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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LA MÁQUINA DE DOS BRAZOS (Henry Kuttner)

    Publicado el martes, septiembre 30, 2014
    Desde los días de Orestes hubo hombres perseguidos por las Furias. Sólo en el siglo veintidós la humanidad fabricó un equipo de Furias reales hechas de acero. Entonces la humanidad sufría una crisis. Había buenas razones para construir Furias antropomorfas que rastrearan los pasos de todos los hombres que matan a los hombres. De nadie más.

    Entonces no había ningún otro delito importante.

    Era muy sencillo. De improviso, un hombre que se creía a salvo oía a sus espaldas los pasos monótonos. Se volvía y veía la máquina de dos manos avanzando hacia él, con forma de hombre de acero, y más incorruptible que cualquier hombre de carne y hueso. Sólo entonces el asesino se enteraba de que había sido juzgado y condenado por las omniscientes mentes electrónicas que conocían la sociedad como jamás la conocería ninguna mente humana.

    El hombre oiría esos pasos el resto de sus días. Una cárcel móvil con rejas invisibles que lo separaban del mundo. Nunca volvería a estar solo. Y un día —nunca se sabía cuándo— el carcelero se transformaría en verdugo.


    Danner se recostó cómodamente en la silla acolchada del restaurante y se derramó vino añejo en la lengua cerrando los ojos para saborearlo mejor. Se sentía perfectamente a salvo. Sí, perfectamente protegido. Hacía casi una hora que estaba sentado allí, pidiendo las comidas más caras, disfrutando de la música que impregnaba cálidamente el aire, del tenue y educado murmullo de los otros concurrentes. Era un lugar agradable. Era bueno tener tanto dinero...ahora.

    Claro, había tenido que matar para conseguirlo. Pero sin culpa no hay remordimientos. Y si no lo descubrían no había culpa. Danner tenía protección. Una protección directa, algo nuevo en el mundo. Danner conocía las consecuencias del asesinato. Si Hartz no le hubiese asegurado que estaba totalmente a salvo, Danner nunca habría apretado el gatillo...

    El recuerdo de un mundo arcaico le centelleó fugazmente en la memoria. Pecado. No evocaba nada. Una vez se había relacionado con la culpa, de un modo incomprensible. Ya no. La humanidad había sufrido demasiado. El pecado ya no significaba nada.

    Ahuyentó ese pensamiento y probó la ensalada de palmitos. Descubrió que no le gustaba. Bien, esas cosas eran de esperar. Nada era perfecto. Sorbió nuevamente el vino, complacido con la copa que le vibraba en la mano como algo ligeramente vivo. Era un buen vino. Pensó en pedir más, pero luego decidió reservarlo para otra ocasión. Tenía tanto por delante, tantos placeres que lo aguardaban. Compensaban cualquier riesgo. Y en este caso, por supuesto, no había ningún riesgo.

    Danner había nacido en el momento menos oportuno. Tenía edad suficiente para recordar los últimos días de utopía, pero era bastante joven para verse atrapado en la nueva economía de la escasez que las máquinas habían impuesto a sus creadores. En la flor de la juventud había tenido acceso a lujos gratuitos, como todo el mundo. Podía recordar los viejos tiempos de la adolescencia, cuando las últimas Máquinas de Escape funcionaban aún, las visiones espléndidas, brillantes, imposibles, vicarias, que en verdad no existían ni podían haber existido jamás. Pero después la economía de la escasez devoró los placeres. Ahora sólo había necesidades. Ahora había que trabajar. Danner odiaba cada minuto de esa vida.

    Cuando sobrevino el rápido cambio, él era demasiado joven e inexperto para competir en ese ajetreo. Los ricos de hoy eran los hombres que habían amasado fortunas ahorrando los pocos lujos que todavía producían las máquinas. A Danner le habían quedado recuerdos brillantes y la opaca y rencorosa sensación de que lo habían estafado.

    Sólo ansiaba revivir los viejos días, y no le importaba cómo.

    Bien, ahora los tenía. Acarició el borde de la copa con el dedo para escuchar cómo cantaba calladamente al tacto. ¿Cristal soplado? —se preguntó—. Era demasiado ignorante sobre artículos de lujo para entender. Pero aprendería. Tenía el resto de la vida para aprender y ser feliz.

    Miró a lo lejos y a través de la cúpula transparente del techo vio el conglomerado de torres de la ciudad. Formaban una selva de piedra que se perdía en la distancia. Y esto era sólo una ciudad. Cuando se hartara de ella, había más. A lo largo y ancho del país, sobre todo el planeta, se extendía la red que enlazaba una ciudad con otra en una telaraña semejante a un monstruo vasto, intrincado, semivivo. La sociedad, por darle un nombre.

    La sintió temblar un poco debajo de él.

    Tomó la copa y bebió rápidamente. La vaga inquietud que parecía estremecer los cimientos de la ciudad era algo nuevo. Era, porque...sí, sin duda porque existía un nuevo temor.

    Porque él no había sido descubierto.

    Eso no tenía sentido. Claro que la ciudad era compleja. Claro que funcionaba gracias a máquinas incorruptibles y sólo ellas, impedían al hombre transformarse rápidamente en otro animal extinguido. Y entre ellas, las computadoras analógicas, las calculadoras electrónicas, eran el giróscopo de todo lo viviente. Dictaban y respaldaban las leyes necesarias para la subsistencia de la humanidad. Danner no entendía mucho de los vastos cambios que habían afectado a la sociedad en los últimos años, pero hasta él sabía esto.

    De modo que quizás era razonable que sintiera a la sociedad estremecerse porque él estaba cómodamente arrellanado en espuma de goma, sorbiendo vino y oyendo música suave, sin ninguna Furia a las espaldas para demostrar que las calculadoras eran todavía guardianes de la humanidad...

    Si ni siquiera las Furias son incorruptibles, ¿en qué puede creer un hombre?

    Fue exactamente en ese momento cuando llegó la Furia.

    Danner oyó que todos los sonidos se apagaban de golpe. Se estaba llevando el tenedor a la boca, pero se detuvo, paralizado, y miró hacia la puerta del restaurante.

    La Furia era más alta que un hombre. Se detuvo un instante, y el sol de la tarde le arrancó un destello enceguecedor en los hombros. No tenía rostro, pero parecía escudriñar el restaurante sin prisa, mesa por mesa. Luego entró por el portal y la mancha de sol desapareció. Era como un hombre alto enfundado en acero, caminando lentamente entre las mesas.

    Danner se dijo a sí mismo, dejando el tenedor en el plato: “No es para mí. Todos los demás sienten el mismo temor. Lo sé.”

    Y con la claridad de quien está a punto de ahogarse, todos los detalles nítidos aunque condensados en un instante, recordó lo que le había dicho Hartz. Así como una gota de agua puede apresar en su reflejo un vasto panorama concentrado en un foco diminuto, el tiempo pareció concentrarse en el foco diminuto de la media hora que Danner y Hartz habían pasado juntos en el despacho de Hartz, entre las paredes que podían volverse transparentes con sólo oprimir un botón.

    Vio de nuevo a Hartz, regordete y rubio, las cejas tristonas. Un hombre que parecía flemático hasta que empezaba a hablar, y luego se sentía la crispación que lo poseía, el aire de tensión que parecía impregnar la misma atmósfera que le rodeaba. La memoria llevó a Danner de vuelta frente al escritorio de Hartz, y el suelo volvió a zumbarle débilmente en las suelas de los zapatos con las pulsaciones de las computadoras. Se las podía ver a través del vidrio, objetos tersos y lustrosos con hileras de luces parpadeantes como velas ardiendo en tazones de vidrio de color. Se podía oír el murmullo distante de las máquinas ingiriendo hechos, meditándolos y parloteando rítmicamente como oráculos crípticos. Se necesitaban hombres como Hartz para entender qué significaban los oráculos.

    —Tengo un trabajo para ti —dijo Hartz—. Quiero la muerte de un hombre.
    —Oh, no. ¿Me tomas por tonto?
    —Espera un minuto. El dinero te viene bien, ¿verdad?
    — ¿Para qué? —preguntó amargamente Danner—. ¿Para un funeral de lujo?
    —Para una vida de lujo. Sé que no eres tonto. Sé muy bien que sería inútil pedírtelo sin ofrecerte no sólo dinero sino protección. Eso es lo que puedo ofrecerte. Protección.

    Danner miró las computadoras a través de la pared transparente.

    —Seguro —dijo.
    —No, lo digo en serio. Yo... —Hartz titubeó, y miró en torno con cierta aprensión, como si apenas confiara en sus propias precauciones para asegurarse la privacidad—. Esto es algo nuevo —dijo—. Puedo reprogramar a cualquier Furia, si lo deseo.
    —Oh, seguro —repitió Danner.
    —Es verdad; te lo demostraré, puedo desviar a cualquier Furia de cualquier víctima.
    —¿Cómo?
    —Ese es mi secreto, naturalmente. Pero, en concreto, he encontrado una manera de alimentar las máquinas con datos falsos, para que lleguen a un veredicto erróneo antes del fallo, o reciban órdenes falsas después del fallo.
    —Pero eso es...peligroso, ¿verdad?
    — ¿Peligroso? —Hartz miró a Danner de hito en hito—. Bien, sí, supongo que sí. Por eso no lo hago a menudo. De hecho, lo he realizado sólo una vez. Teóricamente ya había elaborado el método. Lo puse a prueba sólo una vez. Lo haré de nuevo, para demostrarte que digo la verdad. Y después lo haré una vez más, para protegerte. Y basta. No quiero alterar las calculadoras más de lo necesario. Una vez que hagas tu trabajo, ya no tendré que hacerlo.
    — ¿A quién quieres matar?

    Hartz miró involuntariamente hacia arriba, hacia los pisos superiores del edificio donde estaban las oficinas de los ejecutivos principales.

    —A O'Reilly —dijo.

    Danner también miró hacía arriba, como si pudiera ver a través del piso y observar las suelas altas de O'Reilly, Controlador de las Calculadoras, paseándose arriba por una ancha alfombra.

    —Es muy simple —dijo Hartz—. Quiero el puesto de él.
    —¿Por qué no lo liquidas personalmente, si estás tan seguro de que puedes detener a las Furias?
    —Porque me pondría en evidencia —dijo Hartz con impaciencia—. Usa la cabeza. Tengo un motivo obvio. No hace falta una calculadora para deducir quién se beneficia más con la muerte de O'Reilly. Si yo mismo me salvara de una Furia, la gente empezaría a preguntarse cómo lo hice. Pero tú no tienes motivos para matar a O'Reilly. Sólo las calculadoras lo sabrían, y yo puedo encargarme de ellas.
    —¿Cómo sé que puedes hacerlo?
    —Simple. Observa.

    Hartz se levantó y atravesó la sala rápidamente ayudado por la alfombra elástica, que daba a su andar un aire falsamente juvenil. En el extremo opuesto de la habitación había un mostrador alto con una pantalla inclinada. Hartz apretó nerviosamente un botón, y un mapa de un distrito de la ciudad brincó nítido a la superficie de la pantalla.

    —Tengo que encontrar un sector donde ahora esté operando una Furia —explicó, el mapa centelleó y él apretó de nuevo el botón.

    Los trazos inestables de las calles de la ciudad oscilaban y brillaban y se apagaban mientras Hartz examinaba apresurada y nerviosamente los distritos. Luego surgió un mapa entrecruzado por tres franjas trémulas de luz de color que convergían en un punto cerca del centro. El punto se movía muy lentamente a través del mapa, a la velocidad de un hombre reducido de tamaño según la escala de la calle por donde caminaba. Alrededor de él las líneas de color rodaban lentamente, siempre centradas en ese punto único.

    —Bien —dijo Hartz, inclinándose para leer el nombre de la calle; una gota de sudor se deslizó de su frente a la pantalla, y Hartz la secó impacientemente con el dedo—. Allí hay un hombre con una Furia asignada. Perfecto. Ahora te mostraré. Mira.

    Encima del escritorio había una pantalla de observación. Hartz la encendió y observó impaciente mientras surgía una escena callejera. Multitudes, ruidos de tráfico, gente con prisa y gente ociosa. Y en medio de la multitud un pequeño oasis de aislamiento, una isla en el mar de humanidad. En esa isla móvil vivían dos habitantes, solos como Crusoe y Viernes.

    Uno de los dos era un hombre ojeroso que caminaba mirando el suelo. El otro habitante de ese paraje desierto era una forma alta y lustrosa, antropomorfa, que lo seguía pisándole los talones.

    Como si les rodearan paredes invisibles que contuvieran a la multitud, los dos se desplazaban en un espacio vacío que se iba cerrando detrás y abriendo delante de ambos. Unos peatones los miraban, otros desviaban los ojos, inquietos o perturbados. Algunos observaban con franca ansiedad, quizás impacientes por presenciar el momento en que Viernes alzaría el brazo de acero para matar a Crusoe.

    —Ahora observa —dijo nerviosamente Hartz—. Sólo un minuto. Voy a librar a este hombre de la Furia. Espera —se acercó al escritorio, abrió un cajón, se agachó sigilosamente.

    Danner oyó una serie de chasquidos, y luego el breve parloteo de unas teclas—. Ahora —dijo Hartz, cerrando el cajón; se pasó el dorso de la mano por la frente—. Hace calor aquí dentro, ¿verdad? Miremos más de cerca. En un minuto verás que sucede algo.

    Volvió a la pantalla de observación. Ajustó el foco y la escena callejera se dilató. El hombre y el carcelero ocuparon el primer plano. La cara del hombre parecía compartir sutilmente la expresión imperturbable del robot. Se hubiera pensado que vivían juntos desde hacía mucho tiempo, y tal vez era así. El tiempo es un elemento flexible, a veces infinitamente largo en un período muy corto.

    —Espera a que se aparten de la multitud —dijo Hartz—. No debo delatarme. Eso, allí está virando —el hombre, que parecía moverse al azar, dobló en una esquina y se internó en una calleja angosta y oscura que se alejaba de la avenida. El ojo de la pantalla de observación lo seguía tan de cerca como el robot.
    —Así que tenéis cámaras que pueden hacer eso —dijo Danner con interés—. Siempre lo pensé. ¿Cómo funciona? ¿Están instaladas en cada esquina, o hay un haz...?
    —No tiene importancia —dijo Hartz—. Secreto profesional. Simplemente espera. Tendremos que esperar hasta... ¡No, no! Mira, ¡va a intentarlo ahora!

    El hombre echó una ojeada furtiva alrededor. El robot estaba doblando la esquina, siguiéndole el rastro. Hartz se abalanzó sobre el escritorio y abrió el cajón. La mano tensa, observaba ansiosamente la pantalla. Cuidadosamente el hombre del callejón, aunque no podía tener idea de que los otros lo observaban, levantó la cara y escrutó el cielo enfrentando por un instante la cámara oculta y atenta y los ojos de Hartz y Danner. De pronto lo vieron inhalar profundamente y echar a correr.

    Un chasquido metálico sonó en el cajón de Hartz. El robot, que había acelerado al mismo tiempo que el hombre, se tambaleó y pareció vacilar un instante. Disminuyó la velocidad.

    Se detuvo como un motor rechinante. Se quedó inmóvil.

    En el borde de la pantalla podía verse la cara del hombre, que quedó boquiabierto cuando vio suceder lo imposible. El robot se quedó en el callejón moviéndose indeciso como si las nuevas órdenes que Hartz le bombeaba en el mecanismo se friccionaran con las órdenes ya incorporadas en el receptor. Luego volvió la espalda de acero al hombre del callejón y avanzó suavemente, casi calmo, calle abajo, con pasos tan decididos como si obedeciera órdenes válidas en vez de dañar los mismos engranajes de la sociedad con su conducta aberrante.

    Hubo un último pantallazo de la cara del hombre, extrañamente perplejo, como si lo hubiera abandonado su último amigo en el mundo.

    Hart apagó la pantalla. Se enjugó de nuevo la frente. Se acercó a la pared de vidrio y observó inquieto, como temiendo que las calculadoras supieran lo que había hecho.

    Empequeñecido por los perfiles de los gigantes metálicos, dijo por encima del hombro:

    — ¿Y bien, Danner?

    ¿Y bien? Hubo más charla, desde luego. Más persuasión. Una oferta más tentadora. Pero Danner sabía que a partir de ese momento ya estaba decidido. Un riesgo calculado, y bien valía la pena correrlo. Valía la pena, salvo que...


    En el silencio mortal del restaurante todos los movimientos se interrumpieron. La Furia avanzó serenamente entre las mesas, una mole brillante, sin tocar a nadie. Todos los rostros se volvían a ella, palideciendo. Cada cual se preguntaba: “¿Será para mí?” Aun el más inocente pensaba: “Este es el primer error que han cometido, y viene por mí. El primer error, pero no hay apelación y nunca podré demostrar nada.” Pues aunque la culpa no significaba nada en este mundo, el castigo sí significaba algo, y el castigo podía ser ciego, golpear como el rayo.

    Danner se repetía una y otra vez, entre dientes: “No es para mí. Estoy a salvo. Estoy protegido. No ha venido por mí.” Y sin embargo pensó que era extraño, toda una coincidencia, que ese día hubiera dos asesinos bajo el costoso techo de cristal. El mismo, y el que la Furia había venido a buscar.

    Soltó el tenedor y lo oyó tintinear en el plato. Miró fijamente la comida, y de pronto rechazó cuanto le rodeaba y se evadió como un avestruz que hunde la cabeza en la arena. Pensó en la comida. ¿Cómo crecía el espárrago? ¿Qué aspecto tenían los alimentos crudos? Nunca los había visto. La comida ya venía preparada de la cocina de los restaurantes o los servicios automáticos. Las patatas, por ejemplo. ¿Cómo eran? ¿Una pulpa blanca y húmeda? No, a veces eran ovales, así que tenían que ser ovales. Pero no redondas. A veces venían en tiras largas, de puntas cuadradas. Algo muy largo y oval, luego cortado parejamente. Y blanco, desde luego. Y crecían bajo tierra, estaba casi seguro. Raíces largas y delgadas que extendían brazos blancos entre los tubos y conductos que había visto expuestos en las calles, cuando las reparaban. Qué extraño que estuviera comiendo algo parecido a los ineficaces brazos humanos que adornaban los albañales de la ciudad y serpeaban pálidamente donde vivían los gusanos. Y donde él mismo, cuando la Furia lo encontrara, podría...

    Alejó el plato.

    Bisbiseos y murmullos indescriptibles le obligaron a levantar los ojos como un autómata. La Furia había cruzado la mitad del salón, y casi causaba gracia ver el alivio de los que habían quedado atrás. Dos o tres mujeres se habían hundido la cara en las manos, y un hombre había caído de la silla como muerto después que la Furia siguiera de largo devolviendo los temores privados a sus orígenes ocultos.

    Ahora estaba muy cerca. Medía más de tres metros y medio, y el andar era muy terso, algo sorprendente si uno lo pensaba un poco. Más terso que los movimientos humanos. Los pies pisaban la alfombra con pasos plúmbeos y mesurados. Tud, tud, tud. Danner, impersonalmente, trató de calcularle el peso. Siempre se comentaba que no hacían otro ruido que esos pasos terribles, pero ésta crujía levemente en alguna parte. No tenía rasgos, pero la mente humana no podía evitar trazar un boceto ligero de una cara ilusoria sobre esa superficie de acero liso, con ojos que parecía que escrutaban la sala.

    Se acercaba más. Ahora todas las miradas convergían en Danner. Y la Furia seguía avanzando. Casi parecía que...

    “No. Oh, no. Es imposible —se dijo Danner; se sentía como un hombre en una pesadilla, a punto de despertar—. Quiero despertar pronto. Quiero despertar ya, antes que llegue aquí.”

    Pero no despertó. Y ahora que la cosa estaba frente a él, los pasos plúmbeos se detuvieron. Se oía apenas un levísimo crujido mientras la Furia esperaba frente a la mesa, inmóvil, la cara sin rasgos vuelta hacia él.

    Danner sintió que una oleada de calor insoportable le subía a la cara: furia, vergüenza, incredulidad. El corazón le palpitaba tan fuerte que el salón oscilaba y un dolor súbito como el rayo le taladró la cabeza entre las sienes.

    Estaba de pie, gritando.

    —¡No, no! —le aulló al acero impasible —. ¡Estás equivocada! ¡Has cometido un error! ¡Fuera de aquí, idiota! ¡Es un error, un error! —tanteó la mesa sin mirar, encontró el plato y lo arrojó al pecho blindado; la porcelana se hizo añicos, la comida derramada trazó una mancha blanca y verde y parda sobre el acero. Danner echó la silla hacia atrás, rodeó la mesa, corrió hacia la puerta alejándose de la alta figura de metal.

    Ahora sólo podía pensar en Hartz.

    Mares de rostros ondeaban en ambos costados mientras salía a los tropezones del restaurante. Algunos observaban con ávida curiosidad, siguiéndole con los ojos. Otros miraban rígidamente los platos o se cubrían las caras con las manos. Detrás venían esos pasos monótonos, y el crujido tenue y rítmico desde adentro del blindaje.

    Los rostros desaparecieron en ambos costados y atravesó una puerta sin darse cuenta de que la abría. Estaba en la calle, bañado en sudor. El aire parecía helado, aunque no era un día frío. Miró desorbitadamente a izquierda y derecha y corrió cien metros hasta una hilera de cabinas telefónicas. La imagen de Hartz flotaba tan vívidamente delante de sus ojos que tropezaba a ciegas con los transeúntes. Percibía vagas voces airadas que empezaban a hablar y luego guardaban un temeroso silencio. El paso se le despejó mágicamente.

    Caminó hacia la cabina más próxima en la isla recién creada de su aislamiento.

    Después que cerrara la puerta de vidrio el estruendo de su propia sangre en los oídos hizo reverberar la pequeña cabina a prueba de ruidos. A través de la puerta vio al robot esperando pacientemente. La mancha de comida le cruzaba el torso como una condecoración robótica sobre una pechera de acero.

    Danner trató de discar un número. Tenía los dedos como de goma. Respiró profundamente para despejarse. Un pensamiento trivial le flotaba en la superficie de la mente: “He olvidado pagar la comida... Después, de qué diablos me servirá el dinero. Oh, maldito Hartz, maldito, maldito.”

    Se comunicó.

    Un rostro de muchacha se materializó en la pantalla con colores nítidos y contrastantes. En esa parte de la ciudad había pantallas buenas y caras en las cabinas públicas, advirtió impersonalmente.

    —Oficina del Controlador Hartz, ¿en qué puedo servirle...?

    Danner sólo pudo articular el nombre en el tercer intento. Se preguntó si la muchacha podría verle, y detrás de él, borrosa a través del vidrio, la figura alta y expectante. No pudo averiguarlo, pues ella de inmediato bajó los ojos para consultar lo que sin duda era una lista no visible en la pantalla.

    —Lo siento. El señor Hartz ha salido. Hoy no regresará. La luz y el color se borraron de la pantalla.

    Danner abrió la puerta plegadiza y se levantó. Le temblaban las rodillas. El robot estaba apenas a un paso de la puerta. Por un momento quedaron frente a frente. De pronto Danner se oyó lanzar unas carcajadas incontrolables que rayaban en la histeria, hasta él se daba cuenta. El robot con esa mancha de comida parecida a una condecoración lucía tan ridículo...

    Vagamente sorprendido, Danner advirtió que en la mano izquierda todavía aferraba la servilleta del restaurante.

    —Retrocede —le dijo al robot—. Déjame salir. Oh, idiota, ¿no te das cuenta de tu error? —le temblaba la voz; el robot crujió ligeramente y dio un paso atrás—. Ya es bastante con que me sigas. Al menos podrías ir limpio, un robot sucio es demasiado..., demasiado... —el pensamiento era ridículamente intolerable, y sintió un lloriqueo en la voz. Medio riendo y medio sollozando, enjugó el pecho de acero y tiró la servilleta al suelo.

    Y fue en ese preciso instante, con el frío del pecho de acero aún vívido en la memoria, cuando la comprensión atravesó finalmente la barrera de histeria protectora y recordó la verdad. Nunca más en la vida estaría solo. Nunca. Y cuando muriera, sería bajo esas manos de acero, tal vez contra ese pecho de acero, con el rostro impasible frente a él, lo último que vería en la vida. No un compañero humano, sino el cráneo de acero negro de la Furia.

    Le llevó casi una semana llegar a Hartz. Durante la semana cambió de parecer acerca del tiempo que un hombre perseguido por una Furia tardaba en volverse loco. Lo último que veía por la noche era la luz de la calle brillando, a través de las cortinas de la lujosa suite del hotel, sobre el hombro metálico del carcelero. Toda la noche, al despertar de un sueño inquieto, oía el tenue crujido de un mecanismo que funcionaba bajo el blindaje. Y cada vez se despertaba preguntándose si no era la última. ¿El golpe caería mientras durmiera? ¿Y qué clase de golpe? ¿Cómo ejecutaban las Furias? Siempre le causaba un ligero alivio ver la luz incierta de la mañana relumbrando sobre su guardián. Al menos, había sobrevivido otra noche. Pero, ¿era vivir eso? ¿Valía la pena?

    Siguió alojándose en la suite. Tal vez a la gerencia del hotel le habría gustado que se marchara, pero no le hicieron comentarios. Posiblemente no se atrevían. La vida adquirió una característica extraña y traslúcida, como algo visto a través de una pared invisible. Al margen de tratar de llegar a Hartz, a Danner no le interesaba nada. Las viejas ansias de lujos, diversiones, viajes, habían desaparecido. No habría viajado solo.

    Lo que hacía era pasar horas en la biblioteca pública, leyendo cuanto podía sobre las Furias. Fue allí donde encontró por primera vez los dos versos cautivantes y aterradores que Milton escribiera cuando el mundo era pequeño y simple, versos desconcertantes que nunca habían tenido un sentido preciso para nadie hasta que el hombre creó las Furias de acero a su imagen.

    Mas esa máquina de dos manos a la puerta espera, lista para asestar un golpe, y sólo uno...

    Danner miraba de soslayo su máquina de dos manos, inmóvil y acechante, y pensaba en Milton y los tiempos remotos en que la vida era sencilla y fácil. Trató de imaginar el pasado. El siglo veinte, cuando todas las civilizaciones se desmoronaron arrojadas al caos. Y los tiempos anteriores, cuando la gente era...distinta, de algún modo. ¿Pero de qué modo? Era demasiado lejano y demasiado extraño. No podía imaginar la época anterior a las máquinas.

    Pero al fin supo qué había ocurrido realmente cuando él era joven, cuando el mundo brillante se apagó por completo y empezaron los trabajos grises. Y las Furias se forjaron a semejanza del hombre.

    Antes que estallaran las guerras realmente grandes, la tecnología progresó al punto de que las máquinas se alimentaban de máquinas, como seres vivos, y pudo sobrevenir un Edén en la Tierra, con la satisfacción plena de las necesidades de todos, salvo que las ciencias sociales estaban muy a la zaga de las ciencias naturales. Cuando llegaron las guerras devastadoras, las máquinas y la gente pelearon lado a lado, el acero contra el acero y el hombre contra el hombre, pero el hombre era más frágil. Las guerras terminaron cuando no quedaron más sociedades que pudieran rivalizar. Las sociedades se fragmentaron en grupos cada vez menores hasta que sobrevino algo muy parecido a la anarquía.

    Entretanto las máquinas se restañaban sus heridas de metal, y se curaban recíprocamente como les habían enseñado. No necesitaban de las ciencias sociales. Siguieron reproduciéndose tranquilamente y brindando a la humanidad los lujos que la edad edénica les había preparado para que brindaran. Imperfectamente, desde luego. Y limitadamente, pues algunas especies habían sido barridas por completo y no quedaban máquinas para alimentar o producir ejemplares nuevos. Pero la mayoría extraía la materia prima, la refinaba, fundía y moldeaba los componentes necesarios, fabricaba el propio combustible, se reparaba las averías y preservaba a su especie sobre la faz de la Tierra con una eficiencia jamás lograda por el hombre.

    Entretanto la humanidad se dividía cada vez más. Ya no existían verdaderos grupos, ni siquiera familias. Los hombres no necesitaban mucho de sus semejantes. El apego emocional se redujo. Los hombres habían sido condicionados para aceptar sustitutos vicarios y el escapismo era fatalmente fácil. Los hombres buscaban emociones en las Máquinas de Escape, que les proporcionaban aventuras gozosas e imposibles y agrisaban el mundo de la vigilia. Y la tasa de natalidad decrecía y decrecía. Fue un período muy extraño. El lujo y el caos iban de la mano, la anarquía y la inercia eran lo mismo. Y la tasa de natalidad seguía decreciendo...

    Eventualmente unas pocas personas comprendieron qué sucedía. El hombre estaba a punto de extinguirse como especie. Y el hombre no podía hacer nada para impedirlo. Pero tenía un servidor poderoso. Y así llegó el momento en que un genio anónimo vio qué se podía hacer. Alguien vio la situación con lucidez y reprogramó una de las calculadoras electrónicas más grandes que subsistían. Esta fue la meta que le impuso: “La humanidad tiene que ser nuevamente responsable de sí misma. Ese será tu único objetivo hasta que lo hayas logrado.”

    Era simple, pero los cambios que produjo afectaron a todo el mundo y alteraron drásticamente toda la vida humana en el planeta. Las máquinas, ya que no el hombre, formaban una sociedad integrada. Y ahora tenían una sola orden y todas se reorganizaron para cumplirla.

    De modo que los días de diversión gratuita terminaron. Las Máquinas de Escape fueron clausuradas. Los hombres fueron obligados a reagruparse para sobrevivir. Ahora tenían que realizar el trabajo que las máquinas controlaban, y muy, muy lentamente, las necesidades comunes y los intereses comunes revivieron el casi perdido sentimiento de unidad humana.

    Pero demasiado lentamente. Y ninguna máquina podía devolver al hombre lo que había perdido: la conciencia internalizada. El individualismo había alcanzado su etapa culminante y hacía tiempo que no había ningún freno para el crimen. Sin familia ni clanes, no había siquiera luchas de venganza. La conciencia tropezaba, pues ningún hombre se identificaba con ningún otro.

    Ahora la verdadera tarea de las máquinas consistía en reconstruir en el hombre un superyó realista para salvarlo de la extinción. Una sociedad responsable tenía que ser genuinamente interdependiente, con líderes identificados con el grupo, y una conciencia internalizada y realista que prohibiera y castigara el ‘pecado’: el pecado de dañar al grupo con el que uno se identificaba.

    Y entraron en escena las Furias.

    Las máquinas definieron el homicidio en cualquier circunstancia como el único crimen humano. Era bastante exacto, pues es el único acto que puede destruir una unidad social irreemplazable.

    Las Furias no podían impedir el crimen. El castigo nunca cura al criminal. Pero puede impedir que otros cometan crímenes, atemorizados por el castigo infligido a otros. Las Furias eran el símbolo del castigo. Ambulaban abiertamente por las calles tras las víctimas condenadas, un signo externo y visible de que el asesinato se castigaba siempre, y se castigaba del modo más público y terrible. Eran muy eficientes. Jamás se equivocaban. Al menos teóricamente, pues considerando las enormes cantidades de información ya almacenada en las computadoras analógicas lo más probable era que la justicia de las máquinas fuera mucho más eficaz que la que la que pudieran administrar los humanos.

    Algún día el hombre redescubriría el pecado. Sin él había estado a punto de perecer totalmente. Con él, podría recobrar el dominio sobre sí y sobre la raza de servidores mecánicos que lo ayudaban a restaurar la especie. Pero hasta ese día las Furias tendrían que ambular por las calles, la conciencia del hombre con disfraz de metal, impuesta por las máquinas que el hombre había creado hacía mucho tiempo.


    Danner apenas supo qué había hecho todo ese tiempo. Pensó muchísimo en los viejos días de las Máquinas de Escape, antes que las máquinas racionaran los lujos. Los evocaba con hosquedad y resentimiento, pues no le veía ningún sentido al experimento en que se había embarcado la humanidad. Le gustaban más los viejos tiempos. Y además tampoco había Furias.

    Bebía mucho. Una vez vació los bolsillos en el sombrero de un mendigo sin piernas, pues el hombre, igual que él, estaba marginado de la sociedad por algo nuevo y terrible. Para Danner era la Furia. Para el mendigo era la vida misma. Treinta años atrás habría vivido o muerto en el olvido, atendido sólo por máquinas. Que un mendigo pudiera sobrevivir con limosnas tal vez indicaba que la sociedad empezaba a recuperar los sentimientos solidarios, pero para Danner eso no significaba nada. No duraría el tiempo suficiente para saber cómo terminaba la historia.

    Quiso hablar con el mendigo, pero el hombre trató de alejarse en su pequeña plataforma rodante.

    —Escucha —le apremió Danner, siguiéndole y hurgándose los bolsillos—. Quiero decirte algo. No es como tal vez imaginas. Es...

    Esa noche estaba ebrio como una cuba y siguió al mendigo hasta que el hombre le arrojó el dinero de vuelta y se alejó rápidamente con la plataforma, mientras Danner se recostaba contra un edificio tratando de creer en su solidez. Pero sólo la sombra de la Furia, arrojada sobre él por la luz de la calle, era real.

    Más tarde esa noche, en algún rincón de la oscuridad, atacó a la Furia. En alguna parte encontró un pedazo de caño y arrancó una l uvia de chispas a los hombros imponentes e imperturbables. Luego corrió, doblando por callejones sinuosos, y al final se ocultó en un portal a oscuras, a esperar que los pasos implacables retumbaran en la noche.

    Se durmió, exhausto.

    Fue al día siguiente que finalmente llegó a Hartz.

    — ¿Qué ha pasado? —preguntó Danner; en la última semana había cambiado mucho. La cara iba adquiriendo un aire impasible, una extraña semejanza con la máscara metálica del robot.

    Hartz descargó un manotazo airado sobre el borde del escritorio, y torció la cara de dolor. La sala parecía vibrar no con el palpitar de las máquinas de abajo sino con la energía tensa del hombre.

    —Algo ha fallado —dijo—. Todavía no sé. Yo...
    — ¡No lo sabes! —Danner perdió parte de su impasividad mientras Hartz gesticulaba para calmarle.
    — Espera. Aguanta un poco más. Verás que se solucionará. Puedes...
    — ¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó Danner mirando por encima del hombro a la alta Furia que estaba de pie a sus espaldas, como si en verdad le preguntara a ella y no a

    Hartz. De algún modo, su manera de preguntarlo hacía pensar que debía haber hecho la misma pregunta muchas veces mirando la inexpresiva cara de acero, y que seguiría preguntando en vano hasta recibir al fin la respuesta. Pero no en palabras...

    —Ni siquiera puedo descubrir eso —dijo Hartz—. Maldito sea, Danner, era un riesgo. Tú lo sabías.
    —Dijiste que podías controlar la computadora. Te vi hacerlo. Quiero saber por que no cumples lo que has prometido.
    —Algo falla, te estoy diciendo. Tendría que haber resultado. En cuanto concertamos este...trato, registré los datos que debieron haberte protegido.
    — ¿Pero qué ocurrió, entonces?

    Hartz se levantó y se paseó por la alfombra.

    —Simplemente no lo sé. No comprendemos la potencialidad de las máquinas, eso es todo. Pensé que podría hacerlo. Pero...
    — ¡Pensaste...!
    —Sé que puedo hacerlo. Todavía lo estoy intentando. Estoy intentándolo todo. Al fin y al cabo, también es importante para mí. Estoy trabajando tan rápido como puedo. Por eso no pude verte antes. Estoy seguro de que puedo hacerlo, si encuentro la clave. Maldito sea, Danner, es complicado. No son simples máquinas de calcular. Mira esos artefactos...

    Danner no se molestó en mirar.

    —Mejor que lo hagas —dijo—. Es todo.
    — ¡No me amenaces!: —estalló Hartz—. Déjame solo y lo solucionaré. Pero no me amenaces.
    —También corres peligro —dijo Danner.

    Hartz regresó al escritorio y se sentó en el borde.

    — ¿Cómo? —preguntó.
    —O'Reilly está muerto. Tú me pagaste para matarlo.

    Hartz se encogió de hombros.

    —La Furia lo sabe —dijo—. Las computadoras lo saben. Y les importa un bledo. Tu mano apretó el gatillo, no la mía...
    —Los dos somos culpables. Si yo debo pagarlo, tú...
    —Un momento. Aclárate las ideas. Creí que lo sabías. Es un fundamento de la intervención legal, y lo ha sido siempre. No se castiga a nadie por sus intenciones. Sólo por sus actos. No soy más responsable de la muerte de O'Reilly que la pistola que has utilizado para despacharle.
    — ¡Pero me has mentido! ¡Me has embaucado! Te juro...
    —Harás lo que te digo, si quieres salvarte. No te embauqué, simplemente cometí un error. Dame tiempo y lo solucionaré.
    — ¿Cuánto tiempo?

    Esta vez los dos hombres miraron a la Furia, que permanecía impasible.

    —Yo no sé cuánto tiempo —dijo Danner, respondiendo su propia pregunta—. Tú dices que no sabes. Nadie sabe siquiera cómo me matará cuando llegue el momento. He estado leyendo toda la información accesible al público sobre el tema. ¿Es verdad que el método varía, para mantener sobre ascuas a los infelices como yo? Y el tiempo concedido..., ¿no varía también?
    —Sí, es verdad. Pero hay un tiempo mínimo, estoy casi seguro. Todavía debe faltar. Créeme, Danner, aún puedo salvarte de la Furia. Tú me has visto hacerlo. Sabes que funciona.

    Sólo que necesito descubrir qué ha fallado esta vez. Pero cuanto más me molestes, más tardaré. Me comunicaré contigo. No intentes verme de nuevo.

    Danner se puso de pie. Avanzó unos pasos hacia Hartz, y la ira y la frustración disiparon la impasibilidad que la desesperación le había tallado en la cara. Pero los pasos solemnes de la Furia sonaron a sus espaldas. Se detuvo.

    Los dos hombres se miraron.

    —Dame tiempo —dijo Hartz—. Confía en mí, Danner.


    En cierto sentido era peor tener esperanzas. Hasta el momento una especie de aturdimiento lo había salvado de angustias excesivas. Pero ahora existía una oportunidad de que después de todo pudiera escapar a la vida nueva y brillante por la que había arriesgado tanto, siempre que Hartz lo rescatara a tiempo.

    Ahora, por un tiempo, empezó a saborear de nuevo la experiencia. Compró ropas nuevas. Viajó, aunque nunca solo, por supuesto. Incluso buscó de nuevo compañía humana y la consiguió, en cierto modo. Pero la gente dispuesta a relacionarse con un condenado a esa sentencia no era demasiado recomendable. Encontró, por ejemplo, mujeres que se sentían fuertemente atraídas no por él ni su dinero sino por su acompañante. Quedaban cautivadas por la oportunidad de un contacto estrecho y seguro con el mismísimo instrumento del destino. A veces Danner advertía solapadamente que observaban a la Furia en un éxtasis de fascinación anhelante. En curioso arrebato de celos, se libró de esas personas en cuanto reparó en las miradas fríamente seductoras que dirigían al robot.

    Decidió viajar más lejos. Tomó el cohete a África y regresó por los bosques húmedos de Sudamérica, pero ni los clubes nocturnos ni la novedad exótica de los lugares extraños le excitaban demasiado. La luz del sol parecía igual reflejada en las superficies de acero curvo de su perseguidor, ya brillara sobre sabanas leonadas o se filtrara a través de los jardines colgantes de las junglas. Las novedades se desgastaban pronto por culpa de ese objeto espantosamente familiar que le acechaba constantemente. No podía disfrutar de nada.

    Y el golpeteo rítmico de los pasos a sus espaldas se le hizo inaguantable. Usaba tapones en los oídos, pero la pesada vibración le palpitaba en el cráneo permanentemente, como una eterna jaqueca. Aunque la Furia estuviera quieta él oía en la cabeza el golpeteo imaginario de los pasos.

    Compró armas y trató de destruir al robot. Fracasó, desde luego. Y aunque hubiera tenido éxito, sabía que le asignarían otro. El licor y las drogas no servían de nada. El suicidio lo tentaba cada vez más, pero postergaba la idea porque Hartz le había dicho que todavía había esperanzas.

    Finalmente regresó a la ciudad para estar cerca de Hartz y la esperanza. De nuevo se dedicó a frecuentar la biblioteca, pero caminaba lo imprescindible para no tener que soportar las pisadas que lo perseguían. Y fue aquí, una mañana, donde encontró la respuesta...

    Había leído todos los datos accesibles sobre las Furias. Había leído todas las referencias literarias agrupadas bajo ese encabezamiento, asombrado de descubrir cuántas había y qué apropiadas se habían vuelto algunas —como la máquina de dos brazos de Milton— después de todos estos siglos. Esos pies fuertes que lo seguían y perseguían —leyó— implacablemente y sin prisa, un andar imperturbable, una celeridad deliberada, un porte majestuoso... Volvió las páginas y vio reflejadas sus angustias más literalmente que en cualquier alegoría:

    Sacudí las horas acumuladas y derrumbé la vida sobre mí; cubierto de manchas, estoy de pie en el polvo de los años apilados, mi lacerada juventud yace muerta bajo el túmulo.

    Dejó caer varias lágrimas de autocompasión sobre la página que lo retrataba con tanta claridad.

    Pero luego pasó de las referencias literarias al depósito de obras filmadas, pues algunas estaban incluidas bajo ese encabezamiento. Vio a Orestes con atuendo moderno, perseguido de Argos a Atenas por una Furia robot de más de dos metros de alto en vez de las tres Erinnias con cabelleras de serpiente de la leyenda. Cuando se empezó a utilizar a las Furias, las obras sobre el tema se pusieron de moda. En un ensueño que le evocaba los recuerdos de su niñez, cuando las Máquinas de Escape aún funcionaban, Danner miraba los films absorto.

    Y tanto como entonces lo estaba ahora, que cuando la escena familiar surgió por primera vez en la cabina de video apenas le intrigó. Toda la experiencia era parte de un patrón de conducta familiar, y al principio no le sorprendió que una escena fuera más vívidamente familiar que el resto. Pero de golpe una campanilla le vibró en la memoria. Se irguió bruscamente y detuvo la proyección descargando un puñetazo en el botón. Rebobinó la película y pasó nuevamente la escena.

    Mostraba un hombre caminando con su Furia a través del tráfico de la ciudad, y ambos se movían en una pequeña isla desierta creada por ellos mismos, como un Crusoe seguido por su viernes... Mostraba al hombre doblando en un callejón, mirando ansiosamente la cámara, respirando profundamente y echando a correr de golpe. Mostraba a la Furia titubeando, haciendo movimientos indecisos y luego volviéndose y alejándose calladamente en la dirección contraria con pasos que reverberaban huecamente en la acera...

    Danner rebobinó nuevamente el film y proyectó la escena una vez más, sólo para asegurarse bien. Temblaba tan violentamente que apenas podía manipular el proyector.

    — ¿Qué te parece? —le murmuró a la Furia, erguida a sus espaldas en la cabina penumbrosa; había tomado el hábito de hablarle mucho a la Furia, en un rápido farfulleo, sin darse cuenta de que lo hacía—. ¿Qué opinas de la escena? Ya la has visto, ¿verdad? Familiar, ¿no es así? ¡No es así! ¡Respóndeme, cascajo del demonio! —y echando el brazo hacia atrás golpeó al robot en el pecho como si hubiera golpeado a Hartz. El golpe retumbó huecamente en la cabina, pero el robot no reaccionó, aunque cuando Danner se volvió a él inquisitivamente vio esa escena harto familiar que se proyectaba por tercera vez en la pantalla reflejada en imágenes diminutas en el pecho y la cabeza sin rostro del robot, como si él también recordara.

    Así que había dado con la respuesta. Y Hartz jamás había poseído el poder de que alardeaba. O en todo caso, no tenía intenciones de usarlo para ayudar a Danner. ¿Para qué? Ya no corría ningún riesgo. Con razón había estado tan nervioso al proyectar ese tramo de película en una pantalla de observación de su oficina. Pero la ansiedad no procedía del peligro a que se estaba exponiendo, sino de la tensión de armonizar sus actividades con la acción de la obra. ¡Cuánto habrá debido ensayar, sincronizando cada movimiento! Y cómo se habrá reído después...

    — ¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó airadamente Danner, arrancando una reverberación hueca al pecho del robot—. ¿Cuánto? ¡Respóndeme! ¿El tiempo suficiente?

    Ahora lo extasiaba estar libre de esperanzas. Toda espera era inútil. Toda tentativa era inútil. Ahora sólo tenía que llegar a Hartz y pronto, antes que venciera su propio plazo. Pensó con revulsión en todos los días que ya había desperdiciado, viajando y matando el tiempo, cuando en ese mismo instante podían estar transcurriendo sus minutos finales. Antes que los de Hartz.

    — ¡Sígueme! —le dijo innecesariamente a la Furia—. ¡De prisa!

    La Furia le siguió, acelerando a la par de él, mientras el reloj enigmático que tenía adentro seguía marcando los momentos que conducían al instante en que la máquina de dos brazos asestaría un solo golpe, y sólo uno.


    Hartz estaba sentado en la oficina del Controlador detrás de un escritorio flamante, en la misma cima de la pirámide, ahora por encima de los bancos de computadoras que administraban la sociedad y hacían restallar el látigo sobre la humanidad. Suspiraba con profunda satisfacción. Sólo que se sorprendía pensando demasiado en Danner. Hasta soñaba con él. No con culpabilidad, pues la culpa implica conciencia, y el prolongado entrenamiento en el individualismo anárquico aún estaba hondamente arraigado en la mente de todos los hombres. Pero tal vez con inquietud.

    Pensando en Danner, se reclinó y abrió un pequeño cajón que había trasladado del viejo escritorio al nuevo. Metió la mano adentro y acarició los controles distraídamente. Muy distraídamente.

    Dos movimientos y podía salvar la vida de Danner. Pues por supuesto, le había mentido de cabo a rabo. Podía controlar las Furias con toda facilidad. Podía salvar a Danner, pero nunca se lo había propuesto. No había necesidad. Y era peligroso. Con burlar sólo una vez un mecanismo tan complejo como el que controlaba la sociedad, sería imposible predecir en qué terminaría el desajuste. Una reacción en cadena que, quizá, desquiciaría toda la organización. No.

    Quizás algún día tuviera que usar el artefacto del cajón. Esperaba que no. Lo cerró rápidamente, y oyó el chasquido suave de la cerradura.

    Ahora era Controlador. Guardián, en cierto sentido, de las máquinas que eran fieles de una manera en que jamás podría serlo un hombre. Quis custodiet, pensó Hartz. El viejo problema. Y la respuesta era: nadie. Nadie, hoy. El no tenía superiores y su poder era absoluto. Gracias al pequeño mecanismo del cajón, nadie controlaba al Controlador. Ni una conciencia interna, ni una externa. Nada podía afectarlo...

    Al oír pasos en las escaleras, creyó por un momento que estaba soñando. A veces había soñado que era Danner, perseguido por esas pisadas implacables. Pero ahora estaba despierto.

    Extrañamente, percibió el golpeteo casi subsónico de los pies de metal antes que los pasos precipitados de Danner subiendo por su escalera privada. Todo fue tan rápido que el tiempo pareció desligado de los hechos. Primero oyó las pisadas, imponentes y subsónicas, luego el brusco tumulto de gritos y portazos abajo, y al fin el tump tump de Danner que se lanzaba escaleras arriba. Los pasos concordaban tan perfectamente con el andar más pesado del robot que el ruido del metal ahogaba el ruido de carne y hueso y cuero.

    Entonces Danner abrió la puerta con estrépito, y los gritos y baraúnda de abajo subieron a la oficina como un ciclón. Pero un ciclón de pesadilla, pues nunca se acercaría más. El tiempo se había detenido.

    El tiempo se había detenido con Danner en la puerta, la cara convulsa, ambas manos aferrando el revólver, pues temblaba tanto que no podía empuñarlo con una.

    Hartz actuó tan mecánicamente como un robot. Había soñado muy a menudo con ese momento, de un modo u otro. Si hubiera podido ajustar la Furia al punto de apresurar la muerte de Danner, lo habría hecho. Pero no sabía cómo. Sólo podía esperar, tan ansiosamente como el mismo Danner, deseando angustiosamente que el golpe cayera y el verdugo actuara antes que Danner vislumbrara la verdad. O renunciara a la esperanza.

    De modo que Hartz estaba preparado para esto. Tuvo el arma en la mano sin siquiera darse cuenta de que había abierto el cajón. El problema era que el tiempo se había detenido.

    Sabía oscuramente que la Furia debía impedir que Danner dañara a nadie. Pero Danner estaba solo en el umbral, el revólver en ambas manos. Y aún más oscuramente, Hartz sabía que las máquinas podían ser detenidas. Las Furias podían fallar. No podía confiar la vida a la incorruptibilidad de las máquinas, pues él mismo era la fuente de una corrupción que podía paralizarlas.

    Tuvo el arma en la mano sin darse cuenta. El gatillo le pateó el dedo y el revólver se le hundió en la palma, y tras la detonación un siseo cruzó el aire entre él y Danner.

    Oyó que la bala chocaba contra algo metálico.

    El Tiempo empezó a fluir de nuevo, acelerando para recobrar lo perdido. La Furia estaba apenas a un paso de Danner después de todo, porque el brazo de acero lo rodeaba y la mano de acero le desviaba el arma. Danner había disparado, sí, pero no bastante rápido. No antes que la Furia lo alcanzara. La bala de Hartz le dio antes.

    Le dio en el pecho, perforándolo y rebotando contra el pecho de acero de la Furia a sus espaldas. La cara de Danner se distendió en una inexpresividad tan completa como la de la máscara que tenía encima de la cabeza. Se desplomó hacia atrás. Como el robot lo sostenía, no cayó sino que se deslizó lentamente al suelo entre el brazo de la Furia y el imperturbable cuerpo de metal. El revólver cayó blandamente en la alfombra. Del pecho y la espalda de Danner manaba sangre.

    El robot permaneció impasible. Una estría de la sangre de Danner le atravesaba el pecho metálico como una condecoración robótica.

    La Furia y el Controlador de las Furias quedaron frente a frente. La Furia desde luego no podía hablar, pero Hartz creía oírla en su mente.

    “La defensa personal no es una excusa —parecía decir la Furia—. Nunca castigamos la intención, pero siempre castigamos el acto. Cualquier acto de homicidio. Cualquier acto de homicidio.”

    Hartz apenas tuvo tiempo de guardar el revólver en el cajón del escritorio antes que el primero de la alborotada multitud de abajo irrumpiera por la puerta. Además, apenas tuvo la presencia de ánimo para hacerlo. Realmente no había pensado en una situación tan extrema.

    Según todas las apariencias era un suicidio. Se oyó dando explicaciones con voz ligeramente trémula. Todos habían visto a ese demente entrando en la oficina con la Furia detrás.

    No sería la primera vez que un asesino intentaba llegar al Controlador para implorarle que alejara al carcelero y detuviera al verdugo. Lo que había sucedido, explicó Hartz con bastante serenidad, era que la Furia naturalmente había impedido que el hombre le disparara a él. Y la víctima se había encañonado a sí misma. Las quemaduras de pólvora de la ropa lo demostraban (el escritorio estaba muy cerca de la puerta). La marca del fogonazo en la piel de Danner mostraría que de veras había disparado un arma.

    Suicidio. Satisfaría a cualquier humano. Pero no a las computadoras.

    Se llevaron el cadáver. Dejaron solos a Hartz y la Furia, todavía enfrentados con el escritorio de por medio. Si a alguien le llamó la atención, nadie lo demostró.

    Hartz mismo no sabía si era extraño o no. Nada como esto había sucedido antes. Nadie había sido tan idiota como para asesinar en presencia de una Furia. Ni siquiera el Controlador sabía exactamente cómo las computadoras sopesaban la evidencia y determinaban la culpa. ¿Normalmente esta Furia habría sido llamada de vuelta? ¿Si la muerte de Danner hubiera sido realmente suicidio, Hartz estaría solo ahora?

    Sabía que las máquinas ya estaban procesando la evidencia de lo que realmente acababa de suceder. Lo que no sabía a ciencia cierta era si esta Furia ya había recibido órdenes de seguirle dondequiera que fuese, a partir de ahora y hasta la hora de su muerte. O si simplemente permanecería inmóvil esperando que la llamaran. Bien, no tenía importancia. Esta u otra Furia ya estaba recibiendo instrucciones respecto de él. Sólo quedaba una salida. Gracias a Dios, él tenía una salida.

    De modo que Hartz abrió el cajón del escritorio, tocó las teclas que jamás creyó que usaría. Muy cuidadosamente pasó a las computadoras la información codificada, dígito por dígito. Entretanto miraba por la pared de vidrio e imaginaba ver allí, entre las cintas ocultas, las secuencias de datos que cesaban de existir y eran reemplazadas por una información nueva y falsa.

    Encaró al robot. Sonrió ligeramente.

    —Ahora olvidarás —dijo—. Tú y las computadoras. Puedes irte. No volveré a verte.

    O bien las computadoras trabajaban increíblemente rápido —claro que lo hacían— o bien fue pura coincidencia pues apenas un momento después la Furia se movió como obedeciendo a Hartz. Había estado totalmente inmóvil desde que Danner se le había deslizado entre los brazos. Ahora nuevas órdenes la reanimaron, y por un segundo se movió con cierta torpeza mientras le cambiaban las instrucciones. Casi pareció saludar, una reverencia pequeña y rígida que acercó su cabeza a la de Hartz.

    Hartz se vio la cara reflejada en el rostro liso de la Furia. Esa inclinación rígida bien podía interpretarse como un gesto irónico, con la condecoración diplomática que surcaba el pecho de la criatura, símbolo del deber cumplido honorablemente. Pero esta retirada no tenía nada de honorable. El metal incorruptible se corrompía, y devolvía la mirada de Hartz con el reflejo del rostro del Controlador.

    La observó dirigirse hacia la puerta. Oyó las pisadas bajando las escaletas. Sintió la vibración de los golpes en el suelo, y tuvo un repentino mareo cuando pensó que la estructura toda de la sociedad le temblaba bajo los pies.

    Las máquinas eran corruptibles.

    La supervivencia de la humanidad todavía dependía de las computadoras, y no se podía confiar en ellas. Hartz agachó la cabeza y notó que le temblaban las manos. Cerró el cajón y oyó el leve chasquido de la cerradura. Se miró fijamente las manos. Ese temblor se reflejaba en un temblor interno, la percepción aterradora de la inestabilidad del mundo.

    Una soledad espantosa y repentina lo barrió como un viento frío. Nunca había sentido una necesidad tan urgente de la compañía de los de su especie. No una persona, sino gente.

    Sólo gente. La calidez de seres humanos a su alrededor. Una necesidad muy primitiva.

    Tomó el sombrero y el abrigo y bajó rápidamente las escaleras, las manos hundidas en los bolsillos a causa de un escalofrío del que ningún abrigo podría protegerlo.

    En medio de la escalera se paró en seco. Lo seguían pasos.

    Al principio no se atrevió a mirar atrás. Conocía esos pasos. Pero tenía dos temores y no sabía cuál era peor. El temor de que le siguiera una Furia, y el temor de que no le siguiera ninguna. Si de veras le seguían, sentiría una especie de alivio demente, pues entonces podría confiar en las máquinas, pese a todo, y esa terrible soledad se disiparía.

    Avanzó un poco más, sin volverse. Oyó la ominosa pisada a sus espaldas, un eco de la suya. Suspiró profundamente y miró hacia atrás. En la escalera no había nada.

    Tras una larga pausa siguió bajando, mirando por encima del hombro. Oía atrás las pisadas implacables, pero ninguna Furia visible le seguía. Ninguna Furia visible.

    Las Erinnias se habían internado nuevamente en la conciencia, y una invisible Furia mental seguía a Hartz escaleras abajo. Fue como si el pecado hubiera renacido en el mundo, y el primer hombre sintiera nuevamente la culpa. Las computadoras no habían fallado, después de todo.

    Hartz bajó lentamente las escaleras y salió a la calle. Oía aún, y oiría siempre, los pasos implacables e incorruptibles que le seguían, que ya no vibraban como metal.


    Fin