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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LOS HIJOS DE NUESTROS HIJOS (Clifford D. Simak)

    Publicado el domingo, diciembre 14, 2014

    1


    Sentado en una mecedora del jardín, con una lata de cerveza en la mano, Bentley Price — fotógrafo del Global News Service — contemplaba el filete que acababa de poner sobre la parrilla de la barbacoa cuando se abrió una puerta debajo del viejo roble blanco y la gente comenzó a salir.

    Hacía muchos años que nada sorprendía a Bentley Price. Amargas experiencias le habían acostumbrado a presenciar lo insólito y a no preocuparse por ello. Fotografiaba lo inaudito, lo fantástico, lo violento, luego daba media vuelta y se iba, a veces a toda prisa, pues la competencia de la AP y la UPI le acuciaba y un emprendedor reportero gráfico no podía dejar que la hierba creciera bajo sus pies. Aunque los directores de fotografía no eran, ciertamente, individuos temibles, en general convenía tenerlos contentos.

    Esta vez Bentley se sorprendió, pues lo que sucedía no era fácilmente concebible ni respondía a ninguna experiencia anterior. Permaneció inmóvil en la mecedora, sosteniendo rígidamente la lata de cerveza, y con la mirada vidriosa observó a la gente que salía por la puerta. Pero en ese momento vio que no era una puerta, sino un agujero negro cuyos bordes dentados temblaban, un poco más grande que una puerta común, pues de él salían en grupos de cuatro o cinco a la vez. Aunque vestían algo exóticamente, como si regresaran a casa después de un baile de máscaras — sólo que sin máscaras —, parecían gente normal. Si hubieran sido todos jóvenes, Bentley se habría figurado que pertenecían a una universidad, un centro juvenil o algo por el estilo, vestidos con los ropajes absurdos que usaban los universitarios; pero, aunque algunos eran jóvenes, había muchos que ya no lo eran.

    Uno de los primeros en salir al jardín fue un hombre bastante alto y delgado, grácil en su delgadez, que podría haber resultado desgarbado. Tenía una abundante y desordenada melena de color gris acero y su cuello parecía el de un pavo. Usaba una falda gris, corta, que le llegaba hasta sus rodillas huesudas; un mantón rojo le cubría un hombro y se sujetaba en la cintura mediante un cinturón que también mantenía en su sitio la falda. Bentley pensó que parecía un escocés, aunque la tela no era a cuadros.

    Le acompañaba una joven vestida con una vaporosa túnica blanca, sujeta por un cinturón, que llegaba hasta sus pies calzados con sandalias. Su brillante pelo negro, recogido en una coleta, llegaba hasta su cintura. Tenía un rostro hermoso, pensó Bentley, de un tipo de belleza no común, y lo poco que distinguía de su piel era tan blanco y diáfano como la túnica que llevaba.

    Ambos se acercaron a Bentley y se detuvieron frente a él.

    — Supongo — dijo el hombre — que usted es el amo de los lugares.

    Había algo raro en su modo de hablar. Arrastraba las palabras, aunque se le entendía perfectamente.

    — ¿Quiere decir si ésta es mi propiedad? — preguntó Bentley.
    — Tal vez — respondió el otro —. Quizá mi expresión no sea de esta época, pero creo que me ha entendido bien.
    — Seguro — afirmó Bentley —, pero, ¿qué me dice de esta época? ¿Significa que habla todos los días de un modo distinto?
    — En absoluto — aseguró el hombre —. Le ruego disculpe nuestra intromisión. Debe resultarle poco común. Haremos todo lo posible por no dañar su propiedad.
    — De acuerdo. Oiga, amigo — agregó Bentley —, no soy el propietario del lugar. Simplemente lo estoy cuidando en ausencia del dueño. ¿Le dirá a esa gente que no pisotee los macizos de flores? La señora de Joe se sentiría terriblemente apenada si encuentra las flores arruinadas cuando regrese. Son su más preciado tesoro.

    Mientras hablaban, la gente seguía saliendo por la puerta y ya ocupaban todo el lugar, invadían los jardines contiguos y los vecinos salían para averiguar qué ocurría.

    La muchacha dedicó a Bentley una amplia sonrisa.

    — Quédese tranquilo con respecto a las flores — dijo —. Son buenas personas, bien intencionadas y se comportarán con la mayor corrección.
    — Confían en su tolerancia — agregó el hombre —. Son refugiados.

    Bentley los observó atentamente. No parecían refugiados. En sus tiempos había fotografiado muchos en distintos lugares del mundo. Eran personas desaliñadas y por lo general arrastraban mucho equipaje, pero estos seres eran limpios y ordenados y transportaban muy pocas cosas, una pequeña maleta o una especie de maletín, semejante al que llevaba bajo el brazo el hombre que hablaba con él.

    — No parecen refugiados — señaló —. ¿Refugiados de qué?
    — Del futuro — respondió el hombre —. Suplicamos su indulgencia. Lo que estamos haciendo le aseguro que es cosa de vida o muerte.

    Estas palabras despabilaron a Bentley. Se dispuso a beber un trago de cerveza, pero cambió de idea y se agachó para dejar la lata sobre el césped. Se puso lentamente en pie.

    — Le aseguro que si esto es una especie de maniobra publicitaria, no pienso coger la cámara. No tomaría una sola foto para un truco publicitario, cualquiera que fuese.
    — ¿Truco publicitario? — preguntó el hombre; no cabía duda de que estaba sinceramente desconcertado —. Lo lamento, señor, pero no entiendo lo que dice.

    Bentley contempló atentamente la puerta. Aún salía gente en grupos de a cuatro o cinco y aquello parecía no tener fin. La puerta seguía allí, tal y como la había visto por primera vez: un manchón de oscuridad cuyos bordes ligeramente dentados vibraban, tapando una pequeña parte del jardín pero, detrás y más allá de ella, Bentley veía los árboles, los matorrales y el parque infantil montado en el patio trasero de la casa vecina.

    Llegó a la conclusión de que si se trataba de una maniobra publicitaria, era excelente. Muchos publicitarios debieron devanarse los sesos para imaginar algo así. ¿Cómo harían ese agujero dentado y de dónde venía tanta gente?

    — Venimos de quinientos años en el futuro. Huimos del fin de la raza humana. Solicitamos su ayuda y comprensión.

    Bentley lo miró fijamente.

    — Señor, usted no me engañaría, ¿verdad? — preguntó —. Si me hiciera picar, perdería mi trabajo.
    — Como es lógico, esperábamos encontrar una actitud incrédula. Comprendo que no tenemos ningún modo de demostrar nuestro origen. Le rogamos que crea lo que decimos.
    — Le diré una cosa — agregó Bentley —. Aceptaré la jugada. Tomaré algunas instantáneas, pero si descubro que es publicidad...
    — Supongo que está hablando de tomar fotografías.
    — Claro que sí — respondió Bentley —. La cámara es mi trabajo.
    — No vinimos para que nos tomaran fotografías. Si tiene escrúpulos al respecto, no se violente. No nos molestará lo más mínimo.
    — Conque no quiere que le tome fotos — comentó Bentley con énfasis —. Se parece a otras muchas personas. Se meten en un aprieto y luego protestan porque alguien les saca una foto.
    — No ponemos objeciones — aseguró el hombre —. Tome tantas fotos como quiera.
    — ¿No le molesta? — preguntó Bentley, confuso.
    — En absoluto.

    Bentley se volvió y anduvo hacia la puerta de servicio. Mientras lo hacía, distraídamente dio un puntapié al bote de cerveza, que salió volando, perdiendo líquido por el agujero.

    Sobre la mesa de la cocina había tres cámaras, que había estado revisando antes de salir a preparar la carne. Cogió una y estaba a punto de salir cuando se acordó de Molly. Quizá sería mejor informar a Molly de aquello, se dijo. El tipo había dicho que todos venían del futuro y, si era cierto, sería bueno que Molly estuviera en el asunto desde el principio. Naturalmente, no creía una sola palabra, pero era sumamente divertido, a pesar de lo que estaba sucediendo.

    Descolgó el teléfono de la cocina y marcó el número sin dejar de refunfuñar. Estaba perdiendo el tiempo, cuando debía dedicarse a tomar fotos. Tal vez Molly no estuviera en casa. Era domingo, hacía buen tiempo y no había motivos para suponer que la encontraría en casa.

    Molly respondió.

    — Molly, habla Bentley. ¿Sabes dónde estoy?
    — Estás en Virginia. Viviendo sin pagar alquiler en casa de Joe mientras él no está.
    — No es así. Cuido su casa. Edna tiene muchas flores...
    — ¡Bah! — se burló Molly.
    — Te llamo para preguntarte si puedes venir aquí.
    — No — repuso MolIy —. Si quieres pasar el rato conmigo, tendrás que sacarme tú.
    — No estoy tratando de pasar e! rato con nadie — protestó Bentley —. Hay gente saliendo de una puerta en el patio trasero. Afirman que vienen del futuro, de dentro de quinientos años.
    — Eso es imposible — afirmó Molly.
    — Pienso lo mismo. Pero, ¿de dónde vienen? Deben ser aproximadamente unos mil. Aunque no sean del futuro, hay materia para un reportaje. Será mejor que menees tu trasero hasta aquí y hables con alguno de ellos. Tu firma aparecerá en todos los matutinos.
    — Bentley, ¿es verdad?
    — Es verdad — respondió Bentley —. No estoy borracho ni te estoy engañando para que vengas aquí y...
    — De acuerdo — respondió —. Salgo ahora mismo. Será mejor que llames a la oficina. Esta semana Manning tuvo que hacer la guardia del domingo y no está muy contento, conque ten cuidado cuando le hables. Tal vez quiera enviar más gente ahí. Si no es una broma...
    — No es una broma — aseguró Bentley —. No estoy tan loco como para jugarme el empleo.
    — Hasta luego — dijo Molly.

    Colgó.

    Bentley había comenzado a marcar el número de la oficina cuando oyó abrir la cancela. Echó una ojeada y vio que había entrado el hombre alto.

    — Le ruego que me disculpe, pero ha surgido un problema de cierta urgencia — explicó el hombre alto —. Algunos niños necesitan usar el baño. ¿Sería demasiada molestia...?
    — Están ustedes en su casa — respondió Bentley, indicándole el baño con el pulgar —. Por si le interesa, hay otro en el primer piso.

    Manning respondió al sexto timbrazo.

    — Aquí tengo una noticia — le comunicó Bentley.
    — ¿Dónde es aquí?
    — En casa de Joe. Es donde estoy viviendo.
    — Pásamela.
    — No soy periodista — dijo Bentley —. No es cosa mía tener reportajes. Me limito a tomar fotos. Es algo importante, podría cometer errores y no me pagan para aguantar broncas.
    — De acuerdo — replicó Manning con desgana —. Buscaré a alguien y lo enviaré. Procura que valga la pena, pues es domingo y habrá que pagar horas extraordinarias.
    — Tengo mil personas en el patio de atrás, salidas de una puerta extraña. Dicen venir del futuro...
    — ¿Dicen venir de dónde? — gritó Manning.
    — Del futuro. De dentro de quinientos años.
    — Bentley, estás borracho...
    — Conmigo no discutas — respondió Bentley —. No voy a pelearme por eso. Ya te he dicho lo que hay. Haz lo que te dé la gana.

    Colgó y tomó una cámara.

    Una procesión de niños, acompañados por algunos adultos, entraban por la puerta de la cocina.

    — Señora — dijo a una de las mujeres —, hay otro en el primer piso. Será mejor que hagan dos colas.


    2


    Steve Wilson, secretario de Prensa de la Casa Blanca, se dirigía a su apartamento para pasar la tarde con su secretaria Judy Gray, cuando sonó el teléfono. Se volvió para descolgar.

    — Habla Manning — dijo la voz.
    — ¿Qué puedo hacer por ti, Tom?
    — ¿Tienes la radio encendida?
    — No, diantre. ¿Por qué habría de tener la radio encendida?
    — Pasa algo raro — agregó Manning —. Quizá conviene que lo sepas. Parece ser que fuimos invadidos.
    — ¡Invadidos!
    — No es lo que estás pensando. Es gente que sale de la nada y dice provenir del futuro.
    — Escucha, si esto es una broma...
    — Yo también lo pensé — dijo Manning —. Cuando Bentley llamó...
    — ¿Te refieres a Bentley Price, tu fotógrafo borracho?
    — El mismo — respondió Manning —, pero no está borracho. Esta vez no. Es demasiado temprano. Molly ya está allá y he enviado a otros. La AP también ha llegado y...
    — ¿Dónde ha ocurrido todo eso?
    — En este caso, al otro lado del río, cerca de Falls Church.
    — ¿Dijiste en este caso...?
    — Hay otros. También en Boston, Chicago, Minneapolis. La AP acababa de recibir un informe de Denver.
    — Gracias, Tom; te debo un favor.

    Colgó, cruzó la estancia y encendió una radio.

    — ...por lo que se sabe hasta ahora — decía el locutor —. Salvo que las personas salen de lo que un observador describió como un agujero en el paisaje. Salen en grupos de a cinco o de a seis. Como un ejército en marcha, uno tras otro, en corriente interminable. Les hablo desde Virginia, al otro lado del río. Recibimos noticias similares de Boston, Nueva York, Minneapolis, Chicago, Denver, Nueva Orleans, Los Angeles. Generalmente, no sucede en las ciudades sino en el campo, en las afueras de aquéllas. Aquí tenemos otro boletín. Esta vez, de Atlanta — hubo un estremecimiento en la voz monótona, que traicionó una emoción momentánea no profesional —. Nadie sabe quiénes son, de dónde vienen ni con qué medios llegan. Sencillamente, están aquí, entrando en nuestro mundo. Hay miles y cada vez llegan más. Podríamos decir que es una invasión, aunque no de carácter bélico. Vienen con las manos vacías. Son tranquilos y pacíficos. No molestan a nadie. Un reportaje no confirmado afirma que provienen del futuro, pero esto es imposible...

    Wilson bajó el volumen de la radio hasta un nivel mínimo, se dirigió al teléfono y marcó un número.

    La centralita de la Casa Blanca respondió.

    — ¿Eres tú, Della? Habla Steve. ¿Dónde está el Presidente?
    — Duerme la siesta.
    — ¿Podría encargarse alguien de despertarle? Dile que conecte la radio. Ahora salgo hacia allá.
    — Steve, ¿qué pasa? ¿Qué es...?

    Cortó la comunicación y marcó otro número. Judy respondió casi en seguida.

    — ¿Algo va mal, Steve? Estaba terminando de preparar la cesta para el picnic. No me digas que...
    — Querida, hoy no habrá picnic. Volvemos al trabajo.
    — ¡Un domingo!
    — ¿Por qué no? Tenemos problemas. Voy en seguida. Espérame en la calle.
    — Maldita sea — dijo —. Mi plan se va al diablo. Deseaba hacerlo contigo al aire libre, sobre la hierba, bajo los árboles.
    — Todo el día me torturaré pensando en lo que me he perdido — comentó Wilson.
    — De acuerdo, Steve — dijo —. Te espero fuera, en la esquina.

    Steve conectó la radio:

    — ...Huyendo del futuro. De algo que ocurrió en su futuro.

    Huyen hacia nosotros, a esta época determinada. Naturalmente, no existe el viaje a través del tiempo, pero ahí están todas esas personas y de algún sitio deben provenir...


    3


    Samuel J. Henderson se hallaba junto a la ventana contemplando los rosales, que estaban espléndidos bajo el sol estival.

    ¿Por qué diablos ocurrían las cosas en domingo, cuando cada uno andaba por su lado y resultaba tan difícil reunirlos?, se preguntó. China había estallado un domingo y también era domingo cuando se derrumbó Chile. Y ahora ocurría otra vez, sea lo que fuese.

    El intercomunicador zumbó; se alejó de la ventana, acercándose al escritorio, y accionó la palanca.

    — El secretario de Defensa al habla — dijo su secretaria.
    — Gracias, Kim — respondió.

    Descolgó el auricular.

    — Jim, habla Sam. ¿Se ha enterado?
    — Sí, señor Presidente. Hace unos minutos, por la radio. Sólo escuché una parte.
    — Yo también. Pero no parece que haya duda. Debemos hacer algo, pronto. Dominar la situación.
    — Lo sé. Tendremos que ocuparnos de ellos, alojarles, darles de comer.
    — Jim, eso debe hacerlo el ejército. Nadie más puede actuar con tanta rapidez. Debemos darles refugio y tenerlos juntos. No podemos permitir que se dispersen. Durante cierto tiempo, al menos, conviene tenerlos controlados. Hasta que sepamos lo que pasa.
    — Tendríamos que alarmar a la Guardia Nacional.
    — Quizá debamos hacerlo — agregó el Presidente —. Utilice todos los recursos. Tienen hangares inflables. ¿Qué hay del transporte y los alimentos?
    — Durante algunos días podremos apañarnos. Quizás una semana. Depende de cuántos sean. Pero pronto necesitaremos ayuda. La Seguridad Social, Agricultura, todo el que pueda colaborar. Necesitaremos mucho personal y víveres.
    — Habrá que ganar tiempo — dijo el Presidente —. Hasta averiguar con qué contamos. Tome las disposiciones del estado de emergencia hasta que podamos elaborar algún plan. No le importen demasiado los procedimientos. Tiene usted plenos poderes. Hablaré con los demás; quizá podamos reunirnos todos al final de la tarde o a primeras horas de la noche. Usted fue el primero en llamar. No tengo otras noticias.
    — ¿La CIA? ¿El FBI?
    — Supongo que estarán trabajando. Tampoco tengo noticias. Espero que enviarán un informe.
    — Señor Presidente, ¿tiene idea de...?
    — En absoluto. Le informaré cuando sepa algo. Cuando haya puesto en marcha la operación, llame otra vez. Le necesitaré, Jim.
    — Empiezo a moverme ahora mismo — respondió el secretario.
    — De acuerdo. Hasta luego.

    El intercomunicador zumbó.

    — Está aquí Steve — informó la secretaria del Presidente.
    — Hágale pasar.

    Steve Wilson entró, y Henderson le indicó una silla.

    — Siéntese, Steve. ¿Qué sabemos?
    — Se ha extendido, señor. Por todos los Estados Unidos y por Europa. En el Canadá. En algunos lugares de América del Sur, Rusia, Singapur, Manila. Todavía no hay ninguna noticia de China ni de África. Hasta ahora ignoramos la explicación. Es fantástico, señor, increíble. A uno le dan ganas de decir que es imposible. Pero está sucediendo ante nuestros ojos.

    El Presidente se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa—escritorio y empezó a juguetear con ellas.

    — He hablado con Sandburg. El ejército tendrá que refugiarlos, alimentarlos, ocuparse de ellos. ¿Hace buen tiempo?
    — No me he fijado — respondió Wilson —, pero, si recuerdo bien, el boletín de esta mañana indicaba que hacía buen tiempo en todas partes menos en el noroeste del Pacífico. Siempre llueve allí.
    — He intentado ponerme en comunicación con el secretario de Estado — explicó el Presidente —. Pero, diantre, no se le puede localizar. Williams está en Burning Tree. Dejé un mensaje y alguien habrá ido a buscarle. ¿Por qué todo tendrá que suceder siempre en domingo? Supongo que la Prensa ha comenzado a reunirse.
    — Se está llenando la sala. Dentro de una hora llamarán a la puerta. Tendré que dejarlos pasar, pero de momento puedo contenerlos. A las seis, como máximo, exigirán alguna declaración.
    — Dígales que estamos tratando de informarnos. Estamos estudiando la situación. Puede comunicar que las fuerzas armadas actúan con toda rapidez para ayudar a estas personas. Subraye lo de la ayuda. Nada de arrestos, sino ayuda. Quizá tengamos que llamar a la Guardia para que se encargue del asunto. Eso queda en manos de Jim.
    — Dentro de una o dos horas quizá sepamos mejor lo que está ocurriendo, señor.
    — Quizá. Steve, ¿se ha formado alguna idea sobre la cuestión?

    El secretario de Prensa meneó la cabeza.

    — Bien, ya lo averiguaremos. Espero recibir noticias de otras fuentes. Parece increíble que podamos estar aquí sentados sin saber nada.
    — Señor, probablemente tendrá que hablar a través de la televisión. El pueblo esperará que lo haga.
    — Supongo que sí.
    — Informaré a las emisoras.
    — Creo que será mejor hablar antes con Londres y Moscú. También con Pekín y París. Estamos juntos en esto y debemos actuar unidos. Cuando localicemos a Williams, él sabrá qué hacer. Creo que telefonearé a Hugh, de la ONU, para saber lo que piensa.
    — Señor, ¿qué parte transmito a la Prensa?
    — Supongo que lo de la televisión. Será mejor que se guarde lo demás por ahora. ¿Tiene idea de cuántos son?
    — La UPI hizo un cálculo. Doce mil por hora en cada puerta, pero pueden existir cerca de un centenar de puertas. El cómputo no ha llegado.
    — ¡Por Dios! — exclamó el Presidente —, un millón por hora. ¿Cómo se ocupará el mundo de ellos? Ya hay demasiadas personas. Hay penuria de alojamiento y de alimentos. ¿Por qué vienen aquí? Si fueran del futuro, conocerían los datos históricos. Sabrían que iban a crearnos problemas.
    — Debe existir algún motivo apremiante — apuntó el secretario —. Una especie de pánico. Seguramente saben que nuestra capacidad de albergarlos y mantenerlos es limitada. Debe ser cuestión de vida o muerte.
    — Los hijos de nuestros hijos — dijo el Presidente —, muchas generaciones después. Si realmente vienen del futuro, son nuestros descendientes. No podemos volverles la espalda.
    — Espero que todo el mundo opine del mismo modo — señaló Wilson —. Si siguen apareciendo, provocarán un problema económico y se crearán enemistades. Recuerde la brecha generacional actual. Piense cuánto más grande será ésta cuando estén implicadas no sólo dos, sino varias generaciones.
    — Las iglesias, si quieren, pueden ayudar bastante — dijo el Presidente —. De lo contrario podrían suscitar más problemas. En cuanto un evangelista dé algunos gritos desde el púlpito, ya la habremos fastidiado.

    Wilson sonrió.

    — ¿Se refiere a Billings, señor? Si no tiene inconveniente, podría llamarle. Nos conocemos de la universidad. Hablaré con él, aunque no sé si puede resultar útil.
    — Haga lo que pueda — repuso el Presidente —. Pídale que sea razonable. Si se niega a razonar, buscaremos algo que pueda influirle definitivamente. Lo que realmente me preocupa es la población que vive de la asistencia social. Tendremos que quitarles el pan para alimentar a todas estas bocas extras. Será difícil que lo comprendan. Quizá los sindicatos se asusten ante todo ese volumen de parados, pero hay en ellos personas inteligentes con quienes se puede negociar. Entienden de economía política y es posible hacerlos entrar en razón.

    Se encendió un piloto del intercomunicador. El Presidente accionó la palanca con el pulgar.

    — El secretario Williams al habla, señor

    Wilson se puso en pie para salir. El Presidente cogió el teléfono y miró a Wilson.

    — No se aleje mucho — rogó el Presidente.
    — Le tendré al corriente, señor — repuso Wilson.


    4


    Todos los pilotos del teléfono de Judy lanzaban destellos. Hablaba serenamente por el transmisor. El pincho de su escritorio estaba cargado de notas.

    Colgó cuando Wilson entró en la oficina. Las luces siguieron parpadeando.

    — La sala está repleta — informó —. Hay un mensaje urgente. Tom Manning tiene algo para ti. Dijo que era de suma importancia. ¿Le telefoneo?
    — Continúa — respondió Wilson —. Yo me pondré en contacto con él.

    Se sentó, acercó el teléfono y marcó.

    — Tom, habla Steve. Judy dijo que era importante.
    — Creo que lo es — repuso Manning —. Molly tiene a alguien. Parece una especie de líder del grupo de Virginia. No sé cuáles son sus credenciales, si es que las tiene. Pero la cuestión es que quiere hablar con el Presidente. Dice que puede dar explicaciones. De hecho, insiste en darlas.
    — ¿Ha hablado con Molly?
    — Un poco, pero nada importante. Eso lo reserva.
    — ¿Ha de ser forzosamente con el Presidente?
    — Eso dice. Se llama Maynard Gale. Está con su hija, Alice.
    — ¿Por qué no le pides a Molly que los traiga? Por la puerta de atrás, no por la principal. Daré aviso a los vigilantes y veré qué podemos hacer.
    — Hay algo más, Steve.
    — ¿De qué se trata?
    — El fulano es de Molly. Lo tiene escondido. Es su exclusiva.
    — No — dijo Wilson.
    — Sí — insistió Manning —. Quiere participar en esto. Ha de ser así. Maldita sea, Steve, es justo. No puedes pedirnos que compartamos esto. Bentley lo descubrió primero y Molly llegó después.
    — Lo que me pides me llevará a la ruina. Lo sabes tan bien como yo. Las demás agencias de Prensa, el «Times», el «Post», todos los demás...
    — Podrías anunciarlo — señaló Manning —. Obtendrías la información. Sólo queremos una entrevista exclusiva con Gale. Nos debes eso, Steve.
    — Estoy dispuesto a anunciar que Global lo trajo — respondió Wilson —. Los honores serán para vosotros.
    — ¿Y la entrevista en exclusiva?
    — Al fulano ya lo tenéis. Hacedle la entrevista. Hacedla y traedlo luego. Ese será vuestro privilegio. No es que me guste, Tom, pero no puedo impedirlo.
    — Pero no querrá hablar hasta que haya visto al Presidente, podrías entregárnoslo después de que haya hablado.
    — No podemos disponer así de él, al menos por ahora. No tenemos derecho a entregarlo a nadie. A propósito, ¿cómo sabes que es quien dice ser?
    — Naturalmente, no estoy seguro — respondió Manning —. Pero él sabe lo que está ocurriendo; es parte de ello. Conoce cosas que todos necesitamos saber. No te digo que compres el reportaje por adelantado. Podrías escuchar y decidirlo después.
    — No puedo prometer nada, Tom. Tú lo sabes. Me sorprende que me lo hayas pedido.
    — Piénsalo y llámame — concluyó Manning.
    — Un momento, Tom.
    — ¿Qué ocurre?
    — Me parece que podríais hallaros en una situación comprometida. Estáis reteniendo información de interés nacional.
    — No tenemos ninguna información.
    — Entonces, una fuente de información. Quizá deba intervenir la autoridad. Además, estáis reteniendo a un hombre contra su voluntad.
    — No le estamos reteniendo. Es él quien se aferra a nosotros. Cree que somos los únicos que podemos conducirle a la Casa Blanca.
    — Bueno, pues estáis coaccionándole. Os negáis a prestarle la ayuda que necesita. Y, aunque de esto no estoy seguro y es sólo una suposición, quizás estéis tratando con un embajador o algo parecido.
    — Steve, no puedes hacerme esto. Hemos sido amigos durante tanto tiempo...
    — Te diré una cosa, Tom: no quiero verme comprometido en esto. Amigos o no, sospecho que podría conseguir un mandamiento judicial en menos de una hora.
    — No te saldrás con la tuya.
    — Será mejor que hables con tu abogado. Esperaré tus noticias.

    Colgó de golpe el teléfono y se puso en pie.

    — ¿Qué ocurre? — preguntó Judy.
    — Tom ha intentado tomarme el pelo.
    — Estuviste bastante duro con él.
    — Maldita sea, Judy, tuve que hacerlo. Si hubiera cedido... no podía ceder. En este trabajo, no puedes hacer concesiones.
    — Steve, los de ahí fuera están perdiendo la paciencia.
    — De acuerdo. Hazlos pasar.

    Entraron en grupo, serena y ordenadamente, acudiendo a sus puestos acostumbrados. Judy cerró las puertas.

    — Steve, ¿tienes algo para nosotros? — preguntó el de la AP.
    — Nada oficial — respondió Wilson —. En realidad, nada de nada. Creo que todo cuanto puedo decir es que os avisaré cuando haya algo que decir. Hace menos de media hora, el Presidente sabía de esto tan poco como vosotros. Más adelante, cuando haya base para una declaración, la hará. Lo único que puedo asegurar es que las fuerzas armadas cumplirán con la tarea de refugiar y atender a las necesidades de estas personas. Es sólo como medida de emergencia. Luego se elaborará un plan más amplio, que quizás incluya a diversos organismos.
    — ¿Saben quiénes son nuestros visitantes? — preguntó el del «Washington Post».
    — Nada definido — repuso Wilson —. Ni quiénes son, de dónde vienen, ni por qué o cómo llegaron.
    — Entonces, ¿no cree eso de que vienen del futuro?
    — No he dicho tanto, John. Mantenemos un criterio abierto frente a lo que desconocemos. Sencillamente, no sabemos nada.
    — Señor Wilson — intervino el del «New York Times» —, ¿se ha establecido contacto con los visitantes para averiguar algo? ¿Se ha iniciado alguna conversación con esas personas?
    — De momento, no.
    — ¿Podemos deducir de su respuesta que tal conversación es inminente?
    — Por ahora, nada confirma esa deducción. Como es natural, el Gobierno quiere averiguar lo que ocurre. Pero los hechos comenzaron hace apenas una hora. No hemos tenido tiempo de hacer mucho. Creo que esto lo comprendéis.
    — Pero, ¿supone que habrá conversaciones?
    — Me limito a repetir que el Gobierno desea saber qué ocurre. Es posible que hablemos pronto con algunas personas. Ignoro si se ha iniciado alguna gestión pero creo que lo más lógico sería hablar con alguno de ellos. Creo que los miembros de la Prensa ya han hablado con algunos; tal vez hayáis logrado aventajarnos en eso.
    — Lo intentamos, pero ninguno habla demasiado — explicó el de la UPI —. Se diría que tienen órdenes de decir únicamente lo esencial. Afirman que vienen del futuro, de dentro de quinientos años, y piden perdón por la molestia pero explican que hacerlo era cuestión de vida o muerte. No es posible sacarles nada más. Steve, ¿hablará el Presidente a través de la televisión?
    — Tal vez sí. No puedo deciros cuándo. Os lo diré cuando se fije la hora.
    — Señor Wilson — preguntó el del «Times» —, ¿puede decirnos si el Presidente consultará a Moscú, Londres u otro gobierno?
    — Lo sabrá cuando él haya hablado con el secretario de Estado.
    — ¿Ha de hablar con el secretario de Estado?
    — Tal vez esté haciéndolo ahora mismo. Dadme una hora y quizá tenga algo para vosotros. Ahora sólo puedo aseguraros que os tendré al corriente cuando la situación se aclare.
    — Señor secretario de Prensa — dijo el de «Tribune» de Chicago —, supongo que el Gobierno habrá tenido presente que sumar dos millones y medio de personas por hora a la población mundial...
    — En esto me lleváis la delantera — interrumpió Wilson —. Mi última cifra era de algo más de un millón por hora.
    — En este momento hay aproximadamente doscientos túneles, puertas, o como quieran llamarlo — explicó el de «Tribune» —. Aunque no se multiplicasen más, ello significa que en menos de cuarenta y ocho horas habrán aparecido en la Tierra más de mil millones de personas. Mi pregunta es: ¿cómo podrá alimentar el mundo a toda esa población adicional?
    — El Gobierno tiene muy presente el problema — respondió Wilson al de «Tribune» —. ¿Responde eso a su pregunta?
    — En parte, señor. ¿Cómo piensan remediarlo?
    — Eso tendremos que consultarlo — dijo Wilson rígidamente.
    — ¿Significa que no quiere responder?
    — Significa que, por ahora, no puedo responder.
    — Mi pregunta será parecida — señaló el del «Times» de Los Angeles —. Teniendo en cuenta los avances de la ciencia y la tecnología en un mundo de dentro de quinientos años, ¿se ha tenido en consideración...?
    — No — interrumpió Wilson —. Todavía no.

    El representante del «Times» de Nueva York se puso en pie.

    — Señor Wilson — dijo —, creo que por ahora nos alejamos del asunto. Más tarde quizá le sea posible responder a preguntas sobre esta cuestión.
    — Eso espero, señor — repuso Wilson.

    Se puso en pie y contempló cómo regresaban al vestíbulo los representantes de la Prensa.


    5


    El ejército había tropezado con dificultades.

    El teniente Andrew Shelby telefoneó al comandante Marcel Burns.

    — Señor, no puedo mantener reunidas a estas personas — informó —. Se los llevan.
    — ¿De qué demonios habla, Andy? ¿Se los llevan?
    — Bueno, en realidad no es que se los lleven. Pero la gente les da cobijo. Hay veinte o más en una gran casa. Hablé con el propietario. «Oiga», le dije, «tengo órdenes de mantener unidas a estas personas. No puedo permitir que se dispersen. Debo reunirlos y trasladarlos a donde encuentren refugio y alimento». «Teniente», respondió el hombre, «no se preocupe de las personas que tengo aquí. Si lo que hace falta son alimentos y refugio, quédese tranquilo.

    Son mis invitados y les daré refugio y alimentos». Y no es el único. Eso fue sólo en una casa. También están en otras casas de esa calle. Todo el vecindario los ha alojado. Y aún hay más: la gente viene desde varios kilómetros a la redonda para recogerlos y llevárselos y atenderlos. Se están dispersando por toda la región y no puedo evitarlo.

    — ¿Todavía salen por esa puerta o como quiera llamarla?
    — Sí, señor, todavía salen. En ningún momento han cesado. Es como un gran desfile. Salen y se van. Intento mantenerlos reunidos, señor, pero se alejan, se dispersan, todo el vecindario los recoge y me resulta imposible seguirles el rastro.
    — ¿Ha evacuado a alguno?
    — Sí, señor, a los que consigo reunir.
    — ¿Qué clase de personas son?
    — Gente normal, señor, por lo que veo. No se diferencian de nosotros, aunque hablan con un acento extraño, y visten de un modo raro. Algunos con túnicas. Otros con calzones de ante. Otros con... diablos, llevan ropas de todas clases. Como si estuvieran en un baile de máscaras. Pero son amables y obedecen. No crean problemas. Pero son demasiados, más de los que puedo evacuar. Se dispersan, pero no es culpa suya. Es que la gente los invita a sus casas. Son amistosos y realmente amables, pero hay demasiados.

    El comandante suspiró:

    — Bien, continúe — dijo —. Haga lo que pueda.


    6


    Los pilotos de la centralita de Judy seguían lanzando destellos. En la sala se agolpaban los periodistas, impacientes. Wilson se acercó a la hilera de repiqueteantes teletipos.

    Global News transmitía su quinto boletín:

    WASHINGTON (GN): Durante la tarde millones de visitantes que aseguran provenir de dentro de quinientos años en el futuro han seguido llegando al mundo actual en una corriente interminable y a través de más de 200 «túneles del tiempo».
    En esferas oficiales no se confirma la explicación de que provienen del futuro, aunque ahora comienza a hallar cierta aceptación extraoficial, no tanto en Washington como en ciertas capitales del extranjero. No obstante, y después de asegurar que provienen del futuro, los refugiados ofrecen escasas explicaciones. De fuentes confidenciales se asegura que dentro de pocas horas habrá más información. Hasta el momento, dado lo confuso de la situación, nadie que pueda ser estimado como líder o portavoz ha surgido de entre las multitudes que salen de los túneles. Pero corren algunos rumores de que quizá este portavoz ha sido ya identificado y pronto comunicará un mensaje. La distribución de los túneles es mundial, lo cual ha sido confirmado desde todos los continentes.
    Un cálculo oficioso estima en unos dos millones por hora el número de personas que salen de los túneles. A este ritmo...


    — Steve — dijo Judy —, está al teléfono Tom Manning.

    Wilson regresó a su escritorio.

    — ¿Ya has conseguido el mandamiento judicial? — preguntó Manning.
    — Todavía no. He querido darte tiempo.
    — Bien, pídelo cuando quieras. Nuestro abogado dice que puedes hacerlo.
    — No creo que lo necesite.
    — En efecto, no será necesario. Molly está en camino con Gale y su hija. Llegará dentro de unos veinte minutos, aunque esto depende de la circulación, que empieza a ponerse difícil allí. Llegan muchos mirones y gran cantidad de camiones del ejército.
    — Tom, quiero aclarar algo — agregó Wilson —. Comprendo que debías hacerlo. Tenías que intentarlo.
    — Steve, hay más.
    — ¿De qué se trata, Tom?
    — Gale habló algo con Molly, no mucho. Le pidió que transmitiera una cosa que, según dijo, no podía esperar.
    — ¿Quieres decírmelo?
    — Pidió que apostáramos piezas de artillería delante de todos los túneles del tiempo. Con obuses de mucha potencia explosiva. Si algo sucede, hay que disparar directamente dentro del túnel. Sin hacer caso de la gente que pueda estar allí, y de ser necesario, seguir disparando.
    — ¿Dijo qué podría suceder?
    — No lo explicó. Simplemente dijo que ya nos daríamos cuenta, y que una explosión derrumbaría el túnel, lo destrozaría, lo destruiría. ¿Me crees?
    — Te creo.
    — No voy a difundirlo — agregó Manning —. No por ahora.

    Wilson colgó y utilizó el teléfono presidencial.

    — Kim — preguntó —, ¿cuándo puedo hablar?
    — Está hablando por teléfono ahora. Hay otras llamadas que esperan turno. Está reunido con algunas personas. ¿Es importante lo tuyo, Steve?
    — Es de la mayor importancia. Debo verle.
    — Ven. Te haré pasar tan pronto como pueda.
    — Judy — dijo Wilson —. Molly Kimball llegará por la puerta de atrás. Vendrá con dos refugiados.
    — Avisaré a Conserjería — respondió Judy —. Y a Seguridad. ¿Qué hacemos cuando lleguen?
    — Si no he regresado, que hablen con Kim.


    7


    Sandburg, secretario de Defensa, y Williams, secretario de Estado, estaban sentados en un canapé frente al escritorio presidencial. Reilly Douglas, ministro de Justicia, ocupaba una silla a un lado del escritorio. Saludaron con la cabeza a Wilson cuando éste entró en la sala.

    — Steve — dijo el Presidente —, supongo que le trae algo muy importante — era casi un reproche.
    — Eso creo, señor Presidente — respondió Wilson —. Molly Kimball ha acompañado hasta aquí a uno de los refugiados que dice ser portavoz, al menos del grupo de Virginia. Pensé que tal vez querría usted recibirle.
    — Siéntese, Steve — le invitó el Presidente —. ¿Qué sabe acerca de ese hombre? ¿Es realmente un portavoz acreditado?
    — Lo ignoro — repuso Wilson —. Imagino que traerá algunas credenciales.
    — De todos modos — intervino el secretario de Estado —, habremos de escuchar lo que tenga que decir. Sabe Dios que nadie ha sido capaz de explicarnos nada.

    Wilson tomó asiento al lado del ministro de Justicia.

    — El hombre envió un mensaje previo — explicó —. Pensó que era urgente. Nos pide que coloquemos piezas de artillería cargadas con munición altamente explosiva delante de las puertas, túneles del tiempo o como se llamen esos sitios por donde sale la gente.
    — Entonces, ¿hay algún peligro? — preguntó el secretario de Defensa.

    Wilson meneó la cabeza.

    — No lo sé. No dio más explicaciones. Sólo dijo que si algo ocurría en algún túnel debíamos disparar directamente un obús, aunque hubiera gente dentro. No hacer caso de las personas y disparar. Dijo que así se destruiría el túnel.
    — ¿Qué podría ocurrir? — inquirió Sandburg.
    — Tom Manning se limitó a transmitir el mensaje que le dio Molly. Dijo que el portavoz afirmó que ya nos daríamos cuenta. Me parece que se trata de una precaución. Él llegará dentro de pocos minutos y podrá explicárnoslo.
    — ¿Qué os parece? — preguntó el Presidente a los demás —. ¿Debemos recibir a este hombre?
    — Considero que sí — repuso Williams —. No hemos de pensar en el protocolo puesto que, dada la situación, ignoramos cuál pudiera ser el protocolo. Aunque no sea quien dice ser, quizá nos proporcione la información de que carecemos por ahora. No se trata de reconocerle como embajador o representante oficial de estas personas. Queda a nuestra discreción el aceptar o no sus explicaciones.

    Sandburg asintió seriamente.

    — Considero que debemos recibirle.
    — No me gusta el detalle de que lo traiga una agencia de Prensa — se opuso el ministro de Justicia —. No son gente imparcial. Algún redactor querrá sacar provecho de esta oportunidad.
    — Conozco a Tom Manning — aseguró Wilson —. Y también a Molly. No querrán explotarlo. Tal vez lo intentarían si le hubiera declarado algo a Molly, pero no quiso hablar con nadie. Afirmó que sólo hablaría ante el Presidente.
    — Así debe actuar un ciudadano responsable.
    — Por lo que se refiere a Manning y a Molly, supongo que sí — señaló Wilson —, aunque ellos no opinaron lo mismo, seguramente.
    — Al fin y al cabo — dijo el secretario de Estado —, la entrevista no tendrá carácter oficial salvo que lo decidamos así. No nos compromete nada de lo que él o nosotros digamos.
    — Me gustaría saber algo más sobre la eventual voladura de los túneles — agregó el secretario de Defensa —. Admito que me preocupa. Supongo que todo irá bien mientras sólo salgan de ellos seres humanos. Pero, ¿qué haríamos si saliese otra cosa?
    — Por ejemplo, ¿qué? — preguntó Douglas.
    — Lo ignoro — respondió Sandburg.
    — Reilly, ¿tiene algo serio que objetar? — preguntó el Presidente al ministro de Justicia.
    — No demasiado serio — dijo Douglas —. Simplemente ha sido la reacción de un abogado frente a una posible irregularidad.
    — Entonces, considero que debemos recibirle — concluyó el Presidente —. ¿Sabe cómo se llama?
    — Maynard Gale — contestó Wilson —. Le acompaña su hija. Alice.

    El Presidente asintió.

    — ¿Tenéis tiempo para tomar parte en la entrevista?

    Los hombres hicieron un gesto afirmativo.

    — Quédese usted, Steve — agregó el Presidente —. Usted ha sido el padre de la criatura.


    8


    La población había sufrido hambre, pero ya no: durante la noche había ocurrido un milagro. A poca distancia del pueblo, se abrió un agujero en lo alto del cielo, del que manó un caudal inagotable de trigo. El tonto de la pierna coja — lisiado de mente y cuerpo, libre como un pájaro — fue el primero en verlo mientras vagabundeaba por ahí. Desvelado, arrastraba su pierna en busca de algún desperdicio que robar y mascar, cuando contempló cómo caían los granos del cielo, a la luz de la luna. Se asustó y quiso huir, pero su hambre atroz se lo impidió. No sabía qué era, pero parecía algo nuevo, quizá comestible, y no pudo salir corriendo. Asustado, se arrastró hasta el rimero que se había formado. Se llenó la boca, mascó y se atragantó con el grano a medio masticar, ahogándose y tosiendo, pero volvió a llenarse la boca tan pronto como pudo volver a respirar. Su estómago, que no estaba acostumbrado a semejantes atracones, se sublevó: el tonto rodó sobre el montón y quedó tendido en el suelo, mientras vomitaba todavía débilmente.

    Allí le encontraron más tarde y lo quitaron de enmedio a puntapiés, porque ante aquel milagro — descubierto por un aldeano que había ido a hacer sus necesidades — no podían perder el tiempo con un tonto tullido que se había sumado al pueblo por su cuenta y no pertenecía al lugar.

    La población despertó en seguida. Acudieron con cestas y ollas para llevarse el trigo, pero sobraba para llenar todos los recipientes del pueblo. Los más decididos se reunieron para hacer planes. Cavaron pozos para almacenar el cereal, aunque no era modo de tratar aquella bendición, pensando sólo en esconderlo a la vista de los forasteros. Pero la tierra estaba tan seca y árida que el trigo no podía echarse a perder; por tanto lo tendrían enterrado hasta que se les ocurriese la manera de almacenarlo.

    Pero siguió cayendo trigo del cielo y el suelo era duro y quebradizo, difícil de cavar. No pudieron esconder la pila, que siguió creciendo más deprisa de lo que tardaban ellos en enterrarla.

    Por la mañana llegaron los soldados, echaron a los habitantes del pueblo y empezaron a llevarse el trigo en enormes camiones.

    El milagro no cesó; el trigo seguía cayendo del cielo, pero ahora ya no era preciso guardar el secreto: no pertenecía únicamente al pueblo, sino que beneficiaba a muchas personas más.


    9


    — Supongo que usted quiere saber exactamente quiénes somos y de dónde venimos — empezó Maynard Gale.

    — Puede ser un buen comienzo — admitió el Presidente.
    — Somos personas absolutamente normales y sencillas del año 2498, unos cinco siglos después de vuestra época — explicó Gale —. El lapso entre vosotros y nosotros es más o menos el mismo que entre los viajes de Cristóbal Colón y vuestra época actual. Viajamos a través de lo que vosotros llamáis, de modo hipotético, túneles del tiempo, aunque ese nombre es bastante exacto. Hemos viajado a través del tiempo, pero no intentaré explicaros cómo se hace. De hecho, aunque quisiera no podría. Sólo entiendo los principios generales, si es que los entiendo. Como mucho, sería capaz de daros la explicación totalmente insuficiente de un lego.
    — Es decir, que se trasladan a través del tiempo hasta la época actual — señaló el secretario de Estado —. ¿Puedo preguntarle cuántos son los que van a hacer ese viaje?
    — Si sale todo bien, señor Williams, espero que lo hagan todos.
    — ¿Quiere decir toda la población? ¿Se proponen dejar el mundo de 2498 vacío de seres humanos?
    — Es nuestro más ferviente deseo.
    — ¿Y cuántos son?
    — Más o menos dos mil millones. Como notarán, nuestra población es algo inferior a la de ustedes en su época actual; luego explicaré el porqué de esta...
    — Pero, ¿por qué? — interrumpió el ministro de Justicia —. ¿Por qué hicieron esto? Sin duda, saben que la economía mundial no puede sustentar a nuestra población y a la de ustedes. Aquí, en los Estados Unidos, y tal vez en algunos de los países más favorecidos del mundo, podríamos hacer frente a la situación, aunque durante un período limitado de tiempo. Como solución de emergencia, podemos refugiarlos y alimentarlos, aunque eso mermará nuestros recursos. Pero en otras regiones de la Tierra no podrían hacerlo ni durante una semana.
    — Lo sabemos — confesó Maynard Gale —. Hemos intentado tomar algunas medidas para aliviar la situación. Esperando que sirva de ayuda, hemos enviado a través del tiempo trigo y otros víveres a la India, a China y a algunas zonas africanas y sudamericanas. Sabemos que estas provisiones no serán suficientes. Y también comprendemos la dificultad causada a los habitantes de esta época. Deben creerme cuando digo que no tomamos a la ligera nuestra decisión.
    — Espero que no — comentó el Presidente con acritud.
    — Supongo que en su época habrán tenido en cuenta algunas hipótesis sobre la existencia de otros seres inteligentes en el universo y habrán llegado a la conclusión de que, efectivamente, existen — prosiguió Gale —. Esto conduce a la pregunta de por qué, si es así, ninguna de estas inteligencias nos ha buscado, por qué no hemos sido visitados. Naturalmente, una posible contestación señala que el espacio es muy extenso, que las distancias entre las estrellas son grandes y que nuestro sistema solar se halla alejado en uno de los brazos galácticos, lejos de la máxima densidad estelar del núcleo galáctico, que quizá sea donde apareció por primera vez la inteligencia. También puede ser objeto de hipótesis el tipo de personas, si así quieren llamarlas, que podrían visitarnos si quisieran hacerlo. A este respecto supongo que la opinión predominante, aunque no unánime, indicará que cuando una raza haya progresado hasta ser capaz de realizar viajes interestelares, también debe haber alcanzado un desarrollo social y ético superior, por lo que no sería una especie agresiva. Aunque esto pudiera ser cierto, hay que admitir la posibilidad de excepciones. Pues bien: nosotros, en nuestra época, hemos sido víctimas de una de esas excepciones.
    — Entonces ¿afirma usted — resumió Sandburg — que han sido visitados, y por lo visto las consecuencias son lamentables? ¿Por eso envió la advertencia sobre lo de las piezas de artillería?
    — ¿Todavía no lo han hecho? Por lo que dice, entiendo que...
    — No hemos tenido tiempo.
    — Le ruego que preste atención, señor. Hemos estudiado la probabilidad de que algunos lograsen atravesar nuestras defensas e invadir los túneles. Como es natural, tenemos recursos poderosos y hemos dejado órdenes estrictas, que serán cumplidas por hombres de confianza, de destruir todo túnel donde esto pudiera suceder; pero siempre hay una posibilidad de que algo falle.
    — Su advertencia no fue bastante explícita. ¿Cómo podíamos saber lo que...?
    — Lo notarían — respondió Gale —. No les cabría ninguna duda. Hagamos un cruce entre un oso gris y un tigre grande como un elefante. Dejemos que se mueva tan rápido que apenas pueda distinguirse. Démosle dientes, garras y una cola larga y pesada provista de púas venenosas. No es que se parezcan en nada a los osos y tigres, ni siquiera a los elefantes...
    — ¿Quiere decir que no tienen otra cosa sino garras y dientes...?
    — Usted está pensando en armas. Ellos no necesitan armas. Son increíblemente rápidos y fuertes. Les domina un irracional instinto sanguinario. Atacan con frecuencia. Se hacen despedazar, pero siguen llegando. Son capaces de cavar bajo las fortificaciones y echar abajo los más sólidos muros...
    — Es increíble — comentó el ministro de Justicia.
    — En efecto — admitió Gale —, pero digo la verdad. Los mantuvimos a raya durante cerca de veinte años, pero era fácil prever cómo terminaría todo. Lo intuimos pocos años después de que llegaran. Supimos que sólo teníamos una salvación: huir, y sólo podíamos refugiarnos en el pasado. Ya no podemos contenerlos. Créanme, caballeros: dentro de quinientos años la especie humana llegará a su fin.
    — Así pues, ¿no pueden seguirles a través del tiempo? — dijo el Presidente.
    — Si se refiere a si pueden adquirir nuestra técnica de los viajes a través del tiempo, estoy bastante seguro de que no. No llegan a tanto.
    — Hay un error muy serio en su relato — intervino el secretario de Estado —. Usted describe a esos invasores extraños como poco más que bestias feroces. Inteligentes, quizá, aunque meramente animales. Ahora bien, para que la inteligencia pueda realizar el nivel tecnológico necesario para construir lo que pudiéramos considerar como un vehículo espacial, se necesitan miembros manipuladores: manos, tentáculos, algo por el estilo.
    — Los poseen.
    — Pero usted dijo...
    — Lo siento — respondió Gale —. Es imposible decirlo todo a la vez. Poseen miembros provistos de garras; otros que terminan en algo parecido a manos, y también tentáculos manipuladores. Su proceso evolutivo es bastante extraño. A lo que parece, y por causas que ignoramos, durante su desarrollo evolutivo no reemplazaron una cosa por otra, como ha ocurrido en la evolución de los seres terrestres. Desarrollaron nuevos órganos y aptitudes, pero sin desprenderse de nada de lo que ya poseían. Lo conservaron todo. Aprovecharon todos los elementos evolutivos. Supongo que, si quisieran, podrían construir armas muy eficaces. A menudo nos hemos preguntado por qué no lo hacen. Nuestros psicólogos creen saber a qué se debe. Afirman que estos intrusos son una raza guerrera. Disfrutan con la matanza. Tal vez desarrollaron su capacidad de viajar por el espacio sólo para buscar nuevas víctimas. La matanza es una cuestión personal para ellos, una experiencia intensamente personal, como en otro tiempo lo fue la religión para la raza humana. Como es tan personal, debe hacerse personalmente, sin ayudas mecánicas. Deben hacerlo con las garras, los colmillos y la cola venenosa. Tal vez opinan sobre las ayudas mecánicas para asesinar igual que un espadachín profesional de hace siglos pudo opinar sobre las primeras armas de fuego: con desdén por un modo cobarde de luchar. Tal vez necesitan reafirmar permanentemente su virilidad o su bestialidad, o quizá su existencia independiente, y su único modo de hacerlo es mediante el asesinato cometido personalmente. Su dignidad, su consideración hacia los demás, la consideración de sus camaradas, podrían estar basadas en la calidad y la cantidad de sus asesinatos. Cuando la lucha termina se comen a sus víctimas, o tantas como pueden, pero, naturalmente, ignoramos si se trata de un modo de subsistencia o de actos rituales. De hecho sabemos muy poco de ellos. Como supondrán no nos podríamos poner en comunicación. Los hemos fotografiado y los hemos estudiado muertos, pero esto es poco para una comprensión de esos seres. No actúan en campañas. No parece que tengan un verdadero plan de batalla, ni una estrategia. Si lo tuvieran, nos habrían exterminado hace mucho tiempo.
    — Realizan incursiones por sorpresa y se retiran. No intentan ocupar los territorios invadidos, ni saquean. Por lo visto, su único objetivo es asesinar. A veces hemos pensado que, deliberadamente, evitan el exterminio, como si fuéramos un coto de caza, haciéndonos durar lo máximo posible para satisfacer su instinto sanguinario.

    Wilson contempló a la muchacha que acompañaba a Gale y notó en su rostro una expresión de terror.

    — Ha dicho veinte años — comentó Sandburg —. Contuvieron a estos seres durante veinte años.
    — Ahora lo hacemos mejor — continuó Gale —. Al menos, lo hacíamos mejor antes de irnos. Ahora tenemos armas. Al principio teníamos las manos vacías. La tierra no conocía garras ni armas desde unos cien años atrás. Entonces llegó la nave espacial. Nos habrían exterminado si hubieran hecho una guerra total pero, como ya expliqué, no fue así. Por eso pudimos construir algunas defensas. Fabricamos armas, algunas muy avanzadas, pero ni siquiera las armas con que cuentan ustedes serían suficientes. Quizá las armas nucleares, aunque ninguna sociedad en su sano juicio... — se interrumpió, algo incómodo, aguardó un instante y luego prosiguió —. Naturalmente matamos muchos, pero no sirvió de nada. Parecía haber tantos como siempre, si no más. Por lo que pudimos averiguar, sólo había desembarcado una expedición. Aunque numerosa, por fuerza debió ser limitada; la única interpretación posible sugiere que se trata de reproductores prolíficos y que alcanzan la madurez en un tiempo increíblemente corto. No parece preocuparles la muerte. Jamás huyen ni se ocultan. Una vez más, imagino que esto se debe a su código bélico. Nada tan glorioso como morir combatiendo. Y soportan muchas muertes. Maten a un centenar, dejen que uno se escape y esto hace algo más que igualar la partida. Supongo que vivíamos dominados por el miedo, como los viejos pioneros americanos cuando temían los ataques de los indios. Si nos hubiéramos quedado, habrían acabado por anularnos. Aun cuando fuese cierto que intentaban conservarnos, como quizás hicieron, al fin nos habrían exterminado lo mismo. Por eso estamos aquí. Creo que la raza humana no puede comprender a este tipo de seres. No conocemos nada con qué poder compararlos. La tradicional comadreja sedienta de sangre que atacaba los gallineros es una pálida imitación de lo que son ellos.
    — Teniendo en cuenta lo que acabamos de oír, quizá debamos hacer algo en seguida con respecto a esas piezas de artillería — señaló el Presidente.
    — Naturalmente, carecemos de pruebas materiales... — comenzó el ministro de Justicia.
    — Preferiría actuar aun a falta de pruebas rigurosas — dijo Sandburg —, antes que tropezar con uno de esos seres.

    El Presidente cogió el teléfono, y se dirigió al secretario de Defensa:

    — Puede usar este teléfono. Kim pasará la llamada.
    — Cuando Jim haya terminado — dijo el secretario de Estado —, tal vez utilice el teléfono. Convendría avisar a los demás gobiernos.


    10


    La señorita Emma Garside apagó la radio y guardó silencio, muy erguida en su silla, sorprendida por la brillantez de la idea que acababa de ocurrírsele. No era frecuente en ella (en realidad, nunca le había ocurrido antes) el sentirse de aquel modo pues, aunque era una mujer orgullosa, al mismo tiempo procuraba ser modesta en sus acciones y pensamientos. Ocultaba el motivo de su orgullo, y sólo en algunas ocasiones lo comentaba de modo muy confidencial con la señorita Clarabelle Smythe, su amiga más íntima. Aquel orgullo que se reservaba para sí misma era su consuelo, aunque algo conturbado cuando se acordaba del indiscutible cuatrero, y del otro hombre que fue ahorcado por un delito bastante vil. Nunca había revelado esas dos inquietudes a su buena amiga Clarabelle.

    Aquella tarde de domingo el sol entraba por las ventanas que daban al oeste, y caía sobre la gastada alfombra donde dormía aovillado el viejo gato. En el jardín, en la parte trasera de la sucia casa de aquella sucia calle, el tordo cantaba descaradamente — tal vez meditaba una nueva incursión por su huerto de frambuesas —, pero no le prestó atención.

    Había costado mucho dinero, pensó, mucho trabajo, algunas cartas y algunos viajes, pero había valido la pena. Pues ninguna otra persona de la aldea podía remontarse en su árbol genealógico tan lejos como ella: hasta la revolución y más lejos aún, a los días de los ingleses y las pequeñas aldeas inglesas que yacían profundamente sumergidas en el tiempo. Y pese a lo del cuatrero, lo del ahorcado y otros antepasados de carácter algo dudoso y de linaje no distinguido, predominaban los hidalgos provincianos y los tenaces hacendados, incluso con un lejano asomo de castillo antiguo. Aunque, honradamente, nunca pudo demostrar que lo del castillo fuese auténtico.

    ¡Y ahora, pensó, ahora...! Había llevado la investigación sobre su familia hasta donde la ingeniosidad humana y los archivos se lo permitieron. ¿Sería capaz ahora, tendría valor para hacerlo en la dirección opuesta... hacia el futuro? Conocía a todos sus antepasados, y ahora tenía la oportunidad de conocer a sus descendientes. Si aquellas personas eran realmente lo que la radio daba a entender que podían ser, la empresa indudablemente era realizable. Pero, al no existir archivos, se habría de investigar por medio de entrevistas personales. Era preciso localizar a los oriundos de la región de Nueva Inglaterra, hacerles preguntas y quizás hablar con muchas personas antes de hallar una pista. Querida, ¿tiene usted algún Garside, Lambert o Lawrence en su árbol genealógico? Bien, si lo cree pero no lo sabe con certeza, ¿conoce a alguien que pueda asegurarlo? Oh, sí, querida, por supuesto que es muy importante. No sabría encarecerle lo importante que es.

    Permaneció inmóvil en la silla, mientras el gato dormía y el tordo cantaba, entregada al extraño sentimiento familiar que había sido la razón de su vida durante tantos años y que, con las nuevas perspectivas, podría servirle de aliciente durante muchos más.


    11


    — Así pues — dijo el Presidente, reclinándose en su sillón —, la Tierra, dentro de quinientos años, será agredida por seres llegados del espacio. A los habitantes de esa época les resulta imposible hacerles frente, y el único recurso con que cuentan estriba en refugiarse en el pasado. ¿Es un resumen correcto de lo que ha explicado?

    Gale asintió.

    — Sí, señor; me parece que sí.
    — Pero ahora que está usted aquí... y que muchos de los suyos están aquí y cada vez llegan más, ¿qué sucederá ahora? ¿Acaso no pudieron prever lo que iba a ocurrir?
    — Tenemos proyectos, pero necesitaremos alguna ayuda — respondió Gale.
    — Me gustaría saber por qué regresaron a nosotros — intervino el ministro de Justicia —. ¿Por qué a esta época, precisamente?
    — Porque ustedes tienen la tecnología y los recursos que necesitamos — respondió Gale —. Hicimos un exhaustivo análisis histórico y esta fecha en particular, con un error de diez años por exceso o por defecto, era la que parecía más adecuada a nuestros propósitos.
    — ¿A qué tipo de tecnología se refiere?
    — A una tecnología capaz de fabricar otras máquinas del tiempo. Tenemos los planos, las condiciones y la mano de obra. Necesitaremos sus materiales y su paciencia...
    — ¿Más máquinas del tiempo? ¿Por qué?
    — No nos proponemos quedarnos aquí — explicó Gale —. Sería injusto. Provocaría una tensión demasiado fuerte sobre la economía. De hecho, ya ha ocurrido. Pero tampoco podíamos quedarnos en el futuro. Comprendan que debíamos partir.
    — ¿A dónde irán? — inquirió el Presidente.
    — Muy atrás en el tiempo — repuso Gale —. Hasta mediados del mioceno.
    — ¿El mioceno?
    — Una era geológica. Comenzó aproximadamente hace veinticinco millones de años y duró alrededor de doce millones.
    — ¿Por qué al mioceno? ¿Por qué veinticinco millones de años? ¿Por qué no diez, o cincuenta, o cien millones?
    — Por diversos motivos — dijo Gale —. Lo hemos estudiado muy a fondo. En primer lugar, yo diría que el motivo principal es que la hierba apareció en el mioceno. Los paleontólogos creen que la hierba apareció a comienzos de esa era. Basan esta hipótesis en el desarrollo de molares anchos en los animales de ese período. La hierba contiene minerales abrasivos y desgasta los dientes. El desarrollo de unos molares anchos y que crecieran durante toda la vida del animal sería una solución a esto. Es el tipo de dientes adecuado para criaturas que se alimenten sólo de hierbas. También hay indicios de que, durante el mioceno, el clima se hizo más duro y las grandes selvas fueron reemplazadas por extensas praderas donde pastaban inmensos rebaños de animales herbívoros. Según los paleontólogos, eso se produjo a comienzos del mioceno, hace veinticinco millones de años, pero nosotros hemos establecido la meta de nuestro viaje unos veinte millones de años atrás, por si los paleontólogos hubiesen cometido algún error, aunque no lo creemos.
    — Si iban allí, ¿por qué se detienen aquí? — inquirió el ministro de Justicia —. Supongo que sus túneles del tiempo, los que han empleado para llegar hasta nosotros, podían transportarles más lejos.
    — Es verdad, señor, pero llevábamos prisa. Nuestro primer movimiento debía realizarse con la mayor rapidez.
    — ¿Qué tiene que ver la prisa en todo esto?
    — No podíamos ir al mioceno sin utensilios ni herramientas, sin provisiones de semillas ni animales para la agricultura. Naturalmente, teníamos de todo eso en nuestra época, pero se habría tardado semanas en reunirlo y transportarlo hasta las bocas de los túneles, cuya capacidad no es ilimitada, por otra parte. Cualquier utensilio, saco de semillas o cabeza de ganado habría supuesto la correspondiente demora en el traslado de los habitantes. Si hubiéramos tenido tiempo y no nos hubieran perseguido los extraterrestres, lo habríamos hecho así, yendo directamente al mioceno. Pero no pudimos organizarnos; los monstruos habrían averiguado lo que ocurría y atacarían las bocas de los túneles cuando descubrieran para qué servían. Por eso debíamos actuar con suma rapidez, para salvar el máximo de personas. Por eso llegamos con las manos vacías.
    — ¿Y espera que nosotros les suministremos todas las cosas que necesitan?
    — Reilly, me parece que se está mostrando muy poco generoso — comentó el Presidente con calma —. Nosotros no buscamos ni esperábamos esta situación, pero es un hecho y debemos resolverla del modo más razonable y humanitario. Como nación, hemos ayudado y seguimos ayudando a otros pueblos menos favorecidos. Naturalmente, lo hacemos por política, pero también por la antigua costumbre norteamericana de tender una mano a quien necesite ayuda. Supongo que las personas que salen de los túneles situados en nuestro territorio son americanos auténticos, personas como nosotros, descendientes nuestros, y me parece que no debemos negarnos a hacer por ellos lo que hemos hecho por otros.
    — Suponiendo que todo esto sea verdad — señaló el ministro de Justicia
    — Eso tendremos que decidirlo — admitió el Presidente —. Supongo que el señor Gale no espera que aceptemos sus explicaciones sin una investigación más detenida cuando nos sea posible. Señor Gale, hay algo que me preocupa sobremanera. Usted dice que piensan regresar a la época en que apareció la hierba. ¿Piensan lanzarse a ciegas? ¿Qué sucedería si, cuando llegan, descubren que los paleontólogos estaban equivocados con respecto a la hierba, o ignoraban otros factores que podrían dificultar el establecimiento de ustedes allí?
    — Aquí vinimos a ciegas — respondió Gale —, pero era distinto. Contábamos con pruebas históricas bastante buenas. Sabíamos lo que íbamos a encontrar. En cambio, no se puede estar seguro cuando se trata de millones de años. Pero creemos tener datos bastante aproximados. Nuestros físicos y otros científicos han inventado, al menos teóricamente, un medio de comunicación a través de un túnel del tiempo. Esperamos enviar un grupo de exploradores para que nos envíen un informe. Todavía no he explicado que, por ahora, no podemos viajar en el tiempo sino en una sola dirección. Podemos ir al pasado; no podemos movernos hacia el futuro. De modo que, si enviamos exploradores y éstos encuentran que la situación es insostenible, no tendrán más remedio que permanecer allí. Nuestro gran temor sería tener que readaptar la finalidad de los túneles y enviar varias avanzadas para abandonarlas después. Como es natural, esperamos que no sea necesario, pero la posibilidad existe y, si no hay otro remedio, se hará. Señores, nuestro pueblo está totalmente preparado para hacer frente a esta situación. En nuestra época quedan hombres que vigilan las bocas de los túneles sin esperanzas de poder viajar a través de ellos. Saben que llegará el momento de destruir todos los túneles, y que ellos y todos los que no hayan pasado quedan condenados a muerte en ese momento. No digo esto para moverles a compasión, sino para convencerles de que estamos dispuestos a correr todos los peligros que sean necesarios. Naturalmente, agradeceremos la ayuda que puedan prestarnos.
    — Aunque simpatizo con ustedes — intervino el secretario de Estado — y estoy dispuesto, salvo cierto escepticismo natural, a creer lo que nos ha dicho, algunas consecuencias que se desprenden de sus palabras me preocupan seriamente... Lo que ocurre ahora mismo tendrá que pasar a la historia a su debido tiempo. Parece razonable suponer que será parte de la historia que habrá de conocerse en el futuro. De modo que, antes de comenzar ustedes debían saber cómo salió todo. Debían saberlo.
    — No — negó Gale —, no lo sabíamos. No formaba parte de nuestra historia. Aunque les parezca extraño, todavía no había sucedido...
    — Pero si está sucediendo — interrumpió Sandburg —, para ustedes debió suceder.
    — Han abordado un tema que yo no comprendo — contestó Gale —, el de los conceptos filosóficos y físicos, cuyas extrañas relaciones, por lo que a mí se refiere, son incomprensibles. Nuestros científicos dedicaron mucho tiempo a estudiarlos. Al principio nos preguntábamos si teníamos derecho a modificar la historia, a regresar al pasado e introducir factores que modificarían los acontecimientos. Nos preguntamos qué efectos tendría esta modificación de la historia y qué sucedería con la historia ya existente. Pero aseguran que no ejercerá efecto alguno sobre la historia que ya existe. Sé que todo esto debe parecerles imposible y reconozco que ni yo mismo lo comprendo en todos los aspectos. Cuando nuestros antepasados avanzaban hacia el futuro, la raza humana recorrió este camino y lo que está sucediendo ahora no aconteció entonces. De modo que la raza humana avanzó hacia nuestro futuro y llegaron los extraterrestres. Ahora regresamos para huir de los extraños y está sucediendo esto; la historia queda modificada y a partir de este momento nada será igual. La historia ha sido alterada, pero no por la nuestra, la que condujo al momento que abandonamos. Es la historia de ustedes la que ha sido alterada. Nuestra acción les conduce a otra senda del tiempo. No podemos saber si los intrusos atacarán también en esta otra senda del tiempo, si bien los indicios señalan que ellos...
    — Todo esto es absurdo — comentó Douglas, lacónico.
    — Créanme — pidió Gale —, no son tonterías. Los hombres que lo resolvieron eran sabios prestigiosos y reconocidos.
    — No podemos decidir esto ahora — dijo el Presidente —. Puesto que ya está hecho, podemos aplazarlo un día más. Al fin y al cabo, lo hecho, hecho está y debemos aceptarlo. Hay otra cosa que me desconcierta.
    — Por favor, dígalo, señor — pidió Gale.
    — ¿Por qué regresar veinte millones de años? ¿Por qué tan lejos?
    — Deseamos ir lejos para que nuestra irrupción en ese período terrestre no influya en la evolución de la humanidad. Probablemente no permaneceremos mucho tiempo aquí. Nuestros historiadores afirman que el hombre, con el estado actual de nuestra tecnología, no puede subsistir más de un millón de años en la Tierra, quizá mucho menos. En un millón de años, o en un plazo muy inferior, todos habremos desaparecido de la Tierra. En nuestra propia época estábamos a pocos siglos de poder construir naves espaciales, si no nos hubiéramos visto amenazados. En pocos miles de años habríamos perfeccionado los medios para viajar por el espacio y probablemente habríamos abandonado la Tierra. Cuando el hombre esté en condiciones de abandonar la Tierra, probablemente lo hará. Denos un millón de años y, sin duda, ya no estaremos allí.
    — Pero ustedes dejarán huellas allá — señaló Williams —. Consumirán los recursos naturales. Extraerán carbón y hierro, petróleo y gas. Harán...
    — Muy poco hierro; tan poco que no se notará. Dado lo poco que teníamos en nuestra época, hemos aprendido a ser muy frugales. Y no usamos combustibles fósiles.
    — Necesitarán algún tipo de energía.
    — Tenemos la energía de fusión atómica — señaló Gale —. Nuestra economía les resultaría muy sorprendente. Ahora fabricamos cosas duraderas. No para diez o veinte años, sino para siglos. La obsolescencia ya no es un factor de nuestra economía. Por tanto, la producción del año 2498 no llega ni al uno por ciento de lo que hoy fabrican ustedes.
    — Eso es imposible — exclamó Sandburg.
    — Tal vez, según los métodos actuales — admitió Gale —. Pero no según los nuestros. Tuvimos que reformar nuestro estilo de vida. No nos quedaba otra alternativa. El expolio de los recursos naturales durante los pasados siglos nos condujo a la pobreza. Teníamos que arreglarnos con lo que nos quedaba, e inventamos la manera de hacerlo.
    — Si es verdad que el hombre permanecerá en la Tierra menos de un millón de años — dijo el Presidente —, no comprendo por qué tienen que retroceder veinte millones de años. Podrían viajar sólo cinco y ya estaría bien.

    Gale meneó la cabeza.

    — Entonces quedaríamos demasiado cerca de los precursores de la humanidad. Es verdad que el hombre, tal como lo conocemos, apareció hace menos de dos millones de años, pero los primeros primates aparecieron hace aproximadamente setenta millones de años. Naturalmente, seremos unos intrusos para los primeros primates, aunque confiamos en no perjudicarles, y de todos modos no podemos retroceder más, pues ello nos situaría en la época de los dinosaurios, período nada favorable. No sólo por los dinosaurios, sino por otras razones. El período crítico para la humanidad, o sea la aparición de los antepasados del australopiteco, no pudo ocurrir hace menos de quince millones de años. No estamos muy seguros de estas cifras. Casi todos nuestros antropólogos creen que si regresáramos tan sólo diez millones de años, probablemente sería suficiente. Pero queremos estar seguros. Y nada impide que nos internemos más profundamente en el tiempo. De ahí los veinte millones. Y también hay otra razón. Queremos dejarles un hueco suficiente.

    Douglas se puso de pie de un salto.

    — ¿A nosotros? — chilló.

    El Presidente alzó la mano para imponer silencio.

    — Espere, Reilly. Escuchemos hasta el final.
    — Creemos que no sería mala idea. Piensen en esto: dentro de quinientos años se produce la invasión del espacio exterior. Aunque, como los hemos colocado en otra senda del tiempo, tal vez no ocurrirá, nuestros sabios creen, están casi seguros de que sí. ¿Por qué habrían de continuar hasta tropezar con ese problema? ¿Por qué no regresar con nosotros? Tienen un plazo de quinientos años. Podrían aprovecharlo. Podrían regresar, no con prisas como nosotros, sino tomándolo con calma. ¿Por qué no evacuar la Tierra y retornar a un nuevo principio? Sería un nuevo comienzo para la raza humana. Nuevas tierras que explotar...
    — ¡Es una locura! — gritó Douglas —. Si nosotros, sus antepasados, nos fuéramos, ustedes no estarían allí para comenzar y...
    — Olvida lo que ha dicho sobre una senda de tiempo distinta — señaló Williams.

    Douglas se sentó.

    — Me lavo las manos — concluyó —. No quiero tener nada que ver con esto.
    — No podemos regresar con ustedes — dijo Sandburg —. Somos demasiados y...
    — Con nosotros, no. Como nosotros. Juntos seríamos demasiados. Hoy por hoy, ustedes ya son demasiados. Ahora tienen la oportunidad de reducir la población a cantidades más razonables, si lo desean. Nosotros retornaremos veinte millones de años. La mitad de ustedes podría hacerlo a diecinueve millones; la otra mitad, a dieciocho. Cada grupo estaría separado por un millón de años. No nos molestaríamos unos a otros.
    — Hay un inconveniente — señaló Williams —. No seríamos como ustedes. Causaríamos un efecto desastroso sobre la humanidad. Agotaríamos el carbón, el hierro...
    — No — interrumpió Gale —, si tuvieran nuestra filosofía, nuestra ciencia, nuestra tecnología...
    — ¿Ustedes nos darían todo eso? La energía de fusión...
    — Si regresaran, tendríamos que hacerlo — respondió Gale.

    El Presidente se puso en pie y dijo:

    — Considero que por ahora es suficiente. Hay mucho que hacer. Señor Gale, agradecemos su visita y la de su hermosa hija. Me gustaría saber si tendremos el privilegio de volver a conversar con usted.
    — Sin duda — afirmó Gale —. Será un placer. Deberían hablar con otros hombres y mujeres que saben mucho más que yo sobre muchos aspectos que les conviene conocer.
    — ¿Les gustaría ser mis huéspedes? — preguntó el Presidente —. Me alegraría hospedarlos.

    Alice Gale habló por primera vez. Palmoteó encantada:

    — ¿Quiere decir aquí, en la Casa Blanca?

    El Presidente sonrió.

    — Sí, querida, en la Casa Blanca. Nos alegraría hospedarla.
    — Debe disculparla — intervino su padre —. Sucede que la Casa Blanca es una de sus aficiones personales. Se ha dedicado a ella; lo ha leído todo sobre la Casa Blanca. Su historia, su arquitectura, todo.
    — Eso es un gran cumplido para nosotros — concluyó el Presidente.


    12


    La gente continuaba saliendo por la puerta. La policía militar los hacía circular a derecha o izquierda — a fin de despejar la boca del túnel para los que empujaban desde atrás, avanzando en filas apretadas — y contenía a las multitudes de curiosos que se agolpaban en torno. Una voz estridente daba órdenes y cuando callaba podía oírse el débil rumor de una radio que alguien había dejado encendida en uno de los centenares de coches aparcados en la calle, algunos en doble fila y otros — con olímpico desprecio a los derechos de la propiedad ajena — estacionados en los jardines. Camiones militares y autocares recorrían la calle, se detenían para cargar una salida de refugiados y luego se alejaban con estrépito. Pero las personas salían del túnel más aprisa de lo que se tardaba en evacuarlas, y la multitud se hacía cada vez más numerosa y embotellaba las calles.

    El teniente Andrew Shelby telefoneó al comandante Marcel Burns:

    — Apenas podemos hacer nada, señor. ¡Cristo, nunca vi tanta gente! Sería más fácil si pudiéramos alejar a los mirones; hacemos lo que podemos pero no quieren irse y aquí faltan refuerzos para un trabajo de este tipo. Hemos cortado todo el tráfico civil del sector y ordenado por radio a la gente que no se acerque, pero no hacen caso y los accesos están embotellados. No quiero pensar lo que pasará cuando se haga de noche. ¿Dónde están los técnicos que debían instalar los reflectores?
    — Están en camino — respondió Burns —. No abandone su puesto, Andy, y haga lo que pueda. Es preciso evacuar a esa gente de allí.
    — Necesito más camiones — informó el teniente.
    — Se los enviaré cuando pueda — replicó el comandante. Y otra cosa: le envío una patrulla armada.
    — No necesitamos armas. ¿Para qué las queremos?
    — Lo ignoro — repuso el comandante —. Son órdenes; nadie me ha explicado a qué van.


    13


    — No me diga que se ha tragado ese cuento — protestó Douglas —. Es demasiado descabellado. Parece algo salido de un relato de ciencia ficción. Le aseguro que nos ha tomado el pelo.

    Serenamente, Williams dijo:

    — Entonces, ¿tampoco es verdad que sale gente de los túneles del tiempo? Debe haber alguna explicación. Quizá Gale sea un poco fantasioso, pero su relato no es del todo absurdo. Admito que me cuesta un poco...
    — Y sus credenciales... — objetó el ministro de Justicia — , o mejor dicho, su documentación: «ombudsman» de la comunidad de Washington. Una especie de asistencia social; ni siquiera es empleado de un Gobierno...
    — Quizá no tengan un Gobierno de verdad — señaló Williams —. Comprenda que dentro de cinco siglos las cosas habrán cambiado.
    — ¿Qué opina, Steve? — intervino el Presidente —. Usted lo trajo.
    — Una pérdida de tiempo — terció Douglas.
    — Si quiere que me haga responsable de esa historia, naturalmente, me abstengo — respondió Wilson.
    — ¿Qué dijo Molly? — inquirió Sandburg.
    — En realidad, nada. Simplemente me lo entregó. Estoy seguro de que él no quiso franquearse con ella, pero se dejó sonsacar una descripción del mundo del que provienen. A Molly le pareció convincente.
    — ¿Global News intentó asegurarse la exclusiva? — preguntó Douglas.
    — Claro que sí. Cualquier agencia de noticias o cualquier periodista que valga el pan que come habría hecho lo mismo; lo contrario sería una negligencia inexcusable. Pero Manning no presionó demasiado. Sabía tan bien como yo que...
    — ¿No llegó a un acuerdo? — inquirió Douglas.
    — Usted ya sabe que no — respondió el Presidente.
    — Lo que necesito ahora — intervino Wilson —, es saber qué debo decirle a la Prensa.
    — Nada — dijo Douglas —. Absolutamente nada.
    — Saben que he estado aquí. Saben que se prepara algo. No se conformarán así por las buenas.
    — No es preciso que se enteren.
    — Claro que sí — aseguró Wilson —. No se puede tratar a la Prensa como a un enemigo. Ellos cumplen una función definida. El pueblo tiene derecho a saber lo que ocurre. La Prensa suele colaborar con nosotros y lo hará esta vez, pero no podemos ignorarla. Debemos darles algo y más vale que sea la verdad.
    — Podríamos decirles que según nuestras informaciones esta gente podría ser, como dicen, del futuro, pero que necesitamos tiempo para comprobarlo — propuso Williams —. De momento, no podemos decir más; necesitamos estudiar la cuestión.
    — Querrán saber a qué vienen — agregó Sandburg —. Steve debe tener preparada alguna respuesta. No podemos enviarlo con las manos vacías. Además, pronto sabrán que hemos emplazado armas delante de los túneles.
    — Sería el pánico si supieran por qué se hizo — dijo Williams —. O cundiría una protesta mundial si creyeran que recurrimos a las armas para clausurar los túneles.
    — ¿Por qué no nos limitamos a decir que los habitantes del futuro temen una gran catástrofe y huyen para salvar el pellejo? — propuso el Presidente —. Sobre las armas, supongo que será preciso decir algo. No podemos permitir que nos pillen en falso. Bastará declarar que se trata de una precaución habitual.
    — Pero sólo si lo preguntan — agregó Sandburg.
    — Bien — dijo Wilson —, pero esto no es todo. Hay otras cuestiones: ¿Hemos consultado a los demás países? ¿Y qué me dice de la ONU? ¿Se emitirá más tarde un comunicado oficial?
    — Es obligado mencionar los contactos con otros gobiernos — respondió Williams —, puesto que les transmitimos la... advertencia relativa a las armas.
    — Procure sacudírselos cuanto antes, Steve — terminó el Presidente —. Hay mucho que hacer. Dígales que más tarde convocaremos otra conferencia.


    14


    DE MOLLY KIMBALL

    WASHINGTON (Global News): Las personas que salen de los túneles son refugiados del tiempo.

    Esto fue confirmado a última hora de hoy por Maynard Gale, uno de los refugiados. No se han facilitado explicaciones sobre los motivos de esta huida desde quinientos años después de nosotros. El portavoz afirmó que las circunstancias de la huida sólo podían ser reveladas a la autoridad competente. Agregó que procuraría establecer contacto con tal autoridad. Se identificó como «ombudsman» de la comunidad de Washington en su época futura y encargado de las relaciones con el Gobierno Federal al llegar aquí.

    Ha sido posible conseguir sorprendentes declaraciones acerca de la sociedad en que vive o, mejor dicho, vivía: un mundo en el que no habrá naciones y donde la noción de guerra habrá desaparecido.

    Será una sociedad sencilla, dijo, necesariamente frugal a causa de los problemas ecológicos que nosotros estamos creando. Ya no es una sociedad industrial. Su producción importa aproximadamente el uno por ciento de la nuestra. Lo que se fabrica es duradero. Se abandonará la obsolescencia planificada poco después de nuestra época, explicó, debido al agotamiento de los recursos naturales, como durante años nos ha sido anunciado por economistas y ecólogos.

    Gale ha declarado que la desaparición del carbón y de los combustibles fósiles hará depender el mundo futuro de la energía nuclear. Agregó que ese tipo de energía será el único sustento del delicado edificio económico futuro.

    Dentro de 500 años el mundo estará totalmente programado y la mayor parte de la población vivirá en ciudades «elevadas». Media docena de torres, algunas de un kilómetro y medio de altura, constituirán una ciudad. Los solares habrán desaparecido, despejando extensas superficies para la agricultura. Las ciudades estarán construidas en gran parte con chatarra recuperada que poco después de nuestra época habría sido utilizada para rellenar terrenos, y se gobernarán por computadoras, de un modo casi totalmente automático.

    Gale afirmó que desaparecerán las desigualdades actuales. No habrá ricos, pero tampoco existirá la abyecta pobreza que hoy oprime a millones de seres. Evidentemente, esto supone un cambio en el estilo de vida así como en los valores morales. La vida será más sencilla, más amable y menos competitiva. No habrá acaparadores en ese mundo de dentro de 500 años...


    15


    La multitud se manifestaba en el parque Lafayette, pacífica y silenciosa — como tantas manifestaciones de masas al correr de los años —; miraban hacia la Casa Blanca sin exigir ni esperar nada. No era más que una inútil muestra de solidaridad ante la crisis nacional. Dominaba la multitud, como siempre, el presidente Jackson sobre su corcel encabritado; tanto el caballo como el jinete, amigos de los pájaros, ostentaban la pátina del tiempo.

    Nadie sabía en realidad lo que significaba la crisis, o si era una verdadera crisis. Todavía ignoraban cómo se había producido o qué consecuencias podía representar para ellos, aunque algunos lo habían meditado a fondo desde sus particulares puntos de vista y estaban dispuestos a compartir sus opiniones con los vecinos, con gran insistencia en ocasiones.

    En la Casa Blanca empezaba a amontonarse un aluvión de mensajes: llamadas de los miembros del Congreso o de correligionarios del partido, llenas de sugerencias y consejos; consultas de hombres de negocios e industriales inquietos; cartas de pobres diablos que ofrecían soluciones radicales.

    La unidad móvil de la televisión avanzó y se dispuso a trabajar, filmando a la multitud del Lafayette frente a la Casa Blanca, bajo el resplandor del sol estival, mientras al fondo un periodista improvisaba su reportaje ante el micrófono.

    Algunos turistas despistados recorrían la avenida, un poco confusos al verse así metidos en una acción histórica; las ardillas de la Casa Blanca saltaban la cerca para sentarse en la acera, con un gesto gracioso, pidiendo más migajas a los transeúntes.


    16


    Alice Gale se acercó a la ventana para ver por el lado de la Avenida Pennsylvania a la multitud que se manifestaba en el parque. Se ciñó el cuerpo con emocionado éxtasis, casi dudando de que no fuera un sueño. Allí estaba ella, en el Washington del siglo veinte, en la histórica residencia donde habían vivido tantos hombres legendarios, y en el mismo dormitorio que había alojado a muchas testas coronadas.

    Testas coronadas, pensó. Qué expresión tan rara, casi medieval. Pero tenía cierto tono, cierta elegancia que su época no había llegado a conocer.

    Había logrado entrever el monumento a Washington mientras ella y su padre eran trasladados a la Casa Blanca. Fuera tenían una estatua de Lincoln sentado, con los brazos apoyados en el sillón, y su rostro rudo y de grandes patillas con aquella expresión de grandeza, dolor y comprensión que inspiraba un silencio respetuoso a tantos millares de visitantes mientras subían la escalera para encontrarse con él.

    Al otro lado del pasillo, su padre ocupaba el dormitorio de Lincoln, con su maciza cama victoriana y los sillones tapizados en terciopelo. Recordó que, en realidad, Lincoln nunca había dormido allí.

    Era como revivir la Historia; una Historia resucitada. Y era algo magnífico, que siempre recordaría, por muchas vicisitudes que pudieran ocurrirle. Sería un recuerdo para conservar durante el mioceno. ¿Y cómo sería el mioceno?, se preguntó con un ligero estremecimiento. ¿Lo alcanzarían alguna vez, si las personas de este siglo accedían a ayudarles?

    Pero, en todo caso, ella siempre podría decir: una vez dormí en la Alcoba Real.

    Se alejó de la ventana y contempló con renovada admiración la inmensa cama de cuatro columnas con su dosel y su colcha rosa y blanca, el secreter—librería de caoba situado entre las ventanas, la mullida alfombra blanca.

    Sabía que era una muestra de egoísmo el pensar en ello cuando tantos habitantes del mundo, en aquellos instantes, se hallaban perdidos y sin hogar, sin saber si recibirían buena acogida, preguntándose tal vez cómo cenarían y dónde dormirían esa noche. Sin embargo, no logró sentir ningún remordimiento.


    17


    — ¿Terry? Habla Sam Henderson — dijo el Presidente por teléfono.

    — Me alegro de oírle, señor Presidente — respondió Terrance Roberts al otro lado de la línea —. ¿En qué puedo serle útil?

    El Presidente rió entre dientes.

    — Quizá pueda hacer mucho, aunque ignoro si querrá. ¿Se ha enterado de lo que pasa?
    — Algo raro — respondió el dirigente sindical —. He oído muchos rumores. ¿Ustedes los de Washington han logrado sacar algo en limpio?
    — Un poco — contestó el Presidente —. Por lo visto es verdad que estas personas vienen del futuro. Se les ha presentado una catástrofe y la única escapatoria consistía en regresar a través del tiempo. Todavía desconocemos muchos detalles y...
    — ¿Regresar a través del tiempo, señor Presidente?
    — Lo sé, parece imposible. Aún no he hablado con nuestros físicos, aunque pienso hacerlo, y supongo que me dirán que es imposible. Pero uno de los que salieron por el túnel del tiempo jura que es así. Aceptaría cualquier otra explicación, si la tuviera. Pero las circunstancias me obligan a aceptar la idea, al menos por ahora.
    — ¿Quiere decir que regresan todos los de allá? ¿Cuántos son?
    — Supongo que unos dos mil millones.
    — Señor presidente, ¿qué vamos a hacer con ellos?
    — Bien, Terry, en realidad era eso lo que deseaba consultarle. Parece ser que no piensan quedarse. Quieren regresar aún más atrás en el tiempo... aproximadamente unos veinte millones de años. Pero necesitan ayuda; quieren construir nuevos túneles del tiempo y tendrán que llevarse algunas herramientas...
    — Nosotros no sabemos construir túneles del tiempo.
    — Ellos nos enseñarán a hacerlo.
    — Costaría mucho, tanto en mano de obra como en materiales. ¿Van a pagarlo?
    — Lo ignoro. No se me ocurrió preguntárselo. Supongo que no. Pero me parece que no hay más remedio. No podemos permitir que se queden aquí. Tal como están las cosas, ya somos demasiados.
    — Me parece, señor Presidente, que ya adivino lo que va a pedirme — comentó Terrance Roberts.

    El Presidente se echó a reír.

    — No sólo a usted, Terry. También a los empresarios. De hecho, a todos, pero antes he de asegurarme de su colaboración. ¿Le molestaría venir para hablar del asunto?
    — Iré; dígame cuándo podrá recibirme. Aunque por ahora no le garantizo nada. He de consultarlo, hablar con los demás muchachos. ¿Qué se propone usted exactamente?.
    — No estoy del todo seguro. Necesitaré que me ayuden a decidirlo. Salta a la vista que no podemos cumplir la tarea con los recursos actuales. El Gobierno no puede asumir sin ayuda el coste que esto supondría... y no hablo únicamente de los túneles. Por ahora ignoramos cuánto pueden costar. Pero tendríamos que proporcionar recursos para el trasplante de toda una civilización, y eso costará mucho dinero. Al contribuyente no podemos sacárselo, conque tendremos que pedir ayuda a otros sectores. Los trabajadores tendrán que ayudar, la industria tendrá que ayudar. Estamos ante una emergencia nacional, y esto exige algunas medidas extraordinarias. Ni siquiera sabemos por cuánto tiempo más podemos alimentar a estas personas y...
    — No estamos solos en esto — intervino Roberts —; el problema es mundial.
    — Exacto. Los demás países también habrán de contribuir. Si fuese posible, crearíamos algún organismo internacional, pero eso requiere tiempo y no lo tenemos. De momento, al menos, debe ser una acción nacional.
    — ¿Ha consultado al Gobierno de alguna otra nación?
    — A Gran Bretaña y Rusia — respondió el Presidente —. Con otras lo haremos luego, aunque no sobre esto. Cuando tengamos una o dos ideas claras, averiguaremos lo que piensan los demás. Uniremos nuestras ideas, las intercambiaremos. Pero no podemos perder mucho tiempo. Cualquier cosa que hagamos debe comenzar en seguida y hacerse con la mayor rapidez.
    — ¿Está seguro de que los viajeros podrán explicarnos lo de los túneles? ¿Sabrán hacerlo de modo que nuestros científicos e ingenieros comprendan sus principios y su tecnología? Señor Presidente, ¡esto es una locura! ¡Los obreros americanos construyendo túneles del tiempo! Me parece un sueño o una broma pesada.
    — Sospecho que no es ninguna de las dos cosas — puntualizó el Presidente —. Terry, estamos metidos en un lío. Y no sé hasta qué punto puede ser arriesgado. Supongo que dentro de uno o dos días conoceremos la historia completa y sabremos realmente a qué nos enfrentamos. Ahora sólo le pido que medite la cuestión. Piénselo y ya le diré cuándo puede venir. Por ahora sería inútil; antes hemos de solucionar algunas cosas. Le llamaré cuando sepa algo más.
    — Cuando quiera, señor Presidente — respondió Roberts —. Avíseme y acudiré.

    El Presidente colgó y llamó a Kim por el intercomunicador.

    — Dígale a Steve que pase — dijo cuando ella abrió la puerta.

    Se reclinó en la silla, cruzó las manos detrás de la nuca y contempló el techo. Hacía menos de cinco horas, pensó, se había echado a dormir la siesta, con la esperanza de pasar una tarde de domingo tranquila. No disfrutaba de muchas tardes libres y, cuando se le presentaban, las apreciaba como un tesoro. Apenas cerró los ojos, se le había venido el mundo encima. ¿Qué hacer? ¿Cómo acertar? Sin proponérselo, un hombre podía cometer errores, pero, en una situación como aquella, evidentemente, no podía permitírselos.

    Steve Wilson llamó a la puerta. El Presidente bajó las manos y se irguió en el asiento.

    — ¿Ha recibido a la Prensa, Steve?
    — No, señor. Están a punto de derribar la puerta, pero no los he dejado entrar. No me atrevía a salir con lo poco que me dieron. Esperaba que...
    — De acuerdo — cortó el Presidente — Ha hecho bien en retrasarlo. Póngales al corriente de todo, salvo dos cosas. No debe decir por qué emplazamos las armas. Eso lo explicará como una precaución de rutina, según habíamos convenido. Y no se le ocurra mencionar que Gale propuso que les acompañásemos a través del tiempo.
    — Entonces tampoco puedo decir por qué abandonan el futuro. ¿Nada sobre los monstruos?

    El Presidente meneó la cabeza.

    — Diga que la razón no ha quedado clara y que continuará el interrogatorio.
    — No les gustará — señaló Wilson —, pero supongo que será suficiente. ¿Qué hay de la televisión? He avisado a las emisoras que tal vez esta tarde hará usted una declaración ante las cámaras.
    — ¿Está bien a las diez? Quizá sea un poco tarde, pero...
    — Está bien.
    — Entonces, prepárelo. Dígales que no hablaré más de diez o quince minutos.
    — Prepararé un texto para que lo lea.
    — Steve, usted está muy ocupado. Que lo hagan Brad y Frank.
    — Necesitarán saber a quiénes se ha consultado.
    — Hablé con Sterling de Londres, y con Menkov de Moscú. Diga que Menkov se ha entrevistado con el equivalente ruso de Gale y obtuvo en líneas generales el mismo relato que nosotros. Cuando hablé con Sterling, en Londres aún no sabían nada. Diga también que pienso hablar hoy mismo con otros jefes de Estado.
    — ¿Piensa convocar una reunión de gabinete? Sin duda, me harán esta pregunta.
    — He visto a todos los miembros del gabinete durante las últimas horas. Desde que esto comenzó, ahora es la primera vez que no está ninguno de ellos en esta oficina. Estaré en conferencia con los del Capitolio, naturalmente. ¿Se le ocurre algo más, Steve?
    — Probablemente harán muchas más preguntas, pero creo que con esto basta; es imposible preverlo todo.
    — ¿Qué opina de Gale, Steve? Me refiero a su opinión personal. ¿Qué le parece?
    — Es difícil responder — repuso Wilson —. Supongo que aún no me he formado una opinión. Pero no veo qué ganaría no diciendo la verdad o, al menos, la verdad que él conoce. De cualquier modo que se mire la cuestión, están en un grave aprieto y esperan que los ayudemos. Es posible que nos hayan ocultado algo; tal vez no sea todo como Gale lo explicó, pero me parece que es verdadero en conjunto. Aunque resulte difícil de comprender, me siento inclinado a creerle.
    — Espero que tenga razón — dijo el Presidente —. Si nos equivocáramos, íbamos a quedar como unos tontos.


    18


    El automóvil enfiló el camino sinuoso hasta la elegante mansión separada de la calle por un extenso parque. Se detuvo ante el pórtico y el chofer bajó para abrir la puerta trasera. El anciano salió con dificultad, tanteando con su bastón. Apartó con impaciencia la mano del chofer cuando éste quiso ayudarle.

    — Todavía soy capaz de bajar solo del coche — jadeó cuando lo hubo conseguido al fin, algo tembloroso y vacilante —. Espéreme aquí. Tal vez tarde un poco, pero espéreme aquí.
    — A sus órdenes, senador — respondió el chofer —. Señor, esa escalera... parece algo empinada.
    — Usted espere aquí — ordenó el senador Andrew Oakes —. Regrese a su puesto. El día que yo no pueda subir esa escalera, me iré a casa y dejaré que algún joven ocupe mi escaño. Pero ese momento aún no ha llegado — continuó resoplando —. Todavía no. Quizá dentro de uno o dos años, pero no ahora. Depende de cómo me encuentre.

    Anduvo hacia la escalera, golpeando rítmicamente con su bastón. Franqueó el primer escalón y se detuvo allí un momento antes de atacar el segundo. A medida que subía, miraba hacia ambos lados, contemplando el paisaje con desafío, como si esperase una ovación por la hazaña. Lo cual era del todo innecesario, ya que allí no había nadie salvo el chofer, que estaba sentado al volante y fingía ignorar la progresión del anciano por la escalera.

    La puerta se abrió al llegar hasta las columnas del pórtico.

    — Me alegro de verle, senador — dijo Grant Wellington —, aunque no era necesario que se molestase. Yo podría haber ido a su casa.

    El senador se detuvo, plantándose ante su anfitrión con gesto de tozudez.

    — Hace buen día para dar un paseo en coche — observó — y usted dijo que estaría solo.

    Wellington asintió.

    — La familia está en Nueva Inglaterra y es el día libre de los criados. Estaremos a solas.
    — Bien — dijo el senador —. En mi casa nunca se sabe; la gente entra y sale, los teléfonos suenan sin cesar. Así es mejor.

    Trastabilló en el zaguán.

    — A la derecha — le informó Wellington mientras cerraba la puerta.

    El anciano entró en el estudio, arrastró los pies por la alfombra y se dejó caer en un inmenso sillón situado junto a la chimenea. Dejó cuidadosamente a su lado el bastón, apoyándolo en el suelo, y contempló las estanterías cubiertas de libros, el lujoso escritorio, el cómodo mobiliario y los cuadros de las paredes.

    — Vive usted muy bien, Grant — comentó —. A veces, eso me preocupa. Demasiado bien, tal vez.
    — ¿Quiere decir que no seré capaz de luchar, que tendré miedo de ensuciarme las manos?
    — Algo así, Grant. Pero procuro convencerme de que estoy equivocado. Usted ha luchado lo suyo en sus tiempos, en el mundo de los negocios — señaló los cuadros —. No sé si fiarme de un hombre que es propietario de un Renoir.
    — ¿Qué le parecería un trago, senador?
    — A esta hora de la tarde — respondió el senador con énfasis — cae bien un trago de bourbon. Es una gran bebida el bourbon. Típicamente americana. Tiene personalidad. Creo que usted prefiere el escocés.
    — Con usted — opuso Wellington —, bebo bourbon.
    — ¿Se ha enterado de lo que pasa?
    — Vi algo por televisión.
    — Nuestro hombre podría pillarse los dedos o algo por el estilo — comentó el senador —. Podría meterse en un verdadero apuro.
    — Se refiere a Henderson, ¿verdad?
    — Me refiero a todos. Son cosas que pueden ocurrir.

    Wellington le sirvió bebida al senador y regresó al bar para llenar su propio vaso. El senador se arrellanó en el sillón, acariciando el vaso. Tomó un trago e infló las mejillas en señal de aprobación.

    — Para ser aficionado al escocés, tiene una buena marca de bourbon — comentó.
    — Me guío por usted — respondió Wellington, regresó y se sentó en un sofá.
    — Supongo que el inquilino del número 1600 debe tener mucho en qué pensar — prosiguió el senador —. Tal vez más de lo que es capaz de abarcar. Hay que tomar una cantidad tremenda de decisiones. Sí, señor, demasiadas.
    — No le envidio — dijo Wellington.
    — Es lo peor que puede pasarle a un hombre — comentó el senador —. Y el año que viene hay elecciones. Él lo sabe, y eso no le facilita los asuntos. El problema es que ahora se ve obligado a decir y hacer cosas. No hay más remedio.
    — Si quiere aconsejarme que por mi parte me abstenga de hacer ni decir nada, hace muy bien — puntualizó Wellington —. No intente ser diplomático, senador. No le va.
    — En fin, no sé — respondió el senador —. No se puede ir por lo derecho y ordenarle a un hombre que mantenga la boca cerrada.
    — Si los intrusos realmente proceden del futuro...
    — ¡Pues claro que son del futuro! ¿De dónde podrían venir si no?
    — Entonces no hay error posible con ellos — respondió Wellington —. Son nuestros descendientes. Hacen lo que una pandilla de niños cuando vuelven corriendo a casa después de hacerse daño.
    — Tal vez — respondió el senador —, aunque no es eso precisamente lo que quería decir. No me refiero a esa gente, sino al viejo Sam, de la Casa Blanca. Al verse obligado a actuar, probablemente cometerá errores. A nosotros nos toca estar atentos y estudiar esos errores. Podremos denunciar algunos, y otros no. Tal vez haga algunas cosas que debamos apoyar. No nos conviene parecer demasiado intransigentes. Por ahora la cuestión es no comprometernos. Usted y yo sabemos que muchas personas no quieren que el viejo Sam sea candidato este próximo verano y quiero decir, si no me equivoco, que nuestro candidato será usted. Algunos chicos creerán que las acciones de ese hombre les dan una oportunidad, se impacientarán y no sabrán tener el pico cerrado. Le aseguro, Grant, que la gente no recordará quién fue el primero, sino quién tuvo más razón.
    — Naturalmente, agradezco su interés — dijo Wellington —, pero siento que se haya molestado por nada. No me proponía hacer ninguna clase de declaraciones. Por ahora ni siquiera sé si hay alguna postura que merezca ser defendida.

    El senador levantó su vaso vacío.

    — Si no le importa, agradecería otro traguito.

    Wellington sirvió otro traguito y el senador se apoltronó en el asiento.

    — La postura a defender exigirá un análisis largo y detenido — dijo —. Todavía no se ve con claridad, pero las opciones no tardarán en salir al paso, y habrá que estudiarlas y escogerlas con sumo cuidado. Lo que usted ha dicho acerca de que esos intrusos son nuestros descendientes me parece muy bien. Naturalmente, un hombre como usted, con largos y gloriosos antecedentes familiares, no puede pensar de otro modo. Pero no olvide que hay mucha gente con antecedentes familiares poco o nada gloriosos; a ellos, que forman la mayoría de la noble y gloriosa nación americana, no les importarán un comino sus descendientes. Al contrario, pensarán que son un estorbo. Actualmente muchas familias ya tienen graves problemas con sus vástagos inmediatos. Varios millones de intrusos han atravesado los túneles, siguen saliendo y, aunque podemos levantar las manos llenos de compasión y preguntarnos cómo los atenderemos, la verdadera reacción surgirá cuando estos millones de recién llegados empiecen a influir en la economía. De repente podrá escasear la comida y otras cosas; los precios subirán, habrá problemas de alojamiento y de paro obrero, y faltarán los recursos. Lo que ahora no pasa de ser una conversación sobre economía, dentro de muy poco se convertirá en algo más serio, y todos los hombres y mujeres de este gran país nuestro sentirán las consecuencias, y entonces se armará la de San Quintín. Para entonces, un hombre como usted debe tener elegida su postura, estudiándola, desde todos los ángulos antes de hacerlo.
    — Santo Dios — murmuró Wellington —. Con lo que está ocurriendo, con nuestra población futura que huye hacia nuestra época, y nosotros aquí sentados, intentando hallar una postura política segura y favorable...
    — La política — puntualizó el senador — es un asunto muy complicado y sobre todo práctico. Hay que ser duro; no puede uno permitirse el lujo de tener emociones. Debe tenerlo presente: jamás se emocione por nada. Desde luego puede aparentar emociones; a veces eso impresiona a los electores. Pero antes de conmoverse debe tenerlo todo solucionado de antemano. Emociónese si eso ha de causar buen efecto, pero nunca se deje llevar de verdad.
    — No suena bien lo que usted dice, senador. Deja un ligero mal sabor de boca.
    — Seguro; lo sé — afirmó el senador —. Conozco ese mal sabor de boca. Procure olvidarlo, no le digo más. Naturalmente, es bueno ser un gran estadista y una persona humanitaria; pero antes de ser un estadista hay que ser un sucio político. Primero hay que ganar las elecciones, y eso no se logra sin ensuciarse un poco.

    Dejó el vaso sobre una mesita junto al sillón, buscó el bastón a tientas, lo encontró y se incorporó.

    — Recuerde que antes de decir cualquier cosa debe advertirme. He pasado por esto antes, muchas veces. Supongo que se me podría calificar como un perro de presa político, y pocas veces fallo. En el Senado nos enteramos de algunas cosas. Tenemos algunos canales secretos realmente buenos. Como cuando esté a punto de pasar algo lo sabré, tendremos tiempo de estudiarlo.


    19


    La conferencia de prensa había salido bien. Se había preparado la aparición del Presidente por televisión. El reloj de pared marcaba algo más de las seis. Los teletipos seguían repicando quedamente.

    Wilson le dijo a Judy:

    — Será mejor que lo dejemos por hoy. Es hora de cerrar.
    — ¿Y tú?
    — Me quedaré un rato. Llévate mi coche. Tomaré un taxi y lo recogeré delante de tu casa.

    Se llevó la mano al bolsillo, sacó las llaves y se las arrojó.

    — Cuando llegues — dijo Judy —, sube a tomar algo. Estaré despierta y esperándote.
    — Quizá sea tarde.
    — Si es demasiado tarde, ¿para qué vas a molestarte en regresar a tu casa? La última vez te dejaste en la mía el cepillo de dientes.
    — No tengo pijama — dijo.
    — ¿Desde cuándo necesitas pijama?

    Le sonrió perezosamente.

    — Vale — dijo —. Sólo el cepillo, nada de pijama.
    — Tal vez pueda resarcirme por lo de esta tarde — agregó Judy.
    — ¿Lo de esta tarde?
    — Lo que te dije, recuerda. Lo que pensaba hacer.
    — ¡Ah!, eso.
    — Sí, eso. Nunca lo hemos hecho así.
    — Eres una desvergonzada. Vete ya.
    — La cantina enviará café y bocadillos al salón de Prensa. Si eres amable te dejarán algunas migajas.

    Wilson se sentó y la miró mientras salía.

    Caminaba con seguridad, pero al mismo tiempo con una delicadeza que le intrigaba y desconcertaba, como si fuese un hada que deliberadamente quisiera parecer una criatura terrestre.

    Amontonó los papeles del escritorio y los apiló a un lado.

    Cuando hubo terminado se sentó y se puso a escuchar los extraños rumores del lugar. En una lejana oficina sonaba el teléfono. Más lejos se oía el sonido de unos pasos. Alguien escribía a máquina en el salón y, justo al lado, las máquinas del teletipo seguían repiqueteando. Era como una pesadilla, se dijo. Todo el asunto era una locura. Ninguna persona sensata lo creería. Túneles del tiempo e intrusos del espacio: era como las necedades que los jóvenes veían por televisión. ¿Sería un engaño, una alucinación colectiva?, se preguntó. Al día siguiente, cuando saliera el sol, ¿habría desaparecido todo regresando el mundo a la vieja rutina familiar?

    Echó hacia atrás la silla y se levantó. En la centralita abandonada por Judy parpadeaban un par de luces, pero no se molestó en contestar. Recorrió el pasillo y ganó la salida. En el parque, el calor estival se había disipado, y largas sombras proyectadas por los árboles se extendían sobre el césped. Los planteles se presentaban en toda su gloria: rosas, heliotropos, geranios, nicotianas, colombinos y margaritas. Se detuvo y miró hacia donde se erguía el monumento a Washington en su clásica blancura.

    Oyó pasos a su espalda y se volvió. Se le había acercado una joven vestida con una túnica blanca que llegaba hasta sus pies calzados con sandalias.

    — Qué agradable sorpresa, señorita Gale — dijo algo confuso.
    — Espero no haber cometido una incorrección — repuso —. Nadie me detuvo. ¿Se puede estar aquí?
    — Claro que sí. Como huésped...
    — Deseaba ver el jardín. He leído tanto sobre él...
    — Entonces, ¿nunca había estado aquí?

    Dudó antes de responder:

    — Sí, he estado. Pero no era lo mismo. No se parecía en nada a esto.
    — Bien — comentó —. Todo cambia, supongo.
    — Sí, así es — admitió ella.
    — ¿Algo va mal?
    — No, creo que no — volvió a dudar —. Veo que no me comprende. Y me parece que no hay ninguna razón para no decírselo.
    — ¿El qué? ¿Algo sobre este lugar?
    — Verá usted — respondió —. En mi época, dentro de quinientos años, no existen jardines, ni Casa Blanca.

    La miró fijamente.

    — Por lo que veo, no me cree — agregó —. No importa. Allá no tenemos naciones... sino una gran nación, aunque esto tampoco sea absolutamente exacto. No hay naciones ni ninguna Casa Blanca. De ella sólo quedan paredes ruinosas y rotas, y un trozo de cerca oxidada que sobresale del suelo y puede hacer tropezar. No hay parque ni macizos de flores. ¿Lo entiende ahora? ¿Comprende lo que significa todo esto para mí?
    — ¿Pero cómo? ¿Cuándo?
    — Aún falta mucho tiempo — explicó —. Como un siglo, o quizá más. Y ahora tal vez no ocurra. Ahora están en otra senda del tiempo.

    La delgada muchacha permanecía allí, con su casta túnica blanca recogida en la cintura, hablando de distintas sendas del tiempo y de un futuro en el que la Casa Blanca no existiría. Desconcertado, Wilson meneó la cabeza.

    — ¿Qué sabe de eso de las sendas del tiempo? — preguntó —. Recuerdo que su padre lo mencionó, pero como había tantas cosas...
    — Hay que estudiar las ecuaciones para entenderlo del todo — repuso —. Creo que muy pocos hombres lo entienden de verdad. Pero en el fondo es muy sencillo. Es una situación de causa y efecto, y si modificamos la causa o, mejor dicho, las diversas causas, como tuvimos que hacer para venir aquí...

    Wilson hizo un gesto de impotencia con la mano.

    — Todavía no puedo creerlo — explicó —. No sólo lo de la senda del tiempo, sino todo lo demás. Esta mañana pensaba ir a un picnic. ¿Sabe qué es un picnic?
    — No sé lo que es — respondió —. Ahora estamos empatados.
    — Algún día la llevaré de picnic.
    — Así lo espero — dijo —. ¿Es algo divertido?


    20


    Bentley Price regresó a casa algo atolondrado pero triunfante, pues había logrado pasar la barricada montada por los militares después de discutir con ellos, había apartado un jeep del camino y avanzado a bocinazos por dos calles atestadas de refugiados y espectadores, que se apiñaban en la zona a pesar de todos los esfuerzos de la policía militar por dispersarlos. La entrada estaba medio bloqueada por un coche pero consiguió rodearlo, arrancando al hacerlo un rosal.

    Era de noche; el día había sido ajetreado y Bentley ardía en deseos de meterse en cama; pero antes debía sacar del coche sus cámaras y accesorios pues, como había tantos forasteros en el barrio, no sería prudente dejarlos en el coche como solía. Un coche cerrado con llave no disuadiría a quien estuviese realmente decidido a robar. Se colgó las tres cámaras al hombro, y estaba sacando la pesada bolsa de accesorios del coche, cuando reparó con indignación en lo que habían hecho con el jardín de Edna.

    Había un cañón en el centro, con las ruedas profundamente hundidas en la tierra, y a su alrededor se hallaba la dotación. El emplazamiento estaba fuertemente iluminado por un gran reflector colgado de las ramas de un árbol. Las flores habían sufrido verdaderos estragos.

    Bentley se adelantó sin dudarlo, apartando a un desconcertado artillero, y se detuvo como un boxeador dispuesto para la pelea frente a un joven que ostentaba galones de oficial.

    — ¡Habráse visto! — exclamó Bentley —. Irrumpir aquí en ausencia del propietario...
    — ¿Es usted el propietario, señor? — preguntó el capitán de la dotación.
    — No — respondió Bentley —. No soy el propietario, pero sí el responsable. Estoy a cargo de la casa y...
    — Lo sentimos, señor — se excusó el oficial —. Pero debíamos cumplir órdenes.

    Bentley le gritó:

    — ¿Tenía órdenes de montar ese trasto en medio del macizo de flores de Edna? No me diga que se le ordenó colocarlo en medio de un macizo de flores; ni más lejos ni más cerca, sino exactamente en medio del macizo que tantos desvelos cuesta a la dueña de este jardín...
    — No es eso — repuso el oficial —. Se nos ordenó cubrir la boca del túnel del tiempo y, para hacerlo, necesitábamos una línea de tiro despejada.
    — Eso es absurdo — dijo Bentley —. ¿Por qué han de cubrir el túnel por donde sale esa pobre gente?
    — Lo ignoro — respondió el oficial —. Nadie nos lo explica; se limitan a ordenarlo, y estoy decidido a cumplir, con o sin macizo, y guste o no al propietario.
    — Me parece que usted no es un caballero, como dicen que debe ser — se acaloró Bentley — un oficial y un caballero. Ningún caballero emplazaría un cañón en medio del jardín, y ningún oficial apuntaría a un grupo de refugiados y...

    Un grito agudo cortó la noche; Bentley se volvió y comprobó que algo terrible ocurría en el interior del túnel. Aún salía gente, pero no avanzaban en grupos ordenados como antes. Corrían, forcejeaban por salir y, por encima de ellos y pisándolos, apareció una cosa horrible que Bentley no pudo distinguir bien de momento. Tuvo una visión fugaz de dientes asquerosos y mandíbulas babosas, de fuertes pezuñas sobresaliendo de patas macizas y peludas, de un poder y una ferocidad terribles. Automáticamente, sus manos cogieron la cámara y la alzaron hasta sus ojos.

    A través del visor descubrió que las bestias eran dos, una casi al final del túnel y otra que la seguía. Vio los cuerpos de las personas volando como muñecos destrozados, y otros aplastados bajo las patas destructoras de los monstruos. Y también vio tentáculos retorcidos, como si aquellos seres fuesen algo intermedio entre felinos y pulpos.

    A sus espaldas sonaron voces de mando y, casi a su lado, el cañón escupió una llamarada que iluminó las casas, los patios y los jardines. Una explosión le arrojó fulminantemente al suelo y, mientras caía y rodaba, pudo ver algo de lo que ocurría. De repente, el túnel estalló con una explosión casi inmediata a la primera, aunque más ensordecedora y terrible. Vio personas muertas y un monstruo muerto que humeaba como si lo hubieran asado. Aunque éste yacía sobre el césped bajo el gran roble, donde había estado la boca del túnel, el otro monstruo seguía vivo. Entre éste, el cañón y los soldados se formó una horrible mezcolanza y la gente huía lanzando gritos de pánico.

    Bentley se puso en pie con dificultad, echó una rápida mirada a su alrededor y vio que los hombres de la dotación yacían muertos, destrozados y pisoteados. El cañón estaba tumbado, humeando todavía por la boca. De la calle llegaba un fuerte griterío, y por un instante pudo adivinar algo grande y oscuro, que avanzaba con gran rapidez, destruyendo la esquina de un patio. Una cerca de estacas puntiagudas estalló en una lluvia de astillas blancas cuando la cosa oscura se abrió paso a través de ella.

    Corrió hacia la casa y entró por la puerta de la cocina, cogió el teléfono y marcó casi a ciegas, rogando que la línea estuviera libre.

    — Global News — respondió una voz ronca —. Habla Manning.
    — Tom, habla Bentley.
    — Sí, Bentley, ¿qué pasa ahora? ¿Dónde estás?
    — En casa. En la de Joe. Y tengo noticias.
    — ¿Estás sobrio?
    — Bueno, he tomado un par de tragos en un lugar que yo me sé. Es domingo y ninguno de los sitios de costumbre está abierto. Y al regresar a casa me encuentro en el patio una pieza de artillería, en medio de las flores de Edna...
    — Diantre — dijo Manning —, eso no es noticia. Por algún motivo, hace un par de horas emplazaron cañones frente a la boca de todos los túneles.
    — Pues he averiguado el motivo.
    — Eso está bien — comentó Manning.
    — Sí, un monstruo atravesó el túnel y...
    — ¡Un monstruo! ¿Qué clase de monstruo?
    — No lo sé — respondió Bentley —. No pude verlo con claridad. Pero eran dos y el cañón mató a uno, pero el otro escapó. Todos los soldados han muerto y el cañón está inutilizado. La gente huyó entre gritos y el monstruo ha escapado. Le vi romper una cerca de estacas puntiagudas...
    — Oye, Bentley — le interrumpió Manning —, no hables tan deprisa. Habla despacio y contéstame. Has visto un monstruo que escapaba. Hay un monstruo suelto...
    — Te lo juro. Mató a los soldados y quizás a otras personas. El túnel está cerrado y hay un monstruo muerto allí afuera.
    — Ahora háblame del monstruo. ¿Qué clase de monstruo era?
    — No puedo describirlo, pero tengo fotos — contestó Bentley.
    — Del muerto, supongo.
    — No, del vivo — puntualizó Bentley con voz cargada de desdén —. Jamás me ocuparía de un monstruo muerto habiendo uno vivo.
    — Oye, Bentley. ¿Estás en condiciones de conducir?
    — Claro que sí. Conduje hasta aquí, ¿o no?
    — De acuerdo. Enviaré a alguien. Y tú... quiero que vengas a toda prisa con tus fotos. ¡Ah!, Bentley...
    — ¿Sí?
    — ¿Seguro que no te equivocas? ¿De veras hay un monstruo?
    — Seguro — respondió Bentley armándose de paciencia —. Sólo tomé uno o dos tragos.


    21


    Steve Wilson entró en la sala de Prensa para tomar café y bocadillos. Quedaban allí unos doce periodistas.

    — ¿Algo nuevo, Steve? — preguntó Carl Anders, de la AP.

    Wilson meneó la cabeza.

    — Todo parece tranquilo. Si sucediera algo importante, debería ser el primero en saberlo.
    — ¿Y nos lo dirías?
    — Claro que sí — respondió Wilson, malhumorado —. ¿O es que no he jugado limpio con vosotros?
    — ¿Y qué nos cuentas de esos cañones?
    — Una mera precaución de rutina. ¿Quedan bocadillos o los habéis terminado todos?
    — En aquel rincón, Steve — respondió John Gates, del «Post» de Washington.

    Wilson tomó dos bocadillos y una taza de café. Mientras cruzaba la sala, Gates le hizo sitio en el canapé donde estaba sentado. Wilson se sentó y dejó el plato y la taza sobre la mesita que se hallaba delante del canapé.

    Anders ocupó una silla cercana. Henry Hunt, del «Times» de Nueva York, se sentó al otro lado de Wilson.

    — Ha sido una jornada muy larga, Steve — comentó. Wilson mordió el bocadillo.
    — Y difícil — explicó.
    — ¿Qué estará ocurriendo ahora mismo? — preguntó Anders.
    — Quizá muchas cosas. No sé nada y nada puedo decir.
    — ¿Se te ha comido la lengua el gato? — se burló Gates.
    — Claro que no, pero no puedo deciros nada. Ya conocéis las normas. Si dijese algo nuevo, sería con carácter extraoficial.
    — Desde luego, desde luego — aseguró Anders —. Tú también has sido periodista y sabes cómo son esas cosas.
    — Lo sé, en efecto — aseguró Wilson.
    — Estaba preguntándome — intervino Hunt — cómo alguien, aunque sea el Presidente, puede saber lo que debe hacerse en una situación así, sin precedentes. Nunca ha ocurrido nada que se le parezca ni remotamente. Por lo corriente, las crisis van acercándose poco a poco; las ves venir y te hallan medio preparado. Pero esta vez no. La crisis estalló sin previo aviso.
    — Eso pensaba yo — comentó Anders —. ¿Cómo hallar una orientación?
    — Hay que apechugar con el caso — respondió Wilson —. No puedes ignorarlo. Procuras no equivocarte y averiguar de qué se trata. En un asunto así debes mostrarte un poco escéptico y esto no permite actuar con la rapidez necesaria. Has de consultar a muchas personas, averiguar lo que ocurre a tu alrededor y sacar alguna conclusión. Y rezar, supongo. No como en la iglesia, claro está, pero rezar...
    — ¿Eso hizo el Presidente? — preguntó Anders.
    — No he dicho eso. Sólo trataba de imaginarme el panorama.
    — ¿Qué crees tú, Steve? — preguntó Gates —. Dinos tu opinión, no la del Presidente.
    — Es difícil contestar — dijo Wilson —. Todo ha ocurrido con demasiada rapidez. Hace un momento me preguntaba si no sería una pesadilla y si no desaparecería de la noche a la mañana. Naturalmente, sé que no ocurrirá eso, por más que trastorne nuestras ideas. He acabado por creer que estas personas provienen realmente del futuro. Pero aunque no fuera así, aquí están y hemos de ocuparnos de ellas. En realidad, no importa de dónde vengan.
    — Tú, personalmente, ¿aún lo dudas?
    — No, creo que no. Su explicación es lógica. ¿Por qué iban a mentir? ¿Qué ganarían con ello?
    — Sin embargo, dijiste...
    — Espera un momento. No quiero que empieces a especular sobre mis palabras. Sería poco realista. Hablábamos entre amigos, ¿recuerdas? Era sólo una conversación particular.

    La puerta de la sala de Prensa se abrió y Wilson levantó la mirada. Brad Reynolds se detuvo en el umbral. Su rostro mostraba una expresión preocupada.

    — Steve — dijo —, hemos de hablar.
    — ¿Qué pasa? — preguntó Hunt.

    Por la puerta abierta se colaba el timbre de un teletipo, que avisaba la recepción de un boletín.

    Wilson se puso en pie con tal brusquedad, que empujó la mesita y volcó su taza. El líquido inundó la mesa y empezó a gotear sobre la alfombra.

    Cruzó corriendo la sala y cogió del brazo a Reynolds.

    — ¡Uno de los monstruos ha logrado escapar! — estalló Reynolds —. Lo ha comunicado la Global. Lo dijeron por radio.
    — ¡Por Dios! — exclamó Wilson. Miró de reojo a los periodistas y comprendió que lo habían oído.
    — ¿Qué es eso de los monstruos? — gritó Anders —. No nos dijiste nada de eso.
    — Más tarde — repuso brutalmente Wilson. Empujó a Reynolds para sacarle de la sala de Prensa y cerró de un portazo.
    — Creí que Frank y tú estabais redactando la alocución televisiva — dijo —. ¿Cómo es que...?
    — La radio — respondió Reynolds —. Lo oímos por radio. ¿Qué haremos con la alocución? No puede presentarse ante la televisión sin mencionar esto, y sólo falta una hora.
    — Ya veremos — aseguró Wilson —. ¿Lo sabe Henderson?
    — Frank fue a decírselo. Yo vine a verte a ti.
    — ¿Sabes cómo fue? ¿Dónde ocurrió?
    — En Virginia. Dos monstruos salieron por el túnel. El cañón se cargó a uno, pero el otro pasó. Dio muerte a los soldados y...
    — ¿Quieres decir que uno anda suelto?

    Reynolds asintió, compungido.


    22


    Tom Manning se volvió ante su escritorio y metió una hoja en blanco en la máquina de escribir. Escribió:

    TERCER MONSTRUO LEDE
    WASHINGTON, D. C. (Global): Esta noche una bestia desconocida anda suelta por la Tierra. Nadie sabe dónde está. Se ha escapado de un túnel del tiempo de Virginia y desapareció después de dar muerte a la dotación de la pieza de artillería que estaba emplazada frente al túnel precisamente para tratar de impedir lo que sucedió. Otro monstruo murió bajo el fuego del cañón.
    Informaciones no confirmadas aseguran que varias personas, además de los soldados, fueron muertas por el monstruo del túnel.
    Algunos testigos afirman que la bestia era grande y de movimientos increíblemente rápidos. Nadie logró verla bien. «Se movía con demasiada rapidez para distinguirla», ha declarado uno de los testigos. Desapareció pocos instantes después de salir del túnel. Se ignora dónde puede hallarse ahora.


    — Señor Manning — dijo alguien a su lado.

    Manning levantó la mirada. Era un botones de la agencia.

    — Las fotos del señor Price — dijo el muchacho, entregándoselas.

    Manning miró la primera y soltó un bufido.

    — ¡Jesús! — exclamó en voz alta.

    Era la clase de foto que un publicitario espabilado habría deseado para anunciar una película de horror, pero en más auténtico. La criatura saltaba, quizá sobre los artilleros, y respiraba una sensación de tremenda fuerza y agilidad. La película ultrarrápida de Bentley la había captado en toda su ferocidad: la boca llena de colmillos, las pezuñas resplandecientes entre los pelos de su pata levantada, el collar de retorcidos tentáculos alrededor de su cuello cuadrado y grueso. Los ojos tenían un brillo maléfico y el pelo del lomo parecía erizado. Su misma forma era perversa; más que bestial, era tan anormal que provocaba un estremecimiento, no de horror sino de terror alucinante, insensato e irracional.

    Manning se volvió de nuevo hacia el escritorio, sobre el cual dejó las fotos. Con un gesto las desplegó en abanico, como si abriera un mazo de cartas. Todas producían horror. Algunas mostraban la gente que huía: sombras oscuras escurriendo el bulto a toda prisa. Otra, no tan clara como Manning hubiera querido, reproducía la hecatombe frente a donde había estado el túnel, con el monstruo muerto entre cuerpos humanos pisoteados.

    — Condenado Price — dijo Manning con énfasis —. Olvidó tomar una instantánea del monstruo entre los soldados.


    23


    — No podemos cancelar la alocución televisada — informó Wilson al Presidente —. El asunto está muy feo, y será peor si la cancelamos. Podríamos arreglarlo en pocas palabras. Decir que lo de Virginia es demasiado reciente y no se tienen comentarios. Asegurar que se ha iniciado la persecución. Que ya lo estamos cercando...

    — Pero no es así — le interrumpió el Presidente —. Ni siquiera sabemos dónde diablos está. No hemos recibido ninguna noticia al respecto. Recuerde que según Gale podían moverse con mucha rapidez. Viajando de noche, la bestia podría refugiarse en las montañas de Virginia occidental para esperar a que se haga de día.
    — Por eso es más importante que nunca hablarle al pueblo — intervino Frank Howard, que había preparado con Reynolds el texto de la alocución —. Todo el país estará alarmado y debemos evitar que cunda el pánico.
    — Le aseguro que ahora me importa poco tranquilizar al país — afirmó el Presidente —. ¿No comprende que no estamos ante un conflicto corriente? Es mucho más grave. Desconozco la gravedad del peligro, pero sé que existe un peligro. Que baje Gale y nos dé su opinión. Sabe más que nosotros.
    — Comprenda, señor, que el país espera oír sus palabras — señaló Wilson —. Necesitan alguna garantía, pero si no podemos dársela, al menos diga que nos ocupamos del problema. Bastará que le vean y le oigan para dar a entender que no todo se ha ido a pique. Necesitan una demostración de que el Gobierno se ha enterado de lo que ocurre...

    Se oyó el zumbido del teléfono presidencial.

    — Diga — respondió el Presidente.
    — Una llamada urgente para el señor Wilson. ¿Puedo pasarla?

    El Presidente cogió el auricular y se lo pasó a Wilson.

    — Habla Henry — dijo la voz de Hunt —. Disculpa la interrupción, pero creí que debías saberlo. Un túnel se ha quebrado en Wisconsin. Es una información de la AP.
    — ¿Dices que se quebró? No es como en Virginia. ¿No salió nada?
    — Por lo visto, no. La noticia dice que se quebró. Desapareció, dejó de estar allí.
    — Gracias, Henry. — Se dirigió al Presidente —: Se ha cerrado un túnel. Lo cortaron o desapareció. Supongo que lo haría la gente del otro lado. Gale dijo que había dejado hombres dispuestos a destruir los túneles si algo salía mal,
    — Lo recuerdo — asintió el Presidente —. Los invasores deben estar cerca. Es desagradable pensarlo. Se necesita mucho valor para sacrificarse así. A lo que parece, los que vigilaban el túnel de Virginia no pudieron hacer lo mismo.
    — Hablemos del discurso, señor — rogó Reynolds —. Se acerca la hora.
    — De acuerdo. Supongo que no habrá más remedio. Hagan lo que puedan, pero no mencionen para nada que lo hayamos rastreado y cercado.
    — Habrá que decirles la verdad — observó Wilson —. Es necesario admitir que existen esos monstruos, y explicarle al pueblo que son ellos los que persiguen a la gente de los túneles.
    — Exigirán que sean cerrados los túneles — intervino Reynolds.
    — Que lo hagan — dijo el Presidente —. No hay manera de cerrarlos, salvo a cañonazos, y no podemos disparar sin más ni más contra unos refugiados... nuestros refugiados.
    — Tal vez no sea necesario, dentro de poco — intervino Howard —. Uno de los túneles se ha cerrado por sí solo. Quizás ocurra lo mismo con otros. Tal vez con todos, dentro de pocas horas.
    — Espero que no — opinó el Presidente —. No importa lo que suceda ni los problemas que puedan presentarse, pero yo espero que se salven todos esos seres humanos.

    Kim asomó la cabeza por la puerta.

    — El señor Gale está aquí, señor.
    — Hágale pasar.

    Gale entró en la sala. Se aproximó con alguna vacilación, pero luego se irguió y no se detuvo hasta llegar junto al escritorio.

    — Lo siento muchísimo, señor — se disculpó — No acierto a manifestarle la condolencia que sentimos mi pueblo y yo. Creímos que nuestras precauciones serían suficientes.
    — Siéntese, por favor, señor Gale — dijo el Presidente —. Ahora puede ayudarnos. Le necesitamos.

    Gale tomó asiento en el sillón.

    — Se refiere a los seres extraterrestres. Quiere saber más cosas sobre ellos. Quise explicarle más cosas esta tarde, pero había tanto que decir, y cómo iba yo a figurarme...
    — Acepto su palabra; ustedes tomaron sus precauciones lo mejor que pudieron. Ahora necesitamos su ayuda para localizar a esa bestia. Hemos de conocer sus costumbres, saber a qué nos enfrentamos. Debemos cazarla.
    — Afortunadamente — dijo Reynolds —, sólo hay una. Cuando la hallemos...
    — Lo malo es que son hermafroditas — interrumpió Gale.
    — ¿Qué significa eso?
    — Que se reproducen espontáneamente. Cualquier adulto puede poner huevos fertilizados, y en gran cantidad. Una vez puestos, las crías no necesitan cuidados; mejor dicho, no reciben cuidados y...
    — Entonces — dijo el Presidente —, hay que matarlo antes de que comience a poner huevos.
    — Exacto — concedió Gale —, aunque temo que ya sea demasiado tarde. Por lo que sabemos de ellos, el animal debió aovar pocas horas después de salir del túnel. Sería la mejor solución para él. Sobre todo, no crean que esos extraterrestres son nada más que unos monstruos. Poseen una inteligencia muy desarrollada. Sus procesos mentales y físicos se fundan en la agresión, o al menos así lo suponemos, pero eso no significa que sean estúpidos. Esta bestia, sabiendo que es el único individuo de su especie en este momento, y que quizá no reciba refuerzos, habrá comprendido que el futuro de la especie en este sector del tiempo podría depender de ella. Y no sólo eso, sino que su organismo, de acuerdo con lo que sabemos, también se adaptará a la situación encaminando todas sus fuerzas a producir tantos huevos como pueda. Además, al comprender que luego va a ser perseguida y muerta, dispersará los huevos para evitar que sean destruidos. Buscará sitios aislados y deshabitados donde hacer los nidos, los ocultará con cuidado y los emplazará en lugares poco accesibles. Como comprenden, no sólo lucha por sí misma sino por la especie. Quizá lo haga sólo por la supervivencia de la especie.

    Sus cuatro oyentes guardaban silencio, anonadados. Por último, el Presidente se sobrepuso y habló:

    — Entonces, ¿cree que no podremos encontrarla antes de que inicie la puesta?
    — Creo que no hay ninguna probabilidad — opinó Gale —. Quizás haya puesto ya algunos, y seguirá haciéndolo. Supongo que debería darle algún consejo, aunque sólo fuese por reducir mi culpa y la de mi pueblo. Pero sería peor no decirle la verdad. Lo siento muchísimo, señor.
    — Imagino que se habrá encaminado a las montañas — dijo el Presidente —. Pero esa teoría se funda en que yo sé que hacia el oeste hay montañas.
    — Ella también lo sabrá — dijo Gale —. Sus conocimientos geográficos de esta zona son tan exactos como los nuestros. En quinientos años la geografía apenas habrá variado.
    — Suponiendo que se haya dirigido hacia las montañas, para matarla tendremos que evacuar la zona — dijo el Presidente.
    — ¡Está pensando en la bomba atómica! — exclamó Wilson —. Aniquilar la zona con bombas. No puede hacer eso, señor. Sólo como último recurso, y aún así la potencia destructiva tendría que ser enorme, y la precipitación radiactiva...
    — No se precipite en sus conclusiones, Steve. Estoy de acuerdo con usted... sólo como último recurso y tal vez ni aun así.
    — Quiero decir algo — pidió Gale —. No subestimen la inteligencia ni la ferocidad del enemigo. Aun cuando se vea en desventaja, es un asesino. Aunque bajo las presentes circunstancias, tal vez prefiera evitar el enfrentamiento, huir y no luchar, salvar la vida para asegurar el mayor margen posible a la supervivencia de la especie. Pero si lo cercan, devolverá el golpe. No le importa morir. No tienen miedo a la muerte.

    El Presidente asintió con gravedad.

    — Agradezco sus palabras, pero deseo exponer algo por mi parte.
    — Lo que quiera — respondió Gale.
    — Nos dijo que ustedes podían enseñarnos a construir los túneles.
    — Es verdad — afirmó Gale.
    — Esta es la cuestión — prosiguió el Presidente —. Lo que hagamos, debe hacerse pronto. De lo contrario puede producirse una peligrosa situación social y económica, por no hablar de la política. Estoy seguro de que me comprende. Lo del monstruo nos deja menos tiempo del que pensábamos. Por eso me parece importante que recibamos instrucciones y hablemos pronto con personas que sepan ayudarnos.
    — Señor Presidente — intervino Reynolds —, nos quedan menos de dos horas para preparar su alocución.
    — Es verdad — dijo el Presidente —. Lamento haberlos entretenido. Steve, por favor, tenga a bien quedarse un momento.
    — Gracias, señor — saludó Howard y siguió a Reynolds hacia la salida.
    — Bien, ¿dónde estábamos? — preguntó el Presidente —. ¡Ah, sí! Decía que necesitamos ponernos a trabajar en los túneles. Creo que algunos de nuestros físicos e ingenieros podrían venir y hablar con los suyos.
    — Señor, ¿eso significa que nos ayudará?
    — En efecto, señor Gale, aunque por ahora no puedo formular un compromiso definitivo. Me parece que no hay otra solución. Es imposible tenerlos aquí para que se sumen a nuestra población. Será el hundimiento económico. Lo más urgente, pues, será hablar con sus físicos y averiguar qué se necesita: qué instalaciones, qué maquinarias, cuánta mano de obra. Mientras no lo sepamos no se podrá organizar nada. Además, habrá que estudiar los emplazamientos.
    — Nosotros lo hemos resuelto — señaló Gale —. Nuestros geólogos han realizado un estudio a fondo de los estratos del mioceno. Existe el peligro de que algún túnel desemboque en el mar, en medio de un lago o en una zona volcánica. Los terrenos estables fueron señalados en mapas. Como es natural, no podemos estar del todo seguros, pero nuestros científicos han apurado al máximo sus conocimientos.
    — Entonces, dejémoslo — decidió el Presidente —. Pero hemos de saber por dónde comenzar.
    — Los hombres que necesita fueron de los primeros en pasar — respondió Gale —. Estarán donde hayan concentrado a la gente que salió del túnel de Virginia.
    — En Fort Myer — dijo el Presidente —. La mayoría fueron trasladados allí. El ejército instaló unos refugios inflables.
    — Puedo darle sus nombres — dijo Gale —, pero será preciso que yo acompañe al representante de su Gobierno para ponerle en contacto con ellos. De lo contrario, se negarían a venir. Comprenda nuestra situación, señor. No podíamos arriesgarnos a que cayeran en manos de personas no autorizadas.

    El Presidente frunció el ceño.

    — No quiero que se vaya, aunque por supuesto puede salir de aquí si lo desea. No crea que le retenemos. Pero podríamos necesitar sus consejos en cualquier momento. Por ahora, disponemos de poca información. Claro que usted ya nos ha ayudado bastante, pero podrían surgir situaciones...
    — Lo comprendo — resumió Gale —. Que vaya Alice. La conocen, y si llevara una nota mía en un papel con membrete de la Casa Blanca...
    — Sería la solución, si ella no tiene inconveniente — comentó el Presidente —. Me gustaría saber si Steve querría acompañarla.
    — Cómo no, señor. Pero no dispongo de mi coche aquí. Se lo llevó Judy.
    — Tome un coche con chofer de la Casa Blanca. Quizá sea mejor que le acompañe un agente del servicio secreto. Puede parecer una precaución absurda, pero no es cuestión de exponerse — alzó la mano y se la pasó por la cara —. Quiera Dios, señor Gale, que usted y yo, que su pueblo y el nuestro, podamos colaborar. Nuestro trabajo no ha hecho sino comenzar; será muy difícil. Habrá obstáculos de todas clases y oposiciones frenéticas. ¿Tiene buena espalda y capacidad de aguante?
    — Creo que sí — respondió Gale.


    24


    El visitante del ministro de Justicia era un antiguo y querido amigo. Habían sido compañeros de curso en Harvard y desde entonces no habían dejado de frecuentarse. Reilly Douglas no ignoraba que debía su cargo, en buena parte, a las recomendaciones de Clinton Chapman y al peso político de su amistad; aquel hombre dirigía uno de los grupos industriales más poderosos del país y cotizaba con generosidad para el partido.

    — Como sé que estarás muy ocupado — le dijo Chapman a Douglas — y teniendo en cuenta las circunstancias, no te haré perder tiempo.
    — Me alegro de ver un rostro amigo — dijo Douglas —. No me importa confesarte que no estoy de acuerdo con lo que está pasando. No porque sea un error, sino porque nos precipitamos demasiado. El Presidente se ha tragado al pie de la letra la historia del viaje a través del tiempo y, aunque por ahora no veo ninguna otra explicación, me parece que convendría estudiar la cuestión más a fondo antes de comprometernos.
    — Bien — respondió Chapman —, estoy de acuerdo contigo... totalmente de acuerdo. Esta tarde he hablado con algunos de mis físicos. Como ya sabes, entre nuestras diferentes empresas reunimos un respetable equipo de investigadores. Pues, como decía, hace un rato me reuní con algunos de ellos para estudiar a fondo este asunto de los túneles del tiempo...
    — Y te dijeron que era imposible.
    — No precisamente — puntualizó Chapman —. Nada de eso. Nadie sabe cómo se hacen, pero me dijeron, y esto me sorprendió, que el problema de la dirección en que discurre el tiempo, y por qué ocurre así, ha sido tema de estudio y polémicas científicas desde hace varios años. Hablaron de muchas cosas que no entendí y emplearon palabras que no había oído nunca. Vectores de tiempo y condiciones límite, por ejemplo; y parece que los vectores de tiempo de que hablan pueden analizarse desde diversos puntos de vista: el estadístico, el biológico, el termodinámico y otros que he olvidado. Hablaron sobre desfases de ondas y causalidad y discutieron mucho sobre ecuaciones de campo simétricas con respecto al tiempo. Al fin, parece que se pusieron de acuerdo en que, si bien con los conocimientos actuales no parece realizable, de hecho nada indica que no se pueda hacer. Parece que la puerta está entreabierta. Si alguien le diera un empujoncito a la puerta, quizá sería factible.
    — Quieres decir que dentro de cien años, más o menos...

    Chapman asintió.

    — Creo que eso quisieron decir. Aunque intentaron explicármelo, no sirvió de mucho. Me falta formación para entender lo que me explicaron. Estas personas tienen su propia jerga Y, por lo que se refiere a personas como tú y como yo, es como un idioma del que ignorábamos hasta la misma existencia.
    — Conque podría ser cierto — resumió Douglas —, según lo que está ocurriendo, debe ser verdad. No cabe otra explicación. Empero opino que no debíamos movernos antes de saber si es verdad. Personalmente, me resulta muy difícil creerlo.
    — ¿Qué piensa hacer exactamente el Gobierno? — preguntó Chapman —. Tengo entendido que construirán nuevos túneles y enviarán al pueblo del futuro más atrás en el tiempo. ¿Saben cuánto va a costar y cuánto tiempo podría llevar? O...
    — No tienen ni idea — contestó Douglas —. Ni una cifra, ni indicio alguno de lo que todo esto supone. Pero si puede hacerse algo, hay que hacerlo. Esa gente del futuro no puede seguir aquí, desde luego. De un modo u otro, hemos de quitárnoslos de encima.
    — Sospecho que será muy caro — dijo Chapman —. Y habrá jaleo cuando se conozca el coste. La opinión pública está muy sensibilizada en eso de los impuestos y un caso así podría justificar una contribución obligatoria.
    — Algo estás insinuando, Clint.
    — Sí, eso creo. Podrías llamarlo una jugada.
    — Siempre fuiste buen jugador — afirmó Douglas —. Hasta tienes cara de jugador de póquer.
    — Costará mucho dinero — dijo Chapman.
    — Dinero del contribuyente — señaló Douglas.
    — Lo sé. Dinero del contribuyente. Y eso podría significar que perderemos las elecciones del año próximo. Sabes que siempre he sido muy generoso en las contribuciones a la campaña y que rara vez he pedido favores. Ahora tampoco voy a hacerlo. Pero, bajo determinadas condiciones, estaría dispuesto a hacer lo que podríamos llamar una contribución algo más jugosa. No sólo a favor del partido, sino en pro del país.
    — Eso sería muy generoso de tu parte — respondió Douglas, no muy seguro de si le agradaba el giro que estaba tomando la conversación.
    — Naturalmente, me faltan algunos números y algunos datos — prosiguió Chapman —, pero, a menos que el coste supere mis posibilidades, creo que podría encargarme de la construcción de los túneles, siempre contando con que sea posible construirlos.
    — ¿A cambio de qué?
    — A cambio de un contrato en exclusiva para la construcción de los túneles y su explotación — respondió Chapman.

    Douglas frunció el ceño.

    — No sé. No estoy seguro de si sería legal un acuerdo de este tipo. Intervienen factores de orden internacional...
    — Si te tomaras interés, podrías encontrar un recurso — interrumpió Chapman —. Estoy seguro. Eres un gran abogado, Reilly.
    — Hay algo que no comprendo. No entiendo de qué te serviría la exclusiva. ¿Para qué quieres los túneles?
    — Cuando todo esto haya terminado, la gente sentirá enorme curiosidad hacia la idea de viajar en el tiempo — explicó Chapman —. Es un modo totalmente nuevo de viajar. Se podrán vivir aventuras que antes estaban vedadas.
    — ¡Pero eso es una barbaridad!
    — No tanto como crees. Imagina cuánto estaría dispuesto a pagar un cazador a cambio de una partida de caza por épocas prehistóricas. Las universidades querrán enviar grupos de paleontólogos a la Era de los Reptiles con objeto de estudiar y fotografiar los dinosaurios. Los historiadores clásicos venderían su alma por regresar y averiguar qué ocurrió realmente en el sitio de Troya...
    — Y la Iglesia — agregó Douglas con cierto sarcasmo — pediría una entrada de palco para presenciar la Crucifixión.
    — Eso también — convino Chapman —. Como tú indicas, surgirían situaciones que podrían resultar algo dudosas. Sería preciso dictar normas y reglamentos, así como tomar algunas precauciones para no modificar el curso de la historia, pero...
    — No sirve — le interrumpió Douglas sin rodeos —. Nos han dicho que el viaje en el tiempo sólo funciona en una dirección hacia el pasado. Cuando retrocedes, no puedes volver, no puedes regresar al futuro.
    — No estoy tan seguro de esto — señaló Chapman —. Será lo que te han dicho, y tal vez sea cierto por ahora. Pero esta tarde los físicos me aseguraron que, si es posible moverse en el tiempo, debe poder hacerse en ambos sentidos. Lo afirmaron sin lugar a dudas. Dijeron que se podía solucionar, que no admitían el flujo temporal en un solo sentido. Si puedes ir al pasado, indudablemente puedes ir hacia el futuro, e incluso debería ser ésa la dirección preferente. Así están las cosas.
    — No puedo aceptarlo, Clint.
    — Piénsalo. Espera a ver cómo se resuelven los asuntos y tenme al corriente. Si funcionase, habría una buena tajada para ti.


    25


    — Ahora va a explicarme qué es un picnic — dijo Alice Gale —. Esta tarde me dijo que pensaba ir de picnic.

    El agente del servicio secreto intervino en la conversación.

    — ¿Steve la ha invitado a un picnic? Será mejor que no vaya...
    — Ni siquiera sé qué es un picnic, señor Black — respondió.
    — Es algo bastante sencillo — explicó Wilson —. Se mete comida en una cesta, se va uno a un parque o un bosque y merienda allí.
    — Eso lo hacíamos en nuestra época — dijo —, pero no lo llamábamos picnic. Creo que no le dábamos ningún nombre. Nunca supe que se llamara de algún modo en especial.

    El coche bajó despacio por el camino hacia la salida. El conductor se mantenía muy digno y erguido. El coche se detuvo y se acercó a la ventanilla del conductor un soldado. Había otros militares junto a la puerta.

    — ¿Qué pasa? — inquirió Wilson —. No se me ha informado de esto.

    Black se encogió de hombros.

    — Alguien ha dado la alarma y se ha montado el dispositivo de seguridad. Está atestado de militares. Hay morteros diseminados por el parque y qué sé yo.
    — ¿Lo sabe el Presidente?
    — No estoy seguro — respondió Black —. A lo mejor no se lo han dicho.

    El soldado cedió el paso, la puerta se abrió y el coche salió. Rodaron silenciosamente por la calle, en dirección al puente.

    Wilson miró por la ventanilla.

    — ¿Dónde está la gente? — inquirió —. Domingo por la noche, en plena temporada turística, y no hay nadie en la calle.
    — ¿No ha oído las noticias? — dijo Black.
    — Claro que sí.
    — Están todos escondidos en sus casas. Temen que el monstruo se los coma.
    — Teníamos lugares hermosos para ir de picnic — comentó Alice Gale —. Muchísimos bosques, muchos lugares desiertos. Más lugares solitarios que ustedes. Hay mucha gente ahora, aunque esto me gusta. Hay tantas personas, tantas cosas para ver.
    — Parece que le gusta — comentó Wilson.
    — Sí, claro que me gusta, aunque al mismo tiempo me hace sentirme culpable. Mi padre y yo deberíamos estar con nuestro pueblo. Pero, volviendo a nuestra época, se vivía bien hasta que llegaron los extraterrestres, e incluso después, cuando aún eran pocos. Sólo en los últimos años se volvieron contra nosotros. Pero creo que siempre nos preocupó su presencia. Jamás hablábamos de otra cosa; en realidad, no podíamos olvidarlos. Creo que han estado en mi recuerdo durante toda mi vida. Finalmente llegaron a ser una obsesión. Mirábamos por encima del hombro para ver si estaban allí. Hablábamos de ellos y los estudiábamos...
    — ¿Dice que los estudiaron? — la interrumpió Wilson —. ¿Puede explicarme cómo lo hicieron? ¿Quiénes pudieron hacerlo?
    — Los biólogos, naturalmente — respondió —. A veces se apoderaban del cadáver de un extraterrestre. Y también los psicólogos y los psiquiatras. Los evolucionistas...
    — ¿Evolucionistas?
    — Claro, los evolucionistas. La evolución de estos seres era muy rara. Parecían capaces de controlar sus procesos evolutivos. Creo que mi padre lo explicó en parte. Por lo visto, durante la historia de la evolución, ellos no renunciaron a ninguna ventaja evolutiva. No se comprometieron cambiando una cosa por otra. Conservaron lo que tenían y necesitaban, y le agregaron todo lo que podían adquirir. Naturalmente, significa que son animales adaptables. Pueden reaccionar prácticamente frente a cualquier condición o situación...
    — Se diría que usted... bueno, no usted misma, quizá, sino su pueblo... parece que admiran a estos animales — comentó Black.

    La joven meneó la cabeza.

    — Los odiábamos y les temíamos. Y con razón, puesto que finalmente nos obligaron a huir. Pero, sí; supongo que sentíamos como una respetuosa admiración, aunque no nos gustaba confesarlo. Creo que nadie se atrevió a decirlo hasta ahora.
    — En seguida veremos a Lincoln — anunció Wilson —. Naturalmente, usted sabrá quién es.
    — Sí — afirmó —. Mi padre ocupa el dormitorio de Lincoln.

    El monumento se alzaba suavemente iluminado contra la negrura del cielo. La figura sedente parecía más meditativa que nunca, en su sillón de mármol.

    El coche continuó y el monumento quedó atrás.

    — Si nos da tiempo — propuso Wilson —, en los próximos días visitaremos algunos lugares. A lo mejor ya los conoce. Pero como dijo que la Casa Blanca...
    — Y también el monumento — se adelantó Alice —. Sólo queda una ruina, menos de la mitad. Los bloques de piedra se están desmoronando.
    — ¿Cómo es eso? — preguntó Black.
    — En la época de donde proceden ellos, Washington estará destruida — explicó Wilson —. La Casa Blanca será un yermo.
    — Eso es imposible. No lo comprendo. ¿Por una guerra?
    — No fue una guerra — respondió Alice Gale —. Es difícil de explicar aunque se domine el tema, y yo apenas lo conozco... he leído muy poco sobre ello. Quizás un colapso económico sea la mejor definición. Probablemente hubo también una decadencia del sentido moral. Hubo una época de inflación incontenible que alcanzó cotas absurdas, acompañada de un creciente escepticismo, de una pérdida de confianza en el Gobierno, que contribuyó al fracaso de éste y abrió un abismo cada vez mayor en los recursos y en la comprensión entre ricos y pobres. Hubo un auge tremendo y después una caída, y no sólo en este país, sino en todas las grandes potencias. Cayeron una tras otra. La economía se hundió, el Gobierno se derrumbó y las masas se echaron a la calle. Las multitudes ciegas atacaban, no algo determinado, sino a todo y a todos. Les ruego que me perdonen por explicarlo tan mal.
    — ¿Y eso es lo que nos espera? — preguntó Black.
    — Ahora no — repuso Wilson —. Ya no; al menos, no necesariamente. Ahora estamos en otra senda del tiempo.
    — Te explicas tan mal como ella — afirmó Black —. Ninguno de los dos ha dicho una sola palabra sensata.
    — Lo siento, señor Black — se disculpó Alice.
    — No se preocupe — dijo Black —. No soy un intelectual, sino un policía un poco instruido. Steve puede decírselo.


    26


    El reverendo doctor Angus Windsor era una buena persona. Vivía en estado de gracia y cumplía con sus obras de caridad. Era pastor de una iglesia arraigada en la riqueza, en una larga historia y en cierta distinción, pero ello no le impedía acudir allí donde las necesidades fuesen mayores: no en su parroquia, por supuesto, pues en ella pocas necesidades había. Se le veía en los barrios pobres y estaba presente cuando los jóvenes manifestantes caían bajo la lluvia de cachiporras esgrimidas por la policía. Cuando se enteraba de que una familia necesitaba alimentos, se presentaba con una bolsa del mercado y antes de irse procuraba encontrar en sus bolsillos unos dólares de los que pudiera desprenderse. Era un visitante asiduo de las prisiones, y muchos ancianos solitarios abandonados para morir en el asilo conocían su paso majestuoso, sus hombros caídos, su larga cabellera blanca y su rostro sereno. Algunos parroquianos influyentes de su congregación murmuraban que su afición a la publicidad — que a veces parecía perseguirle — no dejaba de ser impropia en persona de su condición, pero él seguía su camino sin hacer caso de estas críticas. Se refería que, en cierta oportunidad, había comentado con un viejo y querido amigo que era barato el precio pagado por el privilegio de hacer el bien. Nunca se supo bien si con esto aludía a la publicidad o a la crítica.

    Por eso, y aunque ya era de noche, a los periodistas no les extrañó verle aparecer en el jardín donde había estado el túnel invadido por los monstruos.

    Los periodistas se agruparon alrededor del anciano.

    — ¿Qué le trae, doctor Windsor? — le preguntó uno.
    — He venido a ofrecer a estas pobres almas el modesto consuelo que esté en mi mano dispensar — respondió el doctor Angus —. Tuve algunas dificultades con los militares. Por lo visto no dejan entrar a nadie. Pero veo que ustedes pasaron.
    — Algunos hemos parlamentado y nos dejaron entrar. Otros dieron un rodeo de un par de kilómetros y se han colado.
    — El Señor intercedió por mí — agregó el doctor Angus — y me dejaron pasar la barricada.
    — ¿Cómo intercedió Él por usted?
    — Ablandó sus corazones y así fue como me dejaron pasar. Ahora he de hablar con estos pobrecillos.

    Apuntó a los grupos de refugiados diseminados por los patios y la calle.

    El monstruo muerto yacía de espaldas, alzando al aire sus patas armadas de garras; los fláccidos tentáculos desparramados por el suelo parecían serpientes. La mayoría de los cadáveres humanos que habían quedado en la boca del túnel ya habían sido evacuados. Quedaban algunos, montículos de oscuridad sobre el césped, cubiertos con mantas. El cañón estaba en el mismo lugar donde fue derribado.

    — El ejército ha llamado a unos especialistas para trasladar el monstruo — dijo uno de los periodistas —. Quieren echarle una ojeada.

    Los reflectores colgados de los árboles lanzaban un resplandor fantasmal sobre la zona donde había estado la boca del túnel. El grupo electrógeno tosía y repiqueteaba en la oscuridad. Menudeaban idas y venidas de camiones. De vez en cuando se oían órdenes lanzadas a través de altavoces.

    El doctor Windsor, con instinto adquirido en larga práctica, localizó infaliblemente el grupo más numeroso de refugiados, que se agrupaban en una esquina alrededor de un farol macilento. Muchos permanecían en pie, pero algunos estaban sentados en los bordillos y pequeños grupitos se habían diseminado por los jardines contiguos.

    El doctor Windsor se acercó a un grupo de mujeres. Siempre prefería las mujeres; eran más receptivas que los hombres a su cristianismo de fórmula particular.

    — He venido — comenzó, procurando no dar excesiva solemnidad a su tono — a ofreceros el consuelo del Señor. En momentos como éste, siempre debemos dirigirnos a Él.

    Las mujeres le miraron con algún desconcierto. Algunas retrocedieron instintivamente.

    — Soy el reverendo Windsor, de Washington — les informó —. Voy adonde me llaman. Estoy al lado de los necesitados. Por eso os digo si vais a orar conmigo.

    Una mujer alta y esbelta, pero con aspecto de abuela, se puso a la cabeza del grupo.

    — Por favor, váyase — pidió.

    El doctor Windsor, sorprendido, hizo un amplio gesto con las manos.

    — No entiendo — dijo —. Sólo intentaba...
    — Sabemos lo que intentaba — le respondió la mujer —. Muchas gracias. No ignoramos que su intención era buena.
    — No estará hablando en serio — dijo el doctor Windsor, ya algo corrido —. No creerá que sólo con su palabra impedirá a los demás...

    Un hombre se abrió paso a través del grupo y tomó del brazo al pastor.

    — Vamos, abuelo — dijo —. Déjelo correr.
    — Pero esta mujer...
    — Ya sé. Oí lo que dijo. Todos opinamos lo mismo.
    — No logro entenderlo.
    — No es necesario que lo entienda. Ahora, por favor, váyase.
    — ¿Me echan?
    — A usted no, señor. No tenemos nada contra usted. Rechazamos el principio que representa.
    — ¿Rechazáis el cristianismo?
    — No sólo el cristianismo. Durante la Revolución Lógica del siglo pasado fueron abolidas todas las religiones. Nuestro ateísmo es tan inconmovible como su fe. No le imponemos nuestros principios. ¿Tendrá la amabilidad de no imponernos los suyos?
    — ¡Esto es increíble! — exclamó el reverendo doctor Windsor —. No puedo creer lo que oigo. No lo creeré. Aquí hay algún error... Sólo intentaba unirme con vosotros en una plegaria.
    — Nosotros ya no rezamos, señor párroco.

    El doctor Windsor se volvió y anduvo trastabillando hasta la calle, al encuentro de los periodistas curiosos que le habían seguido. Meneó la cabeza, desconcertado. Era increíble. No podía ser cierto. Inconcebible. Blasfematorio.

    Después de tantos años de angustia humana, después de tanto buscar la verdad, después de tantos santos y mártires... no se podía llegar a aquello...


    27


    El general Daniel Foote, comandante de Fort Myer, les aguardaba en su despacho con otros tres hombres.

    — No debían venir solos — le dijo a Wilson —. Se lo expliqué al Presidente, pero no quiso escucharme. Ofrecí una escolta y rechazó la idea. Dijo que no quería que el coche llamara la atención.
    — Había poco tráfico — explicó Wilson.

    El comandante meneó la cabeza.

    — Vivimos horas inciertas — comentó.
    — General Foote, deseo presentarle a la señorita Alice Gale. Su padre es la persona que se puso en contacto con nosotros.

    El general respondió:

    — Celebro conocerla, señorita Gale. Estos tres caballeros me han hablado de su padre. Señor Black, me alegro de que nos acompañe.
    — Gracias, señor — repuso Black.
    — Concédanme el privilegio de presentar a mi gente — dijo Alice —. El doctor Nicholas Hardwicke, el señor Wilson, el señor Black. El doctor Hardwicke es una especie de Albert Einstein de nuestra época.

    El hombre robusto, desgarbado y parecido a un oso, correspondió con una sonrisa:

    — Querida, no debes elogiarme demasiado. Me exigirían más de lo que puedo hacer. Caballeros, celebro esta oportunidad de conocerles. Era hora de ponernos a trabajar en este asunto que para ustedes debe representar bastantes molestias. Me alegro de que hayan reaccionado tan pronto. Su Presidente debe ser un hombre extraordinario.
    — Eso creemos — afirmó Wilson.
    — El doctor William Cummings — prosiguió Alice —. El doctor Hardwicke era nuestro vecino, pero el doctor Cummings vivía en la región de Denver. Mi padre y los demás creyeron conveniente que tomara parte con el doctor Hardwicke en la reunión con los científicos de esta época.

    Cummings era un hombre bajito, calvo, con cara arrugada y expresión de duende.

    — Mucho gusto — dijo —. Deseo expresarles mi sentimiento por lo que sucedió en el túnel.
    — Y, por último, el doctor Abner Osborne — concluyó Alice —. Es amigo de mi familia desde hace mucho tiempo.

    Osborne abrazó a la muchacha.

    — Estos caballeros — explicó — son físicos, pero yo soy un ser inferior; soy geólogo. Querida, ¿cómo está tu padre? Le busqué al llegar, pero no pude encontrarle.

    El comandante de Fort Myer tiró a Wilson de la manga y se llevó a un lado al secretario de Prensa.

    — Dígame lo que sepa acerca del monstruo — solicitó el general Foote.
    — No hemos tenido más noticias. Creemos que se dirigió hacia las montañas.

    Foote asintió.

    — Supongo que tienen razón. Nos faltan informaciones exactas y nos sobran rumores, en su mayoría procedentes del oeste: Harpers Ferry, Strasburg, Luray. Deben ser falsos, pues es imposible que se desplace con tanta rapidez. ¿Está seguro de que sólo había uno?
    — Es usted quien debería saberlo — respondió Wilson concisamente —. Sus hombres estaban allí. Según se nos comunicó mataron a uno. El otro escapó.
    — Sí, sí, lo sé — dijo Foote —. Tenemos el cadáver.

    El general estaba nervioso, pensó Wilson, inquieto. ¿Sabría algo que la Casa Blanca ignorase?

    — ¿Tiene algo que decirme, general?
    — No, en absoluto — repuso.

    El muy hijo de puta, se dijo Wilson. Sólo se proponía sonsacar algo de la Casa Blanca. Algo que pudiera comentar más tarde, en el casino de oficiales.

    — Me parece que será mejor empezar — agregó Wilson.

    Salieron y subieron al coche, Black al lado del conductor, y Wilson y Osborne atrás.

    — ¿No le extraña la presencia de un geólogo en el grupo? — comentó Osborne.
    — Lo he pensado — señaló Wilson —. Esto no significa que no sea bienvenido.
    — Creímos que tal vez querrían preguntarnos algo acerca del mioceno — agregó Osborne.
    — ¿Quiere decir, por si decidimos ir allí? Por si retornamos como ustedes, ¿verdad?
    — Es una manera de decirlo.
    — ¿Significa que estaban seguros de que algunos monstruos pasarían? ¿De que pasarían tantos como para obligarnos a irnos?
    — Claro que no — respondió el geólogo —. Estábamos convencidos de que no pasaría ninguno. Tomamos nuestras precauciones. No comprendo lo que ocurrió, y no creo que este único monstruo...
    — Pero no está seguro.
    — Tiene razón. Son seres monstruosos e inteligentes. Muy hábiles. Algunos de nuestros biólogos podrían darle más explicaciones.
    — Entonces, ¿por qué opina que debemos regresar al mioceno?
    — Se acercan a un punto peligroso — repuso Osborne —. Nuestros historiadores podrían explicárselo mejor que yo, aunque los síntomas están a la vista. Ya sé que han sido desplazados a una senda del tiempo distinta y recorrerán una evolución diferente de la nuestra. Pero también es posible que el cambio se haya producido demasiado tarde.
    — ¿Se refiere al colapso económico y social? Alice nos explicó que Washington desaparecerá al llegar su época, y supongo que también Nueva York, Chicago, y todas las demás...
    — Ustedes están en crisis — dijo Osborne —. Se han excedido del punto de equilibrio. Creo que ya es demasiado tarde para detenerse. Tienen una economía incontrolable; la desmoralización social es cada día mayor y...
    — ¿Y retornar al mioceno sería la solución?
    — Representaría un nuevo comienzo.
    — No estoy tan seguro — opinó Wilson.

    Black intervino:

    — Es la hora de la alocución del Presidente. ¿Enciendo la radio?

    Sin esperar respuesta, conectó el aparato. El Presidente ya estaba hablando:

    — ...poco lo que puedo deciros. Por eso mismo seré breve. Todavía nos hallamos en plena tarea de recopilación de datos y os haríamos un flaco servicio si quisiéramos ir más lejos. Estad seguros de que el Gobierno hablará con franqueza. Os tendremos al corriente de lo que consigamos averiguar. Esto es lo que sabemos por ahora: en el futuro, aproximadamente dentro de quinientos años, nuestros descendientes serán atacados por una raza extraterrestre. Durante cerca de veinte años podrán detenerlos, pero comprenderán que no se les podrá frenar por un tiempo indefinido. Se impondrá una retirada. Por fortuna, habrán inventado la manera de viajar a través del tiempo, y eso harán, regresando a nuestra época. No piensan permanecer aquí; piensan retroceder aún más en el tiempo tan pronto como les sea posible. Pero necesitan nuestra ayuda para hacerlo. No sólo para construir nuevos túneles del tiempo, sino para proveerse de materias primas que les permitan comenzar de nuevo. Por razones económicas que fácilmente se comprenden, las naciones del mundo actual no podemos negarnos a ayudarles. Además, estamos moralmente obligados a hacerlo. Son los hijos de nuestros hijos, varias generaciones después. Son de nuestra misma carne y de nuestra misma sangre, y no podemos negarles nuestro auxilio. Las modalidades de esa ayuda se hallan en estudio. Existen problemas que deben ser resueltos y lo serán. No hay que perder tiempo, y nuestra colaboración habrá de ser incondicional. Exigirá el sacrificio y la dedicación de todos vosotros. Habrá muchos detalles que necesitaréis conocer, se os ocurrirán muchas preguntas. De todo daremos cuenta y se os responderá plenamente; esta noche no hay tiempo para detallarlo. Hace pocas horas que comenzó todo; ha sido una jornada muy difícil.

    La voz era confiada, vibrante, sin muestras de flaqueza... y sin embargo, pensó Wilson, aquel hombre estaría sintiendo cierto grado de flaqueza. Pero seguía siendo el político veterano y astuto de siempre. Aún sabía hablar con acento de convicción, tranquilizar al país. Erguido en su asiento, Wilson experimentó un repentino sentimiento de orgullo.

    El Presidente seguía hablando:

    — Como sabéis, dos extraterrestres cruzaron el túnel en Virginia. Uno fue muerto y el otro escapó. Debo confesar que desconocemos su paradero. Estamos tratando de localizarlo y destruirlo y, aunque quizá sea difícil, lo conseguiremos. Os ruego que no os alarméis demasiado por la presencia de un extraterrestre suelto. Sólo es uno de los muchos problemas que se nos plantean esta noche, y con vuestra ayuda lo resolveremos todo.

    Se interrumpió y Wilson se preguntó si habría terminado, aunque el Presidente no había pronunciado ninguna fórmula de despedida.

    La voz volvió a vibrar:

    — Tengo que decir algo desagradable y, aunque así sea, se que lo comprenderéis. Hace pocos minutos he firmado un decreto estableciendo el estado de sitio. Por consiguiente, se declara un período no hábil a efectos comerciales y bancarios. Esto significa que ningún banco ni institución financiera abrirá sus puertas, quedando suspendidas las operaciones hasta nuevo aviso. Asimismo, todas las transferencias de acciones, valores, bonos u otros efectos, quedarán también canceladas hasta nueva orden. Se congelarán precios y salarios. Naturalmente, tal situación es intolerable y no puede mantenerse mucho tiempo. Se trata de un decreto de excepción que dejará de estar en vigor cuando el Congreso y demás organismos gubernamentales puedan publicar las normas restrictivas oportunas según la situación. Confío en que estaréis a nuestro lado mientras dure la emergencia. Sólo después de meditarlo largamente he llegado a la conclusión de que esto era necesario.

    Wilson exhaló un prolongado suspiro, dándose cuenta de que hasta ese momento había contenido la respiración.

    ¡Menudo lío iban a formarle, tanto el país como el cuerpo de Prensa de la Casa Blanca! Por Dios, Steve, podías avisarnos. Podías haberlo dicho. Y nadie le creería cuando asegurase que ni él mismo lo sabía.

    Era una medida lógica; lo extraño era que a nadie se le había ocurrido; él mismo debió pensar en ello. Pero no lo hizo. Se preguntó si el Presidente lo habría consultado con alguien, y supuso que no. Disponía de poco tiempo y tenía que ocuparse de otras cuestiones.

    El Presidente se despedía de sus oyentes.

    — Buenas noches, señor Presidente — le saludó Wilson, y luego se preguntó porqué los demás le miraban tan extrañados.


    28


    La oficina de la sala de Prensa estaba a oscuras, salvo la débil iluminación procedente de los teletipos alineados junto a la pared. Wilson se acercó a su escritorio y se sentó. Quiso encender la lámpara, pero en seguida desistió. No necesitaba luz, y la oscuridad era reconfortante. Se repantigó en la silla; por primera vez en muchas horas no tenía nada que hacer, aunque sentía un indefinible desasosiego.

    El Presidente se habría acostado hacía rato, pensó. Era cerca de medianoche, mucho más tarde de su hora habitual de acostarse, y además había perdido la siesta de la tarde. Samuel Henderson, pensó, se estaba haciendo viejo, demasiado viejo para un asunto así. Le había parecido agotado y ojeroso durante la ceremonia de presentación de los científicos refugiados a los miembros de la Academia Nacional.

    — ¿Oyó mi discurso, Steve? — le había preguntado el Presidente cuando se retiraron los demás.
    — Lo oí en el coche.
    — ¿Qué opina? ¿Estará el país con nosotros?
    — Al principio, no. No de manera voluntaria. Pero cuando lo piensen, creo que no les quedará más remedio que aceptarlo. Wall Street protestará...
    — De momento, Wall Street es lo que menos me preocupa — replicó el Presidente.
    — Vaya a acostarse, señor Presidente. Ha sido una jornada larga y ardua.
    — En seguida — admitió el Presidente —. Pero antes he de hablar con Hacienda, y Sandburg ha llamado preguntando si podía venir.

    En seguida, había dicho, pero probablemente pasarían horas antes de que pudiese acostarse.

    Los científicos discutían en algún lugar, en algún salón secreto. Fuera, en la inmensidad de la nación — de hecho, en todo el mundo — la gente del futuro llegaba por los túneles. Mientras tanto, en las montañas, hacia el oeste, el monstruo acechaba en la oscuridad.

    Era increíble; todo había sucedido con demasiada rapidez. La gente no había tenido tiempo de acostumbrarse. Dentro de pocas horas, el mundo despertaría a un nuevo día, que sería totalmente distinto del anterior en muchos sentidos, distinto a cualquier día de toda la historia humana, y conocería problemas y dificultades que nunca se habían conocido.

    La luz se colaba por las rendijas de las puertas que daban a la sala de Prensa. Algunos periodistas continuarían allí, aunque no trabajando. No se oían las máquinas de escribir. Recordó que no se había comido los bocadillos. Había puesto dos en un plato y al primer mordisco, Brad Reynolds había entrado avasalladoramente. Al recordarlo se dio cuenta de que estaba hambriento. Aún quedarían algunos bocadillos, aunque ya estarían secos, pero por alguna razón prefirió quedarse a oscuras, a solas, sin tener que aguantar la conversación de nadie.

    Pensó que tal vez debería leer los boletines de los teletipos. Siguió sentado, sin ganas de moverse, pero luego se puso en pie y cruzó la sala acercándose al grupo de teletipos. Los de la AP primero, decidió. La vieja y segura Associated Press. Nunca sensacionalista, y casi siempre verídica. La tira de papel había salido de la máquina y se amontonaba al pie de la misma.

    Estaba picando una nueva noticia...

    WASHINGTON (AP): Esta noche, en las montañas situadas al oeste de la capital, se ha iniciado la búsqueda de un monstruo que escapó de un túnel del tiempo de Virginia hace pocas horas. Se han recibido numerosas informaciones de testigos oculares, pero ninguna ha podido ser confirmada; hay razones para suponer que muchas proceden de imaginaciones febriles o atemorizadas. Fuerzas del ejército y de los cuerpos de orden público se han desplegado por la zona, pero existen pocas esperanzas de lograr algún resultado positivo antes del amanecer...


    Wilson tiró del papel, dejándolo caer y enroscarse luego a sus pies mientras leía rápidamente:

    LONDRES, INGLATERRA (AP): Al amanecer, el Gobierno aún seguía reunido en la residencia del primer ministro. A lo largo de toda la noche se han producido entradas y salidas constantes...
    NUEVA DELHI, INDIA (AP): Durante las últimas diez horas han seguido saliendo personas y trigo de los túneles del futuro. Ambas cosas presentan dificultades...
    NUEVA YORK, N. Y. (AP): Durante la noche se multiplicaron los síntomas de que al amanecer podrán estallar manifestaciones y motines no sólo en Harlem, sino en todas las zonas de la ciudad ocupadas por minorías. El temor a que el gran número de refugiados del futuro ocasione una reducción en las cuotas de alimentos y otras prestaciones de la seguridad social podría dar lugar a manifestaciones multitudinarias. Han sido cancelados todos los permisos a los agentes de la autoridad y se ha notificado al departamento de policía que su personal debe prepararse para intervenir durante las veinticuatro horas del día...
    WASHINGTON, D. C. (AP): La decisión del Presidente ordenando la suspensión de actividades comerciales y la congelación de precios y salarios ha sido comentada en muy distintos tonos...
    Moscú, Madrid, Singapur, Brisbane, Bogotá, El Cairo, Kiev y luego:
    NASHVILLE, TENN, (AP): El reverendo Jake Billings, famoso predicador evangelista, ha convocado hoy una cruzada para «reintegrar el pueblo del futuro a los brazos de Cristo».
    La proclama fue lanzada desde su parroquia al enterarse de que un grupo de refugiados procedentes del túnel del tiempo de Falls Church, actualmente cerrado, habían rechazado la asistencia del reverendo doctor Angus Windsor, famoso eclesiástico de Washington, D. C. Los refugiados adujeron que habían vuelto la espalda no sólo al cristianismo, sino a todas las religiones.
    «Han venido a nosotros en busca de ayuda», declaró el reverendo Billings, «pero no es esa clase de ayuda la que deben recibir. En vez de contribuir a hundirles más en el tiempo, debemos socorrerlos para que retornen a la hermandad en Cristo. Huyen del futuro para salvar sus vidas, pero ya han perdido algo más valioso que la vida. Ignoro cómo se produjo su abjuración del cristianismo, pero sé que es nuestro deber indicarles el camino de la virtud y la salvación. Ruego a todos los cristianos que se unan a mí para orar por ellos.»


    Wilson dejó caer el largo pliego de papel y regresó al escritorio. Encendió la luz, descolgó y llamó a la centralita.

    — Jane... ya conozco tu voz. Habla Steve Wilson. Hazme el favor de llamar a Nashville, al reverendo Billings. Sí, Jane, sé qué hora es. Ya sé que estará durmiendo; habrá que despertarle. No, ignoro su número. Gracias, Jane. Muchísimas gracias.

    Se arrellanó en la silla, maldiciendo en voz baja. Por la tarde, mientras hablaba con el Presidente, había mencionado a Jake Billings y prometió telefonearle, pero se le había olvidado por completo. ¿Quién demonios habría imaginado lo que iba a ocurrir?

    Windsor, pensó. Había que ser un viejo chismoso, un tonto entrometido como Windsor para armar semejante jaleo. Primero lo armaba y luego, cuando se las daban en los dos carrillos, se iba llorando a los periodistas para contarles lo que le pasaba.

    Era lo único que nos faltaba, pensó. Que todos los Windsor y los Billings del país se pusieran en pie, rasgándose las vestiduras, y exigieran una cruzada. Una cruzada, se dijo malhumorado, era lo menos indicado en aquellos momentos. Ya había bastantes problemas sin que los voceros de púlpito se sumaran a la confusión.

    El teléfono tintineó. Alzó el auricular y Jane dijo:

    — Aquí tiene su comunicación con el reverendo Billings, señor.
    — Hola — saludó Wilson —. ¿Hablo con el reverendo Billings?
    — Dios le bendiga — respondió la voz profunda y solemne —. ¿En qué puedo servirle?
    — Jake, habla Steve Wilson.
    — ¿Wilson? ¡Ah!, sí, el secretario de Prensa. Debí adivinar que eras tú. No me dijeron quién llamaba, sino que era desde la Casa Blanca.

    El muy cabrón, pensó Wilson. Se ha llevado una decepción. A lo mejor creyó que era el Presidente.

    — Cuánto tiempo sin vernos, Jake — comentó.
    — Sí — afirmó Billings —. ¿Cuánto? ¿Diez años?
    — Más bien quince — puntualizó Wilson.
    — Ya lo creo — jaleó Billings —. Los años tienen esa costumbre de...
    — Te llamo — le interrumpió Wilson — para hablar de esa cruzada que estás montando.
    — ¿Cruzada? ¡Ah!, ¿te refieres a lo de lograr que la gente del futuro retorne al buen camino? Celebro tu llamada. Necesitamos que todo el mundo colabore. Ha sido una suerte que regresaran a nuestra época, cualesquiera que fueren sus razones. Cuando pienso que dentro de quinientos años la raza humana abandonará la fe tradicional, la fe que nos ha servido de guía tantos siglos, me estremezco. Me alegro mucho de que estés de nuestra parte...
    — Te equivocas, Jake.
    — ¿Qué quieres decir con eso?
    — Que no estoy de vuestra parte, Jake. Eso es lo que quiero decir. Te he llamado para pedirte que anules esa estúpida cruzada.
    — Pero no puedo...
    — Sí que puedes. Ya tenemos bastantes problemas sin esa cruzada tan inoportuna. Harás un mal servicio al país si insistes. Nos sobran problemas y no necesitamos más. En nuestra situación, no estamos para demostraciones de celo por parte de Jake Billings. Es una cuestión de vida o muerte, no sólo para los refugiados sino para todos nosotros.
    — Me parece, Steve, que te expresas con demasiada brutalidad.
    — Si lo hago — respondió Wilson —, es porque me molesta lo que estás haciendo. Hablo en serio, Jake. Tenemos una misión: conseguir que los refugiados se vayan a donde quieren antes de arruinar nuestra economía. Y, mientras tanto, no nos faltarán protestas: por parte de la industria, de los obreros, de los acogidos a la seguridad social, de los políticos que aprovecharán la ocasión para criticarnos a mansalva. Con todo eso, no podemos hacer caso de tus monsergas. ¿Quién te ha dado a ti vela en este entierro? Te estás metiendo con gente del futuro, de un sector del tiempo a donde, normalmente, no llega tu responsabilidad. Los refugiados han venido aquí, indudablemente, pero los molinos de viento que tú atacas serán edificados mucho después de que tú y yo hayamos muerto.
    — Los caminos del Señor son impenetrables — señaló Billings.
    — Oye — le interrumpió Wilson —, bájate del púlpito. Quizá puedas convencer a otro, pero no a mí. Tú no me impresionas, Jake, nunca lo lograste.
    — Steve, ¿estás hablando en nombre del Presidente?
    — Si me preguntas si él me ordenó que hiciera esta llamada, la respuesta es que no. Seguramente no se ha enterado aún de lo que hiciste. Pero cuando se entere, le va a molestar. Estuvimos hablando de ti hace un rato. Sospechábamos que tratarías de explotar la situación. Naturalmente, no podíamos prever lo que iba a pasar, pero tú siempre lo aprovechas todo. Quedamos en que yo te llamaría para frenarte. Pero han ocurrido tantas cosas, que se me olvidó.
    — Entiendo tu actitud — dijo Billings, conciliador —. Creo que incluso la apruebo. Pero tú no. Tenemos puntos de vista distintos. Para mí, la idea de que la raza humana vaya a convertirse en una gente sin Dios constituye un fracaso personal. Va contra todo lo que me han enseñado, contra todo aquello por lo que he vivido, por lo que he luchado.
    — Puedes dormir tranquilo — señaló Wilson —. Esto no ocurrirá. El porvenir de la raza humana concluye de aquí a quinientos años.
    — Pero retornarán atrás en el tiempo...
    — Esperamos que lo hagan — le interrumpió Wilson con severidad —. Retornarán si personas como tú no nos impiden llevarlo a cabo.
    — Si regresan — protestó Billings —, comenzarán de nuevo. Nosotros vamos a facilitarles lo que necesitan para comenzar de nuevo. Construirán una civilización sin Dios en una tierra y en un tiempo nuevos. Más adelante podrían explorar el espacio, hacia otras estrellas, y lo haría una gente sin Dios. No podemos permitirlo, Steve.
    — Tal vez tú no puedas. A mí no me importa, y a otras muchas personas tampoco. Estás ciego si no ves que el origen, las raíces de su rechazo de la religión, están en el tiempo presente. A lo mejor es eso lo que te joroba en realidad. Te habrás preguntado si no habrás tenido parte de culpa en que eso llegue a ocurrir.
    — Quizá sea así — admitió Billings —. No se me había ocurrido. Pero, aunque fuese cierto, nada cambiaría. Debo cumplir con mi obligación.
    — ¿O sea que estás decidido a continuar, incluso sabiendo lo que significa para todos nosotros? Quieres acaudillar a la gente montado en tu gran caballo blanco...
    — Debo hacerlo, Steve. Mi conciencia...
    — ¿Lo pensarás? ¿Puedo volver a telefonearte?

    No tenía sentido continuar la discusión. No valía la pena tratar de hacer entrar en razón a aquel fanático. Wilson recordó que le conocía desde su época de estudiante. Ya debía figurarse que era inútil tratar de hacerle comprender un punto de vista que no fuera el suyo.

    — Sí, vuelve a llamar si quieres — repuso Billings —. Pero no cambiaré de opinión. Sé lo que debo hacer. No podrás convencerme de lo contrario.
    — Buenas noches, Jake. Siento haberte despertado.
    — No lo hiciste. Supongo que esta noche no dormiré. Me alegro de haber oído tu voz, Steve.

    Wilson colgó y se recostó en el sillón para descansar. Pensó que si hubiera actuado con más tacto, sin precipitarse tan impetuosamente, tal vez habría logrado algo. Pero lo dudaba. Era imposible razonar con aquel hombre; siempre lo había sido. Si le hubiera llamado por la tarde, cuando lo comentó con el Presidente, quizás habría evitado la iniciativa de Billings, aunque también dudaba de esto. Se dijo que la empresa era inabordable desde el principio. El propio Billings era inabordable.

    Miró la hora. Eran casi las dos. Cogió el teléfono y marcó el número de Judy. La muchacha respondió con voz soñolienta.

    — ¿Te he despertado?
    — No; te esperaba. Es muy tarde, Steve. ¿Qué ha pasado?
    — Tuve que ir a Myer para recoger a algunos refugiados, unos científicos. Están aquí para discutir con los de la academia. No he podido escaparme, Judy.
    — ¿No saldrás?
    — Debo permanecer en contacto. Están ocurriendo muchas cosas.
    — Por la tarde no podrás mantenerte en pie.
    — Voy a acostarme en un diván de la sala y descansaré.
    — Podría ir yo y montar guardia.
    — No es necesario. Ya me llamarán si me necesitan. Acuéstate y quédate hasta media mañana si quieres. Puedo arreglármelas.
    — ¿Steve?
    — ¿Sí?
    — Las cosas no marchan, ¿verdad?
    — Todavía es demasiado pronto para saberlo.
    — Vi al Presidente por televisión. Se va a armar. Nunca nos hemos visto en nada parecido.
    — No, desde luego.
    — Tengo miedo, Steve.
    — Yo también — dijo Wilson —. De día será distinto. Cuando amanezca lo veremos de otro modo.
    — Tengo presentimientos horribles — prosiguió Judy —. Corno si la tierra firme fuese a temblar bajo mis pies. Me he acordado de mi madre y mi hermana, que están en Ohio. Hace muchísimo tiempo que no veo a mamá.
    — Telefonéale, habla con ella. Te sentirás mejor.
    — Lo he intentado muchas veces, pero las líneas están ocupadas. Todos hablan por teléfono. Como la víspera de vacaciones. Todo el país está alterado.
    — Pues yo acabo de poner una conferencia.
    — Claro, como estás en la Casa Blanca te dan línea en seguida.
    — Puedes llamar mañana. Mañana todo habrá vuelto a la normalidad.
    — Steve, ¿seguro que no puedes venir? Te necesito.
    — Lo siento, Judy, lo siento de veras. Algo me dice que debo permanecer aquí. No sé por qué, pero así es.
    — Entonces nos veremos mañana.
    — Intenta dormir.
    — Tú también. Intenta olvidar esto y descansar. Lo necesitarás. El día será difícil.

    Se despidieron y Wilson colgó. Se preguntó por qué se había quedado. En aquel momento no hacía ninguna falta, aunque en el fondo no podía estar seguro de ello. El infierno podía estallar de un momento a otro.

    Necesitaba dormir, se dijo, pero por algún motivo no lograba conciliar el sueño. Estaba demasiado excitado, demasiado tenso. El sueño se presentaría más tarde, cuando no hubiera posibilidad de acostarse. Salió afuera y rodeó el edificio hasta llegar al jardín delantero. La noche era apacible, anunciando un día de bochorno. La ciudad estaba en silencio. Se oía un motor lejano, pero la avenida estaba desierta. Las columnas del pórtico daban una nota de claridad en la noche. El cielo estaba despejado, tachonado de estrellas. Una luz roja parpadeó en lo alto y se oyó el apagado ronquido de los motores.

    Una sombra se destacó entre el arbolado.

    — ¿Ocurre algo, señor? — preguntó una voz.
    — No — respondió Wilson —. Salí a tomar el fresco.

    Vio que era un soldado, con un rifle terciado sobre el pecho.

    — Tenga cuidado — aconsejó —. Alguno de los hombres podría ponerse nervioso.
    — No se preocupe — aseguró Wilson —. Voy a entrar.

    Se detuvo a escuchar el silencio de la ciudad y trató de sondear la paz de la noche. No era lo mismo, se dijo; había algo raro. A pesar del silencio, había cierta tensión que se percibía casi como un contacto.


    29


    Un ruido despertó a Elmer Ellis de su profundo sueño, Se sentó en la cama, desorientado al principio. De la mesita de noche le llegó el tic—tac del despertador, y a su lado Mary, su esposa, se alzó sobre los codos.

    Ella preguntó con voz soñolienta:

    — ¿Qué pasa, EImer?
    — Las gallinas — respondió, dándose cuenta entonces de lo que le había despertado.

    Volvió a oírse el ruido. Eran cacareos asustados y revoloteos de las gallinas. Apartó las mantas y puso los pies tan bruscamente en el suelo frío que se hizo daño.

    Buscó a tientas los pantalones, se los puso y metió los pies en los zapatos, sin perder tiempo en atarse los cordones. El alboroto seguía.

    — ¿Dónde está Tiger? — preguntó Mary.
    — Maldito perro — gruñó —. Habrá salido a cazar zarigüeyas.

    Salió del dormitorio y pasó a la cocina. Buscó a tientas la escopeta y la descolgó. Sacó un puñado de cartuchos del morral y se los guardó en el bolsillo, menos dos que metió en las recámaras.

    Unos pasos de pies descalzos se le acercaron.

    — Coge la linterna, Elmer. No verías nada sin ella.

    La noche era oscura como boca de lobo. Encendió la linterna para alumbrar los escalones del porche. En el gallinero seguía el cacareo y no había señales de Tiger.

    Pasaba algo raro. Aunque al principio creyó que el perro había ido a cazar zarigüeyas, ahora caía en la cuenta de que no podía ser cierto. Tiger nunca salía a cazar solo. Estaba demasiado viejo y reumático, y adoraba su jergón bajo el porche.

    — Tiger — llamó en voz baja.

    El perro le contestó con un gemido apagado.

    — ¿Qué diablos te pasa? — preguntó Elmer —. ¿Qué hay allá fuera, muchacho?

    De repente tuvo miedo... más miedo que nunca. Incluso más que aquella vez, cuando cayó en una emboscada del Vietcong. Un miedo diferente, como si se hubiera alargado una mano fría para sujetarle y él supiera que no podría zafarse.

    El perro volvió a gemir.

    — Ven, muchacho — dijo Elmer —. ¡Busca!

    Tiger no salió.

    — Como quieras — añadió Elmer —. Quédate si lo prefieres.

    Cruzó el corral, alumbrándose con la linterna, y se acercó a la puerta del gallinero.

    El cacareo era más fuerte que antes, espantado y frenético.

    Recordó que debía reparar el gallinero y tapar los agujeros. Tal como se hallaba, a cualquier zorra le sería fácil entrar. Aunque, si se trataba de una zorra, era extraño que aún estuviera allí. Una zorra habría escapado al primer resplandor, al primer sonido de la voz humana. Tal vez fuese una comadreja, o un visón. Quizás un mapache.

    Se detuvo junto a la puerta, con pocas ganas, de entrar. Pero ya no podía volverse atrás, o tendría que morirse de vergüenza. ¿De qué tenía miedo?, se preguntó. Era por lo de Tiger, pensó, Tiger estaba tan asustado que le contagió parte del miedo.

    — Maldito perro — murmuró. Se irguió, quitó el seguro y abrió la puerta de par en par.

    Levantando la escopeta con la derecha, apuntó la linterna con la izquierda.

    Lo primero que vio en el círculo de luz fueron plumas... plumas que volaban por el aire. Luego gallinas que corrían, cacareaban y aleteaban y, entre ellas... Con un grito, Elmer Ellis dejó caer la linterna; simultáneamente se llevó la escopeta al hombro y disparó a ciegas dentro del corral, primero el cañón derecho y luego el izquierdo. Los dos disparos fueron tan seguidos que parecieron una sola explosión. Entonces se le echaron encima a través de la puerta abierta.

    Parecían cientos, apenas entrevistos a la luz de la linterna caída en el suelo; pequeños monstruos horribles como los que se ven en las pesadillas. Sin darse apenas cuenta de lo que hacía, cogió la escopeta con ambas manos por los cañones para utilizarla como una cachiporra, e hizo un desesperado molinete cuando ellos se acercaron.

    Unas mandíbulas se clavaron en su tobillo y algo pesado le golpeó en el pecho. Unas garras le rasguñaron la pierna izquierda desde la cadera hasta la rodilla. Supo que iba a caer y que, cuando estuviera en el suelo, acabarían con él.

    Se desplomó de rodillas y mientras uno le mordía el brazo y él intentaba rechazarlo, otro le despedazaba la espalda. Cayó a un lado y agachó la cabeza, resguardándose con el brazo libre y encogiendo las rodillas para hurtar el estómago.

    Eso fue todo. Sus agresores soltaron la presa. Levantó la cabeza y los vio como sombras fugaces moviéndose en la oscuridad. La luz de la linterna caída cayó un instante sobre ellos, y por primera vez pudo ver realmente qué clase de seres habían invadido el corral. Gritó, presa de un pánico cerval.

    Luego todos huyeron dejándole a solas. Intentó levantarse, pero le fallaron las piernas y volvió a caer pesadamente. Se arrastró hacia la casa, clavando las uñas en el suelo para ayudarse. Notó humedad en un brazo y una pierna, y empezaba a sentir un dolor ardiente en su espalda.

    Había luz en la cocina. Tiger salió de debajo del porche y se arrastró hacia él, gimiendo, con la barriga pegada al suelo. Mary, en camisón, bajaba corriendo la escalera.

    — Llama al sheriff — le gritó Elmer, jadeando por el esfuerzo —. ¡Telefonea al sheriff!

    Ella cruzó el patio corriendo y se arrodilló a su lado. Quiso ayudarle a levantarse.

    Elmer la rechazó.

    — ¡Llama al sheriff! No pierdas el tiempo.
    — ¡Estás herido! Vas lleno de sangre.
    — Estoy bien — le respondió con impaciencia —. Se han ido. Pero hay que avisar a los demás. Tú no lo has visto, no sabes cómo son.
    — Primero entrarás y llamaremos al médico.
    — Primero al sheriff — la corrigió —. Luego al médico.

    Mary se puso en pie y corrió hacia la casa. Elmer intentó avanzar, recorrió algunos metros y luego se desmayó. El perro se arrastró a su encuentro y se puso a lamerle la cara.


    30


    Cuando todos quedaron reunidos alrededor de la mesa de conferencias, el doctor Samuel Ives inició la discusión.

    — A pesar de la solemnidad de esta ocasión que nos reúne en plena noche, esta reunión constituye para nosotros un acontecimiento sensacional. Durante toda nuestra vida profesional, a la mayoría de nosotros nos ha preocupado el problema fundamental de la irreversibilidad del tiempo. Dos de nosotros, el doctor Asbury Brooks y yo, hemos dedicado muchas horas a su estudio. Creo que el doctor Brooks no se ofenderá si digo que hemos adelantado poco o nada en nuestro examen de esta cuestión fundamental. Aunque un lego podría negar la validez de tal estudio, al entender el tiempo como un concepto filosófico más que físico, es innegable que las leyes físicas que conocemos están en función de esta cosa algo misteriosa que denominamos tiempo. Puesto que es necesario definir de una manera satisfactoria los conceptos que utilizamos, tanto en nuestra vida cotidiana como en nuestras investigaciones dentro de las diversas disciplinas científicas, hemos de preguntarnos cuáles podrían ser las ecuaciones físicas que expliquen la expansión del universo, la teoría de la información y los vectores de tiempo termodinámicos, electromagnéticos, biológicos y estadísticos. En la descripción de cualquier fenómeno físico, la variable «tiempo» es un parámetro fundamental. Nos hemos preguntado si existe el tiempo como magnitud absoluta, o si es una característica de las condiciones límite. Algunos de nosotros creemos que la explicación auténtica podría ser la segunda, según la cual el factor tiempo quedó definido al azar desde el origen del universo, y ha persistido desde entonces. Creo que ninguno de vosotros ignora que nuestro pensamiento con respecto al tiempo se halla necesariamente afectado por las nociones intuitivas acerca del sentido en que discurre el tiempo. Quizá sea ésta una de las causas que nos impiden comprender y formular una teoría sobre lo que llamamos tiempo — miró a los tres hombres del futuro, sentados enfrente —. Les ruego que disculpen esta digresión preliminar teniendo en cuenta que, comparada con lo que ustedes saben, puede parecer algo estúpida. Creo que interesa exponer nuestras propias opiniones y plantear una perspectiva. Dicho esto, opino que les toca el turno de hablar, y les aseguro que serán escuchados con la mayor atención. ¿Quién desea hacer uso de la palabra?

    Hardwicke y Cummings cambiaron una mirada interrogante. Luego, aquél empezó:

    — Lo haré yo. Deseo manifestarles que todos apreciamos la buena voluntad de ustedes al acudir a esta reunión intempestiva. Sospecho que les defraudaremos, ya que sabemos poco más que ustedes sobre la naturaleza fundamental del tiempo. Nos hemos planteado las mismas preguntas que ustedes y no hemos hallado respuestas válidas...
    — Pero ustedes son capaces de viajar a través del tiempo — interrumpió Brooks —. Esto implica que saben algo sobre ello. Deben poseer al menos ciertos datos fundamentales...
    — Hemos descubierto que nuestro universo no es único — señaló Hardwicke —. Al menos dos universos coexisten en el mismo espacio, pero son tan fundamentalmente distintos que ninguno de ambos puede ser observado desde el otro, en condiciones normales. Por ahora no describiré cómo detectamos este otro universo ni lo que sabemos de él. Sin embargo, no se trata de un universo contraterrenal y, por lo que sabemos, su existencia no implica ningún peligro. Sólo diré que el primer indicio de su existencia surgió durante un estudio de ciertas partículas raras. No es que éstas formen parte del otro universo, pero bajo determinadas condiciones obedecen a ciertas leyes, aún no bien estudiadas, del universo complementario. Ambos universos difieren totalmente. El otro está definido por partículas e interacciones que guardan poca relación con las partículas e interacciones del nuestro aunque, como ya he señalado, existen algunas influencias. Pero bajo una probabilidad tan reducida, que sólo mediante un azar excepcional podía ser detectada. Por fortuna, nuestros investigadores tropezaron con ese azar excepcional. También fue prácticamente por azar cómo llegamos a saber algo más sobre el segundo universo. A veces me pregunto si el azar, a falta de un término más exacto, no podría ser un factor digno de estudio, al objeto de calcular con más aproximación sus parámetros. Como digo, descubrimos algo más sobre el otro universo, algo muy sencillo pero que, si se piensa a fondo, resulta un concepto devastador. Descubrimos que el vector de tiempo del segundo universo es de sentido opuesto al que define nuestro universo. Indudablemente, en ese universo se mueve desde su pasado hacia su futuro, pero en relación con el nuestro se mueve desde nuestro futuro hacia nuestro pasado.
    — Hay una cosa que no entiendo — intervino Ives —. Estudiaban ustedes problemas muy complejos, pero en cuestión de veinte años pudieron resolverlos hasta el punto de...
    — No es tan notable como parece — repuso Cummings —. Se trazó un programa de urgencia para conseguir el viaje a través del tiempo, pero antes de comenzar ya disponíamos de esos conocimientos que ha resumido el doctor Hardwicke. Siguiendo el cómputo de ustedes, el segundo universo será descubierto antes de cien años a contar desde ahora. Lo investigamos durante casi cuatro siglos, hasta que finalmente aprendimos a utilizar el vector tiempo del segundo universo. De hecho, casi todos los progresos importantes para la posibilidad de utilizar el decurso opuesto del tiempo en el segundo universo habían sido realizados ya. Lo único que hicimos fue dar el impulso definitivo a los trabajos. Supongo que habría sido posible hallar el método antes, incluso antes de la invasión de los extraterrestres, si hubiéramos tenido un motivo. Pero, exceptuando la curiosidad científica, no lo teníamos. En condiciones normales, el viaje a través del tiempo no es interesante si uno sólo puede desplazarse en un solo sentido y no se conoce el medio de regresar.
    — Cuando llegamos a la conclusión de que nuestra única oportunidad para sobrevivir era retroceder en el tiempo, gran parte de la tarea estaba ya realizada — intervino Hardwicke —. Durante toda la historia de la investigación científica, han existido sectores de la población que han negado el valor de la investigación pura. ¿Para qué sirve?, preguntan. ¿En qué nos ayudará? ¿A qué podemos aplicarla? Considero que nuestra situación es un ejemplo perfecto del valor de la investigación fundamental. Los estudios realizados sobre el segundo universo y su acontecer temporal en sentido opuesto fueron investigación pura, inversión de medios y esfuerzos en algo que no parecía presentar oportunidades rentables. Pero no fue así, ya que ofreció a la raza humana la oportunidad de salvarse.
    — Según lo entiendo — dijo Brooks —, ustedes utilizaron el sentido opuesto del tiempo del otro universo para llegar hasta aquí. De algún modo, sus túneles del tiempo captan el devenir opuesto; ustedes entran en su época actual y salen en nuestra época actual. Pero para ello han de acelerar enormemente el paso del tiempo y ser capaces de controlarlo.
    — Eso fue lo más difícil — comentó Hardwicke —. No en teoría, pues la teníamos solucionada, sino en la aplicación. En realidad, resultó increíblemente sencillo, aunque al principio parecía complicado.
    — ¿Cree que está al alcance de nuestra tecnología actual?
    — Estamos convencidos de ello — respondió Hardwicke —. Por eso escogimos esta época determinada. Debíamos elegir un objetivo que comprendiera hombres capaces de entender y aceptar la teoría y otros, los ingenieros, aptos para construir el material necesario. También tuvimos en consideración otros factores. Necesitábamos alcanzar una época que por su clima moral e intelectual estuviera dispuesta a proporcionarnos la ayuda necesaria. Esa época debía caracterizarse además por una productividad económica tal, que pudiera desprenderse de los elementos y utensilios que precisaríamos para rehacer nuestra vida en el mioceno. Tal vez hayamos sido injustos al esperar tanto de ustedes. Tenemos una justificación. Si no hubiéramos regresado a este u otro sector del tiempo, la raza humana desaparecería dentro de quinientos años a contar desde ahora. Tal como están las cosas, les hemos trasladado a diferente senda del tiempo, fenómeno que si lo desean podemos discutir luego. Ahora existe la posibilidad, aunque no la seguridad, de que puedan continuar hacia su futuro sin que se produzca la invasión de los extraterrestres.
    — El doctor Osborne no ha participado hasta ahora en esta discusión — señaló Ives —. ¿Tiene algo que decir?

    Osborne meneó la cabeza.

    — Todo esto excede de mi competencia, caballeros. No soy físico, sino un geólogo aficionado a la paleontología. Me he limitado a acompañarles. Si luego alguno de ustedes desea hablar sobre el mioceno, que es nuestro destino final, podremos hacerlo.
    — A mí me gustaría oírle ahora — dijo Brooks —. Tengo entendido que ustedes proponen que la población actual de la Tierra regrese también al mioceno. Supongo que esto podría interesar a los más aventureros. Muchas personas lamentan el no haber nacido en la época de los grandes descubrimientos geográficos. La posibilidad de retornar a una época donde la mayoría de las limitaciones actuales podrían dejar de existir, les resultaría muy atractiva. Deseo saber si va a informarnos acerca de lo que cabe esperar del mioceno.
    — Si así lo desea — respondió Osborne —, no tengo inconveniente. Como es lógico, no podremos descartar una parte de conjeturas, aunque ciertos hechos están suficientemente demostrados. El motivo principal de escoger el mioceno reside en que durante esa época apareció por primera vez la hierba sobre la Tierra. Tenemos razones para creerlo, pero no voy a exponerlas ahora. En primer lugar, fue en esta época cuando aparecieron verdaderos herbívoros con dentadura adaptada a la ingestión de hierbas. Al comienzo de dicha era, los herbívoros por lo visto se multiplicaron rápidamente. El clima era bastante árido, aunque según nuestros cálculos las lluvias son suficientes para la agricultura. La mayor parte de las grandes selvas fue reemplazada por sabanas que sustentaban inmensos rebaños. Sabemos algo de estos herbívoros, aunque supongo que debieron existir más especies, de las que no poseemos fósiles. Habría gran número de oreodontes, animales del tamaño del carnero, que pudieron ser parientes lejanos de los camellos, y también camellos, aunque mucho más pequeños que los actuales. Esperamos encontrar pequeños caballos, con una alzada como la del «pony», y algunos rinocerontes. En cierto momento del mioceno, probablemente al principio, los elefantes pasaron a América del Norte por el istmo de Bering. También habría animales de cuatro colmillos, más pequeños que los elefantes actuales. Uno de los más peligrosos sería el cerdo gigante, grande como un buey y con un cráneo de un metro veinte de longitud. No sería muy agradable toparse con él. Con tan numerosas especies herbívoras, podemos esperar que el mioceno tenga una proporción de carnívoros, tanto caninos como felinos. Probablemente conoceremos a los viejos antepasados del tigre de dientes de sable. Esto no es más que un ligero repaso. Hay muchísimas más cosas. Sea como fuere, creemos que el mioceno fue una época de desarrollo evolutivo bastante rápido, con aparición de nuevos géneros y especies; época caracterizada, quizá, por una tendencia de los animales a aumentar de tamaño. Podría haber algunos supervivientes del oligoceno, incluso del eoceno. Algunos mamíferos quizá resulten agresivos. Podía haber serpientes e insectos venenosos... aunque no estoy del todo seguro. De hecho, tenemos pocas certezas en ese aspecto.
    — Según sus cálculos, no obstante, sería posible vivir — intervino Brooks —. El hombre podría desenvolverse.
    — Seguro — afirmó Osborne —. Los grandes bosques de eras anteriores cedieron terreno a las praderas y, aun quedando bosques suficientes para uso del hombre, grandes terrenos despejados admitirían el arado. Habría hierba para alimentar el ganado. Los terribles diluvios que caracterizaron algunas de las eras anteriores, habrían disminuido. Al principio, el hombre podría vivir de la tierra. Habría suficiente caza, nueces, granos, frutas, raíces. La pesca sería buena. No sabemos tanto como quisiéramos acerca del clima, pero algunas pruebas indican que sería más uniforme que el actual. Probablemente los inviernos no tan fríos. Como los veranos serían igual de cálidos y los comprenderá, esto no puede afirmarse con seguridad.
    — Comprendo — dijo Brooks —. Pero, de cualquier modo, están decididos a hacerlo, ¿verdad?
    — No tenemos otra opción — repuso Osborne.


    31


    Steve Wilson entró en la sala de Prensa. La lámpara del escritorio aún estaba encendida, trazando un círculo de luz en la habitación a oscuras. Los teletipos repiqueteaban junto a la pared. Casi las tres, pensó. Necesitaba descanso. Aunque consiguiera dormir, le quedaban cuatro horas a lo sumo antes de volver al trabajo.

    Mientras se acercaba a su escritorio, Alice Gale se levantó del sillón, donde le esperaba sentada a oscuras. Aún llevaba su túnica blanca. Steve pensó que quizás era lo único que tenía, pues la gente del futuro llevaba poco equipaje.

    — Le esperaba, señor Wilson — dijo —. Confiaba en que regresaría. Mi padre quiere hablar con usted.
    — Cómo no — dijo Wilson —. Buenos días, señor Gale.

    Gale salió de entre la oscuridad y dejó un maletín sobre el escritorio.

    — Estoy algo confuso — explicó —. Mi situación es un poco difícil y no quiero cometer ningún error. Dígame si puede escucharme y darme un consejo. Usted parece un hombre que sabe cómo actuar.

    Wilson se detuvo, expectante. Notó que la situación, como había dicho Gale, se prestaba a cometer errores, y supo que iban a plantearle un asunto espinoso. Guardó silencio.

    — Comprendemos que nuestra llegada significa una carga terrible para los gobiernos y los pueblos del mundo actual — empezó Gale —. Hicimos lo que podíamos. Nos ocupamos de enviar trigo y otros víveres a las zonas donde sabíamos que escasearían los alimentos. Estamos dispuestos a realizar cualquier trabajo que surja, pues representamos una fuerza laboral numerosa y desempleada. Como la construcción de los túneles y el suministro de las herramientas que precisaremos en el mioceno sin duda representarán un fuerte desembolso...

    Se acercó al círculo de luz del escritorio, quitó el candado al maletín y lo abrió. Estaba lleno de bolsitas de cuero. Cogió una, la abrió y vertió sobre el escritorio una lluvia de piedras talladas que relampaguearon bajo la luz.

    — Diamantes — murmuró.

    Wilson tragó saliva.

    — Pero, ¿por qué? — susurró —. ¿Por qué diamantes? ¿Qué quiere que haga yo?
    — Era el único valor de volumen suficientemente pequeño que podíamos transportar — respondió Gale —. No ignoramos que, si se lanzasen al mercado de una sola vez, se hundirían los precios. Pero si fueran saliendo poco a poco, el efecto no sería tan desastroso. Sobre todo, si se mantuviera en secreto su existencia. Y hemos cuidado de no incluir repeticiones, y de que no se produzcan paradojas. Habría sido fácil traer del futuro muchas gemas famosas que existen actualmente. Pero no lo hicimos. Todas las piedras de este maletín fueron descubiertas y talladas en nuestra época. Ninguna es conocida hoy por hoy.
    — Quédeselas — suplicó Wilson, horrorizado —. ¡Pero hombre! ¿Se da cuenta de lo que podría pasar si alguien supiera lo que hay en el maletín? Miles de millones de dólares...
    — Sí, muchos millones — señaló Gale con tranquilidad —. A los precios actuales, un billón quizás. Valen mucho más de lo que llegarán a valer en nuestra época. Nosotros, dentro de quinientos años, no damos un valor tan grande a estas cosas como hacen ahora ustedes.

    Cogió las piedras sin apresurarse, las guardó en la bolsita, metió la bolsita en el maletín, lo cerró y le puso el candado.

    — Habría preferido que no me dijera nada de esto — murmuró Wilson.
    — Teníamos que hacerlo — observó Alice —. ¿No comprende? Usted es la única persona que conocemos, la única en quien podemos confiar. Sólo usted puede aconsejarnos.

    Wilson trató de serenarse al tiempo que decía:

    — Sentémonos y examinemos la cuestión. No hablen demasiado alto. Creo que no hay nadie por aquí, pero podrían oírnos.

    Se alejaron del círculo de luz, acercaron tres sillas y se sentaron.

    — Ahora van a contarme qué se proponen — dijo Wilson.
    — Creíamos que el producto de estas piedras, vendidas con prudencia, compensaría en parte los gastos de la ayuda que nos prestan — explicó Gale —, no un Gobierno ni un país, sino todos los gobiernos y países de la Tierra. Tal vez se podría constituir un depósito y, una vez vendidas las piedras preciosas, repartir el dinero en proporción a los gastos reales.
    — En ese caso...
    — Adivino su pregunta. ¿Por qué no se dividieron las piedras para ofrecérselas a todos los gobiernos? Por dos razones: a mayor cantidad de gente enterada, mayores posibilidades de que la noticia se divulgase. La única solución consistía en reducir al mínimo el número de conocedores del secreto. Entre nosotros, sólo seis lo saben. Aquí, el único que lo sabe por ahora es usted. Del otro lado, es un problema de confianza. Por la Historia sabíamos que podíamos confiar en pocos gobiernos de hecho, sólo en dos, en ustedes y en los británicos. Basándonos en nuestros estudios, elegimos los Estados Unidos. Algunos opinaban que la organización depositaria de las gemas debían ser las Naciones Unidas pero, si he de ser franco, teníamos poca confianza en la ONU. Pensaba entregar las piedras preciosas al Presidente. Decidí no hacerlo cuando vi lo ocupado que estaba y cómo dependía de los consejos de tantas otras personas.
    — Sólo le diré una cosa — dijo Wilson —. No puede andar por aquí con ese maletín. Necesita escolta hasta que el maletín haya sido guardado en algún sitio seguro. Como Fort Knox, probablemente, si el Gobierno no dispone otra cosa.
    — Señor Wilson, ¿quiere decir que van a vigilarme? No creo que me guste.
    — Yo qué sé — murmuró Wilson —. Ni siquiera sé por dónde empezar — cogió el teléfono y marcó —: Jane, ¿aún estás de guardia? ¿Sabes... a qué hora se acostó el Presidente?
    — Hace una hora — respondió Jane.
    — Bien — comentó Wilson —. Debió hacerlo antes.
    — ¿Es importante Steve? Dejó mandado que se le despertara si había algo importante.
    — No corre prisa. ¿Podrás localizar a Jerry Black?
    — Lo intentaré. Creo que aún anda por aquí.

    En el silencio de la sala sólo se escuchaban los teletipos. Gale y Alice esperaban inmóviles en sus asientos. La luz aún se colaba desde la sala de Prensa, pero no se oían las máquinas de escribir.

    — No queríamos molestarle — dijo Alice a Wilson —, pero estábamos desesperados. No sabíamos qué hacer.
    — Está bien — respondió Wilson.
    — No sabe cuánto significa esto para nosotros — agregó la muchacha —. Aunque por ahora la humanidad no lo sabrá, no se dirá que vinimos como mendigos. Queremos pagar, es importante para nosotros.

    Se oyeron pasos en el corredor, deteniéndose junto a la puerta.

    — ¿Qué pasa, Steve? — preguntó Jerry Black.
    — Necesito dos hombres — respondió Wilson.
    — Aquí estoy — resolvió Black — y puedo buscar otro.
    — Será un favor, pues no tengo autoridad — respondió Wilson —. Actúo por mi cuenta y tendrá que ser hasta mañana por la mañana, cuando pueda ver al Presidente.
    — De acuerdo — repuso Black —, si es cosa del Presidente.
    — Supongo que así se podría interpretar — explicó Wilson.
    — ¿De qué se trata? — dijo Black.
    — El señor Gale lleva un maletín. No te diré lo que contiene. No te gustaría saberlo, pero es importante. Quiero que lo tenga él y nadie más, hasta que sepamos qué hacer con el maletín.
    — Descuida. ¿Crees que se necesitan dos hombres?
    — Estaré más tranquilo si son dos.
    — No hay problema — le aseguró Black —. Déjame usar tu teléfono.


    32


    El cielo se teñía de gris hacia el este cuando Enoch Raven se puso a la máquina de escribir. A través de la ventana se divisaban las verdes colinas de Virginia, y en árboles y matorrales los pájaros despertaban para dar comienzo a sus gorjeos y trinos.

    Apoyó los dedos sobre el teclado, y comenzó a escribir de corrido, sin detenerse a pensar. Desde hacía años se había acostumbrado a redactar mentalmente sus textos antes de ponerse a escribir; analizaba el tema, le daba forma y lo pulía, para que los lectores de su columna no tuvieran que interrogarse acerca del significado. Las conclusiones debían ser evidentes para que todos las entendieran, y la argumentación debía estar bien articulada.

    Escribió:

    Hoy el mundo se enfrenta con una crisis que podría ser la peor de su historia. Lo peculiar de esta situación reside en que no se ajusta a ningún precedente de los que asociamos con una crisis. No obstante, y pensándolo bien, podemos compararla a otra situación crítica que hemos diagnosticado desde hace tiempo: la superpoblación y los problemas económicos que ésta podría plantear. Pero, hasta muy recientemente — hasta el pasado domingo por la mañana — ninguna persona razonable habría supuesto que la superpoblación, tan temida y discutida, iba a caer sobre nosotros de un día para otro.
    Por consiguiente, se nos ha planteado un problema que habremos de resolver en pocas semanas, y no después de un largo período de cuidadosa planificación. La dura realidad es que sólo podremos seguir alimentando durante un plazo muy limitado a las multitudes que han acudido a nosotros en busca de ayuda. Ellos han admitido sinceramente que conocían los problemas originados por su llegada y, en consecuencia, nos han aportado los conocimientos y los medios que necesitaremos para resolverlos. Sólo nos queda utilizar en seguida esos medios. Para lograrlo se precisa la colaboración voluntaria de todos nosotros. Esta frase no la empleamos a la ligera ni en su habitual sentido político admonitorio, sino de un modo muy concreto: todos y cada uno de nosotros, hasta el último.
    Lo que se nos exige es paciencia, disposición para soportar ciertos sacrificios, para tolerar ciertos inconvenientes. Podría significar que habrá menos alimentos y de menor calidad. Quizá tengamos que esperar antes de pedir el nuevo coche. Quizá no podamos comprar una nueva cortadora de césped cuando se rompa la vieja, que ya se halla en las últimas. La energía y los recursos económicos que en situaciones normales se canalizarían hacia la producción y distribución de bienes y servicios, deben servir no solo para que nuestros lejanos descendientes regresen más atrás en el tiempo, sino para suministrarles máquinas, herramientas y provisiones que precisarán para construir una cultura viable. Quizá se encargue a Detroit la fabricación de arados y otros aperos en lugar de automóviles. Es posible que haya de imponerse un racionamiento, voluntario o por decreto oficial. Si bien las decisiones tomadas por el Presidente Henderson — la congelación de las operaciones bancarias, y la de precios y salarios — pueden estimarse acertadas, cabe argüir que debió dar un paso más y legislar con energía contra el acaparamiento. Aunque las medidas burocráticas apenas bastarán para hacer frente a los acontecimientos, creemos que se impone avanzar pronto hacia un estricto racionamiento de los alimentos y los bienes esenciales para la actividad económica. Entendemos que ciertos motivos políticos hayan disuadido al señor Henderson de tomar tales medidas. Pero estas decisiones deben tomarse aunque sean impopulares, y debe imponerse su cumplimiento porque de ello depende nuestra supervivencia.
    Es obvio que tales decisiones a tomar por el Presidente también deberían ser adoptadas por otras naciones. Creemos posible que Gran Bretaña, Rusia, Francia, Alemania, Japón, China y probablemente otros países hayan reaccionado antes de que se publiquen estas líneas. Pero la acción debe ser mundial, pues no depende exclusivamente de las naciones más poderosas. El problema es mundial y, para resolverlo, deben imponerse restricciones económicas provisionales no sólo a las economías rectoras, sino a todo el mundo.
    Inexplicablemente, la aparición de la gente del futuro suscitará la controversia entre los distintos grupos ideológicos, si bien con poco fundamento en la mayoría de los casos. Así lo demuestra la pública indignación del reverendo Jake Billings, uno de nuestros evangelistas más pintorescos, al serle revelado que dentro de quinientos años el pueblo habrá abandonado la religión como un factor inoperante en la vida de la humanidad. Aunque esto pueda molestar al sacerdocio, la cuestión apenas afecta al problema principal que tenemos planteado. Esto no es más que un ejemplo de los muchos interrogantes que surgirán, pero ahora no es momento de dedicar nuestras energías al intento de responder o resolverlos. Con eso no se ganaría más que dividir a una población que, aun en las mejores circunstancias, se expone a inevitables enfrentamientos en lo que respecta a la definición de las prioridades de la tarea.
    Todavía no hemos tenido tiempo ni datos suficientes para un auténtico repaso de la situación. Aunque se nos han comunicado algunos hechos básicos, puede haber otros que todavía ignoremos, o que debido a varias circunstancias no se hayan revelado todavía. También podría ocurrir que no supiéramos interpretar bien nuestros datos, no porque alguien haya tratado de oscurecerlos, sino porque no hemos podido valorar los diversos factores y asignar a cada uno la importancia que se merece.
    Como es natural, no hay tiempo de analizar largamente la crisis; por tanto, el mundo se ve obligado a actuar con más urgencia de la que suele ser conveniente. La misma precipitación exige una tolerancia que por lo general no es conveniente cuando están en juego asuntos fundamentales. Pero las críticas y divergencias de opinión respecto de los criterios y actos oficiales sólo servirían para dificultar una solución que, si se toma, ha de imponerse pronto. Los hombres de Washington, Whitehall y el Kremlin pueden equivocarse en muchas cosas, pero la opinión pública debe creer que no actúan movidos por la perversidad o la estupidez, sino con la mejor buena fe al hacer lo que consideran adecuado.
    Ni que decir tiene que no es así como deben hacerse las cosas en un país democrático. Es justo que todos los hombres tengan voz en las decisiones y acciones gubernamentales, que se preste atención a todas las opiniones, que no se tomen decisiones arbitrarias en contra de la voluntad pública. Pero hoy no podemos permitirnos el lujo de una noción tan idealista. Quizá la situación no pueda resolverse de la manera que muchos quisiéramos; sin duda habrá que pisar algunos callos, atacar cierto concepto de la justicia y del derecho de propiedad. Pero aceptar todo esto, si no resignadamente, al menos sin crear demasiada confusión, forma parte del sacrificio que se nos pide.
    No es un país, un partido político, una carrera política, un pueblo ni una región lo que está amenazado, sino toda la Tierra. Este comentarista no sabe lo que puede suceder, ni tiene medios de adivinarlo. Sé que muchas cosas me desagradarán; en muchos casos pensaré que algo pudo hacerse mejor o de otra manera. En el pasado nunca dejé de publicar mi opinión personal y supongo que, cuando todo haya concluido, no dejaré de señalar los errores garrafales que yo crea haber descubierto. Pero de hoy en adelante, como aportación personal al sacrificio que considero tan necesario, ejerceré una firme censura, no sobre mis pensamientos, sino sobre mi máquina de escribir. Así pues, me declaro miembro fundador del «Club Mantenga La Boca Cerrada, Tío». La inscripción queda abierta e invito a todos a que se hagan socios.


    33


    Sin saber cómo, se había subido a un árbol, había trepado hasta una rama y allí colgaba absurdamente, cuando sopló un viento súbito y violento, obligándole a sujetarse con todas sus fuerzas. Sabía que de un momento a otro podría soltarse y caer al suelo. Cuando miró hacia abajo descubrió, horrorizado, que no había suelo.

    Oyó una voz muy lejana, pero estaba tan ocupado en aferrarse a la rama que no pudo entender lo que decía. El viento le azotó con más intensidad.

    — Steve — decía la voz —. Steve, despierta.

    Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que no estaba en un árbol. Un rostro deformado flotaba sobre el suyo. No era un rostro humano.

    — Despierta, Steve — dijo la voz, perteneciente a Henry Hunt —. El Presidente ha preguntado dónde estabas.

    Wilson levantó una mano y se restregó los ojos. El rostro, que ya no parecía deformado, era en efecto el de Henry Hunt.

    La cara se alejó a medida que se erguía el redactor del «Times». Wilson bajó las piernas y se sentó. Por las ventanas de la sala de Prensa entraba la luz del día.

    — ¿Qué hora es? — preguntó.
    — Casi las ocho.

    Wilson se fijó en Hunt.

    — ¿Has descansado? — inquirió.
    — Estuve en casa un par de horas. No pude dormir. Todo daba vueltas dentro de mi cabeza. Por eso vine temprano — recogió una chaqueta del suelo y preguntó —: ¿Es tuya?

    Wilson asintió, no muy despejado todavía.

    — He de lavarme y peinarme — dijo poniéndose en pie. Cogió la chaqueta de manos de Hunt y se la acomodó debajo del brazo —. ¿Qué ha pasado?
    — Lo que era de esperar — repuso Hunt —, los teletipos sólo transmiten lamentos y quejas por lo del embargo comercial. ¿Cómo no nos lo dijiste, Steve?
    — Lo ignoraba. El jefe no hizo ningún comentario.
    — No importa — agregó Hunt —. Debimos adivinarlo. ¿Te imaginas la que se armaría si abriera la Bolsa hoy?
    — ¿Alguna noticia del monstruo?
    — Rumores. Nada seguro. Se dice que ha escapado otro en África, en algún lugar del Congo. ¡Cristo!, no podrán cazarlo.
    — No todo el Congo es selva, Henry.
    — Sí donde dicen que ocurrió.

    Wilson se fue al cuarto de baño. Cuando regresó, Hunt le esperaba para darle una taza de café.

    — Gracias — murmuró. Tomó un trago del brebaje caliente y se estremeció —. No sé si aguantaré toda la jornada. ¿Sabes si ha dicho algo el Presidente?

    Hunt meneó la cabeza.

    — ¿Ha llegado Judy?
    — Todavía no, Steve.

    Wilson se dejó la taza a medias sobre la mesita.

    — Gracias por despertarme y por el café — dijo —. Hasta luego.

    Cruzó la puerta de la sala de Prensa. La lámpara que había olvidado apagar aún alumbraba débilmente el escritorio. En el corredor se oían pasos apresurados que iban y venían. Se puso la chaqueta y salió.

    El Presidente estaba con dos hombres: el general Daniel Foote y uno de los refugiados, que vestía de montañés.

    — Buenos días, señor Presidente — saludó Wilson.
    — Buenos días, Steve. ¿Ha descansado?
    — Más o menos una hora.
    — Ya conoce al general Foote — continuó el Presidente —. Este otro caballero se llama Isaac Wolfe. El doctor Wolfe es biólogo. Nos trae noticias bastante alarmantes. Me pareció conveniente escucharle.

    Wolfe era un hombre grueso, ancho de cuerpo, de pecho voluminoso y piernas cortas y sólidas. Su cabeza, coronada por un revoltijo de cabello entrecano, parecía de tamaño superior al normal.

    Se adelantó con vivacidad y estrechó la mano de Wilson.

    — Lamento ser portador de noticias tan desagradables — se disculpó.
    — Anoche — intervino el Presidente —, o mejor dicho durante la madrugada de hoy, un granjero que vive cerca de Harper's Ferry fue despertado por unos ruidos en su gallinero. Salió y encontró el gallinero lleno de bestias extrañas, aproximadamente del tamaño de unos jabalís. Disparó y huyeron, menos una que casi quedó partida en dos por la perdigonada. El granjero fue atacado. Se encuentra en el hospital. Me han dicho que vivirá, pero sus heridas son terribles. A juzgar por su relato, es seguro que los seres del gallinero eran una nueva camada de monstruos.
    — ¡Pero eso es imposible! — exclamó Wilson —. El monstruo escapó hace sólo...
    — El doctor Wolfe vino a verme anoche — intervino Foote —, poco después de que el monstruo escapara del túnel. La verdad es que no le creí, pero cuando recibí el parte sobre lo ocurrido en el gallinero, transmitido por el jefe de una patrulla del oeste de Virginia, le llamé y le pedí que viniera a la Casa Blanca. Doctor, discúlpeme por no haber dado crédito a sus palabras desde el principio.
    — Pues yo sigo diciendo que es imposible — afirmó Wilson.
    — No, no es imposible. Son seres muy diferentes de cuantos conocemos — explicó Wolfe —. Los procesos evolutivos de estos monstruos no se parecen a nada de lo que usted pueda concebir. Su reacción a las exigencias del medio desafía a toda descripción. Sabemos algo y hemos deducido lo demás, pero estoy convencido de que, en una situación de peligro, el desarrollo de esos monstruos puede acelerarse hasta límites fantásticos. Una hora puede bastarles para empollar y, una hora después, salen a buscar alimento. La urgencia percibida por el progenitor se transmite a la prole, en una situación de crisis para ambos. El progenitor lo sabe conscientemente, y aunque las crías normalmente no deberían saberlo, de algún modo extraño y desconocido para mí la reacción de temor se comunica al embrión. Esto acelera su desarrollo y le hace alcanzar más pronto la madurez reproductora, a su vez. Es una reacción genética ante un peligro para la supervivencia. Los monstruos jóvenes experimentan una mutación que resultaría inconcebible en una especie terrestre. Son seres de una raza extraña que tiene la capacidad única e innata de aprovechar todos los recursos del mecanismo evolutivo.

    Wilson buscó una silla y se dejó caer sin fuerzas. Miró al Presidente.

    — ¿Se ha filtrado algo de esto?
    — No — repuso el Presidente —, nada. La esposa del granjero telefoneó al sheriff. La patrulla acababa de llegar al sector y el oficial estaba hablando con el sheriff cuando se recibió la llamada. El oficial se ocupó de echarle tierra al asunto. Por eso ha venido el doctor Wolfe. No podremos ocultarlo indefinidamente. Se sabrá... si no esta vez, sí la próxima. Puede haber centenares de crías en los montes; serán vistas y se sabrá todo. No podemos ni debemos callarlo.
    — El problema estriba en cómo dar la noticia sin crear el pánico — dijo Wilson.
    — Si lo callamos — afirmó el Presidente —, perjudicaremos nuestra credibilidad y se dudará de todo lo que digamos. Además, es una cuestión de seguridad pública.
    — Dentro de pocos días — intervino Foote —, todas las montañas estarán pobladas de monstruos adultos. Lo más probable es que se dispersen. Podremos cazar algunos, pero no a todos; tal vez sólo un pequeño porcentaje. El único modo de lograrlo sería lanzar a ello todos los hombres disponibles.
    — Se dispersarán, en efecto — dijo Wolfe —. Al hacerlo, aseguran sus posibilidades de supervivir. Y se desplazan con rapidez. En un día pueden ir de Nueva Inglaterra a Georgia. Al principio se mantendrán en terreno montañoso para ocultarse, pero luego comenzarán a bajar de las montañas.
    — ¿Cuánto supone que tardarán en poner huevos a su vez? — preguntó Wilson.

    Wolfe abrió las manos.

    — ¿Quién puede saberlo? — preguntó.
    — ¿Usted qué cree?
    — Una o dos semanas, supongo.
    — ¿Cuántos huevos en una nidada?
    — Un par de docenas. Comprenda que no lo sabemos. No pudimos estudiar muchos nidos.
    — ¿Cuándo comenzarán a matar?
    — Ahora mismo. Necesitan comer para crecer. Matarán mucho, animales salvajes o de granja, y quizá seres humanos. No muchos, al principio. Si devorasen hombres llamarían demasiado la atención. Aunque guerreros, conocen la vulnerabilidad momentánea que representa su escaso número. Puede haber asesinos psicópatas entre ellos, pero no son estúpidos.
    — Ahora disponemos de pocas fuerzas — dijo el Presidente —. Tendremos que emplear muchas más, con aviones y helicópteros para localizar a los monstruos. Cuando venga Sandburg nos dirá lo que podemos hacer. Seguramente habrá que declarar la movilización general y repatriar tropas del extranjero. No sólo hemos de cazar los monstruos, sino además atender a los campamentos de refugiados.
    — No queremos estar mano sobre mano. Somos muchos miles. Facilítenos armas y ayudaremos a su Ejército. Conocemos a esos seres, y somos culpables de su venida. Tenemos el deber y...
    — No les faltará quehacer, más adelante — le interrumpió el Presidente —. Movilizarles a ustedes sería una tarea ingente. De momento sólo recurriremos a nuestros hombres.
    — ¿Qué hacemos con los habitantes de la región? — preguntó Wilson —. ¿Los evacuamos?

    El Presidente meneó la cabeza.

    — Me parece que no, Steve. Ya son muchos refugiados a nuestro cargo y prefiero esperar que por ahora nuestros monstruos no sean demasiado agresivos. Tal vez opten por ocultarse. Aunque se produzcan algunos accidentes, hay que aceptarlos. Es todo cuanto podemos hacer.
    — Creo que tiene razón — dijo Wolfe —. Por ahora están en inferioridad numérica y deben ganar fuerzas. Durante algún tiempo, los cachorros no constituirán un peligro demasiado grande. Tendrán que ganar en tamaño y peso. También supongo que vacilarán en desafiar más armas mortíferas, con una densidad de fuego mucho mayor de la que nosotros pudimos esgrimir contra ellos. Nosotros habíamos vivido en paz durante tanto tiempo, que olvidamos la mayor parte de las técnicas militares y tuvimos que partir de cero en la construcción de armamentos.
    — Le espera una jornada movida, señor Presidente — comentó Foote —. Si no desea nada más de nosotros...

    El Presidente se puso en pie y rodeó el escritorio para tomar a ambos de la mano.

    — Agradezco su visita — dijo —. Vamos a ocuparnos de esto en seguida.

    Wilson hizo intención de irse.

    — ¿Convoco ahora mismo a la Prensa? — preguntó —. ¿O espero a que haya hablado con el Ejército?

    El Presidente dudó un momento.

    — Creo que ahora mismo — respondió —. Conviene que seamos los primeros en comunicarlo. Los militares lo han ocultado pero no podrán hacerlo por mucho tiempo. Voy a recibir una delegación del Senado. Sería mejor publicarlo antes de que entren.
    — Hay otro asunto — agregó Wilson —. Usted dormía y no quise despertarle. Un maletín lleno de diamantes...
    — ¿Diamantes? ¿A qué viene eso?
    — Es un asunto bastante raro, señor — respondió Wilson —. ¿Recuerda el maletín que llevaba Gale...?
    — ¿Había diamantes en ese maletín?
    — Completamente lleno, en bolsas. Abrió una y esparció los diamantes sobre el escritorio. Dijo que las demás bolsas también contenían diamantes y me parece que podemos creerlo. Los refugiados se proponían pagar con ello lo que se gastara en facturarlos al mioceno.
    — Ya me habría gustado ver la cara que puso usted cuando le enseñaron los diamantes — dijo el Presidente —. ¿Qué hizo?
    — Llamé a Jerry Black y puse a Gale bajo escolta. Insistí en que se guardara los diamantes.
    — Bien hecho — comentó el Presidente —. Voy a llamar al Tesoro para que se haga cargo del depósito provisional, y que Reilly Douglas compruebe la legalidad de todo esto. ¿Ha calculado cuánto pueden valer los diamantes?
    — Gale dice que, a los precios actuales, hasta un billón de dólares. Eso si pueden lanzarse al mercado poco a poco, sin baja de los precios. Como comprenderá, son para todo el mundo y no sólo para nosotros. Gale nos los deja en depósito; dijo que éramos el único Gobierno en quien confiaban.
    — ¿No se da cuenta de que puede ser muy peligroso? Si se supiera...
    — Lo único que entendí, a decir verdad — respondió Wilson —, es que trataban de ayudar. Quieren pagar su viaje.
    — Lo creo — concluyó el Presidente —. Sepamos qué opina Reilly.


    34


    Desde primeras horas de la mañana, la multitud empezó a congregarse en el Parque Lafayette, frente a la Casa Blanca.

    Era el mismo grupo silencioso pero desafiante que había montado guardia todo el domingo. Ahora llevaban algunos carteles. Uno, escrito con letras muy burdas, decía: RETORNO AL MIOCENO.

    Otro: TRAED VUESTROS DIENTES DE SABLE. Y un tercero: QUEREMOS DEJAR ESTE PIOJOSO MUNDO.

    Un periodista se abrió paso entre el grupo y se acercó al melenudo que portaba el cartel de RETORNO AL MIOCENO.

    — ¿Quiere explicarme qué ocurre? — preguntó.
    — Hombre — respondió el joven con impaciencia —, aquí lo puede leer. Lo dice bien claro.
    — No entiendo qué pretenden manifestar — dijo el periodista —. ¿O no hay nada que manifestar esta vez?
    — Esta vez no — replicó el portador del cartel —. Otras veces hemos intentado manifestar algo y nunca nos hicieron caso — apuntó con el pulgar hacia la Casa Blanca —. Ese fulano parece estar sordo. Todos parecen sordos.
    — Esta vez — intervino una muchacha que se hallaba junto al portador del cartel — no nos manifestamos. Sencillamente, exigimos retornar al mioceno.
    — O al eoceno — dijo otra muchacha —. O al paleoceno. A cualquier sitio que esté lejos de este maldito lugar. Queremos dejar este mundo cruel y empezar de nuevo. Deseamos regresar y fundar la clase de mundo que queremos. Hace años que intentamos reformar la sociedad y no hemos conseguido nada. En vista de que no podemos cambiarla, hemos intentado salir de ella. Por eso se fundaron las comunas. Pero la sociedad no nos deja tenerlas. Van y nos devuelven a casa. No quieren soltarnos.
    — Pero ahora tenemos la solución — intervino el portador del cartel —. Si la gente del futuro se va al pasado, a nosotros no pueden prohibírnoslo. A nadie le molestará que nos larguemos. La mayoría lo celebrarán.
    — Creo que podríamos llamar a esto un movimiento — resumió el periodista —. Casi todo lo que ustedes hacen recibió ese nombre. ¿Les molestaría decirme cuántos son?
    — En absoluto — respondió la muchacha —. Ahora no seremos más de quince o veinte. Pero escriba usted su artículo, consíganos un espacio en televisión, y seremos miles. Vendrán de Chicago, Nueva York, Boston y Los Angeles. Seremos más de los que esta ciudad pueda contener. Porque, como comprenderá, esta es nuestra primera posibilidad auténtica de irnos.
    — En efecto — admitió el periodista —. Lo entiendo. Pero, ¿qué piensan hacer? ¿Echar abajo la puerta de la Casa Blanca?
    — Si quiere decir que nadie nos hará caso, tal vez tenga razón — repuso el portador del cartel —. Pero dentro de veinticuatro horas, nos harán caso. Y dentro de veintiocho saldrán a la calle para parlamentar con nosotros.
    — No ignoran ustedes que todavía no existen los nuevos túneles del tiempo. Y tal vez no lleguen a existir. Se necesitarían materiales y mano de obra...
    — Aquí está la mano de obra, señor. No tienen más que pedirla. Entréguennos picos y palas. Entréguennos llaves inglesas. Entréguennos cualquier cosa y digan qué hemos de hacer. Trabajaremos sin parar. Haremos cualquier cosa con tal de salir de aquí. No pedimos ni salario ni nada, sólo que nos dejen ir.
    — Escríbalo — dijo la muchacha —. Póngalo tal como se lo hemos explicado.
    — No queremos crear dificultades — agregó el melenudo —. No somos alborotadores. Sólo deseamos que ellos se enteren y éste es el único modo de hacerlo.
    — Si nos dejan, no pediremos nada — afirmó la muchacha —. Nos gustaría tener algunas azadas y hachas, y quizás ollas y sartenes. Pero si no nos lo dan, nos iremos con las manos vacías.
    — Los hombres prehistóricos se las arreglaron con hachas de piedra — comentó el portador del cartel —. Podemos hacer lo mismo si es necesario.
    — ¿Por qué pierde el tiempo escuchándoles? — terció un individuo corpulento, de cuya boca colgaba un cigarro —. No saben más que hablar. Son unos cagones. No quieren ir a ningún sitio; lo único que quieren es fastidiar.
    — Se equivoca — dijo el hombre del cartel —. Queremos que se nos haga caso. ¿Por qué íbamos a quedarnos, habiendo idiotas como usted?

    El hombre del cigarro intentó agarrar el cartel y una de las muchachas le dio un puntapié en la espinilla. Retrocedió y se le escapó el cartel. El melenudo le golpeó en la cabeza con el palo, y un hombre que acompañaba al tipo del cigarro golpeó al portador del cartel en la mandíbula.

    Estalló una pelea, pero llegó la policía y los disolvió.


    35


    Judy ocupaba su escritorio. Empezaban a acumularse notas en el pincho. Los avisadores de la centralita lanzaban destellos.

    — ¿Has dormido? — preguntó Wilson.

    Ella le miró.

    — Un poco. Me desvelé pensando. Tuve miedo. Esto no marcha, ¿verdad, Steve?
    — No marcha — respondió —. Es demasiado para nosotros. De no existir el factor tiempo, sería más fácil. Si tuviéramos un poco de tiempo...

    Judy indicó la puerta que daba a la sala.

    — No les dirás eso, ¿verdad?

    Wilson sonrió.

    — No, eso no.
    — Han preguntado cuándo hablarías con ellos.
    — En seguida — informó.
    — Será mejor que te lo diga, pues no serviría de nada ocultártelo — agregó la muchacha —. Me voy a casa. Regreso a Ohio.
    — Pero si te necesito aquí.
    — Pide otra secretaria. Dentro de dos días no notarás diferencia.
    — No quise decir eso...
    — Ya te entiendo. Me necesitas para la cama. Así hemos pasado... ¿seis meses? Es esta maldita ciudad, que ensucia todo lo que toca. En otro lugar nos habríamos entendido bien, pero no aquí.
    — Maldita sea, Judy — dijo —, ¿qué te pasa? Sólo porque no fui a tu casa anoche...
    — Quizá sea eso, en parte. Pero naturalmente hay más. Tenías que cumplir con tu deber. Pero me sentí muy sola y habían ocurrido demasiadas cosas. Estuve pensándolo y me asusté. Quise llamar a mi madre pero las líneas estaban ocupadas. Una pobre muchacha asustada, corriendo a reunirse con su mamá. Fue como si hubiera cambiado de repente. Ya no era la eficaz y desenvuelta ciudadana de Washington, sino una chiquilla pueblerina de Ohio. Eso fue porque estaba asustada. Dime, ¿no es normal que tuviera miedo?
    — Es natural — respondió, lacónico —. Yo también estoy asustado. Todos tenemos miedo.
    — ¿Qué va a pasar ahora?
    — Que me parta un rayo si lo sé. Pero no hablábamos de eso.
    — Monstruos sueltos — agregó Judy —, exceso de bocas que alimentar. Y todos luchando contra todos o preparándose a luchar.
    — Estábamos en que te ibas a Ohio. No te preguntaré si lo has dicho en serio, porque me consta. Es una suerte que sepas dónde refugiarte. La mayoría de nosotros no tenemos adónde ir. Querría convencerte, pero eso sería injusto y egoísta de mi parte. Sin embargo, te ruego que te quedes.
    — He reservado pasaje — explicó —. Con todo ese lío del teléfono, lo conseguí de milagro. El pánico está cundiendo por todo el país. En momentos así, una se siente muy desvalida.
    — Ohio no te gustará. Te arrepentirás en seguida. Si tienes miedo en Washington, también lo tendrás en Ohio.
    — Me voy, Steve. Tomaré el avión a las seis y cuarto de esta tarde.
    — ¿No hay nada que hacer?
    — Está decidido — repuso.
    — Entonces, será mejor que hagas pasar a los periodistas. Tengo algunas novedades para ellos.


    36


    El senador Andrew Oakes se incorporó un poco desde las profundidades del sillón donde estaba hundido.

    — Señor Presidente, no estoy muy seguro de que sea acertado repatriar las tropas — dijo —. Nuestras bases necesitan guarnición. Me parece que nos estamos poniendo demasiado nerviosos. Unos bichos sin importancia atacan un gallinero al oeste de Virginia, y nosotros repatriamos varias divisiones. Parece exagerado. Y tampoco creo que haya sido acertado hablar de esos bichos a los periodistas. Todo el país quedará trastornado.
    — Senador — intervino el congresista Nelson Able —, creo que confunde usted la cuestión. No se nos ha llamado para decidir si había que repatriar divisiones, sino para comunicarnos que ya están en camino, y por qué lo hacen.
    — De todas formas, creo que al Presidente Henderson le interesará conocer nuestra opinión — repuso el senador Oakes —. Aunque no coincida con nosotros, me parece que debemos decírsela.
    — Exacto, Andrew — intervino el Presidente —. Como sabes, llevo muchos años escuchándote y casi siempre me ha interesado lo que decías, aunque esto no significa que coincidiese contigo. Por lo general, discrepamos.
    — Lo sé — dijo Oakes —, pero eso no me impedirá decir lo que pienso. Y opino que es una gran idiotez repatriar las tropas. La persecución de algunos monstruitos aficionados a matar gallinas no exige todo nuestro poder militar.
    — Se nos ha dicho — comentó el senador Brian Dixon — que estos seres dejarán de ser monstruitos. El modo más inteligente de combatirlos es liquidarlos antes de que haya más o lleguen a crecer.
    — ¿Cómo sabemos si crecerán o se multiplicarán de verdad? — insistió Oakes —. Confiamos en unas personas que se vinieron corriendo porque no fueron capaces de luchar. Y no lucharon, porque habían bajado la guardia. Desatendieron los gastos militares y de armamento...
    — ¡Alto, senador! — protestó el congresista Able —. Guárdese sus discursos militaristas para el Senado. Allí le sirven de propaganda y causan impresión al público. Pero aquí estamos entre nosotros, que no nos dejamos impresionar.
    — Caballeros — interrumpió el Presidente —, nos estamos apartando del tema. Con toda la consideración debida a las opiniones del senador, los militares serán repatriados. El motivo es que el secretario de Defensa y los jefes de

    Estado Mayor me han asegurado que las fuerzas se necesitan aquí. La cuestión ya ha sido discutida, y el criterio predominante es que no podemos arriesgarnos a fallar. Tal vez hayamos exagerado nuestro celo, pero eso vale más que la negligencia. Es posible que la gente del futuro tenga pocas cosas que enseñarnos, pero yo me inclino a pensar lo contrario. Se han enfrentado a los monstruos durante veinte años y me parece que sabrán de ellos mucho más que nosotros. He hablado con miembros de la Academia de Ciencias, y dicen que si bien las características atribuidas a los monstruos son singulares, no contradicen ninguna de las leyes biológicas que conocemos. Así pues, nadie dirá que haya faltado responsabilidad en nuestras decisiones. Debido a la urgencia nos hemos movido con rapidez, pues no teníamos tiempo de someter esto a debate.

    Sin replicar, Oakes se hundió en el sillón, refunfuñando.

    — Se dijo que había un monstruo suelto en el Congo — informó el congresista Wayne Smith —. Señor, ¿han averiguado algo más?
    — No — respondió el Presidente —. No estamos seguros de si escapó. Los informes son de escasa confianza.
    — ¿No han solicitado ayuda para cazarlo?
    — No — respondió el Presidente —, nada oficial.
    — ¿Y sobre los túneles, señor? Las últimas noticias parecen contradictorias. Sabemos que algunos han cerrado, pero en conjunto no se entiende lo que pasa.
    — Seguramente sabes tanto como nosotros, Wayne. El túnel de Virginia está cerrado. Otros dos se cerraron sin nuestra intervención, uno en Wisconsin y el otro en Texas. Supongo que ésos los cerraron las personas del futuro cuando se acercaron demasiado los monstruos. O eso; o hubo una avería. Los demás túneles de los Estados Unidos siguen funcionando.
    — ¿No le parece que pudieron cerrar esos dos tras haber pasado todos los fugitivos? Tarde o temprano habrá de cesar su venida.
    — Sabemos que el túnel de Wisconsin cerró porque hubo un ataque al otro lado. Nos lo dijo el último que salió. Ignoro el motivo del cierre en Texas. Pero, respondiendo a su pregunta, espero que pronto los túneles empiecen a cerrar por haber terminado su función.
    — Señor Presidente — dijo el senador Dixon —, ¿qué se sabe en cuanto al aspecto práctico de la construcción de nuevos túneles? ¿Podemos construirlos para evacuar al pasado a esas personas?
    — A lo que parece, sí — respondió el Presidente —. En estos momentos, nuestros físicos e ingenieros colaboran con científicos e ingenieros de los refugiados. Estos últimos han elegido los emplazamientos de los túneles. Lo mejor es que no necesitamos construir tantos túneles como ellos para venir aquí. Para regresar al mioceno no existe la urgencia inmediata que había para llegar aquí. Los del futuro construyeron muchísimos túneles porque les corría prisa el salir, para salvar una parte considerable de la población. Tengo entendido que no se construirán túneles en los países más pequeños. Con nuestros medios de transporte normales podrán alcanzarse los túneles desde varios cientos de kilómetros de distancia. De hecho, es más fácil transportar a los refugiados que construir muchos túneles. El caso es tenerlos terminados y evacuar a la gente antes de que los refugiados se nos coman vivos.
    — Así pues, la construcción de los túneles no excede de nuestros medios. Sólo necesitamos tiempo, dinero y mano de obra.
    — Exacto, Brian. La mano de obra no será problema. Los refugiados suman una fuerza laboral ingente y dispuesta. Hace una hora me llamó Terry Roberts para decirme que nuestros obreros no se oponen a que los empleemos en esto que podríamos calificar de proyecto federal. Terry me asegura que los sindicatos han ofrecido su colaboración hasta el punto de renunciar, si fuese necesario, a la prioridad de sus afiliados sobre los nuevos puestos de trabajo. El problema no son los obreros, sino la financiación. Aunque la industria esté tan dispuesta a colaborar como los sindicatos, es necesario transformar las cadenas de producción para lanzar la fabricación de piezas para los túneles. Normalmente, el replanteo de las cadenas es un proceso caro y que requiere tiempo. Pero como hemos de empezar en seguida y sin interrupciones para terminar en una fracción del tiempo normalmente necesario, el coste se multiplica de un modo casi inconcebible. Todos los productos industriales subirán. Tengan presente que el problema no es sólo nuestro, sino de todo el mundo. La mayor parte del trabajo será realizado por las naciones industrializadas: nosotros, Alemania, Rusia, Francia, Gran Bretaña, China, Japón y algunos países más deben construir, no sólo para sí mismos, sino para todo el mundo. Aunque no hemos de fabricar tantos túneles como la gente del futuro construyó para venir aquí, deben ser suficientes para una distribución uniforme cuando regresen al mioceno. Pues, aunque la población del futuro no es tan numerosa como la nuestra, aún sigue siendo necesario repartirla. No sería posible construir una nueva civilización en el pasado si lanzáramos demasiada gente en un solo lugar. Y la preparación de los túneles es sólo una parte, aunque la mayor y la más importante, del problema industrial que se nos plantea. También hay que suministrar a los refugiados herramientas, ganado y semillas para comenzar de nuevo. Sólo para los aperos, ocuparemos una capacidad industrial considerable.
    — ¿Ha hablado con los representantes de la patronal?
    — Personalmente, no. Entre los empresarios hemos realizado algunos tanteos para ver cómo reaccionan. Aún no tengo noticias, pero espero que la reacción sea positiva. Lo contrario me decepcionaría. Ellos también se juegan el pellejo.

    Oakes habló desde su sillón.

    — Señor Presidente, ¿cuánto va a costar todo esto, en números redondos?
    — Ni idea — respondió el Presidente.
    — Pero será caro.
    — Lo será.
    — ¿Quizá mucho más que el presupuesto de Defensa que tanto suele espantarles?
    — Naturalmente, usted desea que se lo confirme. Pues no tengo inconveniente — dijo el Presidente —. Sí, será más costoso que el presupuesto de Defensa, mucho más. Costará incluso más que una guerra. Quizá nos arruine. El mundo entero podría quedar en bancarrota, pero, ¿qué quiere que hagamos? ¿Salir y disparar contra los refugiados? Eso resolvería el problema. ¿Prefiere esa solución?

    Con un gruñido, Oakes volvió a hundirse en el sillón.

    — Se me acaba de ocurrir una cosa — intervino Able —. Cualquiera que sea el coste, creo que hay una oportunidad de recuperar la inversión. Los refugiados provienen de una época que habrá resuelto muchos problemas tecnológicos, que habrá desarrollado nuevas técnicas. Ellos mencionaron la energía de la fusión atómica. Nosotros no estamos cerca de conseguirla; quizá nos cueste años llegar a ello. Sería un gran paso hacia adelante contar con la energía de fusión. Sin duda, habrá muchas cosas más. Supongo que a cambio de lo que estamos dispuestos a hacer por ellos, podrían darnos a conocer los fundamentos de estos avances tecnológicos...
    — Sería la ruina — señaló Oakes, iracundo —. Eso acabaría la destrucción que ellos han comenzado. Tomemos como ejemplo la energía de fusión. Caballeros, en un abrir y cerrar de ojos se hundirían las industrias del gas, el petróleo y el carbón.
    — Y la profesión médica también — dijo Able —, si la gente del futuro ha descubierto la curación del cáncer.

    Dixon señaló:

    — Es verdad lo que ha dicho. Si conociéramos todos los adelantos científicos y tecnológicos, y tal vez los progresos sociales y políticos que se alcanzarán durante los próximos quinientos años, estaríamos frescos. Cualquiera sabe a quién pertenecerían los nuevos conocimientos y métodos. ¿Al hombre que logró obtener la información, sin tener en cuenta cómo la consiguió? ¿A los gobiernos? ¿O al mundo en general? Si perteneciera a los gobiernos y al mundo, ¿cómo sería administrada o llevada a la práctica? En el mejor de los casos, habría que resolver muchos problemas difíciles.
    — Todo esto es hablar por hablar — afirmó el congresista Smith —. Por ahora no son más que especulaciones. Considero que ahora tenemos dos problemas inmediatos. Debemos librarnos de los monstruos, y hacer lo posible por evacuar la gente del futuro hacia el mioceno. ¿Opina lo mismo, señor Presidente?
    — Exactamente — dijo el interpelado.
    — Tengo entendido que va a entrevistarse usted con el embajador ruso — rugió Oakes.
    — Andy, se supone que tú eso no puedes saberlo.
    — Bueno, ya sabe lo que pasa, señor Presidente. Uno lleva bastante tiempo en el Senado y se entera de muchas cosas. Incluso de algunas que no debería saber.
    — No es ningún secreto — aseguró el Presidente —. No sé a qué viene. En este asunto hemos procurado trabajar codo a codo con todos los gobiernos. He hablado por teléfono con varios jefes de Estado, incluido el ruso. Supongo que la visita del embajador será para detallar algún punto de las conversaciones.
    — Quizá — dijo Oakes —. Me pongo un poco nervioso cuando los rusos se interesan demasiado por algo.


    37


    En el bosque de avellanos contiguo al minúsculo maizal se intuía vagamente una presencia, un algo inquietante que no acababa de definirse. Algo acechaba allí. El sargento Gordy Clark estaba seguro, pero ni él mismo sabía cómo lo había adivinado... Algún instinto desarrollado en cientos de patrullas por campo enemigo; el sexto sentido del veterano que sabe cubrirse y sobrevivir donde otros mueren. Algo que ni él mismo ni nadie podía definir le advertía que estaba siendo observado por entre los árboles.

    Permaneció quieto, conteniendo la respiración en su esfuerzo por mantener una inmovilidad perfecta, tendido sobre un caballón en la linde del maizal. Con el tubo lanzacohetes apoyado en un tronco viejo y podrido y la mira apuntando a la arboleda. Podía ser un perro o un niño, se dijo, o tal vez nada. Pero no conseguía persuadirse de que no fuese nada.

    Se había cubierto detrás de un arbusto cuyas ramas le ocultaban a los ojos de quien pudiera estar escondido entre los árboles. Oyó el débil murmullo del arroyo que discurría detrás del maizal; desde la hondonada donde se hallaban los edificios de la granja llegaba el cacareo estúpido de las gallinas.

    No se veía a los demás hombres de la patrulla. Sabía que debían estar cerca, pero tenían buen cuidado de no delatar su presencia. Eran soldados profesionales y competentes en su trabajo. Podían moverse como sombras por entre los árboles. Ningún ruido ni agitación de matorrales les descubriría.

    El sargento sonrió con expresión feroz. Eran buenos hombres. Él los había entrenado. El capitán se atribuía a sí mismo ese mérito, pero no. Había sido el sargento Gordon quien los instruyó a golpes. Por supuesto, todos le odiaban y no podía ser de otro modo. A veces, del odio podía surgir el respeto. Por miedo o por respeto, pensó, lo que importaba era ser obedecido sin rechistar. Algunos, en el pasado — no ahora, sino en algún momento del pasado — tal vez soñaron con volarle de un tiro la tapa de los sesos. Y no les faltarían ocasiones, pero no lo hicieron. Porque le necesitaban, se dijo el sargento; no tanto a su persona, como al odio que sentían hacia él. Nada mejor que una buena dosis de odio para mantener la moral del soldado.

    El granjero de la hondonada creyó que había visto algo. No pudo distinguir bien lo que era, pero el atisbo que tuvo fue de algo horroroso, algo nunca visto, que ningún hombre podía imaginar. El granjero se había estremecido al contárselo al capitán.

    La cosa que se ocultaba en la arboleda salió. Salió a tal velocidad que parecía difuminarse. Luego, no menos súbitamente, se detuvo en la franja de terreno despejado entre la arboleda y el campo.

    Al sargento se le cortó la respiración y se le revolvieron las tripas, mas no por eso dejó de apuntar su lanzacohetes centrando la mira en la gran panza del monstruo, y su dedo empezó a curvarse sobre el disparador.

    Entonces desapareció. A través de la mira sólo se veía el matorral espinoso del lindero del bosque. El sargento siguió mirando a través del anteojo, pero apartó el dedo del gatillo.

    El monstruo no se había movido. Estaba seguro de ello. Sencillamente había desaparecido. Estuvo una fracción de segundo allí y, a la siguiente, ya no. No podía ser tan rápido. Cuando salió del matorral parecía una mancha difuminada por la rapidez de sus movimientos. Pero luego no quedó ni mancha ni nada.

    El sargento Clark alzó la cabeza y se arrodilló. Se pasó una mano por la cara y se asombró al comprobar que la retiraba cubierta de una humedad grasienta. No se había dado cuenta de que sudaba.


    38


    Fyodor Morozov era buen diplomático y buena persona — dos cosas no tan incompatibles como pudieran parecer —, y no le hacía muy dichoso aquella gestión. Además, se dijo, conocía a los americanos, y con ellos no serviría. Evidentemente, los pondría en un aprieto y los haría quedar mal a los ojos de todo el mundo; normalmente, eso no le habría importado. Pero en las circunstancias actuales los americanos, por lo que hacía al caso, cualquier otro país, no estarían para florituras diplomáticas, y por tanto era imposible prever qué resultaría de aquella reacción.

    El Presidente le esperaba; cuando entró vio que le acompañaba el secretario de Estado, como era de esperar. El Presidente se deshizo en amabilidades, pero Fyodor notó que Thornton Williams estaba algo desorientado, si bien hacía grandes esfuerzos por ocultarlo.

    El Presidente inició la conversación después de los saludos protocolarios.

    — Siempre es un placer su visita, señor embajador — comenzó —, cualquiera que sea el motivo. Dígame, ¿podemos complacerles en algo?
    — Mi Gobierno solicita entablar conversaciones con el suyo, tan extraoficiales como lo permitan nuestros respectivos cargos oficiales, sobre una cuestión de seguridad que a mi entender concierne a ambos, si no a todos los gobiernos.

    Hizo una pausa y ellos aguardaron a que continuara. Si algo adivinaban, no lo dieron a entender. Aquello no facilitaba su papel.

    — Se trata del monstruo extraterrestre que escapó de un túnel del Congo — explicó —. Según nuestras referencias, no cabe duda de que los monstruos deben ser exterminados. Puesto que el Congo no tiene fuerza militar ni policía suficiente para hacerlo, mi Gobierno ha ofrecido enviar voluntarios, y nos disponemos a consultar a Gran Bretaña, Francia y otras naciones, para saber si desean tomar parte en una expedición conjunta para cazar al monstruo.
    — Señor embajador — intervino Williams —, no creo que su Gobierno haya estimado necesaria nuestra autorización para emprender tan humanitaria iniciativa. Supongo que asumirá la responsabilidad de retirar todas las fuerzas tan pronto como el monstruo haya sido capturado.
    — Claro que sí.
    — Entonces, no comprendo el motivo de su visita.
    — También hay que contemplar la cuestión del monstruo, o de los monstruos, pues según tengo entendido hay varios, que andan sueltos por el territorio de ustedes — explicó Fyodor —. Estamos dispuestos a prestarles la misma ayuda que ofrecimos al Congo.
    — Es decir, que estarían dispuestos a prestarnos algunas fuerzas para perseguir a los monstruos — resumió el Presidente, divertido.
    — Creo que preferimos una palabra algo más enérgica que la de «dispuestos» empleada por usted — especificó el embajador —. A menos que puedan garantizar una eficacia absoluta en la contención y destrucción de los monstruos, tendremos que exigirlo. El problema no es de orden nacional; afecta a la comunidad internacional. Esos animales deben ser aniquilados. Si no pueden asegurarlo, deberán aceptar cualquier ayuda que se les ofrezca.
    — Naturalmente, se habrá enterado de que repatriamos nuestras tropas de ultramar — comentó Williams.
    — Lo sé, señor secretario; pero faltaría saber en qué plazo podrán hacerlo. Nuestros militares calculan que tardarían ustedes treinta días como mínimo, Y que quizá no sean suficientes. También faltaría saber si tienen bastantes efectivos para cubrir el territorio amenazado.

    El Presidente dijo:

    — Le aseguro que agradecemos su interés.
    — Mi Gobierno opina que, si bien ustedes preferirán emplear sus propias tropas, como es natural, el terreno quedará controlado mejor y más pronto si aceptan la ayuda que ofrecemos y que, sin duda, también ofrecerán otras naciones si ustedes se muestran dispuestos a...
    — Señor embajador — le interrumpió el Presidente —, estoy convencido de que usted sabe que no debía proponernos una oferta tan improcedente. Si la buena voluntad de su Gobierno fuese sincera, habrían planteado la cuestión de un modo muy diferente. El único propósito de su visita es ponernos en apuros. Naturalmente, ha fracasado. No nos sentimos apurados en lo más mínimo.
    — Me alegro de que así sea — respondió Fyodor con serenidad —. Pensamos que lo correcto era hablar extraoficialmente, antes de tomar otras medidas.
    — Supongo — dijo Williams — que ahora presentarán la cuestión ante la ONU, donde intentarán ponernos en aprietos ante la opinión mundial.
    — Caballeros, no se empeñen en tergiversar la cuestión — señaló el embajador —. Es verdad que nuestros países han tenido diferencias en el pasado. No siempre nos hemos sentado a «pensar juntos». Pero en las circunstancias actuales, todo el mundo debe estar unido. Tal es el único motivo de nuestra proposición. Para nosotros está totalmente claro, aunque no lo esté para ustedes, que la rápida eliminación de los monstruos es de interés internacional, y que están obligados a aceptar toda la ayuda que puedan necesitar. No nos gustaría tener que comunicar a las Naciones Unidas que no cumplen con sus obligaciones.
    — No nos corresponde sugerirles lo que deben comunicar a la ONU — señaló Williams, cortante.
    — Si deciden aceptar nuestra oferta — agregó el embajador —, permitiríamos que la iniciativa quedara en sus manos. Si desean ser los primeros en solicitar a otras naciones, como por ejemplo el Canadá, Gran Bretaña, Francia y nosotros, la formación del cuerpo expedicionario que precisan, no mencionaremos esta conversación extraoficial. Naturalmente, los periodistas sabrán de mi visita, y me harán preguntas, pero les diré que era parte de los contactos permanentes entre ambos países sobre el problema de los refugiados. Es algo lógico.
    — Querrá comunicar una respuesta a su Gobierno — comentó el Presidente.
    — No es preciso que sea en seguida — respondió Fyodor —. Entendemos que han de deliberar. La ONU no se reúne hasta mañana a mediodía.
    — Supongo que si pidiéramos a nuestros amigos en la comunidad de naciones que nos suministraran fuerzas y no les incluyéramos a ustedes, lo considerarían como una ofensa y publicarían una nota de protesta.
    — No puedo responder con seguridad, aunque creo que sí.
    — Esto me parece una triquiñuela diplomática — comentó el secretario de Estado —. Hace años que le conozco, y le apreciaba. Son tres o quizá cuatro... en fin, más de tres años los que lleva entre nosotros, y sin duda habrá aprendido a conocernos. Espero que personalmente no estará de acuerdo con la índole de esa propuesta.

    Fyodor Morozov se puso lentamente en pie.

    — Les he comunicado el mensaje de mi Gobierno — dijo —. Agradezco su atención.


    39


    En Nueva York, en Chicago, en Atlanta, los manifestantes cargaban contra los cordones policiales. Los carteles decían: NADIE LES PIDIÓ QUE VINIERAN. ABAJO LA CARESTÍA DE LA VIDA. NO QUEREMOS MORIRNOS DE HAMBRE. Las multitudes lanzaban objetos: piedras, ladrillos, botes de hojalata aplastados y afilados para que tuvieran bordes cortantes, bolsas de plástico llenas de excrementos. En los barrios miserables estalló la rebeldía y la violencia. Algunas personas murieron, y hubo muchos heridos. Se hicieron hogueras. Se incendiaron casas y, cuando los equipos de bomberos intentaban llegar hasta las llamas, se alzaban barricadas para impedírselo. Barrios enteros quedaron abandonados al saqueo.

    En las ciudades pequeñas, hombres de rostro preocupado hablaban sentados en los bancos delante de los almacenes, en las gasolineras, en los mercados, parados en las esquinas o reunidos en los bares o mientras aguardaban turno en las barberías. Comentaban desconsolados: «Esto va mal. Esto no marcha. No es como en otros tiempos, cuando uno sabía a qué se exponía. Ahora es imposible prever lo que va a pasar, ni saber qué está pasando. Demasiadas novedades. Se están perdiendo las tradiciones. Ya no hay nada seguro...» Decían, sentenciosos: «Claro que, si lo que «ellos» dicen es verdad, habrá que hacer un esfuerzo. Ya oyó usted lo que dijo el Presidente. Los hijos de nuestros hijos, eso es lo que son. Aunque no sé cómo piensan arreglarlo. No será con más impuestos. No podemos pagar más de lo que ya pagamos, y los túneles costarán un potosí. Impuestos sobre todo lo que compras, sobre todo lo que haces, sobre todo lo que tienes. No importa cuánto se deslome uno, que todo se lo llevan en impuestos...» Decían, santurrones: «Ese predicador de Nashville tenía razón. Cuando uno pierde la religión, ha perdido todo lo que vale la pena. No le queda ninguna razón de vivir. Si olvidas la Biblia, lo pierdes todo. Quién iba a decir que dentro de quinientos años los hombres habrán renunciado a su Dios. Sólo se explica por la maldad del mundo moderno, por la vida en esas grandes ciudades. Allí la gente es ruin. Aquí no podrían perder a Dios, no señor. Te acompaña en todas partes. Lo respiras con el aire. Lo ves en el color del cielo al amanecer. Lo oyes en el silencio de la tarde. Dan pena esas gentes del futuro, dan lástima, de verdad. No saben lo que se han perdido...» Refiriéndose a las manifestaciones, comentaban con rabia: «Deberían liquidarlos a todos. Yo no me andaría con tantas contemplaciones. No me lo pensaría ni un segundo. La mayoría de esa gente no han dado golpe en la vida. Lo único que hacen es mendigar. No me negarás que si un hombre busca trabajo, o aunque sea una mujer, puede encontrarlo. En cambio nosotros, venga a sudar, venga a currelar y ¿qué conseguimos? Pues nada, porque no hacemos manifestaciones, no incendiamos, no alargamos la mano para mendigar...» De los jóvenes que paseaban sus carteles por el parque Lafayette decían: «Si quieren largarse al mioceno o a donde sea, ¿por qué no los dejamos? Que se vayan; estaremos mejor sin ellos». El banquero del pueblo anunciaba con solemnidad: «Acuérdense de lo que voy a decirles. Tendremos suerte si esta gente del futuro no arruina todo el país. Sí señor, todo el país; y quizá todo el mundo. El dólar no valdrá nada y los precios subirán...» Inevitablemente, cuando lo veían todo negro sacaban esta conclusión: «Espera y verás. Te digo que es un complot comunista. Un maldito complot comunista. No sé cómo lo han conseguido pero, al bajar la marea, estarán los rusos en el fondo...»

    Se desencadenó una peregrinación en todo el país, una verdadera marcha sobre Washington. Llegaban en autostop, en autobús, en viejos coches destartalados. Un tremendo movimiento juvenil de la contracultura. Algunos llegaron a la ciudad antes del anochecer y desfilaban con pancartas en las que se leía: «¡Todos al mioceno! ¡Adelante con los dientes de sable!» Otros siguieron manifestándose durante la noche o se echaron a dormir tumbados sobre los bancos de los parques para continuar al día siguiente, comiendo bocadillos, haciendo proselitismo y conspirando en susurros alrededor de las fogatas.

    Otros grupos desfilaban por las calles de Washington dando escolta a jóvenes manifestantes que se tambaleaban bajo el peso de grandes cruces, que trastabillaban y caían y volvían a levantarse cien veces para continuar la procesión. Algunos llevaban coronas de espinas y les corría la sangre por las frentes. A últimas horas de la tarde se declaró en el parque Lafayette una batalla campal: una multitud indignada, en la que figuraban muchos de los jóvenes que esperaban retornar al mioceno, quiso impedir una crucifixión cuando ya la víctima estaba atada a la cruz y el agujero para plantarla cavado a medias. La policía intervino y, después de quince minutos de sangrienta lucha, disolvió la manifestación. Hecho esto los guardias recogieron cuatro cruces burdamente fabricadas y las retiraron.

    — Estos chicos están locos — dijo un oficial, nervioso —. No daría ni un centavo por toda esa chusma.

    El senador Andrew Oakes telefoneó a Grant Wellington.

    — Ha llegado el momento — dijo en tono conspiratorio — de guardar la mayor discreción. No haga declaraciones; debe fingir total desinterés. La situación, como usted diría, es fluida. No hay nada firme. Nadie sabe por dónde saltará la liebre, pero se está tramando algo. El ruso estuvo en la Casa Blanca esta mañana y eso no presagia nada bueno. Se cuece algo que no sabemos.

    Clinton Chapman llamó a Reilly Douglas.

    — ¿Sabes algo, Reilly?
    — Nada, salvo que existe realmente el viaje en el tiempo y ellos tienen los planos.
    — ¿Los has visto?
    — No. Están a buen resguardo. Nadie dice ni pío. Los científicos que trabajan con la gente del futuro no abren la boca.
    — Pero tú...
    — Lo sé, Clint. Soy el ministro de Justicia pero, ¡diantre!, en un caso así eso no cuenta. Es un secreto de Estado. Lo conocen algunos sabios y nadie más. Ni siquiera los militares, y creo que si los pidieran, tampoco...
    — Pero tendrán que permitir que alguien se entere. No se puede construir una cosa desconocida.
    — Al contrario. Basta saber cómo se construye. Pero no cómo funciona, ni porque, ni los principios de su funcionamiento.
    — No veo la diferencia.
    — Pues sí hay diferencia — respondió Douglas —. Aunque, por mi parte, no me gustaría construir algo que no comprendo.
    — Has dicho que el viaje a través del tiempo existe. No cabe duda. Existe de verdad.
    — Evidentemente — confirmó DougIas.
    — Es una mina de oro — dijo Chapman — y no descansaré hasta que...
    — Pero si funciona en un solo sentido...
    — Debe funcionar en ambos — afirmó Chapman —. Lo aseguran mis técnicos.
    — Exigirá una fuerte financiación — puntualizó Douglas.
    — Tengo respaldo — aseguró Chapman —, personas en quienes puedo confiar. La mayoría se muestran interesados. Claramente interesados. Han comprendido las posibilidades. No nos faltarán fondos si nos salimos con la nuestra.

    Judy Gray subió al avión y ocupó su plaza. Miró por la ventanilla y vio idas y venidas de camiones... Los vio entre lágrimas y enseguida alzó una mano para secarse los ojos. ¡El muy hijo de puta! ¡El maldito hijo de puta!, se dijo apretando los dientes. Pero el tono de su voz era casi cariñoso.


    40


    Tom Manning hablaba por teléfono midiendo cada una de sus palabras.

    — Me he enterado de algo — murmuró.
    — Envíalo por teletipo, Tom — repuso Wilson —. Para eso estás allí. Transmítelo para mayor gloria de la vieja y gloriosa Global News.
    — Ahora que has demostrado tu extraño sentido del humor, ¿hablamos de negocios? — preguntó Manning.
    — Si es una trampa para sacarme la confirmación de algún rumor que hayas oído, ya sabes que es inútil — repuso Wilson.
    — Tú ya me conoces, Steve.
    — Por eso mismo, porque te conozco.
    — De acuerdo — admitió Manning —. Si lo pones así, empecemos por el principio. Esta mañana el Presidente ha recibido al embajador ruso...
    — El Presidente no le recibió. Vino por su propia iniciativa. El embajador hizo una declaración a la Prensa, como sabes.
    — Claro. Sabemos lo que dijo el embajador y lo que tú dijiste en el boletín de la tarde y que, en mi opinión, no aclara mucho las cosas. En esta ciudad nadie que esté en sus cabales se ha creído ni media palabra.
    — Lo siento, Tom. Dije lo que sabía.
    — Acepto lo que dices — respondió Manning —. A lo mejor a ti no te lo han dicho. Pero por la sede neoyorquina de la ONU corre un rumor bastante feo. Al menos, tal como se lo contaron a nuestro hombre allí. Ignoro si ya es del dominio público. Nuestro hombre no lo pasó por el teletipo. Me telefoneó y le dije que esperase hasta que yo hubiese hablado contigo.
    — No sé de qué me hablas, Tom. Creí honradamente que el embajador lo había dicho todo. Existen esas conversaciones con Moscú, y parecía lógico. El Presidente tampoco ha dicho otra cosa. Creo que lo mencionó sin entrar en más detalles. Había otros asuntos.
    — Muy bien — dijo Manning —. Te contaré la noticia tal como la recibí. Morozov habló con Williams y el Presidente para ofrecer ayuda militar al objeto de dar muerte al monstruo, y la oferta fue rechazada...
    — Tom, ¿es de confianza tu fuente? ¿Estás seguro de lo que dices?
    — ¿Cómo voy a estarlo? Es lo que le dijeron esta tarde a nuestro hombre en la ONU.
    — ¿Te refieres a Max Hale?
    — Uno de los mejores — afirmó Manning —. Tiene criterio para saber cuándo un rumor es consistente.
    — Sí, es cierto. Le recuerdo de mis tiempos en Chicago.
    — El informante de Hale agregó que mañana se comunicará a la ONU nuestra negativa y se exigirá que aceptemos la ayuda de otras naciones. Se nos acusará de negligencia criminal si no aceptamos.
    — El viejo truco de todas las invasiones — pontificó Wilson.
    — Pero esto no es todo. Si no se aceptan las tropas y no es posible dominar a los monstruos, la ONU podrá decidir que toda la zona sea destruida con armas nucleares. El mundo no puede correr el riesgo...
    — Espera — dijo Wilson precipitadamente —. Dijiste que no lo habías pasado por los teletipos, ¿verdad?
    — Todavía no, y espero no tener que hacerlo nunca. Por eso te he llamado. Si Hale se enteró, probablemente otros lo sabrán también y, como hay Dios que llegará a los teletipos o será publicado en alguna parte.
    — No puede ser — afirmó Wilson —. Estoy seguro. Al fin y al cabo viajamos todos en el mismo tren. En este momento las maniobras de la lucha política deberían quedar aparte. Al menos, así opino. Tom, no puedo creerlo.
    — ¿No sabías nada? ¿Ni por asomo? ¿No recuerdas ningún indicio?
    — Ni el más mínimo — repuso Wilson.
    — Steve, te aseguro que no me gustaría trabajar en lo tuyo ni por un millón de dólares — comentó Manning.
    — Retrásalo, Tom. Danos un poco de tiempo para verificarlo.
    — Por supuesto. Sólo que, si me aprietan demasiado... si alguien... Te avisaré antes.
    — Gracias, Tom. Algún día...
    — Algún día, cuando todo esto haya terminado — le interrumpió Manning —, nos meteremos en un rincón escondido de un bar escondido, donde nadie pueda encontrarnos, y cogeremos una trompa a medias.
    — Yo pago — afirmó Wilson —. Lo que quieras.

    Colgó y se hundió en la silla. Precisamente cuando estaba a punto de terminar, pensó. Algunos días eran interminables. No se acababan nunca. Ayer y hoy no fueron dos días, sino una eternidad poblada de pesadillas que, al recordarlo, parecía del todo irreal. Había perdido a Judy; los manifestantes seguían desfilando por la calle; los empresarios daban voces de protesta porque con el embargo no se les dejaba hundir a sus competidores; los curas sermoneaban desde sus púlpitos decididos a lanzar otra quema de brujas; los monstruos corrían por las montañas, y el futuro seguía arrojando a sus habitantes en la actual senda del tiempo.

    Se le caían los párpados, y se obligó a permanecer erguido. Aquella noche tendría que descansar; buscaría tiempo para dormir de un modo u otro.

    Quizá tuviese razón Judy. Tal vez largarse fuera lo mejor, aunque, se dijo, faltaba saber de qué se alejaba uno. La echaba en falta... hacía una o dos horas que se había ido y ya la echaba en falta. De repente se dio cuenta de que la había añorado durante todo el día, incluso cuando aún no se había ido. Empezó a echarla en falta cuando supo que se marcharía. Pensó que tal vez debió insistir más para convencerla, pero le había faltado tiempo y no supo hacerlo... al menos, sin perder la dignidad, y uno hace las cosas con dignidad o no las hace. Aunque seguramente no le habría escuchado.

    Descolgó.

    — Kim, ¿estás ahí? Quiero ver al Presidente. Es muy urgente. Aprovecha la primera oportunidad para hacerme pasar.
    — Quizá tarde un poco, Steve — explicó —. Hay una reunión de gabinete.


    41


    El sargento Gordon Fairfield Clark le dijo al coronel Eugene Dawson:

    — Lo tenía en la mira y se esfumó de repente. Desapareció, se evaporó. Estoy seguro de que no se movió. Le vi moverse cuando salió al lindero. Parecía difuminado, como cuando un caricaturista dibuja algo que corre mucho, poniéndole un letrero de ZOOOM, pero la segunda vez no pasó eso. Desapareció sin hacer ningún movimiento. La primera vez pude distinguir cómo se movía. Pero no cuando lo apunté por la mira. En ese momento, ni se desplazó ni se difuminó, sencillamente desapareció.
    — Debió verle a usted, sargento — dijo el coronel.
    — Creo que no, señor. Estaba bien escondido y no me moví. Desvié el tubo lanzacohetes un par de centímetros, eso fue todo.
    — Entonces, debió ver a uno de sus hombres.
    — Señor, yo mismo he entrenado a esos hombres. Nadie los ve ni los oye.
    — Entonces debió ver u oír otra cosa. Notó un peligro y por eso desapareció. Sargento, ¿está seguro de que desapareció?
    — Estoy seguro, señor.

    Dawson estaba sentado en un tronco caído. Se agachó, cogió una ramita del suelo del bosque y la desmenuzó hasta convertirla en astillas. CIark permanecía en cuclillas a un lado, empuñando el lanzacohetes, con la culata en el suelo, para apoyarse.

    — Sargento — dijo Dawson —, no sé qué vamos a hacer al respecto. Ignoro qué se propone el ejército. Encontramos uno de esos bichos y, antes de poder zurrarle, desaparece. Estoy seguro de que podríamos acabar con ellos, aun cuando crezcan y adquieran malicia como asegura la gente del futuro. Podremos con ellos; tenemos potencia de fuego, tenemos tecnología. Si ellos se pusieran en fila y nosotros también y se lanzaran contra nosotros, podríamos con ellos a garrotazos. Tenemos más y mejores armas que la gente del futuro y podemos hacerlo. Pero no si procuran darnos esquinazo en un terreno como éste. Si aquí bombardeásemos cuatro mil hectáreas, tal vez mataríamos uno, pero sabe Dios qué más mataríamos, incluyendo personas. No tenemos tiempo ni personal para evacuar a la población y poder bombardear. No hay más remedio que cazarlos de uno en uno...
    — Pero aunque los cazáramos, señor...
    — Sí, lo sé. Pero supongamos que tiene suerte. Digamos que liquida uno de vez en cuando. Quedarán centenares de monstruos empollando y en un mes o una semana pondrán miles de huevos. Y los primeros no tardarán en crecer y volverse más peligrosos. Mientras los cazamos, acaban con una o dos ciudades, una o dos bases militares...
    — Señor — dijo el sargento Clark —, es peor que lo del Vietnam. Y eso que lo del Vietnam fue peliagudo.

    El coronel se puso en pie.

    — Todavía no nos ha ganado nadie — afirmó —. Nadie nos ha ganado con todas las de la ley, y no sucederá esta vez. Pero tendremos que descubrir cómo hacerlo. Toda la potencia de fuego y toda la tecnología del mundo no sirven de nada si uno no halla un objetivo contra el cual dirigirlas, algo que se esté quieto mientras uno aprieta el gatillo.

    El sargento se puso de pie y se colocó el lanzacohetes bajo el brazo.

    — Bien; vuelvo a mi puesto — comentó.
    — ¿Ha visto un fotógrafo por aquí?
    — ¿Un fotógrafo? — preguntó el sargento —. ¿Cuál? No he visto a ningún fotógrafo.
    — Dijo que se llamaba Price. De alguna asociación de prensa. Andaba dando la lata. Le dije que se largara.
    — Si le encuentro — dijo el sargento —, le ataré una cuerda al rabo.


    42


    El reverendo Jake Billings conferenciaba con Ray MacDonald, ex—director suyo de relaciones públicas, al que había nombrado, desde hacía doce horas, jefe de operaciones de la cruzada.

    — Desde luego, no creo que este asunto de la crucifixión sea útil para nuestra campaña — dijo el reverendo Billings —. Me parece demasiado burdo y podría volverse contra nosotros. Fíjate en lo que ha escrito la Prensa sobre el ensayo de Washington...
    — ¿Quieres decir que ya han publicado un editorial sobre ello? No esperaba una reacción tan rápida.
    — La reacción es desfavorable — señaló el reverendo Billings, acalorándose —. El editorialista escribió que era una trampa vulgar y una ocurrencia chabacana. Resulta que los brazos del joven estaban sujetos al travesaño con correas... no con clavos, sino con correas. Naturalmente, todo el editorial tiene un tono jocoso pero, sin embargo...
    — Están en un error — le interrumpió MacDonald.
    — ¿Significa que usaron clavos?
    — No, no es eso. Quiero decir que debía hacerse con correas. Normalmente los romanos no empleaban clavos...
    — ¿Pretendes decirme que el Evangelio miente?
    — No he dicho eso. Lo que digo es que normalmente... Fíjate en que he dicho normalmente, no siempre, los reos eran atados, y no clavados. Hicimos algunas investigaciones sobre el tema y...
    — Tus investigaciones no me interesan — cortó Billings con frialdad —. Lo que me preocupa es que has permitido a un editorialista espabilado burlarse de nosotros. Y aunque no hubiera sucedido, opino que ha sido una pésima idea. ¿Por qué no me consultaste antes?
    — Estabas ocupado, Jake. Dijiste que lo dejabas en mis manos. Dijiste que yo era hombre capaz de sugerir ideas, y eso hice.
    — Recibí una llamada de Steve Wilson — continuó Billings — Me puso verde. No hay duda de que la opinión en Washington, o al menos en la Casa Blanca, nos es decididamente contraria. Cuando Wilson comente el asunto dirá que somos unos comediantes. Habló con desprecio de nosotros en su conferencia de Prensa de esta tarde. Eso fue antes de que ocurriera ese estúpido asunto de la crucifixión. La próxima vez nos hundirá.
    — Pero tenemos a mucha gente a nuestro favor. Vete al campo, a las ciudades pequeñas...
    — Sí, lo sé; los campesinos. Estarán a nuestro favor, sin duda, pero, ¿desde cuándo importan a nadie las opiniones de los campesinos? ¿Qué me dices de los pastores influyentes en las grandes ciudades? ¿Qué dirá el reverendo doctor Angus Windsor a su congregación, a los periódicos y al mundo? Él fue quien puso en marcha todo esto, pero no van a gustarle esos jóvenes fanáticos que acarrean cruces por la calle y se hacen crucificar en la plaza pública. Durante años he procurado desempeñar mi ministerio con dignidad, y ahora hemos descendido al nivel de la algarada callejera. A ti debo agradecértelo, y...
    — No es tan diferente de otras maniobras que hemos empleado con anterioridad — protestó MacDonald —. Son los viejos trucos circenses de siempre, ¡el fabuloso mundo del espectáculo! Nunca ha sido otra la base de tu tinglado.
    — Pero con discreción.
    — No veo la discreción por ninguna parte. Aviones escribiendo palabras en el cielo, procesiones y kilómetros de pancartas...
    — Publicidad legal — puntualizó Billings —, publicidad veraz dentro de la gran tradición norteamericana. Tu error ha sido lanzarte a la calle. No conoces la calle. Ahí te enfrentas con otros que saben más que tú. Esos manifestantes del regreso al mioceno dominan la calle. Han nacido en ella y siempre han vivido allí. Te hicieron dos boicots antes de que empezaras a organizarte. ¿Cómo se te ocurrió que podrías competir con ellos?
    — Pues entonces, ¿qué hacemos? Según dices, no podemos controlar la calle, de modo que nos retiramos. ¿Y qué nos queda? ¿Cómo llamamos la atención?

    El reverendo Jake Billings miró hacia la pared con ojos vidriosos.

    — No lo sé — repuso —. Sencillamente, no lo sé. Creo que no importa mucho lo que hagamos. Me parece que ese ruido gorgoteante que oyes es nuestra cruzada yéndose por el desagüe del lavabo.


    43


    Fue culpa del perro. Bentley Price no había probado gota en todo el día. Iba por una estrecha y sinuosa carretera de montaña, indeciblemente molesto por lo que le había ocurrido, y conducía más rápido de lo prudente. Después de varias horas de búsqueda había acabado por encontrar el campamento. Por su aspecto era un campamento provisional, pues no se veía la meticulosa limpieza de los campamentos del ejército; un simple retén frente a la espesa arboleda, junto a un rumoroso arroyo que corría valle abajo. Lleno de honda satisfacción al ver su deber cumplido y su perseverancia recompensada, se había colgado del cuello las cámaras y se acercó dificultosamente a la tienda principal. Casi había llegado cuando el coronel salió y lo detuvo. «¿Quién diablos es usted y adónde va?», le había preguntado el coronel. «Soy de la Global News», le había respondido Bentley, «y he venido a tomar algunas fotos de la caza del monstruo. Le dije a mi jefe que no valía la pena, pero él no opina lo mismo y como no era cuestión de llevarle la contraria, háganme el favor de moverse y acosar al monstruo para que yo pueda tomar algunas fotos».

    «Se ha pasado de la raya, señor», le había dicho el coronel. «Se ha pasado en más de un sentido. No sé cómo ha podido llegar hasta aquí. ¿No han intentado detenerle?» «Seguro», repuso Bentley. «Por el camino, unos soldados; pero no les hice caso. Nunca hago caso de quien intenta detenerme. He de hacer mi trabajo y no puedo perder el tiempo.»

    Entonces fue cuando el coronel le echó de allí. Había hablado con voz cortante y militar, mirándole fríamente. «Tenemos muchos problemas», explicó, «y no necesitamos que un maldito fotógrafo se entrometa y nos complique la vida. Si no se va por su propia voluntad, haré que sea expulsado por la guardia». Mientras decía esto, Bentley levantó la cámara y le sacó una foto. Esto empeoró aún más la situación y Bentley, con su ágil intuición de siempre, vio que llevaba las de perder, conque prefirió retirarse dignamente para evitar que le expulsaran. Cuando pasó junto a los soldados que habían intentado detenerlo, ellos le gritaron y le hicieron burla. Bentley redujo la velocidad, dispuesto a bajar y encararse con ellos, pero luego se lo pensó mejor. No vale la pena, se dijo.

    Y entonces pasó lo del perro.

    El perro salió de entre las malezas y matorrales que había junto a la cuneta. Tenía las orejas echadas hacia atrás, la cola entre las patas y aullaba presa de puro y ciego pánico. El perro se metió en la carretera y el coche rodaba a mucha velocidad. Bentley giró el volante, el coche se salió de la carretera y chocó contra unos arbustos. Los neumáticos chirriaron cuando Bentley pisó el freno. El morro del coche embistió un inmenso nogal y hubo un golpe estremecedor. La puerta izquierda se abrió y Bentley, con su orgulloso desdén frente a necedades como el cinturón de seguridad, salió disparado. La cámara que llevaba colgada al hombro describió una trayectoria y se estrelló contra su oído, dándole un golpe que resonó en su cráneo como si tuviera una campana dentro. Cayó de espaldas y rodó, lastimándose las manos y las rodillas. Logró ponerse en pie y descubrió que había ido a parar a la cuneta.

    En medio del camino había un monstruo. Bentley conoció lo que era; el día anterior había visto dos. Pero éste era pequeño, del tamaño de un caballito de las Shetland. Lo cual no significaba que fuese menos horroroso.

    Pero Bentley tenía más temple que otros. No tragó saliva ni se le revolvió el estómago. Sus manos se alzaron con rápida precisión, cogieron firmemente la cámara y la acercaron a su vista. El monstruo quedó enmarcado en el visor y el dedo del fotógrafo apretó el disparador. La cámara hizo «clic» y en ese instante el monstruo desapareció.

    Bentley bajó la cámara y la soltó. Su cabeza aún le retumbaba por el golpe en la oreja. Llevaba la ropa destrozada y por un agujero del pantalón le asomaba la huesuda rodilla. Tenía ensangrentada la mano derecha, pues se había herido la palma sobre la grava. A su espalda, el coche emitía leves crujidos de metal martirizado. El motor hervía por efecto del agua que se escapaba del radiador roto, desparramándose sobre el metal caliente.

    A lo lejos, el perro seguía corriendo entre gemidos. En un árbol, cerca de la cuneta, una ardilla espantada castañeteaba los dientes con la intensidad de un tableteo de ametralladora. La carretera estaba vacía. Un monstruo había pasado por allí. Desde donde estaba, Bentley veía sus huellas impresas en el polvo. Pero había desaparecido.

    Bentley salió cojeando a la carretera y miró a todos lados. No había nada.

    Estaba ahí, se dijo Bentley tercamente. Lo tenía encuadrado. Estaba ahí cuando tomé la foto. Cuando se descorrió el obturador de la «reflex» había desaparecido. Le asaltó una duda. ¿Estuvo allí o no al tomar la foto? ¿Habría quedado registrado en la película? ¿Habría perdido una foto a causa de su desaparición?

    Pensándolo bien, le pareció que sí estaba, pero no quedó muy convencido.

    Dio media vuelta y cojeó carretera abajo tan rápido como pudo. Sólo había un modo de averiguarlo. Tenía que conseguir un teléfono y un coche. Debía regresar a Washington.


    44


    — Hemos tenido tres contactos con los monstruos — dijo Sandburg —. Los resultados están por verse. Nadie pudo dispararles. Desaparecen y eso es todo.

    — Querrá decir que se escabullen — señaló Thorton Williams.
    — No, señor — repuso el secretario de Defensa —. Simplemente desaparecen, los que lo vieron juran que no se habían movido. Primero están y luego no están. Los observadores, que dieron parte independientemente y sin conocer el resto de los informes, coinciden en ello. Un solo hombre pudo equivocarse, y hasta es posible que dos fallen. Pero parece difícil que tres observadores se equivoquen exactamente en el mismo punto.
    — ¿Ustedes los militares, tienen alguna teoría, alguna opinión acerca de lo sucedido?
    — Ninguna — repuso Sandburg —. Debe ser que han desarrollado una nueva adaptación defensiva. Como ahora sabemos, esos seres están a la defensiva. Saben que deben sobrevivir. Por el bien de la especie, no pueden arriesgarse. Supongo que si se les acorralase lucharían, aunque sólo si no hubiera otra salida. Evidentemente, han inventado una nueva táctica para esta clase de situación. Hemos consultado al doctor Isaac Wolfe, el biólogo refugiado que sin duda es quien más sabe sobre los monstruos, y este asunto de la desaparición lo desconoce por completo. Ha sugerido, sólo como conjetura, que tal vez sea una aptitud que sólo poseen los monstruos jóvenes, un mecanismo juvenil de defensa. Quizá los del futuro no tuvieron suficientes oportunidades de observar a los monstruos jóvenes. Estaban ocupados luchando contra los adultos.
    — ¿Cómo va la movilización en esta zona? — preguntó el Presidente.
    — No tengo datos — respondió Sandburg —, pero los trasladamos allí con la mayor rapidez posible. Los campamentos de refugiados han creado su propio servicio de orden y eso facilita las cosas y nos permite disponer de más tropas. Agricultura y seguridad social se encargan de buena parte de los transportes de alimentos y otros artículos de primera necesidad a los campamentos, y eso también libera personal militar. Suponemos que esta noche empezarán a regresar las primeras divisiones aerotransportadas y podremos contar con más hombres.
    — Morozov estuvo aquí esta mañana y nos ofreció ayuda — informó Williams —. De hecho, insistió en ello. Nosotros, naturalmente, rechazamos la oferta. Pero eso nos crea un problema. ¿Es conveniente pedir ayuda al Canadá, o quizás a México, Gran Bretaña, Francia, Alemania u otros países amigos?
    — Seguramente podrían sernos útiles — señaló Sandburg —. Me gustaría sondear a los jefes de Estado Mayor. Lo que necesitamos y no hemos podido obtener son fuerzas numerosas en los límites norte y sur... digamos en Georgia y Nueva York. Hemos de frenar la dispersión de los monstruos... si es, como supongo, lo que se proponen. Si logramos contenerlos, podremos exterminarlos.
    — Si no se escapa ninguno — agregó el Presidente.
    — Exacto — admitió Sandburg —. Si no se escapan.
    — Pasemos a otro asunto — propuso el Presidente —. Reilly, creo que tienes una noticia.
    — Todavía no estoy demasiado seguro, pero se trata de una cuestión a discutir — dijo Reilly Douglas —. Sinceramente, opino que se podrían suscitar dificultades jurídicas bastante complicadas, pero todavía no he podido analizar este aspecto. Clinton Chapman me visitó anoche. Creo que casi todos ustedes conocen a Clint.

    Miró en torno; la mayoría de los hombres asintieron con la cabeza.

    — Vino a verme — repitió Douglas —; más tarde hablamos tres o cuatro veces por teléfono y hoy hemos almorzado juntos. Creo que algunos de ustedes saben que fuimos compañeros en Harvard y tenemos amistad desde entonces. Supongo que por eso se dirigió a mí. De buenas a primeras, se ofreció para la construcción de los túneles, asegurando que financiaría su coste sin recurrir al crédito federal. A cambio, conservaría la tenencia de los túneles una vez evacuados al mioceno los refugiados, y nos pediría una licencia para explotarlos. Desde entonces...
    — No entiendo de qué iban a servirle — le interrumpió Williams —. ¿Qué diablos va a hacer con los túneles? La fuerza de tiempo, o como se llame, según tengo entendido sólo funciona en una dirección: hacia el pasado.

    Douglas meneó la cabeza.

    — Clint no lo cree. Ha hablado con sus investigadores, que son probablemente los mejores del mundo, y le han asegurado que si existe el viaje a través del tiempo, debe funcionar en ambas direcciones: hacia el pasado y hacia el futuro. De hecho, le explicaron que parecería más sencillo viajar hacia el futuro, ya que el discurrir natural del tiempo es hacia el futuro.

    Williams lanzó un suspiro ruidoso.

    — No sé — murmuró —. Suena raro. ¿Cómo podemos ceder a un hombre o a una empresa la exclusiva de los viajes a través del tiempo en ambos sentidos, suponiendo que sea realizable? Imaginen los abusos a que podría dar lugar...
    — Durante el almuerzo hablé de eso con Clint — agregó Douglas —. Le expliqué que, si se llegaba a ello, habría de ser bajo estricto control. Se habrían de crear comisiones para redactar un código de viaje a través del tiempo. El Congreso tendría que legislar. Además, tanto el código como la legislación tendrían que ser internacionales; habría que llegar a un acuerdo mundial y es fácil suponer lo que eso podría tardar. Clint estuvo de acuerdo en todo y dijo que esperaría lo que hiciese falta. Está obsesionado por esta idea. Como viejo amigo, intenté convencerle de que lo dejara, pero está empeñado en continuar. Es decir, si le permitimos hacerlo. Al principio quería financiarlo él sólo pero, evidentemente, ahora ya sabe qué cantidad de dinero expondría. Creo que está intentando formar una sociedad para hacerse cargo de la fabricación.

    Sandburg frunció el ceño.

    — A primera vista diría que no. Los viajes a través del tiempo han de estudiarse más a fondo. Es algo que no habíamos pensado en serio. Tendríamos que estudiarlo de cabo a rabo.
    — Podría tener aplicaciones militares — señaló Williams —. No estoy seguro de cuáles serían.
    — Se necesitarían acuerdos internacionales bajo garantías adecuadas, para impedir su uso militar — puntualizó el presidente —. Si tales acuerdos fuesen rotos en algún momento futuro, poco importaría quién tuviera la licencia. Las necesidades nacionales siempre tendrían prioridad. No importa lo que ocurra, pero el viaje a través del tiempo es algo que ya tenemos aquí. Habremos de plantearnos la cuestión y mirar de solucionarla.
    — ¿Apoya usted la propuesta de Clint, señor Presidente? — preguntó Douglas algo sorprendido —. Cuando hablé con usted...
    — Yo no he dicho que la apoye — respondió el Presidente — Pero, dada la situación, opino que nos interesa considerar todas las posibilidades y propuestas. Será muy difícil obtener los capitales y créditos necesarios para construir los túneles. No sólo para nosotros, sino para todo el mundo. Quizá le sea más difícil al resto del mundo que a nosotros.
    — Este es otro problema — apuntó Williams —. Imagino que Chapman y sus socios sólo se proponen construir los túneles en los Estados Unidos.
    — No puedo responder a eso — señaló Douglas —. Supongo que si Chapman lograse formar sociedad, podría incluir capital extranjero y establecer acuerdos con otras naciones. No creo que países como el Congo, Portugal e Indonesia cerrasen las puertas a quien se ofreciese a construir sus túneles. Otras naciones podrían dudarlo pero, si lleváramos a cabo el plan y se nos unieran un par de grandes potencias, por ejemplo Alemania o Francia, supongo que la mayoría de las demás nos seguirían. Después de todo, si alguien realizara un plan así, ninguna nación querría quedarse sin un túnel.
    — Esto costará mucho dinero — intervino Manfred Franklin, secretario del Tesoro —. Miles de millones...
    — Hay muchos jugadores en el mundo financiero — observó Ben Cunningham, de Agricultura —, pero en su mayoría juegan con inteligencia. Chapman parece bastante seguro de sí mismo. ¿Es posible que él sepa algo que nosotros ignoramos?

    Douglas negó con la cabeza.

    — Creo que no. Como dije, se funda en las afirmaciones de sus investigadores, principalmente de los físicos, en el sentido de que los viajes a través del tiempo han de ser posibles en ambos sentidos. Es el primer invento nuevo, realmente la primera idea nueva desde hace cincuenta años o más, con verdaderas posibilidades tecnológicas y de explotación comercial. Clint y su pandilla quieren sacar tajada del negocio.
    — La cuestión es si debemos permitírselo — explicó Williams.
    — Aunque nos sepa mal — contestó el Presidente —, quizá tengamos que hacerlo. Si nos negamos, la población lo sabrá y ya pueden imaginar cuál será su reacción. A algunos les parecería bien, pero serían anulados por los que verían el asunto como una solución para que alguien corra con un gasto gigantesco que, de lo contrario, saldría del Tesoro y sería cubierto mediante impuestos. Sinceramente, caballeros, podría crearse tal situación, que oponernos a la sociedad equivaldría a nuestro suicidio político.
    — Esto no parece preocuparle demasiado a usted — murmuró Williams con acidez.
    — Thornton, cuando lleves en la política tanto tiempo como yo te tomarás las cosas con más calma. Aprenderás a ser práctico. Contemplarás los asuntos con ecuanimidad. Admito que particularmente, este negocio me repugna un poco, pero soy políticamente realista para saber hasta dónde se puede llegar nadando contra la corriente. Hay casos en que no puedes echarlo todo a rodar.
    — Sigue sin gustarme — aseguró Williams.
    — Ni a mí — agregó Sandburg.
    — Sería una solución — dijo Franklin —. Los obreros estarán a nuestro lado. Si la alta finanza mundial llegase a un acuerdo con nosotros, como ocurrirá si se constituye la sociedad, nuestro principal problema quedará resuelto. Queda lo de alimentar a la gente del futuro, pero tengo entendido que podremos hacerlo durante más tiempo del que suponíamos. Luego habremos de suministrarles todo lo que necesiten para establecerse en el pasado, pero bastan para ello nuestras capacidades normales de producción. Alguien tendrá que darse prisa en calcular qué proporción de nuestras instalaciones fabriles y nuestros recursos tendrá que dedicarse a la fabricación de carretillas, azadas, hachas, arados y otros artículos similares, y durante cuánto tiempo; pero esto es sólo una cuestión económica. Supongo que los próximos años nos enfrentaremos a una carestía notable de carne, productos de granja y otros recursos agrícolas, pues tendremos que enviar ganado reproductor al mioceno, pero no es imposible, aunque hayamos de apretarnos un poco el cinturón. Los túneles eran lo importante, y la sociedad de Chapman los construirá si se lo permitimos.
    — ¿Qué hacemos con esos jóvenes manifestantes que quieren regresar al pasado? — preguntó Cunningham —. Yo opino que les dejemos ir. Se despejarían las calles y, por otra parte, hace tiempo que muchas personas se quejan de la superpoblación. Quizá sea éste el remedio.
    — Naturalmente, está bromeando — dijo el Presidente —, pero...
    — Le aseguro, señor, que no bromeo. Hablo en serio.
    — Y yo estoy de acuerdo — agregó el Presidente —. Quizá nuestros motivos no sean los mismos, pero creo que no debemos detener a quienes quieran dejarnos. Quizá no convenga que vayan a la misma época que la gente del futuro. Sería mejor un millón de años después. Pero antes de dejarles partir, deben poseer las mismas convicciones y la visión ecológica de la gente del futuro. No podemos enviarlos para que agoten los recursos que nosotros ya hemos utilizado. Esto sería una paradoja, que no pretendo entender, aunque supongo que podría resultar fatal para nuestra civilización.
    — ¿Quién va a enseñarles esas convicciones y esa visión ecológica?
    — Los hombres del futuro. No todos han de regresar en seguida al pasado. Naturalmente, la mayoría deben hacerlo, pero algunos se quedarán aquí. De hecho, han ofrecido dejar un grupo de especialistas que nos enseñarán la mayor parte de lo que se ha... No, supongo que debo decir de lo que «será» descubierto durante los próximos quinientos años. Personalmente, me parece que esta oferta debemos aceptarla.
    — A mí también — corroboró Williams —. Lo que nos enseñen tal vez altere en parte las actuales instituciones económicas y sociales, pero a la larga habremos adelantado. En veinte años o menos podríamos recorrer esos quinientos años sin cometer los errores en que cayeron nuestros descendientes.
    — No sé — murmuró Douglas —. Hay demasiados factores en una cuestión así. Debe meditarse.
    — Se nos olvida una cosa — recordó Sandburg —. nada nos impide adelantar y proyectar, pero hagámoslo con rapidez. La solución debe ponerse en marcha antes de un mes pues, de lo contrario, se nos acabará el tiempo. Lo que quiero decir es esto: que nuestras previsiones pueden quedar destruidas si no logramos exterminar a los monstruos, o al menos dominarlos.


    45


    Wilson se dijo que tal vez los jóvenes manifestantes tuvieran razón. Empezar de nuevo, con la pizarra limpia y el cuaderno en blanco, ejercía un atractivo bien lógico. Lo malo era que, aun comenzando de nuevo, la raza humana seguramente repetiría casi todos sus errores pretéritos. Aunque al retornar llevaría cierto tiempo cometerlos y, con buena voluntad, quizá se lograse corregirlos antes de hacerlos demasiado grandes, torpes y definitivos.

    Alice Gale dijo que llegaría a ser un yermo el lugar donde otrora se alzaba la Casa Blanca; y el doctor Osborne, durante su viaje desde Fort Myer, había manifestado dudas sobre la posibilidad de romper la serie de causas y efectos que conduciría a la ruina de la Casa Blanca. Afirmó que se había ido demasiado lejos. Están desequilibrados, había dicho; han perdido la sensatez.

    Era posible, se confesó Wilson en su fuero íntimo: el Gobierno central cada vez más ubicuo; las grandes empresas cada vez más ricas y poderosas; los impuestos aumentando siempre en vez de disminuir; los pobres cada vez más pobres y cada vez más numerosos, condenados a depender de la Seguridad Social; los abismos entre ricos y pobres, entre el Gobierno y el pueblo, más profundos a medida que pasaban los años. Se preguntó si pudo ocurrir de otro modo. Así las cosas, ¿se habría podido organizar el mundo de un modo mejor?

    Meneó la cabeza. No tenía ni idea. Quizás hubiera hombres capaces de analizar la evolución política, económica y social, para demostrar dónde se hallaban los errores, y señalar con el dedo tal decisión de tal año diciendo: «Aquí se dio un paso en falso». Pero tales hombres serían teóricos, y nada podrían resolver en la práctica con sus teorías.

    El timbre del teléfono empezó a sonar, y descolgó.

    — ¿Señor Wilson?
    — Sí.
    — Habla el vigilante de la puerta sudoeste. Aquí hay un caballero que quiere verle para un asunto muy importante. Es el señor Thomas Manning. Le acompaña el señor Bentley Price. ¿Los conoce?
    — Sí. Hágalos pasar, por favor.
    — Los enviaré con una escolta, señor. ¿Los recibirá en su despacho?
    — Sí, les espero.

    Wilson colgó, preguntándose qué podría traer a Manning. ¿Por qué habría venido en persona? Dijo que se trataba de algo importante. Y Bentley... ¡Señor!, ¿por qué con Bentley? ¿Habrían averiguado algo sobre el asunto de la ONU?

    Miró el reloj. La reunión del gabinete se prolongaba más de lo previsto. Tal vez había terminado y el Presidente estaba sumergido en otros asuntos. Aunque sería extraño... Normalmente, Kim le habría hecho pasar.

    Manning y Bentley entraron en el despacho mientras el vigilante se quedaba en la puerta. Wilson le hizo una seña.

    — Espere afuera. Ha sido un placer inesperado — se volvió a sus dos visitantes —. Nos vemos muy poco ahora, Tom. Y a ti, Bentley, casi nunca.
    — Tengo demasiados negocios — bromeó Bentley —. Voy de un lado a otro. Me paso la vida corriendo.
    — Bentley acaba de llegar de Virginia occidental — informó Manning —. Es el motivo de esta visita.
    — Había un perro en la carretera — explicó Bentley —, luego apareció un árbol y me di un batacazo.
    — Bentley fotografió a un monstruo en la carretera — aclaró Manning — en el instante de desaparecer.
    — Ya he descubierto lo que pasó — agregó Bentley —. Vio que la cámara le apuntaba y oyó que hacía «clic». Los monstruos no se quedan quietos cuando ven que les apuntan con algo.
    — Han habido más noticias de desapariciones — comentó Wilson —. Es como un mecanismo de defensa. A los muchachos les está resultando difícil cazarlos.
    — No opino lo mismo — discrepó Manning —. Obligarlos a desaparecer puede ser tan útil como cazarlos.

    Abrió un delgado maletín que traía y sacó un montón de fotos, comentando:

    — Mira — puso la primera foto sobre el escritorio de Wilson.

    Wilson echó una rápida ojeada y luego miró de hito en hito a Bentley.

    — ¿Qué clase de truco fotográfico es éste? — inquirió.
    — Nada de trucos — respondió Bentley —. La cámara no miente. Siempre dice la verdad. Te muestra lo que hay. Lo que ves aquí es lo que ocurre cuando un monstruo desaparece. Estaba cargada con película rápida...
    — Pero... ¡Dinosaurios! — exclamó Wilson.

    Bentley metió una mano en el bolsillo y sacó un objeto que entregó a Wilson.

    — Un cuentahilos — explicó —. Echa una mirada. Se ven rebaños de dinosaurios en segundo término. Nadie puede hacer un truco así.

    El monstruo se veía difuminado como una especie de fantasma del monstruo, pero lo bastante claro como para no dar lugar a dudas sobre lo que era. Al fondo se distinguían claramente los tres dinosaurios.

    — Y ornitorrincos — señaló Manning —. Si le enseñaras la foto a un paleontólogo, seguramente acertaría a situarla con exactitud en cuanto a la época.

    Los árboles eran extraños. Algunos semejaban palmeras, y otros helechos gigantescos.

    Wilson abrió el cuentahilos, acercó la foto e hizo girar la lente de aumento. Bentley tenía razón. Había otros animales extraños en el paisaje, en manadas, solos, o emparejados. Un diminuto mamífero corría para ocultarse bajo un arbusto.

    — Tenemos algunas ampliaciones del fondo — observó Manning —. ¿Quieres verlas?
    — No. Es suficiente.
    — Hemos consultado un libro de geología — dijo Bentley —. Es un paisaje del cretáceo.
    — Lo sé — aseveró Wilson. Cogió el teléfono y dijo —: Kim, ¿está el señor Gale en su habitación? Gracias. Por favor, dile que baje.

    Manning puso el resto de las fotos sobre el escritorio.

    — Son tuyas — señaló —. Las transmitiremos por teléfono. Queríamos que fueras el primero en saberlo. ¿Estás pensando lo mismo que yo?

    Wilson asintió.

    — Supongo que sí, pero, por favor, a mí no me metas.
    — No hace falta — respondió Manning —. La foto habla por sí misma. El monstruo, supongo que podríamos llamarlo el monstruo madre, descubrió el principio de los viajes a través del tiempo cuando pasó por el túnel. Este principio se grabó en su mente, en sus instintos o como haya que llamarlo. Transmitió ese conocimiento a las crías... un instinto hereditario.
    — Pero los humanos necesitan túneles del tiempo y artefactos mecánicos para lograrlo — objetó Wilson —. Necesitan ciencia e ingeniería...

    Manning se encogió de hombros.

    — Diablos, Steve, yo qué sé. No pretendo saberlo. Pero la foto indica que los monstruos huyen hacia otra época. Quizá escapan todos a la misma. Tal vez el cretáceo sea lo mejor para ellos. Quizás han descubierto que nuestra época actual es demasiado dura, las dificultades demasiado grandes para ellos.
    — ¡Se me acaba de ocurrir algo! — gritó Wilson —. ¡Los dinosaurios desaparecieron!
    — En efecto — repuso Manning. Cerró el maletín y dijo —: Será mejor que nos vayamos. Tenemos trabajo. Gracias por habernos recibido.
    — No, Tom — negó Wilson —. Las gracias son para ti y para Bentley. Gracias por venir. Pudo costarnos varios días el descubrir esto, si es que lo descubríamos...

    Se puso en pie para despedirlos y luego se derrumbó en su asiento.

    Increíble, pensó. Aunque, en cierto sentido, tenía su propia lógica monstruosa. Los seres humanos tienden a pensar según hábitos humanos. Los monstruos eran diferentes. Los refugiados del futuro habían insistido una y otra vez en que no debían considerarlos unos monstruos estúpidos, sino seres sumamente inteligentes. Y tal inteligencia, indudablemente, debía ser tan rara como sus cuerpos. Su inteligencia y habilidad no copiaban la inteligencia y la habilidad humanas. Aunque resultara difícil de comprender, tal vez fuesen capaces de hacer instintivamente algo que un ser humano no podría conseguir sin la ayuda de una máquina.

    Maynard y Alice Gale entraron tan silenciosamente en el despacho que no se dio cuenta de que estaban allí hasta que alzó la vista y los halló junto a su escritorio.

    — ¿Llamaba usted? — dijo Gale.
    — Quiero que vean estas fotos — pidió Wilson —. Primero la de arriba. Las demás son ampliaciones de detalles. Me gustaría conocer su opinión.

    Aguardó mientras ambos estudiaban las fotos. Por último, Gale comentó:

    — Esto es el cretáceo, señor Wilson. ¿Cómo tomaron la foto? ¿Qué tiene que ver con el monstruo?
    — El fotógrafo estaba tomando una foto del monstruo. En ese instante, el monstruo desapareció.
    — ¿Desapareció?
    — Es la segunda noticia de una desaparición, que yo sepa. Quizá hubo otras, pero lo ignoro.
    — Sí — murmuró Gale —, es posible. Ya sabe que no son como nosotros. Los que pasaron por el túnel conocieron el viaje a través del tiempo... experiencia tan breve, que sólo duró una fracción de segundo. Mas pudo ser suficiente — se estremeció —. Si esto es cierto, si con tan breve exposición son capaces de viajar por su cuenta a través del tiempo, y si su progenie está en condiciones de hacerlo también... En una palabra, si pueden notar, aprender y copiar algo tan complicado en tan poco tiempo y con tanta perfección, me extraña que pudiéramos resistirles durante veinte años. Es decir, que jugaban con nosotros, procurando no exterminamos. Un coto de caza, eso éramos. Un coto de caza.
    — No es seguro — observó Wilson.
    — Desde luego. En este sentido, hemos de consultar al doctor Wolfe. El nos lo dirá; al menos, estará en condiciones de formular una conjetura más fundada.
    — Pero ¿usted lo duda?
    — En absoluto — respondió Gale —. ¿Podría ser esto una falsificación?

    Wilson meneó la cabeza.

    — No, tratándose de Tom Manning. Le conozco bien. Trabajamos juntos aquí, para el «Post». Éramos compañeros de juergas; fuimos como hermanos hasta que este maldito trabajo se interpuso entre nosotros. No es que no tenga sentido del humor, pero sería incapaz de hacer algo así. Y Bentley también. La cámara es su dios. No la usaría para una falsedad. Vive y respira por y para sus cámaras. Todas las noches, antes de acostarse, les reza una oración.
    — Entonces, esto prueba que los monstruos huyen al pasado.
    — Creo que sí — agregó Wilson —, pero quise saber su opinión. Usted conoce a los monstruos y nosotros no.
    — ¿Hablará con Wolfe?
    — Sí, lo haremos.
    — Hay otra cuestión, señor Wilson, que deseábamos comentar con usted. Mi hija y yo la hemos discutido y estamos de acuerdo.
    — ¿De qué se trata? — preguntó Wilson.
    — Es una invitación — repuso Gale —. No sabemos si la aceptará; quizá no, o tal vez le ofenda. Sin embargo, creo que muchas personas la aceptarían. Para muchos sería muy interesante. Me cuesta decirlo, pero es esto: cuando regresemos al mioceno, si usted quiere acompañarnos, será bienvenido en nuestro grupo. Nos alegraría tenerle con nosotros.

    Wilson no dijo nada. Buscó palabras, pero no pudo encontrarlas.

    Alice dijo:

    — Usted ha sido nuestro primer amigo, tal vez nuestro único amigo verdadero. Solucionó el problema de los diamantes. Ha hecho tanto por nosotros... — impulsivamente, rodeó el escritorio y se inclinó para besarle en la mejilla.
    — No es necesario que conteste en seguida — explicó Gale —. Seguramente querrá pensarlo. Si decide no venir, no volveremos a mencionar la cuestión. Creo probable que ustedes también recurran a los túneles del tiempo para regresar algunos millones de años hacia el pasado. Aun esperando que no ocurra, me parece que no serán capaces de superar la crisis que alcanzó a nuestros antepasados, o sea a ustedes, naturalmente, en la senda del tiempo original.
    — No sé — dijo Wilson —. Sinceramente, no lo sé. Denme tiempo para pensarlo.
    — Sin duda — afirmó Gale.

    Alice se le acercó y susurró suavemente:

    — Tengo tantas ganas de que decida acompañarnos...

    Luego salieron, tan serenos y discretos como habían llegado.

    Anochecía y la oficina quedaba ya envuelta en sombras. En la sala de Prensa, una máquina de escribir tecleaba con irregularidad, reproduciendo las dudas de su usuario. Junto a la pared, los teletipos seguían con su rumoroso funcionamiento. Un piloto de la centralita de Judy lanzaba destellos. Ya no era la consola de Judy, pensó. Judy se había ido. El avión de Ohio ya estaría volando hacia el oeste.

    — Judy — murmuró —. ¿Qué pasó contigo? ¿Por qué tuviste que hacerlo?

    Sabía que iba a sentirse solo sin ella. Hasta ese momento no había comprendido cuánto le había acompañado ella. Había sido un refugio contra la soledad que siempre acecha al hombre, aunque crea tener muchos amigos. Incluso cuando no estaba presente, la idea de tenerla cerca bastaba para vencer la soledad, para alegrar el corazón.

    Ella estaba cerca, pensó. Ohio no quedaba lejos; en esta época, ningún lugar del mundo era inaccesible. Los teléfonos funcionaban y el correo repartía cartas, aunque no era lo mismo que tenerla a ella. Pensó en alguna frase que pudiera escribirle, pero supo que nunca lo haría.

    Sonó el timbre del teléfono. Kim anunció:

    — La reunión ha terminado. Pasa.
    — Gracias, Kim — respondió Wilson.

    Había olvidado la entrevista con el Presidente. Era como si hubiera transcurrido una eternidad. Habían sucedido demasiadas cosas.

    Cuando entró en el despacho, el Presidente dijo:

    — Lamento haberle tenido esperando, Steve. Había mucho que discutir. ¿Qué hay?

    Wilson sonrió.

    — Ahora ya no es tan importante. Creo que todo irá mejor. Corrieron rumores por la ONU.
    — ¿Sobre el asunto de los rusos?
    — Sí. Me llamó Tom Manning. Su hombre en la ONU... Max Hale, ¿le recuerda?...
    — Creo que no, pero leo sus artículos. Es persona seria.
    — Hale oyó que los rusos eran partidarios del bombardeo atómico sobre las zonas donde pudieran haber monstruos sueltos.
    — Esperaba algo así — señaló el Presidente —. Nunca se lo perdonaremos.
    — De todos modos, me parece que ahora es una posibilidad teórica — comentó Wilson, extendiendo las fotos sobre el escritorio —. Acaban de llegar. Las tomó Bentley Price.
    — Price — repitió el Presidente —. ¿Es aquel que...?
    — Es aquel de quien tratan todas las anécdotas. Borracho la mayor parte del tiempo, pero fotógrafo de primera. El mejor que hay.

    El Presidente estudió la primera foto con el ceño fruncido.

    — Me parece que no lo entiendo.
    — Tienen su historia, señor. Sucede que...

    El Presidente le escuchó con atención y sin interrumpirle ni una sola vez. Cuando Wilson hubo concluido, preguntó:

    — Steve, ¿cree que su explicación es fundada?
    — Me inclino a pensar que sí, señor, y Gale también. Dijo que debíamos hablar con Wolfe. Pero él estaba seguro. Lo único que hemos de hacer es seguir empujándolos. Empujarlos al pasado, y se marcharán. Si hubiera más monstruos, o si tuviéramos tan pocas armas como habrá dentro de quinientos años cuando ellos lleguen a la Tierra, probablemente intentarían quedarse. Nosotros presentamos una gran batalla, somos antagonistas dignos. Pero creo que saben cuándo están vencidos. En el cretáceo tampoco les faltarán oponentes de talla formidables. Los tiranosaurios y toda su familia, los triceratops, los celurosaurios, los dinosaurios cazadores. Lucharán cuerpo a cuerpo, con armas iguales. Tal vez guste más que lo que podemos ofrecer los humanos. Habrá más gloria para ellos.

    El Presidente guardó un silencio pensativo. Luego comentó:

    — Si no recuerdo mal, los científicos nunca han llegado a descubrir por qué desaparecieron los dinosaurios. Tal vez ahora lo sepamos.
    — Podría ser — afirmó Wilson.

    El Presidente hizo ademán de descolgar el teléfono, pero luego cambió de opinión.

    — No, Fyodor Morozov es un hombre honrado. Lo que hizo esta mañana era su deber; cumplía las órdenes recibidas. Es inútil telefonearle para decírselo. Lo descubrirá cuando se publique la foto. Lo mismo pasará con los de la ONU. Me gustaría ver qué cara ponen. Se lo tienen merecido.
    — Opino lo mismo, señor — concluyó Wilson —. No quiero ocuparle más tiempo...
    — Quédese un momento, Steve. Hay algo que debe saber. Conviene que esté avisado por si se plantea la cuestión y tenemos que enfrentarnos a ella. Lo saben sólo seis de los nuestros, y no hablarán. Tampoco lo dirán los refugiados del futuro. Es un secreto de Estado. Un secreto no oficial. No hay pruebas. El secretario de Estado no lo sabe y tampoco el de Defensa.
    — Me pregunto, señor, si debo...
    — Quiero que usted lo sepa — insistió el Presidente —. Cuando lo oiga, quedará ligado al secreto como los demás. ¿Conoce la propuesta de Clinton Chapman?
    — La conozco y no me gusta. Hoy mismo me hicieron esa pregunta y no quise hacer comentarios. Respondí que sólo era un rumor y que no sabía nada.
    — A mí tampoco me gusta — manifestó el Presidente —. Pero por lo que a mí respecta, se le alentará para que siga adelante. Cree que puede comprar el viaje a través del tiempo, que ya lo tiene en el bolsillo y puede disfrutarlo. Jamás he visto un caso más evidente de afán de lucro. No estoy muy seguro de que su gran amigo Reilly Douglas sea inmune a ese mismo afán.
    — Pero si es afán de lucro...
    — Lo es — afirmó el Presidente —. Pero yo sé algo que él ignora, y procuraré que no se entere hasta que sea demasiado tarde para él. Se trata de esto: lo que descubrieron los refugiados del futuro no era el viaje a través del tiempo según nosotros lo interpretamos, sino algo distinto. A ellos les sirvió, pero no fue un viaje a través del tiempo tal como se concibe tradicionalmente. No sé si me explico, pero parece ser que, junto al nuestro, coexiste otro universo. La gente del futuro sabe que existe, pero, en realidad, de él sólo sabemos una cosa: que el transcurso del tiempo en el segundo universo es exactamente opuesto al del nuestro. Su futuro fluye hacia nuestro pasado. El pueblo del futuro viajó hacia su pasado colgándose del movimiento futuro del otro universo...
    — Pero eso significa...
    — Exacto — le interrumpió el Presidente —. Significa que pueden ir al pasado, pero no regresar. Pueden viajar hacia el pasado, pero no hacia el futuro.
    — Si Chapman lo supiera, rescindiría el contrato.
    — Supongo que sí. No se ofreció a construir los túneles por razones patrióticas. Steve, ¿le parece mal mi engaño... mi deshonestidad premeditada?
    — Señor, me parecería mal si realmente fuese posible lo que Chapman quiere hacer y usted no lo impidiera. De este modo, en cambio, el mundo recibe ayuda y los únicos perjudicados son los que se excedieron en esta ocasión. Nadie se compadecerá de ellos.
    — Algún día se sabrá — se lamentó el Presidente —. Algún día se conocerá mi deshonestidad.
    — Cuando eso ocurra — observó Wilson —, como sin duda ocurrirá, una gran carcajada recorrerá el mundo. Será famoso, señor. Le harán un monumento.

    El Presidente sonrió.