadáveres a la deriva, se preguntó cuántas de esas cosas permanecerían dormidas, sumergidas en el fondo del mar con los pulmones llenos de agua salada, incapaces de morir, mecidos suavemente por las mareas. ¿Y qué ocurriría con los peces que mordieron al cadáver?, ¿serían infectados? ¿Qué efecto tendría eso sobre la salubridad de los océanos a largo plazo? ¿Sería todavía posible comer productos del mar?

    No mucho más tarde, ensimismado todavía en ese hilo de pensamiento, Aranda pasaba por delante del paseo marítimo Antonio Machado, que nacía del puerto de Málaga y se extendía hacia el oeste. Aquella parte de la ciudad, al menos la zona costera, era relativamente nueva, y debido a la crisis inmobiliaria que había afectado a todo el país, la mayoría de los pisos estaban todavía vacíos. Este hecho se notaba en las calles, donde el número de caminantes era irrisorio.

    Detuvo el motor y tomó de nuevo los prismáticos. La carretera estaba también impracticable, y uno de los edificios había ardido por completo hasta los cimientos, pero por lo que pudo ver no se detectaban más anomalías.

    Maniobrando con el fueraborda, se dirigió hacia la orilla, lentamente. Allí se las ingenió para empujar la barca todo lo que pudo hasta envararla en la arena, junto a un montón de piedras blancas que conformaban un diminuto espigón. Aunque sospechaba que al motor no le quedaba ya mucha gasolina, sabía que ésa era su vía de escape en caso de problemas. Luego se agazapó junto al espigón para no ser visto, y desde allí echó un vistazo a lo que le esperaba.

    Se trataba de una zona diáfana, con zonas verdes y palmeras jóvenes que aún no habían alcanzado toda su altura. Además del habitual batiburrillo de vehículos siniestrados, había gran cantidad de camiones volcados en la carretera. Todos los escaparates de los locales comerciales de las plantas bajas habían sido destrozados y violentados, y el género, bien fueran muebles, cajas de todos los tamaños y formas, e incluso aparatos de televisión, estaban dispersos por la acera. Por todas partes había cadáveres cuya piel se había puesto negra por acción del sol.

    Avanzó lentamente, sin perder de vista a los zombis que vagaban por la zona. Si podía llegar al menos a uno de los restaurantes, quizá podría encontrar aún algo de comer, aunque sólo fueran cereales o latas de conservas.

    No le fue mal en su avance a través de la carretera y los jardines agostados por el sol y la falta de agua. Discurría entre los vehículos, agazapado, siempre vigilante. Llegó al fin al pie de los edificios y se fijó en la marquesina de uno de los locales, un restaurante de la cadena VIP. La puerta de entrada era de doble hoja, y estaba cerrada y bloqueada con un pesado contenedor de basura de los metálicos.

    Aranda miró alrededor. Le parecía que los espectros, aunque aún distantes, se estaban acercando. No quería tentar a la suerte, tenía que desaparecer de su vista antes de que identificaran que iba a adentrarse en el local, o encontraría un buen comité de fiestas al salir de nuevo. Intentó calcular el peso del contenedor sacudiéndolo brevemente: era indeciblemente pesado. Miró al interior, y le sorprendió descubrir que había pesados cascotes y ladrillos de todos los tamaños.

    Con muchísimo esfuerzo, consiguió empujar el contenedor a un lado, lo suficiente como para abrir una de las hojas. Al hacerlo, un hedor indescriptible le golpeó las fosas nasales con la contundencia de un mazazo. Se echó para atrás unos pasos, sacudiendo la cabeza e intentando contener las arcadas. Para cuando pudo volver a mirar a la oscuridad del interior del local, ya era demasiado tarde: una miríada de ojos enrojecidos le miraban, envueltos en la casi total oscuridad del local, como intentando comprender. Eran espectros. El contenedor no impedía el acceso; les impedía a ellos salir.

    Aranda retrocedió aun más. "Dios mío, son tantos...", pensó, saltando de una mirada a otra. "Son tantos, coño, son tantos...".

    Justo cuando pensaba en echar a correr para perderse de vista antes de que lo reconociesen como una presa, la horda se despertó. Fue como si alguien hubiese bajado una palanca: se lanzaron todos hacia delante, sus ojos sin pupila clavados en él. Emergiendo de las tinieblas del fondo comenzaban a despuntar más cabezas, sus brazos levantados con dedos anhelantes de carne tibia.

    Aranda quiso moverse, salir de allí, pero se sorprendió a sí mismo dando pasos dubitativos en una y otra dirección. "Así es como te cogen, así es como acabas convertido en uno de ellos", dijo una voz dentro de su cabeza. A uno de los espectros le falló una pierna y cayó al suelo con un ruido blando; entonces, el efecto hipnótico en el que parecía haber caído se rompió de una forma tan manifiesta que casi pudo oír el clic. Echó a correr, cuando ellos estaban ya a apenas tres metros.

    Deslizándose de nuevo por el tétrico tobogán del pánico, Aranda batió sus piernas tan rápido como pudo. Miraba alrededor, intentando encontrar un objetivo, un lugar donde esconderse. Sabía que no podía correr a ese ritmo más que unos pocos minutos, y sabía perfectamente que los caminantes no se cansaban. Nunca. Nadie como ellos sabía forzar el caparazón humano hasta límites que nadie había llegado a imaginar siquiera.

    Dobló la esquina del edificio y casi cae en brazos de un espectro cuyo costado aparecía completamente sesgado. Las costillas emergían como los restos de un primigenio dinosaurio en un mar negruzco, y el brazo era apenas un hueso retorcido en el hombro, como un siniestro tótem esculpido por un demente. El espectro dejó escapar un gruñido ronco al encontrarse a Aranda prácticamente en sus brazos, pero fue demasiado lento; el joven hizo una finta y se zafó, alejándose de él con toda la rapidez que le fue posible. Sólo unos segundos después, la horda de zombis en persecución arrolló al espectro con la fuerza de una vaquilla. Éste fue arrojado contra el suelo y desapareció bajo los pies del grupo.

    Mientras corría, Aranda iba pasando portales y locales abiertos. Eran una trampa, eso lo sabía demasiado bien, un laberinto de puertas cerradas y corredores que no llevaban a ninguna parte, pero sentía en el costado y el pecho que, de seguir corriendo a esa intensidad, no iba a aguantar mucho más, y la entrada a los edificios se le antojaba tentadora.

    Por fin, a apenas cincuenta metros en línea recta vio unas vallas de hierro que, formando un cuadrado, cortaban el paso a una tienda de lona de los servicios de mantenimiento. A escasos centímetros se abría en el suelo la entrada de una alcantarilla cuya tapa yacía a un lado.

    ¡Las alcantarillas! No sabía cuánto podría avanzar bajo las calles, o si la altura de los túneles le permitiría circular en absoluto, pero no creía que los zombis fueran capaces de seguirle por el agujero, y mucho menos por unas escaleras de mano. Corrió hacia allí, sintiendo que la distancia que le separaba de sus perseguidores se acortaba cada vez más. Se obligó a un esfuerzo final y redobló la velocidad cuando se encontraba prácticamente envuelto ya en los gruñidos animales de los espectros. Por fin, apartó una de las vallas con la cadera y se lanzó por el hueco levantando los brazos y con los pies por delante.

    Una explosión de dolor le cegó momentáneamente cuando cayó sobre el suelo. La sensación visual fue blanca, pese a la oscuridad reinante en aquella cloaca. Se sorprendió al encontrarse a cuatro patas, con las manos hundidas en una inmundicia oscura de tacto barroso. Miró hacia arriba y vio manos y brazos asomando por el agujero de la alcantarilla, agitándose con nerviosos movimientos, intentando apresarle. Esa visión, no obstante, le reconfortó; tal y como había pensado, los muertos vivientes carecían de la psicomotricidad suficiente para sincronizarse.

    Aranda anduvo por los túneles, contento de alejarse lo más posible de aquella abertura ominosa. Había suficientes rejillas y agujeros en las salidas de la alcantarilla como para dispersar la oscuridad lo suficiente para poder ver por dónde andaba. Le preocupaba, naturalmente, encontrarse con algún muerto viviente en las tinieblas de aquellos túneles, pero se esforzó por no pensar en eso; después de todo sólo podía continuar.

    Caminó durante lo que le pareció una eternidad. De tanto en cuando, se subía a alguna tubería cenicienta para asomarse por alguna rejilla y mirar el exterior. Las veces en las que podía ver lo suficiente, siempre era el mismo espectáculo: zombis vagando erráticamente por las calles sucias, cadáveres hinchados pudriéndose al sol, y escenas de coches abandonados en confusas aglomeraciones. Por lo menos sabía que avanzaba hacia el norte, adentrándose cada vez más en la parte oeste de la ciudad.

    En un momento dado, se sentó en unos escalones de cemento y se sintió abrumado por una honda sensación de tristeza y desesperación. Parecía que Málaga entera había sucumbido ante el horror desbordante de la infección zombi. Era como si no quedase nadie en absoluto. El viejo sueño de encontrar un reducto controlado por supervivientes se le antojaba ahora algo lejano y poco coherente. ¿Cómo había podido dejarse llevar por una idea tan infantil y con tan poco sentido?

    Permaneció sentado unos minutos, intentando decidir si volver a por su barca podía ser la mejor solución. Quizá si navegase un poco más hacia el oeste las cosas se presentasen de otro modo. Pero entonces un aullido lejano le sobresaltó: venía de los túneles que había estado siguiendo. El aullido reverberó, horrible, trayendo ecos siniestros hasta donde él estaba, y se obligó a incorporarse y continuar avanzando.

    Sumido en tristes pensamientos, Aranda avanzó durante mucho más tiempo del que habría podido decir. Encontró un túnel ancho con calzadas a ambos lados de las aguas ponzoñosas y caminó por ellas a buen ritmo, utilizando las manos para no perder la referencia de la pared del túnel.

    Mucho tiempo después, se encontró en lo que parecía una sala diáfana. Las paredes se perdían en todas direcciones, sumidas en tinieblas. Un único rayo de luz entraba verticalmente por un pequeño agujero de una de las tapas del techo.

    Se atrevió a subir la maltrecha escalera de mano y levantar la tapa, apenas unos centímetros, lo necesario para echar un vistazo. Se encontró con una planicie completamente vacía: no había ni rastro de muertos vivientes, ni ninguna de las otras cosas que se habían repetido cada vez que había querido ver el exterior. A lo lejos pudo ver una alambrada alta, de rejilla metálica. Miró hacia otro lado y vio unas gradas de cemento de color blanco, y reconoció el sitio al instante: era la ciudad deportiva de Carranque, una extensión de varios kilómetros con dos campos de fútbol, una pista de atletismo, jardines y varios edificios con piscinas cubiertas y salas de usos múltiples.

    Juan experimentó una inesperada sensación de euforia y se animó a deslizar la tapa hacia un lado y asomar la cabeza un poco más para tener una visión completa de la zona. En ese preciso instante, un objeto pequeño se le apoyó en la nuca, y una voz grave que venía desde su espalda exclamó:

    —Será mejor que digas algo, cualquier cosa, o te vuelo la tapa de los sesos en este mismo instante.


    XII


    —Me llamo Juan Aranda y estoy vivo —dijo Juan con voz tranquila.

    —Eso parece, pero quédate tranquilo y no te muevas —dijo la voz—. No puedes verme pero te estoy apuntando con un Heckler & Koch G36. ¿Sabes lo que es un Heckler & Koch, hijo?
    —No.
    —Es un rifle de puta madre, eso es lo que es. Podría llegar a los ochocientos metros con esta belleza. Los proyectiles salen de esta preciosidad a 920 metros por segundo. Quizá te interesen estas cosas, o quizá no, pero me gustaría que tuvieses bien claro que si te atreves tan sólo a girarte, esparciré todos tus sesos a tres metros de distancia antes de que puedas pestañear. ¿Te ha quedado eso bastante claro?
    —Clarísimo —dijo Aranda despacio, pronunciando muy bien cada golpe de voz.
    —Bien. Veo que estás tranquilo, eso me gusta, porque así yo también estaré tranquilo. Todos tranquilos. Ahora dime, ¿hay alguien más contigo ahí abajo? Piénsalo bien antes de contestar, porque si escucho aunque sea un pedo viniendo de esa mierda de cloaca de la que sales, dispararé.
    —No, estoy solo —dijo Juan—. Aunque es posible que haya algunos zombis en los túneles.

    Hubo un pequeño silencio antes de que la voz volviera a hablar.

    —Bien. Eso podemos solucionarlo. Nunca he visto una de esas cosas subir por una escalera de mano. Ahora dime, ¿tienes algún arma?, ¿algún cuchillo?
    —En mi mochila tengo algunas herramientas, pero la tengo a mi espalda, ¿ves las cintas? No podría coger nada desde aquí.
    —Y así quiero que sea —soltó la voz—. ¿Estás herido?, ¿tienes alguna herida? No me importa si te han arrancado una pierna entera o apenas es una mierda de costra de maricón en un codo, si tienes alguna herida quiero saberlo y será mejor que no mientas.
    —No, no estoy herido —contestó Juan, suspirando.
    —Eso está muy bien —dijo la voz—, pero tengo aún otra pregunta. ¿De dónde coño vienes, y a dónde coño ibas?

    Juan suspiró.

    —¿Crees que podría al menos subir? No quiero que uno de esos muertos me coja por las piernas. Me tenderé en el suelo, si quieres, y responderé a tus preguntas. No soy peligroso, sólo tengo veinticinco años y ni siquiera peso mucho.

    De nuevo una pequeña pausa.

    —Está bien, hagamos eso. Pero si intentas algo...
    —Dispararás, ya lo sé —le interrumpió Juan.

    Muy despacio, Juan se ayudó de los brazos para abandonar la alcantarilla, y sin mirar alrededor, se tendió obediente en el suelo con las manos detrás de la nuca. El suelo estaba caliente y seco, y después de las horas que había pasado recorriendo los túneles húmedos y fríos, esa sensación le reconfortó.

    Escuchó cómo la tapa de la alcantarilla se cerraba detrás suya.

    —Lo has hecho muy bien, Juan Aranda —dijo la voz de nuevo—. Creo que existe una posibilidad de ser amigos, después de todo. Ahora cuéntame tu historia y ya veremos qué pasa después.

    Tomando aire, Juan le contó su historia a grandes rasgos, sin entrar demasiado en detalles. Algunos retazos de sus aventuras de supervivencia en el Rincón; la muerte de sus familiares, cómo había conseguido ocultarse del pillaje y la violencia en las últimas etapas de la infección, y también cómo había decidido ir hacia Málaga, y todo su periplo hasta llegar allí.

    —Así que, en realidad, no iba a ninguna parte. Miraba por las rejillas y las tapas de alcantarilla de vez en cuando para ver si encontraba seres humanos vivos, pero hasta este momento no he tenido suerte. Y aun eso parece que está por ver —dijo al fin, atreviéndose a manifestar que empezaba a cansarse de esa actitud.

    Entonces un par de botas negras se pararon delante de su cara.

    —Vamos, dame la mano y levántate.

    Juan miró hacia arriba. Se trataba de un hombre grande, de fascinante envergadura, dos metros quince de altura y unas anchas espaldas esculpidas en músculos como el resto de su cuerpo. Su corte de pelo estilo cepillo le confería un aire de marine estadounidense.

    Juan se incorporó y todavía se sintió más pequeño estando de pie junto a él.

    —Aquí todos me llaman Dozer, Juan Aranda —dijo, ofreciéndole una mano.
    —Ya puedo ver por qué —dijo Juan, mirando hacia arriba para encontrarle los ojos. Le devolvió el saludo estrechando su mano mientras experimentaba una sensación de alivio al ver su sonrisa. Parecía sincera.
    —Perdona todo ese rollo de Quentin Tarantino... hoy no te puedes fiar de nadie. De hecho hemos tenido algunos problemas en el pasado, ¿sabes? ¡Además me has dado un susto de cojones! —dijo riendo—. Estaba ahí sentado, limpiando el rifle, cuando la tapa de la alcantarilla se ha abierto de repente. Joder... pensaba que estábamos perdidos.
    —Ah, disculpa... no sabía que...
    —Ya, ya, claro —le cortó Dozer—. No pasa nada. Oye, ven... es mediodía. Los demás están comiendo; te presentaré.
    —¿Hay más? —preguntó Juan, ilusionado.
    —Sí, coño... somos cerca de una treintena, y aún siguen llegando algunos, como tú.

    Juan le miró fascinado. Su blanca sonrisa le pareció hermosa, porque era una sonrisa sana; llevaba demasiado tiempo viendo gente muerta en diferentes estados de descomposición, demasiadas bocas con dientes negros, infectos de coágulos resecos de heridas que habían dejado de sangrar.

    Cuando llegaron al comedor, Aranda sintió flaqueza en sus delgadas piernas. Ver a toda aquella gente sonriéndole y ofreciéndole un bocado era mucho más de lo que se había atrevido a soñar; aunque había imaginado algún tipo de campamento donde sobrevivían seres humanos, nunca había llegado a materializar ninguna visión concreta al respecto, y allí había rostros, palabras amables, palmadas en el hombro, e incluso felicitaciones por haberlo logrado, por resistir, por estar vivo. Le dejaron lavarse y le dieron ropas nuevas, ya que las suyas presentaban un aspecto más que lamentable después de su paseo por las cloacas, y por fin se sentó a la mesa con un grupo de gente.

    —Espero que te guste la pasta —dijo una mujer joven vestida con un mono azul poniéndole un plato delante—. Es lo que más tenemos por aquí.
    —Ya lo creo... la pasta es estupenda —dijo Aranda.
    —Dozer nos ha dicho que vienes del Rincón, que llegaste hasta aquí en una barca —dijo otro hombre.
    —Sí. Una pequeña barca que encontré en El Palo. Casi no lo consigo. Pero conseguí hacerme con un pequeño motor fueraborda.
    —Tuviste mucha suerte, y muchos cojones también —dijo Dozer—. La mayoría de la gente que tenía barcas se largaron en ellas hace tiempo. No sé si consiguieron llegar a alguna parte, o si el mar se los tragó, pero no queda ningún barco en ninguna parte.
    —Esto te va a gustar —dijo la mujer—. Estamos muy organizados, y el tipo de vida que llevamos aquí te pone las pilas.
    —Eso es cierto. Deberías haber visto cómo era Susana al principio —dijo el hombre, señalando a la mujer que le había puesto el plato de pasta—. Vaya si se puso las pilas... deberías ver cómo usa esos rifles, y apuesto que cada uno pesa al menos ocho kilos.
    —Cuatro kilos —dijo Susana, sin desviar la mirada de Juan.
    —Lo que sea, sigue siendo mucho para ir corriendo y apuntando con ellos. En fin, es esta situación. Cambia a las personas, para bien o para mal.
    —Como la guerra —dijo Aranda, pensativo.
    —Como la puta guerra, tú lo has dicho —dijo Dozer, apurando una lata de Aquarius de limón.
    —Por cierto, no me he presentado —dijo el hombre levantando ambas manos, como si de pronto hubiera recordado que había olvidado la llave del gas abierta—. Me llamo Antonio Rodríguez, y soy médico, algo que por aquí escasea. Así que si te encuentras mal o necesitas consultar algo, puedes acudir a mí.
    —¡Eso es genial! —dijo Juan—. Un médico...
    —Y que lo digas —dijo Dozer—. Dale las gracias a Susana, ella lo sacó del hospital Carlos Haya cuando estaba todo lleno de zombis.
    —Otra vez lo mismo... —dijo Susana, resoplando—. Eso no fue así. Él salió por su propio pie y nos encontramos. Fue pura suerte que ambos lo consiguiéramos... en un momento dado, la zona se quedó vacía de zombis.
    —¿Vacía?
    —Sí. Se fueron a alguna otra parte, pero aún no sabemos por qué y sospecho que nunca lo sabremos. Aunque personalmente tengo una teoría y creo que fueron desplazados hacia las salidas: la autovía, el puerto... allí era donde se reunía la gente, los que intentaban escapar. Cuando empezaron a volver, lo hicieron como una marea. Venían del centro, en un número tan grande que por un momento creí que no lo conseguiríamos.
    —Por entonces ya éramos unos cuantos —dijo el doctor Rodríguez.
    —Exacto. Así que tuvimos la idea de meternos aquí dentro.
    —Fue una idea cojonuda —brindó Dozer con su lata vacía.
    —De hecho, sí. Estaba todo cerrado, así que no tuvimos que limpiar esto de cadáveres. Y las neveras de las cocinas estaban a reventar de víveres, sobre todo conservas, pero también carne. Creo que se preparaban para algún evento. Hay más carne congelada de la que podremos consumir en varios meses.
    —Guau... —exclamó Aranda—. ¿Y el agua? ¿Y la electricidad? ¿Cómo resolvisteis...?
    —Termínate la pasta —le interrumpió Susana—. Te enseñaremos esto y veremos en qué quieres ocuparte.

    Aranda asintió, todavía sonriendo, y se metió en la boca una cucharada de macarrones que le supieron a gloria bendita.

    El campamento se encontraba en el polideportivo de Carranque, en el extremo oeste de la ciudad. Era grande, espacioso, completamente vallado y situado cerca de la autovía y de instalaciones como supermercados, farmacias, ferreterías, grandes superficies, varios centros de salud y un hospital, el Carlos Haya. Contaba con grandes torres de iluminación —que habían girado para que iluminase el exterior y no sólo las pistas deportivas—, dos pabellones cubiertos, un graderío lateral, una piscina cubierta y otra piscina olímpica descubierta; una pista de atletismo, un campo de hockey de césped artificial, cuatro pistas de paddle, un frontón, dos vestuarios con ducha, grandes salones, una cafetería y numerosos almacenes. Los diferentes cubículos de oficinas habían sido reacondicionados para acomodar dormitorios. La piscina, sobre todo, había resultado ser un valioso bien, sobre todo desde que la falta de electricidad había terminado por provocar también la escasez de agua. Ningún grifo hacía manar ya el esencial elemento. Por lo tanto, la piscina se utilizaba como baño comunitario, y se mantenía higiénica gracias al cloro y a los polvos germicidas que sí abundaban.

    En el campamento, que algunos llamaban Macondo en honor al libro de García Márquez, habitaban unas treinta personas, como había dicho Dozer, todas ellas supervivientes de la pandemia que había asolado el mundo meses antes. La mayoría tenía experiencia lidiando con los caminantes; habían sobrevivido a más de un enfrentamiento directo antes de llegar. Otros, como Susana, habían aprendido sobre la marcha. Tenían también muchos generadores de electricidad: una batería completa de Berlans 3000 que habían traído del cercano Carrefour, y dos grandes Caterpillar 1250 sacados de una obra en las calles de atrás. También encontraron varios Wilson Perkins trifásicos en las instalaciones que habían acoplado a la red.

    Se esforzaban mucho por ahorrar electricidad, porque la electricidad significaba gasóleo, y conseguirlo representaba cada vez más riesgo. Así que el campamento entero se iba a la cama temprano, y no contaban con televisores y otras frivolidades que enchufar a la red. Sí que mantenían, casi siempre, una o más radios encendidas. Las únicas emisoras que captaban eran en inglés, aunque entrecortadas y envueltas en estática; y aunque algunos podían leer el idioma con cierta soltura, ninguno de ellos comprendía gran cosa. Sin embargo, les gustaba sentir que no eran los últimos supervivientes en un mundo lleno de cadáveres resucitados.

    En las semanas que siguieron, Aranda llegó a ser muy popular en el campamento. Tenía un carisma especial, y caía bien a todo el mundo casi instantáneamente. Era tranquilo, sabía escuchar, y siempre tenía soluciones a los problemas que se iban presentando, no importaba de qué clase fueran: un problema inesperado con una tubería, mejoras en la administración y gestión de los alimentos, o un sistema de turnos optimizado. En poco tiempo, la frase "veamos qué dice Aranda de eso" estaba en boca de todos.

    De las treinta personas que vivían en la Ciudad Deportiva, un reducido grupo se había especializado en el uso de las armas. Dozer y otros dos habían sido grandes aficionados a la caza y además eran buenos deportistas, así que ellos eran los que hacían las salidas a por suministros, cuando había que hacerlas. Eran extraordinariamente buenos. También se ocupaban de los indeseables que, con cierta periodicidad, pasaban junto al refugio, cuando el campamento aún era joven y no había tantos zombis. Un grupo de ellos, conduciendo motos de gran cilindrada, se plantaron cerca de la puerta principal haciendo girar las motos en círculos. Llevaban armas, y entre disparos al aire sugirieron a gritos que era mejor que algunas de las mujeres se fueran con ellos, para perpetuar la especie. Dozer y los otros hicieron varios disparos en rápida sucesión y absolutamente todas las armas cayeron al suelo, las manos que las sujetaban reducidas a muñones sanguinolentos. Se marcharon haciendo rugir sus motos, zigzagueando entre los muertos vivientes. Pero aquello fue cuando todavía se veían indeseables por las calles. Ya no había ninguno.

    Susana formaba parte de ese grupo. Demostró tener un talento natural con el uso de las armas y una puntería fuera de lo común. Se entrenaba duro todos los días para mejorar su forma física, y había descubierto que hacerlo le fortalecía no sólo el cuerpo, sino que también reforzaba su entereza mental. Había cambiado sobremanera desde que abandonó su apartamento, hacía ya algunos meses, y se sentía orgullosa de ese cambio, de haber dejado atrás a una Susana temerosa e indecisa con la que ya no se identificaba.

    Una mañana, Juan se encontraba en la pista de atletismo, sentado en una vieja silla de plástico a la que las inclemencias del tiempo habían ennegrecido. Estudiaba los movimientos de los espectros, agarrados con sus dedos huesudos a la verja metálica. Cuando se ponía a la vista, todas las miradas se concentraban en él. Si se acercaba lo suficiente, causaba un buen revuelo entre sus filas: sus ceños se fruncían, los dientes aparecían, y sus ojos blancuzcos parecían capaces de taladrarle. Pero si comenzaba a alejarse de nuevo hasta ponerse fuera de su campo de visión, perdían el interés en él y comenzaban a vagar. Era como si los zombis funcionasen con un programa muy básico, manejando solamente unas pocas variables. Algo podía estar ahí o no, pero no parecía que entraran en la consideración de "estar ahí pero escondido", por ejemplo.

    Una inesperada voz a su derecha hizo que rompiera el hilo de sus pensamientos y diera un respingo.

    —¿Qué tal, joven? —preguntó Dozer.
    —Coño... no te oí llegar —dijo Aranda, disculpándose.
    —Ya lo veo —contestó, medio divertido. Aunque hacía frío, iba vestido con pantalones cortos y una camiseta sin mangas, un par de tallas por debajo de la que hubiera necesitado.

    Dozer siguió la mirada de Aranda.

    —Casi me he acostumbrado a ellos —dijo.
    —¿En serio? —preguntó Aranda—. A mí aún me dan escalofríos. Hace un rato vi uno vestido con el uniforme del SAMUR. Llevaba un estetoscopio al cuello y un agujero del tamaño de una pelota de golf en la zona de la clavícula. Bueno, me pregunté cuál había sido su historia, cómo había acabado así. Quizá fue infectado por la misma persona a la que trató de ayudar. Quizá nunca tuvo una oportunidad.
    —Sé lo que quieres decir. A veces olvidamos que alguna vez fueron personas, como tú o como yo.
    —En fin —dijo, moviendo la mano en el aire—. Eso fue hace ya mucho tiempo.

    Dozer lo observó, taciturno, con los ojos entrecerrados.

    —Ése es el pensamiento correcto, ¿sabes?
    —¿Qué quieres decir?
    —Quiero decir... que si vas metiendo esas ideas en la cabeza de los demás, especialmente en los de mi grupo, bueno... son ellos o nosotros, Aranda. Si tienes un podrido delante y dudas, aunque sea por un segundo, acabarás al otro lado de la verja con los ojos en blanco y el culo lleno de gusanos. No podemos andarnos con remilgos.
    —No quería...
    —Lo sé, créeme, lo sé —interrumpió Dozer—. Pero superar aquello fue una parte esencial del adiestramiento. Nos costó bastante andar y correr entre ellos disparándoles como si fuesen latas de Pepsi en una valla. —Bajó la cabeza, buscándose las manos—. A veces te encuentras con cosas que son difíciles de olvidar cuando vuelves a casa y te tumbas en la cama. Sencillamente no se van, no puedes dormir y olvidarlas, y no desaparecen cuando lavas tu cuerpo para quitarte toda la sangre después de una trifulca con esos zombis. No todas esas cosas parecen monstruos. A veces te encuentras un rostro, mirándote directamente a la cara, y por un segundo vislumbras la humanidad que perdieron. Casi dan pena. Y titubeas, ya lo creo que titubeas. Pero ésas son sus armas. Ésas son sus jodidas armas. Por eso acabaron con todo. Sencillamente... no podemos permitirnos recordar siquiera que todos esos cuerpos muertos fueron hombres y mujeres, amigos, esposos, gente corriente con hipotecas y planes para el verano.

    Aranda se había vuelto para mirarle. Parecía abatido y más pequeño de lo habitual. Sus ojos encerraban un deje de tristeza y, por un instante, Aranda atisbó unos horizontes desconocidos en la personalidad de aquel hombretón, pozos de oscuridad que encerraba dentro de sí, que no compartía con nadie más. Pero en su cabeza se dibujó una imagen tan vivida que parecía refulgir en su rica variedad de tonos cromáticos. En ella aparecía Dozer, después de una de sus misiones en el exterior, sentado en una esquina de su habitación; los ojos ausentes clavados en sus botas manchadas de sangre, y derramando lágrimas por todos aquellos espectros.

    —¿Lo entiendes? —dijo de repente Dozer, con el semblante serio.
    —Sí que lo entiendo, Dozer. Lo siento.
    —Oh, vamos, no es culpa tuya. —Volvió la cabeza hacia las hileras de espectros que rodeaban la Ciudad Deportiva—. Pero mientras sigamos poniéndoles motes, como podridos, zombis, mordedores o caminantes, más tardaremos en llamarles por su verdadero nombre. Son víctimas, Aranda. Gente muerta. Eso es lo que son. Aranda asintió, pensativo.

    Una inesperada y fría ráfaga de viento sacó unas hojas secas de debajo de la vieja silla y las arrastró varios metros más allá. Detrás de la verja, como respondiendo al cambio de temperatura, uno de los muertos levantó la cabeza y pareció otear el cielo.

    Aranda lo miró, y el espectro le devolvió la mirada. Fascinado por aquella actitud, permaneció unos instantes mirándole directamente a sus ojos acuosos y blancuzcos. Sintió un escalofrío. Algo en sus ojos parecía anunciar que ese viento era un viento de cambio.


    XIII


    El atardecer de la tercera semana del mes de febrero fue de un color rojo intenso. Casi parecía que el cielo se había incendiado por el oeste a medida que el sol desaparecía detrás de los edificios en la Plaza de la Merced. Desde su ventana, la chica observaba a los caminantes como tantos otros días. Uno de ellos, impecablemente enchaquetado, llevaba en la mano un maletín negro de ejecutivo. Estaba abierto y la tapa arrastraba por el suelo. Dentro aún se podían ver algunos documentos, sujetos por una cinta de seguridad. La chica se preguntó por qué, en el nombre del Cielo, aquella cosa se aferraba con tanto ahínco a algo tan inútil. Era como si una parte aún se obcecara por sujetarse a una vida que fue, pero que se perdió un aciago día. Se quedó mirando su corbata azul y la blanca camisa, y sintió pena por el pobre desdichado.

    —Se ha acabado la última botella. La última botella... —dijo alguien entrando en la habitación.
    —Pues tendremos que vivir de los zumos y los refrescos.
    —También se han acabado los zumos. Sólo queda esa mierda de bebidas isotónicas.
    —Ya serán mejores que beber Coca-Cola... —teorizó la chica.
    —Pues no sabría decirte —dijo el joven, ajustando sus gafas sobre la nariz—. La Coca-Cola tiene varios ácidos que tienen un efecto descalcificante en los huesos, pero la bebida isotónica aun puede ser peor... Tiene vitaminas, pero están mezcladas con un agente químico muy peligroso. Lo desarrolló el Departamento de Defensa de los Estados Unidos durante los años 60 para estimular la moral de las tropas que luchaban en Vietnam. Actuaba como una droga alucinógena que calmaba el estrés de la guerra, ¿sabes?, pero sus efectos en el organismo fueron tan devastadores que fue retirado. —Hizo un gesto vago con la mano—. Alto índice de casos de migrañas, tumores cerebrales y problemas en el hígado en los soldados que la tomaron.

    La chica rió con ganas la verborrea de su amigo.

    —¿De dónde leches sacas todo eso?

    El joven pareció un poco ofendido, y cruzó los brazos varias veces como si estuviese incómodo.

    —Lo leí. Lo leí en un blog. Antes, cuando... cuando había Internet.
    —Eres increíble, Arturo —dijo con una sonrisa.

    Fue, en verdad, un momento extraño, de los que no abundaban desde hacía semanas. Resistían a la invasión de los muertos vivientes en uno de los emblemáticos edificios de la Plaza de la Merced. Eran seis, aunque John, un extranjero de cincuenta y dos años que había venido a Málaga a estudiar a Picasso, estaba realmente enfermo. Lo mordieron en la pierna y perdió mucha sangre. Desde entonces la infección se había ido extendiendo, y le provocaba sudores fríos, fuertes episodios de fiebre y periodos de coma.

    Pero John aguantaba, gracias a Dios. Los otros eran todos gente joven, y quitando algún momento de histeria, lo llevaban bastante bien. Salir a la calle era algo del todo irrealizable debido al número de cadáveres que vagabundeaba constantemente por la plaza, pero habían aguantado gracias a un boquete que practicaron en el suelo de uno de los pisos de la primera planta, que les condujo, como habían previsto, al pequeño supermercado de abajo. Había numerosos alimentos en lata, cereales con fechas de caducidad muy alejadas en el tiempo, garrafas de agua y muchos otros productos que podían almacenar sin que se comprometiese su salubridad: chocolates, frutos secos, barras energéticas y demás.

    —¿Cómo está John hoy? —preguntó la chica.
    —Sigue igual... Seguimos necesitando medicamentos. Antibióticos. Lo ideal sería que lo viera un médico... —Miró hacia abajo, experimentado una gran impotencia.
    —Quizá deberíamos hacer más de esas hojas...
    —Tiramos quinientas —dijo él, pronunciando mucho cada golpe de voz.

    Habían preparado quinientas cuartillas encabezadas con un visible titular: "ESTAMOS VIVOS", y habían escrito su localización exacta, cuántos eran, y sus problemas más graves: la necesidad de encontrar un médico para John y la de la falta de agua. Esperaban que las hojas se esparcieran por todas partes, y que, en algún momento, alguien encontrara alguna.

    —Prepararé más. Si mañana hace viento, las tiraré desde el tejado otra vez. Estoy convencida de que alguien... en alguna parte... dará con una de ellas.
    —Está todo muerto, Isa.
    —Si nosotros estamos aguantando, tiene que haber más. Arturo pensó unos instantes. No compartía su ilusión, pero concluyó que no le vendría mal estar ocupada.

    La clave de la convivencia, como tan bien había vaticinado Isabel, era mantenerse ocupados. Los tres pisos que usaban no eran demasiado grandes, pero suficientes como para que todos tuvieran su espacio. Intentaban mantenerlo todo limpio y ordenado, quizá en clara contraposición al hediondo caos que reinaba en la calle.

    —¿Algo nuevo? —preguntó Arturo, señalando hacia la ventana.
    —La verdad... no.

    Miraron ambos hacia el exterior. A Arturo no le gustaba nada hacerlo: era como mirar a un abismo negro de desesperanza, y como decía Nietzsche, si miras al abismo, el abismo devuelve siempre la mirada.

    —No sé qué esperaba... —continuó Isabel—. Quizá un grupo de gente subidos en un tanque, uno grande que pudiera abrirse camino, aplastar todas esas cosas y llegar hasta aquí... —Dejó escapar una tímida risa, consciente de que semejante cosa nunca ocurriría.
    —Un tanque... eso estaría bien —dijo Arturo, apartando por fin la mirada de la ventana—. A veces me pregunto qué les pasó a los militares... nunca vimos ninguno. ¿Tú viste alguno?
    —No... —contestó Isabel, dándose cuenta de que nunca había pensado en la cuestión.
    —Vi policías, guardia civiles... pero militares... ¿Teníamos acaso militares en Málaga? —preguntó despacio, un poco incómodo por confesar su ignorancia en el tema.
    —No lo sé.
    —Antes estaba el Campamento Benítez, pero se lo llevaron... ¿No era allí donde está ahora el centro comercial Plaza Mayor?
    —Más o menos, creo que sí.
    —Más nos hubiera valido tener militares.
    —¿Qué era lo más cercano entonces: la base de Rota, San Fernando, los legionarios...? ¿Dónde estaban, en Ceuta?
    —La verdad, no tengo ni idea. Supongo que ahora da igual.
    —¿Crees que será igual en otros países? A lo mejor en algunas partes han conseguido controlarlo...
    —Es posible. Quizá los ingleses; tienen un buen ejército profesional, muy disciplinado.
    —¿Y los americanos? Arturo rió.
    —¿No recuerdas lo de Nueva Orleans?, ¿la inundación aquella? Toda aquella gente estaba muriendo en sus casas, sin recibir ayuda. Tardaron tanto en reaccionar que el agua desbordada empezaba a constituir un grave peligro para la salud, por la infección y todo eso, ya sabes... agua, sol, cuerpos en descomposición. Una ecuación que no falla. ¿Y dónde estaba en aquel momento toda la grandilocuente parafernalia americana? —Rió de nuevo—. Ni idea, francamente. Increíble. Todos estos años hemos tenido a Hollywood vendiéndonos la idea de que ellos serían siempre los que salvarían el mundo en todos los casos de invasiones extraterrestres y demás, y cuando pasa algo en su propia casa, no funciona.
    —Es verdad... —dijo Isabel, reconsiderando la idea.
    —En definitiva, creo que debe estar todo igual. Acuérdate de la rapidez con la que se fue todo a pique.

    Isabel asintió, cabizbaja.

    Hubo unos instantes de silencio, que resultaron algo incómodos para ambos. No solían hablar de las malas noticias excepto cuando era absolutamente necesario, pues habían aprendido la importancia de mantener la moral alta. Sin embargo, el cauce de la conversación había conseguido bajarles los ánimos. Arturo sacudió la cabeza.

    —Escucha... estaré abajo, tengo cosas que hacer. Seguro que al final todo se arregla, ¿vale?

    Isabel le miró y forzó un intento de sonrisa, pero volvió a bajar la cabeza rápidamente, incapaz de sostenerla por mucho tiempo.

    Cuando Arturo se hubo marchado, volvió a echar un vistazo por el ventanal. Los muertos deambulaban, chocaban entre sí, cambiaban de rumbo sin razón aparente. En silencio, los odió a todos. Uno por uno.

    Al día siguiente tuvieron una pequeña reunión de urgencia, después del desayuno, para discutir el problema del agua. Sentían que su salud podría resentirse si bebían solamente bebidas carbonatadas.

    —En principio tenemos cinco palés de latas de Fanta de limón, dos de naranja y dos más de Coca-Cola —explicó Arturo—. Además he calculado unos mil litros de Coca-Cola normal en botellas de dos litros. Esto debería durarnos una buena temporada, pero existen unos problemas. Aparte del azúcar, está el problema de la cafeína: puede dar lugar a taquicardia, insomnio, dolor de cabeza, temblores y crisis de ansiedad. No necesitamos nada de eso, especialmente porque no contamos con ningún fármaco, ni siquiera una vulgar aspirina. Por si fuera poco, la combinación del ácido fosfórico con azúcar refinado y la fructosa que estas bebidas pueden tener, dificulta la absorción de hierro en el organismo, lo cual puede llevar a anemia. Otra cosa que no queremos aquí, por la cuenta que nos trae.
    —Vaya... —dijo David, un chico alto y enjuto.
    —Así que tenemos que pensar dónde conseguir agua. No a corto plazo, no inmediatamente, pero sí convendría ir estudiándolo.

    Un murmullo generalizado les puso a todos de acuerdo.

    —Eso no va a ser nada fácil —dijo Isabel.
    —Está la idea del tablón... —dijo David.

    Encontraron el tablón en la azotea, detrás del tendedero de la ropa, apoyado contra la pared. Era una tabla enorme, de al menos cuatro metros de largo, y reforzada con varas de hierro. Tenía restos de pintura por todas partes, así que pensaron que debía haberse usado como andamiaje en tareas de pintura. Si eso era cierto, seguramente contaba con la resistencia necesaria para soportar el peso de una persona.

    También estaba la ventana. El edificio de enfrente, por la parte de atrás, parecía completamente vacío; nunca vieron ni escucharon nada en su interior. Sin embargo, una de las ventanas estaba abierta de par en par. Alguien tuvo la idea de usar el tablón para cruzar hasta el otro edificio, dado que la distancia entre ambas fachadas no era mayor que la altura de la tabla. En la práctica, nadie había querido arriesgarse a salvar esa distancia cruzando por una tabla abandonada en una azotea: la intemperie la había vuelto gris y macilenta, y resultaba sencillo imaginarla crujiendo, partiéndose por la mitad y cayendo al vacío.

    —¡No sabemos qué ventajas nos va a traer cruzar enfrente! —exclamó Isabel. Siempre había sido una voz en contra de la idea de cruzar la calle por ese método.
    —Podría haber agua —dijo David.
    —¿Las cisternas? —preguntó alguien.
    —Se habrán evaporado en este tiempo. Además, no debe suponer una cantidad de agua muy grande —contestó Isabel.
    —No hay otra manera, Isabel.
    —Sometámoslo a votación. ¿A favor de cruzar con la tabla? —dijo Mary, una chica rubia de aspecto frágil, levantando la mano.

    Isabel miró alrededor y soltó un sonoro bufido. Ella era la única en contra.

    Por la tarde, después de una frugal comida a base de albóndigas enlatadas con tomate, pusieron en práctica la idea del tablón. El día era favorable: tranquilo y con total ausencia de viento.

    —Iré yo... —dijo David—. Soy el más delgado...

    Mary le miró con una creciente sensación de pánico; ella era tanto o más delgada que él, y todavía más pequeña. Pero David le dedicó una mirada tranquilizadora.

    —Iré yo... ¿vale?

    Ella le sonrió, visiblemente aliviada.

    Empujaron la tabla por la ventana, con mucho cuidado, y la apoyaron sobre el alféizar del edificio de enfrente. La probaron con las manos, haciendo presión.

    —Parece bastante fuerte —observó Arturo.
    —Ya veremos —comentó David, ayudándose de una silla para encaramarse a la ventana. Una vez arriba, se agarró de los marcos para hacer fuerza con el pie en varios puntos.
    —Por Dios, ten cuidado, Deivid —dijo Isabel. Siempre le llamaba David, pronunciado a la inglesa.

    Se agachó hasta ponerse a cuatro patas, y comenzó a avanzar despacio. La tabla no era muy ancha, apenas ochenta centímetros, lo que no ayudaba a imprimirle confianza. Intentaba no mirar abajo, donde los muertos arrastraban los pies en desmadejado tropel.

    Nadie decía nada. Arturo y otro chico se apresuraron a sujetar el tablón cuando David se hubo alejado un poco. Avanzaba unos centímetros cada vez, primero una rodilla, luego la otra. Notaba que, a medida que ganaba terreno, la tensión se iba apoderando de él. Se sentía la cara roja. No quería sudar, pero se conocía demasiado bien, y sabía que en poco tiempo sus manos iban a dejar húmedos rastros en la madera.

    —Vas bien... ya casi estás, tío... —le animaban desde atrás.

    Pero entonces, un poderoso sonido llenó el aire, ominoso, terrible. Les atenazó el corazón a todos. Isabel dejó escapar un pequeño grito. Era la tabla: amenazaba con un buen y sonoro crujido.

    —¡Retrocede! —le llamaban sus compañeros, fuera de sí—. ¡Se parte, David, se parte!

    David aguantaba la respiración. Tenía los brazos tensos como cables, y el estómago era un músculo prieto y dolorido. Muy despacio, volvió la cabeza hacia atrás, intentando no perder el equilibrio. Vio las caras de sus amigos: eran un mapa de las tierras yermas del terror.

    —Eh... no pasa nada... —dijo, intentando mostrar una buena sonrisa, pero no tuvo tiempo. La tabla volvió a crujir, un fuerte y definitivo crac, seguido de un sonido que parecía el de un revólver de gran calibre. La tabla de partió en dos, levantando una nube de polvo blanco. David se precipitó hacia el vacío, con las manos extendidas. Cayó un par de pisos más abajo, en mitad de la pequeña calle que separaba los edificios y se partió ambas piernas y los dos brazos. Su boca escupió un aparatoso chorro de sangre.

    Isabel chillaba. Arturo permanecía asomado con los brazos extendidos; no había sido lo bastante rápido como para cogerle por los pies. Miraba abajo, al fardo descoyuntado que era ahora su amigo. No acababa de asimilarlo... había sido tan rápido... Detrás suya le llegaba el sordo rumor de unos gritos, como amortiguados por una almohada. Alguien lloraba... ¿Mary, era Mary? A través de la piadosa neblina que cubría toda la escena, Arturo creyó comprender lo que veía abajo... se le habían echado encima, estaban encima del cuerpo de su amigo. Al principio uno, luego dos... tironeaban de las extremidades, clavaban sus bocas inmundas en todas las heridas. Arturo negaba con la cabeza, pero no podía apartar la vista de aquel dantesco espectáculo. Con creciente horror, empezó a ser consciente del sonido de una sirena que venía in crescendo de abajo, de la calle. Entonces lo entendió del todo... No era una sirena. Era David, aún estaba vivo, y gritaba, gritaba con tal intensidad que Arturo tuvo que cerrar los ojos, taparse los oídos y abrirse camino hacia el interior de la casa.

    Seis negritos. Uno fue devorado, y cinco quedaron.


    XIV


    Málaga se moría. Una arrastrada agonía recorría sus calles como un germen infeccioso, necrosando a sus habitantes. Los caminantes estaban ya por todas partes; se unían formando grupos, acechaban los portales y bloqueaban las carreteras. Había accidentes y coches volcados en todos los rincones. En la autopista, los conductores sufrían accidentes intentando esquivar los cuerpos macilentos y otros vehículos siniestrados, y sus ocupantes morían en la colisión. Los que sobrevivían no llegaban tampoco muy lejos: eran rápidamente alcanzados por los caminantes. De cualquiera de las dos formas, a las pocas horas, todos los fallecidos volvían a la vida con los ojos ausentes y una única motivación: dar caza a los vivos.

    Encerrado en la Iglesia de la Victoria, el Padre Isidro se postraba ante el altar, como cada día durante las últimas semanas. Allí rezaba a todas horas hasta caer desfallecido por la noche, pero incluso entonces, los ruidos nocturnos de una Málaga que agonizaba lo despertaban a menudo, y las noches eran una pesadilla mortecina que vivía en intervalos de vigilia. Ya no había luz eléctrica, pero aún contaba con un suministro prácticamente inagotable de velas e incensarios que había dispuesto por doquier. El aire era denso, embriagador, penetrante.

    El Padre Isidro era un hombre increíblemente delgado. Apenas se había alimentado durante las últimas semanas, desde que los muertos comenzaron a vagar por la faz de la Tierra, y había perdido peso con una rapidez fascinante. Arrodillado en aquel altar, sudaba abundantemente; su frente y todo su cuello estaban perlados por una miríada de gotitas de sudor. A veces rompía a llorar, con los ojos fuertemente apretados, mientras sus labios articulaban, en silencio, los miles de rezos y súplicas que elevaba hacia su Dios.

    —¡Señor! —explotaba de pronto, levantando la mirada hacia el altar y llamando con voz colérica—. ¡Estamos preparados, Señor, cae sobre nosotros y juzga a tu pueblo impío, Señor!

    Pero Él no venía, no respondía a sus plegarias, no les llamaba para terminar lo que había empezado. Entonces, movido por un febril impulso, se levantaba y se acercaba a su libro de la Biblia, abierto en el atril por un pasaje que había leído y releído innumerables veces.

    No se maravillen de esto, porque viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz y saldrán; los que hicieron cosas buenas a una resurrección de vida, los que practicaron cosas viles a una resurrección de Juicio. Los hombres buscarán la muerte, y no la hallarán; y desearán morir, y la muerte ira huyendo de ellos.


    El Padre Isidro temblaba de fervor cuando repasaba esas líneas. Por fin había ocurrido: Dios había llamado a justos y pecadores y los había convocado al Juicio Final. Los muertos habían abandonado sus tumbas y habían vuelto a la vida, y era cuestión de tiempo que Él los juzgase a todos: bajaría de los cielos y daría a cada cual según sus obras. ¿No lo profetizó el Apóstol Pablo en el Nuevo Testamento? El mismo Señor descenderá del cielo. Él estaba preparado, y rezaba —oh, cómo rezaba—, en preparación a Su venida.

    Pero los días pasaban, y Él no venía. La ansiedad le devoraba como una enfermedad degenerativa. Consultaba la Biblia continuamente, pasando las páginas hacia delante y atrás, leyendo párrafos aleatorios. De vez en cuando se secaba el sudor de la frente con la manga de su sotana y leía algún párrafo con voz temblorosa, asintiendo mientras lo hacía.

    Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.... —Se detuvo, con los ojos desorbitados, reflexionando unos instantes sobre lo que acababa de leer.

    ¿Y si él no se encontraba entre los Justos? ¿Y si Él lo encontraba indigno? Negó con la cabeza con vehemencia, como intentando arrojar esos pensamientos lejos, fuera de su cabeza. No, él había hecho lo que era necesario, lo que había que hacer, lo que Él hubiese querido. Había cerrado las puertas del templo y había mantenido a todos fuera, a los que querían escapar del Juicio Final, los que no querían ser juzgados. A Sofía y a los demás. Cómo habían corrido hacia él y aporreado las grandes puertas dobles cuando él las cerró ante ellos. Cómo habían gritado cuando se acercaron los resucitados, en lugar de sentir el gozo y la dicha del momento glorioso de encontrarse puros y redimir sus pecados. Cómo le habían engañado, tanto, tanto tiempo. Los creía hombres y mujeres Justos, servidores de Dios, devotos creyentes, pero los muertos habían venido a por todos ellos y los habían encontrado... culpables. Desgarraron sus torsos, henchidos de pecado, y separaron sus cabezas y desmembraron brazos y piernas.

    Qué dicha había sentido cuando se le iluminó el camino que debía seguir. Corrió al altar, se arrodilló y permaneció allí, entregado, rezando y abriendo su corazón a Él hasta que las piernas le hormiguearon tanto que tuvo que dejarse rodar sobre un costado y llorar de dolor hasta que pudo volver a caminar.

    —¿Qué debo hacer, Señor? —imploró, con la voz rota, diluida en un sollozo lastimero—. ¡Señor, dime qué debo hacer!

    Pero las ominosas paredes de roca no le respondieron, la noche no trajo ningún ruido excepto el constante frufrú de los muertos vivientes esperando en el exterior; las velas no titilaron, la señal que esperaba no llegó.

    De repente la duda le asaltó, y con la duda venía mezclado un atisbo de esperanza... ¿y si Él estaba esperándolo? ¿Y si Él, en su infinita sabiduría, alabado fuese en Su Gloria, oh Señor... aguardaba un testimonio de su fe y de su devoción?, ¿alguna muestra de su Amor? ¿Y si Él...?

    Una chispa se encendió en su atribulada mente, una chispa que detonó con un clic casi audible. Sus ojos se abrieron cuanto les era posible. Allí dentro, detrás de sus pupilas, bailaba el germen de la locura, infatuado por la absoluta certeza de que su Padre celestial requería que se sometiese a los Jueces: que se entregase a los difuntos resucitados, que también él se doblegase al Juicio Final.

    Explotó en llanto, víctima de una fuerte taquicardia que le obligó a apoyarse contra la pared. Cuánta gratitud sentía, oh Padre misericordioso, por aquella revelación inesperada. Se preguntaba cómo había tardado tanto en descubrir el Camino Recto que le llevaría a la salvación eterna. Miró hacia las puertas del templo. Había apilado allí todos los bancos y hasta uno de los confesionarios para impedir la entrada de los difuntos.

    —Oh, Señor... qué ciego he sido... —dijo, avanzando veloz hacia los bancos—. Ya voy, Señor, ya voy...

    Los retiraba con extrema facilidad, y éstos caían a ambos lados con un sonoro estrépito. Sorprendía verlo desmontar la barricada pese a su pronunciada delgadez, consumido por un desbocado fervor. Por fin, retiró la última tranca y abrió las dos hojas de par en par.

    La noche lo recibió, cargada del hedor que generaban los cadáveres allí congregados. La fría e inesperada brisa nocturna le secó el sudor de la frente. La luz del interior del templo, iluminado por varias decenas de velas, se desparramaba sobre las formas siniestras que esperaban fuera. Más allá sólo había oscuridad: Málaga era un manto espectral apenas iluminado por la luz de las estrellas.

    El Padre Isidro, con los brazos en cruz, se ofreció a Ellos. Lo juzgarían, purgarían sus pecados con el santísimo sacramento de la redención. Miró hacia arriba, esperando ser abatido en cualquier momento. En su castigada cabeza se repetía un único mensaje incesante: "Ya voy, Señor, ya voy, Señor, ya voy...". Su sotana, mugrienta, tremolaba en el umbral, con los bajos tornados en jirones descosidos y rasgados.

    Puede que fuera debido a su particular percepción de las cosas en aquel momento de entrega y rendición incondicional, pero en la lóbrega noche malagueña, el tiempo se detuvo con el sonido desacelerado de una vieja bobina de cine. El Padre Isidro contuvo su propia respiración; el silencio era tan denso, tan embriagador, que por un instante se sintió transportado. Pensó, incoherentemente, que todo había ocurrido ya, que había muerto, y que ascendía, ascendía hacia los cielos a reunirse con su Dios. Las estrellas parecieron salir a su encuentro.

    Entonces bajó la cabeza y miró.

    Vio un centenar de ojos sin pupila que lo taladraron con la precisión de un láser, y vio bocas muertas. Tuvo entonces sensaciones contradictorias: sintió debilidad, y sin proponérselo conscientemente, retrocedió un paso. Pero al mismo tiempo, alimentado por una fuerza que nacía de lo más profundo de su creencia religiosa, luchaba por permanecer, quedarse y atender los designios que, según creía, le llegaban desde los cielos.

    —Oh, Dios mío... Dios mío, por favor, ayúdame... —gimoteó, sintiendo que el labio inferior se agitaba convulsivamente. Sin embargo, consiguió mantenerse firme, cerrando los puños y apretando los músculos del vientre. La brisa comenzó a soplar con más fuerza.

    Entonces, como títeres movidos por hilos invisibles, los muertos empezaron a avanzar al unísono, de manera desgarbada. Se balanceaban de un lado a otro, chocaban con los hombros, lanzaban sus brazos hacia delante.

    Se quedó quieto, congelado en un instante eterno.

    Los muertos le rodearon...

    Pasaron de largo.

    Los muertos le rodearon, le rozaron con sus cuerpos blancos y empezaron a entrar en la iglesia, buscando, aquejados de frenéticos espasmos. El Padre Isidro pestañeaba, incapaz de comprender lo que pasaba. En cuestión de segundos se vio a sí mismo enterrado en el enjambre de cadáveres, como si fuera uno más. Miraba alrededor, sintiendo una mezcla de náusea, terror y... alivio.

    ¡No le atacaban! ¡No le arrancaban la carne a jirones, no le mordían, no lo sofocaban con sus manos frías de la tumba! Miraba con una mezcla de fascinación y repugnancia sus rostros descarnados. Uno de ellos, vestido con un traje de pana marrón, lucía una escalofriante herida en el cuello, lo suficientemente profunda como para caminar dando cabezadas. Al que estaba detrás le faltaba todo el maxilar inferior y la lengua le colgaba a un lado, fláccida, gris e hinchada. Otro caminaba con una gruesa barra de metal incrustada en el pecho, justo debajo del corazón. Pero ninguno de los resucitados parecía tener interés en él. En absoluto.

    ¿Por qué?, se preguntaba. "¿Por qué yo?". Saltaba sin parar de una posible explicación a otra, pero las desechaba con la misma rapidez con la que aparecían en su mente. En el ínterin, los cadáveres comenzaron a moverse hacia todas direcciones. Estaba claro que la iglesia, que había sido ocupada por completo, no era ya un objetivo para ellos.

    De pronto, en medio de aquel río infecto de muerte y podredumbre, y atormentado por tales pensamientos, lo comprendió. Y aquella comprensión rotunda del hecho indiscutible de que él era salvo, de que había sido juzgado y encontrado casto y libre de todo pecado, le hizo tambalearse.

    —Oh, Padre... —dijo, mirando hacia el cielo cuajado de estrellas y sintiendo que un nuevo manantial de cálidas lágrimas empezaban a asomar en sus ojos, aquejados del brillo espectral de la demencia—. Guíame, Dios todopoderoso, ¿qué... qué debo hacer ahora?, ¿a dónde debo ir?

    Pero allá arriba las estrellas titilaban, y nada decían. Miraba suplicante hacia todos lados, buscando una respuesta, una señal, un mensaje que él pudiera interpretar. Bien es verdad que, en aquel estado mental, el Padre Isidro podría haber interpretado hasta el vuelo errático de una mosca sobre un montón de mierda, pero el azar fue mucho más que caprichoso en aquella noche.

    El viento estaba arreciando. Una pequeña cuartilla de papel traída desde no se sabía dónde le sacó de su ensimismamiento; se le pegó en el pecho, cerca del cuello. El Padre Isidro la cogió, pestañeando. Parecía un texto manuscrito con grandes caracteres.

    ESTAMOS VIVOS
    Estamos en el 53 de la Plaza de la Merced. Estamos sitiados. Somos 6 supervivientes y necesitamos ayuda medica urgente. Se nos acaba la comida y el AGUA. Por favor vengan a rescatarnos, acceso por tejado posible.
    URGENTE


    —Vivos... —murmuró el Padre Isidro, mirando la nota y releyendo sus palabras, una y otra vez.

    Ésa era la señal. Todo encajaba tan suavemente en el puzzle de su destino que casi podía sentir los hilos con los que Dios le gobernaba. ¿Cómo se atrevían aquellos seis impuros a intentar escapar del sagrado Juicio Final? Examinó la letra, el acento que faltaba en la palabra "médica". Jóvenes, seguro, o gente baja, calaña que había vivido entregada al pecado. Casi podía imaginárselos, encerrados tanto tiempo en aquel refugio, subyugados ya por la impudicia y... que Dios les perdonase... la fornicación.

    —Yo seré el Agua... —comenzó a decir, dando pequeños pasos hacia delante, en dirección a la Plaza de la Merced. Sus ojos eran dos océanos turbulentos viciados de locura—. Yo seré el Agua que os lave, porque yo he sido juzgado. Yo seré la Puerta que os conduzca de vuelta al Reino, al Reino del Señor...

    La oscuridad se lo tragó.


    XV


    —Tenemos que irnos —dijo el joven—. Lo sabes, ¿no?

    Ella no contestó inmediatamente. Miraba por el amplio ventanal mientras la lluvia caía copiosamente. Fuera, la ciudad que había amado tanto se sumía en tinieblas, desprovista de la energía eléctrica que antaño iluminaba ventanas y farolas. Sin ella, los edificios eran mortecinas moles erigidas sin aparente concierto; bloques totémicos, vestigios de una cultura que desaparecía rápidamente.

    —Estoy lista —dijo al fin.

    El joven consultó unos papeles que llevaba sujetos a una carpeta verde.

    —Bueno. Hoy toca... —Se acercó al ventanal y, con los ojos entrecerrados, buscó entre los edificios que tenían enfrente. Luego miró sus documentos y por fin señaló una mole grande de muchas plantas y aspecto curvo que se recortaba contra el cielo plomizo—. Ése de ahí.

    Susana estudió el edificio.

    —¿Quiénes vienen? —preguntó.
    —Nosotros dos, Uriguen y Dozer. Susana asintió.
    —Mejor.

    El campamento tenía a sus chicos, un grupo de limpieza que hacía expediciones prácticamente a diario en los edificios de alrededor. Su misión no era otra que ir limpiando cada piso y clausurándolos. Echaban a los muertos de allí y retiraban los cadáveres. Cuando se encontraban alguna escena de casquería y charcos de sangre, la limpiaban y utilizaban desinfectante generosamente. Esas tareas eran parte del plan de aumentar el perímetro del campamento de Carranque, y aunque resultaba desalentador por su magnitud, psicológicamente les ayudaba bastante. Aunque era un trabajo durísimo, se sentían bien haciéndolo. Cada edificio limpio era un pequeño paso hacia la cordura. Les gustaba ver habitaciones sin muertos vivientes, habitaciones diáfanas sin el terror de la sangre manchando suelos y paredes. Era, en definitiva, como si poco a poco reconquistaran la ciudad.

    Uno de los grandes proyectos que siempre habían querido acometer era retirar los coches que bloqueaban las calles adyacentes a las instalaciones. Esto les permitiría acceder de nuevo a la autovía y recorrer toda la costa buscando otros supervivientes. Aranda había sugerido un autobús, con alguna modificación para proteger las grandes ruedas. Había autobuses de lujo por todas partes, que resistirían perfectamente los envites de todas aquellas cosas muertas. También había sugerido dos cuñas para la parte delantera, por si llegaba el caso de tener que abrirse paso entre una muchedumbre de zombis. Pero antes de acometer todas esas tareas, necesitaban expandir el perímetro de la zona.

    Uriguen protestó cuando se le convocó a la expedición. No le gustaban los días nublados, pero mucho menos le gustaban los días de lluvia.

    —Zombis y lluvia, qué deliciosa combinación. ¿No podemos hacerlo mañana? —dijo al fin.
    —Venga, hombre —exclamó Dozer metiendo una Star 28 PK en su funda, bajo el brazo. Era la pistola reglamentaria de la policía local. Las habían cogido prestadas de la comisaría que estaba a un kilómetro en dirección sur. También cogieron muchos fusiles Heckler & Koch que se habían convertido en una extensión de ellos mismos durante sus incursiones. Aranda había tenido la idea de colocarles linternas magnéticas que se mantenían firmemente sujetas a los cañones y eran fáciles de acoplar y quitar—. ¿Dónde está la parejita?
    —José ha ido a buscar a Susana. No creo que tarden mucho.
    —Bueno... perfecto para echarme un cigarro. Mierda... —dijo Dozer mientras se palmeaba todos los bolsillos de la camisa y el pantalón—. No me jodas que me he dejado el tabaco en la habitación.
    —Yo tengo —dijo Uriguen, pasándole una cajetilla de Benson & Hedges.
    —Hostia, Benson, qué cabrón... —rió Dozer.
    —No... voy a fumar Gold Coast ahora que el tabaco es gratis.

    Dozer soltó una poderosa carcajada.

    —No sé por qué me he echado al vicio... —dijo Dozer, exhalando el humo de la primera calada.
    —¿No fumabas antes?
    —Pues la verdad... no. —Sostenía el cigarro cogido con dos dedos y miraba la cabeza incandescente. Una tenue columna de humo ascendía perezosamente—. Me fumé el primero encerrado en un ascensor, pocos días después de que todo se fuera a la mierda. Estábamos una chica y yo. Creo que se llamaba Sandra. Dirás que es raro eso de fumar en un ascensor, pero habíamos abierto la rejilla de mantenimiento, en el techo, y ella estaba muy nerviosa. Se había ido la luz... ¿Te acuerdas cuántas veces se iba la luz los primeros días?
    —Es cierto... —comentó Uriguen, con la mirada ida, sin mirar a ningún punto concreto.
    —Era por los reenganches. En Málaga hay dos centrales que producen cuatrocientos megavatios eléctricos cada una, pero las necesidades de la Costa del Sol son de unos mil trescientos, por eso una parte de la energía viene derivada de ciudades como Córdoba o Jaén, y otra parte es compensada por otras fuentes energéticas alternativas.
    —¿Como placas solares y torres eólicas, como las de Vélez-Málaga?
    —Ajá, justo. Pues esta chica, Sandra, estaba muy nerviosa con los trompicones del ascensor y prácticamente me suplicó que la dejara fumarse un cigarro. Me dio mucha lástima, sabes, era tan pequeña... que le dije que qué demonios, que me echaba uno con ella. Eso la animó bastante... vaya si cambió cuando sintió la nicotina galopando por sus venas.

    Uriguen rió, pensando en la famosa canción de Queco.

    —Estuvimos un par de horas encerrados, y cuando salimos... —De repente, la expresión de su rostro se ensombreció—. Bueno, cuando salimos las cosas nunca volvieron a ser las mismas. —Dio una larga calada al cigarro—. Era el ascensor del Corte Inglés, ¿sabes? Nosotros no lo sabíamos entonces, pero cuando el encargado del generador fue a revisar que aguantaba bien el corte del suministro, se llevó una descarga de impresión y se quedó tieso al instante. Por eso acabó fallando el sistema eléctrico y nos quedamos a oscuras tanto tiempo.
    —¿Y el encargado se...?
    —¿Que si volvió como un zombi de mierda?, ya puedes decirlo. Joder, además fue rapidísimo... Sabes que nunca se sabe cuánto puede tardar alguien en volver a la vida, pero este tío debió de ser un Carl Lewis del puto país de las maravillas de los muertos vivientes.

    Uriguen rió como un loco con la ocurrencia.

    —Él... bueno, sólo puedo imaginar lo que pasó... me imagino que algún jefe de planta o jefe de mantenimiento bajó allí a ver por qué no estaba funcionando el sistema de generadores. Tenían que tener un cabreo de cojones: imagina todo el pillaje que propició la oscuridad casi total en todas las plantas —dijo con una media sonrisa esbozada en los labios—. En fin... creo que no hay que mencionar que el que sea que bajó se encontró con una buena fiesta privada. Y pienso que, quizá, un poco más tarde bajó alguien más, hasta que llegaron a ser un grupo lo suficientemente interesante. Puede que entonces esas cosas dieran con la puerta de salida a las plantas comerciales.

    Uriguen no dijo nada. Podía dibujar la escena en su mente: un grupo de zombis abriendo violentamente unas puertas dobles metálicas donde rezaba Sólo personal autorizado, llevando monos de trabajo y uniformes con el logotipo del Corte Inglés. Lo peor de los zombis, reflexionó, era verlos vestidos con las ropas que llevaron en vida, en el momento de morir. Los veías con sus trajes de chaqueta y sus batas de personal de limpieza. Y peor: los veías vestidos con la delicada blusa de encajes que una joven adquirió por veinte euros para impresionar a su novio; entonces mirabas hacia arriba y te enfrentabas a un mundo de locura que desbordaba por las pupilas negruzcas y sin vida de lo que un día fue una niña hermosa y llena de vida.

    —Estar allí dentro —continuó Dozer—, en la penumbra del ascensor, y escuchar los gritos lejanos de la gente casi acabó con nosotros. Imagínate la oscuridad, la confusión... Como siempre, se propagó rápidamente.

    Permanecieron en silencio unos instantes. El cigarro se consumió.

    —¿Cómo salisteis de allí?
    —Cuando volvió la luz. Pudimos llegar al siguiente piso y abrir las puertas. Había sangre por todas partes.
    —Dios...

    Dozer se puso bruscamente en pie y empezó a asegurar las cintas de las protecciones acolchadas que llevaba en las espinillas y los muslos, como si quisiera cambiar de tema. Por fin, rompió el silencio de nuevo.

    —¿Has estado alguna vez en el cementerio? —preguntó con voz queda.
    —No... no se me ocurriría, tal y como están las cosas.
    —Yo sí —dijo—. Ve algún día, si sacas cojones. Ve y agudiza el oído. Túmbate sobre una de esas losas y escucha...
    —¿Qué quieres decir?
    —Algunos están vivos. En sus tumbas. Ahí abajo. Algunos están vivos.


    XVI


    Nunca usaban la salida de la calle para abandonar las instalaciones; había demasiados cadáveres acechando la verja como para considerarlo siquiera. En su lugar, usaban el alcantarillado para desplazarse por debajo de la ciudad de un punto a otro. La bajada a las alcantarillas se hacía por una escalerilla metálica de mano que descendía cinco metros, lo que hacía esa entrada totalmente inexpugnable. A Aranda le fascinaba también que no quedara ni una sola rata en ninguna parte; era como el viejo mito en el que abandonan el barco antes de zozobrar, y Málaga, en efecto, se hundía en aguas procelosas.

    Aquella mañana, el Escuadrón de la Muerte de Carranque avanzaba por las alcantarillas. Habían conseguido además un mapa de toda la estructura de túneles y cañerías de Málaga y gracias a él avanzaban a buen paso. A sus pies, un negro caudal de innombrables ingredientes discurría mansamente por una cuenca de cemento. No existía, a decir verdad, un riesgo excesivo; en todos los corredores de la periferia habían dispuesto cintas de plástico —adquiridas también en la comisaría— que cruzaban los túneles de lado a lado. De aquella manera si cualquiera de esos seres se aventuraba en las alcantarillas lo sabrían enseguida.

    Por fin llegaron a la tapa de salida y procedieron como de costumbre: José salió rápidamente, pues era el más ágil y con más precisión en el tiro de los cuatro, y puso rodilla en tierra para cubrir a los que le sucedieron. Llovía bastante y la visibilidad no era muy buena, pero con rápidos movimientos controló todo el perímetro en unos segundos. Procuraban, sin embargo, no disparar en la calle a menos que fuese absolutamente necesario. Habían aprendido que el sonido de los disparos atraía la atención de los caminantes y, a corto plazo, la solución se convertía en parte del problema.

    Sin embargo, aquel día los caminantes no eran muchos, y los que había estaban dispersos por la gran rotonda donde habían aparecido. Había varios alrededor, pero el que más le preocupaba era uno vestido con una especie de mono azul que estaba de espaldas a ellos: era enorme, casi tan grande como Dozer, y José sabía que ese tipo de zombis podían desarrollar, en ocasiones, una velocidad y una fuerza desproporcionada. Pensó en volarle la cabeza para evitar problemas, ahora que lo tenía a tiro, pero Uriguen le puso una mano en el hombro. Ya estaban todos fuera, era hora de moverse.

    Corrieron agazapados hacia el portal del edificio. El cadáver de una mujer con un vestido raído de color marfil les miraba con una expresión extraña en su desvencijado rostro, como si no comprendiera lo que veía. José le apuntó brevemente, pero pronto la descartó como peligro potencial y siguió adelante. La lluvia les chorreaba por la frente y les caía en los ojos. Muy pronto alcanzaron el portal.

    —Cerrado. ¡De puta madre! —dijo Dozer, contento, tras tironear brevemente de la puerta de doble hoja. Un portal cerrado significaba menos caminantes en el interior.

    Uriguen golpeó el cristal con la culata del fusil, introdujo la mano e intentó abrir la puerta desde dentro, pero sin resultado.

    —Eléctrica —anunció, apartándose de la puerta con un rápido movimiento. José y Susana apuntaban a los zombis que tenían alrededor. Cada vez eran más los que se volvían hacia ellos, intentando asimilar el concepto de que había nuevas presas al alcance de la mano. Entonces Dozer bajó el fusil y embistió la puerta con una violenta sacudida. El pestillo cedió al tremendo choque y la puerta se abrió.

    Ese movimiento terminó por sacar a los zombis de su estado de perplejidad. El cadáver de mono azul que José había identificado se volvió de repente, como sacudido por una descarga, e inmediatamente comenzó a correr hacia ellos. El aire se llenó con los roncos gruñidos de los caminantes.

    José ajustó su ángulo con un mínimo movimiento y disparó. El impacto le alcanzó, certero, en la cabeza. Hubo una fuerte sacudida, como si hubiera chocado contra un muro invisible. El disparo hizo volar trozos de cráneo en todas direcciones y lo derribó hacia atrás, haciéndolo caer sobre el asfalto con un sonido acuoso, como un chapoteo.

    —¡Adentro! —llamó Susana desde el interior del portal.

    José cruzó el umbral y la puerta se cerró tras él. Uriguen tenía ya el soldador de bolsillo en la mano. Empezó a trabajar en el quicio, bloqueando las bisagras. Era una operación que había llevado a cabo muchísimas veces, y tardó un minuto en tenerlo todo listo. Sin embargo, ese tiempo fue suficiente para permitir a un buen número de cadáveres anhelantes acercarse. Mientras la soldadura se llevaba a cabo, Dozer sujetaba la puerta con el peso de su cuerpo y Susana y José apuntaban hacia el interior del portal.

    —¡Asegurada! —dijo al fin, cerrando la tapa del soldador y devolviéndolo a su cinturón de herramientas.
    —Bien... —dijo Susana, abandonando la posición de fuego de cobertura. Miró a sus compañeros y, poniéndose bizca, parafraseó a la vidente de la famosa película—. Esta... casa... está limpia.

    Todos rieron.

    No encontraron ningún cadáver en las primeras plantas. Todas las casas estaban vacías, vacíos sus armarios y cajones: sus habitantes se habían largado de allí. En una de las viviendas encontraron un tremendo destrozo: muebles y electrodomésticos habían sido derribados, y todos los enseres se hallaban esparcidos por todas partes. Fotografías, libros, objetos de decoración... y también abundantes latas de alimentos. Algunos cartones de leche fermentados habían reventado dejando un rastro ya seco y verdusco. El parqué había sido arrancado, a trozos, con delirante devoción. En la pared, alguien había escrito un mensaje con enormes caracteres y tinta oscura y granulosa:

    CARO DATA VERMIBUS


    —¿Es... latín? —aventuró José, inclinando un poco la cabeza para leer bien las gigantescas letras.
    —Es latín, claro, pero... —dijo Uriguen despacio, acercándose a la estremecedora grafía—. Caro data vermibus... lo he leído antes... vermibus... vermis... como el De Vermis Mysteriis, los misterios del gusano, aquel relato de Lovecraft... caro es carnis... desde luego... —De repente, una sombra cruzó su mirada—. Data... el participio de "dar", traducido entonces como "Carne dada a los gusanos". Es cadáver... ca-da-ver. La misma palabra en inglés... casi la misma en francés, alemán...

    De repente, calló. Podían imaginar la angustiosa y densa demencia a la que se había entregado el propietario de aquel piso a medida que el mundo enloquecía a su alrededor. Salieron en silencio, sin hablar entre sí.

    En el cuarto derecha encontraron el cadáver, en avanzado estado de descomposición, de una señora entrada en carnes que había muerto tocando el piano. Llevaba un camisón rosa y su pelo seco y mate estaba enmarañado en lo que parecían ser rulos. También había algunos en el suelo. Sus manos aún se asentaban sobre las teclas cubiertas de polvo. La piel era horrible, un cuero tirante y negruzco que dejaba entrever sus huesos. La habitación estaba impregnada de un olor dulzón penetrante que ninguno pudo aguantar mucho tiempo.

    —Afuera con eso —dijo José, poniéndose su mascarilla en la boca. Eran mascarillas comunes, de uso anestésico, de las que abundan en los centros de salud y hospitales.
    —Por ahí... —comentó Dozer, señalando la ventana del salón. Ésta daba a la entrada del portal. La abrieron de par en par y, no sin esfuerzo, tiraron el cadáver abajo. Se precipitó con vertiginosa rapidez y acabó aplastando a los zombis que se habían congregado junto a la entrada. Luego echaron una mezcla casera de Bacplus y Bacter 900, unos desinfectantes bactericidas en polvo, sobre el asiento y el piano.

    En la quinta planta encontraron una visión poco común: las puertas del quinto D estaban bloqueadas con un gran sofá, una mesa de escritorio apilada encima y dos grandes tablas cruzando la puerta horizontalmente. Dentro, como habían temido, encontraron varios zombis. Los abatieron sin dificultad, y sus cadáveres fueron arrojados por el balcón. Se estrellaron allá abajo contra el suelo, sobre el cuerpo de la pianista.

    —Vamos a descansar un poco —pidió José después de lanzar el último cuerpo. Como accionado por un resorte, Uriguen se colocó el fusil al hombro, dejándolo colgar del cinto.
    —Qué enfermizo... —comentó Susana—. Imaginaos a esos tres encerrados en estas habitaciones tanto tiempo... —Los visualizó en continuo deambular, rebotando contra las paredes, en la oscuridad, dedicados a la tarea de esperar, esperar infinitamente la llegada de nada en concreto.
    —Y que lo digas.

    José curioseaba por la casa, seguido por Dozer. La mayor parte de los adornos y estanterías habían sido derribados al suelo. Adivinaron también dónde había muerto, al menos, uno de ellos: la cama más grande tenía grandes y oscuras manchas en las sábanas convertidas en un hatillo inmundo.

    En otra de las habitaciones encontraron algo interesante. Era una caja rectangular con varios indicadores y diales, y a un lado descansaba un micrófono que parecía ser de los tiempos de cuando el charlestón era el último grito en París.

    —Coño... —dijo Dozer, sorprendido al ver la caja—. Es... ¡es una emisora de radio! —Se acercó y comenzó a examinarla y hacer girar los diales—. Por lo que se ve es de onda media y larga. Es militar, eso seguro. Mira las cintas que tiene por detrás... debían usarse para llevarla como mochila, en campaña. No estoy muy seguro, pero este modelo podría ser de 1930, o 1934; vi uno similar en la escuela de transmisiones de Guadalajara. Qué fuerte... —dijo, vivamente interesado en el aparato—. ¡Una como ésta podrían haber utilizado los resistentes del Alcazar de Toledo durante la Guerra Civil Española!
    —Una emisora de radio... —dijo Susana, que asomaba ahora por la puerta. Volvió a repetir arrastrando lentamente las palabras—: Una... emisora... de radio.
    —Aaah, joder... —dijo Dozer, examinando la parte trasera—. Le falta la batería... ¿De cuánto debió ser, en aquella época?, ¿doce voltios?
    —Pero una emisora de radio... —dijo Susana—. ¿Cómo no hemos pensado antes en eso?

    Dozer y José la miraron, sin comprender.

    —¿Qué quieres decir?
    —¡Una emisora! ¡De radio! ¡Podemos emitir, quizá alguien nos escuche!... Porque podemos, ¿no? —dijo de pronto, consciente de que no sabía nada de emisoras de radio, y sobre todo, dándose cuenta de que probablemente aquella antigualla había emitido su último código morse muchos, muchos años atrás.
    —No lo sé —dijo Dozer, acariciando la lona que recubría el metal de la emisora con la palma extendida de la mano—. Esta belleza podría funcionar a 0,6 megahercios... probablemente. Digamos que, en ausencia de interferencias, el alcance de la onda terrestre de un transmisor de onda media, expresada en kilómetros, es igual a su longitud de onda en metros. Si tenemos suerte, y la emisora funciona a cien metros, podría tener una cobertura de hasta cien kilómetros.
    —¡Cien kilómetros! —repitió José, impresionado.
    —Llegaríamos a Estepona... y por el este hasta Motril, probablemente.
    —Tenemos que probar. —Dozer estaba cada vez más entusiasmado.
    —¿Podrás solucionar lo de la batería? —preguntó José.
    —Creo que sí. Algo inventaremos...
    —Nos la llevamos —dijo Susana con una gran sonrisa.


    XVII


    El Escuadrón regresó al campamento sin ninguna incidencia. Uriguen llevaba la radio a la espalda, en forma de macuto. Salieron, como de costumbre, por una ventana de la parte de atrás, ya que el portal estaba ahora infecto de caminantes intentando acceder. Desde allí llegaron a las alcantarillas, donde deshicieron el camino andado hasta el polideportivo.

    Unos minutos más tarde, en la sala común del complejo, y en medio de cierta expectación, Uriguen colocaba la emisora de radio sobre la mesa. Aranda la examinó con manifiesto interés.

    —¿Podemos emitir con esto y nos escucharán con cualquier aparato de radio convencional? —fue su primera pregunta.
    —En toda la provincia —confirmó Dozer—. Eso seguro. No vamos a tener ninguna interferencia en absoluto... todo el espectro para nosotros.
    —¿Funciona? —preguntó un hombre con una poblada barba pelirroja.
    —Es lo que tenemos que averiguar. Por lo pronto, le falta la batería. Quiero decir, completamente. Podría intentar algún apaño para enchufarla a uno de nuestros generadores... —dijo pensativamente—, pero podría quemarla de forma irremediable. Recuerdo que había unas baterías recargables de 1,2 amperios... eran especiales para conectar equipos de electro-medicina, microcámaras, receptores y cosas así...
    —De las de 500 gramos —dijo José—. Las conozco.
    —Eso es. Si pudiéramos echarle el guante a una de ésas... Susana amartilló su fusil con un firme movimiento.
    —Nenas, coged vuestros bolsos... ¡vamos de compras!

    Al día siguiente, el interruptor de encendido de la emisora prestaba todo un nuevo caudal de vida al aparato por obra y gracia de la nueva batería. Dozer estaba encantado con el dispositivo. Habían grabado un mensaje indicando dónde estaban, cuántos eran, y muchos otros datos como la sugerencia del acceso por las alcantarillas. Lo transmitían ininterrumpidamente.

    —¿Crees que alguien lo escuchará? —preguntó Peter, un hombre de pelo rojizo y el rostro surcado por una miríada de arrugas. Estaban en la pequeña oficina donde habían instalado la emisora. La luz crepuscular del atardecer se filtraba, tenue, por una pequeña ventana.
    —Seguro —dijo Dozer. Intentaba, sin mucho éxito, abrir una de esas bolas de plástico cargadas de pastillas de chicle—. Bien, mira... imagina que has sobrevivido y estás escondido, en tu casa, en una oficina, donde sea... vas resistiendo pero ya no hay agua, la comida termina agotándose y no puedes salir a comprar precisamente. Así que esperas que alguien te rescate; ¿qué harías? No hay electricidad, Internet no funciona, no hay ninguna emisión de televisión. Pero los aparatos de radio son otra cosa. Hay toneladas de pilas por todas partes, y muchos de esos transistores, sobre todo los viejos, aguantan semanas enteras con un par de las gordas.
    —Sí, suena como un buen plan.

    Dozer miró por la ventana. Las nubes se desgranaban en tonalidades rosas y azules, teñidas por los últimos rayos del sol.

    —Estoy... estoy seguro de que hay más gente.
    —Será fantástico encontrar más gente... —dijo Peter, un poco incómodo por el deje de amargura que registró en la voz de Dozer.
    —Cuando todo se fue a tomar por culo, ¿sabes?, acabábamos de comprar una barbacoa... Nunca había tenido una barbacoa antes.

    Sé que eso deja mi hombría en entredicho —dijo con una sonrisa—, pero es cierto. Compré una grande, de ésas que requieren obra para instalarla. Cuando la estaba metiendo en la furgoneta, un tipo se paró y se ofreció a ayudarme, así que acepté, y cuando terminamos, el tipo me felicitó por la compra. Eso me gustó, ¿sabes a qué me refiero?, o sea, ¿cuántas veces encuentras a alguien así? Pues cuando llegué a casa, otro tío me ve bajando la barbacoa, se acerca con una sonrisa y me dice "¿cuándo es la barbacoa?". Y se queda allí un rato hablando de ese modelo y del que él tiene en el jardín de sus suegros. Pues escucha... llego a casa, le pregunto a mi vecino que si me puede ayudar a hacer el encofrado para montar la barbacoa y me dice que por supuesto... aparece con latas de cerveza. Es verano, hace buen tiempo y pasamos algunas horas charlando sobre las especificaciones de la barbacoa mientras hacemos el trabajo. Cuando terminamos, su mujer viene a buscarlo, ve mis discos al pasar por el salón y descubrimos que es una fan de El Último de la Fila, como yo. En serio... me sentí como si, de repente, hubiera ingresado en una especie de club que ni siquiera sabía que existía.

    Peter soltó una carcajada, y por unos instantes rieron de buena gana. La risa se desvaneció, no obstante, y compartieron un rato de silencio, sumidos en ensoñaciones y recuerdos de un pasado que parecía tan remoto como irrecuperable.

    —Es curioso... —dijo Peter de pronto—. Pasé la mayor parte de mi juventud como en una antesala, siempre esperando que pasase algo con mi vida, como si aún no hubiese empezado. ¿Conoces esa sensación?; como cuando te hablan de no sé qué sitio que es la leche, y un buen domingo organizas toda una excursión para ir allí, y recorres todo ese laaaargo camino esperando llegar al final, y cuando llegas... cuando llegas descubres que en realidad no era para tanto, y que en realidad, el camino en sí era lo que merecía la pena. Pero cuando descubres eso, ya es tarde, naturalmente. Pues, joder, eso es lo que yo siento que pasó con mi juventud.

    Dozer, que había estado jugueteando con una vieja grapadora hasta ese momento, detectó el cambio en la inflexión de la voz y le miró con interés.

    —Ahora tengo maravillosos recuerdos de aquella época, pero como te decía, cuando la viví no fui consciente de que era, de hecho, maravillosa. Recuerdo... recuerdo aquellos larguísimos veranos, las piedras romas y gastadas calentadas por el sol en la playa. ¿Y qué me dices del indescriptible olor a césped recién cortado?, o el embriagador aroma a Copertone que las extranjeras dejaban tras de sí cuando te cruzabas con ellas, o el olor a sal que se quedaba impregnado en aquellas colchonetas descoloridas que solía haber en Playamar. ¿Y la sensación impagable de tener todo el tiempo del mundo, sentir cada día que todo marchaba bien, y la paz de espíritu que daba el saber que nadie esperaba gran cosa de ti? Dios, qué bueno era todo aquello.
    —Muchas de esas cosas no volverán ya, tío —dijo Dozer, a quien la evocación de todas aquellas sensaciones había dejado pensativo.
    —A eso me refiero. Éste es el final, como decía la canción de Morrison. Y siento una profunda tristeza por no haberme dado cuenta de lo increíble que era la vida, cuando la vida me rodeaba.

    Inmersos en aquellos lúgubres pensamientos, dejaron que el silencio bañara la estancia. La noche llegaba, y desdibujaba con rapidez las formas de los muebles a su alrededor.

    La raza humana siempre había divagado sobre multitud de posibles amenazas, desde meteoritos gigantes con ciertas posibilidades de entrar en curso de colisión con la Tierra hasta la descongelación de los casquetes polares, pasando por la amenaza nuclear que tan en boga estuvo por los ochenta. Pero nunca pensaron que la humanidad se vería sometida por esa piedra filosofal que tanto ansiaba, el sueño loco y quimérico de vagar por la tierra atrapados en una horrible forma de vida eterna.

    La llegada de la radio tuvo, además, un efecto de inyección moral en la Comunidad. Esa nueva esperanza anidó en los corazones de los supervivientes y durante días fue el tema de conversación preferido por todos. Buscaban cualquier excusa para desviarse de sus quehaceres y dejarse caer por la pequeña oficina. Preguntaban por el estado de la radio y sonreían cuando se les informaba de que la radio funcionaba bien, gracias, y que no, no hacía falta ningún sistema de refrigeración adicional, ni ningún soporte de madera aislante para asegurar que el pequeño trasto cogiera humedad o estática, como sugirió un carpintero llamado Diego que deseaba, a toda costa, contribuir a la noble empresa de propagar el mensaje. Una ingeniera de Siemens sugirió estudiar el mecanismo de la radio para construir un segundo aparato, preocupada por la posibilidad de que dejara de funcionar, dada su antigüedad.

    Aranda decidió aprovechar el buen talante cooperativo de los supervivientes para poner sobre la mesa una idea que había estado barajando prácticamente desde que se instaló en el polideportivo. Lo vieron cuando, utilizando las alcantarillas, consiguieron llegar hasta la comisaría de policía que estaba más o menos a un kilómetro y medio hacia el sur. Era azul y blanco, espectacular, y arrancaba hermosos destellos al sol asentado sobre su plataforma en el tejado del edificio: un hermoso helicóptero de pequeño tamaño. Aranda lo expuso en una de las muchas reuniones de control que celebraban: quería volver allí e intentar pilotarlo.

    —Es una locura, Juan —cortó uno de los asistentes—. Pilotar un helicóptero no es como probar a conducir un coche aun sin tener ni idea. Quizá puedas elevarte un poco, pero lo más normal es que derives rápidamente a un lado o a otro y te precipites hacia el asfalto que está cuatro pisos más abajo. Esa caída, cuando vas envuelto en una jaula de hierro con un rotor girando a gran velocidad sobre tu cabeza, sólo tiene un final posible.

    Hubo varias voces mostrándose de acuerdo con esa opinión. La mayoría de las miradas se constituían en una clara negativa a la propuesta, pero Aranda continuó, impasible. Su voz de mando, un don natural del que nunca había sido consciente, devolvió el silencio a los asistentes.

    —Un helicóptero solucionará, de manera definitiva, nuestro problema principal: la maniobrabilidad. Llevamos meses limpiando los edificios circundantes, con la esperanza de poder aumentar el perímetro de la comunidad, pero cada vez que nuestro equipo sale a la calle, constituye un riesgo demasiado evidente como para que podamos resistirnos a la idea de que, algún día... sufriremos una baja.

    De nuevo, unos murmullos apagados recorrieron la sala. Aranda dejó que se extinguieran por sí solos antes de proseguir.

    —Hay un buen número de soluciones disponibles en esta ciudad que podrían hacer nuestro trabajo más fácil, más seguro. Pensemos en... ametralladoras, lanzallamas... todas esas cosas están disponibles si podemos pensar cuidadosamente en las posibilidades, pero intentar llegar hasta ellas se nos antoja imposible. Las autopistas están colapsadas, las calles inundadas de caminantes. Pensemos también en... —barrió la sala con la mirada— otros supervivientes. Qué fácil... qué sencillo sería dejarse ver desde el cielo, sobrevolar la ciudad, toda la Costa del Sol, las innumerables urbanizaciones que se extienden por todas partes buscando otros núcleos de resistencia. Gente que, como nosotros, han conseguido crear núcleos fortificados y esperan que alguien dé un paso para terminar con el sitio que los caminantes imponen sobre ellos. Por todo esto quisiera, en primer lugar, preguntar a la sala si alguien tiene alguna idea sobre cómo pilotar un helicóptero.

    Hubo un silencio repentino. Las cabezas se volvían, buscando alguna reacción entre sus compañeros. Algunos negaban con la cabeza, y aunque el discurso de Aranda había hecho que muchos se replanteasen la situación, todos entendían que sus gestos eran de reprobación, no de respuesta.

    Por fin, un chico joven de aspecto delicado, que había estado dedicándose exclusivamente a las tareas de mantenimiento de la piscina, levantó una mano.

    —¿Jaime? —preguntó Aranda. Todas las cabezas se volvieron.
    —El helicóptero tiene tres mandos diferentes —dijo despacio tras unos segundos—. El cíclico, que controla la inclinación a izquierda y derecha, y el cabeceo; permite inclinar el morro arriba y abajo, variando el plano de rotación del rotor principal. El colectivo controla la potencia, el ángulo de las palas del rotor principal, para subir y bajar. Los pedales controlan el giro a derecha e izquierda variando el ángulo de las palas del rotor de cola. —Dudó un momento—. Existe también el mando del motor, que generalmente es automático, aunque algunos son manuales.

    Jaime calló, e incapaz de sostener la mirada de Aranda por más tiempo, bajó la cabeza, concentrándose en juguetear con sus manos. La sala se llenó con un rumor producido por numerosos comentarios en voz baja.

    —Jaime... —preguntó Aranda, escrutando su juvenil rostro. ¿Cuántos años debía tener, diecinueve, veintidós?—. ¿Has pilotado alguna vez un helicóptero?
    —E-en realidad no. Aranda pestañeó, perplejo.
    —¿Cómo sabes esas cosas? —preguntó.

    Jaime jugó de nuevo con sus propias manos antes de responder.

    —Bueno..., yo... lo aprendí en un... simulador de vuelo.
    —¡RIDÍCULO! —chilló alguien inmediatamente, y la sala entera se entregó a un griterío de opiniones entremezcladas como no lo había conocido antes. Un par de chicas abandonaron la reunión dando grandes pasos hacia las dobles puertas de salida. Aranda tuvo que rogar silencio durante casi un minuto antes de recobrar el control, pero por fin pudo volver a dirigirse a Jaime.
    —Jaime... ¿qué tipo de simulador de vuelo era ése?

    Durante unos instantes, que a Aranda le parecieron eternos, Jaime no contestó. Su rostro estaba encendido por la tensión a la que se le había sometido, por sentirse foco de la atención de todos. Miró vagamente a su alrededor. Allí estaban todos. Todos los demás. Los conocía a todos ellos. Allí estaba Peter... Elena... Ramón... Ramón le miraba ceñudo, nunca le había visto así, pero aunque no se le ocurría ninguna razón por la que pudiera estar enfadado con él, sin embargo así era.

    —Yo... —empezó a decir, sintiendo la lengua rasposa—. No era... quiero decir, era un simulador de verdad. Era el mismo que usan en las academias de vuelo... Usan ese tipo de software para ahorrar combustible y evitar riesgos innecesarios con aparatos de verdad. Normalmente, cuando tienes al menos cuarenta horas de vuelo en simulador puedes... puedes pasar a la cabina de uno de verdad. Bueno..., ese software se usa en cabinas simuladas donde los mandos y los asientos son totalmente realistas... y no miras una pantalla, sino que toda la carlinga es una pantalla en sí misma, así la sensación de inmersión es completa. Pero yo utilizaba una versión pirata de ese software, el FLYIT, y... estaba adaptada para funcionar con un mando de consola tradicional, y una pantalla estándar de PC, así que no sabría... no sabría decir si podría pilotar un helicóptero o no. Oh, y hay otra cosa... —añadió con rapidez—, los helicópteros que usaban la Guardia Civil o la Policía Nacional son los EC135, creo recordar, y FLYIT sólo emulaba los Bell, Robinson, Enstrom y algún otro. Así que...

    Tan pronto hubo añadido esa aclaración, volvió a bajar la cabeza; sus mejillas estaban tan rojas que parecía haber pasado todo el día tumbado bajo el sol de agosto.

    Otra vez el murmullo de los comentarios llenó la sala. Pero Aranda notó el cambio: las expresiones en las caras ya no eran de manifiesto rechazo; comenzaban a aceptar la posibilidad. En las dos horas siguientes acordaron estudiar el tema con la debida calma y minuciosidad. Muchos de los miembros de la pequeña comunidad de Carranque aún estaban en contra de intentar siquiera pilotar el helicóptero, pero Aranda estaba satisfecho: había plantado su semilla, y vaya si estaba creciendo rápido y fuerte.


    XVIII


    Los días siguientes a la caída de David por el callejón no fueron fáciles. Un velo oscuro y ominoso, denso como la niebla fría en un prado escocés, parecía haberse tejido en la casa. No hablaron mucho entre ellos. Isabel permanecía todo el día en su cuarto, no bajaba a comer ni subía arriba a esperar a que su caballero andante apareciese en su caballo blanco. John tuvo unas pesadillas delirantes; soñaba que el suelo, que se había vuelto de tierra negra y seca, se abría para tragárselo. Mary, quien pasaba con él la mayor parte del tiempo, le puso paños húmedos e intentó consolarlo, pero estaba empeorando a ojos vista, y en los escasos periodos de lucidez que ofreció aquellos días ni siquiera se atrevieron a contarle lo de la muerte de David.

    Roberto, el quinto superviviente, se concentraba en cocinar y limpiar. Decía que eso le ayudaba a seguir cuerdo, y le dejaban hacer. Aún era capaz de recordar el olor a humo que dominaba la cocina de su abuela. Las paredes, elaboradas con delgadas ramas, dejaban entrar los suaves rayos del sol mientras el humo del fogón de barro se mezclaba con una suave danza aromatizada con el olor del café y las tortitas recién cocidas. La memoria del caldo de pollo siempre le traía veladas sonrisas.

    Una tarde, sin embargo, Arturo llevó a Roberto a la azotea para hablar con él en privado.

    —Me preocupa John... —dijo.
    —Lo sé...
    —No, no lo entiendes... Roberto le miró con curiosidad.
    —¿Qué pasa si... muere? —soltó Arturo sin muchas ceremonias.
    —¿Qué pasa si muere? —repitió Roberto en voz baja, como para sí. Por fin, levantó la vista hacia su amigo, con los ojos abiertos de par en par—. Si muere... ¡si muere se...! —Se llevó ambas manos a la cara, tapándose la boca para no tener que decirlo.

    Arturo asintió.

    —Si muere... —dijo despacio—, volverá...

    Roberto anduvo un rato de un lado a otro, con las manos en la cintura a modo de jarra y mirando el suelo.

    —Es como esas putas películas...
    —Sí.
    —¡Está con Mary!
    —Sí.
    —¿Cuánto tardan en...?

    No lo sé. Pero creo que es bastante rápido.

    —Tenemos que sacarla de allí.
    —No la vas a convencer... y no creo que hablarle de lo que podría ocurrir en caso de que John muera sea lo que necesita dadas las circunstancias.

    Roberto le miró, como si no comprendiera. Tenía las venas del cuello hinchadas.

    —¿Y qué hacemos? —preguntó, subiendo el tono—. ¿Esperamos a que John muera, se convierta en un zombi de mierda, y le arranque a Mary la cabeza sin que nadie se dé cuenta, eh? ¿Y qué pasará cuando Isabel o tú o yo nos los encontremos a los dos en el pasillo, bloqueando el paso con sus ojos en blanco?, ¿les abrimos la puerta para que se vayan, eh? ¡Qué, dime! ¿Les damos en la cabeza con una puta lata de Fanta?

    Arturo lo tranquilizó, poniendo ambas manos en sus hombros.

    —Sólo digo que John no puede estar solo con una única persona en la habitación. Está mucho peor. Está amarillo. Ayer limpié su bacina, y sus heces son líquidas... fluorescentes y espumosas. Creo que se va, Rober.

    Roberto pestañeó.

    —¿Y qué hacemos si muere? —preguntó de pronto, de nuevo invadido por esa sensación de presión en el pecho que ya conocía tan bien.

    Arturo carraspeó. Estaba visiblemente incómodo.

    —Pensé en dejarlo encerrado, pero no sé si esas puertas interiores aguantarán mucho. Hay que... darle en la cabeza. Un golpe contundente, ¿entiendes? No conozco ninguna otra cosa que funcione con... cuando... —Se calló de pronto.
    —Pero tío... —dijo Roberto, con las manos de nuevo en ambas sienes—, ¿qué dices, tío?
    —Escucha, hay que hacerlo. Métetelo en la cabeza. Piensa en ello mientras estás allí... porque hay que hacerlo.

    Roberto se daba cuenta, claro. No había sobrevivido a la agonía indecible de una ciudad que se había ido muriendo poco a poco para no comprender que no había otra salida. Sin embargo, había intentado construir un muro a su alrededor, mantenerse alejado de todo aquel horror en la medida de lo posible, bien con la cocina o con las tareas de limpieza. Cuando fregaba los suelos, usaba abundante lejía. Le gustaba el olor a lejía, porque la lejía desinfectaba y mataba la podredumbre. Le gustaba cocinar, y poder dedicarle mucho tiempo a preparar una simple cacerola de lentejas porque representaba lo cotidiano, lo saludable, y le ayudaba a mantener viva la esperanza.

    —Vale... —dijo al fin—. Voy abajo, con Mary. Podemos hacerlo por turnos. ¿Crees que podemos hablar con Isabel de esto?, ¿que nos ayude?
    —Por ahora no. Es una romántica, la conoces... la muerte de David la ha destrozado.

    Asintió, pero no dijo nada más. Desapareció por las escaleras y dejó a Arturo sumido en lúgubres pensamientos.

    En los días siguientes, John durmió casi todo el tiempo. Aún sudaba, y su rostro había adquirido un color cetrino que le daba el aspecto de una máscara de cera. Roberto y Mary tuvieron ocasión de hablar y conocerse, y descubrieron que pasar tiempo juntos les gustaba. Roberto era mejicano, y cuando tenía sólo catorce años cogió el pequeño barco de su padre, única herencia que le había quedado, y navegó hacia Japón. Allí tuvo interesantes experiencias, y a Mary le gustaba escucharlas todas, algunas de ellas varias veces. Cuando Arturo apareció con un poco de caldo de puchero caliente para tomar el relevo, encontró a Mary riendo, y el cambio le animó. Pasaron unas horas juntos, sentados en el suelo y charlando de trivialidades.

    Al día siguiente, Isabel hizo una tímida excursión fuera de su cuarto. Apareció en el desayuno, y todos celebraron su presencia. Estaba pálida y tenía grandes ojeras y los ojos hinchados, pero al menos consiguió responder a las bromas con una sonrisa y comer su magdalena. Tampoco entonces quisieron tocar ningún tema importante y la mayor parte de la conversación giró en torno a establecer teorías sobre cómo preparar café sin agua y sin electricidad.

    A las once y cuarto de la mañana, Isabel se detuvo en mitad del pasillo cuando se dirigía a traer provisiones del supermercado. Le parecía escuchar un soniquete lejano, que venía de alguna parte indefinida. Era como una canción, como si alguien entonara una canción. La tonadilla tenía un tono melancólico y triste. ¿De dónde venía? Giró sobre sí misma para tratar de localizar la fuente del sonido y entonces comprendió que le llegaba a través de la ventana entreabierta. Su corazón dio un vuelco. ¡Un sonido de la calle! ¡Una canción! Se asomó con rapidez y miró en todas direcciones... al principio sólo vio la misma escena que todos los malditos días; los actores de siempre estaban todos en su sitio, puntuales, repitiendo su errático baile. Y de repente, lo vio.

    Era un hombre alto e increíblemente delgado, de largos cabellos de color blancuzco. Estaba debajo de un árbol, a no mucha distancia de la ventana. Vestía levita y una sotana raída, y la miraba directamente a ella. Sus ojos eran dos puntos brillantes que habían atrapado su mirada. Y cantaba, cantaba con voz grave y anciana una vieja canción que Isabel creía haber escuchado antes en alguna otra parte.

    En el barranco del Lobo
    hay una fuente que mana
    sangre de los españoles.
    Hay pobrecitas madres, cuánto llorarán
    al ver a sus hijos que a la guerra van.
    Málaga ya no es un pueblo
    Málaga es un matadero
    donde se matan los hombres
    como si fueran corderos.


    Isabel no conseguía comprender. Ese hombre estaba allí, con sus piernas abiertas y los brazos extendidos a ambos lados, cantando, pero los muertos caminaban a su alrededor sin reparar en él. La escena tenía un aire surrealista que la mantuvo hipnotizada durante un buen rato.

    Málaga es un matadero
    donde se matan los hombres
    como si fueran corderos


    Por fin, sacudió la cabeza y se pasó una mano por el rostro. Tenía la boca tan seca. El hombre con sotana sonrió. Sus dientes, perfectamente alineados, eran grandes y tenían el color del marfil viejo. Despacio, levantó el brazo cuan largo era: sujetaba una pequeña cuartilla de papel. Desde esa distancia, Isabel no podía leer lo que ponía, pero reconoció la estructura de las letras; era una de sus cartas, una de las hojas de socorro que habían arrojado desde el tejado.

    Entonces ocurrieron otras cosas a la vez.

    Mary, en una de las habitaciones contiguas, chilló. Fue un grito largo y agudo, tan estremecedor que Isabel no pudo evitar dar un respingo. Su corazón se desbocó. Sin apartarse de la ventana, miró por el pasillo en dirección a la habitación. En su mente se dibujaron varias imágenes en rápida sucesión; eran como fotografías en blanco y negro, pero representadas con contundente claridad. Vio a Mary, en la habitación con John. Este se hallaba de pie sobre la cama. Tosía sangre, pero eso no parecía importarle; tenía la mirada fija en Mary, y era una mirada cruel.

    Isabel corrió, llamando a gritos a Arturo y a Roberto. El mejicano se le adelantó, salía del lavabo cuando ella pasaba. Llegaron a la puerta del cuarto y él aprovechó el impulso de la carrera para derribarla con el hombro, sin darse tiempo a girar el picaporte. La puerta se abrió con un fuerte estruendo.

    John estaba acorralado contra una esquina. Mary había volcado el somier de la cama y lo mantenía apretado contra él. Tenía los brazos extendidos y hacía fuerza con todo su cuerpo.

    —¡A-ayudadme! —pidió, con voz temblorosa.

    Corrieron a ayudarla. John sacudía los brazos, intentando agarrar a alguien. Mary, exhausta, se retiró del somier y cayó derrengada a un lado. Estaba demasiado asustada para romper a llorar, pero hipaba terriblemente.

    —¡N-n-no me di c-cuenta! —decía, sin poder dejar de mirar a su amigo resucitado—. De repente él... él se...

    John profirió un gruñido ronco.

    Arturo apareció en la habitación, con los ojos espantados.

    —John... —dijo en voz baja, incapaz de asimilar la escena que tenía ante sí.
    —¡Sácalas de aquí, hombre! —dijo Roberto, haciendo presión con el somier. John se debatía cada vez con más furia.

    Arturo no reaccionó inmediatamente, pero por fin relevó a Isabel con el somier y ella pudo ayudar a su amiga a incorporarse. Una vez hubieron salido, el mejicano se volvió hacia Arturo. Tenía una pregunta que luchaba por salir, pero le costó esfuerzo formular.

    —¿Con qué lo hacemos?

    Arturo le devolvió la mirada. En ella, sin embargo, se podía leer con meridiana claridad que no tenía ni la menor idea.

    En el pasillo, las chicas se abrazaban. No había conocido mucho a John, pero sabía que su amiga había pasado incontables horas prodigando sus cuidados a aquel irlandés.

    —Ven, vámonos... vamos a la cocina —dijo Isabel, intentando llevársela de allí.

    Caminaron por el pasillo, aún cogidas por las manos, alejándose de los gruñidos hoscos y estentóreos que salían de la habitación. Cuando pasaron al lado de la ventana, Isabel recordó (como si fueran corderos) al hombre con la sotana raída y los dientes grandes. Echó un vistazo, inquieta, pero ya no estaba; allí abajo sólo quedaban los muertos. Debajo del árbol, una suave brisa arrastraba una cuartilla de papel entre los pies de aquellos monstruos.

    Entonces escucharon un fuerte sonido que levantó ecos apagados en las escaleras y que parecía provenir del piso de abajo. Allí, no obstante, sólo estaba el portal, el ascensor, y unas pequeñas habitaciones que constituían la portería. Nunca bajaban, allí sólo les esperaba la improvisada barricada que habían levantado para tratar de sellar la gran puerta de doble hoja que conducía a la calle. Permanecieron abrazadas, escuchando expectantes. Casi al mismo tiempo hubo un segundo golpe. Y un tercero. Tenían una cadencia contundente, casi opresiva.

    —¡Isabel! —llamó el mejicano desde lejos—. ¡¿Qué pasa?!

    Pero las chicas no contestaron, estaban absortas en los escalones que conducían a la oscuridad total de la planta baja. Un cuarto golpe vino acompañado de un crujido terrible, que a Isabel le trajo el recuerdo vivido de la tabla que mató a David. Al mismo tiempo, la oscuridad de la planta baja se retiró, ahuyentada por una inesperada fuente de luz. Isabel chilló sin poder contenerse; ahora sabía a qué pertenecían los ruidos. No sabía cómo, pero habían echado la puerta abajo. Era la luz de la calle que se desparramaba por el portal.

    —¡ROOBERTOOOO! —gritó Isabel.

    Dentro de la habitación, los dos jóvenes tenían dificultades para controlar a John. Cada vez estaba más encolerizado; sacudía las manos haciendo enormes aspavientos, y abría la boca lanzando embestidas y dentelladas al aire. Sus envites eran también más fuertes. Apretaban el somier contra él, pero necesitaban de toda su fuerza para retenerlo.

    —¡T-te dejo, Arturo! —anunció Roberto, levantando la voz por encima de los gruñidos animales—. ¿Vale?, ¡¿lo tienes?!
    —¡Date prisa! —dijo Arturo, poniendo todo su cuerpo sobre el somier. Empleaba los brazos para alejar los manotazos del muerto.

    Por fin, Roberto soltó el somier y salió a toda prisa de la habitación. Su objetivo era la habitación contigua. Había allí un cenicero de pie, muy pesado, hecho de metal bruñido; sería suficiente para devolver a John al dulce letargo de donde no debía haberse despertado. Pero en el pasillo reparó en las dos chicas; miraban el hueco de la escalera, inmóviles y agazapadas.

    Y entonces lo escuchó... era una especie de canción, cargada de tintes melancólicos. Alguien cantaba, su voz subía, grave y profunda, desde el portal.

    En el barranco del Lobo
    hay una fuente que mana
    sangre de los españoles.


    —¡Isabel! —llamó.

    Isabel se giró, pero en la expresión de su rostro vio que tampoco ella sabía qué pasaba.

    —¡¿Quién es?! —preguntó de nuevo.
    —¡DATE PRISA, JODER, DATE PRISA! —gritó Arturo desde la habitación. Su voz denotaba un tremendo esfuerzo físico. Roberto se debatió entre ir a por el cenicero de metal o averiguar qué pasaba en el portal. Pero entonces Mary gritó, y aquel grito horrible le congeló en el quicio de la puerta donde estaba. Gritó tanto que tuvo que doblarse sobre sí misma para poder sacar todo el aire; la cara se le puso roja del esfuerzo. Isabel estaba a su lado, temblando como una hoja en un vendaval.

    Eso le decidió. Corrió la distancia que le separaba de las dos chicas y pasó por delante de ellas para asomarse a las escaleras. Allí se encontró de frente con una de esas cosas, vestida con una sucia camisa gris y unos vaqueros. Faltaba gran parte de su pelo ralo y rizado, y en su lugar la piel se hallaba contraída y enrojecida como si hubiera sufrido una aparatosa quemadura. Detrás suya subía desmañadamente otro de los zombis. Le miraba con ceñuda preocupación con su único ojo sin pupila. Y detrás de éstos había un tercero, y un cuarto, y aun más... Subían en confuso tropel por las escaleras. "Son los muertos", pensó; "los muertos han entrado, han entrado". Pero vio algo más. Recostado contra la pared, a un lado, había un hombre. Supo enseguida que no era uno de los muertos vivientes por el brillo despiadado de sus ojos, por su sonrisa perfecta. Llevaba una machota en la mano y con la otra empujaba a los muertos hacia arriba. Le miraba a él y asentía.

    Trastabilló, intentando apartarse de aquella visión enloquecedora. Su mente era un disco rayado que no parecía llegar a ninguna conclusión, encallada sin remedio en el mismo punto de la línea de pensamiento: han-entrado-han-entrado-han-entrado. El hombre de la machota, con una voz burlona pero poderosa, le sacó de su estado de shock bramando desde su posición en las escaleras:

    —¡Cuando Él abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: ¡Ven! Y miré, y vi un caballo. ¡El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra!

    Cuando el primero de los zombis estaba ya a muy poca distancia de Roberto, Isabel lo cogió por el cuello de la camiseta y tironeó fuertemente hacia sí. Roberto se combó a un lado, caminó dos pasos y reaccionó incorporándose con rapidez. Miró a Isabel, perplejo.

    —¡ARRIBA, VAMOS, ARRIBA! —gritó Isabel. Llevaba a Mary cogida por un brazo. Ésta parecía estar fuera de sí; tenía el rostro contraído y enrojecido. Sus ojos eran ventanas a una habitación vacía: no había nadie allí que gobernase el barco.
    —Pero Arturo... —dijo Roberto casi en un susurro. Corrieron hacia el siguiente tramo de escaleras y él envió a las chicas arriba, después siguió por el corredor y se asomó a la habitación de John. Primero vio el colchón, que estaba ahora caído en el centro de la sala. Tenía una gran mancha de color oscuro que era casi tan grande como ancho era. Tumbado encima del colchón estaba Arturo, con los pies sobre el suelo. Una de las piernas se sacudía con febril agitación, como aquejada de involuntarios espasmos. Se agarraba el cuello con ambas manos y miraba el techo con una mueca de dolor en el rostro. De allí manaba abundante la sangre, que teñía sus manos y su pecho. Parecía querer decir algo, pero de su boca sólo salían pompas de saliva con tintes rojos. John estaba de pie, a su lado, tenía la boca bañada de sangre y le miraba. Su postura era animal: ambos brazos en actitud amenazante con los dedos trocados en garras despiadadas, las piernas flexionadas y el cuerpo ligeramente adelantado.

    Roberto gritó:

    —¡JOHN!

    El muerto viviente se volvió tan rápidamente que el mejicano se sorprendió. Notaba cómo el terror que había experimentado hacía pocos segundos se estaba convirtiendo en un torrente de furia. Apretó los puños. La adrenalina tensaba todos sus músculos.

    Fuera, en el pasillo, el hombre del monumental mazo gritaba: "¡Ahora todo lo hago nuevo; yo soy el Alfa y la Omega!". Roberto, a punto de lanzarse sobre John para derribarlo a golpes, se contuvo en el último momento. Tenía que pensar en Mary... tenía que pensar en Isabel. Echó un rápido vistazo a Arturo. Su mano caía desmayadamente a un lado en ese momento. Su rostro estaba fláccido, un pequeño caudal se sangre se escapaba por la comisura de su boca y se deslizaba tímidamente hasta su cuello.

    Salió corriendo, batiendo el suelo con una nueva e inesperada energía. Casi podía sentir a John, persiguiéndole. Los muertos vivientes habían invadido ya la mitad del corredor. Aquel hombre demencial que los dirigía seguía empujándolos hacia delante. "Jesús... lleva sotana", pensó Roberto, fijándose por primera vez en su ropa.

    Trepó con rapidez por las escaleras. Los muertos parecían estar reaccionando a sus carreras; estaban excitándose y ganaban velocidad con cada movimiento. Sus pasos eran más rápidos, proferían ininteligibles gruñidos cada vez con mayor frecuencia, y le miraban directamente a él mientras alargaban las manos crispadas.

    —¡Raza de víboras! —decía el sacerdote—. ¡¿Cómo escaparéis al Juicio Divino?!

    En ese momento, Roberto dio un traspiés y cayó sobre los escalones. La rodilla derecha estalló con una explosión de dolor punzante e intenso. Cerró los ojos unos segundos, intentando controlar la sensación de quemazón pulsante, y después pudo mirar hacia atrás para ver quién le perseguía. Allí estaba ya John, alargando una mano para cogerle del pie.

    El mejicano reaccionó con rapidez: contrajo la pierna sana y le propinó un fuerte golpe. Fue como golpear una almohada, John no acusaba dolor. Le cogió del pie y tiró hacia sí, buscaba su carne con su boca muerta. Pero Roberto, viéndose preso, sacó fuerzas para dirigirle una serie de patadas. La cadencia pasmosa con la que le lanzó la tanda de golpes consiguió librarle de la mano que lo atenazaba. Justo a tiempo, ya llegaban los otros. Sus miradas enloquecidas le imprimieron nuevas fuerzas para incorporarse y salir corriendo.

    —¡MARY! —llamó, corriendo por el rellano y mirando todas las puertas a su alrededor.
    —¡Arriba, Roberto! —llamó Isabel—. ¡En la azotea!
    —¡Estamos jodidos! —dijo Roberto fuera de sí cuando llegó arriba. Isabel cerró la puerta de metal cuando su amigo hubo cruzado.

    El pestillo quedaba del otro lado, pero no pensaban que un pestillo hubiera resultado de mucha ayuda, de todas formas. Siempre habían pensado que resistirían contra muertos vivientes sin cerebro, incapaces de resolver problemas simples como un pestillo, o una puerta cerrada por unas trancas de hierro, pero se enfrentaban ahora a un dilema nuevo, desconocido.

    —¡Es un hombre! —dijo Roberto—. ¡Ha echado abajo la puerta del portal con un mazo y ha traído esas cosas hasta nosotros!
    —¿C-cómo vamos a salir de aquí? —preguntó Isabel, mirando alrededor. El cielo estaba encapotado, pero el día era luminoso. A su alrededor se extendían los tejados de la ciudad, separados por los insalvables abismos que eran las calles.

    Roberto miró a Mary. Miraba al suelo con la cabeza inclinada, como quien examina un difícil jeroglífico. Estaba apagada, se había rendido. El mejicano giró sobre sí mismo... allí no había nada que pudieran usar, y desde luego no había ninguna salida a ninguna parte. Estaban atrapados.


    XIX


    —A ver... prueba con esto —dijo el Cojo, entregándole a Moses un trozo de alambre enrollado a un tenedor—. En el trullo teníamos una igual, para la tele pequeña, y vaya si funcionaba la jodía.

    Moses lo examinó. Uno de los cabos estaba suelto y se prolongaba, cimbreante, unos treinta centímetros.

    —Sí... ¡creo que sí! —dijo con una sonrisa.

    Se llevó el pequeño aparato de radio a la ventana y allí sujetó el tenedor al marco usando un poco de cinta adhesiva. Luego introdujo el alambre en el hueco de la antena.

    —Veamos si ahora captamos algo...

    Pulsó el botón de encendido y giró el dial. Las emisoras habituales ya no estaban allí. Ninguna de ellas, desde las grandes como Radio Nacional de España, hasta las locales como Radio Pinomar. Todo el espectro estaba en silencio.

    —No puede ser... —dijo Moses, viendo evolucionar el dial por toda la banda—. ¿Es que no queda nadie?
    —Es imposible... es imposible, tío. Acuérdate de los disparos que escuchamos el otro día. Hay gente viva, seguro que hay gente en más lugares de los que nos imaginamos. ¡Como nosotros! Aguantando...

    Siguió girando el dial con toda la lentitud que le permitía el sistema analógico de aquel antiguo aparato, pero pronto se desanimó.

    —¡Es esta puta mierda, hombre! —dijo de pronto—. Necesitamos un aparato mejor. Tiene que funcionar, ¿no lo ves? La televisión es más complicada, lo entiendo. Quién sabe qué pasa hoy día con los repetidores, con las señales por satélite. No sé si quedan aún suficientes chicos listos como para mantener el cotarro en marcha, ¿sabes? Pero la radio es otra cosa...

    El Cojo se encogió de hombros.

    —Pues nada, tío. Nos vamos al Eroski de los cojones y compramos un equipo de música cojonudo. No te jode. Moses soltó un bufido.

    Moses y el Cojo habían sobrevivido bien a la hecatombe. Vivían en un ático de la calle Beatas, ubicado en pleno centro de Málaga. El resto del edificio estaba vacío, como casi todo el centro, por lo que no les había costado mucho bloquear las escaleras para evitar que los espectros les visitasen. Desde sus ventanas habían visto escenas muy duras, pero también habían ayudado a mucha gente a huir de los zombis y se habían ocupado de acabar con un buen número de ellos, cuando era necesario. Ya no lo hacían; siempre llegaban nuevos espectros que ocupaban el puesto de los caídos, y existía otro problema fundamental: el sol descomponía los cadáveres con rapidez y el hedor dulzón les subía hasta la casa impregnándolo todo. Tampoco se encontraban ya nunca con nadie. Estaban solos, y Málaga era el patio de recreo de la Muerte.

    Aunque no se manejaban mal con los zombis, que por regla general eran lentos y torpes, había otro motivo por el que procuraban evitar las excursiones a la calle siempre que fuera posible. El Cojo los llamaba los corredores. No sabían a qué era debido, pero era como si algunos de los muertos despertasen, y fuesen capaces de desarrollar una velocidad exacerbada y una furia inusitada. Una vez escucharon gritos en la calle y se asomaron al balcón para mirar abajo. Al principio pensaron que eran dos hombres corriendo. El que iba primero gritaba, y sus brazos y piernas se agitaban a cada paso que daba como si fuera a caerse de bruces. El que iba detrás corría de una forma poco natural, con los brazos hacia delante y ligeramente inclinado, como si fuera un lobo. Entonces comprendieron lo que pasaba. Moses y el Cojo les gritaron, pero, consumidos por la impotencia, no pudieron hacer gran cosa. Unos cien metros más allá, el lobo alcanzó a su víctima. Lo cogió por la espalda y lo lanzó contra la pared. Aún estaba estampándose contra ella cuando el lobo ya se había subido encima, hundiendo su cara en el hueco de su cuello. La sangre manaba a borbotones. Una mano temblorosa intentó zafarse de la mortal carga que tenía a la espalda, pero cayó pesadamente sobre el suelo. El lobo perdió el interés rápidamente. Corrió a la acera de enfrente, golpeó un escaparate con ambos puños y, mientras los cristales rotos aún repiqueteaban contra el suelo, ya salía corriendo por la calle hasta perderse entre los edificios. Fue todo tan rápido y bestial, que sólo pudieron quedarse en el balcón, con las manos tapándose la boca, horrorizados.

    Se encontraron con otro corredor en otra ocasión, cuando exploraban el edificio vecino. Aquella vez estuvieron a punto de engrosar las filas de los muertos vivientes. Comprobaron que era fuerte, extraordinariamente fuerte. Incluso entre los dos les costó indecibles esfuerzos evitar sus constantes manotazos, patadas y dentelladas. Cuando por fin pudieron librarse de él, descubrieron que estaban exhaustos: les dolían los brazos y respiraban entrecortadamente. Moses le preguntó al Cojo qué pasaría si en lugar de un corredor tuvieran que enfrentarse a dos. El Cojo contestó que, con probabilidad, eso sería tan malo como pillarse los huevos con la puerta del coche. Rieron durante un buen rato, pero en los días sucesivos ambos tuvieron sueños inquietos donde aquel episodio se repetía incesantemente.

    Contaban con cantidades ingentes de raciones de campaña del Ejército de Tierra, incluyendo paquetes de pan-galleta, suficientes para al menos tres meses. Un amigo les había pedido que se las guardasen "un tiempo", según les había contado, para que se olvidaran de ellas y poder venderlas luego en eBay, ya que esos productos solían cotizarse entre 15 y 40 euros. El Cojo opinaba que el Ejército de Tierra debería haber incluido también pastillas de Almax en cada uno de los malditos envases por los ardores que provocaban, sin duda debido al exceso de conservantes. Por lo demás, las raciones contenían una variedad interesante: caballa, merluza, carne de vacuno, albóndigas, ensaladas, judías con chorizo, lentejas... y más de un aditivo muy de agradecer como leche condensada, pastillas de vitamina C y cremas variadas de fruta.

    —Podemos llegar hasta el Bazar San Juan, eso seguro —dijo Moses.

    El Cojo le dirigió una rápida mirada. Estaba tomando un poco de mermelada con galleta de las raciones de campaña.

    —Olvídate de eso, Flanagan —dijo el Cojo—. Aunque me gustaría conseguir algo guapo... ¡como un lanzallamas!
    —Esa es una idea muy peregrina. Si un zombi avanzando hacia ti ya es malo, imagina un bonzo envuelto en llamas, uno que no cae y no acusa el dolor.
    —Vale, listo. Pues una caja de granadas, o una ametralladora de ésas cañeras. ¿Cuánto se tarda en limpiar una calle con una de ésas?

    Moses apenas le escuchaba, sumido en su propia línea de pensamientos.

    —¿Por qué no...? Joder, hasta podríamos conseguir un vehículo... un Hummer, o un Jeep si no podemos encontrar uno... uno grande, alto, con grandes ruedas. Podríamos reforzarlo, quizá, e irnos a tomar por culo. —Pestañeó y miró al Cojo—. ¿A dónde irías?
    —Hay mogollón de urbanizaciones cerradas en la costa, todas muy guapas... Podríamos ir a una de esas villas de lujo con un gran muro exterior, piscina, tenis... —pensó un instante y añadió—: y fijo que allí no hay tantos zombis como aquí, en pleno centro.

    Moses consideró la idea. En su mente, las palabras de Josué cobraban formas concretas. Ya podía ver la exuberante buganvilla que trepaba por encima de la puerta de su terraza; ya casi podía sentir el calor del sol en su rostro mientras estaba allí sentado con una buena cerveza a mano.

    —¿Por qué no? —dijo despacio, más para sí mismo que en contestación a su amigo.

    Al día siguiente, los rayos tibios de un sol que pasaba por la franja de las doce del mediodía entraron por un ventanuco y se desparramaron por una cama donde el Cojo dormía. Sus sueños eran siempre inquietos y daba numerosas vueltas, por lo que no era inusual verlo amanecer hecho un ovillo, con el edredón enrollado en su cuerpo.

    Abrió los ojos perezosamente, y al abrir la boca descubrió algo nuevo: tenía un lado de la cara entumecido, y aproximándose por el túnel de la consciencia llegaba un dolor cálido y punzante situado en algún punto de la mandíbula inferior. Se llevó la mano a la mejilla, moviendo la boca en un vano intento por sacudirse el dolor. "Es el puto diente, coño", pensó.

    —¡Mo! —llamó con voz ronca. Sin embargo, no obtuvo respuesta. Se sentó en la cama, intentando despejarse.

    Habrá ido a comprar pan, pensó divertido. Sin embargo, el dolor que sentía le cortó el humor. Miró hacia el aseo, al pequeño vasito donde el cepillo de dientes envejecía como un antiguo juguete roto. ¿Cuánto tiempo hacía que no se cepillaba? Era como si el fin del mundo hubiera cortado los viejos hábitos.

    A veces las madres tienen razón con estas cosas, dijo para sí, incorporándose.

    —¡Eh, Mo!

    Se metió en el cuarto de baño y probó a cepillarse. Quizá era alguna impureza que se había quedado trabada entre dos piezas y un repaso lo resolvería todo. Eso esperaba, al menos. Cuando terminó se miró al espejo. Parecía que le dolía un poco menos, y no había ningún indicio de hinchazón. Una vez, estando en la cárcel, se le hinchó una mejilla, y estuvieron llamándole "conejito" los tres días que tardaron en hacer efecto los antibióticos.

    —¡Mo! —llamó de nuevo.

    Fue al salón y echó un vistazo, pero Moses no estaba. La ventana del pequeño balcón estaba abierta, y tampoco allí se le veía. Fue al cuarto de baño, a su cuarto y a la pequeña cocina. No estaba en casa.

    Se asomó por el balcón y miró a la calle. Había pocos espectros, pero por lo demás nada inusual. Se tomó un momento para sentir los cálidos rayos del sol en el rostro. Eran los primeros tras muchos días nublados, y, Jesús, cómo calentaban. Era como ponerse pilas nuevas.

    Volvió al salón. El dolor describió un enorme pico y tuvo que detenerse un momento. "¿Dónde coño ha ido?", pensó, sintiendo que la onda dolorosa le atenazaba el cerebro. Ni siquiera tenía una mala aspirina para mitigar el dolor. Ceñudo, echó un rápido vistazo a la lata de mermelada que había estado disfrutando el día anterior y maldijo todo su delicioso azúcar.

    Abrió la puerta de la calle y se asomó al pasillo, pero tampoco encontró allí a su compañero.

    —¡Eh, Mo! —llamó. Pero, como toda respuesta, el silencio cayó de nuevo sobre él.

    Cerró la puerta, disgustado. El dolor no era excesivo, pero sí constante. No hacía ni unos minutos que estaba despierto y ya estaba perdiendo la paciencia. Consideró la risible posibilidad de encontrar un superviviente dentista, y luego ponderó la posibilidad de encontrarlo en los próximos veinte minutos, y concluyó que necesitaría conseguir medicamentos por sí mismo, y pronto.

    Volvió otra vez al balcón. Era cierto, había menos zombis vagabundeando por la calle. Hasta parecían algo más atontados que de costumbre. Había uno vestido con una bata blanca que, arrodillado en medio de la calle, miraba con interés su propia pierna, extendida hacia delante.

    Se descubrió pensando en la posibilidad de salir a la calle. ¿Dónde estaba, al fin y al cabo, la farmacia más cercana? Creía recordar que había una en el Molinillo, y en Santa María había por lo menos un par. "Tan cerca y tan lejos", se dijo, desanimado. ¿No había una en la Plaza de la Merced? De ser así, sólo tenía que ir recto por la calle Álamos, cruzar la plaza, entrar dentro, y coger algunos antiinflamatorios y unos antibióticos. Y puede que una o dos pastillas para dormir.

    Y qué coño, se dijo, tocando su pierna más corta, "de paso pillaré el periódico y me sentaré en una de las terracitas a dejar que llegue la hora de comer. Puede que hoy pida una tapa de ensaladilla rusa y una cerveza bien fría". Bien sabía que sin la ayuda de Moses, la posibilidad de sobrevivir solo a un trecho tan largo era poco menos que ridícula, aun sin corredores de por medio. Moses era diferente. No sabía cómo lo hacía, pero se comportaba como si mantuviese el control todo el tiempo. Cuando se enfrentaba a los muertos, no se apresuraba: si era necesario, golpeaba con precisión y contundencia; y donde era posible, se limitaba a esquivarlos.

    Se asomó de nuevo al pasillo. Si no estaba en casa, tendría que estar en alguno de los pisos aledaños. Todos ellos estaban vacíos, la mayoría desde antes de la catástrofe. En algunos de ellos habían dejado tablas y clavos de nueve centímetros por si los espectros conseguían irrumpir en el edificio y teman que encerrarse en alguna otra parte.

    Bajó despacio por las estrechas escaleras. En el segundo piso le llegó el olor dulzón y penetrante de la podredumbre, olor a cloaca rancia, del que sube despacio por las cañerías podridas y descuidadas. Más adelante tendrían que hacer algo con eso.

    Llegó al piso más bajo sin novedad. La puerta de entrada seguía clausurada con un pesado mueble de hierro que habían encontrado en la cocina de una de las casas. Estaba oxidado e inútil, pero debía pesar más de cien kilos y constituía una buena garantía de que la entrada no iba a traspasarse fácilmente. Pero si no había salido, ¿dónde estaba Moses?

    En ese momento escuchó un ruido metálico en alguna parte detrás suya. Se volvió, inquieto, pero allí no había nada, excepto la puerta abierta que bajaba al garaje.

    ¡El garaje! Una sensación de ansiedad se apoderó de él. Todavía recordaba con claridad la noche en la que unos extraños sonidos les despertaron a altas horas de la madrugada. Se acercaron a la puerta, con un sudor pegajoso abriéndose camino en sus frentes ceñudas, y con la máxima prudencia, echaron un vistazo por la mirilla: había tres, quizá cuatro de aquellas cosas, arrastrando erráticamente los pies en la oscuridad. Les costó un enorme esfuerzo volver a dejar limpio de espectros todos los pisos y habitaciones, armados como iban únicamente con una resistente barra de cortina de hierro y un palo terminado en gancho de los aperos de la chimenea. En al menos un par de ocasiones estuvieron a punto de perder el control y dejarse atrapar por los muertos.

    Cuando al fin llegaron al piso bajo, exhaustos y tensos de golpear, empujar y arrastrar durante horas, descubrieron con gran sorpresa que la barricada no había sido violentada: allí estaba el viejo mueble guardián, impasible, cerrando el acceso como todos los días anteriores. "¿Por dónde han entrado?", se preguntaban los dos envueltos por las tinieblas del amanecer. Entonces, como salida de la nada, una mano descarnada y negra agarró al Cojo por el hombro. Pegó un grito, pero se desasió con un fuerte tirón. Moses se giró, sin poder dar crédito a sus ojos. Allí estaba, era uno de esos espectros; se había colado de alguna forma a su cuidadoso control. Lo derribaron con desmedida furia, golpeándole con saña incluso una vez que dejó de contraerse en el suelo. "¿De dónde ha salido?". No lo sabían.

    Por fin lo vieron en una esquina del portal, justo en el hueco entre la pequeña garita del portero y la pared. Medía escasamente un metro de ancho; una puerta que estaba tallada con las mismas filigranas de madera de la pared de forma que nunca la habían notado.

    Abajo encontraron lo inesperado: un espacioso garaje con plazas grandes para al menos seis vehículos. La puerta corredera de metal se había desprendido del techo y yacía, ajada, en el suelo cubierto de polvo. En una esquina había una vieja furgoneta Volkswagen enterrada en el polvo del desuso de años y años. Y encontraron gran cantidad de muertos vivientes deambulando entre las sombras del garaje.

    Se enfrentaron a ellos desde la angostura de la puerta de entrada, una pequeña escalera de sólo seis peldaños que les daba ventaja suficiente como para engancharlos con sus barras de hierro. Como solía suceder, al abatir al primer par de atacantes el resto empezó a inquietarse y a acometer sus ataques con cada vez más violencia. En uno de los envites, la barra con gancho del Cojo se quedó trabada en el cráneo de uno de los espectros y la perdió, se le escapó de las manos sudorosas y cansadas. Ese accidente puso las cosas un poco más complicadas, pero finalmente consiguieron dejar el garaje vacío.

    Reparar la puerta lo suficiente como para asegurar que ningún otro espectro iba a sorprenderlos en el futuro les llevó un buen rato, y el sol estaba ya alto en el cielo cuando terminaron. Acordaron que todo aquel espacio extra inesperado no les servía a ningún propósito, y la puerta del portal se clausuró definitivamente. Unas semanas más tarde había sido olvidada.

    —¿Mo? —preguntó con cautela. El diente pulsaba en dolorosas ondas con una persistencia enloquecedora. Empezaba a dolerle el oído, y una nube blanca le velaba.
    —¡Aquí abajo! —dijo Moses, sin levantar mucho la voz.
    —¿Qué coño haces?

    Moses estaba junto a la furgoneta. Había abierto todas sus puertas, la parte de atrás y el capó, y examinaba el motor con interés.

    —Bueno, ¿recuerdas lo que hablamos ayer?
    —Pues... vagamente, tío. Hoy no me he levantado con muy buen pie.
    —Todo aquello sobre coger un coche e intentar ir a otra parte... El Cojo le miró, miró la furgoneta, de un indefinido color desvaído detrás de primigenias capas de polvo y abandono, miró sus ruedas desinfladas y el óxido que había socavado todos sus bajos, y rió como una hiena enferma.
    —¿Esto?

    Moses le devolvió la mirada. Tenía ese brillo febril en los ojos que tan bien conocía.

    —Bueno, sólo quería saber qué tenemos aquí, pero creo que el motor no está mal. La batería está muerta, y haría falta bastante trabajo, pero no sería la primera vez que desmonto un motor y lo vuelvo a montar. Al menos aquí podríamos trabajar tranquilos. Si encontramos algunas cosas, podríamos ponerla en marcha en unas semanas. Podríamos poner unas coberturas a las ruedas, fortificar las ventanas...
    —¿Como el Equipo A? —preguntó el Cojo, todavía riéndose. El dolor era tan exquisito que, en el buffer de su mente, imaginaba el diente derritiendo la encía e incrustándose en el hueso.
    —Puede funcionar. Puede funcionar.
    —Pues va a tener que esperar... tengo un problema.
    —¿Qué pasa?
    —El diente. Éste de aquí —dijo tocándose la mejilla—. Me duele tanto que preferiría una noche de sexo con un negrata cabrón de ciento cincuenta kilos.

    Moses pestañeó. Su amigo tenía los ojos acuosos y enrojecidos, ahora que lo miraba bien.

    —No me jodas...
    —Sí. Me va a estallar la puta cabeza.

    Moses consideró unos instantes las opciones que tenían; de alguna forma, siempre había pensado que una situación así se produciría tarde o temprano. Su mente evocó algunos reportajes que había visto en el National Geographic: Encontrada la momia de Nefertiti... Recientes estudios parecen coincidir con la teoría de que la joven reina egipcia murió a la edad de veintitrés años de una caries.

    —Eso es... una putada, tío.
    —Dímelo a mí. Es como si estuvieran perforándome la encía con unas tijeras de uñas.
    —No me veo sacándote ese diente... pero podríamos ir a por unos antibióticos, algo para el dolor... y rezar porque remita.
    —Lo que sea... en serio, me abro camino a hostias si hace falta, pero que deje de dolerme...

    Moses se incorporó con determinación, como quien toma una decisión importante que no admite disyuntivas, y cerró el capó.

    —Vale. Vamos a una farmacia. Hay que moverse rápidamente antes de que te dé una infección, fiebre, o ambas cosas.

    El Cojo asintió. La perspectiva de recorrer un kilómetro por calles atestadas de muertos vivientes se le antojó prometedora comparada con la idea de sobrevivir enterrado en aquel dolor profundo y tenaz.


    XX


    Roberto buscaba con su mirada, frenético, algún punto a su alrededor que le diera la clave con la solución a su acuciante problema. Isabel, mientras tanto, descargaba su peso contra la puerta de metal, en anticipación al momento en el que los zombis llegaran hasta ellos. Tan sólo Mary parecía ausente de la situación, concentrada en frotar sus manos hasta el paroxismo nervioso.

    —¡R-Roberto! —llamó Isabel, escuchando la voz de aquel extraño hombre acercándose, detrás de la puerta.
    —¡Lo sé!
    —¡ROBERTO!
    —¡LO SÉ, COÑO, LO SÉ!

    Pero allí no había nada que pudiera usar.

    Corrió entonces hacia la cornisa y echó un vistazo abajo. La fachada se extendía, fría y solemne, a sus pies. Demasiada altura, nunca conseguirían sobrevivir a una caída como ésa. Corrió a otro de los lados, de nuevo sin suerte.

    La puerta metálica se estremeció con una contundente sacudida. Isabel lo miraba, expectante. Mary se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos, como queriendo evadirse a algún mundo privado interior.

    Roberto corrió hacia el otro extremo, se detuvo en seco junto al borde de la cornisa y miró. Unos geranios y unas lozanas gitanillas crecían en bulliciosa prosperidad en un balcón situado a unos escasos dos metros y medio. Unas raídas cortinas se asomaban perezosas, estremecidas por la ligera brisa de la mañana. El balcón era estrecho, pero suficiente, sí, para saltar hasta él. Roberto experimentó una cálida sensación de euforia, como si estuviera contemplando las mismísimas puertas del cielo.

    Corrió de nuevo hacia Isabel, lanzándose sobre la puerta de metal para ofrecer resistencia.

    —¡Isabel, hay un balcón allí, tienes que saltar con Mary!
    —¿Q-qué?

    Los golpes en la puerta cada vez eran más contundentes.

    —¡VAMOS!

    Isabel tomó a Mary de la mano y, torpemente, corrieron hacia la cornisa que indicaba el mejicano. Roberto vio cómo se asomaba y le indicaba algo a Mary, pero ésta la miraba como se mira un antiguo episodio de reposición que se ha visto ya innumerables veces. Isabel intentó tironear de ella, pero sin resultado.

    A través de la puerta, le llegó la voz apagada pero enervante de aquel hombre que, inexplicablemente, caminaba junto a los muertos.

    —¡Y el primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra...!
    —¡ISABEL, SALTA!

    Pero no saltaban. No podía tampoco empujar a Mary, era demasiado peligroso; había una alta probabilidad de que se precipitase al abismo. Roberto comprendió que Isabel no iba a dar ese paso, no después de ver cómo David perdía la vida en una circunstancia similar.

    —¡... y la tercera parte de los árboles se quemó, y toda la hierba verde fue arrasada!

    Algo en el tono frenético de aquella cita bíblica le puso en marcha. Se descubrió a sí mismo corriendo hacia las chicas, abandonando la puerta de metal que se abrió de par en par casi inmediatamente. Un tropel de espectros irrumpieron en la terraza; los primeros caían al suelo y eran pisoteados por los que venían detrás.

    Roberto llegó hasta sus compañeras, las rodeó con el brazo y se colocó en la cornisa.

    —¡Escuchad, vamos a saltar al balcón de abajo!

    Isabel intentó retroceder; le miraba con ojos presos del pánico.

    Mary miraba hacia atrás, con el labio temblando de nuevo. Sus ojos se paseaban enloquecidos por entre los recién llegados.

    —¡Agarraos!, ¡YA!

    Pero antes de que nadie pudiera reaccionar, Roberto saltó. Intentó mantener la verticalidad mientras apretaba a las dos chicas contra su cuerpo. La cosa salió bien: aterrizaron en el suelo de la terraza, pasando por entre los geranios y cayendo de rodillas, derribando dos viejos maceteros.

    Roberto se incorporó y miró rápidamente hacia el interior de la casa. No sabía dónde habían aterrizado, ni si estaban realmente a salvo por el momento. Ante él se abría una habitación donde presidía una enorme cama de matrimonio. En las paredes colgaban numerosos retratos de algunas conocidas folclóricas. Los muebles eran oscuros y vetustos. Miró la puerta de la habitación: estaba abierta y a través de ella se veía un largo pasillo. No reconocía nada de todo aquello; nunca había estado en aquella casa. Bendito fuese el Señor por los pequeños favores: habían aterrizado en el bloque de al lado.

    —Vamos... tenemos que seguir —dijo Roberto, mirando a las chicas. Mary parecía atravesar algún episodio nervioso: su pecho se agitaba con rapidez y sus ojos bailaban incesantes.

    Tiraron de ella, cogiéndola de los hombros y la cintura. La casa resultó estar vacía, y la ausencia de olor les indicaba muy a las claras que no iban a tener sorpresas desagradables.

    En poco tiempo habían llegado al portal. Isabel detuvo a Roberto, cogiéndolo por el brazo.

    —¡Espera!, ¿qué... qué vamos a hacer?
    —Tenemos que salir fuera.
    —¿¡Qué!? —dijo Isabel con un inesperado tono agudo.
    —Escúchame... —dijo Roberto, tajante. Su mirada tenía una fuerza y una convicción que Isabel no supo reconocer. No la había visto nunca antes—. Ese tío está en nuestro bloque, ¿vale? No sé cómo lo ha hecho, quién es o qué es... pero por algún motivo los zombis no van a por él. Es cuestión de tiempo que vuelva a arengar a los zombis contra nosotros. Averiguará por dónde hemos escapado, bajará abajo y los hará entrar en este edificio también. No podemos quedarnos...
    —¡NO!
    —¡ESCÚCHAME! Son lentos, sabes que lo son... la mayoría lo son. Podemos alejarnos, irnos a algún otro lado. Si corremos y lo hacemos bien, podemos alejarnos bastante, y encontrar algún otro sitio. ¿Te acuerdas cuando decíamos que podíamos intentar irnos al teatro Cervantes? No está lejos. Justo enfrente hay una comisaría de policía... quizá incluso haya alguien allí...
    —Estás loco... —dijo Isabel con los ojos anegados en lágrimas. Lloraba, sobre todo, porque sabía que Roberto tenía razón. Quedarse allí era un suicidio, pero salir a la calle era como tirarse desde un segundo piso: había alguna posibilidad de salir ileso.
    —Sólo sígueme... sígueme, Isa... sígueme.

    Roberto cogió a Mary de la mano, y apretó fuerte. Ella le miró, pestañeando. La estudió por un momento, intentando sopesar en pocos segundos si ella soportaría un viaje como el que estaban a punto de emprender. Esperaba que funcionase; tenía que funcionar, dado que no podían hacer ninguna otra cosa. Mirando sus ojos apagados, se dijo a sí mismo que, probablemente, Mary estaba tan suficientemente retraída en sí misma que no distinguiría entre aquello y un paseo por unos grandes almacenes.

    Tiró de su mano hacia la puerta, sin apartar la vista de sus ojos. Ella le siguió, dócil. Isabel venía detrás, tapándose la boca con ambas manos. Llegaron a la puerta y Roberto la abrió con cuidado infinito. Al otro lado, los muertos vivientes vagaban sin rumbo, unos hacia un lado, otros hacia el lado opuesto, sin orden ni concierto. Se volvió hacia a las chicas, dedicándoles una última mirada, cogió la mano de Mary con fuerza, aspiró hondo y salió al exterior.

    No quiso perder ni un segundo en echar un vistazo o tratar de calcular una ruta entre los zombis; simplemente echó a correr hacia la derecha, rumbo a la zona del Teatro Cervantes. La sensación de euforia fue instantánea: un calor intenso en la zona del pecho y las sienes. Casi podía sentir el corazón bombeando como loco a plena potencia.

    A medio camino se dio cuenta de que la calle estaba cortada. Había una barrera de coches formando una hilera, la mayoría de policía. Un par de vehículos se encontraban boca abajo y arracimados sobre los otros coches, aparentemente colisionados: sus carrocerías se entremezclaban en un amasijo informe de metal. En el lado más alejado, la fachada de uno de los edificios se había desprendido después de un aparatoso incendio, a juzgar por las paredes negras y calcinadas. Los cascotes y vigas habían caído sobre la barrera de coches, formando una barrera infranqueable.

    —¡Mierda! —soltó, confuso. A su alrededor, los muertos comenzaban a reaccionar.
    —¡Por allí! —chilló Isabel.

    Corrieron por el extremo más occidental de la Plaza de la Merced, entre los coches abandonados. Mary trotaba detrás, asida de la mano. La expresión de su rostro era ilegible. Por todas partes los muertos estaban reaccionando y aumentaban su ritmo, acelerando sus pasos para encaminarse hacia ellos. Uno de los zombis, ataviado con una camiseta ajada donde aún se leía MORTALMENTE SEXY se abalanzó hacia ellos con inesperada rapidez. Casi les atrapa. Roberto pudo golpear sus brazos extendidos en el último momento.

    Al llegar a la esquina, doblaron a la derecha, enfilando por la calle Álamos. A dónde iban, ninguno parecía saberlo. Roberto sólo quería poner tierra de por medio, alejarse de aquel líder oscuro que comandaba las legiones de muertos vivientes con trasnochadas citas bíblicas. Contra los zombis normales todavía tenían alguna esperanza. Contra un ser inteligente, ninguna. Corrieron unos doscientos metros, esquivando los pocos zombis sin mucho esfuerzo. La mayoría venía detrás, en lenta pero constante persecución.

    —¡N-n-no puedo MÁS! —explotó Isabel. Roberto la miró. Se agarraba el costado con una mano y su tez blanca, los cabellos adheridos a la frente por acción del sudor y sus ojos desorbitados denunciaban el terror que sentía en cada uno de sus poros. Mary jadeaba pesadamente, boqueando como un pez al que han dejado en la arena, pero parecía estar en mejor forma física que Isabel.

    El mejicano miró alrededor. Había un par de zombis a apenas diez metros. Uno de ellos tenía clavado un cuchillo de cocina en la clavícula derecha. El mango de madera asomaba como el pináculo de un monumento a la demencia.

    Pararon un momento, e Isabel se dobló sobre sus rodillas, tosiendo y jadeando como si intentara beberse todo el aire del mundo. Mary se sentó en el suelo tan pronto la dejaron libre, pero Roberto volvió a cogerla por las axilas, incorporándola de nuevo. Tenían que estar preparados para correr en cualquier momento.

    Miró sus manos desnudas, sorprendido de su propia falta de previsión. ¿Por qué no había cogido algo, una barra de hierro, un palo de escoba, cualquier cosa? ¿En qué momento se le ocurrió salir a hacer footing por las calles de Málaga sin alguna manera de enfrentarse a los muertos vivientes?

    —¿Estás mejor? —preguntó. Su propia voz le sonó estridente, como si le llegara del interior de una caja. Pero Isabel estaba hiperventilando: el control respiratorio había sido inexistente en toda la carrera y ahora su corazón bombeaba como uno de aquellos operarios en una película acelerada de los tiempos del cine mudo.

    Los dos espectros estaban ya prácticamente encima. Roberto les salió al paso, cogió el mango del cuchillo de cocina y tiró con fuerza. Le sorprendió la facilidad con la que pudo extraerlo, sin apenas resistencia. El sonido fue acuoso, burbujeante. La hoja estaba cubierta de una podredumbre negruzca y una bofetada de un olor sofocante le cortó la respiración. Ya había encontrado ese olor antes, tenía esa peculiaridad asfixiante del olor a la broza de jardín que se deja en un montón y se descompone.

    Entonces ajustó los dedos alrededor del mango, apretó con fuerza y clavó el cuchillo en mitad de la frente del espectro. Lo hizo con un grito aterrador, y continuó gritando unos segundos después de haberlo hecho. El espectro bizqueó, se agitó con un par de espasmos y se derrumbó sobre el suelo.

    El segundo zombi pasó los pies por encima del primero, poniendo fuera de su alcance el cuchillo. Roberto le miró. Era alto, muy alto, y lo miraba desde arriba con ojos enloquecidos. No tenía labios, sus dientes estaban expuestos y, alrededor, la piel se había retraído formando una película negruzca llena de pliegues.

    Roberto trastabilló, preso de una repentina oleada de pánico que le recorrió todo el cuerpo, naciendo cálida desde la boca del estómago. Como la adrenalina aún sacaba punta a sus centros nerviosos, sintió una pronunciada sensación de mareo. A lo lejos, una caterva de espectros venía avanzando desde la entrada de la calle. Sus gruñidos animales le llegaban como una promesa de muerte.

    Como un horrendo muñeco mecánico, el zombi lanzó sus manos hacia su cuello. Fue tan rápido que ya notaba la presión horrible de sus dedos crispados antes incluso de que pudiera intentar desasirse. Se encontró a sí mismo inmovilizado, sintiendo que el aire ya no pasaba a sus pulmones, asomándose a aquellos ojos sin vida, iracundos, que le miraban con un odio tan descarnado que se le antojaban hipnóticos. Sin ser del todo consciente de ello, Roberto intentaba zafarse de las mortales tenazas, pero era inútil, su adversario tenía brazos de hierro y la determinación de una locomotora a plena potencia.

    Sintió que se iba... Escuchaba gritos, gritos de mujer, pero cada vez eran más lejanos. Una bruma blanca enturbió su visión, suavizando los rasgos de su atacante. Veía su silueta, pero era gris, confusa, y detrás de ésta no había ya nada. Absolutamente nada.


    XXI


    Moses y el Cojo avanzaban a buen paso. Habían encontrado la calle inusualmente vacía, y avanzar por entre los edificios ya no era un camino tortuoso, lleno de situaciones peligrosas. La mayor parte del tiempo podían simplemente deslizarse entre las figuras erráticas sin recurrir a enfrentamientos, lo que era muy preferible; hacía ya tiempo que habían aprendido que las refriegas tenían una reacción lenta pero progresiva en todos los espectros a la vista, se excitaban y los atraían como un imán.

    En muy poco tiempo habían llegado a la calle Álamos, que se extendía cuatrocientos metros hacia el este, donde se abría la Plaza de la Merced. Al mirar en esa dirección, se detuvieron en seco. Desde allí llegaba una horda de muertos vivientes como no la habían visto en mucho tiempo: un tumulto ingente de brazos y bocas hediondas que se movían al unísono como una ola de pesadilla.

    —Jesús bendito... —musitó Moses, sin poder apartar la vista.
    —Vámonos, vámonos, Mo... —dijo el Cojo, repentinamente ronco, dando pasos cortos hacia atrás.

    Moses agarró al Cojo por el brazo. Señalaba con su brazo velludo.

    El Cojo los vio también. A poca distancia, un hombre clavaba un cuchillo en el rostro de uno de los espectros. El zombi se sacudió brevemente y cayó desplomado al suelo convertido en un fardo inútil.

    Un segundo espectro se apresuró a pasar por encima del cuerpo caído y se enfrentó al hombre, altivo y con los hombros henchidos, embravecido como un depredador a punto de saltar sobre su presa. Detrás de ellos pudo ver dos chicas jóvenes.

    Antes de que pudieran reaccionar, el espectro lanzó sus manos hacia el cuello del joven. El chico se combó hacia atrás. Movía las manos con grandes aspavientos.

    Saliendo de su estupor, Moses corrió hacia ellos con su barra en ristre. El Cojo sentía una profunda sensación de peligro minándole el ánimo, pero trotó detrás de su amigo, acarreando su corta pierna. Por fin, aprovechando el ímpetu de la carrera, arremetió contra el atacante y lo derribó al suelo. El joven cayó hacia atrás y permaneció en el suelo describiendo un arco sobre su espalda, boqueando como un pez que, arrebatado al mar, yace en la arena sin aire.

    Moses se levantó rápidamente. El espectro estaba despertando, esto lo veía en sus pupilas de un color blanco iridiscente. Era el umbral que los muertos parecían atravesar antes de convertirse en corredores, y eso no era algo que Moses quisiese ver. Parecía a punto de saltar, como accionado por un resorte. Su rostro empezaba a reflejar una furia concentrada, cruel, desmedida. Pero Moses no iba a esperar para verlo; levantó la barra por encima de su cabeza y la dejó caer con fuerza. La barra golpeó el cráneo del cadáver con un ominoso ruido sordo, como el que produce un cántaro de barro desquebrajándose. El espectro se sacudió con un espasmo final, y permaneció inmóvil, sus ojos sin pupila prendidos en el cielo plomizo.

    El Cojo atendió al joven tendido en el suelo. Tenía horribles laceraciones en el cuello y respiraba con dificultad, pero sobreviviría.

    —¡¿Estáis bien?! —gritó Moses a las dos chicas jóvenes que estaban detrás.
    —S... sí... —dijo una de ellas. Les miraba con incredulidad, una sensación que Moses comprendía muy bien; sólo Dios sabía cuánto tiempo hacía que no veían otros seres humanos—. G-gracias... ¡gracias!
    —¿De dónde...?, ¿de dónde coño venís? —preguntó Moses.
    —Yo...
    —Tenemos que movernos, Mo —interrumpió el Cojo, sin apartar la mirada de la masa de espectros que avanzaba hacia ellos por la calle.
    —Sí... vale... ¿cómo está ese tío?
    —Creo que bien... ¡Venga, arriba! —dijo, ayudando al joven a incorporarse. Les miraba con una extraña mueca en el rostro, entre gratitud y miedo.
    —¿Podéis seguirnos? —preguntó Moses—. ¿Podéis correr?
    —S... sí, sí... claro... —dijo Isabel, cogiendo a Mary firmemente de la mano. Roberto asintió con la cabeza, aún jadeando.
    —Vámonos, entonces... —dijo el Cojo—. Si ven dónde nos escondemos nada les parará... son demasiados.
    —¿Ella está bien? —preguntó Moses, señalando a Mary. La chica le parecía un poco retrasada; miraba con divertida fascinación un viejo cable de alumbrado público que cruzaba la calle.
    —Sí, está... un poco... es que John... y... David...

    Moses comprendió al instante y detuvo su discurso justo cuando comenzaba a balbucear.

    Empezaron a correr por la calle, tomando el mismo camino de vuelta que habían recorrido momentos antes. Moses iba en último lugar, preocupado por la retaguardia. Sabía que de las grandes masas salían los corredores, y sabía también que difícilmente podrían protegerse todos ante algo así armados únicamente con una barra de hierro. Se explicaba también por qué había visto tan pocos espectros antes; por algún motivo se habían ido todos a la Plaza de la Merced.

    —¡Por aquí! —decía el Cojo de tanto en cuando. En ocasiones tenía que derribar a algún zombi para asegurar el paso del grupo, mediante el simple procedimiento de imprimirle un buen empellón. La mayoría eran suficientemente torpes como para permitirles desaparecer de la escena antes de que pudieran incorporarse de nuevo. Por fin llegaron al portal y entraron todos, jadeando y resoplando, pero profundamente aliviados de haber podido escapar.
    —Gracias, gracias, tíos... —decía Roberto, con lágrimas en los ojos y el labio inferior aquejado de un acusado temblor. Moses lo abrazó.

    Unas horas más tarde, el grupo se encontraba apoltronado en los pequeños sofás que Moses y el Cojo tenían dispuestos en su piso. Mary daba pequeños sorbos a un vaso de agua que cogía entre las manos como si fuera un cuenco de sopa caliente, e Isabel y Roberto intentaban explicar todas las peripecias vividas últimamente. El Cojo aún sufría su dolor de muelas, pero, a indicación de Roberto, había conseguido aliviar considerablemente el dolor utilizando un diente de ajo que aún sobrevivía en la cocina.

    —Cuéntame lo de ese tío otra vez —pidió Moses.

    Isabel suspiró, pero no parecía molestarle. Cada vez que lo contaba añadía nuevos detalles, y Moses se dio cuenta de que, con cada revisión de la historia, parecía encontrarse un poco mejor. Cada vez era más fácil para ella ubicarse en un plano exterior a los acontecimientos, y relatarlos como si fueran un cuento viejo, ya superado. Hacía sólo unas horas que la había conocido, pero Isabel le había gustado desde el primer momento: hermosa y con una mirada directa y sincera.

    —Es increíble... —dijo el Cojo—. Nunca había oído nada parecido...
    —¿Cómo coño habrá hecho eso? —preguntó Moses.
    —Os dais cuenta —dijo el Cojo— de lo que... quiero decir, si pudiéramos conseguir lo mismo que él... ser capaces de deambular por entre esos zombis... eso sería... eso sería definitivo...
    —Un cura... —decía Moses, más para sí mismo que para los demás.
    —Había algo en sus ojos que... —dijo Roberto, con la mirada perdida en algún punto indeterminado—, no sé, estaban enloquecidos, toda su... su cara, su rostro... enloquecido, completamente fuera de sí. Teníais que haberlo visto... tan delgado.
    —¿Os acordáis de aquella vieja película, Poltergeist? —preguntó Isabel. Todos asintieron—. No la original, sino la segunda o tercera parte... salía un tío cadavérico de pelo blanco... pues nuestro cura es su puto hermano gemelo.
    —Joder, sí... qué grima me daba ese tío —dijo el Cojo.
    —Sea como fuere, loco o cuerdo, sacerdote o no, es un enemigo —soltó Moses, poniéndose de pie—. Por lo que decís de sus palabras, creo que él piensa que todo esto es el proverbial Día del Juicio Final, tal y como lo cuenta la Biblia, ya sabéis, donde todas las almas, los vivos y los difuntos, son invocados ante Él y sometidos a juicio.
    —Joder... —dijo Roberto.
    —Sí, joder. Se lo ha tomado a pies juntillas, y aunque no sabemos cómo hace su particular truquito, está usándolo para alimentar su enfermiza fantasía.
    —Bueno... —interrumpió Isabel, acaparando todas las miradas—. Quiero decir, y si... o sea, todo esto de los muertos volviendo a la vida... no sé, ¿y si fuera verdad?

    Moses sonrió con amabilidad.

    —Bueno, Isabel... —dijo—, la parábola del Juicio Final es una de las más importantes del Evangelio. Habla del día final de la historia, de la sentencia definitiva de Dios sobre los seres humanos. Este texto aparece adornado con muchas leyendas y representaciones bastante... plásticas, pero no deja de ser una parábola.
    —Lo sé, lo sé, pero... es todo tan surrealista...
    —Sea como fuere, tenemos ahora un gran problema —dijo el marroquí—. ¿Cómo diríais que ese sacerdote os encontró? ¿Salíais a menudo?, ¿os asomabais a los balcones?

    Roberto pestañeó, paseando la mirada entre Mary e Isabel.

    —No salíamos nunca... teníamos ese supermercado justo bajo la casa, como os hemos dicho antes. Pero sí, usábamos las ventanas, claro... y la azotea. A Isabel le encantaba mirar por la ventana... se pasaba largas horas mirando la calle.
    —Eso... —dijo Isabel, un poco incómoda—, eso fue cuando lanzamos las cuartillas.
    —¿Cuartillas?
    —Sí... pensamos que podría haber más gente como nosotros, supervivientes, escondidos en sus casas, en alguna parte. Al fin y al cabo, si nosotros lo estábamos logrando, seguramente alguien más también... —hizo un gesto vago con las manos— ...como vosotros. Así que escribí unas cuartillas, muchas... unas quinientas, y las lanzamos desde el tejado. Queríamos que el viento las propagase por todas partes. En la cuartilla pusimos la dirección donde nos encontrábamos y...

    De repente, cayó en la cuenta.

    —Oh, Dios... ¿así... así fue como nos encontró? Moses se revolvió en su asiento.
    —Bueno, no es seguro. Se me ocurren otras formas, quizá porque os vio en la azotea, o en la ventana, o escuchó ruidos... o...

    De repente abrió los ojos. Eran ya prácticamente las seis, pero en invierno anochecía temprano y el día nublado no ayudaba a prolongar la luz natural. Antes no lo había notado, pero el Cojo ya había encendido la pequeña luz de la mesita del salón.

    Se levantó rápidamente y la apagó, dejando que la penumbra inundara rápidamente la habitación.

    —¿Qué ocurre? —preguntó Roberto, levantándose rápidamente.
    —La luz... a esos espectros no les importa, pero a un ser humano... sólo tendría que darse un pequeño paseo por el centro para encontrar dónde nos hemos escondido. ¡Qué estúpido he sido! Quizá ya nos haya encontrado.
    —La luz... —dijo Mary con un débil hilo de voz.
    —Cierra los batientes, Josué... —dijo Moses.

    Se aseguraron de cerrar bien todas las ventanas; afortunadamente era una casa vieja y las ventanas eran estrechas y provistas de batientes de madera, no de persianas. Luego taparon la lamparita con la tela de unas camisetas y se atrevieron a encenderla de nuevo. La luz era muy tenue, pero suficiente para poder ver las formas de la habitación.

    —Tendremos que tener mucho cuidado con estas cosas de ahora en adelante... —dijo Moses en voz baja, ceñudo.
    —Pues me cago en su puta madre... —dijo el Cojo de repente—, como si no fuera ya bastante duro, tenemos que escondernos de noche. Vale, ¿y qué pasa si quiero asomarme de día?, ¿y si ese tío está mirando?, ¿y si no lo vemos?, ¿y si se esconde en el piso de enfrente? ¡Es una puta mierda!
    —Ya pensaremos algo —dijo Moses en un tono de voz conciliador—. De cualquier forma, Josué y yo estábamos pensando en irnos a otra parte. Esto es el centro de la ciudad... es bastante posible que otras zonas estén menos pobladas de muertos vivientes. Puede que haya más gente. Puede que en otras zonas todo sea diferente.

    Hubo unos instantes de silencio. La idea de escapar de algún modo había pasado por la cabeza de todos. La idea de salir zumbando por la autopista, una autopista que en sus sueños desvaídos aparecía sin coches accidentados o abandonados y vacía de esas cosas muertas, pero nunca habían considerado seriamente que fuera posible.

    —¿Y cómo... cómo vamos a hacer eso? —preguntó Isabel.
    —Aún no lo sé... tengo una ligera idea... estuvimos hablando ayer de ello, y esta mañana he estado mirando un poco... y creo que puede hacerse, pero aún no lo hemos madurado mucho. Pero me imaginé que podríamos arreglar y acondicionar una vieja furgoneta que tenemos en el garaje, abajo. Está bien cerrado, así que podemos trabajar tranquilamente.
    —¿Una furgoneta? —preguntó Roberto, sin comprender. Él había visto como un grupo de zombis volcaban con facilidad un Hyundai en su ansia por atrapar a los que iban en su interior.
    —Acondicionada. Cosas como... protecciones para las ruedas, cristales de rejilla metálica, barras de acero para fortalecer la carrocería, y... unas cuñas como las de un quitanieves para apartar los zombis que se pongan en medio.
    —Oh... guau... —dijo Roberto, sin saber a ciencia cierta si estaba escuchando una proposición seria, o se trataba de una broma. Miró a los ojos a Moses, pero no vio en ellos ningún atisbo de humor.
    —Está como una cabra. No, como un rebaño de cabras —dijo el Cojo de repente—. Le has dejado sin habla, en serio, mírale... —rió de buena gana—, cree que estás de coña.
    —¿Por qué? —preguntó Isabel. Tenía los ojos chisposos, llenos de la clase de ilusión que es capaz de conferir la idea de libertad embutida en la imagen carnavalesca de una furgoneta aclimatada para atravesar un mar de muertos vivientes—. Yo creo que es una idea genial... puede funcionar, puede funcionar.
    —Bueno, ya veremos —dijo Moses con una ligera sonrisa en la comisura de los labios, visiblemente animado por el cálido apoyo de Isabel—. No vamos a resolverlo todo hoy. Ha sido un día muy duro para todos, y de todas formas no estoy muy contento con esa luz encendida sin saber cuánto puede filtrarse fuera. Málaga está tan oscura que incluso algo tan tenue puede refulgir como el faro de Alejandría. Así que, aunque es temprano, sugiero que vayamos a dormir. Ya veremos las cosas desde otro prisma mañana.


    XXII


    Al día siguiente anduvieron todos de bastante buen humor. Había buena química entre el grupo, y todos lo notaban. Mary tuvo sueños inquietos y sollozó a ratos, pero Isabel estuvo siempre con ella y cuando llegó la mañana se encontraba mucho mejor, y era capaz de responder preguntas sencillas con frases coherentes. Roberto celebró mucho la mermelada de las provisiones del ejército, decía que tenía un sabor que le recordaba la cocina de su abuela y repitió varias veces. El Cojo, por su parte, encontró una inesperada tregua en el tormento que se había desatado en su boca, pero para no tentar al diablo prescindió del desayuno.

    Todavía de buena mañana, bajaron al garaje. Isabel no pudo esconder una expresión de decepción cuando se encontró con el lamentable aspecto que presentaba la furgoneta. Mientras descendía los escalones hacia el garaje, escuchando el plan de Moses, se había imaginado una furgoneta robusta, de grandes ruedas dentadas y aspecto sólido, capaz de transportarlos a todos fuera de aquella pesadilla, a un lugar mejor. Sin embargo, mientras explicaba sus planes para con la furgoneta, algo en el tono de voz del marroquí la volvió a tranquilizar. Tenía fe en su plan, sabía que era plausible, y notaba que iba a poner todos los medios a su alcance para conseguir hacerlo realidad.

    También Roberto se dejó llevar por el entusiasmo de Moses. Escuchó con atención cómo planeaba atornillar las planchas de protección alrededor de los neumáticos, cómo imaginaba que podría solucionar el problema de las cuñas frontales sin tapar la entrada de aire del radiador y otras geniales menudencias. Su vivida expresión contagiaba, cargada de promesas de mañana.

    Un poco más tarde aquel mismo día, durante el almuerzo, compartieron historias de sus peripecias individuales. Cada uno contó, con más o menos detalle, cómo habían sido los primeros días de supervivencia desde que el caos se desató. En ocasiones los relatos alcanzaban cotas lúgubres, pero todos habían pasado ya por mucho como para que ciertas cosas les afectaran demasiado.

    Roberto no había hablado nunca de su propia experiencia, pero alentado por la calidez de las velas que el Cojo había dispuesto en la mesa, habló con voz baja y grave.

    —¿Os acordáis cuando las calles empezaron a llenarse de zombis y la gente se tiró a la carretera para huir? Yo también acabé por pensar que sería la mejor solución. Bueno, ya sabéis, Málaga era una mierda tan grande que empezaba a ser peligroso incluso quedarse en casa. Demasiadas bandas, pillaje, y gente desesperada que quería tus cosas, aunque fuera la maleta del abuelo cargada con calzoncillos rancios. —Hizo una pequeña pausa—. Intenté mantenerme lejos de todo eso, pero aquella tarde vi cómo una familia paraba a una furgoneta que iba por la calle. No escuché lo que decían, pero el hombre... bueno, él hablaba con el conductor a través de la ventanilla. La furgoneta aceleró por un momento, como si quisiera continuar, pero el tipo metió la mano. El conductor le arrastró durante un rato mientras su familia chillaba. Y entonces... el hombre sacó un revólver de su bolsillo con la mano libre y disparó hasta cinco veces al interior. Dejaron el cadáver en el suelo y se largaron.
    —Creo que por ese tipo de cosas —dijo Moses en voz baja— no lo logramos. Creo que la infección zombi sacó lo peor de la gente.

    Roberto asintió brevemente, y continuó.

    —En aquel momento supe que debía irme, antes de que un adolescente con una katana me rebanase el cuello en un momento de delirio histérico. Tenía una vieja moto Rieju guardada en un garaje, así que me decidí. Vosotros ya lo sabéis: las carreteras estaban completamente colapsadas, no había forma de mover ningún vehículo un solo centímetro en ninguna dirección. El ambiente estaba tan caldeado que hubiera podido hacer volar todo por los aires con una sola cerilla: la gente se chillaba, peleaban por razones sin sentido. Aun era peor cuanto más te acercabas a según qué zonas, donde los coches habían sido ya abandonados. Era un espectáculo atroz ver el tráfico colapsado, las luces aún puestas, los motores en marcha y las puertas abiertas. Por allí ya empezaban a vagar los muertos vivientes. Nada se les escapaba, ningún conductor encerrado en su vehículo, nadie que se atreviese a adentrarse en la zona.
    —Jesús... —dijo Isabel, vívidamente impresionada por el relato, narrado en el tono neutro y hasta indiferente de quien relata una atrocidad que ha superado hace tiempo.
    —En la zona del Parque habían montado un auténtico fortín, alrededor del Ayuntamiento y el Banco de España —continuó Roberto—. Aún había policías, pero muchos más zombis. Aún no sé cómo me atreví a pasar, utilizando los caminos peatonales entre los arbustos del parque, pero manejaba bien aquella cabrona de moto.
    —¿Qué hacía la policía? —quiso saber el Cojo.
    —Tenían allí un tinglado de mil demonios. No sé cuántas furgonetas operativas tenían dispuestas en hileras ni cuántos efectivos había allí reunidos, pero muchos más de los que se veían por las calles intentando poner orden. Les daban con todo: disparos por todas partes. Había una humareda tremenda, como si acabasen de lanzar los jodidos fuegos artificiales de la feria. Pero los zombis se levantaban, claro que se levantaban, una y otra vez, y volvían a lanzarse contra ellos.
    —Oh, coño... —dijo el Cojo.
    —Algunas veces me acuerdo de ellos. Me imagino que aquello... bueno, acabó mal.

    Se produjo un instante de silencio donde hubo rostros cabizbajos. Roberto bebió un poco de agua y continuó su relato.

    —Eventualmente conseguí llegar a la salida de Málaga. Había coches grandes y pequeños, autobuses, camiones, una hormigonera, prácticamente cualquier cosa que pudiera llevar a alguien se había puesto en marcha. Me fijé en algo: el atasco era en las dos direcciones: gente que escapaba hacia algún lugar, y gente que venía de esos lugares e intentaba entrar en Málaga, como si la salvación estuviera aquí. —Rió entre dientes—. Era como un escenario de película: una hilera interminable de luces de coche emanando un pequeño vaho debido al calor de los motores. Yo avanzaba como podía entre la circulación pero la caravana estaba completamente parada, y la gente estaba fuera de los vehículos, por todas partes, hablando entre sí, lo que complicaba aun más mi avance. Recuerdo que todavía había gente que intentaba hacer funcionar sus móviles.
    —Quizá las cosas habrían sido diferentes si las comunicaciones no hubieran caído tan pronto —interrumpió el Cojo.
    —Al menos el ambiente no era tan malo como en la ciudad —dijo Roberto—; menos tenso, pero igualmente dramático. Entonces... me derribaron.
    —¿Te derribaron?
    —Sí. No lo vi venir. Alguien me dio un soberano codazo cuando pasaba a su lado. Caí hacia atrás y la moto siguió su curso unos metros para acabar tirada en el suelo. Me quedé sin respiración unos instantes, tumbado en el suelo, con el pecho y la espalda doloridos.

    Nadie vino a ver cómo estaba, a ayudarme a incorporarme o a preguntar si necesitaba ayuda. Para cuando pude sentarme, la moto ya no estaba: se habían ido con ella.

    —Qué hijo de puta... —soltó el Cojo, con una expresión asqueada en el rostro.
    —Aquello lo cambió todo. Me quedé un rato por allí, apoyado en la barrera de la cuneta. Tenía una botella de agua en mi mochila, y eso es lo que hice todo aquel rato: dar pequeños sorbos mientras dejaba pasar el tiempo porque ni avanzar ni retroceder parecían tener ya sentido. La ciudad se veía a lo lejos; varias columnas de humo ascendían en lenta procesión de algunos lugares. Entonces llegaron los zombis.

    Isabel escuchaba con creciente tensión. Sus ojos, despavoridos, no apartaban su atención de Roberto.

    —Al principio era sólo un clamor lejano —continuó—, se escuchaba a lo lejos, como un murmullo inquietante. Entendedme: era como si la locura llegara por el sur, había gritos, y ruidos contundentes que no podíamos identificar. Pero el clamor iba in crescendo, y eso minaba el ánimo de la gente. Era tan evidente que algo llegaba, que más de uno sacó su coche como pudo de la interminable hilera y lo condujo fuera de la autovía, por las colinas gibosas de los campos de alrededor. Después de unos minutos llegó gente corriendo; eran los primeros. La gente les preguntaba al pasar, querían saber, pero ellos no se detenían, no gastaban aliento en soltar palabra. Si hubierais visto sus caras, parecían correr al borde mismo de sus fuerzas, pero aun así no se detenían. Eso me inquietó. Mucho.
    —¿Qué... qué ocurrió entonces? —preguntó el Cojo.
    —Eran ellos, naturalmente. Los muertos vivientes. Habían ido creciendo en número desde la ciudad, y todas aquellas personas aferradas a sus vehículos, intentando protegerse dentro de ellos, eran como latas de albóndigas: abrir y comer. Los que morían volvían a la vida muy poco tiempo después, y se sumaban a la barbarie. Fue una carnicería, y se extendió tan rápidamente que muchos no pudieron ni reaccionar. Algunos se tiraron al monte por el lado donde yo estaba, pero aquella era una zona escarpada con numerosos cortados, y era de noche; y si había luna no lo recuerdo, pues el humo de los incendios había teñido con un espeso manto el cielo, así que decidí no seguirles. En lugar de eso crucé la mediana y me tiré campo a través de vuelta a la ciudad.
    —¿Qué cojones?, ¿volviste otra vez? —preguntó el Cojo. Roberto se encogió de hombros.
    —No podía seguir corriendo por la carretera hacia el norte. Ése era el camino que casi todos seguían, pero sabía que no llegarían muy lejos... se fatigaban, se rendían, los que estaban más al norte los detenían y les preguntaban, histéricos. Y todo eso frenaba su avance. No, me salí de la carretera. La colina que iba siguiendo llevaba directamente de vuelta a Málaga, a la circunvalación. Mientras bajaba, miré hacia atrás por última vez... eran todos... zombis corredores, ya sabéis, totalmente ebrios de sangre y gritos. Y qué fuertes eran... los coches se sacudían violentamente ante sus zarandeos, ningún cristal aguantaba más de un empellón, las víctimas eran sacadas de sus vehículos por las ventanillas rotas, o perseguidas a una velocidad que ningún ser humano podría haber igualado. Entonces me volví y corrí tanto que cuando terminé estaba mareado, las sienes me palpitaban con tanta fuerza que creía que iba a sufrir una embolia.
    —Coño, Roberto... pero... no lo entiendo. ¿Por qué volviste? ¿Cómo conseguiste llegar al centro de nuevo? —preguntó el Cojo.
    —Viví bastantes aventuras —dijo con una sonrisa un tanto forzada—. La primera noche me quedé escondido en una caseta de información a pie de obra, detrás de una mesa. Estaba agotado, tanto mental como físicamente. Al día siguiente las cosas parecían un poco más calmadas, y avancé como pude un par de calles. Vi un restaurante y entré a ver si podía comer algo, y allí conocí a Arturo, un amigo nuestro que... murió cuando el cura nos sacó de la Plaza de la Merced.

    Al oír mencionar a Arturo, Isabel cogió de la mano a Mary, quien parecía escuchar el relato con los ojos fijos en alguna parte del suelo.

    —Nos quedamos dos días en el restaurante, mirando al exterior y escondiéndonos cuando ellos pasaban. Encontrábamos todavía gente en las calles, que iban presurosas a alguna parte —continuó Roberto—. Unas personas nos dijeron que había barcos cargando a la gente en el puerto, que intentarían llegar hasta allí. Nosotros escogimos nuestro propio camino, y tardamos mucho en avanzar poco. Era complicado, había zombis por todas partes y, aunque intentábamos evitarlos, no siempre era posible. Por fin nos vimos en la Plaza de la Merced, y descubrimos que no podríamos seguir avanzando. Había demasiados. Y... —dirigió una mirada a Isabel—, allí encontramos a David, haciéndonos señas para que entráramos en la casa. Ya... ya no volvimos a salir, hasta que nos encontrasteis vosotros.

    Al terminar su historia, se produjo un grave silencio. Moses había permanecido callado todo el tiempo, asimilando toda aquella información. Él y el Cojo no habían salido mucho de su casa, y desconocía gran parte de toda la historia que había convertido a Málaga en un hervidero de muertos vivientes. Hubo otros relatos aquella noche, e Isabel añadió algunos detalles de su propia experiencia hasta que llegó a la Plaza de la Merced, y de cómo John había caído enfermo, pero su tono de narración fue menos tenebroso y ayudó al grupo a recuperarse del sinsabor en el que había caído.

    Como para distender la lúgubre atmósfera que se había creado, a las historias tenebrosas que a cada uno le había tocado vivir le siguió una saludable conversación trivial aderezada con una tanda de chistes orquestada por el maestro de ceremonias Moses Bais. Volvieron las risas, aunque moderadas, y terminaron el día celebrando con raciones extra. Mary, que, aunque mejor, no terminaba de recuperarse del shock, pareció encontrar las raciones de caballa y merluza particularmente deliciosas, por lo que se las proporcionaron en gran número.


    XXIII


    Transcurrieron algunos días, días amables, sin muchas complicaciones. Mary por fin había roto a llorar, y lloró largamente la muerte de John, y la de Arturo. Moses celebró una pequeña misa para honrar su memoria, y sus palabras fueron cálidas y hermosas, y tanto Mary como Isabel y Roberto se sintieron muy reconfortados. Después de aquello, se sintió mejor y estuvo animada con el hecho de encontrarse en un nuevo lugar, rodeada de gente nueva que le gustaba. Tenían mucho cuidado de no hacer ruido y se retiraban temprano a dormir para evitar usar la luz, costumbre que por otro lado era ya normal en todos ellos desde hacía tiempo.

    Una de aquellas noches, el insomnio sorprendió a Isabel. Mary, a su lado, se entregaba a la prosaica tarea de conjurar largos y pesarosos ronquidos. Desesperada, después de estar horas dando vueltas en la cama como una salchicha en una sartén, se decidió a salir de la habitación. En el salón dormían los tres hombres, pero intentaría salir un poco al balcón a respirar aire puro.

    Se sorprendió al ver la puerta del balcón abierta. Había allí una figura apoyada en la baranda. Le gustó comprobar de quién se trataba.

    —Hola... —dijo en susurros al salir al balcón. Moses se volvió.
    —Hombre... buenas noches. Me has pillado —dijo sonriendo. Isabel le devolvió la sonrisa.
    —Bueno, no creo que nadie se entere... de todas formas, con todo apagado, si seguimos hablando en voz baja no creo que pase nada, ¿no?
    —Quiero pensar que no.

    Isabel se apoyó en la barandilla a su lado. La noche era fresca, pero agradable a pesar de la oscuridad. No quiso mirar abajo, donde los espectros vagaban en silencio; en su lugar miró hacia el cielo estrellado. Era un espectáculo impresionante. Gracias a la ausencia de contaminación lumínica, casi se podía ver la nebulosa, esa sustancia mágica que parecía entretejer las estrellas.

    —Es precioso.
    —Sí que lo es.
    —¿No duermes? —le preguntó al fin.
    —No suelo dormir mucho, es una especie de maldición familiar.
    —Ah, qué cosas —dijo Isabel tímidamente—. Yo solía encender el ordenador y mirar cosas por Internet cuando no podía dormir. El brillo de la pantalla era buenísimo para quemarse los ojos.

    Moses rió.

    —Sí... Internet... obra cumbre de la intercomunicación humana... Ojalá funcionase, sería de lo más útil para saber qué está pasando.
    —Oh... sí, desde luego. Pero... tú crees que hay más gente, ¿no?
    —No te quepa ninguna duda. Creo que la situación nos pilló desprevenidos a todos, nada estaba preparado para algo así. Piensa en el factor psicológico... nadie pudo combatir al familiar que había sido infectado y te miraba con ojos vidriosos y la boca entreabierta. Ni siquiera la policía supo entender qué pasaba hasta que fue demasiado tarde. Era... no sé, demasiado fantástico como para poder ser interpretado.
    —Sí, eso es cierto —admitió Isabel.
    —Pero, ¿sabes qué?... creo que por todo el mundo hay supervivientes como nosotros, gente que lucha y hace planes para buscar a otros supervivientes. Como tus cuartillas, Isabel —dijo sonriendo y mirándola a los ojos—. Creo firmemente que nos recuperaremos, reconquistaremos todo lo que hemos perdido, volveremos a controlar la situación y aprenderemos a vivir con el problema. Lo haremos, y quizá entonces los que hayamos quedado apreciaremos más el regalo de la vida; será una nueva etapa para el ser humano.

    Isabel se quedó pensativa unos instantes.

    —Me... me gustaría compartir tu entusiasmo, pero... no sé, quiero decir, no funcionan los móviles, ni Internet, ni la electricidad, la televisión... Todas esas cosas pueden fallar, y fallaron muchas veces en el pasado, pero siempre había planes alternativos y solían ponerse de nuevo en funcionamiento en casos de crisis con la mayor rapidez. Era prioritario. Pero hace ya muchos meses que nada de eso funciona.
    —Escúchame, Isabel. En algún momento, te lo prometo, alguna de esas cosas volverá a funcionar. Te lo prometo. Alguien pondrá en marcha de nuevo toda aquella tecnología. Alguien pulsará los botones y subirá las palancas, ya lo verás. El ser humano no acaba aquí.

    Moses sonreía, y algo en sus ojos le infundió una renovada oleada de esperanza. Isabel pensó que tenía sentido, y entonces reparó en un pequeño aparato de radio que esperaba en la pequeña repisa junto a la puerta del balcón.

    —Como esto... ¿Se capta algo? —preguntó.

    Moses miró la radio, equipada con su rudimentaria antena casera, con interés. La había olvidado completamente.

    —Me temo que no. Pero... prueba a encenderla ahora —dijo curioso—; hace tiempo que no...

    El aparato crepitó cuando Isabel pulsó el botón de encendido. La estática brotó por los pequeños altavoces. Movió el dial lentamente, primero en un sentido, luego en otro, pero la banda estaba vacía. Isabel no podría decir lo que había esperado, pero la confirmación de que ya nadie estaba al otro lado la desalentó de una manera como no había podido prever. Imaginó aquellos estudios desde donde emitían los programas, ahora ya vacíos de no ser por un par de espectros, uno de ellos todavía con unos auriculares en los oídos, recorriendo sus oscuros pasillos para siempre jamás. Un escalofrío casi imperceptible la recorrió.

    Moses tampoco pudo ocultar su decepción. La expresión en su rostro le delataba. Suspiró y giró la cabeza hacia el cielo.

    —Es como esas estrellas —dijo—. Algunas de las luces que vemos tienen millones de años de antigüedad, su luz se emitió cuando las primeras amebas poblaban la tierra. Muchas ya no están. —Calló un momento—. Voy a entrar. Estoy cansado de mirar las estrellas. De mirar cosas muertas.

    En los días sucesivos comenzaron las tareas de acondicionamiento de la furgoneta. Bastaron unos cuantos viajes a algunas tiendas de alrededor para aprovisionarse de los principales aperos. Otro tipo de materiales se obtuvieron de vehículos abandonados en la calle, como las ruedas nuevas o el guardabarros reforzado, sacado de un viejo modelo de Nissan que aún tenía la barra metálica en el frontal. Los tres hombres hicieron buenas migas, y a menudo se quedaban charlando en el garaje después del trabajo, compartiendo unas latas de cerveza. Era éste un trabajo duro, sobre todo porque usaban una batería de lámparas de queroseno para iluminarse, pero cada pequeño tornillo afianzado en la carrocería reforzaba su ánimo y mejoraba su talante; trabajaban duro para construirse una vía de escape hacia prados más verdes.

    Una noche, Isabel conectó de nuevo la radio. Había estado encendiéndola y apagándola cada vez con menos frecuencia en las últimas semanas. Era, cada vez más, un proceso automático que ya no traía ninguna sensación consigo; la esperanza había remitido completamente. Sin embargo, aquella noche, Isabel dio un respingo cuando una voz queda brotó inesperadamente del aparato. Moses, que había estado dormitando en el sofá, se puso en pie de un salto.

    ...nto a Carlos Haya, el polideportivo de Carranque. Estamos en disposición de garantizar su supervivencia. Repetimos: podemos garantizar su supervivencia. Contamos con agua, víveres, personal médico e infraestructura suficiente para sustentar una pequeña comunidad de más de treinta supervivientes. Una forma segura de llegar hasta nosotros es a través de las alcantarillas; por lo que podemos decir, son seguras desde la zona del Corte Inglés hasta el polideportivo. Éste es un mensaje grabado que se repite cada quince minutos en esta frecuencia. Te esperamos.


    —Jesús... —dijo Moses, sintiendo un zumbido en las sienes, similar al dolor de cabeza pero más intenso y menos doloroso. Isabel se tapó la boca con las manos.
    —¡No toques el dial! —dijo Moses.
    —N-no... no...

    Permanecieron unos segundos en silencio, mirando el pequeño aparato de radio, intentando digerir las palabras que habían escuchado. Moses levantaba los brazos como intentando abarcar la magnitud de la noticia que acababan de recibir.

    —Dios mío... —dijo despacio—, están... están justo ahí al lado.
    —¿Ha dicho una comunidad de treinta personas?
    —Espera a que los demás escuchen esto... —dijo Moses, corriendo hacia el dormitorio.

    Unos minutos más tarde estaban todos sentados alrededor de la radio, escuchando la repetición del mensaje. Sonreían y se abrazaban, y charlaban sobre lo que habían escuchado comentando todos los detalles en cada pausa. Cuando el mensaje comenzaba de nuevo, puntual como un reloj de cesio, todos callaban, deleitándose en aquella voz grave y queda.

    —Las alcantarillas... ¿Os dais cuenta? ¿Cómo no hemos pensado antes en las putas alcantarillas? —preguntó Moses.

    El Cojo negaba con la cabeza.

    —Las alcantarillas de Málaga son muy estrechas —dijo—, al menos en la zona centro. No me son desconocidas, alguna vez que otra tuvimos que usarlas para... Bueno —hizo un gesto vago—, eso fue hace ya mucho tiempo, antes de ir a la cárcel. Son viejas, y no creo que puedan recorrerse de un lado a otro sin salir a la superficie. Puede que fuera así en otro tiempo, pero muchos de los túneles están tapiados, o bloqueados por los cimientos de alguna casa. En otras secciones hay tuberías nuevas, tan grandes que ya no se puede continuar por ellas. En cualquier caso, son peligrosas. Hay pozos oscuros por los que podemos caer sin darnos cuenta, sobre todo porque a veces hay plásticos o acumulaciones de cartones y otras cosas que tapan esos agujeros, por no hablar de ratas, cucarachas y una cantidad tan grande de mierda que ya nunca encontraremos agua suficiente para limpiarnos del todo.
    —En cualquier caso, prefiero la mierda a esos zombis —cortó Roberto, mirándole con un deje de perplejidad en el rostro.
    —Quiero decir que no es el único camino. También tenemos la furgoneta.
    —No está lista. Y ya hablamos de eso, no sabemos cómo van a estar las carreteras. Dijimos que la probaríamos primero, sólo dos de nosotros, a ver cómo estaba todo.
    —Bueno... tranquilidad —pidió Moses—. Claro que terminaremos la furgoneta, si es que vamos a usarla. Al fin y al cabo no tenemos excesiva prisa; aún quedan bastantes provisiones y tenemos las tiendas de alrededor para abastecernos de agua y lo que vayamos necesitando.
    —Merece la pena probar lo de las alcantarillas... —dijo Isabel, mirando al Cojo y buscando la reconciliación—. Sólo probar... ver cómo está todo. Si sabemos que existen esos riesgos podemos evitarlos con cautela. La mayoría de los peligros lo son porque no se sabe de su existencia...
    —En eso tiene razón —dijo Moses, sonriendo—. Además te tenemos a ti de guía; es una buena forma de averiguar si se puede o no.
    —Vale, cabrones... —dijo el Cojo entre dientes—, meteré mi paticorto cuerpo serrano en la mierda, si es lo que queréis.

    Todos rieron.

    Contrariamente a lo que era habitual, siguieron planeando hasta altas horas de la madrugada, demasiado excitados con las posibilidades como para pensar en conciliar el sueño. La perspectiva de encontrarse otra vez inmersos en un grupo de gente de treinta personas confería una dimensión inusitada a la palabra "comunidad".

    Los días que siguieron trajeron una febril actividad. Moses, Roberto y el Cojo salían a menudo por los bazares de alrededor para encontrar botas de agua, un frontal, guantes de goma y cuerda. Se habían vuelto muy duchos en el arte de esquivar y manejar a los espectros, y ponían un cuidado especial en no excitarlos demasiado.

    Un día, de buena mañana, el Cojo se adentró por fin en las alcantarillas. Era aun peor de lo que recordaba. Avanzó con dificultad, y como Teseo en el laberinto del minotauro, usaba un cordel como guía para recordar el camino de vuelta. El túnel era angosto y de techo bajo, y tenía que doblar las rodillas y andar encorvado para avanzar. El hedor era lo peor, tuvo que taparse la nariz con su camiseta y aun así resultaba tan sofocante como embriagador y no faltaron las arcadas en su periplo subterráneo. Sin embargo, no encontró ni una sola rata. Constató, en cambio, que sí era posible avanzar mucho más lejos de lo que había pensado, y aunque era difícil decirlo, calculó que prácticamente había llegado hasta el río, que separaba la zona centro del edificio del Corte Inglés.

    A su vuelta, la noticia fue celebrada con gran alegría por el resto del grupo.

    —Y una cosa. Necesitamos máscaras, o filtros de aire, o lo que sea, porque, joder, ahí abajo apesta como no podéis ni imaginar.
    —De acuerdo —dijo Roberto, visiblemente contento—. Podemos ir mañana a por más equipo, más frontales, botas... ¿no creéis? —mirando a Moses, como buscando su aprobación—. ¿Cuánto podemos tardar? Creo que podríamos irnos en dos o tres días.
    —Bueno, tendríamos que cargar todas las provisiones que podamos en mochilas, tío —dijo el Cojo—. Al fin y al cabo, no sabemos lo que vamos a encontrarnos.
    —Eso es justo lo que estaba pensando —dijo Moses.

    Todos guardaron silencio. Mientras hablaba, Isabel lo estudiaba. Ya para entonces, de forma completamente subliminal, se había creado un consenso no vocalizado según el cual Moses se había erigido como una especie de líder del grupo. Cuando Moses hablaba, le dejaban hacer. Su opinión se buscaba. Sus ideas casi nunca se discutían, sencillamente porque eran buenas, y siempre tenían sentido.

    —Sabemos que podemos llegar hasta el río, pero después de eso tendremos que salir a la superficie y cruzar hasta el otro lado. ¿Y después? Carranque aún queda lejos. Hay una calle larga que nos llevaría hasta allí, y si no recuerdo mal, había una entrada sur pero... pero... Vale, imaginaos que llegamos hasta allí, probablemente exhaustos y llenos de mierda hasta las rodillas: ¿qué hacemos?, ¿llamamos a la puerta? ¿Cuántos de esos espectros creéis que encontraremos? Y si hay una comunidad entera allí dentro..., ¿cuántos estarán... frenéticos? Ya sabéis, de ésos que son realmente peligrosos. Se excitan con la presencia humana, con la actividad...
    —Podemos cruzar el río y volver a las alcantarillas.
    —Voto por eso, amigo —dijo Roberto, imitando la voz de Samuel L. Jackson.
    —De acuerdo, salimos de las alcantarillas, cruzamos el río por el puente y llegamos al otro lado; allí buscamos otra alcantarilla y recorremos la distancia que nos separa hasta Carranque. Y una vez allí... bueno, ya veremos qué pasa.
    —Eso suena como un buen plan —dijo el Cojo con una risa socarrona.
    —No podemos ponderar lo imponderable. Quién sabe lo que encontraremos allí. Así que movamos nuestros culos y que Dios nos proteja.

    Isabel no lo dijo, pero al oír la referencia al Padre que está en los cielos, sintió un fuerte escalofrío.


    XXIV


    El viento había cambiado y traía ahora un penetrante olor a mar. El padre Isidro levantó su rostro hacia la brisa que le llegaba del sur, saboreando el intenso aroma salino y sintiendo que su cabeza se despejaba. No recordaba haber sido capaz de percibir esas cosas antes del Día del Juicio, nunca desde tan lejos del puerto o la playa. Antes era imposible con la polución y el humo de los coches, el calor contaminante de chimeneas, salidas de humos, gases, y... ahora lo veía claro... la mórbida excrecencia de las miserias humanas, sus sudores, calores corporales y humores. Sonrió, conmovido por la inabarcable sabiduría de Dios todopoderoso, que había erradicado de la faz de la Tierra todo lo que no era puro, todo lo que había corrompido la natural bondad de lo que Él había creado.

    Desde su privilegiada posición, estudió la ciudad que se extendía ante sí. Había subido hasta el punto más alto en el que pudo pensar, el Monte de Gibralfaro: un pequeño pulmón natural ubicado en pleno centro de Málaga y desde el que se podía ver, en ocasiones, algunos montes de la cordillera del Atlas en África, y el Estrecho de Gibraltar. Las vistas eran magníficas: una impresionante panorámica de todo el centro, desde el puerto hasta las últimas edificaciones del extremo más septentrional. Observando los bloques de edificios arracimados sin aparente orden ni concierto, experimentó un nuevo ramalazo de júbilo. Qué silenciosa y tranquila era su nueva necrópolis; se la veía tan hermosa. Utilizando unos prismáticos que había tomado de un pequeño comercio, pudo ver perfectamente las calles y todos los Ejércitos del Señor que las recorrían incansablemente.

    Sonrió, complacido. Muy pronto anochecería, y entonces vería... vería las pequeñas luces de la ignominia por excelencia, de los que se ocultaban, de los impíos, de los pecadores intentando sobrevivir en sus pequeños escondrijos, sus sucias madrigueras de pecado, intentando escapar del Juicio Supremo. Cuando anocheciera, los vería a todos, oh Señor, a todos ellos. Encenderían sus pequeñas luces, sus lámparas de queroseno, sus velas, sus generadores de emergencia, y él los descubriría. Iría a ellos portando la Luz del Señor, los arrancaría de sus cubiles y los arrojaría a los Ejércitos para ser juzgados.

    El padre Isidro dejó escapar una lágrima, conmovido por el desmedido amor que experimentaba. Recorría su cuerpo como calambres eléctricos. Dios lo amaba, lo había elegido a él, entre todos los hombres y mujeres, para acometer esa gran tarea, y tenía intención de acometerla hasta agotar el último ápice de sus energías.

    Permaneció allí sentado hasta que el sol se retiró, mohíno. A su alrededor, varias figuras espectrales deambulaban arrastrando los pies, indolentes al fervor religioso padecido por el sacerdote. Recurría a sus prismáticos cada pocos segundos y barría las calles, los altos edificios, cada ventana. En un momento dado, se retiró junto a unos arbustos y defecó una suerte de puré de un color desusado, mortecino, recubierto de una baba espesa y blancuzca; pero no le prestó atención. Había perdido tanto peso que los tendones del cuello se marcaban como cables de hierro, y las oquedades entre ellos eran profundas e insoportables. Sus labios eran finos y secos, apenas dos pellejos blancuzcos que repasaba continuamente con su lengua pequeña y puntiaguda.

    Por fin, apareció una luz en medio de la oscuridad. Apenas un pequeño punto, pero tan discernible en la oscuridad que imperaba en la ciudad costera, que le saltó a la vista inmediatamente. Era un ático en la zona de Ciudad Jardín; ya conocía el edificio, edificio humilde lleno de personas humildes. Sonrió, bien pagado de sí mismo, de su ocurrencia de trepar al punto más alto de la ciudad para someterlos a todos, y de que estuviera dando resultado. Pero no se apresuró, continuó revisando todas las ventanas, los balcones, las lejanas calles plagadas de erráticas figuras muertas, asomado a sus prismáticos negros que aún olían a nuevo. No tardó en aparecer una segunda luz, algo más lejos, cerca de la zona del Muelle Heredia. Esta vez se trataba de un balcón espacioso donde diversos enseres se amontonaban sin sentido. Por encima de ellos, una hilera de luces prendidas en un cable, como un adorno de navidad, se mecían al viento. En el interior de la casa titilaban varias luces más; probablemente, se dijo, velas de pequeño tamaño. Y unos instantes más tarde, más luces, todas trémulas, mortecinas, en distintos puntos remotos unos de otros.

    El Padre Isidro se incorporó de un salto, experimentando una sensación parecida a la euforia pero más mezquina, así que pronto desapareció, vacua.

    Trotó, desmadrado como un espantajo abominable, hacia el viejo camino empolvado que zigzagueaba entre los árboles hasta las calles del centro. La oscuridad era casi completa, pero sus ojos se habían acostumbrado y tenía suficiente para percibir los volúmenes. Recibió arañazos en las pantorrillas y los brazos, pero ya no acusaba el dolor; naturalmente, cantaba.

    Le llevó unos treinta minutos llegar hasta el más cercano de los edificios iluminados, en la zona de La Malagueta. Allí, el suelo estaba completamente abarrotado de cadáveres en franca descomposición, y como resultado, el aire estaba impregnado de un hedor nauseabundo: rancio y dulce, profundo y sofocante. Se preguntó brevemente qué habría podido pasar, pero pronto la idea se apartó de su mente por sí sola. Al final de la calle, una tímida luna teñía de blanco un mar negro y tranquilo.

    Miró hacia arriba, a los altos balcones, y tal y como había esperado, allí estaba, apartando las tinieblas de la noche. Casi podía oír el ronroneo traqueteante de los generadores, ubicados en el balcón.

    —Ya vengo —anunció, a nadie en particular—. Soy el guardián, soy el juez, jurado y verdugo.

    Pasó por encima de los cuerpos caídos, y se acercó al portal, que naturalmente estaba clausurado con muebles apilados. Tironeó un rato de la puerta hasta que, a través del opaco cristal ahumado de la doble hoja, descubrió una fenomenal cadena cerrada con un enorme candado Yale.

    El padre Isidro giró sobre sus pies y escudriñó varios vehículos desmadejados a lo largo de la calle. Se interesó por un viejo modelo de Seat Toledo, pero no tenía las llaves en el contacto. El siguiente coche se sacudió con un ruido horrible, más parecido a la risa de una hiena tísica que a un motor, y no arrancó. Después de algunos intentos fallidos más, por fin pudo arrancar un pequeño Daewoo de color ceniza. El motor sonó como el rugido de un tigre en la jungla: alto, solitario y poderoso.

    Hacerlo dar la vuelta resultó un poco más complicado de lo que había pensado. Los cadáveres dispersos por el suelo conformaban baches que, en ocasiones, cedían bajo el peso del vehículo o hacían que las ruedas giraran alocadamente sin encontrar un punto de apoyo. Por fin, pudo alinear el morro con el portal del edificio, puso el freno de mano y revolucionó el motor. Cuando soltó el freno, el Daewoo se lanzó a gran velocidad, atravesó la puerta y se llevó consigo todos los muebles apilados, arrojando trozos de madera en todas las direcciones. Por fin, se detuvo cuando chocó contra los primeros escalones de la vivienda.

    Abandonando despacio el automóvil, el padre Isidro echó un vistazo a la calle. Los zombis estaban ahora visiblemente más nerviosos. Se acercó al más próximo, que movía los brazos descontroladamente, como aquejado del baile de San Vito, lo cogió por la mano y tiró de él hacia el portal. Al segundo lo metió dentro por el sencillo procedimiento de empujarle por la espalda. Toda esta actividad estaba despertando al resto de los muertos; sus quejidos y cloqueos empezaban a subir de volumen, sus bocas se abrían, hambrientas, y sus cabezas se revolvían inquietas, buscando. Desde la distancia, empezaban a llegar cada vez en más número. Era justo lo que necesitaba.

    Le llevó algunos minutos más azuzar a un buen número de espectros al interior del portal. Los zarandeaba, los golpeaba y los empujaba con fuertes empellones, y eso hacía que reaccionasen cada vez más rápidamente, cada vez más hostiles.

    Como la otra vez en la Plaza de la Merced, no le costó mucho hacer que subiesen por las escaleras; apenas los encarrilaba, ellos empezaban a avanzar despacio en la dirección correcta. Palmoteaban las paredes, se enredaban en sus propias piernas y caían blandamente sobre el suelo de mármol, pero luego se levantaban y continuaban en la buena dirección.

    Satisfecho, el padre Isidro empezó a entonar su canción.

    Las personas que sobrevivían escondidas en su domicilio no tuvieron muchas oportunidades. El padre Isidro llevó a su horda de cadáveres resucitados y echó la puerta abajo sin mucho esfuerzo; los supervivientes nunca esperaron que los zombis llegasen hasta ellos. Allí encontró rostros aterrorizados, una mujer entrada en años y de aspecto demacrado, y dos chicas jóvenes también de apariencia enfermiza. Cuando el primer espectro cruzó el umbral, chillaron y le arrojaron una silla. Huyendo hacia el salón, volcaron la mesa de la cocina y luego corrieron de habitación en habitación mientras los espectros inundaban la vivienda. En medio de la vorágine, el padre Isidro, preso de una excitación desenfrenada, se entregaba a la tarea de recitar pasajes de la Biblia mientras empujaba a los espectros.

    En la última habitación ya no hubo escape posible. El padre Isidro escuchó los gritos y se arrodilló en el suelo, mirando hacia un punto indeterminado del techo. Rezó largamente por sus almas, que habían sido encontradas culpables y sometidas al juicio último.

    Cuando todo hubo terminado, se sintió laxo pero satisfecho. Le temblaban las manos y la boca era un pozo de arena. Fue a la cocina y hurgó en los estantes, pero sólo encontró cereales, legumbres y unos grandes sacos de arroz. En otro sitio encontró botes con mermeladas y varias marcas de cremas de cacao, con y sin avellanas. También garrafas grandes, llenas de agua. Bebió sin mesura, y luego hundió sus dedos largos y descarnados en el dulce alimento. Comió con lascivia, hasta sentirse enfermo.

    Eso sí, antes se aseguró de dar gracias al Señor por los alimentos recibidos.

    En los días que siguieron, el padre Isidro repitió su demencial misión numerosas veces. No le resultaba difícil sacar a los supervivientes de sus agujeros; en la mayoría de los casos se trataba de personas incapaces ya de seguir luchando, debilitadas física y psicológicamente. Algunas de ellas se rendían sin ofrecer resistencia, casi agradecidas de poner punto y final a esa semiexistencia rodeados de muerte. En otras, se las apañaba bien lanzando sus hordas de resucitados, a quienes azuzaba con tremenda facilidad. En eso se había vuelto terriblemente efectivo.

    Casi siempre era el mismo procedimiento. Los localizaba, bien denunciados por la luz, o por la procedencia de los sonidos que le llegaban desde los locales comerciales y las viviendas en sus largos paseos. Entonces destrozaba las barreras lentamente construidas con grandes martillos, sierras mecánicas o, cuando era posible, vehículos. Era el amo absoluto de todo. Era el Rey de la ciudad.

    Siempre dormía en cualquier parte, la ciudad le ofrecía mil y un lugares confortables donde reposar sus huesos: la habitación de un hotel, un dormitorio en cualquier casa. Se quedaba dormido, arrullado por los lánguidos lamentos de los muertos. Una vez durmió al lado del cadáver hinchado y podrido de lo que parecía haber sido una anciana. Ya no acusaba el olor, y desde luego no sentía rechazo por los cuerpos devastados por las marcas de la muerte.

    Una mañana, después de rezar sus oraciones, el padre volvió a las calles a ocuparse de sus tareas. Mientras paseaba por el centro de la ciudad, levantó la cabeza hacia el cielo y se lo encontró de pronto, asomado a uno de los balcones de un viejo edificio. Era él... aquel mismo joven. El joven que había escapado de su primera incursión una vez entendió lo que el Señor quería de él.

    Instintivamente, muy despacio, se retiró a las sombras de uno de los salientes de un edificio cercano sin perderlo de vista. Su corazón latía con renovado ímpetu en su escuálido pecho.

    Varias veces en días anteriores, el rostro de aquel joven lo había mortificado por las noches, atormentándolo en medio de una nube gris y difusa en la que siempre escapaba a todos sus intentos por apresarlo. Despertaba sudando, y pedía perdón al Señor por la pobre actuación que había podido ofrecerle aquel día. Sabía que el Señor le concedería una nueva oportunidad, y por fin la tenía delante. Su enorme dentadura brilló en la sonrisa de complacencia que se dibujó en su rostro.

    En ese momento, otro individuo salió al balcón. Era un tipo alto, de cuerpo atlético, con una barba rala y de aspecto marroquí. Qué apropiado, pensó, mientras sus pequeños ojos brillaban con odio en las sombras que le ocultaban. Infames, impíos que pronto se someterían al Juicio Final. Lo juró entonces en el nombre del Señor, y lo juró sobre la pureza de su propia alma.

    Pero no se precipitaría. Permaneció allí estudiando sus movimientos, su lenguaje corporal y sus maneras a medida que hablaban y señalaban al horizonte. Continuó impávido, sin atreverse a mover un solo músculo, hasta que ambos se retiraron al interior de la vivienda. Entonces soltó el aire de su pecho y respiró entrecortadamente. Los tenía.

    En los días siguientes acechó como un depredador por los alrededores de la casa. Quería saber cuántos eran, quería saber dónde estaban exactamente. Esta vez estaba determinado a no fracasar. Trepó hasta el último piso del edificio contiguo y allí se acurrucó, camuflado por unas vetustas cortinas grises, a espiar por la ventana. Eran muy listos, antes del anochecer cerraban todos los batientes y apenas se asomaban al balcón. Sin embargo, en las pocas ocasiones en las que lo hacían, él ya estaba allí, y vio también a una de las chicas escondidas en la Plaza de la Merced. Entonces rechinó los dientes, arropado por el polvo denso y macilento de las viejas cortinas, y los odió tan profundamente que casi sufrió un desvanecimiento.

    Una vez, mientras se encontraba cerca del portal, vio salir a dos hombres. El primero era el marroquí; el segundo, un hombre que cojeaba de una pierna. Se manejaban bien, corriendo y zigzagueando entre los zombis antes incluso de que éstos pudieran reaccionar. Los siguió desde la distancia, discretamente, ocultándose entre los resucitados. Los vio entrar en una tienda de ultramarinos, donde estuvieron pocos minutos, y salir de nuevo. Llevaban unas mochilas en la espalda.

    Aquella misma tarde los vio salir de nuevo, correr hacia otra de las tiendas, y volver a salir. Y al día siguiente, y al otro.

    Eran como pequeñas abejitas afanadas, enredando con algún plan desconocido. El padre Isidro entraba en las tiendas una vez ellos se habían ido, y revisaba los estantes. El polvo acumulado le permitía encontrar los huecos donde ellos habían tomado productos. Encontró que faltaban diversos enseres, sobre todo de uso cotidiano, y otros más extraños, como tubos de rejilla, herramientas, montones ingentes de pilas alcalinas y hasta botas de agua, de las de plástico resistente, pero no supo extraer un mensaje de toda aquella actividad.

    Por fin, una de aquellas mañanas, vio al tullido desaparecer por una de las alcantarillas asistido por el marroquí, quien, en un momento de tensión, tuvo que descabezar a uno de los espectros usando su barra de hierro. Desde su escondite, varios metros más allá, pestañeó como si de repente hubiera comprendido el concepto de la tercera dimensión en el volumen de los objetos. ¡Las alcantarillas! En su vida había pensado en ellas, pero de repente consideró la posibilidad de que debajo de la ciudad, allí donde los resucitados nunca miran, se escondiesen los impíos. Qué deliciosa paradoja, pensó, dar caza a los pecadores en las alcantarillas tal y como ellos persiguieron a los cristianos en las cloacas de la antigua Roma. Pronunció la palabra de viva voz: venganza. Sabía, a través de palabras del apóstol Pablo, que sólo Dios tiene el derecho moral de una venganza justa, pero ¿acaso no era él su instrumento, su puño de castigo, el ejecutor de su juicio último?

    Una vez el marroquí hubo vuelto a la seguridad de su cubil, el padre Isidro corrió hacia la tapa de la alcantarilla, la retiró y se deslizó dentro con la agilidad de un atleta. Estaba oscuro como boca de lobo, pero allá a