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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    CANDY MAN (Vincent King)

    Publicado el domingo, octubre 19, 2014

    Nota a la edición española

    Candy Man (literalmente, el Hombre de los Caramelos), es un personaje muy popular en todo el folklore anglosajón. En una primera acepción, su nombre describe al buhonero que va de pueblo en pueblo o acompaña a las ferias, vendiendo sus dulces, caramelos y medicinas. Una segunda acepción ―más actual― lo identifica, en el mundo de la droga, con el proveedor, el inconcreto personaje que suministra la «mierda» a sus clientes. Un buen número de otras connotaciones marginales ―entre las que hay que destacar las sexuales― enriquecen aún más a este ambiguo personaje, de profunda raigambre popular.

    Por todo ello, por la riqueza descriptiva del personaje y por el hecho de que el protagonista de este libro tome este apodo en su sentido más amplio y literal —así como por la imposibilidad de hallar una traducción o equivalencia en español que respete, aunque sea aproximadamente, el sentido del nombre original—, es que hemos preferido mantener la expresión inglesa en el título de la obra, que deberá ser tomada en su más completo sentido, como podrán ver después de leer las siguientes páginas.


    I


    La última uña de luna se transpone a través de las afelpadas ramas. La medianoche ha quedado atrás, las horas avanzan, estoy solo. Como siempre… Como siempre he parecido estar, del modo que siempre me ha gustado.

    Era un lugar alto y triste en los bosques de líquenes. Solitario, como mi mente. Yo subía allí a veces cuando me asustaba de mí mismo.

    Luego empezó a llover. Comencé a sentir frío. Cuando noté que la lluvia empapaba mis chanclos bajé de allí. Mis tubos se estaban agotando; de todos modos, tenía lo que necesitaba… ya era hora de bajar. No me gustaban las Calles, pero no se puede vivir para siempre en los bosques. A mi perro tampoco le gustan. ¡Son tan solitarios!

    Todos aquellos ruinosos líquenes… de color verde-gris pálido… enroscaduras exquisitas, hermosos como cerebros… pero tan raros. No era lugar para un hombre, desde luego. No lo recuerdo exactamente, pero sé que las cosas deberían de haber sido mejores… era como aquellas grandes palabras que yo usaba a veces, era como un recuerdo que en cierto modo no era mío. Tal vez era simplemente lo que alguien me había contado acerca de cosas buenas.

    Aquellos líquenes crecían sobre los árboles, sorbían su savia, los encogían y marchitaban, como le ocurría al cerebro de uno si dejaba que su mente empezara a pensar en ello. Era extraño… algo ajeno a uno mismo… A veces yo también me sentía así.

    Todas aquellas paredes derruidas, el hormigón retorcido… doblado y agujereado, brotando del suelo. Pero en cierto modo sólo se veían cosas feas cuando se subía. Todo era hermoso cuando yo estaba cansado del mundo y emprendía el camino hacia arriba. Tal vez porque no se pueden ver cosas que no se quieren mirar.

    Como ya he dicho, tenía lo que había ido a buscar. Le silbé a mi perro y me puse en marcha hacia donde podía ver el suelo del valle, semejante a ceniza gris bajo la delgada capa de nieve. Más lejos los árboles terminaban, y el barro tenía una costra de escarcha que ahora se derretía un poco en la lluvia. Me agaché y tendí la mirada hasta muy lejos. Nunca se sabe… Hay que tener cuidado cuando se carece de un nombre. Uno no desea encontrar algún inesperado Preceptor que empiece a hacerle preguntas.

    Lo que más me importaba era no tener un nombre. Un nombre verdadero, quiero decir. Es como no tener una sombra. Es una sensación desagradable… como si uno no fuera completo. Como si no fuera un hombre, sino un fenómeno. Como si uno tuviera realmente mala suerte… como si no formase parte de nada.

    Si uno falla los Ritos ―cuando se celebran― no se le asigna ningún nombre… y al cabo de una temporada van detrás de él y uno tiene que ocultarse. Por eso yo estaba donde estaba, por eso tenía que ir a los bosques. Algunos de los jóvenes me respetaban por ello… antes de que fueran a los Ritos, fracasaran y vieran quemados sus cerebros. Mi perro tampoco tiene un nombre, pero a veces le llamo Wolf.

    Uno fallaba también los exámenes del Cuerpo ―que es lo que en realidad eran los Ritos―, pero a mí eso no me importaba demasiado. No deberían dejar a las personas sin nombre. Tal vez ―pensaba―, tal vez les obligue a darme el mío algún día. No era justo. Deseaba que viniera el Salvador, como alguien profetizó en otro tiempo. Algún día alguien aparecería y lo arreglaría todo, me daría mi nombre, y él sería el Salvador. Tal vez tendría algo que ver con el Cuerpo de Exploración, cuando las grandes naves regresaran de las Estrellas, donde se suponía que estaban. Nadie sabía cuándo llegaría… ni qué haría. Si yo lo supiera lo habría hecho, y sería él. Me preguntaba quién. Me preguntaba quién sería. Me preguntaba el por qué de todo, cuál era el Propósito, para qué estaba vivo. Deseaba tener un nombre.

    Ignoré el primer par de lugares. Demasiado pequeños. No me gustaba hacerme evidente. Permanecí a unos cuantos metros de distancia de la línea de árboles, mirando hacia abajo a cada uno de los húmedos y neblinosos valles y pasando al siguiente. Uno podía mantenerse oculto en los lugares grandes, mantenerse oculto y hacer buen negocio. Sujeté mi bandeja y mi caldero y avancé. De todos modos, había treinta o cuarenta luces en el lugar más próximo, de manera que me dirigí hacía allí. Después de gatear y trepar un poco llegué a las primeras casas.

    Había un paraje oscuro en lo alto de la Calle debajo de la torre de señalización, de modo que me quedé allí, mirando y escuchando. Nunca había estado en aquel lugar. Yo llegaba de la frontera, del norte, como dicen ellos.

    Comprobé cómo funcionaba mi máquina y las cargas de las pistolas que los Preceptores me habían dado. Me aseguré que los engranajes estuvieran sueltos, revisé las piritas y monté los muelles. Entonces salió ese Muchacho de entre las sombras y me miró. Wolf gruñó inmediatamente para advertirme de que era un desconocido; al cabo de un rato, al ver que no pasaba nada, pensé que no había ningún motivo de preocupación.

    No estaba seguro de si el Muchacho había visto lo que yo estaba haciendo, de modo que le ignoré. El no dijo nada; se limitó a quedarse allí, observándome.

    Ajusté el vendaje a mis ojos. Estaba confeccionado con un curioso material, que permitía ver por un lado a través de él. Procedía de los viejos tiempos, o tal vez del Cuerpo. Encontré un vestido de mujer confeccionado con él y utilicé la parte aprovechable para hacer un vendaje. En cualquier caso, lo llevaba sobre mis ojos; y la gente creía que yo era ciego. Me proporcionaba una ventaja, y nunca había deseado ver el mundo con demasiada claridad.

    Mientras tiraba del vendaje hacia abajo sobre mis mejillas, el Muchacho me observaba sin dejar de sonreír. Al cabo de un rato se marchó, pero yo seguía sin saber si había visto las pistolas de pólvora dentro de mi bandeja.

    Al final decidí que no las había visto y que era inútil esperar más. Bajé hacia la Calle en busca de la gente.

    La cantina estaba en el lugar habitual. Ruidosa, caliente y oscura. Toda la estrepitosa música habitual latiendo sintética en los Altavoces. A la gente parecía gustarle la oscuridad. Todos yacían por allí y no se movían mucho. Encendí las mechas de las lamparillas de alcohol y la máquina no tardó en calentarse lo suficiente. Hice girar el volante, vertí azúcar y algunos de los escarabajos y moscas aplastados para darle color. Empecé a hacer azúcar hilado.

    —¡Hey! ¡Candy Man! —algunas de las mujeres empezaron a levantarse.
    —¡Dulce Candy! —siempre habían simpatizado conmigo, me llamaban Candy Man hasta que me conocían mejor—. ¡El bueno y dulce de Candy Man está aquí!

    Poco después, todo el mundo estaba comiendo mi azúcar hilado y pagándome también. Nadie me engañaba. Traía mala suerte estafar a un ciego. Era como desobedecer a un Preceptor. Era algo profundamente arraigado, como la religión, como aquella leyenda acerca del Salvador. Las mujeres siempre eran las primeras en verme; eran menos estúpidas.

    Contemplé los rostros infantiles. Ninguno de ellos había eludido los Ritos… todos tenían sus nombres. ¡Bastardos! Me obligué a odiarlos, todos ellos tenían las cicatrices en la frente. Yo también tenía una cicatriz, pero yo mismo la había puesto allí. No la había obtenido en los Ritos; por eso me llamaban Candy Man, pero no era lo mismo que un nombre, no era mi nombre… no un nombre verdadero.

    Cuando todos estuvieron servidos, mientras esperaba a que más azúcar se hilara, permanecí con la cabeza levantada como un hombre ciego y observé al resto de la multitud. Había un par de otros hombres ciegos; a veces los Ritos discurren mal y así es como uno se ve afectado de ceguera. Por eso les llaman Afortunados, para no desalentar a la gente de los Ritos. Junto a la puerta estaba aquel Muchacho, escarbándose los dientes y moviendo los labios.

    Transcurrió el tiempo y observé a la gente más de cerca. Sus ojos tenían aquella expresión helada que yo odiaba tanto, aquella expresión consubstancial con el hecho de tener un nombre. Por su conversación podía saberse cómo eran. Las mujeres no estaban adecuadamente desarrolladas. Tenían los senos muy pequeños. Era evidente que no habían tenido hijos, y la mayoría de ellas no los tendrían nunca. Sus blusas estaban abiertas hasta sus ombligos; a ellas no les importaba, o tal vez era alguna moda que estaban siguiendo.

    Algunas de ellas empezaban a sudar. El negro mejunje descendía de sus rostros y formaba arroyuelos entre sus raquíticas pecheras. Parecía lavarlas un poco a trechos. No me gustaban mucho. Quiero decir, ¿qué había en el fondo de todo? ¿Qué finalidad teníamos todos? Entonces empecé a predicar. Siempre esperaba hasta que las mujeres empezaban a sudar. No era sólo la cochinilla de mi azúcar hilado: había que hacer algo para estimularles más.

    —¡Escuchad la voz del afortunado ciego dulce Candy Man que viene del desierto, los bosques y altos lugares!

    Vi que el Muchacho había avanzado hacia la luz para observarme mejor. Estaba detrás de la gente, escuchando con mucha atención. Su presencia se hacía notar, desde luego. En su modo de sonreír. En sus ropas también, tan limpias. Calzones de terciopelo hasta la rodilla, una blusa blanca con volantes en la pechera y en los puños… zapatos con hebillas. Continué predicando y no tardé en olvidarme de él.

    —¡Yo bebo profundamente en las charcas de líquenes… encuentro los escarabajos de color en las selvas de cactos! ¡Yo he visto las altas visiones, las glorias y las revelaciones!

    Al principio tuve que aullar, pero cuando empezaron a escuchar bajé el tono de mi voz y tuvieron que agruparse y acercarse más para oír. De modo que tenían que concentrarse en lo que yo decía. Yo trabajaba duramente en ello, y todo el tiempo me estaba preguntando quién era realmente el engañado.

    —Escuchadme, ahora. ¡Conocéis el pecado de sorber los jugos del diablo a través de los Dispensadores, lo conocéis! ¡Lo conocéis… y, sin embargo, continuáis viviendo con él! Nuestras madres nos lo dijeron, nuestros padres nos lo dijeron también…

    »Cuando nuestros antepasados… nuestros padres… cuando ellos salieron de las profundidades de la esclavitud, la servidumbre y el cautiverio de nuestra historia, en aquellos días en que la mano del Salvador estaba con nosotros… ¿se hizo aquello para que pudiésemos sorber los efluvios infernales de los fáciles Dispensadores?

    Podía ver las hileras de boquillas en último término. Estaban muy desgastadas: la espesa capa de cromo casi había desaparecido. Un par de ellas goteaban, formando charcos de alimento en el suelo. ¡Qué modo de tratar a la gente, qué modo de alimentarla!

    —¡Prohibido! ¡Prohibido! ¡Recordad que las luces van a estar de nuevo en el cielo! ¿Cómo vendrá el Salvador si os alimentáis con el mal? ¿Si echáis a perder la obra del Gran Robot?

    Todos ellos me estaban escuchando. Sólo era preciso mencionar a los «antepasados», una palabra acerca del Salvador y un par de gritos sobre el Gran Robot ―que los Preceptores nos decían que llegaría al fin del mundo si no nos comportábamos como era debido―, y le seguían a uno a cualquier parte. Arrojándoles unas cuantas palabras que no entendieran se comerían también el suelo que uno pisaba. Todos los antiguos mitos mágicos… creían cualquier cosa. Empezaba a sentirme realmente Afortunado. Solía intentar no preocuparme demasiado acerca de cosas antiguas que recordaba a medias. Trataba de concentrarme en el hoy y el mañana… principalmente en el hoy… cómo era y a dónde conducía.

    —¡Arrodillaos!

    Por aquel entonces el azúcar hilado había empezado a morder de veras. Con las bocas desencajadas, las mujeres oscilaban al ritmo de mis palabras. Empecé a golpear mi bandeja como un tambor. El sonido acompasado no tardó en penetrar en ellos, y todo se hizo más fácil.

    En aquel momento me sentía realmente Afortunado. Trepé sobre la mesa y permanecí allí, aullando:

    —¡el salvador va a llegar!
    —¡Sí! ¡Ha sido prometido! —gritaron en respuesta.
    —¡Y LAS ESTRELLAS VAN A BRILLAR!

    El Salvador podría saber lo que significaba eso. Las estrellas brillaban cada noche, a menos que lloviera.

    —¡Sí! ¡Van a brillar!
    —¡Lo harán! ¡SÉ de cierto que lo harán!

    Respondían perfectamente. Caderas y vientres siguiendo el ritmo que yo imponía. Resultaba relativamente fácil. Sólo un poco de aquella materia que extraía de determinados insectos y una pequeña repetición. Deslicé otra referencia al Gran Robot sólo para oírles gritar y continué acerca de mí mismo:

    —¡Yo soy ciego, hermanos! ¡Puede parecer que soy un ciego demente, pero distingo con toda seguridad la verdad del error!

    Había empezado a gritar de nuevo, sin que fuera preciso. Yo era Afortunado, creo realmente que era Afortunado entonces. Podía sentir el poder. Sabía que yo era algo especial y que realmente tenía un Propósito. La gente… los tenía allí conmigo. Éramos cada uno del otro y estábamos todos juntos. Tendría que haber sido así todo el tiempo… Pero tenía que conseguir mis tubos. Siempre tenía que conseguir mis tubos.

    —¡Y yo veo los ritos! Los Ritos, hermanos… ¡Ellos ponen el mal en nosotros entonces!
    —¿Mal…? ¿Ritos…?

    Resultaba duro para ellos. Los Preceptores siempre les decían que el mal era eliminado en los Ritos. Vi que el Muchacho seguía mirando. No tenía azúcar hilado, su boca estaba abierta y me estaba escuchando.

    —¡Las cicatrices! ¡Es lo que hacen las cicatrices! ¡No se puede introducir la mala suerte sin dejar cicatrices! ¡Si la extraen, las cicatrices desaparecerán! ¡Entonces no habrá cicatrices!

    El Muchacho rió, pero asintió con la cabeza con el resto de la gente. No me importaba lo que pensaba, allí de pie con su elegante atavío. Y entonces sucedió:

    —¡El mal! —era uno de los hombres, gritando—. ¡El mal… los Ritos son el mal!

    Su voz se apagó. Tal vez se daba cuenta de lo que había hecho.

    Saqué una de las pistolas de mi bandeja, apunté y rompí una de las piernas del hombre dándole en el lugar preciso. Me volví hacia el Altavoz. Supongo que me dolía lo que acababa de hacer, pero lo había hecho antes y sabía que volvería a hacerlo. No era como si le hubiese matado.

    Una mujer con la barbilla manchada de baba me agarró por las piernas. Me libré de ella propinándole un puntapié. A ella no le importó. Me disgustaba hacerlo, pero me acerqué al Altavoz.

    —Los niños —dijo alguien—. Vamos a evitar que vayan a los Ritos… a evitar que sean como nosotros.

    Eran lentos, pero aquella era la idea. Tal vez la estaban captando. Busqué piernas para romper, pero no pude verlas en la multitud. De todos modos, una era suficiente.

    Me acerqué al Altavoz, pulsé el botón de llamada. El Muchacho me estaba observando, sonriendo, con una especie de fascinado horror en el rostro. Tal vez yo hubiera roto sus piernas también, pero entonces se alejó. La necesidad de tubos me apremiaba, y en aquel momento podría haber hecho cualquier cosa.

    El Altavoz contestó. No había ninguna imagen en la pantalla. Y aunque la hubiera habido sólo habría sido la Máquina… De todos modos, ella debía estar mirando.

    —¿Sí? —dijo—. ¿Nombre?
    —Un hombre —me apresuré a decir—, un hombre acaba de decir que los Ritos son el mal, ha dicho que no deberíamos enviar los niños a ellos.

    Se produjo una pausa mientras el dato era comprobado. No podían vigilar continuamente a todo el mundo, pero podían grabarlo todo.

    —Gracias. Confirmado.

    La voz era completamente inexpresiva; mis tubos cayeron con un sonido metálico en la bandeja de recompensa. Siempre me había gustado el sonido de la voz de la Máquina. Sonaba familiar…, tal vez debido a los tubos que me entregaba. De todos modos, era el momento de marcharse. Empecé a abrirme paso a través de la estancia. Alcé la mirada y vi al Muchacho, riendo descaradamente. Por lo que yo acababa hacer, supongo. Pero… diablos, yo tenía que conseguir mis tubos.

    Me libré de otra mujer con un nuevo puntapié. Rodó por el suelo. Por el éxtasis, pensé, o tal vez la lastimé de veras. No podía saberlo, pero me alegré de llevar mis chanclos y de que ella no pudiera tocarme.

    Estaban copulando en todas partes. En el suelo, en las escaleras…, incluso había una pareja en la Calle. Nunca he comprendido cómo podían hacerlo de aquel modo. Se agitaban, gimiendo, gruñendo como cerdos. Grité por encima de aquellos sonidos; aún tenía algo que decir.

    —¡De modo que voy a decirlo, hermanos y hermanas!
    —¡Sí… sí! —respondió alguien; tal vez el resto podía oírme.
    —¡Dejad penetrar el amor! ¡dejad que el antiguo amor penetre en vosotros! Amor… No comprendo cómo podéis llamarlo así. Nunca he podido comprenderlo… ¡haced el amor, hermanos y hermanas! Haced el amor… ¡e hijos!

    Estaba casi en la puerta. Era lo que quería decir, era lo que tenía que decir.

    Era para lo que tenía poder, y en aquel momento estaba seguro de que era mi Propósito. En su mayoría, después de los Ritos, eran demasiado estúpidos para procrear. Tal vez se trataba también de algo que ponían en el alimento, aunque yo conocía a algunos que habían quedado esterilizados en los Ritos.

    De modo que hacía lo que estaba a mi alcance para resolver aquello con mi predicación y mi azúcar hilado. Tal vez trataban de eliminar a la raza humana… de matarnos a todos lentamente. Si podía conseguir que la gente se amara y procreara, habría muchas más personas, y quizás no todas ellas irían a los Ritos, si predicaba lo suficiente. Si los Preceptores seguían oprimiéndoles, tal vez llegaran incluso a sublevarse. Existían varios medios por los que yo podría vencer ―la raza podría vencer―, pero la última palabra la tenía siempre el pueblo. Eso es lo que yo estaba tratando de hacer: eso, y conseguir mis tubos. No veía cómo un solo hombre podía hacer lo suficiente, pero tenía que permanecer al margen e intentarlo. Tal vez ―solía pensar―, tal vez era ese mi Propósito, tal vez era ese mi objetivo en la vida… y tal vez lo estaba cumpliendo del modo adecuado.

    Un hombre se acercó a mí y tuve que golpearle con la pistola: se desplomó como un saco. Cuando salían de los Ritos dejaban de crecer, de modo que resultaba fácil dominarles. Ese era el motivo de que el Muchacho no pareciera pequeño entre ellos. —¡Marchaos ahora! —grité desde la puerta—. ¡Dejadlo! ¡No pequéis más! ¡Amaos los unos a los otros…!

    Obedecieron y empezaron a salir. El Muchacho estaba al otro lado de la Calle y se desternilló de risa cuando yo dije aquello. Lo único que pensé fue que la cosa estaba durando demasiado. Tenía que haberme marchado ya. Y entonces fue cuando llegó el Silbador.

    Fui el primero en oírlo. Estaba atento a él, como siempre.

    Un soplo de aire desde muy abajo. El rápido vibrar del cambio de presión. Un leve sonido, creciendo en intensidad. Empecé a moverme y el Muchacho lo oyó también. Eché a correr en torno al pavimento. Di diez pasos y el Silbador llegó. Eran rápidos; por eso me preocupaban tanto.

    El gran disco brillante llegó girando sobre sí mismo, avanzando velozmente detrás del chorro de aire, bloqueando la Calle.

    Era demasiado tarde para mí, lo mismo que para el Muchacho. Giramos como un solo hombre, entrando de nuevo en la cantina y tratando de alejarnos.

    El Muchacho me siguió. Tropecé y caí entre la gente. Me levanté rápidamente y miré hacia atrás. El Silbador se abrió como un huevo. El Preceptor salió con un suave movimiento.

    Miró directamente hacia nosotros a través de los cuerpos de lentas pulsaciones. Ignoró a todos los demás. Estaban muy lejos, eran afortunados.

    Aquellos ojos acerados y duros, en aquella máscara de metal gris con los remaches de cabeza embutida y el cierre en el centro. Aquel terrible rostro de metal en el que uno mismo podía verse reflejado.

    —¡Quedaos quietos! —gritó.

    Aquellas armas. Eran peores que nunca. Aquellos romos cilindros de metal surgiendo de los brazos de la silla de ruedas, aquellas cosas cruzando lentamente a través de la sala. Diablos, él no las necesitaba en realidad. Él era un Preceptor.

    —¡Quedaos quietos mientras os hablo!

    Se produjo un largo silencio mientras examinaba cuidadosamente la sala. Uno no creería que pudiera surgir tanta muerte de aquellas negras extremidades de metal.

    —Un informe —dijo finalmente—. Alguien odia los Ritos. Alguien cree que son el mal. ¿Tú?

    El Muchacho se echó a reír, sin dejar de escarbarse los dientes. Nunca había visto nada igual delante de un Preceptor.

    —¡Él! —dije, señalando al Muchacho con mi pulgar.
    —¿Tu nombre?
    —WADZ B(869) —dijo el Muchacho, muy serio ahora.

    El Preceptor pulsó algunos botones en el brazo de su silla. Se oyeron otros tantos chasquidos mientras los datos pasaban a la Máquina Profunda.

    —Te recordaremos para los Ritos —el Preceptor se volvió hacia mí—. ¿Nombre?
    —Candy Man… —me atraganté. Salió antes de que pudiera evitarlo. Fue lo único que pude decir—. Me llaman Dulce Candy Man…

    El Preceptor rodó hacia delante. Me miró fijamente con aquellos terribles ojos. Una de las armas avanzó hasta tocarme en el pecho.

    —¿Nombre? —el Preceptor parecía intrigado y furioso al mismo tiempo—. Eso no es un nombre.

    Traté de erguir la cabeza como si no pudiera ver. El Preceptor me golpeó en la cara. No muy fuerte, casi como por costumbre, pero no obstante el golpe me dolió.

    —Dime quién eres. Dime qué es lo que pasa con toda esa gente.

    No había oído hablar de mí. Un montón de gente no había oído hablar de mí entonces. En cualquier caso, ellos no pueden seguirle el rastro a todo el mundo. Deseé poder tener uno de mis tubos. Me sentiría bien entonces; sabía que con un tubo podía enfrentarme a cualquier cosa.

    —El tiempo de sorber ha terminado. ¿Por qué no están todos durmiendo? Lo que están haciendo no existe. Nosotros no lo reconocemos. Nosotros no lo reconocemos. Malo… eso es muy malo.

    Se apartó, haciendo girar su silla mientras miraba de nuevo alrededor de la sala. Empecé a escabullirme a lo largo de la pared. El Preceptor casi se puso en pie. Temblando de rabia, rodó hacia adelante y trató de separar a las parejas.

    —Algo le han hecho a mi gente, ellos no son así en realidad.

    El Muchacho también se estaba escabullendo.

    —¡Tú!

    El Preceptor giró y escupió en mi cara. El vendaje absorbió la mayor parte del salivazo, pero no me cubría todo el rostro. Y la saliva, aunque fuera de un Preceptor, era horrible. Me sentí incapaz de soportarlo. ¡Infiernos! ―pensé―. ¿A qué conduce todo esto? ¿Por qué hemos de aguantarlo? Más nos valdría que nos degüellen de una vez.

    —¡Tú y tu ilegal azúcar hilado!

    Permanecí muy quieto, tratando de no gritar de rabia. Me pregunté dónde habría oído hablar de mi azúcar hilado. El Preceptor se precipitó hacia delante sobre sus rápidas ruedas.

    —¡Levanta tu vendaje!

    Obedecí. Examinó mi frente con mucha atención.

    —¡Falsa cicatriz! —gritó súbitamente, en mi cara.

    Aquella arma estaba a treinta centímetros de distancia de mi pecho. Vi el dedo pulgar del Preceptor moverse sobre el disco. Me senté, súbita, rápidamente, dejándome caer al suelo.

    Simultáneamente, el Muchacho dio un puntapié a la parte trasera de la silla del Preceptor, que empezó a girar como una peonza. La carga de su arma se incrustó en la delgada pared. El aluminio se fundió como cera. Brotaron algunas chispas.

    El trasero me dolía horrores. Tal vez fue la sacudida, o tal vez me proponía disparar de todos modos, aunque no lo creo, no creo que me propusiera disparar.

    Los dos cañones de mi otra pistola dispararon al mismo tiempo. La parte delantera de mi bandeja estalló como una caja de cerillas y el Preceptor salió proyectado hacia atrás. Noté el olor a goma quemada de la salpicadura del aluminio sobre mi manga. No creo que me propusiera hacerlo, de veras que no.

    El Preceptor estaba tratando de gritar, pero no pudo hacerlo, debido a que la mayor parte de su garganta y de su pecho habían desaparecido. Se inclinó hacia delante sobre su propio regazo como si intentara ocultar la sangre y la materia, como si se avergonzara de aquellas cosas humanas. Luego dejó de preocuparse porque estaba muerto.

    Permanecí sentado allí, preguntándome qué diablos haría. Quiero decir, matar a alguien… quiero decir…¡matar a un Preceptor! Estaba poseído por el demonio. ¡Los Preceptores eran tan Afortunados, tan sagrados!

    —¡Vamos! —el Muchacho se levantó del suelo—. Está muerto… ¡No puedes cambiar eso! —me esperó en la puerta—. ¡Vamos! ¡Está muerto!

    Sus grandes ojos me miraron fijamente en la penumbra. En aquel momento él estaba asustado, y eso fue lo que me decidió. Si él estaba asustado, yo debería estarlo también. Estaba demasiado aturdido para sentir nada… pero desde luego comprendí que tenía que marcharme.

    Levanté la maltrecha bandeja y se la arrojé a un hombre que estaba en el suelo. Dejé la pistola dentro: era más feliz con dos, pero una era suficiente.

    —¡Dios! —dijo el Muchacho—. ¡Eres traicionero!
    —Desde luego. Colgarían a aquel hombre cuando lo encontraran junto a mi bandeja, con la pistola que había matado a un Preceptor. Yo sabía eso, pero sabía también que tenía que sobrevivir. Sólo había una cosa de la que estaba seguro, y era que yo tenía que sobrevivir.
    —Diciéndoles todo aquello… ¡Fustigándoles, y luego denunciándoles! ¡Bastardo! —en la voz del Muchacho había un leve acento de admiración.

    Me dolía la cabeza. ¡Dios, necesitaba un tubo! Si pudiera tener mi tubo, sabía que volvería a sentirme bien. Sabía que había hecho cosas malas… me sentía cansado y sucio. ¡Matar a aquel Preceptor! Ni siquiera podía pensar en ello. Pero por encima de todo sabía que tenía que sobrevivir.

    Si yo no predicara, ¿quién desviaría a la raza del camino de nuestra próxima extinción? ¿Quién combatiría a los Preceptores y los Ritos? ¿El Salvador? ¿Cuándo diablos vendría? ¿Qué estaría haciendo? Me pregunté si el Cuerpo de Exploración y el Salvador eran una simple leyenda junto con el Gran Robot, un truco más de los Preceptores para mantenernos tranquilos.

    —¡Las mentiras que cuentas! Las locuras que haces… —el Muchacho sacudió la cabeza—. ¿Cómo puedes hacerlo? ¿Cómo puedes soportar el ser quien eres?

    Yo también me preguntaba aquello. Pero en realidad sabía lo que estaba haciendo y por qué, y me decía a mí mismo que era importante. Los hombres como yo tenían que sobrevivir… hacer lo que yo hacía. Tenía que intentarlo y predicar y cambiar el mundo… Yo era excepcional y tenía que hacerlo.

    —Tú no tienes que creerlo —dije—. Tú no tienes que hacer lo que te dicen. Si crees todo lo que te dicen, mereces lo que la gente te haga. Ellos merecían lo que han obtenido hasta ahora.

    Salimos a la calle. Detrás de nosotros, una mujer empezó a gritar.

    —Las cosas son lo que uno cree que son —dijo el Muchacho.

    Yo no quería pensar en aquello, de modo que no dije nada.

    Entonces, Wolf se unió a nosotros. Le gusta eso, me sigue a todas partes; pero no le gustan los jaleos.


    II


    ¡Perro infierno! ¡Yo no me había propuesto matar a ningún Preceptor! Nunca me había propuesto matar a nadie, no era propio de mí… No era posible, no podía ocurrir. ¡Increíble! Dolía… Me sentía completamente trastornado.

    Estábamos en la calzada. Me había detenido, pensando en ello. Ni siquiera había decidido en qué dirección echaría a correr.

    —¡Vamos!

    El Muchacho me empujó. En la Calle, el Silbador se cerró de golpe. Los cohetes llamearon, empezó a girar lentamente, y luego se perdió de vista Calle abajo.

    La silla del Preceptor remolineó y salió detrás de nosotros. El cadáver brincó al rebotar en el umbral de la puerta y un poco de sangre manchó el suelo.

    Aquella silla salió como un perro. Radiando de un modo infernal, estaba seguro de ello, diciendo exactamente dónde estábamos y lo que yo había hecho.

    Muy pronto, el cadáver empezaría a oler —hacía calor en las Calles—. Nos seguiría a todas partes, sacudiendo aquellos brazos muertos hasta que se desprendieran, o hasta que los otros Preceptores me cogieran.

    El Muchacho se giró súbitamente y dio un zarpazo. La silla trató de alejarse, pero el Muchacho la sujetó y empezó a tirar del cadáver. La parte inferior resultó bastante fácil, pero la cabeza estaba muy bien atada. El Muchacho volvió el rostro cuando vio toda aquella sangre y aquellos destrozos. No me sorprendió. Había ochenta y cuatro de mis proyectiles en el depósito, yo había cargado cada uno de los cañones con veinte de ellos, y cada uno de ellos tenía un pequeño apéndice de alambre de dos centímetros de longitud. A distancia, los apéndices servían para mantener recta la trayectoria del proyectil, pero en un disparo a quemarropa contribuían a que la carnicería fuera espantosa. Los Preceptores son tan ligeros como la vanidad, de todos modos; como pájaros, sin huesos propiamente dichos. Pero en aquella silla había sangre, desde luego. No recuerdo haber utilizado las pistolas contra ningún hombre, no tan de cerca como para matarle de aquel modo.

    —¡Vamos! —boqueó el Muchacho.

    Estaba muy pálido, y pensé que podría vomitar. Me arranqué de mi sueño y le ayudé a luchar con la silla. Al final logramos tirarla por encima del borde de la calzada para que fuera arrastrada por la corriente de aire que circulaba sobre la Calle.

    Voló casi en línea recta, rebotó contra el extremo más lejano y descendió lentamente. Tela, harapos y brazos del Preceptor la siguieron, y el cuerpo también, todavía atado por la cabeza. Las piernas se elevaron, dado que eran la parte más ligera.

    —¡Vamos! —repitió el Muchacho, y echamos a correr.

    Doscientos metros Calle arriba tuvimos que descansar. Mejor dicho, lo hizo el Muchacho; yo sólo necesitaba un tubo. La rampa en espiral alrededor de la Calle resultaba fatigosa andando, y no digamos corriendo. Lo que teníamos que hacer era salir de la Calle lo antes posible.

    —Sí —dijo el Muchacho—. Traicionero… eso es lo que eres —meditó unos instantes—. ¿Tienes alguna excusa? ¿Es así como son las cosas? ¿Qué dirías que te ha hecho así?

    Me acordé de girar la cabeza como si estuviera buscando su voz. No hablé. Pensé cómo podría escapar, y cuánto tardaría en poder tener un tubo. A la luz, pude ver que el Muchacho era más joven de lo que había pensado. Doce años, tal vez, con la piel lisa y lechosa, la cara muy limpia.

    —No importa —continuó—. Puedes cantar. Y puedes predicar, desde luego. ¡Les excitaste a todos, lo hiciste de verdad! Interesante… —dejó escapar una risita estridente—. ¡Aquellas viejas! —luego se acercó al borde de la Calle y miró hacia abajo—. Tenemos que marcharnos. ¡De pie, viejo, muévete!

    Yo no me sentía tan viejo… No, en absoluto.

    Una boca de alcantarilla sobresalía treinta centímetros por encima de la calzada. El Muchacho levantó la tapa con un cuchillo, me guió a través de la abertura y colocó mis pies sobre una traviesa al otro lado. El lugar era oscuro, y a través de mi vendaje era más oscuro que nunca.

    Las traviesas estaban destinadas a sostener las Calles, manteniéndolas separadas y erguidas. Todo pasaba por allí, todas las tuberías de alimento de los Dispensadores, todo. Además de oscuro, el lugar era húmedo. Había pequeñas luces, todas desiguales y ampliamente espaciadas, muchas de ellas rotas. Una se encontraba debajo de una salpicante y maloliente cascada de color ámbar… tenía un halo de brillantes gotas y también un pequeño e incompleto arco iris. Al principio había habido una barandilla, pero no había tardado en desaparecer.

    Las traviesas tenían seis metros de espesor y uno de anchura. Teníamos que andar a lo largo de ellas y tratar de olvidar la vasta oscuridad que se extendía debajo. No podíamos oír el choque de aquella cascada contra el fondo… suponiendo que existiera. Hasta nosotros llegaban los ruidos de las Calles, la música latiendo en el vaho de amoníaco, el olor a cosas podridas.

    Había que tener mucho cuidado en los trechos donde las traviesas estaban carcomidas. Algunas habían sido reemplazadas y se encontraban en excelentes condiciones, pero otras habían sido remendadas a base de losas de hormigón, mal colocadas, con las cuales resultaba muy fácil tropezar. Yo avanzaba arrastrando los pies, y sujetaba con mano firme a mi perro. Había dejado de fingir que era ciego.

    Veíamos ratas. O las oíamos. Las tuberías de los Dispensadores goteaban y aquello las alimentaba; desde luego no eran muy activas. En un momento determinado me pareció oír voces, y el Muchacho dijo que había descubierto a gente que vivía allí, pero que no significaban nada. A veces había plantas creciendo cerca de las luces, pero tampoco ellas importaban.

    Luego llegamos a una blanca escalerilla de metal que ascendía a una de las verticales. Estaba en perfecto estado, en medio de tanta podredumbre. El Muchacho dijo que teníamos que cambiar de nivel, de modo que trepamos por la escalera. Mi pie, enlodado por las traviesas, resbaló y estuve a punto de caer. Me salvó el Muchacho, rodeando mis hombros con un brazo. Me sujetó fuertemente, y yo gruñí mientras asentaba mis pies. El brazo y el pecho del Muchacho eran suaves al tacto, y odié aquella sensación incluso a través de la goma de mi traje. Confié en que no terminaría debiéndole demasiado; confié en que no llegaría a simpatizar con él.

    Bordeamos los grandes cilindros de la Calle que se erguían a través del bosque de traviesas. En algunas zonas, la estructura se había hundido ligeramente, y las luces iluminaban un poco el lugar. Había millares de Calles, en su mayor parte separadas sólo por unos pocos metros.

    No lo recuerdo demasiado bien. Pareció que transcurría un siglo. Agarrado a la suave mano del Muchacho, a lo largo de aquellas peligrosas traviesas, deseando llegar a un lugar que me permitiera proporcionarme un tubo. Nunca había tenido tanto frío… las traviesas crujían y oscilaban, la suciedad era horrible. Yo era afortunado con mi traje de goma, pero el Muchacho estaba empapado.

    Luego vi una de las Calles por una abertura y estaba demasiado lejos. No había edificios en ella, sólo la rampa, con una barandilla y luces que se alejaban hasta que convergían. No podía verse ningún final, sólo una neblina y las luces desvaneciéndose en una bruma dorada. El viento agitó mis cabellos, asomé la cabeza y vi que el Muchacho me estaba mirando.

    —¿Aire puro?

    Hice que sonara como una pregunta. No sabía hasta qué punto le había engañado haciéndole creer que era ciego.

    —Aquí es donde vamos a salir —dijo el Muchacho.

    Me alegró oírlo.

    El Muchacho abrió una boca de alcantarilla y trepamos hasta la calzada vacía. Alguien había estado allí. Había algunos huesos de rata junto a un lugar chamuscado y alguien había garabateado algo breve y obsceno acerca de los Preceptores en la pared. El Muchacho volvió a cerrar la boca de alcantarilla y empezamos a subir por la rampa.

    Estábamos cerca de la superficie. Tardamos veinte minutos en salir. La oscuridad era completa, el viento gemía alrededor de la torre de señalización. Escalamos la ladera y nadie nos vio.

    Nos detuvimos en la cumbre, en los bosques de líquenes. Me tumbé en el suelo, pero no pude dormir: había cosas malas en mi mente. Necesitaba un tubo, pero no lo tomé. A veces me gustaba comprobar cuánto tiempo podía resistir sin tomarlo; pero sentía una gran tristeza y todo parecía oscuro. De todos modos, no podía tomarlo estando el Muchacho allí; era algo que tenía que ocultar… no sabía por qué.

    Seguía viendo las piernas del Preceptor volando allí contra el cielo. Casi deseé haber desaparecido en los fondos de las Calles. Aún podía entregarme y acudir quizá a los Ritos para que me quemaran el cerebro y terminar con todo de una vez. Nunca me dirán mi nombre, ahora que he matado a un Preceptor… No veo qué esperanza puedo tener.


    Amaneció y me puse en pie. El Muchacho se levantó también, después de pasar una mala noche. Le había oído agitarse y dar vueltas sobre sí mismo, y tenía unas bolsas negras debajo de los ojos. Estaba mojado y frío a causa de los goteantes árboles, y durante la noche se había mantenido pegado a mí en busca de calor, supongo. Lo cierto es que tenía un aspecto enfurecido.

    —¡Vamos! —dijo.

    Avanzamos a través de los bosques, sin decir nada. Yo iba detrás, pensando en aquel Preceptor. No me hubiera movido si el Muchacho no me lo hubiese ordenado.

    No cesaba de preguntarme por qué. ¿Qué Propósito podía tener yo? ¿Qué daño había causado aquel Preceptor? Desde luego, me había partido el labio, pero estaba autorizado para hacerlo y no podía reprochárselo. Yo no era más que el viejo y ciego Candy Man, y ellos hacían lo que querían a la gente, y todo el mundo creía que eran sagrados.

    Pero había una contradicción. Los Preceptores sólo eran agentes en realidad, agentes de la Máquina que vivía en las profundidades y gobernaba las cosas. Nosotros los amábamos… a los Preceptores… a lo que significaban. Resultaba curioso que yo amara a los Preceptores y odiara lo que había detrás de ellos y lo que ellos hacían.

    Supongo que eran amados debido a que la gente siempre nos decía lo buenos que eran, desde el mismo momento en que éramos capaces de escuchar. Pero cuando uno comenzaba a pensar… tropezaba inevitablemente con los Preceptores y sus normas. Eran buenos ―o le hacían creer a uno que eran buenos―; pero si uno tenía un cerebro que no había sido quemado, tarde o temprano tenía que tropezar con ellos, porque se interponían en el camino. Tropezar con ellos con una sensación de desagrado.

    Salió el sol y me sentí mucho mejor. Llegamos a un lugar desde el que se dominaba una Calle y me senté, resguardado del viento para entrar en calor.

    —¿Vienes o no?

    El Muchacho estaba aún mojado y furioso. Yo no dije nada. Me quedé donde estaba. Me encontraba mejor que él, gracias a mi traje de goma.

    Traje impermeable al gas, decía en la caja cuando lo encontré. De goma, o de algún tipo de materia plástica; estaba lleno de corchetes y de presillas. Había sido de color naranja, pero con el tiempo y la suciedad había adquirido un deslucido color carne. Se adaptaba perfectamente a la piel, era muy fino, y una cremallera impermeable lo cerraba desde el cuello hasta debajo del ombligo. Lo encontré entre unas ruinas y era muy importante para mí, ya que evitaba que tuviera que tocar al mundo y que el mundo me tocara. También odiaba los espejos, y el vendaje de mis ojos me permitía ver las cosas sin demasiada claridad…

    En aquel momento tenía frío, pero no estaba mojado como el Muchacho. La lluvia nocturna y las hojas húmedas habían eliminado casi toda el agua sucia de las traviesas. El Muchacho seguía estando empapado, y quizá era éste el motivo de que estuviera furioso.

    —¿Vienes? —inquirió una vez más. Yo hice una mueca; resultaba difícil mirar fijamente hacia adelante como si fuera ciego—. No tardarán en llegar. ¡Y te cogerán! —echó a andar lentamente—. ¡No tienes ninguna posibilidad! —se paró a unos metros de distancia—. Creo que deberías tener más cuidado… —luego se mostró realmente furioso y su voz se hizo estridente—. ¿No vas a venir? ¡De acuerdo, entonces!

    Se alejó a lo largo de la orilla de los árboles, y cruzó diagonalmente la ladera para atravesar el valle más allá de la Calle.

    Rompí el precinto y dejé que el primer tubo rodara sobre la palma de mi mano. Tiré el envoltorio: nunca los leía; sólo eran absurdos símbolos carentes de significado. Rompí el extremo del tubo y dejé salir una gota. Parecía buena. Remangué uno de mis brazos, clavé el tubo en él y me tumbé de espaldas, esperando que hiciera su efecto.

    La luz del sol llegó cálida a través de los árboles. Los líquenes pasaron del gris al verde jaspeado, a todos los tonos suaves de belleza. Pequeñas flores blancas aparecieron en los árboles, las escasas hojas se abrillantaron, los troncos se oscurecieron en verdes y azules. Era realmente hermoso. Me relajé.

    Diecisiete encantadoras aeronaves volaron hacia el sur sobre el sonido de un millar de coros…, con sus tanques de napalm brillando como joyas bajo la plateada belleza de sus alas retráctiles. El perro yacía junto a mí, mostrándome su lengua de coral.

    Me incorporé. ¡Tenía que marcharme! El Muchacho había desaparecido. Se había perdido de vista… tal vez había transcurrido mucho tiempo. Me pregunté por qué me habría ayudado, por qué habría ayudado al pobre y viejo Candy Man… No había simpatizado conmigo, pero parecía preocuparse por mí. ¿Por qué tendría que estar interesado?

    Tiré el tubo vacío y me pregunté cuánto tiempo habría pasado. El Muchacho no podía haber ido muy lejos. Me puse en pie para ver mejor. Allí estaba el final de una Calle, a trescientos metros por debajo de mí. Era la misma. Aquella donde yo había matado al Preceptor. Me pregunté cómo era que había regresado allí.

    Luego me tumbé de nuevo y empecé a admirar la belleza que me rodeaba. El anillo de escombros era todo estrellas brillantes a la claridad del tubo. Mientras lo contemplaba algo amarillo ascendió en la corriente de aire, giró en lo alto y descendió como nieve coloreada. Había belleza en su trayectoria, una lógica en su caída. Sonreí y miré: algo surgía brillante y amarillo de la torre de señalización.

    Entonces apareció un Silbador: se posó en la torre y se abrió. Asentí para mí mismo; aquello era hermoso también. Salieron Preceptores y máquinas. Durante unos instantes rodaron por allí, las ruedas dibujando arabescos en el blando suelo. Dibujos claros, encantadores, rítmicos. Como escritura. Traté de leerlos desde aquella distancia, aún sabiendo que me matarían si me cogían y que debería estar corriendo.

    Encontraron algo y se reunieron todos a su alrededor… concentrándose sobre ello: un punto focal, un nodo en el gran dibujo. Fruncí los ojos, forzando la mirada, y vi que habían encontrado las piernas del Preceptor. Las recogieron, las metieron en una especie de cesto blanco y lo llevaron al Silbador. Yo estaba casi llorando. La sangre ya se había coagulado y era negra.

    Luego regresaron a sus máquinas. Pensé de nuevo que tenía que marcharme. Antes de que captaran el calor de mi cuerpo, mi olor, mis vibraciones o algo por el estilo. Súbitamente estuve tan preocupado como feliz había sido un momento antes.

    Di media vuelta y me adentré en los bosques. Había piedras en mi camino; había espinos también, espinos y ramas mordicantes. Mi traje de goma me salvó y no tuve que tocar tampoco los líquenes. Más tarde encontré unas aliagas duras que me llegaban a la rodilla, y fue como correr a través de melaza. Cuando miré hacia abajo, aprecié que los diminutos pinchos habían limpiado mi traje, eliminando la suciedad hasta la altura de mis rodillas. Al cabo de unos instantes se oyó un fuerte zumbido, pero yo pensé que era el tubo… pensé que sólo estaba en mi cabeza.


    III


    Seguí avanzando a través del intrincado ángulo que formaba el bosque de líquenes. No dejaba de resonar aquel hermoso zumbido y el viento susurraba suaves canciones a través de las ramas. En conjunto no recuerdo mucho, excepto que era feliz y había cosas temibles detrás persiguiéndome, y reía mucho mientras corría.

    Luego estaba corriendo colina abajo. Súbitamente, llegué a campo abierto.

    Retrocedí hasta los árboles y me dejé caer al suelo, jadeando. Un ciempiés se arrastró sobre mi brazo y le sonreí. Los aeroplanos volaban muy bajos en dirección al norte. Hacia el sur había lo que parecía una puesta de sol con humo negro. Los efectos de mi tubo se estaban desvaneciendo, y mi traje de goma estaba desgarrado. Pude ver carne, pero de repente me sentí demasiado preocupado como para que me importara.

    No dejaba de maldecirme a mí mismo por ser tan descuidado. Podía haber ocurrido cualquier cosa… No llegaría muy lejos sin otro tubo; pegaba demasiado fuerte cuando rompía el ayuno. Cogí mi pistola y revisé las cargas: las piritas habían desaparecido de los discos, y los cañones estaban llenos de porquería de las traviesas. Me senté para limpiarlos. Cuando terminé seguía resonando el zumbido; no había cesado ni un instante.

    No era por el tubo, evidentemente. Me giré rápido, y vi al Muchacho planeando unos pocos metros encima e inmediatamente detrás de mí. Se hallaba justo debajo de las copas de los árboles, y me sonrió.

    —¿Puedo bajar? —dijo.
    —De acuerdo.

    Dejé la pistola al alcance de mi mano. El Muchacho descendió y aterrizó a mi lado. El zumbido se interrumpió.

    ¡Aquel Muchacho podía volar! Pero no me sorprendió. Había viajado demasiado ya para que algo pudiera sorprenderme. Pero en su caso había algo especial. Tardé unos instantes en comprender que lo veía volando; los tubos me dejaban a veces de aquel modo. Atontado, quiero decir.

    Supongo que fue la expresión de mi cara ―mientras decidía si era un sueño o no― lo que le hizo creer que yo era ciego. Supongo que mi rostro alelado le engañó, a pesar de que yo le miraba directamente. La gente cree que si uno está ciego se ve algo estúpido.

    —Hola —dijo.

    Me dirigió una ancha sonrisa. Noté lo agudos y blancos que eran sus dientes. Parecía haber olvidado lo furioso que había estado antes. Yo no hablé; miré un poco a su izquierda y fruncí el ceño.

    —Eres ciego —señaló. Casi podía haber sido una pregunta—. No sirves para nada. Pero ella me dijo… —luego sonrió otra vez, pero fríamente, sin que sus ojos participaran en la sonrisa—. Quizá seas interesante… Pero deberías apresurarte; hay un grupo de Preceptores acercándose a través del bosque.

    Hizo una pausa. Se pasó la lengua por los labios. Hablaba como si tratara de hacerme creer que no nos habíamos encontrado antes. Algo absurdo, puesto que incluso siendo ciego hubiera reconocido su voz. La disfrazaba, haciéndola más profunda y más ronca… pero yo la reconocí igual.

    —Te buscan a ti, ¿no es cierto? —volvió a relamerse los labios—. ¿Sabes lo que harán si te cogen? —yo no dije nada—. Te destrozarán con sus ruedas, arrancarán tu corazón, te sacarán los riñones… ¡Te disecarán!

    Me observaba atentamente, tratando de descubrir alguna señal de miedo. Vi cómo deslizaba su mano sobre el sedoso vello de su brazo. No era tan joven como había creído; tenía un asomo de barba rubia que brillaba al sol.

    Al ver que yo seguía sin decir nada, que no daba señales de miedo ni suplicaba ser salvado, pareció decepcionado y empezó a insultarme. Me llamó babuino, estúpido ciego y también macaco.

    —Tal vez no eres… —empezó a moverse lateralmente para situarse detrás de mí—. ¡Yo te arreglaré a ti! ¡Te romperé la espalda y te dejaré a merced de ellos! ¡Me mondaré de risa cuando te atrapen!

    Giré sobre mí mismo en el instante en que se disponía a propinarme un puntapié.

    —¡Ciego inútil!

    Eché mano a mi pistola. El Muchacho llevaba unas gruesas suelas de metal en los zapatos, y parecía mucho más rudo que antes.

    Al ver la pistola, aulló. Retorció su cuerpo y elevó sus brazos por encima de su cabeza, como un bailarín. Zumbó y empezó a remontarse. Incluso en aquel momento, lo juro, el Muchacho estaba disfrutando la gracia del movimiento.

    Disparé.

    Sabía que no había puesto proyectiles en la pistola cuando la limpié. Sólo había en él la pólvora y la estopa. Lo único que quería era aguijonearle, darle un buen susto.

    El disparo le alcanzó en la parte inferior del vientre, y el Muchacho dio una voltereta en el aire y su espalda se estrelló contra un árbol. Gritó mientras salía proyectado hacia atrás, y al caer perdió el sentido.

    Tendí el oído. Ahora podía escuchar a los Preceptores. Sus máquinas avanzaban a través de los árboles; sólo estaban a setecientos metros de distancia.

    Volvió a resonar el zumbido y el Muchacho empezó a elevarse. Continuaba sin sentido. Vi sus ropas desgarradas y ardiendo todavía a través de su estómago. No le salían las tripas, pero sus genitales aparecían chamuscados.

    Llevaba una especie de cinturón debajo de sus ropas, muy fino, con adornos y cajas de metal blancas y planas cada cinco centímetros a su alrededor. Eso era lo que lo elevaba. Ascendió muy lentamente, con el cuerpo doblado en un ángulo de cuarenta y cinco grados y los brazos colgando hacia abajo. Luego tropezó en el árbol y flotó entre las ramas bajas, sin recobrar el conocimiento. Los Preceptores se estaban acercando, podía oírles.

    Me levanté de un salto, cogí el tobillo del Muchacho y tiré de él hacia abajo. Le despojé del cinturón y rodeé con él mi traje de goma. Si un muchacho podía utilizarlo, no veía por qué no podía hacerlo yo. Encontré un pequeño cable que terminaba en una ventosa detrás de su oreja, de modo que lo saqué y lo coloqué detrás de la mía. La carne del Muchacho era muy blanda. Traté de no tocarla, pero la noté a través de mis guantes. No era sólo el mundo lo que odiaba tocar: tampoco me gustaba tocar a la gente, y no lo hacía a menos que me lo ordenasen.

    La maleza crujió. Estaban a menos de cien metros de distancia. Amontoné unas hojas secas sobre el Muchacho. Diablos, era lo menos que podía hacer: él me había salvado en la Calle y luego en las traviesas. Habíamos pasado apuros juntos. Me pregunté por qué me había salvado entonces y ahora trataba de entregarme a los Preceptores… pero confiaba en que le encontrarían. Me daría un poco de tiempo mientras le interrogaban y le preguntaban quién era. Tenía que irme. Vi que uno de los pies del Muchacho había quedado descubierto y asomaba a través de las hojas.

    Las primeras máquinas hicieron su aparición entre los árboles. Unas grandes cuchillas cortaban ramas y hojas, dejando tras de sí montones de líquenes.

    ¡Huye!, grité mentalmente. ¡Huye!

    Noté un tirón al tiempo que el cinturón me arrastraba. Al pasar junto a Wolf lo cogí por la correa. El cinturón no me elevó demasiado. Volamos colina abajo, a veinte centímetros de altura, acelerando cada vez más.

    A pesar de lo cargado que iba, el cinturón tiraba de mí como un diablo. Parecía saber adonde iba, de modo que mantuve una actitud pasiva. Me alejaba de los Preceptores, y aquello era suficiente por ahora. Y de todas maneras empezaba a sentirme mareado, así que me dejé llevar.

    Los Preceptores dispararon. Las descargas dejaban detrás de ellas ráfagas de aire caliente y olor a ozono. Puedo ver el suelo dislocándose mientras el cinturón zigzagueaba entre los disparos. Puedo sentir aún mi rostro desencajarse con los cambios de dirección. El manejo de aquellos cinturones requiere mucha práctica.

    Detrás de mí la colina resplandecía bajo el humo negro, y el aire era rojo y verde-violeta. Ellos le dan el nombre de ionización, y puede verse cuando los Preceptores disparan mucho.

    La mayoría de los disparos eran ahora de baja potencia, pero alguien estaba utilizando cargas completas. No vi nada más, ya que en aquel preciso instante el cinturón me remontó por encima de la primera cadena de colinas.

    Atravesamos docenas de Calles. El cinturón las eludió todas, transportándome debajo de las hileras de árboles, donde nunca había gente.

    Vi también un par de poblados agrícolas, en lugares en los que las Calles escaseaban. Los agricultores contemplaron mi paso con la boca abierta. Casi me sentí bien entonces. Alargué una mano, pero nadie me devolvió el saludo. Quedé sorprendido al ver a tantas personas en la superficie; es notable lo que la gente puede hacer lejos de los Preceptores y apartada de las Calles.

    El cinturón empezó a flaquear, y deseé tener tiempo para cargar mi pistola. Descendimos sobre algunos árboles muy altos; mis pies se deslizaron a través de las ramas y caímos en un amplio claro, que se abría alrededor de una casa de techo bajo con una gran chimenea en la parte de atrás.

    No deseaba acercarme a la casa. Todavía no, en cualquier caso. El cinturón me dejó caer obedientemente entre tocones de árbol y zarzales, a cincuenta metros del edificio. Este tenía que ser el lugar del que procedía el Muchacho. Yo le había lastimado; llevaba su cinturón. Si había alguien allí, podría no gustarle aquello.

    El cinturón dejó de zumbar, de modo que me lo quité y lo puse en el bolsillo de atrás de mi traje de goma. Luego me senté y cargué mi pistola. Entonces empecé a sentirme mejor.

    Me arrastré detrás de unos arbustos y empecé a observar la casa. La chimenea no formaba parte de ella. Ahora pude ver cuan lejos estaba, en la ladera de la colina. En la casa crecían madreselvas. Los marcos de las ventanas eran blancos, pero no parecía haber cristales en ellas. Las paredes habían sido enjalbegadas tiempo atrás, pero la mayor parte de la cal había desaparecido y pude ver que estaban construidas de pizarra. La puerta estaba abierta cosa de treinta centímetros. No observé el menor movimiento.

    Era agradable permanecer tumbado al sol. Incluso pensé que podría desabrochar mi traje de goma. A veces me lo quitaba, cuando había agua limpia para lavarlo. Había insectos zumbadores y algunas mariposas. De vez en cuando soplaba una cálida ráfaga de brisa que rizaba la hierba y traía un olor a rosas. El lugar parecía irradiar paz, y hacía tanto calor que la grasa empezó a gotear de la base de mi pistola.

    Al cabo de un largo rato no había ocurrido nada, de modo que me levanté cuidadosamente y avancé de tocón en tocón hacia la casa. Me acerqué cada vez más, sin producir el menor ruido.

    La madera de la ventana estaba blanqueada por la lluvia y el viento, y no pintada como yo había creído. Había cristales en las ventanas, también, pero no brillaban y no podía verse a través de ellos. Todo tenía el aspecto de que nadie había estado allí durante años. A la izquierda, en la ladera de la colina, en una hondonada, había un avión destrozado: una masa enorme pintada de verde. Uno de los motores se había desprendido y pude ver sus retorcidas hélices. Un asiento expulsor roto estaba semienterrado más arriba en la colina, debajo de la base de un Altavoz formando trípode… Pude ver un pequeño montón de huesos muy blanqueados, como si llevaran allí muchos años.

    Había un poco de grasa ennegrecida en los goznes de la puerta, pero éstos estaban cubiertos de herrumbre. Sujeté mi arma con una mano y empujé con la otra.

    La puerta se abrió suavemente, sin el menor crujido. Cuando estuvo abierta del todo se oyó un clic, y quedó inmóvil como si no se hubiese movido. Era perfecto. La herrumbre ni siquiera se desmigajó. Quedé tan sorprendido que entré sin pensar.

    Se produjo un movimiento al otro lado de la habitación, en la media luz polvorienta y dorada. Apunté mi pistola hacia allí y era un hombre. Me miró y luego continuó con lo que estaba haciendo.

    Me aparté del recuadro iluminado de la puerta y me deslicé hacia las sombras, a la izquierda. Mi cabeza tropezó con una viga y un poco de polvo cayó sobre mis hombros.

    Hacía calor allí. Una mosca zumbó. No ocurrió nada. Yo no perdía de vista al hombre. Al cabo de cinco minutos sin que pasara nada, me acerqué al hombre para ver lo que estaba haciendo, para ver lo que era tan importante para él.

    Era alfarería. Estaba decorando objetos de alfarería. Utilizaba pinceles confeccionados con cabellos introducidos en el interior de un canutillo y atados allí con un trozo de bramante. De cuando en cuando alargaba la mano para mojar el pincel en algo que había colocado sobre una tablilla. A veces giraba el cacharro y seguía pintando la nueva superficie. Cuando terminaba con un cacharro lo colocaba en una bandeja que tenía a su izquierda, y cogía otro de la bandeja situada a su derecha. No interrumpió su trabajo para mirarme. En un momento determinado se limpió las manos con un trapo, pero volvió inmediatamente a su tarea.

    Permanecí junto a él durante cinco minutos, sintiéndome indiscreto, y entonces un gato de orejas oscuras y pelaje pardo claro se posó en la ventana. Me miró fijamente largo rato. Bizqueó un momento, luego me miró directamente y después volvió a bizquear. Irguió la cola y se marchó.

    El Alfarero siguió trabajando. Las vigas de madera crujieron a causa del calor que se concentraba en el tejado. Esa es la diferencia entre las tierras altas y las bajas, calor y frío, verano e invierno.

    —¡De acuerdo! —dijo una voz en el exterior. No era la del Muchacho—. Lo veré.

    Un hombre cruzó el umbral de la puerta. Me giré rápidamente para encararme con él.

    Llenaba la puerta. Tenía más de dos metros de estatura, y era tan robusto que a pesar de ser tan alto seguía siendo gordo. Llevaba un traje como el mío, pero nuevo y limpio, desabrochado en la parte delantera. Empuñaba una especie de látigo muy largo con un trozo de hilo y un pescado colgando de la parte superior, y tenía un pequeño blindaje en el hombro derecho. Sobre el blindaje, el gato permanecía agazapado, mirándome como si yo fuera un pájaro. Su cola estaba erguida. Era un gato muy grande, con largas garras. Supongo que por eso necesitaba el hombre el blindaje.

    El Hombre Gordo dejó el látigo y el pescado enganchado al hilo sobre la mesa. Echó a andar hacia mí. Ignoró la pistola y sonrió. Levantó su mano izquierda para mostrar que estaba vacía y utilizó la derecha para tranquilizar al gato.

    Permanecí inmóvil. Se suponía que no podía ver nada.

    —Ah… Escuche: no… No me apunte con la pistola. No me gusta eso.

    Parecía un hombre fuerte, y no fofo a causa de la grasa. Limpio y lleno de confianza en sí mismo. Me hubiera gustado ser como él.

    —Dígame… —estaba mirando mi pistola—. ¿Es antigua? ¿Es una pistola vieja, o la ha fabricado usted? —No le creas —dijo el gato—. No creas nada de lo que diga. Puede ver. Me vio a mí. Y estaba observando al Alfarero, también.

    Mi perro se envaró y gruñó súbitamente.

    Observé al gato. Casi deseé que hablara otra vez. Pensé que quizá entonces podría estar seguro de no haber padecido una alucinación. En mi cerebro han ocurrido cosas muy raras algunas veces.

    —Sólo soy el pobre ciego Candy Man…
    —¡Deja de mentir! —había hablado de nuevo, el gato podía hablar efectivamente.

    Observándole con mayor atención pude ver que no era un gato vulgar. Era un gran animal muy bien cebado, y llevaba algo que no era una campanilla alrededor del cuello, con una conexión que se extendía hasta detrás de su oreja, como la que había en el cinturón volador. El animal colgaba del hombro del hombre como si hubiera echado raíces allí. Incliné mi pistola. No sabía lo que ellos podían hacerme. El Alfarero continuó trabajando. Por encima de su hombro pude ver una rueda hidráulica girando lentamente.

    —De modo que es usted Candy Man —dijo el Hombre Gordo, con las manos en las caderas—. De modo que es usted el ciego del que K nos ha estado hablando. De modo que ha llegado aquí. ¿Dónde está K?
    —No soy más que el pobre Candy… No hago daño a nadie.

    Era cierto. Nunca me había propuesto hacer daño a nadie.

    —Excepto a los Preceptores.

    Tal vez no se habían enterado de lo que le había hecho al Muchacho. Supuse que él debía ser K.

    —No quería hacerlo. Fue un accidente…
    —¿Y es usted ciego?
    —Sí…
    —¡No! —dijo el gato—. ¡No es ciego! Es un embustero. Es un traidor…
    —Por el sonido sé… sé dónde están las cosas.
    —¡Nos matará a todos! ¡Nos traicionará!
    —K quiere verle. K dijo que podría ser ciego. K cree que es interesante. K tiene la completa seguridad de ello.

    Aquello era suficiente para mí. Si era suficiente para el Muchacho, tenía que serlo para ellos.

    —K puede estar en un error, ya sabemos cómo es K —aquel gato seguía mirándome fijamente con sus ojos aterciopelados—. Es peligroso.
    —K quiere verle. K cree que vale la pena estudiarle. Que puede darnos algunas buenas respuestas. Los efectos de su vida. Básicamente, es humano. ¡Piensa en eso!
    —Lo pienso. Es peligroso. K tiene demasiado interés en cosas perversas. Es una enfermedad.
    —K estudia a la humanidad. ¿Dirías que eso es una enfermedad?

    El gato permaneció callado. Pareció encogerse de hombros. Mientras hablaban se habían olvidado de mí. Tuve tiempo de preguntarme qué estaba pasando. Desde luego, había gente muy rara por ahí, pero esto era distinto. Quiero decir que aunque había visto cosas extrañas, hasta entonces nunca había oído hablar a un gato. Esas personas podían volar, y eran limpias también. Y daban la impresión de que poseían poderes. Confianza. Eran diferentes, había algo atractivo en ellos. Pensé en el Salvador, pero rechacé la idea. No aceptaba aquella posibilidad ni siquiera para mí mismo.

    —Esperaremos a K —dijo el Hombre Gordo, y aquello pareció terminar la discusión.

    Al parecer, yo también tenía que esperar a K. Por lo que decían de él, era alguien importante. Confié en que el vientre no le doliera demasiado.

    El Hombre Gordo se dirigió al fondo de la habitación y empujó algo. La pared se deslizó hacia un lado como una cortina.

    Había varias esferas y pequeñas pantallas en una estrecha franja a lo largo de la pared. El hombre pasó algo plateado que llevaba en la mano por encima de una de las esferas, y la franja se iluminó, al tiempo que resonaba aquel mismo zumbido que emitían los cinturones.

    El Hombre Gordo echó una ojeada aquí y allá, tocó algo y luego habló. La mayor parte de lo que dijo eran grupos de cifras que no entendí; luego dejó de hablar y escuchó durante unos instantes. En un momento determinado el gato se inclinó hacia delante y dijo algo también. Tampoco lo entendí.

    Eché a andar como si quisiera estirar las piernas. Ellos seguían hablando y escuchando y pasé por su lado sin que me prestaran atención. A la izquierda había algo que no había visto antes: metal blanco. Metal blanco, flexible, colgando en pliegues detrás de una de las otras puertas. Trajes. Voluminosos, como si estuvieran destinados a cubrir enteramente el cuerpo de un hombre. Había cascos para ser llevados con ellos, correas y hebillas en abundancia, y tubos con válvulas a lo largo de las piernas. Había objetos de aspecto científico atados sobre los hombros, y unas grandes letras de color naranja pintadas en la parte delantera. Supe lo que eran: uniformes del Cuerpo. El premio que se obtenía si se pasaban los Ritos y se ingresaba en el Cuerpo de Exploración. Eran eso, o algo muy parecido.

    Continué andando como si nada hubiese ocurrido. Incluso tropecé a propósito con una silla, pero fue una pérdida de tiempo porque ellos estaban todavía ocupados con la parpadeante pared. Salí a la luz del sol.

    A cincuenta metros de la casa me giré, y el gato estaba sentado en el umbral de la puerta, mirándome. Me senté en un tocón y saqué un tubo. Vi que el gato erguía su oscura cola. Nos miramos el uno al otro. Con la superior visión que me proporcionaba un tubo empecé a contar los pelos del gato. Había llegado a los novecientos mil sesenta, y estaban adquiriendo los colores del arco iris cuando el gato se levantó como si acabaran de llamarle y entró en la casa, agitando la cola color magenta con los novecientos mil sesenta pelos.

    Me puse en pie rápidamente y me dirigí al lugar de la colina en el que se erguía la Caja del Altavoz sobre sus elegantes patas bajo el cielo índigo y cerúleo.

    Cerca del Altavoz sonaba una hermosa música. Vi el rostro de aquel Preceptor cuando disparé contra él. Cerré los ojos y me estremecí mientras veía las piernas volar por encima de la Calle.

    Pero no me importaba nada de aquello. Les tenía atrapados. Tenía atrapados a aquellos miembros del Cuerpo. Estaban quebrantando las normas. O se pasan los Ritos y se está del lado del Cuerpo, o el lugar de uno se encuentra en las Calles con el cerebro quemado. Desde luego, existía mi caso, pero no había muchos como yo: la libertad era siempre el camino más difícil.

    Mientras me acercaba más vi el Dispensador, con un pequeño charco de alimento junto a él y una gorda y soñolienta ardilla.

    Tal vez K, aquel admirable Hombre Gordo e incluso el gato estaban tratando de hacer el bien. Admití la posibilidad. Tal vez eran incluso el comienzo del Salvador, lo admití también, pero no lo creía, o quizá no me importara. Tenía que hacer lo que había decidido en la casa. Lo haría y complacería a los Preceptores. Pensé que quizá me haría perdonar el haber matado a uno de ellos. Y estaba el Muchacho, también. No quería esperar su regreso; era demasiado arriesgado. Y esta vez había decidido volver a pedir mi nombre.

    Abrí la caja y miré directamente al Altavoz. Casi inmediatamente, la máquina preguntó: —¿Nombre?

    —Un informe…
    —Esas lentes… Su voz no es clara.

    Había un viejo casco puesto sobre las lentes; lo levanté. Había barro en el Altavoz. Lo rasqué con mi dedo índice y la música sonó más fuerte. ¿Quién habría hecho aquello? ¡Ensuciar un Altavoz de los Preceptores!

    —Hable ahora.
    —Hay miembros del Cuerpo aquí. Viviendo en esta región. Esparciendo el descontento, atropellando a las mujeres. Sodomía, violación…

    Yo no había visto aquello, pero tenía que argumentar mi denuncia, ya que en realidad ignoraba lo que estaban haciendo allí. Tan sólo sabía que eran del Cuerpo.

    —Gracias.
    —Un momento. Hay un hombre aquí. Un alfarero, y tiene una rueda hidráulica. Creo que es eso.

    La tecnología tampoco está permitida.

    —Bien.

    Se produjo un momentáneo silencio. Tal vez la máquina estuviera impresionada.

    —No he terminado. Me llaman Candy Man. Necesito un nombre… Ustedes dijeron que me darían un nombre.

    Los tubos salieron por la ranura de la recompensa con un chasquido. Los reuní en la palma de mi mano. Abrí de nuevo la boca para preguntar acerca de mi nombre… y aquel gato cayó sobre mi nuca con las cuatro patas. Me desplomé hacia delante entre las zarzas. Oí a mi perro gruñendo, y al Hombre Gordo gritando detrás de mí.


    IV


    Mis tubos salieron volando. Noté unas garras rasgando mis mejillas. Traté de levantarme; aquel gato pesaba más de diez kilos. Me estaba preguntando qué tal sería morir a manos de un gato cuando llegó el Hombre Gordo.

    Yo empezaba a reaccionar. Agarré al gato con todas mis fuerzas y noté unos latidos en su interior. Vi que sus garras eran de acero inoxidable.

    Lo levanté en vilo y lo arrojé tan lejos como pude. Casi cinco metros. Regresó hacia mí andando de costado y mostrando sus pequeños y afilados dientes. Mi perro gruñía y hacía como que arremetía contra el gato, pero tenía demasiado sentido común como para enzarzarse con él. El gato le ignoró y continuó avanzando.

    —Denegado —dijo la voz del Altavoz—. No hay nombre.
    —¡De modo que es eso! ¿Hace usted esas cosas por eso? ―dijo el Hombre Gordo.

    Agitó su mano al gato y éste se sentó sobre sus patas traseras y empezó a lamerse. Los gatos tienen algunas costumbres muy puercas. Pensé cómo le ajustaría las cuentas a aquel animal, estrangulándole cuando llegaran los Preceptores …aprovechando la confusión.

    —Todo encaja —dijo el Hombre Gordo—. Tal vez K…
    —Es un traidor —dijo el gato. Luego le contó al Hombre Gordo lo que yo había hecho.
    —Estúpido —dijo el Hombre—. Ellos le buscan a usted, ¿recuerda? ¿Qué cree que le harán? ¿Soltarle por entregarnos a nosotros?

    En aquel momento yo había olvidado aquello. Había olvidado realmente la muerte del Preceptor, quizá porque no quería recordarlo. Lo había olvidado como si nunca hubiese ocurrido…

    Es que eso era lo que quería, que nunca hubiese ocurrido. Luego volví a desear mi nombre, eso era urgente… y muy serio. Eso, y obtener mis tubos de un modo regular.

    —Mira —dijo el gato—, es como todos los demás. ¡Lo único que quiere es complacer a los Preceptores!
    —No puedes reprochárselo. Tiene que desear su nombre. Es su condición. Ellos le cogieron cuando era joven, le modelaron… le remodelaron. ¡Si agitan una campanilla, la boca se le llenará de saliva!
    —¡Perro estúpido!

    Tal vez no hayan oído nunca reír a un gato. Es un sonido enloquecedor. Los tubos estaban caídos a mis pies, de modo que los recogí.

    —Puede usted vivir sin eso —dijo el Hombre Gordo, en tono casi amable. Tal vez era una trampa, no lo sé—. Nosotros podemos proporcionarle algo mejor. No tendrá que depender de los Preceptores.

    Pensé en aquello. No estaba tan seguro de que deseara prescindir de los tubos, aún en el caso de que fuera posible. Ellos eran lo único que realmente existía para mí. Hasta que tuviera mi nombre y Propósito ―que hicieran posible el mundo―, sin ellos no me quedaba nada.

    —Tenernos que marcharnos —dijo el gato, irguiéndose sobre sus cuatro patas. Enderezó sus orejas y giró su cabeza ciento ochenta grados para mirar detrás de él—. No podemos perder tiempo. No queda tiempo para tareas sociales. No importa lo que diga K… ¡Tenemos que marcharnos!
    —Piérdase de vista —me dijo el hombre—. Recuerde que los Preceptores se están acercando y que le buscan a usted —meditó unos instantes—. Si resulta que K todavía desea verle, siempre podremos encontrarle.

    Dieron media vuelta y se dirigieron rápidamente hacia la casa. Cuando habían dado unos cuantos pasos el gato echó a correr, saltando ágilmente con la cola vertical a través de la alta hierba. Mi perro ladró un par de veces, pero aquello sólo era para demostrar que seguía estando a mi lado.


    No necesitaba que me dijeran que tenía que marcharme. El bosque estaba cerca, pero había una profunda hondonada, de modo que tardé unos cuantos minutos en alcanzar la seguridad verdeazul. Al llegar a los primeros árboles miré hacia atrás y vi que el hombre y el gato desaparecían a través de la puerta de la casa. Contemplé cómo se cerraba detrás de ellos.

    Tuve tiempo de pensar con cuánta facilidad me habían dejado marchar, y entonces llegaron los aviones. Volaban a quince metros de altura, pero parecían más bajos. Volaban con tanta rapidez que apenas podía vérseles. La onda expansiva me derribó al suelo.

    Luego vi de nuevo los aviones tres kilómetros más allá del claro, ascendiendo y alejándose sobre los penachos negros de sus retropropulsores.

    La primera explosión se produjo muy cerca de la casa, a su derecha. Todo el claro estalló en un mar de llamas en aquel mismo instante. No pude ver lo que ocurría. Apenas podía soportar el calor, pero vi las otras explosiones en medio del fuego y las cosas que ardían retorciéndose.

    Mi traje de goma empezó a oler mal, de modo que corrí hacia los árboles. Allí se oía únicamente el rugir de las llamas y el lejano murmullo de motores a reacción. Pensé que todo el mundo habría muerto. No veía cómo un hombre podría haber sobrevivido entre los rojos y amarillos de aquel infierno.

    Una brisa empezó a mover las hojas. Me pregunté qué debía hacer a continuación, y luego di media vuelta y eché a andar lentamente. No me atrevía a utilizar el cinturón volador con su zumbido, sabiendo que los Preceptores estaban cerca de allí.

    Un kilómetro más allá encontré al Muchacho. Estaba andando y corriendo, avanzando hacia el humo que quedaba detrás de mí. —¿Qué ha pasado? —inquirió.

    Le dije que unos aviones habían bombardeado la casa que se erguía más allá del claro. Que en la casa había una rueda hidráulica, y que tal vez la habían atacado por eso, aunque de todos modos los aviones de los Preceptores bombardeaban lo que les venía en gana. Diablo, bombardeaban lugares todos los días, y resultaba imposible saber por qué clase de lógica se regían.

    —¿Has visto a alguien?

    Parecía haber olvidado lo que sucedió la última vez que nos habíamos encontrado. No pude ver dónde le había alcanzado con mi disparo, y él no parecía experimentar ningún dolor. Yo no se lo recordé.

    —He oído a un alfarero —dije—. Lo he oído a él y a un hombre muy robusto llamando a un gato…

    El Muchacho ladeó la cabeza y sonrió; luego hurgó en su boca con el objeto plateado que al principio creí que era un mondadientes.

    —¿De modo que avisaste a los Preceptores? —el Muchacho no iba armado. No parecía enojado, pero yo tenía mi pistola a punto—. Oh, no importa. Sé que no puedes evitarlo, comprendo que debes tener tu nombre, ser informado de tu propósito. Quiero actuar sobre ti. Ven conmigo, no les habrá pasado nada si estaban dentro de la casa.
    —¿Qué pasa con los Preceptores?
    —Tal vez no vengan detrás de los aviones. En cualquier caso, puedo vérmelas con ellos.

    Supe que decía la verdad. Era algo especial. A simple vista, había en él una gran delicadeza… aquellas esbeltas manos, por ejemplo… No era más que un niño. Demasiado joven para ir a los Ritos… Pero en la colina había parecido más rudo, y había sobrevivido a la lucha entablada allí. Era algo especial. Decidí que quizá descubriría el secreto de que fuera así. Tal vez el descubrirlo valdría mi nombre. Asentí y retrocedí con él. De todos modos, había sido una orden.

    El Muchacho no parecía tener prisa. Por mi parte, me mantenía a la escucha de algún sonido revelador de la proximidad de los Preceptores. Mientras nos acercábamos al claro el humo se hacía más espeso y las copas de los árboles aparecían desgarradas. Adapté mi paso al del Muchacho, sin que disminuyera mi preocupación en lo que a los Preceptores respecta.

    Alcanzamos el claro en el momento exacto en que lo hacían ellos. El Silbador se presentó por encima de los árboles por un lado, mientras nosotros llegábamos por el otro.

    Nos dejamos caer sobre nuestros estómagos, y contemplamos al objeto buscando un lugar de aterrizaje en aquel chamuscado claro. Aquí y allá había tocones ardiendo todavía, columnas de humo que el aire desflecaba. En los lugares donde las explosiones habían desgarrado el suelo podían verse negras cicatrices de tierra. Objetos oxidados, máquinas y armas antiguas, aparecían ligeramente cubiertos con una capa de ceniza blanca.

    La casa seguía en pie. El bombardeo sólo había afectado a una parte del tejado, aunque los marcos de las ventanas estaban chamuscados y el marco de la puerta ardía aún lentamente. Los Preceptores sólo utilizaban explosivos fuertes, y gelatina incendiaria. Si hubiesen utilizado cualquier otra cosa no hubiéramos estado allí de pie. El Silbador se posó en una nube de ceniza; se abrió del modo habitual y los Preceptores salieron. Algunos iban montados en aquellas grandes sillas de ruedas que utilizaban en las Calles. Otros iban a pie.

    Hurgaron alrededor del claro durante algún tiempo, y parecieron interesarse mucho por el avión destrozado. Tal vez era porque después del incendio, parecía uno de los que habían efectuado el bombardeo; el modelo no había cambiado en millares de años. ¿Por qué tendría que haber cambiado? Nadie más los poseía.

    Algunos Preceptores estaban ocupados reparando el Altavoz sobre un trípode nuevo. Yo no creo que nadie destruya deliberadamente lo que pertenece a los Preceptores, pero, ¿quién puede afinar la puntería desde un avión volando a mil quinientos kilómetros por hora? La música no se había interrumpido; hacía falta algo más que bombas y una lluvia de fuego para interrumpir la música. Los Preceptores formaron un círculo alrededor de la Casa. Uno de ellos levantó una mano, y empezaron a avanzar.

    —No podemos permitir eso —dijo el Muchacho, casi para sí mismo. Luego, volviéndose hacia mí, dijo—. ¡Vamos! —y se incorporó a medias—. ¡No te quedes atrás!

    Avanzó por el claro, y yo avancé detrás de él. Era peligroso, desde luego, pero yo sabía que el Muchacho era Afortunado, que era necesario para mí, que era importante. En cualquier caso, era una orden; yo no podía ignorar lo que él decía. Incluso entonces sospeché lo que podría hacerles a los Preceptores.

    Se llevó el mondadientes a la boca; yo estaba bastante cerca para oír cómo le hablaba. Antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo brotó una nubécula de humo de cada uno de los Preceptores, los cuales sacudieron los brazos y quedaron completamente inmóviles. No había sido obra del Muchacho, sino de la Casa. Vi cerrarse las aspilleras a lo largo de la línea inferior de pizarras.

    —¿Muertos?

    El Muchacho asintió. ¡Matar a una docena de Preceptores, así, por las buenas! El Muchacho vio la expresión de mi rostro y apartó el mondadientes de su boca.

    —Matar… —desvió su mirada por un instante y luego volvió a fijarla en mí—. Supongo… supongo que es malo. Sé que lo es, pero tenía que mantenerles apartados de la Casa. No podía discutir con los Preceptores, no se puede razonar con ellos —pensé en que podría efectuar una llamada realmente buena inmediatamente, una llamada que tal vez valiera un nombre—. De todos modos, en realidad te estaban persiguiendo a ti.

    Entonces pensé que quizá no haría aquella llamada. Tal vez le debía algo al Muchacho. No se quema el estómago a un hombre sin quedar en deuda con él, y hasta cierto punto acababa de salvarme otra vez. Era también mi conexión con el Hombre Gordo y la gente del Cuerpo, y tal vez podría encontrar mi camino hacia el Cuerpo a través de ellos.

    Cruzamos la hondonada, y cuando trepamos al otro lado el calor nos golpeó como una pared. El suelo ardía ―pude sentirlo a través de las suelas de mis botas―, y mi traje de goma empezó a ablandarse. Sabía que yo no tendría dificultades, y Wolf tampoco; pero no estaba tan seguro en lo que respecta al Muchacho. Al cabo de unos instantes empezó a utilizar su cinturón volador, de modo que no sintió nada: era Afortunado al disponer de otro cinturón. En las cenizas había toda clase de pequeños animales y pájaros abrasados.

    —Date prisa —dijo el Muchacho—. No me gusta volar, este cinturón me lastima la tripa…

    Le miré rápidamente, pero estaba sonriendo para sí mismo y no estaba sufriendo… como si tuviera el vientre quemado, quiero decir. No sé, pensé que tal vez era realmente simpático. Parecía preocuparse por las cosas, por la gente, por mí. Por mis posibles sufrimientos en medio de aquel calor. Pensé en lo furioso que debió estar conmigo en la colina, antes de que llegaran los Preceptores. Pensé que podía deberse a que había asesinado a aquel Preceptor en la Calle, pero luego recordé a la docena que él acababa de matar y no pude comprenderlo. No lo comprendía.

    Cerca de la Casa el calor era terrible. Algunos objetos de metal estaban allí al rojo vivo. Me inyecté un tubo, pero por primera vez no me sentí mejor. Tuve que obligarme a mí mismo a seguir adelante. Tal vez el tubo eliminó parte del dolor; tal vez aquello fue lo único que hizo, aquello y permitirme continuar.

    La chimenea se había convertido en un montón de ladrillos. La ladera era un verdadero horno: un montón de madera había salido volando en todas direcciones y seguía ardiendo. En los alrededores de la casa podían verse numerosos cráteres, de intenso color azul bajo la ceniza, con la arcilla esparcida colina arriba en largas e irregulares rociadas. Al observarlos, podía verse como algunos de ellos se llenaban lentamente de alimento humeante procedente de una tubería rota.

    El Muchacho empujó la puerta de la Casa con el pie y pasamos al interior. La pared que cubría los instrumentos estaba retorcida y volada a trechos. En un agujero producido por aquella voladura podían verse las señales del fuego en los instrumentos, al fondo. Resultaba curioso ver la madera doblada de aquel modo pero, como ya he dicho, nada me sorprende después de haberme aplicado un tubo. Quizá los estaban haciendo más fuertes, o poniendo nuevos ingredientes en ellos, aunque creo que me producían más efecto porque había estado ayunando. Era como si pudiese ocurrir cualquier cosa. No existía ninguna norma, de modo que ¿por qué había de sorprenderme?

    Cuando miré a mi alrededor, hacia el resto de la casa, me pareció asombroso lo intacto que estaba todo. Había fragmentos de bombas sobre la mesa y en el suelo, debajo de una abertura del tejado. Los conté y calculé sus potencias y trayectorias. Algunos no procedían del techo; muchos habían llegado de la pared. Había caído una capa de polvo, pero no se habían producido otros daños. Los cacharros de alfarería no estaban rotos, y el pescado que el Hombre Gordo había traído hacía tanto tiempo todavía estaba húmedo. Me di cuenta del frescor que reinaba en el interior de la casa.

    —¿Refrigerada? —dije.
    —Sí… protegida —el Muchacho estaba mirando detrás de la pared-cortina—. Es inútil, no podemos utilizarlos. Los han volado.
    —¿Qué? ¿Qué es lo que no podemos utilizar?
    —Podíamos escapar por aquí. Aquel hombre que oíste, aquel hombre y el gato. Ellos lo volaron… dejándome detrás. Tenemos que marcharnos. Pueden llegar otros Preceptores muy pronto. Y no puedo matar a ninguno más…

    Abrió una alacena oculta debajo de uno de los bancos a lo largo de la pared y sacó algunos objetos. Uno de ellos era una pistola de aspecto interesante que el Muchacho introdujo en su cinturón.

    —Ni siquiera me han dejado un traje… —dijo—. Toda precaución es poca. Ellos deben saber quiénes somos, y tal vez lo que pretendemos.

    Ajustó la pistola de modo que no le molestara demasiado.

    —¿Qué es lo que pretendéis? —pregunté, pero el Muchacho no me contestó. Abrió otra pequeña alacena y agitó allí su mondadientes.
    —¡Yo lo esconderé mejor que ellos! —dijo.

    Salimos al calor y nos alejamos de la Casa. Luego, el Muchacho habló de nuevo a su mondadientes. La casa resplandeció por un instante con un brillo azulado, después burbujeó y empezó a arder. Todo, las pizarras, las piedras, todo ardió con pequeñas llamas blancas.

    —¡Vamos! —dijo el Muchacho—. Ellos están acostumbrados a huir, por eso no pueden destruir.

    Subimos por la colina, regresando de nuevo al horno. Cuando llegamos allí no quedaba nada de la casa. En todas aquellas cenizas podría no haber existido nada, nunca. Como ya he dicho, había dejado de soprenderme.

    El horno era un pozo de paredes de ladrillo de tres metros de anchura en sus cuatro lados y diez metros desde la parte superior hasta el fondo. En la parte superior se había fundido y estaba parcialmente lleno de ladrillos de la chimenea. En el fondo había un lugar arqueado donde se había encendido el fuego. Los ladrillos estaban mezclados con cacharros de alfarería rotos, y había madera quemada por todas partes. Empezó a llover, y entonces el humo se convirtió en una niebla blanca que el viento empujó a través del claro.

    —Este es el lugar.

    El Muchacho se arrodilló en el fondo del pozo. Había ladrillos allí también, casi desgastados por el fuego. Desprendió uno con la punta de un cuchillo y el resto salió más fácilmente. Entonces quedó al descubierto una lámina de algo brillante. No había en ella ninguna ranura ni puntos de intersección, pero el Muchacho enfocó su mondadientes sobre la pared central y se abrió sin ser tocada. Debajo había unos peldaños y una intensa penumbra.

    Alcé la mirada hacia el cielo plomizo. El Muchacho se dio cuenta y me preguntó cómo esperaba que el tiempo se mantuviera bueno cuando el control había desaparecido, y me dijo que le siguiera.

    La escalera era muy corta. Sólo unas cuantas vueltas en espiral y llegamos a un callejón sin salida.

    —¡Agárrate fuerte!

    El Muchacho se sujetó a un asidero con una mano y agitó el mondadientes con la otra. El suelo se hundió y descendimos como un peso muerto.

    Fueron sólo tres minutos, pero me parecieron horas. No había modo de saber si la cosa se detendría, ni siquiera si existía algún medio para detenerla. Perdimos velocidad con mucha rapidez, y de pronto me encontré de bruces en el suelo. El Muchacho estaba perfectamente; sabía lo que iba a ocurrir y se había sujetado bien.

    No podía verse nada, era un lugar oscuro. La caja de metal blanco donde nos encontrábamos despedía una especie de resplandor, pero a dos pasos de distancia no podía verse nada.

    —Oscuridad… —dijo el Muchacho—. Pasa delante, tú eres el ciego y estás acostumbrado a ella.

    Eran las traviesas de nuevo. Con más espesor, quizá metro veinte de anchura. Avancé palpando el suelo con los pies, agarrando con la mano la correa de Wolf.

    Era algo horrible. Sobre nosotros caían otra vez agua y porquería. Me pareció oír voces, la mayor parte de ellas como si estuvieran sollozando. En cualquier caso, resonaban a mucha profundidad y pertenecían a unos seres que no eran felices. Avancé tratando de recordar la dirección exacta, el número de peldaños entre cada cambio de nivel, el camino a seguir cada vez después de haber descendido los peldaños…

    De hecho, el trayecto no fue demasiado largo. Súbitamente Wolf resopló, y algo me rozó los pies. Un rectángulo iluminado apareció delante de nosotros, y al cabo de unos instantes vi que era un pasadizo.

    —¡Puedes dar gracias a Dios porque hayan dejado eso para nosotros! —dijo el Muchacho—. Ahora todo va bien, Candy. ¡Hay luces!

    Dejé que me adelantara y se adentró rápidamente en el pasadizo.

    Veinte metros más allá había una corta escalera de caracol, y cuando hubimos trepado por ella nos encontramos de nuevo en un callejón sin salida. El Muchacho agitó su mondadientes mágico y la pared se abrió encima de nosotros. Ascendimos a través de ella y nos encontramos a la polvorienta luz del sol en otro horno, exactamente igual que el que los Preceptores habían bombardeado.

    No era razonable, no me gustó. No me pareció normal estar allí de pie entre los cacharros de alfarería que había visto rotos unos minutos antes.


    V


    Resultaba muy raro ser transportado hacia atrás de aquella manera. Estaba completamente seguro de haber seguido un camino descendente, a través de todas aquellas traviesas, sin subir más que aquella corta escalera de caracol. De acuerdo con la lógica, tendría que haber salido cabeza abajo.

    —Espera aquí —me dijo el Muchacho—. Yo tengo que marcharme. Aquí estoy en peligro.
    —¿Dónde estamos?
    —No importa. Quédate aquí y no te pasará nada. ¡Me enfadaré si regreso y descubro que te has marchado!
    —¿Adónde vas?
    —A buscar a mis amigos. Tú tienes que quedarte. Hay cosas que no me atrevo a radiar —trepó sobre los cacharros y a través del arco de ladrillo al aire libre—. No llames a los Preceptores. Ellos no te darán ningún nombre… ni te dirán lo que se supone que tienes que hacer.

    Me dirigió una sonrisa, y desapareció ladera abajo.

    Me senté, completamente feliz por unos instantes. La tranquilidad era absoluta, nadie me perseguía de momento, y de todos modos el Muchacho me había ordenado que me quedara… No había ningún motivo para llamar a los Preceptores, todavía. Luego pensé en aquel Preceptor al que había matado. La idea me preocupó momentáneamente, pero luego pensé cómo aquel pequeño Muchacho había matado a tantos, aquellos doce que yo vi; podía entregarle, y seguramente me perdonarían el haber matado solamente a uno.

    Me sentía soñoliento en aquel horno. No tenía nada que hacer, y durante un buen rato disfruté de aquello. Pude haberme quedado dormido entonces; a veces me ocurre cuando los tubos me han hecho efecto y no tengo nada que hacer.

    Era tarde cuando me incorporé. El enladrillado de la puerta había adquirido un color rojizo en el crepúsculo, y el cielo estaba oscureciendo por el este. Había pasado demasiado tiempo. Tenía que marcharme y hacer algo. Nunca podía esperar durante mucho tiempo sin tener que ponerme en marcha y hacer algo; en caso contrario me sentía realmente inferior e inútil. Hacer una excursión, recorrer unos centenares de kilómetros con Wolf, visitar nuevas Calles, ir en busca del Gran Robot. No es que esperase encontrarle, pero solían decir que uno podía detenerlo, si lo encontraba a tiempo. Se suponía que podía ser reconocido por un perro. Un perro reconoce siempre a un robot, aunque vaya disfrazado. Por eso llevaba conmigo a Wolf, para olfatear al Gran Robot si algún día me encontraba con él. A veces pensaba que quizá era eso lo que yo estaba destinado a hacer, parar al Gran Robot; era un Propósito que me atribuía a mí mismo, eso y la Predicación. Pero eran más numerosas las veces en que pensaba que todo era una fábula, incluido lo del Salvador.

    Cuando empezaba a preguntarme cuál era la finalidad de las cosas, trepé fuera del horno y eché a andar en la misma dirección que había seguido el Muchacho.

    El claro era igual que el que habíamos abandonado. Quizá el Altavoz estaba instalado unos metros más a la izquierda, quizá el avión destruido estaba un poco más deteriorado. La Casa era igual que la que se erguía allí antes del bombardeo. Yo tenía aún la extraña sensación de haber retrocedido en el tiempo. Pensé que tal vez el Cuerpo podía hacer cosas como aquella. Comparados con la gente de las Calles, eran como dioses. Contemplé fijamente la Casa hasta que oscureció del todo, y siguió siendo la misma por mucho que la mirase.

    Decidí echar una ojeada más de cerca. Mi perro no demostró demasiado entusiasmo: quizá estaba pensando en el gato. Cuando llegué allí la casa era la misma, pero esta vez no pude abrir la puerta. Tampoco pude ver nada a través de las ventanas, que si en algo habían cambiado era para hacerse más opacas, como si el lugar estuviera cerrado. Había barro delante de la puerta, y no tenía ninguna huella. Por un instante pensé que el Muchacho no podía haber pasado por allí, pero luego me acordé del cinturón volador. Cuando anduve a través del barro no dejé tampoco ninguna huella, y aquello me pareció también muy raro. Claro que la oscuridad era ya muy intensa, y yo estaba completamente lleno por el tubo, de modo que no podía dar demasiado crédito a mis propios sentidos. Renuncié a seguir pensando en el asunto. Uno no puede comprenderlo todo, no puede esperar que todo sea razonable.

    No iba a quedarme allí toda la noche. Tenía que marchar en busca del Gran Robot. De todos modos, las Máquinas sólo tardaban unas horas en localizarle a uno; todos los informes personales están conectados a un archivo central. Tal vez pueden predecir incluso el lugar al que uno desea ir antes de que uno mismo lo sepa. Tenía que mantenerme en movimiento, o no tardaría en tener a los Preceptores detrás de mí.

    Hice feliz a Wolf alejándome del claro y penetrando en el bosque. Había una valla detrás de los primeros árboles. No estaba allí la vez anterior. Tardé diez minutos en decidirme, pero luego la crucé con relativa facilidad. Quizá no era más que una señal, un símbolo. Eché a andar a través de los árboles.

    Al principio el lugar era frío, y luego percibí el olor a quemado. Parecía estar en todas partes. Al cabo de unos instantes noté también el olor a cordita, y había lugares en los que todos los árboles habían perdido sus hojas verdes y estaban caídos en el suelo como troncos podridos. En otro tiempo hubo allí un húmedo claro en el que algún optimista había plantado arroz, que también estaba podrido.

    Llegué a un espacio en el que había huellas de quemaduras en los árboles a causa de unas explosiones, y luego me encontré en la cumbre de una pequeña colina. Pude ver el batiente de un dique alrededor de la Calle más próxima brillando húmedo a través de la oscuridad.

    A todo lo largo de la ladera habían rocas asomando a través de la hierba y los Altavoces y Dispensadores eran tan numerosos como si hubieran llovido sobre aquel lugar. Conté un Altavoz y un Dispensador cada diez metros. Y cada cien o ciento veinte metros había un edificio de piedra, redondo. Unos caminos conducían a ellos. Me dirigí hacia el más próximo para ver lo que era.

    Debí acercarme demasiado, porque alguien gritó y acompañó los gritos con los disparos de un rifle. Supe que era un rifle porque disparaba con mucha rapidez, y pude oír los proyectiles estrellándose a cuatrocientos metros detrás de mí. Vi también el inconfundible fogonazo de la cordita; eso y la ausencia de humo.

    El tirador no me alcanzó, desde luego, de modo que retrocedí un poco y me oculté detrás de una de las rocas. Al cabo de un rato el hombre del rifle se olvidó de mí e intercambió disparos con alguno de otro edificio. Se entabló una pequeña batalla que duró varios minutos y en la que tomaron parte prácticamente todas las torres. Permanecí inmóvil mientras los proyectiles zumbaban por encima de mi cabeza. Cuando el tiroteo se interrumpió, reanudé mi descenso hacia la Calle. Un rifle era algo que siempre había deseado. Nunca había poseído uno.

    Cuando estaba lo bastante cerca pude ver a varias personas moviéndose de un lado a otro. Me apreté el vendaje, empuñe la correa de Wolf y avancé.

    Estaban encarándose todos unos a otros. El lugar olía a miedo, el aire podía haberse cortado con un cuchillo. Incluso la música era dura y llena de amenazas, lo mismo que el aire. Podía comprenderse la existencia de aquellos fuertes en la colina, una familia en cada uno de ellos tal vez ―o un clan―, amontonados y asustados allí. Resultaba imposible saber cuánta gente podía apretujarse en un lugar como aquél.

    No me hubiera gustado vivir allí.

    Cuando me giré hacia la plataforma, un par de personas habían estado avanzando lateralmente hacia mí. Cuando me encaré con ellas, se inmovilizaron. Me giré de nuevo, y cuando volví a mirar hacia atrás estaban más cerca. Era como un juego. Al cabo de unos instantes Wolf lo observó también y gruñó.

    —Soy un pobre ciego… —dije—. ¿Hay alguien ahí?

    El más próximo saltó hacia mí. Capté el brillo de una navaja y disparé el cañón superior de mi pistola antes de que se acercara demasiado. Había cargado aquel cañón con polvo de magnesio. Lo había obtenido también de los Preceptores y lo utilizaba a veces por la noche. Producía un espectacular y amilanante fogonazo.

    El resplandor iluminó de lleno sus rostros salvajes. El que resultó alcanzado por mi disparo lo recibió en el pecho y cayó como un saco.

    Todos quedaron inmóviles. En las colinas circundantes se inició otro tiroteo. Toda la gente me miró con mucha atención, sin dedicar una segunda mirada al hombre herido. Diablos, yo lamentaba también aquello, pero hay que demostrar que uno sabe cuidar de sí mismo.

    Al cabo de un rato el hombre alcanzado por mi disparo gruñó y empezó a arrastrarse. Me quedé allí deseando que las luces se encendieran, pero no había ninguna esperanza de que lo hicieran: alguien las había destrozado todas a tiros. Había cristales rotos debajo de todos los postes.

    —Muy bien —dijo una voz sarcástica desde lo alto de la torre de señalización—. Ha sido algo asqueroso. ¡Muy propio de ti, Candy Man!

    Era el Muchacho. Reconocí la voz. Pude verle allí, absurdamente pequeño contra el cielo. Me concentré y apunté mi cabeza al mástil de la torre.

    —¿Eres tú? ¿Eres mi amigo K?
    —No. ¡No soy amigo tuyo! ¡Tienes que aprender a no confundirme, Candy Man!

    Anduve un poco hacia él. Era una distancia demasiado grande para mi pistola. Me gusta mantener a mis amigos a la distancia adecuada.

    —Te debo algo —dijo—. Oh, sí, ardieron condenadamente, de veras… tuvieron que reponérmelos con un nuevo equipo. Pero duele… ¡duele! Me sentí morir mientras mataba a aquellos Preceptores…

    Me pregunté si sería mejor hacerlo de espaldas a las sombras. Estaba llegando algo, algo enorme. Luces empañadas… y también el ruido de un motor.

    —Pagarás por ello, Candy. ¡Sí, pagarás, de veras que pagarás! ¡Yo te haré pagar por ello ahora!

    Las luces que llegaban le iluminaron un momento. Era el Muchacho, en efecto. Podía verse cada arruga de su rostro, cada pliegue de su ceño, aquella desagradable sonrisa que exhibía continuamente. No era el momento de apelar a la amistad. Era el momento de correr. Aquel Muchacho tenía el odio y el miedo de aquella región en su rostro.

    Sacó una enorme pistola de una funda que colgaba de su cinturón. La sopesó en su mano, como para permitir que yo la viera …estaba sonriéndose en mi cara.

    —¿Romper piernas y avisar a los Preceptores? —apuntó a mis pies—. Ese es el modo de hacerlo, ¿no es cierto? ¡Contesta!
    —Sí… pobre, ciego…

    La primera carga se estrelló contra el desnudo hormigón, un metro a mi izquierda. Noté que unas esquirlas del material mordían mis piernas.

    —¿Cómo conseguirás unos nuevos genitales cuando yo queme los tuyos? ¿Dispones de los recursos de que dispongo yo?

    Estaba gritando por encima del rugido del motor que se acercaba, pero no parecía oírlo. Lo que se estaba acercando —un deslizador— llegó a la plataforma. El ruido se hizo menos intenso. El deslizador inclinó su cabeza, aterrizó, y la gente empezó a subir. Se vigilaban continuamente unos a otros, tratando de no volverse de espaldas. No miraban al Muchacho ni a mí. A decir verdad, tampoco yo les miraba mucho.

    —¡Ciego! —el Muchacho se reía por encima del ruido del motor. No parecía haber visto aún al helicóptero—. ¡Tú no eres ciego! ¡Di que no eres ciego, Candy!

    Su secunda carga se estrelló a mi derecha. Recibí esquirlas en aquella pierna también. Luego echó hacia atrás la cabeza para reír más a sus anchas, y vi mi oportunidad.

    Empuñé mi pistola y disparé el segundo cañón contra él. Estaba casi demasiado lejos, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? No sé por qué ignoró de aquel modo mi pistola. Tal vez creyó que había disparado mis dos cañones contra el hombre al que había herido.

    Sólo le alcanzó parte de la carga, y aquello fue Suerte. Le alcanzó en el rostro, y los pequeños apéndices de alambre desgarraron su mejilla, dejando su mandíbula al descubierto. Era un tipo Afortunado, ya que la carga no le alcanzó de lleno.

    Entonces, mi visión se aclaró extraordinariamente. Corno si estuviera en la cúspide de un tubo. Me sucedía cuando estaba en peligro, o cuando hería a alguien, a veces. En cualquier caso, lo vi todo. Vi abierta aquella mejilla pálida, perfecta. Vi que el Muchacho dejaba caer su pistola y alzaba la mano hacia su mejilla. Vi la pistola caer por sí misma en su funda, vi cómo el taco lanzado por mi arma golpeaba al Muchacho en el hombro. No había mucho tiempo entre ellos. Era lento, apenas había tiempo para calcular. ¡Aquello era —yo tenía entonces la visión perfecta— la Suerte!

    El Muchacho se tambaleó sobre la torre. Se llevó las manos al rostro y luego el taco le golpeó y cayó a la Calle. No llegó muy lejos. La corriente de aire lo tomó, interrumpió su caída, y después empezó a ascender. Llevaba uno de aquellos cinturones voladores y lo estaba utilizando. Incluso entonces sacó aquella pistola, y estaba intentando matarme.

    Corrí hacia el deslizador. Adelanté un pie en el momento en que la puerta se estaba cerrando, y volvió a abrirse para mí. Caí al suelo, alguien alargó la mano hacia mí, pero la golpeé con el cañón de mi pistola y tal vez le rompí la muñeca. Entonces me dejaron en paz y me concentré en cargar mi arma.

    Los motores petardearon y el deslizador levantó su morro y reemprendió rápidamente la marcha a través de la plataforma. No miré hacia atrás.

    Aquel deslizador olía a orina. Estaba en muy malas condiciones: las luces no funcionaban adecuadamente, y cuando hacía resonar su bocina apenas podía oírse. Las ventanas aparecían rasgadas por los proyectiles, algunos de los cuales continuaban allí, incrustados en círculos blancos. El metal también estaba abollado. Alguien había utilizado un arma más pesada y los asientos habían padecido los efectos de la explosión. Un poco de sangre se había coagulado y ennegrecido en el suelo.

    Faltaba también parte del protector inferior del casco, de modo que la máquina perdía altura de tanto en tanto. Cuando esto ocurría, una grieta que discurría a través del suelo se abría, dejando penetrar los gases de los tubos de escape. Mirando hacia abajo podían verse las llamas azules que brotaban de los rotores. Los motores de gasolina eran buenos, a su manera, pero en los viejos tiempos no se utilizaban cosas como aquellas. Las unidades de las sillas de los Preceptores eran mejores. En la actualidad apenas quedan artesanos capaces de construir un motor de combustión interna: no recuerdo haber visto ninguno nuevo.

    Cuando el deslizador perdía altura todos los pasajeros experimentaban una sacudida y palpaban sus armas. Todos eran jóvenes, todos ellos muchachos de doce a quince años. No tenían cicatrices en la frente y no había ningún nombre alrededor de sus cuellos. Todos estábamos sentados por separado, encogidos. Algunos trataban de descabezar un sueño sin que los demás se dieran cuenta. Cuando los estudié, todos parecían bebés esperando el momento de nacer. Posición fetal… Se suele decir que uno pasa sus primeros nueve meses tratando de nacer, y el resto de su vida tratando de regresar a aquella cálida seguridad. Sabía que yo me sentía así a veces, y en aquellos días la sensación era más intensa.

    Todos estábamos sentados en medio del olor a amoníaco, las frías corrientes de aire y la media luz, la trepidación de los tubos de escape abiertos. Transcurrieron dos horas y continuábamos sentados en nuestros pequeños rincones opuestos, cada uno de nosotros contemplando los reflejos de los demás en el oscuro cristal, contemplándolos mientras la noche transcurría lentamente.

    Empecé a preguntarme a dónde nos conducían. Era evidente que íbamos a alguna parte. No vagábamos de Calle en Calle como solían hacer los deslizadores. Nadie parecía estar utilizando la máquina para ir de una Calle a otra. No es que la gente soliera hacerlo; los deslizadores iban de un lado a otro, pero casi siempre vacíos. Cuando nos deteníamos ocasionalmente en una Calle, nadie se apeaba, sino que subía más gente. Cuando en la séptima parada subieron otros cinco muchachos, lo vi todo claro.

    ¡Nos dirigíamos a los Ritos! Se me hizo un nudo en el estómago y empecé a temblar. Yo no quería ir a los Ritos. Desde luego, no quería ni acercarme allí.

    Pero estaba yendo hacia allí. Después de tanto tiempo, estaba yendo hacia allí, me gustara o no. ¡Tenía que salir rápidamente del deslizador!

    No me atreví a apearme en ninguna de las Calles. El deslizador sólo se detenía en las Calles, y cuando lo hacía las luces volvían a brillar con toda su intensidad. Si el Muchacho se hacía visible, yo no tendría una oportunidad la segunda vez. No en una plataforma, no bajo las luces.

    Si hubiese habido un conductor, habría utilizado mi pistola obligándole a parar. Pero sólo había una computadora, y las computadoras no atienden razones. No se me ocurría ningún medio para salir de la máquina. La puerta estaba cerrada mientras volábamos. No podía llegar a la computadora, que estaba cubierta con una armadura de plástico con la advertencia peligro - alta tensión impresa en doce lugares distintos. Lo mismo ocurría con los cables y los tubos que conducían a los servos.

    Levanté un par de pequeños paneles de inspección del suelo, pero alguien había estado allí antes que yo y había aplastado lo que pudiera haber detrás. Volví a colocarlos cuidadosamente —eran propiedad de los Preceptores, después de todo— y me incorporé. Pensé en los Ritos y me invadió algo más que el miedo que todo el mundo tenía. El deslizador osciló peligrosamente. Uno de los muchachos se puso en pie para orinar sobre el inclinado suelo. Deseé haber hecho lo que me habían ordenado y haberme quedado en el horno.

    Subí a la parte superior para ver si podía ocultarme allí, pero no encontré ningún lugar adecuado. ¿Cómo puede ocultarse uno en una cúpula de observación? Los asientos eran más recios, pero no había modo de meterse debajo de ellos. Lejos, hacia el oeste, pude ver aquellas torres-fortaleza ardiendo.

    Me recliné sobre uno de los asientos y me inyecté un tubo. En aquel momento me pareció que quizá estaba allí realmente para aquello. Tal vez existía únicamente para inyectarme tubos que me hicieran feliz debido a que estaba preocupado.

    Había colinas alrededor de nosotros. Colinas oscuras iluminadas por el resplandor de los árboles incendiados extendiéndose a través del horizonte. A medida que avanzábamos los incendios eran más frecuentes, y las colinas parpadeaban con las explosiones. Empezó a llover. Las luces de la parte delantera revelaban muy poco de lo que había delante de nosotros, pero todo era desagradable. Pensé que si viviera allí, me alegraría al enfrentarme incluso a los Ritos con tal de abandonar aquella región.

    Parte del blindaje encima de mi cabeza se deslizó a un lado, y la fría lluvia empezó a gotear sobre mi cuello.

    —¡Sí! —dijo el Muchacho a mi oído—. Sí, es mucho mejor que vayas donde vas. Es mucho mejor que sólo puedas ver el camino a medias. ¡No podrías asimilar toda la verdad!

    Posiblemente, yo había estado pensando en voz alta, y él estaba escuchando.

    Giré sobre mí mismo. Mi pistola giró conmigo. El Muchacho estaba allí, efectivamente, pero en el exterior de la cúpula, volando con su cinturón. Sin quedarse atrás: era como una pesadilla. Me apuntó cuidadosamente con aquella gran pistola suya. Cuando me dejé caer al suelo, se echó a reír.

    —Siempre puedo encontrarte —dijo—. ¡Cada vez que me lo proponga te encontraré!

    Colocó una ventosa contra el cristal, la conectó a su boca y ahora estaba hablando a través de ella, con algo o alguien.

    —¡No puedes alcanzarme aquí! ―lo dije sin demasiada convicción, pero lo cierto es que yo no podía alcanzarle a él, en cualquier caso.

    No veía cómo podría sobrevivir a otro encuentro. Él rió de nuevo, se rió mucho. En su mandíbula no quedaba ninguna huella de la herida que yo le había infligido.

    Un par de los muchachos de abajo alzaron la mirada —había una grieta en aquel suelo, también—, pero no tardaron en volver a inclinarla. Tenían suficientes preocupaciones y suficiente miedo como para interesarse por los demás.

    Seguimos igual durante otros treinta kilómetros. El Muchacho fuera, riéndose, y yo tratando de ignorar que estaba allí. Era algo terrible… El resplandor rojizo de los incendios, las explosiones, y él riendo en medio de la lluvia. Sus cabellos se enmarañaron a través de su rostro, su camisa se veía mojada y pegajosa, sus calzones y su cinturón manchados de negro con el agua.

    —¡Volveré a verte! Cuando menos lo esperes, en algún lugar familiar donde te sientas seguro. ¡Cuando seas feliz algún día, y creas que has ganado! —se acercó todavía más, vi gotear la lluvia en su rostro—. Entonces vendré y te mataré. ¡Te encontraré siempre, Candy! ¡Siempre! ¿Dónde vas a ocultarte, Candy Man?

    Estaba riendo otra vez, burlándose de mí, sonriendo continuamente. Desde más cerca vi que el desgarro de su mejilla resultaba casi invisible bajo una capa de algo brillante. La herida parecía casi cicatrizada ya, pero ignoro cómo podía hablar siendo el desgarro tan reciente…

    Tal vez había utilizado aquel mondadientes… Pero por entonces yo me había inyectado dos tubos, de modo que me tenía sin cuidado. Sólo deseaba que entrara para zanjar la cuestión, o que se marchara. Con dos tubos encima, sabía que podía vérmelas con cualquier Muchacho. Él estaba empapado, y debía odiarme mucho para continuar allí en aquellas condiciones. Súbitamente cogió la ventosa, la guardó en su cinturón y se alejó.

    Cuando hubo desaparecido recordé la grieta entre las planchas del blindaje. Introduje allí mi cuchillo y doblé la hoja. Logré ensanchar la grieta más de medio centímetro. El agua se introdujo por la abertura y el viento azotó mis orejas. El deslizador volaba a treinta kilómetros por hora, de modo que si conseguía ensanchar suficientemente la abertura podía dejarme caer sin sufrir ningún daño.

    Todo fue inútil. Lo único que logré fue romper mi cuchillo y producirme un corte en el dedo pulgar. Cuando la herida dejó de sangrar y alcé la mirada, estábamos pasando por debajo de aquel arco hecho de un millón de luces de colores. Lo dejé caer todo, revisé mi pistola y la metí dentro de mi traje de goma para ocultarla.

    Habíamos llegado a los Ritos. Estábamos en aquel terrible lugar, y era demasiado tarde para salir del deslizador, aún en el caso de que hubiese podido hacerlo. Era demasiado tarde para huir de allí; una vez que uno ha sido entregado a las Máquinas tiene que seguir hasta el fin.


    VI


    El deslizador avanzó lentamente a través de la danzante y cada vez más numerosa multitud. Todo era confusión: las brillantes luces y la húmeda plataforma. Intenté de nuevo abrir la puerta, pero fue inútil.

    Enfrente podían verse las luces de los Ritos ascendiendo hacia nosotros. Los deslizadores desfilaban en hileras; nunca permanecían allí largo rato. Todo el lugar era una conmoción con sus aterrizajes y despegues, descargando muchachos continuamente. El lugar de las chicas estaba en otra parte. No se nos permitía ir allí, desde luego.

    Nuestro deslizador planeó largo rato buscando un lugar para aterrizar. Había máquinas remontando el vuelo continuamente, pero cuando llegábamos a un espacio vacío siempre se nos adelantaba algún otro aparato. Los Ritos no se interrumpían nunca. Eran continuos, se habían desarrollado desde el principio del tiempo. Lo único que cambiaba era la gente… y en aquel momento lo único que yo deseaba era huir de allí.

    Por fin lo conseguimos. El deslizador encontró un espacio libre y salimos a la rugiente lluvia, en medio de la cacofonía de los gritos y la música. Los muchachos marcharon en una dirección y yo en la otra. Nunca había oído una música tan ruidosa como aquella.

    Estaba desesperado. ¡Infiernos, tenía que salir de allí! Era muy peligroso para mí. Estaba preocupado. No tenía ningún derecho, no tenía nada que hacer allí. Tampoco deseaba ser sometido a ningún reajuste de cerebro… aunque a aquellos muchachos no les importara. Sólo era cuestión de tiempo que me encontraran y descubrieran quién era yo.

    Hacía calor, y la atmósfera era irrespirable entre los deslizadores. La lluvia caía implacable. Aquellos trepidantes motores desprendían una niebla de gases. Por dos veces estuve a punto de echar a correr cuando las máquinas despegaban. Me agaché por debajo del nivel de las ventanillas y me escabullí tratando de resultar invisible. Sólo había una salida, debajo del claro del arco de luz por el cual habíamos llegado. Tomé aquella dirección.

    Había una gran concurrencia entre llamativas hileras de casetas que se extendían hasta el arco. Había gente que se ganaba la vida allí vendiendo amuletos de la Suerte y pasteles, bebidas y golosinas a los muchachos. La mayoría de los que regenteaban las casetas eran personas que habían quedado atemorizadas por los Ritos cuando se presentaron a ellos. Eran unos desgraciados, y supongo que los Preceptores los toleraban sólo porque estaban concentrados en un solo lugar. Eso es lo que me esperaba a mí si no lograba escapar y los Preceptores me atrapaban. Aunque siempre podría vender azúcar hilado, llegado el caso.

    Había muchas luces allí también, como en las calles, cada una de ellas rodeada de su halo de lluvia. La música era más ruidosa: cada poste de lámpara tenía su Altavoz. Se prolongaban más allá del arco también.

    Cuando me aproximaba a la entrada tuve que acercarme a la multitud, de modo que decidí deslizarme detrás de las casetas. No había ningún pavimento allí, y me encontré chapoteando entre el barro, avanzando continuamente hacia aquel deslumbrante arco de luz y la seguridad exterior. Deslicé hacia abajo la cremallera de mi traje de goma y coloqué la culata de mi pistola de manera que quedara al alcance de mi mano. Me sentía mejor ahora fuera de aquel deslizador, yendo a alguna parte, siendo mi propio dueño y con una dirección a seguir. Al menos, si resultaba muerto sería a mi manera, en la medida de lo posible.

    A setenta metros del arco tropecé con el perímetro interior. Era una de aquellas vallas especiales de los Preceptores, llenas de letreros de neón acerca de cosas que no deben hacerse. Eran sólo unos cuantos cables de alambre oxidado; pero se trataba de una valla de los Preceptores, lo cual equivale a decir que no podía ser cortada, ni forzada, ni nada por el estilo. Súbitamente me pregunté por qué había colocado mi pistola al alcance de mi mano. Quiero decir… sabía que habría Preceptores en el arco. Me pregunté si era posible que estuviera dispuesto a disparar contra otro Preceptor, a matar a uno de ellos quizás.

    Entonces sentí frío. Me refiero a que yo no era un Muchacho cualquiera que podía matar a una docena de Preceptores sin pestañear. Anduve a través de la empapada hierba hasta el lugar donde había un toldo sacudido por el viento, chapoteando bajo el millón de luces. La plataforma me deslumbraba, era como joyas. Anduve hasta más allá de los avisos colgados en el alambre, sin dejar de odiar las cosas oscuras en las que no podía pensar, las cosas que me enviaban contra los Preceptores. Debajo del toldo había tres Preceptores, detrás de otros tantos escritorios repletos de papeles.

    —¿Sí? —dijo el primer Preceptor. Su máscara brillaba a causa de la lluvia, iluminada por las luces de colores. Era bello.
    —Un error… —las pesadas gotas repiquetearon sobre mis hombros—. Señor… soy ciego. No tendría que estar aquí.
    —Ah…

    El Preceptor tenía una voz severa, pero hablaba amablemente. Los Preceptores eran maravillosos. Mi corazón se llenó de gratitud.

    —¿De modo que has cambiado de idea? —dijo el segundo.

    Los Preceptores eran maravillosos, pero no siempre comprendían con la necesaria rapidez.

    —Yo… No puedo seguir. ¡Soy ciego!

    Señalé mi vendaje. Finalmente, asintió.

    —Ah. Sí. Pero no estoy seguro de que podamos dejarte marchar con tanta facilidad.

    Tuve la horrible visión de aquellas piernas ensangrentadas girando contra el cielo. Recé para que no ocurriera nada.

    —¡Tienes que seguir! —continuó el segundo Preceptor—. Cuando uno decide hacer una cosa, tiene que hacerla. ¿Tu nombre?
    —Déjale —dijo uno de los otros—. ¡Pobre ciego! ¿Qué puede haber visto? Se supone que son Afortunados, ya sabes.
    —Bueno…
    —Déjale marchar.

    El primer Preceptor asintió. Aparté la mano de mi traje de goma. Las cosas se estaban arreglando.

    —Vete. Olvidaremos que te hemos visto.

    Eché a andar lo más aprisa que me atreví a través del arco y hacia la plataforma de más allá. Era increíble. Las cosas se habían arreglado.

    Pensé en inyectarme un tubo para celebrarlo, pero luego decidí que no lo necesitaba. Había siete caminos que conducían a lo lejos, todos con aquellas luces. Tomé el del centro y reprimí mis deseos de cantar.

    Al principio había un bosque de luces, pero a medida que avanzaba y los caminos se bifurcaban éstas se iban haciendo más escasas. No había recorrido doscientos metros cuando la luz debajo de la cual me encontraba estalló, y sobre mí cayó una ducha de cristales rotos. Cuando miré hacia delante, el Muchacho estaba allí. Planeaba veinte metros delante de mí y a mi izquierda. Acababa de disparar contra la luz; su pistola desprendía aún un brillo violáceo y humeaba un poco.

    —¡Hey, Candy! ¡Ven aquí! Quiero ver tu cara.

    Me apuntaba con su arma, de modo que me dirigí hacia él.

    —¡Candy! Candy, voy a dejarte elegir. Te dejo tullido ahora, mando aviso a los Preceptores, y les digo quién eres y lo que has hecho, o… puedes volver a los Ritos, fallarlos y dejar que te quemen la mente. Eres demasiado estúpido para el Cuerpo, ellos te quemarán… —hizo una pausa, apoyando la pistola contra su cadera. No parecía muy furioso, pero estaba empapado por la lluvia—. Es posible que entonces siga deseando matarte… Pero cuando seas demasiado estúpido para saber por qué… es más posible que ya no lo desee.

    No podía sacar mi pistola. No tenía ninguna posibilidad. Se produjo un largo silencio. La lluvia seguía cayendo. Pensé que prefería la muerte a que me quemasen, que intentaría sacar mi pistola de todos modos. Pero no me convencí a mí mismo, no a tiempo.

    —¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! —aquella pistola apuntaba a mi estómago—. ¡Has perdido la elección! Tienes que hacerte a la idea, Candy. ¡Irás a los Ritos! Volveré a por ti cuando seas estúpido. ¡Muévete!

    Me apuntó muy deliberadamente entre los ojos. Lo único que podía hacer era retroceder.

    Me sentí miserable retrocediendo por aquel gran camino solitario. El Muchacho no me perdía de vista. Planeaba detrás de mí en la penumbra; podía verle por encima del borde de las luces. Pensé cómo podrían conocerme aquellos Preceptores cuando volviera a presentarme ante ellos. Todo estaba registrado. Me pregunté si sería Afortunado por segunda vez, y no veía cómo podría serlo.

    —¡Bien! —dijo el primer Preceptor cuando llegué allí—. Me alegro de que hayas vuelto. ¡Es mejor terminar lo que uno empieza!

    Y me dejaron entrar, sin más. Siempre había oído decir que era mucho más difícil salir.

    El Muchacho no me permitió hacerme el remolón en las casetas. Cada vez que aflojaba el paso, con la intención de perderme de vista, aparecía a mi lado y me empujaba hacia delante. Tenía que avanzar… Mi cerebro buscaba desesperadamente una salida, y no encontraba ninguna.

    Era una pesadilla. Todos aquellos muchachos aullantes y malolientes estimulándose a sí mismos antes de atravesar el segundo arco… El ruido de la música, el barro, todos aquellos muchachos inferiores a las bestias. También había Preceptores de pie sobre unos estrados, apremiando a todo el mundo a avanzar. Pude ver el segundo arco delante de mí, y cada vez se hacía mayor.

    Luego me detuve. Me sentí incapaz de cruzar el umbral. Estaba temblando, furioso ante aquel despropósito. Yo no tenía que entrar allí. No había ningún Propósito en ello.

    —¡Buen viaje!

    El Muchacho apoyó su pie en la parte inferior de mi espalda y salí disparado hacia delante, tambaleándome. Oí que las barreras se cerraban detrás de mí. Estaba dentro. Supe que nunca regresaría por aquel camino. Casi lo último que oí fue la risa del Muchacho.


    Dentro, todo era distinto. Las cosas exteriores, las luces, la música e incluso la risa del Muchacho bajaron de tono, fueron apagándose hasta que dejaron de ser reales y se desvanecieron. Era como estar muriendo.

    Luego apareció un laberinto blanco delante de mí. Resplandecía de luz. Cuando alcé la mirada en busca del sol, no vi ninguno: sólo un duro cielo azul. El laberinto se extendía hacia delante, resplandeciente de luz y oscuridad, absolutamente sin color y muy claro.

    Me detuve un instante a pensar. Vi que el laberinto era mayor de lo que parecía. Debajo de mis pies había líneas sobre el suelo, y luego unas pequeñas paredes que no tardaron en llegarme a la altura de la rodilla. Después siguieron creciendo hasta que fueron tan altas como montañas. Todo aumentaba de tamaño a medida que avanzaba, resultaba muy difícil hablar de distancias. Entonces tuve que continuar avanzando, tuve que hacerlo, no había modo de evitarlo. Escogí un sendero de aspecto agradable y me adentré en él. El sendero no tardó en cubrirse y me encontré en un túnel. Hallé un par de callejones sin salida, pero no me fue posible retroceder.

    Durante largo rato la luz continuó siendo tan brillante como siempre, pero luego cambió y se hizo más oscura. No sé si lograré hacerme entender, pero la luz era azul y era blanca, y al mismo tiempo era oscura. Tuve la sensación de que allí había muchas vibraciones que yo no podía ver. En aquel momento me inyecté un tubo y empecé a preguntarme cuanto tiempo llevaba andando. Al final perdí el sentido del tiempo y lo único que pude hacer fue contar los tubos vacíos y preguntarme si perdía alguno. Allí todo era subjetivo, incluso para mí.

    Después de aquello recuerdo que trepé por unos túneles estrechos y oscuros. De cuando en cuando, el camino se hacía descendente, aunque la mayor parte del tiempo no sabía si estaba subiendo o bajando. El suelo era resbaladizo, luego escabroso, luego pegajoso. Anduve y me arrastré sobre guijarros, sobre superficies blandas como mujeres en las que me sentía oprimido y casi ahogado. Seguía avanzando hacia arriba o hacia abajo, hacia el este o hacia el oeste ―no lo sabía―, pero tenía que avanzar porque el túnel se estaba cerrando detrás de mí. Era como estar dentro de algo vivo, y la sensación no me gustaba demasiado. Cuando al final tuve tres tubos vacíos —lo cual equivalía a treinta y seis horas, más o menos—, salí de aquella parte. Caí a través del suelo a una habitación llena de personas exactamente iguales que yo. Grité, y todas ellas gritaron al mismo tiempo.

    Sin saber cómo me encontré con mi pistola en la mano y disparé. Todas las pistolas del mundo dispararon al mismo tiempo. Quinientos Candy Man enviaron fuego rojo y humo hacia mí. El sonido fue un gran estruendo cuyos ecos no había de apagarse nunca.

    Luego oí un ruido de cristales rotos y uno de mis yo había desaparecido. Sólo espejos, éramos sólo espejos. Me eché a reír, y todos nosotros reímos. Cuando el sonido regresó hasta mí me pareció enloquecedor, de modo que dejé de reír. Al cabo de un instante los espejos me imitaron.

    Luego, los espejos fueron millares. Anduve a través de ellos, mirando a mi alrededor y sintiéndome preocupado. Aquellos espejos eran de todas las formas y tamaños, instalados en todos los ángulos, lejos y cerca, en los suelos y en los techos, y también en las paredes, si es que había alguna. Tenía la impresión de avanzar sobre un simple suelo, un simple suelo y aquella infinita variedad de espejos. De cuando en cuando me encontraba con un espejo distorsionador, cóncavo o convexo. Contemplaba mi vientre grotesco o mi enorme cabeza y me sentía mejor. Por raro que pueda parecer, prefería aquellas imágenes distorsionadas a la interminable uniformidad de las naturales. Me dediqué a buscar caricaturas, algo distinto, con la esperanza de un cambio.

    Luego empecé a ver cosas. Primero me pareció ver el mar. No como aquellas playas próximas a las cascadas donde van a parar todas las cosas podridas, sino algo mejor. Arrecifes de pizarra verde y gris con delgadas vetas de cuarzo, arena y conchas marinas, luego sol y maizales sobre bajos arrecifes y promontorios. Me pareció ver todo aquello en un espejo, pero cuando miré de nuevo había desaparecido y lo único que había allí era mi rostro pálido y sucio.

    —¿No te has dado cuenta? —dijo el Muchacho.

    Alcé la mirada. Allí estaba, reflejado detrás de mí. Me giré rápidamente y allí estaba reflejado también.

    —Tendrías que haberte dado cuenta —continuó el Muchacho—. Podrías perder los Ritos por una cosa así.

    Rió al decirlo. Era como si me estuviera importunando, pero amablemente. No como antes.

    Entonces vi lo que tendría que haber observado. Aquellos reflejos. Tendrían que haber sido todos distintos… pero eran todos iguales. Yo mismo visto desde el mismo ángulo… incluso los que estaban en lo alto mostraban la misma imagen, la de mi rostro atontado y sorprendido. El Muchacho estaba detrás de mí en todos ellos, sonriendo y agitando la cabeza.

    —Tendrías que haberte quedado en el horno. Te hubieras ahorrado muchas molestias.

    Empecé a palpar a mi alrededor en busca de mi pistola. Aquel Muchacho… no sabía cuál sería su actitud de un momento al otro. Me di cuenta de que tenía la cara recompuesta, sin ninguna cicatriz. Me pregunté si había vuelto a perdonarme, y admití que podía haberlo hecho, ya que podía cambiar como el viento.

    —Supongo que será mejor que salgas de aquí —dijo—. No quiero perderte de vista, Candy Man. Creo que podremos utilizarte, no importa lo que digan los otros.

    Me estaba mirando con el ceño fruncido, y se estaba escarbando de nuevo los dientes.

    —Ven —dijo.

    Estaba tan sorprendido que obedecí. Eché a andar y pasé a través de aquel espejo y no me lastimé.

    —La Ley de Dodgson —dijo el Muchacho—. Requiere un espejo especial.

    No supe lo que quería decir. Estábamos dentro de aquella Casa en el campo, otra vez. O más bien en una igual. Miré a mi alrededor. Los cacharros estaban todavía allí, cocidos ahora, terminados, brillantes de barniz. Se oían ruidos en la parte de atrás: el Alfarero estaba allí, con una bandeja de cacharros detrás de él. Los cogía uno a uno, acercando cada cacharro a la luz, dándole vueltas entre sus dedos, examinándolo. Luego lo dejaba en el suelo, a su lado, y lo pulverizaba con un martillo. No dejó de hacerlo mientras estuvimos allí.

    —Quítatelo —dijo el Muchacho—. Quítatelo. Quítate el vendaje. Puedes ver, ¿no es cierto? —yo vacilé—. Vamos, aquí puedes quitártelo y volver a ponértelo cuando salgas. No se lo diré a nadie.
    —¿Qué es ese ruido? —inquirí, haciendo un gesto con la cabeza en dirección al Alfarero.
    —¡Oh… ése! —el Muchacho se encogió de hombros—. Está intentando crear la «forma perfecta». Cree que la reconocerá si la hace. No piensa en nada más. Quítate el vendaje, o te devuelvo a los Ritos…

    Desanudé la venda. La luz llegó como un torrente. Miel y ámbar, el lugar era un ascua de oro. Era cálido, hermoso. Era como el clímax de un tubo.

    —Tienes unos hermosos ojos… es una lástima desaprovecharlos.
    —Todavía no puedo ver…

    No confiaba en el Muchacho, desde luego. Tropecé a propósito con una silla para tratar de convencerle. No sé si me creyó. Se limitó a acercarse a la pared donde estaban las esferas y se inclinó hacia las zumbantes pantallas.

    —Ahora… —la Casa parpadeó. Se encendió y se apagó. Se agitó en su realidad—. ¡Vamos!

    El Muchacho se dirigió hacia la pared más lejana. Allí había ahora una puerta. Miré, y vi otras dos que no habían estado allí antes. El Alfarero rompió otro cacharro. Había también algunas ventanas adicionales.

    —¡Vamos!

    El Muchacho atravesó la habitación y abrió la puerta, luego retrocedió para obligarme a mirar hacia allí. Había un mar verde y azul bañado por el sol, y a lo lejos un maizal amarillo ondulando con la brisa. Era como lo que había visto en el espejo. Vacilé: parecía demasiado hermoso para ser verdad. Lo único que se me ocurrió fue que todo aquello tenía algo que ver con un viaje a través del tiempo.

    —¡Vamos! ¡Te gustó cuando te lo mostré, antes!

    El Muchacho salió al exterior y pisó la brillante hierba bañada por el sol. Contemplé la luz en sus cabellos, el milagrosamente claro detalle de sus ropas. El se encogió de hombros.

    —Sal cuando estés preparado. Te estaré esperando.

    Pero no salí. Toda mi experiencia me aconsejaba no hacerlo. Otro cacharro estalló bajo el martillo del Alfarero. Yo me estaba preguntando si engañaba aún al Muchacho acerca de mi ceguera, después de los espejos y demás cosas. El había dicho que sabía que yo podía ver, pero yo no sabía si creer aquello o no. Era algo desconcertante. Me pareció oír el suave rumor del mar. En alguna parte mugía una vaca.

    —¡Vamos!

    La voz del Muchacho se estaba debilitando. Decidí que no podía perderme aquello, que tal vez sería mi única oportunidad de alcanzar el paraíso. Y, en cualquier caso, era un modo de alejarse de los Ritos, de evitar que quemaran mi cerebro.

    Me detuve en el marco de la puerta, mirando al exterior. Había un río. Ancho, con suaves y verdes colinas a cada lado. Ocho kilómetros más allá había dos promontorios y el mar entre ellos. Uno de los promontorios estaba coronado por un hermoso castillo; algo más cerca surgía del agua un pueblo rosa y blanco. Había embarcaciones navegando por todas partes. Era media mañana, y había mariposas de color anaranjado y pardo con manchas blancas en sus alas. Las abejas zumbaban.

    Algo se estrelló contra el marco de la puerta. Unas astillas ardientes pasaron por delante de mis ojos. El Muchacho estaba a veinte metros de distancia, disparando contra mí.

    —¡Traidor! —aulló—. ¡Ahora te he atrapado, Candy!

    Temblaba de rabia. La cicatriz de su mejilla tenía un color lívido. Sostenía su arma con las dos manos, tratando de fijar su puntería sobre mí. Pero falló el tiro. Capté el olor a goma quemada y me zambullí de un salto en el interior de la casa.

    No esperé. El Muchacho estaba llegando. Crucé la habitación de un salto hasta la puerta por la cual había entrado. No se abrió.

    Me giré con la intención de disparar contra el Muchacho, pero recordé que mi pistola no estaba cargada. Un proyectil penetró a través de la puerta abierta y destrozó algunos de los cacharros del Alfarero, el cual alzó la mirada y frunció el ceño. Entonces me lancé a través de la ventana con los pies por delante, en medio de una lluvia de cristales rotos…

    …y aterricé entre los espejos.

    Perseguí mis resonantes pasos en las oscilantes imágenes de un millar de fugitivos Candy Man hasta que no pude correr más. Temía ser alcanzando por un disparo de un momento a otro. Temía ver aparecer delante de mí al Muchacho de un momento a otro. Pero ninguno de mis temores se vio confirmado.

    Era una especie de infierno. Una decepción aplastante. Ver aquel lugar encantador, y ser expulsado de él para volver a los Ritos. Pensé que era obra de aquel Muchacho, torturándome con cosas que no podría tener. Aquel lugar… aquel paraíso… Podría haber vivido allí sin hacer nada, sin preguntarme nunca para qué estaba en la tierra.


    VII


    Al cabo de un largo rato —la mitad de largo de lo que a mí me pareció, aunque no puedo decir cuánto duró― salí de los espejos, y lo que vi no era tan malo como había temido.

    Una llanura. Completamente lisa, gigantesca pero brillantemente iluminada, rodeada por el laberinto de espejos, resplandeciente y engañosa: la imagen de un bosque. Había edificios mucho más allá. A lo lejos, donde el aire cálido remolineaba, pude ver refulgentes cúpulas, tiendas de vivos colores y brillantes estructuras de aluminio. Allí ondeaban banderas, unos globos señalaban el lugar, y unas palomas volaban en círculo.

    Eché a andar hacia allí, y súbitamente resonó una música a mis pies. Observándola mejor, pude comprobar que la llanura no era de arena, como había creído al principio, sino de algo especial. Formas óseas pequeñas, blancas, todas individuales, todas modeladas como huesos de juguete… El suelo estaba cubierto de pequeños y fantásticos objetos esculpidos. Como arena, supongo, como arena y fragmentos de conchas, pero diferentes, de mayor granulación, diferentes; algo más perfecto, cuidadosamente diseñado. Cuando se andaba sobre ellos producían leves sonidos y notas musicales: la música que estaba escuchando. De vez en cuando soplaba una leve brisa, y aquel sonido resultaba también maravilloso. Eché a andar hacia las tiendas, y al cabo de un rato se presentó una máquina y alisó el terreno que habían hollado mis pies. La contemplé unos instantes pero no me amenazó, de modo que reemprendí la marcha.

    Más cerca de los edificios el suelo se hizo más firme, y a doscientos metros de la primera cúpula mis pies ya no se hundieron en absoluto. Empezó a asomar hierba a través de la arena y mis pasos se hicieron silenciosos. Había otras personas también. No había podido verlas desde lejos, pero ahora vi que llegaban desde todos los ángulos. Volvió a resonar la música, pero no como en la llanura, sino los sonidos correctos. Nadie gritaba; todo el mundo permanecía en silencio, la música resultaba sedante. Empecé a sentirme mejor. Aquello no era como los espejos, y desde luego no era como las Calles.

    Cada vez afluían más muchachos, procedentes de la bruma luminosa que rodeaba la llanura. A su encuentro salían Preceptores rodando en sus sillas, y hablaban con todo el mundo, diciendo a cada uno dónde tenía que ir.

    Aquello resultaba estimulante. Todos mis temores se desvanecieron como por ensalmo. Ahora sabía lo que significaba pertenecer al Cuerpo; el Muchacho me lo había mostrado antes de intentar matarme. Y lo único que deseaba era regresar allí: tenía que conseguirlo. Empecé a preguntarme si me sería posible aprobar los Ritos. Me detuve a inyectarme un tubo antes de salir al encuentro de los Preceptores.

    —¡Bienvenido a los Ritos! —dijo el Preceptor que se acercó a mí—. ¡Aquí es donde empiezan! ¡Las glorias! ¡Humanidad! El acceso a los lugares privados y secretos… el acceso al Cuerpo. ¡Esta es la introducción! ¡Un vislumbre de recompensas, el modo de vivir!
    —¿Y suponiendo que fracase? —inquirí.

    Si había algo que odiaba de un modo especial era el entusiasmo. Resultaba demasiado engañoso, demasiado humano.

    —En tal caso, cuidaremos de que ni lo recuerdes ni te importe —me miró con el ceño fruncido—. No deberías pensar en eso… aunque supongo que eres más viejo que los otros.

    No podía ver mis falsas cicatrices, porque las había ocultado echando mis cabellos hacia delante.

    —¿Qué hay acerca del laberinto? ¿Qué hay acerca de los espejos? ¿No era eso el principio?
    —Ah… Has pasado por los espejos… —anotó algo en su teclado. Tuve la sensación de haber cometido un desliz.
    —¿Y bien?
    —No todo el mundo pasa por lo mismo. Algunos ven monstruos o mujeres. Sueños de visiones de grandeza, fantásticas aventuras con aparatos científicos. Varía con la gente. Todo significa algo… Todo es registrado; el jeroglífico que la mente proyecta queda grabado.

    Le pregunté qué quería decir con aquello, pero no me contestó. Me pregunté a mí mismo si habría imaginado al Muchacho y todo lo que había ocurrido. ¡Haber visto el cielo, para luego descubrir que todo había sido un sueño! El infierno podía ser algo así. No dije nada acerca del Muchacho. Un trozo de papel brotó del brazo de la silla del Preceptor.

    —Egocéntrico… —le oí murmurar—. Individualismo maniático. ¿Es Onán su filósofo? —se volvió hacia mí—. ¿Has visto túneles… blandos en su interior? ¿Significan algo para ti? ¿Algo acerca de armas? ¿Puertas importantes? ¿Te sientes amenazado por la generación más joven? ¿Muchachas? ¿Tu madre? ¿Visiones del mar? ¿Ríos?

    Dije que no. Entonces dejó de interrogarme. Tal vez todas aquellas materias no eran importantes, tal vez no significaban nada.

    —Los Ritos primero —dijo—. Por aquí.

    Atravesamos el césped entre las brillantes tiendas y las cúpulas de aluminio resplandecientes.

    Todo estaba inmaculadamente limpio. Todo en colores suaves, los pequeños arbustos cuidadosamente recortados, las flores parecían oler a antiséptico. Había hileras de fuentes más allá de las tiendas, una docena de frondosos árboles se erguían detrás de ellas, la música era muy suave.

    —Desde luego, los grados inferiores ni siquiera pasan a través de los Laberintos —mi Preceptor me cogió del brazo y me señaló la primera de las cúpulas—. Asustamos a la mayoría de ellos hasta el punto de que dan media vuelta. Las Máquinas extraen de sus mentes más profundas los temores allí ocultos, sus mayores esperanzas. Les bombardeamos con los temores, anulamos sus esperanzas. Cuando dan media vuelta ya han fracasado…

    Aquello explicaba los espejos. Me pregunté si el Muchacho que había visto era algo así. Simulando aceptarme y ayudarme, y luego rechazándome con los disparos de su pistola.

    Las pruebas de los Ritos en la primera cúpula eran muy fáciles. Básicamente se trataba de rompecabezas, aunque tridimensionales. No había nada que uno tuviera que saber, ya que las respuestas estaban en las piezas que nos eran proporcionadas. No planteaban ninguna dificultad. Quedé sorprendido cuando algunos de los muchachos fallaron.

    Los Preceptores les agarraron inmediatamente y les llevaron al lugar donde sus cerebros serían quemados antes de que regresaran a las Calles. Me apresuré a salir por el otro extremo de la cúpula.

    Cuando llegué al exterior mi Preceptor me estaba esperando. Me hizo esperar mientras del brazo de su silla brotaba otra de aquellas tiras de papel. La leyó, y alzó la mirada hacia mí.

    —Bien… muy bien —no pude ver la expresión de su rostro, pero oí la sorpresa y el placer en su voz—. Lo has hecho muy bien. ¡Y rápido!

    Como ya he dicho, no había nada difícil en aquellos Ritos, todas las respuestas eran intrínsecas; sólo deseaba que él no hubiera parecido tan sorprendido.

    —Vamos.

    Me condujo vivamente a través de las sucesivas pruebas de los Ritos. Cada vez estaba más excitado. «¡Un hombre para el Cuerpo!» —le oí decir para sí—. «¡Uno entre veinte mil!». Empezó a llamar a otros Preceptores, y éstos abandonaban a sus muchachos y venían a mirarme. Esto llegó a gustarme ―era bueno complacer a los Preceptores―, pero era ser como un valioso ejemplar y no un hombre. En realidad, los Ritos estaban para eso: para encontrar buenos ejemplares.

    Mi Preceptor empezó a sacar más y más instrucciones de su silla. Luego volvió su delgado rostro hacia mí y me formuló preguntas acerca de dónde había nacido, y quien era mi padre, y qué relaciones tenía.

    —Me gustaría que lo recordaras —dijo—. Me gustaría que lo intentaras. Sería una buena ayuda para ti si tuvieras buenos antecedentes.

    Lo intenté, pero no pude complacerle; todo había ocurrido hacía demasiado tiempo.

    Los Ritos continuaron. Recuerdo uno en el que había que pasar entre dos tambores que giraban y sacudían unas cadenas en el espacio que los separaba. Podía hacerse si se era ágil y se calculaba con exactitud. Vi que dos muchachos pasaban así, pero yo lo hice sujetando los dos tambores y evitando que sacudieran las cadenas. Mi Preceptor estaba entusiasmado. Dijo que a nadie se le había ocurrido aquello en un centenar de años. Sonreí y traté de aparecer modesto, aunque también inteligente.

    No era todo divertido; había mucha enseñanza. Cosas interesantes, de cómo vuelan los pájaros y nadan los peces. Decían cómo funcionaban los motores, y hablaban de la etiqueta y de lo que uno debía disfrutar. Había largas y dramáticas conferencias acerca de la importancia de pasar los Ritos y de las perspectivas que le aguardaban a uno si no se revelaba útil para el Cuerpo de Exploración.

    —Tú no tienes que preocuparte por eso —mi Preceptor me agarró del brazo y susurró a mi oído desde detrás de su máscara—. ¡Tú eres un hombre para el Cuerpo, o yo no soy Preceptor!

    Nos enseñaron también cosas útiles acerca del cólera y del ántrax pulmonar, de cómo curarlos y utilizarlos. Decían dónde había que disparar a un hombre para que sólo quedara lisiado y se tuviera ocasión de interrogarle. En un lugar había un cuadro de un hombre atado a un caballete y de alguien que le clavaba una lanza.

    Mi Preceptor dijo que era un acto de misericordia mostrar cómo debía terminarse con los sufrimientos de un hombre después de haber obtenido sus respuestas. Luego me dio un frasco de algo llamado «pasta de fiebre del tabardillo pintado de las Montañas Rocosas», diciendo que era un regalo especial para su mejor pupilo. Estaba muy satisfecho de sí mismo, y cualquiera habría pensado que el que estaba haciendo el trabajo era él, y no yo.

    Había interrogatorios cada dos horas. Después de cada examen, grupos de muchachos eran llevados al lugar en el que les quemaban el cerebro. Bueno, aquellas preguntas eran difíciles. Las respuestas no estaban en ellas, uno tenía que saber cosas.

    Sin embargo, yo parecía conocer todas las respuestas. Nunca había sospechado que sabía cosas como aquéllas: llegaban las preguntas, y el estómago se me hacía agua porque no conocía la respuesta, y luego la sabía. Las palabras correctas que yo había ignorado brotaban como de un pozo, y todo transcurría perfectamente…, salvo que yo temblaba de pies a cabeza.

    Después de cada sesión, mi Preceptor extraía los resultados de su silla y me abrazada y estrechaba mis manos. Yo estaba sorprendido de mis propios conocimientos. Me alegré cuando finalmente terminaron los interrogatorios y salimos de la última cúpula, cerca de las fuentes.

    —Bueno —dije—. ¿Qué viene a continuación? ¿Cuándo tendré mi nombre?

    No había pensado en ello al empezar, no me había parecido posible, pero todo daba a entender que iba a pasar los Ritos. Tenía la impresión de que el Muchacho me había hecho un favor, después de todo.

    —Eres muy bueno —dijo el Preceptor—. Uno entre quinientos mil. ¡Apenas puedo creerlo! ¡Parece imposible que puedas haber salido de las Calles a esta edad!

    El brazo de su silla volvió a sacar otra de aquellas cintas. El Preceptor la leyó y alzó la mirada hacia mí. Cuando habló, su voz sonó excitada:

    —Eres especial… ¡La Máquina se ha fijado en tus resultados! Un gran honor. Lo mismo para ti que para mí.

    Yo no las tenía todas conmigo. Tarde o temprano la Máquina Profunda establecería las conexiones y sabría que yo era Candy Man. Tarde o temprano sabría que yo había matado a aquel Preceptor, y entonces no duraría ni cinco minutos..

    —¿Qué viene a continuación? —volví a preguntar—. ¡Vamos a por ello!

    Si lograba hacerme con un nombre rápidamente, me abrirían una nueva ficha y Candy Man no figuraría en ella.

    —Ah… sí… las Damas. A ver cómo te portas… Recuerda que también forma parte de los Ritos.

    Me condujo más allá de las fuentes, a la otra mitad del terreno de los Ritos. Pasamos por delante de los corrales donde los fracasados eran sometidos al «tratamiento». Allí había una Calle, y Silbadores para cargar a los muchachos atontados. Los Preceptores los colocaban en una especie de canasta en la que sus cabezas quedaban sujetas en la posición correcta. Luego un haz de múltiples rayos era enfocado sobre el cráneo del muchacho, quien gritaba y se retorcía. Cuando los sacaban de allí, los muchachos echaban a andar silenciosamente ―podían verse las huellas de las quemaduras en sus frentes― y habían dejado de luchar. Una ojeada fue suficiente para mí. Apresuré el paso para dejar atrás aquel espectáculo.

    —¡No te preocupes! —dijo mi Preceptor, cuando me dio alcance—. Sin ese tratamiento, no serían felices en las Calles. Tienes razón. El resto es pura fórmula.

    Confié en que nunca descubrieran quién era yo.

    —Vamos —continuó el Preceptor—. Esto es biología básica. El último Rito.

    Habíamos llegado a la primera de las tiendas de aquel sector. Vi a unos muchachos moviéndose por allí, cada uno con su Preceptor individual. Todos parecían muy satisfechos de sí mismos, y tenían derecho a estarlo. Habían pasado los Ritos; no eran muy numerosos.

    Lo que sucedía en aquella tienda era asqueroso. Las muchachas estaban también allí, y eran apareadas con los muchachos. Por números, al azar. Entraban por dos puertas distintas, y a medida que entraban les daban un número. Luego buscaban el número correspondiente del sexo opuesto, y aquella era su pareja.

    —No es como en las Calles —dijo mi Preceptor—. Allí es obsceno, incontrolado. Por eso no permitimos que suceda, no permitimos los apareamientos casuales. ¿Cómo podríamos conservar la grandeza de la raza si no controlásemos esas cosas?
    —Pero a veces ocurre… ¿De dónde proceden todos ellos, si no? —pregunté; pero mi Preceptor me ignoró y continuó con lo que estaba diciendo:
    —Tal vez has captado ya el hecho esencial de que el hombre, hasta que pasa los Ritos, es pura bestia, un animal.

    Me limité a gruñir.

    —Tú tienes que pasarlos. Aquí es distinto —agitó su mano señalando la tienda—. Tienes que decidirte a hacerlo. Comprendo que debe ser un esfuerzo para un hombre como tú, un potencial Hombre del Cuerpo. ¡Pero tienes que hacerlo! ¿De dónde crees que proceden la mayoría de los Preceptores? Todos los Preceptores lo han hecho alguna vez, ¡no es tan malo! Nosotros sabemos lo que ocurre en las Calles, pero aquí es distinto. Todos los Preceptores deben a la posteridad el hacerlo una vez… y no necesitamos recurrir a la gente de la Calle.

    En primer lugar había una especie de teórica. Los muchachos estaban muy serios durante las conferencias y demostraciones. Los Preceptores tenían a una mujer de pie sobre una plataforma, debajo de una cúpula de cristal. Mientras la miraban, ella arqueó su espalda y rió. Estaba llena de cables; todas sus sensaciones eran registradas.

    —Nuestra primera demostración —dijo mi Preceptor. Había visto dónde estaba mirando yo, y estudió mi rostro—. Todo es correcto, es la Máquina la que se encarga de ello. Mira, puedes verlo en las pantallas… el menor de los impulsos queda registrado. ¿Ves las esferas? ¿Las baldosas blancas y el cristal? No hay ningún contacto… nadie disfruta con ello… No es como en las Calles. ¡Todo queda registrado, todo es correcto!

    No dije nada. Avancé a través del olor a antisépticos hasta el lugar en el que tenían a un hombre al otro lado de la pantalla.

    —Como puedes ver, todo es muy higiénico. Separamos los sexos… hay mucha luz… nada de hurgar en la oscuridad. Nada sucio…

    Me dije a mí mismo que no podían aplicarse las normas habituales a los órdenes superiores, a la Ciencia. Sabía que no debía juzgarles. Me pregunté qué diferencia había con lo que yo hacía en las Calles. Pero yo tenía que hacerlo, había un motivo: mis tubos.

    —Pareces preocupado —dijo mi Preceptor—. ¿Algún problema?
    —¡No!

    A veces mentía, incluso a los Preceptores.

    —Todo es correcto. Tratado como Ciencia. Todas las reacciones son medidas… —permaneció pensativo unos instantes—. Dicen que en otro tiempo lo hacían con incubadoras y frascos. Con un rígido control. Es otra de las grandes cosas que hemos perdido. Pero hacemos lo que podemos. Vamos, tenemos que pasar a la parte práctica.

    Vi a varias Preceptoras. Una de ellas tenía unos largos cabellos rubios como un casco; nunca había visto a una mujer tan gorda. Los muchachos deambulaban de un lado a otro, buscando la pareja que les había tocado en suerte. No parecían disfrutar mucho con aquello, pero supongo que no tenían que disfrutar necesariamente.

    —¿Te importaría…?
    —¡No!

    Tuvo que ordenarme que lo hiciera. Salí del paso lo más rápida y decentemente que pude, y el Preceptor tuvo que apresurarse para atraparme.

    —No te apresures. Algunas incluso hallan placer en ello. ¿Ves esas Preceptoras? Todas vuelven.

    Todo aquello resultaba incomprensible para mí. No sé por qué habían de pasar así las cosas entre hombres y mujeres. Era indecente, como una vivisección.

    Salí apresuradamente de aquella tienda y entré en otra donde hacían demostraciones de parto. No quise mirarlo. No era la clase de cosa que alguien como yo debiera ver.


    Cuando recuperé el sentido, me encontré atado a una silla de Preceptor sin ruedas. Habían colocado electrodos en mi cabeza, y no podía mover un solo músculo.

    —¡Ah! —dijo mi Preceptor cuando vio que estaba despierto—. ¡Ya te dije que la Máquina Profunda estaba interesada! Mientras estabas sin sentido he recibido órdenes y te he efectuado un análisis de sangre y genes. ¡La Máquina ha dicho que debías tener el Sueño! ¡No hacen eso con cualquiera!

    Mi corazón desfalleció, pero no tuve tiempo de preocuparme por ello. Mi Preceptor aplicó un vaso a mi boca y tuve que tomar un sorbo del líquido que contenía. No me dijo que lo tragara, de modo que cuando se volvió para revisar unos diales lo escupí. No me hubiera gustado, de todos modos.

    Luego, las luces de la silla parpadearon y empezó la cosa. Algo zumbó y una voz resonó en mi cabeza.

    —Relájate… —dijo la voz—. Una investigación, tu mente y todos tus recuerdos. No trates de recordar, nosotros lo haremos por ti. Toma el Sueño… no sufrirás…

    Era una hermosa voz. Profunda y tierna… engrasada, pero lo bastante vigorosa como para tranquilizarle a uno. Una voz sincera… una voz real, pero yo no tomé el Sueño. Tal vez porque no había tragado aquel líquido. Luego reconocí la voz. Era la Máquina, desde luego, hablando como cuando me había prometido un nombre. Tal vez por eso me gustaba tanto.

    Era persuasiva ―casi dio resultado―, pero el Sueño no llegó. Permanecí sentado allí, empezando a recordar cosas que había olvidado.

    —¿Tu madre? ¿La circunstancia de tu nacimiento?

    No había nada en mi cerebro acerca de aquello. Sólo capté una imagen del Muchacho tratando de asesinarme, y aquello no parecía importante. Luego, la Máquina volvió a probar y me preguntó acerca de mi padre. Tampoco allí había nada, había pasado demasiado tiempo.

    —¿Más tarde… lugares líquidos… bienestar? ¿Seguridad?

    Aquel hurgar en mi cerebro se convirtió en una sensación dolorosa. De pronto me encontré cayendo en un lugar semejante a una Calle oscura. Recordé cosas antiguas; palabras sueltas, fragmentos de frases que no tenían ningún sentido, pero que eran muy claros. Una cualidad concreta de detalle ―como cuando me inyectaba un tubo―, pero sin ver nunca el conjunto; cada vez más palabras, demasiadas palabras que me sorprendía conocer.

    La Máquina no sabía que yo estaba allí. Se suponía que yo no estaba mirando mientras examinaban mi mente; era difícil, yo estaba en dos lugares, en dos mundos. Podía ver a mi Preceptor leyendo los informes a medida que surgían de su silla, y contemplaba a la Máquina mientras me miraba.

    En un momento determinado vi oscuras y complicadas secuencias de números y vi hombres del Cuerpo andando entre ellas. Luego aparecieron formas de instrumentos silenciosos iluminados con una luz violeta y confundidos con destellos de mis propios pensamientos. Aquello no tenía sentido para mí, y tal vez la Máquina Profunda no estaba obteniendo lo que deseaba porque experimenté de nuevo la sensación dolorosa. Lo que yo veía no tenía ninguna coherencia, e incluso entonces estaba pensando en las cosas sangrientas que hacían en los Ritos. Siempre es malo lo que hacemos a las mentes de las personas… las mentes son lo que de veras existe.

    Continué hundiéndome de un modo más profundo y más fragmentario. Los oscuros instrumentos volvieron a presentarse, y por lo visto eran importantes. Emitieron radiaciones en las que tuve que pensar; un desfile de Máquinas, monstruos zumbantes con sus peligrosas luces. Luego aparecieron Preceptores y hombres del Cuerpo con chaquetas blancas, y aquello resultó significativo para mí.

    Algo… algo, hacía mucho tiempo, o muy detrás de algo, alrededor de rincones de mis pensamientos que no podía definir del todo. Había un tratamiento, quizá una convalecencia o descontaminación… Era algo demasiado lejano para que importara mucho, pero tenía la impresión de haber sido feliz en otro tiempo, de que había existido un Propósito y ello significaba algo. De pronto, todo se interrumpió. Recobré la plena conciencia con una sacudida y noté olor a humo.

    Mi Preceptor estaba sentado delante de mí y parecía intrigado. Detrás de él había Preceptores y muchachos corriendo por todas partes, y también muchachas, con las faldas levantadas para correr más. Algo realmente malo había ocurrido. La música había dejado de sonar.

    Mi Preceptor frunció el ceño durante unos instantes, y luego su rostro se disolvió en temor. Sus ojos se desorbitaron y las ruedas de su silla cobraron vida súbitamente, moviéndose de un lado a otro. Todo el mundo corría, y se olvidaron de mí.

    Lentamente recobré el dominio de mí mismo. No resultaba fácil salir del infierno en el que había estado. Todo el mundo corría, muchachos furiosos abandonando tiendas y cúpulas, Preceptores agrupándose en estrechos círculos. Alguien había efectuado unos disparos; una de las tiendas empezó a arder como un puñado de paja, en dos de las cúpulas aparecieron varios agujeros.

    Aquello no era demasiado malo para mí. Desde luego, era un mal momento cuando dejaba de sonar la música, pero a mí no me afectaba como a los demás. Nunca me había gustado, y cuando desaparecía no me importaba demasiado. Alguien me dijo en cierta ocasión que yo no tenía oído musical, y tal vez por eso no echaba de menos los controles cuando la música se interrumpía. Permanecí quieto, recuperándome del todo. No era el momento de hacer notar mi presencia. Busqué a Wolf con la mirada, pero había desaparecido. Supongo que los disparos le habían asustado; nunca le gustaron las explosiones.

    Entonces apareció el Muchacho. Llegó corriendo a través de la gente con un cuchillo en la mano, y pensé que iba a degollarme aprovechando mi indefensión. Pero metió el cuchillo por debajo de las correas que me sujetaban y las cortó. Saqué mi pistola y me aseguré de que sus mecanismos estaban en orden.

    —¡Vamos! —dijo el Muchacho—. ¡No puedo permitir que te pesquen! ¡He cortado las cintas y tenemos que huir antes de que lo descubran!
    —¿Qué ha pasado? ¡Dime qué ha pasado!

    El Muchacho me arrojó unas ropas de vivos colores. Eran ropas de Preceptoras.

    —¡No pierdas la cabeza! —gritó K por encima del ensordecedor ruido—. Les he dicho que eres diferente. ¡Les he dicho quién eres! Ponte esas ropas, ¡tenemos que disfrazarnos! —me colocó en el pecho una especie de senos postizos y los ató con unas cintas detrás de mi espalda—. ¡Date prisa! ¡Están todos locos otra vez! Enloquecen cuando les falta la música…

    Cuando me vi con aquellas protuberancias femeninas, empecé a protestar. Juré y pregunté por qué no regresábamos a la Casa a través de los espejos, sencillamente.

    —Porque rompiste el sello cuando pasaste a través de aquella ventana —no supe lo que quería decir, pero habló con tono convincente—. De todos modos, no comprendo aún cómo encontraste aquella ventana. Si eres ciego, quiero decir.

    Me puse rápidamente el vestido que me había entregado K, el cual se endosó su propio disfraz. Cuando me volví a mirarle, se había convertido en una atractiva muchacha. Entonces me preguntó por qué había huido de la Casa.

    Le dirigí una mirada feroz, pero él me devolvió una mirada sonriente, tal vez por lo ridículo de mi aspecto con aquellas ropas de mujer. No comprendí cómo podía haber olvidado que había intentado matarme.

    —De todos modos… ahora no hay tiempo. ¡Vamos! —colocó sobre mi rostro una de aquellas máscaras que llevaban las Preceptoras, con unos gruesos labios pintados, y me empujó a través de la gente—. Ahora obedece o te atraparán. Cuando vuelva a sonar la música empezarán a buscar.

    Nos dirigimos hacia la Calle donde estaban situados los recintos de quemado de cerebros correspondientes a los Ritos de las muchachas. El lugar estaba lleno de muchachas y de Preceptoras semidesnudas que corrían de un lado para otro. El Muchacho ni siquiera las miró; no hacía más que contemplarme y reírse. Imaginé cuál sería mi aspecto.

    —¡Tendrías que verte! —dijo el Muchacho—. ¡Se supone que estamos hechos a imagen de Dios! ¡Viéndote ahora, nadie lo diría!

    Si pretendía hacerse el gracioso, no me arrancó ni una simple sonrisa.

    Nos alejamos apresuradamente de aquella Calle principal, porque el Muchacho dijo que había una más tranquila muy cerca. Pasamos a través de la explanada musical, y cuando estábamos a la vista de la plataforma volvió a sonar la música y las cosas se aquietaron detrás de nosotros.

    Miré hacia atrás y vi que mi Preceptor nos contemplaba desde un centenar de metros de distancia. Le vi arrojar al suelo una cinta mensaje y luego, sin previo aviso, su silla rodó hacia nosotros mientras él disparaba todo su armamento. Las primeras cargas desgarraron una gran nube de arena en medio de un ígneo resplandor y de un ruido infernal.

    —¡Dios! —exclamó el Muchacho—. ¡Ya saben quién eres!

    Volamos literalmente hasta aterrizar en la acera de la Calle, y la carga siguiente estalló en el aire, directamente encima de nosotros. Alcé la mirada y vi que una gran zona pasaba del azul al negro para volver al azul. Vi también que los disparos habían arrancado grandes trozos de hormigón. Creo que aquel espectáculo no me sorprendió, a pesar de que era la primera vez que presenciaba los efectos de las armas de los Preceptores a plena potencia. Supuse que todo aquello era una ilusión de mis sentidos… Dios sabe que era lo que más abundaba allí.

    Lo que de veras me preocupaba ahora era que supieran que yo era Candy Man.

    Agarré el borde de mi falda y corrí como un poseso por la rampa descendente, obsesionado por una sola idea: no perder contacto con el Muchacho, mucho más ágil, que corría delante de mí.


    VIII


    Cincuenta metros más abajo, el Muchacho abrió una de aquellas bocas de alcantarilla y pasamos a través de ella. Debajo de la calle circulaba una corriente de alimento en descomposición; tuvimos que pasar a través de ella y resultó muy desagradable. Luego empezamos a trepar a través de las vigas y columnas.

    Era exactamente lo mismo que antes, excepto que esta vez nosotros olíamos peor que el lugar. Yo quería subir, pero el peligro estaba arriba, y de todos modos el Muchacho quería bajar. Parecía conocer el camino; me dijo que le siguiera y obedecí.

    Al principio corríamos con toda la rapidez posible. Con demasiada rapidez, en realidad, ya que las vigas estaban tan resbaladizas como un caldero de grasa, y continuamente tropezábamos con escombros. Las escalerillas no estaban en mejores condiciones: por dos veces noté que cedía uno de los peldaños en plena ascensión, y no perdí el pie por verdadero milagro.

    Después de otra semicaída aflojamos el paso: era más seguro y, de todos modos, estábamos más lejos de los Ritos y no había ninguna señal de persecución. Nos encontrábamos a trescientos metros de profundidad y habíamos derivado hacia la izquierda. Entonces empezamos a hablar, pero nuestras voces sonaron tan solitarias que desistimos de hacerlo.

    Cada vez había menos luces. Pensé que quizá era debido a algún desastre, pero el Muchacho me dijo que ellos nunca bajaban allí. Incluso la música era intermitente, nada era seguro en las vigas, nada era claro, nada era razonable. Me pregunté por qué se molestaban en inventar lugares como los espejos o los laberintos: entre las Calles había confusión suficiente para todo el mundo. Desde luego, yo me preocupaba por cosas que imaginaba ver allí, pero de hecho la realidad debía de ser suficientemente mala para cualquiera.

    Le pregunté al Muchacho dónde íbamos y si estaba muy lejos. No me lo dijo, tal vez porque no lo sabía exactamente. Sólo dijo que teníamos que seguir bajando hasta que llegáramos al fondo.

    Bueno, esa era una idea nueva para mí: un fondo. Eso significaba que las Calles tenían un final, lo cual era algo en lo que nunca había pensado. La gente no consideraba esa posibilidad, no en aquella época.

    Cuando medité en ello la idea pareció razonable, como si no fuera una idea nueva después de todo, como si en ella hubiese algo que yo debería recordar. Era otra de aquellas cosas importantes que quedaban detrás de mí, oscuras y motivo de preocupación. Parecía que podía haber algo que yo estaba obligado a hacer y no había hecho aún. Una promesa a alguien moribundo quizá, algo en el fondo de lo que me estaba ocurriendo. Dejé de pensar en ello e hice lo que el Muchacho me decía. Siempre resultaba más fácil hacer lo que la gente me decía.

    Descendimos otros treinta metros y entonces, cuando pasábamos a través de un paraje oscuro y yo me encontraba a medio camino de una escalerilla, mis pies se posaron sobre arena dura y húmeda.

    Pasé un mal rato mientras caía hacia atrás. Un momento de pánico total, hasta que aterricé con toda seguridad sobre mi espalda. Permanecí inmóvil unos instantes, y luego palpé cuidadosamente el suelo a mi alrededor. Parecía extenderse más allá, de modo que quizá era seguro. La oscuridad era casi absoluta en aquel lugar.

    Me incorporé y miré en torno mío para comprobar lo que podía ver. Había media docena de luces a lo lejos, a la derecha, y se repetían verticalmente unas encima de las otras. Hacía mucho frío. Había luces en lo alto también, muy lejos, en la dirección de la que procedíamos. Pautas regulares que se habían quebrado, irradiando desde las Calles y hacia las vigas. Era como mirar algún cielo ordenado y cambiado, algo desconocido que había empezado a desintegrarse. A muchísima más distancia había una sugerencia de música, y debajo de todo ello me pareció percibir un olor a humo.

    Entonces vi al Muchacho muy cerca de mí, mirando en dirección contraria. Era solamente una forma oscura contra una lejana niebla luminosa, pero pude ver que estaba comprobando algo con su mondadientes.

    —Levántate. Esto es seguro. A partir de ahora será difícil que te caigas —se volvió hacia mí, y clavó el mondadientes en su seno postizo. Tendió una mano y me ayudó a levantarme—. Por aquí.

    Echó a andar, barriendo la fría arena con su falda. Lo único que podía hacer era seguirle. Empecé a pensar que más tarde, cuando encontrara un Altavoz, podría denunciarle. Siempre necesitaba tubos… y podrían darme aún mi nombre a cambio de él. Era el Muchacho que había incendiado los Ritos. O al menos yo podría decirlo.

    No tardamos en llegar a uno de los extremos de la Calle. Había un pequeño bosque de vigas allí. Ligeras, no tan gruesas como las que había entre las Calles. Estaban hechas como uves, con los vértices profundamente enterrados en la arena y abriéndose hasta encontrar la oscura masa de la Calle metro y medio más arriba. Echamos a andar y yo tropecé. Mi espalda chocó contra el fondo de la Calle y el golpe me dolió.

    Aullé, y el Muchacho se asustó. Me dijo que era un tonto y luego me explicó que allí era donde funcionaba la Antigravedad.

    Añadió que lo que hacía ascender las cosas en las Calles no era el viento, sino los motores Antigravedad instalados en sus cimientos. Dijo que el aire circulaba por las Calles gracias a los motores, que se encargaban de la ventilación. Luego me preguntó que cómo creía que podrían mantener las Calles sin los motores, dijo que en aquellos días no funcionaban muy bien y que algunos habían dejado de funcionar, pero yo ya sabía eso. Era otro de aquellos misterios inexplicables el que yo comprendiera perfectamente lo que alguien me decía, como si la respuesta permaneciera oculta en alguna parte de mi cerebro.

    Continuamos andando a través de los cimientos de la Calle, y ochenta pasos más adelante salimos al exterior. No se había calmado del todo el dolor de mi espalda, cuando encontramos agua. Oscura y tranquila. De modo que no se sabía que estaba allí, con su aspecto de no haberse movido nunca.

    Aquellas luces que estaban unas encima de otras eran semireflejos, desde luego. Podía divisarse una gran extensión desde allí, podían verse algunas luces muy distantes debido a que todas las Calles parecían terminar dos metros por encima del agua y debajo sólo había aquellas pequeñas riostras en forva de V. Las vigas grandes estaban mucho más arriba, entre las Calles.

    —¡Ah! —dijo K—. Regresa a la arena y espera a que te llame. No tardaré mucho.

    Retrocedí y esperé, inyectándome un tubo y oyendo un chapoteo. Luego, a medida que mis percepciones se hacían más agudas, pensé en el ridículo vestido que llevaba y que K probablemente se estaba lavando. El agrio olor del alimento en descomposición se había pegado a mis fosas nasales, y me pregunté por qué no me bañaba yo también.

    Arranqué lo que quedaba de las ropas de la Preceptora y luego me despojé de mi traje de goma. Temblando ligeramente, coloqué mi pistola en un lugar donde pudiera alcanzarla con facilidad. Con mi traje de goma debajo del brazo, avancé por el agua hasta que me cubrió las rodillas. Estaba tan fría que me produjo una impresión casi dolorosa.

    Cuando reunía todo mi valor para echarme agua sobre los hombros, las grandes luces de lo alto de la Calle parpadearon una vez, y luego se encendieron por espacio de cinco segundos antes de volver a apagarse.

    Fue un espacio de tiempo muy breve, pero la claridad fue muy intensa. Todo se hizo visible. Un gran semicírculo de aguas poco profundas, y la arena de color verde pálido debajo de ellas, la limpia playa detrás de nosotros y una orilla de guijarros blancos más allá.

    K aulló y chapoteó. Miré hacia él, y había dejado de ser el Muchacho. Era una hermosa muchacha de unos dieciséis años, con largos cabellos rubios y húmedos, senos y todo lo demás. Se volvió rápidamente, yo caí hacia atrás y la luz se apagó.

    También yo estaba aturdido. No permitía que nadie me viera desnudo, y menos que nadie las mujeres. Mi piel era muy rara. Pálida y muy lisa, debido a que siempre estaba cubierta por el traje de goma. No tenía un solo pelo en el cuerpo, y no me gustaba que la gente lo viera. Tampoco me gustaba tocar a los demás, ni que ellos me tocaran a mí; por eso llevaba siempre el traje de goma y los guantes… pero ya he dicho eso antes. Tampoco me gustaba tocarme a mí mismo.

    Sea como fuere, aullé también y me zambullí en el agua. Había un lugar más profundo donde me cubrí hasta el cuello. El agua era salada.

    Luego se encendió la luz, y la música brotó muy ruidosa de un Altavoz cercano. Tuve otras cosas en que pensar. Quiero decir que la luz y el Altavoz sólo podían significar que estaban empezando a localizarnos. Tal vez podían oírnos y también vernos, tal vez sabían ya dónde estábamos, tal vez habían encendido la luz porque sabían exactamente dónde estábamos. Temblé de nuevo, realmente preocupado.

    La muchacha, aquella K, estaba riendo y sosteniendo una especie de vestido blanco delante de su cuerpo. No comprendí el motivo de su risa. Ella agitó la cabeza, sacudiendo el agua de sus cabellos y riéndose de mí, sentado en aquella agua helada con mis desnudas y blancas rodillas delante, y la estupidez reflejada en mi rostro. —¡Eres… eres muy raro!

    Infiernos, es posible que en aquel momento lo pareciera, pero no hay que olvidar que había estado a punto de ahogarme.

    —¿Me encuentras fea?

    ¡Mujeres! Lo único que realmente les importa es su aspecto.

    —Eres muy linda —me oí decir a mí mismo—. Pero la luz… esa luz… el Altavoz… ¡Ellos pueden vernos!

    La muchacha dejó de reír. Me miró con el ceño fruncido.

    —¡Al fin admites que puedes ver! Eso es algo… No importan las luces; tardarán horas en llegar aquí —rió de nuevo—. ¡Tu cara! —avanzó a través del agua y alborotó mis cabellos, haciéndolos caer delante de mis ojos. Luego, sin dejar de reír, nadó hacia la orilla—. ¡Vamos Candy! ¡Tú lo has dicho, no podemos quedarnos aquí!

    Sacó ropas nuevas de su fardo. Cuando terminé de lavar mi traje de goma, ella ya estaba vestida y a punto. Esta vez llevaba una especie de falda escocesa. Parecía ser de cuero, llegando casi hasta sus botas de media caña, pero más tarde vi que estaba confeccionada del mismo material que mi traje. Ahora que se había despojado de aquel pantalón bombacho, me maravillé de que en algún momento hubiera podido confundirla con un muchacho: no era muy alta, y ahora que había soltado sus largos cabellos de debajo de la corta peluca que llevaba antes, la cosa parecía ridícula. Sonrió mientras contemplaba cómo me ponía mi traje de goma.

    —Es como tú, Candy, como tu piel. ¿Cuál es la diferencia?
    —¿Qué tiene de malo llevar traje de goma? Tu gente también los lleva, yo lo he visto. Encontré el mío en una caja en un almacén derruido…

    En aquel momento recordé que había tenido otro traje de goma que no era el que ahora llevaba. Pero ignoraba de dónde procedía, de modo que no lo mencioné. K asintió y se quedó pensativa, pero no dijo nada más. Terminé de revisar mi pistola y echamos a andar a lo largo de la oscura playa.

    Avanzábamos sin desviarnos de aquel estrecho y peligroso espacio debajo de las Calles. Cuando el lugar no trepidaba con la Antigravedad, gemía con el peso que soportaba. Algunas de las estructuras en forma de V estaban dobladas y deformadas, y aparecían rodeadas de escombros que habían caído de lo alto.

    Era un lugar desalentador, tan inmóvil, tan silencioso a excepción de las trepidaciones y de los ruidos procedentes de las Calles. Allí estaban los cimientos, los cimientos de todo. Un lugar primitivo, profundo: fondo de roca, los cimientos del mundo.

    La Muchacha sacó una pequeña luz de alguna parte, pero no era lo bastante intensa como para ser de mucha ayuda. Tropezábamos todavía con cosas semienterradas en la arena, depositadas allí por las olas, o tal vez puestas al descubierto por la erosión. Me pregunté de dónde procedía exactamente aquella palabra, «erosión»; era otra de las que seguía recordando. Encontramos un antiguo objeto oxidado de metro y medio de longitud, complicado y angular, con los bordes redondeados. K dijo que era un cañón, o lo que quedaba de un cañón. Al parecer, también ellos habían tenido allí sus problemas.

    Más tarde vi objetos de mayor tamaño. Grandes estructuras oxidadas, encalladas en la arena. La Muchacha dijo que en otro tiempo habían sido tanques. Me acordaba de ellos también, o de fotografías de ellos: una especie de fortalezas móviles con cañones que disparaban. Encontré allí un cráneo humano blanqueado por el tiempo y con un agujero que revelaba que había sido atravesado por un proyectil.

    Las luces y la música seguían avanzando detrás de nosotros. Nos seguían continuamente, haciéndose visibles donde nosotros habíamos estado media hora antes. Ganábamos terreno, pero nos estaban siguiendo y la idea no me gustaba. El agua brillaba allá, bajo aquellas terribles luces. Luego la Muchacha volvió a mirar su mondadientes; gruñó para sí misma y poco después empezamos a alejarnos del agua. Cincuenta metros más allá salimos de la arena y tuvimos que trepar por unas rocas antes de encontrar tierra lisa y dura. La altura era superior allí, y los fondos de las Calles estaban encajados en agujeros del suelo, como si estuvieran hundiéndose. También había algunos árboles allí, en un lugar. Eran muy viejos, blancos a la luz de K, con toda la corteza caída y las ramas más pequeñas sembrando el suelo debajo. Había tan sólo cinco árboles, e inmediatamente detrás de ellos unos grandes farallones planos a los que K llamó «edificios».

    Luego las luces volvieron a encenderse sobre la arena, y pude ver el agua brillando alrededor de las columnas y recortando a los blancos árboles contra las sombras. Nos dirigimos más rápidamente hacia los edificios.

    —¡Dios! —dijo la Muchacha—. Nosotros vivimos aquí en otro tiempo… Era la superficie. Nadie lo creería ahora. Allá abajo está el mar, el Atlántico, creo.
    —¿Esa agua…? ¿El mar… el Mar Salado?

    Yo había oído hablar del Mar Salado. Era una vieja idea, una cosa antigua. No sé dónde había oído hablar de él; era una de aquellas cosas que la gente recordaba, como el Gran Robot, o el Salvador.

    Miré hacia atrás para echar otra ojeada al fabuloso Mar Salado donde se suponía que había empezado todo. Me refiero a la vida; se suponía que todos procedíamos de allí, del materno Mar Salado. No sé si yo lo creía, pero eso era lo que decían. Seguimos adelante y no puede volver a verlo, ya que me lo tapaban los árboles, las Calles y las estructuras que había entre ellas.

    K retrocedió y me empujó colina arriba por los angostos espacios entre los edificios y las vigas: ahora estábamos por encima de los fondos de las Calles. No había más árboles, pero sí muchas plantas más pequeñas que se deshacían mientras andábamos a través de ellas. Aun los tallos más recios estallaban al romperse, desprendiendo un polvillo blanco.

    Los edificios eran enormes. La luz de la Muchacha no alcanzaba a sus techos ni a sus proximidades. En los lugares donde había vigas, salían a través de agujeros que habían sido practicados en los edificios, y grandes áreas habían sido derruidas para abrir camino a las Calles. Los bordes no estaban rotos: habían sido cortados con calor, y siempre en círculos perfectos. Todo era como aquel queso que solía hacerse, lleno de agujeros. En un lugar encontramos un agujero que había sido bloqueado con masas de piedra y barro. Había algunos tallos quebradizos de hierba seca en el barro, y dentro había algunos cacharros y una mesa rota.

    —Algunos prefirieron correr el riesgo y se instalaron aquí —dijo la Muchacha—. Los Preceptores lo intentaron de veras, pero nunca pudieron lograr que todo el mundo hiciera exactamente lo mismo.

    Había ventanas cuadradas y plateadas a lo largo del fondo de los edificios. La Muchacha efectuaba comprobaciones con su mondadientes durante todo el camino. Cuando llegamos al lugar que ella deseaba me hizo abrir una ventana de un puntapié, y pasamos a través de ella.

    El interior era muy raro. Para empezar, la habitación parecía mucho mayor de lo que realmente era. Estaba construida y pintada de modo que se cruzaba con cuatro pasos y parecía dos veces más ancha.

    —Lo único que realmente les importaba era el espacio —dijo la Muchacha—. Real o no, no importaba con tal que ellos creyeran poseerlo… con tal que pudieran engañarse a sí mismos.

    Todas las habitaciones tenían una pantalla. En algunas de ellas se movían aún algunas imágenes, aunque nada que le impulsara a uno a pararse a mirar. Todas las habitaciones tenían también una ventana, todas ellas plateadas, de modo que no podía verse el exterior aunque estuvieran situadas en una pared exterior.

    —Esto es muy alto —dijo la Muchacha—. El agua no llegó nunca hasta aquí, no del todo. Algunos compartimentos inferiores todavía están llenos de barro y arena.

    Las habitaciones eran bonitas y cómodas y parecían haber sido muy bien cuidadas en su tiempo. Resultaba curioso ver las cosas que la gente había conservado, atestada como vivía detrás de sus ciegas y plateadas ventanas. De vez en cuando K se detenía, recogía algo, lo examinaba y a veces lo deslizaba en su fardo.

    Las ventanas me intrigaron durante algún tiempo, pero luego llegamos a algunas habitaciones en las que todavía estaban conectadas. Eran una especie de pantallas que proyectaban imágenes de vastas distancias, y abrían realmente las habitaciones al exterior. Era casi como estar otra vez en los espejos. Yo estaba incómodo, pasando por delante de aquellos centenares de paisajes repetidos, habitación tras habitación.

    La mayoría eran montañas y lagos: una docena de pinos sobre una lengua de tierra que se proyectaba fuera del agua, en último término. Grandes nubes se amontonaban detrás de las montañas, y los colores eran llamativos. Todos eran iguales, salvo que a veces reflejaban diferentes horas del día o épocas del año. Como si uno viera una docena de sangrientas puestas de sol, y luego viera el mismo lugar bajo tres metros de nieve, de noche, con un millón de frías estrellas en lo alto. De vez en cuando aparecía un paisaje distinto: un desierto bañado por la luz de la luna, o una vista aérea, y aquello causaba un verdadero sobresalto.

    —Nieve… —dijo la Muchacha mientras pasábamos por delante de un paisaje nevado—. Ninguno de ellos habría visto eso nunca. Tampoco habrían visto las estrellas…

    Me pregunté qué era lo que la molestaba. Esa gente se había marchado hacía mucho tiempo de aquel lugar, y había obrado cuerdamente al hacerlo. No podía reprochárseles; era la clase de lugar que podía enloquecer a cualquiera.

    Poco después, K se detuvo en una habitación a través de cuyo suelo ascendían los rumores de una Calle. Había allí una cruz blanca pintada, y una escalerilla blanca, reciente y nueva, conducía hacia la oscuridad.

    —Por aquí —K se agarró a la escalerilla—. ¡Vamos!

    Subió unos cuantos peldaños y sostuvo su luz de modo que yo casi pudiera ver. Me sentí preocupado de nuevo por aquella oscuridad, pero me agarré a la escalerilla y empezamos a trepar.

    Trepamos hasta llegar a la cumbre, pero tampoco allí pudimos ver nada; la oscuridad seguía siendo absoluta. Avanzamos a ciegas sobre el tejado del edificio y luego nos detuvimos, respirando con fatiga. Al cabo de un rato encontré un guijarro, me arrastré hasta el borde del tejado y lo dejé caer en medio de la oscuridad.

    Permanecimos allí tumbados, esperando, escuchando el gemido de la Calle.

    Cuando me había cansado de esperar y palpaba a mi alrededor buscando otro guijarro, resonó un leve chasquido que ascendía desde una infinita profundidad.

    —El mar —dijo la muchacha—. Aquella playa sobre la cual estábamos es sólo un lugar pequeño, una isla. Los edificios sobresalen de los mares también… Ahora estamos sobre su tejado.

    Como si aquel chasquido fuera una señal, se encendieron unas luces y empezó también la música. No nos detuvimos a mirar.

    La Muchacha me precedió a través de una superficie plana y alquitranada. Casi inmediatamente pisamos tierra dura. Allí no había nada viviente; pasamos a través de algunos árboles muertos y avancé con dificultad sobre los alquitranados senderos. Podían haber sido jardines paradisíacos en otro tiempo, pero habían dejado de serlo.

    A kilómetro y medio de distancia se alzaba una pequeña colina. Nos sentamos sobre una roca y oí a K hablando de nuevo a su mondadientes. Una luz parpadeó en el valle delante de nosotros. Me levanté para echar a correr, pero la Muchacha me cogió del brazo y empezamos a descender hacia ella.

    Cuando llegamos allí, era otra de las Casas. La puerta se abrió para nosotros y entramos. Cuando se encendieron las luces descubrimos que nos habíamos cogido de la mano, y yo no quise soltarme. Nos sonreímos el uno al otro. Descubrí que no me importaba tocarla; de hecho me gustaba. K era realmente hermosa, perfecta y limpia. Todo lo mejor iba a parar al Cuerpo. Yo no había visto ninguna mujer que me gustara excepto ella; K no podía compararse con aquellas otras mujeres de las Calles. Y a veces tenía la impresión de que también yo le gustaba a ella.

    Luego, por fin, ella se soltó y me dijo que cerrara la puerta. Dirigí una última mirada al exterior, a aquella desagradable y fría oscuridad, a aquellas peligrosas luces que brillaban en lo alto de las Calles y sobre las colinas, y cerré la puerta. Había una gran llave en el interior, de modo que la hice girar en la cerradura. Regresé al calor de la Casa, a la luz y a K.

    Había una hilera de cacharros sobre una estantería, de color marrón oscuro que se hacía más claro a medida que los cacharros se secaban para entrar en el horno. Había un par de cajas debajo de la mesa, con numerosos cacharros rotos.

    La Muchacha se había acercado a la pared y la había corrido hacia un lado; ahora estaba agitando su mondadientes y revisando las luces. De pronto se giró y me miró. De arriba a abajo, muy lentamente, como si estuviera pensando algo acerca de mí. Después extendió sus manos, y yo me acerqué a ella.

    —Te llevaré a un lugar —dijo—. Conozco un lugar…

    Las luces disminuyeron de intensidad y luego se apagaron del todo; al mismo tiempo, la luz del sol iluminó las ventanas. La Muchacha sonrió y levantó su rostro hacia mí para que la besara, de modo que la besé.


    IX


    Hicimos el amor, y luego ella me condujo a través de la puerta por la que habíamos entrado. Ahora estaba en alguna otra pared, desde luego, o al menos el exterior no era el mismo… pero yo estaba acostumbrado ya a aquella idea.

    Salimos a la luz del sol, y vi mariposas revoloteando y posándose sobre un mar de flores. Había unos olmos al fondo de un largo jardín. Podía verse aquel río que yo había visto antes brillando a través de los troncos. No había ninguna señal de líquenes sobre ninguno de aquellos olmos… y las mariposas sólo tenían cinco centímetros de anchura con las alas extendidas.

    —Sus orugas lo asolan todo —dijo la Muchacha.

    Luego añadió que se había olvidado de cerrar las consolas y volvió a entrar en la casa.

    Eché a andar por los senderos del jardín. Estaba deslumbrado. La Muchacha… aquella K… ella, para empezar. En las Calles se me había presentado más de una oportunidad, y nunca la había rechazado. Pero esta vez se trataba de algo distinto. K me había inspirado una extraña ternura, una especie de deseo de protegerla, aunque Dios sabe que no parecía necesitar ninguna protección. Sólo tenía que recordarla matando a todos aquellos Preceptores. Luego estaba su manera de aparecer continuamente bajo un aspecto distinto, aunque igualmente adorable. Quizá debido a que era tan joven. No cesaba de recordarme a mí mismo que ellos siempre decían lo semejantes que son el amor y el odio. Luego estaban el jardín y la Casa. Nunca había visto nada igual. Tan bueno. Me sentía tan bien, tan relajado con el aire suave y los susurrantes insectos… Apenas podía creerlo. Era como el país de las maravillas, como las cosas buenas que podían ocurrir allí.

    Cogí una flor y aspiré su perfume. Deshojé sus pétalos, y cada uno de ellos seguía siendo algo real. Todo era enorme, asombroso, como si estuviera en un universo que no era el de las Calles. Empecé a preguntarme qué tenía que ver un hombre como yo con un lugar como aquél, por qué existía el lugar y por qué me encontraba yo allí. Estaba confundido; había visto demasiadas cosas en los últimos días y resultaba difícil asimilarlas todas en tan poco tiempo.

    A la derecha, contra una antigua pared de piedra roja, había un árbol cubierto de flores blancas. A su sombra había un hermoso banco de hierro forjado. Me encaminé hacia él para sentarme, para pensar tal vez, para inyectarme un tubo. Quizá aquel árbol florido parecía demasiado bueno para ser verdad, quizá deseaba tocarlo un poco. Recorrí un herboso sendero, rozando lavándulas y girasoles.

    Cuando estaba cerca del árbol, una de las ramas se inclinó hacia abajo y luego voló de nuevo hacia arriba. Una mujer que llevaba un vestido y un sombrero blancos surgió de detrás del tronco. Tenía en las manos un ramo de flores y un par de plantas que había arrancado.

    Al verme, se quedó con la boca abierta y enrojeció violentamente. Fui a echar mano de mi pistola, pero la había dejado en la casa.

    —Yo… pensé que no había nadie… —la mujer agitó las flores en dirección a la Casa—. No creí que les importara…

    Al menos, ese era el sentido de lo que decía. Tenía un extraño modo de hablar, y al principio resultaba difícil entenderla. Yo no dije nada.

    En aquel momento apareció un hombre, también con aspecto de turbación. Llevaba una chaqueta a rayas, unos ceñidos pantalones blancos y unos zapatos marrones, muy relucientes.

    —Buenas tardes… —observó con aire de extrañeza mi traje de goma y luego me miró a la cara—. Ejem… sólo unas cuantas flores. La casa… bueno… parecía estar vacía, ¿comprende?

    Estaba realmente intrigado por mi traje de goma. No sabía qué pensar de él.

    —Confieso que nos ha dado un buen susto. Andar por ahí vestido de ese modo… —Empezó a enfurecerse, pero al final se impuso la curiosidad—. ¿Qué es eso que lleva usted?
    —Un traje de buceo —dijo la Muchacha detrás de mí—. Un nuevo modelo de traje de buceo. Mi marido es inventor.

    No la había oído llegar, pero me alegré de que estuviera allí. Hablaba el idioma perfectamente. Supuse que al decir «marido» se refería a mí, pero no sabía qué era un «inventor».

    —Por favor, llévense unas cuantas magnolias —continuó K—. Son encantadoras.
    —Sí… gracias —dijo la mujer. Su expresión volvía a ser de desconcierto, y el hombre se había quitado el sombrero—. Gracias… pensábamos que la casa…
    —No hay de que darlas —dijo K—. Llévense todas las flores que quieran. Allí hay camelias; están casi abiertas.

    Se dirigió hacia unos parterres y cogió de las otras flores para la mujer.

    El hombre me habló de mi «traje de buceo». Apenas le entendí, de modo que me limité a gruñir. Él continuó sonriendo y hablando, fingiendo que no esperaba mis respuestas.

    Se marcharon enseguida, cargados de flores, dándoles las gracias a K y dirigiéndome miradas de soslayo. Al llegar a la verja el hombre levantó su sombrero de nuevo y agitó la mano, saludándome. Eran unas personas muy simpáticas, y no iban armadas.

    K se volvió hacia mí, sonriendo. Me apresuré a acudir a su silenciosa llamada.


    Lo pasamos estupendamente en aquella casa. Paseábamos en barca y pescábamos en el río, en el apacible mar, en las inmediaciones. Yo solía ir a buscar leche para K a la granja vecina. Una leche deliciosa, recién ordeñada a las vacas de color miel. Todavía recuerdo lo mucho que K disfrutaba con ella.

    La gente era buena también. Solían visitar a K por las tardes, trayendo como regalo un canastillo de fresas, o pescado, o quizá un par de pichones. A veces les sorprendía mirándome con visible curiosidad, ya que en parte solían venir para ver mi traje de goma. K hablaba entonces de «experimentos», y del «Almirantazgo», y decía que yo tenía que llevar aquel traje durante una larga temporada, para ver lo que ocurría. Y los visitantes asentían, con aire de enterados. Eran muy simpáticos, muy amables, y sus hijos siempre estaban gordos. Una vez vi a un hombre con un arma, pero estaba cazando conejos con ella.

    La tranquilidad era tan absoluta, que al cabo de una semana me bastaba con inyectarme un tubo al día. Apenas pensaba en las Calles. Siempre recuerdo aquella época.

    Un día le pregunté a la Muchacha qué opinaría el Cuerpo de las vacaciones que se estaba tomando, pero ella se echó a reír y dijo que no la echarían de menos, y que de todos modos tenía permiso para tomárselas. Aquella noche nos bañamos en el río a la luz de la luna.

    Pero había otras nubes. Lo que me atormentaba era el no hacer nada. Me sentía inútil. Uno no puede estar haciendo el amor continuamente, y eso era lo único que hacíamos juntos; en realidad, lo que era importante para la Muchacha, el eje de nuestras relaciones. Temía que pudiera ser la única cosa…, quiero decir que yo necesitaba algo más que aquello. Cuando no estaba hablando con K me preguntaba qué debería estar haciendo, y a veces me pasaba la noche entera dándole vueltas en mi cerebro a aquella idea. En ocasiones me sentía tan culpable, que de haber existido un Altavoz allí creo que hubiera formulado una denuncia contra nosotros sólo para descargar mi conciencia. Solía saltar aullando y gritando que lo había hecho, y que ellos me daban mi nombre. Era la antigua preocupación por la falta de Propósito, la antigua preocupación acerca del por qué.

    Luego, una soleada tarde, cuando estábamos sentados en aquel banco de hierro forjado debajo de la magnolia, llegó la solución para los dos.

    Se presentó aquel gato. El gato de las garras de acero de la primera Casa. Alcé la mirada y estaba posado sobre una malvarrosa, con una pata levantada, contemplándonos. Me puse en pie rápidamente y aullé. El gato irguió su cola, bizqueó y echó a correr hacia la Casa.

    La Muchacha se levantó. Su taza de té cayó al suelo y se rompió. Abriendo de un tirón la parte delantera de su blusa, K empuñó el mondadientes que ocultaba entre sus senos.

    Era demasiado tarde. El gato había cruzado la puerta un segundo antes de que se cerrara. Corrí hacia allí, pero en el momento en que mi mano empuñaba el pomo oí el chasquido del pestillo por dentro. K corrió también, agitando su mondadientes, pero era demasiado tarde.

    Nos miramos el uno al otro. K abotonó lentamente su blusa. Había perdido un broche camafeo que llevaba desde que habíamos llegado a la Casa y que utilizaba para cerrar su escote. Luego alborotó mis cabellos tal como había hecho junto al Mar Salado.

    —Digámonos adiós —murmuró a mi oído—. No te perdonarán esto —echó la cabeza hacia atrás y me miró fijamente. Luego me besó en la mejilla—. Todo termina…

    Rodeé su cuerpo con mis brazos y permanecimos allí, mirando hacia la puerta y esperando. La Casa se había convertido súbitamente en un lugar extraño, amenazador. Como si nunca hubiésemos vivido allí.

    Nuestra espera sólo duró tres minutos. Entonces, la puerta se abrió de golpe y alguien vestido con un pantalón bombacho y una blusa de seda salió al exterior. Era el Muchacho otra vez.

    ¡El Muchacho! Me aparté ligeramente de K y la miré a la cara, y luego miré la cara del Muchacho. Eran iguales, sus caras eran idénticas, eran gemelos idénticos. El rostro de K era simplemente un poco más delicado. Resulta muy difícil distinguirles el uno del otro si los ves por separado.

    ¡Pero era él! Se me hacía inconcebible. La misma blusa, los mismos pantalones bombachos… Y la misma fea pistola también.

    Noté que el brazo de K temblaba, pero seguro que ella no estaba tan preocupada como yo. Entonces, el Muchacho se giró y nos vio. Frunció el labio superior para mostrar sus dientes y empezó a agitar su pistola hacia nosotros.

    —No puedes esperar que te deje con vida ahora, Candy —dijo—. No puedes haberla poseído y creer que seguirás viviendo…
    —¡No es nada de tu incumbencia! —dijo K.

    Yo estaba vigilando la pistola. No deberían dar armas como aquella a jovenzuelos como él.

    —Apártate de él, hermana…

    Pensé que ojalá tuviera a Wolf. Ojalá tuviera a mi perro. Me di cuenta de que no le había echado de menos en todo aquel tiempo desde los Ritos. No se me ocurría absolutamente nada. Estaba allí de pie, deseando tener a Wolf. Le hubiera enviado por delante y luego habría saltado yo.

    —¡No! ¡No pienso hacerlo! ¡No ha sido culpa suya!

    K seguía sonriendo. Pensé que tal vez no se daba cuenta de que el Muchacho no estaba bromeando.

    —Tú… ya tienes suficientes problemas ahora. No puedes hacer lo que has hecho, no con uno de ellos. El pertenece a las Calles. ¡Es prácticamente un Alienígena! Apenas es humano… Es… asqueroso.

    Empecé a moverme lenta y cuidadosamente hacia una mesa de hierro sobre la cual había una maceta de flores.

    —¡En cuanto conoces a alguien quieres matarle! —K sonreía aún, pero su sonrisa era ahora más forzada, como una mueca—. De todos modos, Candy es probablemente…
    —¡En cuanto conoces a alguien quieres acostarte con él!

    K avanzó unos pasos y abofeteó al Muchacho.

    —¡Esto es amor!
    —¡Tienes que terminar con esto!

    El Muchacho se frotó la huella rojiza que había dejado en su rostro la mano de K. Pude ver aquella cicatriz en el lugar donde le había alcanzado mi disparo la semana anterior. Casi había desaparecido… sólo se notaba una línea más blanca en medio de la rojez del bofetón.

    —Hago lo que quiero. ¡Y lo hago con quien quiero!
    —Hermana, piensa en lo que estás haciendo. Estamos en el Cuerpo… Es nuestra familia. No puedes coleccionar hombres como quien colecciona cacharros. ¡No puedes desprestigiar al Cuerpo! ¡Ellos te pusieron sobre la Tierra con los Preceptores!

    Se olvidaron de mí por un instante. Toqué la maceta. Era pesada, llena de tierra.

    —Yo mismo tengo problemas —continuó el Muchacho—. Sólo porque soy tu hermano… y porque vas por ahí vistiendo mis ropas. Y haciendo esas cosas. Compréndelo, hermana. Os quemaría a los dos si con ello me salvara… —ahora estaba sonriendo. Súbitamente vi lo mucho que estaba disfrutando. Se relamió los labios—. ¡Os quemaría a los dos! De modo que ya lo sabes. De todos modos —me apuntó con su pistola—, él me hirió dos veces, así que en cualquier caso tiene que morir.

    Volvió a levantar su mano para tocarse la mejilla. Tal vez llevaba cosméticos que ocultaban en parte la cicatriz, pero lo cierto es que la curación había sido muy rápida. En aquel momento agarré la mesa y la lancé contra él. El impacto le derribó, y la maceta de flores le golpeó en la frente. Aterrizó de espaldas en medio de una lluvia de tierra y trozos de maceta.

    La Muchacha gritó. El Muchacho empezó a escupir sangre y dientes. Alargó la mano hacia la pistola, y me precipité hacia él con la mayor rapidez posible.

    El gato saltó desde la puerta en dirección a mi cabeza, pero le vi llegar y le esquivé. Se revolvió en el aire, todo dientes y garras de acero, tratando de alcanzarme. Lo golpeé con el borde de mi mano y lo arrojé contra la pared.

    El Muchacho seguía intentando alcanzar su arma. Alzó la mirada y me vio llegar. Abrió la boca para hablar y su mano se cerró sobre la pistola, de modo que le aplasté la mano con el pie. Luego busqué su cuello para ponerle fuera de combate. Súbitamente, supe cómo tenía que hacerlo.

    —¡No!

    La Muchacha tiró de mi brazo hacia atrás. Tal vez creyó que iba a romperle el cuello al Muchacho. Infiernos, estaba más que harto de él, pero no iba a hacer aquello. No podía matarle, no con mis manos desnudas; después de todo era hermano de K. Mientras ella le ayudaba a incorporarse, cogí la pistola del Muchacho y la deslicé en el interior de mi traje de goma.

    Luego permanecimos unos segundos mirándonos el uno al otro. El gato jadeaba al pie de la pared. No me hubiera importado matar al gato: aunque fuera inteligente, no era más que un robot. Después volvió a abrirse la puerta y apareció aquel Hombre Gordo de aspecto distinguido al cual pertenecía el gato.

    —Ah… un mundo agradable… —estaba muy tranquilo. Inclinó la mirada hacia el espasmódico gato—. Llévatelo para que lo reparen, ¿quieres?

    El Muchacho frunció el ceño, abrió la boca para protestar pero luego asintió. Dejó de chuparse los dedos que yo le había pisado, cogió al gato por el rabo y entró con él en la Casa. Vi que el gato se retorcía y le arañaba, y aquello me hizo sentir mejor.

    —Eres tan rápido… —me dijo K—. Rápido… y peligroso.

    No dije nada. Yo podía ser como ella decía, a veces, cuando había un peligro especial. Creo que eran los tubos. Estaba contemplando al Hombre Gordo, pero cuando miré a la Muchacha vi que sonreía.

    —Bueno —dijo finalmente el Hombre Gordo—, ya te hemos encontrado. Nos ha costado un poco. Oí decir que andabas por ahí quemando Preceptores… —eso era lo que me preocupaba, el recuerdo de la Muchacha matándoles fríamente. El Hombre Gordo estaba muy serio, sin sonreír—. También he oído decir que has estado perturbando los Ritos.

    La Muchacha inclinó la cabeza.

    —No creo que necesite recordártelo… ―siguió el Gordo―. Sabes perfectamente que debemos ser muy cuidadosos en lo que respecta a… a la confraternización con los nativos. Se encuentran en un estado decadente y no podemos permitirnos el mezclarnos con ellos. ¡No sé qué puedes haber visto en esto! —concluyó, señalándome con el pulgar.
    —Pensé que podría ser importante —dijo la Muchacha. Subrayó la palabra «importante» y los ojos del Hombre Gordo me miraron fugazmente—. Pero le oí cantar… ellos lo llaman predicar… y no sé qué pensar. Es diferente de lo que esperábamos. Tratando de cambiar las cosas en las Calles… Bajo el poder de los Preceptores, no parece correcto.
    —Sé todo eso. Nos lo dijiste tú. Por eso envié a tu hermano para que os controlara a él… y a ti. ¡Sé de lo que eres capaz! —el Hombre Gordo hizo una breve pausa y pareció enfurecerse todavía más—. ¡Y lo único que ese muchacho pudo hacer fue luchar con los Preceptores, y luchar contra este tipo! ¡Sólo sabéis crear problemas… los dos!
    —Valía la pena —dijo la Muchacha—. De todos modos, por mi parte tenía que hacerlo. El era diferente, y mi tarea consistía en descubrir por qué. Tú me dijiste que le vigilara, que me mantuviera cerca de él.
    —¡No tenías que haber hecho… eso con él!

    Hablaba con disgusto, como si le resultara difícil obligarse a formar las palabras. Los dos se habían olvidado de mí. La Muchacha estaba sonriendo para sí misma, como si estuviera pensando en lo bueno que había sido. Yo no había poseído a muchas, pero nunca había poseído a una mujer como ella.

    —¡Es una perversión! —casi gritó el Hombre Gordo—. ¡Acostarte con él!

    K se echó a reír.

    —No es como los demás.
    —Es asqueroso, sólo medio hombre. Sabes que está prohibido mantener cualquier tipo de relaciones con los primitivos…
    —Somos iguales. Todos somos humanos.
    —¡Sexo! Tus gustos… ¡Harías cualquier cosa por algo distinto!
    —Es fuerte —dijo K. Sabía que estaba enfureciendo al Hombre Gordo, pero a pesar de ello continuó—. Es traicionero… Pero ellos le hicieron así, sabe cuidar de sí mismo. ¡No es como esas reinas del Cuerpo!
    —¡Los primitivos son animales!
    —También lo somos nosotros.
    —¡Habla por ti! Confío en que aún queda un poco de decencia entre nosotros… —el Hombre Gordo se interrumpió, haciendo un esfuerzo por dominarse. Sospeché que en realidad estaba disfrutando mucho con aquella situación—. ¡Amor! ¡A continuación hablarás de amor! ¡Esa maldita antropología tuya! ¡Esos libros antiguos con los que rellenas tu cerebro!
    —¡Él vale algo por sí mismo! —dijo la Muchacha—. Era feliz aquí. Y yo también, más feliz de lo que nunca he sido.

    Los dos se estaban enfureciendo. Yo seguía creyendo que el Hombre estaba disfrutando, pero después de las últimas palabras de la Muchacha, estalló:

    —¡Lo único que querías era satisfacer tus bestiales deseos! ¡Un toro en un burdel, eso es lo que querías!

    Pensé que ella iba a abofetearle como había abofeteado al Muchacho, pero se limitó a cerrar sus puños y a inclinar la cabeza. Sus orejas estaban muy rojas y una mueca contraía su rostro. Tal vez aquella mueca era una sonrisa, pensé; tal vez lo que el Hombre decía era verdad.

    —¡Todo ese tiempo que has pasado rondando los Ritos! Te ha destruido… ¡Has llegado a olvidar la diferencia que existe entre ellos y nosotros! —la Muchacha parecía estar luchando por mantener su rostro impasible—. Si alguien debiese conocerla perfectamente, ¡ese alguien eres tú!

    Entonces, K empezó a llorar. No era la misma durante dos minutos seguidos. Me reafirmé en mi idea de que todo aquello constituía para ellos un motivo de diversión. Era una especie de juego.

    Removí mis ideas. No sabía dónde estaba ni qué debía hacer. Ocurría algo que no comprendía. Me refiero a que, en las Calles, si una muchacha o una mujer se ofrecía a uno, este la tomaba y en paz. No era un hecho frecuente, desde luego, con el condicionamiento que imponían los Ritos y las sustancias que los Preceptores añadían al alimento; pero cuando se producía no provocaba ningún problema. Nunca me había importado aceptar aquella clase de ofrecimientos, a menos que estuviera predicando. Pero con K era distinto: me gustaba estar con ella, velar por ella, no quería que se marchara. No quería que la apartaran de mi lado. Velar por ella era una especie de Propósito… una razón de ser.

    —Infiernos —dijo la Muchacha—. Es una simple cuestión de sexo. ¿No puedo conservarlo durante una temporada?

    Si hubiera habido un Altavoz a mi alcance les habría denunciado a todos y desencadenado un infierno. ¿Quién podía pensar que una cosa tan simple como aquella iba a causar tantos problemas? Al mismo tiempo, nunca supe que alguien podía inspirarme tales sentimientos. Entonces, la Muchacha se echó a llorar de nuevo.

    —¡Oh… papá…!

    Aquello me impresionó de veras. Me refiero al hecho de que fueran padre e hija. Era lo último que se me hubiera ocurrido pensar.

    —De acuerdo —dijo el Hombre Gordo. Vaciló, debilitada su voluntad—. Este problema… será algo que sólo nos afecte a nosotros. Procuraré evitar que se convierta en un asunto del Cuerpo. Pero tienes que librarte de él… y acabar con esta situación —movió la cabeza en dirección a mí—. Cuando hayas terminado con él, tu hermano se encargará de liquidarlo y enterrarlo en alguna parte del jardín.

    La Muchacha sollozó una vez más y le dio las gracias. Luego se echó hacia atrás y se secó los ojos. La cosa estaba llegando demasiado lejos. Introduje la mano por el escote de mi traje de goma y agarré la culata de la pistola del Muchacho.

    —No —dijo la Muchacha. Retrocedió sonriendo y me cogió el brazo, sujetándolo de modo que no hubiera podido sacar la pistola, aunque realmente lo hubiera deseado—. Le quiero para siempre. ¡Nadie le matará! Viviremos aquí para siempre.

    Ahora que se había salido con la suya, era todo sonrisas. Había cerrado de golpe la espita de sus lágrimas.

    —Sí, querida ―el Hombre Gordo sonreía también.

    Estaba convencido de que no pasaría mucho tiempo sin que me tuvieran debajo de los macizos de flores. Y yo estaba pensando lo mismo. Pero estaba seguro de una cosa: el Muchacho no lo haría. Lo había intentado varias veces, sin conseguirlo. La próxima vez que le viera estaba decidido a interrumpir definitivamente sus tentativas.

    El Hombre nos dedicó otra sonrisa y se dirigió hacia la Casa. Vi al Muchacho allí, con el gato. Seguramente había estado escuchando, ya que le preguntó al Hombre Gordo si iba a dejarme sin el merecido castigo. Cuando su padre asintió, el Muchacho puso cara de sorpresa y luego de rabia.

    —¡Te enterraré! —aulló, dirigiéndose a mí— ¡Te enterraré, Candy Man! ¡Volveré y acabaré contigo!

    El Hombre le hizo callar con un gesto y cerró la puerta de la Casa. Cuando desaparecieron, me pregunté si realmente iban a dejarnos en paz.

    La Muchacha se acercó a mí y rodeó mi cuello con sus brazos. Noté el calor de su cuerpo apretándose contra el mío, pero la sensación no fue la misma que la última vez.


    X


    Durante algún tiempo no ocurrió nada. Las cosas siguieron exactamente igual que antes, viviendo juntos nuestra vida en aquella Casa paradisíaca. A veces sorprendía a la Muchacha mirándome con una especie de expectación. Ella se apresuraba a desviar sus ojos, y yo me preguntaba qué era lo que había creído ver en ellos. Nuestro amor se hacía también más violento, en parte porque supongo que preveíamos la posibilidad de perdernos el uno al otro; pero había algo más que eso: era como si ella disfrutara con el peligro, como si la estimulara. Era como si amara más porque estaba prohibido.

    De todos modos, la amenaza pendía siempre sobre nosotros y en nuestras mentes. Me preocupaba a mí, en cualquier caso, aunque nunca hablábamos de ello. El Hombre Gordo podría limitarse a esperar una temporada, pero el Muchacho no tardaría en dar señales de vida.

    Luego empezaron a ocurrir pequeñas cosas. Las patatas se vieron afectadas por alguna enfermedad y se pudrieron. El hedor era horrible dondequiera que uno fuera, aunque nosotros no íbamos nunca muy lejos, ya que la Muchacha me dijo que no debíamos hacerlo. Las vacas de la granja enfermaron también, de modo que la leche estaba siempre agria. Con frecuencia me encontraba con aquel gato, que nos vigilaba continuamente. La Casa se llenó súbitamente de ratas y de arañas, como en los bosques de líquenes. Después se produjo una invasión de mosquitos, y ni siquiera podíamos bajar al río; teníamos que sentarnos en el jardín, aspirando el hedor de las patatas, al menos yo.

    La Muchacha empezó a desaparecer con creciente frecuencia. Se ausentaba de la Casa durante horas interminables, hasta que yo enfermaba de preocupación, y entonces volvía a presentarse en el jardín o riéndose de mí a través de la ventana de la cocina. Yo no tenía ningún mondadientes, de modo que no podía seguirla, y ella no me decía nunca dónde había estado.

    Luego, una última noche, nos untamos con algo para protegernos de los insectos y bajamos al río. La Muchacha quiso que cantara para ella. La idea no me gustaba demasiado. No me parecía correcto predicar para alguien que no conocía nuestras miserias, ni que a ella le gustara tanto, estando como estaba en el Cuerpo. En cualquier caso, ella disfrutó como siempre; nunca la había visto tan excitada como aquella última vez.

    Al día siguiente, el Muchacho se cansó de esperar y estalló la Guerra.

    Aquella misma tarde vinieron a por mí. No se anduvieron con chiquitas. Dos hombres altos y robustos tocados con gorros rojos trataron de agarrarme junto a la verja. Me libré de ellos con relativa facilidad y retrocedí en dirección a la Casa, pero allí había otros cuatro esperándome. Me derribaron al suelo y se sentaron sobre mí hasta que llegaron los otros dos provistos de esposas.

    Cuando se cansaron de darme puntapiés no me llevaron hacia la verja, sino hacia la Casa. Allí estaba el Muchacho vestido de color caqui, con un correaje de cuero y galones en las hombreras. Llevaba una fusta en la mano y la descargó sobre mí mientras aquellos hombres me empujaban a través de la puerta. Empecé a luchar, pero el Muchacho me amenazó con una pesada pistola. Uno de los hombres la llamó revólver, y no supe qué podía hacer, de modo que me quedé quieto.

    —¿Qué te parece? —dijo el Muchacho—. ¿Vale la pena? ¿Vale ella la pena de lo que voy a hacer contigo? —al ver que yo no contestaba, me golpeó de nuevo con la fusta—. No creerás que nada valga la pena cuando haya terminado contigo… ¡Y recuerda que un día voy a matarte!

    Había otra de aquellas puertas a través de la Casa. No estaba allí antes, y su aspecto no me gustó. Me condujeron hacia ella, y uno de los hombres la mantuvo abierta. El Muchacho utilizó su pie para obligarme a cruzarla.

    —¡Son otra clase de Ritos! —gritó—. ¡Adelante!

    Su risa sonó como la de la Muchacha. Tuve tiempo de preguntarme dónde estaba ella, pero luego la puerta se cerró y tuve otras cosas en que pensar.

    Durante todo el tiempo yo sabía que lo que estaba ocurriendo era una ilusión; era demasiado malo para que pudiera ser otra cosa. Había allí un griterío ensordecedor, un montón de otros hombres vestidos de caqui. No había música, pero la atmósfera estaba cargada de violencia. Al principio se trataba de aprender a matar gente, matarla primero y luego odiarla debido a lo que uno había hecho. Tal vez el fallo consistía en la ausencia de música… tal vez los hombres necesitaban aquellos controles.

    Lo que más recuerdo son las pesadas botas claveteadas que todos llevábamos, cómo resonaban sobre los senderos de hormigón tapados por arriba y por los lados con chapa de hierro acanalada para que el sonido resultara peor. Supongo que yo era bueno en todos aquellos juegos, pero no podía soportar el griterío. Me confundía, y a veces olvidaba que todo era falso.

    Uno de los juegos consistía en algo llamado prácticas de bayoneta. Una bayoneta era una pequeña espada encajada al extremo de un fusil. Había que avanzar gritando por un sendero de carbonilla y clavar la bayoneta en un saco lleno de paja colgando al final del sendero. Atravesé el mío, y el saco se convirtió en K. Completamente desnuda, colgada allí como un pollo. Era tan real, que incluso vi que tenía la carne de gallina. Quiero decir que parecía real.

    Cerré los ojos, y cuando volví a abrirlos K se había convertido de nuevo en el saco. Pensé que tenía la mano manchada de sangre, pero no era más que barro.

    Había allí un cabo inclinándose sobre mí y riendo. Me dedicaba toda clase de insultos, y se convirtió en el Muchacho. Todo el mundo encontraba aquello muy divertido, y mientras ellos reían el Muchacho me preguntó si yo me daba por vencido y le decía a K que ya no la deseaba. Le dije que sabía que todo tenía que ser un sueño, y que no me importaba lo que él inventara para torturarme.

    —¡Espera y verás! —su voz seguía recordándome la de K—. ¡No hemos hecho más que empezar!

    Luego siguió un viaje por mar en una nave sucia y atestada de gente. Me sentí realmente enfermo. Mal de mer, llamaban ellos a la enfermedad, mientras se reían de mí. Me encontraba en un largo y humeante camarote lleno de hombres que llevaban unos abrigos de color verde oscuro y que también estaban mareados. Era una visión de una especie de infierno, maloliente, con alientos fétidos y toses. Sabía que podía soportarlo, sabía que todo era una visión… pero, sin embargo, me dolía. Especialmente cuando la Muchacha vino a mí por la noche y nadie más la vio. Supongo que le permitían hacer aquello como contraste, ya que cuando se marchaba por la mañana las lágrimas afluían a mis ojos.

    Tengo un recuerdo posterior de bajar por una oscilante pasarela y de gente aclamándonos. El Muchacho estaba entre la multitud, agitando un gallardete y gritando con el resto de la gente. Trataba de acercarse a mí y conseguir que renegara de K. Yo continuaba pensando que podía resistirlo, pero cuando marchamos a la batalla no estuve tan seguro. Aquel Muchacho debía de tener una mente enferma para haber soñado las cosas que los hombres hacían allí… las armas que poseían. Los lanzallamas y los gases tóxicos… Resultaba difícil recordar que era una ilusión.

    Murieron muchos hombres. No me sentí en peligro hasta que un tirador parapetado me localizó, y su proyectil arrancó un trozo de mi traje de goma. Corrí largo rato huyendo de él bajo una lluvia de balas de ametralladora. Por su mala puntería, estaba convencido de que el tirador parapetado era el Muchacho, pero no por ello dejé de correr.

    —¡No hemos hecho más que empezar! —le oí aullar—. ¡Espera y verás!

    Fue un alivio escuchar sus amenazas. Supe que nada de lo que ocurría era real y que sólo tenía que preocuparme de mis pies ―mojados y fríos― y de los piojos. Me oculté en una trinchera que estaba llena de hombres muertos. Resultaba desagradable, pero permanecí inmóvil y sin preocuparme demasiado hasta que todos ellos se convirtieron en K; todos habían muerto hacía mucho tiempo por causas diversas.

    Recuerdo también un ataque con gas. El hombre que estaba junto a mí empezó a agitarse súbitamente como un maníaco detrás de su máscara antigás… y luego se convirtió también en K. Era tan cruel, ella estaba tan cerca, pero infinitamente lejos más allá de aquella oblea de celuloide. Un espectáculo infernal, aunque yo sabía que era demasiado fantástico para ser real, demasiado malo, y que no le había sucedido realmente a ella. Cuando extendí mis manos para prestar ayuda, se produjo otro cambio y el que estaba dentro de aquella máscara era yo. Experimenté una sensación de agonía y todo se borró.

    Por un instante pensé que todo había terminado y que el Muchacho había renunciado al juego, pero luego me encontré en una celda y dos hombres con camisas pardas me estaban azotando.

    —¿Y bien? —el Muchacho entró y se acercó a mí—. Voy a darte otra oportunidad. No sé por qué —ahuyentó una mosca con su fusta. Había muchas moscas, y aterrizaban continuamente en los lugares donde yo había sido azotado—. Bueno… tal vez sepa por qué. Ella es mi hermana, y tú tienes que rechazarla a ella para que se sienta despreciada y no sufra un trauma. Ella es capaz de enfurecerse tanto como yo: tienes que rechazarla para que yo pueda matarte.

    Me miró unos instantes en silencio, y luego continuó:

    —Ella está pasando también a través de todo esto, ¿sabes? Ella lo está contemplando. ¿Qué efecto crees que le está haciendo? —enroscó sus dedos en mis cabellos y dio una sacudida a mi cabeza, de modo que tuve que mirarle a la cara—. ¡Ella podría estar incluso disfrutando con esto! ¿Has pensado en eso?

    Aquella escena terminó, y a continuación estaban quemando gente atada a un poste. Tuve que azotar a la Muchacha ―o a una imagen de ella― a través de unas calles, y luego tuve que aplicar la antorcha a la leña amontonada a sus pies. En cierto sentido, ella era más Afortunada que yo: al menos tenía una identidad. Había un nombre tatuado a través de su frente. Tuve que contemplar cómo ardían las ropas con la rara estrella amarilla de seis puntas. Ella no cesaba de gritar. Sinceramente, no sé cómo podían ocurrírsele aquellas cosas al Muchacho.

    Nuevo cambio de escena. Recuerdo que me encontraba en una pequeña estancia de un castillo, y que unos hombres armados con espadas y tocados con unos cascos de cuernos derribaban la puerta. Había mujeres allí conmigo y todas eran arrastradas fuera, y todas eran la Muchacha. Yo era un mero espectador, tendido sobre un suelo que olía a moho con una espada hincada en mi estómago. Lo peor era que K parecía disfrutar del espectáculo. Movía los brazos ampulosamente, como si estuviera representando sobre un escenario.

    —¿Todavía no? —dijo el Muchacho.
    ―¡Sí!

    Luego me encontré en la cabina de algún tipo de aeronave. El Muchacho estaba conmigo, y no estaba seguro de si el lugar que sobrevolábamos era Guernica o Dresde. Dejamos caer sobre él una bomba atómica, y pude ver a K sosteniendo una luz fuera de una ventana y gritando. Yo estaba en un apuro no sólo porque había dejado caer la bomba ―lo cual ya era bastante malo―, sino porque me encontraba demasiado cerca del suelo para sobrevivir.

    Luego, el Muchacho y yo estábamos en un helicóptero. Me ofreció una pistola, con la culata por delante. La miré y deseé que fuera real, o tener el arma de pólvora que había dejado en la Casa.

    —Tiene un solo proyectil —dijo el Muchacho—. Puedes suicidarte y terminar con todo esto, salvando tu honorabilidad —le miré y comprendí que hablaba en serio—.

    Ella te recordará siempre. De otro modo, un día se cansará de ti y no volverá a dedicarte un solo pensamiento.

    —¡No!

    Apoyó un pie contra mí para echarme fuera del aparato. Casi lo consiguió, pero en el último momento me rehice y en la lucha que siguió me apoderé de aquella pistola y le apunté.

    No sé si realmente le hubiese matado. En cualquier caso, desapareció súbitamente y K ocupó su lugar.

    —Por favor… —susurró la Muchacha—. Acaba con esto, por favor… te están matando todo el tiempo…
    —¿Quieres que renuncie a ti?

    Su aparición me había disgustado profundamente. Me pregunté si era realmente ella, o una simple ilusión dentro del sueño, enviada para engañarme.

    —Por favor… dispara contra ti —todavía no lo sé, quizá ella creía que era un buen consejo. Desde luego, no omitían ningún recurso—. Por favor… —continuó—. Hazlo por mí. Siempre recordaré al Candy Man que murió por mí…

    No podía hacerlo, desde luego. No hubiese podido hacerlo ni siquiera si ella me lo hubiera ordenado. Como ya he dicho, la cosa que yo sabía que tenía que hacer era sobrevivir.

    Su cuerpo me embistió como un ariete. Perdí el equilibrio. La portezuela de la cabina se abrió y los dos nos precipitamos al vacío desde mil doscientos metros de altura sobre un fangoso delta. Ella gritó y yo grité y caímos como piedras.


    Luego, súbitamente, me encontré tendido sobre algo blanco. Todavía resonaban gritos en mis oídos, y mis manos no habían dejado de temblar. Pero estaba a salvo, me sentía a salvo en aquella habitación segura y tranquila.

    La Muchacha estaba allí, apoyada contra la ventana. El Muchacho estaba también allí. Se miraban el uno al otro sonriendo, pero no como si contemplaran algo divertido.

    —K… —murmuré, llamándola—. Por favor…

    Ahora ella estaba aquí, todo volvía a ser normal y yo la amaba como antes. Ni siquiera deseaba denunciar a nadie para conseguir tubos. Sabía que todo volvía a ser real, y que lo que ocurriera a continuación no sería un sueño.

    —K… —llamé de nuevo.

    Nadie se movió. Tampoco yo pude moverme. Tenía plena conciencia de mis actos, pero no podía moverme. Estaba confundido también, pensando sólo en K, todo era una visión de su nombre.

    —K…

    Finalmente, ella me oyó. Suspiró, descruzó sus brazos y se acercó a mirarme. Iba vestida de nuevo como el Muchacho. Tal vez era algún tipo de uniforme. Olía a humo de leña: sobre la mesa había una lámpara como la que había visto en mis sueños. La miré a los ojos, pero estaban vacuos como un espejo. Al cabo de unos instantes volvió a alejarse.

    —¿Cómo pudiste hacerlo con eso? —dijo el Muchacho—. ¡Mírale!
    —Todo era correcto… —dijo la Muchacha. Se acarició los brazos, antes de volver a cruzarlos. Apartó su mirada de la ventana—. Todo era correcto…
    —¡Es repelente!
    —¿Verdad que sí?

    Parecía muy satisfecha de sí misma. Tal vez yo había ganado, después de todo. Pensé que tal vez habíamos ganado, ella y yo.

    —¡No lo matarás!
    —Infiernos, no… ―dijo él―. Bueno, ahora lo sabemos, ¿no es cierto? De todos modos… no me permitirían hacerlo. ¿Cómo podía esperar algo semejante?
    —Yo lo supe desde el primer momento.
    —¡Zorra!
    —Teníamos que asegurarnos… era el sistema más rápido. ¿Cuánto durará?

    Se abrió una puerta y entró el Hombre Gordo. Se dirigió directamente hacia mí.

    —Es él, desde luego… es él —se volvió hacia el Muchacho y K—. ¡Os dije que no le torturarais! ¡Dios, si hubierais estropeado su mente… si le hubierais matado…!
    —¡Infiernos! ¡Yo no lo sabía! —dijo el Muchacho—. ¿Cómo iba a saberlo? De todos modos, él cree que todas fueron ilusiones… Y sólo duró diez minutos…
    —Cuidado —dijo el Hombre—. No sabes dónde empiezan las ilusiones y dónde terminan las otras cosas. Él no sabría eso, puesto que ha pasado su vida en las Calles. Tú podrías ser un sueño para él… ¿Has pensado en eso? ¿Cómo podemos saber lo que la gente piensa de nosotros? —se volvió hacia la Muchacha—. ¡Tú lo sabías! Sabías quién era. Lo dije antes, y lo repito ahora: ¡le deseabas bestialmente… como cualquier otra novedad!
    —Tenía que asegurarme, como antropóloga, como científica…
    —¡Tu deber era redactar un informe oficial preliminar! ¡Sabías lo importante que era!
    —¡Te lo dije! Te dije que creía que era interesante…
    —Estás corrompida. ¡Degenerada! —estalló el Hombre, fulminándola con la mirada. El Muchacho dejó oír una risita burlona—. ¡Esa afición indecente a ponerte las ropas de tu hermano! ¡Zorra travestida!

    Estaba realmente furioso. Me pregunté cuándo se acordarían de mí. Esperaba que entonces me permitieran levantarme.

    —Era necesario —dijo la Muchacha soñadoramente, medio sonriendo todavía a su hermano—. Ya sabes lo que puede ocurrirle a una muchacha joven en las Calles…
    —¡Maldita seas! ¡No, no sé nada de eso! Son demasiado estúpidos para desear a una mujer hasta el punto de violarla. Los Preceptores matan sus deseos… —hizo una breve pausa y luego continuó, más lentamente—. Ya sabes lo que le hacen a la gente que fracasa en los Ritos. Y sabes que no era por eso por lo que tú…
    —Candy solía aguijonearles… —la Muchacha sonrió a algún agradable recuerdo—. Tiene un talento especial para eso. Es realmente traicionero, despiadado —enarcó las cejas—. Ahora se ha hecho blando. Se ha hecho blando por mí…
    —¡No tenías que haber merodeado por los Ritos de las muchachas! ¡No tenías que haberte vestido así! —aquello impresionó a la Muchacha. Intercambió una rápida ojeada con su hermano—. ¡Oh, sí! ¡Lo sé! Estabas demasiado interesada en aquellos asquerosos Ritos. Me dediqué a vigilarte. Envié a un gato y te vigilaba a través de él. ¡No debiste liquidar a aquellos Preceptores, sólo para experimentar una nueva sensación! ¿Qué harás cuando estés cansada de todo y nada te excite?

    Empecé a protestar. No tenía por qué hablarle a K de aquel modo. Luego pensé en ello y no estuve tan seguro… Tal vez ella no había ido a los Ritos para salvarme, después de todo. Y no es que aquello cambiara en nada lo que yo decía, ya que de mi boca no salía ningún sonido.

    —¡Ponerte de acuerdo con tu hermano para torturar al pobre Candy Man! ¿Creíste que sería divertido empujarle a los Ritos? ¿Creíste que fracasaría? ¡Jugar con él como el gato con el ratón! Y luego despertar su deseo, dejando que te viera desnuda…
    —Nosotros… yo estaba intentando descubrir si era… Me pareció que los Ritos eran un medio para descubrirlo rápidamente.
    —¡Embustera! Estabais jugando con él. Como le estáis torturando ahora, fingiendo que cada uno de vosotros es el otro. ¡No sois aptos ni para las Calles!

    Se miraron el uno al otro. Siguió un largo silencio. El Hombre Gordo se calmó. Tenía un aspecto ansioso y serio. Los otros dos se limitaron a sonreír. Luché por incorporarme, por llamar de nuevo a K.

    —Dios… —dijo el Hombre—. No debí permitir que hicierais eso con él. Tenemos una responsabilidad. Si le habéis lastimado… Gracias a Dios descubrí la cosa a tiempo, gracias a Dios descubrí su nombre…

    Saqué fuerzas de alguna parte. Casi me senté, pero no pude permanecer en aquella postura, volví a caer hacia atrás. Había cables en mi cabeza que tiraban de mí.

    —K… —murmuré.

    No había querido decir aquello. Había pretendido preguntar acerca de mi nombre.

    —K… —repetí.

    Entonces, ella se giró. Lo hicieron todos, pero yo la estaba mirando a ella. Levanté los brazos. El labio superior de K se frunció como el del Muchacho.

    —¡Asqueroso Androide!

    Eso fue lo que dijo. Al principio no comprendí.

    —¡Calma… calma! —dijo el Hombre Gordo. Volviéndose hacia K, aulló—. ¡Cierra el pico! Esto es demasiado importante…
    —¡Androide! —dijo la Muchacha, con una risita burlona—. Asqueroso, encantador, adorable Androide… ¡Ese eres tú, querido Candy! Ese…

    El Hombre Gordo la abofeteó brutalmente. El Muchacho se rió entre dientes. La Muchacha dejó escapar un sollozo y luego permaneció silenciosa.

    —¿Yo? —me incorporé, esta vez del todo. La sábana se deslizó hacia abajo. Abrieron mi pecho, y estaba lleno de cables.
    —¡2/59/9215! —dijo el Hombre Gordo.

    Era mi nombre. Supe que era mi nombre. Escuché con una nueva atención. Nada era importante ahora, excepto lo que el Hombre Gordo iba a decir. Volví a echarme, y miré, y escuché. K había dejado de tener importancia, al menos en aquel momento. Todo estaba encajando en su debido lugar, lo recordaba todo.


    XI


    Me dieron tubos, pero no me dejaron salir de aquella mesa de operaciones. Cuando los tubos hicieron efecto y me di cuenta de que al fin tenía mi nombre, supe que mejoraría rápidamente. Me sentía cada vez más fuerte, realmente Afortunado, como solíamos decir.

    Miré a mi alrededor. La mesa estaba rodeada de tubos de brillantes colores y cables enroscados. Un poco más allá había unas máquinas altas y relucientes, llenas de engranajes y conectadas a mí. También había otros cables más gruesos que discurrían por el suelo, pero no me importó de dónde procedían. Me vi a mí mismo tendido allí, reflejado mil veces en las brillantes superficies metálicas. Ahora que conocía mi nombre y tenía mi Propósito… mi Propósito…, la cosa no parecía tan mala.

    El Hombre Gordo estaba situado a mis pies, mirándome. Encontró mis ojos por un instante y me dedicó una media sonrisa, pero yo no estaba preocupado, por una vez no estaba preocupado. Sabía que no tardaría en conocer mi Propósito, y podía soportar cualquier cosa. El Muchacho y K estaban en alguna otra parte de la habitación. Vi que no estábamos en la Casa, sino en algún lugar metálico.

    Luego el Hombre Gordo hizo un movimiento hacia las consolas de la pared; las celosías de las ventanas se cerraron y quedamos sumidos en la oscuridad. Se encendieron unas luces muy brillantes, todas enfocadas sobre mí. Quedé solo sobre la mesa de operaciones empapada de luz. Después empecé a ver pequeños movimientos en la cálida oscuridad que me rodeaba. A veces una mano aparecía en mi isla de claridad y un mondadientes parpadeaba mientras alguien ajustaba algo, pero principalmente eran sólo las voces.

    Permanecí tendido allí, relajado en aquel baño de luz, saboreando mi revelación, mi alegría y mi bienestar. Era aquel un lugar solitario, pero no me importaba. Estaba separado de la Muchacha para siempre, pero tampoco eso me importaba. En aquel momento me tenía sin cuidado lo que ella era o lo que ella hacía. Yo era un Androide… un hombre artificial… una máquina, y si eso era cierto, me habrían fabricado para hacer algo. Tenía una razón de ser, tenía mi Propósito. No importaba cuál fuera, no importaba en absoluto; si se tiene un motivo para vivir, se puede seguir viviendo. Esperé pacientemente, escuchando con una especie de fría anticipación, escuchando tranquilamente lo que iba a llegar, lo que sabía que el Hombre Gordo me diría.

    Durante largo rato discutieron las posibilidades. En un momento determinado la Muchacha se acercó a mirarme, con su rostro oscuro contra la luz y sus cabellos como un halo de oro. Vi cómo fruncía su labio superior y me llamaba «Androide», como si fuera algo sucio.

    No me importó absolutamente nada. Ella era humana: ¿cómo podía saber lo que era tener un Propósito? ¡Infiernos, ella pertenecía al Cuerpo! Podía llamarme lo que quisiera, ya que con ello no se inmiscuía en lo que yo estaba destinado a hacer.

    —¡No hagas eso! —dijo el Hombre Gordo bruscamente—. Ahora no debes molestarle. Es un momento delicado, una cosa sutil. Ellos pueden sufrir, ¿sabes? Debemos ser cuidadosos y no estropearlo, ahora que lo tenemos…

    Se interrumpió para examinar los instrumentos y su voz se fue apagando a medida que se interesaba en ellos. Reí para mis adentros, preguntándome mentalmente por qué creían que a mí debía importarme no ser humano. Yo era lo que era, y tenía cosas que hacer.

    —No te importaba tanto cuando estaba en aquella Casa… —dijo el Muchacho en la melosa oscuridad. Hizo una breve pausa—. Creo que le mataré, de todos modos…

    El Hombre se volvió rápidamente y le gritó que se callara.

    —Cuando esté… cuando esté recompuesto le necesitaremos, sea lo que sea…

    El Muchacho se alejó a través de la habitación. Tal vez obedeciendo a una seña del Hombre. La Muchacha rió en la oscuridad.

    Tuve una momentánea visión de su piel cremosa, un vivido instante de nostalgia. Todo había marchado bien para mí siendo un hombre; parte del tiempo había sido muy bueno. Predicando también… cantando, me gustaba aquello… y el tacto de la Muchacha, me gustaba tocarla. Aquellas ideas se borraron de mi mente. No tenían la menor importancia. Lo importante era que yo tenía un nombre.

    —Bueno —dijo el Muchacho—, cuéntanos para qué va a servir. Ponlo de nuevo en marcha…

    Unas sombras se movieron a través de las luces. Era una región intemporal, cálida y agradable. El tiempo no tenía ningún significado. Una hora podría haber sido una eternidad.

    El Hombre Gordo se inclinó hacia la luz,