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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
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    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LA CASA INFERNAL (Richard Matheson)

    Publicado el domingo, febrero 22, 2015

    Con amor, para mis hijas
    Bettina y Alison,
    que han hechizado mi vida con tanta dulzura.


    Resumen

    Durante más de veinte años, la Casa Belasco ha permanecido vacía. Considerada el Everest de las casas encantadas, es una venerable mansión cuyas sombrías paredes han sido testigo de escenas de horror y depravación inimaginables. Las anteriores expediciones que han tratado de investigar sus secretos han terminado en desastre, siendo sus participantes destruidos por el asesinato, el suicidio o la demencia. Ahora se prepara una nueva investigación que llevará a cuatro extraños a la mansión prohibida, decididos a descubrir en la Casa Belasco los secretos definitivos de la vida y la muerte. Cada uno tiene sus propias razones para arriesgarse a sufrir tormentos y tentaciones desconocidos, pero ¿podrá alguien sobrevivir a aquello que acecha en la casa más peligrosa del mundo?.



    18 de diciembre de 1970
    3:17 P.M.


    Llovía con gran intensidad desde las cinco de la mañana. Menudo tiempo, pensó el doctor Barrett, reprimiendo una sonrisa. Se sentía como el personaje de alguna novela gótica moderna: la lluvia torrencial, el frío, el viaje de dos horas desde Manhattan en una de las grandes limusinas de tapicería de cuero negro del señor Deutsch. La interminable espera en este pasillo, viendo cómo varios hombres y mujeres de aspecto desconcertado entraban y salían de la habitación de Deutsch, mirándole de reojo.

    Se sacó el reloj de bolsillo del chaleco y levantó la tapa. Llevaba más de una hora en aquel lugar. ¿Qué querría el señor Deutsch? Seguramente algo relacionado con la parapsicología. Los periódicos y revistas del anciano editaban con frecuencia artículos relacionados con ese tema: Regresa de la tumba; La muchacha que no podía morir... unos artículos que siempre eran sensacionalistas y casi nunca verídicos.

    Haciendo una mueca, el doctor Barrett puso, con gran esfuerzo, la pierna derecha sobre la izquierda. Era un hombre alto y ligeramente gordo de cincuenta y tantos años. Su escaso cabello rubio no había cambiado de color, pero en su cuidada barba empezaban a asomar las canas. Estaba sentado, bien erguido, en una silla de respaldo recto, observando la puerta de la habitación de Deutsch. Edith, que se había quedado en el piso inferior, debía de estar impacientándose. Lamentaba que le hubiera acompañado, pero en ningún momento había pensado que la entrevista iba a demorarse tanto.

    La puerta del dormitorio de Deutsch se abrió y su secretario, Hanley, apareció en el umbral.

    —Doctor —dijo.

    Barrett alcanzó su bastón y, tras levantarse, avanzó cojeando hasta la puerta. Se detuvo enfrente de Hanley, esperando a que le anunciara.

    —El doctor Barrett está aquí, señor.

    Cuando Hanley le hizo un gesto, entró en el dormitorio. El secretario cerró la puerta tras él.

    Era una habitación inmensa, con las paredes revestidas de paneles oscuros. El santuario del monarca, pensó Barrett, mientras avanzaba por la moqueta. Cuando se detuvo junto a la enorme cama, observó al anciano que estaba recostado en ella. Rolf Rudolph Deutsch era un hombre calvo de unos ochenta y siete años. Estaba tan delgado que sus ojos negros le miraban desde unas profundas cuencas descarnadas.

    —Buenas tardes —saludó Barrett con una sonrisa, pensando en lo sorprendente que era que aquella criatura consumida pudiera gobernar un imperio.
    —Está cojo —comentó Deutsch, con voz áspera—. Nadie me había informado de ello.
    —¿Disculpe? —dijo el doctor, poniéndose rígido.
    —No se preocupe —le interrumpió Deutsch—. Supongo que no tiene ninguna importancia. Mi gente me recomendó que lo eligiera. Me dijeron que usted era uno de los cinco mejores en su campo.

    Hizo una pausa para coger aire.

    —Le pagaré cien mil dólares.

    Barrett se sentía desconcertado.

    —Su trabajo consistirá en demostrar los hechos.
    —¿Qué tipo de hechos? —preguntó.

    Deutsch vaciló, preguntándose, quizá, si debía responder a esa pregunta.

    —La vida después de la muerte —respondió por fin.
    —¿Usted quiere que...?
    —...me diga si es posible o no.

    El corazón de Barrett dio un vuelco. Esa suma de dinero le cambiaría por completo la vida; sin embargo, no sabía si moralmente podía aceptar el trabajo.

    —No quiero mentiras —continuó Deutsch—. Sólo deseo una respuesta verdadera, sea la que sea... Pero quiero una respuesta definitiva.

    Barrett sintió cierta desesperación.

    —¿Y cómo podré convencerle? —se vio obligado a preguntar.
    —Proporcionándome hechos —respondió Deutsch, irritado.
    —¿Y dónde voy a encontrarlos? Soy físico. Llevo veinte años estudiando parapsicología, pero todavía no he...
    —Si existen —le interrumpió Deutsch—, los encontrará en el único lugar de la tierra que conozco en el que aún no se ha podido rebatir la supervivencia a la muerte: en la casa Belasco de Maine.
    —¿La Casa Infernal?

    Algo brilló en los ojos del anciano.

    —Sí, en la Casa Infernal —respondió.

    Barrett sintió un hormigueo de emoción.

    —Tenía entendido que los herederos de Belasco la habían cerrado después de lo sucedido...
    —Eso ocurrió hace treinta años —volvió a interrumpirle Deutsch—. Ahora necesitaban el dinero y decidí comprarla. ¿Podría estar allí el lunes?

    Barrett vaciló pero, al ver que Deutsch empezaba a fruncir el ceño, se apresuró a asentir. No podía dejar pasar aquella oportunidad.

    —Sí.
    —Le acompañarán dos personas más —dijo Deutsch.
    —¿Puedo preguntar quiénes...?
    —Por supuesto. Florence Tanner, y Benjamin Franklin Fischer.

    Barrett intentó disimular su decepción. ¿Una médium espiritualista excesivamente emotiva y el único superviviente de la catástrofe de 1940? Se preguntó si debía objetar. Él contaba con su propio equipo de personas sensitivas y consideraba que Florence Tanner y Fischer no le serían de ninguna ayuda. Fischer había demostrado tener unas habilidades increíbles en su niñez, pero todos sabían que había perdido su don después de la crisis nerviosa que sufrió: le habían sorprendido estafando en diversas ocasiones hasta que, finalmente, decidió desaparecer por completo del mundo de la parapsicología. Aunque no estaba prestando atención a las palabras de Deutsch, le oyó decir que Florence Tanner volaría con él hacia el norte y que Fischer se reuniría con ellos en Maine.

    El anciano advirtió su expresión.

    —No se preocupe. Usted estará al mando —dijo—. Tanner estará allí porque mi gente me ha dicho que es una médium de primera...
    —Pero es una médium mental —añadió Barrett.
    —...y deseo que también se utilice ese método de aproximación —continuó diciendo Deutsch, como si Barrett no hubiera hablado—. El motivo de la presencia de Fischer es obvio.

    Barrett asintió, consciente de que no podía hacer nada por evitarlo. Cuando el proyecto estuviera en marcha, pediría que enviaran a alguien de su propio equipo.

    —Respecto a los costes... —empezó a decir.

    El anciano movió la mano.

    —Deberá tratar ese tema con Hanley. Dispondrán de fondos ilimitados.
    —¿Y tiempo?
    —Eso es lo único que no tendrán —respondió Deutsch—. Deseo conocer la respuesta en una semana.

    Barrett se quedó atónito.

    —¡Tómelo o déjelo! —espetó el anciano, con una expresión de rabia en el rostro.

    Barrett era consciente de que ésta era una de esas oportunidades que sólo aparecen una vez en la vida... y sabía que podría averiguar la verdad si lograba que su máquina estuviera lista a tiempo.

    —Una semana —dijo, asintiendo.


    3:50 P.M.


    —¿Algo más? —preguntó Hanley.

    Barrett repasó mentalmente los detalles: redactar una lista en la que aparecieran todos los fenómenos paranormales que se habían observado en la casa Belasco; restablecer el sistema eléctrico; instalar una línea telefónica; y poder disfrutar de la piscina y la sauna. El secretario de Deutsch había fruncido el ceño al oír aquel requisito, pero Barrett ni siquiera se había inmutado. Para él, era imprescindible nadar y tomar una sauna a diario.

    —Una cosa más. —Aunque intentó mostrarse sereno, advirtió que no conseguía ocultar del todo su entusiasmo—. Necesito una máquina. Los planos están en mi apartamento.
    —¿Cuándo la necesitará? —preguntó Hanley.
    —Lo antes posible.
    —¿Es grande?

    Doce años, pensó Barrett.

    —Bastante —respondió.
    —¿Eso es todo?
    —De momento no se me ocurre nada más. De todos modos, no ha mencionado las condiciones en las que viviremos.
    —Se han rehabilitado las habitaciones necesarias y una pareja de Caribou Falls ha accedido a prepararles y entregarles diariamente las comidas. —Hanley esbozó una pequeña sonrisa—. Sin embargo, ambos se han negado a dormir en la casa.
    —Está bien —dijo Barrett, levantándose—. Así no molestarán.

    Hanley empezó a conducirle hacia la puerta de la biblioteca pero, antes de que llegaran, ésta se abrió de golpe y en ella apareció un tipo corpulento que observó encolerizado a Barrett. A pesar de ser cuarenta años más joven y pesar cincuenta kilos más, William Reinhardt Deutsch se parecía muchísimo a su padre.

    El hombre cerró la puerta.

    —Quiero que sepa que voy a detener todo esto —dijo.

    Barrett lo miró, sin decir nada.

    —Mi padre desea conocer la verdad —continuó—, pero todos sabemos que no es más que una pérdida de tiempo. Si deja constancia por escrito, le firmaré un cheque por mil dólares ahora mismo.
    —Me temo que...
    —Lo sobrenatural no existe, ¿verdad? —su cuello se estaba enrojeciendo.
    —Exacto —respondió Barrett. Deutsch empezó a sonreír, triunfante—. El término correcto es «paranormal», pues la naturaleza no puede ser transcendida...
    —¿Dónde diablos está la diferencia? —le interrumpió Deutsch—. ¡Son sólo supercherías!
    —Lo lamento, pero no estoy de acuerdo con usted —dijo Barrett, acercándose a la puerta—. Ahora, si me disculpa...

    Deutsch le cogió del brazo.

    —Escúcheme bien. Será mejor que se olvide de este asunto, porque yo mismo me ocuparé de que no reciba nunca ese dinero...

    Barrett se apartó.

    —Haga lo que quiera —dijo—. Yo seguiré adelante a no ser que su padre me diga lo contrarío.

    Cerró la puerta y se alejó por el pasillo. A la luz de los conocimientos presentes, pensó, dirigiéndose mentalmente al hijo de Deutsch, cualquiera que se refiera a los fenómenos psíquicos como superchería no tiene ni idea de lo que sucede en el mundo. La documentación es inmensa...

    Barrett se detuvo y se apoyó en la pared. La pierna empezaba a dolerle de nuevo. Por primera vez, se vio obligado a reconocer que una semana en la casa Belasco sólo serviría para que empeorara.

    ¿Qué sucedería si, realmente, ese lugar era tan malo como afirmaban los dos informes?


    4:37 P.M.


    El Rolls-Royce avanzaba a toda velocidad por la autopista, dirigiéndose a Manhattan.

    —Es una cantidad de dinero tremenda —comentó Edith, que no acababa de creerse lo sucedido.
    —No para él —respondió Barrett—. Sobre todo si tenemos en cuenta que la está pagando para confirmar la inmortalidad.
    —Pero supongo que sabe que tú no crees...
    —No me cabe la menor duda —le interrumpió Barrett, negándose a considerar el hecho de que no hubiera sido informado—. No es de ese tipo de personas que emprenden algo antes de conocer todos y cada uno de los detalles.
    —Pero son cien mil dólares.

    Barrett sonrió.

    —Incluso a mí me cuesta creerlo —comentó—. Si fuera como mi madre, estoy seguro de que creería que se trata de un milagro de Dios. Me ha ofrecido las dos cosas que llevo tanto tiempo deseando: la oportunidad de demostrar mi teoría y dinero de sobra para que podamos vivir hasta el fin de nuestros días. La verdad es que no puedo pedir más.

    Edith le devolvió la sonrisa.

    —Me alegro por ti, Lionel —dijo.
    —Gracias, amor mío —respondió, acariciándole la mano.
    —Pero tienes que empezar el lunes por la tarde. —Edith parecía preocupada—. Eso no nos deja mucho tiempo.
    —Me pregunto si debería ir solo en esta ocasión —comentó Barrett.

    Ella lo miró fijamente.

    —Bueno, sabes de sobra que no estaré completamente solo —añadió—. Me acompañarán esas dos personas.
    —¿Y qué me dices de las comidas?
    —Nos las traerán a diario. Lo único que tengo que hacer es trabajar.
    —Pero siempre te he ayudado —protestó.
    —Lo sé, pero...
    —¿Qué?

    Vaciló.

    —Preferiría que no me acompañaras en esta ocasión, eso es todo.
    —¿Por qué, Lionel? —al ver que no contestaba, se inquietó—. ¿Es por mí?
    —Por supuesto que no. —Esbozó una rápida sonrisa—. Es por la casa.
    —¿Pero no se trata de una casa supuestamente encantada, idéntica a cualquier otra? —preguntó, usando las palabras que solía emplear su marido.
    —Me temo que no —reconoció—. Ésta se considera el Everest de las casas encantadas. Han intentado investigarla en dos ocasiones; la primera, en 1931 y la segunda, en 1940. Ambos casos acabaron en desastre. Ocho de las personas implicadas fueron asesinadas, se suicidaron o enloquecieron. Sólo una de ellas sobrevivió, pero ignoro si sigue conservando la cordura. Se trata de Benjamin Fischer, una de las dos personas que me acompañarán. La verdad es que no me da ningún miedo la casa —continuó, advirtiendo que aquellas palabras habían inquietado a su mujer—. Estoy completamente convencido de mis creencias. Sin embargo, temo que los detalles de la investigación sean ligeramente desagradables.

    Se encogió de hombros.

    —¿Y pretendes que te deje ir solo? —preguntó Edith.
    —Cariño...
    —¿Y si te ocurre algo?
    —No me pasará nada.
    —¿Pero si pasa, qué? Yo estaré en Nueva York y tú en Maine.
    —Edith, no va a pasar nada.
    —Entonces, no hay ninguna razón por la que no pueda ir. —Intentó sonreír—. Esa casa no me da miedo, Lionel.
    —Ya lo sé.
    —No te molestaré.

    Barrett suspiró.

    —Sé que no conozco tu trabajo, pero siempre habrá algo que pueda hacer para ayudarte: hacer y deshacer el equipaje, ayudarte a preparar los experimentos, mecanografiar el resto de tu manuscrito... Me dijiste que querías tenerlo listo para principios de año. Además, quiero estar contigo cuando demuestres tu teoría.

    Barrett asintió.

    —Deja que lo piense.
    —No te molestaré —prometió ella—. Y sé que podré ayudarte de diversas formas.

    Barrett asintió de nuevo, intentando pensar. Era evidente que su mujer no quería quedarse atrás... y se lo agradecía. Excepto por las tres semanas que pasó en Londres en 1962, no se habían separado nunca desde que se casaron. ¿Realmente supondría algún problema que le acompañara? La verdad es que Edith había experimentado suficientes fenómenos psíquicos como para estar acostumbrada a ellos.

    Sin embargo, la casa era un factor desconocido. No se llamaría la Casa Infernal si no hubiera una buena razón. En ese lugar existía un poder tan fuerte que había sido capaz de destruir, física o mentalmente a ocho personas... y tres de ellas fueron científicos, como él.

    A pesar de que creía saber exactamente de qué poder se trataba, ¿debía permitir que Edith se expusiera a él?



    21 de diciembre de 1970
    11:19 a.m.


    Los dos Cadillac negros avanzaban por la carretera, que serpenteaba a través de un bosque densamente poblado. En el primer automóvil viajaba el representante de Deutsch; el doctor Barrett, Edith, Florence Tanner y Fischer lo hacían en el segundo: una limusina con chófer. Fischer iba de espaldas a la carretera, mirando a sus tres compañeros.

    Florence puso su mano sobre la de Edith.

    —No me gustaría que pensara que soy una persona arisca —dijo—. Lo único que sucede es que me preocupa que usted vaya a la casa.
    —Lo comprendo —respondió Edith, apartando la mano.
    —Señorita Tanner —dijo Barrett—, le agradecería que no alarmara a mi mujer antes de tiempo.
    —No tengo ninguna intención de hacerlo, doctor. Sin embargo... —Florence vaciló antes de continuar—. Espero que haya informado bien a la señora Barrett sobre la casa.
    —Mi mujer sabe que se producirán acontecimientos.
    —Es una forma bonita de decirlo —era la primera vez, en una hora, que Fischer abría la boca.

    Barrett lo miró.

    —También sabe —continuó— que ninguno de estos acontecimientos significará que la casa está encantada.

    Fischer asintió, sacándose un paquete de tabaco del bolsillo.

    —¿Les molesta que fume? —preguntó. Recorrió con la mirada sus rostros y, al ver que nadie objetaba, encendió uno.

    Florence iba a decirle algo a Barrett, pero cambió de idea.

    —Es extraño que un proyecto como éste haya sido financiado por un hombre como Deutsch —comentó—. Ignoraba que sintiera un interés tan genuino por estos temas.
    —Ya es anciano —comentó Barrett—. Sabe que la hora de la muerte se aproxima, y desea creer que no es el final.
    —Por supuesto que no lo es.

    Barrett sonrió.

    —Su cara me resulta conocida —dijo Edith, dirigiéndose a Florence—. ¿Es eso posible?
    —Hace años trabajé como actriz... sobre todo en la televisión, aunque hice alguna película. Mi nombre artístico era Florence Michaels.

    Edith asintió.

    Florence miró a Barrett y después a Fischer.

    —Estoy emocionada —dijo—. Nunca imaginé que trabajaría con dos fenómenos del mundo de la parapsicología. Estoy segura de que la casa se rendirá a nuestros pies.
    —¿Por qué se llama Casa Infernal? —preguntó Edith.
    —Porque su propietario, Emeric Belasco, creó un infierno privado en ella —explicó Barrett.
    —¿Se supone que es él quien ha hechizado la casa?
    —Entre otros —respondió Florence—. Los fenómenos observados son demasiado complejos para que sean obra de un único espíritu. Se trata de un caso de encantamiento múltiple.
    —Yo simplemente diría que allí hay algo —dijo Barrett.

    Florence sonrió.

    —De acuerdo.
    —¿Podrás deshacerte de él con tu máquina? —preguntó Edith.

    Florence y Fischer observaron a Barrett.

    —Se lo explicaré cuando estemos en la casa.

    Todos miraron por la ventanilla cuando el vehículo dobló una curva cerrada.

    —Estamos a punto de llegar. —El doctor Barrett miró a su mujer—. La casa se encuentra en el Valle Matawaskie.

    Todos contemplaron el brumoso valle rodeado de colinas que se abría ante ellos. Fischer apagó el cigarrillo en el cenicero mientras echaba el humo por la boca. Cuando volvió a mirar por la ventanilla, esbozó una mueca.

    —Estamos entrando.

    De repente, el coche se sumergió en una niebla verdosa y el conductor redujo la velocidad. Todos lo miraron y advirtieron que se había inclinado sobre el volante, acercando su rostro al parabrisas. Al cabo de unos instantes, conectó los faros antiniebla y los limpiaparabrisas.

    —¿Cómo es posible que alguien decidiera construir una casa en un lugar como éste? —preguntó Florence.
    —Para Belasco, esto era el paraíso —respondió Fischer.

    Todos miraron por las ventanillas hacia la encrespada niebla. Tenían la impresión de encontrarse en un submarino que se sumergía, lentamente, en un mar de leche condensada. Junto al vehículo aparecían árboles, arbustos o formaciones rocosas que desaparecían al instante. Sólo se oía el ronroneo del motor.

    Por fin, el motor se detuvo. Al oír que se cerraba una puerta, todos miraron hacia delante, intentando ver el Cadillac. Segundos después, la figura del representante de Deutsch apareció entre la niebla. Barrett pulsó el botón para bajar su ventanilla y, al instante arrugó la nariz, pues un aroma fétido inundó sus fosas nasales.

    El hombre se inclinó.

    —Hemos llegado al desvío —anunció—. Su chófer nos acompañará a Caribou Falls, de modo que uno de ustedes tendrá que conducir el vehículo hasta la casa. No está muy lejos. El teléfono ha sido conectado, hay electricidad y sus habitaciones están preparadas.

    Miró hacia el suelo antes de continuar.

    —En esta cesta tienen la comida. La cena les será entregada a las seis. ¿Alguna pregunta?
    —¿Necesitamos alguna llave para la puerta principal? —preguntó Barrett.
    —No, está abierta.
    —De todos modos, déjenos una —dijo Fischer.

    Barrett lo miró unos instantes, antes de volver a dirigirse al representante.

    —No estaría mal que la tuviéramos.

    El hombre sacó un llavero del bolsillo de su abrigo, extrajo una llave y se la entregó al doctor.

    —¿Algo más?
    —Si necesitamos algo, le llamaremos por teléfono.

    El hombre esbozó una pequeña sonrisa.

    —De acuerdo. Entonces, hasta la vista —dijo, dando media vuelta.
    —Espero que haya querido decir «hasta pronto» —comentó Edith.

    Barrett sonrió mientras subía la ventanilla.

    —Yo conduciré —Fischer trepó por el asiento y se puso al volante. Tras poner en marcha el motor, giró a la izquierda para acceder a la deteriorada carretera asfaltada.
    —Ojalá supiera qué debo esperar —comentó Edith, dejando escapar un profundo suspiro.
    —No espere nada —respondió Fischer, sin girarse.


    11:47 a.m.


    Durante los últimos cinco minutos, Fischer había conducido lentamente la limusina por aquella estrecha carretera cubierta de niebla. Ahora, pisó el freno y detuvo el motor.

    —Hemos llegado —anunció, abriendo la puerta y saliendo al exterior, mientras se abotonaba el chaquetón.

    Lionel abrió la puerta que tenía a su lado. Edith esperó a que saliera y, a, continuación, se deslizó por el asiento. En cuanto sacó un pie del vehículo, se estremeció.

    —Qué frío —dijo—. Y qué peste.
    —Es probable que haya un pantano por aquí cerca — dijo Lionel.

    Florence se reunió con ellos y todos permanecieron en silencio, mirando a su alrededor.

    —Tenemos que ir por allí— dijo Fischer, mirando por encima de la capota del coche.
    —Vayamos a echar un vistazo. Ya vendremos después a por el equipaje —propuso Barrett. Volviéndose hacia Fischer, preguntó—: ¿Nos muestra el camino?

    Fischer se puso en marcha.

    Sólo habían recorrido unos metros cuando llegaron a un estrecho puente de hormigón. Mientras lo cruzaban, Edith se asomó por la barandilla: si había agua debajo, la niebla la ocultaba. Miró hacia atrás y vio que la limusina ya había sido engullida por la niebla.

    —Tenga cuidado, no vaya a caerse al pantano —dijo Fischer. Edith se giró y vio una superficie de agua delante de ella y un camino de gravilla que serpenteaba a su izquierda. El agua, que parecía gelatina oscura salpicada de restos de hojas y hierbajos, despedía un hedor fétido y decadente, y las rocas que bordeaban la orilla estaban cubiertas de un limo verdoso.
    —Ahora sabemos de dónde procede el hedor —dijo Barrett, moviendo la cabeza—. Belasco tenía un pantano.
    —La Ciénaga Bastarda —dijo Fischer.
    —¿Por qué lo llama así?

    Fischer no respondió.

    —Se lo contaré más adelante —dijo, por fin.

    Ahora avanzaban en silencio. Sólo se oía el crujido de la gravilla bajo sus pies. Aquel lugar era tan húmedo que todos tenían la impresión de que el frío había logrado adentrarse en sus huesos. Edith se levantó el cuello del abrigo y se acercó más a Lionel. Ambos siguieron caminando cogidos del brazo y mirando hacia el suelo. Florence les seguía.

    Cuando Lionel se detuvo, Edith levantó la mirada.

    Ante ellos, envuelta en la niebla, surgía amenazadora la silueta de una inmensa casa.

    —Es un lugar espeluznante —dijo Florence, empleando un tono airado. Edith la miró.
    —Ni siquiera hemos entrado, señorita Tanner —dijo Barrett.
    —No necesito entrar para saberlo. —Observó a Fischer, que tenía los ojos fijos en la casa. Al ver que se estremecía, se adelantó y acercó su mano a la de él. Fischer se la cogió con tanta fuerza que la mujer esbozó una mueca de dolor.

    Barrett y Edith contemplaron el edificio. Entre la niebla, parecía un acantilado fantasmagórico que les cerraba el paso. De pronto, Edith se adelantó unos pasos.

    —No tiene ventanas —dijo.
    —Belasco ordenó que las tapiaran —explicó Barrett.
    —¿Por qué?
    —No lo sé. Quizá...
    —Estamos perdiendo el tiempo —les interrumpió Fischer, apartándose de Florence y volviendo a ponerse en marcha.

    Recorrieron los últimos metros por el camino de gravilla y subieron los grandes escalones que conducían al porche. Edith advirtió que todos ellos estaban resquebrajados y que en las hendiduras crecían hongos y hierbajos amarillentos cubiertos de escarcha.

    Se detuvieron ante la gigantesca doble puerta principal.

    —Si se abre sola, me voy a casa —dijo Edith, intentando que su voz sonara divertida.

    Barrett sujetó el pomo de la puerta y lo empujó hacia abajo. La puerta no se movió.

    —¿Le sucedió esto alguna vez?
    —En más de una ocasión.
    —Entonces, me alegro de que tengamos la llave —Barrett la sacó del bolsillo de su abrigo y la introdujo en la cerradura, pero fue incapaz de girarla. Movió la llave de un lado a otro, intentando desatascar el cierre.

    De repente, la llave giró y la pesada puerta empezó a abrirse hacia dentro. Edith se estremeció al ver que Florence contenía el aliento.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó.

    Florence movió la cabeza.

    —Nada que deba inquietarnos —respondió Barrett. Edith miró a su marido, recelosa.
    —Sólo ha sido una reacción, señora Barrett —explicó Florence—. Su marido tiene razón. No debemos inquietarnos.

    Fischer ya había entrado en la casa y estaba buscando el interruptor de la luz. Cuando lo encontró, sus compañeros oyeron que lo pulsaba una y otra vez, sin ningún éxito.

    —Menos mal que habían restablecido el servicio eléctrico —comentó.
    —El generador debe de ser muy viejo —dijo Barrett.
    —¿Generador? —Edith estaba estupefacta—. ¿No hay servicio eléctrico en este lugar?
    —En este valle hay tan pocas casas que no resultaría factible instalarlo —explicó Barrett.
    —Entonces, ¿cómo es posible que hayan conectado el teléfono?
    —Es un teléfono de campo —respondió su marido, observando el interior de la casa—. Bueno, el señor Deutsch tendrá que conseguirnos otro generador.
    —Usted cree que así se solucionará todo, ¿verdad? —preguntó Fischer, con recelo.
    —Por supuesto —replicó—. No podemos considerar que el hecho de que se haya estropeado un viejo generador sea un fenómeno psíquico.
    —¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Edith—. ¿Quedarnos en Caribou Falls hasta que instalen el nuevo?
    —Eso podría llevar días —dijo Barrett—. Usaremos velas hasta que llegue.
    —Velas —repitió Edith.

    Barrett sonrió al ver su expresión.

    —Sólo serán un par de días.

    Ella asintió, esbozando una débil sonrisa. Barrett echó un vistazo al interior de la casa.

    —Ahora, la pregunta es: ¿de dónde sacamos las velas? Supongo que habrá alguna por aquí dentro. —Guardó silencio al ver que Fischer sacaba una linterna del bolsillo de su abrigo—. ¡Ah!

    Fischer encendió la linterna, proyectó la luz hacia el interior y entonces, armándose de valor, cruzó el umbral.

    Barrett fue el siguiente en entrar. En cuanto cruzó la puerta, se detuvo al otro lado y escuchó unos instantes. A continuación, se giró y le tendió la mano a Edith, que avanzó sujetándole con fuerza.

    —Aquí dentro huele peor que fuera —dijo la mujer.
    —Es una casa muy antigua que carece de ventilación. Aunque el olor también podría proceder de la chimenea, pues hace más de veintinueve años que no se utiliza —explicó su marido. Entonces, volviéndose hacia Florence, preguntó—: ¿Va a entrar, señorita Tanner?

    Ésta asintió, con una pequeña sonrisa.

    —Sí. —Tras enderezar la espalda y coger aire con fuerza, entró en la casa. Entonces miró a su alrededor, intentando reprimir las náuseas—. La atmósfera es...
    —Una atmósfera de este mundo, no del próximo —dijo Barrett, con sequedad.

    Fischer enfocó con la linterna la oscura inmensidad del vestíbulo. El estrecho haz de luz saltaba caprichosamente de un lugar a otro, deteniéndose momentáneamente en voluminosos muebles, inmensos cuadros de colores plomizos y tapices gigantescos cubiertos de polvo. Vieron una escalera amplia y ondulada que subía hacia la oscuridad, el pasillo del segundo piso que daba al vestíbulo y, mucho más arriba, envuelta en sombras, una amplia extensión de techo revestido con paneles.

    —Parece el hogar de una persona sencilla —comentó Barrett.
    —En absoluto —respondió Florence—. Apesta a arrogancia.

    Barrett suspiró.

    —No sé si será a arrogancia, pero sí que apesta. —El doctor miró hacia la derecha—. Según el plano, la cocina debe de estar por ahí.

    Edith permaneció a su lado mientras cruzaban el vestíbulo. El sonido de sus pasos retumbaba con fuerza en el suelo de madera noble.

    —Sabe que estamos aquí —comentó Florence, mirando a su alrededor.

    Barrett frunció el ceño.

    —Señorita Tanner, espero que no piense que intento coartarla, pero...
    —Lo siento —respondió Florence—. Intentaré guardarme para mí misma mis observaciones.

    Llegaron a un pasillo y avanzaron por él. Fischer iba delante, Barrett y Edith lo seguían y Florence cerraba la marcha. Al final del pasillo se alzaban un par de puertas giratorias revestidas de metal. Fischer empujó una de ellas y, tras entrar en la cocina, la mantuvo entornada para que pasaran los demás. Cuando todos estuvieron dentro, soltó la puerta para que volviera a su lugar y giró sobre sus talones.

    —Dios mío —exclamó Edith, siguiendo con la mirada la luz de la linterna.

    La habitación medía aproximadamente ciento veinte metros cuadrados y sus paredes estaban rodeadas de muebles metálicos y estanterías revestidas de paneles oscuros. Había un enorme fregadero de doble pila, una cocina gigantesca con tres hornos y una inmensa sala frigorífica. En el centro de la sala, como si fuera un colosal ataúd coronado de acero, se alzaba una descomunal mesa de cocina.

    —Debía de tener un montón de invitados —comentó Edith.

    Fischer enfocó con la linterna un gran reloj de pared electrónico que se alzaba sobre los fogones. Sus agujas se habían detenido a las 7:31, a.m. o p.m. ¿De qué día?, se preguntó Barrett, mientras avanzaba cojeando hacia la pared de su derecha y empezaba a abrir cajones. Edith y Florence estaban juntas, observándolo. A continuación, el doctor abrió las puertas de uno de los armarios y musitó algo cuando Fischer lo iluminó con la linterna.

    —Espirituosos auténticos —dijo, mirando las hileras de botellas cubiertas de polvo—. Podríamos abrir una después de cenar.

    Fischer abrió otro cajón y sacó una lámina de cartulina con los bordes amarillentos. La enfocó con la linterna.

    —¿Qué es eso? —preguntó Barrett.
    —Uno de los menús. Según la fecha, es del 27 de marzo de 1928. Sopa de marisco. Mollejas de ternera en salsa. Estofado de capón. Sopa de pan. Crema de coliflor. Y de postre, amandes crème: almendras picadas con nata y clara de huevo batida.
    —Supongo que todos sus invitados acabaron con acidez de estómago —dijo Barrett, riendo.
    —Creo que las comidas tenían un objetivo distinto al de llenarles el estómago —respondió Fischer, sacando un paquete de velas del cajón.

    Tras coger una vela y un candelero cada uno, regresaron al vestíbulo. A medida que avanzaban, las titilantes llamas hacían que sus sombras ondearan en las paredes y el techo.

    —Allí debe de estar el comedor —dijo Barrett.

    Avanzaron bajo una arcada de dos metros de ancho y se detuvieron. Edith y Florence jadearon simultáneamente; Barrett, dejando escapar un silbido, levantó la vela para iluminar mejor la estancia.

    Aquel comedor debía de medir unos cuatrocientos cincuenta metros cuadrados. Las paredes, de dos pisos, estaban revestidas de madera de nogal hasta los dos metros y medio de altura y, a continuación, por bloques de piedra. Enfrente de ellos se alzaba una chimenea gigantesca con el manto de piedra tallada.

    Todos los muebles eran antiguos, excepto las sillas que se diseminaban por todas partes y los sofás, que habían sido tapizados siguiendo la moda de los años veinte. En diversos puntos de la sala había estatuas de mármol sobre sus pedestales; en el rincón noroeste descansaba un piano de cola de ébano; y en el centro de la estancia se alzaba una mesa circular de más de seis metros de diámetro, rodeada por dieciséis sillas de respaldo alto. Sobre ella pendía una enorme araña de luces. Es el lugar perfecto para instalar el equipo, pensó Barrett. Era evidente que alguien había limpiado el comedor.

    —Sigamos adelante —propuso, bajando la vela.

    Abandonaron el salón, cruzaron el vestíbulo pasando bajo las escaleras y doblaron a la derecha para acceder a otro pasillo. Cuando ya habían recorrido varios metros, vieron a su izquierda un par de puertas giratorias de nogal. El doctor empujó una de ellas y se asomó.

    —Es el teatro —explicó.

    Cuando entraron, fueron recibidos por un olor rancio. Las paredes de aquel teatro habían sido revestidas de un antiguo brocado rojo y el suelo, inclinado y con tres pasillos, estaba enmoquetado también en rojo. En el escenario, diversas columnas renacentistas de color dorado flanqueaban la pantalla y a lo largo de las paredes pendían candelabros de plata conectados a la corriente. Las cien butacas que se alineaban en la sala habían sido hechas a medida y tapizadas con terciopelo de color vino.

    —¿Cuánto dinero tenía Belasco? —preguntó Edith.
    —Creo que al morir dejó más de siete millones de dólares —respondió Barrett.
    —¿Al morir? —comentó Fischer, que estaba sujetando una de las puertas para mantenerla abierta.
    —Si hay algo que quiera contarnos... —dijo Barrett, mientras regresaba al pasillo.
    —¿Qué podría decirles? Esta casa intentó matarme... y estuvo a punto de conseguirlo.

    El doctor parecía estar a punto de decir algo, pero cambió de idea y observó el pasillo.

    —Creo que esa escalera conduce a la piscina y a la sauna —comentó—. Pero no tiene ningún sentido que bajemos hasta que no haya electricidad.

    Cruzó cojeando el pasillo y abrió una pesada puerta de madera.

    —¿Qué es? —preguntó Edith.
    —Parece una capilla.
    —¿Una capilla? —Florence palideció. Empezó a aproximarse a la puerta, gimiendo con aprensión. Edith la observó, inquieta.
    —¿Señorita Tanner? —dijo Barrett.

    La mujer no respondió. Cuando ya estaba junto a la puerta, vaciló.

    —Será mejor que no entre —le advirtió Fischer.

    Florence movió la cabeza.

    —Debo hacerlo —respondió, entrando en la sala.

    Retrocedió al instante, sofocando un grito.

    —¿Qué sucede? —preguntó Edith, sobresaltada.

    Florence fue incapaz de responder. Cogió aire con fuerza y movió la cabeza lentamente. Barrett apoyó la mano en el brazo de su esposa.

    —Todo va bien —le dijo en voz muy baja, intentando reconfortarla.
    —En estos momentos me resulta imposible entrar ahí —dijo Florence, a modo de disculpa. Tragó saliva antes de añadir—: Soy incapaz de soportar esa atmósfera.
    —Sólo estaremos un momento —dijo Barrett.

    Florence asintió y dio media vuelta.

    Mientras entraba en la capilla, Edith fue armándose de valor, preparándose para recibir cualquier tipo de susto. Al ver que no ocurría nada, se volvió hacia su marido, confusa. Abrió la boca para decirle algo, pero decidió esperar a que Fischer se alejara un poco.

    —¿Por qué no puede entrar aquí? —preguntó, en un susurro.
    —Porque su sistema armoniza con la energía psíquica —explicó su marido—, y es obvio que esa energía es muy fuerte en este lugar.
    —¿Y por qué aquí?
    —Puede que por contraste: una iglesia en el infierno.

    Edith asintió, mirando de reojo a Fischer.

    —¿Y por qué a él no le molesta? —preguntó.
    —Puede que sepa cómo protegerse.

    Edith asintió de nuevo. Permaneció junto a su marido mientras éste observaba el bajo techo de la capilla. Delante de las hileras de bancos que daban cabida a cincuenta personas se alzaba un altar; sobre éste, reluciendo a la luz de las velas, colgaba una figura de Jesús crucificado de tamaño natural y pintada en color carne.

    —Parece una verdadera capilla —empezó a decir Edith, pero se interrumpió, escandalizada, al ver el enorme pene que sobresalía de la imagen de Jesucristo. Era incapaz de apartar la mirada de aquel obsceno crucifijo. De pronto, sintió que el aire se había espesado, que se coagulaba en su garganta. Intentó reprimir las náuseas.

    Entonces, descubrió los murales pornográficos que colgaban de las paredes. Su mirada se detuvo en el que tenía a su derecha, que describía una orgía de monjas y sacerdotes medio desnudos. Todos ellos babeaban, tenían el rostro enrojecido de excitación y sus ojos reflejaban una lascivia maníaca.

    —La profanación de lo sagrado —comentó Barrett—. Una enfermedad venerable.
    —Era un enfermo —murmuró Edith.
    —Sí, lo era —Barrett la cogió del brazo. Mientras recorrían juntos la nave, Edith advirtió que Fischer ya había salido.

    Lo encontraron en el pasillo.

    —Florence ha desaparecido —anunció.

    Edith lo miró fijamente.

    —¿Cómo puede haberse...? —guardó silencio, mirando a su alrededor.
    —Estoy seguro de que está bien —dijo Barrett.
    —¿En serio? —Fischer parecía enfadado.
    —Estoy seguro de que está bien —repitió Barrett con firmeza—. ¡Señorita Tanner! ¡Venga!

    Empezó a avanzar por el pasillo, llamándola.

    —¡Señorita Tanner!

    Fischer lo siguió, en silencio.

    —Lionel, ¿por qué iba a querer...?
    —No saquemos conclusiones precipitadas —le dijo su marido—. ¡Señorita Tanner! ¿Puede oírme?

    Cuando llegaron al vestíbulo principal, Edith señaló con un dedo el comedor, donde centelleaba la luz de una vela.

    —¡Señorita Tanner! —gritó Barrett.
    —¡Estoy aquí!

    Lionel sonrió a su mujer y, a continuación, miró de reojo a Fischer. Éste seguía muy tenso.

    Florence se encontraba en el extremo más alejado del comedor. Avanzaron hacia ella, oyendo cómo resonaban sus pasos por el suelo.

    —No debería haber hecho eso, señorita Tanner —le reprendió el doctor Barrett—. Ha conseguido alarmarnos.
    —Lo siento —respondió Florence—:. Oí una voz que procedía de este lugar.

    Edith se estremeció.

    Florence señaló el mueble tras el cual se había detenido: una vitrina de estilo español en cuyo interior descansaba un gramófono. Acercó la mano al plato giratorio y levantó un disco para enseñárselo.

    —Era esto.

    Edith no entendía nada.

    —¿Cómo ha podido sonar si no hay electricidad?
    —Olvidas que los antiguos gramófonos funcionaban con cuerda —explicó Barrett, dejando el candelero encima de la vitrina para examinar el disco que Florence sostenía entre sus manos—. Es de fabricación casera.
    —Belasco.

    Barrett lo miró, intrigado.

    —¿Era su voz? —Al ver que la mujer asentía, dejó el disco sobre el plato giratorio. Florence observó a Fischer, que se encontraba a varios metros de distancia y tenía los ojos fijos en el gramófono.

    Barrett dio unas vueltas a la manivela, deslizó la yema del dedo por el extremo de la aguja y la colocó sobre el borde del disco. El altavoz emitió un chasquido; después sonó una voz.

    —Bienvenidos a mi hogar —dijo Emeric Belasco—. Me alegro de que hayan podido venir.

    Edith cruzó los brazos, temblando.

    —Estoy seguro de que su estancia en este lugar les resultará sumamente esclarecedora. —La voz de Belasco era suave y melosa, pero también aterradora: era la voz de un demente muy disciplinado—. Lamento no poder acompañarles, pero tuve que partir antes de su llegada.

    Hijo de puta, pensó Fischer.

    —De todos modos, no deseo que mi ausencia física les incomode. Consideren que soy su anfitrión invisible y sepan que, durante su estancia, estaré con ustedes en espíritu.

    Edith estaba aterrada. Esa voz.

    —Todas sus necesidades están cubiertas —continuó diciendo la voz de Belasco—. No hemos pasado por alto ningún detalle. Pueden ir donde quieran y hacer lo que les apetezca. Ésta es la regla principal de mi hogar: siéntanse libres de hacer lo que prefieran. En mi casa no hay responsabilidades ni normas. Podría decirse que mi única regla es la siguiente: «que cada uno se las apañe como pueda». Espero que encuentren la respuesta que están buscando. Está aquí, se lo aseguro.

    Hubo una pausa.

    —Y ahora... auf Wiedersehen.

    Cuando la aguja llegó al final del disco, Barrett la levantó y apagó el gramófono. El comedor estaba en completo silencio.

    —Auf Wiedersehen —repitió Florence—. Hasta que nos volvamos a ver.
    —¿Lionel...?
    —No realizó esta grabación pensando en nosotros —dijo.
    —Pero...
    —La grabó hace más de medio siglo —explicó Barrett, sosteniendo el disco en lo alto—. Fíjense bien. El hecho de que esas palabras nos resulten pertinentes no es más que una simple coincidencia.
    —Entonces, ¿por qué se puso en marcha el gramófono? —preguntó Florence.
    —Ése es un tema completamente distinto —respondió Barrett—. Ahora sólo estoy hablando del disco.

    Miró a Fischer antes de continuar.

    —¿En 1940 también se puso solo en marcha? Los informes no dicen nada de eso.

    Fischer movió la cabeza.

    —¿Usted sabía algo de este disco?

    Justo cuando todos pensaban que no iba a responder, Fischer empezó a hablar.

    —Cuando llegaban los invitados, descubrían que se había ido; entonces sonaba este disco —hizo una pausa—. Era uno de sus juegos favoritos. Mientras sus huéspedes estaban aquí, Belasco se escondía para espiarlos.

    Barrett asintió.

    —Pero puede que fuera invisible —continuó Fischer—. Él afirmaba tener ese poder. Decía que podía dirigir la atención de un grupo de personas hacia cierto objeto y moverse entre ellos sin que nadie lo viera.
    —Lo dudo —dijo Barrett.
    —¿En serio? —Fischer contempló el gramófono esbozando una extraña sonrisa—. Hace unos instantes, todos estábamos absortos en ese aparato. ¿Cómo sabe que no ha pasado junto a nosotros mientras escuchábamos sus palabras?


    12:46 P.M.


    Estaban subiendo las escaleras cuando una gélida brisa pasó sobre ellos, haciendo que las llamas titilaran. La vela de Edith se apagó.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó en un susurro.
    —Una brisa —respondió Barrett, inclinando su vela para volver a encender la de su esposa—. Ya hablaremos de esto después.

    Edith tragó saliva, mirando a Florence. Su marido la cogió del brazo y ambos continuaron subiendo las escaleras.

    —Sucederán muchas cosas como ésta durante toda la semana —explicó—. Pronto te acostumbrarás.

    Edith no dijo nada. Mientras continuaban subiendo, Florence y Fischer intercambiaron una mirada.

    Al llegar al segundo piso, giraron a la derecha y avanzaron por la galería. A mano derecha se extendía la pesada balaustrada; a mano izquierda, a lo largo de la pared revestida de madera, se abrían diversas puertas. Barrett se acercó a la primera de ellas y la abrió. Tras echar un vistazo a su interior, se volvió hacia Florence.

    —¿Le gusta ésta? —preguntó.

    La mujer cruzó el umbral.

    —No está mal —dijo, regresando al pasillo—. Pero creo que la señora Barrett estará más cómoda en esta habitación.

    Barrett estuvo a punto de decir algo, pero prefirió guardar silencio.

    —De acuerdo —dijo, indicando a su esposa que entrara.

    Siguió a Edith hasta el interior y, tras cerrar la puerta, recorrió el cuarto, cojeando. Edith miró a su alrededor. A su izquierda había un par de camas renacentistas de nogal tallado, entre las que se alzaba una mesita de noche, con una lámpara y un teléfono de estilo francés. En el centro de la pared contraria se abría una chimenea y, enfrente de ésta, descansaba una robusta mecedora de nogal. Una alfombra persa de color azul, de cincuenta y cinco metros cuadrados, cubría casi por completo el suelo de madera de teca. En medio de la alfombra se alzaba una mesa octogonal y una silla a juego, tapizada en cuero rojo.

    Tras echar un vistazo al cuarto de baño, Barrett regresó junto a su mujer.

    —Respecto a esa brisa... La verdad es que no me apetecía empezar una discusión con la señorita Tanner. Por eso he preferido omitir el tema.
    —Realmente ha sucedido, ¿verdad?
    —Por supuesto —respondió, con una sonrisa—. Pero no ha sido más que una simple manifestación de energía cinética. Piense lo que piense la señorita Tanner, esa energía carece de inteligencia. Debería haberte mencionado eso antes de salir de casa.
    —¿Haberme mencionado qué?
    —Que tendrías que insensibilizarte a todo lo que esa mujer pueda decir durante la próxima semana. Ya sabes que es espiritista. Sus creencias se basan en la vida más allá de la muerte y en la comunicación con los desencarnados... una base que es completamente errónea. Eso es lo que intento demostrar pero, hasta que no lo consiga —dijo, sonriendo—, te tocará escuchar muchas de sus... opiniones. No puedo pedirle que se abstenga de hacer comentarios en todo momento.

    A su derecha, apoyadas contra la pared, descansaban un par de camas con unas cabeceras laboriosamente talladas, entre las que se alzaba una inmensa cómoda. Sobre ésta, suspendida del techo, había una gran lámpara italiana de plata.

    Justo enfrente de ella, junto a las contraventanas de madera, se alzaba una mesa de estilo español con una silla a juego. Encima de la mesa había una lamparilla china y un teléfono de estilo francés. Florence cruzó la habitación y descolgó el aparato. No había línea. ¿Tenía alguna esperanza de que estuviera conectado?, pensó divertida. Estaba segura de que, antaño, con ese teléfono sólo podían efectuarse llamadas internas.

    Se giró y observó la habitación. Había algo. ¿Qué era? ¿Un ente? ¿Una emoción residual? Florence cerró los ojos y esperó. Estaba segura de que había algo en el aire. Sentía cómo se movía y palpitaba, acercándose a ella para retroceder al instante, como una bestia invisible y huidiza.

    Después de varios minutos abrió los ojos. Ya vendrá, pensó. Cruzó la habitación para dirigirse al cuarto de baño y entrecerró los ojos cuando sus blancas paredes de baldosa relucieron a la luz de la vela. Tras dejar el candelero en la pila, abrió el grifo de agua caliente. Durante unos momentos no sucedió nada. Entonces, se oyó un borboteo y una gota oscurecida por el óxido salpicó la cuenca. Florence esperó a que el agua saliera limpia antes de mojarse las manos. Estaba tan fría que se le escapó un silbido. Espero que el calentador no esté estropeado, pensó. Tras inclinarse un poco, se humedeció la cara.

    Tendría que haber entrado en la capilla, pensó. No debería haberme echado atrás al primer desafío. Esbozó una mueca al recordar las fuertes náuseas que había sentido cuando estaba a punto de entrar. Es un lugar espantoso. Tenía que encontrar la forma de entrar, pero sabía que tardaría algún tiempo en poder hacerlo. Pronto entraré, se prometió a sí misma. Cuando llegue el momento, Dios me concederá la fuerza necesaria.

    Su habitación era más pequeña que las otras dos. En ella sólo había una cama con dosel. Fischer se sentó a los pies, contemplando el intrincado dibujo de la moqueta. Podía sentir que la casa que le rodeaba era como un ser enorme e invisible. Sabe que estoy aquí, pensó. Belasco lo sabe. Todos ellos lo saben, porque soy su único fracaso. Lo estaban observando, esperando a ver qué hacía.

    Pero no tenía intenciones de dar ningún paso antes de tiempo. No pensaba hacer nada hasta que lograra sentir ese lugar.


    2:21 P.M.


    Fischer fue hasta el comedor, iluminándose con la linterna. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba un jersey negro de cuello alto, unos pantalones negros de pana y unas zapatillas de deporte gastadas. Avanzó silenciosamente hasta la enorme mesa redonda. Barrett y Edith estaban allí, él sentado y ella de pie, abriendo unas cajas de madera y dejando su contenido sobre la mesa. En la chimenea crepitaba el fuego.

    Edith dio un respingo cuando Fischer surgió de entre las sombras.

    —¿Necesitan ayuda?—preguntó.
    —Ya estamos acabando —respondió Barrett, sonriendo—. Pero gracias por ofrecerse.

    Fischer se sentó en una de las sillas y observó a Barrett con atención, viendo cómo desembalaba un instrumento, lo limpiaba cuidadosamente con un trapo y lo dejaba sobre la mesa. Qué quisquilloso es con su equipo, pensó. Se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió uno, siguiendo a Edith con la mirada. Cuando ésta cogió otra caja y la llevó hasta la mesa, advirtió el movimiento de su deforme sombra en la pared.

    —¿Sigue dando clases de física? —preguntó.
    —Con ciertas limitaciones, por motivos de salud. —Barrett vaciló, pero decidió continuar—. Tuve la polio a los doce años y mi pierna derecha está parcialmente paralizada.

    Fischer lo observó en silencio. Barrett sacó otro instrumento de su caja y lo limpió con el trapo. Tras dejar el instrumento sobre la mesa, volvió a mirar a Fischer.

    —Pero eso no afectará de ningún modo al proyecto —dijo.

    Fischer asintió.

    —Antes se refirió al pantano como la Ciénaga Bastarda —comentó el doctor, prosiguiendo con su trabajo—. ¿Por qué?
    —Algunas de las invitadas de Belasco se quedaron embarazadas durante su estancia en la casa.
    —¿Y los bebés acabaron...? —preguntó Barrett, levantando la mirada.
    —En trece ocasiones.
    —Eso es terrible —exclamó Edith.

    Fischer dejó escapar el humo por su boca.

    —En este lugar sucedieron muchas cosas terribles.

    Barrett observó los instrumentos que ya estaban sobre la mesa: el galvanómetro astático, el galvanómetro reflectante, el electrómetro de cuadrantes, la balanza Crookes, la cámara, la jaula de tela metálica, el absorbedor de humo, el manómetro, los platos de la balanza y la grabadora. Aún tenía que desempaquetar el reloj de contacto, el electroscopio, las luces (estándar e infrarrojas), el termómetro de máximas y mínimas, el higroscopio, la pantalla de sulfuro fosforescente, el hornillo eléctrico, la caja de cubetas y tubos de ensayo, el material moldeable y el equipo de primeros auxilios. Y el instrumento más importante de todos, pensó Barrett con satisfacción.

    Estaba desempaquetando un soporte de luces rojas, amarillas y blancas cuando Fischer preguntó:

    —¿Cómo piensa utilizarlo si no hay electricidad?
    —He llamado a Caribou Falls —respondió Barrett—. Por cierto, el teléfono está en el vestíbulo. Me han dicho que instalarán un generador nuevo por la mañana.
    —¿Y usted cree que funcionará?

    Barrett reprimió una sonrisa.

    —Funcionará.

    Fischer no dijo nada más. El leño que ardía en la chimenea restalló y Edith, que estaba a punto de coger una de las cajas de madera más grandes, dio un respingo.

    —No cojas ésa. Pesa demasiado —le dijo su marido.
    —Yo lo haré —levantándose de la silla, Fischer se acercó a Edith y cogió la caja.
    —¿Qué hay aquí dentro? —preguntó, mientras la llevaba a la mesa—. ¿Un yunque?

    Barrett levantó la tapa de la caja, advirtiendo su mirada de curiosidad.

    —¿Le importaría...? —preguntó. Fischer cogió entre sus manos el voluminoso instrumento de metal y lo dejó sobre la mesa. Éste tenía forma de cubo y estaba pintado de azul oscuro. En la parte frontal había un panel esférico y una minúscula aguja roja que señalaba el número cero. A la izquierda del cero aparecía el número novecientos. Sobre la parte superior del instrumento ponía, en letras negras: BARRETT - REM
    —¿REM?—preguntó Fischer.
    —Se lo explicaré más adelante —dijo Barrett.
    —¿Es ésta su máquina?

    Barrett movió la cabeza hacia los lados.

    —La están construyendo.

    Todos se volvieron hacia la arcada al oír unos pasos. Florence apareció en la entrada, con un candelero en la mano. Iba vestida con un pesado jersey verde de manga larga, una recia falda de tweed y zapatos de tacón bajo.

    —Hola —dijo alegremente.

    Mientras se aproximaba hacia ellos, recorrió con la mirada el despliegue dé instrumentos que había sobre la mesa y sonrió.

    —¿Le apetece venir a dar una vuelta? —preguntó, dirigiéndose a Fischer.
    —¿Por qué no?

    En cuanto se quedaron solos, Edith cogió una lista mecanografiada que descansaba sobre la mesa y la leyó. Llevaba por título «Fenómenos Psíquicos Observados en la Casa Belasco»:

    Adivinación; Adivinación por bola de cristal; Admonición; Apariciones; Aportes; Asportes; Atado de nudos; Automatismo motor; Automatismo sensorial; Autoscopia; Bilocación; Brisas; Catalepsia; Clariaudiencia; Clariconciencia; Clariconciencia floral; Clarividencia; Comunicación; Comunicación onírica; Control; Desmaterialización; Dibujo automático; Dibujo directo; Ectoplasma; Eidolones; Elongación; Emanaciones; Escotografía; Escriptografía; Escritura automática; Escritura dérmica; Escritura directa; Escritura facsímil; Escritura sobre pizarra; Estigmas; Exteriorización de motricidad; Exteriorización de sensación; Extras; Fantasmas; Fantasmogénesis; Fenómenos biológicos; Fenómenos eléctricos; Fenómenos luminosos; Fenómenos magnéticos; Fenómenos poltergeist; Fenómenos químicos; Fotografía psíquica; Glosolalia; Golpes; Habla automática; Hiperestesia; Hipermnesia; Huellas; Ideomorfos; Ideoplasma; Impresiones químicas; Interpenetración de la materia; Levitación; Materia a través de materia; Materialización; Metagrafología; Moldes de parafina; Música trascendental; Obsesión; Olores; Paramnesia; Paraquinesia; Parestesia; Percepción extra-temporal; Percusión; Personificación; Pintura automática; Pintura directa; Posesión; Precognición; Presentimiento; Previsión; Profecías oníricas; Pruebas con libros; Pruebas impresas; Psícometría; Psicoquinesia; Radiestesia; Radiografías; Retrocognición; Salpicaduras de agua; Seudópodos; Sonambulismo; Sonidos psíquicos; Sueños; Teleplasma; Telequinesia; Telestesía; Tiptología; Roces psíquicos; Transfiguración; Transporte; Varas psíquicas; Vientos psíquicos; Visión ciega; Visión telescópica; Voces; Voz directa; Voz independiente; Xenoglosia.

    Edith dejó la lista sobre la mesa, aturdida. Dios mío, pensó. ¿Qué tipo de semana nos espera?


    2:53 P.M.


    El garaje tenía capacidad para siete automóviles, pero ahora estaba vacío. Fischer apagó la linterna al entrar, pues por las mugrientas ventanas entraba luz del día suficiente para poder ver. Observó la niebla verdosa que presionaba los paneles de vidrio.

    —Quizá deberíamos guardar el coche aquí —dijo.

    Florence avanzó por aquel suelo salpicado de aceite, moviendo la cabeza de un lado a otro. Se detuvo ante un estante y tocó un martillo sucio y moteado de óxido.

    —¿Qué ha dicho? —preguntó.
    —Que quizá deberíamos guardar el coche aquí.

    Florence le dijo que no con la cabeza.

    —Si ha sido capaz de estropear el generador, hará lo mismo con el coche.

    Fischer observó a la médium, que estaba dando vueltas por el garaje. Cuando pasó junto a él, alcanzó a oler su perfume.

    —¿Por qué dejó de actuar? —preguntó.

    Florence le miró, esbozando una leve sonrisa.

    —Es una larga historia, Ben. Se la contaré cuando estemos un poco más tranquilos. En estos momentos prefiero captar las sensaciones del lugar —se detuvo junto a una mancha de luz y cerró los ojos.

    Fischer la observó atentamente. Con su tez marfil y su lustroso cabello pelirrojo, la médium parecía una muñeca de porcelana.

    Instantes después, Florence regresó junto a él.

    —Aquí no hay nada —dijo—. ¿Está de acuerdo conmigo?
    —Si usted lo dice...

    Fischer conectó la linterna mientras subían los escalones que conducían al pasillo.

    —¿Adónde vamos ahora? —preguntó Florence.
    —No conozco bien este lugar. Sólo estuve tres días.
    —Entonces, lo exploraremos. No es necesario...

    De repente, Florence guardó silencio y se detuvo, ladeando la cabeza hacia la derecha, como si oyera un ruido a sus espaldas.

    —Sí. Tristeza. Dolor —murmuró, frunciendo el ceño y moviendo la cabeza—. No, no.

    Entonces suspiró y miró a Fischer.

    —Usted puede sentirlo.

    Fischer no respondió. La mujer sonrió y apartó la mirada.

    —Bien, veamos qué más encontramos. —Cuando empezaron a alejarse por el pasillo, ella le preguntó—: ¿Ha leído ese artículo del doctor Barrett en el que compara a las personas sensitivas con contadores Geiger?
    —No.
    —La verdad es que la comparación es buena. En cierto modo, somos como contadores Geiger: si quedamos expuestos a las emanaciones psíquicas, las detectamos al instante. La única diferencia es que, además de instrumentos, somos jueces; no sólo captamos las sensaciones, sino que también las analizamos.
    —Hum... —dijo Fischer. Florence lo miró de reojo.

    Empezaron a descender las escaleras que había delante de la capilla.

    —Me pregunto si realmente necesitaremos una semana entera —dijo Florence.
    —Pues yo creo que no lo conseguiremos ni en un año — comentó él, iluminando el suelo con la linterna.
    —He visto cómo se resolvían problemas psíquicos sumamente complejos de la noche a la mañana —dijo ella, empleando un tono neutro—. No deberíamos...

    Se interrumpió, sujetándose a la barandilla.

    —Esa maldita cloaca —murmuró con fiereza. Entonces, dio un respingo y movió la cabeza—. ¡Oh! Qué furia. Qué veneno tan destructivo. Es un hombre muy hostil, pero no me sorprende. ¿Quién puede culparle, si está encerrado en esta casa?

    Temblando, miró de reojo a Fischer.

    Al llegar al pasillo inferior, vieron un par de puertas giratorias de metal con ojos de buey. Fischer empujó una y la mantuvo abierta para que pasara su compañera. Sus pasos resonaron con fuerza en el suelo de baldosas y reverberaron en el bajo techo.

    En aquella estancia había una piscina olímpica. Fischer alumbró con la linterna sus turbias y verdosas profundidades. Avanzó hasta el borde y, tras arrodillarse, se subió la manga del jersey y hundió la mano en el agua.

    —No está fría. —^—Sorprendido, examinó la piscina—. Y está entrando agua. Debe de tener un generador independiente.

    Florence contempló la piscina. Las ondas que había provocado la mano de Fischer se deslizaban por la superficie.

    —Aquí hay algo —comentó, sin mirar a su compañero.
    —La sauna está al otro lado —dijo Fischer, regresando junto a ella.
    —Vayamos a echar un vistazo.

    Mientras avanzaban por el borde de la piscina, sus pasos reverberaron con tanta fuerza que parecía que les estaba siguiendo alguien. Florence miró por encima del hombro.

    —Sí —murmuró, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

    Fischer abrió la pesada puerta metálica y la mantuvo entornada mientras alumbraba el interior con la linterna. La sauna medía dieciséis metros cuadrados y sus paredes, suelo y techo estaban alicatados en blanco. Diversos bancos de madera se alineaban a las paredes y, recorriendo el suelo en espiral como si fuera una serpiente petrificada, había una manguera de color verde apagado conectada a la toma de agua.

    Florence hizo una mueca.

    —Corrompido. Aquí... —Tragó saliva, como si deseara liberar su garganta de la amarga bilis—. Aquí. ¿Pero qué?

    Fischer soltó la puerta, que se cerró con un fuerte golpe. Florence lo miró y, al ver que daba media vuelta, empezó a caminar junto a él.

    —El doctor Barrett ha venido muy bien equipado, ¿verdad? —dijo, intentando animarlo—. Resulta extraño que esté tan convencido de que la ciencia podrá acabar con el poder de esta casa.
    —¿Y qué podrá hacerlo?
    —El amor —respondió ella, apretándole el brazo—. Ambos lo sabemos, ¿verdad?

    Fischer volvió a sujetar la puerta para que pasara y ambos se alejaron por el pasillo.

    —¿Qué hay allí? —Florence cruzó el vestíbulo y abrió una puerta de madera. Fischer dirigió el haz de luz hacia su interior.

    Era una bodega, aunque todos sus estantes y repisas estaban vacíos.

    Florence hizo una mueca.

    —Veo esta sala llena a rebosar de botellas —dijo, dando media vuelta—. Preferiría no entrar.

    Regresaron a las escaleras y subieron hasta el vestíbulo del primer piso. Al pasar por delante de la puerta de la capilla, Florence se estremeció.

    —Este lugar es el peor de todos. Aunque no haya visto la casa entera, tengo la sensación de que... —A medida que hablaba, su voz fue perdiendo intensidad. Se aclaró la garganta antes de añadir—: Pero conseguiré entrar.

    Accedieron al pasillo contiguo. Unos veinte metros más adelante, en la pared de la derecha, se abría una arcada.

    —¿Qué hay aquí?

    En cuanto cruzó la arcada, Florence contuvo el aliento.

    —Esta casa —dijo.

    El salón de baile era inmenso. Sus elevadas paredes estaban adornadas con brocados y pañería de terciopelo rojo. Tres enormes arañas de luz pendían del techo revestido de madera. El suelo era de roble, con detalles muy laboriosos. En el extremo más alejado de la estancia había un velador para los músicos.

    —Un teatro, quizá... ¿pero esto? —dijo Florence—. ¿Realmente un salón de baile puede ser un lugar maligno?
    —El mal llegó después —respondió Fischer.

    Florence sacudió la cabeza.

    —Contradicciones. Tenía razón cuando dijo que nos llevaría más de una semana. Me siento como si estuviera en el centro de un laberinto de tan inmensurable complejidad que la perspectiva de salir resulta... —Guardó silencio—. Sin embargo, lo conseguiremos.

    Oyeron un tintineo sobre sus cabezas. Fischer levantó la linterna para iluminar la pesada lámpara de cristal que pendía sobre ellos. Los cristales refractaron la luz, proyectando todos los colores del espectro por el techo. La araña no se movía.

    —Acaban de retarnos —susurró Florence.
    —Pero no se dé demasiada prisa en aceptar —le advirtió Fischer.

    Florence le miró bruscamente.

    —Usted le está cerrando el paso —dijo.
    —¿Qué?
    —Usted le está cerrando el paso, por eso no ha sentido aquellas cosas.

    Fischer esbozó una fría sonrisa.

    —No las he sentido porque no eran ciertas. Yo también he sido espiritista, ¿recuerda? Sé que, si se lo proponen, ustedes son capaces de encontrar cosas en cualquier esquina.
    —Ben, eso no es cierto. —Florence parecía dolida—. Esas cosas estaban allí y usted las hubiera percibido con la misma claridad que yo si no estuviera obstruyendo...
    —No estoy obstruyendo nada —le interrumpió—. Lo único que estoy haciendo es evitar caer en el mismo error por segunda vez. Cuando vine aquí en el año 1940, yo era como usted... No, era peor, mucho peor. Realmente creía que era algo, creía que era el regalo que Dios había hecho a la investigación psíquica.
    —Usted fue el médium más poderoso de este país, Ben.
    —Y lo sigo siendo, Florence, pero ahora intento ser más cauteloso. Y le sugiero que haga lo mismo. Se está moviendo por esta casa como si fuera un nervio en carne viva... y cuando realmente encuentre algo, ese algo le arrancará las entrañas. Este lugar se llama Casa Infernal por una buena razón, ¿sabe? Está decidida a matarnos a todos, de modo que debería aprender a protegerse hasta que esté preparada para enfrentarse a ella. Si no, se convertirá en una víctima más de su lista.

    Se miraron en silencio durante un prolongado momento.

    —Pero aquel que entierra su talento... —empezó a decir Florence, tocándole la mano.
    —Oh, mierda —Fischer giró sobre sus talones y se alejó.


    6:42 P.M.


    El comedor medía dieciocho metros de largo y era tan alto como ancho: ocho metros en ambas direcciones. Tenía dos entradas: una arcada que conducía hasta el vestíbulo y una puerta giratoria que daba a la cocina.

    El techo estaba cubierto por paneles de madera exquisitamente tallados, el suelo era de travertino pulido y las paredes estaban revestidas de madera hasta los tres metros y medio de altura y, a continuación, por bloques de piedra. En el centro de la pared occidental se alzaba una gigantesca chimenea, cuyo manto gótico se fundía con el techo. Cuatro lámparas inmensas, conectadas a la corriente, pendían sobre la mesa de doce metros que se alzaba en el centro del comedor. La mesa estaba rodeada por treinta sillas de madera de nogal envejecida, tapizadas de terciopelo de color vino.

    Los cuatro estaban sentados a un extremo de la mesa, presidida por Barrett. La pareja invisible de Caribou Falls les había llevado la cena a las seis y cuarto.

    —Si nadie tiene nada que objetar, me gustaría realizar una sesión esta noche —anunció Florence.

    Barrett se quedó paralizado unos instantes.

    —No tengo nada que objetar —dijo finalmente, mientras continuaba sirviéndose una segunda ración de brécol.

    Florence miró a Edith, que movió la cabeza para indicarle su conformidad; entonces, sus ojos se detuvieron en Fischer.

    —De acuerdo —dijo éste, alcanzando la cafetera.

    Florence asintió.

    —Entonces, la haremos después de cenar. —Desde que se habían sentado a la mesa, la mujer sólo había bebido agua.
    —¿Le gustaría realizar una sesión por la mañana, señor Fischer? —preguntó Barrett.

    Fischer movió la cabeza.

    —Todavía no.

    Barrett asintió. Ya está, pensó. Se lo había pedido y se había negado. Como su trabajo en este proyecto requería los servicios de un médium físico, Deutsch tendría que enviarle a alguien de su propio equipo. Excelente, pensó. Mañana haré los arreglos pertinentes.

    —Debo decir que, de momento, la casa no ha hecho honor a su reputación.

    Fischer apartó la mirada de su plato.

    —Todavía no ha acabado de analizarnos —en su rostro se dibujó una sonrisa torcida.
    —En mi opinión, la casa carece de fuerza —comentó Florence—. Es obvio que el conflicto lo provocan las entidades supervivientes... sean quienes sean. Por ahora, sólo estamos seguros de la presencia de Belasco.
    —¿Ha contactado con él hoy? —preguntó Barrett. Aunque utilizó un tono moderado, Florence advirtió su sarcasmo.
    —No —respondió—, pero sí que lo hizo el señor Fischer cuando estuvo aquí en el año 1940. Además, la presencia de Belasco ha sido documentada.
    —Comunicada —le corrigió Barrett.

    Florence vaciló.

    —Creo que será mejor que pongamos nuestras cartas sobre la mesa, doctor Barrett —dijo finalmente—. Doy por sentado que usted está convencido de que los fantasmas no existen.
    —Si con eso se refiere a las entidades supervivientes, está usted en lo cierto —respondió.
    —¿A pesar de que hayan sido percibidas a lo largo de los siglos? —preguntó ella—. ¿A pesar de que hayan sido vistas por varias personas a la vez? ¿A pesar de que hayan sido fotografiadas y de que los animales hayan podido verlas? ¿A pesar de que hayan generado información que más tarde se ha verificado? ¿A pesar de que hayan tocado a diversas personas y hayan movido objetos?
    —Esos hechos confirman la existencia de un fenómeno, señorita Tanner, pero no la existencia de fantasmas.

    Florence sonrió con fatiga.

    —No sé cómo responder a eso.

    Barrett le devolvió la sonrisa a la vez que gesticulaba con las manos, como si intentara decirle: «Como no vamos a ponernos de acuerdo, ¿por qué no dejamos las cosas como están?».

    —Entonces, usted no acepta la supervivencia —insistió Florence.
    —Considero que se trata de un concepto fascinante —respondió Barrett—. Aunque no tengo nada en contra, no creo que sea posible comunicarse con los supuestos supervivientes.

    Florence lo miró con tristeza.

    —¿Cómo puede decir eso, después de haber oído sollozos de alegría en las sesiones de espiritismo?
    —Porque he oído sollozos parecidos en las instituciones mentales.
    —¿En las instituciones mentales?

    Barrett suspiró.

    —No pretendía ofender. Sin embargo, creer en la posibilidad de comunicarse con los muertos ha conducido a más personas a la locura que a la paz mental.
    —Eso no es cierto —espetó Florence—. Si lo fuera, las comunicaciones espirituales habrían acabado hace mucho tiempo. Pero eso no ha sucedido; llevan siglos realizándose.

    Miró a Barrett fijamente, como si intentara comprender su punto de vista.

    —Puede decir que es una noción fascinante, doctor —continuó—. Sin embargo, estoy segura de que es mucho más que eso. ¿Qué me dice de aquellas religiones que aceptan que hay vida después de la muerte? ¿Acaso no recuerda estas palabras de San Pablo: «Si los muertos no se levantaran de la tumba, nuestra religión sería vana»?

    Barrett no contestó.

    —Pero usted no lo cree —añadió Florence.
    —No, no lo creo.
    —¿Y podría ofrecernos una alternativa?
    —Sí —Barrett le devolvió la mirada, desafiante—. Una alternativa mucho más interesante, pero también más compleja y exigente. El ego subliminal: esa vasta y oculta extensión de la personalidad humana que, al igual que un iceberg, forma parte del supuesto umbral de la conciencia. Ahí es donde radica la fascinación, señorita Tanner. No en los reinos especulativos del más allá, sino del aquí, del hoy; el desafío de nosotros mismos. Los misterios desconocidos del espectro humano, las capacidades infrarrojas de nuestro cuerpo, las capacidades ultravioletas de nuestra mente. Ésa es la alternativa que ofrezco: las extensas facultades del sistema humano que todavía no han sido demostradas. Las facultades mediante las cuales, estoy convencido, se producen todos los fenómenos psíquicos.

    Florence guardó silencio durante unos instantes. Entonces, sonrió.

    —Ya veremos —dijo.

    Barrett asintió.

    —Por supuesto que lo veremos.

    Edith contempló el comedor.

    —¿Cuándo se construyó esta casa? —preguntó.

    Barrett miró a Fischer.

    —¿Usted lo sabe?
    —En el año 1919 —respondió.
    —Por las diversas cosas que ha dicho usted hoy, tengo la impresión de que sabe bastante sobre Belasco. ¿Le importaría compartir con nosotros esa información? No nos iría mal... —Barrett reprimió una sonrisa— conocer a nuestro adversario.

    ¿Esto le divierte?, pensó Fischer. Seguro que deja de sonreír cuando Belasco y los demás se pongan manos a la obra.

    —¿Qué desea saber?—preguntó.
    —Lo que pueda decirnos —dijo Barrett—. Una descripción general de su vida resultaría muy útil.

    Fischer se sirvió otra taza de café y, tras volver a dejar la cafetera sobre la mesa, envolvió la taza con las manos y empezó a hablar.

    —Nació en el año 1879. Era el hijo ilegítimo de Myron Sandler, un fabricante de armas americano, y de Noe Belasco, una actriz inglesa.
    —¿Por qué adoptó el nombre de su madre? —preguntó Barrett.
    —Sandler estaba casado. —Hizo una pausa antes de continuar—. No sabemos nada sobre su infancia, salvo algún incidente aislado. A los cinco años colgó a un gato para ver si lograba revivir a la segunda de sus siete vidas. Como no fue así, se puso furioso, cortó al gato en pedazos y arrojó los trozos por la ventana de su habitación. Después de aquello, su madre empezó a llamarlo Emeric el Malvado.
    —Supongo que se crió en Inglaterra —interrumpió Barrett.

    Fischer asintió.

    —El siguiente incidente del que tenemos conocimiento fue una agresión sexual a su hermana pequeña.

    Barrett frunció el ceño.

    —¿Va a ser todo así?
    —No tuvo una vida ejemplar, doctor —explicó Fischer, usando un tono ligeramente cáustico.

    Barrett vaciló.

    —De acuerdo. —Se volvió hacia su esposa—: ¿Algo que objetar, cariño?

    En cuanto ésta le dijo que no con la cabeza, el doctor miró a Florence.

    —¿Señorita Tanner?
    —No, si eso puede ayudarnos a comprender —respondió.

    Barrett hizo un ademán a Fischer, invitándole a continuar.

    —Debido a la agresión, su hermana estuvo dos meses hospitalizada —explicó Fischer—. Pero no entraré en detalles. Belasco fue enviado a un colegio privado. En aquel entonces ya tenía diez años. Allí abusaron de él durante varios años, sobre todo uno de sus profesores homosexuales. Más adelante, Belasco le invitó a pasar una semana en este lugar; después de la visita, el profesor regresó a su casa y se colgó.
    —¿Cómo era físicamente? —preguntó Barrett, intentando cambiar de tema.

    Fischer buscó en su memoria. Momentos después, empezó a recitar:

    «Sus dientes son los de un carnívoro y, cuando sonríe, parece un animal gruñendo. Tiene la tez pálida porque odia el sol y evita el aire libre. Sus ojos, sorprendentemente verdes, parecen estar dotados de una energía interna propia. Su frente es amplia; su cabello y su acicalada barba, de color azabache. Aunque es atractivo, su rostro es aterrador, pues es el de un demonio que ha adoptado un aspecto humano».

    —¿Quién lo describió así? —preguntó Barrett.
    —Su segunda mujer. Se suicidó aquí, en el año 1927.
    —Se sabe de memoria esa descripción —comentó Florence—. Debe de haberla leído muchas veces.

    El rostro de Fischer era sombrío.

    —Como bien ha dicho el doctor —respondió—, es bueno conocer al adversario.
    —¿Era alto o bajo? —preguntó Barrett.
    —Alto. Medía casi dos metros. Lo llamaban el Gigante Rugidor.

    Barrett asintió.

    —¿Educación?
    —Nueva York. Londres. Berlín. París. Viena. No siguió ningún curso específico: Lógica, Ética, Religión, Filosofía.
    —Lo suficiente para racionalizar sus acciones, supongo —comentó Barrett—. Heredó el dinero de su padre, ¿verdad?
    —En su mayoría. Su madre le dejó varios miles de libras; su padre, diez millones y medio de dólares: el dinero que había conseguido vendiendo rifles y pistolas.
    —Puede que eso le hiciera sentirse culpable —comentó Florence.
    —Belasco no sintió el menor remordimiento en toda su vida.
    —Pero eso demuestra su ofuscación mental —dijo Barrett.
    —Puede que su mente estuviera ofuscada, pero era un hombre brillante. Era capaz de dominar a la perfección cualquier tema que decidiera estudiar. Hablaba y leía en una docena de idiomas. Estaba versado en Filosofía natural y Metafísica. Estudió todas las religiones, doctrinas cabalísticas y cultos arcanos. Su mente era un almacén de información, una central energética... —Hizo una pausa—.Una morgue de fantasías.
    —¿Amó a alguien durante su vida? —preguntó Florence.
    —No creía en el amor —respondió Fischer—. Sólo creía en la voluntad. «La extraña vis viva del ego, el magnetismo, el placer más secreto e imperante de la mente: la influencia». Se cierran las comillas. Emeric Belasco, 1913.
    —¿A qué se refería por «influencia»? —preguntó Barrett.
    —Al poder de dominación de la mente —explicó Fischer—. Al control que puede ejercer un ser humano sobre otro. Es obvio que poseía la misma personalidad hipnótica que ciertos hombres como Cagliostro y Rasputin. «Nadie se acercó demasiado a él, por miedo a que su terrible presencia lo subyugara y lo engullera». Esta cita también es de su segunda mujer.
    —¿Belasco tuvo hijos? —preguntó Florence.
    —Se dice que uno, pero nadie lo sabe con certeza.
    —Antes dijo que la casa fue construida en 1919 —comentó Barrett—. ¿La corrupción empezó inmediatamente?
    —No, al principio todo era inocente: cenas para las altas esferas, festejos, espléndidos bailes en el salón. Sus invitados recorrían el mundo entero para pasar una semana en este lugar, pues Belasco era el anfitrión perfecto. Sofisticado, encantador. Entonces, en 1920... —Levantó la mano derecha, juntando los dedos índice y pulgar—. Un peu, como solía decir él, una pizca de envilecimiento: la lenta introducción de la sensualidad abierta, primero de palabra y luego de obra. Chismes. Intrigas amorosas. Maquinaciones aristocráticas. Vino en abundancia y saltos de alcoba. Todo ello inducido por Belasco y sus influencias. Durante esta fase, lo que hizo fue crear una alta sociedad similar a la que existía en la Europa del siglo xviii. Llevaría demasiado tiempo describir en detalle cómo lo logró; sin embargo, lo hizo de una forma muy sutil, con gran delicadeza.
    —Supongo que el resultado de eso fue, principalmente, el libertinaje sexual —comentó Barrett.

    Fischer asintió.

    —Belasco formó un club llamado Las Afroditas. Cada noche... y posteriormente, dos o tres veces al día, celebraban una reunión que Belasco denominaba «Simposium»... es decir, una asamblea pecaminosa. Después de que todos hubieran consumido drogas y afrodisíacos, se sentaban alrededor de la mesa del salón y hablaban sobre sexo hasta que todos estaban «lúbricos», como solía decir Belasco. Entonces, empezaba la orgía. Sin embargo, no todo se ceñía al sexo pues, en este lugar, los excesos se aplicaban a todos los detalles de la vida: los invitados comían hasta la saciedad y bebían hasta la embriaguez. La drogadicción iba en aumento... y a medida que se corrompía el espectro físico de los huéspedes, también se iban corrompiendo sus mentes.
    —¿Cómo?—preguntó Barrett.
    —Imagine a veinte o treinta personas con la mente completamente liberada, a quienes se les incita a hacer lo que quieran con sus compañeros... sin ningún tipo de límite, excepto el impuesto por la imaginación. A medida que sus mentes se iban abriendo (o cerrando, si prefieren llamarlo así), también se abrieron los demás aspectos de sus vidas. Hubo personas que pasaron meses e incluso años enteros en este lugar, de modo que la casa se convirtió en su forma de vida, una forma de vida que cada día era un poco más insana. Al permanecer aisladas de la sociedad normal, la sociedad de esta casa se convirtió en la norma. La autoindulgencia total se convirtió en la norma. El libertinaje se convirtió en la norma. Y pronto, la brutalidad y la masacre se convirtieron en la norma.
    —¿Cómo es posible que todas esas... bacanales no tuvieran repercusión alguna? —preguntó el doctor—. Estoy seguro de que alguien debió.... llamar la atención de Belasco.
    —La casa estaba aislada, realmente aislada. No había teléfonos que permitieran comunicarse con el exterior. Pero lo más importante es que nadie se atrevía a denunciar a Belasco. Le tenían demasiado miedo. De vez en cuando se acercaba algún detective privado, pero ninguno logró descubrir nada pues, mientras tenía lugar la investigación, la conducta de los huéspedes era intachable. Nunca hubo ninguna prueba... y si la hubo, Belasco la compró.
    —Y a pesar de todo, ¿la gente seguía viniendo a esta casa? —dijo Barrett, con incredulidad.
    —En rebaños —respondió Fischer—. Sin embargo, Belasco acabó tan harto de tener la casa llena de ávidos pecadores que empezó a viajar por el mundo en busca de jóvenes creativos que quisieran visitar su «retiro artístico» para escribir o componer, pintar o meditar. Por supuesto, en cuanto los tenía aquí... —Movió los brazos—. Influencias.
    —El peor de los pecados —dijo Florence—. Corromper a los inocentes.

    Observó a Fischer con ojos suplicantes.

    —¿Ese hombre no tenía ni un ápice de decencia? —preguntó.
    —No —respondió—. Uno de sus pasatiempos favoritos era destruir a las mujeres. Era tan alto e imponente y poseía tanto magnetismo que, si se lo proponía, conseguía que se enamoraran de él... pero en cuanto se sumían en las profundidades de la adoración, se deshacía de ellas. Lo hizo con su propia hermana, la misma a la que violó. Fue su amante durante un año. Cuando él la rechazó, cayó en la drogadicción y se convirtió en la primera dama de su pequeña compañía de teatro. Murió aquí, en el año 1923, de una sobredosis de heroína.
    —¿Belasco consumía drogas? —preguntó Barrett.
    —Al principio sí. Después empezó a distanciarse de todo aquello que hacían sus huéspedes porque deseaba realizar un estudio del mal y consideraba que no lo conseguiría hacer si participaba activamente. Entonces empezó a alejarse de todo aquello y centró sus energías en la corrupción masiva de sus invitados. En el año 1926 decidió dar el impulso final, incitando a sus huéspedes a realizar todo tipo de crueldades, perversiones y horrores que pudieran concebir: organizó concursos para ver a quién se le ocurrían las ideas más deleznables; implemento lo que él denominaba «Los Días de Profanación», que eran periodos de veinticuatro horas de frenéticas depravaciones; les incitó a representar, al pie de la letra, los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade; y llevó a su hogar a monstruosidades del mundo entero: jorobados, enanos, hermafroditas, seres grotescos de todo tipo...

    Florence cerró los ojos e inclinó la cabeza, apoyando la frente entre sus manos.

    —Entonces, todo empezó a descontrolarse —continuó Fischer—. No había criados que atendieran la casa, porque ya no había ninguna diferencia entre ellos y los huéspedes. El servicio de lavandería se interrumpió y todos se vieron obligados a lavarse la ropa... algo que se negaron a hacer, por supuesto. Al no haber cocineros, todos tenían que contentarse con comer lo primero que encontraban... que cada vez era menos, porque tampoco había nadie que se encargara de llenar la despensa.

    »En el año 1927, una epidemia de gripe azotó la casa. Cuando los médicos que se alojaban en ella aseguraron que la niebla del Valle de Matawaskie era perjudicial para la salud, Belasco ordenó que se tapiaran las ventanas. Para entonces, el generador principal empezó a fallar, pero como nadie se encargó de repararlo, todos se vieron obligados a usar velas. La calefacción se apagó durante el invierno de 1928, pero como nadie se preocupó de volver a encenderla, la casa empezó a ser tan fría como una nevera. La neumonía acabó con la vida de trece inquilinos, pero a nadie le importó. Para aquel entonces, ya estaban tan perturbados que sólo eran capaces de pensar en su «dieta diaria de depravaciones», según decía Belasco. Tocaron fondo en el año 1928, explorando la mutilación, el asesinato, la necrofilia y el canibalismo.

    Los tres le escuchaban en silencio. Barrett y Edith lo miraban fijamente, pero Florence había agachado la cabeza. Fischer continuó su relato en voz baja y sin reflejar emoción alguna, como si estuviera explicando algo absolutamente normal.

    —En junio de 1929, en este teatro se representó una versión del circo romano —explicó—. El momento culminante llegó cuando un leopardo famélico devoró a una virgen en el escenario. En el mes de julio de aquel mismo año, un grupo de doctores drogadictos empezaron a experimentar con animales y con humanos, comprobando los umbrales del dolor, intercambiando órganos y creando monstruosidades. Para aquel entonces todos, excepto Belasco, eran poco más que animales: casi nunca se lavaban, vestían ropas harapientas y llenas de mugre, comían y bebían todo aquello que llegaba a sus manos y se mataban entre sí por comida, agua, licores, drogas, sexo, sangre o incluso por el sabor de la carne humana, un placer del que ya disfrutaban muchos de ellos.

    »Y cada día, Belasco los observaba, frío, distante, impasible. Belasco, un Satán tardío observando a su chusma. Siempre vestido de negro. Una figura gigantesca, aterradora, que contemplaba la encarnación del infierno que había creado.

    —¿Cómo acabó todo? —preguntó Barrett.
    —¿Estaríamos aquí si hubiera acabado?
    —Ahora llegará a su fin —dijo Florence.
    —¿Qué sucedió con Belasco? —insistió Barrett.
    —Nadie lo sabe —respondió Fischer—. Cuando los familiares de algunos de sus huéspedes entraron en la casa por la fuerza en noviembre de 1929, todos estaban muertos. Veintisiete personas... pero Belasco no se encontraba entre ellas.


    8:46 P.M.


    Florence se acercó a ellos. Durante los últimos diez minutos había permanecido en un rincón del salón, «preparándose», según les había dicho. Ahora estaba lista.

    —Tanto como lo podría estar cualquiera en este ambiente —comentó, con una sonrisa—. El exceso de humedad siempre es un problema. ¿Ocupamos nuestros asientos?

    Los cuatro se sentaron alrededor de la inmensa mesa redonda: Fischer enfrente de Florence, Barrett a varias sillas de ésta y Edith junto a él.

    —Tengo la impresión de que el mal de esta casa está tan intensamente concentrado —dijo Florence, poniéndose cómoda— que podría ser un señuelo para todos los espíritus que están atados a la tierra. En otras palabras, creo que la casa podría estar actuando como un imán gigantesco para las almas perdidas. Eso podría explicar su complicada textura.

    ¿Qué se supone que debemos decir?, se preguntó Barrett. Miró de reojo a Edith y, al ver su expresión, se vio obligado a reprimir una sonrisa.

    —¿Seguro que el equipo no va a molestarle? —preguntó.
    —En absoluto. De hecho, le agradecería que conectara la grabadora en cuanto empiece a hablar Nube Roja. Puede que diga algo importante.

    Barrett se limitó a asentir con la cabeza, para no comprometerse.

    —También funciona con batería, ¿verdad?

    Barrett asintió de nuevo.

    —Bien —Florence sonrió—. En lo que a mí respecta, los demás instrumentos carecen de utilidad.

    Entonces, mirando a Edith, añadió:

    —Supongo que su marido le habrá explicado que no soy una médium física. Sólo establezco contacto mental con los espíritus; es decir, sólo los admito en forma de pensamiento. —Miró a su alrededor—. ¿Pueden apagar las velas?

    Edith se puso tensa. Lionel se humedeció los dedos para apagarla y Fischer optó por soplar. Ahora sólo quedaba la suya: una diminuta y centelleante aura en la inmensidad del salón, pues el fuego de la chimenea se había consumido hacía una hora. Edith era incapaz de apagar su vela, así que lo hizo su marido.

    Entonces tuvo la impresión de que la oscuridad se abalanzaba sobre ella como un tsunami, dejándola sin aliento. Buscó a tientas la mano de Lionel, recordando el día que visitó las Cuevas de Carlsbad: en una de las cavernas, el guía apagó las luces y la oscuridad fue tan intensa que pudo sentir cómo presionaba sus ojos.

    —Oh Espíritu del Amor y la Ternura —dijo Florence—. Nos hemos reunido aquí esta noche para hallar una comprensión más perfecta de las leyes que gobiernan nuestro ser.

    Barrett advirtió lo fría que estaba la mano de su mujer y sonrió compasivo. Sabía perfectamente qué sentía, pues durante sus primeros años de trabajo, él había sentido lo mismo docenas de veces. Sí, le había acompañado a alguna sesión, pero nunca en un lugar con unas dimensiones y una historia tan espeluznantes como éste.

    —Danos, Oh Profesor Divino, vías de comunicación con los del más allá, en particular con aquellos que caminan atormentados por esta casa.

    Fischer respiró con fuerza. Recordaba su primera sesión en aquella casa, en el año 1940. Fue en ese mismo salón, en esa misma mesa: empezaron a caer objetos por todas partes y el doctor Graham quedó inconsciente al ser golpeado por uno de ellos. También recordaba la niebla verdosa e incandescente que había inundado el aire. Le ardía la garganta. No debería estar participando en esta sesión, pensó.

    —Que la obra de tender un puente por el abismo de la muerte sea realizada por nosotros tan fielmente que el dolor se transforme en alegría y el pesar, en paz. Pedimos esto en el nombre de nuestro Padre infinito. Amén.

    Tras guardar silencio unos instantes, empezó a cantar con voz suave y melodiosa, haciendo que Edith se estremeciera.

    —El mundo ha sentido el aliento avivador de la orilla eterna. Y las almas, triunfantes sobre la muerte, regresan a la tierra una vez más.

    El sonido de aquella enmudecida canción en la oscuridad hizo que se le erizara la piel. Cuando el himno finalizó, Florence empezó a respirar profundamente, a la vez que movía las manos por delante de su rostro. Minutos después, empezó a acariciarse los brazos y los hombros y, a continuación, deslizó las manos por el pecho, el estómago y los muslos. Siguió masajeándose el cuerpo con los labios separados, los ojos entrecerrados y una expresión de torpe abandono en el rostro. Su respiración se hizo más pausada e intensa, hasta que sólo fue un ronco sonido sibilante. Sus manos descansaban flácidas sobre el regazo y sus brazos y piernas temblaban. Lentamente, inclinó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el respaldo de la silla. Respiró larga y vibrantemente, y entonces se quedó inmóvil.

    El salón se sumió en el más absoluto silencio. Barrett observó el lugar que ocupaba Florence, pero no pudo ver nada. Edith había cerrado los ojos, pues prefería la oscuridad individual a la de la habitación. Fischer estaba muy tenso, expectante.

    La silla de Florence crujió.

    —Yo Nube Roja —dijo, con una voz sonora. En la oscuridad, su rostro era pétreo y su expresión, imperiosa—. Yo, Nube Roja.

    Barrett suspiró.

    —Buenas noches.

    Florence refunfuñó, inclinando la cabeza.

    —Yo vengo de lejos. Os traigo saludos del reino de la Paz Eterna. Nube Roja contento de veros. Siempre contento de ver criaturas terrenales reunidas en círculo de fe. Yo siempre con vosotros, vigilo y protejo. Muerte no fin del camino. Muerte es puerta a mundo sin fin. Eso sabemos.
    —¿Podría...? —empezó a decir Barrett.
    —Almas de criaturas terrenales aprisionadas —le interrumpió Florence—. Atadas en mazmorras de carne.
    —Sí —dijo Barrett—. ¿Podría...?
    —Muerte es perdón, liberación. Deja atrás lo que el poeta llama «vestidura limosa de decadencia». Encuentra libertad... luz... alegría eterna.
    —Sí, ¿pero usted cree...?

    Cuando Florence le interrumpió de nuevo, Edith se mordisqueó el labio inferior para evitar reírse.

    —Mujer Tanner dice pon máquina, pon voz en cinta. No sé qué significa. ¿Lo hace?

    Barrett refunfuñó.

    —De acuerdo. —Tras buscar a tientas la grabadora, la conectó y empujó el micrófono hacia Florence—. Ahora, si usted...
    —Nube Roja guía a mujer Tanner. Guía a segundo médium a su lado. Habla con mujer Tanner. Lleva otros espíritus a ella.

    De repente, Florence miró a su alrededor, enseñando los dientes. Tenía el ceño fruncido y un gruñido de desaprobación retumbaba en su garganta.

    —Casa mala. Lugar enfermo. Diablo aquí. Mala medicina. —Movió la cabeza y gruñó de nuevo—. Mala medicina.

    Se giró hacia el otro lado, gruñendo, como si alguien hubiera aparecido a sus espaldas por sorpresa.

    —Hombre aquí. Hombre feo. Como troglodita. Pelo largo. Cara sucia. Arañazos. Llagas. Dientes amarillos. Hombre inclinado, retorcido. Sin ropa. Como animal. Respira fuerte. Con dolor. Muy enfermo. Dice: Dame paz. Libérame.

    Edith sujetó con fuerza la mano de su marido, negándose a abrir los ojos porque temía ver la figura que Florence había descrito.

    La médium sacudió la cabeza. Levantando el brazo lentamente, señaló la entrada del salón.

    —Vete. Deja la casa. —Miró hacia la oscuridad y volvió a girarse con un gruñido—. No bueno. Mucho tiempo aquí. No escucha. No comprende.

    Se dio unos golpecitos en la cabeza con el dedo índice.

    —Demasiado enfermo por dentro.

    Dejó escapar un sonido de sorpresa, como si alguien le hubiera dado a conocer algo interesante.

    —Límites. Naciones. Términos. No sé qué significa. Extremos y límites. Terminaciones y extremidades. —Sacudió la cabeza—. No sé.

    Se sacudió, como si alguien le hubiera agarrado con fuerza por los hombros.

    —No. Vete —gruñó—. Hombre joven aquí. Dice tenemos que hablar... tenemos que hablar —refunfuñó de nuevo y guardó silencio.

    Los tres se crisparon cuando Florence gritó:

    —¡No os conozco! —recorrió la mesa con la mirada, con una expresión furiosa—. ¿Por qué estáis aquí? No hacéis ningún bien. Nada cambia. ¡Nunca! Idos de aquí. ¡Os haré daño! No puedo evitarlo. ¡Que Dios os maldiga, hijos de puta!

    Edith se recostó con fuerza sobre su silla. Aquella voz era completamente distinta a la de Florence: histérica, desequilibrada, amenazadora.

    —¿No veis que estoy indefenso? No os quiero hacer daño, pero debo hacerlo. —La cabeza de Florence se abalanzó hacia delante, con los ojos cerrados y los labios estirados debido a la fuerza con la que apretaba los dientes. Instantes después dijo, con una voz gutural—: Os lo advierto. Idos de esta casa antes de que os mate.

    Edith gritó cuando algo empezó a golpear la mesa.

    —¿Qué es eso? —preguntó. Su voz se perdió bajo aquella sucesión de porrazos salvajes. Era como si un hombre frenético estuviera golpeando la mesa con un martillo, con la mayor fuerza y rapidez posibles. Barrett extendió el brazo para conectar sus instrumentos, pero recordó que no había electricidad. ¡Mierda!, pensó.

    De pronto, los golpes cesaron. Edith observó a Florence, que había empezado a gemir. Los porrazos seguían resonando en sus oídos y sentía que su cuerpo estaba entumecido, como si las vibraciones lo hubieran insensibilizado.

    Se sorprendió al ver que Lionel le había soltado la mano. Oyó el crujido de su ropa y se sorprendió de nuevo al ver aparecer una lucecita roja en el lugar en donde estaba sentado. Se había sacado del bolsillo una diminuta linterna con la que estaba iluminando a Florence. Bajo la débil luz, Edith pudo ver que la médium tenía la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta.

    Se enderezó al advertir el frío que llegaba por debajo de la mesa. Cruzó los brazos, temblando. Fischer, que apretaba los dientes con fuerza, intentaba obligarse a sí mismo a no saltar de su silla.

    Barrett tiró del cable del micrófono y lo arrastró por la mesa. Edith se estremeció ante el sonido. Cuando lo tuvo en sus manos, dijo con rapidez:

    —Descenso de la temperatura. Estrictamente tangible. Lectura de instrumentos imposible. Los fenómenos físicos se iniciaron con una serie de fuertes percusiones. —Volvió a dirigir la linterna hacia Florence—. La señorita Tanner reacciona de forma irregular. Estado de trance contenido, pero variable. Posible confusión ante el inicio del inesperado fenómeno físico. Posible causa: ausencia de gabinete. Entrego al sujeto un tubo de solución de uranio y sal.

    Edith vio que la lucecita roja se movía por encima de la mesa y que la oscura mano de Lionel cogía el tubo. Hacía tanto frío que empezaron a dolerle las piernas y los tobillos; sin embargo, se sentía un poco mejor, pues la voz serena de Lionel había tenido un efecto relajante en ella. Su marido presionó el tubo entre las manos de Florence.

    Al instante, la mujer se enderezó y abrió los ojos.

    Barrett frunció el ceño, decepcionado.

    —El sujeto ha salido del trance. —Apagó la grabadora y encendió una cerilla. Florence apartó la mirada mientras encendía las velas.

    Fischer se levantó y rodeó la mesa para coger una jarra de agua. Le temblaba tanto el pulso que el reborde de la jarra rechinó contra el borde del vaso mientras lo llenaba. A continuación, se acercó a Florence y le tendió el agua.

    —Gracias —dijo ésta, con una sonrisa. Se la bebió de un sólo trago y dejó el vaso sobre la mesa, temblando—. ¿Qué ha sucedido?

    Cuando Barrett se lo explicó, ella lo miró confundida.

    —No lo entiendo. No soy una médium física.
    —Pues acaba de serlo... al menos, el embrión de una.

    Florence parecía inquieta.

    —Eso no tiene ningún sentido. Después de todos estos años, ¿por qué iba a convertirme, de repente, en una médium física?
    —No tengo ni idea.

    Florence lo miró fijamente, pero acabó asintiendo con desgana.

    —Sí, esta casa. —Miró a su alrededor, dejando escapar un suspiro—. Es la voluntad de Dios, no la mía. Si para limpiarla es necesario alterar mis dotes de médium, que así sea. No me importan los medios, sólo el fin.

    No miró en ningún momento a Fischer. Le han quitado el peso de sus hombros para cargarlo sobre los míos, pensó.

    —Esto significa que ahora podemos trabajar juntos, si usted lo desea.
    —Por supuesto.
    —Mañana por la mañana llamaré a Deutsch para que se encargue de construir un gabinete.

    Barrett no estaba convencido de que lo que acababa de suceder significara que los poderes de médium físico de Florence fueran suficientes para cubrir sus necesidades, pero no perdía nada con intentarlo. Además, si era cierto, sería más rápido trabajar con ella que verse obligado a esperar a que Deutsch accediera a enviar a alguien de su equipo.

    —¿Realmente quiere hacerlo? —preguntó de nuevo, viendo que su expresión aún reflejaba dudas e inquietud.
    —Por supuesto —respondió ella, sonriendo desconcertada—. Lo único que sucede es... bueno, me resulta difícil comprenderlo. Durante todos estos años he sido una médium mental.

    Movió la cabeza antes de continuar.

    —Y ahora esto —suspiró—. La verdad es que los caminos del Señor son inescrutables.
    —Al igual que esta casa —dijo Fischer.

    Florence lo miró, sorprendida.

    —¿Considera que la casa tiene algo que ver con mi...?
    —Simplemente le estoy diciendo que vigile sus pasos —le cortó—. Puede que el Señor no tenga demasiada influencia en la Casa Infernal.


    9:49 P.M.


    La ciencia es algo más que un conjunto de hechos. Es, ante todo, un método de investigación, de modo que no existe una razón aceptable por la que los fenómenos parapsicológicos no deban ser investigados mediante este método. Al igual que la física y la química, la parapsicología es una ciencia de lo natural.

    Por lo tanto, ésta es la barrera intelectual que, inevitablemente, debe romper el hombre. La parapsicología no puede seguir considerándose un concepto filosófico. Es una realidad biológica, y la ciencia no puede seguir ignorándola eternamente. Ya ha perdido demasiado tiempo moviéndose por las fronteras de este reino irrefutable: ahora debe entrar, para estudiarla y aprender. Morselli lo expresó de este modo: «Ha llegado el momento de acabar con esta exagerada actitud negativa y de dejar de esbozar sonrisas sarcásticas que sólo sirven para proyectar una sombra de duda».

    La triste condena de nuestros tiempos es que, aunque esas palabras fueron publicadas hace sesenta años, en nuestros días persiste la actitud negativa de la que habló Morselli. De hecho...

    —¿Lionel?

    Barrett levantó la mirada del manuscrito.

    —¿Puedo ayudarte?
    —No, estoy a punto de terminar. —Edith estaba recostada sobre un montón de almohadas. Llevaba un pijama de color azul cielo y, con su corto cabello y su cuerpo menudo, parecía un niño pequeño. Barrett le sonrió—. Bueno, creo que puede esperar.

    Mientras dejaba el manuscrito en su caja, observó su título durante unos instantes: «Fronteras de la Facultad Humana, por Lionel Barrett, licenciado y máster en Ciencias, doctor en Filosofía». Se sentía orgulloso. La verdad es que todo estaba yendo a las mil maravillas: además de tener la posibilidad de demostrar su teoría y ampliar sus fondos para la jubilación, estaba a punto de terminar el libro. A lo mejor añadía un epílogo sobre su semana en la casa... y puede que incluso redactara un pequeño apéndice. Sonriendo, apagó la vela que descansaba sobre la mesa octogonal, se levantó y cruzó la habitación. Por un segundo, imaginó que era un noble que recorría una cámara de palacio para conversar con su dama. La imagen le resultó tan divertida que empezó a reírse entre dientes.

    —¿Qué pasa? —preguntó su mujer.

    Cuando se lo explicó, Edith sonrió.

    —Es una casa fantástica, ¿verdad? Un museo de tesoros. Si no estuviera encantada... —La expresión de Lionel obligó a Edith a detenerse.

    Barrett se sentó sobre la cama y dejó a un lado su bastón.

    —¿Tuviste miedo? —preguntó—. Estuviste muy callada después de la sesión.
    —Me resultó un poco inquietante, sobre todo por el frío. Nunca podré acostumbrarme a eso.
    —Ya sabes qué es —respondió su marido—: el sistema de la médium absorbe el calor del aire y lo convierte en energía.
    —¿Y qué hay de las cosas que dijo?

    Barrett se encogió de hombros.

    —Es imposible analizarlo. Llevaría años rastrear cada comentario y determinar su origen. Sólo tenemos una semana. La respuesta radica en los aspectos físicos.

    Se interrumpió al ver que su mujer miraba boquiabierta algo que había a sus espaldas. Al girarse, vio que la mecedora había empezado a moverse.

    —¿Qué es eso? —susurró Edith.

    Barrett se levantó y cruzó cojeando la habitación. Se detuvo junto a la mecedora y la observó.

    —Puede que sea la brisa —respondió.
    —Se mueve como si hubiera alguien sentado. —Inconscientemente, Edith había retrocedido todo lo posible entre las almohadas.
    —Te aseguro que no hay nadie sentado en ella —dijo Barrett—. Es fácil mover una mecedora; por eso este fenómeno es tan recurrente en las casas encantadas. Basta con ejercer una mínima presión.
    —Pero...
    —¿...qué aplica la presión? —Barrett terminó la frase por ella—. La energía residual.

    Edith se puso tensa al ver que su marido alargaba el brazo y detenía la mecedora.

    —¿Ves? —cuando apartó la mano, la silla se quedó inmóvil—. Ahora se ha disipado.

    Empujó la mecedora, que se balanceó un poco y volvió a detenerse.

    —Ya no hay —explicó, regresando a la cama y sentándose junto a ella.
    —Me temo que no soy una buena parapsicóloga —anunció Edith.

    Barrett sonrió y le acarició la mano.

    —¿Y por qué la energía residual ha hecho que la silla empezara a mecerse de repente? —preguntó.
    —Todavía no he sido capaz de encontrar una razón específica, aunque estoy convencido de que nuestra presencia en este cuarto tiene algo que ver. Es una especie de mecanismo aleatorio que sigue la línea de la mínima resistencia: aquellos sonidos y movimientos que han tenido lugar con frecuencia en el pasado establecen un patrón de dinamismo: brisas, portazos, golpes secos, pasos, el balanceo de las mecedoras.

    Edith asintió. Entonces, le tocó la punta de la nariz con el dedo.

    —Tienes que dormir —dijo.

    Barrett le dio un beso en la mejilla, se levantó y se dirigió a la otra cama.

    —¿Quieres que deje la vela encendida? —preguntó.
    —¿Te molesta?
    —No. Mientras estemos aquí, dormiremos con luz. No pasa nada.

    Se acostaron. Edith contempló los paneles de nogal del techo, advirtiendo las conchas que habían sido talladas en ellos.

    —¿Lionel? —preguntó.
    —¿Sí?
    —¿Estás seguro de que los fantasmas no existen?

    Barrett rió.

    —Completamente.


    10:21 P.M.


    El chorro de agua caliente roció el pecho de Florence y descendió por sus senos. Estaba de pie bajo el grifo de la ducha, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, sintiendo cómo las cintas de agua anudaban un lazo en su estómago y seguían descendiendo por sus muslos y piernas.

    Estaba pensando en la grabación de la sesión. Consideraba que en ella sólo había un punto importante: la voz trastornada y temblorosa que les había dicho que se marcharan de la casa o les mataría. Allí había algo. Era una voz amorfa, pero apremiante. ¿No veis que estoy indefenso?, repitió aquella voz lastimosa en su mente. ¡No os quiero hacer daño, pero debo hacerlo!

    Puede que eso formara parte de la respuesta.

    Cerró los grifos, abrió la puerta de la ducha y salió, poniendo los pies en la alfombrilla. Hacía muchísimo frío. Cogió una toalla del colgador y se secó vigorosamente. Una vez seca, se pasó el camisón de franela por la cabeza, metió los brazos en las mangas y se cepilló los dientes. Entonces, cruzó la habitación iluminándose con la vela, la dejó sobre la cómoda y se metió en la cama más próxima a la puerta del baño. Estuvo moviendo las piernas un rato para calentar las sábanas y a continuación se tumbó, tapándose hasta la barbilla. En cuanto dejó de tiritar, humedeció dos dedos, extendió el brazo y apagó la vela.

    La casa estaba en absoluto silencio. Me pregunto qué estará haciendo Ben, pensó. Se le escapó una risita nerviosa. Pobre hombre. Qué iluso. Apartó de su mente aquella idea. Mañana ya pensaría en eso; ahora tenía que centrarse en el proyecto. Aquella voz... ¿A quién pertenecía? Bajo aquellas amenazas había tanta desesperación, tanta angustia...

    Florence giró la cabeza. La puerta que conducía al pasillo se acababa de abrir. Mientras la observaba desde la oscuridad, empezó a cerrarse lentamente.

    Oyó unos pasos que se aproximaban hacia ella.

    —¿Hola? —dijo.

    Los pasos siguieron acercándose, ahora amortiguados por la moqueta. Florence extendió el brazo para alcanzar la vela, pero al instante se detuvo, pues estaba segura de que no era ninguno de sus tres compañeros.

    —De acuerdo —murmuró.

    Los pasos se detuvieron. Florence escuchó con atención. A los pies de la cama se oía el sonido de una respiración.

    —¿Quién anda ahí? —preguntó.

    Sólo la respiración. Florence intentó ver algo, pero la oscuridad era impenetrable. Cerró los ojos.

    —¿Quién es, por favor? —dijo con voz serena, impávida.

    La respiración continuó.

    —¿Desea hablar conmigo?

    Respiración.

    —¿Es usted quien nos advirtió que nos marchásemos de aquí?

    La respiración se aceleró.

    —Sí —dijo ella—. Es usted, ¿verdad?

    La respiración se hizo más pesada. Era la de un hombre joven. Casi podía visualizarle a los pies de la cama: su postura era tensa; su rostro, atormentado.

    —Tiene que hablar o hacerme alguna señal —dijo Florence. Esperó, pero no hubo respuesta—. El amor de Dios me dará fuerzas para esperar cuanto sea necesario. Permita que le ayude a encontrar la paz que sé que tanto ansia.

    ¿Eso era un sollozo? Florence se puso tensa.

    —Sí, lo oigo, comprendo. Dígame quién es y le ayudaré.

    De pronto, la habitación quedó en silencio. Florence ahuecó las manos tras las orejas y escuchó con atención.

    El sonido de la respiración se había detenido.

    Con un suspiro de decepción, estiró el brazo derecho hasta que sus dedos encontraron la caja de fósforos. Prendió uno para encender la vela y miró a su alrededor. Todavía había algo en la habitación.

    —¿Debo apagar la vela? —preguntó.

    Silencio.

    —De acuerdo —sonrió—. Ya sabe dónde estoy. Cuando desee....

    Se detuvo en seco, boquiabierta, cuando la colcha saltó por los aires y se deslizó hasta los pies de la cama, donde se detuvo y empezó a descender, ondulando.

    Bajo la colcha había una figura.

    Florence recuperó el aliento.

    —Sí, ahora puedo verlo —dijo, impresionada por su altura—. ¡Qué alto es usted!

    Se estremeció al recordar las palabras de Fischer: «Le llamaban el Gigante Rugidor». Contempló la figura. Su amplio pecho subía y bajaba, como si respirara.

    —No —dijo Florence de repente. No podía ser Belasco. Apartó las mantas para levantarse, sin dejar de mirar a la figura. Deslizó las piernas por el colchón hasta que tocaron el suelo y se levantó. La cabeza de la figura se giró, como si estuviera observando sus movimientos.
    —Usted no es Belasco, ¿verdad? Tanto dolor no tiene cabida en ese hombre. Puedo sentir su angustia. Dígame quién...

    De pronto, la colcha cayó al suelo. Florence la contempló unos instantes y, a continuación, se agachó para recogerla.

    Retrocedió sobresaltada cuando una mano acarició sus glúteos. Enfadada, observó la habitación. Se oía una risita grave y maliciosa. Florence cogió aire, temblando.

    —Bueno, por lo menos me ha dicho su sexo —comentó. La risita se intensificó. La mujer movió la cabeza, sintiendo una gran compasión—. Si es usted tan listo, ¿por qué está prisionero en esta casa?

    La risa cesó y las tres mantas salieron volando de la cama, como si alguien hubiera tirado de ellas con rabia. Lo mismo sucedió con las sábanas, las almohadas y la funda del colchón. En siete segundos, la ropa de cama quedó diseminada por la moqueta y el colchón, apoyado sobre un costado.

    Florence esperó. Al ver que no sucedía nada más, habló de nuevo.

    —¿Ahora se siente mejor?

    Sonriendo para sus adentros, empezó a recoger la ropa de cama.

    Algo intentó arrancarle una manta de las manos. Florence tiró de ella.

    —¡Ya basta! ¡No me hace ninguna gracia! —Se giró hacia la cama—. Váyase y no vuelva hasta que no esté preparado para comportarse como es debido.

    Mientras empezaba a hacer la cama, la puerta del pasillo se abrió. Ni siquiera se giró para ver cómo se cerraba.


    22 de diciembre de 1970
    7:01 a.m.


    —Me temo que no podrá ser —dijo Barrett, sacando el pie del agua—. Puede que mañana por la mañana esté lo bastante caliente.

    Se secó el pie y volvió a ponerse la chancleta. Mientras se levantaba, miró a Edith con una triste sonrisa.

    —Podría haberte dejado dormir.
    —No pasa nada —respondió ella.

    El doctor miró a su alrededor.

    —Me pregunto si la sauna funcionará.

    Edith empujó la pesada puerta metálica y la mantuvo abierta para que pasara su marido. Barrett avanzó cojeando hasta su interior y se giró para indicarle que le siguiera. Cuando la puerta se cerró, levantó la vela y observó la sala. Después se inclinó hacia delante, entornando los ojos.

    —¡Ah! —Dejando a un lado el bastón y la vela, se arrodilló. Entonces, bajó los brazos e intentó girar la llave de paso del vapor.

    Edith se sentó delante de él y apoyó la espalda en la pared de azulejos pero, al sentir que el frío le traspasaba la ropa, se enderezó. Observó a Lionel, somnolienta. El movimiento oscilante de la luz de las velas en las paredes y el techo parecía palpitar en sus ojos. Los cerró unos instantes y volvió a abrirlos. Observó el movimiento de la sombra de Lionel en el techo: de alguna forma, parecía estar extendiéndose. ¿Cómo era eso posible? En la sala no había ninguna corriente de aire y las velas ardían con la llama completamente recta. En las paredes y el techo sólo se reflejaba la sombra de Lionel, que seguía intentado abrir la llave de paso.

    Parpadeó y sacudió la cabeza. Se atrevería a jurar que los bordes de la sombra se estaban extendiendo como una mancha de tinta. Se agitó, nerviosa. La sala estaba en completo silencio, excepto por la respiración de Lionel. Salgamos de aquí, pensó. Intentó pronunciar aquellas palabras en voz alta, pero algo se lo impidió.

    Contempló la sombra. Antes no llegaba hasta esa esquina, ¿verdad? Salgamos de aquí. Lo más probable es que no sea nada, pero salgamos de aquí.

    Sintió que su cuerpo se ponía rígido. Estaba segura de que había visto cómo se oscurecía un trozo de pared iluminada.

    —¿Lionel? —El sonido que emitió apenas fue audible, una débil agitación en su garganta. Tragó saliva con fuerza—. ¿Lionel?

    Su voz salió con tanta brusquedad que Barrett se incorporó, sobresaltado.

    —¿Qué pasa?

    Edith parpadeó. Ahora, la sombra del techo parecía normal.

    —¿Edith?

    La mujer se llenó los pulmones de aire.

    —¿Nos vamos?
    —¿Estás nerviosa?
    —Sí, estoy... viendo cosas —esbozó una sonrisa macilenta. No quería contárselo, pero tenía que hacerlo. Si significaba algo, él querría saberlo—. Creo que he visto crecer tu sombra.

    Lionel se levantó y, tras recoger su bastón y el candelero, dio media vuelta para reunirse con ella.

    —Puede ser —comentó—, pero después de haber pasado la noche en blanco en esta casa, me siento más inclinado a pensar que han sido imaginaciones.

    Salieron de la sauna y avanzaron por el borde de la piscina. Han sido imaginaciones, pensó Edith, reprimiendo una sonrisa. ¿Quién había visto alguna vez un fantasma en una sauna?


    7:33 a.m.


    Florence llamó suavemente a la puerta del dormitorio de Fischer. Al no recibir respuesta, volvió a llamar antes de abrirla.

    —¿Ben?

    Estaba recostado en la cama, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la pared. La vela que ardía en la mesita de su derecha estaba prácticamente consumida. Florence avanzó por la habitación, protegiendo la llama de su vela con la mano. Pobre hombre, pensó, deteniéndose junto a la cama. Estaba pálido. Se preguntó cuánto tiempo llevaría dormido. Benjamin Franklin Fischer: el médium físico americano más importante del siglo. Sus sesiones en la casa del Profesor Galbreath de la Universidad Marks habían sido el despliegue de poder más increíble desde el apogeo de Home y Palladino. Movió la cabeza con compasión. Ahora estaba emocionalmente inválido, como un Sansón moderno desprovisto de fuerza.

    Regresó al pasillo y cerró la puerta con el mayor sigilo posible; entonces, sus ojos observaron la puerta de la habitación de Belasco. Fischer y ella habían estado allí la tarde anterior y, para su sorpresa, sólo había percibido una atmósfera tranquila, totalmente diferente a la que esperaba encontrar.

    Cruzó el pasillo y entró. Era el único apartamento dúplex de la casa: el salón y el cuarto de baño se encontraban en el piso inferior; la habitación, en una galería a la que se accedía por una escalinata curvada. Florence se dirigió a las escaleras y subió.

    La cama se había construido siguiendo el estilo francés del siglo xvii. Sus columnas laboriosamente talladas eran tan gruesas como los postes telefónicos y en el centro del cabecero se habían tallado las iniciales «E.B.» Tras sentarse en la cama, Florence cerró los ojos y abrió su mente a las sensaciones, deseando verificar que no había sido Belasco quien había entrado en su habitación la noche anterior. Liberó su mente todo lo posible, sin entrar en trance.

    Por su conciencia pasaron imágenes confusas: la habitación durante la noche, con las lámparas encendidas; alguien acostado en la cama; una figura riendo; unos ojos atentos y lúcidos; un calendario de 1921; un hombre vestido de negro; un penetrante olor a incienso en sus fosas nasales; un hombre y una mujer en la cama; un cuadro; una voz blasfemando; una botella de vino arrojada contra la pared; una mujer sollozante lanzándose por la barandilla de la galería; sangre filtrándose por el suelo de madera de teca; una fotografía; una cuna; Nueva York; un calendario de 1903; una mujer embarazada.

    El nacimiento de un bebé; un niño.

    Florence abrió los ojos.

    —Sí. —Asintió con la cabeza—. Sí.

    Descendió las escaleras y abandonó la habitación. Un minuto después ya había llegado al comedor, donde Barrett y su mujer estaban desayunando.

    —Buenos días —dijo Barrett—. El desayuno acaba de llegar.

    Florence se sentó a la mesa y se sirvió una pequeña ración de huevos revueltos y una tostada. No habría más sesiones hasta bien entrado el día, pues tenían que esperar a que construyeran un gabinete. Intercambió algunos comentarios con la señora Barrett y respondió a algunas preguntas del doctor, diciéndole que, en su opinión, deberían dejar dormir a Fischer. Finalmente añadió:

    —Creo que tengo una respuesta parcial sobre el espíritu que habita en esta casa.
    —¿Sí? —Barrett la miró con interés, aunque era obvio que sólo lo hacía por educación.
    —La voz que nos advirtió que nos marcháramos. Los golpes en la mesa. La entidad que estuvo en mi habitación por la noche. Es un hombre joven.
    —¿Quién?—preguntó Barrett.
    —El hijo de Belasco.

    Ambos la miraron en silencio.

    —¿Recuerdan que el señor Fischer lo mencionó?
    —¿Pero no dijo que nadie sabía con certeza si Belasco tuvo un hijo o no? —preguntó Barrett.

    Florence asintió.

    —Pero lo tuvo. Y ahora está aquí, atormentado, sufriendo. Presiento que su espíritu ha ido a una edad más temprana, a los veinte años. Es muy joven y está muy asustado... y como está asustado, está muy enfadado y se muestra muy hostil. Creo que perdería gran parte de su fuerza si lográramos convencerlo de que siguiera adelante.

    Barrett asintió. No te creas ni una palabra, pensó.

    —Es muy interesante —comentó.

    Sé que no me cree, pensó Florence, pero es mejor que le diga lo que pienso.

    Estaba a punto de cambiar de tema cuando se oyeron unos fuertes golpes en la puerta principal. Edith, que estaba bebiendo café, dio un respingo y derramó parte de la bebida. Barrett sonrió.

    —Supongo que es nuestro generador. Y un carpintero, espero.

    Se levantó, cogió la vela y el bastón y empezó a alejarse hacia el vestíbulo. Tras dar unos pasos, se detuvo y miró a Edith.

    —Supongo que puedes quedarte aquí tranquila. No va a pasar nada. Regresaré en cuanto les haya atendido —dijo.

    Cruzó el salón y avanzó hacia el vestíbulo. Al abrir la puerta principal vio al representante de Deutsch en el porche, con el cuello del abrigo subido y el paraguas en la mano. Para su sorpresa, Barrett advirtió que estaba lloviendo.

    —Les traigo un generador y un carpintero —informó.

    Barrett asintió.

    —¿Y qué hay del gato?
    —También.

    Barrett sonrió, satisfecho. Ahora podría trabajar.


    1:17 P.M.


    Cuando las luces se encendieron, los cuatro, al unísono, gritaron de alegría.

    —Que me aspen —dijo Fischer. Todos intercambiaron sonrisas espontáneas.
    —Nunca había imaginado que la luz eléctrica pudiera ser tan bella —comentó Edith.

    Bañado en luz, el salón parecía un lugar completamente distinto. Ahora, su tamaño ya no resultaba siniestro, sino regio. Ya no había sombras amenazadoras ni parecía una cueva encantada, sino una de las gigantescas salas de un museo de arte. Edith miró de reojo a Fischer. Era obvio que se sentía satisfecho: su postura había cambiado y la aprensión se había borrado de sus ojos. Entonces observó a Florence, que estaba sentada con el gato en el regazo. Hay luz, pensó. Y el gato descansa tranquilo. Sonrió. Aquella casa ya no parecía estar encantada.

    Jadeó al advertir que las luces centelleaban, se apagaban y volvían a encenderse. Al instante, empezaron a perder intensidad.

    —Oh, no —murmuró.
    —Tranquila —dijo Barrett—. Lo arreglarán.

    Un minuto más tarde, las luces volvieron a brillar con normalidad. Cuando transcurrió otro minuto sin que hubiera ningún cambio, Barrett sonrió.

    —Ya está.

    Edith asintió, pero ya no se sentía aliviada. Al principio había sentido una confianza absoluta, pero ésta se había desvanecido cuando se apagaron las luces y había sido reemplazada por el molesto temor de saber que, en cualquier instante, se podían volver a quedar a oscuras.

    Florence miró a Fischer y, al ver que también la miraba, esbozó una sonrisa. Él no se la devolvió. Qué idiotas, pensaba. Sólo porque se han encendido unas bombillas creen que ha pasado el peligro.


    1:58 P.M.


    El gabinete se había construido en el rincón noreste del salón, instalando una barra redonda de madera de dos metros y medio de largo entre las paredes. Un par de pesadas cortinas verdes colgaban sobre la barra, formando un cerco triangular de dos metros de altura. En el interior del cerco había una butaca de madera de respaldo recto.

    Barrett apartó las cortinas por ambos lados hasta que, en medio, hubo espacio suficiente para acomodar una mesa de madera que le había pedido a Fischer que llevara hasta allí. Tras empujar la mesa hasta la abertura, dejó sobre ella una pandereta, una guitarra pequeña, una campanilla y un trozo de cuerda. Observó el gabinete con aprobación antes de regresar junto a los demás.

    Todos le observaron mientras rebuscaba en el baúl de madera del que había sacado la cuerda, la campanilla, la guitarra y la pandereta. Cogió un par de medias negras y un guardapolvo negro de manga larga y se los tendió a Florence.

    —Creo que le valdrán —dijo.

    Florence lo miró fijamente.

    —No tiene ninguna objeción, ¿verdad?
    —Bueno...
    —Sabe que éste es el procedimiento estándar.
    —Sí, pero... —Florence vaciló—, se trata de una medida contra el fraude.
    —Principalmente.

    En el rostro de Florence se dibujó una sonrisa embarazosa.

    —Estoy segura de que no me cree capaz de estafarle con una habilidad que, hasta ayer por la noche, ignoraba que poseía.
    —No estoy insinuando eso, señorita Tanner. Simplemente, debo ceñirme a las normas. Si no lo hago, los resultados de la sesión serán científicamente inaceptables.
    —De acuerdo —dijo, con un suspiro. Cogió las medias y el guardapolvo, miró a su alrededor y entró en el gabinete para cambiarse, cerrando las cortinas.

    Barrett se volvió hacia Edith.

    —¿Te importaría examinarla, cariño? —preguntó.

    Inclinándose sobre la caja, sacó una bobina de hilo negro con una aguja clavada y se la pasó.

    Edith se dirigió hacia el gabinete con una expresión de incomodidad en el rostro. Odiaba tener que hacer ese tipo de cosas, pero nunca se lo había dicho a su marido. Al llegar junto al gabinete, se detuvo y se aclaró la garganta.

    —¿Puedo entrar?
    —Sí —respondió Florence, tras un largo silencio.

    Edith se abrió paso entre los extremos de las cortinas.

    Florence, que ya se había quitado la falda y el jersey, estaba inclinada hacia delante, bajándose la combinación. Tras enderezarse, la colgó sobre el respaldo de la silla y se llevó los brazos a la espalda para desabrocharse su sujetador blanco. Edith se apartó.

    —Lo siento —murmuró—. Sé que es...
    —No se preocupe —dijo Florence—. Su marido tiene razón. Es el procedimiento habitual.

    Edith asintió, manteniendo los ojos fijos en su rostro mientras la médium colgaba el sujetador en el respaldo de la silla. Cuando la médium se inclinó para quitarse las bragas, Edith bajó la mirada y se quedó sorprendida al ver la abundancia de sus pechos. Levantó los ojos rápidamente. Florence se enderezó.

    —Adelante —dijo.

    Al mirarle los brazos, Edith advirtió que la mujer tenía la piel de gallina.

    —Lo haremos lo más rápido posible para que pueda volver a vestirse —dijo—. ¿Su boca?

    Florence la abrió y Edith examinó su interior. Se sentía ridícula.

    —Bueno, a no ser que tenga una muela hueca o algo así...

    La médium cerró la boca y sonrió.

    —Sólo es un tecnicismo. Su marido sabe perfectamente que no escondo nada.

    Edith asintió.

    —¿El cabello?

    Florence se llevó ambas manos a la cabeza para quitarse las horquillas. Con el movimiento, sus pechos se impulsaron hacia delante y sus duros pezones rozaron el jersey de Edith. Ésta retrocedió al instante, observando los densos mechones de cabello rojo que caían sobre sus cremosos hombros. Era la primera vez que examinaba a una mujer tan bella.

    —Ya está —dijo Florence.

    Edith empezó a pasar los dedos por el cabello de la médium. Era cálido y de tacto sedoso. Entonces advirtió la fragancia de su perfume. Bdenaaga. Cogió aire con dificultad. Podía sentir el apremiante peso de sus pechos contra los suyos. Quería retroceder, pero no podía hacerlo. Miró sus ojos verdes, pero apartó la mirada rápidamente y le movió un poco la cabeza para examinarle las orejas. No voy a mirarle la nariz, pensó. Apartó las manos con torpeza.

    —¿Las axilas? —preguntó.

    Florence levantó los brazos y sus pechos volvieron a proyectarse hacia delante. Edith echó un vistazo a sus axilas afeitadas y asintió, indicándole que ya podía bajarlos. Su corazón latía con fuerza. Contempló a Florence con tristeza. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Al advertir que la médium bajaba la mirada, desvió sus ojos hacia el suelo y se sorprendió al ver que había puesto las manos bajo sus pechos para levantarlos. Esto es ridículo, pensó. Asintió y Florence apartó las manos. Ya basta, decidió Edith. Diré que he seguido todos los pasos. Es obvio que no tiene ninguna intención de estafarnos.

    La médium se sentó en la butaca, silbando de frío, y la miró. Diré que he seguido todos los pasos, pensó de nuevo Edith.

    Tras apoyar la espalda en el respaldo, Florence separó las piernas.

    Edith contempló su cuerpo con atención: la pesada redondez de sus pechos, la curvatura de su estómago, la abundancia de sus níveas caderas, el lustroso vello cobrizo de su entrepierna... Era incapaz de apartar la mirada. Sintió un intenso calor en el estómago.

    Levantó la cabeza con tanta brusquedad que se dio un tirón en la nuca.

    —¿Qué sucede? —preguntó Florence.

    Edith tragó saliva, con la mirada perdida en la barra de madera. No había nada, excepto el techo. Miró a Florence.

    —¿Qué sucede? —repitió la médium.

    Edith movió la cabeza.

    —Creo que podemos asumir... —se interrumpió, gesticulando con una mano temblorosa. Entonces, dio media vuelta y salió a toda velocidad del gabinete.

    Tras indicarle a Lionel que había terminado, se dirigió hacia la chimenea. Era consciente de que todos habían advertido su desconcierto, pero tenía la esperanza de que su marido no le preguntara la razón.

    Se quedó mirando el fuego y advirtió que tenía algo en la mano. Lo miró: era la bobina de hilo. Ahora tendría que regresar. Cerró los ojos. Aún le dolía el cuello por el tirón. ¿Realmente había percibido un movimiento? Allí no había nada. Sin embargo, podría haber jurado que allí arriba había alguien mirando...

    Mirándola.


    2:19 P.M.


    —¿Están demasiado apretados? —preguntó Barrett.
    —No, están bien —respondió Florence con suavidad.

    Barrett acabó de atarle los guantes a las muñecas. Mientras tanto, la médium miró de reojo a Edith, que estaba sentada junto a la mesa del equipo con el gato en el regazo.

    —Ponga las manos en las placas de la silla —dijo Barrett.

    Los guantes tenían placas metálicas en las palmas. Cuando Florence apoyó las manos en las placas que habían sido clavadas en los brazos de la silla, se iluminaron un par de diminutas bombillas en la mesa del equipo.

    —Esas luces brillarán mientras mantenga las manos apoyadas en las placas —explicó Barrett—. Si rompe el contacto...

    Le levantó las manos y las luces se apagaron.

    Florence le observó mientras desenrollaba el cable de las placas de los zapatos. Le inquietaba que Edith hubiera mirado hacia arriba de aquella forma, puesto que ella no había percibido nada.

    —¿Las placas de los pies activan las mismas bombillas? —preguntó.
    —No, dos más.
    —¿Pero no será demasiada luz?
    —La potencia de esas cuatro bombillas juntas no alcanza los diez vatios —respondió el doctor, conectando las placas.
    —Daba por hecho que estaríamos a oscuras.
    —No puedo aceptar la oscuridad como una condición de la prueba —explicó Barrett, levantando la mirada—. ¿Le importaría probar las placas de los zapatos?

    Florence colocó las suelas de sus zapatos, que ahora también estaban cubiertas por placas metálicas, sobre las placas que el doctor había colocado en el suelo. En la mesa del equipo se iluminaron dos lucecitas más. El doctor se incorporó, esbozando una mueca de dolor.

    —No se preocupe —dijo—. Sólo habrá la iluminación necesaria para poder observar.

    Florence asintió, pero sus palabras no la reconfortaron. ¿Por qué estoy tan preocupada?, se preguntó.

    Fischer se sentó enfrente de la médium, cuyo ceñido atuendo perfilaba su exuberante figura... pero el espectáculo no le puso de mejor humor. Malditos trajes negros, pensó. ¿Cuántos habría llevado él? Recordaba infinitas sesiones como aquélla: durante sus primeros años de adolescencia, su madre y él iban de una ciudad a otra en autobús para participar en ese tipo de pruebas.

    Encendió otro cigarrillo y observó a Barrett que, tras conectar diversos cables a los brazos y muslos de Florence, la ató a la silla. A continuación, cogió una mosquitera en cuyos extremos se habían cosido diversas campanitas, la extendió y la sujetó a la barra de madera para que colgara en el hueco que quedaba entre las dos cortinas del gabinete. Finalmente, arrastró la mesa hacia él. Ahora, la mosquitera cubría el espacio que separaba a Florence de la mesa, y los pesos que tenía en el extremo inferior la tensaban.

    Barrett colocó las luces infrarrojas de modo que alumbraran la superficie de la mesa que había delante del gabinete. Tras conectar aquellas luces invisibles, movió la mano sobre la mesa y los obturadores de las dos cámaras se activaron de forma sincronizada, con un chasquido. Satisfecho, el doctor comprobó el dinamómetro y la esfera del telequinetoscopio. Acto seguido, preparó la arcilla para modelar y removió durante unos instantes el aceite de parafina que había derretido en el hornillo eléctrico.

    —Ya estamos listos —anunció.

    Gomo si hubiera entendido sus palabras, el gato saltó del regazo de Edith y salió corriendo de la sala, dirigiéndose al vestíbulo.

    —Resulta reconfortante, ¿verdad? —dijo la mujer.
    —Eso no significa nada —respondió Barrett. Tras ajustar las luces rojas y amarillas para que brillaran con la menor intensidad posible, se acercó al interruptor de la pared y lo apretó. El salón quedó sumido en la oscuridad. Acto seguido, el doctor ocupó su asiento en la mesa y conectó la grabadora.
    —22 de diciembre de 1970 —dijo por el micrófono—. Participan en la sesión: Doctor Lionel Barrett y señora, señor Benjamin Franklin Fischer. Médium: señorita Florence Tanner.

    A continuación, describió brevemente los preparativos efectuados y las precauciones tomadas.

    —Proceda —dijo, recostándose sobre su asiento.

    Los tres guardaron silencio mientras Florence pronunciaba la invocación y entonaba un himno. En cuanto terminó, empezó a respirar profundamente; pronto, sus manos y piernas empezaron a crisparse, como si estuviera recibiendo una serie de descargas galvánicas. Su cabeza se movía de un lado a otro y su rostro cada vez estaba más colorado. Unos graves gemidos reverberaron en su garganta.

    —No —murmuró—. No, ahora no.

    Lentamente, los gemidos fueron perdiendo intensidad hasta que, tras un resuello final, permaneció en absoluto silencio.

    —Dos treinta y ocho p.m. La señorita Tanner se encuentra en evidente estado de trance —anunció el doctor Barrett por el micrófono—. Pulso: cinco ocho. Respiración: quince. Cuatro contactos eléctricos mantenidos.

    Comprobó el termómetro automático.

    —Ningún cambio en la temperatura. Permanece estable en veintidós con ocho grados. Lectura del dinamómetro: mil ochocientos setenta.

    Veinte segundos más tarde, habló de nuevo.

    —La lectura del dinamómetro ha descendido a mil ochocientos veintitrés. Temperatura en descenso; en este momento es de diecinueve con dos grados. Pulso: noventa y cuatro con cinco y subiendo.

    Edith juntó las piernas al sentir el frío que llegaba por debajo de la mesa. Fischer permanecía inmóvil. Aun estando protegido, era capaz de sentir el poder que se estaba congregando a su alrededor.

    Barrett comprobó de nuevo el termómetro.

    —La temperatura ha descendido a menos siete grados. La tensión del dinamómetro se ha reducido a mil setecientos setenta y nueve. Presión negativa. Se mantienen los contactos eléctricos. Ritmo de respiración en aumento. Cincuenta... cincuenta y siete... sesenta; aumenta de forma constante.

    Edith observó a Florence con atención. Bajo la mortecina luz, lo único que lograba entrever era su rostro y sus manos. Parecía estar recostada sobre su asiento, con los ojos cerrados. Edith tragó saliva. Sentía un frío nudo en el estómago que ni siquiera la voz confiada de su marido lograba disipar.

    Se sobresaltó al oír el chasquido de los obturadores de las cámaras.

    —Los rayos infrarrojos han sido perturbados; cámaras activadas —anunció Barrett. Mientras se enderezaba sobre la silla, observó emocionado el instrumento de color azul oscuro—. Se inicia la evidencia de REM.

    Fischer lo miró. ¿Qué debía de ser REM? Obviamente, algo que Barrett consideraba vital.

    —La respiración de la médium es, en este momento, de doscientos diez —estaba diciendo el doctor—. Dinamómetro: mil cuatrocientos sesenta. Temperatura...

    Interrumpió las lecturas al oír jadear a Edith.

    —Ozono presente en el aire —dijo. Asombroso, pensó.

    Transcurrió un minuto, luego dos; el olor y el frío iban en aumento. De pronto, Edith cerró los ojos. Tras esperar unos segundos, los abrió y contempló de nuevo las manos de Florence. ¡No eran imaginaciones!

    De las yemas de los dedos de la médium rezumaban hebras de una sustancia viscosa y pálida.

    —Formación de ectoplasma. Los filamentos aislados están uniéndose en una única hebra membranosa. Intentaremos realizar prueba de penetración de materia. —Esperó a que la hebra ectoplasmática fuera más larga y entonces le dijo a Florence —: Levante la campana.

    Hizo una pausa antes de repetir la instrucción.

    El tentáculo viscoso empezó a alzarse lentamente, como una serpiente. Edith retrocedió sobre su asiento, observando cómo se deslizaba por el aire, traspasaba la mosquitera y se dirigía hacia la mesa.

    —El tallo ectoplasmático ha cruzado la red y avanza hacia la mesa —anunció Barrett—. Lectura de dinamómetro: trece mil cuarenta, descendiendo a un ritmo constante. Los contactos eléctricos se siguen manteniendo.

    Su voz se convirtió en una confusión de sonidos absurdos para Fischer, que era incapaz de apartar los ojos del húmedo tentáculo que se deslizaba por la mesa como un gusano gigantesco. En su mente apareció, brevemente, una fotografía: él, a los catorce años, en trance profundo, expulsando algo similar por la boca. Se estremeció cuando la membrana alcanzó el mango de la campana y empezó a enroscarse lentamente a su alrededor hasta que, de pronto, la levantó. Sus piernas temblaron al oír que tintineaba.

    —Gracias. Déjela en su sitio, por favor —dijo Barrett. Edith lo miró sorprendida. ¿Cómo podía estar tan sereno? Cuando volvió a centrar su atención en la mesa, vio cómo el tentáculo acababa de desenroscarse del mango de la campana y empezaba a alejarse.
    —Iniciamos intento de captura del espécimen —anunció Barrett.

    Se levantó para dejar un cuenco de porcelana sobre la mesa del gabinete. Al acercarse, el tentáculo retrocedió de un salto.

    —Deje una parte en el cuenco, por favor —dijo, regresando a su silla.

    El apéndice grisáceo empezó a balancearse de un lado a otro, como si fuera el tallo de alguna planta submarina meciéndose con la corriente.

    —Deje una parte en el cuenco, por favor —repitió el doctor, mientras echaba un vistazo al registro de REM. La aguja había superado la marca de 300. Sintiendo una enorme satisfacción, se volvió hacia el gabinete y repitió la orden una vez más.

    Se vio obligado a repetir siete veces más aquellas palabras antes de que el filamento empezara a moverse lentamente hacia el cuenco. Edith lo observaba, sintiendo repulsión y fascinación al mismo tiempo. Parecía una serpiente ciega de escamas grises. En cuanto llegó al cuenco, empezó a ascender por el borde, pero de pronto retrocedió, haciendo que Edith diera un respingo. Avanzó de nuevo, moviéndose con sumo cuidado, pero volvió a retroceder bruscamente, sin hacer ningún ruido.

    En su quinto intento, el tentáculo permaneció en su sitio y empezó a girar en espiral con movimientos lánguidos hasta que llenó el cuenco. Treinta segundos después se retiró. Edith observaba con asombro los movimientos del tentáculo.

    Cuando Barrett se levantó y llevó el cuenco a la mesa del equipo, su mujer echó un vistazo al líquido transparente que había en su interior.

    —Espécimen retenido en el cuenco —dijo Barrett, examinándolo—. No despide ningún olor, es incoloro y ligeramente turbio.
    —Lionel —el apremiante susurro de Edith le obligó a levantar la mirada.

    En la mitad inferior del rostro de Florence se estaba formando una masa borrosa.

    —Se está generando materia ectoplasmática en la mitad inferior del rostro de la médium —dijo Barrett—. Emisión por la boca y las fosas nasales.

    Siguió hablando por el micrófono, describiendo la materialización y registrando las lecturas de los instrumentos. Edith observó la formación, que ahora parecía un pañuelo raído y mugriento. La parte inferior colgaba en tiras, pero la superior empezó a extenderse con un movimiento oscilante, hasta ocultar la nariz de Florence, después sus ojos y finalmente, su frente. Los pálidos rasgos de la médium podían verse a través del velo andrajoso que cubría por completo su rostro.

    —El velo ectoplasmático empieza a condensarse —anunció Barrett.

    Esto sí que es sorprendente, pensó. No había precedentes de que una médium mental produjera un ectoplasma tan espectacular en su primera sesión física. El doctor observaba los acontecimientos con creciente interés.

    La textura del velo de niebla empezó a coagularse y, en menos de medio minuto, el rostro de Florence desapareció por completo. Pronto, también su cabeza y sus hombros quedaron ocultos bajo los pliegues de lo que parecía un sudario húmedo y pardusco. El extremo de la tela mugrienta empezó a descender por su regazo, alargándose hasta convertirse en una tira sólida de varios centímetros de ancho. Mientras descendía, empezó a adoptar color.

    —El filamento aislado se extiende hacia abajo —dijo Barrett—. Tono rojizo fundiéndose en gris. El tejido expandido parece encenderse. Cada vez es más brillante... más brillante. Ahora es del color de la carne viva.

    Fischer, sintiéndose entumecido, observaba con atención el atuendo modificado que cubría la cabeza y el cuerpo de Florence. De pronto sintió pánico y se clavó las uñas en las palmas de las manos hasta que el dolor eclipsó todo lo demás.

    El sudario de la médium, cada vez más albicante, parecía lino sumergido en pintura blanca, transparente en algunos lugares y consistente en otros. Aparecieron tiras y parches en otros puntos de su cuerpo: el brazo y la pierna derechos, el pecho derecho, el centro de su regazo. Era como si hubieran sumergido una sábana en algún líquido irisado, la hubieran roto en pedazos y la hubieran arrojado sobre la médium, consiguiendo que el trozo más grande cayera sobre su cabeza y sus hombros.

    Inconscientemente, Edith se sujetó con fuerza a la silla. Había presenciado fenómenos físicos con anterioridad, pero nunca nada semejante. Las secciones ectoplasmáticas empezaron a unirse lentamente hasta que cobraron forma. El filamento, que volvía a ser pálido, parecía un brazo con su muñeca.

    —Algo está cobrando forma —dijo Barrett.

    Veintisiete segundos después, una figura blanca, asexual, incompleta y vestida con una holgada túnica se alzó ante el gabinete. Sus manos parecían garras. Tenía boca, dos puntos oscuros como fosas nasales y dos ojos que parecían observarlos. Edith cogió aire, nerviosa.

    —Figura ectoplasmática formada —dijo Barrett—. Imperfecta...

    Guardó silencio al oír que la figura reía.

    Edith gimió, aterrada.

    —Tranquila —dijo su marido.

    La figura siguió riéndose: era una risa envolvente, profunda y resonante, que parecía engullir el aire. Edith sintió que se le ponían los pelos de punta. La figura se estaba girando para mirarla. Parecía estar aproximándose. Un sollozo de miedo subió por su garganta.

    —Quédate quieta —susurró Barrett.

    De repente, la figura se abalanzó hacia ella y Edith gritó, protegiéndose con los brazos. Con un sonido similar al del restallido de una cinta adhesiva gigantesca, la figura se desvaneció. Florence gritó con voz ronca, haciendo que Edith volviera a saltar sobre su asiento. Fischer se levantó.

    —¡Quieto! —ordenó Barrett.

    Fischer se quedó de pie, rígido, junto a la mesa, mientras Barrett levantaba la mosquitera y dirigía la luz roja de su linterna hacia el rostro de Florence. Inmediatamente, la apagó y comprobó sus instrumentos.

    —La señorita Tanner está saliendo del trance —dijo—. La retracción prematura ha provocado un breve shock sistémico.

    Miró a Fischer.

    —Ahora puede ayudarla.


    4:23 P.M.


    Edith despertó sobresaltada. Al echar un vistazo al reloj, descubrió que había dormido más de una hora.

    Lionel estaba sentado delante de la mesa octogonal, mirando por el microscopio y tomando notas. Edith deslizó los pies por el borde del colchón y se puso los zapatos. Entonces se levantó y avanzó por la alfombra.

    —¿Te encuentras mejor? —su marido levantó la mirada, sonriente.

    Ella asintió.

    —Quería pedirte disculpas por lo de antes.
    —No te preocupes.

    En el rostro de Edith se dibujó una expresión de pesar.

    —Yo causé la «retracción prematura», ¿verdad?
    —No te preocupes; se pondrá bien. Estoy seguro de que no es lo peor que le ha sucedido durante una sesión. —Tras mirarla durante unos instantes, Lionel le preguntó—: ¿Qué fue lo que te incomodó antes de la sesión? ¿El reconocimiento?

    Edith era consciente de que tenía que ser precavida.

    —Sí, fue muy embarazoso.
    —Pero no era la primera vez que lo hacías.
    —Lo sé. —Se estaba poniendo tensa—. Pero en esta ocasión me resultó embarazoso.
    —Tendrías que habérmelo dicho. Lo habría hecho yo.
    —Me alegro de que no lo hicieras. —Esbozó una sonrisa—. Comparada con ella, yo parezco un chico.

    Barrett soltó una risita.

    —Ya será menos.
    —De todos modos, lamento haber estropeado la sesión —Edith deseaba cambiar de tema.
    —No has estropeado nada. Además, te aseguro que estoy muy satisfecho con los resultados.
    —¿Qué estás haciendo?

    Barrett señaló el microscopio.

    —Echa un vistazo.

    Edith se acercó al instrumento y pudo ver diversos grupos de masas informes y cuerpos ovales y poligonales.

    —¿Qué es esto? —preguntó.
    —Una muestra de ectoplasma dispuesta en agua. Lo que ves son conglomerados de cuerpos decolorados, laminares y cohesivos, además de una lámina de formas variadas similares a un epitelio carente de núcleo.

    Edith levantó la mirada.

    —¿Crees que he entendido algo de lo que has dicho? —le reprendió.

    Barrett sonrió.

    —Sólo intentaba impresionarte. Lo que he dicho significa que la muestra está formada por restos de células: células del epitelio, capas finas de células, cuerpos membranosos, granos aislados de grasa, mucosidades y cosas similares.
    —¿Y eso significa...?
    —Que lo que los espiritistas denominan ectoplasma deriva casi por completo del cuerpo del médium y que el resto son partículas procedentes del aire y de la ropa del médium: restos de fibra vegetal, esporas bacterianas, granos de almidón, partículas de polvo y alimentos, etcétera. Sin embargo, el conjunto es orgánico, materia viva. Piensa en ello, querida. Una exteriorización orgánica del pensamiento. La mente reducida a materia, sujeta a observación, cálculos y análisis científicos. —Movió la cabeza con admiración—. Comparado con esto, la noción de fantasmas resulta terriblemente prosaica.
    —¿Estás diciendo que la señorita Tanner hizo esa figura con su propio cuerpo?
    —Fundamentalmente, sí.
    —¿Porqué?
    —Para demostrar su teoría. Sin duda alguna, esa figura era el hijo de Belasco... un hijo que estoy seguro de que nunca existió.


    4:46 P.M.


    El gato descansaba junto a ella. Florence le acarició el cuello y éste empezó a ronronear.

    Cuando subió a su habitación, lo encontró agazapado de miedo delante de su puerta y, a pesar de lo cansada que se sentía, lo había cogido en brazos y lo había tenido en su regazo hasta que paró de temblar; entonces, dejándolo sobre la cama, había ido a darse una ducha de agua caliente. Ahora, Florence estaba tumbada en bata sobre la cama, tapada con la colcha.

    —Pobre gatito —murmuró—. A menudo lugar te han traído.

    Deslizó la yema del dedo por su cuello y el animal levantó la cabeza con un movimiento lánguido, sin abrir los ojos. El doctor Barrett le había dicho que era un medio adicional para verificar si había «presencias» en la casa, pero ella consideraba que se trataba de un método cruel cuyo único propósito era el de conseguir una pequeña validación científica. Quizá, podría sacarlo de la casa con la ayuda de la pareja que les llevaba la comida. Le diría al doctor Barrett que le avisara cuando el gato ya hubiera cumplido su cometido.

    Florence cerró los ojos de nuevo. Deseaba quedarse dormida, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza: el bochorno de la señora Barrett y su expresión al mirar hacia el techo, como si hubiera alguien observándola; las excesivas medidas contra el fraude que había tomado el doctor; sus primeras sesiones como médium física; su incapacidad de entrar en la capilla; su preocupación por Fischer y lo decepcionada que se sentía con él; el temor de estar dándole más importancia de la necesaria al hijo de Belasco. Al fin y al cabo...

    Dio un respingo cuando el gato saltó de la cama. Al enderezarse; vio que el animal se precipitaba hacia la puerta y se agazapaba; tenía la espalda arqueada, el pelo erizado y las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros. Se levantó a toda prisa y avanzó hacia él. En el mismo instante en que abrió la puerta, el animal salió disparado al pasillo y desapareció.

    Algo aleteaba a sus espaldas. Al girarse, vio que la colcha y las mantas estaban aterrizando sobre la moqueta.

    Había algo debajo de la sábana.

    Florence lo miró con atención. Era la figura de un hombre. Dio unos pasos hacia la cama y se puso tensa al descubrir que estaba desnudo. Podía distinguir todos los detalles de aquel cuerpo, desde la amplitud de su pecho hasta la protuberancia de sus genitales. Sintió en sus entrañas un fuerte deseo sexual. No, se dijo para sus adentros, eso es lo que él quiere.

    —Si sólo ha venido a impresionarme con su inteligencia, ya sabe dónde está la puerta —dijo.

    La figura no emitió ningún sonido. Yacía inmóvil bajo la sábana; sólo su pecho se expandía y se contraía, imitando perfectamente el movimiento de la respiración. Florence observó su rostro.

    —¿Es usted el hijo de Emeric Belasco? —preguntó, avanzando junto al borde de la cama—. Si lo es, usted dijo que las cosas no cambian, pero puedo asegurarle que, con amor, todo es posible. Ésa es una de las verdades de la vida... y también del más allá.

    Se inclinó un poco, intentando distinguir sus rasgos.

    —Dígame quien es —exigió.
    —¡Bu! —gritó la figura. Florence retrocedió de un salto, mientras un grito escapaba por su garganta. Al instante, la sábana cayó al suelo. Ya no había nada en la cama, pero en el aire resonaba una risa burlona.
    —Qué divertido —dijo, molesta. La risa fue subiendo de tono, hasta parecer la de un demente. Florence se cogió con fuerza las manos y gritó—: ¡Si sólo le interesan las bromas pesadas, manténgase apartado de mí!

    Durante casi veinte segundos, la habitación se sumió en un silencio sepulcral. Florence advirtió que los músculos de su estómago se tensaban lentamente. De pronto, la lámpara china cayó al suelo y la bombilla se rompió en mil pedazos. Ahora, sólo la luz del cuarto de baño impedía que la habitación estuviera en la más completa oscuridad. Florence se giró al oír unos pasos sobre la moqueta. La puerta que daba al pasillo se abrió con tanta fuerza que se estrelló contra la pared.

    Esperó un momento antes de cruzar el cuarto para cerrarla. Tras encender la luz del techo, recogió la lámpara del suelo. Menuda cólera, pensó. Sin embargo, no sólo había cólera.

    También había una súplica.


    6:21 P.M.


    Florence entró en el comedor.

    —Buenas noches —saludó.

    Fischer esbozó una precipitada sonrisa.

    —¿Ha visto ya a la pareja? —preguntó ella, señalando la mesa, que ya estaba preparada para la cena.
    —No.
    —Sería divertido que, en realidad, no hubiera ninguna pareja —comentó, con una sonrisa.

    A Fischer no pareció hacerle gracia el comentario. Florence recorrió el salón con la mirada.

    —Me pregunto dónde estarán los Barrett —dijo, antes de observar de nuevo a su compañero—. Bueno, ¿qué ha estado haciendo?
    —Explorar. —Fischer levantó la tapa de una de las bandejas, que estaba llena a rebosar de chuletas de cordero, y volvió a taparla.
    —Debería empezar a comer —dijo Florence.

    Fischer empujó la bandeja hacia ella.

    —Ambos deberíamos empezar a comer —rectificó la mujer.
    —Adelante.
    —Tomaré un poco de ensalada —dijo. Tras servirse un poco en el plato, miró a su compañero—. ¿Quiere que le sirva?

    Él le dijo que no con la cabeza.

    Florence comió un poco de ensalada antes de volver a hablar.

    —¿Contactó con el hijo de Belasco la primera vez que estuvo en la casa?
    —Sólo estuve en contacto con un hilo conductor.

    Ambos giraron la cabeza al oír unos pasos.

    —Buenas noches —saludó Florence.
    —Buenas noches. —El doctor sonrió con educación, mientras Edith inclinaba la cabeza—. ¿Se encuentra mejor?
    —Sí, estoy bien.
    —Me alegro.

    Barrett y su mujer se sentaron y empezaron a comer.

    —Estábamos hablando del hijo de Belasco —comentó Edith.
    —Ah, sí. El hijo de Belasco.

    A Florence le molestó el tono del doctor. De repente, se sintió indignada por haber tenido que someterse a la ignominia de su examen físico y sus ridículas precauciones: la ropa, las cuerdas, la mosquitera, las luces infrarrojas, las placas de las manos y los pies, las cámaras... Intentó reprimir su creciente cólera, pero no pudo. ¿Cómo se atrevía a tratarla de esa forma? Su presencia en aquel proyecto era igual de importante que la de él.

    —¿No acabará nunca? —preguntó.

    Los demás la miraron.

    —¿Se está dirigiendo a mí? —preguntó Barrett.
    —Sí. —Intentó reprimir de nuevo su cólera, pero el recuerdo del examen físico brilló en su mente. Y el traje. Y las absurdas precauciones contra el fraude.
    —¿Qué es lo que no acabará nunca? —preguntó el doctor.
    —Su actitud recelosa, su desconfianza.
    —¿Desconfianza?
    —¿Por qué supone que los médium sólo podemos producir fenómenos con las condiciones que dicta la ciencia? —preguntó—. No somos máquinas, sino seres humanos. Los rígidos e inflexibles requisitos de la ciencia no han hecho ningún bien a la parapsicología.
    —Señorita Tanner... —Barrett parecía confundido—. ¿A qué viene esto? ¿Acaso le he...?
    —No soy médium por amor al arte, ¿sabe? —le interrumpió Florence. Cuanto más hablaba, más enfadada se sentía—. Esta tarea suele ser dolorosa y, a menudo, poco gratificante.
    —¿No cree usted que...?

    Florence era incapaz de detenerse.

    —Pero sostengo la creencia de que nuestras dotes son una manifestación de Dios en el hombre —continuó, antes de citar, furiosa—: «Cuando hable contigo, abriré la boca y tú deberás decirles: así dice el Señor».
    —Señorita Tanner...
    —No hay nada en la Biblia, ni un sólo fenómeno registrado, que no suceda en la actualidad: pueden ser señales o sonidos, que las casas tiemblen o que las personas crucen puertas cerradas. Ráfagas de viento, levitaciones, escritura automática o hablar en diversas lenguas.

    Se produjo un incómodo silencio. Florence observó a Barrett, consciente de que Fischer y Edith la estaban mirando atentamente. En algún lugar, en lo más profundo de su mente, oyó un grito de precaución, pero su furia logró acallarlo. Barrett se sirvió un poco de café y levantó la taza.

    —Señorita Tanner —dijo, mirándola—. No sé qué es lo que le molesta, pero...

    Se interrumpió cuando la taza estalló en sus manos. Edith saltó sobre su asiento, sofocando un grito. Barrett, paralizado, observó boquiabierto el trozo de asa que aún sostenía entre los dedos, advirtiendo que le salía sangre del pulgar. Florence sintió unas palpitaciones en las sienes. Fischer miró a su alrededor, asombrado.

    —¡Por el amor de Dios! ¿Qué ha...? —empezó a decir Barrett.

    Se vio obligado a guardar silencio al ver que el vaso que había delante de su plato estallaba, proyectando los fragmentos rotos por toda la mesa. Edith apartó las manos cuando su plato saltó por los aires y empezó a girar con rapidez, esparciendo la comida por toda la sala antes de aterrizar y romperse en pedazos. Al instante, la parte superior de su vaso se rompió con un crujido y salió disparada hacia su marido, que estaba sacándose un pañuelo del bolsillo para cortar la hemorragia. Barrett logró apartarse a tiempo, pero la parte superior del vaso logró golpearle en el brazo antes de estrellarse contra el suelo. Entonces, el vaso de Fischer explotó, y éste retrocedió tambaleándose, protegiéndose la cara con los brazos.

    El plato de Florence dio un salto mortal, esparciendo la ensalada por toda la mesa. La mujer extendió el brazo para detenerlo, pero retrocedió asustada al ver que cruzaba la mesa volando. Barrett movió la cabeza hacia un lado. El plato le rozó la oreja y aterrizó de canto; entonces, rodó a toda velocidad por la sala y reventó contra la pared. Edith gritó cuando una bandeja se deslizó por la mesa, dirigiéndose hacia su marido. Barrett se levantó de un salto, derribando la silla. Estuvo a punto de caerse, pero logró sujetarse a la mesa. Al llegar al borde, la bandeja cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, salpicando de puré de patatas los zapatos y pantalones del doctor.

    Fischer ya estaba de pie, intentando escapar, pero la silla le golpeó con fuerza en las piernas, derribándolo contra la mesa. Vio que su taza cruzaba la mesa dando saltos y se estrellaba contra el pecho de Barrett, manchándole de café la camisa. Los gritos de Edith se sofocaron cuando el plato de Fischer fue catapultado desde la mesa y pasó volando muy cerca de su cabeza. La silla se retiró y Fischer cayó de rodillas, con una expresión de terror en el rostro.

    Barrett intentaba envolverse el pulgar con el pañuelo cuando la cafetera de plata volcó y empezó a rodar sobre la mesa, proyectando el café por los aires. Barrett se apartó hacia un lado para esquivarla, resbaló con el puré de patatas y cayó sobre su costado derecho. Al llegar al final de la mesa, la cafetera se precipitó hacia el suelo, rebotando en su pantorrilla izquierda. El ardiente impacto le hizo gritar de dolor. Edith intentó levantarse para ayudarle, pero su silla se balanceó hacia atrás y perdió el equilibrio. Un cuchillo y una cuchara pasaron volando junto a su mejilla.

    Florence se encogió sobre su asiento al ver que otra bandeja empezaba a rodar por la mesa, dirigiéndose hacia Barrett. Éste logró apartarse, jadeando, y la bandeja cayó junto a él, pero la tapa le alcanzó en la espinilla. Edith intentó ponerse en pie.

    —¡Debajo de la mesa! —gritó Fischer.

    De un salto, Fischer se ocultó bajo la mesa; Florence se deslizó por la silla y cayó al suelo de rodillas. Entonces, la lámpara que se alzaba sobre ellos empezó a oscilar, cada vez a mayor velocidad.

    Instantes después, los objetos de la mesa que se alzaba frente a la pared oriental cobraron vida. Un pesado escalfador de plata cruzó la habitación formando un arco y golpeó la mesa con un ruido ensordecedor. Edith gritó. Barrett extendió el brazo hacia ella, pero lo retiró al ver que la herida del pulgar seguía sangrando. Un cuenco de plata se abalanzó sobre ellos, golpeó una pata de la mesa y empezó a girar sobre sí mismo con tanta rapidez que su contorno se difuminó. Florence miró a Fischer, que estaba de rodillas, con los ojos abiertos de par en par y una expresión de terror congelada en su rostro. Deseaba ayudarle, pero estaba demasiado aturdida. Sentía un frío cosquilleo en el estómago.

    Los cuatro levantaron la cabeza, sobrecogidos, cuando la mesa empezó a balancearse de un lado a otro. El recipiente de la nata aterrizó cerca de ellos, esparciendo su contenido por el suelo como si fuera pintura de color marfil. Segundos después cayó el azucarero de plata. La mesa se balanceaba cada vez con mayor violencia; sus patas golpeaban el suelo como los cascos de un caballo. De pronto, la mesa se desplomó y Barrett tuvo que apartar la mano para que no se la aplastara. Las sillas empezaron a estrellarse de una en una contra el suelo, con un sonido similar al de los disparos de un rifle.

    De repente la mesa se deslizó por el suelo encerado, alejándose de ellos, y se estrelló contra la pantalla de la chimenea, deformándola. Entonces advirtieron que todas las lámparas del comedor estaban oscilando violentamente. Una de ellas se rompió, salió disparada hacia un lado y levantó una lluvia de chispas al chocar contra el manto de piedra de la chimenea, antes de derrumbarse sobre la mesa. Un candelabro de plata voló por la habitación y aterrizó junto a Barrett, golpeándolo en el costado. Éste se desplomó con un grito de dolor.

    —¡No! —gritó Florence.

    Todos los objetos se detuvieron al instante, excepto las lámparas del techo, que siguieron oscilando con menor intensidad. Edith se inclinó sobre Barrett, preocupada.

    —¿Lionel? —le tocó el hombro y su marido movió ligeramente la cabeza.
    —Ben, tiene que abandonar esta casa.

    Fischer miró a Florence, desconcertado por sus palabras.

    —No está preparado para esto —explicó.
    —¿De qué diablos está hablando?

    Florence se volvió hacia Barrett en busca de apoyo.

    —Doctor... —empezó a decir, pero se interrumpió al ver cómo le miraba mientras Edith le ayudaba a incorporarse—. ¿Se encuentra bien?

    Barrett se apoyó en la mesa con un gemido, sin responder. Edith lo miró, asustada.

    —¿Lionel?
    —Estoy bien —dijo, atándose con fuerza el pañuelo alrededor del pulgar. El corte era muy profundo y sentía punzadas de dolor en diversas partes del cuerpo: el brazo, el pecho, la espinilla, el tobillo, el costado y la pierna, que le dolía terriblemente.

    Florence lo miró desconcertada. ¿Por qué la habría mirado de esa forma? De pronto, creyó conocer la respuesta.

    —Siento haberle hablado con tanta furia —dijo—, pero por favor, apóyeme en esto. Creo que es importante que Ben... que el señor Fischer abandone la casa.

    Barrett apretó los dientes con fuerza, debido al dolor.

    —¿Intenta deshacerse de nosotros dos? —murmuró.

    Florence lo miró, sorprendida.

    El doctor se volvió hacia su esposa.

    —¿Me ayudas a llegar a nuestra habitación? —preguntó.

    Edith asintió débilmente y, tras acercarle el bastón, le cogió del brazo.

    Florence no entendía nada.

    —¿Qué ha querido decir, doctor Barrett?

    Éste recorrió con la mirada la asolada habitación.

    —Creo que es obvio —respondió.

    Florence, desconcertada, observó cómo se alejaban los Barrett. En cuanto desaparecieron, miró a Fischer.

    —¿Qué estaba diciendo? —preguntó—. ¿Qué yo...?

    Fischer le dio la espalda.

    —¡Ben, eso no es cierto!

    Empezó a alejarse, tambaleante. Entonces, sin dejar de caminar, se volvió hacia ella.

    —Es usted quien debería irse —dijo—. No soy yo quien está siendo utilizado, sino usted.


    6:48 P.M.


    Barrett se sentó en la cama con cuidado.

    —Mi maletín —murmuró.

    Edith le soltó el brazo y corrió hacia la mesa de estilo español para coger el maletín donde guardaba la codeína y el botiquín de primeros auxilios. Cuando regresó junto a él, éste estaba desenrollando el pañuelo lentamente, con los dientes apretados por el dolor.

    Al ver el profundo corte, Edith silbó.

    —No pasa nada —dijo Barrett. Alcanzando el maletín, sacó el botiquín de primeros auxilios y cogió un sobre de polvos de sulfamida de su interior—. ¿Puedes traerme un vaso de agua, por favor?

    Mientras Edith se dirigía al cuarto de baño, Lionel sacó una caja de gasas y empezó a romper el precinto de la tapa. Cuando su mujer regresó, le tendió la caja.

    —¿Podrías vendármelo? —preguntó. Ella le dio el vaso de agua, asintiendo con la cabeza.

    El doctor sacó su pastillero del maletín negro, cogió una píldora y se la tragó, ayudándose con el agua.

    Edith hizo una mueca cuando le empezó a vendar el dedo.

    —Este corte necesita unos puntos.
    —Yo no lo creo. —Barrett apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza mientras su mujer envolvía el pulgar con la gasa—. Aprieta fuerte.

    En cuanto el dedo estuvo vendado y envuelto en esparadrapo, Barrett levantó la pernera derecha de su pantalón. Tenía una quemadura de color rojo oscuro en la pantorrilla. Edith lo miró, consternada.

    —Es necesario que te vea un médico.
    —Ponle un poco de pomada de picrato.

    Edith lo miró fijamente, indecisa. Entonces, arrodillándose junto a él, extendió la crema amarilla sobre la quemadura. Barrett silbó, cerrando los ojos.

    —Estoy bien —murmuró, consciente de que su mujer lo estaba mirando.

    Después de envolverle la pierna con gasas, Edith le ayudó a tumbarse. Gruñendo, Barrett se acostó sobre el costado izquierdo.

    —Soy una masa gigante de magulladuras —comentó, intentando que pareciera una broma.
    —Lionel, vayámonos a casa.

    Barrett bebió otro sorbo de agua y le devolvió el vaso. Entonces, se dejó caer sobre los almohadones que le había colocado Edith debajo de la espalda.

    —Estoy bien —dijo.
    —¿Y si se vuelve a repetir?

    Movió la cabeza.

    —Eso no sucederá. —Miró a Edith unos instantes—. De todos modos, tú puedes irte, si así lo deseas.
    —¿Y dejarte aquí?

    Barrett levantó la mano derecha, como si fuera a hacer una promesa.

    —Créeme. Esto no se volverá a repetir.
    —Entonces, ¿por qué debería irme?
    —Simplemente, porque no deseo que te hagan daño.
    —Tú eres el único que ha resultado herido.

    Barrett sonrió.

    —Es cierto. Y tenía que ser así, por supuesto, pues he sido yo quien le ha hecho enfadar.
    —Estás diciendo... —Edith vaciló—. ¿Estás diciendo que ella ha hecho todo eso?
    —Utilizando el poder de la sala —respondió—, para convertirlo en un fenómeno de tipo poltergeist dirigido contra mi persona.

    Edith pensó en la violencia de los acontecimientos: la mesa gigantesca balanceándose de un lado a otro y deslizándose por el suelo como si fuera un tren expreso; el movimiento oscilante de las enormes lámparas que colgaban del techo.

    —¡Dios mío! —exclamó.
    —He cometido un error —explicó Lionel—. Acepté su actitud cordial de buenas a primeras... a pesar de saber perfectamente que no se debe confiar ciegamente en un médium, pues resulta imposible saber qué esconde. Puede tratarse de una hostilidad absoluta... —Sacó aire con fuerza—, y si utiliza su poder de forma inconsciente, puede infligir un daño tremendo. Sobre todo porque la energía que inunda esta casa es capaz de multiplicar por cien ese poder. —Esbozó una sombría sonrisa—. Pero no volveré a cometer ese error —añadió.
    —¿Es tan importante que nos quedemos? —preguntó Edith.
    —Sabes que lo significa todo para mí —respondió Lionel, en voz baja.

    Edith asintió, intentado reprimir el pánico que sentía. Cinco días más como éste, pensó.


    8.09 P.M.


    Florence paseaba inquieta por su cuarto. Su mente daba vueltas una y otra vez a lo ocurrido. ¿Barrett tenía razón? Se negaba a creerlo, pero las pruebas eran evidentes: estaba furiosa con él y el fenómeno poltergeist se había dirigido, principalmente, contra su persona. Además se sentía muy débil, como sucedía cada vez que utilizaba sus dotes psíquicas.

    Dio media vuelta y volvió a cruzar la habitación. Estaba enfadada con él, sí, pensó, pero nunca le haría daño a nadie... y menos aún si el único motivo fuera que tuviésemos formas de pensar diferentes.

    No. No iba a aceptarlo. Respetaba al doctor Barrett; lo amaba como ser humano, como alma amiga. Antes de hacerle daño, preferiría estar muerta. ¡De verdad! ¡De verdad!

    Sollozando, se arrodilló junto a la cama, inclinó la cabeza y la apoyó entre sus manos, que tenía fuertemente entrelazadas. ¡Dios mío, ayúdame, por favor! Muéstrame el camino que debo seguir. Haz en mí tu voluntad. Mi corazón y mi alma están consagrados a tus gloriosas obras. Mi Señor, imploro una respuesta. Extiende tu mano y eleva mi espíritu, ayúdame a caminar bajo la luz de tu bendito camino.

    De repente, abrió los ojos y levantó la mirada. Durante un largo momento permaneció inmóvil, con una expresión de indecisión en el rostro. Entonces, sus labios esbozaron una sonrisa radiante. Se levantó con impaciencia y cruzó la habitación. Una vez en el pasillo, echó un vistazo al reloj para comprobar la hora. Aún deben de estar despiertos. Al llegar al dormitorio de los Barrett, dio cuatro golpecitos en la puerta.

    Edith abrió. Florence pudo ver, por encima de su hombro, que el doctor Barrett estaba sentado en la cama, con las piernas tapadas.

    —¿Puedo hablar con usted? —preguntó.

    El doctor vaciló. Tenía el rostro retorcido del dolor.

    —Sólo será un momento —aseguró.
    —De acuerdo.

    Edith se hizo a un lado para dejarla pasar.

    —Ya sé qué ha sucedido —dijo, acercándose a la cama de Barrett—. No fui yo. Fue el hijo de Belasco.

    Barrett la miró fijamente, sin decir nada.

    —¿Acaso no lo ve? Desea separarnos. Si no estamos unidos, no suponemos ningún riesgo para él.

    Barrett seguía callado.

    —*Por favor, créame. Sé que tengo razón. Está intentando enemistarnos. —Lo miró con ojos ansiosos—. Si no me cree, habrá ganado. ¿No se da cuenta?

    Barrett suspiró.

    —Señorita Tanner...
    —Lo primero que haré por la mañana será celebrar una sesión para usted —le interrumpió—. Ya verá como tengo razón.
    —No habrá más sesiones.

    Florence lo miró, incrédula.

    —¿Cómo que no habrá más sesiones?
    —No es necesario.
    —Pero si apenas hemos empezado... No podemos parar ahora. Aún nos queda mucho que aprender.
    —Yo ya sé todo lo que quería saber. —Barrett estaba intentando controlar su malhumor, pero el dolor se lo estaba poniendo difícil.
    —Desea prescindir de mí por lo que ha sucedido antes —dijo Florence—, pero ya le he dicho que no fue culpa mía.
    —El hecho de que me lo haya dicho no significa que me haya convencido —respondió Barrett, intentando controlarse—. Ahora, si no le importa...
    —Doctor, no podemos interrumpir las sesiones.
    —Pues pienso hacerlo, señorita Tanner.
    —Cree que fui yo quien...
    —No sólo lo creo, señorita Tanner, sino que lo sé —le interrumpió—. Ahora, por favor, retírese. Ya tengo suficiente con mi dolor.
    —Doctor, yo no soy la responsable. ¡Fue el hijo de Belasco!
    —¡Señorita Tanner, esa persona no existe!

    Le habló con tanta acritud que Florence se acobardó.

    —Sé que está dolorido... —empezó a decir, suavemente.
    —Señorita Tanner, ¿quiere hacer el favor de irse? —Barrett apretaba los dientes con fuerza.
    —Señorita Tanner... —dijo Edith.

    Florence se volvió hacia ella. Deseaba con toda su alma convencer a Barrett, pero la mirada de preocupación de su mujer la detuvo. Miró de nuevo al doctor.

    —Se equivoca. —Dio media vuelta, dirigiéndose a la puerta. Entonces, girándose hacia Edith, murmuró—: Lo siento. Discúlpeme, por favor.

    Guardó la compostura hasta que llegó a su habitación. Entonces, se sentó a los pies de la cama y empezó a llorar.

    —Se equivoca —susurró—. ¿No se da cuenta? Se equivoca. Se equivoca.


    10:18 P.M.


    Edith estaba tumbada sobre su espalda, contemplando el techo. Había cerrado los ojos una docena de veces, sólo para volverlos a abrir segundos después. Era incapaz de conciliar el sueño. Le resultaba imposible.

    Giró la cabeza sobre la almohada y miró a Lionel. Estaba profundamente dormido. Era normal, después de todo lo que le había pasado. Cuando le ayudó a desvestirse y a ponerse el pijama, se quedó horrorizada al ver que tenía el cuerpo cubierto de cardenales.

    Cerró los ojos de nuevo. Sentía una gran inquietud en su interior... estaba nerviosa, pero sin ningún motivo aparente. Probablemente, era la casa la que le hacía sentirse así. ¿Qué diablos era ese poder del que Lionel hablaba continuamente? Era innegable que estaba presente: lo que había sucedido en el comedor era una aterradora prueba de ello. Además, el hecho de que la señorita Tanner pudiera utilizarlo en su contra resultaba inquietante.

    Edith se sentó y apartó las sábanas. Frunciendo el ceño, deslizó los pies en sus zapatillas y se levantó. Entonces, avanzó por la alfombra hasta la mesa octogonal, donde se detuvo para observar la caja en la que Lionel guardaba su manuscrito. De pronto, se giró y cruzó la habitación, dirigiéndose hacia la chimenea. El fuego ardía con poca intensidad, pues la madera prácticamente se había consumido. Pensó en poner otro leño, sentarse en la mecedora y contemplar el fuego hasta que le entrara el sueño. Observó inquieta la silla. ¿Qué haría si empezaba a moverse de nuevo?

    Se pasó una mano por la cara. Sentía un hormigueo bajo la piel. Temblando, cogió aire y miró a su alrededor. Debería haber traído un libro. Algo ligero y de lectura fácil. Una novela de misterio hubiera estado bien. No, mejor aún, algo de humor. Eso sería perfecto. Algo de H. Alien Smith o de Perelman.

    Avanzó hasta el armario de la derecha de la chimenea y abrió una de sus puertas.

    —Oh, Dios —murmuró. Las estanterías de su interior estaban repletas de volúmenes con tapas de cuero. Advirtió que ninguno de ellos tenía título en la cubierta. Sacó uno y lo abrió. Era un tratado sobre Voluntad y Volición. Frunció el ceño y, tras dejarlo en la estantería, cogió otro. Estaba escrito en alemán.
    —¡Genial! —Volvió a dejarlo en su sitio y sacó un tercer libro. Hablaba sobre las tácticas militares del siglo XVIII. Edith sonrió con tristeza. Agua, agua por todas partes, pensó. Suspirando, dejó el libro en su estante y sacó un volumen más grande, con cubiertas de cuero azul y páginas ribeteadas en oro.

    El libro era falso: estaba hueco por dentro. Al abrirlo, se esparcieron por la moqueta diversas fotografías. Edith dio un respingo y el volumen estuvo a punto de caer de sus manos. Al ver las descoloridas imágenes, el latido de su corazón se aceleró.

    Tragando saliva, se agachó y cogió una. Un escalofrío recorrió su espalda. Eran dos mujeres realizando un acto sexual. Empezó a pasar las fotografías y descubrió que todas ellas eran pornográficas: hombres y mujeres adoptando diferentes posturas. En algunas podía verse que estaban practicando el sexo sobre la enorme mesa redonda del salón, bajo la ávida mirada de otros hombres y mujeres que estaban sentados alrededor de la mesa.

    Frunciendo el ceño, Edith recogió las fotografías. Qué casa tan horrible, pensó, guardándolas en su sitio y dejando el libro en la estantería. Mientras cerraba la puerta del armario vio, en uno de los estantes superiores, una bandeja de plata en la que había una botella de brandy y dos vasos.

    Cruzó la habitación y se sentó en la cama. Se sentía incómoda e inquieta. ¿Por qué había tenido que abrir aquel armario? ¿Por qué, de todos los libros que había en su interior, había tenido que coger aquél?

    Se tumbó sobre un costado y subió las piernas a la cama, a la vez que cruzaba los brazos. Se estremeció. Frío, pensó. Observó a Lionel. Si pudiera acostarse junto a él... pero no para practicar el sexo, sino para sentir su calor.

    Pero no para practicar el sexo. Cerró los ojos con una expresión de reproche en el rostro. ¿Alguna vez había deseado practicar el sexo con él?Se le escapó un gemido de pesar. ¿Acaso se habría casado con él si no hubiera tenido veinte años más que ella y la polio le hubiera dejado impotente?

    Edith se tumbó sobre su espalda y contempló el techo. ¿Qué me está pasando?, se preguntó. ¿Sólo porque mi madre me dijo que el sexo era pecaminoso y degradante voy a tenerle miedo toda mi vida? Mi madre era una mujer resentida que estaba casada con un alcohólico al que le gustaban demasiado las mujeres. Yo estoy casada con un hombre muy diferente. No tengo ningún motivo para sentirme así. Ninguno.

    De repente, se enderezó y miró a su alrededor, aterrada. Alguien me está mirando otra vez, pensó. Sintió que la piel de la nuca se le erizaba. Un frío hormigueo recorrió su cuero cabelludo. Alguien me está mirando y sabe qué es lo que siento.

    Levantándose, avanzó hasta la cama de Lionel y lo miró. No debería despertarle; necesita descansar. Dando media vuelta con rapidez, fue hasta la mesa octogonal, cogió la silla y la llevó a rastras hasta la cama de Lionel. Entonces se sentó y, con mucho cuidado, para no despertarlo, puso la mano sobre su brazo. Era imposible que hubiera alguien mirándola.

    Los fantasmas no existían. Lionel se lo había dicho; Lionel lo sabía. Cerró los ojos. Los fantasmas no existen, intentó convencerse a sí misma. Nadie me está mirando. Los fantasmas no existen. Padre nuestro que estás en los cielos, los fantasmas no existen.


    11:23 P.M.


    Fischer rompió el precinto de la botella y desenroscó el tapón. Tras servirse dos dedos de bourbon en una copa, la movió para que el licor diera vueltas. No había bebido nada desde hacía años. Se preguntó si sería un error empezar de nuevo. Hubo una época en la que, en cuanto empezaba, era incapaz de detenerse. No quería volver a pasar por eso... sobre todo en ese lugar.

    Bebió un sorbito, haciendo una mueca. Tosió. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Secándoselos con un dedo, se apoyó contra la alacena y bebió unos sorbos más. El bourbon bajó por su garganta y se asentó en su estómago, proporcionándole un reconfortante calor.

    Será mejor que lo diluya, pensó. Dio la vuelta a la mesa de la cocina para llegar al fregadero, abrió el grifo de agua fría y esperó a que dejara de salir turbia. Entonces, puso la copa de bourbon debajo del grifo y añadió un dedo de agua. Así estaba mejor. Ahora, podría relajarse sin correr el riesgo de emborracharse.

    Fischer se sentó en el mueble del fregadero y siguió bebiendo pequeños sorbos mientras pensaba en la casa. ¿Qué estará haciendo en esta ocasión?, se preguntó. No le cabía duda de que tenía un plan, pues ése era el horror de aquel lugar: no era una casa encantada normal y corriente. La Casa Infernal tenía una estrategia. Actuaba en contra de los invasores de forma sistemática, pero nadie había podido descubrir cómo lo hacía. Hasta diciembre de 1970, pensó, cuando B.F. Fischer, actuando de un modo igual de sistemático...

    La puerta del pasillo se abrió. Sobresaltado, movió el brazo de un modo tan brusco que derramó la mitad de la bebida. Florence entró en la cocina. Parecía atosigada y exhausta.

    —¿Por qué no está en la cama? —le preguntó.
    —¿Y usted? —respondió Fischer.
    —Estoy buscando al hijo de Belasco.

    El hombre guardó silencio.

    —Usted tampoco cree que exista, ¿verdad?

    Fischer no supo qué decir.

    —Lo encontraré —añadió Florence, dando media vuelta.

    Fischer la observó alejarse. Se preguntó si debería ofrecerse a acompañarla, pero movió la cabeza. Todos los fenómenos se habían desarrollado alrededor de esa mujer, porque se mostraba demasiado receptiva. Además, hoy ya había vivido demasiadas experiencias. Vio que la médium empujaba la puerta giratoria y desaparecía en el comedor. Sus pasos se desvanecieron. Todo volvió a quedar en silencio.

    De acuerdo, la casa, pensó; su plan. Habían pasado dos días. Ya había captado las sensaciones de aquel lugar. Había llegado el momento de empezar a pensar cuál iba a ser su estrategia. Obviamente, ésta no podía consistir en trabajar con Barrett o Florence. Tenía que hacerlo sin la ayuda de nadie. ¿Pero cómo?

    Fischer permaneció inmóvil, contemplando el suelo. Al cabo de un rato, dio otro sorbo a su bebida. Tengo que ser astuto, pensó. Debo hacer algo diferente, algo que sea capaz de frustrar la estrategia de esta casa.

    Golpeó el escurridor con los dedos de la mano derecha. Astuto. Diferente. Florence no se había equivocado al decir que en la casa había múltiples entidades. Estaba de acuerdo con ella pues, además de Belasco, aquí vivieron muchas otras personas. ¿Cómo podría vencerlas?

    Después de varios minutos, Fischer dejó la copa en la encimera, bajó de un salto al suelo y se dirigió hacia el vestíbulo de entrada. Daré una vuelta por la casa, pensó. En esta ocasión iría solo, sin una Florence Tanner que distrajera el curso de sus pensamientos. Jesús, esa mujer «percibe» demasiadas cosas. Movió la cabeza, con una sonrisa melancólica en los labios. Los espiritistas son demasiado exagerados.

    Estaba cruzando el vestíbulo cuando, de repente, se quedó inmóvil. Su corazón empezó a latir con fuerza. Una figura estaba bajando las escaleras. Fischer pestañeó y entornó los ojos, intentando ver quién o qué era. Las luces estaban apagadas.

    Al llegar al final de las escaleras, la figura se dirigió hacia la puerta principal. Era Edith, con un pijama de color azul cielo y la mirada fija hacia el frente. Fischer permaneció inmóvil mientras la mujer se deslizaba como un espectro por el vestíbulo y abría la puerta principal.

    Al ver que salía, corrió tras ella, estupefacto. En cuanto cruzó el umbral advirtió que ya había desaparecido entre la niebla. Cruzó el porche, bajó los escalones y accedió al sendero, oyendo el crujido de la escarcha bajo sus zapatillas de deporte. Vio una forma borrosa delante de él. ¿Será realmente ella?, se preguntó, asustado. ¿O me habrán tendido una trampa? Empezó a avanzar más despacio, pero entonces se quedó sin aliento. La figura se estaba dirigiendo hacia...

    —¡No! —se abalanzó sobre ella y la sujetó. Al instante, dos emociones invadieron su ser: alivio, porque la figura que tenía entre los brazos era de carne y hueso, y una alegría enorme, porque había sido capaz de frustrar la voluntad de la casa. Apartó a Edith del borde del pantano. Ella lo miró con ojos vidriosos, sin dar muestras de reconocerlo.
    —Regresemos al interior —le dijo.

    La mujer estaba rígida, sin expresión alguna en el rostro.

    —Vamos. Aquí fuera hace frío. —Empezó a llevarla hacia la casa—. Vamos.

    Edith empezó a temblar. Durante unos espeluznantes segundos, Fischer fue incapaz de orientarse. Tenía la certeza de que se estaban internando en la gélida noche y morirían congelados. Entonces vio, a través de los remolinos de niebla, el borroso rectángulo de la entrada principal y corrió hacia allí, sin soltar a Edith. Tras ayudarle a subir los escalones, entraron en la casa y cerró la puerta a sus espaldas. Con la mayor rapidez que le fue posible, la condujo hacia el salón. En cuanto llegaron a la chimenea, se inclinó para coger un leño y, tras dejarlo caer sobre las brasas, cogió el atizador y lo estuvo moviendo hasta que el leño empezó a arder. Las lenguas de fuego saltaron y crepitaron.

    —Ya está —dijo, mientras se giraba para mirar a Edith. Ésta observaba fijamente el manto de la chimenea, con una expresión tensa, impenetrable. Fischer siguió su mirada y descubrió que en el manto había grabados pornográficos.

    Al oír un gemido de revulsión, se giró y descubrió que Edith estaba temblando. Se quitó el jersey y se lo tendió. Ella no intentó cogerlo. Tenía los ojos fijos en su rostro.

    —No —dijo.

    Fischer se puso tenso cuando la mujer levantó los brazos y empezó a quitarse la parte superior del pijama.

    —¿Qué está haciendo? —preguntó. Los latidos de su corazón se aceleraron cuando se pasó el pijama por la cabeza y lo dejó caer al suelo. Edith tenía la piel de gallina, pero no parecía ser consciente del frío. Entonces, empezó a bajarse los pantalones del pijama, con una expresión tan vacía que resultaba inquietante.
    —Ya basta —le dijo Fischer.

    No pareció haberle oído. Tiró hacia abajo con fuerza y los pantalones se deslizaron por sus piernas. Dio un paso, para acabar de quitárselos, y avanzó hacia Fischer.

    —No —murmuró éste.

    Se detuvo muy cerca de él, con un gemido, y lo abrazó, presionando su cuerpo contra el de él. Fischer se sobresaltó al sentir que le besaba el cuello. Cuando Edith empezó a acariciarle la espalda, se apartó de ella. Tenía los ojos en blanco. Armándose de valor, la abofeteó con toda la fuerza que pudo.

    Del golpe, su cabeza salió proyectada hacia un lado y estuvo a punto de caerse. Fischer la cogió del brazo para ayudarle a recuperar el equilibrio. Edith lo miró, aturdida. Entonces, deslizó la mirada por su cuerpo y gritó, horrorizada, al descubrir que estaba desnuda. Se apartó de él de un modo tan brusco que estuvo a punto de caerse de nuevo. Tras recuperar el equilibrio, recogió el pijama del suelo y ocultó su cuerpo tras él. —Estaba caminando en sueños —explicó Fischer—. La encontré fuera. Estaba a punto de meterse en el pantano.

    Ella no respondió. Tenía los ojos abiertos de par en par. Asustada, empezó a retroceder, alejándose de él.

    —Señora Barrett, ha sido la casa…

    Guardó silencio al ver que daba media vuelta y salía corriendo de la habitación. Corrió tras ella, pero tras dar unos pasos, se detuvo y escuchó. Casi un minuto después, oyó que se cerraba una puerta en el piso superior. Encogiéndose de hombros, se giró y contempló el fuego.

    Ahora, la casa también estaba entrando en Edith.


    11:56 P.M.


    Algo le estaba llevando hacia el sótano. Florence bajó las escaleras y empujó la puerta giratoria de metal que conducía a la piscina. Recordó la sensación que había tenido el día anterior, cuando Fischer y ella habían echado un vistazo a la sauna: había percibido algo perverso, algo malsano. Consideraba que ese sentimiento no era acorde con lo que sentía por el hijo de Belasco, pero quería asegurarse.

    Sus pasos sonaban y resonaban mientras avanzaba por el borde de la piscina. Parpadeó. Tenía los ojos cansados. Necesitaba dormir pero, tal y como estaban las cosas, no podía irse a la cama. Antes de que pudiera dormir, tenía que demostrar (al menos a sí misma) que el hijo de Belasco era real.

    Abrió la puerta de la sauna y echó un vistazo a su alrededor. Vio que la válvula ya estaba arreglada, pues la sala estaba llena de vapor. Observó con atención. Allí había algo, algo terriblemente malévolo. Pero el hijo de Belasco no era así. Él sólo utilizaba su furia para defenderse. Necesitaba ayuda urgentemente y deseaba que le ayudaran con desesperación; sin embargo, su alma estaba tan enferma que le obligaba a luchar contra esa ayuda de un modo prácticamente suicida.

    Salió de la habitación y volvió a avanzar por el borde de la piscina. Debería advertirle al doctor Barrett que no usara la sauna. Miró a su alrededor. Si el hijo de Belasco no estaba aquí, ¿por qué había sentido el impulso de bajar al sótano? Allí sólo había una piscina y una sauna. No, eso no era cierto. De pronto recordó que había una bodega al otro lado del pasillo.

    En el mismo instante en que se acordó de la bodega, sintió que un estallido de comprensión invadía su ser. Sus labios esbozaron una sonrisa de emoción mientras corría hacia la puerta giratoria y la empujaba. Recorrió el pasillo a toda velocidad, abrió la puerta de la bodega y palpó la pared en busca del interruptor. No tardó en encontrarlo. La luz era débil, pues la bombilla que colgaba del techo estaba cubierta de polvo y de mugre.

    Florence entró en la habitación y miró a su alrededor. La sensación era muy intensa. Sus ojos iban de una pared a otra, observando los estantes vacíos. De pronto, su mirada se detuvo en la pared que había delante de la puerta. La miró con atención. Sí, pensó, avanzando hacia ella.

    Gritó cuando unas manos invisibles la cogieron por el cuello. Forcejeó, intentando liberarse. Las manos eran frías y húmedas. Tiró con tanta fuerza que estuvo a punto de caerse. Al recuperar el equilibrio, corrió hacia la pared. Las manos le agarraron del brazo y la arrojaron hacia un lado. Rodó por el suelo y se estrelló contra un estante.

    —¡No! —gritó. Se giró y observó la habitación—. ¡He venido a ayudarte!

    Se levantó y avanzó de nuevo hacia la pared. Las manos volvieron a sujetarla, apresando con fuerza sus hombros. Tras obligarle a girarse, le dieron un fuerte empujón. Estuvo a punto de darse de bruces con la puerta antes de recuperar el equilibrio.

    —No podrás detenerme.

    Volvió a avanzar lentamente, rezando en voz baja pero con determinación. Las manos la sujetaron de nuevo, pero la soltaron en cuanto dijo, en voz alta:

    —¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!

    Florence corrió hacia la pared y la tocó. Sintió que su ser se inundaba de comprensión.

    —¡Sí! —gritó. Una visión saltaba por su mente: la guarida de un león... un joven mirándola con ojos suplicantes. Lloró de alegría—. ¡Daniel!

    ¡Lo había encontrado!

    —¡Daniel!


    23 de diciembre de 1970
    6:47 a.m.


    El grito distante se clavó como un cuchillo en los sueños de Edith. La mujer despertó confusa, mirando hacia arriba. Dio un respingo al oír un susurro. Lionel estaba apoyado sobre su codo izquierdo, mirándola.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó.

    Barrett movió la cabeza.

    —¿Ha sido real?

    Barrett no respondió.

    Se quedó sin aliento al oír un segundo grito. Barrett contuvo la respiración.

    —¡La señorita Tanner!

    Sin perder ni un instante, el doctor deslizó las piernas por el borde del colchón y buscó las zapatillas. Edith empezó a incorporarse, pero gritó asustada al ver que a su marido le fallaban las piernas. Lionel cayó sobre la cama, chillando de dolor al golpearse el pulgar.

    —¿Estás bien? —preguntó Edith.

    Barrett asintió e intentó ponerse en pie una vez más, apoyándose en el bastón. Edith se levantó y siguió a Lionel hasta la puerta, poniéndose la bata de guata y abotonándosela mientras recorrían el pasillo. Advirtió que Lionel cojeaba más que nunca. Miró de reojo la habitación de Fischer. Estaba segura de que también él había oído el grito.

    Barrett se detuvo delante del cuarto de Florence Tanner y llamó a la puerta. Al no recibir respuesta, decidió abrirla. La habitación estaba a oscuras. Mientras buscaba el interruptor de la pared, Edith se puso tensa, preparándose para lo peor.

    Florence Tanner estaba tumbada en la cama, con los brazos cruzados sobre su pecho. Barrett avanzó cojeando hasta ella, seguido de Edith.

    —¿Qué sucede? —preguntó el doctor.

    Florence lo miró con unos ojos entrecerrados y llenos de lágrimas. Barrett se inclinó sobre ella, haciendo una mueca de dolor al sentir cómo se tensaban sus agarrotados músculos.

    —¿Señorita Tanner?

    Florence se estremeció y se mordió el labio inferior, intentando reprimir el llanto. Lentamente, retiró los brazos y Edith se sobresaltó al ver que su marido le desabrochaba el camisón. Advirtió que en él había dos manchas húmedas: una encima de cada pecho. Cuando el doctor separó los bordes de su camisón, Florence cerró los ojos.

    Edith retrocedió, asustada.

    Dos profundos mordiscos rodeaban los pezones de Florence.

    Bruscamente, la médium cogió las mantas y se tapó hasta la barbilla. Un sollozo se abrió paso por su garganta. Intentó, en vano, contenerse.

    —Llorar le hará bien —dijo Barrett.

    Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas.

    Edith observó a la mujer. Desde que se habían conocido, era la primera vez que le parecía vulnerable. Sintió una gran compasión.

    —¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó.

    Florence movió la cabeza.

    —Estoy bien.

    Edith desvió la mirada cuando Fischer entró en la habitación y se reunió con ellos junto a la cama.

    —¿Qué ha sucedido? —preguntó.

    Tras vacilar, la mujer retiró las sábanas durante un instante. Edith intentó no mirar, pero fue incapaz de evitarlo. Se estremeció al ver de nuevo aquellos mordiscos.

    —Me está castigando —dijo Florence.

    Edith palideció. Miró de reojo a Lionel, que observaba a la médium sin expresión alguna.

    —Anoche lo encontré —explicó Florence—. A Daniel Belasco.

    Se produjo un intenso silencio. Barrett parecía sentirse incómodo.

    —No, no me lo estoy inventando. —Esbozó una suave sonrisa a la vez que señalaba sus pechos con la mano—. ¿Acaso esto son imaginaciones?

    Barrett guardó silencio.

    —Su cadáver está en la bodega.

    Edith era consciente de lo violento que se sentía su marido: deseaba mostrarse compasivo con ella, pero no sabía qué decir para no herirla.

    —¿Me ayudará a exhumar el cadáver? —le pidió Florence.
    —Lo haría, pero después de esta noche me temo que no estoy en condiciones de realizar tareas pesadas.

    Florence lo miró con incredulidad.

    —Pero doctor, está allí. ¿Eso no significa nada para usted?
    —Señorita Tanner...

    Florence se volvió hacia Fischer.

    —¿Me ayudará usted, entonces?

    Fischer la observó en silencio. Él ha oído su grito, pensó Edith de repente; lo ha oído, pero no se ha atrevido a venir hasta que ha llegado Lionel. Y ahora tiene miedo de ofrecerle su ayuda. No le sorprendía. Cada vez que había sucedido algo violento, la señorita Tanner había estado cerca.

    Al ver que no respondía, Florence apretó con fuerza los dientes, reprimiendo un sollozo.

    —De acuerdo. Lo haré yo sola —los mordiscos le dolían muchísimo. Cerró los ojos.
    —Le ayudaré —dijo Fischer.

    Florence abrió los ojos e intentó sonreír.

    —Gracias.

    Barrett puso su mano sobre el brazo de Edith y empezó a dar media vuelta.

    —¿Tanto miedo le da que pueda tener razón, doctor? —preguntó.

    Barrett la miró atentamente. Entonces asintió.

    —De acuerdo. Bajaré con ustedes. Sin embargo, no estoy en condiciones de ponerme a cavar... si es eso lo que se pretende hacer.
    —Ben y yo nos ocuparemos de eso.

    Edith miró de reojo a Fischer. Estaba a los pies de la cama, mirando a Florence con una expresión vacía. De pronto, sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

    ¿Realmente había algo allí abajo?


    7:29 a.m.


    Fischer hundió la palanca en la hendidura y, haciendo un gran esfuerzo, levantó un trozo de ladrillo y argamasa. Había tardado más de veinte minutos en excavar un hueco del tamaño de su puño. Sus pantalones y zapatillas estaban manchados de argamasa y tenía las manos cubiertas de polvo. Éste subió por sus fosas nasales, haciéndole estornudar. Girándose, sacó el pañuelo del bolsillo y se sonó. Florence lo miraba con ojos ansiosos.

    —Sé que es duro —le dijo, con una sonrisa.

    Fischer asintió, cogiendo aire. Sintió que le subía un nuevo estornudo, pero logró sofocarlo. Entonces, volvió a levantar la palanca y la clavó con fuerza en el agujero pero, mientras forcejeaba con otro trozo de ladrillo, le resbalaron las manos y se dio de bruces contra la pared.

    —¡Mierda! —murmuró. Se levantó, apretando los dientes, y volvió a hundir la palanca en el agujero de la pared.

    Sacó otro trozo de ladrillo, que cayó al suelo, rebotando.

    —Esto puede llevarnos el día entero —dijo, mirando a Florence.
    —Sé que es duro —repitió ella. Al ver que Fischer estiraba la espalda, añadió—: Deje que siga yo.

    Fischer le dijo que no con la cabeza y levantó la palanca de nuevo.

    —Antes de que continúe... —dijo Barrett.

    Fischer se giró.

    — Como es evidente que esto va a llevar algún tiempo... —comentó, mirando a Florence—. ¿Le importaría que subiera a descansar un poco? La pierna me duele muchísimo.
    —Adelante —respondió la mujer—. Le llamaremos en cuanto lo hayamos encontrado.
    —De acuerdo.

    Apoyándose en el brazo de Edith, ambos se dirigieron hacia la puerta. Florence intercambió una rápida mirada con Fischer.

    Éste estaba a punto de hundir la palanca en el agujero una vez más cuando lo vio.

    —¡Esperen! —Barrett y Edith se giraron mientras Ben recogía su linterna y dirigía el haz de luz hacia el interior.
    —¿Qué hay? —preguntó Florence, incapaz de contener su entusiasmo.

    Fischer bizqueó entre la neblina de polvo. Sopló en el agujero y, a continuación, volvió a enfocarlo con la linterna.

    —Parece una cuerda —respondió.

    Florence se acercó y Fischer le tendió la linterna.

    —Enfoque hacia allí.

    Ella asintió con rapidez.

    Fischer metió el brazo en el agujero y sujetó entre sus dedos la polvorienta cuerda. Tiró hacia abajo, pero no cedió. Entonces tiró hacia arriba, y sintió que se aflojaba y que volvía a tensarse en cuanto la soltaba.

    —Creo que hay un peso en el extremo —dijo.

    Florence contuvo el aliento.

    —Un contrapeso.

    Fischer cogió la palanca y empezó a golpear los lados del agujero con el extremo biselado, agrandándolo con la mayor rapidez que le era posible. Cavó con tesón durante un minuto y entonces dejó caer la palanca; antes de que ésta llegara al suelo, ya tenía ambas manos dentro del hueco. Sujetó de nuevo la cuerda y empezó a tirar hacia arriba.

    Ejercía una gran resistencia. Colocó bien las piernas, apoyó la frente en la pared y tiró con todas sus fuerzas, con los ojos cerrados y los dientes apretados. Muévete, cabrona, pensó. Muévete.

    De pronto, la cuerda subió dando bandazos, haciendo que se golpeara la muñeca derecha contra el borde afilado del ladrillo. Fischer sacó las manos al instante. Estaba examinándose la muñeca cuando oyó un sonido retumbante dentro de la pared. Levantó la mirada, sorprendido.

    Una sección del muro se estaba deslizando lentamente hacia la derecha. Fischer se preparó para lo que iba a ver a continuación... o lo que no iba a ver. Era consciente de que Florence estaba a sus espaldas, observando el movimiento de la chirriante pared.

    Edith se giró, conteniendo el aliento. Debido a la tensión del momento, a Fischer le sorprendió oír el suspiro de alivio de Florence.

    Encadenado al muro que había en el interior de aquel estrecho pasaje descansaba el cadáver momificado de un hombre.

    —Sombras de Poe —murmuró Barrett.
    —Les dije que estaba aquí —dijo Florence.

    Fischer contempló los rasgos grisáceos y apergaminados del cadáver. Sus ojos eran como bayas oscuras y endurecidas, y sus labios estaban contraídos en un grito helado e inaudible. Era obvio que había sido encadenado y encerrado detrás de aquella pared cuando aún estaba vivo.

    —¿Y bien, doctor? —preguntó Florence.

    Barrett cogió aire, vacilando.

    —¿Y bien, qué? —respondió—. Sólo veo la momia de un hombre. ¿Cómo sabe que es Daniel Belasco?
    —Lo sé —respondió.
    —¿Con certeza? ¿Con la más absoluta de las certezas?
    —Sí.

    Barrett sonrió.

    —Creo que necesitamos más pruebas que ésa.

    Florence lo miró fijamente.

    —Tiene razón —dijo.

    Volviéndose hacia el agujero, alcanzó la mano izquierda de la figura encadenada. Fischer vio que le quitaba un anillo.

    —Tenga —dijo, entregándoselo a Barrett.

    Barrett vaciló antes de cogerlo. Fischer miró de reojo a Edith, que observaba a su marido con recelo. Cuando volvió a centrar su atención en Barrett, vio que le estaba devolviendo el anillo con una sonrisa forzada en los labios.

    —Muy bien —dijo.
    —¿Ahora me cree?
    —Lo pensaré.
    —¿Lo pensará? —La mujer lo miró incrédula—. ¿Me está diciendo...?
    —No le estoy diciendo nada —le interrumpió Barrett—, pero necesito más tiempo para digerir la información y extraer mis propias conclusiones. De todos modos, debo advertirle que no debería dar por hecho que un cadáver con un anillo puede alterar las convicciones científicas de toda una vida.
    —Doctor, no estoy intentando alterar sus creencias. Lo único que le estoy pidiendo es que trabajemos juntos. ¿No se da cuenta de que los dos podríamos tener razón?

    Barrett movió la cabeza.

    —Lo siento, pero no. Soy incapaz de ver eso, y nunca lo haré. —Se giró bruscamente y empezó a avanzar, cojeando, hacia el pasillo—. ¿Querida?

    Tras mirar a Florence durante unos instantes, Edith dio media vuelta para reunirse con su marido. Fischer cogió el anillo que la médium tenía entre sus dedos. Era de oro, con una cresta ovalada.

    Sobre la cresta, en letras similares a las de un pergamino, se leían las iniciales «D.B.».


    8:16 a.m.


    Llevaban casi veinte minutos comiendo en silencio. Barrett apartó el plato y puso en su lugar la taza de café. Miró hacia el otro lado de la mesa, donde estaba su indicador de REM. Resultaba desagradable compartirla con su equipo, pero no tenían otro remedio, puesto que el comedor había quedado destrozado.

    Miró de reojo a Edith. Estaba sentada muy quieta, sujetando con ambas manos la taza de café, como si quisiera calentarlas. Parecía una niñita asustada.

    Intentó sacarse de la cabeza el problema del equipo.

    —Edith. —Le dedicó una sonrisa—. ¿Estás preocupada?
    —¿Tú no?

    Barrett movió la cabeza.

    —No, en absoluto. ¿Crees que ésa es la razón de que esté tan callado?

    Edith pareció dudar, como si le diera miedo mencionar algún punto que él no pudiera rebatir.

    —Había un cadáver —dijo, finalmente—. Era espeluznante.

    Miró a su marido, incómoda.

    —Pero no era necesariamente «el cadáver» —comentó él.
    —Pero el anillo...
    —D.B. no tiene por qué corresponder a Daniel Belasco.

    Edith no parecía estar convencida.

    —Podría ser David Bart —continuó su marido—. Donald Bascomb.

    Entonces sonrió.

    —O Doctor Barrett —concluyó.
    —Pero...
    —Por otra parte, podría ser Daniel Belasco... asumiendo que esa persona realmente existió.
    —¿Pero eso no demostraría que la señorita Tanner tiene razón?
    —Podría ser.
    —Entonces, no lo entiendo.
    —No se trata de evidencias ni de qué parece demostrar eso, sino de quién encontró la prueba.

    Barrett sonrió al ver su expresión de desconcierto.

    —Querida —dijo—, la señorita Tanner es una persona extremadamente sensitiva, y a eso le tenemos que añadir el inmenso poder residual que hay en esta casa y al que ella, como médium, tiene acceso. El resultado es una situación psíquica sobrecargada en la que es capaz de crear todo tipo de efectos para dar validez a sus creencias. Ella fue la responsable del ataque poltergeist que sufrí anoche, y después afirmó que el causante había sido Daniel Belasco. Después «supo» que su cadáver se encontraba en esta casa y lo ha «descubierto» esta mañana, consiguiendo, de este modo, dar una mayor validez a su historia. El hecho de que esos restos pertenezcan realmente a Daniel Belasco es irrelevante, pues la señorita Tanner está manipulando tanto su poder como el de esta casa para construir su propia verdad.

    Edith lo miró ansiosa. Barrett sabía que deseaba creerle, pero que los acontecimientos seguían desconcertándola.

    —¿Y qué me dices de las marcas de dientes? —dijo Lionel.

    Ella se sobresaltó.

    —Eso es lo que estabas pensando, ¿verdad?

    Edith esbozó una débil sonrisa.

    —Tú también debes de tener poderes psíquicos.

    Barrett soltó una carcajada.

    —En absoluto. Simplemente sé que aún puedes tener alguna duda respecto a ese punto.
    —¿Eso no demuestra nada?
    —Para ella, sí.
    —Eran marcas de dientes.
    —Sí, eso era lo que parecía.
    —Lionel... —Edith parecía estar más confusa que nunca—. ¿Me estás diciendo que no son mordiscos?
    —Puede que lo sean —respondió—. Lo único que estoy diciendo es que, sin duda alguna, no fueron infligidos por Daniel Belasco.

    Edith hizo una mueca.

    —¿Se los hizo ella misma?
    —Puede que no directamente, aunque no puedo descartar esa posibilidad —comentó—. Sin embargo, me parece más probable que esas marcas entren en la categoría de estigmas.

    Edith parecía sentirse un poco indispuesta.

    —Cosas más extrañas han sucedido. —Barrett vaciló antes de continuar—. Nunca te he contado lo que le sucedió a Martin Wrather. Si haces memoria, recordarás que sólo te dije que había sufrido lesiones durante una sesión, pero lo que realmente ocurrió fue que sus genitales fueron seccionados casi por completo. Se los cortó él mismo, en un momento de histeria. Sin embargo, a día de hoy, sigue estando convencido de que «unas fuerzas del otro lado» intentaron emascularlo. —Barrett esbozó una sonrisa sombría—. Y unos mordisquitos en el pecho de una mujer no son nada, comparado con aquello... aunque estoy seguro de que el dolor que está padeciendo es terrible. De todos modos, ya has visto cómo está redondeando su teoría —continuó—, por la noche descubre la existencia del cadáver... y por la mañana, Daniel Belasco le castiga e intenta asustarla porque está furioso con ella por haber descubierto su secreto.
    —Pero tú no crees ni una palabra —dijo Edith, con un hilo de voz.
    —Ni una.

    Suspiró, como si se rindiera.

    —Entonces, ¿qué va a suceder?
    —Lo único que va a suceder es que mi máquina llegará hoy... y que mañana habré puesto fin a la supuesta maldición de la Casa Infernal mediante métodos estrictamente científicos.

    Se giraron al ver que Fischer entraba en el salón y avanzaba hacia la mesa, con el chaquetón, la ropa y las manos manchados de tierra. Sin decir nada, se sentó, se sirvió una taza de café y encendió un cigarrillo.

    —¿El funeral ha terminado? —preguntó Barrett, con un ligero tono burlón.

    Fischer se limitó a mirarlo. Acto seguido, levantó la tapa de plata de la bandeja de beicon y huevos y les echó un vistazo antes de volver a ponerla en su sitio.

    —¿La señorita Tanner no va a desayunar? —preguntó Barrett.

    Fischer movió la cabeza y bebió un poco de café. El doctor lo observó con atención: era evidente que aquel hombre estaba siendo sometido a una gran presión. Aunque él nunca le había dado demasiada credibilidad, estaba seguro de que, para regresar a la casa después de lo que sucedió en su primera visita, Fischer había tenido que enfrentarse a su propia voluntad.

    —Señor Fischer —dijo.

    Éste levantó la mirada.

    —Anoche no contesté a la señorita Tanner porque estaba dolorido y... bueno, para serle franco, porque también estaba enfadado con ella. De todos modos, creo que no se equivocó al sugerir que usted debería abandonar la casa.

    Fischer le dedicó una gélida mirada.

    —Por favor, no se lo tome como una crítica. Simplemente creo que sería prudente que se fuera, por su propio bien.
    —Gracias —dijo Fischer, con una sonrisa amarga.

    Barrett dejó su servilleta sobre la mesa.

    —Bueno, ya sabe lo que pienso sobre este asunto. Por supuesto, es usted quien debe tomar la decisión. —Se sacó el reloj del bolsillo y levantó la tapa. Mientras volvía a guardarlo, advirtió que su mujer rehuía a Fischer con la mirada.
    —Quizá deberíamos llevarle algo de comida a la señorita Tanner —comentó.
    —En estos momentos desea estar sola —respondió Fischer.

    Barrett asintió. Intentó levantarse pero, en cuanto cargó su peso sobre la pierna herida, se vio obligado a sentarse de nuevo.

    —¿Querida? —dijo. Ella asintió, esbozando una pequeña sonrisa.
    —Hoy parece estar más tenso que nunca —comentó el doctor, mientras cruzaban el vestíbulo.
    —Mmm.

    Miró a su mujer.

    —Y tú también.
    —Es la casa.
    —Por supuesto. —Sonrió—. Espera a mañana. Ya verás qué cambio.

    Se giró con una alegre sonrisa al oír que llamaban a la puerta principal.

    —Mi máquina —anunció.


    8:31 a.m.


    —Que este cuerpo haya liberado el espíritu que nunca más regresará a él. Este cuerpo ya ha servido a su propósito, ya ha cumplido su misión. Tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Amén.

    Era la tercera vez que pronunciaba las palabras del funeral. La primera fue cuando Fischer dejó el cuerpo de Daniel Belasco en su lugar de descanso; la otras dos, cuando estuvo de vuelta en su habitación. Ahora su alma podría descansar.

    Al salir de la casa descubrieron que hacía muchísimo frío y que el suelo era tan duro como el hierro. Fischer había intentado cavar un hoyo, pero se había visto obligado a renunciar, de modo que habían recorrido los alrededores de la casa hasta encontrar un agujero, donde colocaron el cadáver y lo cubrieron con hojas y piedras. Entonces, Florence había recitado las palabras del funeral mientras ambos permanecían junto a la improvisada tumba, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados.

    Florence sonrió. Se ocuparía de que Daniel tuviera un entierro adecuado lo antes posible, pero ahora lo único que importaba era que había sido liberado de la casa.

    Llevándose una mano al bolsillo del jersey, sacó el anillo de Daniel y lo sostuvo en la palma de la mano, cerrando los dedos sobre él.

    Las imágenes aparecieron al instante. Pudo ver a un hombre moreno, atractivo y con una actitud arrogante, pero sabía que debajo de aquella piel se ocultaba un ser tan vulnerable como un niño. Lo vio riéndose en la mesa del comedor y bailando el vals con una hermosa joven en el salón de baile. En su sonrisa sólo había juventud y ternura.

    La visión se oscureció. Daniel estaba en el teatro viendo una representación, con el rostro tenso y los ojos brillantes. Florence se sobresaltó. Eso no era lo que él deseaba, pero era joven e impresionable. Vivía rodeado de cosas envilecedoras. Lo vio tambalearse por el pasillo, abrazado a una mujer borracha. Lo vio en su habitación, intentando encontrar un sentido de belleza en el acto sexual.

    La corrupción se intensificó. Borracheras. Desesperación. Una breve escapada y su regreso, impotente, a la Casa Infernal, de donde no volvería a escapar. Florence esbozó una mueca de dolor. Lo vio en el salón, desnudo, observando con avidez a diversas personas que practicaban el sexo sobre la mesa redonda. Lo vio clavarse una aguja hipodérmica en el brazo. Lo vio dando rienda suelta a unos deseos sexuales que hicieron que Florence se estremeciera en la oscuridad. Pero siempre, bajo aquella máscara... el rostro que la Casa Infernal había creado, se escondía un muchacho acobardado que deseaba escapar y que era incapaz de hacerlo. Un muchacho que deseaba conocer el amor y que sólo encontraba libertinaje.

    Contuvo el aliento al ver que Daniel se acercaba a su padre. No podía ver el rostro de Emeric Belasco: su figura, gigantesca y amenazadora, se alzaba entre las sombras. Florence susurró una oración, sujetando con fuerza el anillo entre los dedos. Las sombras empezaron a retirarse y, un momento después, pudo verlo. Algo frío empezó a inundar su pecho. La visión vaciló, pero Florence se negó a perderla. Haciendo acopio de fuerzas, logró descender un poco más. Ojalá pudiera ver al padre de Daniel, acceder a su interior, comprenderlo. Tenía la frente empapada en sudor y sentía que una serpiente fría y húmeda se retorcía por su estómago.

    —No —murmuró. No debía rendirse. Allí había un significado, una respuesta.

    Gritó cuando su cuerpo sufrió una violenta sacudida. Se le cayó el anillo de las manos y oyó que rebotaba sobre la moqueta, muy abajo. Tenía la impresión de encontrarse herida, perdida en una inmensa caverna. No podía percibir las paredes ni el techo; mirara donde mirara, sólo veía oscuridad. Intentó abrir los ojos, pero no pudo. La oscuridad le invadía la mente, borrando su conciencia. El poder, pensó. Querido Dios, el poder.

    Empezó a deslizarse por un foso gigantesco, descendiendo hacia una oscuridad mucho más negra de lo que creía posible. Intentó detenerse, pero no pudo. La sensación era física: su cuerpo se deslizaba por unas paredes que eran lo bastante adherentes como para impedir que cayera, pero no lo bastante como para detener su inexorable descenso hacia las tinieblas. La oscuridad que le esperaba tenía carácter, personalidad. Es él, pensó. Está esperándome. Oh, Dios. ¡Está esperándome!

    Luchó contra ello, rezando a sus guías, a sus doctores espirituales y a todos aquellos que le habían ayudado en el pasado. Impedid que siga cayendo, les suplicó. Coged mi mano y subidme. Os lo pido en nombre de nuestro Dios eterno. Ayudadme. ¡Ayudadme!

    De repente, descubrió que se encontraba de nuevo en su habitación. El foso y la caverna habían desaparecido. Estaba dormida, pero despierta. Sabía que estaba inconsciente en la cama, pero también sabía que estaba consciente. Oyó que se abría y se cerraba una puerta. ¿Sería la de su habitación o la de una puerta imaginaria del interior de su mente? Sólo sabía que sus ojos estaban cerrados herméticamente, que estaba dormida aunque estaba despierta. Oyó unos pasos que se acercaban.

    Vio una figura. Con los ojos cerrados, pudo ver que se aproximaba hacia ella una silueta que parecía de papel negro. ¿Serían imaginaciones? ¿Aquella figura estaba en su habitación o en su mente?

    Al llegar a la cama, se sentó junto a ella. Sintió que el colchón se hundía un poco bajo su peso. De pronto supo que era Daniel y oyó un gemido. ¿Sería un gemido real que salía de sus labios o un sonido mental que expresaba su sorpresa? No puede ser él. Ahora descansa en paz. Fischer y ella habían depositado sus restos en una tumba consagrada. No podía haber regresado; era imposible. Dormida, despierta, vio una figura negra sentada sobre la cama, junto a ella. ¿La estaba mirando? ¿Había ojos en aquella oscura cabeza?

    —¿Eres tú? —preguntó. Oyó una voz, pero no supo si era real o si estaba en su mente.
    —Lo soy.
    —¿Por qué? —creyó preguntar—. Tendrías que haberte ido.
    —No puedo.

    Intentó despertar, incapaz de soportar aquel limbo de conciencia parcial.

    —Tienes que irte —le dijo—. Has sido liberado.
    —No es la liberación que busco.
    —¿Y cuál es, entonces? —forcejeó con su inconsciencia, intentando despertar. Tenía que conseguirlo antes de que fuera demasiado tarde.
    —Ya lo sabes.

    Entonces lo supo... y aquel conocimiento fue como un gélido viento que sopló en su corazón.

    —Tienes que irte.
    —Ya sabes lo que debes hacer —respondió él.
    —No.
    —Lo necesito; si no, no podré irme.
    —¡No! —respondió. ¡Despierta!, pensó.
    —Entonces tendré que matarte, Florence —dijo Daniel.

    Unas manos heladas envolvieron su cuello. Florence gritó en sueños. Extendió los brazos, arañando a su agresor en un intento de liberarse. De pronto despertó. Las manos habían desaparecido. Empezó a levantarse, pero se quedó paralizada por la sorpresa. Su corazón latía con fuerza.

    Oía un sonido espeluznante a su lado; un sonido espectral, medio animal y medio humano, líquido y enloquecido. No podía moverse. ¿Qué era eso? Florence movió los ojos muy despacio. La puerta del lavabo estaba entornada, iluminando levemente la habitación.

    Era el gato.

    Vio que la observaba fijamente. Sus ojos brillaban, trastornados, mientras emitía aquel sonido entrecortado y antinatural por la garganta. Florence empezó a levantar la mano.

    —En el nombre de Dios —susurró.

    Con un aullido salvaje, el gato se abalanzó sobre su rostro. Florence retrocedió, moviendo los brazos para protegerse. El gato cayó sobre ella, clavándole sus afiladas garras en los brazos. Gritó al sentir que le hundía profundamente los dientes en la cabeza; intentó sacárselo de encima pero no pudo: estaba estirado sobre su rostro, cubriéndole los ojos y la boca con su caliente pelaje. El animal hundió más los dientes, sin desenterrar las garras de sus brazos, mientras aquel sonido cruel y trastornado seguía burbujeando en su garganta. Florence logró liberar el brazo izquierdo y le clavó los dedos en la piel, intentando dejar de sentir sus dientes en la cabeza. El gato la soltó pero, sin perder ni un instante, se abalanzó furioso contra su garganta. Florence le bloqueó el paso con el brazo derecho, pero los dientes del animal volvieron a hundirse en su carne. Sollozó dolorida, intentando deshacerse de él, pero empezó a arañarla furioso con las patas traseras. Ella lo agarró de la garganta y apretó; el animal empezó a emitir un gorjeo, a la vez que movía frenético las patas traseras y le arañaba el pecho y el estómago a través del jersey. De pronto, sus dientes dejaron de ejercer presión y Florence lo arrojó al suelo.

    Se sentó rápidamente, jadeando. Bajo la débil luz del baño pudo ver que el gato giraba sobre su espalda y volvía a ponerse en pie. Saltó de la cama y corrió hacia el lavabo. El gato se abalanzó contra sus piernas, hundiéndole los dientes y las garras en las pantorrillas. Estuvo a punto de caerse. Gritó. Mientras luchaba por mantener el equilibrio, tropezó con la mesa de estilo español y se golpeó el brazo izquierdo con el teléfono. Sin perder ni un instante, cogió el aparato por el cable y lo arrojó contra el gato. Con el primer golpe se dio en la rodilla. Sollozando, lo lanzó de nuevo y consiguió golpearle en la cabeza. Siguió atacándolo con el teléfono, moliéndole a golpes el cráneo hasta que dejó de sentir la presión de sus dientes en la pierna. Pegándole una patada, dio media vuelta y corrió hacia el cuarto de baño. El gato se quedó quieto unas milésimas de segundo, antes de salir disparado tras ella. Tras cruzar el umbral dando tumbos, Florence cerró la puerta y se dejó caer al suelo; el gato se estampó contra el otro lado y empezó a arañar frenético la madera.

    Florence avanzó tambaleante hasta el lavabo y observó su reflejo en el espejo. Al verse jadeó: tenía profundos agujeros en la frente y estaba perdiendo mucha sangre. Se quitó el jersey y lo presionó contra su cabeza, gimiendo al ver que su pecho y su estómago estaban llenos de arañazos y heridas que sangraban sin parar, y que su sujetador estaba destrozado y salpicado de sangre.

    Observó los brazos, estremeciéndose al ver los agujeros que los dientes del gato habían excavado en su carne. Sollozando, abrió el grifo de agua fría, cogió una toalla del estante y la mantuvo debajo del grifo hasta que estuvo bien empapada; entonces, empezó a limpiarse los mordiscos y los arañazos. Empezó a llorar de dolor, mordiéndose el labio inferior con los dientes. Unas lágrimas ardientes le nublaban los ojos.

    Mientras se limpiaba las heridas, siguió oyendo al gato al otro lado de la puerta, arañando la madera con sus garras y emitiendo aquel terrible sonido con su garganta.


    9:14 A.M.


    —Es grande —comentó Edith, observando el cajón de embalaje.

    Barrett gruñó mientras forzaba el extremo de un tablón del lado en el que ponía ARRIBA. Sus movimientos eran entusiastas, apresurados. La palanca resbaló.

    —No fuerces el dedo.

    Lionel asintió mientras hundía la palanca en el extremo contrario del tablón. Hacía años que Edith no lo veía tan nervioso.

    —¿Puedo ayudarte?

    Barrett movió la cabeza.

    Edith lo observó inquieta. Lionel, inclinado sobre su silla, siguió forcejeando con los tablones; cada vez que rompía uno, recogía los trozos angulosos con la mano izquierda y los dejaba caer al suelo.

    —Lo han empaquetado muy bien —murmuró. Edith no supo si aquel hecho le complacía o le molestaba.

    El cajón medía dos metros y medio de ancho por tres de largo, y era treinta centímetros más alto que Barrett. ¿Qué habrá dentro?, se preguntó Edith. Sí, su máquina pero, ¿qué era y cómo se suponía que iba a lograr que la casa dejara de estar encantada?

    —¡Mierda!

    Al girarse, vio que su marido tiraba la palanca con un silbido de dolor y, al instante, se sujetaba con fuerza el dedo pulgar, que seguía vendado.

    —Lionel, por favor, no fuerces ese dedo.
    —De acuerdo —dijo con impaciencia. Volvió a coger la palanca y siguió abriendo el cajón.
    —¿Por qué no le pides a Fischer que te ayude?
    —Quiero hacerlo solo —murmuró.

    Edith dio un respingo cuando hundió la palanca entre dos tablones y empezó a forzar uno de ellos.

    —Lionel, tómatelo con calma —dijo—. Parece que quieres romper esa caja con los dientes.

    Barrett se detuvo y la miró, respirando con fuerza. Tenía la frente bañada en sudor.

    —Lo único que sucede es que aquí dentro está... bueno, la culminación de todos estos años en el mundo de la parapsicología —dijo—. Supongo que entiendes que esté emocionado.
    —Y yo supongo que entiendes que esté preocupada.

    Asintió.

    —Me lo tomaré con calma —prometió—. Después de veinte años esperando, no pasará nada por unos minutos más.

    Edith se recostó sobre su asiento, aliviada. Si conseguía que le diera conversación mientras trabajaba, puede que se calmara un poco.

    —¿Lionel?
    —¿Sí?
    —¿Debemos informar a la policía sobre el cadáver?
    —Lo haremos —respondió—. Pero cuando acabe la semana.

    Edith asintió, preguntándose de qué podían hablar.

    —¿Fischer fue realmente un gran psíquico? —preguntó, asombrada de que esa pregunta hubiera llegado a su mente.
    —Hubo un tiempo en que se le consideraba de la talla de Home y Palladino.
    —¿Qué hacía?
    —Oh... —Barrett palanqueó el extremo de otro tablón y lo levantó. Edith pudo ver una hilera de esferas de cristal—. Lo habitual: levitación, voz directa, fenómenos biológicos, huellas, percusión, materialización... todas esas cosas. Durante una sesión, a plena luz del día, una mesa que pesaba unos doscientos veinticinco kilos subió hasta el techo con él encima; seis hombres unieron sus fuerzas para intentar bajarla, pero fueron incapaces. Después, con las luces de la sala de pruebas apagadas y todos los instrumentos en marcha, flotaron por la habitación siete rostros perfectamente formados. Uno de ellos le pegó un guantazo al doctor Wells, un famoso químico de Harvard que formaba parte del equipo, y otro intentó besarle. Creo que, a partir de aquella noche, desapareció parte del cinismo que sentía ese hombre por la parapsicología.
    —¿Qué más? —preguntó Edith en cuanto guardó silencio.
    —Oh, una... sombra negra con forma de hombre avanzó por la sala de pruebas, dando unos pasos que hacían que las paredes temblaran. Unas luces verdes fosforescentes, similares a mariposas gigantescas, sobrevolaron la mesa y se posaron sobre la cabeza del médium. Una mandolina flotó cerca del techo, tocando «My Bonny Lives Over the Ocean.» El profesor Mulvaney, de la Asociación de Parapsicología de Pittsburg, sostuvo durante más de diez minutos la materialización de una mano perfectamente formada y aseguró que además de tener huesos, piel, vello y uñas, despedía calor. Ésta se disolvió entre sus manos en menos de un segundo. Y finalmente, de la boca de Fischer salió una masa ectoplasmática que adoptó, con todo lujo de detalles, la forma de un chino mandarín de más de dos metros de altura. La forma estuvo hablando con los miembros del equipo durante veinte minutos, antes de retirarse de nuevo al cuerpo de Fischer. —Barrett apartó otro tablón—. En aquel entonces, Fischer cumplía los trece requisitos.
    —Por lo tanto, era un verdadero médium.
    —Oh, sí, de los pies a la cabeza. —Barrett empezó a palanquear el último tablón—. Por desgracia, eso fue hace mucho tiempo. Es como un músculo, ¿sabes? Si no lo utilizas, se atrofia.

    Apartó el último tablón y se levantó, apoyándose en el bastón.

    —Ya está.

    Edith se acercó a él, advirtiendo que estaba despegando un sobre que había en la parte frontal de la máquina. Mientras lo abría y sacaba los planos, Edith observó el panel de control, con su despliegue de interruptores, esferas y botones.

    —¿Cuánto ha costado construirla? —preguntó.
    —Yo diría que, como mucho, setenta mil dólares.
    —¡Dios mío!

    Edith observó el tablero de mandos.

    —REM —susurró, leyendo la placa de metal que había bajo la esfera de mayor tamaño. Los números iban del cero hasta el 120.000.
    —¿Qué significa REM, Lionel?
    —Ya te lo explicaré, querida —dijo, distraído—. Más adelante te contaré para qué ha sido diseñado, exactamente, el Reversor.
    —El Reversor —repitió ella.

    Barrett asintió, examinando el primer plano. Sacándose del bolsillo su linterna, dirigió la diminuta luz hacia una abertura en forma de rejilla que había a un lado de la máquina. Frunciendo el ceño, se alejó cojeando hasta la mesa, donde dejó los planos y cogió un destornillador. En cuanto regresó junto a la máquina, empezó a destornillar una placa.

    Edith se detuvo delante de la chimenea y sostuvo las manos delante del fuego. Anoche estuve en este mismo lugar, pensó, pero no recuerdo nada de lo que sucedió hasta que desperté y descubrí que estaba desnuda delante de Fischer. Se estremeció, intentando apartar aquella idea de su cabeza.

    Estaba regresando junto a su marido cuando Fischer entró gritando en la sala.

    —¡Doctor!

    Edith dio un respingo. Barrett se giró.

    —¡La señorita Tanner!

    Edith se quedó helada. Dios mío, ¿qué le habrá sucedido ahora?

    —Ha vuelto a ser atacada.

    Asintiendo, Barrett fue hasta la mesa y recogió su maletín negro.

    —¿Dónde? —preguntó.
    —En su dormitorio.

    Los tres se dirigieron rápidamente hacia el vestíbulo. Barrett avanzaba lo más deprisa que podía.

    —¿Está muy mal? —preguntó.
    —Tiene arañazos... desgarros... mordiscos.
    —¿Cómo ha sucedido?
    —No lo sé; creo que el gato.
    —¿El gato?
    —Fui a llevarle algo de comida. Llamé a la puerta y, como no contestó, la abrí. En el mismo instante en que lo hice, el gato salió disparado y desapareció por el pasillo.
    —¿Y la señorita Tanner?
    —Estaba en el cuarto de baño. Al principio se negaba a salir y, cuando por fin lo hizo... —se detuvo, haciendo una mueca.

    Entraron en la habitación y la vieron postrada en la cama. Al advertir su presencia, Florence, abrió los ojos y movió la cabeza. Edith gimió, sobrecogida. La médium, que estaba tan pálida como la cera, tenía arañazos inflamados por la cara y el cuello, y profundos mordiscos en la cabeza.

    Barrett dejó el maletín a los pies de la cama y se sentó junto a ella.

    —¿Ha desinfectado las heridas? —preguntó, examinando los mordiscos de la cabeza.

    La mujer le dijo que no. Barrett abrió el maletín y, mientras sacaba un pequeño frasco marrón y una caja de gasas, advirtió los desgarros de su jersey.

    —¿También tiene heridas en el cuerpo?

    Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

    —Será mejor que se quite el jersey.
    —Ya las he lavado.
    —Eso no basta. Podrían infectarse.

    Florence miró de reojo a Fischer. Sin decir ni una palabra, éste se giró y avanzó hasta la otra cama, donde se sentó dándoles la espalda. Florence empezó a quitarse el jersey.

    —¿Puedes ayudarla, Edith? —preguntó Barrett.

    Edith se acercó, haciendo una mueca de dolor al ver los cortes irregulares que cubrían su pecho y estómago, y los mordiscos y desgarros de los brazos. Acercó las manos a su espalda para desabrocharle el sujetador y se estremeció al ver que también sus senos estaban repletos de arañazos.

    Barrett quitó el tapón de la botella.

    —Esto le dolerá —dijo—. ¿Quiere un poco de codeína?

    Movió la cabeza. Barrett empapó una gasa con el líquido y empezó a limpiar una de las profundas heridas de su frente. Florence gimió y cerró los ojos; las lágrimas pugnaban por atravesar sus párpados. Edith tuvo que apartar la mirada. Observó a Fischer, que estaba contemplando la pared.

    Transcurrieron varios minutos. Sólo se oían los gemidos de Florence y, de vez en cuando, un susurro de Barrett disculpándose. Cuando acabó de desinfectarle las heridas, la tapó con la manta.

    —Gracias —dijo Florence.

    Edith volvió a mirarla.

    —El gato me atacó —explicó—. Estaba poseído por Daniel Belasco.

    Edith miró a su marido, pero fue incapaz de adivinar lo que pensaba.

    La médium intentó sonreír.

    —Lo sé, usted cree...
    —No importa lo que yo crea, señorita Tanner. Sin embargo, me pregunto si no sería prudente que abandonara la casa.

    Edith advirtió que Fischer se giraba para mirarles.

    —No, doctor. —Florence movió la cabeza—. No creo que deba hacerlo.

    Barrett la observó durante un prolongado momento antes de volver a hablar.

    —El señor Deutsch no tiene por qué enterarse —dijo.

    Florence parecía confusa.

    —Lo que quiero decir... —vaciló— es que usted ya ha realizado su parte del proyecto.
    —Y que usted se ocupará de que yo reciba mi dinero, ¿verdad?
    —Sólo intento ayudarla, señorita Tanner.

    Florence empezó a responder, pero se lo pensó mejor. Desvió la mirada unos instantes.

    —De acuerdo —dijo, mirando de nuevo al doctor—. Acepto su punto de vista, pero no voy a irme de esta casa.

    Barrett asintió.

    —Muy bien. Es usted quien debe decidir. —Hizo una pausa—. Pero, en cierto modo, me siento responsable de su integridad física, y sería negligente si no le apremiara... no, mejor dicho, si no le aconsejara que abandone la casa mientras pueda hacerlo. —El doctor hizo otra pausa—. Por otra parte —añadió—, si considero que su vida corre peligro, puedo tomar yo mismo esa decisión.

    Florence parecía consternada.

    —No tengo ninguna intención de quedarme de brazos cruzados y permitir que se convierta en una nueva víctima de la Casa Infernal —continuó diciendo el doctor, mientras cerraba el maletín—. ¿Querida?

    Tras ponerse en pie, ambos abandonaron la habitación.


    10:43 a.m.


    Edith se tumbó sobre su costado derecho y miró hacia la otra cama. Lionel estaba dormido. No debería haberle dejado abrir aquel cajón de embalaje. Tendrían que habérselo pedido a Fischer.

    Reflexionó sobre lo que Lionel había dicho antes de acostarse: que Florence Tanner estaba tan ansiosa por demostrar su teoría que estaba sacrificando su bienestar físico.

    —La disociación mental derivada de una modificación del ego es la causa básica del fenómeno médium —había explicado—. No sé si realmente existió Daniel Belasco, pero estoy seguro de que la entidad con la que la señorita Tanner afirma haber contactado no es más que una división de su propia personalidad.

    Edith suspiró y volvió a tumbarse sobre su espalda. ¡Ojalá fuera capaz de entenderlo del mismo modo que Lionel! Ella sólo podía pensar en aquellas terribles marcas de dientes que rodeaban sus pezones, en aquellos arañazos y mordiscos que Florence afirmaba que le había infligido el gato: ¿Cómo era posible que se hubiera hecho tanto daño a sí misma, aunque fuera de un modo inconsciente?

    Edith deslizó las piernas sobre el colchón, se sentó y se quedó mirando sus zapatos durante unos minutos antes de ponérselos. Entonces se levantó, fue hasta la mesa octogonal y observó el manuscrito. Deslizó un dedo por la portada. ¿Qué daño puede hacerme?, pensó. Era ridículo sentir ese terror casi ciego por el alcohol. Su infancia había sido miserable debido a la afición a la bebida de su padre, pero eso no era una razón para condenar el alcohol de por sí. Además, sólo tomaría una copita para relajarse.

    Abrió la puerta del armario para coger la botella y una de las tacitas de plata. Entonces, regresando a la mesa, sacó un pañuelo de su bolso y limpió el recipiente antes de usarlo. El líquido era muy oscuro. De pronto se preguntó si estaría envenenado. Ésa sería una forma terrible de morir.

    Sumergió un dedo en el brandy y se lo llevó a la lengua. ¿Cómo puedo saber si está envenenado? La lengua le ardía. Tragó saliva, nerviosa, y el calor se extendió suavemente por los tejidos de su garganta. Edith levantó la taza de plata y la sostuvo debajo de la nariz. Despedía un aroma agradable. ¿Cómo iba a ser venenoso? Seguro que alguien había bebido de esa botella antes que ella.

    Dio un pequeño sorbo y cerró los ojos cuando empezó a descender por su garganta. El interior de su boca se inundó de calidez. Gimió de placer cuando el brandy llegó a su estómago y un pequeño núcleo de calor se extendió por todo su ser. Bebió otro sorbo. Esto es justo lo que necesito, pensó. El hecho de que beba un poquito de brandy no me convierte en una alcohólica en potencia. Se dirigió a la mecedora y, tras vacilar unos instantes, se sentó. Recostándose en la silla, cerró los ojos y siguió bebiendo, disfrutando de cada sorbo.

    Cuando la copa estuvo vacía, miró hacia la mesa. No, pensó. Con una es suficiente. Ahora se sentía relajada... y eso era lo que quería. Sostuvo la copa delante de su rostro para examinar sus intricados grabados. Puede que se la llevara a casa como recuerdo de aquella semana. Sonrió. Se sentía mucho mejor. ¡Incluso estaba haciendo planes para el futuro!

    Pensó en Fischer. Debería disculparse con él por haberle evitado de un modo tan descortés durante la mañana... y también debería darle las gracias por haberle salvado la vida. Se estremeció al pensar en el agua estancada del pantano. Se levantó y empezó a avanzar por la habitación, indecisa. Al llegar a la puerta, la abrió y la cerró tras ella, haciendo el menor ruido posible.

    Una oleada de miedo invadió todo su ser: desde que habían entrado en la casa, ésa era la primera vez que estaba sola. Se burló de su miedo. Estaba siendo estúpida. Lionel estaba dentro de la habitación, Florence debía de estar en su cuarto y Fischer, en el suyo. Avanzó por el pasillo, dirigiéndose a la habitación de éste último. ¿Estaría cometiendo un error? No, pensó. Le debo una disculpa y tengo que darle las gracias.

    Llamó a su puerta y esperó. No se oía ningún ruido en el interior. Volvió a llamar, pero no recibió respuesta. Edith giró el pomo y empujó la puerta. ¿Qué estoy haciendo?, pensó. No podía detenerse. En cuanto la puerta estuvo abierta, se asomó.

    En aquel cuarto, que era bastante más pequeño que el que ocupaban Lionel y ella, sólo había una cama gigantesca con un elevado dosel. A su derecha se alzaba una mesa sobre la que había un teléfono de estilo francés y un cenicero lleno de colillas aplastadas. Fuma demasiado, pensó.

    Se acercó a la butaca que descansaba junto a la mesa. La bolsa de mano de Fischer estaba encima, con la cremallera abierta. Echó un vistazo a su interior y vio algunas camisetas y un cartón de tabaco. Tragó saliva, inclinándose para tocar la bolsa.

    Se giró con un grito de sorpresa.

    Fischer estaba de pie en el umbral, observándola.

    Ambos se miraron fijamente durante unos instantes que, para Edith, duraron una eternidad. El corazón le latía con fuerza. Su rostro se sonrojó de la vergüenza.

    —¿Qué sucede, señorita Barrett?

    Intentó tranquilizarse. ¿Qué debía de pensar de ella? ¡Le había sorprendido husmeando en sus cosas!

    —He venido a darle las gracias —consiguió decir.
    —¿A darme las gracias?
    —Por haberme salvado la vida anoche.

    Retrocedió instintivamente cuando Fischer empezó a avanzar hacia ella.

    —No debería haber dejado solo a su marido.

    Edith no supo qué decir.

    —¿Se encuentra bien?
    —Por supuesto.

    Fischer la miró con atención.

    —Creo que debería regresar a su habitación —dijo. Edith empezó a dirigirse hacia la puerta.
    —Si fuera usted, esta noche me ataría la muñeca a la cama —le aconsejó el hombre.

    Edith asintió. Fischer la siguió por el pasillo, para acompañarla a su cuarto.

    Al llegar a la puerta, la mujer se volvió hacia él.

    —Gracias.
    —No vuelva a alejarse de su marido —le aconsejó—. No debe...

    Dejando la frase a medias, se acercó a ella bruscamente, como si fuera a besarla. Edith retrocedió, asustada.

    —¿Ha estado bebiendo? —preguntó.

    Se puso tensa.

    —¿Por qué?
    —Porque no debería beber en este lugar. No estará segura si pierde el control.
    —No voy a perder el control —respondió Edith con frialdad.

    Dando media vuelta, desapareció en su cuarto.


    11:16 a.m.


    Florence se sobresaltó cuando alguien llamó a su puerta.

    —Adelante.

    Era Fischer.

    —Ben.

    Intentó incorporarse.

    —No se levante —dijo, acercándose a ella—. Me gustaría hablar con usted.
    —Por supuesto —dio unas palmaditas en el colchón—. Siéntese a mi lado.

    Fischer se sentó al borde de la cama.

    —Lamento que tenga que estar acostada.
    —Me recuperaré.

    Él asintió, poco convencido. La observó en silencio hasta que ella sonrió.

    —¿Sí?

    Fischer se preparó para la reacción que tendría al oír lo que había venido a decirle.

    —Estoy de acuerdo con el doctor Barrett. Creo que tiene que abandonar esta casa.
    —Ben...
    —Le están destrozando, Florence. ¿No se da cuenta?
    —Usted no cree que me haya hecho yo todo esto, ¿verdad?
    —No, no lo creo —respondió—. Pero tampoco sé quién le está atacando. Usted dice que es Daniel Belasco pero... ¿y si se equivoca? Puede que la estén engañando.
    —¿Engañando?
    —Cuando estuve aquí en el año 1940, nos acompañó una médium llamada Grace Lauter. Esa mujer estaba convencida de que eran dos hermanas las que habían encantado la casa, e incluso desarrolló una teoría muy convincente. El único problema fue que estaba equivocada. Se cortó el cuello al tercer día de nuestra estancia.
    —Daniel Belasco existe. Encontramos su cuerpo y el anillo con sus iniciales grabadas.
    —Pero si lo enterramos, ¿por qué no está descansando en paz?

    Florence movió la cabeza.

    —No lo sé. —Le temblaba la voz—. De verdad que no lo sé.
    —Lo siento. —Le dio unas palmaditas en la mano—. No intento prescindir de usted, pero estoy muy preocupado.
    —Gracias, Ben. —Entonces le sonrió—. Benjamin Franklin Fischer... ¿a quién se le ocurrió ese nombre?
    —A mi padre. Sentía una gran admiración por Benjamin Franklin.
    —Hábleme de él.
    —No hay nada que contar. Abandonó a mi madre cuando yo tenía dos años, pero no le culpo. Le habría vuelto loco.

    La sonrisa de Florence se desvaneció.

    —Era una fanática —explicó Fischer—. A los nueve años, cuando descubrí que tenía poderes paranormales, centró su existencia en este hecho... y también la mía.
    —¿Lo lamenta?
    —Mucho.
    —¿En serio, Ben? —preguntó, mirándole con tristeza.

    De pronto, Fischer sonrió.

    —Me dijo que me hablaría sobre Hollywood.
    —Es una larga historia, Ben.
    —Tenemos tiempo.

    Lo miró en silencio.

    —De acuerdo —dijo por fin—. Intentaré resumirla al máximo.

    Fischer esperó.

    —Puede que haya leído algo sobre el tema. En su momento, las columnas de cotilleo hablaron mucho sobre ello. Incluso el Confídential publicó un artículo sobre las sesiones espiritistas que celebraba en casa. Por supuesto, consiguieron que pareciera otra cosa. Pero no lo era, Ben. Lo que sucedió fue exactamente lo que yo conté. Tampoco era cierto el rumor de que nunca me había casado porque quería «terreno de juego». No me casé, simplemente, porque no conocí a ningún hombre con quien deseara hacerlo.
    —¿Por qué decidió ser actriz?
    —Me encantaba interpretar. Cuando era pequeña, preparaba pequeños espectáculos para mis padres y mis parientes. Más adelante, trabajé con la asociación dramática del instituto y con un grupo de teatro local. Después estudié arte dramático en la universidad. Fui progresando lentamente. A veces sucede: un papel caído del cielo, una combinación de acontecimientos afortunados. —Esbozó una triste sonrisa—. Nunca conseguí tener demasiado éxito porque nunca me esforcé demasiado. Sin embargo, tampoco hubo nunca ningún asunto turbio. No tenía un pasado oscuro, ni cicatrices que cubrieran las heridas de la niñez. Mi infancia fue maravillosa. Mis padres me querían, y yo les quería a ellos. Eran espiritistas, y yo me convertí en espiritista.
    —¿Es hija única?
    —Tuve un hermano, David. Murió a los diecisiete años... de meningitis. Es la única gran pena que tengo en el corazón. —Sonrió de nuevo—. Según dijeron, el «declive» de mi carrera fue lo que me hizo huir de Hollywood y «abrazar la religión» en busca de consuelo. Siempre olvidaron mencionar que había sido espiritista durante toda mi vida. La verdad es que me alegro de que mi carrera se apagara, pues eso me dio la oportunidad de hacer lo que siempre había sabido que tenía que hacer: centrarme exclusivamente en mis poderes de médium. No me daba miedo Hollywood... ni tampoco escapé. Allí no hay nada temible: no es más que un lugar y una empresa. Lo que hagan con su vida quienes trabajan en ese mundo es cosa suya. Las supuestas influencias «corruptas» de Hollywood no son mucho peores que las que existen en cualquier otro ámbito laboral. No se trata del negocio, sino del nivel de corrupción de aquellos que entran en él. Por supuesto que era consciente del vacío moral que me rodeaba. Tanto en el plato como en las fiestas solía quedarme sobrecogida por la atmósfera de insalubre tensión que rondaba en el aire. —Sonrió, haciendo memoria—. Una noche, cuando me acosté, recé mis oraciones a Dios, como hago siempre. De pronto me di cuenta de que había cambiado las palabras del «Padre Nuestro» por algunas relativas al mundo de Hollywood.

    Movió la cabeza, divertida.

    —Por supuesto, un mes después ya me había trasladado al Este.

    Fischer empezó a hablar, pero se interrumpió al oír maullar al gato en algún lugar distante.

    El final de un agradable interludio, pensó.

    Florence hizo una mueca de dolor.

    —Esa miserable criatura —dijo, intentando incorporarse.

    Fischer le apremió a recostarse sobre las almohadas.

    —Iré a echar un vistazo.
    —Pero...
    —Descanse —dijo, poniéndose en pie.
    —Antes de irse, ¿podría alcanzarme el bolso?

    En cuanto Fischer se lo acercó, Florence sacó un medallón de su interior y se lo tendió. En él había grababa una sola palabra: CREE.

    —Todo está en nuestro interior si creemos —explicó.

    Él empezó a devolvérselo.

    —No, quédeselo —dijo—. Se lo regalo con todo mi amor.

    Fischer forzó una sonrisa.

    —Gracias —se guardó el medallón en el bolsillo—. Sin embargo, no debería preocuparse por mí, sino por sí misma.
    —¿Querrá celebrar una sesión conmigo en cuanto haya descansado un poco? —preguntó—. Tengo que ponerme en contacto con Daniel Belasco y el trance es el modo más rápido... pero no quiero hacerlo sola.
    —Entonces, ¿no se plantea la posibilidad de marcharse?
    —No puedo, Ben, y usted lo sabe —hizo una pausa—. ¿Me acompañará en la sesión?

    Fischer la miró fijamente, inquieto.

    —De acuerdo —aceptó, por fin.

    Abandonó la habitación sin decir ni una palabra más.


    12:16 P.M.


    Se sintió mejor cuando el agua empezó a salpicarle en la cara. La piel quemada de la pantorrilla se había contraído y le resultaba muy doloroso moverla, pero no quería detenerse. Cada vez que levantaba la mano derecha sobre el agua, el dolor del pulgar se intensificaba. Lo necesito, pensó. Llevaba casi una semana sin nadar.

    Al llegar al extremo menos profundo de la piscina se detuvo, sujetándose en el bordillo con la mano izquierda. Edith estaba sentada en un banco de madera, cerca de la sauna.

    —No hagas excesos —le dijo.
    —Sólo daré dos vueltas más.

    Dando media vuelta, empezó a nadar de nuevo. Cerró los ojos y escuchó los sonidos que hacían sus brazos y pies al moverse por el agua.

    Le sorprendía lo mal que le estaba sentando a su esposa la atmósfera de la casa. Por la mañana había intentado levantarse sin despertarla, pero ella había abierto los ojos en el mismo instante en que empezó a incorporarse. Al ver una botella y una copita de plata encima de la mesa y advertir el olor a brandy de su aliento, le había pedido que le contara lo sucedido. Edith le explicó que la había encontrado en el armario y que se había tomado una copa para relajarse. Entonces, él había dicho que había asumido un grave riesgo al beber algo que había encontrado dentro de la casa. Mientras guardaba la botella en el armario, Edith le había prometido que no volvería a hacerlo.

    Cuando su mano rozó el extremo más distante de la piscina, dio media vuelta. Si no surge ningún imprevisto con el Reversor, podremos irnos mañana por la noche, pensó. Sonrió para sus adentros, preguntándose si Edith era capaz de imaginarse cómo iba a cambiar la atmósfera de la casa gracias a su máquina.

    Cuando volvió a llegar a la parte menos profunda se puso de pie y silbó al sentir el frío. Edith le ayudó a subir los escalones y le pasó una toalla por los hombros.

    —¿Soportarás pasar unos minutos en la sauna? —preguntó.

    Ella asintió, tendiéndole el bastón.

    —Creo que me sentará bien.
    —Adelante —respondió su mujer, abriendo la pesada puerta.
    —Será mejor que te quites algo de ropa —le aconsejó.
    —De acuerdo.

    Barrett dejó caer la toalla sobre el banco de madera y entró cojeando en la sauna. Gimió de placer al sentir el húmedo calor en su cuerpo. Respirando entre dientes, buscó a tientas un banco. Estaba ardiendo. Avanzó por la sala hasta que encontró, con la ayuda del bastón, la manguera. La siguió con la mano izquierda hasta llegar a la pared, donde estaba el grifo. Cuando lo abrió, empezó a salir agua helada por el otro extremo. Tras mojar el banco, se sentó y dejó a un lado el bastón. Entonces, deslizó el bañador por sus piernas y lo sacudió.

    Miró hacia la puerta. Edith estaba tardando mucho. Frunció el ceño. No le apetecía volver a levantarse, pero sabía que no debía dejarla sola más de unos segundos.

    Estaba a punto de levantarse cuando se abrió la puerta y vio el contorno de su figura. Se sorprendió al ver que se había quitado toda la ropa.

    —Aquí —dijo, mientras la puerta se cerraba.

    Tendría que poner una bombilla más brillante. La que había en el techo tenía poca potencia o estaba cubierta de mugre... o posiblemente, ambas cosas.

    Edith avanzó con cautela por la oscura habitación y, al pasar junto al chorro de agua fría, se le escapó un gemido. Barrett tiró de la manguera para mojar el banco y esbozó una mueca cuando el agua le salpicó en las piernas. Mientras la dejaba caer al suelo, Edith se sentó junto a él. Advirtió que su mujer respiraba de forma errática, impidiendo que el aire caliente bajara por su garganta.

    —¿Estás bien? —preguntó.

    Ella tosió.

    —Creo que nunca me acostumbraré a respirar en una sauna.
    —Inténtalo mojándote la cara con agua mientras coges aire.
    —Estoy bien.

    Barrett cerró los ojos y sintió que el húmedo calor se filtraba por toda su piel. Se quedó atónito al sentir la mano de Edith en su pierna. Al cabo de unos instantes, su mujer se inclinó y le besó en la mejilla.

    —Te quiero —dijo.

    Barrett le pasó un brazo por los hombros.

    —Yo también te quiero.

    Ella volvió a besarle en la mejilla y, después, en la comisura de los labios. El cuerpo de Barrett se agitó cuando su esposa acercó sus labios a los suyos, ladeando la cabeza para besarle, y sus ojos se abrieron de par en par al sentir que sus manos se deslizaban por su estómago. ¿Edith?, pensó.

    Momentos después, su mujer se giró y se sentó a horcajadas sobre él, sin dejar de besarlo. Lionel sintió la presión de su ardiente y liso abdomen. Agachándose un poco, Edith le acarició el miembro y lo friccionó con su cuerpo. Barrett empezó a respirar con dificultad. La ardiente atmósfera le abrasaba la garganta y el pecho. Gimió sorprendido cuando ella le mordisqueó el labio inferior. Su aliento seguía oliendo a brandy.

    Los labios de Edith se deslizaron por sus mejillas; su lengua le presionaba la piel.

    —Ponía dura —le susurró al oído, con ímpetu.

    Barrett contuvo el aliento cuando le cogió la mano herida y la acercó a su pecho. Lionel la retiró al instante, sintiendo el intenso dolor que subía por su muñeca.

    —¡No! —le ordenó ella, sujetándosela de nuevo.
    —¡Mi dedo! —gritó. El dolor era tan intenso que se le empezó a nublar la vista. Sus pulmones forcejeaban con el ardiente aire; apenas podía respirar. Edith, que no parecía oírle, le aprisionó el miembro gimiendo con tanta fuerza que su corazón dio un brinco.
    —Por el amor de Dios, ponía dura —gritó. Volvió a apretar sus labios contra los de su marido.

    Barrett no podía respirar. Tiró la cabeza hacia atrás, golpeándosela contra la pared de azulejos. Volvió a gritar de dolor, con el rostro desfigurado. Edith se abrazó a él, sollozando.

    —Edith —jadeó, intentando recuperar el aliento.

    Ella se levantó y dio media vuelta.

    —No —murmuró su marido, intentando detenerla. Al abrir la puerta, sintió una ráfaga de aire frío. Alcanzó a ver, vagamente, su silueta en el umbral. Entonces, la puerta se cerró.

    Buscó a tientas el bastón, a la vez que se restregaba la cara con agua fría. Dios mío, ¿qué le habrá pasado?, pensó. Sabía que las limitaciones de su vida sexual podían tener un efecto negativo en ella, pero era la primera vez que le demostraba su pasión de aquella forma. La casa le debía de estar afectando. Apoyándose en el bastón, se levantó con dificultad y avanzó por aquella sala repleta de vapor, haciendo una mueca al advertir que cada vez sentía más calor en el rostro. La bombilla del techo apenas era un punto prácticamente invisible de pálida luz. Al llegar a la puerta, Barrett buscó a tientas el pomo. Cuando lo encontró, cerró los dedos a su alrededor y empujó. La puerta no se movió. Empujó con más fuerza, en vano. Sus rasgos se tensaron. Sujetando el pomo con la mayor fuerza que le fue posible, empujó de nuevo.

    La puerta se negó a moverse.

    Sintió una oleada de inquietud.

    —¿Edith? —gritó, golpeando la puerta con la palma de la mano izquierda—. ¡Edith, la puerta está atrancada!

    No hubo respuesta. Dios mío, espero que no haya subido, pensó, sintiendo que le invadía el pánico. Empujó de nuevo la puerta, pero era como si estuviera clavada al marco. Debido al calor y a la humedad, la puerta debe de haberse dilatado, se dijo a sí mismo.

    —¡Edith! —gritó, golpeando la puerta con el puño.
    —¿Qué pasa? —respondió ella, en voz muy baja.
    —¡La puerta está atrancada! ¡Intenta abrirla desde allí!

    Esperó. Entonces oyó un golpe y sintió que la puerta temblaba. Cogió de nuevo el pomo y tiró con todas sus fuerzas, mientras Edith empujaba por el otro lado.

    La puerta no cedió.

    —¿Qué vamos a hacer? —oyó que preguntaba su mujer. Parecía asustada.

    ¿Podría usar el banco como ariete? No, pesaba demasiado. Barrett frunció el ceño. Tenía la impresión de que el calor se intensificaba. Sería mejor que apagara la bomba.

    —¿Lionel?
    —¡Estoy bien! —se agachó con cuidado sobre su rodilla izquierda para que su cabeza quedara por debajo de la zona en la que el calor era más intenso. Gimió preocupado. Bueno, no tenía más opciones. No podía quedarse allí.
    —¡Será mejor que vayas a buscar a Fischer! —gritó.
    —¿Qué?

    Lionel no sabía si no le había oído o si le habían sorprendido sus palabras.

    —¡Será mejor que vayas a buscar a Fischer!

    Silencio. Barrett sabía que la idea de recorrer la casa a solas la aterraba.

    —¡Es lo único que podemos hacer! —gritó.

    Edith guardó silencio largo rato. Por fin, Lionel oyó que gritaba:

    —¡De acuerdo! ¡Ahora mismo regreso!

    Barrett permaneció inmóvil durante unos instantes, suplicándole a Dios que su mujer no tropezara con nada. En su estado mental, podría ser catastrófico. Frunció el ceño. No puedo quedarme de brazos cruzados, pensó. Será mejor que cierre la salida del vapor.

    Se giró bruscamente a la derecha, creyendo haber oído un ruido. Sólo había un remolino de vapor. Lo observó con los ojos entrecerrados. La espiral, espesa y blanca, se retorcía. Cualquiera que fuera un poco fantasioso creería ver todo tipo de cosas en ella.

    —Es ridículo —dijo entre dientes.

    Se levantó y avanzó por el borde de la sala hasta que sus espinillas tropezaron contra el banco de madera. Arrodillándose de nuevo, extendió el brazo bajo el banco y buscó la llave de paso. No fue capaz de encontrarla, así que avanzó a rastras a lo largo del banco, buscándola a tientas.

    Se quedó helado. Estaba seguro de haber oído algo, una especie de... serpenteo. A pesar del calor, un escalofrío recorrió su espalda.

    —Es ridículo —murmuró. Siguió avanzando. No me extraña que esta casa se haya cobrado tantas víctimas: esta atmósfera te impulsa a imaginar cosas que no existen. Lo más probable era que aquel sonido procediera de la llave que estaba buscando. Debía de haber un escape de vapor debido, posiblemente, al exceso de presión. Hacía un calor terrible.

    Cuando sus manos encontraron la llave, se sintió aliviado. Intentó girarla, pero estaba atascada. Luchando contra sus presentimientos, envolvió la llave con sus manos. Apretó los dientes al sentir un intenso dolor en la pierna.

    —Está atascada —dijo en voz alta, como si pretendiera convencer a alguien de que el problema no tenía nada de insólito. Tras reforzar los músculos de los brazos y la espalda, lo intentó de nuevo.

    La llave no se movió.

    —¡Oh, no! —tragó saliva, retrocediendo al sentir el ardiente aire en la garganta y el pecho. Esto no va bien, no va nada bien, pensó. De todos modos, se trataba de un problema físico: la puerta se había dilatado por el calor y la llave estaba atascada. Este tipo de cosas sucedían con frecuencia en las casas antiguas. Edith estaría de vuelta con Fischer en unos momentos. Si las cosas empeoraban, podía tumbarse en el suelo y mojarse la cara con el agua mientras...

    Dio un respingo. Aquel ruido de nuevo. No podía tratarse de su imaginación, pues había sido demasiado preciso. Era un serpenteo, como si una serpiente estuviera reptando por el suelo. Sus rasgos se endurecieron. Vamos, se dijo a sí mismo, no seas crío. Se giró lentamente, apoyando la espalda en el banco e intentando ver algo a través del vapor. Si se trataba de algún fenómeno psíquico, lo único que tenía que hacer era conservar el sentido común. Si no se dejaba llevar por el pánico, no habría nada en aquella casa que pudiera hacerle daño.

    Escuchó con atención, haciendo una mueca debido al dolor que sentía en el pulgar. Después de lo que le pareció un minuto, volvió a oír aquel sonido líquido y serpenteante. Imaginó que era lava que se deslizaba lentamente por un canal para carbón y que chapoteaba como las gachas humeantes. Se estremeció.

    —Basta —se ordenó a sí mismo. Estaba reaccionando como la señorita Tanner.

    ¡La manguera!, pensó de repente. Si el calor húmedo había dilatado la puerta, el agua fría podría invertir el proceso. Empezó a buscarla a tientas.

    El sonido se repitió, pero lo ignoró. Los fenómenos psíquicos abundan en los reinos de la credulidad. Esta frase brilló en su mente. Exacto, pensó. Sin darse cuenta, tragó una bocanada de aire y gimió al sentir el fuego que le abrasaba la garganta y el pecho. ¿Dónde diablos estaba la maldita manguera? Le dolían las piernas de arrastrarse por las duras baldosas.

    Entonces sintió el chorro de agua y suspiró, satisfecho. Empezó a palpar el suelo, buscando la manguera.

    Gritó, apartando la mano. Acababa de tocar algo que parecía barro caliente. La levantó para observarla, pero había tan poca luz que tuvo que entornar los ojos. El corazón le latía con fuerza. Tenía la palma y los dedos cubiertos por una especie de limo oscuro. Intentando reprimir las náuseas, se agachó y restregó la mano contra el suelo. ¿Qué diablos era aquello? ¿La cal que unía las baldosas se había derretido? ¿Acaso era algún tipo de...?

    Se giró con tanta rapidez que sintió un latigazo en el cuello. Miró fijamente el exasperante vapor, con el corazón latiendo a toda velocidad. El sonido, que ahora sonaba con más fuerza, se aproximaba hacia él. Retrocedió por instinto, intentando ver algo. Sin darse cuenta, se frotó los ojos con la mano, embadurnándose la cara de barro. Chasqueó la lengua, molesto, e intentó limpiársela con la otra. Percibía un aroma familiar. ¿Dónde diablos está Edith?, pensó. Durante un instante, sintió pánico al pensar que su mujer, enfadada por lo que había sucedido, le hubiese dejado encerrado allí y no hubiera ido en busca de Fischer.

    —No —murmuró. Eso era ridículo. Estaría de vuelta enseguida. Sería mejor que regresara a la puerta a esperar. Giró sobre sus talones y se alejó de aquel sonido, imaginando que una medusa gigantesca arrastraba su masa transparente y trémula por la sala, dirigiéndose hacia él.
    —Ya basta —murmuró, furioso consigo mismo. Tenía que llegar a la puerta. Miró a través del vapor, pero fue incapaz de descubrir dónde estaba. Aquel ruido reptante y húmedo continuaba. Tenía que pensar con lógica. No debía dejarse llevar por el pánico.

    Gritó asustado cuando sus pies se hundieron en un limo caliente y espeso. Al intentar apartarse, resbaló y aterrizó sobre el codo izquierdo. Un dolor desgarrador recorrió su brazo. Cayó al suelo, retorciéndose y gritando dolorido.

    De pronto, sintió que el limo le presionaba el costado, como si fuera gelatina derretida. Movió los brazos, intentando apartarse de aquella apestosa sustancia. Era un hedor putrefacto... ¡El hedor del pantano! ¡Está entrando!, gritó su mente, aterrada. Se puso de rodillas. La puerta. ¿Dónde estaba la puerta? Se levantó con dificultad y avanzó, cojeando, hacia la dirección en la que suponía que debía de estar.

    Algo le cerró el paso... algo que estaba cerca del suelo y que tenía masa, tamaño y vida. Gritando de terror, Barrett cayó sobre aquella masa. Ésta retrocedió y empezó a empujarlo por la espalda. Era caliente, gelatinosa y apestaba a podredumbre. Barrett gritó cuando la sintió entre sus piernas. Furioso, le pegó una patada con la pierna izquierda y sintió que ésta se hundía en un limo mucoso y golpeaba lo que parecía piel con una textura similar a la de un champiñón cocido.

    De pronto la tuvo delante de los ojos: era una masa bulbosa que centelleaba misteriosamente.

    —¡No! —gritó. Le asestó otra patada y retrocedió, arrastrándose por el suelo, hasta que su espalda chocó con fuerza contra la puerta. Sintió que aquella sustancia pegajosa rezumaba por sus piernas. Chilló aterrado. La sala empezó a dar vueltas y a oscurecerse. Era incapaz de apartarse de aquella masa viscosa y caliente que le chupaba la piel.

    De repente, la puerta empezó a moverse a sus espaldas, empujándolo contra la forma gelatinosa. Sintió un fuerte golpe en la cara. Su boca, que era incapaz de dejar de gritar, estaba llena de gelatina turgente. Una oleada de aire frío refrescó su costado. Instantes después, unas manos lo cogieron por las axilas. Creyó oír gritar a Edith. Alguien lo llevaba a rastras por el suelo. Al levantar la mirada, vio el pálido y borroso rostro de Fischer. Justo antes de perder el sentido, Barrett vio su propio cuerpo. Estaba completamente desnudo.


    12:47 P.M.


    Fischer bebió un poco de café, sujetando la taza con ambas manos. La pareja de Caribou Falls había regresado y se había vuelto a ir, sin que nadie la viera.

    Mientras estaba en el teatro buscando al gato, había oído gritar a la señora Barrett. Salió disparado hacia el vestíbulo y, en cuanto se reunió con la mujer, ésta le había explicado, aterrorizada, que su marido se había quedado encerrado en la sauna.

    Allí, se estremeció, recordando las palabras de Florence. Sin decir nada, bajó las escaleras a toda velocidad, empujó las puertas giratorias sin detenerse y corrió por el borde de la piscina, oyendo cómo sus pasos reverberaban por las paredes y el techo.

    Pudo oír los gritos de Barrett antes de llegar a la sauna. Ya se había detenido y estaba dando media vuelta cuando la señora Barrett lo alcanzó. Al ver su mirada de pánico, se había sentido incapaz de abandonarla. Girando de nuevo sobre sus talones, siguió corriendo hasta la sauna y se abalanzó contra su puerta, golpeándola con todo su peso. La puerta no se había movido. Cuando la señora Barrett consiguió llegar junto a él, le había suplicado, con una voz extraña y estridente, que salvara a su marido.

    Acercándose al banco de madera que había junto a la pared, lo había cogido por un extremo y lo había llevado a rastras hasta la puerta de la sauna para usarlo como ariete. La puerta cedió al instante. Tras soltar el banco, había abierto la puerta de un empujón, sintiendo el peso del doctor contra ésta. Los gritos de Barrett se interrumpieron de repente. Sin apenas entrar en la sauna, Fischer lo había buscado a tientas entre el ardiente vapor y lo había sacado a rastras con gran esfuerzo, debido a su peso. Para aquel entonces, su mujer estaba temblando de la cabeza a los pies y tenía el rostro cenizo. Por increíble que parezca, consiguieron llevarlo hasta su dormitorio y tumbarlo sobre la cama. Fischer se había ofrecido a ponerle el pijama, pero su mujer, con una voz prácticamente inaudible, le había dicho que podía hacerlo sola. Entonces, había abandonado la habitación para regresar al piso inferior.

    Dejó la taza vacía sobre la mesa y se tapó los ojos con la mano izquierda. Su mente era un amasijo de confusión: la puerta abierta que habían encontrado cerrada al llegar; el fallo del sistema eléctrico que había sido restablecido; la incapacidad de Florence de entrar en la capilla; el gramófono que se había puesto solo en marcha; la gélida brisa de las escaleras; la araña de luces tintineante; los golpes que habían oído durante la sesión; el hecho de que Florence se hubiera convertido, de repente, en una médium física; la figura que había aparecido durante la sesión y su histérica advertencia; el ataque poltergeist; la señora Barrett, que había sido conducida en sueños al pantano, se había quitado el pijama delante de él y la había encontrado husmeando en su cuarto por la mañana; los mordiscos en los pechos de Florence; el cadáver que había dentro del muro; el anillo; el terrible ataque del gato... y ahora, el ataque del que había sido víctima el doctor Barrett en la sauna.

    No hemos avanzado nada, pensó, dejándose caer sobre la silla. No hemos hecho ningún progreso. Se encontraban, exactamente, en el mismo punto que cuando llegaron, pero Florence estaba destrozada, tanto emocional como físicamente, la señora Barrett estaba perdiendo el control y Barrett había sido agredido salvajemente en dos ocasiones. Y, respecto a mí...

    Su mente retrocedió, intentando recordar. Aparecieron diversos rostros ante él: Grace Lauter, el doctor Graham, el profesor Rand y Fenley. Grace Lauter había decidido trabajar por su cuenta porque estaba convencida de que podría resolver el misterio de la Casa Infernal sin la ayuda de nadie; ni siquiera había cruzado una palabra con los demás. Él había trabajado con el doctor Graham y el profesor Rand quien, a su vez, se había negado a trabajar con el profesor Fenley porque no era «un hombre de ciencia», sino un espiritista.

    Transcurrieron tres días desmoralizantes antes de que todo acabara: Grace Lauter se cortó el cuello con sus propias manos; el doctor Graham, completamente ebrio, murió perdido en el bosque; el profesor Rand sufrió una hemorragia cerebral después de una experiencia en el salón que fue incapaz de describir antes de morir; y el profesor Finley perdió por completo la cordura y permanecía recluido en el Sanatorio Medview. A él lo encontraron desnudo en el porche principal, aterrorizado y envejecido.

    —Y ahora he regresado —murmuró, con voz temblorosa—. He regresado.

    Cerró los ojos, incapaz de dejar de temblar. ¿Cómo?, pensó. No me da miedo intentarlo pero... ¿Por dónde tengo que empezar? Estaba tan desconcertado que se le agarrotaron los músculos. Abrió los ojos, cogió la taza y la arrojó contra el otro extremo de la habitación. ¡Es jodidamente complicado!, gritó su mente.


    1:57 P.M.


    Parpadeó. Lionel estaba despierto. Puso su mano sobre la suya.

    —¿Te encuentras bien?

    Su marido asintió sin sonreír.

    —He hecho las maletas —dijo, intentando controlar la voz.

    Esperó. Lionel la miró a los ojos, sin expresión alguna en el rostro.

    —Nos iremos hoy mismo —anunció Edith.
    —Quiero que te vayas.

    Edith lo miró fijamente.

    —Nos iremos los dos, Lionel.
    —No me iré hasta que haya terminado.

    A pesar de que sabía perfectamente que ésa sería su respuesta, era incapaz de creerlo. Se mordió los labios para no pronunciar las palabras que resonaban en su mente.

    —Puedes ir a Caribou Falls —le dijo él—. Me reuniré contigo mañana.
    —Lionel, quiero que nos vayamos juntos.
    —Edith...
    —No, no quiero oír ni una palabra. Ya no puedes convencerme. Sabes perfectamente qué está pasando. Hubieras muerto allí abajo si Fischer no hubiera acudido en tu ayuda. Hubieras sido asesinado por... ¿qué? ¿Por qué? Tenemos que irnos de esta casa antes de que acabe con todos. Ahora, Lionel. Ahora.
    —Escúchame —dijo él—. Sé que esto ha rebasado el límite de tu paciencia, pero no el mío. No voy a huir por lo sucedido. Llevo veinte años esperando este momento. Veinte largos años de trabajo e investigación, y no estoy dispuesto a perderlo todo debido a... algo en la sauna.

    Edith lo miró atentamente, sintiendo una palpitación en las sienes.

    —Admito que ha sido un susto —dijo—. Un susto terrible. No había experimentado nada similar en toda mi vida, pero estoy seguro de que no ha sido ningún fantasma. ¿Me oyes, Edith? No ha sido ningún fantasma. —Cerró los ojos—. Por favor. Ve a Caribou Falls. Fischer te llevará. Yo me reuniré contigo mañana —abrió los ojos y la miró—. Mañana, Edith. Después de veinte años, sólo falta un día más para poder demostrar mi teoría. Sólo un día. Ahora que estoy tan cerca no puedo echarme atrás. Lo que sucedió fue espantoso, sí, pero no puedo permitir que me asuste. —Cerró con fuerza las manos entre las de su mujer—. Antes que abandonar ahora, preferiría morir.

    La habitación quedó en silencio. Edith sentía un redoble de tambor lento y errático en su pecho.

    —Mañana —dijo.
    —Te juro que, para entonces, habré puesto fin al reinado de terror de esta casa.

    Ella lo miró a los ojos, sintiéndose perdida e indefensa. Ya no le quedaba nada de fe. Ahora sólo podía aferrarse a la de su marido. Que Dios nos ayude si estamos equivocados, pensó.


    2:21 P.M.


    —Oh, Espíritu de la Verdad Inmortal —dijo Florence—, ayúdanos a acabar con las dudas y los miedos de esta vida. Abre nuestra naturaleza a revelaciones poderosas. Danos ojos para ver y oídos para escuchar. Bendícenos en nuestros esfuerzos por apartar la oscuridad del mundo.

    La luz del cuarto de baño se proyectaba tenuemente sobre ellos. Florence, que ocupaba la silla que había junto a la mesa, tenía los ojos cerrados, las manos en el regazo y las rodillas y los pies apretados con fuerza. Fischer estaba sentado en frente de ella, a un metro y medio de distancia.

    —La expresión más dulce de la vida espiritual es el servicio —estaba diciendo Florence—. Nos ofrecemos para servir a los espíritus. Que éstos nos encuentren preparados y que, para que nada pueda impedir nuestra libre expresión, se comuniquen con nosotros en este día y nos revelen su luz. Que nos impartan el poder de comunicarnos con el alma atormentada que aún mora en esta casa, profanada y prisionera: Daniel Belasco.

    Levantó la mirada.

    —Escuchadnos, ángeles auxiliadores. Ayudadnos en nuestro esfuerzo por liberar a esta alma de su carga. Os lo pedimos en nombre del Espíritu Eterno e Infinito. Amén.

    Durante unos instantes todo se sumió en el más absoluto silencio. Fischer pudo oír el crujiente sonido que hizo su garganta al tragar saliva.

    —Dulces almas que nos rodeáis, velad por nosotros —entonó Florence—. Aproximaos más a nosotros. Deslizaos por nuestros pensamientos y por nuestras oraciones para ofrecernos vuestra ayuda.

    Al terminar el cántico, Florence empezó a respirar hondo con los dientes apretados, llenando convulsivamente sus pulmones de aire a la vez que frotaba las manos por todo su cuerpo. Pronto, su boca se abrió y su cabeza empezó a balancearse hacia atrás. Siguió respirando profundamente. Apoyó los hombros en el respaldo, con la cabeza balanceándose de un lado a otro, hasta que, por fin, se quedó inmóvil.

    Transcurrieron varios minutos. Fischer empezó a tiritar. El frío empezó a congregarse a su alrededor lentamente, como agua helada, hasta que tuvo la impresión de encontrarse sumergido en ella hasta la cintura.

    Se estremeció cuando unos suaves puntos de luz aparecieron delante de Florence. Focos de condensación; estas palabras navegaron a la deriva por su mente. Contempló los puntos, que fueron aumentando en tamaño y en número mientras revoloteaban por delante de la médium hasta crear una galaxia de soles pálidos y diminutos. Sentía las piernas entumecidas. Ya falta poco, pensó.

    Sus dedos se hundieron en los brazos de la silla cuando empezó a salir ectoplasma por sus fosas nasales. Los filamentos viscosos eran como serpientes gemelas de color gris que se deslizaban por su nariz. Mientras Fischer los observaba enmudecido, éstos se unieron para formar una espiral más gruesa que, tras desenroscarse, se alzó ocultando el rostro de Florence. Fischer miró hacia el suelo. Oyó un sonido similar al crujido del papel y cerró los ojos.

    El olor a ozono se adentró en sus fosas nasales y tuvo la impresión de encontrarse en una piscina en la que había demasiado cloro. Abrió los ojos y levantó la mirada, estremecido. El ectoplasma había cubierto la cabeza de Florence y colgaba sobre ella como un saco húmedo y membranoso. Éste empezó a cobrar forma, como si estuviera siendo modelado por algún escultor invisible: primero se hundieron las cuencas de los ojos, después apareció el montículo de la nariz y finalmente las fosas nasales, las orejas y la línea de la boca. En menos de un minuto, pudo ver el rostro de un hombre joven moreno, atractivo y de expresión severa.

    Fischer se aclaró la garganta. Tenía la impresión de que su corazón latía de un modo irreal.

    —¿Tiene voz? —preguntó.

    Se oyó un sonido penoso y gorjeante, similar a un estertor. Se le puso la piel de gallina. Medio minuto después, el sonido se detuvo y el silencio volvió a invadir la sala.

    —¿Puede hablar ahora? —preguntó Fischer.
    —Sí —dijo una voz masculina.

    Fischer vaciló.

    —¿Quién es usted? —dijo, tras respirar profundamente.
    —Daniel Belasco. —Aunque sus labios no se movieron, la voz procedía de los pálidos rasgos del joven.
    —¿Era suyo el cadáver que encontramos esta mañana detrás de la pared de la bodega?
    —Sí.
    —Celebramos su funeral y lo enterramos fuera de la casa. ¿Por qué sigue aquí?
    —Porque no puedo irme.
    —¿Porqué?

    No hubo respuesta.

    —¿Porqué?

    Nada. Fischer cerró con fuerza las manos sobre su regazo.

    —¿Ha tenido usted algo que ver con el ataque que ha sufrido el doctor en la sauna?
    —No.
    —Entonces, ¿quién lo atacó?

    Silencio.

    —¿Atacó usted al doctor Barrett anoche en el comedor? —preguntó Fischer.
    —No.
    —¿Quién fue?

    Silencio de nuevo.

    —¿Mordió usted a la señorita Tanner esta mañana?
    —No.
    —¿Quién lo hizo?

    Silencio.

    —¿Poseyó usted al gato para que la atacara?
    —No.
    —¿Quién lo hizo, entonces?

    Silencio.

    —¿Quién lo hizo? —insistió Fischer—. ¿Quién atacó al doctor Barrett? ¿Quién mordió a la señorita Tanner? ¿Quién poseyó al gato?

    Silencio.

    —¿Quién? —repitió Fischer.
    —No puedo decirlo.
    —¿Porqué no?
    —Porque no.
    —¿Porqué?

    Silencio.

    —Tiene que decírmelo. ¿Quién atacó al doctor Barrett en la sauna y en el comedor? ¿Quién mordió a la señorita Tanner? ¿Quién poseyó al gato?

    Oyó que respiraba con rapidez.

    —¿Quién? —insistió.
    —No puedo...
    —Tiene que decírmelo.
    —No puedo... —dijo, con voz suplicante.
    —¿Quién? —Fischer siguió insistiendo.
    —No puedo...
    —¿Quién?
    —Por favor...
    —¿Quién?

    Oyó lo que le pareció un sollozo.

    —Él —respondió la voz.
    —¿Quién?
    —Él.
    —¿Quién?
    —¡Él! ¡Él!
    —¿Quién?
    —¡Él!—gritó la voz—. ¡El Gigante! ¡Él! ¡Padre, padre!

    Fischer se quedó sentado, rígido y en silencio, observando cómo iba perdiendo forma el rostro del joven a medida que el ectoplasma se desgranaba y volvía a introducirse en las fosas nasales de Florence. Mientras se desvanecía, Fischer oyó que la mujer gemía dolorida. La figura desapareció por completo en menos de siete segundos.

    Permaneció inmóvil durante casi un minuto. Al levantarse, sintió que todo su cuerpo estaba entumecido. Se dirigió al cuarto de baño, vertió un poco de agua en un vaso y lo llevó al dormitorio. Se quedó de pie junto a la silla hasta que Florence abrió los ojos.

    La mujer se bebió el agua de un largo y único trago. Entonces, Fischer fue hasta la pared en la que estaba el interruptor, encendió la luz de la lamparita que había junto a la cama y se dejó caer, pesadamente, en la silla que había delante de la médium.

    —¿Ha venido? —preguntó Florence.

    Mientras le contaba lo sucedido, su tensa expresión se fue convirtiendo en una de profunda emoción.

    —Belasco —dijo—. Por supuesto. Por supuesto. Tendríamos que haberlo sabido.

    Fischer no respondió.

    —Daniel nunca me hubiera hecho daño. Nunca hubiera atacado al doctor Barrett. A pesar de las evidencias, sabía que no podía haber sido él. No acababa de encajar pues, al fin y al cabo, él no es más que otra de las víctimas de esta casa —advirtió la expresión escéptica de Fischer—. ¿No lo ve? Es su padre quien le impide salir de aquí.

    Fischer la observó en silencio, deseoso de creer en ella, pero temeroso de comprometerse.

    —¿No lo ve? —preguntó ella, ansiosa—. Están luchando entre sí. Daniel intenta escapar de la Casa Infernal y su padre está haciendo todo lo posible por evitarlo. Intenta ponerme en su contra haciéndome creer que su hijo desea hacerme daño, pero eso no es cierto. Lo único que Daniel desea es...

    Se interrumpió al ver que Fischer entrecerraba los ojos.

    —¿Qué es lo que desea? —preguntó.
    —Mi ayuda.
    —Eso no es lo que estaba a punto de decir.
    —Por supuesto que sí. Soy la única persona que puede ayudarle. Soy la única persona en quien confía. ¿No lo ve? Fischer la observó con cautela.
    —Ojalá pudiera —respondió.


    3:47 P.M.


    Edith se incorporó y alargó el brazo para coger el reloj de Lionel, que descansaba sobre la mesilla. Eran casi las cuatro. A este paso, ¿cómo iba a tener lista la máquina al día siguiente?

    Lionel estaba dormido. Lo miró, preguntándose si aún creía en todas sus teorías. De algún modo, tenía la incómoda impresión de que ya no estaba tan seguro como afirmaba, aunque no había dicho nada que lo demostrara. Cuando se trataba de su trabajo, era un hombre muy orgulloso. Siempre lo había sido.

    Levantándose bruscamente, se acercó al armario y abrió la puerta. De acuerdo, los dos le habían avisado, pero no había sucedido nada, ¿verdad? Además, el brandy le había ayudado a relajarse. Si tenía que quedarse en aquella casa hasta el día siguiente, tenía todo el derecho del mundo a dar ciertos pasos que le ayudaran a soportar mejor su estancia.

    Tras dejar sobre la mesa la botella y una de las copas de plata, retiró el tapón, llenó la copa y se bebió el brandy de un solo trago. Tiró la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y la boca abierta, y respiró con fuerza mientras el ardiente líquido se deslizaba por su garganta. Sintió una relajante calidez en el pecho y el estómago, como cuando tomaba jarabe caliente. El corazón le latía con fuerza, irradiando el calor por todo su cuerpo.

    Se sirvió otra copa, bebió un poco y se recostó sobre la mesa, apartando la caja en la que Lionel guardaba el manuscrito. Tras beber otro sorbito, echó la cabeza hacia atrás y volvió a vaciar la copa de un trago. Tenía los ojos cerrados y una sensual expresión de placer en la cara.

    Pensó en el rato que había pasado en la sauna con Lionel. Se sentía mal consigo misma por haberse enfadado con él. ¡Como si la impotencia fuera culpa de su marido y no de la polio! De pronto pensó que la verdadera razón por la que le había dicho que fuera a Caribou Falls era que no quería que le molestara con sus necesidades, pues deseaba poder concentrarse en su máquina.

    Parpadeó. ¡Era terrible que pensara eso de Lionel! Estaba segura de que, si hubiera podido, habría hecho el amor con ella.

    ¿En serio?, se preguntó. ¿Acaso a mi marido le importa si mantenemos o no relaciones sexuales?

    Dejándose llevar por un impulso, acercó el brazo a la botella con un movimiento tan brusco que tiró la caja de la mesa. Las páginas del manuscrito se diseminaron por el suelo. Empezó a levantarse pero, frunciendo el ceño, decidió dejarlas donde estaban. No te molestes, pensó. Ya las recogeré después. Cerró los ojos mientras vaciaba otra copa de brandy en su boca.

    Resbaló de la mesa y estuvo a punto de caerse. Estoy borracha, pensó. Durante un segundo, sintió una punzada de culpabilidad. Mamá tenía razón, soy igual que él, pensó. Se resistía a creerlo. ¡No, no lo soy!, le dijo a su madre invisible. Soy una buena chica. ¡Qué diablos...! Empezó a reírse. No soy una chica, soy una mujer. Con apetito sexual. Él debería saberlo. No es tan mayor. Ni tan impotente. La culpa no la tiene la polio, sino las creencias religiosas de su madre. La culpa la tiene...

    Frunciendo el ceño, apartó aquella idea de su mente y se dirigió, tambaleante, hacia el armario. Sus sedosas extremidades irradiaban calor y sentía un agradable entumecimiento en la cabeza. Estaban equivocados: emborracharse era la única respuesta. Pensó en la alacena repleta de botellas que había en la cocina. Puede que cogiera una de bourbon... o quizá dos. Si bebía hasta perder la conciencia, le costaría menos soportar la llegada del día siguiente.

    Sacó el libro hueco de la estantería con tanta rapidez que éste resbaló entre sus dedos y cayó sobre la moqueta con un ruido sordo, esparciendo las fotografías por todas partes. Se arrodilló y empezó a mirarlas de una en una, humedeciéndose el labio superior sin darse cuenta. Contempló una fotografía en la que aparecían dos mujeres tumbadas sobre la mesa del comedor, realizando un doble cunnilingus. Tenía la impresión de que cada vez hacía más calor en el dormitorio.

    De pronto tiró la fotografía, como si le quemara en los dedos.

    —¡No! —murmuró asustada. Dando un respingo, se giró y vio que Lionel estaba moviéndose. Levantándose con torpeza, echó un vistazo a la sala, como un animal acorralado.

    Cruzó el dormitorio con rapidez y salió al pasillo, cerrando la puerta a sus espaldas. Se sobresaltó al darse cuenta de que, aunque había intentando ser silenciosa, había hecho un ruido tremendo. Moviendo la cabeza para despejarse un poco, se dirigió hacia el cuarto de Fischer.

    No estaba. Edith echó un vistazo a la habitación mientras se preguntaba qué podía hacer. Cerró la puerta y avanzó tambaleante por el pasillo. Decidió apoyarse en la balaustrada para mantener el equilibrio y llegó hasta el rellano. Por alguna extraña razón, la casa ya no le daba miedo. Y eso demuestra, una vez más, que el alcohol es justo lo que necesitaba, pensó.

    Tuvo la impresión de que bajaba las escaleras flotando. Aquello le hizo pensar en cierta película sureña que había visto en un reestreno. Lo único que recordaba con claridad era una mujer vestida con una falda de aro que bajaba las escaleras como si descendiera por unos raíles. Ella se sentía igual. ¿Por qué me siento tan segura?, se preguntó.

    Un destello, débil, demasiado efímero para percibirlo. Edith pestañeó y vaciló. Nada. Siguió bajando las escaleras. Está en el salón, decidió. Siempre está allí donde hay café. Ni siquiera recordaba haberlo visto comer. No me extraña que esté tan delgado.

    Mientras cruzaba el vestíbulo, oyó el sonido de la madera al resquebrajarse. Se detuvo de nuevo y vaciló durante un instante, antes de ponerse en marcha una vez más. Por supuesto, pensó, mientras esbozaba una sonrisa. Nunca se había sentido tan liberada como ahora. Cerró los ojos. Estoy notando, dijo su mente. Padre e hija, borrachos para siempre.

    Se detuvo en la arcada y se apoyó en ella, aturdida. Parpadeó, intentando que sus ojos se enfocaran. Fischer se encontraba de espaldas a ella, forcejeando con la palanca para abrir el cajón de embalaje. Qué majo, pensó Edith.

    Dio un respingo cuando el hombre se giró levantando la palanca, como si pensara utilizarla para defenderse de su atacante. Se movió con tanta rapidez que el cigarrillo que tenía entre los labios cayó al suelo formando un arco.

    —Kamerad —dijo Edith, levantando los brazos como si se rindiera.

    Fischer la miró fijamente, respirando con fuerza.

    —¿Está enfadado? —preguntó.
    —¿Qué diablos está haciendo aquí? —la interrumpió él.
    —Nada. —Alejándose de la arcada, empezó a caminar hacia él, dando tumbos.
    —¿Está borracha? —Parecía sorprendido.
    —Me he tomado unas copas, pero no creo que eso sea asunto suyo.

    Fischer dejó caer la palanca sobre la mesa y avanzó hacia ella.

    —Lionel le estaría muy agradecido si usted... —Edith señaló alegremente la máquina.
    —Vamos —dijo Fischer, asiéndola del brazo. Edith se apartó.
    —Déjeme en paz. —Se tambaleó ligeramente, pero pronto recuperó el equilibrio y se volvió hacia la máquina.
    —Señora Barrett...
    —Edith.

    Fischer la volvió a coger del brazo.

    —Vamos. No debería haber dejado solo a su marido.
    —Está perfectamente. Duerme.

    Fischer intentó que diera media vuelta, pero ella se negó. Soltando una risita, la mujer volvió a soltarse.

    —¡Por el amor de Dios! —espetó Fischer.

    Los labios de Edith esbozaron una sonrisa traviesa.

    —No. Por su amor, no.

    Fischer la miró, confundido.

    Edith se dirigió hacia la mesa. La sala estaba borrosa y tenía la vaga impresión de que, un poco más allá de los límites de su visión, había diversas personas. Son sólo imaginaciones, le dijo su mente. En este lugar no hay más que estúpida energía.

    Al llegar a la mesa, deslizó un dedo por su superficie. Fischer se acercó a ella.

    —Tiene que regresar a su habitación.
    —No —respondió, cogiéndolo de la mano. Fischer se apartó. La mujer sonrió y volvió a deslizar el dedo por la mesa—. Aquí es donde se reunían.
    —¿Quiénes?
    —Las Afroditas. Aquí. Alrededor de esta mesa.

    Fischer volvió a cogerla del brazo, pero Edith lo movió de modo que la mano del hombre quedó apoyada contra su pecho.

    —Aquí. Alrededor de esta mesa —repitió.
    —No sabe lo que dice —dijo Fischer, apartando la mano.
    —Sé perfectamente lo que digo, señor Fischer —respondió Edith, riendo entre dientes—. Señor B. F. Fischer.
    —Edith...

    Se puso tenso al ver que se acercaba a él y le rodeaba con sus brazos.

    —¿No le gusto ni un poquito? —preguntó—. Sé que no soy tan hermosa como Florence, pero yo...
    —Edith, es la casa. Le está haciendo...
    —La casa no está haciendo nada —interrumpió ella—. Lo estoy haciendo yo.

    Fischer intentó liberarse de sus brazos, pero ella lo abrazó con más fuerza.

    —¿Acaso usted también es impotente? —preguntó, bromeando.

    Fischer tiró con fuerza de sus brazos para que lo soltara y la apartó de su lado de un empujón.

    —¡Despierte! —gritó.
    —¡No me diga que despierte! —Sintió que la furia hervía en su interior—. ¡Despiértese usted, cabrón asexuado!

    Edith retrocedió y, cuando tropezó con la mesa, culebreó sobre ella y se quitó la falda de un tirón.

    —¿Qué pasa, hombrecito? —preguntó—. ¿Nunca ha estado con una mujer?

    Acercó las manos a su chaqueta y la abrió de golpe, arrancando los botones. Acto seguido, se desabrochó el cierre delantero del sujetador y, cuando sus pechos quedaron al descubierto, los sujetó entre sus paralíticos dedos.

    —¿Qué pasa, hombrecito? —gritó, levantando sus pechos con una expresión de furiosa ironía en la cara—. ¿No ha tocado nunca una teta? ¡Pruébela! ¡Está deliciosa!

    Se deslizó por la mesa y, en cuanto sus pies tocaron el suelo, avanzó hacia Fischer con los dedos hundidos en sus pechos.

    —Chúpemelos. —Su voz temblaba de cólera y tenía el rostro distorsionado por la furia—. ¡Chúpemelos, maricón, o buscaré una mujer que lo haga!

    Fischer movió la cabeza hacia un lado. Al seguir su mirada, Edith sintió que caía un enorme peso sobre ella.

    Lionel estaba en la entrada.

    Sintió que la engullía la oscuridad. Le fallaron las piernas y empezó a caer. Fischer corrió hacia ella para sujetarla.

    —¡No! —gritó Edith.

    Se giró hacia la izquierda y cayó sobre una estatua de mármol que se alzaba en su pedestal. Intentó sujetarse a ella. La fría piedra le presionaba los pechos y tuvo la sensación de que su rostro pétreo la miraba con lascivia. Edith gritó cuando la estatua cayó hacia atrás, liberándose de su agarre y rompiéndose en mil pedazos al estrellarse contra el suelo. La mujer aterrizó sobre sus rodillas y se desplomó. Sintió que la engullía la oscuridad.


    4:27 P.M.


    En algún lugar sonaba una música lenta, suave. Era un vals. Estaba bailando, deslizándose entre una especie de niebla. ¿Estaba en el salón de baile? No lo sabía con certeza. El rostro de su compañero era borroso, pero estaba segura de que era Daniel. Podía sentir su brazo alrededor de la cintura y su mano izquierda cerrada sobre su mano derecha. Era cálida. El aire olía a rosas. Un baile de verano. Estaba tocando una pequeña orquesta de cuerda. Florence bailaba con su pareja en lánguidos círculos.

    —¿Estás contenta? —preguntó él.
    —Sí —murmuró—. Mucho.

    ¿Se encontraba en un plato? ¿Era eso? ¿Estaba rodando una película? Intentó recordar, pero no pudo. ¿Cómo iba a ser una película? Todo era demasiado real: no había cámaras ni focos, no faltaba la cuarta pared ni veía al equipo ni al técnico de sonido por ninguna parte. No, estaba en un salón de baile de verdad. De nuevo, Florence intentó ver el rostro de su acompañante, pero sus ojos se negaron a enfocar.

    —¿Daniel? —murmuró.
    —¿Sí, querida?
    —Eres tú —dijo Florence.

    Entonces lo vio. Su rostro era severo, pero sumamente atractivo y gentil. Su brazo le rodeaba la cintura con firmeza.

    —Te quiero —dijo él.
    —Y yo a ti.
    —¿Nunca me abandonarás? ¿Siempre estarás a mi lado?
    —Si, querido. Siempre, siempre.

    Florence cerró los ojos. La música cada vez era más rápida y sintió que recorrían el salón de baile a gran velocidad. Oyó los crujidos de cientos de faldas. La estancia estaba llena a rebosar de bailarines, de amantes. Florence sonrió. Ella también amaba; amaba a Daniel. Se sentía segura entre sus brazos. Sus pies apenas tocaban el suelo; tenía la impresión de estar flotando.

    Sintió una brisa perfumada en el rostro y volvió a sonreír. Sin dejar de bailar, Daniel la había llevado hasta el amplio porche. El cielo, que estaba cubierto de estrellas, era como una tela de terciopelo negro rociada de fragmentos de diamante. No tenía que mirar para saber que estaban allí. La luna llena brillaba en plata, iluminando el jardín que se extendía a sus pies. No tenía que mirar; lo sabía. ¿Había estado bebiendo vino? Se sentía embriagada. No, era su espíritu el que estaba embriagado. Eran la felicidad, el amor y la música dulce que sonaba en la distancia, mientras seguía bailando el vals con su amado Daniel, girando y dando vueltas y dirigiéndose lentamente hacia...

    —¡No! —gritó.

    Florence jadeó, asustada. Sus sentidos estaban desbordados. Daniel, que se alzaba ante ella entre la niebla, estaba pálido y asustado, indicándole por señas que se detuviera. Un agua helada le entumecía los pies y los tobillos, y el gélido viento le erosionaba la cara. El olor a putrefacción invadió sus fosas nasales. Gritando, perdió el equilibrio y cayó. Tuvo la impresión de que algo se alejaba a toda velocidad, a su espalda. Florence se giró y alcanzó a ver, durante un instante, una figura muy alta y vestida de negro que se desvanecía entre la niebla.

    Se estremeció cuando el gélido aire se adentró en su piel. Estaba tumbada junto al pantano.

    Había ido hasta allí, sin darse cuenta.

    Aterrada, se levantó y empezó a correr hacia la casa. Tenía los zapatos mojados y los calcetines empapados. Temblando, recorrió a toda velocidad el camino de gravilla. El rostro ciego de la casa surgía amenazador entre la niebla. Sin detenerse, llegó al final del camino y subió los escalones. La puerta estaba abierta. Entró y, tras cerrarla de un portazo, apoyó la espalda contra ella.

    Estaba tiritando de frío y de miedo. No podía parar. Había estado a punto de meterse en el pantano. Se estremeció.

    Dio un respingo cuando se abrió la puerta de la cocina y apareció una figura en el pasillo. Era Fischer, con una copa en la mano. Al verla, se quedó parado durante unos instantes.

    —¿Qué ha sucedido? —preguntó, aproximándose a ella.
    —¿Eso es whisky?

    Fischer asintió.

    —¿Puedo beber un trago?

    Él le tendió la copa y Florence bebió, sofocándose cuando el alcohol le abrasó la garganta. Le devolvió el vaso.

    —¿Qué ha sucedido? —preguntó de nuevo.
    —Ha intentado matarme.
    —¿Quién?
    —Belasco —respondió, sujetándole con fuerza del brazo—. Lo he visto, Ben. Pude verlo cuando me abandonó junto al pantano.

    Le contó lo sucedido: que le había hecho creer que estaba bailando en el salón con Daniel mientras la llevaba hacia el pantano para ahogarla, y que su hijo le había avisado cuando estaba a punto de entrar en el agua.

    —¿Y cómo ha sido capaz de controlarla? —preguntó Fischer.
    —Supongo que estaba medio dormida. Me sentía cansada después de la sesión y de todo lo que ha sucedido hoy.

    Fischer parecía sentirse indispuesto.

    —Si ahora puede entrar en sus sueños...
    —No. —Movió la cabeza—. No volverá a hacerlo. Ahora estoy advertida, así que controlaré mi fuerza. —Se estremeció—. ¿Podríamos seguir hablando junto al fuego?

    Cuando se sentaron delante de la chimenea, Florence se quitó los zapatos y los calcetines y apoyó los pies sobre un taburete. El leño que acababan de echar al fuego crepitaba.