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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    OJO EN EL CIELO (Philip K. Dick)

    Publicado el domingo, enero 05, 2014

    I


    A LAS CUATRO de la tarde del día 2 de octubre de 1959, el desviador de radiaciones protónicas del Bevatrón de Belmont traicionó a sus creadores. Los efectos de semejante infidelidad tuvieron un desarrollo inmediato. En cuanto se dejó de corregir adecuadamente su trayectoria y, en consecuencia, al quedar sin gobierno, el rayo de seis mil millones de voltios salió disparado hacia el techo de la cámara y en su centellante ascenso redujo a cenizas una plataforma de observación que dominaba el generador.

    En aquel preciso momento, ocho personas se encontraban en la plataforma, un grupo de visitantes y su guía. Desposeídas inopinadamente de su estrado, las ocho personas cayeron al piso de la cámara del Bevatrón, donde, sumidas en el dolor de las lesiones y el susto del inesperado descenso a plomo, permanecieron hasta que se disipó el campo magnético y se neutralizó en gran parte la intensa radiación.

    De las ocho víctimas, fue necesario hospitalizar a cuatro. Otras dos, cuyas quemaduras eran menos graves, quedaron sometidas a un período indefinido de observación. Las dos restantes fueron examinadas y asistidas, después de lo cual pasaron a sus domicilios. Los periódicos de San Francisco y Oakland informaron del suceso. Los abogados de las personas damnificadas prepararon sus demandas judiciales, iniciando los pleitos correspondientes. Varios funcionarios relacionados con el Bevatrón se desmoronaron encima de la chatarra, en compañía del «Sistema Rectificador Wilcox-Jones» y sus entusiastas inventores. Surgieron operarios y empezaron a reparar los daños materiales.

    El lamentable acontecimiento duró apenas dos minutos. A las cuatro en punto comenzó a fallar el aparato rectificador y a las cuatro y dos, ocho personas se habían desplomado desde una altura de veinte metros y atravesado el haz de protones que brotaba del circular receptáculo interno del generador.

    El guía, un joven negro, fue el primero en iniciar la caída y en estrellarse contra el piso de la cámara. El último que descendió fue un técnico, también joven, que trabajaba en las cercanas instalaciones de una fábrica de proyectiles teledirigidos. Cuando el grupo salió a la plataforma, el muchacho se separó de sus compañeros, regresó hacia el pasillo y se dispuso a sacar el tabaco.

    Es muy probable que, de no haberse precipitado hacia adelante para sujetar a su esposa, no hubiera caído con los demás. Su último recuerdo lúcido consistía en eso: en que soltó el paquete de cigarrillos y alargó inútilmente la manga de la chaqueta de Marsha...


    Durante toda la mañana, Hamilton estuvo sentado en los laboratorios de investigación de la planta de proyectiles, sin hacer otra cosa que afilar la punta de un montón de lapiceros y combatir su propia inquietud. En torno suyo, el equipo continuaba trabajando; la entidad seguía su marcha.

    Marsha se presentó a las doce, radiante y preciosa, vestida de punta en blanco, tan encantadora como un cisne de los que embellecían el Golden Gate Park. Hamilton despertó al instante de su letargo meditabundo, le sacó de su estado de languidez el dulce aroma de aquella costosa criatura que había conseguido conquistar, una pertenencia a la que apreciaba más que a su conjunto de aparatos estereofónicos de alta fidelidad y más que a su colección de buen whisky.

    — ¿Qué ocurre? —preguntó Marsha, al tiempo que se inclinaba brevemente sobre el extremo de la superficie gris de la mesa metálica, unía sus dedos enguantados y agitaba con nerviosismo las esbeltas piernas—. Démonos prisa, hay que almorzar en un santiamén para poder acercarnos luego a ese sitio. Hoy es el día señalado para la puesta en funcionamiento, por primera vez, del desviador de marras, ese mecanismo que deseabas contemplar. ¿Lo habías olvidado? ¿Estás a punto?
    —A punto para la cámara de gas —repuso Hamilton, con cierta aspereza—. Y la cámara de gas está preparada para recibirme.

    Los ojos de Marsha se dilataron un poco; su gesto adoptó un aire serio, dramático.

    — ¿Pero qué pasa? ¿Más cuestiones secretas de esas de las que no puedes hablar? Cariño, no me dijiste que hoy iba a suceder algo importante. Mientras nos desayunábamos te manifestaste chistoso y juguetón como un cachorrillo.
    —A la hora del desayuno no lo sabía. —Tras echar un vistazo a su reloj de pulsera, Hamilton se puso en pie, sin abandonar su expresión sombría—. Disfrutemos de un espléndido almuerzo; tal vez sea el último para mí. —Y añadió—: Y acaso sea también la de esta tarde la última excursión de mi vida.

    Pero no llegaron a la rampa de salida de los Laboratorios de Mantenimiento de California, así que mucho menos al restaurante establecido carretera abajo, allende la zona vigilada de edificios e instalaciones. Un ordenanza uniformado les salió al paso y extendió la mano, en la que llevaba una hoja de papel blanco, bien dobladita.

    —Esto es para usted, señor Hamilton. El coronel T. E. Edwards me encargó que se lo entregase.

    Estremecido, Hamilton desdobló la cuartilla.

    —Bueno —se dirigió a su esposa en tono apagado—, ya está. Siéntate en la antesala. Si dentro de una hora no he vuelto, regresa a casa y abre una lata de carne de cerdo con judías.
    —Pero... —La muchacha esbozó un ademán de impotencia—. Te expresas de un modo tan... tan siniestro. ¿Sabes de qué se trata?

    Hamilton lo sabía. Se inclinó hacia adelante y le dio un beso fugaz en los labios rojos, húmedos y más bien temblorosos. Luego se alejó por el pasillo con rápida zancada, en pos del ordenanza, rumbo a la serie de despachos del coronel Edwards, el puñado de salas de conferencias de alto nivel, donde los jefes de la compañía celebraban sus reuniones solemnes.

    Mientras tomaba asiento, la densa y opaca presencia de hombres de negocios de mediana edad alentaba a su alrededor, en medio de una atmósfera saturada de humo de cigarrillos, desodorante y olor a negro betún para zapatos. Flotaba un constante murmullo sobre la alargada mesa de acero. En un extremo de ésta, se encontraba sentado el propio T. E., parapetado tras un montón regular de impresos, formularios e informes. De acuerdo con su categoría respectiva, cada uno de los funcionarios allí reunidos contaba con su trinchera protectora de papeles, su abierta carterita de documentos, su cenicero y su vaso de agua tibia. Frente al coronel Edwards se acomodaba la figura rechoncha y uniformada de Charley McFeyffe, capitán del servicio de seguridad, cuya misión consistía en husmear por los alrededores de la fábrica de proyectiles y protegerla de los agentes rusos.

    —Ya lo tenemos aquí —murmuró el coronel T. E. Edwards, al tiempo que dirigía a Hamilton una mirada severa, por encima de la montura de sus gafas—. No vamos a entretenerle durante mucho rato, Jack. En la agenda de trabajo de la conferencia sólo hay un asunto que le concierna; por lo tanto, no es necesario que, una vez debatido, continúe usted aquí.

    Hamilton no dijo nada. Tensos los nervios y tirante la expresión, se limitó a seguir sentado, a la espera de lo que se le iba a venir encima.

    —Esta cuestión se refiere a su esposa —empezó Edwards, mientras se humedecía el grueso pulgar y pasaba las hojas de un informe—. Veamos, tengo entendido que desde que Sutherland presentó la dimisión, ha estado usted al frente de nuestros laboratorios investigadores. ¿Exacto?

    Hamilton asintió. Encima de la mesa, sus manos habían perdido todo color, para transformarse en dos miembros rígidos y carentes de sangre. «Como si ya estuviese muerto», pensó Hamilton en plan derrotista. Como si ya le hubieran ahorcado, extrayéndole la vida, el aliento, la posible luminosidad de su interior. Sí, le habían colgado, como uno de los cerdos de Hormel, en la oscura santidad del matadero.

    —Su esposa —prosiguió Edwards con voz retumbante, a la vez que sus moteadas muñecas subían y bajaban, pasando páginas— ha sido clasificada como un peligro para la seguridad de la fábrica. Aquí tengo el informe. —Señaló con un movimiento de cabeza al silencioso jefe de policía de la planta—. Me lo trajo McFeyffe. Y debo añadir que lo hizo de muy mala gana.
    —Con la peor gana del mundo —subrayó McFeyffe, dirigiéndose a Hamilton.

    Sus grises pupilas pedían perdón. El gesto torvo y pétreo de Hamilton se lo denegó, despreciando al capitán a base de indiferencia absoluta.

    —Naturalmente —reanudó Edwards su tonante exposición—, está usted familiarizado con el sistema de seguridad establecido aquí. Constituimos una empresa particular, pero nuestro único cliente es el Gobierno. Nadie compra proyectiles, salvo el Tío Sam. De forma que tenemos que andarnos con cien ojos. Le presento el asunto con toda claridad imprescindible, al objeto de que pueda usted conducirlo según su propio criterio. En primer lugar, es cosa suya. Para nosotros, su importancia reside exclusivamente en el hecho de que usted ostenta el cargo de jefe de nuestros laboratorios de investigación. Lo malo es que ese detalle lo convierte también en asunto nuestro.

    Miró a Hamilton como si pusiera los ojos en él por primera vez, pese a que lo había contratado personalmente en 1949, diez largos años antes, cuando Hamilton era una brillante promesa, un ingeniero electrónico inteligente y apasionado por su profesión, recién salido del I.T.M.

    — ¿Significa esto —preguntó Hamilton en tono ronco, sin apartar la vista de sus manos, que abría y cerraba espasmódicamente— que se prohíbe a Marsha entrar en la fábrica?
    —No —respondió Edwards—. Significa que, hasta que se produzca un cambio en la situación, no se le permitirá a usted tener acceso al material clasificado.
    —Pero eso representa... —Hamilton notó que se le quebraba la voz y que caía en la estancia un silencio de pasmo—. Eso comprende todo el material con el que trabajo.

    Nadie pronunció una sola palabra. Los altos funcionarios de la compañía, reunidos en la sala, permanecieron inmóviles en sus asientos, resguardados tras sus carteras y montones de impresos. En un rincón, el acondicionador de aire emitía un zumbido rumoroso.

    — ¡Qué barbaridad! Se me condena sin preámbulos —articuló Hamilton de súbito, con voz clara y potente.

    Unos cuantos formularios se agitaron a impulsos de la sorpresa. Edwards le disparó una mirada de soslayo que rezumaba curiosidad. Charley McFeyffe encendió un cigarro y, nerviosamente, se pasó la mano por la rala cabellera. Con un sencillo uniforme de color pardo, tenía todo el aspecto de un gordo agente asignado al servicio de vigilancia en carretera.

    —Léale el pliego de cargos —dijo McFeyffe—. Concédale la oportunidad de defenderse, T. E. Al fin y al cabo, Hamilton tiene algunos derechos.

    Durante unos momentos, el coronel Edwards forcejeó con el acervo de datos que componían el informe del cuerpo de seguridad. Luego, sombrío el rostro a causa de la irritación, empujó el expediente completo por encima de la mesa, hacia McFeyffe.

    —Su departamento redactó todo eso —dijo, lavándose las manos en el asunto—. Comuníqueselo usted.
    — ¿Acaso pretenden leerlo aquí? —protestó Hamilton—. ¿Delante de treinta personas? ¿En presencia de todos los empleados de la firma?
    —Todos han revisado la documentación —manifestó Edwards, no sin cierta amabilidad—. Hace cosa de un mes que está concluido y desde entonces no ha dejado de circular. Después de todo, muchacho, para la compañía es usted un hombre importante. No íbamos a tomarnos a la ligera una cuestión como ésta.
    —En primer término —comenzó McFeyffe, que evidenciaba sentirse muy molesto—, tenemos ese negocio del F.B.I. Nos lo traspasaron.
    — ¿No lo pidieron ustedes? —preguntó Hamilton en tono agrio—. ¿O es que iba de un lado a otro, a través del país, sin más ni más?

    McFeyffe se puso colorado.

    —Bueno, se solicitó, claro. En calidad de encuesta rutinaria. Por Dios, Jack, hay un expediente acerca de mi propia persona... Incluso se lleva uno a nombre del presidente Nixon.
    —No tiene por qué leerme toda esa escoria —a Hamilton le temblaba la voz—. Marsha se afilió al Partido Progresista allá por el año 1948, cuando estudiaba su primer curso universitario. Contribuyó con alguna que otra pequeña cantidad de dinero cuando inició sus colectas la Comisión Recaudadora de Fondos Pro Refugiados Hispanos. Se suscribió a In Fact Ya he oído todo eso en otras ocasiones.
    —Léale los informes de última hora —aleccionó Edwards.

    Avanzando meticulosamente por la complicada senda del expediente, McFeyffe llegó a los datos que estaban más al día.

    —La señora Hamilton abandonó el Partido Progresista en 1950. In Fact dejó de publicarse. En 1952, asistió a varias asambleas de la «Artes, Ciencias y Profesiones de California», organización de vanguardia apoyada por individuos comunistoides. La señora Hamilton firmó la Propuesta de Paz de Estocolmo. Se incorporó a la Unión de Libertades Civiles, que no faltan quienes tildan de pro izquierdista.
    — ¿Qué significa eso de pro izquierdista? —inquirió Hamilton.
    —Simpatizante con personas o grupos que simpatizan con el comunismo. —Laboriosamente, McFeyffe prosiguió—: El 8 de mayo de. 1953, la señora Hamilton escribió una carta al Chronicle de San Francisco, protestando por el hecho de que se impidiera la estancia en los Estados Unidos a Charlie Chaplin, un famoso compañero de viaje. Firmó la Apelación para salvar a los Rosenberg: traidores convictos. En 1954 pronunció un discurso en los locales de la Liga de Sufragistas Femeninas de Alameda, manifestándose favorable a la admisión de la China roja en las Naciones Unidas... Y la China roja es un país comunista. En 1955 se unió a la agencia abierta en Oakland por la Organización Internacional de Coexistencia o Muerte, que tiene ramificaciones en los países del otro lado del telón de acero. Y en 1956 entregó su contribución monetaria a la Sociedad para el Progreso del Elemento Humano de Color. —Citó la cifra—: Cuarenta y ocho dólares con cincuenta y cinco centavos.

    Se produjo un instante de silencio.

    — ¿Ya está? —interrogó Hamilton.
    —Sí, lo más importante.
    — ¿Se menciona también en ese expediente —dijo Hamilton, esforzándose en mantener firma la voz— que Marsha está suscrita al Tribune de Chicago? ¿Se dice que en 1952 promovió activamente la candidatura de Adlai Stevenson? ¿Reflejan esos papeles que en 1953 entregó su óbolo a la campaña organizada por la Sociedad Protectora de Animales a favor de los perros y los gatos?
    —No comprendo que importancia pueden tener esos detalles —terció Edwards, algo impaciente.
    — ¡Complementan el cuadro! Claro, Marsha se suscribió a In Fact... y también al New Yorker. Se dio de baja del Partido Progresista cuando lo hizo Wallace... se unió a los Jóvenes Demócratas. ¿Queda constancia de eso? Desde luego, sentía curiosidad acerca del comunismo, ¿la convierte eso en comunista? Todo lo que afirman ustedes es que Marsha lee periódicos del ala izquierda y que escucha a oradores de tendencias izquierdistas... Pero eso no demuestra que respalde al comunismo, que esté sometida a la disciplina del Partido, que abogue por el derrocamiento del Gobierno o que...
    —Nadie asegura que su esposa sea comunista —le interrumpió McFeyffe—. Sólo decimos que se la ha incluido en la lista de personas susceptibles de constituir un peligro para la seguridad de la fábrica. Existe, no obstante, la posibilidad de que Marsha sea comunista.
    —Santo Dios —articuló Hamilton—. ¿He de demostrar que no lo es? ¿Se trata de eso?
    —Es una posibilidad latente —repitió Edwards—. Trate de mostrarse razonable, Jack; no se ponga nervioso, ni empiece a dar gritos. Tal vez Marsha sea roja; tal vez no. Pero tampoco es esa la cuestión. Lo que poseemos aquí es un conjunto de informes demostrativos de que su esposa se interesa por la política... por la política radical, claro. Y eso no es bueno.
    —Marsha se interesa por todo. Es una persona inteligente y educada. Dispone de todo el día para enterarse de cosas. ¿Es que se la va a obligar a pasarse en casa las horas muertas... —Hamilton rebuscó en su mente las palabras apropiadas—, sin hacer otra cosa que no sea sacudir el mantel, lavar, planchar, zurcir y cocinar?
    —Tenemos aquí un patrón de conducta —dijo McFeyffe—. Hay que reconocer que, en sí mismo y por separado, ninguno de estos datos resulta indicativo. Pero cuando uno forma con ellos un conjunto, cuando se saca el promedio estadístico... Entonces se observa que tal promedio estadístico es demasiado alto, Jack. Su esposa está complicada en un número excesivo de movimientos de tendencia izquierdista.
    —Culpable por asociación. Es una muchacha de curiosidad despierta; se siente interesada por cuanto la rodea. ¿Basta eso para sacar la conclusión de que está de acuerdo con todo lo que esa gente dice?
    —No podemos ver lo que hay dentro de su cabeza... y usted tampoco. Lo único factible es juzgar a tenor de sus actos: de los grupos con los que se reúne, las peticiones que firma, el dinero que aporta... Son las únicas pruebas de que disponemos y no nos queda más remedio que seguir basándonos en ello. Dice usted que su esposa asiste a esas asambleas, pero que no se identifica con las teorías que expresan los oradores. Bueno, supongamos que la policía irrumpe en un local donde se está desarrollando un espectáculo impúdico y detiene a las chicas y a la gerencia del establecimiento. No cabe duda de que el auditorio saldrá de la sala afirmando que el espectáculo no le gustaba lo más mínimo. —McFeyffe extendió las manos—. Pero, ¿estarían allí de no gustarles la representación o lo que fuere? Es posible que asistiesen una vez. Acaso inducidos por la curiosidad. Pero no un día y otro día, siempre que se anunciara el espectáculo.

    »Su esposa lleva diez años desde que tenía dieciocho, relacionándose con grupos del ala izquierda. Ha tenido tiempo más que suficiente para formarse una opinión acerca del comunismo. Pero continúa mezclándose con esos asuntos; todavía se lanza a la palestra cada vez que un puñado de comunistoides organiza su manifestación de protesta para condenar algún linchamiento ocurrido en el Sur o para poner el grito en el cielo por lo alta que es la cantidad presupuestada con vistas a la adquisición de armas. Me parece que el hecho de que Marsha lea también el Tribune de Chicago no tiene más trascendencia que el hecho de que el hombre que va a una sala de espectáculos obscenos asista igualmente a la iglesia. Eso sólo demuestra que posee varias facetas, incluso, quizás, facetas contradictorias... pero subsiste el hecho de que una de esas facetas incluye el goce de lo infamante. No queda mancillado por asistir a las ceremonias religiosas; sin embargo, se anota debidamente el dato de que le gustan las representaciones obscenas y de que entra a presenciarlas.
    »En un noventa y nueve por ciento, su esposa puede ser una norteamericana típica y media: puede que guise de maravilla, conduzca con cuidado, pague sus impuestos, entregue dinero a las asociaciones de caridad y prepare tartas para las rifas de la Iglesia. Pero el restante uno por ciento acaso esté ligado al Partido Comunista. Tal es la situación.

    Al cabo de un momento, Hamilton reconoció de mala gana:

    —Ha expuesto el caso muy bien.
    —Creo en él. Conozco a Marsha y le conozco a usted desde que ingresó en la nómina de la empresa. Ambos me caen simpáticos... y Edwards alberga los mismos sentimientos que un servidor. Creo que todos opinan igual. Aunque no es esa la cuestión. Hasta que no dispongamos de telepatía y nos sea posible hurgar a distancia en el cerebro de las personas, no tenemos más alternativa que la de confiar en los datos estadísticos. No, no podemos demostrar que Marsha sea agente de una potencia extranjera. Y usted tampoco puede demostrar que no lo es. Sencillamente, no podemos permitirnos el lujo de actuar de otro modo. —Al tiempo que se frotaba la parte inferior del grueso labio, McFeyffe preguntó—: ¿Se le ha ocurrido alguna vez preguntarse si Marsha es comunista?

    Una idea que jamás se le pasó por la cabeza. Mientras brotaba el sudor por todos los poros de su piel, Hamilton se mantuvo inmóvil y silencioso, con la vista clavada en la reluciente superficie de la mesa. Siempre había dado por supuesto que Marsha decía la verdad, que el comunismo sólo había despertado en ella instintos curiosos. Por primera vez, una sospecha desdichada y miserable nacía y se desarrollaba. Estadísticamente, era posible.

    —Se lo preguntaré —dijo en voz alta.
    — ¿Lo hará? —repuso McFeyffe—. ¿Y qué va a responder Marsha?
    — ¡Que no es comunista, desde luego!

    Edwards sacudió la cabeza.

    —Eso no vale gran cosa, Jack. Si reflexiona un poco, estará de acuerdo conmigo.

    Hamilton se puso en pie.

    —Mi esposa se encuentra en la antesala. Pueden interrogarla... Se la convoca aquí y le formulan las preguntas que gusten.
    —No voy a ponerme a discutir con usted —declaró Edwards—. Su esposa ha sido catalogada como un peligro para la seguridad de la factoría y, hasta que se demuestre lo contrario, queda usted suspendido del empleo. O aporta pruebas concluyentes, en el sentido de que Marsha Hamilton no es comunista, o se tendrá que desembarazar de ella. —El coronel se encogió de hombros—. Tiene usted una carrera por delante, muchacho. Se trata de la profesión de su vida.

    McFeyffe se levantó y dio un rodeo en torno a la mesa. Se suspendía la sesión; la conferencia relativa al caso Hamilton se daba por terminada. Tras coger al técnico por un brazo, McFeyffe tiró de él insistentemente, hacia la puerta.

    —Salgamos de aquí, lleguémonos a un sitio donde se pueda respirar. ¿Qué me dice de un trago? Los tres: Marsha, usted y yo. El whisky se pone agrio en el «Fondeadero». Me parece que podríamos hacerle los honores, antes de que se estropee.


    II


    NO ME APETECE ir a tomar ningún trago —declinó Marsha en tono enfático, destemplado y quebradizo. Pálido el semblante, decidida la expresión, se encaró con McFeyffe e hizo caso omiso de los funcionarios de la compañía, que atravesaron la antesala—. Precisamente ahora Jack y yo nos disponíamos a visitar el Bevatrón para ver cómo ponen en funcionamiento el nuevo equipo. Hace semanas que acariciamos este proyecto.

    —Mi automóvil está en la zona de estacionamiento —ofreció McFeyffe—. Tendré sumo gusto de llevarles. —Añadió con cierta ironía—: Soy policía... no me pondrán pegas a la hora de entrar con ustedes.

    Cuando el polvoriento «Plymouth» subía por la larga cuesta que llevaba a los edificios del Bevatrón, Marsha confesó:

    —No sé si echarme a llorar a ponerme a reír. No puedo creerlo. ¿De veras se han tomado este asunto tan en serio?
    —El coronel Edwards propuso a Jack que se desprendiera de usted como si fuese una chaqueta vieja —dijo McFeyffe.

    Aturdida, temblorosa, Marsha se mantenía rígida en el asiento, con las manos apretadas sobre los guantes y el bolso.

    — ¿Serías capaz de hacerlo? —preguntó a su marido.
    —No —repuso Hamilton—. Ni aunque fueras una alcohólica y pervertida, además de comunista.
    — ¿Lo ha oído? —se dirigió Marsha a McFeyffe.
    —Sí.
    — ¿Y qué le parece?
    —Opino que forman una pareja soberbia. Creo que, si Jack obrase de otro modo, demostraría ser un hijo de zorra. —McFeyffe concluyó—: Se lo diré así al coronel Edwards. Aunque ya se lo había advertido.
    —Uno de vosotros dos —manifestó Hamilton, con la mirada puesta en su esposa— no debería estar aquí. Habría que arrojarlo por la portezuela. Lo echaré a cara o cruz, a ver a quién le toca.

    Sobresaltada, Marsha alzó la cabeza y sus ojos castaños se posaron en Hamilton, mientras los dedos se hundían en los guantes.

    — ¿Es que no lo comprendes? —susurró—. Esto es algo terrible. Se trata de una conspiración contra ti y contra mí. Contra nosotros dos.
    —Me siento un poco traidor —reconoció McFeyffe. Sacó el «Plymouth» de la autopista nacional y lo condujo por la carretera que avanzaba hacia los terrenos del Bevatrón. El agente de policía situado a la entrada saludó y agitó el brazo; McFeyffe correspondió de igual manera—. Al fin y al cabo, ustedes son amigos míos... Las obligaciones de mi cargo me han empujado y no tuve más remedio que ejecutar la desagradable tarea de redactar unos penosos informes acerca de mis amistades. Relacionar datos ultrajantes, investigar rumores... ¿Creen que disfruté con ello?
    —Cumpla con su de... —empezó Hamilton, pero Marsha le interrumpió en seco.
    —McFeyffe tiene razón; no es culpa suya. Todos estamos metidos en esto, los tres.

    El vehículo se detuvo frente a la entrada principal. McFeyffe cortó el encendido del motor, se apearon y se dirigieron con paso negligente hacia la amplia escalinata de hormigón.

    Había un puñado de técnicos a la vista y Hamilton volvió la cabeza para mirar al grupo, reunido ante los peldaños. Jóvenes bien vestidos, con el pelo cortado a cepillo y corbata de lazo, que charlaban afablemente. Se deslizaba junto a ellos la acostumbrada corriente de visitantes que, después de haber franqueado la verja exterior, se disponía a penetrar en el inmueble y gozar del espectáculo del Bevatrón en marcha. Pero eran los técnicos quienes interesaban a Hamilton.

    «Aquí estoy yo», se dijo.

    Para corregirse en seguida.

    «O ahí he estado hasta ahora.»

    —Vuelvo dentro de un segundo —se excusó Marsha con voz débil, al tiempo que se llevaba las manos a los ojos, en los que pugnaban por salir las lágrimas—. Voy un momento al lavabo, para componerme un poquillo.
    —De acuerdo —murmuró Hamilton, sumido aún en la profundidad de sus pensamientos.

    La mujer se alejó. Hamilton y McFeyffe quedaron uno frente a otro, en el pasillo del edificio, donde resonaban los ecos de todos los ruidos.

    —Tal vez me hayan hecho un favor —comentó Hamilton.

    Diez años era un periodo de tiempo bastante prolongado, lo suficiente como para cansarse de un empleo. ¿Y a dónde había estado dirigiéndose? ¿No era esa una pregunta buena y oportuna?

    —Tiene perfecto derecho a sentirse dolido —repuso McFeyffe.
    —No le falta razón —convino el ingeniero. Dio unos pasos y luego se detuvo, con las manos en los bolsillos.

    Claro que estaba dolido. Y lo seguiría estando hasta que hubiese solventado en un sentido o en otro, aquel asunto de la lealtad. Pero no se trataba de eso; había de por medio la sacudida propinada a su sistema fisiológico, la alteración de su forma de vida, de todo el cuadro de sus costumbres. El trastorno que suponía para muchas cosas en las que confiaba y daba por seguras. McFeyffe había asestado un tajo enorme, cuyo corte llegaba hasta el nivel más hondo de su existencia; afectaba incluso a su matrimonio y, de manera especial, a la mujer que significaba para él más que cualquier otra persona en este mundo.

    Más que nada ni nadie. Más que su propio trabajo. Su lealtad se entregaba por entero a Marsha. Le resultó extraño comprenderlo. Lo que le atormentaba no era su fidelidad para con la profesión que ejercía, sino la idea de que lo sucedido se interponía entre Marsha y él, separándolos.

    —Sí —dijo a McFeyffe—. Me siento infernalmente dolido.
    —Puede conseguir otro empleo.
    —Mi esposa —articuló Hamilton—. Me refiero a Marsha. ¿Cree que tendré la oportunidad de recobrarla? Me gustaría. —Nada más pronunciar tales palabras, se dio cuenta de que estaba expresándose de un modo infantil. Prosiguió, en parte porque deseaba mostrarse insultante y en parte porque no sabía qué otra cosa hacer—. Están ustedes enfermos. Se dedican a destruir personas inocentes. La paranoia...
    —Déjelo —silabeó McFeyffe—. Tuvo usted su oportunidad, Jack. Hace años. Demasiados años.

    Mientras Hamilton daba forma mental a su réplica, volvió a aparecer Marsha.

    —Están dejando pasar al primer grupo de visitantes corrientes. Los grandes personajes han echado ya su ojeada. —La mujer parecía haber restablecido un poco su estado anímico—. Ese cacharro... el nuevo desviador... ha empezado a funcionar, según creo.

    De mala gana, Hamilton se apartó del grueso policía de seguridad.

    —Vamos, pues.

    McFeyffe anduvo tras ellos.

    —Sin duda, es interesante —comentó, sin dirigir la palabra a nadie en particular.
    —Exacto —repuso Hamilton, remoto, consciente de que estaba temblando.

    Respiró hondo, entró en la cabina del ascensor, después de Marsha, y dio media vuelta automáticamente, poniéndose de cara a la puerta. McFeyffe hizo lo mismo. Mientras el ascensor se elevaba, Hamilton se vio obligado a contemplar el subido color rojo del cuello del capitán. McFeyffe también estaba alterado.

    En la segunda planta encontraron a un joven negro, que lucía ancho brazalete en la manga y congregaba a un disperso puñado de visitantes. Se integraron en el grupo. Tras ellos, otras personas aguardaban pacientemente a que les tocase la vez. Eran las cuatro menos diez: el «Sistema Rectificador Wilcox Jones» había sido enfocado y activado.

    —Vamos ya a verlo —decía el joven cicerone negro, con voz aguda y experta, al tiempo que capitaneaba al grupo, pasillo adelante, hacia la plataforma de observación—. Debemos apresurarnos, al objeto de que los demás puedan ver también el ingenio. Como saben, el Bevatrón de Belmont lo ha construido la Comisión de Energía Atómica, con el fin de avanzar en la investigación del fenómeno de los rayos cósmicos generados artificialmente y en condiciones reguladas. El elemento central del Bevatrón consiste en un gigantesco productor de energía, cuyo campo magnético acelera el rayo de protones y le proporciona una creciente ionización. Los protones, con su carga positiva, se introducen en la cámara longitudinal desde el tubo acelerador «Cokroft-Walton».

    Según su temperamento o humor, los visitantes esbozaron sonrisitas ambiguas o no hicieron caso alguno de las explicaciones. Un caballero alto, flaco, de aspecto severo y entrado en años, se mantenía inmóvil como un poste de madera, cruzado de brazos e irradiando desdén para con la ciencia en general. Hamilton se percató de que era un soldado; en la solapa de su chaqueta de algodón, el hombre llevaba una deslucida insignia de metal. «Al diablo con él», pensó el técnico amargamente. Al diablo con el patriotismo en general. En lo abstracto y en lo específico. Todos los que pertenecían a la misma calaña, soldados y polizontes. Antiintelectuales y antinegros. Antitodo, salvo cerveza, perros, automóviles y armas.

    — ¿Hay folletos? —inquirió suavemente una matrona regordeta, de mediana edad y voz algo penetrante; una dama que vestía con costosa elegancia—. Nos gustaría llevarnos a casa algunos impresos. Para utilizarlos en la escuela con fines educativos.
    — ¿Cuántos voltios circulan ahí abajo? —gritó el rapaz que iba con la señora—. ¿Más de mil millones?
    —Sobrepasan ligeramente la cifra de seis mil millones —explicó el guía negro en tono resignado—. El voltaje electrónico se encarga de empujar a los protones que haya recibido, antes de que se desvíen de su órbita y salgan de la cámara circular. Cada vez que el rayo traza una revolución, se incrementan su carga y velocidad.
    — ¿Cuál es su velocidad? —intervino una mujer enjuta, de aspecto competente y unos treinta años de edad. Llevaba gafas de gruesos cristales y vestía un conjunto de paño tosco.
    —Un poco inferior a la de la luz.
    — ¿Cuántas veces giran en la cámara?
    —Cuatro millones —repuso el guía—. Su distancia astronómica es de medio millón de kilómetros. Cubren ese recorrido en un segundo y ochenta y cinco centésimas.
    —Increíble —jadeó la matrona del atavío caro, con matices fatuos y aterrados en la voz.
    —Cuando los protones abandonan el acelerador longitudinal —prosiguió el cicerone—, su energía es de diez millones de voltios, o, como decimos nosotros de diez megavoltios. El problema siguiente consiste en conducirlos por una órbita circular en la posición exacta y en el ángulo matemático, de forma que los pueda recoger el campo de acción del gran generador.
    — ¿No puede hacerlo el Imán? —interrogó el chiquillo.
    —Temo que no. Se utiliza para ello un modulador. Los protones sobrecargados tienen tendencia a abandonar fácilmente una ruta determinada y a vagar en todas direcciones. Para evitar que entren en un curso de espiral cada vez más amplio se necesita recurrir a un sistema complicado de modulación de frecuencia. Y, cuando el rayo alcanza su carga precisa, continúa vigente la peliaguda cuestión de sacarlo de la cámara circular.

    Señalando con el dedo hacia abajo, por encima de la barandilla de la plataforma, el guía indicó el generador situado a sus pies. El aparato era enorme e imponente, con cierto parecido a un buñuelo colosal. Su zumbido resultaba estruendoso.

    —La cámara de aceleración se encuentra dentro del generador. Tiene una longitud de ciento veinte metros. Me parece que no es posible verla desde aquí.
    —Me pregunto —terció el veterano de guerra canoso— si los fabricantes de esta máquina espectacular se dan cuenta de que uno cualquiera de los huracanes corrientes, creados por la mano de Dios, excede en mucho al total de la potencia engendrada por el hombre, incluida ésta y todas las demás máquinas construidas hasta la fecha.
    —Estoy segura de que se dan perfecta cuenta de ello —manifestó con sutileza la joven de aspecto severo—. Es probable que estén en condiciones de calcular con toda exactitud la potencia del huracán que usted les indicase. Podrían citársela casi sin margen de error.

    El militar retirado la examinó con dignidad y reserva, a distancia.

    — ¿Es usted científica señora? —preguntó en voz baja.

    El cicerone tenía ya a casi todos los miembros del grupo encima de la plataforma de observación.

    —Usted primero —McFeyffe se apartó, dejando pasar a Hamilton.

    Marsha se había adelantado ya y su marido echó a andar tras ella. McFeyffe, que fingía interesarse por los gráficos informativos adosados a la pared que dominaba la plataforma, cerraba la comitiva.

    Hamilton tomó la mano de su esposa, la apretó con fuerza y susurró al oído de la mujer:

    — ¿Crees que hubiera renunciado a ti? No vivimos en la Alemania nazi.
    —Aún no —contestó Marsha, alicaída. No había perdido del todo su palidez, ni se había sobrepuesto completamente al abatimiento; apenas quedaban en su rostro huellas de maquillaje y tenía los labios descoloridos, yertos y apretados—. Cariño, cuando pienso en esos hombres, convocándote ante su presencia para echarte en cara mi persona y mis actividades, como si yo fuera una especie de... Mesalina o algo semejante..., o como si mantuviera relaciones secretas con los caballos... me entran ganas de asesinarlos Y Charlie..., le consideraba amigo nuestro. Pensaba que podríamos contar con él. ¿Cuántas veces vino a casa a cenar?
    —Tampoco vivimos en Arabia —le recordó Hamilton—. Sólo porque le dimos de comer, eso no significa que sea nuestro hermano de sangre.
    —La última vez que le invitamos, hasta le preparé un pastel de merengue. Y algunas otras cosas que le gustaban. Ese tipo y sus ligas de color naranja. Prométeme que nunca llevarás ligas.
    —Calcetines con goma elástica y nada más. —La acercó hacia sí y dijo—: Demos un empujoncito a ese bastardo y tirémoslo sobre el generador.
    — ¿Crees que el aparato lo asimilaría? —Marsha sonrió tristemente—. Lo más probable es que lo escupiese. Demasiado indigesto.

    A su espalda, la matrona y su hijo se rezagaban. McFeyffe se había quedado bastante detrás, caminaba con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, inclinado con desaliento el grueso semblante.

    —No parece muy feliz —observó Marsha—. En cierto modo, me da lástima. No es culpa suya.
    — ¿Pues de quién es la culpa? —En tono frívolo, como si bromeara, Hamilton preguntó—: ¿De las sanguijuelas chupadoras de sangre del proletariado, de las alimañas capitalistas de Wall Street?
    —Una manera muy extraña de expresarlo —dijo Marsha, turbada—. Jamás te había oído pronunciar esas palabras. —De súbito, se aferró a Hamilton—. No creerás que... —Se interrumpió y se apartó bruscamente de él—. Sí. Temo que acaso sea verdad.
    — ¿Qué es lo que temo que acaso sea verdad? ¿Que perteneciste durante una época al Partido Progresista? ¿Es que se te ha olvidado que solía llevarte a las reuniones en mi cupé «Chevrolet»? Hace diez años que estoy enterado de eso.
    —No es tal la cuestión... No me refiero a lo que hacía, sino a lo que significa... a lo que esos señores dicen que significa. Lo crees así, ¿no es cierto?
    —Bueno —articuló Hamilton, incómodo—, no tienes ningún transmisor de onda corta escondido en el sótano. Al menos, que yo sepa.
    — ¿Acaso lo has buscado? —La voz de Marsha era fría y acusadora—. Quizás lo tenga, no estés tan seguro. Puede que me encuentre aquí para sabotear ese Bevatrón o lo que sea.
    —No hables tan alto —aconsejó Hamilton.
    —Y tú no me des órdenes.

    Irritada, Marsha retrocedió, apartándose de su marido en dirección al delgado veterano de guerra de aspecto severo.

    —Tenga precaución, joven damisela —la advirtió el soldado, separándola con firmeza de la barandilla—. No querrá caer por el borde de este precipicio, ¿verdad?
    —El mayor problema de su construcción —explicaba el guía— estribaba en que la unidad correctora solía llevar el rayo de protones fuera de la cámara circular y lo conducía al choque con su blanco. Se emplearon diversos métodos. En principio, se apagaba el oscilador en un momento crítico; esto permitía a los protones emprender un recorrido en espiral hacia afuera. Pero semejante desvío resultaba demasiado imperfecto.
    — ¿No es verdad —intervino Hamilton con aspereza— que en el antiguo ciclotrón de Berkeley se descarrió por completo un rayo?

    El guía se le quedó mirando, interesado.

    —Eso dicen, sí.
    —Según tengo entendido, atravesó un despacho y lo calcinó. Aseguran que todavía pueden verse las marcas chamuscadas. Y por la noche, cuando las luces están apagadas, aún son visibles las radiaciones.
    —Al parecer flota por allí en forma de nube azulada —convino el cicerone—. ¿Es usted físico, señor?
    —No, me dedico a la electrónica —le informó Hamilton—. Me cautiva ese desviador; conozco a Leo Wilcox muy superficialmente.
    —Éste es un gran día para Leo, su jornada de gloria —observó el negro—. Acaban de poner en funcionamiento la unidad de ahí abajo.
    — ¿Cuál es? —se interesó Hamilton.

    Con el índice, el guía indicó un complicado aparato que estaba a un lado del generador. Cierto número de las losas protegidas sostenían un grueso tubo de color gris oscuro, sobre el que se veía montada una serie laberíntica de conductos de líquido.

    —Ésa es la obra de su amigo. Debe de andar por ahí, en alguna parte, mirando.
    — ¿Qué tal ha salido la cosa? ¿Cumple?
    —Aún no lo saben.

    Detrás de Hamilton, Marsha se había retirado a la parte posterior de la plataforma. El ingeniero la siguió hasta allí.

    —Procura comportarte como una persona adulta —reprochó en susurro enojado—. Mientras permanezcamos aquí, deseo ver y enterarme de todo lo que pueda.
    —Tú y tu ciencia. Alambres y tubos... para ti, todo eso es más importante que mi vida.
    —He venido a este edificio para observar los aparatos que alberga y voy a hacerlo. No me lo estropees; no organices una escena.
    —Eres tú quien está organizando una escena.
    — ¿No has causado ya bastante daño?

    De mal talante, Hamilton le dio la espalda, pasó junto a la competente mujer de negocios, dejó atrás a McFeyffe, y anduvo hacia la rampa que comunicaba la plataforma con el corredor. Se rebuscaba en los bolsillos para sacar el paquete de tabaco, cuando el primer gemido ominoso de las sirenas de alarma rasgó el aire, por encima del zumbido del generador.

    — ¡Atrás! —voceó el guía, al tiempo que sus delgados brazos oscuros se alzaban y agitaban—. La pantalla de radiación...

    Un furibundo rugido siseante estalló encima de la plataforma. Se inflamaron nubes de partículas incandescentes, que, tras explotar, llovieron sobre las aterrorizadas personas. El desagradable olor a materia quemada hirió el olfato de todos: frenéticamente, forcejearon y se empujaron unos a otros, en su anhelo de llegar a la salida de la plataforma.

    Surgió una grieta. Un armazón metálico, abrasado de parte a parte por la fuerte radiación, se arqueó, se fundió y cedió. La matrona de mediana edad abrió la boca y dejó escapar un chillido estruendoso y penetrante Bregando a la desesperada, McFeyffe hacía cuanto le era posible por abandonar el carcomido estrado y eludir el cegador despliegue de radiación que lo quemaba todo. Tropezó con Hamilton, el cual apartó de un empujón al espavorido policía, pasó junto a él y alargó los brazos, en un intento vano de agarrar a Marsha.

    Sus propias ropas se habían incendiado. En torno suyo, personas envueltas en llamas luchaban para salir de aquel infierno, mientras despacio, pesadamente, la plataforma se inclinaba hacia adelante, quedaba suspendida durante un momento y luego terminaba por disolverse.

    Por todo el edificio del Bevatrón ululaban las sirenas automáticas y los timbres de alarma, Chillidos de terror, humanos y mecánicos, se entremezclaban, formando una cacofonía de estrépito. Bajo los pies de Hamilton, el piso se hundió majestuosamente. Dejando de constituir una masa sólida de acero, hormigón, plástico y alambre, aquel suelo se convirtió en una polvareda de partículas dispersas. De manera instintiva, el ingeniero alzó las manos; se desplomaba boca abajo, hacia el borroso contorno de la maquinaria instalada en la planta inferior.

    Durante la caída, al escaparse el aire de sus pulmones, percibió un Buuum sostenido y abrumador; un diluvio de yeso pulverizado se abatía sobre él, ascuas minúsculas y corpúsculos de ceniza, que planeaban, surcaban el vacío y abrasaban. Luego, en cuestión de segundos, su cuerpo atravesó la tela metálica que protegía el generador. El chirrido del material rasgado y la furiosa presencia de la inflexible radiación que barría la estancia, por encima de él...

    El impacto fue violento. El dolor se hizo algo visible: un lingote luminoso, suave y absorbente como una masa de acero radiactivo. Ondulaba, se extendía e iba engulléndole de modo sosegado y paulatino. En su agonía, Hamilton era un punto de materia orgánica húmeda, en trance de ser embebida por una lámina infinita y densa de fibra metálica.

    Después, incluso tal sensación fue decreciendo, hasta desaparecer. Consciente del quebrantamiento grotesco de su cuerpo, quedó derrumbado en inerte montón, aunque reflexivamente, a ciegas, trataba de incorporarse. Pero, al mismo tiempo, no dejaba de comprender que ninguno de ellos se podría levantar. Al menos, durante un buen rato.


    III


    ALGO SE AGITÓ en la oscuridad.

    Durante largo período de tiempo, Hamilton continuó tendido, a la escucha e inmóvil. Cerrados los párpados, inerte el cuerpo, evitó moverse y se esforzó en convertir la totalidad de su persona en un simple oído gigante. Percibía un rítmico tap, tap, como si algo hubiese irrumpido de pronto en las tinieblas y tantease a ciegas su contorno. Durante una eternidad, Hamilton, en su condición de pretendida oreja gigantesca, analizó las características sonoras de aquel ruido. Después, al metamorfosearse con la fantasía en cerebro colosal, comprendió que se trataba de una persiana en su continuo batir contra el marco de un ventanal. Se dio cuenta también de que estaba en el cuarto de un establecimiento clínico.

    Como ojo normal, nervio óptico y mente humana, captó la figura borrosa de su mujer, que ondulaba, se esfumaba y recobraba su forma, a pocos palmos del lecho. Le invadió una oleada de reconocimiento. Gracias a Dios, Marsha no había resultado incinerada por las radiaciones. Una muda oración de gratitud brotó en su cerebro; relajó los músculos y se dejó envolver por la rosada nube de puro gozo que generó aquella nueva feliz.

    —Está recuperando el conocimiento —observó la voz profunda y autoritaria de un médico.
    —Eso creo —fue Marsha la que habló después—. Sus palabras parecían llegar desde muy lejos—. ¿Cuándo podremos tener la certeza de ello?
    —Estoy perfectamente —se las arregló Hamilton para articular, en tono áspero.

    Al instante, la figura borrosa se destacó y aleteó sobre él.

    —Cariño... —Marsha casi tartamudeaba, mientras sus manos producían caricias amorosas—. No murió nadie... Todo el mundo sobrevivió al accidente. Incluso tú... —Como si fuera una Luna inmensa, surgían de Marsha extáticos rayos plateados—. McFeyffe se torció un tobillo, pero se lo curarán. Creen que el niño sufre conmoción cerebral.
    — ¿Qué me dices de ti? —inquirió Hamilton, débil la voz.
    —Me encuentro estupendamente. —Levantó los brazos y ejecutó media vuelta de exhibición, para que Hamilton pudiese contemplarla a conciencia. En vez de la chaquetita y el vestido anteriores, llevaba una sencilla bata blanca del hospital—. La radiación chamuscó toda mi ropa... Me han prestado esto. —Un poco violenta, se arregló la cabellera castaña—. Y, mira... he perdido la melena. Al quemárseme las puntas, no tuve más remedio que cortarlas. Claro que el pelo vuelve a crecer.
    — ¿Puedo levantarme? —preguntó Hamilton, al tiempo que pretendía incorporarse y sentarse en la cama. Pero la cabeza empezó a darle vueltas; en seguida estuvo de nuevo en posición horizontal, mientras se esforzaba en introducir aire en sus pulmones. Jirones de negrura bailotearon vertiginosamente en torno suyo; cerró los ojos y aguardó aprensivamente a que pasara aquel torbellino de aturdimiento.
    —Notará debilidad durante cierto tiempo —le informó el médico—. La postración nerviosa y la pérdida de sangre. —Tocó a Hamilton en el brazo—. Sufrió cortes bastante graves. Se le incrustaron en la carne algunos trozos de metal, pero ya los hemos extraído.
    — ¿Quién salió peor parado? —quiso saber Hamilton; continuó sin levantar los párpados.
    —Arthur Silvester, el veterano. No perdió el conocimiento, pero hubiese preferido que quedara inconsciente. Según parece, se fracturó la clavícula. Está en el equipo quirúrgico. Temen que su columna haya sufrido daños.
    —Fragilidad, supongo —articuló Hamilton, al tiempo que se exploraba el brazo. Se lo apretaba un enorme vendaje de plástico blanco.
    —Yo fui la que menos heridas sufrió —dijo Marsha, titubeante—. Pero recibí un golpe que me dejó paralizada. Me refiero a la radiación. Caí a través del haz principal; todo lo que vi fueron chispas y relámpagos de fuego. Lo cortaron en seguida, naturalmente. No creo que durase más de una fracción de segundo. —Hizo una pausa y añadió en tono quejumbroso—. Aunque fue como un millón de años.

    El médico, un joven de aspecto aseado y eficiente, alzó el embozo y tomó el pulso a Hamilton. Junto a la cama, revoloteaba una enfermera alta y rebosante de competencia profesional. Se acercó el instrumental hasta el codo de Hamilton. La situación parecía dominada.

    Lo parecía... pero algo no funcionaba bien. Era un presentimiento. En lo más profundo de su ser, Hamilton notaba la presencia de la enojosa sensación de que algo fundamental se había torcido.

    —Marsha —dijo de pronto—, ¿lo adviertes?

    Con paso vacilante, Marsha se llegó a su lado.

    — ¿Qué es lo que tengo que advertir, cariño?
    —Lo ignoro. Pero está ahí.

    Al cabo de un momento de indecisión, cargado de ansiedad, Marsha se volvió al médico.

    —Le hablé de la existencia de algo raro, ¿verdad? ¿No le dije algo así cuando recobré el sentido?
    —Todos los que salen de un estado de postración nerviosa experimentan sensaciones de irrealidad —la informó el galeno—. Es normal. Pero eso suele desaparecer antes de que transcurran cuarenta y ocho horas. Recuerde que, tanto a usted como al señor Hamilton, se les inyectaron sedantes. Y que han pasado por una prueba terrible; usted sufrió un latigazo de una corriente de altísima tensión.

    Ni Hamilton ni su esposa dijeron nada. Se miraban mutuamente, tratando cada uno de ellos de leer en la expresión de la cara del otro.

    —Supongo que tuvimos mucha suerte —aventuró Hamilton. Su oración jubilosa había quedado reducida a un sentimiento de dubitativa incertidumbre. ¿Qué era aquello? La impresión no tenía nada de racional; no conseguía captarla bien, se escapaba a su entendimiento. Echó una mirada en torno, pero en la estancia no vio nada extraño, nada que estuviese fuera de lugar.
    —Muchísima suerte —confirmó la enfermera. Lo dijo orgullosamente, como si le correspondiese el mérito de ello.
    — ¿Cuánto tiempo he de permanecer aquí?

    El médico reflexionó.

    —Creo que puede volver a su casa esta misma noche. Pero deberá guardar cama durante un día o dos. Tanto usted como la señora necesitarán una buena dosis de descanso, cuestión de una semanita. Les sugiero que contraten los servicios de una enfermera bien adiestrada.
    —No podemos permitirnos ese lujo —manifestó Hamilton pensativamente.
    —Desde luego, tendrán sus gastos cubiertos. —El médico parecía ofendido—. El Gobierno Federal se encarga de todo esto. Si me encontrase en el lugar de ustedes, no perdería el tiempo preocupándome acerca de cómo levantarme del lecho cuanto antes.
    —Tal vez sea mejor así —replicó Hamilton agriamente.

    No se extendió en más detalles, durante un buen rato estuvo sumido en sombrías reflexiones acerca de su situación.

    Con accidente o sin accidente, esa situación no había cambiado. A menos que, mientras permaneció privado del conocimiento, el coronel T. E. Edwards hubiese fallecido de un ataque cardíaco. Pero eso no parecía probable.

    Cuando el médico y la enfermera se convencieron de que debían retirarse Hamilton se dirigió a su esposa:

    —Bueno, ahora disponemos de una excusa. Algo que decir a los vecinos para explicar por qué no voy al trabajo.

    Alicaída, Marsha asintió.

    —Ya no me acordaba de eso.
    —Será cuestión de encontrar algo en lo que no intervenga el material clasificado. Algo que esté completamente al margen de los asuntos relativos a la defensa nacional. —Y añadió, en tono hosco—: Como dijo Einstein, allá por el cincuenta y cuatro: Tal vez me convierta en un buen fontanero. O en un técnico que repare aparatos de televisión; esto último se encuentra más acorde con mis aptitudes.
    — ¿Recuerdas lo que siempre querías hacer? —Inclinada por encima del borde de la cama, Marsha contemplaba las puntas irregulares de su pelo trasquilado—. Deseabas diseñar nuevos circuitos para grabadoras magnetofónicas. Y circuitos de frecuencia modulada. Aspirabas a hacerte un nombre en el campo de la alta fidelidad, como Bogen, Thorens y Scott.
    —Eso es cierto —asintió Hamilton, procurando poner en sus palabras todo el convencimiento que le fuese posible—. El «Sistema Sonoro Trinaural de Hamilton». ¿Te acuerdas de la noche en que soñamos con ese proyecto? Tres bandas, agujas, amplificadores, altavoces. Montado en tres habitaciones. Un hombre en cada una de ellas escuchando su aparato. Y a través de cada uno de esos aparatos, una composición distinta.
    —Por uno, el doble concierto de Brahms —observó Marsha, con un entusiasmo relativo en la voz—. Sí que me acuerdo de eso.
    —Por otro, «Las nupcias», de Stravinsky. Y por otro, música de Dowland para laúd. Luego, se altera la atención de los tres hombres y la esencia del Sistema Sonoro Trinaural de Hamilton, el «Ortocircuito Armonifónico», enlaza y reúne sus cerebros. Las sensaciones de las tres mentes se mezclan en una relación matemática, basada en la Constante de Planck. —Hamilton empezó a notar unos dolorosos picores en el brazo; terminó con aspereza—: La combinación resultante se coloca en un magnetófono y se pasa de 3:14 veces la velocidad original.
    —Y se escucha en un reproductor de cristal. —Marsha se inclinó con rápido movimiento y abrazó a Hamilton—. Oh, cariño, cuando recobré todos mis sentidos, creí que habías muerto. Dios mío... tu aspecto era el de un cadáver: estabas pálido, silencioso, completamente inmóvil. Pensé que me iba a estallar el corazón en mil pedazos.
    —Tengo una póliza de seguro de vida —articuló Hamilton con gravedad—. Serías rica.
    —No quiero ser rica. —Mientras se balanceaba atrás y adelante, aun abrazándole, Marsha susurró—: Mira lo que he hecho contigo. Sólo porque estaba aburrida y sentía curiosidad, me dio la ventolera de mezclarme en excentricidades políticas y he conseguido que perdieses tu empleo y que tu futuro corra un peligro enorme. Me abofetearía. Debió ocurrírseme que no podía firmar aquello de la Paz de Estocolmo mientras tú trabajabas en una fábrica de proyectiles teledirigidos. Pero cuando alguien me presentaba una solicitud, siempre me dejaba convencer. Las pobres masas oprimidas...
    —No te preocupes —repuso Hamilton—. Si esto hubiera sucedido en 1943, tu comportamiento se consideraría normal y McFeyffe habría sido degradado. Por peligroso fascista.
    —Lo es —afirmó Marsha en tono ferviente—. Es un fascista peligroso.

    Hamilton apartó de sí a la mujer.

    —McFeyffe es un patriota a carta cabal. Pero eso no le convierte en fascista. So pena de que supongas que toda persona que no...
    —No hablemos más de ese asunto —le interrumpió Marsha—. Al parecer, no estás en condiciones de afanarte mucho, ¿verdad? —Intensa y apasionadamente, le dio un beso en los labios—. Aguarda a que estemos en casa.

    Cuando Marsha se disponía a retirarse, Hamilton la retuvo, cogiéndole por un hombro.

    — ¿Qué ocurre? ¿Qué se ha torcido?

    Confusa, aturdida, Marsha sacudió la cabeza.

    —Lo ignoro. No logro imaginármelo. Desde que recuperé el sentido, parece estar siempre a mi espalda. Lo presiento. Es como si... —Hizo un ademán—. Como si cuando volviera la cabeza pudiese ver... no sé qué. Algo oculto. Algo terrible. —Se estremeció, temerosa—. Me asusta.
    —A mí también.
    —Es posible que lo averigüemos —articuló Marsha débilmente—. Quizá no es nada... sólo el sobresalto y los sedantes, como ha dicho el doctor.

    Hamilton no lo creía así. Ni Marsha tampoco.

    Un médico del cuadro de facultativos del hospital les llevaba a casa en compañía de la austera mujer de negocios. Esta también iba vestida con una bata del establecimiento clínico. Los tres se acomodaron en la parte posterior, mientras el microbús «Packard» avanzaba por las oscuras calles de Belmont.

    —Me parece que tengo fracturadas un par de costillas —comentó la mujer de negocios, sin emoción de ninguna clase en el tono de voz. Luego se creyó obligada a añadir—: Me llamo Joan Reiss. Les he visto a ustedes antes... estuvieron en mi negocio.
    — ¿Qué local es? —preguntó Hamilton, una vez hubo presentado a su esposa y hecho lo propio consigo mismo.
    —El comercio de librería y objetos artísticos de El Camino. El pasado mes de agosto compraron ustedes un infolio Skira de Chagall.
    —Exacto —reconoció Marsha—. Era el cumpleaños de Jack... Lo pusimos en la pared. Abajo, en la sala de audiofilia.
    —En la bodega —aclaró Hamilton.
    —Había algo... —manifestó Marsha de súbito, al tiempo que clavaba las yemas de los dedos, convulsivamente, en el bolso—. ¿No te fijaste en el médico? ¿No lo notaste?
    — ¿Notar? —Hamilton se mostró un tanto confuso—. Pues, no; no observé nada extraño.
    —A eso me refiero. Era una especie de... bueno, un modelo de médico. Como los doctores que salen en los anuncios de pasta dentífrica.

    Joan Reiss escuchaba con atención.

    — ¿Cómo dice?
    —Nada —replicó Hamilton, conciso—. Es una conversación particular.
    —Y la enfermera. Lo mismo puede decirse de ella, demasiado compuestita. Igual que todas las enfermeras que uno ve por ahí.

    Con expresión reflexiva, Hamilton dirigió la vista hacia la oscuridad exterior, a través de la ventanilla del vehículo.

    —Es la consecuencia de los medios de comunicación de masas —conjeturó—. La gente imita a los modelos que le presentan en los anuncios. ¿No es así, señorita Reiss?
    —Quisiera formularle una pregunta —dijo la señorita Reiss—. Se trata de algo que noté y que me llamó la atención.
    — ¿Qué es? —inquirió Hamilton, receloso. Aunque no era posible que la señorita Reiss conociese el tema de su diálogo.
    —El policía de la plataforma... poco antes de que se derrumbara. ¿Por qué estaba allí?
    —Iba con nosotros —repuso Hamilton, molesto.

    La señorita Reiss se le quedó mirando, interesada.

    — ¿Ah, sí? Supuse que tal vez... —Se interrumpió de un modo vago—. Tuve la impresión de que daba media vuelta y regresaba sobre sus pasos, antes de que la plataforma se viniera abajo.
    —Eso fue lo que hizo —confirmó Hamilton—. Notó que se desplomaba. Lo mismo que yo, pero me apresuré a volver.
    — ¿Quiere decir que usted fue de nuevo a la plataforma deliberadamente? ¿Cuándo pudo haberse salvado de caer?
    —Mi esposa —contestó Hamilton, no sin impertinencia.

    La señorita Reiss asintió, satisfecha al parecer.

    —Lo siento... El susto y toda esta tensión. Tuvimos suerte. Otros no fueron tan afortunados. Resulta extraño: algunos hemos salido casi completamente ilesos y, en cambio, ese pobre soldado, el señor Silvester, se rompió la clavícula. Una no puede por menos que maravillarse.
    —Ah, debo decirles una cosa —terció el médico que iba al volante—. Aunque al principio se temió que Arthur Silvester hubiera resultado con la columna vertebral fracturada, parece que no fue así. Claro que sí tiene algunos huesos cuarteados y lesiones en el brazo.
    —Enorme —murmuró Hamilton—. ¿Qué sabe del guía? Nadie lo ha mencionado.
    —Diversas heridas internas —repuso el médico—. Aún no han dado el diagnóstico definitivo.
    — ¿Está esperando en el almacén de suministros? —preguntó Marsha.

    El doctor se echó a reír.

    — ¿Se refiere a Bill Laws? Fue el primero que trasladaron; tiene amistades entre el cuerpo médico.
    —Hay otra cosa —dijo Marsha bruscamente—. Teniendo en cuenta la altura desde la que caímos y toda esa radiación... da qué pensar el hecho de que ninguno de nosotros padezca heridas graves. Aquí vamos tres, como si nada hubiera pasado. Es irreal. Salió todo demasiado bien.
    —Probablemente tropezamos con algún equipo de aparatos de seguridad —comentó Hamilton, irritado—. ¡Maldita sea...!

    Sin duda pretendía decir algo más, pero no llegó a expresarlo. En aquel preciso momento, un ramalazo de dolor ascendió inflexiblemente por su pierna derecha. A la vez que dejaba escapar un alarido, dio un brinco y su cabeza chocó contra el techo del vehículo. Con movimientos frenéticos, sus manos levantaron la pernera del pantalón. Tuvo tiempo de ver la rauda retirada de una pequeña criatura con alas.

    — ¿Qué te pasa? —inquirió Marsha en un tono rezumante de ansiedad. Y en seguida descubrió también al insecto—. ¡Una abeja!

    Furioso, Hamilton pisó a la abeja y la aplastó con el zapato.

    — ¡Me picó! ¡En mitad de la pantorrilla! —Una fea ampolla roja empezaba ya a formarse—. ¿Es que no he tenido bastantes disgustos?

    El médico se había apresurado a detener el microbús junto a la cuneta.

    — ¿La mató? Esos animalitos se cuelan dentro de los coches mientras están aparcados. Lo lamento... ¿le duele? Llevo ahí una pomada, si quiere, le pondré un poco.
    —Sobreviviré —murmuró Hamilton, mientras se frotaba el círculo colorado—. Una abeja. ¡Como si no hubiera sufrido bastantes complicaciones para un solo día!
    —Pronto estaremos en casa —trató Marsha de calmarle; lanzó un vistazo por la ventanilla—. Entre a tomar un trago con nosotros, señorita Reiss.
    —Bueno... —dudó la señorita Reiss, mientras se llevaba a los labios un delgado y huesudo dedo índice—. Me sentaría bien una taza de café. Si es que les sobra.
    —No faltaba más —las palabras de Marsha salieron rápidas—. Debemos mantenernos unidos... los ocho. La experiencia vivida ha sido espantosa.
    —Confiemos en que todo haya terminado —dijo la señorita Reiss, que no parecía tenerlas todas consigo.
    —Amén —remachó Hamilton.

    Al cabo de un momento, el microbús se acercó al cordón de la acera y se detuvo: estaban en casa.

    — ¡Qué nidito más lindo tienen ustedes! —alabó la señorita Reiss, cuando se apearon del vehículo.

    Entre las dos luces del crepúsculo, la moderna residencia de estilo californiano se erguía, envuelta en una atmósfera de quietud absoluta, esperando a que recorriesen la senda que conducía al porche. Sentado en la galería, también aguardándoles, estaba un enorme gato de pelaje amarillo, con las patas delanteras ocultas bajo el pecho.

    —Es el minino de Jack —informó Marsha, al tiempo que buscaba en el bolso la llave de la vivienda—. Quiere que le den de comer. —Se dirigió al animal—. Vamos, adentro «Morrongo Atolondrado». No pretenderás que te sirvamos la cena aquí.
    — ¡Qué nombre más original! —observó la señorita Reiss, matizado su tono por la aprensión—. ¿Por qué lo llaman así?
    —Porque es un bicho estúpido —respondió Hamilton, rotundo.
    —Jack bautiza a todos sus gatos con nombres parecidos —explicó Marsha—. Al último que tuvo, antes que éste, le puso «Botarate del Parnaso».

    El gatazo de aspecto indigno se levantó y se plantó de un salto en el sendero. Avanzando en diagonal, se llegó hasta Hamilton y empezó a frotarse ruidosamente contra su pierna. La señorita Reiss se apartó, sin disimular su evidente desagrado.

    —Jamás he conseguido acostumbrarme a los gatos —confesó—. ¡Son tan ruines y disimulados!

    En circunstancias normales, Hamilton habría pronunciado un sermón relativo a los tópicos. Pero en aquel instante, le tenía completamente sin cuidado lo que opinara la señorita Reiss acerca de los gatos. Introdujo la llave en la cerradura, empujó la puerta y encendió las luces. La casita de dos dormitorios cobró vida y animación y las damas entraron. Después de ellas, penetró «Morrongo Atolondrado», el cual se encaminó directamente a la cocina, con la cola erecta en vertical, como una vara amarilla.

    Aún con la bata del hospital puesta, Marsha abrió la heladera y extrajo un verde recipiente de plástico, en el que había despojos de vaca. Mientras echaba la carne al gato, comentó:

    —La mayoría de los genios de la electrónica tienen sustitutos mecánicos para los animales domésticos... alevillas fototrópicas y cosas así, pequeños monstruos cibernéticos autodirigidos, que no paran de correr y saltar. Al principio de estar casados, Jack construyó uno que perseguía a las moscas y a los ratones. Pero no era bastante bueno; tuvo que fabricar otro para que persiguiera y atrapase al primero.
    —Justicia cósmica —sentenció Hamilton, que ya estaba quitándose el sombrero y la chaqueta—. No quisiera que esos animalitos gobernados por células fotoeléctricas poblasen el mundo.

    Mientras «Morrongo Atolondrado» daba buena cuenta de su cena, Marsha fue a la alcoba para cambiarse de ropa. La señorita Reiss paseó por la sala de estar, dedicada a la entendida inspección de jarrones, grabados, muebles y objetos de adorno.

    —Los gatos carecen de alma —dijo Hamilton morbosamente, mientras observaba la avidez con que el suyo comía—. El más majestuoso del universo haría equilibrios con una zanahoria en la cabeza con tal de conseguir hincar el diente a un trozo de hígado de cerdo.
    —Son animales —convino la señorita Reiss, desde la sala de estar— ¿Nos compró a nosotros esta reproducción de Paul Klee?
    —Es probable.
    —Nunca he logrado comprender lo que Klee trata de decir.
    —Tal vez no pretenda decir nada. Quizá se dedica a entretenerse y pasarlo bien. —A Hamilton había empezado a dolerle el brazo; se preguntó qué aspecto tendría bajo la venda—. Dijo que quería café, ¿verdad?
    —Café... muy cargado —corroboró la señorita Reiss—. ¿Me permite que le ayude a prepararlo?
    —Limítese a ponerse cómoda. —Con movimiento maquinal, alargó la mano hacia la «Silex»—. La edición en rústica de la Historia, de Toynbee, se encuentra en el anaquel de las revistas, junto al sofá.
    —Cariño... —llamó Marsha desde el dormitorio, con voz aguda y apremiante—. ¿Puedes venir un momento?

    Hamilton obedeció. Llevaba la «Silex» en la mano y, con las prisas, derramó un poco de agua. Marsha estaba ante la ventana de la alcoba, en actitud de disponerse a bajar la persiana. Tenía la vista fija en la oscuridad exterior y una tensa arruga de inquietud surcaba su frente.

    — ¿Qué ocurre? —interrogó Hamilton.
    —Mira ahí fuera.

    Hamilton lo hizo, pero no pudo distinguir más que la borrosa penumbra que imponía la noche y la vaga silueta de algunos edificios. Relucían tenuemente algunas luces dispersas. El cielo se manifestaba encapotado, recubierto por una capa de baja niebla, que vagaba en forma de brumas silenciosas por encima de los tejados. No se apreciaba vida ni actividad. Ni presencia alguna de personas.

    —Parece un ambiente de la Edad Media —señaló Marsha en tono sosegado.

    ¿Por qué considerarlo así? Hamilton podía comprenderlo, pero, objetivamente, la escena era prosaica; se trataba de la misma perspectiva de siempre, contemplada desde la ventana del dormitorio, a las nueve y media de una fría noche de octubre.

    —Y hablamos del mismo modo —prosiguió Marsha con un estremecimiento—. Dijiste algo acerca del alma de «Morrongo». No te expresabas así antes.
    — ¿Antes de qué?
    —Antes de que volviéramos a casa. —Marsha se apartó de la ventana y cogió su blusa de cuadros: estaba colgada en el respaldo de una silla—. Y... ya sé que esto es una tontería, pero ¿viste marchar el microbús del médico? ¿Te despediste de él? ¿Sucedió algo?
    —Bueno, se ha ido, ¿no? —observó Hamilton, sin comprometerse.

    Seria y con las pupilas dilatadas, Marsha se abotonó la blusa y se introdujo los faldones bajo la cintura.

    —Supongo que, como dijeron, estoy un poco delirante. El susto, las medicinas... pero no me negarás que reina una calma impropia. Como si fuéramos nosotros las únicas personas vivas del contorno. Tengo la sensación de que estamos dentro de una enorme campana gris, donde no hay luces, ni colores, sólo una especie de... lugar primitivo. ¿Recuerdas las antiguas religiones? El caos imperaba antes de que llegase el cosmos. La tierra fue separada del agua. La oscuridad se apartó de la luz. Y las cosas carecían de sus nombres respectivos.
    —El gato tiene nombre —señaló Hamilton suavemente—. Y tú también; lo mismo que la señorita Reiss. E igual que Paul Klee.

    Regresaron juntos a la cocina. Marsha se hizo cargo de la tarea de preparar el café; al cabo de un momento, la «Silex» hervía con entusiasmo. Sentada a la mesa de la cocina, rígida como un palo, la señorita Reiss presentaba una expresión tensa y atormentada; su semblante severo e incoloro parecía sumido en profunda concentración, como si dentro de su ánimo se desarrollara un agitado torbellino. Era una joven de aspecto resuelto, cuya cabellera pajiza se recogía en apretado moño, adosado a la parte posterior de la cabeza. Su nariz era fina y puntiaguda y siempre solía tener los labios comprimidos con fuerza, trazando una línea inflexible. La señorita Reiss parecía una fémina a la que era mejor no buscarle las cosquillas.

    — ¿Qué estaban murmurando ahí dentro? —preguntó, mientras le daba vueltas al café.
    —Tratábamos un asunto personal —replicó Hamilton, molesto—. ¿Por qué?
    —Vamos, querido —le reprochó Marsha.

    Plantándose frente a la señorita Reiss, Hamilton inquirió con gesto decidido e impertinente:

    — ¿Siempre se comporta así? ¿Metiendo las narices en todas partes y esforzándose en oír las conversaciones ajenas?

    No se retrató emoción visible alguna en el rostro inexpresivo de la mujer.

    —He de andar con cuidado —explicó—. Este accidente de hoy me ha hecho darme perfecta cuenta del compromiso en que me hallo. —Añadió, corrigiéndose—: Me refiero a lo que han dado en llamar accidente. Me afecta especialmente.
    — ¿Por qué a usted en especial? —quiso saber Hamilton.

    La señorita Reiss no contestó; observaba a «Morrongo Atolondrado». El gatazo había concluido su refrigerio y buscaba una falda donde acomodarse.

    — ¿Qué le pasa? —preguntó la señorita Reiss, con un hilo de voz asustada—. ¿Por qué se me ha quedado mirando?
    —Está usted sentada —aclaró Marsha tranquilizadoramente—. Quiere saltar sobre su regazo y descabezar un sueñecito.

    La señorita Reiss se incorporó a medias y vituperó al felino:

    — ¡No te me acerques! ¡Mantén tu sucio cuerpo lejos de mí! —Confió a Hamilton—: Si no tuviesen pulgas, no serían tan repugnantes. Y éste mira de un modo perverso. Supongo que matará su buena ración de pájaros.
    —Seis o siete todos los días —confirmó Hamilton, despierto ya del todo su mal genio.
    —Sí —asintió la señorita Reiss. Retrocedía cautelosamente, ante el más que sorprendido gato—. Se ve a la legua que es un asesino. Desde luego, en la ciudad debería haber alguna clase de ordenanza prohibitiva. Por lo menos, todos los animales domésticos cuyo instinto es pérfido y destructor, los que constituyen una amenaza en potencia, tendrían que sacar licencia. No cabe duda de que el Ayuntamiento...
    —Y no sólo pájaros —la interrumpió Hamilton, dominado por una oleada de sadismo frío e implacable—, sino también topos, ardillas y culebras. Esta mañana, incluso, se presentó con un conejo muerto.
    —Cariño —se apresuró a interceder Marsha. La señorita Reiss se retorcía presa de auténtico terror—. Hay personas a las que no les hacen ninguna gracia los gatos. No esperarás que todo el mundo comparta tus gustos.
    —Y también ratoncitos de piel aterciopelada —continuó Hamilton brutalmente—. Los caza a docenas. Algunos se los come y otros nos los trae. Y una mañana apareció con la cabeza de una viejecita.

    De entre los labios de la señorita Reiss se escapó un chillido de pavor. Abrumada por el pánico, se batió en retirada, patética e indefensa. Al instante, Hamilton se arrepintió. Avergonzado de sí mismo, abrió la boca para pedir disculpas, para retractarse de su equívoco humor...

    Desde lo alto, encima de su cabeza, descendió una nube de langostas. Sepultado bajo aquella masa de aleteantes ortópteros, Hamilton bregó furiosamente para huir de aquel diluvio envolvente. El gato y las dos mujeres permanecieron inmóviles, paralizados por la incredulidad. Durante unos segundos, Hamilton se retorció y combatió con la horda de voraces, pestilentes y movedizos insectos. Luego consiguió salir por último de la red tendida por la plaga y, jadeante, se las arregló para obligarlos a retroceder hacia un rincón.

    — ¡Dios misericordioso! —murmuró Marsha, impresionada, al tiempo que ponía metros de por medio, entre su persona y el zumbante aglomerado de bichos.
    — ¿Qué... ha sucedido? —articuló la señorita Reiss, con los ojos clavados en la nube de insectos—. ¡Es imposible!
    —Bueno... —dijo Hamilton, estremecida la voz—, pues ha ocurrido.
    —Pero, ¿cómo? —terció Marsha, mientras los cuatro salían de la cocina, apartándose de los esparcidos cuerpos saltarines, alados y ásperos—. Esas cosas no pueden suceder.
    —Pero esto encaja —manifestó Hamilton, en voz baja y débil—. La abeja... ¿te acuerdas? Teníamos razón; algo se ha desencadenado. Y esto se ajusta a lo de antes. Posee lógica.


    IV


    MARSHA HAMILTON dormía sobre la cama. Los áureos rayos del cálido sol matinal caían encima de sus hombros desnudos, de la sábana y la colcha y de las baldosas asfálticas del piso. No muy tranquilo del todo, Jack Hamilton se afeitaba en el cuarto de baño, pese al continuo dolor punzante que sentía en el brazo herido. El espejo, empañado por el vapor y hendido por los surcos que dejaban las gotas al deslizarse por su superficie, reflejaba sus facciones cubiertas de espuma, una caricatura tergiversada de su semblante habitual.

    En aquellos instantes, todo era calma y sosiego en la casa. La mayor parte de las langostas aparecidas la noche anterior se habían dispersado ya, sólo alguno que otro roce áspero que se producía en las paredes de vez en cuando recordaba a Hamilton que no todos los insectos se habían ido. En apariencia, reinaba la normalidad. Una camioneta de reparto de leche pasó por delante de la vivienda. Marsha emitió un suspiro entre sueños, se removió en la cama y alzó un brazo por encima del embozo de la sábana. Afuera, en el porche de atrás «Morrongo Atolondrado» se preparaba para entrar.

    Con sumo cuidado, manteniendo una férrea disciplina sobre sí mismo, Hamilton terminó de afeitarse, limpió la navaja, se aplicó un masaje de talco en el cuello y las mejillas y buscó una camisa limpia. Se había pasado la noche en blanco, tendido en la cama pero sin dormir, con la imaginación puesta en aquel momento: en lo que haría a partir de entonces, cuando estuviese afeitado, lavado, peinado, vestido y completamente despierto.

    No sin torpeza, hincó una rodilla en el suelo, unió las manos, cerró los ojos, respiró hondo y empezó:

    —Dios querido —rezó, ceñudo, medio susurrando—. Lamento lo que le hice a la pobre señorita Reiss. Ruego que me sea perdonado, si a Ti te parece bien.

    Continuó arrodillado durante un momento. Se preguntaba si bastaría y si su oración habría sido correctamente expresada. Pero, poco a poco, un sentimiento de ultraje fue desplazando a la humildad de su contrición. No era natural que un hombre adulto permaneciese allí, con una rodilla en tierra. No dejaba de ser una postura incómoda y algo indigna... y a la que no estaba acostumbrado. Un tanto resentido, añadió un párrafo de cierre.

    —Para qué vamos a engañarnos... esa mujer se lo merecía. —Su hosco murmullo pareció extenderse a través del silencio de la casa; Marsha volvió a suspirar y se encogió sobre sí misma. No tardaría en despertarse. Afuera, «Morrongo Atolondrado» arañó la tela metálica protectora de la puerta, extrañado de que aún se encontrase cerrada. Hamilton prosiguió—: Considera lo que dijo. Actitudes como la suya son las que conducen a los campos de exterminio. Es una señora rígida e inflexible, con una personalidad de tipo autoritario. Un ser antigatuno se encuentra a dos pasos del antisemitismo.

    No hubo respuesta. ¿Acaso la esperaba? Exactamente, ¿qué esperaba? No lo sabía con certeza. Algo, algún indicio.

    Quizás no había concluido: La última vez que profundizó un poco en cuestiones religiosas fue cuando tenía ocho años, en una ambigua clase de escuela dominical. La trabajosa sesión de lectura que desarrolló la noche antes no le hizo desembocar en ningún punto específico, sólo le permitió comprender, de una manera abstracta, que el tema era de una amplitud insospechada. Fórmulas, protocolos, ritos... iba a resultar mucho peor que preparar y conseguir una entrevista con el coronel T. E. Edwards.

    Pero, de un modo u otro, venía a ser lo mismo.

    Se hallaba en su postura suplicante, cuando oyó un ruido a su espalda. Al volver la cabeza rápidamente, distinguió la figura de una persona, que cruzaba la sala de estar con andares precavidos. Un hombre, ataviado con un jersey y unos pantalones de trabajo; un joven negro.

    — ¿Es usted la señal que he estado impetrando? —preguntó Hamilton en tono cáustico.

    El semblante del negro denotaba fatiga.

    —Se acuerda de quién soy. El cicerone que los guio hasta la plataforma. Llevo quince horas sin poder apartar de la imaginación esa idea.
    —Usted no tuvo la culpa —repuso Hamilton—. Cayó con todos nosotros. —Se puso en pie, envarado, y salió del cuarto de baño—. ¿Se desayunó ya?
    —No tengo apetito. —El negro le examinó con atención—. ¿Qué estaba haciendo? ¿Rezando?
    —Sí —reconoció Hamilton.
    — ¿Lo tiene por costumbre?
    —No, —Hamilton titubeó—. Desde los ocho años, no había vuelto a rezar.

    El negro asimiló la información.

    —Me llamo Bill Laws. —Se estrecharon la mano—. Según parece, ya se ha dado cuenta. ¿Cuándo ocurrió?
    —En algún momento entre anoche y esta mañana.
    — ¿Ocurrió algo especial?

    Hamilton le refirió el episodio de la abeja y el de la lluvia de langostas.

    —No costaba el menor trabajo comprender la causa que producía tales sucesos. Mentí y fui castigado... Blasfemé y recibí mi escarmiento... Causa y efecto.
    —No creo que consiga nada rezando —dijo Laws, conciso—. También lo intenté. Sin resultado.
    — ¿Qué pidió en sus oraciones?

    Con gesto irónico, Laws señaló la superficie de piel negra que empezaba a partir del cuello de la camisa.

    —A ver si lo adivina. Las cosas no son tan sencillas... Nunca lo fueron y nunca lo serán.
    —Su tono parece bastante amargo —articuló Hamilton, reservado.
    —El susto que nos llevamos fue de pronóstico. —Laws comenzó a pasearse por la sala—. Le ruego me disculpe por haber irrumpido en su domicilio en esta forma. Pero es que la puerta frontal no estaba cerrada con llave y supuse que ya se habían levantado. Tengo entendido que se dedica usted a la investigación electrónica.
    —Así es.
    —Mis saludos, hermano —dijo Laws, al tiempo que esbozaba una mueca—. Me licencié en física avanzada. Gracias al aprovechamiento de mis estudios, conseguí el empleo de guía. En la actualidad, existe una competencia enorme en la profesión. —Añadió, al cabo de unos segundos de pausa—. Eso dicen.
    — ¿Cómo lo averiguó usted?
    — ¿Se refiere a ese otro asunto? —Laws se encogió de hombros—. No resultó tan difícil como todo eso. —El muchacho se sacó del bolsillo un pequeño envoltorio de tela; desdobló el tejido y dejó al descubierto una plaquita de metal—. Hace años, mi hermana me regaló esto para que lo llevara siempre encima. Y me he acostumbrado.

    Lanzó el amuleto a Hamilton. Grabadas en la lámina metálica había unas devotas palabras de fe y esperanza. A fuerza de años, el roce de los dedos desgastó un poco la inscripción.

    —Vamos —instó Laws—. Utilícelo.
    — ¿Qué lo utilice? —Hamilton no comprendía el significado de aquello—. La verdad, esto queda fuera de mi estilo.
    —Su brazo. —Laws hizo un ademán de impaciencia—. Ahora funciona. Póngaselo encima del corte. Pero vale más que primero se quite la venda; el contacto físico favorece. Adyacencia, lo llaman. Así es como yo curé mis diversos dolores, contusiones y fracturas.

    Escéptica y cuidadosamente, Hamilton levantó una parte del vendaje; la carne amoratada, lívida y húmeda de sangre rutiló bajo los rayos del sol matutino. Tras un titubeo momentáneo, aplicó allí el trozo de frío metal.

    —Ahí lo tiene —dijo Laws.

    El feo encono de la herida comenzó a difuminarse. Mientras Hamilton se miraba el brazo, la carne magullada fue adoptando un tono rosado. Una especie de resplandor rojizo se extendió por la piel; el corte se estrechó, se marchitó, se secó y se cerró. En cuestión de segundos, apenas quedaba allí una línea blanca, casi imperceptible. Y los ramalazos de dolor habían cesado.

    —Eso es —manifestó Laws, a la vez que alargaba la mano para recuperar su amuleto.
    — ¿Daba resultado antes?
    —Nunca lo dio. Sólo decepciones. —Laws se guardó el talismán—. Probaré a dejar unos cuantos cabellos en agua durante toda la noche. Naturalmente, por la mañana se habrán convertido en gusanos. ¿Quiere saber cómo curar la diabetes? Medio sapo mezclado con leche de virgen; como se trata de la parte superior del batracio, se le pondrá alrededor del cuello un trozo de franela vieja, humedecida en agua de alberca...
    — ¿Pretende afirmar que todo eso...?
    —Saldrá bien. Como la gente de pueblo ha estado asegurando a lo largo de años y años. Hasta ahora, se equivocaban. Pero ahora somos nosotros los equivocados.

    Marsha apareció en el umbral de la puerta del dormitorio. Iba en bata, le caía el pelo por delante de la cara y el sueño mantenía aún sus párpados medio cerrados.

    — ¡Oh! —exclamó sorprendida, al ver a Laws—. ¡Usted aquí! ¿Cómo se encuentra?
    —Perfectamente, gracias —respondió Laws.

    Mientras se frotaba los ojos, Marsha se volvió hacia su marido.

    — ¿Qué tal dormiste?
    —Dormí. —Algo que notó en la voz de Marsha, una especie de agudeza apremiante, le impulsó a preguntar— ¿Por qué?
    — ¿No soñaste?

    Hamilton reflexionó. Se había removido en la cama, dio vueltas y más vueltas, inundada su mente por una fantasmagoría nebulosa. Pero no captó nada que pudiese definir.

    —Pues, no —confesó.

    Una expresión peculiar había aparecido en el semblante inteligente de Laws.

    — ¿Soñó usted, señora Hamilton? ¿Qué clase de sueños tuvo?
    —Fue algo de lo más demente. No puede decirse que se tratara de un sueño, en realidad. Quiero decir que no ocurría lo más mínimo. Sólo... existía.
    — ¿Algún lugar?
    —Sí, un sitio. Y nosotros.
    — ¿Todos nosotros? —el tono de Laws fue vehemente—. ¿Los ocho?
    —Sí —asintió Marsha, anhelante—. Estábamos tendidos en el suelo de la nave donde caímos. En la sala del Bevatrón. Todos allí, estirados e inmóviles. Inconscientes. Y no sucedía nada. Ni siquiera pasaba el tiempo. No se producía ningún cambio.
    —En el rincón del fondo —apuntó Laws—, ¿no se movía algo? Unos cuantos enfermeros, quizás.
    —Sí —repitió Marsha—. Pero no estaban en movimiento. Sólo permanecían suspendidos de una especie de escala. Paralizados allí.
    —Se movían —declaró Laws—. También yo tuve ese sueño. Al principio creí que estaban inmóviles. Pero, no. Se movían, aunque infinitamente despacio.

    Se produjo un silencio saturado de inquietud.

    Tras hurgar de nuevo en su cerebro, Hamilton articuló lentamente.

    —Ahora que lo dicen... —Se encogió de hombros—. Es la memoria traumática. El instante del choque. Queda profundamente grabado en el cerebro; jamás lograremos arrancarlo de ahí.
    —Pero —terció Marsha, tensa—, aún está sucediendo. Continuamos allí.
    — ¿Allí? ¿Tendidos en la sala del Bevatrón?

    La muchacha asintió.

    —Lo presiento. Estoy convencida.

    Al darse cuenta del matiz alarmado de su voz, Hamilton cambió de tema.

    —Una sorpresa —anunció, y puso ante los ojos de Marsha su brazo recién curado—. Bill no hizo más que arrellanarse y surgió el milagro.
    —No fui yo —repuso en tono enfático, y sus ojos oscuros se endurecieron—. No podría hacer un milagro aunque me fuese en ello la vida.

    Un poco desairado, Hamilton se frotó el brazo.

    —Lo realizó su amuleto.

    Laws volvió a examinar su talismán de la buena suerte.

    —Tal vez hemos descendido hasta hundirnos en la auténtica realidad. Acaso este objeto estuvo siempre ahí, bajo la superficie.

    Marsha avanzó despacio hacia los dos hombres.

    —Estamos muertos, ¿verdad? —articuló roncamente.
    —Al parecer, no —respondió Hamilton— Aún nos encontramos en Belmont, California. Pero no en el mismo Belmont. Se han producido ciertos cambios en algunos puntos. Determinadas adiciones. Hay alguien flotando por aquí.
    —Y ahora, ¿qué? —preguntó Laws.
    —No me lo pregunte a mí —repuso Hamilton—. No fui yo quien provocó el traslado. No cabe duda de que la causa estriba en el accidente de Bevatrón. Esto, sea lo que sea, es consecuencia del desperfecto del aparato.
    —Puedo pronosticar lo que viene a continuación —intervino Marsha tranquilamente.
    — ¿Qué?
    —Voy a salir en busca de empleo.

    Hamilton enarcó las cejas.

    — ¿Qué clase de empleo?
    —Cualquiera. De mecanógrafa, de dependiente en alguna tienda, de telefonista... Lo que salga. Si queremos seguir viviendo, tendremos que comer..., ¿no? ¿O es que no te acuerdas de lo que ha pasado?
    —Me acuerdo —replicó Hamilton—. Pero te quedarás en casa y sacudirás el mantel; seré yo quien se encargue de buscar empleo. —Indicó su mentón acabadito de rasurar y su camisa limpia—. Y estoy a punto de ponerme en camino.
    —Pero —alegó Marsha—, la culpa de que te quedases sin trabajo fue exclusivamente mía.
    —Acaso no tengamos que trabajar más —comentó Laws, con irónica segunda intención—. Puede que, de ahora en adelante, todo lo que nos corresponderá hacer sea abrir la boca y esperar a que caiga el maná y se introduzca en ella.
    —Creí que lo había intentado ya —dijo Hamilton.
    —Lo intenté sí. Y no obtuve resultado alguno. Pero algunas personas lo obtuvieron. Me parece que vamos a tener que dejar el trabajo al margen de la dinámica de nuestras cosas. Este mundo, o lo que sea, dispone de sus propias leyes. Son distintas a las que conocemos y, por consiguiente, no estamos familiarizados con ellas. Ya hemos comprobado los efectos de algunas. La función de los amuletos. Eso representa que la estructura completa de la solicitud de mercedes funciona ahora. —Tras una pausa, Laws añadió—: Y tal vez la de la condena.
    —Y la salvación —murmuró Marsha, desorbitados sus ojos castaños—. Santo Dios, ¿crees de veras en la existencia de la Gloria?
    —Estoy absolutamente seguro —afirmó Hamilton. Regresó al dormitorio; al cabo de un momento, reaparecía. Iba anudándose la corbata—. Pero eso llegará después. Ahora voy a recorrer la península. Nos quedan en el banco cincuenta dólares justos y no voy a morirme de hambre dedicado a probar si sale bien eso de las oraciones.

    Hamilton fue a recoger su cupé «Ford» a la zona de estacionamiento de la fábrica de proyectiles. Aún permanecía estacionado en el espacio correspondiente, donde un letrero rezaba: «Reservado para John W. Hamilton».

    Enfiló el Camino Real y dejó a su espalda la población de Belmont. Media hora después entraba en South San Francisco. El reloj de la fachada de la sucursal del Banco de América en South San Francisco señalaba las once y media cuando Hamilton detuvo su automóvil en la explanada de gravilla. junto a los «Cadillac» y «Chrysler» pertenecientes al personal de la A.F.E.

    Los edificios de la Agencia para el Fomento de la Electrónica se erguían a su derecha, blancos inmuebles de hormigón cuya silueta destacaba contra el fondo monstruoso que constituía el paisaje que circundaba la ciudad fabril. Una vez, años atrás, cuando publicó su primer artículo sobre electrónica avanzada, la A.F.E. trató de persuadirle para que abandonara a la «Mantenimientos de California» e ingresase en su nómina. Guy Tillingford, uno de los principales estadistas del país, dirigía la empresa; era hombre inteligente, de ideas originales y, además, había sido íntimo amigo del padre de Hamilton.

    La A.F.E. era el sitio más indicado para solicitar empleo... si es que pensaba encontrar uno. Y, lo que resultaba más importante, aquella firma no tenía compromiso alguno con nada que se relacionase con la investigación militar. Antiguo integrante del grupo que creó y desarrolló el Instituto de Estudios Adelantados de Princeton (antes de que dicho grupo se disolviera oficialmente), el doctor Tillingford experimentaba más interés por los conocimientos y los progresos científicos en general. De la A.F.E. salían los computadores, los grandes cerebros electrónicos que se utilizaban en industrias y universidades de todo el mundo occidental.

    —Sí, señor Hamilton —dijo la eficiente secretaria, mientras examinaba rápidamente su puñado de documentos—. Comunicaré al doctor que se encuentra usted aquí... Estoy segura de que se alegrará mucho de verle.

    Hamilton paseó por la antesala, tenso y nervioso, al tiempo que se frotaba las manos y articulaba una muda oración. La plegaria no le costó el menor esfuerzo; en aquel instante particular le salía fácilmente del fondo de su alma. Un saldo favorable de cincuenta dólares en el banco no iba a permitir a la familia aguantar mucho... ni siquiera en aquel mundo de milagros y chubascos de langostas.

    — ¡Jack, muchacho! —retumbó una voz profunda. El doctor Guy Tillingford apareció en el hueco de la puerta de su despacho, radiante su envejecido rostro y extendida la diestra—. Por Dios, no sabes la alegría que me causa verte. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez? ¿Diez años?
    —Casi —reconoció Hamilton, mientras se estrechaban la mano cordialmente—. Tiene un aspecto estupendo, doctor.

    Por toda la oficina había técnicos e ingenieros consultivos; jóvenes inteligentes, que rezumaban competencia profesional, de pelo cortado al cepillo, corbatas de lazo y expresión alerta en sus apacibles semblantes. Prescindiendo de ellos, el doctor Tillingford condujo a Hamilton a través de una serie de puertas de madera, hasta un despacho particular.

    —Aquí podemos charlar —confió, mientras se dejaba caer en una cómoda butaca tapizada de cuero negro—. Me he preparado esta salita... una especie de retiro personal, donde puedo pasarme algunos ratos dedicado a la meditación y darme un respiro de vez en cuando. —Añadió con tristeza—: Parece que ya no me es posible resistir el ritmo de marcha, como antes. Suelo refugiarme en este cobijo dos o tres veces al día... para recuperar fuerzas.
    —Ya no trabajo en la «Mantenimientos de California» —anunció Hamilton.
    — ¡Vaya! —Tillingford asintió con la cabeza—. Eso es bueno para ti. Esa empresa no me parece recomendable. Excesivamente inclinados hacia el armamento. No tienen nada de científicos; son funcionarios gubernamentales.
    —No me despedí por mi cuenta. Me echaron.

    En pocas palabras, Hamilton explicó la situación.

    Durante unos minutos, Tillingford no pronunció palabra. Se pellizcó los labios con aire reflexivo, fruncidas las cejas, reconcentrado.

    —Me acuerdo de Marsha. Una chica dulce y cariñosa. Siempre me gustó. En estos días se exceden con eso del peligro para la seguridad. Pero es una cuestión que aquí no nos preocupa en absoluto. En la actualidad, no tenemos contratos del Gobierno. Una torre de marfil. —Emitió una risita seca—. Los últimos residuos de la más pura investigación.
    —Supongamos que pudieran utilizar mis servicios —aventuró Hamilton, procurando dar a su voz el máximo tono de indiferencia posible.
    —No veo por qué no. —Perezosamente, Tillingford sacó una pequeña rueda de jaculatorias y empezó a darle vueltas—. Estoy al cabo de la calle respecto a tu trabajo... A propósito de ello, te diré que me hubiese gustado tenerte aquí antes.

    Fascinado, hipnotizado y escéptico, Hamilton no apartaba los ojos de la rueda de rezos de Tillingford.

    —Claro que hay algunas cuestiones corrientes —observó el doctor Tillingford, que seguía dándole vueltas a la ruedecita—. La rutina... pero no tendrás que rellenar impresos. Te formularé las preguntas verbalmente. No bebes, ¿verdad?

    Hamilton se quedó casi sin habla.

    — ¿Beber?
    —Ese asunto de Marsha nos crea ciertas dificultades. Nos tiene sin cuidado el aspecto relativo a la seguridad, desde luego... pero debo preguntarte una cosa. —Tillingford se llevó la mano al bolsillo y sacó de él un volumen de tapas negras, con el tejuelo grabado en oro, en el que rezaba: ZUNÁN DEL SEGUNDO NABÍ. Tendió el libro a Hamilton—. En el colegio mayor, cuando os mezclasteis con grupos radicales, ¿no practicabais... cómo lo expresaría yo... «el amor libre»?

    Hamilton no supo qué contestar. Aturdido, confuso, sin habla, se limitó a sostener en las manos el Zunán del Segundo Nabí; la encuadernación del libro aún conservaba el calor del bolsillo de la chaqueta de Tillingford. Un par de los bien preparados jóvenes de la A.F.E. entraron en la estancia. Con aire respetuoso, permanecieron quietos, observando en silencio. Vestidos con aquellas largas batas de laboratorio, su apariencia resultaba extrañamente solemne y sumisa. Las rasuradas nucas le recordaron las cabezas de los monjes jóvenes... Era muy peculiar que no se hubiese dado cuenta antes del parecido existente entre aquel corte de pelo tan extendido y la antigua costumbre ascética de las órdenes religiosas. Aquellos dos hombres tenían, desde luego, todo el típico aspecto de competentes licenciados en física; ¿a dónde habría ido a parar su clásica viveza juvenil?

    —Y ya que estamos en eso —continuó el doctor Tillingford—, también te preguntaré otra cosa. Jack, hijo mío, con la mano en el Zunán, responde sinceramente: ¿Encontraste la Única Entrada Verdadera que conduce a la bendita salvación?

    Todos los ojos estaban fijos en él. Hamilton tragó saliva, se puso como la grana y forcejeó en su interior desesperadamente.

    —Doctor —recuperó el habla por último—, creo que vale más que vuelva en otra ocasión.

    Preocupado, Tillingford se quitó las gafas y contempló al muchacho con mirada meticulosa.

    —¿Es que no te encuentras bien, Jack?
    —Estuve sometido a una tensión enorme. Perdí el empleo... —Precipitadamente, añadió—: Y otras dificultades. Marsha y yo sufrimos ayer un accidente. Un desviador nuevo se estropeó y nos dio un baño de intensas radiaciones, allá en el Bevatrón.
    —Ah, sí —dijo Tillingford—. Me enteré del suceso. Según me dijeron, nadie perdió la vida, por fortuna.
    —Esas ocho personas —intervino uno de los jóvenes técnicos con pinta de ascetas— deben de haber caminado con el Profeta. La caída fue muy dura.
    —Doctor —pidió Hamilton con voz ronca—, ¿puede recomendarme un buen psiquiatra?

    Despacio, poco a poco, fue apareciendo en el semblante envejecido del científico una expresión de incredulidad.

    —¿Un... qué? ¿Has perdido un tornillo, muchacho?
    —Sí —repuso Hamilton—. Parece que sí.
    —Luego trataremos de eso —dijo Tillingford, escueto. Con un ademán impaciente, indicó a sus dos técnicos que se retirasen de la sala—. Bajad a la mezquita —les dijo—. Entregaos a la meditación hasta que os llame.

    Salieron del cuarto, después de un atento y reflexivo escrutinio de Hamilton.

    —Puedes explicarte con entera libertad —incitó Tillingford, en tono cansino—. Soy tu amigo. Conocí a tu padre, Jack. Fue un gran físico. No los ha habido mejores. Siempre tuve puestas en ti las más altas esperanzas. Como es lógico, me sentí un tanto defraudado cuando ingresaste en la nómina de la «Mantenimientos de California». Pero, naturalmente, hemos de inclinarnos ante los designios de la Voluntad Cósmica.
    —¿Se me permite formular unas preguntas? —Gotas de frío sudor descendían por la piel de Hamilton y pasaban por debajo del cuello almidonado de su camisa blanca—. Esta empresa continúa siendo una organización científica, ¿verdad? ¿O ya no lo es?
    —¿Ya? —Desconcertado, Tillingford recuperó el Zunán de los dedos inertes de Hamilton—. No comprendo la intención de tus preguntas, muchacho. Te agradecería que fueses más explícito.
    —Lo expresaré de otro modo. Estuve... aislado. Profundamente absorto en mí labor, perdí contacto con las actividades que, en el terreno de mi profesión, desarrollaban los demás. Y —remató, alicaído— no tengo la menor idea acerca de lo que se hace y de lo que se ha conseguido en otros campos. Acaso... ¿Tiene usted inconveniente en ponerme al día, respecto a eso, proporcionándome un somero cuadro de conjunto?
    —Un cuadro —repitió Tillingford, al tiempo que asentía—. Es corrientísimo perder eso de vista. La superespecialización tiene eso de malo. Aquí, en la A.F.E., el trabajo está bastante bien delimitado; incluso podría emplearse la palabra prescrito. En la «Mantenimientos de California» creabais armas que luego se utilizarían contra los infieles; es algo sencillo, claro, evidente, fácil de comprender. Ciencia aplicada de una manera estricta, ¿verdad?
    —Verdad —convino Hamilton.

    Aquí, nos las entendemos con un problema eterno y fundamental: el de las comunicaciones. Es de nuestra incumbencia —y se trata de toda una tarea— garantizar la base de la estructura electrónica de las comunicaciones. Contamos con ingenieros electrónicos... como tú. Disponemos de asesores consultivos que son especialistas en semántica, expertos de primera fila. Y figuran en nuestro cuadro de personal investigadores psicólogos muy buenos. Todos nosotros formamos un equipo conjuntado y nuestra misión consiste en afrontar ese problema fundamental en la existencia del hombre: conservar en perfectas condiciones de funcionamiento el cable tendido entre la Tierra y el Cielo.

    El doctor Tillingford se tomó un momentáneo respiro y prosiguió:

    —Aunque, naturalmente, estás familiarizado con todo esto, volveré a repetirlo. En la antigüedad, antes de que sometieran al análisis científico, existían una variedad de sistemas inseguros. Sacrificios a base de incineración; intentos de despertar y promover los favores de Dios mediante el halago de Su olfato y paladar. Métodos muy toscos, nada científicos. Jaculatorias en voz alta y cántico de salmos, que incluso practican hoy en día las clases poco educadas, faltas de instrucción. En fin, dejemos que entonen sus himnos y pronuncien sus rezos.

    Al oprimir el botón, Tillingford convirtió en transparente uno de los tabiques de la estancia. Hamilton se encontró contemplando los afanosos laboratorios de investigación que se extendían en torno a la salita del doctor, formando círculo: hileras y más hileras de hombres y equipo, los técnicos y las máquinas más adelantadas de que podía disponer el mundo.

    —Norbert Wiener —articuló Tillingford—. Recuerdas sus trabajos sobre cibernética. Y lo que aún es más importante, la obra de Enrico Destini en el campo de la teofonia.
    —¿Qué es eso?

    Tillingford alzó una ceja.

    —Eres un especialista, hijo mío. Te hablo de la comunicación entre el hombre y Dios naturalmente. Mediante el empleo de los trabajos de Wiener y utilizando el valiosísimo material de Shanon y Weaver, Destini consiguió, en 1946, establecer el primer sistema de comunicación realmente apropiado entre la Tierra y el Cielo. Desde luego, tuvo que usar todos aquellos artefactos de la guerra contra las hordas paganas, aquellos hunos glorificadores de los robles.
    —¿Se refiere a... los nazis?
    —He oído ese vocablo. Jerga socióloga, ¿no? Y ese negador del Profeta, ese antinabista... Dicen que aún vive en la Argentina. Que encontró el elixir de la eterna juventud o algo parecido. Hizo aquel pacto con el diablo en 1939, ¿te acuerdas? ¿O fue eso antes de tu época? De cualquier modo, lo sabes... es historia.
    —Lo sé —declaró Hamilton con voz pastosa.
    —Y todavía quedan personas que no vieron lo escrito a mano sobre el muro. A veces, creo que la Lealtad merece ser humilde. Unas cuantas bombas de hidrógeno arrojadas aquí y allá, y la poderosa corriente de ateísmo que no se puede triturar...
    —¿Qué me dice de los otros terrenos? —le interrumpió Hamilton—. ¿Qué se hace en ellos? La física. ¿Qué sabe de los físicos?
    —La física es una ciencia clausurada —le informó Tillingford—. Virtualmente, se sabe ya todo lo relativo al universo material... se sabía hace siglos. La física se ha convertido en un margen abstracto de la ingeniería.
    —¿Y los ingenieros?

    Tillingford empezó a responder a la pregunta alargando a Hamilton un ejemplar del mes de noviembre de 1959 del Diario de Las Ciencias Aplicadas.

    —Me parece que el editorial puede proporcionarte una idea. Hombre brillante, ese Hirschebein.

    El titular del artículo decía: Aspectos teóricos del problema de la construcción de depósitos. Debajo había un subtítulo: La necesidad de mantener un abastecimiento permanente de gracia pura e inalterable para los centros de población importantes.

    —¿Gracia? —se extrañó Hamilton. Hizo la pregunta con un hilo de voz.

    Tillingford le explicó:

    —La principal preocupación de los ingenieros consiste en la gran tarea de suministrar gracia a todas las comunidades nabitas instaladas a lo largo y a lo ancho del mundo. En cierto sentido, se trata de un problema análogo al que afrontamos nosotros: el de conservar en funciones las líneas de comunicación.
    —¿Y eso es todo lo que hacen?
    —Bueno —reconoció Tillingford—, queda también la continua tarea de edificar mezquitas, templos, altares. El Señor es bastante estricto y exacto en eso de señalar trabajos, como puedes comprender. Sus especificaciones son matemáticas. Con franqueza, entre nosotros, no envidio lo más mínimo a esos compañeros. Un pequeño tropiezo, un leve desliz y —chasqueó los dedos—, ¡puf!
    —¿Puf?
    —El rayo.
    —¡Ah! —exclamó Hamilton—. Claro.
    —Con lo cual, resulta que son muy pocos los muchachos inteligentes que deciden dedicarse a la ingeniería constructiva. Esta profesión tiene un índice de mortalidad demasiado alto. —Tillingford examinó a Hamilton con paternal y meticulosa atención—. ¿Te das cuenta, hijo mío, de que te mueves en un terreno profesional de perspectivas más que prometedoras?
    —Nunca lo dudé —repuso Hamilton roncamente— Sólo que sentía curiosidad y deseaba conocer algunos detalles sobre ese terreno.
    —En lo que concierne a tu capacidad moral, me considero satisfecho —dijo Tillingford—. Sé que procedes de una familia buena, de limpia conducta y temerosa de Dios. Tu padre fue la honradez y la humildad personificadas, su propia esencia. De vez en cuando, aun tengo noticias suyas.
    —¿Noticias? —se extrañó Hamilton.
    —Se las arregló bastante bien. Aunque te echa de menos, naturalmente. Tillingford indicó el sistema intercomunicador que había encima de la mesa—. Si quieres...
    —No —replicó Hamilton, al tiempo que se inclinaba hacia atrás—. Todavía no me he recuperado del todo de las consecuencias del accidente No podría resistir la emoción.
    —Como gustes. —Tillingford le dio una palmada amistosa en el hombro—. ¿Quieres lanzar una miradita a los laboratorios? Permíteme decirte que tenemos un equipo lo que se dice formidable. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro confidencial y reveló—: Aunque nos ha costado muchísima oración. Tus antiguos jefes, los de la «Mantenimientos de California», protestaron ruidosamente. Saben armar buenas tremolinas sonoras.
    —Pero ustedes lo consiguieron.
    —Ah, sí. Al fin y al cabo, somos quienes tienden y conservan las líneas de comunicaciones. —Mientras sonreía y esbozaba un guiño pícaro, Tillingford le condujo hacia la puerta—. Te llevaré ante nuestro director de personal... él se encargará de contratarte.


    El director de personal era un individuo coloradote, carilleno y afable, que dirigió a Hamilton una mirada radiante, a la vez que buscaba en los cajones de su escritorio los impresos y documentos necesarios.

    —Encantados de aceptar su solicitud, señor Hamilton. La A.F.E. necesita hombres de su experiencia. Y si el doctor le conoce personalmente...
    —Puede ahorrarle todo eso —aleccionó Tillingford—. Pase por alto la pesadez burocrática; vaya derecho al grano de la prueba de calificación.
    —De acuerdo —asintió el director, y sacó su propio ejemplar del Zunán del Segundo Nabi. Lo dejó encima de la mesa, cerrado, apretó los párpados, hizo correr el pulgar por las páginas y abrió el libro a la ventura.

    Tillingford se inclinó por encima del hombro del director y ambos conferenciaron y murmuraron entre si, mientras examinaban el pasaje que había salido.

    —Estupendo —declaró Tillingford. Se apartaba, contentísimo—. Tiene vía libre.
    —Desde luego que sí —convino el director de personal. Se dirigió a Hamilton—. Puede que le interese saberlo, es el visto bueno más claro que se ha dado este año. o uno de los más claros. Leyó con voz rápida y eficiente—: «Visión 1931: Capítulo 6, versículo 14. línea primera. Si, la Fe Verdadera funde el valor en el ánimo del escéptico; porque este conoce la magnitud de la ira divina, sabe cuál es la medida para llenar la vasija de arcilla.»

    Cerró de golpe el libro y volvió a guardarlo en un cajón de la mesa. Ambos hombres contemplaron cariñosamente a Hamilton, irradiando buena voluntad y satisfacción profesional.

    Aturdido, no muy seguro de sus sentimientos, Hamilton desvió el tema hacia la parte fundamental del asunto que le había llevado allí.

    —¿Puedo interesarme por la cuestión salario? es demasiado... —se esforzó en presentarlo con cierto tono de broma más o menos frívola—, demasiado grosero y comercial?

    Los dos hombres intercambiaron una mirada, confusos.

    —¿Salario?
    —Si, salario —repitió Hamilton, en cuyo interior aumentaba la tendencia a la histeria—. Me refiero a eso que le entregan a uno cada quince días los del departamento administrativo. Para evitar que el personal contratado se vuelva impaciente e inquieto.
    —Conforme a lo acostumbrado —informo Tillingford, con sosegada dignidad—, los del I.B.M. te abonarán cada diez días lo que te corresponda. —Se volvió hacia el director de personal—. ¿Cuál es la cifra exacta? Nunca me acuerdo de estas cosas.
    —Iré a comprobarlo con el contable. —El director de personal abandonó el despacho. Regresó con la información al cabo de un momento—. Se le asignará la clasificación Cuatro-A. En seis meses, habrá ascendido a Cinco-A. ¿Qué le parece? No está nada mal para un joven de treinta y dos años.

    Hamilton preguntó:

    —¿Qué significa Cuatro-A?

    Después de una pausa, originada por la sorpresa, el director de personal miró a Tillingford, se humedeció los labios y contestó:

    —El departamento de I.B.M. lleva los libros de abonos y cargos. El registro cósmico. —Gesticuló—. Ya sabe, la gran relación inalterable de pecados y virtudes. La A.F.E. realiza trabajos para el Señor. Sus emolumentos consistirán en cuatro créditos decenales, cuatro líneas rectas hacia su salvación. La I.B.M. se encargará de todos los detalles; al fin y al cabo, para eso existe.

    Encajaba. Tras respirar hondo, Hamilton articuló:

    —Ego es estupendo. Lo olvidé... perdonen mí confusión. Pero... —recurrió, desesperado, a Tillingford—, ¿cómo vamos a vivir Marsha y yo? Tenemos que pagar nuestras facturas; tenemos que comer.
    —Como siervo del Señor —dijo Tillingford, severo—, tus necesidades estarán cubiertas. ¿Posees tu Zunán?
    —S... si —pronunció Hamilton.
    —Lo único que tienes que hacer es asegurarte de que no pierdes la fe.

    Yo diría que un hombre de tu talla moral debe ser capaz de conseguir, mediante la oración, por lo menos... —Calculó mentalmente—. Unos cuatrocientos semanales. ¿Qué opina, Ernie?

    El director de personal asintió con la cabeza.

    —Por lo menos.
    —Una cosa más —dijo Hamilton, cuando el doctor Tillingford se disponía a cambiar de conversación, una vez bien sentado el asunto a su entera complacencia—. Hace un rato le pregunté si conocía a algún buen psiquiatra...
    —Hijo mío —manifestó Tillingford, algo brusco—. Sólo puedo decirte esto y nada más que esto: Se trata de tu vida y puedes dirigirla como te plazca. No pretendo enseñarte lo que debes hacer y lo que debes pensar. Tu existencia espiritual es un asunto estrictamente entre tú y el único Dios verdadero. Pero si quieres consultar matasanos y...
    —«Matasanos». —repitió Hamilton con voz débil.
    —Charlatanes, curanderos descarriados. Eso estaría bien para un lego. Los ignorantes, según tengo entendido, acuden en rebaños a los psiquiatras. He leído las estadísticas; es un triste comentario sobre el estado de la falsa información pública. —Sacó de la chaqueta una libreta de notas y una lapicera y garabateó precipitadamente unas palabras—. Éste es el único camino correcto. Supongo que da lo mismo el hecho de que hasta ahora no hayas avanzado por él. Pero se nos instruye para que no cesemos nunca de intentarlo. Al fin y al cabo la eternidad es un periodo de tiempo muy largo.

    La nota decía: Profeta Horace Clamp. Sepulcro del segundo Nabí. Cheyenne, Wyoming.

    —Exacto —dijo Tillingford—. Derecho hasta la cumbre. ¿Te sorprende? Eso demuestra lo preocupado que estoy, hijo mío.
    —Gracias —repuso Hamilton, y se guardó la nota de modo instintivo—. Si usted lo dice.
    —Lo afirmo —declaró Tillingford, en tono de autoridad tajante y absoluta—. El nabismo es la única fe verdadera, hijo mío; la única garantía de alcanzar el Paraíso. Dios habla a través de Horace Clamp y de nadie más. Levántate mañana y acércate allí, tienes el día libre; puedes presentarte a trabajar en cualquier momento, eso carece de importancia. Si alguien está en condiciones de salvar tu alma inmortal del fuego de la condenación eterna, ese alguien es el profeta Horace Clamp.


    V


    CUANDO HAMILTON, con paso algo incierto, salió del conjunto de edificios de la A. F. E., un puñado de hombres echó a andar tras él. Aquellos individuos caminaban con aire tranquilo, hundidas las manos en los bolsillos y con expresión benigna en el rostro.

    Mientras el ingeniero sacaba las llaves de su automóvil, los hombres apretaron el paso resueltamente y cruzaron el aparcamiento de gravilla en dirección a Hamilton.

    —Hola —saludó un miembro del grupo.

    Todos eran jóvenes. Todos eran rubios. Todos llevaban el pelo cortado al cepillo y lucían las ascéticas batas blancas de laboratorio. Se trataba de un manojo de inteligentes y supereducados técnicos de la A.F.E. El brillante personal de Tillingford.

    —¿Qué desean? —inquirió Hamilton.
    —¿Se marcha? —preguntó a su vez el cabecilla del grupo.
    —Así es.

    Los otros parecieron meditar un poco acerca de aquella respuesta. Al cabo de un momento, el que llevaba la voz cantante observó:

    —Pero va a volver.
    —Mire... —comenzó Hamilton, pero el joven no le dejó seguir.
    —Tillingford le contrató —dijo, interrumpiéndole—. Vendrá usted la semana próxima. Superó el examen de ingreso y después ha estado husmeando por los laboratorios.
    —Es posible que haya salvado con éxito las pruebas de ingreso —concedió Hamilton—, pero eso no significa que vaya a venir a trabajar aquí. A propósito de...
    —Me llamo Brady —le interrumpió otra vez el adalid del grupo—. Bob Brady. Quizá reparó usted antes en mí. Estaba con Tillingford cuando se presentó usted. —Sin apartar los ojos de Hamilton, Brady concluyó—: Puede que el personal se sienta satisfecho, pero nosotros no lo estamos. El personal está regido por legos. Unas cuantas pruebas de calificación, burocráticas y rutinarias..., y eso es todo.
    —Nosotros no somos legos —terció un miembro de la peña de Brady.
    —Mire —dijo Hamilton, que había recuperado parte de su esperanza—. Quizá podamos llevarnos bien. Me pregunto qué personal calificado puede estar conforme con esa prueba de abrir un libro a la ventura. No me parece un sistema adecuado para calcular la aptitud, conocimientos y destreza de un aspirante a determinado empleo. En la investigación avanzada de este tipo...
    —Por lo que a nosotros respecta —continuó Brady, inexorable—, es usted ateo hasta que se demuestre lo contrario. Y ningún ateo puede trabajar en la A.F.E. Tenemos nuestras normas profesionales.
    —Además, usted no está calificado —añadió otro miembro del grupo—. Veamos su calificación N.
    —Su calificación N —dijo Brady en seguida. Extendió la mano y aguardo—. No ha tomado aureola últimamente, ¿verdad?
    —No, que yo sepa —repuso Hamilton, desconcertadísimo.
    —Eso es lo que supuse. Carece de calificación N. —Brady se sacó de la chaqueta una tarjeta taladrada—. En este grupo no hay nadie con calificación N inferior a 4,6. Sin pensarlo mucho, me atrevería a afirmar que no alcanza usted a la nota 2. ¿Qué responde?
    —Es un ateo —intervino otro individuo, un técnico que habló en tono áspero—. Se necesita valor para intentar colarse aquí.
    —Acaso sea preferible que se largue de una vez —dijo Brady a Hamilton—. Me parece que lo mejor es que se ponga al volante de su automóvil, se aleje de esta vecindad todo lo que pueda y no vuelva en la vida.
    —Tengo tanto derecho a estar aquí como cualquiera de ustedes —replicó Hamilton, irritado ya.
    —Se aproxima la hora del tanteo máximo —articuló Brady con aire reflexivo—. Dejemos esto bien sentado de una vez por todas.
    —Estupendo —accedió Hamilton, contento de ello. Se quitó la chaqueta, la arrojó dentro del coche y desafió—: Lucharé con cualquiera de ustedes.

    Nadie le hizo el menor caso, los técnicos habían formado un apretado círculo y conferenciaban entre sí. Por las alturas, el sol del atardecer se disponía a bajar y ocultarse. Circulaban vehículos automóviles por la carretera. Los edificios de la A.F.E. relucían de modo aséptico bajo la claridad decreciente.

    —Ahí vamos —decidió Brady. Con un adornado encendedor en la mano, se acercó solemnemente a Hamilton—. Estire el pulgar.
    —¿El... pulgar?
    —La prueba del fuego —explicó Brady, al tiempo que accionaba el mechero. Brotó del aparatito una llama de color amarillo—. Demuestre su valor. Demuestre que es un hombre.
    —Soy un hombre —replicó Hamilton en tono irritado—, pero maldito si voy a poner el dedo en esa llama sólo porque a un grupo de lunáticos le gusta celebrar ritos de iniciación puramente infantiles. Creí haber dejado eso atrás cuando abandoné el colegio mayor.

    Todos los técnicos extendieron sus pulgares. Metódicamente, Brady fue aplicando la llamita del encendedor a cada uno de aquellos dedos. Ni un solo pulgar se chamuscó siquiera.

    —A usted le toca —advirtió Brady en tono beato—. Sea hombre, Hamilton. Recuerde que no es ninguna bestia encenagada.
    —¡Váyase al diablo! —contestó Hamilton, alzando la voz—. Y mantenga ese mechero apartado de mí.
    —¿Se niega a someterse a la prueba del fuego? —inquirió Brady significativamente.

    De mala gana, Hamilton extendió su pulgar. Tal vez, en aquel mundo, los encendedores de cigarrillos no quemasen la carne. Acaso, sin saberlo, su propio organismo fuese inmune a las llamas. Quizás...

    —¡Ay! —estalló Hamilton, al tiempo que apartaba la mano con brusquedad y violencia.

    Los técnicos menearon la cabeza gravemente.

    —Bueno. —Brady ejecutó un floreo de triunfo para guardarse el encendedor—. Ya está.

    Vencido e impotente, Hamilton no pudo hacer más que frotarse el dedo lastimado.

    —¡Sádicos! —acusó—. ¡Hatajo de fanáticos! Todos ustedes pertenecen a la Edad Media!... ¡Musulmanes!
    —Cuidado —avisó Brady—. Está hablando con un paladín del único Dios verdadero.
    —Y no lo olvide —remachó uno de los ayudantes de Brady.
    —Usted puede ser paladín del único Dios verdadero —repuso Hamilton— pero yo soy un especialista en electrónica, un experto de primera fila. Piense en ello.
    —Lo tengo presente —dijo Brady, sin inmutarse.
    —Si eso le hace feliz, puede introducir el pulgar en la antorcha de un arco de soldadura. Puede meterlo en un horno al rojo.
    —Exacto —convino Brady—. Puedo hacerlo.
    —¿Pero qué tiene que ver con la electrónica? —Fulminando al joven con la mirada, Hamilton añadió—: De acuerdo, sabihondo. Le desafío a una prueba. Veamos cuánto sabe.
    —¿Desafía a un paladín del único Dios verdadero? —preguntó Brady, incrédulo.
    —Así es.
    —Pero... —Brady ejecutó una serie de ademanes—. Eso es ilógico. Vale más que vuelva a su casa, Hamilton. Se está dejando llevar por una ilusión equívoca.
    —Tiene miedo, ¿eh? —vituperó Hamilton.
    —Pero si no puede ganar. Es axiomático que perderá. Considere las premisas de la situación. Está decidido que todo paladín del único Dios verdadero triunfe; cualquier otro resultado constituiría la negación del poder divino.
    —Deje de fanfarronear —replicó Hamilton—. Puede formularme la primera pregunta. Tres para cada uno de nosotros. Relativas a la electrónica práctica y teórica. ¿De acuerdo?
    —De acuerdo —respondió Brady a regañadientes. Los demás técnicos se apiñaron en torno a los contendientes, fascinados por el nuevo giro de los acontecimientos—. Lo lamento por usted, Hamilton. Es evidente que ignora, que no se da cuenta del jaleo en que se está metiendo. Hubiese esperado que un lego se comportase de esta manera tan irracional, pero un hombre parcialmente disciplinado en cuestiones científicas...
    —Pregunte —le interrumpió Hamilton.
    —Enuncie la ley de Ohm —pidió Brady.

    Hamilton parpadeó. Era como ordenarle que contase de uno a diez; ¿Cómo podía fallar?

    —¿Ésa es su primera pregunta?
    —Enuncie la ley de Ohm —repitió Brady.

    Y, en silencio, sus labios empezaron a moverse.

    —¿Qué ocurre? —preguntó Hamilton, receloso—. ¿Por qué mueve los labios?
    —Rezo —confesó Brady—. Impetro la ayuda divina.
    —Ley de Ohm —articuló Hamilton—. La resistencia de un cuerpo al paso de la corriente eléctrica...

    Se interrumpió.

    —¿Qué le sucede? —interrogó Brady.
    —Usted me distrae. ¿No podría rezar luego?
    —He de hacerlo ahora —Brady matizó sus palabras con una buena dosis de énfasis—. Si lo hiciese después, mis oraciones carecerían de utilidad.

    Esforzándose en pasar por alto la vibración de los labios del hombre, Hamilton prosiguió:

    —La resistencia de un cuerpo al paso de la corriente eléctrica puede establecerse mediante la siguiente ecuación: R igual a...
    —Adelante —le animó Brady.

    Un extraño peso muerto se asentó en el cerebro de Hamilton. Empezaron a mariposear por su cabeza series vagabundas de símbolos, cifras y ecuaciones. Como inquietos insectos voladores, palabras y frases daban saltos, bailoteaban y se negaban a dejarse captar, eludiendo la persecución de las meninges.

    —Una unidad de resistencia absoluta —silabeó roncamente— puede definirse como la resistencia de un conductor en el que...
    —No me parece que eso sea la ley de Ohm —dijo Brady. Se volvió hacia los integrantes del grupo—: ¿Diríais vosotros que eso es la ley de Ohm?

    Todos sacudieron la cabeza, misericordiosos.

    —Me doy por vencido —reconoció Hamilton, sin entender nada—. Ni siquiera puedo exponer la ley de Ohm.
    —Gracias a Dios —repuso Brady.
    —El ateo ha sido derrotado —dictaminó uno de los técnicos, como quien señala una verdad científica—. La competición ha concluido.
    —Esto no es justo —protestó Hamilton—. Conozco la ley de Ohm tan bien como mi propio nombre.
    —Afronte los hechos —dijo Brady—. Reconozca que un ateo está al margen de la gracia del Señor.
    —¿No se me va a conceder la oportunidad de preguntarle algo?
    —Pues, claro que sí. Adelante. Lo que usted quiera.
    —Un rayo de electrones se desvía —articuló Hamilton— si pasa entre dos planchas a las que se haya aplicado voltaje. Los electrones están sometidos a una fuerza que actúa en ángulos rectos con relación a su impulso. Designemos L a la longitud de las planchas. A la distancia que va desde el centro de las planchas al...

    Se interrumpió. Ligeramente encima de Brady, muy cerca de su oreja derecha, había aparecido una boca y una mano. La boca estaba susurrando algo al oído de Brady; dirigidas por la mano, las palabras se desvanecieron en el aire antes de que Hamilton pudiese captarlas.

    —¿Qué es eso? —interrogó, ofendido.
    —¿Cómo dice? —se extrañó Brady con expresión inocente, mientras ahuyentaba, mediante un movimiento del brazo, a la boca y a la mano.
    —¿Quién le está «soplando»? ¿Quién le proporciona información?
    —Un ángel del Señor —respondió Brady—. Naturalmente.

    Hamilton se derrumbó.

    —Abandono. Usted gana.
    —Vamos —le alentó Brady—. Iba a pedirme que determinara la desviación del rayo basándome en esa fórmula. —Con unas cuantas frases sucintas, esbozó las cifras que Hamilton había urdido en la intimidad de su cerebro— ¿Correcto?
    —No me parece que haya jugado limpio —se sublevó Hamilton—. De todos los timos flagrantes...

    La boca angélica esbozó una sonrisa y luego susurró algo no muy agradable en el oído de Brady. Este se permitió sonreír a su vez, fugazmente.

    —Muy divertido —confesó—. Y muy apropiado también.

    Cuando la boca empezaba a desaparecer, Hamilton pidió:

    —Aguarde un momento. No se vaya. Deseo hablar con usted.

    La boca interrumpió su proceso de disipación.

    —¿Qué es lo que le está dando vueltas por la cabeza? —preguntó en un murmullo hueco y retumbante.
    —Al parecer, ya lo sabe —repuso Hamilton—. ¿Es que no miró el interior de mi cerebro?

    La boca se retorció desdeñosamente.

    —Si puede mirar dentro del cerebro de los hombres —continuó Hamilton—, también podrá ver lo que hay en sus corazones.
    —¿A qué viene todo esto? —Brady se manifestó un poco incómodo—. Vaya a molestar a su propio ángel.
    —Hay un párrafo en alguna parte —prosiguió Hamilton—. Algo acerca de que el deseo de cometer un pecado es tan grave como el mismo acto de cometerlo.
    —¿De qué está hablando? —preguntó Brady, irritado.
    —Tal como entiendo esa antigua frase —dijo Hamilton—, se trata de un testimonio relativo al problema psicológico de la motivación. Considera el motivo como el punto moral cardinal: un pecado cometido es simplemente el desarrollo máximo, el cumplimiento práctico de un deseo perverso. La bondad y la maldad de un hombre no dependen de lo que haga, sino de lo que sienta.

    La boca angélica esbozó un gesto de asentimiento.

    —Lo que dice es verdad.
    —Estos hombres —Hamilton señaló a los técnicos— actúan como paladines del único Dios verdadero. Arrancan las raíces del ateísmo. Pero en sus corazones anidan motivos malvados. En el fondo de sus celosos actos se alberga un núcleo endurecido de deseo pecaminoso.

    Brady tragó saliva.

    —¿Qué insinúa?
    —Su motivo para impedirme ingresar en la A.F.E. es venal e interesado. Me tiene cierta envidia. Y la envidia, como motivo, es inaceptable. En mi calidad de correligionario, llamo la atención sobre eso. —Añadió, suavemente—. Es mi deber.
    —Envidia —repitió el ángel—. Sí, la envidia entra en la categoría de pecado. Los celos sólo se pueden permitir en el sentido de que el Señor es un Dios celoso de su condición. Con tal significado, el término expresa el concepto de que nada más puede existir que un único Dios verdadero. El culto a cualquier otro cuasi-Dios constituye una negación de Su Naturaleza y una vuelta al preislamismo.
    —Pero... —protestó Brady—, un nabita puede ejercer celosamente su tarea como siervo del Señor.
    —Celosamente en el sentido de que excluye toda otra labor o fidelidad —dijo el ángel—. O sea, siempre y cuando que el empleo del término no comprenda características morales negativas. Uno puede hablar de celo a la hora de defender su herencia. En tal caso, representa una entusiasta resolución para conservar lo que le pertenece a uno. Este supuesto ateo, sin embargo, afirma que estás celoso de él, en el sentido de que te opones a que ocupe una situación a la que tiene derecho. Tu actitud está motivada por la envidia, por la aversión y por una codicia malévola... En esencia, por una rebeldía a acatar, a someterse al prorrateo cósmico.
    —Pero... —articuló Brady, mientras agitaba los brazos tontamente.
    —El gentil tiene razón al señalar que tus aparentemente buenos esfuerzos están motivados por intenciones malignas y, por lo tanto, no son más que actos seudobuenos. Tu celo queda desmentido por tu sordidez. Aunque tus acciones tengan por finalidad apoyar la causa del único Dios verdadero, tu alma es impura y está mancillada. La tuya y la de tus compañeros.
    —¿Cómo defines el término «impureza»...? —empezó Brady.

    Pero ya era demasiado tarde. El juicio había terminado. En silencio, el sol fue reduciéndose poco a poco, adoptó un color amarillo claro, difuso y sombrío, para terminar por desaparecer. Un viento áspero y seco sopló en torno al asustado grupo de técnicos. Bajo sus pies, el suelo se agostó y se tomó árido.

    —Podéis presentar después vuestras apelaciones —manifestó el ángel, desde la penumbra crepuscular. Se disponía a partir—. Tendréis tiempo de sobra para utilizar los conductos regulares.

    Lo que había sido un espacio de terreno fértil y espléndido, en el paisaje que circundaba los edificios de la A.F.E., quedó transformado en un rectángulo reseco,

    carente de vida, completamente yermo. Ni una sola planta crecía allí. Los árboles, la hierba, todo estaba deshojado, sarmentoso y marchito. Los técnicos se encogieron sobre si mismos, hasta convertirse en figuras achaparradas, diminutas, de piel oscura, vellosas, con el rostro y los brazos sembrados de llagas abiertas y de manchas repelentes. Un círculo rojizo bordeaba sus ojos, llenos de lágrimas, mientras se miraban unos a otros vencidos por la desesperación.

    —Malditos —graznó Brady con voz quebrada—. La maldición ha caído sobre nosotros.

    Era claro y evidente que los técnicos ya no estaban protegidos. Sus reducidas y encorvadas figuras se movían de un lado para Otro, sin rumbo fijo, como seres extraviados, perplejos, infelices y míseros. La oscuridad de la noche se filtraba hacia ellos, descendiendo sobre sus cabezas como capas de partículas de polvo. A sus pies, sobre la tierra achicharrada, se deslizó una serpiente. Al cabo de unos segundos se oyó el primer chasquido que producía un escorpión...

    —Lo lamento —se excusó Hamilton ociosamente—. Pero la verdad siempre se impone.

    Brady le fulminó con una mirada de sus ojos inyectados en sangre. La expresión de su semblante barbudo era lastimosa. Mechones de pelo estropajoso le caían sobre las orejas y el cuello.

    —¡Pagano! —murmuró, y le volvió la espalda.
    —La virtud tiene en sí misma su propia recompensa —le recordó Hamilton—. Los caminos del Señor son inescrutables. Nada tiene más éxito que el mismo éxito.

    Se acercó a su automóvil, subió e introdujo la llave de contacto. Nubes de polvo se posaron en el parabrisas cuando accionó la palanca de puesta en marcha. No sucedió nada: el motor se negaba a funcionar. Durante un rato, Hamilton insistió en darle a la palanca y apretar el acelerador, al tiempo que se preguntaba qué podía haberse averiado. Luego, deprimido, observó que el tapizado del asiento estaba raído. Aquel material otrora brillante y estupendo, había perdido el color y el aspecto de cosa nueva. Por desgracia, el vehículo estaba aparcado en la zona maldita.

    Hamilton abrió la guantera y sacó su manual de reparaciones automovilísticas. Pero el volumen ya no contenía planos ni consejos mecánicos: relacionaba una lista de oraciones corrientes.

    En aquel medio, los rezos sustituían al conocimiento de las máquinas. Dejó frente a sí el libro, abierto, puso el selector en punto muerto, apretó el pedal del acelerador y accionó la palanca de puesta en marcha.

    —Sólo hay un Dios —comenzó— y el Segundo Nabí es su...

    El motor empezó a funcionar. Hamilton puso la primera y el coche avanzó ruidosamente. Petardeando y chirriando, dejó atrás la zona de estacionamiento y rodó hacia la calle. A espaldas de Hamilton, los técnicos anatemizados vagaban a la ventura, dentro de los confines del estéril rectángulo. Habían iniciado ya sus debates para proyectar la apelación que presentarían. Citaban fechas, datos y autoridades. Hamilton se dijo que recuperarían su posición anterior. Se las arreglarían de algún modo.

    Necesitó cuatro oraciones distintas para lograr conducir el automóvil hasta la carretera de Belmont. En una ocasión, al pasar por delante de un garaje, pensó en detenerse y pedir que le reparasen el vehículo. Pero el letrero que ostentaba el establecimiento le impulsó a apresurarse.

    Cura de automóviles
    Nicholton e hijos


    Y debajo, en un ventanuco, se veían unos párrafos de literatura iluminadora, encabezados por la siguiente frase: Todos los días, en todos los sentidos, mi automóvil se rejuvenece y renueva cada vez más.

    A partir de la quinta jaculatoria, el motor pareció funcionar adecuadamente. Y el tapizado de los asientos había recobrado su esplendor de Octubre. Hamilton también recuperó algo de confianza en sí mismo: había salido de un apuro bastante serio. Todo mundo posee leyes. Era simplemente cuestión de descubrirlas a tiempo.

    El anochecido había llegado ya a todas partes. Los coches se deslizaban raudos por El Camino, encendidas las luces de sus faros. Por detrás de Hamilton, parpadeaban en la oscuridad las lámparas de San Mateo.

    En lo alto, ominosos nubarrones encapotaban el cielo nocturno. Conduciendo con extrema precaución, Hamilton maniobró para desviar su automóvil hacia el borde de la cuneta, evitando así la parte de carretera donde el tránsito resultaba más intenso.

    A su izquierda estaba la «Mantenimientos de California». Sin embargo, era inútil acercarse a la factoría de proyectiles dirigidos; ni siquiera le aceptaban cuando vivía en su propio mundo. Sólo Dios estaba enterado de cómo serían las cosas en aquel momento. De un modo u otro, presentía que el cambio de circunstancias representaba empeoramiento. Empeoramiento agudo. Un hombre del tipo del coronel T. E. Edwards, situado en aquel mundo nuevo, sobrepasaría todo lo imaginable.

    Hamilton distinguió a mano derecha un pequeño oasis, luminoso y familiar. Había pasado muchas tardes en el «Fondeadero»... que se alzaba frente a la planta de proyectiles. El establecimiento constituía el lugar de reunión favorito de todos los técnicos a los que les gustaba matar la sed del verano a base de buenos tragos de cerveza.

    El ingeniero detuvo su automóvil, se apeó y echó a andar por la sombría acera. Una ligera llovizna cayó sobre él, mientras se encaminaba rumbo al vacilante letrero de neón: Aureo Resplandor.

    El bar estaba rebosante de personas y ruidos agradables. Hamilton permaneció un momento inmóvil en la entrada, asimilando la presencia de toda aquella humanidad empañada. Al menos, el local era algo que no había cambiado. Los mismos conductores de camiones, con sus negras cazadoras, inclinados sobre sendas jarras de cerveza, en el extremo del mostrador, la misma joven escandalosa y rubia sentada en su taburete, con la inevitable consumición en la mano: agua teñida para que parezca whisky y que alguien paga como si lo fuese. La llamativa gramola automática rugiendo estruendosa en el rincón contiguo a la estufa. A un lado, dos obreros calvos jugando al tejo con entusiasmo.

    Hamilton se abrió paso entre la gente y se acercó a la hilera de taburetes. Sentado en el centro, ante la enorme luna, agitando su jarra de cerveza, vociferando y riendo con un grupo de camaradas provisionales, había un hombre cuya figura le resultaba familiar a Hamilton.

    Una alegría perversa invadió el cerebro confuso y fatigado del ingeniero.

    —Creí que había muerto —manifestó, a la vez que pinchaba a McFeyffe en el brazo—. Bastardo miserable.

    Sorprendido, McFeyffe giró en redondo sobre el taburete y se derramó un poco de cerveza en el brazo.

    —¡Qué me aspen! ¡El rojo! —Hizo una seña jubilosa al camarero situado detrás del mostrador—. Sirve una cerveza a mi compañero, maldita sea.

    Hamilton se expresó en todo agresivo:

    —Cálmese. ¿No se ha enterado?
    —¿Enterado? ¿De qué?
    —De lo que está ocurriendo. —Hamilton se acomodó en el taburete vacío existente junto al de McFeyffe—. ¿Es que no lo ha notado? ¿No se dio cuenta de la diferencia que hay de las cosas, tal como están ahora respecto a cómo estaban antes?
    —Lo noté —dijo McFeyffe. No parecía preocupado lo más mínimo. Se abrió la chaqueta y enseñó a Hamilton lo que llevaba debajo. Todos los amuletos de la buena suerte concebibles aparecían allí; un mosaico completo de talismanes para todas las situaciones que pudieran surgir—. La llevo veinticuatro horas de delantera, muchacho —declaró—. Ignoro qué es eso del Segundo Nabí y de dónde sacaron esa religión árabe o lo que sea. pero me tiene sin cuidado. —Agitó uno de los amuletos, un medallón de oro, en el que se entretejían en círculos varios símbolos cifrados—. No se meta conmigo, sino quiere que le arroje encima una plaga de ratas, que le destrozarán en unos minutos.

    Llegó la cerveza de Hamilton, el cual la aceptó sin remilgos y la bebió ávidamente. Rumores, alboroto, personas, actividad humana, la animación hervía en torno suyo; momentáneamente satisfecho, se relajó y se dejó envolver por el estruendo general. Se hundió en él y, cuando llegó al fondo, comprendió que tampoco podía hacer otra cosa.

    ¿Quién es tu amigo? —preguntó la rubia de semblante afilado, tras colocarse junto a McFeyffe y pasarle un brazo por encima del hombro—. Un chico muy mono.

    —Apártate —replicó McFeyffe, de buen talante—. ¿O quieres que te convierta en gusarapo?
    —¡Qué listo! —se mofó la joven. Se levantó la falda y señaló un pequeño objeto blanco que llevaba debajo de la liga—. Anda, prueba a vencer a eso —retó a McFeyffe.

    El policía contempló fascinado aquel objeto.

    —¿Qué es?
    —El metatarso de Mahoma.
    —Los santos nos protegen —articuló McFeyffe en tono devoto, y tomó un sorbo de cerveza.

    La muchacha se bajó la falda de nuevo y dirigió la palabra a Hamilton.

    —¿No le he visto antes por aquí? Trabaja al otro lado de la calle, ¿no?, en esa gigantesca fábrica de bombas.
    —Trabajaba —repuso Hamilton.
    —Además de bromista, es rojo —advirtió McFeyffe, sin hiel—. Y todo un ateo.

    La rubia se echó hacia atrás, horrorizada.

    —¿Habla en serio?
    —Pues, claro —confirmó Hamilton. En aquel punto, todo le daba igual—. Soy la tía solterona de León Trotsky. Alumbré a Pepe Stalin.

    Al instante, un ramalazo demoledor surcó su abdomen. Se dobló sobre el mismo, cayó al suelo desde el taburete y se apretó el vientre con ambas manos, mientras el agónico dolor le obligaba a rechinar los dientes.

    —Justo castigo a su perversidad —manifestó McFeyffe, sin compasión.
    —¡Ayúdenme! —rogó Hamilton.

    La muchacha se agachó a su lado, solícita.

    —¿No le da vergüenza? ¿Dónde tiene su Zunán?
    —En casa —susurró Hamilton, cuya piel tenía una tonalidad cenicienta. Renovados latigazos le sacudían las interioridades—. Me estoy muriendo. Me ha estallado el apéndice.
    —¿Dónde guarda la rueda de jaculatorias? ¿En algún bolsillo de la chaqueta?

    La rubia empezó a registrarle la chaqueta rápidamente; sus dedos ágiles parecían tener alas durante las manipulaciones entrando y saliendo de los bolsillos.

    —Avisen... a... un... médico —logró articular Hamilton.

    El camarero se llegó hasta el caído.

    —Sáquenle del local o consigan que se levante —dijo en tono brusco— No puede morirse aquí dentro.
    —¿Tiene alguien un poco de agua bendita? —solicitó la muchacha, con aguda voz de soprano.

    La masa de clientes se agitó; por último, un frasquito inició su recorrido, yendo de mano en mano.

    —No la gaste toda —advirtió el dueño del botellín, dando a sus palabras un matiz quisquilloso—. Se llenó en la fuente de Cheyenne.

    Una vez desenroscado el tapón, la joven se echó unas gotas de agua en las puntas de sus dedos, de uñas pintadas de rojo, y se apresuró a rociar a Hamilton con el tibio líquido. En cuanto le tocó el agua, los dolores empezaron a disminuir. Una oleada de alivio se extendió por su cuerpo torturado. Al cabo de un momento y con la ayuda de la muchacha, Hamilton estuvo en condiciones de incorporarse.

    —La maldición ha desaparecido —observó la rubia como la cosa más natural del mundo. Devolvió el agua bendita a su dueño—. Gracias, señor.
    —Que le sirvan una cerveza a ese hombre —dijo McFeyffe, sin volverse—. Es un auténtico seguidor del nabismo.

    Mientras la espumeante jarra de cerveza pasaba de mano en mano, Hamilton consiguió trepar penosamente hasta el taburete. Nadie le prestó atención; la rubia estaba haciéndole la rosca al propietario del frasco de agua bendita.

    —Este es un mundo demente —opinó Hamilton, hablando con las mandíbulas apretadas.
    —De demente, nada —respondió McFeyffe—. ¿Qué tiene de demente? No he pagado una sola cerveza en todo el día. —Agitó su muestrario de amuletos—. Todo lo que tengo que hacer es apelar a esto.
    —Explíquemelo —murmuró Hamilton—. Este sitio... este bar. ¿Por qué no lo borra Dios del mapa? Si este mundo está sometido a leyes morales...
    —Esta cantina es necesaria para el mantenimiento del orden moral. Esto es un pozo muerto de vicio y corrupción, una olla de inquietud. ¿Cree que puede funcionar la salvación si no existe la contrapartida de la condena? ¿Cree que puede haber virtud si no hay pecado? Eso es lo malo de los ateos no captan la mecánica de la maldad. Entre y disfrute de la vida, hombre. Si pertenece al ejército de los fieles, no tiene por qué preocuparse.
    —Oportunista.
    —Puede apostar su alma feliz.
    —De forma que Dios le permite pasarse las horas muertas aquí sentado, trasegando alcohol y pasándolo en grande con esas rapazas. Mintiendo y soltando tacos... haciendo lo que le da la real gana.
    —Conozco mis derechos —expuso McFeyffe taimadamente—. Sé lo que hay en la cima. Mire a su alrededor y aprenda. Fíjese en lo que ocurre:

    Clavado en la pared del bar, junto al espejo, había una frase: «¿QUÉ DIRÍA EL PROFETA SI TE ENCONTRASE EN UN LUGAR COMO ÉSTE?»

    —Sé lo que diría —informó McFeyffe a Hamilton—. Diría: «Servidme una copa a mí también, muchachos.» Es un compañero normal. No como esos intelectuales calvos que dan lecciones.

    Hamilton aguardó esperanzado, pero no se produjo ninguna lluvia de serpientes sobre McFeyffe. Con aire confiado, complacido, éste tomó otro trago de cerveza.

    —Al parecer, no estoy dentro —declaró Hamilton—. Si hubiese dicho una cosa así, habría caído fulminado.
    —Procure entrar. Decídase.
    —¿Cómo? —quiso saber Hamilton.

    Le abrumaba el peso de la sensación de falta de equidad, de la injusticia básica de todo aquello. El mundo que para McFeyffe resultaba de una lógica perfecta a él le parecía la parodia de un universo regido con imparcialidad. Ante sus ojos, apenas se mostraba el centelleo intermitente de luces fugaces, que atravesaban la neblina y la confusión que le envolvía desde el accidente, pero que no llegaban a iluminar del todo el conjunto del diseño. Los valores que habían constituido su mundo, los axiomas morales que subrayan la existencia, conforme a sus recuerdos, eran algo desaparecido ya; en su lugar, reemplazándolos, había el sentimiento de una tosca venganza tribal, que se alzaba en contra de todo posible intruso, un sistema arcaico, procedente de... ¿de dónde?

    Con movimientos poco firmes, hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la nota que le había entregado el doctor Tillingford. Allí estaba el nombre, el profeta. El centro era el Sepulcro del Segundo Nabí, la alfaguara de aquel culto nada occidental que, vaya usted a saber cómo, se introdujo y absorbió el mundo en el que se había desarrollado la vida de Hamilton. ¿Siempre hubo un Horace Clamp? Una semana, unos cuantos días antes, en Cheyenne, Wyoming, no existía ningún Segundo Nabí, ningún profeta del único Dios verdadero. ¿O si...?

    A su lado, McFeyffe se inclinó para escudriñar lo escrito en el trazo de papel. En su cara se veía una expresión oscura; brillaba por su ausencia el jactancioso humor de que hizo gala hasta entonces; su talante había cambiado, se le notaba lúgubre, duro y opresivo.

    —¿Qué es eso? —preguntó.
    —Me han aconsejado que vaya a ver a este hombre —respondió Hamilton.
    —No —repuso McFeyffe. De forma inopinada, adelantó la mano y cogió la nota. Hablaba con voz temblona—. Tiene que desembarazarse de eso No haga caso a quien le dio tal consejo.

    Reaccionando, Hamilton recuperó la nota. McFeyffe le puso la mano en el hombro; sus gruesos dedos se clavaron en la carne del ingeniero. Se tambaleó el taburete en el que Hamilton estaba sentado y, al instante, el muchacho se vino al suelo. La maciza humanidad de McFeyffe descendió sobre él y, acto seguido, ambos empezaron a forcejear por el piso, sudando y jadeando, tratando de entrar en posesión de la nota y conservarla.

    —Las trifulcas están prohibidas en este bar —dijo el camarero, y salió cojeando de detrás del mostrador, dispuesto a poner fin a la pelea—. Si quieren despedazarse mutuamente, salgan a la calle a hacerlo.

    Mientras mascullaba algo entre dientes, conminó a Hamilton, al tiempo que se alisaba la ropa. Su rostro continuaba tenso y rígido, y contraído por alguna inquietud yacente en el fondo de su espíritu.

    —¿Qué es lo que pasa? —inquirió Hamilton.

    Volvió a sentarse. Localizó su jarra de cerveza y se dispuso a levantarla. Algo ocurría en el embrutecido cerebro de McFeyffe, pero ignoraba qué podía ser.

    En aquel preciso instante, la rubia que se ganaba la vida incitando a los clientes a beber y a invitarla, se acercó a ellos. Iba acompañada de una figura lastimera y enjuta.

    Bill Laws, con un vaso de aperitivo en la mano, se inclinó lúgubremente ante Hamilton y McFeyffe.

    —Buenas tardes —saludó—. Tengamos la fiesta en paz. Déjense de riñas. Por aquí, todos somos amigos.

    Sin apartar la vista de la superficie del mostrador, McFeyffe repuso:

    —Sopesando bien todas las cosas, es lo mejor que podemos hacer; ser amigos.

    No dio más detalles.


    VI


    ESTE INDIVIDUO asegura que le conoce —explicó la rubia menudita a Hamilton.

    —Es cierto —contestó el ingeniero—. Arrastre un taburete y siéntese.
    —Miró a Laws cara a cara—. ¿Ha examinado la situación en las últimas veinticuatro horas con el auxilio de la física avanzada?
    —Al diablo con la física —replicó Laws, frunciendo el ceño—. Ya he superado eso. Lo dejé muy atrás.
    —Vaya a construir un depósito —dijo Hamilton—. No lea tantos libros. Salga a tomar el aire.

    Laws apoyó su mano delgada en el hombro de la rubia.

    —Gracia, eso es lo que encontré. Un depósito lleno. Rebosante.
    —Me alegro de ese encuentro —manifestó Hamilton.

    La joven sonrió, no muy segura del fondo de aquel diálogo.

    —No me llamo Gracia. Mi nombre es...

    Apartándola a un lado, Laws se inclinó hacia Hamilton.

    —De lo que yo me alegro es de que haya sacado usted a relucir la palabra «depósito».
    —¿Por qué?
    —Porque —le informó Laws— en este mundo no existe tal cosa.
    —Venga conmigo. —Laws agarró la corbata de Hamilton y tiró de él para apartarle del mostrador—. Voy a enseñarle algo. El mayor descubrimiento efectuado desde la capitación.

    Abriéndose paso por entre los clientes, Laws condujo a Hamilton hasta la máquina de servicio automático de cigarrillos que había en un rincón de la sala. A la vez que daba una palmadita al aparato, Laws declaró en tono de triunfo:

    —Bien, ¿qué opina de esto?

    Hamilton examinó la máquina con cierto recelo. Su aspecto era como el de todas: una alta caja metálica, con espejo de cristal teñido de azul, ranura para introducir las monedas, situada en la parte superior, hileras de casillas encristaladas, tras cuyos vidrios estaban las distintas marcas de cigarrillos, la fila de palancas y la abertura por donde salía el paquete.

    —Me parece una máquina corriente —comentó.
    —¿No nota nada raro?
    —No, nada de particular.

    Laws lanzó una mirada en derredor para cerciorarse de que nadie les escuchaba. Luego tiró de Hamilton, aproximándose más a él.

    —Estuve observando el modo en que funciona este aparato —susurró en tono algo áspero—. Y he descubierto una cosa. Procure comprender el significado de lo que voy a decirle. Contrólese y no dé muestras de asombro. ¡En esta máquina no hay cigarrillos!

    Hamilton trató de asimilar la noticia.

    —¿Ni uno solo?

    Laws se puso en cuclillas e indicó la hilera de paquetes visibles a través del cristal de los departamentos.

    —Esos son los únicos que hay. No existe depósito de reserva. Pero mire... Metió una moneda de veinticinco centavos en la ranura, accionó la palanca correspondiente a la marca «Camel» y cogió el paquete de cigarrillos que apareció en el receptáculo inferior—. ¿Lo ve?
    —No sé a dónde quiere ir a parar.
    —Ocurre lo mismo con la máquina de chocolatinas. —Laws le llevó hasta ella—. Los bombones salen, pero en el interior no hay nada. Únicamente los paquetes de muestra. ¿Se da cuenta? ¿Lo comprende?
    —No.
    —¿Nunca leyó nada acerca de milagros? En el desierto se pudo lograr agua y comida; esa fue la primera manifestación milagrosa.
    —Ah! —exclamó Hamilton—. Exacto.

    Esas máquinas funcionan sobre la base del principio original. Distribución por milagro. —Laws se sacó un destornillador del bolsillo: se arrodilló y empezó a desmontar la máquina expendedora de chocolatinas—. Se lo aseguro, Jack, se trata del mayor descubrimiento conocido por el hombre. Esto revolucionará la industria moderna. Todo el concepto de la producción de máquinas y herramientas, toda la técnica fundamentada en el montaje en cadena... —Laws hizo un significativo movimiento con la mano—. Fuera. Abajo. Se terminó la manipulación de engorrosas materias primas. Se acabó el empleo de fuerzas laborales deprimidas. Ya no habrá más fábricas ruidosas y sucias. En esta caja metálica se guarda un importante y enorme secreto.

    —Eh —articuló Hamilton, interesado—. Tal vez ha tropezado con algo bueno.
    —Este cacharro puede resultar muy útil. —Febrilmente, Laws se aplicó a la tarea de quitar la plancha posterior de la máquina—. Écheme una mano, hombre. Ayúdeme a sacar este pasador.

    El pestillo salió. Entre ambos hombres levantaron el tabique metálico posterior y lo dejaron apoyado contra la pared. Como Laws había vaticinado, las columnas verticales que constituían los depósitos de la máquina estaban completamente vacías.

    —Saque una moneda —aleccionó Laws.

    Con destreza extraordinaria fue desarmando el mecanismo interior hasta dejar visible, por detrás, los bombones y dulces de muestra. A la derecha estaba el conducto que llevaba la mercancía afuera, sobre el cual se montaba una compleja serie de departamentos, palancas y ruedas. Laws comenzó a rastrear el circuito, tratando de determinar su punto de origen.

    —Parece que la chocolatina parte de aquí —sugirió Hamilton. Se inclinó por encima del hombro de Laws y tocó un estante liso—. La moneda empuja a una varilla e inclina ese émbolo, el cual impele a la chocolatina hacia el tubo que enlaza con el departamento exterior. La fuerza de gravedad se encarga del resto.
    —Introduzca la moneda —apremió Laws—. Quiero ver de dónde sale esa maldicha chocolatina.

    Hamilton puso la moneda en la ranura y activó un émbolo cualquiera. Se movieron las palancas y giraron las ruedas. Del centro de aquel complicado mecanismo brotó una chocolatina en forma de bastón. La chocolatina descendió por el conducto y fue a descansar en la casilla de salida.

    —Surgió de la nada —dijo Laws, aterrado.
    —Pero en una zona específica. Apareció en tangente respecto a la que está de modelo. Lo cual indica la existencia de alguna especie de proceso de fisión binaria. La chocolatina de muestra se convierte en dos barras completas.
    —Eche otra moneda. Insisto, Jack, esto es algo enorme.

    De nuevo se materializó una chocolatina, que fue expelida por el eficiente aparato. Ambos hombres contemplaron aquello con la boca abierta.

    —Lo que se dice una señora máquina —reconoció Laws—. Un magnífico trabajo de diseño y construcción. Un empleo formidable del principio del milagro.
    —Pero utilizado a pequeña escala —señaló Hamilton—. Para dulces, bebidas y cigarrillos. Nada importante.
    —Ahí es a donde vamos. —Con cuidado, Laws puso una pequeña lámina de hojalata en un departamento vacío, junto a un galón dorado de muestra. La lámina de hojalata no encontró resistencia—. No hay nada, claro. Si quito el modelo y coloco en su lugar alguna otra cosa...

    Hamilton quitó el galón dorado y puso un tapón corona en la casilla. Cuando se activó la palanquita, otro tapón corona se deslizó por el tubo conductor hacia la salita.

    —Eso lo demuestra —manifestó Laws—. El aparato duplica cualquier cosa que se sitúe en tangente al modelo. Podríamos duplicarlo todo. —Sacó algunas monedas de plata—. Al negocio.
    —¿Qué tal estaría definirlo con la palabra de un viejo principio electrónico? —propuso Hamilton—. Regeneración. Con una parte de lo que se produce. se va alimentando el molde del modelo original. De forma que la provisión continúa fabricándose.., multiplicándose... Cuanto más se produce y vuelve al punto de partida, donde se duplica...
    —Lo mejor sería probar con un líquido —reflexionó Laws—. ¿Dónde podríamos conseguir un tubo de cristal para devolver el líquido al sitio en que se efectúa la renovación duplicada?

    Hamilton arrancó de la pared un tubo de neón, mientras Laws se llegaba al mostrador y pedía de beber. Cuando Hamilton estaba instalando el tubo, reapareció Laws con un copita llena de líquido ambarino.

    —Coñac —explicó—. Auténtico coñac francés... del mejor que tienen en este establecimiento.

    Hamilton puso la copa en la plataforma de muestra, donde había estado el galón. El tubo, previamente vaciado de su gas neón, partía de la zona de duplicación y se dividía. Una de sus bocas regresaba a la copa de origen; el otro ramal iba a la salida.

    —La proporción es de cuatro a uno —comentó Hamilton—. Cuatro partes por la abertura en forma de producto. Una servirá para alimentar la fuente de origen. Teóricamente, la producción se irá acelerando de modo continuo. Con un volumen infinito como límite.

    Con hábil movimiento, Laws accionó la palanca que ponía en funciones el mecanismo. Al cabo de una breve pausa, el coñac empezó a gotear por la abertura de salida y a caer en el suelo, delante de la máquina. Laws se puso en pie y cogió la plancha posterior del aparato; los dos hombres volvieron a colocar el pasador en su sitio y la máquina quedó cerrada. Queda, constantemente, el expendedor de dulces y chocolatinas fue expulsando una creciente cantidad de licor de primera clase.

    —Eso es —dijo Hamilton complacido—. Bebida gratis para todos... Hagan cola, señores.

    Unos cuantos clientes se acercaron, interesados. En cuestión de minutos, una verdadera multitud se apiñaba allí.

    —Hemos utilizado el mecanismo —silabeó Laws despacio, mientras Hamilton y él observaban la cada vez más larga fila de hombres que se había formado delante del poco antes expendedor automático de golosinas. Pero no hemos descubierto el principio fundamental. Sabemos qué hace y, mecánicamente cómo lo hace. Pero ignoramos el porqué.
    —Tal vez —conjeturó Hamilton— no hay ningún principio que descubrir. ¿No es ése el significado del término «milagro»? No interviene ley alguna... sólo se trata de un acontecimiento caprichoso, sin causa ni regularidad. Simplemente sucede. Una afirmación de regularidad. No puede hablarse de casualidades... Viene a ser como decir que a A le sumamos B, el resultado es C, y no D.
    —¿Siempre será C ese resultado? —preguntó Hamilton.
    —Quizá sí y quizá no. Hasta ahora, siempre ha sido C; salieron chocolatinas. Y en este momento, sale coñac, no insecticida. Tenemos nuestra regularidad, nuestro patrón. Todo lo que hemos hecho es descubrir los elementos que se necesitan para establecer ese patrón.

    Acaloradamente, Hamilton dijo:

    —Si averiguamos lo que ha de estar presente para ocasionar la duplicación del modelo...
    —Exacto. Algo pone en funciones el proceso. No nos importa cómo... lo que nos hace falta es saber qué. No es necesario que sepamos cómo es que el sulfuro, el nitrato de potasa y el carbón vegetal producen pólvora, ni siquiera es imprescindible saber por qué. Pero sí debemos saber que, cuando todos esos ingredientes se mezclan, se reúnen en determinada proporción, constituyen la pólvora.

    Hamilton y Laws regresaron hacia el mostrador, dejando a la multitud de clientes entregada a su degustación de coñac gratuito.

    —Eso significa que este mundo posee leyes —decidió Hamilton—. Como el nuestro. Bueno, leyes como las del nuestro, no. Pero leyes, a fin de cuentas.

    Una sombra de preocupación pasó por el semblante de Bill Laws.

    —Así es. —De súbito, todo su entusiasmo se desvaneció—. Lo había olvidado:
    —¿Qué hay de malo?
    —Eso no resulta en nuestro mundo. Sólo funcionará aquí.
    —Ah —dijo Hamilton, aliviado—. Cierto.
    —Estamos perdiendo el tiempo.
    —So pena de que no queramos volver.

    Ya ante el mostrador, Laws se sentó en un taburete y recuperó su vaso de aperitivo. Encorvado, meditabundo, murmuró:

    —Tal vez sea eso lo que debamos hacer. Quedarnos aquí.
    —Desde luego —intervino McFeyffe, que le había oído—. Quédense aquí. Sean listos... abandonen a tiempo.

    Laws dirigió a Hamilton una fugaz mirada.

    —¿Usted quiere seguir en este mundo? ¿Le gusta esto?
    —No —respondió Hamilton.
    —A mí tampoco. Pero acaso no tengamos donde elegir. Ni siquiera sabemos aún dónde estamos. Y en cuanto a la manera de marchar...
    —Este es un lugar estupendo —terció la rubia en tono indignado—. Me paso aquí la vida y opino que es magnífico.
    —No nos referíamos al bar —dijo Hamilton.

    Laws apretó su vaso con fuerza.

    —Tenemos que descubrir la forma de regresar —manifestó—. No sé cómo, pero hay que dar con la salida.
    —Me hago cargo de eso —repuso Hamilton.
    —¿Sabe qué puede uno comprar en el supermercado? —inquirió Laws con voz avinagrada—. Se lo diré. Latas de ofrendas cocidas.
    —¿Sabe lo que uno puede comprar en la ferretería? —preguntó Hamilton a su vez— Balanzas en las que pesar su alma.
    —Eso es una estupidez —declaró la rubia, petulante—. El alma no pesa.
    —En ese caso —articuló Hamilton reflexivamente—, uno puede mandarlas por correo sin franquearlas.
    —¿Cuántas podrían meterse en un sobre y remitirlas con un sello corriente? —conjeturó Laws, irónico—. Nueva cuestión religiosa. La humanidad dividida en dos bandos. La sangre llegando al río.
    —Diez —aventuró Hamilton.
    —Catorce —le contradijo Laws.
    —Hereje. Monstruo infanticida.
    —Bestial bebedor de sangre impura.
    —Maldito retoño de demonio devorador de basura.

    Laws meditó durante unos segundos.

    —¿Sabe lo que podrá ver en la pantalla de su televisor los domingos por la mañana? No voy a decírselo; averígüelo personalmente.

    Conservando con cuidado el vaso vacío, Laws se bajó bruscamente del taburete y desapareció entre la numerosa clientela.

    —¡Eh! —exclamó Hamilton, pillado por sorpresa—. ¿A dónde va?
    —Está loco —dijo la rubia, como quien habla del tiempo.

    La figura de Bill Laws reapareció momentáneamente al cabo de unos minutos. Gritó, dirigiéndose a Hamilton por encima del rumor de voces y carcajadas que emitían los numerosos clientes:

    —¿Sabe una cosa, Jack?
    —¿Qué? —preguntó Hamilton, intranquilo.

    El semblante del negro se contorsionó en un espasmo de pura angustia desesperada.

    —En este mundo... —La amargura enturbió sus ojos—. En este maldito mundo, he empezado a perder.

    Se marchó, dejando a Hamilton meditabundo.

    —¿Qué quiso decir? —inquirió la rubia curiosa—. ¿Acaso juega a las cartas?
    —Se pierde él —murmuró Hamilton pensativamente.
    —A casi todos les ocurre lo mismo —comentó McFeyffe.

    La muchacha ocupó el taburete que Laws había dejado vacante e inició una maniobra sistemática para engatusar a Hamilton.

    —Anda, chico, invítame a un trago —pidió, esperanzada.
    —No puedo.
    —¿Por qué no? ¿Eres menor de edad?

    Hamilton se volvió los bolsillos al revés.

    —No tengo una perra. Gasté todo el dinero que llevaba en la máquina automática de golosinas.
    —Rece —aconsejó McFeyffe—. Rece con toda su alma.
    —Dios santo —dijo Hamilton con pesar—. Concede a tu miserable especialista en electrónica un vaso de agua teñida para que convide con ella a una desflorada joven prostituta. —Concluyó sumisamente—: Amén.

    El vaso de agua de color de whisky surgió sobre la superficie del mostrador, junto a su brazo. La muchacha lo aceptó, sonriente.

    —Eres un encanto ¿Cómo te llamas?
    —Jack.
    —Dime tu nombre completo.

    Hamilton suspiró.

    —Jack Hamilton.
    —El mío es Silky. —La rubia jugueteó con su collar—. ¿Es tuyo ese «Ford» cupé aparcado ahí fuera?
    —Sí —respondió Hamilton torpemente.
    —Vayámonos a algún otro lugar. Empiezo a aborrecer esta cantina Yo...
    —¿Por qué? —soltó Hamilton como un trallazo, inopinada y sonoramente—. ¿Por qué rayos tuvo Dios que atender mi oración? ¿Por qué no le ocurrió esto a cualquier otro? ¿Por qué no a Bill Laws?
    —Dios aprobó tu plegaria —dijo Silky—. Al fin y al cabo, es cosa de Él; sólo a Él le corresponde decidir en esas cosas.
    —Es terrible.

    Silky se encogió de hombros.

    —Tal vez.
    —¿Cómo puede uno vivir en este ambiente? Uno nunca sabe lo que va a suceder... no hay orden ni lógica en los acontecimientos. —Le enfureció el hecho de que la joven no pusiera objeciones, de que considerase todo aquello como la cosa más natural del universo—. Estamos desamparados, dependemos del capricho de lo imprevisible. Esto nos impide ser personas... somos como animales que esperan que les den la comida. Que se les recompense o se les castigue.

    Silky se le quedó mirando.

    —Eres un chico muy extraño.
    —Tengo treinta y dos años, no soy ningún adolescente. Y estoy casado. Cariñosamente, la muchacha le tiró del brazo, medio quitándole de encima del taburete.
    —Vamos, chico. Practiquemos el culto en privado. Conozco unos cuantos ritos que acaso te guste ensayar.
    —¿Tengo que descender al Averno para eso?
    —Si alternas con las personas adecuadas, no hace falta.
    —Mi nuevo jefe posee un sistema intercomunicador que le pone en contacto con la Gloria. ¿Sirve?

    Silky continuó apremiándole para que abandonase el taburete.

    —Hablaremos luego de ello. Vámonos antes de que ese simio holandés se dé cuenta.

    McFeyffe alzó la cabeza y dirigió la vista hacía Hamilton. Manifestó, con voz tensa y vacilante:

    —¿Se... se va?
    —Pues, claro —articuló Hamilton, mientras se bajaba del precario asiento.
    —Aguarde —le imitó McFeyffe—. No se marche así.
    —Preocúpese exclusivamente de su alma —recomendó Hamilton. Pero captó en el rostro de McFeyffe un elemento de incertidumbre total—. ¿Qué ocurre? —preguntó, sin asomo de enfado.
    —Quiero enseñarle algo —repuso McFeyffe.
    —¿Enseñarme qué?

    McFeyffe se adelantó a Hamilton y Silky y cogió un inmenso paraguas negro. Volvió la cabeza y esperó a la pareja. Hamilton echó a andar y la rubia hizo lo propio. Tras empujar la puerta, McFeyffe abrió el paraguas, que parecía una tienda de campaña, y lo levantó por encima de sus cabezas, protegiéndoles. La ligera llovizna anterior se había transformado en diluvio; la gélida lluvia de otoño se abatía sobre las brillantes aceras y sobre las silenciosas calles y tiendas.

    Silky se estremeció.

    —Es deprimente. ¿A dónde vamos?

    Al tiempo que trataba de localizar el cupé de Hamilton, escudriñando la penumbra, McFeyffe murmuraba para si un monótono:

    —Todavía debe de existir.
    —¿Por qué supone que Laws anda a tientas, sintiéndose extraviado? preguntó Hamilton morbosamente, mientras el automóvil avanzaba a toda velocidad por la húmeda carretera sin fin—. Nunca le había sucedido nada semejante.

    En el asiento del conductor, McFeyffe guiaba el coche con aire reflexivo, encorvado el cuerpo, tan derrumbado que casi parecía dormido. Se irguió antes de murmurar—: Como dije, a casi todos les pasa.

    —Eso significa algo —insistió Hamilton. El «suiss, suiss» repetido del limpiaparabrisas le producía modorra; se reclinó en Silky y cerró los párpados. La muchacha despedía un tenue perfume a colonia y tabaco rubio. Un aroma agradable... Hamilton disfrutó de él. Contra su mejilla, el pelo de Silky producía un roce leve, seco, algo áspero. Como ciertas esporas de hierba.
    —¿Se ha enterado a fondo de esa doctrina del Segundo Nabí? —manifestó McFeyffe—. Vaya sarta de tonterías hinchadas y grandilocuentes. Un culto estúpido, propagado por una pandilla de mentecatos. Parece que todo empezó con una partida de árabes, que se presentaron aquí dispuestos a divulgar sus ideas. ¿No es cierto?

    Ni Hamilton ni Silky respondieron.

    —No durará mucho —dijo McFeyffe.
    —Quiero saber a dónde vamos —terció Silky, de mal talante. Se apretó Contra Hamilton con más fuerza—. ¿De veras estás cansado?

    Sin hacerla caso, Hamilton se dirigió a McFeyffe:

    —Sé qué es lo que teme.
    —No temo nada —replicó McFeyffe.
    —Ya lo creo que sí —insistió Hamilton.

    Tampoco él, aun en contra de sí mismo, estaba muy tranquilo.

    Por delante del automóvil, la ciudad de San Francisco fue aumentando de tamaño al acercarse a ellos. Por último, se encontraron flanqueados por edificios y rodando por calles en las que no se percibía señal ninguna de vida, de movimiento, de ruido o de luz. McFeyffe daba la impresión de saber perfectamente a dónde quería ir. Torció una y otra vez, hasta que el coche estuvo avanzando por callejuelas estrechas de arrabal. De súbito, aminoró la marcha. Se irguió cuanto pudo y oteó a través del cristal del parabrisas. La aprensión puso rigidez en sus facciones.

    —Esto es espantoso —se quejó Silky—. ¿Qué se nos ha perdido en esta barriada miserable? No lo entiendo.

    Hundió la cabeza en la chaqueta de Hamilton.

    McFeyffe detuvo el vehículo, abrió la portezuela, se apeó y dio unos pasos por la desierta calle. Hamilton le siguió y ambos hombres se quedaron inmóviles, uno junto a otro. Silky prefirió quedarse en el automóvil, dedicada a escuchar la música insípida que brotaba del aparato de radio. El apagado sonido se esparcía por la oscuridad, mezclándose con la niebla, cuyos jirones vagaban entre los cerrados comercios y las destartaladas y toscas construcciones.

    —¿Es eso? —preguntó Hamilton, por último.
    —Sí —McFeyffe asintió con la cabeza. En aquel momento, frente a la realidad, no manifestaba ninguna emoción.

    Los dos hombres se encontraban ante una tienda desvencijada y ruinosa, una decrépita estructura de tablas, cuyo color amarillo se lo había llevado el tiempo, dejando al descubierto la madera empapada por la lluvia.

    A la entrada se amontonaba la basura y los periódicos. La escasa claridad de un farol callejero permitió a Hamilton distinguir varios carteles pegados a los cristales de las ventanas. Folletos, amarillentos y manchados por las moscas, se apilaban desordenadamente. Un poco más allá, se veía una cortina sucia y raída, tras de la cual podían vislumbrarse hileras de sillas metálicas. Después de las feas sillas, el interior del local permanecía sumido en tinieblas. Encima de la entrada de la tienda había un letrero escrito a mano, viejo y andrajoso. Decía:

    Iglesia Independiente del Nabismo
    Bienvenido todo el mundo


    Tras un gruñido furioso, McFeyffe reaccionó y cruzó la acera.

    —Es mejor que lo deje —aconsejó Hamilton, al tiempo que se disponía a seguirle.
    —No —McFeyffe sacudió la cabeza—. Voy a entrar.

    Levantó el negro paraguas y se llegó al breve vestíbulo del local. De inmediato, empezó a martillear la puerta interior con el mango del paraguas. El ruido de sus golpes metódicos se repitió en ecos que recorrieron la calle desierta, yendo de un extremo a otro. En algún punto de vaya usted a saber qué callejón, un animal se agitó, sorprendido, entre las latas y botes que sin duda sembraban el suelo.

    El hombre que, al cabo de un rato, entreabrió la puerta unos centímetros, tenía una figura encorvada y diminuta. Les escudriñó tímidamente a través de los cristales de unas gafas con montura de acero. Los puños de su camisa estaban sucios y deshilachados; sus ojillos acuosos, de tonalidad cobriza, se movían en las órbitas nerviosa y precavidamente. El individuo temblaba y aunque estuvo unos segundos contemplando a McFeyffe no dio muestras de reconocerle.

    —¿Qué desean? —inquirió por fin, con voz apenas audible, pero penetrante a causa del miedo.
    —¿No me conoce? —repuso McFeyffe—. ¿Qué ha ocurrido, padre? ¿Dónde está la iglesia?

    El reseco anciano murmuró algo incoherente, hizo un gesto vago con las manos y se dispuso a dar con la puerta en las narices a sus visitantes.

    —Váyanse de aquí —conminó—, pareja de borrachos inútiles. Márchense si no quieren que avise a la policía.

    Cuando la hoja de madera estaba a punto de cerrarse del todo, McFeyffe lo impidió metiendo su paraguas por el resquicio.

    —Padre —imploró—, esto es terrible. No logro comprenderlo. Le han robado su iglesia. Y usted es... insignificante. No puede ser. —Se le quebró la voz, anonadada por la incredulidad—. Usted solía manifestarse... —Se volvió a Hamilton con expresión de desamparo—. Era un hombre impresionante. Más alto y corpulento que yo.
    —Aléjense de aquí —insistió el minúsculo hombrecillo. Su tono era un zumbido de advertencia.
    —¿No podemos entrar? —preguntó McFeyffe, sin molestarse en quitar el paraguas del resquicio—. Por favor, permítanos entrar. ¿A qué otro sitio podríamos ir? He venido acompañado de un hereje... quiere convertirse.

    El sujeto menudo titubeó. Al tiempo que esbozaba una mueca de angustia, escrutó a Hamilton.

    —¿Usted? ¿Qué le pasa? ¿Es que no puede volver mañana? Hace rato que la medianoche quedó atrás; había empezado mi segundo sueño...

    Se decidió a franquearles la entrada, abrió la puerta y se apartó a un lado de mala gana.

    —¿Vio el templo antes? Una gran obra de piedra, tan grande como... —Hizo un ademán desesperanzado—. El mayor de todos —McFeyffe puso cara de abatimiento al concluir—: Y esto es cuanto queda.
    —Le costará diez dólares —informó el hombrecillo. Les había precedido e, inclinándose, sacó una urna de arcilla de debajo del mostrador. Sobre este se veían montones de impresos y folletos. Cayeron varios al suelo, pero el hombre no se percató de ello—. Por adelantado —dijo.

    Al tiempo que se rebuscaba en los bolsillos, McFeyffe lanzó una mirada en torno.

    —¿Dónde está el órgano? ¿Y los candelabros? ¿Es que ni siquiera tiene candelabros?
    —No puedo permitirme esa clase de lujos —respondió el hombrecillo. Retrocedió hacia el fondo de la sala—. Veamos, ¿qué es lo que quiere? ¿Que convierta a este hereje? —Se acercó a Hamilton, le agarró de un brazo y le examinó atentamente—. Soy el padre O'Farrel. Tendrá que arrodillarse, joven. Y agachar la cabeza.
    —¿Siempre ha sido así? —interrogó Hamilton.

    Tras una breve pausa, el padre O’Farrel dijo:

    —¿Cómo, qué? ¿A qué se refiere?

    Una oleada de lástima pasó por el ánimo de Hamilton.

    —Olvídelo.
    —Nuestra organización es muy antigua —declaró el padre O'Farrel, no sin titubear—. ¿Es eso lo que usted deseaba saber? Se remonta a varios siglos. —Le temblaba la voz—. Estaba fundada incluso antes de que llegase el Primer Nabí. No estoy muy seguro acerca de la fecha exacta de su origen. Dicen que... —Se interrumpió—. No poseemos lo que se llama autoridad. El Primer Nabí, naturalmente, procede de 1844. Pero con anterioridad a ese año...
    —Deseo hablar con Dios —manifestó Hamilton.
    —Sí, sí —convino el padre O'Farrel—. Y yo también, joven. —Palmeó a Hamilton en el brazo; la presión fue tan leve que casi no la notó—. Lo mismo que todo el mundo.
    —¿No puede ayudarme? —pidió Hamilton.
    —Es muy difícil —repuso el padre O'Farrel. Desapareció dentro de una oscura trastienda, una especie de caótico almacén. Regresó, jadeando y bamboleándose, cargado con una cesta de mimbre llena de huesos clasificados, fragmentos, trozos de piel seca y cabellos marchitos—. Esto es cuanto hemos podido conseguir —anunció entrecortadamente, mientras dejaba la cesta en el suelo—. Acaso encuentre algo útil. Me alegraría mucho que fuera así.

    Al elegir Hamilton cuidadosamente algunas de aquellas piezas, McFeyffe intervino con voz trémula:

    —Mírelo. Imitaciones. Bisutería rara.
    —Hacemos todo lo que nos es posible —se excusó el padre O'Farrel, y unió sus manos con fuerza.
    —¿Existe algún medio para llegar allá arriba? —preguntó Hamilton.

    Por primera vez, el padre O'Farrel sonrió.

    —Tendría que morir, joven.

    McFeyffe recogió su paraguas y echó a andar en dirección a la puerta.

    —Salgamos de aquí —incitó a Hamilton en tono cansino—. Vámonos ya. Tengo bastante.
    —Aguarde —pidió Hamilton.

    McFeyffe se detuvo.

    —¿Por qué quiere hablar con Dios? ¿Qué conseguirá? No le cuesta nada hacerse una idea acerca de la situación. Mire en torno.
    —Él es el único que puede explicarnos lo sucedido.

    Al cabo de una pausa, McFeyffe replicó:

    —Me tiene sin cuidado lo que sucedió. Me largo.

    Actuando con rapidez, Hamilton dispuso un circulo de huesos y dientes, un aro de reliquias.

    —Écheme una mano —invitó a McFeyffe—. También está metido en esto.
    —Lo que pretende —dijo el capitán— es un milagro.
    —Ya lo sé —confesó Hamilton.

    McFeyffe regresó sobre sus pasos.

    —No servirá de nada. Es lo que se dice inútil.

    Permaneció inmóvil, con el inmenso paraguas negro en la mano. El padre O'Farrel paseaba inquieto de un lado a otro de la estancia, aturdido y confuso, sin entender lo que estaba pasando.

    —Quiero saber cómo se desencadenó este asunto —dijo Hamilton—. Deseo enterarme de lo que es y significa el Segundo Nabí y todo este jaleo. Si no lo averiguo...

    Alargando el brazo, arrebató a McFeyffe el enorme paraguas negro y, tras respirar hondo, lo levantó. Como si un buitre extendiese las alas, las varillas y la tela del paraguas se abrieron sobre Hamilton; cayeron unas cuantas gotas de humedad.

    —¿A qué viene esto? —inquirió McFeyffe, que se adelantó hasta el otro lado del círculo de reliquias para recuperar su paraguas.
    —Cuidado —Hamilton apretaba con firmeza el mango del paraguas, mientras se dirigía al padre O'Farrel—: ¿Es agua lo que hay en ese recipiente?
    —S... sí —repuso el hombrecillo, después de echar un vistazo a la urna de barro indicada—. Hay un poco en el fondo.
    —Al mismo tiempo que derrame el agua —alecciono Hamilton—, recite esa parte de la ascensión.
    —¿Ascensión? —Perplejo, el padre O'Farrel retrocedió unos pasos—. Yo...
    —Et resurrexit. Recuerde.
    —¡Ah! —exclamó el padre O'Farrel—. Sí, eso creo. —Asintió con la cabeza, hundió la diestra en la urna de agua bendita y empezó a rociar el paraguas—. Sinceramente, dudo mucho de que esto dé resultado.
    —Recite —ordenó Hamilton.

    Con voz insegura, el padre O'Farrel murmuró:

    —...Et resurrexit tertia die secundum scripturas, et ascendit in coelum, sedet ad dexteram Patris, et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos, cujus regni non ent finis...

    Vibró el paraguas en las manos de Hamilton. Poco a poco, de un modo gradual, lento y trabajoso, el paraguas, al que también se había agarrado McFeyffe, empezó a elevarse. McFeyffe emitió un gemido de terror y se aferró con más fuerza a la empuñadura. En cuestión de segundos, la contera del paraguas tropezaba con el bajo techo del local. Hamilton y McFeyffe se columpiaban de manera absurda, agitando los pies entre las polvorientas sombras de aquellas alturas.

    —El tragaluz —jadeó Hamilton—. Ábralo.

    Al precipitarse hacia el barrote el padre O'Farrel pareció un ratoncillo que corriera asustado por allí. Se corrió la claraboya y una corriente de aire nocturno penetró en la estancia. Una vez libre del obstáculo del techo, el paraguas salió disparado hacia arriba y desapareció de la vista de Hamilton el destartalado edificio de tablas. Una fresca neblina se adosó a la piel del ingeniero y de McFeyffe, mientras se remontaban a cada vez mayor altura. Pronto estuvieron al nivel de la cumbre de Twin Peaks. Después se encontraron sobre la gran ciudad de San Francisco, suspendidos del mango del paraguas encima de una extensa bandeja de parpadeantes luces amarillas.

    —¿Qué ocurriría si nos soltamos? —gritó McFeyffe.
    —¡Rece para que Dios le conceda fuerzas! —contestó Hamilton, quien, con los ojos cerrados, dedicaba todo su vigor físico a mantenerse agarrado a la empuñadura del paraguas.

    Éste seguía elevándose y ganando velocidad de un instante para otro. Durante un breve intervalo, Hamilton tuvo suficiente valor para abrir los ojos y mirar hacia arriba.

    Por encima de su cabeza se distendía una extensión ilimitada y ominosa de negros nubarrones. ¿Qué había más allá? ¿Acaso Él les aguardaba?

    El paraguas continuaba remontándose y remontándose, surcando las tinieblas nocturnas. Era ya demasiado tarde para volver.


    VII


    A MEDIDA QUE SE ELEVABAN, el laberinto de negruras iba empezando a desvanecerse. La capa de nubes les dejó bastante mojados cuando, con un ligero quiebro, el paraguas la atravesó. En vez de la gélida oscuridad de la noche, se vieron ascendiendo por un éter grisáceo, por un vacío infinito, incoloro e informe. La nada.

    La Tierra permanecía abajo.

    Era la mejor perspectiva que Hamilton había contemplado jamás del planeta. En muchos sentidos, correspondió a sus esperanzas. Tenía forma redonda y su aspecto se asemejaba en todo a un globo. Suspendido en su medio, el globo flotaba sosegadamente: un objeto sombrío, pero impresionante.

    Impresionante sobre todo porque era único. Sobresaltado Hamilton comprobó que no aparecía a la vista ningún otro planeta. Entornó los párpados con aprensión, miró en torno y asimiló despacio, de mala gana, lo que sus ojos iban registrando.

    La Tierra estaba sola en el firmamento. A su alrededor, giraba una bolita brillante, muchísimo más pequeña, como un mosquito que zumbara y revolotease en torno a una gigantesca e inerte esfera de materia. Hamilton comprendió, con un estremecimiento de desánimo, que aquello era el sol. Un sol diminuto. Y... se movía!

    Si muove. Pero no la Tierra. Si muove... el sol!

    Por fortuna, la ígnea y brillante bolita de fosforescencia se hallaba en el lado Opuesto de la Tierra. Su giro era lento; la revolución completa se desarrollaba en un período de veinticuatro horas. En el lado más próximo se encontraba un puntito más pequeño todavía, casi imperceptible. Una pelota corroída de materia estéril, que avanzaba por el espacio, trivial y excusable.

    La luna.

    No quedaba muy lejos; si el paraguas no variaba su rumbo pasarían tan cerca del satélite que casi podrían tocarlo. Con pupilas incrédulas, Hamilton lo contempló; lo estuvo mirando hasta que volvió a alejarse por aquel espacio gris. Así, pues, ¿estaba la ciencia en un error? ¿Partía de una base equivocada todo el esquema del universo? ¿Era un yerro descomunal la vasta y preponderante estructura del sistema heliocéntrico de Copérnico?

    Lo que Hamilton tenía ante los ojos era el antiguo y superado universo geocéntrico, con una Tierra gigantesca e inmóvil como planeta único. Pudo distinguir por último a Marte y Venus, cuerpos celestes tan minúsculos que resultaban inexistentes de manera virtual. Y las estrellas. También eran increíblemente diminutas... un dosel de insignificancia. En un momento, el edificio completo de su cosmología se derrumbaba, convirtiéndose en un montón ridículo de ruinas.

    Pero eso sólo era allí. Se trataba del viejo universo de Tolomeo. No tenía nada que ver con su mundo. Un sol reducidísimo, unas estrellas microscópicas, la colosal burbuja de una Tierra exagerada e hinchada, ocupando el centro geométrico del sistema. Eso era real allí... aquel universo se regía de ese modo.

    Sin embargo, todo ello no significaba absolutamente nada en relación con el propio universo de Hamilton... gracias a Dios.

    Una vez aceptado eso, no le sorprendió particularmente observar la existencia de una cuña profunda en el fondo del espacio gris, una película rojiza, situada debajo de la Tierra. Daba la impresión de que, en lo más hondo de aquel universo, se estaba llevando a cabo una primitiva operación minera. Fraguas, hornos encendidos y, a lo lejos, una especie de volcán que hervía a fuego lento, remitían ambiguas llamaradas de siniestra tonalidad roja, para darle color a la indescriptible atmósfera.

    Era el infierno.

    Y por encima de él... Hamilton estiró el cuello. Ahora le resultaba claramente visible. La mansión celestial. Aquel era el otro extremo del sistema telefónico: la estación que habían enlazado con la Tierra, los psicólogos, los expertos en comunicaciones. Aquel era el punto A del gran cable cósmico.

    El tono gris que empañaba el espacio extendido sobre el paraguas empezó a desvanecerse. Durante un breve intervalo no hubo nada, ni siquiera el frío aire nocturno que había congelado sus huesos. Aferrado al aguas, McFeyffe miraba con creciente terror la residencia divina, a la que se iban aproximando. No se veía gran cosa de ella. Se dilataba hacia el infinito una muralla de sustancia densa, una barrera protectora que impedía la visión de la morada.

    Vagaban por encima de aquel muro una serie de motitas luminosas. Se trataba de unas partículas que subían y bajaban, avanzaban y retrocedían de modo brusco, como iones cargados. Como si fueran entes vivos.

    Probablemente, serían ángeles. Resultaba demasiado pronto para verlos bien.

    El paraguas continuaba subiendo y la curiosidad de Hamilton aumentando. Sin embargo, cosa sorprendente, estaba completamente tranquilo. Dadas las circunstancias, era imposible experimentar emociones; o se dominaba uno del todo o se dejaba abrumar por lo inexplicable de acontecimientos. Un extremo o el otro; no había término medio. Enseguida, dentro de cinco minutos, franquearía la muralla. McFeyffe y él podrían contemplar la Gloria.

    Pensó: «Un largo trayecto. Un recorrido prolongadísimo, que tuvo su punto de partida cuando ambos se enfrentaban en el pasillo del edificio del Bevatrón y discutían acerca de una nimiedad...»

    De manera gradual, casi imperceptiblemente, fue disminuyendo el impulso ascensional del paraguas. Llegó un momento en que casi no se remontaba ya. Era el límite. No podía pasarse de allí. Ociosamente, Hamilton se preguntó qué sucedería a continuación. ¿Iba a empezar a descender el paraguas del mismo modo sosegado con que había subido? ¿O caería de súbito, depositándoles en medio de la Gloria?

    Algo comenzó a aparecer ante su vista. Se encontraban en paralelo al muro de materia protectora. Una idea vana cruzó por el cerebro de Hamilton: aquella materia no estaba allí para impedir que los que surcasen el espacio por las proximidades echaran un vistazo al interior del recinto, sino para evitar que los habitantes de éste volvieran a desplomarse sobre el mundo del que, siglos antes, habían llegado.

    —Casi... —jadeó McFeyffe—. Casi alcanzamos ya el final del viaje.
    —Sí —dijo Hamilton.
    —Esto... no... deja... de... surtir... su... efecto... sobre... la... mirada... de... uno...
    —Desde luego —confesó Hamilton.

    Faltaba muy poco para que pudiese distinguir lo que hubiese al otro lado de la muralla. Un segundo más... medio segundo... Empezó a vislumbrar la vaga perspectiva de un paisaje. Una visión confusa: una continuidad redonda, un paraje ambiguamente húmedo. ¿Un estanque, un océano? Un lago inmenso; aguas en remolino. Montañas alzadas en el otro borde; una serranía boscosa, cubierta de maleza.

    De golpe, el lago cósmico desapareció. Lo había ocultado una cortina. Pero esa cortina, tras un corto intervalo, volvió a levantarse. Y el lago quedó visible de nuevo: una superficie infinita de sustancia húmeda.

    Era el mayor lago que Hamilton había contemplado en toda su vida. Lo bastante grande como para que pudiera sumergirse en él todo un mundo. Aunque viviese mil años más, no vería un lago tan enorme como aquel. Se dijo que le gustaría saber cuál era su capacidad más densa, más opaca. Una especie de lago dentro de otro lago. ¿Sería toda la Gloria lo mismo que aquel lago colosal? A juzgar por lo que le era posible ver, allí no había nada más que el lago en cuestión. Pero no era un lago. Se trataba de un ojo. Y les estaba mirando, ¡a él y a McFeyffe!

    No necesitó que le dijesen a Quién pertenecía aquel ojo.

    McFeyffe emitió un chillido. Su rostro se tornó negro y el aire que pasaba por su garganta produjo roncos rumores. Una oleada de pánico cerval se abatió sobre él. Durante unos segundos se agitó a la desesperada, tratando de separar sus dedos de la empuñadura del paraguas, esforzándose inútilmente para alejarse de aquella visión. Intentó de modo frenético e infructuoso poner espacio de por medio, entre su persona y el ojo.

    La pupila se proyectaba sobre el paraguas. Al cabo de un instante, el paraguas estalló en llamas, con un áspero «pop». Los trozos incendiados de tela, el mango, las varillas y los dos hombres estremecidos cayeron a plomo, igual que piedras.

    No descendieron con la suavidad con que habían subido. Se precipitaron hacia abajo con rapidez meteórica. Ninguno de ellos tenía plena conciencia de lo que estaba pasando. En una ocasión, Hamilton se percató vagamente de que el mundo no se encontraba demasiado abajo. Luego recibió un impacto entontecedor; fue despedido otra vez hacia las alturas y su cuerpo se elevó en el aire casi hasta el mismo nivel anterior. A consecuencia de aquel enorme rebote, estuvo a punto de llegar de nuevo a la Gloria.

    Pero le faltó el casi. Y volvió a bajar. Y sufrió otro golpe contra el suelo... Al cabo de una serie demoledora de botes y rebotes indescriptibles, quedó por fin tendido, inerte y sin aliento, agarrado a la superficie de la tierra. Aferrado desesperadamente a un manojo de hierbas agostadas, que crecía en un terreno de arcilla roja y árida. Precavida, penosamente, abrió los ojos y miró en derredor.

    Permanecía estirado en una alargada llanura. Era una zona reseca y calurosa. Calurosa sin duda a las doce del mediodía, pero estaba amaneciendo y Hamilton sintió frío. A lo lejos, se alzaban diversos edificios de aspecto no muy boyante. El cuerpo de Charley McFeyffe yacía inanimado a escasos metros.

    Cheyenne, Wyoming.


    —Supongo —consiguió articular Hamilton, después de un largo intervalo— que es aquí a donde primero tuve que dirigirme.

    No hubo respuesta por parte de McFeyffe. Estaba totalmente sin sentido Lo único que se oía en aquel descampado era el discordante piar de unos cuantos pájaros posados en las sarmentosas ramas de un árbol existente a varios centenares de metros del punto donde Hamilton y McFeyffe habían aterrizado.

    Hamilton, dolorido, se puso en pie trabajosamente y se acercó a su compañero, al que se dispuso a examinar. McFeyffe vivía y, al parecer, no estaba herido, aunque respiraba de modo áspero y entrecortado. Un hilillo de saliva había salido de su boca entreabierta, para descender por la barbilla. Aún decoraba su semblante una expresión de pánico y perplejidad, de abrumador espanto.

    El espanto, ¿por qué? ¿Acaso no se alegraba McFeyffe de ver a Dios? Más hechos peculiares que registrar. Más datos extravagantes en aquel mundo excéntrico. Hete aquí que se encontraba en el centro espiritual del universo nabita: Cheyenne, Wyoming. Dios había corregido su rumbo errante, indicándole aquella dirección. McFeyffe le había inducido a marchar por el camino erróneo, pero Hamilton volvió sobre sus pasos y se hallaba de nuevo en la buena senda. Tillingford dijo la verdad: la providencia pretendía que acudiese ante el profeta Horace Clamp.

    Con mirada curiosa, examinó el contorno yerto y grisáceo de la cercana ciudad. En el centro del casco urbano, entre los demás edificios indescriptibles, sobresalía la aguja de un campanario colosal. Aquella torre rutilaba extraordinariamente al recibir los primeros rayos del recién salido sol. ¿Un monumento? ¿Un rascacielos?

    En absoluto. Aquel era el templo de la única fe verdadera. De lejos, a varios kilómetros de distancia, estaba contemplando el Sepulcro del Segundo Nabí. El poderío nabita, tal como lo había experimentado hasta entonces, parecería una futesa en comparación con lo que le quedaba por ver.

    —Arriba —instó a McFeyffe, al notar que empezaba a removerse.
    —No seré yo quien se levante —repuso McFeyffe—. Siga adelante usted solo. Yo pienso quedarme aquí.

    Apoyó la cabeza en un brazo y cerró los ojos.

    —Esperaré.
    —Y mientras aguardaba, Hamilton dio un repaso a la situación. Allí estaba, plantado en mitad de Wyoming, aguantando el fresco de una mañana de otoño y con treinta centavos en el bolsillo por todo capital. ¿Pero qué le había dicho Tillingford? Se estremeció. No obstante, merecía la pena probar. Además, tampoco se le brindaba mucho donde elegir.
    —Señor... —comenzó, al tiempo que adoptaba su postura de costumbre en tales casos: una rodilla en el suelo, juntas las manos y los ojos levantados devotamente hacia el éter—. Recompensa a tu humilde siervo conforme a la tarifa de remuneración correspondiente a los operarios electrónicos de la categoría cuatro A. Creo que Tillingford citó la suma de cuatrocientos dólares.

    Durante un rato, nada sucedió. Soplaba el frío viento sobre la llanura de arcilla roja, azotando el suelo, arrancando rumores ásperos a las resecas hierbas y provocando sonidos metálicos al empujar los oxidados botes vacíos de cerveza. Luego, por fin, el aire se agitó sobre la cabeza de Hamilton.

    —Cúbrase la cabeza —advirtió Hamilton a McFeyffe.

    Cayó una rociada de monedas, un centelleante remolino de piezas de diez centavos, de veinticinco y de medio dólar. Con estrépito semejante al del carbón de piedra que desciende por el conducto metálico, las monedas tintinearon ensordecedoramente, cegándole y todo. En cuanto amainó aquel diluvio, Hamilton empezó a recogerlas. Una vez las tuvo todas y se le pasó la excitación primitiva, se abatió sobre su ánimo una oleada de amargo descorazonamiento. Allí no había cuatrocientos dólares; lo que acababa de conseguir era un montón de calderilla, la colecta de un mendigo.

    Aunque tal vez fuera eso lo que merecía.

    Cuando hizo el recuento, resultó que la suma alcanzaba cuarenta dólares con setenta y cinco centavos. Claro que de algo le serviría; al menos, comida no iba a faltarle, de momento. Y cuando se terminara...

    —No olvide que me debe diez dólares —murmuró McFeyffe con voz débil, mientras se ponía en pie trabajosamente.

    Las condiciones físicas en que se encontraba McFeyffe no eran precisamente buenas. En su rostro habían aparecido numerosas manchas, la piel estaba macilenta y presentaba un aspecto enfermizo por demás. Alrededor del cuello le colgaban pliegues de carne fláccida. Nerviosamente, sus dedos pellizcaron la mejilla. La transformación fue asombrosa: McFeyffe había quedado moralmente deshecho al ver a Dios. El encuentro cara a cara le dejó desalentado por completo.

    —¿No era como esperaba que fuese? —preguntó Hamilton, refiriéndose a la divinidad y cuando se dirigían con paso fatigado hacia la autopista.

    Tras un gruñido previo, McFeyffe escupió sobre un matojo de hierbas un salivazo mezclado con arcilla roja. Hundidas las manos en los bolsillos, turbios los ojos, avanzaba arrastrando los pies, doblado sobre si mismo como un hombre a punto de partirse en dos.

    —Sí, ya sé que eso no me importa —concedió Hamilton.
    —No me vendría mal un trago —fue todo lo que se le ocurrió decir a McFeyffe. Cuando terminaban de subir la cuneta de la autopista, sacó su cartera y le echó un vistazo—. Nos veremos en Belmont. Deme ya los diez pavos; me hacen falta para pagar el billete del avión.

    De mala gana, Hamilton separó diez dólares de su conjunto de moneda fraccionaria. McFeyffe aceptó el dinero sin hacer comentario alguno.

    Al entrar en los suburbios de Cheyenne, Hamilton observó algo ominoso y aciago. En la parte posterior del cuello de McFeyffe se estaban formando series de llagas desagradables y cárdenas. Verdugones enconados, que aumentaban y se extendían a ojos vista.

    —Diviesos —murmuró Hamilton, sorprendido. McFeyffe le lanzó una mirada dolorida. Con cara de sufrimiento, se tocó la mandíbula izquierda—. Y un flemón sobre la muela del juicio —añadió, en tono de derrota absoluta—. Forúnculos y flemones. Mi castigo.
    —¿Por qué?

    Una vez más, no hubo respuesta. McFeyffe permaneció sumido en su tribulación íntima, combatiendo con invisibles conceptos. Hamilton comprendió que podría considerarse afortunado si lograba sobrevivir al encuentro con su Dios. Naturalmente, existía un complicado mecanismo de expiación de pecados; McFeyffe podría desprenderse de la muela inflamada y de la calamidad de los diviesos mediante las absoluciones adecuadas. Y McFeyffe, el oportunista nato, sabría hallar el modo.

    Se detuvieron en la primera parada de autobús que les salió al paso y se dejaron caer pesadamente en un húmedo banco. Los viandantes, que pasaban camino de la urbe, para efectuar sus compras sabatinas, les miraban con curiosidad.

    —Peregrinos —aclaró Hamilton gélidamente, contestando así a una mirada de interés—. Venimos desde Battle Creek, en Michigan, andando de rodillas.

    En esa ocasión no hubo castigo desde las alturas. Al tiempo que emitía un suspiro, Hamilton casi deseó que lo hubiese habido; le enojaba la caprichosa personalidad del elemento rector. Lo cierto es que había poquísima relación entre el delito y la pena correctiva; era probable que el rayo estuviese abatiéndose en aquel momento sobre algún cheyenita inocente, en el otro extremo de la urbe.

    —Ahí viene el autobús —anunció McFeyffe, y se puso en pie con gran esfuerzo—. Saque sus monedas.

    Cuando el vehículo llegó al aeropuerto, McFeyffe se apeó, y atolondradamente, se encaminó al edificio donde estaban instaladas las oficinas del despacho de billetes. Hamilton continuó en el autobús, rumbo a la elevada, radiante e imponente estructura que constituía el Único Sepulcro Verdadero.

    El profeta Horace Clamp le atendió en la esplendorosa avenida de entrada. Aterradoras columnas de mármol se alzaban por doquier; el Sepulcro era una copia descarada de las tumbas tradicionales de la antigüedad. Con todo lo enorme y formidable que era, flotaba sobre él, le envolvía, una especie de zarrapastrosa vulgaridad de clase media. Maciza, amenazadora, la mezquita era una aberración estética. Como cualquier edificio gubernamental de la Unión Soviética, había sido diseñado por hombres que carecían de sensibilidad artística. Pero, a diferencia de los inmuebles soviéticos, estaba recargado de adornos, rebosante de barandales rococó, mediacañas labradas, aderezos de todas clases, tubos y picaportes relucientes. Sobre las superficies de terracota jugueteaban claridades atenuadas de luces indirectas. Estupendos bajorrelieves resaltaban en aquel medio ambiente de magnificencia pomposa: escenas pastorales del Medio Oriente, en representaciones algo mayores que el tamaño natural. Los modelos retratados allí resultaban fatuos y más bien ñoños. E iban exageradamente vestidos.

    —Saludos —manifestó el profeta, a la vez que levantaba una mano regordeta y pálida, en gesto de bendición.

    Horace Clamp podía muy bien haber salido de un cartel en colores de escuela dominical. Grueso, de andares torpes, con expresión ausente y benigna, copiada y solapada, tomó a Hamilton a su cargo y le impulsó a entrar en la mezquita. Clamp era la imagen viviente del guía espiritual islámico. Mientras ambos penetraban en el estudio amueblado con lujo y opulencia, Hamilton se preguntó desmayadamente por qué estaba allí. ¿Era aquello lo que Dios albergaba en su pensamiento?

    —Le aguardaba —declaró Clamp en tono profesional—. Me informaron que iba a venir.
    —¿Qué le informaron? —manifestó Hamilton su extrañeza—. ¿Quién?
    —¿Quién? Pues (Tetragramatón), naturalmente.

    Hamilton se quedó desconcertado.

    —¿Pretende decir que es usted profeta de un dios llamado...?
    —Está prohibido pronunciar su nombre —le interrumpió Clamp, dando prueba de extraordinaria agilidad mental—. Demasiado sacrosanto. Prefiere que se aluda a él con el término (Tetragramatón). Reconozco que más bien me sorprende el que usted ignore este detalle. Es algo de dominio público.
    —Soy bastante inculto —dijo Hamilton.
    —Según tengo entendido, tuvo recientemente una visión.
    —Si se refiere al hecho de que acabo de ver a (Tetragramatón), puedo confirmárselo.

    Hamilton experimentaba ya cierta aversión hacia el rechoncho profeta.

    —¿Cómo está?
    —Al parecer disfruta de buena salud —A Hamilton le resultó imposible reprimirse y no añadir— Teniendo en cuenta su edad.

    Clamp se afanó por su despacho, yendo de un lado a otro. Era casi calvo del todo y su cabeza relucía como piedra pulimentada. Era un compendio humano de la pompa teológica. Hamilton se dijo que, en realidad, se trataba de una caricatura. Todos los elementos intemporales se reunían allí... Y Clamp era demasiado majestuoso para resultar auténtico.

    Una caricatura... o la idea que pudiese tener alguien acerca del aspecto que debería poseer la cabeza espiritual de una «Única Fe Verdadera».

    —Profeta —expuso Hamilton lisa, llana y bruscamente—. lo mejor que puedo hacer es poner los puntos sobre las íes. Apenas llevo cuarenta y ocho horas en este mundo. Con franqueza, todo esto me confunde. Por lo que a mí respecta, es un universo incomprensible. Una luna del tamaño de un guisante... es absurdo. Geocéntrico: el sol girando alrededor de la tierra. ¡Es primitivo! Y este concepto de Dios, arcaico por completo, reñido con la mentalidad occidental.. Ese anciano lanzando chubascos de monedas y serpientes, soltando plagas de forúnculos...

    Clamp le observó agudamente.

    —Pero, mi querido señor, las cosas no pueden ser de otro modo Esta creación es Suya.
    —Esta creación, quizás. Pero no la mía. En el mundo de donde procedo...
    —Tal vez fuera mejor que me dijera de donde procede —le interrumpió Clamp—. (Tetragramatón) no me ha puesto al corriente de ese aspecto del asunto. Me informó, simplemente, que un alma extraviada venía hacia aquí.

    Sin excesivo entusiasmo, Hamilton le hizo un resumen somero de lo ocurrido.

    —Ah —articuló Clamp, cuando su visitante hubo terminado. Molesto y escéptico, paseó por el estudio, con las manos a la espalda. Por último, declaró—: No. No me es posible aceptar lo que dice. Aunque pudiera ser cierto; acaso exista la posibilidad real de ello. ¿Afirma usted, se presenta aquí y manifiesta, como si tal cosa, que, hasta el jueves, vivió en un mundo huérfano de Su presencia?

    No lo expresé así exactamente. Vivía en un mundo desprovisto de una presencia retumbante, ampulosa y poco refinada. Allí no había nada de estas... doctrinas de deidad tribal. Me refiero a la fanfarria y al trueno. Pero es muy posible que Él estuviese allí. Siempre di por supuesto que Dios se hallaba presente en mi mundo. De un modo sutil. Detrás de las bambalinas, sin avasallar a nadie cada vez que se descarría un poco.

    Saltaba a la vista que las palabras de Hamilton, su revelación, afectaban al profeta.

    —Esto es algo sensacional... Ni por asomo pudo ocurrírseme que quedasen mundos enteros habitados por infieles.

    Hamilton acabó por perder los estribos.

    —¿Es que no es capaz de darse perfecta cuenta de lo que significan mis palabras? Este universo de segunda clase, ese Nabí o lo que sea...
    —El Segundo Nabí —le corrigió Clamp.
    —¿Qué es un Nabí? ¿Y dónde está el Primer Nabí? ¿De dónde ha salido toda esta sarta de memeces?

    Al cabo de un momento de altivez, Clamp se dignó a explicar:

    —El nueve de julio de mil ochocientos cincuenta, ejecutaron en Tabriz al Primer Nabí. Veinte mil seguidores suyos, los nabistas, fueron asesinados brutal y horriblemente. El Primer Nabí era el verdadero profeta del Señor; falleció de manera trascendental y su comportamiento frente a la muerte hizo que hasta sus carceleros llorasen. En 1909, sus restos fueron trasladados al monte Carmelo. —Clamp hizo una pausa dramática, rezumantes los ojos de emoción—. En 1915, sesenta y cinco años después de su óbito, el Nabí volvió a aparecer sobre la Tierra. En Chicago, a las ocho de la mañana del día cuatro de agosto, fue visto por un grupo de personas que desayunaban en un restaurante. ¡Y eso a pesar del hecho, perfectamente demostrado, de que sus restos permanecen aún intactos en el monte Carmelo!
    —Comprendo —silabeó Hamilton.

    Clamp alzó las manos y prosiguió:

    —¿Qué más pruebas pueden pedirse? ¿Ha visto el mundo otro milagro mayor? El Primer Nabí no era más que un simple profeta del Único Dios Verdadero. —La voz le temblaba a Clamp cuando concluyó—: Y el Segundo Nabí... ¡es El!
    —¿Por qué Cheyenne, Wyoming?
    —El Segundo Nabí acabó sus días sobre la Tierra en este punto exacto. El 21 de mayo de 1939 ascendió al Paraíso, transportado por cinco ángeles, a la vista de los fieles. Fue un momento emocionante. Yo... —A Clamp se le quebró la voz—, personalmente, pasé junto al Segundo Nabí la última hora que estuvo en la Tierra y recibí sus... —Señaló una hornacina de la pared de su estudio—. En ese nicho está el reloj del Segundo Nabí, su estilográfica, su cartera y un diente postizo... el resto de la dentadura era auténtica y ascendió con ella hacia el Paraíso. Durante la vida terrenal del Segundo Nabí, fui su registrador y cronista. Redacté muchos capítulos del Zunán, escribiéndolos con esa máquina de escribir que ve usted ahí.

    Se acercó a una urna de cristal, en cuyo interior se albergaba una vieja «Underwood», modelo cinco, de oficina, anticuada y caduca.

    —Y ahora —continuó el profeta Clamp— examinemos el asunto de ese mundo que describe usted. Resulta evidente que se le ha enviado aquí para que me familiarice con la extraordinaria situación creada. Un mundo entero, miles de millones de personas viviendo al margen del único Dios verdadero, sin que éste los vea. —Un fulgor fanático apareció en las pupilas del profeta Clamp; se repitieron las brillantes lucecitas, mientras la boca del hombre formaba una frase—: Guerra santa.
    —Oiga... —empezó Hamilton en tono aprensivo.

    Pero Clamp le cortó en seco.

    —Se impone desencadenar una guerra santa —insistió Clamp, excitado—. Solicitaremos del coronel T. E. Edwards, de la «Mantenimientos de California», una inmediata conversión del frente, con vistas al empleo de cohetes de largo alcance. En primer lugar, bombardearemos esa marchita región con octavillas y literatura de naturaleza zunaica. Después proyectaremos alguna especie de luz espiritual, en forma de chispazos, sobre las soledades, a base del envío de equipos instructores. Acto seguido, organizaremos una concentración general de heraldos peripatéticos, que presentarán la Fe Verdadera a través de diversos medios de comunicación de masas. Televisión, películas cinematográficas, libros, testimonios grabados en disco y en cinta magnética. Me atrevo a suponer que podría convencerse a (Tetragramatón) para que efectuase un programa de quince minutos de cinescopio. Y algunas alocuciones de discos de larga duración, en beneficio de los creyentes.

    Hamilton se preguntó si era precisamente para aquello para lo que le lanzaron sobre Cheyenne. Comenzó a vacilar, abrumado por la certidumbre con que se expresaba el profeta Clamp, el cual parecía darlo todo por hecho. Acaso aquel hombre era un símbolo, enviado para cumplir la tarea de llevar a efecto la sumisión; quizás, después de todo, se trataba de un mundo real, aferrado al seno de (Tetragramatón).

    —¿Se me permite echar un vistazo por el sepulcro? —solicitó Hamilton—. Me gustaría ver qué aspecto tiene el eje espiritual del Segundo Nabismo.

    Preocupado, Clamp levantó la cabeza.

    —¿Cómo? ¡Ah, sí, no faltaría más! —Apretaba ya unos botones del intercomunicador—. Me pondré en contacto de inmediato con (Tetragramatón). —Se interrumpió durante el tiempo justo para inclinarse hacia Hamilton, alzar la mano e inquirir—: ¿Por qué supone usted que no nos informó de la existencia de ese mundo sumido en tinieblas? —En su semblante, en su orondo y complaciente rostro de profeta del Segundo Nabí, apareció cierta expresión fugaz de duda—. Hubiera creído que... —Tras sacudir la cabeza, murmuró—: Pero el camino de Dios es a veces extraño.
    —Condenadamente extraño —corroboró Hamilton.

    Salió del estudio y echó a andar pasillo adelante, con el eco de sus pasos re percutiendo en las planchas marmóreas.

    Pese a lo temprano de la hora, devotos adoradores iban de aquí para allá, mientras ponían cara de bobos y acariciaban sus objetos sagrados. Deprimió a Hamilton la vista de aquellas personas. En una cámara de amplias dimensiones, un grupo de hombres y mujeres bien vestidos, la mayoría de mediana edad, entonaban cánticos religiosos.

    Sobre el grupo de feligreses flotaba una Presencia tenuemente luminosa. Hamilton, cuya primera intención consistió en pasar de largo, decidió luego que no sería mala idea unirse a la masa coral.

    Se detuvo, se integró en el corro y, aunque de mala gana, cantó como los demás. Los himnos no le eran familiares, pero captó en seguida el soniquete general. Se trataba de cánticos de una sencillez redundante; las mismas frases y tonos aparecían y reaparecían machaconamente. Las mismas ideas monótonas, repetidas hasta el infinito. El apetito de (Tetragramatón) era insaciable. Tal fue la conclusión de Hamilton. Una personalidad infantil y nebulosa, que necesitaba continuas alabanzas... loas manifestadas en los términos más claros. Con la misma rapidez con que se encolerizaba (Tetragramatón) era presa de la euforia y estaba presto a recoger ávidamente aquellas vocingleras adulaciones.

    Una balanza. Un sistema para arrullar a la deidad. Pero el mecanismo era delicado. El peligro estaba suspendido sobre las cabezas de todos... La Presencia, siempre a punto de despertarse, permanecía cerca. Y escuchaba constantemente.

    Tras cumplir su deber religioso, Hamilton reanudó su camino con aire triste. Tanto el edificio como las personas que pululaban por él tenían la infección que representaba la severa proximidad de (Tetragramatón). Podía adivinársele, presentírsele en todas partes; como una bruma densa y opresiva, el Dios islámico lo tocaba todo. Inquieto, Hamilton examinó una inmensa placa existente en un muro. Aparecía iluminada.

    Relación de justos.
    ¿Figura tu nombre aquí?


    Estaban escritos por orden alfabético; Hamilton revisó la lista y descubrió que en ella faltaba su nombre. Y también observó cáusticamente, el de McFeyffe. Pobre McFeyffe. Claro que éste se las arreglaría para salir bien librado de aquello. Tampoco vio el nombre de Marsha. Aquel índice, en conjunto, era sorprendentemente corto. ¿Es que de toda la raza humana sólo contaba con méritos para subir al Paraíso aquel escasísimo número de seres?

    Un resentimiento sombrío empezó a hervir dentro de Hamilton. Buscó allí los nombres de algunos personajes insignes de su mundo, elegidos a la ventura: Einstein, Albert Schweitzer, Gandhi, Lincoln, John Donne. Ninguno de ellos figuraba en la lista. Aumentó su enojo. ¿Qué significaba tal omisión? ¿Acaso fueron condenados al infierno por no ser feligreses del Segundo Nabí de Cheyenne, Wyoming?

    Claro. Sólo se salvaban los creyentes. Todos los demás, incontables miles de millones, estaban condenados a hundirse en las corrosivas hogueras del Averno. El cuadro de honor lo componían nombres de provincianos rústicos, seguidores de la Única Fe Verdadera. Invitados de personalidad trivial, insignificancias envueltas en mediocridad...

    Un nombre le resultaba conocido. Durante largo rato, Hamilton lo contempló inmóvil, preguntándose, lleno de desconcierto, qué podría significar; interrogándose a sí mismo, con intranquilidad que iba en aumento, acerca de por qué estaba allí y qué querría decir su presencia.

    Silvester, Arthur


    ¡El veterano de guerra! El austero viejo soldado que yacía en el hospital de Belmont. Era miembro titulado de la Única Fe Verdadera.

    Tenía sentido común. Tan lógico resultaba que, durante un espacio de tiempo prolongado, lo único que Hamilton pudo hacer fue mirar, sin verlo, el nombre grabado en la relación de nabitas de mérito.

    Poco a poco, de manera débil y confusa, empezó a comprender cómo y dónde encajaban las piezas. La dinámica del asunto fue remontándose hasta presentarse ante su vista. Por fin, después del intervalo casi inacabable, había descubierto la estructura.

    El paso que debía dar a continuación era el de regresar a Belmont. Y encontrar a Arthur Silvester.

    En el campo de aviación de Cheyenne, Hamilton puso todas sus monedas en el mostrador de la taquilla y dijo:

    —Un billete de ida para San Francisco. Aunque sea en el compartimento de equipajes.

    No tenía bastante dinero. Pero un telegrama urgente, dirigido a Marsha, le proporcionó lo que faltaba... y saldó su cuenta de ahorros. Al mismo tiempo que el dinero, le llegó un recado enigmático y lastimero:

    Quizás es mejor que no vuelvas. Me está ocurriendo algo espantoso. No le extrañó de modo especial...

    De hecho, se había formado una buena idea respecto a lo que pudiera ser.

    El avión le depositó en el aeropuerto de San Francisco poco antes del mediodía. Allí tomó un autobús, que le dejó en Belmont. La puerta frontal de la casa permanecía cerrada con llave; sentado en el alféizar de la ventana, con cara de desaliento, «Morrongo Atolondrado» se dedicó a observar a Hamilton, que buscaba en el bolsillo la llave. Marsha no se encontraba a la vista... pero Hamilton sabía que estaba allí.

    —He vuelto a casa —anunció, nada más abrir la puerta.

    Desde la penumbra de la alcoba le llegó un sollozo ahogado.

    —Voy a morirme, cariño. —Al moverse a oscuras por la habitación, Marsha tropezó con algo—. No puedo salir. No me mires. No me mires, te lo suplico.

    Hamilton se quitó la chaqueta y luego se puso a hablar por teléfono.

    —Venga aquí —pidió a Bill Laws, cuando éste respondió al aparato—. Y convoque a todos los miembros del grupo que le sea posible. A Joan Reiss, a aquella mujer que iba con su hijo, a McFeyffe, si consigue dar con él.
    —Edith Pritchet y su hijo se encuentran todavía en el hospital —repuso Laws—. Dios sabe dónde estarán los otros. ¿Tiene que ser ahora mismo? —Se explicó—. Es que sufro una especie de resaca...
    —Esta tarde, pues.
    —Déjelo para mañana —dijo Laws—. ¿Qué pasa?
    —Creo que he adivinado el meollo de la cuestión.
    —Precisamente cuando estaba empezando a disfrutar del asunto... —Laws prosiguió—: Y mañana es el gran día en este bendito lugar. Señor, Señor. Con lo que la «íbamos a gosa»...
    —¿Qué le ocurre?
    —A mí, ná, seó. —Laws dejó oír una risita gutural, carente de alegría—. Ná en absoluto.
    —Hasta el domingo, pues. —Hamilton colgó el auricular y se volvió hacia el dormitorio—. ¿No sales? —inquirió en tono agudo.
    —No estoy dispuesta a hacerlo —replicó Marsha, con obstinada determinación—. No permitiré que me veas. He adoptado esa decisión. Y es irrevocable.

    De pie ante la entrada de la alcoba, Hamilton buscó sus cigarrillos. No los llevaba encima; los dejó en poder de Silky. Se preguntó si la rubia continuaría sentada dentro del cupé «Ford», estacionado junto a la acera de la calle donde el padre O'Farrel tenía su Iglesia Independiente del Nabismo. Tal vez la muchacha contempló la subida hacia el paraíso de McFeyffe y de él. Pero era una chica muy afectada, no la habría extrañado. De forma que no se ocasionó ningún daño irreparable... con la salvedad de que transcurriría una temporada antes de que consiguiese recuperar el automóvil.

    —Vamos, nena —imploró a su esposa—. Es algo tarde, no he desayunado y tengo un hambre de lobo. Y si esto es lo que creo...
    —Se trata de algo horrible. —Disgusto y dolor vibraban en la voz de Marsha—. Iba a suicidarme. ¿Y por qué? ¿Qué hice? ¿Por qué se me castiga de este modo?
    —No creo que se trate de ningún castigo —la animó Hamilton—. Estoy seguro que desaparecerá.
    —¿De veras? —Un conato de esperanza matizó la pregunta de la mujer—. ¿Estás seguro?
    —Si consigo hacerme cargo de las cosas, todo acabará bien. Voy a sentarme en la sala con «Morrongo»; esperaremos.
    —Ya lo ha visto —dijo Marsha, con voz tensa y sofocada—. Está contrariadísimo.
    —Los gatos se incomodan con facilidad.

    Hamilton regresó a la sala, se dejó caer en un sofá y aguardó, cargado de paciencia. Durante unos minutos, nada se alteró en la casa. Luego salieron del dormitorio a oscuras los ruidos propios de una persona que anduviera por allí a tientas. Una figura, torpe y desmañada, comenzó a tomar forma al adelantarse. En el pecho de Hamilton nació y se desarrolló una corriente de compasión. La pobre criatura... y no lo comprendía.

    La figura se recortó en el quicio de la puerta. Achaparrada, obesa, permaneció inmóvil ante sus ojos. No obstante hallarse advertido, el sobresalto de la realidad le abrumó, le dejó anonadado. El parecido con Marsha era leve, casi inexistente. ¿Su esposa era aquella monstruosidad abotargada y deforme?

    Descendían las lágrimas por sus ásperas mejillas.

    —¿Qué...? —susurró—. ¿Qué voy a hacer?

    Hamilton se puso en pie rápidamente y se acercó a la mujer.

    —No durará mucho. Y no eres la única. Laws se siente perdido y habla comiéndose las sílabas.
    —No me importa lo que sienta Laws. Me preocupa lo que me sucede a mí.

    El cambio había afectado a Marsha de pies a cabeza. Lo que antes fue suave cabellera castaña estaba convertido en un conjunto de fibras sucias y estropajosas, que le caían desaseadamente sobre el cuello y los hombros; un revoltijo repugnante de lacias hebras retorcidas. Su piel era grisácea y granulosa, estaba cubierta de inflorescencias. El cuerpo no pasaba de ser una masa amorfa, grotesca. hinchada, sin formas. Las manos resultaban inmensas, con las uñas de luto, negras, mal cortadas. Las piernas eran dos columnas velludas, que terminaban en sendos pies macizos y planos. En vez de su acostumbrado vestido elegante o trajecito a la última moda, llevaba jersey de burda lana, falda de paño, sembrada de manchas, zapatillas de tenis... y calcetines caídos, arrugados...

    Hamilton dio una vuelta alrededor de Marsha. Su expresión era pensativa.

    —Es lógico.
    —Dios...
    —Esto no tiene nada que ver con Dios. Tiene que ver con un viejo veterano de guerra, llamado Arthur Silvester. Un soldado decrépito, que cree en su culto religioso y en sus ideas estereotipadas. Para él, las personas como tú son radicales peligrosos. Y posee una idea muy clara acerca del aspecto que debe tener una mujer, una mujer, de espíritu radical.

    Se contorsionaron penosamente los toscos rasgos de Marsha.

    —Mi aspecto... mi aspecto es el de uno de esos personajes de caricaturas que dibujan en los chistes.
    —Constituyes ahora la imagen física que Silvester se ha forjado de toda joven universitaria con la cabeza llena de conceptos radicales. Y cree que todos los negros se consideran extraviados y arrastran los pies al andar. Esto va a ser duro para todos nosotros... A menos que logremos salir en seguida del mundo de Silvester, va a acabar con nosotros... Va a ser nuestro fin.


    VIII


    EL DOMINGO por la mañana, Hamilton se despertó bruscamente con los primeros resplandores del alba, roto en mil pedazos su sueño por un frenético estruendo vociferante que llenaba toda la casa. Al bajar de la cama, rígido el cuerpo, recordó que Bill Laws había vaticinado que se produciría algún acontecimiento extraordinario durante las primeras horas del día del Señor.

    Los chasquidos, gritos y trompeteos procedían de la sala de estar. En cuanto entró allí, Hamilton se encontró con que el receptor de televisión se había puesto en marcha por su cuenta, de manera milagrosa; la pantalla rebosaba vida y animación. Manchas pomposas le recorrían, vibrando y latiendo sobre el cristal: todo el rectángulo del cuadro era un torbellino furibundo de colores rojizos y purpúreos. Del sistema de altavoces de alta fidelidad brotaba un estrépito ensordecedor, conmovido e intranquilizante, un auténtico rugir infernal, de llamas crepitantes y condensación eterna.

    Comprendió que aquello era el sermón matinal del domingo. Y pronunciaba la plática —de algún modo había que llamarla— el propio (Tetragramatón) en persona.

    Después de bajar un mucho el volumen del sonido del aparato, Hamilton regresó a la alcoba para vestirse. Marsha estaba encogida en la cama, formando un desdichado montón y tratando de eludir el resplandor de la claridad diurna que se filtraba por la ventana.

    —Es hora de levantarse —la informó Hamilton—. ¿No oyes la voz conminatoria del Todopoderoso, que suena y resuena en el salón?
    —¿Qué dice? —murmuró Marsha, algo irritada.
    —Nada de particular. «Arrepiéntete si no quieres pasarte toda la eternidad expiando tus pecados entre las llamas justicieras del Averno». Lo de costumbre.
    —No me mires —suplicó Marsha—. Vuélvete de espaldas mientras me visto. Santo Dios... ¡Soy un monstruo!

    En la sala, el televisor se había puesto otra vez a funcionar a todo volumen; nadie iba a impedir que la arenga semanal retumbase a toda potencia. Esforzándose al máximo para no oírla, Hamilton pasó al cuarto de baño y la emprendió sin prisas con la rutina cotidiana de lavarse y afeitarse. Había vuelto al dormitorio y se acababa de enfundar la ropa, cuando sonó el timbre de la puerta.

    —Ahí están —dijo a Marsha.

    La mujer, vestida ya y forcejeando en aquel instante con su cabellera, exhaló un gemido agónico.

    —No puedo aparecer ante ellos. No resistiría que me viesen cara a cara. Arréglatelas para que se vayan.
    —Cariño —repuso Hamilton con firmeza, al tiempo que se ataba los cordones de los zapatos—, si confías en recuperar tu antiguo aspecto y volver...
    —¿Están todos en casa? —resonó la voz de Bill Laws en aquel instante—. No hise má que empujá la pueta y se abrió...

    Hamilton fue apresuradamente a la sala. Allí estaba Laws, estudiante graduado en física avanzada. Con los brazos colgando a los costados, los ojos saltones, las rodillas dobladas y el cuerpo bamboleándose desgarbadamente mientras se acercaba a Hamilton.

    —Vaya, usté parese na habé cambiao ná —dijo al ingeniero—. Mire, hombre, como estoy yo. Esta mardita convocatoria me a sentao como una pata en sarva sea la parte.
    —¿Lo hace adrede? —preguntó Hamilton, no muy seguro de si debía sentirse divertido o molesto.
    —¿Adrede? —el negro le dirigió una mirada hueca—. ¿Qué quié usté desí, señó Jamilton?
    —O está por completo en manos de Silvester o es el individuo más cínico que me he echado a la cara.

    De súbito centellearon las pupilas de Laws.

    —¿En manos de Silvester? ¿Qué insinúa? —Desapareció instantáneamente su vulgar forma de expresarse; su actitud se tomó tensa y alerta—. Creía que era Su Sempiterna Majestad.
    —Así, pues, su ramplón modo de hablar era fingido. ¿eh?

    Volvieron a fulgurar los ojos de Laws.

    —Estoy vencido, Hamilton. Tengo el desgarro dentro... lo noto y lo sufro. Pero tal vez mejore. —Se apercibió en aquel momento de la presencia de Marsha—. ¿Quién es?

    Sin ningún entusiasmo, Hamilton explicó:

    —Mi esposa. Ese extraño poder superior se ha apoderado de ella.
    —¡Jesús! —exclamó Laws en voz baja—. ¿Qué vamos a hacer?

    Sonó de nuevo la musiquilla del timbre de la puerta. Marsha exhaló un gemido y corrió a refugiarse dentro de la alcoba. En aquella ocasión se trataba de la señorita Reiss. Vivaz y grave, hizo su entrada en el salón, ataviada con un rígido traje chaqueta de color gris, zapatos de tacón bajo y gafas de montura de concha.

    —Buenos días —saludó en tono retumbante—. El señor Laws me dijo que hay... —Se interrumpió sorprendida—. Ese estruendo... —Indicó la zarabanda de imágenes y alboroto del televisor—. ¿También está en su aparato?
    —Naturalmente. En todos los que funcionan.

    La señorita Reiss se tranquilizó a ojos vistas.

    —Temí que hubiera seleccionado sólo el mío.

    A través de la puerta de la fachada, a medio abrir, pasó la figura lastimosa de Charley McFeyffe.

    —Saludos —murmuró.

    Llevaba vendada la hinchadísima mandíbula. Alrededor de la garganta, por debajo del cuello, se había puesto un paño blanco. Con andar cauteloso, cruzó la estancia en dirección a Hamilton.

    —¿No consigue curar eso? —se interesó Hamilton, derrochando buenos sentimientos.

    McFeyffe sacudió la cabeza, sombrío.

    —No puedo.
    —¿De qué hablan? —quiso saber la señorita Reiss—. ¿Y a qué viene todo esto? El señor Laws dijo que usted tenía algo que comunicarnos. Algo referente a esta peculiar intriga que nos envuelve.
    —¿Intriga? —Hamilton la miró, nervioso—. No me parece el término más apropiado para calificar el asunto.
    —Estoy de acuerdo —manifestó fervorosamente la señorita Reiss, entendiéndole mal—. Va mucho más allá que lo que iría una simple intriga.

    Hamilton no tenía ganas de ponerse a discutir la cuestión. Se llegó a la cerrada puerta de la alcoba y llamó apremiadamente.

    —Sal ya, querida. Es hora de ir al hospital.

    Tras un intervalo torturante, Marsha se dejó ver en el umbral. Se había puesto pantalones y se cubría con un grueso abrigo. A fin de ocultar la lacia pelambrera, llevaba un pañuelo rojo sobre la cabeza. Ningún afeite trataba de disimular lo calamitoso de su semblante; aplicárselo hubiera sido una pérdida inútil de tiempo.

    —Está bien —declaró con voz apagada—. Estoy a punto.

    Hamilton estacionó el «Plymouth» de McFeyffe en la zona de aparcamiento del hospital. Cuando las cinco personas caminaban por el paseo de gravilla, rumbo al edificio clínico, Bill Laws inquirió.

    —¿Silvester es la clave de todo esto?
    —Silvester es todo esto —repuso Hamilton—. La clave la constituye el sueño que tuvieron Marsha y usted. Aparte de otros diversos... tales como la alteración de su aspecto, su nueva forma de andar, arrastrando los pies, etcétera. La propia naturaleza del Segundo Nabismo. Su universo geocéntrico. Tengo el presentimiento de que Arthur Silvester está dentro y fuera de esto. Sobre todo, dentro.
    —¿Lo dice muy convencido? —dudó Laws.
    —Todos nosotros, los ocho, caímos a través del rayo de protones del Bevatrón. Durante el período en que se consumó el suceso, sólo una persona de las ocho conservó el conocimiento y se constituyó en esquema de referencia. Silvester no perdió el sentido ni durante un segundo.
    —Entonces —resumió Laws, yendo a lo práctico— eso significa que no estamos aquí.
    —Físicamente, continuamos tendidos en el piso de la sala del Bevatrón. Pero mentalmente nos encontramos aquí. La liberada energía del rayo transformó el mundo particular de Silvester en un universo público. Nos hallamos sometidos a la lógica de un individuo fanático, de un viejo que, allá por mil novecientos treinta y tantos, se convirtió a las estrambóticas ideas religiosas de un culto que apareció en Chicago. Nos encontramos en su universo, donde funcionan y tienen vida todas sus ignorantes supersticiones. Estamos en la cabeza de ese hombre. —Esbozó un ademán—. Este paisaje. Este terreno. Repliegues y enroscaduras de un cerebro; los montes y valles del cerebro de Silvester.
    —Oh, querido —susurró la señorita Reiss—. Estamos en su poder. Y trata de destruirnos.
    —Dudo de que se percate de lo que está ocurriendo. Eso es lo irónico del caso. Probablemente, Silvester no ve nada extraño en este mundo. ¿Por qué iba a verlo? Se trata del orbe creado por su propia fantasía, en el que lleva viviendo muchos años.

    Entraron en el edificio del hospital. Nadie apareció ante su vista; de todos los cuartos brotaba el estruendo agresivo del sermón dominical que (Tetragramatón) dirigió al mundo.

    —Ahí está —dijo Hamilton—. Me había olvidado de eso. Tendremos que andar con cien ojos.

    El departamento de información estaba abandonado. Sin duda, el cuadro facultativo en pleno, con todo el personal auxiliar, escuchaba la plática. Hamilton examinó el directorio mecánico, enterándose así del número de la habitación que ocupaba Silvester. Segundos después, subían en el silencioso ascensor hidráulico.

    La puerta del cuarto de Arthur Silvester estaba de par en par. El flaco anciano permanecía sentado en una silla, muy erguido, con la atenta mirada fija en la pantalla de su televisor. Le acompañaban en la estancia la señora Edith Pritchet y su hijo David.

    Tanto la dama como el niño se removían inquietos; ambos soltaron un suspiro de alivio como saludo al grupo que desfiló al interior de la estancia. Silvester, sin embargo, no hizo el más leve movimiento. Implacablemente, con fanática austeridad, continuó frente a su Dios, absorto en el furioso tumulto de sentimientos belicosos que se derramaban desde el aparato, inundando la habitación.

    Evidentemente, a Arthur Silvester no le sorprendía en absoluto el que su Hacedor le dirigiera la palabra personalmente. Era obvio que aquella formaba parte de su costumbre dominguera. Durante la mañana del domingo, ingería su provisión hebdomadaria de alimento espiritual.

    David Pritchet, malhumorado, se acercó a Hamilton.

    —¿Quién rayos es? —interrogó, mientras señalaba la pantalla—. No entiendo nada.

    Su madre, regordeta, de mediana edad, siguió mordisqueando una manzana despepitada. El semblante dulce de la mujer no reflejaba comprensión de ninguna clase. Con la salvedad de cierta animosidad nebulosa hacia los trompeteos ensordecedores, se manifestaba indiferente por completo al fenómeno de la pantalla.

    —Es difícil de explicar —dijo Hamilton al chico—. No es probable que hayas tropezado nunca con la deidad.

    La cabeza huesuda y envejecida de Arthur Silvester se volvió ligeramente; dos ásperos ojos de tonalidad gris se clavaron en Hamilton.

    —Silencio —ordenó el viejo, con un matiz de voz que dejó helado a Hamilton.

    Y, sin más, Silvester volvió a concentrar su atención en el aparato.

    Aquél era el hombre en cuyo mundo habían entrado. Por primera vez desde que ocurrió el accidente, Hamilton experimentó un miedo auténtico e inenarrable.

    —Me parece —murmuró Laws por la comisura de la boca—, que tenemo rayo pa rato.

    Y esa impresión dominaba a todos. Una vez llegaba (Tetragramatón) a aquel punto, ¿solía mantenerse en él durante mucho tiempo?

    Diez minutos después, la señora Pritchet había soportado todo lo que era capaz de aguantar. Tras emitir un gemido desesperado, se puso en pie y anduvo hasta el fondo del cuarto, donde estaban los demás.

    —Cielo santo —se lamentó—. Jamás he podido sufrir a estos predicadores pesados. No creo haber oído en mi vida tanto ruido junto.
    —Pronto se dará por vencido —declaró Hamilton—. Se va a quedar enseguida sin aliento.
    —En este hospital, todo el mundo se dedica a contemplar y oír eso —reveló la señora Pritchet, nublada la cara por un puchero de disgusto—. Y no es bueno para David... Me he esforzado en educarle de forma que pudiese ver el mundo de un modo racional. Este sitio no resulta lo que se dice aconsejable para él.
    —No —convino Hamilton—, desde luego, no lo es.
    —Deseo que mi hijo sea persona ilustrada —confió la dama, hablando a borbotones y moviendo la cabeza de un lado para otro, cosa que hacía bailar los profundos adornos de su sombrero—. Quiero que conozca a los grandes clásicos y que disfrute de las bellezas de la vida. Su padre fue Alfred B. Pritchet; el que realizó la maravillosa traducción en verso de la Ilíada. Opino que las artes mayores deberían desempeñar un papel de importancia en la existencia del hombre corriente, ¿no le parece? La vida tendría así mucha más riqueza y un significado mucho más amplio.

    La señora Pritchet resultaba casi tan fastidiosa como (Tetragramatón).

    De espaldas a la pantalla, la señorita Reiss manifestó:

    —Temo que no me va a ser posible aguantar eso un minuto más. Y ese horrible viejo ahí sentado, tragándose la morralla. —El semblante de la mujer se contorsionó espasmódicamente—. Me gustaría coger algo, cualquier cosa... y estrellárselo en la cabeza.

    La señora Pritchet escuchaba con insípido placer la imperfecta forma de expresarse adoptada por Laws.

    —¡Los acentos regionales suenan tan dulces al oído! —alabó en tono pedantesco—. ¿De dónde es usted, señor Laws?
    —De Clinton, Ohio —respondió el negro, sin deje de ninguna clase.

    Dirigió a la señora Pritchet una mirada furibunda. Aquella era una reacción que no había previsto.

    —Clinton, Ohio —repitió la dama, sumida en su arrobo—. He pasado por allí. ¿No hay en Clinton una encantadora compañía de ópera?

    Cuando Hamilton volvía la vista hacia su esposa, la señora Pritchet relacionaba sus óperas favoritas.

    —Ahí tienes una mujer que, aunque no existiese mundo alguno, ni siquiera se daría cuenta —dijo Hamilton a Marsha.

    Habló en voz baja. Pero, en aquel preciso momento, el rugiente sermón tocaba a su fin. El torbellino tempestuoso se borró de la pantalla, y en fracciones de segundo, el silencio se abatió sobre la habitación. Hamilton no pudo por menos que sentirse mortificado al oír que sus palabras resonaban como trallazos estentóreos, en medio de aquella brusca quietud.

    Lenta, implacablemente, la anciana cabeza de Silvester giró sobre el palo de escoba que era su cuello.

    —Perdone —articuló, en tono sosegado y con voz frígida—. ¿Tenía usted algo que decir?
    —Exacto —repuso Hamilton; ya no podía volverse atrás—. Deseo hablar con usted, Silvester. Nosotros siete estamos a punto de coger un hueso. Y usted se encuentra en el otro extremo.

    En el rincón, el televisor mostraba un grupo de ángeles felices, que entonaban versiones más o menos armónicas de cánticos populares. Vacíos de expresión los rostros, aquellas criaturas angélicas ejecutaban un vaivén lánguido, al tiempo que dejaban oír su melopea de cadencias lúgubres.

    —Tenemos un problema —explicó Hamilton, con la vista clavada en los ojos del anciano. Probablemente, Silvester dispondría de poderes para arrojarlos a los siete al infierno. Después de todo, aquel era su mundo; si alguien tenía influencia sobre (Tetragramatón), ese alguien era Arthur Silvester, sin ningún género de dudas.
    —¿De qué problema se trata? —preguntó el viejo—. ¿Por qué no están entregados a la oración todos ustedes?

    Sin hacer maldito caso de la última interrogación, Hamilton prosiguió:

    —Hemos descubierto algo respecto al accidente. A propósito, ¿qué tal van sus heridas?

    Una sonrisa de calmosa satisfacción se extendió por la arrugada faz.

    —Mis heridas —informó Silvester— han desaparecido. El mérito de ello corresponde a mi fe, no a los matasanos que trataron de curarme. La fe y la oración bastan para que un hombre soporte triunfalmente cualquier prueba. —Hizo una breve pausa, antes de añadir—: Lo que usted califica de «accidente» fue un sistema al que recurrió la Providencia para ponernos a prueba. El modo empleado por Dios para averiguar de qué clase de fibra estamos compuestos.
    —Oh, querido señor —protestó la señora Pritchet, mientras sonreía confiadamente—, estoy segura de que la Providencia no sometería a las personas a semejantes pruebas. —El viejo se la quedó mirando con cierta crueldad.
    —El Único Dios Verdadero —manifestó, categórico—, es una divinidad muy severa. Asigna castigos y recompensas de acuerdo con su criterio. El género humano fue colocado sobre el planeta Tierra para que cumpliese los preceptos de la autoridad cósmica.
    —De los ocho —continuó Hamilton con su tema—, siete quedamos inconscientes a consecuencia del impacto de la caída. Uno de nosotros siguió disfrutando de todos los sentidos. Fue usted.

    Silvester inclinó la cabeza en complacido asentimiento.

    —Mientras me desplomaba por el aire —explicó—, recé al Único Dios Verdadero, rogándole que me protegiese.
    —¿De qué? —intervino la señorita Reiss—. ¿De la misma prueba a la que le sometía?

    Hamilton indicó a la mujer que guardara silencio, agitó la mano en tal sentido y tomó de nuevo la palabra:

    —Una cantidad enorme de energía libre anduvo suelta por el Bevatrón. En circunstancias normales, cada persona tiene un esquema de referencia único. Pero como todos los demás perdimos el conocimiento y usted no...

    Silvester no le prestaba atención. Sus ojos miraban con intensidad a Bill Laws, situado a espaldas de Hamilton. Una indignación justiciera relucía en las hundidas mejillas del viejo.

    —Lo que veo ahí —silabeó con los dientes apretados—, ¿es una persona de color?
    —Se trata de nuestro guía —dijo Hamilton.
    —Antes de proseguir con esta charla —manifestó Silvester en tono normal—, pediré a esa persona de color que abandone la estancia. Este es el cuarto particular de un hombre blanco.

    Las palabras que Hamilton pronunció a continuación distaban mucho de ser producto de un meticuloso razonamiento. No tenía excusa ni pretexto para articularlas; le salieron de un modo demasiado natural y espontáneo para que pudiese evitarlas.

    —¡Váyase al diablo! —profirió, y el semblante de Silvester se puso tan yerto como una piedra.

    «Bueno —se dijo Hamilton—, esto ya no tiene remedio, así que lo mejor es hacer las cosas bien y rematar el asunto de una vez.»

    Manifestó en voz alta:

    —¿De un hombre blanco? Si ese Segundo Nabí o como quiera que se llame, ese (Tetragramatón) de pega que se ha inventado usted, puede seguir sentado tranquilamente, cruzado de brazos mientras usted dice cosa semejante, no cabe duda de que tiene menos de dios que usted de hombre. Lo que ya es decir.

    La señora Pritchet se quedó boquiabierta. David Pritchet soltó una risita gutural. Sobresaltadas, Marsha y la señorita Reiss retrocedieron. Laws se mantuvo rígido, con una expresión en el rostro entre dolorida y sardónica. Un poco distanciado, en el rincón, McFeyffe se frotaba la sufrida mandíbula como si no hubiese oído nada.

    Despacio, muy despacio, Arthur Silvester se puso en pie. No había aumentado de estatura, pero sí se había convertido en una fuerza vengadora que trascendía humanidad. Era un agente purificador, defendía a su deidad, a su país, a la raza blanca... y también su honor personal. Todo de una vez. Durante unos segundos, permaneció inmóvil, haciendo acopio de energías. Una vibración sacudió su enjuta estructura de pies a cabeza; y desde lo más profundo de su cuerpo empezó a surgir lentamente una vaporosa oleada de odio emponzoñado.

    —Creo —articuló— que es usted amante de los negros.
    —Así es —convino Hamilton—. Además de ateo y de rojo. ¿No conoce a mi esposa? Es una espía rusa. ¿Quiere que le presente a mi amigo Bill Laws? Estudiante graduado en física avanzada; lo bastante distinguido y bueno como para sentarse a la mesa y cenar con cualquier otro ser humano viviente. Un muchacho lo bastante estupendo como para...

    En la pantalla del televisor, el coro de ángeles había interrumpido su audición. La imagen vacilaba; ondas de luz oscuras irradiaban amenazas en forma de movimientos furibundos. Del altavoz no surgía ya música lacrimógena; un rumor sordo repercutía ominoso por los tubos y condensadores. El rumor fue acrecentando su volumen hasta transformarse en un tronar que destrozaba los tímpanos.

    Salieron de la pantalla del televisor cuatro figuras gigantescas. Eran ángeles. Enormes, corpulentos, viriles, brutales, con los ojos saturados de perversidad. Cada uno de ellos debía de pesar más de noventa kilos. Agitando las alas, los cuatro ángeles se dirigieron hacia Hamilton. Lleno de satisfacción placentera el arrugado semblante, Silvester retrocedió unos pasos para disfrutar del espectáculo de la venganza abatiéndose sobre el blasfemo.

    Cuando el primer ángel descendía para imponer la sentencia cósmica, Hamilton le propinó un golpe que lo puso fuera de combate. Tras él, Bill Laws enarboló una lámpara de mesa. Precipitándose hacia adelante, la estrelló contra la cabeza del segundo ángel; aturdida, la víctima del trastazo forcejeó para agarrar al negro.

    —Oh, Dios —gimió la señora Pritchet—. Que alguien llame a la policía.

    Era inútil. En un rincón que ocupaba, el más alejado, McFeyffe salió por fin de su estupor y dirigió un golpe inútil a uno de los ángeles. Un ramalazo de clara energía saltó sobre él; sin alboroto alguno, McFeyffe cayó contra la pared y allí se quedó, inmóvil por completo. David Pritchet empezó a soltar gritos excitados y, no contento con su contribución sonora a la causa, agarró los frascos de medicina que había encima de la mesita de noche y se puso a lanzarlos contra los ángeles, a guisa de proyectiles. Marsha y la señorita Reiss también combatían: ambas se abalanzaron sobre un ángel voluminoso, de alas algo torponas, al que consiguieron derribar. Y una vez en el suelo propinaron puntapiés y arañazos a discreción, arrancándole las plumas a puñados.

    Brotaron más ángeles de la pantalla del televisor. A sus anchas, Arthur Silvester vio, encantadísimo, cómo Bill Laws desaparecía bajo una montaña de alas vengativas. Sólo quedaba Hamilton en pie de guerra, un Hamilton con las fuerzas bastante mermadas. Tenía la chaqueta desgarrada y le salía sangre de la nariz, pero estaba dispuesto a defender la última trinchera y vender cara su vida. Se derrumbó otro ángel, al encajar una verdadera coz en los riñones. Pero por cada uno que caía, otro rebaño abandonaba las veintisiete pulgadas de la pantalla del televisor y, una vez en la habitación, se agigantaban en un abrir y cerrar de ojos.

    En retirada, Hamilton retrocedió hacia Silvester.

    —Si hay justicia en este ruinoso y repugnante mundo suyo... —jadeó. No pudo terminar la frase. Dos ángeles le atacaron al mismo tiempo; le cegaron, le dejaron sin resuello y notó que las rodillas se le doblaban, que le desaparecían las piernas debajo del cuerpo.

    Marsha emitió un alarido y se lanzó a la carga, dispuesta a abrirse camino. Empuñando un largo y brillante alfiler de sombrero, lo clavó en la espalda de uno de los ángeles, el cual rugió de dolor y soltó a Hamilton. El ingeniero se apoderó rápidamente de una botella de agua mineral y movió el brazo con giro brusco. La botella estalló al chocar contra la pared; burbujas, espuma y trozos de vidrio saltaron en todas direcciones.

    Arthur Silvester baboseó y se echó hacia atrás. Tropezó con la señorita Reiss quien, ágil como un felino, se revolvió, le asestó un empujón y se apartó. Con expresión atónita en el semblante, Silvester dio un traspié y se vino al suelo. Una esquina de la cama acudió al encuentro de su cráneo; se produjo un agudo chasquido cuando el occipucio del hombre y el metal del lecho entraron en colisión. Arthur Silvester dejó escapar un gruñido y perdió el conocimiento...

    Y los ángeles se desvanecieron.

    El alboroto tocó a su fin. La televisión enmudeció. Nada quedó allí, excepto ocho seres humanos lastimados, caídos o inclinados, en diversas posturas de dolor o defensa. McFeyffe había perdido el conocimiento de modo total y estaba parcialmente chamuscado. Arthur Silvester yacía inerte con los ojos en blanco, la lengua asomando por entre sus labios y un brazo doblado. Bill Laws, sentado en el piso, tuvo que hacer grandes esfuerzos para incorporarse. Empavorecida, la señora Pritchet asomaba la cabeza por la puerta, con la más alicaída de las expresiones en su rostro fofo. David Pritchet se encontraba sin aliento, aunque sostenía aún en los brazos unas cuantas manzanas y naranjas: proyectiles que el brusco fin de la pelea le impidió arrojar.

    Al tiempo que reía histéricamente, la señorita Reiss voceó:

    —Ya le tenemos. Vencimos. ¡Vencimos!


    Aturdido, Hamilton reanimó la temblorosa figura de su esposa. Esbelta y jadeante, Marsha se oprimió contra él.

    —Cariño —susurró, brillantes los ojos a causa de las lágrimas—, ya está todo arreglado, ¿verdad? Ha concluido esta pesadilla.

    Hamilton notó en su rostro la caricia sedosa de la ondulada cabellera castaña de la mujer. La piel, tersa y cálida, se apretó sobre los labios masculinos. Y el cuerpo de Marsha volvía a ser frágil, cimbreante, leve y suave. Las prendas de tejido áspero se habían volatilizado. Marsha se abrazó a su marido y emitió un suspiro de alivio, al observar que iba ataviada con un conjunto de algodón, a base de falda y blusa, elegante y juvenil.

    —Claro —murmuró Laws, cuyos esfuerzos para levantarse iban ya a tener éxito. Tenía un ojo hinchado y las ropas hechas jirones—. El viejo bastardo ha perdido sus ganas de jaleo. Le derribamos por más de la cuenta... y eso arregló las cosas. Ahora no se encuentra en mejor situación que los demás. Y esta inconsciente.
    —Hemos vencido —repetía la señorita Reiss, haciendo hincapié en el tono—. Escapamos a su conspiración.

    De todos los puntos del hospital empezaron a llegar médicos corriendo. La mayor parte de la atención facultativa se dirigió hacia Arthur Silvester. Esbozando una mueca débil, el anciano se las arregló para regresar a su asiento, delante del receptor de televisión.

    —Gracias —murmuró—. Me encuentro bien, muchas gracias. Sin duda me quedé dormido. Un poco traspuesto.

    McFeyffe, que empezaba a revivir, se tanteó con aire feliz la mandíbula y el cuello; sus múltiples llagas habían desaparecido. A la vez que pronunciaba un grito de alegría, se arrancó la venda y el paño de la garganta.

    —Se han evaporado —chilló—. Gracias a Dios!
    —No se anime demasiado —le recordó Hamilton secamente—. Es mejor que abandone, ahora que está a tiempo.
    —¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó un médico.
    —Celebramos una pequeña tremolina. —Irónico, Laws indicó la caja de bombones que había caído del cajón de la mesita de noche—. Todos queríamos apoderarnos del último dulce que quedaba.
    —Sólo hay una cosa pendiente —murmuró Hamilton, sumido en honda preocupación reflexiva—. Aunque probablemente se trata de una cuestión técnica.
    —¿Que es ello? —quiso saber Marsha, muy pegada a Hamilton.
    —Tu sueño. ¿No estábamos todos tendidos en la sala del Bevatrón, más o menos inconscientes? ¿No estábamos suspendidos físicamente en el tiempo?
    —Santo Dios —se serenó Marsha—. Así es. Pero hemos vuelto... ¡y nos encontramos a salvo!
    —En apariencia. —Hamilton notó los latidos del corazón de Marsha y, más despacio, la aspiración y espiración de sus pulmones—. Y eso es lo que cuenta. —El cuerpo de la mujer era cálido, suave y maravillosamente esbelto—. Mientras te haya recobrado tal y como eras antes.

    Se le quebró la voz. En sus brazos, Marsha parecía grácil, desde luego. Demasiado...

    —Marsha —dijo quedamente—, algo se ha torcido.

    Al instante, el flexible cuerpo de la mujer se tomó rígido.

    —¿Torcido? ¿Qué pretendes decir?
    —Quítate la ropa. —Apresuradamente, Hamilton alargó la mano hacia el cursor de la cremallera de la falda—. ¡Vamos.. rápido!

    Marsha parpadeó y se retiró.

    —¿Aquí? Pero, cariño... con todas estas personas...
    —¡Venga! —apremió Hamilton.

    Llena de confusión, Marsha empezó a desabrocharse la blusa. Se la quitó, la puso encima de la cama; luego se inclinó para hacer lo propio con la falda. Sorprendidas y horrorizadas, las personas del grupo reunido en la habitación contemplaron a Marsha, mientras se desprendía de la ropa interior y se quedaba inmóvil en el centro de la estancia.

    Era tan asexual como una abeja.

    —Mírate a ti misma —acusó Hamilton, fuera de sí—. ¡Por el amor de Dios, mira! ¿Es que no eres capaz de notarlo?

    Estupefacta, Marsha bajó la vista sobre su propio cuerpo. Sus senos habían desaparecido totalmente. Su figura aparecía lisa, un poco angulosa, sin características sexuales primarias o secundarias de ninguna clase. Cenceña, sin vello, lo mismo podía ser un muchacho. Pero ni siquiera era eso; no era nada. Un ser absoluta e inequívocamente neutro.

    —¿Qué...? —articuló, asustadísima—. No lo entiendo.
    —No hemos vuelto —dijo Hamilton—. Este no es nuestro mundo.
    —Pero los ángeles han desaparecido —señaló la señorita Reiss.
    —Y mi flemón también —subrayó McFeyffe, al tiempo que se tocaba la mandíbula, de tamaño normal en aquel instante.

    Tampoco es el mundo de Silvester —replicó Hamilton—. Se trata de alguna otra persona. De una tercera parte. Dios misericordioso... jamás regresaremos. —Recurrió, angustiado, a los confundidos miembros del grupo—. ¿Cuántos mundos hay? ¿Cuántas veces va a repetirse esto?


    IX


    DISEMINADAS POR EL SUELO de la cámara del Bevatrón, yacían ocho personas. Ninguna de ellas conservaba totalmente el conocimiento. A su alrededor, el piso estaba sembrado de ruinas humeantes: el hormigón, convertido en cascotes y el ennegrecido metal de lo que fue la plataforma de observación, la revuelta mescolanza de materiales sobre los que poco antes estuvieron contemplando el ingenio.

    Semejantes a caracoles, enfermeros y médicos descendían con cautela por unas escalas. No transcurriría mucho tiempo antes de que llegaran hasta los ocho cuerpos, antes de que la energía del generador se hubiese consumido y la zumbante corriente de protones se hubiera apagado hasta enmudecer.

    Agitándose y revolviéndose en la cama, Hamilton estudiaba aquel cuadro vivo e incesante. Lo examinaba una y otra vez, escrutaba todos y cada uno de los aspectos de la escena. Cuando avanzaba hacia el desvelo, las imágenes iban difuminándose paulatinamente. Cuando volvía a hundirse en el sueño, la perspectiva resaltaba de nuevo, aguda, clarísima, precisa.

    Al lado de Hamilton, su esposa se retorcía y suspiraba en sueños. En la ciudad de Belmont, ocho personas estaban removiéndose inquietas, despertándose y durmiéndose a intervalos, viendo una y otra vez los contornos del Bevatrón, las siluetas de las personas tendidas o plegadas.

    Esforzándose en captar hasta el último detalle de la escena, Hamilton, contemplaba una por una, centímetro a centímetro, todas aquellas figuras.

    Había empezado por su propio cuerpo, lo cual le costó un trabajo ímprobo. Fue el que llegó al suelo en último lugar. Tras estrellarse contra el piso con violencia aturdidora, quedó estirado sobre el cemento, extendidos los brazos y con una pierna debajo del tronco. Con la salvedad de la tenue oscilación producida por el aliento, no se movía en absoluto. Dios santo, se hubiese algún modo de alcanzarlo... si pudiese gritar, despertarlo, armar tanto ruido que éste atravesara las negruras de la inconsciencia. Pero era inútil.

    A escasa distancia se encontraba la voluminosa humanidad de McFeyffe. El grueso rostro del hombre estaba decorado por una expresión de furiosa sorpresa; aún tenía un brazo alargado, con la mano infructuosamente extendida en un intento de agarrarse a una barandilla que ya no existía. Un hilillo de sangre se deslizaba por el orondo semblante. McFeyffe estaba herido; no cabía duda de eso. Respiraba de modo ronco e irregular. Bajo la chaqueta, el pecho subía y bajaba penosamente.

    Un poco más allá de McFeyffe se encontraba la señorita Joan Reiss. Semienterrada bajo los escombros, su organismo parecía efectuar desesperados esfuerzos para conseguir que entrase aire en los pulmones, mientras los brazos y las piernas, trataban instintivamente de apartar el montón de yeso y cemento caído sobre su cuerpo. Los cristales de las gafas estaban hechos añicos. Las prendas de vestir aparecían rotas y arrugadas. En la sien, una herida de horrible aspecto empezaba a enconarse.

    La esposa de Hamilton, Marsha, no se hallaba muy lejos de aquel punto. Al verla inanimada, yerta, el corazón del ingeniero se convulsionó apesadumbrado. A Marsha le gustaba dormir, nunca quería que la despertasen. Inconscientemente, yacía con un brazo debajo del busto, alzadas las rodillas en postura casi fetal, inclinada la cabeza a un lado y el cabello castaño esparcido sobre el cuello y los hombros. Un tenue aleteo respiratorio ponía leves vibraciones en sus labios; aparte de eso, no se percibía ningún otro movimiento. Sus ropas estaban incendiadas; gradual, inexorablemente, una hilera de cárdenas chispas avanzaba rumbo a la carne. Sobre sus pies y bien torneadas pantorrillas flotaba una nube de humo acre, que oscurecía parcialmente sus extremidades inferiores. Destrozado por completo, uno de sus zapatos de tacón alto permanecía, solitario y abandonado, a cosa de un metro de distancia.

    La señora Pritchet era un abultado mogote de carne palpitante, un poco ridículo como consecuencia de los colorines chillones del floreado vestido, el cual presentaba horribles quemaduras. El sombrero de fantasía, quedó deshecho por la lluvia de cascotes que se le vino encima. El bolso, que la violencia del choque le arrancó de la mano, estaba abierto, y su contenido se desparramaba caóticamente a ambos lados de la mujer.

    Casi perdido entre las ruinas, apenas se distinguía a David Pritchet. El niño gimió una vez. Luego se agitó brevemente. Un trozo retorcido de viga metálica se mantenía encima de su pecho, impidiéndole levantarse. Hacia el chico avanzaba el personal médico, aquel equipo de andares lentos. ¿Qué diablos les sucedía? A Hamilton le entraron unos deseos locos de gritar, de rugir histéricamente. ¿Por qué no se daban más prisa? Habían transcurrido cuatro noches...

    Pero no allí. En aquel mundo, el mundo real, sólo discurrieron unos cuantos segundos.

    Entre montones de desgarrada tela metálica estaba caído el guía negro, Bill Laws. El enjuto cuerpo yacía contorsionado, abiertos los ojos, que miraban vidriosamente, sin verla, la pila de humeante materia orgánica situada un poco más allá. Aquella pila era el flaco y quebradizo cuerpo de Arthur Silvester. El viejo había terminado por perder el conocimiento... el dolor y la postración nerviosa de sus huesos fracturados contorsionaban horriblemente su rostro. De todo el grupo, Arthur Silvester era el que sufría heridas más graves.

    Allí se encontraban todos. Ocho cuerpos inertes y lacerados. Un cuadro descorazonador. Pero Hamilton, mientras se agitaba y se revolvía en el cómodo lecho, junto a la encantadora Marsha, hubiera dado cualquier cosa terrena a cambio de poder regresar. Volver a la sala del Bevatrón y despertar a su inanimada contrapartida física... Y recuperar su propia capacidad mental, arrancándola del rumbo desorientado por el que se había perdido.

    En todos los universos posibles, el lunes era lunes. A las ocho y media de la mañana, Hamilton iba sentado en un compartimiento de un tren para viajeros de abono de la «Southern Pacific». Llevaba sobre las rodillas, desplegado, un ejemplar del Chronicle de San Francisco, que repasaba durante el trayecto, costa arriba, hacia la Agencia para el Fomento de la Electrónica. Suponiendo, claro está, que la A.F.E. existiese. En aquellos instantes, no podía afirmarlo.

    En torno suyo, indiferentes empleados administrativos fumaban, leían revistas o hablaban de temas deportivos. Hundido en el asiento, Hamilton meditó en ellos. ¿Se daban cuenta de que no eran más que dislocadas ficciones del mundo fantástico de alguna otra persona? Al parecer, no se percataban de tal cosa. Con aire apacible, emprendían su acostumbrada rutina de los lunes, ajenos al hecho de que todos y cada uno de los aspectos de su existencia eran manipulados por un ser invisible.

    No resultaba difícil presumir la identidad de ese ser. Con toda probabilidad, siete de los ocho miembros del grupo lo habrían adivinado ya. Hasta su esposa lo descubrió. A la hora del desayuno, Marsha se encaró con él y, en tono solemne, dijo:

    —La señora Pritchet. Me he pasado dándole vueltas a la cabeza al asunto. Estoy segura.
    —¿Por qué una certeza tan absoluta?
    —Porque —repuso Marsha, plenamente convencida— es la única a la que se le ocurriría esta clase de jugarreta. —Marsha se pasó las manos por la lisa superficie de su cuerpo—. Es exactamente la especie de imbecilidad victoriana que lanzaría sobre nosotros.

    Si hubiese quedado alguna duda en el cerebro de Hamilton, no tuvo más remedio que disiparse al echar un vistazo a su alrededor, mientras el tren salía de Belmont. Obedientemente detenido ante una cabaña rural, distinguió por la ventanilla la figura de un caballo enganchado a un carro cargado de chatarra: piezas oxidadas de automóviles abandonados. El caballo llevaba calzones.

    —South San Francisco —anunció el revisor, tras aparecer en el extremo del traqueteante vagón.

    Hamilton se guardó el periódico en el bolsillo y se integró en el menguado conjunto de funcionarios que se dirigió a la salida. Varios minutos después, caminaba con aire sombrío en dirección a los edificios, rutilantemente blancos, que constituían la Agencia de Fomento de la Electrónica. Al menos, la empresa existía... era un principio esperanzador. Cruzó los dedos y rezó con fervor, pidiendo que su empleo formase parte de aquel mundo.

    El doctor Guy Tillingford le recibió en el despacho exterior.

    —Puntual y animado, por lo que veo —le saludó, derrochando cordialidad, al tiempo que le estrechaba la mano—. Dispuesto a efectuar una salida rápida.

    Hamilton se tranquilizó de manera considerable y empezó a quitarse la chaqueta. La A.F.E. existía y él contaba aún con su empleo. En aquel desarticulado imperio, Tillingford contrató sus servicios; lo cual ya era mucho. Un problema importante que podía borrar de su agenda de preocupaciones.

    —Ha sido un buen detalle, por su parte, el de concederme un día libre —manifestó Hamilton cautelosamente, mientras Tillingford le acompañaba pasillo adelante, rumbo a los laboratorios—. Se lo agradezco en el alma.
    —¿Qué tal te fue? —se interesó Tillingford.

    Aquello era una frenada en seco. En el mundo de Silvester, Tillingford le envió a consultar al profeta del Segundo Nabí. Eran remotísimas las probabilidades de que tal cosa continuase teniendo vigencia... De hecho, podía descartarse tranquilamente. Hamilton trató de ganar tiempo.

    —Regularcillo, teniendo en cuenta las circunstancias. Claro que se trataba de algo que no entra de lleno en mí...
    —¿Te costó trabajo encontrar el sitio?
    —En absoluto. —Sudando la gota negra, Hamilton se preguntó qué habría hecho en aquel mundo. Empezó—: Fue... fue usted muy amable. Precisamente el primer día.
    —No tiene importancia. Pero dime una cosa. —Ante la puerta del laboratorio, Tillingford hizo un breve alto—. ¿Quién ganó?
    —¿Que... quien... ganó?
    —¿Se llevó el premio tu pupilo? —Sonriente, Tillingford le palmeó la espalda—. Por Dios, apuesto a que sí. Lo leo en la expresión de tu rostro. El elegante director de personal avanzó a largas zancadas por el pasillo, con una abultada cartera bajo el brazo.
    —¿Cómo se portó? —quiso saber. Emitió una risita húmeda y dio unos golpecitos de suficiencia en el brazo de Hamilton—. ¿Tiene algo que enseñarnos? ¿Una cintita, tal vez?
    —Ha decidido mostrarse reservado y modesto —confió Tillingford—. Ernie, ¿por qué no insertar una pequeña gacetilla en el boletín de la oficina? Puede que al personal le interese la noticia.
    —Le sobra a usted razón —convino el director—. Tomar nota de eso. —Se dirigió a Hamilton—. ¿Cómo dijo que se llama su gato?
    —¿Qué? —articuló Hamilton, casi sin voz.
    —El viernes, cuando hablamos de ello. Maldito si me acuerdo. Quiero apuntarlo perfectamente deletreado, para que en el boletín salga bien escrito su nombre.

    En aquel universo, habían concedido a Hamilton un día libre —su primera jornada laboral en un nuevo empleo— para que presentase a «Morrongo Atolondrado» en un concurso de animalitos domésticos. En su fuero interno, dejó escapar un gemido. En varios sentidos, el mundo de la señora Pritchet iba a ser más duro de sobrellevar que el de Arthur Silvester.

    Después de reunir todos los detalles relativos a la exposición de animales, el director de personal se alejó, presuroso, dejando a Hamilton y a su jefe uno frente al otro. Había llegado el momento crucial; ya no era posible dar largas al asunto.

    —Doctor —comenzó Hamilton, sombrío, dispuesto a pasar cuanto antes el mal trago—, tengo que confesarle algo. El viernes, estaba tan excitado por el hecho de que iba a trabajar para usted que... —Sonrió plañideramente—. Bueno, con franqueza. no me acuerdo de nada de lo que dijimos. Toda la conversación no es más que una vaga nebulosa en mi memoria.
    —Lo comprendo, hijo mío —le tranquilizó Tillingford y, de soslayo, le dirigió una mirada paternal—. No te atormentes... tendrás oportunidades de sobra para ponerte al día. Confío en que estarás aquí, con nosotros, mucho tiempo y que te gustará.
    —La verdad es que —Hamilton se zambulló de cabeza— ni siquiera me acuerdo de la naturaleza del trabajo que voy a desempeñar. ¿No es para reírse?

    Ambos soltaron la carcajada para corroborarlo.

    —Desde luego, resulta divertido, hijo mío —concedió Tillingford por último, mientras se secaba las lágrimas de hilaridad que humedecían sus ojos—. Creí que había oído ya todas las ocurrencias graciosas...
    —¿Supone usted que...? —Hamilton se esforzó para que su voz estuviese matizada de ligereza e indiferencia—. Bueno, antes de dejarme solo ante el peligro, ¿por qué no me esboza un rápido cursillo, en síntesis, acerca de lo que me espera?
    —Bien... —dijo Tillingford para empezar. Parte de su buen humor se había volatilizado y fue sustituido por una expresión solemne, meditativa, importante. Se extendió por su rostro una capa como de ausencia, dando la impresión de que, en el vacío, estaba contemplando un cuadro de conjunto, visto en perspectiva—. No creo que resulte perjudicial dar un repaso a los puntos fundamentales. Es importante, como digo siempre, volver de vez en cuando a los postulados básicos. Así se evita desviarse demasiado del rumbo general.
    —Verificación —convino Hamilton.

    Rogó en silencio para que, fuera lo que fuese, estuviera en condiciones de adaptarse a ello. ¿Cuál sería la concepción de Edith Pritchet respecto a las funciones de una factoría gigantesca de investigación electrónica?

    —La A.F.E. —empezó Tillingford—, como sabes, es un elemento de importancia principalísima dentro de la estructura social del país. Tiene que cumplir una tarea vital. Y la está cumpliendo.
    —Desde luego —manifestó Hamilton.
    —Lo que hacemos aquí, en la A.F.E., es algo más que un simple trabajo. Me atrevo a decir que es mucho más que una mera aventura económica. La A.F.E. no se fundó con intenciones de lucro.
    —Le entiendo —asintió Hamilton.
    —Jactarse de que la A.F.E. es un éxito financiero por todo lo alto constituiría una nimiedad estéril. Pero lo cierto es que rinde suculentos beneficios. Aunque eso carece de importancia. Nuestra tarea aquí —una tarea enorme y remunerativa— va mucho más allá que cualquier concepto de provecho o ganancia material. Especialmente, esto reza en tu caso. Como principiante joven e idealista, tú te ves impulsado por la misma clase de celo que me apremiaba a mí tiempo atrás. Ahora soy viejo. He trabajado casi cuanto tenía que trabajar. Algún día, quizá muy próximo en el futuro, dejaré la carga sobre otros hombros más enérgicos y voluntariosos.

    Con la mano apoyada en el brazo de Hamilton, el doctor Tillingford introdujo a su acompañante a la vasta red de laboratorios de investigación de la A.F.E.

    —Nuestra finalidad —adoptó un tono grandilocuente— estriba en poner los enormes recursos y talentos de la industria electrónica al servicio de la obra magna de elevar el nivel cultural de las masas. De colocar el arte al alcance de la inmensa mayoría de los componentes de la raza humana.

    Hamilton se soltó violentamente de la mano del hombre.

    —¡Doctor Tillingford! —gritó—. ¿Es usted capaz de repetir eso mientras me mira directamente a los ojos?

    Estupefacto, Tillingford se quedó inmóvil, sin saber hacer otra cosa que no fuera abrir y cerrar la boca.

    —Pero, Jack... —murmuró—. ¿Qué...?
    —¿Cómo puede plantarse ahí y recitar toda esa sarta de tonterías? Es usted un hombre educado e inteligente; uno de los más importantes investigadores del mundo. —Al tiempo que agitaba los brazos con frenesí, Hamilton siguió voceando reproches al anciano—. ¿Es que no tiene cerebro propio? Por el amor de Dios... trate de recordar quién es. ¡No permita que le suceda lo que está sucediendo!

    Tillingford, desconcertado, entrelazó las manos tímidamente y tartamudeó:

    —Jack, hijo mío. ¿Qué ventolera te ha dado?

    Hamilton se estremeció. Era inútil; estaba perdiendo el tiempo. De súbito, le asaltó un deseo vehemente de estallar en carcajadas. La situación era increíble y absurda; podía muy bien guardarse su enojo. No era culpa del pobre Tillingford... A Tillingford se le podía reprochar tanto como al caballo de los calzones que había visto enganchado a un carro de chatarra.

    —Lo lamento —articuló en tono cansino—. Tengo los nervios alterados.
    —Santo Dios —dijo Tillingford, que empezaba a recuperarse de la sorpresa—. ¿Te importa que me siente un momento? Mi corazón no está en muy buenas condiciones... nada grave, una extraña dolencia llamada taquicardia paroxismal. Dispénsame.

    Se precipitó al interior de un despacho lateral, cerró la puerta de golpe y hasta el pasillo se filtraron los ruidos que producía un frasco de medicina que se abría precipitadamente y los de una píldora que alguien se tomaba.

    Lo más probable era que hubiese perdido su empleo, así que Hamilton se sentó con negligencia en un banco y sacó su paquete de cigarrillos. Una salida estupenda... no pudo haber empezado de peor manera.

    Despacio, con precaución, la puerta del despacho lateral comenzó a abrirse. El doctor Tillingford, desorbitados los ojos y temerosa la mirada, asomó la cabeza por el hueco.

    —Jack —llamó con voz débil.
    —¿Qué? —repuso Hamilton en un murmullo, sin alzar la vista.
    —Jack —insistió Tillingford, vacilante—, quieres proporcionar cultura a las masas, ¿no es cierto?

    Hamilton suspiró.

    —Claro, doctor. —Se puso en pie y miró al anciano—. Adoro esa tarea. Es lo mejor que se ha inventado.

    El alivio inundó el semblante de Tillingford.

    —Loado sea el Cielo. —Restaurada de algún modo la confianza en sí mismo y en sus fuerzas, el hombre se aventuró a salir al pasillo—. ¿Te consideras lo bastante preparado como para empezar a trabajar? Yo... ejem.. no quiero someterte a una presión excesiva...

    Un mundo compuesto y habitado por multitud de personas idénticas la Edith Pritchet. Podía vislumbrarlo ya: bondad, amistad, colaboración, dulzura de sacarina. Sin hacer, pensar ni creer en nada, salvo en lo bueno y en lo hermoso.

    —¿No va a despedirme? —preguntó.
    —¿Despedirte? —Tillingford parpadeó—. ¿Por qué rayos iba a hacerlo?
    —Le insulté groseramente.

    Tillingford tuvo energías suficientes para soltar una tenue risita.

    —No te preocupes. Hijo mío, tu padre fue uno de mis mejores amigos. Recuérdame cualquier día que te cuente alguna de las numerosas trifulcas furibundas que tuvimos. De tal palo tal astilla, ¿eh, Jack? El mismo genio irritable.

    Palmeó la espalda de Hamilton con cuidado y le condujo a los laboratorios. Técnicos y equipos mecánicos se extendían en todas direcciones; un conjunto vibrante de proyectos de investigación electrónica, que llenaba el aire de zumbidos atareados.

    —Doctor —apuntó Hamilton, sin mucha convicción—, ¿puedo formularle una pregunta? Es simple curiosidad.
    —Pues, claro que sí, hijo mío. ¿De qué se trata?
    —¿Se acuerda usted de alguien llamado (Tetragramatón)?

    El doctor Tillingford pareció confuso.

    —¿A qué viene eso? ¿(Tetragramatón)? Me parece que no. No, no consigo recordar a nadie que se llame así.
    —Gracias —dijo Hamilton, tristón—. Sólo deseaba estar seguro. Pero ya me figuraba que su respuesta sería esa.

    De encima de una mesa de trabajo, el doctor Tillingford recogió un ejemplar del Diario de las Ciencias Aplicadas, correspondiente a noviembre de 1959.

    —Aquí hay un artículo que ha circulado bastante entre los miembros de nuestro cuadro de colaboradores. Puede que te interese, aunque en esta época que corre se considera materia anticuadilla. Se trata de un análisis de los escritos que redactó uno de los hombres más significativos de nuestro siglo: Sigmund Freud.
    —Estupendo —silabeó Hamilton con voz carente de entonación.

    Estaba preparado para todo.

    —Como sabes, Sigmund Freud desarrolló el concepto psicoanalítico del sexo como sublimación del impulso artístico. Demostró que, al no proporcionar medios válidos de expresión a las fundamentales y básicas inclinaciones humanas hacia la creación artística, estas apremiantes tendencias natas se transforman y alteran, desembocando en una forma de sustitución: la actividad sexual.
    —¿Eso es cierto? —murmuró Hamilton, resignado.
    —Freud demuestra que en ningún ser humano saludable y carente de inhibiciones se albergan estímulos sexuales, y que no posee curiosidad ni interés por la sexualidad. Contrariamente a la idea que se tenía, idea arraigada y tradicional, el sexo es una preocupación artificial por entero. Cuando a un hombre o a una mujer se le ofrece la posibilidad de entregarse a actividades artísticas decentes y normales —música, pintura, literatura—, el denominado impulso sexual se consume por sí mismo. La actividad sexual es la forma oculta, secreta y solapada bajo la cual opera el talento artístico, cuando la mecánica sociedad somete al individuo a una inhibición contranatural.
    —Claro —dijo Hamilton—. Aprendí eso en el preuniversitario. Eso o algo muy parecido.
    —Afortunadamente —continuó Tillingford—, la resistencia inicial al prodigioso descubrimiento de Freud ha sido superada ya. Como es lógico, tuvo que enfrentarse a una oposición terrorífica. Mas, por suerte, todos los obstáculos están terminando de derrumbarse. Hoy en día, es raro encontrar una persona que hable de temas sexuales. Utilizo, date cuenta, esos términos en sentido clínico, para describir una situación clínica anormal.

    Esperanzadamente, Hamilton preguntó:

    —¿Insinúa usted que queda un resto de esa clase de ideas tradicionales entre las clases inferiores?
    —Bueno —concedió Tillingford—, tardaremos algún tiempo en llegar a todo el mundo. —Se animó, recuperando su entusiasmo—. Y esa es nuestra tarea, hijo mío. Esa es la misión del gremio electrónico.
    —Gremio —susurró Hamilton.
    —No alcanza del todo la categoría de arte, me temo. Pero tampoco está muy lejos de ello. Nuestro trabajo, hijo mío, consiste en seguir investigando hasta dar con el último medio de comunicación, el sistema máximo, el ingenio ideal que no deje piedra sin remover. Y con el cual, todos los seres humanos quedarán frente a la herencia artística y cultural de la civilización. ¿Me comprendes?
    —Ya me dedicaba a eso —repuso Hamilton—. Desde hace años, tengo en casa un equipo completo de alta fidelidad.
    —¿Alta fidelidad? —Tillingford se manifestó encantado—. No me había percatado de que te interese tanto la música.
    —Sólo los sonidos.

    Sin hacer caso, Tillingford se embaló:

    —Entonces tendrás que ingresar en la orquesta sinfónica de la compañía. Hemos desafiado a la del coronel T. E. Edwards a un concierto que se celebrará a últimos de diciembre. Por Dios, se te ofrecerá la ocasión de tocar en contra de tu antigua empresa. ¿Qué instrumento es el tuyo?
    —El ukelele.
    —Principiante, ¿eh? ¿Qué me dices de tu esposa? ¿También toca?
    —El rabel.

    Confundido, Tillingford cambió de conversación.

    —Bueno, ya hablaremos luego de eso. Imagino que estarás deseando ponerte a trabajar.

    A las cinco de aquella tarde, Hamilton recibió permiso para dejar su diagrama y poner a un lado las herramientas de su oficio. Se unió a los demás operarios que regresaban al hogar, cruzó la planta fabril y salió a los senderos de gravilla, bordeados de árboles, que llevaban a la calle.

    Se disponía a volver la cabeza para orientarse y localizar la estación de ferrocarril, cuando un familiar automóvil de color azul se acercó al cordón de la acera y se detuvo silenciosamente junto a él. Al volante del cupé marca «Ford» iba Silky.

    —Que me aspen —dijo Hamilton—. ¿Qué hace usted por aquí? Precisamente estaba pensando en emprender su búsqueda.

    Sonriente, Silky abrió la portezuela del vehículo para que subiese Hamilton.

    —Averigüé tu nombre y domicilio en la tarjeta de registro. —Indicó el rectángulo de blanca cartulina adherido al árbol del volante—. Al final, resultó que decías la verdad.

    Mientras se acomodaba cansinamente al lado de la chica, Hamilton observó:

    —Sin embargo, ni la tarjeta ni yo dijimos dónde trabajo.
    —No —reconoció Silky—. Recurrí a tu esposa y ella me informó acerca del sitio en que te encontraría.

    Durante la pausa que Hamilton dedicó a contemplar a la muchacha, dominado por el abatimiento, Silky puso el coche en marcha.

    —No te importa que conduzca yo, ¿verdad? —comentó la joven, en tono reflexivo—. Es que tu pequeño automóvil me ha robado el corazón... ¡es tan mono, tan primoroso y tan fácil de manejar!
    —Conduzca, conduzca —dijo Hamilton, sin salir de su pasmo—. ¿Llamó... llamó a Marsha?
    —Celebramos una larga charla de corazón a corazón —le informó placenteramente.
    —¿Sobre qué?
    —Sobre ti.
    —¿Sobre mí?
    —De tus gustos. De lo que haces. Oh, de todo lo relativo a tu persona. Ya sabes cómo les encanta hablar a las mujeres.

    Reducido a un silencio impotente, Hamilton miró sin ver el Camino Real y la riada de vehículos que avanzaban por la península, rumbo a las diversas villas suburbanas. A su lado, Silky conducía con aire feliz, iluminada y alegre su aguda carita. En aquel mundo intachable, la chica había sufrido una transformación radical. Su rubia cabellera formaba dos trenzas amarillas, que le caían por la espalda. Llevaba blusa de color blanco y falda azul oscuro, bastante larga. Calzaba zapatillas planas, sin adornos de ninguna clase. En todos los aspectos, parecía una estudiante de Bachillerato, desprovista totalmente de artificios. No iba pintada. Su anterior expresión de embaucadora brillaba por su ausencia. Y su figura, como la de Marsha, estaba por desarrollar.

    —¿Qué tal le fue?
    —Pues, estupendamente.
    —¿Se acuerda —preguntó Hamilton, precavido— de la última vez que nos vimos? ¿Recuerda lo que pasaba?
    —Claro que sí —respondió confiadamente— Charley McFeyffe y tú ibais hacia San Francisco.
    —¿Para qué?
    —McFeyffe quería que visitases su iglesia.
    —¿Lo hice?
    —Supongo que sí. Ambos desaparecisteis en su interior.
    —Y luego, ¿qué?
    —No tengo idea. Luego me quedé en el automóvil.
    —¿No... no vio nada?
    —¿Cómo qué?

    Hubiera resultado extraño decir: «Como dos hombres adultos elevándose hacia el Cielo agarrados a un paraguas.» Así que no lo dijo. En vez de eso, preguntó:

    —¿A dónde vamos? ¿Volvemos a Belmont?
    —Naturalmente. ¿A qué otro sitio podemos ir?
    —¿A mi casa? —Adaptarse a aquel mundo iba a resultar un proceso muy lento—. Marsha, usted y yo...
    —Todo está a punto para la cena —manifestó Silky—. O lo estará para cuando lleguemos. Marsha me telefoneó al lugar donde trabajo, me dijo lo que quería de la tienda y lo recogí.
    —¿Al lugar donde trabaja? —Fascinado, Hamilton preguntó: ¿Qué, ejem, clase de empleo desempeña?

    Silky se le quedó mirando, perpleja.

    —Jack, eres un hombre verdaderamente extraño.
    —¿Ah, sí?

    Turbada, Silky continuó observándole, hasta que llegó a ellos un apagado chirrido de frenos y se vio obligada a volver la vista de nuevo hacia la carretera.

    —La bocina —aleccionó Hamilton.

    Un elefantiásico camión estaba a su derecha, bloqueándoles el camino.

    —¿Qué? —preguntó Silky.

    Fastidiado, Hamilton se inclinó y apretó el botón de la bocina. Nada sucedió; ningún ruido se produjo.

    —¿Por qué hizo eso? —se extrañó Silky, al tiempo que aminoraba la velocidad y permitía que el mastodonte de la autopista les adelantara definitivamente.

    Hamilton volvió a hundirse en la meditación y archivó otro dato en la reserva de su almacén de sabiduría. En aquel mundo, las bocinas automovilísticas habían sido abolidas. Y dada la densidad del tránsito rodado que circulaba por allí, el estruendo hubiera tenido que ser apocalíptico.

    En su operación de limpieza de males, Edith Pritchet no sólo erradicaba determinados objetos, sino todos los de su clase. Probablemente, en algún momento y lugar remotos, una bocina debió de molestarla. Y entonces, en su grata versión imaginativa del mundo, tales cosas no existían. Sencillamente, no estaban allí.

    Sin duda, su lista de cosas incordiantes era considerable. Y no había medio para adivinar qué figuraba y qué no figuraba en esa relación. Hamilton no pudo evitar acordarse de la canción que entonaba Koko en El Mikado:

    ...La verdad es que no importa a quién puedas poner en la lista, porque a ninguno de ellos se le echará de menos...
    ¡No se notará la ausencia de ninguno!...


    El recuerdo no era para animar a nadie. Cualquier cosa, objeto o acontecimiento que hubiese alterado desfavorablemente la lisa superficie de la insípida existencia que vivió la mujer durante la cincuentena de años que llevaría en la tierra, había sido eliminado sin más ni más. Hamilton podía adivinar unos cuantos de esos acontecimientos, cosas u objetos. E incluso personas. Los basureros que armaban ruido con los cubos de desperdicios. Los vendedores domiciliarios que iban de puerta en puerta. Las facturas y las declaraciones de impuestos de todas clases. Los niños llorones (acaso todos los niños). Las bebidas alcohólicas. La suciedad. La pobreza. El sufrimiento general.

    Sería asombroso que quedase algo.

    —¿Qué ocurre? —preguntó Silky, rezumando simpatía e interés—. ¿No te encuentras bien?
    —La culpa la tiene la niebla —respondió Hamilton—. Siempre me deja un poco indispuesto.
    —¿Qué es la niebla? —inquirió Silky—. ¡Vaya palabra más rara!

    Durante largo rato, no hubo conversación. Hamilton se limitó a permanecer sentado y a tratar en vano de mantenerse cogido a lo razonable.

    —¿Quieres que nos detengamos en algún punto del trayecto? —ofreció Silky, amable—. ¿Te apetece un vaso de limonada?
    —¿Por qué no se calla de una vez? —estalló Hamilton. Parpadeando, Silky le disparó una mirada temerosa.
    —Lo siento. —Contraído sobre sí mismo, Hamilton forzó sus meninges para esbozar una excusa—. He empezado hoy a trabajar en un nuevo empleo... resulta un poco duro.
    —Me lo imagino.
    —¿De veras? —Hamilton no pudo impedir que asomase en su voz cierto gélido cinismo—. A propósito... iba a decírmelo. ¿A qué se dedica últimamente?
    —A lo mismo.
    —¿Y en qué consiste su ocupación?
    —Sigo en el «Fondeadero».

    Hamilton recobró cierta dosis de confianza. Por lo menos, algunas cosas continuaban existiendo. El «Fondeadero» seguía funcionando. Un fragmento de realidad quedaba allí, dispuesto para que pudiese cimentar su confianza sobre él.

    —Vayamos al «Fondeadero» —propuso en seguida—. Tomemos un par de cervezas antes de volver a casa.

    Cuando llegaron a Belmont, Silky estacionó el coche junto a la acera de enfrente, respecto al bar. Con ojo crítico, Hamilton estuvo unos segundos inspeccionando el lugar. Visto a aquella distancia, el establecimiento no parecía haber cambiado. Un poco más limpio, quizás. Más flamante. Se había acentuado el elemento náutico; daba la impresión de que las alusiones al alcohol estaban sutilmente disminuidas. De hecho, tuvo que esforzarse para leer el letrero de Áureo Resplandor. Los caracteres, antes de un rojo brillante y preciso, parecían unirse unos a otros y formar una mancha indescriptible. Si no hubiese sabido de antemano lo que decía el letrero...

    —Jack —articuló, con voz suave y turbada—. Quisiera que me lo explicases.
    —Que le explique ¿qué?
    —No... no sabría decírtelo. —Silky sonrió y le dirigió una mirada vacilante— Noto un algo extraño en mí. Parece como si un sinfín de recuerdos entremezclados anduvieran sueltos por mi cabeza. No puedo captar nada concreto; sólo se trata de un manojo de vagas impresiones.
    —¿Acerca de qué?
    —De ti y de mí.
    —Ah —Hamilton inclinó la cabeza—, eso. ¿Y McFeyffe?
    —También Charley. Y Bill Laws. Parece que se trata de algo que sucedió hace mucho tiempo. Pero no podría ser... ¿O sí? ¿No te conoce a ti? Se oprimió las sienes con sus finos dedos; de modo inconsciente, Hamilton observó que no llevaba laca en las uñas—. Todo esto es condenadamente confuso.
    —Me gustaría poder ayudarla. —Y Hamilton era sincero, no obstante su empeño en no aceptar el tuteo de la joven—. Pero lo cierto es que yo también llevo unos días bastante perplejo.
    —¿No va todo bien? Me siento como si fuera a atravesar el piso del arroyo. Ya sabes... como si, al poner el pie en el suelo, éste fuera a abrirse para que me hundiera. —Soltó una carcajada nerviosa—. Debe de ser hora de buscarme otro psiquiatra.
    —¿Otro? ¿Quiere decir que ya tiene uno ahora?
    —Pues, claro. —Volvió su rostro cargado de ansiedad hacia Hamilton—. Eso quiere decir, exactamente. Te expresas de un modo que me hace sentirme insegura. No deberías formularme preguntas semejantes, Jack; no es justo... Duelen demasiado.
    —Lo lamento —articuló Hamilton con torpeza—. No es culpa suya; no tiene por qué atormentarse.
    —¿Culpa mía? ¿El qué?
    —Olvidémoslo. —Hamilton abrió la portezuela y se apeó. Dio unos pasos por la oscura acera—. Entremos a tomar nuestras cervezas.

    El «Fondeadero» había sufrido una extraordinaria metamorfosis interna. Pequeñas mesas cuadradas, cubiertas con blancos manteles de algodón, almidonados, aparecían esparcidos por la sala, más o menos estratégicamente. En cada uno de tales veladores había una vela encendida. Colgaban de las paredes varias series de grabados de Currier e Ives. Unas cuantas parejas de mediana edad ocupaban algunas mesitas; consumían platos de ensalada.

    —Es más bonito hacia el fondo —informó Silky, mientras le conducía por entre las mesas.

    Pronto estuvieron sentados en la penumbra de un reservado de la parte de atrás, con la carta de platos en las manos.

    La cerveza, cuando se la sirvieron, resultó ser la de mejor calidad, o poco menos, que Hamilton había probado en su vida. Al examinar la carta, descubrió que se trataba de auténtica cerveza «McCoy»: cerveza genuinamente alemana, de la clase que raramente se localizaba. Por primera vez, desde su ingreso en aquel mundo, Hamilton se sintió optimista, incluso jubiloso.

    —He aquí algo estupendo —declaró, al tiempo que alzaba su jarra. Silky hizo lo propio, sonriente.
    —No sabes lo formidable que me parece volver a estar aquí sentada contigo —dijo, y tomó un sorbo de cerveza.
    —Claro.

    Mientras jugueteaba con su bebida, Silky preguntó.

    —¿Me recomiendas algún psiquiatra en particular? He probado Con más de cien... Y siempre voy al siguiente de la lista en mi búsqueda del mejor. Todo el mundo tiene uno que recomendar.
    —Pues, yo no —repuso Hamilton.
    —¿De veras? ¡Qué original! —Miró por encima del ingeniero, hacia el grabado de Currier e Ives que colgaba en la pared, detrás de la mesa; era un paisaje invernal de Nueva Inglaterra en 1845—. Supongo que tendré que recurrir a la A.M.H.M. y ver a alguno de sus facultativos. Suelen aliviar.
    —¿Qué es la A.M.H.M.?
    —La Asociación Movilizada de Higiene Mental. ¿Acaso no eres socio? Todo el mundo lo es.
    —Tengo un carácter individualista y marginal.

    Silky se sacó del bolso de mano la tarjeta que la acreditaba como miembro de aquella sociedad y se la enseñó a Hamilton.

    —Se hacen cargo de todas las cuestiones relacionadas con la salud mental de una. Solucionan todos los problemas de esa especie. Es maravilloso... a cualquier hora del día o de la noche están dispuestos para hacer un psicoanálisis.
    —¿Y también se encargan de la medicina regular?
    —¿Te refieres a lo psicosomático?
    —Eso creo.
    —Pues, sí, también se cuidan de eso. Y tienen servicio permanente de dietética; está de guardia durante las veinticuatro horas del día.

    Hamilton gimió.

    —(Tetragramatón) era mejor.
    —¿(Tetragramatón)? —Silky empezó a balbucear de pronto—. ¿Conozco ese nombre? ¿Qué significa? Tengo una especie de vaga impresión de que... —Sacudió la cabeza con aire triste—. No consigo ubicarlo.
    —Hábleme de la dietética.
    —Bueno, se cuidan de la dieta de uno.
    —Eso ya pude colegirlo.
    —La alimentación correcta es algo muy importante. Ahora precisamente mi nutrición se basa en miel y requesón.
    —A mí que me den buenos bifes —expresó Hamilton en tono soñador.

    Sobresaltada, Silky se le quedó mirando. Rezumaba horror.

    —¿Bifes? ¿Carne de animal?
    —Puede apostar lo que quiera. Y en grandes cantidades. Carne estofada, con cebollas, patatas, guisantes. Y luego, café bien negro.

    El horror se transformó en repugnancia.

    —¡Oh, Jack!
    —¿Qué ocurre?
    —¡Eres un... salvaje!

    Hamilton se inclinó hacia la chica por encima de la mesa, y propuso:

    —¿Qué le parece si nos fuéramos de aquí? Montemos en el coche, vayamos hacia alguna carretera solitaria, detengámonos y practiquemos el amor.

    El semblante de la joven no manifestó más que confusa indiferencia.

    —No te entiendo.

    Hamilton se derrumbó.

    —Olvídelo.
    —Pero...
    —¡Olvídelo! —Meditabundo, apuró de un trago la cerveza que le quedaba en la jarra—. Vamos, lleguémonos a casa y cenemos. Probablemente, Marsha se estará preguntando qué habrá sido de nosotros.


    X


    MARSHA les acogió muy aliviada cuando entraron en la luminosa salita de estar.

    —Llegáis en el momento justo —dijo a Hamilton, mientras se ponía de puntillas para darle un beso de bienvenida. Con su delantal y su vestidito estampado, presentaba una figura esbelta, cálida y fragante—. Anda, ve a lavarte y siéntate.
    —¿Puedo ayudar en algo? —se ofreció Silky cortésmente.
    —Faltaría más. Hazte cargo de su chaqueta, Jack.
    —No es necesario —repuso Silky—. La tiraré encima de la cama y santas pascuas.

    La muchacha salió presurosa de la estancia, dejándoles a solas un momento.

    —Esto es lo más inconcebible que he visto jamás —comentó Hamilton, mientras pasaba a la cocina, en pos de su esposa.
    —¿Te refieres a Silky?
    —Si.
    —¿Cuándo la conociste?
    —La semana pasada. Es amiga de McFeyffe.
    —Una chica muy linda. —Marsha se inclinó y saco del horno una humeante cacerola—. Tan dulce, tan gentil, tan radiante...
    —Cariño, es una cortesana.
    —¡Oh! —Marsha pestañeó—. ¿De veras? No tiene el aspecto de... de eso que has dicho.
    —Claro que no. En este mundo no se lo permitirían.
    —Entonces, Silky no lo es. No es posible que lo sea —se animó Marsha.

    Irritado, Hamilton se interpuso en su camino, cuando Marsha se disponía a ir a la sala con la cacerola.

    —Lo es. En el mundo real se dedica a alternar en los bares a la caza de hombres y de invitaciones. Es una buscona profesional.
    —¿Ah, sí? —articuló Marsha, sin dejarse convencer—. Pues, no lo creo. Celebramos una larga conversación por teléfono. Trabaja de camarera o algo así. Y es una chiquilla encantadora.
    —Nena, cuando sus órganos estaban intactos...

    Se interrumpió al reaparecer Silky, atrevidilla e ingenua a la vez, con su atavío de escolar adolescente.

    Hamilton se dio por vencido.

    —Al diablo con todo.

    Recogió el Tribune de Oakland, diario vespertino, y fue a sentarse en el sofá, en el extremo opuesto al que ocupaba Silky. Echó un vistazo a los titulares del periódico.

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    El artículo, en primera página, lo encabezaba el retrato de un médico sonriente, rechoncho y calvo, vestido con bata blanca, propio de un reclamo de pasta dentífrica. El texto del reportaje se extendía en consideraciones acerca de aquel descubrimiento sensacional que iba a estremecer al mundo. Primera columna, página número uno.

    En la columna dos, también de la primera página, había un larguísimo artículo, sobre los hallazgos arqueológicos efectuados en Oriente Medio. Se habían desenterrado ollas, platos, vasijas, etc., y se había localizado toda una ciudad de la Edad de Hierro. La raza humana contemplaba aquello con la respiración alterada.

    Una especie de curiosidad morbosa dominó a Hamilton. ¿Qué había sido de la guerra fría entablada con Rusia? Y a propósito de eso, ¿qué había sido de Rusia? Revisó precipitadamente las páginas restantes. Lo que observó, lo que no vio, mejor dicho, hizo que se le pusieran de punta los pelos de la nuca.

    Rusia, como nación, había sido eliminada. Era demasiado penosamente desagradable. Millones de hombres y mujeres, millones de kilómetros cuadrados de territorio... ¡borrados del mapa! ¿Qué había quedado en su lugar? ¿Una llanura estéril? ¿Un vacío brumoso? ¿Un hoyo inmenso?

    En cierto sentido, no había primera plana en aquel periódico, tal como se entiende convencionalmente... Empezaba con la sección dos el mundo femenino. Modas, acontecimientos sociales, o sea, ecos de sociedad, bodas y compromisos matrimoniales, juegos, actividades culturales. La sección de entretenimientos sólo existía allí en parte. Figuraban los episodios de novelas gráficas sentimentales y humorísticas, así como las tiras de chistes a base del niño revoltoso y espabilado. Pero las aventuras del detective que suele sabérselas todas y que acostumbra a repartir puñetazos y caricias a diestro y siniestro, yendo del tiroteo con los «malos» al galanteo fructífero con múltiples féminas de múltiples encantos que en múltiples ocasiones se cruzan en su camino violento, eso se echaba de menos. No es que tuviese mucha importancia. Pero no dejaba de resultar algo insatisfactorio aquel concepto periodístico; demasiadas páginas de literatura y noticias blancas.

    Probablemente, ese aspecto tendría en aquellos instantes la parte norte de Asia: el de una extensión blanca, yerta, despoblada. Una amplia faja de terreno inerte en la que, para bien o para mal, hubo un tiempo en que vivieron millones de seres humanos. Personas que, en opinión de una dama de mediana edad llamada Edith Pritchet y con exceso de prejuicios y grasa, constituían una molestia. Rusia la estorbaba; era como un mosquito zumbador que le hacía la vida imposible o, por lo menos, fastidiosa.

    Y ahora que pensaba en ello... No había visto en aquel mundo moscas ni mosquitos. Ni arañas. Ninguna clase de bichos desagradables. Sí, mientras durase el dominio de la señora Pritchet, aquel iba a ser un mundo cautivador, en el que se viviría deliciosamente... si es que quedaba algo.

    —¿No la mortifica un poco? —preguntó Hamilton de súbito a Silky—. Me refiero al hecho de que ya no quede nada de Rusia.
    —¿De qué? —inquirió Silky a su vez, tras levantar los ojos de la revista que estaba leyendo.
    —Olvídelo. —Arrojando el periódico, Hamilton se puso en pie y, con aire cansino y mustio, abandonó la sala y entró en la cocina—. ¡Esta es la parte que no puedo sufrir! —confesó a Marsha.
    —¿De qué se trata cariño?
    —¡Se desentienden de lo trascendental!

    En tono suave, amablemente, Marsha señaló:

    —Para ellos, nunca existió un país llamado Rusia. Por lo tanto, ¿qué puede importarles?
    —Pues, debería importarles. Si la señora Pritchet aboliese la literatura, puede que les tuviese sin cuidado. No la echarían en falta... no se darían cuenta de que había desaparecido.
    —Y si no se daban cuenta —repuso Marsha pensativamente—, ¿qué importancia tiene entonces?

    No había meditado en eso. Lo hizo mientras las dos mujeres se dedicaban a poner la mesa.

    —Eso es lo malo —comunicó a Marsha—. Lo peor del asunto. Edith Pritchet se entremete en el mundo de los demás... rehace sus vidas y ellos ni siquiera lo notan. Es terrible.
    —¿Por qué? —se irritó Marsha—. Tal vez no sea tan terrible. —Bajó la voz e indicó a Silky con la cabeza—. ¿Te parece terrible eso? ¿Es que la chica era antes mejor?
    —Esa no es la cuestión. La cuestión es... —Siguió a Marsha, irritado—. La muchacha ha dejado de ser Silky. Es alguna otra persona. Un muñeco de cera que la señora Pritchet ha fabricado para que sustituya a Silky.
    —A mí me parece que sí es Silky.
    —No la conociste antes.
    —A Dios gracias —manifestó Marsha fervorosamente. —Despacio, una sospecha espantosa empezó a deslizarse hacia el interior del ánimo de Hamilton.
    —A ti te gusta esto. La verdad es que lo prefieres.
    —No diría tal cosa —respondió Marsha, evasiva.
    —¡Pues puedes afirmarlo! Te gustan estas... ¡mejoras!

    Marsha se detuvo en la puerta de la cocina, con las manos llenas de cucharas y tenedores.

    —He estado pensando en ello durante el día. En muchos aspectos, todo es más limpio, más diáfano, más bonito. No es tan turbio ni tan inmundo. Las cosas resultan..., bueno, mucho más sencillas. Más ordenadas.
    —Bien, no hay tantas cosas.
    —¿Y qué tiene eso de malo?
    —Quizá acabemos por convertirnos en elementos inconvenientes. ¿No se te ha ocurrido? —Accionando con los brazos, prosiguió—: No es un mundo seguro. Mira lo que nos ha pasado a nosotros... nos han remodelado ya. Somos seres carentes de sexo... ¿Te gusta?

    No hubo respuesta inmediata.

    —¡Te gusta! —afirmó Hamilton, aterrado—. Lo prefieres.
    —Hablaremos de eso después —replicó Marsha, y salió de la cocina con los cubiertos.

    Pero Hamilton la agarró de un brazo y la obligó a entrar de nuevo.

    —¡Contesta! Te encanta el sistema Pritchet, ¿verdad? Te seduce la idea de esa dama de edad, gorda, puritana y cargante, dispuesta a eliminar del mundo la obscenidad, el sexo y la porquería.
    —Bueno —articuló Marsha, reflexivamente—, creo que al mundo le vendría de perlas un poco de limpieza, sí. Y si vosotros, los hombres, no habéis sido capaces de llevar a cabo esa operación de baldeo, o no queréis realizarla...
    —Voy a decirte una cosa —declaró Hamilton con enojo—. Con la misma rapidez con que Edith Pritchet vaya suprimiendo cosas, yo las iré restaurando. Y lo primero que voy a reconstruir es el sexo. Esta noche introduciré de nuevo el sexo en el mundo.
    —Sí, lo harías, ¿verdad? Es algo que deseas hacer; algo que no has dejado de tener presente.
    —Ahí está la chica —Hamilton sacudió la cabeza en dirección a la sala de estar; Silky, con aire feliz, iba colocando servilletas alrededor de la mesa—. Voy a llevármela al sótano y a enseñarle unas cuantas cosas respecto al amor.
    —Mi vida —observó Marsha, con sentido práctico—, no puedes.
    —¿Por qué no?
    —Silky... —Marsha esbozó un ademán ambiguo—. Silky no está equipada para tales cosas.
    —¿Es qué mis intenciones te dejan fría?
    —Pero si es absurdo. Viene a ser lo mismo que hablar de avestruces de color morado. No existen en este planeta.

    En dos zancadas, Hamilton franqueó la puerta, cruzó la salita y agarró con firmeza la mano de Silky.

    —Vamos —ordenó a la joven—. Bajaremos a la sala de audiciones y escucharemos los cuartetos de Beethoven.

    Estupefacta, Silky tuvo que seguir a Hamilton, a la fuerza y dando traspiés.

    —¿Y la cena?
    —Que se vaya al diablo la cena —replicó el ingeniero, al tiempo que abría la puerta de la escalera—. Bajemos ahí antes de que la Pritchet suprima la música.

    La atmósfera del semisótano era fresca y húmeda. Hamilton puso en marcha el calentador eléctrico y bajó las persianas de los ventanucos. Cuando el ambiente se caldeó y se hizo agradable y alegre, abrió las puertas del armario donde guardaba los discos y empezó a sacar montones de los de larga duración.

    —¿Qué quieres oír? —tuteó ya, acaso para conferir más beligerancia a su tono.

    Asustada, Silky se mantuvo cerca de la puerta.

    —Quiero comer algo. Y Marsha había preparado una cena tan estupenda...
    —Sólo comen los animales —murmuró Hamilton—. Es enojoso. Un acto nada ameno. Lo he abolido.
    —No comprendo —protestó Silky, enfurruñada.

    Manipulando su amplificador, Hamilton ajustó la complicada red de mandos.

    —¿Qué te parece mi conjunto de aparatos?
    —Muy... atractivo.
    —Rendimiento paralelo de impulso y atracción. Plano superior de treinta mil c.p.s. Cuatro reproductores electromagnéticos de alta frecuencia, con altavoces de treinta y ocho centímetros. Ocho conos acústicos de teatro. Red de intercomunicaciones a cuatrocientos c.p.s. Transformadores manuales. Aguja de diamante y áureo tubo de gargantilla. —Mientras colocaba un disco de larga duración en el plato, añadió—: El motor es capaz de sostener un peso de diez toneladas sin disminuir un ápice su giro de treinta y tres coma tres revoluciones. No está mal, ¿eh?
    —Ma... maravilloso.

    La pieza musical era Dafnis y Cloe. La mitad de la colección de discos de Hamilton había desaparecido misteriosamente; en su mayor parte de obras atonales y de percusión experimental. La señora Pritchet prefería los clásicos bien consagrados: Beethoven y Schumann, con el numeroso acompañamiento orquestal a que estaban acostumbrados los melómanos que asistían de modo asiduo a los conciertos. De cualquier modo, la pérdida de su preciosa colección de discos de Bartok le afectó más que nada y estuvo a punto de ponerle frenético. Aquellas piezas poseían una cualidad íntima, una especie de identificación con las capas más profundas de su personalidad. No había forma de vivir en el mundo de la señora Pritchet; aquella dama era peor incluso que (Tetragramatón).

    —¿Cómo va eso? —preguntó Hamilton de manera automática, a la vez que apagaba las luces hasta casi quedar en la oscuridad—. No está en tus ojos, ¿eh?
    —Nunca lo estuvo, Jack —dijo Silky, turbada. Un nebuloso fragmento de recuerdo debió de filtrarse al interior de su cerebro purificado—. Dios mío, apenas distingo lo que me rodea... Temo que voy a caer.
    —No estás muy lejos de ello —repuso Hamilton, sardónico—. ¿Qué quieres beber? Da la casualidad de que tengo una botella de whisky escocés en alguna parte de esta cueva.

    Abrió el armarito de los licores y adelantó la mano con ademán experto. Sus dedos se cerraron en torno al cuello de una botella; la sacó rápidamente y se inclinó para coger vasos. Sin embargo, en seguida notó algo extraño en la botella. Una mirada confirmó sus temores; no tenía en la mano una botella de whisky, después de todo.

    —Bueno, nos conformaremos con crema de menta —se corrigió, resignado. En cierto modo, era mejor—. ¿De acuerdo?

    Dafnis y Cloe elevaba sus notas de forma lujuriante en el cuarto sumido en penumbras, mientras Hamilton llevaba a Silky hasta un sofá y la obligaba a sentarse. Obediente, la muchacha aceptó la bebida y tomó un sorbo, con una expresión humilde y yerta en su rostro. Hamilton se movió por la estancia, efectuando los últimos toquecitos del entendido: enderezando un grabado de la pared, subiendo ligeramente el tono del amplificador, bajando todavía más la ya escasa luz de las lámparas, ahuecando uno de los almohadones del sofá, cerciorándose de que la puerta estaba bien cerrada. Pudo oír los pasos de Marsha, que iba de un lado a otro, en el piso de arriba. Bueno, ella se lo había buscado.

    —Lo único que tienes que hacer es cerrar los ojos y relajarte —ordenó con voz algo iracunda.
    —Estoy relajada. —El miedo no había abandonado a Silky aún—. ¿No es suficiente?
    —Claro —murmuró Hamilton morbosamente—. Esto es fantástico. Tengo una idea... prueba a descalzarte y a poner los pies en el diván. Cuando uno hace eso, recibe una impresión distinta de Ravel.

    Sumisa, Silky se quitó las zapatillas y puso los pies descalzos debajo de su cuerpo.

    —Es agradable —comentó, sin entusiasmo alguno.
    —Mucho mejor, ¿verdad?
    —Bastante.

    De súbito, una abrumadora sensación de melancolía se abatió sobre Hamilton y le dominó por completo.

    —Es inútil —articuló, derrotado—. No puede cumplirse.
    —¿Qué es lo que no puede cumplirse, Jack?
    —No lo entenderías.

    Guardaron silencio durante un buen rato. Luego, despacio, sosegadamente, Silky fue alargando el brazo y rozó la mano de Hamilton.

    —Lo siento.
    —Yo también.
    —La culpa es mía, ¿verdad?
    —Algo así en cierto sentido. Pero de un modo muy abstracto y difuso.

    Tras un titubeo, Silky aventuró:

    —¿Puedo... puedo preguntarte una cosa?
    —Claro. Lo que quieras.
    —Se trata de una petición, mejor dicho.
    —Adelante.
    —¿Te importaría...? —La voz de la joven era tan débil que Hamilton a duras penas pudo captarla. Silky le estaba mirando fijamente, grandes como platos sus ojos oscuros en la penumbra de la estancia—. ¿Te importaría besarme, Jack? Sólo una vez.

    Hamilton pasó los brazos en torno a la chica, la atrajo hacia sí, alzó su carita delgada y la besó en los labios. Silky se aferró a él, frágil y leve, ligera y terriblemente delgada. Oprimiéndola con fuerza, manteniéndola adosada a su cuerpo, Hamilton permaneció inmóvil durante un intervalo sin fin, hasta que, por último la muchacha se separó, tras deshacer el abrazo, y su figura esbelta, solitaria, desamparada y triste casi se fundió en la semioscuridad.

    —Me siento tan condenadamente perversa... —articuló con un hilo de voz.
    —No tienes por qué.
    —Me siento tan... vacía. Me duele todo el cuerpo. ¿A qué se debe, Jack? ¿De qué se trata? ¿Por qué he de sentirme mal?
    —Hablemos de otra cosa —propuso Hamilton, tenso.
    —No es por mi gusto. Quiero entregarte algo mío. Pero no tengo nada que darte. No soy nada más que un ente vacío ¿verdad? Una especie de ser hueco.
    —No del todo.

    En las tinieblas casi absolutas se produjo un aleteo de movimiento. La muchacha apareció de pie frente a él, borrosa e indistinta a causa de la celeridad repentina que agitaba su cuerpo. Cuando Hamilton volvió a mirarla, descubrió que se había quitado la ropa apresuradamente y que las prendas formaban un pequeño montón en el suelo.

    —¿No me deseas? —inquirió Silky, vacilante.
    —Bueno, en cierto modo teórico.
    —Puedes, ya lo sabes.

    Hamilton esbozó una sonrisa irónica.

    —¿Ah, sí?
    —Al menos, eres dueño de intentarlo.

    Hamilton recogió las prendas de Silky y se las tendió a la muchacha.

    —Vístete y subamos. No hacemos más que perder el tiempo y la cena se estará enfriando.
    —¿Es inútil?
    —Sí —corroboró Hamilton en tono dolorido y mientras se esforzaba en no ver la yerma igualdad rasa del cuerpo de Silky—. Totalmente inútil. Pero tú no pudiste hacerlo mejor. Hiciste cuanto te fue posible.

    Tan pronto estuvo vestida, la tomó de la mano y la condujo hacia la puerta. A su espalda, el gramófono seguía desgranando el embrollo de acordes que era Dafnis y Cloe. Ninguno de ellos oía las notas musicales mientras, alicaídos, escalaban los peldaños.

    —Lamento haberte desilusionado —se excusó Silky.
    —Olvídalo.
    —Tal vez consiga arreglarlo de algún modo. Quizás logre...

    La voz de la joven se interrumpió. Y su mano, la existencia de sus dedos, secos y pequeños, fue menguando hasta desaparecer. Sobresaltado, Hamilton dio media vuelta y escudriñó la oscuridad.

    Silky se había volatilizado. Dejó de existir por completo.

    Aún estaba clavado en el suelo, incrédulo y estupefacto, cuando se abrió la puerta de la parte superior de la escalera y Marsha apareció en el quicio.

    —¡Oh! —exclamó sorprendida—. Estás ahí. Ven, sube... tenemos visita.
    —¿Visita? —murmuró Hamilton.
    —La señora Pritchet. Y viene acompañada de toda clase de personas... parece que se trata de una reunión normal. De una fiesta. Todo el mundo se ríe y rebosa alegría y animación.

    Envuelto en una nube de pasmo, Hamilton ascendió los peldaños que le faltaban de la escalera e hizo su entrada en la salita. Le acogió un rumor de voces desenfadadas y una vivacidad de movimientos extraordinarios. Destacando en medio del grupo de personas se erguía el bulto voluminoso de una mujer con llamativo chaquetón de pieles, grotesco, adornado con plumas y cabellera teñida de rubio, que le caía en melenas metálicas sobre el rollizo cuello y las abultadas mejillas.

    —¡Ahí está! —chilló la señora Pritchet jubilosamente, en cuanto le echó el ojo—. ¡Sorpresa! ¡Sorpresa! —Alzó en el aire una gran caja rectangular de cartón y anunció a voz en grito—. He traído los pastelitos más estupendos que habrá visto usted en toda su vida... Verdaderos tesoros. Y la fruta helada más maravillosa que...
    —¿Qué hizo con ella? —interrogó Hamilton en tono ronco, al tiempo que avanzaba hacia la mujer—. ¿Dónde está?

    Durante unos segundos, la señora Pritchet se quedó perpleja. Después, los moteados pliegues de carne que constituían sus facciones se suavizaron y una sonrisa de astucia taimada decoró su semblante.

    —Pues, la suprimí, querido. He eliminado todas las personas de esa condición. ¿No lo sabía?


    XI


    MIENTRAS HAMILTON se mantenía inmóvil, con la vista clavada en la mujer, Marsha se le aproximó quedamente y le susurró al oído:

    —Ten cuidado, Jack. Ten cuidado.

    Se volvió hacia su esposa.

    —¿Estás metida en el ajo?
    —Supongo que sí. —Marsha se encogió de hombros—. Edith me preguntó en dónde estabas y se lo dije. No le di detalles... sólo le expliqué el caso por encima.
    —¿A qué categoría ha ido a caer Silky?

    Marsha sonrió.

    —Edith lo expresó muy bien. Creo que la llamó pequeña ninfa.
    —Debe de haber un montón —dijo Hamilton—. ¿Merece la pena...?

    Detrás de Edith Pritchet estaban Bill Laws y Charley McFeyffe. Ambos llevaban en los brazos sendos cargamentos de comestibles.

    —Vamos a celebrarlo por todo lo alto —manifestó Laws, e hizo a Hamilton una seña con la cabeza, entre cautelosa y de excusa—. ¿Dónde está la cocina? Quiero soltar la mercancía.
    —¿Cómo le va, amigo? —saludó McFeyffe, ladino, con un guiño impertinente—. ¿Se divierte? En este saco van veinte latas de cerveza; todo se nos arreglará.
    —Formidable —declaró Hamilton, todavía aturdido.
    —Lo único que tiene que hacer uno es chasquear los dedos —añadió McFeyffe, sudoroso y colorado su ancho semblante—. Quiero decir que eso es lo único que tiene que hacer ella.

    A continuación de McFeyffe iba la menuda y severa figura de Joan Reiss. El chico, David Pritchet, caminaba a su lado. Cerraba la marcha el renqueante, apesadumbrado y digno veterano de guerra, convertida su faz arrugada en una máscara.

    —¿Estamos todos? —inquirió Hamilton, enfermo de desánimo.
    —Vamos a jugar a las adivinanzas —le informó Edith Pritchet jovialmente—. Me dejé caer por aquí estar tarde —continuó explicando—. Su linda esposa y yo celebramos una charla sincera y prolongada.
    —Señora Pritchet... —empezó Hamilton, pero Marsha se apresuró a intervenir.
    —Anda, acompáñame a la cocina y ayúdame a poner las cosas a punto —el tono de Marsha fue claro, terminante y autoritario.

    Hamilton la siguió a regañadientes. En la cocina McFeyffe y Bill Laws pululaban de un lado a otro, torpones y desconcertados, sin saber qué hacer. Laws sonrió fugazmente, esbozó una breve mueca matizada de aprensión y de lo que muy bien pudiera ser complejo de culpabilidad. Hamilton no pudo determinarlo; antes de que tuviese tiempo de ello, Laws dio media vuelta y se afanó en la tarea de desenvolver fiambres y emparedados. Parecía haberlos en cantidad infinita. A la señora Pritchet le gustaban los entremeses.

    —Al bridge —decía en aquel momento la dama en el otro cuarto—. Pero necesitamos un mínimo de cuatro personas. ¿Podemos contar con usted, señorita Reiss?
    —Temo que el bridge no sea mi punto fuerte —respondió la voz sin matiz de la aludida—. Pero me comportaré lo mejor que pueda.
    —Laws —dijo Hamilton—, usted es demasiado inteligente para dejarse embaucar. Lo comprendo en el caso de McFeyffe, pero no en el de usted.

    Laws no le miró cara a cara.

    —Preocúpese de su propia persona —repuso, hosco—. Y yo me preocupare de mí mismo.
    —¿Es que no tiene bastante sentido común para...?
    —Seño Jamilton —recurrió Laws a la jerigonza—. Me limito a seguí la corriente. Si uno se adata y aseta la cosa tar como vienen, pué viví mucho año.
    —Corte el rollo —replicó Hamilton, resentido—. No me venga a mí con esa jerga.

    Burlones y hostiles sus negros ojos, Laws le volvió la espalda. Pero estaba estremeciéndose; sus manos temblaban de forma tan violenta que Marsha tuvo que apresurarse a quitarle de las manos el trozo de tocino que sostenía, para que no fuese a parar al suelo.

    —Déjale en paz —reprochó Marsha a su marido—. Se trata de su vida.
    —Ahí es donde te equivocas —repuso Hamilton—. Es la vida de ella. ¿Se puede vivir a base de fiambres y emparedados?
    —No es tan malo —terció McFeyffe filosóficamente—. Despierte, amigo. Este es el mundo de la vieja dama... ¿no? Ella gobierna este lugar; es el jef