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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
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    B4
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    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LA LARGA MARCHA (Stephen King)

    Publicado el domingo, febrero 02, 2014

    Primera parte
    LA SALIDA
    1


    Diga la palabra secreta y ganará cien dólares. George, ¿quiénes son nuestros primeros concursantes? ¿George...? ¿Estás ahí, George?
    Groucho Marx
    Apueste su vida


    Un viejo Ford azul se detuvo esa mañana en el aparcamiento vigilado, con el aspecto de un perrillo cansa— do tras una larga carrera. Uno de los vigilantes, un joven inexpresivo con un uniforme caqui y los correspondientes correajes, pidió que le mostrara la tarjeta azul de identidad. El muchacho que iba sentado en el asiento trasero entregó la tarjeta de plástico a su madre, que se la dio al vigilante. Éste la introdujo en una terminal de ordenador que parecía fuera de lugar en aquel apacible paisaje rural. La terminal engulló el plástico y la pantalla se ilumino:

    GARRATY, RAYMOND DAVIS
    RD. 1 POWNAL MAINE
    ANDROSGOGGIN COUNTY
    número id. 46-801-89
    ok-ok-ok


    El vigilante pulsó otra tecla y todo desapareció de la pantalla, quedando de nuevo limpia y vacía, con su color verdusco. Después hizo un gesto de que el coche podía pasar.

    — ¿No nos devuelven la tarjeta? —preguntó la madre—. ¿No...?
    —No, mamá —respondió Garraty con tono paciente.
    —Pues no me gusta —añadió la mujer, mientras detenía el coche en un sitio libre.

    Llevaba repitiendo esa frase desde que habían emprendido el camino en la oscuridad, a las dos de la madrugada. En realidad, la había murmurado por lo bajo durante todo el trayecto.

    —No te preocupes —dijo el muchacho, mirando alrededor con una confusa mezcla de expectación y temor. Bajó del coche antes casi de que el motor lanzara su último jadeo asmático.

    Garraty era un joven alto, de buena complexión, y llevaba una descolorida chaqueta militar para protegerse del frío en aquella mañana primaveral. Su reloj marcaba las ocho en punto.

    La madre también era alta, pero demasiado delgada. Sus pechos eran apenas unas leves protuberancias. Su mirada era insegura y errática, como afectada por una profunda conmoción, y su expresión era la de un inválido. Su cabello pelirrojo se había despeinado bajo el puñado de horquillas que supuestamente debía mantenerlo en su sitio. Sus ropas colgaban desmañadamente de su cuerpo, como si acabase de perder varios kilos.

    —Ray —murmuró con aquel susurro de conspiración que él había llegado a temer—. Ray, escucha... El muchacho bajó la cabeza y fingió arreglarse la camisa. Uno de los vigilantes estaba comiendo una ración militar de alimentos concentrados directamente de la lata, mientras leía un cómic. Unas gotas de salsa de judías le bajaban por la comisura de los labios. Garraty contempló al vigilante y pensó por enésima vez: Esto es real. Y ahora, por fin, tal idea empezó a cobrar una forma concreta.
    —Todavía estás a tiempo de cambiar de idea... El miedo y la expectación le formaron un nudo en el estómago.
    —No, ya no queda tiempo —replicó—. La fecha límite de retirada era ayer.

    Todavía con voz de conspiradora, la madre insistió:

    —Ellos lo comprenderán. Sé que lo harán. El Comandante...
    —El Comandante... —le interrumpió Garraty, mientras observaba el gesto desesperado de su madre—. Ya sabes lo que haría el Comandante, mamá.

    Otro coche había terminado el breve ritual a la entrada y estaba aparcando. Descendió de él un muchacho de cabello castaño. Sus padres bajaron a continuación y, por un instante, el trío formó un corro, conferenciando como jugadores de béisbol preocupados por la marcha del partido. El recién llegado llevaba, como algunos de los demás muchachos, una bolsa de viaje ligera. Garraty se preguntó si habría sido una tontería no llevar una también.

    — ¿No vas a cambiar de idea?

    En la pregunta, bajo el tono de nerviosismo, asomaba un sentimiento de culpabilidad. Ray Garraty, pese a contar sólo dieciséis años, tenía una idea bastante precisa de la naturaleza de tal sentimiento. Su madre creía haber sido demasiado adusta con él, haber estado demasiado cansada o absorta en sus achaques de adulta para detener la locura de su hijo en su etapa inicial, antes de que la pesada maquinaria del Estado se adueñara de la situación con sus vigilantes de caqui y sus terminales de ordenador; desde tiempo atrás, el muchacho se había encerrado cada vez más en su insensatez hasta que, el día anterior, la trampa había caído sobre él definitivamente.

    Él posó una mano en el hombro de su madre.

    —La idea ha sido siempre mía, mamá. Sé muy bien que no la compartes, pero... —Echó un vistazo alrededor. Nadie les prestaba atención—. Te quiero, mamá, pero esto es lo mejor, de todos modos.
    —No lo es —replicó ella, a punto de que le saltaran las lágrimas—. No lo es, Ray. Si tu padre estuviera aquí lo impediría.
    —Pero no está, ¿verdad?

    Garraty se mostraba desconsiderado con ella, esperando impedir que se pusiera a llorar... ¿Qué sucedería si, al final, tenían que llevársela a rastras? Garraty había oído decir que tal cosa sucedía en ocasiones, y la idea le provocó un escalofrío. Con un tono más bajo, añadió:

    —Déjalo ya, mamá. ¿De acuerdo? —Sonrió con una mueca forzada, y él mismo se respondió—: De acuerdo...

    A la mujer todavía le temblaba el mentón, pero asintió. No estaba de acuerdo, pero ya era demasiado tarde. Nadie podía hacer nada a esas alturas.

    Una leve brisa soplaba entre los pinos. El cielo presentaba un azul intenso. La carretera quedaba justo delante de ellos, con el sencillo mojón que señalaba la frontera entre Estados Unidos y Canadá. De pronto, la expectación superó el miedo y Garraty deseó estar ya en marcha, avanzando por aquella carretera.

    —Te he preparado esto. Puedes llevarlo, ¿no? No pesa demasiado —musitó la madre, mientras le entregaba un paquete de galletas envueltas en papel de aluminio.
    —Está bien —respondió el muchacho. Tomó el paquete y abrazó seguidamente a la mujer con gesto torpe, intentando darle lo que ella parecía necesitar. La besó en la mejilla y notó que su piel era como seda gastada. Por un instante estuvo a punto de llorar él también. Después pensó en el rostro del Comandante, con su sonrisa y su mostacho, y dio un paso atrás guardando las galletas en el bolsillo de su chaqueta militar.
    —Adiós, mamá.
    —Adiós, Ray. Pórtate bien.

    La mujer se quedó inmóvil unos instantes y Garraty tuvo la sensación de que era muy ligera, como si incluso las suaves ráfagas de brisa que soplaban esa mañana pudieran levantarla del suelo y arrastrarla por el aire como una semilla de diente de león. Luego volvió al coche y puso en marcha el motor. Garraty permaneció donde estaba. La madre levantó la mano y se despidió. El muchacho pudo ver ahora lágrimas en sus ojos. Respondió agitando la mano y, cuando el coche se alejó, permaneció inmóvil unos instantes más, con los brazos a los costados, consciente de lo valiente y solitario que debía de parecer. Pero cuando el coche hubo cruzado la entrada, la sensación de desamparo le embargó de nuevo, y volvió a ser únicamente un muchacho de dieciséis años, solo en un lugar extraño.

    Se volvió hacia la carretera. El otro muchacho, el de cabello castaño, estaba contemplando a su familia, que se marchaba. En el rostro tenía una cicatriz muy visible. Garraty se acercó y le saludó. El otro le dedicó una mirada.

    —Hola.
    —Hola. Me llamo Ray Garraty —se presentó, sintiéndose ligeramente estúpido.
    —Yo soy Peter McVries.
    — ¿Estás preparado?—preguntó Garraty. McVries se encogió de hombros.
    —Me siento ansioso. Eso es lo peor.

    Garraty asintió.

    Los dos se encaminaron hacia la carretera y el mojón fronterizo. Detrás de ellos, otros coches empezaban a marcharse. Una mujer se echó a llorar con desconsuelo. Garraty y McVries se acercaron más el uno al otro. Ninguno de los dos volvió la vista atrás. Delante tenían la carretera, ancha y negra.

    —Ese asfalto estará caliente al mediodía —dijo McVries—. Voy a hundirme en él hasta los hombros.

    Garraty asintió. McVries le contempló con aire pensativo.

    — ¿Cuánto pesas?—preguntó.
    —Setenta y tres kilos.
    —Yo setenta y seis. Dicen que cuanto más pesas, antes te cansas, pero yo creo que estoy en muy buena forma.

    A los ojos de Garraty, Peter McVries parecía más que en buena forma: parecía tener una potencia física asombrosa. Se preguntó quién habría dicho que a más peso, antes llegaba el cansancio. Estuvo a punto de preguntarlo, pero decidió abstenerse. La Larga Marcha era una de esas cosas que estaban rodeadas de afirmaciones apócrifas, talismanes y leyendas.

    McVries se sentó a la sombra junto a un par de chicos y, al cabo de unos instantes, Garraty le imitó. McVries parecía haberse olvidado de él por completo. Garraty echó un vistazo a su reloj. Eran las ocho y cinco. Cincuenta y cinco minutos para la salida. La impaciencia y la expectación volvieron a acuciarle, e hizo lo posible para sosegarse, diciéndose que debía aprovechar el rato permaneciendo sentado.

    Todos los muchachos estaban sentados, unos en grupo y otros en solitario; uno de ellos se había encaramado a la rama inferior de un pino situado junto a la carretera, y estaba comiendo un emparedado de jalea. Era un muchacho flaco y rubio que llevaba unos pantalones púrpura y una camiseta azul bajo un viejo suéter verde de cremallera, con agujeros en los codos. Garraty se preguntó si el enjuto muchacho aguantaría, o si se agotaría rápidamente.

    Los chicos junto a los cuales habían tomado asiento él y McVries estaban conversando.

    —Yo no pienso apresurarme —dijo uno de ellos—. ¿Para qué? Y si me señalan un aviso, ¿qué más da? Me adapto, y ya está. Aquí la palabra clave es adaptarse. Recordad dónde habéis oído esto por primera vez.

    El muchacho que estaba hablando miró alrededor y reparó en Garraty y McVries.

    —Más ovejitas para el matadero. Me llamo Hank Olson, y lo mío es la marcha —dijo, sin el menor asomo de sonrisa.

    Garraty se presentó. McVries también lo hizo, con aire ausente y la mirada fija en la carretera.

    —Yo soy Art Baker —dijo el cuarto muchacho, con un ligero acento sureño.

    Los cuatro se estrecharon las manos. Hubo un momento de silencio, que rompió McVries.

    —Impone un poco de respeto, ¿verdad?

    Todos asintieron salvo Hank Olson, que se encogió de hombros y sonrió. Garraty observó al chico sentado en la rama del árbol, que terminó el emparedado, hizo una pelota con el papel y lo lanzó hacia el arcén. Garraty llegó a la conclusión de que no duraría mucho. Eso le hizo sentirse un poco mejor.

    — ¿Veis esa señal junto al mojón? —dijo Olson de repente.

    Todos volvieron la mirada. La brisa impulsaba las nubes, formando zonas de sombra que corrían velozmente cruzando la cinta de asfalto. Garraty no estaba seguro de ver nada concreto.

    —Es de la Larga Marcha de hace dos años —continuó Olson con siniestra satisfacción—. El chico estaba tan asustado que se quedó helado ahí mismo al sonar las nueve en punto.

    El resto del grupo visualizó en silencio aquel horror.

    —Simplemente, no consiguió moverse. Le cayeron los tres avisos y, a las nueve y dos minutos, le dieron el pasaporte. Justo ahí, al lado del poste de salida.

    Garraty se preguntó si también a él se le entumecerían las piernas. No lo creía, pero era algo que sólo sabría cuando llegara el momento, y era un pensamiento terrible. Se preguntó por qué Hank Olson había decidido sacar a colación un tema tan horrible.

    De pronto, Art Baker se enderezó, sin ponerse en pie.

    —Ahí viene.

    Un jeep pardo grisáceo llegó junto al mojón fronterizo y se detuvo, seguido de un extraño vehículo oruga que avanzaba lentamente. En la parte delantera y trasera del vehículo sobresalían dos pequeñas antenas de radar con forma de plato; dos soldados haraganeaban en la cubierta superior del vehículo. Garraty sintió un vacío en el estómago al verlos. Los soldados llevaban fusiles de precisión de grueso calibre.

    Algunos muchachos se pusieron en pie, pero Garraty no les imitó. Tampoco lo hicieron Olson ni Baker y, tras la mirada inicial, McVries pareció ensimismarse de nuevo. El muchacho sentado en la rama del pino balanceaba los pies ociosamente.

    El Comandante descendió del jeep. Era un hombre alto y erguido, con un intenso bronceado de desierto a juego con su sencillo traje caqui. Llevaba una pistola enfundada en el cinturón y gafas de sol reflectantes. Corría el rumor de que la vista del Comandante era extremadamente sensible a la luz, y nunca se le había visto en público sin sus gafas. —Sentaos, muchachos —dijo, una vez en tierra—. Tened en cuenta el consejo número 13.

    El consejo número 13 rezaba: «Conservar las energías siempre que sea posible.»

    Los que se habían puesto en pie volvieron a sentarse. Garraty consultó de nuevo su reloj: las 8.16. Decidió que iba un minuto adelantado. El Comandante siempre aparecía a la hora prevista. El muchacho pensó en atrasar el reloj un minuto, pero pronto lo olvidó.

    —No voy a hacer un discurso —continuó el Comandante, escudriñándoles con las gafas que le ocultaban los ojos—. Quiero felicitar al que resulte vencedor, y expresar mi reconocimiento a los perdedores por su valor.

    A continuación, volvió a la parte trasera del jeep. Se produjo un intenso silencio. Garraty inspiró profundamente el aire primaveral. Iba a ser un día de calor moderado, perfecto para la marcha.

    El Comandante regresó junto al grupo llevando en la mano una tablilla con sujetapapeles.

    —Cuando diga vuestros nombres, adelantaos y recoged vuestros dorsales. Después, volved a vuestro sitio hasta que sea la hora de empezar. Por favor, que no haya desorden.
    —Ya estamos como en el ejército —musitó Olson con una sonrisa.

    Garraty no hizo caso. No podía evitar un sentimiento de admiración hacia el Comandante. Antes de que los Escuadrones se lo llevaran, el padre de Garraty solía llamar al Comandante el monstruo más peligroso y raro que podía producir cualquier nación, un so—ciópata apoyado por la sociedad. Sin embargo, el padre de Garraty nunca había visto en persona al Comandante.

    —Aaronson.

    Un muchacho campesino, bajo, robusto y con el cuello tostado por el sol, se adelantó titubeando, obviamente amedrentado por la presencia del Comandante, y recogió su gran dorsal de plástico con el número 1. Lo fijó a su camisa con tiras autoadhesivas y el Comandante le dio una palmada en el hombro.

    —Abraham. Un alto chico, pelirrojo con téjanos y camiseta de manga corta se puso en pie. Llevaba la chaqueta atada a la cintura al estilo de los colegiales, y la tela le baila-ba sobre las rodillas al caminar. Olson emitió una risita disimulada.
    —Baker, Arthur.
    —Ése soy yo —dijo mientras se incorporaba.

    Avanzó con engañosa parsimonia, poniendo nervioso a Garraty. Baker iba a ser un duro adversario. Iba a resistir mucho.

    Cuando regresó a su lugar, Baker ya había adherido su dorsal, el 3, a la parte superior derecha de su camiseta.

    — ¿Te ha dicho algo? —inquirió Garraty.
    —Me ha preguntado si empezaba a hacer calor por mi tierra —respondió estupefacto Baker—. Sí... el Comandante me ha hablado.
    —No debe de hacer tanto calor allí como el que empezará a hacer pronto por aquí —se mofó Olson.
    —Baker, James —continuó el Comandante.

    Así continuó hasta las 8.40, sin ningún tropiezo. Nadie había faltado a la cita. Detrás del grupo, en el aparcamiento, varios motores se pusieron en marcha y otros tanto coches empezaron a alejarse. Eran los chicos de la lista de reservas, que ahora regresarían a sus casas y verían la Larga Marcha por la televisión.

    Ya estamos en marcha, pensó Garraty. Lo estamos de verdad. Cuando llegó su turno, el Comandante le entregó el número 47 y le dijo «Buena suerte». Garraty apreció el olor viril y casi irresistible que el Comandante despedía, y sintió la necesidad casi irrefrenable de tocarlo para asegurarse de que era de carne y hueso.

    Peter McVries era el 61. Hank Olson, el 70. Olson estuvo con el Comandante más tiempo que los demás. El Comandante rio de algo que le había dicho el muchacho y le dio unas palmaditas en la espalda.

    —Le he dicho que tenga a mano una buena suma de dinero —explicó Olson cuando regresó con el grupo—. Y él me ha dicho que los aplaste a todos. Dice que le gusta ver a alguien con ganas de luchar. «Aplástalos a todos», me ha dicho.
    —Magnífico —murmuró McVries.

    Después le hizo un guiño a Garraty. Éste se preguntó qué había pretendido McVries con el guiño. ¿Estaría burlándose de Olson?

    El chico del árbol se llamaba Stebbins. Recogió su dorsal con la cabeza baja, sin intercambiar palabra alguna con el Comandante. Al volver, tomó asiento bajo el mismo árbol al que antes se había encaramado. Por alguna razón, Garraty estaba fascinado con el muchacho.

    El número 100 era un chico pelirrojo con acné, apellidado Zuck. Tras recoger su dorsal, volvió a sentarse con el resto y todos esperaron lo que venía a continuación.

    Momentos después, tres soldados del vehículo oruga distribuyeron unos anchos cinturones con bolsas cerradas a presión. Las bolsas iban llenas de tubos con alimentos concentrados de alto contenido energético. Otros soldados se acercaron con cantimploras. Los muchachos se ajustaron las hebillas de los cinturones y sujetaron a ellas las cantimploras. Olson se colocó el cinto en la cadera, como un pistolero; encontró una barra de chocolate y empezó a comérsela.

    —No está mal —dijo con una sonrisa.

    Bebió un trago de la cantimplora para hacer bajar el chocolate y Garraty se preguntó si Olson estaba simplemente marcándose un farol, o si sabía algo que él desconocía.

    El Comandante les dedicó una sobria mirada general. El reloj de Garraty señalaba las 8.56. ¿Cómo podía haber transcurrido tan rápido el tiempo? Tenía un doloroso espasmo en el estómago.

    —Está bien, muchachos. Colocaos en filas de diez. No es preciso ningún orden concreto. Quedaos con vuestros amigos si lo preferís.

    Garraty se puso en pie. Se sentía aturdido, fuera de la realidad. Era como si su cuerpo perteneciera a otra persona.

    —Bueno, allá vamos —murmuró McVries a su lado—. Buena suerte a todos.
    —Buena suerte a ti —contestó Garraty, sorprendido.
    —Necesitaría que me examinaran mi maldita cabeza—añadió McVries.

    De pronto se había puesto pálido y sudoroso, perdiendo aquel buen aspecto que había mostrado antes. Intentaba sonreír sin conseguirlo, y la cicatriz de su mejilla sobresalía como un extravagante signo de puntuación.

    Stebbins se puso en pie y se encaminó a la parte posterior de los participantes, dispuestos en diez filas de diez en fondo. Olson, Baker, McVries y Garraty estaban en la tercera fila. Se preguntó si era conveniente beber un poco, pero decidió que no. En toda su vida no había estado más atento a sus pies. Se preguntó si también él se quedaría paralizado y recibiría el pasaporte definitivo en la misma línea de salida. Se preguntó si Stebbins quedaría eliminado pronto. Stebbins, con sus emparedados de jalea y sus pantalones púrpura. Se preguntó si él mismo quedaría eliminado a las primeras de cambio. Se preguntó qué sentiría si... Su reloj marcaba las 8.59.

    El Comandante tenía la vista puesta en su cronómetro de acero inoxidable. Levantó lentamente los dedos y todo quedó en suspenso, pendiente de su mano. El centenar de muchachos observaba ésta atentamente, y el silencio era sobrecogedor. El silencio lo llenaba todo.

    El reloj de Garraty indicaba las 9.00, pero la mano levantada no descendió. ; Garraty estuvo a punto de gritar « ¡Vamos! ¿Por qué? ¿No la baja?» Entonces recordó que su reloj iba un minuto adelantado. Todos debían de haber puesto sus relojes en hora con el del Comandante. Pero él lo había olvidado.

    El Comandante dejó caer la mano.

    —Buena suerte a todos —dijo.

    Su rostro seguía inexpresivo, y las gafas le ocultaban los ojos. Todos echaron a caminar.

    Garraty avanzó con ellos. No se había quedado paralizado. A nadie le había ocurrido. Sus pies cruzaron el mojón que señalaba la salida, a paso de desfile, con McVries a su izquierda y Olson a su derecha. El ruido de las pisadas era estruendoso.

    ¡Ya está, ya está!, se dijo.

    Le embargó el loco y repentino impulso de detenerse, sólo para ver si realmente sucedía lo que decían.

    Salieron de la sombra y quedaron bajo el cálido sol de primavera. Resultaba agradable. Garraty se relajó, metió las manos en los bolsillos y se mantuvo junto a McVries. El grupo empezó a disgregarse y cada Marchador buscó el paso y el ritmo que mejor le iban. El vehículo oruga se puso en movimiento tras ellos, levantando una ligera nube de polvo en el arcén. Las pequeñas antenas de radar empezaron a moverse, controlando la velocidad de cada Marchador mediante el sofisticado ordenador instalado a bordo. El mínimo de velocidad era de 6,5 kilómetros por hora, exactamente.

    — ¡Aviso! ¡Aviso al número 88!

    Garraty levantó la cabeza y miró alrededor. El 88 era Stebbins. De pronto, Garraty tuvo la certeza de que a Stebbins iban a darle el pasaporte allí mismo, todavía a la vista del poste de salida.

    —Muy listo —murmuró Olson.
    — ¿Qué? —preguntó Garraty, que tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mover la lengua.
    —Ese tipo recibe un aviso mientras todavía está fresco y se hace una idea de dónde está el límite. Ahora resulta bastante fácil borrar ese aviso. Ya sabes, si se camina una hora sin recibir un nuevo aviso, queda anulado el anterior.
    —Ya —respondió Garraty.

    Estaba escrito en el reglamento. Se podían recibir hasta tres avisos. La cuarta vez que uno bajaba del ritmo mínimo de 6,5 kilómetros por hora, uno quedaba... bueno, quedaba fuera de la Marcha. Pero si uno tenía tres avisos y conseguía seguir el ritmo mínimo durante tres horas, volvía a quedar sin penalizaciones.

    —Pues ese muchacho ya sabe dónde está el límite —añadió Olson—, y a las diez y dos volverá a estar limpio.

    Garraty siguió caminando a buen paso. Se sentía bien. El poste de salida desapareció de la vista cuando terminaron de ascender una colina y la carretera empezó a bajar hacia un gran valle salpicado de pinos. Aquí y allá aparecían campos de labor con la tierra recién roturada.

    —Me han dicho que son patatales —dijo McVries.
    —Los mejores del mundo —respondió Garraty.
    — ¿Tú eres de Maine? —inquirió Baker. —Sí, del sur de Maine.

    Miró al frente. Varios muchachos se habían distanciado del grupo principal, a una velocidad de 9 o 9,5 kilómetros por hora. Dos de ellos llevaban chaquetas de cuero idénticas, con algo que parecían águilas en la espalda. Garraty sintió la tentación de apresurar la marcha, pero no quería correr demasiado. Consejo número 13: «Conservar las energías siempre que sea posible.»

    — ¿La carretera pasa cerca de tu pueblo? —preguntó McVries.
    —A unos once kilómetros. Supongo que mi madre y mi novia vendrán a verme. —Hizo una pausa y añadió—: Si todavía sigo marchando, claro.
    —Vamos, vamos —dijo Olson—. Cuando lleguemos al sur del estado no estarán fuera de competición ni siquiera veinticinco de los que hemos empezado.

    Un profundo silencio se abatió sobre ellos tras estas palabras. Garraty sabía que no sería así, y pensó que también Olson lo sabía.

    Otros dos chicos recibieron avisos y, pese a la explicación de Olson, el corazón de Garraty le dio un vuelco en cada ocasión. Volvió a observar a Stebbins. Seguía en la cola del grupo, y estaba dando cuenta de otro emparedado de jalea. Un tercer emparedado asomaba por el bolsillo de su raído suéter verde. Garraty se preguntó si se los habría hecho su madre, e inmediatamente recordó las galletas que le había dado la suya. Se las había entregado con gesto apremiante, como si fueran a protegerle de los malos espíritus.

    — ¿Por qué no dejan que la gente acuda a ver la salida de la Larga Marcha? —preguntó Garraty.
    —Porque perjudica a la concentración de los Marchadores —respondió una voz aguda.

    Garraty volvió la cabeza. Era un chico bajo, moreno, de aspecto fuerte, con el dorsal 5 adherido al cuello de la chaqueta. Garraty no recordaba su nombre.

    — ¿Concentración? —exclamó.
    —Sí. —El muchacho se colocó al lado de Garraty—. El Comandante ha dicho que es muy importante concentrarse en conservar la calma al principio de una Larga Marcha. —Hizo un gesto meditabundo—. Y yo estoy de acuerdo con eso. La expectación, las multitudes y la televisión, más adelante. De momento, lo que necesita-mos es concentrarnos. —Observó a Garraty con sus hundidos ojos castaño oscuro, y repitió la palabra—: Concentrarnos.
    —Yo sólo me concentro en alcanzar a ésos y dejarles atrás —replicó Olson.

    Fue como si el número 5 se sintiera insultado.

    —Tienes que adoptar tu propio ritmo —insistió—. Tienes que concentrarte en ti mismo. Tienes que tener un plan. Por cierto, me llamo Gary Barkovitch, y vivo en Washington D.C.
    —Yo soy Cárter —replicó Olson—, y vivo en Marte. Barkovitch hizo una mueca de desagrado y volvió a retrasarse.
    —Hay gente para todo —comentó Olson.

    Sin embargo, Garraty consideró que Barkovitch tenía las ideas muy claras. Al menos, así lo creyó hasta que, cinco minutos después, oyó la voz de un vigilante:

    — ¡Aviso! ¡Aviso al número 5!
    — ¡Se me ha metido una piedra en la zapatilla! —exclamó Barkovitch.

    El soldado no respondió. Saltó del vehículo oruga y se plantó en el arcén opuesto al carril de la carretera por donde circulaba Barkovitch. El soldado llevaba un cronómetro de acero inoxidable igual que el del Comandante. Barkovitch se detuvo completamente y se quitó la zapatilla para sacar la piedrecita. Con el rostro moreno, casi cetrino, brillante por el sudor, no prestó atención cuando el soldado gritó: « ¡Segundo aviso, nú-mero 5!» Por el contrario, se arregló cuidadosamente el calcetín sobre el empeine.

    — ¡Oh, no! —exclamó Olson.

    Todos se habían vuelto y caminaban de espaldas.

    Stebbins, todavía en la cola del grupo, pasó junto a Barkovitch sin mirarle siquiera. Barkovitch estaba ahora completamente solo, un poco a la derecha de la línea blanca del asfalto, atándose de nuevo las zapatillas.

    — ¡Tercer aviso, número 5! ¡Último aviso!

    Garraty sentía en el estómago una pegajosa bola de mucosidad. No quería mirar, pero no podía apartar la mirada. Caminando de espaldas, incumplía también el consejo de conservar energías siempre que fuera posible, pero tampoco podía evitarlo. Casi sentía cómo a Barkovitch se le agotaban los pocos segundos de que disponía.

    — ¡Vaya! —murmuró Olson—. Ese estúpido se va a ganar su pasaporte.

    Pero en ese instante Barkovitch se puso en pie. Todavía se entretuvo sacudiéndose del pantalón el polvo de la carretera. Después emprendió un trotecillo, se incorporó al grupo y recuperó su ritmo normal. Dejó atrás a Stebbins, que siguió sin mirarle, y alcanzó a Olson. Entonces sonrió, con sus ojos castaños destellando.

    — ¿Lo ves? Acabo de concederme un descanso. Está todo en mi plan.
    —Quizá tú lo veas así —respondió Olson con un tono más alto de lo habitual—. Lo único que sé es que ahora tienes tres avisos. Por un despreciable minuto y medio tendrás que caminar tres... tres condenadas horas. Además, ¿para qué diablos necesitabas descansar? ¡Si acabamos de empezar, por el amor de Dios!

    De nuevo fue como si hubiera insultado a Barkovitch, que le miró con aire furioso.

    —Ya veremos a quién le dan primero el pasaporte, si a ti o a mí —replicó—. Todo está en mi plan.
    —Ese plan tuyo y lo que me sale a mí del culo tienen bastante parecido —espetó Olson.

    Baker dejó escapar una risita.

    Con un bufido, Barkovitch apretó el paso y les dejó atrás. Olson no pudo evitar un último comentario:

    —Y no vayas a tropezar, amigo. No volverán a avisarte. Simplemente te...

    Barkovitch no se dignó a volverse, y Olson le dejó en paz.

    A las 9.12, según el reloj de Garraty (quien se había tomado la molestia de retrasarlo un minuto), el jeep del Comandante apareció sobre la colina que acababan de descender. Pasó junto a ellos y se llevó a los labios un altavoz a pilas.

    —Me complace anunciaros que acabáis de cubrir el primer kilómetro y medio del recorrido. También quería recordaros que la distancia más larga cubierta por un grupo completo de Marchadores está establecida en doce kilómetros y medio. Espero que mejoréis el récord.

    El jeep aceleró. Olson pareció enterarse de las novedades con sorpresa e, incluso, cierto temor. Ni siquiera quince kilómetros, pensó Garraty. No era, ni mucho menos, lo que él había calculado. No esperaba que nadie —ni siquiera Stebbins— recibiera el pasaporte hasta avanzada la tarde. Pensó en Barkovitch. Bastaba con que redujera el paso una sola vez durante la hora siguiente y...

    — ¿Ray? —Era Art Baker. Se había quitado la chaqueta y la llevaba colgada del hombro—. ¿Tienes alguna razón especial para participar en la Larga Marcha?

    Garraty destapó su cantimplora y tomó un rápido sorbo de agua. Estaba fría y muy agradable. Le quedaron unas gotas en el labio superior y se pasó la lengua. Era magnífico sentir cosas como aquélla.

    —En realidad no lo sé —respondió con sinceridad. —Yo tampoco —dijo Baker. Permaneció pensativo unos instantes y añadió—: ¿Has practicado la marcha o algo parecido? ¿En la escuela quizá?
    —Pues no. — ;
    —Yo tampoco, pero supongo que eso no importa mucho, ¿verdad? Ahora ya no. — —En efecto, ahora ya no —asintió Garraty.

    Pasaron una pequeña población con una tienda y una gasolinera. Dos ancianos, sentados en sillas de jardín plegables delante de la gasolinera, como un par de reptiles al sol, les vieron pasar con sus ojos hundidos. En la escalera de entrada a la tienda, una joven levantó en brazos a su hijito para que pudiera ver a los Marchadores. Un par de chiquillos de unos doce años les contemplaron alejarse con añoranza.

    Algunos Marchadores empezaron a especular sobre la distancia recorrida. Corrió el rumor de que se había destacado un segundo vehículo oruga para cubrir a la media docena de chicos que iban en vanguardia y que ya estaban totalmente fuera de su vista. Alguien dijo que caminaban a un ritmo de 11 kilómetros por hora. Otros decían que aló. Una voz dijo con seguridad que uno de los chicos del grupo delantero estaba flaqueando y que ya había recibido dos avisos. Garraty se preguntó por qué no estaban ya alcanzándole, si tal cosa era cierta.

    Olson terminó la barra de chocolate que había empezado en la línea de salida y bebió un poco de agua. Algunos Marchadores más estaban comiendo, pero Garraty decidió esperar hasta sentirse realmente hambriento. Había oído que los concentrados eran muy buenos. Era la comida de los astronautas cuando viajaban por el espacio.

    Poco después de las diez pasaron ante una señal que indicaba «limestone 16 km». Garraty recordó la única Larga Marcha que su padre le había dejado presenciar. Habían ido a Freeport para ver a los Marchadores cruzar la ciudad. Su madre había ido con ellos. Los Marchadores iban cansados, con los ojos hundidos, y apenas conscientes del griterío, los saludos y los hurras constantes de la gente a sus favoritos o a aquellos por los que habían apostado. Ese día, más tarde, su padre le había dicho que la gente se apiñaba a los lados de la carretera a partir de Bangor. El recorrido por el campo hasta allí no era muy interesante, y la carretera estaba estrictamente acordonada, quizá para que pudieran concentrarse en conservar la calma, como había dicho Barkovitch. Conforme pasaba el tiempo, naturalmente, la competición cobraba mayor interés.

    Aquel año, cuando los Marchadores pasaron por Freeport, llevaban más de setenta y dos horas en la carretera, Garraty tenía entonces diez años y se había sentido abrumado por cada detalle. El Comandante había pronunciado un discurso ante la multitud cuando los competidores se encontraban todavía a siete kilómetros de la ciudad. Había empezado hablando de la Competición, había seguido con el Patriotismo y había terminado con algo llamado Producto Nacional Bruto (Garraty se había echado a reír al oír esto último, pues para él «bruto» significaba algo malo, como «mentiroso»). También recordaba haber comido seis salchichas y que, cuando por fin vio a los Marchadores, se mojó los pantalones.

    Uno de los chicos venía gritando. Ése era el recuerdo más vivido que le quedaba de aquella jornada. Cada vez que apoyaba el pie en el suelo, el chico gritaba: « ¡No puedo! ¡No puedo!» Pero había seguido caminando. Todos lo habían hecho y, muy pronto, habían desaparecido de la vista por la interestatal 1, detrás de los últimos edificios. Garraty se había sentido un poco disgustado por no haber visto darle el pasaporte a na-die. Jamás había vuelto a presenciar otra Larga Marcha. Aquella noche, en casa, Garraty había oído a su padre discutir a voz en grito por teléfono, como solía hacer cuando estaba bebido o cuando hablaba de política; también había oído a su madre, que con susurro conspirador le rogaba que callase, antes de que alguien interviniera la línea telefónica colectiva.

    Garraty tomó otro sorbo de agua y se preguntó cómo le iría a Barkovitch.

    Estaban pasando delante de otro grupo de casas. Las familias estaban sentadas en los jardines de las viviendas y bebían coca-cola mientras sonreían y agitaban las manos.

    —Garraty —dijo McVries—, ¡vaya, vaya, mira lo que viene!

    Una chica muy bonita, de unos dieciséis años, con una blusa blanca y unos pantalones de pescador a cuadros rojos, llevaba en alto una pancarta con una inscripción en rotulador: «VIVA GARRATY, NÚMERO 47, TE QUEREMOS, RAY. ¡ARRIBA MAINE!»

    Garraty notó que el corazón le daba un vuelco. De pronto supo que iba a vencer. Aquella muchacha sin nombre era la prueba.

    Olson emitió un largo silbido y se puso a meter y sacar el índice de una mano, perfectamente rígido, del círculo que formaba con la otra. Garraty pensó que era un gesto detestable.

    Al diablo con el consejo número 13. Garraty apresuró el paso, cambiándose de lado en la carretera para pasar junto a la muchacha. Esta vio su dorsal y empezó a lanzar chillidos. Se abalanzó sobre él y le dio un largo beso. Garraty se sintió repentina y sudorosamente excitado y devolvió el beso con gesto enérgico. Ella le metió la lengua en la boca por dos veces. Apenas consciente de lo que hacía, Garraty deslizó una mano por las redondas nalgas de la muchacha y le dio un suave pellizco.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 47! Garraty se separó de la chica y sonrió.
    —Gracias... —dijo.
    — ¡Oh, no! ¡Gracias a ti! —Los ojos de la muchacha centelleaban de emoción.

    Garraty intentó encontrar algo más que decir, pero vio que el soldado se disponía a darle el segundo aviso. Volvió a su lugar con un trotecillo, jadeando ligeramente y con una amplia sonrisa. Pese a todo, se sentía algo culpable por haberse saltado el consejo número 13.

    Olson también sonreía.

    —Por algo así yo me habría jugado hasta tres avisos —dijo.

    Garraty no respondió. Dio media vuelta y, caminando de espaldas, agitó la mano para despedirse de la muchacha. Cuando ésta quedó fuera de la vista, Garraty se volvió y echó a caminar con paso firme. Quedaba una hora por delante para borrar el aviso, y debía tener cuidado para no recibir otro. Se sentía en forma, capaz de caminar hasta la mismísima Florida. Apretó el paso.

    —Ray. —McVries todavía seguía sonriendo—. ¿A qué viene tanta prisa?

    Sí, tenía razón. Consejo número 6: «Es conveniente avanzar al ritmo justo y con paso cómodo.»

    —Gracias.
    —No me lo agradezcas —añadió McVries, con la sonrisa aún en los labios—. Yo también he venido para ganar.

    Garraty le miró desconcertado.

    —Es decir, preferiría que no nos organizáramos como boy scouts —explicó McVries—. Me caes bien y es evidente que tienes éxito con las chicas bonitas, pero si te quedas atrás no confíes en que acuda a ayudarte.
    —Claro... —Garraty le devolvió la sonrisa, pero esta vez sólo le salió una débil mueca.
    —Por otra parte —intervino Baker, arrastrando las palabras—, todos estamos metidos en esto, y bien podemos distraernos juntos mientras sea posible.
    — ¿Por qué no? —contestó McVries sin dejar de sonreír.

    Llegaron a una pendiente y todos guardaron silencio para mantener un buen ritmo respiratorio en la ascensión. A media subida, Garraty se quitó la chaqueta y se la colgó al hombro. Unos instantes después pasaron junto a un suéter que alguien había dejado caer sobre el asfalto. Garraty pensó que alguien iba a arrepentirse de ello cuando llegara la noche. Delante del grupo, en la cima de la colina, un par de Marchadores del grupo en cabeza empezaban a perder terreno.

    Garraty se concentró en rebasarles. Seguía sintiéndose bien, muy fuerte.


    2


    Bueno, Helen, aquí tienes el dinero. Es tuyo y puedes quedártelo. Salvo que prefieras cambiarlo por lo que hay detrás de la cortina, naturalmente.
    Monty Hall
    Hagamos un trato


    —Soy Harkness, número 49. Y tú eres Garraty, número 47. ¿Correcto?
    Garraty contempló a Harkness, un muchacho con gafas y el cabello cortado al estilo militar. Harkness tenía el rostro colorado y sudoroso.

    —Soy Garraty, en efecto.

    Harkness llevaba un bloc de notas. Escribió el nombre y el número de Garraty. Su caligrafía era extraña e irregular, debido al esfuerzo de escribir caminando. Harkness fue a tropezar con un tipo llamado Collie Parker, quien le dijo que se fijara dónde ponía sus condenados pies. Garraty sonrió.

    —Estoy apuntando los nombres y números de cada uno —explicó Harkness.

    Cuando alzó el rostro, el sol de media mañana se reflejó en los cristales de sus gafas y Garraty tuvo que entrecerrar los ojos para verle las facciones. Eran las 10.30 y estaban a 13 kilómetros de Limestone. Sólo quedaban 3 kilómetros para batir el récord de máxima distancia recorrida por un grupo de Marchadores sin sufrir bajas.

    —Supongo que te preguntarás por qué estoy apuntando todos los nombres y números —dijo Harkness.
    —Será que perteneces a los Escuadrones —se mofó Olson.
    —No. Voy a escribir un libro —informó Harkness, complacido—. Cuando esto termine, voy a escribir un libro.
    —Di mejor que si ganas escribirás ese libro —murmuró Garraty con una sonrisa.

    Harkness se encogió de hombros.

    —Sí, tienes razón. Pero imagínatelo: un libro sobre la Larga Marcha desde el punto de vista de un participante puede convertirme en un hombre rico.

    McVries soltó una carcajada.

    —Si ganas no necesitarás escribir un libro para hacerte rico, ¿no crees?
    —Bueno... supongo que no —concedió Harkness frunciendo el entrecejo—. Pero sigue siendo una idea fantástica para un libro.

    Siguieron avanzando y Harkness continuó tomando nombres y números. La mayoría de los Marchadores colaboraba sin problemas, burlándose del «gran libro» que aquél pensaba escribir.

    Llevaban ya casi diez kilómetros recorridos. Corrió el rumor de que iban a batir el récord. Garraty se preguntó por un instante qué interés podían tener en batir marca alguna. Cuanto antes empezara a haber bajas entre los participantes, mayores serían las posibilidades para los que quedaran. Supuso que era una cuestión de orgullo. También corrió el rumor de que la previsión del tiempo anunciaba chubascos con aparato eléctrico para la tarde. Garraty supuso que alguien tenía un transistor. Si el rumor era cierto, se trataba de una mala noticia. Los chubascos de primeros de mayo no eran precisamente cálidos.

    Siguieron caminando.

    McVries marchaba con el paso firme, la cabeza levantada y los brazos en un ligero balanceo. Había probado a caminar por el arcén, pero había decidido no luchar más con la tierra suelta y la gravilla. No había recibido ningún aviso y no mostraba el menor signo de que el macuto le causara problemas o le provocara rozaduras. Sus ojos buscaban siempre el horizonte. Cuando pasaban por los pequeños núcleos de población, siempre saludaba con la mano y abría en una amplia sonrisa sus finos labios. No daba la menor muestra de cansancio.

    Baker caminaba cerca de él con paso relajado, en una especie de marcha atlética doblando las rodillas. Llevaba la chaqueta colgada del hombro, balanceándola ociosamente, sonreía a la gente que le señalaba y, de vez en cuando, silbaba un fragmento de alguna canción. Garraty pensó que Baker tenía aspecto de poder continuar eternamente.

    Olson ya no hablaba tanto como al principio y, cada pocos instantes, doblaba una rodilla con gesto rápido. En cada ocasión, Garraty podía captar un crujido en la articulación. Olson iba ligeramente rígido, apreció Garraty. Empezaba a mostrar el desgaste de los diez kilómetros recorridos. Garraty calculó que una de las cantimploras de Olson debía de estar ya casi vacía; dentro de poco, tendría que detenerse a orinar.

    Barkovitch seguía con su paso inconstante, ya delante del grupo principal, como si quisiera dar alcance a los Marchadores de vanguardia, ya retrasándose hacia la posición de Stebbins, en la cola del pelotón. Consiguió borrar uno de los tres avisos y volvieron a señalárselo cinco minutos después. Garraty llegó a la conclusión de que a Barkovitch le gustaba estar siempre al borde del abismo.

    Stebbins continuaba caminando sin compañía. Garraty no le había visto hablar con nadie. Se preguntó si Stebbins estaría cansado o si era solitario por naturaleza. Seguía convencido de que Stebbins quedaría fuera de competición muy pronto, quizá el primero, aunque no sabía muy bien por qué lo creía. Stebbins se había despojado de su viejo suéter verde y llevaba su último emparedado de jalea en la mano. No miraba a nadie y su rostro era una máscara. Siguieron caminando.

    La carretera se cruzaba con otra y varios agentes retenían el tráfico de ésta mientras pasaban los Marchadores. Los agentes saludaron a cada Marchador, y un par de competidores, seguros de su impunidad, les dedicaron gestos burlones. A Garraty no le pareció correcto. Sonrió e hizo un gesto con la cabeza para saludar a los policías; después se preguntó si los agentes pensarían que estaban todos locos.

    Los coches hicieron sonar sus bocinas y, en ese instante, una mujer empezó a gritar el nombre de su hijo. La mujer había aparcado su automóvil junto a la carretera, evidentemente a la espera de que apareciera el muchacho, confirmando que aún seguía en la Marcha.

    ¡Percy! ¡Percy!

    Era el número 31. El muchacho se sonrojó y lanzó a su madre un breve saludo con la mano. Después apretó el paso, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. La mujer intentó saltar a la calzada. Los vigilantes situados en la cubierta superior del vehículo oruga parecieron alertarse, pero uno de los agentes de tráfico tomó a la mujer por el brazo y la retuvo. Después, la carretera trazaba una curva y el cruce quedó fuera de la vista.

    Los Marchadores atravesaron un puente de tablones, bajo el cual corría gorgoteante un arroyuelo. Garraty se acercó al pretil y, al asomarse por encima de éste, captó por un instante la imagen distorsionada de su propio rostro.

    Dejaron atrás la señal de limestone 11 km y, poco después, pasaron bajo una pancarta de bienvenida: limestone recibe con orgullo a los marchadores. Garraty calculó que debía de quedar poco más de un kilómetro para batir el récord.

    Entonces llegaron nuevos rumores, esta vez referidos a un muchacho llamado Curley, el número 7. Curley tenía un calambre y había recibido ya el primer aviso.

    Garraty imprimió un poco más de velocidad a su avance y se puso al paso con McVries y Olson.

    — ¿Dónde está?

    Olson señaló con el pulgar a un chico enjuto y larguirucho que vestía vaqueros. Curley había intentado dejarse patillas, pero no había tenido éxito. Sus facciones flacas y graves presentaban ahora unas arrugas de absoluta concentración, y su mirada estaba fija en su pantorrilla derecha, a la que prestaba solícitos cuidados. Estaba perdiendo terreno, y su rostro lo reflejaba.

    — ¡Aviso! ¡Segundo aviso, número 7!

    Curley empezó a forzar el ritmo para avanzar más rápido. Jadeaba ligeramente, y a Garraty le pareció que ello se debía tanto al esfuerzo como al miedo que sentía. Garraty perdió la noción del tiempo y se olvidó de todo, salvo de Curley. Le vio luchar y se dio cuenta, un tanto aturdido, de que aquella lucha podía ser la suya una hora después, o al día siguiente.

    Era lo más fascinante que había visto nunca.

    Curley fue retrasándose lentamente y se señalaron varios avisos a otros Marchadores antes de que el grupo advirtiera que estaban acomodándose a la velocidad de Curley, absortos por las dificultades de éste. Eso significaba que Curley estaba muy cerca del límite.

    — ¡Aviso! ¡Tercer aviso, número 7!
    — ¡Tengo un calambre! —gritó Curley con voz ronca—. ¡No es justo si uno sufre un calambre!

    Ahora estaba casi a la altura de Garraty, quien pudo apreciar que Curley estaba aplicándose un masaje en la pantorrilla desesperadamente, y Garraty casi pudo olfatear el pánico que despedía Curley a oleadas. Era como el aroma de un limón maduro recién cortado.

    Garraty empezó a distanciarse de él, dejándole atrás, y al cabo de un momento oyó exclamar al muchacho:

    — ¡Gracias a Dios! ¡Está relajándose!

    Nadie dijo nada. Garraty sintió una mezcla de disgusto y rencor. Sabía que era un sentimiento mezquino y poco deportivo, pero deseaba estar seguro de que le daban el pasaporte a alguien antes que a él. ¿Quién querría ser el primero en hundirse?

    El reloj de Garraty marcaba las 11.05. Calculó que eso significaba que habían batido el récord, contando dos horas a 6,5 kilómetros por hora. Pronto estarían en Limestone. Vio que Olson volvía a flexionar las rodillas, primero una y luego la otra. Picado por la curiosidad, le imitó. Las articulaciones de las rodillas crujieron au-diblemente y Garraty se sorprendió al apreciar su rigidez. En cambio, los pies seguían sin molestarle. Al menos, eso iba bien.

    Pasaron ante un camión de leche aparcado a la entrada de un pequeño camino de tierra. El lechero estaba sentado sobre el capó y agitaba las manos con aire bonachón.

    — ¡Adelante, muchachos!

    Garraty se sintió furioso y con ganas de gritarle: « ¿Por qué no levantas ese culo gordo y vienes con nosotros?» Sin embargo, el lechero tenía más de dieciocho años; de hecho, parecía haber cumplido ya los treinta. Era viejo.

    —Muy bien, chicos, cinco minutos de descanso—exclamó de pronto Olson, coreado por algunas risas. El camión de la leche desapareció de la vista. Empezaban a sucederse los cruces de carreteras, y había más policías y más gente animando a los competidores con gestos y toques de bocina. Algunos lanzaban confeti, y Garraty empezó a sentirse importante. Al fin y al cabo, era el Marchador «local», pues había nacido y vivido siempre en Maine. De pronto, Curley lanzó un grito. Garraty miró hacia atrás. Curley estaba doblado, sosteniéndose la pierna con las manos y aullando. De algún modo, increíblemente, aún seguía caminando, pero muy despacio. Demasiado despacio.

    Todo pareció enlentecerse entonces, como para igualar la velocidad a la que avanzaba Curley. Los soldados situados en la parte trasera del vehículo oruga alzaron sus armas. La muchedumbre permaneció expectante, como si no supiera qué iba a suceder a continuación. Los Marchadores también se quedaron sin aliento, como si ellos tampoco lo supieran. Y Garraty se quedó sin resuello con los demás, pero sí lo sabía: todos lo sabían. Era muy sencillo: a Curley iban a darle el pasaporte.

    Los seguros de las armas saltaron. Los competidores se apartaron de Curley, temerosos. De pronto, el muchacho se encontró solo sobre el asfalto bañado por el sol.

    — ¡No es justo! —gritó Curley—. ¡No es justo!

    Los Marchadores penetraron en un zona arbolada que daba sombra, algunos de ellos mirando todavía hacia atrás y el resto con la mirada fija al frente, temerosos de mirar. Garraty estaba entre los primeros. Él tenía que mirar. El grupo disperso de espectadores estaba sumido en el silencio, como si alguien sencillamente los hubiera desconectado.

    — ¡No es...!

    Cuatro fusiles abrieron fuego con estrépito. El estampido se alejó como el ruido de las bolas lanzadas en una bolera, reverberó en las colinas y regresó.

    La cabeza de Curley desapareció en un amasijo de sangre, sesos y fragmentos de cráneo. El resto del cuerpo cayó sobre la línea blanca, inerte.

    Quedaban 99, pensó Garraty amargamente. Noventa y nueve botellas de cerveza en la estantería, y si una de ellas caía por alguna razón... ¡Oh, Señor...!

    Stebbins pasó por encima del cuerpo caído. Uno de sus pies resbaló ligeramente en un charco de sangre y la siguiente pisada dejó en el suelo una huella sangrienta, como una fotografía de portada de una historia de detectives. Stebbins no miró siquiera lo que había quedado de Curley, y su rostro no cambió de expresión. Tú, Stebbins, pequeño cerdo. Se suponía que ibas a ser el primero en recibir el pasaporte, ¿no lo sabías?, pensó Garraty. Después apartó la mirada. No quería sentirse mal. No quería vomitar.

    Junto a un pequeño Volkswagen una mujer ocultó el rostro entre las manos mientras emitía ruidos guturales. Garraty podía ver su ropa interior debajo del vestido. Era de color azul. Inexplicablemente, descubrió que volvía a estar excitado. Un tipo gordo y calvo contemplaba el cuerpo de Curley mientras se frotaba frenéticamente una verruga junto a la oreja. El hombre se humedeció los grandes y gruesos labios y siguió mirando y frotándose la verruga. Todavía miraba cuando Garraty dejó de divisarle.

    Siguieron caminando.

    Garraty se encontró de nuevo al lado de Olson, Baker y McVries. Iban agrupados, como para protegerse. Todos llevaban la mirada fija al frente. Sus rostros aparecían absolutamente inexpresivos. El eco de los disparos parecía seguir todavía en el aire quieto de la mañana. Garraty seguía pensando en la huella sangrienta que había impreso en el asfalto la zapatilla de Stebbins. Se preguntó si todavía seguiría dejando el rastro rojo y casi volvió la cabeza para mirar, pero se dijo que ya bastaba de estupideces. Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo sucedido. Se preguntó si a Curley le habría dolido, si se habría enterado cuando las balas con punta dé gas alcanzaban su objetivo o si, sencillamente, había estado vivo en un segundo dado, y muerto en el siguiente.

    Pero era evidente que le había dolido. Le había dolido antes, de la peor manera, al advertir que él dejaría de existir mientras el universo seguiría girando igual que siempre, intacto e insensible.

    Llegó el rumor de que habían cubierto casi 14,5 kilómetros antes de que le dieran el pasaporte a Curley. Se decía que el Comandante estaba muy contento. Garraty se preguntó cómo diablos podía saber nadie dónde estaba el Comandante.

    Miró hacia atrás deseando saber qué harían con el cuerpo de Curley, pero ya habían doblado otra curva.

    — ¿Qué llevas en ese macuto? —preguntó Baker a McVries.

    Se había esforzado por mantener un tono estrictamente neutro, pero le salió una voz aguda y chillona, casi quebrada.

    —Una camiseta de repuesto —respondió McVries—. Y algunas hamburguesas crudas.
    — ¡Hamburguesas crudas! —exclamó Olson con cara de asco.
    —Contienen una buena dosis de energía rápida —dijo McVries.
    —Tú has perdido un tornillo. Eso te hará vomitar.

    McVries se limitó a sonreír.

    Garraty casi deseó haber llevado también unas hamburguesas crudas. No sabía nada acerca de energías de asimilación rápida, pero le encantaba la hamburguesa cruda. Era superior a las barras de chocolate y a los concentrados. De pronto, se acordó de sus galletas pero, tras lo sucedido con Curley, no se sentía muy hambriento. Después de aquello, ¿quién podía pensar en comer una hamburguesa cruda?

    La noticia de que un Marchador había recibido el pasaporte se difundió entre los espectadores y, por alguna razón, éstos empezaron a animar con más fuerza. Los aplausos crepitaban como palomitas de maíz. Garraty se preguntó si daría mucha vergüenza ser abatido delante de la gente, pero llegó a la conclusión de que en tal circunstancia nada importaría demasiado. A Curley no había parecido importarle, desde luego. Lo peor sería tener que hacer sus necesidades en público. Eso sería espantoso. Garraty procuró no pensar más en ello. Las manecillas del reloj señalaban las doce en punto. Cruzaron un puente de hierro oxidado, tendido sobre una profunda garganta seca, y al otro lado encontraron un nuevo cartel:

    LÍMITE DE LA CIUDAD DE LIMESTONE. ¡BIENVENIDOS, MARCHADORES!


    Algunos muchachos vitorearon, pero Garraty se ahorró el esfuerzo.

    La carretera se hizo más ancha y los Marchadores se distribuyeron cómodamente por ella, haciendo los grupos menos compactos. Después de todo, Curley quedaba ya cinco kilómetros atrás.

    Garraty sacó las galletas y por un instante sostuvo el paquete envuelto en papel de aluminio. Recordó con añoranza a su madre, pero apartó el pensamiento. Volvería a ver a su madre y a Jan en Freeport. Era una promesa. Engulló una galleta y se sintió mejor.

    — ¿Sabes una cosa? —dijo McVries.

    Garraty movió la cabeza, bebió un trago de la cantimplora y saludó con la mano a una pareja de ancianos sentada al borde de la carretera con un pequeño cartón en el que se leía su nombre: «Garraty.»

    —No tengo la menor idea de qué querré hacer si gano —explicó McVries—. No hay nada que necesite de verdad. Quiero decir que no tengo una madre anciana y enferma esperando en casa, o un padre en la máquina de diálisis, ni nada semejante. Ni siquiera tengo un hermano pequeño agonizando a causa de una leucemia.

    Emitió una risita y quitó el tapón de su cantimplora.

    —Ahí tienes una razón —indicó Garraty.
    —Querrás decir que no la tengo. Todo este asunto carece de sentido para mí. —Bromeas —repuso Garraty, confiado—. Si tuvieras que empezar de nuevo...
    —Sí, ya sé. Volvería a hacerlo, pero...
    — ¡Eh! —El chico que iba delante de ellos, Palmer, soltó una exclamación y señaló hacia adelante—. Aceras.

    Estaban entrando en la ciudad propiamente dicha. Una serie de hermosas casas, apartadas de la carretera, les veían pasar desde su ventajoso punto de observación en lo alto de unos cuidados céspedes. Los jardines estaban repletos de gente que animaba y saludaba a los competidores. A Garraty le pareció que todos los espectadores estaban sentados. Sentados en el suelo, en sillas campestres como las del par de viejos de la gasolinera que habían dejado atrás a primera hora de la mañana, o en mesas de picnic. Incluso sentados en columpios o en mecedoras. Garraty sintió una punzada de rabia mezclada con envidia.

    Levantaos y moved esos culos. No volveré a responder a los saludos. No seré tan estúpido. Consejo número 13: Conservar las energías siempre que sea posible, se dijo.

    Sin embargo, decidió que era una tontería por su parte. La gente pensaría que se estaba volviendo huraño. Al fin y al cabo, él era el representante de Maine. Decidió contestar a los saludos del público que llevara carteles con su nombre. Y a todas las chicas bonitas.

    Las aceras y los cruces de calles se sucedieron. SycamoreStreet, Clark Avenue, Exchange Street y Juniper Lane. Pasaron frente a una tienda de ultramarinos con un gran anuncio de cerveza en el escaparate, y frente a una tienda de artículos variados cubierto de fotografías del Comandante.

    Las aceras estaban llenas de gente, pero no tanto como Garraty había calculado. Se sintió un poco disgustado. Sabía que las auténticas multitudes aparecerían más adelante, pero de momento resultaba un poco frustrante. Y el pobre Curley se había perdido incluso aquello.

    El jeep del Comandante apareció por una calle transversal y avanzó lentamente hacia el grupo principal de Marchadores. La vanguardia quedaba todavía a cierta distancia.

    De la multitud se levantó una ovación. El Comandante asintió con la cabeza, sonrió y devolvió el saludo al público. Después se volvió marcialmente a la izquierda y saludó a los muchachos. Garraty notó un escalofrío en la columna vertebral. Las gafas de sol del Comandante refulgían bajo el sol de primera hora de la tarde.

    El Comandante se llevó a los labios el altavoz portátil.

    —Estoy orgulloso de vosotros, muchachos. ¡Muy orgulloso!

    Desde algún lugar a su espalda, Garraty oyó que una voz decía por lo bajo:

    —Mierda para ti.

    Garraty se volvió, pero detrás de él sólo había un grupito de cuatro o cinco chicos que observaban atentamente al Comandante (uno de ellos se dio cuenta de que estaba saludando y bajó la mano, avergonzado), y Stebbins. Éste ni siquiera parecía prestar atención al Comandante.

    El jeep se alejó. Un instante después, el Comandante había desaparecido.

    Llegaron al centro de Limestone hacia las doce y media. Garraty seguía disgustado. La ciudad parecía muy pequeña. Había un barrio comercial con tres tiendas de coches de segunda mano, un McDonalds, un Burger King, un Pizza Hut y un aparcamiento comercial. Eso era todo el centro de Limestone.

    —No es un sitio muy grande, ¿verdad? —dijo Baker. Olson se echó a reír.
    —Probablemente es un buen sitio para vivir —replicó Garraty.
    —Dios me libre de buenos sitios como éste —respondió McVries, con una sonrisa en los labios. —Me gustaría saber qué prefieres —repuso Garraty.

    A la una, Limestone era ya sólo un recuerdo. Un muchachito con aire fanfarrón, vestido con unos pantalones de peto llenos de remiendos, anduvo junto a los Marchadores durante casi dos kilómetros. Después se sentó a verles pasar.

    El terreno se hizo más irregular. Garraty sintió las primeras gotas de auténtico sudor que despedía su cuerpo en todo el día. Tenía la camisa pegada a la espalda. A la derecha se estaban formando nubes de tormenta, pero todavía quedaban muy lejos. La leve brisa que se había levantado les ayudaba un poco.

    — ¿Cuál es la siguiente ciudad importante, Garraty? —preguntó McVries.
    —Caribou, me parece.

    Se preguntó si Stebbins habría terminado ya su último emparedado. Aquel muchacho se había convenido en una obsesión para Garraty. Se le había metido en la cabeza como uno de esos estribillos musicales que uno repite incesantemente.

    Era la una y media. La Larga Marcha había recorrido ya 29 kilómetros.

    — ¿Ya cuánto está Caribou?

    Garraty se preguntó por el récord de distancia recorrida con sólo una baja entre los Marchadores; 29 kilómetros parecía una buena marca. Parecía una distancia de la que un hombre podía sentirse satisfecho. Ya he recorrido 29 kilómetros, pensó.

    —Te he preguntado a cuánto... —insistió McVries.
    —A unos cincuenta kilómetros de aquí.
    — ¡Cincuenta! —musitó Pearson—. ¡Dios mío!
    —Es una ciudad mayor que Limestone —informó Garraty, a la defensiva, Dios sabía por qué.

    Acaso porque allí iban a morir muchos chicos. Todos, quizá. Probablemente todos. Sólo seis Largas Marchas en la historia habían terminado en la frontera del estado con New Hampshire, y sólo una había entrado en Massachusetts. Los expertos habían dicho que era como cuando Wilt Chamberlain encestó 112 puntos en un partido. Era un récord que jamás sería igualado. Quizá también él moriría allí. Pero eso era diferente. Era su tierra natal. Imaginó que al Comandante le gustaría algo así. «Murió en su tierra natal», podría decir.

    Se llevó la cantimplora a los labios y comprobó que estaba vacía.

    — ¡Cantimplora! —gritó—. ¡Cantimplora para el número 47!

    Uno de los soldados saltó del vehículo oruga y le llevó una nueva ración de agua. Cuando el soldado se volvió, Garraty tocó el fusil que llevaba colgado a la espalda. Lo hizo con gesto furtivo, pero McVries se fijó en ello.

    — ¿Por qué has hecho eso?

    Garraty sonrió, sintiéndose algo confuso.

    —No lo sé. Es como tocar madera, quizá.
    —Eres un encanto —murmuró McVries.

    Apretó un poco el paso y se unió a Olson, dejando solo a Garraty, quien se sintió aún más confuso.

    El número 93 (Garraty ignoraba su nombre) le superó por la derecha. Llevaba la mirada fija en sus pies y movía los labios sin emitir sonido alguno. Iba contando sus pasos y zigzagueaba ligeramente.

    —Hola —dijo Garraty.

    El número 93 se encogió al oírle. Sus ojos tenían un aire inexpresivo, parecido al que había visto en los de Curley cuando éste empezó a perder la batalla contra el calambre de su pierna. Está cansado, pensó Garraty. Lo sabe y está asustado. De pronto, Garraty sintió que el estómago le daba un vuelco y luego recuperaba lentamente la normalidad. Ahora, avanzaban dejando sus sombras a un lado. Eran las dos menos cuarto. Parecía haber transcurrido un mes desde las nueve de la mañana, desde el frío matinal, desde que estaban todos sentados en la hierba a la sombra.

    Antes de las dos volvieron a llegar rumores. Garraty estaba asistiendo a una lección práctica sobre «psicología del rumor». Alguien se enteraba de algo y, rápidamente, la noticia se extendía por el grupo. Los rumores eran creados boca a boca: Parece que va a llover. Va a llover muy pronto. Está cayendo un chaparrón. Diluvia. Sin embargo, era curioso que el rumor llevara razón con tanta frecuencia. Y cuando llegaba el de que alguien estaba perdiendo el ritmo, de que alguien estaba en dificultades, resultaba cierto.

    Esta vez llegó el rumor de que el número 9, Ewing, tenía ampollas en los pies y había recibido dos avisos. Muchos Marchadores habían recibido ya algún aviso, pero eso era normal. El rumor decía que las cosas se ponían mal para Ewing.

    Garraty pasó la noticia a Baker y éste pareció sorprenderse.

    — ¿El negro? —exclamó—. ¿Ese tipo tan negro que casi parece azul?

    Garraty contestó que ignoraba si Ewing era negro o blanco.

    —Sí, es negro —confirmó Pearson señalando a Ewing.

    Garraty observó el sudor que perlaba las facciones de Ewing. Con un sentimiento cercano al horror, Garraty apreció que el muchacho llevaba zapatillas con suela de caucho.

    Consejo número 3: «No usar zapatillas con suela de caucho. En una Larga Marcha, nada provoca tantas ampollas en los pies, y tan deprisa, como esa clase de zapatillas.»

    —Ewing viajó con nosotros hasta aquí. Viene de Texas.

    Baker apretó un poco el paso hasta que llegó a la altura de Ewing y habló con éste un buen rato. Después cedió terreno nuevamente, poco a poco, evitando que le dieran un aviso. Al llegar junto a Garraty, tenía el rostro demacrado.

    —Empezaron a salirle ampollas a tres kilómetros de la salida. Al pasar por Limestone empezaron a reventársele, y ahora se le está haciendo pus en las llagas.

    Todos escucharon las novedades en silencio. Garraty pensó de nuevo en Stebbins. Éste llevaba zapatillas de tenis, y quizá en aquel mismo instante tenía también alguna ampolla.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 9! ¡Tercer aviso, número 9!

    Los soldados observaban con atención a Ewing. También los restantes Marchadores. El muchacho era el centro de todas las miradas. La espalda de su camiseta, de un blanco deslumbrante sobre su negra piel, tenía una mancha grisácea de sudor desde la nuca hasta el pantalón. Garraty pudo apreciar la musculatura de su espalda meciéndose al caminar. Ewing tenía músculos suficientes para resistir muchos días, pero Baker había dicho que tenía los pies llenos de pus. Ampollas y calambres. Garraty se estremeció. Eso significaba una muerte próxima. Todos aquellos músculos, todo aquel entrenamiento, eran incapaces de superar a las ampollas o los calambres.

    ¿En qué diablos estaría pensando Ewing al calzarse aquellas malditas zapatillas con suela de caucho?

    Barkovitch se acercó a Garraty y Baker. También él estaba observando a Ewing.

    — ¡Ampollas! —exclamó, como si la palabra fuera un insulto peor que meterse con la madre de alguien—. ¿Qué diablos podía esperarse de un estúpido negro?
    —Lárgate —contestó Baker sin alzar la voz—. Lárgate o te atizo.
    —Eso va contra las normas —replicó Barkovitch con una sonrisa—. Tenlo en cuenta, capullo.

    Sin embargo, hizo caso de la advertencia y se alejó. Fue como si se llevara consigo una pequeña nube ponzoñosa. Las dos en punto se convirtieron en las dos y media. Sus sombras fueron haciéndose alargadas. Ascendieron una larga colina y, desde la cima, Garraty divisó a lo lejos unas montañas de poca altura, imprecisas y azules. La masa nubosa que se estaba formando hacia el oeste parecía más oscura, y la brisa había aumentado. A Garraty se le puso la piel de gallina mientras se le iba secando el sudor.

    Un grupo de hombres reunidos en torno a una caravana Ford les vitorearon alocadamente. Los tipos estaban muy bebidos. Todos los Marchadores respondieron al saludo, incluso Ewing. Eran los primeros espectadores que encontraban desde aquel muchachito de aspecto fanfarrón con los pantalones llenos de remiendos.

    Garraty abrió un tubo de alimento concentrado y engulló su contenido. Sabía ligeramente a cerdo. Pensó en la hamburguesa de McVries. Imaginó un gran pastel de chocolate con una cereza encima. Imaginó unas sabrosas tortas dulces. Por alguna es-túpida razón, le apetecían unos crêpes rellenos de jalea de manzana, el almuerzo que su madre le preparaba siempre a su padre cuando salía de caza en noviembre.

    Ewing se ganó la fosa unos diez minutos después.

    Se había situado entre un grupo de Marchadores, cuando bajó del ritmo mínimo por cuarta y definitiva vez. Quizá pensó que los demás le protegerían. Los soldados hicieron bien su trabajo. Eran expertos. Apartaron a los restantes muchachos y arrastraron a Ewing hacia el arcén. Ewing intentó resistirse, pero no mucho. Uno de los soldados le asió los brazos a la espalda mientras el otro apoyaba el fusil en su cabeza y disparaba. Una pierna del infortunado muchacho se agitó convulsivamente.

    —Tiene la sangre del mismo color que los demás —murmuró McVries.

    Su voz pareció estentórea en el silencio que siguió a aquel solitario disparo. A McVries le temblaba la carótida, y algo pareció chasquear en su garganta.

    Ya eran dos los eliminados. Las probabilidades aumentaban un poco para los restantes. Se oyeron de nuevo algunas conversaciones apagadas, y Garraty volvió a preguntarse qué hacían con los cuerpos.

    ¡Te preguntas demasiadas cosas!, se reprendió a sí mismo.

    Y se dio cuenta de que estaba cansado.



    Segunda parte
    EN LA CARRETERA
    3


    Tendrá usted treinta segundos, y recuerde, por favor, que su respuesta debe efectuarse en forma de pregunta.
    Art Fleming
    Riesgo


    Eran las tres de la tarde cuando cayeron sobre el asfalto las primeras gotas de lluvia, grandes, oscuras y redondas. Sobre sus cabezas, el cielo parecía raído y lóbrego, enfurecido y fascinador. En algún lugar, por encima de las nubes, los truenos retumbaban. Un relámpago como un tridente azul cayó sobre el terreno a bastante distancia.

    Garraty se había puesto la chaqueta poco después de que a Ewing le dieran el pasaporte. Ahora, se subió la cremallera y cerró bien el cuello. Harkness, el aspirante a escritor, había guardado su bloc de notas en una bolsa de plástico. Barkovitch se había calado un gorro de vinilo amarillo para la lluvia. Resultaba increíble lo que aquella prenda hacía con su rostro, pero habría sido muy difícil concretar exactamente de qué se trataba. Barkovitch miraba por debajo de la visera con el aspecto de un farero, y con aire fiero.

    Oyeron el prodigioso retumbar de otro trueno. — ¡Aquí viene! —gritó Olson.

    La lluvia empezó a caer. Durante unos segundos lo hizo con tal fuerza que Garraty se encontró aislado bajo una cortina de agua, quedando calado hasta los huesos. Sus cabellos se convirtieron en un pellejo empapado y chorreante. Volvió el rostro hacia la lluvia, con una sonrisa. Se preguntó si los soldados podían verles. Se preguntó si alguien sería capaz de...

    Todavía le estaba dando vueltas a esos pensamientos cuando la lluvia amainó ligeramente, permitiéndole ver un poco más. Observó a Stebbins con el rabillo del ojo. El flaco muchacho caminaba con la cabeza hundida y las manos entrelazadas sobre el vientre. Garraty pensó que sufría algún calambre y, por un instante, fue presa de un pánico absolutamente distinto del que había sentido cuando Curley y Ewing quedaron fuera de competición. Ahora, Garraty no quería que Stebbins quedara eliminado a las primeras de cambio.

    Entonces vio que Stebbins sólo estaba protegiendo su último medio emparedado de jalea. Garraty volvió nuevamente la mirada hacia el frente, con una sensación de alivio. Llegó a la conclusión de que la madre de Stebbins había demostrado ser muy estúpida al no envolver los malditos emparedados en papel de aluminio por si llovía.

    Los truenos retumbaban sobre el terreno, como prácticas artilleras en el cielo. Garraty se sentía estimulado y parte de su cansancio parecía haber desaparecido de su cuerpo junto con el sudor. La lluvia se intensificó de nuevo, fuerte e insistente, hasta amainar finalmente y convertirse en una prolongada llovizna. En el cielo, las nubes empezaban a deshilacharse.

    Pearson caminaba a su lado, con las vueltas de los pantalones subidas. Llevaba unos téjanos demasiado holgados y tenía que subírselos a menudo. Pearson utilizaba unas gafas de montura de carey con cristales gruesos como el fondo de una botella. Acababa de quitárselas y estaba limpiándolas con el faldón de la camisa. Sus ojos escrutaban el camino con el aire miope e indefenso de las personas con defectos de visión cuando se quitan las gafas.

    — ¿Te gusta la lluvia, Garraty?

    Él asintió. Delante de ellos, McVries orinaba. Caminando de espaldas, regando el arcén a cierta distancia de los demás, en un gesto de consideración.

    Garraty observó a los soldados. Naturalmente, ellos también estaban mojados, pero si se sentían incómodos no lo demostraban. Sus rostros parecían absolutamente pétreos. Garraty se preguntó qué se sentiría al matar a alguien. Supongo que les hace sentirse poderosos, pensó. Recordó a la muchacha de la pancarta, el beso que él le había dado, la sensación de las nalgas bajo su mano, el tacto de su fina ropa interior bajo los pantalones marineros. Aquello le había hecho sentirse poderoso.

    —Ese tipo de ahí atrás no es muy hablador, ¿verdad? —dijo Baker, mientras señalaba a Stebbins con el pulgar.

    Los pantalones púrpura de éste eran ahora casi negros, empapados por la lluvia.

    —Ya.

    McVries se ganó un aviso por reducir demasiado la marcha para subirse la cremallera. Baker y Garraty llegaron a su altura y Baker repitió lo que acababa de co-mentar acerca de Stebbins.

    —Muy bien, es un solitario. ¿Y qué? —contestó McVries. Se encogió de hombros y añadió—: Yo creo que...
    — ¡Eh! —le interrumpió Olson, acercándose. Era lo primero que le oían decir en bastante rato, y su voz sonaba extraña—. Siento las piernas raras.

    Garraty observó a Olson y vio en sus ojos un asomo de pánico. Olson había perdido su aire bravucón.

    — ¿Qué significa «raras»?
    —Como si los músculos estuvieran volviéndose... blandos.
    —Tranquilo —dijo McVries—. A mí me ha sucedido hace un par de horas. Se te pasará.

    La mirada de Olson se iluminó con una expresión de alivio.

    — ¿Seguro?
    —Claro que sí.

    Olson no respondió, pero Garraty vio que movía los labios. Por un instante pensó que estaba rezando, pero enseguida advirtió que sólo estaba contando sus pasos.

    De pronto, sonaron dos disparos. Hubo un grito, y un tercer disparo.

    Todos miraron, y vieron a un chico con un suéter azul y unos pantalones hasta media pantorrilla tendido boca abajo en un charco de agua. Se le había salido un zapato, y Garraty se fijó en sus calcetines blancos de deporte. El consejo número 12 los recomendaba.

    Garraty pasó por encima del cuerpo, sin buscar los orificios de las balas. Llegó el rumor de que el muchacho había muerto por ir demasiado despacio. Nada de ampollas o calambres. Sencillamente, había bajado de ritmo una vez más de las permitidas y le habían dado el pasaporte.

    Garraty desconocía el nombre y el número del muchacho. Pensó que ya se lo haría saber alguien, pero no fue así. Quizá nadie lo sabía. Quizá era otro solitario como Stebbins. Llevaban ya más de cuarenta kilómetros de Larga Marcha. El paisaje era una sucesión de bosques y campos, interrumpida de vez en cuando por una casa aislada o un cruce de carreteras, donde grupos de personas les recibían con aplausos y gritos de ánimo pese a la llovizna. Una anciana les vio pasar con ojos penetrantes, sin aplaudirles, hablarles o sonreírles. Inmóvil bajo un gran paraguas negro. No había en ella señal alguna de vida o movimiento, salvo el batir del borde de su falda negra, impulsada por el viento. En el dedo medio de la mano derecha lucía un gran anillo con una piedra púrpura. En la garganta llevaba un camafeo deslustrado.

    Los Marchadores atravesaron una vieja vía de ferrocarril abandonada. Los raíles estaban oxidados y entre las traviesas crecían los hierbajos. Alguien tropezó, cayó al suelo y recibió un aviso. El muchacho se levantó y siguió caminando con una herida sangrante en la rodilla.

    Sólo faltaban 19 kilómetros para Caribou, pero la noche caería antes de que llegaran. No hay descanso para los malvados, pensó Garraty, y la frase le resultó graciosa. Soltó una carcajada y McVries le miró.

    — ¿Te cansas?
    —No —contestó Garraty—. Ya llevo cansado un buen rato. —Miró a McVries y añadió—: ¿Quieres decir que tú no lo estás?
    —Escucha, tú sigue así y yo jamás me agotaré. Pondremos nuestros pies en las estrellas y colgaremos cabeza abajo en la luna.

    McVries lanzó a Garraty un beso con la mano y se alejó.

    Garraty le siguió con la mirada. No sabía qué pensar de aquel tipo.

    A las cuatro menos cuarto el cielo se había despejado y apareció un arco iris por el oeste, donde el sol lucía de nuevo bajo nubes de bordes dorados. Los rayos sesgados de última hora de la tarde daban color a los campos recién roturados por donde pasaban los Marchadores, haciendo parecer profundos y oscuros los surcos que cubrían la falda de las suaves colinas.

    El vehículo oruga producía un sonido mortecino, casi sedante. Garraty inclinó la cabeza hacia adelante y siguió avanzando medio adormilado. Allá delante, en alguna parte, estaba Freeport; pero no llegaría allí esa noche, ni mañana. Faltaban muchos pasos. Quedaba un largo camino. Y todavía tenía en la cabeza demasiadas preguntas y no suficientes respuestas. Toda la Larga Marcha parecía un amenazador interrogante. Se dijo que una cosa como aquélla debía de tener un profundo significado. Seguro que era así. Una cosa como aquélla tenía que proporcionar una respuesta a todas las preguntas; sólo era cuestión de mantener el pie en el acelerador. Si tan sólo pudiera...

    Metió el pie en un charco de agua y recuperó bruscamente la plena conciencia de sí mismo. Pearson le observó con aire burlón y se ajustó las gafas sobre la nariz.

    — ¿Te acuerdas del tipo que se cayó y se lastimó cuando cruzamos la vía del ferrocarril?
    —Sí, era Zuck, ¿verdad?
    —Sí. He oído que todavía sangra.
    — ¿Cuánto queda para Caribou, maníaco? —preguntó una voz a Garraty.

    Éste miró en torno. Era Barkovitch, que se había quitado el gorro para la lluvia y lo había guardado en el bolsillo de atrás, donde se movía casi obscenamente al ritmo de sus pasos.

    — ¿Y cómo diablos voy a saberlo?
    —Tú vives aquí, ¿no es cierto?
    —Está a unos veintisiete kilómetros –intervino McVries—. Y ahora ve a ocuparte de tus cosas, hombrecito.

    Barkovitch puso otra vez cara de disgusto y se alejó.

    —Ese tipo me pone furioso —dijo Garraty.
    —No dejes que te saque de tus casillas —contestó McVries—. Concéntrate sólo en derrotarle caminando.
    —Está bien, entrenador.

    McVries le dio una palmada en el hombro.

    —Muchacho —le dijo a Garraty—, vas a ganar a ese estúpido.
    —Parece que hayamos estado caminando toda la vida.
    —Sí.

    Garraty se humedeció los labios. Deseaba expresar sus sentimientos, pero no sabía cómo.

    — ¿Has oído alguna vez que cuando uno está ahogándose pasa ante sus ojos toda su vida?
    —Creo que he leído algo al respecto. O alguien lo comentaba en alguna película.
    — ¿Has pensado que eso mismo podría pasarnos a nosotros?
    — ¡Jesús, espero que no! —exclamó McVries simulando un escalofrío.

    Garraty permaneció unos instantes en silencio y después dijo:

    — ¿Tú crees que...? No importa, al diablo con ello.
    —No, no. Continúa. ¿Si creo qué?
    — ¿Crees que podríamos pasar el resto de nuestras vidas en esta carretera? La vida que hubiéramos tenido si no... ya sabes.

    McVries rebuscó en su bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos.

    — ¿Fumas?
    —No.
    —Yo tampoco —dijo McVries, mientras se llevaba un cigarrillo a los labios.

    Encontró una caja de cerillas con una receta de salsa de tomate impresa en ella. Encendió el cigarrillo, aspiró el humo y lo expulsó con un acceso de tos. Garraty pensó en el consejo número 10: «Conserva el aliento. Si fumas habitualmente, procura no hacerlo durante la Larga Marcha.»

    —Pensaba que aprendería —dijo McVries con aire desafiante.
    —Es un asco, ¿verdad? —replicó Garraty con tristeza. McVries le miró, sorprendido, y tiró el cigarrillo. Después asintió.
    —Sí, creo que sí.

    El arco iris desapareció aproximadamente a las cuatro. Davidson, el número 8, se aproximó a la pareja. Davidson era un chico guapo, salvo por el acné que le cubría la frente.

    —Ese Zuck está pasándolo realmente mal —les informó.

    La última vez que Garraty había visto a Davidson, éste llevaba una bolsa colgada del hombro. Sin embargo, ahora advirtió que en algún momento debía de haberse desprendido de ella.

    — ¿Sigue sangrando? —preguntó McVries.
    —Como un cerdo —asintió Davidson con un gesto de la cabeza—. Es curioso cómo suceden las cosas, ¿verdad? En cualquier otra situación, te caes y sólo sufres unos rasguños. Zuck, en cambio, necesitaría varios puntos de sutura. —Señaló el asfalto y añadió—: Mirad eso.

    Garraty vio un reguero de puntos oscuros en el pavimento, que empezaba a secarse.

    — ¿Es sangre?
    —Desde luego no es agua —replicó Davidson.
    — ¿Y Zuck? ¿Está asustado? —preguntó Olson. —Dice que le importa un pimiento —informó Davidson—. Pero yo sí estoy asustado. —Davidson tenía los ojos muy abiertos y una mirada sombría—. Estoy asus-tado por todos nosotros.

    Continuaron caminando. Baker señaló otra pancarta de ánimo dedicada a Garraty.

    —Mierda —masculló éste sin levantar la vista.

    Estaba siguiendo el reguero de sangre de Zuck como si fuera Daniel Boone tras el rastro de un indio herido. El reguero zigzagueaba a uno y otro lado de la línea blanca del asfalto.

    —McVries —dijo Olson.

    Su voz se había suavizado durante las últimas horas. Garraty llegó a la conclusión de que Olson le gustaba pese a su aspecto externo de tipo duro. No le gustaba ver a Olson asustado, pero no había duda de que lo estaba.

    — ¿Qué? —dijo McVries.
    —No se me pasa. Esa sensación de flojedad que te decía no se me pasa.

    McVries no respondió. La cicatriz de su rostro parecía muy blanca a la luz del sol poniente.

    —Siento como si las piernas fueran a fallarme. Como unos cimientos de mala calidad. Eso no me va a suceder, ¿verdad?

    La voz de Olson era ahora casi un chillido. McVries siguió sin responder.

    — ¿Me das un cigarrillo? —preguntó Olson, bajando de nuevo la voz.
    —Sí. Puedes quedarte el paquete.

    Olson encendió el cigarrillo con el gesto fácil de quien está acostumbrado, protegiendo la cerilla entre las manos, e hizo un gesto señalando a uno de los soldados, que le observaba desde el vehículo oruga.

    —Llevan casi una hora vigilándome con esa maldita mirada. Creo que tienen un sexto sentido para su trabajo. —Volvió a alzar la voz—: Os gusta, ¿verdad? Os gusta vuestro trabajo, ¿no es así? Tengo razón, ¿verdad?

    Varios Marchadores se volvieron para mirarle, pero apartaron rápidamente la vista. Garraty también deseó hacerlo. En la voz de Olson había una nota de histeria. Los soldados contemplaron a Olson con ademán impasible. Garraty se preguntó si muy pronto correrían rumores acerca de Olson, y no pudo evitar sentir un escalofrío.

    A las cuatro y media habían cubierto 48 kilómetros. El sol casi había desaparecido y teñía el horizonte de un color rojo sangre. Las nubes tormentosas se habían trasladado hacia el este y el cielo tenía un tono azul cada vez más oscuro. Garraty pensó de nuevo en el hipotético ahogado. Que no era tan hipotético, ni mucho menos. La noche que se aproximaba era como un mar de agua que pronto les cubriría.

    Una sensación de pánico le atenazó la garganta. De pronto, tuvo la espantosa seguridad de que estaba presenciando la última puesta de sol, la última luz de su vida. Quería que el atardecer se prolongara, que durara, que el crepúsculo prosiguiera durante horas y horas.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 100! ¡Tercer aviso, número 100!

    Zuck miró alrededor. En sus ojos había una expresión aturdida. La pernera derecha de su pantalón llevaba una costra de sangre seca. Y entonces echó a correr. Se abrió paso entre los Marchadores como un jugador de rugby con el balón entre las manos, corriendo con la misma expresión alucinada en el rostro.

    El vehículo oruga aceleró. Zuck le oyó llegar y corrió aún más aprisa. Corría descontroladamente, cojeando y arrastrando la pierna. La herida se le abrió de nuevo y, mientras Zuck se lanzaba carretera adelante, dejando atrás al grupo principal de Marchadores, Garrary se fijó en las gotas de sangre fresca que saltaban de su pantalón y salpicaban la carretera. Zuck llegó a la cima de la siguiente subida y por un instante su silueta quedó dibujada contra el cielo rojizo como una forma negra y convulsa, congelada durante una fracción de segundo como un espantapájaros en pleno vuelo. Después desapareció y el vehículo oruga continuó tras él. Dos soldados que habían saltado del mismo siguieron junto a los muchachos con sus rostros inexpresivos.

    Nadie dijo una palabra. Se limitaron a escuchar. No hubo ningún sonido durante largo rato. Un rato increíblemente largo. Sólo el canto de un pájaro y de un puñado de grillos y, a lo lejos y detrás, el zumbido de un avión.

    Entonces oyeron un disparo, una pausa, y un segundo estampido.

    —Para asegurarse —musitó alguien lánguidamente.

    Cuando llegaron a lo alto de la subida, vieron el vehículo oruga detenido en el arcén a casi un kilómetro de distancia. Una columna de humo azulado se alzaba de su doble tubo de escape. De Zuck no había el menor rastro.

    — ¿Dónde está el Comandante? —gritó una voz, al borde del pánico. Pertenecía a un chico llamado Grisble, el número 48—. ¡Quiero ver al Comandante, maldita sea! ¿Dónde está?

    Los soldados que caminaban al borde de la carretera no respondieron. Nadie lo hizo.

    — ¿Está haciendo otro discurso? —aulló Gribble—. ¿Es eso lo que está haciendo? ¡Pues bien, el Comandante es un asesino! ¡Eso es lo que es, un asesino! ¡Yo... yo se lo diré! ¿Creéis que no soy capaz? ¡Pues se lo diré a la cara! ¡Sí, directamente a la cara!

    Presa de la excitación, Gribble había bajado el ritmo hasta casi detenerse, y los soldados se interesaron por él por vez primera.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 48!

    Gribble vaciló y se detuvo. Inmediatamente, sus piernas recuperaron el ritmo. Avanzó con la mirada puesta en sus pies.

    Pronto llegaron al lugar donde aguardaba el vehículo oruga, que se puso en marcha de nuevo junto al grupo principal.

    A las 16.45 Garraty decidió merendar. Un tubo de atún procesado, unas galletas saladas con crema de queso y una buena ración de agua. Tuvo que contenerse para no seguir. Uno podía pedir todas las cantimploras de agua que quisiera, pero no volverían a repartir alimentos concentrados hasta la mañana siguiente, a las nueve en punto... y podía apetecerle un bocado a medianoche. ¡Qué diablos!, podía necesitar ese bocado. —Puede que éste sea un asunto de vida o muerte —comentó Baker—, pero desde luego no te altera el apetito.

    —No puedo permitírmelo —respondió Garraty—. No me gusta la idea de caer desmayado a las dos de la madrugada, o algo así.

    Un pensamiento desagradable cruzó entonces por la mente de varios Marchadores. Probablemente uno no se enteraría de nada, no sentiría nada. Simplemente despertaría en la eternidad.

    —Eso da que pensar —dijo Baker en voz baja. Garraty le contempló. Bajo la mortecina luz del atardecer, su rostro parecía tierno, joven y hermoso.
    —Sí —respondió—. He estado pensando en muchas cosas.
    — ¿Cuáles?
    —En ese tipo, por ejemplo —contestó Garraty señalando a Stebbins, que aún seguía caminando al mismo ritmo al que venía haciéndolo desde la línea de salida.

    Los pantalones de Stebbins ya estaban secándose y su rostro parecía sombrío. Todavía llevaba su último medio emparedado de jalea.

    — ¿Qué sucede con él?
    —Me pregunto por qué está aquí, y por qué no dice nada. Y si vivirá o morirá.
    —Garraty, todos vamos a morir. —Pero no esta noche, espero.

    Consiguió mantener un tono ligero en su voz, pero súbitamente le embargó un escalofrío. No estaba seguro de si Baker lo había notado. Sus riñones se contrajeron. Dio media vuelta, se desabrochó la cremallera y continuó caminando de espaldas.

    — ¿Qué opinas del Premio? —preguntó Baker.
    —No creo que tenga mucho sentido hablar de eso —dijo Garraty mientras orinaba.

    Luego se subió la cremallera y dio media vuelta de nuevo, contento de haber concluido la operación sin ganarse un aviso.

    —Yo pienso mucho en ello —comentó Baker con aire soñador—. No tanto en el Premio en sí como en el dinero. En todo ese dinero.
    —Los ricos no entrarán en el reino de los cielos —murmuró Garraty.

    Después fijó la mirada en sus pies, la única cosa que le salvaba de descubrir si realmente había o no un reino de los cielos.

    —Amén —intervino Olson—. Habrá refrescos después de la celebración litúrgica —añadió.
    — ¿Eres religioso, Garraty? —preguntó Baker.
    —No especialmente. Pero tampoco soy un fanático del dinero.
    —Lo serías si hubieras crecido a base de sopa de patatas y berzas —añadió Baker—, y sólo hubieras probado la carne cuando tu padre hubiera podido disponer de munición para la caza.
    —Eso puede marcar cierta diferencia —asintió Garraty. Después titubeó sobre si añadir algo más. Por fin, se decidió—: Sin embargo, el dinero no es lo verdaderamente importante.

    Vio que Baker le miraba con aire de incomprensión y de ligero desdén.

    —Supongo que ahora dirás que uno no puede llevárselo al otro mundo —intervino McVries.

    Garraty le contempló. McVries lucía de nuevo aquella sonrisa irritante y sesgada.

    —Y es cierto, ¿o no? —insistió—. No traemos nada al mundo cuando nacemos, y seguro que tampoco nos llevamos nada al abandonarlo.
    —Sí, pero en el intervalo entre esos dos hechos es preferible gozar de todas las comodidades posibles, ¿no crees? —dijo McVries.
    — ¡Comodidades! ¡Vaya estupidez! —replicó Garraty—. Si uno de los verdugos montados en ese carro de combate en miniatura te pega un tiro, no hay médico en el mundo que pueda resucitarte con una transfusión de billetes de veinte o cincuenta dólares.
    —Pero no estoy muerto —repuso Baker con un susurro.
    —No, pero podrías estarlo. —De pronto, para Garraty era muy importante hacerles comprender su punto de vista—. Y si ganas ¿qué? ¿Y si te pasas las próximas seis semanas pensando en lo que vas a hacer con el dinero, no ya con el Premio, sino sólo con el dinero, y la primera vez que sales a la calle a comprar algo te atropelló un camión?

    Harkness se había acercado y caminaba al lado de Olson.

    —A mí no me sucedería eso —comentó—. Lo primero que haría sería comprarme una flota de automóviles. Si gano, no volveré a caminar nunca más.
    —No me habéis entendido —dijo Garraty, exasperado—. Con sopas de patatas o con buenos filetes, con mansiones o con chabolas, cuando uno muere todo se acaba: te meten en el hoyo, como a Zuck y Ewing, y eso es todo. Lo único que pretendo decir es que prefiero vivir día a día. Si la gente se preocupara sólo del día presente, viviría mucho más feliz.
    — ¡Oh, menuda tontería! —exclamó McVries. — ¿De veras? —replicó Garraty—. ¿Qué planes has hecho tú?
    —Bueno, ahora mismo he de reconocer que he modificado bastante mis horizontes, es cierto...
    —Naturalmente —dijo Garraty—. La única diferencia es que ahora estamos jugándonos la vida.

    Un silencio absoluto siguió a sus palabras. Harkness se quitó las gafas y empezó a limpiarlas. Olson parecía un poco más pálido. Garraty deseó no haber dicho aquello. Había ido demasiado lejos.

    Entonces, una voz procedente de la cola del grupo exclamó:

    — ¡Escuchad! ¡Escuchad!

    Garraty se volvió, seguro de que había sido Stebbins, aunque nunca había oído su voz. Sin embargo, Stebbins no hacía ningún gesto; seguía con la vista fija en el asfalto.

    —Me parece que he perdido la cabeza —murmuró Garraty, aunque no había sido él quien la había perdido de verdad, sino Zuck—. ¿Alguien quiere una galleta?

    Repartió algunas a los más próximos y dieron las cinco de la tarde. El sol parecía suspendido a medio camino sobre el horizonte. Quizá la tierra había dejado de girar. Los tres o cuatro muchachos que todavía marchaban por delante del pelotón habían perdido ventaja y estaban a menos de cincuenta metros del grupo principal.

    A Garraty le pareció que la carretera se había convertido en una perversa sucesión de pendientes en subida, sin las correspondientes bajadas. Estaba pensando que, si eso era cierto, dentro de poco todos terminarían respirando mediante mascarillas de oxígeno, cuando sus pies tropezaron con un cinturón de Marchador para llevar los alimentos concentrados. Sorprendido, levantó la mirada. Era el cinturón de Olson, quien tenía las manos crispadas en la cintura y una mirada de sorpresa en el rostro.

    —Se me ha caído —murmuró—. Quería comer algo y se me ha caído. —Se echó a reír, como si quisiera excusarse por aquella torpeza. Sin embargo, su risa se detuvo bruscamente—. Tengo hambre —dijo.

    Nadie respondió. Todo el grupo había dejado atrás el cinturón y no había ya posibilidad de recuperarlo.

    Garraty volvió la vista hacia atrás y contempló el cinturón de Olson en el suelo, sobre la línea blanca discontinua.

    —Tengo hambre —repitió Olson. . , «Al Comandante le gusta ver a alguien dispuesto a luchar.» ¿No era eso lo que Olson había dicho al regresar de recoger el dorsal? Ahora, Olson ya no parecía tan dispuesto a ello. Le quedaban tres tubos de concentrados, más las galletas saladas y el queso. Sin embargo, éste era muy graso.
    —Toma —dijo, mientras le tendía el queso a Olson. Éste no dijo nada, pero dio cuenta del queso.
    —Eres un boy scout... —murmuró McVries con su habitual sonrisa sesgada.

    A las cinco y media el aire crepuscular pareció llenarse de humo. Algunas luciérnagas revoloteaban en torno a los Marchadores. Una niebla baja se enroscaba con su aspecto lechoso entre las acequias y los barrancos de los campos. En la parte delantera del grupo alguien preguntó qué sucedería si la niebla se hacía tan espesa que uno se salía de la carretera por error.

    La voz inconfundible de Barkovitch replicó con un tono desagradable:

    — ¿Tú qué crees, idiota?

    Cuatro eliminados, pensó Garraty. Ocho horas y media en la carretera y sólo cuatro eliminados. Notó una leve sensación en el estómago. Una punzada de dolor. Jamás conseguiré superarlos a todos, pensó. No podré con todos. Sin embargo, visto de otro modo, ¿por qué no?

    Alguien tendría que hacerlo.

    Las conversaciones fueron apagándose con la caída de la oscuridad. El silencio resultaba opresivo. Las tinieblas cada vez más pronunciadas, la niebla enroscándose en pequeñas masas coaguladas... Por primera vez, todo parecía perfectamente real y absolutamente sobre—natural, y deseó estar con Jan o con su madre, con cualquier mujer, y se preguntó qué diablos estaba haciendo y cómo se había metido en aquella locura. Y ni siquiera podía engañarse a sí mismo diciendo que no sabía lo que le esperaba, porque lo había sabido perfectamente. Y además, no era el único que lo había hecho. En ese momento eran otros noventa y cinco estúpidos los que le acompañaban en aquel desfile.

    De nuevo tenía un nudo en la garganta que le hacía difícil tragar saliva. Unos metros delante, alguien sollozaba casi en silencio. No se había dado cuenta de cuándo había empezado aquel sonido, y nadie le había llamado la atención al respecto. Era como si el sollozo hubiera estado allí desde siempre.

    Quedaban 16 kilómetros para Caribou. Allí, por lo menos, habría luces. La idea animó un poco a Garraty. Al fin y al cabo, todo iba bien, ¿no? Estaba vivo, y no tenía sentido pensar en el momento en que quizá dejara de estarlo. Como había dicho McVries, todo era cuestión de modificar los horizontes.

    A las seis menos cuarto corrió la noticia de que un chico llamado Travin, uno de los primeros líderes, estaba perdiendo terreno lentamente y se encontraba ya a la cola del grupo principal. Travin tenía diarrea. Garraty no pudo creer que fuera cierto, pero cuando vio a Travin comprendió que no se habían equivocado. El muchacho caminaba y se agarraba los pantalones al mismo tiempo. Cada vez que se agachaba recibía un aviso, y Garraty se preguntó por qué Travin no dejaba que le resbalara por las piernas, simplemente. Era mejor estar sucio que muerto.

    Travin llevaba el cuerpo inclinado y caminaba como Stebbins con su medio emparedado. Cada vez que se estremecía, Garraty sabía que otro calambre abdominal laceraba al muchacho. Garraty se sentía asqueado. No había en aquello la menor fascinación, el menor misterio. Sólo era un muchacho con dolor de vientre, nada más, y era imposible sentir otra cosa que asco y una especie de terror instintivo. También a él le daba vueltas el estómago y se sintió intranquilo.

    Los soldados observaban a Travin con atención. Observaban y esperaban. Por fin, Travin medio se agachó, medio se cayó, y los soldados le dispararon allí mismo, con los pantalones aún bajados. Travin rodó por el asfalto y quedó vuelto hacia el cielo con una repulsiva mueca en el rostro, digno de compasión. Alguien vomitó ruidosamente y recibió un aviso. A Garraty le sonó como si el muchacho estuviera vomitando todas sus entrañas.

    —Ése será el siguiente —musitó Harkness.
    —Cállate —replicó Garraty—. ¿No puedes estar callado un rato?

    Nadie respondió. Harkness pareció avergonzado y empezó a limpiarse las gafas de nuevo. El muchacho que había vomitado no recibió más avisos.

    Pasaron ante un grupo de adolescentes sentados sobre una manta y bebiendo coca—cola. Cuando reconocieron a Garraty, le dedicaron una prolongada ovación. Garraty se sintió incómodo. Una de las chicas tenía unos pechos enormes y su novio los observaba bailar al ritmo de sus gritos de ánimo. Garraty llegó a la conclusión de que estaba volviéndose un maníaco sexual.

    —Mirad ese par de melones —dijo Pearson—. ¡Dios mío!

    Garraty se preguntó si la muchacha sería virgen, como él.

    Pasaron junto a un apacible lago, casi perfectamente circular y cubierto de una leve bruma. Parecía un espejo ligeramente empañado y, en la misteriosa espesura de plantas acuáticas que crecían en la orilla, una rana lanzó su ronco croar. Garraty se dijo que aquel lago era una de las cosas más hermosas que había visto en su vida.

    —Maine es un estado endiabladamente grande —dijo Barkovitch un rato después.
    —Ese tipo me resulta una auténtica lata —dijo McVnes con tono solemne—. Ahora mismo, el único objetivo que tengo en la vida es resistir más que él.

    Olson estaba rezando un avemaría.

    Garraty le miró alarmado.

    — ¿Cuántos avisos tiene? —preguntó Pearson.
    —Ninguno, que yo sepa —respondió Baker.
    —Sí, pero no tiene buen aspecto.
    —A estas alturas nadie lo tiene —añadió McVries.

    Hubo un nuevo silencio. Garraty advirtió por primera vez que le dolían los pies. No sólo las piernas, que le venían causando problemas desde hacía tiempo, sino también los pies. Se dio cuenta de que, inconscientemente, había estado apoyándose en la parte externa de las plantas, pero de vez en cuando pisaba con el pie plano y daba un respingo. Cerró del todo la cremallera de la chaqueta y se subió las solapas para cubrirse el cuello. El aire seguía siendo húmedo y desapacible.

    — ¡Eh, mirad ahí! —exclamó McVries alegremente.

    Todos miraron hacia la izquierda. Estaban pasando junto a un camposanto situado en la cima de una pequeña loma cubierta de hierba. Un muro de piedra rodeaba el recinto, y la niebla resbalaba lentamente entre las lápidas inclinadas. Un ángel con un ala rota les contempló con ojos vacíos. Desde lo alto de un asta oxidada y descascarada, recuerdo de alguna celebración patriótica, una ardilla les observaba gallardamente.

    —Nuestro primer cementerio —dijo McVries—. Está de tu lado, Ray, así que pierdes todos tus puntos. ¿Recuerdas ese juego?
    —Hablas demasiado —espetó Olson.
    — ¿Qué hay de malo en los cementerios, Henry? Son lugares bellos y recogidos, como dijo el poeta. Un buen ataúd impermeable...
    — ¡Cállate!
    — ¡Bah! —replicó McVries, cuya cicatriz se veía muy pálida a la agonizante luz del atardecer—. No dirás en serio que te afecta la idea de morir, ¿verdad, Olson? Como dijo también el poeta, no es tanto el morir como el permanecer tanto tiempo en la tumba. ¿Es eso lo que te molesta? —McVries se puso a imitar una fanfarria—. ¡Vamos, ánimo, muchacho! Llegará un día luminoso en que...
    —Déjale en paz —le interrumpió Baker.
    — ¿Por qué? Olson intenta convencerse de que puede retirarse en el momento que le plazca. De que si cae y muere, no estará tan mal como todo el mundo imagina. Pues bien, no voy a tolerar que siga con eso.
    —Aquí —dijo Garraty—, o muere él o mueres tú.
    —Sí, lo sé —respondió McVries, dedicando a Garraty una de sus tensas y sesgadas sonrisas... Pero esta vez no había en ella asomo de humor. De pronto, McVries parecía furioso, y Garraty casi sintió temor—. Es él quien lo ha olvidado. Ese imbécil de ahí,
    —No quiero seguir más con esto —declaró Olson—. Estoy harto.
    —«Dispuesto a luchar» —repitió McVries, volviéndose hacia él—. ¿No fue eso lo que dijiste? Jódete, pues. ¿Por qué no te dejas caer y así acabas de una vez?
    —Déjale en paz —dijo Garraty.
    —Escucha, Ray...
    —No, escucha tú. Ya basta con un Barkovitch. Deja a Olson que lo haga a su modo. Nada de boy scouts, ¿recuerdas?
    —Está bien, Garraty. Tú ganas —aceptó McVries con una nueva sonrisa. Olson no dijo nada y continuó su marcha irregular, alcanzándoles en ocasiones y retrasándose en otras.

    A las seis y media la oscuridad era ya total. Caribou, que estaba ahora a menos de diez kilómetros, aparecía en el horizonte como un mortecino resplandor. Parecían haberse ido todos a casa para cenar. La niebla estaba helada en torno a los pies de Ray Garraty, y se cernía sobre las colinas como banderas fantasmagóricas y nacidas. Las estrellas resplandecían cada vez más en el firmamento: Venus brillaba sin parpadear, y la Osa Menor ocupaba su posición habitual. Garraty siempre había destacado en la localización de las constelaciones. Señaló Casiopea a Pearson, que sólo respondió con un gruñido.

    Se puso a pensar en Jan, su chica, y sintió remordimientos al recordar a la chica que había besado junto a la carretera. Ya no recordaba exactamente el aspecto de la muchacha, pero sabía que ésta le había excitado... ¿Qué habría sucedido si hubiera intentado ponerle la mano en la entrepierna? Sintió como un resorte en su propia entrepierna, que le hizo inclinarse un poco al caminar.

    Jan tenía el cabello muy largo, casi hasta la cintura. Había cumplido los dieciséis y sus pechos no eran tan grandes como los de la chica a la que había besado. Garraty había jugueteado mucho con los pechos de Jan, y aquello le volvía loco. Ella no le habría permitido hacerle el amor, aunque deseaba acostarse con él, y él no habría sabido cómo convencerla. Garraty sabía que algunos chicos conseguían convencer a sus chicas para hacerlo, pero él no parecía tener la suficiente personalidad —o voluntad— para lograrlo. Se preguntó cuántos Marchadores serían vírgenes. Gribble había llamado asesino al Comandante. ¿Gribble sería virgen? Se contestó que probablemente sí.

    Cruzaron el límite municipal de Caribou. Había allí una muchedumbre y una unidad móvil de una cadena de televisión. Era como sumergirse de pronto en una cálida laguna iluminada, vadeándola y saliendo de nuevo a tierra firme.

    Un obeso periodista vestido de traje y corbata echó a trotar junto a los Marchadores, plantando su micrófono ante los labios de diversos participantes. Detrás del periodista, dos técnicos se afanaban en desenroscar el carrete del cable eléctrico.

    — ¿Cómo te sientes?
    —Bien. Creo que me siento bien.
    — ¿Estás cansado?
    —Sí, claro, ya sabe... pero todavía me siento bien.
    — ¿Crees que tienes posibilidades?
    —No lo sé... Supongo que sí. Todavía me siento bastante fuerte.

    El periodista preguntó a Scramm, un muchacho fuerte como un toro, qué opinaba de la Larga Marcha. Scramm sonrió, dijo que era la cosa más grande y jodida que había visto nunca, y el periodista indicó a los técnicos que cortaran.

    Poco después, el entrevistador se quedó sin cable y empezó a retroceder hacia la unidad móvil, intentando no tropezar con el cable extendido. La multitud, atraída tanto por el equipo de televisión como por los propios Marchadores, animaba a éstos con entusiasmo y hacía ondear rítmicamente carteles con la efigie del Comandante, sujetos a unas estacas tan recientes que todavía rezumaban savia. Cuando las cámaras enfocaron a los espectadores, éstos aplaudieron aún más frenéticamente, mientras saludaban a tía Betty y tío Fred, que les estarían viendo.

    Doblaron un recodo y pasaron frente a una tienda cuyo propietario, un hombrecillo que lucía una bata blanca llena de manchas, había instalado un refrigerador con refrescos bajo un cartel en el cual se leía:

    ¡OBSEQUIO DE LA CASA PARA LOS MARCHADORES! ¡CORTESÍA DE ALMACENES EV'S!


    Un coche patrulla estaba aparcado en las inmediaciones y dos agentes explicaban pacientemente a Ev, como sucedía sin duda cada año, que iba contra el reglamento que los espectadores ofrecieran a los Marchadores ayuda o asistencia de ningún tipo, incluido refrescos.

    Pasaron ante la Compañía Papelera de Caribou, un edificio enorme ennegrecido por el hollín y situado junto a un sucio río. Los obreros estaban alineados ante la verja exterior, aplaudiendo con rostros sonrientes y saludando a los competidores. Cuando hubo pasado el último Marchador —Stebbins—, sonó una sirena y Garraty, volviendo la mirada atrás, les vio regresar en bloque al interior de la fábrica.

    — ¿Te ha preguntado algo? —preguntó a Garraty una voz estridente.

    Con una sensación de gran lasitud, Garraty volvió la vista hacia Gary Barkovitch.

    — ¿Quién?
    —El periodista, idiota. ¿Te ha preguntado cómo te sentías?
    —No, no ha llegado hasta mí. Deseaba que Barkovitch se alejara. Deseaba que el dolor de las plantas de los pies se alejara también.
    —Pues a mí sí me ha preguntado —prosiguió Barkovitch—. ¿Y sabes qué le he dicho?
    —No. ¿Qué?
    —Le he dicho que me siento estupendamente —respondió Barkovitch con aire agresivo. Todavía llevaba el gorro para la lluvia colgando del bolsillo trasero—. Le he dicho que me siento realmente fuerte, dispuesto a seguir eternamente. ¿Y sabes qué más le he dicho?
    — ¡Cállate ya! —dijo Pearson.
    — ¿Quién te ha dado vela en este entierro, estúpido larguirucho? —replicó Barkovitch.
    —Lárgate —masculló McVries—. Me das dolor de cabeza.

    Adoptando nuevamente su aire ofendido, Barkovitch les dejó atrás y se situó a la altura de Collie Parker.

    — ¿Te ha preguntado algo...?
    —Lárgate o te arranco la nariz —gruñó Collie Parker. Barkovitch se apartó rápidamente. Se decía de Collie Parker que era un mezquino hijo de perra.
    —Ese tipo me saca de mis casillas —dijo Pearson.
    —A Barkovitch le encantaría saberlo —murmuró McVries—. Le gusta. Le oí decir también al periodista que bailaría sobre un montón de tumbas. Y lo decía en serio. Eso es lo que le hace seguir adelante.
    —La próxima vez que se acerque a mí le pondré la zancadilla—dijo Olson.

    Su voz sonaba apagada y consumida.

    —No —replicó McVries—. Consejo número 8: «No molestar a los demás Marchadores.»
    — ¿Sabes dónde puedes meterte ese consejo número 8? —repuso Olson con una pálida sonrisa.
    —Cuidado —sonrió McVries—, ya empiezas a pasarte otra vez.

    A las siete de la tarde, el ritmo del grupo, que llevaba bastante rato rozando el mínimo, comenzó a avivarse ligeramente. Hacía frío, y si uno caminaba más aprisa, entraba mejor en calor. Pasaron bajo el paso elevado de una autopista y varias personas les vitorearon con la boca llena de golosinas procedentes del tenderete situado junto a la rampa de salida, cerca del peaje.

    —Tomaremos esa autopista más adelante, ¿verdad? —preguntó Baker.
    —En Oldtown —asintió Garraty—. Aproximadamente dentro de ciento noventa kilómetros. Harkness emitió un silbido entre dientes.

    Poco después llegaron al centro de la ciudad de Caribou. Estaban a 70 kilómetros de la salida.


    4


    El programa concurso definitivo sería aquel en que el perdedor pagara con su vida.
    Chuck Barris
    Creador de programas concurso
    Presentador de El Show del gong


    Caribou decepcionó a todos los Marchadores.

    Era como Limestone.

    El número de espectadores era mayor pero, por lo demás, se trataba de otro pueblo grande con una sola industria, unas cuantas tiendas y gasolineras, un centro comercial que celebraba, según los carteles que cubrían su fachada, ¡la marcha anual de las rebajas!, y un parque con un monumento a los soldados caídos. Una pequeña banda musical de estudiantes, espantosamente desafinada, interpretó el himno nacional, un popurrí de marchas y finalmente, en una soberana muestra de mal gusto, el Marchando hacia Pretoria.

    Allí apareció de nuevo la mujer que había organizado el escándalo en el cruce de carreteras, muchos kilómetros atrás. Seguía buscando a Percy. Esta vez consiguió atravesar el cordón policial y saltar a la carretera. Se abrió paso entre los Marchadores, tropezando con uno de ellos, mientras gritaba a su Percy que regresara inmediatamente a casa. Los soldados prepararon sus armas y, por unos instantes, dio la impresión de que la madre de Percy iba a ganarse allí mismo su pasaporte por interferencia. Un policía consiguió asirla por el brazo y se la llevó a rastras. Un muchachito, sentado en una papelera con el lema MANTENGA LIMPIO MAINE, dio cuenta de una salchicha mientras observaba a los agentes introducir a la mujer en un coche patrulla. Esto fue lo más destacado del paso de la Larga Marcha por Caribou.

    — ¿Qué viene después de Oldtown, Ray? —preguntó McVries.
    — ¡Oye, no soy un mapa de carreteras viviente! —replicó Garraty, irritado—. Bangor, supongo. Y luego Augusta. Y después Kittery y la frontera del estado, a quinientos kilómetros de aquí. Tómalo o déjalo, ¿de acuerdo? no me preguntes más.
    — ¡Quinientos kilómetros! —exclamó alguien con un silbido.
    —Es increíble... —musitó Harkness tenebrosamente.
    —Todo este maldito asunto es increíble —dijo McVries— ¿Dónde estará el Comandante?
    —Bien instalado en Augusta —respondió Olson.

    Todos sonrieron, y Garraty reflexionó sobre el extraño cambio que se había producido en el grupo, donde en sólo diez horas el Comandante había pasado de ser considerado un Dios a la encarnación de Satanás.

    Quedaban noventa y cinco, pero eso ya no era lo peor. Lo más terrible era imaginar a McVries o a Baker recibiendo su pasaporte. O a Harkness, con su estúpida idea de escribir un libro.

    Cuando hubieron dejado atrás Caribou, la carretera quedó casi desierta. Pasaron una encrucijada de caminos con una única farola iluminándola. Al atravesar el claro de luz, sus siluetas formaron en el asfalto sombras negras bien definidas. A lo lejos se oyó el silbido de un tren. La luna bañaba la niebla baja con una luz tenue, dándole un aspecto perlado y opalescente sobre los campos.

    Garraty tomó un sorbo de agua.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 12! ¡Último aviso, número 12!

    El número 12 era un chico llamado Fenter, que llevaba una camiseta de manga corta con la leyenda YO HE VIAJADO EN EL TREN DE CREMALLERA DEL MONTE WASHINGTON. Fenter se estaba humedeciendo los labios. Corría el rumor de que padecía una terrible rigidez en los pies. Cuando, diez minutos después, fue abatido a tiros, Garraty no lo sintió demasiado. Estaba muy cansado. Esquivó el cuerpo caído de Fenter y observó algo que brillaba en la mano del muchacho: una medalla de san Cristóbal.

    —Si salgo de ésta —dijo McVries—, ¿sabéis qué voy a hacer?
    — ¿Qué? —preguntó Baker.
    —Follar hasta que el pájaro se me ponga morado. No había estado en mi vida tan cachondo como en este momento, a las ocho menos cuarto de este primero de mayo.
    — ¿De veras? —dijo Garraty.
    —De veras —confirmó McVries—. Sería capaz hasta de hacerte proposiciones a ti, Ray, si no fuera porque necesitas un buen afeitado.

    Garraty se echó a reír.

    —El Príncipe Azul, eso es lo que soy —prosiguió McVries, llevándose los dedos a la cicatriz de su rostro y palpándola—. Lo único que necesito ahora es una Bella Durmiente. La despertaría con un beso profundo y apasionado y los dos cabalgaríamos juntos hasta el amanecer. O al menos hasta el motel más cercano.
    —Caminaríamos —le corrigió Olson.
    — ¿Qué?
    —... caminaríamos hasta el amanecer.
    —Está bien, caminaríamos hasta el amanecer —concedió McVries—. ¡Ah, el amor verdadero! ¿Tú crees en el amor verdadero, Hank?
    —Yo creo en los buenos polvos —dijo Olson, y Art Baker se echó a reír.
    —Pues yo creo en el amor verdadero —afirmó Garraty, arrepintiéndose inmediatamente; parecía una niñería.
    — ¿Quieres saber por qué yo no? —repuso Olson, mientras le dedicaba una sonrisa furtiva—. Pregúntale a Fenter, o a Zuck. Ellos te lo dirán.
    — ¡Qué ideas tan horribles! —dijo Pearson, que había surgido de la oscuridad y volvía a caminar junto a ellos.

    Pearson cojeaba. No mucho, pero cojeaba visiblemente.

    —No, no lo son —replicó McVries. Y añadió crípticamente—: Nadie ama a los muertos.
    —Edgar Alian Poe sí —dijo Baker—. Hice un trabajo sobre él en la escuela y se decía que tenía tendencias necro... necro...
    —Necrófilas —completó Garraty.
    —Sí, eso es.
    — ¿Qué coño es? —preguntó Pearson.
    —Querer follar a una mujer muerta —explicó Baker—. O a un hombre, si eres mujer.
    —O si eres de la acera de enfrente —añadió McVries.
    —Dejadlo ya, capullos —graznó Olson—. Es repulsivo. — ¿Por qué? —dijo una voz ronca y sombría. Era Abraham, el número 2, un chico alto y desgarbado que caminaba arrastrando los pies—. Creo que podríamos dedicar un par de minutos a pensar en qué tipo de vida sexual habrá en el otro mundo.
    —Yo iré a por Marilyn Monroe —dijo McVries—. Tú puedes quedarte con Eleanor Roosevelt, si quieres.

    Abraham le dedicó un gesto obsceno. Delante, un soldado gritó un aviso.

    —Cambiad de tema, maldita sea. —Olson hablaba con lentitud, como si tuviese dificultades para expresarse.
    —«La cualidad trascendental del amor», conferencia a cargo del famoso filósofo Henry Olson —dijo McVries, y añadió—: Autor de Un melocotón no es un melocotón si no tiene hueso y otros ensayos...
    — ¡Coño! —gritó Olson con un chillido agudo—. ¡El amor es una farsa! ¡No es más que una mentira podrida! ¿Lo entendéis?

    Nadie contestó. Garraty clavó su mirada en el horizonte, donde las oscuras colinas de carbón se encontraban con la negrura del firmamento, tachonada de estrellas. Le pareció sentir los primeros indicios, de un calambre en el arco del pie izquierdo. Quiero sentarme, pensó con irritación. Maldita sea, quiero sentarme.

    — ¡El amor es un fraude! —bramaba Olson—. Sólo hay tres grandes verdades en el mundo, y son una buena comida, un buen polvo y una buena cagada. ¡Y eso es todo! Y cuando a uno le sucede lo que a Fenter o a Zuck...
    — ¡Cállate ya! —masculló una voz aburrida, y Garraty supo que había sido Stebbins aunque, cuando dirigió la mirada hacia éste, tenía la vista fija en la carretera y caminaba junto al arcén contrario.

    Un avión pasó sobre sus cabezas dejando tras de sí el zumbido de los motores y una fina línea blanca de tiza en el negro firmamento, con sus luces de posición de destellos amarillos y verdes. Baker volvía a silbar, y Garraty dejó que los párpados se le cerraran casi por completo. Sus pies se movían por sí solos.

    Su mente adormilada empezó a desviarse de la realidad. Los pensamientos se sucedían al azar. Recordó a su madre cantándole una canción de cuna irlandesa cuando él era muy pequeño, una canción sobre almejas y mejillones, con un estribillo muy pegadizo. Y recordó el rostro de su madre mientras le cantaba, tan enorme y tan hermoso como el rostro de una actriz de cine. Él quería besarla y amarla para siempre. Cuando fuera mayor, se casaría con ella.

    Entonces, la imagen fue reemplazada por el rostro sonriente de Jan, con aquel cabello tan largo que le caía casi hasta la cintura. Jan llevaba un biquini bajo un al-bornoz corto, porque iban a bañarse a Reid Beach. Y él llevaba pantalón corto y zapatillas.

    Jan desapareció. Su rostro se convirtió en el de Jimmy Owens, el chico de la casa de al lado. Él tenía cinco años y Jimmy otros tantos, y la madre de Jimmy les había sorprendido jugando a médicos en la cantera de arena detrás de la casa de Jimmy. Ambos tenían pajarito. Así era como lo llamaban, «pajarito». La madre de Jimmy había llamado por teléfono a la suya, y ésta había acudido a llevárselo y le había hecho sentarse en su dormitorio y le había preguntado cómo se sentiría si ella le hacía salir a pasear por la calle desnudo. El cuerpo adormilado de Garraty dio un respingo al revivir la humillación y la vergüenza que había sentido ante tal idea. Había llorado y suplicado que no le obligara a pasear por la calle desnudo... y que no se lo dijera a su padre.

    Ahora tenía siete años. Él y Jimmy Owens miraban a hurtadillas por los sucios ventanales de la oficina de Materiales para Construcción Burr's para observar los calendarios de chicas desnudas, sabiendo lo que miraban pero sin saberlo realmente, y sintiendo una mezcla de vergüenza y de excitación cuya causa no sabían concretar con exactitud. Había una foto de una chica rubia con un retal de seda azul colocado sobre las caderas, y los dos habían permanecido mucho tiempo contemplándola. Después habían discutido qué habría bajo la tela. Jimmy dijo que había visto a su madre desnuda, y dijo que lo sabía. Dijo que allí abajo había pelo y una especie de raja abierta, y Ray no había querido creerle porque lo que Jimmy decía parecía repugnante.

    Pero, a pesar de todo, Ray estaba seguro de que las mujeres eran distintas de los hombres allí abajo, y él y Jimmy habían pasado un largo atardecer discutiéndolo mientras mataban mosquitos y contemplaban un entrenamiento de béisbol en el aparcamiento al aire libre de la compañía de mudanzas, frente a la tienda de Burr's. Garraty pudo apreciar, medio dormido en plena carretera, la sensación real del duro bordillo bajo sus nalgas.

    Al año siguiente, Ray le había dado a Jimmy Owens un golpe en la boca con el cañón de su carabina de aire comprimido mientras jugaban, y necesitó cuatro puntos de sutura en el labio superior. Un año después, se habían trasladado de domicilio. Ray no había tenido intención de golpear a Jimmy en la boca. Había sido un accidente, de eso estaba seguro, aunque para entonces ya sabía que Jimmy había estado en lo cierto porque también él había visto desnuda a su madre (no había sido un descubrimiento intencionado sino accidental). Allí abajo, las mujeres tenían pelo. Un pelo rizado y una especie de raja abierta.

    Chist, no llores, mi niño. No es un tigre, ¿ves? Es sólo tu osito de peluche... Vamos a cantar... Almejas y mejillones, la, la, la... Mamá quiere a su niñito... Vamos a dormir...

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 47!

    Un codo se hundió en sus costillas.

    —Ése eres tú, muchacho. Aviva el paso y despierta. Era McVries, que le sonreía.
    — ¿Qué hora es? —preguntó Garraty con voz apagada.
    —Las ocho y media.
    — ¡Pero si he estado...!
    —... durmiendo durante horas —completó McVries—. Ya conozco esa sensación.
    —Desde luego, eso me ha parecido.
    —Es tu mente, utilizando la puerta de escape. ¿No te gustaría hacer lo mismo con tus pies?

    Garraty se puso a pensar en que los recuerdos eran como una línea trazada en el polvo. Cuanto más se retrocedía en ellos, más borrosa y difícil de ver se hacía la línea, hasta que finalmente no quedaba más que arena lisa y el agujero negro, la nada absoluta de la que uno había surgido. En cierto modo, los recuerdos eran como aquella carretera. Ahora, ésta era real, tangible y sólida. En cambio, el asfalto anterior, la carretera que habían pisado a las nueve de la mañana de aquel mismo día, quedaba ahora lejano y sin sentido.

    Llevaban casi ochenta kilómetros de marcha. Llegó el rumor de que el Comandante acudiría para contemplarles y hacer un breve discurso cuando alcanzaran el punto exacto de los ochenta kilómetros. Garraty pensó que probablemente era mentira.

    Ascendieron una cuesta larga y empinada, y Garraty estuvo tentado de quitarse de nuevo la chaqueta, pero no lo hizo. Sin embargo, abrió del todo la cremallera y, dando media vuelta, anduvo de espaldas durante un minuto. A lo lejos parpadeaban todavía las luces de Caribou, y se puso a pensar en la mujer de Lot, que se había convertido en estatua de sal por mirar atrás.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 47! ¡Segundo aviso, número 47!

    Garraty tardó unos instantes en advertir que se trataba de él. Era el segundo aviso en diez minutos, y empezó a sentir miedo de nuevo. Pensó en aquel chico sin nombre que había muerto porque había bajado de ritmo una vez más de las permitidas. ¿Era eso lo que estaba sucediéndole a él?

    Miró alrededor. McVries, Harkness, Baker y Olson le observaban con atención. Olson tenía una extraña mirada de satisfacción. Garraty podía apreciar su atenta expresión pese a la oscuridad. Olson había dejado fuera a seis Marchadores, y deseaba que Garraty fuera el número siete. Deseaba verle morir.

    — ¿Tengo monos en la cara, o qué? —le espetó Garraty con tono irritado.
    —No —respondió Olson, apartando la vista de él—. Claro que no.

    Garraty caminaba ahora con determinación, balanceando los brazos vigorosamente. Eran las nueve menos veinte. A las once menos veinte, unos trece kilómetros más allá, volvería a estar libre de avisos. Sintió el histérico impulso de proclamar que podía hacerlo, que no era necesario esparcir rumores acerca de él, que no iban a darle el pasaporte... al menos de momento.

    La niebla baja se extendía por la carretera en delicados jirones, como humo. Las siluetas de los muchachos avanzaban entre ella como islotes oscuros que, de algún modo, navegaban a la deriva. A los ochenta kilómetros exactos de marcha, pasaron ante un pequeño garaje cerrado con un poste de gasolina oxidado en la parte delantera, apenas una forma quieta y siniestra entre la niebla. La clara luz fluorescente de una cabina telefónica era el único punto que destacaba. El Comandante no apareció. Ni él, ni nadie.

    La carretera se inclinó suavemente tras una curva y apareció a lo lejos un rótulo amarillo de tráfico. Llegaron rumores sobre lo que decía pero, antes de que alcanzara a Garraty, éste consiguió leerlo con sus propios ojos: pendiente acusada — calzada lateral para camiones.

    Hubo gemidos y gruñidos. Desde la cabeza del grupo, Barkovitch proclamó con voz alegre:

    — ¡Vamos allá, colegas! ¿Quién quiere hacer una carrera conmigo hasta la cima?
    — ¡Cállate, idiota! —respondió una voz baja.
    — ¡Dímelo a la cara, gilipollas! —chilló Barkovitch—. ¡Ven aquí y dímelo a la cara!
    —Se está volviendo loco —murmuró Baker.
    —No —respondió McVries—. Sólo está desentumeciéndose. Los tipos como él tienen una resistencia increíble.

    La voz de Olson llegó hasta ellos, sorda y apagada.

    —No creo que pueda subir esa colina. A seis kilómetros y medio por hora no lo conseguiré.

    La colina se alzaba ahora ante ellos. Casi habían llegado a la base y, con la niebla, era imposible divisar la cumbre. Por lo que sabían, pensó Garraty, la subida podía ser eterna.

    Iniciaron la ascensión.

    No era tan difícil, comprobó Garraty, si uno sólo miraba las puntas de sus pies y se inclinaba ligeramente hacia adelante. Si uno se limitaba a mirar la pequeña superficie de asfalto entre un paso y el siguiente, podía incluso imaginar que caminaba por terreno llano. Aunque, naturalmente, uno no podía esperar que los pulmones y la garganta no tuviesen problemas, porque los jadeos eran constantes.

    De algún modo, seguían corriendo rumores. Al parecer, había quien todavía podía malgastar parte de su aliento charlando. El rumor era ahora que la colina tenía casi medio kilómetro de subida. Otro rumor decía que eran tres kilómetros. Otro decía que ningún Marchador había recibido nunca el pasaporte en aquella cuesta. Otro, que el año anterior lo habían recibido tres.

    —No puedo —repetía Olson monótonamente—. Ya no puedo más.

    Jadeaba como un perro, pero continuaba avanzando como los demás. Se oían ruidos de gemidos y respiraciones profundas. Salvo esto, no se oía otro sonido que la cantinela de Olson, el rumor de los pasos y el rechinar, corno una chicharra, del vehículo oruga que traqueteaba detrás del grupo.

    Garraty sintió crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. Podía morir en aquella subida. No sería muy difícil. Se había despistado un poco y ya tenía dos avisos. Ahora mismo, no debía ir muy por encima de la velocidad mínima. Con sólo perder un poco el ritmo, le caería el tercer y último aviso. Y entonces...

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 70!
    —Están tocando tu canción, Olson —logró decir McVries entre jadeo y jadeo—. Ánimo con esos pies. Quiero verte bailando en la cima de esa colina como Fred Astaire.
    — ¿Y a ti qué más te da? —replicó Olson con furia.

    McVries no respondió. Olson reunió un poco más de energía y consiguió acelerar la marcha. Garraty se preguntó, morbosamente, si aquellas energías de Olson serían las últimas. También se preguntó por Stebbins, allá en la cola del grupo. ¿Qué tal va, Stebbins? ¿Te cansas?

    En la cabeza del pelotón, un chico llamado Larson, el número 60, se sentó de pronto sobre el asfalto. Recibió un aviso. El resto del grupo se dividió en dos partes longitudinalmente y le superó por ambos lados, como hizo el mar Rojo con Moisés y los hijos de Israel.

    —Sólo voy a tomarme un descansito, ¿de acuerdo? —dijo Larson con una sonrisa confiada y neurótica—. Ahora mismo no puedo seguir, ¿de acuerdo?

    Su sonrisa se hizo más amplia, y se volvió hacia el soldado que acababa de saltar del vehículo con el fusil en una mano y el cronómetro de acero inoxidable en la otra.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 60! ¡Segundo aviso!
    —Oiga, ahora mismo los alcanzo —se apresuró a asegurarle Larson—. Sólo me tomo un descanso. Nadie puede caminar todo el rato. Todo el rato no. ¿Verdad, colegas?

    Olson emitió un gemido al pasar junto a Larson y se apartó cuando éste intentó tocarle la vuelta del pantalón.

    Garraty notó que le latía ardientemente el pulso en las sienes. Larson recibió el tercer aviso. Ahora se dará cuenta, pensó Garraty. Se dará cuenta, se pondrá en pie y echará a andar otra vez.

    Y, en efecto, Larson pareció comprenderlo por fin. La realidad cayó sobre él como una losa.

    — ¡Eh! —dijo, ya detrás del grupo. Su voz sonó aguda y alarmada—. ¡Eh, un segundo, no haga eso! ¡Ahora mismo me levanto! ¡Ahora...!

    Un disparo. Siguieron ascendiendo la cuesta.

    —Quedan noventa y tres botellas de cerveza en la estantería —murmuró McVries en voz baja.

    Garraty no respondió. Fijó la mirada en sus pies y siguió andando, y centró su atención en llegar a la cumbre sin recibir el tercer aviso. Ya no podía estar muy lejos la cima de aquella cuesta monstruosa. Claro que no.

    En la cabeza de la Marcha, alguien emitió un grito agudo, casi un graznido, y los fusiles dispararon al unísono.

    —Barkovitch —dijo Baker con voz ronca—. Ése ha sido Barkovitch, estoy seguro.
    — ¡Te equivocas, imbécil! —gritó Barkovitch desde la oscuridad.

    No alcanzaron a ver al muchacho que había sido abatido después de Larson. Había formado parte del grupito de vanguardia y los soldados lo habían apartado de la carretera antes de que el pelotón principal llegara hasta el lugar. Garraty se aventuró a levantar la mirada del asfalto y lo lamentó inmediatamente. Distinguió apenas la cima, para la que aún quedaban más de cien metros, que a él le parecieron cien kilómetros. Nadie volvió a pronunciar palabra. Todos se habían retirado a su propio mundo personal de esfuerzo y dolor. Los segundos parecían convertirse en horas. Cerca de la cumbre, un camino de tierra lleno de rodadas partía de la carretera principal. Junto al camino vieron apostados a un agricultor con su familia, que observaban el paso de los Marchadores. Eran un hombre ya anciano con la frente llena de profundas arrugas, una mujer de cara enjuta con un voluminoso abrigo de paño y tres hijos adolescentes con aspecto de medio atontados.

    —Ese tipo sólo necesita... una horca... —dijo McVries a Garraty casi sin aliento, mientras le corría el sudor por la frente—. Se le podría utilizar... como modelo para un cuadro.

    Alguien les dirigió un saludo, pero ni el campesino, ni su esposa ni sus hijos respondieron. Ni sonrieron. Ni fruncieron el entrecejo, ni levantaron pancartas ni les animaron. Se limitaron a observar. A Garraty le recordaron aquellas películas del Oeste que veía de pequeño, todos los sábados por la tarde, en las que el héroe era abandonado en mitad del desierto para que muriera y los buitres acudían y empezaban a volar en círculo sobre él.

    La familia campesina quedó atrás y Garraty se alegró de ello. Supuso que toda la familia —el hombre, la mujer y los tres hijos medio atontados— estarían allí de nuevo hacia las nueve de la noche del siguiente primero de mayo, y del siguiente, y del otro... ¿A cuántos chicos habrían visto morir? Garraty no quiso pensar en ello. Dio un trago a su cantimplora y retuvo el agua en la boca unos instantes, intentando desprenderse de la densa saliva. Por fin, escupió.

    La colina seguía ascendiendo. En el grupo de cabeza, Toland se desmayó y fue rematado por un soldado después de que éste gritara los tres avisos a su cuerpo inconsciente. A Garraty le parecía que llevaban un mes subiendo la cuesta. Sí, al menos debían de llevar un mes, y ése era un cálculo moderado, porque ya debían de llevar unos tres años caminando por aquella carretera. Rio, tomó un nuevo sorbo de agua y, tras mantenerla unos instantes en la boca, la tragó. No tenía calambres. Un calambre ahora sería fatal. Pero podía presentarse. Podía suceder, porque alguien le había llenado los zapatos de plomo líquido mientras estaba distraído.

    Nueve eliminados, un tercio de ellos precisamente en aquella cuesta. El Comandante le había dicho a Olson que los aplastara a todos, y si aquél no era un buen momento para ello, se le parecía bastante. Sí, bastante...

    ¡Ah, muchacho...!

    De pronto, Garraty se sintió bastante mareado, como si fuera a desmayarse. Levantó una mano y se dio unos cachetes en la mejilla, con la palma y con el revés.

    — ¿Te encuentras bien? —preguntó McVries.
    —Me siento mareado.
    —Vierte la cantimplora... —dijo McVries, con palabras rápidas y entre jadeos— sobre la cabeza.

    Garraty lo hizo. Yo te bautizo, Raymond Davis Garraty, pax vobiscum. El agua estaba fría. Dejó de sentirse mareado. Parte del agua se le coló por el cuello de la camiseta como lágrimas heladas.

    — ¡Cantimplora! —gritó.

    El esfuerzo del grito le hizo sentirse agotado una vez más. Deseó haber esperado un poco para pedirla.

    Un soldado se acercó a paso ligero y le entregó una cantimplora llena. Garraty notó los ojos inexpresivos del soldado, que parecían estudiarle.

    —Lárgate —dijo con voz de odio mientras asía la cantimplora—. Te han pagado para que me dispares, no para que me mires.

    El soldado se alejó sin cambiar de expresión. Garraty se esforzó por acelerar el paso.

    Siguieron subiendo, y nadie más fue eliminado, y por fin alcanzaron la cumbre. Eran las nueve en punto. Llevaban en la carretera doce horas, pero eso no importaba. Lo único que importaba era la fresca brisa que soplaba en la cumbre de la colina. Y el piar de un pájaro, y la sensación de la camiseta mojada sobre la piel.

    Y los recuerdos que se agitaban en su cabeza. Todas aquellas cosas eran importantes, y Garraty se asía a ellas con desesperada determinación. Eran sus cosas, y seguía poseyéndolas.

    — ¿Pete? —dijo.
    —Chico, me alegra seguir vivo. McVries no respondió. Ahora enfilaban la bajada y resultaba fácil caminar.
    —Intentaré seguir vivo —dijo Garraty, casi con tono de disculpa.

    La carretera formaba una suave curva en bajada. Todavía estaban a 185 kilómetros de Oldtown y de la autopista, comparativamente mucho más plana.

    —De eso se trata, ¿no? —respondió al fin McVries.

    Su voz sonaba débil y enmarañada, como si procediera de una bodega polvorienta.

    Ninguno de los dos volvió a decir nada durante un rato. Nadie hablaba. Baker caminaba con su ritmo constante —no había recibido aún ningún aviso—, con las manos en los bolsillos; su cabeza se movía en un leve gesto de asentimiento al ritmo de sus pasos. Olson había vuelto a sus avemarías. Su rostro era una mancha blanca en la oscuridad. Harkness estaba comiendo.

    —Garraty —dijo McVries.
    —Aquí estoy.
    — ¿Has visto alguna vez el final de una Larga Marcha?
    —No, ¿y tú?
    —No, diablos. Pensaba que, como no vives lejos, alguna vez...
    —Mi padre odiaba la Larga Marcha. Una vez me llevó para darme una... ¿cómo se llama...? una lección objetiva. Pero ésa fue la única vez que la vi.
    —Yo sí he visto un final.

    Garraty dio un respingo al oír aquella voz. Era Stebbins, que había avanzado hasta situarse a su altura, con la cabeza aún inclinada y el cabello rubio revoloteándole alrededor de las orejas.

    — ¿Y cómo era? —preguntó McVries. Su voz parecía haber rejuvenecido.
    —No te gustaría saberlo —respondió Stebbins.
    —Dímelo, venga.

    Stebbins no lo hizo. La curiosidad que Garraty tenía por él era mayor que nunca. Stebbins no se había arrugado. Ni mostraba signos de arrugarse. Caminaba sin protestar y no había recibido un solo aviso desde aquel primero, casi en la salida.

    —Sí, ¿cómo era? —se oyó decir a sí mismo.
    —Presencié el final hace cuatro años —dijo al fin Stebbins—. Tenía entonces trece años. Terminó a unos veinticinco kilómetros de la frontera del estado, ya en New Hampshire. Allí estaba la Guardia Nacional y dieciséis Escuadrones Federales para reforzar a la policía estatal. Era necesario ese despliegue porque la gente se agolpaba a ambos lados de la calzada a lo largo de casi setenta kilómetros. Más de veinte personas murieron pisoteadas antes de que todo finalizara. Sucedió porque la gente intentaba avanzar con los Marchadores para ver el final de la competición. Yo tuve un asiento de primera fila. Lo consiguió mi padre. — ¿A qué se dedica tu padre? —preguntó Garraty.
    —Está en los Escuadrones. Había calculado con toda precisión dónde terminaría la Marcha, y ni siquiera tuve que moverme para verlo. La Marcha terminó prácticamente delante de mí.
    — ¿Qué sucedió? —preguntó Olson en voz baja.
    —Les oí llegar mucho antes de que aparecieran a la vista. Fue como un gran rumor, una ola de sonido que se acercaba más y más. Y transcurrió una hora antes de que los dos últimos supervivientes se aproximaran lo suficiente para que les divisara. Los Marchadores no miraban a la multitud. Era como si ni siquiera se enteraran de la gente que les rodeaba. Sólo parecían ver la carretera. Los dos venían cojeando, como si les hubieran crucificado y después les hubieran bajado de la cruz y obligado a caminar con los clavos todavía hincados en los pies.

    Todos estaban pendientes de la narración de Stebbins. Un silencio horrorizado había caído sobre el grupo.

    —La muchedumbre gritaba a uno u otro, como si ellos pudiesen oírles. Unos gritaban el nombre de uno de los Marchadores, y otros el de su contrincante, pero lo único que se entendía en el griterío era una cantinela de «vamos, vamos, vamos». A mí me vapuleaban como si fuera un saco de patatas. Un tipo que estaba a mi lado se orinó encima o se masturbó bajo los pantalones.

    »Entonces pasaron justo delante de mí. Uno de los Marchadores era un chico alto, fuerte y rubio que llevaba la camisa abierta. Una de las suelas de sus zapatos se había despegado, descosido o lo que fuera, y aleteaba con cada uno de sus pasos. El otro muchacho ni siquiera llevaba zapatos, sólo los pies envueltos en unos calcetines que le cubrían los tobillos, el resto de los calcetines se lo había tragado el asfalto, ¿comprendéis? Tenía los pies morados y podían apreciarse los vasos sanguíneos reventados bajo la piel. No creo que fuera consciente de ello desde hacía horas. Quizá después pudieran hacer algo para recuperarlos en algún hospital, no lo sé. Quizá...

    — ¡Basta, por el amor de Dios! —gritó McVries con expresión aturdida—. ¡Basta!
    —Querías saberlo, ¿no? —repuso Stebbins casi jovialmente—. ¿No es así?

    No hubo respuesta. El vehículo oruga rechinó, traqueteó y barboteó sonidos metálicos desde el arcén y, a cierta distancia, alguien recibió un aviso.

    —Perdió el tipo grande y rubio. Lo vi todo. Acababan de pasar delante de mí y estaban apenas a unos metros. El chico levantó ambos brazos al aire, como si fuera Superman, pero en lugar de echar a volar cayó de bruces y le dieron el pasaporte al cabo de treinta segundos, porque ya llevaba tres avisos. Los dos tenían tres avisos.

    »A continuación la gente se puso a aplaudir y dar vítores. Gritaban y gritaban, y entonces el chico que había ganado abrió la boca e intentó decir algo, así que enmudecieron unos instantes. El chico había caído de rodillas, como si fuera a rezar, pero sólo estaba llorando. Se arrastró hasta el otro muchacho y hundió el rostro en el pecho del muerto. Empezó a decirle algo, pero no pudimos oírle. Hablaba con el rostro hundido en la camisa del chico rubio. Se dirigía al muerto. Entonces los soldados acudieron y le dijeron que había ganado el Premio, y le preguntaron cómo quería empezar.

    — ¿Y qué dijo él? —preguntó Garraty, y le pareció que con la pregunta ponía en juego toda su vida.
    —No dijo nada. Al menos en aquel momento —añadió Stebbins—. El muchacho le estaba hablando al muerto. Le estaba diciendo algo, pero nadie pudo oírlo.
    — ¿Qué sucedió luego? —preguntó Pearson.
    —No me acuerdo —respondió Stebbins.

    Nadie dijo una palabra. Garraty tuvo una sensación de pánico, de haber caído en una trampa, como si alguien le hubiera introducido en un estrecho conducto subterráneo del que nunca saldría. En la delantera del grupo, alguien recibió el tercer aviso y una voz emitió un gemido desesperado, como un jadeo de agonía. ¡Por favor, Dios mío, no permitas que maten a nadie ahora!, pensó Garraty. Me volvería loco si oyera disparar a alguien en este momento. ¡Por favor, Dios mío! ¡Te lo ruego!

    Unos minutos después, los fusiles bramaron con su sonido metálico y mortífero en plena noche. Esta vez fue un muchacho de baja estatura que lucía un jersey de fútbol bastante amplio, rojo y blanco. Por un instante Garraty pensó que la madre de Percy no iba a tener que preocuparse o perseguirle más, pero no se trataba de Percy, sino de un muchacho llamado Quincy, o Quentin.

    Garraty no perdió los nervios. Se volvió para dirigir unas palabras de recriminación a Stebbins, para preguntarle qué se sentía al castigar al muchacho con aquella historia tan terrible en sus últimos minutos de vida. Sin embargo, Stebbins había regresado ya a su habitual posición y Garraty volvió a encontrase a solas.

    Los noventa Marchadores que quedaban continuaron la competición.


    5


    No ha dicho usted la verdad, y por eso tendrá que pagar las consecuencias.
    Bob Barker
    La verdad o las consecuencias


    A las diez menos veinte de aquel interminable 1 de mayo, Garraty borró uno de sus avisos. Dos Marcha—dores más habían recibido el pasaporte después del chico del jersey de futbolista. Garraty apenas se enteró de ello, pues estaba realizando un meticuloso inventario de sí mismo.

    Una cabeza un poco confusa y alterada, pero básicamente en buen funcionamiento. Dos ojos enrojecidos. Un cuello bastante rígido. Dos brazos sin problemas de momento. Un torso en buenas condiciones salvo por la sensación de languidez en el estómago que los alimentos concentrados no conseguían mitigar. Dos piernas condenadamente cansadas, con los músculos doloridos. Se preguntó cuánto tiempo más le seguirían llevando por sí mismas antes de que su cerebro se adueñara de ellas y las obligara a continuar más allá de toda cordura para evitar que una bala le hiciera caer de su armazón esquelético. ¿Cuánto pasaría hasta que las piernas empezaran a fallarle, y luego a trabarse, y por último a agarrotarse y detenerse? Tenía las piernas cansadas pero, hasta donde podía apreciar, estaba aún en buen estado. Y dos pies. Dos pies dolientes. Sí, le dolían, no había por qué negarlo. Él era un chico robusto y sus pies tenían que trans-portar en cada paso sus 73 kilos de peso. Le dolían las plantas, en las que a veces sentía extrañas punzadas. El dedo gordo del pie izquierdo había agujereado el calcetín (le vino a la cabeza la narración de Stebbins y sintió una especie de terror paralizante al recordarla) y la zapatilla había empezado a rozarle, produciéndole molestias. Sin embargo, sus pies seguían funcionando, seguían sin sufrir ampollas y los notaba en bastante buen estado, como el resto de su persona.

    Garraty, se animó a sí mismo, estás en buena forma. Doce Marchadores eliminados, el doble de ese número probablemente en un estado deplorable, pero tú sigues bien. Avanzas sin problemas. Eres fantástico. Y sigues vivo.

    La conversación, que se había interrumpido abruptamente tras el relato de Stebbins, empezó a reanudarse. Hablar era cosa de los vivos. Yannick, el número 98, hablaba de las madres de los soldados del vehículo oruga con Wyman, el número 97, en voz excesivamente fuerte. Ambos estaban de acuerdo en que eran unos bastardos, hijos de padres desconocidos y con un árbol genealógico lleno de negros y de enfermos. Pearson preguntó a Garraty:

    — ¿Alguna vez te han puesto un enema?
    — ¿Un enema? —repitió Garraty—. No, creo que no.
    — ¿Y a alguno de vosotros, chicos? Vamos, decid la verdad.
    —A mí sí —dijo Harkness con una risita sofocada—. Mi madre me administró uno cuando era pequeño, el día siguiente al Halloween, porque me había comido una bolsa entera de caramelos.
    — ¿Te gustó? —quiso saber Pearson.
    — ¡Claro que no! ¿A quién diablos puede gustarle que le metan medio litro de líquido por el...?
    —A mi hermano pequeño —afirmó Pearson—. Le pregunté si le daba pena que me fuese y respondió que no, porque mi madre le había dicho que le pondría un enema si era bueno y no lloraba. A mi hermanito le encantan.
    — ¡Eso es horroroso! —exclamó Harkness.
    —Lo mismo pienso yo —asintió Pearson con aire apenado.

    Unos minutos después, Davidson se acercó al grupo y les habló de la vez que se había emborrachado en la Feria del Estado, en Steubenville, y se coló en la tienda de las prostitutas y una mujerona gorda y enorme semidesnuda le agarró por la cabeza. Y cuando Davidson le explicó que estaba borracho y que creía haber entrado en la tienda de los tatuajes, la mujer le había dejado sobarla un rato. Y Davidson le había dicho que quería tatuarse una bandera de barras y estrellas en el estómago.

    Art Baker les contó, seguidamente, un concurso que celebraban en su pueblo para ver quién soltaba el pedo más fuerte; un muchacho de culo peludo llamado Davey Popham había conseguido chamuscarse los pelos del trasero con una ventosidad que, según Baker, olía a hierba quemada. La anécdota le produjo a Harkness tal ataque de risa que se ganó un aviso.

    Después de esto, la veda quedó levantada. Los chistes verdes se sucedían, hasta que todo el grupo se convirtió en un pelotón que avanzaba dando tumbos, presa de una risa histérica. Alguien recibió un aviso y, no mucho después, el otro Baker (James) recibió el pasaporte. El buen humor desapareció como por ensalmo. Algunos empezaron a hablar de sus novias y la conversación se hizo inconexa y sensiblera. Garraty no explicó nada acerca de Jan, pero cuando dieron las diez a Garraty le pareció que Jan era lo mejor que había conocido en toda su vida.

    Pasaron bajo una breve hilera de farolas de mercurio, cruzando un pueblo de ventanas cerradas a cal y canto. Todos los Marchadores iban alicaídos, hablando en suaves murmullos. Frente a una tienda, cerca del final de la calle principal, una pareja joven dormitaba en un banco junto a la carretera, con las cabezas apoyadas una contra otra. Entre ambos se bamboleaba una pancarta que no alcanzaron a leer. La chica era muy joven —no mayor de catorce años—, y su novio llevaba una camiseta deportiva que había pasado demasiadas veces por la lavadora. Sus sombras sobre la calzada formaban un charco de oscuridad que los Marchadores cruzaron en silencio.

    Garraty echó una mirada atrás, convencido de que el ronroneo del vehículo oruga les habría despertado, pero les vio todavía dormidos, ajenos a que la Larga Marcha había pasado ante ellos. La chica parecía demasiado joven, y se preguntó si su padre le daría una buena reprimenda por llegar tan tarde a casa. Se preguntó a sí mismo si en la pancarta pondría también «Viva Garraty. Arriba Maine». Por alguna razón, esperaba que no fuera así, ya que la idea le resultaba un poco repulsiva. Dio cuenta del último tubo de alimentos concentrados y se sintió un poco mejor. Ahora ya no quedaba nada que Olson pudiera pedirle. Lo de Olson resultaba curioso. Seis horas antes, Garraty habría apostado a que Olson estaba exhausto; sin embargo, el muchacho seguía caminando, y ahora sin avisos. Garraty supuso que una persona era capaz de muchas cosas cuando estaba en juego su vida. Llevaban ya 87 kilómetros.

    Los últimos comentarios se apagaron después del paso por aquel pueblo sin nombre. Durante una hora avanzaron en silencio y el frío empezó a calar de nuevo en Garraty. Engulló la última galleta de su madre, hizo una pelota con el papel de aluminio y la lanzó hacia los arbustos que flanqueaban la carretera. Apenas un papel más para la gran papelera de la vida.

    McVries había sacado un cepillo de dientes de su macuto y se afanaba en limpiárselos en seco. Todo continuaba, pensó Garraty, admirándose de ello. Si uno soltaba un eructo, pedía perdón. Uno saludaba a quienes le animaban porque eso era lo correcto. Nadie discutía demasiado con los demás (salvo Barkovitch), porque así se comportaba la gente educada. Todo seguía funcionando igual.

    ¿O no? Pensó en McVries pidiéndole a Stebbins que no continuara su narración. En Olson aceptando el queso con la silenciosa humildad de un perro apaleado. Todo parecía poseer una intensidad superior a la normal, un contraste más marcado de colores, luces y sombras.

    A las once sucedieron varias cosas. Llegó el rumor de que un pequeño puente de madera próximo se había derrumbado a causa de la crecida de un río tras una fuerte tormenta. Roto el puente, la Marcha tendría que detenerse temporalmente. Un débil grito de júbilo recorrió las abatidas filas, y Olson murmuró un «gracias a Dios».

    Un momento después, Barkovitch empezó a desgranar una sarta de improperios al muchacho que iba a su lado, un tipo regordete y nada agraciado llamado Rank. Éste le lanzó un golpe a Barkovitch —algo expresamente prohibido por el reglamento— y recibió un aviso por ello. Barkovitch ni siquiera varió el paso. Sencillamente bajó la cabeza, se encogió al recibir el golpe y siguió gritando:

    — ¡Vamos, hijo de perra! ¡Voy a bailar sobre tu maldita tumba! ¡Vamos, imbécil! ¡No me lo pongas demasiado fácil!

    Rank le lanzó otro golpe. Barkovitch lo esquivó ágilmente, pero tropezó con el chico que caminaba al otro lado. Tanto él como Rank fueron advertidos por los soldados, que ahora observaban los acontecimientos desapasionadamente, como si contemplasen a una pareja de hormigas peleándose por una migaja de pan, pensó Garraty con amargura.

    Rank empezó a caminar más aprisa, sin mirar a Barkovitch. Éste, furioso por el aviso recibido (el chico con el que había tropezado era Gribble, el que había llamado asesino al Comandante), le gritó:

    — ¡Tu madre es una chupapollas, Rank!

    Rank se volvió de pronto y cargó contra Barkovitch.

    Gritos de « ¡Separaos!» y « ¡Dejadlo ya!» llenaron el aire, pero Rank no hizo caso. Arremetió contra Barkovitch con la cabeza baja.

    Barkovitch le esquivó. Rank trastabilló y rodó hasta el arcén, resbaló en la arena y quedó sentado con las piernas abiertas. Recibió el tercer aviso.

    — ¡Vamos, imbécil! —le incitó Barkovitch—. ¡Levántate!

    Rank lo hizo, pero resbaló en algo y cayó de espaldas. Parecía aturdido y ofuscado.

    La tercera cosa que sucedió alrededor de las once fue la muerte de Rank. Hubo un momento de silencio cuando los fusiles apuntaron, y la voz de Baker se alzó, clara y audible:

    — ¡Eh, Barkovitch, ahora ya no eres sólo un bastardo! ¡Ahora eres un asesino!

    Los fusiles restallaron. El cuerpo de Rank fue levantado en el aire por la fuerza de las balas. Después quedó tendido e inerte, con un brazo en la carretera.

    — ¡Fue culpa suya! —gritó Barkovitch—. ¡Vosotros lo visteis, lanzó el primer golpe! ¡Consejo número 8! Nadie dijo nada.
    — ¡Iros a la mierda! ¡Todos!
    —Vuelve ahí y baila un poco sobre él, Barkovitch—dijo McVries—. Vamos, diviértenos. ¡Baila un poco sobre él!
    — ¡La tuya es otra chupapollas, caracortada! —rugió Barkovitch.
    — ¡Cómo deseo ver tus sesos en el asfalto! —continuó tranquilamente McVries. Se había llevado la mano a la cicatriz y la frotaba con frenesí—. ¡Aplaudiré cuando eso suceda, cerdo asesino!

    Barkovitch murmuró algo para sí. Los demás se habían alejado de él como de la peste y avanzaba absolutamente a solas.

    Pasaron los 95 kilómetros hacia las once y diez, sin señal alguna del puente. Garraty empezaba a pensar que esta vez radio macuto se había equivocado, cuando sal-varon una pequeña elevación y vieron al fondo un charco de luz donde se movía un pequeño equipo de hombres atareados.

    Las luces eran los faros de varios camiones, dirigidos a un puente de madera que salvaba un torrente de rápidas aguas.

    — ¡De veras que me encanta ese puente! —dijo Olson, mientras se llevaba a los labios uno de los cigarrillos de McVries—. ¡De veras!

    Pero al acercarse más, Olson emitió una especie de gemido y lanzó entre las zarzas el cigarrillo. Uno de los soportes y dos de los arcos de madera habían sido arrastrados, pero el Escuadrón había trabajado con gran diligencia. Se había plantado un poste telegráfico cortado en el lecho del río, anclado en lo que parecía un gigantesco taco de cemento. No les había dado tiempo a reponer los maderos, así que habían colocado en el hueco un gran contenedor de camión. Una improvisación, pero bastaría.

    —El puente de San Luis Rey —dijo Abraham—. Si los de delante pisan con fuerza, se volverá a caer.
    —Hay pocas probabilidades —respondió Pearson, y añadió luego con voz frágil y llorosa—: ¡Oh, mierda!

    La vanguardia, ahora reducida a tres o cuatro chicos, estaba ya en el puente. Sus pisadas resonaron huecas al cruzar. Y pronto estuvieron al otro lado, avanzando sin volver la mirada. El vehículo oruga se detuvo. Dos soldados bajaron y cruzaron junto a los muchachos. Al otro lado del puente, otros dos controlaban a la vanguardia. Los tablones retumbaron con firmeza.

    Dos hombres con pantalones de pana se apoyaban en un camión salpicado de asfalto que decía reparaciones viarias. Estaban fumando y llevaban botas impermeables de caucho. Observaron el paso de los Marchadores y, cuando Davidson, McVries, Olson, Pearson, Harkness, Baker y Garraty pasaron en un grupo bastante disgregado, uno de ellos lanzó la colilla al torrente y dijo:

    — ¡Ahí está! ¡Ése es Garraty!
    — ¡Adelante, chico! —gritó el otro—. ¡He apostado diez dólares por ti, doce a uno!

    Garraty advirtió algo de serrín del poste de teléfono en la parte trasera del camión. Aquellos hombres eran los que se habían cuidado de que siguiera avanzando, tanto si lo deseaba como si no. Levantó una mano hacia ellos y cruzó el puente. El contenedor que había sustituido a los tablones resonó bajo sus pies y pronto el puente quedó atrás. La carretera hizo una curva y el único recuerdo del descanso que casi habían disfrutado fue una franja de luz en forma de cuña entre los árboles de la cuneta. Pronto también aquello quedó fuera de la vista.

    — ¿Alguna vez la Larga Marcha ha sido detenida por alguna causa? —preguntó Harkness.
    —No lo creo —dijo Garraty—. ¿Más material para el libro?
    —No —respondió Harkness con voz cansada—. Sólo para mi información personal.
    —Se detiene cada año —dijo Stebbins desde detrás de ellos—. Una vez.

    No hubo respuesta.

    Media hora después, McVries se acercó a Garraty y anduvo en silencio a su lado un buen trecho. Por fin, en voz muy baja, le dijo:

    — ¿Crees que vas a ganar, Ray? Garraty meditó la respuesta.
    —No —dijo finalmente—. No, yo... No.

    El sincero reconocimiento le atemorizó. Pensó otra vez en recibir el pasaporte... ¡no!, en recibir el balazo, en el último medio segundo gélido de absoluta certeza, en ver los agujeros sin fondo de los cañones apuntándole. Las piernas heladas. El estómago en un puño, los músculos, los genitales y el cerebro agazapándose en el olvido apenas a unas pulsaciones de la muerte.

    Tragó saliva, con la garganta seca.

    — ¿Y tú? —preguntó.
    —Me parece que no. A las nueve he dejado de pensar que tengo alguna posibilidad real. Verás, yo... —McVries carraspeó—. Es difícil decir esto, pero yo vine aquí con los ojos abiertos, ¿comprendes? —Hizo un gesto hacia los demás muchachos—. Muchos de ésos no. Yo sabía las posibilidades, pero me olvidé de las personas. Creo que jamás entendí que el auténtico meollo del asunto era éste. Me parece que tenía la idea de que cuando el primer chico se encontrara con que no le quedaban más avisos, dirigirían contra él unas pistolas y, cuando dispararan, saldría confeti con la palabra bang y... y el Comandante diría « ¡Inocente! ¡Inocente!» y todos nos iríamos a casa. ¿Entiendes a qué me refiero?

    Garraty recordó su lacerante horror cuando Curley fuera abatido en un amasijo de sangre y materia cerebral como harina de avena, los sesos en el asfalto.

    —Sí —asintió—. Sé a qué te refieres.
    —Me ha costado darme cuenta, pero desde que he superado el bloqueo mental lo he comprendido todo. Camina o muere, ésa es la moraleja de este cuento. Así de sencillo. No se trata de la supervivencia del más preparado. Ahí fue donde me equivoqué al meterme en esto. Si lo fuera, tendría bastantes posibilidades. Pero hay hombres débiles que llegan a levantar coches si sus esposas están atrapadas debajo. El cerebro, Garraty.
    —La voz de McVries se había convertido en un ronco susurro—. No se trata de hombre o Dios. Es algo... del cerebro.

    Un chotacabras cloqueó en la oscuridad. La niebla se estaba levantando.

    —Algunos de esos chicos seguirán caminando mucho después de que las leyes de la bioquímica y la capacidad física hayan saltado por la borda. El año pasado hubo un chico que gateó durante tres kilómetros, a seis kilómetros y medio por hora, antes de sufrir un calambre en ambos pies, ¿recuerdas haberlo leído en alguna parte? Mira a Olson: está agotado pero sigue adelante. Ese maldito Barkovitch funciona a base de odio de alto octanaje y sigue fresco como una rosa. No creo que yo pueda hacerlo así. No estoy cansado, no cansado de verdad... todavía. Pero lo estaré. —La cicatriz destacaba en su rostro fatigado mientras clavaba los ojos en la oscuridad—. Yo creo que... cuando esté lo bastante cansado... sencillamente me sentaré.

    Garraty guardó silencio, pero se sintió alarmado. Muy alarmado.

    —De todos modos, pienso sobrevivir a Barkovitch—añadió McVries, casi para sí mismo—. De eso estoy seguro.

    Garraty echó un vistazo a su reloj: las 23.30. Pasaron por un cruce de caminos donde un agente de tráfico montaba guardia con aire soñoliento. Los posibles automóviles que el agente debía controlar en aquel punto brillaban por su ausencia. Los Marchadores pasaron junto a él cruzando el brillante charco de luz iluminado por una única farola de mercurio. La oscuridad cayó de nuevo sobre ellos como un saco de carbón.

    —Podríamos escabullimos en el bosque y nunca nos encontrarían —dijo Garraty con aire meditabundo.
    —Inténtalo —dijo Olson—. Los soldados disponen de miras telescópicas de rayos infrarrojos, además de muchas clases de aparatos de control, incluidos micrófonos de alta intensidad. Pueden oír todo cuanto hablamos. Casi pueden captar el latido de nuestros corazones, uno por uno. Y pueden vernos casi como si fuera de día, Ray.

    Como para resaltar esto último, un chico situado en la cola del grupo recibió un aviso.

    —Tú le quitas toda la diversión a la vida —masculló Baker. Su leve acento sureño le sonó extraño y fuera de lugar a Garraty.

    McVries se había alejado. La oscuridad parecía aislar a cada Marchador de los demás, y Garraty sintió un hálito de profunda soledad. Se oían murmullos y gritos ahogados cada vez que algo crujía entre los árboles, y Garraty comprendió, con cierta sorpresa, que un paseo de noche cerrada por los bosques de Maine no debía de ser un camino de rosas para los muchachos de ciudad que había en el grupo. Un búho emitió un ruido misterioso en algún lugar, a su izquierda. En el otro lado se oyó un crujido, un silencio y un nuevo crujido; por fin, tras un nuevo silencio, la desconocida criatura empezó una estruendosa y rápida retirada a zonas del bosque menos pobladas. Hubo un grito nervioso de « ¿Qué ha sido eso?»

    En el firmamento, unas caprichosas nubes de primavera empezaron a surcar el aire con sus formas aborregadas, promesa de nuevas lluvias. Garraty se subió el cuello de la chaqueta y oyó el ruido de sus pies sobre el asfalto. Allí había algún truco, un sutil ajuste mental, igual que la visión nocturna se adapta mucho mejor cuanto más tiempo permanece uno en la oscuridad. Por la mañana, el rumor de sus propios pies le había pasado inadvertido, perdido entre los pasos de otros noventa y nueve pares de pies, por no hablar del ronroneo del vehículo oruga.

    En cambio, ahora podía oírlos con claridad. Podía seguir sus propios pasos y notar cómo su pie izquierdo rozaba la calzada de vez en cuando. Le pareció que el sonido de sus pisadas se había hecho casi tan intenso como el de sus latidos. Era un sonido vital, un sonido que representaba la vida frente a la muerte.

    Los ojos, atrapados en sus cuencas, le escocían. Sentía los párpados pesados. Las energías parecían escapársele por algún sumidero en lo más profundo de su ser. Los avisos a los Marchadores se sucedían con monótona regularidad, pero nadie recibió el pasaporte. Barkovitch había enmudecido. Stebbins volvía a ser un fantasma, invisible en la cola del grupo.

    Las manecillas de su reloj señalaban las 23.40. Se acercaba la hora de las brujas, pensó Garraty. La hora en que las tumbas se abren y los muertos envueltos en moho se levantan. La hora en que los niños buenos ya están acostados, en que los esposos y los amantes han cesado ya sus peleas de almohada, en que los pasajeros dormitan en el autobús a Nueva York, en que Glenn Miller suena sin cesar en las radios y los encar-gados de los bares empiezan a pensar en poner las sillas sobre las mesas, en que...

    El rostro dejan apareció de nuevo en sus pensamientos. Pensó en el beso que le había dado por Navidad, hacía ya casi medio año, bajo el muérdago de plástico que su madre siempre colgaba del gran globo de luz de la cocina. Tonterías de críos. Recordó que los labios de Jan le habían parecido sorprendidos y tiernos, sin ofrecer resistencia. Un bello beso, para soñar con él. Su primer beso de verdad, que repitió más tarde. Al acompañarla de vuelta a casa, se habían detenido en el camino del garaje, quietos bajo la silenciosa semioscuridad de la nieve navideña. Entonces había sido algo más que un hermoso beso. Él había puesto sus manos en la cintura de Jan, y ella le había pasado los brazos en torno al cuello, muy apretada contra él, con los ojos cerrados (él había abierto un instante los suyos), la suave sensación de sus pechos —amortiguada por los abrigos, naturalmente—contra él. Había estado a punto de decirle cuánto la amaba, pero no... eso habría sido ir demasiado deprisa.

    Después de ese día, ambos se enseñaron cosas mutuamente. Ella le enseñó que algunos libros eran para leerlos y olvidarlos enseguida, sin profundizar en ellos (Ray era una especie de empollón, lo cual divertía a Jan; la actitud de ésta exasperaba al principio al muchacho, hasta que también él vio el lado divertido del asunto). Y él le enseñó a tejer con aguja. Se trataba de una curiosidad. Había sido su padre, no otra persona, quien había enseñado a Ray a tejer... antes de que los Escuadrones se lo llevaran. Y su padre había aprendido, a su vez, del abuelo. Era una especie de tradición masculina entre los Garraty, al parecer. Jan se había sentido fascinada por la técnica de aumentar y reducir puntos, y muy pronto superó a Ray en habilidad, pasando de las laboriosas bufandas y mitones del muchacho a suéteres y objetos más complicados, y finalmente al ganchillo y a la realización de tapetes, tarea que abandonó por ridícula en cuanto hubo dominado la técnica.

    Ray también había enseñado a Jan a bailar la rumba y el cha-cha-cha, habilidades que había aprendido en interminables mañanas de domingo en la Escuela de Danza Moderna de la señora Amelia Dorgens. Eso había sido idea de su madre, y Ray se había opuesto a ella rotundamente. Sin embargo, su madre había permanecido en sus trece, y Ray lo había agradecido posteriormente.

    Pensó ahora en los contrastes de luces y sombras del óvalo casi perfecto del rostro de Jan, su manera de caminar, los registros agudos y graves de su voz, y sus deseables balanceos de caderas. Volvió a preguntarse, presa del terror, qué estaba haciendo allí, avanzando por aquella carretera a oscuras. Ray deseaba ajan en aquel instante. Deseaba repetir todo lo hecho anteriormente, pero de un modo distinto. Ahora, al pensar en el rostro bronceado del Comandante, en su bigote salpimentado, en las gafas de sol reflectantes y en el resto de sus facciones, Garraty sintió un terror tan profundo que notó las piernas débiles y gomosas. ¿Por qué estoy aquí?, se preguntó desesperado, sin encontrar respuesta. ¿Por qué estoy...? Los fusiles resonaron en la oscuridad y se oyó el sonido de un cuerpo al caer, como el ruido de una saca de correos lanzada sobre el asfalto. El miedo volvió a hacer presa de él. Un miedo cálido, sofocante, que le hizo desear echar a correr a ciegas, internarse entre los arbustos y seguir corriendo hasta encontrar a Jan y refugiarse en su seguridad.

    McVries tenía a Barkovitch para no dejar de caminar. Él lo haría por Jan. Había espacio reservado para los parientes y amigos de los Marchadores en las primeras filas de público. Allí podría verla.

    Pensó en el beso que le había dado a la chica de la carretera y se avergonzó.

    ¿Cómo sabes que lo conseguirás?, se dijo. Un calambre..., una llaga... un corte o una hemorragia nasal que no se detiene..., una cuesta demasiado empinada o demasiado larga... ¿Cómo sabes que lo conseguirás? ¡Lo haré!, se contestó. ¡Lo conseguiré!

    —Felicidades —dijo McVries a su lado, haciéndole dar un respingo.
    — ¿Qué?
    —Es medianoche. Estamos vivos para recibir un nuevo día, Garraty.
    —Y muchos más —añadió Abraham—. Al menos yo.
    —Ciento setenta kilómetros para Oldtown, si os interesa saberlo —intervino Olson con voz cansada.
    — ¿A quién le importa Oldtown? —exclamó McVries—. ¿Has estado alguna vez allí, Garraty?
    —No.
    — ¿Y en Augusta? ¡Vaya!, yo pensaba que Augusta estaba en Georgia.
    —Sí, he estado en Augusta. Es la capital del estado...
    —Es la capital de la región —le corrigió Abraham.
    —Está la mansión del gobernador, tiene un par de glorietas de tráfico y un par de cines...
    — ¿Hay de eso en Maine? —dijo McVries.
    —Es una pequeña capital —resumió Garraty con una sonrisa.
    —Esperad a que lleguemos a Boston —dijo McVries.

    Se oyeron gruñidos.

    A lo lejos se oían vítores, gritos y silbidos. Garraty se alarmó al oír su nombre. A menos de un kilómetro había una granja semiderruida. Sin embargo, se había conectado a alguna parte un foco que iluminaba un enorme cartel, confeccionado con ramas de pino, que ocupaba toda la fachada de la casa. En él se leí: « ¡GARRATY ES NUESTRO HOMBRE! Asociación de Padres de Aroostook County.»

    — ¡Eh, Garraty!, ¿dónde están los padres? —gritó alguien.
    — ¡En casa, haciendo niños! —replicó Garraty.

    No había duda de que Maine era terreno de Garraty, pero las pancartas, gritos y burlas de los demás le resultaban un poco mortificantes. En las últimas quince horas, había descubierto, entre otras cosas, que no le gustaba mucho atraer la atención del público. El pensamiento de un millón de personas en todo el estado animándole y haciendo apuestas por él (doce a una, había dicho aquel obrero; ¿eso era bueno o malo?) resultaba un tanto abrumador.

    —Pensaba que habrían dejado unos cuantos padres rollizos y jugosos por ahí cerca —dijo Davidson.

    Las bromas y risas fueron frías y no duraron mucho. La carretera enmudecía las risas muy rápidamente. Cruzaron otro puente, esta vez uno de cemento que salvaba un río de buen caudal. Abajo, el agua se retorcía como un velo de seda negra. Unos grillos chirriaban cautelosamente y, a las doce y cuarto, empezó a caer una fina y fría lluvia.

    Delante, alguien se puso a tocar la armónica. No duró mucho (consejo número 6: «Conserva el aire»), pero fue hermoso mientras duró. Sonaba un poco como Old Black Joe, pensó Garraty: «En el campo de maíz, / ahí va mi triste canción. / Todos los negros lloran, / Ewing está bajo el frío, frío suelo.» No, no era Old Black Joe; era una canción de algún otro racista clásico, como Stephen Foster. El viejo Stephen Foster. Alcohólico hasta la muerte. Como Poe, según se decía. Poe, el necrófilo que se había casado con su prima de catorce años, lo cual le convertía también en pedófilo. Tipos absolutamente depravados, Poe y Stephen Foster. Si hubieran podido ver la Larga Marcha, pensó Garraty, habrían podido colaborar en la primera revista musical morbosa del mundo: El amo está en la, fría, fría carretera, o algo semejante.

    En la cabeza del grupo, alguien empezó a gritar, y Garraty sintió que se le helaba la sangre. Era una voz muy joven, y no gritaba palabras. Sólo gritaba. Una silueta oscura se separó del pelotón, cruzó el arcén por delante del vehículo oruga (Garraty no había advertido cuándo el vehículo se había reintegrado al grupo después del puente en reparación) y se internó en el bosque. Las armas rugieron. Hubo ruido de ramas partién-dose cuando el cuerpo cayó entre los enebros y las zarzas. Uno de los soldados saltó y asió el cuerpo inerte por las manos. Garraty observó los hechos con apatía y pensó que incluso el horror se asimilaba. Uno podía saciarse hasta de ver muertes.

    El chico de la armónica tocó unos cuantos compases irónicos del toque de silencio militar y alguien —Collie Parker, por el tono— le dijo con voz hosca que se callara. Stebbins rio. Garraty se sintió repentinamente furioso con Stebbins y deseó volverse y preguntarle cómo se sentiría si alguien se pusiera a reír ante su muerte. Era algo que cabía esperar de un Barkovitch. Éste había dicho que bailaría sobre muchas tumbas, y ya había conseguido hacerlo sobre dieciséis.

    Garraty dudó que Barkovitch tuviera pies para bailar sobre muchas más. De pronto, una punzada de dolor le atravesó el arco del pie derecho. Garraty aguardó, con el corazón en un puño, a que volviera a sucederle. Ahora sería más fuerte. Convertiría su pie en un taco de madera inútil. Pero no volvió a dolerle.

    —No podré seguir mucho más —gimió Olson.

    Su rostro era una mancha borrosa en la oscuridad. Nadie le contestó.

    La oscuridad. La maldita oscuridad. A Garraty le parecía estar enterrado vivo. Emparedado. Faltaba un siglo para el amanecer. Muchos de ellos no lo verían. Estaban todos enterrados bajo dos metros de oscuridad. Sólo faltaba la monótona salmodia del sacerdote, con su voz amortiguada pero no del todo apagada por la oscuridad que se cernía sobre aquel cortejo fúnebre. Y los presentes ni siquiera se daban cuenta de que ellos estaban allí, que estaban vivos, que estaban gritando y luchando y resistiendo en aquel ataúd de oscuridad; el aire era mohoso, se estaba volviendo ponzoñoso; la esperanza se difuminaba hasta no ser otra cosa que la propia oscuridad, y sobre todo ello, la voz acompasada del celebrante y los pies impacientes y rumorosos de los miembros del cortejo, inquietos por volver al sol del cálido mayo. Y por último, dominándolo todo, el coro de suspiros y crujidos de los escarabajos e insectos, abriéndose paso por entre la tierra, acercándose para el festín.

    Podría volverme loco, pensó Garraty. Podría perder totalmente la cabeza.

    Una leve brisa suspiró a través de los pinos. Garraty se volvió y orinó. Stebbins avanzó un poco y Harkness hizo un sonido extraño con la garganta. Avanzaba medio dormido.

    De pronto, Garraty fue muy consciente de los pequeños sonidos de la vida: alguien carraspeó y escupió, otro estornudó; un tercero, delante y un poco a la izquierda de su posición, mascaba algo ruidosamente. Una voz preguntaba a alguien cómo se sentía. La respuesta fue apenas un murmullo. Yannick cantaba con un suspiro, suave y desafinado.

    Era todo cuestión de conservarse consciente. Pero la conciencia no podía conservarse siempre.

    — ¿Por qué me metí en esto? —preguntó Olson con tono desesperado, como un eco de los recientes pensamientos de Garraty—. ¿Por qué decidí meterme en esto? Nadie le respondió. Nadie había respondido a sus palabras desde hacía mucho tiempo. Garraty pensó que era como si Olson ya estuviera muerto.

    Cayó una nueva llovizna, de corta duración. Pasaron ante otro viejo cementerio, una iglesia adosada, una tienda y, seguidamente, se encontraron atravesando una pequeña aldea típica de Nueva Inglaterra, de casas pequeñas y hermosas. La carretera cruzaba una zona comercial en miniatura, donde una docena de personas se había reunido para verles pasar. Les animaron contenidamente, como si temieran despertar a sus vecinos. Nadie entre el público era niño o adolescente. El más joven era un hombre de mirada intensa de unos veinticinco años. Llevaba gafas sin montura y una chaqueta raída, bien apretada para protegerse del frío. Tenía el cabello peinado hacia atrás y Garraty advirtió, irónicamente, que llevaba semiabierta la bragueta.

    — ¡Adelante, adelante! ¡Vamos, ánimo, muchachos! —les decía en voz queda.

    Agitaba una mano regordeta y fofa, y sus ojos parecían querer comerse a cada uno de los Marchadores que pasaban.

    Al otro lado del pueblo, un policía de aspecto soñoliento retuvo a un rugiente camión de transporte hasta que hubieron pasado. Había cuatro farolas más, un edificio abandonado y en ruinas, con la inscripción granja eureka n.° 81 sobre la gran puerta doble, y enseguida la población quedó atrás. Por alguna razón, Garraty se sentía como si acabara de cruzar un relato corto de Shirley Jackson.

    —Mira a ese tipo —le señaló McVries con un gesto.

    «Ese tipo» era un muchacho alto con un ridículo impermeable verde oliva que se le enredaba entre las rodillas. Caminaba con los brazos en torno a la cabeza como una gigantesca cataplasma, y se tambaleaba de un lado a otro. Garraty no recordaba haber visto a aquel Marchador hasta entonces... pero, naturalmente, la oscuridad deformaba los rostros.

    El muchacho tropezó con uno de sus propios pies y casi cayó al suelo, pero siguió caminando. Garraty y McVries le observaron con fascinado interés durante varios minutos, olvidando sus propios dolores y fatigas. El chico del impermeable no emitía el menor sonido; ni un gemido, ni un gruñido.

    Por último, cayó y recibió un aviso. Garraty no pensaba que pudiera incorporarse de nuevo, pero lo consiguió. Ahora caminaba casi a la altura de Garraty y los demás. Era un muchacho muy feo, con el número 45 adherido en el impermeable.

    — ¿Qué te sucede, chico? —susurró Olson, pero el muchacho pareció no oírle.

    Así se terminaba, pensó Garraty. Una desconexión absoluta de todos y de todo lo que les rodeaba. Nada, salvo la carretera. La mirada fija en la carretera con una especie de horrorizada fascinación, como si fuera una cuerda floja que tenían que recorrer sobre una infinita sima sin fondo.

    — ¿Cómo te llamas? —preguntó al muchacho, pero no recibió respuesta. Garraty repitió la pregunta una y otra vez, como una letanía idiota a la que aferrarse para escapar del destino que pudiera surgir de la oscuridad como un tren expreso—. ¿Cómo te llamas? ¿Eh? ¿Cómo te llamas, cómo te llamas...?
    —¡Ray! —McVries le estaba tironeando de la manga.
    —No quiere decírmelo, Pete. Haz que me lo diga, haz que me diga su nombre...
    —No le molestes. Está muriéndose, no le molestes.

    El muchacho del impermeable volvió a caer, esta vez de bruces. Cuando se levantó, tenía rasguños en la frente. Ahora iba detrás del grupo de Garraty, pero oyeron con claridad cuando le dieron el último aviso.

    Pasaron por un hueco de oscuridad aún más cerrada, un paso inferior bajo el trazado del ferrocarril. En alguna parte rezumaba la lluvia, con un sonido hueco y misterioso en aquella garganta de piedra. Había una gran humedad. Pronto estuvieron de nuevo al descubierto, y Garraty vio con gratitud que sobre ellos había otra vez una gran extensión de firmamento.

    El chico del impermeable volvió a caer. El sonido de las pisadas se aceleró cuando todos se apartaron de él. Poco después, las armas se dejaron oír. Garraty llegó a la conclusión de que al fin y al cabo el nombre del muchacho no importaba gran cosa.


    6


    Y ahora nuestros concursantes se encuentran en sus celdas de aislamiento.
    Jack Barry
    Veintiuno


    Las tres y media de la madrugada.

    A Ray Garraty le pareció el minuto más largo de la noche más larga de su vida. Era la hora de la marea baja, la hora en que el mar se retira dejando bruñidos bancos de arena cubiertos de algas, latas de cerveza oxidadas, preservativos podridos, botellas rotas, boyas destrozadas y esqueletos recubiertos de algas con un raído traje de baño. Era la hora de la marea muerta.

    Siete más habían recibido el pasaporte después del chico del impermeable. Hacia las dos de la madrugada, tres Marchadores habían sido abatidos casi al mismo tiempo, como un montón de tallos de maíz secos bajo el primer soplo fuerte del viento de otoño. Llevaban 120 kilómetros de marcha y habían quedado fuera veinticuatro.

    Pero nada de eso importaba. Lo único importante era la marea muerta. Las tres y media y marea muerta. Se señaló otro aviso y, poco después, los fusiles dispararon una vez más. En esta ocasión se trataba de un rostro conocido: Davidson, el número 8, el que decía que se había colado en la tienda de las prostitutas en la Feria Estatal de Steubenville.

    Garraty contempló el rostro blanco de Davidson, salpicado de sangre, durante un breve instante y volvió la cabeza hacia la carretera. Ahora miraba mucho la carretera. Unas veces la línea blanca era continua y otras discontinua, y en ocasiones era doble, como en las calles de doble sentido. Se preguntó cuánta gente utilizaría aquella carretera los restantes días del año sin ver el rastro de vida y de muerte en aquella pintura blanca. ¿O sí lo veían?

    La calzada le fascinaba. Sería tan fácil y maravilloso sentarse sobre aquel asfalto... Empezaría por ponerse en cuclillas, y las rígidas articulaciones de las rodillas crujirían como una pistola de aire comprimido de juguete. Pondría luego las manos sobre la fría superficie rugosa y bajaría las nalgas hasta sentir que la gimiente presión de los 73 kilos abandonaba los pies... Y luego tenderse, dejarse caer de espaldas y quedarse así, abierto de brazos y piernas, sintiendo cómo se estira la cansada columna... contemplando el círculo de árboles y la majestuosa rueda de las estrellas, sin oír los avisos, mirando... sólo mirando al cielo y esperando... esperando...

    Sí.

    Oír el escurrirse de los pasos, mientras los Marcha—dores se apartan de la línea de fuego, dejándole solo, como una ofrenda de sacrificio. Y los susurros. «Es Garraty. ¡Eh, es Garraty, le van a dar el pasaporte!» Quizá tendría tiempo de oír la risa de Barkovitch mientras se calzaba sus metafóricos zapatos de baile una vez más. El movimiento de los fusiles hasta centrar el disparo y...

    Se obligó a apartar la mirada de la carretera y con—templó con visión turbia las sombras móviles que le rodeaban; después alzó los ojos al horizonte, al acecho del menor rastro de luz. No lo había, por supuesto. La noche seguía cerrada.

    Pasaron por un par de pueblos dormidos, oscuros y cerrados. Desde medianoche, apenas habían visto tres docenas de espectadores soñolientos, de esos tipos inalterables que cumplen siempre los rituales, como la Nochevieja, llueva o truene. El resto de las últimas tres horas y media no había sido más que un montaje de imágenes soñadas, la pesadilla del duermevela de un insomne.

    Garraty observó más a fondo los rostros que le rodeaban, pero ninguno le pareció conocido. Un pánico irracional se apoderó de él y dio unos golpecitos en el hombro del Marchador que avanzaba delante de él.

    — ¿Pete? ¿Eres tú, Pete?

    La figura en sombras se apartó de él con un irritado gruñido, sin volver la vista atrás. Olson estaba antes a su izquierda y Baker a su derecha, pero ahora no había nadie a la izquierda, y el chico de la derecha era mucho más bajo y robusto que Art Baker.

    De alguna manera se había salido de la carretera y se había unido a un grupo de boy scouts en una marcha nocturna. Debían de estar buscándole. Debían de haber organizado una batida en su busca, con fusiles, perros. Escuadrones con radares y rastreadores de calor y...

    Una sensación de alivio le invadió. Allí atrás estaba Abraham, no muy lejos de él. Sólo tenía que volver un poco la cabeza para verle. Su silueta larguirucha resultaba inconfundible.

    — ¡Abraham! —susurró Garraty—. Abraham, ¿estás despierto?

    Abraham murmuró algo.

    —Digo que si estás despierto —repitió Garraty.
    — ¡Sí, maldita sea! ¡Déjame en paz!

    Por lo menos estaba todavía con los demás. El momento de desorientación había pasado.

    En la parte delantera alguien recibió el tercer aviso, y Garraty pensó con júbilo que él todavía no tenía ninguno. Incluso podía sentarse un minuto, o un minuto y medio. Podía...

    Pero jamás conseguiría volver a levantarse.

    Sí podría, se respondió a sí mismo. Claro que podría. Sencillamente...

    Sencillamente moriría. Recordó que le había prometido a su madre volver a verlas, a ella y a Jan, en Freeport. Había hecho aquella promesa con ligereza, casi despreocupadamente. A las nueve de la mañana del día anterior, su llegada a Freeport había sido un dato previsible. Pero ahora ya no se trataba de un juego, sino de una realidad en tres dimensiones, y la posibilidad de caminar hasta Freeport con un par de muñones ensangrentados parecía ahora una posibilidad terriblemente real.

    Otro Marchador fue abatido, en esta ocasión detrás de Garraty. El disparo no fue del todo acertado y el desafortunado muchacho que recibía el pasaporte lanzó un ronco grito durante un interminable segundo hasta que otra bala rasgó el aire. Sin ninguna razón para ello, Garraty se puso a pensar en un buen jamón, y la boca se le llenó de una saliva densa y amarga que le hizo carraspear. Se preguntó si veintiséis eliminados era una cifra inusualmente alta o inusualmente baja después de 120 kilómetros de marcha.

    La cabeza le caía poco a poco sobre el pecho y sus pies avanzaban por sí mismos. Recordó un funeral al que había asistido de pequeño, el de un chico llamado D'Allessio; su nombre de pila era George pero todos le llamaban el Bizco, porque no podía mover con normalidad los ojos.

    Recordó al Bizco esperando ilusionado a que le sortearan para los partidos de béisbol, siempre entre los últimos a escoger, con sus ojos defectuosos saltando esperanzadamente de un capitán de equipo al otro, como un espectador de un partido de tenis. El Bizco jugaba siempre de defensa en una zona donde no solían lanzarse las pelotas, y donde no podía comprometer demasiado el juego del equipo; uno de sus ojos estaba casi ciego y carecía de la suficiente profundidad de campo para calcular las bolas que le llegaban. Una vez, había acudido a recoger una pelota alta y su guante se cerró en el aire, al tiempo que la pelota aterrizaba justo en mitad de su frente con un sonoro ¡bonk!, como un melón golpeado con el mango de un cuchillo de cocina. Las suturas de la pelota dejaron una huella impresa en la frente del muchacho durante más de una semana, como una especie de sello oficial.

    El Bizco fue arrollado por un coche en la interestatal 1, a las afueras de Freeport. Uno de los amigos de Garraty, Eddie Klipstein, vio cómo sucedía. Eddie se pasó las seis semanas siguientes avasallando a sus compañeros de clase con el relato de cómo el coche había arrollado la bicicleta del bizco D'Allessio y cómo el muchacho había salido despedido por encima del manillar, sacudiendo ambas piernas en un espasmo especta-cular mientras su cuerpo completaba el vuelo corto y sin alas desde el sillín de la bicicleta hasta el muro de piedra, y cómo se había abierto la cabeza formando un amasijo de sangre y materia cerebral sobre las piedras.

    Garraty había acudido al funeral del Bizco, y antes de salir de casa estuvo a punto de vomitar el desayuno mientras se preguntaba si D'Allessio estaría en el ataúd en las condiciones que Eddie había descrito. Sin embargo, el Bizco aparecía muy arreglado, con su chaqueta deportiva, su corbata y su insignia de miembro del club de excursionistas, y casi parecía a punto de saltar del ataúd en cuanto alguien mencionara el béisbol. Aquellos ojos que le habían valido el mote estaban cerrados, y Garraty se había sentido bastante aliviado.

    El Bizco había sido la única persona a la que Garraty había visto muerta antes de iniciarse la Larga Marcha, y había sido un difunto limpio y bien arreglado. No como Ewing, o como el muchacho del impermeable verde oliva, o como Davidson, con la cara lívida y cansada, salpicada de sangre.

    Es espantoso, pensó Garraty con desmayo. Espantoso.

    A las cuatro menos cuarto recibió su primer aviso y rápidamente se dio unos cachetes en las mejillas para intentar despertarse. Su cuerpo parecía totalmente helado. Le dolían los riñones pero aún no tenía necesidad de orinar. Podía ser cosa de su imaginación pero hacia el este las estrellas parecían palidecer un poco. Le pasó por la cabeza que a aquella misma hora del día anterior estaba durmiendo en el asiento de atrás del coche mientras su madre le llevaba hacia el mojón fronterizo donde estaba el punto de salida. Casi podía verse a sí mismo, tumbado de espaldas, sin siquiera moverse. Sintió un profundo anhelo de volver allí. De regresar al día anterior de madrugada.

    Eran las cuatro menos diez.

    Miró alrededor con una especie de gratificante sensación de superioridad y soledad al advertir que era uno de los pocos que avanzaban con plena conciencia, totalmente despiertos. La claridad era mayor, suficiente para empezar a dibujar algunos rasgos en las siluetas deambulantes. Baker estaba en cabeza —se apreciaba que era Art por su ancha camisa a franjas rojas— y McVries iba junto a él. Vio a Olson a la izquierda, manteniendo el ritmo del vehículo oruga, y se sorprendió. Estaba seguro de que Olson sería uno de los que recibirían el pasaporte durante la madrugada, y se alegró de no haber tenido que contemplar el final de Hank. Todavía estaba demasiado oscuro para distinguir el aspecto de Olson, pero su cabeza se balanceaba arriba y abajo al ritmo de sus pasos, como un muñeco roto.

    Percy, cuya madre seguía apareciendo de vez en cuando, estaba ahora atrás, junto a Stebbins. Caminaba de lado, casi como un marino en tierra firme tras una larga travesía. También vio a Gribble, Harkness, Wyman y Collie Parker. La mayoría de los conocidos seguía adelante.

    Hacia las cuatro había una franja iluminada en el horizonte y Garraty se animó. Miró hacia atrás, hacia el largo túnel de la noche, y se preguntó con horror cómo era posible que hubiese resistido.

    Aceleró un poco el paso y se acercó a McVries, que caminaba con la barbilla contra el pecho y los ojos semiabiertos, pero helados y vacíos, más dormido que despierto. De la comisura de los labios le colgaba un fino hilo de saliva que recogía el primer toque trémulo del amanecer con una hermosa, perlada fidelidad. Garraty contempló fascinado el extraño fenómeno. No quería sacar a McVries de su sopor. De momento bastaba con estar cerca de alguien que le caía bien, de otro que había atravesado la noche.

    Pasaron junto a un prado, rocoso y muy inclinado, donde cinco vacas permanecían quietas con aire grave junto a la cerca de troncos descortezados, viendo pasar a los Marchadores y rumiando pensativamente. Un perrillo apareció corriendo desde una granja y les ladró, desafiante. Los soldados del vehículo oruga alzaron sus armas, dispuestos a abatirlo si interfería en el avance de los Marchadores, pero el perro se limitó a ir y venir por el arcén, expresando valientemente su instinto de territorialidad desde una prudente distancia. Alguien le gritó con voz hosca que se callara de una vez.

    Garraty se extasió ante la aurora que despuntaba. Vio iluminarse gradualmente el cielo y la tierra. Contempló la franja blanca del horizonte transformarse en un delicado rosa, luego en rojo y por fin en oro. Los fusiles tronaron una vez más antes de que la noche quedara definitivamente atrás, pero Garraty apenas lo advirtió. El primer arco rojo del sol asomó por el horizonte, quedó difuminado tras una tenue nube y reapareció en una embestida furiosa. Parecía iniciarse un día perfecto, y Garraty lo recibió con un pensamiento incoherente: «Gracias a Dios, podré morir de día.»

    Un pájaro trinó, soñoliento. Pasaron ante otra granja, donde un hombre con barba les saludó después de dejar en el suelo una carretilla llena de azadones, rastrillos y plantones.

    Un cuervo graznó ásperamente en el bosque en sombras. El primer calor del día tocó suavemente el rostro de Garraty, y él lo agradeció. Sonrió y pidió una cantimplora, en voz muy alta.

    McVries torció la cabeza en un gesto extraño, como un perro interrumpido en pleno sueño de persecución de un gato. Después miró alrededor con ojos nebulosos.

    — ¡Dios mío, es de día! ¡De día, Garraty! ¿Qué hora es?

    Garraty echó un vistazo y se sorprendió al ver que eran las cinco menos cuarto. Le mostró la esfera a McVries.

    — ¿Cuántos kilómetros? ¿Tienes idea?
    —Unos ciento treinta, cálculo. Y veintisiete eliminados. Ya hemos hecho una cuarta parte del camino, Pete.
    —Sí —sonrió McVries—. Eso está bien, ¿verdad?
    —Muy bien —repuso Garraty, y preguntó—: ¿Te sientes mejor?
    —Un mil por ciento mejor.
    —Yo también. Creo que es la luz del día.
    —Dios mío, apuesto a que hoy veremos bastante gente. ¿Has leído ese artículo sobre la Larga Marcha en la revista World's Week?
    —Por encima —respondió Garraty—. Sobre todo, para ver mí nombre en letra impresa.
    —Decía que cada año se apuestan más de dos mil millones de dólares en la Larga Marcha. ¡Dos mil millones de dólares!

    Baker había despertado de su embotamiento y se había unido a ellos.

    —En mi escuela hacíamos una bolsa común –explicó— Todo el mundo ponía un cuarto de dólar y luego cada uno sacaba de un sombrero un número de tres cifras, y el que sacaba el número más aproximado al de kilómetros que alcanzaba la marcha se quedaba con el dinero.
    —¡Olson! —exclamó con júbilo McVries—. ¡Piensa en el dinero que han apostado por ti! ¡Piensa en esa gente cuya fortuna depende de tu culo huesudo!

    Olson le respondió con voz exhausta que la gente cuya fortuna dependía de su culo huesudo podía dedicarse a practicar entre sí actos obscenos. McVries, Baker y Garraty se echaron a reír.

    —Hoy habrá muchas chicas bonitas en la carretera —dijo Baker a Garraty con un pícaro guiño.
    —Todo eso se acabó —respondió éste—. Tengo una chica ahí delante. Y a partir de ahora voy a ser un chico formal.
    —No pecar de pensamiento, palabra u obra —sentenció McVries.
    —Tómalo como quieras —replicó Garraty encogiéndose de hombros.
    —Tienes cien probabilidades contra una de no poder sino saludarla otra vez, antes de morir —insistió McVries, desafiante.
    —Setenta y tres contra una, ahora.
    —Sigue siendo mucho.

    Pese a todo, el buen humor de Garraty era inalterable.

    —Siento como si pudiera caminar eternamente —dijo imperturbable.

    Un par de Marchadores, no lejos de él, hicieron una mueca.

    Pasaron junto a una gasolinera abierta las 24 horas y el empleado salió a saludar. Casi todo el mundo le devolvió el saludo. El empleado daba ánimos a Wayne, el número 94.

    —Garraty —dijo McVries en voz baja.
    — ¿Qué?
    —No recuerdo a todos los tipos que han recibido el pasaporte. ¿Tú sabes cuáles han sido?
    —No.
    — ¿Barkovitch?
    —No. Va ahí delante, después de Scramm. ¿Lo ves?
    — ¡Sí, creo que sí! —respondió McVries.
    —Stebbins también sigue ahí detrás.
    —No me sorprende. Vaya un tipo, ¿eh?
    —Sí.

    Hubo un silencio. McVries exhaló un profundo suspiro, se bajó el macuto del hombro y sacó unos dulces almendrados. Le ofreció uno a Garraty, que lo aceptó.

    —Me gustaría que esto terminara ya —dijo—. De una manera o de otra.

    Comieron los almendrados en silencio.

    —Debemos de estar a medio camino de Oldtown, ¿no? —dijo McVries—. Ciento treinta hechos, ciento treinta por delante, ¿no?
    —Supongo que sí —asintió Garraty.
    —Entonces, no llegaremos allí hasta la noche. La mención de la noche puso a Garraty la piel de gallina.
    —No —dijo. Y añadió con brusquedad—: ¿Cómo te hiciste la cicatriz, Pete?

    McVries se llevó la mano a la mejilla. —Es una vieja historia —dijo parcamente.

    Garraty le observó más detenidamente. Tenía el cabello desgreñado y lleno de polvo y sudor. Sus ropas estaban arrugadas y desaliñadas. Tenía la cara pálida y los ojos inyectados en sangre y hundidos.

    —Pareces salido de un vertedero —dijo, antes de estallar en una súbita carcajada. McVries sonrió.
    —Pues tú no pareces precisamente un anuncio de desodorantes, Ray.

    Ambos se echaron a reír entonces histéricamente, asiéndose e intentando caminar al mismo tiempo. Era una manera tan buena como cualquier otra de dar por finalizada la noche de una vez por todas. Cuando dejaron de reír y de hablar, dieron comienzo al trabajo del día.

    Pensar, se dijo Garraty. El trabajo del día era pensar. La mente y el aislamiento, porque en el fondo no importaba si uno pasaba las horas con otro o no: en el fondo uno iba solo. Le parecía haber puesto tantos kilómetros en su cerebro como en sus pies. Los pensamientos seguían surgiendo y no había manera de rechazarlos. Era suficiente para que uno se preguntara qué pensaría Sócrates justo después de apurar el vaso de cicuta.

    Poco después de las cinco pasaron ante el primer grupito de espectadores genuinos, cuatro muchachitos sentados con las piernas cruzadas al estilo indio ante una tienda de juguetes, sobre el húmedo suelo. Uno de ellos estaba envuelto todavía en su saco de dormir, solemne como un esquimal. Sus manos se agitaban de un lado a otro como metrónomos acompasados. Ninguno de ellos sonreía.

    Poco después la carretera desembocaba en otra más ancha, de tres carriles. Pasaron ante un restaurante de camioneros y todos silbaron y aplaudieron a las tres jóvenes camareras sentadas en la escalinata, sólo para —demostrar a las muchachas que seguían en forma. El único que pareció hacerlo medio en serio fue Collie Parker.

    — ¡El viernes por la noche! —gritó Collie—. Acordaos. Vosotras y yo, el viernes por la noche.

    Garraty pensó que estaba actuando de un modo infantil, pero saludó también, y a las camareras no pareció importarles. Los Marchadores se repartieron por la ancha carretera mientras la mayoría iba despertando del todo al sol de la mañana de aquel 2 de mayo. Garraty divisó nuevamente a Barkovitch y se dijo que tal vez era uno de los más listos. Sin amigos, uno no sentía penas.

    Minutos después empezaron a correr voces; esta vez, parecía que jugaban a una variante del juego del teléfono. Bruce Pastor, el chico que iba delante de Garraty, se volvió y le dijo:

    —Hola.
    — ¿Quién eres? —repuso Garraty.
    —El Comandante.
    — ¿Qué quiere el Comandante?
    —El Comandante quiere darle por el culo a su madre antes de desayunar —dijo Bruce Pastor, y se echó a reír a carcajadas.

    Garraty pasó el chiste a McVries, y éste a Olson. Cuando volvió de nuevo a Garraty, el Comandante estaba dándole por el culo a su abuela antes de desayunar. A la tercera, estaba haciéndolo con Sheila, la perrita terrier que solía aparecer con el Comandante en las fotografías de la prensa.

    Garraty todavía estaba riéndose de la ocurrencia cuando advirtió que la risa de McVries se cortaba en seco. Miraba con extraña fijeza a los soldados del vehículo oruga. Éstos le devolvían la mirada con aire impasible.

    — ¿Vosotros creéis que es divertido? —gritó de repente.

    El sonido de su voz cortó las risas como un cuchillo, silenciándolas. McVries tenía el rostro sofocado, casi violáceo. La cicatriz destacaba en contraste por su palidez mortal, como un gran signo de interrogación. Por unos instantes, Garraty pensó que McVries estaba sufriendo una apoplejía.

    — ¡El Comandante puede darse por el culo a sí mismo, eso es lo que yo digo! —gritó McVries con voz ronca—. ¡Vosotros es probable que os deis por el culo unos a otros! Muy divertido, ¿no? ¡Muy divertido, hatajo de hijos de perra! ¿Verdad que sí? ¡Muy divertido, sí señor!

    Otros Marchadores observaron con aprensión a McVries y se apartaron de él.

    De pronto, McVries corrió hacia el vehículo oruga. Dos o tres soldados alzaron los fusiles, listos para abrir fuego, pero McVries se detuvo en seco y levantó los puños hacia ellos, agitándolos por encima de la cabeza como un mal director de orquesta.

    — ¡Bajad aquí! ¡Dejad esos fusiles y bajad aquí! ¡Yo os enseñaré algo divertido de veras!
    — ¡Aviso! —dijo uno de los soldados con un tono perfectamente neutro—. ¡Aviso, número 61! ¡Segundo aviso!

    ¡Oh, Dios mío!, pensó Garraty. Le van a dar el pasaporte, y está tan cerca de ellos... tan cerca... Saltará por los aires igual que D'Allessio el Bizco.

    McVries echó a correr, llegó frente al vehículo oruga, se detuvo y escupió en él. El salivazo trazó una clara línea en el polvo del costado del vehículo.

    — ¡Vamos! —gritó McVries—. ¡Bajad aquí! ¡Uno a uno o todos a la vez, me importa un pimiento!
    — ¡Aviso! ¡Tercer aviso, número 61! ¡Último aviso!
    — ¡A la mierda con vuestros avisos!

    De pronto, sin darse cuenta de lo que hacía, Garraty se volvió y corrió hacia atrás, ganándose un aviso. Sólo lo oyó con una parte de su mente. Los soldados estaban apuntando a McVries cuando Garraty lo asió del brazo.

    — ¡Vamos!
    — ¡Lárgate, Ray! ¡Voy a machacarlos! Garraty lanzó las manos y le dio a McVries una bofetada con la mano abierta.
    — ¡Vas a hacer que te maten, idiota!

    Stebbins les dejó atrás.

    McVries miró a Garraty y pareció reconocerle por primera vez.

    Un segundo después, Garraty recibió su tercer aviso y supo que McVries estaba a unos segundos de recibir el pasaporte.

    —Al diablo —dijo McVries con voz hueca.

    Pero echó a caminar de nuevo.

    Garraty avanzó a su lado.

    —Creí que te lo iban a dar —murmuró.
    —Pero no ha sido así, gracias al boy scout —repuso McVries. Se llevó la mano a la cicatriz y añadió—: ¡Mierda, el pasaporte nos lo darán a todos!
    —Alguien ganará. Podríamos ser uno de los dos.
    —Es un fraude —repuso McVries con voz temblorosa—. No hay ganador, ni Premio. Al último superviviente se lo llevan después detrás de cualquier granero y lo rematan también.
    — ¡No seas estúpido! —le gritó Garraty, furioso—. No tienes la menor idea de lo que estás dicien...
    —Todo el mundo pierde —repitió McVries.

    Sus ojos destellaban en las oscuras profundidades de sus cuencas como los de un animal malvado. Garraty y él caminaban solos. Los demás Marchadores se apartaban de ellos, al menos de momento. McVries se había desquiciado, y Garraty también, en cierto modo: había ido contra sus propios intereses al retroceder por McVries. Con toda certeza, había salvado a éste de ser el número veintiocho.

    —Todo el mundo pierde —insistía McVries—. Será mejor que te convenzas.

    Atravesaron un paso de ferrocarril y cruzaron bajo un puente de cemento. Al otro lado dejaron atrás un motel cerrado con un cartel: reapertura estación de verano, 5 de junio.

    Olson recibió un aviso.

    Garraty notó que le daban unos golpecitos en el hombro y se volvió. Era Stebbins. No tenía mejor ni peor aspecto que la noche anterior.

    —Tu amigo está furioso con el Comandante —dijo. McVries no dio la menor señal de haberle oído.
    —Me parece que sí —respondió Garraty—. Incluso yo he pasado del punto en que me gustaría invitarle a casa a tomar el té.
    —Mira ahí detrás.

    Un segundo vehículo oruga se había incorporado a la comitiva y, mientras Garraty miraba, un tercero apareció detrás, saliendo de una carretera secundaria.

    —Llega el Comandante —dijo Stebbins—, y todo el mundo aplaudirá. —Sonrió, y su mueca tenía algo de lagarto—. Todavía no le odian de verdad. Todavía no. Creen que sí, creen que han atravesado el infierno. Pero espera a mañana. Ya verás.

    Garraty miró a Stebbins con inquietud.

    — ¿Y si le sisean, o le abuchean, o le lanzan cantimploras o algo así?
    — ¿Tú vas a hacer alguna de esas cosas?
    —No.
    —Nadie lo hará. Ya verás.
    —Stebbins... —dijo Garraty. El aludido enarcó las cejas—. Tú crees que vas a ganar, ¿verdad?
    —Sí —dijo Stebbins tranquilamente—. Estoy seguro de ello.

    Y con esto regresó a su posición habitual en la cola. A las 5.25 Yannick recibió su pasaporte. Y a las 5.30 en punto, como había predicho Stebbins, llegó el Comandante.

    Hubo un rumor creciente mientras su jeep alcanzaba la cima de la colina que acababan de superar. Después, un rugido mientras pasaba junto al grupo, por el arcén. El Comandante estaba en posición de firmes. Como la primera vez, mantenía un saludo rígido, con los ojos fijos. Un curioso escalofrío de orgullo corrió por el pecho de Garraty.

    No todos aplaudieron. Collie Parker escupió en el suelo. Barkovitch hizo un gesto burlón. McVries se limitó a mirar, moviendo los labios sin producir sonido alguno. Olson no pareció advertir en absoluto la presencia del Comandante; volvía a tener la mirada fija en sus pies.

    Garraty aplaudió. Igual que Percy y Harkness, el que quería escribir un libro, y Wyman, Art Baker, Abraham y Sledge, que acababa de recibir el segundo aviso.

    El Comandante desapareció carretera adelante, avanzando deprisa. Garraty se sintió algo avergonzado de sí mismo. Después de todo, acababa de desperdiciar energías.

    Poco después la carretera les llevó junto a una tienda de coches usados donde les dedicaron veintiún bocinazos. Una voz amplificada rugió sobre las dobles hileras de banderitas de plástico de colores para decir a los Marchadores —y a los espectadores— que nadie ofrecía coches mejores y más baratos que McLaren's Dodge. Garraty hizo una mueca de fastidio.

    — ¿Te sientes mejor?—preguntó a McVries. —Desde luego. Muy bien. Voy a dedicarme a caminar y a verles caer a mí alrededor. Resulta curioso. He hecho las divisiones mentalmente, pues las matemáticas siempre han sido mi fuerte, y cálculo que tendremos que hacer al menos unos quinientos diez kilómetros al ritmo que vamos. Y ni siquiera sería una distancia récord.
    — ¿Por qué no te largas a otra parte si vas a ponerte a hablar así, Pete? —dijo Baker. Por primera vez, su voz sonaba fatigada.
    —Lo siento, mami —replicó McVries de mal humor, pero no continuó.

    El día era luminoso. Garraty se desabrochó la cazadora y se la colgó del hombro. La carretera era lisa, flanqueada por casas y pequeños negocios. Los pinos que bordeaban el camino la noche anterior habían dado paso a las cafeterías y gasolineras, y a pequeños ranchos tradicionales. Muchos ranchos estaban en venta. En un par de ventanas, Garraty vio los conocidos carteles: mi hijo dio la vida en los escuadrones.

    — ¿Dónde está el océano? —preguntó Collie Parker a Garraty—. Me parece estar de vuelta en mi Illinois.
    —Sigue caminando —dijo Garraty. Estaba pensando de nuevo en Jan, y en Freeport. Freeport estaba en el océano—. Está allá. A unos doscientos noventa kilóme-tros al sur.
    — ¡Mierda! —masculló Collie Parker—. ¡Vaya pozo de mierda es este estado!

    Parker era un rubio musculoso con una camiseta tipo polo. Tenía una mirada insolente que ni siquiera una noche en la carretera había logrado borrar.

    — ¡No hay más que malditos árboles por todas partes! ¿No hay ninguna ciudad en este maldito lugar?
    —Los de por aquí somos gente rara —replicó Garraty—. Nos parece mejor respirar aire de verdad, en lugar de contaminación urbana.
    — ¡En Joliet no tenemos contaminación, maldito montañés! —exclamó Collie Parker—. ¡Qué tendrás tú que decirme!
    —No habrá contaminación, pero sí un montón de aire caliente —insistió Garraty. Se sentía airado.
    —Si estuviera allí, te retorcería los huevos por eso.
    — ¡Vamos, chicos! —intervino McVries. Se había recuperado por completo y volvía a hacer gala de su naturaleza sarcástica—. ¿Por qué no arregláis vuestras di-ferencias como caballeros? El primero al que le vuelen la cabeza tiene que pagarle al otro una cerveza.
    —Odio la cerveza —replicó Garraty.

    Parker cloqueó y se alejó mascullando entre dientes:

    — ¡Maldito patán!
    — ¡Está de malas pulgas! —dijo McVries—. Todo el mundo está de malas pulgas esta mañana. Incluso yo. Y hace un día espléndido. ¿No estás de acuerdo, Olson?

    Olson no respondió.

    — ¡Olson también está de malas pulgas! —dijo McVries a Garraty—. ¡Olson! ¡Eh, Hank!
    — ¿Por qué no le dejas en paz? —inquinó Baker.
    — ¡Eh, Hank! —insistió McVries, sin hacer caso a Baker—. ¿Quieres dar un paseo?
    —Vete al infierno —murmuró Olson.
    — ¿Cómo? —exclamó en tono alegre McVries, llevándose una mano al oído—. ¿Qué dices, chico?
    — ¡Al infierno! —gritó Olson—. ¡Que te vayas al infierno!
    — ¡Ah!, era eso lo que decías —asintió McVries con los ojos muy abiertos.

    Olson volvió a clavar la mirada en sus pies y McVries se cansó de azuzarle. Garraty se puso a pensar en lo que había dicho Parker. Éste era un cerdo. Un gran cowboy de feria y un duro de sábado por la noche. Era un héroe de chaqueta de cuero. ¿Qué sabía él de Maine? Garraty había vivido desde siempre en Maine, en una pequeña población llamada Porterville, justo al oeste de Freeport. Tenía una población de novecientas setenta personas y apenas un par de farolas; y, de todos modos, ¿qué podía haber de especial en Joliet, Illinois?

    El padre de Garraty solía decir que Porterville era la única población del condado con más sepulturas que habitantes. Pero era un lugar limpio. El desempleo era alto, los coches estaban oxidados y todo el mundo andaba en líos de cama, pero era un lugar limpio. La única emoción estaba en el bingo de los miércoles en el Casino Agrícola (la última jugada, un cartón especial por un pavo de nueve kilos y un billete de veinte dóla-res), pero era limpio. Y tranquilo. ¿Qué había de malo en ello?

    Contempló con aire resentido la espalda de Collie Parker. Tú te lo has perdido, tío, pensó. Ya puedes coger tu Joliet y tus molinos y tus pastelillos de tiendas de caramelos y metértelos donde te quepan.

    Volvió a pensar en Jan. La necesitaba. Te quiero, Jan, pensó. No era tonto; sabía que se había convertido para él en mucho más de lo que era en realidad. Se había convertido en un símbolo vital. Un escudo contra la súbita muerte que surgía del vehículo oruga. Cada vez más, la deseaba porque ella simbolizaba un tiempo en que por fin tendría un cuerpo de mujer para disfrutarlo.

    Eran las seis menos cuarto de la mañana. Observó a un grupo de alegres amas de casa reunidas junto a un cruce de carreteras, el pequeño centro neurálgico de un villorrio anónimo. Una de ellas llevaba pantalones muy ajustados y un suéter más ajustado todavía. Su rostro era ordinario, y llevaba en la muñeca derecha tres brazaletes de oro que sonaban mientras saludaba. Garraty los oyó tintinear. Devolvió los saludos mecánicamente. Tenía sus pensamientos puestos en Jan, que había llegado de Connecticut con su aire suave y de confianza en sí misma, con su largo cabello rubio y sus zapatos bajos. Casi siempre llevaba zapatos bajos, porque era muy alta. La había conocido en la escuela. Se hicieron amigos lentamente, hasta que al fin prendió la llama. ¡Dios, si había prendido!

    —Garraty...
    — ¿Sí? —

    Era Harkness. Su semblante mostraba preocupación.

    —Tengo un calambre en el pie, tío. No sé si podré caminar.

    La expresión de Harkness parecía suplicar a Garraty que hiciera algo por él.

    Garraty no supo qué decir. La voz de Jan, su risa, su suéter color caramelo, sus pantalones rojos como arándanos, la vez que habían tomado el trineo de su hermano pequeño y habían terminado revolcándose en un banco de nieve (hasta que ella le coló una bola de nieve por la espalda)... todo eso era la vida. Harkness era la muerte. Ahora, Garraty casi podía olería.

    —No puedo ayudarte —dijo—. Tienes que conseguirlo por ti mismo.

    Harkness le miró con pánico y consternación y puso una expresión sombría mientras asentía. Se detuvo y, arrodillándose, se quitó una zapatilla.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 49!

    Se estaba dando masaje en el pie. Garraty se había vuelto de espaldas para observarle mientras avanzaba. Dos chiquillos con camisetas de la Liga Juvenil y los guantes de béisbol colgados en los manillares de sus bicicletas contemplaban también a Harkness desde el borde del camino, con la boca abierta.

    — ¡Aviso! ¡Segundo aviso, número 49!

    Harkness se levantó y empezó a avanzar cojeando sin haberse puesto el zapato aún, y con la pierna buena Raqueando ya con el peso extra que tenía que soportar. Se le cayó el zapato de la mano, se agachó a recogerlo, puso los dedos sobre él, se le resbalo y lo perdió. Se detuvo a recogerlo y recibió el tercer aviso.

    El rostro habitualmente encarnado de Harkness enrojeció como las brasas. Su boca abierta formaba una húmeda y desgarbada O. Garraty se encontró animando mentalmente a Harkness. ¡Vamos!, le decía, ¡vamos, recupera el ritmo, Harkness! ¡Tú puedes hacerlo!

    Harkness avanzaba cojeando más aprisa. Los chiquillos montaron en sus bicicletas y empezaron a pedalear junto a la calzada, observándole. Garraty dio media vuelta y fijó la mirada en la carretera, sin querer ver más a Harkness. Clavó la mirada en el horizonte, intentando concentrarse sólo en lo que había sentido al besar a Jan, al tocar sus turgentes pechos.

    A la derecha, una estación de servicio iba perfilándose gradualmente, al ritmo de su lento avance. En el área asfaltada de la gasolinera había una furgoneta polvorienta, con el guardabarros abollado, y dos hombres con camisas de caza a cuadros rojos y negros sentados en la parte posterior, bebiendo cerveza. Al final de un camino secundario de tierra, con las huellas de los tractores marcadas, había un buzón de correos con la tapa abierta como una gran boca hambrienta. Un perro ladraba ronca e incesantemente, fuera de la vista.

    Los fusiles, que hasta entonces habían apuntado al aire, bajaron hasta centrar a Harkness en su punto de mira.

    Hubo un largo y terrible momento de silencio, y las armas volvieron a alzarse, según estipulaban las normas, según establecía el reglamento. Después volvieron a apuntar. Hasta Garraty llegó la respiración de Harkness, húmeda y acelerada.

    Los fusiles se alzaron de nuevo al cielo, apuntaron a Harkness otra vez y volvieron a levantarse, lentamente.

    Los chiquillos de las bicicletas seguían todavía a su altura.

    — ¡Largaos de aquí! —bramó Baker—. ¡No os va a gustar ver esto! ¡Largo!

    Los chiquillos observaron a Baker con insípida curiosidad y siguieron avanzando junto a los Marchado— res. Habían mirado a Baker como si éste fuera una especie de pez. Uno de ellos, un chico menudo y de cabeza alargada, con el cabello despeinado y ojos como platos, hizo sonar la bocina montada en su bicicleta y sonrió. Llevaba un aparato dental, y el sol puso un salvaje resplandor metálico en su boca.

    Los fusiles volvieron a apuntar. Era como un movimiento de danza, como un ritual. Harkness se pegó al arcén. ¿Has leído algún buen libro, últimamente?, pensó Garraty alocadamente. Esta vez van a disparar. Sólo un paso demasiado lento y...

    La eternidad.

    Todo congelado.

    Y los fusiles volvieron a señalar hacia el cielo.

    Garraty consultó el reloj. El segundero dio una, dos, tres vueltas. Harkness llegó a su altura y le dejó atrás. Tenía el rostro tenso, rígido. Sus ojos miraban al frente, fijamente. Sus pupilas contraídas eran apenas dos cabezas de alfiler. Tenía los labios de un leve tono azulado, y sus fieras facciones estaban difuminadas, pálidas, salvo dos llamativos puntos de color, uno en cada mejilla. Pero ya no vacilaba en apoyar el pie del calambre. Éste había pasado. Su pie descalzo sonaba sobre la carretera rítmicamente. ¿Cuánto puede resistir uno caminando sin zapatos?, se preguntó Garraty.

    Y al propio tiempo, sintió que algo se desgarraba en su interior, mientras oía a Baker exhalar un jadeo. Era ridículo sentirse así. Cuanto antes se detuviera Harkness, antes podría él detenerse. Aquélla era la sencilla verdad. Lo lógico. Pero había otra cosa más profunda, una lógica más sincera y espantosa. Harkness era parte del mismo grupo al que pertenecía Garraty, un segmento de su subclán. Parte de un círculo mágico al que Garraty estaba unido. Y si una parte de ese círculo podía romperse, a todas las demás podía sucederles lo mismo.

    Los chiquillos de las bicicletas pedalearon junto a ellos otros tres kilómetros. Después perdieron interés y dieron media vuelta. Era preferible, pensó Garraty. No importaba que hubieran contemplado a Baker como si éste fuera un bicho de un zoo. Era mejor para ellos que se sintieran defraudados por no ver ninguna muerte. Les observó alejarse.

    Delante, Harkness se había situado en vanguardia en solitario, avanzando con gran rapidez, casi a la carrera. No miraba a izquierda ni a derecha. Garraty se preguntó en qué estaría pensando.


    7


    Me gusta pensar que soy un tipo encantador, de verdad. La gente que conozco me considera un esquizofrénico sólo porque soy absolutamente distinto fuera de la pantalla de como aparezco ante las cámaras...
    Nicholas Parsons
    La venta del siglo


    Scramm, el número 85, no fascinaba a Garraty por su deslumbrante inteligencia, ya que Scramm no era en absoluto brillante. Ni fascinaba a Garraty por su cara de luna, su corte de pelo militar o su físico, imponente como el de un alce. Fascinaba a Garraty porque estaba casado.

    — ¿De verdad? —le preguntó Garraty por tercera vez. Temía que Scramm le tomara el pelo—. ¿De verdad estás casado?
    —Aja. —Scramm alzó la mirada al primer sol de la mañana con placer—. Dejé la escuela a los catorce. No había nada que hacer allí, al menos para mí. No era ningún buscalíos, no señor; es que las cosas no me entraban. Y nuestro profesor de historia nos leyó un artículo acerca de la superpoblación en las escuelas, así que me dije: ¿por qué no dejo mi sitio a alguien que pueda aprovechar el tiempo, y yo me dedico a lo mío? De todos modos, quería casarme con Cathy.
    — ¿Cuántos años tenías? —preguntó Garraty, más asombrado que antes.

    Estaban atravesando otra pequeña población, con las aceras llenas de pancartas y espectadores, pero apenas lo advirtió. Los espectadores ya pertenecían a otro mundo, en modo alguno relacionado con él. Podían perfectamente estar tras una gruesa cristalera blindada.

    —Quince —respondió Scramm.

    Se rascó el mentón, oscuro por la barba incipiente.

    — ¿Nadie intentó convencerte de que siguieras estudiando?
    —En la escuela había un tutor de estudios que me dio la lata para que me quedara y no acabara de peón caminero. Pero alguien tiene que hacer de peón caminero, ¿no?

    Saludó con entusiasmo a un grupo de niñas que realizaban una espontánea demostración de majorettes, con las falditas plisadas y flexionando las rodillas hacia el cielo.

    —De todos modos, nunca he hecho de peón caminero, ni he cavado zanjas. Ni una sola vez en mi vida. Entré a trabajar en una fábrica de sábanas cerca de Phoenix, a tres dólares la hora. Yo y Cathy somos felices —añadió Scramm con una sonrisa—. A veces estamos viendo la tele, y Cathy me abraza y dice: «Somos personas felices, cielo.» Cathy es un bombón.
    — ¿Tenéis hijos? —preguntó Garraty, cada vez más convencido de que aquélla era una conversación de locos.
    —Bueno, Cathy está embarazada ahora mismo. Dijo que esperaríamos hasta tener en el banco lo suficiente para pagar el parto. Cuando juntamos setecientos dólares, ella dijo «adelante», y así fue. Se quedó embarazada en un abrir y cerrar de ojos. —Miró a Garraty con ademán decidido y añadió—: Mi hijo irá a la universidad. Dicen que los tipos borricos como yo no tienen hijos inteligentes, pero Cathy es lo bastante lista por los dos. Cathy ha terminado la secundaria. Yo hice que terminara. Cuatro cursos nocturnos y sacó el certificado. Y mi chico tendrá toda la universidad que quiera.

    Garraty no dijo nada. No se le ocurría qué decir. McVries iba a su lado, conversando con Olson. Baker y Abraham estaban enfrascados en un juego de palabras que llamaban «el fantasma». Se preguntó por Harkness. Estaba fuera de su vista. Mira, Scramm, creo que has cometido un grave error, pensó. Tu esposa está embarazada, Scramm, pero eso no te concede ningún privilegio especial aquí. ¿Setecientos dólares en el banco? Con ese dinero ni siquiera se puede pronunciar «embarazo». Y ninguna compañía de seguros del mundo haría una póliza a un Marchador.

    Garraty posó la mirada, sin fijarse, en un hombre con una chaqueta de pata de gallo que hacía ondear un sombrero de paja con una cinta, con gesto delirante.

    —Scramm, ¿qué sucederá si te dan el pasaporte? —inquirió precavidamente.

    Él replicó con una suave sonrisa.

    —A mí no. Creo que podría caminar eternamente. Mira, yo quise estar en la Larga Marcha desde que tuve edad para querer alguna cosa. Hace apenas dos semanas, hice ciento treinta kilómetros tan tranquilo.
    —Pero suponte que sucede algo... Scramm se limitó a soltar una carcajada.
    — ¿Qué edad tiene Cathy? —preguntó Garraty.
    —Casi un año más que yo. Cumplirá dieciocho. Su familia está con ella ahora, allá en Phoenix.

    A Garraty le dio la impresión de que la familia de Cathy Scramm sabía algo que al propio Scramm se le escapaba.

    —Debes de quererla mucho —murmuró.

    Scramm sonrió, enseñando las últimas piezas que resistían, obstinadas, en su dentadura.

    —No he vuelto a mirar a nadie desde que me casé con ella. Cathy es un bombón.
    —Y tú te has metido en esto.
    — ¿No es divertido? —sonrió Scramm.
    —Para Harkness no lo es —replicó Garraty agriamente—. Ve y pregúntale si es divertido.
    —No tienes la menor idea de las consecuencias —intervino Pearson, situándose entre Scramm y Garraty—. Podrías perder. Tienes que reconocer que podrías perder.
    —Las apuestas en Las Vegas me daban favorito al inicio de la Marcha —dijo Scramm—. Favorito claro.
    —Desde luego —asintió Pearson—. Y además estás en forma, eso nadie puede negarlo. —El mismo Pearson estaba pálido y demacrado tras la larga noche en la carre-tera. Echó una mirada a la muchedumbre reunida en el aparcamiento de un supermercado ante el cual pasaban. Después añadió—: Todos los que no estaban en forma han muerto ya, o están casi muertos, pero todavía quedamos setenta y dos.
    —Sí, pero...

    Una arruga de meditación se extendió por el rostro de Scramm. Garraty casi pudo oír su maquinaria mental empezando a funcionar, lenta y laboriosamente, pero a la postre segura como la muerte e inevitable como los impuestos. Resultó algo asombroso.

    —No quiero haceros sentir mal, chicos —añadió Scramm—. Me caéis bien, pero no os habéis metido en este asunto convencidos de ganar y llevaros el Premio. La mayoría no sabe por qué se ha metido en esto. Mirad a Barkovitch. No está aquí para conseguir el Premio, sino que camina para ver morir a los demás. Vive de ello. Cuando le dan a alguien el pasaporte, es como si le dieran nuevas energías. Eso no basta. Se secará como una hoja en la rama.
    — ¿Y yo? —preguntó Garraty.
    —Bueno, diablos...
    —Vamos, dímelo.
    —Bien, tal como yo lo veo, tú tampoco sabes por qué estás aquí. Es lo mismo. Ahora sigues porque tienes miedo pero... pero eso tampoco es suficiente. Eso cansa. —Scramm fijó los ojos en la distancia y se frotó las manos—. Y cuando te hayas desgastado, me temo que te darán el pasaporte como a los demás, Ray.

    Garraty pensó en lo que McVries había dicho: «Cuando esté cansado... cansado de verdad... bueno, creo que me sentaré.»

    —Tendrás que caminar mucho para desgastarme
    —dijo Garraty, pero la cruda valoración de la situación hecha por Scramm le había afectado.

    Enfilaron una pendiente en bajada, y luego un paso a nivel con los raíles hundidos en el asfalto. Pasaron ante un puesto de almejas fritas cerrado. Después, se encontraron de nuevo en pleno campo.

    —Yo comprendo qué es morir —dijo de pronto Pearson—. Ahora lo comprendo. No la muerte en sí, a eso todavía no llego; pero entiendo qué es morir. Si dejo de caminar, punto final. —Tragó saliva con un chasquido en la garganta—. Igual que un disco tras el último surco.
    —Observó a Scramm y, con aire sincero, añadió—: Quizá sea como dices. Quizá no baste, pero... no quiero morir.

    Scramm le devolvió una mirada casi desdeñosa.

    — ¿Y crees que comprender la muerte te librará de morir?

    Pearson esbozó una sonrisa torcida, como un hombre de negocios en una barca intentando mantener la cena en el estómago pese al balanceo.

    —Ahora mismo, es casi lo único que me hace seguir andando.

    Y Garraty sintió una enorme gratitud, porque sus defensas todavía no se habían reducido a eso. Al menos por el momento.

    Delante de ellos, como para ilustrar lo que habían hablado, un muchacho con un suéter negro de cuello alto sufrió de repente una convulsión. Cayó al suelo y empezó a revolverse y estremecerse espantosamente. Agitaba brazos y piernas y daba golpes en el asfalto. Su garganta emitía un sonido barboteante, un sonido como un débil balido. Cuando Garraty pasó apresuradamente a su lado, el muchacho le tocó la zapatilla con una de sus temblorosas manos y Ray sintió una oleada de repulsión. Los ojos del chico estaban en blanco, y tenía los labios y la barbilla salpicados de espumarajos. Recibió el segundo y tercer avisos, pero ni siquiera podía oírlos y, cuando hubo transcurrido el tiempo reglamentario, los soldados le remataron como a un perro.

    No mucho después alcanzaron la cima de una suave subida y pudieron contemplar la extensión de campo verde y despoblado que se abría ante ellos. Garraty agradeció la fría brisa matinal que acarició su cuerpo sudoroso.

    — ¡Vaya panorámica!—exclamó Scramm.

    Podía apreciarse la carretera en una extensión de unos veinte kilómetros. Se deslizaba por una larga ladera, corría en zigzag por el llano a través de los bosques como una marca de carboncillo gris negruzco sobre un trozo de papel rizado de un verde intenso y, a lo lejos, ascendía de nuevo y se difuminaba bajo el halo rosado de la luz de la mañana.

    —Esto debe de ser lo que llaman los bosques de Hainesville —dijo Garraty—. Cementerio de camioneros. Un infierno de hielo en invierno.
    —Nunca había visto nada igual —exclamó Scramm con aire reverente—. Hay más verde aquí que en todo el estado de Arizona.
    —Disfrútalo mientras puedas —dijo Baker, uniéndose al grupo—. Hoy va a hacer un día sofocante. Ya hace calor y sólo son las seis y media...
    —Pensaba que estarías acostumbrado a eso, viniendo de donde vienes —dijo Pearson.
    —Uno no se acostumbra —replicó Baker mientras se colgaba del brazo su liviana chaqueta—. Aprende a vivir con ello.
    —Me gustaría tener una casa aquí —dijo Scramm. Estornudó dos veces—. La construiría aquí mismo, con mis propias manos, y contemplaría el panorama cada mañana. Yo y Cathy. Quizá lo haga algún día, cuando todo esto haya terminado.

    Nadie respondió.

    A las 6.45 las colinas quedaban atrás, por encima de ellos; la brisa casi había desaparecido y el calor ya les acompañaba. Garraty se quitó la chaqueta, la enrolló y se la ató a la cintura. La calzada a través de los bosques ya no estaba desierta. Aquí y allá algunos madrugadores habían detenido sus coches junto a la carretera y permanecían en pie o sentados en grupos, aplaudiendo, saludando y agitando pancartas.

    Dos chicas les miraron, apoyadas contra los restos de un coche abandonado en el arcén. Llevaban pantalones cortos veraniegos muy ajustados, blusas ceñidas y sandalias. En el grupo hubo silbidos y vítores. Las muchachas se ruborizaron, excitadas y arrastradas por un oscuro impulso erótico. Garraty sintió crecer una lujuria animal, tan agresivamente viva que estremeció su cuerpo con una fiebre paralizante.

    Fue Gribble, el más osado de todos, quien de pronto corrió hacia ellas, levantando nubes de polvo en el arcén. Una de las chicas se inclinó hacia atrás en el capó del coche y abrió las piernas ligeramente, volviendo las caderas hacia él. Gribble le puso las manos en los pechos y ella no hizo nada por detenerle. Recibió un aviso, titubeó, y luego se lanzó sobre ella como una figura apresurada, frustrada y atemorizada, con su camiseta blanca sudorosa y sus pantalones de pana. La muchacha enroscó sus tobillos en torno a las piernas de Gribble y pasó los brazos con ligereza en torno a su cuello. Se besaron.

    Gribble recibió el segundo aviso, después el tercero, y por fin, apenas a quince segundos del final definitivo, se apartó tambaleándose y echó a correr frenéticamente, arrastrando los pies. Cayó al suelo, se levantó, se llevó las manos al vientre y avanzó de nuevo, bamboleándose. Sus finos rasgos habían enrojecido.

    —No podía —sollozaba—. No tenía suficiente tiempo, y ella me deseaba, y yo... yo no...

    Seguía llorando y tambaleándose, con las manos en la entrepierna. Sus palabras eran gemidos ininteligibles.

    —Pero le has dado a ésa un poco de emoción —murmuró Barkovitch—. Algo de que poder hablar mañana en algún programa de televisión local.
    — ¡Cállate! —gritó Gribble, inclinado sobre sí mismo—. Me duele. Tengo un calambre...
    —Un buen sifilazo —dijo Pearson—. Eso es lo que tienes.

    Gribble le miró entre los mechones de cabello negro que le caían sobre los ojos. Parecía una comadreja aturdida.

    —Me duele —murmuró otra vez.

    Lentamente, cayó de rodillas, con las manos en la entrepierna, la cabeza baja y la espalda inclinada. Se estremecía y resollaba, y Garraty observó las gotas de sudor que le corrían por el cuello, algunas de ellas prendidas en el fino vello de la nuca, eso que el padre de Garraty siempre llamaba «pelusa de pato».

    Un momento después, Gribble estaba muerto.

    Garraty volvió la cabeza para observar a las chicas, pero éstas se habían marchado.

    Hizo un decidido esfuerzo por apartarlas de su mente, pero aparecían una y otra vez en sus pensamientos. ¿Cómo habría sido penetrar en seco aquella carne cálida y receptiva? La chica había crispado los muslos. ¡Dios mío!, se habían crispado en una especie de espasmo, de orgasmo. ¡Oh, Dios!, ese impulso incontrolable de apretar y acariciar... y sobre todo de sentir aquel calor...

    Sintió que iba a eyacular. Aquella cálida sensación de un fluido que se dispara, calentándole. Mojándole. ¡Oh, Jesús, no! Empaparía los pantalones y alguien se daría cuenta. Lo vería y le señalaría con el dedo, y le preguntaría si acaso quería pasearse por el vecindario sin ropas, caminar desnudo... caminar, caminar y caminar. ..

    ¡Oh, Jan!, te quiero de verdad, se dijo; pero todo le resultaba confuso, entremezclado con tantas cosas...

    Se ató con más fuerza la chaqueta en torno a la cintura y siguió avanzando como antes, y el recuerdo fue amortiguándose y apagándose rápidamente, como un negativo Polaroid expuesto al sol.

    El ritmo se incrementó. Ahora estaban en una bajada bastante pronunciada y resultaba difícil caminar despacio. El sudor le corría por el cuerpo. Los músculos funcionaban como pistones y se apretaban unos contra otros. Garraty se descubrió deseando que cayera de nuevo la noche. Observó a Olson, preguntándose cómo podía resistir.

    Olson volvía a tener la mirada fija en sus pies. Los músculos del cuello parecían agarrotados e hinchados, y llevaba los labios tensos en una sonrisa helada.

    —Ya está casi a punto —murmuró McVries junto a Garraty, sobresaltando a éste—. Cuando empiezan a medio desear que alguien les dispare y así por fin poder descansar los pies, no les queda mucho.
    — ¿De verdad? ¿Cómo es que todo el mundo aquí sabe mucho de esto, menos yo?
    —Porque eres muy tierno —dijo McVries con dulzura, antes de acelerar el paso, dejándose llevar por la pendiente en bajada y rebasando a Garraty.

    Stebbins. Llevaba mucho tiempo sin pensar en Stebbins. Pero Stebbins seguía allí. El grupo se había estirado en el descenso de la larga cuesta y Stebbins estaba unos cuatrocientos metros más atrás, pero aquellos pantalones púrpura y aquella camisa resultaban inconfundibles. Stebbins seguía a la cola del grupo como una especie de buitre escuálido, esperando a que todos fueran cayendo...

    Garraty sintió un arrebato de furia, el súbito impulso de correr hacia atrás y estrangular a Stebbins. No tenía ninguna razón concreta para ello, pero tuvo que esforzarse para contenerse.

    Cuando llegaron al final de la pendiente, Garraty sentía las piernas inestables, como de goma. El estado de entumecido cansancio en que más o menos se mantenían sus músculos se vio alterado por unas inesperadas punzadas de dolor en los pies y las piernas, amenazando con agarrotar los músculos y provocar un calambre. ¿Y por qué no?, pensó. Llevaba veintidós horas en la carretera. Veintidós horas de caminar sin parar. Era increíble.

    — ¿Qué tal te sientes ahora? —preguntó a Scramm, como si hubieran transcurrido doce horas desde la última vez que se lo había preguntado.
    —Perfectamente —replicó Scramm. Se pasó el dorso de la mano por la nariz, estornudó y escupió—. Todo lo perfectamente que se puede estar.
    —Parece que has pillado un resfriado.
    —No. Es el polen. Me sucede cada primavera. La fiebre del heno. Incluso me sucede en Arizona, pero nunca he pillado un resfriado.

    Garraty abrió la boca para añadir algo cuando un sonido hueco llegó hasta ellos desde la lejanía, carretera adelante. Eran disparos de fusil. Después llegó la noticia: Harkness había sido eliminado.

    Una sensación extraña, casi de exaltación, atenazó el estómago de Garraty mientras pasaba la noticia a quienes le seguían. El círculo mágico se había roto. Harkness no escribiría jamás su libro sobre la Larga Marcha. Harkness estaba siendo retirado de la carretera en algún lugar allá delante, como un saco de trigo, o estaba siendo cargado en un camión, envuelto en un saco de lona. Para Harkness, la Larga Marcha había terminado.

    —Harkness —dijo McVries—. El viejo Harkness ya tiene su pasaporte para ver los prados eternos.
    — ¿Por qué no le escribes un poema? —repuso Barkovitch.
    — ¡Cállate, asesino! —replicó McVries con aire ausente, meneando la cabeza—. El viejo Harkness, el muy...
    —Yo no soy un asesino —gritó Barkovitch—. ¡Voy a bailar sobre tu tumba, Caracortada! Voy a...

    Un coro de gritos airados le silenció. Entre murmullos, Barkovitch miró a McVries. Después apretó el paso, sin volver más la mirada.

    — ¿Sabéis a qué se dedicaba mi tío? —dijo Baker.

    Estaban cruzando un túnel sombrío de árboles rebosantes de hojas, y Garraty intentaba olvidar a Harkness y Gribble y concentrarse en la sensación de frescor.

    — ¿A qué? —preguntó Abraham.
    —Tenía una funeraria.
    —Magnífico —respondió Abraham sin interés.
    —Cuando yo era pequeño, siempre me preguntaba... —Baker pareció perder el hilo de lo que estaba diciendo, miró a Garraty y sonrió. Era una sonrisa muy especial—. Me preguntaba quién le embalsamaría a él. Igual que uno se pregunta quién le corta la barba al barbero o quién opera de cálculos renales al cirujano. ¿Comprendes?
    —Se necesitan muchos riñones para llegar a médico —dijo McVries con tono solemne.
    —No, no. Ya sabes de qué estoy hablando.
    —Está bien —intervino Abraham—. ¿A quién llamaron cuando llegó el momento?
    —Sí —se sumó Scramm—. ¿A quién?

    Baker levantó la mirada hacia las ramas gruesas y torneadas bajo las cuales estaban pasando y Garraty volvió a observar que parecía agotado. Claro que ninguno de ellos tenía mejor aspecto, añadió para sí.

    —Vamos —dijo McVries—. No nos tengas en ascuas. ¿Quién le enterró?
    —Ésta es la broma más vieja del mundo —murmuró Abraham—. Ahora, Baker dirá: « ¿Y qué os hace creer que ha muerto?»
    —Pues no —dijo Baker—. Murió hace seis años, de cáncer de pulmón.
    — ¿Fumaba mucho? —preguntó Abraham mientras saludaba con la mano a una familia de cuatro personas y un gato persa de aspecto hosco.
    —No, ni siquiera en pipa —informó Baker—. Tenía miedo de que le provocara cáncer.
    — ¡Oh, maldita sea! —dijo McVries—. ¿Quién le enterró? Dínoslo de una puta vez para que así podamos discutir de los problemas del mundo, o de béisbol, o de control de la natalidad o cualquier otra cosa.
    —Pues yo opino que el control de la natalidad es un auténtico problema mundial —dijo Garraty con seriedad—. Mi novia es católica y...
    — ¡Vamos! —aulló McVries—. ¿Quién diablos enterró a tu abuelo, Baker? —A mi tío. Era mi tío. Mi abuelo era abogado en Shreveport y...
    —Me importa una mierda si tu abuelo tenía tres pichas —le interrumpió McVries—. Sólo me interesa saber quién le enterró para poder pasar a otra cosa.
    —En realidad, no le enterró nadie. Quiso que le incineraran.
    — ¡Oh, vaya estupidez! —exclamó Abraham, con una breve carcajada.
    —Mi tía guardó sus cenizas en una vasija de cerámica en su casa de Baton Rouge. La mujer intentó seguir adelante con la empresa de pompas fúnebres, pero nadie parecía aceptar a una mujer con esa profesión.
    —Dudo que fuera ésa la razón —replicó McVries.
    — ¿Ah, no?
    —No. Creo que tu tío le gastó una jugarreta.
    — ¿Una jugarreta? ¿A qué te refieres? —Baker parecía muy interesado.
    —Bueno, tendrás que reconocer que no era un buen reclamo para el negocio...
    — ¿El qué? ¿Morirse?
    —No —terminó McVries—. Hacerse incinerar. Scramm emitió una carcajada medio sofocada a través de su obturada nariz y dijo:
    —Ahí te ha pescado.
    —Tu tío me la trae floja —masculló Abraham con hosquedad—. Y puedo añadir también que...

    En ese instante Olson se puso a suplicar a uno de los soldados que le dejara descansar...

    No dejó de caminar ni aminoró el ritmo lo suficiente para recibir un aviso, pero su voz desgranaba una letanía de súplicas monótonas y pusilánimes que hizo que Garraty se volviera hacia él. La conversación cesó. Los espectadores contemplaban a Olson con aterrada fascinación. Garraty deseó que Olson se callara antes de que les creara a los demás mala fama entre el público. El tampoco deseaba morir pero, si así tenía que ser, no quería que la gente dijese que era un cobarde. Los soldados observaron a Olson con sus rostros pétreos, sordos y mudos. Sin embargo, de vez en cuando le daban a alguien un aviso, de modo que Garraty llegó a la conclusión de que no podía llamárseles mudos.

    Eran casi las ocho menos cuarto cuando corrió la noticia de que estaban a punto de cumplir los 150 kilómetros. Garraty recordó haber leído que la cifra más alta de Marchadores que había completado los 150 primeros kilómetros era de sesenta y tres. Parecía casi seguro que iban a batir ese récord, pues quedaban sesenta y nueve en el grupo. De todos modos, no era un asunto que importara demasiado...

    Las súplicas de Olson subieron de tono, en una plegaria constante y confusa, haciendo casi que el día pareciera más caluroso e incómodo de lo que realmente era. Varios chicos le habían gritado a Olson que se callara pero, o no les oía, o no le importaban.

    Cruzaron un puente de madera cubierto y los tablones retumbaron y crujieron bajo sus pasos. Garraty captó el aleteo y el rumor de las golondrinas que habían hecho sus nidos entre las vigas. Hacía un frío refrescante, y el sol pareció caer todavía con más fuerza cuando aparecieron por el otro lado. Espera a más tarde si ahora crees que hace calor, se dijo Garraty. Espera a que salgamos a campo abierto. ¡Ay, Señor!

    Pidió una cantimplora con un grito y un soldado trotó hasta él, se la tendió sin pronunciar palabra y volvió atrás, también al trote. El estómago le pedía también comida. A las nueve en punto, calculó. Tengo que seguir caminando hasta entonces. Estaría bueno que se muriese por tener el estómago vacío.

    Baker pasó por delante de él repentinamente, miró alrededor en busca de espectadores y, al no divisar ninguno, se bajó los pantalones y se puso en cuclillas. Recibió un aviso. Garraty pasó junto a él y le dejó atrás, pero oyó al soldado darle un nuevo aviso. Unos veinte segundos después, Baker volvió a situarse a la altura de Garraty y McVries, jadeando mientras terminaba de ceñirse el cinturón.

    — ¡La cagada más rápida de mi vida! —dijo mientras resollaba.
    —Tendrías que haber traído el orinal —respondió McVries.
    —Nunca he podido aguantar mucho sin aligerarme —añadió Baker—. Hay gente que sólo tiene que ir al baño una vez por semana. Yo soy de los de una vez al día. Si no cago una vez al día, tomo un laxante.
    —Esos laxantes te dañarán el estómago —dijo Pearson.

    McVries echó la cabeza hacia atrás y rio. Abraham volvió la mirada para sumarse a la conversación.

    —Mi abuelo no tomó un laxante en su vida y llegó a...
    —Supongo que guardas los datos archivados —se mofó Pearson.
    —No estarás dudando de la palabra de mi abuelo, ¿verdad?
    — ¡Por supuesto que no! —repuso Pearson, haciendo rodar los ojos.
    —Así me gusta. Mi abuelo...
    —Mirad —dijo Garraty en un susurro.

    Como no le interesaba el tema de los laxantes, había dejado que su mirada vagara hasta centrarse distraídamente en Percy. Ahora, contemplaba al muchacho casi sin creer lo que veían sus ojos. Percy se había ido situando cada vez más cerca del borde de la carretera, y ahora ya estaba avanzando por el polvoriento arcén. De vez en cuando, dirigía a hurtadillas una tensa y atemorizada mirada en dirección a los soldados situados en la torreta del vehículo oruga; después volvía la vista hacia la derecha, en dirección a la espesa arboleda distante apenas un par de metros.

    —Creo que va a correr hacia los árboles —dijo Garraty.
    —Le derribarán, puedes estar seguro —repuso Baker con un susurro.
    —No parece que nadie esté pendiente de él —replicó Pearson.
    —Entonces no llaméis la atención de los soldados sobre él —dijo McVries—. ¡Pandilla de estúpidos!

    Durante los siguientes minutos ninguno de ellos dijo nada importante. Simulaban conversar y observaban a Percy, que miraba a los soldados una y otra vez, mientras medía mentalmente la corta distancia que le separaba del tupido bosque.

    —No tiene cojones —murmuró Pearson finalmente.

    Antes de que nadie pudiera responder, Percy torció lentamente y sin prisa hacia los árboles. Dos pasos, luego tres. Uno más, dos como mucho, y llegaría. Sus piernas, enfundadas en téjanos, se movían con tranquilidad. Su cabello rubio blanqueado por el sol se agitó levemente bajo un breve soplo de brisa. Podría haber sido perfectamente, un boy scout en plena jornada de observación de pájaros.

    No hubo avisos. Percy había perdido el derecho a ellos cuando su pie derecho había cruzado el extremo exterior del arcén. Se había salido de la carretera, y los soldados le habían visto en todo momento. El bueno de Percy no había engañado a nadie. Un limpio y seco disparo así lo anunció, y Garraty desvió la mirada hacia el soldado que se había levantado en la parte trasera del vehículo oruga. El soldado era una escultura viviente de rasgos marcados y angulosos, con el fusil bien colocado en el hueco del hombro y la cabeza algo adelantada a lo largo del cañón.

    Garraty volvió de nuevo la vista hacia Percy. El muchacho seguía de pie, ahora con ambos pies en el borde de la línea de árboles, pisando la maleza. Estaba tan inmóvil como el soldado que le había disparado. Era como otra estatua. Ambos habrían constituido un buen tema pictórico, pensó Garraty. Percy permanecía extrañamente quieto bajo el cielo azul primaveral, con una mano apretada contra el pecho, como un poeta a punto de recitar. Tenía los ojos muy abiertos, en una expresión casi de éxtasis. Entre sus dedos rezumaba un brillante chorro de sangre, que refulgía bajo el sol. ¡Eh, Percy, te llama tu mamá! ¡Eh, Percy!, ¿sabe tu madre que estás eliminado? ¡Eh, Percy!, ¿qué clase de estúpido nombre es ése? Percy, Percy, ¿no eres un encanto? Percy transformado en un brillante Adonis bañado por el sol, en contraposición a su salvaje cazador de colores pardos.

    Una, dos, tres gotas de sangre como monedas cayeron sobre las zapatillas negras, polvorientas de tanto caminar. Todo sucedió en tres segundos. Garraty apenas tuvo tiempo de dar un par de pasos, y no recibió ningún aviso. ¡Oh, Percy!, ¿qué va a decir tu mamá? Vamos, Percy, ¿tendrás valor para morir?

    Lo tuvo. Se tambaleó, tropezó con un arbolito joven, trastabilló de medio lado y cayó de cara al cielo. El momento de gracia, la helada simetría, habían quedado atrás. Percy estaba muerto.

    —Que esta tierra quede sembrada de sal —dijo de pronto McVries—. Y que no crezca jamás una espiga de trigo ni una mazorca de maíz. Malditos sean los hijos de esta tierra y malditos sus riñones, y sus muslos y sus pantorrillas. Dios te salve, María, llena eres de gracia, reventemos este maldito lugar. —Y se echó a reír.
    —Cállate —dijo Abraham con voz ronca—. Deja de decir gilipolleces.
    —Todo el mundo es el Señor —dijo McVries con una risita histérica—. Estamos caminando hacia el Señor, y ahí atrás las moscas están arremolinándose sobre el Señor; de hecho, las moscas son también el Señor, así que bendito el fruto de tu vientre, Percy. Amén, aleluya, y manteca de cacahuete. Padre nuestro, que estás en hojalata, bendito sea tu nombre.
    — ¡Te voy a atizar! —advirtió Abraham. Su rostro estaba pálido—. ¡Voy a hacerlo, Pete!
    — ¡Un devoto!, —se burló McVries, riendo de nuevo—. ¡Oh, mi cuerpo y mi sangre! ¡Ah, mi santa mitra!
    — ¡Voy a atizarte, capullo! —rugió Abraham.
    —No —intervino Garraty, asustado—. Por favor, no os peleéis. Vamos... vamos a comportarnos bien.
    —Percy era demasiado joven para meterse en esta excursión —dijo Baker con voz triste—. Me extrañaría mucho que hubiese cumplido los catorce.
    —Su mamá le echó a perder —añadió Abraham con voz temblorosa—. Se notaba. —Miró alrededor, a Garraty y Pearson—. Se notaba, ¿verdad?
    —Ya no seguirá estropeándolo —sentenció McVries.

    Olson se puso a balbucear de nuevo sus súplicas a los soldados. El que había disparado contra Percy estaba ahora sentado y comiendo un bocadillo. Los pies llevaron al grupo hasta las ocho de la mañana. Pasaron ante una soleada gasolinera, donde un mecánico con un grasiento mono regaba el asfalto.

    —Me gustaría que nos rociara un poco con eso —dijo Scramm—. Tengo más calor que una caldera.
    —Todos tenemos calor —dijo Garraty.
    —Yo pensaba que en Maine nunca hacía calor —declaró Pearson con voz exhausta—. Creía que aquí era la tierra del frío.
    —Bien, ahora ya sabes que no es así —respondió Garraty con sequedad.
    —Eres muy gracioso, Garraty —dijo Pearson—. ¿Lo sabías? Muy gracioso. ¡Sí, señor!, me alegro de haberte conocido.

    McVries se echó a reír.

    — ¿Sabes una cosa? —replicó Garraty—. Tienes unas manchas sospechosas en tus calzoncillos —dijo Garraty. Era lo más agudo que se le ocurrió.

    Pasaron ante otra parada de camioneros. Dos o tres enormes camiones articulados estaban detenidos fuera de la carretera, sin duda para dejar paso a los Marcha—dores. Uno de los camioneros estaba de pie junto a su vehículo, con aire nervioso, apoyado contra el remolque, un enorme contenedor frigorífico.

    Varias camareras animaron a los Marchadores cuando pasaron ante ellas, y el camionero, que seguía apoyado contra su remolque, dedicó al grupo un corte de mangas. Era un tipo enorme, con un cuello de toro sobresaliéndole de una sucia camiseta.

    — ¿Por qué habrá hecho eso? —gritó Scramm.
    —Ese ha sido el primer hombre sincero que hemos encontrado desde que empezó esta merienda campestre —dijo riendo McVries—. ¡Me ha encantado ese tipo, Scramm!
    —Probablemente va cargado de productos perecederos camino de Montreal —dijo Garraty—. Directamente desde Boston. Y le hemos sacado del camino. Probablemente tiene miedo de perder su empleo o su camión, si trabaja por cuenta propia.
    — ¿No resulta estúpido? —dijo Collie Parker con voz ronca—. ¿No es una gran estupidez? Llevan más de dos meses avisando a la gente del itinerario de la Marcha. ¡Ese tipo es un palurdo!
    —Pareces saber mucho de esto —dijo Abraham a Garraty.
    —Un poco —contestó éste con la mirada fija en Parker—. Mi padre llevaba un camión articulado antes de... antes de marcharse. Es un trabajo duro en el que cada dólar cuesta mucho de ganar. Probablemente ese tipo creía que le daría tiempo de llegar hasta la siguiente salida. No habría venido por aquí si hubiese una ruta más corta.
    —Pero no tenía que dedicarnos ese gesto —insistió Scramm—. No tenía por qué hacerlo. ¡Sus malditos tomates no son una cuestión de vida o muerte, como lo nuestro!
    — ¿Tu padre abandonó a tu madre? —preguntó McVries a Garraty.
    —A mi padre se lo llevaron los Escuadrones —repuso lacónicamente.

    Su silencio era un reto a Parker y a los demás para que se atrevieran a abrir la boca, pero nadie respondió.

    Stebbins seguía en la cola del grupo. Acababa de pasar por la parada de camioneros, y el tipo que les había dedicado el corte de mangas ya estaba sentado al volante de su vehículo, esperando que le dieran paso. En la parte delantera del grupo, los fusiles soltaron de nuevo sus macabros monosílabos. Un cuerpo giró sobre sí mismo, se tambaleó y cayó al suelo. Dos soldados lo arrastraron fuera de la carretera mientras un tercero les lanzaba una bolsa para meter el cuerpo.

    —Yo tenía un tío al que se llevaron los Escuadrones—informó Wyman.

    Garraty advirtió que la lengüeta del zapato izquierdo de éste se había salido de entre los cordones y aleteaba obscenamente.

    —Los Escuadrones sólo se llevan a los estúpidos—declaró Collie Parker.

    Garraty le miró y deseó sentirse furioso, pero se limitó a bajar la cabeza y fijar la mirada en la carretera. Estaba de acuerdo con Parker: su padre había sido un estúpido. Un maldito borracho incapaz de ahorrar dos centavos. Un hombre carente del sentido común suficiente para guardar para sí sus opiniones políticas. Garraty se sintió viejo y enfermo.

    —Cierra ya tu puta boca —masculló McVries.
    — ¿Quieres hacérmela cerrar tú?
    —No, no tengo ganas. Sencillamente cierra la boca, maldito imbécil.

    Collie Parker se dejó alcanzar por Garraty y McVries y se colocó entre los dos. Pearson y Abraham se apartaron ligeramente. Incluso los soldados se incorporaron, dispuestos a intervenir en caso de necesidad. Parker estudió a Garraty. Tenía el rostro perlado de sudor, pero su mirada seguía llena de arrogancia. Le dio a Garraty unos golpecitos tranquilizadores en el brazo.

    —A veces me paso cuando hablo. No pretendía molestarte, ¿vale?

    Garraty asintió con gesto cansino y Parker se volvió para observar a McVries.

    —Y una mierda para ti, Jack —musitó Parker, antes de acelerar el paso y encaminarse hacia la vanguardia.
    —Vaya un fantasma, ese Parker —murmuró McVries.
    —No es peor que Barkovitch —respondió Abraham—. Quizá un poco mejor, incluso.
    —Además —añadió Pearson—, ¿qué significa que a uno se lo lleven los Escuadrones? Eso es mucho mejor que morir, ¿no?
    — ¿Cómo quieres que lo sepamos? —intervino Garraty—. ¿Cómo quieres que lo sepa ninguno de nosotros?

    Su padre había sido un grandullón de cabellos rubios como la arena, con una voz estruendosa y una risa estridente que al pequeño Ray Garraty le sonaba como una montaña desmoronándose. Después de perder su camión articulado, se ganó la vida conduciendo camiones del gobierno desde Brunswick. Podría haber vivido bien si hubiera sabido guardar para sí sus opiniones políticas. Pero cuando uno trabaja para el gobierno, éste estaba doblemente pendiente de uno, doblemente dispuesto a llamar a un Escuadrón si la lealtad ofrecía dudas. Y el padre de Garraty no había demostrado ser un gran amante de la Larga Marcha, así que un día recibió un telegrama y al día siguiente dos soldados se presentaron a la puerta de su casa. Jim Garraty desapareció con ellos, profiriendo bravatas, y su esposa cerró la puerta tras ellos con las mejillas pálidas. Y cuando Ray Garraty preguntó a su madre dónde iba su padre con aquellos soldados, ella le dio un par de bofetones en la boca, haciéndole sangrar los labios, mientras le decía que se callara. Garraty no había vuelto a ver a su padre desde entonces. En aquella época el pequeño tenía apenas once años. Había sido una detención limpia, higiénica, inodora.

    —Yo tenía un hermano que se metió en problemas con la ley —murmuró Baker—. No con el gobierno sino con la ley. Hurtó un coche y fue con él desde nuestro pueblo a Hattiesburg, Misisipí. Le cayó una sentencia de dos años. Ahora, mi hermano está muerto.
    — ¿Muerto? —preguntó una voz de ultratumba. Olson se había aproximado al grupo. Su rostro macilento parecía ir un kilómetro por delante del resto de su cuerpo.
    —Tuvo un ataque cardíaco —dijo Baker—. Sólo tenía tres años más que yo. Mamá decía siempre que era una cruz para ella, pero sólo se metió en problemas graves en esa ocasión. Yo fui peor. Durante tres años estuve en una banda de merodeadores nocturnos.

    Garraty se volvió para observarle. Había un aire avergonzado en las cansadas facciones de Baker, pero también algo de dignidad, perfilada contra los rayos polvorientos de luz que se colaban entre las ramas.

    —Es un delito competencia de los Escuadrones, pero no me importaba. Sólo tenía doce años cuando empecé. Apenas éramos otra cosa que niños jugando a delincuentes nocturnos. Los mayores eran más precavidos. Nos decían que saliéramos y nos daban palmaditas de ánimo, pero ellos no se arriesgaban a ser detenidos por los Escuadrones. No, ellos no. Lo dejé después de que quemáramos una cruz en el jardín de un negro. Pasé un miedo atroz. Y vergüenza también. ¿Por qué ha de querer nadie quemar una cruz en el jardín de un negro? ¡Menuda estupidez! —Baker movió la cabeza con pesar.

    En aquel instante, los fusiles volvieron a sonar.

    —Ahí va otro —dijo Scramm. Su voz sonó obstruida y nasal, y se limpió la nariz con el dorso de la mano.
    —Treinta y cuatro —añadió Pearson. Sacó una moneda de un bolsillo y la metió en el otro—. He traído noventa y nueve monedas de un centavo. Cada vez que a alguien le dan el pasaporte, cambio una de bolsillo. Y cuando...
    — ¡Eres un maldito gilipollas! —dijo Olson. Sus ojos vidriosos miraban a Pearson ominosamente—. ¿También has traído tu reloj de la muerte? ¿Tus muñecos de vudú?

    Pearson no respondió. Observó el campo en barbecho junto al que avanzaban, con aire nervioso y avergonzado. Por último, murmuró:

    —No tenía intención de mencionárselo a nadie... Sólo era para que me diera suerte.
    —Jodido bastardo —gruñó Olson.
    — ¡Déjalo ya! —dijo Abraham—. Me estás poniendo nervioso.

    Garraty echó un vistazo a su reloj. Eran las 8.20. Quedaban cuarenta minutos para el desayuno. Pensó en lo magnífico que sería colarse en alguno de aquellos merenderos que salpicaban la carretera (¡oh, Señor, qué alivio poder hacer siquiera eso!) y pedir un filete con cebollas fritas, y una ración de patatas fritas y un gran helado de vainilla con salsa de fresas. O quizá un gran plato de espaguetis y albóndigas, con pan italiano y una ración de guisantes en mantequilla. Y leche. Una jarra entera de leche. Al diablo con los tubos de concentrados y las cantimploras de agua destilada. Leche y comida de verdad, y un lugar donde sentarse a comer y beber. ¿No sería maravilloso?

    Delante de él, una familia de cinco miembros —papá, mamá, el niño, la niña y la abuela de sienes plateadas— estaba tendida bajo un gran olmo, disfrutando de un picnic matinal de bocadillos y algo que parecía chocolate caliente. Todos vitorearon alegremente a los marcha—dores.

    —Vaya gente más desconsiderada —murmuró Garraty.
    — ¿A qué te refieres? —preguntó McVries.
    —Pues a que me gustaría sentarme a comer con esos de ahí.

    Garraty devolvió el saludo y sonrió, reservando la parte más resplandeciente de su sonrisa a la abuela, que correspondía agitando la mano y mascando..., bien, rumiando sería más próximo a la verdad, algo que parecía un bocadillo de huevo y ensalada.

    —Pero yo no me sentaría ahí a comer mientras un grupo de gente famélica...
    —No estamos famélicos, Garraty. Sólo nos lo parece.
    —... de gente hambrienta, entonces.
    —La mente sobre la materia —salmodió McVries en una mala imitación de W. C. Fields—. La mente sobre la materia, mi joven amigo.
    — ¡Vete al infierno! Sencillamente, no quieres reconocerlo: esa gente es un hatajo de animales. Quieren ver los sesos de alguno en el asfalto. Para eso vienen.
    — ¿No dijiste que tú mismo habías presenciado la Larga Marcha cuando eras pequeño? —respondió McVries.
    — ¡Sí, pero entonces no sabía lo que hacía!
    —Y eso ya te justifica, ¿verdad? —insistió McVries, emitiendo una breve risa—. Naturalmente que son unos animales. ¿Crees que has hecho un gran descubrimiento? A veces me sorprende lo ingenuo que llegas a ser. Los franceses se dedicaban a follar después de las ejecuciones en la guillotina. Los antiguos romanos llenaban las gradas de los circos durante los combates de gladiadores. Es el espectáculo, Garraty. No es ninguna novedad.

    Se echó a reír de nuevo y Garraty le contempló.

    —Vamos, ya estás en la segunda base, McVries —dijo una voz—. ¿No quieres intentar la tercera? Garraty no tuvo necesidad de volverse. Era Stebbins, naturalmente. Stebbins, el Buda flaco. Sus pies le transportaban automáticamente, pero tuvo la vaga sensación de que los tenía hinchados y resbaladizos, como si se estuvieran llenando de pus.
    —La muerte constituye un gran estímulo para los apetitos —dijo McVries—. ¿Qué me decís de esas dos chicas y Gribble? Ellas querían saber qué era joder con un muerto. Querían algo completamente nuevo y diferente. No sé si Gribble se dio cuenta de ello, pero seguro que ellas sí. Da igual si se trata de comer, de beber o de cualquier otra cosa. Todo gusta más, sabe mejor y se siente más intensamente porque se está mirando a un muerto.

    »Pero ni siquiera ése es el objeto real de esta pequeña expedición, Garraty. Lo fundamental es que los listos son ellos. No son ellos los arrojados a los leones. No son ellos los que se tambalean por el asfalto con la esperanza de no tener la urgencia de una meadita cuando se tienen ya dos avisos. Y el estúpido eres tú, Garraty. Tú y yo y Pearson y Barkovitch y Stebbins. Todos somos los estúpidos. Scramm lo es porque cree comprenderlo todo, y no es así. Olson lo es porque ha entendido demasiadas cosas demasiado tarde. Ellos son animales, de acuerdo, pero ¿por qué crees que eso nos convierte a nosotros en seres humanos?

    Hizo una pausa, casi sin respiración.

    —Bueno, tú has empezado y me has hecho hablar —añadió—. Ha sido el pequeño sermón número trescientos de una serie de seis mil... Probablemente, con esto he reducido en cinco horas mis expectativas de vida.
    —Entonces, ¿por qué estás aquí? —le preguntó Garraty—. Si lo sabes y estás tan seguro, ¿por qué estás aquí?
    —Por la misma razón que estamos aquí todos —dijo Stebbins con una sonrisa. Sus labios estaban ligeramente cuarteados por el sol; por lo demás, su rostro no mostraba todavía arrugas y tenía un aire invencible—. Queremos morir, por eso estamos aquí. ¿Por qué si no, Garraty? ¿Por qué si no?


    8


    Tres, seis, nueve, el pato vino bebe.
    En la cola del tranvía, el mono tabaco masca.
    La cola rota está,
    el mono atragantado está,
    y todos al cielo se han ido remando en una barca.
    Canción infantil


    Ray Garraty se ciñó el cinturón de concentrados alimenticios alrededor de la cintura y se dijo que no comería absolutamente nada hasta las nueve y media. Su estómago gruñía y se quejaba. Alrededor, los Marcha—dores celebraban compulsivamente las primeras veinticuatro horas en la carretera.

    Scramm sonrió a Garraty con la boca llena de pasta de queso. Baker había sacado el recipiente de las aceitunas y se las iba llevando a la boca con regularidad. Pearson estaba dando cuenta de unas galletas saladas con pasta de atún, y McVries mascaba lentamente pasta de pollo. Tenía los ojos entrecerrados, como si sintiera un dolor extremo o se encontrara en la cumbre del placer.

    Otros dos Marchadores habían sido eliminados entre las ocho y media y las nueve. Uno de ellos había sido Wayne, el que había recibido los gritos de ánimo del encargado de la gasolinera antes del amanecer. Con todo, habían cubierto más de 150 kilómetros y el grupo había mermado sólo en treinta y seis Marchadores. Resultaba asombroso, pensó Garraty, notando la saliva en la boca mientras McVries extraía el último gramo de concentrado de pollo y lanzaba el tubo vacío a un lado de la carretera. Muy bien, se dijo Garraty, ya podían caer todos reventados allí mismo.

    Un adolescente con unos vaqueros ajustados y un ama de casa de mediana edad se lanzaron por el tubo vacío de McVries, que había dejado de ser un objeto de utilidad para convertirse en recuerdo a conservar. La mujer estaba más cerca, pero el muchacho fue más rápido y le ganó por medio cuerpo. « ¡Gracias!», vociferó a McVries, mientras sostenía en alto el tubo retorcido. Luego, el muchacho regresó junto a su pandilla, todavía enarbolando el tubo. La mujer le siguió con la mirada y gesto irritado.

    — ¿No comes? —preguntó McVries.
    —Me obligo a esperar.
    — ¿A qué?
    —A que sean las nueve y media.
    — ¿Es parte de los viejos hábitos de autodisciplina? —repuso McVries.

    Garraty se encogió de hombros, dispuesto a recibir un comentario sarcástico, pero McVries se limitó a seguir mirándole.

    — ¿Sabes una cosa? —dijo por último—. Si tuviera un dólar... un solo dólar... lo apostaría por ti, Garraty. Creo que tienes posibilidades de ganar esta competición.
    — ¿Intentas echarme mal de ojo? —se burló Garraty.
    — ¿Cómo?
    —Mal de ojo. Como cuando se le dice a un jugador de baloncesto que no puede fallar el tiro libre.
    —Quizá sea así. —repuso McVries, y extendió las manos ante sí.

    Garraty observó que le temblaban ligeramente. McVries frunció el entrecejo al comprobarlo; su expresión era casi la de un lunático.

    —Espero que Barkovitch recoja pronto su pasaporte —dijo por fin.
    —Pete...—dijo Garraty.
    — ¿Qué?
    —Si tuvieras que empezar con esto otra vez... Si supieras que llegarías hasta aquí y que todavía estarías andando, ¿volverías a hacerlo?

    McVries bajó las manos y lo miró.

    — ¿Estás de broma?
    —No. Lo pregunto en serio.
    —Pues no creo que lo hiciera otra vez aunque el Comandante me pusiera su pistola en los riñones. Esto es lo más parecido al suicidio, sólo que el suicidio normal es más rápido.
    —Es cierto —terció Olson—. Jodidamente cierto. —Les dedicó una sonrisa hueca, como de campo de concentración.

    Diez minutos después cruzaron bajo una enorme pancarta rojiblanca que proclamaba: ¡kilómetro 160! ¡felicitaciones de la cámara de comercio de jefferson plantation! ¡felicitaciones a los marchadores del club century!

    —Yo sé dónde se pueden meter su maldito club Century —masculló Collie Parker.

    De pronto, las manchas de bosque renacido de pinos y abetos que habían bordeado hasta entonces la carretera en pequeñas arboledas desaparecieron, ocultas por la primera multitud auténtica que encontraban en la Marcha. Una ovación de ánimo surgió de ella, seguido de otra y otra. Era como el oleaje al batir contra el acantilado. Los flashes de las cámaras les acribillaron, desorientándoles. La policía estatal contenía a las apretadas filas de espectadores, y en los arcenes se habían tendido cintas de plástico anaranjado brillante para mantener libre la calzada. Un agente pugnaba con un chiquillo que gritaba. El muchacho tenía la cara tiznada y la nariz mocosa. Llevaba un planeador de juguete en una mano y una libreta de autógrafos en la otra.

    — ¡Caray! —gritó Baker—. ¡Mirad eso, mirad a toda esa gente!

    Collie Parker saludaba con la mano en alto y sonreía, y Garraty se acercó a él para oírle decir con su acento del Medio Oeste:

    —Me alegro de veros, hatajo de mamarrachos. —Otra sonrisa y otro saludo—. ¿Cómo estás, mamá McCree, viejo saco de patatas? Tu cara y mi culo hacen buena pareja. ¿Cómo estáis, cómo estáis?

    Garraty soltó una risita histérica. Un tipo de la primera fila de espectadores, con un chapucero cartel en el que se leía el nombre de Scramm, llevaba abierta la bragueta. En la segunda fila, una gorda con un ridículo traje amarillo estaba siendo triturada entre tres estudiantes que lucían la camiseta de su universidad y apuraban una cerveza tras otra. Grasa triturada, pensó Garraty, y se echó a reír con más fuerza.

    Te vas a poner histérico, se advirtió. ¡Oh, Señor! No lo permitas... Tienes que pensar en Gribble... No te dejes...

    Pero no logró evitarlo. La risa surgió estentórea de su boca hasta que su estómago quedó hecho un nudo, y siguió avanzando con las piernas dobladas. Alguien le gritaba algo por encima del rugido de la multitud.

    — ¡Ray! ¡Ray! ¿Qué sucede? ¿Estás bien?
    — ¡Son tan divertidos! —Garraty casi lloraba de risa—.

    Pete, son tan divertidos... Son... son... ¡tan divertidos! Una niña de expresión adusta con un sucio bañador estaba sentada en el suelo con aire enfurruñado y el entrecejo fruncido. Cuando pasaron ante ella, les hizo una mueca horrible. Garraty soltó otra carcajada y casi cayó al suelo. Recibió un aviso. Era extraño: pese al ruido, seguía captando los avisos con toda claridad.

    Podría morir, pensó. Podría morir riendo. ¿No sería eso una auténtica sorpresa?

    Collie seguía sonriendo alegremente, saludando con la mano y lanzando insultos contra espectadores y periodistas, y aquello parecía lo más divertido. Garraty cayó de rodillas al suelo y recibió un nuevo aviso. Continuó riendo en accesos breves, como ladridos, que era cuanto daban de sí sus pulmones.

    — ¡Va a vomitar! —gritó alguien—. ¡Mírale, Alice, va a vomitar!
    — ¡Garraty! ¡Garraty, por el amor de Dios! —gritaba McVries a su lado.

    Pasó un brazo por la espalda de Garraty y le asió por la axila. Consiguió que se pusiera otra vez en pie y avanzara con paso vacilante.

    — ¡Oh, Dios! —jadeó Garraty—. ¡Me están matando! ¡No... no puedo...!

    Y prorrumpió en una débil risa. Sus rodillas cedieron. McVries volvió a levantarle. El cuello de la camisa de Garraty se desgarró. Los dos recibieron un aviso. Ese es mi último aviso, pensó Garraty vagamente. Estoy camino de ver por fin esos prados de que tanto hablan. Lo siento, Jan, yo...

    — ¡Vamos ya, idiota, no puedo llevarte a rastras! —susurró McVries.
    — ¡No puedo! —jadeó Garraty—. No puedo respirar, yo...

    McVries le dio dos rápidos bofetones en las mejillas. Después se apartó de él rápidamente, sin mirar atrás.

    Garraty dejó de reír, pero su estómago era de gelatina y sus pulmones parecían incapaces de oxigenarse otra vez. Se tambaleó como un borracho, zigzagueó e intentó recuperar la respiración. Ante sus ojos danzaban puntos negros, y una parte de él comprendió lo cerca que estaba de desvanecerse. Uno de sus pies tropezó con el otro, trastabilló y casi cayó, pero de algún modo consiguió recuperar el equilibrio.

    Si caigo, estoy muerto, se dijo. Jamás me levantaré.

    Los espectadores le estaban observando. Los vítores habían callado para dar paso a un murmullo sordo, oscuramente lascivo. Estaban esperando a que cayera.

    Siguió caminando, concentrado en poner un pie delante del otro. Cierta vez, en la escuela, había leído un cuento de un tipo llamado Ray Bradbury acerca de las multitudes que se reúnen en los escenarios de accidentes mortales. Decía que esas multitudes tienen siempre los mismos rostros, y que parecen saber si la víctima vivirá o morirá. Yo viviré un poco más, se dijo. Lo conseguiré. Voy a vivir un poco más...

    Obligó a sus pies a avanzar con la cadencia precisa. Borró de su mente todo lo demás, incluida Jan. Ni siquiera pensó en el calor, en Collie Parker o en D'Allessio el Bizco. Ni siquiera advirtió el dolor sordo y constante de sus pies y la helada rigidez de los músculos y tendones en las corvas. Sólo una idea latía en su cerebro como un gran timbal: Viviré un poco más. Viviré un poco más. Viviré un poco más. Hasta que las palabras perdieron sentido y dejaron de significar algo.

    Fue el disparo de los fusiles lo que le sacó de su ensimismamiento. Entre los susurros silenciosos de la muchedumbre, el estampido resultó sorprendentemente sonoro, y Garraty oyó gritar a alguien. Bueno, se dijo, ahora ya lo sabes. Has vivido lo bastante para oír los disparos, lo suficiente para oír tus propios gritos...

    Pero, en ese instante uno de sus pies tropezó con un guijarro y sintió el dolor y comprendió que no era a él a quien habían dado el pasaporte, sino al número 64, un chico agradable y sonriente llamado Frank Morgan. Ya estaban arrastrando a Frank Morgan fuera de la carretera. Llevaba las gafas colgando y dando tumbos por el asfalto, enganchadas todavía a su oreja derecha. El cristal de la izquierda estaba roto.

    —No estoy muerto —dijo, todavía confuso.

    La sorprendente conclusión llegó hasta él como una cálida ola azul que amenazó con derretir de nuevo sus piernas.

    —No, pero deberías estarlo —dijo McVries.
    —Tú le has salvado —dijo Olson, como si pronunciara una maldición—. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué? —Olson tenía los ojos tan brillantes e inexpresivos como dos picaportes—. Te mataría si pudiera. Vas a morir, McVries. Espera y verás. Dios va a fulminarte por lo que has hecho, va a eliminarte como a un perro. —Su voz sonaba apagada.

    Garraty casi podía oler en ella la mortaja. Se llevó las manos a la boca y emitió un gemido. Lo cierto era que el olor de mortaja estaba presente en todos ellos.

    —Vete al infierno —replicó McVries—. Pago mis deudas, eso es todo. —Se volvió hacia Garraty y añadió—: Estamos en paz. Se acabó, ¿de acuerdo?

    Se apartó sin prisas, y pronto no fue más que otra camiseta de color a veinte metros de distancia.

    Garraty fue recuperando el resuello muy lentamente, y durante un largo trecho notó una punzada en el costado, pero finalmente desapareció. McVries le había salvado la vida. Se había puesto histérico, había sufrido un ataque de risa y McVries le había salvado de ser eliminado. «Estamos en paz. Se acabó, ¿de acuerdo?» De acuerdo.

    — ¡Dios le castigará! —gritaba Hank Olson—. ¡Lo fulminará!
    — ¡Cállate o seré yo quien te fulmine a ti! —replicó Abraham.

    El día se hizo todavía más caluroso y surgieron pequeñas discusiones llenas de indirectas. La enorme multitud se redujo un poco cuando salieron del radio de acción de las cámaras de televisión y los micrófonos, pero no desapareció ni se limitó a grupos aislados de espectadores. La muchedumbre había hecho acto de presencia, y ya no iba a abandonarles. La gente se fundía en un gran rostro anónimo, una cara insípida y ansiosa que se repetía kilómetro tras kilómetro. Una cara que poblaba dinteles, jardines, caminos, zonas de picnic, gasolineras (donde los propietarios cobraban entrada) y, en la siguiente población que cruzaron, ambas aceras de la calle principal y el aparcamiento del supermercado. El rostro anónimo hacía fotografías, gesticulaba y animaba, pero siempre seguía fundamentalmente igual. Contemplaba con avidez a Wyman agacharse para hacer funcionar sus tripas. Hombres, mujeres, niños... El rostro anónimo era siempre el mismo, y Garraty se cansó de él muy pronto.

    Quería hablar con McVries pero, por alguna razón, dudaba que éste deseara oír su agradecimiento. Le vio en la cabeza del grupo, caminando detrás de Barkovitch. Tenía la mirada fija en la nuca de éste.

    Las nueve y media. La multitud parecía incrementar el calor, y Garraty se desabrochó la camisa hasta la hebilla del cinturón. Se preguntó si D'Allessio el Bizco se habría enterado de que le daban el pasaporte. Supuso que, de todos modos, saberlo no habría cambiado las cosas para él.

    La carretera tenía una pendiente muy pronunciada y la multitud desapareció momentáneamente mientras subían el paso elevado sobre cuatro líneas férreas que corrían en dirección este/oeste, refulgiendo cálidamente en su lecho de cenizas. Arriba, mientras cruzaban un puente de madera, Garraty divisó a lo lejos otro cinturón de arboledas, y a izquierda y derecha la zona urbanizada, casi residencial, que acababan de pasar.

    Una brisa refrescante acarició su piel sudorosa, haciéndole estremecerse. Scramm estornudó sonoramente tres veces.

    — ¡Me estoy resfriando! —anunció, malhumorado.
    —Eso te dejará sin energías —dijo Pearson—. Es una mala cosa.
    —Sólo tendré que esforzarme más —replicó Scramm.
    —Debes de estar hecho de acero... —insistió Pearson—. Si yo me resfriara, me dejaría caer y que me mataran. Así de escaso ando de energías.
    — ¡Déjate caer y muérete ya! —aulló Barkovitch—. ¡Y ahórranos energía a los demás!
    — ¡Cállate y sigue caminando, cabrón! —replicó McVries.

    Barkovitch se volvió a mirarle.

    — ¿Por qué no dejas de caminar detrás de mí, McVries? Vete a otra parte.
    —La carretera es de todos. Camino por donde me da la puñetera gana.

    Barkovitch carraspeó, escupió y le dedicó un gesto obsceno.

    Garraty abrió un tubo de concentrado y se puso a comer crema de queso con galletas. Su estómago gruñó con el primer bocado y tuvo que esforzarse para no devorar todas las provisiones. Exprimió un tubo de carne y lo engulló apresuradamente. Después lo acompañó con un buen trago de agua y se obligó a no comer más.

    Pasaron junto a una serrería. Los obreros estaban de pie sobre pilas de tablones, recortados contra el cielo como pieles rojas, agitando las manos hacia los Marcha—dores. Después, éstos se encontraron de nuevo en el bosque y el silencio se abatió sobre el grupo. Naturalmente, el silencio no era tal: los Marchadores hablaban, el vehículo oruga avanzaba por el asfalto, alguien jadeaba, otro reía, y otro emitía gruñidos de desesperación. Los arcenes de la calzada seguían llenos de espectadores, pero la gran multitud del club Century había desaparecido y, en comparación, parecían callados. Los pájaros trinaban en las copas de los árboles, la brisa aliviaba el calor unos instantes con alguna ráfaga furtiva, como un alma en pena. Una ardilla parda se detuvo en una rama alta, con la cola erguida y los ojillos negros muy atentos, sosteniendo entre sus manos ratoniles una nuez. Les dedicó un chillido, se escurrió tronco arriba y desapareció. Un avión zumbó a lo lejos como una mosca gigantesca.

    A Garraty le pareció que todo el mundo le hacía un vacío de silencio. McVries seguía caminando detrás de Barkovitch. Pearson y Baker hablaban de ajedrez. Abraham comía ruidosamente y se limpiaba las manos en la camiseta. Scramm había rasgado un trozo de su camiseta y lo utilizaba como pañuelo. Collie Parker charlaba de chicas con Wyman. Y Olson... Garraty no quería ni mirar a Olson, quien parecía querer implicar a todo el mundo como instigadores o cómplices de su propia y cercana muerte.

    Así pues, Garraty empezó a retroceder posiciones, con cuidado, un poco cada vez (muy atento a sus tres avisos), hasta que estuvo a la altura de Stebbins. Sus pantalones púrpura estaban ahora llenos de polvo. Bajo las axilas su camisa de cambray lucía unos grandes círculos oscuros de sudor. Fuera Stebbins lo que fuese, desde luego no era Superman. Sus ojos se posaron un instante en los de Garraty, como interrogándole, y volvió a clavarlos en la carretera. El bulto de sus vértebras cervicales era muy pronunciado.

    — ¿Cómo es que no hay más espectadores? —preguntó Garraty con voz titubeante.

    Durante un largo segundo, creyó que Stebbins no iba a responder. Finalmente, éste apartó el cabello de la frente y contestó:

    —Ya vendrán. Espera un poco. Ocuparán los tejados en tres filas para verte.
    —He oído decir que hay miles de millones en apuestas durante la Marcha. Yo pensaba que estarían apretujados en los arcenes durante todo el recorrido. Y que habría cámaras de televisión...
    —No es conveniente.
    — ¿Por qué?
    — ¿Por qué lo preguntas?
    —Porque tú lo sabes —repuso Garraty exasperado.
    — ¿Cómo lo sabes?
    — ¡Cielo santo!, me recuerdas a la oruga de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Tú nunca hablas por hablar?
    — ¿Cuánto tiempo durarías con la gente gritándote desde ambos lados de la carretera? Sólo el olor corporal podría volverte loco al cabo de un rato. Sería como caminar quinientos kilómetros por Times Square en Nochevieja.
    —Pero la gente puede venir, ¿verdad? Alguien dijo que a partir de Oldtown había multitudes.
    —De todos modos, yo no soy la oruga —ironizó Stebbins con una sonrisa sigilosa—. Más bien soy el estilo del conejo blanco, ¿no te parece? Salvo que he dejado el reloj de oro en casa y nadie me ha invitado a tomar el té. Al menos, que yo sepa nadie lo ha hecho. Quizá sea eso lo que pida cuando me pregunten qué deseo como Premio. Sí, cuando me lo pregunten les diré: «Bueno, quiero que me inviten a tomar el té.»
    — ¡Maldita sea!

    Stebbins ensanchó su sonrisa, pero sólo se trataba de un nuevo ejercicio de estiramiento de labios.

    —Sí, a partir de Oldtown y alrededores ya no hay freno. Pero para entonces ninguno de nosotros estará para asuntos mundanos como el olor corporal. Y a partir de Augusta hay un seguimiento continuado por televisión. Después de todo, la Larga Marcha es el pasatiempo nacional.
    —Entonces, ¿por qué no hay nadie aquí?
    —Es demasiado pronto —murmuró Stebbins.

    En la siguiente curva se oyeron de nuevo los fusiles, y un faisán alzó el vuelo de unos matorrales con un electrizante batir de alas. Cuando Garraty y Stebbins tomaron la curva, la bolsa del cadáver ya estaba cerrada. Un trabajo rápido. Se quedaron sin saber quién había sido.

    —Llega un momento en que la gente deja de importar —dijo Stebbins—, lo mismo como estímulo que como estorbo. Deja de estar ahí. Es como un hombre en una cápsula, digamos. Uno se aísla de la multitud.
    —Creo que te entiendo —asintió Garraty. Se sentía apocado.
    —Si lo entendieras, no te habrías dejado llevar por la histeria hace un rato, ni habrías necesitado que tu amigo te salvara el pellejo. Pero acabarás entendiéndolo.
    — ¿Cuánto se llega uno a aislar?
    — ¿Cuánto crees que puedes aislarte tú?
    —No lo sé.
    —Bien, eso también tendrás que descubrirlo. Profundizarás en lo más profundo de Garraty. Suena como un anuncio de viajes, ¿no? Profundizarás hasta que des con la roca viva. Y luego seguirás ahondando en ella. Y por fin llegarás al fondo. Eso es lo que creo. Oigamos ahora tu versión.

    Garraty permaneció callado. En ése instante no tenía ninguna versión que ofrecer.

    La Larga Marcha continuó adelante. Y el calor. El sol estaba ahora suspendido sobre la línea de árboles por entre los que cruzaba la carretera. Las sombras de los Marchadores eran las de unos robustos enanos. Hacia las diez, uno de los soldados desapareció por la abertura posterior del vehículo oruga y reapareció con una larga percha. Los dos tercios superiores de ésta iban envueltos en una tela. Tras cerrar la escotilla, colocó el extremo de la percha en una rendija, metió la mano bajo la tela y manipuló algo, probablemente un resorte. Un instante después, un parasol marrón grisáceo se abrió sonoramente, dejando en sombras la mayor parte de la superficie metálica del vehículo. El soldado y sus dos compañeros de guardia se sentaron con las piernas cruzadas a la sombra del parasol militar.

    — ¡Malditos hijos de puta! —gritó alguien— ¡Voy a pedir como Premio vuestra castración en público!

    Los soldados no parecieron inquietarse por la amenaza. Continuaron observando a los Marchadores con miradas inexpresivas y consultando en ocasiones el ordenador del vehículo.

    —Probablemente después descargan todo eso en sus mujeres —dijo Garraty—. Cuando la Marcha termina.
    — ¡Ah!, estoy seguro de ello —confirmó Stebbins con una carcajada.

    Garraty ya no quería seguir caminando junto a Stebbins. De momento no. Stebbins le ponía nervioso y sólo podía tragarlo a pequeñas dosis. Aceleró el paso, dejándole solo de nuevo. Las 10.02. Dentro de veintitrés minutos se libraría de uno de los avisos. Sin embargo, de momento seguía con tres. El hecho no le asustaba tanto como había previsto. Conservaba todavía la certeza de que aquel organismo llamado Ray Garraty no podía morir. Los otros sí podían, pues eran meros extras en la película de su vida, pero no Ray Garraty, protagonista del prolongado éxito de la pantalla La historia de Ray Garraty. Quizá llegara un momento en que se diera cuenta de la irrealidad de su convicción, tanto intelectual como emocionalmente... Acaso fuera aquélla la profundidad última de que había hablado Stebbins. Fue un pensamiento incómodo.

    Sin advertirlo, había avanzado a tres cuartas partes del pelotón. Volvía a estar detrás de McVnes. Ahora iban tres en una especie de grupito agobiado por la fatiga: Barkovitch delante, intentando mantener un aire amenazante, sin llegar a conseguirlo del todo; después McVries, con la cabeza abatida, las manos semicerradas y una leve cojera en la pierna izquierda; por último, cerrando la fila, el protagonista de La historia de Ray Garraty en persona. ¿Qué aspecto tendría él?, se preguntó.

    Se frotó una mejilla y oyó el raspar de la mano contra su barba incipiente. Probablemente tampoco su aspecto era muy impresionante.

    Apretó un poco el paso hasta situarse hombro con hombro junto a McVries, que le miró por un instante y clavó de nuevo la vista en Barkovitch. Sus ojos estaban apagados y era difícil leer nada en ellos.

    Ascendieron una rampa corta, empinada y furiosamente bañada por el sol, y cruzaron un nuevo puente. Pasaron quince minutos, luego veinte. McVries no decía nada. Garraty carraspeó un par de veces pero no llegó a abrir la boca. Pensó que cuanto más se tardaba en hablar, más difícil era luego romper el silencio. Tal vez McVries estaba ahora furioso por haberle salvado, arrepentido de ello. La idea le provocó un va-cío en el estómago. Todo era irremediable, estúpido e inútil; sobre todo eso, condenadamente inútil, tanto que resultaba de veras lastimoso. Abrió la boca para decírselo a McVries pero, antes de poder hacerlo, masculló unas palabras.

    —Todo está en orden.

    Barkovitch dio un respingo al oír la voz, y McVries añadió:

    —No va por ti, asesino. Nada va a estar nunca en orden en lo que a ti respecta. Sigue caminando.
    —Bésame el culo —replicó Barkovitch.
    —Me parece que te he causado problemas —dijo Garraty en voz baja.
    —Ya te lo dije, lo justo es justo, y ahora estamos en paz —respondió McVries—. No volvería a hacerlo. Quiero que lo sepas.
    —Lo comprendo. Sólo...
    — ¡No me haga daño! —gritó una voz—. ¡Por favor, no me haga daño!

    Era un pelirrojo con una camisa a cuadros atada a la cintura. Se había detenido en medio de la carretera y estaba llorando. Recibió el primer aviso. Entonces corrió hacia el vehículo oruga, con lágrimas en su rostro sucio y sudoroso y el cabello rojo encendido bajo el sol.

    — ¡No...! Yo... Por favor, mi madre... No puedo... no puedo más... ¡Mis pies...!

    Intentó escalar el costado del vehículo y uno de los soldados descargó la culata de su arma sobre las manos del muchacho. Este gritó y cayó al suelo.

    Y volvió a gritar. Un grito agudo, increíblemente alto, casi lo bastante para hacer estallar el cristal. Y ese grito era:

    — ¡Mis pieeeeeeeeeeeeeeeees...!
    — ¡Dios mío! —murmuró Garraty—. ¿Por qué no se calla?

    El grito seguía y seguía.

    —Dudo que pueda —respondió McVries con ironía—. La cadena trasera le ha pasado por encima de las piernas.

    Garraty miró y sintió que el estómago se le revolvía. Era cierto. No era extraño que el pelirrojo estuviera gritando por sus pies. Habían quedado aplastados.

    — ¡Aviso! ¡Aviso, número 38!
    — ¡... eeeeeeeeeeeeeeeeee...!
    —Quiero irme a casa —dijo una voz queda detrás de Garraty—. ¡Jesús, cuánto deseo irme a casa!

    Un momento después, la cabeza del chico pelirrojo quedó hecha añicos.

    —Yo voy a ver a mi chica en Freeport —afirmó rápidamente Garraty—. Y no voy a recibir más avisos y voy a darle un beso, porque la quiero y..., ¡Dios mío!, ¿le 'viste las piernas? Y todavía seguían dándole avisos, como si pensaran que iba a levantarse y caminar...
    —Otro muchachito camino de la ciudad dorada, ja, ja —empezó a entonar Barkovitch.
    — ¡Cállate, asesino! —masculló McVries—. ¿Es muy guapa, Ray? Tu chica, quiero decir...
    —Es guapísima. La quiero.
    — ¿Te casarás con ella?
    —Sí. Vamos a ser gente sencilla y normal; cuatro hijos y un perro de raza... Sus piernas... ¡No tenía piernas! ¡No se puede atropellar a uno, eso no está en las reglas, y ellos le arrollaron! Alguien tendría que informar de esto, alguien...
    —Dos chicos y dos chicas. ¿Es eso lo que vais a tener?
    —Sí, sí. Ella es guapísima. Sólo quisiera no haber...
    —Y el primer chico se llamará Ray Júnior y el perro tendrá un plato con su nombre grabado, ¿verdad?

    Garraty levantó lentamente la cabeza, como un boxeador medio sonado.

    — ¿Te estás burlando o qué?
    — ¡No! —exclamó Barkovitch—. ¡Se está cagando en ti! No lo olvides. Pero tranquilo, no te preocupes, también bailaré sobre su tumba. —Dejó escapar una breve carcajada.
    — ¡Cállate, cabrón! —dijo una vez más McVries—. No me burlo de ti, Ray. Vamos, apartémonos de ese cabrón.
    — ¡Que os den por el culo! —gritó Barkovitch en respuesta.
    — ¿Te quiere tu chica?
    —Sí, creo que sí —contestó Garraty. McVries meneó la cabeza.
    —Todas esas tonterías románticas... —dijo—. Sí, son ciertas; al menos para algunas personas, durante breves períodos, lo son. Para mí lo fueron. Sentía lo mismo que tú ahora. —Observó a Garraty y añadió—: ¿Todavía quieres conocer el origen de la cicatriz? Doblaron una curva y un montón de niños excursionistas les saludaron y vitorearon.
    —Sí—dijo Garraty.
    — ¿Por qué?

    McVries miró a Garraty, pero sus ojos, repentinamente inermes, parecían estar mirándose a sí mismo.

    —Quiero ayudarte —murmuró Garraty. McVries dirigió la mirada hacia su pie izquierdo.
    —Me duele. Ya no puedo mover los dedos. Tengo el cuello rígido y me duelen los riñones. Mi chica resultó una zorra, Garraty. Yo me metí en esta mierda de la Larga Marcha igual que muchos tipos se alistaban en la Legión Extranjera. En palabras del gran poeta del rock and roll, yo le entregué mi corazón, ella lo hizo trizas, y a quién le importa un pimiento.

    Garraty no respondió. Eran las 10.30. Freeport quedaba lejos todavía.

    —Ella se llamaba Priscilla —dijo McVries—. ¿Creías ser un caso especial? Yo era un romántico enamorado que solía besarle las yemas de los dedos. Incluso le leía a Keats en la parte de atrás de la casa, cuando el viento soplaba en la buena dirección. Su padre tenía vacas, y el olor a mierda de vaca resulta, por decirlo del modo más delicado, muy especial cuando se recita a ese gran poeta. Quizá debería haberle leído a Swmburne, cuando el viento venía contrario.

    McVries se echó a reír, pero Garraty replicó:

    —Estás engañando tus propios sentimientos.
    —Eres tú el que está fingiendo, Ray, aunque eso no importe mucho. Lo único que recuerdas es el gran romance, no las veces en que volvías a tu casa y tenías que masturbarte después de susurrarle palabras de amor a su oído nacarado como una ostra.
    —Tú te engañas a tu manera, yo a la mía. McVries pareció no oírle.
    —Estas cosas ni siquiera merecen la pena hablarse —murmuró—. Me disgustan todos esos autores que escriben sobre amores juveniles. Casi han destruido la ado-lescencia, Garraty. Si tienes dieciséis años y los lees, ya no puedes hablar más de un amor adolescente con sinceridad. Enseguida pareces un obseso sexual en plena erección.

    McVries rio histéricamente. Garraty no sabía a qué se refería su compañero. Estaba seguro de que amaba a Jan, y no sentía la menor vergüenza o timidez al respecto. Los pies hollaban el asfalto. Garraty notó que le vacilaba el tacón derecho. Pronto, los clavos se soltarían y el tacón se desprendería del zapato como una piel seca. Detrás de ellos, Scramm tenía un acceso de tos. Era la Marcha lo que preocupaba a Garraty, no toda aquella basura sobre el amor romántico.

    —Pero eso no tiene nada que ver con la historia —dijo McVries, como si le leyera la mente—. Lo de la cicatriz. Fue el verano pasado. Los dos queríamos irnos de casa, lejos de nuestros padres, del hedor a mierda de vaca, para que nuestro gran romance pudiera florecer en toda su plenitud. Por eso nos buscamos un empleo en una fábrica de pijamas de Nueva Jersey. ¿Cómo te suena eso, Garraty? Una fábrica de pijamas en Nueva Jersey.

    »Alquilamos unos apartamentos separados en Newark. Una gran ciudad, Newark. Hay días en que puede olerse la peste de toda la mierda de vaca de Nueva Jersey. Nuestros padres protestaron un poco, pero un buen empleo de verano y el detalle de los apartamentos separados hicieron que las protestas no fueran muchas. Yo estaba con otros dos chicos y Pris vivía con tres chicas. Salimos el tres de junio en mi coche y nos detuvimos una vez, hacia las cuatro de la tarde, en un motel, donde nos libramos del problema de la virginidad. Me sentí un auténtico rufián. Ella no quería hacer el amor, pero deseaba complacerme. Eso fue en el motel Shady Nook. Cuando hubimos terminado, arrojé el preservativo por el retrete y me enjuagué la boca. Fue todo muy romántico, muy etéreo.
    »Después continuamos hasta Newark, donde el olor de la mierda de vaca nos parecía diferente. La dejé en su apartamento y seguí hasta el mío. El lunes siguiente empezamos a trabajar en la fábrica de lencería Plymouth. No se parecía en nada a las películas. Apestaba a tela virgen y el encargado era un cerdo, y durante el descanso del bocadillo solíamos lanzarles ganchos de embalador a las ratas que aparecían bajo los fardos de tejido. Pero a mí no me importaba porque tenía el amor. ¿Entiendes? Tenía el amor.

    Escupió sobre el polvo del arcén, bebió un trago de su cantimplora y pidió otra con un grito. Estaban ascendiendo una colina larga, de curvas peraltadas, y las palabras surgían ahora como jadeos.

    —Pris estaba en la planta baja, la que enseñaban a los turistas idiotas que no tenían otra cosa mejor que hacer que visitar las instalaciones acompañados de un guía, para admirar cómo se fabricaban sus pijamas. Allá abajo, donde trabajaba Pris, se estaba bien. Hermosas paredes de colores pastel, maquinaria moderna y cuidada, aire acondicionado. Pris cosía botones de siete a tres. Piensa en eso, por todo el país hay hombres que usan pijamas que se abrochan con botones cosidos por Pris—cilla. Es un pensamiento que puede inflamar el corazón más frío.

    »Yo estaba en el cuarto piso. Era ensacador. En el sótano se teñía el tejido virgen y se enviaba al cuarto piso por tubos de aire caliente. Cuando ya estaba todo el lote, sonaba un timbre. Entonces abría mi contenedor y sacaba un montón de tela suelta, de todos los colores del arco iris. La sacaba con unas horcas, la metía en sacos de cien kilos y levantaba con poleas cada saco hasta el montón de ellos que aguardaba ser llevado a la desmotadora. Allí se separaba, las tejedoras se encargaban de trabajarla, otros tipos la cortaban y la cosían en los correspondientes pijamas, y abajo, en la bella planta baja de tonos pastel, Pris les cosía los botones mientras los estúpidos turistas la observaban, junto a sus compañeras, como si estuvieran detrás de un cristal... Igual que hoy nos observa la gente. ¿Entiendes lo que estoy contando, Garraty?

    —La cicatriz... —le recordó Garraty.
    —Sigo divagando, ¿es eso lo que quieres decir?

    McVries se limpió el sudor de la frente y se desabrochó la camisa mientras terminaban de ascender la colma. Ante ellos se extendían oleadas de bosques hasta un horizonte salpicado de montañas. Éstas encajaban en la línea del cielo como piezas de un rompecabezas. A quince kilómetros, quizá, casi perdida entre la calina, una torre contra incendios se alzaba entre los árboles. La carretera se internaba entre el verdor como una resbaladiza serpiente gris.

    —Al principio, la alegría y la felicidad fueron como salidas de Keats. Hice el amor con ella tres veces más, todas en el cine al aire libre, con el olor de la mierda de vaca entrando por la ventanilla desde el pastizal contiguo. Y nunca conseguí quitarme del todo la pelusilla del tejido que se me metía en el cabello, por muchas veces que me lo lavara. Y lo peor era que Pris se alejaba, la perdía. Yo la amaba de verdad; estaba seguro, pero no había modo en que pudiera hacérselo entender. Ni siquiera haciendo el amor. Siempre aparecía aquel olor a mierda de vaca.

    »Lo que sucedía, Garraty, era que en la fábrica trabajábamos a destajo. Eso significaba un sueldo de mi—seria, y un porcentaje de lo que pasaba de cierto mínimo. Yo no era un buen ensacador. Hacía unos veintitrés sacos al día, pero lo normal era hacer treinta. Y eso no me procuraba muchos afectos entre mis compañeros, porque les estaba perjudicando. Abajo, en la sección de tintes, Harían no podía hacer más trabajo porque le bloqueaba los tubos con mi lentitud. Ralph, en la desmotadora, tampoco podía rendir más porque no le hacía llegar suficientes sacos. No era nada agradable. Ya se cuidaban ellos de que no lo fuera. ¿Entiendes?

    —Sí —contestó Garraty.

    Se pasó el dorso de la mano por el cuello y la secó en los pantalones, dejando en éstos una mancha de suciedad.

    —Mientras, en la sección de botones, Pris se mantenía ocupada. Algunas noches hablaba durante horas de sus amigas, y normalmente siempre decía lo mismo. Cuánto sacaba ésta, cuánto sacaba la otra. Y, sobre todo, cuánto estaba ganando ella. Y era mucho. Así, hube de descubrir qué significaba competir con la chica con la que quieres casarte. Al final de la semana, yo volvía casa con un cheque de sesenta y cuatro dólares con cuarenta centavos, y tenía que ponerme una pomada milagrosa para las ampollas. Pris se sacaba unos noventa por semana, y los guardaba en el banco. Y cuando sugerí que fuéramos a algún sitio pagando a medias, cualquiera hubiera dicho que acababa de proponerle un asesinato ritual.

    »A1 cabo de un tiempo dejamos de hacer el amor. Preferiría decir que dejamos de acostarnos juntos, es más adecuado, pero nunca dispusimos de una cama para hacerlo. Yo no podía llevarla a mi apartamento, pues habitualmente allí había más de una docena de chicos bebiendo cerveza. En el apartamento de ella también había gente siempre, al menos eso decía, y no podía permitirme pagar otra habitación en un motel; y desde luego, no iba a sugerirle que la pagáramos a medias, así que todas las veces fue en el asiento de atrás, en el cine al aire libre. Yo veía que a Pris le desagradaba. Y pese a saberlo, y a que ya había empezado a odiarla aunque todavía la quería, le pedí que se casara conmigo. En aquel mismo instante. Ella empezó a escabullirse, pero la obligué a que contestara. Sí o no.

    —Y dijo no.
    —Claro que dijo no. «Pete, no tenemos dinero. ¿Qué diría mi madre? Pete, tenemos que esperar.» Pete esto y Pete lo otro, y en todo momento la auténtica razón era el dinero. El dinero que estaba ahorrando gracias a los botones que cosía.
    —Mira —dijo Garraty—, fuiste muy injusto al pedírselo.
    — ¡Naturalmente que fui injusto! —replicó McVries—. Ya lo sabía. Quería que se sintiera mezquina y egoísta, porque ella me estaba haciendo sentir un fracasado. —Se llevó la mano a la cicatriz—. Sólo que no era preciso que me hiciera sentir como tal, porque yo lo era de verdad. No tenía nada que ofrecerle salvo un pene para intro-ducírselo, y ella ya no me hacía sentir siquiera como un hombre, al negarse a ello.

    Detrás de ellos, rugieron los fusiles.

    — ¿Olson? —preguntó McVries.
    —No, sigue ahí detrás... Y en cuanto a la cicatriz... —insistió Garraty.
    — ¿Por qué no lo dejas correr?
    —Porque me has salvado la vida.
    —Vete a la mierda.
    —La cicatriz...
    —Me metí en una pelea —dijo por fin McVries, tras una pausa—. Con Ralph, el tipo de la desmotadora. Me puso los ojos morados y me advirtió que dejara el trabajo o me rompería también los brazos. Terminé la jornada y esa noche le dije a Pris que dejaba el trabajo. Ella pudo ver por sí misma mi aspecto. Y lo comprendió. Dijo que probablemente era lo mejor. Le conté que volvía a casa y le pedí que regresara conmigo. Dijo que no podía. Le respondí que era una esclava de sus malditos botones y que deseaba no haberla conocido nunca. Estaba lleno de veneno, Garraty. Le dije que era una estúpida y una zorra sin sentimientos, y que no sabía ver más allá de la cuenta bancaria que siempre llevaba en el bolso. Nada de cuanto dije era justo, pero... algo de verdad había en ello, me parece. Bastante. Estábamos en su apartamento. Era la primera vez que estaba allí a solas con ella, sin ninguna de sus compañeras. Estaban en el cine. Intenté llevarla a la cama y ella me rajó la cara con un abrecartas. Era un recuerdo que una amiga le había enviado desde Inglaterra y llevaba grabado el oso de Paddington. Pris me cortó con él como si hubiera intentado violarla, como si tuviera alguna infección y pudiera transmitírsela. ¿Vas captando lo que digo, Ray?
    —Sí, lo voy captando —respondió Garraty.

    Delante de ellos, una furgoneta blanca con la inscripción unidad móvil whgh pintada en el costado estaba aparcada junto a la carretera. Al aproximarse, un tipo casi calvo con un mono brillante empezó a filmarlos con una cámara cinematográfica. Pearson, Abraham y Jensen se llevaron una mano a la entrepierna e hicieron un gesto de burla con la otra. En aquel pequeño acto de rebeldía hubo una precisión de majorette que sorprendió y divirtió a Garraty.

    —Me eché a llorar como un crío —continuo McVries—. Me arrodillé y la agarré de la falda y le supliqué que me perdonara. La sangre estaba manchando el suelo y la escena resultaba muy desagradable. Pris tuvo una arcada y corrió al baño. La oí vomitar. Cuando salió, dijo que no quería volver a verme y me secó la cara con una toalla. Me preguntó por qué le había hecho aquello, por qué la había herido así. Dijo que no tenía derecho. Ahí estaba yo, Garraty, con la cara rajada, ¿y ella preguntándome por qué la había herido yo?
    —Sí.
    —Me fui con la toalla apretada contra la cara. Me dieron doce puntos. Ésa es la historia de la fabulosa cicatriz. ¿Satisfecho, Garraty?
    — ¿Has vuelto a verla?
    —No. Ni tengo ningún deseo de verla. Ahora, Pris me parece muy pequeña y distante, una mota de polvo en el horizonte. En realidad, se trataba de una cuestión de mentalidad, Ray. Algo... Su madre, quizá. La madre de Pris era codiciosa y, de algún modo, le había inculcado la preocupación por el dinero. Era una auténtica tacaña. Dicen que la distancia da perspectiva. Ayer por la mañana, Pris era todavía importante para mí. Ahora no representa nada. Estaba seguro de que la historia que acabo de narrarte me dolería, pero no ha sido así. Además, dudo que todo eso haya tenido que ver con mi presencia aquí. En realidad, creo que sólo fue una excusa oportuna para aprovechar la ocasión.
    — ¿A qué te refieres?
    — ¿Por qué estás aquí, Garraty?
    —No lo sé.

    Su voz sonó mecánica, como la de un muñeco. D'Allessio el Bizco no hábil conseguido ver la pelota que se aproximaba, la cual le había golpeado en la frente y le había dejado grabada la marca. Y después (o antes, pues ahora todo su pasado resultaba confuso y fluido a la vez) el propio Ray le había dado un golpe en la boca con el cañón de la carabina de aire comprimido. Quizá Jimmy también tenía una cicatriz, como McVries. Él y Jimmy solían jugar a médicos.

    — ¡No lo sabes! —exclamó McVries—. ¡Estás a punto de morir y no sabes por qué!
    —Cuando uno está muerto no importa mucho saberlo.
    —Ya —asintió McVries—, pero hay una cosa que debes saber, para que nada de todo esto parezca tan absurdo.
    — ¿Cuál es?
    —Pues que estás acabado. ¿Quieres hacerme creer que de verdad no lo sabías, Ray? ¿De verdad que no?


    9


    Muy bien, Noroeste, aquí va su pregunta de diez puntos para el empate.
    Allen Ludden
    Trofeo escolar


    A la una, Garraty realizó un nuevo inventario.

    Llevaban 185 kilómetros recorridos. Se hallaban a 70 kilómetros al norte de Oldtown, a 200 al norte de Augusta, la capital del estado, 240 de Freeport (o más, pues tuvo la terrible certeza de que había más de 40 kilómetros entre Augusta y Freeport); probablemente, debía de haber 370 hasta la frontera con New Hampshire. Y corría el rumor de que, este año, la Marcha llegaría al menos hasta allí.

    Durante un largo rato —hora y media o más— no le habían dado el pasaporte a nadie. Todos caminaban, casi sin oír los vítores procedentes de los arcenes, y contemplaban kilómetro a kilómetro los monótonos bosques de pinos y abetos. Garraty sintió nuevas punzadas de dolor en la pantorrilla izquierda, que acompañaban al latir constante y pesado que sentía en ambas piernas y a la sorda agonía que representaban sus pies.

    Después, cuando el calor llegó a su grado máximo, los fusiles empezaron a dejarse oír nuevamente. Un chico llamado Tressler, el número 92, sufrió una insolación y fue despachado mientras yacía en el asfalto, inconsciente. Otro chico padeció unas convulsiones y recibió el pasaporte mientras se agitaba en el suelo emitiendo horrendos gemidos con la lengua hinchada. Aaronson, el número 1, sufrió un calambre en ambos pies a la vez, y fue abatido como una estatua, con el rostro hacia el sol en un gesto de concentración, como forzando los músculos del cuello. Y a los pocos minutos, otro Marchador al que Garraty no conocía fue víctima de otra insolación.

    Así me encontraré yo, se dijo Garraty, mientras pasaba junto al cuerpo que temblaba y murmuraba sobre el asfalto. Vio cómo apuntaban los fusiles y se concentró en las gotas de sudor que caían del cabello del muchacho, agotado y próximo a morir. Así me encontraré yo, se repitió. ¿No podría ser ahora mismo?

    Los fusiles resonaron, y un grupo de chicos de secundaria sentados a la escasa sombra de una tienda de campaña aplaudió brevemente.

    —Mí gustaría que viniera el Comandante —masculló Baker—. Quiero verle.
    — ¿Qué? —preguntó mecánicamente Abraham. Durante las últimas horas, parecía más sombrío. Sus ojos aparecían más hundidos en las cuencas. Su rostro estaba cubierto por una ligera sombra de barba azulada.
    —Quiero verle para cagarme en él —insistió Baker.
    —Tranquilo —le aconsejó Garraty—. Procura relajarte. Garraty había borrado ya sus tres avisos.
    — ¡Vete al infierno! —replicó Baker—. ¡Métete en tus asuntos!
    —No tienes derecho a odiar al Comandante. Él no te obligó.
    — ¿Obligarme? ¡Está matándome, eso es lo que está haciendo!
    —Todavía no...
    —Cállate —le cortó Baker con aspereza.

    Garraty obedeció. Se frotó la nuca y alzó la mirada al cielo. Su sombra era una mancha informe casi bajo sus pies. Levantó su tercera cantimplora del día y la apuró.

    —Lo lamento —le dijo Baker al cabo de unos minutos—. No quería gritarte. Mis pies...
    —Está bien.
    —Todos nos estamos volviendo así —añadió Baker—. A veces pienso que eso es lo peor.

    Garraty cerró los ojos. Tenía sueño.

    — ¿Sabes qué me gustaría hacer a mí? —intervino Pearson, que caminaba entre ambos.
    —Cagarte en el Comandante —contestó Garraty—. Todo el mundo quiere cagarse en el Comandante. Cuando vuelva a presentarse, le haremos caer del jeep y nos bajaremos los pantalones y le llenaremos la boca de...
    —Eso no es lo que me gustaría hacer.

    Pearson caminaba como si estuviera en los últimos momentos de conciencia de una borrachera. La cabeza le bamboleaba, mientras los párpados se le abrían y cerraban como espasmódicos postigos.

    —No tiene nada que ver con el Comandante —continuó—. Lo que me gustaría es desviarme a ese prado de ahí, tenderme y cerrar los ojos. Tumbarme ahí, sencillamente, con la espalda sobre el trigo...
    —En Maine no se cultiva trigo —repuso Garraty—. Es heno.
    —... en el heno, pues. Y componer un poema mientras me duermo.

    Garraty se llevó la mano al cinturón de los alimentos y no encontró nada en la mayoría de las bolsas. Por fin, tropezó con una caja de galletas saladas y empezó a engullirlas, acompañadas de sorbos de agua.

    —Me siento como una regadera —dijo—. Bebo y el agua me sale por los poros a los dos minutos.

    Los fusiles volvieron a dejarse oír y otra figura se derrumbó como un muñeco de caja de sorpresas con el resorte destensado.

    —Cuarenta y cinco —dijo Scramm con voz gangosa, aproximándose a ellos—. A este ritmo, no creo que lleguemos a Portland.
    —No andas muy bien de voz —murmuró Pearson.
    —Menos mal que tengo buena constitución —prosiguió Scramm con alegría—. Creo que tengo un poco de fiebre.
    — ¡Cielo santo! ¿Cómo puedes seguir? –preguntó Abraham.
    — ¿Yo? ¿Me lo dices a mí? —Señaló con el pulgar a Olson—. ¡Mira a ese capullo! ¡Eso me gustaría saber!

    Olson no había dicho una sola palabra en las últimas dos horas ni había tocado su cantimplora. Miradas codiciosas se posaban de vez en cuando en su cinturón, que seguía casi intacto. Sus ojos, de negra obsidiana, estaban fijos al frente. Su rostro, tiznado por una barba de dos días, parecía enfermizo y lobuno. Hasta su cabello, erizado en la nuca y en mechones pegados a la frente, contribuía a darle un aspecto fantasmal. Tenía los labios resecos, partidos y con ampollas. La lengua le colgaba como una culebra muerta a la boca de una cueva. El saludable tono rosado de su piel había desaparecido y era ahora grisáceo. Como el polvo del camino.

    Ahí está, pensó Garraty; eso era lo que Stebbins había dicho que les sucedería a todos con el tiempo. ¿Qué tan concentrado debía de estar Olson en sí mismo? ¿A qué profundidad debía de hallarse? ¿A una braza? ¿A kilómetros? ¿A años luz? ¿En qué honduras, en qué oscuridades? Y la respuesta le llegó a Garraty: Demasiado profundo para poder salir otra vez. Olson estaba ocultándose allí, en la oscuridad, a demasiada profundidad para volver a salir.

    — ¿Olson? —dijo en voz baja—. ¿Olson?

    Él no respondió. No movió nada, salvo los pies.

    —Me gustaría que al menos escondiera la lengua —susurró Pearson con aire nervioso. La Marcha continuó.

    Los bosques se retiraron, y se encontraron atravesando otra zona de amplios arcenes, ocupados por espectadores entusiastas. Las pancartas con el nombre de Garraty predominaban de nuevo. Después volvieron los bosques. Pero ahora ni los árboles hacían retroceder a la multitud. Chicas guapas con pantalones cortos y camisetas de tirantes. Chicos con pantalones de baloncesto y camisetas de gimnasia.

    Unas buenas vacaciones, pensó Garraty.

    Ya no podía seguir deseando no estar allí; estaba demasiado cansado y aturdido para hacer memoria. Lo hecho, hecho estaba. Nada en el mundo podría cambiarlo. Pensó que muy pronto resultaría demasiado esfuerzo incluso hablar con los demás. Deseó poder ocultarse dentro de sí como los niños se ocultan bajo la alfombra, sin más preocupaciones. Así todo sería más sencillo.

    Había estado dándole vueltas a las palabras de McVries. Todos ellos habían sido estafados, timados. Pero—eso no podía ser cierto, se repitió testarudamente. Uno de ellos no había sido estafado. Uno de ellos iba a timar a todos los demás... ¿O no era así?

    Se humedeció los labios y bebió un poco.

    Pasaron junto a un pequeño cartel verde que informaba que la autopista de Maine quedaba a 70 kilómetros.

    —Eso es —dijo para sí—. Setenta kilómetros para Oldtown.

    Garraty ya pensaba en acercarse de nuevo a McVries, cuando alcanzaron un nuevo cruce y una mujer empezó a gritar. El tráfico de la otra calzada estaba interrumpido mediante un cordón policial, y la multitud se agolpaba ansiosamente contra las barreras y los guardias que las custodiaban. Los espectadores agitaban las manos, las pancartas, los frascos de loción para el sol...

    La mujer que gritaba era alta y tenía el rostro encendido. Se lanzó contra uno de los caballetes de la valla, que le alcanzaba hasta la cintura, lo derribó e hizo caer gran parte de la cinta amarilla brillante. Después se encontró luchando, arañando y gritando a los agentes que la contenían. Los policías jadeaban debido al esfuerzo.

    La conozco, pensó Garraty. ¿Verdad que la conozco?

    El pañuelo azul. Los ojos brillantes y fieros, incluso el vestido azul marino con el lazo blanco. Todo eso le resultaba familiar. Los gritos de la mujer se habían hecho incoherentes. Unas uñas afiladas marcaron cuatro líneas de sangre en la mejilla de uno de los policías que intentaban sujetarla.

    Garraty pasó a tres metros de la mujer. Al dejarla atrás, supo dónde la había visto con anterioridad. Era la madre de Percy, aquel chico que había intentado perderse entre los árboles y que en cambio se había perdido en el otro mundo.

    — ¡Quiero a mi chico! —aullaba la mujer—. ¡Devolved—me a mi chico!

    La multitud la vitoreó. Detrás de ella, un chiquillo le escupió en la pierna y salió corriendo.

    Jan, camino por ti, pensó Garraty. A la mierda todo lo demás; juro por Dios que llegaré. Sin embargo, Jan no había querido que él participara en la Larga Marcha. Había llorado, le había suplicado que cambiara de idea. Podían esperar, ella no quería perderle. «Por favor, Ray, no seas tonto, la Larga Marcha no es más que un puro asesinato...»

    Eso había sucedido hacía más de un mes, en abril. Estaban los dos sentados en un banco, junto al quiosco de la orquesta, y él tenía el brazo alrededor de su talle. Ella llevaba el perfume que Ray le había regalado por su aniversario, y que parecía estimular el secreto olor a mujer de Jan, un aroma carnal y embriagador.

    —Tengo que ir —había respondido él—. Tengo que ir, ¿no lo comprendes? Tengo que hacerlo.
    —Ray, no sabes lo que dices. Ray, por favor, no lo hagas. Te quiero.

    Bien, pensó ahora Garraty, mientras continuaba carretera adelante, ella había tenido razón en eso. Desde luego, no había tenido la menor idea de dónde se estaba metiendo. Y ni siquiera ahora lo entiendo, pensó. Eso es lo más condenado de todo.

    — ¿Garraty?

    Dio un respingo. Había vuelto a quedarse medio dormido. La voz era de McVries, que caminaba a su lado.

    — ¿Cómo te sientes?
    — ¿Sentirme? —repitió Garraty—. Bien, supongo. Sí, creo que estoy bien.
    —Barkovitch se está desmoronando. Estoy seguro. Está hablando consigo mismo. Y cojea.
    —Tú también cojeas —replicó Garraty—. Y Pearson, y yo mismo...
    —Me duele, eso es todo. Pero Barkovitch no deja de frotarse la pierna. Creo que tiene un tirón muscular.
    — ¿Por qué lo odias tanto? ¿Por qué no a Collie Parker, o a Olson, o a cualquiera de los demás?
    —Porque Barkovitch sabe lo que se hace.
    — ¿Porque juega a ganar, te refieres?
    —No sabes a qué me refiero, Ray.
    —Me parece que no lo sabes ni tú. Desde luego es un cerdo. Pero quizá sea preciso serlo para vencer.
    — ¿Siempre ganan los malos?
    — ¿Cómo diablos voy a saberlo?

    Pasaron ante una escuela, prefabricada en madera, y los niños salieron al patio a saludarles. Un grupo se había subido a lo alto de los laberintos de tubo metálico, como centinelas, y a Garraty le recordaron los hombres de la serrería, muchos kilómetros atrás.