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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL LIBRO DE LOS CRÁNEOS (Robert Silverberg)

    Publicado el martes, septiembre 30, 2014

    EL LIBRO DE LOS CRÁNEOS es una gran novela a la que más de un lector podría catalogar como no perteneciente al género de la ciencia ficción. Posiblemente la discusión en torno a este aspecto del libro es ociosa y no admite conclusión clara.

    Sin tener que recurrir al pragmatismo de Norman Spinrad cuando definía el género como «Todo aquello que los editores publican con la etiqueta 'ciencia ficción'», sí conviene recordar aquí que, al final de la década de los sesenta, el pequeño-gran mundo de la ciencia ficción se hallaba convulsionado por la aparición de la tendencia denominada New Wave, originada en Gran Bretaña, y más concretamente en la revista New Worlds editada por Michael Moorcock.

    La New Wave exigía una mayor atención por la psicología de los personajes, la estructura de la novela, el «espacio interior» y, en definitiva, por los aspectos más estrictamente literarios que el género no parecía atender suficientemente. No es éste el lugar adecuado para describir las novedades que de ahí surgieron, pero sí puede afirmarse que a partir de entonces la ciencia ficción cambió y mejoró.

    Y uno de los cambios de mayor envergadura es el que se dio en la obra del prolífico Robert Silverberg. Hasta entonces su abundante producción se podía encuadrar muy claramente en la space opera y las novelas de aventuras espaciales. A partir de 1967, Silverberg atendió temas de mayor envergadura moral, ética y filosófica, y cuidó mucho más la descripción psicológica de los personajes y el estilo literario.

    En este sentido, EL LIBRO DE LOS CRÁNEOS es una obra capital en la que casi todas las preocupaciones del autor se expresan en los monólogos torrenciales de los protagonistas La anécdota argumental es el viaje de cuatro jóvenes en busca de inmortalidad entrevista en las enseñanzas de un viejo libro y relacionada con la remota existencia de una oscura secta. El trayecto desde Nueva York hasta un monasterio oculto en Arizona ocupa la primera mitad del libro, como etapa inicial de un viaje iniciático que finalizará su desarrollo en el mismo monasterio. Los cuatro jóvenes se encontrarán con la realidad de sus vidas y sus propias frustraciones para acabar constatando la veracidad de la norma establecida en el antiguo Libro: Cuatro debían ser los conquistadores de la inmortalidad pero, en la prueba, dos debían morir obligatoriamente, y uno de ellos asesinado.

    Planteado así el tema, parece tratarse de una novela fantástica e iniciática. Pero la habilidad de Silverberg estriba en la selección y el cuidado tratamiento de los personajes y en la propia estructura de la novela, constituida por narraciones en primera persona de cada uno de los viajeros que persiguen la inmortalidad.

    Aunque puede encontrarse a faltar algún elemento quizá básico (la gente de color, por ejemplo), los personajes de EL LIBRO DE LOS CRÁNEOS reúnen un buen muestrario de cierta juventud intelectual norteamericana o quizás incluso neoyorquina, de principios de los setenta. Timothy es el representante del grupo dominante, rico, WASP (blanco, anglosajón y protestante), vividor y destinado socialmente al triunfo. Oliver da la imagen del joven guapo, atlético, de extracción campesina, pero que, apoyándose en su inteligencia y tesón, lucha por acercarse a los componentes del grupo social dominante, lo que podríamos llamar un «trepa». Junto a ellos los dos losers, los perdedores natos: Ned, el homosexual, poeta y artista; y Eli el judío introvertido, intelectualizado casi por tradición y que, en sus búsquedas de filólogo, descubre el viejo libro esotérico.

    El viaje servirá para mostrarnos, junto a la persecución de la inmortalidad, la psicología y los condicionantes sociales de los personajes que, una vez llegados al final, se encontrarán precisamente a sí mismos.

    El tema de la inmortalidad, y la adscripción al género de Robert Silverberg, hace que no tengamos ningún reparo en incluir en nuestra colección esta gran novela. Los temas sociales, culturales y sexuales se dan cita en este libro rico y agradecido que se lee de un tirón.

    Miquel Barceló

    A Saul Diskin .


    1
    ELI


    Llegamos a Nueva York viniendo del norte por el New England Thruway. Como de costumbre, Oliver conducía. Relajado, con la ventanilla medio bajada, el pelo largo y rubio ondeando al viento helado. Timothy, sentado a su lado, dormitaba. Segundo día de nuestras vacaciones de Semana Santa. Los árboles estaban desnudos todavía y algunas placas de nieve ennegrecida afeaban las cunetas. En Arizona no encontraríamos nieve pasada en el borde de las carreteras. Ned, sentado a mi lado, en el asiento trasero, garabateaba páginas y páginas en un bloc, con una luz demoníaca en sus pequeños y brillantes ojos negros. Nuestro querido Dostoievski. De pronto, a nuestras espaldas rugió un camión, por el carril de la izquierda; nos adelantó y se colocó bruscamente ante nosotros. No nos dio de milagro. Oliver apretó el freno. Crujió penosamente. A Ned y a mí nos faltó muy poco para salir disparados hacia el asiento delantero. Un segundo después, Oliver dio un bandazo a la derecha para evitar que chocaran con nosotros por detrás. Timothy se despertó:

    —¡Mierda! ¿Es que ya no se puede dormir en paz?
    —Casi nos matan —le dijo Ned gesticulando, desencajado, inclinándose hacia delante para soplarle las palabras al oído—. ¿Bromeas? Cuatro valerosos muchachos camino del Oeste, buscando la inmortalidad, aplastados por un camión en el New England Thruway. ¡Con todos nuestros jóvenes miembros esparcidos en las cunetas!
    —La vida eterna... —dijo Timothy. Eructó. Olíver rió.
    —Hay solamente una posibilidad entre dos —les recordé—. Una baza de poker existencial. Dos encuentran la vida eterna, dos la muerte.
    —¡Una baza de póker de mi culo! —se burló Timothy—. Me hace gracia. ¡Sí! Hasta parece que te lo crees.
    —¿Tú, no?
    —¿En El Libro de los Cráneos? ¿En nuestro Shangri-La de Arizona?
    —Si no crees en ello, ¿por qué vienes con nosotros?
    —Porque en marzo hace buen tiempo en Arizona —nuevamente me obsequiaba con aquel tono altivo de miembro de country-club que sabe estar a la altura de las circunstancias en cualquier lugar; un estilo que odio. Ocho generaciones de culos dorados le preceden—. Un pequeño cambio de aires no me hará daño.
    —¿Eso es todo? —pregunté—. ¿Es ésa toda tu aportación moral y filosófica a nuestro viaje? ¿Te estás burlando de mí, Timothy? ¿Con todo lo que está en juego y no puedes dejar ese aire de aristócrata desengañado, ese acento amargo, esa postura de que cualquier compromiso puede ser realmente comprometido...?
    —¡Déjame en paz con tus monsergas, por favor! —dijo Timothy—. No estoy de humor para meterme en discusiones socioétnicas. En breves palabras, estoy demasiado cansado —empleaba aquel tono de paciencia amable, de anglosajón digno deseoso de librarse de la conversación molesta de un judío demasiado apasionado. Era la actitud que más detestaba de Timothy, cuando me daba en las narices con todos sus genes, explicándome, mediante inflexiones encopetadas, que sus antepasados habían fundado este país mientras los míos estaban plantando patatas en los bosques lituanos.
    —Si me permites, me vuelvo a dormir —me dijo. Y a Oliver—: Ten cuidado con esta puta carretera, ¿quieres? Despiértame cuando lleguemos a la Calle 67.

    Ahora que ya no se dirigía a mí—miembro irritante y complejo de una raza extranjera, repugnante, pero, quién sabe, tal vez superior—, un leve cambio se operó en su voz. Ahora era el country-squire que habla con un simple granjero: relación sin ambigüedad. No es que Oliver fuese tan sencillo, por supuesto, pero era la imagen existencial que Timothy se hacía de él, y, aquella imagen, bastaba para definir sus relaciones, cualquiera que fuera la realidad. Timothy bostezó y volvió a dormirse. Oliver aceleró y se lanzó tras el camión que antes nos había adelantado. Lo pasó, cambió de carril y se pegó a él, desafiando al conductor para que repitiese la jugada anterior. Miré hacia atrás con fastidio.

    Un peso pesado, un monstruo rojo y verde, roía el parachoques. Sobre nosotros estaba la cara obstinada, seria, rígida, del conductor: pómulos salientes, sin afeitar, ojos pequeños y fríos, labios apretados. Si pudiera, nos pasaría por encima. Vibraciones de odio. Odio porque somos jóvenes, porque somos guapos (¿guapo, yo?), porque tenemos tiempo y dinero para ir a la universidad a llenarnos la cabeza con cosas inútiles. El escarabajo encaramado encima de nosotros: el buen ciudadano. Cabeza plana bajo la gorra grasienta. Más patriota, con más moral que nosotros. Un buen americano. Jodido por tener que esperar detrás de cuatro vagos. Quise pedirle a Oliver que acelerara antes de que nos embistiera, pero Oliver se obstinaba en seguir delante del camión, con el cuentakilómetros clavado en ochenta. Oliver, cuando quiere, sabe ser tozudo.

    Entramos en Nueva York por no sé qué autopista que corta el Bronx. Un territorio poco familiar para mí. Soy hijo de Manhattan; sólo conozco el «metro». Ni siquiera sé conducir. Autopistas, peajes, gasolineras, toda una civilización con la que no he mantenido más que ocasionales contactos. En el Instituto miraba a los chicos de los barrios residenciales cuando llegaban el sábado a la ciudad, todos tras el volante, todos con su chica de dorados cabellos sentada a su lado: aquel no era mi universo, no. Sin embargo, todos tenían dieciséis o diecisiete años, la misma edad que yo. Para mí eran algo así como los semidioses. Hacían el strip de las nueve de la noche a la una y media de la madrugada; después cogían el coche hasta Larahmont, Lawrence, Upper Montclair, se escondían bajo la bóveda frondosa de alguna tranquila alameda y saltaban con sus chicas al asiento de atrás. Reflejos de nalgas blancas al claro de luna, braguetas desabrochadas, penetración rápida, gruñidos y gemidos. Mientras tanto, yo cogía el «metro»; West Side/ I.R.T. Todo aquello hubiera marcado profundamente vuestra mente con todo lo relacionado con el sexo. Es difícil hacerle el amor a una chica yendo en el «metro». O de pie, en un ascensor mientras sube al octavo piso de algún rascacielos de Riverside Drive. Por no hablar de hacerlo sobre el techo asfaltado de cualquier edificio de la West End Avenue, a cien metros del suelo, metiéndola y moviéndote mientras las palomas critican tu técnica y te picotean el furúnculo que tienes en el culo. Cuando uno crece en Manhattan es diferente. Un montón de inconvenientes le joden a uno la adolescencia. Mientras tanto, los demás chicos se divierten en sus moteles de cuatro ruedas. Por supuesto, nosotros, acostumbrados a los sinsabores de la vida ciudadana, tenemos por contrapartida nuestras pequeñas ventajas. Nuestras almas, nutridas con la fuerza de la adversidad, son más ricas y más interesantes. Cuando establezco categorías, siempre separo a los conductores de los no conductores. Los Oliver y los Timothy por un lado, los Eli por otro. Por derecho, Ned entra en la misma categoría que yo, la de los pensadores, los leídos, los atormentados, los introvertidos del «metro». Pero Ned tiene carnet de conducir. Lo que no constituye más que otro ejemplo de la perversa naturaleza de su carácter.

    De todas formas, estaba contento de estar otra vez en Nueva York. Aunque sólo fuera de paso, camino del dorado Oeste. Era mi terreno, o, más bien, lo sería una vez atravesáramos el Bronx para entrar en Manhattan. Los libreros, los puestos de perritos calientes y salsa de papaya, los museos, las salas de arte y ensayo, la gente. Su textura, su densidad. Bienvenido al país kascher. Un espectáculo que anima el corazón después de meses de cautiverio en las soledades pastorales de Nueva Inglaterra, los árboles imponentes, las anchas avenidas, las iglesias congregacionistas completamente blancas, las personas de ojos azules. ¡Qué alivio escapar de la aristocrática pureza de nuestro campus para respirar una bocanada de aire contaminado! Una noche en Manhattan y, después, hacia el Oeste. El desierto, los Guardianes de los Cráneos. Volví a ver iluminadas páginas del viejo manuscrito, las letras arcaicas, los ocho cráneos haciendo muecas al borde de la página (siete de ellos no tenían mandíbula inferior, pero, pese a todo, conseguían hacer muecas), cada uno en su pequeño nicho en la columna. La vida eterna te ofrecemos. Qué irreal me parece toda esta historia de la inmortalidad en este momento, con los cables de acero del puente George Washington brillando en el sudoeste y las burguesas torres de Riverdale a nuestra derecha. De pronto, tengo dudas. Somos un grupo de insensatos. Nos hemos portado como idiotas creyéndonos todo esto, por haber invertido el dinero de nuestro capital psicológico en una empresa alocada. Olvidemos Arizona y tiremos hacía Florida; Fort Dauderdale, Daytona Beach. Pensad por un momento en todas esas chicas bronceadas de allí abajo, esperando que unos tíos tan sofisticados como nosotros vayan a ligárselas. Y, como ya había pasado otras veces, Ned pareció leer en mis pensamientos; me miró furiosamente y dijo:

    —¡No morir nunca! ¡Fantástico! Pero, ¿crees realmente que haya algo de verdad en todo eso?


    2
    NED


    La parte más fascinante para mí, la más excitante estéticamente, es que dos de nosotros deban morir para que se exima a los otros dos del pesado fardo de la mortalidad. Esos son los términos propuestos por los Guardianes de los Cráneos, suponiendo, claro está, que la traducción que ha hecho Eli del manuscrito sea correcta, y, también, que lo que nos ha dicho sea verdad. Creo que la traducción es correcta —Eli es terriblemente puntilloso en cuestiones filológicas—, pero siempre hay que considerar la posibilidad de que se trate de una broma, tal vez montada por el propio Eli. O que el mismo sea víctima de un engaño. ¿No estará jugando con nosotros? Ese pequeño judío con la cabeza llena de tradiciones del guetto es capaz de todo, y, por supuesto, capaz de imaginar una historia fantástica para embarcar a tres pobres goyim indefensos hacia algún horrible destino: un baño de sangre ritual en el desierto. Ocúpate primero del delgado, del homosexual; métele tu ardiente espada por el agujero de su culo impío. Pero es probable que le atribuya a Eli mucha más depravación de la que realmente tiene, proyectando sobre él toda mi inestabilidad febril de andrógino perverso. Me parece sincero, es un judío honesto. En el grupo de cuatro candidatos que deben presentarse a la Prueba, uno debe someterse voluntariamente a la muerte, y otro debe convertirse en víctima de los demás. Sic dixit líber calvarium, que dice El Libro de los Cráneos. Dos mueren y dos viven. Un exquisito equilibrio de mandala de cuatro esquinas. Tiemblo ante la terrible tensión entre la extinción y el infinito. Para Eli, el filósofo, esta aventura es una versión más siniestra de la apuesta de Pascal, un juego al doble o nada existencial. Para Ned, el supuesto artista, es una cuestión de estética, un problema de forma y realización de sí mismo. ¿Qué suerte correremos cada uno de nosotros? Oliver, con su feroz sed de vida: nos quitará a la fuerza el frasco de la inmortalidad. No puede hacer otra cosa. No admitirá nunca, ni por un instante, la posibilidad de estar entre los que se retiran para que otros puedan vivir. Y Timothy. Naturalmente, volverá de Arizona intacto e inmortal, esgrimiendo la misma cuchara de plata que llevaba en la boca cuando nació. Los tipos como él están hechos para ser los vencedores. ¿Cómo iba a dejarse matar, o matarse él mismo, con toda esa pasta pariendo para él? Imaginad un momento: un seis por ciento de interés compuesto, durante, digamos, dieciocho millones de años. ¡Poseería el universo! ¡Fantástico! Así que, esos dos, son nuestros candidatos para la inmortalidad. Eli y yo, consecuentemente, tendremos que cederles el sitio. Nos guste o no. Sin necesidad de esperar, los papeles eligen a sus actores. Matarán a Eli, naturalmente, ¿acaso el judío no desempeña siempre el papel de víctima? Le prodigarán palabras amables, como señal de reconocimiento por haber encontrado la clave de la vida eterna en los polvorientos archivos; y, en el momento ritual preciso, le sujetarán y le harán respirar un poco de ciclón-B. La solución final al problema de Eli. Y sólo quedo yo como voluntario para la autoinmolación. La decisión, nos dijo Eli, citando el capítulo y verso adecuado de El Libro de los Cráneos, debe ser auténticamente voluntaria, resultado de un puro deseo de sacrificio, pues, en caso contrario, no producirá las vibraciones deseadas. Bien, señores, estoy a su disposición. No tenéis que decir más que una palabra y haré lo que será, con muchísimo, el mejor acto que haya realizado nunca. Un deseo desinteresado y puro, probablemente el primero. Sin embargo, hay dos condiciones: Timothy, hurgarás entre tus millones de Wall Street y subvencionarás una edición decente de mis poemas, bonita encuademación, bonito papel, con un prólogo de alguien conocido, Trilling, Auden, Lowell, o alguno de la misma categoría. Si muero por ti, Timothy, si vierto mi sangre para que vivas eternamente, harás eso por mí, ¿no? A ti también tengo algo que pedirte, Oliver, sí, señor. Causa sine qua non, como diría Eli. El último día de mi vida me gustaría pasar una hora contigo, mi bello y querido amigo, para plantar mi pene en tu suelo virgen. ¡Que seas por fin mío, querido Oliver! Prometo ser generoso con la vaselina. Tu cuerpo liso, casi imberbe, tus nalgas finas y atléticas, tu dulce e inviolado agujerito rosa. Todo eso mío, Oliver. ¡Mío, mío, mío! Te doy mi vida si me prestas tu culo sólo por una tarde. ¿No te parece romántico? ¿No es delicioso tu dilema? O pasas por la piedra, o nada. Pero pasarás. No tienes nada de puritano, eres práctico, un yo-primero. Comprenderás las ventajas del negocio. No tienes otra elección. Complace al marica, Oliver; si no, nada.


    3
    TIMOTHY


    Eli se toma todo esto mucho más en serio que el resto de nosotros. Supongo que es natural; lo ha descubierto él, él ha organizado toda la operación. Y, de todas formas, siente esa llama que se alimenta de él, ese misticismo del europeo del este que le permite concentrarse al máximo en una cosa aunque, en último análisis, sepa que es puramente imaginaria. Debe tratarse de algún rasgo judío ligado a la kabala, o no sé muy bien a qué. Por lo menos, creo que es un rasgo judío, como la inteligencia, la cobardía o el amor al dinero, pero, en definitiva, ¿qué sé yo de los judíos? Por ejemplo, nosotros cuatro en este coche. Oliver es, sin duda, el más inteligente. Ned, el más débil físicamente, basta con mirarle a los ojos para que se derrumbe. En cuanto al dinero, lo tengo yo, aunque no haya hecho nada para ganarlo. Reunimos los que dicen ser los rasgos típicos de los judíos. Y el misticismo. ¿Místico, Eli? Puede que simplemente no quiera morir. ¿Qué tiene eso de místico?

    Nada, desde luego, pero cuando se trata de creer en la existencia de egipcios o babilonios, o sobre los inmortales exilados al desierto, cuando se trata de creer que basta con ir allí, decirles las palabras adecuadas y que en el momento te den la inmortalidad, ¡entonces, sí! Salvo Eli, ¿quién puede tragarse eso? ¿Quizás Oliver? ¿Ned? No, él, no. Ned no cree en nada, ni siquiera en sí mismo. Y yo tampoco, no hay que preocuparse por eso.

    En ese caso, ¿qué pinto aquí?

    Como le he dicho a Eli, hace buen tiempo en Arizona en esta época del año. Además, me gusta viajar. Y me da la impresión de que la experiencia va a ser interesante. Ver cómo evoluciona todo esto. Ver a mis amigos enfrentarse con su destino en las mesas. ¿Para qué ir a la universidad sino para tener experiencias interesantes y enriquecer nuestro conocimiento de la naturaleza humana mientras uno se divierte? Yo no he ido para aprender geología o astronomía, sino para observar a otros seres humanos mientras hacen el idiota. ¡Eso es la educación! ¡Eso es pasarlo bien! Como me dijo mí padre el día que me fui de casa por primera vez, después de recordarme que representaba la octava generación de los Winchester que pisaba la noble institución: «Recuerda una cosa, Timothy: el único tema de estudio interesante para el hombre, es el hombre. Lo dijo Sócrates hace tres mil años, y todavía es válido.» En realidad, fue Pope quien lo dijo en el siglo XVIII, lo aprendí en segundo curso de inglés, pero no tiene importancia. Se aprende observando a los demás; sobre todo si uno ha perdido la oportunidad de fortificar el carácter en la adversidad, eligiendo cuidadosamente a los tátara-tátara-abuelos. Tendría que verme ahora el abuelito: en coche con un marica, un judío y un campesino. Creo que no tendría nada que decir. No olvido que soy el mejor.

    Eli habló primero con Ned. Les vi cuchichear un montón de cosas. Ned se reía. «Te burlas de mí», repetía; y Eli se ponía como un tomate de rojo. Ned y Eli son muy amigos. Sin duda porque son dos mequetrefes y pertenecen a minorías oprimidas. Desde el principio estuvo claro que, si nos uníamos los cuatro, ellos dos estarían en un lado y Oliver y yo en el otro. Los dos intelectuales contra los dos banales. Los dos maricas... es injusto. Eli no es marica, aunque le moleste al tío Clark. Mi tío insiste continuamente en hacernos creer que los judíos, se reconozca o no, son, fundamentalmente, homosexuales. Es cierto que Eli, con esos andares y ese ceceo, parece marica. De hecho, más que Ned. Quizá por eso persigue Eli de esa manera a las chicas. ¿Tendrá algo que ocultar? En fin, el caso es que Eli y Ned cuchicheaban, se pasaban notas y, después se lo contaron a Oliver. «¡Mierda! ¿Es que yo no puedo enterarme?», les pregunté. Creo que sentían un maligno placer excluyéndome de sus manejos, algo así como si quisieran demostrarme lo que significa ser un ciudadano de segunda categoría. O, a lo mejor, tenían miedo de que me riera de ellos. Terminaron por contármelo todo. Oliver hizo de embajador.

    —¿Qué harás en Semana Santa? —me preguntó.
    —No sé. Tal vez las Bermudas. O Florida. O Nassau —el caso es que no lo había pensado mucho.
    —¿Te seduce Arízona? —¿Y qué podemos hacer allí?

    Aspiró profundamente.

    —Eli ha estado examinando unos manuscritos antiguos en la biblioteca —me dijo sonriendo y evitando mirarme a los ojos—. Ha encontrado algo que se llama El Libro de los Cráneos, un libro que, al parecer, ha estado allí durante cincuenta años sin que nadie pensara en traducirlo. Eli ha investigado algunas cosas y piensa...

    Piensa que los Guardianes de los Cráneos todavía existen, y que nos dejarán aprovecharnos de su maravilloso tesoro. Eli, Ned y Oliver están de acuerdo en ir allí y ver de qué se trata, y me invitan a completar el cuarteto. ¿Por qué? ¿Por mi dinero? ¿Por mi encanto personal? En realidad, es porque solamente admiten que vayan los candidatos de cuatro en cuatro, y, como somos compañeros de habitación, les ha parecido lógico que...

    Y etcétera, etcétera. Acepté quizá por divertirme. Cuando mi padre tenía mi edad, se fue al Congo Belga para buscar minas de uranio. No encontró nada, pero se lo pasó en grande. También yo tengo derecho a correr detrás de alguna quimera. Me voy con vosotros, contesté. Y se me ocurrió durante los exámenes. Sólo más tarde, Eli me contó algunas de las reglas del juego. De cuatro candidatos, como mucho, sólo dos consiguen la inmortalidad. Los otros dos deben morir. Era precisamente el toque melodramático que faltaba. Eli me miró fijamente a los ojos:

    —Ahora que ya conoces los riesgos —me dijo—, puedes dejarlo si quieres.

    Me miraba intensamente, como si buscara alguna paja amarilla en mi sangre azul. Me eché a reír.

    —¡Una posibilidad entre dos está bastante bien! —le dije.


    4
    NED


    Algunas impresiones rápidas antes de que este viaje nos cambie para siempre. Pues nos cambiará, eso seguro. Miércoles por la noche. A ¿...? de marzo. Estamos entrando en la ciudad de Nueva York.

    TIMOTHY. Rosa y dorado. Cinco centímetros de grasa rodean unos músculos espesos. Imponente y macizo. Si hubiera querido, podría haber jugado de defensa. Ojos azules y episcopales, burlones. Desarma con una sonrisa. Ademanes de aristócrata americano. ¡Pelo cortado a cepillo! ¡En los tiempos que corren! Es una forma de decirle al mundo que no tiene más dueño que sí mismo. Hace lo posible por darse un aire indolente y perezoso. Un gato gordo. Un león dormido. Hay que desconfiar del león dormido; corriendo es más rápido que lo que sus víctimas llegan a pensar.

    ELI. Negro y blanco. Delgado y frágil. Dos centímetros más alto que yo, pero, no obstante, no es alto. Ojos brillantes, labios finos y sensuales, un poco de papada, greñas prolongadas en bucles asirios. Piel muy blanca: en su vida ha visto el sol. Una hora después de afeitarse, necesita hacerlo de nuevo. Vello en el pecho y en las nalgas; si no fuera tan delgado, le daría un aspecto viril. No tiene gancho con las mujeres. Puede que yo llegara a algo con él, pero no es mi tipo: demasiado parecido a mí. Impresión general de vulnerabilidad. Inteligencia viva y hábil, no tan brillante como él cree, pero lejos de ser tonto. Es el prototipo de estudiante de historia medieval.

    YO. Amarillo y verde. Un ágil y pequeño marica, ligeramente torpe, pese a la agilidad. Pelo castaño claro, enmarañado y tieso. Frente despejada, de hecho, cada día más despejada. «Te pareces a Fray Angélico», me dijeron dos chicas diferentes la misma semana. Seguro que porque asistían a la misma clase de arte. Es cierto que tengo una ligera pinta de clérigo. Por lo menos, eso decía mi madre, viéndome ya como un amable párroco reconfortando corazones destrozados. Una pena, madre, pero el Papa no quiere tener nada que ver con nosotros. Las chicas, sí. Intuitivamente, saben que soy marica, y, sin embargo, se me ofrecen; como desafío, imagino. Lamentable. ¡Qué derroche! Soy un poeta honesto y un mediocre novelista. Si tuviera valor suficiente para ello, intentaría escribir una novela. Creo que moriré joven. Siento en mí las exigencias del romanticismo. Para ser consecuente con mi personaje, debo considerar constantemente el suicidio.

    OLIVER. Rosa y dorado, como Timothy; sin embargo, ¡qué diferencia! Timothy es brutal y sólido como una roca. Oliver es una columna labrada. Físico improbable en un estudiante de primero: un metro ochenta, espalda ancha, caderas estrechas. Proporciones perfectas. Fuerte y silencioso. Sabe que es atractivo, pero no le da ninguna importancia. Granjero, nacido en Kansas. Rasgos abiertos, sin doble intención. Pelo largo, muy rubio, casi blanco. Visto de espaldas, tiene pinta de mujer grandota, salvo las caderas, que no tienen nada que ver con el aspecto general. Sus músculos no están tan marcados como los de Timothy, sino que son alargados y planos. Su placidez campesina no engaña a nadie. Tras el destello tranquilo de sus ojos azules, se esconde un espíritu lleno de avidez. Vive en el hervidero neoyorquino de su imaginación, tejiendo ambiciosos planes. Sin embargo, una noble luz emana de él. Si pudiera, sólo por una vez, embeberme en esa luz...

    Nuestra edad: Timothy, veintidós el mes pasado. Yo, veintiuno y medio. Oliver, veintiuno en enero. Eli, veinte y medio.

    Nuestro signo: Timothy: Acuario. Yo: Escorpión. Oliver: Capricornio. Eli: Virgo.


    5
    OLIVER


    Prefiero conducir yo a que conduzca nadie. He conducido durante diez o doce horas seguidas. Desde mi punto de vista, me siento más seguro cuando conduzco yo que cuando voy dependiendo de otro, pues nadie tiene tanto interés como yo en conservar mi vida. Hay gente que corteja a la muerte sólo por la sensación que experimentan, o, como diría Ned, por cuestión de estética. Me parece idiota. Para mí no hay nada más sagrado en el mundo que la vida de Oliver Marshall, y, cada vez que tenga que ponerse en peligro, prefiero ser yo quien lleve las riendas. Así que no pienso dejarles demasiado el volante. Hasta ahora he conducido siempre yo, aunque el coche sea de Timothy. El es todo lo contrario; prefiere dejarse llevar. Supongo que se trata de un signo más de su conciencia de clase. Eli no sabe conducir. Sólo quedamos Ned y yo. Yo y Ned hasta Arizona, con Timothy para relevarnos de vez en cuando. Francamente, la idea de confiar mi pellejo a Ned me da escalofríos. ¿Y si me quedo donde estoy, con el pie clavado en el acelerador durante toda la noche? Llegaríamos a Chicago mañana por la tarde. A San Luis, el mismo día, pero ya entrada la noche. A Arizona, pasado mañana.

    Empezaríamos enseguida a buscar la casa de los cráneos. Estoy preparado para la inmortalidad. Psicológicamente preparado. Creo en Eli implícitamente. ¡Dios mío, que si le creo! Sólo pido eso: creerle. Todo el futuro se abre ante mí. Viajaré a las estrellas. Visitaré los planetas. El Capitán Futuro de Kansas. ¡Y estos imbéciles quieren parar en Nueva York para ir a echar unos polvos! ¡Les espera la eternidad y son incapaces de ir más allá de Maxwell! Quisiera decirles lo podencos que son. Pero debo ser paciente con ellos. No quiero que me tomen el pelo. No quiero que piensen que esos cráneos me vuelven loco. First Avenue, ¡hemos llegado!


    6
    ELI


    Hemos ido a un sitio de la Calle 67 que se inauguró en navidades. Uno de los miembros de la fraternidad de Timothy le dijo que era formidable, y Timothy insistió en que nos diéramos una vuelta por allí. Se llamaba La Rata Empapelada, y era todo un espectáculo. La clientela estaba compuesta casi exclusivamente por estudiantes de los barrios residenciales, y había casi tres veces más de chicos que de chicas. Mucho ruido y pesadas risotadas. Entramos en formación, pero nada más atravesar la puerta nos desperdigamos. Timothy se lanzó hacia la barra como un animal en celo, pero se frenó en seco cuando comprobó que el ambiente no respondía exactamente a lo que él esperaba. Oliver, que para algunas cosas es bastante más delicado que nosotros, ni siquiera entró; sintió desde el principio que el sitio no le convenía y se quedó plantado en la puerta, esperando a que nos fuéramos. Cuando intentaba llegar hasta el centro de la sala, me sentí fustigado por una oleada de gritos discordantes que me dejaron vibrando de la cabeza a los pies. Desanimado, me retiré hacia la relativa tranquilidad del vestíbulo. Ned se fue derecho a los lavabos. Yo era lo suficientemente ingenuo como para pensar que solamente quería mear. Al cabo de un rato, Timothy se acercó a mí, con una jarra de cerveza en la mano; me dijo:

    —¡Larguémonos de aquí! ¿Dónde está Ned?
    —En los servicios.
    —¡Mierda!

    Se alejó furioso a buscarle. Poco después reapareció con Ned, un Ned que parecía disgustado y venía acompañado por una réplica de Oliver de un metro noventa y cinco, más o menos, como mucho, de dieciocho años de edad, un joven Apolo con una melena hasta los hombros y una cinta color lavanda sujetándole el pelo. Ned no había perdido el tiempo. Cinco segundos para orientarse, treinta para encontrar los servicios y concluir su trabajo. Y entonces llega Timothy y lo echa todo a perder, jodiendo una aventura que hubiera acabado exquisitamente en alguna habitación del East Village. Pero, claro, no podíamos dejar que Ned se dedicase a sus vicios. Timothy le dijo al muchacho algo no muy agradable. Apolo, contoneándose, se alejó. Y nosotros nos largamos. Más arriba, en la misma calle, había sitios más acogedores. La Plastic Cave, un sitio que Oliver y Timothy habían frecuentado bastante el año anterior. Decoración futurista, ondulantes hojas de plástico gris brillante, camareros vestidos con trajes de ciencia ficción de colores barrocos, periódicas explosiones de luces estroboscópicas, y, más o menos cada cinco minutos, salían de cincuenta altavoces riadas de música ensordecedora. Más una discoteca que un club de solteros, pero valía para las dos cosas. Muy frecuentada por los de Columbia y Barnard. Y también por las chicas de Hunter; estudiantes, abstenerse. Me sentía desplazado. No tengo ni idea sobre los sitios de moda. Prefiero sentarme en una cafetería, pedirme un capuchino y charlar, todo antes que pagar por bailar en una discoteca. Me gusta más Rilke que el rock, y Plotino más que el plástico. «Sales directamente de los años cincuenta», me dijo un día Timothy. Timothy, con su corte a cepillo de patriota republicano.

    Nuestro principal objetivo para esa noche era encontrar un sitio para dormir, es decir, chicas que tuvieran un piso donde poder meter a cuatro tipos. Timothy se encargaría de ello, y, si no resultaba suficiente, pondríamos a Oliver a trabajar en el asunto. Aquél era el ambiente en que estaban acostumbrados a moverse. En una misa mayor, en la iglesia de San Patricio, no hubiera podido estar más incómodo. Para mí, aquello era Zanzíbar, y supongo que para Ned algo parecido a Timbuctú, a pesar de su adaptabilidad camaleónica. Frustrado por Timothy en sus inclinaciones naturales, enarbolaba en aquel preciso instante la bandera hetero, y, con su acostumbrada perversidad, sacó a bailar a la chica menos afortunada del lugar, una muchacha desgarbada, con los pechos tan desplegados como un tiro de postas que brotara de debajo de su deformado suéter rojo. Le estaba administrando su tratamiento de seducción a alta tensión, lo que hacía que se pareciera más que a cualquier otra cosa a un Raskolnikov homosexual aferrándose a la mujer que debería salvarle de una existencia de sodomita atormentado. Mientras Ned le susurraba al oído, era un espectáculo digno de admirar verla hacerle carantoñas y pasando su lengua entre los labios, parpadeando mientras acariciaba el crucifijo —¡sí, señor!— que colgaba entre sus gigantescos pechos. Una Sally McNally que hubiera perdido hacía poco su golosina, y, ¡sólo Dios sabe cuánto le había costado deshacerse de ella! Y ahora —¡todos los santos sean loados!— ¡alguien intentaba calentarla de verdad! Sin duda Ned le parecía el cura contrariado, el jesuita decepcionado con su aureola de decadencia y romántica angustia católica. ¿Llegaría hasta el final? Probablemente, sí. Su calidad de poeta, buscando experiencias sin cesar, le inducía a hacer frecuentes incursiones en los bajos fondos del sexo contrario, seduciendo a todas las chicas rechazadas por los demás: una manca, una chica con medio maxilar, una cigüeña dos veces más alta que él, etcétera. Es la idea que tiene el humor negro. En resumen que, aunque marica, se acuesta con chicas más veces que yo, si bien sus conquistas no son precisamente ningunas mísses. No quería sacar ningún placer del acto, sino solamente el juego cruel de la conquista por sí misma. «Veis», parecía decir, «esta noche no me habéis dejado tener a Alcibíades, así que me cojo a Xanthippe».

    Estudié su técnica durante algunos momentos. Me lleva mucho tiempo observar las cosas. Debía estar ya intentando cazar algo. Si el fervor y el intelectualismo están de moda aquí, ¿por qué no estaba ya cambiando mi mercancía por algunos trozos de culo? Eli, ¿a lo mejor estás por encima de todo esto? Venga, por qué no confiesas que eres un pardillo con las chicas. Me acerqué a tomar un whisky sour (¡Los años cincuenta una vez más! ¿Quién sigue bebiendo cócteles hoy en día?) y me dispuse a alejarme de la barra. Con mi natural torpeza choqué con una morenita y tiré la mitad del líquido por el suelo.

    —¡Oh! ¡Perdón! —dijimos a la vez.

    Parecía aterrada, un animalillo asustado. Frágil, huesuda, justo, justo, el metro cincuenta, ojos brillantes y solemnes, nariz prominente (¡Shayneh maideleh! ¡Un miembro de la tribu!). Una blusa turquesa medio transparente revelaba un sujetador rosa, que, para las costumbres de la época, indicaba una cierta ambivalencia. Nuestra timidez encendió una llama recíproca. Sentí calor entre las piernas, en las mejillas, y sentía el calor de nuestro fuego común. A veces, las cosas suceden de forma tan especial que uno se extraña de que todos los que le rodean no se levanten a aplaudir. Encontramos una mesa minúscula y murmuramos someras presentaciones. Mickey Bernstein, Eli Steinfeld, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

    Estudiaba en Hunter y estaba en segundo, era becaria, su familia vivía en Kew Gardens; compartía un piso con otras cuatro amigas en la esquina entre la Tercera Avenida y la Calle 70. Creí de inmediato haber encontrado nuestro nicho para pasar la noche. Figuraos: ¡Eli, el schmendrick tiene un hallazgo! Pero comprendí rápidamente que el piso en cuestión tenía dos habitaciones y cuarto de baño, y que no estaba hecho para albergar a tanta gente. No tardó en confesarme que venía raramente a estos sitios, casi nunca, en realidad. Pero una de sus amigas la había arrastrado hasta aquí para celebrar el comienzo de las vacaciones. Señaló hacia su compañera: un palo de escoba cubierto de acné que conferenciaba ardorosamente con un barbudo desgarbado que vestía con aquel estilo lleno de flores del sesenta y ocho; así que por eso estaba aquí, incómoda, ensordecida por todo aquel ruido, ¿podría pedirle un refresco? Hombre de mundo, Steinfeld agarra al vuelo a un marciano y le larga el pedido: «Es un dólar, por favor». ¡Vaya! Me preguntó qué estudiaba. Encajado. Venga, pedante, ¡lúcete!

    —Filosofía de la Alta Edad Media —contesté—, la desintegración del latín en lenguas románticas. Podría cantarte alguna canción obscena en provenzal, si supiera cantar.

    Se echó a reír, un poco alto.

    —¡Oh! Yo también tengo una voz horrible —dijo—. Pero si quieres puedes recitarme una.

    Me cogió de la mano tímidamente, me había mostrado demasiado erudito para pensar en tomar la suya. Y empecé, casi vociferando las palabras en medio del estruendo que nos rodeaba.

    Can vei la lúceta mover
    Dejoi sas alas contral raí,
    Que s.oblid.es laissa chazer
    Per la doussor c.al cor li vai...


    Y así sucesivamente. Estaba embobada. —¿Es realmente muy cochino? —me preguntó por fin.

    —En absoluto. Es una tierna canción de amor. Bernart de Ventadorn, del siglo XII.
    —¡Lo has recitado muy bien!

    Se la traduje, y sentí que llegaba hasta mí un montón de palabras aduladoras. Llévame contigo, hazme cosas, me decía telepáticamente. Calculé que habría tenido relaciones sexuales unas nueve veces con dos tipos diferentes, y andaban aún buscando nerviosamente su primer orgasmo, preguntándose sin embargo si no estaría entrando en materia demasiado pronto. Estaba dispuesto a hacer todo lo posible, mientras le susurraba pequeños tesoros provenzales. Pero, ¿cómo irse de allí? ¿A dónde podíamos ir? Miré frenéticamente a mi alrededor. Timothy besaba a una criatura increíblemente bella, su melena era una cascada de pelo castaño. Oliver tenía dos conquistas: una morena y una rubia. El antiguo encanto del granjero trabajaba a fondo. Ned seguía cortejando a su remedio contra toda tensión. Tal vez alguno de los dos encontraría algo, un piso no demasiado lejos, donde entráramos todos. Volví a prestar atención a lo que Mickey me decía:

    —El sábado por la noche damos una fiesta. Vendrán algunos músicos formidables. Música clásica. Si estás libre podrías...
    —El sábado por la noche estaré en Arizona.
    —¿En Arizona? ¿Has nacido allí?
    —Soy de Manhattan.
    —Entonces, ¿por qué...? Lo que quiero decir es que nunca oí de nadie que se fuera a Arizona en Semana Santa... ¿Es algo nuevo? —con la exquisitez de una tímida sonrisa, añadió—: Perdona. ¿Te espera alguna chica?
    —No. No hay nada de eso.

    Se removió en la silla ligeramente incómoda. No quería ser indiscreta, pero no sabía cómo parar el interrogatorio. Por fin cayó la pregunta inevitable:

    —Entonces, ¿por qué vas?

    No sabía qué contestarle. Durante un cuarto de hora había representado un papel convencional, el de estudiante merodeando por los bares del East Side, la chica tímida pero liberada, atontada por un poco de poesía esotérica, miradas tiernas, ¿cuándo puedo volver a verte?, la aventura fácil, gracias por todo y hasta la vista. El conocido vals estudiantil. Pero en su pregunta había una trampa para mí, y me precipitaba en aquel otro universo más oscuro, el del sueño y la imaginación, donde jóvenes solemnes especulan con la posibilidad de deshacerse para siempre de la pesada carga de la muerte, donde algunos místicos se esfuerzan en creer que han descubierto misteriosos manuscritos que revelan los secretos de antiguos cultos. Sí, hubiera podido decirle: partimos a la busca del escondite oculto de la Hermandad de los Cráneos, esperando persuadir a los Guardianes de que somos dignos candidatos a la Prueba, y que, naturalmente, si nos aceptan, uno de nosotros sacrificará de buen grado su vida por los demás, y otro será asesinado; pero, ya ves, estamos dispuestos a enfrentarnos a estas eventualidades, ya que, los afortunados que sobrevivan, jamás morirán. Gracias, H. Rider Haggard: es exactamente así. Sentía nuevamente la misma sensación de incongruencia y dislocación al yuxtaponer nuestro directo entorno neoyorquino y mi improbable sueño de Arizona. Mira, hubiera podido decirle, hay que suscribir un acto de fe de aceptación mística; pensar que la vida no está hecha solamente de discotecas y «metros», de tiendas de modas y de aulas. Necesitamos creer que existen fuerzas inexplicables. ¿Crees en la astrología? Por supuesto; y sabes lo que piensa de ella el New York Times. Pues bien, admite un poco más; como hemos hecho nosotros. Abstráete de tu forzado y moderno desprecio hacia todo lo improbable, y admite, sólo por un instante, que pueda existir una Hermandad, que pueda existir una Prueba, que pueda existir la Vida Eterna. ¿Por qué negarlo sin antes haberlo comprobado? ¿Debemos dejarlo y correr el riesgo de equivocarnos? Por eso vamos a Arizona, los cuatro: el alto con el pelo cortado a cepillo, aquel dios griego que está cerca de la barra, aquel otro que habla animadamente con la chica gorda, y yo. Y, aunque algunos estamos más convencidos que otros, no hay ninguno que no tenga por lo menos un poquito de fe en El Libro de los Cráneos. Pascal eligió la fe porque el no creyente tenía todas las posibilidades en contra, ya que podía perder el Paraíso por no someterse a la Iglesia. Lo mismo nos pasa a nosotros. Aceptamos con agrado parecer ridículos durante una semana porque esperamos ganar algo que no tiene precio y, como mucho, sólo perderíamos el precio de la gasolina. Pero a Mickey Bernstein no le dije nada de esto. La música estaba demasiado alta; además, nos habíamos comprometido todos con el más terrible de los juramentos estudiantiles a no revelar nada a nadie bajo ningún pretexto. Simplemente, contesté:

    —¿Por qué Arizona? Porque nos encantan los cactus. Y porque hace muy buen tiempo en marzo.
    —También en Florida hace buen tiempo.
    —Sí, pero no hay cactus.


    7
    TIMOTHY


    Necesité una hora para encontrar a la chica que buscaba y todo arreglado. Se llamaba Bess. Era de Oregón y tenía un buen par de tetas. Compartía un amplio piso en Riverside Drive con otras cuatro compañeras de Barnard. Tres de sus cuatro amigas habían ido a pasar las vacaciones a casa de sus padres; la otra estaba allí, sentada en un rincón, dejándose camelar por un tío de unos veinte años de espesas patillas y aspecto de agente de publicidad. Le expliqué que mis tres amigos y yo estábamos de paso en Nueva York camino de Arizona, y que esperábamos encontrar algún lugar no muy desagradable para dormir.

    —Eso podría arreglarse —me dijo.

    ¡Perfecto! Ya sólo queda buscar a todos los demás. Oliver hablaba sin cesar con una chica delgaducha con un traje negro, ojos demasiado brillantes. Probablemente drogada con anfetaminas. Tiré de él, le expliqué lo que había, y le encajé a la amiga de Bess, Judy, una chica de Nebraska, nada desdeñable. El asunto estuvo pronto arreglado y Judy y Oliver se embarcaron en una discusión sobre el precio de la comida para cerdos, o algo parecido. Después busqué a Ned. Se había ligado a una tía, ¡imaginad! De vez en cuando hace este tipo de cosas, supongo que para picarnos. En esta ocasión se trataba de un animal de concurso, grandes agujeros en la nariz, enormes pechos y una montaña de carne.

    —Nos vamos —le dije—. Si quieres puedes traerla.

    Después encontré a Eli. Debíamos estar en la semana internacional de la heterosexualidad: incluso Eli había hecho una conquista. Castaña, delgada, sólo piel sobre huesos, sonrisa nerviosa. Pareció atónita al notar que su Eli formaba equipo con un gran shegitz como yo.

    —Donde vamos, cabe todo el mundo —le dije—. Vámonos.

    Le faltó poco para besarme los pies.

    Nos amontonamos ocho en el coche —nueve, pues la conquista de Ned valía por dos. Conducía yo. Las presentaciones no acababan nunca. Judy, Mickey, Mary, Bess; Eli, Timothy, Oliver, Ned; Judy, Timothy; Mickey, Ned; Mary, Oliver; Bess; Eli; Mickey, Judy; Mary, Bess; Oliver, Judy; Eli, Mary...

    ¡Vaya! Se pone a llover, una llovizna helada justo por encima del punto de congelación. Cuando entrábamos en Central Park, un coche decrépito que iba cien metros por delante de nosotros derrapó, resbaló por el bordillo de la acera y se estrelló contra un gigantesco árbol. El coche reventó, y por lo menos una docena de siluetas salieron corriendo en todas direcciones. Frené en seco, pues algunas de las víctimas estaban casi debajo de las ruedas de nuestro coche. Había cráneos aplastados y nucas abiertas, y gente gimiendo en español. Aparqué mientras le decía a Oliver:

    —Vamos a ver si podemos echar una mano.

    Oliver parecía aplanado. Es su reacción ante la muerte: atropellar a una ardilla le pone malo durante una semana. Un coche lleno de portorriqueños heridos es suficiente espectáculo para dejar a nuestro valiente estudiante de medicina en estado semicomatoso. Cuando estaba empezando a murmurar alguna respuesta, Judy de Nebraska asomó la cabeza por encima de su hombro y empezó a gritar histéricamente:

    —¡No pares, Tim! ¡Continúa!
    —Hay heridos —dije.
    —Va a llegar la policía. Cuando vean ocho jóvenes en un coche, nos registrarán antes de ocuparse de ellos. ¡Y llevo encima, Tim! ¡Llevo! Nos detendrán a todos.

    Estaba realmente al borde del pánico. ¡Mierda! No podíamos permitirnos el lujo de perder una parte de nuestras vacaciones dejándonos detener, simplemente, porque una imbécil necesita llevar su reserva de estimulantes encima a todos sitios, así que, apreté el acelerador y arranqué, sorteando cuidadosamente a los muertos y a los agonizantes. ¿La policía hubiera perdido el tiempo en registrarnos mientras que aquellos tipos se morían tirados en la carretera? No puedo creerlo, pero probablemente estoy condicionado a creer que tengo a la policía de mi parte. Tal vez Judy tenía razón. En nuestro tiempo, la histeria se contagia fácilmente. Así que nos fuimos, y sólo cuando llegamos a Central Park West, Oliver dijo que, en su opinión, no debíamos haber huido de aquel modo. La moral, con retraso, le hizo saber Eli, es peor que la ausencia de moral. Ned exclamó: «¡Bravo!» ¡Hay que ver lo pesados que son estos dos!.

    Judy y Bess vivían a la altura de la Calle 100, en un enorme y vetusto inmueble que, hacia 1920, fue probablemente un palacio. Su piso era una continuidad de habitaciones y pasillos de techo alto, con rebuscadas molduras de escayola, agrietada y retocada decenas y decenas de veces a lo largo de los siglos. Más o menos un quinceavo piso: vistas sobre las miserias de New Jersey. Bess puso una pila de discos: Segovia, Stones, Sargent Pepper, Beethoven, cualquier cosa, y fue a buscar una botella de Ripple. Judy sacó la droga que causara su pánico en el parque. Un trozo de hasch del tamaño de mi nariz.

    —¿Siempre llevas eso como amuleto? —le pregunté, aunque me aseguró que se lo habían vendido en la Plastic Cave.

    Pasamos una pipa. Como siempre, Oliver pasó. Creo que piensa que todo tipo de drogas sólo sirven para contaminarle sus preciosos fluidos vitales. La lavandera irlandesa de Ned también se abstuvo; le hubiera gustado intervenir, pero no estaba preparada para llegar a aquello. «Venga», oí que le decía Ned. «Te ayudará a perder peso». Parecía aterrada. Sin duda temía que de un momento a otro Jesucristo apareciera por la ventana para llevarse su alma inmortal de su jadeante cuerpo pecaminoso. El resto de nosotros conseguimos colocarnos en un estado agradable, y cada uno se dirigió a las diferentes habitaciones.

    Hacia la mitad de la noche, obedeciendo a las exigencias de mi vesícula, me dediqué a buscar los servicios por un verdadero laberinto de puertas cerradas y pasillos. Abrí algunas por equivocación. Por todas partes, montones de humanidad. En una de las habitaciones, ruidos apasionados, movimientos regulares y rítmicos, ruido de muelles. No hace falta abrir: debe ser Oliver, el toro, montando a su Judy por sexta o séptima vez. Cuando haya acabado con ella, andará con las piernas arqueadas durante una semana. En otra habitación, soplidos y ronquidos. ¡Dios mío! La dulce trucha de Ned en pleno sueño. Ned estaba dormido en el suelo del pasillo; supongo que todo tiene un límite. Por fin, encontré los servicios; estaban ocupados. Eli y Mickey estaban duchándose juntos. No quería molestarles, pero, ¡mierda!, Mickey tomó una graciosa postura de estatua griega, mano derecha cubriendo su negro vello, brazo izquierdo cruzado sobre sus rudimentarios pechos. Aparentaba unos catorce años, tal vez menos.

    —Perdón —dije alejándome.

    Eli, desnudo y chorreando, corrió tras de mí.

    —Olvídalo —dije—, no lo he hecho a propósito.

    Pero no era aquello lo que le preocupaba. Quería preguntarme si teníamos sitio para una persona más para el resto del viaje.

    —¿Ella?

    Asintió. Lo que faltaba. Habían conectado, habían encontrado la verdadera felicidad el uno dentro del otro... Y ahora quería que nos la lleváramos con nosotros.

    —¡Por Dios! —exploté, y creo que casi desperté a toda la casa—. ¿No le habrás dicho que...?
    —No, sólo le he dicho que vamos a Arizona.
    —¿Y qué vas a hacer cuando lleguemos? ¿Llevarla con nosotros al Monasterio de los Cráneos?

    No lo había pensado. Obnubilado por sus modestos encantos, nuestro lúcido Eli no veía más allá de sus narices. Evidentemente, resultaba imposible. Si la expedición se hubiera caracterizado por el aspecto erótico, yo me hubiera traído a Margo, y Oliver a LuAnn. No. Todo debía quedar entre hombres. Las mujeres sólo para las ocasiones que surgieran en el camino, y Eli obedecería las reglas como todos los demás. Sobre aquellas bases habíamos formado un cuarteto hermético. Y ahora él se negaba a adaptarse.

    —Mientras estemos en el desierto, la dejaré en algún motel de Phoenix —insistió—. No tiene por qué enterarse ni de a dónde vamos ni para qué.
    —¡Ni pensarlo!
    —Además, Timothy, ¿por qué todo esto tiene que ser un misterio?
    —¡Estás mal de la cabeza! ¿Quién insistió fundamentalmente en que hiciéramos aquel puñetero juramento de no revelar jamás ni una sola palabra de El Libro de los Cráneos?
    —¡Tim, estás gritando! ¡Te van a oír!
    —¿Y qué? ¡Que me oigan! Te molestaría, ¿no? Te molestaría que todo el mundo se enterase de tus proyectos estilo Fu-Manchú. Y, sin embargo, estás dispuesto a contarla todo. Eli, ¿por qué no lo entiendes de una vez?
    —Si ella no viene, puede que renuncie a Arizona.

    Me daban ganas de darle un buen vapuleo. ¡Renunciar a Arizona! El lo había organizado todo. Había reclutado a las tres personas que hacían falta para que la empresa tuviera éxito. Se pasó horas y horas explicándonos lo importante que era que abriéramos nuestras almas a lo inexplicable, a lo fantástico, a lo inverosímil. Nos había obligado a abandonar todo empirismo y todo pragmatismo, a realizar un acto de fe. Y etcétera, etcétera... Y ahora, cuando una seductora israelita se abre las piernas cuando le ve, está dispuesto a tirarlo todo por la borda para visitar cogidos de la mano los claustros, el Guggenheim y todos los demás santuarios de la cultura urbana. Pues, ¡mierda! Si nos había metido en todo esto, y, haciendo abstracción de la creencia que cada uno de nosotros acordara a su asombroso culto de la inmortalidad, ¡no nos iba a abandonar así como así! El Libro de los Cráneos exige que los candidatos se presenten en grupos de cuatro. Le dije que no aceptaríamos que se escabullera. Se quedó un buen rato en silencio. Muchos vaivenes de la manzana de Adán: señal de gran conflicto interior. El Amor Auténtico frente a la Vida Eterna.

    —La verás cuando volvamos del Oeste —le contesté—. Suponiendo que seas de los que vuelvan.

    Estaba metido de lleno en uno de sus propios dilemas existenciales. La puerta del cuarto de baño se abrió y Mickey asomó púdicamente la cabeza, enrollada en una toalla.

    —Tu Dulcinea te espera —dije—. Hasta mañana.

    Encontré otro cuarto de baño cerca de la cocina, y, tras liberarme, volví a oscuras junto a Bess, que me acogió con pequeños suspiros, me agarró por las orejas y me colocó entre sus dos rebosantes montículos. Los pechos voluminosos, me dijo mi padre cuando tenía quince años, son más bien vulgares, y un gentlemen debe utilizar otros criterios para elegir a sus mujeres. Es posible, pero, como almohadas, resultan idóneas. Celebramos por última vez la consagración de la primavera y después me dormí. A las seis de la mañana me despertó Oliver ya completamente vestido. Ned y Eli también estaban levantados y vestidos. Las chicas dormían. Desayunamos en silencio. Café y panecillos. A las siete ya estábamos en la carretera. Riverside Drive, el puente George Washington, Jersey, después la autopista 80 hacia el Oeste. Oliver conducía.


    8
    OLIVER


    «No vayas», me había dicho LuAnn. «Sea lo que sea, no vayas, no te mezcles en eso. No me inspira confianza.» A decir verdad, no le había contado casi nada. Solamente las apariencias. Un grupo de religiosos en Arizona, viviendo en un monasterio; según Eli, si fuéramos a visitarles, sería para nosotros una fuente de enriquecimiento espiritual. Podríamos sacar un gran provecho, le expliqué a LuAnn. Su reacción inmediata fue de miedo. El síndrome del ama de casa: si no sabes de qué se trata, no te acerques. Asustada, recogida en su caparazón. No es ñoña, ni mucho menos, pero tiene los pies demasiado en la tierra. A lo mejor, si le hubiera hablado del aspecto inmortal del asunto, hubiera reaccionado de diferente manera. Pero había jurado no decir ni una palabra. Además, supongo que hasta la inmortalidad hubiera espantado a LuAnn. «No vayas», me hubiera dicho. «Es una trampa. Nada bueno saldrá de todo eso. Es extraño, diabólico y misterioso, y, dentro de la voluntad del Señor, no entra que esas cosas existan. Beethoven murió. Jesucristo murió. El presidente Einsenhower murió. ¿Crees acaso que tú vas a salvarte de morir cuando ellos han tenido que hacerlo? Te lo ruego, no te mezcles en eso.»

    La muerte. ¿Qué sabe la pequeña LuAnn de la muerte? Incluso sus abuelos viven todavía. Para ella, la muerte es una abstracción, cosas que le pasaron a Jesucristo y Beethoven. Yo conozco mejor la muerte, LuAnn. Cada noche veo su calavera. Paseo con ella. La escupo. Y Eli viene un día a buscarme y me dice: «Conozco un sitio donde te evitarán la muerte, Oliver. Está en Arizona. Haces una visita a la Hermandad y les sigues el juego, y ellos te arrancarán de la rueda del fuego. No sigas a los demás, no bajes a la tumba, no aceptes la descomposición. Saben cómo sacarte el aguijón de la muerte.»

    ¿Cómo dejar escapar semejante oportunidad?

    La muerte, LuAnn. Piensa en la muerte de LuAnn Chambers, el jueves que viene, por ejemplo. No en mil novecientos noventa y siete, sino el próximo jueves. Vas a visitar a tus abuelos a Elm Street, cruzas la calle y un coche se echa sobre ti después de derrapar, como el de esos pobres portorriqueños la otra noche... no, retiro lo dicho. No creo que la Hermandad de los Cráneos pueda evitar una muerte accidental, violenta. Sea cual sea su método, no es milagroso, solamente retrasa el proceso físico. Volvamos al principio, LuAnn. Vas por Elm Street para visitar a tus abuelos y de pronto una vena te estalla en las sienes traidoramente. Hemorragia cerebral. ¿Por qué no? Imagino que también sucede a los veintiún años. La sangre empieza a hervir dentro de tu cráneo, tus piernas parecen de algodón, caes sobre el bordillo de la acera revolviéndote como un gusano. Sabes que está pasando algo horrible, pero ni siquiera te da tiempo a gritar; y en diez minutos has muerto. Has sido borrada del universo, LuAnn, o mejor dicho, te han quitado el universo. No hablemos de lo que le va a pasar a tu cuerpo: los gusanos en tus entrañas, tus ojos azules convertidos en lodo... Piensa simplemente en lo que has perdido, en todo lo que te dejas atrás. Los amaneceres y los atardeceres. El aroma de un filete a la plancha. El fino contacto de un jersey de cachemira. El suave roce de mis labios sobre los bordes de tus senos. Has dejado a tus espaldas el Gran Cañón, Shakespeare, Londres y París, el champán y tu boda por todo lo alto en alguna iglesia, a Peter Fonda, a McMacney, el Misisipí, la Luna y las estrellas. Nunca tendrás hijos, nunca probarás el verdadero caviar, porque te has muerto en la acera y los jugos ya fermentan en ti. ¿Para qué pasar por todo eso, LuAnn? ¿Por qué traernos a este magnífico mundo para después quitárnoslo todo? ¿Voluntad divina? No, LuAnn. Dios es amor, y jamás nos hubiera hecho algo tan cruel; así que Dios no existe, sólo existe la muerte. Y tenemos que procurar evitar a la Muerte. ¿Que sólo una minoría muere a los diecinueve años? Es cierto, LuAnn. En ese punto he forzado un poco las cosas. Digamos que vives hasta mil novecientos noventa y siete. Te casas en la iglesia, tienes hijos, ves París y también Tokio, brindas con champán y pruebas el caviar verdadero. Y hasta te vas a la Luna con tu marido para pasar las vacaciones, con tu marido el rico doctor. Y entonces llega la muerte y te dice: O.K., LuAnn, ha sido un paseo muy agradable, pero ya se ha terminado. ¡Hop! Tienes cáncer de útero, se te pudren los ovarios, o cualquiera de esas enfermedades de mujer; durante las noches se ramifica, te vas en hemorragias y acabas en el hospital envuelta en un mar de fluidos apestosos. ¿Acaso el hecho de haber vivido cuarenta o cincuenta años te da suficientes fuerzas como para hacer las maletas? ¿Acaso la broma no es todavía más cruel cuando te das cuenta de lo maravillosa que es la vida para palmar luego? Nunca has pensado en esas cosas, LuAnn, pero yo sí. Y te lo digo: cuanto más se vive, más se desea vivir, por supuesto, a menos que estés enfermo o seas anormal, o estés solo en el mundo y la vida sólo sea un tormento para ti. Pero si amas la vida, nunca tendrás suficiente. Yo no tengo ganas de dejar esto. He pensado en la muerte de Oliver Marshal, puedes creerme, y es algo que rechazo totalmente. ¿Por qué empecé medicina? No para forrarme recetando píldoras a las ricachas, sino para poder especializarme en geriatría; en los fenómenos de la senectud y la prolongación de la vida: para poder meterle a la muerte un dedo en el ojo. Era mi gran sueño, todavía lo es; entonces Eli viene y me cuenta lo de los Cráneos, y yo le escucho. Rodamos a cien kilómetros por hora hacia el Oeste. La muerte de Oliver Marshal puede llegar dentro de ocho segundos —¡crac!, ¡bang!, ¡clonk!—, o dentro de noventa años. También podría no producirse nunca. No producirse nunca.

    LuAnn, piensa por ejemplo en Kansas. Tú sólo conoces Georgia, pero piensa por un momento en Kansas. Kilómetros y kilómetros de cereales, un viento arenoso azotando la llanura. Creces en un pueblo de novecientos cincuenta y tres habitantes. ¡Oh, Señor! ¡Danos también en este día nuestra muerte cotidiana! El viento, el polvo, la carretera, las caras alargadas y angulosas. ¿Quieres ir al cine? Medio día de viaje hasta Emporia. ¿Quieres comprar un libro? Para eso es mejor ir a Topeka. ¿Comida china? ¿Pizza? ¿Enchiladas? Bromeas. En nuestra escuela hay ocho cursos y diecinueve alumnos. Sólo un profesor. También él nació aquí y no sabe muchas cosas. Como era endeble para la agricultura, pidió trabajo en la escuela. El polvo, LuAnn. El trigo ondulante, las largas tardes de verano. El sexo. ¿Sabías, LuAnn, que el sexo allí no es ningún misterio, sino una necesidad? A los trece años te vas detrás de la granja, al otro lado del río. Es la única diversión que hay. Todos hemos jugado. Christa se baja los vaqueros. Es curioso, no tiene nada entre las piernas salvo algunos rizos rubios. Ahora, déjame mirar a mí, te dice. Ven, súbete encima de mí, así. ¿Te parece excitante, LuAnn? No tiene nada de excitante. Hacemos eso porque no tenemos otra cosa que hacer. A los dieciséis años, todas las chicas están gordas, y la rueda sigue girando. Es la muerte, LuAnn, la muerte en vida. No podía más. Necesitaba evadirme. No a Wichita, ni a Kansas City, sino hacia el Oeste, hacia el verdadero mundo, el mundo de la televisión. ¿Imaginas todo lo que he tenido que revolver para salir de Kansas? ¿Ahorrar dinero para comprar libros? ¿Hacer cien kilómetros diarios para ir y volver del instituto? Soy un digno imitador del digno Abe Lincoln, sí, porque era la única e irreemplazable vida de Oliver Marshal la que estaba viviendo y no podía permitirme el lujo de derrocharla haciendo crecer cereales. Bien, una beca para una de las universidades de Ivy League. Notas brillantes en primero de medicina. Soy como un alpinista, LuAnn. El diablo me quema la cola y necesito llegar cada vez más alto. Pero, ¿para llegar a dónde? ¿Para pasar cuarenta o cincuenta años agradables y luego un hasta luego y gracias por todo? No, no me resigno. A lo mejor la muerte era buena para Beethoven o para Jesucristo o para el presidente Eisenhower, pero, sin pretender ofender a nadie, creo que yo soy diferente. Simplemente porque no puedo sentarme y dejarme llevar. ¿Por qué tiene que ser tan corta la vida? ¿Por qué ha de terminar tan deprisa? ¿Por qué no nos dejan que nos bebamos el universo? La muerte ha estado rondando a mi alrededor durante toda mi vida. Mi padre murió a los treinta y seis años. Cáncer de estómago. Un día empezó a echar sangre por la boca y dijo: «Me parece que he adelgazado algo últimamente.» Diez días más tarde parecía un esqueleto, y diez días más y era un esqueleto. Le habían otorgado treinta y seis años de vida. ¿Qué vida es ésa? Cuando murió, yo tenía once años. Tenía un perro y murió. Hocico gris, orejas colgantes, rabo juguetón; hasta la vista. También tenía abuelos, como tú, precisamente cuatro. Murieron, uno, dos, tres, cuatro, caras curtidas, losas en el polvo. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Quisiera ver tantas cosas, LuAnn! África, Asia, el Polo Sur, Marte y los planetas de Alfa Centauro. Me gustaría ver amanecer cuando empezara el siglo XXI, y, también, el XXII. ¿Pido demasiado? Sí, en efecto. Ahora tengo todo eso a mi disposición, y, sin embargo tengo que perderlo todo, como los demás; pero me niego a resignarme. Por eso me dirijo al Oeste, el sol del amanecer brilla en el espejo retrovisor, Timothy ronca a mi lado, y Ned escribe una poesía sentado en el asiento de atrás, Eli está taciturno por el asunto de la chica que Timothy no le ha dejado traerse. Y todo esto lo pienso por ti, LuAnn. Todas estas cosas que no sabría explicarte. Las meditaciones sobre la muerte de Oliver Marshal. Pronto llegaremos a Arizona. Entonces conoceremos las decepciones y desilusiones, y nos iremos a tomar una cerveza diciéndonos que era evidente, desde el principio, que esta historia era un camelo, y cogeremos otra vez la ruta del este para continuar el proceso que lleva a la muerte. Pero, ¿quién sabe, LuAnn? ¿Quién sabe? Por lo menos, existe una posibilidad. Una pequeña y minúscula posibilidad de que el libro de Eli diga la verdad. ¿Quién puede negarlo?


    9
    NED


    Hemos andado setecientos o novecientos kilómetros hoy sin intercambiar prácticamente una palabra desde que salimos esta madrugada. Nos unen y nos separan algunas tensiones. Eli está enfadado con Timothy, yo también. Timothy está abrumado por Eli y por mí. Oliver está harto de todo el mundo. Eli está contra Timothy porque no le dejó traerse a la morenita que recogió ayer por la noche. Mis simpatías están con Eli; sé lo difícil que le resulta entenderse con las chicas, y me imagino lo angustioso que debió ser para él separarse de ella. Sin embargo, Timothy tiene razón: traerse a la chica era algo impensable. También yo le reprocho a Timothy sus intromisiones en mi vida sexual. Podía haberme dejado irme con aquel chico a su casa y recogerme por la mañana. Pero no, tiene miedo de que me den una paliza por la noche y me dejen tirado en una acera. «Sabes lo que suele pasar, Ned: tarde o temprano, los maricas acaban por recibir una paliza y se mueren sobre la primera acera que encuentran.» No quería perderme de vista. ¿Qué puede importarle a él si recibo una paliza mientras me dedico a la busca de mis dudosos placeres? Lo que le importa es que eso rompería el mandala. La figura de las cuatro esquinas, el rombo sagrado. Siendo tres, no podrían presentarse ante los Guardianes de los Cráneos; soy indispensable. Así que Timothy, que no hace más que decir que no se cree ni una palabra del mito del Monasterio de los Cráneos, está, sin embargo, decidido a llevar a todo el rebaño intacto hasta las puertas del santuario. Me gusta esa clase de resolución repleta de contradicciones. Timothy dice que éste es un viaje de locos, pero tengo la intención de seguir hasta el final, ¡y velaré para que todo el mundo continúe!

    Esta mañana hay otras tensiones en la atmósfera. Timothy está de morros y como distante, sin duda porque detesta el papel paternalista que tuvo que interpretar ayer; nos está reprochando que le hayamos obligado a hacerlo. Sospecho que Timothy también está algo resentido conmigo porque le prodigué mis favores a la pobre Mary. En el código de Tim, cuando se es marica, se es marica y punto. Debe creer, probablemente con razón, que a veces me lanzo a la heterosexualidad con una buena panda de espantapájaros sólo para fastidiar a los tipos como él.

    Oliver está también más taciturno que de costumbre. Imagino que le parecemos tremendamente frivolos y nos detesta por ello. ¡Pobre Oliver! Un self-made man, como él mismo no deja de recordarnos con su desaprobación, más implícita que explícita, de nuestros respectivos comportamientos. Se trata de una figura linconiana, salida de la desolación de los campos de cereales de su Kansas natal a base de esfuerzos, sacrificios y trabajo, para alcanzar el envidiable status de estudiante de medicina en la universidad, exceptuando una o dos, más tradicional del país, y que, por alguna mala jugada del destino, se encuentra compartiendo su piso y posible futuro destino con: 1) un poeta homosexual; 2) un miembro de la clase ociosa; 3) un judío erudito y neurótico. Mientras Oliver se dedica a la conservación de la vida mediante los ritos de Esculapio, yo me contento con rellenar incomprensibilidades contemporáneas, y Eli se contenta con traducir y dilucidar incomprensibilidades olvidadas, y Timothy se contenta con coleccionar dividendos y jugar al polo. Sólo tú, Oliver, tienes alguna utilidad social, tú, que has hecho voto de aligerar a la humanidad de sus males. ¡Ah! Y si el monasterio de Eli existiera de verdad y nos dieran lo que vamos a buscar, ¿al estado de qué quedaría convertido tu arte, Oliver? ¿Para qué sirve ser médico cuando existe una fórmula mágica que concede la vida eterna? ¡Tendrás que despedirte de tu trabajo, Oliver!

    Ahora debemos estar, más o menos, por Pensilvania occidental, o en el este de Ohio, no sé exactamente. Nuestra meta para esta noche es Chicago. Los kilómetros pasan; las autopistas se suceden unas a otras y todas son muy parecidas. Estamos rodeados de colinas todavía inmersas en la desolación del invierno. Un sol pálido. Un cielo descolorido. De vez en cuando, una gasolinera, un restaurante o la pintura de algún pueblo sin alma divisado a través de los árboles.

    Oliver condujo sin decir una sola palabra durante más de dos horas. Después le pasó las llaves a Timothy. Timothy llevó el volante durante cosa de media hora, se cansó y me pidió que le relevara. Soy algo así como el Richard Nixon del automovilismo: tenso, aplicado, agresivo, siempre calculando y deshaciéndome continuamente en excusas; es decir, un incompetente. A pesar de todos esos handicaps, Nixon logró ser el presidente; yo, a pesar de mi falta de atención y coordinación, saqué el carnet de conducir. Según la teoría de Eli, los americanos se dividen en dos categorías: los que saben conducir y los que no saben; los primeros sirven únicamente como animales reproductores y para trabajos de fuerza; los segundos encarnan el verdadero genio de la raza. Me considera algo así como un traidor a la intelligentsia porque sé distinguir el freno del acelerador, pero me da la impresión de que, después de comprobar cómo conduzco durante una hora, ha debido pasar a revisión su severo juicio. No soy un conductor, sino una pésima imitación de uno. El Lincoln Continental de Timothy me parece un autobús. Giro demasiado el volante y voy dando bandazos constantemente. Dadme un VW y os enseñaré de qué soy capaz. Oliver, que es un pésimo pasajero, acabó por perder la paciencia y me dijo que iba a conducir él otra vez. Ahora conduce él, auriga de dorados cabellos, hacia el sol poniente.

    En un libro que leí no hace mucho, se esbozaba una metáfora estructural de la sociedad a partir de una película etnográfica sobre la caza de jirafas en la selva africana. Los guerreros habían herido a un gran animal con sus flechas envenenadas, pero tenían que seguir a su presa a través de las áridas soledades del Kalahari hasta que muriera, cosa que podía llevar una semana o, incluso, más. Los cazadores eran cuatro, unidos por estrecha alianza. El jefe, que iba a la cabeza del grupo. El shaman, o brujo, que invocaba la asistencia de los poderes sobrenaturales cuando la situación lo requería y que, además, servía de unión entre el carisma divino y la realidad del desierto. El cazador, célebre por su agilidad, elegancia, velocidad y fuerza, llevaba el mayor peso del grupo. Y por fin, el bufón, pequeño y feo, que se burlada de los misterios del shaman, de la beldad del cazador y de la autosuficiencia del jefe. Los cuatro constituían un organismo único, cada uno de ellos desempeñando un papel esencial en el desarrollo de la caza. A partir de ahí, el autor desarrollaba las polaridades del grupo, inspirándose en las teorías de Yeats sobre los giros en sentidos contrarios: el shaman y el bufón representaban el giro a la izquierda, el idealismo; el cazador y el jefe, el giro a la derecha, el racionalismo. Cada uno de los giros concretiza posibilidades inaccesibles al otro; cada uno es inútil sin el otro, pero juntos forman un grupo estable donde todas las funciones están equilibradas. De ahí sólo hay un paso hacia la última metáfora que nos eleva de la tribu a la nación: el jefe se convierte en el estado, el cazador en el ejército, el shaman en la iglesia y el bufón en el arte. Este coche transporta un macrocosmos. Timothy es nuestro jefe; Eli nuestro shaman, el bello Oliver nuestro cazador, y yo soy el bufón. Y yo soy el bufón.


    10
    OLIVER


    Eli nos había guardado lo mejor para el final, para cuando todos estuvimos convencidos para hacer el viaje. Hojeaba las páginas de la traducción levantando la cabeza, frunciendo las cejas, simulando tener dificultad en encontrar el pasaje que quería leernos cuando sabía perfectamente dónde estaba. Luego, con voz solemne, leyó:

    «Este es el Noveno Misterio: ¡El precio de una vida debe ser exigido a cambio de otra vida! Sabed, ¡oh nobles nacidos!, que cada eternidad debe ser compensada con una extinción y que pedimos de vosotros que el equilibrio ordenado sea conseguido serenamente. Aceptamos en nuestro seno a dos de vosotros. Dos deben ir a reunirse con la oscuridad. Así como por el hecho de vivir, morimos cada día, por el hecho de morir, viviremos eternamente. ¿Hay entre vosotros alguno que renuncie gustoso a la eternidad para beneficiar a sus hermanos de la figura de cuatro lados, para que ganen la comprensión y la auténtica abnegación? ¿Hay entre vosotros alguno al que sus compañeros estén dispuestos a sacrificar para ganar la comprensión de la exclusión? Que sean elegidas las víctimas. Que definan la calidad de su vida por la cualidad de su partida.»

    Un poco confuso. Releímos y releímos el texto durante horas, dejando que Ned ejercitara sus músculos de jesuita, sólo para, finalmente, llegar a una conclusión horrible. Hacía falta que alguien se ofreciera voluntario a la muerte, al suicidio. Y dos de los sobrevivientes debían asesinar al tercero. Aquéllos eran los términos del pacto. ¿Tendríamos que cumplirlos al pie de la letra? ¿O sólo tenían un valor simbólico? En vez de suicidarse, puede que uno de nosotros tenga que irse tan mortal como llegó, renunciando a tomar parte en el ritual. Después, los otros dos deberían ponerse de acuerdo para que el tercero abandonara el santuario. ¿Era posible? Eli se inclinaba por verdaderos muertos. Por supuesto. Por supuesto, suele tomarse las cosas místicas demasiado al pie de la letra. Las irracionalidades de la vida le interesan más que las realidades. Ned, que nunca se toma nada en serio, está de acuerdo con Eli. No creo que tenga demasiada fe en El Libro de los Cráneos, pero su posición es que sí, que en todo esto hay algo de verdad, y que el Noveno Misterio debe interpretarse como la exigencia de dos muertes.

    Timothy tampoco se toma nada en serio, aunque su forma de reírse del mundo sea totalmente diferente de la de Ned. Ned es un cínico consciente. A Timothy todo le tiene sin cuidado. Es una pose demasiado demoníaca en el caso de Ned, y sólo cuestión de tener demasiado dinero el padre, en el de Timothy. No se rompe la cabeza con lo del Noveno Misterio. Para él, como el resto de El Libro de los Cráneos, es una tontería.

    ¿Y Oliver?

    Oliver no lo sabe muy bien. Tengo fe en El Libro de los Cráneos, sí, porque tengo fe y por tanto supongo que debo aceptar la interpretación literal del Noveno Misterio. Sí, pero me he metido en esto para vivir, no para morir, no he pensado de hecho, que yo pueda ser el que saque la paja más corta. Suponiendo que el Noveno Misterio corresponda exactamente a lo que creemos, ¿quiénes serán las víctimas? Ned ha dicho que a él le es indiferente morir o vivir. Una noche de febrero, borracho como una cuba, nos arengó durante dos horas con la estética del suicidio. Traspirando, con la cara enrojecida, agitando los brazos, resoplando. Lenin predicando encima de un cajón. De vez en cuando, nos interesábamos por coger el sentido general. De acuerdo, encomendemos a Ned su papel habitual y concluyamos con que sus propósitos de morir son, en último extremo, una actitud romántica. Eso hace de él, de todas formas, nuestro más firme voluntario para ese viaje obligatorio. ¿Y de víctima asesinada? Eli, naturalmente. No podía ser yo; me defendería demasiado, y me llevaría a la tumba por lo menos a uno de esos cerdos, y lo saben perfectamente. Ni Timothy: es fuerte como una montaña; no le matarían ni con una barra de hierro. Sin embargo, Timothy y yo podríamos cargarnos a Eli en menos de dos minutos.

    ¡Por Dios! ¡Cómo detesto este tipo de especulaciones!

    No quiero matar a nadie. No quiero ver morir a nadie. Lo único que quiero, y durante el mayor tiempo posible, es seguir viviendo yo.

    Pero, ¿y si son ésas las condiciones? ¿Y si el precio de una vida es realmente otra vida?


    11
    ELI


    Entramos en Chicago en el crepúsculo, después de haber viajado todo el día. Ciento diez, ciento veinte por hora durante horas y horas apenas entrecortadas con algunas paradas. Las últimas cuatro horas las hemos hecho sin parar. Oliver aceleraba como un loco por la autopista. Las piernas dormidas. El culo dolorido. Ojos vidriosos. El cerebro embotado. El poder hipnótico de la carretera. Mientras el sol descendía por el horizonte, el color parecía haber abandonado el mundo. Un azul uniforme se deslizaba por todas partes, cielo, campo, carretera. El conjunto de tonos del espectro estaba siendo atraído hacia el ultravioleta. Era como cuando uno se encuentra en mitad del océano, incapaz de distinguir lo que está por encima o debajo del horizonte. Dormí muy poco la noche anterior. Como mucho dos horas, probablemente menos. Cuando no hablábamos o hacíamos el amor, estábamos tumbados uno junto al otro en una especie de sopor. ¡Ah, Mickey! ¡Mickey! Todavía tengo tu olor en la punta de los dedos. Te respiro. Tres veces entre las doce y el amanecer. Lo tímida que fuiste al principio en la estrecha habitación, pintura verde descascarillada, posters psicodélicos, John Lenon y Yoko, nalgas fláccidas, mirando cómo nos desnudábamos, y tú adelantando los hombros, metiéndote apresuradamente entre las sábanas. ¿Por qué? ¿Encuentras tu cuerpo tan deficiente? De acuerdo, estás delgada, tienes los codos puntiagudos y no demasiado pecho. No eres Afrodita. ¿Acaso necesitabas serlo? ¿Soy yo Apolo? Por lo menos, no te has crispado en mis brazos. Me pregunto si habrás gozado. Nunca me entero. ¿Dónde están los espasmos gimientes, los gritos de que hablan en los libros? No será mi tipo de chica, supongo. Las mías son demasiado educadas para semejantes erupciones orgásmicas. Hubiera debido meterme a cura. Dejar joder a los que saben y consagrar mis energías a la investigación de lo profundo. Puede que no sea muy bueno en fornicología. Que Orígenes sea mi guía: en alguno de mis momentos de exaltación, me practicaré una autoorquidectomía y pondré los cojones en ofrenda ante el santo altar. Así no sufriré nunca más las distracciones de la pasión. ¡Pues, no! ¡Me gusta demasiado! Señor, hazme casto, pero espera todavía un poco. Tengo el número de teléfono de Mickey. La llamaré cuando vuelva de Arizona (¡Cuándo esté de vuelta! Si vuelvo. ¿Qué pareceré entonces?). Mickey es exactamente la chica que necesito. Debo fijarme unos modestos objetivos sexuales. No son para mí las rubias espectaculares, ni las deportistas, ni las sofisticadas contraltos. Para mí son las pequeñas y dulces sonrisas. La LuAnn de Oliver acabaría con todos mis métodos en un cuarto de hora; aunque creo que la aguantaría sólo una vez, por las tetas. ¿Y la Margo de Timothy? En eso más vale ni pensar. Mickey es la que más me conviene. Mickey pálida, Mickey deslumbrante, Mickey cerca, Mickey alejada. Mil doscientos kilómetros a mi derecha. Me pregunto qué les dirá de mí a sus amigas. Que me idealice, que me engrandezca. Lo necesito tanto.

    Henos pues en Chicago. ¿Por qué Chicago? ¿No está un poco alejado de la línea recta que une Phoenix con Nueva York? Me da la impresión de que sí. Si yo hubiera organizado el viaje, habría trazado un itinerario que fuera de una punta del continente hasta la otra, pasando por Pittsburgh y Cincinnati, pero es muy probable que las autopistas más rápidas no sigan el camino más corto, y, de todas maneras, Timothy quería pasar por Chicago. Pasó aquí toda su juventud. O más bien, la parte de su infancia que no pasó en la hacienda de su padre, en Pensilvania, la pasó aquí, en casa de su madre, un poco más arriba de Lake Shore Drive. ¿Existe algún anglicano que no se divorcie cada dieciséis años? ¿Hay alguno que no tenga un par de padres o madres como mínimo? Desde aquí veo los anuncios de bodas para el domingo:

    Mtss Rowan Demarest Hemple, hija de Mrs. Charles Holt Wilmerding, de Grosse Pointe, Michigan, y de Mr. Dayton Belknap Hemple, de Bedford Hills, Nueva York y Montego Bay, Jamaica, ha contraído matrimonio esta tarde en la capilla anglicana, con el doctor Forrester Chiswell Birdsall, cuarto, hijo de Mr. Forrester Chiswell Birdsall, tercero, de East Islip, Long Island.

    Et caetera ad infinitum. Qué cónclave debe ser una boda semejante, con todos esos matrimonios múltiples reuniéndose para celebrarlo, donde cada uno es el primero de todo el mundo, cada uno casado dos, tres veces, por lo menos. Los nombres, los triples nombres santificados con el tiempo, las hijas llamadas Rowan y Choate, y Palmer, y los chicos Amory y McGeorges, y Harcourt, han sido educados entre nombres como Bárbara, Loise, Claire, Mike, Dick y Sheldon. McGeorges puede convertirse en Mac, pero, ¿cómo le llama uno a un joven Harcourt cuando juega con él a policías y ladrones? ¿Y a una chica que se llame Palmer o Choate? Es un mundo diferente, un mundo aparte. ¡Y el divorcio! La madre (Mrs. X... Y... Z...) vive en Chicago, el padre (Mr. A... B... C...) vive en un barrio residencial de Philadelfia. Mis padres celebrarán sus treinta años de matrimonio en el mes de agosto, y no han cesado de lanzarse el uno al otro a la cara durante toda mi juventud: ¡El divorcio! ¡El divorcio, estoy harto! ¡Me iré de esta casa para no volver nunca más! La incompatibilidad burguesa normal y corriente. Pero, ¿divorciarse realmente? ¿Llamar a un abogado? Antes que eso mi padre se hubiera descircuncidado y mi madre hubiera entrado completamente desnuda en Gimbels. En todas las familias judías existe una tía que se divorció antaño, hace tiempo, y hoy ya nadie habla de ella. Uno se entera, una de esas mañanas en que se sorprende una conversación entre dos parientes de edad avanzada, evocando recuerdos mientras meten la nariz en la taza de té. Pero nunca se habla de ello delante de los niños. Nunca encontraréis entre los judíos racimos de familias que necesiten complicadas presentaciones: os presento a mi madre y a su marido, a mi padre y a su mujer.

    Durante nuestra estancia en Chicago, Timothy no visitó a su madre. Paramos muy lejos de donde vive, un poco más al sur, en un motel al borde del lago, frente al Grand Park (Timothy pagó la habitación con su tarjeta de crédito, no podía ser menos), pero ni siquiera la telefoneó. Los sólidos y afectuosos lazos de las familias goyishe. Sí, verdaderamente. (¿Por qué no llamarla y hablarle un poco por teléfono?) En lugar de eso nos llevó a hacer una visita nocturna a la ciudad, comportándose en parte como si fuera el propietario, y en parte como si fuera un guía a bordo de un autobús de excursionistas de la Gray Line. Aquí tenéis las torres gemelas de Marina City, aquí el rascacielos John Ancok, y aquí el Instituto de Arte, y ahí el conocido barrio comercial de Michigan Avenue. Al final, quedé impresionado, yo nunca había ido hacía el Oeste más allá de Parsippany, en New Jersey, pero me había hecho una idea muy precisa de la probable naturaleza del gran corazón de América. Esperaba encontrarme un Chicago mugriento y estrecho, cima de la desolación del Middle West, con viviendas de ladrillo rojo de siete pisos, del siglo XIX, y con una población compuesta en su totalidad por trabajadores polacos, húngaros e irlandeses, todos vestidos con monos. Sin embargo, lo que tenía ante mí era una ciudad llena de anchas avenidas y deslumbrantes rascacielos. La arquitectura era sobrecogedora. En Nueva York no hay nada comparable a esto. Por supuesto, sólo hemos visto el Chicago de las cercanías del borde del lago. Vete solamente cinco calles hacia el interior y verás toda la miseria que desees. Aquello, al menos, era lo que Ned prometía. En todo caso, la pequeña parte de Chicago que habíamos visto era deslumbrante. Timothy nos llevó a cenar a un restaurante francés que conocía, frente a un curioso monumento antiguo conocido como Water Tower. Una ocasión más para verificar la veracidad de la máxima de Fitzgerald sobre los ricos: «Son diferentes de vosotros y de mí». Yo conocía los restaurantes franceses como vosotros conocéis a los tibetanos o a los marcianos. En las grandes ocasiones, mis padres nunca me habían llevado al Pavillon o al Chambord: cuando aprobé el examen que me abría las puertas del instituto, me concedieron el derecho de ir al Brass Rail, y al Scharff el día que me dieron la beca. Comida para tres por más o menos trece dólares, y con aquello podía considerarme feliz. Las raras ocasiones en que voy a un restaurante con alguna chica nunca pido más allá de una pizza o de un kung-po-chi-din. La carta del restaurante de Timothy era una extravagancia de letras doradas grabadas sobre hojas de vitela, más anchas que el New York Times; para mí resultaba misterioso. Timothy, mi compañero de curso y de habitación, se movía a sus anchas a través de los jeroglíficos de la carta, sugiriéndonos las quenelles aux buîtres, crêpes farcies et roulées, escalopes de veau à l'estragon, tournedos sauté chasseur, l'homard a l'americaine. Oliver, naturalmente, estaba tan perdido como yo, pero, para mi sorpresa, Ned, cuyo medio pequeño burgués no era muy diferente del mío, destacó como un gran conocedor en la materia y discutió competentemente los respectivos méritos del gratin de ris de veau, de los rognons de veau à la bordelaise, del caneton aux cerises y del suprême de volaille aux champignons. (El verano que cumplió dieciséis años, nos explicó más tarde, había servido de pinche a un distinguido gourmet de Southampton.) Finalmente, me declaré incapaz de hacer nada con tal carta, y fue Ned quien decidió por mí mientras Timothy elegía por Oliver. Recuerdo las ostras, la sopa de tortuga, el vino blanco seguido del tinto, un suntuoso no sé qué más de cordero, unas patatas que sobre todo parecían hechas de aire, y broccoli sumergido en una espesa salsa amarilla. Después, coñac para todos. Legiones de camareros se apresuraban a nuestro alrededor como si fuéramos cuatro banqueros de paso en lugar de cuatro estudiantes vestidos de forma miserable. De pasada vi la cifra del total: ciento doce dólares, servicio no incluido. Me faltó poco para caerme de espaldas. Con gesto noble, Timothy exhibió su tarjeta de crédito. Me sentía febril, atontado, absolutamente lleno. Temía vomitar sobre la mesa, en medio de todas aquellas lámparas de cristal, de todos aquellos terciopelos rojos y del elegante mantel. El espasmo pasó sin que sucediese ninguna desgracia. En cuanto salimos a la calle me sentí mejor, aunque todavía un poco mareado. Me prometí a mí mismo consagrar cincuenta o sesenta años de mi inmortalidad a estudiar seriamente las artes culinarias. Timothy habló de ir después por la zona de las cafeterías, un poco más hacia el norte. Pero la idea fue rechazada unánimemente, pues estábamos agotados. Volvimos andando al hotel, durante una hora más o menos, en medio de un frío atroz.

    Habíamos tomado una suite. Dos habitaciones, Ned y yo en una, Timothy y Oliver en la otra. Dejé caer mi ropa en un montón y me metí en la cama. No tenía mucho sueño, demasiada comida: espantoso. Agotado como estaba, me quedé relativamente despierto, en un estado de sopor. La cena, demasiado cara, pesaba como una piedra en mi estómago. Una buena vomitona, decidí unas horas más tarde, sería lo mejor. Me levanté desnudo y me dirigí titubeando hacia el cuarto de baño que separaba las dos habitaciones. En el oscuro pasillo me encontré con una visión aterradora. Una chica desnuda, más alta que yo, con los pechos pesados y oblongos, caderas asombrosamente anchas, una corona de pelo castaño y rizado. ¡Una aparición nocturna! ¡Un fantasma engendrado por mi calenturienta imaginación!

    —¡Hola, guapetón! —me dijo guiñándome un ojo, pasando ante mí en medio de una nube de perfume y olor a carne. Quedé atontado, la mirada fija sobre sus opulentas nalgas hasta que cerró la puerta del cuarto de baño. Temblaba de frío y de lubricidad. Ni el ácido me había provocado nunca semejante alucinación. ¿Aquel restaurante francés era más fuerte que el LSD? ¡Era bella, bien hecha, elegante! Oí la cadena y el agua del retrete, miré hacía la otra habitación. Mis ojos estaban ya acostumbrados a la oscuridad. Lencería femenina por todas partes. Timothy roncaba en su cama. En la otra, Oliver, y sobre su almohada una segunda cabeza, femenina. No era una alucinación. ¿Dónde habían encontrado a aquellas chicas? ¿En la habitación de al lado? No. Empezaba a comprender. Unas call-girls proporcionadas por la dirección del hotel. La fiel tarjeta de crédito ha servido una vez más. Timothy obtiene de la civilización americana un partido que yo, pobre estudiante del ghetto, nunca podría soñar con tener. ¿Necesitas una chica? Coges el teléfono y no tienes más que pedir una. Tenía seca la garganta y la verga tiesa. Sentía tronar mis tripas. Timothy está dormido. Muy bien, ya que la han contratado para toda la noche, la tomaré prestada un momento. Cuando salga del baño, iré decidido hacia ella, una mano en el pecho, la otra en el culo, la hablaré con voz cavernosa tipo Bogart y la invitaré a que se acueste conmigo. Qué os habéis creído. La puerta se abrió. Salió contoneándose, los pechos balanceándose, ding-dong, ding-dong. Otro guiño. Pasó por delante de mí. Desapareció. Mis manos se cerraron en el vacío. Su espalda arqueada acababa en dos nalgas asombrosamente carnosas; perfume barato; andaba suavemente siguiendo el ritmo de su contoneo. La puerta de la habitación se cerró en mis narices. Está alquilada, pero no para mí. Es de Timothy. Entré en el cuarto de baño, me arrodillé ante el trono, y me pasé una eternidad intentando vomitar. Después, volví a mi cama con mis sueños fríos de intento fallido.

    Por la mañana, ya no había ninguna chica a la vista. Estábamos en la carretera antes de las nueve. Oliver conducía. Próxima escala, Saint Louis. Me hundía en una morbosidad apocalíptica. Hubiera roto imperios aquella mañana si hubiera tenido el dedo sobre el botón adecuado. Hubiera liberado al Doctor Strangelove o al lobo Fenris. Hubiera hecho saltar en pedazos al universo entero si me hubieran dejado.


    12
    OLIVER


    Durante cinco horas he conducido sin parar. Los demás querían bajar constantemente, para mear, para estirar las piernas, para comprar hamburguesas, para hacer esto o lo otro, pero no les he hecho ni caso, he seguido conduciendo sin despegar el pie del acelerador, los dedos posados ligeramente sobre el volante, la espalda completamente recta, la cabeza casi inmóvil, manteniendo la vista sobre un punto fijo a ocho o diez kilómetros ante mí sobre la misma carretera. Me encontraba poseído por el ritmo del movimiento. Era casi algo sexual: el largo y liso coche se lanzaba hacia delante violando a la autopista, y yo iba al volante. Sentía verdadero placer. Por un instante di un ligero bandazo. La víspera no estaba a tono, demasiado esfuerzo con aquellas putas que Timothy había conseguido. ¡Oh! A pesar de todo, conseguí hacerlo tres veces, pero solamente porque era eso lo que se esperaba de mí, y porque mi tacañería granjera no me permitía derrochar el dinero de Timothy. Tres golpes, como decía la chica: «Damos otro golpe más, lobo mío.» Pero el esfuerzo sostenido y constante de los cilindros era prácticamente una relación sexual entre el coche y yo, era el éxtasis. Ahora creo comprender lo que siente un fanático de las motos. Más, más y más. El pulso saltaba por encima de uno. Hemos tomado la carretera 66, que pasa por Joliet, Bloomington, Springfield. Poca circulación. En algunos sitios, colas de camiones; pero, aparte de eso, no gran cosa. Los postes de telégrafos desfilan uno tras otro, plíc, plíc, plic. Un kilómetro cada cuarenta segundos, cuatrocientos kilómetros en cinco horas, incluso para mí supone una excelente media en las carreteras del este. Campos desnudos y llanos, algunos todavía con nieve. En el gallinero, refunfuñaban. Eli me llamaba asquerosa máquina de conducir, Ned me incordiaba para que me parara. Me hice el loco. Por fin me han dejado tranquilo. Timothy ha ido durmiendo la mayor parte del tiempo. Yo era el rey de la carretera. Al mediodía comprobamos que estaríamos en Saint Louis en dos horas. Habíamos previsto pararnos allí, pero ya no tenía ningún sentido, y, cuando Timothy se despertó, sacó los mapas y las guías turísticas y empezó a buscar las siguientes etapas. Eli y él pelearon por la forma en que había arreglado el asunto. No presté mucha atención. Creo que Eli quería que fuéramos a Kansas City al salir de Chicago, en lugar de bajar hacia Saint Louis. Hace tiempo que yo hubiera podido decirles lo mismo, pero me importaba poco la carretera que cogiéramos. Y, además, no me apetecía demasiado volver a pasar por Kansas. Cuando preparó el itinerario, Timothy no se dio cuenta de que Saint Louis estaba tan cerca de Chicago. Cerré mis escotillas para no escuchar sus peloteras. Luego estuve pensando en algo que Eli había dicho la noche anterior mientras hacíamos de turistas por las calles de Chicago. No andaban todo lo deprisa que yo quería, y estaba intentando empujarles para que aceleraran. Eli me dijo:

    —Quieres devorar la ciudad, ¿eh? Como un turista en París.
    —Es la primera vez que vengo a Chicago —le contesté—. Quiero ver lo más posible.
    —De acuerdo. Tienes razón.

    Pero quise saber por qué parecía tan sorprendido en mi interés por visitar una ciudad que no conocía. Parecía estar incómodo y deseoso de cambiar de conversación. Insistí. Finalmente, me explicó, con esa sonrisa que pone siempre que quiere demostrar que va a decir algo con implicaciones insultantes pero que no debe tomarse demasiado en serio:

    —Me preguntaba, simplemente, por qué alguien que parece tan normal, tan insertado en la sociedad, se interesa tanto en un pase turístico.

    A pesar suyo, desarrollo su idea; para Eli, la sed de experiencias, la investigación del conocimiento, el deseo de conocer lo que hay encima de las montañas son rasgos que caracterizan ante todo a los que están desfavorecidos de una forma o de otra, los miembros de una minoría, la gente que tiene handicaps o taras físicas, los que están preocupados por inhibiciones sociales o cosas por el estilo. Un granjero atlético, como yo, no es normal que posea los típicos neurotismos de los intelectuales. Se supone que yo debo ser una persona relajada y tranquila, como Timothy. Esta pequeña demostración de interés no corresponde a mí personalidad, tal y como lo interpreta Eli. Como las cuestiones étnicas le importan tantísimo, estaba dispuesto a obligarle a decir que el deseo de aprender es un rasgo que tienen fundamentalmente los suyos, con algunas honorables excepciones, pero no ha llegado a decirlo, aunque probablemente lo haya pensado. Lo que me preguntaba a mí mismo, y todavía me lo pregunto, es por qué piensa que soy tan equilibrado. Hay que medir un metro sesenta y cinco y tener un hombro más alto que el otro para padecer el tipo de obsesiones y las compulsiones que Eli identifica con la inteligencia. Eli me subestima. Se ha hecho de mí una imagen estereotipada: el gran goy. Guapo y un poco cretino. Me gustaría que, durante sólo cinco minutos, mirara el interior de mi cerebro.

    Casi habíamos llegado a Saint Louis. El coche avanzaba por la desierta autopista entre los campos cultivados. Pronto atravesamos una cosa triste y desleída que se llamaba East Saint Louis, y, finalmente, se alzó ante nosotros, al otro lado del lago, el deslumbrante Gateway Arch. Llegamos a un puente. La idea de atravesar el Misisipí tenía a Eli completamente atontado. Sacó medio cuerpo por la ventanilla para mirar con el mismo respeto que si estuviera atravesando el Jordán. Una vez en la orilla de Saint Louis, paré el coche ante una colina circular. Los otros tres salieron como locos y se pusieron a merodear por los alrededores. Me quedé sentado frente al volante. Todo me daba vueltas. ¡Cinco horas sin parar! ¡Qué éxtasis! Finalmente, también yo me bajé. Tenía dormida la pierna derecha. ¡Qué cinco maravillosas horas, cinco horas solos el coche, la carretera y yo! Lamentaba haber tenido que parar.


    13
    NED


    Hacía una noche fresca en los montes Ozark. Agotamiento. Anoxia. Náuseas. Los dividendos de la fatiga del coche. Basta ya, basta. Paramos aquí. Cuatro robots con los ojos enrojecidos bajamos titubeando del coche. ¿Realmente hemos hecho más de mil seiscientos kilómetros hoy? Illinois, Missouri, Oklahoma: largos trayectos a ciento veinte, ciento treinta por hora. Si hubiera dependido de Oliver, hubiéramos hecho quinientos más antes de parar. Pero ya no podíamos más. Incluso Oliver reconoce que su forma decayó después de los mil primeros kilómetros. A la salida de Joplin, estaba grogui, tenía los ojos vidriosos, las manos anquilosadas incapaces de seguir el giro que su cerebro registraba, y le faltó poco para echarnos a la cuneta. Timothy ha conducido tal vez unos doscientos mojones hoy. Yo he tenido que hacer el resto, en varios trozos, en total unas tres o cuatro horas de auténtico terror. Se hace lo que se puede. El desgaste físico es demasiado fuerte; la duda, la desesperación, la desmoralización, se han colado entre nosotros. Hastiados, deshechos y desilusionados, nos arrastramos hacia el motel que hemos elegido, cada uno de nosotros preguntándose en su fuero interno cómo ha podido lanzarse hacia semejante aventura. ¡Sí! El Motel del Momento de la Verdad, Ninguna Parte, Oklahoma. ¡El Motel del Borde de la Realidad! ¡El Albergue del Escepticismo! Veinte habitaciones, estilo colonial, fachada de plástico imitando ladrillos y columnas de madera blanca a cada lado de la entrada. Aparentemente somos los únicos clientes. La chica de la recepción, unos diecisiete años, más o menos, mascando chicle, con el pelo sujeto en forma de fantástico moño postizo, a la moda de los años sesenta, debe sujetarlo con algún fluido especial, una especie de fijador. Nos mira con una plácida languidez. Muy maquillada; párpados turquesa bordeados de negro, una cualquiera, una tirada, demasiado creída para ser una puta conveniente.

    —La cafetería cierra a las diez —nos dijo con extraño y arrastrado acento.

    Timothy piensa invitarla a pasar la noche en su habitación, está claro. Debe querer incorporarla a no sé qué especie de colección de figuras típicamente americanas que está haciendo. En fin, si me permiten dar mi opinión en calidad de observador imparcial a la orden de los perversos polimorfos, no estaría tan mal si se quitara todo aquel maquillaje y el postizo que lleva como peinado. Pechos pequeños y altos bajo su uniforme verde, pómulos y nariz salientes. Mirada bovina, labios fofos, eso no podría arreglarse. Oliver lanza a Timothy una furiosa mirada, advirtiéndole que no inicie nada con ella. Por una vez, Timothy cede. La atmósfera depresiva reinante le ha hecho ser razonable. Nos da dos habitaciones contiguas de dos camas cada una, veintiséis dólares en total; Timothy saca su todopoderosa cartulina plastificada.

    —Está nada más pasar la esquina de la izquierda —nos dijo metiendo la tarjeta en la máquina; una vez terminados los gestos mecánicos, hace total abstracción de nuestra presencia y se sumerge en el espectáculo que ofrece un televisor japonés puesto sobre el mostrador.

    Doblamos la esquina de la izquierda, pasamos delante de una piscina vacía y encontramos nuestras habitaciones. Hay que darse prisa si queremos llegar a tiempo para cenar. Dejamos las maletas, nos refrescamos un poco, y corrimos hacia la cafetería. Había una sola camarera, hombros cargados, también mascando chicle. Podía ser hermana de la anterior. También ella había tenido un día agotador. Un acre olor a coño nos ataca cuando se inclina sobre la mesa de formica para dejar los cubiertos ruidosamente.

    ¿Qué van a tomar? Esta noche nada de escalopes de ternera ni de pato con cerezas. Hamburguesas como suelas, café aceitoso. Comemos en silencio. Después volvemos silenciosamente a nuestras camas. Nos desnudamos, la ropa está húmeda del sudor. Luego una ducha. Eli primero, después yo. La puerta que une las dos habitaciones puede abrirse, de hecho, está abierta. Unos golpes sordos provienen del otro lado: Oliver, desnudo, arrodillado ante el televisor, manosea los botones. Le contemplo. Las nalgas tensas, la ancha espalda, los genitales colgándole entre los musculosos muslos. Rechazo mis lúbricos pensamientos. Estos tres humanistas han resuelto de una vez por todas el problema de convivir con un amigo bisexual. Hacen como si mi enfermedad, mi estado, no existiera, y ajustan su comportamiento a este principio. Primera regla liberal: no ser paternalista con los tarados. Hacer como si el ciego viera, como si el negro fuera blanco, como si el marica no sintiera escalofríos ante el blanco culo de Oliver. Nunca le he hecho proposiciones abiertas, pero lo sabe muy bien. No es tan estúpido como para no darse cuenta.

    ¿Por qué estamos todos tan deprimidos esta noche? ¿Por qué esta falta de confianza?

    Eli ha debido contagiarnos. Ha estado todo el día con un humor siniestro, perdido en abismos de desaliento existencial. Pienso que se trata de una melancolía personal nacida de las dificultades de Eli para integrarse en su entorno inmediato y en el cosmos en general; una melancolía que está sutil, insidiosamente, generalizada entre nosotros. Se presenta con la forma de una cuádruple duda:


    1. ¿Por qué nos hemos molestado en hacer este viaje?
    2. ¿Qué esperamos ganar exactamente?
    3. ¿Podemos encontrar lo que verdaderamente buscamos?
    4. Y, si lo encontramos, ¿lo queremos?


    Y otra vez al principio, el trabajo de la autopersuasión. Eli ha vuelto a sacar todos sus documentos y los estudia atentamente: el manuscrito de su traducción de El Libro de los Cráneos, la fotocopia del artículo que le ha llevado a asociar el sitio a donde nos dirigimos en Arizona con el antiguo culto representado en el libro, así como toda una masa de documentos y referencias periféricas. Al cabo de un momento levantó la cabeza y leyó:

    Todo lo que se conoce en medicina no es nada comparado con lo que queda por conocer. Podríamos evitarnos infinitud de enfermedades, tanto del cuerpo como de la mente, y probablemente la debilidad de la vejez, si tuviéramos suficiente conocimiento de sus causas y de todos los remedios que la naturaleza nos ha dado,

    Está escrito por Descartes en El Discurso del Método. Y también de Descartes es lo siguiente, escrito a la edad de cuarenta y dos años, en una carta al padre de Huygens:

    Nunca he tenido tanto interés como ahora en conservarme, y en lugar de mis anteriores ideas de que la muerte lo único que podía hacer era quitarme unos treinta o cuarenta años de vida como mucho, desde ahora no me sorprendería que me quitara la esperanza de más de un siglo. Me parece ver de forma evidente que si ahorráramos solamente determinadas faltas, que acostumbramos a cometer en el régimen de nuestra vida, podríamos, sin más, conseguir una vejez mucho más larga y feliz.

    No es la primera vez que oigo eso. Eli nos lo leyó hace tiempo. La decisión de hacer el viaje a Arizona ha madurado con mucha lentitud y ha ido acompañada de infinidad de discusiones pseudofilosóficas. Repetí lo mismo que dije entonces:

    —Descartes murió a los cincuenta y cuatro años.
    —Un accidente. Por sorpresa. Además, todavía no había perfeccionado su teoría sobre la longevidad.
    —Es una lástima que no trabajara más deprisa —dijo Timothy.
    —Sí, es una lástima para todos nosotros —respondió Eli—. Pero tenemos a los Guardianes de los Cráneos para dirigirnos a ellos. Ellos sí que han tenido tiempo para perfeccionar su técnica.
    —Eso lo dices tú.
    —Porque estoy seguro —dijo Eli intentando tomar un aire convincente. Y el proceso, tan familiar, comienza de nuevo. Eli, erosionado por el cansancio, titubeante y al borde del escepticismo, vuelve a sacar sus argumentos para intentar ordenar su cabeza. Con las manos tendidas hacia delante, abiertas, y gesto pedagógico—: Estamos todos de acuerdo en que la frivolidad no es admisible, el pragmatismo debe eliminarse, la incredulidad sofisticada está ya superada. Todos hemos intentado esas actitudes. Y no conducen a nada. Nos alejan de lo fundamental. No responden a las verdaderas cuestiones. Nos hacen parecer buenos y cínicos, pero igual de ignorantes, ¿estamos de acuerdo?

    Oliver, con mirada fija, asiente. Timothy hace lo mismo mientras bosteza. Incluso yo opino con una sonrisa sarcástica.

    Eli continúa:

    —En nuestra vida moderna ya no quedan misterios. La generación científica ha acabado con todo. La purga racionalista va a la caza de lo inverosímil y de lo inexplicable. La religión se ha vuelto hueca en los últimos cien años. Dios ha muerto, dicen. Eso seguro: matado, asesinado. Miradme: soy judío. He recibido lecciones de hebreo como un buen muchacho, he leído el Thorá, he hecho mi Bar Mitzvah, me han regalado plumas estilográficas... pero, ¿me han hablado alguna vez de Dios en algún contexto que sea digno de ser escuchado? Dios fue alguien que habló a Moisés. Dios fue una columna de fuego hace cuatro mil años. ¿Dónde está Dios ahora? No es precisamente a un judío a quien hay que hacerle esa pregunta. Hace muchísimo tiempo que no le vemos. Adoramos sus órdenes, sus leyes dietéticas, sus costumbres, las palabras de la Biblia, el papel sobre el que está impresa, incluso el libro en sí, pero no adoramos a seres sobrenaturales como Dios. El viejo, cuyos fieles le cuentan sus pecados, no, eso es para el shvartzer, eso es para el goyin. Pero, ¿qué tenéis vosotros tres? Vuestras religiones también están vacías. Tú, Timothy, la High Church: tienes nubes de incienso, tejidos con brocados, niños cantores, que entonan a Vaugham Williams y a Elgar. Tú, Oliver, metodista, baptista, presbiteriano, ni siquiera me acuerdo, son palabras vacías, vacías de todo contenido espiritual, de misterio, de éxtasis, como si hubiera judíos reformistas. Y tú, Ned, papista: ¿qué es lo que tienes? ¿La virgen? ¿Los santos? ¿El niño Jesús? No puedes creer en todas esas tonterías. Eso es para los campesinos, para el proletariado. Los iconos y el agua bendita. El pan y el vino. Te gustaría creer en ello, ¡desde luego! ¡A mí también me gustaría creer! La religión católica es la única completa en esta asquerosa civilización, la única que intenta, incluso, abordar lo misterioso, las resonancias con lo sobrenatural, la intuición de fuerzas superiores; pero, lo han estropeado todo, nos han estropeado todo, no hay nada en ella que sea aceptable. Es Bing Crosby o Ingrid Bergman, son los Berrigan publicando manifiestos, o polacos poniendo al país en guardia contra la existencia de comunidades sin Dios, y películas sólo para adultos. La religión se ha acabado. Y, ¿en qué lugar nos deja esto? Nos deja completamente solos y sin un cielo de pesadilla para esperar el final. Esperar el final.
    —Hay mucha gente que todavía va a la iglesia —hizo notar Timothy—, incluso, imagino, a las sinagogas.
    —Por costumbre. O por miedo. O por una necesidad social. ¿Acaso abren las almas a Dios? ¿Cuándo abriste tu alma a Dios por última vez? ¿Y, tú, Oliver? ¿Ned? ¿Y yo? ¿Cuándo hemos pensado, incluso un solo instante, en hacer algo parecido? Parece absurdo. Dios está tan contaminado por los evangelistas, los arqueólogos, los teólogos y los falsos devotos, que no es nada extraño que muriera. Suicidio. ¿Pero en qué lugar nos deja esto? ¿Vamos a transformarnos en sabios y a explicarlo todo en términos de neutrones, protones y ADN? ¿Dónde está el misterio? ¿Dónde lo profundo? Debemos hacerlo todo nosotros mismos. Pertenece al hombre moderno e inteligente el crear una atmósfera donde sea posible abandonarse a lo inverosímil. Un espíritu cerrado es un espíritu muerto.

    Eli empezaba a acalorarse. Una especie de fervor se apoderaba de él. El Billy Graham de la era de los hippies.

    —Durante los ocho o diez últimos años, todos hemos intentado acercarnos, cueste lo que cueste, hacia cualquier síntesis que resulte viable, una estructura correlativa que mantenga el mundo para nosotros en medio de todo este caos. La droga, las comunas, el rock, todo el rollo trascendental, la astrología, la macrobiótica, el budismo zen, buscamos, es verdad. Buscamos continuamente. A veces encontramos algo. No siempre. Buscamos en un montón de sitios estúpidos, porque, en resumen, somos idiotas. Hasta los mejores de nosotros. Y también porque no podemos hallar respuesta hasta que no hayamos planteado más preguntas. También corremos tras platillos volantes. Nos ponemos escafandras y descendemos en busca de la Atlántida. Nadamos en la mitología, en lo fantástico, en la paranoia, en mil clases de irracionalidades. Todo lo que «ellos» han rechazado lo recogemos nosotros, a menudo, simplemente por el hecho de que lo han rechazado. No defiendo la huida de lo racional. Lo único que digo es que es necesaria. Es un estado por el cual estamos obligados a pasar. El fuego, el endurecimiento. El hombre occidental ha escapado de la ignorancia supersticiosa para caer en el vacío materialista. Ahora debemos continuar, a veces iremos a parar a callejones sin salida, o seguiremos pistas falsas, pero debemos continuar hasta aceptar el universo con todos sus formidables e inexplicables misterios, hasta que descubramos qué estamos buscando, la síntesis, el principio que nos permitirá vivir como queremos. Entonces podremos ser inmortales. O casi, realmente no hay demasiada diferencia.

    Timothy preguntó:

    —¿Quieres hacernos creer que El Libro de los Cráneos nos indica el camino?
    —Es una posibilidad. Digamos que nos da una posibilidad finita de acceder al infinito. ¿No te basta con eso? ¿No crees que vale la pena intentarlo? ¿A dónde nos han llevado los sarcasmos? ¿A dónde la duda? ¿A dónde nos ha conducido hasta ahora el escepticismo? ¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué no acercarse a echar un vistazo?

    Eli había recuperado la fe. Estaba sudando, gritaba, desnudo como un gusano, agitando los brazos. Su cuerpo estaba fogoso. En esos momentos, incluso bello. ¡Eli, bello!

    Dije:

    —Estoy inmerso hasta el cuello en esta historia, y, sin embargo, no creo ni una palabra de todo esto. ¿Lo entendéis? Capto muy bien la dialéctica del mito. Lo improbable batalla con mi escepticismo y me empuja a seguir. Las tensiones y las contradicciones son mi fuerza motriz.

    Timothy, el abogado del diablo, sacudió la cabeza. Un gesto pesado, taurino, hacía oscilar su cuerpo como un péndulo:

    —Veamos, dinos en qué crees realmente. Los Cráneos, ¿sí o no? ¡La salvación o nada! Realismo o imaginación, ¿cuál de las dos?
    —Las dos —contesté.
    —¿Las dos? No puedes elegir las dos.
    —¡Sí puedo! —exclamé—. ¡Las dos! ¡Sí y no! ¿Puedes seguirme, Timothy? ¿Puedes seguirme hasta el lugar en que el «sí» se codea estrechamente con el «no»? ¿Dónde se rechaza y se acepta simultáneamente la existencia de lo inexplicable? ¡La vida eterna! Mierda, ¿no? ¿El viejo sueño como el agua de un lavabo? Y, sin embargo, también es real. Podemos vivir mil años si queremos. ¡Pero es imposible! ¡Lo afirmo! ¡Lo niego! ¡Aplaudo! ¡Me río!
    —No haces más que decir estupideces —refunfuñó Timothy.
    —Claro, sólo tú dices cosas sensatas. ¡Me cago en tus cosas sensatas! Eli tiene razón: necesitamos el misterio, la sinrazón, necesitamos lo desconocido, lo imposible. Toda una generación está intentando aprender a creer en lo increíble, Timothy. ¡Y tú, con tu corte de pelo a cepillo, nos dices que son tonterías!

    Timothy se encogió de hombros:

    —De acuerdo, sólo soy una pobre cría de carca. ¿Qué voy a hacerle?
    —Eso es sólo una actitud, una careta. ¡Una pobre cría de carca! Cualquier tipo de compromiso te aísla, te evades de él, se trate de un compromiso emocional, político, ideológico o metafísico. Declaras que no entiendes nada y te das media vuelta sonriendo. ¿Por qué ser un zombie, Timothy? ¿Por qué desconectarte de esa forma?
    —No puede evitarlo, Eli —dije—. Ha sido educado por un Caballero. Está desconectado por definición.
    —¡Me estáis cabreando! —lanzó Timothy empleando su más bella voz de gentleman—. ¿Qué sabréis vosotros? ¿Qué pinto yo aquí? Recorriendo la mitad del hemisferio arrastrado por un judío y por un marica para ir a verificar la existencia de un cuento de hadas que tiene mil años.

    Le hice un corte de mangas:

    —¡Bravo, Timothy! La marca de un verdadero hombre de mundo: sólo hiere intencionadamente. —Eres tú quien ha planteado la cuestión —dijo Eli—. Contesta, ¿qué pintas en todo esto?
    —Y no digas que te he arrastrado yo —añadí—. Fue idea de Eli. Soy tan escéptico como tú, quizá más.

    Timothy resopló. Supongo que se sentía en una posición minoritaria. Tranquilamente, declaró:

    —Para darme una vuelta.
    —Para darme una vuelta.
    —Me dijiste que viniera, ¿no? Dijisteis que hacían falta cuatro personas, y no tenían ningún plan mejor para esta Semana Santa. Mis compañeros, mis amigos. Acepté. Mi coche, mi dinero. Soy capaz de llegar al final de cualquier prueba. Margo está encaprichada con la astrología. Que si Libra por aquí, que si Piscis por allá, Marte transita por la décima estación del Sol y Saturno... nunca hace el amor sin consultar antes las estrellas, lo que a veces resulta realmente molesto. Y, sin embargo, ¿acaso me burlo de ella? ¿Acaso me entra la risa por eso, como le pasa a su padre?
    —Sólo en tu fuero interno —manifestó Eli.
    —Eso es cosa mía. Acepto lo que puedo aceptar. Con el resto, ¡no tengo nada que hacer! Pero tengo una mente abierta de todas formas. Tolero sus creencias como tolero las tuyas, Eli. Una marca más del hombre de mundo, Ned. Es amable, no hace proselitismo. No insiste nunca para vender su mercancía a costa de la de otro.
    —No tiene ninguna necesidad de hacerlo —dije.
    —Es verdad, no tiene ninguna necesidad de hacerlo, de acuerdo. Estoy aquí. ¿Quién paga las cuentas? Yo. Coopero en un 400 por 100. Además, ¿también hace falta que tenga fe? ¿Tengo obligatoriamente que entrar en vuestra religión?
    —Y, ¿qué piensas hacer cuando estés en el Monasterio y los Guardianes nos ofrezcan someternos a la Prueba? ¿Seguirás siendo tan escéptico? ¿Tu costumbre de no creer en nada te impedirá dejarte llevar?
    —Cuando disponga de algunos elementos más para hacerme una idea, ya veré —contestó Timothy lentamente. Y, volviéndose súbitamente hacia Oliver, añadió—: No hablas mucho, ¿eh?
    —¿Qué quieres que diga? —respondió Oliver. Su gran cuerpo delgado estaba tendido frente al televisor. Cada músculo destacaba bajo su piel: un manual ambulante de anatomía humana. Su imponente aparato rosa colgando entre su bosque dorado me inspiraba perversos pensamientos. Retro me, Satanás. Tal no es el camino de Gomorra, sino el de Sodoma.
    —¿No tienes nada que decir para contribuir un poco a la discusión?
    —Realmente, no he prestado demasiada atención.
    —Estamos hablando de la expedición. De El Libro de los Cráneos. Y del grado de fiabilidad que cada uno de nosotros le concede —dijo Timothy.
    —Ya...
    —¿Tendrías la amabilidad de confesarnos tu fe, doctor Marshal?

    Oliver parecía estar a medio camino de un viaje intergaláctico. Declaró:

    —Concedo a Eli el beneficio de la duda.
    —Entonces, ¿crees en los Cráneos? —preguntó Timothy.
    —Creo.
    —¿Aunque sepas que todo esto es absurdo?
    —También era ésa la postura de Tertuliano —intervino Eli—. Credo quia absurdum est. Creo porque es absurdo. El contexto, por supuesto, es diferente, pero la psicología es la misma. —¡Esa es exactamente mi posición! —exclamé—. Creo porque es absurdo. Ese viejo Tertuliano ha expresado exactamente lo que yo siento.
    —Yo no —dijo Oliver.
    —¿Tú no? —preguntó extrañado Eli.
    —No, creo aunque sea absurdo.
    —¿Por qué? —preguntó Eli.
    —¿Por qué, Oliver? —pregunté yo también al cabo de un rato—. Sabes que es absurdo y sin embargo crees. ¿Por qué?
    —Porque no tengo otra elección —dijo—. Porque es mi única esperanza.

    Me miraba fijamente a los ojos. Tenía una expresión completamente desolada, como si hubiera visto a la muerte de cerca y, sin embargo, hubiera conseguido salir vivo pero con cada una de sus opciones aniquiladas, cada una de sus posibilidades marchitas. Había escuchado los cantos y los tambores del desfile mortal al borde del universo. Su mirada glacial me petrificaba. Su voz ronca me traspasaba. «Creo», había dicho, «aunque sea absurdo. Porque no tengo otra elección. Porque es mi única esperanza». Era una especie de comunicado de otro planeta. Sentí la presencia de la muerte, aquí, entre nosotros, en esta habitación, rozando silenciosamente nuestra tierna carne de jóvenes muchachos.


    14
    TIMOTHY


    Nosotros cuatro formamos un extraño grupo. ¿Cómo nos las arreglamos para formarlo? ¿Qué clase de cruces de diferentes formas de vida nos han llevado a compartir el mismo dormitorio?

    Al principio, estábamos sólo Oliver y yo. Dos nuevas victimas de la computadora compartiendo la misma habitación de dos camas, sobre el patio de la universidad. Yo acababa de salir de Andover, y estaba lleno de propia importancia. No quiero decir con esto que estuviera impresionado por el dinero familiar. Siempre consideré todo aquello como algo adquirido. La gente que solía tratar conmigo era rica, así que me era difícil hacerme una idea aproximada de hasta dónde éramos ricos. Además, yo no había hecho nada para ganarme aquel dinero (ni mi padre, ni el padre de mi padre, ni el padre del padre de mi padre, ni etc. etc.). Así que, ¿por qué vanagloriarme de ello? Lo que me hacía engreído era el sentido histórico de mis antepasados, el hecho de saber que por mis venas circulaba la sangre de los héroes de la Guerra de Independencia, de senadores, de miembros del Congreso, de diplomáticos y de grandes financieros del siglo XIX. Yo era una especie de resumen circulante de historia. Y me alegraba por ser alto, fuerte y gozar de excelente salud —un espíritu sano en un cuerpo sano, aunque estropeado por la naturaleza—. Al otro lado del campus existía un mundo lleno de negros y judíos, de neuróticos, homosexuales y todo género de inadaptados, pero yo había jugado en la máquina de la vida y había alineado tres cerezas, me sentía satisfecho con mi suerte. También tenía cien dólares a la semana para mis gastos, lo cual resultaba muy práctico, y creo que no me daba cuenta de que la mayoría de los chicos de mi edad tenían que contentarse con muchos menos. Después llegó Oliver, Pensé que la computadora había tenido una feliz idea, pues podía haberme tocado alguien deforme o extraño, alguien de espíritu mezquino y envidioso. Sin embargo, Oliver parecía totalmente normal. Un noble granjero alimentado con cereales de las solitarias llanuras de Kansas. Tenía la misma estatura que yo, uno o dos centímetros más, y aquello me gustaba. Me siento incómodo con la gente pequeña. Oliver era fácil de abordar, no era una persona complicada. Casi todo le hacía sonreír. Una persona que tiene facilidad para vivir. Sus padres habían muerto. Tenía una beca al ciento por ciento. Enseguida saqué la conclusión de que no tenía dinero, y, al principio, tuve miedo de que aquello fuera una fuente de resentimiento entre nosotros. Pero no fue así. Aceptaba el hecho con absoluta frialdad. El dinero no parecía interesarle particularmente, desde el momento en que tenía suficiente para comer y vestirse. Y, además, tenía una pequeña herencia, procedente de la venta de la granja paterna, le divertía más que ofenderle, el impresionante vaivén de dinero que tenía siempre. El primer día me dijo que pensaba meterse en el equipo de baloncesto, y llegué a la conclusión de que tenía una beca de deportes, pero me equivoqué: le gustaba el baloncesto y se dedicaba a ello seriamente, pero había venido a la universidad para «aprender». Aquélla era la verdadera diferencia entre nosotros. No Kansas, ni el dinero, sino el deseo de llegar a algún sitio.

    Yo frecuentaba la universidad porque todos los hombres de mi familia lo habían hecho antes de convertirse definitivamente en adultos. Oliver estaba aquí para transformarse en una feroz máquina intelectual. Tenía —la sigue teniendo— una fuerza interior increíble, extraordinaria, aplastante. A veces, durante las primeras semanas, solía pillarle desenmascarado. La sonrisa plácida del granjero desaparecía y su rostro estaba rígido, con las mandíbulas crispadas, brillándole fríamente los ojos. Tal intensidad llegaba a asustarme. Tenía que ser perfecto en todo. Tenía A en casi todo, su media estaba cerca del máximo absoluto. Había conseguido entrar en el equipo de baloncesto y pulverizó los récords como encestador en el partido de apertura. Estudiaba la mitad de la noche, casi no dormía. Sin embargo, se arreglaba para ser también humano. Bebía mucha cerveza, hacía el amor con gran cantidad de chicas (teníamos la costumbre de intercambiar) y tocaba la guitarra decentemente. La única cuestión en que dejaba traslucir al segundo Oliver, el Oliver inhumano, era en la cuestión de las drogas. Quince días después de mi llegada al campus, conseguí hacerme con una pequeña provisión de hasch extra marroquí, y rechazó de manera categórica el probarlo, no quería ni siquiera tocarlo. Había empleado, decía, diecisiete años y medio de su vida para equilibrarse correctamente, y no quería estropearlo todo. Tampoco le he visto nunca darle una calada a un porro de marihuana en los cuatro años que hace que le conozco. No le importa vernos fumar, pero eso no es para él.

    Durante la primavera de nuestro segundo curso, Ned se unió a nosotros. Oliver y yo habíamos pedido seguir juntos en la misma habitación. Ned y Oliver tenían dos asignaturas comunes: la física, que Ned tenía que estudiar para completar sus estudios científicos obligatorios, y la literatura comparada, que Oliver necesitaba para completar sus enseñanzas literarias. Oliver tenía mucho interés por Yeats y Joyce, Ned tenía dificultades con la teoría de los cuanta y la termodinámica, así que decidieron formar un acuerdo de ayuda mutua. Juntos representaban la atracción de los extremos. Ned era delgado, pequeño, hablaba bajito, tenía unos ojos grandes y tranquilos y delicado andar. Irlandés de Boston, de antecedentes muy católicos. Había asistido a escuelas parroquiales. Ese año todavía llevaba un crucifijo, y, a veces, incluso iba a misa. Quería ser poeta o escritor. Más bien, «quería» no es el término exacto, como él mismo nos explicó un día. Quienes tienen talento suficiente no quieren ser escritores. O se tiene, o no se tiene. Los que lo tienen, escriben, los que no lo tienen, dicen que quieren escribir. Ned escribía continuamente. Ahora sigue haciéndolo. Tiene un bloc. Escribe todo lo que oye. La verdad es que en mi opinión sus novelas no valen nada, y su poesía no tiene ningún sentido, pero reconozco que mi gusto es más bien deficiente, y no su talento, ya que siento lo mismo hacia autores mucho más célebres que Ned. Por lo menos, trabaja su arte.

    Se convirtió para nosotros en una especie de mascota. Estaba siempre mucho más cerca de Oliver que de mí, pero estaba acostumbrado a su presencia. Era alguien diferente, alguien que tenía un punto de vista diferente por completo al mío de la vida. Su voz ronca, sus ojos de perro apaleado, su atuendo de hippie (llevaba mucho el hábito, supongo que era por hacer creer que era un poco curata), su poesía, su forma particular de manejar el sarcasmo, su espíritu complicado (tomaba siempre dos o tres partidos en cada discusión, y se las arreglaba para creer en todos y en ninguno simultáneamente), todo eso me fascinaba. Debíamos ser igual de diferentes a sus ojos como lo era él a los nuestros.

    Pasaba tanto tiempo en nuestra casa que al principio del tercer año le invitamos a quedarse con nosotros. Ya no me acuerdo si la idea fue de Oliver o mía. (¿O de Ned?)

    Entonces yo no sabía que era homosexual. El problema, cuando se lleva una vida protegida de anglosajón blanco, es que se ve a la humanidad con anteojos y nunca espera uno encontrarse con lo inesperado. Sabía que existían las «locas», naturalmente. Había algunas en Andover. Andaban con los codos levantados y se cuidaban el peinado, hablaban con ese acento especial, el acento universal de las «locas», que se oye desde Maine hasta California. Leían a Proust y a Gide, y algunas usaban sujetador. Pero Ned no era particularmente afeminado de aspecto. Y yo no era uno de esos estúpidos para los que un tipo que escribe (¡o lee!) poesía es automáticamente marica. Era un artista, sí, estaba en el viento, no muy macho, pero no puede pedírsele a alguien que pesa unos cincuenta y cinco kilos que sea un campeón de rugby (iba a la piscina casi todos los días, sin embargo. En la universidad nadábamos desnudos, y naturalmente, era para Ned una ocasión gratuita para alegrarse la vista, pero en aquella época no pensé en ello). Lo único que yo sabía era que no salía con ninguna chica, pero en sí eso no es ninguna condena. La semana anterior a nuestros exámenes finales, hace dos años, organizamos con Oliver y algunos más, lo que podríamos llamar una orgía en nuestra habitación, y Ned estaba presente, no parecía disgustado por las perspectivas. Le vi con una camarera llena de espinillas que trabajaba en un bar de la ciudad. Pero sólo bastante más tarde comprendí: primero, que una orgía podía darle a Ned materiales útiles para su trabajo de escritor, y, segundo, que no despreciaba realmente las oportunidades: simplemente, para él no valía lo que un hombre.

    Fue Ned el que trajo a Eli. No, no estaban liados, simplemente eran amigos. Es, prácticamente, lo primero que me dijo Eli:

    —Por si tienes alguna duda, soy heterosexual. Ned no es mi tipo. Ni yo el suyo.

    Jamás olvidaré eso, era la primera vez que alguien aludía a la condición de Ned, y creo que Oliver tampoco se había dado cuenta, aunque nunca se puede saber lo que pasa exactamente por la cabeza de alguien como Oliver. Eli se había dado cuenta inmediatamente, por supuesto. Una persona de ciudad, un intelectual de Manhattan. De un solo vistazo catalogaba a cualquiera. No le gustaba el tipo con el que compartía su habitación, y, como teníamos un piso muy grande, habló con Ned, y Ned nos preguntó si podría venir a vivir con nosotros, en noviembre de nuestro tercer año. Mi primer judío. Tampoco sabía eso. ¡Oh! ¡Winchester, pobre estúpido ingenuo! Eli Steinfeld, de la calle Oeste, 83, ¡y no has adivinado que era judío! Honestamente, creí, simplemente, que era un nombre alemán: los judíos se llaman Cohen o Katz, o Goldberg. No me sentía particularmente atraído por la personalidad de Eli, pero, cuando supe que era judío, sentí que debía dejarle venir a vivir con nosotros. Para ensanchar mi mente en la diversidad, sí, y también porque mi educación me había enseñado a detestar a los judíos y quería rebelarme contra eso. Mi abuelo paterno había tenido problemas con los judíos allá por 1923: unos especuladores de Wall Street, de nariz aguileña, le convencieron para que interviniera con una fuerte suma de dinero en una compañía radiofónica que estaban montando, y se encontró con que eran unos estafadores y perdió cinco millones de dólares. Desde entonces es tradición familiar desconfiar de los judíos. Son vulgares, hipócritas, pegajosos, etcétera. Siempre intentando robar a honestos millonarios protestantes sus duramente conseguidas herencias. De hecho, mi tío Clak me confesó un día que mi abuelo hubiera doblado su capital sí hubiera vendido ocho meses antes, como hicieron sus socios judíos secretamente. Pero, no, quiso esperar con la esperanza de ganar más; y todo se fue abajo. Sea como fuere, yo no perpetúo las tradiciones familiares. Eli vino a instalarse con nosotros. Pequeño, tez mate, peludo, ojos vivos y brillantes, nariz voluminosa. Una inteligencia brillante. Especialista en lenguas medievales; ya reconocido entonces como un importante investigador dentro de su campo, y todavía estudia. El revés de la medalla; lleno de complejos, neurótico, hipertenso, preocupado por su masculinidad. Siempre anda rondando a alguna chica, generalmente sin llegar a nada. ¡Y qué chicas! No las gordas que le gustan a Ned, sabe Dios por qué. Las aficiones de Eli son otra clase de fealdades: tímidas, delgaduchas, gafas de culo de botella, lisas como una autopista, podéis haceros a la idea. Y, claro, tan acomplejadas como él, igual de aterradas por el sexo, con dificultades para llegar hasta él, lo que no hace sino agravar el problema. Parece incapaz de abordar a una persona normal, bonita, sensual.

    Un día, en el otoño pasado, por pura caridad cristiana, quise prestarle a Margo. Reaccionó como un auténtico cretino.

    Formábamos un cuarteto único. Creo que jamás olvidaré la primera vez (y tal vez la única) que nuestros padres se encontraron. Fue en la primavera de nuestro tercer curso, cuando las fiestas de carnaval. Hasta aquel día creo que ninguno de nuestros padres se había hecho una idea, ni siquiera aproximada, de cómo eran los compañeros de cuarto de sus hijos. Yo había invitado a Oliver un par de veces en las navidades, pero nunca a Ned o a Eli, y tampoco yo había visto a sus padres. Y, de pronto, todos reunidos. Salvo los de Oliver, que ya no los tenía. Y Ned había perdido a su padre. Su madre huesuda, un rostro sin carne de ojos hundidos. Medía casi uno ochenta, vestía de negro y tenía acento irlandés. No conseguía relacionarla con Ned. La madre de Eli era pequeña, rechoncha, contoneante, vestía demasiado llamativamente. Su padre, por el contrario, era casi invisible: rostro triste y apagado, suspirando continuamente. Parecían muy viejos para ser los padres de Eli; debieron tenerlo muy tarde. Además, estaba mi padre, que se parece a lo que yo imagino que seré dentro de veinticinco años: mejillas rosadas y lisas, cabello abundante entre rubio y gris, mirada segura. Un hombre importante, seductor, V.I.P. Vino acompañado de su mujer, Saybrook, que debe tener unos treinta y ocho años y aparenta diez menos. Alta, muy cuidada, pelo rubio y largo cayendo sobre sus hombros, un cuerpo bien hecho y musculoso. La muestra exacta del tipo deportista. Imaginad a este grupo parapetado bajo una sombrilla en el patio de la universidad, intentando encontrar algún tema de conversación. Mrs. Steinfeld tomaba a Oliver bajo su ala protectora, pobre pequeño huérfano. Mr. Steinfeld observaba asustado el traje de cuatrocientos cincuenta dólares de mi padre, pura seda italiana. La madre de Ned estaba totalmente fuera de lugar, no entendía a su hijo, ni a los amigos de su hijo, ni a los padres de éstos, ni ningún otro aspecto del siglo XX. Saybrook, con seguridad, con la suprema soltura de mujer de mundo, hablaba lánguidamente de sus reuniones de caridad y del inminente debut de su hijastra. («¿Es actriz?», preguntó Mrs. Steinfeld intrigada. «Quise decir, su puesta de largo», replicó Saybrook igual de extrañada.) Mi padre, mientras se miraba las uñas, se comía con los ojos a los Steinfeld y a Eli, no queriendo creer que lo veía. Mr. Steinfeld intentaba conversar con mi padre hablando de la Bolsa. Mr. Steinfeld no especula con las acciones, pero lee The Times cuidadosamente. Mi padre no sabe nada de cómo va la Bolsa. Con que los dividendos lleguen regularmente, ya se pone contento. Además en su religión, jamás se habla de dinero. Lanzó una señal a Saybrook, que desvió la conversación hábilmente, contándonos que presidía un comité encargado de recoger fondos a favor de los refugiados palestinos. «¿Saben ustedes?», explicó. «Los que fueron expulsados de su país por los judíos cuando nació el Estado de Israel.» Mrs. Steinfeld quedó desconcertada. ¡Decir semejante cosa delante de un miembro de la Hadassahi! Mi padre señaló entonces al otro lado del patio hacia un estudiante que llevaba el pelo particularmente largo: «Hubiera jurado que era una chica hasta que se ha dado la vuelta», declaró. Oliver, que llevaba por aquel entonces un pelo hasta los hombros, sin duda para demostrar lo que piensa de Kansas, le lanzó una mirada glacial; indiferente o inconsciente, mi padre siguió: «Tal vez me equivoque, pero no puedo evitar el pensar que una gran parte de estos jóvenes con bucles flotantes tienen, ya saben ustedes, tendencias homosexuales». Ned soltó una carcajada. La madre de Ned tosió ruborizada, no porque sepa que su hijo es homosexual (esta idea le parecería increíble), sino porque Mr. Winchester, con aquel aspecto tan educado, había dicho una grosería en la mesa. Los Steinfeld, que no tienen dificultad en comprender, miran a Ned, después a Eli, luego se miran entre sí. Una reacción muy complicada. ¿Está seguro su hijo con tal compañero de habitación? Mi padre no comprende bien lo que su inocente observación ha desencadenado. Quisiera excusarse, pero no sabe ni de qué ni de quién. Frunce las cejas, y Saybrook le cuchichea algo al oído —«¡Chist! ¡Saybrook! Cuchichear en público, ¿qué diría Emily Post?» —y contestó enrojeciendo hasta el infrarrojo:

    —¿Pedimos algo de vino?

    Lo dijo muy alto, para esconder su confusión, y llamó imperiosamente a un estudiante camarero:

    —¿Tienen Chassagne-Montrachet 1969 ?
    —¿Señor? —contestó el chico sin expresión alguna.

    Trajeron un cubo con hielo que contenía una botella de Liebfraumilch de tres dólares, es lo mejor que tienen. Mi padre paga con un billete de cincuenta completamente nuevo. La madre de Ned se queda estupefacta cuando ve el billete. Los Steinfeld fruncen las cejas pensando que les están sobornando. Un maravilloso episodio. Maravilloso. Poco después, Saybrook me apartó del grupo y me dijo:

    —Tu padre está muy incómodo. Si hubiera sabido que a Eli, ejem... le gustan los chicos, no hubiera hecho esa observación.
    —No se trata de Eli, Eli es hetero. Se trata de Ned.

    Saybrook ya no sabe qué pensar. Cree que me burlo de ella. Quisiera decirme que mi padre y ella esperan que no me acueste con ellos, no importa con cuál de ellos, pero está demasiado bien educada para saber cómo expresar eso. Se contentó con tres minutos de conversación reglamentaria, se alejó con gracia y le contó a mi padre el último de los chismes. Vi a los Steinfeld conferenciando angustiados con Eli, sin duda dándole toda la serie de consejos correspondientes a quien comparte el piso con un hijo de papá, y advertirle seriamente de que no frecuente a Ned, si no es (¡oh! ¡Humm!) demasiado tarde. Ned y su madre también tienen problemas generacionales. Están un poco más lejos. Capto algunas palabras:

    —Las hermanas han rezado por ti... ante la santa cruz... novena... rosario... tu padre que está en los cielos... noviciado... jesuíta... jesuita... jesuíta...

    Oliver está apartado, sólo observa. Sonríe con su sonrisa venusiana. Nuestro Oliver parece un invasor galáctico. El hombre de los platillos volantes. Creo que Oliver es la mente más profunda del grupo. No sabe tanto como Eli, no tiene la misma apariencia brillante, pero su inteligencia es más poderosa, estoy convencido de ello. Es también el más extraño de nosotros, aunque superficialmente parezca tan sano y normal. En realidad no lo es en lo más mínimo. De nosotros, Eli es el que tiene la inteligencia más viva, también el más acomplejado, el más atormentado. Ned juega a ser el débil, el delicado, pero no hay que subestimarle: sabe muy bien lo que quiere y siempre se las arregla para conseguirlo. ¿Y yo? ¿Qué hay de particular en mí? Un buen hijo de su padre. La familia, las relaciones, los clubs. En junio acabo mis exámenes, y, después, ¡la buena vida! Tendré que ir a cumplir el servicio militar en las Fuerzas Aéreas estadounidenses, pero sin ninguna práctica de combate, todo está ya arreglado, nuestros genes son demasiado preciosos para desperdiciarlos, y, después de esto, me buscaré alguna debutante anglicana con certificado de virginidad que pertenezca a una de las Cien Familias. Me estableceré como un respetable caballero. ¡Jesús! Menos mal que El Libro de los Cráneos de Eli no es más que un amasijo de tonterías supersticiosas, porque, si no, acabaría por aburrirme mortalmente al cabo de veinte años.


    15
    OLIVER


    Cuando tenía dieciséis años, pensaba muy a menudo en el suicidio. Honradamente. No era una actitud de adolescente romántico, la expresión de lo que Eli llamaría una personalidad bien marcada. Era una postura filosófica auténtica, si es que puedo permitirme emplear un término tan impresionante. Era una postura a la que había llegado a través de un camino lógico y riguroso.

    Lo que me había inducido a pensar en el suicidio era, sobre todo, la muerte de mi padre a los treinta y seis años. Veía aquello como una tragedia insoportable. No porque mi padre fuera de alguna manera un ser humano especial, excepto para mí. No era más que un campesino de Kansas, después de todo. Se levantaba a las cinco de la mañana, se acostaba a las nueve de la noche. Ninguna educación digna de ser mencionada. Lo único que leía era el periódico del condado y a veces la Biblia, aunque la mayor parte de esta última le traía sin cuidado. Pero trabajó duro a lo largo de su breve existencia. Era un hombre honesto, un hombre lleno de virtudes. La tierra perteneció antes a su padre, y mi padre la había trabajado desde los diez años, exceptuando algunos que pasó en el ejército. Había recogido sus cosechas, había amortizado las deudas, se ganaba relativamente el pan: incluso había comprado veinte hectáreas más, y pensaba agrandar su propiedad todavía más. Mientras tanto se casó, hizo gozar a una mujer, engendró hijos. Era un hombre sencillo, nunca hubiera entendido nada de lo que ha pasado en este país en los diez años que siguieron a su muerte. Pero era honrado, a su manera honesto, y se había ganado a pulso el derecho de conocer una vejez feliz. Sentado sobre la barandilla, dando unas cuantas caladas a la pipa, yendo a cazar en otoño, dejando que sus hijos hicieran los trabajos demasiado extenuantes, hubiera visto crecer a sus nietos. Pero no llegó a una vejez feliz. Ni siquiera llegó a una edad media. El cáncer se instaló en su estómago y murió rápidamente.

    Esto me hizo pensar. Si es para acabar así, si se trata de vivir toda la vida sabiendo que está bajo el peso de una condena a muerte, pero ignorando el momento en que será aplicada, en ese caso, ¿por qué insistir? ¿Por qué darle a la muerte la satisfacción de venir a buscarle a uno en el momento en que menos se la espera? Tirad. Tirad lo más rápidamente posible. Evitad la ironía de ser barridos como castigo por haber intentado hacer algo con vuestra existencia.

    La meta de mi padre en la vida, si es que lo he interpretado bien, era seguir el camino del Señor y amortizar la hipoteca de sus tierras. Tuvo éxito en el primer punto, y no estaba lejos de tenerlo en el segundo. Yo era más ambicioso. Quería adquirir una educación, elevarme por encima del polvo de los campos, convertirme en médico, en investigador. ¿No es acaso gracioso? «El Premio Nobel de Medicina al Doctor Oliver Marshal, que se ha alzado a fuerza de puños por encima del montón de estiércol para servirnos de ejemplo e inspiración.» Pero, ¿era mi meta diferente a la de mi padre en algo más que en el grado? Para los dos, todo se resumía en lo mismo: una vida de duro y honesto trabajo.

    Yo no era capaz de afrontarlo. Ahorrar, examinarme, presentarme como candidato a becas, aprender latín y alemán, anatomía, física, química, biología, deslomarme en trabajos más duros de los que había conocido mi padre. ¿Todo eso para morir? Morir a los cuarenta y cinco, cincuenta y cinco, sesenta y cinco, o, incluso, como mi padre, a los treinta y seis. Justo cuando estás dispuesto a empezar a vivir llega la hora de irte. ¿Para qué sufrir tanto? ¿Por qué aceptar esta ironía? Por ejemplo, el presidente Kennedy: todo ese derroche de energías, toda esa destreza para llegar hasta la Casa Blanca, y, luego, una bala en el cráneo. La vida es un derroche. Cuanto más se triunfa, más amarga es la muerte. Para mí, con todas mis ambiciones, con todos mis impulsos, sería una caída mayor que para la mayoría de las personas. Ya que, de todas formas, tenía que morir un día, decidí frustrar a la muerte yéndome voluntariamente, antes de verme arrastrado irremediablemente hacia la siniestra broma que me esperaba al final.

    Esto era lo que pensaba cuando tenía dieciséis años. Me hacía listas de las diferentes formas en que podía matarme. ¿Cortarme las venas? ¿Abrir la llave del gas? ¿Meter la cabeza en una bolsa de plástico? ¿Estrellarme con el coche? ¿Andar por la nieve fina en enero? Tenía cincuenta proyectos diferentes. Los clasificaba por orden de preferencia. Los volvía a clasificar. Ponía en un lado las muertes rápidas y violentas, en el otro las muertes lentas y sin dolor. Durante tal vez medio año, estudié el suicidio como Eli estudia los verbos irregulares. Dos de mis abuelos murieron durante esos seis meses. Mi perro murió. Mi hermano mayor murió en la guerra. Mi madre tuvo su primer ataque cardíaco serio, y el doctor me confió en secreto que no le quedaba ni un año de vida. No se equivocó. Todo aquello reforzaba aún más mi decisión de acabar de una vez. Oliver, tira, tira, antes de que la tragedia de la vida se acerque todavía más. ¡Morirás, como los demás! ¿Por qué mendigar una prórroga? Vete ahora. Vete ahora. Ahórrate un montón de sinsabores.

    De forma bastante curiosa, mi interés por el suicidio se esfumó rápidamente, aunque mi filosofía nunca ha cambiado verdaderamente. Ya no hacía listas con las diferentes formas de matarme. Hacía proyectos en lugar de examinar mi muerte en las semanas siguientes. Decidí luchar contra la muerte en lugar de abandonarme a ella. Iré a la universidad, me convertiré en investigador, aprenderé todo lo que pueda, y, tal vez algún día, tenga el poder para empujar un poco más allá las fronteras de la muerte. Ahora sé que nunca me mataré. Jamás volveré a tener esa idea. Si la muerte viene a reírse en mi cara, entonces, reiré en la suya. ¿Y si, después de todo, El Libro de los Cráneos no fuera una broma? Imaginad que verdaderamente exista una salida. ¡Hubiera sido tonto cortarme las venas hace cinco años!

    He debido conducir hoy unos seiscientos kilómetros. Todavía no es mediodía. Aquí las carreteras son formidables: anchas, rectas, desiertas. Amarillo ya no está muy lejos. Y después Alburquerque. Después Phoenix. Y después el descubrimiento.


    16
    ELI


    Qué aspecto más extraño tiene el mundo aquí. Texas, Nuevo México. Paisajes lunares. ¿Qué ha podido llevar a la gente a querer establecerse en semejante país? Sólo esmirriadas llanuras, marrones, plantas bajas, verdosas, polvorientas. Montañas heladas, malvas, se alzan contra el azul del horizonte como macizos erosionados. Creía que las montañas en el Oeste eran más altas que esto. Timothy, que ha viajado por todas partes, dice que las verdaderas montañas están en Colorado, en Utah, en California. Aquí no son más que colinas, mil quinientos, dos mil metros de altura. Me ha producido una sensación rara. La montaña más alta al este del Misisipí es el Monte Mitchell, en Carolina del Norte, algo así como dos mil doscientos metros. Perdí una apuesta al respecto cuando tenía diez años, y no se me olvidará fácilmente. La montaña más alta que había visto antes de hacer este viaje era el Monte Washington, dos mil cien metros, en New Hampshire, a donde me llevaron mis padres el único año que no fuimos a los Catskills. (Había apostado por el Monte Washington, y perdí.) Y aquí, a mi alrededor, tenía montañas de la misma altura, y eran simples colinas. A lo mejor ni siquiera tienen nombre. El Monte Washington se elevaba en el cielo como un árbol gigante hasta el punto de caer sobre mí y aplastarme. Por supuesto, aquí el panorama es muy amplio, y las montañas quedan empequeñecidas por la inmensa perspectiva. El aire es intenso y gélido. El cielo es de un azul límpido, increíble. Es el país del Apocalipsis. En cualquier momento, espero oír el eco de un toque de trompetas procedente de las colinas. Podemos andar cincuenta, sesenta kilómetros sin ver una sola población: sólo liebres y ardillas. Las ciudades parecen completamente nuevas; las gasolineras, los moteles alineados, las casitas rectangulares de aluminio que parece que puedan ser remolcadas por un coche para cambiarlas de sitio (probablemente es así). En contraposición, hemos pasado dos poblados antiguos, de unos seiscientos o setecientos años, y pasaremos muchos más. La idea de que aquí hay indios, verdaderos indios de carne y hueso, exalta mi espíritu de muchacho de Manhattan. No faltaban indios en las películas en tecnicolor que iba a ver todos los sábados por la tarde durante años a la esquina de Broadway con la Calle 73. Pero yo no era tonto, sabía que eran portorriqueños, o incluso mexicanos, llenos de plumas de pacotilla. Los verdaderos indios pertenecían al siglo XIX, habían muerto hacía ya tiempo, no quedaba ninguno salvo en las monedas de cincuenta, con el bisonte al otro lado, y, ¿dónde están ya? (¿Dónde se encuentran todavía bisontes?) Los indios eran arcaicos. Los indios eran una raza extinta. Para mí estaban clasificados al lado de los mastodontes, del dinosaurio, de los sumerios y de los cartagineses. Pero no, heme aquí en el salvaje Oeste por primera vez en mi vida, y el hombre de cara plana y tez apergaminada que nos vendió antes una cerveza en una tienda de ultramarinos era un indio, y el crío mofletudo que nos llenó el depósito era un indio, y las chabolas de ahí, al otro lado de Río Grande, están habitadas por índios, incluso aunque veamos un bosque de antenas de televisión alzándose por encima de los techos. ¡Mirad a los indios! ¡Mirad los cactus gigantes! ¡Mirad ese indio conduciendo un Volkswagen! ¡Mirad a Ned haciéndole al indio un corte de mangas! ¡Escuchad al indio tocando la bocina como un loco!

    Me da la impresión de que nuestro compromiso en esta expedición se ha reafirmado desde que hemos llegado al umbral del desierto. El mío, por lo menos. La horrible jornada llena de dudas, cuando pasamos el Missouri, parece ahora tan alejada como los dinosaurios. Ahora sé (¿y, cómo puedo saberlo?) que lo que he leído en El Libro de los Cráneos es real, y que, si perseveramos, encontraremos lo que queremos. Oliver también lo sabe. Una curiosa ansiedad ha aparecido en él en estos últimos días. ¡Oh! ¡Estuvo siempre ahí esa tendencia hacia la monomanía! Pero siempre se las ha arreglado para disimularla. Ahora sentado ante el volante, diez o doce horas al día, no parando más que cuando virtualmente le forzamos a hacerlo, ya no puede ocultar que no hay nada más urgente e importante para él que llegar a nuestro destino y someterse a la disciplina de los Guardianes de los Cráneos. Incluso nuestros dos no creyentes parecen contagiados. Ned oscila entre la aceptación total y el rechazo total, como siempre, y defiende a menudo las dos posturas a la vez, burlándose de nosotros, excitándonos, y, sin embargo, estudia los mapas y los kilometrajes como si también a él le devorase la impaciencia. Ned es la única persona que conozco capaz de asistir a una misa blanca al amanecer y a una misa negra a medianoche, sin experimentar por ello ningún sentimiento de incongruencia, y participando con igual fervor en cada uno de los dos ritos. Timothy es el único que permanece distante, gentilmente burlón, y protesta diciendo que el único motivo que le ha llevado a emprender este viaje es complacer a sus originales amigos. Pero, ¿en qué medida esa postura no es simplemente una fachada, una demostración de aristocrática flema? En bastante medida, supongo. Timothy tiene probablemente menos razones que el resto de nosotros para aspirar a metafísicas prolongaciones de vida, pues su propia existencia, tal y como se le presenta actualmente, le ofrece una infinidad de posibilidades, siendo los que son sus recursos financieros. Pero el dinero no lo es todo, incluso aunque se haya heredado toda la fortuna de Fort Knox, hay un límite en lo que puede hacerse en una corta vida humana. Creo que le tienta la visión del Monasterio de los Cráneos. ¿A quién no le tentaría?

    Antes de llegar a nuestro destino, mañana, pasado mañana, creo que habremos conseguido esa cohesión de cuatro lados que El Libro de los Cráneos designa con el nombre de Receptáculo, es decir, un grupo de candidatos. Esperémoslo. ¿Fue el año pasado, creo, cuando se habló tanto de esos estudiantes de Middle West que hicieron un pacto para suicidarse? Sí, pues bien, un Receptáculo puede considerarse como la antítesis filosófica de un pacto suicida. Los dos representan una misma simbolización de la alienación de la sociedad actual. Rechazo vuestro repugnante mundo, dicen los miembros del pacto del suicidio; consecuentemente, elijo morir. Rechazo vuestro repugnante mundo, dicen los miembros del Receptáculo; consecuentemente, elijo no morir nunca, y espero vivir para ver mejores días.


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    NED


    Albuquerque. Ciudad siniestra, kilómetros de suburbios, una interminable hilera de espantosos moteles repartidos a todo lo largo de la carretera 66, una antigua ciudad turística y despreciable perdida al otro lado del mundo. Si usted quiere hacer turismo por el Oeste, por lo menos, vaya a Santa Fe, con sus tiendas de adobe, calles en pendiente, auténticos restos del pasado colonial español. Pero no vamos en esa dirección. Aquí, dejamos la carretera 66 para dirigirnos hacia el sur por la 85 y la 25, casi en la frontera de México, hasta Las Cruces, donde encontramos la carretera 70 que nos lleva derechos a Phoenix. ¿Durante cuánto tiempo rodamos hasta llegar aquí? ¿Dos, tres, cuatro días? A base de ver conducir a Oliver he perdido la noción del tiempo. A veces, le relevamos Timothy o yo, y las ruedas muerden mi alma, el carburador escupe sobre mis entrañas y desaparece el distanciamiento entre vehículo y pasajeros. Todos integramos este monstruo aullador que corre hacia el Oeste. Tras nosotros, América yace como una explanada. Chicago no pasa de ser un recuerdo. Saint Louis un mal sueño. Joplin, Springfield, Tulsa, Amarillo... irreales, sin sustancia. Un continente de rostros estrechos y almas encogidas. Cincuenta millones de casos de dolores menstruales agudos irrumpen en el este, y, en principio, nada nos hace diferentes. Una epidemia de eyaculaciones precoces invade las grandes aglomeraciones urbanas. Todos los machos heterosexuales mayores de diecisiete años de Ohio, Pensilvania, Michigan y Tennessee han sido afectados por una crisis de hemorroides sangrantes, y Oliver sigue conduciendo, y a todo el mundo le importa un pito. Me gusta este país, grandes espacios libres, abiertos, vagamente wagnerianos, con esta atmósfera del Oeste: se ve a los hombres con la corbata de lazo y sombrero cowboy, se ven indios adormecidos ante el porche de las casas, la artemisa que crece al pie de las colinas. Uno se dice: es así, exactamente así, como lo imaginaba. Vine aquí el mismo verano en que cumplía los dieciocho años. Casi todo el tiempo estuve en Santa Fe, acompañado por un negociante de objetos de artesanía india, amable, cuarentón, de rostro curtido. Un auténtico miembro del Marica's Club internacional. Dicen que, pare reconocerlos, hay que ser uno de ellos, pero en su caso no era difícil adivinarlo: tenía acento, amanerado, maricón 100 por 100. Entre otras muchas cosas, me enseñó a conducir. Durante todo el mes de agosto, me dediqué a visitar a sus proveedores. Compraba cerámicas viejas por cinco dólares y las revendía a cincuenta a los turistas coleccionistas de antigüedades. Gastos mínimos, ventas rápidas. Solo, emprendía terroríficos viajes al final de los cuales apenas diferenciaba el codo de la palanca de marchas. Iba hasta Bernalillo, Farrington, bajaba hasta Río Puerco: una vez, hasta exploré las tierras de los Hopis, visitando todos aquellos lugares en los que, violando las leyes locales en cuestiones de arqueología, los campesinos penetraban en los pueblos abandonados y cogían toda la mercancía que consideraban vendible. Conocí a muchos indios y (¡oh, sorpresa!) había bastantes maricas. Recuerdo con dulzura a cierto navajo increíblemente divertido. Y a un glorioso cornudo de Taos que, en cuanto supo quién era, me hizo descender con él a una kiva y me inició en ciertos misterios tribales, proporcionándome ciertos conocimientos etnográficos por los cuales muchos investigadores perderían sin duda su prepucio. Una profunda experiencia. Un lujo del espíritu. Permítanme decirles que el agujero del culo no se ensancha solamente cuando se es marica.

    Pequeño incidente con Oliver esta tarde. Yo estaba conduciendo, corriendo a través de la 25 por algún lugar entre Belén y Socorro, espíritu al viento, y, por primera vez, controlaba al automóvil sin ser una pieza más del engranaje. Aprecié una silueta que caminaba a un lado del camino, a quinientos metros de nosotros. Seguro que era un autoestopista. Instintivamente, aminoré la marcha. Era un autoestopista, y algo más, un hippie, el auténtico modelo del sesenta y siete, con una gran pelambrera, chaleco de piel de cordero sobre el torso desnudo, descoloridos vaqueros, enarbolando la bandera americana en el trasero. Saco al hombro, descalzo. Supongo que iría buscando alguna comuna del desierto, errando solitario de ningún lugar a otro. En cierta forma, también nosotros íbamos a reunirnos con una comuna, y pensé que teníamos sitio para él. El automóvil estaba a su altura, casi parado. Tornó la mirada hacia nosotros, quizás atrapado un instante por cierto reflejo paranoide después de ver Easy Rider más veces de las convenientes, esperando una descarga de los cabrones de los fachas, pero, cuando vio que éramos jóvenes, el miedo desapareció de su rostro. Sonreía, exhibiendo sus carcomidos dientes y le oí mascullar unas palabras de agradecimiento: «Está muy bien, tíos. Está muy bien que os paréis por mí. En el pueblo no son muy simpáticos con los tipos como yo», mientras que Oliver simplemente dijo:

    —No.
    —¿No?
    —Acelera.
    —Tenemos sitio —dije.
    —No quiero perder tiempo.
    —¡Por Dios, Oliver! Este tipo es inofensivo. Y por aquí debe pasar un coche cada hora. Si estuvieras en su lugar...
    —¿Y quién te dice a ti que es inofensivo? —preguntó Oliver.

    El hippie estaba ahora a unos treinta metros del automóvil parado.

    —A lo mejor es de la banda de Charles Manson y se dedica a cortar el cuello a todos los que se portan bien con los hippies —añadió Oliver.
    —Esto es totalmente alucinante —dije.
    —¡Sigue! —dijo con una voz llena de espantosos augurios, con una voz que presagiaba tormentas—. No me gustan esta clase de tipos. Desde aquí huele a podrido. No quiero tenerle al lado.
    —¡El que conduce soy yo! —respondí—. Me corresponde decir si...
    —¡Sigue! —dijo Timothy.
    —¿Tú también?
    —Ned, Oliver no quiere tenerle al lado. ¿No irás a imponerle su presencia si él no quiere?
    —Pero, Timothy...
    —Además, el coche es mío y yo tampoco le quiero aquí. Ned, ¡acelera!

    La voz de Eli surgió del asiento de atrás, dulce, perpleja:

    —Un momento, tíos, creo que aquí se plantea un problema moral que hay que considerar. Si Ned quiere...
    —¿Vas a arrancar? —dijo Oliver en algo que era lo más parecido a un grito de todo lo que había emitido hasta entonces. Le miré a través del retrovisor. Su rostro aparecía rojo, empapado en sudor, y con una vena hinchada en la frente. La cara de un psicópata. Era capaz de todo. No podía arriesgarme a comprometerlo todo por un autoestopista hippie. Moviendo la cabeza con tristeza, apreté el acelerador y, justo cuando el hippie ponía la mano en la portezuela de atrás, en la de Oliver, el coche arrancó en tromba, dejándole atónito entre la nube de humos del tubo de escape. En favor suyo, debo decir que no nos enseñó el puño, que ni siquiera escupió, se contentó con curvar aún más los hombros y reemprender el camino. Es posible que desde el principio estuviera esperando la putada. Cuando el hippie desapareció del retrovisor, miré de nuevo a Oliver. Su rostro parecía más sereno. La vena estaba otra vez en su sitio y el acaloramiento había cedido. Pero en su mirada persistía una fijación que era capaz de helarme la sangre, y, en medio de sus mejillas de efebo se estremecía un músculo de vez en cuando.

    Rodamos silenciosos durante treinta kilómetros hasta que explotó la tensión en el interior del coche. Después pregunté:

    —Oliver, ¿por qué lo has hecho?
    —¿Qué cosa? —Lo de obligarme a joder al hippie.
    —Porque tengo ganas de llegar. ¿Acaso me has visto recoger a algún autoestopista alguna vez? Los autoestopistas sólo traen complicaciones. Te hacen perder el tiempo. Tendrías que haberle llevado hasta su comuna por una carretera pequeña. Una hora, dos horas de retraso con respecto al horario.
    —No es cierto. Además, has hablado de su olor. Tenías miedo de que te degollara. ¿Qué quiere decir eso, Oliver? ¿No has oído ya suficientes jilipolleces sobre tu limpio pelo largo?
    —No debía tener las ideas muy claras —respondió Oliver que, aparte de sus claras ideas, no ha tenido otra cosa en su vida—. Quizás esté tan ansioso por llegar que digo cosas que no pienso —añadió Oliver, que nunca habla sobre los planes que se ha trazado—. No sé. No tenía ganas de que subiera. Me ha dado por ahí —continuó Oliver que carecía de antojos desde que aprendió a no cagarse en los pañales.
    —Siento haberte obligado, Ned —después de diez minutos de silencio, concluyó—: Hay una cosa en la que tendremos que ponernos de acuerdo. A partir de ahora y hasta que acabe el viaje, nada de autoestopistas. ¿De acuerdo? Nada de autoestopistas.


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    ELI


    Cuánta razón han tenido al elegir este lugar esmirriado e infecto como emplazamiento del Monasterio de los Cráneos. Los antiguos necesitan un decorado inaccesible y misteriosamente romántico si quieren seguir adelante a pesar de las fogosas resonancias altisonantes de un siglo XX materialista y escéptico. El desierto resulta un lugar muy apropiado. El aire es azulmente doloroso, el suelo aparece con una delgada costra incendiada sobre un zócalo rocoso, las plantas y los árboles son contorneados, extraños y espinosos. El tiempo se detiene en un sitio así. El mundo moderno no puede inmiscuirse para profanarlo. Aquí prosperan los antiguos dioses. Los viejos cánticos se elevan hasta el cielo sin temor al ulular de los automóviles o el estrépito de las máquinas.

    Ned no está de acuerdo en absoluto acerca de este asunto: cree que el desierto es teatral y hasta que está superado. El lugar perfecto para los sobrevivientes de la Antigüedad, como los Guardianes de los Cráneos, piensa, es el corazón de la ciudad moderna, donde el contraste entre su contextura y la nuestra se intensifica. Un inmueble burgués de la Calle 63 Oeste, donde los sacerdotes se podrían dedicar tranquilamente a sus ritos, entre una galería de arte y un salón de belleza para caniches. Sugería que otra posibilidad sería la de montar un taller de ladrillos y cristales entre los grandes talleres dedicados a la fabricación de equipos de oficinas y acondicionadores de aire. El contraste lo hace todo, dice. La incoherencia es indispensable. El sentido del arte reside en el sentido de sus adecuadas yuxtaposiciones. ¿Qué es la religión sino una categoría del arte? Pero creo que Ned me estaba dando marcha, como siempre. De todas maneras, no puedo despreciar sus teorías sobre la yuxtaposición y el contraste. Este desierto, estas áridas soledades, son para mí el lugar perfecto de quienes no van a morir.

    Cruzando Nuevo México y el sur de Arizona dejamos a nuestras espaldas los últimos vestigios del invierno. En la zona de Albuquerque el aire era fresco, incluso frío, pues la altitud era mayor. El terreno es cuesta arriba hasta la frontera mexicana, allá donde empezamos a torcer hacia Phoenix. Como una flecha, la temperatura subió de diez a veintiún grados, incluso más. Las montañas se hicieron más bajas, parecían hechas de partículas comprimidas en moldes parduzcos, unidos con cola. Parecía que se pudieran hacer agujeros con sólo un dedo en aquellos pilares de roca. Colinas suaves, vulnerables, casi desnudas. Marcianas. También la vegetación había cambiado. En lugar de las vastas extensiones de artemisas y pequeños pinos, atravesábamos ahora bosques de espaciados cactus que, fálicamente, surgían de la tierra desconchada y oscura. Ned se convirtió en profesor de botánica. He aquí las sagitarias, decía, esos cactos con brazos más altos que los postes telegráficos; y ahí, los arbustos verdeazulados, deshojados y de ramas espinosas que parecen provenir de otro planeta, son el palo verde; y esos racimos de ramas verticales y nudosas se llaman ocotilo. Ned se conoce esta región de memoria. Después de su estancia en Nuevo México hace como dos o tres años, se siente aquí como en su casa. Ned, por otro lado, está como en su casa en cualquier sitio. Le gusta hablar de la hermandad internacional de los maricas. Allá donde vaya sabe que encontrará alojamiento por medio de los suyos. A veces me da envidia. A veces el saber que, por el hecho de formar parte de la tribu, te reciben bien en todas partes, a lo mejor compensa los traumas subyacentes. Mi tribu no es completamente hospitalaria.

    Después de cruzar la frontera de Arizona, nos dirigimos hacia el oeste, hacia Phoenix. A veces el terreno se volvía montañoso, menos desolado. País indio, los Pimas. Avistamos el pantano de Coolidge: recuerdo las lecciones de geografía de tercero de Bachillerato. Aún estábamos a ciento cincuenta kilómetros de Phoenix, cuando empezamos a ver carteles que nos invitaban, nos ordenaban, mejor dicho, a alojarnos en un motel de la ciudad: «Pasen unas agradables vacaciones en el Valle del Sol». En aquel amanecer, el sol lo invadía todo, colgado encima del parabrisas, nos lanzaba sus dardos de fuego. Oliver conducía como un robot; sacó unas ingrávidas gafas con montura de plata y continuó. Rápidamente, atravesamos una ciudad llamada Miami. No había ni playas, ni rumberas con abrigo de vísón. El vapor de las chimeneas le daba al aire un tono malva y rosa; el olor de la atmósfera era puro Auschwitz. ¿Qué quemaban? Poco antes de penetrar en el centro de la ciudad, vimos la enorme pila cubierta de residuos grises acumulados durante años de una mina de cobre. Enfrente, al otro lado de la carretera, se alzaba un gigantesco hotel de deslumbrante fachada, supongo que lo edificaron allí para regodeo de quienes se dedican en plan bestia a la violación ecológica. Lo que aquí incendian es la Naturaleza. Abatidos, abandonamos aquel espectáculo para reencontrar otros espacios deshabitados. Sagitaria, palo verde, ocotilo. Un túnel enorme atravesaba las montañas. Paisaje desolador, sin ciudades. Las sombras se alargaban. Calor, calor, calor. Y, después, intemperie, los tentáculos de la vida urbana nos hacen añorar un Phoenix todavía lejano: suburbios, centros comerciales, gasolineras, mostradores de intercambio, vendedores de cosas indias, moteles, neón, restaurantes que recomiendan tacos, perritos calientes, pollo frito, bocadillos. Convencimos a Oliver para que parara y nos comimos unos tacos a la luz amarillenta e irreal de las farolas callejeras. Después continuamos nuestro camino. Grandes supermercados sin ventanas en medio de los aparcamientos. Es el país de la pasta, habitáculo de garantías. Yo era un extranjero en tierra extraña, triste y desorientado judío de Manhattan, corriendo a través de cactos y palmeras. Muy lejos de casa. Ciudades llanas, bancos sin pisos de vidrios verdes y escaparates de plástico psicodélico. Casas pastel con estuco verde y rosa. País que jamás conoció la nieve. Por todas partes flotando banderas americanas. ¡Tómalo o déjalo! Main Street, Mesa, Arizona. ¡La granja experimental de la Universidad de Arizona erguida al borde de la carretera! Montañas lejanas se perfilan sobre el azulado crepúsculo. Ahora estamos en Apache Boulevard, en la ciudad de Tampa. Chirriar de neumáticos. La carretera gira. Otra vez estamos en el desierto. Ya no hay calles, no hay banderas, no hay nada. Una tierra de nadie. A nuestra izquierda, masas sombrías: montañas y colinas. Luces de faros visibles en la lontananza. Unos minutos más y termina la desolación. Pasamos de Tampa a Phoenix y estamos ahora en Van Burent Street. Tiendas, casas, moteles. «Sigue hasta el centro», dice Timothy. Parece que su familia tiene algunas acciones de un motel de la ciudad. Pararemos ahí. Otros diez minutos y estaremos en un barrio de libreros y motor lodges a cinco dólares la noche. Y ya estamos en el centro. Rascacielos: diez o doce pisos. Bancos. El edificio de un diario, grandes hoteles. El calor es terrible, cerca de treinta y tres grados. Y estamos a finales de marzo. ¿Cómo será en agosto? Aquí está nuestro motel. Una estatua de camello en el escaparate. Una gran palmera. Un vestíbulo pequeño y poco acogedor. Timothy va a rellenar las fichas. Tendremos una suite. Primer piso al fondo del pasillo. Hay una piscina. «¿Quién quiere nadar?», pregunta Ned. «Y después una cena mexicana», propone Oliver. Los ánimos están excitados. Después de todo estamos en Phoenix, ya casi hemos llegado. Mañana iremos hacia el norte, hacia el retiro de los Guardianes de los Cráneos.

    Se diría que todo esto empezó hace muchos años. Una alusión breve, anodina y pasajera, en el periódico del domingo:

    Un monasterio en el desierto, cerca del norte de Phoenix, donde doce o quince clérigos practican su propia versión del cristianismo. Hace unos veinte años que llegaron de México, y se cree que pasaron de España a México en tiempos de Cortés. Económicamente independientes, viven replegados en sí mismos y no se meten con los visitantes, aunque se muestran amables con cualquiera que ponga un pie en su retiro rodeado de cactos. El decorado es extraño y parece una combinación de estilo cristiano medieval con algo que pueden ser motivos aztecas. Un símbolo predominante, que da al monasterio una apariencia austera y un poco grotesca, es el cráneo humano.

    Por todas partes hay cráneos, crispados, amenazadores, en altorrelieve o en relieves ovalados. El largo friso representando cabezas de muerto parece inspirarse en motivos que pueden verse en Chichen Itzá, Yucatán. Los monjes son delgados, desbordan vida interior, su piel está curtida, bronceada por el sol y el viento del desierto. Curiosamente, tienen a la vez un aspecto joven y viejo. El que, rehusando dar su nombre, habló conmigo, pudiera muy bien tener treinta o trescientos años. Imposible decirlo...

    Leí esto por casualidad en las páginas de viajes del periódico, por casualidad. Estos fragmentos de extraña imaginería, el friso de los cráneos, los rostros jóvenes y viejos, se habían fijado en mi memoria. Y por casualidad, algunos días más tarde tropecé con el manuscrito de El Libro de los Cráneos en la biblioteca de la universidad.

    Nuestra biblioteca tiene un genizah, una reserva de inutilizados libros viejos, deshechos, manuscritos apócrifos o abandonados que nadie todavía se ha molestado en traducir, descifrar, clasificar, o, incluso, examinar con detalle. Supongo que en todas las universidades debe haber una sala parecida, llena de documentos adquiridos por alguna donación o descubiertos con ocasión de algún rastreo, y que, pacientemente, esperan (¿Venticinco años? ¿Cincuenta años?) la llegada de un erudito que les eche una mirada. La nuestra es más copiosa que la mayor parte de ellas, seguramente porque tres generaciones de ávidos bibliófilos han acumulado todos estos tesoros de la Antigüedad con más rapidez que aquella con que nuestros bibliotecarios pudieran asimilarlos. En un sistema así se dejan de lado necesariamente ciertos artículos que, inundados por el torrente de nuevas adquisiciones, acaban olvidados, escondidos, perdidos. Tenemos estantes enteros llenos de documentos cuneiformes, sumerios o babilónicos, entre los cuales la mayor parte han sido puestos al día entre 1902 y 1905, con motivo de las célebres excavaciones de Mesopotamia. Poseemos ingentes cantidades de papiros sin tocar de las últimas dinastías, kilos de material que proceden de sinagogas iraquíes, contratos de matrimonios, decisiones judiciales, poesías, tenemos listones grabados sobre madera de tamarí de las cavernas de Tun-Huang, antiguo y olvidado don de Aurel Stein; cajas de archivos parroquiales de los castillos de Yorkshire; tenemos fragmentos de manuscritos precolombinos, y legajos de cánticos y misas que pertenecieron a los monasterios pirenaicos del siglo XIV. Si la Roseta pudiera encontrarse, nuestra biblioteca permitiría descifrar los secretos del manuscrito Mohenjo-Daro, o el manual etrusco de gramática del emperador Claudio. A lo mejor tienen, sin descubrir, las memorias de Moisés o el Diario de san Juan Bautista. Si algún día se descubrieran estas cosas, otros curiosos llegarían a las oscuras cavas del pabellón central de la biblioteca. Yo me contento con el hallazgo del manuscrito de El Libro de los Cráneos. No lo estaba buscando en absoluto, ni siquiera había oído hablar de él. Conseguí obtener permiso para cotejar en las cavas en busca de una colección de manuscritos catalanes de poesía mística, comprados en principio a un proveedor de antigüedades barcelonés, llamado Jaime Maura Gudiol; esto fue en 1893. El profesor Vázquez Ocaña, de quien fui seleccionado colaborador para hacer una serie de traducciones del catalán, había oído hablar del tesoro de Maura de boca de su propio profesor, treinta o cuarenta años antes, y creía recordar vagamente el haber tenido en sus manos algunos de los auténticos manuscritos. Consultando unas fichas hechas con tinta sepia medio descolorida, logré descubrir el lugar de la reserva en que se hallaba el tesoro Maura, así que decidí explorar la cava. Luz parpadeante. Cofres condenados. Infinidad de clasificadores de cartón. El polvo me hace toser. Tengo los dedos negros, carbonilla en la cara. Un cartón más y abandono. Y luego: un relieve de cartón rojo que contiene un manuscrito finamente estampado sobre una vitela de hermosa calidad. Un título ornado con riqueza: Líber Calvarium. Libro de los Cráneos. Siniestro, fascinante, romántico. Vuelvo a la primera página. Elegantes letras en la escritura neta y desprendida del siglo X, u XI. Las palabras no estaban en latín sino en un catalán muy primariamente latinizado que traduje automáticamente. Escuchad, noble Señor: Te ofrecemos la vida eterna. El epígrafe más demente que había encontrado hasta entonces. ¿Interpretaría mal el texto? No. Te ofrecemos la vida eterna.

    La página contenía el primer párrafo del texto, en el cual, las otras líneas no eran tan fáciles de descifrar como el epígrafe. Al final de la página, y a lo largo del margen izquierdo, se alineaban ocho cráneos humanos perfectamente grabados, separados cada uno por una filigrana de columnas y una pequeña voluta romana. Solamente un cráneo tenía el maxilar inferior. Otro estaba de lado. Pero todos eran amenazadores, y se notaba como algo malvado en las ensombrecidas órbitas. Parecen decir con voz de ultratumba: Os resultaría muy conveniente aprender lo que nosotros hemos conocido.

    Me siento encima de un cofre de pergaminos viejos y empiezo a hojear el manuscrito. Una docena de páginas, ordenadas todas con grotescos motivos funerarios —fémures cruzados, lápidas abiertas, una pelvis o dos, y cráneos por todas partes, cráneos, cráneos. Traducirlo sin esfuerzo resultaba una tarea fuera de mi alcance; gran parte del vocabulario me resultaba impenetrable, pues aquello no era ni catalán ni latín, sino una cosa vaga e intermedia. A pesar de esto, el significado global de mi descubrimiento se me impuso con rapidez. El texto estaba dirigido a un príncipe cualquiera por el superior de un monasterio bajo su protección y, esencialmente, era una invitación para que abandonara los placeres mundanos y compartiera los «misterios» de la orden monástica. La disciplina de los sacerdotes, decía el superior, está orientada para derrotar a la Muerte, entendiendo esto no como el triunfo del espíritu en el otro mundo, sino el triunfo del cuerpo en éste. Te ofrecemos la vida eterna. La contemplación, el ejercicio físico y espiritual, un régimen adecuado y lo más eficaz posible. Aquéllos eran los postulados de la vida eterna.

    Una hora de encarnizado esfuerzo me dio los pasajes siguientes:

    Tal es el primer misterio: que el cráneo se halla detrás del rostro de igual forma que la muerte se encuentra al lado de la vida. Pero sabed, ¡oh, nobles señores!, que no existe paradoja, pues la muerte es la compañera de la vida y la vida la mensajera de la muerte. Si se pudiera alcanzar el cráneo a través del rostro y tratarlo como a un amigo, sería posible... (ilegible).

    Tal es el sexto misterio: que nuestro don sea despreciado, que, entre los hombres, seamos fugitivos con el fin de huir de lugar en lugar, desde las cavernas del norte hasta las cavernas del sur, del (incierto) de los campos (incierto) de la villa, como fue durante los siglos que he vivido y los siglos que han vivido mis ancestros...

    Tal es el noveno misterio: que el precio de una vida sea otra vida. Sabed, ¡oh, nobles señores!, que cada eternidad debe compensarse con una extinción y que de vos pedimos que el equilibrio ordenado se ampare en la serenidad. De entre vosotros, sólo admitimos a dos. Los otros dos deben reunirse con la oscuridad. Del mismo que, por el hecho de vivir, morimos cada día, por la misma razón, por el hecho de morir, viviremos eternamente. ¿Hay alguno entre vosotros que en beneficio de sus hermanos renuncie gustoso a la eternidad reservada a sus hermanos de la figura de cuatro lados, para que ganen así la comprensión de la abnegación auténtica? ¿Hay alguno entre vosotros al que sus compañeros estén dispuestos a sacrificar con el fin de ganar la comprensión de la exclusión? Que las víctimas se elijan entre ellas. Que definan la cualidad de su vida por la cualidad de su partida...

    Había más: dieciocho misterios en total, luego, una perorata en unos versos completamente opacos. Estaba fascinado. Era la fascinación intrínseca del texto lo que me traía, su sombría belleza, sus revelaciones siniestras, sus rítmicos golpes de gong, todo menos el acercamiento inmediato a aquel monasterio de Arizona. Naturalmente, resultaba imposible sacar el manuscrito de la biblioteca, pero yo lo subía, emergiendo de los subterráneos como el fantasma polvoriento de Banquo, y dispuse las cosas para que me reservaran una mesa privada en un rincón tranquilo. Después, volvía a casa y me duchaba sin decir a Ned ni una sola palabra, aunque mi azoramiento le resultaba evidentemente visible. Volvía deprisa a la biblioteca, dispuesto, con provisión de papel, una pluma y mis diccionarios particulares. El manuscrito ya estaba sobre la mesa que había reservado. Hasta las diez, hora de cenar, me incliné sobre el texto, alumbrado por una débil bombilla. No había ninguna duda: aquellos españoles creían poseer una técnica que abría las puertas de la inmortalidad. El manuscrito no hacía alusiones al método que se utilizaba, pero insistía en su eficacia. Gran parte de la simbología gravitaba en torno al cráneo-detrás-del-rostro. Mediante un culto orientado hacia la vida, me cercioré que daban mucha importancia a la imaginería de la tumba. Puede que fuera esto la discontinuidad necesaria, el sentido de las yuxtaposiciones chocantes de las que Ned habla tanto en sus teorías estéticas. El resto dejaba entender con toda claridad que, si no todos, ciertos sacerdotes adoradores de los cráneos, habían vivido durante siglos (¿quizá milenios? ¿Un ambiguo trozo del misterio decimosexto parecía implicar una línea más vieja de la de los faraones?). Esta longevidad había logrado que los mortales estuvieran resentidos con ellos, campesinos, pastores y barones, y, en varias ocasiones, se vieron obligados a establecerse fuera del cuartel general, buscando siempre un lugar donde practicar en paz sus ejercicios.

    Finalmente, tres días de duro trabajo me proporcionaron una traducción aproximada del ochenta y cinco por ciento del texto, y un conocimiento suficiente del resto. Me hacía bien el trabajo yo solo, aunque, a veces, cuando se trataba de alguna frase particularmente indescifrable, consultaba al profesor Vázquez Ocaña, cuidándome de no revelar la naturaleza de mis investigaciones. (Cuando me preguntaba si había encontrado los manuscritos de Maura Gudiol, respondía cualquier cosa.) En este estado, todavía consideraba la historia como un enternecedor cuento de hadas. En mi infancia leí Horizontes Perdidos, y no había olvidado Shangri-La, el monasterio secreto del Himalaya, donde los monjes practicaban el yoga y aprendían a respirar aire puro, ni esa línea que me había impresionado: ¡Todavía está usted vivo, padre Perrault! No se podían tomar en serio aquellas cosas. Me imaginaba publicando mí traducción en Speculum, por ejemplo, con un adecuado comentario sobre la creencia medieval en la inmortalidad, y referencias al mito de Preste Juan, a Sir John Mandeville y a los romanos de Alejandro. La Fraternidad de los Cráneos y los Guardianes, que son los grandes sacerdotes, y la Prueba que debe ser suscrita por cuatro candidatos simultáneamente, de entre los cuales, sólo dos tienen derecho a sobrevivir, la alusión a los viejos misterios transmitidos a lo largo de milenios, ¿no crees que todo esto podría ser el argumento de un cuento de Sherezada? Me dediqué a indagar escrupulosamente la versión de Burton, dieciséis volúmenes, de Las Mil y Una Noches, pensando que quizá fueron los moros los que introdujeron esta historia en Cataluña, en los siglos VIII y IX. Pero no, cualquier cosa que mi hallazgo fuera, no era un trozo de Las Mil y Una Noches. Quizás una parte de la saga de Carlomagno. ¿O un anónimo cantar de gesta? Consultaba ingentes cantidades de la mitología medieval. Sin éxito. Remontaba siglos. En una semana me convertí en un experto sobre literatura de la inmortalidad y longevidad. Tithon, Matusalén, Gilgamesh, Uttarakurus y el árbol de Jambu, el pescador de Glaukus y los inmortales taoístas. Sí, toda la bibliografía. Y después un relámpago de intuición, el golpe en la frente. El grito que hizo girar todas las cabezas en la sala de lectura. ¡Arizona! Monjes llegados de México y antes de España. Los frisos con cabezas de muerto. Iba a buscar nuevamente aquel artículo que apareció en el suplemento del domingo. Lo releo en un estado que muy bien pudiera ser el delirio. Esto es:

    Hay cráneos por todas partes, crispados, amenazantes, en altos relieves o en relieves ovalados. Los monjes son delegados, desbordan vida interior. Aquel con quien hablé... podría tener treinta años como trescientos. Resultaba imposible decirlo...

    ¡Todavía está usted vivo, padre Perrault! Estupefacta, mi alma se contrajo. ¿Podría creer yo en semejantes cosas? ¿Yo, el escéptico, bromista, materialista, pragmático? ¿La inmortalidad? ¿Un culto antiguo como el tiempo? ¿Podría existir algo parecido? Los Guardianes de los Cráneos viviendo en medio de los cactos, ni un mito medieval, ni una leyenda, sino una institución que ha sobrevivido incluso a nuestra época mecanizada, al alcance de cualquiera que desee hacer el viaje. Si quisiera, podría ser uno de los candidatos. Eli Steinfeld, viviente para asistir al alba del siglo XXXVI. El asunto estaba fuera de todo crédito. No admitía la cercanía del manuscrito y el artículo del periódico como una loca casualidad; después, a base de meditar, tampoco admitía mi rechazo y, poco a poco, me encaminaba hacia la aceptación. Era necesario que cumpliera un acto formal de fe, el primero que cumpliría en mi vida, para empezar a aceptar semejante idea. Me obligué a admitir la existencia de fuerzas exteriores a la comprensión de la ciencia contemporánea. Me obligaba a deshacerme de una antigua costumbre que consistía en ignorar lo desconocido en tanto que no ha sido oficialmente apoyado por pruebas rigurosas. Me reuní alegremente con las castas de creyentes en platillos volantes, los atlanteístas y los dianéticos, la de los defensores de la tierra plana y de Charles Fort, con los macrobióticos y astrólogos, la de las legiones de hombres crédulos que rara vez mis compañías me habían puesto al alcance. Al menos, adquirí la fe. Una fe total pero que no excluía la posibilidad de un error. Creía. Hablé a Ned, luego, algún tiempo después a Oliver y a Timothy. Moviendo la zanahoria delante de las narices. Te ofrecemos la vida eterna. Y ahora estamos en Phoenix. Las palmeras, los cactos, el camello delante del motel. Hemos llegado, Y mañana comenzaremos la fase final de nuestra búsqueda del Monasterio de los Cráneos.


    19
    OLIVER


    Es posible que me haya pasado un poco con el rollo del autoestopista. No sé. No entiendo nada. Normalmente, mis motivos son limpios, claros como el cristal. Esta vez, no. El pobre Ned no podía saber qué le iba a caer encima cuando empecé a gritar. Eli me echó la bronca, luego me dijo que no me podía oponer a su libre decisión de ayudar a un ser humano. Ned conducía, podía pararse si quería. Incluso Timothy, que me dio la razón, me dijo luego que me había pasado. El único que no hizo ningún comentario fue Ned, aunque yo sabía lo que estaba pensando.

    Me pregunto por qué hice eso. No podía tener tantas ganas de llegar al monasterio. Aunque el autoestopista nos hubiera desviado un cuarto de hora de nuestro camino, ¿qué importaba? Coger una rabieta por un cuarto de hora teniendo en cuenta que nos esperaba la eternidad. No, no era perder el tiempo lo que me fastidiaba, tampoco las tonterías de Charles Manson. Era algo más profundo. Lo sé muy bien.

    Justo en el momento en que Ned iba más despacio, tuve una intuición. Este hippie es marica, me dije. Exactamente así. Este hippie es marica. Ned lo ha notado con ese sexto sentido que parecen tener los de su especie. Ned lo ha notado, me dije, y quiere subírselo al motel esta noche. Debo ser sincero conmigo mismo. Esto es lo que pensé. Pensé en la imagen de Ned y el hippie, juntos en la cama, abrazándose, jadeando, sudando uno sobre otro, acariciándose, haciendo todo lo que a los homosexuales les gusta hacer. No tenía ninguna razón para pensar algo parecido. El hippie era exactamente igual a los otros cinco millones de hippies: descalzo, un cabello exagerado, chaleco cerrado, unos pantalones cortos descoloridos. ¿Qué fue lo que me hizo pensar que era marica? Aunque lo fuera, ¿acaso no nos dedicamos Timothy y yo a pescar chicas en Chicago y Nueva York? ¿Por qué Ned no tenía derecho a practicar su deporte favorito? ¿Tengo algo en contra de los homosexuales? ¿No es acaso uno de ellos compañero mío de habitación, uno de mis mejores amigos? Yo sabía a qué atenerme con Ned cuando vino a vivir con nosotros. Me importaba muy poco, ya que a mí no me hacía proposiciones. Yo le quería como individuo. No me interesaban sus gustos sexuales. ¿Y por qué este repentino ataque de beatería en medio de la carretera? Reflexiona, Oliver. Piensa en esto.

    Es posible que estuvieras celoso, ¿no? Oliver, ¿has pensado en esa posibilidad? Puede que tú no quisieras que Ned se fuera con otro. ¿Podrías examinar esa idea durante un instante?

    De acuerdo. Sé que le intereso. Desde hace mucho tiempo. Esa mirada de perrito cuando me mira de reojo, ese aire soñador, sé qué significa. No es que me haya propuesto nada. Tiene demasiado miedo, demasiado miedo para romper una amistad útil. Pero, a pesar de todo, el deseo está ahí. ¿He jugado, pues, a ser el perro del hortelano, al no recordar a Ned lo que él quería de mí e impidiéndole también hacerlo con ese hippie? ¡Qué cabronada! Tendré que reexaminar todo esto meticulosamente. Mi reacción cuando Ned empezó a frenar. Los gritos. Una histeria visible, un mecanismo que se desencadenó en mí. Tengo que volver a pensar en esto. Tengo que poner en claro todo este asunto. Me da miedo. Tengo miedo de descubrir algo en mí que no quiero saber.


    20
    NED


    Henos aquí transformados en detectives, rastreando Phoenix para intentar descubrir las huellas del monasterio. Lo encuentro divertido: venir desde tan lejos para ser incapaz de efectuar la unión final. Pero todo lo que tiene Eli es ese recorte de periódico que sitúa el monasterio «no muy lejos del norte de Phoenix». Esto es enorme, sin embargo «no muy lejos al norte de Phoenix» cubre todo el territorio. Desde aquí hasta el Gran Cañón, de un lado a otro del Estado. No podemos apañarnos solos. Esta mañana, después de desayunar, Timothy fue a enseñar el recorte de Eli al recepcionista. Eli se encontraba tímido y demasiado inseguro para ir él mismo. El tipo jamás había oído hablar de un monasterio por allí, pero nos recomendó dirigirnos a las oficinas del periódico, enfrente, al otro lado de la calle. El susodicho periódico, que aparecería por la tarde, no abría hasta después de las nueve, y como todavía funcionábamos con la hora del Este, nos despertamos muy pronto esa mañana. Sólo eran las ocho y cuarto. Vagamos por las calles de la ciudad para matar los cuarenta y cinco minutos que faltaban. Mirábamos las peluquerías, los kioscos de periódicos, los escaparates de las tiendas donde vendían cacharros indios de barro y accesorios para cowboy. El sol pegaba fuerte y el termómetro de un rascacielos bancario marcaba veintidós grados. La jornada se anunciaba calurosa. El cielo tenía el feroz azul del desierto, las montañas, que lindaban con la ciudad, eran de un pardo pálido. La ciudad estaba silenciosa, apenas había coches en las calles.

    Apenas hablamos. Oliver tenía todavía la cara larga por culpa del circo que nos montó con lo del autoestopista; tenía razones para estar molesto. Timothy jugaba al aburrido con cierto aire de superioridad. Había esperado encontrar en Phoenix una ciudad mucho más dinámica: la metrópolis activa en el centro económico de una Arizona en plena expansión, y la calma que reinaba le desilusionó. Más tarde, descubrimos que el verdadero dinamismo está a dos o tres kilómetros, en el norte de la ciudad que es donde se desarrolla la expansión. Eli estaba tenso y reservado, se preguntaba, sin duda, si no nos había hecho atravesar la mitad del continente para luego nada. ¿Y yo? Nervioso, con los labios y la garganta resecas. Un tirón del escroto que sólo me pasa cuando estoy nervioso, muy nervioso, tensando y destensando los glúteos. ¿Y si el monasterio no existiese? ¿Cómo reaccionaría? Siempre la amenaza del Noveno Misterio se agazapaba entre bastidores, tenebrosa, hipócrita, tentadora. Cada eternidad debe compensarse con una extinción. Dos viven para siempre, dos mueren rápidamente. Esta proposición encubre una música suave, vibrante, la veo brillar a lo lejos, la oigo resonar, seductora, en las colinas desnudas. La temo y, no obstante, no puedo resistir el desafío que me lanza.

    A las nueve en punto estábamos en la oficina del periódico. Habla Timothy: sus modales desenvueltos de alta sociedad, le permiten salir con bien de cualquier situación. Nos presenta como estudiantes que preparan una tesis acerca de la vida monástica contemporánea, de tal manera que se nos deja franquear la puerta de un secretario y un redactor para introducirnos, finalmente, en el despacho de otro redactor, que examina el recorte del periódico y dice no saber nada de ningún monasterio (¡desconcierto!), pero que existe un tipo que sí era especialista en comunidades, cultos sagrados y otras instituciones marginadas de la ciudad (¡esperanza!).

    —¿Y ahora, dónde podemos encontrar a este hombre?
    —¡Oh! Está de vacaciones —nos dice el redactor (¡desconcierto!).
    —¿Y cuándo vuelve?
    —Pues... a decir verdad, no ha salido de la ciudad —¡de nuevo esperanza!—. Pasa las vacaciones en su casa. Puede que les reciba.

    A petición nuestra, el redactor llamó por teléfono y nos concertó una cita con aquel especialista en chifladuras de todas clases.

    —Vive detrás de Bethany Home Road, pasado Central Street, en el número 64.000, ¿ven dónde se encuentra? Suban Central Street, pasen Camelback, y Bethany Home...

    Diez minutos en coche. Dejamos atrás la ciudad adormecida, siguiendo hacia el norte por los barrios industriales, los rascacielos de vidrio y los gigantescos centros comerciales. Atravesamos un impresionante barrio de casas modernas casi disimuladas por sus exuberantes jardines de vegetación tropical. Luego, una zona residencial más modesta, y llegamos a casa de quien nos podía informar. Se llama Gibson. Cuarentón, bronceado, ojos azules y frente despejada y brillante. Un tipo agradable. Ocuparse de comunidades marginales era para él un capricho y no una obsesión. No era la clase de individuo obsesivo. Sí, había oído hablar de la Fraternidad de los Cráneos, aunque él no la llamaba así. «Los padres mexicanos», aquel era el nombre que les daba. El nunca había ido, pero había hablado con alguien que les había visto, un visitante de Massachusetts, el mismo, probablemente, que había escrito el artículo. Timothy preguntó a Gibson si podría indicarnos el emplazamiento del monasterio. Gibson nos invitó a entrar: casita coqueta, típico decorado del sudoeste. Tapicerías navajo colgadas de las paredes, en los estantes había media docena de vasijas de barro hopy, rojas y cremas. Sacó un mapa de Phoenix y sus alrededores.

    —Ustedes están aquí —dijo señalando el mapa con el dedo—. Para salir de la ciudad, sigan así: Black Canyon Highway, es una autopista, cójanla y continúen hacia el norte, siguiendo las indicaciones para Prescott, aunque no tienen que ir tan lejos. Aquí, ¿ven?, después del límite de la ciudad, no muy lejos, a dos o tres kilómetros, dejen la autopista. ¿Tienen un mapa? Tengan, les pongo una cruz. Y sigan esta carretera... recorran unos diez kilómetros... —traza una serie de zigzags en el mapa, luego pone una segunda cruz—. No —dice—. No es éste el lugar donde se encuentra el monasterio. Aquí hay que dejar el coche y seguir a pie. Ya verán que la carretera se convierte en un simple sendero por el que ningún coche, ni siquiera un jeep, puede pasar. Pero, para gente joven, como ustedes, no será problema. Hay que caminar cinco o seis kilómetros, siempre recto hacia el este.
    —¿Y si no lo encontramos? —pregunta Timothy—. No me refiero a la carretera, sino al monasterio.
    —No arriesgan nada —respondió Gibson—. Pero, si llegan a la reserva india de Fort McDoogel, se darán cuenta de que han ido demasiado lejos. Y si ven el lago Roosevelt es que han ido mucho, mucho más lejos.

    Cuando nos despedimos, nos pidió que pasáramos por su casa a nuestro regreso para ver qué habíamos visto por allí.

    —Me gusta tener al día mis fichas —explicó—. Hace mucho tiempo que tengo intención de echar una ojeada, pero ya saben lo que pasa, hay tantas cosas que hacer y tenemos tan poco tiempo...

    Claro, respondimos. Le contaremos todo. Al coche. Oliver conduce y Eli traza la ruta con el mapa abierto frente a él. Black Canyon Highway al oeste. Una autopista de seis vías, aplastada bajo el sol de la mañana. Poca circulación con la excepción de algunos enormes camiones. Tomamos dirección norte. Las preguntas encontrarán pronto una respuesta y sin duda se plantearán otras. Nuestra fe o ingenuidad tal vez sean recompensadas. A pesar del calor aplastante, sentía escalofríos. Subiendo del foso de la orquesta, percibía los sombríos acentos wagnerianos de los trombones y las tubas de mal augurio. El telón se levantaba pero ignoraba si era el comienzo del primero o del último acto que íbamos a tocar. Ahora ya no dudaba de la existencia del monasterio. Gibson no se puso misterioso. No era un mito, sino la manifestación de esa necesidad de espiritualidad que el desierto parece despertar en el hombre. Pronto encontraríamos el monasterio, y sería el de verdad, el heredero de aquel que se describe en El Libro de los Cráneos. Otro escalofrío delicioso. ¿Y si nos encontráramos frente a frente, fuera de todo tiempo, con el autor de este antiguo y milenario manuscrito?

    Cuando se tiene fe, todo es posible.

    La fe. ¿Qué proporción de mi existencia ha estado marcada por esta pequeña palabra de dos letras? Retrato del artista adolescente y morboso. La escuela parroquial. El tejado que vuela, el viento que silba a través de las desvencijadas ventanas, los pálidos monjes que nos miran severamente con sus austeros anteojos mientras jugamos en el patio. El catecismo. Los niños pequeños, muy limpios, camisa blanca y corbata roja. El padre Burke dándonos clase. Joven, regordete, rostro rosa, siempre con gotas de sudor encima del labio superior, una masa de carne fofa que sobresale por el cuello almidonado de su traje. Debía tener veinticinco o veintiséis años el joven sacerdote consagrado al celibato, con el pito fresco. Por la noche debía preguntarse si merecía la pena. Para el pequeño Ned, de siete años, él encarnaba las Escrituras, sagradas e imponentes. Siempre tenía una varita de mimbre en la mano, y la utilizaba: había leído a Joyce, y representaba el papel haciendo terribles molinetes con ella. Me toca ser interrogado. Me levanto temblando. Tengo ganas de mearme en los pantalones. La nariz me gotea (siempre tuve mocos en la nariz hasta los doce años; mis recuerdos de infancia están manchados con la imagen de una estalactita mugrienta, un bigote chorreante y pegajoso. El grifo sólo se cerró con la pubertad). El revés de mi mano se levanta rápido hacia los morros. Un acto reflejo.

    —No sea repugnante —dice el padre Burke con los ojos azules echando chispas. Dios es amor. Dios y amor; y el padre Burke, ¿qué es entonces? La varita rasga el aire con un silbido. Irritado, se dirige hacia mí—: El Credo, ahora, ¡enseguida!

    Comienzo balbuceando:

    —Creo en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo... y en Jesucristo...

    Es el vacío. Detrás, un ronco susurro, Sandy Dolan:

    —... su único hijo, nuestro Señor...

    Me tiemblan las piernas. Se me estremece el alma. El domingo anterior, después de la misa, Sandy Dolan y yo fuimos a espiar a su hermana mayor de quince años, se cambiaba a través de los cristales, senos pequeños con el pezón rosa, pelos morenos. También nosotros tendremos pelos ahí, me susurra Sandy. ¿Acaso Dios me ha visto espiar a su hermana? El Día del Señor; semejante pecado. Ahora la varita gira de manera amenazadora.

    —... su único hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de la Virgen María... —sí, ahora estoy lanzado, llegamos a la parte melodramática que tanto me gusta. Recupero la confianza, mi voz adquiere seguridad— ... padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos, y subió a los cielos... subió a los cielos...

    Otra vez me había perdido. Sandy, ¡ayúdame! Pero el padre Burke está demasiado cerca. Sandy no osa hablar.

    —... subió a los cielos...
    —Ya está allí, hijo mío —dice el cura sarcásticamente—. ¡Termina de una vez! Subió a los cielos...

    Tengo la lengua pegada al paladar. Todas las cabezas se vuelven hacia mí. ¿No podría sentarme? ¿No podría Sandy seguir por mí? Solamente siete años, Señor, ¿y es preciso que me sepa entero el Credo?

    La varita... la varita...

    Incomprensiblemente, el padre me sopla:

    —Sentado a la diestra...

    Bendita frase. Me agarro ahí...

    —Sentado sobre la diestra...
    —¡A la diestra! —y mi mano recibe el golpe de la varita. El choque vibrante, sonoro, hace que mi mano se abarquille como la hoja de un árbol al contacto del fuego. Amargas lágrimas invaden mis ojos. ¿Puedo sentarme ahora? No; he de continuar. Eso esperan de mí. La vieja monja María Josefa leyendo en el auditorio uno de mis poemas, una oda al Domingo de Pascua, con su rostro cubierto de arrugas, diciendo que me encuentra muy dotado. Ahora, continúa, ¡el Credo! ¡El Credo! No es justo, tú me has pegado. Ahora debería tener derecho a sentarme.
    —Continúa —dice el inexorable cura—. Sentado a la diestra... Estoy conforme.
    —Sentado a la diestra del Dios Padre, Todopoderoso, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. —¡Uf! Lo peor ya ha pasado. Con el corazón palpitante, suelto el resto a toda marcha—: Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el Perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la Vida Eterna. ¡Amén!

    ¿Hacía falta terminar con amén? Me lío de tal manera que ya no sé. El padre Burke me lanzó una sonrisa agridulce. Vacío, me dejo caer en el asiento. Esto representa para mí la fe. La fe. El Niño Jesús en el pesebre y la varita cayendo sobre los dedos. Pasillos helados. Rostros siniestros. El seco y polvoriento olor de lo sagrado. Un día, el cardenal Cushing nos hizo una visita. Toda la escuela estaba aterrorizada. No nos hubiéramos asustado tanto si el propio Redentor llega a surgir de pronto de un armario. Miradas furiosas, susurradas advertencias: «Quédense en filas.» «Canten entonados.» «No hablen.» «Sean respetuosos.» Dios es amor, y los rosarios, los retratos a pastel de la Virgen, el viernes de vigilia, la pesadilla de la primera comunión, el terror ante la idea de entrar en un confesionario, todo el tinglado de la fe, el vertedero de los siglos. Claro que sería necesario desembarazarse de esto lo antes posible. Huir de los jesuitas, de mi madre, de los apóstoles y los mártires, de san Patricio, de san Brendan, san Dionisio, san Ignacio, san Antonio, santa Teresa, santa Thais, la cortesana penitente, de san Kevin y san Ned. Me convertí en un hediondo apóstata, pero no era el primero de la familia que se desviara del buen camino. Cuando vaya al infierno, me encontraré con mis primos y tíos dando vueltas en el asador. Y ahora, he aquí que Eli Steinfeld me pide que tenga fe otra vez. «Como todos sabemos», explica Eli, «Dios es anacrónico, molesto; admitir en esta época moderna que creemos en su existencia, sería como admitir que tenemos granos en el culo. Nosotros, los sofisticados, que hemos visto todo y sabemos hasta qué punto son pamemas, no podemos decidirnos a contar con El, aunque no nos falten ganas de dejar que este viejo y pasado chivo tome todas las decisiones en nuestro lugar». «¡Un momento!», grita Eli. «¡Deja el cinismo para otro momento, abandona tu desconfianza hacia lo invisible! Einstein, Bohr y Thomas Edison destruyeron nuestra capacidad para abrazar el más allá, pero, ¿no estás dispuesto a abrazar alegremente el más acá, el aquí mismo? ¡Cree!», dice Eli. «Cree en lo imposible. Cree porque es imposible. Cree que la historia del mundo que nos han enseñado es un mito, y que este mito es lo único que sobrevive de la historia real. Cree en los Cráneos y en sus Guardianes. Cree. Haz un acto de fe, y la vida eterna será tu recompensa.» Así hablaba Eli. Y nosotros avanzamos hacia el este, el norte, el norte, el este, una vez más, zigzagueando en el desierto cubierto de maleza, y es necesario que tengamos fe.


    21
    TIMOTHY


    Intento tener buen aspecto. Intento no quejarme, pero tampoco hay que ir demasiado lejos. Esta marcha a través del desierto, en pleno día, por ejemplo. Hace falta ser masoquista para obligarse uno mismo a semejante prueba, aunque sea para vivir diez mil años. Pero estoy seguro de que es una imbecilidad. Algo completamente irreal. Lo que es real, sin embargo, es el calor. Creo que debe hacer treinta y cinco, treinta y ocho, hasta cuarenta grados. Aún no estamos en abril y esto parece un horno. El famoso calor seco de Arizona del que tanto se habla. Claro que hace calor, es un calor seco, vosotros no lo sentís. ¡Cojones! Yo sí lo siento. Me he quitado la chaqueta y desabrochado la camisa, y estoy asado. Si no tuviera la piel tan blanca, me quitaría la camisa, pero podría convertirme en una gamba. Oliver ya está con el pecho descubierto, y es más rubio que yo; pero quizá no teme las quemaduras del sol. Piel de campesino, piel de Kansas. Cada paso es un martirio. ¿Y cuántos nos quedan todavía? ¿Ocho kilómetros? ¿Dieciséis? Hemos dejado el coche detrás, lejos. Son las doce y media y caminamos desde mediodía, desde las doce menos cuarto. El sendero sólo tiene cincuenta centímetros de anchura, y, en algunos sitios, todavía es más estrecho. En realidad, hay zonas en las que ni siquiera hay sendero, y tenemos que abrirnos paso a través de los arbustos espinosos. Marchamos uno tras otro, como cuatro navajos perdidos por completo, siguiendo la pista del ejército de Custer. Hasta los lagartos se cachondean de nosotros. ¡Señor! ¡Me pregunto cómo puede haber vida en estos parajes! ¡Los lagartos y las plantas deben estar cocidas y recocidas por el sol! El suelo no es de auténtica tierra, ni de arena, es de algo seco que crepita dulcemente bajo mis pies. El silencio amplifica los ruidos. Un silencio espantoso. Hace rato que ya no hablamos. Eli vocea como si fuese a encontrar el Santo Grial al final del camino. Ned se sofoca y sufre: no es muy fuerte y la marcha supone una dura prueba. Oliver, que completa la fila, está, como siempre, ensimismado. Podría ser un astronauta atravesando la Luna. De vez en cuando, Ned se detiene para decirnos algo relacionado con las plantas. Nunca había constatado hasta qué punto se interesa por la botánica. Existen pocos cactos enormes y verticales: los aguaros; aunque, poco más allá del camino, hay algunos de quince y hasta veinte metros de altura. Lo que sí hay, y por millares, son unos chismes inquietantes de unos dos metros, con un tronco gris, irregular y nudoso, cubierto de largos ramilletes de espinos y gruesas bolas verdes que cuelgan. Ned los llama cholla de guirnaldas, y nos dice que no nos acerquemos para evitar los espinos. Así pues, los evitamos, pero hay otro cholla, el cholla de pelusas, que no es fácil de evitar. Y es una verdadera cabronada. Pequeñas plantas vellosas de cuarenta a cincuenta centímetros, cubiertas de miles de pinchos color paja. Te miran de reojo y saltan encima. Les aseguro que es cierto. Tengo las botas llenas de pinchos. El cholla de pelusas se rompe fácilmente, y hay trozos que se separan y ruedan por todas partes, sobre todo, en medio del camino. Ned dice que cada fragmento echa raíz allí donde cae, naciendo así una nueva planta. Tenemos que tener cuidado para no pisar encima. Y no crean que con pegarles un puntapié a los trozos se libra uno de ellos. Lo intenté y el cacto se me pegó a la bota, y cuando quise quitarlo, se me quedó pegado a la punta de los dedos. Un centenar de espinas al mismo tiempo. Agujas de fuego. Grité. Ned tuvo que retirarlas utilizando dos ramitas como si fueran pinzas. Aún me queman los dedos. Minúsculas espinas hacen agujeros negros sobre mi carne. Existen otras muchas clases de cactos por aquí, cactos toneles, higos chumbos y otras seis o siete variedades cuyo nombre Ned desconoce. Y árboles con hojas espinosas, mezquitas, acacias. Aquí todas las plantas son hostiles. «No me toquen», dicen, «no me toquen o lo sentirán». Yo hubiera querido estar en otro sitio. Pero andamos, andamos, andamos. Cambiaría Arizona por el Sahara, a toma y daca, y, además, para suavizar el trueque, la mitad de Nuevo México. ¿Cuánto tiempo falta aún? ¿Cuántos grados? ¡Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda!

    —¡Eh, mirad! —grita Eli señalando algo con el dedo.

    A la izquierda del sendero, medio escondida detrás de las enmarañadas chollas: una enorme piedra redonda, tan larga como el cuerpo de un hombre, una piedra rugosa y oscura que, por su composición, se diferencia del ambiente gris, color de chocolate. Procede de una roca volcánica, basalto, granito o diabasa, alguna de las cuatro. Eli se pone en cuclillas, coge un palo seco y empieza a quitar cactos.

    —¿Veis —dice— los ojos? ¿La nariz? Tiene razón, se ven las órbitas hundidas, la cavidad triangular de la nariz, y, a nivel del suelo, una hilera de inmensos dientes, el maxilar superior casi completamente hundido en el suelo arenoso.

    Un cráneo.

    Parece antiguo, de un millar de años. Se ven los trazos de un delicado trabajo que marca los pómulos, los arcos de las cejas y otros rasgos; pero la mayoría han sido borrados por el tiempo. Seguro que es un cráneo. De eso, no cabe duda. Es una señal que indica que no está lejos lo que buscamos, o que, quizá, nos advierte para que volvamos ahora, antes de que sea demasiado tarde. Eli se queda un buen rato examinando el cráneo. También Ned y Oliver. Parecen fascinados. Una nube pasa por encima de sus cabezas, ensombreciendo la roca, cambiando sus contornos. Tengo la impresión de que los ojos vacíos se han vuelto hacia nosotros y nos contemplan. El calor debe hacer que vea alucinaciones.

    Eli comenta:

    —Probablemente, sea precolombino. Imagino que lo traerían con ellos desde México.

    Escrutamos la bruma calurosa. Los grandes saguaros, como columnas, nos tapaban el horizonte. Tenemos que cruzar por entre ellos. Y, ¿más allá? El monasterio, sin duda. Me pregunto de pronto qué hago aquí, cómo he podido dejarme convencer para participar en esta locura. Lo que parecía una broma, una novatada, parece ahora demasiado real.

    No morir nunca. ¡Qué jilipollez! ¿Cómo pueden existir estas cosas? Vamos a perder días enteros aquí para intentar descubrirlo. Una aventura de locos completos. Cráneos en mitad del camino. Cactos. Calor sofocante. Sed. Dos deben morir para que dos puedan vivir. Todo el fárrago místico de Eli se condensa en este grueso bloque de piedra negra, tangible, innegable. Me he comprometido con algo de lo que no entiendo nada y que, quizás, es peligroso. Pero ya es tarde para volver atrás.


    22
    ELI


    ¿Y si no hubiese habido monasterio? ¿Si hubiésemos llegado al fin del camino para no encontrar más que un muro impenetrable de espinos y cactos? Confieso que, en cierto modo, lo esperaba. Toda la expedición es un fracaso, un chasco más a cuenta de Eli, el schmeggege. La calavera en el borde del camino, una pista falsa; el manuscrito, una fábula sin sentido; el artículo en el periódico, un camelo; la cruz de nuestro mapa, una broma. Nada ante nosotros más que cactos y mezquitas, un atormentado desierto, un foso o, incluso, buitres que ni siquiera quieren nuestros ojos. ¿Qué es lo que habría hecho entonces? Me habría vuelto hacia mis tres cansados compañeros con toda dignidad, y les habría dicho, con una débil sonrisa de disculpas en los labios: Señores, me he equivocado, habéis sido inducidos a error. Hemos perseguido una quimera.

    Me agarran tranquilamente, sin maldad, sabiendo desde el principio que esto tenía que acabar así inevitablemente, y me desnudan, me clavan una estaca de madera en el corazón, me clavan en un saguaro gigante, me aplastan entre dos rocas planas, me clavan espinas en los ojos, me queman vivo, me entierran hasta los hombros en un hormiguero, me castran con las uñas, y, a todas éstas, murmuran solemnemente: Schmeggege, schlemihl, schlemazel, schmendrick, schlep. Pacientemente, acepto mi merecido castigo. Con la humillación me las entiendo. El desastre no me sorprende jamás.

    ¿La humillación? ¿El desastre? Como con el chasco de Margo, mi derrota más reciente. Todavía me escuece. Fue en octubre pasado, al principio del semestre, una tarde de lluvia de niebla. Teníamos hasch de primera, un supuesto panamá rojo que Ned había obtenido por medio de una supuesta joyera homosexual underground, y nos pasamos la pipa Timothy, Ned y yo, mientras que Oliver, como era su costumbre, se abstenía y se tragaba distraídamente un tinto cualquiera. De fondo se oía uno de los cuartetos de Rasoumowski, elevándose elocuentemente por encima del tamborileo de la lluvia; planeábamos cada vez más alto, y Beethoven nos prestaba un apoyo místico con un segundo violoncelísta que parecía haberse unido al grupo inexplicablemente. Incluso un oboe, en momentos extraños, o un bajón trascendental tras las cuerdas. Ned no nos había engañado: probarlo era toda una experiencia. Poco a poco derivaba, derivaba en un viaje conversacional, confesional, liberándome de todo lo que tenía en el corazón, diciéndole de pronto a Timothy que lo que más sentía en mi vida era el no haber podido estar nunca con lo que yo llamaría una chica realmente guapa.

    Timothy, compasivo, me pide que cite un ejemplo de lo que entiendo por una chica verdaderamente guapa. Reflexiono, examinando mis opciones. Ned sugiere a Rachel Welch, Katherinne Deneuve, Lainie Kazan. Finalmente, con una maravillosa ingenuidad, se lo suelto: «Considero que Margo es una chica verdaderamente guapa.» La Margo de Timothy. La diosa goyishe de Timothy, su shikse de cabellos de oro. Habiendo dicho esto, sentí una serie de diálogos rápidamente esbozados resonar en mi cerebro embebido de cannabis, un lento pasar de palabras; después el tiempo, como sucede a menudo cuando se está bajo la influencia de la marihuana, se invirtió, de forma que oí la interpretación de mi escena entera, cada réplica llegaba en su momento preciso. Timothy me preguntaba con la mayor seriedad del mundo, si Margo me excitaba. Yo le contestaba, con no menos seriedad, que sí. Pues, quería saber si me sentiría menos inadecuado, más expansivo, después de haber estado con ella. Dudando, preguntándome a qué jugaba, respondía con vagos circunloquios, para oírle decir con estupor que iba a arreglar todo el asunto para mañana por la tarde.

    —Arreglar, ¿qué? —le preguntaba.
    —Margo —decía. Me dejaría a Margo por caridad cristiana.
    —Y ella, ¿querrá?
    —Claro que querrá. Te encuentra muy bien.
    —Todos te encontramos muy bien —decía Ned. —Pero yo no puedo... ella no... cómo...
    —Te la confío —dijo Timothy maravillosamente, con gesto de gran señor—. No puedo dejar a mis amigos en un estado de frustración y deseos insatisfechos. Mañana, a las ocho, en su cuarto. Le diré que te espere.
    —Eso sería hacer trampas —dije, volviéndome taciturno—. Demasiado fácil, demasiado irreal.
    —No seas idiota —añadió Ned.
    —Me tomas el pelo —le dije a Timothy.
    —¡Palabra de scout! Te la regalo.

    Se puso a describir las preferencias de Margo en la cama, sus zonas erógenas especiales, las pequeñas claves que utilizaban. Yo le iba cogiendo gustillo a la cosa. Planeaba cada vez más, me lanzaba en un tríp de risa y me completaba las detalladas descripciones de Timothy con escabrosas fantasías de mi cosecha. Naturalmente, cuando aterricé dos horas más tarde, estaba persuadido de que me había tomado el pelo; y esto me precipitó hacia el abismo de la melancolía. Siempre estuve convencido de que las Margos de este mundo no son para mí. Los Timothy podían follarse cohortes enteras de Margos, pero yo jamás tendría una sola. En realidad, la veneraba a distancia. El prototipo de shikse, la flor de la felicidad aria, delgada, con las piernas largas, cinco centímetros más alta que yo (que parecen bastante más cuando una chica está junto a uno), los cabellos rubios y sedosos, los ojos azules, la nariz respingona, los labios gruesos y ágiles. Una chica viva, atlética, campeona de baloncesto (hasta Oliver admitía su capacidad sobre el terreno), una estudiante brillante, un ingenio sencillo y mordaz. En realidad, era una perfección asombrosa, horripilante: una de esas criaturas sin defectos que nuestra aristocracia produce de vez en cuando en medio de la muchedumbre. Hecha para reinar con serenidad en las propiedades agrestes o para pasear majestuosamente sus caniches por la Segunda Avenida. ¿Margo para mí? ¿Mi cuerpo peludo y sudoroso junto al suyo? ¿Mi cara arrugada junto a su piel de raso? La rana uniéndose con un cometa. Para Margo, yo debería ser algo vil y repugnante. El patético representante de una especie inferior. Cualquier contacto entre nosotros sólo podría ser contrario a la Naturaleza, la aleación de la plata con el cobre, una mezcla de alabastro con carbón. Me esforzaba para no pensar en estas cosas, pero, a mediodía, Timothy me recordó la cita. Es imposible, le dije, inventando treinta y seis excusas: estudios, un trabajo que entregar, una traducción difícil, y así sucesivamente. Con un gesto descartó mis débiles protestas:

    —Estáte a las ocho en su casa —me dijo.

    Una oleada de terror se apoderó de mí:

    —No puedo —insistí—. La prostituyes, Timothy. ¿Qué tengo que hacer? ¿Entrar, desabrocharme la bragueta, lanzarme encima...? Eso no puede funcionar. No puedes hacer real un sueño con sólo agitar la varita mágica.

    Timothy se encogió de hombros.

    Creía que ya había terminado esta historia. Oliver tenía entrenamiento de baloncesto aquella tarde. Ned salió para ir al cine. Hacia las siete y media, Timothy se excusó. «Trabajo en la biblioteca», dijo. «Volveré a las diez.» Me quedé solo en el apartamento que compartíamos. No sospechaba nada. Comienzo a trabajar. A las ocho, un ruido de llave en la cerradura. Margo entra. Resplandeciente sonrisa, oro fundido. Pánico dentro de mí. Consternación.

    —¿Está Timothy? —pregunta cerrando la puerta negligentemente, con llave.

    Un trueno en mi pecho.

    —En la biblioteca —dije—. Vuelve a las diez.

    No tengo dónde esconderme. Margo hace una mueca entristecida.

    —Estaba convencida de que iba a encontrarlo aquí. En fin, peor para él. Estás muy ocupado, ¿no? —un gruñido centelleante. Se echa tranquilamente en el sillón. —Preparo un trabajo —dije— sobre las formas irregulares del verbo.
    —¡Qué maravilla! ¿Fumas?

    Comprendí todo. Lo habían planeado. Me gustase o no, era una trampa para hacerme feliz. Me sentía estafado, utilizado, paternalizado. ¿Debía pedirle que se fuese? No, schmendrick, no hagas el imbécil. Durante dos horas no estudies. Al diablo la delicadeza. El fin justifica los medios. Aprovecha esta oportunidad. No tendrás otra. Me dirigí hacia el sofá presumiendo. ¡Sí, Eli presumiendo! Y ella tenía dos enormes porros profesionalmente liados. Enciende uno tranquilamente, lo aspira profundamente y me lo pasa. Me temblaba la muñeca y a poco dejo caer la punta encendida en su brazo por culpa de los nervios. Sabía fuerte y empecé a toser. Me dio unas cuantas palmadas en la espalda. Schlemihl, Schlep. Recupero el porro, aspiro y arqueo las cejas con un lánguido «mmmmmm». El hasch no me hacía ningún efecto, estaba demasiado tenso y la adrenalina neutralizaba los efectos poco a poco. Estaba al tanto del fuerte olor de mi transpiración. El porro se convirtió pronto en una toba. Margo, aparentemente colocadísima, me propuso encender el segundo. Me negué con la cabeza:

    —Más tarde —dije.

    Se levantó y se puso a pasear por la habitación.

    —Hace un calor insoportable aquí, ¿no te parece?

    ¡El rollo de siempre! Una chica de la habilidad de Margo podría haberse buscado algo mejor. Se estira, bosteza. Llevaba una minifalda ajustada y una blusa que dejaba ver su vientre dorado. Ni sostén ni bragas, eso estaba claro. Se le marcaban las pequeñas protuberancias de los pezones, y la falda, ceñida a sus redondos muslos, no tenía ninguna arruga. ¡Ah! Eli, demonio observador, suave y hábil manipulador de carne femenina.

    —¡Qué calor hace! —murmura perdida en su pire.

    Se quita la blusa, me sonríe inocentemente como diciendo: «Somos viejos amigos, no tenemos necesidad de preocuparnos por tabúes imbéciles, ¿por qué van a ser los niñitos más sagrados que un rollete?» Sus senos eran vagamente gruesos, altos, abiertos. Maravillosamente duros. Probablemente los senos más perfectos que he tenido la fortuna de contemplar. Intentaba mirar como quien no quiere la cosa. En el cine es más fácil: no existe relación tú-yo con lo que pasa en la pantalla. Se tira un rollo sobre astrología, cuestión de ponerme cómodo, supongo. Cantidad de historias sobre la conjunción de los astros en casa de no sé quién. Yo sólo podía farfullar respuestas. Luego se puso a leerme los signos de la mano. Era su último capricho, el misterio de las rayas.

    —Las adivinadoras de la fortuna se ríen del público —dijo seriamente—, pero eso no quiere decir que no haya algo de cierto en el fondo. Mira, todo tu futuro se encuentra programado en las moléculas de ADN, y son las que gobiernan la configuración de las líneas de tu mano. Espera, déjame mirar.

    Tomándome la mano, me acerca a ella sobre el sofá. Me sentía estúpidamente virgen con mi actitud y con la realidad de mi experiencia. Me cogió la palma de la mano, me hacía cosquillas.

    —Aquí, mira, es la línea de vida. ¡Oh! ¡Es muy larga!

    Miraba de reojo a sus tetas mientras ella se enrollaba con la quiromancia.

    —Y esto es el monte de Venus. ¿Ves esa línea pequeña que empieza aquí? Indica que tienes grandes pasiones, pero que te retraes y las reprimes enormemente, ¿no crees?

    De acuerdo, Margo, te sigo el juego. Mi brazo se lanza alrededor de sus hombros, mi mano busca sus pechos.

    «¡Oh, sí, Eli, sí, sí!»

    Exagera un poco. Me estrecha contra su pecho. Un beso torpe. Sus labios estaban entreabiertos. Hice lo necesario. Pero no sentía pasión alguna, ni grande ni pequeña. Todo aquello me parecía un formulismo, como un minueto coreografiado. No podía hacerme a la idea de hacer aquello con Margo. Irreal, irreal, irreal. Incluso cuando se separó suavemente e hizo resbalar la falda revelando sus contorneadas caderas, sus duros y jóvenes muslos, su tupido pelo color caña, no sentía ningún placer. Me hizo un gesto. Una sonrisa provocativa. Para ella todo esto no era más apocalíptico que un apretón de manos, un besito en la cara. Para mí se elevaban las galaxias. Sin embargo, qué fácil hubiese sido todo esto. Bajarse el pantalón, echarse encima, metérsela, un movimiento de caderas. ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah, yupi! Pero yo tenía la enfermedad del sexo en la cabeza. Estaba demasiado obsesionado con la idea de Margo como símbolo inaccesible de la perfección como para constatar que Margo era perfectamente accesible, y no tan perfecta; pálida cicatriz de apendicitis, algunas arrugas en las caderas, restos de una niñez mucho más regordeta, nalgas demasiado delgadas.

    Así pues, me estaba pasando de rosca. Sí, me desnudaba. Me metía con ella en la cama, sí, no podía empalmarme y me tuvo que ayudar Margo, y al final, la libido le ganó a la mortificación y me puse rígido y vibrante, y como un toro de la Pampa, me arrojé sobre ella, agarrando, arañando, horrorizándola con mi ferocidad, prácticamente violándola, y todo para que flaqueara en el crítico momento de la inserción, luego, ¡oh!, sí, metiendo la pata cada vez más, de torpeza en torpeza. Margo, alternativamente horrorizada, divertida y llena de solicitud, hasta que al fin llega la consumación, seguida casi instantáneamente por la erupción, seguida de abismos de autodesprecio, por cráteres descompuestos. Ya no podía mirarla. Me separaba. Me escondía bajo la almohada, me insultaba, insultaba a Timothy, insultaba a D. H. Lawrence.

    —¿Puedo ayudarte? —preguntó Margo acariciándome la espalda bañada en sudor.
    —Por favor —dije—, márchate y no le digas nada de esto a nadie.

    Pero ella habló. Todo el mundo lo supo. Mi simpleza, mi absurda incompetencia, mis siete variedades de ambigüedades culminando finalmente en siete variedades de impotencia. Eli el schmeggege, perdiendo su más sensacional oportunidad con la chica más sensacional que podrá tocar en toda su vida. Otro fracaso amoroso para la colección. Y hubiésemos podido conocer otro aquí, en medio de los cactos. Y los tres hubieran dicho:

    —No podía esperarse menos de un tipo como tú, Eli.

    Pero ahí está el monasterio.

    El sendero comenzó a inclinarse entre matas de chollas y cada vez más densas mezquitas, hasta que desembocamos, abruptamente, en un ancho espacio arenoso. Alineados de derecha a izquierda, había una serie de cráneos de basalto parecidos al que habíamos encontrado más abajo, pero más pequeños que un balón de baloncesto, diseminados en la arena con intervalos de unos cincuenta centímetros. Al otro lado de la fila de cráneos, unos setenta metros más allá, se halla el Monasterio de los Cráneos, como una esfinge incrustada en el desierto: un edificio sin pisos, relativamente grande, coronado por una terraza, con los muros de estuco amarillo parduzco. Siete columnas de piedra blanca decoraban la fachada difusa. El efecto que producía era extraordinariamente sencillo, solamente roto por la brisa que corría a través del frontón: cráneos en bajo relieve mostrando su perfil izquierdo, rostros hundidos, narices huecas, órbitas enormes. Las bocas entreabiertas en siniestra sonrisa. Los largos dientes puntiagudos, perfectamente delimitados, parecían dispuestos a cerrarse con un feroz castañeo. Y las lenguas —¡qué aspecto tan siniestro, cráneos con lenguas!— retorcidas en delicadas y espeluznantes eses, emergían por encima de los dientes como el aguijón de una serpiente. Había docenas de cráneos, tan idénticos que degeneraban en la obsesión, grotescamente petrificados uno tras otro, hasta los últimos confines del edificio. Tenían esa prestancia de pesadilla que yo detesto en la mayor parte del arte mexicano precolombino. Hubieran encajado mejor en cualquier altar de sacrificios; o en los cuchillos de obsidiana que cortaban el corazón de los animales jadeantes.

    Aparentemente, el edificio tenía forma de «U», con dos largos alerones anexos, unidos a la sección principal. Y no veía puerta alguna. Pero a unos quince metros de la fachada, se abría la bóveda de acceso al subterráneo, aislado en medio de un espacio libre. Estaba abierta, sombría y misteriosa, como si fuera la entrada al otro mundo. Pensé que debía ser el pasaje que conducía al monasterio. Me dirigí hacia la bóveda y metí la cabeza en el interior. La oscuridad era completa. ¿Entrábamos? ¿Tendríamos que esperar a que alguien apareciese y nos llamase? No apareció nadie. El calor resultaba insoportable. Sentía cómo se tensaba la piel de mis mejillas, de la nariz, se inflaba, enrojecía, brillaba, después de media jornada expuesta al sol del desierto. Nos miramos atónitos. El Noveno Misterio atrapaba mi espíritu y, probablemente, también el de mis compañeros. Quizás entráramos para no salir jamás. ¿Quién debía morir y quién sobrevivir para siempre? A mi pesar, me sorprendí colocando a los candidatos en la balanza, enviando a Timothy y Oliver hacia la muerte, luego, reconsiderando mi juicio apresurado, ponía a Ned en el lugar de Oliver, a Oliver en el de Timothy, Timothy en lugar de Ned, yo mismo en lugar de Timothy, y así sucesivamente, sin fin, dando vueltas. Nunca tuve una fe tan intensa en El Libro de los Cráneos. La impresión de encontrarme al borde del infinito nunca fue tan intensa ni tan terrorífica.

    —Vamos —dije con voz ronca mientras daba algunos pasos indecisos.

    Una escalera de piedra descendía hasta lo más profundo de los subterráneos. Descendí uno o dos metros y me encontré en un túnel oscuro, bastante largo pero muy bajo, un metro y medio del techo al suelo como máximo. Hacía fresco. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad, distinguí fragmentos decorativos en las paredes: cráneos, cráneos, nada más que cráneos. No había ni una pizca de imaginería cristiana en el lugar que llamaban monasterio; pero, por todas partes, se encontraba el símbolo de la muerte. Ned gritó desde arriba:

    —¿Ves algo?

    Les describí el túnel y les dije que me siguieran. Llegan vacilantes, inseguros: Ned, Timothy, Oliver. Agachadas las cabezas. Continué avanzando. El aire era cada vez más fresco. Sólo se veía la escasa claridad malva de la entrada. Intentaba contar los pasos. Diez, doce, quince. Ya debíamos estar debajo del edificio. De pronto, tropecé con una barrera de piedra pulida, un único bloque que obstruía el túnel por completo. Sólo al final me di cuenta de su existencia, gracias a un reflejo glacial en la profunda oscuridad que me impidió darme un buen golpe. ¿Un callejón sin salida? Sí, claro, y dentro de poco oiríamos el golpe de un bloque de veinte toneladas derrumbándose a la entrada del túnel. Habíamos caído en la trampa, emparedados, condenados a morir de hambre o asfixia mientras resonaban en nuestros oídos unas carcajadas espantosas. Pero no ocurrió nada tan melodramático. Intentaba hacer girar con la palma de la mano la losa que nos cerraba el camino cuando —¡milagro de Alí Baba!— la losa giró suavemente sobre su eje. Estaba perfectamente equilibrada, una leve presión bastaba para abrirla. Me decía que venía muy a cuento entrar tan teatralmente en el Monasterio de los Cráneos. Esperaba un melancólico coro de trombones, trompas, acompañados con voz de bajo y entonando el Réquiem al revés: Pietatis fons, me salva, gratis salvandos qui, majestatis tremendae rex.

    Una salida brillaba más arriba. Nos dirigimos hacia ella con las rodillas dobladas. Unos escalones más. Hacia arriba. Uno tras otro, aparecimos en una enorme habitación cuadrada de paredes grises y rugosas, pálidas, sin techo, con sólo una docena de robustas vigas separadas por un metro, dejando pasar la luz del sol y el sofocante calor. El suelo era de pizarra violeta, de textura lisa y brillante. En medio de aquella especie de patio, había una fuente de jade verde, con una silueta humana de un metro de altura. La cabeza de la estatua era de un muerto, y un finísimo hilo de agua chorreaba por la mandíbula para caer en el estanque. En los cuatro rincones del patio había estatuas de piedra, mayas o aztecas, representando personajes de nariz angulosa, labios finos y crueles y enormes pendientes. Una puerta se abría en el muro opuesto a la salida del subterráneo y, en el marco, había un hombre, tan inmóvil que pensamos que era otra estatua. Cuando los cuatro estuvimos en el patio, dijo, con voz sonora y grave:

    —Buenos días. Soy el hermano Antony.

    Era un hombre rechoncho y bajo, de no más de un metro sesenta, vestido con unos vaqueros desteñidos y cortados por encima de las rodillas. Tenía la piel cobriza, casi caoba, con la textura del cuero fino. Su ancho cráneo, con forma de cúpula, no tenía un solo cabello. El cuello era corto y fuerte, anchos y potentes los hombros, pecho amplio, piernas y brazos musculosos. Daba una aplastante impresión de fuerza y vitalidad. Su aspecto general y las vibraciones de fuerza y competencia me hicieron pensar inmediatamente en Picasso: un hombre sólido, atemporal, capaz de soportar cualquier cosa. No me hacía una idea de qué edad podría tener. No era precisamente joven, pero estaba muy lejos de la decrepitud. ¿Cincuenta? ¿Sesenta? ¿Setenta bien conservados? La imposibilidad de adivinar su edad era lo que más desconcertaba. Parecía abandonado por el tiempo, protegido de él. Era como yo pensaba que debían ser los inmortales.

    Sonríe calurosamente, mostrando una dentadura sin defectos.

    —Estoy aquí para recibirles. Tenemos pocas visitas y no esperamos ninguna. El resto de los hermanos está en el campo, antes de los rezos de la noche.

    Hablaba un inglés perfecto, particularmente desprovisto de vida y entonación: un acento I.B.M. Su voz era monótona y musical, su vocabulario seguro y calmado.

    —Pueden considerarse como nuestros huéspedes durante todo el tiempo que deseen permanecer entre nosotros. Tenemos habitaciones para nuestros invitados y nos gustaría que participasen de nuestro retiro. ¿Piensan quedarse más de una noche?

    Oliver se volvió hacia mí. Luego Timothy. Después Ned. Así que me tocaba hacer de portavoz. Tenía sabor a bronce en la garganta. Lo absurdo e irracional de cuanto tenía que decir, sellaba mis labios. «Date la vuelta y huye, date la vuelta y huye», me gritaba una voz interior. «Húndete bajo tierra y corre, corre ahora que tienes tiempo.» Conseguí emitir una sola y chirriante sílaba:

    —Sí.
    —En ese caso, voy a enseñarles sus habitaciones. Por favor, ¿quieren seguirme?

    Se disponía a abandonar el patio. Oliver me lanzó una mirada furiosa:

    —Díselo —susurró con voz silbante.

    Díselo. Díselo. ¡Díselo! ¡Anda, ve! ¿Qué puede ocurrir? En el peor de los casos, se reirá de mí. Esto no será ninguna novedad, ¿no? Pues vamos, díselo. Todo se unió en aquel instante. Toda tu teoría, todas tus hipérboles autopersuasivas, todos los debates filosóficos, todas las dudas y seguridades. Tú estás aquí. Crees que es el lugar. Pues, entonces, díselo, díselo, díselo.

    Al oír el susurro de Oliver, el hermano Antony se volvió hacia nosotros:

    —¿Sí? —dijo con voz muy dulce.

    Buscaba las palabras exactas en medio de aquella confusión.

    —Hermano Antony, es necesario que sepa... que nosotros hemos leído el... El Libro de los Cráneos...

    Ya estaba.

    La máscara ecuánime e imperturbable del hermano Antony resbaló por un momento. En sus ojos oscuros y enigmáticos entreví un relámpago de... ¿sorpresa, asombro, confusión? No sé... Pero se repuso rápidamente.

    —¿Sí? —dijo con una voz tan suave como la vez anterior—. El Libro de los Cráneos. Qué nombre más extraño. Me gustaría saber qué es El Libro de los Cráneos.

    La cuestión era puramente retórica. Me dirigió una sonrisa fugaz y brillante, como el haz luminoso de un faro que corta la niebla. Pero, como un alegre Pilatos, no quiso quedarse para oír la respuesta. Salió despacio, señalando con el dedo la dirección en que debíamos seguirle.


    23
    NED


    Ahora ya tenemos en qué pensar, por lo menos nos dejarán mascullar nuestros pensamientos a cada uno en privado. Todos tenemos una habitación individual, austera pero agradable y con la suficiente comodidad. El monasterio es mucho mayor de lo que parecía desde el exterior: las dos alas anexas son sumamente largas y quizás haya cincuenta o sesenta habitaciones en el interior del edificio, sin contar con la posible existencia de otras habitaciones subterráneas. Ninguna de las habitaciones que he visitado tiene ventanas. Las piezas centrales, las que llamo «salas públicas», tienen el techo descubierto, pero las celdas laterales, donde viven los hermanos están totalmente cerradas. Ignoro si existe algún sistema de climatización, ya que no he visto ni tubos ni entradas de aire, pero cuando se pasa de una sala abierta a una cerrada, se experimenta una baja muy sensible de temperatura, del calor del desierto se pasa al confort de un hotel. La arquitectura es sencilla: salas desnudas y rectangulares, paredes y techos en gris marrón, sin yeso, sin molduras o aparentes vigas, u otros elementos decorativos. El suelo es de pizarra oscura, no hay ni tapices ni moquetas. Los muebles parecen reducirse al mínimo necesario: mi habitación sólo tiene una litera baja hecha de palos y cuerdas, con un pequeño cofre maravillosamente trabajado en una madera dura y negra, supongo que será para meter la ropa. Lo único que contrasta con la austeridad del ambiente es una fantástica colección de máscaras y raras estatuas que, supongo, datan de la época precolombina y están colgadas por las paredes o colocadas en nichos: terroríficos rostros, ángulos atormentados, lujuriosa ostentación de monstruosidades. El símbolo del cráneo es omnipresente. No tengo ni idea de las causas que han conducido al periodista autor del recorte del periódico a pensar en este lugar como una comunidad de «monjes» entregados a sus ritos cristianos. El artículo hablaba de un decorado que representaba «una combinación del estilo cristiano medieval con algo parecido a los motivos aztecas», pero, si la influencia azteca es indiscutible, ¿dónde, pues, ha podido ver la imaginería cristiana? Yo no veo ni cruces, ni vidrieras, ni imágenes de santos o Sagradas Familias, ni nada de todo cuanto se acostumbra. Aquí todo es pagano, primitivo, prehistórico; esto podría ser un templo dedicado a algún antiguo dios mexicano, e incluso a una divinidad del Neanderthal, pero, o Jesús está totalmente ausente de aquí o yo no soy un irlandés de Boston. Es posible que el refinamiento frío y austero que reina aquí le haya dado al periodista la impresión de que se encontraba en un monasterio medieval —los ecos, el sordo rumor de los cantos gregorianos en los corredores silenciosos— pero sin el simbolismo cristiano no podría haber cristianismo y estos símbolos son claramente extraños. El efecto global que producen estos lugares es de exuberancia compaginada con una renuncia estilística considerable. Lo han hecho todo de forma austera, con una cierta sensación de poder y grandeza, se desprende de los muros, del suelo, de los infinitos pasillos, de las salas desnudas y los austeros muebles. Evidentemente, la limpieza es aquí un elemento importante. Los medios higiénicos son extraordinarios. Hay surtidores de agua por todas partes, en las salas públicas. En mi propia habitación hay una gran bañera incrustada en el suelo, bordeada de pizarra verde y digna de un maharadajh o un Papa del Renacimiento. Cuando el hermano Antony me introdujo en la habitación, me sugirió que tomara un baño y su delicada sugerencia parecía tener la fuerza de una orden. Además, no era necesario que me hiciera rogar, pues la marcha a través del desierto me había impregnado de una capa de polvo pegajoso. Me bañé voluptuosamente en la bañera de pizarra brillante y, cuando salí, advertí que toda mi ropa húmeda y mugrienta había desaparecido, hasta los zapatos. Sustituyendo a la ropa, había unos vaqueros cortos y usados, pero limpios, encima de una litera y parecidos a los que llevaba el hermano Antony. Muy bien, la filosofía de este lugar parecía ser cuantas menos cosas haya, mucho mejor. Adiós camisas y suéters; me contentaría con unos pantalones cortos encima de los riñones desnudos. Este es un lugar interesante.

    De momento, el problema es: ¿tiene este lugar alguna relación con el monasterio medieval de Eli y el supuesto culto a la inmortalidad? Creo que sí, pero no tengo la certeza. Es inútil sustraerse al aspecto teatral del hermano, a su dulce ambigüedad cuando, hace unas horas, le enseñó Eli El Libro de los Cráneos, su réplica sonora: ¿ El Libro de los Cráneos? Qué nombre más extraño. Me gustaría saber qué es El Libro de los Cráneos. A raíz de lo cual, inició una rápida salida que le permitió controlar de una vez por todas la

    situación. ¿No sabía verdaderamente lo que era? ¿Por qué entonces pareció desconcertarse durante unos rapidísimos segundos cuando Eli le mencionó el nombre? ¿La inmensa cantidad de cráneos que había por aquí sería simple coincidencia? ¿Habrá sido olvidado El Libro de los Cráneos por sus propios adeptos? O bien, ¿está el hermano jugando con nosotros para introducir la incertidumbre en nuestros espíritus? La estética del humor: ¡cuánto arte se ha hecho basándose en este principio! Se divertirán así con nosotros durante algún tiempo. Me gustaría bajar a discutir con Eli, tiene un ingenio vivo, sabe interpretar con rapidez los matices. Quisiera saber si la respuesta del hermano Antony le ha sumido en la perplejidad. Pero supongo que tendré que esperar un poco antes de poder hablar con Eli. Me da la impresión de que mi puerta está cerrada con llave.


    24
    TIMOTHY


    Cada vez más rocambolesco. Este corredor de un kilómetro. Estas calaveras por todas las esquinas. Estas máscaras mexicanas. Rostros en carne viva, que sonríen a pesar de todo, rostros con lenguas y mejillas traspasadas por agujas, cuerpos bajo cabezas de muerto. Encantador. Y este viejo que habla con una voz que podría salir de una máquina. Se diría casi que es una especie de robot. No puede ser real, con esa piel de pergamino, ese cráneo rapado que parece no haber tenido nunca pelo, esos ojos brillantes... ¡Brrrrrrrr!

    Por lo menos, el baño estuvo bien. Aunque me hayan cogido todas mis cosas: mi portafolios, mis tarjetas de crédito, absolutamente todo. No me hace mucha gracia, aunque no veo qué pueden hacer aquí con mis cosas. Tal vez sólo quieran hacer una limpia. No veo inconveniente alguno en llevar estos vaqueros. Quizás un poco apretados en las nalgas, supongo que soy más gordo que la media de sus invitados, pero con este calor no está mal quitarse trapos de encima. Lo que me joroba es que me hayan encerrado en mi cuarto. Me recuerda a demasiadas películas de terror de la televisión. Una trampa secreta se abre en el suelo y la cobra sagrada avanza silbando y moviendo la lengua. O bien un gas venenoso penetra a través de un agujero camuflado. ¡Bah! No pienso en ello seriamente. No creo que quieran hacernos daño. Pero esto no se hace, ¡encerrar a los huéspedes con llave! ¿Será la hora de alguna oración especial que no quieren que se interrumpa? Tal vez. Espero una hora y después intento forzar la puerta. Pero parece muy sólida esta puñetera puerta.

    No hay televisión en este motel. Tampoco mucho que leer, quitando estas hojillas que han dejado en el suelo junto a mi cama. Pero ya las he leído. El Libro de los Cráneos, ¡nada menos!, mecanografiado en tres idiomas: latín, español e inglés. Divertida decoración en la portada: una calavera y tibias cruzadas. ¡Viva el Jolly Roger! Pero, realmente, no me hace ninguna gracia. En su interior hay todo tipo de jilipolleces melodramáticas sobre los dieciocho misterios de que nos hablara Eli. La traducción es distinta, pero el sentido es el mismo. Muchas alusiones a la vida eterna, y también muchas alusiones a la muerte. Demasiadas.

    Me gustaría largarme de aquí... si tuvieran la amabilidad de abrirme la puerta. Una broma es una broma, y quizá me pareciera gracioso el mes pasado ir al Oeste a que me hicieran la puñeta, gracias a las recomendaciones de Eli; pero, ahora que estoy aquí, no entiendo qué me ha hecho meterme en este avispero. Si va en serio, cosa que sigo dudando, no quiero tener nada que ver con ello. Y, si se trata sólo de una banda de beatos fanáticos, lo cual es de lo más probable, tampoco quiero tener nada que ver con ello. Hace ya dos horas que estoy aquí y me parece que ya están más que bien. Todos estos cráneos me atacan. Y el rollo de que hayan cerrado la puerta. Y este viejo misterioso. De acuerdo, muchachos, ya está bien. Timothy, píratelas.


    25
    ELI


    Es inútil dar vueltas y vueltas en la cabeza a ese pequeño intercambio de palabras con el hermano Antony. No alcanzo a darle sentido. ¿Querría reírse de mí? ¿Fingía ignorancia? ¿O un conocimiento que, de hecho, no tiene? Su sonrisa, ¿era la de un entendimiento de iniciado o la de un cretino que se tira un farol?

    Es posible, me decía a mí mismo, que conozcan El Libro de los Cráneos con otro nombre, o bien que en el curso de su emigración de España a México y de México a Arizona hayan sufrido una total refundición de su simbología teológica. Estaba convencido, a pesar de la réplica oblicua del hermano, de que este lugar es sucesor directo del monasterio catalán en el que se escribió el manuscrito que he descubierto.

    Me di un baño. El mejor de toda mi vida, el baño del siglo. Al salir del espléndido pilón, me di cuenta de que toda mi ropa había desaparecido y de que la puerta estaba cerrada con llave. Cogí los estrechos vaqueros pelados, deshilachados, que me habían dejado. (¿«Ellos»?) Y esperé. Esperé. Nada de leer, nada que ver, aparte de la delicada máscara de un cráneo de órbitas gigantescas, un mosaico de infinitos fragmentos de jade, obsidiana y turquesa, un tesoro, una verdadera obra maestra. Estaba a punto de darme otro baño nada más que para matar el tiempo, cuando mi puerta se abrió —sin que yo oyera ni llave ni ruido en la cerradura— y alguien, que yo tomé al principio por el hermano Antony, entró. Al segundo vistazo, me di cuenta de que se trataba de otra persona: ligeramente más alto, más estrecho de hombros, con la piel un poco más clara, pero, salvo aquellos detalles, con el mismo aspecto físico, cuadrado, sólido, apergaminado a lo Picasso. Con una voz amortiguada que recordaba a la de Peter Lorre, me dijo:

    —Soy el hermano Bernard. Tenga la bondad de acompañarme.

    El corredor parecía hacerse más largo a medida que lo atravesábamos. El hermano Bernard iba delante y yo le seguía con los ojos fijos en la extraña arista que sobresalía de su espina dorsal. Los pies desnudos sobre el suelo de piedras lisas, agradable sensación. Misteriosas puertas de madera noble cerradas a cada lado del corredor. Cuartos, cuartos y más cuartos. Un millón de dólares en grotescos objetos mexicanos por las paredes. Las miradas de todos aquellos dioses de pesadilla convergían en mí. Las luces estaban encendidas y un suave resplandor amarillo se difundía desde los apliques en forma de cráneo dispuestos a lo largo del pasillo.

    Otro toque melodramático. Al acercarnos a la parte delantera del edificio, en forma de «U», eché un vistazo por encima del hombro derecho del hermano Bernard, y entreví, sorprendido, una silueta femenina a unos quince metros de mí. Salió de la última habitación de aquel ala, recorriendo sin prisa mi campo visual —pareciendo flotar— y luego desapareció en la parte principal. Era una mujer de poca estatura, frágil, que llevaba una especie de minifalda ajustada, por medio muslo, de tejido blanco plisado. Su pelo era de un negro brillante —latino— y caía hasta más abajo de los hombros. Tenía la piel de un moreno intenso, que contrastaba con la blancura de su falda. Su pecho sobresalía excepcionalmente. No cabía la menor duda acerca de su sexo, aunque su rostro fuera difícil de distinguir. Me sorprendió que hubiera hermanas a la vez que hermanos en el monasterio, pero quizá fuera una sirvienta, pues el lugar era de una limpieza impecable. Sabía que era inútil tratar de que el hermano Bernard me hablara de ella. Se cubría con el silencio como otros lo hacen con una armadura.

    Me hizo entrar en una gran sala con el cielo por techo, que parecía estar destinada a celebraciones ceremoniales. No debía ser la misma en la que el hermano Antony nos recibió, pues no se veía huella alguna de una trampa que condujera a un túnel. La fuente también era diferente: mayor, más en forma de tulipán, aunque la estatuilla de la que manaba el agua se parecía a la otra sensiblemente. Se veía la luz oblicua del atardecer por entre los huecos de las vigas del techo. Hacía calor, pero ya no era tan agobiante como un poco antes.

    Ned, Oliver y Timothy ya estaban allí, vestidos con el mismo tipo de pantalón ajustado. Tenían un aire de tensión e incertidumbre. Oliver tenía esa expresión particularmente estática que pone sólo en momentos de gran tensión. Timothy intentaba hacer ver que estaba de vuelta, sin conseguirlo. Ned me hizo un guiño rápido, no sé si de bienvenida o de burla.

    Había en la sala unos doce hermanos.

    Todos parecían cortados por el mismo patrón: si no eran exactamente hermanos, eran, por lo menos, primos. Ninguno superaba el metro setenta, y muchos medían un metro sesenta o menos. Todos calvos. Todos cuadrados. Morenos. Aspecto inmortal. Vestidos únicamente con pantalones iguales. Uno de ellos, en quien creí reconocer al hermano Antony —seguro que era él— llevaba un pequeño colgante verde en el pecho. Otros tres llevaban adornos similares pero de un material más oscuro. Tal vez ónice. La mujer que había visto hacía poco no estaba presente.

    El hermano Antony me hizo una seña para que me pusiera de pie junto a mis compañeros. Me coloqué al lado de Ned. Silencio. Tensión. Unas ganas repentinas de echarme a reír que conseguí dominar a tiempo. ¡Qué absurdo era todo aquello! ¿Quiénes creían ser aquellos hombrecillos pomposos? ¿Para qué esta comedia de los cráneos, estas confrontaciones rituales? Solemnemente, el hermano Antony nos estudiaba como si nos juzgara. No había más ruido que el de nuestra respiración y el alegre correr de la fuente. ¡Un poco de música seria de fondo musical, maestro, por favor! Mors superbit et natura, cum resurget creatura, judicanti responsura. Se asombran muerte y naturaleza, cuando resurge la criatura para responder a su juez. Responder a su juez: ¿eres tú nuestro juez, hermano Antony? Quando Jude est venturus, cuncta stricte discussurus! ¿No dirá nada? ¿Permaneceremos eternamente suspendidos entre nacimiento y muerte, matriz y tumba? ¡Ah! La representación continúa. Uno de los hermanos subalternos, sin colgante, se dirige a un nicho de la pared y coge un libro delgado, con un lujoso lomo de marroquinería roja. Se lo tiende al hermano Antony. Sin necesidad de que lo digan, sé qué libro es. Líber Scriptus Proferetur, in quo totum continetur. Traerán el libro escrito, en el que todo está contenido. Unde mundus judicetur. Desde donde se juzgará al mundo. ¿Qué se supone que he de decir? ¡Oh, Rey Majestuoso, que salva con largueza a quienes deben salvarse, sálvame! ¡Oh, Fuente de Clemencia! En este momento el hermano Antony me miró de frente.

    —El Libro de los Cráneos —dijo con una voz dulce y tranquila, sonora— tiene hoy en día muy pocos lectores. ¿Cómo habéis dado con él?
    —Un viejo manuscrito —contesté—, escondido y olvidado en una biblioteca universitaria. Mis estudios... Un descubrimiento fortuito... La curiosidad me ha llevado a traducirlo...

    El hermano inclinó la cabeza.

    —¿Y después, para llegar hasta nosotros? ¿Cómo lo han hecho?
    —Un artículo en un periódico. Algunas líneas sobre la imaginería, el simbolismo... Hemos probado; de todas formas, estábamos de vacaciones y hemos venido a ver si... si...
    —Sí —dijo. Sin que implicara ninguna pregunta. Con sonrisa serena. Me miraba tranquilamente, esperando sin duda que le contara el resto. Eramos cuatro. Habíamos leído El Libro de los Cráneos, y éramos cuatro. Ahora parecía imponerse una declaración de candidatura formal. Exaudi oratinem meam, ad te omnis caro veniet. Yo era incapaz de hablar. Permanecía mudo en medio de la explosión infinita de silencio, esperando que Ned, Oliver, o incluso Timothy, pronunciaran las palabras que no querían salir de mis labios. El hermano Antony esperaba. Me esperaría hasta el último acorde de trompa o hasta el clamor final de la música, si fuera necesario. Habla. Habla. Habla.

    Hablé, y oía mi propia voz fuera del cuerpo como si hubiera estado grabada en un disco.

    —Los cuatro hemos leído y comprendido El Libro de los Cráneos, y deseamos someternos... deseamos sufrir la prueba. Los cuatro nos ofrecemos... nos ofrecemos como candidatos... candidatos... como... —estaba inseguro. ¿Era correcta mi traducción? ¿Comprendería la elección de las palabras?— ... como Receptáculo —terminé.
    —Como Receptáculo —repitió el hermano Antony.
    —Como Receptáculo, como Receptáculo. Como Receptáculo —repitieron a coro los hermanos. ¡La escena se había transformado en una ópera! De pronto, me había convertido en el tenor de Turandot cuando pide que le planteen los enigmas fatales. Todo parecía injuriosamente teatral, increíblemente alejado del mundo en el que los satélites se emiten señas entre sí, en el que jóvenes melenudos se peleaban por conseguir droga, en el que las porras de la staatspolizei destrozaban las cabezas de los manifestantes en cincuenta pueblos americanos. ¿Cómo podíamos estar aquí hablando de cabezas de muerto y de receptáculos? Pero cosas más extrañas nos aguardaban todavía. Solemnemente, el hermano Antony hizo una señal al que había traído el libro, y de nuevo el hermano se dirigió hacia el nicho. Esta vez volvió con una máscara de piedra esmeradamente pulida, que entregó al hermano Antony. Este se la aplicó contra la cara mientras que uno de los otros hermanos que llevaba colgante, avanzó para atársela por detrás con una correa. La máscara cubría la cara del hermano Antony desde el labio superior hasta arriba de la cabeza. Le daba una apariencia de calavera viviente. Sus pequeños ojos fríos brillaban al fondo de dos grandes órbitas de piedra, fijos en mí. Palpablemente.

    El hermano Antony habló:

    —¿Están al corriente de las condiciones impuestas por el Noveno Misterio?
    —Sí —respondí. El hermano Antony esperaba. Terminó por recibir un tímido sí de Ned, después de Oliver, y, después, de Timothy, un poco más reticente.
    —Así pues, no se presentan a esta Prueba con frivolidad de espíritu, y conocen tan bien los peligros como las recompensas. ¿Se ofrecen plenamente y sin restricciones interiores? Han venido hasta aquí para tomar parte en un sacramento y no para jugar. Se entregan enteramente a la Hermandad y a los Guardianes. ¿Está todo aclarado?
    —Sí —consentimos tímidamente uno tras otro.
    —Acérquense. Pongan la mano sobre la máscara. —Como si temiéramos una descarga eléctrica tocamos apenas la fría piedra gris—: Hace muchos años que no se ha presentado un Receptáculo entre nosotros. Pero he de advertirles, por si sus motivos no son suficientemente serios, que no podrán abandonar el monasterio hasta que finalice su iniciación. El secreto es nuestra regla. Una vez que la Prueba haya comenzado, sus vidas estarán en nuestras manos, y prohibimos abandonar estos lugares. El Decimonoveno misterio, del que ustedes no pueden estar al corriente, dice que si uno de ustedes se va, los otros tres nos entregan sus vidas. ¿Está claro? Ya no podemos aceptar cambios. Cada uno será el vigilante de los otros tres. Y han de saber que, si hay algún renegado entre ustedes, los otros morirán de modo inevitable. Es su última oportunidad de retirarse. Si consideran las condiciones demasiado duras, retiren las manos de la máscara y podrán irse en paz.

    Tuve un momento de indecisión. No había contado con esto: la pena de muerte si no llevábamos la Prueba a término. ¿Hablaban en serio? ¿Y si, después de dos días, llegábamos a la conclusión de que no tenían nada serio que ofrecernos? Estábamos obligados a permanecer allí meses y meses hasta que nos dijeran que la Prueba había terminado y que éramos libres. Marcharse parecía imposible. Estuve a punto de retirar la mano. Pero recordé que había venido hasta aquí para realizar un acto de fe y que renunciaba a una vida sin significado, con la esperanza de alcanzar otra llena de él. Sí, me entrego, hermano Antony, sin restricciones. Y, de todos modos, ¿qué podrían hacernos estos pequeños seres si decidiéramos marcharnos?

    Habría que tomar esto como una parte más del teatral ritual, como la máscara y las respuestas a coro. Así logré convencerme. También Ned parecía tener sus dudas. Vi cómo aflojaba los dedos un momento, pero los mantuvo. La mano de Oliver no tembló ni siquiera un momento. Timothy era quien parecía más titubeante: frunció las cejas, nos miró y miró al hermano Antony, empezó a sudar, levantó los dedos por espacio de dos o tres segundos, y, después, con gesto de mandarlo todo al diablo, agarró de nuevo la máscara con tanta vehemencia que el hermano Antony estuvo a punto de perder el equilibrio ante el impacto. Bien, estábamos ligados. El hermano Antony se quitó la máscara.

    —Cenarán esta noche con nosotros —dijo— y mañana empezaremos.


    26
    OLIVER


    Así pues, henos aquí; es cierto; nos toman como candidatos. Te ofrecemos la vida eterna. Por lo menos un punto de referencia. Es cierto. Pero, ¿está bien? Vas a la iglesia todos los domingos puntualmente, rezas tus oraciones, llevas una vida irreprochable, echas dos monedas en el platillo y te dicen: Irás al cielo y vivirás eternamente entre los ángeles y los apóstoles, pero, ¿se va realmente allí? ¿Existe un paraíso? ¿Y ángeles y apóstoles? ¿Para qué sirve ir honradamente a la iglesia si todo es mentira? Sin embargo, existe realmente un monasterio de los cráneos y una Hermandad, y Guardianes —el hermano Antony es uno de ellos—, y nosotros somos un Receptáculo, pero eso, ¿qué prueba? Te ofrecemos la vida eterna, pero, ¿en qué medida es real? ¿Y si fueran historias como las de los ángeles o los apóstoles?

    Eli cree en ello. Parece que Ned también. Timothy parece divertido, quizás irritado, sería difícil saberlo. ¿Y yo? ¿Y yo? Tengo la impresión de ser un sonámbulo. Sueño despierto.

    Continuamente me pregunto, no sólo aquí, sino en todas partes, sí las cosas son reales, si tengo de ellas una experiencia auténtica. ¿Estoy realmente en contacto con la realidad? ¿Y si no lo estoy? ¿Y si las sensaciones que experimento no fueran más que el débil eco de lo que sienten los otros? ¿Cómo saberlo? Cuando bebo vino, ¿siento todo aquello que sienten los otros? Cuando leo un libro, ¿comprendo las palabras o solamente creo comprenderlas? Cuando acaricio a una chica, ¿percibo realmente la textura de su piel? A veces creo que mis sensaciones son demasiado débiles. A veces creo que soy el único en el mundo que no siente plenamente las cosas, pero, ¿cómo hacer para saberlo? ¿Cómo puede un daltónico decir si los colores que ve son los verdaderos? A veces tengo la impresión de vivir en una película, de no ser sino una sombra sobre una pantalla derivando de un episodio a otro según un guión escrito por otra persona, un retrasado, un chimpancé, un ordenador loco, y no tengo profundidad, ni textura, ni soy tangible, ni soy real. Nada cuenta; nada es real. Todo es únicamente una puesta en escena. Y así será siempre para mí. En estos momentos me entra una especie de desesperanza. No puedo ya creer en nada. Incluso las palabras pierden su significado para no ser más que sonidos huecos. Todo se vuelve abstracto, aunque no es justamente el caso de palabras brumosas como «amor, esperanza, muerte», sino el de palabras concretas como «árbol, calle, amargo, caliente, suave, caliente, ventana». Nada puede asegurarme que una cosa sea lo que se considera que es, pues su nombre no es sino un sonido. Todo nombre puede perder su contenido. «La vida, la muerte. Todo. Nada.» Todo se parece, ¿qué es real? ¿Qué no lo es? ¿Qué diferencia hay? ¿No es el universo entero un ramillete de átomos que nosotros disponemos ordenados en motivos gracias a nuestra facultad de percepción? Y las percepciones que ensamblamos, ¿no pueden desensamblarse con facilidad cuando dejamos de creer en el proceso? Sólo me queda retirarle mi aceptación a la noción abstracta según la cual lo que veo, lo que creo ver, se encuentra realmente ahí. Podría atravesar la pared de esta habitación si lograra negar su existencia, podría vivir eternamente... si negara la muerte. Podría morir ayer... si negara el hoy. Cuando tengo este tipo de pensamiento, bajo, bajo por la espiral de mi propio torbellino hasta el momento en que me pierdo, me pierdo en la eternidad.

    Estamos bien aquí. Es real. Estamos dentro y ellos nos aceptan para la iniciación.

    Todo esto queda establecido. Es real. Pero, «real», no es más que una palabra. «R