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  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA CASA INFERNAL (Richard Matheson)

    Publicado el domingo, febrero 22, 2015

    Con amor, para mis hijas
    Bettina y Alison,
    que han hechizado mi vida con tanta dulzura.


    Resumen

    Durante más de veinte años, la Casa Belasco ha permanecido vacía. Considerada el Everest de las casas encantadas, es una venerable mansión cuyas sombrías paredes han sido testigo de escenas de horror y depravación inimaginables. Las anteriores expediciones que han tratado de investigar sus secretos han terminado en desastre, siendo sus participantes destruidos por el asesinato, el suicidio o la demencia. Ahora se prepara una nueva investigación que llevará a cuatro extraños a la mansión prohibida, decididos a descubrir en la Casa Belasco los secretos definitivos de la vida y la muerte. Cada uno tiene sus propias razones para arriesgarse a sufrir tormentos y tentaciones desconocidos, pero ¿podrá alguien sobrevivir a aquello que acecha en la casa más peligrosa del mundo?.



    18 de diciembre de 1970
    3:17 P.M.


    Llovía con gran intensidad desde las cinco de la mañana. Menudo tiempo, pensó el doctor Barrett, reprimiendo una sonrisa. Se sentía como el personaje de alguna novela gótica moderna: la lluvia torrencial, el frío, el viaje de dos horas desde Manhattan en una de las grandes limusinas de tapicería de cuero negro del señor Deutsch. La interminable espera en este pasillo, viendo cómo varios hombres y mujeres de aspecto desconcertado entraban y salían de la habitación de Deutsch, mirándole de reojo.

    Se sacó el reloj de bolsillo del chaleco y levantó la tapa. Llevaba más de una hora en aquel lugar. ¿Qué querría el señor Deutsch? Seguramente algo relacionado con la parapsicología. Los periódicos y revistas del anciano editaban con frecuencia artículos relacionados con ese tema: Regresa de la tumba; La muchacha que no podía morir... unos artículos que siempre eran sensacionalistas y casi nunca verídicos.

    Haciendo una mueca, el doctor Barrett puso, con gran esfuerzo, la pierna derecha sobre la izquierda. Era un hombre alto y ligeramente gordo de cincuenta y tantos años. Su escaso cabello rubio no había cambiado de color, pero en su cuidada barba empezaban a asomar las canas. Estaba sentado, bien erguido, en una silla de respaldo recto, observando la puerta de la habitación de Deutsch. Edith, que se había quedado en el piso inferior, debía de estar impacientándose. Lamentaba que le hubiera acompañado, pero en ningún momento había pensado que la entrevista iba a demorarse tanto.

    La puerta del dormitorio de Deutsch se abrió y su secretario, Hanley, apareció en el umbral.

    —Doctor —dijo.

    Barrett alcanzó su bastón y, tras levantarse, avanzó cojeando hasta la puerta. Se detuvo enfrente de Hanley, esperando a que le anunciara.

    —El doctor Barrett está aquí, señor.

    Cuando Hanley le hizo un gesto, entró en el dormitorio. El secretario cerró la puerta tras él.

    Era una habitación inmensa, con las paredes revestidas de paneles oscuros. El santuario del monarca, pensó Barrett, mientras avanzaba por la moqueta. Cuando se detuvo junto a la enorme cama, observó al anciano que estaba recostado en ella. Rolf Rudolph Deutsch era un hombre calvo de unos ochenta y siete años. Estaba tan delgado que sus ojos negros le miraban desde unas profundas cuencas descarnadas.

    —Buenas tardes —saludó Barrett con una sonrisa, pensando en lo sorprendente que era que aquella criatura consumida pudiera gobernar un imperio.
    —Está cojo —comentó Deutsch, con voz áspera—. Nadie me había informado de ello.
    —¿Disculpe? —dijo el doctor, poniéndose rígido.
    —No se preocupe —le interrumpió Deutsch—. Supongo que no tiene ninguna importancia. Mi gente me recomendó que lo eligiera. Me dijeron que usted era uno de los cinco mejores en su campo.

    Hizo una pausa para coger aire.

    —Le pagaré cien mil dólares.

    Barrett se sentía desconcertado.

    —Su trabajo consistirá en demostrar los hechos.
    —¿Qué tipo de hechos? —preguntó.

    Deutsch vaciló, preguntándose, quizá, si debía responder a esa pregunta.

    —La vida después de la muerte —respondió por fin.
    —¿Usted quiere que...?
    —...me diga si es posible o no.

    El corazón de Barrett dio un vuelco. Esa suma de dinero le cambiaría por completo la vida; sin embargo, no sabía si moralmente podía aceptar el trabajo.

    —No quiero mentiras —continuó Deutsch—. Sólo deseo una respuesta verdadera, sea la que sea... Pero quiero una respuesta definitiva.

    Barrett sintió cierta desesperación.

    —¿Y cómo podré convencerle? —se vio obligado a preguntar.
    —Proporcionándome hechos —respondió Deutsch, irritado.
    —¿Y dónde voy a encontrarlos? Soy físico. Llevo veinte años estudiando parapsicología, pero todavía no he...
    —Si existen —le interrumpió Deutsch—, los encontrará en el único lugar de la tierra que conozco en el que aún no se ha podido rebatir la supervivencia a la muerte: en la casa Belasco de Maine.
    —¿La Casa Infernal?

    Algo brilló en los ojos del anciano.

    —Sí, en la Casa Infernal —respondió.

    Barrett sintió un hormigueo de emoción.

    —Tenía entendido que los herederos de Belasco la habían cerrado después de lo sucedido...
    —Eso ocurrió hace treinta años —volvió a interrumpirle Deutsch—. Ahora necesitaban el dinero y decidí comprarla. ¿Podría estar allí el lunes?

    Barrett vaciló pero, al ver que Deutsch empezaba a fruncir el ceño, se apresuró a asentir. No podía dejar pasar aquella oportunidad.

    —Sí.
    —Le acompañarán dos personas más —dijo Deutsch.
    —¿Puedo preguntar quiénes...?
    —Por supuesto. Florence Tanner, y Benjamin Franklin Fischer.

    Barrett intentó disimular su decepción. ¿Una médium espiritualista excesivamente emotiva y el único superviviente de la catástrofe de 1940? Se preguntó si debía objetar. Él contaba con su propio equipo de personas sensitivas y consideraba que Florence Tanner y Fischer no le serían de ninguna ayuda. Fischer había demostrado tener unas habilidades increíbles en su niñez, pero todos sabían que había perdido su don después de la crisis nerviosa que sufrió: le habían sorprendido estafando en diversas ocasiones hasta que, finalmente, decidió desaparecer por completo del mundo de la parapsicología. Aunque no estaba prestando atención a las palabras de Deutsch, le oyó decir que Florence Tanner volaría con él hacia el norte y que Fischer se reuniría con ellos en Maine.

    El anciano advirtió su expresión.

    —No se preocupe. Usted estará al mando —dijo—. Tanner estará allí porque mi gente me ha dicho que es una médium de primera...
    —Pero es una médium mental —añadió Barrett.
    —...y deseo que también se utilice ese método de aproximación —continuó diciendo Deutsch, como si Barrett no hubiera hablado—. El motivo de la presencia de Fischer es obvio.

    Barrett asintió, consciente de que no podía hacer nada por evitarlo. Cuando el proyecto estuviera en marcha, pediría que enviaran a alguien de su propio equipo.

    —Respecto a los costes... —empezó a decir.

    El anciano movió la mano.

    —Deberá tratar ese tema con Hanley. Dispondrán de fondos ilimitados.
    —¿Y tiempo?
    —Eso es lo único que no tendrán —respondió Deutsch—. Deseo conocer la respuesta en una semana.

    Barrett se quedó atónito.

    —¡Tómelo o déjelo! —espetó el anciano, con una expresión de rabia en el rostro.

    Barrett era consciente de que ésta era una de esas oportunidades que sólo aparecen una vez en la vida... y sabía que podría averiguar la verdad si lograba que su máquina estuviera lista a tiempo.

    —Una semana —dijo, asintiendo.


    3:50 P.M.


    —¿Algo más? —preguntó Hanley.

    Barrett repasó mentalmente los detalles: redactar una lista en la que aparecieran todos los fenómenos paranormales que se habían observado en la casa Belasco; restablecer el sistema eléctrico; instalar una línea telefónica; y poder disfrutar de la piscina y la sauna. El secretario de Deutsch había fruncido el ceño al oír aquel requisito, pero Barrett ni siquiera se había inmutado. Para él, era imprescindible nadar y tomar una sauna a diario.

    —Una cosa más. —Aunque intentó mostrarse sereno, advirtió que no conseguía ocultar del todo su entusiasmo—. Necesito una máquina. Los planos están en mi apartamento.
    —¿Cuándo la necesitará? —preguntó Hanley.
    —Lo antes posible.
    —¿Es grande?

    Doce años, pensó Barrett.

    —Bastante —respondió.
    —¿Eso es todo?
    —De momento no se me ocurre nada más. De todos modos, no ha mencionado las condiciones en las que viviremos.
    —Se han rehabilitado las habitaciones necesarias y una pareja de Caribou Falls ha accedido a prepararles y entregarles diariamente las comidas. —Hanley esbozó una pequeña sonrisa—. Sin embargo, ambos se han negado a dormir en la casa.
    —Está bien —dijo Barrett, levantándose—. Así no molestarán.

    Hanley empezó a conducirle hacia la puerta de la biblioteca pero, antes de que llegaran, ésta se abrió de golpe y en ella apareció un tipo corpulento que observó encolerizado a Barrett. A pesar de ser cuarenta años más joven y pesar cincuenta kilos más, William Reinhardt Deutsch se parecía muchísimo a su padre.

    El hombre cerró la puerta.

    —Quiero que sepa que voy a detener todo esto —dijo.

    Barrett lo miró, sin decir nada.

    —Mi padre desea conocer la verdad —continuó—, pero todos sabemos que no es más que una pérdida de tiempo. Si deja constancia por escrito, le firmaré un cheque por mil dólares ahora mismo.
    —Me temo que...
    —Lo sobrenatural no existe, ¿verdad? —su cuello se estaba enrojeciendo.
    —Exacto —respondió Barrett. Deutsch empezó a sonreír, triunfante—. El término correcto es «paranormal», pues la naturaleza no puede ser transcendida...
    —¿Dónde diablos está la diferencia? —le interrumpió Deutsch—. ¡Son sólo supercherías!
    —Lo lamento, pero no estoy de acuerdo con usted —dijo Barrett, acercándose a la puerta—. Ahora, si me disculpa...

    Deutsch le cogió del brazo.

    —Escúcheme bien. Será mejor que se olvide de este asunto, porque yo mismo me ocuparé de que no reciba nunca ese dinero...

    Barrett se apartó.

    —Haga lo que quiera —dijo—. Yo seguiré adelante a no ser que su padre me diga lo contrarío.

    Cerró la puerta y se alejó por el pasillo. A la luz de los conocimientos presentes, pensó, dirigiéndose mentalmente al hijo de Deutsch, cualquiera que se refiera a los fenómenos psíquicos como superchería no tiene ni idea de lo que sucede en el mundo. La documentación es inmensa...

    Barrett se detuvo y se apoyó en la pared. La pierna empezaba a dolerle de nuevo. Por primera vez, se vio obligado a reconocer que una semana en la casa Belasco sólo serviría para que empeorara.

    ¿Qué sucedería si, realmente, ese lugar era tan malo como afirmaban los dos informes?


    4:37 P.M.


    El Rolls-Royce avanzaba a toda velocidad por la autopista, dirigiéndose a Manhattan.

    —Es una cantidad de dinero tremenda —comentó Edith, que no acababa de creerse lo sucedido.
    —No para él —respondió Barrett—. Sobre todo si tenemos en cuenta que la está pagando para confirmar la inmortalidad.
    —Pero supongo que sabe que tú no crees...
    —No me cabe la menor duda —le interrumpió Barrett, negándose a considerar el hecho de que no hubiera sido informado—. No es de ese tipo de personas que emprenden algo antes de conocer todos y cada uno de los detalles.
    —Pero son cien mil dólares.

    Barrett sonrió.

    —Incluso a mí me cuesta creerlo —comentó—. Si fuera como mi madre, estoy seguro de que creería que se trata de un milagro de Dios. Me ha ofrecido las dos cosas que llevo tanto tiempo deseando: la oportunidad de demostrar mi teoría y dinero de sobra para que podamos vivir hasta el fin de nuestros días. La verdad es que no puedo pedir más.

    Edith le devolvió la sonrisa.

    —Me alegro por ti, Lionel —dijo.
    —Gracias, amor mío —respondió, acariciándole la mano.
    —Pero tienes que empezar el lunes por la tarde. —Edith parecía preocupada—. Eso no nos deja mucho tiempo.
    —Me pregunto si debería ir solo en esta ocasión —comentó Barrett.

    Ella lo miró fijamente.

    —Bueno, sabes de sobra que no estaré completamente solo —añadió—. Me acompañarán esas dos personas.
    —¿Y qué me dices de las comidas?
    —Nos las traerán a diario. Lo único que tengo que hacer es trabajar.
    —Pero siempre te he ayudado —protestó.
    —Lo sé, pero...
    —¿Qué?

    Vaciló.

    —Preferiría que no me acompañaras en esta ocasión, eso es todo.
    —¿Por qué, Lionel? —al ver que no contestaba, se inquietó—. ¿Es por mí?
    —Por supuesto que no. —Esbozó una rápida sonrisa—. Es por la casa.
    —¿Pero no se trata de una casa supuestamente encantada, idéntica a cualquier otra? —preguntó, usando las palabras que solía emplear su marido.
    —Me temo que no —reconoció—. Ésta se considera el Everest de las casas encantadas. Han intentado investigarla en dos ocasiones; la primera, en 1931 y la segunda, en 1940. Ambos casos acabaron en desastre. Ocho de las personas implicadas fueron asesinadas, se suicidaron o enloquecieron. Sólo una de ellas sobrevivió, pero ignoro si sigue conservando la cordura. Se trata de Benjamin Fischer, una de las dos personas que me acompañarán. La verdad es que no me da ningún miedo la casa —continuó, advirtiendo que aquellas palabras habían inquietado a su mujer—. Estoy completamente convencido de mis creencias. Sin embargo, temo que los detalles de la investigación sean ligeramente desagradables.

    Se encogió de hombros.

    —¿Y pretendes que te deje ir solo? —preguntó Edith.
    —Cariño...
    —¿Y si te ocurre algo?
    —No me pasará nada.
    —¿Pero si pasa, qué? Yo estaré en Nueva York y tú en Maine.
    —Edith, no va a pasar nada.
    —Entonces, no hay ninguna razón por la que no pueda ir. —Intentó sonreír—. Esa casa no me da miedo, Lionel.
    —Ya lo sé.
    —No te molestaré.

    Barrett suspiró.

    —Sé que no conozco tu trabajo, pero siempre habrá algo que pueda hacer para ayudarte: hacer y deshacer el equipaje, ayudarte a preparar los experimentos, mecanografiar el resto de tu manuscrito... Me dijiste que querías tenerlo listo para principios de año. Además, quiero estar contigo cuando demuestres tu teoría.

    Barrett asintió.

    —Deja que lo piense.
    —No te molestaré —prometió ella—. Y sé que podré ayudarte de diversas formas.

    Barrett asintió de nuevo, intentando pensar. Era evidente que su mujer no quería quedarse atrás... y se lo agradecía. Excepto por las tres semanas que pasó en Londres en 1962, no se habían separado nunca desde que se casaron. ¿Realmente supondría algún problema que le acompañara? La verdad es que Edith había experimentado suficientes fenómenos psíquicos como para estar acostumbrada a ellos.

    Sin embargo, la casa era un factor desconocido. No se llamaría la Casa Infernal si no hubiera una buena razón. En ese lugar existía un poder tan fuerte que había sido capaz de destruir, física o mentalmente a ocho personas... y tres de ellas fueron científicos, como él.

    A pesar de que creía saber exactamente de qué poder se trataba, ¿debía permitir que Edith se expusiera a él?



    21 de diciembre de 1970
    11:19 a.m.


    Los dos Cadillac negros avanzaban por la carretera, que serpenteaba a través de un bosque densamente poblado. En el primer automóvil viajaba el representante de Deutsch; el doctor Barrett, Edith, Florence Tanner y Fischer lo hacían en el segundo: una limusina con chófer. Fischer iba de espaldas a la carretera, mirando a sus tres compañeros.

    Florence puso su mano sobre la de Edith.

    —No me gustaría que pensara que soy una persona arisca —dijo—. Lo único que sucede es que me preocupa que usted vaya a la casa.
    —Lo comprendo —respondió Edith, apartando la mano.
    —Señorita Tanner —dijo Barrett—, le agradecería que no alarmara a mi mujer antes de tiempo.
    —No tengo ninguna intención de hacerlo, doctor. Sin embargo... —Florence vaciló antes de continuar—. Espero que haya informado bien a la señora Barrett sobre la casa.
    —Mi mujer sabe que se producirán acontecimientos.
    —Es una forma bonita de decirlo —era la primera vez, en una hora, que Fischer abría la boca.

    Barrett lo miró.

    —También sabe —continuó— que ninguno de estos acontecimientos significará que la casa está encantada.

    Fischer asintió, sacándose un paquete de tabaco del bolsillo.

    —¿Les molesta que fume? —preguntó. Recorrió con la mirada sus rostros y, al ver que nadie objetaba, encendió uno.

    Florence iba a decirle algo a Barrett, pero cambió de idea.

    —Es extraño que un proyecto como éste haya sido financiado por un hombre como Deutsch —comentó—. Ignoraba que sintiera un interés tan genuino por estos temas.
    —Ya es anciano —comentó Barrett—. Sabe que la hora de la muerte se aproxima, y desea creer que no es el final.
    —Por supuesto que no lo es.

    Barrett sonrió.

    —Su cara me resulta conocida —dijo Edith, dirigiéndose a Florence—. ¿Es eso posible?
    —Hace años trabajé como actriz... sobre todo en la televisión, aunque hice alguna película. Mi nombre artístico era Florence Michaels.

    Edith asintió.

    Florence miró a Barrett y después a Fischer.

    —Estoy emocionada —dijo—. Nunca imaginé que trabajaría con dos fenómenos del mundo de la parapsicología. Estoy segura de que la casa se rendirá a nuestros pies.
    —¿Por qué se llama Casa Infernal? —preguntó Edith.
    —Porque su propietario, Emeric Belasco, creó un infierno privado en ella —explicó Barrett.
    —¿Se supone que es él quien ha hechizado la casa?
    —Entre otros —respondió Florence—. Los fenómenos observados son demasiado complejos para que sean obra de un único espíritu. Se trata de un caso de encantamiento múltiple.
    —Yo simplemente diría que allí hay algo —dijo Barrett.

    Florence sonrió.

    —De acuerdo.
    —¿Podrás deshacerte de él con tu máquina? —preguntó Edith.

    Florence y Fischer observaron a Barrett.

    —Se lo explicaré cuando estemos en la casa.

    Todos miraron por la ventanilla cuando el vehículo dobló una curva cerrada.

    —Estamos a punto de llegar. —El doctor Barrett miró a su mujer—. La casa se encuentra en el Valle Matawaskie.

    Todos contemplaron el brumoso valle rodeado de colinas que se abría ante ellos. Fischer apagó el cigarrillo en el cenicero mientras echaba el humo por la boca. Cuando volvió a mirar por la ventanilla, esbozó una mueca.

    —Estamos entrando.

    De repente, el coche se sumergió en una niebla verdosa y el conductor redujo la velocidad. Todos lo miraron y advirtieron que se había inclinado sobre el volante, acercando su rostro al parabrisas. Al cabo de unos instantes, conectó los faros antiniebla y los limpiaparabrisas.

    —¿Cómo es posible que alguien decidiera construir una casa en un lugar como éste? —preguntó Florence.
    —Para Belasco, esto era el paraíso —respondió Fischer.

    Todos miraron por las ventanillas hacia la encrespada niebla. Tenían la impresión de encontrarse en un submarino que se sumergía, lentamente, en un mar de leche condensada. Junto al vehículo aparecían árboles, arbustos o formaciones rocosas que desaparecían al instante. Sólo se oía el ronroneo del motor.

    Por fin, el motor se detuvo. Al oír que se cerraba una puerta, todos miraron hacia delante, intentando ver el Cadillac. Segundos después, la figura del representante de Deutsch apareció entre la niebla. Barrett pulsó el botón para bajar su ventanilla y, al instante arrugó la nariz, pues un aroma fétido inundó sus fosas nasales.

    El hombre se inclinó.

    —Hemos llegado al desvío —anunció—. Su chófer nos acompañará a Caribou Falls, de modo que uno de ustedes tendrá que conducir el vehículo hasta la casa. No está muy lejos. El teléfono ha sido conectado, hay electricidad y sus habitaciones están preparadas.

    Miró hacia el suelo antes de continuar.

    —En esta cesta tienen la comida. La cena les será entregada a las seis. ¿Alguna pregunta?
    —¿Necesitamos alguna llave para la puerta principal? —preguntó Barrett.
    —No, está abierta.
    —De todos modos, déjenos una —dijo Fischer.

    Barrett lo miró unos instantes, antes de volver a dirigirse al representante.

    —No estaría mal que la tuviéramos.

    El hombre sacó un llavero del bolsillo de su abrigo, extrajo una llave y se la entregó al doctor.

    —¿Algo más?
    —Si necesitamos algo, le llamaremos por teléfono.

    El hombre esbozó una pequeña sonrisa.

    —De acuerdo. Entonces, hasta la vista —dijo, dando media vuelta.
    —Espero que haya querido decir «hasta pronto» —comentó Edith.

    Barrett sonrió mientras subía la ventanilla.

    —Yo conduciré —Fischer trepó por el asiento y se puso al volante. Tras poner en marcha el motor, giró a la izquierda para acceder a la deteriorada carretera asfaltada.
    —Ojalá supiera qué debo esperar —comentó Edith, dejando escapar un profundo suspiro.
    —No espere nada —respondió Fischer, sin girarse.


    11:47 a.m.


    Durante los últimos cinco minutos, Fischer había conducido lentamente la limusina por aquella estrecha carretera cubierta de niebla. Ahora, pisó el freno y detuvo el motor.

    —Hemos llegado —anunció, abriendo la puerta y saliendo al exterior, mientras se abotonaba el chaquetón.

    Lionel abrió la puerta que tenía a su lado. Edith esperó a que saliera y, a, continuación, se deslizó por el asiento. En cuanto sacó un pie del vehículo, se estremeció.

    —Qué frío —dijo—. Y qué peste.
    —Es probable que haya un pantano por aquí cerca — dijo Lionel.

    Florence se reunió con ellos y todos permanecieron en silencio, mirando a su alrededor.

    —Tenemos que ir por allí— dijo Fischer, mirando por encima de la capota del coche.
    —Vayamos a echar un vistazo. Ya vendremos después a por el equipaje —propuso Barrett. Volviéndose hacia Fischer, preguntó—: ¿Nos muestra el camino?

    Fischer se puso en marcha.

    Sólo habían recorrido unos metros cuando llegaron a un estrecho puente de hormigón. Mientras lo cruzaban, Edith se asomó por la barandilla: si había agua debajo, la niebla la ocultaba. Miró hacia atrás y vio que la limusina ya había sido engullida por la niebla.

    —Tenga cuidado, no vaya a caerse al pantano —dijo Fischer. Edith se giró y vio una superficie de agua delante de ella y un camino de gravilla que serpenteaba a su izquierda. El agua, que parecía gelatina oscura salpicada de restos de hojas y hierbajos, despedía un hedor fétido y decadente, y las rocas que bordeaban la orilla estaban cubiertas de un limo verdoso.
    —Ahora sabemos de dónde procede el hedor —dijo Barrett, moviendo la cabeza—. Belasco tenía un pantano.
    —La Ciénaga Bastarda —dijo Fischer.
    —¿Por qué lo llama así?

    Fischer no respondió.

    —Se lo contaré más adelante —dijo, por fin.

    Ahora avanzaban en silencio. Sólo se oía el crujido de la gravilla bajo sus pies. Aquel lugar era tan húmedo que todos tenían la impresión de que el frío había logrado adentrarse en sus huesos. Edith se levantó el cuello del abrigo y se acercó más a Lionel. Ambos siguieron caminando cogidos del brazo y mirando hacia el suelo. Florence les seguía.

    Cuando Lionel se detuvo, Edith levantó la mirada.

    Ante ellos, envuelta en la niebla, surgía amenazadora la silueta de una inmensa casa.

    —Es un lugar espeluznante —dijo Florence, empleando un tono airado. Edith la miró.
    —Ni siquiera hemos entrado, señorita Tanner —dijo Barrett.
    —No necesito entrar para saberlo. —Observó a Fischer, que tenía los ojos fijos en la casa. Al ver que se estremecía, se adelantó y acercó su mano a la de él. Fischer se la cogió con tanta fuerza que la mujer esbozó una mueca de dolor.

    Barrett y Edith contemplaron el edificio. Entre la niebla, parecía un acantilado fantasmagórico que les cerraba el paso. De pronto, Edith se adelantó unos pasos.

    —No tiene ventanas —dijo.
    —Belasco ordenó que las tapiaran —explicó Barrett.
    —¿Por qué?
    —No lo sé. Quizá...
    —Estamos perdiendo el tiempo —les interrumpió Fischer, apartándose de Florence y volviendo a ponerse en marcha.

    Recorrieron los últimos metros por el camino de gravilla y subieron los grandes escalones que conducían al porche. Edith advirtió que todos ellos estaban resquebrajados y que en las hendiduras crecían hongos y hierbajos amarillentos cubiertos de escarcha.

    Se detuvieron ante la gigantesca doble puerta principal.

    —Si se abre sola, me voy a casa —dijo Edith, intentando que su voz sonara divertida.

    Barrett sujetó el pomo de la puerta y lo empujó hacia abajo. La puerta no se movió.

    —¿Le sucedió esto alguna vez?
    —En más de una ocasión.
    —Entonces, me alegro de que tengamos la llave —Barrett la sacó del bolsillo de su abrigo y la introdujo en la cerradura, pero fue incapaz de girarla. Movió la llave de un lado a otro, intentando desatascar el cierre.

    De repente, la llave giró y la pesada puerta empezó a abrirse hacia dentro. Edith se estremeció al ver que Florence contenía el aliento.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó.

    Florence movió la cabeza.

    —Nada que deba inquietarnos —respondió Barrett. Edith miró a su marido, recelosa.
    —Sólo ha sido una reacción, señora Barrett —explicó Florence—. Su marido tiene razón. No debemos inquietarnos.

    Fischer ya había entrado en la casa y estaba buscando el interruptor de la luz. Cuando lo encontró, sus compañeros oyeron que lo pulsaba una y otra vez, sin ningún éxito.

    —Menos mal que habían restablecido el servicio eléctrico —comentó.
    —El generador debe de ser muy viejo —dijo Barrett.
    —¿Generador? —Edith estaba estupefacta—. ¿No hay servicio eléctrico en este lugar?
    —En este valle hay tan pocas casas que no resultaría factible instalarlo —explicó Barrett.
    —Entonces, ¿cómo es posible que hayan conectado el teléfono?
    —Es un teléfono de campo —respondió su marido, observando el interior de la casa—. Bueno, el señor Deutsch tendrá que conseguirnos otro generador.
    —Usted cree que así se solucionará todo, ¿verdad? —preguntó Fischer, con recelo.
    —Por supuesto —replicó—. No podemos considerar que el hecho de que se haya estropeado un viejo generador sea un fenómeno psíquico.
    —¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Edith—. ¿Quedarnos en Caribou Falls hasta que instalen el nuevo?
    —Eso podría llevar días —dijo Barrett—. Usaremos velas hasta que llegue.
    —Velas —repitió Edith.

    Barrett sonrió al ver su expresión.

    —Sólo serán un par de días.

    Ella asintió, esbozando una débil sonrisa. Barrett echó un vistazo al interior de la casa.

    —Ahora, la pregunta es: ¿de dónde sacamos las velas? Supongo que habrá alguna por aquí dentro. —Guardó silencio al ver que Fischer sacaba una linterna del bolsillo de su abrigo—. ¡Ah!

    Fischer encendió la linterna, proyectó la luz hacia el interior y entonces, armándose de valor, cruzó el umbral.

    Barrett fue el siguiente en entrar. En cuanto cruzó la puerta, se detuvo al otro lado y escuchó unos instantes. A continuación, se giró y le tendió la mano a Edith, que avanzó sujetándole con fuerza.

    —Aquí dentro huele peor que fuera —dijo la mujer.
    —Es una casa muy antigua que carece de ventilación. Aunque el olor también podría proceder de la chimenea, pues hace más de veintinueve años que no se utiliza —explicó su marido. Entonces, volviéndose hacia Florence, preguntó—: ¿Va a entrar, señorita Tanner?

    Ésta asintió, con una pequeña sonrisa.

    —Sí. —Tras enderezar la espalda y coger aire con fuerza, entró en la casa. Entonces miró a su alrededor, intentando reprimir las náuseas—. La atmósfera es...
    —Una atmósfera de este mundo, no del próximo —dijo Barrett, con sequedad.

    Fischer enfocó con la linterna la oscura inmensidad del vestíbulo. El estrecho haz de luz saltaba caprichosamente de un lugar a otro, deteniéndose momentáneamente en voluminosos muebles, inmensos cuadros de colores plomizos y tapices gigantescos cubiertos de polvo. Vieron una escalera amplia y ondulada que subía hacia la oscuridad, el pasillo del segundo piso que daba al vestíbulo y, mucho más arriba, envuelta en sombras, una amplia extensión de techo revestido con paneles.

    —Parece el hogar de una persona sencilla —comentó Barrett.
    —En absoluto —respondió Florence—. Apesta a arrogancia.

    Barrett suspiró.

    —No sé si será a arrogancia, pero sí que apesta. —El doctor miró hacia la derecha—. Según el plano, la cocina debe de estar por ahí.

    Edith permaneció a su lado mientras cruzaban el vestíbulo. El sonido de sus pasos retumbaba con fuerza en el suelo de madera noble.

    —Sabe que estamos aquí —comentó Florence, mirando a su alrededor.

    Barrett frunció el ceño.

    —Señorita Tanner, espero que no piense que intento coartarla, pero...
    —Lo siento —respondió Florence—. Intentaré guardarme para mí misma mis observaciones.

    Llegaron a un pasillo y avanzaron por él. Fischer iba delante, Barrett y Edith lo seguían y Florence cerraba la marcha. Al final del pasillo se alzaban un par de puertas giratorias revestidas de metal. Fischer empujó una de ellas y, tras entrar en la cocina, la mantuvo entornada para que pasaran los demás. Cuando todos estuvieron dentro, soltó la puerta para que volviera a su lugar y giró sobre sus talones.

    —Dios mío —exclamó Edith, siguiendo con la mirada la luz de la linterna.

    La habitación medía aproximadamente ciento veinte metros cuadrados y sus paredes estaban rodeadas de muebles metálicos y estanterías revestidas de paneles oscuros. Había un enorme fregadero de doble pila, una cocina gigantesca con tres hornos y una inmensa sala frigorífica. En el centro de la sala, como si fuera un colosal ataúd coronado de acero, se alzaba una descomunal mesa de cocina.

    —Debía de tener un montón de invitados —comentó Edith.

    Fischer enfocó con la linterna un gran reloj de pared electrónico que se alzaba sobre los fogones. Sus agujas se habían detenido a las 7:31, a.m. o p.m. ¿De qué día?, se preguntó Barrett, mientras avanzaba cojeando hacia la pared de su derecha y empezaba a abrir cajones. Edith y Florence estaban juntas, observándolo. A continuación, el doctor abrió las puertas de uno de los armarios y musitó algo cuando Fischer lo iluminó con la linterna.

    —Espirituosos auténticos —dijo, mirando las hileras de botellas cubiertas de polvo—. Podríamos abrir una después de cenar.

    Fischer abrió otro cajón y sacó una lámina de cartulina con los bordes amarillentos. La enfocó con la linterna.

    —¿Qué es eso? —preguntó Barrett.
    —Uno de los menús. Según la fecha, es del 27 de marzo de 1928. Sopa de marisco. Mollejas de ternera en salsa. Estofado de capón. Sopa de pan. Crema de coliflor. Y de postre, amandes crème: almendras picadas con nata y clara de huevo batida.
    —Supongo que todos sus invitados acabaron con acidez de estómago —dijo Barrett, riendo.
    —Creo que las comidas tenían un objetivo distinto al de llenarles el estómago —respondió Fischer, sacando un paquete de velas del cajón.

    Tras coger una vela y un candelero cada uno, regresaron al vestíbulo. A medida que avanzaban, las titilantes llamas hacían que sus sombras ondearan en las paredes y el techo.

    —Allí debe de estar el comedor —dijo Barrett.

    Avanzaron bajo una arcada de dos metros de ancho y se detuvieron. Edith y Florence jadearon simultáneamente; Barrett, dejando escapar un silbido, levantó la vela para iluminar mejor la estancia.

    Aquel comedor debía de medir unos cuatrocientos cincuenta metros cuadrados. Las paredes, de dos pisos, estaban revestidas de madera de nogal hasta los dos metros y medio de altura y, a continuación, por bloques de piedra. Enfrente de ellos se alzaba una chimenea gigantesca con el manto de piedra tallada.

    Todos los muebles eran antiguos, excepto las sillas que se diseminaban por todas partes y los sofás, que habían sido tapizados siguiendo la moda de los años veinte. En diversos puntos de la sala había estatuas de mármol sobre sus pedestales; en el rincón noroeste descansaba un piano de cola de ébano; y en el centro de la estancia se alzaba una mesa circular de más de seis metros de diámetro, rodeada por dieciséis sillas de respaldo alto. Sobre ella pendía una enorme araña de luces. Es el lugar perfecto para instalar el equipo, pensó Barrett. Era evidente que alguien había limpiado el comedor.

    —Sigamos adelante —propuso, bajando la vela.

    Abandonaron el salón, cruzaron el vestíbulo pasando bajo las escaleras y doblaron a la derecha para acceder a otro pasillo. Cuando ya habían recorrido varios metros, vieron a su izquierda un par de puertas giratorias de nogal. El doctor empujó una de ellas y se asomó.

    —Es el teatro —explicó.

    Cuando entraron, fueron recibidos por un olor rancio. Las paredes de aquel teatro habían sido revestidas de un antiguo brocado rojo y el suelo, inclinado y con tres pasillos, estaba enmoquetado también en rojo. En el escenario, diversas columnas renacentistas de color dorado flanqueaban la pantalla y a lo largo de las paredes pendían candelabros de plata conectados a la corriente. Las cien butacas que se alineaban en la sala habían sido hechas a medida y tapizadas con terciopelo de color vino.

    —¿Cuánto dinero tenía Belasco? —preguntó Edith.
    —Creo que al morir dejó más de siete millones de dólares —respondió Barrett.
    —¿Al morir? —comentó Fischer, que estaba sujetando una de las puertas para mantenerla abierta.
    —Si hay algo que quiera contarnos... —dijo Barrett, mientras regresaba al pasillo.
    —¿Qué podría decirles? Esta casa intentó matarme... y estuvo a punto de conseguirlo.

    El doctor parecía estar a punto de decir algo, pero cambió de idea y observó el pasillo.

    —Creo que esa escalera conduce a la piscina y a la sauna —comentó—. Pero no tiene ningún sentido que bajemos hasta que no haya electricidad.

    Cruzó cojeando el pasillo y abrió una pesada puerta de madera.

    —¿Qué es? —preguntó Edith.
    —Parece una capilla.
    —¿Una capilla? —Florence palideció. Empezó a aproximarse a la puerta, gimiendo con aprensión. Edith la observó, inquieta.
    —¿Señorita Tanner? —dijo Barrett.

    La mujer no respondió. Cuando ya estaba junto a la puerta, vaciló.

    —Será mejor que no entre —le advirtió Fischer.

    Florence movió la cabeza.

    —Debo hacerlo —respondió, entrando en la sala.

    Retrocedió al instante, sofocando un grito.

    —¿Qué sucede? —preguntó Edith, sobresaltada.

    Florence fue incapaz de responder. Cogió aire con fuerza y movió la cabeza lentamente. Barrett apoyó la mano en el brazo de su esposa.

    —Todo va bien —le dijo en voz muy baja, intentando reconfortarla.
    —En estos momentos me resulta imposible entrar ahí —dijo Florence, a modo de disculpa. Tragó saliva antes de añadir—: Soy incapaz de soportar esa atmósfera.
    —Sólo estaremos un momento —dijo Barrett.

    Florence asintió y dio media vuelta.

    Mientras entraba en la capilla, Edith fue armándose de valor, preparándose para recibir cualquier tipo de susto. Al ver que no ocurría nada, se volvió hacia su marido, confusa. Abrió la boca para decirle algo, pero decidió esperar a que Fischer se alejara un poco.

    —¿Por qué no puede entrar aquí? —preguntó, en un susurro.
    —Porque su sistema armoniza con la energía psíquica —explicó su marido—, y es obvio que esa energía es muy fuerte en este lugar.
    —¿Y por qué aquí?
    —Puede que por contraste: una iglesia en el infierno.

    Edith asintió, mirando de reojo a Fischer.

    —¿Y por qué a él no le molesta? —preguntó.
    —Puede que sepa cómo protegerse.

    Edith asintió de nuevo. Permaneció junto a su marido mientras éste observaba el bajo techo de la capilla. Delante de las hileras de bancos que daban cabida a cincuenta personas se alzaba un altar; sobre éste, reluciendo a la luz de las velas, colgaba una figura de Jesús crucificado de tamaño natural y pintada en color carne.

    —Parece una verdadera capilla —empezó a decir Edith, pero se interrumpió, escandalizada, al ver el enorme pene que sobresalía de la imagen de Jesucristo. Era incapaz de apartar la mirada de aquel obsceno crucifijo. De pronto, sintió que el aire se había espesado, que se coagulaba en su garganta. Intentó reprimir las náuseas.

    Entonces, descubrió los murales pornográficos que colgaban de las paredes. Su mirada se detuvo en el que tenía a su derecha, que describía una orgía de monjas y sacerdotes medio desnudos. Todos ellos babeaban, tenían el rostro enrojecido de excitación y sus ojos reflejaban una lascivia maníaca.

    —La profanación de lo sagrado —comentó Barrett—. Una enfermedad venerable.
    —Era un enfermo —murmuró Edith.
    —Sí, lo era —Barrett la cogió del brazo. Mientras recorrían juntos la nave, Edith advirtió que Fischer ya había salido.

    Lo encontraron en el pasillo.

    —Florence ha desaparecido —anunció.

    Edith lo miró fijamente.

    —¿Cómo puede haberse...? —guardó silencio, mirando a su alrededor.
    —Estoy seguro de que está bien —dijo Barrett.
    —¿En serio? —Fischer parecía enfadado.
    —Estoy seguro de que está bien —repitió Barrett con firmeza—. ¡Señorita Tanner! ¡Venga!

    Empezó a avanzar por el pasillo, llamándola.

    —¡Señorita Tanner!

    Fischer lo siguió, en silencio.

    —Lionel, ¿por qué iba a querer...?
    —No saquemos conclusiones precipitadas —le dijo su marido—. ¡Señorita Tanner! ¿Puede oírme?

    Cuando llegaron al vestíbulo principal, Edith señaló con un dedo el comedor, donde centelleaba la luz de una vela.

    —¡Señorita Tanner! —gritó Barrett.
    —¡Estoy aquí!

    Lionel sonrió a su mujer y, a continuación, miró de reojo a Fischer. Éste seguía muy tenso.

    Florence se encontraba en el extremo más alejado del comedor. Avanzaron hacia ella, oyendo cómo resonaban sus pasos por el suelo.

    —No debería haber hecho eso, señorita Tanner —le reprendió el doctor Barrett—. Ha conseguido alarmarnos.
    —Lo siento —respondió Florence—:. Oí una voz que procedía de este lugar.

    Edith se estremeció.

    Florence señaló el mueble tras el cual se había detenido: una vitrina de estilo español en cuyo interior descansaba un gramófono. Acercó la mano al plato giratorio y levantó un disco para enseñárselo.

    —Era esto.

    Edith no entendía nada.

    —¿Cómo ha podido sonar si no hay electricidad?
    —Olvidas que los antiguos gramófonos funcionaban con cuerda —explicó Barrett, dejando el candelero encima de la vitrina para examinar el disco que Florence sostenía entre sus manos—. Es de fabricación casera.
    —Belasco.

    Barrett lo miró, intrigado.

    —¿Era su voz? —Al ver que la mujer asentía, dejó el disco sobre el plato giratorio. Florence observó a Fischer, que se encontraba a varios metros de distancia y tenía los ojos fijos en el gramófono.

    Barrett dio unas vueltas a la manivela, deslizó la yema del dedo por el extremo de la aguja y la colocó sobre el borde del disco. El altavoz emitió un chasquido; después sonó una voz.

    —Bienvenidos a mi hogar —dijo Emeric Belasco—. Me alegro de que hayan podido venir.

    Edith cruzó los brazos, temblando.

    —Estoy seguro de que su estancia en este lugar les resultará sumamente esclarecedora. —La voz de Belasco era suave y melosa, pero también aterradora: era la voz de un demente muy disciplinado—. Lamento no poder acompañarles, pero tuve que partir antes de su llegada.

    Hijo de puta, pensó Fischer.

    —De todos modos, no deseo que mi ausencia física les incomode. Consideren que soy su anfitrión invisible y sepan que, durante su estancia, estaré con ustedes en espíritu.

    Edith estaba aterrada. Esa voz.

    —Todas sus necesidades están cubiertas —continuó diciendo la voz de Belasco—. No hemos pasado por alto ningún detalle. Pueden ir donde quieran y hacer lo que les apetezca. Ésta es la regla principal de mi hogar: siéntanse libres de hacer lo que prefieran. En mi casa no hay responsabilidades ni normas. Podría decirse que mi única regla es la siguiente: «que cada uno se las apañe como pueda». Espero que encuentren la respuesta que están buscando. Está aquí, se lo aseguro.

    Hubo una pausa.

    —Y ahora... auf Wiedersehen.

    Cuando la aguja llegó al final del disco, Barrett la levantó y apagó el gramófono. El comedor estaba en completo silencio.

    —Auf Wiedersehen —repitió Florence—. Hasta que nos volvamos a ver.
    —¿Lionel...?
    —No realizó esta grabación pensando en nosotros —dijo.
    —Pero...
    —La grabó hace más de medio siglo —explicó Barrett, sosteniendo el disco en lo alto—. Fíjense bien. El hecho de que esas palabras nos resulten pertinentes no es más que una simple coincidencia.
    —Entonces, ¿por qué se puso en marcha el gramófono? —preguntó Florence.
    —Ése es un tema completamente distinto —respondió Barrett—. Ahora sólo estoy hablando del disco.

    Miró a Fischer antes de continuar.

    —¿En 1940 también se puso solo en marcha? Los informes no dicen nada de eso.

    Fischer movió la cabeza.

    —¿Usted sabía algo de este disco?

    Justo cuando todos pensaban que no iba a responder, Fischer empezó a hablar.

    —Cuando llegaban los invitados, descubrían que se había ido; entonces sonaba este disco —hizo una pausa—. Era uno de sus juegos favoritos. Mientras sus huéspedes estaban aquí, Belasco se escondía para espiarlos.

    Barrett asintió.

    —Pero puede que fuera invisible —continuó Fischer—. Él afirmaba tener ese poder. Decía que podía dirigir la atención de un grupo de personas hacia cierto objeto y moverse entre ellos sin que nadie lo viera.
    —Lo dudo —dijo Barrett.
    —¿En serio? —Fischer contempló el gramófono esbozando una extraña sonrisa—. Hace unos instantes, todos estábamos absortos en ese aparato. ¿Cómo sabe que no ha pasado junto a nosotros mientras escuchábamos sus palabras?


    12:46 P.M.


    Estaban subiendo las escaleras cuando una gélida brisa pasó sobre ellos, haciendo que las llamas titilaran. La vela de Edith se apagó.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó en un susurro.
    —Una brisa —respondió Barrett, inclinando su vela para volver a encender la de su esposa—. Ya hablaremos de esto después.

    Edith tragó saliva, mirando a Florence. Su marido la cogió del brazo y ambos continuaron subiendo las escaleras.

    —Sucederán muchas cosas como ésta durante toda la semana —explicó—. Pronto te acostumbrarás.

    Edith no dijo nada. Mientras continuaban subiendo, Florence y Fischer intercambiaron una mirada.

    Al llegar al segundo piso, giraron a la derecha y avanzaron por la galería. A mano derecha se extendía la pesada balaustrada; a mano izquierda, a lo largo de la pared revestida de madera, se abrían diversas puertas. Barrett se acercó a la primera de ellas y la abrió. Tras echar un vistazo a su interior, se volvió hacia Florence.

    —¿Le gusta ésta? —preguntó.

    La mujer cruzó el umbral.

    —No está mal —dijo, regresando al pasillo—. Pero creo que la señora Barrett estará más cómoda en esta habitación.

    Barrett estuvo a punto de decir algo, pero prefirió guardar silencio.

    —De acuerdo —dijo, indicando a su esposa que entrara.

    Siguió a Edith hasta el interior y, tras cerrar la puerta, recorrió el cuarto, cojeando. Edith miró a su alrededor. A su izquierda había un par de camas renacentistas de nogal tallado, entre las que se alzaba una mesita de noche, con una lámpara y un teléfono de estilo francés. En el centro de la pared contraria se abría una chimenea y, enfrente de ésta, descansaba una robusta mecedora de nogal. Una alfombra persa de color azul, de cincuenta y cinco metros cuadrados, cubría casi por completo el suelo de madera de teca. En medio de la alfombra se alzaba una mesa octogonal y una silla a juego, tapizada en cuero rojo.

    Tras echar un vistazo al cuarto de baño, Barrett regresó junto a su mujer.

    —Respecto a esa brisa... La verdad es que no me apetecía empezar una discusión con la señorita Tanner. Por eso he preferido omitir el tema.
    —Realmente ha sucedido, ¿verdad?
    —Por supuesto —respondió, con una sonrisa—. Pero no ha sido más que una simple manifestación de energía cinética. Piense lo que piense la señorita Tanner, esa energía carece de inteligencia. Debería haberte mencionado eso antes de salir de casa.
    —¿Haberme mencionado qué?
    —Que tendrías que insensibilizarte a todo lo que esa mujer pueda decir durante la próxima semana. Ya sabes que es espiritista. Sus creencias se basan en la vida más allá de la muerte y en la comunicación con los desencarnados... una base que es completamente errónea. Eso es lo que intento demostrar pero, hasta que no lo consiga —dijo, sonriendo—, te tocará escuchar muchas de sus... opiniones. No puedo pedirle que se abstenga de hacer comentarios en todo momento.

    A su derecha, apoyadas contra la pared, descansaban un par de camas con unas cabeceras laboriosamente talladas, entre las que se alzaba una inmensa cómoda. Sobre ésta, suspendida del techo, había una gran lámpara italiana de plata.

    Justo enfrente de ella, junto a las contraventanas de madera, se alzaba una mesa de estilo español con una silla a juego. Encima de la mesa había una lamparilla china y un teléfono de estilo francés. Florence cruzó la habitación y descolgó el aparato. No había línea. ¿Tenía alguna esperanza de que estuviera conectado?, pensó divertida. Estaba segura de que, antaño, con ese teléfono sólo podían efectuarse llamadas internas.

    Se giró y observó la habitación. Había algo. ¿Qué era? ¿Un ente? ¿Una emoción residual? Florence cerró los ojos y esperó. Estaba segura de que había algo en el aire. Sentía cómo se movía y palpitaba, acercándose a ella para retroceder al instante, como una bestia invisible y huidiza.

    Después de varios minutos abrió los ojos. Ya vendrá, pensó. Cruzó la habitación para dirigirse al cuarto de baño y entrecerró los ojos cuando sus blancas paredes de baldosa relucieron a la luz de la vela. Tras dejar el candelero en la pila, abrió el grifo de agua caliente. Durante unos momentos no sucedió nada. Entonces, se oyó un borboteo y una gota oscurecida por el óxido salpicó la cuenca. Florence esperó a que el agua saliera limpia antes de mojarse las manos. Estaba tan fría que se le escapó un silbido. Espero que el calentador no esté estropeado, pensó. Tras inclinarse un poco, se humedeció la cara.

    Tendría que haber entrado en la capilla, pensó. No debería haberme echado atrás al primer desafío. Esbozó una mueca al recordar las fuertes náuseas que había sentido cuando estaba a punto de entrar. Es un lugar espantoso. Tenía que encontrar la forma de entrar, pero sabía que tardaría algún tiempo en poder hacerlo. Pronto entraré, se prometió a sí misma. Cuando llegue el momento, Dios me concederá la fuerza necesaria.

    Su habitación era más pequeña que las otras dos. En ella sólo había una cama con dosel. Fischer se sentó a los pies, contemplando el intrincado dibujo de la moqueta. Podía sentir que la casa que le rodeaba era como un ser enorme e invisible. Sabe que estoy aquí, pensó. Belasco lo sabe. Todos ellos lo saben, porque soy su único fracaso. Lo estaban observando, esperando a ver qué hacía.

    Pero no tenía intenciones de dar ningún paso antes de tiempo. No pensaba hacer nada hasta que lograra sentir ese lugar.


    2:21 P.M.


    Fischer fue hasta el comedor, iluminándose con la linterna. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba un jersey negro de cuello alto, unos pantalones negros de pana y unas zapatillas de deporte gastadas. Avanzó silenciosamente hasta la enorme mesa redonda. Barrett y Edith estaban allí, él sentado y ella de pie, abriendo unas cajas de madera y dejando su contenido sobre la mesa. En la chimenea crepitaba el fuego.

    Edith dio un respingo cuando Fischer surgió de entre las sombras.

    —¿Necesitan ayuda?—preguntó.
    —Ya estamos acabando —respondió Barrett, sonriendo—. Pero gracias por ofrecerse.

    Fischer se sentó en una de las sillas y observó a Barrett con atención, viendo cómo desembalaba un instrumento, lo limpiaba cuidadosamente con un trapo y lo dejaba sobre la mesa. Qué quisquilloso es con su equipo, pensó. Se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió uno, siguiendo a Edith con la mirada. Cuando ésta cogió otra caja y la llevó hasta la mesa, advirtió el movimiento de su deforme sombra en la pared.

    —¿Sigue dando clases de física? —preguntó.
    —Con ciertas limitaciones, por motivos de salud. —Barrett vaciló, pero decidió continuar—. Tuve la polio a los doce años y mi pierna derecha está parcialmente paralizada.

    Fischer lo observó en silencio. Barrett sacó otro instrumento de su caja y lo limpió con el trapo. Tras dejar el instrumento sobre la mesa, volvió a mirar a Fischer.

    —Pero eso no afectará de ningún modo al proyecto —dijo.

    Fischer asintió.

    —Antes se refirió al pantano como la Ciénaga Bastarda —comentó el doctor, prosiguiendo con su trabajo—. ¿Por qué?
    —Algunas de las invitadas de Belasco se quedaron embarazadas durante su estancia en la casa.
    —¿Y los bebés acabaron...? —preguntó Barrett, levantando la mirada.
    —En trece ocasiones.
    —Eso es terrible —exclamó Edith.

    Fischer dejó escapar el humo por su boca.

    —En este lugar sucedieron muchas cosas terribles.

    Barrett observó los instrumentos que ya estaban sobre la mesa: el galvanómetro astático, el galvanómetro reflectante, el electrómetro de cuadrantes, la balanza Crookes, la cámara, la jaula de tela metálica, el absorbedor de humo, el manómetro, los platos de la balanza y la grabadora. Aún tenía que desempaquetar el reloj de contacto, el electroscopio, las luces (estándar e infrarrojas), el termómetro de máximas y mínimas, el higroscopio, la pantalla de sulfuro fosforescente, el hornillo eléctrico, la caja de cubetas y tubos de ensayo, el material moldeable y el equipo de primeros auxilios. Y el instrumento más importante de todos, pensó Barrett con satisfacción.

    Estaba desempaquetando un soporte de luces rojas, amarillas y blancas cuando Fischer preguntó:

    —¿Cómo piensa utilizarlo si no hay electricidad?
    —He llamado a Caribou Falls —respondió Barrett—. Por cierto, el teléfono está en el vestíbulo. Me han dicho que instalarán un generador nuevo por la mañana.
    —¿Y usted cree que funcionará?

    Barrett reprimió una sonrisa.

    —Funcionará.

    Fischer no dijo nada más. El leño que ardía en la chimenea restalló y Edith, que estaba a punto de coger una de las cajas de madera más grandes, dio un respingo.

    —No cojas ésa. Pesa demasiado —le dijo su marido.
    —Yo lo haré —levantándose de la silla, Fischer se acercó a Edith y cogió la caja.
    —¿Qué hay aquí dentro? —preguntó, mientras la llevaba a la mesa—. ¿Un yunque?

    Barrett levantó la tapa de la caja, advirtiendo su mirada de curiosidad.

    —¿Le importaría...? —preguntó. Fischer cogió entre sus manos el voluminoso instrumento de metal y lo dejó sobre la mesa. Éste tenía forma de cubo y estaba pintado de azul oscuro. En la parte frontal había un panel esférico y una minúscula aguja roja que señalaba el número cero. A la izquierda del cero aparecía el número novecientos. Sobre la parte superior del instrumento ponía, en letras negras: BARRETT - REM
    —¿REM?—preguntó Fischer.
    —Se lo explicaré más adelante —dijo Barrett.
    —¿Es ésta su máquina?

    Barrett movió la cabeza hacia los lados.

    —La están construyendo.

    Todos se volvieron hacia la arcada al oír unos pasos. Florence apareció en la entrada, con un candelero en la mano. Iba vestida con un pesado jersey verde de manga larga, una recia falda de tweed y zapatos de tacón bajo.

    —Hola —dijo alegremente.

    Mientras se aproximaba hacia ellos, recorrió con la mirada el despliegue dé instrumentos que había sobre la mesa y sonrió.

    —¿Le apetece venir a dar una vuelta? —preguntó, dirigiéndose a Fischer.
    —¿Por qué no?

    En cuanto se quedaron solos, Edith cogió una lista mecanografiada que descansaba sobre la mesa y la leyó. Llevaba por título «Fenómenos Psíquicos Observados en la Casa Belasco»:

    Adivinación; Adivinación por bola de cristal; Admonición; Apariciones; Aportes; Asportes; Atado de nudos; Automatismo motor; Automatismo sensorial; Autoscopia; Bilocación; Brisas; Catalepsia; Clariaudiencia; Clariconciencia; Clariconciencia floral; Clarividencia; Comunicación; Comunicación onírica; Control; Desmaterialización; Dibujo automático; Dibujo directo; Ectoplasma; Eidolones; Elongación; Emanaciones; Escotografía; Escriptografía; Escritura automática; Escritura dérmica; Escritura directa; Escritura facsímil; Escritura sobre pizarra; Estigmas; Exteriorización de motricidad; Exteriorización de sensación; Extras; Fantasmas; Fantasmogénesis; Fenómenos biológicos; Fenómenos eléctricos; Fenómenos luminosos; Fenómenos magnéticos; Fenómenos poltergeist; Fenómenos químicos; Fotografía psíquica; Glosolalia; Golpes; Habla automática; Hiperestesia; Hipermnesia; Huellas; Ideomorfos; Ideoplasma; Impresiones químicas; Interpenetración de la materia; Levitación; Materia a través de materia; Materialización; Metagrafología; Moldes de parafina; Música trascendental; Obsesión; Olores; Paramnesia; Paraquinesia; Parestesia; Percepción extra-temporal; Percusión; Personificación; Pintura automática; Pintura directa; Posesión; Precognición; Presentimiento; Previsión; Profecías oníricas; Pruebas con libros; Pruebas impresas; Psícometría; Psicoquinesia; Radiestesia; Radiografías; Retrocognición; Salpicaduras de agua; Seudópodos; Sonambulismo; Sonidos psíquicos; Sueños; Teleplasma; Telequinesia; Telestesía; Tiptología; Roces psíquicos; Transfiguración; Transporte; Varas psíquicas; Vientos psíquicos; Visión ciega; Visión telescópica; Voces; Voz directa; Voz independiente; Xenoglosia.

    Edith dejó la lista sobre la mesa, aturdida. Dios mío, pensó. ¿Qué tipo de semana nos espera?


    2:53 P.M.


    El garaje tenía capacidad para siete automóviles, pero ahora estaba vacío. Fischer apagó la linterna al entrar, pues por las mugrientas ventanas entraba luz del día suficiente para poder ver. Observó la niebla verdosa que presionaba los paneles de vidrio.

    —Quizá deberíamos guardar el coche aquí —dijo.

    Florence avanzó por aquel suelo salpicado de aceite, moviendo la cabeza de un lado a otro. Se detuvo ante un estante y tocó un martillo sucio y moteado de óxido.

    —¿Qué ha dicho? —preguntó.
    —Que quizá deberíamos guardar el coche aquí.

    Florence le dijo que no con la cabeza.

    —Si ha sido capaz de estropear el generador, hará lo mismo con el coche.

    Fischer observó a la médium, que estaba dando vueltas por el garaje. Cuando pasó junto a él, alcanzó a oler su perfume.

    —¿Por qué dejó de actuar? —preguntó.

    Florence le miró, esbozando una leve sonrisa.

    —Es una larga historia, Ben. Se la contaré cuando estemos un poco más tranquilos. En estos momentos prefiero captar las sensaciones del lugar —se detuvo junto a una mancha de luz y cerró los ojos.

    Fischer la observó atentamente. Con su tez marfil y su lustroso cabello pelirrojo, la médium parecía una muñeca de porcelana.

    Instantes después, Florence regresó junto a él.

    —Aquí no hay nada —dijo—. ¿Está de acuerdo conmigo?
    —Si usted lo dice...

    Fischer conectó la linterna mientras subían los escalones que conducían al pasillo.

    —¿Adónde vamos ahora? —preguntó Florence.
    —No conozco bien este lugar. Sólo estuve tres días.
    —Entonces, lo exploraremos. No es necesario...

    De repente, Florence guardó silencio y se detuvo, ladeando la cabeza hacia la derecha, como si oyera un ruido a sus espaldas.

    —Sí. Tristeza. Dolor —murmuró, frunciendo el ceño y moviendo la cabeza—. No, no.

    Entonces suspiró y miró a Fischer.

    —Usted puede sentirlo.

    Fischer no respondió. La mujer sonrió y apartó la mirada.

    —Bien, veamos qué más encontramos. —Cuando empezaron a alejarse por el pasillo, ella le preguntó—: ¿Ha leído ese artículo del doctor Barrett en el que compara a las personas sensitivas con contadores Geiger?
    —No.
    —La verdad es que la comparación es buena. En cierto modo, somos como contadores Geiger: si quedamos expuestos a las emanaciones psíquicas, las detectamos al instante. La única diferencia es que, además de instrumentos, somos jueces; no sólo captamos las sensaciones, sino que también las analizamos.
    —Hum... —dijo Fischer. Florence lo miró de reojo.

    Empezaron a descender las escaleras que había delante de la capilla.

    —Me pregunto si realmente necesitaremos una semana entera —dijo Florence.
    —Pues yo creo que no lo conseguiremos ni en un año — comentó él, iluminando el suelo con la linterna.
    —He visto cómo se resolvían problemas psíquicos sumamente complejos de la noche a la mañana —dijo ella, empleando un tono neutro—. No deberíamos...

    Se interrumpió, sujetándose a la barandilla.

    —Esa maldita cloaca —murmuró con fiereza. Entonces, dio un respingo y movió la cabeza—. ¡Oh! Qué furia. Qué veneno tan destructivo. Es un hombre muy hostil, pero no me sorprende. ¿Quién puede culparle, si está encerrado en esta casa?

    Temblando, miró de reojo a Fischer.

    Al llegar al pasillo inferior, vieron un par de puertas giratorias de metal con ojos de buey. Fischer empujó una y la mantuvo abierta para que pasara su compañera. Sus pasos resonaron con fuerza en el suelo de baldosas y reverberaron en el bajo techo.

    En aquella estancia había una piscina olímpica. Fischer alumbró con la linterna sus turbias y verdosas profundidades. Avanzó hasta el borde y, tras arrodillarse, se subió la manga del jersey y hundió la mano en el agua.

    —No está fría. —^—Sorprendido, examinó la piscina—. Y está entrando agua. Debe de tener un generador independiente.

    Florence contempló la piscina. Las ondas que había provocado la mano de Fischer se deslizaban por la superficie.

    —Aquí hay algo —comentó, sin mirar a su compañero.
    —La sauna está al otro lado —dijo Fischer, regresando junto a ella.
    —Vayamos a echar un vistazo.

    Mientras avanzaban por el borde de la piscina, sus pasos reverberaron con tanta fuerza que parecía que les estaba siguiendo alguien. Florence miró por encima del hombro.

    —Sí —murmuró, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

    Fischer abrió la pesada puerta metálica y la mantuvo entornada mientras alumbraba el interior con la linterna. La sauna medía dieciséis metros cuadrados y sus paredes, suelo y techo estaban alicatados en blanco. Diversos bancos de madera se alineaban a las paredes y, recorriendo el suelo en espiral como si fuera una serpiente petrificada, había una manguera de color verde apagado conectada a la toma de agua.

    Florence hizo una mueca.

    —Corrompido. Aquí... —Tragó saliva, como si deseara liberar su garganta de la amarga bilis—. Aquí. ¿Pero qué?

    Fischer soltó la puerta, que se cerró con un fuerte golpe. Florence lo miró y, al ver que daba media vuelta, empezó a caminar junto a él.

    —El doctor Barrett ha venido muy bien equipado, ¿verdad? —dijo, intentando animarlo—. Resulta extraño que esté tan convencido de que la ciencia podrá acabar con el poder de esta casa.
    —¿Y qué podrá hacerlo?
    —El amor —respondió ella, apretándole el brazo—. Ambos lo sabemos, ¿verdad?

    Fischer volvió a sujetar la puerta para que pasara y ambos se alejaron por el pasillo.

    —¿Qué hay allí? —Florence cruzó el vestíbulo y abrió una puerta de madera. Fischer dirigió el haz de luz hacia su interior.

    Era una bodega, aunque todos sus estantes y repisas estaban vacíos.

    Florence hizo una mueca.

    —Veo esta sala llena a rebosar de botellas —dijo, dando media vuelta—. Preferiría no entrar.

    Regresaron a las escaleras y subieron hasta el vestíbulo del primer piso. Al pasar por delante de la puerta de la capilla, Florence se estremeció.

    —Este lugar es el peor de todos. Aunque no haya visto la casa entera, tengo la sensación de que... —A medida que hablaba, su voz fue perdiendo intensidad. Se aclaró la garganta antes de añadir—: Pero conseguiré entrar.

    Accedieron al pasillo contiguo. Unos veinte metros más adelante, en la pared de la derecha, se abría una arcada.

    —¿Qué hay aquí?

    En cuanto cruzó la arcada, Florence contuvo el aliento.

    —Esta casa —dijo.

    El salón de baile era inmenso. Sus elevadas paredes estaban adornadas con brocados y pañería de terciopelo rojo. Tres enormes arañas de luz pendían del techo revestido de madera. El suelo era de roble, con detalles muy laboriosos. En el extremo más alejado de la estancia había un velador para los músicos.

    —Un teatro, quizá... ¿pero esto? —dijo Florence—. ¿Realmente un salón de baile puede ser un lugar maligno?
    —El mal llegó después —respondió Fischer.

    Florence sacudió la cabeza.

    —Contradicciones. Tenía razón cuando dijo que nos llevaría más de una semana. Me siento como si estuviera en el centro de un laberinto de tan inmensurable complejidad que la perspectiva de salir resulta... —Guardó silencio—. Sin embargo, lo conseguiremos.

    Oyeron un tintineo sobre sus cabezas. Fischer levantó la linterna para iluminar la pesada lámpara de cristal que pendía sobre ellos. Los cristales refractaron la luz, proyectando todos los colores del espectro por el techo. La araña no se movía.

    —Acaban de retarnos —susurró Florence.
    —Pero no se dé demasiada prisa en aceptar —le advirtió Fischer.

    Florence le miró bruscamente.

    —Usted le está cerrando el paso —dijo.
    —¿Qué?
    —Usted le está cerrando el paso, por eso no ha sentido aquellas cosas.

    Fischer esbozó una fría sonrisa.

    —No las he sentido porque no eran ciertas. Yo también he sido espiritista, ¿recuerda? Sé que, si se lo proponen, ustedes son capaces de encontrar cosas en cualquier esquina.
    —Ben, eso no es cierto. —Florence parecía dolida—. Esas cosas estaban allí y usted las hubiera percibido con la misma claridad que yo si no estuviera obstruyendo...
    —No estoy obstruyendo nada —le interrumpió—. Lo único que estoy haciendo es evitar caer en el mismo error por segunda vez. Cuando vine aquí en el año 1940, yo era como usted... No, era peor, mucho peor. Realmente creía que era algo, creía que era el regalo que Dios había hecho a la investigación psíquica.
    —Usted fue el médium más poderoso de este país, Ben.
    —Y lo sigo siendo, Florence, pero ahora intento ser más cauteloso. Y le sugiero que haga lo mismo. Se está moviendo por esta casa como si fuera un nervio en carne viva... y cuando realmente encuentre algo, ese algo le arrancará las entrañas. Este lugar se llama Casa Infernal por una buena razón, ¿sabe? Está decidida a matarnos a todos, de modo que debería aprender a protegerse hasta que esté preparada para enfrentarse a ella. Si no, se convertirá en una víctima más de su lista.

    Se miraron en silencio durante un prolongado momento.

    —Pero aquel que entierra su talento... —empezó a decir Florence, tocándole la mano.
    —Oh, mierda —Fischer giró sobre sus talones y se alejó.


    6:42 P.M.


    El comedor medía dieciocho metros de largo y era tan alto como ancho: ocho metros en ambas direcciones. Tenía dos entradas: una arcada que conducía hasta el vestíbulo y una puerta giratoria que daba a la cocina.

    El techo estaba cubierto por paneles de madera exquisitamente tallados, el suelo era de travertino pulido y las paredes estaban revestidas de madera hasta los tres metros y medio de altura y, a continuación, por bloques de piedra. En el centro de la pared occidental se alzaba una gigantesca chimenea, cuyo manto gótico se fundía con el techo. Cuatro lámparas inmensas, conectadas a la corriente, pendían sobre la mesa de doce metros que se alzaba en el centro del comedor. La mesa estaba rodeada por treinta sillas de madera de nogal envejecida, tapizadas de terciopelo de color vino.

    Los cuatro estaban sentados a un extremo de la mesa, presidida por Barrett. La pareja invisible de Caribou Falls les había llevado la cena a las seis y cuarto.

    —Si nadie tiene nada que objetar, me gustaría realizar una sesión esta noche —anunció Florence.

    Barrett se quedó paralizado unos instantes.

    —No tengo nada que objetar —dijo finalmente, mientras continuaba sirviéndose una segunda ración de brécol.

    Florence miró a Edith, que movió la cabeza para indicarle su conformidad; entonces, sus ojos se detuvieron en Fischer.

    —De acuerdo —dijo éste, alcanzando la cafetera.

    Florence asintió.

    —Entonces, la haremos después de cenar. —Desde que se habían sentado a la mesa, la mujer sólo había bebido agua.
    —¿Le gustaría realizar una sesión por la mañana, señor Fischer? —preguntó Barrett.

    Fischer movió la cabeza.

    —Todavía no.

    Barrett asintió. Ya está, pensó. Se lo había pedido y se había negado. Como su trabajo en este proyecto requería los servicios de un médium físico, Deutsch tendría que enviarle a alguien de su propio equipo. Excelente, pensó. Mañana haré los arreglos pertinentes.

    —Debo decir que, de momento, la casa no ha hecho honor a su reputación.

    Fischer apartó la mirada de su plato.

    —Todavía no ha acabado de analizarnos —en su rostro se dibujó una sonrisa torcida.
    —En mi opinión, la casa carece de fuerza —comentó Florence—. Es obvio que el conflicto lo provocan las entidades supervivientes... sean quienes sean. Por ahora, sólo estamos seguros de la presencia de Belasco.
    —¿Ha contactado con él hoy? —preguntó Barrett. Aunque utilizó un tono moderado, Florence advirtió su sarcasmo.
    —No —respondió—, pero sí que lo hizo el señor Fischer cuando estuvo aquí en el año 1940. Además, la presencia de Belasco ha sido documentada.
    —Comunicada —le corrigió Barrett.

    Florence vaciló.

    —Creo que será mejor que pongamos nuestras cartas sobre la mesa, doctor Barrett —dijo finalmente—. Doy por sentado que usted está convencido de que los fantasmas no existen.
    —Si con eso se refiere a las entidades supervivientes, está usted en lo cierto —respondió.
    —¿A pesar de que hayan sido percibidas a lo largo de los siglos? —preguntó ella—. ¿A pesar de que hayan sido vistas por varias personas a la vez? ¿A pesar de que hayan sido fotografiadas y de que los animales hayan podido verlas? ¿A pesar de que hayan generado información que más tarde se ha verificado? ¿A pesar de que hayan tocado a diversas personas y hayan movido objetos?
    —Esos hechos confirman la existencia de un fenómeno, señorita Tanner, pero no la existencia de fantasmas.

    Florence sonrió con fatiga.

    —No sé cómo responder a eso.

    Barrett le devolvió la sonrisa a la vez que gesticulaba con las manos, como si intentara decirle: «Como no vamos a ponernos de acuerdo, ¿por qué no dejamos las cosas como están?».

    —Entonces, usted no acepta la supervivencia —insistió Florence.
    —Considero que se trata de un concepto fascinante —respondió Barrett—. Aunque no tengo nada en contra, no creo que sea posible comunicarse con los supuestos supervivientes.

    Florence lo miró con tristeza.

    —¿Cómo puede decir eso, después de haber oído sollozos de alegría en las sesiones de espiritismo?
    —Porque he oído sollozos parecidos en las instituciones mentales.
    —¿En las instituciones mentales?

    Barrett suspiró.

    —No pretendía ofender. Sin embargo, creer en la posibilidad de comunicarse con los muertos ha conducido a más personas a la locura que a la paz mental.
    —Eso no es cierto —espetó Florence—. Si lo fuera, las comunicaciones espirituales habrían acabado hace mucho tiempo. Pero eso no ha sucedido; llevan siglos realizándose.

    Miró a Barrett fijamente, como si intentara comprender su punto de vista.

    —Puede decir que es una noción fascinante, doctor —continuó—. Sin embargo, estoy segura de que es mucho más que eso. ¿Qué me dice de aquellas religiones que aceptan que hay vida después de la muerte? ¿Acaso no recuerda estas palabras de San Pablo: «Si los muertos no se levantaran de la tumba, nuestra religión sería vana»?

    Barrett no contestó.

    —Pero usted no lo cree —añadió Florence.
    —No, no lo creo.
    —¿Y podría ofrecernos una alternativa?
    —Sí —Barrett le devolvió la mirada, desafiante—. Una alternativa mucho más interesante, pero también más compleja y exigente. El ego subliminal: esa vasta y oculta extensión de la personalidad humana que, al igual que un iceberg, forma parte del supuesto umbral de la conciencia. Ahí es donde radica la fascinación, señorita Tanner. No en los reinos especulativos del más allá, sino del aquí, del hoy; el desafío de nosotros mismos. Los misterios desconocidos del espectro humano, las capacidades infrarrojas de nuestro cuerpo, las capacidades ultravioletas de nuestra mente. Ésa es la alternativa que ofrezco: las extensas facultades del sistema humano que todavía no han sido demostradas. Las facultades mediante las cuales, estoy convencido, se producen todos los fenómenos psíquicos.

    Florence guardó silencio durante unos instantes. Entonces, sonrió.

    —Ya veremos —dijo.

    Barrett asintió.

    —Por supuesto que lo veremos.

    Edith contempló el comedor.

    —¿Cuándo se construyó esta casa? —preguntó.

    Barrett miró a Fischer.

    —¿Usted lo sabe?
    —En el año 1919 —respondió.
    —Por las diversas cosas que ha dicho usted hoy, tengo la impresión de que sabe bastante sobre Belasco. ¿Le importaría compartir con nosotros esa información? No nos iría mal... —Barrett reprimió una sonrisa— conocer a nuestro adversario.

    ¿Esto le divierte?, pensó Fischer. Seguro que deja de sonreír cuando Belasco y los demás se pongan manos a la obra.

    —¿Qué desea saber?—preguntó.
    —Lo que pueda decirnos —dijo Barrett—. Una descripción general de su vida resultaría muy útil.

    Fischer se sirvió otra taza de café y, tras volver a dejar la cafetera sobre la mesa, envolvió la taza con las manos y empezó a hablar.

    —Nació en el año 1879. Era el hijo ilegítimo de Myron Sandler, un fabricante de armas americano, y de Noe Belasco, una actriz inglesa.
    —¿Por qué adoptó el nombre de su madre? —preguntó Barrett.
    —Sandler estaba casado. —Hizo una pausa antes de continuar—. No sabemos nada sobre su infancia, salvo algún incidente aislado. A los cinco años colgó a un gato para ver si lograba revivir a la segunda de sus siete vidas. Como no fue así, se puso furioso, cortó al gato en pedazos y arrojó los trozos por la ventana de su habitación. Después de aquello, su madre empezó a llamarlo Emeric el Malvado.
    —Supongo que se crió en Inglaterra —interrumpió Barrett.

    Fischer asintió.

    —El siguiente incidente del que tenemos conocimiento fue una agresión sexual a su hermana pequeña.

    Barrett frunció el ceño.

    —¿Va a ser todo así?
    —No tuvo una vida ejemplar, doctor —explicó Fischer, usando un tono ligeramente cáustico.

    Barrett vaciló.

    —De acuerdo. —Se volvió hacia su esposa—: ¿Algo que objetar, cariño?

    En cuanto ésta le dijo que no con la cabeza, el doctor miró a Florence.

    —¿Señorita Tanner?
    —No, si eso puede ayudarnos a comprender —respondió.

    Barrett hizo un ademán a Fischer, invitándole a continuar.

    —Debido a la agresión, su hermana estuvo dos meses hospitalizada —explicó Fischer—. Pero no entraré en detalles. Belasco fue enviado a un colegio privado. En aquel entonces ya tenía diez años. Allí abusaron de él durante varios años, sobre todo uno de sus profesores homosexuales. Más adelante, Belasco le invitó a pasar una semana en este lugar; después de la visita, el profesor regresó a su casa y se colgó.
    —¿Cómo era físicamente? —preguntó Barrett, intentando cambiar de tema.

    Fischer buscó en su memoria. Momentos después, empezó a recitar:

    «Sus dientes son los de un carnívoro y, cuando sonríe, parece un animal gruñendo. Tiene la tez pálida porque odia el sol y evita el aire libre. Sus ojos, sorprendentemente verdes, parecen estar dotados de una energía interna propia. Su frente es amplia; su cabello y su acicalada barba, de color azabache. Aunque es atractivo, su rostro es aterrador, pues es el de un demonio que ha adoptado un aspecto humano».

    —¿Quién lo describió así? —preguntó Barrett.
    —Su segunda mujer. Se suicidó aquí, en el año 1927.
    —Se sabe de memoria esa descripción —comentó Florence—. Debe de haberla leído muchas veces.

    El rostro de Fischer era sombrío.

    —Como bien ha dicho el doctor —respondió—, es bueno conocer al adversario.
    —¿Era alto o bajo? —preguntó Barrett.
    —Alto. Medía casi dos metros. Lo llamaban el Gigante Rugidor.

    Barrett asintió.

    —¿Educación?
    —Nueva York. Londres. Berlín. París. Viena. No siguió ningún curso específico: Lógica, Ética, Religión, Filosofía.
    —Lo suficiente para racionalizar sus acciones, supongo —comentó Barrett—. Heredó el dinero de su padre, ¿verdad?
    —En su mayoría. Su madre le dejó varios miles de libras; su padre, diez millones y medio de dólares: el dinero que había conseguido vendiendo rifles y pistolas.
    —Puede que eso le hiciera sentirse culpable —comentó Florence.
    —Belasco no sintió el menor remordimiento en toda su vida.
    —Pero eso demuestra su ofuscación mental —dijo Barrett.
    —Puede que su mente estuviera ofuscada, pero era un hombre brillante. Era capaz de dominar a la perfección cualquier tema que decidiera estudiar. Hablaba y leía en una docena de idiomas. Estaba versado en Filosofía natural y Metafísica. Estudió todas las religiones, doctrinas cabalísticas y cultos arcanos. Su mente era un almacén de información, una central energética... —Hizo una pausa—.Una morgue de fantasías.
    —¿Amó a alguien durante su vida? —preguntó Florence.
    —No creía en el amor —respondió Fischer—. Sólo creía en la voluntad. «La extraña vis viva del ego, el magnetismo, el placer más secreto e imperante de la mente: la influencia». Se cierran las comillas. Emeric Belasco, 1913.
    —¿A qué se refería por «influencia»? —preguntó Barrett.
    —Al poder de dominación de la mente —explicó Fischer—. Al control que puede ejercer un ser humano sobre otro. Es obvio que poseía la misma personalidad hipnótica que ciertos hombres como Cagliostro y Rasputin. «Nadie se acercó demasiado a él, por miedo a que su terrible presencia lo subyugara y lo engullera». Esta cita también es de su segunda mujer.
    —¿Belasco tuvo hijos? —preguntó Florence.
    —Se dice que uno, pero nadie lo sabe con certeza.
    —Antes dijo que la casa fue construida en 1919 —comentó Barrett—. ¿La corrupción empezó inmediatamente?
    —No, al principio todo era inocente: cenas para las altas esferas, festejos, espléndidos bailes en el salón. Sus invitados recorrían el mundo entero para pasar una semana en este lugar, pues Belasco era el anfitrión perfecto. Sofisticado, encantador. Entonces, en 1920... —Levantó la mano derecha, juntando los dedos índice y pulgar—. Un peu, como solía decir él, una pizca de envilecimiento: la lenta introducción de la sensualidad abierta, primero de palabra y luego de obra. Chismes. Intrigas amorosas. Maquinaciones aristocráticas. Vino en abundancia y saltos de alcoba. Todo ello inducido por Belasco y sus influencias. Durante esta fase, lo que hizo fue crear una alta sociedad similar a la que existía en la Europa del siglo xviii. Llevaría demasiado tiempo describir en detalle cómo lo logró; sin embargo, lo hizo de una forma muy sutil, con gran delicadeza.
    —Supongo que el resultado de eso fue, principalmente, el libertinaje sexual —comentó Barrett.

    Fischer asintió.

    —Belasco formó un club llamado Las Afroditas. Cada noche... y posteriormente, dos o tres veces al día, celebraban una reunión que Belasco denominaba «Simposium»... es decir, una asamblea pecaminosa. Después de que todos hubieran consumido drogas y afrodisíacos, se sentaban alrededor de la mesa del salón y hablaban sobre sexo hasta que todos estaban «lúbricos», como solía decir Belasco. Entonces, empezaba la orgía. Sin embargo, no todo se ceñía al sexo pues, en este lugar, los excesos se aplicaban a todos los detalles de la vida: los invitados comían hasta la saciedad y bebían hasta la embriaguez. La drogadicción iba en aumento... y a medida que se corrompía el espectro físico de los huéspedes, también se iban corrompiendo sus mentes.
    —¿Cómo?—preguntó Barrett.
    —Imagine a veinte o treinta personas con la mente completamente liberada, a quienes se les incita a hacer lo que quieran con sus compañeros... sin ningún tipo de límite, excepto el impuesto por la imaginación. A medida que sus mentes se iban abriendo (o cerrando, si prefieren llamarlo así), también se abrieron los demás aspectos de sus vidas. Hubo personas que pasaron meses e incluso años enteros en este lugar, de modo que la casa se convirtió en su forma de vida, una forma de vida que cada día era un poco más insana. Al permanecer aisladas de la sociedad normal, la sociedad de esta casa se convirtió en la norma. La autoindulgencia total se convirtió en la norma. El libertinaje se convirtió en la norma. Y pronto, la brutalidad y la masacre se convirtieron en la norma.
    —¿Cómo es posible que todas esas... bacanales no tuvieran repercusión alguna? —preguntó el doctor—. Estoy seguro de que alguien debió.... llamar la atención de Belasco.
    —La casa estaba aislada, realmente aislada. No había teléfonos que permitieran comunicarse con el exterior. Pero lo más importante es que nadie se atrevía a denunciar a Belasco. Le tenían demasiado miedo. De vez en cuando se acercaba algún detective privado, pero ninguno logró descubrir nada pues, mientras tenía lugar la investigación, la conducta de los huéspedes era intachable. Nunca hubo ninguna prueba... y si la hubo, Belasco la compró.
    —Y a pesar de todo, ¿la gente seguía viniendo a esta casa? —dijo Barrett, con incredulidad.
    —En rebaños —respondió Fischer—. Sin embargo, Belasco acabó tan harto de tener la casa llena de ávidos pecadores que empezó a viajar por el mundo en busca de jóvenes creativos que quisieran visitar su «retiro artístico» para escribir o componer, pintar o meditar. Por supuesto, en cuanto los tenía aquí... —Movió los brazos—. Influencias.
    —El peor de los pecados —dijo Florence—. Corromper a los inocentes.

    Observó a Fischer con ojos suplicantes.

    —¿Ese hombre no tenía ni un ápice de decencia? —preguntó.
    —No —respondió—. Uno de sus pasatiempos favoritos era destruir a las mujeres. Era tan alto e imponente y poseía tanto magnetismo que, si se lo proponía, conseguía que se enamoraran de él... pero en cuanto se sumían en las profundidades de la adoración, se deshacía de ellas. Lo hizo con su propia hermana, la misma a la que violó. Fue su amante durante un año. Cuando él la rechazó, cayó en la drogadicción y se convirtió en la primera dama de su pequeña compañía de teatro. Murió aquí, en el año 1923, de una sobredosis de heroína.
    —¿Belasco consumía drogas? —preguntó Barrett.
    —Al principio sí. Después empezó a distanciarse de todo aquello que hacían sus huéspedes porque deseaba realizar un estudio del mal y consideraba que no lo conseguiría hacer si participaba activamente. Entonces empezó a alejarse de todo aquello y centró sus energías en la corrupción masiva de sus invitados. En el año 1926 decidió dar el impulso final, incitando a sus huéspedes a realizar todo tipo de crueldades, perversiones y horrores que pudieran concebir: organizó concursos para ver a quién se le ocurrían las ideas más deleznables; implemento lo que él denominaba «Los Días de Profanación», que eran periodos de veinticuatro horas de frenéticas depravaciones; les incitó a representar, al pie de la letra, los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade; y llevó a su hogar a monstruosidades del mundo entero: jorobados, enanos, hermafroditas, seres grotescos de todo tipo...

    Florence cerró los ojos e inclinó la cabeza, apoyando la frente entre sus manos.

    —Entonces, todo empezó a descontrolarse —continuó Fischer—. No había criados que atendieran la casa, porque ya no había ninguna diferencia entre ellos y los huéspedes. El servicio de lavandería se interrumpió y todos se vieron obligados a lavarse la ropa... algo que se negaron a hacer, por supuesto. Al no haber cocineros, todos tenían que contentarse con comer lo primero que encontraban... que cada vez era menos, porque tampoco había nadie que se encargara de llenar la despensa.

    »En el año 1927, una epidemia de gripe azotó la casa. Cuando los médicos que se alojaban en ella aseguraron que la niebla del Valle de Matawaskie era perjudicial para la salud, Belasco ordenó que se tapiaran las ventanas. Para entonces, el generador principal empezó a fallar, pero como nadie se encargó de repararlo, todos se vieron obligados a usar velas. La calefacción se apagó durante el invierno de 1928, pero como nadie se preocupó de volver a encenderla, la casa empezó a ser tan fría como una nevera. La neumonía acabó con la vida de trece inquilinos, pero a nadie le importó. Para aquel entonces, ya estaban tan perturbados que sólo eran capaces de pensar en su «dieta diaria de depravaciones», según decía Belasco. Tocaron fondo en el año 1928, explorando la mutilación, el asesinato, la necrofilia y el canibalismo.

    Los tres le escuchaban en silencio. Barrett y Edith lo miraban fijamente, pero Florence había agachado la cabeza. Fischer continuó su relato en voz baja y sin reflejar emoción alguna, como si estuviera explicando algo absolutamente normal.

    —En junio de 1929, en este teatro se representó una versión del circo romano —explicó—. El momento culminante llegó cuando un leopardo famélico devoró a una virgen en el escenario. En el mes de julio de aquel mismo año, un grupo de doctores drogadictos empezaron a experimentar con animales y con humanos, comprobando los umbrales del dolor, intercambiando órganos y creando monstruosidades. Para aquel entonces todos, excepto Belasco, eran poco más que animales: casi nunca se lavaban, vestían ropas harapientas y llenas de mugre, comían y bebían todo aquello que llegaba a sus manos y se mataban entre sí por comida, agua, licores, drogas, sexo, sangre o incluso por el sabor de la carne humana, un placer del que ya disfrutaban muchos de ellos.

    »Y cada día, Belasco los observaba, frío, distante, impasible. Belasco, un Satán tardío observando a su chusma. Siempre vestido de negro. Una figura gigantesca, aterradora, que contemplaba la encarnación del infierno que había creado.

    —¿Cómo acabó todo? —preguntó Barrett.
    —¿Estaríamos aquí si hubiera acabado?
    —Ahora llegará a su fin —dijo Florence.
    —¿Qué sucedió con Belasco? —insistió Barrett.
    —Nadie lo sabe —respondió Fischer—. Cuando los familiares de algunos de sus huéspedes entraron en la casa por la fuerza en noviembre de 1929, todos estaban muertos. Veintisiete personas... pero Belasco no se encontraba entre ellas.


    8:46 P.M.


    Florence se acercó a ellos. Durante los últimos diez minutos había permanecido en un rincón del salón, «preparándose», según les había dicho. Ahora estaba lista.

    —Tanto como lo podría estar cualquiera en este ambiente —comentó, con una sonrisa—. El exceso de humedad siempre es un problema. ¿Ocupamos nuestros asientos?

    Los cuatro se sentaron alrededor de la inmensa mesa redonda: Fischer enfrente de Florence, Barrett a varias sillas de ésta y Edith junto a él.

    —Tengo la impresión de que el mal de esta casa está tan intensamente concentrado —dijo Florence, poniéndose cómoda— que podría ser un señuelo para todos los espíritus que están atados a la tierra. En otras palabras, creo que la casa podría estar actuando como un imán gigantesco para las almas perdidas. Eso podría explicar su complicada textura.

    ¿Qué se supone que debemos decir?, se preguntó Barrett. Miró de reojo a Edith y, al ver su expresión, se vio obligado a reprimir una sonrisa.

    —¿Seguro que el equipo no va a molestarle? —preguntó.
    —En absoluto. De hecho, le agradecería que conectara la grabadora en cuanto empiece a hablar Nube Roja. Puede que diga algo importante.

    Barrett se limitó a asentir con la cabeza, para no comprometerse.

    —También funciona con batería, ¿verdad?

    Barrett asintió de nuevo.

    —Bien —Florence sonrió—. En lo que a mí respecta, los demás instrumentos carecen de utilidad.

    Entonces, mirando a Edith, añadió:

    —Supongo que su marido le habrá explicado que no soy una médium física. Sólo establezco contacto mental con los espíritus; es decir, sólo los admito en forma de pensamiento. —Miró a su alrededor—. ¿Pueden apagar las velas?

    Edith se puso tensa. Lionel se humedeció los dedos para apagarla y Fischer optó por soplar. Ahora sólo quedaba la suya: una diminuta y centelleante aura en la inmensidad del salón, pues el fuego de la chimenea se había consumido hacía una hora. Edith era incapaz de apagar su vela, así que lo hizo su marido.

    Entonces tuvo la impresión de que la oscuridad se abalanzaba sobre ella como un tsunami, dejándola sin aliento. Buscó a tientas la mano de Lionel, recordando el día que visitó las Cuevas de Carlsbad: en una de las cavernas, el guía apagó las luces y la oscuridad fue tan intensa que pudo sentir cómo presionaba sus ojos.

    —Oh Espíritu del Amor y la Ternura —dijo Florence—. Nos hemos reunido aquí esta noche para hallar una comprensión más perfecta de las leyes que gobiernan nuestro ser.

    Barrett advirtió lo fría que estaba la mano de su mujer y sonrió compasivo. Sabía perfectamente qué sentía, pues durante sus primeros años de trabajo, él había sentido lo mismo docenas de veces. Sí, le había acompañado a alguna sesión, pero nunca en un lugar con unas dimensiones y una historia tan espeluznantes como éste.

    —Danos, Oh Profesor Divino, vías de comunicación con los del más allá, en particular con aquellos que caminan atormentados por esta casa.

    Fischer respiró con fuerza. Recordaba su primera sesión en aquella casa, en el año 1940. Fue en ese mismo salón, en esa misma mesa: empezaron a caer objetos por todas partes y el doctor Graham quedó inconsciente al ser golpeado por uno de ellos. También recordaba la niebla verdosa e incandescente que había inundado el aire. Le ardía la garganta. No debería estar participando en esta sesión, pensó.

    —Que la obra de tender un puente por el abismo de la muerte sea realizada por nosotros tan fielmente que el dolor se transforme en alegría y el pesar, en paz. Pedimos esto en el nombre de nuestro Padre infinito. Amén.

    Tras guardar silencio unos instantes, empezó a cantar con voz suave y melodiosa, haciendo que Edith se estremeciera.

    —El mundo ha sentido el aliento avivador de la orilla eterna. Y las almas, triunfantes sobre la muerte, regresan a la tierra una vez más.

    El sonido de aquella enmudecida canción en la oscuridad hizo que se le erizara la piel. Cuando el himno finalizó, Florence empezó a respirar profundamente, a la vez que movía las manos por delante de su rostro. Minutos después, empezó a acariciarse los brazos y los hombros y, a continuación, deslizó las manos por el pecho, el estómago y los muslos. Siguió masajeándose el cuerpo con los labios separados, los ojos entrecerrados y una expresión de torpe abandono en el rostro. Su respiración se hizo más pausada e intensa, hasta que sólo fue un ronco sonido sibilante. Sus manos descansaban flácidas sobre el regazo y sus brazos y piernas temblaban. Lentamente, inclinó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el respaldo de la silla. Respiró larga y vibrantemente, y entonces se quedó inmóvil.

    El salón se sumió en el más absoluto silencio. Barrett observó el lugar que ocupaba Florence, pero no pudo ver nada. Edith había cerrado los ojos, pues prefería la oscuridad individual a la de la habitación. Fischer estaba muy tenso, expectante.

    La silla de Florence crujió.

    —Yo Nube Roja —dijo, con una voz sonora. En la oscuridad, su rostro era pétreo y su expresión, imperiosa—. Yo, Nube Roja.

    Barrett suspiró.

    —Buenas noches.

    Florence refunfuñó, inclinando la cabeza.

    —Yo vengo de lejos. Os traigo saludos del reino de la Paz Eterna. Nube Roja contento de veros. Siempre contento de ver criaturas terrenales reunidas en círculo de fe. Yo siempre con vosotros, vigilo y protejo. Muerte no fin del camino. Muerte es puerta a mundo sin fin. Eso sabemos.
    —¿Podría...? —empezó a decir Barrett.
    —Almas de criaturas terrenales aprisionadas —le interrumpió Florence—. Atadas en mazmorras de carne.
    —Sí —dijo Barrett—. ¿Podría...?
    —Muerte es perdón, liberación. Deja atrás lo que el poeta llama «vestidura limosa de decadencia». Encuentra libertad... luz... alegría eterna.
    —Sí, ¿pero usted cree...?

    Cuando Florence le interrumpió de nuevo, Edith se mordisqueó el labio inferior para evitar reírse.

    —Mujer Tanner dice pon máquina, pon voz en cinta. No sé qué significa. ¿Lo hace?

    Barrett refunfuñó.

    —De acuerdo. —Tras buscar a tientas la grabadora, la conectó y empujó el micrófono hacia Florence—. Ahora, si usted...
    —Nube Roja guía a mujer Tanner. Guía a segundo médium a su lado. Habla con mujer Tanner. Lleva otros espíritus a ella.

    De repente, Florence miró a su alrededor, enseñando los dientes. Tenía el ceño fruncido y un gruñido de desaprobación retumbaba en su garganta.

    —Casa mala. Lugar enfermo. Diablo aquí. Mala medicina. —Movió la cabeza y gruñó de nuevo—. Mala medicina.

    Se giró hacia el otro lado, gruñendo, como si alguien hubiera aparecido a sus espaldas por sorpresa.

    —Hombre aquí. Hombre feo. Como troglodita. Pelo largo. Cara sucia. Arañazos. Llagas. Dientes amarillos. Hombre inclinado, retorcido. Sin ropa. Como animal. Respira fuerte. Con dolor. Muy enfermo. Dice: Dame paz. Libérame.

    Edith sujetó con fuerza la mano de su marido, negándose a abrir los ojos porque temía ver la figura que Florence había descrito.

    La médium sacudió la cabeza. Levantando el brazo lentamente, señaló la entrada del salón.

    —Vete. Deja la casa. —Miró hacia la oscuridad y volvió a girarse con un gruñido—. No bueno. Mucho tiempo aquí. No escucha. No comprende.

    Se dio unos golpecitos en la cabeza con el dedo índice.

    —Demasiado enfermo por dentro.

    Dejó escapar un sonido de sorpresa, como si alguien le hubiera dado a conocer algo interesante.

    —Límites. Naciones. Términos. No sé qué significa. Extremos y límites. Terminaciones y extremidades. —Sacudió la cabeza—. No sé.

    Se sacudió, como si alguien le hubiera agarrado con fuerza por los hombros.

    —No. Vete —gruñó—. Hombre joven aquí. Dice tenemos que hablar... tenemos que hablar —refunfuñó de nuevo y guardó silencio.

    Los tres se crisparon cuando Florence gritó:

    —¡No os conozco! —recorrió la mesa con la mirada, con una expresión furiosa—. ¿Por qué estáis aquí? No hacéis ningún bien. Nada cambia. ¡Nunca! Idos de aquí. ¡Os haré daño! No puedo evitarlo. ¡Que Dios os maldiga, hijos de puta!

    Edith se recostó con fuerza sobre su silla. Aquella voz era completamente distinta a la de Florence: histérica, desequilibrada, amenazadora.

    —¿No veis que estoy indefenso? No os quiero hacer daño, pero debo hacerlo. —La cabeza de Florence se abalanzó hacia delante, con los ojos cerrados y los labios estirados debido a la fuerza con la que apretaba los dientes. Instantes después dijo, con una voz gutural—: Os lo advierto. Idos de esta casa antes de que os mate.

    Edith gritó cuando algo empezó a golpear la mesa.

    —¿Qué es eso? —preguntó. Su voz se perdió bajo aquella sucesión de porrazos salvajes. Era como si un hombre frenético estuviera golpeando la mesa con un martillo, con la mayor fuerza y rapidez posibles. Barrett extendió el brazo para conectar sus instrumentos, pero recordó que no había electricidad. ¡Mierda!, pensó.

    De pronto, los golpes cesaron. Edith observó a Florence, que había empezado a gemir. Los porrazos seguían resonando en sus oídos y sentía que su cuerpo estaba entumecido, como si las vibraciones lo hubieran insensibilizado.

    Se sorprendió al ver que Lionel le había soltado la mano. Oyó el crujido de su ropa y se sorprendió de nuevo al ver aparecer una lucecita roja en el lugar en donde estaba sentado. Se había sacado del bolsillo una diminuta linterna con la que estaba iluminando a Florence. Bajo la débil luz, Edith pudo ver que la médium tenía la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta.

    Se enderezó al advertir el frío que llegaba por debajo de la mesa. Cruzó los brazos, temblando. Fischer, que apretaba los dientes con fuerza, intentaba obligarse a sí mismo a no saltar de su silla.

    Barrett tiró del cable del micrófono y lo arrastró por la mesa. Edith se estremeció ante el sonido. Cuando lo tuvo en sus manos, dijo con rapidez:

    —Descenso de la temperatura. Estrictamente tangible. Lectura de instrumentos imposible. Los fenómenos físicos se iniciaron con una serie de fuertes percusiones. —Volvió a dirigir la linterna hacia Florence—. La señorita Tanner reacciona de forma irregular. Estado de trance contenido, pero variable. Posible confusión ante el inicio del inesperado fenómeno físico. Posible causa: ausencia de gabinete. Entrego al sujeto un tubo de solución de uranio y sal.

    Edith vio que la lucecita roja se movía por encima de la mesa y que la oscura mano de Lionel cogía el tubo. Hacía tanto frío que empezaron a dolerle las piernas y los tobillos; sin embargo, se sentía un poco mejor, pues la voz serena de Lionel había tenido un efecto relajante en ella. Su marido presionó el tubo entre las manos de Florence.

    Al instante, la mujer se enderezó y abrió los ojos.

    Barrett frunció el ceño, decepcionado.

    —El sujeto ha salido del trance. —Apagó la grabadora y encendió una cerilla. Florence apartó la mirada mientras encendía las velas.

    Fischer se levantó y rodeó la mesa para coger una jarra de agua. Le temblaba tanto el pulso que el reborde de la jarra rechinó contra el borde del vaso mientras lo llenaba. A continuación, se acercó a Florence y le tendió el agua.

    —Gracias —dijo ésta, con una sonrisa. Se la bebió de un sólo trago y dejó el vaso sobre la mesa, temblando—. ¿Qué ha sucedido?

    Cuando Barrett se lo explicó, ella lo miró confundida.

    —No lo entiendo. No soy una médium física.
    —Pues acaba de serlo... al menos, el embrión de una.

    Florence parecía inquieta.

    —Eso no tiene ningún sentido. Después de todos estos años, ¿por qué iba a convertirme, de repente, en una médium física?
    —No tengo ni idea.

    Florence lo miró fijamente, pero acabó asintiendo con desgana.

    —Sí, esta casa. —Miró a su alrededor, dejando escapar un suspiro—. Es la voluntad de Dios, no la mía. Si para limpiarla es necesario alterar mis dotes de médium, que así sea. No me importan los medios, sólo el fin.

    No miró en ningún momento a Fischer. Le han quitado el peso de sus hombros para cargarlo sobre los míos, pensó.

    —Esto significa que ahora podemos trabajar juntos, si usted lo desea.
    —Por supuesto.
    —Mañana por la mañana llamaré a Deutsch para que se encargue de construir un gabinete.

    Barrett no estaba convencido de que lo que acababa de suceder significara que los poderes de médium físico de Florence fueran suficientes para cubrir sus necesidades, pero no perdía nada con intentarlo. Además, si era cierto, sería más rápido trabajar con ella que verse obligado a esperar a que Deutsch accediera a enviar a alguien de su equipo.

    —¿Realmente quiere hacerlo? —preguntó de nuevo, viendo que su expresión aún reflejaba dudas e inquietud.
    —Por supuesto —respondió ella, sonriendo desconcertada—. Lo único que sucede es... bueno, me resulta difícil comprenderlo. Durante todos estos años he sido una médium mental.

    Movió la cabeza antes de continuar.

    —Y ahora esto —suspiró—. La verdad es que los caminos del Señor son inescrutables.
    —Al igual que esta casa —dijo Fischer.

    Florence lo miró, sorprendida.

    —¿Considera que la casa tiene algo que ver con mi...?
    —Simplemente le estoy diciendo que vigile sus pasos —le cortó—. Puede que el Señor no tenga demasiada influencia en la Casa Infernal.


    9:49 P.M.


    La ciencia es algo más que un conjunto de hechos. Es, ante todo, un método de investigación, de modo que no existe una razón aceptable por la que los fenómenos parapsicológicos no deban ser investigados mediante este método. Al igual que la física y la química, la parapsicología es una ciencia de lo natural.

    Por lo tanto, ésta es la barrera intelectual que, inevitablemente, debe romper el hombre. La parapsicología no puede seguir considerándose un concepto filosófico. Es una realidad biológica, y la ciencia no puede seguir ignorándola eternamente. Ya ha perdido demasiado tiempo moviéndose por las fronteras de este reino irrefutable: ahora debe entrar, para estudiarla y aprender. Morselli lo expresó de este modo: «Ha llegado el momento de acabar con esta exagerada actitud negativa y de dejar de esbozar sonrisas sarcásticas que sólo sirven para proyectar una sombra de duda».

    La triste condena de nuestros tiempos es que, aunque esas palabras fueron publicadas hace sesenta años, en nuestros días persiste la actitud negativa de la que habló Morselli. De hecho...

    —¿Lionel?

    Barrett levantó la mirada del manuscrito.

    —¿Puedo ayudarte?
    —No, estoy a punto de terminar. —Edith estaba recostada sobre un montón de almohadas. Llevaba un pijama de color azul cielo y, con su corto cabello y su cuerpo menudo, parecía un niño pequeño. Barrett le sonrió—. Bueno, creo que puede esperar.

    Mientras dejaba el manuscrito en su caja, observó su título durante unos instantes: «Fronteras de la Facultad Humana, por Lionel Barrett, licenciado y máster en Ciencias, doctor en Filosofía». Se sentía orgulloso. La verdad es que todo estaba yendo a las mil maravillas: además de tener la posibilidad de demostrar su teoría y ampliar sus fondos para la jubilación, estaba a punto de terminar el libro. A lo mejor añadía un epílogo sobre su semana en la casa... y puede que incluso redactara un pequeño apéndice. Sonriendo, apagó la vela que descansaba sobre la mesa octogonal, se levantó y cruzó la habitación. Por un segundo, imaginó que era un noble que recorría una cámara de palacio para conversar con su dama. La imagen le resultó tan divertida que empezó a reírse entre dientes.

    —¿Qué pasa? —preguntó su mujer.

    Cuando se lo explicó, Edith sonrió.

    —Es una casa fantástica, ¿verdad? Un museo de tesoros. Si no estuviera encantada... —La expresión de Lionel obligó a Edith a detenerse.

    Barrett se sentó sobre la cama y dejó a un lado su bastón.

    —¿Tuviste miedo? —preguntó—. Estuviste muy callada después de la sesión.
    —Me resultó un poco inquietante, sobre todo por el frío. Nunca podré acostumbrarme a eso.
    —Ya sabes qué es —respondió su marido—: el sistema de la médium absorbe el calor del aire y lo convierte en energía.
    —¿Y qué hay de las cosas que dijo?

    Barrett se encogió de hombros.

    —Es imposible analizarlo. Llevaría años rastrear cada comentario y determinar su origen. Sólo tenemos una semana. La respuesta radica en los aspectos físicos.

    Se interrumpió al ver que su mujer miraba boquiabierta algo que había a sus espaldas. Al girarse, vio que la mecedora había empezado a moverse.

    —¿Qué es eso? —susurró Edith.

    Barrett se levantó y cruzó cojeando la habitación. Se detuvo junto a la mecedora y la observó.

    —Puede que sea la brisa —respondió.
    —Se mueve como si hubiera alguien sentado. —Inconscientemente, Edith había retrocedido todo lo posible entre las almohadas.
    —Te aseguro que no hay nadie sentado en ella —dijo Barrett—. Es fácil mover una mecedora; por eso este fenómeno es tan recurrente en las casas encantadas. Basta con ejercer una mínima presión.
    —Pero...
    —¿...qué aplica la presión? —Barrett terminó la frase por ella—. La energía residual.

    Edith se puso tensa al ver que su marido alargaba el brazo y detenía la mecedora.

    —¿Ves? —cuando apartó la mano, la silla se quedó inmóvil—. Ahora se ha disipado.

    Empujó la mecedora, que se balanceó un poco y volvió a detenerse.

    —Ya no hay —explicó, regresando a la cama y sentándose junto a ella.
    —Me temo que no soy una buena parapsicóloga —anunció Edith.

    Barrett sonrió y le acarició la mano.

    —¿Y por qué la energía residual ha hecho que la silla empezara a mecerse de repente? —preguntó.
    —Todavía no he sido capaz de encontrar una razón específica, aunque estoy convencido de que nuestra presencia en este cuarto tiene algo que ver. Es una especie de mecanismo aleatorio que sigue la línea de la mínima resistencia: aquellos sonidos y movimientos que han tenido lugar con frecuencia en el pasado establecen un patrón de dinamismo: brisas, portazos, golpes secos, pasos, el balanceo de las mecedoras.

    Edith asintió. Entonces, le tocó la punta de la nariz con el dedo.

    —Tienes que dormir —dijo.

    Barrett le dio un beso en la mejilla, se levantó y se dirigió a la otra cama.

    —¿Quieres que deje la vela encendida? —preguntó.
    —¿Te molesta?
    —No. Mientras estemos aquí, dormiremos con luz. No pasa nada.

    Se acostaron. Edith contempló los paneles de nogal del techo, advirtiendo las conchas que habían sido talladas en ellos.

    —¿Lionel? —preguntó.
    —¿Sí?
    —¿Estás seguro de que los fantasmas no existen?

    Barrett rió.

    —Completamente.


    10:21 P.M.


    El chorro de agua caliente roció el pecho de Florence y descendió por sus senos. Estaba de pie bajo el grifo de la ducha, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, sintiendo cómo las cintas de agua anudaban un lazo en su estómago y seguían descendiendo por sus muslos y piernas.

    Estaba pensando en la grabación de la sesión. Consideraba que en ella sólo había un punto importante: la voz trastornada y temblorosa que les había dicho que se marcharan de la casa o les mataría. Allí había algo. Era una voz amorfa, pero apremiante. ¿No veis que estoy indefenso?, repitió aquella voz lastimosa en su mente. ¡No os quiero hacer daño, pero debo hacerlo!

    Puede que eso formara parte de la respuesta.

    Cerró los grifos, abrió la puerta de la ducha y salió, poniendo los pies en la alfombrilla. Hacía muchísimo frío. Cogió una toalla del colgador y se secó vigorosamente. Una vez seca, se pasó el camisón de franela por la cabeza, metió los brazos en las mangas y se cepilló los dientes. Entonces, cruzó la habitación iluminándose con la vela, la dejó sobre la cómoda y se metió en la cama más próxima a la puerta del baño. Estuvo moviendo las piernas un rato para calentar las sábanas y a continuación se tumbó, tapándose hasta la barbilla. En cuanto dejó de tiritar, humedeció dos dedos, extendió el brazo y apagó la vela.

    La casa estaba en absoluto silencio. Me pregunto qué estará haciendo Ben, pensó. Se le escapó una risita nerviosa. Pobre hombre. Qué iluso. Apartó de su mente aquella idea. Mañana ya pensaría en eso; ahora tenía que centrarse en el proyecto. Aquella voz... ¿A quién pertenecía? Bajo aquellas amenazas había tanta desesperación, tanta angustia...

    Florence giró la cabeza. La puerta que conducía al pasillo se acababa de abrir. Mientras la observaba desde la oscuridad, empezó a cerrarse lentamente.

    Oyó unos pasos que se aproximaban hacia ella.

    —¿Hola? —dijo.

    Los pasos siguieron acercándose, ahora amortiguados por la moqueta. Florence extendió el brazo para alcanzar la vela, pero al instante se detuvo, pues estaba segura de que no era ninguno de sus tres compañeros.

    —De acuerdo —murmuró.

    Los pasos se detuvieron. Florence escuchó con atención. A los pies de la cama se oía el sonido de una respiración.

    —¿Quién anda ahí? —preguntó.

    Sólo la respiración. Florence intentó ver algo, pero la oscuridad era impenetrable. Cerró los ojos.

    —¿Quién es, por favor? —dijo con voz serena, impávida.

    La respiración continuó.

    —¿Desea hablar conmigo?

    Respiración.

    —¿Es usted quien nos advirtió que nos marchásemos de aquí?

    La respiración se aceleró.

    —Sí —dijo ella—. Es usted, ¿verdad?

    La respiración se hizo más pesada. Era la de un hombre joven. Casi podía visualizarle a los pies de la cama: su postura era tensa; su rostro, atormentado.

    —Tiene que hablar o hacerme alguna señal —dijo Florence. Esperó, pero no hubo respuesta—. El amor de Dios me dará fuerzas para esperar cuanto sea necesario. Permita que le ayude a encontrar la paz que sé que tanto ansia.

    ¿Eso era un sollozo? Florence se puso tensa.

    —Sí, lo oigo, comprendo. Dígame quién es y le ayudaré.

    De pronto, la habitación quedó en silencio. Florence ahuecó las manos tras las orejas y escuchó con atención.

    El sonido de la respiración se había detenido.

    Con un suspiro de decepción, estiró el brazo derecho hasta que sus dedos encontraron la caja de fósforos. Prendió uno para encender la vela y miró a su alrededor. Todavía había algo en la habitación.

    —¿Debo apagar la vela? —preguntó.

    Silencio.

    —De acuerdo —sonrió—. Ya sabe dónde estoy. Cuando desee....

    Se detuvo en seco, boquiabierta, cuando la colcha saltó por los aires y se deslizó hasta los pies de la cama, donde se detuvo y empezó a descender, ondulando.

    Bajo la colcha había una figura.

    Florence recuperó el aliento.

    —Sí, ahora puedo verlo —dijo, impresionada por su altura—. ¡Qué alto es usted!

    Se estremeció al recordar las palabras de Fischer: «Le llamaban el Gigante Rugidor». Contempló la figura. Su amplio pecho subía y bajaba, como si respirara.

    —No —dijo Florence de repente. No podía ser Belasco. Apartó las mantas para levantarse, sin dejar de mirar a la figura. Deslizó las piernas por el colchón hasta que tocaron el suelo y se levantó. La cabeza de la figura se giró, como si estuviera observando sus movimientos.
    —Usted no es Belasco, ¿verdad? Tanto dolor no tiene cabida en ese hombre. Puedo sentir su angustia. Dígame quién...

    De pronto, la colcha cayó al suelo. Florence la contempló unos instantes y, a continuación, se agachó para recogerla.

    Retrocedió sobresaltada cuando una mano acarició sus glúteos. Enfadada, observó la habitación. Se oía una risita grave y maliciosa. Florence cogió aire, temblando.

    —Bueno, por lo menos me ha dicho su sexo —comentó. La risita se intensificó. La mujer movió la cabeza, sintiendo una gran compasión—. Si es usted tan listo, ¿por qué está prisionero en esta casa?

    La risa cesó y las tres mantas salieron volando de la cama, como si alguien hubiera tirado de ellas con rabia. Lo mismo sucedió con las sábanas, las almohadas y la funda del colchón. En siete segundos, la ropa de cama quedó diseminada por la moqueta y el colchón, apoyado sobre un costado.

    Florence esperó. Al ver que no sucedía nada más, habló de nuevo.

    —¿Ahora se siente mejor?

    Sonriendo para sus adentros, empezó a recoger la ropa de cama.

    Algo intentó arrancarle una manta de las manos. Florence tiró de ella.

    —¡Ya basta! ¡No me hace ninguna gracia! —Se giró hacia la cama—. Váyase y no vuelva hasta que no esté preparado para comportarse como es debido.

    Mientras empezaba a hacer la cama, la puerta del pasillo se abrió. Ni siquiera se giró para ver cómo se cerraba.


    22 de diciembre de 1970
    7:01 a.m.


    —Me temo que no podrá ser —dijo Barrett, sacando el pie del agua—. Puede que mañana por la mañana esté lo bastante caliente.

    Se secó el pie y volvió a ponerse la chancleta. Mientras se levantaba, miró a Edith con una triste sonrisa.

    —Podría haberte dejado dormir.
    —No pasa nada —respondió ella.

    El doctor miró a su alrededor.

    —Me pregunto si la sauna funcionará.

    Edith empujó la pesada puerta metálica y la mantuvo abierta para que pasara su marido. Barrett avanzó cojeando hasta su interior y se giró para indicarle que le siguiera. Cuando la puerta se cerró, levantó la vela y observó la sala. Después se inclinó hacia delante, entornando los ojos.

    —¡Ah! —Dejando a un lado el bastón y la vela, se arrodilló. Entonces, bajó los brazos e intentó girar la llave de paso del vapor.

    Edith se sentó delante de él y apoyó la espalda en la pared de azulejos pero, al sentir que el frío le traspasaba la ropa, se enderezó. Observó a Lionel, somnolienta. El movimiento oscilante de la luz de las velas en las paredes y el techo parecía palpitar en sus ojos. Los cerró unos instantes y volvió a abrirlos. Observó el movimiento de la sombra de Lionel en el techo: de alguna forma, parecía estar extendiéndose. ¿Cómo era eso posible? En la sala no había ninguna corriente de aire y las velas ardían con la llama completamente recta. En las paredes y el techo sólo se reflejaba la sombra de Lionel, que seguía intentado abrir la llave de paso.

    Parpadeó y sacudió la cabeza. Se atrevería a jurar que los bordes de la sombra se estaban extendiendo como una mancha de tinta. Se agitó, nerviosa. La sala estaba en completo silencio, excepto por la respiración de Lionel. Salgamos de aquí, pensó. Intentó pronunciar aquellas palabras en voz alta, pero algo se lo impidió.

    Contempló la sombra. Antes no llegaba hasta esa esquina, ¿verdad? Salgamos de aquí. Lo más probable es que no sea nada, pero salgamos de aquí.

    Sintió que su cuerpo se ponía rígido. Estaba segura de que había visto cómo se oscurecía un trozo de pared iluminada.

    —¿Lionel? —El sonido que emitió apenas fue audible, una débil agitación en su garganta. Tragó saliva con fuerza—. ¿Lionel?

    Su voz salió con tanta brusquedad que Barrett se incorporó, sobresaltado.

    —¿Qué pasa?

    Edith parpadeó. Ahora, la sombra del techo parecía normal.

    —¿Edith?

    La mujer se llenó los pulmones de aire.

    —¿Nos vamos?
    —¿Estás nerviosa?
    —Sí, estoy... viendo cosas —esbozó una sonrisa macilenta. No quería contárselo, pero tenía que hacerlo. Si significaba algo, él querría saberlo—. Creo que he visto crecer tu sombra.

    Lionel se levantó y, tras recoger su bastón y el candelero, dio media vuelta para reunirse con ella.

    —Puede ser —comentó—, pero después de haber pasado la noche en blanco en esta casa, me siento más inclinado a pensar que han sido imaginaciones.

    Salieron de la sauna y avanzaron por el borde de la piscina. Han sido imaginaciones, pensó Edith, reprimiendo una sonrisa. ¿Quién había visto alguna vez un fantasma en una sauna?


    7:33 a.m.


    Florence llamó suavemente a la puerta del dormitorio de Fischer. Al no recibir respuesta, volvió a llamar antes de abrirla.

    —¿Ben?

    Estaba recostado en la cama, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la pared. La vela que ardía en la mesita de su derecha estaba prácticamente consumida. Florence avanzó por la habitación, protegiendo la llama de su vela con la mano. Pobre hombre, pensó, deteniéndose junto a la cama. Estaba pálido. Se preguntó cuánto tiempo llevaría dormido. Benjamin Franklin Fischer: el médium físico americano más importante del siglo. Sus sesiones en la casa del Profesor Galbreath de la Universidad Marks habían sido el despliegue de poder más increíble desde el apogeo de Home y Palladino. Movió la cabeza con compasión. Ahora estaba emocionalmente inválido, como un Sansón moderno desprovisto de fuerza.

    Regresó al pasillo y cerró la puerta con el mayor sigilo posible; entonces, sus ojos observaron la puerta de la habitación de Belasco. Fischer y ella habían estado allí la tarde anterior y, para su sorpresa, sólo había percibido una atmósfera tranquila, totalmente diferente a la que esperaba encontrar.

    Cruzó el pasillo y entró. Era el único apartamento dúplex de la casa: el salón y el cuarto de baño se encontraban en el piso inferior; la habitación, en una galería a la que se accedía por una escalinata curvada. Florence se dirigió a las escaleras y subió.

    La cama se había construido siguiendo el estilo francés del siglo xvii. Sus columnas laboriosamente talladas eran tan gruesas como los postes telefónicos y en el centro del cabecero se habían tallado las iniciales «E.B.» Tras sentarse en la cama, Florence cerró los ojos y abrió su mente a las sensaciones, deseando verificar que no había sido Belasco quien había entrado en su habitación la noche anterior. Liberó su mente todo lo posible, sin entrar en trance.

    Por su conciencia pasaron imágenes confusas: la habitación durante la noche, con las lámparas encendidas; alguien acostado en la cama; una figura riendo; unos ojos atentos y lúcidos; un calendario de 1921; un hombre vestido de negro; un penetrante olor a incienso en sus fosas nasales; un hombre y una mujer en la cama; un cuadro; una voz blasfemando; una botella de vino arrojada contra la pared; una mujer sollozante lanzándose por la barandilla de la galería; sangre filtrándose por el suelo de madera de teca; una fotografía; una cuna; Nueva York; un calendario de 1903; una mujer embarazada.

    El nacimiento de un bebé; un niño.

    Florence abrió los ojos.

    —Sí. —Asintió con la cabeza—. Sí.

    Descendió las escaleras y abandonó la habitación. Un minuto después ya había llegado al comedor, donde Barrett y su mujer estaban desayunando.

    —Buenos días —dijo Barrett—. El desayuno acaba de llegar.

    Florence se sentó a la mesa y se sirvió una pequeña ración de huevos revueltos y una tostada. No habría más sesiones hasta bien entrado el día, pues tenían que esperar a que construyeran un gabinete. Intercambió algunos comentarios con la señora Barrett y respondió a algunas preguntas del doctor, diciéndole que, en su opinión, deberían dejar dormir a Fischer. Finalmente añadió:

    —Creo que tengo una respuesta parcial sobre el espíritu que habita en esta casa.
    —¿Sí? —Barrett la miró con interés, aunque era obvio que sólo lo hacía por educación.
    —La voz que nos advirtió que nos marcháramos. Los golpes en la mesa. La entidad que estuvo en mi habitación por la noche. Es un hombre joven.
    —¿Quién?—preguntó Barrett.
    —El hijo de Belasco.

    Ambos la miraron en silencio.

    —¿Recuerdan que el señor Fischer lo mencionó?
    —¿Pero no dijo que nadie sabía con certeza si Belasco tuvo un hijo o no? —preguntó Barrett.

    Florence asintió.

    —Pero lo tuvo. Y ahora está aquí, atormentado, sufriendo. Presiento que su espíritu ha ido a una edad más temprana, a los veinte años. Es muy joven y está muy asustado... y como está asustado, está muy enfadado y se muestra muy hostil. Creo que perdería gran parte de su fuerza si lográramos convencerlo de que siguiera adelante.

    Barrett asintió. No te creas ni una palabra, pensó.

    —Es muy interesante —comentó.

    Sé que no me cree, pensó Florence, pero es mejor que le diga lo que pienso.

    Estaba a punto de cambiar de tema cuando se oyeron unos fuertes golpes en la puerta principal. Edith, que estaba bebiendo café, dio un respingo y derramó parte de la bebida. Barrett sonrió.

    —Supongo que es nuestro generador. Y un carpintero, espero.

    Se levantó, cogió la vela y el bastón y empezó a alejarse hacia el vestíbulo. Tras dar unos pasos, se detuvo y miró a Edith.

    —Supongo que puedes quedarte aquí tranquila. No va a pasar nada. Regresaré en cuanto les haya atendido —dijo.

    Cruzó el salón y avanzó hacia el vestíbulo. Al abrir la puerta principal vio al representante de Deutsch en el porche, con el cuello del abrigo subido y el paraguas en la mano. Para su sorpresa, Barrett advirtió que estaba lloviendo.

    —Les traigo un generador y un carpintero —informó.

    Barrett asintió.

    —¿Y qué hay del gato?
    —También.

    Barrett sonrió, satisfecho. Ahora podría trabajar.


    1:17 P.M.


    Cuando las luces se encendieron, los cuatro, al unísono, gritaron de alegría.

    —Que me aspen —dijo Fischer. Todos intercambiaron sonrisas espontáneas.
    —Nunca había imaginado que la luz eléctrica pudiera ser tan bella —comentó Edith.

    Bañado en luz, el salón parecía un lugar completamente distinto. Ahora, su tamaño ya no resultaba siniestro, sino regio. Ya no había sombras amenazadoras ni parecía una cueva encantada, sino una de las gigantescas salas de un museo de arte. Edith miró de reojo a Fischer. Era obvio que se sentía satisfecho: su postura había cambiado y la aprensión se había borrado de sus ojos. Entonces observó a Florence, que estaba sentada con el gato en el regazo. Hay luz, pensó. Y el gato descansa tranquilo. Sonrió. Aquella casa ya no parecía estar encantada.

    Jadeó al advertir que las luces centelleaban, se apagaban y volvían a encenderse. Al instante, empezaron a perder intensidad.

    —Oh, no —murmuró.
    —Tranquila —dijo Barrett—. Lo arreglarán.

    Un minuto más tarde, las luces volvieron a brillar con normalidad. Cuando transcurrió otro minuto sin que hubiera ningún cambio, Barrett sonrió.

    —Ya está.

    Edith asintió, pero ya no se sentía aliviada. Al principio había sentido una confianza absoluta, pero ésta se había desvanecido cuando se apagaron las luces y había sido reemplazada por el molesto temor de saber que, en cualquier instante, se podían volver a quedar a oscuras.

    Florence miró a Fischer y, al ver que también la miraba, esbozó una sonrisa. Él no se la devolvió. Qué idiotas, pensaba. Sólo porque se han encendido unas bombillas creen que ha pasado el peligro.


    1:58 P.M.


    El gabinete se había construido en el rincón noreste del salón, instalando una barra redonda de madera de dos metros y medio de largo entre las paredes. Un par de pesadas cortinas verdes colgaban sobre la barra, formando un cerco triangular de dos metros de altura. En el interior del cerco había una butaca de madera de respaldo recto.

    Barrett apartó las cortinas por ambos lados hasta que, en medio, hubo espacio suficiente para acomodar una mesa de madera que le había pedido a Fischer que llevara hasta allí. Tras empujar la mesa hasta la abertura, dejó sobre ella una pandereta, una guitarra pequeña, una campanilla y un trozo de cuerda. Observó el gabinete con aprobación antes de regresar junto a los demás.

    Todos le observaron mientras rebuscaba en el baúl de madera del que había sacado la cuerda, la campanilla, la guitarra y la pandereta. Cogió un par de medias negras y un guardapolvo negro de manga larga y se los tendió a Florence.

    —Creo que le valdrán —dijo.

    Florence lo miró fijamente.

    —No tiene ninguna objeción, ¿verdad?
    —Bueno...
    —Sabe que éste es el procedimiento estándar.
    —Sí, pero... —Florence vaciló—, se trata de una medida contra el fraude.
    —Principalmente.

    En el rostro de Florence se dibujó una sonrisa embarazosa.

    —Estoy segura de que no me cree capaz de estafarle con una habilidad que, hasta ayer por la noche, ignoraba que poseía.
    —No estoy insinuando eso, señorita Tanner. Simplemente, debo ceñirme a las normas. Si no lo hago, los resultados de la sesión serán científicamente inaceptables.
    —De acuerdo —dijo, con un suspiro. Cogió las medias y el guardapolvo, miró a su alrededor y entró en el gabinete para cambiarse, cerrando las cortinas.

    Barrett se volvió hacia Edith.

    —¿Te importaría examinarla, cariño? —preguntó.

    Inclinándose sobre la caja, sacó una bobina de hilo negro con una aguja clavada y se la pasó.

    Edith se dirigió hacia el gabinete con una expresión de incomodidad en el rostro. Odiaba tener que hacer ese tipo de cosas, pero nunca se lo había dicho a su marido. Al llegar junto al gabinete, se detuvo y se aclaró la garganta.

    —¿Puedo entrar?
    —Sí —respondió Florence, tras un largo silencio.

    Edith se abrió paso entre los extremos de las cortinas.

    Florence, que ya se había quitado la falda y el jersey, estaba inclinada hacia delante, bajándose la combinación. Tras enderezarse, la colgó sobre el respaldo de la silla y se llevó los brazos a la espalda para desabrocharse su sujetador blanco. Edith se apartó.

    —Lo siento —murmuró—. Sé que es...
    —No se preocupe —dijo Florence—. Su marido tiene razón. Es el procedimiento habitual.

    Edith asintió, manteniendo los ojos fijos en su rostro mientras la médium colgaba el sujetador en el respaldo de la silla. Cuando la médium se inclinó para quitarse las bragas, Edith bajó la mirada y se quedó sorprendida al ver la abundancia de sus pechos. Levantó los ojos rápidamente. Florence se enderezó.

    —Adelante —dijo.

    Al mirarle los brazos, Edith advirtió que la mujer tenía la piel de gallina.

    —Lo haremos lo más rápido posible para que pueda volver a vestirse —dijo—. ¿Su boca?

    Florence la abrió y Edith examinó su interior. Se sentía ridícula.

    —Bueno, a no ser que tenga una muela hueca o algo así...

    La médium cerró la boca y sonrió.

    —Sólo es un tecnicismo. Su marido sabe perfectamente que no escondo nada.

    Edith asintió.

    —¿El cabello?

    Florence se llevó ambas manos a la cabeza para quitarse las horquillas. Con el movimiento, sus pechos se impulsaron hacia delante y sus duros pezones rozaron el jersey de Edith. Ésta retrocedió al instante, observando los densos mechones de cabello rojo que caían sobre sus cremosos hombros. Era la primera vez que examinaba a una mujer tan bella.

    —Ya está —dijo Florence.

    Edith empezó a pasar los dedos por el cabello de la médium. Era cálido y de tacto sedoso. Entonces advirtió la fragancia de su perfume. Bdenaaga. Cogió aire con dificultad. Podía sentir el apremiante peso de sus pechos contra los suyos. Quería retroceder, pero no podía hacerlo. Miró sus ojos verdes, pero apartó la mirada rápidamente y le movió un poco la cabeza para examinarle las orejas. No voy a mirarle la nariz, pensó. Apartó las manos con torpeza.

    —¿Las axilas? —preguntó.

    Florence levantó los brazos y sus pechos volvieron a proyectarse hacia delante. Edith echó un vistazo a sus axilas afeitadas y asintió, indicándole que ya podía bajarlos. Su corazón latía con fuerza. Contempló a Florence con tristeza. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Al advertir que la médium bajaba la mirada, desvió sus ojos hacia el suelo y se sorprendió al ver que había puesto las manos bajo sus pechos para levantarlos. Esto es ridículo, pensó. Asintió y Florence apartó las manos. Ya basta, decidió Edith. Diré que he seguido todos los pasos. Es obvio que no tiene ninguna intención de estafarnos.

    La médium se sentó en la butaca, silbando de frío, y la miró. Diré que he seguido todos los pasos, pensó de nuevo Edith.

    Tras apoyar la espalda en el respaldo, Florence separó las piernas.

    Edith contempló su cuerpo con atención: la pesada redondez de sus pechos, la curvatura de su estómago, la abundancia de sus níveas caderas, el lustroso vello cobrizo de su entrepierna... Era incapaz de apartar la mirada. Sintió un intenso calor en el estómago.

    Levantó la cabeza con tanta brusquedad que se dio un tirón en la nuca.

    —¿Qué sucede? —preguntó Florence.

    Edith tragó saliva, con la mirada perdida en la barra de madera. No había nada, excepto el techo. Miró a Florence.

    —¿Qué sucede? —repitió la médium.

    Edith movió la cabeza.

    —Creo que podemos asumir... —se interrumpió, gesticulando con una mano temblorosa. Entonces, dio media vuelta y salió a toda velocidad del gabinete.

    Tras indicarle a Lionel que había terminado, se dirigió hacia la chimenea. Era consciente de que todos habían advertido su desconcierto, pero tenía la esperanza de que su marido no le preguntara la razón.

    Se quedó mirando el fuego y advirtió que tenía algo en la mano. Lo miró: era la bobina de hilo. Ahora tendría que regresar. Cerró los ojos. Aún le dolía el cuello por el tirón. ¿Realmente había percibido un movimiento? Allí no había nada. Sin embargo, podría haber jurado que allí arriba había alguien mirando...

    Mirándola.


    2:19 P.M.


    —¿Están demasiado apretados? —preguntó Barrett.
    —No, están bien —respondió Florence con suavidad.

    Barrett acabó de atarle los guantes a las muñecas. Mientras tanto, la médium miró de reojo a Edith, que estaba sentada junto a la mesa del equipo con el gato en el regazo.

    —Ponga las manos en las placas de la silla —dijo Barrett.

    Los guantes tenían placas metálicas en las palmas. Cuando Florence apoyó las manos en las placas que habían sido clavadas en los brazos de la silla, se iluminaron un par de diminutas bombillas en la mesa del equipo.

    —Esas luces brillarán mientras mantenga las manos apoyadas en las placas —explicó Barrett—. Si rompe el contacto...

    Le levantó las manos y las luces se apagaron.

    Florence le observó mientras desenrollaba el cable de las placas de los zapatos. Le inquietaba que Edith hubiera mirado hacia arriba de aquella forma, puesto que ella no había percibido nada.

    —¿Las placas de los pies activan las mismas bombillas? —preguntó.
    —No, dos más.
    —¿Pero no será demasiada luz?
    —La potencia de esas cuatro bombillas juntas no alcanza los diez vatios —respondió el doctor, conectando las placas.
    —Daba por hecho que estaríamos a oscuras.
    —No puedo aceptar la oscuridad como una condición de la prueba —explicó Barrett, levantando la mirada—. ¿Le importaría probar las placas de los zapatos?

    Florence colocó las suelas de sus zapatos, que ahora también estaban cubiertas por placas metálicas, sobre las placas que el doctor había colocado en el suelo. En la mesa del equipo se iluminaron dos lucecitas más. El doctor se incorporó, esbozando una mueca de dolor.

    —No se preocupe —dijo—. Sólo habrá la iluminación necesaria para poder observar.

    Florence asintió, pero sus palabras no la reconfortaron. ¿Por qué estoy tan preocupada?, se preguntó.

    Fischer se sentó enfrente de la médium, cuyo ceñido atuendo perfilaba su exuberante figura... pero el espectáculo no le puso de mejor humor. Malditos trajes negros, pensó. ¿Cuántos habría llevado él? Recordaba infinitas sesiones como aquélla: durante sus primeros años de adolescencia, su madre y él iban de una ciudad a otra en autobús para participar en ese tipo de pruebas.

    Encendió otro cigarrillo y observó a Barrett que, tras conectar diversos cables a los brazos y muslos de Florence, la ató a la silla. A continuación, cogió una mosquitera en cuyos extremos se habían cosido diversas campanitas, la extendió y la sujetó a la barra de madera para que colgara en el hueco que quedaba entre las dos cortinas del gabinete. Finalmente, arrastró la mesa hacia él. Ahora, la mosquitera cubría el espacio que separaba a Florence de la mesa, y los pesos que tenía en el extremo inferior la tensaban.

    Barrett colocó las luces infrarrojas de modo que alumbraran la superficie de la mesa que había delante del gabinete. Tras conectar aquellas luces invisibles, movió la mano sobre la mesa y los obturadores de las dos cámaras se activaron de forma sincronizada, con un chasquido. Satisfecho, el doctor comprobó el dinamómetro y la esfera del telequinetoscopio. Acto seguido, preparó la arcilla para modelar y removió durante unos instantes el aceite de parafina que había derretido en el hornillo eléctrico.

    —Ya estamos listos —anunció.

    Gomo si hubiera entendido sus palabras, el gato saltó del regazo de Edith y salió corriendo de la sala, dirigiéndose al vestíbulo.

    —Resulta reconfortante, ¿verdad? —dijo la mujer.
    —Eso no significa nada —respondió Barrett. Tras ajustar las luces rojas y amarillas para que brillaran con la menor intensidad posible, se acercó al interruptor de la pared y lo apretó. El salón quedó sumido en la oscuridad. Acto seguido, el doctor ocupó su asiento en la mesa y conectó la grabadora.
    —22 de diciembre de 1970 —dijo por el micrófono—. Participan en la sesión: Doctor Lionel Barrett y señora, señor Benjamin Franklin Fischer. Médium: señorita Florence Tanner.

    A continuación, describió brevemente los preparativos efectuados y las precauciones tomadas.

    —Proceda —dijo, recostándose sobre su asiento.

    Los tres guardaron silencio mientras Florence pronunciaba la invocación y entonaba un himno. En cuanto terminó, empezó a respirar profundamente; pronto, sus manos y piernas empezaron a crisparse, como si estuviera recibiendo una serie de descargas galvánicas. Su cabeza se movía de un lado a otro y su rostro cada vez estaba más colorado. Unos graves gemidos reverberaron en su garganta.

    —No —murmuró—. No, ahora no.

    Lentamente, los gemidos fueron perdiendo intensidad hasta que, tras un resuello final, permaneció en absoluto silencio.

    —Dos treinta y ocho p.m. La señorita Tanner se encuentra en evidente estado de trance —anunció el doctor Barrett por el micrófono—. Pulso: cinco ocho. Respiración: quince. Cuatro contactos eléctricos mantenidos.

    Comprobó el termómetro automático.

    —Ningún cambio en la temperatura. Permanece estable en veintidós con ocho grados. Lectura del dinamómetro: mil ochocientos setenta.

    Veinte segundos más tarde, habló de nuevo.

    —La lectura del dinamómetro ha descendido a mil ochocientos veintitrés. Temperatura en descenso; en este momento es de diecinueve con dos grados. Pulso: noventa y cuatro con cinco y subiendo.

    Edith juntó las piernas al sentir el frío que llegaba por debajo de la mesa. Fischer permanecía inmóvil. Aun estando protegido, era capaz de sentir el poder que se estaba congregando a su alrededor.

    Barrett comprobó de nuevo el termómetro.

    —La temperatura ha descendido a menos siete grados. La tensión del dinamómetro se ha reducido a mil setecientos setenta y nueve. Presión negativa. Se mantienen los contactos eléctricos. Ritmo de respiración en aumento. Cincuenta... cincuenta y siete... sesenta; aumenta de forma constante.

    Edith observó a Florence con atención. Bajo la mortecina luz, lo único que lograba entrever era su rostro y sus manos. Parecía estar recostada sobre su asiento, con los ojos cerrados. Edith tragó saliva. Sentía un frío nudo en el estómago que ni siquiera la voz confiada de su marido lograba disipar.

    Se sobresaltó al oír el chasquido de los obturadores de las cámaras.

    —Los rayos infrarrojos han sido perturbados; cámaras activadas —anunció Barrett. Mientras se enderezaba sobre la silla, observó emocionado el instrumento de color azul oscuro—. Se inicia la evidencia de REM.

    Fischer lo miró. ¿Qué debía de ser REM? Obviamente, algo que Barrett consideraba vital.

    —La respiración de la médium es, en este momento, de doscientos diez —estaba diciendo el doctor—. Dinamómetro: mil cuatrocientos sesenta. Temperatura...

    Interrumpió las lecturas al oír jadear a Edith.

    —Ozono presente en el aire —dijo. Asombroso, pensó.

    Transcurrió un minuto, luego dos; el olor y el frío iban en aumento. De pronto, Edith cerró los ojos. Tras esperar unos segundos, los abrió y contempló de nuevo las manos de Florence. ¡No eran imaginaciones!

    De las yemas de los dedos de la médium rezumaban hebras de una sustancia viscosa y pálida.

    —Formación de ectoplasma. Los filamentos aislados están uniéndose en una única hebra membranosa. Intentaremos realizar prueba de penetración de materia. —Esperó a que la hebra ectoplasmática fuera más larga y entonces le dijo a Florence —: Levante la campana.

    Hizo una pausa antes de repetir la instrucción.

    El tentáculo viscoso empezó a alzarse lentamente, como una serpiente. Edith retrocedió sobre su asiento, observando cómo se deslizaba por el aire, traspasaba la mosquitera y se dirigía hacia la mesa.

    —El tallo ectoplasmático ha cruzado la red y avanza hacia la mesa —anunció Barrett—. Lectura de dinamómetro: trece mil cuarenta, descendiendo a un ritmo constante. Los contactos eléctricos se siguen manteniendo.

    Su voz se convirtió en una confusión de sonidos absurdos para Fischer, que era incapaz de apartar los ojos del húmedo tentáculo que se deslizaba por la mesa como un gusano gigantesco. En su mente apareció, brevemente, una fotografía: él, a los catorce años, en trance profundo, expulsando algo similar por la boca. Se estremeció cuando la membrana alcanzó el mango de la campana y empezó a enroscarse lentamente a su alrededor hasta que, de pronto, la levantó. Sus piernas temblaron al oír que tintineaba.

    —Gracias. Déjela en su sitio, por favor —dijo Barrett. Edith lo miró sorprendida. ¿Cómo podía estar tan sereno? Cuando volvió a centrar su atención en la mesa, vio cómo el tentáculo acababa de desenroscarse del mango de la campana y empezaba a alejarse.
    —Iniciamos intento de captura del espécimen —anunció Barrett.

    Se levantó para dejar un cuenco de porcelana sobre la mesa del gabinete. Al acercarse, el tentáculo retrocedió de un salto.

    —Deje una parte en el cuenco, por favor —dijo, regresando a su silla.

    El apéndice grisáceo empezó a balancearse de un lado a otro, como si fuera el tallo de alguna planta submarina meciéndose con la corriente.

    —Deje una parte en el cuenco, por favor —repitió el doctor, mientras echaba un vistazo al registro de REM. La aguja había superado la marca de 300. Sintiendo una enorme satisfacción, se volvió hacia el gabinete y repitió la orden una vez más.

    Se vio obligado a repetir siete veces más aquellas palabras antes de que el filamento empezara a moverse lentamente hacia el cuenco. Edith lo observaba, sintiendo repulsión y fascinación al mismo tiempo. Parecía una serpiente ciega de escamas grises. En cuanto llegó al cuenco, empezó a ascender por el borde, pero de pronto retrocedió, haciendo que Edith diera un respingo. Avanzó de nuevo, moviéndose con sumo cuidado, pero volvió a retroceder bruscamente, sin hacer ningún ruido.

    En su quinto intento, el tentáculo permaneció en su sitio y empezó a girar en espiral con movimientos lánguidos hasta que llenó el cuenco. Treinta segundos después se retiró. Edith observaba con asombro los movimientos del tentáculo.

    Cuando Barrett se levantó y llevó el cuenco a la mesa del equipo, su mujer echó un vistazo al líquido transparente que había en su interior.

    —Espécimen retenido en el cuenco —dijo Barrett, examinándolo—. No despide ningún olor, es incoloro y ligeramente turbio.
    —Lionel —el apremiante susurro de Edith le obligó a levantar la mirada.

    En la mitad inferior del rostro de Florence se estaba formando una masa borrosa.

    —Se está generando materia ectoplasmática en la mitad inferior del rostro de la médium —dijo Barrett—. Emisión por la boca y las fosas nasales.

    Siguió hablando por el micrófono, describiendo la materialización y registrando las lecturas de los instrumentos. Edith observó la formación, que ahora parecía un pañuelo raído y mugriento. La parte inferior colgaba en tiras, pero la superior empezó a extenderse con un movimiento oscilante, hasta ocultar la nariz de Florence, después sus ojos y finalmente, su frente. Los pálidos rasgos de la médium podían verse a través del velo andrajoso que cubría por completo su rostro.

    —El velo ectoplasmático empieza a condensarse —anunció Barrett.

    Esto sí que es sorprendente, pensó. No había precedentes de que una médium mental produjera un ectoplasma tan espectacular en su primera sesión física. El doctor observaba los acontecimientos con creciente interés.

    La textura del velo de niebla empezó a coagularse y, en menos de medio minuto, el rostro de Florence desapareció por completo. Pronto, también su cabeza y sus hombros quedaron ocultos bajo los pliegues de lo que parecía un sudario húmedo y pardusco. El extremo de la tela mugrienta empezó a descender por su regazo, alargándose hasta convertirse en una tira sólida de varios centímetros de ancho. Mientras descendía, empezó a adoptar color.

    —El filamento aislado se extiende hacia abajo —dijo Barrett—. Tono rojizo fundiéndose en gris. El tejido expandido parece encenderse. Cada vez es más brillante... más brillante. Ahora es del color de la carne viva.

    Fischer, sintiéndose entumecido, observaba con atención el atuendo modificado que cubría la cabeza y el cuerpo de Florence. De pronto sintió pánico y se clavó las uñas en las palmas de las manos hasta que el dolor eclipsó todo lo demás.

    El sudario de la médium, cada vez más albicante, parecía lino sumergido en pintura blanca, transparente en algunos lugares y consistente en otros. Aparecieron tiras y parches en otros puntos de su cuerpo: el brazo y la pierna derechos, el pecho derecho, el centro de su regazo. Era como si hubieran sumergido una sábana en algún líquido irisado, la hubieran roto en pedazos y la hubieran arrojado sobre la médium, consiguiendo que el trozo más grande cayera sobre su cabeza y sus hombros.

    Inconscientemente, Edith se sujetó con fuerza a la silla. Había presenciado fenómenos físicos con anterioridad, pero nunca nada semejante. Las secciones ectoplasmáticas empezaron a unirse lentamente hasta que cobraron forma. El filamento, que volvía a ser pálido, parecía un brazo con su muñeca.

    —Algo está cobrando forma —dijo Barrett.

    Veintisiete segundos después, una figura blanca, asexual, incompleta y vestida con una holgada túnica se alzó ante el gabinete. Sus manos parecían garras. Tenía boca, dos puntos oscuros como fosas nasales y dos ojos que parecían observarlos. Edith cogió aire, nerviosa.

    —Figura ectoplasmática formada —dijo Barrett—. Imperfecta...

    Guardó silencio al oír que la figura reía.

    Edith gimió, aterrada.

    —Tranquila —dijo su marido.

    La figura siguió riéndose: era una risa envolvente, profunda y resonante, que parecía engullir el aire. Edith sintió que se le ponían los pelos de punta. La figura se estaba girando para mirarla. Parecía estar aproximándose. Un sollozo de miedo subió por su garganta.

    —Quédate quieta —susurró Barrett.

    De repente, la figura se abalanzó hacia ella y Edith gritó, protegiéndose con los brazos. Con un sonido similar al del restallido de una cinta adhesiva gigantesca, la figura se desvaneció. Florence gritó con voz ronca, haciendo que Edith volviera a saltar sobre su asiento. Fischer se levantó.

    —¡Quieto! —ordenó Barrett.

    Fischer se quedó de pie, rígido, junto a la mesa, mientras Barrett levantaba la mosquitera y dirigía la luz roja de su linterna hacia el rostro de Florence. Inmediatamente, la apagó y comprobó sus instrumentos.

    —La señorita Tanner está saliendo del trance —dijo—. La retracción prematura ha provocado un breve shock sistémico.

    Miró a Fischer.

    —Ahora puede ayudarla.


    4:23 P.M.


    Edith despertó sobresaltada. Al echar un vistazo al reloj, descubrió que había dormido más de una hora.

    Lionel estaba sentado delante de la mesa octogonal, mirando por el microscopio y tomando notas. Edith deslizó los pies por el borde del colchón y se puso los zapatos. Entonces se levantó y avanzó por la alfombra.

    —¿Te encuentras mejor? —su marido levantó la mirada, sonriente.

    Ella asintió.

    —Quería pedirte disculpas por lo de antes.
    —No te preocupes.

    En el rostro de Edith se dibujó una expresión de pesar.

    —Yo causé la «retracción prematura», ¿verdad?
    —No te preocupes; se pondrá bien. Estoy seguro de que no es lo peor que le ha sucedido durante una sesión. —Tras mirarla durante unos instantes, Lionel le preguntó—: ¿Qué fue lo que te incomodó antes de la sesión? ¿El reconocimiento?

    Edith era consciente de que tenía que ser precavida.

    —Sí, fue muy embarazoso.
    —Pero no era la primera vez que lo hacías.
    —Lo sé. —Se estaba poniendo tensa—. Pero en esta ocasión me resultó embarazoso.
    —Tendrías que habérmelo dicho. Lo habría hecho yo.
    —Me alegro de que no lo hicieras. —Esbozó una sonrisa—. Comparada con ella, yo parezco un chico.

    Barrett soltó una risita.

    —Ya será menos.
    —De todos modos, lamento haber estropeado la sesión —Edith deseaba cambiar de tema.
    —No has estropeado nada. Además, te aseguro que estoy muy satisfecho con los resultados.
    —¿Qué estás haciendo?

    Barrett señaló el microscopio.

    —Echa un vistazo.

    Edith se acercó al instrumento y pudo ver diversos grupos de masas informes y cuerpos ovales y poligonales.

    —¿Qué es esto? —preguntó.
    —Una muestra de ectoplasma dispuesta en agua. Lo que ves son conglomerados de cuerpos decolorados, laminares y cohesivos, además de una lámina de formas variadas similares a un epitelio carente de núcleo.

    Edith levantó la mirada.

    —¿Crees que he entendido algo de lo que has dicho? —le reprendió.

    Barrett sonrió.

    —Sólo intentaba impresionarte. Lo que he dicho significa que la muestra está formada por restos de células: células del epitelio, capas finas de células, cuerpos membranosos, granos aislados de grasa, mucosidades y cosas similares.
    —¿Y eso significa...?
    —Que lo que los espiritistas denominan ectoplasma deriva casi por completo del cuerpo del médium y que el resto son partículas procedentes del aire y de la ropa del médium: restos de fibra vegetal, esporas bacterianas, granos de almidón, partículas de polvo y alimentos, etcétera. Sin embargo, el conjunto es orgánico, materia viva. Piensa en ello, querida. Una exteriorización orgánica del pensamiento. La mente reducida a materia, sujeta a observación, cálculos y análisis científicos. —Movió la cabeza con admiración—. Comparado con esto, la noción de fantasmas resulta terriblemente prosaica.
    —¿Estás diciendo que la señorita Tanner hizo esa figura con su propio cuerpo?
    —Fundamentalmente, sí.
    —¿Porqué?
    —Para demostrar su teoría. Sin duda alguna, esa figura era el hijo de Belasco... un hijo que estoy seguro de que nunca existió.


    4:46 P.M.


    El gato descansaba junto a ella. Florence le acarició el cuello y éste empezó a ronronear.

    Cuando subió a su habitación, lo encontró agazapado de miedo delante de su puerta y, a pesar de lo cansada que se sentía, lo había cogido en brazos y lo había tenido en su regazo hasta que paró de temblar; entonces, dejándolo sobre la cama, había ido a darse una ducha de agua caliente. Ahora, Florence estaba tumbada en bata sobre la cama, tapada con la colcha.

    —Pobre gatito —murmuró—. A menudo lugar te han traído.

    Deslizó la yema del dedo por su cuello y el animal levantó la cabeza con un movimiento lánguido, sin abrir los ojos. El doctor Barrett le había dicho que era un medio adicional para verificar si había «presencias» en la casa, pero ella consideraba que se trataba de un método cruel cuyo único propósito era el de conseguir una pequeña validación científica. Quizá, podría sacarlo de la casa con la ayuda de la pareja que les llevaba la comida. Le diría al doctor Barrett que le avisara cuando el gato ya hubiera cumplido su cometido.

    Florence cerró los ojos de nuevo. Deseaba quedarse dormida, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza: el bochorno de la señora Barrett y su expresión al mirar hacia el techo, como si hubiera alguien observándola; las excesivas medidas contra el fraude que había tomado el doctor; sus primeras sesiones como médium física; su incapacidad de entrar en la capilla; su preocupación por Fischer y lo decepcionada que se sentía con él; el temor de estar dándole más importancia de la necesaria al hijo de Belasco. Al fin y al cabo...

    Dio un respingo cuando el gato saltó de la cama. Al enderezarse; vio que el animal se precipitaba hacia la puerta y se agazapaba; tenía la espalda arqueada, el pelo erizado y las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros. Se levantó a toda prisa y avanzó hacia él. En el mismo instante en que abrió la puerta, el animal salió disparado al pasillo y desapareció.

    Algo aleteaba a sus espaldas. Al girarse, vio que la colcha y las mantas estaban aterrizando sobre la moqueta.

    Había algo debajo de la sábana.

    Florence lo miró con atención. Era la figura de un hombre. Dio unos pasos hacia la cama y se puso tensa al descubrir que estaba desnudo. Podía distinguir todos los detalles de aquel cuerpo, desde la amplitud de su pecho hasta la protuberancia de sus genitales. Sintió en sus entrañas un fuerte deseo sexual. No, se dijo para sus adentros, eso es lo que él quiere.

    —Si sólo ha venido a impresionarme con su inteligencia, ya sabe dónde está la puerta —dijo.

    La figura no emitió ningún sonido. Yacía inmóvil bajo la sábana; sólo su pecho se expandía y se contraía, imitando perfectamente el movimiento de la respiración. Florence observó su rostro.

    —¿Es usted el hijo de Emeric Belasco? —preguntó, avanzando junto al borde de la cama—. Si lo es, usted dijo que las cosas no cambian, pero puedo asegurarle que, con amor, todo es posible. Ésa es una de las verdades de la vida... y también del más allá.

    Se inclinó un poco, intentando distinguir sus rasgos.

    —Dígame quien es —exigió.
    —¡Bu! —gritó la figura. Florence retrocedió de un salto, mientras un grito escapaba por su garganta. Al instante, la sábana cayó al suelo. Ya no había nada en la cama, pero en el aire resonaba una risa burlona.
    —Qué divertido —dijo, molesta. La risa fue subiendo de tono, hasta parecer la de un demente. Florence se cogió con fuerza las manos y gritó—: ¡Si sólo le interesan las bromas pesadas, manténgase apartado de mí!

    Durante casi veinte segundos, la habitación se sumió en un silencio sepulcral. Florence advirtió que los músculos de su estómago se tensaban lentamente. De pronto, la lámpara china cayó al suelo y la bombilla se rompió en mil pedazos. Ahora, sólo la luz del cuarto de baño impedía que la habitación estuviera en la más completa oscuridad. Florence se giró al oír unos pasos sobre la moqueta. La puerta que daba al pasillo se abrió con tanta fuerza que se estrelló contra la pared.

    Esperó un momento antes de cruzar el cuarto para cerrarla. Tras encender la luz del techo, recogió la lámpara del suelo. Menuda cólera, pensó. Sin embargo, no sólo había cólera.

    También había una súplica.


    6:21 P.M.


    Florence entró en el comedor.

    —Buenas noches —saludó.

    Fischer esbozó una precipitada sonrisa.

    —¿Ha visto ya a la pareja? —preguntó ella, señalando la mesa, que ya estaba preparada para la cena.
    —No.
    —Sería divertido que, en realidad, no hubiera ninguna pareja —comentó, con una sonrisa.

    A Fischer no pareció hacerle gracia el comentario. Florence recorrió el salón con la mirada.

    —Me pregunto dónde estarán los Barrett —dijo, antes de observar de nuevo a su compañero—. Bueno, ¿qué ha estado haciendo?
    —Explorar. —Fischer levantó la tapa de una de las bandejas, que estaba llena a rebosar de chuletas de cordero, y volvió a taparla.
    —Debería empezar a comer —dijo Florence.

    Fischer empujó la bandeja hacia ella.

    —Ambos deberíamos empezar a comer —rectificó la mujer.
    —Adelante.
    —Tomaré un poco de ensalada —dijo. Tras servirse un poco en el plato, miró a su compañero—. ¿Quiere que le sirva?

    Él le dijo que no con la cabeza.

    Florence comió un poco de ensalada antes de volver a hablar.

    —¿Contactó con el hijo de Belasco la primera vez que estuvo en la casa?
    —Sólo estuve en contacto con un hilo conductor.

    Ambos giraron la cabeza al oír unos pasos.

    —Buenas noches —saludó Florence.
    —Buenas noches. —El doctor sonrió con educación, mientras Edith inclinaba la cabeza—. ¿Se encuentra mejor?
    —Sí, estoy bien.
    —Me alegro.

    Barrett y su mujer se sentaron y empezaron a comer.

    —Estábamos hablando del hijo de Belasco —comentó Edith.
    —Ah, sí. El hijo de Belasco.

    A Florence le molestó el tono del doctor. De repente, se sintió indignada por haber tenido que someterse a la ignominia de su examen físico y sus ridículas precauciones: la ropa, las cuerdas, la mosquitera, las luces infrarrojas, las placas de las manos y los pies, las cámaras... Intentó reprimir su creciente cólera, pero no pudo. ¿Cómo se atrevía a tratarla de esa forma? Su presencia en aquel proyecto era igual de importante que la de él.

    —¿No acabará nunca? —preguntó.

    Los demás la miraron.

    —¿Se está dirigiendo a mí? —preguntó Barrett.
    —Sí. —Intentó reprimir de nuevo su cólera, pero el recuerdo del examen físico brilló en su mente. Y el traje. Y las absurdas precauciones contra el fraude.
    —¿Qué es lo que no acabará nunca? —preguntó el doctor.
    —Su actitud recelosa, su desconfianza.
    —¿Desconfianza?
    —¿Por qué supone que los médium sólo podemos producir fenómenos con las condiciones que dicta la ciencia? —preguntó—. No somos máquinas, sino seres humanos. Los rígidos e inflexibles requisitos de la ciencia no han hecho ningún bien a la parapsicología.
    —Señorita Tanner... —Barrett parecía confundido—. ¿A qué viene esto? ¿Acaso le he...?
    —No soy médium por amor al arte, ¿sabe? —le interrumpió Florence. Cuanto más hablaba, más enfadada se sentía—. Esta tarea suele ser dolorosa y, a menudo, poco gratificante.
    —¿No cree usted que...?

    Florence era incapaz de detenerse.

    —Pero sostengo la creencia de que nuestras dotes son una manifestación de Dios en el hombre —continuó, antes de citar, furiosa—: «Cuando hable contigo, abriré la boca y tú deberás decirles: así dice el Señor».
    —Señorita Tanner...
    —No hay nada en la Biblia, ni un sólo fenómeno registrado, que no suceda en la actualidad: pueden ser señales o sonidos, que las casas tiemblen o que las personas crucen puertas cerradas. Ráfagas de viento, levitaciones, escritura automática o hablar en diversas lenguas.

    Se produjo un incómodo silencio. Florence observó a Barrett, consciente de que Fischer y Edith la estaban mirando atentamente. En algún lugar, en lo más profundo de su mente, oyó un grito de precaución, pero su furia logró acallarlo. Barrett se sirvió un poco de café y levantó la taza.

    —Señorita Tanner —dijo, mirándola—. No sé qué es lo que le molesta, pero...

    Se interrumpió cuando la taza estalló en sus manos. Edith saltó sobre su asiento, sofocando un grito. Barrett, paralizado, observó boquiabierto el trozo de asa que aún sostenía entre los dedos, advirtiendo que le salía sangre del pulgar. Florence sintió unas palpitaciones en las sienes. Fischer miró a su alrededor, asombrado.

    —¡Por el amor de Dios! ¿Qué ha...? —empezó a decir Barrett.

    Se vio obligado a guardar silencio al ver que el vaso que había delante de su plato estallaba, proyectando los fragmentos rotos por toda la mesa. Edith apartó las manos cuando su plato saltó por los aires y empezó a girar con rapidez, esparciendo la comida por toda la sala antes de aterrizar y romperse en pedazos. Al instante, la parte superior de su vaso se rompió con un crujido y salió disparada hacia su marido, que estaba sacándose un pañuelo del bolsillo para cortar la hemorragia. Barrett logró apartarse a tiempo, pero la parte superior del vaso logró golpearle en el brazo antes de estrellarse contra el suelo. Entonces, el vaso de Fischer explotó, y éste retrocedió tambaleándose, protegiéndose la cara con los brazos.

    El plato de Florence dio un salto mortal, esparciendo la ensalada por toda la mesa. La mujer extendió el brazo para detenerlo, pero retrocedió asustada al ver que cruzaba la mesa volando. Barrett movió la cabeza hacia un lado. El plato le rozó la oreja y aterrizó de canto; entonces, rodó a toda velocidad por la sala y reventó contra la pared. Edith gritó cuando una bandeja se deslizó por la mesa, dirigiéndose hacia su marido. Barrett se levantó de un salto, derribando la silla. Estuvo a punto de caerse, pero logró sujetarse a la mesa. Al llegar al borde, la bandeja cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, salpicando de puré de patatas los zapatos y pantalones del doctor.

    Fischer ya estaba de pie, intentando escapar, pero la silla le golpeó con fuerza en las piernas, derribándolo contra la mesa. Vio que su taza cruzaba la mesa dando saltos y se estrellaba contra el pecho de Barrett, manchándole de café la camisa. Los gritos de Edith se sofocaron cuando el plato de Fischer fue catapultado desde la mesa y pasó volando muy cerca de su cabeza. La silla se retiró y Fischer cayó de rodillas, con una expresión de terror en el rostro.

    Barrett intentaba envolverse el pulgar con el pañuelo cuando la cafetera de plata volcó y empezó a rodar sobre la mesa, proyectando el café por los aires. Barrett se apartó hacia un lado para esquivarla, resbaló con el puré de patatas y cayó sobre su costado derecho. Al llegar al final de la mesa, la cafetera se precipitó hacia el suelo, rebotando en su pantorrilla izquierda. El ardiente impacto le hizo gritar de dolor. Edith intentó levantarse para ayudarle, pero su silla se balanceó hacia atrás y perdió el equilibrio. Un cuchillo y una cuchara pasaron volando junto a su mejilla.

    Florence se encogió sobre su asiento al ver que otra bandeja empezaba a rodar por la mesa, dirigiéndose hacia Barrett. Éste logró apartarse, jadeando, y la bandeja cayó junto a él, pero la tapa le alcanzó en la espinilla. Edith intentó ponerse en pie.

    —¡Debajo de la mesa! —gritó Fischer.

    De un salto, Fischer se ocultó bajo la mesa; Florence se deslizó por la silla y cayó al suelo de rodillas. Entonces, la lámpara que se alzaba sobre ellos empezó a oscilar, cada vez a mayor velocidad.

    Instantes después, los objetos de la mesa que se alzaba frente a la pared oriental cobraron vida. Un pesado escalfador de plata cruzó la habitación formando un arco y golpeó la mesa con un ruido ensordecedor. Edith gritó. Barrett extendió el brazo hacia ella, pero lo retiró al ver que la herida del pulgar seguía sangrando. Un cuenco de plata se abalanzó sobre ellos, golpeó una pata de la mesa y empezó a girar sobre sí mismo con tanta rapidez que su contorno se difuminó. Florence miró a Fischer, que estaba de rodillas, con los ojos abiertos de par en par y una expresión de terror congelada en su rostro. Deseaba ayudarle, pero estaba demasiado aturdida. Sentía un frío cosquilleo en el estómago.

    Los cuatro levantaron la cabeza, sobrecogidos, cuando la mesa empezó a balancearse de un lado a otro. El recipiente de la nata aterrizó cerca de ellos, esparciendo su contenido por el suelo como si fuera pintura de color marfil. Segundos después cayó el azucarero de plata. La mesa se balanceaba cada vez con mayor violencia; sus patas golpeaban el suelo como los cascos de un caballo. De pronto, la mesa se desplomó y Barrett tuvo que apartar la mano para que no se la aplastara. Las sillas empezaron a estrellarse de una en una contra el suelo, con un sonido similar al de los disparos de un rifle.

    De repente la mesa se deslizó por el suelo encerado, alejándose de ellos, y se estrelló contra la pantalla de la chimenea, deformándola. Entonces advirtieron que todas las lámparas del comedor estaban oscilando violentamente. Una de ellas se rompió, salió disparada hacia un lado y levantó una lluvia de chispas al chocar contra el manto de piedra de la chimenea, antes de derrumbarse sobre la mesa. Un candelabro de plata voló por la habitación y aterrizó junto a Barrett, golpeándolo en el costado. Éste se desplomó con un grito de dolor.

    —¡No! —gritó Florence.

    Todos los objetos se detuvieron al instante, excepto las lámparas del techo, que siguieron oscilando con menor intensidad. Edith se inclinó sobre Barrett, preocupada.

    —¿Lionel? —le tocó el hombro y su marido movió ligeramente la cabeza.
    —Ben, tiene que abandonar esta casa.

    Fischer miró a Florence, desconcertado por sus palabras.

    —No está preparado para esto —explicó.
    —¿De qué diablos está hablando?

    Florence se volvió hacia Barrett en busca de apoyo.

    —Doctor... —empezó a decir, pero se interrumpió al ver cómo le miraba mientras Edith le ayudaba a incorporarse—. ¿Se encuentra bien?

    Barrett se apoyó en la mesa con un gemido, sin responder. Edith lo miró, asustada.

    —¿Lionel?
    —Estoy bien —dijo, atándose con fuerza el pañuelo alrededor del pulgar. El corte era muy profundo y sentía punzadas de dolor en diversas partes del cuerpo: el brazo, el pecho, la espinilla, el tobillo, el costado y la pierna, que le dolía terriblemente.

    Florence lo miró desconcertada. ¿Por qué la habría mirado de esa forma? De pronto, creyó conocer la respuesta.

    —Siento haberle hablado con tanta furia —dijo—, pero por favor, apóyeme en esto. Creo que es importante que Ben... que el señor Fischer abandone la casa.

    Barrett apretó los dientes con fuerza, debido al dolor.

    —¿Intenta deshacerse de nosotros dos? —murmuró.

    Florence lo miró, sorprendida.

    El doctor se volvió hacia su esposa.

    —¿Me ayudas a llegar a nuestra habitación? —preguntó.

    Edith asintió débilmente y, tras acercarle el bastón, le cogió del brazo.

    Florence no entendía nada.

    —¿Qué ha querido decir, doctor Barrett?

    Éste recorrió con la mirada la asolada habitación.

    —Creo que es obvio —respondió.

    Florence, desconcertada, observó cómo se alejaban los Barrett. En cuanto desaparecieron, miró a Fischer.

    —¿Qué estaba diciendo? —preguntó—. ¿Qué yo...?

    Fischer le dio la espalda.

    —¡Ben, eso no es cierto!

    Empezó a alejarse, tambaleante. Entonces, sin dejar de caminar, se volvió hacia ella.

    —Es usted quien debería irse —dijo—. No soy yo quien está siendo utilizado, sino usted.


    6:48 P.M.


    Barrett se sentó en la cama con cuidado.

    —Mi maletín —murmuró.

    Edith le soltó el brazo y corrió hacia la mesa de estilo español para coger el maletín donde guardaba la codeína y el botiquín de primeros auxilios. Cuando regresó junto a él, éste estaba desenrollando el pañuelo lentamente, con los dientes apretados por el dolor.

    Al ver el profundo corte, Edith silbó.

    —No pasa nada —dijo Barrett. Alcanzando el maletín, sacó el botiquín de primeros auxilios y cogió un sobre de polvos de sulfamida de su interior—. ¿Puedes traerme un vaso de agua, por favor?

    Mientras Edith se dirigía al cuarto de baño, Lionel sacó una caja de gasas y empezó a romper el precinto de la tapa. Cuando su mujer regresó, le tendió la caja.

    —¿Podrías vendármelo? —preguntó. Ella le dio el vaso de agua, asintiendo con la cabeza.

    El doctor sacó su pastillero del maletín negro, cogió una píldora y se la tragó, ayudándose con el agua.

    Edith hizo una mueca cuando le empezó a vendar el dedo.

    —Este corte necesita unos puntos.
    —Yo no lo creo. —Barrett apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza mientras su mujer envolvía el pulgar con la gasa—. Aprieta fuerte.

    En cuanto el dedo estuvo vendado y envuelto en esparadrapo, Barrett levantó la pernera derecha de su pantalón. Tenía una quemadura de color rojo oscuro en la pantorrilla. Edith lo miró, consternada.

    —Es necesario que te vea un médico.
    —Ponle un poco de pomada de picrato.

    Edith lo miró fijamente, indecisa. Entonces, arrodillándose junto a él, extendió la crema amarilla sobre la quemadura. Barrett silbó, cerrando los ojos.

    —Estoy bien —murmuró, consciente de que su mujer lo estaba mirando.

    Después de envolverle la pierna con gasas, Edith le ayudó a tumbarse. Gruñendo, Barrett se acostó sobre el costado izquierdo.

    —Soy una masa gigante de magulladuras —comentó, intentando que pareciera una broma.
    —Lionel, vayámonos a casa.

    Barrett bebió otro sorbo de agua y le devolvió el vaso. Entonces, se dejó caer sobre los almohadones que le había colocado Edith debajo de la espalda.

    —Estoy bien —dijo.
    —¿Y si se vuelve a repetir?

    Movió la cabeza.

    —Eso no sucederá. —Miró a Edith unos instantes—. De todos modos, tú puedes irte, si así lo deseas.
    —¿Y dejarte aquí?

    Barrett levantó la mano derecha, como si fuera a hacer una promesa.

    —Créeme. Esto no se volverá a repetir.
    —Entonces, ¿por qué debería irme?
    —Simplemente, porque no deseo que te hagan daño.
    —Tú eres el único que ha resultado herido.

    Barrett sonrió.

    —Es cierto. Y tenía que ser así, por supuesto, pues he sido yo quien le ha hecho enfadar.
    —Estás diciendo... —Edith vaciló—. ¿Estás diciendo que ella ha hecho todo eso?
    —Utilizando el poder de la sala —respondió—, para convertirlo en un fenómeno de tipo poltergeist dirigido contra mi persona.

    Edith pensó en la violencia de los acontecimientos: la mesa gigantesca balanceándose de un lado a otro y deslizándose por el suelo como si fuera un tren expreso; el movimiento oscilante de las enormes lámparas que colgaban del techo.

    —¡Dios mío! —exclamó.
    —He cometido un error —explicó Lionel—. Acepté su actitud cordial de buenas a primeras... a pesar de saber perfectamente que no se debe confiar ciegamente en un médium, pues resulta imposible saber qué esconde. Puede tratarse de una hostilidad absoluta... —Sacó aire con fuerza—, y si utiliza su poder de forma inconsciente, puede infligir un daño tremendo. Sobre todo porque la energía que inunda esta casa es capaz de multiplicar por cien ese poder. —Esbozó una sombría sonrisa—. Pero no volveré a cometer ese error —añadió.
    —¿Es tan importante que nos quedemos? —preguntó Edith.
    —Sabes que lo significa todo para mí —respondió Lionel, en voz baja.

    Edith asintió, intentado reprimir el pánico que sentía. Cinco días más como éste, pensó.


    8.09 P.M.


    Florence paseaba inquieta por su cuarto. Su mente daba vueltas una y otra vez a lo ocurrido. ¿Barrett tenía razón? Se negaba a creerlo, pero las pruebas eran evidentes: estaba furiosa con él y el fenómeno poltergeist se había dirigido, principalmente, contra su persona. Además se sentía muy débil, como sucedía cada vez que utilizaba sus dotes psíquicas.

    Dio media vuelta y volvió a cruzar la habitación. Estaba enfadada con él, sí, pensó, pero nunca le haría daño a nadie... y menos aún si el único motivo fuera que tuviésemos formas de pensar diferentes.

    No. No iba a aceptarlo. Respetaba al doctor Barrett; lo amaba como ser humano, como alma amiga. Antes de hacerle daño, preferiría estar muerta. ¡De verdad! ¡De verdad!

    Sollozando, se arrodilló junto a la cama, inclinó la cabeza y la apoyó entre sus manos, que tenía fuertemente entrelazadas. ¡Dios mío, ayúdame, por favor! Muéstrame el camino que debo seguir. Haz en mí tu voluntad. Mi corazón y mi alma están consagrados a tus gloriosas obras. Mi Señor, imploro una respuesta. Extiende tu mano y eleva mi espíritu, ayúdame a caminar bajo la luz de tu bendito camino.

    De repente, abrió los ojos y levantó la mirada. Durante un largo momento permaneció inmóvil, con una expresión de indecisión en el rostro. Entonces, sus labios esbozaron una sonrisa radiante. Se levantó con impaciencia y cruzó la habitación. Una vez en el pasillo, echó un vistazo al reloj para comprobar la hora. Aún deben de estar despiertos. Al llegar al dormitorio de los Barrett, dio cuatro golpecitos en la puerta.

    Edith abrió. Florence pudo ver, por encima de su hombro, que el doctor Barrett estaba sentado en la cama, con las piernas tapadas.

    —¿Puedo hablar con usted? —preguntó.

    El doctor vaciló. Tenía el rostro retorcido del dolor.

    —Sólo será un momento —aseguró.
    —De acuerdo.

    Edith se hizo a un lado para dejarla pasar.

    —Ya sé qué ha sucedido —dijo, acercándose a la cama de Barrett—. No fui yo. Fue el hijo de Belasco.

    Barrett la miró fijamente, sin decir nada.

    —¿Acaso no lo ve? Desea separarnos. Si no estamos unidos, no suponemos ningún riesgo para él.

    Barrett seguía callado.

    —*Por favor, créame. Sé que tengo razón. Está intentando enemistarnos. —Lo miró con ojos ansiosos—. Si no me cree, habrá ganado. ¿No se da cuenta?

    Barrett suspiró.

    —Señorita Tanner...
    —Lo primero que haré por la mañana será celebrar una sesión para usted —le interrumpió—. Ya verá como tengo razón.
    —No habrá más sesiones.

    Florence lo miró, incrédula.

    —¿Cómo que no habrá más sesiones?
    —No es necesario.
    —Pero si apenas hemos empezado... No podemos parar ahora. Aún nos queda mucho que aprender.
    —Yo ya sé todo lo que quería saber. —Barrett estaba intentando controlar su malhumor, pero el dolor se lo estaba poniendo difícil.
    —Desea prescindir de mí por lo que ha sucedido antes —dijo Florence—, pero ya le he dicho que no fue culpa mía.
    —El hecho de que me lo haya dicho no significa que me haya convencido —respondió Barrett, intentando controlarse—. Ahora, si no le importa...
    —Doctor, no podemos interrumpir las sesiones.
    —Pues pienso hacerlo, señorita Tanner.
    —Cree que fui yo quien...
    —No sólo lo creo, señorita Tanner, sino que lo sé —le interrumpió—. Ahora, por favor, retírese. Ya tengo suficiente con mi dolor.
    —Doctor, yo no soy la responsable. ¡Fue el hijo de Belasco!
    —¡Señorita Tanner, esa persona no existe!

    Le habló con tanta acritud que Florence se acobardó.

    —Sé que está dolorido... —empezó a decir, suavemente.
    —Señorita Tanner, ¿quiere hacer el favor de irse? —Barrett apretaba los dientes con fuerza.
    —Señorita Tanner... —dijo Edith.

    Florence se volvió hacia ella. Deseaba con toda su alma convencer a Barrett, pero la mirada de preocupación de su mujer la detuvo. Miró de nuevo al doctor.

    —Se equivoca. —Dio media vuelta, dirigiéndose a la puerta. Entonces, girándose hacia Edith, murmuró—: Lo siento. Discúlpeme, por favor.

    Guardó la compostura hasta que llegó a su habitación. Entonces, se sentó a los pies de la cama y empezó a llorar.

    —Se equivoca —susurró—. ¿No se da cuenta? Se equivoca. Se equivoca.


    10:18 P.M.


    Edith estaba tumbada sobre su espalda, contemplando el techo. Había cerrado los ojos una docena de veces, sólo para volverlos a abrir segundos después. Era incapaz de conciliar el sueño. Le resultaba imposible.

    Giró la cabeza sobre la almohada y miró a Lionel. Estaba profundamente dormido. Era normal, después de todo lo que le había pasado. Cuando le ayudó a desvestirse y a ponerse el pijama, se quedó horrorizada al ver que tenía el cuerpo cubierto de cardenales.

    Cerró los ojos de nuevo. Sentía una gran inquietud en su interior... estaba nerviosa, pero sin ningún motivo aparente. Probablemente, era la casa la que le hacía sentirse así. ¿Qué diablos era ese poder del que Lionel hablaba continuamente? Era innegable que estaba presente: lo que había sucedido en el comedor era una aterradora prueba de ello. Además, el hecho de que la señorita Tanner pudiera utilizarlo en su contra resultaba inquietante.

    Edith se sentó y apartó las sábanas. Frunciendo el ceño, deslizó los pies en sus zapatillas y se levantó. Entonces, avanzó por la alfombra hasta la mesa octogonal, donde se detuvo para observar la caja en la que Lionel guardaba su manuscrito. De pronto, se giró y cruzó la habitación, dirigiéndose hacia la chimenea. El fuego ardía con poca intensidad, pues la madera prácticamente se había consumido. Pensó en poner otro leño, sentarse en la mecedora y contemplar el fuego hasta que le entrara el sueño. Observó inquieta la silla. ¿Qué haría si empezaba a moverse de nuevo?

    Se pasó una mano por la cara. Sentía un hormigueo bajo la piel. Temblando, cogió aire y miró a su alrededor. Debería haber traído un libro. Algo ligero y de lectura fácil. Una novela de misterio hubiera estado bien. No, mejor aún, algo de humor. Eso sería perfecto. Algo de H. Alien Smith o de Perelman.

    Avanzó hasta el armario de la derecha de la chimenea y abrió una de sus puertas.

    —Oh, Dios —murmuró. Las estanterías de su interior estaban repletas de volúmenes con tapas de cuero. Advirtió que ninguno de ellos tenía título en la cubierta. Sacó uno y lo abrió. Era un tratado sobre Voluntad y Volición. Frunció el ceño y, tras dejarlo en la estantería, cogió otro. Estaba escrito en alemán.
    —¡Genial! —Volvió a dejarlo en su sitio y sacó un tercer libro. Hablaba sobre las tácticas militares del siglo XVIII. Edith sonrió con tristeza. Agua, agua por todas partes, pensó. Suspirando, dejó el libro en su estante y sacó un volumen más grande, con cubiertas de cuero azul y páginas ribeteadas en oro.

    El libro era falso: estaba hueco por dentro. Al abrirlo, se esparcieron por la moqueta diversas fotografías. Edith dio un respingo y el volumen estuvo a punto de caer de sus manos. Al ver las descoloridas imágenes, el latido de su corazón se aceleró.

    Tragando saliva, se agachó y cogió una. Un escalofrío recorrió su espalda. Eran dos mujeres realizando un acto sexual. Empezó a pasar las fotografías y descubrió que todas ellas eran pornográficas: hombres y mujeres adoptando diferentes posturas. En algunas podía verse que estaban practicando el sexo sobre la enorme mesa redonda del salón, bajo la ávida mirada de otros hombres y mujeres que estaban sentados alrededor de la mesa.

    Frunciendo el ceño, Edith recogió las fotografías. Qué casa tan horrible, pensó, guardándolas en su sitio y dejando el libro en la estantería. Mientras cerraba la puerta del armario vio, en uno de los estantes superiores, una bandeja de plata en la que había una botella de brandy y dos vasos.

    Cruzó la habitación y se sentó en la cama. Se sentía incómoda e inquieta. ¿Por qué había tenido que abrir aquel armario? ¿Por qué, de todos los libros que había en su interior, había tenido que coger aquél?

    Se tumbó sobre un costado y subió las piernas a la cama, a la vez que cruzaba los brazos. Se estremeció. Frío, pensó. Observó a Lionel. Si pudiera acostarse junto a él... pero no para practicar el sexo, sino para sentir su calor.

    Pero no para practicar el sexo. Cerró los ojos con una expresión de reproche en el rostro. ¿Alguna vez había deseado practicar el sexo con él?Se le escapó un gemido de pesar. ¿Acaso se habría casado con él si no hubiera tenido veinte años más que ella y la polio le hubiera dejado impotente?

    Edith se tumbó sobre su espalda y contempló el techo. ¿Qué me está pasando?, se preguntó. ¿Sólo porque mi madre me dijo que el sexo era pecaminoso y degradante voy a tenerle miedo toda mi vida? Mi madre era una mujer resentida que estaba casada con un alcohólico al que le gustaban demasiado las mujeres. Yo estoy casada con un hombre muy diferente. No tengo ningún motivo para sentirme así. Ninguno.

    De repente, se enderezó y miró a su alrededor, aterrada. Alguien me está mirando otra vez, pensó. Sintió que la piel de la nuca se le erizaba. Un frío hormigueo recorrió su cuero cabelludo. Alguien me está mirando y sabe qué es lo que siento.

    Levantándose, avanzó hasta la cama de Lionel y lo miró. No debería despertarle; necesita descansar. Dando media vuelta con rapidez, fue hasta la mesa octogonal, cogió la silla y la llevó a rastras hasta la cama de Lionel. Entonces se sentó y, con mucho cuidado, para no despertarlo, puso la mano sobre su brazo. Era imposible que hubiera alguien mirándola.

    Los fantasmas no existían. Lionel se lo había dicho; Lionel lo sabía. Cerró los ojos. Los fantasmas no existen, intentó convencerse a sí misma. Nadie me está mirando. Los fantasmas no existen. Padre nuestro que estás en los cielos, los fantasmas no existen.


    11:23 P.M.


    Fischer rompió el precinto de la botella y desenroscó el tapón. Tras servirse dos dedos de bourbon en una copa, la movió para que el licor diera vueltas. No había bebido nada desde hacía años. Se preguntó si sería un error empezar de nuevo. Hubo una época en la que, en cuanto empezaba, era incapaz de detenerse. No quería volver a pasar por eso... sobre todo en ese lugar.

    Bebió un sorbito, haciendo una mueca. Tosió. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Secándoselos con un dedo, se apoyó contra la alacena y bebió unos sorbos más. El bourbon bajó por su garganta y se asentó en su estómago, proporcionándole un reconfortante calor.

    Será mejor que lo diluya, pensó. Dio la vuelta a la mesa de la cocina para llegar al fregadero, abrió el grifo de agua fría y esperó a que dejara de salir turbia. Entonces, puso la copa de bourbon debajo del grifo y añadió un dedo de agua. Así estaba mejor. Ahora, podría relajarse sin correr el riesgo de emborracharse.

    Fischer se sentó en el mueble del fregadero y siguió bebiendo pequeños sorbos mientras pensaba en la casa. ¿Qué estará haciendo en esta ocasión?, se preguntó. No le cabía duda de que tenía un plan, pues ése era el horror de aquel lugar: no era una casa encantada normal y corriente. La Casa Infernal tenía una estrategia. Actuaba en contra de los invasores de forma sistemática, pero nadie había podido descubrir cómo lo hacía. Hasta diciembre de 1970, pensó, cuando B.F. Fischer, actuando de un modo igual de sistemático...

    La puerta del pasillo se abrió. Sobresaltado, movió el brazo de un modo tan brusco que derramó la mitad de la bebida. Florence entró en la cocina. Parecía atosigada y exhausta.

    —¿Por qué no está en la cama? —le preguntó.
    —¿Y usted? —respondió Fischer.
    —Estoy buscando al hijo de Belasco.

    El hombre guardó silencio.

    —Usted tampoco cree que exista, ¿verdad?

    Fischer no supo qué decir.

    —Lo encontraré —añadió Florence, dando media vuelta.

    Fischer la observó alejarse. Se preguntó si debería ofrecerse a acompañarla, pero movió la cabeza. Todos los fenómenos se habían desarrollado alrededor de esa mujer, porque se mostraba demasiado receptiva. Además, hoy ya había vivido demasiadas experiencias. Vio que la médium empujaba la puerta giratoria y desaparecía en el comedor. Sus pasos se desvanecieron. Todo volvió a quedar en silencio.

    De acuerdo, la casa, pensó; su plan. Habían pasado dos días. Ya había captado las sensaciones de aquel lugar. Había llegado el momento de empezar a pensar cuál iba a ser su estrategia. Obviamente, ésta no podía consistir en trabajar con Barrett o Florence. Tenía que hacerlo sin la ayuda de nadie. ¿Pero cómo?

    Fischer permaneció inmóvil, contemplando el suelo. Al cabo de un rato, dio otro sorbo a su bebida. Tengo que ser astuto, pensó. Debo hacer algo diferente, algo que sea capaz de frustrar la estrategia de esta casa.

    Golpeó el escurridor con los dedos de la mano derecha. Astuto. Diferente. Florence no se había equivocado al decir que en la casa había múltiples entidades. Estaba de acuerdo con ella pues, además de Belasco, aquí vivieron muchas otras personas. ¿Cómo podría vencerlas?

    Después de varios minutos, Fischer dejó la copa en la encimera, bajó de un salto al suelo y se dirigió hacia el vestíbulo de entrada. Daré una vuelta por la casa, pensó. En esta ocasión iría solo, sin una Florence Tanner que distrajera el curso de sus pensamientos. Jesús, esa mujer «percibe» demasiadas cosas. Movió la cabeza, con una sonrisa melancólica en los labios. Los espiritistas son demasiado exagerados.

    Estaba cruzando el vestíbulo cuando, de repente, se quedó inmóvil. Su corazón empezó a latir con fuerza. Una figura estaba bajando las escaleras. Fischer pestañeó y entornó los ojos, intentando ver quién o qué era. Las luces estaban apagadas.

    Al llegar al final de las escaleras, la figura se dirigió hacia la puerta principal. Era Edith, con un pijama de color azul cielo y la mirada fija hacia el frente. Fischer permaneció inmóvil mientras la mujer se deslizaba como un espectro por el vestíbulo y abría la puerta principal.

    Al ver que salía, corrió tras ella, estupefacto. En cuanto cruzó el umbral advirtió que ya había desaparecido entre la niebla. Cruzó el porche, bajó los escalones y accedió al sendero, oyendo el crujido de la escarcha bajo sus zapatillas de deporte. Vio una forma borrosa delante de él. ¿Será realmente ella?, se preguntó, asustado. ¿O me habrán tendido una trampa? Empezó a avanzar más despacio, pero entonces se quedó sin aliento. La figura se estaba dirigiendo hacia...

    —¡No! —se abalanzó sobre ella y la sujetó. Al instante, dos emociones invadieron su ser: alivio, porque la figura que tenía entre los brazos era de carne y hueso, y una alegría enorme, porque había sido capaz de frustrar la voluntad de la casa. Apartó a Edith del borde del pantano. Ella lo miró con ojos vidriosos, sin dar muestras de reconocerlo.
    —Regresemos al interior —le dijo.

    La mujer estaba rígida, sin expresión alguna en el rostro.

    —Vamos. Aquí fuera hace frío. —Empezó a llevarla hacia la casa—. Vamos.

    Edith empezó a temblar. Durante unos espeluznantes segundos, Fischer fue incapaz de orientarse. Tenía la certeza de que se estaban internando en la gélida noche y morirían congelados. Entonces vio, a través de los remolinos de niebla, el borroso rectángulo de la entrada principal y corrió hacia allí, sin soltar a Edith. Tras ayudarle a subir los escalones, entraron en la casa y cerró la puerta a sus espaldas. Con la mayor rapidez que le fue posible, la condujo hacia el salón. En cuanto llegaron a la chimenea, se inclinó para coger un leño y, tras dejarlo caer sobre las brasas, cogió el atizador y lo estuvo moviendo hasta que el leño empezó a arder. Las lenguas de fuego saltaron y crepitaron.

    —Ya está —dijo, mientras se giraba para mirar a Edith. Ésta observaba fijamente el manto de la chimenea, con una expresión tensa, impenetrable. Fischer siguió su mirada y descubrió que en el manto había grabados pornográficos.

    Al oír un gemido de revulsión, se giró y descubrió que Edith estaba temblando. Se quitó el jersey y se lo tendió. Ella no intentó cogerlo. Tenía los ojos fijos en su rostro.

    —No —dijo.

    Fischer se puso tenso cuando la mujer levantó los brazos y empezó a quitarse la parte superior del pijama.

    —¿Qué está haciendo? —preguntó. Los latidos de su corazón se aceleraron cuando se pasó el pijama por la cabeza y lo dejó caer al suelo. Edith tenía la piel de gallina, pero no parecía ser consciente del frío. Entonces, empezó a bajarse los pantalones del pijama, con una expresión tan vacía que resultaba inquietante.
    —Ya basta —le dijo Fischer.

    No pareció haberle oído. Tiró hacia abajo con fuerza y los pantalones se deslizaron por sus piernas. Dio un paso, para acabar de quitárselos, y avanzó hacia Fischer.

    —No —murmuró éste.

    Se detuvo muy cerca de él, con un gemido, y lo abrazó, presionando su cuerpo contra el de él. Fischer se sobresaltó al sentir que le besaba el cuello. Cuando Edith empezó a acariciarle la espalda, se apartó de ella. Tenía los ojos en blanco. Armándose de valor, la abofeteó con toda la fuerza que pudo.

    Del golpe, su cabeza salió proyectada hacia un lado y estuvo a punto de caerse. Fischer la cogió del brazo para ayudarle a recuperar el equilibrio. Edith lo miró, aturdida. Entonces, deslizó la mirada por su cuerpo y gritó, horrorizada, al descubrir que estaba desnuda. Se apartó de él de un modo tan brusco que estuvo a punto de caerse de nuevo. Tras recuperar el equilibrio, recogió el pijama del suelo y ocultó su cuerpo tras él. —Estaba caminando en sueños —explicó Fischer—. La encontré fuera. Estaba a punto de meterse en el pantano.

    Ella no respondió. Tenía los ojos abiertos de par en par. Asustada, empezó a retroceder, alejándose de él.

    —Señora Barrett, ha sido la casa…

    Guardó silencio al ver que daba media vuelta y salía corriendo de la habitación. Corrió tras ella, pero tras dar unos pasos, se detuvo y escuchó. Casi un minuto después, oyó que se cerraba una puerta en el piso superior. Encogiéndose de hombros, se giró y contempló el fuego.

    Ahora, la casa también estaba entrando en Edith.


    11:56 P.M.


    Algo le estaba llevando hacia el sótano. Florence bajó las escaleras y empujó la puerta giratoria de metal que conducía a la piscina. Recordó la sensación que había tenido el día anterior, cuando Fischer y ella habían echado un vistazo a la sauna: había percibido algo perverso, algo malsano. Consideraba que ese sentimiento no era acorde con lo que sentía por el hijo de Belasco, pero quería asegurarse.

    Sus pasos sonaban y resonaban mientras avanzaba por el borde de la piscina. Parpadeó. Tenía los ojos cansados. Necesitaba dormir pero, tal y como estaban las cosas, no podía irse a la cama. Antes de que pudiera dormir, tenía que demostrar (al menos a sí misma) que el hijo de Belasco era real.

    Abrió la puerta de la sauna y echó un vistazo a su alrededor. Vio que la válvula ya estaba arreglada, pues la sala estaba llena de vapor. Observó con atención. Allí había algo, algo terriblemente malévolo. Pero el hijo de Belasco no era así. Él sólo utilizaba su furia para defenderse. Necesitaba ayuda urgentemente y deseaba que le ayudaran con desesperación; sin embargo, su alma estaba tan enferma que le obligaba a luchar contra esa ayuda de un modo prácticamente suicida.

    Salió de la habitación y volvió a avanzar por el borde de la piscina. Debería advertirle al doctor Barrett que no usara la sauna. Miró a su alrededor. Si el hijo de Belasco no estaba aquí, ¿por qué había sentido el impulso de bajar al sótano? Allí sólo había una piscina y una sauna. No, eso no era cierto. De pronto recordó que había una bodega al otro lado del pasillo.

    En el mismo instante en que se acordó de la bodega, sintió que un estallido de comprensión invadía su ser. Sus labios esbozaron una sonrisa de emoción mientras corría hacia la puerta giratoria y la empujaba. Recorrió el pasillo a toda velocidad, abrió la puerta de la bodega y palpó la pared en busca del interruptor. No tardó en encontrarlo. La luz era débil, pues la bombilla que colgaba del techo estaba cubierta de polvo y de mugre.

    Florence entró en la habitación y miró a su alrededor. La sensación era muy intensa. Sus ojos iban de una pared a otra, observando los estantes vacíos. De pronto, su mirada se detuvo en la pared que había delante de la puerta. La miró con atención. Sí, pensó, avanzando hacia ella.

    Gritó cuando unas manos invisibles la cogieron por el cuello. Forcejeó, intentando liberarse. Las manos eran frías y húmedas. Tiró con tanta fuerza que estuvo a punto de caerse. Al recuperar el equilibrio, corrió hacia la pared. Las manos le agarraron del brazo y la arrojaron hacia un lado. Rodó por el suelo y se estrelló contra un estante.

    —¡No! —gritó. Se giró y observó la habitación—. ¡He venido a ayudarte!

    Se levantó y avanzó de nuevo hacia la pared. Las manos volvieron a sujetarla, apresando con fuerza sus hombros. Tras obligarle a girarse, le dieron un fuerte empujón. Estuvo a punto de darse de bruces con la puerta antes de recuperar el equilibrio.

    —No podrás detenerme.

    Volvió a avanzar lentamente, rezando en voz baja pero con determinación. Las manos la sujetaron de nuevo, pero la soltaron en cuanto dijo, en voz alta:

    —¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!

    Florence corrió hacia la pared y la tocó. Sintió que su ser se inundaba de comprensión.

    —¡Sí! —gritó. Una visión saltaba por su mente: la guarida de un león... un joven mirándola con ojos suplicantes. Lloró de alegría—. ¡Daniel!

    ¡Lo había encontrado!

    —¡Daniel!


    23 de diciembre de 1970
    6:47 a.m.


    El grito distante se clavó como un cuchillo en los sueños de Edith. La mujer despertó confusa, mirando hacia arriba. Dio un respingo al oír un susurro. Lionel estaba apoyado sobre su codo izquierdo, mirándola.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó.

    Barrett movió la cabeza.

    —¿Ha sido real?

    Barrett no respondió.

    Se quedó sin aliento al oír un segundo grito. Barrett contuvo la respiración.

    —¡La señorita Tanner!

    Sin perder ni un instante, el doctor deslizó las piernas por el borde del colchón y buscó las zapatillas. Edith empezó a incorporarse, pero gritó asustada al ver que a su marido le fallaban las piernas. Lionel cayó sobre la cama, chillando de dolor al golpearse el pulgar.

    —¿Estás bien? —preguntó Edith.

    Barrett asintió e intentó ponerse en pie una vez más, apoyándose en el bastón. Edith se levantó y siguió a Lionel hasta la puerta, poniéndose la bata de guata y abotonándosela mientras recorrían el pasillo. Advirtió que Lionel cojeaba más que nunca. Miró de reojo la habitación de Fischer. Estaba segura de que también él había oído el grito.

    Barrett se detuvo delante del cuarto de Florence Tanner y llamó a la puerta. Al no recibir respuesta, decidió abrirla. La habitación estaba a oscuras. Mientras buscaba el interruptor de la pared, Edith se puso tensa, preparándose para lo peor.

    Florence Tanner estaba tumbada en la cama, con los brazos cruzados sobre su pecho. Barrett avanzó cojeando hasta ella, seguido de Edith.

    —¿Qué sucede? —preguntó el doctor.

    Florence lo miró con unos ojos entrecerrados y llenos de lágrimas. Barrett se inclinó sobre ella, haciendo una mueca de dolor al sentir cómo se tensaban sus agarrotados músculos.

    —¿Señorita Tanner?

    Florence se estremeció y se mordió el labio inferior, intentando reprimir el llanto. Lentamente, retiró los brazos y Edith se sobresaltó al ver que su marido le desabrochaba el camisón. Advirtió que en él había dos manchas húmedas: una encima de cada pecho. Cuando el doctor separó los bordes de su camisón, Florence cerró los ojos.

    Edith retrocedió, asustada.

    Dos profundos mordiscos rodeaban los pezones de Florence.

    Bruscamente, la médium cogió las mantas y se tapó hasta la barbilla. Un sollozo se abrió paso por su garganta. Intentó, en vano, contenerse.

    —Llorar le hará bien —dijo Barrett.

    Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas.

    Edith observó a la mujer. Desde que se habían conocido, era la primera vez que le parecía vulnerable. Sintió una gran compasión.

    —¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó.

    Florence movió la cabeza.

    —Estoy bien.

    Edith desvió la mirada cuando Fischer entró en la habitación y se reunió con ellos junto a la cama.

    —¿Qué ha sucedido? —preguntó.

    Tras vacilar, la mujer retiró las sábanas durante un instante. Edith intentó no mirar, pero fue incapaz de evitarlo. Se estremeció al ver de nuevo aquellos mordiscos.

    —Me está castigando —dijo Florence.

    Edith palideció. Miró de reojo a Lionel, que observaba a la médium sin expresión alguna.

    —Anoche lo encontré —explicó Florence—. A Daniel Belasco.

    Se produjo un intenso silencio. Barrett parecía sentirse incómodo.

    —No, no me lo estoy inventando. —Esbozó una suave sonrisa a la vez que señalaba sus pechos con la mano—. ¿Acaso esto son imaginaciones?

    Barrett guardó silencio.

    —Su cadáver está en la bodega.

    Edith era consciente de lo violento que se sentía su marido: deseaba mostrarse compasivo con ella, pero no sabía qué decir para no herirla.

    —¿Me ayudará a exhumar el cadáver? —le pidió Florence.
    —Lo haría, pero después de esta noche me temo que no estoy en condiciones de realizar tareas pesadas.

    Florence lo miró con incredulidad.

    —Pero doctor, está allí. ¿Eso no significa nada para usted?
    —Señorita Tanner...

    Florence se volvió hacia Fischer.

    —¿Me ayudará usted, entonces?

    Fischer la observó en silencio. Él ha oído su grito, pensó Edith de repente; lo ha oído, pero no se ha atrevido a venir hasta que ha llegado Lionel. Y ahora tiene miedo de ofrecerle su ayuda. No le sorprendía. Cada vez que había sucedido algo violento, la señorita Tanner había estado cerca.

    Al ver que no respondía, Florence apretó con fuerza los dientes, reprimiendo un sollozo.

    —De acuerdo. Lo haré yo sola —los mordiscos le dolían muchísimo. Cerró los ojos.
    —Le ayudaré —dijo Fischer.

    Florence abrió los ojos e intentó sonreír.

    —Gracias.

    Barrett puso su mano sobre el brazo de Edith y empezó a dar media vuelta.

    —¿Tanto miedo le da que pueda tener razón, doctor? —preguntó.

    Barrett la miró atentamente. Entonces asintió.

    —De acuerdo. Bajaré con ustedes. Sin embargo, no estoy en condiciones de ponerme a cavar... si es eso lo que se pretende hacer.
    —Ben y yo nos ocuparemos de eso.

    Edith miró de reojo a Fischer. Estaba a los pies de la cama, mirando a Florence con una expresión vacía. De pronto, sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

    ¿Realmente había algo allí abajo?


    7:29 a.m.


    Fischer hundió la palanca en la hendidura y, haciendo un gran esfuerzo, levantó un trozo de ladrillo y argamasa. Había tardado más de veinte minutos en excavar un hueco del tamaño de su puño. Sus pantalones y zapatillas estaban manchados de argamasa y tenía las manos cubiertas de polvo. Éste subió por sus fosas nasales, haciéndole estornudar. Girándose, sacó el pañuelo del bolsillo y se sonó. Florence lo miraba con ojos ansiosos.

    —Sé que es duro —le dijo, con una sonrisa.

    Fischer asintió, cogiendo aire. Sintió que le subía un nuevo estornudo, pero logró sofocarlo. Entonces, volvió a levantar la palanca y la clavó con fuerza en el agujero pero, mientras forcejeaba con otro trozo de ladrillo, le resbalaron las manos y se dio de bruces contra la pared.

    —¡Mierda! —murmuró. Se levantó, apretando los dientes, y volvió a hundir la palanca en el agujero de la pared.

    Sacó otro trozo de ladrillo, que cayó al suelo, rebotando.

    —Esto puede llevarnos el día entero —dijo, mirando a Florence.
    —Sé que es duro —repitió ella. Al ver que Fischer estiraba la espalda, añadió—: Deje que siga yo.

    Fischer le dijo que no con la cabeza y levantó la palanca de nuevo.

    —Antes de que continúe... —dijo Barrett.

    Fischer se giró.

    — Como es evidente que esto va a llevar algún tiempo... —comentó, mirando a Florence—. ¿Le importaría que subiera a descansar un poco? La pierna me duele muchísimo.
    —Adelante —respondió la mujer—. Le llamaremos en cuanto lo hayamos encontrado.
    —De acuerdo.

    Apoyándose en el brazo de Edith, ambos se dirigieron hacia la puerta. Florence intercambió una rápida mirada con Fischer.

    Éste estaba a punto de hundir la palanca en el agujero una vez más cuando lo vio.

    —¡Esperen! —Barrett y Edith se giraron mientras Ben recogía su linterna y dirigía el haz de luz hacia el interior.
    —¿Qué hay? —preguntó Florence, incapaz de contener su entusiasmo.

    Fischer bizqueó entre la neblina de polvo. Sopló en el agujero y, a continuación, volvió a enfocarlo con la linterna.

    —Parece una cuerda —respondió.

    Florence se acercó y Fischer le tendió la linterna.

    —Enfoque hacia allí.

    Ella asintió con rapidez.

    Fischer metió el brazo en el agujero y sujetó entre sus dedos la polvorienta cuerda. Tiró hacia abajo, pero no cedió. Entonces tiró hacia arriba, y sintió que se aflojaba y que volvía a tensarse en cuanto la soltaba.

    —Creo que hay un peso en el extremo —dijo.

    Florence contuvo el aliento.

    —Un contrapeso.

    Fischer cogió la palanca y empezó a golpear los lados del agujero con el extremo biselado, agrandándolo con la mayor rapidez que le era posible. Cavó con tesón durante un minuto y entonces dejó caer la palanca; antes de que ésta llegara al suelo, ya tenía ambas manos dentro del hueco. Sujetó de nuevo la cuerda y empezó a tirar hacia arriba.

    Ejercía una gran resistencia. Colocó bien las piernas, apoyó la frente en la pared y tiró con todas sus fuerzas, con los ojos cerrados y los dientes apretados. Muévete, cabrona, pensó. Muévete.

    De pronto, la cuerda subió dando bandazos, haciendo que se golpeara la muñeca derecha contra el borde afilado del ladrillo. Fischer sacó las manos al instante. Estaba examinándose la muñeca cuando oyó un sonido retumbante dentro de la pared. Levantó la mirada, sorprendido.

    Una sección del muro se estaba deslizando lentamente hacia la derecha. Fischer se preparó para lo que iba a ver a continuación... o lo que no iba a ver. Era consciente de que Florence estaba a sus espaldas, observando el movimiento de la chirriante pared.

    Edith se giró, conteniendo el aliento. Debido a la tensión del momento, a Fischer le sorprendió oír el suspiro de alivio de Florence.

    Encadenado al muro que había en el interior de aquel estrecho pasaje descansaba el cadáver momificado de un hombre.

    —Sombras de Poe —murmuró Barrett.
    —Les dije que estaba aquí —dijo Florence.

    Fischer contempló los rasgos grisáceos y apergaminados del cadáver. Sus ojos eran como bayas oscuras y endurecidas, y sus labios estaban contraídos en un grito helado e inaudible. Era obvio que había sido encadenado y encerrado detrás de aquella pared cuando aún estaba vivo.

    —¿Y bien, doctor? —preguntó Florence.

    Barrett cogió aire, vacilando.

    —¿Y bien, qué? —respondió—. Sólo veo la momia de un hombre. ¿Cómo sabe que es Daniel Belasco?
    —Lo sé —respondió.
    —¿Con certeza? ¿Con la más absoluta de las certezas?
    —Sí.

    Barrett sonrió.

    —Creo que necesitamos más pruebas que ésa.

    Florence lo miró fijamente.

    —Tiene razón —dijo.

    Volviéndose hacia el agujero, alcanzó la mano izquierda de la figura encadenada. Fischer vio que le quitaba un anillo.

    —Tenga —dijo, entregándoselo a Barrett.

    Barrett vaciló antes de cogerlo. Fischer miró de reojo a Edith, que observaba a su marido con recelo. Cuando volvió a centrar su atención en Barrett, vio que le estaba devolviendo el anillo con una sonrisa forzada en los labios.

    —Muy bien —dijo.
    —¿Ahora me cree?
    —Lo pensaré.
    —¿Lo pensará? —La mujer lo miró incrédula—. ¿Me está diciendo...?
    —No le estoy diciendo nada —le interrumpió Barrett—, pero necesito más tiempo para digerir la información y extraer mis propias conclusiones. De todos modos, debo advertirle que no debería dar por hecho que un cadáver con un anillo puede alterar las convicciones científicas de toda una vida.
    —Doctor, no estoy intentando alterar sus creencias. Lo único que le estoy pidiendo es que trabajemos juntos. ¿No se da cuenta de que los dos podríamos tener razón?

    Barrett movió la cabeza.

    —Lo siento, pero no. Soy incapaz de ver eso, y nunca lo haré. —Se giró bruscamente y empezó a avanzar, cojeando, hacia el pasillo—. ¿Querida?

    Tras mirar a Florence durante unos instantes, Edith dio media vuelta para reunirse con su marido. Fischer cogió el anillo que la médium tenía entre sus dedos. Era de oro, con una cresta ovalada.

    Sobre la cresta, en letras similares a las de un pergamino, se leían las iniciales «D.B.».


    8:16 a.m.


    Llevaban casi veinte minutos comiendo en silencio. Barrett apartó el plato y puso en su lugar la taza de café. Miró hacia el otro lado de la mesa, donde estaba su indicador de REM. Resultaba desagradable compartirla con su equipo, pero no tenían otro remedio, puesto que el comedor había quedado destrozado.

    Miró de reojo a Edith. Estaba sentada muy quieta, sujetando con ambas manos la taza de café, como si quisiera calentarlas. Parecía una niñita asustada.

    Intentó sacarse de la cabeza el problema del equipo.

    —Edith. —Le dedicó una sonrisa—. ¿Estás preocupada?
    —¿Tú no?

    Barrett movió la cabeza.

    —No, en absoluto. ¿Crees que ésa es la razón de que esté tan callado?

    Edith pareció dudar, como si le diera miedo mencionar algún punto que él no pudiera rebatir.

    —Había un cadáver —dijo, finalmente—. Era espeluznante.

    Miró a su marido, incómoda.

    —Pero no era necesariamente «el cadáver» —comentó él.
    —Pero el anillo...
    —D.B. no tiene por qué corresponder a Daniel Belasco.

    Edith no parecía estar convencida.

    —Podría ser David Bart —continuó su marido—. Donald Bascomb.

    Entonces sonrió.

    —O Doctor Barrett —concluyó.
    —Pero...
    —Por otra parte, podría ser Daniel Belasco... asumiendo que esa persona realmente existió.
    —¿Pero eso no demostraría que la señorita Tanner tiene razón?
    —Podría ser.
    —Entonces, no lo entiendo.
    —No se trata de evidencias ni de qué parece demostrar eso, sino de quién encontró la prueba.

    Barrett sonrió al ver su expresión de desconcierto.

    —Querida —dijo—, la señorita Tanner es una persona extremadamente sensitiva, y a eso le tenemos que añadir el inmenso poder residual que hay en esta casa y al que ella, como médium, tiene acceso. El resultado es una situación psíquica sobrecargada en la que es capaz de crear todo tipo de efectos para dar validez a sus creencias. Ella fue la responsable del ataque poltergeist que sufrí anoche, y después afirmó que el causante había sido Daniel Belasco. Después «supo» que su cadáver se encontraba en esta casa y lo ha «descubierto» esta mañana, consiguiendo, de este modo, dar una mayor validez a su historia. El hecho de que esos restos pertenezcan realmente a Daniel Belasco es irrelevante, pues la señorita Tanner está manipulando tanto su poder como el de esta casa para construir su propia verdad.

    Edith lo miró ansiosa. Barrett sabía que deseaba creerle, pero que los acontecimientos seguían desconcertándola.

    —¿Y qué me dices de las marcas de dientes? —dijo Lionel.

    Ella se sobresaltó.

    —Eso es lo que estabas pensando, ¿verdad?

    Edith esbozó una débil sonrisa.

    —Tú también debes de tener poderes psíquicos.

    Barrett soltó una carcajada.

    —En absoluto. Simplemente sé que aún puedes tener alguna duda respecto a ese punto.
    —¿Eso no demuestra nada?
    —Para ella, sí.
    —Eran marcas de dientes.
    —Sí, eso era lo que parecía.
    —Lionel... —Edith parecía estar más confusa que nunca—. ¿Me estás diciendo que no son mordiscos?
    —Puede que lo sean —respondió—. Lo único que estoy diciendo es que, sin duda alguna, no fueron infligidos por Daniel Belasco.

    Edith hizo una mueca.

    —¿Se los hizo ella misma?
    —Puede que no directamente, aunque no puedo descartar esa posibilidad —comentó—. Sin embargo, me parece más probable que esas marcas entren en la categoría de estigmas.

    Edith parecía sentirse un poco indispuesta.

    —Cosas más extrañas han sucedido. —Barrett vaciló antes de continuar—. Nunca te he contado lo que le sucedió a Martin Wrather. Si haces memoria, recordarás que sólo te dije que había sufrido lesiones durante una sesión, pero lo que realmente ocurrió fue que sus genitales fueron seccionados casi por completo. Se los cortó él mismo, en un momento de histeria. Sin embargo, a día de hoy, sigue estando convencido de que «unas fuerzas del otro lado» intentaron emascularlo. —Barrett esbozó una sonrisa sombría—. Y unos mordisquitos en el pecho de una mujer no son nada, comparado con aquello... aunque estoy seguro de que el dolor que está padeciendo es terrible. De todos modos, ya has visto cómo está redondeando su teoría —continuó—, por la noche descubre la existencia del cadáver... y por la mañana, Daniel Belasco le castiga e intenta asustarla porque está furioso con ella por haber descubierto su secreto.
    —Pero tú no crees ni una palabra —dijo Edith, con un hilo de voz.
    —Ni una.

    Suspiró, como si se rindiera.

    —Entonces, ¿qué va a suceder?
    —Lo único que va a suceder es que mi máquina llegará hoy... y que mañana habré puesto fin a la supuesta maldición de la Casa Infernal mediante métodos estrictamente científicos.

    Se giraron al ver que Fischer entraba en el salón y avanzaba hacia la mesa, con el chaquetón, la ropa y las manos manchados de tierra. Sin decir nada, se sentó, se sirvió una taza de café y encendió un cigarrillo.

    —¿El funeral ha terminado? —preguntó Barrett, con un ligero tono burlón.

    Fischer se limitó a mirarlo. Acto seguido, levantó la tapa de plata de la bandeja de beicon y huevos y les echó un vistazo antes de volver a ponerla en su sitio.

    —¿La señorita Tanner no va a desayunar? —preguntó Barrett.

    Fischer movió la cabeza y bebió un poco de café. El doctor lo observó con atención: era evidente que aquel hombre estaba siendo sometido a una gran presión. Aunque él nunca le había dado demasiada credibilidad, estaba seguro de que, para regresar a la casa después de lo que sucedió en su primera visita, Fischer había tenido que enfrentarse a su propia voluntad.

    —Señor Fischer —dijo.

    Éste levantó la mirada.

    —Anoche no contesté a la señorita Tanner porque estaba dolorido y... bueno, para serle franco, porque también estaba enfadado con ella. De todos modos, creo que no se equivocó al sugerir que usted debería abandonar la casa.

    Fischer le dedicó una gélida mirada.

    —Por favor, no se lo tome como una crítica. Simplemente creo que sería prudente que se fuera, por su propio bien.
    —Gracias —dijo Fischer, con una sonrisa amarga.

    Barrett dejó su servilleta sobre la mesa.

    —Bueno, ya sabe lo que pienso sobre este asunto. Por supuesto, es usted quien debe tomar la decisión. —Se sacó el reloj del bolsillo y levantó la tapa. Mientras volvía a guardarlo, advirtió que su mujer rehuía a Fischer con la mirada.
    —Quizá deberíamos llevarle algo de comida a la señorita Tanner —comentó.
    —En estos momentos desea estar sola —respondió Fischer.

    Barrett asintió. Intentó levantarse pero, en cuanto cargó su peso sobre la pierna herida, se vio obligado a sentarse de nuevo.

    —¿Querida? —dijo. Ella asintió, esbozando una pequeña sonrisa.
    —Hoy parece estar más tenso que nunca —comentó el doctor, mientras cruzaban el vestíbulo.
    —Mmm.

    Miró a su mujer.

    —Y tú también.
    —Es la casa.
    —Por supuesto. —Sonrió—. Espera a mañana. Ya verás qué cambio.

    Se giró con una alegre sonrisa al oír que llamaban a la puerta principal.

    —Mi máquina —anunció.


    8:31 a.m.


    —Que este cuerpo haya liberado el espíritu que nunca más regresará a él. Este cuerpo ya ha servido a su propósito, ya ha cumplido su misión. Tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Amén.

    Era la tercera vez que pronunciaba las palabras del funeral. La primera fue cuando Fischer dejó el cuerpo de Daniel Belasco en su lugar de descanso; la otras dos, cuando estuvo de vuelta en su habitación. Ahora su alma podría descansar.

    Al salir de la casa descubrieron que hacía muchísimo frío y que el suelo era tan duro como el hierro. Fischer había intentado cavar un hoyo, pero se había visto obligado a renunciar, de modo que habían recorrido los alrededores de la casa hasta encontrar un agujero, donde colocaron el cadáver y lo cubrieron con hojas y piedras. Entonces, Florence había recitado las palabras del funeral mientras ambos permanecían junto a la improvisada tumba, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados.

    Florence sonrió. Se ocuparía de que Daniel tuviera un entierro adecuado lo antes posible, pero ahora lo único que importaba era que había sido liberado de la casa.

    Llevándose una mano al bolsillo del jersey, sacó el anillo de Daniel y lo sostuvo en la palma de la mano, cerrando los dedos sobre él.

    Las imágenes aparecieron al instante. Pudo ver a un hombre moreno, atractivo y con una actitud arrogante, pero sabía que debajo de aquella piel se ocultaba un ser tan vulnerable como un niño. Lo vio riéndose en la mesa del comedor y bailando el vals con una hermosa joven en el salón de baile. En su sonrisa sólo había juventud y ternura.

    La visión se oscureció. Daniel estaba en el teatro viendo una representación, con el rostro tenso y los ojos brillantes. Florence se sobresaltó. Eso no era lo que él deseaba, pero era joven e impresionable. Vivía rodeado de cosas envilecedoras. Lo vio tambalearse por el pasillo, abrazado a una mujer borracha. Lo vio en su habitación, intentando encontrar un sentido de belleza en el acto sexual.

    La corrupción se intensificó. Borracheras. Desesperación. Una breve escapada y su regreso, impotente, a la Casa Infernal, de donde no volvería a escapar. Florence esbozó una mueca de dolor. Lo vio en el salón, desnudo, observando con avidez a diversas personas que practicaban el sexo sobre la mesa redonda. Lo vio clavarse una aguja hipodérmica en el brazo. Lo vio dando rienda suelta a unos deseos sexuales que hicieron que Florence se estremeciera en la oscuridad. Pero siempre, bajo aquella máscara... el rostro que la Casa Infernal había creado, se escondía un muchacho acobardado que deseaba escapar y que era incapaz de hacerlo. Un muchacho que deseaba conocer el amor y que sólo encontraba libertinaje.

    Contuvo el aliento al ver que Daniel se acercaba a su padre. No podía ver el rostro de Emeric Belasco: su figura, gigantesca y amenazadora, se alzaba entre las sombras. Florence susurró una oración, sujetando con fuerza el anillo entre los dedos. Las sombras empezaron a retirarse y, un momento después, pudo verlo. Algo frío empezó a inundar su pecho. La visión vaciló, pero Florence se negó a perderla. Haciendo acopio de fuerzas, logró descender un poco más. Ojalá pudiera ver al padre de Daniel, acceder a su interior, comprenderlo. Tenía la frente empapada en sudor y sentía que una serpiente fría y húmeda se retorcía por su estómago.

    —No —murmuró. No debía rendirse. Allí había un significado, una respuesta.

    Gritó cuando su cuerpo sufrió una violenta sacudida. Se le cayó el anillo de las manos y oyó que rebotaba sobre la moqueta, muy abajo. Tenía la impresión de encontrarse herida, perdida en una inmensa caverna. No podía percibir las paredes ni el techo; mirara donde mirara, sólo veía oscuridad. Intentó abrir los ojos, pero no pudo. La oscuridad le invadía la mente, borrando su conciencia. El poder, pensó. Querido Dios, el poder.

    Empezó a deslizarse por un foso gigantesco, descendiendo hacia una oscuridad mucho más negra de lo que creía posible. Intentó detenerse, pero no pudo. La sensación era física: su cuerpo se deslizaba por unas paredes que eran lo bastante adherentes como para impedir que cayera, pero no lo bastante como para detener su inexorable descenso hacia las tinieblas. La oscuridad que le esperaba tenía carácter, personalidad. Es él, pensó. Está esperándome. Oh, Dios. ¡Está esperándome!

    Luchó contra ello, rezando a sus guías, a sus doctores espirituales y a todos aquellos que le habían ayudado en el pasado. Impedid que siga cayendo, les suplicó. Coged mi mano y subidme. Os lo pido en nombre de nuestro Dios eterno. Ayudadme. ¡Ayudadme!

    De repente, descubrió que se encontraba de nuevo en su habitación. El foso y la caverna habían desaparecido. Estaba dormida, pero despierta. Sabía que estaba inconsciente en la cama, pero también sabía que estaba consciente. Oyó que se abría y se cerraba una puerta. ¿Sería la de su habitación o la de una puerta imaginaria del interior de su mente? Sólo sabía que sus ojos estaban cerrados herméticamente, que estaba dormida aunque estaba despierta. Oyó unos pasos que se acercaban.

    Vio una figura. Con los ojos cerrados, pudo ver que se aproximaba hacia ella una silueta que parecía de papel negro. ¿Serían imaginaciones? ¿Aquella figura estaba en su habitación o en su mente?

    Al llegar a la cama, se sentó junto a ella. Sintió que el colchón se hundía un poco bajo su peso. De pronto supo que era Daniel y oyó un gemido. ¿Sería un gemido real que salía de sus labios o un sonido mental que expresaba su sorpresa? No puede ser él. Ahora descansa en paz. Fischer y ella habían depositado sus restos en una tumba consagrada. No podía haber regresado; era imposible. Dormida, despierta, vio una figura negra sentada sobre la cama, junto a ella. ¿La estaba mirando? ¿Había ojos en aquella oscura cabeza?

    —¿Eres tú? —preguntó. Oyó una voz, pero no supo si era real o si estaba en su mente.
    —Lo soy.
    —¿Por qué? —creyó preguntar—. Tendrías que haberte ido.
    —No puedo.

    Intentó despertar, incapaz de soportar aquel limbo de conciencia parcial.

    —Tienes que irte —le dijo—. Has sido liberado.
    —No es la liberación que busco.
    —¿Y cuál es, entonces? —forcejeó con su inconsciencia, intentando despertar. Tenía que conseguirlo antes de que fuera demasiado tarde.
    —Ya lo sabes.

    Entonces lo supo... y aquel conocimiento fue como un gélido viento que sopló en su corazón.

    —Tienes que irte.
    —Ya sabes lo que debes hacer —respondió él.
    —No.
    —Lo necesito; si no, no podré irme.
    —¡No! —respondió. ¡Despierta!, pensó.
    —Entonces tendré que matarte, Florence —dijo Daniel.

    Unas manos heladas envolvieron su cuello. Florence gritó en sueños. Extendió los brazos, arañando a su agresor en un intento de liberarse. De pronto despertó. Las manos habían desaparecido. Empezó a levantarse, pero se quedó paralizada por la sorpresa. Su corazón latía con fuerza.

    Oía un sonido espeluznante a su lado; un sonido espectral, medio animal y medio humano, líquido y enloquecido. No podía moverse. ¿Qué era eso? Florence movió los ojos muy despacio. La puerta del lavabo estaba entornada, iluminando levemente la habitación.

    Era el gato.

    Vio que la observaba fijamente. Sus ojos brillaban, trastornados, mientras emitía aquel sonido entrecortado y antinatural por la garganta. Florence empezó a levantar la mano.

    —En el nombre de Dios —susurró.

    Con un aullido salvaje, el gato se abalanzó sobre su rostro. Florence retrocedió, moviendo los brazos para protegerse. El gato cayó sobre ella, clavándole sus afiladas garras en los brazos. Gritó al sentir que le hundía profundamente los dientes en la cabeza; intentó sacárselo de encima pero no pudo: estaba estirado sobre su rostro, cubriéndole los ojos y la boca con su caliente pelaje. El animal hundió más los dientes, sin desenterrar las garras de sus brazos, mientras aquel sonido cruel y trastornado seguía burbujeando en su garganta. Florence logró liberar el brazo izquierdo y le clavó los dedos en la piel, intentando dejar de sentir sus dientes en la cabeza. El gato la soltó pero, sin perder ni un instante, se abalanzó furioso contra su garganta. Florence le bloqueó el paso con el brazo derecho, pero los dientes del animal volvieron a hundirse en su carne. Sollozó dolorida, intentando deshacerse de él, pero empezó a arañarla furioso con las patas traseras. Ella lo agarró de la garganta y apretó; el animal empezó a emitir un gorjeo, a la vez que movía frenético las patas traseras y le arañaba el pecho y el estómago a través del jersey. De pronto, sus dientes dejaron de ejercer presión y Florence lo arrojó al suelo.

    Se sentó rápidamente, jadeando. Bajo la débil luz del baño pudo ver que el gato giraba sobre su espalda y volvía a ponerse en pie. Saltó de la cama y corrió hacia el lavabo. El gato se abalanzó contra sus piernas, hundiéndole los dientes y las garras en las pantorrillas. Estuvo a punto de caerse. Gritó. Mientras luchaba por mantener el equilibrio, tropezó con la mesa de estilo español y se golpeó el brazo izquierdo con el teléfono. Sin perder ni un instante, cogió el aparato por el cable y lo arrojó contra el gato. Con el primer golpe se dio en la rodilla. Sollozando, lo lanzó de nuevo y consiguió golpearle en la cabeza. Siguió atacándolo con el teléfono, moliéndole a golpes el cráneo hasta que dejó de sentir la presión de sus dientes en la pierna. Pegándole una patada, dio media vuelta y corrió hacia el cuarto de baño. El gato se quedó quieto unas milésimas de segundo, antes de salir disparado tras ella. Tras cruzar el umbral dando tumbos, Florence cerró la puerta y se dejó caer al suelo; el gato se estampó contra el otro lado y empezó a arañar frenético la madera.

    Florence avanzó tambaleante hasta el lavabo y observó su reflejo en el espejo. Al verse jadeó: tenía profundos agujeros en la frente y estaba perdiendo mucha sangre. Se quitó el jersey y lo presionó contra su cabeza, gimiendo al ver que su pecho y su estómago estaban llenos de arañazos y heridas que sangraban sin parar, y que su sujetador estaba destrozado y salpicado de sangre.

    Observó los brazos, estremeciéndose al ver los agujeros que los dientes del gato habían excavado en su carne. Sollozando, abrió el grifo de agua fría, cogió una toalla del estante y la mantuvo debajo del grifo hasta que estuvo bien empapada; entonces, empezó a limpiarse los mordiscos y los arañazos. Empezó a llorar de dolor, mordiéndose el labio inferior con los dientes. Unas lágrimas ardientes le nublaban los ojos.

    Mientras se limpiaba las heridas, siguió oyendo al gato al otro lado de la puerta, arañando la madera con sus garras y emitiendo aquel terrible sonido con su garganta.


    9:14 A.M.


    —Es grande —comentó Edith, observando el cajón de embalaje.

    Barrett gruñó mientras forzaba el extremo de un tablón del lado en el que ponía ARRIBA. Sus movimientos eran entusiastas, apresurados. La palanca resbaló.

    —No fuerces el dedo.

    Lionel asintió mientras hundía la palanca en el extremo contrario del tablón. Hacía años que Edith no lo veía tan nervioso.

    —¿Puedo ayudarte?

    Barrett movió la cabeza.

    Edith lo observó inquieta. Lionel, inclinado sobre su silla, siguió forcejeando con los tablones; cada vez que rompía uno, recogía los trozos angulosos con la mano izquierda y los dejaba caer al suelo.

    —Lo han empaquetado muy bien —murmuró. Edith no supo si aquel hecho le complacía o le molestaba.

    El cajón medía dos metros y medio de ancho por tres de largo, y era treinta centímetros más alto que Barrett. ¿Qué habrá dentro?, se preguntó Edith. Sí, su máquina pero, ¿qué era y cómo se suponía que iba a lograr que la casa dejara de estar encantada?

    —¡Mierda!

    Al girarse, vio que su marido tiraba la palanca con un silbido de dolor y, al instante, se sujetaba con fuerza el dedo pulgar, que seguía vendado.

    —Lionel, por favor, no fuerces ese dedo.
    —De acuerdo —dijo con impaciencia. Volvió a coger la palanca y siguió abriendo el cajón.
    —¿Por qué no le pides a Fischer que te ayude?
    —Quiero hacerlo solo —murmuró.

    Edith dio un respingo cuando hundió la palanca entre dos tablones y empezó a forzar uno de ellos.

    —Lionel, tómatelo con calma —dijo—. Parece que quieres romper esa caja con los dientes.

    Barrett se detuvo y la miró, respirando con fuerza. Tenía la frente bañada en sudor.

    —Lo único que sucede es que aquí dentro está... bueno, la culminación de todos estos años en el mundo de la parapsicología —dijo—. Supongo que entiendes que esté emocionado.
    —Y yo supongo que entiendes que esté preocupada.

    Asintió.

    —Me lo tomaré con calma —prometió—. Después de veinte años esperando, no pasará nada por unos minutos más.

    Edith se recostó sobre su asiento, aliviada. Si conseguía que le diera conversación mientras trabajaba, puede que se calmara un poco.

    —¿Lionel?
    —¿Sí?
    —¿Debemos informar a la policía sobre el cadáver?
    —Lo haremos —respondió—. Pero cuando acabe la semana.

    Edith asintió, preguntándose de qué podían hablar.

    —¿Fischer fue realmente un gran psíquico? —preguntó, asombrada de que esa pregunta hubiera llegado a su mente.
    —Hubo un tiempo en que se le consideraba de la talla de Home y Palladino.
    —¿Qué hacía?
    —Oh... —Barrett palanqueó el extremo de otro tablón y lo levantó. Edith pudo ver una hilera de esferas de cristal—. Lo habitual: levitación, voz directa, fenómenos biológicos, huellas, percusión, materialización... todas esas cosas. Durante una sesión, a plena luz del día, una mesa que pesaba unos doscientos veinticinco kilos subió hasta el techo con él encima; seis hombres unieron sus fuerzas para intentar bajarla, pero fueron incapaces. Después, con las luces de la sala de pruebas apagadas y todos los instrumentos en marcha, flotaron por la habitación siete rostros perfectamente formados. Uno de ellos le pegó un guantazo al doctor Wells, un famoso químico de Harvard que formaba parte del equipo, y otro intentó besarle. Creo que, a partir de aquella noche, desapareció parte del cinismo que sentía ese hombre por la parapsicología.
    —¿Qué más? —preguntó Edith en cuanto guardó silencio.
    —Oh, una... sombra negra con forma de hombre avanzó por la sala de pruebas, dando unos pasos que hacían que las paredes temblaran. Unas luces verdes fosforescentes, similares a mariposas gigantescas, sobrevolaron la mesa y se posaron sobre la cabeza del médium. Una mandolina flotó cerca del techo, tocando «My Bonny Lives Over the Ocean.» El profesor Mulvaney, de la Asociación de Parapsicología de Pittsburg, sostuvo durante más de diez minutos la materialización de una mano perfectamente formada y aseguró que además de tener huesos, piel, vello y uñas, despedía calor. Ésta se disolvió entre sus manos en menos de un segundo. Y finalmente, de la boca de Fischer salió una masa ectoplasmática que adoptó, con todo lujo de detalles, la forma de un chino mandarín de más de dos metros de altura. La forma estuvo hablando con los miembros del equipo durante veinte minutos, antes de retirarse de nuevo al cuerpo de Fischer. —Barrett apartó otro tablón—. En aquel entonces, Fischer cumplía los trece requisitos.
    —Por lo tanto, era un verdadero médium.
    —Oh, sí, de los pies a la cabeza. —Barrett empezó a palanquear el último tablón—. Por desgracia, eso fue hace mucho tiempo. Es como un músculo, ¿sabes? Si no lo utilizas, se atrofia.

    Apartó el último tablón y se levantó, apoyándose en el bastón.

    —Ya está.

    Edith se acercó a él, advirtiendo que estaba despegando un sobre que había en la parte frontal de la máquina. Mientras lo abría y sacaba los planos, Edith observó el panel de control, con su despliegue de interruptores, esferas y botones.

    —¿Cuánto ha costado construirla? —preguntó.
    —Yo diría que, como mucho, setenta mil dólares.
    —¡Dios mío!

    Edith observó el tablero de mandos.

    —REM —susurró, leyendo la placa de metal que había bajo la esfera de mayor tamaño. Los números iban del cero hasta el 120.000.
    —¿Qué significa REM, Lionel?
    —Ya te lo explicaré, querida —dijo, distraído—. Más adelante te contaré para qué ha sido diseñado, exactamente, el Reversor.
    —El Reversor —repitió ella.

    Barrett asintió, examinando el primer plano. Sacándose del bolsillo su linterna, dirigió la diminuta luz hacia una abertura en forma de rejilla que había a un lado de la máquina. Frunciendo el ceño, se alejó cojeando hasta la mesa, donde dejó los planos y cogió un destornillador. En cuanto regresó junto a la máquina, empezó a destornillar una placa.

    Edith se detuvo delante de la chimenea y sostuvo las manos delante del fuego. Anoche estuve en este mismo lugar, pensó, pero no recuerdo nada de lo que sucedió hasta que desperté y descubrí que estaba desnuda delante de Fischer. Se estremeció, intentando apartar aquella idea de su cabeza.

    Estaba regresando junto a su marido cuando Fischer entró gritando en la sala.

    —¡Doctor!

    Edith dio un respingo. Barrett se giró.

    —¡La señorita Tanner!

    Edith se quedó helada. Dios mío, ¿qué le habrá sucedido ahora?

    —Ha vuelto a ser atacada.

    Asintiendo, Barrett fue hasta la mesa y recogió su maletín negro.

    —¿Dónde? —preguntó.
    —En su dormitorio.

    Los tres se dirigieron rápidamente hacia el vestíbulo. Barrett avanzaba lo más deprisa que podía.

    —¿Está muy mal? —preguntó.
    —Tiene arañazos... desgarros... mordiscos.
    —¿Cómo ha sucedido?
    —No lo sé; creo que el gato.
    —¿El gato?
    —Fui a llevarle algo de comida. Llamé a la puerta y, como no contestó, la abrí. En el mismo instante en que lo hice, el gato salió disparado y desapareció por el pasillo.
    —¿Y la señorita Tanner?
    —Estaba en el cuarto de baño. Al principio se negaba a salir y, cuando por fin lo hizo... —se detuvo, haciendo una mueca.

    Entraron en la habitación y la vieron postrada en la cama. Al advertir su presencia, Florence, abrió los ojos y movió la cabeza. Edith gimió, sobrecogida. La médium, que estaba tan pálida como la cera, tenía arañazos inflamados por la cara y el cuello, y profundos mordiscos en la cabeza.

    Barrett dejó el maletín a los pies de la cama y se sentó junto a ella.

    —¿Ha desinfectado las heridas? —preguntó, examinando los mordiscos de la cabeza.

    La mujer le dijo que no. Barrett abrió el maletín y, mientras sacaba un pequeño frasco marrón y una caja de gasas, advirtió los desgarros de su jersey.

    —¿También tiene heridas en el cuerpo?

    Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

    —Será mejor que se quite el jersey.
    —Ya las he lavado.
    —Eso no basta. Podrían infectarse.

    Florence miró de reojo a Fischer. Sin decir ni una palabra, éste se giró y avanzó hasta la otra cama, donde se sentó dándoles la espalda. Florence empezó a quitarse el jersey.

    —¿Puedes ayudarla, Edith? —preguntó Barrett.

    Edith se acercó, haciendo una mueca de dolor al ver los cortes irregulares que cubrían su pecho y estómago, y los mordiscos y desgarros de los brazos. Acercó las manos a su espalda para desabrocharle el sujetador y se estremeció al ver que también sus senos estaban repletos de arañazos.

    Barrett quitó el tapón de la botella.

    —Esto le dolerá —dijo—. ¿Quiere un poco de codeína?

    Movió la cabeza. Barrett empapó una gasa con el líquido y empezó a limpiar una de las profundas heridas de su frente. Florence gimió y cerró los ojos; las lágrimas pugnaban por atravesar sus párpados. Edith tuvo que apartar la mirada. Observó a Fischer, que estaba contemplando la pared.

    Transcurrieron varios minutos. Sólo se oían los gemidos de Florence y, de vez en cuando, un susurro de Barrett disculpándose. Cuando acabó de desinfectarle las heridas, la tapó con la manta.

    —Gracias —dijo Florence.

    Edith volvió a mirarla.

    —El gato me atacó —explicó—. Estaba poseído por Daniel Belasco.

    Edith miró a su marido, pero fue incapaz de adivinar lo que pensaba.

    La médium intentó sonreír.

    —Lo sé, usted cree...
    —No importa lo que yo crea, señorita Tanner. Sin embargo, me pregunto si no sería prudente que abandonara la casa.

    Edith advirtió que Fischer se giraba para mirarles.

    —No, doctor. —Florence movió la cabeza—. No creo que deba hacerlo.

    Barrett la observó durante un prolongado momento antes de volver a hablar.

    —El señor Deutsch no tiene por qué enterarse —dijo.

    Florence parecía confusa.

    —Lo que quiero decir... —vaciló— es que usted ya ha realizado su parte del proyecto.
    —Y que usted se ocupará de que yo reciba mi dinero, ¿verdad?
    —Sólo intento ayudarla, señorita Tanner.

    Florence empezó a responder, pero se lo pensó mejor. Desvió la mirada unos instantes.

    —De acuerdo —dijo, mirando de nuevo al doctor—. Acepto su punto de vista, pero no voy a irme de esta casa.

    Barrett asintió.

    —Muy bien. Es usted quien debe decidir. —Hizo una pausa—. Pero, en cierto modo, me siento responsable de su integridad física, y sería negligente si no le apremiara... no, mejor dicho, si no le aconsejara que abandone la casa mientras pueda hacerlo. —El doctor hizo otra pausa—. Por otra parte —añadió—, si considero que su vida corre peligro, puedo tomar yo mismo esa decisión.

    Florence parecía consternada.

    —No tengo ninguna intención de quedarme de brazos cruzados y permitir que se convierta en una nueva víctima de la Casa Infernal —continuó diciendo el doctor, mientras cerraba el maletín—. ¿Querida?

    Tras ponerse en pie, ambos abandonaron la habitación.


    10:43 a.m.


    Edith se tumbó sobre su costado derecho y miró hacia la otra cama. Lionel estaba dormido. No debería haberle dejado abrir aquel cajón de embalaje. Tendrían que habérselo pedido a Fischer.

    Reflexionó sobre lo que Lionel había dicho antes de acostarse: que Florence Tanner estaba tan ansiosa por demostrar su teoría que estaba sacrificando su bienestar físico.

    —La disociación mental derivada de una modificación del ego es la causa básica del fenómeno médium —había explicado—. No sé si realmente existió Daniel Belasco, pero estoy seguro de que la entidad con la que la señorita Tanner afirma haber contactado no es más que una división de su propia personalidad.

    Edith suspiró y volvió a tumbarse sobre su espalda. ¡Ojalá fuera capaz de entenderlo del mismo modo que Lionel! Ella sólo podía pensar en aquellas terribles marcas de dientes que rodeaban sus pezones, en aquellos arañazos y mordiscos que Florence afirmaba que le había infligido el gato: ¿Cómo era posible que se hubiera hecho tanto daño a sí misma, aunque fuera de un modo inconsciente?

    Edith deslizó las piernas sobre el colchón, se sentó y se quedó mirando sus zapatos durante unos minutos antes de ponérselos. Entonces se levantó, fue hasta la mesa octogonal y observó el manuscrito. Deslizó un dedo por la portada. ¿Qué daño puede hacerme?, pensó. Era ridículo sentir ese terror casi ciego por el alcohol. Su infancia había sido miserable debido a la afición a la bebida de su padre, pero eso no era una razón para condenar el alcohol de por sí. Además, sólo tomaría una copita para relajarse.

    Abrió la puerta del armario para coger la botella y una de las tacitas de plata. Entonces, regresando a la mesa, sacó un pañuelo de su bolso y limpió el recipiente antes de usarlo. El líquido era muy oscuro. De pronto se preguntó si estaría envenenado. Ésa sería una forma terrible de morir.

    Sumergió un dedo en el brandy y se lo llevó a la lengua. ¿Cómo puedo saber si está envenenado? La lengua le ardía. Tragó saliva, nerviosa, y el calor se extendió suavemente por los tejidos de su garganta. Edith levantó la taza de plata y la sostuvo debajo de la nariz. Despedía un aroma agradable. ¿Cómo iba a ser venenoso? Seguro que alguien había bebido de esa botella antes que ella.

    Dio un pequeño sorbo y cerró los ojos cuando empezó a descender por su garganta. El interior de su boca se inundó de calidez. Gimió de placer cuando el brandy llegó a su estómago y un pequeño núcleo de calor se extendió por todo su ser. Bebió otro sorbo. Esto es justo lo que necesito, pensó. El hecho de que beba un poquito de brandy no me convierte en una alcohólica en potencia. Se dirigió a la mecedora y, tras vacilar unos instantes, se sentó. Recostándose en la silla, cerró los ojos y siguió bebiendo, disfrutando de cada sorbo.

    Cuando la copa estuvo vacía, miró hacia la mesa. No, pensó. Con una es suficiente. Ahora se sentía relajada... y eso era lo que quería. Sostuvo la copa delante de su rostro para examinar sus intricados grabados. Puede que se la llevara a casa como recuerdo de aquella semana. Sonrió. Se sentía mucho mejor. ¡Incluso estaba haciendo planes para el futuro!

    Pensó en Fischer. Debería disculparse con él por haberle evitado de un modo tan descortés durante la mañana... y también debería darle las gracias por haberle salvado la vida. Se estremeció al pensar en el agua estancada del pantano. Se levantó y empezó a avanzar por la habitación, indecisa. Al llegar a la puerta, la abrió y la cerró tras ella, haciendo el menor ruido posible.

    Una oleada de miedo invadió todo su ser: desde que habían entrado en la casa, ésa era la primera vez que estaba sola. Se burló de su miedo. Estaba siendo estúpida. Lionel estaba dentro de la habitación, Florence debía de estar en su cuarto y Fischer, en el suyo. Avanzó por el pasillo, dirigiéndose a la habitación de éste último. ¿Estaría cometiendo un error? No, pensó. Le debo una disculpa y tengo que darle las gracias.

    Llamó a su puerta y esperó. No se oía ningún ruido en el interior. Volvió a llamar, pero no recibió respuesta. Edith giró el pomo y empujó la puerta. ¿Qué estoy haciendo?, pensó. No podía detenerse. En cuanto la puerta estuvo abierta, se asomó.

    En aquel cuarto, que era bastante más pequeño que el que ocupaban Lionel y ella, sólo había una cama gigantesca con un elevado dosel. A su derecha se alzaba una mesa sobre la que había un teléfono de estilo francés y un cenicero lleno de colillas aplastadas. Fuma demasiado, pensó.

    Se acercó a la butaca que descansaba junto a la mesa. La bolsa de mano de Fischer estaba encima, con la cremallera abierta. Echó un vistazo a su interior y vio algunas camisetas y un cartón de tabaco. Tragó saliva, inclinándose para tocar la bolsa.

    Se giró con un grito de sorpresa.

    Fischer estaba de pie en el umbral, observándola.

    Ambos se miraron fijamente durante unos instantes que, para Edith, duraron una eternidad. El corazón le latía con fuerza. Su rostro se sonrojó de la vergüenza.

    —¿Qué sucede, señorita Barrett?

    Intentó tranquilizarse. ¿Qué debía de pensar de ella? ¡Le había sorprendido husmeando en sus cosas!

    —He venido a darle las gracias —consiguió decir.
    —¿A darme las gracias?
    —Por haberme salvado la vida anoche.

    Retrocedió instintivamente cuando Fischer empezó a avanzar hacia ella.

    —No debería haber dejado solo a su marido.

    Edith no supo qué decir.

    —¿Se encuentra bien?
    —Por supuesto.

    Fischer la miró con atención.

    —Creo que debería regresar a su habitación —dijo. Edith empezó a dirigirse hacia la puerta.
    —Si fuera usted, esta noche me ataría la muñeca a la cama —le aconsejó el hombre.

    Edith asintió. Fischer la siguió por el pasillo, para acompañarla a su cuarto.

    Al llegar a la puerta, la mujer se volvió hacia él.

    —Gracias.
    —No vuelva a alejarse de su marido —le aconsejó—. No debe...

    Dejando la frase a medias, se acercó a ella bruscamente, como si fuera a besarla. Edith retrocedió, asustada.

    —¿Ha estado bebiendo? —preguntó.

    Se puso tensa.

    —¿Por qué?
    —Porque no debería beber en este lugar. No estará segura si pierde el control.
    —No voy a perder el control —respondió Edith con frialdad.

    Dando media vuelta, desapareció en su cuarto.


    11:16 a.m.


    Florence se sobresaltó cuando alguien llamó a su puerta.

    —Adelante.

    Era Fischer.

    —Ben.

    Intentó incorporarse.

    —No se levante —dijo, acercándose a ella—. Me gustaría hablar con usted.
    —Por supuesto —dio unas palmaditas en el colchón—. Siéntese a mi lado.

    Fischer se sentó al borde de la cama.

    —Lamento que tenga que estar acostada.
    —Me recuperaré.

    Él asintió, poco convencido. La observó en silencio hasta que ella sonrió.

    —¿Sí?

    Fischer se preparó para la reacción que tendría al oír lo que había venido a decirle.

    —Estoy de acuerdo con el doctor Barrett. Creo que tiene que abandonar esta casa.
    —Ben...
    —Le están destrozando, Florence. ¿No se da cuenta?
    —Usted no cree que me haya hecho yo todo esto, ¿verdad?
    —No, no lo creo —respondió—. Pero tampoco sé quién le está atacando. Usted dice que es Daniel Belasco pero... ¿y si se equivoca? Puede que la estén engañando.
    —¿Engañando?
    —Cuando estuve aquí en el año 1940, nos acompañó una médium llamada Grace Lauter. Esa mujer estaba convencida de que eran dos hermanas las que habían encantado la casa, e incluso desarrolló una teoría muy convincente. El único problema fue que estaba equivocada. Se cortó el cuello al tercer día de nuestra estancia.
    —Daniel Belasco existe. Encontramos su cuerpo y el anillo con sus iniciales grabadas.
    —Pero si lo enterramos, ¿por qué no está descansando en paz?

    Florence movió la cabeza.

    —No lo sé. —Le temblaba la voz—. De verdad que no lo sé.
    —Lo siento. —Le dio unas palmaditas en la mano—. No intento prescindir de usted, pero estoy muy preocupado.
    —Gracias, Ben. —Entonces le sonrió—. Benjamin Franklin Fischer... ¿a quién se le ocurrió ese nombre?
    —A mi padre. Sentía una gran admiración por Benjamin Franklin.
    —Hábleme de él.
    —No hay nada que contar. Abandonó a mi madre cuando yo tenía dos años, pero no le culpo. Le habría vuelto loco.

    La sonrisa de Florence se desvaneció.

    —Era una fanática —explicó Fischer—. A los nueve años, cuando descubrí que tenía poderes paranormales, centró su existencia en este hecho... y también la mía.
    —¿Lo lamenta?
    —Mucho.
    —¿En serio, Ben? —preguntó, mirándole con tristeza.

    De pronto, Fischer sonrió.

    —Me dijo que me hablaría sobre Hollywood.
    —Es una larga historia, Ben.
    —Tenemos tiempo.

    Lo miró en silencio.

    —De acuerdo —dijo por fin—. Intentaré resumirla al máximo.

    Fischer esperó.

    —Puede que haya leído algo sobre el tema. En su momento, las columnas de cotilleo hablaron mucho sobre ello. Incluso el Confídential publicó un artículo sobre las sesiones espiritistas que celebraba en casa. Por supuesto, consiguieron que pareciera otra cosa. Pero no lo era, Ben. Lo que sucedió fue exactamente lo que yo conté. Tampoco era cierto el rumor de que nunca me había casado porque quería «terreno de juego». No me casé, simplemente, porque no conocí a ningún hombre con quien deseara hacerlo.
    —¿Por qué decidió ser actriz?
    —Me encantaba interpretar. Cuando era pequeña, preparaba pequeños espectáculos para mis padres y mis parientes. Más adelante, trabajé con la asociación dramática del instituto y con un grupo de teatro local. Después estudié arte dramático en la universidad. Fui progresando lentamente. A veces sucede: un papel caído del cielo, una combinación de acontecimientos afortunados. —Esbozó una triste sonrisa—. Nunca conseguí tener demasiado éxito porque nunca me esforcé demasiado. Sin embargo, tampoco hubo nunca ningún asunto turbio. No tenía un pasado oscuro, ni cicatrices que cubrieran las heridas de la niñez. Mi infancia fue maravillosa. Mis padres me querían, y yo les quería a ellos. Eran espiritistas, y yo me convertí en espiritista.
    —¿Es hija única?
    —Tuve un hermano, David. Murió a los diecisiete años... de meningitis. Es la única gran pena que tengo en el corazón. —Sonrió de nuevo—. Según dijeron, el «declive» de mi carrera fue lo que me hizo huir de Hollywood y «abrazar la religión» en busca de consuelo. Siempre olvidaron mencionar que había sido espiritista durante toda mi vida. La verdad es que me alegro de que mi carrera se apagara, pues eso me dio la oportunidad de hacer lo que siempre había sabido que tenía que hacer: centrarme exclusivamente en mis poderes de médium. No me daba miedo Hollywood... ni tampoco escapé. Allí no hay nada temible: no es más que un lugar y una empresa. Lo que hagan con su vida quienes trabajan en ese mundo es cosa suya. Las supuestas influencias «corruptas» de Hollywood no son mucho peores que las que existen en cualquier otro ámbito laboral. No se trata del negocio, sino del nivel de corrupción de aquellos que entran en él. Por supuesto que era consciente del vacío moral que me rodeaba. Tanto en el plato como en las fiestas solía quedarme sobrecogida por la atmósfera de insalubre tensión que rondaba en el aire. —Sonrió, haciendo memoria—. Una noche, cuando me acosté, recé mis oraciones a Dios, como hago siempre. De pronto me di cuenta de que había cambiado las palabras del «Padre Nuestro» por algunas relativas al mundo de Hollywood.

    Movió la cabeza, divertida.

    —Por supuesto, un mes después ya me había trasladado al Este.

    Fischer empezó a hablar, pero se interrumpió al oír maullar al gato en algún lugar distante.

    El final de un agradable interludio, pensó.

    Florence hizo una mueca de dolor.

    —Esa miserable criatura —dijo, intentando incorporarse.

    Fischer le apremió a recostarse sobre las almohadas.

    —Iré a echar un vistazo.
    —Pero...
    —Descanse —dijo, poniéndose en pie.
    —Antes de irse, ¿podría alcanzarme el bolso?

    En cuanto Fischer se lo acercó, Florence sacó un medallón de su interior y se lo tendió. En él había grababa una sola palabra: CREE.

    —Todo está en nuestro interior si creemos —explicó.

    Él empezó a devolvérselo.

    —No, quédeselo —dijo—. Se lo regalo con todo mi amor.

    Fischer forzó una sonrisa.

    —Gracias —se guardó el medallón en el bolsillo—. Sin embargo, no debería preocuparse por mí, sino por sí misma.
    —¿Querrá celebrar una sesión conmigo en cuanto haya descansado un poco? —preguntó—. Tengo que ponerme en contacto con Daniel Belasco y el trance es el modo más rápido... pero no quiero hacerlo sola.
    —Entonces, ¿no se plantea la posibilidad de marcharse?
    —No puedo, Ben, y usted lo sabe —hizo una pausa—. ¿Me acompañará en la sesión?

    Fischer la miró fijamente, inquieto.

    —De acuerdo —aceptó, por fin.

    Abandonó la habitación sin decir ni una palabra más.


    12:16 P.M.


    Se sintió mejor cuando el agua empezó a salpicarle en la cara. La piel quemada de la pantorrilla se había contraído y le resultaba muy doloroso moverla, pero no quería detenerse. Cada vez que levantaba la mano derecha sobre el agua, el dolor del pulgar se intensificaba. Lo necesito, pensó. Llevaba casi una semana sin nadar.

    Al llegar al extremo menos profundo de la piscina se detuvo, sujetándose en el bordillo con la mano izquierda. Edith estaba sentada en un banco de madera, cerca de la sauna.

    —No hagas excesos —le dijo.
    —Sólo daré dos vueltas más.

    Dando media vuelta, empezó a nadar de nuevo. Cerró los ojos y escuchó los sonidos que hacían sus brazos y pies al moverse por el agua.

    Le sorprendía lo mal que le estaba sentando a su esposa la atmósfera de la casa. Por la mañana había intentado levantarse sin despertarla, pero ella había abierto los ojos en el mismo instante en que empezó a incorporarse. Al ver una botella y una copita de plata encima de la mesa y advertir el olor a brandy de su aliento, le había pedido que le contara lo sucedido. Edith le explicó que la había encontrado en el armario y que se había tomado una copa para relajarse. Entonces, él había dicho que había asumido un grave riesgo al beber algo que había encontrado dentro de la casa. Mientras guardaba la botella en el armario, Edith le había prometido que no volvería a hacerlo.

    Cuando su mano rozó el extremo más distante de la piscina, dio media vuelta. Si no surge ningún imprevisto con el Reversor, podremos irnos mañana por la noche, pensó. Sonrió para sus adentros, preguntándose si Edith era capaz de imaginarse cómo iba a cambiar la atmósfera de la casa gracias a su máquina.

    Cuando volvió a llegar a la parte menos profunda se puso de pie y silbó al sentir el frío. Edith le ayudó a subir los escalones y le pasó una toalla por los hombros.

    —¿Soportarás pasar unos minutos en la sauna? —preguntó.

    Ella asintió, tendiéndole el bastón.

    —Creo que me sentará bien.
    —Adelante —respondió su mujer, abriendo la pesada puerta.
    —Será mejor que te quites algo de ropa —le aconsejó.
    —De acuerdo.

    Barrett dejó caer la toalla sobre el banco de madera y entró cojeando en la sauna. Gimió de placer al sentir el húmedo calor en su cuerpo. Respirando entre dientes, buscó a tientas un banco. Estaba ardiendo. Avanzó por la sala hasta que encontró, con la ayuda del bastón, la manguera. La siguió con la mano izquierda hasta llegar a la pared, donde estaba el grifo. Cuando lo abrió, empezó a salir agua helada por el otro extremo. Tras mojar el banco, se sentó y dejó a un lado el bastón. Entonces, deslizó el bañador por sus piernas y lo sacudió.

    Miró hacia la puerta. Edith estaba tardando mucho. Frunció el ceño. No le apetecía volver a levantarse, pero sabía que no debía dejarla sola más de unos segundos.

    Estaba a punto de levantarse cuando se abrió la puerta y vio el contorno de su figura. Se sorprendió al ver que se había quitado toda la ropa.

    —Aquí —dijo, mientras la puerta se cerraba.

    Tendría que poner una bombilla más brillante. La que había en el techo tenía poca potencia o estaba cubierta de mugre... o posiblemente, ambas cosas.

    Edith avanzó con cautela por la oscura habitación y, al pasar junto al chorro de agua fría, se le escapó un gemido. Barrett tiró de la manguera para mojar el banco y esbozó una mueca cuando el agua le salpicó en las piernas. Mientras la dejaba caer al suelo, Edith se sentó junto a él. Advirtió que su mujer respiraba de forma errática, impidiendo que el aire caliente bajara por su garganta.

    —¿Estás bien? —preguntó.

    Ella tosió.

    —Creo que nunca me acostumbraré a respirar en una sauna.
    —Inténtalo mojándote la cara con agua mientras coges aire.
    —Estoy bien.

    Barrett cerró los ojos y sintió que el húmedo calor se filtraba por toda su piel. Se quedó atónito al sentir la mano de Edith en su pierna. Al cabo de unos instantes, su mujer se inclinó y le besó en la mejilla.

    —Te quiero —dijo.

    Barrett le pasó un brazo por los hombros.

    —Yo también te quiero.

    Ella volvió a besarle en la mejilla y, después, en la comisura de los labios. El cuerpo de Barrett se agitó cuando su esposa acercó sus labios a los suyos, ladeando la cabeza para besarle, y sus ojos se abrieron de par en par al sentir que sus manos se deslizaban por su estómago. ¿Edith?, pensó.

    Momentos después, su mujer se giró y se sentó a horcajadas sobre él, sin dejar de besarlo. Lionel sintió la presión de su ardiente y liso abdomen. Agachándose un poco, Edith le acarició el miembro y lo friccionó con su cuerpo. Barrett empezó a respirar con dificultad. La ardiente atmósfera le abrasaba la garganta y el pecho. Gimió sorprendido cuando ella le mordisqueó el labio inferior. Su aliento seguía oliendo a brandy.

    Los labios de Edith se deslizaron por sus mejillas; su lengua le presionaba la piel.

    —Ponía dura —le susurró al oído, con ímpetu.

    Barrett contuvo el aliento cuando le cogió la mano herida y la acercó a su pecho. Lionel la retiró al instante, sintiendo el intenso dolor que subía por su muñeca.

    —¡No! —le ordenó ella, sujetándosela de nuevo.
    —¡Mi dedo! —gritó. El dolor era tan intenso que se le empezó a nublar la vista. Sus pulmones forcejeaban con el ardiente aire; apenas podía respirar. Edith, que no parecía oírle, le aprisionó el miembro gimiendo con tanta fuerza que su corazón dio un brinco.
    —Por el amor de Dios, ponía dura —gritó. Volvió a apretar sus labios contra los de su marido.

    Barrett no podía respirar. Tiró la cabeza hacia atrás, golpeándosela contra la pared de azulejos. Volvió a gritar de dolor, con el rostro desfigurado. Edith se abrazó a él, sollozando.

    —Edith —jadeó, intentando recuperar el aliento.

    Ella se levantó y dio media vuelta.

    —No —murmuró su marido, intentando detenerla. Al abrir la puerta, sintió una ráfaga de aire frío. Alcanzó a ver, vagamente, su silueta en el umbral. Entonces, la puerta se cerró.

    Buscó a tientas el bastón, a la vez que se restregaba la cara con agua fría. Dios mío, ¿qué le habrá pasado?, pensó. Sabía que las limitaciones de su vida sexual podían tener un efecto negativo en ella, pero era la primera vez que le demostraba su pasión de aquella forma. La casa le debía de estar afectando. Apoyándose en el bastón, se levantó con dificultad y avanzó por aquella sala repleta de vapor, haciendo una mueca al advertir que cada vez sentía más calor en el rostro. La bombilla del techo apenas era un punto prácticamente invisible de pálida luz. Al llegar a la puerta, Barrett buscó a tientas el pomo. Cuando lo encontró, cerró los dedos a su alrededor y empujó. La puerta no se movió. Empujó con más fuerza, en vano. Sus rasgos se tensaron. Sujetando el pomo con la mayor fuerza que le fue posible, empujó de nuevo.

    La puerta se negó a moverse.

    Sintió una oleada de inquietud.

    —¿Edith? —gritó, golpeando la puerta con la palma de la mano izquierda—. ¡Edith, la puerta está atrancada!

    No hubo respuesta. Dios mío, espero que no haya subido, pensó, sintiendo que le invadía el pánico. Empujó de nuevo la puerta, pero era como si estuviera clavada al marco. Debido al calor y a la humedad, la puerta debe de haberse dilatado, se dijo a sí mismo.

    —¡Edith! —gritó, golpeando la puerta con el puño.
    —¿Qué pasa? —respondió ella, en voz muy baja.
    —¡La puerta está atrancada! ¡Intenta abrirla desde allí!

    Esperó. Entonces oyó un golpe y sintió que la puerta temblaba. Cogió de nuevo el pomo y tiró con todas sus fuerzas, mientras Edith empujaba por el otro lado.

    La puerta no cedió.

    —¿Qué vamos a hacer? —oyó que preguntaba su mujer. Parecía asustada.

    ¿Podría usar el banco como ariete? No, pesaba demasiado. Barrett frunció el ceño. Tenía la impresión de que el calor se intensificaba. Sería mejor que apagara la bomba.

    —¿Lionel?
    —¡Estoy bien! —se agachó con cuidado sobre su rodilla izquierda para que su cabeza quedara por debajo de la zona en la que el calor era más intenso. Gimió preocupado. Bueno, no tenía más opciones. No podía quedarse allí.
    —¡Será mejor que vayas a buscar a Fischer! —gritó.
    —¿Qué?

    Lionel no sabía si no le había oído o si le habían sorprendido sus palabras.

    —¡Será mejor que vayas a buscar a Fischer!

    Silencio. Barrett sabía que la idea de recorrer la casa a solas la aterraba.

    —¡Es lo único que podemos hacer! —gritó.

    Edith guardó silencio largo rato. Por fin, Lionel oyó que gritaba:

    —¡De acuerdo! ¡Ahora mismo regreso!

    Barrett permaneció inmóvil durante unos instantes, suplicándole a Dios que su mujer no tropezara con nada. En su estado mental, podría ser catastrófico. Frunció el ceño. No puedo quedarme de brazos cruzados, pensó. Será mejor que cierre la salida del vapor.

    Se giró bruscamente a la derecha, creyendo haber oído un ruido. Sólo había un remolino de vapor. Lo observó con los ojos entrecerrados. La espiral, espesa y blanca, se retorcía. Cualquiera que fuera un poco fantasioso creería ver todo tipo de cosas en ella.

    —Es ridículo —dijo entre dientes.

    Se levantó y avanzó por el borde de la sala hasta que sus espinillas tropezaron contra el banco de madera. Arrodillándose de nuevo, extendió el brazo bajo el banco y buscó la llave de paso. No fue capaz de encontrarla, así que avanzó a rastras a lo largo del banco, buscándola a tientas.

    Se quedó helado. Estaba seguro de haber oído algo, una especie de... serpenteo. A pesar del calor, un escalofrío recorrió su espalda.

    —Es ridículo —murmuró. Siguió avanzando. No me extraña que esta casa se haya cobrado tantas víctimas: esta atmósfera te impulsa a imaginar cosas que no existen. Lo más probable era que aquel sonido procediera de la llave que estaba buscando. Debía de haber un escape de vapor debido, posiblemente, al exceso de presión. Hacía un calor terrible.

    Cuando sus manos encontraron la llave, se sintió aliviado. Intentó girarla, pero estaba atascada. Luchando contra sus presentimientos, envolvió la llave con sus manos. Apretó los dientes al sentir un intenso dolor en la pierna.

    —Está atascada —dijo en voz alta, como si pretendiera convencer a alguien de que el problema no tenía nada de insólito. Tras reforzar los músculos de los brazos y la espalda, lo intentó de nuevo.

    La llave no se movió.

    —¡Oh, no! —tragó saliva, retrocediendo al sentir el ardiente aire en la garganta y el pecho. Esto no va bien, no va nada bien, pensó. De todos modos, se trataba de un problema físico: la puerta se había dilatado por el calor y la llave estaba atascada. Este tipo de cosas sucedían con frecuencia en las casas antiguas. Edith estaría de vuelta con Fischer en unos momentos. Si las cosas empeoraban, podía tumbarse en el suelo y mojarse la cara con el agua mientras...

    Dio un respingo. Aquel ruido de nuevo. No podía tratarse de su imaginación, pues había sido demasiado preciso. Era un serpenteo, como si una serpiente estuviera reptando por el suelo. Sus rasgos se endurecieron. Vamos, se dijo a sí mismo, no seas crío. Se giró lentamente, apoyando la espalda en el banco e intentando ver algo a través del vapor. Si se trataba de algún fenómeno psíquico, lo único que tenía que hacer era conservar el sentido común. Si no se dejaba llevar por el pánico, no habría nada en aquella casa que pudiera hacerle daño.

    Escuchó con atención, haciendo una mueca debido al dolor que sentía en el pulgar. Después de lo que le pareció un minuto, volvió a oír aquel sonido líquido y serpenteante. Imaginó que era lava que se deslizaba lentamente por un canal para carbón y que chapoteaba como las gachas humeantes. Se estremeció.

    —Basta —se ordenó a sí mismo. Estaba reaccionando como la señorita Tanner.

    ¡La manguera!, pensó de repente. Si el calor húmedo había dilatado la puerta, el agua fría podría invertir el proceso. Empezó a buscarla a tientas.

    El sonido se repitió, pero lo ignoró. Los fenómenos psíquicos abundan en los reinos de la credulidad. Esta frase brilló en su mente. Exacto, pensó. Sin darse cuenta, tragó una bocanada de aire y gimió al sentir el fuego que le abrasaba la garganta y el pecho. ¿Dónde diablos estaba la maldita manguera? Le dolían las piernas de arrastrarse por las duras baldosas.

    Entonces sintió el chorro de agua y suspiró, satisfecho. Empezó a palpar el suelo, buscando la manguera.

    Gritó, apartando la mano. Acababa de tocar algo que parecía barro caliente. La levantó para observarla, pero había tan poca luz que tuvo que entornar los ojos. El corazón le latía con fuerza. Tenía la palma y los dedos cubiertos por una especie de limo oscuro. Intentando reprimir las náuseas, se agachó y restregó la mano contra el suelo. ¿Qué diablos era aquello? ¿La cal que unía las baldosas se había derretido? ¿Acaso era algún tipo de...?

    Se giró con tanta rapidez que sintió un latigazo en el cuello. Miró fijamente el exasperante vapor, con el corazón latiendo a toda velocidad. El sonido, que ahora sonaba con más fuerza, se aproximaba hacia él. Retrocedió por instinto, intentando ver algo. Sin darse cuenta, se frotó los ojos con la mano, embadurnándose la cara de barro. Chasqueó la lengua, molesto, e intentó limpiársela con la otra. Percibía un aroma familiar. ¿Dónde diablos está Edith?, pensó. Durante un instante, sintió pánico al pensar que su mujer, enfadada por lo que había sucedido, le hubiese dejado encerrado allí y no hubiera ido en busca de Fischer.

    —No —murmuró. Eso era ridículo. Estaría de vuelta enseguida. Sería mejor que regresara a la puerta a esperar. Giró sobre sus talones y se alejó de aquel sonido, imaginando que una medusa gigantesca arrastraba su masa transparente y trémula por la sala, dirigiéndose hacia él.
    —Ya basta —murmuró, furioso consigo mismo. Tenía que llegar a la puerta. Miró a través del vapor, pero fue incapaz de descubrir dónde estaba. Aquel ruido reptante y húmedo continuaba. Tenía que pensar con lógica. No debía dejarse llevar por el pánico.

    Gritó asustado cuando sus pies se hundieron en un limo caliente y espeso. Al intentar apartarse, resbaló y aterrizó sobre el codo izquierdo. Un dolor desgarrador recorrió su brazo. Cayó al suelo, retorciéndose y gritando dolorido.

    De pronto, sintió que el limo le presionaba el costado, como si fuera gelatina derretida. Movió los brazos, intentando apartarse de aquella apestosa sustancia. Era un hedor putrefacto... ¡El hedor del pantano! ¡Está entrando!, gritó su mente, aterrada. Se puso de rodillas. La puerta. ¿Dónde estaba la puerta? Se levantó con dificultad y avanzó, cojeando, hacia la dirección en la que suponía que debía de estar.

    Algo le cerró el paso... algo que estaba cerca del suelo y que tenía masa, tamaño y vida. Gritando de terror, Barrett cayó sobre aquella masa. Ésta retrocedió y empezó a empujarlo por la espalda. Era caliente, gelatinosa y apestaba a podredumbre. Barrett gritó cuando la sintió entre sus piernas. Furioso, le pegó una patada con la pierna izquierda y sintió que ésta se hundía en un limo mucoso y golpeaba lo que parecía piel con una textura similar a la de un champiñón cocido.

    De pronto la tuvo delante de los ojos: era una masa bulbosa que centelleaba misteriosamente.

    —¡No! —gritó. Le asestó otra patada y retrocedió, arrastrándose por el suelo, hasta que su espalda chocó con fuerza contra la puerta. Sintió que aquella sustancia pegajosa rezumaba por sus piernas. Chilló aterrado. La sala empezó a dar vueltas y a oscurecerse. Era incapaz de apartarse de aquella masa viscosa y caliente que le chupaba la piel.

    De repente, la puerta empezó a moverse a sus espaldas, empujándolo contra la forma gelatinosa. Sintió un fuerte golpe en la cara. Su boca, que era incapaz de dejar de gritar, estaba llena de gelatina turgente. Una oleada de aire frío refrescó su costado. Instantes después, unas manos lo cogieron por las axilas. Creyó oír gritar a Edith. Alguien lo llevaba a rastras por el suelo. Al levantar la mirada, vio el pálido y borroso rostro de Fischer. Justo antes de perder el sentido, Barrett vio su propio cuerpo. Estaba completamente desnudo.


    12:47 P.M.


    Fischer bebió un poco de café, sujetando la taza con ambas manos. La pareja de Caribou Falls había regresado y se había vuelto a ir, sin que nadie la viera.

    Mientras estaba en el teatro buscando al gato, había oído gritar a la señora Barrett. Salió disparado hacia el vestíbulo y, en cuanto se reunió con la mujer, ésta le había explicado, aterrorizada, que su marido se había quedado encerrado en la sauna.

    Allí, se estremeció, recordando las palabras de Florence. Sin decir nada, bajó las escaleras a toda velocidad, empujó las puertas giratorias sin detenerse y corrió por el borde de la piscina, oyendo cómo sus pasos reverberaban por las paredes y el techo.

    Pudo oír los gritos de Barrett antes de llegar a la sauna. Ya se había detenido y estaba dando media vuelta cuando la señora Barrett lo alcanzó. Al ver su mirada de pánico, se había sentido incapaz de abandonarla. Girando de nuevo sobre sus talones, siguió corriendo hasta la sauna y se abalanzó contra su puerta, golpeándola con todo su peso. La puerta no se había movido. Cuando la señora Barrett consiguió llegar junto a él, le había suplicado, con una voz extraña y estridente, que salvara a su marido.

    Acercándose al banco de madera que había junto a la pared, lo había cogido por un extremo y lo había llevado a rastras hasta la puerta de la sauna para usarlo como ariete. La puerta cedió al instante. Tras soltar el banco, había abierto la puerta de un empujón, sintiendo el peso del doctor contra ésta. Los gritos de Barrett se interrumpieron de repente. Sin apenas entrar en la sauna, Fischer lo había buscado a tientas entre el ardiente vapor y lo había sacado a rastras con gran esfuerzo, debido a su peso. Para aquel entonces, su mujer estaba temblando de la cabeza a los pies y tenía el rostro cenizo. Por increíble que parezca, consiguieron llevarlo hasta su dormitorio y tumbarlo sobre la cama. Fischer se había ofrecido a ponerle el pijama, pero su mujer, con una voz prácticamente inaudible, le había dicho que podía hacerlo sola. Entonces, había abandonado la habitación para regresar al piso inferior.

    Dejó la taza vacía sobre la mesa y se tapó los ojos con la mano izquierda. Su mente era un amasijo de confusión: la puerta abierta que habían encontrado cerrada al llegar; el fallo del sistema eléctrico que había sido restablecido; la incapacidad de Florence de entrar en la capilla; el gramófono que se había puesto solo en marcha; la gélida brisa de las escaleras; la araña de luces tintineante; los golpes que habían oído durante la sesión; el hecho de que Florence se hubiera convertido, de repente, en una médium física; la figura que había aparecido durante la sesión y su histérica advertencia; el ataque poltergeist; la señora Barrett, que había sido conducida en sueños al pantano, se había quitado el pijama delante de él y la había encontrado husmeando en su cuarto por la mañana; los mordiscos en los pechos de Florence; el cadáver que había dentro del muro; el anillo; el terrible ataque del gato... y ahora, el ataque del que había sido víctima el doctor Barrett en la sauna.

    No hemos avanzado nada, pensó, dejándose caer sobre la silla. No hemos hecho ningún progreso. Se encontraban, exactamente, en el mismo punto que cuando llegaron, pero Florence estaba destrozada, tanto emocional como físicamente, la señora Barrett estaba perdiendo el control y Barrett había sido agredido salvajemente en dos ocasiones. Y, respecto a mí...

    Su mente retrocedió, intentando recordar. Aparecieron diversos rostros ante él: Grace Lauter, el doctor Graham, el profesor Rand y Fenley. Grace Lauter había decidido trabajar por su cuenta porque estaba convencida de que podría resolver el misterio de la Casa Infernal sin la ayuda de nadie; ni siquiera había cruzado una palabra con los demás. Él había trabajado con el doctor Graham y el profesor Rand quien, a su vez, se había negado a trabajar con el profesor Fenley porque no era «un hombre de ciencia», sino un espiritista.

    Transcurrieron tres días desmoralizantes antes de que todo acabara: Grace Lauter se cortó el cuello con sus propias manos; el doctor Graham, completamente ebrio, murió perdido en el bosque; el profesor Rand sufrió una hemorragia cerebral después de una experiencia en el salón que fue incapaz de describir antes de morir; y el profesor Finley perdió por completo la cordura y permanecía recluido en el Sanatorio Medview. A él lo encontraron desnudo en el porche principal, aterrorizado y envejecido.

    —Y ahora he regresado —murmuró, con voz temblorosa—. He regresado.

    Cerró los ojos, incapaz de dejar de temblar. ¿Cómo?, pensó. No me da miedo intentarlo pero... ¿Por dónde tengo que empezar? Estaba tan desconcertado que se le agarrotaron los músculos. Abrió los ojos, cogió la taza y la arrojó contra el otro extremo de la habitación. ¡Es jodidamente complicado!, gritó su mente.


    1:57 P.M.


    Parpadeó. Lionel estaba despierto. Puso su mano sobre la suya.

    —¿Te encuentras bien?

    Su marido asintió sin sonreír.

    —He hecho las maletas —dijo, intentando controlar la voz.

    Esperó. Lionel la miró a los ojos, sin expresión alguna en el rostro.

    —Nos iremos hoy mismo —anunció Edith.
    —Quiero que te vayas.

    Edith lo miró fijamente.

    —Nos iremos los dos, Lionel.
    —No me iré hasta que haya terminado.

    A pesar de que sabía perfectamente que ésa sería su respuesta, era incapaz de creerlo. Se mordió los labios para no pronunciar las palabras que resonaban en su mente.

    —Puedes ir a Caribou Falls —le dijo él—. Me reuniré contigo mañana.
    —Lionel, quiero que nos vayamos juntos.
    —Edith...
    —No, no quiero oír ni una palabra. Ya no puedes convencerme. Sabes perfectamente qué está pasando. Hubieras muerto allí abajo si Fischer no hubiera acudido en tu ayuda. Hubieras sido asesinado por... ¿qué? ¿Por qué? Tenemos que irnos de esta casa antes de que acabe con todos. Ahora, Lionel. Ahora.
    —Escúchame —dijo él—. Sé que esto ha rebasado el límite de tu paciencia, pero no el mío. No voy a huir por lo sucedido. Llevo veinte años esperando este momento. Veinte largos años de trabajo e investigación, y no estoy dispuesto a perderlo todo debido a... algo en la sauna.

    Edith lo miró atentamente, sintiendo una palpitación en las sienes.

    —Admito que ha sido un susto —dijo—. Un susto terrible. No había experimentado nada similar en toda mi vida, pero estoy seguro de que no ha sido ningún fantasma. ¿Me oyes, Edith? No ha sido ningún fantasma. —Cerró los ojos—. Por favor. Ve a Caribou Falls. Fischer te llevará. Yo me reuniré contigo mañana —abrió los ojos y la miró—. Mañana, Edith. Después de veinte años, sólo falta un día más para poder demostrar mi teoría. Sólo un día. Ahora que estoy tan cerca no puedo echarme atrás. Lo que sucedió fue espantoso, sí, pero no puedo permitir que me asuste. —Cerró con fuerza las manos entre las de su mujer—. Antes que abandonar ahora, preferiría morir.

    La habitación quedó en silencio. Edith sentía un redoble de tambor lento y errático en su pecho.

    —Mañana —dijo.
    —Te juro que, para entonces, habré puesto fin al reinado de terror de esta casa.

    Ella lo miró a los ojos, sintiéndose perdida e indefensa. Ya no le quedaba nada de fe. Ahora sólo podía aferrarse a la de su marido. Que Dios nos ayude si estamos equivocados, pensó.


    2:21 P.M.


    —Oh, Espíritu de la Verdad Inmortal —dijo Florence—, ayúdanos a acabar con las dudas y los miedos de esta vida. Abre nuestra naturaleza a revelaciones poderosas. Danos ojos para ver y oídos para escuchar. Bendícenos en nuestros esfuerzos por apartar la oscuridad del mundo.

    La luz del cuarto de baño se proyectaba tenuemente sobre ellos. Florence, que ocupaba la silla que había junto a la mesa, tenía los ojos cerrados, las manos en el regazo y las rodillas y los pies apretados con fuerza. Fischer estaba sentado en frente de ella, a un metro y medio de distancia.

    —La expresión más dulce de la vida espiritual es el servicio —estaba diciendo Florence—. Nos ofrecemos para servir a los espíritus. Que éstos nos encuentren preparados y que, para que nada pueda impedir nuestra libre expresión, se comuniquen con nosotros en este día y nos revelen su luz. Que nos impartan el poder de comunicarnos con el alma atormentada que aún mora en esta casa, profanada y prisionera: Daniel Belasco.

    Levantó la mirada.

    —Escuchadnos, ángeles auxiliadores. Ayudadnos en nuestro esfuerzo por liberar a esta alma de su carga. Os lo pedimos en nombre del Espíritu Eterno e Infinito. Amén.

    Durante unos instantes todo se sumió en el más absoluto silencio. Fischer pudo oír el crujiente sonido que hizo su garganta al tragar saliva.

    —Dulces almas que nos rodeáis, velad por nosotros —entonó Florence—. Aproximaos más a nosotros. Deslizaos por nuestros pensamientos y por nuestras oraciones para ofrecernos vuestra ayuda.

    Al terminar el cántico, Florence empezó a respirar hondo con los dientes apretados, llenando convulsivamente sus pulmones de aire a la vez que frotaba las manos por todo su cuerpo. Pronto, su boca se abrió y su cabeza empezó a balancearse hacia atrás. Siguió respirando profundamente. Apoyó los hombros en el respaldo, con la cabeza balanceándose de un lado a otro, hasta que, por fin, se quedó inmóvil.

    Transcurrieron varios minutos. Fischer empezó a tiritar. El frío empezó a congregarse a su alrededor lentamente, como agua helada, hasta que tuvo la impresión de encontrarse sumergido en ella hasta la cintura.

    Se estremeció cuando unos suaves puntos de luz aparecieron delante de Florence. Focos de condensación; estas palabras navegaron a la deriva por su mente. Contempló los puntos, que fueron aumentando en tamaño y en número mientras revoloteaban por delante de la médium hasta crear una galaxia de soles pálidos y diminutos. Sentía las piernas entumecidas. Ya falta poco, pensó.

    Sus dedos se hundieron en los brazos de la silla cuando empezó a salir ectoplasma por sus fosas nasales. Los filamentos viscosos eran como serpientes gemelas de color gris que se deslizaban por su nariz. Mientras Fischer los observaba enmudecido, éstos se unieron para formar una espiral más gruesa que, tras desenroscarse, se alzó ocultando el rostro de Florence. Fischer miró hacia el suelo. Oyó un sonido similar al crujido del papel y cerró los ojos.

    El olor a ozono se adentró en sus fosas nasales y tuvo la impresión de encontrarse en una piscina en la que había demasiado cloro. Abrió los ojos y levantó la mirada, estremecido. El ectoplasma había cubierto la cabeza de Florence y colgaba sobre ella como un saco húmedo y membranoso. Éste empezó a cobrar forma, como si estuviera siendo modelado por algún escultor invisible: primero se hundieron las cuencas de los ojos, después apareció el montículo de la nariz y finalmente las fosas nasales, las orejas y la línea de la boca. En menos de un minuto, pudo ver el rostro de un hombre joven moreno, atractivo y de expresión severa.

    Fischer se aclaró la garganta. Tenía la impresión de que su corazón latía de un modo irreal.

    —¿Tiene voz? —preguntó.

    Se oyó un sonido penoso y gorjeante, similar a un estertor. Se le puso la piel de gallina. Medio minuto después, el sonido se detuvo y el silencio volvió a invadir la sala.

    —¿Puede hablar ahora? —preguntó Fischer.
    —Sí —dijo una voz masculina.

    Fischer vaciló.

    —¿Quién es usted? —dijo, tras respirar profundamente.
    —Daniel Belasco. —Aunque sus labios no se movieron, la voz procedía de los pálidos rasgos del joven.
    —¿Era suyo el cadáver que encontramos esta mañana detrás de la pared de la bodega?
    —Sí.
    —Celebramos su funeral y lo enterramos fuera de la casa. ¿Por qué sigue aquí?
    —Porque no puedo irme.
    —¿Porqué?

    No hubo respuesta.

    —¿Porqué?

    Nada. Fischer cerró con fuerza las manos sobre su regazo.

    —¿Ha tenido usted algo que ver con el ataque que ha sufrido el doctor en la sauna?
    —No.
    —Entonces, ¿quién lo atacó?

    Silencio.

    —¿Atacó usted al doctor Barrett anoche en el comedor? —preguntó Fischer.
    —No.
    —¿Quién fue?

    Silencio de nuevo.

    —¿Mordió usted a la señorita Tanner esta mañana?
    —No.
    —¿Quién lo hizo?

    Silencio.

    —¿Poseyó usted al gato para que la atacara?
    —No.
    —¿Quién lo hizo, entonces?

    Silencio.

    —¿Quién lo hizo? —insistió Fischer—. ¿Quién atacó al doctor Barrett? ¿Quién mordió a la señorita Tanner? ¿Quién poseyó al gato?

    Silencio.

    —¿Quién? —repitió Fischer.
    —No puedo decirlo.
    —¿Porqué no?
    —Porque no.
    —¿Porqué?

    Silencio.

    —Tiene que decírmelo. ¿Quién atacó al doctor Barrett en la sauna y en el comedor? ¿Quién mordió a la señorita Tanner? ¿Quién poseyó al gato?

    Oyó que respiraba con rapidez.

    —¿Quién? —insistió.
    —No puedo...
    —Tiene que decírmelo.
    —No puedo... —dijo, con voz suplicante.
    —¿Quién? —Fischer siguió insistiendo.
    —No puedo...
    —¿Quién?
    —Por favor...
    —¿Quién?

    Oyó lo que le pareció un sollozo.

    —Él —respondió la voz.
    —¿Quién?
    —Él.
    —¿Quién?
    —¡Él! ¡Él!
    —¿Quién?
    —¡Él!—gritó la voz—. ¡El Gigante! ¡Él! ¡Padre, padre!

    Fischer se quedó sentado, rígido y en silencio, observando cómo iba perdiendo forma el rostro del joven a medida que el ectoplasma se desgranaba y volvía a introducirse en las fosas nasales de Florence. Mientras se desvanecía, Fischer oyó que la mujer gemía dolorida. La figura desapareció por completo en menos de siete segundos.

    Permaneció inmóvil durante casi un minuto. Al levantarse, sintió que todo su cuerpo estaba entumecido. Se dirigió al cuarto de baño, vertió un poco de agua en un vaso y lo llevó al dormitorio. Se quedó de pie junto a la silla hasta que Florence abrió los ojos.

    La mujer se bebió el agua de un largo y único trago. Entonces, Fischer fue hasta la pared en la que estaba el interruptor, encendió la luz de la lamparita que había junto a la cama y se dejó caer, pesadamente, en la silla que había delante de la médium.

    —¿Ha venido? —preguntó Florence.

    Mientras le contaba lo sucedido, su tensa expresión se fue convirtiendo en una de profunda emoción.

    —Belasco —dijo—. Por supuesto. Por supuesto. Tendríamos que haberlo sabido.

    Fischer no respondió.

    —Daniel nunca me hubiera hecho daño. Nunca hubiera atacado al doctor Barrett. A pesar de las evidencias, sabía que no podía haber sido él. No acababa de encajar pues, al fin y al cabo, él no es más que otra de las víctimas de esta casa —advirtió la expresión escéptica de Fischer—. ¿No lo ve? Es su padre quien le impide salir de aquí.

    Fischer la observó en silencio, deseoso de creer en ella, pero temeroso de comprometerse.

    —¿No lo ve? —preguntó ella, ansiosa—. Están luchando entre sí. Daniel intenta escapar de la Casa Infernal y su padre está haciendo todo lo posible por evitarlo. Intenta ponerme en su contra haciéndome creer que su hijo desea hacerme daño, pero eso no es cierto. Lo único que Daniel desea es...

    Se interrumpió al ver que Fischer entrecerraba los ojos.

    —¿Qué es lo que desea? —preguntó.
    —Mi ayuda.
    —Eso no es lo que estaba a punto de decir.
    —Por supuesto que sí. Soy la única persona que puede ayudarle. Soy la única persona en quien confía. ¿No lo ve? Fischer la observó con cautela.
    —Ojalá pudiera —respondió.


    3:47 P.M.


    Edith se incorporó y alargó el brazo para coger el reloj de Lionel, que descansaba sobre la mesilla. Eran casi las cuatro. A este paso, ¿cómo iba a tener lista la máquina al día siguiente?

    Lionel estaba dormido. Lo miró, preguntándose si aún creía en todas sus teorías. De algún modo, tenía la incómoda impresión de que ya no estaba tan seguro como afirmaba, aunque no había dicho nada que lo demostrara. Cuando se trataba de su trabajo, era un hombre muy orgulloso. Siempre lo había sido.

    Levantándose bruscamente, se acercó al armario y abrió la puerta. De acuerdo, los dos le habían avisado, pero no había sucedido nada, ¿verdad? Además, el brandy le había ayudado a relajarse. Si tenía que quedarse en aquella casa hasta el día siguiente, tenía todo el derecho del mundo a dar ciertos pasos que le ayudaran a soportar mejor su estancia.

    Tras dejar sobre la mesa la botella y una de las copas de plata, retiró el tapón, llenó la copa y se bebió el brandy de un solo trago. Tiró la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y la boca abierta, y respiró con fuerza mientras el ardiente líquido se deslizaba por su garganta. Sintió una relajante calidez en el pecho y el estómago, como cuando tomaba jarabe caliente. El corazón le latía con fuerza, irradiando el calor por todo su cuerpo.

    Se sirvió otra copa, bebió un poco y se recostó sobre la mesa, apartando la caja en la que Lionel guardaba el manuscrito. Tras beber otro sorbito, echó la cabeza hacia atrás y volvió a vaciar la copa de un trago. Tenía los ojos cerrados y una sensual expresión de placer en la cara.

    Pensó en el rato que había pasado en la sauna con Lionel. Se sentía mal consigo misma por haberse enfadado con él. ¡Como si la impotencia fuera culpa de su marido y no de la polio! De pronto pensó que la verdadera razón por la que le había dicho que fuera a Caribou Falls era que no quería que le molestara con sus necesidades, pues deseaba poder concentrarse en su máquina.

    Parpadeó. ¡Era terrible que pensara eso de Lionel! Estaba segura de que, si hubiera podido, habría hecho el amor con ella.

    ¿En serio?, se preguntó. ¿Acaso a mi marido le importa si mantenemos o no relaciones sexuales?

    Dejándose llevar por un impulso, acercó el brazo a la botella con un movimiento tan brusco que tiró la caja de la mesa. Las páginas del manuscrito se diseminaron por el suelo. Empezó a levantarse pero, frunciendo el ceño, decidió dejarlas donde estaban. No te molestes, pensó. Ya las recogeré después. Cerró los ojos mientras vaciaba otra copa de brandy en su boca.

    Resbaló de la mesa y estuvo a punto de caerse. Estoy borracha, pensó. Durante un segundo, sintió una punzada de culpabilidad. Mamá tenía razón, soy igual que él, pensó. Se resistía a creerlo. ¡No, no lo soy!, le dijo a su madre invisible. Soy una buena chica. ¡Qué diablos...! Empezó a reírse. No soy una chica, soy una mujer. Con apetito sexual. Él debería saberlo. No es tan mayor. Ni tan impotente. La culpa no la tiene la polio, sino las creencias religiosas de su madre. La culpa la tiene...

    Frunciendo el ceño, apartó aquella idea de su mente y se dirigió, tambaleante, hacia el armario. Sus sedosas extremidades irradiaban calor y sentía un agradable entumecimiento en la cabeza. Estaban equivocados: emborracharse era la única respuesta. Pensó en la alacena repleta de botellas que había en la cocina. Puede que cogiera una de bourbon... o quizá dos. Si bebía hasta perder la conciencia, le costaría menos soportar la llegada del día siguiente.

    Sacó el libro hueco de la estantería con tanta rapidez que éste resbaló entre sus dedos y cayó sobre la moqueta con un ruido sordo, esparciendo las fotografías por todas partes. Se arrodilló y empezó a mirarlas de una en una, humedeciéndose el labio superior sin darse cuenta. Contempló una fotografía en la que aparecían dos mujeres tumbadas sobre la mesa del comedor, realizando un doble cunnilingus. Tenía la impresión de que cada vez hacía más calor en el dormitorio.

    De pronto tiró la fotografía, como si le quemara en los dedos.

    —¡No! —murmuró asustada. Dando un respingo, se giró y vio que Lionel estaba moviéndose. Levantándose con torpeza, echó un vistazo a la sala, como un animal acorralado.

    Cruzó el dormitorio con rapidez y salió al pasillo, cerrando la puerta a sus espaldas. Se sobresaltó al darse cuenta de que, aunque había intentando ser silenciosa, había hecho un ruido tremendo. Moviendo la cabeza para despejarse un poco, se dirigió hacia el cuarto de Fischer.

    No estaba. Edith echó un vistazo a la habitación mientras se preguntaba qué podía hacer. Cerró la puerta y avanzó tambaleante por el pasillo. Decidió apoyarse en la balaustrada para mantener el equilibrio y llegó hasta el rellano. Por alguna extraña razón, la casa ya no le daba miedo. Y eso demuestra, una vez más, que el alcohol es justo lo que necesitaba, pensó.

    Tuvo la impresión de que bajaba las escaleras flotando. Aquello le hizo pensar en cierta película sureña que había visto en un reestreno. Lo único que recordaba con claridad era una mujer vestida con una falda de aro que bajaba las escaleras como si descendiera por unos raíles. Ella se sentía igual. ¿Por qué me siento tan segura?, se preguntó.

    Un destello, débil, demasiado efímero para percibirlo. Edith pestañeó y vaciló. Nada. Siguió bajando las escaleras. Está en el salón, decidió. Siempre está allí donde hay café. Ni siquiera recordaba haberlo visto comer. No me extraña que esté tan delgado.

    Mientras cruzaba el vestíbulo, oyó el sonido de la madera al resquebrajarse. Se detuvo de nuevo y vaciló durante un instante, antes de ponerse en marcha una vez más. Por supuesto, pensó, mientras esbozaba una sonrisa. Nunca se había sentido tan liberada como ahora. Cerró los ojos. Estoy notando, dijo su mente. Padre e hija, borrachos para siempre.

    Se detuvo en la arcada y se apoyó en ella, aturdida. Parpadeó, intentando que sus ojos se enfocaran. Fischer se encontraba de espaldas a ella, forcejeando con la palanca para abrir el cajón de embalaje. Qué majo, pensó Edith.

    Dio un respingo cuando el hombre se giró levantando la palanca, como si pensara utilizarla para defenderse de su atacante. Se movió con tanta rapidez que el cigarrillo que tenía entre los labios cayó al suelo formando un arco.

    —Kamerad —dijo Edith, levantando los brazos como si se rindiera.

    Fischer la miró fijamente, respirando con fuerza.

    —¿Está enfadado? —preguntó.
    —¿Qué diablos está haciendo aquí? —la interrumpió él.
    —Nada. —Alejándose de la arcada, empezó a caminar hacia él, dando tumbos.
    —¿Está borracha? —Parecía sorprendido.
    —Me he tomado unas copas, pero no creo que eso sea asunto suyo.

    Fischer dejó caer la palanca sobre la mesa y avanzó hacia ella.

    —Lionel le estaría muy agradecido si usted... —Edith señaló alegremente la máquina.
    —Vamos —dijo Fischer, asiéndola del brazo. Edith se apartó.
    —Déjeme en paz. —Se tambaleó ligeramente, pero pronto recuperó el equilibrio y se volvió hacia la máquina.
    —Señora Barrett...
    —Edith.

    Fischer la volvió a coger del brazo.

    —Vamos. No debería haber dejado solo a su marido.
    —Está perfectamente. Duerme.

    Fischer intentó que diera media vuelta, pero ella se negó. Soltando una risita, la mujer volvió a soltarse.

    —¡Por el amor de Dios! —espetó Fischer.

    Los labios de Edith esbozaron una sonrisa traviesa.

    —No. Por su amor, no.

    Fischer la miró, confundido.

    Edith se dirigió hacia la mesa. La sala estaba borrosa y tenía la vaga impresión de que, un poco más allá de los límites de su visión, había diversas personas. Son sólo imaginaciones, le dijo su mente. En este lugar no hay más que estúpida energía.

    Al llegar a la mesa, deslizó un dedo por su superficie. Fischer se acercó a ella.

    —Tiene que regresar a su habitación.
    —No —respondió, cogiéndolo de la mano. Fischer se apartó. La mujer sonrió y volvió a deslizar el dedo por la mesa—. Aquí es donde se reunían.
    —¿Quiénes?
    —Las Afroditas. Aquí. Alrededor de esta mesa.

    Fischer volvió a cogerla del brazo, pero Edith lo movió de modo que la mano del hombre quedó apoyada contra su pecho.

    —Aquí. Alrededor de esta mesa —repitió.
    —No sabe lo que dice —dijo Fischer, apartando la mano.
    —Sé perfectamente lo que digo, señor Fischer —respondió Edith, riendo entre dientes—. Señor B. F. Fischer.
    —Edith...

    Se puso tenso al ver que se acercaba a él y le rodeaba con sus brazos.

    —¿No le gusto ni un poquito? —preguntó—. Sé que no soy tan hermosa como Florence, pero yo...
    —Edith, es la casa. Le está haciendo...
    —La casa no está haciendo nada —interrumpió ella—. Lo estoy haciendo yo.

    Fischer intentó liberarse de sus brazos, pero ella lo abrazó con más fuerza.

    —¿Acaso usted también es impotente? —preguntó, bromeando.

    Fischer tiró con fuerza de sus brazos para que lo soltara y la apartó de su lado de un empujón.

    —¡Despierte! —gritó.
    —¡No me diga que despierte! —Sintió que la furia hervía en su interior—. ¡Despiértese usted, cabrón asexuado!

    Edith retrocedió y, cuando tropezó con la mesa, culebreó sobre ella y se quitó la falda de un tirón.

    —¿Qué pasa, hombrecito? —preguntó—. ¿Nunca ha estado con una mujer?

    Acercó las manos a su chaqueta y la abrió de golpe, arrancando los botones. Acto seguido, se desabrochó el cierre delantero del sujetador y, cuando sus pechos quedaron al descubierto, los sujetó entre sus paralíticos dedos.

    —¿Qué pasa, hombrecito? —gritó, levantando sus pechos con una expresión de furiosa ironía en la cara—. ¿No ha tocado nunca una teta? ¡Pruébela! ¡Está deliciosa!

    Se deslizó por la mesa y, en cuanto sus pies tocaron el suelo, avanzó hacia Fischer con los dedos hundidos en sus pechos.

    —Chúpemelos. —Su voz temblaba de cólera y tenía el rostro distorsionado por la furia—. ¡Chúpemelos, maricón, o buscaré una mujer que lo haga!

    Fischer movió la cabeza hacia un lado. Al seguir su mirada, Edith sintió que caía un enorme peso sobre ella.

    Lionel estaba en la entrada.

    Sintió que la engullía la oscuridad. Le fallaron las piernas y empezó a caer. Fischer corrió hacia ella para sujetarla.

    —¡No! —gritó Edith.

    Se giró hacia la izquierda y cayó sobre una estatua de mármol que se alzaba en su pedestal. Intentó sujetarse a ella. La fría piedra le presionaba los pechos y tuvo la sensación de que su rostro pétreo la miraba con lascivia. Edith gritó cuando la estatua cayó hacia atrás, liberándose de su agarre y rompiéndose en mil pedazos al estrellarse contra el suelo. La mujer aterrizó sobre sus rodillas y se desplomó. Sintió que la engullía la oscuridad.


    4:27 P.M.


    En algún lugar sonaba una música lenta, suave. Era un vals. Estaba bailando, deslizándose entre una especie de niebla. ¿Estaba en el salón de baile? No lo sabía con certeza. El rostro de su compañero era borroso, pero estaba segura de que era Daniel. Podía sentir su brazo alrededor de la cintura y su mano izquierda cerrada sobre su mano derecha. Era cálida. El aire olía a rosas. Un baile de verano. Estaba tocando una pequeña orquesta de cuerda. Florence bailaba con su pareja en lánguidos círculos.

    —¿Estás contenta? —preguntó él.
    —Sí —murmuró—. Mucho.

    ¿Se encontraba en un plato? ¿Era eso? ¿Estaba rodando una película? Intentó recordar, pero no pudo. ¿Cómo iba a ser una película? Todo era demasiado real: no había cámaras ni focos, no faltaba la cuarta pared ni veía al equipo ni al técnico de sonido por ninguna parte. No, estaba en un salón de baile de verdad. De nuevo, Florence intentó ver el rostro de su acompañante, pero sus ojos se negaron a enfocar.

    —¿Daniel? —murmuró.
    —¿Sí, querida?
    —Eres tú —dijo Florence.

    Entonces lo vio. Su rostro era severo, pero sumamente atractivo y gentil. Su brazo le rodeaba la cintura con firmeza.

    —Te quiero —dijo él.
    —Y yo a ti.
    —¿Nunca me abandonarás? ¿Siempre estarás a mi lado?
    —Si, querido. Siempre, siempre.

    Florence cerró los ojos. La música cada vez era más rápida y sintió que recorrían el salón de baile a gran velocidad. Oyó los crujidos de cientos de faldas. La estancia estaba llena a rebosar de bailarines, de amantes. Florence sonrió. Ella también amaba; amaba a Daniel. Se sentía segura entre sus brazos. Sus pies apenas tocaban el suelo; tenía la impresión de estar flotando.

    Sintió una brisa perfumada en el rostro y volvió a sonreír. Sin dejar de bailar, Daniel la había llevado hasta el amplio porche. El cielo, que estaba cubierto de estrellas, era como una tela de terciopelo negro rociada de fragmentos de diamante. No tenía que mirar para saber que estaban allí. La luna llena brillaba en plata, iluminando el jardín que se extendía a sus pies. No tenía que mirar; lo sabía. ¿Había estado bebiendo vino? Se sentía embriagada. No, era su espíritu el que estaba embriagado. Eran la felicidad, el amor y la música dulce que sonaba en la distancia, mientras seguía bailando el vals con su amado Daniel, girando y dando vueltas y dirigiéndose lentamente hacia...

    —¡No! —gritó.

    Florence jadeó, asustada. Sus sentidos estaban desbordados. Daniel, que se alzaba ante ella entre la niebla, estaba pálido y asustado, indicándole por señas que se detuviera. Un agua helada le entumecía los pies y los tobillos, y el gélido viento le erosionaba la cara. El olor a putrefacción invadió sus fosas nasales. Gritando, perdió el equilibrio y cayó. Tuvo la impresión de que algo se alejaba a toda velocidad, a su espalda. Florence se giró y alcanzó a ver, durante un instante, una figura muy alta y vestida de negro que se desvanecía entre la niebla.

    Se estremeció cuando el gélido aire se adentró en su piel. Estaba tumbada junto al pantano.

    Había ido hasta allí, sin darse cuenta.

    Aterrada, se levantó y empezó a correr hacia la casa. Tenía los zapatos mojados y los calcetines empapados. Temblando, recorrió a toda velocidad el camino de gravilla. El rostro ciego de la casa surgía amenazador entre la niebla. Sin detenerse, llegó al final del camino y subió los escalones. La puerta estaba abierta. Entró y, tras cerrarla de un portazo, apoyó la espalda contra ella.

    Estaba tiritando de frío y de miedo. No podía parar. Había estado a punto de meterse en el pantano. Se estremeció.

    Dio un respingo cuando se abrió la puerta de la cocina y apareció una figura en el pasillo. Era Fischer, con una copa en la mano. Al verla, se quedó parado durante unos instantes.

    —¿Qué ha sucedido? —preguntó, aproximándose a ella.
    —¿Eso es whisky?

    Fischer asintió.

    —¿Puedo beber un trago?

    Él le tendió la copa y Florence bebió, sofocándose cuando el alcohol le abrasó la garganta. Le devolvió el vaso.

    —¿Qué ha sucedido? —preguntó de nuevo.
    —Ha intentado matarme.
    —¿Quién?
    —Belasco —respondió, sujetándole con fuerza del brazo—. Lo he visto, Ben. Pude verlo cuando me abandonó junto al pantano.

    Le contó lo sucedido: que le había hecho creer que estaba bailando en el salón con Daniel mientras la llevaba hacia el pantano para ahogarla, y que su hijo le había avisado cuando estaba a punto de entrar en el agua.

    —¿Y cómo ha sido capaz de controlarla? —preguntó Fischer.
    —Supongo que estaba medio dormida. Me sentía cansada después de la sesión y de todo lo que ha sucedido hoy.

    Fischer parecía sentirse indispuesto.

    —Si ahora puede entrar en sus sueños...
    —No. —Movió la cabeza—. No volverá a hacerlo. Ahora estoy advertida, así que controlaré mi fuerza. —Se estremeció—. ¿Podríamos seguir hablando junto al fuego?

    Cuando se sentaron delante de la chimenea, Florence se quitó los zapatos y los calcetines y apoyó los pies sobre un taburete. El leño que acababan de echar al fuego crepitaba.

    —Creo que conozco el secreto de la Casa Infernal, Ben —dijo Florence.

    Fischer no dijo nada durante casi un minuto.

    —¿De verdad? —preguntó finalmente.
    —Es Belasco.
    —¿Cómo?
    —Protege el encantamiento de esta casa reforzándolo —explicó—. Para ello, actúa como ayudante secreto de todas las demás fuerzas.

    Fischer no respondió, pero al ver que sus ojos se iluminaban, Florence supo que había conseguido despertar su interés. El hombre se levantó muy despacio, con los ojos fijos en los de su compañera.

    —Piénselo, Ben. Encantamiento múltiple controlado. Se trata de algo absolutamente excepcional en las casas encantadas: una voluntad superviviente tan poderosa que es capaz de usar su poder para dominar a las demás entidades supervivientes de la casa.
    —¿Cree que las demás son conscientes de eso? —preguntó.
    —Ignoro qué sucede con las demás, pero su hijo sí que lo sabe. Sí no fuera así, no podría haberme salvado la vida. Todo encaja, Ben. Ha sido Belasco desde un principio. Él es quien me impide entrar en la capilla. Él es quien intentó evitar que descubriera el cadáver de Daniel. Él es quien poseyó al gato y me hizo creer que Daniel me había atacado. Él es quien provocó el ataque poltergeist contra el doctor Barrett para intentar separarnos. Él es quien mantiene prisionera el alma de Daniel en este lugar.

    «Piénselo bien —continuó—. Posee un poder fantástico: puede impedir que el espíritu de otra persona abandone la casa, aunque su cuerpo haya recibido sepultura. Quizá se deba al hecho de que Daniel sea su hijo, pero incluso así, resulta sorprendente.

    Se recostó sobre su asiento, observando las llamas.

    —Es como un general con su ejército. Nunca entra en la batalla, pero siempre la controla.
    —Entonces, ¿cómo podemos herirlo? Los generales no suelen perder la vida en las guerras.
    —Pero podemos ir reduciendo el tamaño de su ejército hasta que no le quede ningún soldado, hasta que se vea obligado a librar esta guerra sin ninguna ayuda. —En sus ojos había un destello de desafío—. Un general sin ejército no es nada.
    —Pero sólo tenemos hasta el domingo.

    Florence movió la cabeza.

    —Yo pienso quedarme aquí hasta que todo esto termine —dijo.

    Cerró la puerta y se dirigió inmediatamente hacia la cama. Arrodillándose junto a ésta, ofreció una plegaria agradeciendo los conocimientos que le habían sido revelados e implorando la fuerza necesaria para poder desempeñar su trabajo.

    Cuando acabó de rezar, se levantó y se dirigió al cuarto de baño para limpiarse los tobillos y los pies, en los que aún quedaba cierto olor residual del pantano. Mientras se los lavaba y secaba, pensó en la ardua tarea que tenía por delante: liberar a los espíritus prisioneros de la casa enfrentándose a la voluntad de Emeric Belasco. Le parecía imposible conseguirlo.

    —Pero lo haré —dijo en voz alta, como si Belasco estuviera escuchando. Pero tenía que ser precavida. Lo que Ben le había dicho era cierto:
    —Ya le ha engañado antes. Asegúrese de que no vuelve a hacerlo.
    —Iré con cuidado —había respondido ella.

    Y lo haría. Sabía que su colega tenía razón. La noche anterior había conseguido hacerle creer que, quizá, ella había sido la causante del ataque poltergeist contra el doctor Barrett. También había conseguido engañarla por la mañana, al hacerle creer que Daniel había sido quien la había mordido y quien había poseído al gato para que le atacara.

    No podía permitir que la engañara de nuevo. Daniel no había sido el responsable de ninguno de esos ataques. Él era una víctima, no un verdugo.

    Florence cerró los ojos, uniendo las manos delante de su pecho. Daniel escúchame, susurró su mente. Quiero darte las gracias, de todo corazón, por haberme salvado la vida. ¿No te das cuenta de lo que eso significa? Si has podido frustrar la voluntad de tu padre de ese modo, también puedes abandonar esta casa. No tienes que quedarte aquí ni un minuto más. Puedes marcharte cuando quieras; sólo tienes que creer. Tu padre carece de poder para mantenerte prisionero. Pide ayuda a los del más allá y ellos te la brindarán. Puedes abandonar esta casa. ¡Puedes irte!

    Florence abrió los ojos y se dirigió a la mesa de estilo español para coger un bloc de notas y un lapicero de su bolso. Tras dejar el bloc sobre la mesa, cogió el lápiz y sostuvo la punta sobre el papel. Al instante, éste empezó a moverse. Cerró los ojos y sintió que escribía sólo, moviéndole la mano de un lado a otro. Al cabo de unos segundos, el lápiz se detuvo y la sensación de control abandonó su mano. Echó un vistazo al papel.

    —¡No! —Arrancó la hoja y, tras hacer una bola con ella, la tiró al suelo—. ¡No, Daniel! ¡No!

    Se quedó de pie junto a la mesa, temblando y sintiéndose incapaz de apartar los ojos de la bola de papel. Las palabras se habían grabado en su mente:

    Sólo hay un camino.


    6:11 P.M.


    Fischer estaba a la orilla del pantano, iluminando su turbia superficie con la linterna. Es la segunda vez, pensaba. Primero Edith y después, Florence. Movió el haz de luz por el agua, haciendo una mueca ante el hedor que lo envolvía. Recordó el olor de la habitación de aquel anciano que murió con la espalda gangrenada cuando él trabajaba en el hospital. Era el mismo que despedía el pantano.

    Miró a su alrededor. Se aproximaban unos pasos entre la niebla. Apagó rápidamente la linterna y se giró. ¿Quién sería? ¿Florence? Después de lo que había sucedido, sería muy extraño que regresara a este lugar. ¿Barrett o su mujer? No podía creer que ninguno de los dos hubiera decidido salir a dar un paseo, ¿Quién podía ser? A medida que los pasos se acercaban, su inquietud fue en aumento. Era incapaz de adivinar de qué dirección procedían. Esperó, completamente rígido. Su corazón latía con fuerza.

    De pronto estuvieron junto a él. Al ver el destello de una linterna, encendió la suya. Se oyó un jadeo. Fischer vio dos rostros demacrados.

    —¿Quién es usted? —preguntó el anciano, con voz temblorosa.

    Fischer cogió aire con fuerza y bajó la linterna.

    —Lo siento —dijo—. Soy uno de los cuatro.

    La anciana suspiró aliviada.

    —Señor —murmuró.
    —Lo lamento. Yo también estaba asustado —se disculpó Fischer—. No me he dado cuenta de la hora que era.
    —Nos ha dado un susto de muerte —replicó el anciano, enfadado.
    —Lo siento —repitió, dando media vuelta.

    La pareja lo siguió hacia la casa, hablando entre dientes. Fischer mantuvo la puerta abierta mientras ellos entraban. Los ancianos cruzaron el vestíbulo a toda velocidad, sin dejar de mirar a su alrededor. Además de los gruesos abrigos que llevaban, la mujer se había tapado la cabeza con una bufanda de lana y el hombre llevaba un raído sombrero de fieltro de color gris.

    —¿Qué tal van las cosas por el mundo? —les preguntó.
    —Mmm —respondió el hombre. La mujer emitió un sonido de desaprobación.
    —No importa —dijo Fischer—. Tenemos nuestro propio mundo aquí dentro.

    Avanzó tras ellos hasta el salón y les observó mientras dejaban las bandejas tapadas sobre la mesa. Vio que intercambiaban una mirada al ver la máquina de Barrett. Tras recoger con rapidez las bandejas de la comida, regresaron al vestíbulo. Fischer se quedó en el salón, viendo cómo se alejaban y reprimiendo sus deseos de gritar «¡Bu!» para ver si salían corriendo. Si el hecho de enfocarles con una linterna les había resultado aterrador, ¿qué pensarían de las cosas que habían sucedido en esta casa desde el lunes?

    —¡Gracias! —dijo, mientras se alejaban por la arcada. El anciano gruñó e intercambió otra mirada con su mujer.

    Cuando oyó que la puerta principal se cerraba, Fischer se acercó a la mesa y echó un vistazo a la comida: chuletas de cordero, guisantes y zanahorias, patatas, galletas, pastel y café. Una comida digna de un rey, pensó, esbozando una amarga sonrisa. ¿O acaso era La Última Cena?

    Se quitó el chaquetón y, tras dejarlo sobre una silla, puso la linterna encima. Se sirvió una chuleta de cordero, añadió una cucharada de zanahorias y guisantes y llenó una taza de café. Me parece que, después de lo ocurrido, no va a haber más comidas sociales, pensó. Se sentó a la mesa y bebió un poco de café antes de empezar a comer. En cuanto acabara, le subiría algo de comida a Florence.

    Recordó las palabras de la médium. No había dejado de pensar en ellas en ningún momento, intentando encontrar algún error. De momento había sido incapaz. Sus palabras tenían sentido, era imposible negarlo.

    Florence se encontraba en el camino correcto.

    Sentía una extraña y molesta certeza. A pesar de que siempre habían sabido que Belasco se encontraba en aquel lugar, nunca habían analizado este hecho ni habían pensado en la posibilidad de interactuar con él. Sí, había contactado con Belasco en el año 1940, pero aquello sólo fue un trance fugaz, un tejido inconexo del cuerpo de la Casa Infernal.

    Había recurrido a una docena de métodos distintos para intentar encontrarlo, pero nunca había tenido éxito. Ahora entendía la razón: mediante esos métodos insólitos, Belasco podía moverse por cualquier situación sin que nadie advirtiera su presencia. Manipulando a todas y cada una de las entidades que había en la casa, cambiando de una a otra y manteniéndose siempre en un segundo plano, Belasco podía crear un tapiz incomprensible de efectos. Como había dicho Florence, era un general con su ejército.

    De repente pensó en el disco. No había sido una coincidencia. Belasco les había dado la bienvenida en cuanto pusieron un pie en la casa... en su campo de batalla. Su mente recordó aquella voz escalofriante y burlona: Bienvenidos a mi hogar. Me alegro de que hayan podido venir.

    Fischer se giró y vio que Barrett cruzaba cojeando la sala. Estaba pálido y tenía una expresión solemne en el rostro. Se preguntó si en esta ocasión hablaría con él. Antes no le había dicho nada, pues había sido víctima de una nueva humillación al ser incapaz de llevar a Edith hasta su habitación sin ayuda.

    Esperó. Barrett se detuvo y observó su máquina con una expresión confusa. Entonces miró a Fischer.

    —¿Lo ha hecho usted? —preguntó, con un tono suave.

    Fischer asintió, advirtiendo que al doctor le temblaban ligeramente los labios.

    —Gracias —murmuró.
    —De nada.

    Barrett cojeó hasta la mesa y sirvió comida en dos platos, usando la mano izquierda. Fischer echó un vistazo a su mano derecha y advirtió la extraña posición de su dedo pulgar.

    —No le he dado las gracias por lo que ha hecho esta tarde... en la sauna —añadió con rapidez.
    —¿Doctor?

    Barrett levantó la mirada.

    —Lo que sucedió antes en este lugar...
    —Si no le importa, preferiría no hablar de ello.
    —Sólo intento ayudar —se vio obligado a decir.
    —Y se lo agradezco, pero...
    —Doctor —le interrumpió—, en esta casa existe una fuerza que está actuando sobre su mujer. Lo que sucedió antes...
    —Señor Fischer...
    —... no fue culpa de ella.
    —Si no le importa, señor Fischer...
    —Doctor Barrett, le estoy hablando sobre un asunto de vida o muerte. ¿Sabe que su esposa estuvo a punto de meterse en el pantano ayer por la noche?

    Barrett se quedó atónito.

    —¿Cuándo? —preguntó.
    —Cerca de medianoche. Usted estaba dormido. —Fischer hizo una pausa para enfatizar sus palabras—. Y ella también.
    —¿Estaba caminando dormida? —parecía aterrado.
    —Si no la hubiera visto salir...
    —Tendría que habérmelo contado antes.
    —Ella tendría que habérselo contado —respondió Fischer—. La razón de que no lo hiciera... —Se interrumpió al ver la mirada ofendida del doctor—. Doctor, no sé qué cree que está sucediendo en esta casa, pero...
    —Lo que yo crea resulta irrelevante para esta conversación, señor Fischer —espetó, con frialdad.
    —¿Irrelevante? —Fischer parecía sorprendido—. ¿A qué diablos se refiere? Sea lo que sea lo que está sucediendo, está afectando a su mujer, está afectando a Florence y también le está afectando a usted. ¿No se da cuenta?

    Barrett lo observó en silencio, con dureza.

    —Me he dado cuenta de una serie de cosas, señor Fischer —dijo finalmente—. Una de ellas es que el señor Deutsch está desperdiciando, aproximadamente, una tercera parte de su dinero.

    Tras coger los dos platos y dos tenedores, dio media vuelta.

    Fischer permaneció inmóvil en su asiento durante largo rato, con la mirada perdida en algún punto del salón.

    —Maldito sea —murmuró. ¿Qué diablos espera que haga? ¿Suicidarme lentamente, como Florence? Si no estoy manejando las cosas tal y como debería, ¿cómo es posible que sea el único miembro del equipo que permanece ileso?

    La verdad cayó sobre él con tanta fuerza que se quedó sin aliento.

    —No —murmuró, airado. Eso no era cierto. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. De los tres, él era el único que...

    Su pensamiento defensivo se rompió en pedazos. Fischer sintió náuseas. Barrett tenía razón. Florence tenía razón.

    Estos treinta años de espera no han sido más que una farsa.

    Se levantó murmurando una maldición y avanzó a grandes zancadas hacia la chimenea. No. Era imposible. No podía haberse engañado a sí mismo de esa manera. Intentó recordar todo lo que había hecho desde el lunes. Había sabido que encontrarían la puerta cerrada con llave, ¿verdad? Su mente se negaba a aceptarlo. Había salvado a Edith. De acuerdo, pero sólo porque no podías dormir y dio la casualidad de que estabas abajo, dijo una voz en su cabeza. ¿Y qué me dices de lo de Barrett? Nada, le dijo su mente. Llegaste a tiempo, eso es todo... Además, hubieras huido si la señora Barrett no hubiese estado presente. ¿Qué quedaba? Había quitado los tablones del cajón de embalaje. Maravilloso, pensó, llenándose de cólera. ¡Deutsch había contratado, por cien mil dólares, a un hombre para todo!

    —Jesús —murmuró—. ¡Jesús!

    En 1940, cuando sólo tenía quince años, había sido el médium físico más poderoso de los Estados Unidos, pero ahora, a los cuarenta y cinco, era un parásito que se engañaba a sí mismo y que había decidido pasar la semana entera cruzado de brazos con tal de ganarse cien mil dólares, cuando debería ser el miembro del equipo que estuviera haciendo mayores progresos.

    Paseó una y otra vez por delante de la chimenea. Era incapaz de soportar la combinación de vergüenza, culpabilidad y furia que invadía su ser. En toda su vida, nunca se había sentido tan insignificante como ahora. Se había movido por la Casa Infernal como una tortuga, escondiendo la cabeza bajo el caparazón para no ver nada, para no saber nada y para no hacer nada, esperando a que sus compañeros realizaran el trabajo que debería estar haciendo él. Había querido regresar, ¿no? ¡Pues bien, aquí estaba! Algo... sólo Dios sabía qué, le había concedido una segunda oportunidad.

    ¿Acaso iba a dejarla pasar, sin hacer nada?

    Fischer se detuvo y miró a su alrededor con una expresión furiosa. ¿Quién diablos es Belasco?, pensó. ¿Quiénes son los malditos muertos que se mueven por esta casa como gusanos en un cadáver? ¿Iba a consentir que siguieran aterrándole hasta el día de su muerte? No habían podido matarle en el año 1940, ¿verdad? En aquel entonces era un niño, un estúpido egoísta y demasiado confiado... e incluso así, habían sido incapaces de acabar con él. Habían destruido a Grace Lauter, una de las médiums mentales más respetadas de la época. Habían destruido al doctor Graham, un físico testarudo e intrépido. Habían destruido al profesor Rand, uno de los químicos más prominentes del país y director de su departamento en la Universidad de Yale. Habían destruido al profesor Fenley, un espiritista sagaz y experimentado que había sobrevivido a cientos de trampas psíquicas.

    A pesar de ser un muchacho crédulo de quince años, él había logrado sobrevivir y conservar la cordura. Aunque prácticamente había suplicado que le aniquilara, la casa sólo había sido capaz de echarlo, de abandonarlo en el porche para que muriera congelado. No había podido matarlo. ¿Por qué no se había dado cuenta de eso hasta ahora? A pesar de que la oportunidad era perfecta, la casa no había sido capaz de matarlo.

    Fischer se acercó a una de las butacas y se sentó. Cerró los ojos y empezó a respirar profundamente para abrir las puertas de su conciencia antes de que le diera tiempo a cambiar de idea. La seguridad se extendió por su mente y su cuerpo. Ahora ya no era un niño, sino un hombre reflexivo que no se dejaba llevar por aquella confianza ciega que podía convertirlo en una víctima vulnerable. Se iría abriendo lentamente, paso a paso, para evitar que las impresiones le sobrecogieran, como había sucedido con Florence. Lo haría muy despacio, con sumo cuidado, controlando todos y cada uno de los pasos con su inteligencia adulta, confiando sólo en sí mismo e impidiendo que otros controlaran su percepción de forma alguna.

    Su pesada respiración se detuvo. Esperó. Estaba tenso, alerta. Todavía nada. Sólo sentía una monotonía y cierto vacío. Esperó un poco más, percibiendo la atmósfera. No había nada. Volvió a coger aire, abriendo las puertas un poco más. Entonces se detuvo de nuevo y esperó.

    Nada. Fischer sintió un arrebato de temor. ¿Habría esperado demasiado? ¿Su poder se habría atrofiado? Presionó con tanta fuerza los labios que éstos palidecieron. No. Todavía lo poseía. Respiró con fuerza, insuflando un mayor conocimiento en su mente. Sintió un hormigueo en las yemas de los dedos y tuvo la impresión de que se estaba formando una telaraña sobre su rostro. No había hecho aquello en años; había transcurrido demasiado tiempo. Había olvidado lo que se sentía, la apremiante expansión de la conciencia a medida que sus sentidos se iban intensificando. Ahora percibía con más fuerza cualquier sonido: el crepitar del fuego, los chasquidos infinitesimales de su silla, el murmullo de su respiración. El aroma de la casa se hizo más intenso. Su piel apenas era capaz de soportar la áspera textura de su ropa. Podía sentir las delicadas ráfagas de calor procedentes de la chimenea.

    Frunció el ceño. Nada más. ¿Qué estaba sucediendo? No tenía ningún sentido. Esa casa estaba inundada de sensaciones. El lunes, en el mismo instante en que puso un pie en ella, había sentido su presencia como una nube de influencias, siempre listas para atacar y para aprovecharse de cualquier fallo, de cualquier error de juicio, por pequeño que fuera.

    De pronto lo comprendió. ¡Error de juicio!

    Empezó a retroceder sin perder ni un instante, pero era demasiado tarde. Algo oscuro y enorme se estaba abalanzando sobre él, algo con discernimiento, algo violento que tenía la intención de embestirlo y aplastarlo. Fischer, desesperado e incapaz de moverse, se echó hacia atrás sobre su silla, obligando a su conciencia a retroceder.

    No lo consiguió a tiempo. Antes de que pudiera protegerse, la fuerza pasó rápidamente sobre él, entrando en su sistema a través del resquicio que seguía abierto en su armadura. Gritó con fuerza cuando tiró de sus órganos vitales, retorciéndolos y arañándolos, intentando destriparle y desmenuzarle el cerebro. Sus ojos se abrieron de par en par, aterrados. Doblándose sobre sí mismo, se golpeó en el estómago con ambas manos. Algo se estrelló contra su espalda y contra su cabeza, arrojándolo de la silla. Chocó contra el borde de una mesa y cayó al suelo, jadeando. La habitación empezó a dar vueltas a su alrededor. Su atmósfera era un remolino de fuerza bárbara. Fischer se encogió sobre sus rodillas con los brazos cruzados, intentando bloquear aquella fuerza salvaje. Ésta intentó arrancarle los brazos. Forcejeó con ella, gorgoteando y con los dientes apretados. Su rostro era como una máscara de piedra de resistencia agónica. ¡No lo conseguirás!, pensó. ¡No lo conseguirás! ¡No lo conseguirás!

    La fuerza se desvaneció de repente, siendo absorbida por el aire. Fischer se tambaleó sobre sus rodillas, mientras se dibujaba en su rostro una expresión de un hombre al que acaban de clavarle una bayoneta en el estómago. Intentó ponerse de pie, pero no pudo. Se estaba asfixiando. Cayó sobre su costado y levantó las piernas, inclinando el cuello hacia delante hasta que adoptó la posición fetal. Tenía los ojos cerrados y su cuerpo temblaba descontrolado. Sintió la moqueta contra su mejilla. Cerca de él, oía los estallidos y el crepitar del fuego. Y tenía la impresión de que alguien estaba de pie junto a él. Alguien que lo miraba con frío y sádico placer, regodeándose al ver su cuerpo destrozado y la impotente disolución de su voluntad.

    Alguien que se preguntaba vagamente, como por casualidad, cómo y cuándo iba a acabar con él.


    6:27 P.M.


    Barrett estaba de pie junto a la cama, mirando a Edith y preguntándose si debía despertarla o no. La comida se estaba enfriando pero... ¿Qué era lo que necesitaba? ¿Comer o descansar?

    Se dirigió hacia su cama y se sentó, reprimiendo un gemido. Cruzó la pierna izquierda sobre la derecha y palpó la quemadura con sumo cuidado. No podía mover el dedo pulgar, a pesar de que el corte ya tendría que haberse cerrado. Sólo Dios sabía lo infectado que debía de estar. Incluso le daba miedo retirar el vendaje para examinarlo.

    No sabía cómo iba a poder trabajar en su máquina, porque el menor de los esfuerzos le provocaba un enorme dolor en la pierna y en la base de la espalda. ¡Si el simple hecho de bajar las escaleras había sido un suplicio! Haciendo una mueca de dolor, se quitó el zapato izquierdo. Sus pies estaban muy hinchados. Mañana tenía que estar todo listo, pues dudaba que pudiera soportar el dolor por más tiempo.

    El hecho de ser consciente de esto sólo le ayudó a perder un poco más su confianza.

    Lo habían despertado unos ruidos: el sonido de algo golpeando la alfombra. Lentamente fue recuperando la conciencia, con la certeza de haber oído cerrarse una puerta en algún lugar.

    Cuando abrió los ojos, Edith había desaparecido.

    Estaba tan atontado que, durante unos instantes, pensó que habría ido al cuarto de baño. Su visión periférica le reveló que había algo en el suelo. Levantó un poco la cabeza y descubrió que las páginas del manuscrito se diseminaban por la alfombra; entonces observó el área contigua al armario y vio que había diversas fotografías y un libro en el suelo.

    Sonó una alarma en su interior. Cogiendo el bastón, se levantó y centró su atención en la botella de brandy y la copa de plata que descansaban sobre la mesa. Al acercarse al armario, echó un vistazo a las fotografías y se estremeció al ver las imágenes.

    —¿Edith? —miró hacia el cuarto de baño—. Edith, ¿estás ahí?

    Cojeó hasta la puerta y llamó.

    —¿Edith?

    No hubo respuesta. Esperó un largo momento antes de girar el pomo. La puerta estaba abierta.

    Se había ido.

    Dio media vuelta, consternado, y se dirigió hacia la puerta lo más rápido que pudo, intentando no dejarse llevar por el pánico. El conjunto de la situación resultaba inquietante: su manuscrito estaba en el suelo junto a aquellas fotografías, la botella de brandy volvía a estar sobre la mesa y, por si todo eso fuera poco, Edith había desaparecido.

    Al llegar al pasillo se dirigió hacia el dormitorio de Florence Tanner, llamó a la puerta, esperó varios segundos y volvió a llamar. Al no recibir respuesta, abrió y descubrió que la vidente estaba profundamente dormida. Retrocedió, cerró la puerta y se dirigió a la habitación de Fischer.

    Al no encontrar a nadie allí, empezó a invadirle el pánico. Mientras avanzaba por el pasillo observó el vestíbulo, creyendo oír voces. Con el ceño fruncido, bajó las escaleras lo más rápido que pudo, apretando los dientes con fuerza debido al dolor que sentía en la pierna. ¡Le había dicho que no se apartara de él en ningún momento! ¿En qué diablos estaría pensando?

    Mientras cruzaba el vestíbulo pudo oír su voz, diciendo con afectación: «¡Está delicioso!». Alarmado, apresuró sus pasos.

    En cuanto cruzó la arcada se quedó paralizado, estupefacto. Edith estaba en el salón con la chaqueta abierta y el sujetador desabrochado, acariciándose los pechos y acercándose a Fischer, ordenándole que...

    Barrett cerró los ojos y se los tapó con la mano. Desde que contrajeron matrimonio, nunca la había oído pronunciar unas palabras semejantes, nunca le había visto comportarse de esa forma, ni con él ni con ningún otro hombre. Siempre había sabido que estaba reprimida, pues su vida sexual era bastante limitada. Sin embargo, aquello...

    Apartó la mano de los ojos y volvió a mirarla. Sintió un arrebato de dolor, de desconfianza, de cólera. El deseo de venganza lo invadió. Intentó contenerse. Deseaba creer que la casa era la única responsable, pero sabía que era muy posible que el verdadero motivo se encontrara en algún lugar muy profundo de la mente de Edith. Además, era consciente de que eso explicaba el súbito resquemor que sentía por lo que acababa de contarle Fischer.

    Empezó a acercarse a ella. Tenían que hablar. No podía continuar con esas dudas. Le tocó la espalda.

    Ella despertó con un grito de sorpresa, abriendo los ojos de par en par y doblando las piernas. Barrett intentó sonreír, pero fue incapaz.

    —Te he traído la cena —dijo.
    —Cena —pronunció esa palabra cómo si no la hubiera oído en su vida.

    Él asintió.

    —¿Por qué no vas a limpiarte las manos?

    Edith observó la habitación. ¿Se estará preguntando dónde he dejado las fotografías?, pensó Lionel. Retrocedió mientras su mujer se sentaba, mirándose el cuerpo. Barrett le abrochó el sujetador y abotonó los escasos botones que quedaban en su chaqueta. Edith la sujetó con la mano derecha para acabar de cerrarla y, levantándose, desapareció en el cuarto de baño.

    Mientras tanto, Lionel se acercó a la mesa octogonal y, tras recoger el manuscrito, lo dejó sobre el escritorio que se alzaba contra la pared. A continuación, llevó la silla que había junto a la cama de su esposa hasta la mesa octogonal y se sentó.

    Observó las costillas de cordero y la verdura de su plato, suspirando con fuerza. No debería haber traído nunca a Edith a aquella casa. Había cometido un terrible error.

    Se giró al oír que se abría la puerta del baño. Edith, peinada y con la cara lavada, se acercó a la mesa y se sentó. No cogió el tenedor, sino que permaneció con la cabeza agachada, como si fuera una niñita a la que acabaran de castigar. Barrett se aclaró la garganta.

    —La comida está fría —dijo—, pero... bueno, necesitas comer algo.

    Vio que hundía sus dientes en el labio inferior, intentando que dejara de temblar.

    —No es necesario que seas amable conmigo —dijo, tras un prolongado silencio.

    Barrett tenía ganas de gritarle, pero hizo grandes esfuerzos por reprimirse.

    —No deberías haber vuelto a beber brandy —dijo—. Lo he analizado y, a no ser que me equivoque, contiene más de un cincuenta por ciento de absenta.

    Ella lo miró con ojos inquisidores.

    —Es un afrodisíaco.

    Edith lo observó en silencio.

    —Y por lo demás —se oyó decir a sí mismo—, existe una poderosa influencia en esta casa y creo que está empezando a afectarte.

    ¿Por qué estoy diciendo esto?, se preguntó. ¿Por qué la estoy disculpando?

    Sin embargo, aquella mirada... Barrett sintió un escalofrío en el estómago.

    —¿Eso es todo? —preguntó Edith, finalmente.
    —¿Todo?
    —¿Has...? ¿Has dado por zanjado el problema? —había cierto resentimiento en su voz.

    Barrett se puso tenso.

    —Estoy intentando ser racional.
    —Ya veo —murmuró ella.
    —¿Preferirías que empezara a pegarte gritos? ¿Qué te cantara las cuarenta? —se enderezó—. Lo único que intento, de momento, es echar la culpa a las fuerzas externas.

    Edith guardó silencio.

    —Sé que no te he demostrado el suficiente... amor físico —continuó, con cierta dificultad—. Siempre te he dicho que es por culpa de la polio, pero supongo que eso no es del todo cierto. Puede que se deba a la influencia de mi madre, o a que me entrego por completo a mi trabajo, o a mi incapacidad de...
    —No...
    —Considero que tanto yo como la casa somos los culpables de lo sucedido —añadió, con firmeza. Dándose cuenta de que tenía la frente empapada en sudor, se sacó un pañuelo del bolsillo—. Sólo te pido que tengas la bondad de permitir que lo haga. Si hay otros factores implicados... nos ocuparemos de ellos más adelante. Cuando hayamos abandonado esta casa.

    Esperó. Edith asintió con la cabeza.

    —Deberías haberme contado lo que sucedió anoche.

    Su mujer levantó la mirada con rapidez.

    —Cuando estuviste a punto de meterte en el pantano.

    Lo miró como si estuviera a punto de hablar, pero como Lionel no dijo nada más, prefirió guardar silencio.

    —No quería que te preocuparas —comentó.
    —Comprendo —se levantó, esbozando una mueca de dolor—. Creo que descansaré un poco antes de bajar.
    —¿Tienes que trabajar esta noche?
    —Quiero tenerlo todo listo para mañana.

    Edith lo acompañó hasta la cama y observó cómo se tumbaba, levantando la pierna derecha con gran esfuerzo. Lionel advirtió la preocupación que se dibujó en su rostro al ver lo inflados que estaban sus tobillos.

    —Estoy bien —dijo para tranquilizarla.

    Ella permaneció junto a la cama, observándolo con tristeza.

    —¿Quieres que me vaya, Lionel? —preguntó.

    Barrett meditó su respuesta unos instantes.

    —No, pero sólo si me prometes que, a partir de ahora, no te separarás de mí en ningún momento.
    —De acuerdo. —Pareció vacilar pero, entonces, se sentó junto a él—. Sé que en estos momentos no puedes perdonarme. No espero que lo hagas... No, por favor, no hables. Sé lo que he hecho. Y te juro que daría veinte años de mi vida para deshacerlo. —Agachó la cabeza—. No sé por qué me puse a beber de esa forma. Sólo sé que estaba muy nerviosa... muy asustada. Tampoco sé por qué bajé. Era consciente de lo que estaba haciendo, pero al mismo tiempo... —Levantó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas—. No te estoy pidiendo que me perdones. Lo único que deseo es que no me odies demasiado. Te necesito, Lionel. Te quiero. Y no sé qué me está pasando. —Apenas podía hablar—. No sé qué me está pasando.
    —Querida. —A pesar del dolor, Barrett se sentó y la rodeó con sus brazos, presionando su mejilla contra la de ella—. Tranquila, no pasa nada. Todo esto acabará en cuanto nos vayamos de aquí.

    Se giró para besarla en la cabeza.

    —Yo también te quiero. Siempre lo has sabido, ¿verdad?

    Edith lo abrazó con fuerza, sollozando. Todo va a salir bien, se dijo Barrett para sus adentros. Ha sido la casa. Todo se solucionaría en cuanto se marcharan de este lugar.


    7:31 P.M.


    Florence se estiró con un gemido y, apoyando el codo en el borde del colchón, empezó a levantarse, ¿Qué hora debe de ser?, se preguntó. Levantó el brazo para echar un vistazo al reloj. Qué tarde, pensó consternada.

    Y él seguía estando allí.

    Suspirando con fatiga, avanzó hasta el cuarto de baño y se lavó la cara con agua fría. Mientras se secaba, observó su reflejo en el espejo. Estaba demacrada.

    Llevaba más de dos horas rezando, pidiendo que Daniel fuera liberado. Arrodillada delante de la cama y con las manos fuertemente entrelazadas, había invocado a todas las entidades del mundo espiritual que le habían ayudado en el pasado, suplicándoles que ayudaran a Daniel a romper las cadenas que le mantenían aprisionado a la Casa Infernal.

    No había funcionado. Cuando las dos horas de oración acabaron, había percibido a Daniel en las proximidades.

    Esperando.

    Colgó la toalla y salió del baño. Tras cruzar la habitación, salió al pasillo y se dirigió hacia las escaleras. Cada vez le inquietaba más la estrecha relación que mantenía con Daniel. Debería estar haciendo más, pensó. Había muchas otras almas esperando a ser liberadas. ¿Realmente sería capaz de permanecer en la Casa Infernal durante todo el tiempo que le llevara culminar su trabajo? ¿Cómo iba a ser capaz de sobrevivir sin luz, sin calefacción y sin comida? Estaba segura de que, después del domingo, Deutsch cerraría la casa.

    ¿Y qué había de las otras entidades con las que había contactado desde el lunes? Estaba convencida de que sólo eran una pequeña parte de la cantidad real. Mientras bajaba las escaleras, recordó todo lo que había sucedido desde su llegada: la «entidad» de su cuarto, que estaba segura de que no había sido Daniel; la sensación de dolor y pesar que había experimentado al salir del garaje el lunes por la tarde; la furiosa entidad de las escaleras del sótano que había dicho que la casa era una «maldita cloaca»; el mal corrupto de la sauna. Aún se sentía terriblemente culpable por no haberle dicho al doctor Barrett que no entrara en ese lugar. El espíritu Nube Roja lo había descrito como un troglodita cubierto de llagas. Aunque ignoraba qué era lo que le impedía entrar en la capilla, tenía la certeza de que no se trataba de Belasco. Recordó la figura que había intentando agarrar a la señora Barrett durante la sesión de espiritismo. Florence movió la cabeza. Son tantas, pensó. Fuera adonde fuera, la casa estaba repleta de entidades infelices. Incluso ahora tenía la impresión de que, si se abría, encontraría muchas más. Estaban por todas partes. En el teatro, en el salón de baile, en el comedor... por todas partes. ¿Un año entero bastaría para entrar en contacto con todas ellas?

    Pensó, angustiada, en la lista del doctor Barrett. Apariciones; Aportes... Bilocación... Fenómenos químicos... Clariconciencia... Voz directa... Elongación... Ideoplasma... Huellas... Debía de haber más de cien entradas en ella. Apenas habían arañado la superficie de la Casa Infernal. Le invadió una profunda desesperación. Intentó luchar contra ella, pero le resultó imposible. Una cosa era hablar de resolver el enigma paso a paso, disponiendo de un tiempo ilimitado, pero sólo tenía una semana... No, menos: ahora sólo quedaban cuatro días.

    Enderezó la espalda y siguió caminando muy erguida. Estoy haciendo todo lo que puedo, se dijo a sí misma. No puedo hacer más. Si lo único que conseguía durante esos siete días era conseguir que Daniel descansara en paz, sería suficiente. Avanzó por el vestíbulo con determinación. Necesitaba comer algo. No volvería a sentarse, así que se aseguraría de comer para el resto de la semana. Al llegar a la mesa, empezó a servirse la cena.

    Ya estaba a punto de sentarse cuando lo vio delante de la chimenea, contemplando las llamas. Ni siquiera se había girado para mirarla.

    —No lo había visto —dijo Florence, acercándose a él y llevándose consigo el plato—. ¿Puedo sentarme con usted?

    Él la miró como si fuera una desconocida. Florence ocupó la otra butaca y empezó a comer.

    —¿Qué sucede, Ben? —preguntó, al ver que no había indicado en ningún momento que aceptaba su compañía.
    —Nada.

    Florence vaciló.

    —¿Ha sucedido algo?

    Fischer guardó silencio.

    —Cuando estuvimos hablando antes, parecía tan optimista…

    Silencio.

    —¿Qué ha sucedido, Ben?
    —Nada.

    Florence se sobresaltó al advertir la cólera de su voz.

    —¿He hecho algo malo?

    Fischer cogió aire, pero siguió callado.

    —Creía que confiábamos el uno en el otro, Ben.
    —Yo no confío en nada ni en nadie —respondió—. Y cualquiera que haga lo contrario en esta casa está loco.
    —Ha sucedido algo.
    —Han pasado muchas cosas —espetó él.
    —Nada que no podamos manejar.
    —Se equivoca. —La miró. Sus ojos negros estaban llenos de veneno... y de miedo, advirtió Florence—. En esta casa no hay nada que podamos manejar. Nadie lo conseguirá nunca.
    —Eso no es cierto, Ben. Hemos hecho grandes progresos.
    —¿Hacia dónde? ¿Hacia nuestra tumba?
    —No. —Movió la cabeza—. Hemos descubierto muchas cosas. A Daniel, por ejemplo. Y también sabemos cómo se mueve Belasco.
    —Daniel —dijo él, con desdén—. ¿Cómo sabe que existe un Daniel? Barrett opina que se lo ha inventado. ¿Cómo sabe que no se equivoca?
    —Ben, encontramos el cadáver, el anillo...
    —Un cadáver, un anillo —le interrumpió él—. ¿Son ésas sus pruebas? ¿Es ésa la lógica que utiliza para subastar su cabeza?

    A Florence le sorprendió el resquemor que había en su voz. ¿Qué le habría pasado?

    —¿Cómo sabe que no se ha estado engañando a sí misma desde el mismo instante en que pisó la casa? —preguntó—. ¿Cómo sabe que Daniel Belasco no es producto de su imaginación? ¿Cómo sabe que no es tal y como usted lo ha imaginado y que sus problemas son, exactamente, los que usted ha inventado? ¿Cómo lo sabe? —Se levantó, mirándola fijamente—. Usted tenía razón —continuó diciendo—. Estoy bloqueado, apagado... y pienso permanecer así hasta que termine la semana. Entonces, recogeré mis cien mil dólares y no volveré a acercarme a menos de mil kilómetros de esta puta casa. Y le sugiero que haga lo mismo.

    Giró sobre sus talones y se alejó a grandes zancadas.

    —¡Ben! —gritó ella.

    Él la ignoró. Florence intentó levantarse para seguirlo, pero no tenía fuerzas. Se dejó caer sobre la silla, mirando hacia el vestíbulo. Momentos después, dejó el plato a un lado. Las palabras de Fischer habían tenido un terrible impacto sobre ella. Intentó ignorarlas, pero le resultó imposible. Todas sus dudas regresaron. Siempre había sido una médium mental. ¿Por qué, de repente, se había convertido en una médium física? No tenía sentido. Era un hecho sin precedentes.

    Su fe se sentía amenazada.

    —No —movió la cabeza. No era cierto. Daniel existía. Tenía que creerlo: le había salvado la vida, había hablado con ella, le había suplicado.

    Suplicado. Hablado. Salvado.

    ¿Cómo sabes que Daniel Belasco no es producto de tu imaginación?

    Intentó apartar de su mente aquel pensamiento, pero no pudo. Sólo podía pensar que, si realmente fuera un producto de su imaginación, habría hecho que le salvara la vida del mismo modo: estando en trance, habría ido hasta el pantano para demostrar el intento de asesinato de Belasco y, cuando hubiera estado a punto de meterse en el pantano, habría despertado para demostrar que Daniel existía y quería salvarle la vida; incluso lo habría visto de pie junto a ella, cerrándole el paso, mientras Belasco huía a sus espaldas.

    —No —movió la cabeza de nuevo. No era cierto. Daniel existía. Existía.

    ¿Estás contenta?, pensó. Inesperadamente, su conciencia recordó estas palabras. Sí, mucho. Eran las palabras que había intercambiado con Daniel mientras bailaba con él... o mientras pensó que estaba bailando con él. ¿Estás contenta? Sí. Mucho. ¿Estás contenta? Sí. Mucho.

    —Oh, Dios mío —murmuró.

    Eran las palabras del diálogo de una comedia televisiva en la que había participado.

    Su mente, desesperada, forcejeaba por resistir la embestida de sus dudas, pero el dique de su resistencia se había derrumbado y las oscuras aguas empezaban a inundarlo todo. Te quiero. Yo también te quiero.

    —No —dijo en un susurro, con los ojos llenos de lágrimas. Nunca me abandonarás, ¿verdad? ¿Siempre estarás a mi lado? Sí, amor mío, siempre; siempre.

    Había visto a Daniel con el mismo aspecto que tenía él aquella tarde en el hospital: pálido, demacrado y con el brillo de la inminente muerte centelleando en sus ojos. Su querido David. Se quedó helada. Minutos antes, él le había estado hablando en susurros sobre Laura, la muchacha a la que amaba. Nunca había compartido con ella el amor físico... y ahora se estaba muriendo y ya era demasiado tarde.

    Mientras hablaba, le había sujetado la mano con tanta fuerza que le había hecho daño. Su rostro era una máscara gris y arrugada, y sus labios estaban pálidos cuando pronunciaron aquellas palabras: Te quiero. Ella le había dicho en un susurro: Yo también te quiero. ¿David era consciente de que era ella quien estaba junto a él en la habitación? ¿En su agonía, había creído que era Laura? Nunca me abandonarás, ¿verdad?, había murmurado. ¿Siempre estarás a mi lado? Florence le había contestado: Sí, amor mío, siempre; siempre.

    Un hipido de terror estalló en su interior. ¡No, no era cierto! Empezó a llorar. Pero era cierto. Se había inventado a Daniel Belasco. Daniel Belasco no existía. Sólo era el recuerdo de su hermano, de las circunstancias en las que había muerto, de la pérdida que sintió, del deseo que se había llevado a la tumba.

    —No, no, no, no, no —sus manos se aferraban con fuerza a los brazos de la silla. Agachó la cabeza, temblando, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Sus hipidos eran tan fuertes que durante unos instantes creyó que le iban a estallar los pulmones. ¡No, no era cierto! ¡No podía haber hecho algo así, algo tan terrible y estúpido! ¡Tenía que haber algún modo de demostrarlo! ¡Tenía que haberlo!

    Levantó la cabeza, jadeando, y contempló el fuego a través de sus gelatinosas lágrimas. Tenía la impresión de que alguien había susurrado en su oreja dos palabras:

    La capilla.

    Sus labios esbozaron una temblorosa sonrisa. Se levantó lentamente y empezó a dirigirse hacia el vestíbulo, frotándose los ojos. En la capilla había una respuesta. Siempre lo había sabido. Ahora, en un instante, sabía que era la respuesta que necesitaba. Era una prueba y una justificación.

    En esta ocasión tenía que entrar.

    Intentó ir despacio, pero no pudo controlarse. Cruzó a toda velocidad el vestíbulo y dejó atrás la escalera; su falda crujía, sus zapatos resonaban en el suelo. Al doblar la esquina se alejó por el pasillo lateral, sin parar de correr.

    Al llegar a la puerta de la capilla apoyó las manos contra ella. Al instante, una oleada de fría resistencia recorrió sus órganos vitales, haciéndole sentir náuseas. Presionó ambas manos contra la puerta y empezó a rezar. Nada, ni de este mundo ni del más allá, podría detenerla ahora.

    La fuerza que había en el interior de la capilla pareció vacilar. Florence presionó todo su peso contra la puerta.

    —¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! —dijo en voz alta, clara.

    La fuerza empezó a retirarse, moviéndose hacia atrás y hacia dentro, como si se estuviera contrayendo. Los labios de Florence se movían muy deprisa.

    —¡No puedes impedir que entre en este lugar, porque Dios está conmigo! ¡Entraremos ahora, juntos! ¡Abre! ¡No puedes seguir rechazándome! ¡Abre!

    De pronto, la fuerza desapareció. Florence empujó la puerta y entró, encendiendo las luces. Entonces, apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos.

    —¡Te doy gracias, Señor, por haberme dado fuerzas!

    Al cabo de unos instantes, abrió los ojos y miró a su alrededor. La tenue luz que proyectaban las lámparas de la pared apenas lograba imponerse sobre la oscuridad. Todo su cuerpo, excepto la cabeza, estaba envuelto en la penumbra. Examinó la habitación con la mirada. El silencio era tan intenso que sentía su presión en los tímpanos.

    Empezó a avanzar por la nave, apartando la mirada del crucifijo que se alzaba sobre el altar. Ése era el camino. No tenía ninguna duda. Unas hebras invisibles la arrastraban hacia allí.

    Llegó a los pies del altar y lo observó. Sobre él descansaba una voluminosa Biblia con cierres de metal. Una Biblia en este horrible lugar, pensó, estremeciéndose. Deslizó la mirada por la pared. El poder que le arrastraba era tan intenso que tenía la impresión de estar atada a unos hilos invisibles que tiraban de ella llevándola a... ¿dónde? ¿La pared? ¿El altar? Al crucifijo seguro que no. Florence sentía que seguían arrastrándola hacia delante, hacia delante.

    Se quedó inmóvil, jadeando, al ver que las tapas de la Biblia se abrían con violencia y sus páginas empezaban a pasar con tanta rapidez que se difuminaron. Florence sintió una palpitación en las sienes. De pronto, las páginas se detuvieron. Inclinándose, observó la que había quedado abierta.

    —¡Sí! —susurró con alegría—. ¡Oh, sí!

    Al principio de la página aparecía la palabra: NACIMIENTOS. Debajo, se incluía una única y descolorida entrada: «Daniel Myron Belasco nació a las 2:00 a.m. del 4 de noviembre de 1903».


    9:07 P.M.


    —Seguro que hay algo que puedo hacer —dijo.

    Barrett apartó los ojos de la máquina. Había retirado la tapa de un circuito para comparar el laberinto de cables y transistores con el que aparecía dibujado en los planos. Edith, que llevaba veinte minutos observándolo en impaciente silencio, se había dado cuenta de lo cansado que estaba y deseaba poder hacer algo para ayudarlo.

    —Me temo que no —respondió su marido—. Es demasiado complicado. Tardaría muchísimo más en explicártelo que en hacerlo por mí mismo.
    —Lo sé, pero... —interrumpió Edith, preocupada—. ¿Cuánto te falta?
    —Resulta difícil saberlo. Tengo que asegurarme de que todo se ha hecho siguiendo al pie de la letra mis especificaciones, porque si no, la máquina podría fallar y todo mi trabajo se iría al traste... y eso es algo que no puedo permitir —intentó sonreír, aunque realmente pareció que esbozaba una mueca de dolor—. Acabaré lo antes posible.

    Edith asintió sin estar convencida. Echó un vistazo al reloj de su marido, que descansaba sobre la mesa. Llevaba más de una hora trabajando en la máquina y apenas había acabado de comprobar el montaje de un circuito. A este paso, tendría que pasar la noche en vela, pues el Reversor era gigantesco. Pero Lionel estaba demasiado débil. Si hubiera servido de algo, habría llamado al doctor Wagman, pero sabía que su marido se negaría a detenerse, que trabajaría hasta desfallecer.

    Siguió observándolo, sintiendo que el frío peso de su estómago la oprimía. Lionel ya no estaba tan seguro como antes. Aunque había intentado ocultárselo, Edith sabía que sus convicciones habían sufrido un fuerte revés tras el incidente de la sauna. Ella misma se sentía muy vulnerable después de lo que había hecho.

    A pesar de que intentaba mostrarse confiado, sabía que Lionel se sentía igual que ella.

    —¿Qué se supone que hace esta máquina?

    Lionel la miró por encima del hombro.

    —Preferiría no tener que explicártelo ahora, querida. Es bastante complejo.
    —¿No puedes decirme nada?
    —Bueno, básicamente taponará el poder de esta casa. —Tragó saliva con esfuerzo y se giró para coger un vaso de agua—. Mañana te lo explicaré con todo detalle. —Bebió un poco de agua—. Cualquier forma de energía puede disiparse —continuó—. Y eso es lo que voy a hacer. —Lionel cogió una pastilla de codeína y la tragó. Entonces, tras coger aire con fuerza, sonrió a Edith—. Sé que esta explicación no resulta demasiado satisfactoria, pero ya verás —dijo, apartando el vaso—^. Mañana, a estas horas, la Casa Infernal quedará vacía, sin energía.

    Se giraron bruscamente al oír el sonido de un moderado aplauso. Fischer se encontraba en el arco de la entrada, sujetando una botella bajo el brazo derecho.

    —¡Bravo! —exclamó.

    Edith desvió la mirada, sonrojándose.

    —¿Ha estado usted bebiendo, señor Fischer? —preguntó Barrett.
    —Sí, y lo seguiré haciendo —respondió—. No tanto como para perder el control, pero sí lo suficiente para entumecer los sentidos. Nada de esta casa conseguirá entrar en mí. Ya basta. Ya basta.
    —Lo siento —dijo Barrett momentos después. De algún modo, se sentía responsable del mal humor de Fischer.
    —No sienta lástima por mí. Siéntala por usted. —Fischer señaló el Reversor—. Ese jodido montón de chatarra no va hacer nada más que un montón de ruido... asumiendo que funcione, claro. ¿Cree que esta casa va a cambiar sólo porque usted piensa abrir su maldita caja de música? Esto es el infierno. Belasco va a reírse en su cara. Todos van a reírse en su cara... del mismo modo que se han estado riendo durante todos estos años de los idiotas que han entrado aquí para intentar... eliminar la energía de este lugar. Eliminar la energía... menuda estupidez. —Señaló a Edith—. Sáquela de aquí. Y váyase usted también. No tiene ninguna posibilidad.
    —¿Y qué me dice de usted? —preguntó Barrett.
    —Estoy bien. Sé perfectamente lo que tengo que hacer. Este lugar no puede hacerte daño si no te enfrentas a él. Si impides que entre en tu piel, estás a salvo. A la Casa Infernal no le importa tener un par de huéspedes. Cualquiera a quien le guste la diversión y los juegos puede permanecer en este lugar. Sin embargo, a esta casa no le gustan las personas que le atacan. A Belasco no le gusta, ni tampoco a los demás. No les gusta nada, y se enfrentarán a usted y lo matarán. Belasco es el general, ¿sabe? Un general con un ejército. ¡Él es quien da las órdenes! —Fischer movió los brazos con muchas florituras—. Los dirige como si fuera su... puto ejército. Nadie da un paso si él no lo ordena, ni siquiera su hijo. —Fischer señaló a Barrett, con una expresión rabiosa—. ¡Se lo advierto! ¡Se lo advierto! ¡Acabe con toda esta mierda! Olvídese de su jodida máquina y dedíquese a pasar lo que queda de semana comiendo y descansando. No haga nada. Cuando llegue el domingo, dígale al viejo Deutsch lo que quiere oír y guárdese su dinero. ¿Me oye, Barrett? Sin embargo, si intenta algo, sepa que será hombre muerto. ¡Hombre muerto! —Miró a Edith antes de añadir—: Con una esposa muerta a su lado. —Dio media vuelta y empezó a alejarse—. ¡Diablos! ¿Para qué molestarme? Nadie escucha. Florence no escucha; ustedes no escuchan. Nadie escucha. Morid, entonces. ¡Morid! Yo fui el único que logró salir de aquí con vida en 1940 y seré el único que salga con vida en 1970 —exclamó, mientras avanzaba tambaleándose hacia el vestíbulo—. ¿Me oyes, Belasco? ¡Maldito hijo de puta! ¡Estoy cerrado! ¡Intenta atraparme! ¡Nunca lo conseguirás! ¿Me oyes?

    Edith permaneció inmóvil, mirando fijamente a su marido, que a su vez observaba con preocupación a Fischer.

    Finalmente miró a su mujer.

    —Pobre hombre. La casa lo ha derrotado.

    Fischer tiene razón; Edith oyó estas palabras en su mente, pero no tuvo el valor necesario para pronunciarlas en voz alta.

    Barrett se acercó cojeando a su mujer y se sentó junto a ella, gimiendo de dolor. Permanecieron en silencio durante largo rato. Por fin, cogió aire con fuerza antes de decir:

    —Se equivoca.
    —¿De verdad? —preguntó Edith, con un hilo de voz.

    Lionel asintió.

    —Puedo asegurarte que lo que él ha llamado «montón de chatarra» —sonrió al decir estas palabras— es la llave de la Casa Infernal. —Levantó una mano—. De acuerdo, reconozco que en este lugar han sucedido diversas cosas que no acabo de comprender... pero lo haría si dispusiera del tiempo necesario. —Se frotó los ojos—. Sin embargo, el hombre controla la electricidad sin entender su verdadera naturaleza. Los detalles sobre la energía que hay en el interior de esta casa no son tan importantes como el hecho de que esta máquina... tenga poder sobre la vida y la muerte. —Se puso de pie—. Y lo digo de verdad. Desde un principio te dije que la señorita Tanner se equivocaba en sus creencias, y ahora te aseguro que Fischer también está equivocado. Mañana te demostraré que tengo razón.

    Dio media vuelta para regresar junto al Reversor. Edith lo observó. Deseaba creerle, pero las palabras de Fischer habían logrado que el miedo se arraigara en lo más profundo de su ser y ahora podía sentirlo en su sangre, frío y ácido, devorándola.


    10:19 P.M.


    ...Daniel, por favor. Tienes que comprenderlo. Lo que pides es inconcebible. Y lo sabes. No se trata de que no sienta simpatía por ti. Te aprecio. Te he abierto por completo mi corazón. Creo y confío en ti. Me has salvado la vida. Ahora permite que salve yo tu alma.

    No tienes que quedarte en esta casa ni un minuto más. Cuentas con ayuda; sólo tienes que pedirla. Créeme, Daniel. Hay personas que te quieren y que te ayudarán si se lo pides. Tu padre carece de poder para retenerte en este lugar. No podrá hacerlo si buscas a aquellos del más allá y tomas la mano que te ofrecen. Permíteles ayudarte. Acepta su mano. Si supieras lo bello que es aquello que te espera, Daniel... Si supieras lo bellos que son los reinos que se extienden más allá de esta casa... ¿Por qué vas a quedarte encerrado en un calabozo cuando toda la belleza del universo te está esperando en el exterior? ¡Piénsalo bien! ¡Acéptalo! No des la espalda a aquellos que te ayudarían de buena gana. Inténtalo. Inténtalo. Te están esperando con los brazos abiertos. Te ayudarán; te ofrecerán consuelo. No te quedes entre estas tristes paredes. Puedes ser libre. Créeme, Daniel. Créeme. Te lo suplico. Confía en mí. Aléjate de este lugar. Márchate.

    Le costó un gran esfuerzo levantarse. Avanzó hasta el baño arrastrando los pies, se lavó y se puso el camisón con movimientos temblorosos. Tenía las extremidades tan entumecidas que parecían de hierro. Nunca se había sentido tan débil como ahora.

    Daniel no la escucharía. No le haría caso.

    Regresó a su habitación y se metió en la cama. Entonces, mañana, pensó. Tarde o temprano tendría que escucharla. Por la mañana empezaría de nuevo. Dejó caer la cabeza sobre la almohada, haciendo una mueca al sentir un intenso dolor en el pecho. Se acostó sobre su espalda y contempló el techo con los ojos entrecerrados. Mañana, pensó.

    Giró la cabeza.

    Había una figura en la puerta. La observó sin sentir miedo. No parecía amenazadora.

    —¿Daniel?

    La figura se acercó. A la tenue luz del cuarto de baño pudo ver sus rasgos con claridad: joven, atractivo, de expresión seria y ojos repletos de desesperación.

    —¿Puedes hablar? —preguntó.
    —Sí —tenía una voz suave y atormentada.
    —¿Por qué no abandonas esta casa?
    —No puedo.
    —Pero tienes que hacerlo.
    —No sin...
    —Daniel, no —le interrumpió ella.

    Apartó su mirada.

    —Daniel...
    —Te quiero —dijo él—. Es la primera vez que le digo esto a una mujer. Nunca he conocido a nadie como tú. Eres tan buena... tan buena... Eres la persona más bondadosa que he conocido jamás. —Volvió a mirarla. Sus ojos negros buscaban su rostro—. Necesito... —se interrumpió, girándose hacia la puerta—. ¡Hablaré con ella! —Parecía asustado—. ¡No puedes detenerme! —Volvió a mirarla—. No puedo quedarme mucho más; él no me lo permitirá. Te lo suplico. Por favor, dame lo que pido. Si me echan de esta casa sin que haya culminado mi...
    —¿Si te echan? —Florence se puso tensa.
    —El doctor Barrett cuenta con los medios...

    Ella lo observó, atónita.

    —Conoce los mecanismos de mi existencia y puede echarme de esta casa —explicó—. Pero eso es lo único que sabe. No sabe nada de mi corazón, de mi mente ni de mi alma, aunque tampoco le importa. Me sacará de este infierno para llevarme a otro. ¿No te das cuenta? Sólo tú puedes ayudarme. Si lo haces, podré abandonar la casa esta misma noche. Por favor. —Su voz perdió intensidad—. Si de verdad te preocupas por mí, ten piedad. Por favor, ten piedad...
    —Daniel...

    Durante un largo momento sólo pudo oír sus tristes sollozos. Entonces, la habitación quedó en silencio. Miró hacia el lugar que había ocupado.

    —Sabes que no puedo hacerlo —dijo—. Daniel, por favor. Sabes que no puedo hacerlo. Sabes que no puedo.


    10:23 P.M.


    Apenas era capaz de mantener los ojos abiertos mientras subía lentamente las escaleras, con el brazo alrededor de los hombros de Edith. Intentaba no hacerle cargar con su peso ni gemir de dolor. Hoy ya había sufrido suficiente. Además, su dolor sólo era pasajero. Tomaría otra pastilla, dormiría plácidamente y, mañana por la mañana, volvería a estar en forma. Podría soportarlo un día más. El Reversor estaba prácticamente listo. Sólo le faltaba una hora más de trabajo y, entonces, podría demostrar su teoría. Después de todos estos años, estaba a punto de encontrar la prueba definitiva. ¿Qué era un poco de dolor comparado con aquello?

    Cuando acabaron de subir las escaleras, Barrett intentó caminar sin ayuda, a pesar de las palpitaciones que sentía en la pierna y en la espalda. Cojeando suavemente, dejó escapar un sonido que pretendía que fuera divertido, aunque pareció un gemido de dolor.

    —En cuanto regresemos a casa —dijo— voy a tomarme un mes de vacaciones. Acabaré las últimas páginas que faltan del libro. Me relajaré. Disfrutaré de tu compañía.
    —Bien —dijo ella, aunque no parecía convencida.

    Barrett le dio unas palmaditas en la espalda.

    —Todo saldrá bien —intentó reconfortarla.

    Edith abrió la puerta de la habitación y lo acompañó hasta la cama. Lo observó, consternada, mientras se dejaba caer con pesadez sobre el colchón.

    —Túmbate —dijo, colocando algunas almohadas contra el cabecero. Cuando se recostó sobre ellas, Edith le ayudó a poner las piernas sobre el colchón.

    Barrett esbozó una sonrisa forzada.

    —Bueno... nadie podrá decirnos que no hemos hecho nada para ganarnos ese dinero.
    —Al menos a ti. —Edith retrocedió un poco para quitarle los zapatos, pero tenía los pies tan hinchados que tuvo que forcejear para conseguirlo. Tras quitarle los calcetines, empezó a masajearle los pies y los tobillos. Barrett se dio cuenta de que intentaba ocultar su preocupación. —Creo que me tomaré otra pastilla de codeína —comentó.

    Edith se levantó y abrió el maletín. Barrett intentó girarse sobre el colchón, gruñendo por el esfuerzo. Se sentía tan pesado como una estatua. No pensaba comentárselo a su mujer, por supuesto, pero estaba seguro de que, en cuanto regresaran a casa, tendría que pasar una breve temporada en el hospital.

    Estaba dando cuerda al reloj cuando Edith regresó con la pastilla y un vaso de agua. Tras dejar el reloj sobre la mesita de noche, se tomó el calmante. Entonces, Edith empezó a quitarle el jersey.

    —No te molestes —dijo Lionel—. Esta noche dormiré vestido. Será más sencillo.

    Ella asintió.

    —De acuerdo. —Le desabrochó el cinturón y le soltó el primer botón de los pantalones—. Yo también dormiré vestida.
    —Como quieras.

    Edith se sentó junto a él en la cama y lo abrazó. Estaba oprimiéndole el pecho, haciendo que le costara respirar, pero prefirió no decirle nada.

    —Ojalá el día de hoy no hubiera existido nunca —dijo Edith.
    —Todo saldrá bien —Barrett le acarició la espalda, deseando encontrar alguna excusa para hacerla levantar sin herir sus sentimientos.
    —¿Podrías acercarme la corbata? —preguntó, al cabo de unos instantes.

    Edith se enderezó, mirándolo con curiosidad.

    —Está colgada en el armario.

    Se levantó para recogerla y se la entregó.

    —Supongo que querrás lavarte y cepillarte los dientes antes de acostarte.
    —Por supuesto.

    Barrett permaneció en la cama medio sentado, escuchando los sonidos que llegaban desde el cuarto de baño: cómo chapoteaba el agua mientras se lavaba, cómo se cepillaba los dientes, cómo se enjuagaba la boca. Symphonie Domestique, pensó.

    En el infierno.

    Observó la habitación. Resultaba difícil creer que sólo llevaban allí tres días. Contempló la mecedora. Dos noches atrás se había movido por sí sola, aunque habían sucedido tantas cosas desde su llegada que tenía la impresión de que eso había ocurrido hacía dos semanas o incluso dos meses.

    Su mirada recorrió lentamente la habitación. Resulta grotesco, pensó. Podría ser la sala de exposiciones de algún museo. Aquella casa era un valioso tesoro de obras de arte: miles y miles de creaciones concebidas y realizadas en nombre de la belleza habían acabado en este lugar, que debía de ser el epítome de la fealdad.

    Parpadeó y enfocó de nuevo sus ojos al ver que Edith regresaba a la habitación.

    —¿Te importaría pasar la noche a mi lado en esta cama diminuta? —preguntó.
    —Me encantaría.

    En cuanto se tumbó junto a él y ambos se taparon, Barrett le ató un extremo de la corbata a la muñeca.

    —Sólo lo hago para que no camines en sueños —explicó, mientras ataba el otro extremo a uno de los barrotes del cabecero—. Esto te dejará suficiente libertad de movimiento.

    Edith asintió. Cuando Barrett la rodeó con el brazo, ella se acercó más a él y apoyó la cabeza en el hueco que quedaba entre su brazo y el pecho.

    —Ahora me siento segura —dijo, con un suspiro.


    11:02 P.M.


    Daría lo que fuera por poder dormir, pensó con una árida sonrisa. Qué extraña es la mente humana. Por la tarde había deseado permanecer despierta hasta que su estancia en la Casa Infernal hubiera finalizado. Ahora, lo único que deseaba era sumirse en la inconsciencia, eliminar ocho o nueve horas del tiempo que tenía que permanecer en aquel lugar.

    Volvió a cerrar los ojos. ¿Cuántas veces los había cerrado y había vuelto a abrirlos? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? ¿Cien? Respiró profundamente. Aquel hedor; siempre se percibía aquel fétido hedor.

    La Casa Infernal debería arder desde sus cimientos.

    Abrió los ojos y miró a Lionel. Estaba profundamente dormido. Al mover la mano derecha sintió el tirón de la corbata en la muñeca. ¿Realmente le había atado porque se había levantado sonámbula la noche anterior? ¿Acaso era Fischer lo que le preocupaba? ¿Temía que regresara junto a él? No sabía por qué se había comportado de esa forma con él. ¿Realmente había sido la casa? ¿Había sido algo que había en su interior? Nunca había tenido unos deseos sexuales tan evidentes, ni con Lionel ni con ningún otro hombre... o mujer. Se estremeció. Le asombraban y desconcertaban las cosas que había dicho y hecho desde que había llegado a esa casa.

    Apretó los labios con fuerza. No podía ser ella; tenía que haber algo más. Algo había invadido su ser, algún virus o corrupción que, incluso mientras yacía en la cama, estaba propagando la enfermedad por todo su cuerpo y mente. No estaba dispuesta a creer que algún mal desconocido de su propia naturaleza hubiera decidido aparecer justo ahora. Tenía que ser la casa. Había afectado a otros. Era imposible que ella hubiese quedado inmune.

    Levantó la barbilla y miró a su alrededor.

    La mecedora había empezado a moverse.

    —Lionel —murmuró. No. Necesita descansar. Es una fuerza, se dijo a sí misma. Una fuerza que carece de inteligencia; energía cinética siguiendo el camino de la mínima resistencia: portazos, brisas, pasos, mecedoras.

    Deseaba cerrar los ojos pero sabía que, por mucho que lo intentara, seguiría oyendo los rítmicos chirridos de la silla. La observó con atención. Dinámica. Fuerza. Energía residual. Su mente repetía estas palabras una y otra vez.

    Pero sabía, sin sombra de dudas, que había alguien sentado en la mecedora... alguien a quien no podía ver. Un ser cruel e implacable que deseaba destruirla, que deseaba destruirlos a todos. ¿Será Belasco?, pensó aterrada. ¿Y si se aparecía de repente ante ella, gigantesco y terrorífico, sonriéndole desde la mecedora? ¡Ahí no hay nadie!, intentó convencerse a sí misma. ¡No hay nadie!

    La silla siguió meciéndose lentamente, de atrás adelante, de atrás adelante.


    11:28 P.M.


    Hacía mucho calor en la habitación. Refunfuñando, Florence apartó la colcha y la dejó caer al suelo. Giró sobre un costado y cerró los ojos de nuevo. Duerme, se dijo a sí misma. Mañana lo intentaremos de nuevo.

    Minutos después se apoyó sobre la espalda y contempló el techo. Es inútil, pensó. Esta noche no lograría conciliar el sueño.

    Las palabras de Daniel le habían desconcertado. Siempre había pensado en la posibilidad de trabajar con el doctor Barrett, pero nunca había creído que dicha alianza fuera absolutamente necesaria.

    Había estado a punto de ir a verlo para decirle que tenían que solucionar juntos el problema de Daniel Belasco, pero se había dado cuenta de que sería una pérdida de tiempo. El doctor Barrett consideraba que no existía ningún Daniel Belasco y que éste sólo era producto de su imaginación. ¿De qué serviría hablar con él? Si no había aceptado la prueba del cadáver y el anillo, ¿acaso iba a cambiar de idea sólo porque en la Biblia aparecía una entrada con su nombre?

    Apartó las mantas con impaciencia y se sentó. ¿Qué podía hacer? No podía quedarse de brazos cruzados y permitir que el doctor expulsara de la casa a Daniel, antes de que éste hubiera encontrado la paz. Esa idea le aterraba. Enviar al limbo a un alma desconsolada sería un crimen contra Dios.

    ¿Pero cómo podía impedirlo? No quería ni pensar en lo que Daniel le había pedido. Eso no.

    Con un suspiro de tristeza, se levantó y se dirigió al cuarto de baño para beber un vaso de agua. ¿Qué otras posibilidades había? Había rezado sin parar desde la mañana, suplicando e importunando, pero no había servido de nada.

    Y mañana, la máquina del doctor Barrett estaría lista para ponerse en marcha.

    Durante un instante, sintió el impulso de bajar las escaleras y destruir la máquina. Apartó aquella idea de su mente, enfadada consigo misma por haber pensado algo semejante. No tenía ningún derecho a obstaculizar el trabajo del doctor. Era un hombre honesto y concienzudo que había consagrado su vida a ese trabajo. Resultaba increíble que se encontrara tan cerca de la verdad, pero no era culpa suya que la respuesta que había encontrado sólo fuera parcial. Si no creía en la existencia de Daniel Belasco, tampoco se sentiría culpable si acababa con él.

    Florence dejó el vaso y dio la espalda al lavabo. Tenía que haber una respuesta. Tenía que haberla. Regresó de nuevo a la habitación.

    Se detuvo boquiabierta, incapaz de apartar los ojos de la mesa de estilo español.

    El teléfono estaba sonando.

    Es imposible, pensó. Hacía más de treinta años que no funcionaba.

    No podía responder a la llamada. Sabía perfectamente quién era.

    El teléfono seguía sonando. Su estridente sonido le apuñalaba los tímpanos, el cerebro.

    No debía responder. No lo haría.

    El sonido continuó.

    —No —dijo ella.

    Sonaba. Sonaba. Sonaba. Sonaba.

    Sollozando, cruzó la habitación y dio un empujón al aparato, derribándolo. Se apoyó contra el borde de la mesa, presionando la superficie con las palmas. De repente, se sentía muy débil. Apenas podía respirar. Se preguntó, aturdida, si estaría a punto de desmayarse.

    Oyó una vocecita que salía por el auricular. No pudo oír lo que decía (repetía sin cesar dos palabras), pero sabía que era la voz de Daniel.

    —No —murmuró.

    La voz siguió repitiendo aquellas palabras, una y otra vez.

    —No —dijo Florence, desesperada, cogiendo el auricular.
    —Por favor —dijo Daniel.

    Florence cerró los ojos.

    —No —susurró.
    —Por favor —repitió él, con tristeza.
    —No, Daniel.
    —Por favor.
    —No. No.
    —Por favor. —Nunca había oído una voz que transmitiera tanto dolor—. Por favor.
    —No. —Apenas podía hablar. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Sentía un tapón en la garganta.
    —Por favor —suplicó.
    —No —murmuró ella—. No, no.
    —Por favor. —Era la voz de alguien que suplica por su propia existencia—. Por favor.

    Florence era su única esperanza.

    —Por favor. —Al día siguiente, el doctor Barrett lo enviaría a un lugar terrorífico—. Por favor.

    Sólo había una salida.

    —Por favor. —Empezó a llorar—. Por favor. Por favor.

    El mundo había desaparecido. Ahora sólo estaban ellos dos.

    —Por favor.

    Tenía que ayudarle. Daniel siguió sollozando.

    —Por favor.

    ¡Se le estaba rompiendo el corazón en pedazos!

    —¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!

    De pronto colgó el teléfono, sintiendo que un violento escalofrío recorría todo su cuerpo. ¡De acuerdo!, pensó. Era el único camino. Los espíritus que la guiaban la ayudarían y la protegerían. Dios también la ayudaría y la protegería. Era el único camino. El único camino. Creía en Daniel. Creía en sí misma. Sólo había un camino correcto. Ahora podía verlo con toda claridad.

    Se dirigió hacia la cama con piernas temblorosas, se arrodilló junto a ella e inclinó la cabeza mientras juntaba las manos con fuerza. Entonces, cerró los ojos y empezó a rezar: «Querido Dios, extiende tu mano y concédeme tu protección. Ayúdame esta noche, para llevar junto a ti el alma atormentada de Daniel Belasco».

    Estuvo rezando durante cinco minutos. A continuación, muy despacio, se levantó y empezó a desabotonarse el camisón. En cuanto se lo quitó, lo extendió sobre la otra cama. Se estremeció cuando la franela rozó su cabeza. Bajó la mirada para observar su cuerpo. Que éste sea el templo, pensó.

    Tras apartar las sábanas, se tumbó sobre su espalda. La habitación se encontraba prácticamente a oscuras porque la puerta del cuarto de baño estaba entornada. Cerró los ojos y empezó a respirar profundamente. Daniel, dijo su mente. Ahora te entrego el amor que nunca conociste. Lo hago libremente, para que consigas la fuerza necesaria para abandonar esta casa. Con el amor de Dios y con el mío podrás descansar, esta noche, en el Paraíso.

    Abrió los ojos.

    —Daniel —dijo—. Tu novia está esperándote.

    Advirtió un movimiento cerca de la puerta. Una figura se aproximó hacia ella.

    —¿Daniel?
    —Sí, amor mío.

    Florence extendió los brazos.

    Mientras avanzaba por la habitación, sintió que su cuerpo se excitaba. Apenas podía ver aquellos rasgos suaves y asustados que tanto la necesitaban. Se tumbó junto a ella en la cama. Florence se giró para mirarlo. Podía sentir su aliento. Acercó los labios a los suyos.

    Él le dio un largo y cálido beso.

    —Te quiero —susurró.
    —Yo también te quiero.

    Cerró los ojos y volvió a tumbarse sobre su espalda, sintiendo su peso sobre ella.

    —Con amor —susurró—. Por favor, con amor.
    —Florence —dijo él.

    Ella abrió los ojos.

    Se quedó petrificada. Su corazón empezó a latir con fuerza al ver qué yacía sobre ella.

    Era un cadáver. Su rostro se encontraba en avanzado estado de descomposición y su carne, pálida y escamosa, se caía en pedazos. Sus labios podridos esbozaban una lasciva sonrisa que mostraba unos dientes angulosos y descoloridos, todos ellos putrefactos. Sólo tenían vida sus ojos amarillentos, que la miraban con demoníaca alegría. Una luz de color azul plomizo envolvía todo su cuerpo, y los gases de la putrefacción burbujeaban a su alrededor.

    Un grito de horror inundó su garganta cuando la descompuesta figura se sumergió en su interior.


    11:43 P.M.


    Fischer dio un respingo al oír un grito en la habitación contigua.

    Durante un largo momento permaneció inmóvil, paralizado por el miedo. Entonces, algo lo impulsó a levantarse y lo condujo hasta la puerta. Tras abrirla, corrió hacia la habitación de Florence, giró el pomo y empujó.

    La puerta estaba cerrada.

    —¡Dios mío! —miró a su alrededor, sintiendo que le invadía el pánico. El sonido de los gritos de Florence lo consumía. Advirtió que la puerta del dormitorio de los Barrett se abría y, al girarse, vio que Edith se había asomado, con una expresión tensa y angustiada en el rostro.

    Se alejó tambaleante por el pasillo para coger una pesada silla de madera, la arrastró hasta la puerta y empezó a golpearla con ella. Los gritos se detuvieron. Siguió golpeando la puerta con la silla. Una de las patas se rompió.

    —¡Mierda! —Mientras seguía aporreando la puerta como un demente, pudo ver por su visión periférica que Barrett y Edith corrían hacia él.

    De pronto, la jamba se rompió y la puerta quedó abierta. Tiró la silla hacia un lado, entró en la habitación y encendió la luz.

    Al ver a Florence sintió una arcada en el estómago y advirtió que Edith intentaba reprimir sus náuseas.

    —Dios mío —murmuró Barrett.

    Estaba desnuda, tumbada sobre la espalda, con las piernas separadas y los ojos abiertos de par en par, observando el techo con una expresión de profunda conmoción.

    Tenía el cuerpo magullado y mordido, arañado y agujereado; cubierto de sangre.

    Fischer observó de nuevo su rostro. Era el de una mujer que acababa de perder por completo la cordura. Movía los labios débilmente. Se acercó a ella y se inclinó para oír sus palabras. Al principio sólo fueron unos sonidos rechinantes en la garganta.

    —Llena —susurró por fin, mirándolo con los ojos muy abiertos, sin pestañear—. Llena.
    —¿De qué? —se vio obligado a preguntar.

    De repente, Florence esbozó una terrible sonrisa.


    24 de diciembre de 1970
    7:19 a.m.


    Fischer se dejó caer sobre la silla, mirando fijamente a Florence. No había cerrado los ojos en toda la noche. En cuanto las pastillas del doctor Barrett lograron que conciliara el sueño, había arrastrado la pesada butaca hasta su lecho y no se había separado de ella en ningún momento. El doctor había regresado a su habitación con su esposa, prometiéndole que estaría de vuelta en unas horas para relevarle. No había aparecido, aunque tampoco lo había esperado, pues era consciente del maltrato físico y mental que había sufrido aquel hombre durante los dos últimos días.

    Se estremeció al sentir que un escalofrío recorría su espalda. Enderezándose, se frotó los ojos y bostezó, preguntándose qué hora debía de set. No le iría nada mal una taza de café. Se levantó y avanzó con pesadez hasta el cuarto de baño. Una vez allí, abrió el grifo de agua fría y ahuecó la mano derecha bajo el gélido chorro. Se inclinó un poco para refrescarse la cara y silbó de lo fría que estaba. A continuación se estiró y contempló su reflejo en el espejo. Le caían gotas de agua por la barbilla. Echó una bocanada de aire y empañó la superficie del cristal. Entonces, estiró el brazo para coger una toalla y se secó con ella la cara.

    En cuanto regresó a la habitación, se quedó de pie junto a la cama, mirando a Florence. Parecía estar en paz. Era una mujer hermosa, dormida. No había sido así durante toda la noche. A pesar de los somníferos, había dormitado erráticamente, gimoteando de vez en cuando como si estuviera dolorida y convulsionándose periódicamente con ataques de paroxismo. Se había sentido impulsado a despertarla para alejarla de aquellos terrores que estaba experimentando, pero no había sido necesario. A intervalos inesperados, Florence había despertado sobresaltada, con los ojos abiertos de par en par y el rostro desfigurado de terror. En todas esas ocasiones, él le había dado la mano, intentando no hacer ninguna mueca de dolor cuando ella se la había apretado con tanta fuerza que sus dedos habían palidecido y el contacto había resultado doloroso. En ningún momento había hablado. Instantes después, sus ojos se habían cerrado de nuevo y se había quedado profundamente dormida.

    Fischer parpadeó, intentando enfocar. Florence estaba despierta, mirándolo. Su rostro no reflejaba expresión alguna. Parecía que no le reconocía, que no le había visto en su vida.

    —¿Qué tal se encuentra? —preguntó.

    Ella no respondió. Siguió mirándolo fijamente. Sus ojos eran como los de una muñeca, vidriosos, inertes.

    —¿Florence?

    Su garganta crepitó al intentar tragar saliva. Fischer regresó al cuarto de baño para ir a buscar un vaso de agua.

    —Tenga —dijo, tendiéndole el vaso.

    Florence no hizo nada por cogerlo. Fischer sujetó el vaso durante unos instantes hasta que, finalmente, lo dejó sobre la mesilla de noche. La mirada de la mujer se deslizó hasta ese lugar, pero instantes después volvió a posarse en su rostro.

    —¿Puede hablar? —preguntó Fischer.
    —¿Ha estado aquí toda la noche?

    Fischer asintió.

    Su mirada se desvió hacia la butaca, pero al instante se volvió a clavar en los ojos de Fischer.

    —¿Allí? —preguntó.
    —Sí.

    Sonrió con sarcasmo.

    —Estúpido —sus ojos recorrieron su cuerpo, observándolo con aprobación—. Podría haber dormido conmigo.

    Fischer esperó, cauteloso.

    Florence apartó las sábanas de su pecho.

    —¿Quién me ha puesto el camisón?
    —Yo.

    La mujer sonrió con ironía.

    —¿Le gustó? —preguntó.
    —Se lo puse después de limpiarle las heridas.

    Algo brilló en los ojos de Florence: un destello de conciencia. Su cuerpo se estremeció.

    —Oh, Dios mío —susurró, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. Está dentro de mí.

    Acercó un brazo tembloroso hacia su compañero.

    Fischer le cogió de la mano y se sentó junto a ella en la cama.

    —Nos desharemos de él. —La médium movió la cabeza hacia los lados—. Lo conseguiremos —aseguró, apretándole con fuerza la mano.

    Florence apartó la mano con rapidez y empezó a desabotonarse el camisón.

    —¿Qué está haciendo?

    No le prestó atención. Respirando hondo, tiró con fuerza de los extremos para dejar el pecho al descubierto. Fischer se estremeció. Las marcas de dientes que había alrededor de sus pezones estaban amoratadas y parecían infectadas. Florence los envolvió con sus manos, comprimiéndolos y tirando de ellos, haciendo que se endurecieran.

    —Mírelos —dijo.

    Fischer le sujetó ambas manos y le obligó a llevarlas hacia los lados. En el mismo instante en que lo hizo, Florence giró la cabeza sobre la almohada, emitiendo un débil gemido.

    —Voy a sacarla de aquí esta misma mañana —dijo, cubriéndole el cuerpo con las sábanas.
    —Me mintió —su voz carecía de fuerza—. Me dijo que era el único camino.

    Fischer se sentía enfermo.

    —Sigue creyendo que es Daniel...
    —¡Sí! —Le dio la espalda con brusquedad—. Sé que existe. Encontré el registro de su nacimiento en la Biblia de la capilla. —Florence advirtió su mirada de asombro—. Daniel me ayudó a encontrar la prueba de su existencia. Él es quien siempre me ha impedido entrar en ese lugar. Supo lo de mi hermano, lo encontró en mi mente... tal y como usted me dijo. Sabía que creería en él, porque el recuerdo de la muerte de mi hermano me haría creer. —Le cogió de nuevo de la mano—. Oh, Dios, está dentro de mí, Ben; no puedo deshacerme de él. En este mismo momento, mientras hablo con usted, puedo sentirlo ahí dentro, esperando para hacerse con el control.

    Empezó a temblar con tanta violencia que Fischer la rodeó con sus brazos.

    —Shhh. Todo saldrá bien. Pronto estará fuera de la casa.
    —No me dejará ir.
    —No puede detenerla.
    —Sí que puede. Sí que puede.
    —Pero no puede detenerme a mí.

    Florence se apartó y se echó hacia atrás, golpeándose con fuerza contra el cabecero de la cama.

    —¿Quién cojones eres? —espetó—. Puede que fueras muy bueno a los doce años, pero ahora no eres más que una mierda. ¿Me oyes? ¡Una mierda!

    Fischer la observó en silencio.

    Un centelleo en sus ojos revelaba el cambio, como el efímero brillo de la luz del sol a través de un paisaje cubierto de nubes. Minutos después volvió a ser ella, pero no fue como si despertara de la amnesia, sino que emergió con violencia y recordando perfectamente todas y cada una de las viles acciones que se había visto obligada a cometer.

    —Dios mío, Ben. Ayúdeme, por favor.

    Fischer la abrazó con fuerza, percibiendo la congestionada confusión que había en su cuerpo y en su mente. Ojalá pudiera acceder a su interior como un cirujano, para destruir esa masa cancerosa y extirpársela. Sin embargo, sabía que era imposible: no tenía ni el poder ni la voluntad necesarios.

    Él también era una víctima de la Casa Infernal.

    —Vístase. Nos vamos —dijo Fischer, alejándose un poco de ella. —Florence lo miró fijamente—. Ahora.

    Ella asintió, con un movimiento similar al que haría una marioneta cuando tiran de sus hilos hacia arriba. Apartó las sábanas y, tras levantarse, se dirigió a la cómoda. Fischer la observó mientras sacaba ropa de los cajones y se dirigía hacia el baño.

    —Florence...

    Ella se giró para mirarlo. Fischer respiró hondo, preparándose para lo que podía suceder.

    —Será mejor que se vista aquí.

    La piel de sus mejillas se puso tensa.

    —¿Es que ni siquiera puedo orinar?
    —¡Basta ya!

    Florence se sacudió con tanta fuerza que toda la ropa cayó al suelo. Lo miró fijamente, confundida.

    —Basta ya —repitió él, más calmado.

    Florence parecía profundamente ruborizada.

    —Pero tengo que... —no pudo terminar la frase.

    Fischer la observó con tristeza. ¿Qué pasaría si era poseída allí dentro y se hacía daño a sí misma?

    Suspiró.

    —De acuerdo, pero no cierre la puerta con llave.

    Ella asintió y dio media vuelta. Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Al no oír el chasquido de la cerradura, Fischer se sintió un poco más tranquilo. Entonces, se levantó para recoger la ropa que había caído al suelo.

    Se giró, aliviado, cuando Florence abrió la puerta del baño y salió. Sin decir ni una palabra, le entregó la ropa. Acto seguido, dio media vuelta y se sentó en la cama, de espaldas a ella.

    —Siga hablando mientras se viste.
    —De acuerdo.

    Al oír que se quitaba el camisón, Fischer cerró los ojos y bostezó.

    —¿Ha dormido algo esta noche? —preguntó Florence.
    —Dormiré cuando usted esté lejos de aquí.
    —Usted también se irá, ¿verdad?
    —No estoy seguro. Si me cierro a la casa y no intento luchar contra ella, no creo que sea vulnerable. No me da ninguna vergüenza levantarle cien de los grandes al viejo Deutsch. No los echará de menos. —Hizo una pausa—. Le daré la mitad de esa cantidad.

    Florence guardó silencio.

    —Hable —dijo él.
    —¿Por qué tengo que hablar?

    Al oír el tono de su voz, se giró sin perder ni un instante. La mujer estaba de pie junto a la cómoda... desnuda, con una sonrisa en la boca.

    —Quítese la ropa —le dijo.

    Fischer se levantó con rapidez.

    —Luche contra eso.
    —¿Contra qué? —preguntó—. ¿Contra el amor que siento hacia los hombres?
    —Florence...
    —Desnúdese. Me apetece revolearme... como los cerdos. —Empezó a avanzar hacia él, colérica—. Desnúdese de una vez, cabrón. Lleva toda la semana deseando follarme. ¡Hágalo ahora!

    De repente, Fischer dio un paso hacia delante. Creyendo que ese movimiento indicaba interés, Florence corrió hacia él; entonces, él le sujetó por las muñecas, obligándola a detenerse.

    —Luche contra eso, Florence.
    —¿Que luche contra qué? ¿Contra mi...?
    —¡Luche!
    —¡Suélteme, joder!
    —¡Luche! —Fischer le clavó los dedos en las muñecas hasta que la mujer gimió de dolor y de rabia.
    —¡Quiero follar! —gritó ella.
    —¡Luche, Florence!
    —Quiero follar. ¡Quiero follar!

    Fischer le liberó la muñeca izquierda y la abofeteó. La cabeza de la médium se movió bruscamente hacia la derecha y en su rostro se dibujó una expresión de profunda sorpresa.

    Cuando volvió a mirarlo, Fischer advirtió que había recuperado su mente. Durante un prolongado momento, la mujer permaneció inmóvil y temblorosa, observándolo con la boca abierta. Entonces, deslizó los ojos por su cuerpo y se sonrojó.

    —No me mire —imploró.

    Fischer le soltó la otra muñeca y se giró.

    —Vístase —dijo—. Olvídese de las maletas. Se las llevaré más tarde. Salgamos de aquí inmediatamente.
    —De acuerdo.

    Dios mío, espero que todo salga bien, se estremeció. ¿Qué sucederá si no estoy autorizado a sacarla de esta casa?


    7:48 a.m.


    —¿Te apetece otro café?

    Al ver la reacción de Lionel, Edith se dio cuenta de que se había quedado medio dormido, aunque no había cerrado los ojos en ningún momento.

    —Lo siento. ¿Te he asustado?
    —No, no —se agitó sobre la silla, esbozando una mueca de dolor. Alargó el brazo derecho para alcanzar la taza, pero cambió de idea y decidió utilizar el izquierdo.
    —En cuanto salgamos de aquí, lo primero que tienes que hacer es ir a que te vean ese dedo.
    —Lo sé.

    De nuevo, el salón se sumió en un absoluto silencio. Edith tenía la impresión de estar soñando. Las palabras que habían intercambiado parecían artificiales. ¿Huevos? No, gracias. ¿Beicon? No. ¿Pimentón? Sí. Me encantará marcharme de este lugar. Sí, a mí también. Parecía el diálogo de un drama doméstico inferior.

    ¿O acaso era el suma y sigue de la tensión que había habido entre ambos la noche anterior?

    Miró fijamente a Lionel. Se estaba quedando dormido de nuevo y tenía los ojos prácticamente en blanco. Antes de desayunar, había estado trabajando en el Reversor durante más de una hora mientras ella dormitaba en una butaca cercana. Le había dicho que pronto estaría todo listo. Se giró para observar la máquina, que descansaba al otro lado del salón. A pesar de su imponente tamaño, resultaba imposible creer que pudiera vencer a la Casa Infernal.

    Volvió a mirar hacia la mesa. Todo lo que había sucedido durante la mañana había sido una conspiración para hacerla sentir irreal, como el personaje de una obra de teatro. Al bajar las escaleras había visto al gato corriendo sigilosamente por el pasillo, dirigiéndose hacia la capilla como una forma efímera moteada de naranja. Después, mientras Lionel trabajaba en el Reversor, había oído un ruido y, despertándose sobresaltada, había visto que una pareja cruzaba el vestíbulo, llevando consigo una cafetera y algunas bandejas tapadas. Medio dormida, había observado a esas dos personas en silencio, pensando que eran fantasmas. No tenía ni la menor idea de quiénes eran, ni siquiera cuando vio que dejaban las bandejas sobre la mesa y empezaban a recoger los platos de la cena. Entonces, de repente, se había iluminado una luz en su mente y, sonriendo, les había dado los buenos días.

    El anciano había gruñido y la mujer había inclinado un poco la cabeza, murmurando algo incomprensible. Momentos después se marcharon. Aún adormecida, Edith había empezado a preguntarse si realmente los había visto. Entonces, se había sumido de nuevo en un sueño superficial, del que había despertado sobresaltada cuando Lionel le tocó el hombro.

    Lionel volvió a agitarse cuando carraspeó.

    —¿A qué hora nos iremos de aquí? —preguntó.

    Barrett tiró de la cadena del reloj para sacárselo del bolsillo. A continuación, abrió la tapa y miró la hora.

    —Yo diría que a primera hora de la tarde —respondió.
    —¿Cómo te encuentras?
    —Agarrotado —sonrió con fatiga—. Pero me recuperaré.

    Se giraron cuando Fischer y Florence entraron en el salón, vestidos para salir. Barrett los miró intrigado mientras se acercaban a la mesa. Edith observó a Florence. Estaba pálida y la rehuía con la mirada.

    —¿Tiene las llaves del coche? —preguntó Fischer.

    El doctor reprimió una mirada de sorpresa.

    —Están arriba.
    —¿Podría ir a buscarlas, por favor?

    Barrett esbozó una mueca de dolor.

    —¿Le importaría subir a usted? No me veo con fuerzas de volver a enfrentarme a esas escaleras.
    —¿Dónde están?
    —En el bolsillo de mi abrigo.

    Fischer miró hacia un lado.

    —Será mejor que venga conmigo —le dijo a Florence.
    —Estaré bien.
    —¿Por qué no toma una taza de café con nosotros, señorita Tanner? —le propuso Barrett.

    Florence estaba punto de decir algo, pero cambió de opinión y se sentó con ellos. Edith sirvió café en una taza y se la tendió.

    —Gracias —murmuró Florence.

    Fischer la observó, inquieto.

    —¿No cree que sería mejor que me acompañara?
    —Nosotros la cuidaremos —dijo Barrett.

    Fischer aún vacilaba.

    —Lo que Ben no desea contarles —explicó Florence— es que anoche fui poseída por Daniel Belasco y puedo perder el control de mi cuerpo en cualquier momento.

    Barrett y Edith la miraron fijamente. Al darse cuenta de que el doctor no la creía, Fischer se sintió muy molesto.

    —Les está contando la verdad —dijo—. Prefería no dejarla a solas con ustedes.

    Barrett observó a Fischer en silencio. Finalmente, se volvió hacia Florence.

    —Entonces, será mejor que le acompañe.

    Florence lo miró con ojos suplicantes.

    —¿Y no puedo tomar antes un café? —Fischer entrecerró los ojos, con recelo—. Si ocurre algo, sólo tienen que sacarme de la casa.
    —Tomaremos café en el pueblo.
    —Pero son muchos kilómetros, Ben.
    —Florence...
    —Por favor —cerró los ojos—. No sucederá nada. Se lo prometo.

    La médium parecía estar a punto de llorar. Fischer la observó atentamente, sin saber qué hacer.

    —La verdad es que no es necesario que se quede —dijo Barrett, rompiendo el doloroso silencio—. Por la tarde, esta casa quedará limpia.

    Ella levantó la mirada con rapidez.

    —¿Cómo?

    Barrett esbozó una torpe sonrisa.

    —Tenía intenciones de explicárselo pero, debido a las circunstancias...
    —Por favor, tengo que saberlo antes de irme.
    —No hay tiempo —dijo Fischer.
    —Ben, tengo que saberlo —sus ojos estaban llenos de desesperación—. No podré irme hasta que lo sepa.
    —Maldita sea...
    —Sí empiezo a perder el control, sáquenme de la casa —repitió. Entonces, se volvió hacia Barrett con una expresión suplicante.
    —Bueno... —Barrett vaciló—. Es bastante complicado.
    —Tengo que saberlo —repitió una vez más.

    Fischer se sentó cautelosamente cerca de la médium. ¿Porqué estoy haciendo esto?, se preguntó. Si estaba seguro de que la máquina de Barrett no tendría ningún efecto sobre la Casa Infernal, ¿por qué no estaba sacando a Florence a rastras de aquel lugar? Ésa era la única esperanza que tenía de conservar la vida y la cordura.

    —Para empezar —explicó Barrett—, les diré que, según los principios básicos, todo fenómeno es un acontecimiento de la naturaleza... de una naturaleza cuyo orden es más extenso que el que presenta la ciencia actual pero que, al fin y al cabo; sigue siendo naturaleza. Lo mismo sucede con los supuestos acontecimientos psíquicos; de hecho, la Parapsicología es una rama de la Biología.

    Fischer tenía los ojos fijos en Florence, pues era consciente de la rapidez con la que podía empezar la posesión.

    —Como dijo el doctor Carrel —continuó el doctor—, la biología paranormal establece la premisa de que el hombre es más grande que el organismo en el que vive y que, por lo tanto, lo desborda. Esto significa, en términos más sencillos, que el cuerpo humano emite una forma de energía... o un fluido psíquico, si prefieren llamarlo así, que envuelve el cuerpo con una vaina invisible conocida como «aura». Esta energía puede ser moldeada más allá de los límites del aura, creando efectos mecánicos, químicos y físicos: percusión, olor, movimiento de objetos externos y cosas similares, como las que hemos presenciado en repetidas ocasiones durante los últimos días. Creo que cuando Belasco habló de «influencias», podía estar refiriéndose a esta energía.

    Fischer sentía emociones opuestas. ¡El doctor parecía estar tan seguro de lo que decía! ¿Cómo era posible que todas las creencias de su vida se redujeran a algo que podía demostrarse en un laboratorio?

    —Durante el transcurso de los siglos —continuó—, las personas han ido proporcionado pruebas, acordes a su nivel de desarrollo humano, que demostraban esta premisa. En la Edad Media, por ejemplo, gran parte del pensamiento supersticioso se dirigía hacia los diablos y las brujas y, por consiguiente, dichas entidades se manifestaron porque fueron creadas por esta energía psíquica, por este fluido invisible, por estas «influencias». Por otra parte, los médium siempre han producido fenómenos afines a sus creencias.

    Fischer miró de reojo a Florence, advirtiendo que se había puesto tensa al oír esas palabras.

    —Sin duda alguna, el espiritismo es el caso que mejor ilustra este hecho: los médium que se adhieren a esta fe crean su propio fenómeno: la supuesta comunicación espiritual.
    —No diga «supuesta», doctor —dijo Florence, con una voz muy tensa.
    —Permítame continuar, señorita Tanner —respondió él—. Después, si lo desea, podrá rebatir mis palabras. Según los registros, siempre que se ha practicado con éxito el exorcismo religioso en una casa encantada o en un caso de posesión, el médium que provocaba dicho fenómeno era muy religioso y, por lo tanto, impresionable ha dicho exorcismo. Sin embargo, en la mayoría de los casos... entre los que se incluye esta casa, los diversos litros de agua bendita derramados y las diversas horas de exorcismo no han surtido ningún efecto, porque el médium no era creyente o porque había más de un médium implicado.

    Fischer volvió a mirar a Florence. Estaba muy pálida y apretaba los labios con fuerza.

    —Otro ejemplo de este mecanismo biológico —estaba diciendo Barrett— fue el del magnetismo animal, que produjo fenómenos psíquicos tan impresionantes como los del espiritismo, pero carentes por completo de características religiosas. ¿Cómo funciona este mecanismo? ¿Cuál fue su génesis? Reichenbach, el químico austríaco, estableció entre los años 1845 y 1868 la existencia de la radiación fisiológica. En primer lugar, pidió a diversas personas sensitivas que observaran unos imanes. Éstas le revelaron que veían destellos de luz en los polos, como llamas de tamaños diferentes, y que, en todos los casos, las llamas más pequeñas se encontraban en el polo positivo. La observación de electroimanes produjo los mismos resultados, al igual que la observación de cristales. Finalmente, este mismo fenómeno también pudo observarse en el cuerpo humano. El coronel De Rochas, que continuó los experimentos de Reichenbach, descubrió que todas estas emanaciones eran azules en el polo positivo y rojas en el negativo. En el año 1912, el doctor Kilner, miembro de la Real Academia de Físicos de Londres, publicó los resultados de cuatro años de investigación durante los cuales, mediante el uso de una pantalla de dicianina, cualquier persona podía ver la supuesta aura humana. Cuando el polo de un imán se acercaba a esta aura, aparecía un rayo que unía ese polo con el punto más cercano del cuerpo. Además, cuando el sujeto quedaba expuesto a una carga electrostática, el aura desaparecía de forma gradual, pero regresaba de nuevo en cuanto la carga se disipaba. Aunque les haya resumido brevemente la progresión de estos descubrimientos —dijo—, el resultado final es irrefutable: la emanación psíquica que descargan todos los seres vivos es un campo de radiación electromagnética.

    Recorrió la mesa con la mirada, pero se quedó decepcionado por la falta de expresión que vio en los rostros de sus interlocutores. ¿Acaso no eran conscientes de lo que eso significaba?

    Entonces se vio obligado a sonreír. Era imposible que entendieran la importancia de sus palabras hasta que no las demostrara.

    —La radiación electromagnética, o REM, es la respuesta —anunció—. Todos los organismos vivos emiten esta energía, que es la dínamo de la mente. El campo electromagnético que envuelve el cuerpo humano actúa del mismo modo que cualquiera de dichos campos: girando en espiral alrededor de su núcleo de fuerza, pues los impulsos eléctricos y magnéticos se mueven en ángulo recto entre sí. Un campo de este tipo siempre colisiona con su entorno. En casos de emoción extrema, el campo se intensifica e impacta contra su entorno con más fuerza... una fuerza que, si queda contenida, permanece en dicho entorno sin descargarse, saturándolo, perturbando a aquellos organismos que son sensibles a ella: médium psíquicos, perros, gatos... y creando, de este modo, una atmósfera «encantada». Por lo tanto, ¿debe sorprendernos que la Casa Infernal sea como es? Piensen en los años de violentas radiaciones emocionales, destructivas... y malignas, si lo desean, que han impregnado su interior. Piensen en el inmenso almacén de poder dañino en el que se ha convertido esta casa. La Casa Infernal es, en esencia, una batería gigantesca cuyo poder tóxico perciben, inevitablemente, aquellos que entran en ella, ya sea de forma intencionada o involuntaria. Usted la ha percibido, señorita Tanner. Y usted, señor Fischer. Y mi mujer. Y yo mismo. Todos nosotros hemos sido víctimas de estas acumulaciones venenosas... sobre todo usted, señorita Tanner, porque las ha buscado activamente, intentando utilizarlas, inconscientemente, para demostrar su interpretación personal de la fuerza que ha hechizado esta casa.
    —Eso no es cierto.
    —Sí que lo es —respondió Barrett—. Y lo mismo sucedió con aquellos que entraron en este lugar en los años 1931 y 1940.
    —¿Y qué me dice de usted? —preguntó Fischer—. ¿Cómo sabe que su interpretación es la correcta?
    —La respuesta es muy simple —dijo Barrett—. Dentro de poco, el Reversor impregnará la casa de una carga masiva de radiación electromagnética contraria a la polaridad de la atmósfera, que la invertirá y la disipará. Del mismo modo que la radiación de la luz niega el fenómeno médium, la radiación de mi Reversor negará el fenómeno de la Casa Infernal.

    Barrett se recostó sobre su asiento. Edith sentía lastima de Florence, que estaba sentada en angustioso silencio. Después de lo que Lionel había contado, ¿cómo podía dudar alguien de sus palabras?

    —Una pregunta —dijo Fischer.

    El doctor lo miró.

    —Si el aura se restablece en cuanto se disipa la carga magnética, ¿por qué no va a poder hacer lo mismo la fuerza de esta casa?
    —Porque la fuente de la radiación humana está viva, mientras que la radiación de esta casa sólo es residual. En cuanto se haya disipado, no podrá regresar.
    —Doctor —dijo Florence.
    —¿Sí?

    Respiró hondo antes de hablar.

    —Nada de lo que ha dicho contradice mis creencias.

    Estas palabras le sorprendieron.

    —No puede estar hablando en serio.
    —Estoy convencida de que hay radiación... y también de que ésta persiste. Sin embargo, esto sucede porque el dueño de esta casa ha sobrevivido a la muerte. La radiación es el cuerpo que le permite sobrevivir.
    —En este punto divergen nuestras opiniones, señorita Tanner —dijo el doctor—. La energía residual de la que estoy hablando no tiene nada que ver con la supervivencia de una entidad. El espíritu de Emeric Belasco no deambula por esta casa, como tampoco lo hace el de su hijo ni el de ninguna de las supuestas entidades con las que usted afirma haber contactado. En esta casa sólo hay una cosa: un poder que carece de inteligencia y de dirección.
    —¡Oh! —exclamó Florence, con voz calmada—. Entonces no hay nada más que hacer, ¿verdad?

    Su movimiento los cogió a todos por sorpresa. De pronto, se levantó con gran agilidad y empezó a correr en dirección al Reversor. Los tres permanecieron inmóviles durante unos instantes. Entonces, Fischer se levantó con tanta rapidez que derribó la silla y corrió tras ella. Barrett, paralizado por la sorpresa, fue incapaz de reaccionar.

    Antes de que hubiera recorrido la mitad de la distancia que le separaba de Florence, ésta ya tenía la palanca en las manos y la estaba oscilando con fuerza ante la parte frontal del Reversor. Barrett gritó, intentando ponerse en pie. Estaba completamente pálido. Retrocedió asustado al oír el impacto del acero contra el acero, como si fuera él quien hubiera recibido aquel golpe.

    —¡No! —gritó.

    Florence osciló de nuevo la palanca, abollando la parte frontal de la máquina. El cristal de uno de los instrumentos de medición se rompió en mil pedazos por el impacto. Barrett se alejó de la mesa con una expresión de horror en el rostro. La pierna derecha cedió bajo su peso y cayó al suelo, con un grito de sorpresa. Edith se levantó de un salto.

    —¡Lionel!

    Para entonces, Fischer ya había alcanzado a Florence. La sujetó con fuerza por los hombros y la apartó de un empujón de la máquina. Ella se giró rápidamente y osciló la palanca con furia para golpearlo en la cara. Fischer esquivó el golpe, aunque la palanca pasó a escasos milímetros de su cabeza. Abalanzándose sobre ella, le sujetó el brazo derecho e intentó quitarle el arma. Florence retrocedió, gruñendo como un animal enloquecido. Fischer se quedó asombrado al ver que la mujer levantaba los brazos y conseguía soltarse. ¡Era demasiado fuerte!

    Ciego a todo, excepto a la amenaza que estaba sufriendo su máquina, Barrett ni siquiera miró a su esposa mientras ésta le ayudaba a levantarse. Apartándose de ella, cojeó con toda la rapidez que pudo hacia el Reversor, sin la ayuda del bastón.

    —¡Deténgala! —gritó.

    Fischer había vuelto a sujetarle los brazos. Ella se impulsó hacia atrás y ambos chocaron contra la máquina. Sintió el ardiente aliento de la mujer en la mejilla y vio la burbujeante saliva que asomaba por las comisuras de su boca. Dando un fuerte tirón, Florence logró liberar su brazo derecho e intentó golpearlo de nuevo. Fischer esquivó la palanca, que se estrelló contra el cuerpo metálico del Reversor. Volvió a intentar aprisionarle el brazo, pero se movía con demasiada rapidez. Gritó cuando la palanca le golpeó en la muñeca derecha y un dolor intenso y abrasador se extendió por todo su brazo. Vio como se acercaba el siguiente impacto, pero fue incapaz de esquivarlo. En el mismo instante en que la palanca se hundió en su cabeza, un dolor ofuscador le nubló la mente. Cayó sobre sus rodillas, con los ojos abiertos de par en par. Florence levantó la palanca para golpearlo de nuevo.

    En aquel momento, Barrett se abalanzó sobre ella, con la fuerza del frenesí en sus brazos. Con un único movimiento, consiguió quitarle la palanca de las manos. Florence se giró bruscamente. El doctor palideció y, jadeando, intentó alejarse de ella, sujetándose la parte baja de la espalda con la mano derecha. Edith gritó al ver que la palanca se le caía de las manos y rebotaba sobre la moqueta. Corrió hacia su esposo mientras éste se desplomaba.

    La súbita reacción de Florence le obligó a detenerse. Con un rápido movimiento, la médium recuperó la palanca pero, en vez de regresar junto al Reversor, miró a Edith y empezó a avanzar hacia ella.

    —Ahora te toca a ti, zorra lesbiana.

    Edith la miró boquiabierta, tanto por sus palabras como por el hecho de verla avanzar con pasos majestuosos hacia ella, levantando la palanca.

    —Te voy a reventar el puto cráneo —dijo Florence—. Voy a convertirlo en gelatina.

    Edith empezó a recular, moviendo la cabeza. Desesperada, miró de reojo a Lionel, que se retorcía por el suelo, dolorido. Empezó a dirigirse hacia él, pero retrocedió de un salto cuando, con un aullido salvaje, la médium corrió hacia ella, blandiendo la palanca. Edith se quedó sin aliento. Sin perder ni un instante, dio media vuelta y huyó hacia el vestíbulo. Debido al pánico, su mente se había quedado en blanco. Oyó los golpes secos de unos zapatos a su espalda y miró por encima del hombro. ¡Florence estaba a punto de alcanzarla! Jadeando, intentó correr a mayor velocidad. Cruzó el vestíbulo como una exhalación y subió las escaleras.

    En el mismo momento en que pisó el descansillo supo que no lograría llegar a su cuarto. Su visión periférica le indicaba que Florence se encontraba a escasos metros de ella. Sin pensarlo, corrió por el pasillo hasta la habitación de la médium, entró y cerró la puerta tras ella. Un grito de terror desgarró sus labios cuando intentó echar la llave. ¡La cerradura estaba rota! Ya era demasiado tarde. La puerta se estaba abriendo. Empezó a caminar hacia atrás, pero perdió el equilibrio y cayó al suelo.

    Florence se alzaba ante ella, jadeante, sonriente.

    —¿De qué tienes miedo? —preguntó, arrojando la palanca hacia un lado—. No voy a hacerte daño.

    Edith se agazapó, sin apartar los ojos de ella.

    —No voy a hacerte daño, pequeña.

    Sintió un calambre en los músculos del estómago. La voz de la médium era muy dulce, casi parecía un ronroneo.

    Florence se quitó el abrigo y lo dejó caer al suelo. A continuación, empezó a desabrocharse el jersey. Edith, asustada, empezó a mover la cabeza.

    —No muevas la cabeza —dijo Florence—. Tú y yo vamos a pasar un rato agradable.
    —No. —Edith empezó a retroceder.
    —Sí. —La médium se quitó el jersey y lo tiró al suelo. Empezó a avanzar por la habitación, desabrochándose el sujetador.

    ¡Oh Dios mío! ¡No lo permitas! Siguió retrocediendo, sin parar de mover la cabeza. Florence, que ya se había quitado el sujetador y se estaba desabrochando la falda, avanzaba hacia ella sin dejar de sonreír. Entonces, Edith tropezó con la cama. Pudo oír los latidos de su corazón. Incapaz de seguir retrocediendo, observó a la médium, que tiró la falda al suelo y se inclinó para quitarse las medias. Dejó de mover la cabeza.

    —Oh, no —suplicó.

    Instantes después, Florence se sentó a horcajadas sobre sus piernas y, deslizando ambas manos bajo sus pechos, los levantó para que quedaran delante de su cara. Edith hizo una mueca al ver los amoratados mordiscos que había alrededor de sus pezones.

    —¿No son bonitos? —dijo Florence—. ¿No crees que deben de estar deliciosos? ¿No te apetece probarlos?

    Sus palabras clavaron una lanza de terror en el corazón de Edith. Aterrada, levantó la mirada cuando la mujer empezó a acariciarse los pechos.

    —Toma, tócalos —dijo, inclinándose un poco y levantándole la mano para que los tocara.

    El tacto de aquella carne cálida y blanda contra sus dedos rompió un dique en su pecho. Estaba tan asustada que empezó a sollozar. ¡No, yo no soy así!, gritó su mente.

    —Por supuesto que sí —dijo Florence, como si hubiera oído sus pensamientos—. Ambas somos así; siempre lo hemos sido. Los hombres son feos y crueles. Sólo las mujeres son dignas de confianza. Sólo las mujeres pueden ser amadas. Tu propio padre intentó violarte, ¿no?

    ¡Es imposible que lo sepa!, pensó Edith, aterrada. Se cubrió el pecho con los brazos y los apretó con fuerza contra su cuerpo, cerrando los ojos.

    Con un sonido similar al que haría un animal, Florence se abalanzó sobre ella. Edith intentó quitársela de encima, pero pesaba demasiado. Las manos de la médium le cogieron con fuerza de la nuca, obligándole a levantar la cabeza. De pronto, sus labios oprimieron los suyos y su lengua intentó abrirse camino por su boca. Intentó resistirse, pero Florence tenía muchísima fuerza. La habitación empezó a dar vueltas a su alrededor, inundándose de calor. Un pesado manto cayó sobre ella. Se sentía entumecida, ajena a lo que estaba sucediendo. Era incapaz de unir los labios, pues la lengua de Florence se había sumergido en las profundidades de su boca y estaba lamiendo su cálido techo. Remolinos de sensaciones centelleaban por todo su cuerpo. Sintió que le cogía una mano y la cerraba alrededor de su pecho. Intentó apartarla, pero le resultó imposible. Oía un martilleo en sus oídos. El calor se vertía sobre ella.

    El sonido de la voz de Lionel interrumpió el martilleo. Edith movió la cabeza hacia un lado, pues el cuerpo de Florence le impedía ver qué había más allá. De pronto, el ardiente manto se desvaneció y empezó a tiritar de frío. Al levantar la mirada, vio que el retorcido rostro de la médium se alzaba amenazador sobre ella.

    —¡Florence! —repitió Lionel.
    —¡Estoy aquí! —respondió ella, separándose de Edith. Al darse cuenta de lo sucedido, se levantó inmediatamente y corrió hacia el baño, intentando reprimir sus náuseas. Edith se puso en pie y avanzó vacilante por la habitación. Al ver que Lionel corría hacia ella, se dejó caer entre sus brazos y lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos y apoyando la cabeza en su mejilla. Entonces empezó a llorar desconsoladamente.


    9:01 a.m.


    —Se pondrá bien —dijo Barrett, dándole unas palmaditas en el hombro—. Pero debe quedarse un rato en la cama, sin moverse.
    —¿Cómo está ella? —murmuró Fischer.
    —Dormida. Le he dado unos calmantes.

    Fischer intentó levantarse, pero cayó hacia atrás, jadeando.

    —No se mueva —ordenó Barrett—. Ha recibido un golpe bastante fuerte.
    —Tengo que sacarla de aquí.
    —Yo me la llevaré.

    Fischer lo miró, receloso.

    —Se lo prometo —dijo el doctor—. Pero ahora, descanse.

    Edith estaba apoyada contra la puerta. Lionel la cogió del brazo y la condujo hacia el pasillo.

    —¿Qué tal está? —le preguntó.
    —A no ser que la conmoción sea más severa de lo que creo, pronto se recuperará.
    —¿Y qué me dices de ti?
    —Sólo serán unas horas más —respondió Lionel.

    Edith vio que sujetaba el brazo derecho contra su pecho, como si lo tuviera roto. Entonces advirtió la mancha de sangre del vendaje de su dedo pulgar. Supuso que, cuando le arrebató la palanca de las manos, volvió a abrirse la herida. Estaba a punto de decírselo pero se detuvo, sintiendo que le oprimía una sensación de profunda desesperanza.

    Lionel abrió la puerta de la habitación de Florence y ambos se acercaron a su cama. Estaba tumbada, completamente inmóvil, bajo las sábanas. Después de que Lionel hubiera hablado con ella durante largo rato, había salido del baño envuelta en una toalla. No le había dicho nada y le había rehuido con la mirada. Cabizbaja, como un niño arrepentido, había aceptado las tres pastillas, se había tapado con las mantas y, momentos después, había cerrado los ojos.

    Edith apartó la mirada cuando Barrett le levantó el párpado izquierdo. El ojo miraba fijamente hacia delante. Instantes después, su marido volvió a cogerla del brazo y ambos abandonaron la habitación.

    —¿Puedes traerme un vaso de agua? —le pidió Lionel, en cuanto estuvieron de vuelta en su dormitorio.

    Edith se dirigió al cuarto de baño y llenó un vaso de agua fría. Cuando regresó, vio que su marido estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero.

    —Gracias —murmuró, antes de introducir en su boca las dos pastillas de codeína que tenía en la palma de la mano—. Voy a telefonear al representante de Deutsch para que envíe una ambulancia. —Por un instante, Edith sintió una oleada de esperanza—. Le pediré que lleven a Fischer y a la señorita Tanner al hospital más cercano.

    Todas sus esperanzas se desvanecieron. Edith lo miró con una expresión vacía.

    —Me gustaría que fueras con ellos —dijo Lionel.
    —Sólo me iré de aquí contigo.
    —Me sentiría mucho mejor si lo hicieras.

    Edith movió la cabeza.

    —No pienso irme sin ti.

    Lionel suspiró.

    —De acuerdo. De todos modos, esta tarde todo habrá acabado.
    —¿De verdad?
    —Edith... —Barrett parecía sorprendido—. ¿Has perdido tu fe en mí?
    —¿Qué me dices de...?
    —¿...lo que ha sucedido antes? —respiró hondo—. ¿Acaso no lo ves? Eso sólo ha servido para demostrar mi teoría.
    —¿Cómo?
    —Cuando atacó el Reversor me rindió el tributo definitivo. Sabe que tengo razón. No había nada más que hacer, recordarás que ésas fueron sus palabras exactas, que destruir mis creencias antes de que yo pudiera destruir las suyas.

    Barrett alargó el brazo izquierdo y atrajo a su mujer hacia él.

    —No está poseída por Daniel Belasco —le dijo—. Ni está poseída por nadie... a no ser que se trate de su yo interno, de su verdadero yo, de su yo reprimido.

    Como me sucedió a mí ayer, pensó Edith. Miró a Lionel con desesperación. Deseaba creer en él, pero ya no podía.

    —Un médium es una persona muy inestable —explicó su marido—. Cualquier psíquico que merezca ese nombre es, invariablemente, una persona histérica o sonámbula, una víctima de la conciencia dividida. El paralelismo entre el trance médium y el sonambulismo es absoluto: las distintas personalidades aparecen y desaparecen; los métodos de expresión son idénticos, al igual que las estructuras psicológicas; se producen episodios de amnesia al despertar; las personalidades alternas resultan artificiales. Lo que hemos presenciado esta mañana sólo ha sido aquella parte de la personalidad de la señorita Tanner que siempre ha permanecido oculta, incluso de sí misma: su paciencia se ha convertido en cólera, su tranquilidad en furia. —Hizo una pausa—. Y su castidad, en promiscuidad.

    Edith inclinó la cabeza, sintiéndose incapaz de mirar a su marido. Eso mismo me sucedió a mí, pensó.

    —¿Estás bien? —preguntó Barrett.
    —No —Edith movió la cabeza.
    —Si hay... algo que discutir, lo haremos cuando regresemos a casa.

    Regresar a casa. Era la primera vez en su vida que algo le parecía tan imposible.

    —De acuerdo —respondió, aunque no era su voz quien hablaba.
    —Bien —dijo Barrett—. Esta semana he aprendido algo valioso, he conseguido un poco de iluminación personal. —Sonrió a su mujer—. Conserva la esperanza, amor mío. Todo saldrá bien.


    9:42 A.M.


    Cuando Barrett abrió los ojos y vio el rostro durmiente de Edith, sintió una punzada de preocupación. No había pretendido quedarse dormido.

    Apoyándose en el bastón, deslizó las piernas por el borde del colchón y se levantó, esbozando una mueca del dolor al sentir el peso de su cuerpo. Su rostro volvió a contraerse cuando se puso los zapatos. Se sentó sobre la otra cama y cruzó la pierna izquierda sobre la derecha para atarse uno, utilizando los dedos de la mano izquierda.

    Apoyó el pie en el suelo. Sentía una ligera mejoría. Hizo lo mismo con el zapato derecho y, a continuación, miró la hora en su reloj de bolsillo. Pronto serían las diez. Se alarmó. ¿No sería ya de noche, verdad? En aquella maldita casa sin ventanas resultaba imposible saberlo.

    Odiaba tener que despertar a Edith. Había dormido muy poco durante la semana. Sin embargo, ¿podía dejarla sola? La observó, vacilante. ¿Les habría sucedido algo mientras dormían? Aunque se trataba de un aspecto de la REM que no había investigado, en teoría era necesario estar consciente para que pudiera afectarte. No, eso no era cierto. Edith había caminado en sueños.

    Decidió dejar la puerta abierta, bajar lo más rápido posible, efectuar la llamada y regresar de inmediato. Si ocurría algo, se daría cuenta enseguida.

    Avanzó cojeando hasta la puerta y se alejó por el pasillo, apretando los dientes debido al dolor que sentía en el pulgar. A pesar de las pastillas de codeína que había tomado, sentía fuertes palpitaciones en el dedo. Sólo Dios sabía qué aspecto debía de tener, pues no se veía con ánimos de mirarlo. Estaba seguro de que necesitaría someterse a una intervención quirúrgica cuando todo aquello acabara... y puede que incluso perdiera parcialmente la movilidad. No importa, pensó. El precio es aceptable.

    Abrió la puerta del cuarto de Fischer y echó un vistazo. No se había movido. Barrett deseó que permaneciera dormido cuando se lo llevaran de allí en una camilla. No pertenecía a aquel lugar; nunca lo había hecho. Por Jo menos, lograría sobrevivir una vez más.

    Dando media vuelta con torpeza, se dirigió a la habitación de Florence Tanner y se asomó. También estaba inmóvil. Barrett sentía una gran lástima por ella. Cuando saliera de allí, la pobre tendría que enfrentarse a demasiadas cosas. ¿Qué debía sentir alguien al saber que durante toda su vida había estado viviendo una mentira? ¿Estaría preparada para asumir la verdad? Lo más probable era que decidiera ignorarla; resultaría más sencillo.

    Giró sobre sus talones y avanzó cojeando hacia las escaleras. Bueno, ha sido una semana muy intensa, pensó. Sonrió sin darse cuenta. Sin duda alguna, éste era el eufemismo de su vida. Sin embargo, todo iba bien. Gracias a Dios que la señorita Tanner se había dejado cegar por su rabia. Si el Reversor hubiera recibido unos golpes más, se habría visto obligado a trabajar durante días o incluso meses para que volviera a funcionar. Todo se habría ido al traste. Esa idea le hizo estremecerse.

    ¿Qué harían en cuanto abandonaran la casa?, se preguntó mientras bajaba las escaleras a trompicones, apoyando la mano derecha en la barandilla. Empezó a especular. ¿La señorita Tanner regresaría a su iglesia? ¿Se atrevería a regresar después del conocimiento sobrecogedor que tenía de sí misma? ¿Y qué había de Fischer? ¿Qué haría? Cien mil dólares daban para mucho. Y respecto a su vida de pareja con Edith, el futuro estaba relativamente claro. Evitó pensar en los problemas personales que tendrían que solucionar. Ya lo haría más adelante.

    Por lo menos, todos ellos saldrían con vida de la Casa Infernal. Como líder no oficial del grupo se llenó de orgullo. Sabía que era absurdo sentirse así, pero los equipos que habían sido enviados a este lugar en los años 1931 y 1940 habían quedado diezmados y, en esta ocasión, las cuatro personas que habían entrado en la Casa Infernal estarían a salvo en el mundo exterior en unas horas.

    Se preguntó qué haría con el Reversor. ¿Debería pedir que lo enviaran al laboratorio de la universidad? Probablemente lo haría. Sería comparable a mostrar la cápsula que llevó al primer astronauta al espacio, pensó. Puede que algún día el Reversor ocupe un lugar de honor en el Instituto Smithsonian. Sonrió sarcásticamente. Y puede que no. Se estaba engañando a sí mismo al pensar que el mundo científico se rendiría a sus logros. No, aún tenían que pasar muchos años antes de que la Parapsicología pudiera ocupar el lugar que merecía junto a las demás ciencias naturales.

    Se acercó a la puerta principal y la abrió. Brillaba la luz del día. Cerrándola de nuevo, se dirigió hacia el teléfono.

    No recibió respuesta. Barrett zarandeó el brazo que llevaba en cabestrillo. Es el momento perfecto para que se estropee el teléfono, pensó mientras seguía esperando. Vamos. No podría sacar a Fischer y a la señorita Tanner de ese lugar si no conseguía ayuda.

    Estaba a punto de colgar cuando alguien descolgó el auricular al otro lado de la línea.

    —¿Sí? —dijo el representante de Deutsch.

    Barrett suspiró aliviado.

    —Ha conseguido inquietarme. Soy Barrett. Necesitamos una ambulancia.

    Silencio.

    —¿Me oye?
    —Sí.
    —¿Puede pedir que la envíen inmediatamente? El señor Fischer y la señorita Tanner necesitan ser hospitalizados lo antes posible.

    No hubo respuesta.

    —¿Me ha entendido?
    —Sí.

    La línea estaba en silencio.

    —¿Ocurre algo? —preguntó Fischer.

    El hombre cogió aire con fuerza.

    —Diablos, esto no es justo para ustedes —dijo, colérico.
    —¿Qué no es justo?

    El hombre titubeó.

    —¿Qué no es justo?

    Volvió a titubear. Entonces, dijo con rapidez.

    —El anciano Deutsch ha fallecido esta mañana.
    —¿Ha muerto?
    —Tenía cáncer terminal. Se tomó demasiadas pastillas para aliviar el dolor. Se mató, accidentalmente.

    Barrett sintió que se le entumecía la mente. ¿Acaso eso va a cambiar las cosas?, oyó que preguntaba su mente. Conocía perfectamente la respuesta.

    —¿Por qué no nos lo ha comunicado? —preguntó.
    —Me ordenaron que no lo hiciera.

    Su hijo, pensó Barrett.

    —Bueno... —dijo débilmente—. ¿Y qué hay de...?
    —Me ordenaron que les abandonara allí dentro.
    —¿Y el dinero? —Barrett necesitaba hacer esa pregunta, a pesar de que conocía la respuesta.
    —No sé nada de eso pero, dadas las circunstancias... —el hombre suspiró—. ¿Tienen algo por escrito?

    Barrett cerró los ojos.

    —No.
    —Ya veo. Entonces, sin duda alguna, ese cabrón que tiene por hijo... —se interrumpió—. Mire, siento no haberles llamado, pero tengo las manos atadas. Debo partir de inmediato hacia Nueva York. Tienen el coche allí. Les sugiero que se marchen. En Caribou Falls hay un hospital. Haré todo lo que pueda para...

    Su voz se desvaneció. Chasqueó los dientes, asqueado.

    —Diablos —dijo por fin—. Probablemente también yo me quede sin trabajo. No puedo soportar a ese hombre. El padre ya era bastante malo, pero...

    Barrett colgó el teléfono sintiendo que una oleada de oscura desesperación invadía su ser. No habría dinero. No podría compensar a Edith. No podría jubilarse. No tendría la oportunidad de descansar. Apoyó la frente en la pared.

    —Oh, no —murmuró.

    El pantano.

    Barret se giró sorprendido y observó el vestíbulo. Aquellas palabras habían saltado en su mente. No, pensó, apretando los dientes con fuerza.

    —No —le dijo a la casa, moviendo la cabeza hacia los lados, con deliberación.

    Empezó a avanzar hacia el salón.

    —No ganarás —dijo—. Puede que no reciba mi dinero, pero no conseguirás derrotarme. No podrás. Conozco tu secreto y voy a destruirte.

    No había sentido tanto odio en toda su vida. Llegó a la arcada y señaló el Reversor con una mirada triunfal.

    —¡Allí!—exclamó—. ¡Allí está! ¡Esa máquina te vencerá!

    Tuvo que apoyarse contra la pared. Se sentía exhausto y dolorido. No importa, se dijo a sí mismo. Entonces, todo su dolor pasó a ocupar un segundo plano. Ya se preocuparía de Fischer y de la señorita Tanner más adelante. Ya se preocuparía de Edith y de sí mismo más adelante. En esos momentos sólo le importaba una cosa: derrotar a la Casa Infernal y culminar con éxito su trabajo.


    10:33 a.m.


    Sintió que su mente empezaba a salir de la oscuridad. La voz de Daniel le adulaba. No debes dormir, le decía. Tenía la impresión de que sus venas y arterias se comprimían y que sus tejidos se contraían mientras su cuerpo forcejeaba por salir de las tinieblas. Sentía una ardiente presión en los riñones. Intentó contenerse, pero no pudo. La presión cada vez era más intensa. Vamos, le decía Daniel. Deja que salga. Florence gimió. No podía parar. Sintió el calor en sus caderas y gritó, avergonzada.

    De pronto despertó. Apartando las mantas, se levantó y observó la húmeda mancha que había en la sábana. Se sintió asqueada. Daniel estaba tan arraigado en su ser que podía controlar el funcionamiento de sus órganos.

    —Florence.

    Miró a su alrededor y vio su rostro proyectado en la lámpara de plata que colgaba del techo.

    —Por favor —le dijo.

    Ella lo miró fijamente. Daniel empezó a sonreír.

    —Por favor —repitió, usando un tono sarcástico.
    —Basta.
    —Por favor.
    —Basta.
    —Por favor —esbozó una sonrisa burlona—. Por favor.
    —Basta ya, Daniel.
    — Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor.

    Florence se giró y avanzó tambaleándose hacia el baño. Una mano fría le cogió por el tobillo y cayó de bruces al suelo. La gélida presencia de Daniel la inundó. Su demoníaca voz aullaba en sus oídos: «¡Por favor, por favor, por favor!». No pudo emitir ningún sonido, pues su presencia parecía aspirarle el aliento.

    —¡Por favor, por favor, por favor! —Daniel empezó a reír con placer sádico.

    ¡Ayúdame, Dios mío! suplicó Florence, agónica.

    —¡Ayúdame Dios mío! —repitió Daniel, con sorna.

    ¡Sálvame!, imploró.

    —¡Sálvame! ¡Sálvame! —dijo Daniel, imitando su voz.

    Florence se tapó los oídos con las manos.

    —¡Ayúdame, Dios mío! —gritó.

    La presencia se desvaneció. Florence respiró convulsivamente. Se puso en pie y avanzó hacia el cuarto de baño.

    —¿Te vas? —dijo la voz de Daniel.

    Intentó resistirse a sus carantoñas. En cuanto entró en el baño, abrió el grifo de agua fría y se humedeció la cara.

    Entonces, se enderezó y contempló su reflejo. Su pálido rostro estaba salpicado de arañazos oscuros y moratones descoloridos, y la parte del cuello y el pecho que alcanzaba a ver estaba moteada de angulosos desgarros. Se inclinó un poco hacia delante y advirtió que sus pechos parecían inflamados y que las marcas de mordiscos estaban prácticamente negras.

    Se puso tensa al oír que la puerta se cerraba. Instantes después, vio su figura reflejada en el espejo de cuerpo entero que había a ese lado de la puerta. Intentó resistirse, pero algo frío serpenteó por su columna vertebral. Se quedó sin aliento, con los ojos abiertos de par en par.

    Momentos después empezó a sonreír. Se dejó caer hacia atrás, con los ojos entrecerrados. Daniel estaba tras ella. Podía sentir su endurecido órgano deslizándose por las profundidades de su recto. Sus manos sujetaban ávidamente sus pechos, amasándolos. Florence se recostó sobre él cuando Edith entró en el baño y, arrodillándose, empezó a lamerle la vagina. La lengua de Florence buscó ansiosamente a Daniel. Esto era lo que deseaba, lo que era.

    Se crispó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. De pronto se vio a sí misma acuclillada ante el espejo, con una expresión de vacío abandono y con los dedos de la mano derecha dentro de su cuerpo. Retiró los dedos al instante, asqueada. Oyó una risa cruel a sus espaldas y se giró. El cuarto de baño estaba vacío. Estaba mirándote, dijo la voz de Daniel en su mente.

    Abrió de golpe la puerta y corrió hacia el dormitorio, seguida por la risa de Daniel. Se inclinó para recoger la bata, pero algo se la quitó de las manos y la lanzó más lejos. Florence corrió tras ella. La bata siguió alejándose de ella. Entonces se detuvo. Es inútil, pensó desesperada. «Es inútil», repitió él. La bata voló por los aires y cayó sobre su cabeza. Tiró de ella y se la puso, abotonándosela con rapidez. Está jugando conmigo, pensó. Me está obligando a hacer todo aquello que más aborrezco.

    —...todo aquello que más aborrezco —repitió él como un loro, hablando en falsete. Entonces empezó a reírse, como si fuera una niñita tonta—. Aquello que más aborrezco. Aquello que más aborrezco.

    Florence cayó sobre sus rodillas junto a la cama y, apoyando ambos brazos sobre el borde del colchón, presionó la frente contra sus manos.

    —Querido Dios, por favor, ayúdame; Nube Roja, ayúdame; espíritus doctores, ayudadme. He sido poseída. Permitid que el fuego del Espíritu Santo queme la enfermedad de mi mente y de mi cuerpo. Permitid que la fuerza de Dios entre en mí. Permitid que su poder instale en mi ser la fuerza necesaria para resistir.
    —Permitid que su divina polla se sumerja en mi boca —siguió diciendo—. Permitid que beba su bendito y ardiente esperma. Permitid...

    Un gemido atormentado escapó de sus labios. Cerrando el puño, acercó el nudillo a su boca y lo mordió hasta que el dolor inundó su mente. Daniel se desvaneció. Tras esperar largo rato, retiró el puño y lo miró. Sus dientes habían desgarrado la piel y la sangre se deslizaba por el dorso de su mano.

    Miró a su alrededor sin saber qué hacer. Parecía que el dolor le había despejado la mente, expulsando a Daniel de su interior. Se levantó, apoyando las manos en el colchón. Ahora, pensó. La capilla. Allí era donde se encontraba la respuesta.

    Cruzó la habitación a toda velocidad y abrió de golpe la puerta. Recorrió el pasillo a todo correr, dirigiéndose hacia las escaleras. Conseguiré llegar, pensó. No puede poseerme en todo momento. Si sigo corriendo, pase lo quépase, conseguiré llegar.

    Se detuvo, con el corazón latiendo con fuerza. Una figura le cerraba el paso: un hombre demacrado vestido con harapos mugrientos. Estaba tan flaco que se le marcaban los huesos, tenía el cabello largo y desgreñado, el rostro deformado por la enfermedad y una boca distendida repleta de dientes gruesos y descoloridos. Sus enrojecidos ojos estaban enterrados en unas cuencas oscuras. Florence lo miró fijamente. Era una de las víctimas de Belasco; ya había tenido ese aspecto antes de morir.

    La figura desapareció y Florence empezó a bajar las escaleras. Un nuevo escalofrío recorrió su columna. Sintió que su sangre era profanada e intentó resistirse, mordiéndose la mano hasta que el dolor obligó a Daniel a huir de nuevo. ¡El dolor era la respuesta! Cada vez que Daniel intentara hacerse con el control, lo expulsaría recurriendo al dolor, porque éste inundaba su mente y no dejaba espacio para él.

    Volvió a detenerse, sobresaltada. Dos figuras yacían al pie de las escaleras: un hombre y una mujer. El hombre hundió un cuchillo en la garganta de la mujer e, instantes después, empezó a serrar la dentada herida, haciendo que la sangre saliera a borbotones y salpicara su rostro retorcido y alegre. ¡Estaba cortándole la cabeza! Florence hundió el puño en su boca y clavó los dientes en él, sintiendo un intenso dolor. El hombre y la mujer se desvanecieron. Siguió bajando las escaleras, preguntándose dónde estarían los demás: Fischer, Edith y Barrett. No importaba. No podían hacer nada para ayudarla.

    Al cruzar el vestíbulo, alcanzó a ver a Barrett en el salón, trabajando en su máquina. Estúpido, pensó. No va a funcionar. Ese estúpido está lleno de mierda...

    ¡No! Volvió a clavarse los dientes en la mano, con los ojos abiertos de par en par. Prefería arrancarse los dedos de un mordisco antes que sucumbir de nuevo al control de Daniel.

    Deseó tener un cuchillo: lo hundiría en su carne de tal forma que el dolor fuera constante. Esa era la respuesta: la agonía impedía que el alma contaminada de Daniel entrara en la suya.

    Empezó a alejarse por el pasillo. Un hombre de ojos desquiciados estaba encorvado sobre la espalda de una mujer desnuda. Ella estaba muerta, con una soga atada al cuello. Tenía el rostro amoratado y los ojos se salían de sus cuencas. Florence hundió los dientes en la mano. La herida era ya tan profunda que se le llenó la boca de sangre. Las figuras se desvanecieron segundos antes de que alcanzara la puerta de la capilla. Delante de ésta había un hombre que parecía estar drogado; sujetaba entre sus labios una mano humana seccionada y estaba chupando uno de sus dedos. Florence se mordió de nuevo el puño. La figura desapareció. Entonces, apoyó su cuerpo contra la puerta y empujó con todas sus fuerzas.

    Se detuvo vacilante al principio de la nave central. Un torbellino de poder sofocaba el aire. Allí estaba el núcleo, el centro. Empezó a avanzar por el pasillo pero retrocedió de un salto cuando vio al gato yaciendo en un charco de sangre. Estaba abierto en canal.

    Movió la cabeza. Ahora no podía detenerse. Estaba a punto de encontrar la respuesta. Había vencido a Daniel y tenía que vencer a la casa. Dejando atrás al gato, siguió caminando hacia el altar. ¡El poder era increíble! Irradiaba por todo su ser, palpitando, empujándola. La oscuridad centelleó en su mente. Volvió a llevarse la dolorida mano a la boca y mordió. La oscuridad se disipó un poco y consiguió oponerse a la voluntad de aquella fuerza. Era como un muro vivo que se alzaba ante ella. Casi había llegado al altar. Tenía los ojos abiertos de par en par, fijos. Ya había ganado su batalla personal. Ahora, con la ayuda de Dios, podría...

    Una debilidad repentina convirtió sus extremidades en roca y cayó de bruces contra el suelo. ¡El poder era demasiado fuerte! Levantó la mirada hacia el crucifijo. Parecía moverse. Lo contempló aterrada. Se estaba abalanzando sobre ella. ¡No!

    Intentó retroceder, pero no pudo. Era como si un imán gigantesco la mantuviera clavada a ese lugar. ¡No! El crucifijo se estaba desplomando. ¡Se le iba a caer encima!

    Florence gritó cuando impactó contra su cabeza y su pecho, derribándola. La inmensa cruz y la figura cayeron sobre ella, aplastándola e impidiéndole respirar. Sintió que el escalofrío serpenteaba de nuevo por su columna vertebral. Intentó gritar, pero no pudo. Su mente quedó envuelta en la oscuridad.

    La posesión terminó inmediatamente.

    Los ojos de Florence se abultaron y su rostro se retorció de agonía. El dolor era tan intenso que no podía respirar. Intentó sacarse de encima el crucifijo, pero pesaba demasiado. El dolor que sintió al intentarlo la amordazó. Yació inmóvil, gimiendo por las infinitas oleadas de agonía que invadían su ser. Empujó el crucifijo con todas sus fuerzas. Éste se movió ligeramente, pero el esfuerzo no le hizo perder la conciencia de puro milagro. Tenía el rostro cenizo, empapado en sudor frío.

    Tardó quince minutos en conseguirlo y, antes de terminar, estuvo a punto de desmayarse en siete ocasiones. Sólo había conseguido mantenerse consciente gracias a su enorme fuerza de voluntad. Por fin apartó el pesado crucifijo e intentó incorporarse, pero aquel movimiento la hizo gritar de dolor. Lentamente, apretando con fuerza sus labios cenizos, consiguió ponerse de rodillas. La sangre empezó a deslizarse por sus muslos.

    Al ver el falo sintió arcadas. Con los ojos vidriosos, se inclinó hacia delante y vertió el contenido de su estómago en el suelo le había engañado. Aquí no había ninguna respuesta. Daniel sólo había querido cometer una última profanación contra su mente y su cuerpo. Florence se secó los labios con la mano. Ya basta, pensó. Miró a su alrededor y vio el inmenso clavo que había al dorso de la cruz. Lo había arrancado de la pared. Se arrastró por el suelo hasta que alcanzó el clavo. Entonces, empezó a cortarse la cara interna de las muñecas con la punta, gimiendo de dolor.

    —Ya basta —dijo, sollozando—. Ya basta.

    Se desplomó. La sangre brotaba de sus muñecas como si fuera agua. Cerró los ojos. Ya no puede hacerme nada más, pensó. Aunque mi alma permanezca cautiva en esta casa, nunca más volveré a ser su marioneta.

    Sintió que la vida escapaba de su cuerpo. Estaba huyendo. Daniel no podría volver a hacerla daño. Las sensaciones la abandonaban; el dolor se desvanecía. Que Dios me perdone por haberme destruido. Era lo que tenía que hacer. Sus labios esbozaron una sonrisa de resignación.

    Él lo entendería.

    Sus ojos se abrieron. ¿Estaba oyendo pasos? Intentó mover la cabeza, pero no pudo. El suelo parecía temblar. Intentó ver algo. ¿Había una figura de pie junto a ella, mirando hacia abajo? No podía enfocar los ojos.

    De pronto supo la verdad. Aterrada, intentó levantarse, pero se sentía demasiado débil. ¡Tenía que hacérselo saber a los demás! Haciendo un terrible esfuerzo, Florence empezó a ponerse en pie. Las nubes de oscuridad la envolvían. Todo su cuerpo estaba entumecido. Giró la cabeza y vio que su sangre se deslizaba por el suelo de madera. ¡Ayúdame, Señor!, suplicó. ¡Era necesario que los demás lo supieran!

    Lentamente, agonizando, extendió el brazo para dar forma a las conmovedoras tiras de color escarlata.


    11:08 a.m.


    Fischer dio un respingo y miró a su alrededor, aterrado. El corazón le latía con fuerza y sentía violentas palpitaciones en la cabeza. Deseaba apoyarla sobre las sábanas, pero algo se lo impedía.

    Dejó caer las piernas por el borde de la cama y se levantó. Tambaleándose, se llevó ambas manos a la cabeza y cerró los ojos. Gimió al recordar que el doctor Barrett le había administrado unas pastillas. ¡Maldito estúpido!, pensó. ¿Habría dormido mucho rato?

    Se dirigió hacia la puerta, moviéndose del mismo modo que un borracho intentando mantener el equilibrio. Avanzó torpemente por el pasillo y se detuvo ante la puerta de la habitación de Florence. No estaba en la cama. Su mirada se precipitó hacia el cuarto de baño. La puerta estaba abierta; no había nadie. Dio media vuelta y volvió a avanzar por el pasillo. ¿Qué cojones le pasaba a Barrett? Intentó moverse con más rapidez, pero el golpe que había recibido en la cabeza le resultaba demasiado doloroso. Unas fuertes arcadas le obligaron á apoyarse en la pared. Parpadeó y movió la cabeza. El dolor se intensificó. ¡Al diablo con él! Siguió adelante, con obstinación. Tenía que encontrarla. Tenía que sacarla de aquel lugar.

    Al pasar por delante de la habitación de los Barrett echó un vistazo a su interior y se vio obligado a detenerse. Entró y miró a su alrededor, con incredulidad. Lionel no estaba allí. ¡Había dejado sola a su mujer! Fischer apretó los dientes, furioso. ¿Qué diablos estaba sucediendo? Cruzó la habitación tan deprisa como le fue posible y acercó la mano a la espalda de Edith.

    Edith se sacudió con fuerza y lo observó boquiabierta.

    —¿Dónde está su marido? —preguntó Fischer.

    La mujer miró a su alrededor, desconcertada.

    —¿No está aquí?

    Edith se levantó. Por la expresión de su rostro, supo que su presencia en la habitación le incomodaba.

    —No importa —farfulló, regresando al pasillo. Edith no dijo nada. Instantes después, pasó junto a él a toda velocidad, gritando: «¡Lionel!».

    Ya había bajado la mitad de las escaleras cuando él consiguió llegar al rellano.

    —¡No vaya sola! —gritó.

    Ella no le prestó atención. Fischer intentó agilizar sus pasos pero, tambaleándose, se vio obligado a detenerse una vez más y a sujetarse a la barandilla. Era como si le estuvieran introduciendo clavos en la cabeza. Se apoyó en la barandilla, temblando.

    —¡Lionel! —gritó Edith, mientras cruzaba el vestíbulo sin parar de correr.

    Fischer oyó una respuesta y abrió los ojos. ¿Dónde iba a estar?, pensó con amargura. El doctor Barrett estaba tan ansioso por demostrar su teoría que había dejado sola a su mujer, ignorando por completo el hecho de que Florence estuviera poseída. ¡Maldito estúpido!

    Fischer descendió lentamente los escalones y cruzó el vestíbulo de entrada, apretando los dientes por el dolor. Al entrar en el salón vio que Edith y Barrett estaban de pie junto al Reversor.

    —¿Dónde está Florence?—preguntó.

    Barrett lo miró con una expresión vacía.

    —¿Y bien?
    —¿No está en su habitación?
    —¿Si estuviese allí, cree que le haría esta pregunta? —espetó Fischer.

    Barrett se acercó cojeando hacia él, seguido de Edith. Por la expresión de su rostro, Fischer supo que también se sentía molesta con su marido.

    —Pero he estado atento —dijo Barrett—. Hace un rato fui a ver cómo estaban. Y las pastillas que le administré...
    —¡Al diablo con sus pastillas! —le cortó Fischer—. ¿Acaso cree que una posesión puede detenerse con somníferos?
    —No creo que...
    —¡No me importa lo que usted crea! —Ahora le dolía tanto la cabeza que apenas podía ver—. Florence ha desaparecido. ¡Eso es lo único que importa!
    —La encontraremos —dijo Barrett, aunque su voz carecía de aplomo. Miró a su alrededor, inquieto—. Primero comprobaremos el sótano. Podría...

    Se interrumpió al ver que Fischer se sujetaba con fuerza la cabeza, con el rostro distendido por el agónico dolor.

    —Debería sentarse —le dijo.
    —¡Cállese! —gritó Fischer, con voz ronca. Se encorvó, sofocando las arcadas.
    —Fischer... —dijo Barrett, acercándose a él.

    Fischer se dejó caer sobre una silla y se desplomó. Barrett corrió hacia él lo más deprisa que pudo y Edith lo siguió. Se detuvieron al ver que sacudía con fuerza las manos y los miraba con consternación.

    —¿Qué sucede? —preguntó Barrett.

    Fischer empezó a temblar.

    —¿Qué ocurre? —el doctor repitió su pregunta, levantando la voz. La mirada de Fischer le inquietaba.
    —La capilla.

    El grito horrorizado de Edith perforó el aire. Dio media vuelta y chocó contra la pared.

    —Oh, Dios mío —murmuró su marido.

    Fischer avanzó lentamente hacia el cadáver y lo observó. Sus ojos abiertos miraban hacia arriba y tenía el rostro del color de la pálida cera. Deslizó la mirada hacia los órganos genitales: estaban cubiertos de sangre coagulada y sus tejidos externos estaban desgarrados.

    Se giró cuando Barrett se detuvo junto a él.

    —¿Qué le ha sucedido? —preguntó el anciano, con un hilo de voz.
    —Ha sido asesinada —respondió Fischer envenenado—. Asesinada por esta casa.

    Se puso tenso, esperando que el doctor le llevara la contraria, pero no lo hizo.

    —No comprendo cómo fue capaz de levantarse de la cama con todos los sedantes que había en su cuerpo —fue lo único que dijo, con un tono de culpabilidad.

    Vio que Fischer se giraba para contemplar el crucifijo que yacía en el suelo y le imitó. Al ver la sangre del falo de madera, sintió que las paredes de su estómago se contraían.

    —¡Dios mío! —dijo.
    —En este lugar no existe —murmuró Fischer. Entonces, como si estuviera sufriendo un ataque de locura, gritó—: ¡En esta jodida casa, Dios no existe!

    Al instante, Edith se giró y miró a Fischer, asombrada. Barrett empezó a hablar pero, tras pensárselo de nuevo, decidió guardar silencio. Cogió aire, temblando. La capilla olía a sangre.

    —Será mejor que la saquemos de aquí.
    —Yo lo haré —dijo Fischer.
    —Necesitará ayuda.
    —Lo haré yo.

    Barrett se estremeció al ver la expresión de su rostro.

    —De acuerdo.

    Fischer se agachó junto al cadáver. La oscuridad palpitaba ante él y, para no caerse, tuvo que apoyar ambas manos en el suelo. Advirtió que se hundían en la sangre de Florence. Al cabo de unos instantes, su visión se despejó y observó su rostro. Lo intentó con todas sus fuerzas, pensó. Extendió el brazo y le cerró suavemente los párpados.

    —¿Qué es eso? —preguntó Barrett.

    Fischer levantó la mirada, con una mueca de dolor. El doctor estaba junto al cadáver, observando el suelo. Siguió su mirada, pero estaba tan oscuro que no pudo ver nada. Oyó que Barrett rebuscaba en sus bolsillos y que, poco después, encendía una cerilla. El destello de la luz hizo que sus ojos se contrajeran, atormentados.

    Florence había trazado un símbolo en el suelo, empapando un dedo en su propia sangre. Era un círculo tosco, con algo garabateado en su interior. Fischer lo observó atentamente, intentando descifrarlo. De pronto supo qué era.

    —Parece la letra «B» —dijo Barrett, en ese mismo instante.


    11:47 a.m.


    Estaban de pie en el umbral, observando a Fischer. Éste se alejó lentamente, hasta desaparecer entre la niebla. El doctor dio media vuelta.

    —Bueno... —dijo.

    Edith lo siguió hasta el salón, pero se detuvo en la entrada, intentando con todas sus fuerzas no pensar en Florence. Barrett avanzó cojeando hacia el Reversor para efectuar una comprobación final. En cuanto terminó, se volvió hacia su mujer.

    —Todo está listo —anunció.

    Edith deseó con toda su alma poder experimentar la emoción que sentía su marido.

    —Sé que es un momento muy importante para ti —comentó.
    —Es importante para la ciencia —corrigió él, volviéndose hacia el Reversor. Puso en hora el reloj, movió diversas manijas y, tras vacilar unos instantes, apretó el interruptor.

    Durante diversos segundos, Edith tuvo la impresión de que no sucedía nada. Entonces alcanzó a oír un zumbido resonante en el interior de la gigantesca estructura. Lentamente, el zumbido fue cobrando fuerza y empezó a sentir una palpitación en el suelo.

    Observó con atención el Reversor. El zumbido aumentaba en tono y volumen, y la vibración del suelo se intensificaba. Podía sentirla subiendo por sus piernas, adentrándose en su cuerpo. Fuerza, pensó. Lo único que puede enfrentarse a esta casa. No lo comprendía, pero sintiendo aquellas fuertes palpitaciones en su cuerpo y un intenso dolor en los oídos a causa de la reverberación, estuvo a punto de creer.

    Se quedó boquiabierta al ver que los tubos que había tras el enrejado del Reversor emitían una radiante fosforescencia. Barrett retrocedió lentamente y sacó el reloj de su bolsillo con dedos temblorosos. Eran las doce en punto. En el momento preciso, pensó. Tras guardar de nuevo el reloj, miró a Edith.

    —Tenemos que irnos.

    Antes de poner en marcha la máquina, Barrett había bajado los abrigos y los había dejado sobre la mesa que se alzaba frente a la puerta principal. Apremiante, sujetó el abrigo de su mujer mientras ésta se lo ponía. A continuación, Edith le ayudó a ponerse el suyo, echando un vistazo al salón. Incluso a esa distancia, el sonido resultaba doloroso y se podían sentir las palpitaciones en el suelo. De repente advirtieron que un jarrón cercano empezaba a vibrar.

    —Deprisa —le apremió Barrett.

    Momentos después habían abandonado la casa y se alejaban con rapidez por el camino de gravilla, rodeando el pantano. El sonido del Reversor se desvaneció a sus espaldas. Mientras cruzaban el puente, Edith vio que el Cadillac asomaba entre la niebla y se estremeció al pensar que Florence estaba en su interior.

    Barrett abrió la puerta trasera y dio un respingo al ver que el cadáver, cubierto con una manta, descansaba sobre el asiento, con la cabeza y el torso apoyados en el regazo de Fischer.

    —¿No podríamos...? —empezó a decir, pero se detuvo al ver la mirada del hombre. Tras vacilar unos instantes, cerró la puerta. Estando tan cerca del límite como estaba, era mejor que no se enfrentara a Fischer.
    —¿Está allí atrás, con él? —preguntó Edith, en un susurro.
    —Sí.

    Parecía estar a punto de vomitar.

    —No puedo sentarme allí con... —fue incapaz de terminar la frase.
    —Nos sentaremos delante.
    —¿No podemos volver a la casa? —preguntó, sin ser del todo consciente de lo grotesca que resultaba aquella petición.
    —Por supuesto que no. La radiación nos mataría.

    Ella lo miró fijamente durante un largo instante.

    —De acuerdo —dijo, por fin.

    Mientras ocupaban los asientos delanteros y cerraban la puerta, Barrett echó un vistazo por el retrovisor. Fischer estaba inclinado sobre el cuerpo de Florence, con la barbilla apoyada sobre lo que debía de ser la parte superior de su cabeza. ¿Cuánto le habrá afectado su muerte?, se preguntó.

    Entonces recordó la noticia y se volvió hacia su mujer.

    —Deutsch ha muerto —informó.

    Edith guardó silencio unos instantes.

    —No importa —dijo finalmente, moviendo la cabeza.

    De pronto, Barrett sintió una oleada de rabia, ¿Cómo que no importa? Apartó la mirada. ¿Por qué estamos aquí, entonces? Había aceptado el trabajo porque deseaba que a su mujer nunca le faltara de nada. Si a ella no le importaba...

    Intentó olvidar su enfado. ¿Qué más podía decirle? Se enderezó, esbozando una mueca de dolor al mover el pulgar.

    —¿Fischer?

    No hubo respuesta. Barrett se giró.

    —Deutsch ha muerto —dijo—. Su hijo se niega a pagarnos.
    —Pues bueno —murmuró.

    Barrett vio que sus dedos se cerraban con fuerza en el hombro de Florence. Volvió a girarse y se llevó la mano al bolsillo del abrigo para coger las llaves. Sin mirarlas, encontró la de contacto y, tras introducirla en la ranura, la giró de modo que sólo se activara el sistema electrónico. No había gasolina suficiente para mantener el motor encendido durante cuarenta minutos y poder calentar el interior del coche. ¡Mierda! Tendría que haber pensado en traer más mantas de la casa y algo de brandy.

    Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Bueno, tendrían que soportarlo, eso era todo. Personalmente, no le importaba un... Sin embargo, este momento era demasiado importante para él, así que no iba a permitir que nada lo eclipsara.

    Tras los muros sin ventanas que se alzaban a cientos de metros de distancia, la Casa Infernal agonizaba.


    12:45 P.M.


    Barrett cerró de golpe la tapa de su reloj de bolsillo. Se volvió hacia Edith y advirtió que su rostro no expresaba emoción alguna. Estaba empezando a hartarse de su falta de interés. Entonces, se dio cuenta de que su mujer era incapaz de asimilar todo lo que había sucedido en el interior de la casa. Le dio unas palmaditas en la mano.

    —¿Fischer?

    Al girarse, vio que seguía inclinado sobre Florence, abrazando su cuerpo contra el suyo. El hombre levantó la mirada lentamente.

    —¿Va a regresar con nosotros?

    Fischer no dijo nada.

    —La casa está vacía.
    —¿En serio?

    Barrett reprimió una sonrisa. No podía culpar a ese hombre: después de lo que había sucedido durante la semana, él mismo reconocía que su afirmación resultaba disparatada.

    —Necesito que me acompañe —dijo.
    —¿Porqué?
    —Para que verifique que la casa está despejada.
    —¿Y si no lo está?
    —Le garantizo que lo está. —Barrett esperó a que Fischer tomara una decisión. Al ver que no decía nada, añadió—: Sólo serán unos minutos.

    Fischer lo observó en silencio unos instantes. Entonces, movió cuidadosamente el cuerpo de Florence y, arrodillándose en el suelo, la tumbó sobre el asiento. La miró durante un prolongado momento antes de apartar los brazos y abrir la puerta.

    Se reunieron delante del coche. Un dejà vu, pensó Edith. Era como si el tiempo hubiera retrocedido y estuvieran a punto de entrar en la casa por primera vez. Sólo la ausencia de Florence impedía que la ilusión estuviera completa. Estremeciéndose, se subió el cuello del abrigo. Se sentía entumecida por el frío.

    Durante la espera, Lionel había conectado el motor y la calefacción a breves intervalos, pero cada vez que los había apagado, el frío no había tardado en regresar.

    El paseo hasta la casa le recordó misteriosamente al del lunes: sus pasos resonando por el puente de hormigón; la limusina siendo engullida por la niebla; la larga caminata para rodear el pantano; el terrible hedor que entraba por sus fosas nasales; el crujido de la gravilla bajo sus pies; el frío que se abría camino por su carne; la sensación de que la mansión surgía amenazadora ante ellos. Era inútil. No podía creer que Lionel tuviera razón... y eso sólo significaba que estaban regresando a las fauces del lobo. Tres de ellos habían logrado salir con vida de ese lugar y ahora, por increíble que pareciera, estaban regresando. Aunque Lionel conociera los efectos de su Reversor, resultaba imposible comprender la estupidez suicida que estaban cometiendo.

    Los últimos metros por el camino de gravilla. La aproximación a los amplios escalones del porche. El chasquido de sus pasos sobre el cemento. La puerta doble ante ellos. Edith se estremeció. No, pensó. No pienso volverá entrar.

    Entonces, su marido sujetó la puerta para que pasara y, sin decir ni una palabra, Edith entró de nuevo en la Casa Infernal.

    Mientras su marido cerraba la puerta, vio que el jarrón había caído al suelo y se había roto en mil pedazos.

    Barrett miró a Fischer con ojos inquisidores.

    —No lo sé —respondió él.

    Barrett se puso tenso.

    —Tiene que abrirse.

    ¿Era posible que Fischer hubiera perdido su percepción extrasensorial? Podía haber pedido que enviaran a otro médium psíquico y no lo había hecho. ¡Había sido un estúpido!

    Fischer se alejó de ellos, mirando a su alrededor, inquieto. Sentía algo distinto, pero sabía que podía ser una trampa. Ya le habían engañado antes. No se atrevía a exponerse a eso una vez, más.

    Barrett lo observó, impaciente. Edith miró de reojo a su marido y advirtió su nerviosismo.

    —Inténtelo, señor Fischer —dijo el doctor, con brusquedad—. Le garantizo que no habrá ningún problema.

    Fischer no lo miró. Recorrió el vestíbulo. Por increíble que fuera, la atmósfera había cambiado. Lo había percibido sin necesidad de abrirse. Sin embargo, ¿cuánto había cambiado? ¿Cuánta fe podía tener en el doctor Barrett? Su teoría sonaba bien pero, al fin y al cabo, le estaba pidiendo que confiara en una simple teoría. Le estaba pidiendo que pusiera en peligro su vida una vez más.

    Siguió caminando. Ahora estaba cruzando la arcada, dirigiéndose al salón. Oía los pasos del doctor a sus espaldas. Al llegar al salón, se detuvo y miró a su alrededor. En el suelo se diseminaban diversos objetos rotos. Enfrente de él, un tapiz colgaba torcido de la pared. ¿Qué había hecho el Reversor? Se moría de ganas de saberlo, pero le daba mucho miedo averiguarlo.

    —¿Bien? —preguntó Barrett.

    Fischer le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio. Lo haré cuando esté preparado, pensó enojado.

    Permaneció inmóvil, escuchando, esperando.

    De pronto, dejándose llevar por un impulso, dejó caer las barreras. Cerró los ojos y extendió los brazos, las manos y los dedos, atrayendo cualquier poder que revoloteara por la atmósfera.

    Entonces abrió los ojos y miró a su alrededor, desconcertado.

    No había nada.

    La desconfianza regresó. Dio media vuelta y pasó como un rayo junto al matrimonio. Edith se alarmó, pero su marido la cogió del brazo para intentar tranquilizarla.

    —Está asombrado porque no percibe nada —le explicó.

    Fischer corrió hacia el vestíbulo. Nada. Recorrió el pasillo a toda velocidad, dirigiéndose hacia la capilla, y abrió la puerta de golpe. Nada. Avanzó hasta las escaleras y bajó los escalones, de dos en dos, ignorando su dolor de cabeza. Extendió los brazos para abrir las puertas giratorias de la piscina sin tener que detenerse y corrió hacia la sauna. Abrió la puerta, preparándose para lo peor y...

    Nada.

    Empezó a desandar sus pasos, sintiendo un temor reverencial.

    —No me lo creo.

    Corrió junto al borde de la piscina para regresar al pasillo que conducía a la bodega. Nada. Subió precipitadamente las escaleras, jadeando. El teatro. Nada. La sala de baile. Nada. La sala de billar. Nada. Recorrió el pasillo a grandes zancadas. La cocina. Nada. El comedor. Nada. Cruzó a toda velocidad el salón y regresó al vestíbulo. Barrett y Edith seguían allí. Fischer se detuvo jadeando ante ellos. Empezó a hablar, pero se interrumpió y desapareció escaleras arriba. Barrett sintió una oleada de euforia.

    —Ya está —dijo—. ¡Lo he conseguido, Edith! ¡Lo he conseguido!

    La rodeó con sus brazos, acercándola a él. El corazón de Edith latía con fuerza. Aún no podía creerlo, pero Fischer estaba fuera de sí. Al mirarlo, vio que estaba subiendo los escalones de dos en dos.

    Fischer corrió por el pasillo hasta la habitación de los Barrett y entró. ¡Nada! Mientras giraba sobre sus talones, se le escapó un grito de fascinación. Regresó de nuevo al pasillo y se dirigió al cuarto de Florence. ¡Nada! Avanzó hasta su habitación. ¡Nada! Corrió al apartamento de Belasco. ¡Nada! ¡Dios Todopoderoso! ¡Nada! Sentía un martilleo en la cabeza, pero no le importaba. Se alejó precipitadamente por el pasillo, abriendo las puertas de las demás habitaciones. ¡Nada! ¡Fuera adonde fuera, no percibía nada, absolutamente nada! Se llenó de júbilo. ¡Barrett lo había conseguido!

    ¡La Casa Infernal estaba vacía!

    Necesitaba sentarse. Avanzó tambaleándose hasta la silla más cercana y se dejó caer sobre ella. La Casa Infernal estaba vacía. Era increíble. Apartó de su cabeza la idea de que tendría que dejar de creer en todo lo que había creído hasta entonces.

    No le importaba. La Casa Infernal ha sido despejada, exorcizada por ese fantástico... ¿qué?... que había allí abajo. Empezó a reír a carcajadas. ¡Y él había dicho que no era más que un montón de chatarra! ¡Dios mío, un montón de chatarra! ¿Por qué Barrett no le había pegado un puñetazo en la boca?

    Se recostó sobre la silla con los ojos cerrados, intentando recuperar el aliento.

    De repente reaccionó. Si ella hubiera resistido una hora más. ¡Sólo una hora más! Se inundó de cólera. ¡Barrett no debería haberla dejado sola!

    Pero su enfado no podía durar. Se sentía avasallado por el respeto que sentía en esos momentos hacia el doctor. Barrett se había limitado a realizar su trabajo con paciencia y obstinación, sabiendo que tanto él como Florence pensaban que estaba equivocado. Pero siempre había tenido razón. Fischer movió la cabeza, maravillado. Era un milagro. Respiró profundamente y se vio obligado a sonreír. El aire seguía apestando.

    Pero ya no llevaba consigo el hedor de los muertos.


    2:01 P.M.


    Fischer frenó un poco cuando el Cadillac se sumergió en otro banco de niebla impenetrable. Había decidido quedarse con el coche, venderlo y dividir la cantidad que consiguiera con Barrett. Si no conseguía venderlo, lo hundiría en un lago. Pasara lo que pasara, Deutsch no volvería a verlo en toda su vida. Deseaba que Barrett encontrara la forma de sacar el Reversor de la Casa Infernal antes de que Deutsch pudiera ponerle las manos encima, pues ese aparato debía de costar una pequeña fortuna.

    Mientras atravesaba el oscuro bosque, conectó los limpiaparabrisas sin apartar los ojos de la carretera. Intentaba encajar las piezas del puzzle en su mente.

    En primer lugar, el doctor siempre había tenido razón: el poder de la casa era un residuo masivo de radiación electromagnética. Barrett lo había anulado y había desaparecido. ¿Qué sucedía ahora con las creencias de Florence? ¿Habían quedado totalmente invalidadas? ¿Acaso, tal y como Barrett había afirmado, la médium había creado su propia obsesión y había manipulado inconscientemente la energía de la casa para demostrar su teoría? Esta explicación parecía satisfactoria. Sus propias creencias también se habían ido al traste, pero todo encajaba.

    ¿Por qué el inconsciente de Florence había decidido desarrollar un fenómeno desconocido para ella? No tardó en conocer la respuesta: para convencer a Barrett, quien consideraba que los únicos fenómenos significativos eran los de carácter físico.

    Sin embargo, Daniel Belasco realmente existió. Alguien lo había encerrado vivo entre aquellas paredes... probablemente su padre. Florence lo había descubierto psíquicamente, leyendo la energía de la casa como si fuera el banco de datos de un ordenador. Por lo tanto, Daniel Belasco había sido la fuerza que le había hecho interpretar erróneamente esos hechos.

    ¿Pero por qué había permitido que su error la condujera al suicidio? Esta pregunta le desconcertaba. Si durante toda su vida había sido una vidente perspicaz, ¿cómo era posible que hubiera recurrido al suicidio para demostrar que tenía razón? ¿Acaso ese era el tipo de persona que siempre había sido? ¿De puertas hacia fuera se habría mostrado siempre de un modo distinto a como era en realidad? Parecía imposible. Durante muchos años había trabajado como médium psíquica sin sufrir daño alguno ni infligirlo, pero en esta ocasión había atacado a Barrett. ¿Acaso el poder de la Casa Infernal era tan sobrecogedor que no había sido capaz de afrontarlo? Estaba seguro de que Barrett habría respondido afirmativamente a esta pregunta. Además, él mismo se había enfrentado a ese poder el día anterior y había estado a punto de ser destruido. De todos modos...

    Fischer encendió un cigarro y exhaló el humo. Se vio obligado a reflexionar de nuevo sobre el inexpugnable hecho de que la casa estuviera vacía. Barrett tenía razón; era imposible negarlo. Su teoría tenía sentido: para funcionar, el poder informe de la casa requería la concentración de vientos invasores. Se preguntó en qué estado habría permanecido la casa entre el año 1940 y el lunes anterior. ¿Habría estado silenciosa? ¿Inactiva? ¿Esperando la entrada de un nuevo ser inteligente? Seguro... pues Barrett tenía razón.

    Tenía razón.

    Intentó apartar de su mente las dudas que le acechaban. ¿Cómo era posible que siguiera desconfiando si había estado en su interior? ¡Había corrido de una habitación a otra con los sentidos completamente abiertos y no había percibido nada! La Casa Infernal estaba vacía. Pero entonces, ¿por qué le invadían aquellas estúpidas dudas?

    Porque todo ha sido demasiado sencillo, descubrió repentinamente.

    ¿Y qué sucedía con los desastres de 1931 y 1940? Había participado en uno de ellos y sabía lo increíblemente complejos que habían sido los acontecimientos. Pensó en la lista del doctor Barrett: debía de haber más de cien fenómenos distintos enumerados en ella... y los incidentes de esa semana habían sido asombrosamente variados. No tenía ningún sentido que toda esa radiación se hubiera apagado como una lámpara. Sabía que no era lógico que justificara sus sospechas, pero tampoco podía ignorarlas. En el pasado habían existido demasiadas «respuestas finales». Demasiadas personas habían afirmado conocer el secreto de la Casa Infernal. La propia Florence lo había creído, y su error le había conducido a la destrucción. Ahora, era Barrett quien creía haber encontrado la respuesta final. Por supuesto que parecía haber demostrado por completo su teoría pero... ¿y si estaba equivocado? Si realmente existía un fenómeno recurrente en la casa, éste era que cada vez que una persona creía haber encontrado la respuesta definitiva, la casa iniciaba su ataque final.

    Fischer movió la cabeza. Se negaba a creerlo. Por lógica, no podía creerlo. Barrett tenía razón. La casa estaba vacía.

    De pronto, recordó el círculo sangriento del suelo de la capilla con la letra «B» garabateada en su interior. Sin duda alguna, hacía referencia a Belasco. ¿Por qué habría hecho eso Florence? ¿Acaso sus sentidos habían quedado ofuscados ante la inminencia de su muerte? ¿O habían sido cristalizados?

    No. No podía haber sido Belasco. La casa estaba vacía. ¡Por el amor de Dios, lo había sentido en su propia piel! Barrett siempre había tenido razón. La radiación electromagnética era la respuesta.

    Entonces, ¿por qué su pie apretaba cada vez con más fuerza el acelerador? ¿Por qué su corazón latía con tanta rapidez? ¿Por qué sentía escalofríos en la espalda? ¿Por qué crecía en su interior ese temor que le decía que debía regresar a la casa antes de que fuera demasiado tarde?


    2:17 P.M.


    Barrett salió del cuarto de baño en bata y zapatillas. Avanzó cojeando hasta la cama de Edith y se sentó en el borde. Ella está tumbada, tapada con la colcha.

    —¿Te encuentras mejor? —preguntó Edith.
    —De maravilla.
    —¿Qué tal va ese dedo?
    —Iré a que me lo vean tan pronto como lleguemos a casa. —No deseaba decirle que había intentando quitarse el vendaje en la ducha y que se había visto obligado a dejarlo tal y como estaba porque casi se desmaya del dolor.
    —Regresar a casa. —Edith esbozó una sonrisa confusa—. Supongo que todavía me cuesta creer que realmente vayamos a volver a verla.
    —Mañana estaremos allí. —Barrett hizo una mueca—. Es más, ya estaríamos allí si Deutsch Júnior no fuera un tremendo...
    —...hijo de puta —sentenció su mujer.

    Barrett sonrió.

    —Por decir algo suave. —Entonces, su sonrisa desapareció—. Me temo que nuestra seguridad ha desaparecido, querida.
    —Tú eres mi única seguridad —respondió ella—. Prefiero abandonar esta casa en tu compañía que ganar cien mil dólares.

    Le cogió la mano izquierda antes de continuar.

    —¿Realmente ha acabado todo, Lionel?

    Su marido asintió.

    —Por supuesto.
    —Resulta difícil creerlo.
    —Lo sé —le apretó la mano—. Supongo que no te importará que te recuerde que ya te lo dije, ¿verdad?
    —Claro que no, siempre y cuando sepa que realmente todo ha terminado.
    —Así es.
    —Es una lástima que muriera cuando la respuesta estaba tan cerca.
    —Lo es. Tendría que haberla obligado a marcharse de este lugar.

    Edith envolvió la mano de su marido entre las suyas y la apretó, intentando reconfortarle.

    —Hiciste todo lo que pudiste.
    —No tendría que haberla dejado sola.
    —¿Cómo podías saber que despertaría?
    —No podía saberlo. Es increíble. Su subconsciente estaba tan ansioso por demostrar su mentira que logró que su sistema rechazara los sedantes.
    —Pobre mujer —dijo Edith.
    —Pobre mujer engañada. Incluso en el momento final: garabateando, con su propia sangre, aquel círculo con la letra «B» en su interior. Deseaba creer, incluso mientras agonizaba, que tenía razón; que Belasco, el padre o el hijo... no sé cuál de los dos, la estaba destruyendo. Se negaba a pensar que era su propia mente quien lo estaba haciendo. —Frunció el ceño—. Tuvo que ser un final terrible: atormentada, aterrada...

    Al ver la expresión de Edith, se interrumpió.

    —Lo siento.
    —No te preocupes.

    Esbozó una sonrisa forzada.

    —Bueno, Fischer estará de regreso en una hora y, entonces, podremos irnos. —Frunció el ceño—. Asumiendo que no le hayan detenido cuando entregó el cadáver.
    —No puedo decir que vaya a echar de menos este lugar —dijo Edith, al cabo de un rato.

    Barrett rió suavemente.

    —Yo tampoco. Sin embargo... —Reflexionó unos instantes—. Es el escenario de mi... ¿cómo podría llamarlo? ¿Triunfo?
    —Sí —asintió ella—. Es un triunfo. Realmente soy incapaz de comprender lo que has hecho, pero asumo que se trata de algo sumamente importante.
    —Bueno, yo tengo la impresión de que, a partir de ahora, la sociedad educada mirará con otros ojos la Parapsicología.

    Edith sonrió.

    —Porque es una ciencia, no una farsa —continuó—. Supongo que sus detractores no serán capaces de comprenderlo, pero estoy seguro de que al menos lo intentarán. Suelo estar de acuerdo con ellos cuando critican el enfoque habitual de los fenómenos psíquicos; incluso me parece justificable que les moleste el aura de farsa que envuelve a la mayoría de estos fenómenos y personas que los defienden. En general, las ciencias que llevan integrada la palabra «psi» no suelen infundir respeto y, por lo tanto, los críticos prefieren ridiculizarlas antes que arriesgarse a ser objeto de burla por analizarlas con seriedad. Por desgracia, se trata de una valoración a priori, realizada al cien por cien mediante métodos no científicos. Me temo que seguirán pasando por alto la importancia de la parapsicología hasta que sean capaces, tal y como dijo Huxley, de exponerse a los hechos del mismo modo que un niño pequeño; hasta que estén preparados para renunciar a cualquier idea preconcebida y sigan con humildad el camino por el que les dirija su naturaleza, hasta dondequiera que les conduzca. Y hasta aquí llega mi discurso —dijo, riéndose entre dientes, al darse cuenta de que estaba disertando. Mientras se inclinaba para besarla suavemente en la mejilla, le susurró al oído—: El conferenciante te ama.
    —Oh, Lionel. —Edith le acarició la espalda—. Yo también te amo. Y estoy muy orgullosa de ti.

    Se había quedado dormida. Con mucho cuidado, Barrett separó su mano de las suyas y se levantó. La miró con una sonrisa en la boca. Merecía dormir. Desde que entraron en la Casa Infernal, no había podido descansar ni una sola noche.

    Su sonrisa se hizo más grande al recordar que ya no era la Casa Infernal. De hoy en adelante, simplemente sería la Casa Belasco.

    Mientras se vestía con movimientos lentos y contenidos, se preguntó qué ocurriría con la casa. En su opinión, debería convertirse en un altar para la ciencia, pero estaba seguro de que Deutsch se la vendería al mejor postor. Refunfuñó, divertido: no podía imaginar que hubiera alguien deseoso de comprarla.

    Se peinó, observando su reflejo en el espejo de la pared. Cuando su mirada se posó en la mecedora que había al otro extremo de la habitación, sonrió de nuevo. Ya no habría más escapes de energía cinética. Ya no habría más ráfagas de aire, ni olores, ni percusiones. Nada de nada.

    Cruzó la habitación y salió al pasillo para dirigirse a las escaleras. Se alegraba de que Fischer hubiera insistido en llevar el cadáver de Florence Tanner a la ciudad inmediatamente: sabía que no habría permitido que llevaran su cuerpo en el maletero, pero para Edith habría sido terriblemente doloroso viajar hasta Caribou Falls con un cadáver en el asiento trasero.

    Deseaba que Fischer no tardara demasiado en regresar. Por primera vez en toda la semana empezaba a sentir un gran apetito. Además, le apetecía celebrar su éxito con un banquete por todo lo alto. Pobre Deutsch, pensó de repente. Nunca sabría la verdad. Puede que fuera mejor así, más amable... aunque la verdad es que Deutsch nunca había pedido, ni merecido, amabilidad.

    Bajó las escaleras lentamente, observando el enorme vestíbulo. Un museo, pensó. Ahora que el terror había sido exorcizado, deberían hacer algo con aquella casa.

    Cruzó cojeando el vestíbulo. Después de ducharse había examinado su cuerpo en el espejo del cuarto de baño, imaginando que su aspecto debía de ser similar al que tendría un boxeador profesional después de un combate especialmente duro: tenía contusiones de color púrpura por todas partes; la piel quemada de su pantorrilla seguía contrayéndose y sentía que la zona abrasada tiraba de la piel que había a su alrededor; el roce del pantalón sobre la espinilla también le resultaba doloroso; y respecto a la pierna y el pulgar... Barrett se vio obligado a sonreír. Creo que este año no podré presentarme a las Olimpiadas.

    Cruzó el salón, dirigiéndose al Reversor. Al echar un vistazo al indicador principal se sintió abrumado: 14.780. Nunca había imaginado que la lectura pudiera ser tan elevada. No le asombraba que aquella mansión hubiera sido considerada el Everest de las casas encantadas. Movió la cabeza, casi con admiración. El nombre resultaba sumamente apropiado.

    Dando media vuelta, avanzó hasta la mesa y frunció el ceño al ver la cantidad de cosas que tenía que guardar. Recorrió con la mirada el equipo. Bueno, puede que no fuera necesario empaquetarlo todo: si cubrían con mantas el maletero de la limusina, bastaría con que lo envolvieran en toallas o algo así. Y puede que también me lleve alguna obra de arte, pensó, reprimiendo una sonrisa. Deutsch nunca las echará de menos. Deslizó un dedo por la superficie del indicador de REM.

    La aguja se movió.

    Barrett se giró y contempló atentamente la aguja. Volvía a estar quieta. Qué extraño, pensó. Al tocar el indicador, debía de haber cargado la aguja de electricidad estática. No volvería a ocurrir.

    La aguja se movió bruscamente por la esfera y, al instante, regresó a su posición original.

    Barrett sintió un tic nervioso en la mejilla derecha. ¿Qué estaba sucediendo?

    El indicador no podía funcionar por sí solo. La radiación electromagnética sólo se convertía en energía mensurable ante la presencia de una persona dotada de poderes psíquicos. Soltó una fría carcajada. Después de todos estos años, resultaría grotesco descubrir que soy un médium, pensó. Chasqueó los dientes. Eso era absurdo. Además, en la casa no quedaba ningún tipo de radiación. La había eliminado por completo.

    La aguja empezó a moverse. No saltó ni vibró, sino que avanzó lentamente por la esfera, como si estuviera registrando un incremento en la radiación.

    —No. —Barrett parecía irritado—. Esto es ridículo.

    La aguja siguió girando. Barrett vio que rebasaba la marca de cien e, instantes después, la de ciento cincuenta. Movió la cabeza. Eso era absurdo. No podía activarse por sí solo. Además, en la casa no quedaba ningún tipo de energía que pudiera ser registrado.

    —No —repitió. En su voz había más ira que consternación. Simplemente, eso no podía estar sucediendo.

    Levantó la cabeza con tanta rapidez que sintió un latigazo en el cuello. La aguja del dinamómetro estaba trazando un arco sobre la esfera. Es imposible. Desvió la mirada hacia el termómetro: empezaba a registrar un descenso en la temperatura.

    —No —dijo. Tenía el rostro completamente pálido. Eso no tenía ningún sentido. Era completamente ilógico.

    Contuvo el aliento cuando la cámara hizo un chasquido. Al mirarla, oyó que la cinta que había en su interior empezaba a girar. Entonces sonó un nuevo chasquido: la lente se había cerrado. Jadeó. Todos sus músculos se contrajeron cuando las luces de colores del panel de instrumentos se encendieron, se apagaron y volvieron a encenderse.

    —No —movió la cabeza, negándose a claudicar. Esto no era aceptable. Era algún tipo de truco. Una farsa.

    Pegó un bote cuando uno de los tubos de ensayo se partió por la mitad y, cayendo de su soporte, se estrelló contra la mesa. ¡Esto no puede estar sucediendo!, oyó que protestaba una voz dentro de su cabeza. De pronto recordó la única pregunta que le había formulado Fischer.

    —¡No! —espetó. Se apartó de la mesa. Era completamente imposible. Una vez disipada, la radiación no podía restablecerse.

    Las luces del panel empezaron a centellear rápidamente.

    —¡No! —gritó colérico.

    ¡Se negaba a creerlo! Las agujas de los medidores no se estaban moviendo. El termómetro no estaba registrando un descenso constante en la temperatura. La estufa eléctrica no se había conectado. Los galvanómetros no estaban haciendo mediciones por sí solos. La cámara no estaba tomando fotografías. Los tubos de ensayo no se estaban rompiendo de uno en uno. La aguja del indicador de REM no había sobrepasado la marca de setecientos. Eran imaginaciones. Sus sentidos estaban ofuscados. Esto no puede estar pasando.

    —¡Es mentira! —gritó, con el rostro distorsionado por la furia—. ¡Es mentira, mentira, mentira!

    Se quedó boquiabierto cuando el medidor de REM empezó a dilatarse. Contempló horrorizado cómo se hinchaba, como si sus bordes y su superficie fueran de plástico. No. Movió la cabeza, negándolo. Se estaba volviendo loco. Aquello era imposible. No podía aceptarlo. Se negaba a...

    Gritó cuando el medidor explotó de repente y gritó una vez más cuando los fragmentos de metal saltaron sobre su rostro y sus ojos. Soltó el bastón para cubrirse la cara. Algo salió disparado de la mesa y retrocedió de un salto, sintiendo que la cámara se estrellaba contra sus piernas. Perdió el equilibrio y, mientras caía, oyó que todo su equipo se precipitaba hacia el suelo, como si alguien lo estuviera tirando. Intentó ver algo, pero no pudo. Se levantó, estupefacto.

    Entonces le atacó: una fuerza aplastante y gélida que lo levantó del suelo como si fuera un muñeco. Gritó aterrado cuando aquella fuerza glacial lo lanzó por los aires y lo arrojó con fuerza contra la parte frontal del Reversor. Barrett oyó el chasquido de su brazo izquierdo al romperse. Chillando de dolor, cayó al suelo.

    La fuerza invisible volvió a sujetarlo y lo llevó a rastras por el salón. Era incapaz de soltarse. Intentó, en vano, gritar socorro. Cuando la fuerza lo soltó, cayó de bruces y salió rodando por el suelo. Una mesa enorme le cerró el paso. Tras palparla, levantó el brazo derecho, pero chocó contra su borde con tanta fuerza que se partió el pulgar herido. Un sofocante grito de agonía salió por su boca. La sangre salía a borbotones. Intentó apoyarse en la mesa para levantarse, pero volvió a caer al suelo de espaldas. Entonces tuvo un oscuro atisbo de su dedo, que seguía unido a su mano gracias a unos finos fragmentos de piel y hueso.

    Intentó luchar contra el poder que lo remolcaba brutalmente por el vestíbulo, pero se sentía impotente, como un juguete entre las garras de una criatura invisible. Con sus ojos ciegos abiertos de par en par y una máscara de terror en el rostro, fue arrastrado hacia el pasillo por los pies. Tenía el pecho inundado de dolor y apretaba las manos contra el corazón. No podía respirar. Se le estaban entumeciendo los brazos y las piernas. Su rostro empezó a oscurecerse, primero en rojo y después, en púrpura. Las venas del cuello se distendieron y los ojos se hincharon. Con la boca abierta, intentó en vano coger aire mientras aquella fuerza salvaje lo arrastraba escaleras abajo, haciendo que su cuerpo rebotara contra los escalones. Tras cruzar las puertas giratorias, sintió que el suelo de baldosas se precipitaba bajo su cuerpo. Entonces, salió disparado por los aires.

    El agua helada envolvió todo su cuerpo. La fuerza empezó a arrastrarlo hacia el fondo, mientras el agua se precipitaba por su garganta. Al sentir que empezaba a ahogarse, intentó liberarse. La fuerza se negaba a soltarlo. El agua entró en sus pulmones. Se inclinó hacia delante y observó el fondo, sabiendo que el final estaba cerca. La sangre del pulgar enturbiaba todo lo que le rodeaba. El poder le obligó a girarse lentamente. Ahora miraba hacia arriba, a través de una neblina rojiza. Había alguien de pie, en el borde de la piscina, mirándolo.

    Los sonidos de su débil forcejeo cesaron. La figura se desdibujó y empezó a desaparecer entre sombras. Barrett se deslizó hacia el fondo y sus ojos se cegaron de nuevo. En algún lugar de las profundidades de su mente seguía centelleando una lánguida inteligencia que gritaba, angustiada: ¡Edith!

    Todo se sumió en la oscuridad, como si estuviera envuelto en un sudario, mientras descendía hacia la larga noche.


    2:46 P.M.


    La mano izquierda de Edith se movió bruscamente. Su anillo de bodas se había partido por la mitad y había caído sobre la cama. Abrió los ojos de par en par. El dormitorio estaba a oscuras.

    —¿Lionel?

    La puerta se abrió. Aunque el pasillo también estaba a oscuras, vio que alguien entraba en la habitación.

    —¿Lionel? —repitió.
    —Sí.

    Se levantó, sintiéndose mareada.

    —¿Qué sucede?
    —Nada que deba preocuparte. El generador se ha apagado.
    —Oh, no —intentó ver algo, pero estaba demasiado oscuro.
    —No es nada importante —dijo Lionel. Oyó sus pasos avanzando por la alfombra y sintió su peso sobre el colchón cuando se sentó al otro lado de la cama. Nerviosa, extendió el brazo y buscó a tientas su mano.
    —¿Estás seguro de que todo va bien?
    —Por supuesto. —La mano empezó a acariciarle el cabello—. No tengas miedo. Aprovechémonos de la situación.
    —¿Qué? —Intentó tocarlo, pero estaba más lejos de lo que había creído.
    —Hace mucho tiempo que no estamos juntos. —La mano de Lionel se deslizó por su mejilla—. Y tú lo necesitas.

    Edith estaba sorprendida. La mano de Lionel se deslizó hasta su pecho izquierdo y empezó a acariciarlo.

    —No, Lionel —dijo.
    —¿Por qué no? —preguntó—. ¿Acaso no soy lo bastante bueno para ti?
    —¿Qué estás...?
    —Fischer sí que es lo bastante bueno —le interrumpió—. Incluso Florence Tanner era lo bastante buena.

    Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de su pecho, lastimándola.

    —¿No te apetece retozar con un anciano?

    Edith intentó apartarle la mano. Sintió que los latidos de su corazón se aceleraban.

    —No —murmuró.
    —Sí —dijo él. Su mano descendió bruscamente y, tras levantarle la falda, desapareció entre sus piernas—. Sí, zorra lesbiana.

    Las luces se encendieron.

    Edith gritó. La mano le soltó, retrocediendo con rapidez. La pálida extremidad, que había sido seccionada por la muñeca, flotó sobre su pecho antes de empezar a hacer piruetas frente a su rostro angustiado. Los extremos de las venas colgaban en el aire. Edith reculó hasta que su espalda chocó contra el cabecero. La mano se abalanzó contra su pecho una vez más y le pellizcó el pezón con el pulgar y el índice. La mujer chilló, intentando quitársela de encima. Entonces saltó hacia delante, como una araña leprosa, y se sujetó ávidamente a su rostro. Un grito enloquecido salió de su garganta. En cuanto aquella gélida mano que llevaba consigo el olor de la tumba retrocedió un poco, Edith levantó las piernas y pataleó con furia. Dando un enorme salto, la mano empezó gesticular en el aire, moviendo los dedos frenéticamente.

    Instantes después, se abalanzó hacia el suelo y desapareció entre las sábanas. La colcha empezó a hincharse como un globo. Jadeando, Edith saltó sobre el colchón y, en cuanto sus pies pisaron el suelo, salió disparada hacia la puerta. La colcha ascendió por los aires y, en un abrir y cerrar de ojos, la mujer quedó envuelta en una nube de polillas. Cruzó a ciegas la habitación, intentando deshacerse del enjambre, pero los insectos la cubrieron por completo, golpeándole en la cara con sus alas grises y revoloteando por su cabello. Cuando intentó gritar, las polillas entraron en su boca. Las escupió, asqueada, y cerró con fuerza los labios. Los insectos se precipitaban contra sus orejas y sus polvorientas alas chocaban salvajemente contra sus ojos. Cubriéndose la cara con ambos brazos, tropezó con la mesa octogonal y empezó a caer.

    Antes de golpear el suelo, las polillas habían desaparecido. Aterrizó con fuerza e intentó ponerse de rodillas. Segundos después, la mesa se desplomó junto a ella y las páginas del manuscrito se diseminaron por la moqueta, antes de ganar altura de nuevo. Edith se giró, aterrorizada, cuando empezaron a romperse en pedazos ante sus ojos. Los trozos se elevaron por los aires y cayeron sobre ella como una lluvia de copos de nieve gigantescos. Edith retrocedió, arrastrándose por el suelo. Un hombre empezó a reír. Miró a su alrededor, muerta de pánico.

    —¿Lionel? —murmuró.
    —¿Lionel? —dijo de nuevo su propia voz, como si fuera una grabación.
    —No —imploró.
    —No —repitió su voz.

    Edith gimoteó y oyó que el gemido se repetía. Empezó a llorar y oyó un sollozo idéntico al suyo en el aire. Impulsándose desesperada, consiguió ponerse en pie y cruzó la habitación a toda velocidad pero, al abrir la puerta, retrocedió de un salto, gritando.

    Florence estaba en el umbral, desnuda, mirándola fijamente. Tenía los muslos y las piernas cubiertos de sangre. Edith chilló. La oscuridad se cernió sobre ella. Empezó a desplomarse.

    Una corriente eléctrica sacudió todo su cuerpo, obligándola a permanecer erguida. La oscuridad se disipó. Estaba totalmente consciente y sabía, mientras cruzaba el umbral vado, que no se había desmayado porque no se lo habían permitido. Corrió por el pasillo, dirigiéndose a las escaleras. El aire era muy espeso y transportaba el hedor del pantano. Una figura le cerró el paso. Edith se detuvo en seco. La mujer, que llevaba un camisón blanco, estaba tan empapada que su negro cabello se aplastaba contra su rostro cenizo. Sostenía algo entre las manos. Edith lo observó con repugnancia: era medio deforme, monstruoso. ¡Ciénaga Bastarda!, gritó una voz en su mente. Retrocedió, gimiendo enloquecida.

    Algo la hizo girar sobre sus talones antes de golpearle en la espalda. Para evitar caerse, empezó a correr, pero enseguida se dio cuenta de que no estaba dirigiéndose hacia las escaleras. Intentó detenerse y dar media vuelta, pero era incapaz de controlar sus pies. Gritó al ver que Florence se abalanzaba sobre ella. Sus gélidas manos la abrazaron y sus labios muertos se apretaron contra los suyos, impidiéndole gritar. Amordazada y muerta de pánico, intentó separarse de ella.

    Florence se desvaneció, haciendo que Edith cayera al suelo. Aterrizó sobre sus rodillas.

    —¡Lionel! —gritó.
    —¡Lionel! —repitió la voz burlona.

    Un gélido viento se precipitó sobre ella, azotándole la ropa y el cabello. Intentó levantarse, pero algo helado se estrelló contra su nuca. Chilló al sentir que unos dientes se clavaban con fuerza en su carne. Levantó los brazos, pero no había nada. Un fétido escupitajo se deslizó por su piel. Palpó los profundos mordiscos.

    —¡Lionel! —gritó angustiada.
    —¡Estoy aquí! —respondió él. Edith levantó la cabeza. Lionel estaba corriendo hacia ella. Se dejó caer entre sus brazos pero al instante retrocedió, con los ojos clavados en el hombre que la abrazaba. Era su padre, con la expresión de abandono de un imbécil en la cara. Tenía la boca entreabierta y la lengua fuera, y sus enrojecidos ojos la miraban con estúpida alegría. La abrazó con fuerza, gimiendo como si fuera una bestia salvaje. Estaba desnudo, hinchado. Edith intentó apartarse de él y echar a correr, pero algo arremetió contra su costado. Perdió el equilibrio y acabó estrellándose contra la barandilla que daba al vestíbulo de entrada. Gritó de dolor. Su padre empezó a acercarse, sujetando su enorme pene con ambas manos. Edith se encaramó a la barandilla para escapar del horror, aún sabiendo que la única salida sería la muerte.

    Unas manos fuertes se cerraron a su alrededor. Edith se giró, aterrada. ¡Era Lionel quien la estaba sujetando! Lo miró fijamente, negándose a creerlo.

    —¡Edith! ¡Soy yo!

    Al oír su voz se abrazó a él, sollozando.

    —¡Sácame de aquí! —imploró.
    —Ahora mismo —respondió él. Pasándole el brazo izquierdo por la cintura, la condujo a todo correr hacia las escaleras. Ella lo observó atentamente. No llevaba bastón ni cojeaba.
    —No —gimió.
    —Casi todo va bien —dijo él, apremiándola a bajar las escaleras.

    Edith intentó apartarse de él.

    —Soy yo —dijo Lionel.

    Incapaz de liberarse, Edith empezó a sollozar. Una risa cavernosa resonó en el aire. Miró a su alrededor y vio que al pie de la escalera se había congregado una multitud que los observaba alborozada. Volvió a mirar a Lionel, pero ya no era él. Ahora era una monstruosa caricatura de sí mismo: todos sus rasgos eran grotescos, exagerados.

    —Soy yo. Soy yo —dijo su voz, cruelmente burlona.

    Forcejeó con él, en vano. La sujetaba con demasiada fuerza. Mientras corrían, no miró ni una sola vez hacia delante: tenía los ojos fijos en ella y una sonrisa burlona en los labios. Edith cerró los ojos.

    ¡Por favor, que todo esto acabe lo más rápido posible!, suplicó.

    El vestíbulo, el pasillo. Sentía que el suelo se precipitaba bajo sus pies. Era incapaz de emitir ningún sonido. La puerta del teatro se abrió de par en par y le obligó a entrar de un empujón. Al abrir los ojos vio que las butacas de terciopelo estaban ocupadas por una muchedumbre desnuda que lamentaba divertida su situación. La llevó a rastras por todo el teatro hasta el escenario. Entonces, la hinchada parodia de Lionel la ató a una columna. Edith observó al público. Todos aullaban con fiera expectación. La mujer gritó cuando le arrancaron la ropa. El público vitoreó. El sonido llegaba amortiguado, como si fuera de otro mundo. Al oír un rugido, giró la cabeza. Un leopardo agazapado contemplaba el escenario. Intentó gritar, pero su garganta no emitió ningún sonido. La audiencia vociferaba. Edith cerró los ojos. De un salto, el leopardo se abalanzó sobre ella. Sus inmensos colmillos se hundieron profundamente en su cabeza y sintió el calor de su ensangrentado aliento en el rostro. Las patas traseras del animal empezaron a moverse con furia, desgarrándole la piel del estómago. Un profundo dolor inundó todo su ser y cayó hacia atrás, chillando.

    Se desplomó sobre el polvoriento escenario. Vacilando, empezó a incorporarse. El teatro estaba vacío. No. Había alguien sentado en la penumbra de la última fila, ataviado con un traje negro. Tuvo la impresión de que una voz profunda resonaba en su mente.

    Bienvenida a mi casa, decía aquella voz.

    Intentó levantarse, pero le fallaron las piernas y cayó contra una pared. Apartándose, se acercó tambaleante hacia los escalones. Lionel estaba delante de ella.

    —Soy yo —dijo.

    Edith lanzó un grito agónico mientras una risa resonaba por el teatro. Corrió hacia la puerta dando bandazos y la abrió. Lionel estaba en el pasillo.

    —Soy yo —repitió.

    Intentó correr hacia el vestíbulo, pero alguien obligó a su cuerpo a girar hacia el lado contrario. Lionel la estaba esperando en el rellano de las escaleras que conducían al sótano.

    —¡Soy yo!—gritó.

    El hueco de la escalera bostezaba a sus pies. Lionel estaba de pie en el fondo, sonriéndole.

    —¡Soy yo! —gritó.

    Las puertas giratorias se abrieron de golpe, chocando contra las paredes. Lionel estaba de pie junto a la piscina.

    —¡Soy yo! —gritó.

    La fuerza le empujaba hacia él. Edith avanzó desconcertada y se detuvo al borde de la piscina. Contempló la ensangrentada agua.

    Lionel flotaba a escasos centímetros de la superficie, con los ojos clavados en ella.

    La locura se apoderó de Edith. Chillando, se alejó corriendo por el pasillo, dando bandazos. Una figura bajó apresuradamente las escaleras y la cogió de los brazos. Ella forcejeó con furia, chillando histérica. La figura le gritó, pero Edith sólo era capaz de oír su propia voz. Algo le golpeó en la mandíbula y, sin parar de gritar, sintió que descendía vertiginosamente hacia la oscuridad.


    3:31 P.M.


    Edith se agitó y abrió los ojos. Durante un largo instante, contempló fijamente la parte delantera del coche. Entonces se giró, confundida, y se estremeció al verlo. Lo observó en silencio.

    —Lamento haber tenido que pegarle un puñetazo —dijo él.
    —¿Fue usted?

    Él asintió.

    Edith miró a su alrededor.

    —Lionel.
    —Su cadáver está en el maletero.

    Acercó la mano a la puerta, pero él la detuvo.

    —No le gustará verlo. —Ella forcejeó, intentando soltarse—. ¡No!

    Edith se dejó caer sobre el asiento, girando la cabeza hacia el otro lado. Fischer permaneció sentado en silencio, escuchando sus sollozos.

    De repente, lo miró.

    —Vayámonos de aquí —dijo.

    Él no se movió.

    —¿Qué sucede?
    —No voy a irme.

    Edith no entendía nada.

    —Voy a volver a entrar.
    —¿Va a entrar? —Estaba desconcertada—. No tiene ni idea de lo que está sucediendo allí.
    —Tengo que...
    —¡No tiene ni idea de lo que está pasando! —le interrumpió—. ¡Ha matado a mi marido! ¡Ha matado a Florence Tanner! ¡Me hubiera matado también a mí si usted no hubiera regresado! ¡Allí dentro, nadie tiene ninguna oportunidad de sobrevivir!

    Fischer no discutió sus palabras.

    —¿No basta con dos muertes? ¿También quiere acabar bajo tierra?
    —No tengo intenciones de morir.

    Edith le cogió la mano con fuerza.

    —No me deje, por favor.
    —Tengo que hacerlo.
    —No.
    —Es necesario.
    —¡Por favor, no lo haga!
    —Edith, tengo que hacerlo.
    —¡No! ¡No tiene que hacerlo! ¡No tiene que hacerlo! No hay ninguna razón para volver a entrar.
    —Edith... —Fischer cogió su mano entre las suyas y esperó a que sus lloros perdieran intensidad—. Escúcheme ahora.

    Ella movió la cabeza, con los ojos cerrados.

    —Tengo que hacerlo. Por Florence. Por su marido.
    —Ellos no querrían que usted...
    —Quiero hacerlo —le interrumpió—. Necesito hacerlo. Si abandono ahora la Casa Infernal, será como cavar mi propia tumba y morir. No he hecho nada en toda la semana. Mientras Florence y su marido hacían todo lo que estaba en su mano para acabar con el encantamiento, yo...
    —¡Pero no lo consiguieron! ¡No existe ningún modo de liberar esta casa!
    —Puede que no. —Hizo una pausa—. Sin embargo, tengo que intentarlo.

    Edith levantó rápidamente la mirada. Al ver la expresión de su rostro, prefirió no decir nada.

    —Tengo que intentarlo —repitió.

    Permanecieron en silencio.

    —Usted sabe conducir, ¿verdad? —preguntó Fischer al cabo de un rato.

    Alcanzó a ver un destello de esperanza en sus ojos.

    —No —respondió.

    Fischer sonrió suavemente.

    —Por supuesto que sabe.

    Edith bajó la cabeza, hundiendo la barbilla en su pecho.

    —Va a morir —dijo—. Como Lionel. Como Edith.

    Fischer suspiró lentamente.

    —Entonces, moriré —respondió.

    Fischer cruzó el puente y avanzó con pesadez por el camino de gravilla que rodeaba el pantano. Ahora estaba solo. Al darse cuenta de ello, sintió un temor tan grande que estuvo a punto de dar media vuelta y correr.

    Edith se había quedado llorando amargamente, a pesar de que había hecho grandes esfuerzos por controlarse. Con las lágrimas deslizándose por sus mejillas, había puesto en marcha el Cadillac y se había alejado entre la niebla. Ahora, no le quedaba más remedio que regresar a la casa. Con el frío que hacía, no podía ir caminando hasta Caribou Falls.

    Las suelas de sus zapatillas de deporte trituraban la gravilla del camino. ¿Qué voy a hacer?, se preguntó. No tenía ni idea. ¿Florence habría conseguido acabar algo? ¿Y Barrett? Era imposible saberlo. Debía asumir la idea de que tendría que empezar de nuevo desde el principio.

    Puso recta la espalda para intentar reprimir sus temblores. No le importaba lo que hubiera que hacer: estaba allí y lo haría. Edith le traería comida y la dejaría en el porche. Tampoco le importaba cuánto iba a durar todo eso. En aquellos momentos, sólo le importaba una cosa.

    Advirtió que llevaba colgando del cuello el medallón que Florence le había regalado. Aunque le había dicho a Edith que también estaba haciendo esto por Barrett, la verdad es que sólo lo hacía por Florence. Ella era la persona a la que podría haber ayudado; la persona a la que debería haber ayudado.

    Ya podía ver la casa, como un acantilado envuelto en niebla que se alzaba ante él. Fischer se detuvo y la observó. Podría llevar en ese lugar más de mil años. ¿Cuál era la respuesta de su encantamiento? No lo sabía. Sin embargo, estaba seguro de que si él no lograba descubrirlo, nadie podría hacerlo.

    Subió silenciosamente los escalones del porche hasta llegar a la puerta. Seguía estando entornada, tal y como la había dejado cuando salió, cargando con el cadáver de Barrett. Vaciló durante un largo momento, consciente de que el hecho de entrar en esa casa iba a decidir, definitiva e irrevocablemente, su destino.

    —¡Al diablo!

    Al fin y al cabo, ¿cuál era su destino? Entró en la casa, cerrando la puerta a sus espaldas. Se acercó al teléfono y levantó el auricular. No había línea. ¿Qué esperabas?, se preguntó a sí mismo. Tiró el aparato sobre la mesa. Ahora estaba completamente desconectado. Se giró y miró a su alrededor.

    Mientras cruzaba el vestíbulo, tuvo la sensación de que la casa se lo estaba tragando vivo.


    6:29 P.M.


    Fischer estaba sentado frente a la enorme mesa redonda del salón, comiendo un bocadillo y bebiendo una taza de café. Edith le había llevado dos bolsas de comida y se había marchado sin decir ni una sola palabra. Esto es de locos; durante la última hora, aquel pensamiento había aparecido en la mente de Fischer más de mil veces.

    La atmósfera de la Casa Infernal estaba completamente calmada.

    Ni siquiera había tenido que abrirse para saberlo. Lo había advertido mientras recorría la casa, subiendo primero las escaleras para echar un vistazo a todas las habitaciones. Si hubiera habido alguna presencia en el aire, la habría percibido. No había nada. Resultaba grotesco. Entonces, ¿qué había acabado con la vida de Barrett de una forma tan brutal? ¿Qué había estado a punto de matar a Edith? Cuando bajó las escaleras del sótano para rescatarla, había sentido con fuerza esa presencia, pero ahora había desaparecido. La casa parecía estar tan vacía como después de que Barrett hubiera usado el Reversor. Estaba seguro de que no era ningún tipo de truco. El día anterior supo, en el mismo instante en que despertó, que algo acechaba la casa. Aunque había subestimado su poder y su astucia, había sabido que estaba allí.

    Ahora había desaparecido.

    Fischer contempló el suelo. Uno de los galvanómetros de Barrett yacía cerca de sus pies, resquebrajado; muelles y resortes sobresalían del agujero a modo de brillantes entrañas. Observó el resto del equipo que se diseminaba, destrozado, sobre la moqueta; regresó al Reversor y se detuvo en la inmensa abolladura de la parte frontal. Algo devastador había asolado aquella habitación, destruyendo el equipo y destruyendo a Barrett.

    ¿Adonde habría ido?

    Suspiró y, apoyando las suelas de sus zapatillas en el borde de la mesa, inclinó la silla un poco hacia atrás. ¿Ahora qué?, pensó. Había regresado con una valiente e impresionante determinación. ¿Para qué? No había hecho más progresos. Ni siquiera parecía haber nada en este lugar con lo que poder trabajar.

    Recorrió todas y cada una de las habitaciones de la primera planta y permaneció durante casi veinte minutos en el comedor, observando los escombros: la mesa gigantesca hundida en la pantalla de la chimenea, la inmensa lámpara destrozada en el suelo, las sillas volcadas, los restos de la vajilla y la cristalería, la cafetera y las bandejas, los objetos de plata que se diseminaban por todas partes, la comida seca, las manchas de café, los amarillentos restos de azúcar y nata. Mientras contemplaba todo aquello, intentaba imaginar qué había sucedido. ¿Quién había tenido razón, Florence o Barrett? ¿Habría sido Florence la causante del ataque, tal y como Barrett había afirmado? ¿O había sido Daniel Belasco, como había repetido Florence una y otra vez?

    Era imposible saberlo. Fischer fue hasta la cocina, cruzó la puerta que daba al oeste y, tras recorrer el pasillo, accedió al salón de baile. ¿Qué había hecho que se movieran las arañas de luces? ¿La radiación electromagnética o los muertos?

    La capilla. ¿Daniel Belasco había poseído a Florence... o había sido un acto de locura suicida?

    Examinó el garaje, el teatro, el sótano, recorrió la piscina, entró en la sauna. ¿Qué había atacado a Barrett en ese lugar? ¿Un poder irreflexivo o Belasco?

    La bodega. Permaneció allí unos minutos, contemplando la sección del muro abierta. Allí no había nada; sólo vacío. ¿Dónde estaba el poder?

    Fischer recogió del suelo la grabadora y la dejó sobre la mesa. Cuando encontró el cable de extensión, lo conectó y se sorprendió al descubrir que aún funcionaba. Rebobinó la cinta y tocó el botón de «play».

    —¡Quieto! —gritó la voz de Barrett. Se oyeron ruidos confusos y una fuerte respiración. ¿Sería él? Entonces el doctor dijo—: La señorita Tanner está saliendo del trance. La retracción prematura ha provocado un breve shock sistémico.

    Tras un prolongado silencio, la grabadora se apagó.

    Fischer rebobinó un poco la cinta y volvió a ponerla en marcha.

    —El velo ectoplasmático empieza a condensarse —dijo la voz de Barrett. Silencio. Fischer recordó el tejido brumoso que había cubierto la cabeza y los hombros de Florence como un húmedo sudario. ¿Por qué había manifestado fenómenos físicos? Esa pregunta todavía le inquietaba—. El filamento aislado se extiende hacia abajo.

    Fischer rebobinó más la cinta y volvió a pulsar el «play».

    —La respiración de la médium es, en este momento, de doscientos diez —estaba diciendo la voz de Barrett—. Dinamómetro: mil cuatrocientos sesenta. Temperatura...

    Su voz se detuvo cuando alguien jadeó. Fischer recordó que había sido Edith. Se produjo un breve silencio antes de que el doctor añadiera:

    —Ozono presente en el aire.

    Fischer detuvo la cinta y dejó que se rebobinara. ¿Qué podía aprender reviviendo esos momentos? No habían aportado nada. Sólo habían servido para que Florence y Barrett confirmaran sus distintas creencias. Detuvo la cinta y la puso en marcha.

    —Participan en la sesión: Doctor Lionel Barrett y señora, señor Benjamin...

    Fischer pulsó el botón de parada y la rebobinó un poco más.

    Cuando volvió a ponerla en marcha, se sobresaltó al oír una voz histérica... era la de Florence, pero sonaba muy diferente. Estaba gritando:

    —...no os quiero hacer daño, pero debo hacerlo. ¡Debo hacerlo! —Un silencio momentáneo y después, una voz sofocada por el odio que decía—: Os lo advierto. Idos de esta casa antes de que os mate.

    Se oyeron unos repentinos golpes y la voz asustada de Edith que preguntaba: «¿Qué es eso?». Fischer detuvo la cinta, la rebobinó y escuchó de nuevo aquella voz amenazadora. ¿Pertenecía a Daniel Belasco? La escuchó cinco veces más, pero fue incapaz de descubrir nada. Puede que Barrett tuviera razón. Podría haber sido el subconsciente de Florence quien había creado la voz, el personaje, la amenaza.

    Murmurando una maldición, rebobinó un poco más la cinta y volvió a conectarla.

    —Vete. Deja la casa —dijo la voz apremiante de Nube Roja. ¿Habría existido alguna vez dicha entidad o también había sido una parte de la personalidad de Florence? Fischer movió la cabeza. Se oyó un gruñido y Nube Roja siguió hablando—: No bueno.

    La voz era muy grave, pero era posible que fuera Florence empleando un registro más bajo.

    —No bueno. Mucho tiempo aquí. No escucha. No comprende. Demasiado enfermo por dentro —Fischer se vio obligado a sonreír, aunque eso le dolió: esa excusa resultaba demasiado pobre en la voz de un indio. Nube Roja siguió hablando—: Límites. Naciones. Términos. No sé qué significa. Extremos y límites. Terminaciones y extremidades —una pausa—. No sé.
    —¡Mierda! —exclamó, apretando el botón que detenía la cinta. La rebobinó un poco más y volvió a ponerla en marcha. Silencio.
    —Ahora, si usted... —empezó a decir Barrett, pero Florence lo interrumpió con una voz profunda—: Nube Roja guía a mujer Tanner. Guía a segundo médium a su lado.

    Escuchó la sesión completa: la voz retumbante del indio; la descripción de la entidad troglodita; la «llegada» del «hombre joven»; la voz histérica que les amenazaba; las violentas percusiones; la voz de Barrett describiendo el inesperado inicio del fenómeno físico.

    La segunda sesión: la invocación y el himno de Florence; su inmersión en el estado de trance; los gemidos graves y desfallecientes; los resuellos; la voz impersonal de Barrett registrando las lecturas de los instrumentos; su descripción de la materialización; la risa envolvente; el grito de Edith.

    La cinta siguió girando en silencio. Fischer extendió el brazo y apagó la grabadora. Nada, pensó. ¿Quién les había engañado para después atacarlos, como Don Quijote?

    Se levantó. No pensaba irse de la casa hasta que sucediera algo, hasta que hubiera encontrado algún hilo que seguir. Tenía que haber alguna respuesta en algún lugar. De acuerdo, volvería a recorrer la casa entera. Seguiría husmeando por todas las esquinas hasta que encontrara la pequeña mota de comprensión que andaba buscando. La casa parecía estar vacía, pero en alguna parte se escondía algo que seguía con vida, algo tan poderoso que era capaz de matar.

    Y estaba decidido a encontrarlo, aunque eso le llevara un año entero.

    Mientras cruzaba el salón, empezó a abrirse. Ahora no parecía haber ningún peligro en ello, aunque tampoco había ninguna razón para hacerlo. Sin embargo, necesitaba hacer algo.

    En el mismo instante en que dejó caer la última de sus defensas, algo le dio un empujón. Estaba accediendo al vestíbulo y aquel empellón inesperado estuvo a punto de derribarlo. Tambaleándose hacia un lado, cerró los brazos automáticamente, preparándose para ofrecer resistencia.

    No sucedió nada más. Fischer frunció el ceño. Sabía que tenía que abrirse una vez más. Por fin había algo tangible... aunque le había cogido por sorpresa. Sin embargo, no se atrevía a exponerse del mismo modo que el día anterior.

    Permaneció en pie, vacilante, percibiendo a la presencia que revoloteaba a su alrededor. Deseaba enfrentarse a ella, pero le daba muchísimo miedo hacerlo.

    Enfadado consigo mismo por su falta de valor, se abrió.

    Inmediatamente, algo lo cogió con fuerza del brazo y lo arrastró con rapidez hasta el pasillo que conducía hacia el sur. Fischer intentó detenerse. Descruzó los brazos porque, a pesar de que le ofrecían protección, cubrían su plexo solar. ¡Tenía que dejar de abrirse y cerrarse como una almeja aterrada!

    Abrió la puerta de su interior lo suficiente como para sentir que la presencia volvía a sujetarlo. Fue empujado de nuevo hacia el pasillo. Era como si unas manos invisibles lo tiraran de la ropa, lo cogieran de la mano, se cerraran alrededor de su brazo. Dejó que lo llevara consigo, sorprendido por su suavidad. No era una fuerza oscura y destructiva. Era como si tu tía soltera te apremiara a ir a la cocina para tomar un vaso de leche con galletas. Fischer incluso tuvo tentaciones de sonreír... Sí, era insistente y severa, pero no resultaba en absoluto amenazadora. Jadeó al descubrir quién era: ¡Florence! ¡Siempre había afirmado que la respuesta se encontraba en la capilla! Una oleada de alegría recorrió todo su ser. ¡Florence intentaba ayudarle! Abrió la pesada puerta y entró.

    La capilla estaba opresivamente silenciosa. Fischer miró a su alrededor, como si intentara verla. No había nada.

    El altar.

    Estas palabras centellearon en su mente con la misma claridad que si alguien las hubiera pronunciado en voz alta. Recorrió la nave con rapidez, dando un respingo al pasar junto al gato y estremeciéndose al ver el crucifijo caído. Al llegar al altar, observó la Biblia. La página por la que estaba abierta llevaba por título NACIMIENTOS. «Daniel Myron Belasco nació a las 2:00 a.m. del 4 de noviembre de 1903». Sintió una gélida decepción. No podía ser eso; era imposible.

    Pegó un brinco cuando las páginas de la Biblia se levantaron de golpe. Entonces, todas y cada una de ellas empezaron a pasar con tanta rapidez que sintió una brisa soplando en su rostro. Cuando se detuvieron, bajó la mirada sin saber cuál era el párrafo que se suponía que debía mirar. Sintió que su mano se levantaba y se movía sobre la página. Su dedo índice señalaba una línea. Se inclinó un poco para leerla.

    «Si el ojo derecho te ofende, arráncatelo».

    Releyó la frase, desconcertado. Tenía la impresión de que Florence estaba junto a él, ansiosa e impaciente; sin embargo, no comprendía nada. Para él, aquellas palabras no tenían ningún sentido.

    —Florence... —empezó a decir.

    Levantó la cabeza bruscamente al oír un desgarro tras el altar. Una tira de papel de empapelar colgaba de la pared, revelando el yeso que se alzaba detrás.

    Fischer gritó al sentir que el medallón le abrasaba el pecho. Frenéticamente, se lo arrancó de un tirón y lo tiró al suelo, siseando de dolor. El medallón se rompió en pedazos. Fischer lo contempló confundido. Los fragmentos rotos habían formado algo similar a la punta de una flecha, que parecía estar señalando hacia...

    Llegó con una precipitación sobrecogedora. Se quedó paralizado de miedo, como un indígena al oír el rugido próximo de un tsunami. Fischer levantó la cabeza, en silencio.

    Un instante después, el poder se estrelló contra él con violencia, empujándolo hacia atrás. Gritó aterrado cuando lo tiró al suelo y lo envolvió en una apabullante oscuridad. No podía hacer nada por resistirse. Impotente, permaneció inmóvil mientras la gélida fuerza lo inundaba, llenando todas y cada una de sus venas de oscura contaminación. ¡Ahora!, aulló una voz triunfal en su cabeza. Y de pronto supo la respuesta, del mismo modo que la habían sabido Florence Tanner y el doctor Barrett. Pero fue consciente de que la sabía porque también él estaba a punto de morir.

    No se movió durante largo rato. Sus ojos no pestañeaban. Parecía un hombre muerto que yacía en el suelo.

    Entonces, muy despacio y sin expresión alguna en el rostro, se levantó y avanzó hacia la puerta. Tras abrirla, recorrió el pasillo en dirección al vestíbulo. Al llegar a la puerta principal, la abrió y salió al exterior. Cruzó el porche, descendió los amplios escalones, accedió al camino de gravilla y empezó a alejarse por él. Mirando en todo momento hacia delante, llegó a la orilla del pantano y pisó el viscoso légamo. El agua le cubrió las rodillas.

    Le pareció oír un grito distante. Parpadeó, pero siguió avanzando. Algo cayó al agua a su lado, lo cogió por el jersey y tiró de él con fuerza, obligándolo a retroceder. Sintió una amarga sacudida en sus órganos vitales y gritó, dolorido. Intentó lanzarse al agua, pero alguien tiraba de él, llevándolo hacia la orilla. Fischer gimió, ansioso por liberarse. Las frías manos lo sujetaron por el cuello. Se retorció gruñendo, intentando soltarse. Los músculos de su estómago se tensaron y, doblándose de dolor, cayó sobre sus rodillas. El agua helada le salpicó la cara. Movió la cabeza e intentó levantarse para volver a hundirse en el pantano. Las manos seguían tirando de él. Al levantar la mirada vio, como a través de un velo gelatinoso, un rostro distorsionado y pálido. Sus labios se movían, pero era incapaz de oír sonido alguno. Levantó la cabeza, ofuscado. Tenía que morir. Lo sabía perfectamente.

    Belasco se lo había dicho.


    7:58 P.M.


    Durante la última media hora Fischer había permanecido encorvado en un rincón del asiento, mirando ciegamente hacia delante, con la cara tan blanca como la tiza y los brazos cruzados sobre el estómago. Sus dientes castañeaban sin cesar y, de vez en cuando, sus ojos se quedaban en blanco durante largos minutos. Temblaba tanto que la manta se le caía de los hombros y Edith había tenido que volver a taparlo en repetidas ocasiones. Sin embargo, Fischer no había respondido en ningún momento a sus atenciones. Era como si fuera invisible para él.

    Había tardado lo que le pareció una eternidad en impedir que se hundiera en el pantano. Aunque cada vez había ofrecido una menor resistencia, sus obvias intenciones de ahogarse habían persistido. Como un sonámbulo, había forcejeado con ella obstinadamente, intentado liberarse. Nada de lo que ella había dicho o hecho había servido de nada. Fischer, que no había hablado en ningún momento, era incapaz de pensar en nada que no fuera su propio suicidio. Le había tirado de la ropa, lo había sujetado con fuerza de las manos, de los brazos y del cabello, lo había abofeteado, pero sus esfuerzos se habían visto frustrados una y otra vez. Para cuando dejó de forcejear, ella estaba tan empapada y exhausta como él.

    Miró a su alrededor, intentando ver el indicador de la gasolina. Había conectado el motor y la calefacción en el mismo instante en que lo metió en el coche y, ahora, el Cadillac estaba templado. En cuanto vio que aún quedaba más de medio depósito, volvió a girarse. El calor no parecía tener el menor efecto en Fischer. Seguía temblando sin parar. Pero Edith sabía que no era frío lo único que sentía. Observó sus paralizados rasgos. El círculo se ha completado, pensó, sin poder evitarlo.

    Los esfuerzos de 1970 por liberar la Casa Infernal se habían convertido en una entrada más de la larga lista de fracasos.

    Fischer se agitó violentamente y cerró los ojos. Sus dientes dejaron de castañear y su cuerpo se quedó inmóvil. Cuando Edith lo observó en ansioso silencio, advirtió que el color estaba regresando a sus mejillas.

    Varios minutos después, abrió los ojos y la miró. Cuando tragó saliva, Edith pudo oír un sonido seco y crujiente en su garganta. Vio que Fischer acercaba lentamente su brazo y le cogía de la mano. Estaba fría como el hielo.

    —Gracias —murmuró.

    Ella fue incapaz de hablar.

    —¿Qué hora es?

    Al echar un vistazo a su reloj, Edith descubrió que se había detenido. Se giró para mirar la hora en el salpicadero.

    —Poco más de las ocho.

    Fischer se recostó sobre el asiento, emitiendo un débil gemido.

    —¿Cómo consiguió traerme hasta aquí?

    La escuchó mientras le contaba lo sucedido.

    —¿Por qué ha regresado? —preguntó, en cuanto acabó la explicación.
    —Tenía la impresión de que usted no debía quedarse solo.
    —¿A pesar de lo que le había sucedido?
    —Tenía que intentarlo.

    Fischer le apretó la mano con fuerza.

    —¿Qué fue lo que ocurrió? —preguntó Edith.
    —Quedé atrapado.
    —¿Dónde?
    —La pregunta es «por quién».

    Ella esperó.

    —Florence nos lo dijo —explicó Fischer—. Nos lo dijo. Pero soy tan estúpido que fui incapaz de verlo.
    —¿Qué?
    —La «B» en el interior del círculo —respondió Fischer—. Belasco. Sólo él.
    —¿Sólo él? —Edith era incapaz de comprenderlo.
    —Él lo creó todo.
    —¿Cómo lo sabe?
    —Porque me lo dijo —respondió—. Dejó que lo supiera porque estaba a punto de morir. No me extraña que nadie descubriera nunca su secreto. En toda la historia de las casas encantadas, es la primera vez que existe algo similar: una única entidad tan poderosa que puede crear lo que parece un encantamiento múltiple y complejo. Una entidad que es capaz de parecer docenas de ellas y de imponer infinitos efectos físicos y mentales sobre aquellos que entran en la casa... usando su poder como si tuviera a su disposición un cuadro de mandos gigantesco, infernal.

    El motor estaba apagado y en el coche empezaba a hacer frío. Deberían estar regresando al pueblo pero, sentada en la oscuridad, aturdida y subyugada, sólo era capaz de escuchar las palabras de Fischer.

    —Creo que supo, desde el mismo instante en que pusimos un pie en la casa, que Florence era la persona en la que debía concentrarse. Era nuestro eslabón más débil, pero no porque careciera de fuerza, sino porque era la que tenía más deseos de abrirse y, por lo tanto, la persona más vulnerable. Durante la sesión del lunes debió de alimentarla con diversas impresiones, buscando a alguien que pudiera provocar una respuesta en ella. Fue el joven que «alojó» en su mente y al que Florence identificó como Daniel Belasco. Simultáneamente, para poder utilizarla en contra de su marido, Belasco hizo que manifestara fenómenos físicos. Eso le sirvió a diferentes propósitos: en primer lugar, le ayudó a verificar las creencias de su marido; en segundo lugar, consiguió que Florence perdiera parte de su confianza. Ella sabía que sólo era una médium mental y, aunque intentó convencerse a sí misma de que había sido la voluntad de Dios, sus nuevas dotes le inquietaban. Tenía la certeza de que había algo que no encajaba. Ambos la teníamos. Y, en tercer lugar —continuó—, le permitió impedir que su marido trajera a otro médium físico a la casa después de que yo me negara a celebrar una sesión.

    Fischer tenía los ojos vidriosos.

    —Belasco deseaba que el grupo tuviera un número de miembros manejable. Entonces empezó a desarrollar una situación hostil entre Florence y el doctor Barrett. Sabía que las creencias de ambos eran completamente opuestas y que, inconscientemente, a Florence le molestaba la insistencia con la que su marido le recordaba, con sus exámenes físicos y sus insinuaciones, que estaba seguro de que pretendía estafarle. Belasco trabajó sobre ese resentimiento y sobre sus discrepancias y, tras reforzarlos, provocó el ataque poltergeist en el comedor, usando parte de la fuerza de Florence pero, sobre todo, la suya. Esta hazaña también le ayudó a diversos propósitos: en primer lugar, debilitó a Florence, haciendo que dudara de sus motivaciones. En segundo lugar, incrementó la hostilidad entre ella y el doctor Barrett. En tercer lugar, le ayudó a conocer mejor las convicciones de su marido. Y en cuarto lugar, lo hirió y consiguió asustarlo un poco.
    —No estaba asustado —dijo Edith, pero en su voz no había convicción.
    —Siguió trabajando sobre Florence —continuó diciendo Fischer, como si no la hubiera oído—, vaciándola física y mentalmente: los mordiscos, el ataque del gato... De este modo fue minando sus fuerzas y, al mismo tiempo, desarrollando en su mente un concepto equivocado sobre Daniel. Cuando, debido a lo que le dijo su marido, perdió prácticamente toda su confianza, Belasco le permitió descubrir el cadáver e incluso ofreció una supuesta resistencia antes de que lo encontrara, para que resultara más convincente.

    »A partir de ese momento, Florence quedó convencida de que Daniel Belasco era quien había encantado la casa. Para reforzar su creencia, Belasco la condujo en sueños hasta el pantano y permitió que «Daniel» la rescatara... incluso le permitió ver un atisbo de sí mismo huyendo entre las sombras. Entonces, todas sus dudas se disiparon. Vino a verme y me contó lo que pensaba: que Belasco controlaba esta casa manipulando a todas las entidades que vivían en ella. Estaba muy cerca de la verdad. ¡Dios mío! A pesar de que la había engañado desde el mismo instante en que puso un pie en la casa, estuvo a punto de descubrir la verdad. Por eso estaba tan segura. Porque en todo lo que decía, no había más que una pared muy fina entre ella y la verdad. Si la hubiese ayudado, habría conseguido descubrirlo, habría...

    Fischer se detuvo de repente y miró por la ventanilla durante un prolongado momento, antes de continuar.

    —Era una cuestión de tiempo. Belasco debía de saber que, tarde o temprano, Florence descubriría la respuesta correcta. Por eso se concentró aún más en ella. Utilizó sus recuerdos sobre la muerte de su hermano y los unió a su obsesión por Daniel Belasco. Entonces, el sufrimiento de su hermano se convirtió en el sufrimiento de Daniel, y la necesidad de su hermano... —Fischer apretó los dientes— se convirtió en la necesidad de Daniel.

    En su rostro se dibujó una expresión de odio.

    —Como acto final, le permitió entrar en la capilla. Accedió a que entrara en el lugar en el que ella creía que se encontraba el secreto de la Casa Infernal. Su estratagema final consistió en mostrarle la entrada de la Biblia que certificaba el nacimiento de su hijo. Belasco sabía que lo creería, porque eso era exactamente lo que estaba buscando: una verificación definitiva. Después de aquello, en su mente no quedó espacio alguno para las dudas. Había existido un Daniel Belasco y su espíritu necesitaba ayuda. Combinando los hechos de la existencia de su hijo con el eterno pesar que había dejado en su corazón la muerte de su hermano, Belasco logró convencerla.

    Edith se giró cuando, de improviso, Fischer golpeó el puño contra la palma de su mano.

    —Y yo tenía bastante claro en qué iba a consistir esa ayuda. ¡Lo sabía perfectamente! —apartó la cara—. Pero dejé que lo hiciera. Dejé que hiciera lo que nunca debería haber hecho. Dejé que se destruyera. A partir de ese momento, ya estaba perdida— continuó, con amargura—. No había forma alguna de que consiguiera sacarla de la casa. Fui un estúpido al pensar que podría hacerlo. Ella era su... marioneta, un títere con el que podía jugar y al que podía torturar. —Pareció reírse de sí mismo—. Incluso así, me senté a la mesa mientras su marido nos explicaba su teoría, sabiendo que Florence había sido poseída, pero sin preguntarme aún el por qué. Estaba tan tranquila, tan atenta. Pero de pronto, supe la razón. No era ella quien escuchaba; era Belasco, deseoso de conocer los detalles.
    —¿Entonces, fue él quien intentó destruir el Reversor?
    —¿Por qué iba a querer destruirlo? Sabía perfectamente que no suponía ningún peligro para él.
    —Pero después de que Lionel lo pusiera en marcha, usted dijo que la casa estaba despejada.
    —Otro de los trucos de Belasco.
    —No puedo creerlo...
    —Todavía está allí, Edith —le interrumpió él, señalando la casa con el dedo—. Asesinó a su marido, asesinó a Florence y estuvo a punto de asesinarnos a nosotros... —Una risa gélida, derrotada, escapó por los labios de Fischer—. Y ésta es su burla final: aunque ahora conozcamos su secreto, no podemos hacer nada para destruirlo.


    8:36 P.M.


    Ya habían llegado a la casa cuando Fischer vaciló. Edith se giró para mirarlo y vio que tenía los ojos fijos en la puerta principal.

    —¿Qué sucede? —preguntó.
    —No sé si seré capaz de volver a entrar.

    Ella titubeó.

    —Necesito recoger sus cosas, Ben.

    Fischer no respondió.

    —Usted dijo que si no se abría, Belasco no podría hacerle daño.
    —Esta semana he dicho un montón de cosas, pero en su mayoría eran erróneas.
    —Entonces, ¿debo entrar yo?

    Guardó silencio.

    —¿Debo hacerlo yo?

    Fischer avanzó hasta la puerta, la abrió y contempló el interior durante un largo instante.

    —Iré lo más rápido que pueda —dijo, volviéndose hacia Edith.

    En cuanto cruzó el umbral, permaneció inmóvil unos minutos, expectante. Al ver que no ocurría nada, empezó a cruzar el vestíbulo en dirección a las escaleras. La atmósfera estaba vacía de nuevo, aunque en esta ocasión sus miedos no se vieron apaciguados. Mientras subía rápidamente los escalones, se preguntó si Belasco seguiría en la capilla o si se estaría moviendo por la casa. Deseaba que el hecho de no abrirse fuera una defensa suficiente, pero ya ni siquiera estaba seguro de eso. Al entrar en la habitación de los Barrett, arrojó sus maletas sobre la cama y las abrió.

    Creo que lo que más me molesta, pensó mientras empezaba a hacer el equipaje, es saber con certeza que Barrett estaba equivocado. Ese hombre parecía tan seguro de sí mismo... Todo lo que decía parecía tener lógica. ¿Pero de qué servía eso ahora, si habían podido constatar que sus teorías eran erróneas?

    Fischer se movía con rapidez entre la cama, el armario y la cómoda, recogiendo la ropa y otros objetos personales y arrojándolos a alguna de las dos maletas. Suponía que, desde un principio, Belasco había decidido no dejarse ver: si nadie lo veía, era imposible que alguien llegara a la conclusión de que él era una parte importante del encantamiento de la casa. Además, si todos presenciaban un fabuloso despliegue de fenómenos supuestamente aislados, cada uno de ellos se centraría en un elemento diferente de éstos y nunca descubrirían que Belasco era el único causante de todos ellos. Hijo de puta, pensó. Sus rasgos se endurecieron y, con movimientos airados, empezó a apretar el contenido de las maletas para poder cerrar las cremalleras.

    No comprendía la razón por la que Belasco, que había sido tan diabólicamente eficiente al planear la destrucción de Florence y Barrett, había optado por un modo tan absurdo de acabar con él. El hecho de enviarlo al exterior de la casa no podía ser infalible en ninguna circunstancia. Si el poder de Belasco era ilimitado, ¿por qué, en su caso, había elegido un método tan poco eficaz?

    Fischer se detuvo de repente.

    Quizá, su poder ya no es tan ilimitado como antes.

    ¿Sería eso posible? En la capilla no había podido hacer nada para resistirse a Belasco. Si había habido algún momento en el que ese hombre debería haber sido capaz de destruirlo, sin duda alguna había sido ése. Sin embargo, lo único que hizo fue ordenarle que se suicidara en el pantano. ¿Por qué? ¿Acaso Florence tampoco se equivocó cuando le dijo que él mismo tenía un poder inmenso? Movió la cabeza. Eso no tenía sentido. Resultaba halagador, pero en absoluto convincente. Puede que eso fuera posible en su juventud, pero no ahora. Era más aceptable pensar que Belasco, después de destruir a Barrett y a Florence, no había tenido la fuerza necesaria para acabar con él.

    Pero de nuevo... ¿por qué? Teniendo a su disposición un poder tan inmenso como el que había manifestado durante toda la semana, ¿por qué iba a estar ahora debilitado? No podía tratarse del Reversor pues, si hubiese funcionado, Belasco habría desaparecido.

    Entonces, ¿qué era?

    Edith permaneció en el porche, esperando a que Fischer regresara. La manta que llevaba alrededor de los hombros no conseguía hacerle entrar en calor y su ropa, todavía mojada, estaba cada vez más fría. Observó el vestíbulo vacío. ¿Qué daño podía hacerle dar unos pasos hacia delante para estar un poco más resguardada?

    Finalmente lo hizo. Al entrar en la casa, cerró la puerta y se quedó de pie junto a ella, mirando hacia las escaleras.

    Era como si hubiera entrado en aquella casa por primera vez en otra vida. En su mente, el lunes parecía tan distante como la época en la que vivió Jesucristo. Ésa era una de las razones por las que había regresado: ahora que Lionel se había ido, ya nada importaba.

    Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que le llegara la hora de la muerte. Puede que sólo tuviera que esperar a ver el cadáver de su marido.

    Apartó de su mente aquel pensamiento. ¿Realmente fue ayer cuando bajó esas escaleras buscando a Fischer? Se estremeció. Había sido una presa demasiado fácil para Belasco.

    Cuando examinó a Florence, fue Belasco quien la observó y quien se dio cuenta de su turbación. Fue él quien le enseñó las fotografías, quien le impulsó a beber brandy y quien convirtió el temor que sentía por tener tendencias lesbianas en un irreflexivo deseo por Fischer. Al recordar lo sucedido, hizo una mueca. ¡Qué débil era! ¡Con qué facilidad la había manipulado!

    También apartó de su mente aquella idea. Cada vez que pensaba en Belasco ofendía a la memoria de Lionel. Casi se arrepentía de haber regresado, pues eso sólo había servido para descubrir que su marido había estado equivocado en todo lo que había dicho y hecho.

    Hizo una mueca, sintiéndose culpable. ¿Cómo era posible que el trabajo al que había consagrado la vida entera no sirviera de nada? Sintió que le invadía un odio tremendo hacia Fischer, por haber destruido la fe que tenía en Lionel. ¿Con qué derecho lo había hecho?

    Una súbita oleada de angustia le obligó a recorrer el vestíbulo. Tras subir las escaleras, avanzó por el pasillo y vio que las dos maletas se encontraban en la puerta de su habitación. Mirando a su alrededor, oyó ruidos en el dormitorio de Fischer y se dirigió hacia allí con rapidez.

    Él se sobresaltó al verla.

    —Le dije...
    —Sé lo que me dijo —le interrumpió ella. Necesitaba soltarlo antes de que él pudiera hablar—. Me gustaría saber por qué está tan seguro de que mi marido se equivocó.
    —No lo estoy.

    Estaba tan enfadada con él que ni siquiera prestó atención a sus palabras. Empezó a hablar de nuevo, atacándolo, pero al darse cuenta de lo que había respondido, se vio obligada a dar marcha atrás.

    —¿Qué?
    —Me pregunto si, en parte, tenía razón.
    —No...
    —¿Recuerda lo que le dijo Florence?
    —¿Qué?
    —Florence le dijo: ¿«Acaso no se da cuenta de que ambos podríamos tener razón»?
    —No lo entiendo.
    —Me pregunto si el poder de Belasco es la radiación electromagnética, como dijo ella —explicó Fischer—. Me pregunto si el Reversor consiguió debilitarlo. —Frunció el ceño antes de continuar—. Sin embargo, ¿por qué permitió que esa máquina lo debilitara? No tiene ningún sentido... sobre todo, cuando tuvo la oportunidad de destruirla.

    Edith no quería escuchar sus objeciones. Deseosa de restaurar la validez del trabajo de Lionel, dijo:

    —Pero puede que esté debilitado. Usted dijo que fue atrapado en la capilla. Si aún era poderoso, ¿por qué iba a hacer eso? ¿Por qué no le atacó en cualquier otro lugar?

    Fischer, que no parecía convencido, empezó a pasear por la habitación.

    —Eso explicaría por qué me llevó engañado hasta ese lugar —dijo—. Si el Reversor realmente lo debilitó, debió de utilizar casi toda la energía que le quedaba destruyendo a su marido y atacándola a usted... —Se interrumpió, enfadado—. No, eso es absurdo. Si el Reversor hubiera funcionado, habría disipado todo su poder, no sólo una parte.
    —Puede que no fuera lo bastante potente. Quizá, el poder de Belasco era demasiado grande para que la máquina pudiera destruirlo por completo.
    —Lo dudo —dijo él—. Además, eso seguiría sin explicar por qué permitió que su marido lo pusiera en marcha, a pesar de que tuvo la oportunidad de destruirlo.
    —Pero Lionel creía en el Reversor —insistió ella—. Si Belasco lo hubiera destruido antes de que lo conectara, ¿no cree que habría sido una forma de admitir que Lionel tenía razón?

    Fischer analizó el rostro de Edith. Algo le acosaba en su interior, algo que le proporcionaba la misma sensación de veracidad que había sentido cuando Florence le explicó su teoría sobre Belasco. Al ver su expresión, Edith se apresuró a seguir hablando, desesperada por convencerle de que Lionel había tenido razón, aunque sólo fuera parcialmente.

    —¿Acaso habría algo más gratificante para Belasco que permitir que Lionel usara el Reversor y, a continuación, destruirlo? —preguntó—. Lionel murió con la certeza de que todo su trabajo había sido en vano. ¿No cree usted que eso era exactamente lo que Belasco deseaba?

    Aquella sensación era cada vez más intensa. La mente de Fischer intentaba, con todas sus fuerzas, ordenar las piezas del puzzle. ¿Era posible que Belasco estuviera tan decidido a destruir a Barrett de esa forma que, deliberadamente, hubiera permitido que su poder quedara debilitado? Sólo un ególatra podría...

    Un gemido sacudió todos sus órganos vitales.

    —¿Qué sucede? —preguntó ella, alarmada.
    —Su ego —dijo él.

    Señaló a Edith con el dedo, sin darse cuenta.

    —El ego —repitió.
    —¿A qué se refiere?
    —Esa es la razón por la que lo hizo. Usted tiene razón; no le hubiera resultado tan gratificante de ninguna otra forma. Permitió que el doctor Barrett usara el Reversor y fingió que el poder realmente había desaparecido... y cuando su marido se quedó convencido de que había logrado culminar su trabajo, fue a por él. —Asintió—. Sí, ésa era la única forma que tenía de satisfacer su ego. Tuvo que hacer saber a Florence, antes de que muriera, que lo había hecho todo él solo. Ego. Supongo que también debió de decírselo a su marido. Ego. Se lo hizo saber a usted en el teatro. Ego. Y quiso que yo también lo supiera. Ego. No le bastaba con llevarnos engañados hacia nuestra destrucción. Necesitaba decirnos, en el mismo instante en que nos arrebató todas nuestras fuerzas, que había sido él. El problema fue que, cuando casi me tenía, la mayor parte de su poder se había consumido y era incapaz de matarme... de modo que lo único que pudo hacer fue ordenarme que me suicidara. ¿Y qué sucedería si ahora fuera incapaz de abandonar la capilla? —preguntó de repente, con gran excitación.
    —Pero usted dijo que lo llevó engañado hasta allí.
    —¿Y si no fue así? ¿Y si fue Florence? ¿Y si ella sabía que estaba atrapado allí dentro?
    —¿Por qué iba a querer conducirlo a su propia destrucción?

    Fischer parecía angustiado.

    —Ella nunca hubiera hecho algo así... Pero entonces, ¿por qué quiso que fuera a ese lugar? Tiene que haber una razón —contuvo el aliento—. ¡Las palabras de la Biblia!

    Desde que era pequeño, era la primera vez que volvía a sentir aquellas palpitaciones por todo su cuerpo. La fuerza de su interior latía con fuerza, intentando liberarse.

    —«Si el ojo derecho te ofende, arráncatelo» —dio vueltas y más vueltas a la habitación, sintiendo que se encontraba al borde un precipicio y que la niebla estaba a punto de disiparse para revelarle la verdad—. «Si el ojo derecho te ofende...»No lo conseguía. Intentó pensar en otra cosa. ¿Qué más había sucedido en la capilla? El papel desgarrado. ¿Qué significaba eso? El medallón... tras romperse en pedazos, había formado algo similar a la punta de una flecha que señalaba hacia el altar. Y sobre el altar descansaba la Biblia.
    —¡Dios! —Estaba tan ansioso que le temblaba la voz. Se encontraba tan cerca... tan cerca—. «Si el ojo derecho te ofende, arráncatelo.»Ego, ése era el pensamiento que regresaba una y otra vez a su cabeza.

    Si el ojo derecho te ofende, arráncatelo. Ego. Se detuvo, advirtiendo que sus sentidos internos intensificaban su percepción. Ya casi lo tenía. Algo; algo. Si el ojo derecho...

    —¡La cinta! —gritó.

    Girando sobre sus talones, corrió hacia la puerta. Edith lo siguió, viendo cómo se alejaba por el pasillo y descendía las escaleras. Fischer ya estaba a punto de pisar el vestíbulo cuando la mujer consiguió llegar al descansillo y empezó a bajar los escalones de dos en dos. Entonces, cruzó el vestíbulo a toda velocidad.

    Fischer estaba junto a la mesa del salón, escuchando la cinta que había en la grabadora. Edith se mordió el labio al oír la voz de Lionel.

    —.. .ha provocado un breve shock sistémico.

    Fischer gruñó y movió la cabeza mientras rebobinaba la cinta y volvía a ponerla en marcha.

    —Dinamómetro: mil cuatrocientos sesenta —dijo la voz de Lionel. Fischer refunfuñó con impaciencia. Volvió a rebobinarla, esperó un poco y volvió a apretar el «Play». Edith oyó la voz de Florence, diciendo: «Idos de esta casa antes de que os mate». Fischer gruñó y pulsó con fuerza el botón de rebobinado. Instantes después volvió a ponerla en marcha.
    —Mucho tiempo aquí —dijo profundamente la voz de Florence, que en teoría era la de su guía indio—. No escucha. No comprende. Demasiado enfermo por dentro.

    Hubo una pausa. Fischer estaba tan tenso que se apoyó sobre la mesa, sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.

    —Límites —continuó diciendo aquella voz—. Naciones. Términos. No sé qué significa. Extremos y límites. Terminaciones y extremidades.

    Edith dio un respingo cuando Fischer gritó con salvaje alegría, mientras rebobinaba la cinta para escuchar de nuevo aquellas palabras: « Extremos y límites. Terminaciones y extremidades».

    Fischer cogió la grabadora y la levantó sobre su cabeza, triunfante.

    —¡Ella lo sabía! —gritó—. ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

    Lanzó la grabadora por los aires y, antes de que ésta llegara al suelo, estaba corriendo hacia el vestíbulo.

    —¡Vamos! —le dijo a Edith.

    Fischer cruzó a toda velocidad el vestíbulo y se dirigió hacia el pasillo, seguido de Edith. Con un aullido similar al que emitiría un indio en el momento de atacar, abrió de golpe la puerta de la capilla y entró en su interior.

    —¡Belasco!—rugió—. ¡Estoy aquí de nuevo! ¡Destrúyeme si puedes!

    Edith corría tras él.

    —¡Vamos!—gritó Fischer—. ¡Estamos aquí los dos! ¡Acaba con nosotros! ¡No dejes el trabajo a medias!

    Se hizo un intenso silencio. Edith advirtió lo extraña que sonaba la respiración de su compañero.

    —Vamos —murmuró éste de nuevo, antes de gritar—: ¡Vamos, cabronazo!

    La mirada de Edith se deslizó hacia el altar. Durante unos instantes, fue incapaz de dar crédito a sus oídos. Entonces, los sonidos se intensificaron, haciéndose más claros, más evidentes.

    Unos pasos se acercaban.

    Retrocedió por impulso, con los ojos fijos en el altar. Los pasos resonaban cada vez con más fuerza. No se dio cuenta de que la mano de Fischer le impedía moverse. Miró a su alrededor boquiabierta. Los sonidos se iban intensificando por segundos. El suelo empezó a temblar. Era como si un gigante invisible estuviera aproximándose a ellos.

    Edith gimió, intentando liberarse de las manos de Fischer. Ahora, los pasos eran tan fuertes que resultaban ensordecedores. Intentó llevarse las manos a los oídos para protegérselos, pero sólo pudo levantar una. La capilla parecía estremecerse con cada uno de aquellos pasos atronadores que seguían acercándose. Retrocedió una vez más, con fuerza. Sus gritos de pánico quedaron sofocados bajo el sonido de aquellos pasos titánicos, demoledores. Cada vez está más cerca, más cerca. Vamos a morir, pensó.

    ¡Vamos a morir!

    Chilló cuando una violenta explosión irrumpió en la capilla. Al instante, cerró los ojos.

    Un silencio mortal le obligó a abrirlos de nuevo.

    Retrocedió tambaleándose. Fischer la obligó a detenerse.

    —No tenga miedo —su voz estaba tensa de emoción—. Éste es un momento especial, Edith. Nunca, hasta ahora, lo había visto nadie... a no ser que estuviera a punto de morir, por supuesto. Mírelo bien, Edith. Le presento a Emeric Belasco. «El Gigante Rugidor».

    Edith jadeó al ver la figura.

    Belasco era enorme. Iba vestido de negro y sus rasgos, anchos y pálidos, estaban rodeados por una barba de color negro azabache. Una mueca salvaje dejaba entrever sus dientes, similares a los de un animal carnívoro, y sus ojos verdes brillaban con luz propia. Edith no había visto en su vida un rostro tan malévolo. A pesar del profundo temor que sentía, se preguntó por qué no estaba acabando con ellos en ese mismo momento.

    —Dígame algo, Belasco —dijo Fischer. Edith no supo si debía sentirse reconfortada o aterrada por la insolencia de su tono—. ¿Por qué no salió nunca al exterior? ¿Por qué «esquivó siempre la luz del sol», según dijo usted mismo? ¿Acaso no le gustaba? ¿O quizá consideraba que era mejor esconderse entre las sombras?

    La figura avanzó hacia ellos. Al ver que Fischer le soltaba el brazo, Edith retrocedió con rapidez, espeluznada al ver que Fischer avanzaba.

    —Su forma de caminar parece poco espontánea, Belasco —continuó diciendo Fischer—. Todos sus movimientos tienen un precio, ¿verdad? —Entonces gritó con fiereza—: ¿Verdad, Belasco?

    Edith se quedó boquiabierta.

    Belasco había dejado de moverse. Sus rasgos ardían de furia pero, de algún modo, en ellos también parecía haber frustración.

    —Mírese los labios, Belasco —dijo Fischer, sin dejar de avanzar—. La presión espástica los mantiene unidos. Mírese las manos: la tensión espástica las mantiene pegadas a sus costados. ¿Por qué, Belasco? ¿Puede que se deba a que usted no es más que un fraude? —Su risa estridente resonó por toda la capilla—. ¡Gigante Rugidor! —gritó—. ¿Usted? ¡Y una mierda! ¡Si todos sabemos que no es más que un fantoche! ¡Un monstruito recortado!

    Edith contuvo el aliento. ¡Belasco se estaba retirando! Se frotó los ojos con una mano temblorosa para asegurarse. ¡Era cierto!

    Incluso parecía más pequeño.

    —¿Malvado? —Fischer seguía avanzando hacia Belasco, con una expresión de despiadado rencor en el rostro—. ¿Usted, ridículo hijo de puta?

    Se puso tenso cuando un grito de angustiada rabia escapó de los labios de aquella figura menguante vestida de negro. Durante unos instantes, Fischer fue incapaz de reaccionar, pero entonces, su sonrisa burlona regresó.

    —¡Oh, no! —exclamó, moviendo la cabeza—. ¡Oh, no! ¡No es posible que usted sea tan pequeño! —Empezó a avanzar de nuevo hacia la figura—. Fue un hijo bastardo, ¿verdad? —La figura siguió retrocediendo—. Un bastardito. ¿Eso le molestaba? ¡Oh, Belasco! Usted sólo fue un hombrecito ridículo... un fantasma irrisorio. Nunca fue un genio. Fue un chiflado, un desgraciado, un pervertido, un haragán, un perdedor. Un pequeño bastardo de saldo. ¡BELASCO! —aulló—. ¡Su madre era una puta, una mujerzuela, una buscona! ¡Usted fue un bastardo! ¡Un ridículo hijo de puta! ¿Me oye, Emeric el Malvado? ¡Un hijo de puta, hijo de puta, HIJO DE PUTA, HIJO DE PUTA!

    Edith se llevó las manos a las orejas para no oír los espeluznantes gemidos que inundaban el aire. Al oír aquel sonido, Fischer se detuvo al instante y la expresión de furia desapareció de su rostro. Miró fijamente a la figura borrosa que se escondía tras el altar, agazapada de miedo, derrotada... y entonces, tuvo la impresión de oír la voz de Florence en su mente susurrándole: El miedo desaparece cuando hay amor verdadero. Y de pronto, a pesar del daño que le había hecho, sintió una enfermiza lástima por la figura que tenía ante sus ojos.

    —Que Dios le ayude, Belasco —dijo.

    La figura se desvaneció. Durante un prolongado momento pudieron oír un grito, como si alguien estuviera cayendo en picado por un pozo sin fondo. El sonido se fue apagando lentamente, hasta que la capilla quedó en el más absoluto silencio.

    Fischer se acercó al altar y observó la sección del muro que había dejado a la vista el trozo de papel arrancado.

    Sonrió. Florence también me enseñó esto. Si lo hubiera sabido...

    Inclinándose, empujó la pared. Esta se abrió con un sonido chirriante.

    Unas escaleras descendían a sus pies. Se volvió hacia Edith y le ofreció la mano. Sin decir nada, ella avanzó por la capilla, rodeó el altar y le dio la mano.

    Descendieron juntos los escalones. Al fondo había una puerta muy robusta. Fischer la abrió, ayudándose con los hombros.

    Permanecieron en el umbral, observando la figura momificada que estaba sentada, completamente erguida, en una gran butaca de madera.

    —Nunca lo encontraron porque estaba aquí —dijo Fischer.

    Entraron en aquella pequeña sala mal iluminada y se acercaron a la silla. A pesar de que Edith tenía la certeza de que todo había terminado, no pudo evitar acobardarse al ver los ojos negros de Emeric Belasco mirándolos encolerizados desde la muerte.

    —Mire —Fischer cogió una jarra.
    —¿Qué es?
    —No estoy seguro pero...

    Fischer deslizó las palmas de sus manos por la superficie de la jarra. Las impresiones le llegaron al instante.

    —Belasco la dejó a su lado y se obligó a sí mismo a morir de sed —explicó—. Éste fue el logro definitivo de su voluntad. En vida, por supuesto.

    Edith apartó la mirada de sus ojos. Miró hacia el suelo y, de pronto, se agachó un poco. La sala estaba tan oscura que no se había dado cuenta antes.

    —¡Sus piernas! —dijo, con un hilo de voz.

    Sin decir nada, Fischer dejó la jarra y se arrodilló junto al cadáver de Belasco. Edith vio que sus manos se movían en las sombras. Jadeó, sobrecogida, cuando se levantó de nuevo, con una pierna en las manos.

    —Si el ojo derecho te ofende... —dijo Fischer—. Extremidades. Florence nos estaba dando la respuesta.

    Deslizó una mano por la pierna ortopédica.

    —Despreciaba tanto su corta estatura que ordenó que le cortaran las piernas quirúrgicamente para poder utilizar estas prótesis y ser más alto. Por eso decidió morir en este lugar: para que nadie pudiera saberlo nunca. O era el Gigante Rugidor o no era nada. Simplemente, no había suficiente talla en su interior para compensar su corta estatura... o su bastardía.

    De repente se giró y miró a su alrededor. Dejando a un lado la pierna, cruzó la habitación y apoyó las manos en la pared.

    —Dios mío —exclamó.
    —¿Qué sucede?
    —Puede que, al fin y al cabo, fuera un genio. —Recorrió la sala tocando todas las paredes y examinando el techo y la puerta. Entonces dijo, con temor reverencial—. Acabamos de resolver el último misterio. Su poder no era tan grande como para resistirse al Reversor. Sin embargo, hace más de cuarenta años, ya sabía que existía una relación entre la radiación electromagnética y la vida después de la muerte: La paredes, la puerta y el techo están revestidas de plomo.


    9:12 P.M.


    Ambos descendían lentamente las escaleras. Edith llevaba su maleta y Fischer cargaba con la del doctor Barrett y con su petate.

    —¿Qué se siente? —preguntó Edith.
    —¿Cómo dice?
    —¿Qué se siente al ser la persona que ha vencido a la Casa Infernal?
    —No la he vencido yo solo —respondió él—. Lo hemos hecho entre todos.

    Edith reprimió una sonrisa. Sabía que eso era cierto, pero deseaba oírselo decir por su boca.

    —Los esfuerzos de su marido debilitaron el poder de Belasco y los esfuerzos de Florence nos guiaron hacia la respuesta final. Yo me he limitado, simplemente, a pulirla... y me habría resultado imposible si usted no me hubiera salvado la vida. Supongo que tenía que ser así —continuó—. La lógica de su marido ayudó, pero no bastaba por sí sola. La espiritualidad de Florence también ayudó, pero tampoco bastaba por sí sola. Era necesario un elemento más, que fue el que yo proporcioné: el deseo de enfrentarme a Belasco según sus propias condiciones y derrotarlo con sus propias debilidades.

    Chasqueó los dientes.

    —Sin embargo, puede que Belasco decidiera vencerse a sí mismo. Sospecho que eso también formaba parte del juego. Al fin y al cabo, llevaba treinta años esperando a que llegaran nuevos huéspedes. Puede que estuviera tan ansioso por utilizar de nuevo su poder que se extralimitó y cometió los primeros errores de toda su vida.

    Se detuvo ante la puerta principal y ambos se giraron. Durante un largo momento, los dos guardaron silencio. Edith pensaba en cómo sería regresar a Manhattan y tener que vivir sin Lionel. Era incapaz de imaginarlo, pero de momento, sentía que una especie de paz inexplicable había invadido todo su ser. Llevaba consigo las páginas de su manuscrito. Se encargaría de que lo publicaran y de que las personas que trabajaban en su campo estuvieran al tanto de sus logros. Después, ya tendría tiempo de preocuparse de sí misma.

    Fischer miró a su alrededor, extendiendo zarcillos de pensamiento inconsciente. Mientras lo hacía, se preguntaba qué le estaría esperando. Realmente no le importaba pues, fuera lo que fuera, ahora tenía la posibilidad de afrontarlo. Resultaba extraño que aquella casa fuera el lugar en donde habían empezado sus miedos y, a la vez, el lugar en donde había recuperado su confianza.

    Se giró y sonrió a Edith.

    —Florence ya no está aquí —dijo—. Simplemente decidió quedarse un poco más para ayudarnos.

    Echaron un último vistazo a su alrededor. Entonces, en completo silencio, salieron al exterior y empezaron a alejarse entre la niebla. Fischer refunfuñó y murmuró algo.

    —¿Qué? —preguntó Edith.
    —Feliz Navidad —repitió él, en voz baja.


    Fin