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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S2
    S3
    B1
    B2
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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    TESTIGOS DE LAS ESTRELLAS (Robert Charles Wilson)

    Publicado el domingo, febrero 01, 2015

    Sinopsis

    En Blind Lake, una gran instalación federal de investigación, los científicos están empleando una tecnología que apenas comprenden para observar la vida diaria en una ciudad de alienígenas, moradores de un lejano planeta. No son capaces de contactar con ellos, ni comprenden su lengua. Lo único que pueden hacer es observar. Sin previo aviso, se impone un cordón militar alrededor de Blind Lake. Todas las comunicaciones quedan cortadas. La comida y demás suministros son entregados por control remoto. Nadie conoce el motivo, aunque los científicos siguen con sus investigaciones. Hasta que uno de ellos llega a la conclusión de que aquellos seres, aunque parezca imposible, son conscientes de la observación del proyecto.


    PRIMERA PARTE
    La nueva astronomía


    "Los telescopios de poder incomparable le revelaban las ignotas profundidades del cosmos sobre espejos pulidos de mercurio flotante. Los mundos muertos de Sirio, los mundos a medio formar de Arcturus, los ricos pero inanimados mundos girando alrededor de las gigantescas Antares y Betelgeuse. Esos eran los mundos que ella estudiaba sin ninguna utilidad».
    —POLTON CROSS
    Alas a través del cosmos, 1938.



    1


    Podría acabar en cualquier momento.

    Chris Carmody se giró hacia la parte más cálida de una cama que no le era familiar. Se trataba de una pequeña depresión en las sábanas de algodón donde alguien había yacido hasta hacía poco. Alguien. Su nombre se le escapaba, todavía perdido entre capas de sueño. Pero él deseaba ardientemente el calor de aquella reciente presencia, de la responsable de aquel calor que no desaparecía. Dibujó un rostro, benevolente, sonriente y levemente estrábico. Se preguntó a dónde había ido.

    Había pasado bastante tiempo desde que había compartido la cama con alguien más. Era curioso cómo lo que más le gustaba, más que cualquier otra cosa, era el calor que la otra persona dejaba entre las sábanas. Aquel espacio en el que él entraba en su ausencia.

    Podría acabar en cualquier momento. ¿Había soñado él aquellas palabras? No. Las había escrito en su libro de notas hacía tres semanas, transcribiendo un comentario de un estudiante licenciado con el que se había encontrado en la cafetería de Crossbank, a medio continente de distancia.

    —Estamos haciendo un trabajo fascinante, y flota en el ambiente una sensación de apresuramiento, porque sabemos que podría acabar en cualquier momento…

    A su pesar, abrió los ojos. Al otro lado del pequeño dormitorio, la mujer con la que había dormido luchaba consigo misma mientras se ponía un par de pantalones ceñidos. Sintió su mirada y le sonrió con cautela.

    —Eh, guapo —le dijo ella—, no es por meterte prisa, pero ¿no decías que tenías una cita no sé dónde?

    El recuerdo finalmente lo alcanzó. Su nombre era Lacy. Sin información añadida sobre el apellido. Era camarera en el Denny. Su cabello era largo y pelirrojo, peinado a la moda, y era al menos diez años más joven que Chris. Ella había leído su libro. O eso decía. O al menos había oído hablar de él. Tenía un ojo vago, lo que le daba una apariencia de constante abstracción. Mientras él se frotaba los ojos para despertarse, ella se puso un vestido sin mangas sobre sus hombros pecosos.

    Lacy no era muy buena como ama de casa. Pudo observar varias manchas de moscas aplastadas contra el alféizar de la ventana. El espejo para el maquillaje reposaba todavía en la mesa de al lado, donde ella había preparado unas finísimas y precisas rayas de cocaína. Un billete de cincuenta dólares descansaba sobre la alfombra al lado de la cama, tan firmemente enrollado que parecía una hoja de palma en ciernes o algún extraño insecto-palo con una mohosa mancha de sangre seca en un extremo.

    El otoño estaba recién empezado y todavía hacía calor en Constance, Minnesota. Un aire balsámico agitaba las cortinas diáfanas. Chris saboreó la sensación de encontrarse en un sitio donde no había estado jamás y al cual con toda probabilidad no iba a regresar.

    —Te diriges a Blind Lake, ¿no es cierto?

    Él recogió su reloj de una pila de revistas People de la mesilla de noche. Disponía de una hora si no quería perder el transporte.

    —Me dirijo a Blind Lake. —Se preguntó cuánto le había contado a la mujer la noche anterior.
    —¿Te apetece desayunar?
    —Creo que no tengo tiempo.

    Ella pareció aliviada al oír aquello.

    —Eso está bien. Conocerte ha sido fenomenal. Conozco a mucha gente que trabaja en Blind Lake, pero la mayoría es parte del personal de apoyo o proveedores. Nunca me había encontrado con alguien que fuera del núcleo duro.
    —No soy del núcleo duro. Solo soy un periodista.
    —No te infravalores.
    —Yo también me lo he pasado muy bien.
    —Eres muy dulce —dijo ella—. ¿Quieres ducharte? Yo ya he acabado en el baño.

    La presión del agua era demasiado débil y se encontró con una cucaracha muerta en la bandeja del jabón, pero la ducha le dio tiempo para ajustar sus expectativas. Para poner en pie lo que quedara de su orgullo profesional. Tomó prestada una cuchilla rosa para depilarse las piernas y se afeitó la imagen fantasmal que veía reflejada en el espejo. Ya estaba vestido y en la puerta cuando ella empezaba con el desayuno: huevos y zumo, en la diminuta cocina del apartamento. Trabajaba de noche; las mañanas y las tardes eran su tiempo de ocio. Un pequeño panel de televisión en la mesa de la cocina proyectaba un culebrón a medio volumen. Lacy se levantó y lo abrazó. Su cabeza le llegaba a la altura del pecho. En aquel suave abrazo descansaba el reconocimiento de que ninguno de los dos significaba esencialmente nada para el otro, nada más que el capricho de una noche irreflexivamente consentido.

    —Cuéntame qué tal te va si vuelves por aquí —dijo ella.

    Él se lo prometió cortésmente. Pero no iba a volver por allí.


    Fue a recoger su equipaje al Marriot, donde el Visions East le había reservado una habitación con buen criterio (pero innecesariamente) y se encontró con Elaine Coster y Sebastian Vogel en el vestíbulo.

    —Llegas tarde —le dijo Elaine.

    Echó un vistazo al reloj.

    —No por mucho.
    —¿Crees que se te caerían los anillo si fueras puntual al menos por una vez?
    —La puntualidad es el ladrón del tiempo, Elaine.
    —¿Quién dice eso?
    —Oscar Wilde.
    —Oh, ese sí que es un buen modelo para ti.

    Elaine tenía cuarenta y nueve años y una ropa safari inmaculada, una cámara digital atada al bolsillo de su pecho izquierdo y un auricular colgando del brazo izquierdo de sus gafas de sol con incrustaciones de circonio, como si fuera un pelo rebelde. La expresión de su rostro era severa. Elaine era una periodista científica casi veinte años mayor que Chris, muy respetada en su campo, donde él mismo era últimamente considerado con cierto desdén. A él le gustaba Elaine y su trabajo era sobresaliente, y por eso le perdonaba su tendencia a comportarse con él como se comporta una maestra en la escuela con el niño alborotador.

    Sebastian Vogel, el tercer miembro de la fuerza expedicionaria del Visions East, permanecía en silencio unos pocos pasos atrás. Sebastian no era verdaderamente un periodista; era un profesor jubilado de Teología de la Universidad de Wesleyan que había escrito uno de esos libros que se convierten inexplicablemente en un best seller. El libro se titulaba Dios & el vacío cuántico. Chris sospechaba que era aquel «&» en lugar del convencional «y», el que lo había puesto aceptablemente a la última, elípticamente a la moda. La revista había querido el toque espiritual de la Nueva Astronomía para complementar el tono científico riguroso de Elaine y el de Chris, también conocido como «lado humano». Pero Sebastian, que quizás fuera brillante, era también extraordinariamente parco en palabras. Tenía una barba que oscurecía su boca y que Chris consideraba emblemática: las palabras que encontraban la forma de salir eran escasas y por lo general difíciles de interpretar.

    —La camioneta —señaló Elaine— lleva esperando diez minutos.

    La camioneta de Blind Lake, quería decir, con un joven funcionario chico-de-los-recados al volante, con un codo apoyado en la ventanilla abierta y expresión de no descansar lo suficiente. Chris asintió en silencio, echó su equipaje en la parte trasera de la camioneta y se sentó detrás de Elaine y Sebastian.

    Era pasada la una de la tarde, pero sintió una ola de cansancio que se apoderaba de él. Algo que tenía que ver con la luz del sol de septiembre. O con los excesos de la noche anterior. La cocaína, aunque la había pagado él, había sido idea de Lacy, no suya. Él había compartido un par de rayas por camaradería, más que suficiente para mantenerlo despierto hasta casi el amanecer. Cerró los párpados brevemente, pero se negó el placer de echarse a dormir. Quería ver la ciudad de Constance a la luz del día. Habían llegado la noche anterior y todo lo que había visto de la ciudad era el Denny, más tarde un bar donde la banda del local tocaba canciones que pedía el público, y después el interior del apartamento de Lacy.

    La ciudad había hecho lo posible para reinventarse a sí misma como punto de destino turístico. La base de investigación de Blind Lake estaba cerrada al público a pesar de lo famosa que se había hecho. Los curiosos se tenían que conformar con aquel viejo granero y aquel chamizo con jardín que era Constance, que servía como ciudad dormitorio para los empleados civiles de Blind Lake, y donde el nuevo Marriot y el más nuevo Hilton alojaban ocasionalmente congresos científicos o ruedas de prensa.

    La calle principal se había engalanado para Blind Lake con más entusiasmo que buen gusto. Los dos edificios comerciales de ladrillo de dos plantas parecían datar de mediados del siglo pasado; eran de ladrillo amarillo argamasado con arcilla del lecho del río local, y podrían haber resultado incluso bonitos si no hubiese sido por aquel afán exagerado de espíritu vendedor que se había apoderado de ellos. El tema de la langosta estaba inevitablemente en todas partes. Langostas de felpa para niños, recortables de langostas para poner en las ventanas, pañuelos de cócteles de langosta, langostas de cerámica para el jardín…

    Elaine siguió su mirada y adivinó su línea de pensamiento.

    —Deberías haber cenado en el Marriott puta sopa de langosta —dijo.

    Él se encogió de hombros.

    —Tan solo es gente que intenta ganarse el pan con el sudor de la frente, sacando adelante a sus familias.
    —Ganando el pan gracias a la ignorancia. No entiendo todo este asunto de las langostas. No se parecen a langostas para nada. No tienen exoesqueleto y Dios sabe que no tienen un océano en el que nadar.
    —La gente tiene que ponerles algún nombre.
    —La gente quizás tenga que ponerles un nombre, pero ¿tienen que emborronar corbatas con él?

    El trabajo de Blind Lake había sido indudablemente vulgarizado de forma masiva. Pero lo que molestaba a Elaine, o eso pensaba Chris, era la sospecha de que, en algún lugar entre las estrellas más cercanas, estuviera sucediendo algún tipo de acto recíproco similar. Caricaturas plásticas de seres humanos con la boca abierta detrás de ventanas acristaladas bajo un sol alienígena. Su propio rostro, quizás, impreso en una jarra como souvenir, en la cual inimaginables criaturas bebían líquidos misteriosos.

    La camioneta era un vehículo polvoriento de color azul eléctrico que habían enviado desde Blind Lake. El conductor parecía no querer hablar pero quizás estuviera prestando atención a la conversación, pensó Chris, tratando de deducir sus «intenciones encubiertas». El departamento de relaciones públicas haciendo un poco de trabajo encubierto. La conversación resultaba por eso mismo un tanto artificial. Salieron de la ciudad por la interestatal y se desviaron en silencio hacia una carretera de doble carril. Entonces, a pesar de la ausencia de letreros obvios más allá de aquel «CARRETERA PRIVADA, PROPIEDAD DEL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS Y DEL MINISTERIO DE ENERGÍA», ya se hallaban en territorio privilegiado. Cualquier vehículo no autorizado habría sido detenido en el primero de los puestos de control (oculto) que había cada quinientos metros. La carretera estaba bajo vigilancia constante, tanto visual como electrónica. Recordó algo que Lacy le había comentado: en Blind Lake, incluso los coyotes llevaban pases.

    Chris volvió la cabeza hacia la ventanilla y observó el paisaje. Los campos de cultivo dieron paso a una llanura abierta y a una pradera salpicada de flores salvajes. Un país seco, pero no desértico. La noche anterior, una tormenta había retumbado por toda la ciudad mientras Chris se refugiaba con Lacy en su apartamento. La lluvia había barrido las calles, limpiándolas de rastros combustibles y atascando los desagües con periódicos empapados y maleza, provocando un tardío espectáculo de color en la pradera.

    Un par de años atrás un rayo había iniciado un incendio que estuvo a quinientos metros de alcanzar Blind Lake. Se habían traído bomberos desde Montana, Idaho y Alberta. Todo aquello había quedado muy fotogénico en las noticias (y enfatizaba la fragilidad de la recién llegada Nueva Astronomía), pero el riesgo del complejo nunca había sido muy grande. Era simplemente otra excusa, murmuraban entre dientes los científicos en Crossbank, para que Blind Lake acaparara los titulares una vez más. Blind Lake era la hermana pequeña con glamour deCrossbank, siempre dispuesta a la vanidad, hipnotizada por los paparazzi…

    Pero cualquier evidencia del incendio había sido eliminada por dos veranos y dos inviernos. Por hierba silvestre, ortigas y aquellas pequeñas flores azules cuyo nombre Chris no podía recordar. Por el envidiable talento de la naturaleza para olvidar.


    Ellos habían empezado en Crossbank, porque se suponía que Crossbank les iba a resultar más fácil.

    La instalación de Crossbank estaba dedicada a un mundo biológicamente activo en la órbita de HR8832. Era el segundo planeta de aquel sol, dependiendo de cómo denominara uno al anillo de cuerpos celestes que giraba entre los dos primeros planetas alrededor de la estrella. El planeta tenía un núcleo de hierro, un cuerpo rocoso con 1,4 veces la masa de la Tierra y una atmósfera relativamente rica en oxígeno y nitrógeno. Los dos polos eran aglutinaciones gélidas de agua helada que podían alcanzar ocasionalmente temperaturas tan bajas como para congelar CO2, pero las regiones ecuatorianas eran cálidas, océanos poco profundos sobre placas continentales ricas en vida.

    Aquella forma de vida simplemente no tenía glamour. Era multicelular pero puramente fotosintética. La evolución en HR8832/B parecía haber pasado por alto el desarrollo de la mitocondria, necesario para la vida animal. Lo que no significaba que el paisaje no fuera a menudo espectacular, particularmente las enormes colonias en forma de estromatolito de bacterias fotosintéticas que se alzaban, alcanzando una altura de dos o tres pisos sobre la superficie del mar verde; o la simetría quíntupla de las bautizadas como estrellas de coral, ancladas en los lechos marinos y flotando medio sumergidas en aguas abiertas.

    Era un exquisito y maravilloso mundo que había conseguido suscitar una gran expectación cuando Crossbank era la única instalación de su clase. Los mares equinocciales tenían, de media, puestas de sol cada 47,4 horas terrestres, a menudo con enormes nubes que ondulaban mucho más alto que ninguna otra sobre la Tierra, castillos de nubes como extraídos de anuncios de bicicletas victorianas. Las pantallas de plasma, como ventanas decorativas con programas de aquel paisaje ajustado al ciclo terrestre de veinticuatro horas, habían sido tremendamente populares durante años.

    Un mundo precioso, y que había facilitado grandes cantidades de información sobre la evolución planetaria y biológica. Todavía continuaba proporcionando datos extraordinariamente útiles. Pero era estático. Nada se movía demasiado en el segundo mundo de HR8832. Tan solo el viento, el agua y la lluvia.

    Eventualmente se le llegó a conocer como «el planeta donde nunca pasa nada», una frase acuñada por un columnista del Chicago Tribune que consideraba a toda la Nueva Astronomía como una fuente más de conocimiento, llamativa pero inútil, a cargo de los presupuestos federales. Crossbank había aprendido a ser cauto con los periodistas. Visions East había negociado largo y tendido para obtener una semana de convivencia en el Crossbank para Chris, Elaine y Sebastian. No hubo ninguna garantía de cooperación, y probablemente había sido únicamente la sólida reputación de Elaine como periodista científica la que finalmente había llegado a convencer al departamento de relaciones públicas. O la reputación de Chris, quizás, la que los había hecho tan reacios a acceder.

    Pero la visita a Crossbank había resultado un éxito en líneas generales. Tanto Elaine como Sebastian afirmaban haber hecho un buen trabajo allí.

    Para Chris había sido un poco más problemático. El director del departamento de Observación e Interpretación se había negado rotundamente a hablar con él. Su mejor cita había venido del chico de la cafetería. «Podría acabar en cualquier momento». E incluso el joven de la cafetería había terminado por abrir los ojos como platos al leer el nombre de Chris en su pase de seguridad.

    —¿Tú eres el tipo que escribió aquel libro?

    Chris confesó que él era, sí, el tipo que había escrito aquel libro.

    Y el chico había asentido una vez, se había levantado del asiento y había depositado su bandeja de comida a medio terminar en el anaquel sin mediar palabra.


    Dos aviones de vigilancia les pasaron por encima durante los siguientes diez minutos, y los controles del salpicadero de la camioneta comenzaron a parpadear espasmódicamente. Ya habían cruzado un buen número de puestos de control para cuando alcanzaron la valla de acero que serpenteaba por la pradera en ambas direcciones, y un guardia de uniforme salió de la garita de vigilancia para hacerles el ademán de detener el vehículo.

    El guarda examinó la identificación del conductor, de Elaine y de Sebastian, y finalmente la de Chris. Dijo unas breves palabras a su micrófono personal y acto seguido les proporcionó a los tres periodistas unas tarjetas de identificación con unos imperdibles para la solapa. Al final les hizo una seña con la mano para que continuaran avanzando.

    Y así estuvieron dentro. Tan simple como aquello, dejando a un lado las semanas de negociación entre la revista y el Ministerio de Energía.

    Tan solo una franja de hierba ondulada por el viento separada de otra por una valla de rejilla metálica y alambre de espino. Pero la entrada era más que metafórica. Implicaba, al menos para Chris, una genuina sensación de ceremonia. Aquello era Blind Lake.

    Prácticamente otro planeta.

    Echó la mirada a su espalda conforme la camioneta aceleraba, y vio cómo la puerta corrediza de la entrada se cerraba con lo que más tarde recordaría como una terrible sensación de irrevocabilidad.


    2


    Teresa Hauser sabía que realmente había un lago en Blind Lake. Pensaba sobre ello mientras volvía a casa de la escuela, siguiendo su propia sombra alargada a lo largo de la acera blanca y resplandeciente.

    Blind Lake, el lago, no la ciudad, era una ciénaga fangosa entre dos pequeñas colinas, llenas de espadañas, ranas silvestres, garzas, gansos del Canadá y agua verde estancada. El señor Fleischer les había hablado sobre él en clase. Se le llamaba lago pero realmente se trataba de una marisma, una antiquísima superficie de agua atrapada en una tierra pedregosa y porosa.

    De modo que Blind Lake, el lago, no era realmente un lago. Tess pensó que aquello de alguna forma tenía sentido, porque la ciudad de Blind Lake tampoco era realmente una ciudad. Era un Laboratorio Nacional construido allí en su totalidad, como un decorado de película, por el Ministerio de Energía. Esa era la razón por la que las casas, las tiendas y los edificios de oficinas estaban tan dispersos y eran tan nuevos, y por la que aparecían y acababan tan abruptamente en una tierra vasta y vacía.

    Tess caminaba sola. Tenía once años y todavía no había hecho muchos amigos en la escuela, aunque Edie Jerundt (a la que los otros niños llamaban Edie Grumo) al menos hablaba con ella de cuando en cuando. Pero Edie tomaba el camino opuesto para ir a su casa, hacia el centro comercial y los edificios administrativos; las altas torres refrigeradoras del Paseo Globo Ocular, lejos al oeste, constituían las señales que la guiaban a casa. Tess, cuando estaba al menos con su padre, lo que sucedía una de cada cuatro semanas, vivía en una casa prefabricada de color pastel alineada junto con otras dispuestas las unas contra las otras, como soldados en posición de firmes. La casa de su madre, aunque estaba incluso más al oeste, era casi idéntica.

    Se había quedado veinte minutos más en la escuela ayudando al señor Fleischer a limpiar las pizarras. El señor Fleischer era un hombre calvo y de barba blanquicastaña que le había hecho todo tipo de preguntas sobre su vida: qué hacía cuando estaba en casa, cómo se llevaba con sus padres, si le gustaba la escuela. Tess había respondido obedientemente pero sin entusiasmo, y después de un rato el señor Fleischer había fruncido el ceño y había dejado de preguntar. Lo que a ella le parecía perfecto.

    ¿Le gustaba la escuela? Era demasiado pronto para saberlo. Las clases acababan de comenzar. El tiempo todavía no era frío, aunque el viento que recorría la acera y agitaba su falda tenía un cierto toque otoñal. No podías decir cómo iba el colegio, pensó Tess, al menos hasta Halloween, y todavía faltaban un par de semanas para Halloween. Para entonces uno ya sabía qué tal era, para bien o para mal.

    Ella ni siquiera sabía si le gustaba Blind Lake, la ciudad-no-ciudad cerca del lago-no-lago. Crossbank había sido mejor en algunos aspectos. Más árboles. Colores otoñales. Nieve en las colinas en invierno. Su madre le había dicho que allí también nevaba, y mucho además, y quizás esta vez pudiera hacer amigos con los que ir a tirarse en trineo. Pero las colinas parecían ser demasiado bajas y sin pendiente como para montar en trineo. Había pocos árboles allí, la mayoría árboles jóvenes plantados alrededor de los centros de investigación y de la zona comercial. Como si fuesen árboles imperfectamente deseados, pensó Tess. Pasó junto a algunos de aquellos jardines de las casas de la ciudad: árboles tan jóvenes que estaban todavía atados a estacas, todavía intentando echar raíces. Llego a la pequeña casa de su padre y observó que su coche no estaba en el garaje. Todavía no había llegado. Aquello no era normal pero tampoco le resultaba asombroso. Tess utilizó su propia llave para entrar. La casa estaba limpia y ordenada sin piedad, y los muebles todavía olían a nuevo, acogedores pero de alguna forma desconocidos. Se dirigió a la estrecha y brillante cocina y se sirvió un vaso de zumo de naranja del refrigerador. Parte del zumo se derramó por el borde del vaso. Tess pensó en su padre, y entonces cogió una toalla de papel y limpió la mesa. Tiró la prueba incriminatoria a la basura bajo el fregadero.

    Llevó su bebida y una servilleta al salón, se acomodó en el sofá y susurró «video» para encender el panel de televisión. Pero no había nada más que estática en todos los canales de dibujos animados. La casa le había grabado un par de programas del día anterior, pero eran bastante aburridos (El rey Koala y Los increíbles Baxter) y no estaba de humor. Supuso que debía de haber algún problema con el satélite porque no había nada más que ver, tan solo el circuito cerrado de Ciudad langosta en sesión nocturna, el Sujeto sin expresión y probablemente dormido bajo una desnuda luz eléctrica.

    Su teléfono comenzó a sonar en el interior de su mochila, en el suelo a sus pies, y Tess se sentó de golpe. Un trago de zumo de naranja se equivocó de camino. Hurgó en la mochila y sacó el teléfono, contestando con voz seca.

    —Tessa, ¿eres tú?

    Su padre.

    Asintió con la cabeza, lo que era inútil, después contestó.

    —Sí.
    —¿Va todo bien?

    Le aseguró que estaba bien. Papá siempre quería saber si estaba bien. Algunos días se lo preguntaba más de una vez. Para Tess aquello siempre sonaba como «¿cuál es el problema contigo? ¿Hay algo que no va bien?». Nunca tenía una respuesta para aquello.

    —Hoy voy a trabajar hasta tarde —dijo él—, no puedo llevarte con mamá. Tienes que llamarla tú para que te pase a recoger.

    Aquella era la noche en la que se mudaba a la casa de su madre. Tess tenía un cuarto en cada casa. Uno pequeño y ordenado en la de su padre. Uno grande y desordenado en la de su madre. Tendría que recoger las cosas del colegio para ir a casa de su madre.

    —¿No puedes llamarla tú?
    —Es mejor si lo haces tú, cariño.

    Ella volvió a asentir con la cabeza. Después volvió a hablar.

    —De acuerdo.
    —Te quiero.
    —Yo también.
    —Ánimo.
    —¿Qué?
    —Te llamaré todos los días, Tess.
    —Bien —dijo Tess.
    —No olvides llamar a tu madre.
    —No lo haré.

    Con voz responsable y sin distraerse por el panel en blanco del video, Tess se despidió y después dijo «mamá» al auricular. Después de una pausa salpicada de sonidos como de insectos, su madre descolgó el teléfono.

    —Papá dice que tienes que recogerme.
    —Eso dice, ¿eh? Bueno. ¿Estás en su casa?

    A Tess le gustaba el sonido de la voz de su madre incluso a través del teléfono. Si la voz de su padre era como un trueno distante, la de su madre era como la lluvia de verano: tranquilizadora incluso siendo triste.

    —Trabaja hasta tarde —explicó Tess.
    —De acuerdo con su parte del trato se supone que tiene que llevarte él. Yo también tengo trabajo que hacer.
    —Supongo que puedo caminar —dijo ella, aunque no hizo ningún esfuerzo para ocultar su decepción. Le costaría media hora larga llegar a la casa de su madre, pasando al lado de la cafetería y del grupo de adolescentes que se reunía allí, y a los que les había dado por llamarla Espás por su forma de girar la cabeza espasmódicamente para evitar sus miradas.
    —No —respondió su madre—, se está haciendo tarde ya… Tan solo recoge tus cosas. Estaré allí en, oh, supongo que en unos veinte minutos o así. ¿Vale?
    —Vale.
    —Quizás podamos comprar algo de comida rápida por el camino.
    —¡Muy bien!

    Después de que volviera a dejar su teléfono en la mochila, Tess se aseguró de que llevaba todo lo que necesitaba para ir a casa de su madre: sus cuadernos de notas y libros de texto, por supuesto, pero también sus camisetas y blusas preferidas, su mono de felpa, su conexión-biblioteca, su luz nocturna personal. No le llevó mucho tiempo. Después, sin parar un momento, lo dejó todo en el vestíbulo y salió afuera a mirar la puesta de sol.

    Lo que tenía de bueno la casa de su padre era la vista del páramo. No era una vista espectacular, no había nada melodramático como montañas o valles o algo así, pero se podía extender la vista sobre una gran franja de pradera que iba ascendiendo hasta la carretera de Constance. El cielo parecía inmenso desde allí, sin ningún tipo de límite excepto la verja que rodeaba Blind Lake. Los pájaros vivían en las hierbas altas más allá del césped pulcramente cortado, y en ocasiones rompían a volar en bandadas hacia el cielo enorme y limpio. Tess no sabía qué tipo de aves eran aquellas, no tenía un nombre para ellas. Eran muchas, pequeñas y marrones, y cuando recogían sus alas volaban como dardos.

    Las únicas cosas fabricadas por seres humanos que Tess podía ver desde el jardín trasero de su padre, siempre y cuando apartara la vista de la hilera mecánica que formaban las casas adyacentes, eran la verja, la carretera que conducía a través de las colinas hasta Constance y la garita de los guardias en la entrada del complejo. Observó un autobús saliendo de Blind Lake, uno de los autobuses que llevaban a los trabajadores del turno de día a sus casas, muy lejos. A la luz del atardecer, las ventanas del autobús eran cálidas por su tono amarillo.

    Permaneció de pie observando en silencio. Si su padre hubiera estado allí, la habría llamado entonces para volver a la casa. Tess sabía que a veces se quedaba mirando a las cosas durante demasiado tiempo. A las nubes o a las colinas o, cuando estaba en el colegio, a través de la ventana impoluta al campo de fútbol donde las blancas porterías medían el paso del tiempo con sus sombras. Hasta que alguien la llamaba de vuelta al mundo real. «¡Despierta, Tessa! ¡Presta atención!». Como si hubiera estado dormida. Como si no hubiera estado prestando atención.

    En ocasiones como aquella, con el viento agitando la hierba y envolviéndola como una mano enorme y fría, sentía que el mundo era una segunda presencia, como si fuese otra persona, como si el viento y la hierba tuviesen voces propias y ella las pudiera oír hablar.

    El autobús de ventanas amarillas se detuvo en la distante garita. Un segundo autobús esperaba tras él. Tess esperó a que el guardia los dejara pasar con un movimiento de la mano. Casi mil personas trabajaban por la mañana en Blind Lake, recepcionistas, personal de apoyo y la gente que llevaba las tiendas. Y el guardia siempre los dejaba marchar con un movimiento de la mano.

    Aquella noche, sin embargo, los autobuses se detuvieron y permanecieron detenidos.

    —Tess —le dijo el viento. Lo que le hizo recordar a Tess a la Chica del Espejo, y todos los problemas que le había causado en Crossbank…
    —¡Tess!

    Dio un salto involuntariamente. La voz había sido real. Era su madre.

    —Lo siento si te he asustado.
    —No pasa nada.

    Tess se dio la vuelta y se alegró y se sintió más segura por la imagen de su madre atravesando el amplio y limpio césped. La madre de Tessa era una mujer alta, con el largo pelo castaño ladeado sobre el rostro, la falda larga hasta los tobillos sacudida por el viento. El sol poniente lo volvía todo de un suave rojo: el cielo, las casas de la ciudad, el rostro de su madre.

    —¿Tienes tus cosas?
    —Junto a la entrada.

    Tess vio que su madre miraba a lo lejos hacia la distante carretera. Otro autobús se había unido a los otros dos, y ahora los tres permanecían inmóviles junto a la garita.

    —¿Pasa algo raro con la valla? —dijo Tess.
    —No lo sé. Seguro que no es nada. —Pero frunció el ceño y se quedó observando durante un momento. Después cogió a Tess de la mano—. Vámonos a casa, ¿de acuerdo?

    Tess asintió, súbitamente necesitada del calor de la casa de su madre, del olor a ropa recién lavada y a comida rápida, de la seguridad de los pequeños espacios cerrados.


    3


    El campus del Laboratorio Nacional de Blind Lake, sus despachos científicos y oficinas administrativas, sus almacenes de suministros y sus puntos de venta al por menor habían sido construidos sobre una casi imperceptible colina prácticamente sin pendiente de una antigua tobera glacial. Desde el aire se asemejaba a cualquier otra nueva comunidad suburbana, con la única particularidad de su situación de aislamiento, conectada al mundo por una única carretera de doble carril. En su centro, junto a una franja alargada parcialmente cerrada de tiendas, conocida como «zona comercial», había un anillo de edificios de hormigón de diez plantas, el Hubble Plaza. Aquellas eran las instalaciones donde se realizaba el trabajo de interpretación de Blind Lake. El Plaza, con sus estrechas ventanas espejadas y su jardín interior cubierto de hierba, era el cerebro de todo el complejo. El corazón estaba a kilómetro y medio al este de la ciudad, en una estructura subterránea desde la cual dos torres refrigeradoras se alzaban entre el frágil aire otoñal.

    Aquel edificio era el Procesador Computacional de Blind Lake, pero popularmente se lo conocía como Paseo Globo Ocular, o el Paseo, o simplemente el Ojo.

    Charlie Grogan había sido ingeniero jefe en el Paseo desde que se había puesto en funcionamiento hacía cinco años. Aquella noche se había quedado trabajando hasta tarde, si se podía decir «trabajar hasta tarde» cuando para él lo normal era continuar trabajando hasta bien después de que el turno de día se hubiera marchado a casa. Había, por supuesto, un turno de noche, y un ingeniero supervisor que trabajaba con ellos, Anne Costigan, cuyas habilidades había llegado a respetar. Pero era precisamente el hecho de que no tuviera que estar pendiente de nadie más en su vigilancia oficial lo que hacía que aquellas horas fueran tan provechosas para él. Podía ponerse al día con el papeleo sin riesgo de interrupción. Mejor aún, podía bajar a las salas del hardware o a la galería de los O/CBE y pasarse por donde están los chicos de comunicaciones en visita no oficial. Disfrutaba dedicando tiempo al trabajo.

    Aquella noche había terminado de rellenar un formulario de solicitud y programado a su servidor para enviarlo a la mañana. Echó un vistazo al reloj. Las nueve menos diez. Era la hora de descanso de los chicos de los cubículos. Tan solo un paseo por allí, se prometió Charlie. Después a casa a dar de comer a Boomer, su viejo sabueso, y quizás descargarse algo antes de irse a la cama. El ciclo eterno.

    Dejó su despacho y se montó en un ascensor para bajar dos plantas más hacia el subsuelo. El Paseo estaba tranquilo por la noche. No se encontró con nadie en los pasillos color verde azulado del nivel más bajo. Únicamente se podía escuchar el sonido de sus pisadas y el pitido del chip lector de su tarjeta de identificación cada vez que pasaba por una de las áreas restringidas. Las puertas espejadas le ofrecían un recordatorio no bienvenido de su edad (había cumplido cuarenta y ocho años el pasado enero), la creciente curvatura de su columna, la barriga que asomaba de la hebilla de su cinturón. Un fleco de pelo gris se recortaba contra su piel oscura. Su padre había sido un inglés de piel muy blanca, muerto de cáncer hacía veinte años; su madre, una inmigrante sudanesa y estudiante sufí que le había sobrevivido menos de un año. En aquellos días Charlie se parecía a su padre más que nunca.

    Dio un rodeo por la galería de los O/CBE, aunque, de igual forma que «quedarse hasta tarde», quizás «rodeo» no fuese la palabra correcta. Aquella era una de las paradas de su ronda nocturna habitual.

    La galería estaba construida como el anfiteatro de una sala de operaciones pero sin la platea para los estudiantes, un vestíbulo embaldosado en forma de anillo con ventanales en su perímetro interno. Los ventanales dominaban una cámara de quince metros de altura. En el fondo de la cámara, rodeada de columnas de gases gélidos y un revoltijo de luces fosforescentes y aparatos de control, estaban los tres gigantescos tanques de O/CBE. Dentro de cada tanque tubular había hilera tras hilera de componentes microscópicamente finos de arseniuro de galio bañados en helio a una temperatura de 232 grados bajo cero.

    Charlie era ingeniero, no físico. Él podía realizar el mantenimiento de las máquinas que mantenían los tanques, pero su comprensión de los procesos fundamentales de su trabajo era parcial en el mejor de los casos. Un Condensador Bose-Einstein era una estructura compleja muy bien ordenada Los CBE creaban partículas ligadas a los electrones llamadas «excitadores». Los excitadores funcionaban como puentes cuánticos para conformar una máquina de computación increíblemente rápida y eficaz. Todo lo que fuera más allá de aquella «guía para legos» se lo dejaba a los apasionados y un tanto excéntricos jóvenes teóricos y a los estudiantes licenciados que pasaban por el Paseo Globo Ocular como si fuera una estación veraniega. El trabajo de Charlie era más práctico: él hacía que todo funcionase, que todo estuviera suficientemente frío, mantener suave el I/O, solucionar los pequeños problemas antes de que se convirtieran en grandes problemas.

    Aquella noche había cuatro chicos de mantenimiento con trajes aislantes en la zona de conductos y tuberías, probablemente Stitch y Chavez, y alguno de los del laboratorio Berkeley que iban rotando a lo largo de todo el complejo. Más gente de lo normal; se preguntaba si Anne Costigan había ordenado algo de trabajo no previsto.

    Recorrió una vez la galería circular y después siguió otro pasillo pasando los laboratorios de física de estado sólido hasta la sala de control de datos. Charlie supo nada más entrar que pasaba algo raro.

    No había nadie en el descanso. Los cinco ingenieros del turno de noche estaban todos en sus puestos, trabajando febrilmente en los informes de sistemas. Únicamente Chip McCullough levantó la vista cuando Charlie atravesó la puerta, y todo lo que pudo obtener de él fue un taciturno saludo con la cabeza. Y todo aquello a las pocas horas de que su turno hubiera terminado oficialmente el trabajo.

    Anne Costigan también estaba allí. Lo miró desde su monitor portátil y lo vio de pie junto a la puerta. Le levantó un dedo al supervisor adjunto («un segundo») y se acercó a él. A Charlie le gustaba aquello de Anne, su economía de movimientos, donde cada gesto tenía un propósito claro.

    —Joder, Charlie —dijo—, ¿tú nunca duermes?
    —Ya me estaba yendo.
    —¿Por aquí?
    —En realidad venía a por un café. Pero tus chicos están ocupados.
    —Hemos tenido una gran descarga en el I/O hace una hora.
    —¿Una descarga de energía?
    —No, una descarga de actividad. El panel de controles se encendió como un árbol de Navidad. Como si alguien le hubiera dado al Ojo una dosis de anfetaminas.
    —A veces ocurre —dijo Charlie—. Si te acuerdas del pasado invierno…
    —Esta es un poco inusual. Se ha estabilizado, pero estamos haciendo un chequeo generalizado de los sistemas.
    —¿Todavía genera información?
    —Oh, sí, nada malo, tan solo una pequeña señal, pero… ya sabes cómo es.

    Sabía cómo era. El Ojo y todos los sistemas que dependían de él siempre operaban al borde del caos. Como un animal salvaje a medio domar, lo que el Ojo necesitaba no era tanto mantenimiento como atención y tranquilidad. Con su complejidad y su imprevisibilidad, era algo muy cercano a un ser vivo. Las personas que entendían aquello —y Anne era una de ellas— habían aprendido a prestar atención a los pequeños detalles.

    —¿Quieres quedarte un poco y echar una mano?

    Sí, quería, pero Anne no lo necesitaba. Lo único que iba a hacer era estorbar.

    —Tengo un perro que alimentar —dijo él.
    —Saluda a Boomer de mi parte. —Estaba claramente ansiosa por regresar al trabajo.
    —Lo haré. ¿Quieres que te traiga algo?
    —No a menos que tengas un teléfono de repuesto. Abe se ha ido a la costa otra vez. —Abe era el marido de Anne, un asesor financiero que pasaba en Blind Lake quizás un mes de cada tres; el matrimonio estaba en peligro—. Las llamadas locales van bien, pero por alguna razón no puedo llamar a Los Ángeles.
    —¿Quieres utilizar el mío?
    —No, no hace falta. Intenté llamar desde el de Tommy Gupta, pero tampoco pude. Debe de ser algo del satélite.

    Era extraño, pensó Charlie, cómo todo parecía haberse torcido aquella noche.


    Por quinta vez en la última media hora, Sue Sampel le comunicó a su jefe que no había sido capaz de contactar con el Ministerio de Energía en Washington. En cada ocasión, Ray la miraba como si ella en persona estuviera saboteando el sistema.

    Sue se había quedado a trabajar hasta más tarde y, según parecía, también les ocurría a todos los demás en el Hubble Plaza. Pasaba algo. No podía imaginarse de qué se podría tratar. Ella era la secretaria ejecutiva de Ray Scutter, pero Ray, como siempre, no le había informado de nada al respecto. Todo lo que sabía era que él quería hablar con Washington y que la telefonía no estaba cooperando.

    Obviamente no era culpa de Sue, ella sabía cómo teclear un número de teléfono, por amor de Dios. Pero eso no la había librado de que Ray la mirara de aquella manera cada vez que le pedía la llamada. Y Ray Scutter tenía una mirada asesina. Grandes ojos con pupilas diminutas, cejas pobladas, canas en la perilla… Sue era de la opinión de que podría resultar atractivo si no fuera por su pequeña barbilla y sus mejillas levemente infladas. Pero ya no mantenía aquella opinión. ¿Cuál era la expresión? «Bonito es el que hace cosas bonitas». Ray no las hacía.

    Ray se alejó del escritorio de Sue y se dirigió a su despacho con paso airado.

    —Naturalmente —gruñó sobre su hombro—, de algún modo me echarán la culpa de esto.

    S3, pensó agotada Sue. Había llegado a ser su mantra en los meses que llevaba trabajando con Ray Scutter. S3: sí, sí, sí. Ray estaba rodeado de incompetentes. El personal de investigación ignoraba a Ray. A Ray le ponían la zancadilla a cada momento. Sí, sí, sí.

    Una vez más, por amor al trabajo bien hecho, intentó conectar con Washington. El teléfono dio un mensaje de error: «EL NÚMERO SOLICITADO NO SE ENCUENTRA DISPONIBLE EN ESTE MOMENTO». El mismo mensaje que le salía en cada teléfono, video o conexión de Internet más allá de la red local de Blind Lake. La única llamada que había podido conseguir era a la casa de Ray, allí en la ciudad, para que su hija supiera que iba a llegar tarde. Todas las demás habían sido llamadas entrantes: Seguridad, Personal y el enlace militar.

    Sue quizás se hubiera preocupado si hubiera estado un poco menos cansada. Pero seguramente no era nada serio. Todo lo que ella quería en aquel momento era volver a su apartamento y quitarse los zapatos. Calentarse la cena en el microondas. Fumarse un canuto.

    El teléfono volvió a sonar. De acuerdo con el mensaje de la pantalla, una llamada de Ari Weingart, de Publicidad y Relaciones Públicas. Cogió el teléfono.

    —Ari —dijo ella—, ¿qué puedo hacer por ti?
    —¿Está por ahí tu jefe?
    —Está aquí pero no desea que lo molesten. ¿Es urgente?
    —Sí, un poco sí. Tengo aquí a tres periodistas y ningún sitio adonde mandarlos.
    —Reserva un motel.
    —Muy graciosa. Tienen un pase de tres semanas.
    —¿Nadie había apuntado eso en tu agenda?
    —No seas obtusa, Sue. Obviamente, deberían irse a dormir a las habitaciones de invitados del Centro de Visitas, pero Personal lo ha llenado con trabajadores del turno diurno.
    —¿Trabajadores del turno de día?
    —Sí. Porque los autobuses no pueden salir a Constance.
    —¿Los autobuses no pueden salir?
    —¿Te ha dado una insolación en las dos últimas horas? En la barrera de entrada han cortado la carretera al complejo. Nada puede entrar ni salir. Estamos totalmente incomunicados.
    —¿Desde cuando?
    —Más o menos desde la puesta de sol.
    —¿Y cómo ha sido eso?
    —¿Quién sabe? O alguna posible amenaza a la seguridad o bien otro simulacro. Todo el mundo es de la opinión de que para mañana estará solucionado. Pero entretanto tengo que darle billete a esta gente de alguna forma.

    La reacción de Ray Scutter a aquel problema sería de solemne indignación, ciertamente nada que fuera a ser de ninguna ayuda. Sue reflexionó unos instantes.

    —Quizás podrías llamar a Mantenimiento y ver si te pueden abrir el gimnasio en el centro de ocio. Que pongan algunos camastros para la noche. ¿Qué tal te suena?
    —De puta madre —dijo Ari—. Se me debería haber ocurrido a mí.
    —Si necesitas autorización, diles que desde aquí damos el visto bueno.
    —Eres un sol. Ojalá te pudiera fichar para mí.

    Ojalá, pensó Sue.

    Se levantó y se estiró. Caminó hacia la ventana y separó las tiras verticales de la cortina. Más allá de los tejados de las viviendas de los empleados y la oscuridad de la pradera yerma podía divisar a duras penas la carretera a Constance, las luces de emergencia de vehículos que brillaban misteriosamente junto a la entrada sur.


    Marguerite Hauser agradeció al destino benevolente que había dispuesto su casa de la ciudad, aunque fuera una de las pequeñas y más viejas, en el lado noroeste del campus de Blind Lake, tan lejos como era posible de su ex-marido Ray. Había algo de paz y sosiego en aquel trayecto de diez minutos para llevar a Tess a casa, y que cerraba el espacio tras ella como un puente levadizo sobre un foso.

    Tess, como era habitual, estuvo callada durante la ida, quizás un poco más callada de lo normal. Cuando compraron unos sandwiches de pollo en el puesto para coches en la zona comercial, se había mostrado indiferente respecto al menú. Una vez en casa, Marguerite cogió la comida y Tess arrastró su gran bolso hasta dentro.

    —¿Funciona la televisión? —preguntó Tess con indiferencia.
    —¿Por qué no debería funcionar?
    —En casa de papá no funcionaba.
    —Compruébalo a ver. Yo serviré la comida.

    Comer enfrente del panel de televisión era todavía una novedad para Tess. Era una costumbre que Ray no permitía. Ray insistía en comer en la mesa: «tiempo para la familia», inevitablemente dominado por su catálogo diario de quejas. Francamente, pensaba Marguerite, la programación televisiva era mucho mejor compañía. Especialmente las películas antiguas. Las que más le gustaban a Tess eran las de blanco y negro. Le fascinaban los coches antiguos y aquella ropa peculiar. Le encanta todo lo extraño, pensaba Marguerite, ha salido a mí.

    Pero el panel de video de Marguerite tampoco daba señal, como antes el de Ray, y tuvieron que conformarse con lo que había en la memoria del ordenador central de la casa. Pusieron una comedia de hacía cien años de Bob Hope, Mi morena favorita. Tess, que normalmente le habría hecho multitud de preguntas sobre el siglo XX y sobre por qué todo tenía aquel aspecto, simplemente cogió su comida y miró la pantalla.

    Marguerite puso una mano en la frente de su hija.

    —¿Cómo te sientes, cariño?
    —No estoy enferma.
    —¿Simplemente no tienes hambre?
    —Supongo. —Tess se acercó más y Marguerite la rodeó con el brazo.

    Después de la cena Marguerite recogió la mesa, puso mudas nuevas en las camas y ayudó a Tess a ordenar el material del colegio. Tess zapeó por los canales en un momento de optimismo exacerbado, después vio la película de Bob Hope por segunda vez y finalmente anunció que estaba lista para irse a la cama. Marguerite vigiló cómo se lavaba los dientes y la metió en la cama. A Marguerite le gustaba la habitación de su hija, con su pequeña ventana orientada al oeste, la cama vestida con un edredón con una franja rosa, las hileras de animales de peluche vigilantes en los estantes. Le recordaba su propio cuarto en Ohio hacía muchos años ya, excepto por los bienintencionados volúmenes de Historia de la Biblia para niños que su padre había colocado en la estantería con la vana esperanza de que quizás le insuflaran una fe de la que ella carecía. Los libros de Tessa los había elegido ella misma, y tendían hacia la fantasía popular y la ciencia básica.

    —¿Quieres leer un poco?
    —Creo que no.
    —Espero que te encuentres mejor por la mañana.
    —Estoy bien. De verdad.

    Marguerite miró a su espalda mientras apagaba la luz. Los ojos de Tessa ya estaban cerrados. Tess tenía once años, pero parecía más pequeña. Todavía tenía aquella pequeña papada de niño bajo la barbilla, las mejillas llenas. Su pelo se estaba oscureciendo pero todavía era de un rubio apagado. Marguerite suponía que una jovencita estaba emergiendo de su capullo de niñez, pero sus rasgos eran todavía indistintos, difíciles de predecir.

    —Duerme bien —susurró.

    Tess se enroscó en su edredón y arqueó su cabeza contra la almohada.

    Marguerite cerró la puerta. Cruzó el salón de estar hasta su estudio, un tercer dormitorio reconvertido, con idea de adelantar un poco de trabajo antes de medianoche. Cada uno de los jefes de departamento le había mandado fragmentos de video de las últimas veinticuatro horas del Sujeto para que los revisara. Bajó la intensidad de la luz y fue abriendo los informes en su pantalla de la pared.

    En Fisiología y Señales todavía estaban obsesionados con los pulmones de rejilla del Sujeto. «Posible gesto de rejilla en interacción social», afirmaba el subtítulo. Había un pequeño video del Sujeto en un cónclave de comida en un pozo. El Sujeto permanecía bajo la pálida luz verde en aparente interacción con otro. Las aberturas ventrales de respiración, unas pálidas ranuras blanquecinas a cada lado de su caja torácica, temblaban con cada inhalación. Aquello era normal, y Marguerite no estaba segura de por qué la gente de Fisiología quería que le echase un vistazo hasta que apareció un nuevo texto: «Los cilios de las aberturas respiratorias se mueven en un patrón vertical de cierta complejidad durante la conducta social». Ah. Sí, se podía apreciar en una subpantalla con mayor acercamiento. Las cerdas de los pulmones eran unos pelillos rosas, apenas visibles, pero sí, se movían como trigo en el campo bajo el viento. A modo de comparación se incluía otra pantalla del Sujeto respirando en un escenario sin interacción social. Los cilios de los pulmones se flexionaban hacia dentro con cada ejercicio de respiración, pero no se apreciaba movimiento vertical.

    Potencialmente muy interesante, pensó Marguerite. Etiquetó el informe con un aviso de prioridad, lo que quería decir que Fisiología y Señales podría enviarlo a los compiladores para realizar más análisis posteriores. Añadió algunas notas y preguntas propias (¿consistencia? ¿otros contextos?) y lo reenvió al Hubble Plaza.

    Abrió los últimos archivos de video de las secciones de Cultura y Tecnología, que se proyectaron en el panel de la pared de la habitación. Allí estaba el Sujeto, erguido al máximo, con las piernas estiradas mientras empleaba el brazo y algo que se parecía a una tiza para añadir un símbolo nuevo (si es que era un símbolo) a la cadena que adornaba los muros del cuarto. Era uno más de una cadena de dieciséis espirales en forma de concha de caracol que se iban haciendo progresivamente más grandes. Aquella última terminaba con una especie de rúbrica. A Marguerite le parecían garabatos de un niño aburrido en los márgenes de un cuaderno de notas. La inferencia obvia era que el Sujeto estaba escribiendo algo, pero ya se había comprobado que los trazos, líneas, círculos, cruces, puntos, etc., nunca se repetían. Si se trataba de pictogramas, el Sujeto no había escrito nunca la misma palabra dos veces; si fueran letras, se trataba de un alfabeto muy largo. ¿Significaba aquello que se trataba de arte? Quizás. ¿Decoración? Posiblemente. Pero en Cultura y Tecnología eran de la opinión de que aquel último signo de la cadena sugería algo de contenido lingüístico. Marguerite lo dudaba, y etiquetó aquel informe con una prioridad que lo almacenaría con una decena de documentos similares para la revisión técnica.

    El resto de los mensajes consistía en informes de progresos de los comités en activo, y un par de breves segmentos que el equipo de Investigación del Paisaje había considerado que le podría interesar ver: vistas de mirador, la ciudad extendiéndose más allá del Sujeto en una tarde color pastel, capa sobre capa de arenisca roja, como un imperio de pasteles de boda oxidados. Guardó las imágenes para estudiarlas más tarde.

    Para medianoche ya había acabado.

    Desconectó la pantalla del muro de su cuarto de trabajo y fue andando por la casa apagando las otras luces, hasta que la suave oscuridad fue completa. Al día siguiente era sábado. Tess no tendría colegio. Marguerite confiaba en que la programación vía satélite estuviera disponible para la mañana. No quería que Tess se aburriera en su primer día de vuelta al hogar.

    Era una noche clara. El otoño estaba avanzando a pasos agigantados aquel año. Se tumbó en la cama con las cortinas abiertas. Cuando se mudó aquel pasado verano puso su grande e inútil cama doble cerca de la ventana. Le gustaba mirar a las estrellas antes de dormirse, pero Ray siempre había insistido en bajar las persianas. Ahora podía hacerse aquellas pequeñas concesiones. La luz de la luna creciente caía sobre un arrecife de mantas. Cerró los ojos y se sintió ingrávida. Suspiró una vez y cayó dormida.


    4


    Ari Weingart, el encargado de Relaciones Públicas de Blind Lake, llevaba una gran carpeta digital. Chris Carmody se preocupó un poco al verla. Rara vez había tenido buenas experiencias con gente que llevara carpetas.

    Era evidente que a Weingart las cosas no le estaban saliendo demasiado bien. Había recibido a Vogel, Elaine y Chris en el exterior del Hubble Plaza y los había escoltado hasta su pequeño despacho con vistas a la plaza central. Estaban en la mitad de la confección de un itinerario provisional de una semana, cuando Weingart había recibido una llamada. Chris y compañía se retiraron a una sala de conferencias vacía donde estuvieron sentados hasta entrada la noche.

    Cuando Weingart volvió, todavía llevaba consigo la odiosa carpeta.

    —Ha habido una complicación —dijo él.

    Elaine Coster había estado hirviendo a fuego lento, escondida tras un ejemplar atrasado de Current Events. Dejó la revista sobre una mesilla y recibió a Weingart con una mirada inexpresiva.

    —Si hay algún problema con el calendario, podemos solucionarlo mañana. Todo lo que necesitamos ahora mismo es un sitio donde poder instalarnos. Y una conexión segura. No he podido conectarme con Nueva York desde esta tarde.
    —Bueno, ese es el problema. Las plazas de alojamiento están ocupadas. Tenemos unos novecientos trabajadores que viven fuera del complejo, pero no han podido salir, y me temo que tienen prioridad sobre los invitados. Las buenas noticias son que…
    —Espere un momento —dijo Elaine—. ¿Ocupadas? ¿De qué está hablando?
    —Supongo que no habrán tenido este problema en Crossbank, pero es parte del protocolo de seguridad. Si existe algún tipo de amenaza contra el complejo, no se permite el tráfico ni en un sentido ni en otro hasta que el problema se solucione.
    —¿Existe una amenaza?
    —Doy por hecho que sí. No estoy al corriente de todo. Pero estoy convencido de que no es nada.

    Probablemente tiene razón, pensó Chris. Tanto Crossbank como Blind Lake eran Laboratorios Nacionales y operaban con unos protocolos de seguridad que databan de las Guerras del Terror. Incluso las amenazas más insignificantes se tomaban terriblemente en serio. Uno de los inconvenientes del alto perfil de Blind Lake era que atraía la atención de un amplio espectro de lunáticos e ideólogos.

    —¿Puede decirnos la naturaleza de la amenaza?
    —Honestamente, eso es algo que yo mismo desconozco. Pero no es la primera vez que ocurre. Si mi experiencia les sirve de ayuda, todo estará solucionado para mañana.

    Sebastian Vogel se levantó de la silla donde había estado sentado como una esfinge durante la última hora.

    —Y entretanto —dijo—, ¿dónde vamos a dormir?
    —Bueno, hemos preparado unos camastros.
    —¿Camastros?
    —En el gimnasio, en el centro de ocio. Lo sé. Lo siento terriblemente. Es lo mejor que hemos podido conseguir con tan poco tiempo de margen. Como les he dicho antes, estoy seguro de que todo estará solucionado mañana por la mañana.

    Weingart frunció el ceño mirando su carpeta, como buscando un indulto de última hora. Elaine parecía a punto de estallar, pero Chris se le adelantó.

    —Somos periodistas. Estoy seguro de que todos nosotros hemos dormido en malas condiciones alguna que otra vez. —Bueno, quizás Vogel no—. ¿No es así, Elaine?

    Weingart la miró con temerosa esperanza.

    Ella se tragó cualquier cosa que fuera a decir antes.

    —He dormido en una tienda en el desierto del Gobi. Supongo que puedo dormir en un puto gimnasio.

    Había varias hileras de camastros en el gimnasio, algunos ya ocupados por trabajadores del turno de día desplazados que venían de centros de acogida repletos. Chris, Elaine y Vogel separaron tres camastros bajo la canasta de baloncesto y los hicieron suyos con el equipaje. Las almohadas de las camas parecían alcachofas aplastadas. Las mantas eran suministros de la Cruz Roja.

    —¿El desierto de Gobi? —le dijo Vogel a Elaine.
    —Cuando estaba escribiendo mi biografía sobre Roy Chapman Andrews. A través de las huellas del tiempo: Paleobiología entonces y ahora. Yo tenía más o menos veinticinco años. ¿Has dormido alguna vez en una tienda de campaña, Sebastian?

    Vogel tenía sesenta años. Era de tez pálida excepto por el rojo febril de sus mejillas, y vestía jerseys amplios para ocultar la generosidad de su estómago y caderas. A Elaine no le gustaba. Según ella, le había confiado a Chris, era un arribista, un fraude, prácticamente un asqueroso espiritualista, y Vogel había agravado el pecado con su impecable cortesía.

    —En el parque natural de Algonquin —dijo él—. Canadá. Una acampada. Hace varias décadas, por supuesto.
    —¿Buscando a Dios?
    —Era un viaje con una estudiante de un colegio mayor mixto. Según recuerdo, precisamente lo que buscaba era acostarme con ella.
    —¿Qué eras? ¿Un estudiante de Teología?
    —No tomamos votos de castidad, Elaine.
    —¿No son cosas como esa las que molestan a Dios?
    —¿Cosas como esa? ¿Como un encuentro sexual? Según lo que he llegado a conocer de la materia, no. Deberías leer mi libro.
    —Ah, pero lo he hecho —se volvió a Chris—. ¿Y tú?
    —Todavía no.
    —Sebastian es un místico pasado de moda. Dios en todas las cosas.
    —En algunas cosas más que en otras —dijo Sebastian, un comentario que le pareció a Chris tanto críptico como típico de Sebastian.
    —Por fascinante que sea —añadió Chris—, creo que deberíamos conseguir algo de cenar. El encargado de relaciones públicas me habló de un sitio que estaba abierto hasta medianoche.
    —Me apunto —dijo Elaine—, siempre y cuando me prometas que no vas a llevarte de calle a la camarera.
    —No tengo hambre —anunció Vogel—, idos sin mí. Yo me quedaré vigilando el equipaje.
    —Nos vemos, San Francisco —dijo Elaine poniéndose la chaqueta.


    Chris conocía algo de la biografía de Elaine sobre Roy Chapman Andrews. La había leído en su primer año de universidad. Para entonces ella ya era una periodista científica prometedora, finalista de un premio Westinghouse AAAS, y dibujaba un recorrido profesional que él esperaba seguir algún día.

    El primer y único libro de Chris hasta la fecha había sido también una especie de biografía. La buena cosa de Elaine era que no había hecho ninguna mención de la historia tormentosa que había suscitado el libro, y no parecía tener ninguna objeción en trabajar con él. Es increíble, pensaba Chris, con lo que uno aprende a contentarse.

    El restaurante que Ari Weingart les había recomendado estaba situado entre una tienda de informática y otra de material de oficina en el ala al aire libre de la zona comercial. La mayoría de aquellas tiendas cerraban a la tarde, y la zona comercial tenía un aspecto vagamente abandonado bajo aquel aire frío y otoñal. Pero el local, una franquicia de Sawyer’s Carnes & Pescados, estaba haciendo un buen negocio aquel día. Una gran multitud, ruido de conversaciones en el aire. La decoración era a base de cromo, colores pastel y plantas en macetas, muy al gusto de fines del siglo XX, con el resurgir de lo falsamente antiguo. Los menús estaban recortados como huesos en forma de T.

    Chris se sintió maravillosamente anónimo.

    —Que el Señor nos proteja —dijo Elaine—, esto es puro suburbio.
    —¿Qué vas a pedir?
    —Bueno, veamos. ¿El «Desayuno a cualquier hora»? ¿El «Filete de carne bufanda de mamá»?

    Un camarero se acercó a tiempo de oírla pronunciar con tono irónico el nombre de aquellos platos.

    —El salmón del Atlántico es bueno —dijo.
    —¿Exactamente bueno para qué? No, no importa. El salmón bastará. ¿Chris?

    Él pidió lo mismo, avergonzado por la actitud de su compañera. El camarero se encogió de hombros y se alejó.

    —Puedes resultar increíblemente esnob, Elaine.
    —Piensa en dónde estamos. En la frontera misma del conocimiento humano. Sobre los hombros de Copérnico y Galileo. ¿Y dónde comemos? En una área de descanso para camioneros con bar incluido.

    Chris nunca se había explicado cómo hacía Elaine para conciliar sus reparos con la comida con su curva de la felicidad. Recompensándose con la calidad, adivinó él. Sacrificando cantidad. Un acto de equilibrio. Era toda una Wallenda de la cintura.

    —Quiero decir, vamos, ¿quién es aquí el esnob en realidad? Tengo cincuenta años, sé lo que me gusta, puedo soportar un tugurio de comida rápida o una comida congelada, pero ¿tengo de verdad que fingir que el potaje de alubias es créme brulée? Me he pasado la juventud bebiendo café amargo en copas de cartón. Ya me he licenciado de eso. Y tú también lo harás.
    —Gracias por el voto de confianza.
    —Confiésalo. Crossbank fue un completo desastre para ti.
    —Recogí algo de material interesante. —O al menos una cita totémica: «podría acabar en cualquier momento». Casi un rezo baptista.
    —Tengo una teoría sobre ti —dijo Elaine.
    —Quizás deberíamos comer y ya está.
    —No, no, no te vas a escapar de la vieja bruja cascarrabias tan fácilmente.
    —No quería decir eso…
    —Estáte calladito por un momento. Échale el diente a un pedazo de pan o algo. Te dije que había leído el libro de Sebastian. También he leído el tuyo.
    —Quizás suene infantil, pero realmente preferiría no hablar sobre ello.
    —Todo lo que quiero decir es que es un buen libro. Tú, Chris Carmody, has escrito un buen libro. Hiciste el trabajo pesado de campo y elaboraste las conclusiones correctas. ¿Ahora te quieres culpar por no echarte atrás en el último momento?
    —Elaine…
    —¿Quieres tirar tu carrera por el retrete, fingiendo que trabajas sin trabajar, ignorando fechas de entrega, follándote camareras tetonas y bebiendo para dormir? Porque puedes hacerlo si quieres. No serías el primero. Ni por asomo. La autocompasión es una afición muy absorbente.
    —Un hombre murió, Elaine.
    —Tú no lo mataste.
    —Eso se puede discutir.
    —No, Chris, eso no se puede discutir. Galliano cayó por aquella colina accidentalmente, o como un acto consciente de autodestrucción. Quizás se arrepintió de sus pecados o quizás no, pero eran sus pecados, no los tuyos.
    —Lo expuse al ridículo.
    —Tú expusiste un trabajo que era de una mala calidad peligrosa, que se retroalimentaba y que era una amenaza para gente inocente. Sucedió que era el trabajo de Galliano, y sucedió que Galiano acabó con su motocicleta en el río Monongahela, pero esa fue su elección, no la tuya. Tú escribiste un buen libro…
    —Por Dios, Elaine, ¿tanto necesita el mundo otro puto «buen libro» más?
    —…y un libro de verdad, y lo escribiste a partir de un sentimiento de indignación que era totalmente pertinente.
    —Agradezco que me digas todo esto, pero…
    —Y el asunto es que, obviamente, no conseguiste nada útil en Crossbank, y lo que me preocupa es que no vas a conseguir nada aquí, y te vas a culpar por ello, y vas a saltarte las fechas de entrega a fin de llevar a cabo de forma más eficiente este proyecto de castigo voluntario en el que te has embarcado. Y eso es antiprofesional de la hostia. A ver si me explico, Vogel es un chiflado, pero al menos escribirá un artículo.

    Durante un momento Chris valoró la idea de levantarse y salir del restaurante. Podría volver al gimnasio y entrevistar a alguno de los trabajadores atrapados del turno de día. Ellos al menos hablarían con él. Todo lo que estaba sacando de la charla con Elaine era más sentimiento de culpa, y ya estaba sobrado de aquello, gracias.

    El salmón llegó, recubierto de una fina lluvia de mantequilla.

    —Lo que tienes que hacer… —se detuvo. El camarero hizo ademán de poner un enorme pimentero de madera sobre la mesa—. Llévese eso, gracias.

    El camarero huyó.

    —Lo que tienes que hacer, Chris, es dejar de comportarte como si tuvieses algo de lo que avergonzarte. Utiliza el libro que has escrito. Si alguien se pone desagradable al respecto, enfréntate a él. Si te tienen miedo por ello, utiliza su miedo. Si se niegan a colaborar contigo, al menos puedes contar la historia de cómo se negaron a colaborar contigo y de qué se sentía al deambular por Blind Lake como un paria. Pero no eches a perder esta oportunidad. —Se inclinó hacia delante balanceando peligrosamente sus mangas cerca de la salsa de mantequilla—. Porque la cosa es que, Chris, esto es Blind Lake. Quizás el gran público inculto tenga tan solo una vaga noción de lo que se está cociendo aquí, pero nosotros lo sabemos, ¿verdad? Este es el sito por el cual se van a reescribir todos los libros de texto. Este es el sitio donde la especie humana comienza a definir su espacio en el universo. Este es el punto de partida de quienes somos y de lo que vamos a llegar a ser.
    —Pareces un folleto explicativo.

    Se recostó en la silla.

    —¿Por qué? ¿Crees que estoy demasiado arrugada y soy demasiado cínica para reconocer algo genuinamente impresionante cuando lo veo?
    —No quería decir eso. Yo…
    —Digamos que has tenido suerte de haberme pillado en un momento de sinceridad.
    —Elaine, no estoy de humor para el sermón de la profesora.
    —Bueno, realmente no creía que estuvieras de humor. De acuerdo, Chris. Haz lo que creas que es mejor. —Hizo un ademán con las manos mostrando el plato—. Cómete este pobre pescado maltratado.
    —Una tienda de campaña en el desierto de Gobi.
    —Bueno, una especie de tienda. Una especie de refugio hinchable que nos mandaron desde Pekín. Células de combustible recargables, calefacción nocturna, todos los canales vía satélite.
    —¿Justo como Roy Chapman Andrews?
    —Eh —dijo ella—, soy una periodista, no una mártir.


    5


    Para el pesar de Marguerite y la profunda decepción de Tessa, el video y la conexión a la red exterior no mejoraron a lo largo del fin de semana. No era posible conseguir una llamada telefónica o conectarse a la red más allá del perímetro vallado de Blind Lake.

    Marguerite dio por supuesto que todo aquello era el resaltado de la implementación de nuevos protocolos de seguridad. Había vivido situaciones similares en Crossbank durante el tiempo en el que había trabajado allá. La mayoría de los casos tan solo habían durado unas pocas horas, aunque en una ocasión (una violación del espacio de seguridad aérea que resultó no ser nada más que un piloto aficionado con los chipsde navegación y los transmisores quemados) la situación había creado un pequeño escándalo y se había sellado el perímetro de seguridad durante casi una semana.

    Allí, en Blind Lake, el aislamiento con el exterior, al menos para Marguerite, no suponía un gran inconveniente, o al menos no tan grande. No había planeado ir a ningún lugar y no había ninguna persona en el exterior con la que tuviera que ponerse en contacto urgentemente. Su padre vivía en Ohio y la llamaba cada sábado, pero él estaba al tanto de las condiciones de seguridad del complejo y no se preocuparía innecesariamente si no podía hablar con ella. Para Tess, sin embargo, sí suponía un problema.

    No se trataba de que Tessa fuera uno de aquellos niños que vivía de cara al panel de video. A Tess le gustaba jugar fuera, aunque la mayoría de las veces jugaba sola, y Blind Lake era uno de los pocos lugares de la Tierra donde un niño podía vagabundear solo sin que hubiera nada que temer en cuanto a drogas o delincuencia. Aquel fin de semana, sin embargo, el tiempo no estaba acompañando. La fresca luz del sol del sábado se transformó hacia el mediodía en un ir y venir de nubes de color asfalto y en breves pero violentas ráfagas de lluvia. Octubre soplaba ya el cuerno del invierno. La temperatura cayó hasta los diez grados centígrados, y aunque Tess se aventuró una vez hasta el garaje para recoger una caja de muñecas que todavía no había abierto desde la mudanza, tuvo que volver enseguida temblando bajo su chaqueta de franela.

    El domingo fue más de lo mismo, con viento que aullaba por los canalones del tejado y las tuberías y se colaba por las aberturas del techo del baño. Marguerite le preguntó a Tess si había alguien del colegio con quien le gustaría jugar. Tess se mostró dudosa al principio, pero al final nombró a una niña llamada Edie Jerundt. No estaba segura de poder deletrear correctamente el apellido, pero gracias a Dios había únicamente unos pocos apellidos que comenzaran por jota en el directorio de acceso intramural de Blind Lake.

    Connie Jerundt, la madre de Edie, resultó ser una analista de secuencia del departamento de Imagen que accedió gustosa y con prontitud a llevarle a Edie para que jugara con su hija. Sin consultárselo siquiera a Edie, que, suponía Marguerite, estaría tan aburrida como Tess. Estuvieron allí en menos de una hora. La madre y la hija se parecían tanto que parecían una de aquellas muñecas rusas, descansando una confortablemente dentro de la otra, solo distintas en cuanto a sus dimensiones. Las dos tenían un aspecto ligeramente ratonil, ojos grandes y cabello enmarañado, unos rasgos difuminados por la edad de Connie pero concentrados, casi grotescamente, en la pequeña cara de Edie.

    Edie Jerundt había llevado consigo un puñado de grabaciones recientes, y las dos niñas se instalaron inmediatamente enfrente del panel de video. Connie se quedó un cuarto de hora más, manteniendo una nerviosa conversación sobre la duración de las medidas de seguridad y lo molesta que estaba resultando aquella situación, que en su caso particular le había impedido ir a Constance para hacer unas compras tempranas de Navidad. Después se excusó y prometió pasarse a recoger a Edie antes de las cinco.

    Marguerite observó a las dos niñas, que estaban sentadas en la sala de estar viendo el panel de video.

    Las grabaciones eran un poco infantiles para Tess (aventuras de la Chica Panda), y Edie había traído consigo aquellas gafas de sincronización de imagen que se suponían que eran perjudiciales para la vista si se llevaban puestas más de unas pocas horas. Las dos niñas retrocedían impresionadas en las escenas tridimensionales magnificadas.

    A excepción de aquello, las dos podrían haber estado solas perfectamente. Estaban sentadas en lados opuestos del sofá, inclinadas en ángulos opuestos sobre los cojines. Marguerite se compadeció inmediatamente, casi de forma inconsciente, por Edie Jerundt, una de aquellas niñas designadas por la naturaleza para ser objeto de burla y condenadas al ostracismo, con brazos y piernas desgarbadas como zancos, no demasiado despierta, la voz vacilante y una timidez perpetua y profunda.

    Era bonito, reflexionó Marguerite, que Tess se hubiera hecho amiga de una niña como Edie Jerundt.

    A no ser que…

    A no ser que fuera Edie la que se hubiera hecho amiga de Tess.

    Después de ver las grabaciones, las niñas jugaron con las muñecas que Tess había rescatado del garaje. Las muñecas formaban un conjunto de lo más variopinto. La mayoría la había comprado Tess en mercadillos al aire libre en la época en que Ray solía hacer viajes de fin de semana desde Crossbank a la campiña de New Hampshire. Muñecas pálidas de moda con articulaciones extrañamente retorcidas y vestidos que no conjuntaban; bebés demasiado grandes, la mayoría de ellos desnudos; unos cuantos muñecos de acción de películas ya olvidadas con los brazos y piernas congelados en posición de jarras. Tess trató de meter a Edie en la historia de sus muñecos («esta es la madre, este es el padre; el bebé tiene hambre pero ellos tienen que ir a trabajar así que esta es la canguro»), pero Edie se aburrió enseguida y se limitó a hacer desfilar a las muñecas por la mesa de café y a darles monólogos sin sentido («soy una chica, tengo un perro, soy bonita, te odio»). Tess, como si la hubieran echado con suavidad a un lado, se retiró al sofá y observó. Comenzó a golpear la cabeza rítmicamente contra la cabecera del sofá. Al ritmo de un golpe por segundo aproximadamente, hasta que Marguerite, que pasaba por allí en ese momento, detuvo el movimiento con la mano.

    Aquel movimiento rítmico, y el hecho preocupante de que apenas hablaba, habían sido para Marguerite las primeras pistas de que había algo diferente en Tessa. No algo malo, Marguerite no iba a permitir una palabra peyorativa como aquella. Pero, sí, Tess era diferente; Tess tenía problemas. Problemas que ninguno de los bienintencionados terapeutas que Marguerite había consultado habían sido capaces de llegar a definir con garantías. La mayor parte de las veces hablaban sobre un idiosincrásico tercer nivel de autismo, o un caso de síndrome de Asperger. Lo que significaba: «tenemos un compartimento etiquetado en el que colocar los síntomas de su hija, pero no un verdadero tratamiento».

    Marguerite había llevado a Tess al psicoterapeuta con la idea de corregir su torpeza y su «pobre sentido de la situación», había probado con tratamientos de drogas para modificar su cantidad de serotonina o dopamina o factor Q, pero ninguno de ellos había logrado mostrar cambios en la conducta de Tess. Lo que implicaba, quizás, que Tess tenía una personalidad inusual; que su extraña reserva, su aislamiento social, eran problemas con los que tendría que cargar indefinidamente o superar en un acto de voluntad personal. Marguerite se había convencido de que jugar con su arquitectura neuroquímica era contraproducente. Tess era una niña, su personalidad todavía estaba formándose; no debía ser drogada o forzada a transformarse en la idea de madurez de otro.

    Y aquello le había parecido un compromiso plausible, al menos hasta que Marguerite hubo dejado a Ray, hasta aquel problema en Crossbank.

    Aquel fin de semana ni siquiera había periódico. Normalmente era posible imprimirse secciones del New York Times(o casi cualquier otro periódico urbano), pero incluso aquella ridícula conexión con el mundo exterior había quedado cortada. Y si Marguerite echaba de menos el periódico, ¡qué sería de todos aquellos yonquis de los informativos! Arrancados de raíz del gran culebrón mundial, sumidos en la ignorancia sin estar al tanto de los acuerdos en Bélgica o del último nombramiento para el Tribunal Continental. Aquel silencio del panel de video y el monótono repiqueteo de la lluvia hacían que la tarde se alargara con indolencia, logrando que Marguerite se contentara con sentarse en la cocina a hojear números atrasados de las revistas Astrobiology yExozoology, con su atención revoloteando sobre aquel denso texto como una polilla, hasta que Connie Jerundt volviese a recoger a Edie.

    Marguerite fue al cuarto de Tess a por las niñas. Edie estaba tumbada sobre la cama con los pies contra la pared, curioseando entre la caja de zapatos donde Tess guardaba sus joyas falsas, peinetas y pasadores para el pelo en forma de tortuga. Tess estaba sentada en su escritorio enfrente del espejo.

    —Tu mamá está aquí, Edie —dijo Marguerite.

    Edie parpadeó con sus grandes ojos de rana y corrió a buscar sus zapatos escaleras abajo.

    Tess se quedó junto al espejo, enrollándose el cabello alrededor del dedo índice derecho.

    —¿Tess?

    El cabello formó un rizo desde la uña de Tess hasta su nudillo, y después desapareció.

    —¿Tess? ¿Te lo has pasado bien con Edie?
    —Supongo que sí.
    —Quizás deberías decírselo. —Tess se encogió de hombros—. Quizás se lo puedas decir ahora. Está en la planta baja preparándose para irse.

    Pero para cuando Tess bajó a grandes trancos hasta la puerta principal, tanto Edie como su madre se habían ido.


    El lunes, lo que había comenzado siendo una aburrida molestia comenzó a parecerse más a una crisis.

    Marguerite dejó a Tess en el colegio de camino al Hubble Plaza. La multitud de padres en el aparcamiento, incluyendo a Connie Jerundt, que la saludó desde la ventanilla del coche era un hervidero de rumores. Partiendo del hecho de que no había ninguna emergencia local que justificara el bloqueo, aquello significaba que algo debía de haber ocurrido en el exterior, algo lo suficientemente grande como para crear una crisis de seguridad. Pero, ¿qué? ¿Y por qué no le habían comunicado nada a nadie?

    Marguerite se negó a participar en la especulación. Obviamente (o al menos así se lo parecía a ella), la actitud más lógica era continuar con el trabajo diario sin más distracciones. Quizás no fuera posible ponerse en contacto con el mundo exterior, pero el mundo exterior todavía seguía abasteciendo a Blind Lake de energía y presumiblemente todavía esperaba que la gente se dedicara a sus tareas. Besó a Tess para despedirse, observó cómo su hija atravesaba con paso rápido el patio de recreo y arrancó el coche cuando sonó la campana del colegio.

    La lluvia había amainado, pero octubre se había hecho cargo del tiempo con un viento frío que soplaba a través de un cielo azul zafiro.

    Se alegró de haber insistido en que Tess llevara puesto un suéter. Ella llevaba una cazadora de franela que resultó insuficiente para el largo paseo desde el aparcamiento del Hubble Plaza hasta la entrada del ala este. No iba a tardar mucho en nevar, pensó Marguerite, y la Navidad ya se estaba acercando si uno miraba un poco más allá de la cabeza sobresaliente del Día de Acción de Gracias. El cambio en el tiempo hacía la cuarentena mucho menos llevadera, como si el aislamiento y la ansiedad se hubieran hecho uno con el frío aire de Canadá.

    Mientras esperaba el ascensor, Marguerite observó de reojo a Ray, su ex-marido, que se sumergía en la tienda del vestíbulo, probablemente para comprar su tentempié diario de DingDongs. Ray era un hombre de costumbres regulares a rajatabla, y una de ellas eran los DingDongs de desayuno. Ray solía llevarse consigo a donde fuera enormes cantidades para asegurarse de que nunca le faltaran, incluso para los viajes de negocios o las vacaciones. Siempre llevaba un buen número de ellos en un tupperware en su equipaje de mano. Un día sin DingDongs sacaba lo peor de él: su petulancia, sus ataques de cólera ante la menor frustración. Mantuvo la vista en la entrada de la tienda mientras el ascensor bajaba poco a poco desde la décima planta. Justo cuando sonó la campana y se abrieron las puertas, Ray emergió de la tienda con una pequeña bolsa en la mano. Los DingDongs, seguro. Que iba a devorar, sin duda, escondido tras la puerta cerrada de su despacho: a Ray no le gustaba que le vieran comiendo dulces. Marguerite se lo imaginó con un DingDong en cada puño, mordisqueando su preciosa carga como una ardilla loca, llenando de migajas su camisa almidonada y su corbata de funeral. Marguerite se metió en el ascensor con otras tres personas y pulsó con rapidez el botón de su planta, asegurándose de que la puerta se cerrara antes de que Ray pudiera llegar corriendo.


    El trabajo de Marguerite, aunque ella lo adoraba y había luchado muy duro por conseguirlo, en ocasiones la hacía sentirse como una voyeur. Una voyeur sin vocación, desapasionada. Pero voyeur al fin y al cabo.

    No se había sentado así en Crossbank; claro que su talento se había malgastado en Crossbank, donde había estado cinco años analizando detalles botánicos de estudios archivados, el tipo de trabajo desagradecido que cualquier estudiante brillante de postgrado podía haber hecho. Todavía podía recitar de memoria los binomios provisionales en latín de dieciocho variedades de bacterias. Después de un año allí se había acostumbrado tanto a la vista del océano de HR8832/B que había imaginado que podía olerlo, sentir los niveles casi tóxicos de cloro y ozono que las pruebas fotocromáticas habían detectado. Un olor amargo y vagamente aceitoso, como el de los productos de limpieza. Había estado en Crossbank únicamente porque Ray la había llevado allí (Ray había trabajado en el cuerpo administrativo de Crossbank), y había rechazado varias ofertas para trabajar en Blind Lake, principalmente porque Ray no lo hubiera aprobado.

    Después ella había reunido el valor suficiente y había iniciado los trámites del divorcio, tras lo cual había aceptado aquel puesto en Observación, solo para darse cuenta entonces de que Ray también había solicitado el cambio de puesto y se había trasladado a Blind Lake. Y no solo eso, sino que él se iba a trasladar al oeste un mes antes que Marguerite, convirtiéndose en una figura allá y probablemente saboteando la reputación de Marguerite entre los encargados de administración del complejo.

    Aun así, ella estaba haciendo el trabajo para el que había sido preparada, el trabajo que tanto había deseado: la cosa más cercana al trabajo de campo astrozoológico que jamás había visto.

    Siguió su camino entre el laberinto de escritorios del personal de apoyo, saludó a los bedeles, a las secretarias y a los programadores, se detuvo en la cocina de personal para llenar su taza-souvenir decorada con motivos de langosta con café demasiado hecho y sin sustancia, y se encerró en su despacho.

    Su escritorio estaba lleno de papeles, y tenía un correo electrónico anunciado en su panel virtual en el escritorio. Todo aquello era trabajo pendiente. La mayor parte, revisiones de procedimiento que eran necesarias pero frustrantemente tediosas y lentas de realizar. Pero siempre podría acabar parte de aquello más tarde, en casa.

    Aquel día quería pasar más tiempo con el Sujeto. Tiempo crudo, en directo.

    Cerró las persianas de la ventana, bajó la intensidad de las luces halógenas del techo y activó el monitor que comprendía la totalidad de la pared oeste del despacho.

    Buena sincronización. El día de diecisiete horas de UMa47/E acababa de comenzar.

    Era temprano por la mañana, y el Sujeto se estiró en su jergón en el suelo de piedra de su madriguera.

    Como siempre, decenas de pequeñas criaturas (parásitos, simbiontes o pequeños vástagos) saltaron correteando de su cuerpo, donde habían estado refugiándose o nutriéndose de las tetillas de sangre del Sujeto mientras dormía. Los pequeños animales, no más grandes que ratones, con multitud de piernas y sinuosamente articulados, se escabulleron por agujeros que había a ras del suelo en la pared de arenisca. El Sujeto se sentó y después se incorporó.

    Los cálculos estimaban que el Sujeto tenía una altura de unos dos metros diez. Se trataba ciertamente de un espécimen impresionante. Marguerite utilizaba el pronombre masculino de forma privada. Nunca se hubiera atrevido a suponer su género en un documento oficial. El género y las estrategias reproductivas de los alienígenas estaban todavía totalmente por resolver. El Sujeto era bípedo y bilateralmente simétrico. A gran distancia, su silueta podría tomarse por la de un ser humano. Pero allí acababan todos los paralelismos.

    Su piel (no un exoesqueleto, como el ridículo sobrenombre de «langosta» implicaba) era áspera, marrón-rojiza, con una textura como de guijarro. Algunos teóricos, fijándose en su densa epidermis que conservaba la humedad, en sus pulmones de rejilla sobre su superficie ventral, y en detalles como las múltiples articulaciones de sus piernas y brazos, y los pequeños miembros para manipular la comida que le salían de ambos lados de su mandíbula, habían especulado con que el Sujeto y su especie quizás habrían evolucionado a partir de formas de vida similares a insectos. Un escenario que se proponía al respecto imaginaba una tendencia de los invertebrados a alcanzar el tamaño y la movilidad de mamíferos, enterrando su notocordio en una espina dorsal quitinosa mientras iban perdiendo su duro caparazón en favor de una piel gruesa, pero más ligera y flexible. Pero no se habían encontrado pruebas que respaldaran aquella ni ninguna otra hipótesis. La exozoología ya era lo suficientemente complicada; la exopaleo-biología era una quimera de la ciencia.

    El Sujeto era claramente visible gracias a la luz de las bombillas incandescentes suspendidas a lo largo del techo. Las bombillas eran pequeñas, más como luces de Navidad que como las lámparas de casa, pero aparte de aquello parecían ridículamente familiares: el espectroscopio había revelado que los filamentos eran de ordinario tungsteno. Una tecnología simple y tosca. De cuando en cuando, otros individuos venían para reemplazar las bombillas gastadas y revisar los cables de cobre aislados buscando aberturas o irregularidades. La ciudad podía presumir de una buena infraestructura de mantenimiento.

    El Sujeto no se vistió ni comió; nunca se le había visto comer en su guarida. Se detuvo para evacuar desechos líquidos en un agujero del suelo que funcionaba como sumidero. El denso líquido verdusco cayó en cascada desde un orificio cloacal situado en su abdomen. Por supuesto, no había sonido que acompañara a la imagen, pero la imaginación de Marguerite suministró el ruido del chorro al chocar con la piedra y el borboteo consiguiente.

    Se recordó que aquella escena había sucedido hacía medio siglo. Esto minimizaba su sentimiento de invasión. Ella nunca podría hablar con la criatura, nunca podría interaccionar con ella de ninguna forma; aquella imagen, no importaba lo misteriosamente que viajara hasta ellos, no podía rebasar la velocidad de la luz. La estrella madre 47 Ursa Majoris estaba a una distancia de cincuenta y un años luz de la Tierra.

    Y por la misma regla de tres, si alguien en algún lugar de la galaxia estuviera observándola a ella, estaría a salvo en la tumba mucho antes de que sus observadores pudieran intentar interpretar sus funciones fisiológicas en el baño.

    El Sujeto dejó su madriguera sin más preámbulo. Sus andares sobre dos piernas podrían parecer extraños para los estándares humanos, pero le servían para desplazarse a buen ritmo. Aquella parte del día podía resultar interesante. El Sujeto hacía básicamente lo mismo cada mañana (caminar hasta la fábrica donde ensamblaba partes de máquinas), pero rara vez tomaba la misma ruta para ir al trabajo. Tenían los suficientes datos como para sugerir que existía un imperativo cultural o biológico al respecto (esto es, la mayoría desarrollaba una conducta similar), quizás un remanente atávico del instinto de evitar a los depredadores. Muy mal; Marguerite hubiera preferido pensar que era parte de la idiosincrasia del Sujeto, fruto de una preferencia individual, una elección discernible.

    En cualquier caso, el programa de observación lo seguía con precisión y previsibilidad. Cuando el Sujeto se movía, el punto de vista aparente (la «cámara virtual», como la llamaban los chicos de Adquisición de Imagen) lo seguía a la distancia adecuada. El Sujeto estaba centrado en la pantalla pero su mundo era visible allá donde él viajara. Avanzó a grandes trancos junto con otros de su especie a través de los pasillos iluminados por las luces incandescentes de su madriguera, todos moviéndose en la misma dirección, como si los pasillos fuesen carreteras de un solo sentido, aunque aquel sentido cambiara cada día. En una multitud, ella había aprendido a identificar al Sujeto no ya por la centralidad de su imagen (en ocasiones, brevemente, su imagen se borraba), sino por el vívido color naranja amarillento de su cresta dorsal-craneal y el redondeado contorno de sus hombros.

    Pudo ver la luz del día conforme él iba pasando por balcones y rotondas abiertas al aire libre. Aquel día el cielo era de un azul polvoriento. La mayor parte de la lluvia que caía sobre Villa langosta se daba durante la estación del suave invierno, y allí entonces era bien entrado el verano, justo en el medio de su largo romance con el sol. El planeta tenía un eje levemente inclinado pero una órbita muy larga alrededor de su estrella: sería verano en la ciudad del Sujeto durante otros dos años terrestres.

    En verano, el cielo quedaba oscurecido normalmente más por culpa del polvo que a causa de nubes de tormenta. UMa47/E era más seco que la Tierra; como en Marte, se podían generar enormes tormentas de polvo cargadas de electricidad. Siempre había una fina capa de polvo suspendida en la atmósfera, y los cielos no eran nunca tan claros como los terrestres. Pero aquel día parecía tranquilo, aventuró Marguerite. Cálido, a juzgar por cómo se le levantaban al Sujeto los cilios de control de la temperatura. El azul de tiza coloreada del cielo era tan bueno como podía llegar a serlo. Entrecerró los ojos e imaginó poblados sobre montañas escarpadas en Arizona o Nuevo México bajo la luna llena.

    Al final el Sujeto salió a una de las anchas avenidas del exterior que se hundían en la bese de la ciudad.

    Los primeros estudios a gran altitud habían identificado no menos de cuarenta de aquellas enormes ciudades de piedra, y dos veces ese número de ciudades significativamente más pequeñas, repartidas a lo largo de la superficie de UMa47/E. Marguerite tenía un globo del planeta del Sujeto sobre su escritorio, con las ciudades marcadas y bautizadas únicamente por su latitud y su longitud. (Nadie les quería dar nombres de verdad por temor a que se entendiera como un exceso de arrogancia o antropocentrismo; «Villa langosta» era tan solo un apodo, y uno aprendía a no utilizarlo cuando se encontraba junto con directivos o gente de la prensa.)

    Quizás incluso fuese un error de atribución el llamar a aquella comunidad «ciudad». Pero a Marguerite le parecía una ciudad, y ella adoraba la vista que ofrecía.

    Había unos mil zigurats de arenisca en la ciudad, y cada uno de ellos era enorme. Conforme el Sujeto iba descendiendo (su madriguera estaba bastante arriba de aquella particular estructura), Marguerite obtenía una perspectiva panorámica. Todas las torres eran, de media, muy similares, formaban agujas como caparazones de nautilos enroscándose hacia arriba desde plazas de baldosas rojas. Las estructuras industriales se distinguían por las chimeneas que surgían de sus picos y por las corrientes de humo oscuro o claro que se iban dispersando a lo largo del aire estancado. A lo largo y ancho de toda la ciudad, los nativos recién despiertos iban llenando las avenidas exteriores y abarrotando los espacios abiertos. El sol, que se iba acercando a su cénit con rapidez, enviaba rayos de luz amarilla a los cañones orientados hacia el este. Más allá de la ciudad, Marguerite divisó tierras puestas en irrigación; y más allá todavía, montes bajos marrones y un horizonte con montañas recortándose en la lejanía. (Y si cerraba los ojos lo suficiente podía ver una imagen residual desdibujándose en colores opuestos, como si no estuviera mediatizada por una tecnología incomprensible de mil millones de dólares, como si estuviera realmente allí, respirando la suave atmósfera, el fino polvo quemándole la nariz.)

    El Sujeto ya había alcanzado el nivel del suelo, y caminaba a través de bandas paralelas de luces y sombras hasta la torre industrial donde pasaba los días.

    Marguerite observaba, ignorando el trabajo acumulado en su escritorio. No iba a ser la primera en revisar aquellos informes ni era probable que se percatara de algo pertinente que hubiera pasado desapercibido para los cinco departamentos focales. Su trabajo era integrar sus observaciones, no observar por sí misma. Pero aquello podía esperar al menos hasta después de la comida. El bloqueo de seguridad implicaba que, de todas formas, los organismos exteriores no podrían tener acceso a sus informes. Tenía libertad para observar.

    Libertad, si ella quería, para soñar.


    Comió en la cafetería de personal del ala oeste del Plaza. Ray no estaba allí, pero pudo ver a su ayudante Sue Sampel recogiendo un café en la máquina expendedora. Marguerite se había encontrado con Sue tan solo una o dos veces, pero sentía sincera lástima por ella. Sabía cómo trataba Ray a sus subordinados. Incluso en Crossbank, el personal de Ray había ido rotando a bastante velocidad. Sue probablemente ya habría solicitado un cambio de puesto. O lo haría pronto. Marguerite la saludó con la mano; Sue hizo lo propio con un ausente movimiento de cabeza.

    Después de la comida, Marguerite se dedicó con empeño al papeleo. Revisó un informe particularmente interesante de un jefe de grupo de Fisiología que había importado un millar de horas de video a un procesador de gráficos, marcando las partes móviles del cuerpo del Sujeto y correlacionando sus cambios con la hora del día y la situación. Aquel enfoque había proporcionado una sorprendente cantidad de datos en bruto que debían enviarse a las otras divisiones en un boletín confidencial de alta prioridad. Lo tendría que redactar ella misma contando con la base de Bob Corso y Felice Kawakami, de Fisiología, cuando quiera que regresaran de la conferencia de Cancún… Un resumen en formato de puntos claros, suponía ella, con sugerencias de líneas para continuar investigando tan concisas como fuera posible, de modo que los diversos jefes de departamento no se pusieran nerviosos con el archivo adjunto.

    Mantuvo al Sujeto en el panel de video de la pared, de modo que podía levantar la vista de su trabajo y ver al Sujeto haciendo el suyo. El ser trabajaba en lo que casi con seguridad era una fábrica. Permanecía de pie en un pedestal en un enorme espacio cerrado bajo una luz que iluminaba la zona donde trabajaba. Otros rayos de luz iluminaban a más nativos, cientos de ellos, que formaban hileras detrás de él como pilares fosforescentes en la penumbra de una caverna. El Sujeto cogía partes modulares (artefactos de forma cilíndrica todavía por identificar) de un cubo al lado del pilar y los insertaba en discos previamente perforados. Los discos iban surgiendo de una cámara de su pedestal gracias a una plataforma elevadora, que los iba retirando una vez que los completaba. El ciclo duraba aproximadamente unos diez minutos. Llamarlo monótono, pensaba Marguerite, era ir más allá de los límites del eufemismo.

    Pero algo había llamado su atención.

    Como el Sujeto estaba más o menos inmóvil, la cámara virtual había rotado y ahora ofrecía un primer plano. Podía ver la cara del Sujeto rígida bajo la luz cenital. Si se le podía llamar cara. La gente la había considerado «horripilante», pero no lo era, por supuesto; tan solo intensamente extraña. Al principio era toda una sorpresa porque uno estaba familiarizado con algunas de sus partes (los ojos, por ejemplo, que se asentaban en huesos salientes como los humanos, aunque eran totalmente blancos), mientras que otros rasgos (los brazos para comer, las mandíbulas) recordaban a los insectos o eran del todo irreconocibles. Pero uno aprendía a ir más allá de aquellas angustiosas primeras impresiones. Más perturbador era el hecho de no poder ver más allá. Ver el significado. Los seres humanos estaban habituados a reconocer las emociones reflejadas en los rostros humanos, y con entrenamiento un investigador podía aprender a entender las expresiones de simios y lobos. Pero el rostro del Sujeto desafiaba toda comprensión.

    Sin embargo, sus manos…

    Eran manos, con un parecido inquietante con las manos humanas. Tenían tres dedos largos y flexibles, mientras que el «dedo pulgar» era una protuberancia fija de hueso que nacía de la muñeca. Pero todas las partes se entendían perfectamente en un simple vistazo. Podías imaginarle agarrar algo con aquellas manos. Se movían de forma rápida, muy similar a la humana.

    Marguerite lo observó trabajar.

    ¿Estaban temblando?

    Le parecía que las manos del Sujeto temblaban.

    Envió una nota rápida al departamento de Fisiología:

    ¿Temblores en las manos del Sujeto? Parece ser que sí (15:30 de hoy en directo).
    Mantenedme informada. M.


    Después volvió a su trabajo. Se sentía cómoda, de alguna forma, tecleando en el ordenador con la imagen del Sujeto sobre su hombro. Como si estuviesen trabajando juntos. Como si tuviera compañía. Como si tuviera un amigo.


    Recogió a Tess de camino a casa.

    Era día de gimnasia, y en los días de gimnasia Tess inevitablemente dejaba la escuela con la blusa desabotonada y las zapatillas desatadas. Aquel día no era una excepción. Pero Tess estaba abatida, acurrucándose en el asiento del copiloto para escapar del frío otoñal, y Marguerite no le dijo nada sobre cómo iba vestida.

    —¿Todo va bien?
    —Supongo que sí —dijo Tess.
    —Por lo que tengo entendido, el cableado de datos todavía está intervenido, de modo que esta noche tampoco hay video.
    —Los lunes vemos La ciudad del Sol.
    —Sí, pero esta noche no, corazón.
    —Tengo un libro para leer —dijo Tess poniendo de su parte.
    —Eso está bien. ¿Qué estás leyendo?
    —Una cosa sobre Astronomía.

    En casa, Marguerite preparó la cena mientras Tess jugaba en su cuarto. La cena consistía en un plato de pollo descongelado de la carnicería de Blind Lake. Insulso pero adecuado, y dentro del abanico de habilidades culinarias de Marguerite. El pollo estaba girando en el microhorno cuando sonó su teléfono.

    Marguerite sacó la unidad del bolsillo de la camisa.

    —¿Sí?
    —¿Señorita Hauser?
    —Al aparato.
    —Siento molestarla a estas horas. Soy Bernie Fleischer…, el tutor de Tess del colegio.
    —Sí… —dijo Marguerite disimulando lo mejor posible el mareo repentino que sentía—. Nos vimos en septiembre.
    —Me preguntaba si tendría un momento libre y podría pasarse por el colegio para tener una entrevista durante esta semana.
    —¿Hay algún problema con Tess?
    —No un problema en el sentido propio de la palabra. Tan solo he pensado que deberíamos hablar. Podemos discutirlo con más detalle cuando nos veamos.

    Marguerite acordó una hora y volvió a dejar el teléfono en el bolsillo.

    Por favor, pensó ella. Por favor, que no suceda otra vez.


    6


    El colegio acababa temprano los miércoles.

    La sirena que anunciaba el final de las clases sonaba a la una y media para dejar algo de tiempo a los profesores para concertar alguna entrevista. El señor Fleischer había estado impartiendo clase toda la mañana, hablando de marismas y Geografía y de los diferentes tipos de aves y animales que habitaban en la zona; y Tess, aunque había estado mirando por la ventana casi todo el tiempo, había escuchado atentamente. Blind Lake (el lago, no la ciudad) parecía fascinante, al menos en la forma en la que lo describía el señor Fleischer. Había estado hablando sobre la capa de hielo que había cubierto aquella parte del mundo hacía miles y miles de años. Aquello era intrigante de por sí. Tess había oído hablar de la edad del hielo, por supuesto, pero no había interiorizado que había sucedido allí, que la tierra bajo los cimientos de la escuela había estado una vez enterrada bajo una insoportable cantidad de hielo. Que los glaciares, avanzando ininterrumpidamente, habían empujado rocas y tierra a su paso como gigantescas palas, y, al cubrirse en retirada, habían llenado la tierra de declives y depresiones de agua antiquísima.

    Aquel día el cielo estaba encapotado y hacía frío, pero no llovía y la impresión general era que no se estaba tan mal. Tess, con toda la tarde por delante como un regalo sin abrir, decidió visitar la marisma, el Blind Lake original. Fue a hablar con Edie Jerundt en el patio de recreo y le preguntó si le gustaría ir a ella también. Edie, jugando con un yo-yo, frunció el ceño.

    —Aja. —El cordel hizo un sonido seco al rozar el cuerpo del yo-yo. Tess se encogió de hombros y se fue.

    Según el señor Fleischer, el hielo había estado allí hacía diez mil años. Diez mil veranos que se iban haciendo más fríos a medida que avanzaban los glaciares. Diez mil inviernos fundidos en uno solo, ininterrumpido. Se preguntó cómo habría sido justo cuando el mundo había comenzado a calentarse de nuevo, cuando los glaciares se fueron retirando, revelando la tierra bajo sus pies («tierra de morrena», había explicado el señor Fleischer, «morrena lavada», fuera lo que fuera que significase); tierra transportada desde lejos cayéndose del hielo para formar valles de lechos rocosos, embarrar los nuevos ríos y hacer brotar hierba en las praderas. Quizás todo había olido entonces a primavera, pensó Tess. Quizás hubiera olido así durante años en aquella época, con un aroma a abono y hojas putrefactas y nueva vida que crecía.

    Y mucho antes de todo aquello, antes de la edad del hielo, ¿habría habido un otoño global? Debería haber existido. Tess estaba segura de ello. Un mundo entero hecho justo como era allí entonces, pensó, con sombras de escarcha por las mañanas, donde podías verte el aliento cuando caminabas hacia el colegio.

    Sabía que las marismas estaban más allá de las zonas asfaltadas de la ciudad, al menos a kilómetro y medio al este, pasando las torres refrigeradoras de Paseo Globo Ocular, y mucho más lejos que la pequeña colina donde (según le había contado Edie Jerundt) se jugaba con trineos en invierno; pero los niños mayores eran malos y se chocaban contigo si no ibas con algún adulto.

    Era una buena caminata. Siguió la acera de la carretera de acceso que conducía al este desde las casas de la ciudad hacia el Paseo, girando a un lado cuando llegó al perímetro de aquel montón de edificios. Tess nunca había estado dentro del Paseo Globo Ocular, aunque había estado en un edificio similar durante una excursión del colegio en Crossbank. A decir verdad, le tenía un poco de miedo al Paseo. Su madre le había dicho que era igual que el de Crossbank (un duplicado del mismo, de hecho), y a Tess no le habían gustado aquellos pasillos cubiertos que apuntaban hacia las profundidades, o los enormes tanques de O/CBE o las ruidosas bombas criogénicas que lo mantenían frío. Todas aquellas cosas la asustaban de por sí, pero aquella sensación creció aún más gracias al comentario de su profesora, la señora Flewelling, que dijo que aquellas máquinas y procesos todavía «no se comprendían del todo».

    Ella comprendía, al menos, que las imágenes del planeta océano en Crossbank y de Villa langosta en Blind Lake se generaban en aquellos lugares, en el Paseo Globo Ocular, o, como se lo conocía en Crossbank, el Gran Ojo. De aquellas estructuras nacían grandes misterios. Tess nunca había quedado demasiado impresionada con las imágenes en sí mismas, la estática vida del Sujeto o la incluso más estática vida de las vistas del océano (hacían un canal aburrido con aquello); pero cuando estaba de humor podía mirarlas de la misma forma en la que miraba por la ventana, sintiendo la exquisita extrañeza de la luz del día en otro planeta.

    Las torres refrigeradoras en el Paseo Globo Ocular dejaban escapar finos trazos de humo a través del aire de la tarde. Las nubes avanzaban sobre ellas como una manada de animales nerviosos. Rodeó el edificio prestando buena atención a las vallas de su perímetro. Cambió el rumbo hacia el oeste a través de un camino que discurría a través de la hierba silvestre, una de las innumerables sendas de la pradera que habían sido horadadas por los niños de Blind Lake. Se abrochó los botones del cuello de su chaqueta para protegerse del frío creciente.

    Para cuando alcanzó lo alto de la colina desde donde se tiraban con el trineo, ya tenía los pies cansados y estaba dispuesta a regresar a casa, pero la primera vista de las marismas la dejó fascinada.

    Más allá de la colina y del perímetro de hierba descansaba Blind Lake, una «marisma semipermanente», había dicho el señor Fleischer, kilómetro y medio cuadrado de pradera bajo el agua y ciénaga profunda. La tierra estaba recorrida por montículos de hierba, amplias áreas de espadañas, y en las zonas de agua abierta podía ver descansar a gansos del Canadá como aquellos que los habían estado sobrevolando en formación de V durante todo el otoño.

    Más lejos se podía divisar otra valla, o más bien la misma valla que rodeaba todo el Laboratorio Nacional de Blind Lake así como las marismas. Aquella tierra estaba encerrada, pero aun y todo era salvaje. Estaba dentro de lo que se conocía como perímetro de seguridad. Tess, si quisiera vagabundear por las marismas, estaría a salvo de un ataque terrorista o de agentes de espionaje, aunque quizás no tanto de tortugas o ratones almizcleros. (No sabía a qué se parecía un ratón almizclero, pero el señor Fleischer había dicho que podían encontrarse allí y a ella no le había gustado cómo sonaba su nombre.)

    Se aventuró a bajar la colina un poco más, hasta que el suelo comenzó a rezumar agua bajo la presión de sus pies y las espadañas se perfilaban amenazadoramente ante ella como centinelas pardos con cabezas de lana. En una charca de agua estancada a su izquierda podía ver su propio reflejo.

    A no ser que fuera la Chica del Espejo mirándola a ella.

    Tess ni siquiera quería pensar en aquella posibilidad en la privacidad de su propia mente. Había causado demasiados problemas allá en Crossbank. Asesores, psiquiatras y todas aquellas interminables y enloquecedoras preguntas que había tenido que contestar. La forma en la que la gente la había mirado; la forma en la que incluso su padre y su madre la habían mirado, como si hubiera hecho algo vergonzoso sin ser consciente de ello. No, aquello no. Otra vez no.

    La Chica del Espejo había sido tan solo un juego.

    El problema era que el juego había parecido real.

    No real real, de la forma en la que una roca o un árbol eran algo real y tangible. Pero más real que un sueño. Más real que un deseo. La Chica del Espejo era físicamente igual a Tess, y no solo estaba en los espejos (donde se le había aparecido por primera vez), sino también en el aire. La Chica del Espejo le susurraba preguntas que Tess nunca habría pensado en preguntar, preguntas que no siempre podía responder. La Chica del Espejo, le había dicho la terapeuta, era tan solo una invención suya; pero Tess no creía que ella pudiera inventar una personalidad tan persistente y frecuentemente molesta como la Chica del Espejo había demostrado ser.

    Se arriesgó a echar otra mirada a la balsa junto a sus pies. El agua estaba llena de nubes y cielo. Agua desde la que su propio rostro le devolvía la mirada en un ángulo oblicuo, y parecía sonreír reconociéndola.

    Tess, dijo el viento, y su reflejo desapareció entre una sucesión de ondas.

    Pensó en el libro de Astronomía que había estado leyendo. En la profundidad del tiempo y el espacio, para la cual la Edad de Hielo no había sido más que un instante.

    Tess, susurraban las espadañas y los juncos.

    —Márchate —dijo Tess enfadada—. No quiero más problemas contigo.

    El viento se agitó y murió, aunque persistía aquella sensación de una presencia incómoda.

    Tess se marchó de las marismas, repentinamente inhóspitas. Cuando se encaminó al oeste vio el sol sobresaliendo por una brecha entre las nubes, casi al nivel de la cima de la colina. Miró su reloj. Las cuatro. La llave de la casa que llevaba atada a una cadena alrededor del cuello le parecía un billete al paraíso. No quería estar fuera en aquella solitaria zona húmeda durante más tiempo. Quería estar en casa, sin su pesada mochila a la espalda, echada en el sofá con algo bueno en el panel de video o un libro en las manos. Le sobrevino un sentimiento de indecisión y culpabilidad, como si hubiera estado haciendo algo malo por el solo hecho de estar allí, aunque no había prohibiciones al respecto. (Lo único que el señor Fleischer remarcaba era la posibilidad de perderse en la marisma y de que las aguas poco profundas en ocasiones eran más profundas de lo que parecían.)

    Una enorme garza azul echó a volar desde los juncos a unos pocos metros de ella, restallando el aire con sus alas. Llevaba algo verde que se movía en la punta del pico.

    Tess se dio la vuelta y comenzó a correr hacia la cima de la colina, buscando con ansiedad la seguridad de la vista de Blind Lake (la ciudad). El viento silbaba en sus oídos, y el sonido de sus pantalones al rozar parecía el de una conversación precipitada.

    Las torres del Paseo la tranquilizaron cuando pasó junto a ellas a toda prisa. El suave color negro del asfalto de la carretera que se iba hundiendo entre las casas de la ciudad la tranquilizó. La cercanía de los altos edificios del Hubble Plaza la tranquilizó.

    Pero no se interesó por el sonido de sirenas de coches de policía en el acceso sur del complejo. Las sirenas siempre le habían parecido a Tess como niños llorando, hambrientos y solitarios. Querían decir que algo malo estaba sucediendo. Tuvo un escalofrío y continuó corriendo durante el resto del camino a casa.


    7


    La mañana del miércoles, Sebastian Vogel se sentó con Chris en una diminuta mesa improvisada en la cafetería del centro de ocio comunitario.

    El desayuno consistía en croissants, huevos revueltos, zumo de naranja y café, todo ello gratis para los invitados forzosos. Chris empezó por el café. Quería un poco de refuerzo neuroquímico.

    Sebastian sacó sin prisas un ejemplar de Dios & el vacío cuántico y lo depositó sobre la mesa.

    —Elaine dijo que tenías curiosidad. Le he escrito una dedicatoria.

    Chris trató de parecer agradecido. El libro era una edición de lujo, impreso con papel de verdad y encuadernado con lomo, tan duro como un ladrillo y casi tan pesado. Se imaginó a Elaine conteniendo una sonrisa cuando le decía a Sebastian lo «ansioso» que estaba Chris por leerlo. Sebastian debía de haber llevado consigo una maleta llena de libros a Blind Lake, como si estuviera en una gira promocional.

    —Gracias —dijo Chris—, te debo un ejemplar del mío.
    —No lo necesito. Me descargué una copia de Weighted Answers antes de que se cortaran las conexiones. Elaine lo recomienda encarecidamente.

    Chris se preguntó cómo podría recompensar a Elaine por aquello. Estricnina en su tazón de cereales, quizás.

    —Ella cree —continuó Sebastian— que esta crisis de seguridad puede ayudarnos en nuestro trabajo.

    Chris fue hojeando el libro de Vogel, leyendo los títulos de cada capítulo. «Tomar prestado a Dios», leyó. «Por qué los genes crean mentes & dónde encontrarlos». Aquel pernicioso «&»…

    —¿Cómo nos puede ayudar?
    —De esta manera podemos observar a la institución en crisis. Especialmente si el bloqueo se prolonga más. Dice que podemos ir más allá de la máquina de publicidad de Ari Weingart y hablar con gente real. Ver un lado de Blind Lake que nunca ha sido abordado por la prensa.

    Elaine tenía razón, por supuesto, y por una vez Chris le llevaba la delantera. Durante aquellos dos días había estado entrevistando a los trabajadores del turno de día atrapados en el complejo, sacándole así partido al bloqueo.

    No había necesitado la charla de Elaine de la otra noche. Sabía a ciencia cierta que aquella era su última oportunidad de salvar su carrera como periodista. La única cuestión era si quería aprovecharla. Como Elaine había dicho también, había otras opciones. Alcoholismo crónico o adicción a las drogas, por ejemplo, y él había coqueteado lo suficiente con ambas como para conocer su poder de atracción. O podía encontrar algún trabajo de poca monta escribiendo copias de anuncios o manuales tecnológicos, e ir deslizándose hacia una edad madura sedante y respetable. No era la primera persona adulta en enfrentarse a unas expectativas más modestas, y no se sentía inclinado a alegrarse por ello.

    El encargo de Crossbank y Blind Lake le había llegado como un sueño largo tiempo postergado. Un sueño que se había convertido en pesadilla. Había crecido enamorado del espacio, había atesorado fotografías antiguas de la NASA y de las tentativas de los interferómetros ópticos de EuroStar, imágenes llenas de fuerza entre las que había incluido los dos gigantes de gas del sistema de UMa47(cada uno con su enorme y complejo sistema de anillos), y la sorpresa que significaba un planeta rocoso dentro de la zona habitable de la estrella.

    Sus padres no habían frenado su entusiasmo, pero nunca lo habían llegado a comprender. Únicamente su hermana menor, Porcia, había estado dispuesta a escucharle hablar sobre ello, y aun así interpretaba aquellas historias como cuentos para dormir. Para Porcia todas las cosas formaban historias. A ella le gustaba oírle hablar de mundos lejanos y perfectamente visibles, pero siempre quería que fuese más allá de la información científica disponible. ¿Había gente en aquellos planetas? ¿Qué aspecto tenían?

    —No lo sabemos —solía responderle—, todavía no lo han descubierto. —Porcia no ocultaba su decepción. ¿No podría haberse inventado algo? Pero Chris ya había adquirido lo que él más tarde pensaría que era el respeto periodístico a la verdad. Si uno llegaba a comprender los hechos, no se necesitaban mentiras: todas las maravillas estaban ya allí, más preciosas aún porque eran ciertas.

    Después de aquello, el interferómetro de la NASA había comenzado a perder fuerza de señal, y los nuevos aparatos O/CBE, computadoras cuánticas que funcionaban gracias a redes neuronales adaptativas en una arquitectura orgánica de límites abiertos, fueron instaladas para sacar el máximo partido a las señales, eliminando la estática. Habían hecho más que aquello, por supuesto. Además de su increíblemente profundo y recursivo análisis de Fourier, habían logrado una imagen óptica incluso después de que los propios interferómetros dejaron de estar conectados. La tecnología de computación analítica había reemplazado al telescopio, cuando su función debía haber sido mejorar su rendimiento.

    Chris estaba en su último año en casa cuando se divulgaron las primeras imágenes de HR8832/B a través de los medios de comunicación. Su familia no les había prestado demasiada atención. Porcia era en aquel entonces una brillante adolescente que había descubierto la política, y que estaba enfadada porque no le habían permitido acudir a Chicago a una manifestación de protesta contra la inauguración de la Commonwealth Continental. Sus padres se habían encerrado cada cual en su propio universo. Su padre en el trabajo con la madera y la iglesia presbiteriana, y su madre en la bohemia de última hora marcada por los encuentros Mensa y las blusas de Madras, ferias psíquicas y bufandas afganas.

    Y aunque todos ellos se maravillaron con las imágenes de HR8832/B, no las habían comprendido en su verdadera dimensión. Como la mayoría de la gente, no sabían a qué distancia estaba aquel planeta, ni qué significaba el que orbitara alrededor de «otra estrella», ni por qué sus paisajes marinos eran algo más que una belleza abstracta, o por qué se había formado tanto revuelo por un sitio al que nadie podía llegar.

    Chris había querido explicarlo desesperadamente. Otro impulso periodístico prematuro. La belleza e importancia de aquellas imágenes era algo trascendente. Diez mil años de lucha de la humanidad contra la ignorancia habían dado sus frutos. Aquello redimía a Galileo de sus inquisidores y a Giordano Bruno de las llamas. Era una perla rescatada de la vorágine de la esclavitud y de la guerra.

    También era una maravilla de nueve días, una burbuja mediática, una breve y lucrativa fuente de ingresos para la industria de la novedad. Habían pasado diez años y el efecto O/CBE había demostrado ser difícil de comprender o de reproducir, Porcia se había marchado y su primer libro de periodismo había resultado un desastre para Chris. La verdad era un bien difícil de vender. Incluso en Crossbank, incluso en Blind Lake, las luchas internas de los departamentos sobre la interpretación casi habían terminado por engullir el discurso científico.

    Pero allí estaba él. Desilusionado, desorientado, jodido y vuelto a joder, pero con una última oportunidad para rescatar aquella perla de entre el barro y compartirla. Una oportunidad para poner de nuevo en su sitio la belleza y la importancia que en un tiempo lo habían conmovido hasta casi arrancarle las lágrimas.

    Miró a Sebastian Vogel por encima de la bandeja de plástico del desayuno.

    —¿Qué es este sitio para ti?

    Sebastian se encogió de hombros con afabilidad.

    —He llegado aquí de igual forma que tú. Recibí la llamada de Visions East, hablé con mi agente, firmé el contrato.
    —Sí, pero ¿es eso todo? ¿Una oportunidad de ganar publicidad?
    —Yo no diría eso. Quizás no sea tan sentimental como Elaine, pero reconozco la importancia del trabajo que se realiza aquí. Cada avance en Astronomía desde Copérnico ha cambiado la visión de la humanidad con respecto a sí misma y a su lugar en el universo.
    —No se trata tan solo de los resultados. Es el proceso. Galileo podía haberle explicado a cualquiera los principios que se ocultaban detrás del telescopio con un poco de paciencia. Pero incluso la gente que trabaja con los O/CBE no te puede decir cómo hacen lo que hacen.
    —Me estás preguntando cuál es la historia más importante —dijo Sebastian—, si lo que vemos o cómo lo vemos. Es una perspectiva interesante. Quizás deberías hablar con los ingenieros del Paseo. Probablemente sean más accesibles que los teóricos.

    Porque no les importa lo que le dije al mundo sobre Galileo, pensó Chris. Porque no me consideran un Judas.


    Pero aun y todo era una buena idea. Después del desayuno llamó a Ari Weingart y le pidió un contacto en el Paseo.

    —El ingeniero jefe allí es Charlie Grogan. Si quiere, puedo intentar localizarlo y concertar una entrevista.
    —Se lo agradecería —dijo Chris—. ¿Algo más sobre el bloqueo?
    —Lo siento, no.
    —¿Alguna explicación?
    —Es inusual, obviamente, pero no. Y no necesita recordarme lo cabreada que está la gente. Tenemos un chico en Personal cuya esposa se fue a trabajar justo antes de que se cerraran los accesos el viernes. Puede imaginar la gracia que le está haciendo todo esto.

    Y no era el único. Aquella tarde Chris entrevistó a tres trabajadores más del turno de día en el gimnasio de Blind Lake, pero eran reacios a hablar de nada más que del bloqueo. Familias con las que no podían contactar, mascotas abandonadas, citas perdidas.

    —Lo menos que podrían hacer sería darnos derecho a una puta llamada telefónica con el exterior —le había dicho un electricista—. Quiero decir, ¿qué podría suceder? ¿Es que alguien nos va a poner una bomba por teléfono? Además hay rumores de todo tipo circulando por ahí, lo que es fácil de entender si uno no puede obtener noticias de verdad. Por lo que sabemos, podría haber una guerra ahí fuera.

    Chris tan solo podía darle la razón. Un bloqueo temporal de seguridad era una cosa. Casi una semana sin intercambio de información con el exterior en ninguna dirección rozaba la locura. Si la situación continuaba así durante mucho tiempo, daría la impresión de que había ocurrido algo realmente radical allí fuera.

    Y quizás hubiera ocurrido. Pero aquello no era una explicación suficiente. Incluso en tiempo de guerra, ¿qué amenaza podía suponer una conexión a Internet o a los canales de video? ¿Por qué mantener en cuarentena no solo a la población de Blind Lake, sino también todos los datos que iban recabando?

    ¿Quién estaba ocultando qué y de quién?


    Intentó pasar la hora antes de la cena ordenando sus notas. Estaba empezando a imaginar la posibilidad de completar un artículo, quizás no de veinte mil palabras, como le había pedido Visions East, pero sin andarle lejos. Incluso tenía una tesis: milagros enterrados bajo la capacidad humana para la indiferencia. La somnolienta cultura de UMa47/E como un espejo distante.

    Un proyecto como aquel sería bueno para él, quizás pudiera restaurar su fe en sí mismo.

    O bien podría despertarse al día siguiente sumido en su típica neblina paralizadora de auto-repulsa, con la idea de que no estaba engañando absolutamente a nadie con su puñado de entrevistas a medio transcribir y sus endebles ambiciones. Aquello también era posible. Quizás incluso probable.

    Levantó la mirada de la pantalla de su ordenador de bolsillo a tiempo de ver que Elaine se acercaba a él.

    —¡Chris!
    —Estoy ocupado.
    —Está ocurriendo algo en la puerta de acceso sur. Pensé que quizás querrías ir.
    —¿De qué se trata?
    —¿Tengo aspecto de saberlo? Algo grande está bajando lentamente por la carretera. Parece un vehículo sin tripulantes. Puedes verlo desde la colina, pasando el Plaza. ¿Puede ese pequeño cacharro tuyo grabar imágenes de video?
    —Sí, claro, pero…
    —Entonces tráetelo contigo. ¡Vámonos!

    Había un corto paseo desde el centro de ocio hasta la cima de la colina. Lo que fuera que estuviera sucediendo era lo suficientemente inusual como para que un pequeño grupo de personas se hubiera reunido para observar qué ocurría, y Chris podía ver que sus rostros se asomaban a las ventanas de la torre sur del Hubble Plaza.

    —¿Le has comentado a Sebastian algo de esto?

    Elaine apartó la mirada.

    —No me dedico a seguirle la pista todo el tiempo, y dudo que le interesara. A no ser que el que esté bajando la colina sea el Espíritu Santo.

    Chris entrecerró los ojos para forzar la vista.

    La sinuosa carretera que se alejaba de Blind Lake era claramente visible bajo un techo de nubes bajas y amontonadas. Y sí, algo se estaba aproximando al acceso cerrado desde fuera. Chris pensó que Elaine probablemente tuviera razón: parecía un camión de dieciocho ruedas sin conductor, el tipo de vehículos que el ejército había utilizado en Turquía en la crisis de hacía cinco años. Estaba pintado de negro y no tenía ninguna identificación, al menos ninguna que Chris pudiera reconocer desde allí. Se desplazaba a una velocidad que no podía ser superior a los treinta kilómetros por hora, lo que significaba que estaba a unos diez minutos o más del acceso.

    Grabó unos pocos segundos de video.

    —¿Estás en buena forma? —dijo Elaine—. Porque tengo intención de ir corriendo hacia allá y ver qué ocurre cuando llegue esa cosa.
    —Podría ser peligroso —dijo Chris. Por no decir frío. La temperatura había descendido sus buenos grados en la última hora. No tenía chaqueta.
    —No seas gallina —le espetó Elaine—, el camión no parece armado.
    —Quizás no esté armado, pero está acorazado. Alguien ha tomado precauciones.
    —Razón más que suficiente. ¡Escucha!

    El sonido de sirenas. Dos camionetas de la seguridad de Blind Lake aceleraban en dirección sur.

    Elaine era rápida para una mujer de su edad. A Chris se le hizo difícil mantener su ritmo.


    8


    Marguerite salió del trabajo pronto aquel miércoles y condujo hasta el colegio para reunirse con el señor Fleischer, el tutor de Tessa.

    El único edifico de la escuela de Blind Lake era una estructura alargada de dos plantas no lejos del Plaza, rodeada de patios de recreo, un campo de atletismo y un gran aparcamiento. Como todos los edificios en Blind Lake, la escuela había sido construida con un diseño impoluto pero esencialmente anónimo. Podría haber sido una escuela en cualquier sitio. Se parecía mucho a la escuela de Crossbank, y el olor que le dio la bienvenida a Marguerite, cuando atravesó la gran puerta de entrada, fue el olor de los colegios en los que había estado: una combinación de leche agria, abrillantador de madera, desinfectante, olor adolescente y el calor de elementos electrónicos.

    Siguió el pasillo hasta el ala oeste. Tess había empezado octavo aquel año, un paso más que la alejaba del juego de la comba y de las barbies, tambaleándose al borde de la adolescencia. Marguerite había sufrido en sus años de instituto, y todavía sentía una ola de aprensión que la condicionaba, que emanaba de las filas de taquillas color salmón, aunque la escuela estaba casi vacía: habían dejado salir más temprano a los alumnos para poder reunirse con los padres. Imaginó que Tess ya estaría en casa, quizás leyendo o escuchando el zumbido de los calefactores del parqué. A salvo en casa, pensó Marguerite con algo de envidia.

    Llamó a la puerta entreabierta del señor Fleischer, la del aula 130. Este la saludó con un gesto y se incorporó para estrecharle la mano.

    Ella no tenía ninguna duda de que el señor Fleischer era un profesor excelente. Blind Lake era el buque insignia de la institución federal, y una parte clave de su paquete laboral era la disponibilidad de un sistema educativo de primera línea. Estaba segura de que las credenciales del señor Fleischer eran impecables. Incluso tenía el aspecto de un buen profesor, o al menos el tipo de profesor en el que se podía confiar sin ningún tipo de problema: alto, un tanto estrábico, bien vestido pero no hasta tal punto que resultara intimidatorio, con una barba arreglada y una sonrisa amplia. Su apretón de manos fue firme pero no demasiado fuerte.

    —Bienvenida —dijo. El aula estaba llena de pupitres para niños, pero él había conseguido dos sillas de adultos—. Siéntese, por favor.

    Era curioso, pensó Marguerite, lo extraña que la hacía sentirse todo aquello.

    Fleischer echó una ojeada a una hoja de notas.

    —Me alegro de que nos hayamos visto. Visto de nuevo, debería decir, desde que matriculó a Tessa en el colegio. ¿Usted trabaja en Observación e Interpretación?
    —En realidad, estoy al cargo del departamento.

    Las cejas de Fleischer se alzaron levemente.

    —¿Lleva aquí desde agosto?
    —Tess y yo nos mudamos aquí en agosto, sí.
    —El padre de Tessa vino aquí un poco antes, sin embargo, ¿no es cierto?
    —Sí.
    —¿Están separados?
    —Divorciados —dijo Marguerite rápidamente. ¿Era paranoia, o Ray ya había estado hablando de aquello con Fleischer? Ray siempre decía «separados», como si el divorcio fuera un malentendido temporal. Y sería muy propio de Ray describir a Marguerite como «trabajando en Interpretación» en lugar de admitir que era la directora del departamento—. Hemos acordado una custodia compartida, pero Tessa está a mi cuidado la mayoría del tiempo.
    —Ya veo.

    Quizás Ray tampoco había mencionado aquello. Fleischer hizo una pausa y añadió unos comentarios a sus notas.

    —Lo siento mucho si esto es un poco intrusivo. Tan solo quiero hacerme una idea de la situación de Tessa en casa. Está teniendo algunos problemas en el colegio, como estoy seguro de que usted ya sabe. Nada serio, pero sus notas no están a la altura de nuestras expectativas, y ella parece un poco, no sé cómo decirlo, un poco ausente en clase.
    —El traslado… —empezó Marguerite.
    —No dudo de que sea un factor. Esto es un poco como una base militar. Las familias vienen y van todo el tiempo, y es duro para los niños. Además, los niños también pueden ser difíciles con los recién llegados. Lo veo demasiado a menudo. Pero mi preocupación por Tessa va un poco más allá. He estado revisando sus informes de Crossbank.

    Ah, pensó Marguerite. Bueno, aquello era inevitable. Los viejos fantasmas tardan en desaparecer.

    —Tess tuvo algunos problemas la primavera pasada. Pero todo aquello se acabó ya.
    —¿Ocurrió durante el proceso de divorcio?
    —Sí.
    —Ella estuvo acudiendo a un terapeuta durante aquel tiempo, ¿no es así?
    —El doctor Leinster, en Crossbank. Sí.
    —¿Está viendo a alguno aquí?
    —¿Aquí en Blind Lake? —Marguerite sacudió la cabeza negativamente con decisión—. No.
    —¿Ha pensado en ello? Tenemos personal muy preparado que la podría atender.
    —Estoy convencida. Pero no lo veo necesario.

    Fleischer hizo una pausa. Daba golpecitos a su bolígrafo contra el escritorio.

    —Cuando estaban en Crossbank, Tess tuvo algún tipo de episodio alucinatorio, ¿me equivoco?
    —Sí, se equivoca, señor Fleischer, eso no es del todo correcto. Tess se sentía sola y hablaba consigo misma. Tenía una amiga invisible que se había inventado, llamada Chica del Espejo, y había ocasiones en que le era un poco difícil distinguir entre la realidad y la imaginación. Eso es un problema, pero no es una alucinación. Le hicieron pruebas de epilepsia en el lóbulo temporal y de una docena de otras condiciones neurológicas. Todos los resultados fueron negativos.
    —De acuerdo con su informe, le diagnosticaron…
    —Síndrome de Asperger, sí, pero eso no es un caso terriblemente infrecuente. Tiene unos pocos tics, no habla demasiado y no es muy buena haciendo amigos, pero lo hemos sabido desde hace años. Es solitaria, sí, y creo que su soledad contribuyó al problema de Crossbank.
    —Creo que también es solitaria aquí.
    —Estoy segura de que tiene razón. Sí, es solitaria y está desorientada. ¿No lo estaría usted? Sus padres divorciados, un nuevo lugar donde vivir, además de todas las crueldades normales que un niño tiene que soportar a su edad. No hace falta que me hable de ello. Lo veo cada día. En su lenguaje corporal, en sus ojos.
    —¿Y no cree que la terapia le serviría de ayuda?
    —No quiero dar la impresión de que me despreocupo, pero la terapia no ha sido un gran éxito. Tess ha estado tomando Ritalin y un buen montón de otras drogas, y ninguna de ellas le ha hecho ningún bien. Más bien al contrario. Eso también debería constar en el informe.
    —La terapia no implica medicación necesariamente. En ocasiones, ya la charla es una ayuda.
    —Pero no ayudó a Tess. Si logró algo fue hacerla sentirse más diferente, más sola, más oprimida.
    —¿Le ha dicho eso a usted?
    —No tuvo que hacerlo. —Marguerite se dio cuenta de que le sudaban las palmas de las manos. Su voz se había hecho más tensa. Esa manía tuya de ponerte a la defensiva, solía decir Ray—. ¿Adonde quiere llegar, señor Fleischer?
    —De nuevo siento si esto parece intrusivo. Me gusta tener un historial de mis alumnos, especialmente si están teniendo problemas. Creo que me hace mejor profesor. Adivino que también me hace sonar como un interrogador. Mis disculpas.
    —Ya sé que Tess ha sido un poco lenta con sus redacciones, pero…
    —Viene a clase, pero hay días en que está, no sé cómo describirlo… emocionalmente ausente. Mirando por la ventana. A veces la llamo por su nombre y no me responde. Habla en susurros consigo misma. Eso no la hace única, mucho menos desequilibrada, pero a mi me hace más difícil el trabajo. Todo lo que estoy diciendo es que quizás nosotros podamos ayudar.
    —Ray ha estado aquí, ¿verdad?

    El señor Fleischer parpadeó.

    —He hablado con su marido, con su ex-marido, en un par de ocasiones, pero eso es habitual.
    —¿Qué le dijo? ¿Que no me ocupo de ella? ¿Que ella se queja de estar sola cuando está conmigo?

    Fleischer no contestó, pero sus ojos abiertos de par en par lo delataron. Había dado de lleno. ¡Puto Ray!

    —Mire —dijo Marguerite—, aprecio su preocupación y la comparto, pero usted también debería saber que Ray no está satisfecho con los acuerdos de la custodia, y que no es la primera vez que trata de ponerme la zancadilla y hacerme parecer como una mala madre. Déjeme adivinar: vino aquí y le dijo cuánto sentía sacar la cuestión, pero que estaba preocupado por Tess, que arrastraba todo el problema de Crossbank y que quizás tampoco estuviera recibiendo todo la atención que necesita, es más, ella misma le ha dicho a él un par de cosas al respecto… ¿Me equivoco?

    Fleischer levantó las manos mostrando las palmas.

    —No puedo meterme en este tipo de discusión. Le dije al padre de Tessa las mismas cosas que le estoy diciendo a usted.
    —Ray tiene sus propios intereses, señor Fleischer.
    —Mi preocupación es para con Tess.
    —Bueno, yo… —Marguerite se contuvo las ganas de morderse el labio. ¿Cómo había ido todo tan mal? Fleischer ahora la estaba mirando con paciente preocupación, con una preocupación protectora, pero él era un profesor de octavo curso, después de todo, y quizás aquel ceño fruncido de ojos grandes fuera tan solo un reflejo defensivo, una máscara que tomaba cuerpo cada vez que se enfrentaba a un chico histérico. O a una madre—. Usted sabe que yo, obviamente, quiero hacer todo lo que pueda ayudar a Tess, ayudarla a concentrarse en sus estudios…
    —Básicamente —dijo Fleischer—, creo que aquí estamos en la misma sintonía de onda. Tess se perdió bastante en el colegio de Crossbank, y no queremos que aquí se repita lo mismo.
    —No. No lo queremos. Sinceramente, no creo que suceda de nuevo —añadió con la esperanza de no sonar demasiado desesperada—. Puedo sentarme con ella, decirle que sea más minuciosa en su trabajo, si usted cree que sería buena idea.
    —Eso puede ayudar. —Fleischer dudó un poco, y continuó—: Todo lo que estoy diciendo, Marguerite, es que los dos necesitamos mantener los ojos abiertos en lo que le interesa a Tess. Detener los problemas antes de que surjan.
    —Tengo los ojos abiertos todo el tiempo, señor Fleischer.
    —Bueno, eso está bien. Eso es lo importante. Si considero que necesitamos hablar de nuevo, ¿puedo llamarla?
    —Cuando quiera —dijo Marguerite, ridículamente agradecida porque la entrevista parecía llegar a su fin.

    Fleischer se incorporó.

    —Gracias por su tiempo, y espero no haberla alarmado.
    —En absoluto. —Una mentira de órdago.
    —Mi puerta siempre estará abierta si usted tiene alguna preocupación.
    —Gracias. Se lo agradezco.

    Se fue rápidamente por el pasillo hasta la puerta principal de la escuela, como si estuviera dejando la escena del crimen. Había sido un error el mencionar a Ray, pensó, pero había podido ver sus huellas por todas partes durante toda la entrevista, y vaya bonito escenario había formado. ¿Cómo había podido Ray utilizar los problemas de Tessa como arma?

    A no ser, pensó Marguerite, que me esté engañando a mí misma. A no ser que los problemas de Tessa sean más serios que un leve desorden de personalidad; a no ser que todo el circo de Crossbank estuviera a punto de repetirse… Haría lo que fuera para ayudar a Tessa a superar aquel paso difícil, si descubría el modo de hacerlo; pero la propia indiferencia refractaria de Tessa era casi imposible de penetrar… especialmente si Ray interfería continuamente, si jugaba sucio intentando conseguir una buena posición en una hipotética batalla por la custodia de su hija.

    Ray, viendo cada conflicto como una guerra y dominado por sus propios temores a perder…

    Marguerite empujó las puertas y salió al aire otoñal. La tarde había refrescado considerablemente, y las nubes estaban más bajas, o al menos se lo parecía así bajo la larga luz del sol. La brisa era fría, pero la agradecía después del calor claustrofóbico de la clase del colegio.

    Conforme se metía en el coche oyó el llanto de las sirenas. Condujo con cuidado hasta la salida y se detuvo el tiempo suficiente para dejar pasar rugiendo al vehículo de la Seguridad de Blind Lake. Parecía que se dirigía al acceso sur del complejo.


    9


    Sue Sampel, la secretaria ejecutiva de Ray Scutter, llamó a su puerta y le recordó que Ari Weingart tenía concertada con él una cita dentro de veinte minutos. Ray levantó la vista de la pila de papeles impresos y apretó los labios.

    —Gracias, soy consciente de ello.
    —Además del jefe de Seguridad Civil, a las cuatro en punto.
    —Puedo leer mi propia agenda diaria, gracias.
    —De acuerdo entonces —dijo Sue. Y que te jodan, también. Ray estaba de pésimo humor aquel miércoles, y no es que normalmente fuera un encanto, precisamente. Supuso que estaba tan afectado por el bloqueo como todos los demás. Ella entendía la necesidad de seguridad, e incluso podía imaginar que quizás fuera necesario (aunque solo Dios supiera por qué) prohibir algo tan sencillo como llamar por teléfono más allá del perímetro de Blind Lake. Pero si aquello duraba más de la cuenta, muchas personas iban a perder los nervios. Muchos ya lo estaban haciendo. Los trabajadores de día, por ejemplo, que tenían vidas (esposas, hijos) fuera del campus de Blind Lake. Pero también los residentes permanentes. Ella misma, por ejemplo. Vivía en Blind Lake pero conocía gente fuera del campus, y había estado esperando con ansiedad poder recibir aquella importante segunda llamada telefónica de un hombre que había conocido en el grupo de Solteros Seculares en Constance, un hombre de su edad, cuarenta y pocos, veterinario, de pelo fino y ojos agradables. Se lo imaginó con un teléfono en la mano, mirando con tristeza a la pantalla donde se leía «NO DA SEÑAL» o «LLAMADA NO DISPONIBLE», y eventualmente dejándola por imposible. Otra oportunidad perdida. Al menos aquella vez no sería culpa suya.

    Ari Weingart llegó al despacho a la hora fijada. El bueno de Ari: educado, divertido, incluso puntual. Un santo.

    —¿Está el jefe? —preguntó Ari.
    —Sí que está. Le diré que ya estás aquí.


    La ventana de Ray Scutter miraba al sur desde la sexta planta del Hubble Plaza, y a menudo la vista lo distraía. Normalmente había un constante flujo de tráfico de entrada y salida de Blind Lake. Últimamente no había nada, y el bloqueo había hecho que la vista desde su ventana fuera estática; la tierra más allá de la valla del perímetro estaba tan en blanco como el papel de estraza, sin ningún movimiento más que el devenir de las sombras de las nubes y alguna bandada ocasional de aves. Si uno mantenía la vista fija durante un tiempo venía a asemejarse al paisaje inhumano de UMa47/E. Justo igual que otra imagen importada. Era todo superficie, ¿verdad? Todo bidimensional.

    El bloqueo había creado diversos problemas irritantes. Y uno de ellos, y no el menor por cierto, era que él había terminado siendo, por carambola, el encargado de la autoridad civil del campus.

    Su estatus en la jerarquía de la administración era relativamente bajo. Pero la conferencia anual sobre Astrobiología de la NSI y el Ciencia Exocultural habían tenido lugar en Cancún el fin de semana anterior. Una enorme delegación del personal académico y puestos directivos de la administración había metido el bañador en la maleta y había dejado Blind Lake un día antes del bloqueo. Si quitabas todos aquellos nombres del gráfico de responsabilidades, lo que quedaba era Ray Scutter flotando sobre la dirección de varios departamentos como un globo perdido.

    Aquello quería decir que la gente venía a él con problemas para cuya solución carecía de poder. Exigencias que él no podía concederles, como una explicación coherente del bloqueo o una excepción especial del mismo. Tenía que decirles que él tampoco sabía nada. Todo lo que podía hacer era seguir las indicaciones de los protocolos previstos y esperar instrucciones del exterior. Esperar, en otras palabras, a que toda aquella montaña de mierda llegara a su fin. Pero ya llevaba demasiado tiempo.

    Su vista vagaba por la ventana cuando Ari Weingart llamó a la puerta y entró.

    A Ray le disgustaba el alegre optimismo de Weingart. Sospechaba que ocultaba un desprecio secreto, sospechaba que bajo aquel exterior de tipo majo, Weingart estaba luchando por conseguir más influencia de forma tan entusiasta como cualquier otro director de departamento. Pero al menos Weingart había comprendido la posición de Ray y parecía más interesado en cooperar que en quejarse.

    Si al menos pudiera eliminar aquella sonrisa… Aquel gesto recorrió a Ray como un rayo láser, con dientes tan blancos y regulares que parecían azulejos luminosos.

    —Siéntate —dijo.

    Weingart cogió una silla y abrió su ordenador de bolsillo. Directo al trabajo. A Ray le gustaba aquello.

    —Querías una lista de situaciones de las que vamos a tener que ocuparnos si la cuarentena continúa mucho más. He tomado algunas notas.
    —¿Cuarentena? —dijo Ray—. ¿Es así como la gente lo llama?
    —Para diferenciarlo de un bloqueo estándar de seis horas, sí.
    —¿Por qué deberíamos ser sometidos a cuarentena? No hay nadie enfermo.
    —Cuéntaselo a Dimi. —Dimitry Shulgin era el jefe de Seguridad Civil, que tenía cita a las cuatro—. El bloqueo sigue una oscura red de nomenclaturas en el manual militar. Él dice que ellos lo llaman una «cuarentena de información», pero nadie creía realmente que pudiera llegar a darse.
    —No me lo ha mencionado. Juro por Dios que ese hombre es como una puta estatua eslava. ¿Qué es exactamente lo que ocurre en una «cuarentena de información»?
    —La normativa es de hace bastante tiempo, de cuando Crossbank estaba comenzando a obtener imágenes. Es uno de esos escenarios paranoicos de las sesiones del Congreso. La idea era que Crossbank o Blind Lake podían recoger algo peligroso, obviamente nada físico, sino algún virus o un gusano de algún tipo. ¿Sabes qué es la esteganografía?
    —Información codificada en fotografías o imágenes. —No le recordó a Weingart que él, Ray, había declarado en aquellas sesiones. La información de interés militar había sido un tema candente durante aquel tiempo. El lobby ludita había temido que Blind Lake importara algún programa digital alienígena pernicioso, o, por amor de Dios, algún virus mortal que pudiera extenderse por las rutas terrestres, creando una ola de caos sin precedentes.

    A pesar de lo cauteloso que era normalmente respecto a la capacidad de Blind Lake para explorar lo desconocido, la mera idea le parecía ridícula. Los aborígenes de UMa47/E no tenían forma de saber que se les espiaba. Y aunque así fuese, las imágenes procesadas en Blind Lake habían viajado, aunque misteriosamente, a la velocidad convencional de la luz. Se necesitaría tanto una percepción imposible como un deseo ridículamente paciente de venganza para que ellos pudieran reaccionar de cualquier forma hostil. Aun y todo, él mismo se había visto forzado a admitir que una peligrosa esteganografía no era una imposibilidad absoluta, al menos en abstracto. Así pues, se había previsto una serie de planes de contingencia dentro de la inmensa red de planes de seguridad que rodeaba a Blind Lake. Aunque, en opinión de Ray, aquel era el mayor fiasco de la historia de la Astronomía desde la teoría de Girolamo Fracastoio, que aseguraba que la sífilis era consecuencia de la conjunción de Saturno, Júpiter y Marte.

    ¿De verdad se habían llevado a efecto todos aquellos edictos llenos de palabrería?

    —Hay un problema con esa idea —le dijo a Weingart—: no hay provocación. No hemos descargado nada sospechoso.
    —Todavía no, en cualquier caso —respondió Weingart.
    —¿Sabes algo que yo no sepa?
    —Apenas. Pero digamos que si ha habido un problema en Crossbank…
    —Vamos, hombre. Crossbank está mirando océanos y bacterias.
    —Lo sé, pero si…
    —Y nosotros estamos trabajando con objetivos completamente diferentes, en cualquier caso. Su trabajo no afecta al nuestro.
    —No, pero si hubo alguna clase de problema con el proceso…
    —¿Quieres decir algo endémico al Ojo?
    —Si hubiera algún tipo de problema con los O/CBE en Crossbank, el Ministerio de Energía o los militares podrían haber decidido ponernos por precaución en cuarentena.
    —Al menos podrían habernos avisado.
    —El bloqueo de información tiene que ser de doble sentido para ser efectivo. Nada entra y nada sale. Tenemos que asumir que no quieren información alguna en el cableado.
    —Eso no significa que no puedan dar un aviso.
    —A no ser que tuvieran prisa.
    —Todo esto es ridículamente especulativo, y confío en que ni tú ni Shulgin lo hayáis hablado con nadie. Los rumores pueden causar el pánico.

    Weingart pareció querer decir algo, pero se lo calló.

    —En cualquier caso —dijo Ray—, no está en nuestras manos. La cuestión acuciante es qué podemos hacer por nosotros mismos hasta que alguien reabra la verja.

    Weingart asintió y comenzó a leer su lista.

    —Abastecimiento. Hemos comprobado que el agua potable no ha sido restringida, pero sin ninguna intervención, pronto vamos a tener escasez de algunos productos alimenticios antes del fin de semana, y deberemos afrontar una posible hambruna para finales de noviembre. Asumo que nos van a reabastecer, pero quizás fuera buena idea apartar nuestro excedente, y quizás incluso apostar algunos guardias.
    —No puedo ni imaginar que este… asedio dure hasta el Día de Acción de Gracias.
    —Bueno, pero ahora estamos hablando de posibles escenarios.
    —De acuerdo, de acuerdo. ¿Qué más?
    —Suministros médicos, lo mismo, y la clínica del campus no está preparada para tratar epidemias serias, ni heridos graves. Si tenemos un incendio tendremos que enviar a los heridos a un hospital o sufrir muertes innecesarias. No hay mucho que podamos hacer a este respecto, excepto pedir al personal médico que prepare planes de contingencia. Además, si la cuarentena se prolonga, la gente va a necesitar ayuda emocional. Ya tenemos algunas personas con asuntos familiares urgentes en el exterior.
    —Vivirán.
    —Alojamiento. Tenemos un par de cientos de trabajadores del turno diurno durmiendo en el gimnasio, por no hablar de los periodistas, un puñado de contratistas y cualquiera que haya venido a pasar el día. Si va a durar, si esto va a durar mucho, quizás sea mejor ver si podemos sacar a esta gente de ahí. En el campus vive gente con cuartos de sobra y hay habitaciones para inquilinos disponibles, y no sería difícil encontrar voluntarios. Con un poco de suerte podríamos tener a todos durmiendo en una cama, o al menos en un sofá-cama. Compartirían baños en lugar de luchar por las duchas en el centro de ocio y hacer cola para lavarse los dientes.
    —Hay que tenerlo en cuenta —dijo Ray. Después de un momento de reflexión añadió—: Haz una lista de voluntarios, pero tráemela antes de decírselo a ellos. Y haremos un inventario de los trabajadores de día e invitados que se adapte a él.

    Había más asuntos similares, minucias que podían ser fácilmente delegadas. La mayor parte tenía que ver con un bloqueo prolongado que Ray no podía llegar a concebir seriamente. ¿Un mes así? ¿Tres meses? Era inimaginable. Su certeza tan solo se veía alterada por el hecho inquietante de que el bloqueo hacía tiempo que duraba más allá de lo razonable.

    Sue Sampel llamó a la puerta mientras Weingart iba resumiendo las conclusiones.

    —No hemos terminado —gritó Ray antes de que entrara.

    Ella se asomó al despacho.

    —Lo sé, pero…
    —Si Shulgin está aquí, puede esperar unos minutos.
    —No está aquí, pero ha llamado para cancelar la cita. Se ha ido al acceso sur.
    —¿El acceso sur? ¿Qué coño es tan importante en el acceso sur?

    Ella sonrió con furia contenida.

    —Dijo que lo entendería si echara un vistazo por la ventana.


    El enorme vehículo de dieciocho ruedas de color negro, sucio y fuertemente acorazado, fue avanzando lentamente por la carretera que conducía a Blind Lake como un inmenso remolque, intimidado por todas aquellas defensas. Donde debería haber estado la cabina del piloto, únicamente podía verse un cono borroso lleno de sensores. El camión estaba girando la curva, calculando la ruta a través de un GPS. No había conductor humano. El camión se estaba conduciendo solo.

    Para cuando Chris y Elaine alcanzaron las inmediaciones del acceso sur, la carretera ya estaba abarrotada de trabajadores diurnos sin más obligaciones, personal de oficina y adolescentes. Dos camionetas de Seguridad Civil aparcaron y descargaron una docena de hombres de uniforme gris que comenzaron a alejar a todas aquellas personas hasta lo que consideraron una distancia de seguridad.

    La verja que rodeaba el perímetro interno de Blind Lake era una construcción de contención al uso, le había contado Elaine a Chris. Sus postes tenían cimientos reforzados encajados profundamente en la tierra; sus cadenas y eslabones estaban hechos de compuesto de carbono, más duro que el acero y con superficies más consistentes que el teflón. Estaban repletos de sensores. Sobre todo aquello había una doble hilera de cuchillas de alambre con una inclinación de diecinueve grados. Toda la estructura podía electrificarse hasta un nivel letal.

    El acceso que bloqueaba la carretera estaba preparado para abrirse a una señal de un guarda o a través del código de un sensor. La garita del guardia era un bunker de hormigón de troneras horizontales, duro como el lecho de roca pero vacío en aquel momento; el guardia había sido retirado de su puesto en cuanto comenzó el bloqueo.

    Chris se fue abriendo paso entre la multitud hasta la primera fila, seguido de Elaine, que le agarraba por los hombros para no separarse de él. Al final lograron alcanzar la barrera para la carretera que los encargados de la seguridad estaban emplazando con dificultad. Elaine señaló a un coche que se acercaba.

    —¿No es aquel Ari Weingart? Y creo que el tipo que le acompaña es Raymond Scutter.

    Chris tomó nota de la cara. Ray Scutter tenía una historia interesante. Hacía quince años había sido un prominente crítico de Astrobiología, «la ciencia de las ilusiones». La decepción de Marte le había dado una gran credibilidad a su punto de vista, al menos hasta que los Buscadores de Planetas Terrestres comenzaron a obtener resultados interesantes. Los avances de Crossbank y Blind Lake habían hecho que su pesimismo pareciera corto de miras y mezquino, pero Ray Scutter había sobrevivido reculando y adoptando el entusiasmo del converso. Las sólidas contribuciones originales que había hecho en la primera ola de estudios geológicos y atmosféricos no solo habían rescatado su carrera, sino que le habían permitido promocionar a través de la burocracia hasta alcanzar posiciones administrativas importantes primero en Crossbank, y ahora en Blind Lake. Ray Scutter podría haber sido un sujeto interesante, pero se suponía que era difícil acceder a él, y sus declaraciones públicas eran tan previsiblemente banales que mejores periodistas que Chris lo habían dado como un caso perdido.

    En aquel momento estaba con el entrecejo fruncido, intercambiando opiniones con el jefe de Seguridad. Chris no podía oír la conversación, pero la grabó durante unos segundos con un zoom en su agenda portátil. Tan solo unos pocos, sin embargo. Estaba dejando libre la mayor parte de la memoria para la aparentemente inevitable colisión del camión robotizado contra la puerta de acceso.

    El camión estaba ya a unos cien metros de la garita del guardia. Parecía tan enorme que nada lo podría parar.

    Elaine se puso la mano como visera y estudió atentamente la línea de la verja. El sol poniente había quedado oculto bajo unas nubes, y unos rayos de luz se filtraban atravesando la pradera. Puso la boca contra el oído de Chris.

    —¿Estoy imaginando cosas, o aquellos son zánganos de bolsillo?

    Sobresaltado, Chris siguió su mirada.


    Bob Krafft, un contratista que había venido a Blind Lake con un equipo de ingenieros para estudiar la zona este del Paseo para la construcción de nuevas viviendas, había visto el camión poco después del mediodía, cuando todavía era un punto del tamaño de un guisante en el amplio horizonte del sur.

    Había estado algún tiempo en las guerras turcas y pudo identificar aquel camión como el tipo de vehículo sin tripulantes de abastecimiento que se podía encontrar comúnmente en la zona de combate. Pero el camión no lo alarmaba. Más bien al contrario. Aunque pareciera incongruente, el vehículo también estaba sujeto al bloqueo. Lo que quería decir que el acceso sur tendría que abrirse para dejarlo entrar. Y allí residía la oportunidad de oro. Supo inmediatamente lo que tenía que hacer.

    Encontró a su esposa Courtney entre los camastros del gimnasio donde habían estado languideciendo durante casi una semana. Le dijo que esperara allí pero que estuviera preparada para irse. Ella lo miró nerviosa (Courtney estaba nerviosa la mayor parte del tiempo), pero no dijo nada y asintió con la cabeza con gesto conciso.

    Bob caminó dos manzanas (rápido, pero no lo suficientemente rápido como para atraer la atención) hasta su coche en el aparcamiento para visitantes, bajo el Hubble Plaza. Se metió en él, comprobó dos veces el indicador de la batería, encendió el motor y condujo con velocidad calculada de vuelta al centro de ocio. Tenía el pulso acelerado, pero las palmas de sus manos estaban secas. Courtney, caminando arriba y abajo de las grandes puertas de entrada, a pesar de que le había dicho que se quedara dentro, lo vio y saltó al asiento del copiloto.

    —¿Vamos a algún lao? —preguntó.

    Él siempre había odiado aquella forma de hablar de aparcamiento de camiones de Missouri. Había días en los que amaba a Courtney más que nada en el mundo, pero había otros en los que se preguntaba qué le había llevado a casarse con una mujer con menos cultura que los mapaches que solían rebuscar entre su basura.

    —Creo que no tenemos elección, Court.
    —Bueno, no veo para qué tanta prisa.

    Con suerte, nunca lo vería. Bob tenía el veinticinco por ciento de las acciones de una empresa de éxito que trabajaba en negocios de paisajismo y construcción fuera de Constance. El jueves a la mañana (al día siguiente) se suponía que debía encontrarse con Ela Raeburn, una chica de diecinueve años que había dejado el instituto y que trabajaba en recepción, para llevarla en coche a la clínica de mujeres en Bixby para que abortara. Aunque no era culpa de Bob que la descuidada de Ela no se hubiera preocupado de tomar algún tipo de medida anticonceptiva o de píldora del día después (a no ser que uno considerara su predilección por las mujeres estúpidas como un defecto), él se hacía eco de su responsabilidad por la situación en la que había quedado. De modo que el jueves a la mañana la llevaría a Bixby, le pagaría el alojamiento de unos pocos días en un motel para que se recuperara, le firmaría un cheque de cinco mil dólares, y allí acabaría todo.

    Si él se negaba (o si aquella putada gubernamental de Blind Lake le tenía encerrado otro día más), Ela Raeburn le mandaría cierta grabación de video a Courtney, la esposa de Bob. Este dudaba de que Courtney se divorciara de él por aquello, el matrimonio no era un mal negocio para ella después de todo, pero tendría grabada a fuego en su cabeza, para el resto de su vida, la imagen de la cabeza de su marido entre los generosos muslos de Ela Raeburn. El video había sido idea suya. No se había dado cuenta de que Ela se haría una copia para su uso personal.

    Y aquello no era lo peor de todo. Ni por asomo. Si Bob no podía ocuparse del aborto, Ela estaría obligada a pedirle ayuda a su padre. Su padre era Toby Raeburn, un vendedor de hardware, diácono de la iglesia luterana y entrenador de baloncesto a media jornada. Su apodo era «Dientes», porque una vez le había arrancado un molar de un puñetazo a un supuesto ladrón de coches, y desde entonces llevaba el souvenir, recubierto de lucita, como amuleto de buena suerte. Toby «Dientes» Raeburn quizás extendiera el perdón cristiano a su hija, pero seguramente no a un contratista de mediana edad que, como había mencionado Ela, la había introducido en el consumo de barbitúricos que siempre conseguían que fuera más cooperativa.

    No le guardaba a Ela Raeburn ningún rencor particular por todo aquel asunto. Él estaba más que dispuesto a pagarle el aborto. Ela era más tonta que un saco lleno de martillos, pero sabía cómo cuidar de sí misma. En cierta forma él admiraba aquello.

    Courtney también había sido así antes de que se casaran. Se había sumido en una agitación perpetua y sombría, y ya no era lo mismo.

    —¿Han desconvocado el bloqueo o algo? —preguntó Courtney.
    —No exactamente. —Se dirigió al acceso sur sin olvidarse de mantener una velocidad que no levantara sospechas. Ciertamente, el camión negro de transporte no parecía tener mucha prisa. No había avanzado más de quinientos metros desde que lo había divisado por primera vez, a juzgar por la vista desde la elevación pasado el Plaza.
    —Bueno, ¿entonces, qué? No podemos irnos sin más.
    —Técnicamente no, pero…
    —¿Técnicamente?
    —¿Quieres dejarme acabar? Cierran sitios como este por razones de seguridad, Court. No quieren que los malos entren dentro. A la gente no se le permite simplemente entrar y salir, porque entonces nadie se lo tomaría en serio. Pero básicamente nosotros no les importamos nada. Todo lo que queremos es volver a casa, ¿de acuerdo? Si rompemos las normas ¿qué nos van a dar, una charla? Probablemente una multa —seguramente de bastante dinero, pero no le podía decir a Courtney por qué estaba dispuesto a arriesgar tanto dinero—. Nosotros no les importamos —repitió.
    —La puerta de acceso está cerrada, bobo.
    —Dentro de poco dejará de estarlo.
    —¿Quién dice eso?
    —Lo digo yo.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Soy psíquico. Tengo poderes psíquicos de predicción del futuro.

    Ya se estaba reuniendo un buen número de gente. Bob se salió de la carretera con el coche, condujo a través del césped recién cortado cercano a la verja y aparcó tan cerca como le fue posible del lado derecho de la puerta. Apagó el motor. Entonces pudo oír el silbido del viento a través de las ranuras de la carrocería. El viento se iba haciendo más frío, de un frío invernal, y Courtney temblaba deliberadamente. No había traído ropa de invierno a Blind Lake. Bob sí, y ahora era castigado por su previsión: tenía que dejarle su chaqueta a la lloriqueante Courtney y sentarse tras el volante con solo una camisa de algodón de manga corta. El sol se había ocultado detrás de una gran masa flotante de nubes grises, arrojando una luz enfermiza sobre todo lo que podía ver. Aquel tipo de clima siempre le hacía sentir triste y de algún modo despojado, como si algo que él amara hubiera sido arrastrado por el viento.

    —¿Nos vamos a quedar sentados aquí?
    —Hasta que la puerta se abra —dijo él.
    —¿Qué te hace pensar que nos van a dejar pasar?
    —Ya verás.
    —¿Ver qué?
    —Ya verás.
    —Oh —dijo Courtney.

    Ella se había quedado dormida (por efecto del calor, adivinó él, con sus brazos perdidos en la chaqueta de cuero demasiado grande y su barbilla apoyada en el cuello del abrigo) cuando el gigantesco camión negro se detuvo en su avance a no más de diez metros de distancia de la puerta. Ya había anochecido, y los faros del camión giraron para barrer el suelo a su paso, en arcos incansables.

    El gentío había crecido considerablemente. Justo antes de que Courtney se quedara dormida, un par de vehículos de seguridad habían venido desde la ciudad con sus sirenas aullando. En ese momento, aquellos tipos vestidos con trajes que parecían uniformes de policía alquilados estaban apartando a la gente. Courtney estaba inmóvil y Bob se acuclilló en el asiento del conductor, y entre toda aquella conmoción y la oscuridad, el coche pasaba por un vehículo vacío que alguien había aparcado para luego irse. En pocos momentos, para contento de Bob, la mayoría de la gente había quedado ya a sus espaldas.

    Y las puertas se comenzaron a abrir. Por alguna orden del camión, supuso. Pero era una hermosa vista. Aquella barrera reforzada de dos metros diez comenzó a abrirse hacia fuera con una facilidad y una suavidad tales que parecía una creación digital. Premio gordo, pensó Bob.

    —Abróchate el cinturón —le dijo a Courtney. Sus ojos parpadearon sorprendidos.
    —¿Qué?

    Él hizo una estimación mental del espacio libre que tenía por delante.

    —Nada —encendió el motor y apretó a fondo el acelerador.


    Los zánganos de bolsillo, le explicó Elaine, eran armas voladoras con autoguía, del tamaño de un pomelo de Florida. Los había visto utilizar durante la crisis de Turquía, donde los veía en las patrullas de áreas limítrofes y fronteras en disputa. Pero nunca había oído hablar de que se los desplegase fuera de zonas de guerra.

    —Son simples y torpes —le dijo a Chris—, pero son baratos y puedes utilizar muchos, y no se quedan clavados en el suelo para siempre como las minas terrestres, arrancando piernas de niños.
    —¿Qué es lo que hacen?
    —La mayor parte del tiempo simplemente están ahí, conservando la energía. Son sensibles al movimiento y tienen unas pocas plantillas lógicas para identificar blancos probables. Camina por una zona restringida y volarán como langostas, te localizarán y arrojarán explosivos pequeños pero letales.

    Chris miró en la dirección que Elaine había señalado, pero en la creciente oscuridad no pudo ver nada sospechoso. «Tienes que ser rápido para cazarlos», le había dicho Elaine. Estaban camuflados, y si se activaban sin encontrar ningún blanco válido, molestados, digamos, por el ruido de un enorme camión automático sobre el pavimento, quedaban inactivos rápidamente.

    Chris pensó en aquello mientras el camión se aproximaba y los cada vez más nerviosos agentes de seguridad echaban hacia atrás a los mirones. No tenía sentido, decidió. La verja interior de Blind Lake era tan solo una de las decenas de medidas de seguridad que ya existían. ¿Qué amenaza podía ser tan formidable que requiriera artillería militar para salvaguardar el complejo?

    A no ser que la idea fuera mantener a la gente dentro.

    Pero tampoco tenía ningún sentido.

    Lo que no significaba que los zánganos de bolsillo no estuvieran allí. Tan solo que no podía imaginar el porqué.

    La multitud se fue haciendo cada vez más silenciosa conforme la oscuridad caía, y el camión se arrastraba hasta cerca del acceso y se detenía durante un momento. Algunos comenzaron a irse, aparentemente porque se sentían más vulnerables, o porque tenían más frío que curiosidad. Pero un buen número se quedó, apretujado contra los cordones de seguridad que los agentes habían colocado. No parecía importarles el creciente viento cortante o los copos de nieve fuera de estación que comenzaban a hacer remolinos frente a los faros del camión. Pero tragaron saliva y se apartaron unos pocos metros cuando las puertas de la verja comenzaron a abrirse silenciosamente.

    Chris dirigió la mirada a Elaine a sus espaldas y captó una vista de Blind Lake empezando a encenderse en un frenesí de luces, las plantas concéntricas del Hubble Plaza, las parpadeantes luces de navegación de las torres Paseo Globo Ocular, la cálida luz de las casas residenciales en ordenadas y lógicas hileras.

    Se volvió al oír el sonido repentino de un motor eléctrico mucho más cercano que el rumor del camión detenido.

    —Video —ladró Elaine—. ¡Chris!

    Buscó la pequeña agenda portátil. Tenía los dedos fríos y los controles tenían el tamaño de cagadas de mosca y picaduras de pulga. En realidad, únicamente había utilizado aquel aparato como grabadora. Al final se las arregló para encontrar la función de «RECORD VID» y apuntó con el aparato aproximadamente a la puerta de la verja.

    Un coche saltó sobre la superficie alquitranada desde algún lugar cercano a la garita de seguridad. No tenía las luces puestas, sus ocupantes eran invisibles, pero la intención estaba clara. El vehículo estaba acelerando hacia la puerta medio abierta.

    —Alguien quiere irse a casa a dar de comer al perro —dijo Elaine, y sus ojos se abrieron como platos—. Oh, Dios, es horrible.

    Los zánganos, pensó Chris.

    Parecía que el vehículo no iba a poder pasar por la garita, pero el conductor había calculado la abertura muy bien. El coche (que a Chris le parecía un Ford último modelo o un Tesla) atravesó el espacio con un margen de milímetros y se hizo a la izquierda para evitar al camión robotizado. Los faros del coche se encendieron cuando llegó al margen de la carretera y comenzó a alcanzar una alta velocidad.

    —¿Lo estás cogiendo?
    —Sí. —Al menos, eso esperaba él. Era demasiado tarde para comprobarlo. Demasiado tarde para apartar la mirada.


    —¡Vía libre hasta casa! —gritó Bob Krafft cuando su parachoques trasero rozó el cuerpo del camión negro. No era cierto, por supuesto. Probablemente serían interceptados por un vehículo militar, quizás incluso pasarían la noche siendo sermoneados, amenazados y multados por violar reglamentaciones escritas en letra pequeña, pero él no se había alistado y nunca había firmado un acuerdo para pasar la puta eternidad en Blind Lake. En cualquier caso, la tierra que se extendía más allá de sus faros delanteros era una vista muy bienvenida—. ¡Vía libre hasta casa! —repitió de nuevo, más que todo para tapar el sonido de los jadeantes chillidos de miedo de Courtney.

    Tomó suficiente aire para gritarle «gilipollas».

    —Estamos fuera, ¿no es así? —dijo él.
    —Por Dios, sí, pero…

    Algo fuera de la ventanilla atrajo su atención. Bob también pudo ver algo. Una cosa pequeña que saltaba por encima de la hierba alta.

    Probablemente un pájaro, pensó él, pero de repente el coche se llenó de aire helado, de pequeños copos de nieve. Los oídos le dolían, había cristales de ventanas por todos los lados y parecía que Courtney estaba sangrando: veía sangre en el salpicadero, sangre sobre su chaqueta buena de cuero…

    —¿Court? —dijo. Su propia voz sonaba extraña, como bajo el agua.

    Su pie apretó el pedal del freno, pero la carretera estaba resbaladiza y el Tesla comenzó a virar violentamente a pesar de los esfuerzos de sus servofrenos puestos al límite. Algo había hecho que el motor explotara en una montaña de fuego azul. El cuerpo del coche se salió de la carretera. Bob se vio aplastado contra el asiento, vio cómo la carretera, la hierba y el cielo oscuro se iban revolviendo sobre él, y durante una fracción de segundo pensó: ¡Dios, estamos volando! Después el coche cayó sobre su flanco derecho y su cuerpo fue arrojado contra Courtney. Al menos, contra la ruina viscosa en la que se había convertido: contra Courtney manchada de color rojo y acariciada por las llamas.


    —¿Qué coño…? —preguntó Ray Scutter cuando vio la bola de fuego. Dimitry Shulgin, el jefe de Seguridad Civil, tan solo pudo murmurar algo como «artillería». ¡Artillería! Ray trató de comprender el significado de todo aquello. Un coche había cruzado la verja. El coche había comenzado a arder y a dar vueltas de campana. Finalmente dejó de rodar. Después todo quedó paralizado. Incluso la multitud que esperaba junto al acceso estaba momentáneamente en silencio. Era como una fotografía. Una imagen congelada. Tiempo detenido. Parpadeó. Bolitas de nieve cayeron sobre su cara.
    —Zánganos —pronunció Shulgin. Era como si hubiera roto el caparazón del silencio. Varias personas entre la multitud comenzaron a gritar.

    Zánganos: ¿aquellos objetos que revoloteaban hacia el automóvil en llamas? ¿Bolas de béisbol con alas?

    —¿Qué significa? —preguntó Ray. Tuvo que gritar la pregunta dos veces. Los espectadores comenzaron a correr hacia sus coches. Los faros se encendieron, iluminando la llanura. De pronto, todo el mundo quería volver a casa.

    Despreocupada, como un mal sueño, la puerta del acceso continuó abriéndose hasta que estuvo paralela a la carretera.

    El camión negro continuó avanzando muy lentamente, atravesando la verja y dirigiéndose a Blind Lake.

    —Nada bueno —respondió Shulgin. Ray, para entonces, ya había olvidado la pregunta. El jefe de seguridad dio un paso más allá del asfalto, dando la impresión de que luchaba contra su propio impulso por correr—. Miren.

    Lejos de la verja, en el vacío hostil, la puerta del conductor del coche en llamas se abrió con un quejido.


    Ahora que el coche se había detenido, Bob apenas pudo pensar en nada que no fuera salir de allí, escapar del fuego y del sangrante y negruzco objeto en el que de alguna forma se había convertido Courtney. En el fondo de su mente estaba la necesidad de pedir ayuda, pero también, en el mismo lugar, la comprensión no bienvenida de que Courtney estaba más allá de toda ayuda humana. Él amaba a Courtney, o al menos eso le gustaba decirse a sí mismo, y a menudo sentía un cariño genuino por ella; pero lo que necesitaba en aquel momento más que nada en el mundo era poner distancia entre él y el cuerpo destrozado, entre él y el coche en llamas. No había gasolina en el motor pero sí otros líquidos inflamables, y algo los había hecho estallar todos a la vez.

    Se abrió camino con dificultad desde Courtney hasta la puerta del lado del conductor. La puerta estaba atrancada y no quería abrirse; la manilla se le quedó entre los dedos. Se apuntaló entre el volante y el asiento trasero y lanzó una patada a la puerta. Aunque el pie le dolió como el infierno, la puerta al fin crujió y gimió al abrirse un poco sobre sus bisagras rotas. Bob la forzó más y después salió tambaleándose, respirando entrecortadamente el aire helado. Se quedó de rodillas. Después, temblando, se incorporó.

    Esta vez pudo ver con claridad el artefacto que saltó de la hierba junto al borde de la carretera. Casualmente estaba mirando en la dirección correcta, casualmente lo vio venir en un momento de helada hiperclaridad: aquel pequeño, incongruente objeto que con toda probabilidad era la última cosa que jamás vería. Era circular, de color caqui, y volaba sobre una rueda con alas. Sobrevoló a una altura aproximada de un metro ochenta, al nivel de la cabeza de Bob. Este lo miró, ojo contra ojo, asumiendo que aquellas pequeñas mellas o muescas eran su equivalente a unos ojos. Lo reconoció como equipamiento militar, aunque no se parecía a nada con lo que se hubiera encontrado en sus fines de semana como reservista. Ni siquiera pensó en huir de aquello. Uno no huye de esas cosas. Se puso rígido y comenzó, aunque no tuvo tiempo de acabarlo, el acto de cerrar los ojos. Sintió el golpe de la nieve contra su piel. Después un breve y abrumador peso sobre su pecho, y después nada en absoluto.


    Aquel acto final de prohibición sangrienta fue más que suficiente para la multitud. Vieron a aquel hombre muerto desplomarse contra el suelo, si uno podía llamar hombre a aquel manojo de carne sangrante sin cabeza. Después gritos, después lágrimas; después puertas de coches cerrándose de golpe y niños cogiendo sus bicis y preparándose para un viaje de pánico de vuelta a casa, a través de la nieve del anochecer, hacia las luces de Blind Lake.

    Una vez que los espectadores se hubieran marchado, fue más fácil para Shulgin el organizar a sus agentes de seguridad. No estaban entrenados para nada así. La mayoría eran guardias nocturnos contratados para mantener a los borrachos y a los niños alejados de los lugares delicados. Algunos eran veteranos retirados; la mayoría no tenía experiencia militar. Y, siendo honestos, pensó Ray, no había mucho que pudieran hacer allí, únicamente establecer un cordón móvil de seguridad alrededor del lento camión y evitar que los pocos civiles que quedaban se cruzaran en su camino. Pero hicieron un buen trabajo.

    En quince minutos después de lo sucedido más allá de la verja, el camión negro de transporte se detuvo dentro del perímetro de Blind Lake.


    —Es un vehículo de entrega —le dijo Elaine a Chris—, está diseñado para dejar una carga y volver a casa. ¿Lo ves? La cabina se está desenganchando del remolque.

    Chris observó la operación casi con indiferencia. Era como si el ataque al automóvil que huía le hubiera quemado los ojos. Allá fuera en la oscuridad, el fuego ya había sido reducido a rescoldos en la nieve húmeda. Una pareja había perdido la vida allí, y habían muerto, o eso le parecía a Chris, para enviar un mensaje a Blind Lake de la forma más categórica posible. «No podéis pasar. Vuestra comunidad se ha convertido en una cárcel».

    La cabina del camión giró en dirección opuesta, apartándose con su coraza blindada del contenedor convencional de aluminio que había escudado en su interior. La cabina continuó moviéndose, más rápidamente que como había llegado, de vuelta a través del acceso abierto a lo largo de la carretera hacia Constance. Cuando llegó hasta los restos humeantes del automóvil los empujó fuera de su camino, a un lado de la carretera, como basura inútil.

    La puerta de la verja comenzó a cerrarse.

    Tan suave como la seda, pensó Chris. Excepto por las muertes.

    La carga del contenedor quedaba detrás. El destacamento de seguridad se apresuró a rodearlo, aunque no es que nadie estuviera demasiado ansioso por acercarse.

    Chris y Elaine retrocedieron buscando una panorámica mejor. Ray Scutter y el hombre que Elaine había identificado como el jefe de seguridad de Blind Lake sostenían un diálogo. Al final el hombre de seguridad atravesó el cordón y tiró de la barra de la puerta con decisión. Las puertas del contenedor se abrieron de par en par.

    Media docena de sus hombres iluminó el interior con sus linternas. El contenedor estaba repleto hasta arriba de cajas de cartón. Chris pudo leer algo de lo que venía escrito en sus laterales.

    «Kellogg’s». «Granja Seabury». «Productos Lombardi».

    —¡Comida! —dijo Elaine.

    Vamos a estar aquí durante un tiempo, pensó Chris.



    SEGUNDA PARTE
    Espejos pulidos de mercurio flotante


    "Con una inteligencia de un grado tan enormemente vasto comparada con la del hombre, los decápodos eran incapaces de concebir el hecho de que el hombre terrestre era una entidad pensante. Posiblemente, para ellos el hombre no era más que un nuevo tipo de animal; sus edificios y su industria no les habrían impresionado más de lo que la vida comunitaria de una hormiga impresiona al hombre medio, aparte de su asombro ante las analogías que esa forma de vida guarda con la suya".
    —Leslie Frances Stone,
    Los cachorros humanos de Marte, 1936



    10


    —¿Chris Carmody? ¿Qué ha hecho, venir andando hasta aquí? Sacúdase esa nieve de encima y entre. Soy Charlie Grogan.

    Charlie Grogan, ingeniero jefe en el Paseo Globo Ocular, era un hombre grande, más robusto que gordo, y extendió su mano de buey hacia Chris para saludarlo. La cabeza llena de cabello, con canas en las sienes. Seguro de sí mismo, pero no agresivo.

    —En realidad sí —dijo Chris—, he venido andando hasta aquí.
    —¿No tiene coche?

    No tenía coche, y había ido a Blind Lake sin ropa de invierno. Incluso su chaqueta sin forro era prestada. La nieve tendía a meterse por dentro del cuello del abrigo.

    —Cuando trabajas en un edificio sin ventanas —dijo Grogan— aprendes a identificar pistas del tiempo que hace en el exterior. ¿Todavía estamos en este lado de la ventisca?
    —Se nos está echando bastante encima.
    —Oh-oh. Bueno, usted sabe, diciembre, uno tiene que esperar un poco de nieve en esta parte del país. Tuvimos suerte de pasar el Día de Acción de Gracias con tan solo unos pocos centímetros. Cuelgue allí su abrigo. Quítese también los zapatos. Aquí tenemos esas pequeñas zapatillas de goma, coja un par del estante. Esa cosa que lleva, ¿es una grabadora?
    —Sí, así es.
    —¿Entonces la entrevista ya ha empezado?
    —A no ser que me diga que la apague.
    —No, supongo que para eso es para lo que estamos aquí. Temí que quisiera hablar de la cuarentena. No sé más que cualquier otro. Pero Ari Weingart me dice que usted está trabajando en un libro.
    —Un artículo extenso para una revista. Quizás un libro. Depende.
    —¿Depende de si alguna vez nos van a volver a dejar salir de aquí?
    —De eso y de si todavía hay un público para leerlo.
    —Es como jugar a las películas, ¿no? Fingir que todavía vivimos en un mundo cuerdo. Fingir que tenemos trabajos útiles que desempeñar.
    —Llámelo un acto de fe —dijo Chris.
    —Lo que estoy preparado para hacer, mi acto de fe, supongo, es hacerle un pequeño tourpor el Paseo y hablarle de su historia. ¿Es eso lo que quiere?
    —Eso es lo que quiero, señor Grogan.
    —Llámeme Charlie. Ya ha escrito un libro, ¿no es así?
    —Sí, así es.
    —Sí, he oído hablar de ello. Un libro sobre Ted Galliano, aquel biólogo. Hay gente que dice que fue una especie de asesinato.
    —¿Lo ha leído?
    —No, y no se ofenda, pero no quiero hacerlo. Me presentaron a Galliano en una conferencia sobre computación biocuántica. Quizás fuera un genio con los antivirales, pero también era un gilipollas. A veces, cuando la gente se hace famosa, también se comporta un poco como si estuviera encantada de haberse conocido. No estaba contento a no ser que hablara con los medios o con grandes inversores.
    —Creo que necesitaba sentirse como un héroe, ya lo mereciera o no. Pero no he venido aquí para hablar de Galliano.
    —Tan solo quería aclarar las cosas. No es que no quiera leer el libro por usted. Si Galliano decidió tirarse de aquel acantilado con su moto seguramente no fue por su culpa.
    —Gracias. ¿Qué tal si empezamos el tour?


    El Paseo Globo Ocular era una réplica de la instalación de Crossbank, que Chris ya había visitado también. Al menos la estructura era idéntica. Las diferencias estaban en los detalles: nombres en las puertas, el color de las paredes. Se había instalado hacía poco algo de decoración poco entusiasta de motivos navideños, un festín de crespones verdes y rojos a la entrada de la cafetería, una guirnalda de papel y menorah en la biblioteca del personal.

    Charlie Grogan llevaba unas gafas que le mostraban cosas que Chris no podía ver, como pequeños marcadores locales que le decían quién estaba en qué despacho, y cuando pasaron junto a una puerta donde ponía «ENDOESTÁTICA» Charlie tuvo una breve conversación (a través del micrófono de la garganta) con la persona que estaba dentro.

    —Eh, qué tal, Ellie… Dándole duro… No, Boomer está bien, gracias por preguntar…
    —¿Boomer? —preguntó Chris.
    —Mi sabueso —dijo Charlie—. Boomer ya está entrado en años.

    Se montaron en un ascensor y bajaron varias plantas, hasta el ambiente controlado del corazón del Paseo.

    —Nos pondremos los trajes y a los tanques —dijo Charlie, pero cuando se acercaron a una gran puerta con un letrero donde se leía «EQUIPO ESTERILIZADO» vieron una pequeña luz roja parpadeando encima del quicio.
    —Mantenimiento fuera de programación —explicó Charlie—. Nada de turistas ¿Está preparado para esperar una hora o dos?
    —Si podemos hablar…

    Chris siguió al ingeniero jefe de vuelta a la cafetería. Charlie no había comido; ni, por cierto, tampoco Chris. La comida era la misma que servían en el centro de ocio, el mismo arroz chino prefabricado y pollo al curry, y sandwiches entregados por el mismo camión negro semanal. El ingeniero cogió una cuña de jamón con centeno. Chris, todavía con frío a causa de su caminata hasta el Paseo, se decidió por la comida caliente. El aire en la cafetería era satisfactoriamente cálido y el olor de la cocina era rico y tranquilizador.

    —Llevo bastante tiempo en este negocio —dijo Charlie—. No es que haya muchos novatos en Blind Lake, aparte de los estudiantes licenciados que van rotando por aquí. ¿Le contó Ari que estuve en el laboratorio de Berkeley con el doctor Gupta?

    Tommy Gupta había realizado un trabajo pionero en arquitectura de redes neuronales autoevolutivas y en interfaces cuánticas.

    —Entonces usted debería ser tan solo un estudiante.
    —Sí. Gracias por darse cuenta. Aquello era de cuando utilizábamos chips Butov para elementos lógicos. Tiempos interesantes, aunque nadie sabía exactamente lo interesantes que se iban a poner.
    —La aplicación astronómica —dijo Chris—, ¿también estaba metido?
    —Un poco. Pero todo aquello resultó algo inesperado, por supuesto.

    A decir verdad, Chris no necesitaba aquella charla introductoria. La historia era familiar, y todo periodista de astronomía general y ciencia popular de los últimos años había escrito alguna versión de la historia. Realmente, pensó, tan solo era el capítulo más reciente de la larga ambición de humana de ver lo que no se podía ver, embellecido con tecnología del siglo XXI. Había comenzado cuando la primera generación de observatorios de planetas de la NASA, los llamados Buscadores de Planetas Terrestres, identificaron tres planetas que podrían asemejarse en condiciones a la Tierra, orbitando cerca de estrellas parecidas al sol. Los BPT crecieron los Interferómetros de Alta Definición, que a su vez dieron paso al más ambicioso de todos los proyectos interferométricos ópticos, la serie Galileo, seis pequeñas pero complejas dotaciones de autómatas espaciales que operaban más allá de la órbita de Júpiter, enlazadas para crear un telescopio virtual con un inmenso poder de resolución. La serie Galileo, se dijo con el tiempo, podría hacer mapas de la forma de los continentes de mundos situados a cientos de años luz de distancia.

    Y funcionó. Durante un tiempo. Después, la telemetría del Galileo comenzó a deteriorarse. La señal comenzó a perderse lenta pero inexorablemente en un período de meses. Después de un estudio intensivo, la NASA pudo localizar la fuente del fallo en unas pocas líneas erróneas en un código tan profundamente vinculado al funcionamiento del Galileo que no podía escribirse de nuevo. Aquel era un riesgo que la NASA había asumido desde el principio. El Galileo era por un lado muy complejo y por otro radicalmente inaccesible. No podía ser reparado in situ. Un triunfo tecnológico estaba a punto de convertirse en una broma incalculablemente cara.

    —La NASA no tenía en aquel entonces un procesador O/CBE —dijo Charlie—, pero Gencorp les permitió utilizar el suyo.
    —¿Trabajaba usted en Gencorp?
    —Mantenía su hardware, sí. Gencorp estaba obteniendo buenos resultados haciendo proteinómicos. Se podía hacer lo mismo con una serie cuántica estándar, claro. Los ingenieros tendían a pensar que el O/CBE era innecesariamente complicado e impredecible, un fantástico talón de Aquiles, como una aspiradora con apéndice, decía la gente. Pero uno no puede discutir sus resultados. Gencorp obtuvo resultados mucho más rápidamente con una máquina O/CBE que lo que el Instituto Tecnológico de Massachussets podía conseguir utilizando tecnología BEC. Resultados mágicos.
    —¿Mágicos?
    —Inesperados. Contraintuitivos. Cualquiera que trabaje con programas autoadaptativos le dirá que no es como manejar un BEC, y que un BEC ya puede ser bastante extraño de por sí. Lo que yo no puedo decir, porque se supone que estoy en el nivel directivo y soy un tipo de persona que se guía por los hechos, es que un O/CBE simplemente… piensa de forma extraña. Pero es una explicación tan buena como otra cualquiera, porque nadie sabe realmente por qué un procesador CBE con una arquitectura orgánica abierta puede superar el funcionamiento de un procesador CBE. Es el puto fantasma de la máquina, perdón por mi francés. Y lo que nosotros hacemos en el agujero no son amperios y voltios sin más. Estamos atendiendo a algo que está muy cerca de estar vivo. Tiene sus días buenos y sus días malos…

    Charlie se detuvo, como si se diera cuenta de que había sobrepasado los límites concedidos a la ingeniería. No quiere que escriba sobre esto, pensó Chris.

    —¿De modo que usted fue a la NASA con el procesador O/CBE?
    —La NASA acabó por comprar unos pocos cilindros a Gencorp. Era parte del paquete. Pero esa es otra historia. Vea, básicamente, el problema era este: conforme la señal de Galileo se hacía más débil, cada vez era más difícil separar la señal propiamente del ruido. Nuestro trabajo era extraer la señal, buscarla, separarla del resto de la basura de ondas de radio que el universo va vomitando. La gente me pregunta: «¿y cómo lo hicisteis?». Y yo tengo que contestarles: no lo hicimos, nadie lo hizo, tan solo dejamos el problema en manos del O/CBE y le dejamos generar respuestas provisionales y esperar a que alguna diera resultado. Cientos de miles de pruebas por segundo, como una especie invisible de ley evolutiva de Darwin, la supervivencia de los mejor adaptados, donde la definición de «mejor adaptados» significa éxito en extraer la señal de una base con ruido. Código que escribe código que escribe código, y código que se marchita y muere. Más códigos que todas las personas que han vivido jamás en toda la Tierra, casi más códigos que vida sobre la Tierra. Números que se van haciendo tan complejos como el ADN. La belleza radica en su imprevisibilidad. ¿Lo entiende?
    —Creo que sí —dijo Chris. Le gustaba la elocuencia de Charlie. A él siempre le gustaba que sus entrevistados mostraran signos de pasión.
    —Quiero decir, hicimos algo que era hermoso y misterioso. Muy hermoso. Muy misterioso.
    —Y funcionó —apuntó Chris—. Señales sin ruido de fondo.
    —Todo el mundo sabe que funcionó. Por supuesto, nosotros mismos no estábamos convencidos del todo, ni siquiera cuando estaba sucediendo. Tuvimos unos pocos de los que llamamos episodios de umbral. Casi lo llegamos a perder todo. Logramos una imagen muy clara, luego comenzamos a perderla, casi píxel a píxel. Aquello era el ruido que se sobreponía. Perdimos inteligibilidad. Pero en cada ocasión, el O/CBE logró salvar la situación. Sin nuestra intervención, ya sabe. Yo dirigía a los chalados de las matemáticas, porque hay obviamente un nivel en el que uno ya simplemente no puede extraer una señal que tenga sentido, cuando se ha perdido demasiado, pero las máquinas seguían apartando el ruido, conejo fuera del sombrero, presto. Hasta que un buen día…
    —¿Hasta que un buen día?
    —Hasta que un buen día un hombre trajeado entró en el laboratorio y dijo: «Chicos, tenemos confirmación de arriba, todas las terminales de Galileo han dejado de golpe de enviar señales, se han venido abajo, podéis preparar las maletas porque se cierra el chiringuito». Y mi jefa en aquel entonces, Kelly Fletcher, que ahora trabaja en Crossbank, se giró dando la espalda al monitor y dijo: «Bueno, puede ser, pero el caso es que todavía estamos procesando datos».

    Charlie acabó su sandwich, se limpió la boca con una servilleta, apartó la silla de la mesa.

    —Probablemente ahora ya podremos entrar en los tanques.


    En Crossbank, Chris había hecho una visita guiada a los O/CBE desde el nivel de la galería. Pero no le habían invitado a las zonas de trabajo.

    El traje esterilizado era cómodo y versátil (se le inyectaba aire fresco, tenía un amplio visor transparente), pero se sentía un poco claustrofóbico dentro de él. Charlie lo condujo a través de una puerta de acceso hasta la silenciosa cámara de ambiente misterioso del O/CBE. Los tanques eran cilindros de esmalte blanco, cada uno de ellos del tamaño de un camión pequeño. Estaban suspendidos en plataformas de aislamiento que filtraban cualquier vibración del suelo de la intensidad de un terremoto. Extrañas y delicadas máquinas.

    —Podría acabar en cualquier momento —murmuró Chris.
    —¿Qué quiere decir?
    —Es algo que me contó un ingeniero en Crossbank. Me dijo que le gustaban las prisas, trabajar en un proceso que podría acabar en cualquier momento.
    —Eso es una parte importante, seguro. Estas tecnologías son de un orden totalmente nuevo. —Pasó la pierna por encima de un montón de cables aislantes de teflón—. Estas máquinas están mirando planetas, pero diez años después de la primera conexión de la NASA todavía no sabemos cómo lo están haciendo.

    O si lo están haciendo, pensó Chris. Había un buen número de escépticos que no creían que hubiera información real detrás de aquellas imágenes: que los O/CBE estaban simplemente… bueno, soñando.

    —De modo que —dijo Charlie— estamos llevando a cabo dos proyectos de investigación a la vez: tipos en el Plaza intentando ordenar los datos, y gente aquí intentando formarse la idea de cómo obtenemos los datos. Pero no podemos observar con demasiado rigor. No podemos desmontar los O/CBE ni aplicarles rayos X o algo así de agresivo. Si lo mides, lo estropeas. Blind Lake no duplicó sin más las instalaciones de Crossbank: tuvimos que conducir nuestras máquinas a través del mismo proceso, a excepción de que aquí utilizamos los viejos interferómetros de alta definición en lugar de la serie Galileo. Fuimos bajando la intensidad de la señal a propósito hasta que las máquinas aprendieron el truco, cualquiera que este sea. Tan solo hay dos instalaciones como esta en el mundo, y los esfuerzos por crear una tercera han sido consistentemente infructuosos. Estamos haciendo equilibrios sobre la cabeza de un alfiler. Eso es de lo que hablaba el tipo de Crossbank. Algo absolutamente extraño y maravilloso está sucediendo aquí, y no lo comprendemos. Todo lo que podemos hacer es cuidarlo y esperar que no se canse y se desconecte. Podría acabar en cualquier momento. Claro que podría. Y por cualquier motivo.

    Caminó con Chris, dejando atrás el último de los tanques de O/CBE, a través de una serie de salas hasta una habitación donde se quitaron los trajes esterilizados.

    —Lo que tiene que recordar —le dijo Charlie— es que no diseñamos estas máquinas para que hicieran lo que hacen. No hay un proceso lineal, no hay un A luego un B y después un C. Simplemente lo pusimos en marcha, y lo que sucedió después fue un acto de Dios.

    Se quitó el traje esterilizado sin dificultad y lo dejó en un montón de ropa para lavar.

    Charlie lo condujo a través del sector más atareado del Paseo, dos gigantescas cámaras con las paredes prácticamente embaldosadas de monitores de video, habitaciones llenas de hombres y mujeres atentos revoloteando sobre pantallas cambiantes de ordenadores. A Chris le recordó las instalaciones de la NASA en Houston.

    —Se parece a la sala de control de una misión espacial.
    —Por una buena razón —dijo Charlie—, la NASA solía controlar la serie Galileo con interfaces como estas. Cuando los problemas se hicieron imposibles de manejar trasladaron su material a los O/CBE. Aquí es donde nos comunicamos con los tanques en materia de alineamiento, profundidad de campo, factores de enfoque y cosas de ese tipo.
    —Trabajando hasta el más mínimo detalle. Un monitor en la pared más alejada mostraba un video. Villa langosta. Excepto que Elaine tenía razón. Era un nombre que no le hacía ninguna justicia. Los aborígenes no se parecían ni remotamente a una langosta, excepto quizás por la textura rugosa de su piel. De hecho, Chris a menudo había pensado que había algo más de bovino en ellos, algo sobre su lentitud de movimientos de aire indiferente, aquellos grandes ojos blancos.

    El Sujeto estaba en un cónclave de comida, bien metido en un pozo de comida débilmente iluminado. Había musgo y vainas vegetales por todas partes, y criaturas parecidas a gusanos arrastrándose a través de los húmedos desperdicios. Observar comer a aquellas criaturas, pensó Chris, era una forma genial de perder el apetito. Se volvió a Charlie Grogan.

    —Sí —dijo Charlie—, podría acabar en cualquier momento, esa es la verdad. ¿Ustedes están en el centro de ocio, me dice Ari?
    —Por ahora, en cualquier caso.
    —¿Quiere que lo lleve de vuelta? Básicamente ya he acabado aquí por hoy.

    Chris miró su reloj. Casi las cinco.

    —Parece mejor que caminar.
    —Si damos por hecho que han despejado la carretera de nieve.


    Habían caído sus buenos cinco centímetros de nieve mientras Chris estuvo dentro del Paseo, y el viento había arreciado. Chris se encogió por el frío tan pronto salió al exterior. Había nacido y se había criado en el sur de California, y a pesar de todo el tiempo que había pasado en el este, aquellos duros inviernos todavía le afectaban. No era mal tiempo sin más, era un tiempo que te podía matar. Caminar en la dirección equivocada, perderse, morir de hipotermia antes del amanecer.

    —Es malo este año —admitió Charlie—. La gente dice que son los casquetes de hielo que se están reduciendo, toda esa agua helada que fluye por el Pacífico. Tenemos todos esos frentes canadienses supercargados pasándose por aquí. Se irá acostumbrando después de un tiempo.

    Quizás sea así, pensó Chris. De la misma forma en la que uno se acostumbra a vivir sitiado.

    El coche de Charlie Grogan estaba estacionado en la planta más alta del aparcamiento, conectado a una toma de electricidad. Chris se deslizó con satisfacción en el asiento del pasajero. Era el coche de un soltero: el asiento trasero estaba lleno de revistas de crucigramas y juguetes para perros. En cuanto Charlie salió de la plaza de aparcamiento, los neumáticos resbalaron sobre la nieve condensada y la parte trasera del coche fue oscilando de un lado a otro hasta que finalmente se agarró al asfalto. Unas columnas de una luz áspera de sulfuro señalaban el camino hasta la carretera principal, centinelas abrigados en vórtices de nieve.

    —Podría acabar en cualquier momento —dijo Chris—. Igual que la cuarentena. Podría acabar. Pero no lo hace.
    —¿Ya ha apagado aquella grabadora?
    —Sí. Quiere decir, ¿esto es para grabar? No. Es conversación.
    —Viniendo de un periodista…
    —No trabajo para los periódicos. Sinceramente, tan solo estaba pensando en voz alta. Podemos seguir hablando del tiempo si quiere.
    —No pretendía faltarle al respeto.
    —No lo ha hecho.
    —El asunto Galliano acabó quemándolo, ¿eh? —Ahora, ¿quién estaba avasallando a quién? Pero sentía que le debía una respuesta sincera a aquel hombre—. No sé si se pueden decir esas cosas o no. Supongo que si uno cuenta los aspectos negativos de un héroe nacional, se expone a ciertos riesgos.
    —Yo no pretendía empañar su reputación. Mucho de todo aquello se lo merecía. —Ted Galliano había saltado a la fama nacional hacía veinte años al patentar una familia de medicinas antivirales de amplio espectro. También había hecho una fortuna fundando un trust farmacéutico de próxima generación para explotar aquellas patentes. Galliano era el prototipo del científico-empresario del siglo XXI, como Edison o Marconi en el XIX, también productos a su vez del ambiente comercial de su época, también brillantes. Como Edison o Marconi, se había convertido en un héroe público. Se había rodeado de los mejores expertos en genomas y proteínas. Una persona que naciera aquel día en la Commonwealth Continental tenía una esperanza de vida de cien años o más, y parte de ello se debía en no poca medida a las medicinas antivirales y antigeriátricas de Galliano.

    Lo que Chris había descubierto era que Galliano fue un cruel hombre de negocios y en ocasiones falto de escrúpulos, como lo había sido Edison. Había creado un grupo de presión en Washington para extender la protección de sus patentes; había expulsado fuera del mercado a competidores o los había absorbido a través de fusiones dudosas y sistemas de influencia; peor aún, Chris había encontrado fuentes que aseguraban que Galliano había estado implicado en evidentes manipulaciones ilegales de existencias. Su último gran esfuerzo comercial había sido una vacuna genómica contra la placa arteriosclerótica para nada perfecta y muy discutida, y su prospecto, sin embargo muy inflado, había hecho que Galtech almacenara existencias hasta un nivel enorme. Al final la burbuja había explotado, pero no antes de que Galliano y sus amigos se llevaran su buen montón de dinero.

    —¿Pudo probar algo de aquello?
    —Hasta los últimos detalles, no. En cualquier caso, nunca pensé en aquello como una biografía escandalosa. Él era un científico brillante. Cuando el libro salió a la venta tuvo una buena reacción inicial, parte de ella motivada por la envidia (la gente rica tiene enemigos), pero de forma contenida. Después Galliano sufrió su accidente, o se suicidó, dependiendo de a quién haga caso, y su familia redactó una nota pública en contra del libro. «Prensa amarilla empuja a benefactor hacia su muerte». También es una bonita historia.
    —Estuvo en los tribunales ¿No es cierto?
    —Testifiqué en una comisión del Congreso.
    —Creo que leí algo de eso.
    —Me amenazaron con meterme en prisión por desacato. Por no revelar mis fuentes. Algo que no habría servido de nada, en cualquier caso. Mis fuentes eran todas figuras públicas bien conocidas, y en la época del interrogatorio todos habían hecho declaraciones a favor de la postura de Galliano. Para entonces, para la opinión pública, Galliano era un santo muerto. Nadie quiere hacer una autopsia a un santo muerto.
    —Mala suerte —dijo Charlie—. O mala planificación.

    Chris vio las cascadas de nieve a través de la ventanilla de pasajeros. Nieve atrapada en la carrocería de los coches, nieve apilándose detrás de los retrovisores.

    —O mal juicio. Me lancé contra uno de los más grandes molinos de viento del planeta. Fui muy ingenuo, no sabía cómo funcionaban las cosas.
    —Aja. —Charlie condujo en silencio durante un tiempo—. Esta vez tiene una buena, sin embargo. La historia de la cuarentena de Blind Lake contada desde dentro.
    —Dando por supuesto que alguno de nosotros va a salir de aquí alguna vez para contarla.
    —¿Quiere que le deje enfrente del centro de ocio?
    —Si no le aparta demasiado de su camino…
    —No tengo prisa. Aunque Boomer probablemente tenga hambre. Creía que a todos los que no tenían un alojamiento de verdad les habían conseguido sitio en casas de la ciudad.
    —Estoy en lista de espera. De hecho, tengo una entrevista mañana.
    —¿Con quién le ha tocado?
    —Un tal doctor Hauser.
    —¿Marguerite Hauser? —Charlie sonrió de forma inescrutable—. Deben de estar poniendo juntos a todos los parias en un mismo lugar.
    —¿Parias?
    —Nada, olvídelo. No debería hablar del politiqueo del Plaza. Eh, Chris, ¿sabes lo bueno que tiene Boomer, mi perro?
    —¿El qué?
    —No tiene ni idea de la cuarentena. No sabe nada y no le importa, siempre y cuando tenga su comida a la hora en punto.

    Afortunado Boomer, pensó Chris.


    11


    Tess se levantó a las siete, a la hora normal en la que se levantaba por la mañana los días de colegio, pero antes incluso de abrir los ojos ya sabía que aquel día no habría clase.

    Había llovido durante todo el día anterior y toda la noche. Y entonces, aquella mañana, incluso sin abrir las cortinas decoradas con motivos infantiles que tenía en la ventana de su dormitorio, pudo oír la nieve. La oía cayendo sobre el cristal, un sonido tan suave y débil como los susurros de los ratones, y oía también el silencio que la rodeaba. Nada de palas limpiando carreteras, nada de coches forzando sus ruedas, tan solo una nada vacía y blanca. Lo que significaba una gran nevada.

    Escuchó a su madre haciendo ruido en la cocina escaleras abajo, murmurando para sí misma. No había prisa allí tampoco. Si Tess se volvía a dormir su madre probablemente la dejaría quedarse en la cama hasta más tarde. Era como una mañana de fin de semana, pensó Tess. Nada de levantarse de golpe, sino dejar fluir el mundo lentamente. Poco a poco abrió los ojos. La luz del día en su cuarto era tenue, casi líquida.

    Se sentó, bostezó, se puso bien el camisón. La alfombra estaba fría al contacto con su pie descalzo. Empujó la cama cerca de la ventana y descorrió la cortina. La ventana estaba toda blanca, opaca de blancura. La nieve se había amontonado de forma impresionante en el alféizar, y dentro la humedad se había condensado formando tracerías de escarcha. Tess extendió la mano inmediatamente, no para tocar la ventana helada sino para rozar el cristal con la palma de la mano y sentir su frío contra la piel. Era casi como si la ventana estuviera expirando frescor dentro de la habitación. Puso cuidado en no alterar las delicadas líneas de hielo, las huellas bidimensionales de los copos de nieve como mapas de ciudades mágicas. El hielo estaba en el lado interior de la ventana, no en el exterior. El invierno había atravesado el cristal con su mano derecha, pensó Tess. El invierno había alcanzado el interior de su dormitorio.

    Estuvo observando las formas de la escarcha durante bastante tiempo. Eran como palabras escritas que se negaban a revelar su significado. La última semana en clase, el señor Fleischer les había hablado sobre la simetría. Había hablado sobre los espejos y los copos de nieve. Había enseñado a la clase a doblar una hoja de papel y cortar patrones con tijeras. Y cuando abrías el papel, los cortes al azar se volvían preciosos. Se convertían en máscaras enigmáticas y en mariposas. Podías hacer lo mismo con pinturas. Manchar el papel de tinta, después doblarlo por la mitad mientras la tinta todavía estaba húmeda. Al abrirlo las manchas de tinta serían ojos o bocas o arcos o rayos de arco iris.

    Las formas de la escarcha sobre la ventana eran más como copos de nieve, como si uno no hubiera doblado el papel una vez, sino dos, tres, cuatro… Pero nadie había doblado el cristal. ¿Cómo sabía el hielo qué formas hacer? ¿Tenía el hielo espejos dentro de él?

    —¿Tess?

    Su madre, en la ventana.

    —Tess, son más de las nueve… Hoy no hay clase, pero ¿no te quieres levantar?

    ¿Más de las nueve? Miró al reloj de su mesilla de noche para confirmarlo. Nueve cero ocho. ¿Pero no eran las siete en punto hacía un momento?

    Se echó hacia delante impulsivamente y puso su mano sobre el cristal, dejando una huella que se iba desvaneciendo.

    —¡Voy!

    Su mano se enfrió al instante.

    —¿Cereales para desayunar?
    —¡Copos de avena!

    Casi había dicho «copos de nieve».


    En el desayuno, la madre de Tessa le recordó que iba a venir un huésped aquel día, «suponiendo que despejen las calles para el mediodía». Aquello agradó inmensamente a Tess. Su madre iba a trabajar en casa durante todo el día, lo que lo hacía más parecido aún a un fin de semana, excepto por la posibilidad de aquella nueva persona viniendo a la casa. Su madre le había explicado que algunos de los trabajadores de día estaban todavía durmiendo en el gimnasio del centro de ocio, que no era nada cómodo, y que le habían pedido a la gente con habitaciones libres que les ayudasen si podían. La madre de Tessa había sacado su equipo de hacer ejercicio, una cinta para correr y una bicicleta estática, de la pequeña habitación enmoquetada en el sótano junto al calefactor del agua. Ahora había allí una cama plegable. Tess se preguntó cómo sería tener a un extraño en el sótano. Compartir las comidas con un extraño.

    Después del desayuno, su madre subió escaleras arriba para trabajar en su despacho.

    —Sube y dime si necesitas lo que sea —le dijo.

    Tess había visto a su madre menos de lo normal en los últimos días. Algo estaba pasando en su trabajo, algo que tenía que ver con el Sujeto. El Sujeto se estaba comportando de manera extraña. Había gente que pensaba que estaba enfermo. Aquellas preocupaciones habían absorbido la atención de su madre.

    Tess, todavía en camisón, leyó durante un rato en el salón de estar. El libro se titulaba Más allá del cielo estrellado. Era un libro sobre estrellas para niños, sobre cómo se formaban, cómo las estrellas viejas creaban nuevas estrellas, cómo los planetas y la gente se formaban a partir de su polvo condensado. Cuando se le cansaron los ojos puso el libro boca abajo y observó a la nieve amontonarse contra el cristal de la puerta. El mediodía se iba acercando poco a poco, y el cielo todavía estaba oscuro. Podía haberse preparado un sandwich para comer, pero decidió que no tenía hambre. Subió las escaleras, se vistió y llamó a la puerta de su madre para decirle que se iba afuera durante un rato.

    —Te has abrochado mal los botones de la camisa —le dijo su madre, y salió al pasillo para abotonárselos bien. Le desordenó el pelo con la mano—. No te alejes mucho de casa.
    —No.
    —Y sacúdete las botas antes de entrar.
    —Sí.
    —Pantalones de nieve, no solo la chaqueta.

    Tess asintió con la cabeza.

    Estaba entusiasmada por salir fuera, aunque aquello significara luchar contra su traje de nieve en el pasillo, cálido y sudoroso. La nieve era tan profunda, tan prodigiosa, que sentía la necesidad de verla y sentirla desde más cerca. En una noche, pensó Tess, el mundo más allá de la puerta se había convertido en un sitio diferente y mucho más extraño. Terminó de atarse las botas y salió fuera. El aire no era tan frío como había esperado. Se sentía bien cuando llenaba profundamente sus pulmones de él y después lo dejaba salir de nuevo en bocanadas de humo. Pero la nieve que caía aquella mañana era diminuta y dura, para nada suave. Le mordía la piel de la cara.

    Hileras de casas de la ciudad se extendían a su izquierda y a su derecha. En la casa de enfrente, la señora Colangelo estaba despejando su acceso a la carretera. Tess fingió no verla, preocupada porque la señora Colangelo le pidiese ayuda. Pero la señora Colangelo no le prestó atención; parecía inmersa en su tarea, con la cara enrojecida y los ojos entrecerrados, como si la nieve fuera su propio enemigo personal. Nubes blancas saltaban de la hoja de su pala y se dispersaban en el viento.

    La nieve amontonada al lado del jardincillo exterior le llegaba a Tessa casi hasta los hombros. Soy pequeña, pensó. Su cabeza se alzaba sobre las dunas de nieve poco más de un metro, haciéndola sentirse no más alta que un perro. El punto de vista de un perro. Se contuvo las ganas de saltar y enterrarse en la blancura. Sabía que la nieve se le metería por el cuello del abrigo y tendría que volver dentro mucho antes.

    En lugar de eso caminó junto a la acera a grandes pasos, imitando a los astronautas en la Luna. Habían quitado la nieve de la carretera principal, aunque la recién caída ya formaba una fina sábana sobre el asfalto. Las palas habían apartado tanta nieve a los lados que no se podía ver más allá. El árbol del jardín estaba tan cargado que sus ramas se habían convertido en arcos de catedral. Tess pasó por debajo y se maravilló de estar en una especie de caverna nívea. Podía haber sido un escondrijo perfecto de no ser por el aire helado que se colaba en su traje invernal y le hacía temblar de frío.

    Estaba debajo del árbol cuando vio a un hombre caminando por la carretera (las aceras eran impracticables) hacia la casa.

    Tess adivinó enseguida que aquel era el huésped. No llevaba mucha ropa de abrigo. El hombre se detuvo para comprobar los semilegibles números cubiertos de nieve de las casas. Caminó hasta que estuvo frente a la casa de Tessa; después sacó las manos de los bolsillos, fue avanzando a duras penas entre los montículos de nieve y se dirigió a la puerta. Tess se acurrucó en la sombra del árbol para que no la pudiera ver. Para cuando llamó al timbre, el hombre tenía nieve hasta las rodillas de sus pantalones vaqueros.

    La madre de Tessa abrió la puerta. Le estrechó la mano al extraño. El hombre se sacudió la nieve y entró. La madre de Tessa se quedó durante un momento en la puerta, siguiendo con la mirada las huellas de las pisadas de su hija. Luego la localizó y le apuntó con la mano como si fuera una pistola. «Te tengo, vaquera», solía decirle en ocasiones como aquella. Aquella vez vocalizó las palabras sin hablar.

    Tess se quedó bajo el refugio del árbol durante un rato. Observó cómo la señora Colangelo acababa de retirar la nieve de su acceso a la carretera. Vio un par de coches bajar por la calle con cuidado, como tanteando la velocidad. Decidió que le gustaban los días nevados de invierno. Cada superficie, incluso la gran ventana de la fachada frontal de su casa, estaba opaca y de una textura más rugosa, nada reflectante. Y en aquella escasez de superficies reflectantes no tenía miedo de ver de repente a la Chica del Espejo.

    La Chica del Espejo a menudo posaba como un reflejo de Tess. Tess, sin saberlo, le devolvía la mirada a la Chica del Espejo desde el espejo del baño o del dormitorio, virtualmente indistinguible de su propio reflejo a excepción de los ojos, que eran inquisitivos, acuciantes y entrometidos. La Chica del Espejo hacía preguntas que nadie más podía oír. Preguntas tontas, a veces; en ocasiones preguntas adultas que Tess no sabía responder; a veces preguntas que la hacían sentirse inquieta e incómoda. Precisamente el día anterior la Chica del Espejo le había preguntado por qué las plantas del interior de la casa eran verdes y estaban vivas, mientras las de la calle eran marrones y no tenían hojas. («Porque es invierno», había dicho Tess, exasperada. «Vete. No creo en ti».)

    Pensar en la Chica del Espejo la ponía incómoda.

    Comenzó a volver a casa. El césped del jardín que daba a la calle estaba todavía repleto de zonas de nieve que nadie había pisado. Tess se detuvo y se quitó los guantes. Sus manos estaban ya frías, pero como se iba a meter en casa no le importaba. Las puso sobre la nieve impoluta, del color de una cuartilla en blanco. Las huellas de las manos quedaron impecablemente impresas, como imágenes en un espejo. Simétricas, pensó Tess.

    Cuando llegó hasta la puerta oyó voces que provenían de dentro. Voces en alto. La voz enfadada de su madre. Tess entró en casa sin hacer ruido. Cerró con cuidado la puerta a su espalda. Sus botas dejaron caer montoncitos de nieve helada sobre la alfombrilla de entrada. Su gorro de lana de repente le picaba y era incómodo. Se lo quitó y lo tiró al suelo.

    Su madre y el huésped estaban en la cocina, fuera de su vista. Tess escuchó cuidadosamente. El huésped estaba hablando.

    —Mire, si es un problema para usted…
    —Me crea un problema. —La voz de la madre de Tessa sonaba ultrajada y a la defensiva—. ¡Puto Ray…!
    —¿Ray? Lo siento… ¿Quién es Ray?
    —Mi ex.
    —¿Y qué tiene que ver con esto?
    —Ray Scutter. ¿El nombre le resulta familiar?
    —Obviamente, pero…
    —¿Cree que ha sido Ari Weingart el que lo ha enviado aquí?
    —Él me dio su nombre y su dirección.
    —Las intenciones de Ari son buenas, pero es la marioneta de Ray. Oh, joder. Lo siento. No, ya sé que no comprende lo que está ocurriendo…
    —Podría explicarse —dijo el huésped.

    Tess comprendió que su madre estaba hablando de su padre. Normalmente cuando eso ocurría no prestaba atención. Como cuando solían pelearse. Se lo sacaba de la cabeza. Pero aquella vez parecía interesante. Aquello tenía que ver con el huésped, que había adquirido un estatus intrigante simplemente por ser el objeto del enfado de su madre.

    —No es por usted —dijo la madre de Tessa—. Quiero decir, mire, lo siento, no le conozco de nada… Es tan solo que su nombre circula mucho por ahí.
    —Quizás debería irme.
    —A causa de su libro. Esa es la razón por la cual Ray lo ha enviado aquí. No es que yo tenga mucha credibilidad en Blind Lake ahora mismo, señor Carmody, y Ray está poniendo lo mejor de sí mismo para acabar con cualquier apoyo que tenga. Si circula la noticia de que usted está viviendo aquí, serviría para confirmar muchas ideas preconcebidas.
    —Sería poner juntos a todos los parias.
    —Más o menos. Bueno, es extraño. Comprenda, no es que lo odie ni nada, es tan solo…

    Tess se imaginó a su madre gesticulando con las manos como diciendo «bueno, ¿qué le vamos a hacer?».

    —Doctora Hauser…
    —Por favor, llámeme Marguerite.
    —Marguerite, todo lo que estoy buscando realmente es alojamiento. Hablaré con Ari y veré si me puede conseguir algo más.

    Hubo un largo momento de silencio que Tess asoció con la periódica infelicidad de su madre. Después ella continuó hablando.

    —¿Está durmiendo en el gimnasio?
    —Sí.
    —Aja. Bueno, siéntese. Al menos entrará un poco en calor. Prepararé algo de café, si quiere.

    El huésped vaciló.

    —Si no es mucha molestia…

    Ruido de las sillas de la cocina arrastradas por el suelo. Sin hacer ruido, Tess se sacó las botas y colgó su abrigo de nieve en el armario.

    —¿Tiene mucho equipaje? —preguntó la madre de Tessa.
    —Viajo sin mucho a cuestas.
    —Lo siento si he parecido hostil.
    —Estoy acostumbrado.
    —No he leído su libro. Pero una escucha cosas.
    —Seguro que escucha montones de cosas. Es la directora de Observación e Interpretación, ¿verdad?
    —Del comité interdepartamental.
    —¿Y qué es lo que hace Ray para fastidiarla?
    —Es una larga historia.
    —A veces las cosas no son como uno cree al principio.
    —No lo estoy juzgando, señor Carmody. De veras.
    —Y yo no estoy aquí para ponerla en una situación difícil.

    Otro silencio. Cucharas removiéndose en tazas. Después la madre de Tessa rompió el silencio.

    —Es un cuarto en el sótano. Nada maravilloso. Mejor que el gimnasio, sin embargo, supongo. Quizás se pueda quedar aquí mientras Ari le prepara otros posibles alojamientos.
    —¿Es una oferta genuina o una oferta por lástima?

    La madre de Tessa, que ya no estaba enfadada, se rió un poco.

    —Una oferta de culpabilidad, quizás. Pero sincera.

    Otro silencio.

    —Entonces acepto —dijo el extraño—. Gracias.

    Tess entró en la cocina para que la presentasen. Estaba secretamente emocionada. ¡Un huésped! Y uno que había escrito un libro. Era más de lo que había esperado.

    Tess le estrechó la mano al huésped, un hombre muy alto que tenía el pelo oscuro y rizado, y era serio y educado. El huésped se quedó tomando el café y charlando con la madre de Tessa hasta casi la puesta del sol, cuando se fue para recoger sus cosas.

    —Supongo que tenemos compañía al menos durante un tiempo —le dijo su madre—. No creo que el señor Carmody nos moleste mucho. Quizás no esté aquí durante demasiado tiempo, en cualquier caso.

    Tess dijo que le parecía bien.

    Jugó en su cuarto hasta la hora de la cena. La cena consistía en espagueti con salsa de tomate enlatada. El camión negro entregaba comida cada semana, y la comida se distribuía por raciones en el supermercado donde la gente compraba antes de la cuarentena. Eso significaba que uno no podía elegir lo que le gustaba. Todo el mundo tenía asignada la misma porción de frutas y verduras, tomate en lata y carne congelada.

    Pero a Tess no le importaba comer espagueti. Y había pan con mantequilla y queso, y después peras de postre.

    Después de la cena, el padre de Tessa llamó por teléfono. Desde la cuarentena era imposible telefonear o mandar correos electrónicos al exterior, pero todavía existía la comunicación básica a través de los servidores centrales de Blind Lake. Tess cogió la llamada en su propio teléfono, un teléfono de plástico de Mattel sin pantalla y sin mucha memoria. La voz de su padre en el teléfono de juguete sonaba pequeña y lejana. La primera cosa que le dijo fue:

    —¿Estás bien?

    Preguntaba lo mismo cada vez que llamaba. Tess respondió como siempre hacía.

    —Sí.
    —¿Estás segura, Tessa?
    —Sí.
    —¿Qué has hecho hoy?
    —Jugar —dijo ella.
    —¿En la nieve?
    —Sí.
    —¿Tuviste cuidado?
    —Sí —dijo Tess, aunque no sabía exactamente con qué había que tener cuidado.
    —Oí que hoy habéis tenido una visita.
    —El huésped —dijo Tess. Se preguntó cómo su padre se había enterado tan rápidamente.
    —Sí. ¿Qué te parece tener un huésped?
    —Bien. No lo sé.
    —¿Te cuida bien tu madre?

    Otra pregunta que le resultaba familiar.

    —Sí.
    —Eso espero. Ya sabes, si hay algún problema por ahí, solo tienes que llamarme. Puedo pasar a recogerte.
    —Lo sé.
    —En cualquier caso, la próxima semana vuelves a casa conmigo. ¿Puedes esperar otra semana?
    —Sí —dijo Tess.
    —¿Serás una niña buena hasta entonces?
    —Lo seré.
    —Llámame si hay algún problema con tu madre.
    —Lo haré.
    —Te quiero, Tessa.
    —Lo sé.

    Tess puso el teléfono rosa de nuevo en su bolsillo.


    El huésped volvió a la tarde-noche con una bolsa de lona. Dijo que ya había cenado. Se fue al sótano a trabajar un poco. Tess se fue a su cuarto.

    El intrincado hielo del alféizar se había derretido durante el día, pero se había vuelto a formar después de la puesta de sol, con nuevas y diferentes simetrías que crecían como un jardín oculto. Tess se imaginó carreteras de cristal, casas de cristal, y criaturas cristalinas viviendo en ellas: ciudades de hielo, mundos de hielo.

    Fuera, la nieve había dejado de caer y la temperatura había descendido. El cielo estaba muy despejado, y cuando frotó el hielo para quitarlo pudo ver muchas estrellas de invierno más allá del árbol de ramas caídas por la nieve y las torres del Hubble Plaza.


    12


    Chris había quedado con Elaine para cenar en el restaurante Sawyer, en la zona comercial. A pesar del racionamiento, Ari Weingart había presionado para mantener abiertos los restaurantes locales como lugares de encuentro, para sostener la moral de la población. Comidas calientes estrictamente al mediodía, tan solo sandwiches después de las tres de la tarde, nada de bebidas alcohólicas, nada de segundos platos, pero tampoco nada de cuentas: como nadie cobraba hubiera sido inútil intentar mantener la economía local sobre la base del dinero en metálico. Le habían dicho al personal que sus salarios les serían pagados en su totalidad cuando acabara la cuarentena, y a los clientes con cambio se les animaba a que dieran propina cuando lo consideran oportuno.

    Aquella tarde Chris y Elaine eran los únicos clientes. La nevada del día anterior había mantenido a la gente en casa. La única camarera que había aparecido era una adolescente que trabajaba a jornada partida, Laurel Brank, que se pasaba la mayor parte del tiempo en una esquina del cuarto leyendo La casa del horroren un lector de bolsillo y picando de una bolsa de Fritos.

    —He oído que te han buscado alojamiento —dijo Elaine.

    Un frente frío había seguido a la tormenta. El aire era limpio y amargo y el viento había arreciado, volviendo a extender la nieve del día anterior y haciendo vibrar las ventanas del restaurante.

    —Estoy metido en medio de algo que no acabo de comprender. Weingart me citó con una mujer que se llama Marguerite Hauser y que vive con su hija en una casa al oeste de la ciudad.
    —Conozco el nombre. Ha venido hace poco de Crossbank, dirige Observación e Interpretación. —Elaine había estado entrevistando a todos los altos cargos de Blind Lake. El tipo de entrevistas que Chris tendía a no poder conseguir, dada su reputación—. No he hablado con ella directamente, pero no parece tener muchos amigos.
    —¿Enemigos?
    —No exactamente enemigos. Es una recién llegada. Todavía es una especie de extraña. El problema con ella es…
    —Su ex-marido.
    —Eso es. Ray Scutter. Deduzco que fue un divorcio cáustico. Scutter ha estado hablando de ella a sus espaldas. Él no cree que esté cualificada para dirigir un departamento.
    —¿Crees que tiene razón?
    —No lo sé, pero su historial de trabajo es impecable. Ella nunca ha sido un gran talento como Ray y no tiene las mismas credenciales académicas, pero tampoco se ha equivocado tan espectacularmente como Ray. ¿Conoces el debate sobre inteligibilidad cultural?
    —Algunas personas creen que eventualmente comprenderemos Villa langosta. Otros no.
    —Si las langostas nos estuvieran observando a nosotros, ¿cuánto de lo que hacemos podrían ellos comprender? Los pesimistas dicen que nada, o muy poco. Quizás podrían llegar a entender nuestro sistema de intercambio económico y algo de nuestra biología y tecnología, pero ¿cómo podrían interpretar a Picasso, o el cristianismo, o la guerra de los Boer, o Los hermanos Karamazov, o incluso el contenido emocional de una sonrisa? Pensamos todas nuestras señales para otras personas, y nuestras señales están implicadas en todos los tipos de idiosincrasias humanas, desde nuestra fisiología externa hasta la estructura de nuestro cerebro. Esa es la razón por la cual para hablar de las langostas los investigadores utilizan nomenclaturas tan extrañas como compartición de comida, intercambio económico, construcción de símbolos… Es como los europeos del siglo XIX, cuando intentaban comprender los lazos de parentesco de los Kwakiutl sin aprender su idioma y sin ser capaces de comunicarse con ellos. Excepto que los europeos comparten impulsos y necesidades fundamentales con los indios, y nosotros no compartimos nada con las langostas.
    —¿De modo que intentarlo es inútil?
    —Un pesimista te diría que sí. Diría que recogiéramos información, la cotejáramos y aprendiéramos de ella, pero que nos olvidáramos de la idea de una comprensión última. Ray Scutter es una de estas personas. En una conferencia, una vez denominó a la idea de comprensión exocultural «un romántico espejismo comparable a la moda victoriana de contactar con los espíritus con tableros de ouija». Se ve a sí mismo como un materialista de pura cepa.
    —No todo el mundo en Blind Lake comparte ese punto de vista —dijo Chris.
    —Obviamente no. Existe otra escuela de pensamiento. De la cual la ex de Ray resulta ser uno de los miembros destacados.
    —Optimistas.
    —Podrías llamarlos así. Ellos argumentan que, aunque las langostas tienen formas psicológicas únicas en su comportamiento, son observables y pueden ser comprendidas. Una cultura es simplemente conducta aprendida modificada por la fisiología y el entorno. Se puede aprender, y por lo tanto es comprensible. Esta corriente piensa que si conocemos lo suficiente sobre la vida diaria de las langostas, la comprensión vendrá después inevitablemente. Defienden que todas las criaturas vivas comparten ciertas metas comunes, como la necesidad de reproducirse, la necesidad de alimentarse y de defecar, etcétera, y que ese es un espacio común suficiente como para pensar en las langostas como primos lejanos, antes que como formas de vida desconocida.
    —Interesante. ¿Tú qué piensas?
    —¿Qué pienso yo? —Elaine pareció asustarse por la pregunta—. Yo soy agnóstica. —Inclinó la cabeza—. Digamos que es 1944. Digamos que un extraterrestre está observando la Tierra, y supongamos que casualmente comienza por estudiar un campo de exterminio en Polonia. Observa cómo los nazis arrancan los dientes de oro de los judíos muertos, y se pregunta: ¿esto es conducta económica, o es parte de la cadena alimenticia, o qué? Trata de verle el sentido, pero nunca va a poder. Nunca. Porque algunas cosas simplemente no tienen sentido. Algunas cosas no tienen ningún puto sentido.
    —¿Es eso lo que hay entre Ray y Marguerite? ¿Un debate filosófico?
    —Es mucho más que meramente filosófico, al menos tal y como va la vida política de Blind Lake. Se crean y se destruyen carreras. El enorme interés que suscitó UMa47vino dado por el descubrimiento de una cultura viva e inteligente, y allí es donde se concentra la mayor parte del tiempo y se prodiga la atención. Pero si la cultura de las langostas es estática y al final incomprensible, quizás eso sea un error. Hay planetólogos que mejor deberían estudiar la geología y el clima del planeta, hay incluso exozoólogos a los que les gustaría observar otras formas de vida. Estamos ignorando mucho a fin de observar a esos bichos. Los otros cinco planetas del sistema, por ejemplo. Ninguno de ellos es habitable, pero todos son novedosos. Los astrónomos y cosmólogos han estado demandando una diversificación desde hace años.
    —¿Quieres decir que Marguerite está en una posición minoritaria?
    —No… La pluralidad de opinión ha formado parte intrínseca del estudio de Villa langosta, al menos hasta el momento, pero el apoyo ya no es tan fuerte como solía serlo. Lo que Ray Scutter ha estado haciendo es intentar debilitar el apoyo a través de la diversificación. A él no le gusta estar limitado a un único sujeto, que ha sido la política de Marguerite.
    —Ese es el quid de toda la cuestión, ¿no? Desde el bloqueo, quiero decir.
    —Tan solo ha asumido una forma diferente. Algunas personas están empezando a proponer que se desconecte el Ojo.
    —Si lo desconectas, no hay ninguna garantía de que vaya a funcionar de nuevo. Incluso Ray debe de saber eso.
    —Por ahora tan solo son rumores. Pero la lógica es: estamos en un bloqueo a causa del Ojo, a causa de que alguien tiene miedo de lo que vayamos a ver. Desconecta el Ojo y el problema desaparece.
    —Si la gente del exterior quisiera que lo desconectáramos, habrían podido acabar con el suministro de energía. Con tan solo una llamada a Minnesota Edison.
    —Quizás quieren que sigamos corriendo para ver qué pasa. No sabemos la lógica de esto. El argumento dice que quizás seamos conejillos de indias. Quizás deberíamos apagar el interruptor del Ojo y ver si eso abre la celda.
    —Sería una pérdida increíble para la ciencia.
    —Pero a los trabajadores diurnos y el personal civil no tiene necesariamente por qué importarles. Ellos solo quieren ver a sus hijos o a sus parientes moribundos o a sus queridas. Incluso entre el personal investigador, algunas personas están comenzando a hablar de «opciones».
    —¿Incluido Ray?
    —Ray se guarda sus opiniones para sí mismo. Pero él fue un converso tardío a la causa de la Astrobiología. Ray creía en un universo estéril e inhabitable. Se arrimó al sol que más calentaba cuando tenía sentido para promocionar su carrera, pero sospecho que a una parte de él le disgusta toda este jaleo orgánico. De acuerdo con mis fuentes, no ha movido un solo dedo para que no se desconecte el Ojo. Pero tampoco ha dicho nada en el otro sentido. Es un político consumado. Probablemente está esperando a ver de dónde sopla el viento.

    El viento golpeó la ventana. Elaine sonrió.

    —Del norte —dijo Chris—, y con fuerza. Lo mejor será que vuelva.
    —Lo que me recuerda algo. Tengo algo para ti. —Se agachó hacia su bolsa, que descansaba junto a sus pies—. Fui a sacar el «objetos perdidos» del centro de ocio.

    Sacó una bufanda de punto de color marrón. Chris la aceptó agradecido.

    —Para mantener el viento lejos del cuello —dijo Elaine—. Oí que saliste de expedición al Paseo para hablar con Charlie Grogan.
    —Sí.
    —Entonces, ¿has vuelto a trabajar?
    —En cierto modo.
    —Tienes talento para acabar.
    —Elaine…
    —No te preocupes. He terminado. Abrígate, Chris.

    Pagó una propina por los dos y salió a la noche.


    Marguerite le había dado una llave. Llamó a la puerta del unifamiliar después de venir desde el Sawyer. Agradecía la bufanda que le había dado Elaine, pero el viento era casi quirúrgico, y se clavaba desde una docena de ángulos. Las estrellas murmuraban en el cielo nocturno, brutalmente despejado.

    Tuvo que llamar dos veces, y no fue Marguerite la que finalmente abrió la puerta, sino Tessa. La chica lo miró con solemnidad.

    —¿Puedo entrar? —dijo él.
    —Supongo que sí. —Dejó la puerta entreabierta.

    Él cerró la puerta rápidamente a su espalda. Los dedos le quemaban en el aire cálido. Se quitó el abrigo y los zapatos llenos de nieve. Era una lástima que Elaine no le hubiera conseguido también un par de botas.

    —¿Tu mamá no está en casa?
    —Está en el piso de arriba —dijo Tess—. Trabajando.

    La chica parecía agradable pero poco comunicativa, un poco mofletuda y de ojos grandes. A Chris le recordó a su hermana pequeña Porcia. Excepto por el hecho de que Porcia era una parlanchina. Observó con interés cómo Chris colgaba el abrigo.

    —Hace frío fuera —dijo ella.
    —Así es.
    —Deberías conseguir ropas más abrigadas.
    —Buena idea. ¿Tú crees que a tu mamá le importará si me hago un café?

    Tess se encogió de hombros y siguió a Chris hasta la cocina. Encontró cucharillas para el café junto al fregadero, y después se sentó en la pequeña mesa mientras el café se iba haciendo, y el calor iba regresando a sus extremidades. Tess se sentó enfrente.

    —¿Han abierto la escuela hoy? —preguntó Chris.
    —Solo por la tarde. —La chica puso los codos sobre la mesa con las manos bajo la barbilla—. ¿Eres escritor?
    —Sí —dijo Chris. Probablemente. Quizás.
    —¿Has escrito un libro?

    Era una pregunta inocente.

    —La mayor parte del tiempo escribo para revistas. Pero una vez escribí un libro.
    —¿Puedo verlo?
    —No me he traído una copia.

    Tess estaba claramente decepcionada. Se empezó a mecer en la silla, moviendo la cabeza rítmicamente.

    —Quizás deberías decirle a tu mamá que estoy aquí —dijo Chris.
    —No le gusta que la molesten cuando está trabajando.
    —¿Trabaja siempre hasta tarde?
    —No.
    —Quizás debería subir a decir hola.
    —No le gusta que la molesten —repitió Tess.
    —Tan solo le daré un toque a la puerta. Veré si quiere café.

    Tess se encogió de hombros y se quedó en la cocina.

    Marguerite le había hecho un pequeño tourpor la casa el día anterior. La puerta de su despacho estaba entreabierta, y Chris se aclaró la garganta para anunciar su llegada. Marguerite estaba sentada en un escritorio desordenado. Garabateaba notas en una libreta de bolsillo, pero su atención estaba volcada en la pantalla de la pared de enfrente.

    —No le he oído llegar —dijo sin levantar la vista.
    —Lo siento si interrumpo su trabajo.
    —No estoy trabajando. No oficialmente, por lo menos. Tan solo estoy tratando de imaginar qué es lo que está pasando. —Volvió el rostro hacia él—. Eche un vistazo.

    En la pantalla, el así llamado Sujeto estaba subiendo por una rampa, iluminado por la luz de unas pocas bombillas de tungsteno. El encuadre virtual flotaba detrás de él, manteniendo su torso centrado. Desde detrás, pensó Chris, el Sujeto parecía un luchador con un burka de cuero rojo.

    —¿Adonde va?
    —No tengo ni idea.
    —Pensaba que era un tipo de hábitos muy regulares.
    —Se supone que no utilizamos pronombres de género, pero entre nosotros, sí, es un tipo de hábitos muy regulares. En su horario habitual debería estar durmiendo. Si «dormir» es lo que hacen cuando están inmóviles en la oscuridad.

    Aquel era el tipo de forma de hablar que había esperado del personal de Blind Lake.

    —Lo hemos estado siguiendo durante más de un año —dijo Marguerite—, y no se ha apartado de su horario normal más de unos pocos minutos. Hasta hace poco. Hace unos pocos días estuvo dos horas en un cónclave de comida donde debería haber estado la mitad de tiempo. Su dieta ha cambiado. Sus interacciones sociales están disminuyendo. Y esta noche parece que tiene insomnio. Siéntese y observe si le interesa, señor Carmody.
    —Chris —dijo él. Quitó una pila de ejemplares de Astrological Review de una silla.

    Marguerite se acercó a la puerta.

    —¡Tess! —gritó.
    —¿Sí? —se oyó desde abajo.
    —¡Es la hora de bañarse!

    Sonido de pisadas subiendo por las escaleras.

    —No creo que necesite un baño.
    —Sin embargo, te lo vas a dar. ¿Puedes prepararlo tú sola? Estoy más o menos ocupada.
    —Supongo que sí.
    —Llámame cuando esté listo.

    Poco después, el sonido distante de un chorro de agua corriente.

    Chris observó al Sujeto subiendo por otro camino en espiral. Estaba completamente solo, lo cual era inusual en sí mismo. Los aborígenes tendían a hacer las cosas en multitudes, aunque nunca compartían cámaras de dormir.

    —Además, estos tipos son básicamente diurnos —dijo Marguerite—. Otra anomalía. Por el lugar al que se dirige… Eh, mira.

    El Sujeto llegó hasta una arcada al aire libre y salió a la noche estrellada alienígena.

    —Nunca había estado aquí antes.
    —¿Aquí dónde?
    —Un mirador, situado más arriba de su torre. ¡Dios mío, qué vista!

    El Sujeto caminó hasta una pequeña barandilla al borde de la plataforma. El encuadre virtual vaciló a su espalda y Chris pudo ver la ciudad langosta extendiéndose más allá del torso granular del Sujeto. Las torres piramidales alargadas tenían las puertas y los miradores iluminados por luces en las sendas públicas. Hormigueros y conchas de cauríes, pensó Chris, adornados con oro. Cuando Chris era pequeño sus padres solían ir a Mulholland Drive una o dos noches al año para ver las luces de Los Ángeles extendiéndose bajo sus pies. Era algo parecido a aquello. Casi tan gigantesco. Casi tan solitario.

    La pequeña y veloz luna del planeta estaba llena, y pudo discernir algo de las secas tierras más allá de los límites de la ciudad, las bajas montañas lejos al oeste, y un rizo de nubes altas empujadas por un fuerte viento. Espirales de polvo electrostáticamente cargado atravesaban los campos irrigados, formándose y disipándose con igual rapidez, como inmensos fantasmas.

    Vio a Marguerite reprimir un pequeño escalofrío, mirando.

    El Sujeto se aproximó a la barandilla erosionada del mirador. Se quedó de pie, como vacilando.

    —¿Se va a suicidar? —dijo Chris.
    —Espero que no. —Marguerite estaba en tensión—. Nunca hemos visto una conducta autodestructiva, pero somos nuevos aquí. ¡Dios, espero que no!

    Pero el Sujeto permaneció inmóvil, como atento a algo.

    —Está contemplando la vista —dijo Chris.
    —Podría ser.
    —¿Qué más si no?
    —No lo sabemos. Eso es por lo que no atribuimos motivación. Si yo estuviera allí, estaría mirando la vista; pero quizás él esté disfrutando la presión del aire, o quizás está esperando encontrarse con alguien, o quizás se ha perdido y esté confuso. Se trata de complejas criaturas inteligentes con historias y con imperativos biológicos que nadie pretende siquiera comprender. Ni siquiera sabemos lo buena que es su visión. Quizás no esté viendo lo que nosotros vemos.
    —Aun y todo —dijo Chris—, si tuviera que apostar, diría que está admirando la vista.

    Aquello le valió una breve sonrisa.

    —Nosotros podemos pensar cosas como esas —admitió Marguerite—, pero no debemos decirlas.
    —¡Mamá! —desde el baño.
    —Estaré allá en un segundo. ¡Sécate! —Se incorporó—. Hora de llevar a Tess a la cama, me temo.
    —¿Le importa si me quedo mirando un poco más?
    —Supongo que no. Llámeme si se pone interesante. Todo esto se está grabando, por supuesto, pero no hay nada como el directo. Pero quizás no haga nada de nada. Cuando se quedan quietos de pie a menudo están así durante horas.
    —No es el planeta de la diversión —dijo Chris.
    —Estaría muy bien que pudiéramos sacar partido de su tiempo estático y pudiéramos mirar la ciudad. Pero preparar al Ojo para seguir a un único individuo ha sido un pequeño milagro en sí mismo. Si miramos hacia otro lado quizás lo perdamos. No espere demasiado de él.

    Ella tenía razón sobre el Sujeto: se quedó absolutamente inmóvil ante la gran vista de la noche. Chris observó los lejanos demonios de polvo, inmensos e inmateriales, cabalgando a través de las llanuras iluminadas por la luz de la luna. Se preguntó si hacían ruido en la relativamente fina atmósfera de aquel mundo. Se preguntó si el aire era cálido o frío, si el Sujeto era sensible a la temperatura. Toda aquella conducta anómala, y sin forma de adivinar los pensamientos que circulaban por aquella cabeza perfectamente captada pero inescrutable. ¿Qué significaba la soledad para unas criaturas que no estaban nunca solas excepto de noche?

    Escuchó el agradable sonido de Marguerite y Tess hablando en voz baja, Marguerite metiendo a su hija en la cama. Una risa. Al rato, Marguerite apareció otra vez en la puerta.

    —¿Se ha movido?

    La luna se había movido. Las estrellas se habían movido. El Sujeto no.

    —No.
    —Estoy haciendo un poco de té, si quiere una taza…
    —Gracias —dijo Chris—, me gustaría. Yo…

    Pero entonces se escuchó el inconfundible sonido de un cristal roto, seguido del agudo y penetrante grito de Tess.


    Chris entró en el dormitorio de la niña detrás de Marguerite.

    Tess todavía estaba sollozando con fuerza. Estaba sentada al borde de la cama, con la mano derecha apretando la cintura de su camisón de franela. Había manchas de sangre por el cubrecamas.

    El cristal inferior de la ventana del dormitorio estaba roto. Varios fragmentos permanecían en el quicio de la ventana dándole un aspecto de sierra, mientras el aire helado entraba a ráfagas en la habitación. Marguerite se arrodilló junto a la cama, levantando a Tessa para apartarla de los cristales rotos.

    —Enséñame la mano —dijo.
    —¡No!
    —Sí. No va a pasar nada. Enséñame.

    Tess giró la cabeza hacia atrás, apretó los ojos y extendió su puño apretado. La sangre se escapaba de entre sus dedos y corría por los nudillos. El camisón estaba manchado de sangre roja fresca. Los ojos de Marguerite se abrieron de par en par, pero apartó con resolución los dedos a Tess para poder ver la herida.

    —Tess, ¿qué ha pasado?

    La niña tomó aire para responder.

    —Me apoyé en la ventana.
    —¿Te apoyaste en ella?
    —¡Sí!

    Chris comprendió que se trataba de una mentira y que Marguerite fingía creerla, como si las dos supieran lo que realmente había sucedido. Que era más de lo que él comprendía. Hizo una bola con una manta y la encajó en el hueco de la ventana.

    La sangre seguía manando de la palma herida de la mano derecha de Tessa, como un pequeño lago. Esta vez Marguerite no pudo contener un gemido ahogado de asombro.

    —¿Hay restos de cristales en la herida? —dijo Chris.
    —No sabría decirlo… No, creo que no.
    —Necesitamos hacer un poco de presión en la herida. Y le van a tener que dar unos puntos. —Tess emitió un quejido de alarma—. No pasa nada —le dijo Chris—. Esto mismo le pasó una vez a mi hermana pequeña. Se cayó con un vaso en la mano y se cortó. Más que tú. Después alardeaba de ello. Decía que era la única que no estaba asustada. El médico la curó.
    —¿Cuántos años tenía?
    —Trece.
    —Yo tengo once —dijo Tess, calibrando su coraje contra aquella nueva marca.
    —Hay una gasa en el armario del baño —dijo Marguerite—. ¿Podrías traerla, Chris?

    Cogió la gasa y un vendaje elástico marrón. A Marguerite le temblaban las manos, de modo que Chris presionó la gasa sobre la palma de la mano de Tessa y le dijo que apretara el puño sobre ella. La gasa se tornó inmediatamente roja.

    —Tenemos que llevarla a la clínica —dijo él—. ¿Por qué no me das las llaves del coche? Yo lo iré arrancando mientras tú la vistes.
    —De acuerdo. Las llaves están en mi monedero, en la cocina. Tess, ¿puedes venir conmigo? Ten cuidado con los pedazos de cristal del suelo.

    Fue dejando manchas de sangre en la moqueta por todas las escaleras.


    El centro médico de Blind Lake, un conjunto de oficinas al este del Hubble Plaza, tenía abierto un servicio de urgencia de veinticuatro horas. La enfermera del mostrador observó brevemente a Tess, y después las llevó a una sala de curas. Chris se sentó en recepción y hojeó revistas de viajes de hacía seis meses mientras escuchaba suaves canciones pop procedentes del techo.

    Por lo que había visto, la herida de Tessa era de poca gravedad y la clínica estaba equipada para tratarla. Mejor no pensar en qué hubiera ocurrido si la herida hubiese sido más grave. La clínica estaba bien equipada, pero no era un hospital.

    Ella se había «apoyado» en la ventana. Pero uno no rompe una ventana como esa solo por apoyarse. Tess había mentido, y Marguerite había reconocido la mentira y había adivinado de qué se trataba. Algo de lo que no había querido hablar delante de un extraño. Algún problema relacionado con su hija, supuso él. Enfado, depresión, trauma postdivorcio. Pero la chica no le había parecido irritable o depresiva cuando había hablado con ella en la cocina. Y recordaba el sonido de su risa fácil desde el dormitorio justo poco antes del accidente.

    No es asunto mío, se dijo. Tess le recordaba un poco a su hermana Porcia; había algo de la misma afabilidad inocente en ella, pero eso no cambiaba las cosas. Él había renunciado a dar consuelo a los afligidos y afligir a los que no necesitaban consuelo. No era muy bueno en aquella materia. Todas sus cruzadas habían terminado mal.

    Marguerite salió de la sala de tratamientos temblando y manchada con la sangre de su hija, pero claramente más tranquila.

    —Le han limpiado la herida y se la han suturado —le dijo a Chris—. Ha sido muy valiente una vez que ha visto al médico. La historia sobre tu hermana ha ayudado, creo.
    —Me alegro.
    —Gracias por tu ayuda. La podía haber traído hasta aquí yo misma, pero hubiera sido mucho más complicado. Y Tess se habría asustado más.
    —No hay de qué.
    —Le han dado un analgésico. El doctor dice que podemos irnos a casa en cuanto le haga efecto. Aunque tendrá que mantener la mano inmóvil durante unos pocos días.
    —¿Has telefoneado a su padre?

    Marguerite pareció instantáneamente abatida.

    —No, pero supongo que debería. Tan solo espero que no sea demasiado cáustico. Ray es… —Se detuvo—. No creo que te interesen mis problemas.

    Francamente no, no le interesaban.

    —Lo siento —dijo ella, y sacó su teléfono para hablar en una esquina un poco alejada de la sala de espera.

    A pesar de sus mejores intenciones, Chris prestó un poco de atención a la conversación. La forma en la que hablaba a su ex-marido era instructiva. Cuidadosamente despreocupada al principio. Explicando el accidente con tranquilidad, entendiéndolo, después dócil ante su respuesta.

    —En la clínica —dijo ella finalmente—. Yo… —una pausa—. No. No. —Pausa—. No es necesario, Ray. No. Estás sacando las cosas de quicio. —Larga pausa—. Eso no es cierto. Sabes que no es cierto.

    Cortó la comunicación sin decir adiós y se tomó un momento para serenarse. Después cruzó la sala de espera entre hileras de muebles genéricos de hospital con los labios apretados, el cabello desordenado y la ropa manchada de sangre. Había una rígida dignidad en la forma en la que se conducía, un rechazo implícito a lo que fuera que Ray Scutter le hubiera dicho.

    —Lo siento —dijo—, pero ¿te importaría salir y arrancar el coche? Iré a recoger a Tess. Creo que estará mejor en casa.

    Otra mentira educada, pero con una urgencia soterrada implícita. Él asintió.

    En el camino que había entre la clínica y el aparcamiento hacía frío y soplaba el viento. Se alegró de meterse dentro del pequeño coche de Marguerite y encender el motor. El calor comenzó a emanar de los conductos del suelo. La calle estaba vacía, barrida por hileras sinuosas de nieve. Las estrellas todavía estaban brillantes, y en el horizonte del sureste pudo divisar las luces de posición de un distante reactor. De alguna forma los aviones continuaban volando; de alguna forma el mundo todavía seguía adelante con sus tareas.

    Marguerite salió de la clínica con Tess unos diez minutos más tarde, pero todavía no había llegado hasta el coche cuando otro vehículo llegó rugiendo al aparcamiento y chilló al frenar.

    El coche de Ray Scutter. Marguerite observó con visible aprensión a su ex-marido saliendo del vehículo y dirigiéndose hacia ella con paso rápido y agresivo.

    Chris se aseguró de que la puerta del copiloto no tuviera el seguro puesto. Lo mejor era evitar una confrontación. Ray tenía una mirada de búfalo salvaje. Pero Marguerite no llegó al coche antes de que Ray le pusiera la mano en el hombro.

    Marguerite mantuvo la mirada de su ex-marido, pero empujó a Tess detrás de ella, protegiéndola. Tess metió la mano herida dentro de su abrigo de invierno. Chris no podía entender lo que Ray estaba diciendo. Todo lo que podía oír por encima del ruido del motor eran algunas pocas consonantes a voz en grito.

    Era la hora de ser valiente. Odiaba ser valiente. Eso era lo que la gente solía decirle sobre su libro, al menos antes de que Galliano se suicidase. «Qué valiente fuiste para escribirlo». La valentía nunca le había llevado a ningún lugar.

    Salió del coche y abrió la puerta trasera para que Tess entrara.

    Ray le dirigió una mirada de incredulidad.

    —¿Quién coño eres tú?
    —Chris Carmody.
    —Me ayudó a traer a Tess hasta aquí —dijo rápidamente Marguerite.
    —Ahora mismo lo que necesita es volver a casa —dijo Chris. Tess ya se había colado rápidamente en el asiento trasero, a pesar de la aparatosidad de la venda de su mano.
    —Salta a la vista —dijo Scutter, con los ojos estrechados y fijados en Chris— que allí no está segura.
    —Ray —le dijo Marguerite—, tenemos un acuerdo…
    —Tenemos un acuerdo escrito antes del bloqueo por un abogado con el que no puedo contactar. —Ray había dominado los tonos vocales de su impaciencia de toro furioso para quejarse y ordenar a partes iguales—. No puedo confiar de ninguna manera en ti cuando permites que sucedan cosas como esta.
    —Ha sido un accidente. Los accidentes pasan.
    —Los accidentes pasan cuando a los niños no se los vigila. ¿Qué estabas haciendo, observando al puto Sujeto?

    Marguerite comenzó a balbucir una respuesta.

    —Sucedió después de que Tess se fuera a la cama —intervino Chris. Le hizo un gesto discreto a Marguerite para que subiera al coche.
    —Tú eres aquel periodista… ¿Qué sabes de todo esto?
    —Yo estaba allí.

    Marguerite captó la insinuación y se subió al coche. Ray parecía frustrado y doblemente irritado cuando oyó el sonido del portazo.

    —Me llevo a mi hija conmigo —dijo él.
    —No, señor —dijo Chris—. Me temo que esta noche no.

    Mantuvo el contacto visual con Ray mientras se sentaba detrás del volante. Tess comenzó a llorar en silencio en el asiento trasero. Ray se inclinó sobre la puerta del coche, pero lo que fuera que gritara era inaudible. Chris empezó a avanzar, pero no antes de que Scutter acertara a dar una patada al parachoques trasero.

    Marguerite consoló a su hija. Chris condujo con cuidado a causa de las placas de hielo, hasta salir del aparcamiento de la clínica. Ray podía haberse montado en su coche y seguirlos, pero aparentemente había elegido no hacerlo; lo último que vio de él a través del espejo retrovisor era su figura de pie, llena de una rabia impotente.

    —Odia que lo vean en ese estado —dijo Marguerite—. Lo siento. Creo que te has hecho un enemigo esta noche.

    Sin duda. Chris comprendía la alquimia por la cual un hombre podía ser una persona encantadora en público pero brutal de puertas adentro. La crueldad como un último recurso en la intimidad. A los hombres generalmente no les gustaba que los vieran en ese acto.

    —Tengo que darte las gracias de nuevo —añadió ella—. Lo siento de veras.
    —No es culpa tuya.
    —Si quieres buscar otro sitio donde dormir, lo comprenderé.
    —El sótano sigue siendo más cálido que el gimnasio. Si te parece bien.

    Tess dio un resoplido y tosió. Marguerite le ayudó a sonarse la nariz.

    —Me sigo preguntando… —dijo Marguerite—, ¿y qué hubiera pasado si hubiese sido peor? ¿Si hubiéramos necesitado un hospital de verdad? Me estoy cansando de este bloqueo.

    Chris tomó la carretera que conducía a casa.

    —Espero que sobrevivamos —dijo él. Estaba claro que Marguerite era una superviviente.


    Tess, agotada, se fue a dormir a la cama de Marguerite. La casa estaba fría, pues el aire helado entraba en oleadas a través de la ventana rota de la habitación de la niña, y la calefacción luchaba contra él. Chris revolvió el sótano hasta que encontró una pesada tela de plástico y una chapa de madera de arce. Cubrió el marco vacío de la ventana con el plástico y después clavó la chapa de madera para asegurarlo.

    Marguerite estaba en la cocina cuando bajó las escaleras.

    —¿Quieres tomar algo antes de acostarte?
    —Me encantaría.

    Le sirvió café recién hecho mezclado con brandy. Chris miró su reloj. Medianoche pasada. No tenía ningunas ganas de irse a dormir.

    —Supongo que estás cansado de oírme quejándome.
    —Crecí con una hermana pequeña —dijo Chris—. Estas cosas pasan con los niños. Ya sabía eso.
    —Tu hermana. La llamaste Porcia.
    —Todos la llamábamos Porry.
    —¿Todavía la ves? Antes del bloqueo, me refiero.
    —Porry murió hace ya tiempo.
    —Oh. Lo siento.
    —En serio, tienes que dejar de pedir disculpas continuamente.
    —Lo s… oh.
    —¿Cuántos más problemas calculas que va a ocasionar Ray por lo de esta noche?

    Marguerite se encogió de hombros.

    —Eso es pregunta y media. Tantos como pueda.
    —No es asunto mío. Tan solo quería estar avisado por si esperas que aparezca en la puerta con una escopeta.
    —Él no es así. Ray es…, bueno, ¿qué puedo decir sobre Ray? Le gusta tener razón. Odia que le lleven la contraria. Siempre está dispuesto a meterse en discusiones pero odia perderlas, y lleva perdiéndolas la mayor parte de su vida. No le gusta compartir la custodia conmigo. Él no hubiera firmado el acuerdo si no hubiera sido porque su abogado le dijo que era el mejor trato que iba a conseguir, y siempre está amenazando con llevar a cabo alguna acción legal para llevarse a Tess. Interpretará lo de esta noche como una prueba más de que soy una madre incapaz. Más munición.
    —Esta noche no ha sido culpa tuya.
    —Para Ray no importa lo que haya sucedido en realidad. Se convencerá a sí mismo de que yo fui responsable de ello, o al menos muy negligente.
    —¿Cuánto tiempo habéis estado casados?
    —Nueve años.
    —¿Te maltrató?
    —Físicamente no. En realidad no. Agitaba los puños, pero nunca me pegó. Aquel no era el estilo de Ray. Pero me hizo ver que no confiaba en mí, y puedes dar por seguro que no me daba su aprobación. Solía recibir llamadas suyas cada quince minutos para ver dónde estaba, qué estaba haciendo, cuándo volvería a casa, y para decirme que más valía que no llegara tarde. Yo no le gustaba, pero no quería que prestara atención a nadie más que a él. Al principio me dije que tan solo era una peculiaridad suya, un defecto de carácter, algo que se le pasaría con el tiempo.
    —¿Tenías amigos, familia?
    —Mis padres son gente caritativa. Dieron alojamiento a Ray hasta que resultó obvio que él no quería que lo alojaran. No le gustaba que fuera a verlos. Tampoco le gustaba que viera a mis amigos. Se suponía que teníamos que ser tan solo los dos. Nada que pudiera contrarrestarlo.
    —Un buen matrimonio del que escapar —dijo Chris.
    —No estoy segura de que él crea que se ha terminado.
    —La gente puede acabar mal de verdad en situaciones como esta.
    —Lo sé —dijo Marguerite—, he oído historias. Pero Ray nunca llegaría a lo físico.

    Chris lo dejó estar.

    —¿Cómo estaba Tessa cuando le diste las buenas noches?
    —Parecía muy dormida. Agotada, la pobre criatura.
    —¿Qué crees que ha hecho para romper la ventana?

    Marguerite tomó un largo trago de café mientras parecía estudiar la mesa.

    —Sinceramente no lo sé. Pero Tess ha tenido algunos problemas en el pasado. Tiene una historia sobre superficies brillantes, espejos y cosas así. Debe de haber visto algo que no le ha gustado.

    ¿Y atravesó el cristal con la mano? Chris no comprendía, pero resultaba obvio que para Marguerite hablar de aquello resultaba incómodo, y no quería presionarla. Ya había pasado por suficientes trances aquella noche.

    —Me pregunto qué estará haciendo el Sujeto. Despierto en Villa langosta.
    —Lo dejé todo encendido, ¿no es cierto? —Se levantó—. ¿Quieres echar un vistazo?

    La siguió escaleras arriba hasta su despacho. Anduvieron de puntillas al pasar por la habitación donde Tess estaba durmiendo.

    El despacho de Marguerite estaba exactamente como lo habían dejado, con las luces encendidas, las interfaces conectadas, la gran pantalla de la pared todavía siguiendo responsablemente al Sujeto. Pero Marguerite dio un respingo cuando vio la imagen.

    Era ya de día en UMa47/E. El Sujeto había dejado el mirador y había bajado a una calle a nivel del suelo. El viento de la noche anterior había revestido todas las estructuras que estaban expuestas de una fina capa de arenisca, una fresca textura bajo la enfilada luz del sol.

    El Sujeto se acercó a un arco de piedra de cinco veces su altura, caminando en dirección a la salida del sol.

    —¿Qué está haciendo? —preguntó Chris.
    —No lo sé —dijo Marguerite—. Pero a no ser que se dé la vuelta, está dejando la ciudad.


    13


    —Ha telefoneado Charlie Grogan —le dijo Sue Sampel a Ray cuando pasaba a través del despacho exterior. También Dajit Gill, Julie Sook y dos jefes de sección más. Oh, y tiene una cita con Ari Weingart a las diez y con Shulgin a las once, además de…

    —Envíeme la agenda del día a mi ordenador con un archivo vinculado —dijo Ray—, y todos los mensajes urgentes. No me pase llamadas. —Despareció en su sancta sanctorum y cerró la puerta.

    Bendito silencio, pensó Sue. Acababa con la voz de Ray Scutter.


    Sue había dejado una taza de café caliente sobre su escritorio, un tributo a su puntualidad. Muy bien, pensó Ray. Pero él se enfrentaba a un día difícil. Desde que el Sujeto había salido de peregrinación la última semana, los departamentos de interpretación habían caído en un estado de histeria. Incluso los astrozoólogos estaban divididos: algunos de ellos querían seguir observando Villa langosta y elegir otro nuevo Sujeto más representativo; otros (y Marguerite era uno de ellos) estaban convencidos de que la conducta del Sujeto era significativa y debían seguirlo hasta su conclusión. El personal de Tecnología y Artefactos temía perder su contexto urbano, pero los astrogeólogos y los climatólogos daban la bienvenida a una larga excursión a través de los desiertos y las montañas. Las divisiones se estaban peleando como verduleras, y en ausencia de los altos cargos directos de Blind Lake o una conexión con Washington, no había una forma clara de resolver el conflicto.

    Al final, toda aquella gente acudiría a Ray para decidir qué línea de actuación seguir. Pero él no quería asumir aquella responsabilidad sin un gran número de consultas. Cualquier decisión que tomara, más pronto o más tarde se vería obligado a defenderla. Quería que la defensa fuera hermética. Necesitaba poder citar nombres y documentos, y si alguno de los partisanos más temperamentales de las divisiones pensaba que estaba esquivando la cuestión, y ya había oído esas palabras circulando por ahí, tanto peor para ellos. Les había pedido a todos que prepararan informes refrendando sus posiciones.

    Lo mejor era empezar el día del mejor modo posible. Puso una servilleta desplegada sobre su escritorio y abrió el cajón inferior de su escritorio con la llave.

    Desde que comenzó el bloqueo, Ray había estado guardando una reserva de DingDongs bajo llave en su cajón del escritorio. Era embarazoso reconocerlo, pero resultaba que a él le gustaba la bollería para niños y especialmente le encantaban los DingDongs con su café del desayuno, y podía vivir sin los inevitables comentarios de listillos sobre el polisorbato 80 y las «cero calorías», muchas gracias. Le gustaba ir pelando el frágil envoltorio; le gustaba el olor a azúcar y maicena que hacía flotar en el aire; le gustaba la textura glutinosa del pastelillo y la forma en la que el café caliente acentuaba el suave regusto químico en su paladar.

    Pero los DingDongs no estaban incluidos en las entregas semanales del camión negro. Ray había sido lo suficientemente prudente como para comprar todo el inventario remanente de la tienda de comestibles local y de la tienda de conservas y congelados del vestíbulo del Plaza. Había empezado con un par de cartones, pero se le habían acabado hacía mucho. Los últimos seis DingDongs de toda la comunidad en cuarentena de Blind Lake, al menos según las noticias de Ray, descansaban en el cajón de su escritorio. Después de aquello, nada. Pavo frío. Obviamente, pasar sin ellos no lo iba a matar. Pero le enervaba el hecho de que lo hubiera empujado a aquella situación una putada burocrática, aquel interminable y mudo encierro.

    Sacó un DingDong del cajón. Cogía solo uno: le quedaban cinco, lo que duraba una semana de trabajo.

    Pero todo lo que pudo ver eran cuatro paquetes esperando en las sombras.

    Cuatro. Contó de nuevo. Rebuscó con la mano por el cajón. Cuatro.

    Debería haber cinco. ¿Habría contado mal?

    Imposible. Había registrado la suma en su diario nocturno.

    Se sentó inmóvil durante un momento, procesando aquella información tan desagradable, construyendo una furia sólida y legítima. Luego llamó por el intercomunicador a Sue Sampel y le dijo que entrara en su despacho.

    —Sue —dijo cuando apareció en la puerta—, ¿tiene una llave de mi escritorio?
    —¿De su escritorio? —O estaba sorprendida por la pregunta o fingía de forma muy convincente—. No, claro que no.
    —Porque cuando vine aquí la gente de mantenimiento me dijo que yo tenía la única llave.
    —¿La ha perdido? Deben de tener una llave maestra en alguna parte. O se puede cambiar la cerradura, supongo.
    —No, no la he perdido. —Ella retrocedió al oír su voz—. Tengo la llave justo aquí. Han robado algo.
    —¿Robado? ¿Qué han robado?
    —No importa qué han robado. En realidad, no era nada de gran relevancia. Lo que importa es que alguien ha accedido a mi escritorio sin mi conocimiento. Seguramente incluso usted puede comprender la importancia del hecho.

    Sue miró al escritorio. Ray se dio cuenta, demasiado tarde, de que se había dejado su DingDong de la mañana, sin abrir, sobre la mesa junto a su taza de café. Ella lo miró, y después a Ray, con una expresión en el rostro de «debe-de-estar-bromeando». Sintió cómo la sangre le subía a las mejillas.

    —Quizás pueda hablar con el personal de limpieza —dijo Sue.

    Ahora, todo lo que Ray quería era que ella desapareciera de allí.

    —Bueno, de acuerdo, supongo que no importa. No lo debería haber mencionado…
    —O con Seguridad. Shulgin va a venir más tarde.

    ¿Estaba escondiendo una sonrisa? ¿Se estaba en aquel momento riendo de él?

    —Gracias —dijo con rigidez.
    —¿Algo más?
    —No. —Lárgate de una puta vez—. Por favor, cierre la puerta al salir.

    La cerró con suavidad. Ray imaginó que podía oír su risa flotando tras ella, como una bandera.


    Ray se consideraba realista. Sabía que parte de su conducta podía ser calificada de misógina por alguien que quisiera calumniarlo (y tenía una legión de enemigos). Pero no odiaba a las mujeres. Al contrario: les daba la oportunidad de reparar sus errores. El problema era que él no odiaba a las mujeres, pero ellas sí lo decepcionaban continuamente. Por ejemplo, Marguerite. Siempre Marguerite, para siempre Marguerite…

    Ari Weingart llegó a las diez con una serie de propuestas para subir la moral. Cayti Lane, del departamento de Relaciones Públicas, quería crear un canal televisivo de noticias y eventos sociales, Blind Lake Television, en suma, que presentaría ella.

    —Creo que es una buena idea —dijo Ari—. Cayti es brillante y fotogénica. Algo que también quiero hacer es reunir las descargas individuales que la gente tiene en sus casas para que podamos emitirlas de nuevo. Sería una televisión con una programación rígida, tipo siglo XX, pero podría ayudar a mantenernos unidos. O al menos le daría a la gente algo de que hablar.

    Bien, todo aquello estaba bien. Ari continuó proponiendo series de debates y clases en el centro de ocio los sábados a la noche. También bien. Ari estaba intentando reconfigurar el bloqueo en una iglesia social. Dejémoslo, pensó Ray. Dejémosle distraer a los quejumbrosos habitantes con espectáculos de perros y ponis. Pero todo aquel énfasis era agotador en último término, y suspiró de alivio cuando Ari finalmente recogió su sonrisa y dejó el despacho. Ray contó los DingDongs otra vez.

    Por supuesto que podía haber sido Sue la que le abriera el escritorio. No había signos de violencia en la cerradura… Quizás no había tenido cuidado y se había dejado el cajón abierto y ella se había aprovechado de aquel lapso de atención. Sue a menudo trabajaba hasta más tarde que Ray, especialmente cuando Tess estaba a su cuidado; al contrario que Marguerite, a él no le gustaba dejar a su hija sola en casa después del colegio, Sue era la principal sospechosa, decidió Ray, aunque el servicio de limpieza no estaba fuera de toda sospecha.

    Los hombres eran más fáciles de tratar que las mujeres. Con los hombres tan solo era cuestión de ladrar lo suficientemente alto como para llamar la atención. Las mujeres eran más astutas, pensó, abiertamente complacientes pero fáciles de subvertir. Sus lealtades eran provisionales y cambiaban rápidamente de sentido. Marguerite, por ejemplo…

    Por lo menos, Tess no crecería siendo una mujer como aquellas.

    Dimi Shulgin apareció a las once, vestido con un traje gris cosido a mano, una distracción bienvenida, aunque traía muchas malas noticias. Shulgin dominaba el arte de la inescrutabilidad báltica, y mantenía el rostro severo e impasible mientras describía el estado de ánimo que prevalecía entre los trabajadores diurnos y el personal asalariado.

    —Hasta ahora han soportado el bloqueo —dijo Shulgin— con mínimos problemas, probablemente debido a lo que le sucedió al desafortunado señor Krafft cuando intentó escapar. Aquello fue una bendición oculta, creo yo. Asustó a la gente lo suficiente como para aceptar la situación. Pero el descontento está creciendo. Los visitantes y el personal de apoyo superan en número a los científicos y el personal de mantenimiento en cinco a uno, ya sabe. Muchos de ellos están reclamando voz en la toma de decisiones, y a no pocos de ellos les gustaría desconectar el Ojo y ver qué sucede.
    —Son tan solo opiniones —dijo Ray.
    —Hasta ahora tan solo son opiniones, pero a largo plazo, si el bloqueo continúa… ¿quién sabe?
    —Deberíamos tratar de que nos vieran hacer algo positivo.
    —La apariencia de acción —dijo Shulgin, con algún tipo de ironía enterrado bajo su tosco acento— sería de ayuda.
    —¿Sabe? —dijo Ray—, alguien ha abierto mi escritorio recientemente.
    —¿Su escritorio? —Las pobladas cejas de Shulgin se alzaron—. ¿Abierto? ¿Ha sido vandalismo, robo?

    Ray movió la mano en lo que él imaginaba que era un gesto magnánimo.

    —Ha sido trivial, vandalismo de oficina como mucho, pero me da que pensar. ¿Qué tal si iniciamos una investigación?
    —¿Sobre el acto de vandalismo de su escritorio?
    —No, por amor de Dios, sobre el bloqueo.
    —¿Una investigación? ¿Cómo podríamos? Todas las pistas están tras el otro lado de la verja.
    —No necesariamente.
    —Por favor, explíquese.
    —Hay una teoría que explica que estamos bajo sitio porque algo ha sucedido en Crossbank, algo peligroso, algo relacionado con su O/CBE, algo que quizás pueda suceder también aquí.
    —Sí, esa es la razón por la cual hay un número creciente de gente que quiere desconectar nuestros procesadores, pero…
    —Olvídese de los O/CBE por un minuto. Piense en Crossbank. Si Crossbank tuviera un problema, ¿no habríamos oído algo sobre ello?

    Shulgin lo meditó. Se frotó con la nariz con un dedo.

    —Puede que sí, puede que no. Todos los puestos directivos más importantes estaban en Cancún cuando se cerraron los accesos. Ellos habrían sido los primeros en saberlo.
    —Sí —dijo Ray, llevando la idea suavemente pero con apremio hasta su conclusión—, pero los mensajes quizás se hayan quedado almacenados en sus ordenadores personales antes de que la cuarentena entrara en efecto.
    —Cualquier asunto urgente habría sido reenviado…
    —Pero las copias todavía deberían estar en los servidores de Blind Lake, ¿no es cierto?
    —Bueno…, se supone. A no ser que alguien se tomase la molestia de eliminarlas. Pero no podemos acceder a los servidores personales del personal directivo.
    —¿No podemos?

    Shulgin se encogió de hombros.

    —Yo diría que no.
    —En circunstancias normales la cuestión ni se plantearía. Pero las circunstancias hace mucho que no son normales.
    —Acceder a los servidores, leer sus correos electrónicos… Sí, es interesante.
    —Y si encontramos algo útil lo anunciaríamos en una asamblea general.
    —Si hay algo útil. Aparte de mensajes de voz de las esposas y las amantes. ¿Hablo con mi gente y les pregunto lo difícil que sería acceder a nuestros servidores?
    —Sí, Dimi —dijo Ray—, hazlo.

    Cuanto más lo pensaba más le gustaba la idea. Se fue a comer como un hombre feliz.

    El estado de ánimo de Ray era voluble, sin embargo, y para cuando dejó el Plaza al final del día ya se sentía amargado de nuevo. El asunto del DingDong. Sue probablemente habría contado la historia a sus amigos del personal de la cafetería. Cada día, una nueva humillación. A él le gustaban los DingDongs para desayunar: ¿tan gracioso era aquello, tan hilarantemente aberrante? La gente era gilipollas, pensó.

    Condujo con cuidado a través de las ráfagas de nieve dura, intentando calcular sin éxito la distancia y la velocidad para pasar por los semáforos de la calle principal sin detenerse.

    La gente era gilipollas, y aquello era lo que siempre habían pasado por alto los teóricos exoculturales, gente como Marguerite, pequeños optimistas ciegos de tres al cuarto. Un mundo lleno de gilipollas no era suficiente para ellos. Querían más. Un universo entero lleno de gilipollez. Un cosmos orgánico de rosa fosforito, un espejo mágico con una cara feliz brillando sobre él.

    El atardecer se cerraba sobre el coche como una cortina. Cuánto más limpio no estaría el mundo, pensó Ray, si tan solo contuviese gas, polvo y la resplandeciente estrella de turno, fría pero prístina, como la nieve envolviendo las escasas torres de edificios de Blind Lake. La verdadera lección de Villa langosta, la políticamente incorrecta, era el hecho innombrable pero obvio de que la llamada vida inteligente no era nada más que irracionalidad focalizada, un conjunto de conductas diseñadas por el ADN para producir más ADN, desprovisto de cualquier lógica salvo las esquivas matemáticas de la reproducción. Caos con retroalimentación, z E z2+ c, repetido ciegamente hasta que el universo se hubiera comido y excretado a sí mismo.

    Incluyéndome a mí, pensó Ray. Lo mejor era no esconderse de la cáustica verdad. Todo lo que él amaba (su hija) o había amado (Marguerite) no representaba nada más que su participación en una ecuación, no era ni más ni menos cuerdo que las sangrías nocturnas de los aborígenes de UMa47/E. Marguerite, por ejemplo: exteriorizando continuamente códigos genéticos defectuosos, la madre posesiva aunque incapaz, un útero andante exigiendo igualdad ante la ley. Qué rápidamente volvía todavía a su mente. Cada insolencia que Ray sufría era un espejo del odio que ella sentía por él.

    La puerta del garaje se abrió cuando detectó aproximarse al coche. Aparcó bajo el resplandor de la luz cenital.

    Se preguntó cómo sería liberarse de todos aquellos imperativos biológicos y ver el mundo tal y como era. Para nuestros ojos, horrible, pensó, desolado e implacable; pero nuestros ojos nos mentían, estaban tan esclavizados por el ADN como nuestros corazones y nuestras mentes. Quizás aquello era en lo que se había convertido el O/CBE: un ojo inhumano que revelaba verdades que nadie estaba preparado para aceptar. Tess había vuelto con él aquella semana. La saludó con un «hola» al entrar en casa. Ella estaba en la sala de estar, en la silla junto al árbol de Navidad artificial, inclinada sobre sus deberes como un gnomo estudioso.

    —Hola —dijo ella con indiferencia.

    Ray se detuvo un momento, sorprendido por su amor por ella, admirando la forma en la que su pelo oscuro se rizaba ajustado contra su cráneo. Escribía en la pantalla de un ordenador portátil que traducía sus garabatos infantiles en algo legible.

    Se quitó el abrigo y las botas y bajó las persianas, aislándose de la oscuridad nevada.

    —¿Has llamado ya a tu madre biológica?

    Era un acuerdo que había firmado con Marguerite después del arbitraje de separación, por el cual se estipulaba que Tess llamaría diariamente al padre con el que no estuviese. Tess lo miró con curiosidad.

    —¿Mi madre biológica?

    ¿Había dicho aquello en voz alta?

    —Quiero decir, a tu madre.
    —Ya la he llamado.
    —¿Te ha dicho algo que te molestara? Ya sabes que si tu madre te causa problemas puedes decírmelo.

    Tess se encogió de hombros incómoda.

    —¿Estaba el huésped con ella cuando la llamaste? ¿El hombre que vive en el sótano?

    Tess se encogió de nuevo de hombros.

    —Enséñame la mano —dijo Ray.

    No hacía falta ser un genio para saber que los problemas de Tessa en Crossbank habían sido culpa de Marguerite, incluso aunque el mediador en el divorcio no se hubiera dado cuenta de ello. Marguerite había ignorado a Tess consistentemente, había centrado toda su atención en sus amados paisajes marinos extraterrestres. Y Tess había hecho atraer su atención, con una motivación cristalina. El extraño amenazante en el espejo podría haber sido el Sujeto de Marguerite: indirecto, exigente y omnipresente.

    Taciturna, con la cabeza baja por la vergüenza, Tess extendió su mano derecha. Le habían quitado los puntos de sutura la semana anterior. Las cicatrices desaparecerían con el tiempo, había dicho el doctor de la clínica, pero en aquel momento tenían un aspecto horrible, nueva piel rosa entre las marcas profundas donde habían estado los puntos. Ray ya había sacado unas pocas fotografías para el caso en que el asunto llegara a los tribunales. Cogió la pequeña mano entre las suyas, asegurándose de que no había rastro de infección. Nada de pequeña vida animal comiéndole la vida a la carne de su hija.

    —¿Qué hay para cenar? —preguntó Tess.
    —Pollo —dijo Ray, dejándola con sus libros. Pollo congelado en el congelador. Lo sacó de la fría despensa de carne y comenzó a hacerlo en una sartén con aceite vegetal. Le añadió ajo y albahaca, sal y pimienta. El aroma le llenó la boca de saliva. Tess, atraída por el olor, entró en la cocina para verlo cocinar.
    —¿Estás preocupada por volver mañana con tu madre?

    Tu madre biológica. La mitad de tu todo genético. La mitad menor, pensó Ray.

    —No —dijo Tess, y después, casi desafiante—: ¿Por qué siempre me estás preguntando eso?
    —¿Hago eso?
    —¡Sí! A veces.
    —A veces no es siempre, sin embargo. ¿No es cierto?
    —No, pero…
    —Tan solo quiero que todo te vaya bien, Tess.
    —Lo sé. —Derrotada, se giró para irse.
    —Eres feliz aquí, ¿no?
    —Aquí está bien.
    —Porque uno nunca sabe con mamá, ¿no es verdad? Quizás tengas que venir a vivir aquí todo el tiempo, Tess, si algo le sucede a ella.

    Tess entrecerró los ojos.

    —¿Qué le podría pasar?
    —Uno nunca sabe —dijo Ray.


    14


    Antes de que dejara la ciudad, la vida del Sujeto había sido un repetitivo ciclo de trabajo, sueño y cónclaves de comida. A Marguerite le había recordado con desmayo la idea hindú de los kalpas, el círculo sagrado, el eterno retorno.

    Pero aquello había cambiado.

    Aquello había cambiado y el círculo se había convertido en algo diferente: se había convertido en una narración. Una historia, pensó Marguerite, con un principio y un final. Era por eso por lo que era tan importante mantener el Ojo enfocado sobre el Sujeto, a pesar de lo que pensara el sector más cínico de Interpretación. «El Sujeto ya no es representativo», habían dicho. Pero era aquello lo que lo hacía tan interesante. El Sujeto se había convertido en un individuo, algo más que la suma de sus funciones en la sociedad aborigen. Aquello era claramente el signo de algún tipo de crisis en la vida del Sujeto, y Marguerite no podía soportar la idea de no verla hasta su conclusión.

    Aunque acabara con la muerte del Sujeto, si es que llegaba a eso. Y quizás fuese así. Desde un principio tuvo la idea de escribir la odisea del Sujeto, no de forma analítica, sino como había llegado a convertirse: en una historia. No para su publicación, claro. Estaría violando los protocolos de objetividad, dando cabida a todo tipo de antropocentrismos, conscientes e inconscientes. En cualquier caso no era escritora, o al menos no aquel tipo de escritora. Aquello era puramente para su propia satisfacción… y porque ella creía que el Sujeto se lo merecía. Después de todo, era su vida real la que habían invadido. En la privacidad de su escrito, ella le devolvería la dignidad robada.

    Comenzó el proyecto en un cuadernillo azul de colegio. Tess estaba dormida (había vuelto de estar con su padre hacía dos días, después de unas Navidades decepcionantes) y Chris estaba en el piso inferior revolviendo la cocina o saqueando su biblioteca. Era un momento precioso, santificado de silencio. Un momento en el que podía llevar a cabo las malas artes de la empatía. Cuando podía admitir libremente que le preocupaba el destino de aquella criatura imposible de conocer, y aun así tan íntimamente conocida.


    Los últimos días del Sujeto en la ciudad [escribió Marguerite] fueron molestos y episódicos.

    Llegaba a su puesto de trabajo a la hora usual, pero sus cónclaves de comida eran cada vez más breves y descuidados. Bajaba las escaleras hasta el pozo de comida lentamente, y en la tenue luz de los cónclaves nocturnos comía menos cantidad de verdura de la acostumbrada. Empleaba más tiempo raspando la verdura con forma de molde de los muros del pozo húmedo, sorbiendo los restos de sus brazos para la comida.

    Normalmente aquel era un momento de intensa interacción social; los pozos estaban abarrotados; pero el Sujeto se colocaba de cara a la pared de piedra, y sus movimientos visuales de señalización (el movimiento de las cerdas, los gestos de la cara) eran mínimos.

    Esto también afectaba a sus horas de sueño, lo que a su vez afectaba a las pequeñas criaturas que se alimentaban de su sangre durante la noche.

    El lugar que ocupan estos animales que viven en los muros dentro de la cultura o la ecología del Sujeto todavía no está bien explicado. Quizás sean parásitos, pero como están universalmente tolerados se parecen más a algún tipo de simbiontes, o incluso a una fase del ciclo reproductivo. Quizás su alimentación estimule respuestas inmunológicas deseables, o al menos es una de las teorías. Poco antes de su marcha, sin embargo, el cuerpo dormido del Sujeto parecía repeler a los chupadores. Probaban su sangre, se alejaban, después volvían a intentarlo de nuevo con el mismo resultado. Mientras tanto, el Sujeto no descansaba bien y se movía varias veces durante la noche, de una forma peculiar en él.

    Pasó la última noche en la ciudad en una vigilia sobre un mirador exterior de la torre comunal donde vivía. Era tentador leer tanto soledad como resolución en aquella conducta [prohibido pero tentador, pensó Marguerite]. La vida del Sujeto había cambiado claramente, y quizás no para mejor. Después dejó la ciudad.

    Pareció una decisión espontánea. Dejó su guarida, dejó su torre y caminó directamente a través del acceso este de la ciudad aborigen hacia la clara mañana azul. A la luz del sol su gruesa piel relucía como cuero cepillado. El Sujeto era una roja sombra oscura en la mayor parte de su cuerpo, un rojo oscuro que se fundía con negro en las articulaciones principales, y su cresta dorsal amarilla sobresalía como una corona llameante mientras caminaba.

    La ciudad estaba rodeada de una enorme superficie de tierra cultivada. Canales y acueductos llevaban el agua para irrigar desde las montañas nevadas del norte hasta aquellos campos.

    El sistema perdía enormes cantidades de agua por evaporación en el seco y poco denso aire, pero la cantidad que quedaba era suficiente para abastecer las necesidades de kilómetros de avenidas de plantas suculentas. Las plantas eran de piel gruesa, de color verde oliva, y se dividían en pocos tipos básicos similares. Sus tallos eran robustos, las hojas tan anchas como platos y tan gruesas como una tortilla. Eran más altas que el Sujeto, y a medida que andaba lo iban cubriendo con sombras de todo tipo. El Sujeto siguió la carretera de tierra, una ancha avenida recorrida de zanjas de drenaje y cultivos verdes de verano. No desarrolló ninguna interacción social ni con los trabajadores de los campos, manchados de savia, ni con los caminantes que circulaban a pie a lo largo del camino. Poco antes de dejarla ciudad, dio un rodeo por una parcela de terreno donde fue ignorado por unos labradores mientras arrancaba varias hojas enormes de una planta madura, las envolvía en una hoja más grande y fina, y las metía en una pequeña bolsa en su bajo abdomen. ¿Se va de acampada? ¿O son provisiones para un largo viaje?

    Durante gran parte de la mañana se vio obligado a caminar a lo largo del margen menos transitado de la carretera, fuera de la dirección del tráfico. De acuerdo con los mapas planetarios que se habían confeccionado antes de que el O/CBE se centrara en un único Sujeto, aquel camino discurría hacia el este, hasta las tierras durante casi cien kilómetros, viraba al norte a través de una línea de bajas montañas (colinas de rango más alto) y volvía hacia el este de nuevo, después de unos pocos cientos de kilómetros de praderas altas de escasa vegetación, hasta llegar a otra ciudad aborigen, la todavía sin bautizar latitud 33°, longitud 42°. 33/42 era una ciudad más pequeña que la del Sujeto, pero con la que se mantenía un patrón establecido de intercambio.

    Grandes camiones pasaban en ambas direcciones, enormes plataformas equipadas con motores simples pero refinados y efectivos, conducidos sobre inmensos rodillos sólidos en lugar de ruedas. [Este podría ser un ejemplo de eficiencia aborigen. Los camiones mantienen prensada la tierra de los caminos simplemente al conducir sobre ellos.] Y había mucho tráfico a pie, parejas, tríos y grandes conglomerados de individuos andando como patos. Pero ningún otro solitario. ¿Implicaba un viaje único un destino único?

    Para el mediodía, el Sujeto alcanzó el límite de las tierras agrícolas. El camino se hacía más ancho mientras los muros de plantas suculentas iban quedando atrás. El horizonte era desolado y plano frente a él, y montañoso en el norte. Las montañas resplandecían trémulas en ondas de creciente calor. Cuando el sol alcanzó su cénit, el Sujeto se detuvo para comer. Dejó el camino y anduvo unos cientos de metros hasta la sombra de una formación de grandes piedras basálticas, donde orinó copiosamente sobre el suelo arenoso, trepó a uno de los pedestales rocosos y se quedó inmóvil con el cuerpo orientado en dirección norte. La atmósfera entre el Sujeto y las montañas era blanca por el polvo suspendido, y los picos nevados parecían cernirse sobre la depresión desértica.

    Podía estar descansando, o quizás había estado calibrando el aire o planeando la próxima etapa de su viaje. Estuvo inmóvil durante casi una hora. Después volvió al camino y retomó su viaje, deteniéndose para beber de una acequia junto al camino.

    Caminó con paso lento durante toda la tarde. Cuando cayó la noche, había dejado atrás todo rastro de cultivo (viejos campos en barbecho, canales de irrigación llenos y oscurecidos por la arena traída por el viento) y entró en la depresión desértica entre las montañas del norte y el distante mar del este. El tráfico de la carretera circulaba durante las horas diurnas, y hacía tiempo que había dejado atrás al último camión de la jornada. Estaba solo, y su paso se fue aminorando conforme la noche se acercaba. Era una tarde-noche inusualmente clara. Una rápida y pequeña luna se deslizó por el horizonte del este, y el Sujeto buscó un lugar para dormir.

    Exploró durante algunos minutos hasta que encontró una pequeña vaguada arenosa a sotavento, al pie de una formación rocosa. Se acurrucó en ella casi en postura fetal, con la zona ventral protegida del aire frío. Su cuerpo se fue hundiendo poco a poco en su catatonia nocturna habitual.


    Cuando la luna había cruzado tres cuartas partes del firmamento, varias pequeñas criaturas insectiles surgieron de una madriguera oculta en la arena. Se acercaron al Sujeto inmediatamente, atraídas por su olor, quizás, o por el ritmo de su respiración. Eran más pequeñas que los simbiontes nocturnos de su ciudad nativa. Tenían unas protuberancias torácicas distintas, y se movían con dos grupos extras de patas. Pero se alimentaban de la misma forma, y sin vacilación, de las tetillas de sangre del Sujeto.

    Todavía estaban allí (saciadas, quizás) cuando el Sujeto se despertó con la primera luz de la mañana. Algunas de ellas todavía colgaban de su cuerpo cuando se incorporó. Cuidadosamente, con fastidio, el Sujeto las fue cogiendo y arrojando lejos de él. Las criaturas que había lanzado permanecieron inmóviles, pero sin haber recibido daño alguno hasta que el sol calentó sus cuerpos; entonces regresaron a su madriguera en la arena, con la cola en forma de abanico oscilando de un lado de otro, hasta desaparecer.

    El Sujeto continuó por el camino.


    Cuando echó un vistazo a su primera entrada, Marguerite no quedó satisfecha con lo que había escrito.

    No porque fuera incorrecto, aunque por supuesto lo era. Era ultrajosa, deliciosamente incorrecto. Errores de atribución por doquier. Los científicos sociales estarían horrorizados. Pero estaba cansada de la objetividad. Su propio proyecto, su proyecto privado, era ponerse en el lugar del Sujeto. ¿Cómo se entendían los seres humanos unos a otros? «Míralo desde mi punto de vista», solía decir la gente. O, «yo en tu lugar…». Era un acto de imaginación tan común que resultaba invisible. A las personas que no podían hacerlo, ose negaban, se las llamaba psicóticas o sociópatas.

    Pero cuando miramos a los aborígenes, pensó Marguerite, se supone que tenemos que fingir indiferencia. Con una reserva de austeridad casi puritana. ¿Estoy corrompida si admito que me importa que el Sujeto viva o muera?

    La mayoría de sus colegas diría que sí. Marguerite se entretenía con la idea herética de que quizás estuviesen equivocados.

    Aun y todo, había algo que se echaba de menos en la narración. Era difícil saber qué decir, o, especialmente, cómo decirlo. ¿Para quién estaba escribiendo? ¿Para sí misma, o tenía un público en mente?

    Había pasado un par de semanas desde que el Sujeto había dejado la ciudad, la época cuando Tess se había cortado la mano tan aparatosamente. Si seguía con aquello, habría mucho más por escribir. Marguerite estaba sola en su estudio, inclinada sobre su cuaderno de notas, pero al pensar en Tess alzó la cabeza, comprobando los sonidos nocturnos de la casa.

    Chris todavía estaba despierto en el piso inferior. El huésped se había creado su propio espacio en la casa. Dormía en el sótano, estaba fuera la mayor parte del día, cenaba al anochecer en el Sawyer y utilizaba la cocina y el cuarto de estar principalmente cuando Tessa se iba a la cama. Su presencia no resultaba incómoda, en ocasiones era incluso reconfortante. (Allí: el sonido de la puerta del frigorífico cerrándose, el ruido de un plato.) Chris siempre parecía estresado cuando trabajaba, como un hombre que luchara desesperadamente por volver a capturar un hilo de pensamiento perdido. Pero normalmente trabajaba sin cesar hasta altas horas de la madrugada.

    Y había sido una ayuda con Tess. Más que una ayuda. Chris no era uno de aquellos adultos que trataba a los niños con condescendencia, o intentaba impresionarlos. Parecía estar cómodo con Tess, hablaba con ella con libertad, no se ofendía por sus silencios ocasionales o sus enfados. No había hecho un gran alboroto de los problemas de Tessa.

    Incluso Tess parecía un poco más feliz con Chris en la casa.

    Pero el accidente de la mano la preocupaba. Al principio Tess decía únicamente que se había apoyado en la ventana haciendo demasiada fuerza, pero Marguerite la conocía mejor: una ventana de noche, en una habitación con luz, era tan buena como un espejo.

    Y no era el primer espejo que Tess había roto.

    Había roto tres en Crossbank. El terapeuta había hablado de «rabia inexpresada», pero Tess nunca había descrito a la Chica del Espejo como algo hostil o amenazante. Rompía los espejos, decía, porque estaba cansada de que la Chica del Espejo apareciera sin previo aviso («me gusta verme a mí cuando me miro en el espejo»). La Chica del Espejo era entrometida, a menudo inoportuna, frecuentemente molesta, pero algo menos que una pesadilla en toda regla.

    Era la sangre lo que la había asustado mucho más aquella vez.

    Marguerite le había preguntado sobre todo ello al día siguiente de volver de la clínica. El analgésico había dejado a Tess un poco adormilada y se pasó toda la tarde en la cama, echando un vistazo ocasional a un libro pero demasiado cansada para leer durante mucho tiempo. Marguerite se sentaba al lado de su cama.

    —Creía que habíamos acabado con todo esto —dijo ella—. Con el romper cosas.

    No era un tono acusador. Tan solo curioso.

    —Me apoyé en la ventana —repitió Tess, pero debía haber sentido el escepticismo de Marguerite, porque suspiró y añadió en voz más baja—: Me cogió por sorpresa.
    —¿La Chica del Espejo?

    Asintió.

    —¿Ha vuelto últimamente?
    —No —dijo Tess. Después—: No mucho. Eso es por lo que me cogió por sorpresa.
    —¿Has pensado en lo que el doctor Leinster te dijo en Crossbank?
    —La Chica del Espejo no es real. Ella es como una parte de mí que no quiero ver.
    —¿Crees que eso es cierto?

    Tess se encogió de hombros.

    —¿Bueno, qué es lo que piensas de verdad?
    —Pienso que, si no quiero verla, ¿por qué continúa volviendo?

    Una buena pregunta, pensó Marguerite.

    —¿Todavía se parece a ti?
    —Es exacta a mí.
    —Entonces, ¿cómo sabes que es ella?

    Tess se encogió de hombros.

    —Sus ojos.
    —¿Qué pasa con sus ojos?
    —Demasiado grandes.
    —¿Qué es lo que quiere, Tess? —Esperaba que su hija no captara el tono de ansiedad de su voz. El nudo en su garganta. Algo va mal con mi niña. Mi bebé.
    —Creo que solo quiere que preste atención.
    —¿A qué, Tess? ¿A ella?
    —No, no tan solo a ella. A todo. A todo, todo el tiempo.
    —¿Recuerdas lo que el doctor Leinster te enseñó?
    —Tranquilizarme y esperar que desapareciera.
    —¿Todavía funciona?
    —Supongo. A veces se me olvida.

    El doctor Leinster le había dicho a Marguerite que los síntomas de Tessa eran inusuales pero se acercaban mucho al tipo de ilusiones sistemáticas que apuntaban a la esquizofrenia. Nada de cambios drásticos de humor, nada de conducta agresiva, buena orientación en tiempo y espacio, afecto emocional un poco inexpresivo pero no fuera de la escala, conocimiento razonable del problema propio, ninguna señal obvia de desequilibrio neuroquímico. Toda aquella mierda psiquiátrica, que al final se reducía al banal veredicto del doctor Leinster: seguramente se le pasará con el tiempo.

    Pero el doctor Leinster no había tenido que lavar el pijama de Tessa empapado de sangre.

    Marguerite volvió la mirada a su diario. Su relato ilícito. Todavía no estaba actualizado: no había escrito nada sobre las ruinas de la carretera del este, por ejemplo… Pero era suficiente por aquella noche.

    Vio que las luces todavía ardían escaleras abajo. Chris estaba en la cocina comiendo tostadas de centeno y hojeando el ejemplar de septiembre del Astrological Review, reclinado en una silla y apoyando sus pies sobre otra.

    —Tan solo he bajado a por una copa antes de dormir —dijo Marguerite—. Haz como si no estuviera.

    Zumo de naranja y un poco de vodka, que se tomaba siempre que se sentía demasiado cansada para dormir. Como aquella noche. Sacó una tercera silla de debajo de la mesa y puso sus pies calzados con zapatillas sobre la misma silla que Chris.

    —¿Un día duro? —preguntó ella.
    —He tenido otra entrevista con Charlie Grogan en el Ojo —dijo Chris.
    —¿Cómo se está tomando Charlie todo esto?
    —¿El bloqueo? No le preocupa mucho, aunque dice que estos días está alimentando a Boomer a base de ternera. No hay comida para perros en los camiones. Lo que le preocupa principalmente es el Ojo.
    —¿Qué pasa con el Ojo?
    —Han tenido otro pequeño aluvión de averías mientras yo estaba allí.
    —¿En serio? No he recibido un informe al respecto.
    —Charlie dice que son los mismos achaques de siempre, pero que están sucediendo más a menudo últimamente. Subidas de tensión y componentes que se desajustan. Yo creo que lo que realmente le molesta es la posibilidad de que alguien desconecte el interruptor. Lleva cuidando tanto tiempo de los O/CBE que casi se han convertido en hijos suyos.
    —Eso son cosas que se dicen por decir —dijo Marguerite—, todo aquello de que van a desconectar el Ojo. —Pero no le sonó convincente ni a sí misma. Hizo un torpe intento por cambiar de tema—. Normalmente no hablas mucho de tu trabajo.

    Ya se había terminado la mitad de la bebida y sentía el alcohol atravesando su cuerpo ridículamente pronto. Se sentía somnolienta, se sentía temeraria.

    —Intento dejaros en paz a ti y a Tess —dijo Chris—. Estoy muy agradecido de estar aquí. No quiero amargar a nadie con mis problemas.
    —No pasa nada. Nos conocemos desde hace, ¿cuánto, más de un mes ya? Pero estoy convencida de que lo que la gente dice de tu libro no es cierto. No me pareces deshonesto ni vicioso.
    —¿Deshonesto y vicioso? ¿Eso es lo que dice la gente?

    Marguerite se sonrojó.

    Pero Chris estaba sonriendo.

    —Ya lo había oído antes, Marguerite.
    —Me gustaría leer el libro en alguna ocasión.
    —Nadie puede descargarlo desde el bloqueo. Quizás eso me favorezca. —Su sonrisa parecía menos convincente—. Puedo darte un ejemplar.
    —Te lo agradecería.
    —Y yo agradezco tu voto de confianza. ¿Marguerite?
    —¿Qué?
    —¿Qué te parece si me concedes una entrevista? Sobre Blind Lake, el bloqueo, sobre cómo te sientes…
    —Oh, Señor. —No era lo que había esperado que le dijera. Pero ¿qué había esperado?—. Bueno, esta noche no.
    —No, esta noche no.
    —La última vez que me entrevistó alguien fue en un trabajo del instituto. Sobre mi proyecto de ciencias.
    —¿Un buen proyecto?
    —Matrícula de honor. Una beca como premio. Todo sobre ADN mitocondrial, de cuando pensaba que quería ser experta en genética. No está nada mal para la hija de un clérigo. —Bostezó—. Tengo que irme a dormir.

    Impulsiva, o quizás se pudiera decir «alcohólicamente», Marguerite puso la mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba. Era un gesto que él podía ignorar razonablemente. Y sin dolor si lo hacía.

    Chris miró la mano, quizás unos pocos segundos de más. Después la cubrió con la suya. ¿Con convencimiento? ¿A regañadientes?

    A ella le gustó sentir la mano de él sobre la suya. Ningún hombre adulto le había cogido de la mano después de que dejara a Ray, ni Ray era muy propenso a hacerlo. Descubrió que no podía mirar a Chris a los ojos. Dejó que el momento se prolongara; después retiró la mano, sonriendo con timidez.

    —Tengo que irme —dijo ella.
    —Que duermas bien —respondió Chris Carmody.
    —Tu también —le dijo ella, preguntándose dónde se estaba metiendo.


    Antes de irse a dormir, echó un último vistazo a la proyección en directo del Ojo.

    No estaba pasando gran cosa. El Sujeto continuaba con su odisea de dos semanas. Había avanzado bastante por el camino del este, andando sin parar otra mañana. Su piel se iba haciendo mate conforme pasaban los días, pero aquello probablemente era debido al polvo ambiental. No había habido lluvia desde hacía meses, pero aquello era típico del verano en aquellas latitudes.

    Incluso el sol parecía más tenue, hasta que Marguerite se dio cuenta de que la neblina era inusualmente densa aquella mañana, y particularmente densa en dirección noreste, casi como si se estuviera acercando una tormenta. Podría consultar a Meteorología sobre aquello, pensó. Mañana.

    Finalmente, antes de irse a la cama, echó un vistazo a la habitación de Tessa.

    Tess estaba profundamente dormida. El hueco que había dejado el cristal de la ventara junto a su cama todavía estaba cubierto por el plástico y la chapa de madera que había colocado Chris, y el cuarto estaba confortablemente cálido. Feliz ausencia de espejos. Ningún sonido excepto la respiración tranquila de su hija.

    Y en el silencio de la casa Marguerite se dio cuenta, de repente, de para quién estaba escribiendo su narración. No para sí misma. Ciertamente no para otros científicos. Y no para el público en general.

    La estaba escribiendo para Tess.

    El descubrimiento la llenó de energía; desterró la posibilidad de dormir. Volvió a su estudio, encendió la lámpara de su despacho y cogió de nuevo el cuaderno de notas. Lo abrió y comenzó a escribir.

    Hace más de cincuenta años, en un planeta tan lejano que ningún ser humano podía jamás esperar visitar, había una ciudad de roca y arenisca. Era una ciudad tan enorme como cualquiera de nuestras grandes ciudades, y sus torres se alzaban altas en el aire seco y poco denso de aquel mundo. La ciudad estaba construida sobre una llanura polvorienta, rodeada por altas montañas cuyos picos estaban nevados incluso durante el largo verano. Allí vivía alguien, alguien que no era un ser humano pero sí una persona a su propio modo, muy diferente de nosotros pero muy parecido en muchas cosas. El nombre que le dimos fue «Sujeto»…


    15


    Sue Sampel estaba empezando a disfrutar de nuevo de sus fines de semana a pesar del bloqueo continuado.

    Durante un tiempo había sido la cara y la cruz de una moneda: tenía cosas para hacer los días de entre semana, pero se veían empañados por las rabietas y las rarezas de su jefe; los sábados y domingos eran lentos y melancólicos porque no podía coger el coche y conducir hasta Constance a tomar algo. Al principio pasaba fumada todo el fin de semana, hasta que su reserva personal de María se fue acabando (otro producto que los camiones negros no distribuían). Después pidió prestadas a otra empleada de personal de apoyo del Plaza unas cuantas novelas de Tiffany Arias, cinco libros gordos sobre una enfermera en tiempo de guerra en Shiugang, dividida entre su amor por un piloto de vigilancia aérea y su romance secreto con un traficante de armas aficionado a la bebida. A Sue los libros no le parecían mal, pero sin embargo eran un pobre sustituto del cannabis Green Girl Canadian Label (que regularmente, pero de forma ilegal, importaba del Protectorado Económico del Norte), del que conservaba cincuenta gramos en una lata de galletas dentro de un cajón de calcetines.

    Después apareció Sebastian Vogel en la puerta de su casa, con una nota de Ari Weingart y una maleta marrón desgastada.

    A primera vista no parecía muy prometedor. Mono, quizás, de una forma similar a la de los duendecillos de Navidad, rondando los sesenta, un poco fondón, con una franja de cabello gris rodeando su brillante cabeza calva, una barba poblada de color rojo y gris. Era patentemente tímido (se le trabó la lengua cuando se presentó), y aún peor: Sue tuvo la impresión de que se trataba de algún clérigo o sacerdote retirado. Él prometió «no ser un problema en absoluto», y ella se temió que aquello fuera a ser probablemente cierto.

    Le preguntó por él a Ari al día siguiente. Ari le dijo que Sebastian era un académico retirado, no un sacerdote, y que era uno de los tres periodistas que se habían quedado atrapados en Blind Lake. Sebastian había escrito un libro titulado Dios & el vacío cuántico (Ari le entregó un ejemplar). El libro era bastante más árido que una novela de Tiffany Arias, pero considerablemente más sustancial.

    Aun y todo, Sebastian Vogel no fue mucho más que una presencia silenciosa en la casa hasta la noche en la que la encontró haciéndose un porro en la mesa de la cocina.

    —Oh, yo… —dijo Sebastian desde la puerta.

    Era demasiado tarde para esconder la lata de galletas o el papel de fumar. Con culpabilidad, Sue intentó hacer un chiste de aquello.

    —Hum —dijo ella—, ¿quieres acompañarme?
    —Oh, no, no puedo…
    —No, lo entiendo perfectamente…
    —No puedo abusar de tu hospitalidad. Pero tengo unos cuantos gramos en mi equipaje, si no te importa compartirlos conmigo.

    Las cosas fueron a mejor después de aquello.

    Él tenía quince años más que Sue y su cumpleaños era el nueve de enero. Después de un tiempo compartieron la cama. A Sue le gustaba muchísimo (y era mucho más divertido de lo que había supuesto), pero también sabía que aquello era probablemente tan solo un «romance de bloqueo», un término que había escuchado en la cafetería. Los «romances del bloqueo» se habían extendido por toda la ciudad. La combinación de claustrofobia y ansiedad constante había resultado ser un verdadero afrodisíaco.

    Su cumpleaños cayó en sábado, y Sue lo había estado preparando durante semanas. Había querido hacerle un pastel de cumpleaños, pero no había encontrado preparados en las tiendas, y no se atrevía a intentar cocinar uno desde cero. De modo que se había decidido por la siguiente mejor opción: había ejercitado su ingenio.

    Llevó el pastel al comedor con una única vela clavada encima.

    —Feliz cumpleaños —dijo ella.

    En realidad no se parecía demasiado a un pastel. Pero tenía un valor simbólico.

    Por la pequeña boca de Sebastian se abrió paso una sonrisa, oscurecida parcialmente por su bigote.

    —¡Esto es demasiada amabilidad! ¡Gracias, Sue!
    —No es nada —dijo ella.
    —No, está muy bien. —Admiró el pastel—. No he visto comida de lujo desde hace semanas. ¿Dónde has encontrado esto?

    No era realmente un pastel. Era un DingDong con una vela de cumpleaños puesta encima.

    —Es mejor que no lo sepas.


    El sábado, Sebastian había acordado encontrarse con sus amigos para comer en el Sawyer. Le pidió a Sue que fuera con él.

    Ella estuvo de acuerdo, pero no sin ciertas dudas. Sue había ganado una beca de estudios avanzados hacía unos veinte años, y al único sitio al que la había llevado era a su glorioso trabajo de oficina en Blind Lake. Se había quedado fuera de las conversaciones técnicas demasiadas veces como para disfrutar una tarde de charla de pares sobre periodismo científico. Sebastian le aseguró que no iba a ser así.

    —Se hablará sin pelos en la lengua, pero nada de pedantería.

    Quizás sí, quizás no.

    Sue condujo hasta el Sawyer, porque Sebastian no tenía coche propio. Aparcaron bajo una lluvia de nieve blanda. El viento era frío, el sol asomaba de cuando en cuando entre un mar de nubes. El aire del interior del restaurante era adormecedoramente cálido y húmedo.

    Sebastian le presentó a Elaine Coster, una mujer flaca con aspecto amargado, no mucho mayor que ella misma, y a Chris Carmody, considerablemente más joven, alto y un poco ceñudo, pero atractivo de una forma tosca. Chris era amigable, pero Elaine, después de un flácido apretón de manos, dijo:

    —Sebastian, hay más en ti de lo que sospechábamos.

    A Sue le sorprendió la animosidad en la voz de la mujer, casi burlona, y la evidente indiferencia de Sebastian.

    La comida consistía en sopa y sandwiches, el inevitable menú postbloqueo. Sue hizo algunos comentarios graciosos, pero la mayor parte del tiempo escuchó hablar a los demás. Hablaron de la política en Blind Lake, incluyendo algunas especulaciones sobre Ray Scutter, y se preocuparon por la perenne cuestión del bloqueo. Estuvieron recordando a personas de las que ella nunca había oído hablar hasta que comenzó a sentirse ignorada, aunque Sebastian mantenía una mano sobre su muslo bajo la mesa y le daba apretones cariñosos de cuando en cuando.

    Finalmente hubo una parte de cotilleo donde se sintió más integrada en la conversación. Salió a colación que Chris vivía con la ex de Ray Scutter, y que Ray había estado haciéndose el macho fuera de la clínica de Blind Lake hacía un par de semanas. Era la típica gilipollez de Ray, y así lo hizo constar Sue.

    Elaine le lanzó una mirada larga y turbadora.

    —¿Qué es lo que sabes de Ray Scutter?
    —Me ocupo de su despacho.

    Los ojos de Elaine se abrieron de par en par.

    —¿Eres su secretaria?
    —Asistente ejecutiva. Bueno, sí, secretaria, básicamente.
    —Guapa y con talento —le dijo Elaine a Sebastian, que meramente sonreía con su sonrisa inescrutable. Elaine volcó de nuevo su atención sobre Sue, que resistió el impulso de huir de aquella mirada de láser—. ¿Qué es lo que sabes de Ray Scutter?
    —De su vida privada, nada. De su trabajo, prácticamente todo.
    —¿Te habla sobre ello?
    —Oh, Dios, no. Ray juega sus cartas bien cerca del pecho, principalmente porque tiene el as de la incompetencia. ¿Conoces al tipo de gente que no pinta nada en un sitio y al que le gusta hacer todo tipo de trabajo desagradecido, para al menos parecer útil? Ese es Ray. No me cuenta nada, pero la mitad del tiempo tengo que explicarle su propio trabajo.
    —¿Sabes? —dijo Elaine—, circulan rumores sobre Ray.

    O quizás, se preguntó Sue, yo soy la que no pinto nada.

    —¿Qué tipo de rumores?
    —Que Ray quiere acceder a los servidores ejecutivos y leer los correos electrónicos de la gente.
    —Oh. Bueno, eso es…

    Sonó un teléfono móvil. Chris Carmody sacó su teléfono de su bolsillo, se retiró y susurró algo. Elaine le dirigió una mirada envenenada.

    —Lo siento, gente. Marguerite necesita que cuide a su hija —dijo al volver a la mesa.
    —Por Dios —dijo Elaine—, ¿es que todo el mundo se va a dedicar a cuidar la casa en este puto sitio? ¿Qué eres tú ahora, un canguro?
    —Se trata de algún tipo de emergencia, dice Marguerite. —Se levantó.
    —Vete, vete —dijo ella mirando hacia otro lado. Sebastian asintió amigablemente.
    —Ha sido un placer conocerte —le dijo Chris a Sue.
    —Lo mismo digo. —Parecía bastante majo, si acaso un poco distraído. Era ciertamente mejor compañía que Elaine, con su visión de rayos X.

    Una visión que Elaine enfocó sobre ella tan pronto como Chris se hubo ido de la mesa.

    —Entonces, ¿es cierto? ¿Ray está haciendo algún tipo de pirateo informático ilícito?
    —No sé nada de ilícito. Planea hacerlo público. La idea es que quizás en los mensajes anteriores al bloqueo que se encuentran en los servidores del personal directivo se pueda hallar alguna pista sobre la causa de toda esta situación.
    —Si llegó algún tipo de mensaje antes del bloqueo, ¿cómo es que Ray no recibió ninguno?
    —Él tenía un puesto bajo en la jerarquía antes de que todo el mundo se fuera a la conferencia de Cancún. Además, es nuevo aquí. Tenía contactos en Crossbank, pero no lo que uno llamaría amigos. Ray no hace amigos.
    —¿Y eso le concede el derecho de acceder a servidores restringidos?
    —Eso piensa él.
    —Eso piensa él, pero, ¿ha hecho verdaderamente algo al respecto?

    Sue consideró su posición. Hablar con la prensa sería una manera perfecta de que la despidieran. Sin duda, Elaine le prometería anonimato total (o dinero, si ella se lo pedía. O la luna). Pero las promesas eran como los cheques falsos, fáciles de escribir y difíciles de cobrar. Quizás sea estúpida, pensó Sue, pero no tan estúpida como esto mujer piensa.

    Pensó en Sebastian. ¿Querría él que hablara de aquello?

    Le lanzó una mirada interrogativa. Sebastian se sentaba en su silla con las manos cruzadas sobre su estómago, con una manchita de mostaza adornando su barba. Enigmático como una lechuza. Pero asintió.

    De acuerdo.

    De acuerdo. Lo haría por él, no por Elaine.

    Se humedeció los labios.

    —Shulgin estaba ayer en el edificio con uno de los chicos del servicio informático.
    —¿Accediendo a los servidores?
    —¿Tú qué crees? Pero no es que les sorprendiera haciéndolo.
    —¿Qué tipo de información consiguieron?
    —Nada, hasta donde yo sé. Todavía estaban trabajando en ello cuando volví a casa el viernes. —Quizás todavía estén allí, pensó Sue. Separando oro del silicio.
    —Si encuentran algo interesante, ¿pasará esa información por tu escritorio?
    —No. —Sonrió—. Pero pasará por el de Ray.

    Sebastian pareció preocupado.

    —Todo esto es muy interesante —dijo él—, pero no dejes que Elaine te meta en nada peligroso. —Su mano estaba de nuevo sobre su muslo, comunicándole algún mensaje que ella no podía descifrar—. Elaine tiene sus propios intereses en juego.
    —Que te jodan, Sebastian —espetó Elaine.

    Sue estaba ligeramente escandalizada. Más aún porque Sebastian tan solo asintió y puso aquella sonrisa de Buda una vez más.

    —Quizás vea algo así —dijo Sue—, o quizás no.
    —Si lo haces…
    —Elaine, Elaine —cortó Sebastian—, no fuerces tu suerte.
    —Pensaré sobre ello —dijo Sue—, ¿de acuerdo? ¿Suficiente? ¿Podemos hablar ahora de otra cosa?


    Habían terminado su taza de café y la camarera no venía con más. Elaine comenzó a encogerse de hombros en su chaqueta.

    —Por cierto —dijo Sebastian—, me han pedido que haga una pequeña presentación en el centro de ocio para una de las noches sociales de Ari.
    —¿Pregonando tu libro?
    —En cierta forma. Ari está teniendo problemas para llenar estos espacios de los sábados. Probablemente te lo pedirá a ti también para el siguiente.

    Sue disfrutó viendo a Elaine acobardarse ante la proposición.

    —Gracias, pero tengo cosas mejores que hacer.
    —Dejaré que se lo digas tú misma.
    —Se lo pondré por escrito, si quiere.

    Sebastian se disculpó y se fue al baño. Después de un incómodo silencio Sue, todavía molesta, dijo:

    —Quizás no te guste lo que Sebastian escribe, pero merece un poco de respeto.
    —¿Te has leído su libro?
    —Sí.
    —¿De veras? ¿Y sobre qué trata?

    Sue se sonrojó a su pesar.

    —Es sobre el vacío cuántico. El vacío cuántico es un medio para, eh, un tipo de inteligencia… —Y sobre cómo lo que llamamos conciencia humana es en realidad nuestra habilidad para conectar con aquella mente universal. Pero no pudo empezar a decirle aquello a Elaine. Ya se sentía dolorosamente estúpida.
    —No —dijo Elaine—, lo siento. Mal. Es sobre decirle a la gente algo simple y tranquilizador, revestido de mierda pseudocientífica. Es sobre un académico semirretirado que se hace de oro, y lo hace del modo más cínico posible. Oh…

    Sebastian se había deslizado hasta colocarse a su espalda, y a juzgar por la expresión de su cara, había escuchado cada palabra.

    —Sinceramente, Elaine, esto es demasiado.
    —No te enfades, Sebastian. ¿No te ha pedido una secuela todavía tu editorial? ¿Cómo la vas a llamar? ¿El vado cuántico en doce cómodos pasos? ¿El camino hacia la seguridad económica del vacío cuántico?

    Sebastian abrió la boca pero no dijo nada. No parecía enfadado, pensó Sue. Parecía dolido.

    —Sinceramente… —repitió. Elaine se levantó y se abotonó la chaqueta.
    —Pasadlo bien, chicos. —Vaciló, después se giró y puso una mano sobre el hombro de Sue—. De acuerdo, lo sé, soy una puta zorra. Lo siento. Gracias por soportarme. Te agradezco lo que has dicho sobre Ray.

    Sue se encogió de hombros. No podía pensar en una respuesta. Sebastian estuvo en silencio durante el viaje de vuelta a casa. Casi de mal humor. Ella no podía esperar a llegar a casa y liarle un porro.


    16


    Chris encontró a Marguerite en su estudio del primer piso, gritando al teléfono móvil. La transmisión en directo del Ojo llenaba el monitor de la pared.

    La imagen le pareció mala. Parecía degradada, como recorrida por rayas horizontales y rápidos alfileretazos blancos. Lo que era aún peor, el Sujeto se abría paso luchando a través de unas condiciones atmosféricas horribles, ráfagas ocres y rojizas, una tormenta de polvo tan fuerte que amenazaba con ocultarlo completamente a la vista.

    —No —estaba diciendo Marguerite—, no me importa lo que estén diciendo en el Plaza. Vamos, Charlie, ¡tú sabes lo que esto significa! ¡No! Voy para allá. Pronto. —Vio a Chris y añadió—: Quince minutos.

    El mapa original que se había trazado de UMa47/E había mostrado tormentas de polvo de intensidad casi marciana, principalmente en el hemisferio sur. Esta debía de ser anómala, pensó Chris, porque el Sujeto no había recorrido más de doscientos kilómetros desde Villa langosta, y Villa langosta estaba bien al norte del ecuador. O quizás era perfectamente natural, parte de un ciclo más largo que la vigilancia terrestre no había detectado.

    El Sujeto avanzaba contra el viento en el aire opaco, con el torso inclinado hacia delante. Su imagen se difuminaba, se aclaraba, se difuminaba de nuevo.

    —Charlie tiene miedo de que lo perdamos completamente —dijo Marguerite—. Me voy al Ojo.

    Chris la acompañó escaleras abajo. Tessa estaba en el cuarto de estar viendo la programación matinal de sábado de Blind Lake Television.

    Una película de dibujos animados: conejos con gafas gigantescas que cultivaban zanahorias en matraces y alambiques medievales. Su cabeza golpeaba con suavidad rítmica contra el sofá.

    —Dijiste que iríamos a tirarnos en trineo —dijo Tess con insistencia.
    —Cariño, esto es una emergencia. Ya te lo dije. Chris te cuidará, ¿vale?
    —Supongo que podría llevarla yo a jugar en trineo —dijo Chris—, aunque es un largo paseo.
    —¿De veras? —preguntó Tess—. ¿Podemos?

    Marguerite apretó los labios.

    —Supongo que sí, pero no quiero que vayáis hasta allá y volváis andando. La señora Colangelo dijo que podíamos pedirle el coche prestado si lo necesitábamos… Chris puede ocuparse de eso.

    Él prometió que se ocuparía. Tess se apaciguó, y Marguerite se arrebujó en su chaqueta de invierno.

    —Si no estoy de vuelta para la cena, hay comida en el congelador. Sé creativo.
    —¿Cómo de serio es el problema?
    —Llevó mucho tiempo el entrenar al O/CBE a concentrarse en un único individuo. Si lo perdemos en la tormenta quizás no podamos recuperarlo. Y aún peor, hay mucha degradación en la imagen, y Charlie no sabe qué es lo que la está causando.
    —¿Crees que puedes ayudar?
    —No en lo que se refiere al trabajo de los ingenieros. Pero hay gente en el Plaza a la que le encantaría utilizar esta oportunidad para olvidarse del Sujeto. No quiero que eso suceda. Voy a intentar que no tengan éxito.
    —Buena suerte.
    —Gracias. Y gracias por hacerle compañía a Tess. De una forma o de otra, estaré aquí para antes de que se acueste.

    Salió corriendo por la puerta.


    En interés de la hermandad periodística, Chris llamó a Elaine y le contó la situación de la crisis en el Ojo. Ella dijo que averiguaría lo que pudiera.

    —Las cosas se están poniendo raras —dijo ella—. Tengo esa vieja sensación de nuevo.

    Él mismo tenía que admitir que estaba un poco inquieto. Hacía ya casi cuatro meses que estaban en cuarentena, y no importaba cuánto trataras de ignorarlo o racionalizarlo, aquello significaba que algo monumentalmente malo estaba sucediendo, quizás en el exterior, quizás en el interior. Algo malo, algo peligroso, algo oculto que eventualmente saldría gritando hasta la luz.

    La señora Colangelo llevaba la tienda de ropa en la zona comercial de Blind Lake y había tenido que dejar el trabajo desde el bloqueo. Le dejó su pequeño Marconi biplaza de color verde lima, y Tess llevó su trineo de madera pasado de moda a la espalda. La mayoría de los niños utilizaba esquís de plástico, le explicó Tess, pero ella había visto aquel trineo (realmente un tobogán, insistía ella) en una tienda de gangas y le suplicó a su madre que se lo comprara. Eso fue cuando vivían en Crossbank, que tenía más desniveles que Blind Lake pero que estaba lleno de árboles. Al menos aquí no se chocaría contra ninguno.

    Tess todavía era un misterio para Chris. Le recordaba a su hermana Porcia en muchos aspectos (probablemente demasiados), su obstinación, su imprevisibilidad, sus cambios de humor. Pero Porry había sido una parlanchína, especialmente cuando se entusiasmaba por algo nuevo. Tess solo hablaba de forma esporádica.

    Estuvo callada durante los primeros cinco minutos del trayecto, pero al parecer ella también había estado pensando en Porcia.

    —¿Tu hermana fue alguna vez a tirarse en trineo? —preguntó.

    Desde el episodio de la ventana, Tess le había pedido que le contara algunas historias sobre Porcia. Tess, hija única, parecía fascinada por la idea de tener a Chris como hermano mayor, algo menos que un padre, más que un amigo. Parecía creer que Porcia había llevado una existencia mágica. No era cierto. Porcia estaba enterrada en un lluvioso cementerio de Seattle, víctima de la peor enfermedad del adulto en su forma más aguda. Pero no le iba a contar aquello a Tess, por supuesto.

    —No nevaba mucho cuando éramos pequeños. Lo más parecido a tirarnos en trineo que hicimos era resbalar por la nieve en una pequeña elevación de las montañas.
    —¿A Porcia le gustaba?
    —Al principio no. Al principio estaba bastante asustada. Pero después de un par de veces vio que era divertido.
    —Creo que le gustaba —dijo Tess—, solo que le daba frío.
    —Es cierto, a ella no le gustaba mucho el frío.

    Elaine le había acusado de estar «cuidando la casa» en casa de Marguerite. Se preguntó si era cierto. En las últimas semanas había llegado a formar parte importante del universo de Marguerite y Tessa Hauser, casi a pesar de sí mismo. No, aquello no era cierto; no a pesar de sí mismo; él había elegido el camino conscientemente. Pero el camino había acabado por ser un viaje no planeado.

    Todavía no se había acostado con Marguerite, pero de acuerdo con cada señal que podía leer, era allí donde el viaje lo estaba llevando. Y no se trataba de una limpia ganga temporal, un plan de una noche o un romance de bloqueo explícito, el intercambio de calor por calor sin promesas hechas o implícitas. No, las apuestas eran mucho, mucho más altas.

    ¿Quería eso?

    Le gustaba Marguerite, le gustaba todo lo que tenía que ver con ella. Cada conversación nocturna (y últimamente habían tenido muchas) lo hab