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    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL SUEÑO DE HIERRO (Normand Spinrad)

    Publicado el domingo, febrero 09, 2014

    Este libro ha sido dedicado a BRIAN KIRBY
    que no nos permite apartar los ojos.


    Adolf Hitler nos transportará a una Tierra del futuro, donde solamente FERIC JAGGAR y su arma poderosa, el Cetro de Acero, se alza entre los restos de la auténtica humanidad y las hordas de mutantes descerebrados a quienes los perversos dominantes controlan por completo.

    Los aficionados del mundo entero admiten que «El Señor de la Svástica» es la más ágil y popular de las obras de ciencia ficción de Adolf Hitler; en 1954 recibió justamente el Premio Hugo a la mejor novela del género. Agotada durante mucho tiempo, ahora puede obtenérsela otra vez en esta nueva edición, con un comentario de Homer Whipple, de la Universidad de Nueva York. Compruebe personalmente por qué tantos lectores han acudido a las páginas de esta novela, como un rayo de esperanza en tiempos tan sombríos y terribles como los nuestros.


    Acerca del Autor

    Adolf Hitler nació en Austria el 20 de abril de 1889. En su juventud emigró a Alemania y sirvió en el Ejército Alemán durante la Gran Guerra. Luego intervino durante un breve período en actividades políticas extremistas en Múnich, antes de emigrar finalmente a Nueva York en 1919. Mientras aprendía inglés, consiguió ganarse precariamente la vida como artista de bulevar y traductor ocasional en Greenwich Village, el barrio bohemio de Nueva York. Después de varios años, comenzó a trabajar como ilustrador de revistas e historietas. En 1930 publicó su primera ilustración en la revista de ciencia ficción titulada Amazing. Hacia 1932 ilustraba regularmente las revistas del género, y hacia 1935 ya sabía bastante inglés como para iniciarse como autor de ciencia ficción. Consagró el resto de su vida a la composición literaria en este género, y también fue ilustrador y editor de una revista de aficionados. Aunque los lectores lo conocen más bien por sus novelas y sus cuentos, Hitler fue un ilustrador popular durante la Edad de Oro de la década de 1930, editó varias antologías, escribió interesantes críticas y durante casi diez años publicó una revista popular, llamada Storm.

    En 1955 se le otorgó un premio Hugo póstumo en la Convención Mundial de Ciencia Ficción de 1955 por «El Señor dela Svástica», que terminó poco antes de morir en 1953. Durante muchos años había sido una figura conocida en las convenciones del género, y era muy popular en su condición de narrador ingenioso y entusiasta. Desde la publicación del libro, los atuendos coloridos que creó en «El Señor de la Svástica» fueron temas favoritos en las convenciones anuales del género. Hitler falleció en 1953, pero los relatos y las novelas que dejó escritas son un verdadero legado para todos los entusiastas de la ciencia ficción.


    Adolf Hitler
    EL SEÑOR DE LA SVÁSTIKA
    una novela de ciencia ficción



    1


    Con un sonoro chirrido de metal fatigado y un chorro siseante de vapor, el vehículo de Gormond se detuvo en el patio mugriento de la estación de Pormi, retrasado apenas tres horas; un rendimiento muy respetable, de acuerdo con las normas borgravianas. Del vehículo de vapor descendió atropellándose un variado surtido de criaturas aproximadamente humanoides, que exhibían la acostumbrada diversidad borgraviana de colores de piel, partes del cuerpo y modos de hablar. En las prendas toscas y en general deshilachadas que les cubrían los cuerpos había restos de alimentos, como resultado del picnic casi permanente que estos mutantes habían celebrado durante el viaje de doce horas. Un olor agrio y rancio se desprendió de la turba de abigarrados especímenes mientras iban por el patio lodoso hacia el desnudo edificio de cemento: la estación terminal.

    Por último, de la cabina del vehículo emergió una figura de sorprendente e inesperada nobleza: un verdadero humano, alto y vigoroso, en la flor de la virilidad. Tenía los cabellos pajizos, la piel blanca, y los ojos azules y brillantes. La musculatura, la estructura del esqueleto y el porte eran perfectos, y la ajustada túnica azul estaba limpia y en buenas condiciones.

    Feric Jaggar parecía, en todos los detalles, el humano genotípicamente puro que de hecho era. Por este motivo, precisamente, había podido soportar el tan prolongado y estrecho encierro con la hez de Borgravia; los casi hombres no podían dejar de advertir la pureza genética de Feric. La presencia de un verdadero hombre ponía en su lugar a los mutantes y los mestizos, y en general allí se quedaban.

    Feric llevaba sus posesiones terrenales en una maleta de cuero, que transportaba con facilidad; de modo que pudo eludir la sórdida terminal y pasar directamente a la avenida Ulm, que atravesaba la sucia y pequeña localidad fronteriza y por el camino más corto posible desembocaba en el puente sobre el Ulm, Hoy al fin volvería la espalda a las conejeras borgravianas, y reclamaría sus derechos como helder y humano genotípicamente puro, heredero de un linaje inmaculado que se remontaba a doce generaciones.

    El corazón colmado de imágenes de la meta que se había propuesto, concreta y espiritualmente, Ferie casi logró ignorar el sórdido espectáculo que se le metía por los ojos, los oídos y la nariz mientras recorría el bulevar de tierra, rumbo al río. La avenida Ulm era poco más que una zanja de lodo entre dos filas de cabañas toscas, la mayoría construida con madera mal cepillada, ramas y chapas de acero oxidado. Aun así, esta calle tan poco atractiva era aparentemente el orgullo y la alegría de los habitantes de Pormi, pues en el frente de estos sucios edificios había toda suerte de letreros llamativos e ilustraciones chillonas anunciando las mercaderías que podían encontrarse en las tiendas: producción local, casi toda, o artefactos desechados por la civilización superior del otro lado del Ulm. Más aun, muchos tenderos habían levantado puestos en la calle, y allí exhibían frutas que parecían podridas, verduras sucias y carnes con manchas de moscas; voceaban estas mercancías a voz en cuello, en beneficio de las criaturas que pululaban por la calle, y que a su vez contribuían al estrépito con chillidos, bromas y burlas.

    El hedor rancio, el vocerío áspero y la atmósfera en general repugnante recordó a Ferie el barrio de la plaza mayor del mercado, en Gormond, la capital borgraviana, el lugar donde el destino lo había confinado durante tanto tiempo. En los primeros años habían evitado que frecuentara el ambiente del barrio nativo, y luego, ya muchacho, se había mantenido siempre aparte, con no pocos gastos, eludiendo todo lo posible esos lugares.

    Por supuesto, no había podido evitar ver los distintos tipos de mutantes que pululaban en todos los recovecos y rincones de Gormond, y el caudal genético de Pormi aparentemente no había degenerado menos que el de la capital borgraviana. La piel de la chusma que atestaba las calles de Gormond era una absurda combinación de mutaciones mestizadas. Los pieles azules, los hombres lagartos, los arlequines y los caras de sangre eran lo de menos; en todo caso, de esas criaturas podía decirse que se mantenían fíeles a su propia especie. Pero había toda clase de mezclas: las escamas de un hombre lagarto parecían teñidas de azul o púrpura en vez de verde; un piel azul podía tener motas de arlequín; y en la cara averrugada de un hombre sapo alcanzaba a verse un leve matiz de rojo.

    En general, las mutaciones más groseras eran también las más definidas, aunque sólo fuese porque casi ningún feto sobrevivía a dos catástrofes genéticas de ese tipo. Muchos de los tenderos de Pormi eran enanos de diferentes clases —jorobados, de ásperos cabellos oscuros, cabeza de huevo, y mutaciones secundarías de la piel— e incapaces de sobrellevar trabajos fatigosos. En una localidad pequeña como ésta, los mutantes más extraños se destacaban menos que en las llamadas metrópolis borgravianas. Aun así, mientras Feric se abría paso a codazos entre las turbas malolientes, vio a tres cabezas de huevo (los desnudos cráneos quitinosos tenían un brillo rojizo a la luz tibia del sol) y chocó contra un cara de loro. La criatura se volvió bruscamente, y durante un momento abrió y cerró indignada el gran pico óseo, hasta que advirtió ante quién se encontraba.

    Enseguida, por supuesto, el cara de loro bajó la mirada lacrimosa, dejó de mover los dientes obscenamente mutados, y murmuró con humildad:

    —Perdóneme, hombre verdadero.

    Por su parte, Feric no prestó atención a la criatura, y continuó avanzando a paso rápido por la calle, mirando decidido hacia delante.

    Pero pocos metros después una impresión ya familiar cruzó flotando la mente de Feric y lo impulsó a detenerse. Una larga experiencia le había enseñado que esta aura psíquica indicaba la presencia de un dominante en la zona. Y en efecto, cuando Feric examinó la hilera de chozas de la derecha, pudo comprobar la proximidad de un dom, aunque el sistema de dominio no era por cierto demasiado sutil.

    Sobre la calle había cinco puestos alineados, presididos por tres enanos: un mestizo de piel azul, un hombre sapo de piel azul verrugosa, y un hombre lagarto. Todas estas criaturas exhibían la expresión alicaída y la mirada apagada típicas de los mutantes capturados desde hacía mucho en un sistema de dominio. En los puestos había carne, frutas y verduras, todo en un lamentable estado de descomposición, aun de acuerdo con las normas borgravianas. Y, sin embargo, hordas de mestizos y mutantes se apiñaban alrededor de estos puestos, abarrotándose de los artículos pútridos a precios exorbitantes, sin la más mínima vacilación.

    Sólo la presencia de un dominante en la vecindad podía explicar esa conducta. Gormond estaba completamente infestada de monstruos, que por supuesto preferían las ciudades grandes, donde abundaban las víctimas. Si se habían instalado en un villorrio sin importancia, la conclusión era obvia para Ferie: Borgravia estaba dominada por Zind aún más de lo que él había imaginado.

    Tuvo el impulso de detenerse, identificar al dom, y retorcerle el pescuezo; pero lo pensó un momento y comprendió que la liberación de unos pocos mutantes deformes e inútiles, sometidos a un sistema de dominio, no alcanzaba a justificar que demorase un instante más el regreso esperado, la salida del sumidero de Borgravia. De modo que continuó su camino.

    Al fin, la calle se angostó y pasó a ser un sendero que atravesaba un repulsivo bosquecillo de pinos achaparrados, con agujas purpúreas y troncos retorcidos cubiertos de pústulas. Aunque no podía llamárselo un paisaje agradable, era en todo caso un alivio oportuno luego del hedor ruidoso de la aldea. Poco más adelante, el sendero se desvió ligeramente hacia el norte, bordeando la orilla meridional del río Ulm.

    Aquí, Feric se detuvo para mirar hacia el norte, más allá de las aguas anchas y serenas del río que señalaban la frontera entre la peste de Borgravia y la Alta República de Heldon. Del otro lado del Ulm, los robles majestuosos, genéticamente puros de la Selva Esmeralda, se extendían en hileras hacia la orilla norte del río. A los ojos de Feric, estos árboles inmaculados, que crecían en la tierra negra, fecunda e incontaminada de Heldon, simbolizaban la posición de la Alta República en un mundo mestizado y degenerado. Así como la Selva Esmeralda era un bosque de árboles genéticamente puros, también Heldon era un bosque de hombres genéticamente puros, que se alzaban como una valla contra las monstruosidades minadas del basural genético que rodeaba a la Alta República.

    Cuando avanzó por el sendero pudo ver el puente del Ulm, un elegante arco de piedra tallada y acero inoxidable aceitado, obviamente producto de la superior artesanía helder. Feric apresuró el paso, y pronto comprobó con satisfacción que Heldon había obligado a los deformes borgravianos a aceptar la humillación de una fortaleza aduanera helder en el extremo borgraviano del puente. La construcción había sido pintada con los colores de Heldon —negro, rojo y blanco—, en lugar de una bandera; pero, reflexionó Feric, de todos modos proclamaba orgullosamente que no se permitiría que ningún semihombre contaminara ni un centímetro de suelo humano puro. Mientras Heldon se mantuviese genéticamente pura y aplicase rigurosamente las leyes de pureza racial, habría esperanza de que la tierra volviese a ser más adelante propiedad exclusiva de la auténtica raza humana.

    Varios senderos que venían de distintas direcciones convergían en la fortaleza aduanera, y por extraño que pareciese, una lamentable colección de mestizos y mutantes formaba cola frente al portón público, vigilada por dos guardias aduaneros meramente ceremoniales, armados sólo con garrotes comunes de acero. Una situación por cierto peculiar, pues la mayoría de estas criaturas no tenían la más mínima esperanza de pasar un examen superficial, aunque los aduaneros fueran ciegos retardados. Un evidente hombre lagarto estaba detrás de una criatura que tenía una articulación suplementaria en las piernas. Había pieles azules y enanos jorobados, un cabeza de huevo, y mestizos de toda clase; en resumen, un muestrario típico de la ciudadanía borgraviana. ¿Qué inducía a estos pobres diablos a suponer que se los autorizaría a cruzar el puente y entrar en Heldon? Feric se lo preguntó mientras se ponía en la fila, detrás de un borgraviano vestido sencillamente, y que no mostraba ningún defecto genético visible.

    Por su parte, Feric estaba más que preparado para el examen genético completo por el que tendría que pasar antes que se certificase su condición de humano puro, y se lo admitiese en la Alta República; aprobaba calurosamente la severidad de la prueba y la aceptaba de buen grado. Aunque su linaje inmaculado prácticamente le garantizaba la certificación, con no poco esfuerzo y bastantes gastos él mismo había verificado de antemano su propia pureza genética, al menos en la medida en que esto era posible en un país habitado principalmente por mutantes y mestizos de humanos y mutantes, donde sin duda los propios analistas genéticos estaban completamente contaminados. Si los dos progenitores de Feric no hubiesen tenido certificados, si el linaje familiar no se hubiese conservado sin mácula durante diez generaciones, si a él mismo no lo hubieran concebido en la propia Heldon, pese a que había tenido que nacer en Borgravia porque desterraron al padre a causa de supuestos crímenes de guerra, no se habría atrevido nunca a solicitar que lo admitieran en la patria espiritual y racial que jamás había visto. Aunque se lo reconocía instantáneamente como a un hombre verdadero, en cualquier lugar de Borgravia, y pese a que se había verificado su condición de tal aplicando lo que pasaba por ciencia genética en ese Estado de mestizos, deseaba vivamente que llegase el momento de la única confirmación de pureza genética que realmente importaba: que lo aceptaran como ciudadano en la Alta República de Heldon, único bastión del auténtico genotipo del hombre.

    Pero, ¿por qué ese material tan visiblemente contaminado intentaba pasar la aduana de Heldon? El borgraviano que estaba delante era un ejemplo apropiado. Sin duda, la apariencia de pureza genética de la criatura sólo tenía un defecto: un acre olor químico exudado por la piel; pero esa evidente aberración somática era indicio claro de un material genético completamente contaminado. El analista genético helder lo identificaría en un instante, sin necesidad de ningún instrumento. El Tratado de Karmak había obligado a Heldon a abrir las fronteras, pero sólo a los humanos que pudiesen obtener un certificado. Quizá la respuesta era sencillamente el deseo patético, incluso del mestizo genéticamente más degenerado, de obtener que se lo aceptase en la fraternidad de los verdaderos hombres, un deseo a veces tan intenso que desbordaba los cauces de la razón o de la verdad reflejada en el espejo.

    En todo caso, la fila avanzaba con bastante rapidez, y desaparecía en el interior de la fortaleza aduanera; seguramente dentro se encaminaba y rechazaba más que deprisa a la mayoría de los borgravianos. No transcurrió mucho tiempo antes que Feric pasara entre los guardias del portal, pisando por primera vez en su vida lo que en cierto sentido podía considerarse suelo helder.

    El interior de la fortaleza aduanera era inequívocamente helder, en profundo contraste con todo lo que se extendía al sur del Ulm, donde circunstancias infortunadas habían confinado a Feric hasta la edad adulta. El suelo de la amplia antecámara era de elegantes baldosas rojas, negras y blancas, y estos mismos colores embellecían las paredes de roble lustrado. La cámara estaba iluminada por poderosos globos eléctricos. ¡Qué distinto de los interiores de cemento mal terminados y las velas de sebo del típico edificio público borgraviano!

    A pocos metros del portal, un guardia aduanero helder que vestía un uniforme gris un tanto descuidado, con los botones de bronce sin lustrar, dividía la fila en dos grupos. Los mutantes y los mestizos más evidentes atravesaban el salón y pasaban por una puerta en la pared del fondo. Feric aprobó entusiasmado; no tenía sentido malgastar el tiempo de un analista genético con lamentables cuasi humanos. Un guardia aduanero común hubiera podido eliminarlos sin más trámite. Los pocos esperanzados a los que el guardia encaminó hacia la puerta más cercana, incluían varios casos muy dudosos, por ejemplo el borgraviano maloliente que precedía a Feric; aunque nada parecido a un piel azul o un cara de loro.

    Pero mientras se aproximaba al guardia, Feric observó algo extraño e inquietante. El guardia parecía acoger a muchos de los mutantes a los que llevaba hacia el grupo de los rechazados, con una cierta familiaridad; más aún, los propios borgravianos actuaban como si conociesen bien el sistema, y ni siquiera protestaban porque se los excluyese, y no mostraban casi ninguna emoción. ¿Acaso estas pobres criaturas tenían una inteligencia tan inferior a la del genotipo humano que se olvidaban de todo de un día para otro, y retornaban aquí ritualmente? Feric había oído decir que esa conducta no era desconocida en los auténticos albañales genéticos de Cressia y Arbona, pero jamás había observado nada parecido en Borgravia, donde el caudal genético se enriquecía constantemente con los nativos exiliados de Heldon, que no podían obtener la certificación de humanos verdaderos, pero que en todo caso estaban bastante cerca del tipo, y por lo tanto elevaban el nivel del caudal genético borgraviano muy por encima de lo que se veía en lugares como Arbona o Zind.

    Cuando Feric llegó a la cabeza de la fila, el guardia aduanero le habló en tono neutro, casi aburrido:

    —Pase, ciudadano, ¿o candidato a ciudadano?
    —Candidato a ciudadano —replicó tersamente Feric. ¡Sin duda, el único pase concebible para entrar en Heldon era un certificado oficial de pureza genética! Uno ya tenía la ciudadanía helder o solicitaba el certificado, y en ese caso se le declaraba puro, o se le prohibía que entrara en Heldon. ¿Qué significaba esa absurda tercera categoría?

    El guardia indicó a Feric la fila más pequeña con un flojo movimiento de cabeza. En todo esto, en el tono general de la operación había algo que inquietó profundamente a Feric; un error que parecía flotar en el aire, cierta pasividad, una clara falta de ese brío y esa energía tradicionales en los habitantes de Heldon. ¿Acaso esta vida solitaria en el lado borgraviano del Ulm había deteriorado sutilmente el espíritu y la voluntad de estos helder genéticamente robustos?

    Absorto en estas cavilaciones un tanto sombrías, Feric siguió a los otros y entró en una habitación larga y estrecha; las paredes de paneles de pino estaban adornadas artísticamente con bandas de madera tallada que representaban escenas típicas de la Selva Esmeralda. Un mostrador de piedra negra, brillantemente lustrada y con aplicaciones de acero inoxidable, corría de un extremo a otro del cuarto; detrás se alineaban los cuatro funcionarios helder. Estos individuos parecían excelentes ejemplares de la humanidad verdadera, pero llevaban con cierto descuido el uniforme, y no tenían la firme apostura que corresponde a un soldado. Más parecían empleados de una oficina de correos que tropas aduaneras al cuidado de una ciudadela de la pureza genética.

    La inquietud de Feric se acentuó cuando el borgraviano hediondo que estaba delante concluyó su breve entrevista con el primero de los funcionarios, se limpió la tinta dactiloscópica de las manos con un trapo bastante sucio, y siguió caminando en busca del siguiente funcionario. En el extremo más alejado de la larga habitación, Feric alcanzó a ver la entrada al propio puente, donde un guardia armado con un garrote y una pistola miraba pasar una colección sumamente dudosa de desechos genéticos, destinada a ingresar en Heldon. De hecho, toda la operación se llevaba a cabo con un aire absurdamente superficial.

    El primer oficial helder era joven, rubio, y un magnífico ejemplo del auténtico genotipo humano; más aún, aunque Feric advirtió un dejo de laxitud en la apostura del joven, el uniforme parecía mejor cortado que en casi todos los otros; también estaba recién planchado, y los botones de bronce tenían un cierto lustre, aunque no podía decirse que relucieran. Frente a él, sobre el brillante mostrador negro había una pila de formularios, una lapicera, un secante, un trapo sucio y una almohadilla entintada.

    El oficial miró a los ojos a Feric, pero la masculinidad de esta mirada no era muy convincente. — ¿Tiene un certificado de pureza genética emitido por la Alta República de Heldon? —preguntó con expresión formal.

    —Vengo a solicitar el certificado y el ingreso en la Alta República como ciudadano y hombre verdadero —replicó Feric con dignidad, esperando estar a la altura de las circunstancias.
    —Bien —murmuró tímidamente el oficial, extendiendo la mano hacia la lapicera y el formulario que remataba la pila, y apartando los ojos azules—. Ante todo, las formalidades. ¿Nombre?
    —Feric Jaggar —respondió orgullosamente Feric, con la esperanza de ver en el otro un signo de reconocimiento. Pues si bien Heermank Jaggar no había sido más que un suboficial de gabinete en la época de la paz de Karmak, era probable que en la madre patria algunos reverenciaran aún los nombres de los mártires de Karmak. Pero el guardia no reconoció el honor implícito en el linaje de Feric, y escribió el nombre en el formulario con una mano indiferente, e incluso un tanto imprecisa.
    — ¿Lugar de nacimiento?
    —Gormond, Borgravia.
    — ¿Ciudadanía actual?

    Feric pestañeó molesto, pues se veía obligado a reconocer que técnicamente tenía la nacionalidad borgraviana. Sin embargo, se sintió obligado a decir:

    —Mis padres eran helder nativos, tenían los certificados, y eran humanos puros. Y mi padre fue Heermank Jaggar, que se desempeñó como subsecretario de evaluación genética durante la Gran Guerra.
    —Sin duda usted comprende que ni siquiera el linaje más ilustre autoriza a otorgar el certificado de hombre verdadero, ni siquiera a un helder nativo.

    Feric enrojeció.

    —Sólo deseo destacar que mi padre fue un exiliado, no por contaminación genética, sino por los servicios prestados a Heldon. Como otros muchos buenos helder, fue víctima del repugnante Tratado de Karmak.
    —Eso no es asunto mío —replicó el oficial, mientras entintaba los dedos de Feric y apretaba las yemas en los casilleros correspondientes del formulario—. No me interesa mucho la política.
    — ¡La pureza genética es la política de la supervivencia humana! —barbotó Feric.
    —Supongo que sí —murmuró con voz neutra el oficial, dándole el odioso trapo entintado, contaminado por los dedos del mestizo que había pasado antes, y sólo el destino sabía por cuántos más antes que él. Feric se limpió ansiosamente la tinta de los dedos, lo mejor que pudo, con una pequeña esquina limpia del trapo, mientras el joven oficial entregaba el formulario al helder que estaba a la derecha.

    Este oficial era un hombre de más edad, con los cabellos grises bien cortados y un bigote encerado que le daba una cierta dignidad; sin duda había sido una figura impresionante en su juventud. Ahora tenía los ojos enrojecidos y llorosos, como agotados por la fatiga, y los hombros encorvados, agobiados tal vez bajo el peso en verdad físico de la tremenda responsabilidad que soportaba metafóricamente, pues sobre el hombro de la túnica llevaba el caduceo rojo en el puño negro, emblema del analista genético. El analista miró el formulario y luego habló con voz apocada, sin mirar directamente a Feric. —Verdadero hombre Jaggar, yo soy el doctor Heimat. Será necesario llevar a cabo ciertas pruebas antes de otorgarle un certificado de pureza genética. —Feric apenas podía dar crédito a sus oídos. ¿Qué clase de analista genético era ese que así expresaba lo obvio, dándole de antemano el título honorífico de «verdadero hombre»? ¿Qué podía explicar la laxitud y la increíble falta de rigor en la apostura y las actitudes de los funcionarios a cargo de esa fortaleza aduanera?

    Heimat entregó el formulario al subordinado que estaba a la derecha, un joven rubio bastante esbelto, de cabellos castaños, con la insignia del escriba en el uniforme. Mientras el papel cambiaba de manos, el escriba atrajo momentáneamente la atención de Feric, que enseguida lo entendió todo, horrorizado.

    Pues aunque el escriba parecía genéticamente puré para quien no tuviese la sensibilidad más refinada, ¡Feric supo inmediatamente y con absoluta certidumbre que el hombre era un dom!

    No podría haber señalado exactamente qué características identificaban en verdad al escriba, pero la conformación total de la criatura le decía a gritos que era un dom, y lo hacía movilizando todos los sentidos conocidos de Feric, y quizá varios desconocidos. Había cierto destello de roedor en los ojos de la criatura, una actitud sutilmente hipócrita, y quizá otros signos que Feric percibía de un modo enteramente subliminal. Algo impropio en el olor del cuerpo, una emisión de energía electromagnética que despertaba las sospechas de Feric, pese a que el campo de dominio no estaba dirigido a su propia persona. Quizá se trataba sencillamente de que Feric, un hombre verdadero que había pasado casi toda su vida entre mutantes y mestizos, en un país profundamente influido por los dominantes, había desarrollado frente a ellos una sensibilidad psíquica de la que carecían los helder, que vivían con su propia gente. En todo caso, aunque expuesto constantemente a la influencia de los dominantes, Feric jamás se había dejado atrapar por la red mental de un dom, si bien a veces había soportado presiones muy severas. Esta exposición continua le permitía olfatear sin duda la proximidad de un dom, al margen de las sutilezas posibles en los métodos del sujeto.

    ¡Y allí estaba, frente a él, con la lapicera y el formulario en la mano, al lado mismo de un analista genético helder, en una posición realmente clave, una de aquellas repulsivas criaturas! Eso lo explicaba todo. La guarnición entera había caído seguramente en mayor o menor medida en un sistema de dominio que este escriba en apariencia insignificante había construido lenta y esforzadamente. ¡Era monstruoso! Pero, ¿qué podía hacerse? ¿Cómo era posible señalar la presencia de un dom a unos hombres atrapados en la red de dominio?

    Heimat tenía ante sí un pequeño arsenal de instrumentos, que en verdad no parecían gran cosa; el charlatán borgraviano que examinara a Feric en Gormond lo había sometido a muchas pruebas para las que el equipo del helder hubiera sido inadecuado.

    Heimat entregó a Feric un gran globo azul.

    —Respire ahí, por favor —dijo—. Está tratado químicamente, de modo que sólo con la espiración bioquímica del genotipo humano puro cambiará de color.

    Feric exhaló en el globo, sabiendo muy bien que esta era una de las pruebas más elementales; se conocían innumerables casos de mestizos que la habían pasado con éxito y, además, era completamente ineficaz para identificar a los dominantes.

    De pronto, el globo viró al verde vivo.

    —Análisis de la respiración... Positivo —dijo Heimat, y el dominante escriba, sin mirar a ninguno de los dos, tildó el casillero correspondiente en el formulario. El analista entregó a Feric un frasco de vidrio.
    —Por favor, expectore aquí. Análisis químico de la composición de la saliva.

    Feric escupió en el interior del frasco, deseando fervientemente que fuese el rostro del dominante, quien ahora lo miraba con una irritante máscara de benignidad.

    El doctor Heimat diluyó en agua la saliva, y con una pipeta depositó un poco de líquido en cada uno de los diez tubos de vidrio de un pequeño bastidor. Vertió en los tubos varios productos químicos de una serie de frascos, de modo que el líquido claro de los tubos tomó diferentes colores: negro, azul verdoso, amarillo, anaranjado ladrillo, otra vez azul verdoso, rojo, de nuevo amarillo, y azul verdoso, y luego púrpura y blanco opaco.

    —Análisis de saliva... perfecto —proclamó el analista genético. Esta prueba, que examinaba por separado diez características especiales de la saliva humana pura, asignándoles el carácter de criterios genéticos en lugar de limitarse a comprobar la composición bioquímica, era sin duda mucho más precisa. Sin embargo, se conocían docenas de mutaciones de la norma humana auténtica que no tenían ninguna relación con la saliva o la respiración. La misma mutación de los dominantes, por ejemplo, no podía detectarse con ningún tipo de pruebas somáticas.

    Feric miró con hostilidad al dominante, desafiándolo a que revelara su verdadera naturaleza. Pero por supuesto, el escriba no emitió ninguna onda psíquica hacia Feric. ¿Para qué manifestarse a un forastero de paso, arriesgando la disolución del sistema de dominio, si no era posible incorporarlo a la cadena?

    El doctor Heimat fijó los dos electrodos de un medidor P a la piel de la mano derecha de Feric, utilizando un adhesivo vegetal gomoso. El medidor P era un artefacto destinado a detectar las minúsculas variaciones bioeléctricas generadas por las respuestas psíquicas, y un aparato de tambor que registraba el perfil psíquico así obtenido. Los defensores del medidor afirmaban que si se lo usaba bien, permitía descubrir a los dominantes. Pero era imposible saber si los dominantes no controlaban de algún modo sus descargas psíquicas, y no podían imitar por lo tanto un perfil genotípicamente humano mediante cuidadosos actos de voluntad.

    —Haré una serie de afirmaciones, y registraré las respuestas psíquicas. —Heimat informó tímidamente a Feric—. No es necesario que reaccione verbalmente; el instrumento mide las reacciones íntimas.

    Enseguida, emitió una serie de enunciados, hablando con rapidez y mecánicamente, y sin ninguna emoción.

    —«La raza humana está absolutamente condenada a la extinción. El genotipo humano es la mejor y más auténtica expresión del animal sapiente. Ningún material genético podría haber pasado por la Época del Fuego sin contaminarse de algún modo. El instinto supremo de una especie sapiente ha de perpetuarse a expensas de todas las otras especies sapientes. El amor es una sublimación cultural del deseo sexual. Estoy dispuesto a sacrificar mi vida por un camarada o una amante». Y así por el estilo; una lista de estímulos destinados a provocar diferentes respuestas psíquicas, según que se tratase de hombres auténticos o de mutantes y mestizos, y especialmente dominantes. Feric tenía serias dudas acerca de la validez total de la prueba, pues un dominante que conociera de antemano el orden de los enunciados, por cualquier medio que fuese, podría muy bien preparar sus respuestas, cultivando los pensamientos necesarios para producir la reacción «humana» enérgica correspondiente. De todos modos, si se la combinaba con una batería de pruebas más rigurosas, era bastante útil; eliminaba a la gran mayoría, con excepción de los mestizos cuasi humanos, y quizá de los dominantes.

    Luego de completar los enunciados, Heimat echó una mirada indiferente al dibujo trazado sobre el tambor, y anunció:

    —Perfil del medidor P... positivo.

    El dominante escriba entregó el formulario al analista. El funcionario firmó y proclamó:

    —Verdadero hombre Jaggar, en este acto certifico que es usted un ejemplo puro del genotipo humano incontaminado, y proclamo su derecho a la ciudadanía en la Alta República de Heldon.

    Feric estaba atónito.

    — ¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Tres pruebas superficiales y me otorgan un certificado de pureza genética? ¡Es un insulto! ¡Una cuarta parte de la chusma de Zind afrontaría con éxito esta farsa!

    En el instante de pronunciar estas palabras, Feric sintió que algo le presionaba las murallas de la mente, y luego que un rayo de energía psíquica le alcanzaba el centro mismo de la voluntad. Durante un instante vio con una claridad deslumbradora el carácter vano y absurdo del escándalo que estaba promoviendo: un hombre razonable no se encolerizaba así en público; si continuaba comportándose de ese modo ofendería a una serie de seres amables e inofensivos. Mucho más le convenía dejarse llevar por la marea del destino cósmico, y no resistirse a la voluntad de los que sabían más que él.

    Pero precisamente cuando la psique del dominante comenzó a actuar, Feric, fundándose en su larga experiencia, reconoció ese agradable sentimiento que lo invitaba a dejarse ir en una nada abúlica: un dominante intentaba apresarlo. Sin vacilar, Feric acercó el fuego de su formidable voluntad al combustible del odio justiciero que le inspiraban esas criaturas sin alma, que negaban la supremacía de los hombres verdaderos y pretendían instaurar un reino obsceno, no tenían otra emoción que el deseo de exterminar a sus superiores genéticos, pretendiendo convertir la tierra en una sórdida y miserable pocilga. Aunque el escriba no mostraba que hubiera querido dominarle ni que hubiera sido rechazado tan eficazmente, Feric sintió que el horrible momento de la novoluntad se disolvía en las llamas feroces del odio.

    —Como analista genético, quizá puedo juzgar mejor que usted la pureza genética —Heimat había venido diciendo mientras se libraba y resolvía la lucha psíquica.
    — ¿Con tres pruebas? —dijo Feric—. Un examen realmente riguroso implicaría por lo menos varias docenas de pruebas, incluso de tejidos, sangre, orina, lágrimas, materia fecal y semen.
    —Ese examen llevaría mucho tiempo, y no sería práctico —dijo el analista—. Son pocos los hombres con material genético contaminado que podrían pasar estas sencillas pruebas; y quienes lo consiguen prácticamente son humanos, ¿verdad?

    Feric ya no pudo contenerse.

    — ¡Esa criatura que tiene al lado es un dominante! —gritó—. ¡Y usted está atrapado en un sistema de dominio! ¡Movilice su voluntad y libérese!

    Los que seguían en la fila se mostraron alarmados incluso algunos mestizos muy evidentes, y con razón Pareció que estallaría un escándalo en la sala; luego los rostros de todos se disolvieron en una ausencia total de expresión cuando el dominante intervino para defenderse. —Verdadero hombre Jaggar, es evidente que está en un error —dijo el doctor Heimat con expresión benigna—. El cabo Mork es un hombre auténtico certificado; como usted comprende, si no fuera así no se le permitiría usar el uniforme de Heldon.

    —Señor, tal vez el verdadero hombre Jaggar no conoce bien las costumbres de Heldon —sugirió Mork con una ironía que sólo podían percibir él y Feric, la única persona en aquella habitación que compartía el siniestro secreto del aduanero, y que aparentemente nada podía hacer para perjudicarlo—. Es indudable que si cualquiera de nosotros se hubiese visto forzado a crecer entre mutantes, mestizos y quién sabe cuántas cosas más, tal vez también viéramos dominantes a cada paso. —Mork contempló a Feric sin sombra de sonrisa en el rostro y sin atisbo de emoción en los ojos; pero. Feric podía imaginarse muy bien la alegría satánica con que gozaba de la situación.

    El doctor Heimat devolvió a Mork el formulario de Feric, y Mork se lo entregó al último funcionario, detrás del mostrador.

    —Verdadero hombre Jaggar, al margen de la opinión de usted sobre la eficacia de las pruebas, aquí y ahora se le otorga el certificado de humano auténtico —dijo—. Puede aceptar o rechazar la ciudadanía, como le plazca, pero en cualquier caso le advierto que está demorando el avance de la fila.

    Furioso, pero comprendiendo que seguir hablando con Heimat o el traicionero Mork era del todo inútil, Feric se acercó al último funcionario. El hombre que estaba de pie mirando el formulario de Feric era corpulento, de voz madura, cabellos plateados y barba bien recortada. Las cintas que llevaba en la túnica indicaban que no era soldado de tiempo de paz, sino un combatiente veterano de la Gran Guerra. De todos modos, el apocamiento del hombre y cierta falta de virilidad en la mirada indicaban lamentablemente que también él estaba atrapado en el sistema de dominio. En todo caso, un hombre como este podría —bien aconsejado— animarse a quebrar el sistema.

    —Usted, señor —dijo Feric con energía—, ¿no advierte en usted mismo cierta flojedad, una inclinación poco viril a dejarse ir? Un veterano como usted sabrá de sobra que no todo está bien en esta guarnición.

    El oficial depositó el formulario de Feric en la ranura de una compleja máquina duplicadora.

    —Por favor, mire adelante: el punto rojo sobre la lente de la máquina —dijo.

    Con un movimiento automático, Feric se inmovilizó un minuto, y el oficial movió una llave, al costado de la máquina. Se vio un haz luminoso muy intenso y breve; luego, las entrañas de la máquina comenzaron a zumbar.

    —Verdadero hombre Feric Jaggar, se ha certificado su condición de genotipo humano auténtico —dijo mecánicamente el oficial—. Dentro de un momento le entregaré el certificado. Tendrá que mostrarlo cuando se lo pida un policía, un guardia aduanero o un oficial militar. Los comerciantes pueden negarse a venderle algo si le piden el certificado y usted no lo muestra. Tampoco podrá casarse sin él. ¿Me ha entendido?
    — ¡Esto es ridículo! —estalló Feric—. ¿No comprende que un río de genes contaminados está atravesando la frontera?
    — ¿Entiende las condiciones en que se le otorga la ciudadanía? —repitió con obstinación el oficial.
    — ¡Por supuesto que entiendo! Y usted, ¿entiende que está bajo la influencia de un dominante? Durante un momento el oficial alzó los ojos. Feric lo miró concentrándose. Una chispa azul y acerada pareció saltar de los ojos de Feric, y brillar débilmente en las pupilas del oficial helder.
    —Claro... claro —murmuró incómodo el hombre—, pero pienso que se equivoca...

    En ese momento una campanilla sonó dentro del duplicador, y el certificado de Feric cayó en la canasta. El sonido movió al oficial helder a apartar los ojos, y Feric percibió que el frágil efecto de la contrafuerza psíquica que había proyectado con tanto trabajo se disipaba por este capricho de las circunstancias.

    El oficial retiró de la canasta el certificado y se lo entregó a Feric.

    —Al aceptar este certificado, verdadero hombre Jaggar —dijo con aire superficialmente ceremonioso—, usted acepta todos los derechos y las responsabilidades de un ciudadano de la Alta República de Heldon, y de un verdadero hombre certificado. Puede participar en la vida pública de Heldon, votar y ser elegido, servir en las fuerzas militares de la Alta República, entrar en la patria y salir a voluntad. No puede casarse ni engendrar hijos sin permiso escrito del Ministerio de Pureza Genética so pena de muerte. En conocimiento de estas condiciones, y por su propia y libre voluntad, ¿acepta la ciudadanía de la Alta República de Heldon?

    Feric contempló el certificado —duro, liso y lustroso— que tenía en la mano. En la superficie de plástico estaban inscritos su nombre y la fecha de certificación, las impresiones digitales, su fotografía en colores, y la firma del doctor Heimat. Este elegante artefacto tenía apropiados adornos, complicadas volutas y esvásticas en rojo y negro, que le daban un aspecto apropiadamente digno. Durante años, aun antes de alcanzar la edad adulta, Feric había soñado con el instante en que ese documento sagrado se convirtiese en su más preciada posesión. Pero ahora, el abandono de las severas normas genéticas lo había arruinado todo; sin esas normas el certificado era sólo un pedazo de plástico y pigmentos.

    — ¿Seguramente no rechazará ahora la ciudadanía helder? —preguntó el oficial helder, mostrando por primera vez un atisbo de emoción, un mezquino fastidio burocrático.
    —Acepto la ciudadanía —murmuró Feric, guardando con cuidado el documento en la sólida cartera de cuero que llevaba asegurada al cinturón. Mientras caminaba hacia la entrada del puente, se dijo que se aferraría a este sagrado privilegio con más tenacidad que todos aquellos lamentables especímenes. Antes de acabar con los dominantes, vengaría mil veces el ultraje. Un millón de veces aun sería poco.


    2


    Una brisa fresca envolvió a Feric en la capa azul cuando salió al puente descubierto sobre el Ulm. Unas sendas de madera corrían a ambos lados de un camino de piedra, y el paso de innumerables suelas de cuero y ruedas de látex habían pulido tanto la madera como la piedra. El viento suave soplaba desde Heldon, trayendo el grato olor de la Selva Esmeralda, y ayudando a disipar el hedor de la fortaleza aduanera, y para el caso de toda Borgravia. Feric echó a andar por el puente, con paso Firme, yendo al encuentro de su destino en la Alta República. Al lado pasaron unos pocos vehículos con truenos rugidores, metales estridentes, y vapores siseantes, pero por lo demás el tránsito parecía bastante escaso, y los únicos transeúntes visibles estaban a unos cien metros de distancia, avanzando por el sendero de madera. En consecuencia, Feric pudo envolverse en su propia soledad y contemplar el panorama.

    Y lo que tenía ante sí era todo lo que realmente importaba en el mundo: la Alta República dé Heldon, que encerraba el futuro de la auténtica humanidad, si el verdadero genotipo iba a tener algún futuro. En los estados limítrofes había bastante material genético humano, pero como los mestizos y los mutantes eran la parte principal del populacho, y conservaban el control político desde que la Alta República había fracasado en su intento de destruirlos, durante la Gran Guerra, parecía improbable que dichos gobiernos aprobasen las severas leyes raciales que se necesitaban para restablecer el genotipo humano puro en esos caudales genéticos degenerados. Heldon había necesitado varios siglos de aplicación rigurosa de esas leyes para purificar el caudal genético y alcanzar el nivel actual; y aun así Heldon había partido de una evidente mayoría de elementos humanos genotípicamente puros, a diferencia de los estados vecinos, donde en ese momento abundaban los mutantes y mestizos del tipo más obsceno. Aun más lejos, había verdaderas cloacas como Arbona y Cressia, donde ni siquiera se mantenían los prototipos mutantes, y al este se extendía la dilatada pestilencia de Zind, gobernada por los doms. Más allá, hacia los cuatro puntos cardinales, sólo había desiertos hediondos y contaminados, con astronómicas mediciones geiger, donde sólo podían vivir criaturas nauseabundas, carcinomas ambulatorios, animales y hombres mutados de un modo irreconocible. No, sólo Heldon era el bastión de la verdadera humanidad, y si se quería que el mundo volviese a recuperar la pureza genética, la meta tendría que alcanzarse por la fuerza de las armas helder.

    Feric meditó acerca de su propio papel en el destino humano común, mientras sus largas y poderosas zancadas lo acercaban a la docena de figuras que avanzaban por el sendero. Mientras vivía en Borgravia había llegado a profundizar varias disciplinas: la mecánica de las motivaciones, la ciencia de los lemas, la artesanía del decorado de interiores y exteriores, el diseño de vestidos, y la redacción de folletos. De tanto en tanto cada una de estas actividades le había permitido ganarse la vida. Más aún, el orgullo que le infundía su propia humanidad, y el estímulo de su padre lo habían llevado a estudiar profundamente temas de historia, genética y arte militar. Un hombre como él, pensaba Feric, que poseía conocimientos tan variados, nunca carecería de empleo.

    Pero su anhelo más profundo no era enriquecerse sino servir a la causa de los verdaderos hombres, hasta donde le fuera posible. En este sentido, parecía que la nueva vida en Heldon le abría dos tipos de posibilidades: iniciar una carrera militar o entrar en la política. Era difícil elegir. Por una parte, una carrera militar parecía el camino más rápido a una concreta acción patriótica, pero sólo si el liderazgo político de la Alta República desarrollaba la voluntad de utilizar adecuadamente las fuerzas armadas. En cambio, la política quizá le permitiría ingresar en los círculos mismos en que se adoptaban dichas decisiones, pero sólo mediante un proceso tedioso de adaptación, forcejeo y compromiso, lo que a Feric le parecía esencialmente poco viril.

    Resolvió que no adoptaría una decisión tan trascendente hasta que el destino le mostrase algún signo claro, en un sentido o en otro.

    Mientras ponderaba estos problemas importantes, los soberbios reflejos corporales y el consecuente paso rápido lo habían acercado a pocos metros de distancia de los inmigrantes que habían entrado con él; y cuando pudo verlos de cerca, se quedó boquiabierto, asombrado y desalentado.

    En efecto, sobre el puente del Ulm, acercándose en desorden al bastión de la pureza genética, marchaba una turba increíble de los mutantes y los mestizos más evidentes y repulsivos que pudieran imaginarse. Un cara de loro, con dientes mutados que se adelantaban en un pico inequívoco. Una mujer piel azul, y tres enanos jorobados, y uno, además, con la piel verrugosa de un hombre sapo; y un ser de aspecto humanoide que al andar revelaba tener dos articulaciones suplementarias en las piernas, junto a un cabeza de huevo de cráneo elipsoide groseramente deformado. Todo esto hubiera sido bastante común en las calles de Gormond, pero en el puente que conducía a Heldon, en cierto sentido territorio helder, el espectáculo era horroroso e inexplicable.

    Enfurecido, Feric echó a correr, y casi enseguida alcanzó al siniestro zoológico.

    — ¡Alto! —gritó—. ¿Qué significa esto?

    La colección de mutantes se detuvo, vacilante, y miró a Feric con una mezcla de miedo, desconcierto y ansiedad, aunque quizá también con una cierta obstinación.

    — ¿Qué desea, verdadero hombre? —graznó ásperamente el cara de loro, pero con una voz desprovista de engaño o malicia.
    — ¿Qué están haciendo en el puente que lleva a Heldon?

    Los cuasi hombres lo miraron con lo que parecía ser auténtica incomprensión.

    —Verdadero hombre, vamos a la ciudad de Ulmgarn —se atrevió a decir finalmente la mujer piel azul.

    ¿Tal vez esas criaturas eran incapaces de entender lo inverosímil de la situación?

    — ¿Cómo se les permitió pisar este puente? —preguntó Feric—. ¡Criaturas como ustedes no pretenderán decirme que son ciudadanos helder!
    —Verdadero hombre, venimos con los acostumbrados pases diarios —dijo el cara de loro.
    — ¿Pases diarios? —murmuró Feric. Dios, ¿entonces dejaban entrar a los mutantes? ¿Qué traición a la verdadera humanidad se incubaba allí?—. Déjenme ver uno de esos pases —ordenó.

    El cabeza de huevo rebuscó en el interior de una grasienta bolsita de cuero encerado, que le colgaba de una cuerda deshilachada atada al cuello, y mostró a Feric una tarjetita roja. La tarjeta era de cartulina barata, y no de plástico; de todos modos ostentaba el Gran Sello de Heldon con un grabado de minúsculas esvásticas entrelazadas, el motivo tradicional del Ministerio de Pureza Genética. En sencillas mayúsculas de diseño poco elegante, la tarjeta proclamaba: «Pase diario por diez horas de estadía en Ulmgarn, el día catorce de mayo de 1142 AF. El incumplimiento de estas condiciones puede castigarse con la muerte».

    Absolutamente desagradado, Feric devolvió la tarjeta.

    — ¿Se trata de una práctica corriente? —preguntó—. ¿Dejan entrar a los no ciudadanos un cierto tiempo?
    —Si hay tareas que los hombres verdaderos como usted consideran inferiores —explicó un enano.

    ¿De modo que así era? Feric había oído decir que el universalismo estaba difundiéndose entre las masas de Heldon, pero nunca hubiera supuesto que la insidiosa doctrina de los dominantes hubiese llegado a amortiguar la severidad de las leyes de pureza genética. Los universalistas exigían la producción de criaturas esclavas y descerebradas destinadas a las tareas más bajas: el tipo de perversión protoplasmática que los dominantes practicaban en Zind. Aún no tenían poder bastante para alcanzar este objetivo inconfesable, pero aparentemente habían agitado a las masas perezosas, al extremo de que el pusilánime gobierno estaba ahora permitiendo que los mutantes trabajasen en Heldon, como un modo de frenar esa tendencia.

    — ¡Repugnante! —murmuró Feric, y con una docena de zancadas dejó atrás a los deformes cuasi humanos. Lo que había visto hasta ese momento lo perturbaba profundamente. Aún no había entrado en la propia Heldon, y ya había observado una fortaleza aduanera capturada por un dominante, así como un sorprendente relajamiento de las leyes de pureza genética, fenómeno que sin duda era imputable a la influencia de los universalistas. ¿Quizá la Alta República estaba podrida hasta la médula? ¿O sólo contaminada en la periferia? En todo caso, y como verdadero hombre, tenía por delante una tarea inexcusable: hacer todo lo posible para restablecer el rigor de las leyes de pureza genética, trabajar en favor de la aplicación severa, e incluso fanática de esas leyes, y aprovechar sin desmayos las oportunidades que el destino le otorgase para promover esta causa sagrada.

    Con renovada determinación y con un sentido cada vez más cabal de su propia meta, Feric apresuró el paso y se adelantó por el sendero que llevaba a la ciudad de Ulmgarn, y a las grandes extensiones de Heldon que se prolongaban más allá majestuosamente.

    El puente del Ulm desembocaba directamente en la calle principal de la ciudad de Ulmgarn: una placa de metal esmaltado, sobre un esbelto pilar de hierro fundido informó a Feric que esa importante avenida se llamaba calle del Puente. Frente a él se desplegaba un reconfortante espectáculo. Olvidó completamente la brisa del río y el frío más intenso de la fortaleza aduanera y el puente. Por primera vez en su vida contemplaba una ciudad construida por hombres verdaderos, en suelo incontaminado, y habitada por especímenes sanos del genotipo humano puro. ¡Qué diferencia con la sordidez y la corrupción de Gormond!

    En Gormond, las calles y las aceras no eran más que piedras bastas hundidas a martillazos en la tierra; y a nadie sorprendía encontrar allí las suciedades y los desechos más hediondos. Las calles de Ulmgarn estaban pavimentadas con un cemento liso, perfectamente conservado; y las aceras inmaculadas eran también de cemento, hábilmente adornado con ladrillos vidriados amarillos, de color oro y verde. En Gormond, los edificios eran casi todos de chapa metálica y madera, y los más grandes de cemento sin adornos. Aquí las casas comunes eran de ladrillo vidriado y de distintos colores, con frentes de madera hábilmente modelados, y los edificios más majestuosos de piedra oscura pulida, embellecida con fachadas de bronce trabajado y piezas de estatuaria heroica. Por las calles de Gormond pululaba una horda mestiza de pieles azules, enanos, cabezas de huevo, caras de loro, hombres sapos, y muchas otras variedades de mutantes puros y cruzas de mestizos, así como híbridos de humanos y mutantes; una colección arbitraria de fragmentos y partes de docenas de especies, agrupadas al azar y en general vestidas de harapos malolientes. En profundo contraste, dondequiera uno volvía la vista en las calles de Ulmgarn, encontraba magníficos ejemplares de la humanidad verdadera: hombres altos y rubios de cabellos claros o castaños, ojos azules o verdes, y todas las partes del cuerpo en el orden apropiado y en los lugares correspondientes, bellas mujeres de contextura y configuración semejantes, y todos vestidos con una rica diversidad de prendas de cuero, nylon, lino y seda, pieles y terciopelo, adornadas con joyas de plata y oro y bordados multicolores.

    La totalidad de la escena estaba envuelta en un aura psíquica de salud genética y somática, un espíritu de pureza racial y elevada civilización que exaltó el alma de Feric y lo abrumó de gratitud y orgullo. Estos seres eran la corona de la creación... ¡y él era uno de ellos!

    Cuadrando los hombros, Feric recorrió la calle en busca de un lugar donde comer. Luego iría a la estación de vehículos de vapor, pues se proponía partir hacia la gran metrópoli Walder, en el sur; la ciudad estaba exactamente al norte de la Selva Esmeralda. Ahí, en la segunda ciudad de la patria, quizá descansaría un tiempo, antes de seguir camino hacia la capital, Heldhime, en lo más profundo del centro industrial de Heldon. Sin duda su destino estaba en una o en otra de las grandes metrópolis de la Alta República, más que en las localidades cercanas al Ulm o a la Selva Esmeralda.

    Feric dejó atrás tiendas que exhibían toda suerte de riquezas y maravillas. Aquí había puestos que vendían los frutos más preciados de la tierra, y ropas excelentes para hombre y mujer. En la calle del Puente podían comprarse los artefactos mecánicos y eléctricos más modernos y de más perfecta artesanía: motores de vapor para el hogar y los mecanismos correspondientes: lavarropas, herramientas para trabajar la madera, molinos de granos, bombas y cabrias de todos los tipos. Otros emporios vendían hermosos muebles tallados, prendas de cuero o caucho sintético de la mejor calidad y excelente corte, pinturas y trementinas, medicinas y remedios famosos por su eficacia incluso en Borgravia; es decir, todos los productos que uno pudiera imaginar o desear.

    Entre estas tiendas había varias tabernas y posadas. Feric se detuvo sucesivamente frente a varias de ellas, olfateando los aromas que llegaban a la calle y observando a la clientela. Por último, eligió una amplia taberna llamada «El nido del águila»; ocupaba un edificio de ladrillo rojo cuya fachada había sido embellecida con escenas pintadas de las Montañas Azules. El motivo central ilustraba la leyenda escrita encima: un águila negra que descendía sobre un nido, en la cima nevada de la montaña. Las puertas que llevaban a la taberna estaban abiertas de par en par, y los olores que dejaban escapar eran bastante gratos; en el interior se alzaban los sonidos imprecisos de una suerte de acalorada discusión. En general, el lugar parecía atractivo, y el río de voces excitó la curiosidad de Feric.

    Feric entró en la taberna y se encontró en un amplio salón abovedado con mesas robustas y bancos de madera. El lugar estaba ocupado por unos cuarenta hombres, dispersos aquí y allá, sentados a las mesas y bebiendo cerveza de grandes jarros de cerámica que ostentaban el motivo del Nido del Águila. La atención de quizá la mitad de los hombres se volvía hacia una menuda figura ataviada con una túnica verde, bien cortada, que se había encaramado sobre una mesa apoyada en la pared del fondo. El hombre arengaba a un pequeño grupo; el resto de los clientes conversaba, y parecía aceptar la situación.

    Feric eligió una mesa vacía que le permitía oír las palabras del orador enjuto y nervioso, pero un poco al margen de la conmoción de alrededor. Un mozo de uniforme pardo con adornos rojos se le acercó apenas ocupó la silla.

    —La dirección actual de la Alta República, o más exactamente los alcornoques y tontos de sucios traseros que profanan los asientos de la Cámara del Consejo no tienen la más mínima idea de la verdadera amenaza que se cierne sobre Heldon —decía el orador. Aunque tenía una boca arrogante y un ligero aire de burla en la voz, había algo en el humor sardónico de los vivaces ojos negros que atrajo la atención y la aprobación de Feric.
    — ¿Qué desea, verdadero hombre? —preguntó el mozo distrayendo momentáneamente la atención de Feric.
    —Un jarro de cerveza y una ensalada de lechuga, zanahoria, pepinos, tomates, cebollas y cualquier otra verdura que tenga disponible, y que esté fresca y cruda.

    El mozo echó a Feric una mirada un tanto severa, y se alejó. Por supuesto, en Heldon como en otros lugares la carne era el alimento tradicional, y en ocasiones Feric aceptaba ese manjar discutible, pues la consagración fanática al vegetarianismo le parecía impráctica y al mismo tiempo quizá no del todo sana. De todos modos, sabía perfectamente bien que el desarrollo de la cadena alimenticia, de las sustancias vegetales a la carne, concentraba el nivel de contaminación radiactiva, y por eso mismo evitaba todo lo posible comer carne. No podía arriesgarse a rebajar su pureza genética para complacer un apetito ocasional; en un sentido superior, dicha pureza era propiedad común de los hombres auténticos, y tenía que defenderla como una especie de fideicomiso racial. La mirada peculiar que de tanto en tanto le echaba el mozo de un restaurante no bastaba para que dejara de lado sus deberes raciales.

    —Y, claro está, tu trasero honrará mejor el asiento del poder, ¿eh, Bogel? —rugió un sujeto corpulento que tenía el rostro bastante enrojecido por el exceso de cerveza. Los otros mostraron que apreciaban la observación, pues prorrumpieron en risas sonoras, aunque no maliciosas.

    Durante un instante pareció que el orador no sabía qué responder. Pero cuando la réplica llegó, Feric sintió que provenía no del instinto innato, sino de una intelectualización precisa, aunque un tanto fría y mecánica.

    —No busco el poder personal —dijo Bogel malicioso—. Pero si un individuo tan notable como usted me obliga a aceptar un asiento en el Consejo, qué ingrato sería oponiéndome a esos deseos.

    Estas palabras provocaron risas un tanto desganadas. Feric prestó más atención a los hombres que escuchaban a Bogel. Aparentemente se dividían en dos grupos: los que estaban muy atentos, y la mayoría, que consideraba una especie de entretenimiento cómico al hombrecillo vivaz, de ojos brillantes y rasgos finos y saturninos. Sin embargo, parecía que los dos grupos estaban formados en general por el mismo tipo de hombre: robustos bebedores de cerveza, hombres de edad madura, tenderos, artesanos y agricultores: es decir, gente sencilla y honesta cuya comprensión de los asuntos de Estado mal podía considerarse profunda. Feric sospechó que este Bogel había sobrestimado a su público, adoptando erróneamente un aire de sarcasmo intelectual y superioridad en una taberna pública.

    — ¡Así podría hablar un dominante! —rugió otro individuo. Otra vez risas estrepitosas, pero ahora con cierto sentimiento de incomodidad.

    Los ojos de Bogel llamearon por primera vez. — Así podría hablar un simpatizante universalista, o un hombre sometido a un sistema de dominio —dijo—. El Partido del Renacimiento Humano es enemigo jurado de los doms y sus lacayos universalistas; nadie lo niega, ni siquiera esa misma ralea. Por lo tanto, ridiculizar al partido o a sus dirigentes sirve a los intereses de los dominantes. ¿Cómo sabemos que un amo inhumano no puso esas palabras en tu boca?

    Dicho lo cual Bogel sonrió, como indicando que esa pregunta no era más que una broma. Pero pareció que la sutileza pasaba por completo inadvertida para el público, y las expresiones se ensombrecieron. Era evidente que este Bogel, aunque de mente aguda, no dominaba el arte de la oratoria.

    — ¡Se atreve a sugerir que soy el títere de un dominante, pobre infeliz!

    Bogel pareció desconcertado; ciertamente, no había querido provocar un sentimiento de cólera contra él mismo, pero eso era lo que estaba ocurriendo. En ese momento llegó el mozo con la ensalada y la cerveza de Feric. Feric sorbió desganadamente la cerveza y empezó a comer, absorto ahora, por cierta razón que él mismo no entendía, en el estudio del drama que se representaba ante él.

    Bogel esbozó una sonrisa bastante débil.

    —Vamos, vamos, amigo —dijo—. No se muestre tan solemne y grave. No digo que ninguno de los presentes sea títere de un dominante. Y, además, ¿cómo es posible saber que algún otro no vive sometido a un sistema de dominio? Ese es el horror insidioso de tales criaturas: ¡los hombres verdaderos como nosotros no pueden tenerse confianza mientras viva un perverso dominante en el territorio de Heldon!

    Pareció que estas palabras calmaban un poco a la gente, al menos para permitir que Bogel continuase.

    —Estas disputas que nos dividen son en verdad una lección objetiva, e indican a qué abismos ha descendido Heldon con este régimen de mano blanda —señaló—. Apostaría mi vida a que aquí no hay un hombre verdadero que no esté dispuesto a retorcer el pescuezo de un dominante si una criatura así se manifestara de pronto y, sin embargo, todos titubean en apoyar a un partido que está consagrado a la destrucción implacable de esa peste. No hay aquí un hombre verdadero que no esté dispuesto a sacrificar a sus propios hijos, si éstos traicionan a la raza humana uniéndose con un mutante o un híbrido. Y, sin embargo, tentados por la pereza, todos aceptan que el Consejo, bajo la presión universalista, atenúe la severidad de las leyes de pureza genética y permita que los mutantes extranjeros entren en Heldon, para ejecutar las tareas que según los lacayos de los dominantes ofenden nuestra dignidad. No dudo de que en una ciudad como Ulmgarn, tan cerca de la pestilencia borgraviana, los buenos helder como ustedes se alzarán en armas y acudirán en masa a alinearse bajo el estandarte del Partido del Renacimiento Humano, cuando yo proclame nuestra consagración a la defensa de la pureza racial de Heldon, y la expulsión de los estúpidos del Consejo. ¡Esa chusma está dispuesta a ganarse el favor de los débiles y los abúlicos traicionando el rigor férreo de nuestras leyes de pureza genética!
    — ¡Bien dicho! —Feric se sintió obligado a exclamar en voz alta. Pero la voz de Feric se perdió entre los gritos generales de aprobación, pues de pronto Bogel había tocado un punto simple pero noble: el orgullo racial de todos. Ahora, había otros que dejaban de hablar entre ellos, y se volvían hacia el orador enjuto y moreno.
    —Así lo pensé al menos en mis ingenuas cavilaciones, cuando decidí viajar desde Walder a la frontera, en busca de gentes que apoyaran nuestra causa —continuó diciendo Bogel luego que se calmó la ovación—. Pero, en lugar de una ciudadanía justamente irritada, ¿qué he encontrado? Perezosos vagabundos, seducidos por la perspectiva de que unos seres inferiores lleven a cabo las tareas cotidianas. ¡Patanes ingenuos que creen que todos los dominantes fueron expulsados de Heldon, porque así lo dice un gobierno de estúpidos y eunucos raciales!

    La tensión pareció insoportable a Feric. Era evidente que este Bogel hablaba como un auténtico patriota. El discurso tenía lógica, la causa era justa y por cierto merecía apoyo; se había apoderado momentáneamente del corazón del público, pero ahora había desperdiciado la oportunidad incurriendo en expresiones de autocompasión, en lugar de desarrollar el asunto hasta convertirlo en una rugiente exigencia de acción concreta e implacable. En lugar de vivas, estaba provocando una renovada hostilidad. Como agitador político era sin duda un fracaso. Sin embargo, quizá aún fuese posible salvar la situación...

    Feric se incorporó de un salto y gritó con voz fuerte y clara:

    — ¡Aquí estamos algunos que no somos perezosos ni patanes ingenuos! —expresando así la hostilidad del público y atrayendo instantáneamente la atención de todos; el propio Bogel no intentó interferir, pues las palabras de Feric revelaron a la mente aguda del hombrecillo el aprieto en que él mismo se había metido. Todos esperaron ansiosamente oír las palabras siguientes dé Feric... ¿pensaba atacar al orador, o defenderlo?

    » ¡Para algunos de nosotros, las palabras de usted son un verdadero desafío! —continuó Feric, observando la mirada de Bogel, más animada ahora, y los labios delgados que se curvaban en una sonrisa—. Algunos de nosotros no estamos dispuestos a tolerar el descaro de los mutantes o la contaminación del suelo provocada por una momentánea presencia corruptora. Algunos de nosotros estamos dispuestos a destrozar con nuestras propias uñas al primer dom que tengamos delante. ¡Hombres verdaderos! ¡Hombres puros! Hombres consagrados fanáticamente, no sólo a la preservación de la pureza racial de esta Alta República de Heldon, sino a extender el gobierno absoluto de los hombres verdaderos a todos los lugares habitables de esta triste tierra. ¡Aun en el corazón del vagabundo más perezoso vive este héroe dispuesto a tomar las armas y preservar el genotipo humano puro! ¡Nuestros propios genes claman: hay que excluir al mutante! ¡Hay que expulsarlo! ¡Hay que matar al dominante dondequiera se encuentre!

    El público prorrumpió en vivas calurosos y prolongados. Mientras los vivas continuaban, Feric observó que todos los ojos se habían vuelto hacia él. Las líneas de energía psíquica parecían conectar el centro mismo de Feric con el corazón de cada uno de los hombres en el salón. Era como si las voluntades del auditorio confluyeran en la voluntad del propio Feric, quien a su vez devolvía ese fervor, pero decuplicado, en una espiral interminable de poder psíquico que fluía y crecía, una fuerza racial compacta que a él le tocaba orientar de acuerdo con su propia voluntad. De pronto tuvo una inspiración: ofrecería a esta energía una salida concreta, un blanco.

    —Y no muy lejos de aquí podemos encontrar un dom —continuó Feric cuando se apagaron los vivas—. Sí, hay un dominante en medio de nuestro pueblo, y en el lugar más monstruoso que pueda concebirse. ¡Esa criatura está al alcance de nuestros puños en este mismo instante!

    Hubo un silencio en la sala, y de pronto Bogel habló:

    — ¡Verdadero hombre, el Partido necesita individuos como usted! Díganos, ¿dónde está ese dominante oculto? ¡Garantizo que ni uno solo de los aquí presentes se negará a destruirlo!

    Feric se sintió complacido, pues Bogel había comprendido la oportunidad del momento. Era una causa meritoria, la causa de la verdadera humanidad; los esfuerzos de Bogel merecían una recompensa.

    —Por increíble que parezca, un dominante se ha introducido en el corazón de la fortaleza aduanera sobre el puente del Ulm, el órgano al que hemos confiado la protección de nuestra pureza genética —dijo Feric—. ¡Mantiene bajo un sistema de dominio a toda la guarnición!

    Una exclamación de horror brotó de los hombres que ocupaban la taberna. Sin pausa, Feric continuó:

    — ¡Piensen en la horrible situación! Esta hedionda monstruosidad ha obtenido un certificado, y es et escriba del analista genético autorizado a otorgar certificados de ciudadanía. Desde esta ciudadela, socava la voluntad de la guarnición y del analista, de modo que un verdadero río de genes contaminados se Vuelca sobre esta área, como una cloaca, ¡envenenando la posteridad de nuestros hijos y nuestras hijas! Además, ninguno de los miembros de la guarnición se ha salvado del sistema, ¡nadie es capaz de apartar a la maldita bestia, o destruir ese horror!

    Ahora hubo una oleada de murmullos coléricos. Era evidente que estaban dispuestos a ejecutar la voluntad racial, de acuerdo con las instrucciones que él impartiera. Había conseguido despertar el instinto más profundo de esos hombres: la férrea decisión de proteger a la especie humana. Se había encendido un fuego que sólo podía apagarse con la sangre del dominante.

    — ¿Qué esperamos? —rugió Feric—. ¡Tenemos nuestras manos, y algunos están armados con garrotes! ¡Marchemos hacia el puente y liberemos a nuestros camaradas raciales! ¡Muerte al dominante!

    Dicho esto, Feric se acercó rápidamente a Bogel, y obligó al hombrecillo a ponerse de pie.

    Feric pasó el brazo musculoso por los hombros de Bogel, y exclamó:

    — ¡Muerte al dominante... todos al puente!

    La multitud emitió un rugido feral de aprobación, y Feric, con Bogel pisándole los talones, salió decidido de la taberna sin mirar atrás, seguro de que la turba excitada estaba más que dispuesta a seguirlo.

    Descendiendo por la calle del Puente, la turba avanzó como un grupo de ángeles vengadores, treinta o cuarenta helder irritados, encabezados por Feric y Bogel. Los ciudadanos que andaban por la calle se detuvieron sorprendidos ante el inquietante espectáculo, y unos pocos de los más audaces se unieron al grupo.

    Pronto llegaron al puente; Feric dirigió a la turba y marchó en línea recta por el centro del camino, de tal modo que todo el ancho del puente quedó bloqueado por las sólidas filas de hombres, marchando hombro con hombro, animados por una cólera justiciera.

    —No lo conozco, pero es usted un orador sorprendente —dijo Bogel a Feric, jadeando y resoplando, tratando de mantenerse a la par de las zancadas heroicas de Feric—. El Partido del Renacimiento Humano necesita hombres como usted. Por mi parte, lamentablemente no soy orador de barricada.
    —Me hablará del Partido cuando hayamos concluido esto —replicó brevemente Feric.
    —Con mucho gusto. Pero, ¿cómo piensa terminarlo? No alcanzo a entender qué se propone.
    —Algo muy sencillo —contestó Feric—. La muerte del dominante que ocupa la fortaleza. Si uno quiere conquistar la devoción fanática de los hombres hay que ofrecerles un bautismo de sangre. La turba avanzó resueltamente por el puente, de diez en fondo, cinco filas, un abigarrado grupo de clientes de taberna convertidos en temporaria Tropa de Asalto. Para Feric era una sensación profundamente satisfactoria marchar a la cabeza de la columna de hombres; no había imaginado otra cosa cuando alimentó la idea de una carrera militar. Sentía en sí mismo todo el poder de esta formación maciza, que parecía afirmar su propio destino. Era un líder. Cuando hablara, los hombres lo oirían; cuando mandara, lo seguirían. Y eso, sin instrucción formal ni autoridad oficial; su superioridad en estos asuntos era una cualidad intrínseca sin duda, aportada por sus propios genes. Así como un rebaño de caballos salvajes reconoce la supremacía del padrillo, o como una manada de lobos acepta el liderazgo natural del animal más fuerte, esos hombres a quienes Feric nunca había visto antes marchaban bajo su mando por obra de una autoridad implícita en su voz y en su persona.

    Era un poder desconcertante y terrible, que no podría usarse sino con fines patrióticos e idealistas. Ciertamente, la fuerza misma de su voluntad era sin duda en parte resultado de una consagración total a la causa de la pureza genética y al triunfo definitivo de los verdaderos hombres en todo el mundo. Sólo el matrimonio ideal del idealismo y el fanatismo implacable podía sostener esta decisión abrumadora.

    Pronto la turba llegó a la fortaleza aduanera. El soldado que guardaba el portal de entrada sacó el garrote cuando Feric y sus adeptos se aproximaron, y esgrimió el arma; pero apartaba los ojos, y le temblaba la voz cuando desafió a la tropa de hombres excitados:

    — ¡Alto! ¿Qué es esto?

    Como respuesta, un individuo rubio, corpulento, de rostro rojizo, salió del grupo de hombres y descargó un jarro de cerveza sobre el cráneo del infortunado guardia. El guardia se desplomó, aferrándose la cabeza. Alguien le arrebató el garrote, y con un potente rugido la vanguardia de la turba irrumpió en el edificio, seguida inmediatamente por Feric, Bogel y el resto de la improvisada Tropa de Choque.

    La turba se volcó en la sala de exámenes, apartó bruscamente a los candidatos que formaban fila a lo largo del mostrador de piedra negra, y enfrentó a los cuatro funcionarios con una sólida falange de cuerpos robustos y rostros enrojecidos e irritados. Los tres hombres verdaderos revelaron tanto asombro como temor ante esta conducta peculiar; el repulsivo Mork fingió indiferencia, pero Feric advirtió qué desordenada y desesperadamente intentaba cubrir con una red de dominio a este grupo de helder que venía a amenazarlo.

    — ¿Qué significa este atropello? —exigió el viejo oficial barbado—. ¡Salgan inmediatamente de aquí!

    Feric advirtió que el fervor de la turba decaía de pronto; este ataque psíquico de Mork había contado con la ayuda del gallardo guerrero, y la decisión de la tropa de Feric comenzaba a debilitarse.

    Feric se abrió paso entre la gente y llegó al mostrador. Extendió el poderoso brazo derecho sobre la piedra negra, aferró del cuello al perverso dominante, y apretando la mano lo dejó sin respiración y lo levantó medio cuerpo sobre el mostrador. El rostro de Mork enrojeció por falta de oxígeno, y Feric advirtió que los poderes psíquicos del dom se desvanecían.

    — ¡Esta es la hedionda criatura! —gritó Feric—. ¡Este monstruo es el dominante que mantiene esclavizada a la fortaleza!
    — ¡Ojalá te ahogues en tu propia bilis, roña humana! —consiguió barbotar Mork, entendiendo que su juego había concluido. Feric apretó más fuerte, y los balbuceos de Mork se convirtieron en un áspero sonido ahogado. Un gran rugido feral recorrió la turba.

    Innumerables brazos se extendieron sobre el mostrador, y aferraron a Mork por los hombros, los cabellos y los brazos, y con un esfuerzo comunitario alzaron al dom casi inconsciente, lo arrastraron sobre el mostrador y lo arrojaron al suelo.

    Mork estaba ya casi sin fuerzas, y no pudo resistirse; además, ningún dominante era capaz de someter la voluntad comunitaria de más de cuarenta helder plenamente conscientes, y movidos por una cólera justiciera.

    — ¡Llegará el día en que todos ustedes se someterán al Zind y a nuestras órdenes, bestias estúpidas! —consiguió gritar el dom, mientras intentaba ponerse de pie.

    Inmediatamente media docena de pies calzados con sólidas botas alcanzaron al infeliz en el tórax, y lo dejaron sin aliento. Otro puntapié, esta vez en la cabeza, desmayó al dom. Cuando cayó inerte, se elevó un gran rugido, y el cuerpo desapareció en una selva de pies, puños y garrotes improvisados.

    En pocos instantes Mork no fue más que una pila sanguinolenta de huesos aplastados sobre el suelo embaldosado de la fortaleza aduanera.

    Feric volvió su atención a los tres helder que permanecían de pie, silenciosos, detrás del mostrador. Las expresiones desconcertadas se convirtieron lentamente en máscaras de horror.

    El oficial más joven fue el primero en recuperar cabalmente el sentido.

    —Siento que acabo de salir de un sueño muy largo y horrible —murmuró—. De nuevo me siento un hombre. ¿Qué ocurrió?
    — ¡Ocurrió un dominante, Rupp! —dijo el viejo soldado. Extendió el brazo sobre el mostrador y tomó firmemente del hombro a Feric—. ¡Tenía razón, verdadero hombre Jaggar! —exclamó—. Ahora que esta sucia alimaña ha muerto y que se ha quebrado él sistema de dominio, comprendo que la llegada de Mork socavó nuestra condición de hombres verdaderos. ¡Ha salvado usted nuestra virilidad!
    —No me lo agradezca a mí, sirio a la causa sagrada de la pureza genética —replicó Feric. Se volvió a enfrentar a la tropa de ciudadanos—. ¡Que esto sea una lección para todos! —declaró—. Ya ven cuan fácilmente un sistema de dominio había atrapado a un grupo de guardias aduaneros. Los dominantes están en ninguna parte y en todas partes, rara vez se los ve o se los siente, y quien caiga en su red difícilmente podrá liberarse. Pero cuando vean que alguien actúa como si estuviese atrapado en los tentáculos de un dominante, ustedes mismos pueden liberarlo con facilidad, como si le retorcieran el pescuezo a un pollo flaco. ¡Todos somos defensores de nuestros hermanos raciales! Que esta pequeña victoria encienda una llama en nuestros corazones. ¡Muerte a los dominantes! ¡Viva Heldon! ¡Que ningún hombre verdadero descanse hasta que el último dom sea un puñado de polvo y la última pulgada de suelo habitable esté sometida al dominio férreo de los verdaderos hombres! ¡Ahoguemos en un mar de sangre a los dominantes y a los mestizos!

    Hubo una clamorosa ovación; las tropas aduaneras e incluso los candidatos a la ciudadanía se unieron al grupo de ciudadanos en un acto de celebración fervorosa. Feric sintió que unas manos robustas lo alzaban en el aire, y antes que supiera muy bien qué ocurría se vio instalado sobre los hombros de los alegres individuos. Siempre vivando y gritando, los buenos helder lo sacaron en triunfo de la fortaleza aduanera, y salieron al puente.

    De ese modo, Feric Jaggar hizo su segunda y verdadera entrada en Heldon; no como anónimo solicitante de un certificado, sino como un héroe triunfante llevado en hombros por un grupo de adeptos.


    3


    Después que los compañeros de aventura de esa tarde hubieron celebrado la victoria, y cuando ya todos se habían ido, Bogel le sugirió a Feric que fueran a la «Posada del Valle Boscoso». Además de un salón público similar al de «El nido del águila», el establecimiento contaba con tres salones más pequeños y más íntimos. Un camarero ataviado con el uniforme forestal verde, adornado con un cordoncillo de cuero pardo, los llevó a una habitación de paneles de roble y cielo raso bajo y abovedado de ladrillo desnudo. No había otra fuente de luz que los globos eléctricos sobre las mesas individuales, que simulaban antorchas. Las mesas mismas eran losas de granito gris separadas unas de otras por los altos respaldos de los bancos tapizados, que se enfrentaban entre las mesas, y dividían eficazmente el salón en una serie de gabinetes. Aquí podían conversar sin ser molestados.

    Bogel pidió una botella de vino blanco y platos de salchichas y repollo rojo. Feric no rechazó la comida; en ciertas ocasiones consideraba que se había ganado el derecho de comer carne, y ésta era ciertamente una de ellas.

    —Y bien, Feric Jaggar —dijo Bogel cuando desapareció el camarero—, ¿quién es usted, exactamente, qué se propone en la vida y adónde va en este momento?

    Feric le habló del linaje de la familia, y de la historia de su vida, la que apenas daba motivo para un relato demasiado largo o complejo. Luego que sirvieron la comida informó a Bogel que había pensado ir a Walder. Pero después de los últimos acontecimientos, comprendía que el propósito de su vida era ahora un tema de vastedad casi cósmica, como si hubiese despertado de una larga somnolencia. Por primera vez había sentido la grandeza cabal de su propio ser, el poder intrínseco en una voluntad enérgica. La misión que se había propuesto en la vida siempre había sido clara: servir del modo más eficaz posible a la causa de Heldon, la pureza genética y la verdadera humanidad; y había estado preguntándose cómo podría promover eficazmente esta causa sagrada. Ahora, le interesaba saber cómo lograría que el triunfo final de Heldon y la verdadera humanidad se confundieran con su propio destino personal. Era un problema de sobrecogedora vastedad y complejidad, pero en su fuero interno Feric tenía la íntima certidumbre de que el destino lo había elegido para ejecutar esta hazaña de heroísmo supremo.

    Procuró explicárselo a Bogel, mientras el vivaz hombrecillo asentía y sonreía con aire de conocedor, como si las palabras de Feric viniesen simplemente a confirmar una convicción que él ya se había formado.

    —También yo siento esta aureola del destino alrededor de usted —dijo Bogel—. Y la siento con tanta mayor claridad cuanto que es una condición que sin duda me falta. Servimos a la misma noble causa con el mismo fervor patriótico, y creo estar a la altura de usted en la esfera intelectual. Más aún, he organizado un pequeño grupo de adeptos que me consideran el jefe. Sin embargo, después de oírlo hablar y de ver cómo las palabras de usted agitan a la gente y la impulsan a actuar, considero ridículo que el Partido del Renacimiento Humano tenga por secretario general a alguien que no sea usted. Yo puedo planear, teorizar y organizar; pero, mi buen Feric, el destino no me ha señalado como a usted. Tengo capacidad para dirigir, pero usted tiene el poder de inspirar.

    Feric meditó en las palabras de Bogel, quizá con una profundidad que el individuo no había esperado. Bogel era inteligente, pero tenía un defecto: se creía aún más inteligente. El verdadero sentido de sus palabras era claro: pretendía que Feric dirigiese, mientras él gobernaba entre bambalinas. Pero había interpretado mal una de las grandes lecciones de la historia. Un hombre puede gobernar sin ser un auténtico jefe, pero un jefe auténtico no teme ser dominado por un individuo de menor categoría. Feric comprendió pues que Bogel siempre sería su servidor, y no a la inversa; así el hombrecillo siempre le sería útil, e incluso en medio de la trampa evidente que el otro estaba tendiéndole se sintió cómodo.

    —Seph Bogel, ¿está ofreciéndome la dirección del Partido? —dijo Feric con cierta incredulidad calculada—. ¿Cuándo apenas esta tarde nos conocimos en la taberna? Si es así, no confío demasiado en esa gente que yo tendría que dirigir.

    Bogel se echó a reír y bebió un sorbo de vino.

    —A decir verdad, el escepticismo de usted se justifica —reconoció—. El Partido del Renacimiento Humano tiene a lo sumo una nómina de trescientos afiliados.
    — ¡Y usted me pide que dirija eso! A menos, por supuesto, que los afiliados representen a la elite de la nación.
    —Francamente —dijo Bogel—, los miembros del Partido son en general trabajadores, agricultores y artesanos, y unos pocos militares y oficiales de policía.
    — ¡Insultante! —declaró Feric, realmente desconcertado ante la sinceridad de Bogel. El hombre le pedía que dirigiese el Partido, y luego prácticamente reconocía que todo el asunto era sólo una farsa.

    Pero de pronto la expresión de Bogel fue de profunda sinceridad.

    —Veamos la situación real. Hoy, Heldon está en manos de hombres para quienes la Gran Guerra es un oscuro recuerdo, y que están dispuestos a traicionar nuestra pureza genética con el fin de satisfacer los deseos de vida cómoda e indolente de un lumpemproletariado perezoso; para ellos las fronteras de Heldon no son más que líneas en un mapa político, y no la trinchera en una guerra santa genética. La mayoría del pueblo dormita arrullado por estos errores; el idealismo fanático que construyó nuestra gran ciudadela de pureza genética en siglos de férrea decisión y lucha heroica está convirtiéndose en un endeble individualismo. Más aún, los llamados elementos superiores de la sociedad no parecen advertir el peligro. Sólo un puñado de hombres, muchos de ellos seres sencillos que reaccionan movidos por el más profundo instinto racial, entienden la realidad de la situación. Cuando ve todo eso, ¿no le hierve la sangre?

    El rostro de Bogel resplandecía de pasión, y la luz de la antorcha sintética se lo transformaba en una máscara de cólera justiciera que arrancaba chispas al alma de Feric.

    — ¡Así es! —exclamó Feric—. Pero no veo la relación con el destino de su pequeño partido.
    —Considere mi caso —dijo Bogel con mal disimulada amargura—. Veo el peligro mortal que amenaza a Heldon, y por lo tanto decido consagrar mi vida al cumplimiento del deber racial. Pero al mismo tiempo sólo consigo organizar un minúsculo partido que a lo sumo tiene trescientos miembros. Ante eso, ¿no le hierve la sangre?

    Feric estaba profundamente conmovido; no se había equivocado acerca de las ambiciones personales de Bogel, pero había subestimado la intensidad del idealismo de ese hombre. La ambición personal y el idealismo fanático, puestos al servicio de una causa justa, eran aliados poderosos. En efecto, Bogel sería un servidor magnífico. —Comprendo su punto de vista —dijo sencillamente Feric.

    — ¡Unidos podemos dirigir el curso de la historia! —exclamó apasionadamente Bogel—. Los dos comprendemos el peligro, ambos afirmamos que Heldon ha de ser gobernada por hombres de convicción férrea, absolutamente implacables, que sepan cómo sería posible aniquilar a los dominantes y someter a los cuasi hombres, y que estén dispuestos a hacerlo. He creado el núcleo de una organización nacional, y ahora se la ofrezco. ¿Aceptará? Feric Jaggar, ¿conducirá a Heldon a la victoria final?

    Feric no pudo dejar de sonreír levemente ante el estilo grandilocuente de Bogel. El hombre hablaba como si le estuviera ofreciendo el Cetro Imperial, el Gran Bastón de Mando de Held, perdido hacía mucho tiempo, y no la dirección de un minúsculo partido. Más aún, no podía dejar de sentir que Bogel estaba representando la escena un poco para impresionarlo. De todos modos, y en el plano más elevado de la cuestión, Bogel era perfectamente sincero, y un hombre auténtico no podía dejar de responder a la llamada. Por otra parte, los pequeños comienzos podían desencadenar acontecimientos extraordinarios. Había llegado a Heldon solo y sin amigos; llegaría a Walder como jefe de un pequeño grupo de simpatizantes. Sin duda, el destino había puesto en su camino esa oportunidad, como indicio de la misión que le tocaba cumplir; y tenía que aceptar el reto del destino.

    —Muy bien —replicó—. Acepto. Mañana tomaremos juntos el vehículo de vapor que va a Walder.

    Bogel sonrió satisfecho; parecía tan contento como un niñito con un juguete nuevo.

    — ¡Maravilloso! —exclamó—. Antes de retirarnos enviaré un cablegrama a la central del Partido, para que se preparen a recibirlo. Es el comienzo de una nueva era para Heldon y el mundo. Lo siento en lo más profundo de mí ser.

    Cuando Feric y Bogel subieron al vehículo de vapor que los llevaría a Walder, en Ulmgarn era una maravillosa mañana, de cielo límpido y azul; Feric se sentía renovado y lleno de vigor. Más aún, en contraste con el viaje más breve de Gormond a Pormi, los dos días del trayecto hasta Walder prometían ser una experiencia sumamente grata. El vehículo borgraviano había sido un cacharro viejo y ruinoso, que por dentro parecía un instrumento de tortura mientras avanzaba a los tumbos por el borroso camino, sobre ruedas que ni siquiera parecían redondas. Había compartido ese desagradable artefacto con un hediondo rebaño de mutantes e híbridos de baja ralea. En cambio, el Céfiro Esmeralda era una máquina nueva y reluciente, y los modernos neumáticos se deslizaban suavemente sobre la legendaria perfección de los caminos helder.

    El exterior de la cabina estaba pintado de un impecable verde esmeralda, cruzado por discretas rayas pardas, y el metal de la caldera y la cabina de control centelleaban a la luz. Dentro, el compartimiento estaba revestido de planchas de pino, los vidrios de las ventanillas no tenían una sola mancha, y los cincuenta asientos estaban tapizados con terciopelo rojo y rellenos de suave plumón, y casi todos los pasajeros tenían un magnífico aspecto. Este notable vehículo de vapor era un conmovedor tributo a la artesanía y la tecnología helder. Además, gran parte del camino a Walder corría entre las cañadas serpenteantes y los bosquecillos de la Selva Esmeralda, una región famosa por la belleza del paisaje. Finalmente, no viajaría solo, en medio de una turba de mestizos, sino con su nuevo protegido Seph Bogel, y en compañía de ciudadanos helder. ¡En efecto, prometía ser un viaje muy agradable!

    Feric y Bogel ocuparon asientos cerca del centro del compartimiento, a igual distancia del ruido de la máquina de vapor y de los rebotes exagerados de la parte trasera; eran los asientos preferidos por los viajeros veteranos, le aseguró Bogel. El hombrecillo insistió amablemente en que el nuevo líder ocupase el asiento de la ventanilla.

    Una vez que subieron todos los pasajeros, una azafata de uniforme verde y pardo salió del pequeño compartimiento detrás de la cabina del conductor; se presentó diciendo que era la verdadera mujer Garth, y repartió unos almohadones.

    Se cerró la puerta del compartimiento, el vapor siseó, y se aflojaron los frenos; luego el motor emitió un latido regular, grave y potente, y en general agradable, y el vehículo salió lentamente del patio de la estación.

    La máquina cobró velocidad a medida que recorría las calles de Ulmgarn, y cuando llegó al límite de la ciudad y al camino abierto, ya estaba desplazándose a más de cincuenta kilómetros por hora, y continuaba acelerando. En Borgravia nada se movía a esa velocidad, y Feric se sintió profundamente regocijado por la sensación física del movimiento. El coche no dejó de acelerar hasta que casi alcanzó los ochenta kilómetros por hora al descender un largo tramo recto de camino que pasaba entre campos verdes pulcramente cultivados, acercándose a los límites de la Selva Esmeralda, cada vez más próxima, como una pared de verdor boscoso.

    —¡Mire eso! —exclamó de pronto Bogel, interrumpiendo la ensoñación de Feric. Feric se volvió y vio que Bogel señalaba por la ventanilla trasera del compartimiento algo que se acercaba con increíble velocidad.
    —¡Un automóvil de gasolina! —exclamó Bogel—. ¡Apuesto a que no vio nada parecido en Borgravia!

    Feric estaba al tanto de la existencia de esa maravilla, pero nunca había visto una. A diferencia de las máquinas de vapor, que quemaban madera, el coche de gasolina funcionaba impulsado por lo que se llamaba un motor de combustión interna, y estaba alimentado por petróleo. Este líquido oscuro se traía en convoyes de buques armados y protegidos, desde los países salvajes que estaban mucho más al sur; o había que comprarlo a los repulsivos habitantes de Zind. En ambos casos, los gastos eran enormes. El nuevo vehículo podía desarrollar velocidades increíbles, cerca de ciento sesenta kilómetros por hora, pero consumía un combustible muy raro y costoso. En Borgravia esos motores se usaban únicamente en la flota nacional de media docena de aviones, o en los vehículos de los funcionarios más importantes. Feric había oído decir que los automóviles de gasolina abundaban más en la civilización superior de Heldon, pero se consideró afortunado por haber podido ver uno de ellos prácticamente al comienzo del viaje.

    Pocos instantes después el coche de gasolina había alcanzado al vehículo de vapor, y se movió a un costado para pasar adelante. Durante unos segundos Feric pudo ver claramente el vehículo, y comprobó que era un artefacto cuatro veces menos largo que el coche de vapor, con un tercio de altura y la mitad del ancho; adelante había un motor cubierto, luego una cabina abierta y en ella el conductor ataviado con el uniforme oficial gris y negro; por último una pequeña cabina cerrada en la que podían viajar a lo sumo seis pasajeros. Todo estaba brillantemente esmaltado de rojo con rayas negras, y era un espectáculo de veras notable mientras se adelantaba fácilmente al vehículo de vapor, tocaba la bocina, y luego aceleraba con un suave ronroneo y desaparecía donde el camino entraba en la Selva Esmeralda.

    —Un día viajaremos en uno de esos coches —Feric dijo a Bogel—. ¡Así tiene que viajar un jefe! En realidad, así tendría que viajar la minoría selecta... ¡Rápidamente, y con elegancia!
    —El petróleo es monstruosamente caro —señaló Bogel de mala gana—. En la situación actual, el gasto anual de este vehículo arruinaría la caja del Partido.
    —No sería así si controlásemos los yacimientos petrolíferos del sudoeste de Zind —murmuró Feric.
    —¿Qué?

    Feric sonrió.

    —Bogel, estoy pensando en el futuro —dijo—. Un futuro en que toda Heldon esté unida por excelentes caminos, e incluso los helder de medios modestos puedan tener automóviles de gasolina; un futuro en que los grandes yacimientos del sudoeste de Zind sean nuestro depósito privado de petróleo.

    Bogel emitió una risita.

    —¡Feric Jaggar, le gusta soñar sueños heroicos!

    A lo cual Feric replicó:

    —La Nueva Era será más heroica que todo cuanto yo pueda soñar ahora. Hemos de convertirnos en una raza de auténticos héroes. Y cuando lo logremos, viviremos como corresponde.

    Poco después, el vehículo de vapor entró en la Selva Esmeralda. Aquí, el camino corría por la orilla derecha de un río de aguas rápidas y límpidas, y serpeaba abriéndose paso entre los frondosos bosquecillos de las tierras bajas. El conductor se vio obligado a reducir la velocidad a unos cincuenta kilómetros por hora, sobre todo en las curvas más cerradas. Ese ritmo más mesurado permitió que Feric contemplase sin apremios la famosa selva primitiva.

    Los árboles mismos tenían considerable edad, y los troncos de áspera corteza habían adquirido con el tiempo unas extrañas formas de gárgola, y estaban coronados por un denso follaje verde oscuro. Distribuidos regularmente, casi a intervalos fijos, permitían que los hombres pudiesen caminar con relativa comodidad entre los bosquecillos, al mismo tiempo que se protegían del sol a la sombra densa y profunda de las ramas. El seto estaba formado principalmente por helechos, arbustos bajos y parches de pasto, así como setas y otros hongos. Nada había de la apiñada profusión y el cáncer purpúreo de la maraña mutada obscenamente que colmaba los fragmentos dispersos de la jungla borgraviana irradiada, lugares que eran como pozos negros sucios e impenetrables, donde pululaban bestias cuya imagen misma bastaba para revolverle el estómago a un hombre fuerte.

    Los árboles de la Selva Esmeralda eran genotípicamente puros; no se sabía muy bien por qué este bosque había sobrevivido a la Época del Fuego prácticamente intacto, en un suelo incontaminado. Se desconocía la edad de la selva; era mucho más antigua que la propia Heldon, y podía suponerse que ya existía incluso antes de la aparición del genotipo humano verdadero.

    Los cuentos de vieja sostenían que la raza humana había nacido precisamente aquí.

    Podía ser mera superstición, pero en todo caso se decía que aquí, en la Selva Esmeralda, unos pequeños grupos de hombres verdaderos se hablan refugiado después del Fuego, y habían matado a los mutantes que cometían la torpeza de internarse en la selva. Finalmente, Stal Held los había unificado en el Reino de Heldon. Generación tras generación, los helder se habían extendido lentamente fuera de la selva, eliminando la mutación de las tierras bajas circundantes, hasta que Heldon alcanzó fronteras similares a las que tenía en los tiempos modernos. Éste era también el lugar a donde Sigmark IV, el último de los helder, había huido durante la Guerra Civil, refugiándose como impulsado por el instinto en la patria ancestral, donde según afirmaba la leyenda había escondido el Gran Bastón de Mando de Held, en previsión del día en que un espécimen puro del linaje real pudiese esgrimir de nuevo el arma legendaria y reclamar el trono. Sigmark IV, su corte y el linaje real habían desaparecido luego en las brumas de la historia.

    Sí, la Selva Esmeralda abundaba en leyendas que se remontaban a un período anterior al Fuego, y que ocupaban un lugar especial en la historia y el alma de Heldon. Feric se sentía dominado por una emoción sobrecogedora. Alrededor la gloria del pasado se le manifestaba en aquellas leyendas, en la historia gloriosa y a veces sombría que se había desplegado allí, y en la existencia misma de la selva: una isla boscosa que había soportado el Fuego sin contaminarse, y que se había extendido a lo largo de los siglos en lo que ahora se llamaba Heldon; una Selva que era la promesa viviente de que un día las fuerzas de la pureza genética dominarían otra vez el mundo.

    —Maravillosa, ¿verdad? —murmuró Bogel.

    Feric sólo pudo asentir en silencio, mientras el vehículo de vapor continuaba internándose en las profundidades de la selva señorial.

    Poco después que el sol pasara sobre el cenit, la azafata sirvió una comida de pan negro, salchichas frías y cerveza. Ahora, el vehículo se había internado en la selva; el camino avanzaba entre colinas bajas, onduladas, cubiertas de densos bosques, en los que podían verse conejos y a veces venados, mientras los pasajeros comían. Feric miraba de tanto en tanto a sus compañeros de viaje, si bien hasta ese momento no había cambiado con ellos una sola palabra. Al parecer, no era costumbre en los vehículos de vapor helder que los extraños se molestaran unos a otros; un grato contraste después del escándalo estridente y sórdido de los transportes borgravianos.

    Los helder que viajaban en el vehículo parecían un grupo típico, y en general robusto de hombres verdaderos. Había una sólida familia campesina con ropas domingueras: alegres prendas de color blanco, rojo, amarillo y azul, sencillas pero absolutamente inmaculadas. Varios comerciantes llevaban atuendos más lujosos aunque también más solemnes, y según parecía dos de ellos viajaban con las respectivas esposas. Además, toda suerte de hombres y mujeres de aspecto respetable, cuya actividad no podía adivinarse. En general, un grupo civilizado y de aspecto culto, una muestra nada excepcional del pueblo de Heldon, y en cierto modo un tributo a la nobleza genética de la población en general.

    Todos parecían obtener algún solaz espiritual del paisaje sumido en sombras profundas que el vehículo atravesaba; hablaban con voces apagadas, incluso solemnes, y las miradas no se apartaban mucho tiempo del paisaje magnífico que podía verse por las ventanillas del coche. La presencia abrumadora de tanta vida primitiva sin contaminar, la historia gloriosa de la Selva, producía lo que bien podía denominarse una atmósfera mística. Sólo un mutante de la especie más baja o un dominante sin alma podían ser inmunes a la magia del lugar.

    —Bogel, siento la fuerza poderosa que emana de estos bosques —dijo serenamente Feric—. Aquí me siento orgánicamente unido a la gloria de nuestra historia racial. Casi puedo oír la voz de mis genes cantando las sagas del pasado.
    —Son bosques extraños —acordó Bogel—. Y todavía hoy los habita gente extraña... grupos de cazadores nómades, recolectores de hongos silvestres y hierbas de la selva, a veces bandidos. Si puede creerse lo que se cuenta, incluso practicantes de la magia negra anterior al Fuego.

    Feric sonrió.

    —Entonces, Bogel, ¿teme usted a los brujos y a los gnomos de la Selva? —bromeó.
    —Esas historias supersticiosas no me impresionan —replicó Bogel—. Sin embargo, he sabido que algunos antiguos sobrevivieron en esos bosques, por lo: menos el tiempo necesario para tallar el Gran Bastón de Mando de Held, destinado a Stal Held, quien vivió muchas generaciones después del Fuego. Reconozco que la idea de que en esos bosques algunos descendientes de Stal Held pueden estar conspirando para recuperar el Fuego me da escalofríos, si bien sé perfectamente que los brujos no existen.

    Ante estas palabras, Feric guardó silencio. Nadie deseaba imaginar siquiera el retorno del Fuego. De esos breves días de holocausto, varios siglos antes, provenía la mayor parte de los males que aún agobiaban al mundo: la contaminación genética de la raza humana; los dilatados desiertos radiactivos que cubrían regiones considerables del globo, la existencia de los fétidos dominantes. El viejo mundo había perecido en la Época del Fuego; el nuevo, que había nacido entonces, era una amortiguada y pálida imitación de la gloria de los antiguos. Los hombres auténticos maldecirían la Época del Fuego mientras sobreviviese la raza.

    Pero un día, y durante la vida del propio Feric, los verdaderos hombres comenzarían a avanzar inexorablemente por el camino luminoso que llevaba a una nueva Edad de Oro; así se lo prometió Feric, en una suerte de solemne juramento, mientras el vehículo de vapor lo llevaba hacia el norte, atravesando los majestuosos bosquecillos de la Selva Esmeralda.

    Cuando el sol comenzó a ponerse, cayó sobré la selva una suerte de pesado manto de penumbras rojizas y alargadas sombras oscuras, de modo que los densos grupos de árboles retorcidos cobraban una apariencia ominosa y siniestra; mucho antes de ponerse el sol, la Selva Esmeralda ya tenía el aspecto de un bosque de noche. La mente poblaba el espacio con formas y temores nocturnos. Lo que no implicaba que la penumbra despojase de su belleza a la Selva; lejos de eso, realzaba la grandeza de los árboles, aunque ahora esta magia tenía matices más ásperos y sombríos.

    El vehículo de vapor atravesó el bosque, como un objeto aislado en el espacio y el tiempo; sólo parecía real la vastedad feérica en la que se deslizaba como una criatura arrancada de su medio natural.

    Pero cuando el vehículo tomó lentamente una curva muy cerrada del camino, ese espíritu de desprendimiento místico se vio brusca y ásperamente conmovido. Allí, al borde del camino, estaba el automóvil rojo que tan gloriosamente había dejado atrás al vehículo de vapor unas horas antes; estaba volcado, y parecía un enorme escarabajo muerto; tenía los neumáticos desgarrados, el cuerpo metálico deforme, rasgado, y atravesado por agujeros de bala. No se veían cuerpos, vivos o muertos.

    Un murmullo de voces llenó el compartimiento del vehículo de vapor cuando el conductor lo detuvo al lado del coche volcado, con un fuerte chistido de los frenos. Siguió un silencio incómodo, cuando todos comprendieron que entre los restos no había seres vivos.

    —Sin duda, obra de bandidos —dijo Bogel—. No es un caso tan raro en esta zona.
    —¿Cree que hay peligro de que nos ataquen? —inquirió Feric. No sentía el más mínimo temor, sólo una extraña excitación que no alcanzaba a comprender.
    —Es difícil decirlo —replicó Bogel—. Una cosa es emboscar a un pequeño automóvil de gasolina y otra muy distinta detener un vehículo de vapor de este tamaño. Sólo los Vengadores Negros montados en motocicletas podrían hacerlo, y por lo que me han dicho el principal objetivo de estos hombres es el petróleo. Por lo tanto, es improbable que nos ataquen.

    El conductor del vehículo de vapor no se creyó obligado a abrir la portezuela, o a descender de la cabina; quien había atacado al coche de gasolina bien podía estar acechando en la vecindad. Luego de inspeccionar unos minutos los restos desde la seguridad de su propio coche, y convencido de que no quedaban sobrevivientes, aflojó los frenos, soltó el vapor y el vehículo se puso en marcha. En el compartimiento había una atmósfera de aprensión y firmeza decidida, como cumplía a un grupo de sólidos helder.

    El vehículo de vapor continuó avanzando pacíficamente durante la media hora siguiente, y el humor de los pasajeros mejoró un poco, a medida que pasaban los minutos sin que ocurriese nada. Más adelante, el camino atravesaba un cañón entre dos colinas; otrora había sido el lecho de un río, y ahora formaba una suerte de colina natural, que volvía a internarse en las profundidades de la selva.

    Cuando el vehículo estaba dejando atrás ese cañón en miniatura, un tintineo extraño se impuso de pronto al zumbido de la máquina de vapor: una serie de explosiones agudas y sucesivas, que resonaron en la noche como una manada de gigantescos pumas metálicos que se acercaban a la presa, y se fundieron en un rugido único y ensordecedor, que pareció conmover todas las moléculas materiales de la vecindad.

    De pronto, una horda de fantásticas máquinas salió aullando de los bosques, a increíble velocidad, arrojando tierra y piedras al aire en una nube espantosa, y adelantando como un heraldo el estrépito terrible. Cada máquina consistía en dos grandes ruedas unidas por una estructura de tubos de acero; la rueda trasera impulsada por una cadena de transmisión desde un ululante motor de gasolina cromado, dispuesto directamente entre las piernas del conductor; la rueda delantera sostenida por una horqueta giratoria de dirección, controlada por un adornado manubrio bifurcado, de grandes mangos. Había más de dos veintenas de motocicletas, y cada una estaba adornada con festones y aplicaciones, de acuerdo con el gusto del propietario; brillantes esmaltados rojos, negros o blancos; resplandecientes parabrisas cromados, enrejados barrocos; enormes asientos tapizados de cuero o terciopelo; detrás, grandes canastos embellecidos con motivos extravagantes; colas de reluciente metal que sugerían toda clase de peces y aves. Un espectáculo increíble de potencia, metal, audacia, extravagancia, movimiento y color, en el que la noble insignia de la esvástica predominaba como un emblema unificador.

    Esta brillante manada de máquinas relucientes se volcó sobre el camino y avanzó en persecución del vehículo de vapor, en un poderoso despliegue de energía sin esfuerzo. Casi inmediatamente los motociclistas alcanzaron al coche, rodeándolo por delante, por detrás y los costados, y Feric vio qué tipo de hombres montaban esos heroicos corceles de metal.

    ¡En verdad, eran hombres que armonizaban con las máquinas! Sujetos altos y robustos que lucían llamativas prendas de cuero negro y pardo, y flameantes capas de muchos colores bordadas con esvásticas, calaveras, relámpagos metálicos y otros diseños viriles que ondeaban tras ellos como orgullosos estandartes. Las ropas estaban profusamente tachonadas de piezas metálicas: cadenas, placas, medallones. Llevaban anchos cinturones tachonados con clavos de adorno, y de ellos colgaban dagas y pistolas y cuerdas formidables. Unos pocos usaban casco de acero cromado o esmaltado, pero la mayoría dejaba flotar en la brisa los cabellos rubios.

    —¡Los Vengadores Negros! —exclamó Bogel.
    —¡Magnífico! —exclamó Feric.

    Feric no podía dejar de sentir el miedo de los pasajeros en el compartimiento del vehículo; Bogel estaba pálido y nervioso. Reconoció que la apariencia de esos seres era en verdad inquietante; de todos modos, había algo en el espíritu y el arrojo de los motociclistas, en el viril vigor del espectáculo que lo conmovía de veras. ¡Sin duda bárbaros, pero qué bárbaros maravillosos!

    Cuando rodearon totalmente el vehículo, varios de los Vengadores Negros desenfundaron unas pistolas y dispararon tiros de advertencia al aire; el ruido poderoso de tantas máquinas sofocó los estampidos de las armas. De todos modos, el sentido de la advertencia fue bastante claro para el conductor del coche de pasajeros; clavó los frenos, dejó escapar un chorro de vapor, y detuvo el vehículo al costado del camino. Inmediatamente los motociclistas formaron un círculo alrededor, y mientras el grupo principal de los Vengadores permanecía montado en las máquinas ociosas, que continuaban ladrando y rugiendo como una manada de furiosos sabuesos de metal, una docena de individuos desmontó, inmovilizó las motocicletas, y se dirigió a la puerta del compartimiento, con pistolas y porras en las manos.

    Casi inmediatamente se oyeron grandes golpes sobre la portezuela, y una voz áspera y profunda rugió:

    —¡Abran a los Vengadores, o destrozaremos con las manos desnudas esta lata de sardinas, y los comeremos vivos a todos!

    Los pasajeros que estaban más cerca de la puerta saltaron de los asientos y trataron de apiñarse en el fondo del compartimiento, mientras la azafata temblorosa abría la puerta; una actitud cobarde, pensó Feric, que mal podía conquistar la admiración de hombres de ese calibre.

    En el compartimiento irrumpió un individuo enorme, de la misma altura de Feric, pero de musculatura más maciza. Vestía un chaquetón negro sin mangas que mostraba claramente las serpientes tatuadas en los brazos y el comienzo del tronco. Del cuello le colgaba una cadena de plata, y de ésta un cráneo de cromo, casi de tamaño natural. Tenía una pistola enfundada en el cinto, asegurado por una enorme hebilla de acero adornada con una esvástica de color rojo sangre, y en la mano sostenía una larga barra de acero cromado, rematada por un cráneo reluciente. El cabello rubio que le llegaba al hombro y la barba rubia abundante le caían en guedejas desordenadas. Del lóbulo de la oreja derecha pendía un pesado anillo de oro. Tenía la mirada sincera, franca, y ojos claros, azules. Arrastraba un manto negro, con dos relámpagos rojos bordados.

    Con áspero buen humor, el individuo pellizcó el trasero de la azafata y luego la besó en la boca mientras diez de sus camaradas irrumpían tras él en el compartimiento del vehículo. El aspecto general de estos sujetos era similar al del primero: individuos corpulentos y vigorosos, de cabellos desordenados, y barbas o bigotes floridos, que hubieran requerido algunos recortes, vestidos de un modo extravagante con amplias prendas de cuero, adornadas con toda suerte de brillantes piezas metálicas, emblemas, colgantes y medallones. Blandían pistolas, garrotes, barras o diferentes combinaciones de armas, de acuerdo con el gusto de cada uno. Muchos estaban tatuados, y eran comunes los aros de oro, plata, cromo y acero inoxidable. Todos necesitaban urgentemente un baño, pues estaban cubiertos por una capa sucia y espesa de sudor y de polvo del camino.

    Cuando terminó de saludar bárbaramente a la azafata, el enorme Vengador volvió una expresión agria hacia los pasajeros que se agrupaban temerosos al fondo del vehículo.

    —Una roñosa pandilla de fabricantes de calzoncillos y vendedores de estiércol, ¿eh, Stopa? —observó un Vengador de cara afeitada, cabellos largos ligeramente castaños, y un anillo de plata en la oreja derecha—. Buenos candidatos para convertirlos en pasta de mutantes.
    —Ya arreglaremos eso, Karm —dijo el enorme sujeto—. Eso sí, recuerda quien manda aquí. Cuando quiera tu opinión, te la pediré.

    Karm guardó un hosco silencio, mientras los demás reían. Era evidente: aunque en bruto, este Stopa tenía los instintos propios de un jefe de hombres.

    —Muy bien, insectos —dijo Stopa a los pasajeros—, por si últimamente no salieron de sus madrigueras, les diré que soy Stag Stopa, y que aquí están los Vengadores Negros; y si ignoran lo que eso significa, pronto tendrán la oportunidad de descubrirlo. Nos gusta viajar en nuestras motos y emborracharnos y putañear y una buena pelea y despachurrar mutantes y soplones, y pocas cosas más. No nos gustan los insolentes, los mutantes, la policía o los dominantes. Si alguien no nos agrada le rompemos la cabeza; nuestra vida es así de sencilla y honesta.

    El discurso de Stopa fue tan grato para Feric como podría haberlo sido el de un niño que simplemente necesita un padre severo y más sabio que encauce unos saludables instintos animales. ¡Qué espléndida figura tenían estos Vengadores, comparados con los habitantes de la ciudad que se apiñaban al fondo del compartimiento!

    —Lo que quiero que entiendan ustedes, insectos —continuó Stopa—, es que a nuestro modo somos idealistas y patriotas. Cuando creemos que un gusano es un mutante hediondo, lo matamos en el acto. De este modo limpiamos los bosques de mucha basura genética. Hacemos un favor a todos. Y puesto que hacemos favores a todos, pensamos que también tenemos derecho a pedir en cambio algunos favores. De modo que para empezar, vacíen todos los bolsillos y entreguen las carteras y los bolsos.

    Un sonoro gemido de desaliento y cólera brotó de los pasajeros, pero cuando Stopa y algunos de sus hombres dieron unos pasos hacia ellos, una lluvia de carteras, bolsos y objetos de valor cayó sobre el piso del compartimiento. Incluso Bogel echó mano a su cartera, y sin duda la habría entregado si Feric, con un ademán y la mirada fría, no se lo hubiera impedido. ¡Qué poco tenían que ver con los hombres verdaderos estos cobardes y poltrones! ¡Desde el punto de vista racial cualquiera de aquellos bárbaros valía por diez de los otros!

    Mientras sus hombres comenzaban a recoger el botín, Stopa se acercó a los asientos donde Feric y Bogel permanecían visiblemente aislados e inmóviles. Miró airadamente a Bogel, blandió la porra y rezongó:

    —¿Dónde están sus objetos de valor, gusanito? Por lo que veo, usted bien podría ser un mutante, quizá incluso un dominante. Acostumbramos arrancar los brazos y las piernas de los dominantes, antes de asarlos vivos.

    Bogel palideció como una hoja y no se movió, pero Feric habló en voz alta y audaz:

    —Este hombre está bajo mi protección. Además, le doy mi palabra de honor de que tiene un linaje inmaculado.
    —Y usted, ¿quién se cree que es? —rugió Stopa, inclinando su gran torso por encima de Bogel, como para paralizar a Feric con una mirada de fiereza—. Abra de nuevo la boca, y se la llenaré con mi porra.

    Lenta y deliberadamente, sin dejar de mirar fijamente a Stopa, Feric se incorporó, de modo que las dos figuras enormes se enfrentaron de pie, los ojos enlazados en una lucha de voluntades sobre la cabeza de Bogel, que continuaba sentado. Durante un largo momento, los ojos azules de Stopa se clavaron en los de Feric, que emitía una mirada férrea y absolutamente decidida. Al fin la voluntad de Stopa se quebró, y el hombrón se sintió obligado a mirar a otro lado, procurando escapar a aquel irresistible ataque psíquico.

    En ese momento Feric dijo sencillamente:

    —Yo soy Feric Jaggar.

    Un tanto recobrado, Stopa preguntó:

    —¿Dónde están sus objetos de valor, verdadero hombre Jaggar?

    Pero ahora la voz del Vengador carecía de ese tono decidido de absoluta convicción.

    —Como usted puede ver, tengo la cartera y el bolso sujetos al cinturón —dijo Feric con voz neutra—. Y allí quedarán.
    —Ya le dije que hacemos un favor a todos —afirmó Stopa, levantando nuevamente la porra—. Si usted no quiere contribuir a la causa, ha de ser un mutante o un mestizo, y a ésos los matamos. De modo que será mejor que demuestre la pureza de usted entregando las cosas, o tendremos que prepararnos un guiso de mutante.
    —Ante todo, le diré que apruebo calurosamente sus sentimientos. Yo mismo ayer desembaracé al mundo de un dominante. Servimos a la misma noble causa. En usted veo a un hombre como yo, implacablemente decidido a proteger con el puño y el acero la pureza genética de Heldon.

    Pareció que en cierto modo las palabras de Feric irritaban a Stopa; estudió indeciso el rostro de Feric, como si allí estuviese escrito un esquivo sentido Final. Pero sus camaradas habían terminado de recoger los objetos de valor de los restantes pasajeros, y ahora se mostraban molestos e impacientes, un tanto hoscos.

    —¡Vamos, Stopa, rómpele la cara y salgamos de aquí!
    —¡Aplasta a ese cerdo charlatán!

    Ante lo cual Stopa viró en redondo, enfurecido, batiendo el aire con el pesado garrote.

    —¡El próximo de ustedes que abra la boca, llevará sus dientes a la madriguera en un saco!

    Incluso aquellos individuos ásperos y corpulentos retrocedieron ante la furia de Stopa.

    Stopa volvió los ojos a Feric, el rostro aún enrojecido, los ojos irritados de cólera.

    —Veamos —rugió—; usted, Jaggar, parece mejor que el resto de estos gusanos, más parecido a mí, así que en realidad no quisiera verme obligado a pulverizarlo. Pero nadie le gana una discusión a Stag Stopa, así que entréguenos sus cosas y nos iremos.

    Feric reflexionó un momento. Durante el diálogo se había dejado guiar por un impulso instintivo, sintiendo que esos Vengadores estaban vinculados de algún modo con su propio destino, y que le convenía presentarse ante ellos como un héroe de férrea voluntad. Pero ahora, parecía, tendría que combatir con todos, en cuyo caso lo matarían, o entregar su dinero y perder su modesta fortuna y el respeto que pudieran tenerle. Por su parte, Bogel estaba tan aterrorizado que no se atrevía a intervenir, ni siquiera con un consejo pusilánime. Finalmente, posando en Stopa una mirada despectiva, Feric optó por la máxima audacia.

    —Stopa, usted exhibe una magnífica apariencia física —dijo—. Nunca hubiera creído que era tan cobarde.

    El rostro de Stopa se tiñó de púrpura, apretó los dientes, y los músculos de los brazos se le abultaron en protuberancias nudosas.

    —No se atrevería a amenazarme así si no contase con la ayuda de sus hombres, y no esgrimiera ese garrote. No tengo armas —continuó Feric—. Sabe que en una lucha justa yo podría vencerlo. Un potente aullido animal brotó de los hombres de Stopa, y se convirtió en una risa burlona. Stopa se volvió y miró con hostilidad a los Vengadores, pero sin mucho efecto. Esa tropa estaba organizada como una manada de lobos; el líder dirigía solo mientras era capaz de derrotar a todos los nuevos. Ahora que lo habían desafiado, el poder de Stopa quedaba en suspenso hasta que el problema se resolviera. El propio Stopa comprendía bien la situación, al menos en un plano instintivo, pues cuando de nuevo volvió los ojos a Feric, tenía una expresión de astucia que desmentía el sonrojo de la cara.
    —¿Se atreve a desafiar a Stopa? —rugió con expresión beligerante—. Sólo un Vengador puede desafiar en plano de igualdad al Comandante. Jaggar, le doy tres posibilidades: entregué humildemente sus objetos de valor, como los demás gusanos; o lo destrozamos con nuestros garrotes; o se somete a los ritos de iniciación de un Vengador. Si sobrevive, arreglaremos el resto entre los dos.

    Feric sonrió ampliamente, pues eso era lo que quería.

    —Aceptaré esa iniciación, Stopa —dijo serenamente—. Este compartimiento me entumeció los músculos; creo que me vendrá bien un poco de ejercicio.

    Los Vengadores rugieron aprobando esta gallarda broma. Sin duda, estaban hechos de un material excelente, y sólo necesitaban una mano firme, un ejemplo deslumbrante y una meta bien definida para convertirse en animosa Tropa de Choque.

    —¡Entonces, venga con nosotros! —dijo Stopa, y le pareció a Feric que una admiración de viejo lobo atemperaba la cólera del hombre. No importaba para el caso que ambos intentaran destrozarse un instante después.
    —Mi amigo vendrá con nosotros —dijo Feric, indicando a Bogel—. No es un sujeto robusto, y el aire fresco le hará bien.

    De nuevo los Vengadores prorrumpieron en francas risotadas, y el propio Stopa no pudo menos que unirse al resto. En verdad, Bogel sólo deseaba encontrar un agujero y desaparecer.

    —¡Pues bien, traiga a su soldadito! —dijo Stopa—. Puede ir con Karm. Usted, Jaggar, viajará conmigo.

    Stopa y los Vengadores sacaron rudamente a Feric y Bogel al aire frío de la noche, donde esperaba el círculo rugiente de motocicletas.


    4


    Aunque las sombras profundas y la fresca brisa de la noche habían descendido sobre la Selva Esmeralda, la zona que se extendía inmediatamente alrededor del vehículo de vapor parecía un turbulento infierno de metal reluciente, de clamorosos aullidos y ladridos, y de ardientes y asfixiantes vapores de petróleo. Feric siguió a Stopa hacia la motocicleta, que esperaba silenciosa en medio de la horda de ruidosos corceles metálicos.

    La máquina de Stopa tenía un tamaño y un diseño apropiados a las proporciones del propietario. El motor parecía más grande que en las otras máquinas y las placas de cromo brillaban como espejos. Los manubrios eran también cromados, e imitaban los cuernos de un enorme macho cabrío; eran tan grandes, que cuando Stopa montaba la motocicleta sus puños se alzaban por encima de la cabeza, y los brazos se extendían majestuosamente en toda su longitud. El esmalte del portaequipajes era de color negro azabache, y a cada lado se veía una calavera de cromo, como la que Stopa llevaba colgada del cuello. El tanque de petróleo también era negro, y estaba adornado a cada lado con relámpagos rojos. En el asiento de cuero negro cabían fácilmente dos personas, y aún quedaba espacio para el bolso de Feric. En la culata de la motocicleta había dos aletas cromadas, como las alas de un águila. Sobre el guardabarros de la rueda delantera se alzaba una cabeza de águila, de metal plateado; en el fondo del pico abierto, brillaba un globo eléctrico.

    Cuando Feric trepó a la motocicleta, Stopa puso en marcha el poderoso motor con un fuerte golpe de la bota revestida de aplicaciones de acero. Feric pudo sentir a través del asiento el latido del motor entre los muslos.

    Stopa se volvió a medias y sonrió perversamente a Feric.

    —Agárrese, que volamos —dijo. Y luego a sus hombres, dominando el estrépito—: ¡Adelante!

    Con un brinco que casi cortó el aliento a Feric y un estrépito ensordecedor, la motocicleta de Stopa se precipitó hacia delante, se inclinó en un ángulo peligroso, viró en redondo y retornó por el camino hacia la hondonada, y ya desarrollaba por lo menos setenta kilómetros por hora. ¡Qué máquina! ¡Qué conductor! ¡Qué Tropa de Asalto podía formarse con estos Vengadores!

    Feric volvió la cabeza y vio que los restantes motociclistas seguían a Stopa, en una horda apretada aunque un tanto irregular, y que Bogel, el rostro pálido como un espectro, los ojos entornados, se aferraba desesperadamente al asiento de la máquina que corría detrás de la de Stopa. Feric rio salvajemente al viento. ¡Qué fuerza tenían esos vehículos, qué impresión maravillosa producían juntos! Lo único que faltaba era orden y uniformidad.

    Cuando llegó a la hondonada que se desviaba hacia la Selva, Stopa no vaciló e incluso apenas aminoró la velocidad. La motocicleta abandonó de un salto el camino pavimentado, entró por la huella escabrosa que se internaba en el bosque y se lanzó a través de los grandes corredores oscuros y feéricos, con toda la tropa aullando detrás, a poca distancia.

    Siguió una cabalgata salvaje en medio de la selva oscura y sobre el suelo accidentado, algo que Feric no podría haber imaginado ni siquiera en sus momentos de fantasía más extravagante. Lanzado a velocidad vertiginosa por los senderos que aquí y allá corrían entre los árboles, rebotando y deslizándose sobre raíces y piedras y toda clase de arbustos, Stopa guio la máquina con instinto certero y un sentido de la velocidad y la dirección que logró tranquilizar totalmente a Feric. Era como si el destino guiara la motocicleta y Stopa lo supiera de algún modo, en cierto nivel; la máquina, el conductor y el pasajero formaban un Juggernaut del destino: veloz, seguro, inexorable. Aunque a cada instante parecía que la motocicleta iba a destrozarse contra un árbol corpulento o volcar a causa de una roca, un tocón o una raíz, Feric pudo relajarse y gozar de la sensación de poder y peligro, el viento en el rostro, el latido poderoso del motor entre las piernas.

    Y en efecto, experimentó cierto pesar cuando, luego de una hora o poco más de esta cabalgata endemoniada, Stopa entró en un sendero irregular que pocos minutos después desembocó en un claro entre dos colinas cubiertas de bosques; allí se levantaba lo que debía ser el campamento de los Vengadores.

    Distribuidas en el claro, sin ningún orden, había aproximadamente una docena de chozas. Eran construcciones reducidas y primitivas; las mejores tenían puertas de metal y ventanillas retiradas de los vehículos de vapor y los automóviles destrozados. Una de las chozas era más grande, y había además dos cobertizos de oxidadas chapas de acero. Detrás del grupo de chozas se veía la entrada de una caverna, donde un sendero muy transitado y unos restos dispersos indicaban la presencia humana. En general, un campamento sórdido, que revelaba un conocimiento primitivo del arte de la construcción.

    Stopa avanzó hasta el centro del campamento, y detuvo su máquina con una maniobra final, haciéndola girar mientras apagaba el motor, de modo que concluyó levantando la rueda delantera en medio de una nube de polvo. Momentos después el resto detuvo de manera similar sus motocicletas.

    Feric desmontó inmediatamente, y aún antes que el propio Stopa pudiese hacerlo, para quitar al líder Vengador la oportunidad de prohibírselo o de ordenárselo. Por su parte, Stopa pareció ignorar el significado de este acto. Se limitó a desmontar, puso las manos en jarras y miró severamente a sus hombres, que descendían de las máquinas y se alineaban ahora frente al líder. Bogel, conmovido y desconcertado, se apartó del grupo para acercarse a Feric.

    —¡Esto es absurdo, Feric! —declaró Bogel—. Estos salvajes nos matarán, y sin duda devorarán luego nuestros restos. ¡Qué viaje! ¡Y esta pocilga! ¡Qué amigos se ha echado!

    Feric echó a Bogel una mirada tan sombría que el hombrecillo calló instantáneamente, pero sin dejar de estremecerse. Bogel tenía la costumbre de hablar demasiado cuando el silencio era mejor arma que las palabras.

    Le faltaba nervio y vigor.

    —¡Muy bien! —ladró Stopa—. ¡No se queden ahí con la boca abierta! ¡Hay que preparar el rito!

    Los Vengadores Negros se pusieron en movimiento. Un grupo se encaminó al bosque, a cumplir cierta misión, y otros entraron en las chozas, y reaparecieron trayendo brazadas de grandes antorchas de tres metros de largo, afiladas en un extremo. Los Vengadores fueron luego a la choza de mayor tamaño y regresaron haciendo rodar un enorme, barril de madera. Trajeron más antorchas grandes, hasta que juntaron docenas en el centro del claro. El grupo regresó del bosque cargado de ramas y troncos, y apiló el combustible. Enderezaron el barril y retiraron la tapa, revelando un mar de espesa cerveza negra. Se alzó un clamor y cada uno de los Vengadores hundió en el barril un cuerno de madera, lo extrajo desbordante, y bebió el contenido de un solo trago. Repitieron la operación, y así fortalecidos, clavaron prontamente un amplio círculo de antorchas alrededor del montón de leña.

    Mientras se llevaba a cabo este trabajo, Stopa había permanecido silencioso e inmóvil al lado de Feric y Bogel, las manos en las caderas en una postura señorial, sin participar en las tareas, y sin beber cerveza con el resto. Al fin, se acercó a su motocicleta, montó, y puso en marcha el motor, Cuando la motocicleta brincó hacia delante, Stopa se inclinó y arrancó al pasar una antorcha. Le acercó un encendedor, y aun sobre la máquina recorrió velozmente el círculo completo de antorchas, encendiéndolas sucesivamente, hasta que el centro del campamento fue un anillo ardiente de antorchas que arrojaban lenguas de fuego y chispas brillantes hacia las sombras de la selva infinita. Luego condujo la máquina al interior del anillo de fuego, directamente hacia la pila de madera. Con un movimiento súbito y desconcertante, hizo girar la motocicleta aullante alrededor del pie derecho, invirtiendo instantáneamente el rumbo, mientras arrojaba la antorcha a la pila, y la encendía. Enseguida frenó bruscamente al lado del barril de cerveza, desmontó y hundió la cabeza en el líquido espumoso. Sostuvo la cabeza bajo la espuma un largo rato, y luego se apartó, chasqueando los labios.

    —¡Al círculo, insectos! —rugió—. Veremos si esta noche tenemos otro hermano o un cadáver.

    Los Vengadores se agruparon en el interior del círculo de antorchas, frente a Stopa y a la gran hoguera crepitante que ahora ardía detrás del jefe. Mientras Feric llevaba a Bogel al interior del anillo de fuego, el hombrecillo lo miró con una mueca traviesa y dijo:

    —Bien, supongo que si he de morir esta noche, más vale que sea envuelto en un resplandor glorioso. Según parece, usted comparte mi inclinación.

    Feric apretó el hombro de Bogel mientras se acercaban a Stopa; a pesar de ciertas limitaciones, era innegable que Seph Bogel tenía fibra.

    Stopa extrajo el enorme garrote y se apoyó en él en actitud insolente, como si fuera un bastón.

    —Muy bien, Feric Jaggar —gritó—, la cosa es muy sencilla. Ahora está dentro del círculo de fuego; cuando lo abandone, será un Vengador o un cadáver. Si sobrevive, aunque no lo creo, se convertirá en un Vengador, y tendrá derecho a desafiarme. Así es el juego, insecto; sólo tiene que sobrevivir a las tres pruebas: la Prueba del Agua, la Prueba del Fuego y la Prueba del Acero. De modo que empecemos. Traigan el cuerno grande.

    Al oír esto, un Vengador corpulento, de barba rubia, que vestía un chaquetón negro adornado con una esvástica carmesí, abandonó el círculo de antorchas. Pocos instantes después regresó trayendo un cuerno de proporciones verdaderamente heroicas. Este enorme recipiente había sido tallado en un bloque de madera oscura, parecido a los otros, pero tres veces más grande, y cuatro o cinco veces mayor que los jarros comunes de cerveza usados en las tabernas; estaba cubierto de tallas que reproducían cabezas de caballos, águilas, esvásticas y serpientes en posición de ataque.

    Stopa se apoderó del cuerno, lo hundió en el barril de cerveza y lo sacó desbordante de líquido y espuma. Alzó el recipiente con ambas manos, y declaró:

    —Quien no pueda beber este cuerno de cerveza sin detenerse a respirar no es bastante hombre para merecer el título de Vengador.

    Entregó a Feric el cuerno de cerveza, y extrajo la pistola. El cuerno era tan pesado que Feric necesitó las dos manos para sostenerlo.

    —Bébalo todo, Feric Jaggar —dijo Stopa—, y habrá pasado la Prueba del Agua. —Amartilló la pistola, y aplicó el caño directamente en la base del cráneo de Feric—. Pero si se detiene a respirar una sola vez, todo habrá acabado para usted. Feric sonrió valerosamente.
    —Reconozco que el viaje me secó un poco la garganta —dijo—. Agradezco tan magnánima hospitalidad.

    Dicho esto, Feric vació los pulmones, sorbió una gran bocanada de aire, llevó a los labios el cuerno, y vertió directamente en la garganta un gran trago de la cerveza espesa y poderosa. Después de llenarse la boca y la garganta casi hasta ahogarse, tragó el líquido, mientras continuaba vertiendo más cerveza en la boca. El segundo gran trago siguió inmediatamente al primero, y entre tanto vertió un tercero; de ese modo la cerveza pasaba del cuerno a la boca, atravesaba la garganta y llegaba al estómago en un continuo torrente.

    Con rapidez cada vez mayor, Feric tragaba la cerveza oscura y fuerte, casi sofocándose, sintiendo el dolor en los pulmones y el frío metal de la pistola amartillada de Stopa contra la nuca. La cabeza le daba vueltas y se le doblaban las rodillas, por falta de oxígeno y exceso de alcohol, pero esforzándose, recurriendo a las últimas reservas de su voluntad, sintió que la energía psíquica combatía heroicamente contra el dolor en el pecho, la presión en la garganta y la sensación de debilidad en las rodillas. Tragó océanos de cerveza, y luego de una eternidad donde no había otra medida que el zumbido en los oídos, el dolor en el pecho, la pistola en la cabeza y el torrente sofocante de cerveza en la boca y la garganta, el cuerno entregó al fin una última gota.

    Exhalando una gran bocanada de aire viciado, Feric arrojó el cuerno vacío al grupo de Vengadores Negros, que rugieron virilmente, aprobando la hazaña. Stopa retiró la pistola y miró a Feric con una suerte de renuente respeto.

    Por su parte, Feric aprovechó este momento para respirar a bocanadas, mientras la fuerza le volvía lentamente a las rodillas. Del gran fuego detrás de Stopa se alzaban unas nubes de humo anaranjado y chispas brillantes, como una ofrenda al cielo oscuro; alrededor de las antorchas había una aureola de luz.

    —No es mala bebida —dijo al fin Feric, cuando recuperó el aliento—. ¿Tal vez usted quiera probarla?

    Los Vengadores aullaron riendo, y uno de ellos arrojó el gran cuerno a Feric, mientras Stopa contenía una cólera silenciosa. Feric hundió el cuerno en el barril, y lo entregó desbordante a Stopa.

    Stopa recibió el cuerno de manos de Feric, lo llevó a los labios sin detener el movimiento, y aspiró rápidamente antes de comenzar a tragar la cerveza con grandes resuellos y jadeos, de modo que buena parte del líquido le chorreó sobre el chaquetón y la barba. Concluyó sus tragos con una serie de antiestéticos sofocos, toses y arcadas, pero de todos modos logró vaciar el cuerno.

    Stopa arrojó a un lado el cuerno y permaneció de pie, jadeante, envuelto en el resplandor anaranjado como una gran ave de presa, los ojos inflamados por la bebida y la cólera, los músculos tensos y nudosos, el chaquetón de cuero negro manchado de cerveza brillando a la luz del fuego.

    —¡Veremos! ¡Veremos! —rugió Stopa, un tanto embriagado—. Le gusta el sabor de la cerveza ¿verdad, Jaggar? Bien, ¡veremos qué le parece el sabor del fuego! ¡Preparen las baquetas! ¡Tráiganle una motocicleta! ¡La Prueba del Fuego!

    Los Vengadores inmediatamente rompieron filas y se acercaron a las antorchas clavadas en tierra, y cada uno de ellos se apoderó de una lanza de fuego. Se dispusieron prontamente en dos filas paralelas de unos veinte hombres a cada lado, formando un corredor de algo más de medio metro de ancho cuando extendían los brazos con las antorchas. Las llamas bailoteaban agitadas por el viento, iluminando con intermitentes lenguas de fuego el estrecho corredor.

    Un motor se encendió en la oscuridad, más allá del alcance de las luces, y un instante después una motocicleta esmaltada, de color carmesí, con grandes aletas cromadas que exhibían esvásticas negras en círculos blancos, fue llevada a un extremo del corredor en llamas por un Vengador de chaquetón de cuero negro, con una esvástica blanca en un círculo rojo. El Vengador desmontó, y sostuvo la máquina; pero dejó en marcha el motor, que zumbaba y rezongaba.

    —Me quedaré en un extremo de la línea —gritó Stopa, para beneficio de los Vengadores tanto como de Feric—, y usted, Jaggar, vendrá hacía mí en la motocicleta de Sigmark, Los verdaderos Vengadores pueden hacerlo; tenemos el cuero demasiado duro, y sólo nos hace daño el fuego celeste de los Antiguos.

    Al oír esto, las dos filas de Vengadores prorrumpieron en gritos y agitaron las antorchas.

    Con movimientos lentos y deliberados, Feric se acercó a la motocicleta, que lo llamaba con una grave voz metálica desde el extremo de las baquetas de luego. Más allá de las llamas luminosas y parpadeantes del corredor, veía a Stopa contemplándolo con cara tosca y alcohólica; la insolencia de aquel rostro enrojecido era como un reto deliberado a la virilidad de Feric. Feric pensó entonces que no se limitaría a sobrevivir a la prueba; aprovecharía la oportunidad para arrojar su propio reto al rostro arrogante de Stopa. Así, este individuo simple pero animoso sabría quién era Feric.

    El Vengador llamado Sigmark instruyó brevemente a Feric acerca del modo de manejar la motocicleta: bajando la palanca con el pie izquierdo podía aumentarse la velocidad; girando el cilindro del manubrio derecho se regulaba la marcha; y bajo el pie derecho y la mano derecha estaban los frenos delanteros y traseros, respectivamente. En fin, la palanca bajo la mano izquierda gobernaba el embrague. Todo parecía bastante claro.

    Feric montó el corcel metálico y aferró firmemente los manubrios. Quitó el embrague, movió la mano derecha, e instantáneamente el motor aulló, y Feric pudo sentir la potencia que le recorría todo el cuerpo. Pareció que este acto creaba una relación inmediata con la máquina, que ahora era una prolongación de la carne del conductor, como si la fuerza increíble generada por el motor estridente penetrase directamente en el alma del hombre. En ese momento, Feric tuvo la férrea convicción de que ese corcel podía llevarlo sin daño a través del fuego, y de que él, Feric, era capaz de rematar la prueba como lo exigían las circunstancias: resueltamente, con absoluta confianza, y sin vacilaciones. No era una prueba de capacidad física, sino más bien de heroísmo. Un héroe auténtico podía afrontarla sin riesgo, pero bastaba una pizca de cobardía o vacilación para que acabara en desastre. Feric tuvo que admirar los instintos de esos hombres que habían ideado una prueba tan perfecta de la verdadera virilidad.

    Sin más titubeos, Feric retiró el sostén de la motocicleta, se inclinó todo lo posible sobre el tanque de petróleo, de modo que casi colgaba de los brazos extendidos y aferrados a los manubrios; arrancó al motor un terrible rugido que le atravesó todo el cuerpo con pulsaciones de energía, puso en marcha la máquina con un movimiento decidido de la bota, y movió el embrague.

    Escupiendo piedras y tierra, y alzando la rueda delantera, la motocicleta saltó hacia delante. Confiando inexorablemente en la unidad del hombre y la máquina, una unidad que sentía en el cuerpo y el alma, Feric llevó la motocicleta directamente hacia el corredor de fuego. Lejos de sentirse atemorizado, experimentaba cierto goce sublime, una emoción viril; se precipitó resuelta y heroicamente hacia las llamas.

    Casi enseguida, se vio envuelto en un universo de calor intenso, llamas anaranjadas y sobrecogedora velocidad; sólo estas cosas elementales existían para él, mezclándose en una áspera esencia de poder que le colmaba el cuerpo y le alimentaba el espíritu. No tenía otro pensamiento que el de mantener abierto el regulador, y evitar que la máquina se desviase. No sentía miedo ni ningún dolor; sólo la impresión de que iba montado sobre el Juggernaut del destino; en verdad, pareció que transcurría sólo un instante hasta que irrumpió de las llamas y emergió, chamuscado pero indemne, del otro lado de las dos filas.

    Los Vengadores agitaron las antorchas y vivaron salvajemente mientras Feric describía un círculo para regresar a Stopa, Por su parte, Feric pensaba que el juego no estaba aún bien jugado; le había sido bastante fácil evitar la derrota, pero no se sentiría satisfecho mientras no hubiese vencido del todo.

    Cuando detuvo la motocicleta al lado de Stopa, rugió su desafío:

    —¡Stopa, vuelva a pasar conmigo si se atreve!

    En el rostro alcoholizado de Stopa se dibujó una serie completa de expresiones: cólera, temor, provocación y rabia.

    —Vamos, Stopa, que no se enfríe el fuego —lo acicateó Feric—, ¡Si no es bastante hombre, confiéselo!

    Con un alarido, gutural de furia y desafío, Stopa saltó a la motocicleta, detrás de Feric. Antes que el jefe Vengador pudiese mostrarse más heroico, Feric aceleró el motor, y la motocicleta avanzó entre las llamas.

    De nuevo Feric se vio envuelto en un mundo de fuego y velocidad; y por segunda vez la motocicleta salió del túnel llameante, con su carga humana chamuscada pero indemne.

    Los Vengadores rompieron filas y danzaron un salvaje rito caníbal de gritos y antorchas llameantes alrededor de la motocicleta. Feric detuvo la máquina con un chirrido estridente y desmontó junto con Stopa.

    Ahora, Stopa miraba a Feric con una mezcla de respeto y furia. Sin duda, estaba ya convencido de que se había comprometido en una prueba de voluntad y heroísmo con un hombre que por lo menos era un igual. Otro de menor jerarquía quizá hubiera reconocido el hecho con un gesto fraterno, salvando la situación con elegancia.

    Pero, dicho sea en su honor, Stopa se sentía dominado por una cólera inextinguible; era evidente que estaba decidido a llevar hasta el fin esa lucha por la supremacía espiritual y física, sin que le importase la futilidad de su propia causa.

    —¡La prueba final es la Prueba del Acero, Jaggar! —gritó de modo que todos le oyesen—. Luchamos con garrotes. Generalmente, me limito a jugar con el ratón de turno hasta que llego a la conclusión de que es un sujeto meritorio, o que no lo es, y entonces lo mato. Si exigiese que cada nuevo Vengador me derrotara en combate, nunca daríamos la bienvenida a un nuevo hermano, pues nadie jamás ha podido compararse conmigo en el uso del garrote.

    Stopa hizo una pausa, y miró a Feric con una expresión fría y colérica en la cual la malicia y la admiración concedida de mala gana se habían fundido en una decisión implacable. Había algo en la atmósfera psíquica generada por esta confrontación que hizo callar a los Vengadores; ahora miraban en silencio al líder y al audaz retador. —Pero en su caso, Jaggar —continuó Stopa—, haremos mejor las cosas. En lugar de pegarnos como mocosos que juegan, pelearemos a muerte. Los dos armados de garrotes de acero. El mejor conservará la vida.

    El silencio se hizo más sombrío; la broma y el áspero buen humor que habían acompañado hasta entonces el rito de iniciación se disiparon de pronto, pues el duelo que ahora se iniciaba comprometía la suerte de todos. Feric no necesitaba que le dijeran que quien derrotase al antiguo jefe ocupaba su lugar; en una banda como ésa; no había otro modo —salvo la muerte fortuita del viejo jefe— de que el poder cambiase de mano. Era una ley inscrita en la profundidad de los genes humanos auténticos; en realidad, se remontaba todavía más allá... era una ley del propio protoplasma, la norma básica de la evolución, la ley del más fuerte. Bogel lanzó a Feric una mirada fría, y luego severa, como indicando que entendía la verdadera importancia de la situación, y que su fe en Feric era absoluta e inconmovible.

    —¡Traigan un arma! —ordenó Stopa—. ¡Traigan el Cetro de Acero!

    Siete robustos Vengadores se apartaron del fuego y se hundieron en las sombras. Casi inmediatamente uno de ellos volvió trayendo un viejo y maltratado garrote de longitud y grosor considerables; el eje de acero inoxidable un tanto manchado y marcado por las vicisitudes de mil batallas. El individuo ofreció el arma a Feric. Examinándola con atención, Feric alcanzó a ver unos borrosos grabados de serpientes; el extremo, que al principio le había parecido una simple esfera de acero, representaba sin duda un gran ojo. Feric sopesó el arma con la mano derecha. Era quizá demasiado liviana, pero estaba bien equilibrada y medía algo más de medio metro. La sacudió en el aire; se movía bien y bastaba para destrozar un cráneo. Un garrote muy usado pero honorable; le serviría.

    Ahora, Stopa presentó su propia arma, y con ella descargó varios golpes al aire. Feric la examinó con cuidado, Stopa tenía un garrote realmente heroico. Medía unos buenos quince centímetros más que el arma de Feric, y a juzgar por el modo en que Stopa la movía, quizá pesaba una cuarta parte más. El eje de acero estaba revestido de cromo brillante, y el extremo representaba una calavera, aparentemente el motivo favorito de Stopa. El mango de madera estaba forrado de cuero. Era obvio que habían dado a Feric un garrote que de ningún modo podía compararse con aquél, ni por el tamaño ni por la forma; pero también era evidente que hubiera sido poco viril protestar y quejarse.

    Cuando Feric y Stopa estaban terminando estos movimientos preparatorios, se oyeron unos resoplidos y jadeos que se acercaban a la zona del fuego, y enseguida aparecieron los seis Vengadores restantes, gimiendo extrañamente bajo lo que parecía un peso despreciable: una especie de plataforma de madera qué llevaban entre todos.

    Pero cuando llegaron al lugar donde Feric y Stopa estaban de pie, mirándose, y depositaron en el suelo las angarillas, Feric lanzó una exclamación de asombro, y lo comprendió todo.

    Las angarillas estaban cubiertas de inmaculado terciopelo negro, y sobre ellas, en toda su increíble magnificencia, descansaba el Gran Cetro de Stal Held, el perdido cetro del poder real, ¡el Cetro de Acero!

    La mera apariencia física del Gran Cetro era sobrecogedora. El mango, un trozo macizo de la antigua sustancia lechosa llamada marfil, estaba revestido con un viejo material que aún brillaba como el rubí. El eje era un cilindro reluciente de metal, y tenía una longitud de aproximadamente un metro veinte, y el grosor del antebrazo de un hombre. Adornado en toda su circunferencia por relámpagos rojos entretejidos, parecía empapado recientemente en sangre. El extremo era un puño de acero de tamaño natural; en realidad el puño de un héroe. Sobre el tercer dedo de esta mano metálica había un anillo con el signo de la esvástica negra sobre un fondo blanco, dentro de un círculo de fuego carmesí; los colores tan vividos como si los hubiesen pintado pocas horas antes, y no siglos atrás.

    Feric miró el garrote místico, con maravilla mal disimulada, y dijo en voz baja:

    —¿Comprende qué es esta arma?

    Stopa sonrió altivamente a Feric, pero no pudo evitar que una cierta ansiedad le suavizase un poco los rasgos feroces.

    —Es el Cetro de Acero —dijo—. El poder de los viejos reyes de Heldon procedía de este cetro. ¡Ahora es propiedad de los Vengadores Negros!
    —¡Es propiedad de toda Heldon! —rugió Feric.
    —¡Lo encontramos en una cabaña en lo profundo de la Selva cuando ustedes, insectos, lo creían perdido para siempre! —rezongó Stopa, aunque era evidente que no se sentía seguro—. ¡Y ahora es nuestro! —Rio sardónicamente—. Si usted lo quiere, Jaggar, ¿por qué no se acerca, y lo recoge y se lo lleva?

    Los Vengadores festejaron con risas la pregunta, pero también mostraron cierta inquietud; de instintos simples pero auténticos, sabían que el Cetro de Acero y las artes antiguas que lo habían forjado no eran cosa de broma.

    Por su parte, Feric apreciaba la ironía de las palabras de Stopa quizá con mayor lucidez que el propio Vengador. La leyenda afirmaba que Stal Held había ordenado que el arma fuese forjada por una comunidad clandestina de brujos cautivos, quienes habían conservado la ciencia antigua durante la Época del Fuego, y aun después; y una vez terminada el arma, Held había destruido a las malvadas criaturas. Gracias a un arte ahora olvidado, esos brujos perversos habían construido el garrote de tal modo que sólo el propio Held y los portadores de la misma estructura genética podían esgrimirlo. La aleación misteriosa con la que se había forjado el arma le daba el peso de un enorme peñasco; un hombre común no podía sostenerlo, y menos aún empuñarlo. Pero el contacto con una carne de genes reales liberaba una cierta energía contenida en el Gran Cetro, de modo que la mano de un héroe de auténtico linaje real podía esgrimir lo sin esfuerzo, como una rama de sauce, si bien para quienes soportaban los golpes continuaba teniendo la masa de una pequeña montaña. Así, el Gran Cetro era al mismo tiempo el símbolo del Rey de Heldon y la verificación definitiva de un linaje. Algunos insistían en que todas las dificultades que habían agobiado a Heldon desde la desaparición del cetro durante la Guerra Civil tenían una sola explicación: el gobierno había caído en manos incapaces de esgrimir el Gran Cetro; en opinión de esta gente, Sigmark IV había sido el último gobernante legítimo de Heldon. Por lo tanto, esgrimir el Gran Cetro equivalía en un sentido muy real a demostrar el derecho histórico de gobernar a Heldon. Eso era lo que Stopa había sugerido sarcásticamente a Feric.

    Y, sin embargo, sin saber muy bien por qué, Feric sintió el impulso absurdo de hacer precisamente eso; el garrote parecía evocar en él algo muy hondo, parecía despertar una vibración profunda, casi cósmica, anhelante. Sin duda muchos hombres habían sentido lo mismo; se conocían muchos relatos de héroes que habían tratado de levantar el Cetro de Acero, y en todos los casos el desenlace era como una advertencia contra un pecado de excesivo orgullo.

    —¡Basta ya de cavilar frente a un arma que ningún hombre viviente puede esgrimir! —dijo al fin Stopa, interrumpiendo la ensoñación visiblemente mística—. ¡Usted tiene su garrote y yo el mío, y hombres como nosotros no necesitan más! ¡Defiéndase!

    Dicho lo cual, Stopa corrió hacia Feric, el garrote en alto, y lo descargó con un golpe que hubiese podido partir un cráneo como una cáscara de huevo.

    Pero Feric se había apartado hacia la derecha, y cuando el garrote de Stopa descendió silbando y golpeó el espacio vacío donde había estado la cabeza de Feric, éste asestó un golpe lateral sobre el cuerpo del arma, cerca del mango, de modo que el Vengador casi perdió el garrote. El primer choque del acero contra el acero disipó la atmósfera solemne, y los Vengadores gritaron y agitaron las antorchas en el aire.

    Cuando Stopa, reaccionando con admirable rapidez, alzó de nuevo el garrote para descargar otro golpe, Feric blandió su propia arma a baja altura, con el fin de destrozar la rodilla de Stopa. Stopa se echó hacia atrás, evitando el golpe, aunque Feric alcanzó a hundirle en el estómago el extremo del arma.

    Pero mientras Feric retrocedía, Stopa consiguió golpear la punta del arma de aquél, sacudiéndole el brazo e impidiéndole aprovechar la momentánea ventaja.

    Los dos hombres se separaron un poco, se movieron en círculo, y casi simultáneamente cada uno apuntó a la cabeza del otro; los aceros chocaron con violencia. Los Vengadores aprobaron estruendosamente este enfrentamiento titánico, a pesar de que los golpes no tuvieron otro resultado que conmover los brazos de los dos rivales.

    Casi inmediatamente, otros dos golpes paralelos, esta vez al nivel de las costillas, concluyeron también en una suerte de empate. Enseguida, Feric apuntó a la cabeza, y Stopa al vientre de su adversario. Pero los dos golpes fueron cortos, y los garrotes silbaron en el aire.

    Stopa retrocedió rápidamente varios pasos, y luego se abalanzó sobre Feric, apuntándole a la cabeza; éste paró el golpe, y desvió con el garrote otra embestida dirigida al pecho, y luego otra similar al costado. Tuvo que detenerla con el eje del arma, y el golpe le estremeció el brazo. Fingiendo un dolor que no sentía, retrocedió en aparente desorden, mientras los Vengadores aullaban y Stopa corría hacia él, el garrote en alto para asestar el golpe decisivo. De pronto, Feric se detuvo, saltó a un costado mientras el arma de Stopa bajaba en un arco poderoso, y volviéndose, lanzó un golpe a la pierna del Vengador; Stopa se movió a tiempo y lo recibió en la nalga, gritó de dolor y continuó descargando el garrote. Desde la posición agazapada en que estaba, Feric alzó un poco el arma para detener aquel golpe terrible.

    El garrote de Stopa dio en el centro del arma de Feric, y éste deliberadamente aflojó un poco el brazo para amortiguar el impacto.

    Pero en lugar del sonido limpio del metal, se oyó un crujido y un desgarramiento. El garrote de Feric se partió en dos bajo el golpe de Stopa, y el propio Feric se encontró sosteniendo en la mano el inútil mango dentado.

    Stopa esbozó una sonrisa maligna, mientras permitía que Feric se incorporase. Lenta, deliberadamente, con el garrote a la altura del pecho, comenzó a acercarse a Feric, mientras éste retrocedía. El sentido del movimiento era perfectamente claro: no se trataba de una pelea de caballeros; el destino había inutilizado el arma de Feric, y no se le daría cuartel. Y tampoco, pensó Feric, él lo pediría. Si su destino era morir así, lo afrontaría heroicamente, peleando hasta el final con lo que tuviese a mano, y si era necesario con los puños desnudos.

    Stopa dirigió un garrotazo a la cabeza de Feric, quien saltó hacia atrás. Luego el Vengador le lanzó un golpe a las costillas, y Feric atinó a pararlo con los restos del garrote; nuevamente tuvo que retroceder, casi perdiendo el equilibrio. Stopa alzó entonces el arma y la dejó caer sobre la cabeza de Feric. De nuevo Feric apenas pudo detener el golpe, que le arrebató lo que quedaba del garrote.

    Con un alarido animal, Stopa apuntó a la rodilla de Feric, obligándolo a retroceder en desorden. Al fin Feric tropezó con una piedra o una raíz, y cayó al suelo. Stopa alzó el arma sobre la cabeza del caído; Feric rodó sobre sí mismo para evitar el golpe y el extremo del arma se hundió en la tierra, a pocos centímetros de su cuerpo. Stopa golpeó de nuevo, y Feric volvió a rodar. Una y otra vez Feric evitó apenas la muerte rodando por el suelo, pero en cada ocasión Stopa estaba sobre él antes que pudiese incorporarse.

    Feric rodó por última vez cuando el garrote de Stopa le silbó en el oído; pero esta vez rozó las angarillas de madera que sostenían el Cetro de Acero. La sorpresa le costó unos preciosos segundos; más aún, ahora apoyaba el torso en el costado de las angarillas, y ya no podía continuar rodando. Stopa aulló, alzó el garrote, y lo descargó en un arco irresistible.

    Sin pensarlo conscientemente, Feric llevó atrás la mano, aferró el mango del Cetro de Acero y lo levantó para parar el golpe. El arma de Stopa golpeó el eje grueso y resplandeciente del arma legendaria, e instantáneamente se partió en pedazos.

    Un clamor increíble, casi inhumano, se elevó de los Vengadores; luego se oyó un gemido grave e incrédulo, que se apagó casi enseguida. Stopa retrocedió algunos pasos, y dejando caer los restos del arma se, arrodilló, los ojos bajos, la cabeza inclinada. Un instante después, los otros Vengadores lo imitaron en este acto de homenaje, sosteniendo ante ellos las antorchas llameantes. El mismo Bogel, totalmente confundido, no pudo quedarse de pie en ese momento histórico.

    Por su parte, el propio Feric apenas podía comprender la enormidad de lo que había hecho. En la mano sostenía el Cetro de Acero, el Gran Garrote de Held, y le parecía que no pesaba más que una vara de madera; se hubiera dicho que él poder que la sostenía triunfalmente en alto corría por el eje del arma, atravesaba el mango y penetraba en el cuerpo de Feric; un poder al mismo tiempo simbólico y material. Los genes de la casa de Heldon residían en él, Feric Jaggar; esa idea se le aparecía ahora con una claridad absoluta y cristalina. El linaje real había estado escondido durante siglos; no era irrazonable presumir que el genotipo se manifestaría nuevamente, desprendiéndose del caudal genético general de Heldon. El hecho de que él sostuviera sin esfuerzo el Gran Garrote demostraba de modo indiscutible que eso era exactamente lo que había ocurrido.

    Lentamente, dominándose. Feric se incorporó manteniendo sobre la cabeza el garrote enorme y reluciente; la luz del fuego, a sus espaldas, lo bañaba en un fiero esplendor anaranjado, y arrancaba reflejos acerados al poderoso cilindro.

    Stopa se arrodilló ante Feric, y su rostro mostraba una sumisión de noble y cósmica profundidad.

    —Mi vida está en tus manos, señor —murmuró humildemente, sin alzar los ojos.

    La verdadera importancia de lo que había ocurrido impregnó al fin todo el ser de Feric, El destino lo había llevado a Ulmgarn, el destino lo había unido a Bogel, de modo que ambos subieron a un vehículo que no era el que había pensado utilizar, y así se encontraron con esos nobles bárbaros; el destino lo había llevado a través del tiempo y el espacio, y ahora tenía en la mano el Gran Garrote de Held. El sentido era claro: él era el verdadero gobernante de Heldon; ahí, en su mano, estaba la prueba. Sólo restaba obtener el poder necesario para alcanzar la posición que le correspondía. Tal era su destino, su deber, su meta: tener en sus manos a toda

    Heldon, así como ahora sostenía el Cetro de Acero; expulsar a los mutantes y a los dominantes, y luego reclamar hasta el último centímetro de suelo en beneficio del genotipo humano auténtico. Tal era su misión sagrada. No podía ni debía fracasar.

    Envuelto en el resplandor del fuego, en lo profundo de la Selva Esmeralda, el hogar ancestral de Heldon, Feric Jaggar sostuvo triunfalmente en alto el Cetro de Heldon a la luz de las llamas, de pie frente a sus esbirros arrodillados. Ni en su mente ni en la de esos hombres cabía la menor duda; ahora eran los adeptos fanáticos de Jaggar, leales hasta la muerte.

    Feric bajó al nivel de la cintura el Gran Garrote, y sosteniendo ante sí el eje de acero reluciente se aproximó a Stag Stopa que seguía arrodillado.

    —Levántate —dijo.

    Stopa alzó los ojos hasta la gran cabeza reluciente del garrote, una esfera tallada, el puño de un héroe, un anillo de sello con la esvástica en el tercer dedo. Comenzó a obedecer la orden de Feric, vaciló, y luego posó los labios sobre la esvástica en el cabezal del Gran Garrote. Sólo entonces se puso de pie.

    Profundamente conmovido por este acto espontáneo de lealtad, Feric permitió que primero Bogel y luego cada uno de los Vengadores, besase el emblema de la esvástica en el extremo del arma heroica. Uno por uno los hombres completaron este rito de sumisión, y se incorporaron; los Vengadores sosteniendo orgullosamente en alto las antorchas, los ojos relucientes como carbones encendidos a la luz del fuego.

    Cuando todos estuvieron virilmente de pie ante él, Feric habló:

    —¿Me seguiréis todos sin discutir, con total y fanática lealtad a la causa de Heldon y la pureza genética, hasta la muerte si es necesario?

    La respuesta fue un rugido colectivo de afirmación. Eran muchachos excelentes, apropiado material para una Tropa de Choque.

    —Muy bien —declaró Feric—, ya no sois más los Vengadores Negros. Os rebautizo con un nombre cuya nobleza tendréis que merecer; y no hagáis nada que la traicione.

    Feric señaló el cabezal del Gran Garrote: el puño de acero con la esvástica negra sobre blanco, en un círculo de color rojo brillante, como un sol naciente a la luz del fuego.

    —¡Ahora sois los Caballeros de la Esvástica! —gritó Feric. Extendió hacia delante el brazo libre, a la altura de los ojos, en el antiguo saludo real—. ¡Hail Heldon! —gritó—. ¡Viva la Esvástica! ¡Viva la Victoria!

    Casi inmediatamente, Feric se encontró frente a un bosque de brazos extendidos, y la Tropa de Asalto que acababa de bautizar rugió espontáneamente:

    —¡Hail Jaggar! ¡Hail Jaggar! ¡Hail Jaggar!

    El cuerpo de Feric se enderezó, orgulloso y decidido: de pie, en lo profundo del hogar ancestral, una figura de nobleza resuelta, un héroe trascendente, enmarcado en llamas.


    5


    Desde el comienzo, Feric había decidido que no sería sensato ni provechoso llegar a Walder de incógnito, como un viajero común; cuando entrase en la ciudad tendría que hacerlo con la pompa y circunstancias más convenientes. Es decir, que ante todo afirmaría su posición como líder indiscutido del Partido; en segundo lugar introduciría cambios en la nomenclatura y el estilo; y por último, la desordenada tropa de motociclistas se equiparía y ataviaría con nuevos uniformes partidarios de llamativos colores. Sólo así entraría en Walder a la cabeza de los Caballeros de la Esvástica.

    Por consiguiente, había ordenado a Bogel que alquilase un lugar de reuniones amplio y aislado, y que convocase allí a los notables del Partido. Bogel había alquilado una hostería situada en la cima aplanada de una pequeña montaña, todavía dentro de la Selva Esmeralda, pero cerca del límite septentrional, quizá a unas dos horas de Walder en vehículo de vapor; la ciudad se extendía sobre la llanura que se abría hacia el norte. Para llegar al refugio, los líderes partidarios tendrían que recorrer un camino de tierra largo y sinuoso que ascendía hasta la cúspide entre bosques espesos y hondonadas abruptas, con lo cual el trayecto ejercería cierta influencia psicológica. El refugio mismo era un edificio sencillo pero impresionante: una construcción larga y baja de una sola planta, de granito y argamasa, frente a la explanada en la que terminaba el camino de tierra, con un portal de madera, y enmarcada por árboles y matorrales. Desde esta fachada del edificio se veía un mar interminable de árboles, un espectáculo que descansaba la vista y reconfortaba el espíritu.

    Adentro había un gran salón, flanqueado a izquierda y derecha por alas de dormitorios, que permitían albergar a varias veintenas de hombres. La hostería, vacía durante la estación, se adaptaba muy bien a los propósitos de Feric. Estaba bastante cerca de la ciudad, lo que facilitaba los preparativos necesarios, y al mismo tiempo bastante aislada como para asegurar el secreto de la reunión. Más aún, el acto mismo de convocar a aquellos habitantes de la ciudad a un medio rural era un modo de indicarles el grado de indiscutida lealtad que el nuevo líder exigía. Además, los privaba de las ventajas psicológicas que podían tener si se reunían con Feric en su propio terreno.

    Feric decidió recibir a los miembros partidarios en el salón. Las paredes del recinto eran de piedra desnuda, y el piso estaba formado por planchas de madera sin cepillar. Un círculo de antorchas cerca de la base del alto cielo raso abovedado se sumaba a la luz del atardecer, y un fuego intenso ardía en el gran hogar de la pared que daba al oeste. Las paredes mismas estaban adornadas con cornamentas, cabezas de caballos, rifles, arcos, lanzas, garrotes y otros elementos de la actividad del cazador.

    En el centro del salón había una gran mesa de roble, cubierta con un manto de terciopelo rojo; el Gran Garrote de Held descansaba allí en su reluciente esplendor. Se habían dispuesto hileras de sillas a lo largo de los costados de la mesa, y el propio Feric se instaló a la cabecera, en una silla un poco más alta que las restantes, frente a la entrada del recinto. Detrás, las puertas que daban a un ancho balcón estaban abiertas de par en par, revelando un paisaje sobrecogedor: el límite septentrional de la Selva y la ondulada llanura que se extendía más allá, pulcramente dividida en un damero de granjas individuales; la propia Walder resplandecía como una ciudad espectral en la línea del horizonte.

    Una docena de Caballeros de la Esvástica, aún ataviados con sus atuendos bárbaros, montaba guardia en puntos estratégicos alrededor de la habitación, mientras Bogel, Stopa y otros seis ex Vengadores recibían al vehículo que había entrado en el patio. El propio Feric se había puesto una túnica parda de cazador, una prenda de exagerada austeridad que por eso mismo llamaría la atención, comparada con las ropas de los otros.

    En general, Feric llegó a la conclusión de que había preparado una acogida apropiada.

    Tal como él había ordenado, Stopa dio fuertes golpes en la pesada puerta de madera, solicitando formalmente permiso para entrar. Feric dio la orden, y uno de los Caballeros que flanqueaban la puerta la abrió con una grandilocuencia un tanto desordenada, aunque bastante de acuerdo con las instrucciones de Feric. Bogel y Stopa venían trayendo un grupo abigarrado de criaturas de edad mediana, algo pálidas, y no por cierto muy marciales; en total, una media docena de individuos. Lo mejor que podía decirse de estos jefes del Partido del Renacimiento Humano era que parecían ejemplos evidentes del genotipo humano puro, y que proyectaban cierta aura ele decisión obstinada, aunque un tanto solitaria. Fuera de Stopa y los seis robustos ex Vengadores de espíritu animoso que venían cerrando la marcha, la dirección del Partido era un lamentable espectáculo. Cuando los hombres se acercaron, Feric tuvo una breve reacción de fastidio ante la calidad del material que él iba a dirigir.

    Pero se reanimó inmediatamente cuando Stopa, con una sonrisa quizás excesivamente amistosa, vino a detenerse a la cabecera de la mesa, golpeando fuertemente los talones, y extendió el brazo en el antiguo saludo real, y rugió:

    —¡Hail Jaggar! —Al instante todos los ex Vengadores golpearon los talones, saludaron con vigor apropiado y repitieron el saludo. La carencia de la precisión y disciplina estaba compensada por el entusiasmo.

    Durante un instante los líderes del Partido miraron alrededor, aparentemente sin saber muy bien qué se esperaba de ellos. Entonces, Bogel saludó y gritó —Hail Jaggar— con una voz de absoluta sinceridad. Siempre inseguros, y con muy escaso entusiasmo, el grupo de hombres poco marciales imitó desordenadamente el saludo. Por el momento, era todo lo que podía esperarse.

    Las palabras de presentación de Bogel fueron admirablemente breves y sencillas:

    —Verdaderos hombres, vuestro nuevo líder Feric Jaggar.
    —Saludo a todos —dijo Feric—. Han presenciado el nuevo saludo del Partido, si bien no alcanzó todavía la deseada perfección. No dudo que pronto lo lograrán. Pero ahora nos esperan asuntos más urgentes. Les ruego tomen asiento.

    Bogel y Stopa ocuparon asientos a derecha e izquierda, respectivamente, de Feric; los funcionarios del Partido se instalaron a continuación, echando miradas furtivas al Gran Garrote, y preguntándose sin duda si era verdad lo que afirmaba Bogel: que el nuevo líder a quien él había descubierto era capaz de esgrimirlo. A su debido tiempo se disiparían las dudas; por el momento. Feric prefería la franqueza del escepticismo.

    Bogel presentó formalmente a los dirigentes, aunque por supuesto había informado mucho antes a Feric acerca de la historia y el linaje personal de cada uno. Otrig Haulman, un próspero tabernero, era el tesorero del Partido; un sujeto un tanto tortuoso, pero totalmente consagrado a la pureza genética; había demostrado su lealtad a la causa respaldándola con su propio dinero. Tavus Marker, especialista en publicidad comercial, era el secretario corresponsal, un sujeto delgado de aspecto enfermizo, pero trabajador incansable. Heermark Bluth era carnicero, y Barm Decker oficial de Policía de menor jerarquía; los principales oradores del Partido, junto con Bogel. A Manreed Parmerob, profesor de historia, se lo consideraba el teórico de la organización. Sigmark Dugel presidía el comité; una dudosa distinción, si se tenía en cuenta que en la actualidad el Partido contaba a lo sumo con trescientos miembros. En su condición de brigadier retirado estaba en contacto con los altos círculos militares, y sin duda demostraría un día su utilidad. En general, no era exactamente lo que podía denominarse un grupo selecto, aunque no carecía de posibilidades.

    Más aún, la presencia de Stopa y los robustos ex Vengadores daba a la reunión cierto aire de solidez, de la que hubiera carecido en otras condiciones. Sin duda, eran hombres capaces de actuar con vigor y eficacia, y además muy leales. Feric ya había aportado una nueva dimensión de sentido práctico y espíritu marcial a este Partido un tanto soñador; el hecho de que los hombres hubiesen aceptado el nuevo saludo significaba que reconocían esa situación.

    —Verdaderos hombres, tenemos que hacer mucho y rápido —comenzó Feric con voz tensa—. He estudiado la situación actual del Partido del Renacimiento Humano, y es necesario introducir ciertos cambios drásticos. En primer lugar, hay que eliminar el nombre. En la mente de los individuos sencillos, sugiere una especie de grupo intelectual que se reúne en una taberna, y no un grupo inflexible y resuelto de patriotas. Algo como «Los Hijos de la Esvástica» sería mucho más conveniente. Desde la Época del Fuego, la esvástica ha sido el símbolo inequívoco de la pureza racial. En ese sentido, es un símbolo de nuestra causa que el más simple de los patanes podría entender fácilmente. Más aún, nos dará ciertas ventajas en la esfera de la propaganda práctica, y ello se verá claramente más adelante.
    —¡Una idea genial! —exclamó Marker—. Nuestra causa y nuestro Partido estarían representados por un solo símbolo visual que todos comprenderían, aun los analfabetos. Ningún partido tendrá un arma de atracción tan poderosa.

    Feric se sintió impresionado por la precisión con que Marker había comprendido la idea, y el entusiasmo y vigor con que la había apoyado. Descubrir esa cualidad en un subordinado en una etapa tan temprana era muy promisorio.

    Por su parte, el resto murmuró, vacilante, con excepción del teórico Parmerob, que parecía bastante agitado. Finalmente, su irritación estalló:

    —El nombre Partido del Renacimiento Humano fue elegido después de mucha discusión —dijo con aire altanero—. Representa exactamente las posiciones básicas del Partido.
    —Exactitud no es lo mismo que fuerza —destacó Feric—. El nombre del Partido ha de expresar lo que defendemos con la voz de un sargento mayor.

    Parmerob se mostró aún más indignado.

    —Propuse personalmente el nombre y la plataforma del Partido —declaró—. Defendemos la pureza del auténtico genotipo humano, la aplicación rigurosa de las leyes de la pureza genética, la destrucción total de los dominantes antihumanos, la exclusión eterna de todos los mutantes del suelo sagrado de Heldon, y la extensión del dominio de Heldon sobre nuevas áreas, así como la purificación de los caudales genéticos dondequiera sea posible. Esta es la fórmula del renacimiento de la humanidad auténtica; de ahí el nombre de Partido del Renacimiento Humano.

    Feric se puso de pie lentamente y apoyó la mano derecha sobre el mango del Gran Garrote de Held; instantáneamente todos los ojos se clavaron en él. ¿Demostraría ahora que era capaz de esgrimir el Cetro de Acero? Durante un rato sólo se oyó el rugido susurrante de las llamas en el gran hogar de piedra.

    La voz de Feric quebró el silencio. —¿Alguna de esas ideas que usted ha formulado no está implícita en el símbolo de la esvástica?

    El rostro de Parmerob esbozó rápidamente una sonrisa.

    —Por supuesto, tiene usted razón —dijo—. El nombre que usted propone para el Partido es infinitamente superior al mío. En efecto, somos Hijos de la Esvástica.

    Feric volvió a sentarse sin alzar el Gran Garrote, aunque no apartó la mano.

    —Muy bien —dijo—, está decidido. He ideado una bandera del Partido, un brazalete y distintos emblemas con el motivo de la esvástica. También he diseñado un uniforme para los Caballeros de la Esvástica, nuestra Tropa de Asalto. Los hombres que ustedes ven aquí son el núcleo de esa fuerza; en la actualidad los Caballeros de la Esvástica suman, unos cuarenta hombres, pero he trazado planes para una tropa de por lo menos cinco mil individuos.
    —Los generales del Comando de la Estrella no mirarán con simpatía ni indiferencia la formación de ese Ejército privado —destacó Dugel.

    Feric sonrió.

    —No dudo ni por un instante del patriotismo fanático del cuerpo de oficiales profesionales —dijo—. Compartimos una causa común con el Ejército, y habrá que convencer al Comando de la Estrella. Estoy seguro de que la experiencia y los conocimientos de usted en estas áreas serán de un valor inestimable para alcanzar nuestros fines.

    La inquietud de Dugel pareció calmarse un poco, aunque todavía mostraba cierto escepticismo. En cuanto a los otros, Haulman aún no había dicho una palabra, y en los dos oradores del Partido, Bluth y Decker, se advertía un atisbo de hostilidad; Parmerob y Marker parecían animados y entusiastas. Por supuesto, Bogel era el principal defensor de Feric, y Stopa lo miraba con un fervor casi infantil. Según estaban ahora las cosas, Feric hubiera podido eliminar fácilmente a los elementos hostiles si así se lo propusiese; pero era mejor conquistar la lealtad indiscutida de todos en el comienzo mismo.

    —Sólo resta organizar nuestra primera demostración de masas —continuó Feric con voz lenta.

    Pero en ese momento Heermark Bluth habló en voz alta y un tanto beligerante.

    —¿Qué me dicen de la jefatura? —preguntó—. Aún no, hemos votado ese punto. En la actualidad, Bogel es nuestro secretario general y jefe titular; usted, verdadero hombre Jaggar, no tiene ningún título.
    —Estoy muy dispuesto a renunciar a la secretaría general en favor de Feric —sugirió Bogel—. Me contentaré con el título de director ejecutivo.
    —Aún no hemos elegido líder a Jaggar —insistió Bluth—. Exijo una votación.

    Feric reflexionó. Bogel, Parmerob y Marker sin duda votarían por él; Bluth y Decker probablemente se opondrían; no sabía cuál sería la actitud de Haulman y Dugel, aunque en una votación ajustada podía confiar quizá en el brigadier retirado.

    Más aún, él mismo votaría, y quizá también Stopa. No podía perder votos.

    De todos modos, perdería lo que deseaba, una absoluta autoridad, si permitía que los funcionarios del Partido lo eligiesen; además, si la votación no era unánime, las consecuencias podían ser desastrosas. Tenía que mandar por obra de un derecho indiscutible, y no por la autorización de un consejo de notables.

    —Bogel, usted conservará el título de secretario general —dijo—. Se adapta a su estilo mejor que al mío. Por mi parte, me bastará el cargo de Comandante. El reto era inequívoco: Feric reclamaba el título de Comandante de los Hijos de la Esvástica; por propio derecho, y no por votación. Bluth se mostró inquieto, y pareció que Decker iba a perder los estribos. Bogel, Marker, Parmerob y Stopa evidentemente entendieron y aceptaron, y por su parte Haulman no expresó ninguna opinión; Sigmark Dugel pareció aprobar el carácter marcial del nuevo título.

    Por último, Decker formuló la pregunta que Feric estaba esperando:

    —¿Con qué derecho reclama la jefatura del Partido sin ninguna votación?

    De nuevo Feric se puso lentamente de pie, la mano derecha siempre descansando sobre el Gran Garrote de Held. Una bocanada de viento entró en el salón por las puertas abiertas, a espaldas de Feric, de modo que en el cielo raso las llamas de las antorchas se estremecieron un instante. Detrás, el cielo del atardecer era de color azul marino, con hilos anaranjados; la gran llanura central de Heldon se extendía al pie de la montaña, más allá del bastión de la selva. Enmarcado por este paisaje impresionante, a la luz vacilante de las antorchas, la mano apoyada en el cetro primitivo de la nación helder, Feric parecía la encarnación de los héroes legendarios del sombrío pasado, e incluso Bluth y Decker no pudieron menos que sentirse sobrecogidos.

    —Quien esgrima este Gran Garrote es el verdadero gobernante de Heldon por derecho genético, un derecho que va mucho más lejos que cualquier ley del Partido —dijo Feric—. ¿Cree alguno de ustedes que a él le toca esgrimir el Gran Garrote de Held?

    Intimidados, todos guardaron silencio.

    Con un movimiento lento y deliberado, Feric cerró la mano derecha sobre el mango del Cetro de Acero, y alzó el Gran Garrote en el aire, por encima de su cabeza.

    Casi enseguida descargó el Cetro de Acero sobre la pesada mesa de roble, y la rompió en pedazos.

    El propio Bluth se adelantó al resto, y poniéndose de pie de un salto saludó firmemente y gritó:

    —¡Hail Jaggar!


    6


    Rugiendo por la llanura rumbo a los suburbios de Walder desfilaba una gran procesión, que por el empuje, el sonido y el color desconcertaba y exaltaba a quienes la presenciaban: dos largas hileras de motocicletas corrían aullando a ochenta kilómetros por hora detrás de un elegante automóvil negro. Los harapos bárbaros de los Vengadores Negros habían sido reemplazados por el elegante uniforme de cuero pardo de los Caballeros de la Esvástica, unos gorros de guardabosque también de cuero pardo, y los medallones de bronce de la nueva insignia del Partido: un águila sosteniendo el escudo de la esvástica. Detrás de cada motociclista flotaba en el aire un manto rojo adornado con una llamativa esvástica negra en un círculo de un blanco luminoso; la insignia se repetía en el brazalete rojo que cada hombre llevaba en la manga derecha. Los mantos y los brazaletes eran miniaturas de las cuatro grandes banderas partidarias en rojo, negro y blanco, enarboladas en la estructura de las motocicletas que iban al frente y al final de la noble columna. Estas banderas flameaban al viento en unas astas robustas, coronadas por el escudo del Partido, y dominadas por el emblema negro y blanco de la esvástica dibujada en el centro. Las propias motocicletas habían sido adornadas de acuerdo con un plan uniforme: las carrocerías estaban pintadas de rojo, los tanques de combustible tenían los colores de la bandera partidaria, los portaequipajes eran de cromo reluciente sin adornos, las aletas de la culata, también en cromo, imitaban grandes relámpagos. Feric había calculado bien el efecto general, de modo que conmoviese el espíritu y llamara la atención de todos los verdaderos helder.

    El automóvil negro que encabezaba la columna carecía de adornos, salvo unas pequeñas banderas partidarias en los guardabarros. En el asiento de adelante iban dos Caballeros de la Esvástica uniformados: el conductor a la izquierda, y un soldado al costado, para conservar la simetría. Detrás, en primer término, Seph Bogel y Sigmark Dugel. Después, en un asiento más alto, el propio Feric. Bogel, Dugel y Feric llevaban el uniforme que Feric había diseñado para la elite del Partido. Era de cuero negro, corte severo, adornado con hebillas y botones cromados, y rematado en un cuello alto y rojo asegurado con broches que repetían la esvástica blanca y negra. Los brazaletes y las capas eran similares a los que usaban los Caballeros de la Esvástica, pero los gorros de cuero negro tenían un corte más refinado, la visera cromada estrecha, y la insignia del Partido de plata, con la esvástica grabada en negro.

    Asegurado a la cintura de Feric, con un ancho cinturón de cuero tachonado de cromo, se alzaba el Gran Garrote de Held; lustrado y brillante como un espejo.

    De ese modo se proponía Feric Jaggar entrar en la segunda ciudad de Heldon: a la cabeza de una atrevida Tropa de Asalto, expresión de sonido, poder y color diseñada cuidadosamente por él mismo para maravillar a todos los espectadores.

    Ciertamente, cuando la procesión llegó a los suburbios del sur de Walder y aminoró la velocidad a unos cincuenta kilómetros por hora, ya había atraído a una pequeña multitud de motociclistas privados, automóviles de gasolina, e incluso ciclistas que pedaleaban frenéticamente para no quedarse atrás. Feric comprendió que esa gente había sido atraída por el excitante espectáculo de los hombres uniformados, que recorrían el camino a gran velocidad, y no movida por un sentimiento de lealtad al Partido, pues nunca hasta entonces habían visto los nuevos colores; aun así, quienes respondían a la escena con tanto entusiasmo muy probablemente eran hombres que tenían el apropiado espíritu helder.

    Llevada por un sexto sentido —sin hablar del tremendo estrépito que anunciaba la aproximación de la columna— la gente de Walder se acercaba y se alineaba en las calles, frente a las casas de ladrillo sólidas e impecables, para presenciar el paso del automóvil de Feric. Las limpias avenidas de cemento, las casas de colores claros con jardines y macizos de flores, el robusto pueblo trabajador ataviado con limpias ropas de color azul, gris y pardo, los tenderos de túnica blanca ribeteada, los niños de mejillas saludables... todo era sumamente grato para los ojos de Feric, mientras avanzaba por las calles colmadas de gente. La escena expresaba bien el carácter del caudal genético helder, y la saludable calidad de la vida ciudadana; era reconfortante ver tantos ejemplares excelentes de la verdadera humanidad en ese ambiente inmaculado.

    A medida que la columna se internaba en la ciudad, la multitud en las calles se hizo un poco más densa, y los edificios alcanzaron mayor altura; ahora abundaban las casas de cuatro y cinco pisos, en lugar de las residencias privadas. Estas casas eran también de ladrillos, a veces de vivos colores, y adornadas con toda suerte de fachadas de madera tallada y balcones individuales, Los árboles y los arbustos sombreaban apaciblemente las avenidas. A Feric ese barrio le pareció un tanto menos próspero, las fachadas más descuidadas y los negocios menos lujosos; pero en todo caso la limpieza y pulcritud de todo eran ejemplares.

    Además, aquí la calle se ensanchaba, y se veía un tránsito abigarrado que cedía el paso rápidamente al desfile motorizado; un elevado número de bicicletas, algunos automóviles de gasolina y motocicletas, camiones de vapor de distintos tipos, y algunos vehículos municipales. Cada vez que la columna tropezaba con algún vehículo cuyo estúpido conductor no había podido apartarse a tiempo, el coche del jefe y las motocicletas daban un rodeo sin disminuir la velocidad; los motores de las motocicletas rugían, y la multitud que miraba satisfecha prorrumpía en vivas espontáneos. El desordenado ejército de ciclistas y vehículos motorizados que iba tras la retaguardia de la Tropa de Asalto seguía la columna como mejor podía.

    A medida que el desfile se acercaba al centro de la ciudad, el número de tiendas iba aumentando, y las construcciones de ladrillo, hormigón o cemento eran más imponentes. Muchas tenían diez y hasta quince pisos de altura, con frentes de mármol, latón o piedra tallada. Al nivel de la calle, los edificios albergaban tiendas de amplios escaparates, que exhibían innumerables artículos: alimentos de toda clase, ropas, motores de vapor para el hogar con artefactos anexos, distintos aparatos, cuadros y adornos, estatuas, e incluso automóviles de gasolina para quienes pudieran pagarlos. A juzgar por los ruidos de las máquinas que llegaban a la calle y los operarios atareados que Feric veía de tanto en tanto por las ventanas superiores, los pisos altos de esos grandes edificios estaban consagrados a la artesanía y la industria. Era indudable que muchos de los artículos ofrecidos en venta en las tiendas de la planta baja se elaboraban allí mismo.

    La atmósfera en esta caldera del comercio y la industria era un tanto polvorienta, pero de todos modos las calles estaban limpias de residuos, y las aceras parecían admirablemente conservadas y pulcras. ¡Qué diferencia con las horribles cloacas de Gormond! Feric sentía la energía de la ciudad en cada una de estas manifestaciones de vida. Nadie podía dudarlo: el genotipo racial que construía ciudades como ésta era genéticamente superior a cualquier otra población de criaturas sapientes. Los helder tenían derecho al mundo, por obra de la aptitud evolutiva.

    Aquí, en el centro comercial de la ciudad, la multitud, distribuida en las aceras, mientras el espectáculo pasaba rugiendo en un gran despliegue de escarlata y esvásticas, parecía muy impresionada, y muchas personas vivaban espontáneamente al desfile. Aunque casi nadie tenía alguna idea de lo que aquello significaba o de la identidad del héroe que iba adelante, Feric se sentía obligado a recompensar esa aprobación instintiva con un ocasional y modesto saludo partidario. Esa buena gente comprendería muy pronto el significado del gesto, y el espíritu entusiasta que estaba creándose exigía sin duda cierta respuesta formal.

    Feric se sintió muy complacido ante las gentes que saludaron a la columna cuando ésta desembocó en la avenida Esmeralda, el ancho bulevar que atravesaba el corazón cultural y político de la ciudad; eran multitudes que armonizaban con la escala heroica de la arquitectura oficial.

    Aquí podían verse algunas de las pruebas más grandes y visibles de la importancia de la civilización helder. La municipalidad era un edificio macizo de mármol blanco, con un tramo resplandeciente de majestuosa escalinata y una heroica fachada de pilares, todos coronados por estatuas de bronce, figuras notables de la historia helder. Una vasta cúpula de bronce con una pátina de verde coronaba el edificio. Cada uno de los ocho pisos del Teatro Municipal tenía su propia fachada de pilares de piedra con frontones adornados por bajorrelieves, de modo que el macizo edificio parecía tener la levedad de una obra de pastelería. El Museo de Bellas Artes era una construcción baja de sólo tres pisos, pero se abría en una serie interminable de alas que se alejaban en todas direcciones, como frutos de un desarrollo natural. Este atrayente receptáculo de arte había sido construido con distintos materiales, y el estilo arquitectónico variaba un tanto de un ala a otra, y cada ala mostraba esculturas de diferentes períodos artísticos, de modo que el exterior reflejaba en conjunto las múltiples maravillas que albergaba el interior.

    Los diferentes edificios públicos de menor jerarquía eran apenas más pequeños, y no se habían ahorrado esfuerzos para embellecerlos con estatuaria heroica, con bronces y piedras bien trabajadas, con mármoles o fachadas metálicas. Todos los edificios daban a una plaza abierta, del otro lado de la avenida Esmeralda, de modo que el conjunto parecía tener una dilatada y heroica amplitud.

    Feric anhelaba ver el día en que los desfiles partidarios colmasen de extremo a extremo y a lo largo de kilómetros ese gran bulevar, con innumerables banderas del Partido, como bosques de color escarlata, marchando al son de la música marcial y entonando cantos patrióticos. Pronto llegaría ese día, pero por ahora el aullido de las motocicletas, el movimiento de las banderas, y el acero lanzado a gran velocidad eran una música y un espectáculo que estremecían el majestuoso bulevar, mientras los trabajadores y los funcionarios salían de los edificios para observar el paso de la columna.

    La columna recorrió toda la extensión de la avenida Esmeralda, arrastrando una creciente cola de cometa de bicicletas y coches, y luego comenzó a alejarse del centro de la ciudad, hacia el oeste. El sol comenzaba a ponerse, y el plan de Feric era atravesar el sector occidental de la ciudad antes de regresar al anochecer al centro de Walder, el sitio que se había elegido como asiento de la primera concentración, popular, pues sin duda la puesta del sol sería el momento más dramático para llevar a cabo lo que se había planeado.

    El trayecto llevó al convoy a través de otro activo distrito comercial, y luego por una zona de elegantes edificios de viviendas; pero lenta y sutilmente esos barrios tan bien mantenidos e inmaculados se transformaron en un vecindario donde la arquitectura de las viviendas era similar, pero las fachadas mostraban deterioros que no habían sido reparados, las paredes estaban sucias, los jardines secos y mal atendidos, y las calles cubiertas de basura e inmundicias. La gente que ocupaba las calles vestía ropas mugrientas y gastadas, y tenían expresiones hoscas y vacías; se alineaban en silencio al borde de las calles, un espectáculo lamentable y enfermizo, que recordaba demasiado bien a la chusma de Borgravia. Para el olfato educado de Feric, el hedor fétido de los dominantes flotaba en el aire.

    Feric se inclinó hacia delante y preguntó a Bogel:

    —¿Qué es esto?

    Bogel volvió el rostro con una expresión de desagrado en los rasgos finos.

    —Este barrio hediondo se llama Ciudad Gris. Es un refugio notorio de universalistas; la chusma que lo habita está totalmente infestada con la pestilencia de Zind. Periódicamente sale de esta cloaca para provocar desórdenes exigiendo obscenidades: fronteras abiertas y la procreación de criaturas esclavas subhumanas con la ayuda de consejeros de Zind. Cuando todos conozcan nuestro programa, no podremos mostrarnos en estos barrios.
    —Al contrario —le informó Feric—, en el futuro próximo nuestras Tropas de Asalto entrarán en esta zona y destruirán a los dominantes ocultos, responsables de este cáncer que afecta a la verdadera humanidad.
    —Nadie ha conseguido eliminar a los dominantes que habitan en este laberinto —dijo Bogel—. Están por doquier, aunque nunca se los ve.
    —En ese caso, romperemos cabezas hasta que el mejoramiento de la situación demuestre que los hemos eliminado. La única manera de destruir los arraigados sistemas de dominio es recurrir a la fuerza, con entusiasmo, y en cierto modo sin discriminación.

    Mientras la columna atravesaba las calles contaminadas, entre los jardines descuidados y los edificios deteriorados, Feric se prometió salvar al mayor número posible de esos pobres miserables, sometidos a los amos dominantes, para devolverles su auténtica herencia genética. Y con respecto a los que estaban tan comprometidos que ya no era posible salvarlos del sistema de dominio sin destruirlos, matarlos sería un acto de compasión, visto el estado en que ahora se encontraban.

    Cuando los últimos rayos de sol teñían de púrpura y anaranjado las colinas occidentales, y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, el automóvil de Feric llevó la columna motorizada por la ancha avenida que entraba en el Parque Bramen desde el sur. Aquí, sobre la cima aplanada de una colina de poca altura, en el extremo meridional del parque, Feric hablaría en el primer mitin de masas de los Hijos de la Esvástica.

    Desde la avenida, la colina ahora era claramente visible, y Feric alcanzaba a ver la llameante esvástica de madera de seis metros de alto que coronaba orgullosamente la cima. En torno de esta sobrecogedora insignia partidaria, se alzaba un semicírculo de antorchas de tres metros; cuando el automóvil se aproximó al parque, Feric pudo distinguir la plataforma baja del orador, flanqueada por gigantescas banderas escarlatas, todas con la esvástica; frente mismo a la insignia ardiente estaban los funcionarios del Partido, vestidos con uniformes de cuero negro, a la derecha de la plataforma; y a la izquierda se había instalado la banda militar con uniformes de Caballeros. Todo parecía preparado.

    Feric volvió la cabeza y distinguió las dos columnas paralelas de motocicletas, las banderas y los mantos escarlatas con la esvástica ondeando al viento como un inmenso fuego rojo en medio de la selva; el furioso rugido de los motores estremecía las moléculas del aire. Más lejos, a lo largo de la avenida, detrás de esta Tropa de Asalto, alcanzó a distinguir una vasta conmoción de vehículos de vapor, automóviles de gasolina, camiones y bicicletas que bloqueaban el camino de una acera a la otra, y detrás de estos vehículos una multitud de ciudadanos helder apresurándose para no perder el espectáculo. ¡En verdad, la escena estaba dispuesta, y ya podía comenzar la representación de lo que sería un momento crucial de la historia!

    Cuando el automóvil de Feric se aproximó a la base de la colina, los Caballeros de la Esvástica ejecutaron una hábil maniobra: las dos columnas de motocicletas aceleraron, y el conductor de Feric aminoró un poco la velocidad, de modo que el vehículo del jefe estaba flanqueado ahora, a ambos lados, por una línea exacta de Tropas de Asalto motorizadas. Cuando la procesión llegó a la base misma de la colina, donde la gigantesca esvástica encendida y la línea de antorchas llameaba contra el cielo cada vez más oscuro, se cumplió otra maniobra. Los dos motociclistas con banderas que iban a la cabeza de la columna retrocedieron y se acercaron, convirtiéndose en una colorida guardia que marchaba directamente frente al reluciente coche negro. Enseguida, las columnas de motociclistas se adelantaron al automóvil y a la guardia de la bandera, avanzaron por la avenida y treparon por la pendiente de la loma hacia el fuego que ardía en la cima. Mientras subían por la herbosa pendiente, los hombres se distribuyeron a intervalos regulares. Cuando las dos motocicletas que iban adelante llegaron a un lugar que estaba a unos tres o cuatro metros de la plataforma del orador, interrumpieron la marcha; el resto hizo lo mismo, instantáneamente, de modo que las dos columnas de motocicletas inmóviles formaron una guardia de honor, bordeando una senda que iba de la base a la cima de la colina.

    Al pie de este corredor, la guardia de la bandera y el coche del jefe esperaron inmóviles, mientras la multitud se acercaba por la avenida. Desde allí, Feric podía ver claramente a Bluth, Haulman, Decker y Parmerob de pie en un apretado grupo a la derecha de la plataforma, resplandecientes, vestidos con uniformes partidarios de paño negro y cromo. Stopa se destacaba claramente en su uniforme pardo de Caballero, separado de este grupo por varios metros de espacio abierto.

    No pasó mucho tiempo sin que toda la avenida detrás del automóvil de Feric fuese el escenario de un animado pandemonio, pues primero arribaron los vehículos de motor y desembarcaron a sus pasajeros; luego se acercaron los ciclistas y desmontaron, y por último comentó a llegar una gran multitud de gente a pie, por lo menos diez mil personas, que colmaron todo el espacio disponible.

    Todos gritaban y discutían, en un gran clamor, pero nadie se atrevía a poner el pie en la ladera desierta, donde el corredor de Caballeros motorizados aceleraba de tanto en tanto los motores: un sonido metálico que cortaba como un cuchillo el tumulto humano.

    Cuando consideró que había llegado el momento psicológicamente apropiado, Feric golpeó en un nombro a Bogel. A su vez, Bogel tocó el hombro del Caballero que viajaba al lado del conductor del coche negro. El Caballero alzó el brazo en el saludo partidario.

    Instantáneamente, la banda instalada en la cima de la colina atacó una briosa marcha marcial, y los dos motociclistas que guardaban las banderas comenzaron a subir la colina por el corredor, llevando las dos banderas con las esvásticas delante del automóvil. Mientras el automóvil de Feric seguía a la guardia cuesta arriba, hacia la esvástica en llamas, cada pareja de Caballeros hizo el saludo partidario en el momento de pasar el coche, y luego siguieron tras él, de modo que cuando la guardia llegó a la cima, y viró en redondo para detenerse frente al vehículo, las dos columnas originales de Caballeros montados se habían rehecho detrás,

    llevando consigo otras dos banderas del Partido. El vehículo de Feric se detuvo ante la guardia, y las dos columnas se dividieron en un semicírculo de motocicletas a unos seis metros de la media luna de antorchas, formando como un muro de seguridad entre la zona del orador y la gran multitud de ciudadanos que ahora había comenzado a subir por la colina.

    Con un mínimo de ceremonia, Bogel y Dugel descendieron del automóvil y se unieron a los restantes funcionarios del Partido, junto a la plataforma del orador. Por su parte, Feric esperó en el automóvil, hasta que la multitud comenzó a presionar el círculo de motocicletas.

    Entonces, descendió lentamente del coche. Cuando su pie tocó el suelo, todos los funcionarios del Partido y los Caballeros extendieron el brazo derecho en el saludo partidario, y se oyó un entusiasta rugido:

    —¡Hail Jaggar!

    Los saludos se repitieron hasta que Feric llegó a la plataforma del orador, y el automóvil fue llevado detrás de la gran esvástica en llamas, donde no perjudicaría el espectáculo. En lugar de subir a la plataforma, Feric se volvió para enfrentar a la gran multitud de ciudadanos helder que colmaba la ladera de la colina; un público de adecuada magnitud. Se detuvo para obtener un efecto dramático, como si estuviese inspeccionando a la multitud reunida. Luego él también alzó la mano en el vibrante saludo partidario.

    En ese mismo instante se oyó otro gran clamor de —¡Hail Jaggar!—, un entrechocar de talones, y luego los brazos de los Caballeros y los funcionarios del Partido descendieron marcialmente.

    Feric permaneció de pie al lado de la plataforma, la mano derecha apenas apoyada en el mango del Cetro de Acero, mirando con expresión decidida a la gran multitud, mientras Bogel subía a la plataforma y pronunciaba un breve discurso de introducción.

    —Hoy no vengo a hablar como jefe del Partido del Renacimiento Humano, porque ese partido ya no existe. Como el fénix legendario, ahora surge de sus cenizas algo más grande y más glorioso, la auténtica y definitiva expresión de la voluntad racial de Heldon, un partido nuevo, una cruzada nueva, una nueva causa: ¡los Hijos de la Esvástica! Y para dirigir esta fuerza nueva y poderosa, un nuevo líder, un hombre nuevo, un héroe en el más cabal sentido de la palabra. ¡He aquí al Comandante de los Hijos de la Esvástica, Feric Jaggar!

    Bogel concluyó su introducción golpeando los talones y elevando el brazo en el saludo partidario. Al mismo tiempo, todos los caballeros y los funcionarios del Partido lo imitaron: —¡Hail Jaggar!—. Más aún, los grupos de afiliados al Partido distribuidos estratégicamente en la multitud hicieron otro tanto, promoviendo cierto número de gritos y saludos espontáneos, y obteniendo una respuesta bastante activa.

    Mientras se prolongaba el clamor, Bogel abandonó la plataforma; luego de un intervalo apropiado. Feric hizo una señal con la mano, y una súbita fanfarria de trompetas dominó el vocerío. Feric subió a la plataforma; la esvástica en llamas se recortaba detrás, contra la oscuridad del cielo, bañando a Feric en una heroica bruma rojiza, arrancando destellos al metal de su uniforme de cuero negro, y encendiéndole los ojos penetrantes.

    Sentía en el aire como una fuerza física, el silencio pavoroso, cerniéndose sobre la gran multitud; millares de personas, hombro contra hombro hasta donde él podía ver, todas las fibras de cada alma concentradas exclusivamente en él, esperando a que hablase. Sintió el poder irresistible del destino que le recorría el cuerpo, fundiéndose con la energía de su propia y poderosa voluntad. Él era la encarnación concreta de la causa más excelsa de la raza, la materialización de la voluntad racial, y sentía que la multitud que se extendía ante él así lo comprendía. Él era la voluntad de Heldon; no podía ni debía fracasar.

    Las palabras le brotaron espontáneamente de los labios.

    —Han transcurrido más de mil años desde la Época del Fuego, y todavía los mutantes pululan sobre la tierra contaminando a la verdadera humanidad con genes sucios y deformes. ¿Quién puede negar que Heldon es un bastión de la pureza racial en un mar de pestilencia? Hacia el sur está Borgravia, un estado rico en potencial genético, y por lo tanto un país que por derecho propio pertenece al dominio helder, pero gobernado ahora por viles mutantes y mestizos que procuran eliminar hasta el más mínimo resto del genotipo humano puro. Al oeste, Vetonia y Husak, estercoleros de basura genética, uno peor que el otro, donde se persigue y envilece al auténtico genotipo humano. Allende estas obscenidades políticas están las cloacas genéticas de Cressia, Arbona, Karmath y sus anexos, cuyos caudales genéticos no merecen la vida; más allá sólo hay desiertos radiactivos. Todos estos mutantes y mestizos son nuestros implacables enemigos raciales... ¡y eso aun no es lo peor!

    Feric hizo una pausa buscando cierto efecto dramático y en ese instante sintió la tremenda oleada de energía psíquica y exultante aprobación que se volcó sobre él; diez mil pares de ojos ardían como carbones encendidos en la oscuridad. En todos se manifestaba un idéntico e insaciable apetito: seguir oyendo lo mismo; el anhelo racial del pueblo helder: escuchar la verdad dicha sin rodeos, un anhelo que desde hacía mucho nadie satisfacía.

    —¡No, eso no es lo peor ni mucho menos! —rugió Feric—. Pues hacia el este, acechando detrás de farsas políticas como Wolack y Malax, ¡se encuentra la inconcebible vastedad y la descomposición inigualada de los campos de esclavos de Zind! ¡La mitad de la población de mutantes del mundo está gobernada por un puñado de doms! ¡Vastos recursos y una gigantesca población en un imperio de perversos dominantes, cuyo principal deseo es exterminar los últimos vestigios de la verdadera humanidad que aún habita la faz de la tierra, gobernando eternamente una chusma mundial de esclavos sin alma! ¡Y eso no es lo peor!

    De nuevo Feric hizo una pausa, y en ese momento casi llegó a palpar la respiración contenida de la multitud frente a él. Estaba despertando los instintos adormecidos de la voluntad racial y la indignación justiciera. Estaba encendiendo los espíritus sólo porque se atrevía a decir la verdad pura y simple. Estaba creando un Juggernaut de poder racial.

    —¡Tenemos lo peor aquí, en Heldon! —continuó—. Tenemos aquí un gobierno de cobardes y débiles que lamen las botas de la chusma hedionda y quieren producir esclavos descerebrados relajando el rigor de las leyes de pureza genética. Así confían en defender su propio y miserable pellejo cuando llegue el momento de ajustar cuentas. En Heldon, la última esperanza del verdadero genotipo humano, tenemos un gobierno de imbéciles que coquetea con los malolientes universalistas, aunque sabe perfectamente que el universalismo es la cínica creación de los dominantes de Zind. ¡En Heldon, la patria de la pureza humana, vivimos infestados por dominantes secretos consagrados con fanatismo inhumano a nuestra destrucción total!

    Esta vez, cuando Feric se interrumpió, se alzó un enorme clamor de voces indignadas. Un bosque de puños se agitó en el aire. Los más profundos instintos raciales de la multitud habían despertado al fin del letargo. El aire vibraba de energía; todos reclamaban la sangre de los dominantes.

    —Lo que ahora necesitamos es una nueva y fanática decisión: ¡prevenir la pureza racial de Heldon! ¡Lo que ahora necesitamos es un gobierno que exprese la férrea voluntad de purgar a toda Heldon del último dom y del último gene contaminado, mediante el hierro y el fuego! Lo que ahora, necesitamos es una política exterior consagrada implacablemente a la conquista total y definitiva del último centímetro de suelo habitable por las fuerzas de la verdadera humanidad. ¡Lo que ahora necesitamos es un nuevo partido de fuerza heroica y entusiasmo fanático que expulse del poder a la chusma actual, y la arroje al basural de la historia! ¡Lo que ahora necesitamos es una jefatura que quiera y pueda guiar al pueblo helder a una victoria definitiva y abrumadora sobre todos los dominantes, mutantes y mestizos que se nos oponen! ¡Lo que Heldon necesita ahora es el apoyo absoluto y fanático de todos los verdaderos hombres a los Hijos de la Esvástica!

    De la multitud brotó un tremendo grito de aprobación. Diez mil brazos se alzaron una y otra vez, en un saludo repetido y espontáneo. Feric permitió que esta entusiasta demostración continuase un momento, mientras él paseaba la vista sobre la multitud frenética, una figura decidida a todo envuelta en el impresionante halo anaranjado de la gigantesca Esvástica que dominaba el cielo.

    Luego, con gesto dramático, Feric alzó el Gran Garrote de Held, y sostuvo ante sí, en el saludo partidario, el arma reluciente. En la multitud se oyeron murmullos y exclamaciones ahogadas, a medida que la gente identificaba el legendario Cetro de Acero; pasó un minuto o dos y reinó un absoluto silencio.

    El reluciente extremo esférico del arma se iluminó con el resplandor del fuego, y ardió como un sol en miniatura, mientras Feric la elevaba sobre su propia cabeza, forzando todo lo posible la voz para llegar al pueblo con acentos realmente heroicos.

    —Sostengo en mi mano el Gran Garrote de Held, y en este mismo acto reclamo el derecho único y exclusivo de gobernar a toda Heldon y las áreas vecinas, no para mí mismo, ¡sino en nombre de la Esvástica! ¡Me consagro yo mismo, consagro a los Hijos de la Esvástica y a esta arma sagrada a la nueva purificación de toda Heldon por la sangre y el hierro, y a la extensión del dominio de la verdadera humanidad sobre la faz de la tierra! ¡No habrá descanso mientras no haya desaparecido de la superficie del planeta el último gene imitante!

    Milagrosamente, como reunida en una sola voz gigantesca, y con sobrecogedora precisión, todos los miembros de la enorme multitud elevaron el brazo derecho y entonaron:

    —¡Hail Jaggar! ¡Hail Jaggar! ¡Hail Jaggar! —Pareció que el clamor llegaría al cielo intimidando a los mismos dioses.

    Satisfecho, Feric bajó el Gran Garrote y devolvió el saludo. Pero el volumen y el fervor del canto aumentaron aún más, y hubo un frenético movimiento de brazos. El entusiasmo del momento elevó el alma de Feric a alturas inauditas de gozo racial. Diez mil o más helder se habían convertido en fanáticos fieles del Partido. Así como una antorcha había encendido la gran esvástica de madera que ardía a sus espaldas, así sus palabras y su voluntad habían encendido la esvástica en el alma de esos buenos helder. Así como la esvástica flameante iluminaba el cielo nocturno con lenguas de fuego anaranjado, también la esvástica del alma helder disiparía las sombras del espíritu y bañaría de luz celeste la insignia de la Nueva Época.


    7


    Los Hijos de la Esvástica ocupaban el cuarto piso de un edificio de piedra de diez plantas; el resto había sido alquilado a diferentes comerciantes, pequeños empresarios, médicos, etcétera. Por orden de Feric, Haulman había elegido una casa en la que el Partido era el principal inquilino; además, había mejorado la propuesta de Feric, alquilando el piso a un individuo que estaba muy endeudado. De modo que, si bien el Partido ocupaba un solo piso del total de diez, Feric había podido imponer la redecoración de toda la fachada.

    Los seis pisos superiores de piedra negra habían sido pintados de rojo, y sobre este enorme campo rojo se destacaba una esvástica negra en un círculo blanco de proporciones adecuadas, de modo que la mitad superior de la fachada parecía una gigantesca bandera del Partido, Inmediatamente debajo había una gran placa de bronce que proclamaba orgullosamente: «Cuartel Nacional de los Hijos de la Esvástica». Dos grandes banderas del Partido pendían sobre la calle. En general, Feric había logrado transformar la fachada de ese edificio común y corriente, adaptándola a su propio estilo y propósito.

    Como el Cuartel General del Partido era literalmente una gigantesca bandera roja desplegada frente a la chusma universalista, se habían adoptado las correspondientes precauciones de seguridad. Una patrulla de Caballeros uniformados, armados con pistolas y garrotes, montaba guardia en la calle, vigilando la entrada de visitantes a toda hora del día y la noche. Cuatro guardias permanecían constantemente en la puerta misma. Sobre el techo del edificio había cuatro puestos de ametralladoras, atendidos permanentemente, que cubrían todos los ángulos. Día y noche, con intervalos breves, patrullas de seis Caballeros recorrían el terreno alrededor del edificio. En su interior, todos los pisos estaban patrullados continuamente por Caballeros armados, y en el cuarto piso sólo se podía entrar por dos escaleras, ambas protegidas por ametralladoras.

    Sobre la calle lateral había un terreno baldío rodeado por una alta empalizada de alambre de púa electrizada con la poderosa corriente de un motor instalado en el edificio. La guarnición de Caballeros del Cuartel General vivía en el lugar mismo, y ocupaba una serie de barracas bajas de madera. Este sector incluía unos doscientos motociclistas con sus máquinas. En caso de ataque al Cuartel General del Partido, la chusma quedaría atrapada entre los hombres del edificio y esta Tropa de Asalto motorizada, y sería aplastada sin piedad. Incluso hubiese sido posible rechazar durante un período prolongado un ataque de las tropas regulares.

    El cuarto piso estaba dividido en una serie de oficinas, salas de reuniones y dormitorios. Si bien Stag Stopa se alojaba con los Caballeros en el patio, y los restantes funcionarios del Partido se retiraban de noche a sus casas. Feric dormía en el edificio mismo, como también Bogel. Además, Ludolf Best, un joven despierto que por su inteligencia y devoción a la causa y a la persona de Feric era un ayudante personal de condiciones ideales, dormía también en el Cuartel General, donde estaba constantemente al servicio de su amo.

    Aunque el despacho de Feric era el más espacioso, habían cuidado de que tuviera un aspecto austero. Las paredes estaban revestidas de madera sin cepillar, como en las barracas militares. El cielo raso y el suelo eran de yeso y baldosas respectivamente, ambos pintados de rojo, con la esvástica roja dentro de un círculo blanco. Frente al sencillo escritorio de roble de

    Feric había tres hileras de bancos de madera, de modo que si era necesario podía hablar a un grupo bastante numeroso. Sobre el escritorio, el Gran Garrote de Held descansaba en una bandeja cubierta de terciopelo negro. Este símbolo, las cortinas negras en las dos ventanas, la gran bandera del Partido colgada como un tapiz detrás de la mesa, y un enorme cuadro al óleo de la Batalla de Roost eran los únicos adornos del despacho.

    Con gasto considerable y por insistencia de Bogel se había adquirido un televisor privado. Era una sencilla caja de acero con pantalla de vidrio, y ocupaba un rincón discreto de la habitación. Ahora, Feric y Bogel se habían sentado en uno de los bancos, y por primera vez estaban usando el costoso artefacto.

    —Ya ve, Feric, que bien valía la pena —insistió Bogel por décima vez—. Con este receptor podemos ver todos los canales públicos de televisión, y obtener información valiosa.

    Un tanto dubitativo, Feric observó al ministro de Finanzas que leía un aburrido informe económico en el noticiero oficial de mediodía. Aún no comprendía bien para qué podía servir todo eso; la televisión pública estaba en manos del gobierno decadente. No cabía duda de que esas emisiones eran un instrumento de propaganda de inmensas posibilidades, pues llegaban a los televisores de todas las plazas de Heldon; pero parecía imposible que el Partido pudiera aprovechar alguna vez para sus propios y patrióticos fines esa maravilla ultramoderna de la ciencia helder.

    De pronto, Feric abrió asombrado los ojos, pues en la pantalla había aparecido su propia imagen, sobre el fondo de una esvástica en llamas, y ahora se oía la voz del comentarista oficial:

    «...esta tercera asamblea de masas de los Hijos de la Esvástica en otras tantas semanas habría de terminar en la tragedia de la violencia...».

    La pantalla mostraba la avenida Esmeralda colmada de ciudadanos de una acera a la otra, todos con brazaletes que exhibían la esvástica y muchos llevando antorchas en la mano. Podían verse veintena de banderas con la esvástica roja, enarboladas triunfalmente sobre la multitud.

    —¡Bogel, la estupidez del régimen libertario me asombra! —exclamó Feric—. Si regaláramos palas a estos cretinos, se cavarían de buena gana su propia tumba.
    —Desde el punto de vista de ellos, están previniendo al pueblo contra una amenaza —observó astutamente Bogel—. ¡Pero lo que en verdad consiguen es que todo el territorio de Heldon conozca nuestra existencia!.

    Ahora la pantalla mostraba una apretada formación de Caballeros encabezando al pueblo a través de las calles, montados en las llamativas motocicletas, vestidos con uniformes pardos y llameantes capas escarlatas.

    «...se desarrolló pacíficamente, hasta que los manifestantes llegaron a Ciudad Gris, donde fueron recibidos por escuadras volantes de universalistas...».

    Ahora podían verse las sórdidas calles de Ciudad Gris, mientras los Hijos de la Esvástica desfilaban en ese ambiente de pobreza y suciedad. De pronto, una escuadra de hombres, todos mal vestidos y muy sucios, esgrimiendo garrotes y cuchillos, apareció por una calle lateral y se arrojó sobre la columna de ciudadanos desarmados. En un instante una docena o más de Caballeros viraron con sus máquinas y se echaron sobre la chusma cobarde enarbolando los largos garrotes de acero. Los pocos universalistas que no fueron derribados en un minuto o poco más de acción violenta, huyeron de la escena dando alaridos y con las cabezas ensangrentadas. Aunque el comentarista oficial insistía en el hecho de que las tropas de la Esvástica y las pandillas universalistas ajustaban sus diferencias en las calles perjudicando el orden público, Feric advertía claramente que el buen helder que observaba el espectáculo en las plazas públicas de todo el territorio de Heldon daría más crédito a sus propios ojos que a las tonterías de los charlatanes del gobierno; y lo que en efecto veían era el triunfo de la Esvástica. A tales extremos estaban corrompidos los cerebros de los traidores raciales, que difundían propaganda de la Esvástica sin advertirlo siquiera, pues la visión de las masas agrupadas tras la insignia de la Esvástica y aquel glorioso triunfo hablaban al corazón, y en cambio la vulgar crítica del comentarista bien educado a lo sumo podía alterar la digestión de unos pocos espectadores.

    —Tiene que haber un modo de engañar a estos idiotas, y que permitan el acceso del Partido a las transmisiones públicas —dijo Feric—. Si pudiésemos difundir nuestra propia propaganda a todas las plazas de Heldon, en un mes o dos eliminaríamos del poder a esos degenerados, y los enviaríamos a la cloaca a que pertenecen.
    —Incluso en las condiciones actuales, siempre encontramos la manera de mostrar nuestros espectáculos —destacó Bogel...

    Feric sonrió y asintió.

    —¡Basta destruir a unos pocos universalistas en cada mitin para asegurar nuestra presencia en los canales de televisión!

    Cuando Bogel apagó el receptor, Ludolf Best, rubio ejemplar de la verdadera humanidad, joven esbelto y enérgico, de atractivo uniforme de cuero negro y manto escarlata, entró en la oficina, se acercó a Feric con paso marcial, golpeó los talones, saludó con el brazo y esperó rígidamente en posición militar.

    —¿Qué pasa, Best?
    —Mi Comandante, el brigadier Lar Waffing ha venido a pedir audiencia inmediata.
    —Bogel, ¿qué sabe de este Waffing? —preguntó Feric:
    —Una figura importante —replicó Bogel—. Comandante de acorazados aéreos en la otra guerra, y un héroe a pesar de su juventud. Aunque la familia es bastante rica, no abandonó la carrera militar después de la guerra; al fin renunció al cargo de brigadier como protesta contra la política cobarde del régimen actual.

    Ese Waffing parecía un auténtico patriota y un hombre animoso, reflexionó Feric; y lo que era más importante, tenía sin duda gran influencia en los círculos militares y económicos.

    —Hágalo pasar, Best —ordenó Feric; se puso de pie, cruzó la habitación y fue a instalarse detrás de su escritorio. Quería recibir al visitante con cierta dignidad.

    El hombre a quien Best introdujo en el despacho tenía una figura extravagante, por no decir cómica. Waffing era un individuo alto, de rasgos regulares que revelaban la más elevada pureza genética, y de una apariencia robusta, cálida y viril; pero había engordado considerablemente desde los años de la guerra. Estaba vestido con una túnica gris de estilo militar, adornada con abundantes recamados de oro, y llevaba una capa azul; ese estilo, en un hombre común del tamaño de Waffing habría sido ridículo, pero Waffing exhibía una aureola de voluntad y virilidad que le permitía ostentar ese atuendo.

    Los dos hombres marcharon al paso hasta el escritorio, y Feric observó sorprendido pero al mismo tiempo con agrado que Waffing acompañaba a Best en el saludo partidario, y que iniciaba la entrevista con un —¡Hail Jaggar! Sonriendo amablemente, Feric retribuyó el saludo, ordenó a Best que se retirase y pidió a Waffing que se sentara en el primer banco, al lado de Bogel. Había algo en la personalidad de Waffing que atraía instintivamente a Feric, completamente al margen del provecho que pudiera sacar de un hombre de ese calibre.

    —Jaggar, veo que usted es un hombre con quien se puede hablar claro —dijo Waffing con voz profunda y resonante—. Un hombre muy parecido a mí. Me gusta lo que está haciendo. Como yo mismo me dije muchas veces, el único modo de tratar a los enemigos de la pureza genética es romperles la cabeza, y me alegro de que en Heldon haya al fin un partido consagrado precisa mente a eso. Me gustan las cosas que usted dice, Jaggar; yo mismo vengo diciéndolas desde hace años, pero no tengo el talento oratorio de usted y, además, no deseo ensuciarme complicándome en las pequeñas maniobras de los procesos electorales. Pero usted ha convertido a los Hijos de la Esvástica en expresión de la voluntad racial, y no en una sociedad de charlatanes, y por eso con mucho gusto vengo a ofrecerle mis servicios.

    Feric se sintió profundamente conmovido por esta profesión de lealtad en un hombre de semejante jerarquía. La franca honestidad de Waffing era convincente, sobre todo porque no había en ella ni un gramo de falsa humildad. Sólo un magnífico ejemplar de la verdadera humanidad, consciente de su propia estatura heroica, podía hacer una declaración inmediata de fe en la causa que no pareciera arrogante ni sospechosamente servil.

    —Brigadier Waffing, le doy la bienvenida en su condición de nuevo miembro del Partido —dijo Feric—. Estoy seguro de que servirá bien a nuestra causa.
    —¡Y yo estoy tan seguro como usted! —exclamó Waffing, con una risa sonora—. Por lo que he podido saber de esta organización (que es mucho, pues tengo acceso a todos los informes de inteligencia del Comando de la Estrella), considero que carecen ustedes de una adecuada dirección militar. Por supuesto, usted, verdadero hombre Jaggar, tiene el instinto del mando supremo, pero en el nivel de la jefatura militar no supera el abismo en que se encuentra ese rufián llamado Stopa.
    —Stopa hace bastante bien su trabajo —replicó cautelosamente Feric—. Las cabezas rotas de centenares de matones universalistas demuestran la eficiencia y la fuerza de los Caballeros de la Esvástica, que él comanda.

    Waffing sonrió.

    —No lo dudo, no lo dudo —dijo—. Estoy seguro de que ese hombre conduce bastante bien a su pequeña banda, Pero no creerá seriamente que puede ponerlo a la cabeza de un verdadero Ejército.

    Feric advirtió que el comentario del militar tenía un sentido más profundo.

    —Los Caballeros de la Esvástica no son más que una fuerza privada de seguridad —dijo con voz neutra—. Mal puede considerárselos un Ejército.
    —Hablaré claro —dijo Waffing—. La mayoría de los miembros del Comando de la Estrella simpatiza con los Hijos de la Esvástica, pero como están firmemente decididos a defender su propia posición no permitirán que los Caballeros sean mucho más poderosos bajo la dirección actual.
    —¿Bajo la dirección actual?
    —No puede pretender que el Comando de la Estrella confíe en las intenciones amistosas de una gran fuerza dirigida por individuos como Stopa. Por otra parte, si esas Tropas de Asalto estuviesen encabezadas por un hombre que goza de la confianza de los generales, éstos llegarían a ver un aliado en los Caballeros de la Esvástica, más que un rival. Feric no pudo contener una risita.
    —¿Un hombre como usted mismo? —preguntó a Waffing.

    Waffing mostró una amplia sonrisa de burlona humildad.

    —Es cierto que estoy acostumbrado a mandar, y que gozo de la confianza del Comando de la Estrella —dijo—, Con respecto a mis calificaciones personales, no me atrevería a ofrecerle consejos, Comandante Jaggar.
    —¿El Comando de la Estrella le ha encomendado esta misión?

    La respuesta de Waffing fue instantánea y vigorosa, y se caracterizó por una sinceridad intensa, casi fanática.

    —¡Comandante, soy leal a usted y a los Hijos de la Esvástica! —gritó, los ojos chispeantes—. ¡Si usted lo manda, iré a limpiar letrinas, para servirlo, y servir a la Esvástica! El Comando de la Estrella nada sabe de todo esto; yo me limito a informar aquí cuál es la actitud de los generales, y a sugerir una solución.

    La situación era muy clara. Si Stopa conservaba el mando de las fuerzas, el Ejército no permitiría que los Caballeros se convirtiesen en una posible amenaza; es decir, no toleraría que llegasen a ser una fuerza militarmente útil. Si se designaba jefe a Waffing, el Comando de la Estrella se mostraría menos precavido; más aún, era posible que se lo conquistase del todo, pues la mayoría estaba formada por buenos patriotas helder. Por otra parte, el núcleo de los Caballeros procedía de los ex Vengadores y los hombres que ellos habían reclutado; esos individuos sentían por Stopa un respeto temeroso apenas inferior al que sentían por el propio Feric. La sustitución de Stopa por un extraño como Waffing sin duda provocaría inquietud en las filas. Se necesitaba una solución más sutil.

    —Lo designaré secretario de seguridad del Partido —dijo Feric a Waffing—. Crearé una nueva guardia, los Soldados de la Esvástica, un verdadero cuerpo selecto, cuyos miembros se seleccionarán de acuerdo con la abnegación, la pureza genética, la fuerza física y la inteligencia. Usted no mandará directamente ni a los Caballeros ni a la Escuadra de la Esvástica; pero en su condición de secretario de seguridad tendrá autoridad sobre los jefes de ambas tropas. Este tipo de organización tranquilizará sin duda al Comando de la Estrella.

    En el rostro de Waffing apareció una ancha sonrisa.

    —¡Una idea genial! —declaró—. Mejor que la que a mí podría habérseme ocurrido. —Waffing volvió a reír de buena gana—. Cuando me conozca, mejor —dijo traviesamente—, ¡sabrá lo que significa ese cumplido viniendo de labios de Lar Waffing!

    Ante lo cual Bogel y el propio Feric no pudieron menos que echarse a reír amistosamente.

    Finalmente, Feric pudo convocar a la primera reunión plenaria del Círculo de la Esvástica, la jerarquía partidaria reorganizada y rebautizada por completo; en verdad se sentía profundamente complacido por los importantes cambios que él mismo había llevado a cabo. Habían desaparecido los mezquinos títulos que antes se usaban en el Partido, reemplazados por denominaciones altisonantes, plenas de vigor y fuerza, las que, además, aclaraban perfectamente los distintos eslabones de la cadena de mando. También habían desaparecido las formas personales de atuendo con que los líderes partidarios se habían presentado la primera vez ante Feric; con excepción de Stopa en su uniforme pardo de Caballero, todos los hombres sentados alrededor de la sencilla mesa de roble, en la sombría sala de conferencias, vestían el resplandeciente uniforme de cuero negro de la elite del Partido. Más aún, la estructura del Círculo de la Esvástica reflejaba perfectamente la voluntad de Feric. Bogel era ahora Alto Comandante de la Voluntad Pública, y su tarea era formular los objetivos del Partido y difundirlos en la población helder; por otra parte, hombres como Parmerob y Marker habían desaparecido de los altos círculos partidarios. Haulman continuaba a cargo de la caja del Partido, pero sin el rango de Comandante; una distinción que destacaba claramente la relación entre la necesidad económica y la política partidaria. Waffing era Alto Comandante de Seguridad. Se había concedido a Stopa el título ambiguo de Comandante de los Caballeros de la Esvástica, de modo que su jerarquía era inferior a la de Waffing, si bien tenía derecho a ocupar un lugar en el Círculo de la Esvástica. En beneficio de la simetría, Bors Remler, Comandante de la nueva escuadra, los Soldados de la Esvástica, también ocupaba un lugar en el Círculo de la Esvástica. Con el fin de destacar la supremacía absoluta de su cargo como Comandante Supremo, Feric había incluido a Best en el Círculo de la Esvástica, con la jerarquía de Alto Comandante, pese a que el muchacho no tenía un solo subordinado en la línea de mando. Con respecto a Bluth y Decker se los había remitido a la mediocre oscuridad que se merecían. En general, se había reordenado la estructura interna del Partido, en vista de la lucha heroica que se avecinaba.

    Feric inauguró la reunión sin mayores formalidades; la atmósfera se parecía más a un encuentro de camaradas que se disponen a discutir la estrategia que seguirán en el campo de batalla que a una sesión polémica de un partido burgués.

    —Nuestra meta final es el restablecimiento del dominio de los humanos verdaderos sobre la tierra habitable, y la eliminación de todos los sapientes subhumanos. El primer paso fundamental en este sentido ha de ser establecer el dominio absoluto de la Esvástica en Heldon. Tenemos que adoptar medidas prácticas que nos permitan conquistar el poder.

    Este franco enunciado fue recibido con ferviente entusiasmo. Sobre todo Remler parecía arder en un fuego fanático; los helados ojos azules y los rasgos aquilinos irradiaban un frenesí patriótico casi palpable.

    —Con quinientas motocicletas y cinco mil hombres, los Caballeros pueden tomar Walder en un día —prometió Stopa—. ¡Con mil motocicletas y diez mil hombres, marchamos sobre Heldhime y aplastamos a todos esos insectos!
    —No es tan simple —dijo Waffing, sin alzar la voz ni irritarse—. Si los Caballeros se apoderan de Walder o marchan sobre la capital, el gobierno ordenará que el Ejército intervenga. En lugar de atemorizarse, el Comando de la Estrella actuará contra nosotros, y se perderá nuestra causa. No podemos derrotar al Ejército regular en una guerra civil de carácter local.
    —Por mi parte, me inclino por el método electoral —dijo Bogel—. Pronto habrá elecciones para los cargos del Consejo; es necesario elegir a los nueve titulares. Confío en que por lo menos podamos enviar a Feric. Si Feric está en Heldhime como consejero, es indudable que en la elección siguiente, dentro de cinco años, podremos introducir a cuatro hombres más en el Consejo.

    El rostro delgado y brillante de Remler ardió de indignación.

    —¡No podemos esperar cinco años para tomar el poder! —exclamó—. ¿Cuántos genes se perderán en cinco años? ¿Hasta dónde llegará la penetración de los dominantes en el cuerpo de Heldon? ¿Qué fuerza llegarán a tener los universalistas? ¡Nuestro sagrado deber racial es tomar el poder absoluto con la mínima demora posible!
    —¡Bien dicho! —declaró Feric. Era indudable que había elegido bien al nombrar a Remler como jefe de los SS. El individuo era un idealista brillante, pero absolutamente pragmático, y había expresado con exactitud el imperativo moral inmediato. Los dos relámpagos rojos que Feric había ideado como insignia especial de los SS se ajustaban bien al vigor y al estilo del jefe; Remler era un excelente modelo para la elite de probada pureza genética que él comandaría.

    El discurso de Remler simplemente había confirmado el carácter moral y la conveniencia práctica del plan que Feric ya había elegido. Comprometer al Partido en la búsqueda del poder sólo mediante el decadente mecanismo electoral era traicionar la causa sagrada de la pureza genética. Pero una campaña política podía centralizar eficazmente la propaganda partidaria; y había algo más importante: a cada candidato al Consejo se le daba una hora en los programas de la televisión nacional, para que la utilizara como le pareciera más conveniente.

    —He decidido cuál será nuestro curso inmediato —declaró Feric—. Yo y sólo yo seré candidato al Consejo. El hecho de que mi candidatura nos facilitará una hora semanal de televisión pública para difundir nuestra propaganda (la que no tiene por qué limitarse a las trivialidades de la política electoral) es argumento suficiente para convencerme de la necesidad de participar. En el curso de la campaña organizaremos mítines de masas y manifestaciones de fuerza. Expulsaremos de la calle a los universalistas apelando al puño y el hierro, y lograremos que las cosas se pongan bastante feas también para los tradicionalistas y los libertarios. La meta no será tanto ganar la elección como demostrar a los patriotas de Heldon nuestra decisión de conquistar el poder y nuestra aptitud genética e ideológica. Con toda intención atraeremos sobre nosotros la ira de los escuadrones universalistas, de modo que nos presenten sus cráneos y podamos destrozarlos. El Partido no será un instrumento para ganar la elección; más bien la elección será un instrumento para promover los fines últimos del Partido.

    Aquí, incluso el idealista Remler se unió al aplauso de todos. Se había forjado el instrumento de la victoria final; ahora, se lo aplicaría con fanatismo implacable y fuerza abrumadora.

    El Estadio Municipal de Heldhime era un vasto recinto de hormigón que albergaba a bastante más de cien mil personas, y en la noche de la primera asamblea de masas de los Hijos de la Esvástica, cada centímetro de las plateas y también de las graderías estaba atestado de verdadera humanidad. El borde superior del estadio así como la pared interior de la arena habían sido adornados con resplandecientes insignias —esvásticas rojas, blancas y negras— creando una ferviente atmósfera patriótica.

    En el centro exacto de la pista se había levantado la plataforma para los oradores; era un sencillo cubo de madera pintada de blanco, de tres metros de lado. De ese modo, podía verse al orador desde todos los rincones del estadio.

    Rodeando la plataforma y ocupando la pista, un mar de uniformes y fuego. Ocho mil Caballeros de la Esvástica con sus uniformes de color pardo estaban allí de pie, sosteniendo en alto antorchas flameantes. Entre esos Caballeros, dos mil Soldados de la Esvástica con uniformes de cuero negro y capas negras especiales, formaban una gran esvástica cuyo centro era la plataforma de los oradores. Como la formación SS no tenía antorchas, el aspecto de la pista desde el borde superior del estadio, donde Feric había ordenado que se instalasen las cámaras de televisión, era un gran círculo de fuego con una gigantesca esvástica negra que resplandecía como un metal fantástico en medio de la masa de antorchas. La plataforma blanca del orador se destacaba en el centro de esta enorme esvástica negra como el ombligo del universo.

    Mientras esperaba el comienzo de la asamblea en el interior hueco de la plataforma, acompañado de Lar Waffing, Feric experimentaba una exaltación casi insoportable; en esta asamblea de masas, en que anunciaría su propia candidatura, culminaría la semana más excitante que hubiera pasado hasta entonces en Heldon. Su primera visita a la principal ciudad del mundo, de arquitectura heroica y avanzada tecnología, había sido bastante emocionante en sí misma; pero había algo más importante en esa coyuntura: Heldhime era desde todo punto de vista la cabeza de Heldon. Allí sesionaba el Consejo y tenían su sede los ministerios oficiales, el Comando de la Estrella, y la mayoría de las grandes industrias de la Alta República. Heldhime era el centro de la investigación científica y la producción más avanzadas. Aquí estaban las riendas del poder, que él podía tomar.

    Waffing había presentado a Feric en los altos círculos económicos, así como ante miembros importantes del Comando militar de la Estrella. Muchos oficiales habían dado dinero para la caja del Partido, y todos los generales se habían declarado enemigos de los universalistas y los dominantes; muchos habían reconocido francamente que esperaban con ansiedad el día en que se les ordenase aplastar a esa chusma. Por su parte, Feric se había despedido de ellos prometiéndoles solemnemente que cuando él fuera gobernante de Heldon podrían satisfacer esos deseos y algunos otros.

    Además, la fama de Feric había llegado a la capital antes que él mismo, y pequeñas multitudes de ciudadanos fervorosos acudieron pronto a verlo. Funcionarios desconocidos lo recibieron con entusiastas saludos partidarios. Cuando concurrió al teatro, apenas entró en el palco, el público lo saludó de pie, con una ovación que duró tres minutos.

    De modo que esperaba el comienzo de la asamblea con un sentimiento de profunda expectación y abrumadora confianza en sí mismo.

    Cuando la televisión comenzó a transmitir, Lar Waffing, impresionante en su uniforme negro del Partido y el manto con la esvástica roja, le estrechó la mano deseándole suerte, y luego comenzó a subir la escalera de madera, apareciendo en la plataforma saludado por un clamor de vivas y gritos. ¡Había sonado la hora del destino! En ese mismo instante, Bogel debía de estar hablando en la Plaza Arn de Walder, donde millares de personas estarían reunidas alrededor del televisor público para escuchar el discurso de Feric. Asambleas multitudinarias similares, también con antorchas, se habían organizado alrededor de los televisores públicos de todas las ciudades, las localidades y las aldeas de Heldon, y distintos funcionarios grandes y pequeños de los Hijos de la Esvástica estaban en ese mismo instante preparándose para anunciar a Feric.

    Waffing se acercó al micrófono y alzó la mano reclamando silencio; un rumor apagado recorrió el estadio. La introducción de Waffing fue notablemente breve y concreta.

    —Hijos de la Esvástica, compatriotas, verdaderos helder de todo el país, os presento al Comandante Supremo de los Hijos de la Esvástica, nuestro grande y glorioso líder, ¡Feric Jaggar!

    El estadio de Heldhime se convirtió de pronto en un verdadero pandemonio. La gran multitud parecía decidida a quedar afónica, mientras el mar de antorchas sobre la pista se agitaba enloquecido, y los hombres SS que formaban la gran esvástica negra saludaban una y otra vez, en un unísono perfecto y fervoroso. Lentamente, Feric subió la escalera y apareció sobre la plataforma, saliendo a ese universo sobrecogedor de llamas, gritos y saludos compactos. A la vista de esa figura heroica, de ajustado uniforme negro y cromo, el manto con la esvástica roja arrastrándose majestuoso detrás, el Gran Garrote de Held enfundado en el cinturón de cuero tachonado, dos relámpagos rojos aplicados a las botas negras, el entusiasmo de la enorme multitud alcanzó una cumbre febril de frenesí.

    Feric palmeó a Waffing en el hombro cuando éste se retiraba, y se quedó solo sobre la plataforma blanca, en el centro de la gran esvástica negra que resplandecía en un mar ardiente de antorchas. Los vivas, los saludos, el mar de brazos de los ciudadanos helder parecían rodearlo; era el foco de esos millares de almas que podía ver alrededor, y de millares más que esperaban su palabra a lo largo y a lo ancho del país. El rugido de la multitud tenía la intensidad y la magnificencia del legendario Trueno de los Antiguos, un sonido que rasgaba el cielo y que ahora envolvía a Feric en una mítica grandeza.

    De pie en el preciso punto focal del espacio y del tiempo de ese momento histórico, su alma el centro de un mar de fuego patriótico, Feric sintió el poder del destino cósmico que fluía a través de él y le transmitía la voluntad racial del pueblo helder. En un sentido muy real, él era el pináculo de esta fuerza evolutiva; cuando hablara, ordenaría el curso de la evolución humana hacia una nueva cima de pureza racial, expresando la voz colectiva de la verdadera humanidad. En un acto semejante, él era el Partido, él era la voluntad racial; él era Heldon.

    En el momento culminante de la ovación, Feric alzó la mano en el saludo partidario, y el silencio casi instantáneo fue incluso más sobrecogedor que el tumulto anterior. Pareció que el mundo entero contenía la respiración, esperando a que él hablase.

    —Conciudadanos helder —dijo sencillamente, y los ecos de su voz reverberaron retornando hacia él, y colmando el silencio total—. Hoy me presento ante ustedes para anunciarles mi candidatura a un asiento del Consejo de Estado. Me presento solo, como portaestandarte de los Hijos de la Esvástica, porque aspiro a ingresar en el Consejo, no para unirme a la chusma decadente que controla esa farsa, como un Consejero entre otros, sino para destruir del todo a esta cábala de inútiles traidores y cobardes, arrojándolos de ese modo al basurero de la historia. La elección de una mayoría esvástica en el Consejo no bastaría para salvar a la verdadera humanidad de los peligros que la agobian; ni siquiera bastaría un Consejo formado totalmente por Hijos de la Esvástica. ¡Los desafíos heroicos exigen actos heroicos!

    Deliberadamente, para que todos advirtieran el significado del gesto, Feric apoyó la mano derecha sobre el mango del Gran Garrote de Held, aunque se abstuvo de esgrimir la noble arma.

    —Otrora, este Gran Garrote fue el cetro de los reyes de Heldon; ahora yo lo esgrimo, no como aspirante al título real, sino como un instrumento de nuestra voluntad racial. ¡Participo en esta ridícula elección para permitir que mi nombramiento haga conocer la voluntad racial! Una vez elegido, basaré mis actos no en los dictados de una supuesta mayoría numérica, ni en un hipotético sentimiento de fidelidad a un mezquino legalismo, sino en el principio de la inquebrantable lealtad a la voluntad racial, a la pureza genética de Heldon, ¡y a la causa de la victoria humana total sobre todos los mutantes y los mestizos del universo!

    Al oír esto, el estadio desbordante rompió otra vez en una ovación prolongada y gigantesca, mientras los hombres SS de la formación de la Esvástica volvían a saludar, una y otra vez, con perfección férrea y fuerza fanática.

    Feric apartó la mano del pomo del Cetro de Acero, y la alzó reclamando silencio. Instantáneamente, un vasto susurro dominó el estadio; por extensión, Feric pudo sentir que esta mudez expectante abarcaba a millares de almas de las plazas públicas de toda la nación, pues en ese momento toda Heldon estaba unida en una mística comunión de voluntad racial.

    Hablando con acento un tanto más mesurado, Feric volcó en el vacío expectante palabras que tocaban una noble cuerda en todos los pechos helder.

    —Hoy, convoco a todos los hombres verdaderos de Heldon, a todos los patriotas, a todos los especímenes del genotipo humano verdadero, a todos los ciudadanos de este amplio dominio que caminan en dos pies, como cumple a los hombres, a alzarse en una gran masa de héroes encolerizados, ¡y a llevar a los Hijos de la Esvástica, como estandarte de nuestra causa racial y la causa de la evolución sapiente, a la victoria total y final!

    De nuevo la mano derecha de Feric descansó sobre el pomo del Gran Garrote de Held.

    —¡No mendigo los votos como un afeminado político burgués! —gritó—. Ni tampoco intento obtenerlos con engaños, como los lacayos universalistas de los hediondos dominantes subhumanos. En mi carácter de representante humano de la voluntad racial, ¡los exijo por derecho propio! ¡Y exijo más! Exijo que todos los hijos verdaderos de Heldon salgan esta noche a la calle con fuerza abrumadora. Exijo que con apretada presencia y fanatismo patriótico, convenzan a todos los que encuentren de la justicia de esta causa, el carácter irresistible de nuestra voluntad, ¡y la certidumbre de nuestra victoria total y final! Si la chusma universalista muestra su rostro repugnante, ¡habrá que romperles el cráneo y aplastar los cuerpos enfermizos bajo la suela de nuestras botas! Si los simpatizantes de otros partidos nos critican con palabras o con hechos, ¡habrá que persuadir a los que son capaces de razonar, y expulsar al resto! ¡Que las fuerzas de la Esvástica recorran Heldon esta noche y hasta el alba! ¡Hagamos nuestras las calles!

    Dicho esto, Feric desenfundó el Gran Garrote de Held y apuntó al cielo, un enorme eje de metal centelleante dirigido a las estrellas; la esfera reluciente pareció concentrar en su extremo el poder de la masa de antorchas, despidiendo ramalazos eléctricos de esta manifestación física de la fuerza racial hacia todos los sectores del estadio, y por las ondas de la televisión a toda Heldon.

    Ante esta señal, los millares de Caballeros y hombres de la SS iniciaron una marcha circular en orden cerrado alrededor de la plataforma del orador, llenando el estadio y toda Heldon con el retumbar de miles de botas ribeteadas de acero. Desde arriba, el gran círculo de llamas sobre la pista parecía prácticamente inmóvil, mientras la gran esvástica negra de los SS rotaba interminable e irresistible alrededor de Feric, como la rueda implacable del destino.

    Feric tuvo la impresión de que él mismo estaba de pie sobre el eje del mundo, mientras toda Heldon rotaba a sus pies, y que la voluntad racial tenía en él mismo su centro, en el instante en que llevaba el discurso a una aplastante culminación.

    —¡Hail Heldon! —gritó poniendo en la voz hasta el último átomo de su energía física y mental—, ¡Viva la Esvástica! ¡Viva la victoria final!

    De pie en medio de la gran esvástica giratoria, como epicentro de la erupción nacional de voluntad racial, el cuerpo latiendo al ruidoso compás de catorce mil pies en marcha, Feric sintió que se fundía totalmente con el pueblo, como si cada uno de los helder que ahora se volcaba en las calles de ludo el país fuese una extensión de su carne y de su ser.

    Y de cien mil gargantas del estadio, de millones de nuevos fanáticos de la esvástica que se volcaban en todas las plazas públicas de la nación, llegó la respuesta en una gran voz racial que tenía sus raíces en los bosques y las selvas de la patria, y esa voluntad racial se expresó de pronto en un rugido trascendente que estremeció la tierra: —¡HAIL JAGGAR! ¡HAIL JAGGAR! ¡HAIL JAGGAR!


    8


    El resultado de la elección ya se conocía desde el principio, pues Feric era el único candidato de la Esvástica, y en cambio los restantes partidos presentaban la lista completa de nueve candidatos para los nueve asientos del Consejo. Por supuesto, Feric sería el único consejero de la Esvástica, en un Consejo que probablemente estaría otra vez dominado por los libertarios, pero a juicio de Feric esto no sería un inconveniente, ¡Mucho mejor ser un héroe solitario contra una pandilla de traidores y poltrones, que el líder de un partido político minoritario!

    Como el resultado legal de la elección no era de temer, la campaña podía usarse para promover otras metas absolutas: mostrar el fanatismo implacable y vigoroso con que los Hijos de la Esvástica perseguían sus fines sagrados, y probar que la voluntad racial hablaba por boca de Feric. Para esto era necesario que él obtuviese más votos que cualquier otro consejero. Felizmente, estas dos metas electorales eran compatibles; podían dedicar a ambas una atención monolítica, y una total concentración de fuerzas.

    Así fue como, tres días antes de la elección, Feric iba de pie en su automóvil abierto, vestido con un resplandeciente uniforme de cuero negro y capa escarlata, sosteniendo en la mano el Cetro de Acero, de manera que todos lo viesen, dispuesto a conducir a sus hombres a la batalla culminante de la campaña electoral. Lo acompañaban en el automóvil, también vestidos con el cuero negro de la elite partidaria, Bors Remler y Ludolf Best, armados con relucientes metralletas nuevas.

    La fuerza que Feric encabezaba marchando por las calles de Heldhime, rumbo al Parque de los Robles, debía de ser la tropa mejor y más numerosa que los Hijos de la Esvástica hubieran reunido jamás, pues Feric había desafiado deliberadamente a la hez universalista anunciando a todos los vientos que la última asamblea electoral de los Hijos de la Esvástica se celebraría en el sórdido parque situado en el centro mismo de Borburg, un distrito maloliente y notorio, pues era el más grande y perverso escondrijo de los dominantes y los lacayos universalistas en toda Heldon. Si los universalistas permitían la celebración del mitin sin tratar de destruirlo, se verían totalmente desacreditados en la lucha por el poder, y no sólo en Heldhime, sino en toda la Alta República, pues Feric había de consagrar su última hora de tiempo en la televisión pública a la presentación de esta asamblea.

    Por otra parte, los Hijos de la Esvástica tenían que defender la seguridad y la integridad del mitin en ese medio absolutamente hostil, porque de lo contrario caería sobre ellos una ignominia similar. De modo que Feric había reunido una fuerza capaz de afrontar cualquier eventualidad. Frente a su automóvil avanzaba un vehículo de vapor provisto de una gran pala de hierro; detrás de este escudo se ocultaban tres SS armados con ametralladoras, y en el interior del vehículo una Tropa de Choque de los mejores hombres de la SS, con garrotes y metralletas. Alrededor del automóvil de Feric marchaba una escuadra de fanáticos SS con uniformes de cuero negro, montados en relucientes motocicletas negras adornadas con piezas de cromo brillante. Detrás del automóvil iban cinco mil Caballeros de la Esvástica esgrimiendo garrotes, antorchas, banderas y pesadas cadenas. A retaguardia de esta infantería, dos mil Caballeros motorizados, y cerrando la columna quinientos fanáticos SS a pie, blandiendo metralletas y garrotes.

    En el curso de la campaña tanto los SS como los Caballeros se habían desempeñado dignamente. Los entrometidos que molestaban en todos los mítines de la Esvástica apenas alcanzaban a abrir la boca cuando ya las porras de los SS les rompían la cabeza; los Caballeros actuaban por doquier, al extremo de que ningún orador universalista o burgués podía hablar en presencia de diez personas sin convertirse en infortunado blanco de los puños de hierro. Tres veces los universalistas habían intentado celebrar grandes asambleas, y tres veces las Tropas de Asalto motorizadas habían dispersado a la chusma.

    Pero ahora cabía esperar que los universalistas y los dominantes apelasen a peores recursos. Mientras el automóvil de Feric avanzaba detrás del vehículo de vapor armado, por la avenida Torm, que en realidad era una especie de zanja sembrada de basuras, entre dos filas de fétidas viviendas, Feric aferró el mango del Gran Garrote, listo para la acción y deseándola al mismo tiempo.

    —¡Comandante, mire! —gritó de pronto Best, señalando avenida arriba con el caño de la metralleta. Una tosca barricada de vigas, cajones y toda clase de desechos y basuras interrumpía la calle, impidiendo el paso de las motocicletas. Detrás, se apretaba una horda de la sucia y patética chusma controlada por los dominantes, armada de palos, mazas y cuchillos; esos infelices de ojos desorbitados ocupaban la calle hasta donde alcanzara la vista. Flameando sobre esa turba sórdida se veían harapos azules grasientos y desgarrados, con una estrella amarilla dentro de un círculo: la bandera de guerra de los universalistas controlados por los dominantes.
    —No se preocupe, Best —dijo Feric—, ¡destruiremos enseguida a esos insectos! —Pues, en efecto, Feric había equipado el vehículo de vapor de modo que frustrase precisamente esas tácticas.

    A diez metros de la barricada, las ametralladoras del vehículo que iba a la cabeza abrieron fuego. La turba burlona que se apiñaba detrás de la barricada rompió en alaridos de dolor, miedo y desaliento, cuando sus Filas se vieron súbitamente diezmadas por ráfagas de balas. Veintenas de criaturas cayeron ensangrentadas. La turba se movía ahora aplastando a los heridos y los muertos, presionando y golpeándose unos a otros, en un intento frenético y fútil de retroceder calle arriba, alejándose de la fuerza de la Esvástica.

    La pala del vehículo de vapor tocó la tosca barricada a cuarenta kilómetros por hora, destrozándola totalmente. Los SS que estaban en el interior del vehículo comenzaron a disparar sobre las miserables viviendas, a cada lado de la calle, sembrando el pánico.

    —¡Adelante! —aulló Feric alzando el Gran Garrote de Held. Las armas del vehículo de vapor callaron de pronto, y el coche de mando, protegido por los motociclistas SS, y encabezando la tropa de Caballeros, penetró directamente en la masa de la chusma universalista.

    Los garrotes de los Caballeros saltaban y caían como martillos de acero, derribando a las aullantes criaturas controladas por los doms; las cadenas silbaban en el aire como molinos de viento, y golpeaban las cabezas de los universalistas que estallaban como huevos podridos. Una docena de corpulentos sujetos armados de cuchillos avanzó de pronto atravesando la cortina de motocicletas, hacia el coche de mando, con los ojos encendidos y frenéticos de los esclavos de los dominantes, y las bocas chorreando baba.

    —¡Mi Comandante! —gritó Best, mientras su metralleta derribaba a dos de los atacantes. Feric sintió que el poder ilimitado del Cetro de Acero le sacudía el cuerpo como una corriente eléctrica; con un salvaje grito de batalla, sin esfuerzo, alzó en el aire el garrote.

    Golpeó en el pecho a los primeros atacantes, y los atravesó como si hubiesen sido de gelatina, partiéndolos en dos, en medio de una erupción de órganos y entrañas. Enseguida destrozó los cráneos de otros tres, mientras Best y Remler daban cuenta del resto con las metralletas.

    Como un rebaño de vacunos espantados o una piara de cerdos aterrorizados, la chusma retrocedió tratando de escapar a la cólera irresistible de las fuerzas de la Esvástica, y aplastando a veintenas de sus propios camaradas. Mientras la columna de la Esvástica se abría paso por la avenida Torm, grupos de Caballeros SS entraban en los inmundos cubículos, y arrastraban a la calle a los sospechosos que se habían mantenido apartados del combate; casi seguramente eran dominantes, y se los ejecutaba sin más trámite en el lugar. Una vez eliminadas las alimañas, pusieron fuego a las casas, para asegurar la limpieza.

    Mientras la columna avanzaba por la calle hacia el Parque de los Robles, con velocidad cada vez mayor, el automóvil de Feric atravesó un corredor de llamas y humo; pues el fuego purificador estaba arrasando los cubículos de la maloliente Borburg. En la calle había algo más que los desechos habituales: pilas de cadáveres de dominantes y lacayos universalistas. Una figura furtiva salió al portal de un edificio en llamas; Best destrozó instantáneamente al dominante con la ametralladora.

    De pronto, uno de los cuerpos sobre los que había pasado el automóvil de Feric, se levantó de un salto, aferró la carrocería, y apuntando con una larga y sucia daga al cuello de Feric, gritó:

    —¡Muere, roña humana! —Como no podía usar el Cetro de Acero, Feric extendió la mano izquierda y atrapó por el cuello al dominante que gritaba y apretó hasta que la criatura puso los ojos en blanco. Feric arrojó el cuerpo al pavimento.

    Pronto la columna llegó a la calle Lormer, frente al propio Parque de los Robles. Era una amplia extensión de césped mal cuidado, cubierto con toda suerte de basuras y porquerías; también aquí prevalecía el olor agrio y pútrido característico de Borburg, y el pedestal de hormigón del televisor público estaba completamente cubierto por obscenidades garabateadas y viles epítetos políticos. Todo el parque estaba ocupado por la chusma más baja, por lo menos diez mil de aquellas sórdidas criaturas, armadas con garrotes, cuchillos, porras y armas de fuego, e inflamadas por la sed de sangre que les inspiraban los amos ocultos.

    Feric alzó tres veces el Cetro de Acero sobre su cabeza, y a esta señal una complicada maniobra fue ejecutada con precisión y arrojo. Los SS descendieron de la cabina del vehículo de vapor y se convirtieron en la punta de lanza de dos grandes falanges de Caballeros, que avanzaron en ambas direcciones por la calle Lormer, empujando a la chusma y obligándola a retirarse. Más Caballeros salieron por la avenida Torm y entraron en la calle Lormer, para unirse a los anteriores, de modo que toda la extensión de la calle Lormer frente al Parque de los Robles pronto quedó completamente ocupada por una maciza formación de Caballeros.

    Un silencio momentáneo dominó la escena, interrumpido únicamente por el crepitar de las llamas y el pesado rugido de los motores de las motocicletas, mientras la chusma cobarde del parque se veía súbitamente enfrentada a una verdadera muralla de héroes vestidos de cuero pardo. El desaliento de la turba se expresó en un gran gemido colectivo. Y luego, a otra señal de Feric, el centro de la formación de los Caballeros se dividió, y los motociclistas SS, con prendas de cuero negro reluciente y cromo brillante, avanzaron hacia la línea de combate, formando un escudo de motocicletas de acero y decisión férrea frente a la infantería.

    Finalmente, el coche de Feric se adelantó a ocupar la posición central en esta vanguardia de héroes.

    Mientras, los Caballeros motorizados y las restantes tropas a pie eran conducidas por Stag Stopa en un amplio círculo a través de las calles incendiadas de Borburg, con el fin de entrar por el fondo del Parque de los Robles y cortar todo intento de retirada.

    Feric miró a la turba confusa que ahora fingía burlarse, y agitaba sus armas en una lamentable manifestación de falsa bravuconería, y luego examinó las formaciones exactas y la uniformada elegancia de los robustos Caballeros y la fanática elite SS, observando cómo contrastaban con el populacho miserable que tenía enfrente. ¡Qué notable espectáculo estaba transmitiéndose a los televisores públicos de las plazas de toda Heldon!

    Feric permaneció de pie, erguido sobre el piso del coche de mando, la mano izquierda apoyada en el respaldo del asiento de Best; con la derecha, apuntó al cielo el reluciente puño de acero que era el cabezal del Gran Garrote.

    —¡Hail Heldon! —gritó, y su voz poderosa atravesó el estrépito—. ¡Muerte a los dominantes y sus esclavos universalistas! —Con el Cetro de Acero describió un gran arco descendente, y lanzando un rugido poderoso de —¡Hail Jaggar!— las fuerzas de la Esvástica iniciaron el ataque.

    La línea de motocicletas cortó la primera fila de la horda que ocupaba el parque, acompañada por el fuego concentrado que disparaban las ametralladoras de los SS. Con grandes alaridos de miedo y desaliento, centenares de infelices de ojos desorbitados cayeron ahogados en su propia sangre, mientras el frío acero partía los cráneos y las ruedas aplastaban los miembros de los caídos. Por los intersticios de la primera línea de motocicletas cargaron los Caballeros enarbolando garrotes y volteando cadenas, y así, entre miembros rotos y cabezas aplastadas, consolidaron la brecha que había abierto la SS motorizada. El conductor de Feric llevó el automóvil directamente hacia el frente de batalla. Mientras Best y Remler guadañaban con las metralletas a la chusma enloquecida, Feric describía grandes arcos destructivos con el Cetro de Acero, destrozando docenas de cabezas, aplastando veintenas de miembros, cortando en dos los torsos enemigos, y provocando un terrible desastre con cada golpe. ¡Qué imagen sobrecogedora para todos los espectadores de Heldon, y qué inspiración para sus hombres!

    Después de unos minutos de este asalto furioso, las filas de los universalistas se vieron dominadas por el caos y el pánico ciego y total. Los que estaban cerca del centro de la pelea se sintieron tan aterrorizados por la eficiencia de las tropas de la Esvástica que ni siquiera la voluntad de los doms dispersos en la multitud pudo mantener una semblanza de orden. Sólo tenían un pensamiento: huir antes que les volaran en pedazos el cerebro, o lo que pasaba por tal. Mientras huían aterrorizados muchos universalistas pelearon con los que estaban detrás, y que aún se sentían inflamados y sedientos de sangre por la influencia de los dominantes. Y resultó que ellos mismos mataron a tantos camaradas como las tropas de la Esvástica.

    Cuando el coche de mando se adentraba en el parque, se vio atacado por treinta o cuarenta enemigos armados de garrotes y largos cuchillos, y al parecer exaltados hasta el fanatismo suicida por algún dom cercano. La mitad cayó bajo el furioso fuego de metralletas de Remler y Best; Feric despachó a cinco más de un solo golpe del Cetro de Acero. De pronto alcanzó a ver a una criatura encorvada y gris, de relucientes ojos negros de roedor, que marchaba a retaguardia de esta fuerza atacante.

    Sosteniéndose con la mano izquierda para mantener el equilibrio, Feric se inclinó todo lo que pudo y dirigió la esfera que remataba el arma directamente sobre el cráneo del cobarde dominante, haciendo saltar por el aire una fuente de sesos grises. Casi inmediatamente la roña universalista que un momento antes había atacado sin miedo el coche de mando, se dispersó lanzando alaridos de horror.

    Al presenciar la escena, los fanáticos SS concentraron el ataque en los dominantes reconocibles, y pronto la dureza y la velocidad de la pelea se multiplicaron. Poca duda cabía acerca del resultado. Aunque los universalistas luchaban con ferocidad animal cuando estaba cerca un dom, carecían de voluntad y disciplina, y menos aun de una dirección adecuada, y ni siquiera mantenían Un simulacro de resistencia. En el combate mano a mano un solo Caballero valía al menos por diez de aquellas criaturas sin alma; y en cuanto a los hombres SS, la superioridad en voluntad y capacidad de lucha sólo podía medirse en cifras astronómicas.

    No pasó mucho tiempo sin que la turba perdiese la más mínima esperanza de victoria, e incluso los dominantes que mandaban a la horda esclava pensaron únicamente en huir. Con un gran movimiento de retroceso, las filas de la hez universalista se dispersaron y corrieron hacia la calle Ophal, que era el borde septentrional del parque, alejándose todo lo posible del centro de la pelea. Casi inmediatamente los Caballeros y los SS se encontraron persiguiendo a un rebaño desconcertado, informe y aterrorizado de ganado humano que se dispersaba por el parque.

    El coche de mando de Feric marchaba a la cabeza de esta persecución triunfante, y las metralletas de Remler y Best diezmaban las filas de las turbas que huían delante del automóvil, mientras el noble garrote de Feric destrozaba a todos los rezagados. La estampida aterrorizada no podía desprenderse de la vanguardia motorizada de las Tropas de Asalto de la Esvástica, y el coche de mando y los SS motorizados pronto comenzaron a penetrar en las filas de retaguardia, apilando grandes montones de cadáveres sangrientos y desmembrados.

    Más aún, cuando los rufianes en fuga se volcaron en la calle Ophal, los motociclistas de Stopa salieron de pronto de todas las calles y callejones laterales, y detrás de ellos aparecieron Caballeros a pie, enarbolando cadenas y porras. La turba se encontró atrapada entre el martillo y el yunque.

    Los pequeños grupos de enemigos huyeron desordenadamente en todas direcciones, para ser atrapados por las patrullas de motociclistas y luego derribados por la infantería. No se perseguía a los que lograban huir de las proximidades del Parque de los Robles, y desaparecían entre las ruinas llameantes de Borburg. Pero la chusma universalista que todavía estaba dentro de los confines del parque terminó dividida en fragmentos cada vez más pequeños, y reducida a pulpa.

    Como aún quedaban algunos minutos de tiempo en la televisión pública después de liquidado, herido o expulsado el último de los universalistas, Feric ordenó que el coche de mando se encaminara al centro geométrico del parque. Alrededor, los SS motorizados, con los motores silenciosos, las prendas de cuero negro honrosamente sucias con la sangre y el polvo de la batalla, formaron un círculo de honor. Frente a sus camaradas de las motocicletas, quinientos infantes SS se alinearon en posición de firmes. Detrás de esta guardia selecta, se ordenaron las filas de motociclistas de los Caballeros y luego la tropa de Caballeros de la Esvástica, todos figuras heroicas en uniformes de cuero pardo, la mayoría generosamente manchados con la sangre del enemigo.

    Alrededor de este Ejército victorioso, yacían las pruebas de un heroico e implacable fanatismo. Los cadáveres de los universalistas y los dominantes estaban dispersos por todo el parque, aislados o en grandes pilas sangrientas. Allende el parque, las grandes llamas quemaban los últimos restos de pestilencia de los edificios de Borburg.

    Entregaron un micrófono a Feric, de pie sobre el asiento del coche de mando, para que hablase a sus tropas victoriosas. Al fin la voz de Feric reverberó en toda la Alta República, así como en las calles vecinas de la Borburg capturada.

    —¡Conciudadanos helder, este es mi saludo! ¡Esta grande y gloriosa victoria que hoy hemos alcanzado perdurará eternamente en los corazones de todos los verdaderos humanos! ¡Hail Heldon! ¡Viva el genotipo humano puro! ¡Viva la victoria total de la Esvástica!

    Por respuesta, el rugido de —¡Hail Jaggar!— conmovió hasta los cimientos a toda Heldon, y los hombres no pudieron contenerse y lo repitieron una docena de veces, y cada vez se entrechocaban los talones de millares de botas, en una selva de saludos partidarios que eran un desafío al cielo. Cuando el ferviente clamor se calmó al fin, la última asamblea electoral concluyó solemnemente con el canto nutrido del nuevo himno partidario, «La Esvástica eterna», que Feric había compuesto para la ocasión. Los nobles acordes de este gran canto marcial, que brotaban de las gargantas de los héroes victoriosos, eran una nota de dignidad suficiente para clausurar la actividad del día.

    Después del aplastante éxito de la asamblea del Parque de los Robles, los tres días restantes de la campaña electoral no fueron más que un paseo victorioso para los Hijos de la Esvástica; nadie lo dudaba ahora: Feric Jaggar sería elegido para el Consejo de Estado por el margen más amplio de la historia.


    9


    Mientras los coches de gasolina de los miembros del Consejo se acercaban a la entrada ceremonial del Palacio de Estado, la escena estaba preparada para un momento realmente histórico. La primera reunión de un Consejo de Estado elegido poco antes era siempre un acontecimiento importante, pero esta vez se trataba de la primera confrontación directa entre el degenerado viejo orden y Feric Jaggar, el héroe de la naciente Nueva Época. No era exagerado afirmar que el pueblo de Heldon estaba conteniendo su aliento racial.

    El Palacio mismo era un marco apropiado para este drama: un impresionante edificio de mármol negro, realzado por cuatro heroicos bajorrelieves de bronce que representaban grandes batallas de la historia de Heldon, una en cada cara del edificio. La entrada ceremonial daba frente al bulevar Heldon, del que estaba separado por una ancha y pulcra extensión de césped. Un largo camino de coches describía una curva elegante sobre la suave pendiente del prado, hasta el pórtico de entrada, y luego volvía en una curva de elegancia similar hasta el bulevar público, donde una nutrida multitud se había reunido en las aceras. Una fila de tropas del Ejército con uniformes de campaña y bruñidos cascos de acero evitaba que los espectadores invadiesen los jardines.

    Los automóviles poco llamativos de los consejeros llegaron uno por uno, y fueron escoltados por una guardia de honor de motociclistas militares. Los políticos, hombres todos de aspecto sencillo, descendieron y desaparecieron en el interior del edificio, hasta que al fin sólo faltaba Feric. La atención dramática de los espectadores que esperaban en el bulevar, así como del inmenso público que miraba por televisión en las plazas de Heldon, fue acentuándose poco a poco, pues todos querían presenciar la aparición culminante de Feric Jaggar.

    Finalmente, se oyó el rugido de la caravana de motocicletas que avanzaban a gran velocidad por el bulevar, hacia el Palacio del Estado, y un momento después el reluciente coche negro de Feric apareció detrás de una escuadra de diez motociclistas SS, resplandecientes, en uniformes de cuero negro y capas rojas con la esvástica, llevando al frente dos enormes banderas del Partido. El propio Feric, una alta figura de uniforme negro y escarlata, con deslumbrantes aplicaciones metálicas que reflejaban la luz del atardecer, venía de pie en el asiento trasero del automóvil, un brazo apoyado en el borde del vehículo.

    Cuando la caravana abandonó el bulevar y comenzó a subir por la senda del Palacio, la buena gente alineada en las aceras saludó espontáneamente alzando la mano y lanzó fervientes gritos de —¡Hail Jaggar!—, que continuaron hasta que el coche llegó a la entrada. Por su parte, Feric devolvió los saludos con el brazo extendido, y lo mantuvo en esa posición, con gran alegría de todos, hasta que el automóvil se detuvo.

    La escolta SS desmontó y Feric descendió del automóvil, mientras seis hombres se alineaban frente al breve tramo de escalones de mármol, con gran desagrado de los oficiales del Ejército. Los dos portaestandartes precedieron a Feric cuando éste subió la escalinata, mientras otros dos SS lo seguían, como una guardia menor. Un momento antes de entrar en el edificio, Feric se detuvo, dio media vuelta, golpeó los talones, y saludó otra vez a la multitud. Luego de oír el vocerío clamoroso de —¡Hail Jaggar!— Feric y su escolta SS ingresaron en el Palacio de Estado.

    Feric avanzó por un largo vestíbulo de paredes de mármol blanco, suelo de baldosas rojas, blancas y negras, y un cielo raso pintado con colores vivos, hacia un par de grandes puertas de madera decoradas con herrajes de bronce, y vigiladas por soldados del Ejército regular. Las botas ribeteadas de acero de la guardia de honor SS resonaban con un ritmo terso y marcial en las baldosas relucientes, mientras el grupo se aproximaba a la puerta. Los portaestandartes se detuvieron frente a los soldados, entrechocando los talones y golpeando contra el piso el extremo de las astas; luego alzaron el brazo y emitieron un vigoroso —¡Hail Jaggar!—. Detrás de estos magníficos hombres de la SS, Feric esperó un instante, mientras los dos soldados, divididos entre su inclinación natural a devolver el saludo y las órdenes pusilánimes que habían recibido, vacilaban confusos. Finalmente, los hombres se limitaron a abrir las puertas dobles, y Feric, precedido por los portaestandartes y seguido por los dos SS, entró en la Cámara del Consejo.

    La cámara era una pequeña rotonda, en cuyo centro había una amplia mesa redonda de reluciente madera negra con aplicaciones de mosaico blanco y rojo. Alrededor de la mesa, nueve sillas del mismo estilo; todas, salvo una, ocupadas por ejemplares realmente desagradables. Estas criaturas se comportaron como insectos súbitamente expuestos a la luz cuando Feric y sus hombres entraron en la habitación; se movieron incómodos en los asientos, y mostraron francamente una cobarde consternación. Rodeado por su guardia de honor. Feric se acercó a la silla vacía y tomó asiento, mientras los cuatro SS se disponían detrás en posición de firmes, golpeaban los talones, saludaban y rugían:

    —¡Hail Jaggar!
    —Retire inmediatamente de aquí a esos rufianes —gimió un viejo reumático en quien Feric reconoció a Larus Krull, el senil jefe libertario.
    —Por lo contrario —replicó Feric—, la elite SS a su debido tiempo expulsará de aquí a todos los inútiles como ustedes.
    —Verdadero hombre Jaggar, no hay precedentes que justifiquen la presencia de guardias privados en esta cámara —afirmó un fatuo individuo vestido de oro y azul. Era Rossback, uno de los tres tradicionalistas, y un cretino total.
    —Acabo de remediar ese defecto —replicó secamente Feric.
    —¡Exijo que retire inmediatamente a sus hombres! —insistió Guilder, notorio secuaz de Krull.
    —Votaremos el asunto —dijo el universalista Lorst Gelbart. Gelbart era una masa realmente repelente de protoplasma, pero cuando la pustulosa criatura abría la boca para decir algo, los restantes infelices mostraban una extraña deferencia, y al instante callaban y le prestaban una profunda atención. ¡Y no era raro que así fuese, pues al ojo educado de Feric le bastó una rápida mirada para advertir que este Gelbart, de cabellos negros y grasientos, túnica azul, y ojos redondos de roedor, era en realidad un dominante!

    La piel áspera y sucia de Gelbart exudaba un evidente olor a dominante. Si la perversa criatura aún no había sometido a todo el Consejo a un sistema de dominio, sin duda era sólo cuestión de tiempo, ¡y a juzgar por lo que podía verse, no mucho tiempo!

    Por consiguiente, no tenía objeto malgastar energía en delicadezas.

    —No vine a esta reunión a discutir detalles de protocolo, por mucho que esos pasatiempos puedan ser del agrado de ejemplares como ustedes —dijo Feric, echando abiertamente una mirada desdeñosa a cada uno de los consejeros humanos. Cuando miró a Gelbart, hubo un extraño instante de reconocimiento mutuo, aunque el hediondo dominante se mostró prudente, y no intentó atraer a Feric a su telaraña psíquica.
    —Estoy aquí para exponer el problema básico de los Hijos de la Esvástica, y para, exigir su aplicación total e inmediata —continuó Feric—. La voluntad racial así lo exige.

    Por supuesto, a los viejos charlatanes se les aflojó la mandíbula cuando oyeron una declaración tan directa, y varios jadearon como peces fuera del agua. Por su parte, Gelbart se mantuvo inmutable, mostrando una inhumana frialdad.

    Ignorando las impotentes y silenciosas protestas, Feric enumeró las exigencias básicas del Partido.

    —Primero, ha de denunciarse el Tratado de Karmak. y todos los mestizos y mutantes tendrán que abandonar para siempre el territorio helder. Segundo, se aplicarán con renovado vigor las leyes de pureza racial, y como últimamente se ha permitido la infiltración de toda suerte de contaminantes en el caudal genético helder, se organizarán Campos de Clasificación, donde se recluirá a todos los helder cuya pureza genética sea dudosa, hasta que los respectivos linajes y las formas genéticas sean totalmente reexaminados. Los que revelen genes contaminados, podrán elegir entre el exilio o la esterilización.

    Feric observó serenamente a Gelbart; pero advirtió que el dominante sabía muy bien que Feric lo había identificado.

    —Los dominantes descubiertos —dijo Feric— serán ejecutados, por supuesto. Tercero, triplicaremos rápidamente las Fuerzas del Ejército, de modo que podamos enfrentar adecuadamente a las hordas mutantes que nos rodean. Por último, para llevar a cabo con vigor y energía esta nueva política nacional, el Consejo votará la suspensión de la constitución, y me otorgará poderes de emergencia que me permitan gobernar por decreto.
    —¡Este hombre está loco! —gritó el viejo Pillbarm, el decano de los tradicionalistas, y una vieja pasa seca que no había demostrado hasta entonces que fuera capaz de usar el lenguaje humano.

    Al instante, Feric se puso de pie, con el Gran Garrote de Held en la mano, una figura imponente poseída por una justiciera cólera.

    —¿Alguno de ustedes se atreve a defender la contaminación del caudal genético por los mutantes y los mestizos? ¿Defenderán con su propia vida la roña de los dominantes? ¿Se presentarán ante el pueblo helder y afirmarán que la debilidad es preferible a una política de fuerza y decisión férreas?

    Este resonante desafío no provocó ninguna reacción. Era evidente que el sistema de dominio de Gelbart estaba casi totalmente consolidado. Como obedeciendo a una orden, los cobardes retrocedieron y esperaron la respuesta del propio dominante.

    —Jaggar, toda esta charla acerca de la pureza genética es cosa superada —dijo Gelbart con una sonrisita cruel—. Ya son muchos los que reclaman la importación de grandes masas de mutantes. Estas criaturas se encargarían de los trabajos desagradables, necesarios para mantener una civilización superior. Muy pronto Heldon comprenderá que lo mejor es producir criaturas descerebradas, autómatas protoplásmicos si usted lo prefiere, tal como hace Zind. Usted está clamando en medio de un ciclón. La pereza natural de los seres humanos es el principal enemigo de usted.

    Feric ignoró por completo a Gelbart; no tenía sentido razonar con un dom, y menos aún tratar de persuadir a aquellas víctimas pusilánimes para que cumpliesen sus deberes raciales. Lo único que podía eliminar la pestilencia que carcomía el corazón de Gelbart era la aplicación implacable de la fuerza.

    Feric enfundó el Cetro de Acero, pero permaneció de pie, y echó una mirada acerada sucesivamente sobre cada uno de los miembros del Consejo. Todos, con excepción de Gelbart —quien, por supuesto, era incapaz de una reacción tan humana— retrocedieron ante el ataque psíquico.

    —He cumplido mi deber de verdadero humano y les he ofrecido la oportunidad de apoyar sin coacción la voluntad racial —dijo serenamente Feric—. Si no votan inmediatamente la aceptación del programa de! Partido, de hecho proclamarán la quiebra moral del gobierno de la Alta República. Y las consecuencias recaerán sobre ustedes.

    Sólo Gelbart tuvo el descaro de contestar a esta solemne advertencia.

    —Jaggar, ¿se atreve a amenazar al Consejo de Estado de la Alta República? Incluso un consejero puede ser arrestado por traición.

    El humor grotesco implícito en el hecho de que ese dominante enfermizo acusara a un verdadero humano de traición a Heldon casi movió a risa a Feric, a pesar de la furia justiciera que esa perfidia despertaba en él.

    —¡Me gustaría ver cómo este montón de estiércol viejo trata de arrestar a los Caballeros de la Esvástica y a los SS por traición! —rugió Feric—. ¡Muy pronto veríamos quiénes son los que cuelgan de los patíbulos destinados a los traidores!

    Dicho esto, Feric dio media vuelta y salió de la Cámara del Consejo.

    Después de ser elegido miembro del Consejo de Estado, Feric había trasladado el Cuartel General del Partido a un espacioso grupo de edificios cerca del centro de Heldhime, en un punto más o menos equidistante del Palacio de Estado y el Centro de la Estrella, Cuartel General del Comando del Ejército, y la barraca donde se alojaba la guarnición de la ciudad. El nuevo Cuartel General había sido la residencia palaciega de un industrial a quien se convenció de que la alquilase a los Hijos de la Esvástica por una suma nominal. La mansión estaba dividida en apartamentos para Feric, Bogel, Waffing, Bors Remler y Best, dormitorios para los funcionarios menos importantes, salas de reunión y despachos; además, dos mil SS se alojaban en tiendas levantadas en un prado amplío, protegido por una alta pared de piedra. Las motocicletas y los vehículos se guardaban en diferentes cobertizos y garajes; se habían emplazado ametralladoras cada cuarenta metros sobre el borde superior de la muralla. Además, se introdujeron en el área cinco obuses, bien disimulados. En resumen, el Cuartel General del Partido era una fortaleza que podía rechazar a la guarnición de la ciudad durante un tiempo sin necesidad de refuerzos.

    De todos modos, tales refuerzos estaban al alcance de la mano, pues cinco mil Caballeros de la Esvástica, al mando directo de Stag Stopa, se alojaban en las afueras de Heldhime, a unos quince minutos en motocicleta del Cuartel General del Partido. Una orden de Feric, y estas Tropas de Asalto podían entrar en la ciudad para atacar por detrás a quienes asediaran el Cuartel General del Partido.

    Tres semanas después de la elección, Feric convocó a una reunión en su salón privado, con el fin de completar los planes definitivos que permitirían tomar por asalto al Consejo controlado por los dominantes. El recinto era una cámara bastante amplia, pintada de azul, con lujosos tapices y refinadas aplicaciones de metal dorado; gozaba de la preferencia de Feric únicamente a causa del amplio balcón; desde allí la visión nocturna de Heldhime era como una alfombra de luces resplandecientes bajo la sombría grandeza de los cielos. Feric, Bogel, Waffing y Best tomaron asiento en sillas tapizadas, alrededor de una mesa redonda de palo de rosa, cada uno con su jarro de cerveza, esperando a Remler, que siempre había sido muy puntual.

    —Según veo las cosas —dijo Bogel—, nuestro problema es tomar el poder por medios aparentemente legales, de modo que el Ejército no discuta nuestra autoridad. ¿Acaso el Comando de la Estrella no aceptaría instantáneamente a Feric como gobernante absoluto de Heldon si contase con el pretexto legal adecuado?

    La pregunta había sido dirigida a Lar Waffing, quien bebió un buen trago de cerveza mientras meditaba la respuesta. Puso el jarro de madera sobre la mesa, y luego de servirse otra porción habló pausadamente:

    —Es indudable que el Comando de la Estrella desea que la Esvástica gobierne a Heldon, pues sólo nosotros prometemos lo que todos los buenos soldados anhelan —dijo Waffing—. Pero los generales se han comprometido a defender al gobierno legal de Heldon, y el orgullo no les permitirá faltar a esta palabra. Una acción irreflexiva bien podría desencadenar ahora una guerra civil.

    La situación irritaba profundamente a Feric. Gelbart había presentado un proyecto que ordenaba el desarme de los SS y la dispersión de los Caballeros; y cuando sus esclavos lo aprobaran, la situación sería realmente grave. Sin duda, era mejor golpear antes que los hechos llevaran al Comando de la Estrella a un dilema inexcusable: capitular ante la fuerza del Partido o desencadenar la guerra civil. ¡De todos modos, una insurrección directa podía poner al Ejército en la misma situación!

    —Por otra parte —dijo Waffing—, los Caballeros y Stag Stopa inquietan cada vez más al Comando de la Estrella. Consideran que Stopa tiene cierto prestigio personal, pues sus subordinados son todos ex Vengadores cuya lealtad...

    En ese instante Bors Remler irrumpió en la sala, el rostro fino enrojecido y casi febril, los ojos azules ardientes.

    —Por qué necesitó tanto...
    —Mi Comandante —dijo Remler excitado, mientras se desplomaba en la silla, a la izquierda de Feric—; ¡he de informar de la existencia de una conspiración contra usted y el Partido, organizada por Stag Stopa en complicidad con el Consejo de Estado!
    —¿Qué?

    El Comandante de los SS habló claramente.

    —Como cosa de rutina, tomé la precaución de infiltrar agentes SS en la jerarquía de los Caballeros —dijo—. Esta noche recibí un informe muy urgente. Stopa se reunió con agentes de Gelbart y quizá también de Zind. Un grupo de Caballeros uniformados destruirá el Comando de la Estrella la noche en que se apruebe la resolución disolviendo las Tropas de Asalto del Partido. De ese modo, se empujará al Ejército a iniciar una guerra civil contra el Partido. Según parece, Gelbart prometió a Stopa el mando militar supremo una vez concluidas las hostilidades; y es posible que Zind le haya ofrecido el cargo de señor supremo de Heldon, pues el resultado de esa guerra civil sería sin duda la destrucción de las principales fuerzas combatientes de Heldon, lo que abrirá el camino a las hordas de Zind. Por supuesto, Stopa será aniquilado por los agentes de Zind en el momento adecuado; es demasiado ingenuo, y no comprende la verdadera situación.

    Cuando Remler concluyó, se oyó claramente una exclamación colectiva ahogada. Por su parte, Feric se sentía profundamente herido y sorprendido. —¡Jamás dudé de la lealtad de Stopa a la causa y a mi persona! —declaró.

    —¡Comandante, tengo abundantes pruebas!
    —No pongo en duda la palabra de usted —aseguró Feric—. Pero la situación me sorprende y desconcierta. Es evidente la necesidad de destruir el plan de Stopa, pero la tarea no me complace.

    Aunque era innegable que le dolía profundamente verse obligado a castigar la traición de Stopa, no podía negar que la Esvástica y la causa de la pureza genética estaban por encima de todo. Stopa era un traidor que se interponía en el camino de la victoria; el deber no siempre coincidía con el placer personal. Además, podían obtenerse ciertas ventajas de un asunto tan lamentable.

    Feric habló a Lar Waffing.

    —Si logramos que las inquietudes del Comando de la Estrella acerca de los Caballeros se resuelvan definitivamente, ¿me aceptarían sin más trámite como gobernante absoluto de Heldon, si tales atribuciones me fueran otorgadas por un Consejo de Estado constituido legalmente?
    —¡En esas circunstancias, no habría la más mínima duda acerca del resultado, mi Comandante!
    —¿Cómo se propone llevar a cabo semejante hazaña? —preguntó Bogel—. ¡Esos malditos preferirán renunciar a sus cargos o suicidarse!
    —Mi querido Bogel —replicó Feric—, eso será precisamente lo que harán antes que concluya la semana. ¡De aquí a cinco días la Esvástica reinará suprema sobre toda Heldon!
    —¡Brindaré por eso! —declaró Waffing.
    —¡Waffing, usted es capaz de brindar por cualquier cosa! —observó Bogel. Todos los presentes, incluso el propio Waffing estallaron en sonoras carcajadas.

    Cuando el sol se ponía tras las torres de Heldhime, difundiendo profundas sombras sobre las calles y pintando de anaranjado oscuro el alto muro de piedra del Cuartel General del Partido, varios grupos de SS con uniformes de cuero negro, ocupando automóviles comunes sin identificación, salieron por el portón principal a intervalos de cinco minutos. Cada grupo estaba formado por seis soldados con metralletas y porras; un total de ocho grupos salió del Cuartel General y se internó en las penumbras de la capital.

    Dos horas después, cuando ya era noche cerrada, otro automóvil sin identificación salió del recinto, seguido cinco minutos después por cuarenta veloces motocicletas negras de los SS.

    En el Palacio de Estado sólo una guardia de unas pocas docenas de soldados patrullaba los jardines sombríos. Dos hombres montaban guardia sobre el acceso al bulevar Heldon, otros cuatro a la entrada misma del Palacio; los seis restantes vigilaban el seto que bordeaba los jardines. Nadie pensaba en la posibilidad de que quisieran apoderarse del Palacio a esa hora, pues dentro no había nada ni nadie que mereciese la pena; tos guardias eran casi todos veteranos a quienes poco faltaba para retirarse, y no jóvenes despiertos y vigorosos.

    Los SS dominaron fácilmente a ese puñado de abúlicos veteranos. Un coche sin identificación, ocupado por cuatro SS de civil, se acercó a la entrada y solicitó permiso para pasar, afirmando que traía una autorización del consejero Krull para retirar algunos libros y papeles que el funcionario deseaba estudiar esa noche. Cuando uno de los guardias metió la cabeza en el automóvil, se encontró con el caño aceitado de una metralleta. No costó mucho trabajo conseguir que este individuo llamase a su compañero, con el pretexto de confirmar la autenticidad del certificado de autorización. Los dos fueron desmayados con sendos golpes, y arrojados al asiento trasero del coche, mientras uno de los SS abría la puerta.

    Luego, ya no fue necesario adoptar muchas precauciones; se envió una señal, y en la oscuridad de un callejón lateral cuarenta motores de motocicletas se pusieron en marcha, Antes que los restantes soldados pudiesen responder al súbito estrépito con algo más efectivo que alarma y confusión, cuarenta motocicletas negras de los SS subieron por el camino a ciento veinte kilómetros por hora. Llegaron a la entrada del Palacio tan velozmente y ofreciendo un espectáculo de tan notable vigor, que los cuatro impotentes infelices que estaban al pie de la escalera no alcanzaron a disparar un tiro antes de ser derribados por los garrotes de los SS. Después fue fácil rodear a los seis centinelas aislados, que temblaban de miedo, y encerrarlos en el sótano del edificio, con los otros detenidos.

    La noticia de la captura del Palacio se comunicó por electrofón al Cuartel General del Partido, e inmediatamente se despacharon refuerzos. Quince minutos después, el Palacio de Estado tenía una guarnición de trescientos hombres seleccionados de la SS, y el perímetro de los jardines estaba defendido a intervalos de quince metros por emplazamientos de ametralladoras pesadas. • Además, los obuses del Cuartel General apuntaban al Comando de la Estrella. Si el Ejército intentaba marchar sobre el Palacio, lo pagaría caro. En ese mismo momento, Lar Waffing estaba informando al Comando de la Estrella de ciertos detalles de la situación.

    En la media hora que siguió a la captura del Palacio por las Tropas de Choque SS, varios coches no identificados comenzaron a llegar a intervalos breves, con sus respectivos prisioneros. Poco después el propio Feric, escoltado por una veintena de motociclistas SS, salió para el Palacio.

    La Cámara del Consejo nunca había ofrecido a Feric un aspecto tan agradable. Los ocho consejeros habían sido depositados en sus sillas, maniatados como pollos en un mercado; detrás de cada uno había dos hombres de la SS, altos y rubios, de ojos azules y acerados, fanáticos decididos con metralletas amartilladas. Otros veinte SS con uniforme de cuero negro estaban distribuidos alrededor de la rotonda; desde el vestíbulo llegaba a Feric el sonido reconfortante de las botas tachonadas de acero, mientras los SS marcaban el paso sobre las baldosas. Ahora era evidente quién mandaba allí.

    Detrás de Feric, que enfrentaba a los detenidos, estaban Best, Bogel y Remler, cada uno con su metralleta. Habían puesto la bandera del Partido al lado de la mesa del Consejo, y a poca distancia se veían los dos relámpagos rojos, la insignia de los SS, sobre un banderín negro.

    Solamente Krull, movido por una arrogancia senil y gemebunda, se atrevió a hablar a Feric.

    —Jaggar, ¿qué significa este perverso ultraje? —protestó—. ¿Cómo se atreve...?

    Antes que el viejo degenerado pudiese continuar contaminando la atmósfera, el guardia SS más próximo lo interrumpió con un diestro revés en la boca, que dejó manando sangre al viejo vampiro.

    Feric favoreció a su magnífico y joven fanático con un breve gesto de aprobación antes de volver los ojos a aquella colección de gansos políticos; el muchacho merecía saber que el Comandante había tomado nota de su prontitud y rapidez.

    —Ahora les informaré la razón del arresto —dijo Feric.
    — ¡Arresto! —exclamó Guilder—. ¡Secuestro querrá decir! Un culatazo en la nuca desmayó a Guilder poniendo fin a tan groseras expresiones, y Feric continuó:
    —Todos están acusados de traición. Entre ustedes hay un dominante, y se han dejado atrapar. Esta falta de voluntad en helder de tan elevada posición equivale a cobardía en presencia del enemigo, a traición que se castiga con la muerte.

    Los rostros de los prisioneros mostraron un desánimo generalizado. Poco a poco volvieron los ojos hacia Gelbart; al fin y al cabo un universalista, y por lo tanto el que tenía más probabilidades de ser un dominante. Por su parte, Gelbart miraba impasible el espacio; Feric advertía que estaba tratando de manejar a aquellas infelices criaturas. Poco a poco la decisión del grupo se afirmó, y todos se animaron a hablar.

    —¡Qué tontería!
    —¿Cuáles son las pruebas?
    —¿Un dominante en el Consejo? ¡Absurdo!

    Feric había alzado la mano apenas comenzó el vocerío, impidiendo que los guardias SS impusieran silencio a la fuerza. Ordenó que despertasen a Guilder, de modo que todos los consejeros supiesen a qué atenerse.

    —Muy bien —dijo Feric—, les daré la oportunidad de demostrar que no están bajo, el control de un dominante. Les ordeno me otorguen poderes de emergencia para gobernar a Heldon por decreto, que suspendan indefinidamente las sesiones de este Consejo y renuncien a sus cargos. Si obedecen estas órdenes, mi primer acto como Comandante Supremo del Dominio de Heldon será conmutar las sentencias de muerte por el exilio perpetuo. Tienen sesenta segundos para decidir.

    El gimoteo de los degenerados e infelices fue demasiado previsible.

    —¡Qué ultraje!
    —¡No puede dictar condenas sin proceso!
    —¡Usted no tiene autoridad!

    Era evidente que esas pusilánimes criaturas no hubieran podido reaccionar así en presencia de la muerte sin el apoyo psíquico suministrado por el dom, es decir Gelbart.

    Esta repelente criatura miraba a Feric con odio mal disimulado; los ojos negros de roedor emitían un ardor frío.

    —Jaggar, así no conseguirá nada —silbó el dominante—. Cuando el Ejército se entere de lo ocurrido, lo aniquilará.

    Al oír esto, pareció que los consejeros se animaban, envalentonados por las palabras de Gelbart y sus emanaciones psíquicas.

    —Veo que es hora de resolver el asunto de una vez para siempre —observó Feric, desenfundando el Cetro de Acero y alzándolo en el aire. Se adelantó algunos pasos, y descargó el Gran Garrote sobre Gelbart, destrozándole la cabeza.

    Cuando el dominante que había controlado a todos se derrumbó en la silla, con los sesos pútridos desparramados sobre la mesa del Consejo, los siete consejeros restantes ya no se engañaron acerca de la gravedad de la situación. El hedor del miedo se desprendió de ellos como los vapores de un pantano maloliente.

    —Voto en favor de la moción del consejero Jaggar —tartamudeó Rossback.
    —Y yo también —dijo Krull.

    Enseguida, los demás se interrumpieron unos a otros, deseosos de presentar una moción unánime. —Los documentos, Best —ordenó Feric—. Desate las manos de los prisioneros. —Mientras Best sacaba del bolsillo de la chaqueta un manojo de documentos, los guardias SS liberaron a los prisioneros, que emitieron un suspiro colectivo de alivio. Feric les pasó una copia de la resolución, y todos la firmaron. Luego él mismo firmó el documento, aprobado así por unanimidad, y lo devolvió a Best—. Las notas de renuncia al cargo —dijo Feric. Best entregó los documentos a los consejeros. Cuando varios de aquellos puercos comenzaron a leer los papeles, Feric rugió—: ¡Fírmenlos inmediatamente! —Los detenidos acataron enseguida la orden.

    Una vez que Best recogió todos los documentos, Feric se volvió hacia Bogel.

    —El Nuevo Consejo de Estado comprende ahora a los miembros actuales del Círculo de la Esvástica. Gobernaré por decreto hasta que pueda redactarse una nueva constitución que eliminará para siempre las formas republicanas. Prepare la proclama que se difundirá mañana al mediodía.

    Bogel sonrió, saludó, exclamó: —¡Hail Jaggar!—, y fue a cumplir las órdenes.

    Feric volvió los ojos hacia la chusma cobarde sentada alrededor de la mesa del Consejo. Habían firmado la resolución y las confesiones de alta traición. Ya no necesitaba a esos insectos, y había llegado el momento de despacharlos. La vista misma de aquellos hediondos traidores le revolvía el estómago. ¡No cabía duda de que el mundo estaría mucho mejor si exterminaba a esos siete puertos!

    —Remler, saque de aquí a estas inmundas bolsas de basura, ¡y pégueles un tiro! —ordenó. Ninguna de las órdenes que había impartido hasta entonces le había dado una satisfacción tan patriótica.

    Feric esperó al Mariscal de Campo Heermark Forman en un pequeño y sencillo despacho del último piso del Palacio de Estado, de modo que cuando el representante del Comando de la Estrella llegase a destino ya habría tenido ocasión de ver qué bien defendido estaba el edificio y, además, habría tenido que subir varios tramos de escalera.

    El hombre a quien Waffing introdujo en la salita era un imponente anciano que tenía bastante más de sesenta años; ejemplo excelente de cómo un humano genéticamente puro podía conservarse vigoroso y fuerte a pesar de la edad. Aunque mayor que Waffing, pesaba alrededor de veinte kilogramos menos; y se lo veía ágil y apuesto en su uniforme gris adornado con medallas y lustrosas piezas de metal, aunque el uniforme de cuero negro de Waffing estaba sin duda mejor cortado. El bigote gris y los ojos acerados añadían dignidad y fuerza a su aspecto; era un hombre acostumbrado al mando y la disciplina. Forman respiraba pesadamente cuando se sentó en una de las sillas de madera que eran el único amueblamiento de la sala. Y con respecto al estado de la respiración de Waffing después de la subida, cuanto menos se dijera tanto mejor.

    —Entiendo que el Alto Comandante Waffing ya le ha informado de la situación general —comenzó a decir Feric.

    Forman lo observó con cierta frialdad.

    —Se me ha informado que los hombres de usted ocuparon el Palacio de Estado para frustrar una conspiración universalista, en la que estaría complicado el propio Consejo —dijo prudentemente el Mariscal de Campo.
    —Los hechos se han desarrollado con rapidez —dijo Feric—. Pero ya hemos dado cuenta de ese perverso grupo. Gelbart era un dominante; salvo yo mismo, todos los consejeros estaban bajo su control. El plan de Gelbart era disolver a los SS y a los Caballeros de la Esvástica. Lamento verme obligado a decir que el Caballero Comandante Stopa estaba complicado en el asunto. Los hombres de Stopa tenían la misión de asesinar al Comando de la Estrella, desencadenando de ese modo una ruinosa guerra civil entre los Hijos de la Esvástica y el Ejército. Las fuerzas patrióticas de Heldon hubieran quedado diezmadas, y las hordas de Zind habrían marchado sobre nosotros, para aniquilar al auténtico genotipo humano. Por supuesto, cuando los SS descubrieron la conspiración, ordené la acción inmediata de mis hombres. Gelbart murió y los perversos consejeros confesaron.

    Feric metió la mano en un bolsillo de su túnica, y extrajo una serie de documentos que entregó a Forman; éste los aceptó sin hacer comentarios.

    —El Comando de la Estrella puede inspeccionar cómodamente las confesiones firmadas —dijo Feric—. Antes de renunciar, los consejeros aprobaron por unanimidad una resolución que suspende los derechos constitucionales y me otorga el poder de gobernar por decreto. He asumido el título de Comandante Supremo del Dominio de Heldon, y he designado a buenos patriotas de lealtad indudable a Heldon y devoción absoluta a la pureza racial para ocupar los asientos vacantes del Consejo. La situación de emergencia ha quedado dominada.
    —¿Y qué pasó con los traidores? —preguntó serenamente Forman.
    —Aún es necesario ejecutar a Stopa —dijo Feric—, pero mi primer acto como Comandante Supremo de Heldon fue ordenar el fusilamiento de todos los conspiradores del Consejo.

    El rostro del mariscal de campo pareció animarse al fin, brevemente: un gesto de aprobación ante una tarea ejecutada con rapidez y eficacia.

    —No sé muy bien por qué estoy aquí, Comandante Jaggar —dijo—. Es evidente que usted domina la situación. Si todo ocurrió como dice, el Comando de la Estrella está dispuesto a aceptarlo como gobernante legítimo de Heldon; lo digo como representante dotado de atribuciones plenipotenciarias.

    Feric echó una mirada de aprobación a Waffing, y éste contestó con un movimiento de cabeza; el Alto Comandante había hecho un buen trabajo. Forman estaba autorizado a concertar un acuerdo obligatorio y comprendía perfectamente la situación, de modo que ninguna de las partes necesitaría apelar a medidas extremas.

    —Un solo aspecto del asunto inquieta al Comando de la Estrella —continuó Forman—. Usted es indudablemente un hombre de condiciones superiores, y esperamos que como Comandante Supremo de Heldon entenderá mucho mejor los propósitos de los militares que la chusma libertaria. Sin embargo, lamento tener que informarle que para el Comando de la Estrella la existencia permanente de un Ejército privado como los Caballeros es totalmente inaceptable, sobre todo en vista de que el Comandante ha estado comprometido en una conspiración contra Heldon. Sólo puede haber un Ejército Helder; en este asunto estamos dispuestos a luchar hasta la muerte.
    —¡Bien dicho! —observó Feric con gesto de aprobación—. Sin duda los hechos recientes confirman la sensatez de ese punto de vista. En todo caso, es necesario resolver el problema de Stopa y los traidores que militan en las fuerzas de los Caballeros, y usted acaba de sugerir la acción más adecuada.
    —Por favor, continúe —dijo Forman.
    —Disolveremos el cuerpo de los Caballeros. La parte principal de los hombres, es decir, los que son inocentes de cualquier delito, podrán alistarse en el Ejército Federal. ¿Estarían de acuerdo? —Siempre podemos aprovechar a un grupo de jóvenes fuertes y bien entrenados —dijo Forman—. No veo por qué la perfidia de unos pocos ha de impedir que gran número de Caballeros quede excluido del Servicio Militar.
    —Los SS continuarán existiendo como fuerza selecta —dijo Feric—. Como usted sabe, el nivel genético, intelectual, físico e ideológico de los SS es el más elevado que pueda imaginarse. Pero la fuerza de los SS será siempre muy inferior a la del Ejército. En este punto, le doy mi palabra de honor.
    —Aceptado —dijo sencillamente Forman.
    —Por último, designaré ministro de las Fuerzas de Seguridad al Alto Comandante Waffing. Aunque tradicionalmente ha sido un cargo civil, Waffing ascenderá a Mariscal de Campo, con el propósito de que se advierta claramente que la relación entre el Ejército y el Comandante Supremo será cálida e íntima.

    Después de oír estas palabras, Forman esbozó una sonrisa. Se puso de pie.

    —En nombre del Comando de la Estrella, comprometo nuestra lealtad al nuevo Comandante Supremo de Heldon. —El Mariscal de Campo golpeó los talones e hizo el saludo partidario—. ¡Hail Jaggar! —declaró.

    Ahogado por la emoción, Feric se puso de pie y retribuyó el saludo. Qué momento maravilloso para Heldon: ¡la Esvástica y el Ejército al fin unidos! Juntos dominarían la tierra!

    —Si usted desea que el Ejército se ocupe de Stopa y su camarilla, no tiene más que impartir la orden —dijo Forman.

    Una sombra de odio oscureció la alegría que colmaba el corazón de Feric; la perfidia de Stopa y los ex Vengadores le entristecía el alma. Si remitía el asunto al Ejército, todo sería menos doloroso para él; sin duda, era una posibilidad muy tentadora. Pero el Partido tenía que disciplinar a su propia gente.

    —He de declinar el ofrecimiento —dijo Feric con tristeza—. Estos hombres han traicionado a la Esvástica. Estamos obligados, por nosotros mismos y por Heldon, a depurar nuestras propias filas.
    —Se necesita mucho coraje para adoptar esa decisión —dijo Forman—. Sí, un hombre ha de mantener una disciplina de hierro en su propio ámbito.

    En las horas frías y oscuras que preceden al alba, el propio Feric dirigió un convoy SS por las calles vacías y silenciosas de Heldhime, y salió al campo dormido, enfilando hacia los cuarteles de los Caballeros. El honor lo exigía, pues Stopa había jurado lealtad a Heldon y a la persona del propio Feric.

    Feric se sentía socialmente obligado, como el propietario de un perro enfermo de rabia; su obligación era acabar personalmente con el tormento de la criatura.

    Para esta misión, Feric había armado a sólo trescientos SS con metralletas y garrotes, y los había embarcado en camiones. Trescientos nombres seleccionados de los SS, operando con discreción y disimulo, podían realizar una intervención quirúrgica; en cambio, un ataque masivo desencadenaría una sangrienta batalla, en la que se perderían muchos Caballeros rescatables.

    Así, cuando el convoy de camiones estaba todavía a más de tres kilómetros del campamento de los Caballeros, Feric ordenó detener la marcha; hizo bajar a los hombres, y acompañado de Waffing y Remler los condujo a través de los campos bañados de rocío. Ninguno de esos magníficos y juveniles héroes murmuró ni siquiera una queja; solamente Waffing cambió el asiento por sus propios pies con algo que mal podía denominarse entusiasmo. El peso que agobiaba el alma de Feric se alivió un poco cuando advirtió que el orgulloso Alto Comandante, que evidentemente no era un atleta, jadeaba y resoplaba para mantenerse a la par de las poderosas zancadas del jefe. Sin embargo, aunque aquella marcha forzada estaba agotándolo, Waffing no decía una palabra.

    Feric había instalado los cuarteles de los Caballeros en una pequeña colina que dominaba el camino de acceso a Heldhime, con el fin de entorpecer todo lo posible un ataque sorpresivo. Ahora tenía que luchar contra los efectos de su propio criterio militar. Al pie de la colina, en la oscuridad, dividió a sus hombres en pelotones de ataque, y estudió la situación. Arriba, las barracas de madera estaban rodeadas por una verja electrificada; en cada esquina había una torre con un reflector y una ametralladora, además de los guardias que patrullaban el perímetro a intervalos muy breves. El portón de acceso también estaba electrificado y defendido por ametralladoras. Feric sabía muy bien que la fortificación era inexpugnable, puesto que él mismo la había concebido. En realidad, la alternativa era apoderarse de la plaza a pura fuerza de voluntad.

    —Muy bien, Remler —dijo al Comandante SS, que estaba a su lado—, mantenga aquí a los hombres, mientras Waffing y yo nos acercamos al portón y ordenamos que lo abran. Una vez conseguido este objetivo, entre con la tropa. A toda costa evite disparar antes de llegar a las habitaciones de los oficiales.
    —Pero, mi Comandante, ¡quiero estar en la primera línea de batalla! ¡Déjeme ir con usted!

    Feric se sintió profundamente conmovido por el fanatismo de Remler, pero la presencia del Comandante SS no facilitaría las cosas cuando llegase el momento de enfrentar a los guardias.

    —Lo siento, Remler —dijo—, pero si lo ven con nosotros, los guardias sabrán que se trama algo.

    Como respuesta, Remler golpeó los talones e hizo un silencioso saludo partidario. Feric le sonrió brevemente, retribuyó el saludo, y acompañado por Waffing abandonó la protección de las sombras y salió al camino que conducía a la puerta principal.

    Apenas habían recorrido la mitad del camino cuando quedaron encerrados en un círculo de luz; por lo menos, podía afirmarse que la perfidia de Stopa no había reducido a cero la eficiencia de la guarnición. Mientras el haz de luz iluminaba el camino hasta la entrada, Feric se envolvió bien en la capa escarlata, agachó un poco la cabeza y marchó detrás dé la figura inconfundible de Waffing, que avanzó despreocupadamente hacia los gloriosos guardias, representando su papel hasta el final.

    Feric se refugió en las sombras mientras Waffing llegaba a la puerta y rugía a los hombres de las ametralladoras:

    —¡Abran enseguida!
    —El Comandante Stopa nos ha ordenado que esta noche no aceptemos a nadie —dijo incómodo uno de los soldados, que había identificado perfectamente a su superior.
    —¡Abra la puerta o mandaré fusilarlo por insubordinación, puerco! —replicó Waffing—. Soy el Alto Comandante Waffing, y mis órdenes anulan las de Stopa.
    —Hemos recibido órdenes estrictas de no admitir a nadie, bajo pena de muerte —balbuceó el segundo de los soldados—, ¡Orden directa de un superior!

    Feric comprendió que los hombres estaban en un aprieto moral, pues no sabían qué órdenes tenían que obedecer. Sólo él podía resolver la duda. Abriendo la capa y mostrándose a propósito con un ademán grandilocuente, Feric dio un paso adelante y entró en el círculo de luz.

    Los dos jóvenes soldados se cuadraron instantáneamente golpeando los talones, alzaron el brazo en el saludo partidario y clamaron:

    —¡Hail Jaggar!

    Feric retribuyó el saludo e impartió órdenes.

    —Asumo el comando directo de esta guarnición. Se releva al Comandante Stopa. Ustedes sólo obedecerán mis órdenes. Abran inmediatamente las puertas y permitan el paso de la escuadra SS. Cuando la tropa esté dentro, cerrarán las puertas y no permitirán que nadie entre o salga hasta que yo lo autorice. No avisarán a nadie de nuestra llegada. ¿Han comprendido?
    —¡Sí, mi Comandante!
    —Muy bien, muchachos —dijo Feric con voz más amable—. Recordaré el buen criterio y la consagración al deber que demostraron esta noche.

    Dos minutos después Feric tenía a los trescientos SS reunidos a su alrededor, en el interior del cuartel. Bastó un movimiento de cabeza de Feric señalando las barracas de los oficiales, en el centro del campamento, para que comenzara la acción. Feric había impartido órdenes muy sencillas. Cada SS debía acercarse con la mayor discreción posible a las barracas, y no dispararía hasta que oyese el primer tiro. Cuanto más cerca estuviesen, más los sorprenderían, y la ingrata operación de limpieza sería más rápida y rotunda.

    A esta hora de la noche la mayor parte del campamento estaba a oscuras, pues hacía mucho que los Caballeros se habían retirado a sus camastros. Por eso mismo Feric confiaba en que la alarma se demoraría un poco. La escuadra SS se abrió en abanico entre las hileras de sencillas construcciones de madera, y se acercó a los cuarteles de los oficiales en pequeños grupos silenciosos; los uniformes de cuero negro contribuían admirablemente a disimularlos en la oscuridad general.

    Pero había luces en las ventanas de los oficiales; más aún, en la puerta estaban apostados dos guardias, y cuatro centinelas vigilaban las cuatro esquinas de las barracas. Era indudable que tendrían que abrirse paso a tiros.

    Feric, Waffing y Remler se aproximaron a la entrada de las barracas, la metralleta al brazo, al amparo de los edificios en sombras, hasta que estuvieron a unos quince metros del objetivo.

    Feric se detuvo un momento.

    —Iniciaremos el ataque —dijo—. Hay dos centinelas y los guardias de la puerta en nuestro campo de fuego. Me ocuparé personalmente de quienes defienden la puerta; Remler, dispare al centinela de la derecha; Waffing, usted al de la izquierda. Tenemos que aniquilarlos con la primera andanada. ¡Buena suerte!

    Dicho esto, Feric levantó su metralleta, apuntó a los dos guardias de la puerta, y oprimió el disparador corriendo rápidamente hacia las barracas.

    El silencio se quebró bruscamente. Centenares de metralletas tartamudearon de pronto; un trueno humano capaz de desplomar los cielos. En pocos instantes los centinelas y los guardias cayeron abatidos, antes que pudiesen disparar una sola vez. Mientras se acercaba corriendo a la entrada del edificio, disparando al azar por las ventanas, Feric alcanzó a ver una horda de hombres vestidos de cuero negro que se acercaban desde todos los ángulos a los cuarteles de los oficiales, descargando incesantemente sus metralletas. Se abrió la puerta y dos desconcertados Caballeros de arrugados uniformes pardos abrieron fuego contra las sombras. Feric los derribó a ambos con una rápida andanada. Aparecieron tres Caballeros más, y cayeron inmediatamente bajo el fuego concentrado de las veintenas de SS que venían pisándoles los talones a Feric. Mientras, Feric subía a saltos el corto tramo de escalones, abría de un puntapié la puerta lateral y entraba en el edificio sin dejar de disparar el arma.

    Adentro todo era confusión y horror. El interior de la barraca olía como una cervecería; había charcos de cerveza por doquier, y tres grandes barricas volcadas. Los amigotes de Stopa estaban todos vestidos a medias, y algunos sólo llevaban pantalones, o camisas, y otros se movían de un lado para otro desnudos y calzados con botas; todos corrían, borrachos y dominados por el pánico, tratando de evitar la lluvia de balas, como pollos asustados en un gallinero revuelto. Además, había una docena, poco más o menos, de mujeres desnudas que chillaban y gemían; no eran verdaderas humanas, sino muñecas de placer del tipo que los dominantes criaban en Zind: criaturas descerebradas, de caderas y pechos exagerados, que no sentían otra cosa que una insaciable necesidad de copulación.

    Feric disparó furiosamente la metralleta sobre este foco corrupto; advirtió que Remler y Waffing estaban a pocos pasos, descargando sus propias armas, los rostros contraídos por el asco y la repulsión. Veintenas de SS entraron en las barracas, entre el chisporroteo de los disparos y el olor acre de la pólvora.

    Feric vio a Stag Stopa, desnudo y calzado con botas, que extendía la mano hacia el arma de un Caballero caído. Alcanzó al traidor con varios disparos en el estómago. Stopa gritó, escupió sangre y se derrumbó, retorciéndose en el sufrimiento de la muerte. Feric lo remató con varios tiros a la cabeza; incluso un traidor merecía esa compasión.

    Todo terminó en menos de un minuto. Los camastros y el suelo estaban sembrados por los cuerpos de los traidores y las muñecas de placer traídas de Zind. Aquí y allá un SS terminaba la agonía de un caído con breves disparos.

    De pronto, Remler gritó:

    —¡Mi Comandante!

    Feric se volvió para ver que el Comandante SS había aferrado por el cuello a un hombre herido que aún vivía, y que lo obligaba a enderezarse. Cuando Feric vio los ojos del moribundo, comprendió que no era un hombre sino un repugnante dom. ¡El odio frío que la criatura exudaba no permitía dudas!

    Feric se aproximó y contempló al dom moribundo. El desprecio por todo lo humano que caracterizaba a esos monstruos ardía en los ojos ofídicos como una brasa que se apaga. La criatura reconoció a Feric y lanzó un rezongo de desafío.

    —¡Ojalá te mueras revolcado en tu propio estiércol, basura inmunda! —jadeó—. ¡Que tus genes se dispersen a los cuatro vientos! —Tosió una gran burbuja de sangre y expiró.
    —¿Notó el acento, Comandante? —preguntó Remler.

    Feric asintió:

    —¡Viene de la propia Zind!

    Feric paseó la vista por el cuarto sembrado de traidores muertos, si bien muchos de ellos eran quizá víctimas tanto como malvados, dominados por un auténtico agente de Zind. ¡Felizmente se les había asestado un buen golpe! En efecto, Zind debía de estar preparándose para desencadenar una guerra, si los puercos se atrevían a tanto. El peligro era más real de lo que todos habían soñado.

    —¡Comandante! —gritó un SS—. ¡Los Caballeros han rodeado el edificio! —¡Vamos, Waffing! —dijo Feric, y los dos salieron a la puerta, para enfrentarse con una verdadera multitud de Caballeros confundidos, algunos de uniforme, otros a medio vestir, varios armados con rifles o metralletas o porras, y otros caminando de aquí para allá, aturdidos y desarmados.

    En todo caso, cuando los hombres vieron a Feric, la horda desordenada recuperó un poco de disciplina. Muchos hicieron el saludo partidario y gritaron —¡Hail Jaggar!—, pero en general la situación era bastante confusa.

    Feric no se anduvo con rodeos.

    —El Comandante Stopa y sus oficiales eran traidores que conspiraban con Zind, y han sido ejecutados. El Alto Comandante Waffing está ahora al mando directo de los Caballeros de la Esvástica y el Ejército regular, en su nueva jerarquía de Mariscal de Campo y Alto Comandante de las Fuerzas de Seguridad de Heldon.

    Hizo una pausa, esperando que la idea fuese asimilada antes de comunicarles las buenas noticias; de ese modo sería más fácil recuperarlos.

    —Los Hijos de la Esvástica han tomado el poder en Heldon —continuó Feric—. He asumido el título de Comandante Supremo de Heldon, y ahora gobierno por decreto.

    Al oír esto, los Caballeros estallaron en unos vivas desordenados, pero estridentes y entusiastas. Feric permitió que las manifestaciones durasen varios minutos. Cuando consideró que la exuberancia de los hombres había tenido oportunidad suficiente para expresarse, le hizo a Waffing una señal con la cabeza.

    —¡Atención! —Waffing mugió como un toro. Casi inmediatamente la tropa enardecida guardó silencio, formó filas más o menos improvisadas, golpeó los talones y se cuadró rígidamente.
    —¡Tenemos mucho que hacer! —dijo Waffing—. Quiero que limpien este basural y preparen todo el campamento para una rigurosa inspección dentro de media hora. ¡Hail Heldon! ¡Viva la victoria! ¡Hail Jaggar!

    Ahora la respuesta fue un saludo compacto de precisión realmente militar, y un clamor de —¡Hail Jaggar!— que nada dejaba que desear en entusiasmo o intensidad. Se había iniciado la Nueva Época; la Esvástica gobernaba a toda Heldon. La amenaza interior había sido destruida definitivamente, y la nación estaba unida detrás del Partido.

    Pero mientras contestaba el saludo, Feric pensaba que su misión sagrada apenas había comenzado. Como una dilatada y gangrenosa monstruosidad, el Imperio de Zind se cernía en el horizonte oriental, dispuesto a estallar como una pústula gigantesca y a ahogar a la humanidad en una marea de veneno. Esa noche habían destruido con fuerza implacable el tentáculo de la cancerosa masa mutante que había penetrado en el cuerpo de Heldon; pero Feric Jaggar no podía descansar, ni la verdadera humanidad tener paz hasta que el último y repulsivo mutante y el último monstruoso dom hubiesen sido expulsados de la faz de la tierra. El globo entero necesitaba purificarse de toda contaminación, así como esa noche se había purificado a Heldon.

    ¡Hoy Heldon, mañana el mundo!


    10


    Sobre la alta plataforma, frente al Palacio del Estado, Feric Jaggar permanecía de pie, ciñendo el brillante uniforme de cuero negro, el manto escarlata flotando en la brisa, a la espera de que se iniciara el gran desfile. A su derecha estaba Lar Waffing, con el nuevo uniforme militar —gris claro, con una capa roja adornada por la esvástica— y Seph Bogel con uniforme partidario; a la izquierda, Ludolf Best, también en elegante uniforme de cuero negro; y Bors Remler, con uniforme de cuero negro adornado por los dos relámpagos de la SS.

    El sol estaba alto en el cielo límpido y azul, y se había adornado el bulevar con la bandera de la Esvástica, roja, blanca y negra. A cada lado de la calle, las aceras estaban atestadas de robustos helder que agitaban un mar rojo de banderas partidarias. Las cámaras de televisión difundirían el espectáculo a todo el mundo, y Feric esperaba sinceramente que los dominantes de Zind comprendieran con claridad el significado de la ceremonia.

    No cabía duda de que Heldon había adoptado medidas heroicas durante los dos primeros meses de gobierno de Feric como Comandante Supremo; y todos los Altos Comandantes tenían derecho a sentirse orgullosos.

    Bogel había eliminado del ministerio de la Voluntad Pública a veintenas de simpatizantes universalistas, incluso a algunos dominantes, y había transformado esa madriguera de cagatintas en verdadera arma de la conciencia racial.

    Waffing había asumido el control del Ejército y aplicado mano de hierro, purgando de cobardes y embrollones la estructura de mando, e incorporando a muchos viejos Caballeros, que inspiraban confianza, entusiasmo y fervor patriótico al soldado común helder.

    Bajo la supervisión de Feric, Best había redactado una nueva constitución, que otorgaba todo el poder al Comandante Supremo, único responsable; el Comandante Supremo conservaba su cargo de acuerdo con la voluntad del pueblo de Heldon, que podía removerlo en cualquier momento mediante un plebiscito. De ese modo, la voluntad del Comandante Supremo y la voluntad racial de Heldon siempre armonizarían.

    La tarea de Remler apenas había comenzado. En todas las regiones de Heldon estaban organizándose Campos de Clasificación, y varios ya estaban funcionando, pero la tarea de reexaminar a todos los habitantes que tuvieran certificados era abrumadora, y exigiría un esfuerzo prolongado y heroico. Sin embargo, los beneficios justificaban cualquier sacrificio. Cuando se completase la tarea, el último dominante que habitaba el territorio de Heldon habría muerto, todos los ciudadanos mancillados por algún gene mutado estarían esterilizados o habrían sido desterrados, y la crema misma del caudal genético se concentraría en los SS, que sería el fermentarlo absolutamente puro de la etapa siguiente de la verdadera evolución humana.

    Aunque Feric no encontraba nada que criticar en los progresos realizados hasta entonces, tampoco estaba demasiado satisfecho. El desfile que iban a presenciar no era una verdadera celebración, sino una ostentación de fuerza, una señal de advertencia a los dominantes de Zind. Los movimientos en el este eran cada vez más ominosos. El Servicio de Inteligencia SS había señalado la presencia de una gran horda en la región occidental de Zind, no lejos de la frontera con Wolack. No se sabía si esta movilización estaba ligada a la fracasada conspiración del Consejo, pero sí era evidente que los dominantes se disponían a marchar hacia el oeste.

    Y Heldon no estaba preparado para enfrentarlos.

    Se había duplicado la magnitud de las tropas, pero con excepción de los ex Caballeros, los nuevos soldados, eran casi todos reclutas inexpertos. Los SS habían llegado a tener diez mil hombres, y estos excelentes especímenes estaban preparados por supuesto para afrontar cualquier cosa. Además, era posible seleccionar otros diez mil entre la población común, gracias a los Campos de Clasificación, aunque este trabajo no se completaría antes de otros cuatro meses. Estaba desarrollándose también un nuevo programa de armamentos, pero hasta ahora sólo la mitad de las tropas había recibido las últimas metralletas, los acorazados aéreos no pasaban de veinte, y la producción en masa de acorazados terrestres y tanques livianos apenas había comenzado. Por último, la munición para las nuevas armas aún escaseaba.

    Heldon necesitaba por lo menos cuatro meses para terminar de prepararse; sólo entonces podría descargar todo su poder sobre la vastedad bárbara de Zind. Feric esperaba que una exhibición de fuerza, como la de ese día, atemorizara de algún modo a los doms, inclinándolos a postergar varios meses la marcha hacia «el oeste; el coraje no era, ni mucho menos, una de las características principales de los dominantes.

    Un gran vocerío se elevó de la multitud cuando diez motociclistas SS, llevando enormes banderas partidarias pasaron frente a la plataforma; se iniciaba el desfile. Inmediatamente detrás marchó un cuadro de cien soldados SS, la mitad con banderas partidarias, y la otra mitad con el estandarte de los SS, todos vestidos con trajes de cuero negro que chispeaban al sol. Cuando la guardia embanderada pasó Frente a la plataforma, los hombres bajaron las banderas escarlatas del Partido, Feric respondió al saludo extendiendo el brazo derecho, y manteniéndolo así, con rígida precisión, mientras las tropas continuaban el desfile.

    Siguió otro cuadro formado por mil hombres de la SS, que marchaban a paso de ganso, y cuando llegaban a la altura de la plataforma volvían los ojos a la derecha y hacían el saludo del Partido; los uniformes de placas cromadas refulgían bajo el sol, y los rebordes de acero de las botas golpeaban sobre el cemento. ¡Qué imagen terrorífica para los enemigos de Heldon!

    Ahora, un enorme contingente militar de uniformes grises comenzó a pasar frente, a la plataforma, una fila tras otra, el final de la formación oculto por un recodo de la avenida, a varios cientos de metros de distancia. Esas tropas, con capas rojas adornadas por la esvástica, uniformes nuevos impecables, relucientes metralletas, y espíritu renovado, en nada se parecían a la chusma lamentable y descuidada que Eric había encontrado en el desfile inaugural. Quizá careciesen en verdad de experiencia y de arrojo, pero de todos modos eran una muestra excelente del genotipo humano verdadero. El orgullo y el espíritu con que las botas golpeaban el pavimento en cada paso, y la ferviente precisión de los saludos, no dejaban duda acerca de la devoción de esos jóvenes a la causa sagrada. Incluso la hez de Zind entendería que este era un Ejército de verdaderos héroes raciales.

    Después de las filas de la infantería regular, comenzó el paso del primer escuadrón de nuevos acorazados terrestres. Esta veintena de tanques livianos con motores de gasolina parecían harto superiores a los enormes y pesados acorazados con motores de vapor, aún parte principal de las fuerzas de Heldon. Eran cuatro veces más pequeños que los pesados artefactos de vapor, y dos veces más veloces. En lugar de una enorme cabina blindada perforada por troneras, estos tanques tenían torrecillas giratorias con cañones de repetición y ametralladoras pesadas; había, además, dos ametralladoras al alcance del conductor y el acompañante, y otra que defendía la retaguardia. Tres meses más tarde el Ejército dispondría de centenares de estos tanques livianos, y una vez que los yacimientos petrolíferos del sudoeste de Zind fueran accesibles, y el problema del combustible quedara así resuelto, podrían producirse millones de máquinas. El Ejército de Heldon avanzaría en Zind protegido por una coraza impenetrable de blindados rápidos y poderosos.

    Cuando el último de los tanques pasó frente a la plataforma, cinco grandes acorazados aéreos aparecieron en el cielo, estremeciendo el aire con prolongados estampidos. Mientras Feric observaba esas enormes fortalezas volantes, de diez hélices cada una, movidas por motores individuales de gasolina, tuvo una súbita inspiración. ¿Qué impedía aplicar el mismo principio de velocidad, tamaño y número a las máquinas volantes? La producción de acorazados aéreos era larga y costosa. Los pequeños aviones de caza, diez veces más chicos que las fortalezas, necesitaban un solo motor, desarrollaban el doble de velocidad y se producían en masa a la vigésima parte del costo. Heldon podía disponer de una gran armada aérea en lugar de unos pocos monstruos de movimientos lentos. ¡Sí, era necesario iniciar inmediatamente la producción de aviones de caza!

    Detrás de los tanques apareció un millar de motociclistas SS, y luego un contingente parecido del Ejército regular, en un deslumbrante espectáculo de velocidad y fuerza. El estrépito de los motores era como un grito de batalla que conmovía la tierra.

    Después de los motociclistas, pasó un grupo de camiones rápidos destinados a transporte de tropas. La clave del nuevo Ejército que Feric estaba organizando era la fuerza y la velocidad. Un Ejército que fuese capaz de concentrar un poder abrumador sobre un objetivo dado antes que el enemigo reaccionase, podría vencer a un adversario diez veces superior.

    Detrás de los camiones apareció un Cuerpo de Infantes de los SS, y luego una segunda formación de infantería regular, con lo que terminó el desfile. Cuando los primeros de estos hombres de uniforme pasaron frente a la plataforma, el brazo en alto, Feric vio que un Capitán SS corría excitado hacia aquélla y murmuraba algunas palabras al oído de Remler, Instantáneamente el Comandante SS se acercó a Feric, con una mirada de fervor afiebrado iluminándole la cara huesuda.

    —Bien, Remler, ¿qué pasa? —preguntó Feric, manteniendo el brazo en alto para beneficio de las tropas que desfilaban frente al palco.
    —Mi Comandante, las hordas de Zind han cruzado las fronteras de Wolack. Están ocupando con fuerza irresistible las regiones orientales de ese país.

    Aunque la noticia impresionó profundamente a Feric, la mano en alto no vaciló un instante; en ocasiones como esta era indispensable que los jefes mostraran una calma glacial. Indicó a Waffing y a Remler que se acercasen, y mandó llamar al Capitán SS, aunque la enorme multitud que presenciaba el acto no advirtió ninguna anormalidad.

    —Capitán, ¿cuál es exactamente la situación? —preguntó Feric.
    —Mi Comandante, los últimos informes indican que una gran horda Zind está a no más de cinco días de marcha de Lumb.
    —Cuando ocupen la capital, nada se opondrá a que lleguen a la frontera helder —señaló Waffing—. En nueve días pueden estar sobre nosotros. Tendríamos que reforzar inmediatamente la frontera con Wolack; yo enviaría una Fuerza SS, y contendría al enemigo hasta que preparemos el nuevo Ejército.

    Por lo que Feric sabía, en la zona occidental de Wolack abundaban las tierras de cultivo, no contaminadas, que pedían a gritos una colonización de hombres. Que ese territorio (parte natural de Heldon) estuviese en manos de los wolacks ya era bastante desagradable; pero que el pus de Zind lo inundase y contaminase, un patriota sincero no podía permitirlo, aun dejando aparte la amenaza militar que esa ocupación representaba.

    —Mientras Zind invade a Wolack es imposible adoptar una posición defensiva —declaró firmemente Feric—. Tenemos que atacar, e inmediatamente; y atacar con la mayor rapidez, concentrando todas nuestras fuerzas.
    —Pero, mi Comandante, todavía no estamos en condiciones de luchar contra Zind; de aquí a cuatro meses...
    —Waffing, estoy decidido —afirmó Feric—. No podemos permitir que Zind invada Wolack sin oposición. Atacaremos inmediatamente, con todas las fuerzas disponibles.

    Apenas treinta y seis horas después, un gran Ejército Helder estaba apostado en la frontera, listo para penetrar en Wolack occidental. Feric había movilizado la crema del Ejército y las mejores unidades SS, y se proponía dirigirlas personalmente en la batalla. La clave era concentrar poder con la velocidad del rayo, y Feric había reunido una fuerza de ataque completamente motorizada, dividida en dos columnas principales.

    Lar Waffing dirigía un contingente de dos Divisiones de Infantería Motorizada, embarcada en todos los camiones de gasolina que Heldon podía reunir, y escoltada por tres mil motociclistas y una veintena de acorazados de vapor. Esta fuerza atravesaría la región occidental de Wolack, para encontrar a la horda Zind en algún lugar próximo a la capital, Lumb, sobre la orilla occidental del río Roul. Dada la desproporción del número, las tropas de Waffing tenían escasas posibilidades de detener ellas solas a la horda.

    Pero el propio Feric, con el fiel Best al lado, conduciría la División de las mejores Tropas de Choque: motociclistas SS, apoyados por una veintena de tanques livianos, en una amplia maniobra de flanqueo hacia el nordeste. Si todo ocurría de acuerdo con el plan, la fuerza de Feric bordearía el campo de batalla de Lumb, para descender y atacar la retaguardia de las fuerzas de Zind, al este del Roul, precisamente cuando toda la horda se dispusiese a cruzar el río por un puente relativamente estrecho. El plan exigía que las Tropas SS destrozaran rápidamente a fuerzas que desde el punto de vista numérico las superaban en una proporción de cien a uno; pero la conmoción y la sorpresa compensarían la desventaja, y la superioridad innata de los SS, convertida en fervor fanático por inspiración del Comandante Supremo, podía hacer el resto.

    Un cielo plomizo desdibujaba el sol de la mañana cuando Feric, sentado en su motocicleta, a la cabeza de la División SS, miraba él cronómetro que marcaba los últimos segundos. Al lado, el rostro de Best resplandecía de juvenil excitación, mientras esperaba el momento de poner en marcha la motocicleta.

    —¿Cree que los wolacks se opondrán a nuestro avance? —preguntó esperanzado Best.
    —Es poco probable, Best —replicó Feric—. El Ejército de Wolack no es más que una chusma de mutantes; y, además, creo que ya está bastante ocupado en el este.

    De todos modos, como el tiempo y la velocidad eran esenciales, convenía anular la resistencia de Wolack desde un principio. La artillería, dispuesta en una explanada, a unos ocho kilómetros de la frontera, podía pulverizar las fortificaciones de Wolack preparando el camino para el Ejército y los SS. Las dos columnas entrarían en Wolack, aplastando cualquier posible resistencia. Cuando el pánico se apoderase de las fuerzas de Wolack, Feric dirigiría a los SS hacia el nordeste.

    Detrás de Feric y Best se alineaba la guardia selecta de cien hombres SS, con las motocicletas negras y las ropas de cuero del mismo color, todo reluciente, las metralletas recién aceitadas, los garrotes al alcance de la mano, prontos para la acción. Detrás de esta guardia selecta una docena de tanques, y luego el resto de los motociclistas SS, los tanques livianos, y siguiendo a este macizo contingente SS, la fuerza del Ejército regular dirigida por Waffing, extendiéndose hacia occidente, hasta donde la vista, podía alcanzar.

    —¡Qué gran espectáculo! —exclamó Feric.

    Best asintió.

    —¡Antes que concluya la semana, los dominantes sabrán lo que puede la Esvástica, mi Comandante! —replicó con entusiasmo.

    Cuando se acercó el momento, Feric desenfundó el Gran Garrote de Held, y alzó en el aire el eje reluciente, Ante esta señal, la atmósfera se conmovió con el sonido estremecedor de millares de motores de motocicletas; los corceles de acero despertaban a la vida. A este estrépito se unió, un momento después, un sonido bajo y profundo, que pareció conmover las colinas; un ronroneo de motores, camiones, tanques y acorazados de vapor. Feric sintió en el cuerpo la voluntad racial de los helder, como una vibración de energía que se comunicaba a los seres humanos y las cosas, como si él fuera dueño de la voluntad multitudinaria de los hombres a quienes dirigiría en la batalla; él era el Ejército, ellos le pertenecían, y juntos eran Heldon.

    Luego, echando una mirada a Best, Feric movió en el aire el Cetro de Acero. A lo lejos, retumbó el cañón, y un instante después la fuerza armada de Heldon inició la marcha.

    Alrededor los rugidos eran ahora poderosos y constantes. La potencia de la máquina en que Feric iba montado le sacudía el cuerpo. El Ejército se precipitaba vertiginosamente por las colinas verdes y onduladas, hacia la frontera con Wolack. Las granadas de cañón silbaban arriba, en el aire, la tierra se estremecía con el movimiento de las ruedas y las orugas, y en la atmósfera había humo y polvo. Los sonidos y los olores, el poder gigantesco y la velocidad vertiginosa, dejaban a Feric sin aliento y le exaltaban el corazón. Una mirada a Best, que iba junto a él, le indicó que también el joven se sentía transportado por la gloria del momento; se sonrieron fraternalmente, mientras los tanques que marchaban detrás comenzaban a disparar.

    Feric dirigió a su gran Ejército por la cuesta de la última colina, llegó a la cumbre y contempló la frontera con Wolack, Una empalizada de alambre de púa marcaba el sector helder de la frontera, y había emplazamientos de ametralladoras a intervalos regulares; luego, una faja de casi un kilómetro de ancho, la tierra de nadie, y una línea de toscas casamatas de piedra, separadas entre sí por unos doscientos metros de terreno. Se habían evacuado las posiciones helder, abriéndose grandes huecos en la empalizada. Los cañonazos habían alcanzado a muchas fortificaciones wolacks, que ahora sólo eran cráteres humeantes sembrados de restos. Otras estaban destruidas parcialmente, y los cadáveres de los wolacks asomaban entre la mampostería destrozada.

    Sobre el estrépito de los motores, Feric alcanzó a oír los gritos de entusiasmo de los soldados en presencia de las fortificaciones de los wolacks. En el instante en que una andanada de granadas de cañón estalló trazando una línea nítida entre las casamatas wolacks, y lanzando al aire grandes masas de piedra gris, tierra parda y carne ensangrentada, Feric aceleró el motor y descendió a toda velocidad la colina, pasó por un hueco en el alambre de púa, y entró en Wolack, con la motocicleta de Best a pocos metros de distancia. Inmediatamente detrás llegó la guardia selecta SS, esgrimiendo garrotes y prorrumpiendo en ásperos gritos de batalla. Luego, el escuadrón de tanques se abrió en abanico, y las pesadas orugas de acero aplastaron el alambre. Millares de motocicletas SS avanzaron por la tierra de nadie, en un ancho frente.

    Mientras Feric y la vanguardia de las tropas cruzaban la tierra de nadie, hacia las villas de los wolacks, los motociclistas SS se abrieron en una larga línea de combatientes a cada lado de la motocicleta del jefe. A intervalos de setenta u ochenta metros, esta línea delantera de héroes estaba reforzada por tanques que disparaban sus ametralladoras y cañones. Detrás de esta falange protectora venían los camiones de la infantería regular motorizada, apoyados por los grandes y lentos acorazados de vapor, que disparaban granadas de mortero contra las fortificaciones wolacks.

    Poco después la primera línea de SS alcanzó la línea de los wolacks. El propio Feric llegó a una casamata parcialmente demolida, de la que salió arrastrándose media docena de wolacks: un enano jorobado, un cara de loro, un grupo de hombres sapos, y otras monstruosidades; todos huyendo aturdidos como perros cobardes que eran. Feric se encontró persiguiendo a un cara de loro; con un golpe heroico del Gran Garrote le hizo volar los sesos podridos. Al lado, Best, los ojos azules relucientes de patriótico ardor, se acercó a un enano y con un diestro garrotazo despachó a la criatura.

    De pronto, Feric advirtió que un enorme mutante hombre rana de piel leprosa y húmeda apuntaba un oxidado rifle a la cabeza de Best. Instantáneamente aceleró la motocicleta y golpeó a la monstruosidad con la rueda delantera, a sesenta kilómetros por hora. La criatura gritó y cayó al costado, chorreando una viscosa sangre púrpura. Feric dio media vuelta, volvió rugiendo, y le aplastó el cráneo con el garrote.

    Best se detuvo el tiempo suficiente para emitir un conmovido:

    —¡Gracias, mi Comandante! —Luego el muchacho volvió a zambullirse en el ardor de la batalla.

    Alrededor de Feric, los SS rompían los cráneos de los wolacks, y corrían tras ellos en todas direcciones. Un piel azul enloquecido de terror se precipitó ciegamente hacia la motocicleta de Feric, esgrimiendo un garrote. Feric decapitó a la criatura con un golpe del Cetro de Acero, y la cabeza cayó bajo las ruedas de la motocicleta, mientras el cuerpo todavía daba unos pasos antes de expirar. No era una auténtica batalla, sino una masacre. Los wolacks iban de un lado a otro, sin objeto, como animales enloquecidos; eran unos cobardes y alfeñiques incapaces de apreciar un combate honorable.

    Feric alzó el Gran Garrote de Held, el eje de plata engalanado con la sangre honrosa de la batalla, y aceleró la motocicleta dejando atrás las fortificaciones en ruinas, e internándose en territorio wolack junto con la vanguardia de los SS. No había por qué perder tiempo despachando a todas esas criaturas; las fuerzas de ocupación que llegarían detrás de las columnas motorizadas antes que se pusiera el sol, eran más que adecuadas para acabar con esa chusma patética.

    Muy pronto, Feric estaba otra vez a la cabeza de una disciplinada formación de Tropas de Choque SS en motocicletas, que se internaban en Wolack en una maniobra exacta y atrevida. Los tanques se desplegaron alrededor de esta columna, para proteger ambos flancos. Aproximadamente un kilómetro más atrás, y un poco hacia el sur, marchaban las tropas regulares de Waffing, oscurecidas por una enorme nube de polvo. Detrás, las fortificaciones fronterizas de Wolack no eran más que ruinas humeantes.

    —¡Excelente principio de la campaña, Comandante! —exclamó Best—. ¡Una victoria aplastante!

    Tenía el rostro casi afiebrado por la tensa emoción viril de haber librado su primera verdadera batalla.

    —¡Adiós al Ejército de Wolack! —respondió Feric, que no deseaba amortiguar el entusiasmo de Best. Pero sabía muy bien que los wolacks no habían sido más que un bautismo de sangre para las bisoñas tropas helder, y la posibilidad de que experimentaran ellos mismos su propia virilidad, heroísmo y destreza. La verdadera batalla se libraría a varios centenares de kilómetros de allí, con los Guerreros de Zind; y esas perversas criaturas no se asustarían, ni huirían como los cobardes wolacks.

    Pero Feric oyó la extraordinaria y compacta sinfonía de los motores que ronroneaban detrás, y vio las sucesivas filas de brillantes y oscuras motocicletas, los tanques veloces, y la infantería motorizada, que atravesaban la llanura como en un gran desfile alcanzando a sentir el entusiasmo y la exaltación y el ánimo ardiente de las tropas, como una fuerza material.

    ¡Que los Guerreros de Zind luchasen a muerte! ¡Que se lanzaran impetuosamente contra el Ejército de Heldon! ¡Todavía más a fondo este c