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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
    S2
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    B4
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    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    DIASPORA (Greg Egan)

    Publicado el domingo, diciembre 22, 2013

    Nota del Autor

    Parte de esta novela adapta mi cuento corto «Wang's Carpets» que se publicó originalmente en la antología New Legends, seleccionada por Greg Bear.


    Agradecimientos

    Gracias a Caroline Oakley, Anthony Cheetham, Peter Robinson, Annabelle Ager, Kate Messenger, David Pringle, Lee Montgomerie, Gardner Dozois, Sheila Williams, Greg Bear, Mike Aranautov, Dan Piponi, Philipp Keller, Sylvie Denis, Francis Valéry, Henri Dhellemmes, Gérard Klein y Bernard Sigaud.



    Primera Parte


    Yatima examinó las estrellas con desplazamiento Doppler que rodeaban la polis, siguiendo por el cielo las ondas congeladas y concéntricas de color, desde la expansión a la convergencia. ¿Qué explicarían de sí mismos una vez que alcanzasen a su presa? Ellos tenían una cantidad infinita de preguntas a plantear, pero el flujo de información no podía ser totalmente en un solo sentido. Cuando los Transmutadores exigiesen saber «¿Por qué nos habéis seguido? ¿Por qué habéis llegado tan lejos?», ¿por dónde deberían empezar?

    Yatima había leído historias anteriores al Introdus, contadas a un único nivel, limitadas por las ficciones de que los individuos eran tan indivisibles como los quarks y las civilizaciones planetarias poco más que universos autocontenidos. Ni su propia historia ni la de la Diáspora encajaría entre esas líneas imaginarías. El mundo real rebosaba de estructuras más grandes, estructuras más pequeñas, estructuras más simples y estructuras más complejas que la pequeña porción que contenía a las criaturas conscientes y sus sociedades, y hacía falta una profunda miopía de escala y similitudes para creer que se podía pasar por alto todo lo que estuviese más allá de esa delgada capa. No era una simple cuestión de decidir enterrarte en un mundo cerrado de panoramas sintéticos; los carnosos jamás habían sido inmunes a esa miopía, ni tampoco los ciudadanos más adelantados a su tiempo. Sin duda en algún momento de su historia los Transmutadores también la habían padecido.

    Claro está, los Transmutadores ya serían conscientes de la muy inmensa y muy mortal maquinaría celestial que había impulsado la Diáspora hasta Swift y más allá. Su pregunta sería «¿Por qué habéis venido hasta tan lejos? ¿Por qué habéis dejado atrás a vuestra gente?».

    Yatima no podía hablar por sus compañeros de viaje, pero para il la respuesta se encontraba en el extremo opuesto de la escala, en el reino de lo muy simple y lo muy pequeño.


    1. Orfanogénesis


    POLIS KONISHI, TIERRA
    23 387 025 000 000 TEC
    15 de mayo 2975, 11:03:17,154 TU



    El conceptorio era software no consciente, tan antiguo como la propia polis Konishi. Su función principal era permitir tener descendencia a los ciudadanos de la polis: un hijo de un antecesor, o dos antecesores, o veinte... formado en parte a su propia imagen, en parte según sus deseos y en parte por azar. Sin embargo, esporádicamente, más o menos cada teratau, el conceptorio creaba un ciudadano sin padres.

    Todo ciudadano nacido en Konishi crecía a partir de una semilla mental, una cadena de códigos de instrucciones similar a un genoma digital. Nueve siglos antes se habían traducido las primeras semillas mentales a partir del ADN, cuando los fundadores de la polis inventaron el lenguaje de programación Modelador para recrear en software los procesos esenciales de la neuroembriología. Pero ese proceso de traducción era necesariamente imperfecto, obviando los detalles bioquímicos en favor de equivalencias funcionales más generales, y no se podía preservar intacta toda la diversidad del genoma carnoso. Empezando a partir de un acervo genético en reducción, que los viejos mapas basados en el ADN convirtieron en obsoleto, era crucial para el conceptorio comprobar las consecuencias de nuevas variaciones en la semilla mental. Rechazar todo cambio sería arriesgarse al estancamiento; abrazarlo a la ligera sería poner en peligro la cordura de todo descendiente.

    La semilla mental Konishi estaba dividida en mil millones de campos: segmentos cortos, de seis bits de largo, conteniendo una instrucción de código simple cada uno. Secuencias de unas pocas docenas de instrucciones formaban modeladores: los subprogramas básicos empleados durante la psicogénesis. Lo habitual era que fuese difícil predecir por adelantado el efecto de mutaciones nuevas en quince millones de modeladores en interacción; en la mayoría de los casos, el único método fiable hubiera sido realizar todas las computaciones que la semilla alterada habría ejecutado... lo que no era muy diferente de seguir adelante y hacer crecer la semilla, creando la mente, sin predecir nada.

    El conocimiento acumulado del conceptorio sobre esa tarea adoptaba la forma de una colección de mapas anotados de la semilla mental Konishi. Los mapas de alto nivel eran estructuras complejas y multidimensionales, que dejaban pequeña a la semilla en sí por varios órdenes de magnitud. Pero había un mapa simple que los ciudadanos de Konishi habían empleado durante siglos para estimar el progreso del conceptorio; mostraba los mil millones de campos como líneas de latitud, y las sesenta y cuatro instrucciones como meridianos. Una semilla concreta se podía considerar como un camino que zigzagueaba por el mapa de arriba abajo, escogiendo una instrucción por cada campo que se encontrase en su camino.

    Donde se sabía que un único código produciría psicogénesis con éxito, todas las rutas del mapa convergían sobre una isla solitaria o un estrecho, ocre frente a un océano azul. Los campos de infraestructura construían la arquitectura mental básica que todos los ciudadanos tenían en común, dando forma al diseño general de la mente y a los detalles concretos de los subsistemas vitales.

    En los demás lugares, el mapa indicaba una amplitud de posibilidades: una masa terrestre grande o un archipiélago disperso. Los campos de característica ofrecían una selección de códigos, cada uno con un efecto conocido en la estructura mental detallada, con variaciones que iban desde los extremos opuestos del temperamento innato o estético hasta pequeñas diferencias en arquitectura neuronal menos importantes que las líneas en la palma de la mano de un carnoso. Se mostraban como tonos de verde tan exageradamente contrastados que resultaban tan indistinguibles como las características en sí.

    Los campos restantes —donde todavía no se había experimentado ningún cambio en la semilla y no era posible realizar una predicción— se clasificaban como indeterminados. Aquí, el solitario código probado, la masa terrestre conocida, se mostraba como gris sobre blanco: un pico montañoso que sobresalía de una masa nubosa que ocultaba todo lo que había al este o al oeste. Desde lejos no se podían distinguir más detalles; lo que hubiese bajo las nubes sólo se podría descubrir de primera mano.

    Cuando el conceptorio creaba un huérfano, fijaba todos los campos característicos de mutabilidad inocua a códigos válidos escogidos al azar, ya que no había padres a los que imitar o complacer. A continuación escogía mil campos indeterminados, y los trataba más o menos de la misma forma: lanzando un millar de dados cuánticos para escoger un camino aleatorio a través de térra incógnita. Todo huérfano era un explorador, enviado a viajar por territorio desconocido.

    Y todo huérfano era en sí mismo territorio desconocido.

    El conceptorio colocó la nueva semilla huérfana en medido de la memoria del útero, una única cadena de información suspendida en un vacío de ceros. La semilla en sí misma no significaba nada; por sí sola, bien podría haber sido el último mensaje Morse, volando por el vacío dejando atrás una estrella distante. Pero el útero era una máquina virtual diseñada para ejecutar las instrucciones de la semilla y una docena más de capas de software que llegaban hasta la misma polis, una rejilla de parpadeantes interruptores moleculares. Una secuencia de bits, una cadena de datos pasivos, no podía hacer nada, no podía cambiar nada... pero en el útero, el significado de la semilla se correspondía a la perfección con todas las reglas inmutables de todos los niveles que tenía por debajo, Como una tarjeta perforada introducida en un telar de Jacquard, dejaba de ser en un mensaje abstracto y se convertía en parte de la máquina.

    Cuando el útero leyó la semilla, el primer modelador hizo que el espacio a su alrededor se llenase con un patrón simple de datos: un único tren numérico de ondas congelado, esculpido en el vacío como mil millones de dunas perfectas. Eso distinguía cada punto de sus vecinos inmediatos, ya fuese subiendo o bajando... pero todas las crestas eran todavía idénticas a las demás, cada valle igual a todos los demás. La memoria del útero estaba configurada como un espacio de tres dimensiones, y los números almacenados en cada punto implicaban una cuarta. Así que esas dunas eran tetradimensionales.

    Se añadió una segunda onda —modificada con respecto a la primera, modulada por una elevación lenta y constante— convirtiendo cada cresta en una serie de montículos ascendentes. Luego una tercera, y una cuarta, cada onda sucesiva enriqueciendo el patrón, complicando y fracturando sus simetrías: definiendo direcciones, construyendo gradientes, estableciendo una jerarquía de escalas.

    La cuadragésima onda recorrió una topografía abstracta que no se parecía en nada a la regularidad cristalina de sus orígenes, con crestas y surcos tan complejos como los rizos de una huella digital. No todo punto debía ser único... pero se había creado suficiente estructura como para servir de anclaje a todo lo que debía suceder a continuación. Así que la semilla dio instrucciones a un centenar de copias de si misma para que se dispersasen por el paisaje recién calibrado. En la segunda iteración, el útero leyó todas las semillas replicadas... y al principio las instrucciones de cada una eran iguales en todas partes. Luego, una instrucción exigió que el punto de lectura de cada semilla saltase hacia delante por la cadena de bits hasta el siguiente campo adyacente a cierto patrón de datos del entorno: una secuencia de crestas con cierta forma, característica pero no única. Como cada semilla estaba implantada en un terreno diferente, cada versión local de ese punto de referencia estaba situada de forma diferente, y el útero se puso a leer instrucciones de una zona diferente de cada semilla. Las semillas seguían siendo idénticas, pero ahora cada una podía liberar un conjunto diferente de modeladores en el espacio que la rodeaba, preparando los cimientos de una región diferente y especializada del psicoblasto, la mente embriónica.

    La técnica era muy antigua: cualquier célula embrionaria de una flor seguía un patrón autodistribuido de marcadores químicos para diferenciar sépalos de pétalos, estambres o carpelos; una pupa de insecto se cubría a sí misma con un gradiente proteínico que disparaba a dosis diferentes las distintas cascadas de actividad genética necesarias para dar forma al abdomen, el tórax y la cabeza. La versión digital de Konishi conservaba sólo la esencia de proceso: dividía el espacio marcándolo de forma diferente, para luego permitir que las marcas locales modificasen el despliegue de toda las demás instrucciones, activando y desactivando subprogramas especializados... subprogramas que a su vez repetían todo el ciclo a una escala todavía menor, transformando gradualmente las primeras estructuras toscas en milagros de detallada precisión.

    A la octava iteración, la memoria del útero contenía cien billones de copias de la semilla mental; no harían falta más. La mayoría seguían añadiendo detalles al paisaje que las rodeaba... pero alguna habían dejado los modeladores por completo y habían empezado a ejecutar Actuadores: bucles breves de instrucciones que introducían pulsos en la red primitiva que había crecido entre las semillas. Las vías de esas redes eran simplemente las crestas más altas que los modeladores habían construido, y los pulsos eran flechas diminutas, uno o dos escalones por encima. Los modeladores actuaban en cuatro dimensiones, así que las redes en sí eran tridimensionales. El útero dotaba de vida a esas convenciones, haciendo que los pulsos corriesen por las vías como un quintillón de coches moviéndose entre el billón de empalmes de un monorraíl de diez mil niveles.

    Algunos actuadores enviaban flujos de bits metronómicos; otros producían balbuceos seudoaleatorios. Los pulsos fluían por entre los laberintos de construcción donde las redes seguían formándose... donde casi todas las vías seguían conectadas al resto, porque todavía no se había tomado ninguna decisión de poda. Despertados por el tráfico, se activaban nuevos modeladores y se ponían a desmantelar el exceso de empalmes, conservando sólo aquellos a los que llegaban simultáneamente un número suficiente de pulsos... escogiendo, de entre las incontables alternativas, caminos que operarían en sincronía. En la red de construcción también había callejones sin salida... pero si se recorrían muchas veces, otros modeladores se daban cuenta y construían extensiones. No tenía importancia que esos flujos iniciales de datos careciesen de sentido; cualquier señal era suficiente para ayudar a que surgiera la maquinaria básica del pensamiento.

    En muchas polis, los ciudadanos no eran el resultado de un crecimiento; se les montaba directamente a partir de subsistemas genéricos. Pero el método Konishi ofrecía una cierta robustez casi biológica, una cierta integración. Los sistemas que crecían juntos, interaccionando a medida que se iban formando, resolvían por sí mismos la mayoría de los posible desajustes, sin que fuera preciso un constructor de mentes externo para ajustar los componentes terminados y garantizar que no hubiese conflictos.

    Pero entre todos esos compromisos y plasticidad orgánica, los campos de infraestructura todavía podían reclamar territorio para algunos subsistemas estándar, idénticos de un ciudadano a otro. Dos de ellos eran canales para datos entrantes: uno para gestalt y otro para lineal, las dos modalidades primarias de todos los ciudadanos Konishi, descendientes lejanos de la vista y el oído. Llegada la ducentésima iteración del huérfano, los canales estaban totalmente formados, pero las estructuras internas a las que alimentaban con datos, las redes para clasificar y conferir sentido, seguían sin desarrollarse, todavía sin entrenar.

    La polis Konishi en sí estaba enterrada a doscientos metros bajo la tundra siberiana, pero por medio de enlaces de fibra y satélite, los canales de entrada podían obtener datos de cualquier foro de la Coalición de Polis, de sondas que orbitaban todos los planetas y lunas del sistema solar, de zánganos que vagaban por los bosques y océanos de la Tierra, de diez millones de tipos de panoramas y sensorios abstractos. El primer problema de la percepción era aprender a escoger entre toda esa superabundancia.

    En el psicoblasto del huérfano, el navegador a medio formar conectado con los controles de los canales de entrada se puso a emitir flujos de peticiones de información. Las primeros miles de peticiones no tuvieron más resultado que un flujo monótono de códigos de error; eran incorrectos o se referían a fuentes de datos inexistentes. Pero todo psicoblasto tenía la tendencia innata a dar con la biblioteca de la polis (de no ser así, el proceso habría llevado milenios) y el navegador lo siguió intentando hasta dar con una dirección válida y los datos fluyeron por los canales: una imagen gestalt de un león, acompañado de la palabra lineal para ese animal.

    Instantáneamente, el navegador abandonó el ensayo y error y se lanzó a un espasmo de repeticiones, invocando una y otra vez la misma imagen congelada del león. Así siguió hasta que incluso el más tosco de los discriminadores embrionarios de cambio dejaron al fin de disparase, y el navegador regresó a la experimentación.

    Gradualmente, se llegó a un compromiso aceptable entre las dos formas de proto-curíosidad del huérfano: el impulso de buscar la novedad y el impulso de buscar un patrón recurrente. Repasó la biblioteca, aprendiendo a obtener flujos de información conectada —imágenes, secuencias de movimiento grabado, y luego cadenas más abstractas de referencias cruzadas— sin comprender nada, pero enlazados de tal forma que reforzaban su propio comportamiento cuando daba con el equilibrio adecuado entre coherencia y cambio.

    Imágenes y sonidos, símbolos y ecuaciones, fluyeron por las redes de clasificación del huérfano, dejando atrás no los detalles precisos —no la figura ataviada con un traje espacial, de pie sobre la roca gris y blanca frente al fondo de un cielo completamente negro; no la figura tranquila y desnuda desintegrándose bajo el enjambre gris de las nanomáquinas— sino un sustrato de regularidades simples, las asociaciones más comunes. Las redes descubrieron el círculo/esfera: en imágenes del sol y los planetas, en iris y pupilas, en fruta caída, en un millar de obras de arte diferentes, en artefactos y diagramas matemáticos. Descubrieron la palabra lineal para «persona» y la enlazaron tentativamente con las regularidades que definía el icono gestalt para «ciudadano» y con las características que descubrieron comunes entre muchas imágenes de carnosos y robots gleisner.

    Llegada la quingentésima iteración, las categorías a partir de los datos de la biblioteca habían producida una hornada de diminutos subsistemas en las redes de clasificación de entradas: diez mil trampas de palabras y trampas de imágenes, todas preparadas y listas para saltar; diez mil monomaniacos detectores de patrones que miraban el flujo de información, constantemente alertas para descubrir su blanco concreto.

    Las trampas se fueron conectando unas con las otras, al principio empleando la conexión simplemente para compartir sus evaluaciones, para cambiar las decisiones de las demás. Si se activaba la trampa de la imagen de un león, entonces las trampas para su nombre lineal, para el tipo de sonidos que se habían oído en otros leones, las características comunes de sus comportamientos (lamer a los cachorros, perseguir antílopes) se volvían especialmente sensibles. En ocasiones los datos de entrada disparaban simultáneamente todo un grupo de trampas interconectadas, reforzando sus conexiones mutuas, pero en ocasiones había tiempo para que trampas asociadas y demasiado dispuestas se disparasen prematuramente. Se reconoce la forma del león... y aunque todavía no se ha detectado la palabra «león», la trampa palabra «león» se dispara tentativamente... y también las trampas para lamer cachorros y perseguir antílopes.

    El huérfano había empezado a anticipar el futuro, a tener expectativas.

    Llegada la milésima iteración, las conexiones entre trampas se habían transformado en una red compleja por derecho propio, y en esa red habían aparecido estructuras nuevas —símbolos— que podían activarse entre sí tan fácilmente como por medio de los datos de los canales de entrada. La trampa imagen león en sí misma no había sido más que un patrón que enfrentado al mundo servía para declarar un acierto o un fallo, un veredicto sin mayores consecuencias. El símbolo león podía codificar una red ilimitada de consecuencias... y esa red se podía activar en cualquier momento, hubiese o no un león a la vista.

    El simple reconocimiento iba cediendo frente a los primeros atisbos de significado.

    Los campos de infraestructura habían construido los canales de salida estándar del huérfano para lineal y gestalt, pero por el momento su navegador equivalente, necesario para dirigir los datos de salida a algún destino específico en Konishi o más allá, seguía inactivo. Para la dosmilésima iteración, los símbolos habían empezado a competir por el acceso a los canales de salida de todas formas. Empleaban los patrones de sus trampas para imitar el sonido y la imagen que cada una había aprendido a reconocer... y no importaba si emitían las palabras lineales «león», «cachorro» o «antílope» al vacío, porque por dentro los canales de entrada y salida estaban conectados.

    El huérfano empezó a oírse pensar.

    No todo el pandemonio; no podía dar voz —o incluso gestalt— simultáneamente a todo. De entre la miríada de asociaciones que evocaba toda escena de la biblioteca, en un momento dado sólo algunos símbolos podían obtener el control de las nacientes redes de producción del lenguaje. Y aunque los pájaros volaban en el cielo, la hierba se agitaba y una nube de polvo e insectos se elevaba al paso de los animales —y muchas más cosas— los símbolos que ganaron antes de que la escena desapareciese fueron:

    «León persiguiendo a antílope.»

    Sorprendido, el navegador cortó el flujo de datos externos. Las palabras lineales se repitieron de canal en canal, claras frente al silencio; las imágenes gestalt invocaron una y otra vez la esencia de la persecución, una reconstrucción idealizada, libre de todos los detalles olvidados.

    Luego el recuerdo se fundió en negro y el navegador recurrió de nuevo a la biblioteca.

    En sí, los pensamientos del huérfano nunca se redujeron a una única progresión ordenada; en vez de ello, los símbolos se activaban en cascadas cada vez más ricas y complejas... pero la retroalimentación positiva perfilaba el foco, y la mente resonaba con sus propias ideas más fuerte. El huérfano había aprendido a escoger uno o dos hilos de entre el incesante debate de miles de hilos de los símbolos. Había aprendido a narrar su propia experiencia.

    El huérfano tenía ya casi medio megatau de edad. Poseía un vocabulario de diez mil palabras, una memoria a corto plazo, expectativas que alcanzaban varios taus en el futuro y un flujo simple de consciencia. Pero todavía no tenía ni idea de que en el mundo hubiese algo como sí mismo.

    El conceptorio mapeó la mente en desarrollo tras cada iteración, siguiendo escrupulosamente los efectos de los campos indeterminados aleatorios. Un observador consciente, ante la misma información, podría haber visualizado un millar de fractales entrelazándose delicadamente, como delicados cristales imbricados en ingravidez, enviando ramas todavía más finas para recorrer el útero a medida que se leían los campos y se ejecutaba lo que decían, y su influencia se extendía de una red a otra. El conceptorio no visualizaba nada; se limitaba a procesar los datos, y sacaba sus conclusiones.

    Hasta ahora, las mutaciones no parecían haber provocado ningún daño. Todas las estructuras individuales de la mente del huérfano funcionaban dentro del margen de lo esperado, y el tráfico con la biblioteca, y otros flujos de datos muestreados. no mostraba ninguna indicación de patologías globales incipientes.

    Si se descubría que un psicoblasto estaba dañado, en principio no había nada que impidiese al conceptorio intervenir en el útero y reparar todas las estructuras malformadas, pero las consecuencias podían ser tan impredecibles como las consecuencias de hacer crecer la semilla en primer lugar. La "cirugía" localizada en ocasiones introducía incompatibilidades con el resto del psicoblasto, mientras que alteraciones lo suficientemente extensas y completas para garantizar el éxito podían llevar a la derrota, eliminando a todos los efectos el psicoblasto original y reemplazándolo con un conjunto de piezas reunidas clonadas a partir de otras que se sabían sanas.

    Pero no hacer nada también tenía sus riesgos. Una vez que el psicoblasto era consciente de si mismo, se le concedía ciudadanía, y la intervención sin consentimiento se volvía imposible. No era una simple cuestión de costumbre o ley; el principio era parte del nivel más fundamental de la polis. Un ciudadano que se hundiese en la locura podía pasar terataus en un estado de confusión y dolor, con una mente demasiado dañada para autorizar la ayuda, o incluso escoger la extinción, Tal era el precio de la autonomía: el derecho inalienable a la locura y el sufrimiento, inseparable del derecho a la soledad y la paz.

    Así que los ciudadanos de Konishi habían programado el conceptorio para errar por exceso de cautela. Siguió observando de cerca al huérfano, preparado para interrumpir la psicogénesis a la mínima señal de alteración.

    No mucho después de la cincomilésima iteración, el navegador de salida del huérfano comenzó a actuar... y se inició una guerra de control. El navegador de salida estaba concebido para buscar retroalimenlación, para dirigirse a alguien o a algo que mostrase una respuesta, Pero desde hacía tiempo el navegador de entrada se había acostumbrado a limitarse a la biblioteca de la polis, un hábito que había recibido una enorme recompensa. Los dos navegadores contenían el impulso de alinearse entre sí, de conectarse a la misma dirección, lo que permitía al ciudadano escuchar y hablar en el mismo lugar... una habilidad útil para mantener una conversación. Pero eso significaba que la chachara de habla e iconos del huérfano fluía directamente de vuelta a la biblioteca, que pasaba completamente de il

    Enfrentado a esa indiferencia absoluta, el navegador de salida envió señales represoras a las redes discriminadoras de cambio, reduciendo la atracción ejercida por el espectáculo hipnótico de la biblioteca, obligando al navegador de entrada a escapar de su rutina. Bailando una extraña y caótica sincronía, los dos navegadores se pusieron a saltar de panorama en panorama, de polis a polis, de planeta en planeta. Buscando a alguien con quien hablar.

    Por el camino percibieron mil vistazos aleatorios del mundo físico: una imagen de radar de una tormenta de polvo barriendo el mar de dunas que rodeaba el polo norte de Marte; el tenue penacho en infrarrojo de un pequeño cometa desintegrándose en la atmósfera de Urano... un suceso que se había producido varias décadas antes, pero que había persistido en la memoria discriminadora del satélite. Incluso dieron con una fuente en tiempo real de un zángano que atravesaba la sabana del este de África hacia un grupo de leones, pero al contrario que las fluidas imágenes de la biblioteca, esa visión parecía intratablemente congelada y tras unos pocos taus siguieron avanzando.

    Cuando el huérfano dio con la dirección de un foro de Konishi, vio una plaza pavimentada con rombos lisos de unos colores minerales azules y grises, dispuestos en un patrón denso con regularidades pero que no llegaba a repetirse. Una fuente salpicaba un líquido plateado hacia un cielo lleno de nubes y de un color naranja oscuro; cuando cada chorro se dividía, a medio camino del arco, en gotas espejadas, los glóbulos relucientes se convertían en pequeños cerdos alados que volaban alrededor de la fuente, entretejiendo su vuelo unos con otros y gruñendo alegremente antes de volver a sumergirse en la fuente. Un claustro de piedra envolvía la plaza. El lado interno del camino presentaba una serie de arcos anchos y columnas exquisitamente decorados. Algunos de los arcos daban giros poco habituales, de Escher o Klein, torciéndose en dimensiones extra e invisibles.

    El huérfano había visto estructuras similares en la biblioteca, y conocía las palabras lineales para la mayoría de ellas; el panorama en sí era tan poco llamativo que el huérfano no dijo nada sobre él. Y el huérfano había visto miles de escenas de ciudadanos moviéndose y hablando, pero era más que consciente de que aquí había algo diferente, aunque no acababa de entender lo que era. En general, las imágenes gestalt en sí mismas le recordaban a iconos que había visto antes, o a los carnosos estilizados que había visto en el arte representativo: mucho más diversos y mucho más volubles de lo que podría ser ningún carnoso real. Su forma no estaba limitada por la fisiología o la física, sino sólo por las convenciones del gestalt... la necesidad de proclamar, bajo todas las inflexiones y sutilezas, un significado primario: Soy un ciudadano.

    El huérfano se dirigió al foro:

    —Gentes.

    Las conversaciones lineales entre ciudadanos eran públicas, pero estaban atenuadas —degradadas en proporción a la distancia en el panorama— y el huérfano sólo oía un murmullo inmutable.

    Probó de nuevo.

    —¡Gentes!

    El icono del ciudadano más cercano —una forma deslumbrante como una estatua de vidrio coloreado, de como dos deltas de alto— se volvió para mirar al huérfano. Una estructura innata en el navegador de entrada rotó el ángulo de visión del huérfano directamente hacia el icono. El navegador de salida, impulsado a seguirle, hizo que el icono del huérfano —ahora una parodia tosca e inconsciente del ciudadano— se girase de la misma forma.

    El ciudadano relucía en azul y oro. Su rostro translúcido sonrió y dijo:

    —Hola, huérfano.

    ¡Al fin una respuesta! El detector de retroalimentación del navegador de salida desconectó sus gritos de aburrimiento, reduciendo la inquietud que había impulsado la búsqueda. Llenó la mente con señales para reprimir cualquier sistema que pudiese intervenir y apartarle de su descubrimiento.

    El huérfano repitió:

    —Hola, huérfano.

    El ciudadano volvió a sonreír.

    —Sí, hola —y luego se volvió hacia sus amigos.
    —¡Gentes! ¡Hola!

    No pasó nada.

    —¡Ciudadanos! ¡Gentes!

    El grupo hizo caso omiso del huérfano. El detector de retroalimentación redujo su grado de satisfacción, lo que hizo que los navegadores volviesen a mostrarse inquietos. No tanto como para abandonar el foro, pero sí lo suficiente para moverse por él.

    El huérfano voló de un lado a otro, gritando:

    —¡Gentes! ¡Hola!

    Se movía sin impulso o inercia, gravedad o fricción, simplemente ajustando los bits menos significativos de la petición de datos del navegador de entrada, que el panorama interpretaba como la posición y el ángulo del punto de vista del huérfano. Bits similares en el navegador de entrada determinaban dónde y cómo se ajustaban el habla y el icono del huérfano con respecto al panorama.

    Los navegadores aprendieron a moverse lo suficientemente cerca de los ciudadanos como para que se le oyese con facilidad.

    Algunos respondieron «Hola, huérfano» antes de apartarse. El huérfano repitió sus iconos: simplificados o complejos, rococó o espartanos, falsamente biológicos, falsamente artísticos, formas recreadas con hélices de humo luminoso, o repletas de vivaces serpientes siseando, decoradas con cegadores relieves fractales o recubiertas de un negro uniforme... pero siempre el mismo bípedo, la misma forma de simio, tan constante bajo el tumulto de variaciones como la letra A en los manuscritos iluminados de un centenar de monjes dementes.

    Gradualmente, las redes de clasificación de entrada del huérfano comenzaron a comprender la diferencia entre los ciudadanos del foro y todos los iconos que había visto en la biblioteca. Además de una imagen, aquí cada icono exudaba una etiqueta gestalt no visual —una característica similar al olor propio de un carnoso, aunque más localizada y con muchas más posibilidades. El huérfano no podía comprender esa nueva forma de datos, pero ahora su infotropo —una estructura de desarrollo tardío que había crecido como segundo nivel sobre los detectores más simples de novedad y patrones— empezó a responder al déficit de comprensión. Se aferró al leve indicio de regularidad —aquí el icono de todos los ciudadanos viene acompañado de una etiqueta única e inmutable— y manifestó su insatisfacción. Antes el huérfano no se había molestado en imitar la etiqueta, pero ahora, exhortado por el infotropo, se acercó a un grupo de tres ciudadanos y se puso a imitar a uno de ellos, etiqueta y todo. La recompensa fue inmediata.

    El ciudadano exclamó con furia:

    —¡No hagas eso, idiota!
    —¡Hola!
    —Nadie te creerá si afirmas ser yo... y yo menos. ¿Comprendes? ¡Ahora vete! —El ciudadano poseía una piel metálica de peltre. Il hizo parpadear su etiqueta para añadir énfasis; el huérfano le imitó. —¡No! —ahora el ciudadano emitió una segunda etiqueta, junto a la original—. ¿Ves? Te desafío... y no puedes responder. ¿A qué molestarse en mentir?
    —¡Hola! —¡Vete!

    El huérfano estaba jubiloso; aquí había obtenido más atención de la que había recibido nunca.

    —¡Hola, ciudadano!

    La cara de peltre se hundió, casi fundiéndose con el cansancio exagerado.

    —¿No sabes quién eres? ¿No conoces tu propia firma?

    Otro ciudadano dijo con tranquilidad:

    —Debe ser el nuevo huérfano... todavía en el útero. Tu más reciente conciudadano, Inoshiro. Deberías darle la bienvenida.

    Ese ciudadano estaba cubierto de un pelaje corto y dorado. El huérfano dijo:

    —León.

    Intentó imitar el nuevo ciudadano... y de pronto los tres reían. El tercer ciudadano dijo:

    —Ahora quiere ser tú, Gabriel.

    El primer ciudadano, de piel de peltre, dijo:

    —Si no sabe su nombre, deberíamos llamarle «idiota».
    —No seas cruel. Podría mostrarte recuerdos, pequeño hermanado parcial. —El icono del tercer ciudadano era una silueta negra sin más rasgos.
    —Ahora quiere ser Blanca.

    El huérfano se puso a imitar a cada ciudadano por turnos. Los tres respondiendo cantando extraños sonidos lineales que no significaban nada:

    —¡Inoshiro! ¡Gabriel! ¡Blanca! ¡Inoshiro! ¡Gabriel! ¡Blanca! —justo cuando el huérfano enviaba las imágenes y las etiquetas gestalt.

    Los reconocedores de patrones a corto plazo se fijaron en la conexión y el huérfano se unió al canto lineal... y lo siguió durante un rato, después de que los otros hubiesen guardado silencio. Pero después de algunas repeticiones el patrón perdió interés. El ciudadano de piel de peltre se llevó la mano al pecho y dijo:

    —Yo soy Inoshiro.

    El ciudadano de pelaje dorado se llevó la mano al pecho y declaró:

    —Yo soy Gabriel.

    El ciudadano de silueta negra dotó a la mano de un delgado reborde blanco para evitar que despareciese al moverla delante del tronco y dijo:

    —Yo soy Blanca.

    El huérfano imitó una vez a cada ciudadano, hablando la palabra lineal que habían empleado, imitando el movimiento de la mano. Para los tres se habían formado símbolos, enlazando sus iconos con sus etiquetas y las palabras lineales... a pesar de que las etiquetas y las palabras lineales seguían sin estar conectadas a nada más.

    El ciudadano cuyo icono les había hecho cantar «Inoshiro» dijo: —Por ahora bien. ¿Pero cómo obtiene un nombre propio? El que tenía la etiqueta enlazada con «Blanca» dijo: —Los huérfanos escogen su propio nombre.

    El huérfano repitió:

    —Los huérfanos escogen su propio nombre.

    El ciudadano enlazado con «Gabriel» señaló al enlazado con «Inoshiro» y dijo:

    —¿II es...?

    El ciudadano enlazado con «Blanca» dijo:

    —Inoshiro.

    A continuación el ciudadano enlazado con «Inoshiro» señaló a il y dijo:

    —¿II es...?

    En esta ocasión, el ciudadano enlazado con «Blanca» respondió:

    —Blanca. El huérfano se unió al juego, señalando a donde señalaban los demás, guiado por sistemas innatos que le ayudaban a comprender la geometría del panorama y a completar con facilidad el patrón cuando los demás no lo hacían.

    Luego, el ciudadano de pelaje dorado señaló al huérfano y dijo:

    —¿II es...?

    El navegador de entrada giró el ángulo de visión del huérfano, intentando ver a qué señalaba el ciudadano. Al no encontrar nada tras el huérfano, fue retrocediendo, acercándose al ciudadano de pelaje dorado... desligándose momentáneamente del navegador de salida.

    De pronto, el huérfano vio el icono que il mismo proyectaba —una amalgama tosca de los iconos de los tres ciudadanos, todo pelaje negro y metal amarillo— no sólo como la habitual tenue imagen mental de los canales cruzados, sino como un vivido objeto en el panorama junto a los otros tres.

    A eso apuntaba el ciudadano de pelaje dorado enlazado con «Gabriel».

    El infotropo se volvió loco. No podía completar la regularidad incompleta... no podía responder a la pregunta del juego con respecto a ese extraño cuarto ciudadano... pero era preciso llenar el hueco en el patrón.

    El huérfano observó al cuarto ciudadano cambiar de forma y color, allí en el panorama... cambios que seguían con exactitud sus propios movimientos aleatorios: en ocasiones imitando a uno de los otros tres ciudadanos, en ocasiones simplemente jugando con las posibilidades del gestalt. Eso hipnotizó durante un tiempo a los detectores de regularidad, pero sólo logró que el infotropo se mostrase más inquieto.

    El infotropo combinó y recombinó todos los factores disponibles, y se estableció un fin a corto plazo: hacer que el icono «Inoshiro» de piel de peltre cambiase, de la misma forma que cambiaba el icono del cuarto ciudadano. Lo que provocó una tenue activación anticipatoria de los símbolos relevantes, una imagen mental del suceso deseado. Pero a pesar de que la imagen de un icono de ciudadano meneándose y pulsando tomó fácilmente el control del canal de salida gestalt, el que cambió no fue el icono «Inoshiro»... sino el icono del cuarto ciudadano, como antes.

    Por decisión propia, el navegador de entrada se desplazó a la misma posición que el navegador de salida y el cuarto ciudadano desapareció de pronto. El infotropo separó de nuevo los navegadores; el cuarto ciudadano reapareció.

    El ciudadano «Inoshiro» dijo:

    —¿Qué hace?

    El ciudadano —Blanca» respondió:

    —Tú mira y sé paciente. A lo mejor aprendes algo.

    Se estaba formando un nuevo símbolo, una representación del extraño cuarto ciudadano... el único cuyo icono parecía limitado por una atracción mutua con el punto de vista del huérfano en el panorama, y el único cuyos actos el huérfano podía anticipar y controlar con facilidad. Por tanto, ¿eran los cuatro ciudadanos el mismo tipo de cosa... como todos los leones, todos los antílopes, todos los círculos... o no? Las conexiones entre los símbolos seguían siendo preliminares.

    El ciudadano «Inoshiro» dijo:

    —¡Me aburro! ¡Que otro lo cuide! —Bailó alrededor del grupo... turnándose para imitar los iconos de «Blanca» y «Gabriel» y luego volviendo a la forma original—. ¿Cómo me llamo? ¡No lo sé! ¿Cuál es mi firma? ¡No tengo! ¡Soy huérfano! ¡Soy huérfano! ¡Ni siquiera sé qué aspecto tengo!

    Cuando el huérfano percibió al ciudadano «Inoshiro» adoptando los iconos de los otros dos, casi abandonó por confusión el intento de clasificación. Ahora el ciudadano «Inoshiro» se estaba comportando más bien como el cuarto ciudadano... aunque sus acciones seguían sin coincidir con las intenciones del huérfano.

    El símbolo del huérfano para el cuarto ciudadano registraba la apariencia y la localización del ciudadano en el panorama, pero empezaba a destilar la esencia de las propias imágenes mentales y metas a corto plazo, creando un resumen de todos los aspectos del estado mental del huérfano que parecían tener alguna conexión con el comportamiento del cuarto ciudadano. Pero pocos símbolos poseían límites claramente definidos; la mayoría eran tan permeables y promiscuos como bacterias intercambiando plásmidos. El símbolo para el ciudadano «Inoshiro» copió algunas de las estructuras de estados mentales del símbolo para el cuarto ciudadano y se puso a probarlas para sí mismo.

    Al principio, la capacidad de representar «imágenes mentales» y «metas» muy resumidas no servía de mucho... porque seguía enlazada con el estado mental del huérfano. La maquinaria clonada al azar del símbolo «Inoshiro» insistía en predecir que el ciudadano «Inoshiro» se comportaría según los planes del huérfano... cosa que no sucedía en ningún momento. Enfrentado a ese fracaso repetido, los enlaces pronto murieron... y el tosco y diminuto modelo de una mente que quedó en el interior del símbolo «Inoshiro» tuvo libertad de encontrar el estado mental «Inoshiro» que mejor se ajustase al comportamiento real del ciudadano.

    El símbolo probó conexiones diferentes, teorías diferentes, buscando la que tuviese más sentido... y el huérfano comprendió de pronto que el ciudadano «Inoshiro» había estado imitando al cuarto ciudadano.

    El infotropo se centró en esa revelación... e intentó lograr que el cuarto ciudadano imitase a su vez al ciudadano «Inoshiro».

    El cuarto ciudadano proclamó:

    —¡Soy un huérfano! ¡Soy un huérfano! ¡Ni siquiera sé qué aspecto tengo!

    El ciudadano «Gabriel» señaló al cuarto ciudadano y dijo:

    —¡II es un huérfano!

    El ciudadano «Inoshiro» estuvo de acuerdo con recelo:

    —II es un huérfano. Pero ¿por qué tiene que ser tan lento?

    Inspirado —impulsado por el infotropo— el huérfano intento jugar de nuevo al juego de «¿II es...?», en esta ocasión empleado la respuesta «un huérfano» para el cuarto ciudadano. Los otros confirmaron la elección y pronto las palabras quedaron enlazadas con el símbolo del cuarto ciudadano.

    Cuando los tres amigos del huérfano abandonaron el panorama, el cuarto ciudadano se quedó. Pero el cuarto ciudadano había agotado su capacidad de ofrecer sorpresas interesantes, por lo que tras incordiar sin éxito a los demás ciudadanos, el huérfano regresó a la biblioteca.

    El navegador de entrada había aprendido el esquema de indexación más simple empleado por la biblioteca, y cuando el infotropo buscó formas de atar los cabos sueltos de los patrones medio formados en el panorama, logró dirigir al navegador de entrada a posiciones en la biblioteca que se referían a las misteriosas palabras lineales de los cuatro ciudadanos: Inoshiro, Gabriel, Blanca y Huérfano. Para cada una de esas palabras había indexados flujos de datos, aunque ninguno parecía conectarse con los ciudadanos en sí. El huérfano vio tantas imágenes de carnosos, a menudo con alias, asociados con la palabra «Gabriel» que construyó todo un símbolo nuevo a partir de las regularidades encontradas, pero el nuevo símbolo apenas se superponía al del ciudadano de pelaje dorado.

    El huérfano se servía a menudo de las búsquedas impulsadas por el infotropo; viejas direcciones de la biblioteca, grabadas en su memoria, llamaban al navegador de entrada. En una ocasión, viendo la escena de un sucio niño carnoso sosteniendo un cuenco vacío de madera, el huérfano se aburrió y se dirigió a un territorio más familiar. A medio camino, dio con la escena de un carnoso adulto agachándose junto a un cachorro de león y levantándolo en brazos.

    Tras ellos había una leona en el suelo, inmóvil y ensangrentada. El carnoso acarició la cabeza del cachorro.

    —Pobre Yatima.

    Alguna característica de la escena hipnotizó al huérfano. Le susurró a la biblioteca:

    —Yatima. Yatima. —Jamás había oído esa palabra, pero el sonido resonaba con significado.

    El cachorro de león maulló. Ei carnoso le canturreó.

    —Mi pobrecito huérfano.

    El huérfano se movía entre la biblioteca y el panorama del cielo naranja y la fuente del cerdo volador. En ocasiones veía allí a sus tres amigos, o durante un rato había algún otro ciudadano con quien jugar; a veces sólo estaba el cuarto ciudadano.

    El cuarto ciudadano rara vez parecía el mismo de una visita a la otra —tendía a parecerse a la imagen más llamativa que el huérfano hubiese visto en la biblioteca durante los kilotaus previos— pero seguía siendo fácil identificarle: nadie más se volvía visible cuando los dos navegadores se separaban. Cada vez que el huérfano llegaba al panorama y salía de sí mismo para mirar al cuarto ciudadano. En ocasiones modificaba el icono, acercándolo a un recuerdo concreto, o ajustándolo según las preferencias estéticas de las redes de clasificación de entradas; sesgos establecidos originalmente por algunas docenas de campos de característica. En ocasiones el huérfano imitaba al carnoso que había visto recoger al cachorro de león: alto y esbelto, con una piel muy negra y ojos marrones, vestido con una túnica púrpura.

    En una ocasión, cuando el ciudadano enlazado con «Inoshiro» dijo con pena fingida:

    —Pobrecito huérfano, sigue sin tener nombre.

    El huérfano recordó la escena y respondió.

    —Pobrecito Yatima.

    El ciudadano de pelaje dorado dijo:

    —Creo que ya lo tiene.

    A partir de entonces, llamaron «Yatima» al cuarto ciudadano. Lo repitieron tantas veces, dándole tanta importancia, que el huérfano pronto lo enlazó al símbolo con tanta fuerza como «Huérfano».

    El huérfano observó cómo el ciudadano enlazado con «Inoshiro» cantaba triunfante al cuarto ciudadano:

    —¡Yatima! ¡Yatima! ¡Ja, ja, ja! ¡Tengo cinco padres, y cinco hermanos parciales, y siempre seré mayor que tú!

    El huérfano hizo que el cuarto ciudadano respondiese:

    —¡Inoshiro! ¡Inoshiro! ¡Ja, ja, ja!

    Pero no se le ocurrió qué decir a continuación.

    Blanca dijo:

    —Los gleisners están ajustando un asteroide... ahora mismo, en tiempo real. ¿Quieres venir a ver? Inoshiro está allí, Gabriel está allí. ¡No tienes más que seguirme!

    El icono de Blanca emitió una etiqueta extraña y nueva, y desapareció de pronto. El foro estaba casi vacío; cerca de la fuente había algunos de los habituales, que el huérfano ya sabía que no responderían, y estaba el cuarto ciudadano, como siempre.

    Blanca reapareció.

    —¿Qué pasa? ¿No sabes seguirme o no quieres venir? Las redes de análisis lingüístico del huérfano habían iniciado el ajuste preciso de la gramática universal que contenían, aprendiendo rápidamente las convenciones del lineal. Las palabras se estaban convirtiendo en algo más que activadores aislados de símbolos, cada una con un sentido fijo e inmutable; las sutilezas del orden, el contexto y la inflexión empezaban a modular las cascadas de interpretación de los símbolos. Se trata de una petición para conocer los deseos del cuarto ciudadano.
    —¡Juega conmigo! —el huérfano había aprendido a referirse al cuarto ciudadano como «yo» o «mí» en lugar de «Yatima», pero se trataba simplemente de una cuestión gramatical, no de consciencia.
    —Quiero ver el ajuste, Yatima.
    —¡No! ¡Juega conmigo! —el huérfano se agitó alrededor de il, proyectando fragmentos de recuerdos recientes: Blanca creando objetos compartidos en el panorama... haciendo girar bloques con números y bolas de colores llamativo... y enseñando al huérfano a interaccionar con ellos.
    —¡Vale, vale! Un juego nuevo. Espero que aprendas rápido.

    Blanca emitió otra etiqueta extra —con el mismo sabor general de ante, pero sin ser idéntica— para luego volver a desaparecer... sólo para reaparecer de inmediato, algunos cientos de deltas más allá, dentro del mismo panorama.

    Blanca volvió a saltar. Y otra vez más. En casa ocasión emitiendo una etiqueta del mismo tipo, con ligeras variaciones, antes de desaparecer. Justo cuando el huérfano empezaba a considerarlo un juego aburrido, Blanca empezó a permanecer fuera del panorama durante una fracción de tau antes de reaparecer... y el huérfano pasó el tiempo intentando adivinar dónde volvería a materializarse, con la esperanza de llegar primero al lugar elegido.

    Pero no parecía haber ningún patrón; la sombra sólida de Blanca saltaba aleatoriamente por el foro, desde el claustro hasta la fuente, y las suposiciones del huérfano eran todas erróneas. Era frustrante... pero en el pasado los juegos de Blanca a menudo habían poseído un orden sutil, así que el infotropo persistió, combinando y recombinando los detectores de patrones existentes para formar nuevas coaliciones, buscando un modo de dar sentido al problema.

    ¡Las etiquetas! Cuando el infotropo comparó el recuerdo de los datos gestalt en bruto de las etiquetas que Blanca enviaba con la dirección calculada por las redes de geometría innata cuando el huérfano volvía a verla más tarde, partes de las dos secuencias se ajustaban perfectamente casi en su totalidad. Una y otra vez. El infotropo combinó las dos fuentes de información — reconociéndolas como dos formas de saber lo mismo— y el huérfano se puso a saltar por el panorama sin esperar a ver dónde reaparecería Blanca.

    La primera vez, sus iconos se superpusieron, y el huérfano tuvo que retroceder antes de ver que Blanca estaba realmente allí, confirmando el éxito que el infotropo había reclamando tan descaradamente. La segunda vez, el huérfano instintivamente compensó, modificando ligeramente la dirección de la etiqueta para evitar chocar, como había aprendido a hacer cuando perseguía a Blanca guiándose por la vista. La tercera vez, el huérfano llegó antes que il.

    —¡Yo gano!
    —¡Muy bien hecho, Yatima! ¡Me seguiste!
    —¡Te seguí!
    —¿Vamos ahora a ver el ajuste? ¿Con Inoshiro y Gabriel?
    —¡Gabriel!
    —Me lo voy a tomar como un sí. Blanca saltó y el huérfano la siguió... y la plaza enclaustrada se transformó en mil millones de estrellas.

    El huérfano examinó el panorama nuevo y extraño. Entre ellos las estrellas brillaban en casi todas las frecuencias, desde ondas de radio de un kilómetro hasta las altas energías de los rayos gamma. El «espacio de color» del gestalt se podía extender casi indefinidamente, y el huérfano se había topado por casualidad en la biblioteca con varias imágenes astronómicas que empleaban una paleta similar, pero la mayoría de las escenas terrestres y la mayoría de los panoramas no pasaban del infrarrojo y el ultravioleta. En comparación, incluso las vistas de superficies planetarias obtenidas por los satélites parecían grises y apagadas; los planetas eran demasiado fríos para relucir así por todo el espectro, En el descontrol de color había indicaciones de un orden sutil —series de líneas de emisión y absorción, contornos suaves de radiación térmica— pero el infotropo, deslumhrado, se rindió ante la sobrecarga y se limitó a dejar que los datos fluyesen; el análisis tendría que esperar a tener mil claves más. Las estrellas no poseían rasgos geométricos —puntuales, distantes, con direcciones de panorama imposibles de calcular— pero el huérfano tuvo una pasajera imagen mental de moverse hacia ellas, e imaginó, durante un instante, la posibilidad de verlas de cerca.

    El huérfano vio a un grupo cercano de ciudadanos, y una vez que apartó su atención del fondo de estrellas fue percibiendo docenas de grupos pequeños dispersos por el panorama. Algunos de sus iconos reflejaban la radiación ambiente, pero en su mayoría eran simplemente visibles por decreto, sin fingir en ningún momento estar interaccionado con la luz estelar.

    Inoshiro dijo:

    —¿Por qué has tenido que traerlo?

    El huérfano se volvió hacia il y entrevio una estrella mucho más brillante que el resto, mucho más pequeña que la visión familiar del cielo de la Tierra, pero sin filtrar por la cubierta de gases y polvo.

    —¿El Sol?

    Gabriel dijo:

    —Sí, ése es el Sol. —El ciudadano de pelaje dorado flotaba junto a Blanca, quien era tan claramente visible como siempre, más oscura incluso que el frío y mínimo fondo de radiación entre las estrellas.

    Inoshiro se quejó:

    —¿Por qué has traído a Yatima? ¡Es demasiado joven! ¡No va a entender nada!

    Blanca dijo:

    —Pasa de il, Yatima.

    ¡Yatima! ¡Yatima! El huérfano sabía con precisión dónde estaba Yatima y qué aspecto tenía, sin necesidad de separar los navegadores y comprobarlo. El icono del cuarto ciudadano se había estabilizado como el alto carnoso de túnica púrpura que había adoptado a la cría de león, el de la biblioteca.

    Inoshiro se dirigió al huérfano.

    —No te preocupes, Yatima, intentaré explicártelo. Si los gleisners no ajustan este asteroide, entonces, dentro de trescientos mil años, diez mil terataus, cabría la posibilidad de que chocase contra la Tierra. Y cuanto antes lo ajusten, menos energía hará falta, Pero no podían hacerlo antes, porque las ecuaciones son caóticas, asi que hasta ahora no han podido tener un modelo lo suficientemente preciso de la aproximación.

    El huérfano no comprendió nada.

    —Blanca quería que viese el ajuste! ¡Pero yo quería jugar a un juego nuevo!

    Inoshiro rió. —¿Qué hizo? ¿Te secuestró?

    —Seguí a il, y saltamos y saltamos... ¡y li seguí! —el huérfano dio algunos saltos cortos alrededor de los tres, intentando ilustrar lo que decía, aunque la verdad es que no transmitía la sensación de saltar de un panorama a otro.

    Inoshiro dijo:

    —Calla. Aquí viene.

    El huérfano siguió su mirada hasta un trozo irregular de roca situado en la distancia —iluminado por el Sol, una mitad completamente en sombras— moviéndose rápida y constantemente hacia el grupo informal de ciudadanos. El software del panorama decoró la imagen del asteroide con etiquetas gestalt repletas de información sobre su composición química, su masa, su giro y sus parámetros orbitales; el huérfano reconoció algunos de esos sabores de la biblioteca, pero todavía no comprendía realmente qué significaban.

    —¡Un fallo del láser y los carnosos morirían entre dolores! —los ojos de peltre de Inoshiro relucían.

    Blanca dijo con seriedad:

    —Y sólo trescientos mil años para intentarlo de nuevo.

    Inoshiro se giró hacia el huérfano y le dijo tranquilizadoramente.

    —Pero nosotros estaremos bien. Incluso si destrozase Konishi en la Tierra, tenemos copias de seguridad por todo el Sistema Solar.

    Ahora el asteroide estaba tan cerca que el huérfano podía calcular su dirección de panorama y su tamaño. Seguía estando cien veces más alejado que el ciudadano más lejano, pero se acercaba con rapidez. Los espectadores estaban dispuestos formando una concha aproximadamente esférica, como diez veces mayor que el asteroide en si... y el huérfano comprendió de inmediato que si el asteroide mantenía su trayectoria, pasaría directamente por el centro de la esfera imaginaria.

    Todos observaban atentamente el pedrusco. El huérfano se preguntó qué juego seria éste; se había formado un simbolo genérico que incluía a todos los extraños presentes en el panorama, así como a los tres amigos del huérfano, y dicho simbolo había heredado la propiedad del cuarto ciudadano de mantener creencias sobre objetos que había demostrado ser útil para predecir su comportamiento.¿Era posible que la gente estuviese esperando a ver si la rocadaba de pronto un salto aleatorio, como había saltado Blanca? El huérfano creía que se equivocaban; la roca no era un ciudadano, no jugaría con ellos.

    El huérfano quería que todos supiesen lo de la trayectoria simple de la roca. Una vez más comprobó la extrapolación, pero no había cambiado nada; la dirección y la velocidad eran tan constantes como siempre. El huérfano carecía de las palabras para explicárselo a la multitud... pero quizá pudiesen aprender observando al cuarto ciudadano, de la misma forma que el cuarto ciudadano aprendía mirando a Blanca.

    El huérfano saltó por el panorama, situándose directamente en el camino del asteroide. Un cuarto del cielo se volvió marcado y gris, una colina irregular en el lado al sol que proyectaba una banda de sombra absoluta sobre la cara que se aproximaba. Durante un instante el huérfano quedó demasiado sorprendido para moverse —hipnotizado por la escala y la velocidad y la grandeza pesada y sin propósito del objeto— para luego igualar velocidades con la roca y guiarla hacia la multitud.

    La gente se puso a gritar de emoción, con palabras inmunes al vacío ficticio pero que el panorama degradaba con la distancia, creciendo hasta ser un rugido vibrante. El huérfano se apartó del asteroide y vio que los ciudadanos más cercanos le llamaban y gesticulaban. El símbolo del cuarto ciudadano, conectado directamente a la mente del huérfano, ya había concluido que el cuarto ciudadano recorría el camino del asteroide para cambiar lo que pensaban los otros ciudadanos. Así que el modelo del cuarto ciudadano que tenía el huérfano había adquirido la propiedad de tener creencias sobre las creencias de otros ciudadanos... y los símbolos para Inoshiro, Blanca, Gabriel y la multitud en si se apoderaron de tal innovación y la probaron por sí mismos.

    Cuando el huérfano se precipitó en la esfera, pudo oír a la gente riendo y vitoreando. Todos miraban al cuarto ciudadano, aunque el huérfano al fin empezaba a sospechar que nadie había necesitado que le mostrase la trayectoria. Al mirar atrás para comprobar que la roca seguía su camino, un punto en la colina se puso a relucir intensamente en el infrarrojo... y luego estalló con luz un millar de veces más brillante que la roca iluminada por el sol que la rodeaba, y con un espectro térmico más caliente que el propio Sol.

    El huérfano se quedó congelado, dejando que el asteroide se acercase. Una pluma de vapor incandescente surgía del un cráter en la colina; la imagen era rica en nuevas etiquetas gestalt, todas ellas incomprensibles, pero el infotropo grabó una promesa en la mente del huérfano: Aprenderé a entenderlas.

    El huérfano seguia comprobando las direcciones en el panorama de los puntos de referencia que había estado siguiendo, y encontró un cambio microscópico en la dirección del asteroide.¿El destello de luz —y el pequeño cambio de curso— era lo que todos habían estado esperando? El cuarto ciudadano se había equivocado con respecto a lo que sabían, sobre lo que pensaban, sobre lo querían... ¿y ahora ellos lo sabían también? Las implicaciones rebotaron entre los símbolos, modelos de mentes reflejando modelos de mente, mientras la red buscaba sentido y estabilidad.

    Antes de que el asteroide pudiese coincidir con el icono del cuarto ciudadano, el huérfano saltó de regreso con sus amigos.

    Inoshiro estaba furioso:

    —¿Por qué lo hiciste? ¡Lo estropeaste! ¡Vaya un bebé!

    Blanca preguntó con amabilidad:

    —¿Qué viste, Yatima?
    —La roca saltó un poco. Pero yo quería que la gente pensase... que no podría.
    —¡Idiota! ¡Siempre estás pavoneándote!

    Gabriel dijo:

    —¿Yatima? ¿Por qué cree Inoshiro que volaste con el asteroide?

    El huérfano vaciló:

    —No sé lo que piensa Inoshiro.

    Los símbolos para el cuarto ciudadano adoptaron una configuración que ya habían probado un millar de veces antes: el cuarto ciudadano, Yatima, apartado del resto, destacado como único... en esta ocasión, como el único cuyos pensamientos el huérfano podía conocer con seguridad. Y mientas la red simbólica buscaba formas mejores de expresar ese hecho, conexiones complejas se reforzaron y enlaces redundantes fueron desapareciendo.

    No había diferencia entre el modelo de las creencias de Yatima sobre los otros ciudadanos, enterrado dentro del símbolo para Yatima... y los modelos de los otros ciudadanos, dentro de sus respectivos símbolos. La red al fin se dio cuenta y se puso a desechar pasos intermedios innecesarios. El modelo de las creencias de Yatima se convirtió en todo el ancho modelo del conocimiento simbólico del huérfano.

    Y el modelo de las creencias de Yatima sobre la mente de Yatima se convirtió en el modelo total de la mente de Yaúma no un duplicado diminuto, o un resumen tosco, sino un manojo afinado de conexiones que regresaba sobre si mismo. El flujo de consciencia del huérfano recorrió esas nuevas conexiones, momentáneamente inestables por la retroalimentación: pienso que Yatima piensa que yo pienso que Yatima piensa...

    A continuación la red simbólica identificó las últimas redundancias, cortó algunos enlaces internos y la regresión infinita colapsó en una única resonancia, simple y estable:

    Estoy pensando...

    Estoy pensando que sé lo que estoy pensando.

    Yatima dijo:

    —Sé lo que estoy pensando.

    Inoshiro respondió despreocupadamente:

    —¿Qué te hace creer que le importa a alguien?

    Por cinco mil vigésimo tercera vez, el conceptorio comprobó la arquitectura de la mente del huérfano con respecto a la definición que tenía la polis de la autoeonsciencia.

    Ahora se satisfacían todos los criterios.

    El conceptorio recurrió a una parte de si mismo que controlaba el útero y lo paró, parando al huérfano. Modificó ligeramente la maquinaria del útero, permitiéndole la ejecución independiente, permitiéndole ser reprogramado desde el interior. A continuación construyó una firma para el nuevo ciudadano — dos números únicos de un megadígito, uno privado y el otro público— y los empotró en el cifrador del huérfano, una pequeña estructura que había permanecido dormida, esperando esas claves. Envió una copia de la firma pública a la polis, para ser catalogada, para ser censada.

    Finalmente, el conceptorio pasó la máquina virtual que había sido el útero a manos del sistema operativo de la polis, cediendo todo poder sobre el contenido. Liberándola, como una cesta enviada por un río. Ahora era el exoyó del nuevo ciudadano, una concha, un caparazón no consciente. El ciudadano tenía libertad para reprogramarlo a voluntad, pero la polis no permitiría que otro software lo tocase. La cesta era insumergible, excepto desde el interior.

    Inoshiro dijo:

    —¡Para! ¿Ahora quién finges ser?

    Yatima no precisó separar los navegadores; il sabía que su icono no había cambiado de apariencia, pero ahora emitía una etiqueta gestalt. Era del tipo que había visto emitir a los otros ciudadanos la primera vez que había visitado el panorama del cerdo volador.

    Blanca envió a Yatima un tipo diferente de etiqueta; contenía un número aleatorio codificado por medio de la mitad pública de la firma de Yatima. Antes de que Yatima pudiese preguntarse por el significado de la etiqueta, su cifrador respondió automáticamente al desafío: decodificando el mensaje de Blanca, volviéndolo a cifrar con la firma pública de Blanca y devolviendo un tercer tipo de etiqueta.Declaración de identidad. Desafío. Respuesta.

    Blanca dijo:

    —Bienvenido a Konishi, ciudadano Yatima. —Il se volvió hacia Inoshiro, quien repitió el desafío de Blanca para luego murmurar por lo bajo y taciturnamente—. Bienvenido, Yatima.

    Gabriel dijo:

    —Y bienvenido a la Coalición de Polis.

    Yatima miró a los tres, desconcertado... sin prestar atención a las palabras ceremoniales, intentando comprender qué había cambiado en su interior. Veía a sus amigos, y a las estrellas, y a la multitud, y sentía su propio icono... pero a pesar de que esas ideas y percepciones ordinarias fluían sin problemas, un nuevo tipo de pregunta parecía girar a través del espacio negro que había detrás. ¿Quién piensa esto? ¿Quién ve estas estrellas, a estos ciudadanos? ¿Quién se interroga sobre sus pensamientos y sobre lo que ve?

    Y la respuesta le llegó no en palabras, sino como el murmullo de respuesta de un símbolo entre miles que se alzó para reclamar a todos los demás. No para reflejar todos los pensamientos, para unirlos. Para mantenerlos unidos, como una piel.

    ¿Quién piensa esto?

    Yo.


    2. Minería de verdad


    POLIS KONISHI, TIERRA
    23 387 281 042 016 TEC
    18 de mayo 2975, 10:10:39.170 TU



    ¿Con qué tienes problemas?

    El icono de Radiya era un esqueleto sin carne formado por ramas y ramitas, una calavera tallada a partir de un tocón lleno de nudos. Su panorama hogar era un bosque de robles; siempre se veían en el mismo claro. Yatima no estaba seguro de si Radiya pasaba mucho tiempo allí, o si cuando estaba trabajando il se sumergía en espacios matemáticos abstractos, pero la aleatoriedad compleja y arbitraria del bosque resultaba un fondo curiosamente armónico para los objetos espartanos que conjuraban para su exploración.

    —Curvatura espacial. Sigo sin comprender de dónde surge. —Yatima creó una masa translúcida, flotando como a la altura del pecho entre il y Radiya, con media docena de triángulos negros incrustados—. Si comienzas teniendo una variedad, ¿no deberías poder imponerle cualquier geometría que te parezca? —Una variedad era un espacio que sólo contenía dimensión y topología; nada de ángulos, ni distancias, ni líneas paralelas. Mientras hablaba, la masa se estiró y se dobló, y los lados de los triángulos se agitaron y ondularon—. Creía que la curvatura existía en un nivel totalmente nuevo, un nuevo conjunto de reglas que podías definir como te viniese en gana. De forma que podrías escoger curvatura cero en todas partes si eso fuese lo que quisieses. — Enderezó todos los triángulos para formar figuras rígidas y planas—. Ahora ya no siento tanta seguridad. Hay algunas variedades simples bidimensionales, como una esfera, donde no veo cómo aplanar la geometría. Pero tampoco puedo demostrar que sea imposible.

    Radiya dijo:

    —¿Qué hay del toroide? ¿Puedes dar una geometría euclídea a un toroide?
    —Al principio no podía. Pero he encontrado la forma.
    —Muéstramelo.

    Yatima hizo desaparecer la masa y creó un toroide, de un delta de ancho y un cuarto de delta de alto, con una superficie blanca marcada por una rejilla de meridianos rojos y círculos azules de latitud. En la biblioteca había encontrado una herramienta estándar para tratar como un panorama la superficie de cualquier objeto; lo reescaló todo, forzó que los rayos de la luz siguieran la geodésica de la superficie y añadió un ligero grosor para que no tuvieran la necesidad de hacerse tridimensionales Ofreciendo cortésmente la dirección para que Radiva pudiese seguirlo, Yatima saltó al panorama del toroide.

    Llegaron de pie en el anillo exterior —el «ecuador» de] toroide— mirando al «sur». Con Los rayos de luz limitados a la superficie, el panorama parecía no tener límites, aunque Yatima veia claramente la parte posterior de su icono y el de Radiya, a una breve revolución por delante, y por el espacio entre illos podía entrever a un Radiya al doble de distancia. El claro del bosque no estaba por ninguna parte; por encima sólo había oscuridad.

    Mirando directamente al sur la perspectiva era casi por completo lineal, con los meridianos rojos que rodeaban al toroide ofreciendo la impresión de converger hacia un punto de fuga distante. Pero al este y oeste las líneas azules de latitud —que de cerca parecían casi rectas y paralelas— parecían divergir muy rápidamente al acercarse a una distancia critica. Los rayos de luz que circunnavegaban el anillo exterior del toroide convergían, como si los enfocase una lente de aumento, en un punto situado directamente en el lugar opuesto de donde habían partido... por tanto, la imagen enormemente distendida de un punto diminuto del ecuador, situado exactamente a mitad de camino alrededor del toroide, ocupaba todo el campo de visión y hacía a un lado la imagen de todo lo situado al norte o al sur de su posición. Más allá del punto medio las líneas azules volvían a unirse y presentaban durante un tiempo algo similar a la perspectiva normal, antes de dar la vuelta completa y repetir el efecto. Pero en esta ocasión la vista estaba bloqueada por una ancha banda de violeta con un delgado borde blanco en la parte superior, ocupando todo el horizonte: el propio icono de Yatima, distorsionado por la curvatura. Si Yatima miraba en sentido opuesto a Radiya también era visible una lista verde y marrón, oscureciendo parcialmente la violeta y negra.

    —La geometria de esta inmersión no es euclídea, evidentemente. —Yatima esbozó unos triángulos en la superficie a sus pies—. La suma de los ángulos de un triángulo depende de dónde lo ponemos: más de 180 grados aquí, cerca del anillo externo, pero menos de 180 cerca del anillo interno. En medio, más o menos se mantiene en equilibrio.

    Radiya asintió.

    —Vale. Entonces, ¿cómo lo mantienes en equilibro en todas partes... sin modificar la topología?

    Yatima lanzó un flujo de etiquetas al objeto panorama y la vista inició su transformación. Los iconos distorsionados en el horizonte a este y oeste fueron encogiéndose, y las líneas azules de latitud se fueron enderezando. Al sur, la región estrecha de perspectiva lineal se expandía rápidamente.

    —Si pliegas un cilindro para formar un toroide, las lineas paralelas del eje del cilindro se convierten en círculos de diferentes tamaños; ése es el verdadero origen de la curvatura. Y si intentas hacer que esos circuios tengan todos el mismo tamaño, no habría forma de mantenerlos separados; ese proceso aplasta el cilindro. Pero eso sólo es cierto en tres dimensiones.

    Ahora las líneas de la cuadrícula eran todas rectas, con perspectiva perfectamente lineal en todas partes. Tenían la impresión de estar de pie en un plano ilimitado, con sólo las imágenes repetidas de sus iconos para demostrar que no era asi. Los triángulos también se habían enderezado; Yatima realizó dos copias idénticas de uno de ellos, luego maniobró con los tres para formar un abanico que demostraba que los ángulos sumaban 180 grados.

    —Topológicamente, nada ha cambiado; no he realizado ni cortes ni uniones en la superficie. La única diferencia es...

    Il saltó de vuelta al claro del bosque. El toroide parecía haberse transformado en una corta banda cilindrica; los círculos azules y grandes de latitud tenían ahora el mismo tamaño...pero los círculos rojos y pequeños, los meridianos, parecían haberse aplastado hasta convertirse en líneas rectas.

    —Roté cada meridiano 90 grados en una cuarta dimensión espacial. Parecen planos simplemente porque los estamos viendo de lado. —Yatima había ensayado el truco con análogos de menos dimensiones: cogiendo la banda entre un par de circuios concéntricos y retorciéndola 90 grados fuera del plano, apoyándola sobre el borde; la dimensión extra dejaba espacio para que toda la banda tuviese un radio uniforme. Con un toroide era básicamente lo mismo; todos los circuios de latitud podían tener el mismo radio, siempre que se les asignase diferentes «alturas» en una cuarta dimensión para poder seguir distinguiéndolos.

    Yatima recoloreó el toroide con tonos de verde que variaban uniformemente para revelar la cuarta coordenada oculta. Las superficies externas e internas del «cilindro» sólo igualaban sus colores en los anillos superiores e inferiores, donde se encontraban en la cuarta dimensión; en los demás lugares, tonos diferentes a cada lado demostraban que seguían separados.

    Radiya dijo:

    —Muy ingenioso. Bien, ¿puedes hacer lo mismo con la esfera?

    Yatima mostró una mueca de frustración.

    —¡Lo he intentado! Intuitivamente, parece imposible... pero antes de dar con el truco adecuado, habría dicho lo mismo en el caso del toroide. —Creó una esfera mientras hablaba para luego deformarla formando un cubo. Pero no servía de nada... se limitaba simplemente a concentrar toda la curvatura en las singularidades de las esquinas, no la eliminaba.
    —Vale. Aquí tienes una pista. —Radiya convirtió el cubo de nuevo en esfera y sobre ella pintó tres grandes círculos negros: un ecuador y dos meridianos completos separados por 90 grados.
    —¿En qué he dividido la superficie?
    —En triángulos. Ocho triángulos; cuatro en el hemisferio norte, cuatro en el sur.
    —E independientemente de lo que le hagas a la superficie, doblarla, estirarla, retorcerla en mil dimensiones diferentes... siempre podrás dividirla de la misma forma, ¿no? ¿Ocho triángulos, dibujados entre seis puntos?

    Yatima experimentó, deformando la esfera en una sucesión de formas diferente.

    —Creo que tienes razón. ¿Pero de qué nos sirve?

    Radiya permaneció en silencio. Yatima hizo que el objeto se volviese transparente, para poder ver simultáneamente todos los triángulos. Formaban una especie de red basta, una red de seis puntos, una bolsa de cuerdas. Enderezó las doce líneas, lo que ciertamente aplastó los triángulos... pero transformó la esfera en un diamante octaédrico, lo que resultaba tan desastroso como un cubo. Cada cara del diamante era perfectamente euclídea, pero las seis puntas eran depósitos infinitamente concentrados de curvatura.

    Probó a alisar y aplastar los seis puntos. Fue fácil... pero hizo que los ocho triángulos se volviesen tan doblados y no— euclídeos como en la esfera original. Parecía «evidente» que los puntos y los triángulos no podían ser planos simultáneamente... pero Yatima seguía sin dar con la razón para que esas dos metas fuesen irreconciliables. Midió los ángulos allí donde se encontraban cuatro triángulos, alrededor de lo que antes había sido una punta del diamante: 90, 90, 90, 90. Lo que tenía todo el sentido: para ser planos, y unirse sin dejar huecos, debían sumar 360 grados. Volvió al diamante sin embotar y midió los mismos ángulos: 60, 60, 60, 60. Un total de 240, demasiado pequeño para ser plano; todo lo que fuese menor de un círculo completo obligaba a la superficie a formar la punta de un cono...

    ¡Eso era! ¡Ése era el núcleo de la contradicción! Todo vértice necesitaba a su alrededor ángulos con un total de 360 grados para poder ser plano... mientras que todo triángulo euclídeo plano sólo daba 180 grados. La mitad. Por tanto, si hubiese el doble de triángulos que de vértices, todo encajaría a la perfección... pero con seis vértices y sólo ocho triángulos no había planitud suficiente.

    Yatima sonrió triunfante, y contó la serie de razonamientos. Radiya dijo con tranquilidad:

    —Bien. Acabas de descubrir el teorema de Gauss-Bonnet, que relaciona el número de Euler con la curvatura total.
    —¿En serio? —Yatima se sintió lleno de orgullo; Euler y Gauss eran mineros legendarios... carnosos muertos tiempo atrás, pero con habilidades rara vez igualadas. —No del todo. —Radiya sonrió un poco—. Deberías buscar su expresión concreta. Creo que ya puedes abordar un tratamiento formal de los espacios de Riemann. Pero si empieza a parecerte demasiado abstracto, no vaciles en volver un poco atrás y jugar con algunos ejemplos más.
    —Vale. —No hizo falta que se le dijera a Yatima que la lección había concluido. Alzó la mano en gesto de agradecimiento para luego retirar su icono y su punto de vista.

    Durante un momento Yatima quedó sin panorama, con los canales de entrada aislados, a solas con sus pensamientos. Sabía bien que todavía no comprendía por completo la curvatura —había docenas de otras formas de considerarla— pero al menos había comprendido un fragmento más de la imagen global.

    A continuación saltó a las Minas de Verdad.

    Llegó a un espacio cavernoso con paredes de piedra oscura, agregados de minerales ígneos rocosos, arcillas marrones, venas de rojo óxido, En el suelo de la caverna había incrustado un objeto extraño y luminoso: docenas de chispas flotantes de luz, encerradas en un conjunto elaborado de membranas etéreas. Las membranas formaban familias concéntricas y anidadas, capas de cebolla dalinianas... cada serie culminando en una burbuja alrededor de una única chispa u ocasionalmente un grupo de dos o tres. A medida que las chispas se desplazaban, las membranas fluían para acomodarlas, de tal forma que ninguna chispa escapaba a su nivel de encierro.

    En cierto sentido, las Minas de Verdad no eran más que otro panorama índice. De forma similar eran accesibles cientos de miles de selecciones especializadas de los contenidos de la biblioteca... y Yatima había subido por el árbol evolutivo, había saltado por la tabla periódica, había recorrido las líneas temporales, como si fuesen avenidas, de las historias de carnosos, gleisners y ciudadanos. Medio megatau antes, il había nadado por la célula eucariota; todas las proteínas, todos los nucleótidos, todos los carbohidratos que atravesaban el citoplasma emitían etiquetas gestalt que referenciaban todo lo que la biblioteca tenía que decir sobre la molécula en cuestión.

    Pero en las Minas de Verdad, las etiquetas no eran simples referencias; incluían las expresiones completas de las definiciones, axiomas o teoremas concretos representados por el objeto. Las Minas eran autocontenidas; todos los resultados matemáticos demostrados por los carnosos y sus descendientes se mostraban al completo. Las exégesis de la biblioteca eran útiles... pero las verdades en sí estaban todas allí.

    El objeto luminoso enterrado en el suelo de la caverna emitía la definición de un espacio topológico: un conjunto de puntos (las chipas), agrupados en «subconjuntos abiertos» (el contenido de una o más de las membranas) que especificaban cómo se conectaban los puntos entre sí... sin tener que recurrir a ideas de «distancia» o «dimensión». Como una especie de conjunto primario sin ninguna estructura, era lo más básico que se podía ser: el antecesor común de virtualmente todas las entidades dignas de recibir el nombre de «espacio», por exóticas que fuesen. Un único túnel llevaba al interior de la caverna, ofreciendo un enlace a los conceptos previos necesarios, y media docena de túneles permitían salir, inclinándose ligeramente hacia «abajo» en la roca, siguiendo distintas implicaciones de la definición. Supongamos que T es un espacio topológico... entonces ¿qué se deduce? Dichas rutas estaban pavimentadas con pequeñas gemas, cada una emitiendo un resultado intermedio de camino a un teorema.

    Todos los túneles de las Minas se habían construido según los pasos de una prueba hermética; todo teorema, por muy profundamente enterrado que estuviese, podía retrotraerse a todas sus suposiciones. Y para establecer con precisión lo que se entendía por «demostración», todos los campos de la matemática empleaban sus propias colecciones de sistemas formales: conjuntos de axiomas, definiciones y reglas de deducción, junto con el vocabulario especializado necesario para expresar con precisión teoremas y conjeturas.

    La primera vez que se vio con Radiya en las Minas, Yatima le había preguntado por qué algún programa no consciente no podía tomar todos los sistemas formales empleados por los mineros y deducir automáticamente todos los teoremas... ahorrando mucho trabajo para los ciudadanos.

    Radiya respondió:

    —Dos es primo. Tres es primo. Cinco es primo. Siete es primo. Once es primo. Trece es primo. Diecisiete es...
    —¡Alto!
    —Si no me aburriese, podría seguir así hasta el Big Crunch y no descubriría nada nuevo.
    —Pero podríamos ejecutar a la vez algunos miles de millones de programas, cada uno explorando en direcciones diferentes. No importaría si algunos no descubriesen jamás nada interesante.
    —¿Qué «direcciones diferentes» escogerías tú?
    —No lo sé. ¿Todas?
    —Algunos miles de millones de topos ciegos no te permitirían hacerlo. Supongamos que tienes un único axioma, que se acepta como tal, y diez pasos lógicos válidos que pueden emplearse para generar nuevas proposiciones. Después de un paso, tienes diez verdades a explorar. —Radiya se lo había demostrado construyendo una pequeña mina en miniatura, que se iba dividiendo, en el espacio frente a Yatima—. Después de diez pasos, tienes diez mil millones, diez a la décima potencia. —El abanico de túneles en la mina de juguete ya era una mancha sin detalles... pero Radiya la llenó con diez mil millones de topos luminosos, haciendo que el frente de mina reluciese con intensidad—. Después de veinte pasos, tendrías diez a la veinte. Demasiados para explorar a la vez, por un factor de diez mil millones. ¿Cómo vas a escoger el correcto? ¿O compartirás los topos entre todos esos senderos... ralentizándolos hasta el punto de que sean inútiles? —Los topos dispersaron su luz proporcionalmente... y el resplandor de actividad se volvió demasiado débil como para ser visible—. El crecimiento exponencial es una maldición en todas sus manifestaciones. ¿Sabes que casi acabó con los carnosos? Si estuviésemos totalmente locos, podríamos intentar convertir todo el planeta, o toda la galaxia, en una máquina capaz de producir la fuerza bruta computacional necesaria... pero incluso entonces dudo que llegásemos al Último Teorema de Fermat antes del final del universo.

    Yatima había insistido.

    —Podríamos hacer que los programas fuesen más complejos. Capaces de mayor discriminación. Que generalicen a partir de ejemplos, de conjeturas... que busquen pruebas.

    Radiya había admitido la posibilidad.

    —Quizá podría hacerse. Algunos carnosos intentaron esa aproximación antes del Introdus... y si tienes una vida corta, eres lento y te distraes con facilidad, casi tiene sentido dejar que un software no consciente encuentre las vetas con las que tú jamás darás antes de morir.Pero, ¿para nosotros? ¿Por qué deberíamos sacrificar la oportunidad de disfrutar?

    Ahora que había disfrutado directamente de la Minería de Verdad, Yatima estaba totalmente de acuerdo. En ningún panorama o archivo de biblioteca, en ninguna entrada de satélite o imagen de zángano, había nada más hermoso que la matemática. Envió al panorama una etiqueta interrogativa e iluminó el camino al teorema de Gauss-Bonnet con un resplandor azul sólo para su punto de vista. Flotó lentamente hacia abajo por uno de los túneles, leyendo todas las etiquetas del sendero enjoyado.

    Aprender era un proceso extraño. Podría haber hecho que su exoyó enviase toda la información en bruto directamente a su mente, en un instante... podría haber envuelto una copia completa de las Minas de Verdad, como una ameba tragándose un planeta... pero asi los hechos serían apenas más accesibles de lo que eran ahora, y no habría logrado incrementar su entendimiento. La única forma de comprender un concepto matemático era verlo en multitud de contextos diferentes, considerar docenas de ejemplos concretos y dar con al menos dos o tres metáforas para impulsar las elucubraciones intuitivas. Curvatura significa que los ángulos de un triángulo podrían no sumar 180 grados. Curvatura significa que tienes que estirar o contraer un plano de forma no uniforme para hacerle envolver una superficie. Curvatura, significa que no hay espacio para lineas paralelas... o que hay espacio para mucho más de lo que llegaron a soñar los euclideos. Comprender una idea significaba entremezclarla tan totalmente con todos los otros símbolos de tu mente que acababa modificando la forma en que pensabas sobre todo.

    Aún así, la biblioteca estaba repleta de los métodos que antiguos mineros habían empleado para dar forma a los teoremas, y Yatima podría haber tomado esos detalles junto con los datos en bruto, que le hubiesen concedido el entendimiento archivado de miles de ciudadanos Konishi que habían recorrido antes esa misma ruta. El injerto mental adecuado le habría permitido ponerse al día sin esfuerzo con los mineros vivos que penetraban en la veta a mayor profundidad siguiendo su propia dirección... con el coste de que il fuese, hablando matemáticamente, poco más que un clon a trozos de illos, capaz sólo de seguir sus sombras.

    Si quería llegar a ser minero por derecho... realizando y comprobando sus propias conjeturas en la mina, como Gauss y Euler, Riemann y Levi-Civita, de Rahm y Carian, Radiya y Blanca... entonces Yatima no disponía de ningún atajo, ninguna alternativa a explorar las Minas de primera mano. No podía tener ninguna esperanza de encontrar una dirección novedosa, una ruta que nadie hubiese escogido antes, sin una aproximación nueva a los viejos resultados. Sólo cuando hubiese construido su propio mapa de las minas —arrugado y manchado idiosincrásicamente, adornado y anotado de forma distinta a los demás— podría empezar a estimar dónde yacía enterrada la próxima veta de verdades sin descubrir.

    Yatima estaba de vuelta en la sabana de su panorama hogar, jugando con un toroide cubierto de polígonos, cuando Inoshiro envió su tarjeta de llamada; la etiqueta penetró en el panorama como un olor familiar en el viento. Yatima vaciló —se sentía feliz con lo que hacía, no deseaba interrupciones— pero luego se rindió, respondiendo con una etiqueta de bienvenida y concediendo a Inoshiro acceso al panorama.

    —¿Qué es esa cosa horrible? —Inoshiro miró con desprecio el toroide minimalista. Desde que había empezado a visitar a Ashton-Laval parecía haber decidido convertirse en juez estético de todo lo que había en un panorama. Todo lo que Yatima había visto, en el panorama hogar de Inoshiro se agitaba incesantemente, relucía en todo el espectro y poseía una dimensión fractal de al menos dos coma nueve.
    —El bosquejo de una prueba de que el toroide tiene una curvatura total de cero. Estoy pensando en convertirlo en un elemento permanente.

    Inoshiro gimió.

    —El status quo te ha conquistado por completo. El huérfano hace lo que el huérfano ve.

    Yatima respondió con tranquilidad.

    —He descompuesto la superficie en polígonos. El número de caras, menos el número de aristas, más el número de vértices, el número de Euler, es cero.
    —No por mucho tiempo. —Inoshiro dibujó una línea en el objeto, dividiendo desafiante uno de los hexágonos.
    —Has añadido una cara y una arista. Se anulan.

    Inoshiro dividió un cuadrado en cuatro triángulos.

    —Tres caras nuevas, menos cuatro aristas nuevas, más un vértice más. Cambio neto: cero.
    —Carne de mina. Zombi lógico. —Inoshiro abrió la boca y escupió algunas etiquetas aleatorias de cálculo preposicional.

    Yatima rió.

    —Si no tienes nada mejor que hacer que insultarme... —II empezó a emitir la etiqueta de retirada inmediata del acceso.
    —Ven a ver la nueva pieza de Hashim.
    —Quizá más tarde. —Hashim era uno de los amigos artistas de Inoshiro vía Ashton-Laval. A Yatima la mayor parte de sus obras le resultaban desconcertantes, aunque no estaba seguro de si era por diferencias de arquitectura mental entre polis o simplemente por su propio gusto personal. Eso sí, Inoshiro insistía en que todo era «sublime».
    —Es en tiempo real, efímero. Ahora o nunca.
    —No es cierto: podrías grabármelo o yo podría enviar un representante.

    Inoshiro deformó su cara peltre para formar un fruncimiento exagerado.

    —No seas filisteo. Una vez que el artista decide los parámetros, éstos son sacrosantos...
    —Los parámetros de Hashim son simplemente incomprensibles. Mira, sé que no me va a gustar. Vete tú.

    Inoshiro vaciló, contrayendo lentamente sus rasgos para recuperar la normalidad.

    —Podrías apreciar el arte de Hashim si quisieses. Si ejecutases el punto de vista adecuado.

    Yatima li miró.

    —¿Así lo haces tú?
    —Sí. —Inoshiro estiró la mano y de la palma surgió una flor, una orquídea verde y violeta que emitió una dirección en la biblioteca Ashton-Laval—, No te lo conté antes porque podrías habérselo contado a Blanca... y asi se habrían enterado mis padres. Y ya sabes cómo son.

    Yatima se encogió de hombros.

    —Eres ciudadano, no es asunto suyo.

    Inoshiro puso la vista en blanco y le dedicó su mejor imagen de un mártir. Yatima dudaba de que llegase a comprender a las familias: no había nada que los parientes de Inoshiro pudiesen hacer como castigo por emplear el punto de vista, y menos aún impedírselo. Todos los mensajes de condena podían filtrarse; podía abandonar instantáneamente todas las reuniones familiares que se convirtiesen en sesiones de asalto. Pero los padres de Blanca —tres de los cuales eran padres de Inoshiro— habían fastidiado a Blanca para que rompiese con Gabriel (aunque fuese temporalmente); aparentemente, la idea de la exogamia era imposible de soportar. Ahora que volvían a estar juntos, Blanca (por alguna razón) debía evitar a Inoshiro y al resto de la familia... y presumiblemente Inoshiro ya no temía que su hermanada parcial se fuese de la lengua.

    Yatima se sintió un poco dolido.

    —Jamás se lo habría contado a Blanca si me lo hubiese pedido.
    —Sí, sí. ¿Crees que no lo recuerdo? Prácticamente te adoptó. —¡Sólo cuando estaba en el útero! —Yatima seguía sintiendo aprecio por Blanca, pero ya no se veían muy a menudo.

    Inoshiro suspiró.

    —Vale: siento no habértelo contado antes. ¿Vendrás?

    Yatima volvió a olisquear la flor, con cautela. La dirección Ashton-Laval olía claramente a lugar extraño... pero era simplemente la falta de familiaridad. Hizo que su exoyó tomase una copia del punto de vista y lo analizase con cuidado.

    Yatima sabía que Radiya, y la mayoría de los mineros, empleaban puntos de vista para concentrarse en el trabajo, gigatau tras gigatau. Cualquier ciudadano con una mente más o menos modelada según una mente carnosa era vulnerable a la deriva:la degeneración a lo largo del tiempo de los valores y las metas más apreciadas. La flexibilidad era una parte esencial del legado carnoso, pero después de una docena de equivalentes computacionales a una vida anterior al Introdus, incluso la personalidad más robusta corría el peligro de acabar convertida en una confusión entrópica. Pero ninguno de los fundadores de polis había elegido incluir mecanismos estabilizadores predeterminados en los diseños base, no fuese a ser que toda la especie se anquilosase en tribus de monomaniacos autoperpetuados, parasitados por un puñado de memes. Se consideró más seguro que cada ciudadano tuviese la libertad de elegir de entre un amplio espectro de puntos de vista: software que se podía ejecutar dentro de tu exoyó y reforzar las cualidades que más apreciaba, sólo si en cierto momento consideraba que era necesario. Las posibilidades para la experimentación transcultural a corto plazo eran casi incidentales.

    Cada punto de vista ofrecía un paquete ligeramente diferente de valores y estéticas, en muchas ocasiones ensamblados a partir de ancestrales «razones para ser feliz» que en cierto grado seguían ocupando las mentes de la mayoría de los ciudadanos:Regularidades y periodicidades... ritmos como días y estaciones. Armonía y complejidades, en sonidos e imágenes, y en ideas. Novedad. Recuerdos y esperanzas. Rumores, compañía, empatia, compasión. Soledad y silencio. Había todo un continuo que iba desde las preferencias estéticas triviales, pasaba por asociaciones emocionales y alcanzaba las piedras angulares de la moral y la identidad.

    Yatima hizo que el análisis desarrollado por el exoyó apareciese en el panorama delante de il como un par de mapas de antes y después de las estructuras neuronales más afectadas. Los mapas eran como redes, con esferas en cada cruce para representar símbolos; cambios proporcionados en el tamaño de los símbolos mostraban cómo los modificaría el punto de vista.

    —¿»La muerte» se multiplica por diez? Paso.
    —Sólo porque habitualmente está muy poco desarrollada.

    Yatima le dedicó una mirada envenenada, luego hizo que los mapas pasasen a privado y se dedicó a examinarlos con un aire de intensa concentración.

    —Decídete; empezará pronto.
    —¿Te refieres a transformar mi mente en la de Hashim?
    —Hashim no usa un punto de vista.
    —Por tanto, ¿es todo talento artístico en bruto? ¿No dicen todos lo mismo?
    —Sólo... decídete.

    El veredicto de su exoyó sobre el potencial de parasitismo fue bastante optimista, aunque tampoco podía excluirlo. Si lo ejecutaba durante algunos kilotaus no debería tener problemas para parar.

    Yatima hizo que en su palma creciese una flor igual.

    —¿Por qué siempre me convences para asistir a estas locuras?

    El rostro de Inoshiro formó el signo puro gestalt de benefactor despreciado. —Si yo no te salvo de las Minas, ¿quién lo hará?

    Yatima ejecutó el punto de vista. De inmediato, ciertas características del panorama le llamaron la atención: una delgada línea de nubes en el cielo azul, un grupo de árboles lejanos, el viento soplando por entre la hierba. Era como pasar de un mapa gestalt en color a otro, y ver cómo algunos objetos destacaban porque habían cambiado más que el resto. Después de un momento, el efecto desapareció, pero Yatima se sentía claramente modificado; el equilibrio se había desplazado en la guerra continua entre los símbolos de su mente, y el zumbido normal de la consciencia tenía un tono diferente.

    —¿Estás bien? —Inoshiro parecía sinceramente preocupado y Yatima sintió un poco habitual y espontáneo estallido de afecto por il. Inoshiro siempre quería mostrarle lo que había encontrado en sus paseos interminables por las posibilidades de la Coalición... porque realmente quería que Yatima supiese cuáles eran las opciones.
    —Sigo siendo yo. Creo.
    —Una pena. —Inoshiro envió la dirección y saltaron simultáneamente a la obra de Hashim.

    Sus iconos desaparecieron; eran observadores puros. Yatima se encontró mirando aun grupo teñido de rojo de partes orgánicas que palpitaban, una confusión traslúcida de fluidos y tejidos. Las secciones se dividían, se disolvían y se reorganizaban. Parecía un embrión carnoso... aunque no era exactamente una representación realista. La técnica de visualización cambiaba continuamente, mostrando estructuras diferentes: Yatima entrevio miembros y órganos delicados atrapados en láminas de luz transmitida; una silueta oscura de huesos en un destello de rayos X; la red de delicadas ramas de un sistema nervioso apareciendo a la vista como una sombra con filigranas, reduciéndose de mielina a lipidos y a una dispersión de neurotransmisores en vesículas enfrentada a la emisión de radiofrecuencia de un sistema de imagen por resonancia magnética.

    Ahora había dos cuerpos, ¿Gemelos? Pero uno era más grande... a veces mucho más grande. Los dos cambiaban de posición, retorciéndose uno alrededor del otro, creciendo o reduciéndose en saltos estroboscópicos mientras la longitud de onda de la imagen recorría el espectro.

    Uno de los niños carnoso se iba convirtiendo en una criatura de cristal, los nervios y vasos sanguíneos vitrificándose para convertirse en fibras ópticas. Una imagen de luz blanca, súbita y sorprendente, mostró a unos hermanos siameses vivos, cortados de forma imposible para mostrar músculos rosados y grises funcionando junto a actuadores piezoeléctricos y aleaciones con memoria, entremezclando anatomía carnosa y gleisner. La escena giró y se transformó en un solitario niño robot en un útero carnoso; giró una vez más para mostrar el mapa luminoso de una mente de ciudadano encajada en el mismo cerebro de mujer; se alejó para situarla, en posición fetal, en un capullo de cables ópticos y electrónicos. Luego un enjambre de nanomáquinas atravesó su piel y todo se dispersó en forma de nube de polvo gris.

    Dos niños carnosos caminaban uno al lado del otro, de la mano. O padre e hijo, gleisner y carnoso, ciudadano y gleisner... Yatima renunció a saberlo y dejó que las impresiones recorriesen su ser. Las dos figuras caminaban tranquilamente por la calle principal de una ciudad, mientras a su alrededor se alzaban y se derrumbaban las torres, las selvas y los desiertos llegaban y se retiraban.

    La obra de arte, liberada, hizo que el punto de vista de Yatima girase alrededor de las dos figuras. Las vio intercambiar miradas, tocarse, besarse... y también golpearse, con torpeza, porque tenían los brazos derechos fusionados por las muñecas. Reconciliarse y fundirse en uno. La pequeña poniéndose a la mayor sobre los hombros... luego la altura del pasajero descendió fluyendo sobre el portador como la arena de un reloj de arena.

    Eran padre e hijo, hermanos, amigos, amantes, especies, y Yatima sintió la exaltación de su relación. La pieza de Hashim era la destilación de la idea de amistad, dentro de todas las fronteras y atravesando todas las fronteras. Y dependiese o no del punto de vista, Yatima se alegraba de haberla visto, atesorando una parte en su interior antes de que cada imagen se disolviese en un destello entrópico dentro del flujo refrigerante de Ashton Laval.

    El panorama fue alejando el punto de vista de Yatima de las dos figuras. Durante algunos taus se dejó llevar, pero toda la ciudad se había convertido en un desierto plano lleno de fisuras, así que exceptuando las figuras ya lejanas, no había nada que ver. Regresó de un salto... sólo para descubrir que debía modificar continuamente sus coordenadas para permanecer en su sitio. Era una experiencia extraña: Yatima no poseía sentido del tacto, equilibrio o propiocepción —el diseño Konishi renegaba de tales espejismos de corporeidad— pero los intentos del panorama por mantener la lejanía, y la necesidad de moverse en contra, se parecían tanto a una resistencia física que bien podría creer que. se había encarnado.

    Las figuras delante de Yatima envejecieron de pronto; las mejillas hundiéndose, los ojos cubriéndose. Yatima se movió alrededor para intentar ver la cara del otro... y el panorama le hizo retroceder al desierto, en esta ocasión en dirección opuesta, Luchó por regresar hacia... madre e hija, luego robot en declive y uno nuevo y reluciente... y aunque los dos permanecieron juntos, cogidos de la mano, Yatima podía sentir las fuerzas que intentaban apartarlos.

    Vio manos de carne agarrando piel y hueso, metal agarrando carne, cerámica agarrando metal. Todas ellas cambiando lentamente. Yatima miró a los ojos de las figuras; mientras todo lo demás fluía y cambiaba, seguían mirándose.

    El panorama se partió en dos, el suelo se abrió, el cielo se dividió. Las figuras quedaron separadas. Yatima se vio súbitamente arrojado lejos de ellas, de vuelta al desierto.., con una fuerza a la que ahora no podía resistirse. Las vio en la distancia, otra vez: gemelos, de especie indeterminada, intentando alcanzarse desesperadamente a través del espacio vacío que se abría entre ellos. Con los brazos extendidos, las yemas casi tocándose.

    A continuación las mitades del mundo se alejaron precipitadamente. Alguien gritó con furia y pena.

    El panorama quedó en negro antes de que Yatima comprendiese que el grito había sido suyo.

    Hacía mucho tiempo que se había abandonado el foro con la fuente del cerdo volador, pero Yatima había plantado una copia de archivo en su panorama hogar, la plaza enclaustrada en medio de una vasta extensión de desierto reseco. Vacío, daba simultáneamente la impresión de ser demasiado grande y demasiado pequeño. A unos cientos de delta de allí, había enterrada en el suelo una copia (no a escala) del asteroide que había visto ser desviado. En cierto momento Yatima se había imaginado una vasta sucesión de recuerdos similares extendiéndose por la sabana, un mapa sobre el que podría volar cuando quisiese repasar los momentos importantes de su vida... pero luego la idea había empezado a antojársele infantil. Si las cosas que había presenciado habían cambiado su ser, lo habían cambiado; no era preciso recrearlas como monumentos. Había conservado el foro porque sinceramente le gustaba visitarlo... y el asteroide por el simple placer perverso de resistirse a deshacerse de él.

    Yatima se quedó un rato junto a la fuente, observando cómo el líquido argénteo se burlaba sin esfuerzo de la física que medio obedecía. Luego recreó el diamante octaédrico, y al lado la red de seis puntos de su lección con Radiya. Siempre había tenido claro que la física no significaba nada en las polis, como era el caso con la mayoría de los ciudadanos; Gabriel no estaba de acuerdo, claro está, pero eso no era más que la doctrina Carter-Zimmerman. La fuente podía ignorar las leyes de la dinámica de fluido con la misma facilidad con la que podía obedecerlas. Todo lo que hacía era simplemente arbitrario; incluso la parábola gravitatoria perfecta al comienzo de cada chorro, antes de que se formasen los cerditos, no era más que una elección estética... y la propia estética no era más que la influencia primitiva del pasado carnoso.

    Pero la red diamantina era diferente. Yatima jugó con el objeto, deformándolo hasta el extremo, estirándolo y retorciéndolo hasta dejarlo irreconocible. Era infinitamente maleable... y sin embargo, algunas pequeñas limitaciones a los cambios que podía realizar hacían que, en cierto sentido, fuese inmodificable. Por mucho que distorsionase su forma, por muchas dimensiones extra que invocase, su red nunca quedaba plana. Podía reemplazarlo por algo completamente diferente —como la red alrededor de un toroide— y luego aplanar esa nueva red... pero eso habría tenido tan poco sentido como crear un objeto inconsciente con la forma de Inoshiro, arrastrarlo a las Minas de Verdad y luego declarar que había conseguido convencer a su amigo real para que fuese con il.

    Los ciudadanos de las polis, decidió Yatima, eran criaturas matemáticas; la matemática ocupaba el centro de todo lo que eran, y todo lo que podrían llegar a ser. Por maleables que fuesen sus mentes, en cierto sentido obedecían las mismas limitaciones profundas que la red diamantina.., dejando de lado el suicidio y la reinvención de novo, dejando de lado la posibilidad de destruirse y construir a alguien nuevo. Lo que implicaba que debían poseer su propia firma matemática inmutable... como el número de Euler, sólo que varios órdenes de magnitud más complejo, Enterrado en la convulsión de los detalles de toda mente debía haber algo inalterado por el tiempo, inalterado por el peso cambiante de recuerdos y experiencias, no modificado por los cambios del yo.

    La obra de arte de Hashim había resultado elegante y conmovedora... e incluso sin el punto de vista en ejecución, las potentes emociones que había evocado persistían... pero Yatima no vacilaba en su elección de vocación. El arte tenía su lugar, alterando los restos de los instintos e impulsos que los carnosos, en su inocencia, habían tomado como verdades inmutable... pero sólo en las Minas podía esperar descubrir las invariantes reales de la identidad y la consciencia.

    Sólo en las Minas podía empezar a comprender quién era il en realidad.


    3. Enlazadores


    ATLANTA, TIERRA
    23 387 545 324 947 TEC
    21 mayo 2975, 11:35:22.101 TU



    El clon de Yatima se activó en el cuerpo gleisner y pasó un momento considerando su situación. La experiencia de «despertar» no parecía diferir mucho en sensaciones a la de llegar a un nuevo panorama; no había nada que delatase el hecho de que toda su mente había sido recreada de nuevo. Entre instantes subjetivos, se había ejecutado la traducción del dialecto Modelador de Konishi, que se ejecutaba en la máquina virtual de un útero o un exoyó, a la versión gleisner que el hardware, muy diferente al de la polis, de este robot ejecutaba directamente. En cierto sentido, no tenía pasado propio, siendo su yo sólo recuerdos falsos y una personalidad de segunda mano... pero seguía teniendo la sensación de haber simplemente saltado de la sabana a la jungla, una única persona idéntica a sí misma antes y después. Todas las invariantes intactas.

    El Yatima original había sido suspendido en su exoyó antes de la traducción, y si todo se desarrollaba como era de esperar, esa instantánea congelada no tendría que ejecutarse jamás. El clon Yatima del gleisner se clonaría de vuelta a la polis Konishi (siendo retraducido de nuevo al Modelador de Konishi), y luego el original de Konishi y el clon gleisner se borrarían. Filosóficamente, no era muy diferente a ser desplazado dentro de la polis de una sección de la memoria física a otra... un acto indetectable que de vez en cuando el sistema operativo ejecutaba sobre todos los ciudadanos, para recuperar el espacio de memoria fragmentado. Y subjetivamente, la excursión sería probablemente muy similar a haber manejado el gleisner remotamente, en lugar de ocuparlo literalmente.

    Si todo salía como se esperaba.

    Yatima miró a su alrededor buscando a Inoshiro. El sol apenas sobresalía por el horizonte, y definitivamente no había atravesado la cubierta de árboles, pero aún así el sistema visual del gleisner le ofrecía una imagen clara de alto contraste. El suelo cercano estaba cubierto por arbustos altos de enormes hojas lenticulares y caídas, entre gruesos troncos elevados. El software interfaz que habían desarrollado juntos parecía funcionar bien; la cabeza y ojos del gleisner seguían las peticiones de ángulo de visión para adquisición de los datos solicitados por Yatima sin retraso perceptible. Ejecutarse ochocientas veces más despacio de lo habitual era aparentemente suficiente para que la máquina pudiese mantenerse a su altura... siempre que recordase no intentar ejecutar ningún movimiento discontinuo.

    El otro gleisner abandonado estaba sentado en el suelo junto al suyo, con el torso inclinado hacia delante, los brazos flácidos. La piel de polímero estaba casi completamente escondida, cubierta de liqúenes mojados por el rocío y un a capa gruesa de tierra atrapada. El zángano del tamaño de un mosquito que habían empleado para trasladarse a los procesadores gleisner —que había sido el que había dado originalmente con los cuerpos en desuso— seguía unido a la parte posterior del robot, reparando la pequeña incisión que había realizado para lograr acceso a la red troncal de fibras.

    —¿Inoshiro? —La palabra lineal regresó a Yatima a través del software interfaz, modificada con todas las extrañas resonancias del chasis gleisner, apagada en curiosas frecuencias por el caos y la humedad de la jungla. Ningún eco de panorama había sido jamás tan... poco diseñado. Tan inocente—. ¿Estás ahí dentro?

    El zángano zumbó y se alejó de la herida sellada. El gleisner se volvió parar mirar a Yatima, soltando arena húmeda y fragmentos de hojas podridas. Varias hormigas rojas, muy grandes, de pronto expuestas, ejecutaron confusas figuras de ocho sobre el hombro del gleisner, pero lograron quedarse.

    —Sí, aquí estoy, no te asustes —Yatima comenzó a recibir, vía una enlace de infrarrojos, la firma ya conocida; instintivamente la comprobó y la confirmó. Inoshiro flexionó experimentalmente sus actuadores faciales, perdiendo desechos y suciedad. Yatima jugueteó con su propia expresión; el software interfaz le enviaba un flujo de etiquetas indicándole que intentaba ejecutar deformaciones imposibles.
    —Si quieres ponerte en pie, te limpiaré un poco. —Inoshiro se puso delicadamente en pie; Yatima deseó que su punto de vista se elevase y el interfaz hizo que el cuerpo robótico obedeciese.

    Dejó que Inoshiro rascase su cuerpo, prestando escasa atención al flujo detallado de etiquetas que recibía, describiendo los cambios de presión sobre su piel de polímero. Había hecho que el interfaz le comunicase la postura de los gleisners, según indicaba el hardware, en forma de los símbolos internos para sus iconos... y hacer que a su vez los robots obedeciesen a los cambios en los iconos (siempre que no fuese físicamente imposible y no les hiciese caer al suelo)... pero habían decidido no emprender el rediseño profundo parar lograr un bucle sensorial integrado al estilo carnoso junto con sus instintos motores. Incluso Inoshiro se había echado atrás ante la idea de que sus clones gleisner obtuviesen unos sentidos y habilidades tan vividos, sólo para perderlos al volver a Konishi, donde serían tan inútiles como los talentos de Yatima para esculpir objetos en esta jungla desobediente. Tener versiones sucesivas de sí mismos tan distintas se hubiese parecido demasiado a morir.

    Intercambiaron los papeles, con Yatima haciendo lo posible por limpiar a Inoshiro. Comprendía todos los principios físicos relevantes, y podía hacer que los brazos gleisner hiciesen casi todo lo que quería obligando a su icono a realizar los movimientos correctos... pero incluso contando con el interfaz para vetar cualquier acción que pudiese alterar el equilibrio delicado del movimiento bípedo, era claramente evidente que el compromiso que habían escogido les dejaba asombrosamente torpes. Yatima recordó escenas de la biblioteca que mostraban a los carnosos dedicándose a tareas simples: reparar máquinas, preparar comida, trenzarse el pelo unos a otros. Los gleisner eran todavía más hábiles, cuando disponían del software adecuado. Los ciudadanos Konishi conservaban la antigua circuitería neuronal para el control delicado de las manos de sus iconos —conectados con los centros del lenguaje, para propósitos gestuales— pero habían descartado por superfluo todo el sistema evolucionado para la manipulación de objetos físicos. Los objetos del panorama hacían lo que se les decía, e incluso los juguetes matemáticos de Yatima obedecían limitaciones especiales que sólo se parecían lejanamente a las reglas del mundo externo.

    —¿Ahora qué?

    Inoshiro se quedó inmóvil un momento, sonriendo diabólicamente. Su cuerpo robótico no era muy diferente a su habitual icono de piel de peltre; el polímero bajo las manchas y los restos de biota era de un gris metálico, y la estructura facial gleisner era lo suficientemente flexible para lograr una caricatura reconocible de la expresión real. Yatima todavía se percibía enviando el mismo ágil icono carnoso de siempre con su túnica púrpura; casi se alegraba de no poder separar sus navegadores y observar claramente su propia apariencia física sin gracia.

    Inoshiro cantó.

    —Treinta y dos kilotaus. Treinta y tres kilotaus. Treinta y cuatro kilotaus.
    —Calla. —Sus exoyós en Konishi tenían instrucciones de explicar a cualquier que quisiera comunicarse con illos exactamente qué habían hecho... nadie se quedaría pensando que simplemente se habían vuelto catatónicos... pero Yatima todavía sentía una duda dolorosa.¿Qué pensarían Blanca y Gabriel? ¿Y Radiya, y los padres de Inoshiro?
    —No irás a echarte atrás, ¿verdad? —Inoshiro miraba con suspicacia.
    —¡No! —Yatima rió, con exasperación; a pesar de los recelos, estaba decidido que completarían la locura. Inoshiro le había dicho que era su última oportunidad de hacer algo «remotamente emocionante» antes de que empezase a usar un punto de vista de minero y «perdiese el interés por todo lo demás»... pero simplemente no era cierto; el punto de vista era más un soporte que una camisa de fuerza, sosteniendo la estructura interna, no limitándola y restringiéndola. Y eso le había repetido una y otra vez antes de comprender que Inoshiro poseía demasiada terquedad para abandonar sus planes, incluso cuando quedó claro que ninguno de sus atrevidos y radicales amigos de Ashton-Laval estaba dispuesto a ir con il. Yatima había sentido la secreta tentación de abandonar por completo el tiempo Konishi y encontrarse con los extraños carnosos, aunque se hubiese contentado igualmente con dejarlo en el terreno de las fantasías posibles. Al final, todo se había reducido a una pregunta: si Inoshiro seguía adelante y lo hacía solo, ¿se convertirían en extraños? Yatima había descubierto, para su sorpresa, que no era un riesgo que quisiese correr.

    Propuso con vacilación:

    —Pero puede que no queramos quedarnos las veinticuatro horas —ochenta y seis megataus—. ¿Y si está todo vacío y no hay nada que ver?
    —Es un enclave carnoso. No estará vacío.
    —El último contacto conocido se produjo hace siglos. Podrían haber muerto, o haberse mudado... algo así.

    Según un tratado que tenía ya ochocientos años, a los zánganos y satélites no se les permitía invadir la intimidad de los carnosos; las pocas docenas de enclaves urbanos dispersos, donde sus propias leyes le permitian retirar por completo la vida salvaje y construir asentamientos concentrados, se suponía que debían ser tratados como inviolables. Poseían su propia red de comunicación global, pero ninguna conexión la enlazaba con la Coalición; abusos por ambas partes, que se remontaban al Introdus, habían obligado a la separación. Inoshiro había insistido en que limitarse a controlar los cuerpos gleisner vía satélite desde Konishi habría sido el equivalente moral de enviar un zángano — y evidentemente, los satélites, programados para obedecer el tratado, no lo habrían permitido— pero era muy diferente habitar dos robots autónomos que salían de la jungla para hacer una visita.

    Yatima dio un vistazo a la espesa maleza y se resistió al impuso fútil de adelantar su punto de vista unos cientos de metros, o elevarlo por encima del alto bosque para obtener una visión mejor del terreno que había por delante.Cincuenta kilotaus. Cincuenta y uno. Cincuenta y dos. No era de extrañar que la mayoría de los carnosos, en cuanto tuvieron la oportunidad, se hubiesen refugiado en estampida en las polis: si la enfermedad y el envejecimiento no eran razones suficientes, también estaban la gravedad, la fricción y la inercia. El mundo físico era una vasta y enmarañada carrera de obstáculos, de restricciones arbitrarias y sin sentido.

    —Será mejor que nos pongamos en marcha.
    —Después de ti, Livingstone.
    —Te equivocas de continente, Inoshiro.
    —¿Gerónimo? ¿Huckleberry? ¿Dorothy? —Olvídame.

    Partieron hacia el norte, el zángano zumbando tras ellos: su enlace con la polis, ofreciéndoles la posibilidad de una huida rápida si algo salía mal. Les siguió durante el primer kilómetro y medio, hasta el mismo límite del enclave. Nada señalaba la frontera —a cada lado sólo se veía la misma jungla densa— pero el zángano se negó a cruzar la línea imaginaria. Incluso si hubiesen construido su propio emisor para ocupar su lugar, no les habría servido de nada; la huella de los satélites estaba diseñada con precisión para excluir esta región. Podrían haber improvisado una estación base para reemitir desde el exterior... pero ahora era demasiado tarde.

    Inoshiro dijo:

    —Vamos, ¿qué es lo peor que podría pasarnos?

    Yatima respondió sin vacilar.

    —Arenas movedizas. Si los dos caemos en arenas movedizas, ni siquiera podremos comunicarnos uno con el otro. Nos limitaríamos a flotar bajo la superficie hasta que se nos agotase la energía. —Comprobó el almacén de energía del gleisner, un fragmento de anticobalto suspendido magnéticamente—. Dentro de seis mil treinta y siete años.
    —O cinco mil novecientos veinte. —Rayos de luz habían empezado a penetrar en la selva; una bandada de pájaros rosas y grises emitía ruidos ásperos desde las ramas de allá arriba.
    —Pero nuestros exoyós reiniciarán nuestras versiones de Konishi dentro de dos días... así que bien podríamos suicidarnos en cuanto tengamos claro que no vamos a regresar antes de ese momento.

    Inoshiro miró a il con curiosidad.

    —¿Lo harías? Yo ya me siento diferente de la versión Konishi. Me gustaría seguir viviendo. Y quizá dentro de un par de siglos pasaría alguien que nos sacara.

    Yatima se lo pensó.

    —Me gustaría seguir viviendo... pero no solo. No sin nadie con quien hablar.

    Inoshiro permaneció en silencio durante un raro, luego levantó la mano derecha. Tenían la piel de polímero recubierta por completo de emisores de IR, pero la mayor densidad se encontraba en las palmas. Yatima recibió una etiqueta gestalt, una petición de datos. Inoshiro pedía una instantánea de su mente. El hardware gleisner era varias veces redundante y tenía espacio de sobra para dos.

    En Konishi, habría sido impensable confiar una versión personal a otro ciudadano. Yatima colocó su palma contra la de Inoshiro e intercambiaron instantáneas.

    Entraron en el enclave Atlanta. Inoshiro dijo:

    —¿Actualizaciones cada hora?
    —De acuerdo.

    Al software interfaz no se le daba mal andar. Los mantenía erguidos y avanzando, detectando obstáculos en la cubierta terrestre y modificaciones del terreno por medio de los sensores táctiles y del equilibro del gleisner, y lo que pudiese ver... sin llegar a tomar control de cabeza y ojos. Tras tropezar un par de veces, Yatima se puso a mirar al suelo de vez en cuando, pero pronto quedó claro que habría sido muy útil que el interfaz tuviese la inteligencia de plantar en su mente la necesidad de hacerlo cuando fuese apropiado, como sucedía con el instinto carnoso original.

    La jungla estaba visiblemente poblada por pequeñas aves y serpientes, pero si había otros animales se ocultaban o huían al oírles. Comparado con caminar por un panorama índice de un ecosistema comparable, era una experiencia bastante diferente... y empezaba a desaparecer la gracia de interaetuar con vegetación real y lodo real. Yatima oyó que algo se deslizaba por el suelo justo delante de il; sin darse cuenta había golpeado un trozo de metal corroído. Siguió andando, pero Inoshiro se detuvo a examinarlo para luego dar un grito de alarma.

    —¿Qué?
    —¡Replicador!

    Yatima volvió atrás y se ángulo para ver mejor; el interfaz hizo que su cuerpo se agachase.

    —No es más que un recipiente vacío. —Estaba casi completamente aplastado, pero en algunos puntos todavía quedaba pintura, los colores difuminados hasta ser grises casi indistinguibles. Yatima pudo discernir una banda estrecha y aproximadamente longitudinal de ancho variable, algo más pálida que el fondo; le parecía que era la representación bidimensional de una cinta retorcida. También veía parte de un círculo... aunque si se trataba de una advertencia de peligro biológico, no se parecía mucho a lo que recordaba de su navegación superficial por el tema.

    Inoshiro habló con voz apagada y horrorizada.

    —Con anterioridad al Introdus, esto era pandemia. Distorsionó la economía de países enteros. Se conectaba a todo: sexualidad, tribalismo, media docena de formas artísticas y subculturas.... parasitó a los carnosos hasta tal punto que tenías que se un eremita de montaña para escapar.

    Yatima contempló dubitativamente el objeto patético, pero ahora no tenían acceso a la biblioteca, y tenía conocimientos muy vagos de esos asuntos.

    —Incluso si dentro quedasen restos, tengo la seguridad de que a estas alturas ya son inmunes. Y a nosotros no nos puede afectar...

    Inoshiro interrumpió con impaciencia.

    —No estamos hablando de virus nucleótidos. Las moléculas en si no eran más que un surtido aleatorio de basura... en su mayoría ácido fosfórico; eran virulentas por los memes que las envolvían. —Se inclinó y colocó las manos sobre el contenedor gastado—. Quien sabe con qué fragmento pequeño puede activarse otra vez. No voy a arriesgarme. —Era posible haccr que los emisores infrarrojos del gleisner operasen a alta potencia; humo y vapor de la vegetación chamuscada se elevaron por entre los dedos de Inoshiro.

    Una voz a su espalda... un chorro de fonemas sin sentido, pero el interfaz ofreció una traducción a lineal:

    —No me lo digáis: estáis encendiendo un fuego para llamar la atención. No queríais llegar sin avisar.

    Se volvieron tan rápido como les permitieron los cuerpos. El carnoso se encontraba a una docena de metros de distancia, vestido con una túnica de color verde oscuro con bordados de oro. No emitía etiquetas de firma... claro está, pero Yatima tuvo que esforzarse conscientemente para rechazar la conclusión instintiva de que no se trataba de una persona real. Il tenía pelo y ojos negros, piel cobriza y una espesa barba negra... que en un carnoso era indicación casi segura de pertenecer al sexo masculino: il era un él. No había modificaciones evidentes a simple vista: nada de alas, agallas, ni cubierta Fotosintética. Yatima se resistió a sacar conclusiones apresuradas; ninguno de esos detalles demostraba que fuese un estático.

    El carnoso dijo:

    —Creo que no voy ya ofreceros la mano. —Las palmas de Inoshiro todavía resplandecían con un rojo apagado—, Y no podemos intercambiar firmas. Me faltan protocolos. Pero eso está bien. Los rituales corrompen, —Avanzó unos pasos; la maleza se aplastó deferentemente para facilitar su avance—, Me llamo Orlando Venetti. Bienvenidos a Atlanta. Se presentaron. El interfaz —cargado de antemano con las bases lingüisticas más probables y suficiente flexibilidad para tener en cuenta la deriva— había identificado la lengua del carnoso como Romano Moderno. Insertó el lenguaje en sus mentes, deslizando los nuevos sonidos de palabras entre todos sus símbolos junto a las versiones lineales, y conectando estructuras gramaticales alternativas en sus redes de análisis y generación del habla, Yatima se sintió claramente forzado por el proceso... pero sus símbolos seguían interrelacionados entre sí de la misma forma que antes. Seguía siendo il mismo.
    —¿Polis Konishi? ¿Dónde está exactamente?

    Yatima empezó a responder:

    —Ciento...

    Inoshiro cortó las palabras con una ráfaga de etiquetas de advertencia.

    Orlando no se inmutó.

    —No era más que curiosidad; no pedía coordenadas para realizar un ataque con misiles. Pero ¿qué importa de dónde hayáis venido cuando estáis aquí de carne y hueso? O en fosfato de indio y galio. Asumo que esos cuerpos estaban vacíos cuando los encontrasteis.

    Inoshiro demostró su escándalo:

    —¡Por supuesto que sí!
    —Bien. La idea de gleisners reales corriendo por la Tierra es demasiado horrible. Ya deberían haber salido de la fábrica con «Nacido para el vacío» escrito en el pecho.

    Yatima preguntó:

    —¿Naciste en Atlanta?

    Orlando asintió.

    —Hace ciento sesenta y tres años. Atlanta quedó vacía allá por el siglo veintisiete... aquí antes había una comunidad de estáticos, pero la enfermedad acabó con ellos y ningún otro estático quería arriesgarse a la infección. Los nuevos fundadores llegaron desde Turin, mis abuelos entre ellos, —Frunció un poco el ceño—. ¿Queréis ver la ciudad? ¿O nos quedamos aquí todo el dia?

    Con Orlando como guía, los obstáculos desaparecieron. En cuanto las plantas sentían su presencia, respondían con rapidez: las hojas se retiraban, las espinas se apartaban como pedúnculos de caracol, los arbustos extensos se contraían formando un núcleo más compacto y ramas enteras de pronto quedaban fláccidas. Yatima sospechaba que Orlando alargaba deliberadamente el efecto para darles tiempo a pasar, y que sin duda podría haber dejado muy atrás a cualquiera que le persiguiese... o al menos, a alguien que no compartiese las mismas claves moleculares.

    Yatima preguntó, medio en broma:

    —¿Hay arenas movedizas por aquí?
    —No si me seguís de cerca.

    La selva terminó sin aviso; es más, el borde era todavía más tupido que el interior, lo que ayudaba a ocultar la transición. Salieron a una vasta y luminosa planicie abierta, en su mayoría ocupada por campos de cultivo y fotovoltaicos. La ciudad se encontraba en la distancia: una ancha aglomeración de edificios bajos, de vivos colores, con largas paredes curvas geométricamente precisas y tejados que se entrecruzaban superponiéndose caprichosamente.

    Orlando dijo:

    —Ahora somos doce mil noventa y tres. Pero todavía estamos ajustando los cultivos, y nuestros simbiontes digestivos; dentro de unos diez años seremos capaces de mantener a cuatro mil más con los mismos recursos. Yatima decidió que no sería muy cortés preguntar por la tasa de mortalidad. En algunos aspectos, lo tenían mucho más difícil que la Coalición para evitar el estancamiento genético y cultural mientras rechazaban la locura del crecimiento exponencial. Sólo los verdaderos estáticos, y algunos de los exuberantes más conservadores, mantenían los genes ancestrales para la muerte programada... y preguntar por la cifra de muerte ¡accidentales podría haberse considerado descortés.

    De pronto Orlando se echó a reír.

    —¿Diez años? ¿Eso como cuánto lo percibiríais? ¿Un siglo?

    Yatima respondió.

    —Unos ocho milenios.
    —Mierda.

    Inoshiro añadió con rapidez.

    —Pero en realidad la conversión es imposible. Puede que ejecutemos algunas cosas simples ochocientas veces más rápido, pero cambiamos mucho más despacio.
    —¿Los imperios no se alzan y se desmoronan en un año? ¿Nuevas especies no evolucionan en un siglo?

    Yatima le tranquilizó.

    —Los imperios son imposibles. Y la evolución exige vastas cantidades de mutación y muerte. Nosotros preferimos realizar pequeños cambios, en algunas ocasiones, y ver que tal salen.
    —Nosotros también, —Orlando agitó la cabeza—. Aun así. Después de ocho mil años, tengo la sensación de que no vamos a estar controlando las cosas de la misma forma.

    Avanzaron hacia la ciudad, siguiendo un camino ancho que parecía estar fabricado con una arcilla roja y marrón, pero que probablemente estuviese repleta de organismos diseñados para evitar que se convirtiese en un montón de polvo o lodo. Los pies gleisner describían la superficie como blanda pero resistente y no dejaban marcas visibles. En el campo los pájaros estaban muy ocupados, comiendo hierbas e insectos... Yatima no podía más que suponer que si se alimentaban de la plantación, la próxima cosecha no iba a ser muy abundante.

    Orlando se detuvo para recoger del camino una pequeña rama con hojas, que debía haber llegado de la jungla, y se puso a agitarla de un lado a otro por delante.

    —¿Cómo se recibe a los grandes dignatarios en las polis? ¿Estáis acostumbrados a que sesenta mil esclavos no conscientes lancen pétalos de rosa a vuestros pies?

    Yatima rió, pero Inoshiro sintió una ofensa tremenda.

    —¡No somos dignatarios! ¡Somos delincuentes!

    Al acercarse, Yatima pudo ver a gente caminando por las anchas avenidas entre los edificios multicolores... o ganduleando en grupos, dando casi la impresión de ciudadanos reunidos en algún foro, aunque su apariencia era mucho menos diversa. Algunos poseían la piel oscura de su icono, y había otras variaciones igualmente menores, pero todo esos exuberantes podrían haber pasado por estáticos. Yatima se preguntó qué cambios estarían explorando; Orlando había mencionado los simbiontes digestivos, pero apenas contaban... ni siquiera exigía cambiar el propio ADN.

    Orlando dijo:

    —Cuando detectamos vuestra llegada, fue difícil decidir a quién enviar. No recibimos muchas noticias de las polis... no teníamos ni idea de cómo seríais. —Se volvió para mirarles—. Me entendéis, ¿verdad? No me limito a imaginar que nos estamos comunicando, ¿verdad? —No, a menos que nosotros también lo estemos imaginando. —Yatima sintió confusión—. Pero ¿a qué te refieres con: a quién enviar? ¿Alguno de vosotros habla lenguas de la Coalición?
    —No. —Habían llegado a los límites de la ciudad; la gente se giraba para mirarles, sin ocultar su curiosidad—. Pronto lo explicaré. O lo hará una amiga mía.

    Las avenidas estaban tapizadas por una hierba gruesa y corta. Yatima no veía vehículos ni animales de carga... sólo carnosos, en su mayoría descalzos. Entre los edifico había parterres, estanques y riachuelos, estatuas inmóviles y móviles, relojes solares y telescopios. Todo era espacioso y luminoso, todo estaba abierto al cielo. Había parques, del tamaño suficiente para volar una cometa y jugar a la pelota, y gente sentada hablando a la sombra de árboles pequeños. La piel de los gleisners enviaba etiquetas describiendo el calorcito de la luz del sol y la textura de la hierba; Yatima empezaba casi a lamentar no haberse modificado lo suficiente para absorber instintivamente esa información.

    Inoshiro preguntó.

    —¿Qué le pasó a la Atlanta anterior al Introdus? ¿Los rascacielos? ¿Las fábricas? ¿Los edificios de apartamentos?
    —Algunos siguen en pie. Enterrados en la jungla, más al norte. Más tarde podemos ir, si os apetece.

    Yatima intervino con rapidez antes de que Inoshiro tuviese oportunidad de responder.

    —Gracias, pero no tenemos tiempo.

    Orlando hizo gestos a docenas de personas, saludó a algunos por su nombre y a algunos les presentó a Yatima e Inoshiro. Yatima intentó dar la mano a los que se la ofrecían, lo que resultó ser un problema dinámico extraordinariamente complejo. Nadie parecía mostrarse hostil a su presencia... pero a Yatima sus ademanes gestalt le resultaban confusos, y nadie dijo más que algunas frases amables antes de seguir con lo suyo.

    —Éste es mi hogar.

    El edificio era de un azul pálido, con fachada en forma de S, y tenía un segundo piso más pequeño y elíptico.

    —¿Qué es... algún tipo de piedra? —Yatima acarició la pared y prestó atención a las etiquetas; la superficie era uniforme hasta la escala inferior al milímetro, pero era tan suave y fría como la corteza que habían tocado en la jungla.
    —No, está viva. Apenas. Cuando crecía echaba ramas y hojas por todas partes, pero ahora metaboliza lo justo para repararse y un poco para el aire acondicionado activo.

    Una cortina que cubría la entrada se dividió para dejar entrar a Orlando y le siguieron. Había cojines y sillas, imágenes estáticas en las paredes y por todas partes chorros de luz solar llenos de polvo.

    —Sentaos. —Le miraron—. ¿No? Vale. ¿Esperáis un segundo? —Subió una escalera.

    Inoshiro dijo reverente.

    —Estamos aquí de verdad. Lo logramos. —Examinó la estancia soleada—. Y así es como viven. No está tan mal.
    —Excepto por la escala temporal.

    Se encogió de hombros.

    —En las polis, ¿a dónde vamos con tanta prisa? Nos aceleramos todo lo posible... y luego nos esforzamos para que esa aceleración no nos cambie.

    Yatima manifestó disgusto. —¿Qué tiene de malo? La longevidad no tiene demasiado sentido si lo único que haces con tu tiempo es transformarte en algo diferente. O degenerar hacia la nada absoluta.

    Orlando regresó, acompañado por una mujer carnosa.

    —Os presento a Liana Zabini. Inoshiro y Yatima, de la polis Konishi. —Liana tenía pelo castaño y ojos verdes. Se dieron la mano; Yatima empezaba a cogerle el tranquillo para hacerlo sin ofrecer excesiva resistencia o dejar que el brazo colgase flácido—. Liana es nuestra mejor neuroembrióloga. Sin ella, los enlazadores no tendrían ninguna oportunidad.

    Inoshiro dijo:

    —¿Quiénes son los enlazadores?

    Liana echó una mirada a Orlando. Éste dijo:

    —Será mejor empezar por el principio.

    Orlando les convenció para sentarse; Yatima había comprendido al fin que resultaba más cómodo para los carnosos.

    Liana dijo:

    —Nos hacemos llamar enlazadores. Cuando los fundadores llegaron desde Turín, hace trescientos años, lo hicieron con un plan muy específico. ¿Sabéis que desde el Introdus se han producido miles de cambios genéticos artificiales en las poblaciones carnosas? —Hizo un gesto hacia una imagen grande que tenía detrás y el retrato se desvaneció para ser reemplazo por un complejo diagrama en árboi invertido—. Distintos exuberantes han realizado modificaciones en todo tipo de características.

    Algunas han sido adaptaciones simples y pragmáticas para ajustarse a dietas o entornos diferentes: digestivas, metabólicas, respiratorias, musculares o del esqueleto. —Se destacaron imágenes de distintos puntos del árbol: exuberantes anfibios, alados y fotosintéticos, primeros planos de dientes modificados, diagramas de cadenas metabólicas alteradas. Orlando se puso en pie y se dedicó a cerrar las cortinas; el contraste de la imagen mejoró—. En ocasiones, los cambios para el entorno también exigian modificaciones neuronales para añadir los instintos apropiados; por ejemplo, nadie puede prosperar en el océano sin poseer los reflejos adecuados.

    Un carnoso anfibio de piel resbaladiza se elevó lentamente de entre aguas esmeralda, emitiendo un pequeño chorro de burbujas de las agallas tras sus orejas; una vista en sección y coloreada mostró las concentraciones de gases disueltos en sus tejidos y flujo sanguíneo, y una gráfica insertada mostró los márgenes seguros de las emersiones por fases.

    —Pero algunos cambios neurológicos han superado con mucho el nivel de nuevos instintos. —El árbol se podó considerablemente... pero todavía quedaban unas treinta o cuarenta ramas—. Hay especies de exuberantes que han modificado aspectos del lenguaje, la percepción o la cognición.

    Inoshiro dijo:

    —¿Cómo los monos soñadores?

    Liana asintió.

    —En un extremo. Sus antepasados redujeron los centros del lenguaje al nivel de los grandes simios. Todavía poseen una considerable inteligencia general, superior a la de cualquier otro primate, pero su cultura material se ha reducido dramáticamente... y ya no pueden modificarse a si mismos, aunque quisiesen. Dudo incluso que comprendan aún sus propios orígenes.

    «Pero los monos soñadores son una excepción... una renuncia deliberada a las posibilidades. La mayoría de los exuberantes han probado con cambios más constructivos: desarrollando formas nuevas de relacionar el mundo físico con el contenido de sus mentes y añadiendo estructuras neuronales específicas para ocuparse de las nuevas categorías. Hay exuberantes que pueden manipular los conceptos abstractos más complejos de la genética, la meteorología, la bioquímica o la ecología tan intuitivamente como cualquier estático puede pensar en una piedra, una planta o un animal con el «sentido común» para esas cosas que surge tras millones de años de evolución. Y hay otros que simplemente se han limitado a modificar estructuras neuronales ancestrales para descubrir cómo esas modificaciones afectan a su forma de pensar... han partido en busca de nuevas posibilidad sin aspirar a una meta concreta.

    Yatima sintió una inquietante resonancia con su propia situación... aunque con todas las pruebas disponibles hasta ahora no parecía que sus propias mutaciones le hubiesen enviado a il por aguas desconocidas. Como decía Inoshiro: «Contigo, al final han dado con los campos adecuados para la carne de cañón voluntariosa de las minas. Durante los próximos diez gigataus lo padres pedirán esos sumisos ajustes Yatima'».

    Liana extendió los brazos manifestando su frustración.

    —El único problema de esa exploración es... que algunas especies de exuberantes han cambiado tanto que ya no se comunican con nadie más. Grupos diferentes han salido corriendo en direcciones diferentes, probando tipos nuevos de mentes... y ahora apenas pueden entenderse, incluso usando software intermediario. No es sólo cuestión de lenguaje... o al menos, no una simple cuestión de lenguaje como pasaba con los estáticos cuando todos tenían básicamente el mismo cerebro. Una vez que comunidades diferentes se ponen a dividir el mundo en categorías diferentes, y a preocuparse de cosas completamente diferentes, resulta imposible tener una cultura global en el sentido anterior al Introdus, Nos estamos fragmentando. Nos estamos perdiendo. —Rió, como si quisiese desinflar su propia seriedad, pero Yatima entendió que le apasionaba el problema—. Todos hemos decidido quedarnos en la Tierra, hemos decidido seguir siendo orgánicos... pero aun asi nos estamos separando... ¡probablemente a mayor velocidad que cualquiera de vosotros en las polis!

    Orlando, de pie tras la silla de Liana, le asió el hombro con la mano y apretó con dulzura. Ella levantó la mano y asió la suya. A Yatima le resultó hipnótico, pero intentó no mirar muy fijamente. Dijo:

    —Bien, ¿cómo encajan los enlazadores?

    Orlando dijo:

    —Intentamos rellenar los huecos.

    Liana hizo un gesto hacia el diagrama del árbol y un segundo conjunto de ramas comenzó a crecer detrás y entre el primero. El nuevo árbol estaba más finamente diferenciado, con más ramas, espaciadas más estrechamente.

    —Tomando como punto de partida las estructuras neuronales ancestrales, en cada generación hemos introducido pequeños cambios. Pero en lugar de modificar a todos en la misma dirección, nuestros hijos no son sólo diferentes a sus padres, sino cada vez son más diferentes entre sí. Cada generación es más diversa que la anterior.

    Inoshiro dijo:

    —Pero... ¿no es precisamente eso lo que lamentáis? ¿La gente alejándose?
    —No exactamente. En lugar de tener poblaciones completas saltando en masa a extremos opuestos de alguna característica neuronal, produciendo dos grupos diferentes sin ningún tipo de relación, nosotros siempre nos dispersamos uniformemente por todo el espectro. De esa forma, nadie se queda aislado, nadie queda alienado, porque el «círculo», el grupo de personas con el que te puedes comunicar con facilidad, de una persona concreta siempre se superpone con el de otra, alguien fuera del primer círculo... alguien cuyo circulo también se superpone con el de otra... hasta que de una forma u otra todos estamos cubiertos.

    Es fácil encontrar dos personas que apenas puedan entenderse, porque son tan diferentes como exuberantes de dos líneas radicalmente divergentes, pero aquí siempre habrá una cadena de parientes vivos que puedan hacer de puente sobre ese espacio. Con algunos intermediarios, ahora mismo cuatro como mucho, cualquier enlazador se puede comunicar con cualquier otro.

    Orlando añadió:

    —Y en cuanto tengamos entre nosotros a personas que puedan interaccionar con comunidades exuberantes dispersas...
    —Entonces todos los carnosos del planeta estarán conectados, de la misma forma.

    Inoshiro preguntó con ansia:

    —Entonces, ¿podríais establecer una cadena de personas que nos permitiese hablar con alguien en el límite mismo del proceso? ¿Alguien que se dirija hacia los grupos más remotos de exuberantes?

    Orlando y Liana intercambiaron miradas, luego Orlando dijo:

    —Podría ser factible si esperáis unos días. Hace falta algo de diplomacia; no es un truco de salón que podamos invocar en cualquier momento.
    —Regresamos mañana por la mañana. —Yatima no se atrevió a mirara Inoshiro; no faltarían excusas para extender la estancia, pero habían acordado que fuesen veinticuatro horas.

    Después de un momento de incómodo silencio, Inoshiro dijo con tranquilidad:

    —Así es. Quizá la próxima vez.

    Orlando les enseñó la genefundición donde trabajaba, montando secuencias de ADN y comprobando sus efectos. Aparte de su meta principal, los enlazadores también trabajaban en varias mejoras no neuronales que se referían a la resistencia a las enfermedades y la mejora de los mecanismos de reparación de tejidos, que se podían experimentar con relativa facilidad en un c orij vinto de órganos mamíferos vegetativos y sin cerebro que Orlando llamada chistosamente «árboles de despojos».

    —¿De verdad que no podéis olerlos? No sabéis la suerte que tenéis.

    Los enlazadores, le explicó, se habían personalizado hasta tal punto que cualquier individuo podía reescribir partes de su propio genoma inyectándose nuevas secuencias en la sangre, encajadas entre los primers adecuados para las enzimas de sustitución, envueltas en una cápsula de lipidos con proteínas superficiales ajustadas al tipo concreto de célula. Si se dirigía a los precursores de los gametos, la modificación se convertía en hereditaria. Las mujeres enlazadores ya no generaban todos sus óvulos mientras eran fetos, como pasaba con los estáticos, sino que hacían crecer cada uno a medida que eran necesarios, y la producción de semen y óvulos —así como la preparación del útero para la implantación del óvulo fecundado— sólo se producía si se consumían las hormonas adecuadas, que se podían obtener de unas plantas modificadas al efecto. Sólo dos tercios de los enlazadores tenían un solo sexo; los demás eran hermafroditas o partenogenéticos asexuales, como ciertas especies de exuberantes.

    Después de la visita a las instalaciones, Orlando proclamó que era hora de almorzar, y se sentaron en un patio mirándole mientras comía. Los otros trabajadores de la fundición se reunieron a su alrededor; unos pocos les hablaron directamente, mientras que el resto empleó intermediarios para traducir. A menudo las preguntas acababan sonando muy raras, incluso después de un largo intercambio entre traductor e inquisidor — ¿Cómo sabéis qué partes del mundo sois vosotros, en las polis? ¿En Konishi hay ciudadanos que coman música? ¿No tener cuerpo es como caer continuamente pero sin moverse?— y a juzgar por las risas provocadas por sus respuestas, estaba claro que el proceso inverso era igual de imperfecto. Se produjo cierto grado de comunicación genuina... pero dependía mucho del proceso de prueba y error y de grandes dosis de paciencia.

    Orlando había prometido enseñarles fábricas y silos, galerías y archivos... pero otras personas se fueron pasando para hablar con ellos —o simplemente mirarles— y a medida que avanzaba la tarde el plan original fue convirtiéndose en una fantasía. Quizá habrían podido acelerar el paso, recordarle a sus anfitriones lo precioso que era su tiempo, pero después de unas horas empezó a resultarles absurdo el haber imaginado que podrían haber logrado algo más en un único día. Aqui no se podía apresurar nada; una visita a toda mecha les habría parecido un acto violento. A medida que los megataus se evaporaban, Yatima intentó no pensar en lo que podría estar avanzando de encontrarse en las Minas de Verdad. No era una carrera contra nadie... y a su regreso las Minas seguirían en su sitio.

    Finalmente, el patio tras la fundición quedó tan atestado de gente que Orlando llevó a todos a un restaurante al aire libre. Al anochecer, cuando Liana se les unió, las preguntas empezaban a escasear y la mayor parte de la multitud se había dividido en grupos más pequeños que hablaban entre ellos de los visitantes.

    Así que los cuatro se sentaron y hablaron bajo las estrellas... que se mostraban muy apagadas y filtradas por la estrecha ventana espectral de la atmósfera.

    —Claro está, las hemos visto desde el espacio —se jactó Inoshiro—. En las polis las sondas orbitales no son más que otra dirección.

    Orlando dijo:

    —Continuamente quiero insistir: «¡Ah, pero no las habéis visto con vuestros propios ojos!». Excepto que... sí lo habéis hecho. Exactamente de la misma forma que veis todo lo demás.

    Liana se le apoyó en el hombro y le chinchó.

    —Que es exactamente la forma en que todos vemos algo. El hecho de que nuestras mentes se ejecuten a unos pocos centímetros de nuestras cámaras no implica que nuestra experiencia sea mágicamente superior.

    Orlando lo aceptó.

    —No. Pero esto sí.

    Se besaron. Yatima se preguntó si Blanca y Gabriel lo hacían... si Blanca se habría modificado para que fuese posible y le resultase agradable. No era de extrañar que los padres de Blanca estuviesen en desacuerdo. Que Gabriel tuviese sexo no era tan importante, como prohlema abstracto de definición personal... pero casi todos los habitantes de Carter-Zimmerman fingían tener un cuerpo tangible. En Konishi, la idea en sí de la solidez, de atávicas fantasías de corporalidad, se consideraba Una actividad a la par con la obstrucción y la coerción. Una vez que tu icono podía bloquear el camino de otro en un panorama público, se violaba su autonomía. Conectar los placeres del amor con ideas de fuerza y fricción era simplemente bárbaro.

    Liana preguntó.

    —¿Qué hacen los gleisners? ¿Lo sabéis? Lo último que sabemos es que montaban algo en el cinturón de asteroides... pero eso fue hace casi cien años. ¿Alguno ha abandonado el Sistema Solar?

    Inoshiro dijo:

    —En persona no. Han enviado sondas a algunas estrellas cercanas, pero todavía no han enviado nada consciente... y cuando lo hagan, será ellos-con-su-cuerpo-completo, todo el camino —rió—. Están obsesionados con el afán de no convertirse en ciudadanos de polis. Creen que si, por ahorrar un poco de masa, se atreven a quitarse la cabeza de los hombros iniciarán el camino que les llevará a abandonar por completo la realidad. x—\

    Orlando dijo desdeñoso:

    —Dales otros mil años y estarán meándose por toda la Vía Láctea, marcando el territorio como perros.

    Yatima protestó:

    —¡Eso no es justo! Es posible que sus prioridades resulten extrañas... pero siguen siendo civilizados. Más o menos.

    Liana dijo:

    —Mejor que los gleisners estén ahí fuera y no los carnosos. ¿Te imaginas a los estáticos en el espacio? A estas alturas probablemente habrían terraformado Marte. Los gleisners apenas han tocado el planeta; en general se han limitado a observarlo desde el espacio. No son vándalos. No son colonos.

    Orlando no quedó convencido.

    —Si sólo quieres reunir algunos datos astrofísicos, no hay ninguna necesidad de abandonar el Sistema Solar. He visto planes: sembrar planetas enteros con fábricas autorreplicantes, llenar la galaxia de máquinas Von Neumann...

    Liana agitó la cabeza.

    —Si alguien lo propuso seriamente, fue antes del Introdus... antes de que existiesen los gleisners. Todo lo que se dice hoy de ellos es simple propaganda: sacado de Protocolos de los sabios de la máquina. Nosotros somos los que estamos más cerca de los viejos instintos. Si alguien la caga y crece exponencialmente, probablemente seamos nosotros.

    Algunos otros enlazadores se unieron a la discusión y el debate se alargó durante horas. Un agrónomo argumentó, por medio de un intérprete:Si el viaje espacial no era una simple fantasía de culturas inmaduras, entonces ¿dónde estaban los extraterrestres? De vez en cuando Yatima echaba un vistazo al cielo gris e imaginaba una nave espacial gleisner descendiendo y llevándoles a las estrellas.Quizá cuando reactivaron los cuerpos gleisner se había emitido una señal de rescate... Era una idea absurda, pero era extraño considerar que no resultaba del todo imposible. Ni siquiera en el panorama astronómico más deslumbrante, en el que podías pretender saltar años luz y ver la superficie de Sirio según la imagen compuesta resultante de las simulaciones y los datos de telescopios... ni siquiera allí te podían secuestrar astronautas locos.

    Justo después de medianoche, Orlando le preguntó a Liana:

    —Bien, ¿quién se va a levantar a las cuatro de la mañana para escoltar a nuestros invitados hasta el límite?
    —Tú.
    —Entonces será mejor que duerma un poco.

    Inoshiro quedó asombrado.

    —¿Todavía tenéis que hacerlo? ¿No lo habéis eliminado?

    Liana casi se atraganta.

    —[Sería como «eliminar» el hígado! El sueño es parte integral de la fisiología de los mamíferos; si intentas eliminarlo acabas con un psicótico, un cretino sin sistema inmune.

    Orlando añadió gruñón.

    —Además, es muy agradable. No sabéis lo que os perdéis. —Volvió a besar a Liana y se fue.

    La multitud del restaurante había ido reduciéndose poco a poco —y la mayoría de los enlazadores que quedaban se habían quedado dormidos en sus sillas— pero Liana se quedó con ellos en el silencio creciente. —Me alegra que hayáis venido —dijo—. Ahora tenemos una conexión con Konishi... y a través de vosotros, con toda la Coalición. Incluso si no podéis volver... hablad de nosotros. No dejéis que desaparezcamos por completo de vuestras mentes.

    Inoshiro dijo sinceramente:

    —¡Volveremos! Y traeremos a nuestros amigos. Una vez que comprendan que no sois salvajes, todos querrán visitaros.

    Liana rió ternura.

    —¿Sí? ¿Y el Introdus se deshará y los muertos se levantarán de sus tumbas? Me gustaría verlo. —Se inclinó sobre la mesa y acarició la mejilla de Inoshiro—. Eres un niño extraño. Voy a echarte de menos.

    Yatima esperó la respuesta ofendida de Inoshiro:¡No soy un niño! Pero en su lugar, se llevó la mano a la cara, donde ella la había tocado, y no dijo nada.

    Orlando les escoltó hasta el límite. Les despidió y habló de volver a verles, pero Yatima sospechaba que él tampoco creia que fuesen a regresar. Cuando se perdió en la selva, Yatima cruzó el límite e invocó al zángano, que se posó en la parte posterior de su cuello y penetró para entrar en contacto con su procesador.El cuello del gleisner, el procesador del gleisner.

    Inoshiro dijo:

    —Vete tú. Yo me quedo.

    Yatima gimió.

    —No hablas en serio.

    Inoshiro miró a Yatima, triste pero decidido.

    —Nací en el lugar equivocado. Pertenezco aquí.
    —¡Oh, hablas en serio! ¡Si quieres emigrar, siempre te queda Ashton-Laval! Y si quieres huir de tus padres] ¡puedes hacerlo en cualquier parte!

    Inoshiro se sentó en la maleza, hundiéndose hasta la cintura y extendió los brazos hacia el follaje.

    —He empezado a sentir. Ya no son sólo etiquetas... no es sólo una superposición abstracta. —Juntó las manos sobre el pecho y luego se lo golpeó—. Me pasa a mí, le pasa a mi piel. Debo haber formado algún mapa de datos... y ahora mis símbolos personales lo han absorbido, lo han incorporado. —Rió con tristeza—. Quizá sea una debilidad familiar. Mi medio fraterno está con un amante corpóreo, y ahora aqui estoy yo, con la puta sensación de tacto.—Miró a Yatima, con los ojos muy abiertos, el gestalt para el horror—. Ahora no puedo regresar. Sería como... arrancarme la piel.

    Yatima dijo con rotundidad:

    —Sabes que no es cierto. ¿Qué crees que va a pasarte? ¿Dolor? Tan pronto como las etiquetas dejen de llegar la ilusión se disolverá. —Intentaba tranquilizar, pero luchaba por comprender cómo debía ser: ¿una especie de intrusión del mundo en el icono de Inoshiro? Ya resultaba bastante confuso cuando el interfaz ajustaba su propio icono según la postura real de su cuerpo gleisner... pero era más bien como seguir las convenciones de un juego; no se producía ninguna sensación profunda de violación.

    Inoshiro dijo:

    —Me dejarán vivir con ellos. No necesito comida, no necesito nada que les resulte valioso. Les seré útil. Me dejarán quedarme.

    Yatima volvió a atravesar el límite; el zángano se soltó y retrocedió, zumbando con furia. Se arrodilló junto a Inoshiro y dijo en voz baja:

    —Di la verdad: a la semana te habrás vuelto loco. ¿Un huida; como ésta; por siempre? Y una vez que pase la novedad te tratarán como a un monstruo.
    —¡Liana no!
    —¿Sí? ¿Quién crees que es? ¿Tu amante? ¿U otra madre? Inoshiro se tapó la cara con las manos.
    —Vuelve reptando a Konishi, ¿quieres? Piérdete en las Minas.

    Yatima se quedó allí mismo. Los pájaros chillaron, el cielo se iluminó. Expiraron las veinticuatro horas. Todavía les quedaba un día antes de que los viejos yos de Konishi se despertaran en su lugar... pero ahora con cada minuto que pasaba se incrementaba la sensación de que la vida de la polis seguía y les dejaba atrás.

    Yatima consideró arrastrar a Inoshiro para que cruzase la línea y luego dar instrucciones al zángano para que le sacase de su cuerpo. Los zánganos no eran tan inteligentes como para comprender lo que hacían; no se daría cuenta de que violaba la autonomía de Inoshiro.

    Y resultaba una idea de lo más inquietante, pero quedaba otra posibilidad. Yatima todavía poseía la última instantánea actualizada de la mente de Inoshiro, transmitida en el restaurante durante las primeras horas de la mañana. Inoshiro no la habría enviado después de decidir quedarse... y si Yatima despertaba la instantánea dentro de la polis, lo que le pasase al clon gleisner no tendría importancia.

    Yatima borró la instantánea. Esta situación no era como las arenas movedizas. Esto no era nada que hubiesen podido prever.

    Se arrodilló y esperó. Las etiquetas de las rodillas que informaban de la textura del suelo se tornaron en un flujo irritante y monótono, y la forma extraña y fija forzada sobre su propio icono se volvió todavía más molesta... quizá porque tanto el flujo como la forma reflejaban tan bien su frustración.¿Así fue como empezó para Inoshiro? Si il se quedaba más tiempo, ¿empezaría a identificarse con su propio mapa de su propio cuerpo gleisner?

    Después de casi una hora, Inoshiro se puso en pie y salió del enclave. Yatima fue detrás, con un aliviado mareo.

    El zángano aterrizó en el cuello de Inoshiro; alzó la mano como si fuese a apartarlo, pero se detuvo. Preguntó con tranquilidad:

    —¿Crees que volveremos algún día?

    Yatima reflexionó, profunda y largamente. Sin el atractivo irrepetible que les había traído aquí, ¿este lugar, y estos amigos, volvería a compensar ochocientas veces más tiempo que todo lo demás?

    —Lo dudo.



    Segunda Parte


    Cuando Paolo despertó y se le unió en su panorama, Yatima dijo:

    —Intento decidir qué responderles. Cuando pregunten por qué hemos venido tras ellos.

    Paolo rió triste.

    —Cuéntales lo de Lacerta.
    —Saben lo de Lacerta.
    —Como chispa en el mapa. No conocen su efecto. No sabrán lo que significaba.
    —No. —Yatima miró a Weyl, en el centro del desplazamiento al azul. No quería contrariar a Paolo con preguntas sobre Atlanta, pero tampoco quería dejarle al margen—. Conoces a Karpal, ¿no?
    —Sí. —Paolo aceptó el tiempo presente con una sonrisita.
    —¿Y no estaba en la Luna, participando en TERAGO...?

    Paolo respondió con frialdad:

    —Hizo todo lo posible. No fue culpa suya que todo el planeta se desentendiera.
    —Estoy de acuerdo. No le culpo de nada. —Yatima extendió los brazos, en gesto de conciliación—. Simplemente me pregunta si alguna vez habló de lo sucedido. Si alguna vez te contó su versión.

    Paolo asintió a regañadientes.

    —Me habló de ello. En una ocasión.


    4. Corazón de lagarto


    OBSERVATORIO BULLIALDUS, LUNA
    24 046 104 526 757 TEC
    2 de abril 2996, 16:42:03.911 TU



    Durante todo un mes, Karpal yació tendido de espaldas sobre el regolito lunar, contemplando la quietud cristalina del universo y desafiándolo a mostrarle algo nuevo. Ya lo había hecho antes en cinco ocasiones, pero no había cambiado nada al alcance de su visión directa. Los planetas seguían sus órbitas predecibles, y en ocasiones se veía un asteroide brillante o un cometa, pero eran como naves espaciales de paso: obstáculos cercanos que no formaban parte de la vista total. Una vez que habías visto Júpiter de cerca, en persona, empezabas a considerarlo más una fuente de contaminación lumínica y ruido electromagnético que un objeto digno de interés astronómico serio. Karpal quería que una supernova apareciese imprevisiblemente en la oscuridad, un apocalipsis distante que hiciese gemir los detectores de neutrinos... no una conjunción plácida del mecanismo del Sistema Solar, tan interesante y emocionante como un transbordador de suministros llegando a su hora.

    Cuando volvió a verse la Tierra nueva, un disco rojizo y apagado junto al sol reluciente, Karpal se puso en pie y agitó los brazos con cautela, comprobando si el estrés térmico había debilitado alguno de sus actuadores. Si había pasado, a su nanoware no le llevaría mucho tiempo reparar las microfracturas, pero aun así era preciso comprobar cada articulación en busca de problemas y pedir la reparación.

    Estaba bien. Caminó lentamente de regreso a] cobertizo de instrumentos en el borde del cráter Bullialdus; la estructura estaba abierta al vacío, pero protegía algo el equipo de los extremos de temperatura, las radiación y los micrometeoritos. Alzándose detrás estaba la pared del cráter, de setenta kilómetros de ancho; Karpal apenas podía distinguir la estación láser en lo alto de la pared, justo encima del cobertizo. Los rayos en si eran invisibles desde cualquier punto, ya que no había nada que pudiese dispersar la luz, pero Karpal no podía imaginarse Bullialdus desde arriba sin superponer una L azul, un ángulo recto enlazando tres puntos del borde.

    Bullialdus era un detector de ondas gravitatorias, parte de un observatorio del ancho del sistema solar conocido como TERAGO. Un rayo láser se dividía, siguiendo recorridos perpendiculares para luego recombinarse; cuando el espacio del cráter se estiraba o comprimía aunque sólo fuese una parte entre diez elevado a la vigesimocuarta potencia, las crestas y valles de los dos flujos de luz se desalineaban, provocando fluctuaciones en su intensidad combinada que indicaban cambios sutiles en la geometría. Un único detector, por si solo, no podía señalar con precisión la fuente de las distorsiones medidas, de la misma forma que un termómetro tendido en el regolito no podía determinar la posición exacta del sol, pero combinando los momentos precisos de las mediciones de Bullialdus con los datos de otros diecinueve puntos TERAGO, era posible reconstruir el paso del frente de ondas por el Sistema Solar, revelando su dirección con suficiente precisión, habituaimente, para identificarlo con un objeto conocido del cielo, o al menos dentro de un buen margen de error.

    Karpal entró en el cobertizo, su hogar durante los últimos nueve años. En su ausencia no había cambiado nada, y poco había cambiado desde su llegada; los conjuntos de ordenadores ópticos y procesadores de señal que cubrían las paredes se presentaban tan relucientemente prístinos como siempre, y las piezas de repuesto para emergencias y las macroherramicntas dc reparación apenas se habían movido de donde las había colocado inicialmente. No estaba completamente solo en la Luna —en el polo norte había una docena de gleisners dedicados a la paleosclenologia— pero todavía estaba por recibir visitas.

    Casi todos los otros gleisners estaban en el cinturón de asteroides, ya fuese trabajando en la (Iota interestelar, ofreciendo servicios de apoyo o en general jugando a seguidores de campo. Podría haber estado allí —los datos TERAGO eran accesibles desde cualquier lugar, y estar físicamente presente en un punto ofrecía pocas ventajas al supervisar las reparaciones de los veinte— pero la soledad de este lugar le tentaba, asi como la posibilidad de trabajar sin distracciones, dedicándose durante semanas a un único problema, o un mes, o un año. Sus planes originales no incluían tenderse en el regolito mirando al cielo durante un mes, pero siempre había supuesto que se volvería un poco loco, y parecía una excentricidad bastante tolerable. Al principio tenía miedo de perderse un suceso importante: una supernova, o un agujero negro del núcleo galáctico tragándose un cúmulo globular o dos. Por supuesto, se registraba hasta el último dato, pero incluso a las ondas gravitatorias les había costado milenios llegar, persistía la emoción de la inmediatez al seguir los acontecimientos en tiempo real; para Karpal, ahora era una sección del espaciotiempo de diez mil millones de años de profundidad, convergiendo a la velocidad de la luz sobre sus instrumentos y sentidos.

    Más tarde, el riesgo de encontrarse lejos de su puesto se convirtió en parte del atractivo. Parte del desafío.

    Karpal comprobó la pantalla principal y rió por lo bajo en forma de infrarrojos en un pulso codificado; el débil calor le llegó reflejado de las paredes del cobertizo. No se había perdido nada. En la lista de fuentes conocidas, Lac G-l estaba resaltada indicando que mostraba una anomalía... pero siempre mostraba anomalías; ya ni siquiera era noticia.

    Al igual que registraba cualquier catástrofe súbita, TERAGO seguía constantemente algunos centenares de fuentes periódicas. Era preciso un suceso de violencia inusual para producir una ráfaga de radiación gravitatoria lo suficientemente intensa como para ser registrada al otro extremo del universo, pero incluso el movimiento orbital rutinario producía un flujo débil pero Fiable de ondas gravitatorias. Si los objetos implicados eran tan pesados como estrellas, orbitándose mutuamente a gran velocidad, y no estaban lejos, TERAGO podía seguir sus movimientos como un hidrófono percibiendo el giro de una hélice.

    Lacerta G-l era una pareja de estrellas de neutrones, a un centenar de años luz de distancia. Aunque las estrellas de neutrones eran demasiado pequeñas para percibirlas directamente —como mucho tenían unos veinte kilómetros de ancho-contenían en sus pequeños cuerpos campos magnéticos y gravitatorios como los de estrellas de tamaño completo, y el efecto sobre la materia circundante podia llegar a ser espectacular. La mayoría se descubrían como pulsares, con sus campos magnéticos giratorios creando un rayo rotatorio de ondas de radio que arrastraban partículas cargadas en círculo a velocidades cercanas a la de la luz, o como fuentes de rayos X, absorbiendo materia de una nube de gas o una estrella compañera normal y calentándola a millones de grados por medio de ondas de choque de compresión a medida que descendía por su empinado pozo gravitatorio. Pero Lac G-l tenía miles de millones de años; cualquier reserva local de gas o polvo que pudiera haberse usado para generar rayos X había desaparecido hacia tiempo, y cualquier emisión de radio era ahora demasiado débil para ser detectada o surgía en una dirección que no resultaba favorable. Por tanto, el sistema se mostraba tranquilo en todo el especto electromagnético y sólo la radiación gravitatoria de la órbita lentamente degenerada de las estrellas revelaba su existencia.

    Esa tranquilidad no duraría eternamente. G-l a y G-lb estaban separadas por sólo medio millón de kilómetros, y durante los próximos siete millones de años las ondas gravitatorias se llevarían todo el momento angular que las mantenía separadas. Cuando al final chocasen, toda su energía cinética se convertiría en un estallido intenso de neutrinos, matizados con algunos rayos gamma, antes de combinarse para formar un agujero negro. En la distancia, los neutrinos sería relativamente inocuos y el «matiz» provocaría efectos mucho mayores; incluso a un centenar de años luz sería estar demasiado cerca para la vida orgánica. Independientemente de si para cuando sucediese hubieran o no carnosos por aquí, a Karpal le gustaba pensar que alguien emprendería un impresionante desafio de ingeniería para proteger la biosfera de la Tierra, colocando un escudo lo suficientemente grande y opaco en el camino del estallido de rayos gamma.Un buen uso para Júpiter. Pero no seria fácil; Lac G—1 estaba demasiado por encima de la eclíptica como para quedar apantallada simplemente desplazando cualquiera de los planetas a un punto conveniente.

    El destino de Lac G-l parecía inevitable, y la señal que llegaba a TERAGO efectivamente confirmaba la degradación gradual de la órbita, pero quedaba un pequeño rompecabezas: desde las primeras observaciones, G-la y G-íb habían orbítado intermitentemente un poco más rápido de lo que debieran. Las discrepancias nunca habían superado la parte por mil —las ondas acelerándose, de vez en cuando, un nanosegundo extra durante un par de días— pero cuando la mayoría de los púlsares tenían cuervas de degradación orbital que se ajustaban perfectamente dentro de los límites de la medición, ni siquiera la anomalías de un nanosegundos se podían atribuir a errores experimentales o al ruido.

    Karpal había imaginado que el misterio sería el primero en caer ante su soledad y dedicación, pero la explicación plausible le eludía, año tras año. Cualquier tercer cuerpo lo suficientemente masivo, que alterase ocasionalmente la órbita, habría añadido su propia firma inconfundible a la radiación gravitatoria. Pequeñas nubes de gas entrando en el sistema, ofreciendo a las estrellas de neutrones algo que convertir en chorros que consumiesen energía, habrían hecho que Lac G-l emitiera en los rayos X. Sus modelos eran cada vez más fantasiosos y atrevidos, pero todos fallaban ya fuese por falta de pruebas o por simple falta de plausibilidad. No era posible que la energía y el momento estuviesen desapareciendo en el vacío, pero a estas alturas estaba casi dispuesto a intentar cuadrar las cuentas a cien años luz de distancia.

    Casi. Con un suspiro de mártir, Karpal tocó el nombre destacado en la pantalla y apareció una gráfica de las ondas de Lacerta durante el último mes.

    A simple vista quedaba claro que había un problema con TERAGO. Los cientos de ondas de la pantalla deberían haber sido idénticas, con picos exactamente de la misma altura, con la señal regresando periódicamente al mismo máximo en el mismo punto de la órbita. En su lugar, durante la segunda mitad del mes se producía un incremento en la altura de los picos... lo que significaba que la calibración de TERAGO había empezado a fallar. Karpal refunfuñó, y pasó a otra fuente periódica, un pulsar binario en Aquila. Aquí había picos fuentes y débiles alternándose, ya que la órbita era muy elíptica, pero cada conjunto de picos permanecía perfectamente nivelado. Comprobó los datos de otras cinco fuentes. En ninguna de ellas había señales de problemas con la calibración.

    Desconcertado, Karpal volvió a los datos de Lac G-l. Examinó el resumen sobre la gráfica y vaciló con incredulidad. En su ausencia, decía el resumen, el periodo de las ondas había perdido casi tres minutos. Era ridículo. Después de veintiocho días, Lac G-l debería haber perdido 14,498 microsegundos de su órbita de una hora, más o menos algunos nanosegundos inexplicados. Debía haber un error en el software de análisis; debía haberse estropeado, cosas de la radiación, los rayos cósmicos habían trastocado algunos bits aleatorios sin que fuesen detectados y reparados.

    Cambió a una gráfica que mostraba el periodo de las ondas, en lugar de las ondas en sí. Empezaba como debía, casi plana en 3.627 segundos, luego, como a los doce días, empezaba a bajar de la horizontal, primero lentamente pero luego cada vez más rápido. El último punto de la curva se situaba en 3.456 segundos. Las estrellas de neutrones sólo podían pasar a órbitas más pequeñas y rápidas perdiendo parte de la energía que las mantenía separadas... y para que fuesen tres minutos más veloces en lugar de catorce microsegundos, deberían haber perdido tanta energía en un mes como en el último millón de años.

    —Imposible.

    Karpal buscó noticias de otros observatorios, pero no se había detectado actividad en Lacerta: ni rayos X, ni UV, ni neutrinos, nada. Se suponía que Lac G-l había perdido el equivalente energético de la Luna aniquilando a su doble de antimateria; incluso a cien años luz de distancia era imposible que nadie se hubiese dado cuenta. Ciertamente la energía faltante no había pasado a radiación gravitatoria; el incremento de potencia aparente era de sólo un diecisiete por ciento.

    Y el periodo se ha reducido en un cinco por ciento. Karpal realizó unos cálculos de cabeza para luego hacer que el software de análisis confirmase los detalles. El incremento de intensidad de las ondas gravitatorias era exactamente el que requería el decremento del periodo. Órbitas más cercanas y rápidas producían radiación gravitatoria más fuerte, y los datos imposibles se ajustaban a la fórmula, en todos sus puntos. Karpal no podía imaginar un error de software o un fallo de calibración que pudiese alterar los datos —sólo de una fuente— mientras preservaba mágicamente la relación entre potencia y frecuencia de las ondas.

    La señal debía ser real.

    Lo que implicaba que la pérdida de energía era real.

    ¿Qué estaba pasando ahí Juera? ¿O qué había pasado un siglo antes? Karpal repasó la columna de cifras que mostraban la separación entre las estrellas de neutrones por lo que se deducía de su periodo orbital. Se habían estado aproximando sin pausa cuarenta y ocho milímetros al día desde que se iniciaron las observaciones. Pero en las veinticuatros horas anteriores la distancia entre ellas se había reducido en casi 7.000 kilómetros.

    Karpal sufrió un momento de puro pánico vertiginoso, pero rápidamente se echó a reír. Era imposible que una tasa de descenso tan espectacularmente alarmante pudiera mantenerse durante mucho tiempo. Dejando de lado la radiación gravitatoria, sólo había dos formas de sacar energía de un masivo y cósmico volante de inercia como éste: pérdidas de fricción por gas o polvo, produciendo temperaturas verdaderamente astronómicas —lo que no podía ser, por la ausencia de UV y rayos X—, o la transferencia de energía gravitatoria a otro sistema: algún tipo de intruso invisible, como un pequeño agujero negro de paso. Pero cualquier cosa capaz de absorber algo más que una fracción del momento angular de G-l ya se habría manifestado en TERAGO, y cualquier cosa menos sustancial habría salido disparada, como un guijarro rebotando sobre una muela de afilar, o expulsada por la fuerza centrifuga.

    Karpal hizo que el software analizase los últimos datos de los seis detectores más cercanos de TERAGO, en lugar de esperar una hora a que llegasen los de todos. Seguía sin haber ninguna prueba de algún intruso —sólo la señal clásica de un sistema de dos cuerpos— pero la pérdida de energía no parecía detenerse o alcanzar un límite.

    Seguía creciendo.

    ¿Cómo? De pronto Karpal recordó una vieja idea que había considerado brevemente como explicación de las pequeñas anomalías. Los neutrones individuales eran siempre neutrales al color; contenían un quark rojo, uno verde y uno azul muy unidos. Pero sí ambos núcleos se habían «fundido» para formar agregados de quarks sin confinar, capaces de moverse aleatoriamente, era posible que no en todas partes la media de los colores fuese neutral. La teoría de Kozuch permitía que se rompiese la simetría perfecta entre rojo, verde y azul; se trataba de un suceso extremadamente inestable, pero era posible que las interacciones entre estrellas de neutrones pudiesen estabilizarlo. Los quarks de cierto color se podían volver Vocalmente más pesados* en un núcleo, haciendo que se hundiesen ligeramente hasta que la atracción de los otros quarks les hiciera elevarse; en el otro núcleo, los quarks del mismo color serían más ligeros, y ascenderían. También intervendrían las fuerzas de marea y rotacionales.

    La separación de color seria minúscula, pero los efectos serían dramáticos: los dos núcleos orbitales y polarizados generarían potentes chorros de mesones, que irían frenando el movimiento orbital de las estrellas de neutrones... una especie de análogo nuclear a la radiación gravitatoria, pero mediado por la fuerza nuclear fuerte y por tanto mucho más energético. Los mesones se desintegrarían casi de inmediato para formar otras partículas, pero esta radiación secundaria no estaría muy bien enfocada, y como la vista desde el Sistema Solar se encontraba en alto sobre el plano de Lac G-l los rayos no se verían de frente. Sin duda se volverían espectacularmente visibles una vez que los mesones diesen contra el medio interestelar, pero después de sólo dieciséis días todavía viajaban a través de la región de relativo alto vacío que las estrellas de neutrones habían creado durante los últimos miles de millones de años.

    Todo el sistema sería como una titánica girándula a la inversa, con los fuegos artificiales apuntando hacia atrás, opuestos a su propio giro. Pero a medida que pediesen el momento angular que mantenía separadas las estrellas de neutrones, la gravedad las uniría más y girarían con mayor rapidez. Las anomalías de nanosegundo del pasado debían haber implicado pequeños grupos de quarks móviles formándose brevemente, para luego constituir otra vez neutrones separados, pero una vez que los núcleos se fundiesen por completo el proceso seria imparable: cuanto más se uniesen las estrellas de neutrones, mayor sería la polarización, más intensos los chorros, más rápida la espiral hacia dentro.

    Karpal sabía que los cálculos necesarios para comprobar sus ideas serian espantosos. Tratar con las interacciones entre la fuerza nuclear fuerte y la gravedad podía parar en seco el ordenador más potente, y cualquier modelo de software lo suficientemente preciso como para ser de fiar se ejecutaría mucho más despacio que en tiempo real, lo que lo haría inútil para predecir. La única forma de anticiparse al destino de Lac G-l era comprobar a dónde se dirigían los propios datos.

    Hizo que el software de análisis ajustase una curva suave a través del momento angular en declive de las estrellas de neutrones y que la extrapolase al futuro. La caída se hizo más rápida, al principio lentamente, para acabar con un descenso calamitoso. Karpal sintió que le recorría un horror frío: si éste era el destino final de todas las estrellas de neutrones binarias, ayudaba a comprender un enigma antiguo. Pero no era una buena noticia.

    Durante siglos, los astrónomos habían estado observando potentes ráfagas de rayos gamma provenientes de galaxias distantes. Si esas ráfagas eran el resultado de estrellas de neutrones en colisión, como se sospechaba, entonces justo antes de la colisión —cuando las estrellas de neutrones se encontraran en sus órbitas más cercanas y rápidas— las ondas gravitatorias producidas deberían haber sido lo suficientemente intensas para que TERAGO las detectase desde miles de millones de años luz. Nunca se habían detectado esas ondas.

    Pero ahora parecía que los chorros de mesones de Lac G—1 lograrían detener en seco el movimiento orbital de las estrellas de neutrones mientras todavía se encontraban a decenas de miles de kilómetros de distancia. Los fuegos artificiales, habiendo triunfado al fin, se apagarían, y el final no sería después de todo una espiral frenética, sino un hundimiento tranquilo y grácil... que sólo generaría una fracción más de radiación gravitatoria.

    Luego, los dos pesados núcleos estelares se unirían directamente, como si nunca hubiese habido fuerza centrífuga manteniéndolos separados. Cada uno caería directamente sobre el otro... y el calor del impacto se percibiría a mil años luz de distancia.

    Karpal rechazó con furia esa idea. Por ahora no tenía más que una anomalía de tres minutos en el periodo orbital y muchas elucubraciones. ¿De qué valía su valoración tras nueve años de soledad y demasiados rayos cósmicos? Debía ponerse en contacto con colegas en el cinturón de asteroides, mostrarles los datos y repasar tranquilamente las posibilidades.

    Pero ¿y si tenía razón? ¿Cuánto tiempo les quedaba a los carnosos hasta que Lacerta se encendiese con rayos gamma, seis mil veces más brillante que el sol?

    Karpal comprobó y volvió a comprobar sus cálculos, ajustó curvas a variables diferentes, probó con todos los métodos conocidos de extrapolación.

    La respuesta fue siempre la misma.

    Cuatro días.


    5. Estallido


    POLIS KONISHI, TIERRA
    24 046 380 271 801 TEC
    5 abril 2996, 21:17:48,955 TU



    Yatima flotaba en el cielo sobre su panorama hogar, examinando la red colosal que se extendía sobre el terreno oculto hasta los límites de su visión. La estructura tenía diez mil deltas de ancho y siete mil de alto; rodeándola había una única curva completa, que se parecía un poco a una de las montañas rusas que había visto en Carter-Zimmerman... a la que se había subido con Blanca y Gabriel, sólo para disfrutar de la emoción visual. Aquí la "Vían no estaba apoyada en nada, igual que la de C-Z, pero se abría paso a través de lo que parecía una profusión de andamios.

    Yatima descendió para examinaría más de cerca. La red, el «andamiaje*, era fruto de su mente, basada en una serie de instantáneas que había tomado unos megataus antes. El espacio alrededor relucía suavemente en una multitud de colores, dotado de un campo matemático abstracto, una regla para tomar un vector en cualquier punto y calcular un número a partir de él, generado por los miles de millones de pulsos que recorrían los caminos de la red. La curva que envolvia la red rodeaba todos los caminos, y sumando los números que el campo producía a partir de las tangentes de la curva en toda su longitud, Yatima tenía la esperanza de medir propiedades más sutiles pero robustas sobre la forma en que la información fluía por la estructura.

    Era un pequeño paso más hacia la meta de encontrar una invariante de la consciencia: una medida objetiva de exactamente qué permanecía constante entre estados mentales sucesivos, lo que permitía que una mente siempre en mutación se percibiese como una entidad única y cohesionada. La idea en si era muy antigua y evidente: los recuerdos a corto plazo debían tener sentido, acumulándose apaciblemente a partir de percepciones e ideas, para luego desaparecer o pasar al almacén a largo plazo. Pero formalizar ese criterio era difícil. Una secuencia aleatoria de estados mentales no produciría sensación de nada, pero tampoco un patrón muy ordenado y fuertemente correlacionado. La información debía fluir justo de la forma correcta, con cada entrada perceptiva y cada retroalimentación interna grabándose sutilmente en el estado anterior de la red.

    Cuando Inoshiro llamó, Yatima sin vacilación le permitió pasar; había transcurrido demasiado tiempo desde su último encuentro. Pero le dejó perplejo el icono que apareció en el aire a su lado: la superficie peltre de Inoshiro estaba arrugada y marcada, descolorida por la corrosión y en algunos puntos incluso cayéndose; de no haber sido por su firma, il apenas habría sido reconocible para Yatima. La afectación le resultó cómica, pero no dijo nada; Inoshiro habitualmente percibía con la adecuada ironía las modas que seguía, pero en ocasiones resultaba ir dolorosamente en serio. Durante un gigatau, Yatima se había convertido en persona non grata después de burlarse de la práctica, una breve moda en toda la Coalición, de cargar con un retrato enmarcado del icono propio "envejeciendo» aceleradamente.

    Inoshiro le dijo:

    —¿Qué sabes de las estrellas de neutrones?
    —No mucho, ¿Por qué?
    —¿Estallidos de rayos gamma?
    —Menos aún. —Bajo toda la corrosión, Inoshiro parecía hablar en serio, asi que Yatima intentó recordar los detalles de su breve flirteo con la astrofísica—. Sé que se han detectado rayos gamma emitidos desde millones de galaxias normales... destellos ocasionales, en raras ocasiones dos veces desde el mismo lugar. Las estadísticas son más o menos de uno por galaxia por cada cien mil años... así que si no fueran lo suficientemente intensos para verse desde algunos miles de millones de años luz, probablemente no sabríamos de ellos. Creo que todavía no se ha encontrado un mecanismo concluyente, pero podría mirar en la biblioteca...
    —No tiene sentido; todo está obsoleto. Fuera está pasando algo.

    Yatima prestó atención a las noticias de los gleisner, sin creerlo del todo, mirando más allá de Inoshiro, al cielo vacío del panorama, Océanos de quarks, chorros invisibles de mesones, estrellas de neutrones en caída... Todo sonaba terriblemente antiguo y arcano, como un teorema elegante y excesivamente específico al final de un callejón sin salida.

    Inoshiro dijo con amargura:

    —A los gleisner les hizo falta una eternidad para convencerse de que el efecto era real. Nos quedan menos de veinticuatro horas para el impacto. Un grupo de Carter-Zimmerman intenta entrar en la red de comunicación carnosa, pero el cable está protegido por nanoware, se está defendiendo demasiado bien. También trabajan para modificar la huella del satélite y enviar zánganos directamente a los enclaves, pero hasta ahora...

    Yatima le interrumpió.

    —No lo entiendo. ¿Cómo podrían correr peligro los carnosos? Puede que no estén tan protegidos como nosotros, ¡pero disponen de toda una atmósfera sobre sus cabezas! ¿Qué porción de los rayos gamma llegará al suelo?
    —Casi ninguna. Pero casi toda llegará hasta la estratosfera inferior. —Los especialistas atmosféricos de C-Z habían creado modelos detallados de los efectos; Inoshiro le ofreció una dirección y Yatima repasó el archivo por encima.

    De inmediato quedaría destruida la capa de ozono de la mitad del planeta. El nitrógeno y el oxígeno de la estratosfera, ionizados por los rayos gamma, se combinarían para formar doscientas mil millones de toneladas de óxidos de nitrógeno, treinta mil veces la cantidad actual, El sudario de NOx no sólo reduciría en varios grados la temperatura superficial; dejaría abierta la ventana ultravioleta durante un siglo, catalizando la destrucción del ozono tan pronto como se volviese a formar. Con el tiempo, las moléculas de óxido de nitrógeno pasarían a la atmósfera inferior, donde algunas se dividirían en sus constituyentes inocuos. El resto —algunos miles de millones de toneladas— caería en forma de lluvia ácida.

    Inoshiro continuó con seriedad:

    —Esas predicciones dan por supuesto cierta energía total para el estallido de rayos gammas, pero podría ser una suposición tan errónea como todo lo demás que la gente creía saber sobre Lacerta G-l. En el mejor de los casos, los carnosos tendrán que rediseñar todo su suministro alimenticio. En el peor, la biosfera quedaría dañada hasta el punto de no poder mantenerlos con vida.
    —Eso es horrible. —Pero Yatima sintió que se refugiaba en una especie de resignación cansada. Era casi seguro que algunos carnosos morirían... pero siempre morían carnosos. Habían tenido siglos para unirse a las polis de haber querido dejar atrás la precaria hospitalidad del mundo físico. Echó un vistazo a su glorioso experimento; Inoshiro no le había dado todavía la oportunidad de mencionarlo.
    —Debemos alertarles. Debemos volver.
    —¿Volver? —Yatima miró a il, confundido.
    —Tú y yo. Debemos regresar a Atlanta.

    Apareció una imagen tentativa: dos carnosos, uno de ellos sentado.¿Hombre y mujer? Yatima tenía la sensación de haberlos visto hacía tiempo en alguna obra de Inoshiro.¿Debemos regresar a Atlanta? ¿Era una frase de la misma obra? Después de un tiempo, los eslóganes de Inoshiro acababan sonando todos iguales: «Todos debemos cuidar de nuestros jardines», «Debemos regresar a Atlanta»...

    Conscientemente, Yatima invocó una recuperación total del contexto del fragmento. Al envejecer, había optado por la memoria en capas —en lugar de la degradación o el borrado— para evitar que sus ideas quedasen anegadas por un exceso paralizante de recuerdos, ¡Habían usado como transporte dos gleisners abandonados! Sólo ellos dos, cuando Yatima apenas tenía medio gigatau de edad. Habían estado fuera durante unos ochenta raegataus... que a esa edad debió ser como una eternidad, aunque resultó que ni siquiera los padres de Inoshiro se habían mostrado incomodados por esa aventura juvenil.La selva. La ciudad rodeada de campos. Habían temido tas arenas movedizas... pero habían encontrado a un guía.

    Durante un momento, Yatima sintió demasiada vergüenza para hablar. Luego dijo sin sentir nada:

    —Los había enterrado. A Orlando, Liana... a todos los enlazadores. Los había enterrado a todos.

    Con el paso del tiempo, había permitido que toda esa experiencia se hundiese de una capa a otra para dejar espacio a preocupaciones más actuales... hasta que llegó el momento en que no podía penetrar en sus pensamientos por pura casualidad, interaccionar con otros recuerdos, modificar sus actitudes o estado de ánimo. Hasta que los carnosos no volvieron a ser sino carnoso: anónimos y remotos, exóticos y prescindibles. El apocalipsis podría haber llegado y pasado e il no habría hecho nada.

    Inoshiro dijo:

    —No queda mucho tiempo. ¿Estás conmigo o no?


    5b


    ATLANTA, TIERRA
    24 046 380 407 629 TEC
    5 de abril 2996, 21:20:04.783 TU



    Los gleisners seguían exactamente donde los habían dejado veintiún años antes. Una vez despiertos, los dos hicieron que el zángano les pasase un conjunto e instrucciones para el nanoware de mantenimiento de los robots. Yatima observó nerviosamente cómo el fango programable que fluía por delgados tubos por todo el cuerpo iniciaba la reconstrucción de la punta del dedo índice derecho para crear algo alarmantemente similar a un arma de proyectiles.

    Ésta era la parte fácil. Una vez que el sistema de inoculación estuvo completo, la pequeña subpoblación de ensambladores del nanoware de mantenimiento recibió instrucciones para iniciar la fabricación de nanoware Introdus. A Yatima le había preocupado que los ensambladores de los gleisners, que jamás habían sido diseñados para un trabajo tan exigente, pudiesen no ser capaces de ofrecer la tolerancia necesaria, pero el procedimiento de comprobación del sistema Introdus ofreció un informe favorable: menos de un átomo en diez a la veinte estaba incorrectamente enlazado.

    Trabajando con materia prima en el gleisner, los ensambladores lograron construir trescientas noventa y seis dosis; si hacían falta más, era probable que los enlazadores pudiesen suministrar la materia prima necesaria. Por todo el planeta había portales bien equipados por donde cualquier carnoso que lo desease podía entrar en la Coalición, pero siempre se había considerado poco sensible políticamente situarlos demasiado cerca de los enclaves. El más cercano a Atlanta estaba situado a mil kilómetros.

    Inoshiro empleó el nanoware de su gleisner para construir un par de zánganos de retransmisión que los mantuviese en contacto con Konishi; hasta ahora nadie había logrado convencer a los satélites para modificar sus huellas e incluir a los enclaves. Yatima observó cómo las relucientes máquinas con aspecto de insecto se formaban en quistes traslúcidos en el antebrazo de Inoshiro, para luego volar y desaparecer en la cubierta arbórea. Había basado el diseño en zánganos existentes, pero estas versiones pirata estaban totalmente desprovistas de instrucciones previas y obligaciones de tratados, y sin reparos engañarían a los satélites para aceptar una señal reenviada desde el interior de la región prohibida.

    Cruzaron el límite. Para comprobar el enlace con la Coalición, Yatima miró un panorama C-Z basado en información de TERAGO. Dos esferas oscuras orladas por luz estelar bajo el de la distorsión gravitacional se movían a través de un tubo en espiral apenas esbozado, el preciso registro anterior de las órbitas transformándose en la incertidumbre de la extrapolación; se habían omitido por completo los hipotéticos chorros de mesones. Las estrellas de neutrones emitían etiquetas gestalt con sus parámetros orbitales actuales, mientras que puntos de la espiral, situados a intervalos regulares, ofrecían versiones pasadas y futuras.

    Hasta ahora la órbita se había reducido «sólo» en un veinte por ciento —100.000 kilómetros— pero el proceso era extremadamente no lineal y la misma distancia se recorrería en aproximadamente diecisiete horas, luego cinco, luego una, luego menos de tres minutos. Eran predicciones sujetas a error y el momento concreto del estallido presentaba una incertidumbre de al menos una hora, pero la franja de escenarios con mayor probabilidad situaba a Lacerta sobre el horizonte de Atlanta. En todo un hemisferio, desde el Amazonas al Yangtsé, la capa de ozono desaparecería en un instante. En Allanta, sucedería bajo el tórrido sol de la tarde.

    El sistema de navegación de los gleisner todavía conservaba el camino por el que Orlando les había escoltado para salir del enclave. Recorrieron la maleza todo lo rápidamente que pudieron, con la esperanza de disparar alarmas y llamar la atención

    Yatima oyó las ramas moverse, a la izquierda. Gritó con esperanza:

    —¿Orlando? —Se detuvieron y prestaron atención, pero no hubo respuesta.

    Inoshiro dijo:

    —Probablemente no fuese más que un animal.
    —Espera. Veo a alguien.
    —¿Dónde?

    Yatima señaló a una pequeña mano marrón que sostenía una rama, como a unos veinte metros... intentaba soltarla lentamente en lugar de dejar que se le escapase de golpe.

    —Creo que es un niño.

    Inoshiro habló alto pero tranquilamente, empleando Romano Moderno.

    —ISomos amigos! ¡Traemos noticias!

    Yatima ajustó la curva de exposición dei sistema visual del gleisner, optimizándola para las sombras tras la rama. Un único ojo oscuro les miraba a través de un espacio entre las hojas. Después de unos segundos, el rostro oculto se movió cautelosamente, escogiendo otro punto desde el que mirar; Yatima reconstruyó la mancha para formar una franja de piel uniendo dos ojos de lémur.

    Pasó la imagen parcial a la biblioteca para luego informar a Inoshiro.

    —Es un mono soñador.
    —Dispárale.
    —¿Qué?
    —¡Dispárale con el Introdus! —Inoshiro permanecía inmóvil y en silencio, hablando urgentemente por IR—. ¡No podemos dejar que muera!

    Aislados por el marco de hojas, los ojos del mono soñador parecían extrañamente desprovistos de expresión.

    —Pero no podemos obligar...
    —¿Qué quieres hacer? ¿Le vas a dar una clase sobre la física de las estrellas de neutrones? ¡Ni siquiera los enlazadores se pueden comunicar con los monos soñadores! Nadie va a explicarle las opciones... ¡ahora no, ni nunca!

    Yatima no dio el brazo a torcer.

    —No tenemos derecho a hacerlo a la fuerza. Dentro no tendría amigos, ni familia...

    Inoshiro emitió un sonido de desagrado e incredulidad.

    —¡Podemos clonarle algunos amigosl¡Le damos un panorama como éste y apenas notará la diferencia!
    —No hemos venido a secuestrar gente. Imagínate cómo te sentirías si unos extraterrestres entrasen en las polis y te arrancasen de todo cuanto conoces...

    Inoshiro estuvo a punto de gritar por la frustración.

    —¡No, imagina tú cómo se sentirá este carnoso cuando su piel se queme hasta el punto de que los fluidos que hay debajo empiecen a escapar!

    Yatima empezó a sentir dudas. Podía imaginarse al niño mono soñador, allí de pie temeroso, esperando a que los extraños pasasen... y aunque apenas podía comprender la idea del dolor físico, el concepto de integridad corporal resonaba en su ser. La biosfera era un mundo desordenado, repleto de toxinas y patógenos potenciales, gobernado por nada excepto las colisiones aleatorias de las moléculas.Una piel rota sería como un exoyó que funcionase horriblemente mal, que dejase entrar los datos al azar, corrompiendo y sobrescribiendo al ciudadano desde el interior.

    Dijo con esperanza:

    —Quizá su familia encuentre una cueva en la que refugiarse una vez que perciban los efectos de los ultravioletas. No es imposible; la cubierta arbórea los protegerá durante un tiempo. Pueden vivir de hongos...
    —Yo lo haré. —Inoshiro agarró el brazo derecho de Yatima y apuntó al niño—. Déjame el control del sistema de inoculación y lo haré yo mismo.

    Yatima intentó liberarse. Inoshiro se resistió. La lucha confundió a sus dos copias distintas del interfaz, que era demasiado estúpido para darse cuenta de que luchaba contra sí mismo; los dos pedieron el equilibrio. Al caer en la maleza, Yatima estuvo a punto de sentirlo: el descenso, el impacto inevitable. Indefensión. Pudo oír al niño escapando.

    Ninguno de los dos se movió. Después de un rato, Yatima dijo:

    —Los enlazadores encontrarán la forma de protegerlos. Crearán alguna protección para su piel. Pueden difundir los genes con un virus...
    —¿Y lo harán todo en un día? ¿Antes o después de descubrir cómo alimentar a qtiince mil personas con cultivos destrozados, la tierra congelada y una lluvia que está a punto de volverse ácida?

    Yatima no pudo responder. Inoshiro se puso en pie para luego ayudar a il. Anduvieron en silencio.

    A medio camino del límite de la jungla se encontraron con tres enlazadores, dos mujeres y un hombre. Eran adultos, pero jóvenes y cautelosos. La comunicación resultó ser difícil.

    Inoshiro repitió pacientemente:

    —Somos Yatima e Inoshiro. Vinimos aquí una vez, hace veintiún años. Somos amigos.

    El hombre dijo:

    —Todos vuestros amigos robóticos están en la Luna: aquí ya no hay ninguno. Dejadnos en paz. —Los enlazadores se mantuvieron apartados varios metros; retrocedieron alarmados cuando Yatima se les acercó con la mano extendida.

    Inoshiro se quejó por IR:

    —Incluso si son demasiado jóvenes para acordarse... nuestra última visita debería ser legendaria.
    —Aparentemente no lo es.

    Inoshiro persistió:

    —\No somos gleisners! Venimos de la polis Konishi; simplemente usamos estas máquinas. Somos amigos de Orlando

    Venettiy Liana Zabini. —Los enlazadores no dieron muestras de reconocerlos nombres; Yatima se preguntó con sobriedad si era posibleque hubiesen muerto—. Tenemos noticias importantes.

    Una de las mujeres preguntó con furia:

    —¿Qué noticias? ¡Hablad o iros!

    Inoshiro negó con la cabeza en gesto de firmeza.

    —Sólo podemos hablar con Orlando o Liana. —Yatima estaba de acuerdo con esa postura; una información medio comprendida podía causar un daño impredecible.

    Inoshiro preguntó por IR:

    —¿Qué crees que harán si nos limitamos a avanzar hacia la ciudad?
    —Nos detendrán.
    —¿Cómo? —Deben tener armas. Es demasiado arriesgado; los dos hemos agotado gran parte de nuestro nanoware de mantenimiento... y en cualquier caso, jamás confiarán en nosotros si entramos sin permiso.

    Yatima intentó hablar con los enlazadores.

    —Somos amigos, pero no logramos comunicarnos. ¿Podéis encontrar un traductor?

    La segunda mujer habló casi en tono de disculpa.

    —No tenemos traductores para robots.
    —Lo sabemos. Pero debéis tener traductores para estáticos. Consideradnos estáticos.

    Los enlazadores intercambiaron miradas de perplejidad, luego hicieron corrillo, susurrando.

    La segunda mujer dijo:

    —Traeré a alguien. Esperad.

    Se fue. Los otros dos se quedaron haciendo guardia, negándose a hablar. Yatima e Inoshiro se sentaron en el suelo, mirándose uno al otro en lugar de mirar a los carnosos, con la esperanza de tranquilizarlos.

    Era ya finales de la tarde para cuando llegó la traductora. Se les acercó y les dio la mano, pero les trató con franca sospecha.

    —Soy Francesca Canetti. Afirmáis ser Yatima e Inoshiro, pero cualquier podría ocupar esas máquinas. ¿Podéis decirme lo que visteis aquí? ¿Lo que hicisteis?

    Inoshiro repitió los detalles de la visita. Yatima sospechaba que la helada recepción era debida en parte a los «asaltos» bienintencionados de Carter-Zimmerman a la red de comunicación carnosa, y volvió a sentir vergüenza. Il e Inoshiro habían tenido veintiún años para reestablecer un diálogo entre las redes; incluso considerando el problema de los diferentes tiempos subjetivos, a estas alturas podrían haber resultado en cierta confianza. Pero no habían hecho nada.

    Francesca dijo:

    —Bien, ¿qué noticias traéis?

    Inoshiro le preguntó:

    —¿Sabes qué es una estrella de neutrones?
    —Claro qué sí. —Francesca rió, claramente ofendida—. Es una pregunta irónica viniendo de un par de lotófagos. —Inoshiro se mantuvo en silencio y tras un momento Francesca respondió con un tono de resentimiento controlado—. Es el resto de una supernova. El núcleo denso que queda cuando una estrella es demasiado masiva para dejar una enana blanca, pero no tanto como para formar un agujero negro, ¿Debo seguir o es suficiente para garantizaros que no estáis tratando con un montón de primitivos agrícolas que han retrocedido hasta una cosmología anterior a Copérnico?

    Inoshiro y Yatima hablaron por IR y se decidieron a arriesgarse. Francesca parecía comprenderles tan bien como Orlando y Liana: insistir tercamente en sus viejos amigos provocaba demasiada hostilidad y malgastaba demasiado tiempo.

    Inoshiro explicó muy claramente la situación —y Yatima se resistió a intervenir con matizaciones y detalles técnicos— pero estaba claro que Francesca se mostraba cada vez más suspicaz. Era muy, muy larga la cadena de inferencias que iba desde las ondas débiles detectadas por TERAGO a una visión de la Tierra congelada y cocida por los rayos ultravioletas. Con un asteroide o cometa, los carnosos podrían haber usado sus propios telescopios ópticos para sacar sus propias conclusiones, pero no disponían de detectores de ondas gravitatorias. Todo debía aceptarse ciegamente, de tercera mano.

    Finalmente, Francesca se rindió:

    —No lo comprendo lo suficientemente bien como para hacer las preguntas adecuadas. ¿Vendréis a la ciudad y hablaréis ante una convocación? Inoshiro respondió:
    —Por supuesto.

    Yatima preguntó:

    —¿Te refieres a que hablaremos con representantes de todos los enlazadores, a través de traductores?
    —No. Una convocación significa todos los carnosos con los que podamos hablar. No me refiero sólo a Atlanta. Hablo del mundo.

    Mientras atravesaban la jungla, Francesca les explicó que conocía bien a Liana y a Orlando, pero que Liana estaba muy enferma, así que nadie la había molestado con la noticia del regreso de emisarios de Konishi.

    Cuando Atlanta apareció a la vista, rodeada por sus vastos campos verdes y dorados, fue como si la escala del problema al que pronto se enfrentarían los enlazadores se manifestase en toda su amplitud en forma de hectáreas de terreno, megalitros de agua, toneladas de grano. En principio, no había ninguna razón para que la vida orgánica adecuadamente modificada no pudiese prosperar en el nuevo entorno creado por Lacerta. Los cultivos podrían emplear pigmentos robustos que usasen los fotones ultravioletas, sus raíces segregar glicoles para fundir la dura tundra, su bioquímica adaptada a agua y suelo ácidos y nitrogenados. Otras especies esenciales para la estabilidad química a medio plazo de la biosfera podrían recibir modificaciones protectoras, y los propios carnosos podrían desarrollar un nuevo integumento para protegerles de la muerte celular y el daño genético incluso bajo la luz directa del sol.

    Pero en la práctica, esa transición sería una carrera contra el reloj, limitada a cada paso por las realidades de la masa y la distancia, la entropía y la inercia. Era muy simple: al mundo físico no se le podía ordenar cambiar; se le podía manipular, pacientemente, paso a paso... no era como un panorama sino más bien como una demostración matemática.

    Mientras se acercaban, las nubes oscuras y bajas cubrían la ciudad. En la avenida principal la gente se detuvo para contemplar la llegada de los robots con su escolta, pero las multitudes parecían extrañamente letárgicas bajo la luz sin sombra. Yatima veía que tenían las ropas húmedas, con los rostros relucientes por el sudor. La piel del gleisner le indicó la temperatura ambiente y la humedad: cuarenta y cinco grados centígrados y noventa y tres por ciento. Buscó en la biblioteca; habitualmente no se consideraban agradables, y podrían tener consecuencias metabólicas y de comportamiento, dependiendo de la adaptación concreta de cada exuberante.

    Algunas personas les saludaron y una mujer llegó hasta el extremo de preguntarles por qué habían regresado. Yatima vaciló y Francesca intervino.

    —Los emisarios pronto hablarán a una convocación. Entonces todos lo sabrán.

    Los llevaron hasta un enorme edificio bajo y cilindrico cerca dei centro de la ciudad, y los guiaron por un pasillo hasta una habitación dominada por una enorme mesa de madera. Francesca los dejó con los tres guardias —era imposible considerarlos otra cosa— diciendo que volvería en una o dos horas. Yatima estuvo a punto de protestar, pero entonces recordó que Orlando había dicho que llevaría dias reunir a todos los enlazadores. Organizar una convocación planetaria en una hora —para hablar sobre las afirmaciones de dos supuestos, pero posiblemente fraudulentos, ciudadanos de Konishi al respecto de una amenaza para la vida en la Tierra— seria un importante logro diplomático.

    Se sentaron a un lado de una larga mesa. Los guardias siguieron de pie y el silencio se volvió tenso. Habían escuchado toda la conversación sobre Lacerta, pero Yatima no tenía claro qué habían entendido.

    Después de un rato, el hombre preguntó nervioso:

    —Dijisteis algo de radiación desde el espacio. ¿Es el comienzo de una guerra?

    Inoshiro fue firme:

    —No. Es un proceso natural. Probablemente ya pasase antes en la Tierra, hace cientos de millones de años. Quizá muchas veces. —Yatima se contuvo para no añadir:Sólo que nunca tan cerca, con tal intensidad.
    —Pero ias estrellas se están acercando más rápido de lo que deberían. ¿Cómo sabéis que no las están usando como arma?
    —Están acercándose más rápido de lo que creían los astrónomos. Así que los astrónomos se equivocaban, se confundieron con la física. Eso es todo.

    El hombre no parecía estar convencido. Yatima intentó imaginarse a una especie extraterrestre con la moralidad retrasada necesaria para la guerra y con capacidad tecnológica para manipular estrellas de neutrones. Era una idea profundamente inquietante, pero tan probable como el virus de la gripe inventando la bomba atómica.

    Los tres enlazadores hablaron juntos en voz baja, pero el hombre se siguió mostrando muy agitado. Yatima dijo para tranquilizarle:

    —Pase lo que pase, siempre seréis bien recibidos en Konishi. Vengáis de donde vengáis.

    El hombre rió, como si lo dudase.

    Yatima alzó la mano derecha, mostrando el índice.

    —No, es cierto. Hemos traído algo de nanoware Introdus...

    Inoshiro le envió etiquetas de advertencia incluso antes de que la expresión del hombre cambiase. Se echó hacia delante y agarró la mano de Yatima por la muñeca, para luego golpearla contra la mesa. Gritó:

    —¡Traed un soplete! ¡Algo para cortar! —Uno de las guardias salióde la habitación; el otro se acercó con cautela.

    Inoshiro habló con tranquilidad:

    —Jamás lo usaríamos sin permiso. Queríamos estar preparados para ofrecer la migración si las cosas se ponían mal. El hombre alzó el puño libre.
    —¡Mantente lejos! —Le caía sudor de la cara; Yatima no se resistía en absoluto, pero la piel del gleisner informaba de que el hombre apretaba con fuerza, como si se estuviese peleando con un oponente monstruoso.

    Le habló a Yatima, sin apartar la vista de Inoshiro.

    —¿Qué va a pasar realmente? ¡Dímelo! ¿Los gleisners detonarán sus bombas espaciales para que nosotros entremos pacíficamente en vuestras máquinas?
    —Los gleisners no tienen bombas. Y os respetan más a vosotros de lo que nos respetan a nosotros; lo último que querrían es obligar a los carnosos a entrar en las polis. —Ya antes se habían enfrentando a extraños malentendidos, pero nada que alcanzase este nivel de paranoia.

    La mujer volvió, cargando con una máquina pequeña con una barra metálica en forma de semicírculo saliendo de un extremo. Tocó un control y apareció un arco de plasma azul, uniendo las puntas de la barra. Yatima dio instrucciones al nanoware para que fuera retirándose por los conductos del sistema de reparación, para volver al torso. El hombre apretó todavía con más fuerza, la mujer se aproximó y se puso a cortar el miembro. por encima del codo.

    Yatima no malgastó la energía del nanoware haciendo preguntas sobre su estado; se limitó a esperar a que pasase la extraña experiencia. El interfaz no sabía cómo interpretar los informes de daños del hardware gleisner... y se negó a acceder al símbolo de Yatima y ejecutar una cirugía similar. Cuando el arco de plasma llegó al otro lado y el hombre retiró el brazo robótico cortado, la parte correspondiente del icono de Yatima se quedó mentalmente colgando del muñón... una especie de presencia fantasmal, sólo medio liberada del bucle de retroalimentación de la corporeidad.

    Cuando se atrevió a comprobarlo, quince dosis del nanoware Introdus habían logrado salvarse. El resto se había perdido o había quedado dañado sin posibilidad de reparación.

    Yatima miró al hombre a los ojos y dijo con furia:

    —Vinimos en paz; jamás habríamos violado vuestra autonomía. Pero ahora habéis limitado las posibilidades de elección de los demás.

    Sin decir una palabra, el hombre colocó la sierra de plasma en el borde de la mesa y se dedicó a pasar el brazo gleisner por el arco, reduciendo la delicada maquinaría a escoria y humo.

    Cuando Francesca regresó, se mostró igualmente conmocionada cuando los guardias le dijeron que habían traído nanoware al enclave y por el método bastando poco diplomático y ad hoc que habían empleado por resolver la situación.

    Según el tratado de 2190, deberían a haber expulsado a Yatima y a Inoshiro inmediatamente de Atlanta, pero Francesca estaba dispuesta a relajar un poco las reglas y permitirles hablar a la convocación... y para sorpresa de Yatima, los guardias estuvieron de acuerdo. Aparentemente creían que un interrogatorio público por parte de los carnosos reunidos seria la mejor forma de dejar al descubierto la conspiración gleisner-Konishi.

    Mientras recorrían el pasillo hacia la Sala de Convocación, Inoshiro dijo por IR:

    —No todos pueden ser así. Recuerda a Orlando y Liana.
    —Yo recuerdo a Orlando despotricando contra los malvados gleisners y sus planes horribles.
    —Y yo recuerdo a Liana corrigiéndole.

    La Sala de Convocación era un enorme espacio cilindrico, aproximadamente de la misma forma que el propio edificio. Filas concéntricas de asientos convergían sobre un escenario circular... y había como unos mil enlazadores sentados. Detrás de los asientos, y por encima, gigantescas pantallas de pared mostraban las imágenes de representantes de otros enclaves. Yatima pudo distinguir fácilmente a los exuberantes aviares y anfibios, pero no tenía duda de que la apariencia sin modificar de los demás ocultaba una variedad todavía mayor.

    No estaban presentes los monos soñadores.

    Los guardias se quedaron atrás mientras Francesca los guiaba al escenario. Estaba dividido en tres zonas; nueve enlazadores ocupaban la zona más interna, mirando al público, y tres ocupaban la segunda.

    —Son vuestros traductores —explicó Francesca—. Parad después de cada frase y esperad a que terminen. —Señaló una ligera hendidura en el escenario, en el mismo centro—. Poneos ahí para que os oigan; en cualquier otro lugar seréis inaudibles, [is—'Yatima ya se había dado cuenta de que la acústica era muy Séuriosa... habían atravesado excesos y ausencias de ruido de Lfondo, y la intensidad de la voz de Francesca había fluctuado de forma extraña. Del techo colgaban complejos espejos y baffles acústicos, y la piel del gleisner informaba de súbitos gradientes de presión del aire que se debían con toda probabilidad a algún tipo de barreras o lentes.

    Francesca ocupó el centro del escenario y se dirigió a la convocación.

    —Mi nombre es Francesca Canetti, de Atlanta. Creo que os presento a Yatima e Inoshiro de la polis Konishi. Afirman traer noticias muy graves y si son ciertas nos conciernen a todos. Os pido que les escuchéis con atención y les interroguéis en profundidad.

    Se hizo a un lado. Inoshiro murmuró por IR:

    —Muy cortés por su parte inspirar esa confianza en nosotros.

    Inoshiro repitió lo que le había contado a Francesca sobre Lacerta G-l en la selva, deteniéndose para los traductores y aclarando algunos términos en respuesta a sus peticiones. El grupo interior de tres traductores fue el primero en hablar, para que luego los otros nueve ofrecieran sus versiones; incluso con la acústica ajustada para que algunos de ellos hablasen simultáneamente, fue dolorosamente lento. Yatima comprendía que automatizar el proceso iría contra toda la cultura carnosa, pero aun así deberían tener medios de comunicación más eficientes en caso de emergencia. O quizá los tenían, pero sólo para un conjunto predeterminado de desastres naturales.

    Mientras Inoshiro se ponía a describir los efectos previstos sobre la Tierra, Yatima intentó evaluar el estado del público. El gestalt carnoso, limitado por la anatomía, era mucho más apagado que las versiones de la polis, pero le pareció apreciar un número creciente de caras que manifestaban consternación. No era un cambio dramático recorriendo el salón, pero decidió que era mejor interpretarlo con optimismo: cualquier reacción era mejor que el pánico.

    Francesca moderó las respuestas. La primera fue del representante de un enclave de estáticos; habló en un dialecto del inglés, así que el interfaz pasó el lenguaje a la mente de Yatima.

    —No tenéis vergüenza. No esperamos honor de simulacros de sombras de los cobardes que se fueron, ¿pero jamás renunciaréis a intentar eliminar de la faz de la Tierra los últimos restos de vitalidad? —El estático rió sin humor—. ¿Realmente creíais que podríais asustarnos con ese cuento risible de «quarks» y «rayos gamma» lloviendo del cielo y que luego entraríamos mansamente en vuestro paraíso virtual? Los humanos somos criaturas caídas; jamás nos arrastraremos sobre los vientres para entrar en vuestro falso Jardin del Edén. Os los diré ahora: siempre habrá carne, siempre habrá pecado, siempre habrán sueños y locura, guerra y hambre, tortura y esclavitud.

    Incluso con el injerto lingüístico, Yatima comprendió muy poco de la parrafada, y la traducción a Romano Moderno le resultó igualmente opaca, Recurrió a la biblioteca para obtener aclaraciones; la mitad del discurso parecía consistir en referencias a una familia virulenta de replicadores teísticos palestinos.

    Consternado, le susurró a Francesca:

    —Pensaba que la religión había desparecido hacía tiempo, incluso entre los estáticos.
    —Dios ha muerto, pero las tonterías persisten. —Yatima no tuvo ánimos para preguntar si la tortura y la esclavitud persistían, pero Francesca aparentemente le leyó la cara y añadió—: Incluyendo una retórica muy confusa con respecto al libre albedrío. La mayoría de los estáticos no son violentos, pero consideran que la posibilidad de atrocidades es esencial para la virtud... lo que los filósofos llamaban la «la falacia de la Naranja mecánica». Por tanto, a sus ojos, la autonomía hace que las polis resulten una especie de infierno amoral, disfrazado de Edén.

    Inoshiro se esforzó por responder, en inglés.

    —No pedimos que entréis en las polis si no lo deseáis. Y no mentimos para asustaros; sólo queremos que estéis preparados.

    El estático sonrió serenamente.

    —Siempre estamos preparados. Éste es nuestro mundo, no el vuestro; comprendemos sus peligros.

    Inoshiro se puso a hablar de refugios, agua fresca y opciones viables para disponer de comida. El estático interrumpió, riendo con fuerza.

    —El insulto final ha sido escoger el milenio. Una superstición para niños confundidos.

    Inoshiro quedó perplejo.

    —¡Pero todavía falta un gigatau!
    —Lo suficientemente cerca como para que el desprecio sea evidente. —El estático se inclinó con burla y su imagen desapareció.

    Yatima miró a la pantalla en blanco, no queriendo aceptar lo que daba a entender. Le preguntó a Francesca:

    —¿El resto de su enclave habrá oído lo que ha dicho Inoshiro?
    —Algunos, casi con toda seguridad.
    —¿Y podrán decidir seguir escuchando?
    —Por supuesto. Nadie censura la red.

    Por tanto, había esperanza. Los estáticos no estaban perdidos del todo, al contrario que los monos soñadores.

    La siguiente respuesta vino de una mujer exuberante que no mostraba ninguna modificación, hablando en una lengua que la biblioteca desconocía. Cuando llegó la traducción, resultó que solicitaba detalles del proceso que se suponía robaba el momento angular a las estrellas de neutrones.

    Inoshiro había insertado en su mente amplios conocimientos de la Teoría de Kozuch, y no tuvo problemas para responder; Yatima, habiendo querido mantener su frescura para las Minas, comprendía algo menos. Pero sabía que los cálculos informáticos que relacionaban las ecuaciones de Kozuch con la dinámica de las estrellas de neutrones eran intratablemente difíciles, y que había sido sobre todo un proceso de eliminación el que había dejado a la polarización como la teoría más plausible.

    La exuberante prestó atención con calma; Yatima no sabía si se trataba de simple cortesía o una señal de que alguien finalmente les tomaba en serio. Una vez que terminaron los traductores más externos, la exuberante realizó un comentario.

    —Con unas fuerzas de marea tan reducidas, haría falta muchas veces la edad del universo para que el estado de polarización acelerada atravesase la barrera de energía y dominase el estado de confinamiento. La polarización no puede ser la causa. —Yatima sintió asombro. ¿Era una afirmación confiada pero equivocada, o un fallo de traducción, o la exuberante poseía una razón matemática sólida para decirlo?—. Sin embargo, aceptamos que las observaciones no dejan lugar a duda. Las estrellas de neutrones chocarán, el destello de rayos gamma se producirá. Organizaremos los preparativos.

    Yatima deseó que la mujer pudiese decir más, pero con doce traductores implicados, una discusión prolongada hubiese llevado días Y finalmente habían logrado una pequeña victoria, así que la saboreó; la autopsia de la física de las estrellas de neutrones podía esperar.

    Mientras Francesca escogía al siguiente interlocutor, varias personas del público se pusieron en pie y salieron. Yatima decidió considerarlo una buena señal: incluso si no se habían convencido por completo, podían iniciar medidas protectoras que salvarían cientos o miles de vidas.

    Con extensos injertos mentales y la biblioteca a su disposición, Inoshiro respondió con facilidad a las preguntas técnicas. Cuando el exuberante anfibio preguntó por los daños que los ultravioleta producirían en el plancton y los cambios de pH en las aguas superficiales de los océanos, pudo citar un modelo de Carter-Zimmerman. Cuando un enlazador del público preguntó sobre la Habilidad de TERAGO, Inoshiro explicó que el cruce de alguna otra fuente no podía ser la causa de las ondas aceleradas de las estrellas de neutrones. Desde las sutilezas de la fotoquímica en la estratosfera hasta la posibilidad de que el inminente agujero negro de Lacerta se formase a la velocidad suficiente como para tragarse los rayos gamma y salvar la Tierra, Inoshiro respondió a casi toda las objeciones que hubiesen podido hacer que la necesidad de actuar fuese menos perentoria.

    Yatima sentía una admiración incómoda. Pragmáticamente Inoshiro se había convertido en exactamente lo que exigía la crisis, insertándose todos esos conocimientos de segunda mano sin considerar los efectos sobre su personalidad. Probablemente después decidiría eliminar la mayor parte; a Yatima le sonaba a desmembramiento, pero Inoshiro parecía considerar la idea menos traumática que la operación de ab andoiicir sus cuerpos gleisner.

    Los representantes de la mayoría de los enclaves fueron despidiéndose; algunos claramente convencidos, otros claramente no, algunos sin ofrecer ninguna señal que Yatima pudiese descifrar. Y más enlazadores abandonaron el salón, pero otros ocuparon su lugar, y algunos residentes de Atlanta plantearon preguntas desde sus casas.

    Los tres guardias se habían sentado entre el público y habían permitido que el debate se desarrollase, pero ahora la mujer que había cortado el brazo de Yatima perdió al fin la paciencia y se puso en pie de un salto.

    —¡Trajeron nanoware Introdus a la ciudad! ¡Tuvimos que cortar el arma de su cuerpo o a estas alturas ya la habrían usado! —Señaló a Yatima—. ¿Lo niegas?

    Los enlazadores respondieron a la acusación como Yatima había esperado que recibiesen la noticia del estaiíido: con una protesta audible, movimientos corporales agitados y algunas personas poniéndose en pie para gritar insultos al estrado.

    Yatima ocupó el lugar de Inoshiro en el foco acústico.

    —Es cierto que traje el nanoware, pero sólo lo hubiese usado si se me solicitaba. El portal más cercano está a mil kilómetros de distancia; sólo deseábamos ofrecer la posibilidad de emigrar sin tener que realizar ese largo viaje.

    No hubo respuesta coherente, simplemente más gritos. Yatima miró a los cientos de carnosos furiosos e hizo lo posible por comprender su hostilidad; no todos podían ser tan paranoicos como los guardias. Lacerta en sí era un golpe demoledor, en el mejorde los casos una promesa de décadas de penalidades... pero quizá hablar de la «posibilidad de emigrar» fuese peor. Lacerta sólopodía hacerles iralas polis si los aplastaba contra el suelo; quizá la idea de seguir el Introdus no resultaba tanto una bien recibidavía de escape, una forma de engañarala muerte, sino másbien una forma humillante de hacer que los carnosos presenciasen su propia aniquilación.

    Yatima alzó la voz para garantizar que los traductores pudiesen oír.

    —Nos equivocamos al traer el nanoware... pero somos extranjeros, y actuamos por ignorancia, no malicia. Respetamos vuestro coraje y tenacidad, admiramos vuestras habilidades... y sólo pedimos permanecer a vuestro lado y ayudaros a luchar para seguir viviendo como habéis escogido vivir:en la carne.

    Lo cual pareció dividir al público; algunos respondieron con gritos de desprecio, algunos con calma renovada e incluso entusiasmo. Yatima sentía como si jugase a un juego que apenas comprendía, con un riesgo que apenas se atrevía a considerar. Ninguno de lo dos había estado preparado para la tarea. En Konishi, el acto más estúpido apenas dañaría el orgullo de otro ciudadano; aquí y ahora, algunas palabras mal escogidas podían costar miles de vidas.

    Un enlazador dijo unas palabras que se tradujeron como: —¿Juras no tener más nanoware Introdus... y que no fabricarás más?

    La pregunta provocó el silencio en la sala. Los enlazadores, en su diversidad, tenían a alguien que sabía cómo funcionaba un cuerpo gleisner. Los guardias miraron a Yatima con furia, como si les hubiese engañado simplemente por no confesar la existencia de esas posibilidades.

    —No tengo más y no fabricaré más. —Extendió los brazos, como si les mostrase el fantasma inocente que surgía del muñón, incapaz de tocar su mundo.

    La convocación se prolongó hasta la noche. La gente venía y se iba, algunas personas se iban en grupos para coordinar los preparativos, algunos regresaban con más preguntas. De madrugada, los tres guardias conminaron a la reunión a expulsar a Yatima e Inoshiro inmediatamente de Atlanta; se fueron al perder la votación.

    Al amanecer, la mayoría de los enlazadores y representantes de muchos enclaves parecían haberse convencido, al menos hasta el punto en el que aceptaban que el equilibrio de probabilidades hacia que valiese la pena arriesgarse a malgastar recursos en precauciones innecesarias. A las siete en punto, Francesca le dijo al segundo turno de traductores que fuese a descansar; el salón no estaba del todo vacío, pero las pocas personas que quedaban se encontraban absortas en sus propias discusiones urgentes y las pantallas se habían apagado.

    Uno de los enlazadores había propuesto encontrar la forma de conseguir tener los datos de TERAGO en la red de comunicación de los carnosos. Francesca los llevó al centro de comunicaciones de Atlanta —una estancia enorme en el mismo edificio— y trabajaron con el ingeniero de guardia para establecer un enlace con la Coalición por medio de los zánganos. La parte más complicada parecía ser traducir las etiquetas gestalt a un equivalente audiovisual adecuado, pero resultó que en la biblioteca había una herramienta de varios cientos de años de antigüedad que se ocupaba exactamente de eso.

    Cuando todo estuvo en marcha, el ingeniero mostró una gráfica de las ondas gravitatorias de Lacerta y una imagen anotada de la órbita de las estrellas de neutrones en dos grandes pantallas situadas sobre la consola: versiones reducidas de los complejos panoramas polis ejecutándose como imágenes planas y enmarcadas. Comparadas con la linea base histórica, las ondas habían duplicado su frecuencia y su potencia se habían multiplicado por diez. G-lay G-lb se encontraban todavía a unos 300.000 kilómetros de distancia, pero la tendencia seguía implicando una caída súbita y total a eso de las 20:00 TU —dos de la tarde de la hora local— y ahora cualquier carnoso del planeta con unos mínimos recursos informáticos podía tomar los datos en bruto y confirmarlo. Claro está, podría ser que los datos fuesen falsos, pero aun asi Yatima sospechaba que serían más convincentes que su palabra, o la de Inoshiro, por sí sola.

    —Voy a tener que descansar unas horas, —Francesca ahora miraba fijo y hablaba monótonamente; estaba claro que su escepticismo sobre el estallido había desaparecido hacía tiempo, pero no había manifestado ninguna emoción, y había hecho que la convocación se desarrollase hasta el final. Yatima deseaba poder confortarla, pero su único regalo posible era ponzoñoso, innombrable—. No sé qué queréis hacer ahora.

    Tampoco Yatima lo sabía, pero Inoshiro dijo:

    —¿Puedes llevarnos a casa de Liana y Orlando?

    En el exterior, la gente construía pasos cubiertos entre los edificios, transportaba sacos y barriles de comida a los almacenes, cavaba trincheras y encajaba tuberías, tendiendo lonas para crear nuevos pasillos de sombras. Yatima esperaba que hubiesen comprendido el mensaje de que incluso los ultravioletas reflejados pronto podrían quemar o cegar; algunos de los enlazadores que trabajaban bajo el calor tenían los miembros o el torso desnudos, y cada centímetro cuadrado de piel parecía radiar vulnerabilidad. El cielo estaba más oscuro que nunca, pero incluso la nube más espesa sería un escudo débil e inconstante.

    Los cultivos plantados podían darse por muertos; la supervivencia a medio plazo dependería de la capacidad de diseñar, crear, plantar y cosechar nuevas especies viables antes de que se agotasen las reservas actuales. También estaba el asunto de la energía; Atlanta obtenía su energía de plantas fotovoltaicas ajustadas a las ventanas espectrales de la atmósfera actual. Los botánicos de Carter-Zimmerman ya habían ofrecido algunas propuestas iniciales; Inoshiro había bosquejado los detalles durante la convocación; y ahora estaban disponibles al completo de forma digital. Sin duda los carnosos los considerarían obra de teóricos diletantes atados a sus modelos del mundo, pero eran mejor que nada como puntos de inicio para experimentar.

    Llegaron a la casa. Orlando parecía cansado y distraído, pero los recibió con cariño. Francesca se fue y los tres se sentaron en el salón.

    Orlando dijo:

    —Liana duerme. Una infección de riñon, algo vírico. —Miró al espacio que les separaba—•. El ARN nunca duerme. Pero se pondrá bien. Le conté que habíais vuelto. Se alegró.
    —Quizá Liana pueda diseñaros corneas y piel nuevas — propuso Yatima. Orlando emitió un sonido cortés de acuerdo.

    Inoshiro dijo:

    —Los dos deberíais venir con nosotros.
    —¿Disculpa? —Orlando se frotó los ojos inyectados en sangre.
    —A Konishi.

    Yatima se volvió con horror hacia Inoshiro; le había contado lo del nanoware superviviente, pero después de la reacción experimentada hasta ahora, decir eso era una locura.

    Inoshiro siguió hablando con tranquilidad.

    —No tenéis que pasar por nada de esto. El miedo, la incertidumbre. ¿Y si las cosas se ponen mal y Liana sigue enferma? ¿Y si no podéis viajar hasta el portal? Le debes pensar en esa posibilidad ahora.

    Orlando no miró a Inoshiro ni respondió. Después de un momentó, Yatima se dio cuenta de que las lágrimas le corrían por la barba', apenas visibles por la capa de sudor. Orlando se cogió la cabeza entre las manos y dijo:

    —Lo superaremos.

    Inoshiro se puso en pie.

    —Creo que deberías preguntarle a Liana.

    Orlando levantó lentamente la cabeza; parecía más sorprendido que furioso.

    —¡Duerme!
    —¿No te parece que esto es bastante importante como para despertarla? ¿No te parece que tiene derecho a escoger?
    —Está enferma y duerme, y no voy a hacerla pasar por esto. ¿Vale? ¿Lo comprendes? —Orlando examinó el rostro de Inoshiro; éste le miró con vacilación. Yatima de pronto se sintió más desconcertado que en cualquier momento después de que se hubiesen despertado en la jungla.

    Orlando dijo:

    —Y ella ni siquiera se ha enterado de una mierda. —En la última palabra su voz cambió radicalmente. Crispó los puños y dijo con furia—: ¿Qué queréis? ¿Por qué hacéis esto? Miró los rasgos inexpresivos y grises de Inoshiro, y de pronto se echó a reir. Se quedó sentado haciendo muecas y riendo con furia, limpiándose los ojos con el dorso de la mano, intentando recuperar la compostura. Inoshiro no dijo nada.

    Orlando se levantó de la silla.

    —Vale. Subid. Le preguntaremos a Liana, le dejaremos elegir. —Fue a las escaleras—. ¿Vienes?

    Inoshiro le siguió. Yatima se quedó donde estaba.

    Pudo distinguir tres voces, pero no las palabras. No se oían gritos, pero si había varios silencios largos. Después de quince minutos, Inoshiro bajó las escaleras y salió directamente a la calle.

    Yatima esperó a que volviese Orlando.

    Il le dijo:

    —Lo siento.

    Orlando levantó las manos, las dejó caer, rechazándolo todo. Parecía más firme, más decidido que antes.

    —Debo ir en busca de Inoshiro.
    —Si. —Orlando avanzó de pronto y Yatima se echó atrás, esperando violencia.¿Cuándo había aprendido a sentir ese miedo? Pero Orlando se limitó a tocarle el hombro y decir—: Deséanos suerte.

    Yatima asintió y retrocedió.

    —Os la deseo.

    Yatimaentrevio a Inoshiro cerca del límite de la ciudad.

    —Más despacio!

    Inoshiro se volvió para mirar a Yatima, pero siguió avanzando.

    —Hemos cumplido lo que vinimos a hacer. Me voy a casa.

    Podría haber vuelto a Konishi desde cualquier lugar; no era necesario abandonar el enclave. Yatima deseó que su punto de vista avanzase más rápido y el interfaz cambió el paso del cuerpo a un modo diferente. Alcanzó a Inoshiro en el camino entre campos.

    —¿Qué temes? ¿Quedarte varado? —Cuando la ráfaga llegase, parte de la atmósfera superior se convertiría en plasma, así que los satélites de comunicación tendrían problemas durante un tiempo—. Tendremos preaviso de TERAGO con tiempo suficiente para enviar instantáneas. —¿Y luego? Los enlazadores más hostiles podrían llegar al extremo de matar a los mensajeros, una vez que la realidad posterior a Lacerta quedase clara, pero si llegaba a darse el caso, siempre podían borrar sus illos locales antes de que las cosas se pusiesen muy desagradables.

    Inoshiro frunció el ceño.

    —No tengo miedo. Pero hemos transmitido la advertencia. Hemos hablado con todos los dispuestos a escucharnos. Quedarse más tiempo es puro voyeurismo.

    Yatima lo consideró seriamente.

    —No es cierto. Somos demasiado torpes para ayudar como obreros, pero después de la ráfaga seremos los únicos con inmunidad garantizada a los rayos ultravioletas. Vale, se pueden cubrir, protegerse los ojos, nada es imposible si lo hacen con cuidado. Pero dos robots construidos para la luz solar sin filtrar podrían ser útiles.

    Inoshiro no respondió. Sombras de bordes difusos se pusieron a correr por los campos, proyectadas por filamentos negros de nubes que pasaban bajas. Yatima miró a la ciudad; las nubes se iban acumulando en estructuras como si fuesen puños oscuros. La lluvia podría venir bien; enfriar el lugar, obligar a la gente a quedarse dentro, atenuar los primeros haces ultravioletas. Siempre que no los ocultase tanto que los enlazadores se volvieran complacientes.

    —Creía que Liana entendería. —Inoshiro rió con amargura—. Quizá lo hizo. —¿Comprender qué?

    Inoshiro agitó la cabeza. Resultaba extraño volver a verle en ese cuerpo robótico, que se parecía más a la imagen mental duradera que de il tenía Yatima que su icono real en Konishi.

    —Quédate y ayuda, Inoshiro. Por favor. Eres el único que se acordó de los enlazadores. Tú eres el que me avergonzaste para que viniese.

    Inoshiro miró oblicuamente a Yatima.

    —¿Sabes por qué te di el nanoware Introdus? Podríamos haber intercambiado las tareas, tú podrías haberte ocupado de fabricar los zánganos.

    Yatima se encogió de hombros.

    —¿Por qué?
    —Porque a estas alturas lo hubiese usado todo. Le hubiese disparado a todos los enlazadores que hubiese podido. Los hubiese reunido a todos y me los hubiese llevado, quisieran o no.

    Inoshiro siguió caminando sobre el llano camino de tierra. Yatima se quedó inmóvil y le observó durante un rato, para luego volver a la ciudad.

    Yatima vagó por las calles y parques de Atlanta, ofreciendo información cuando se atrevía, aproximándose a cualquiera que no esiuviese trabajando a menos que aparentase ser abiertamente hostil. Incluso sin contar con traductores oficiales, il descubrió que podía comunicarse con pequeños grupos de personas, con todos colaborando para compensar los huecos.

    Un incomprensible «¿Cuáles son los límites de la pureza?» se convirtió en «¿Se puede confiar en el cielo?», con el hablante mirando a las nubes... que se convirtió en «Si hoy llueve, ¿nos quemará?"

    —No. La acidez tardará meses en aumentar; a los óxidos de nitrógeno les llevará mucho tiempo difundirse desde la estratosfera.

    Las respuestas traducidas en ocasiones daban la impresión de haber recorrido una cinta de Moebiusy haber salido invertidas, pero Yatima se aferró a la esperanza de que no todo el sentido se evaporaba por el camino, de que «arriba* no se convertía en «abajo».

    A mediodía, la ciudad parecía abandonada, O sitiada, con todos ocultándose. Liiego vio a varias personas trabaj ando cu un enlace entre dos edificio, e incluso bajo los cuarenta grados de temperatura vestían ropas de mangas largas, guantes y máscaras de soldar. Yatima sintió ánimos por esas preocupaciones, pero il casi podia sentir el peso aplastante y claustrofóbico de sus protecciones. Pistaba claro que los enlazadores conservaban una aceptación evolutiva de las limitaciones del cuerpo, pero daba la impresión de que la mitad del placer de ser carne provenía de luchar contra los límites de la biología y el resto de minimizar el resto de limitaciones. Quizá el más loco de los estáticos masoquistas se deleitaría en todos los obstáculos e incomodidades que Lacerta les impondría, emocionándose con «el mundo real de dolor y éxtasis» mientras los ultravioletas lo despellejaban, pero para la mayoría de los carnosos no haría más que reducir el tipo de libertad que hacía que valiese la pena escoger la carne.

    En el parque había un asiento colgando de cuerdas atadas aun bastidor; Yatima recordaba, hacía una eternidad, haber visto gente sentada, balanceándose de adelante hacia atrás. Logró sentarse sin caer, agarrándose con fuerza a una cuerda empleando la mano que le quedaba. Pero cuando intentó que le interfaz pusiese el péndulo en movimiento, no pasó nada. El software no sabía cómo hacerlo.

    A la una en punto, las ondas de Lacerta habían incrementado en cien veces su potencia anterior. Ya no tenía sentido esperar a que llegasen datos de dos o tres detectores dispersos de TERAGO para eliminar interferencias de otras fuentes; ahora la información provenía directamente de Bullialdus en tiempo real, y el pulso acelerado de Lac G-l era lo suficientemente potente para ahogar cualquier otra fuente del cielo. Las ondas estaban visiblemente cambiando con rapidez de frecuencia, cada una claramente más estrecha que su predecesora; los dos últimos picos estaban separados por quince minutos, lo que indicaba que las estrellas de neutrones habían cruzado el límite de los 200.000 kilómetros. En una hora la separación se habría reducido a la mitad, y luego desaparecería a los pocos minutos. Yatima se había aferrado a la tenue esperanza de un cambio de dinámica, pero la extrapolación de los gleisners que predecía un aumento cada vez mayor se había demostrado acertada.

    El asiento se agitó. Un niño medio desnudo estaba tirando de un lado, intentando llamar su atención. Yatima miró, sin hablar, deseando poder envolver la piel expuesta del niño con su cuerpo invulnerable de polímero. Buscó un adulto en la zona de juegos desierta; no había nadie.

    Yatima se puso en pie. El niño de pronto se echó a llorar y a gritar. Il se sentó, se puso en pie, intentó coger al niño con su brazo, fracasó. El niño golpeó el sitio vacío con los puños. Yatima obedeció.

    El niño se le subió al regazo. Yatima miró nerviosamente al panorama TERAGO. El niño estiró los brazos y agarró las cuerdas para luego echarse atrás un poco, Yatima imitó el movimiento y el asiento respondió. El niño se inclinó hacia delante' Yatima lo imitó.

    Se columpiaron juntos, cada vez más alto, el niño gritaba de alegría, Yatima oscilando entre el terror y la alegría. Cayeron algunas gotas de agua y luego las nubes alrededor del sol se redujeron y acabaron desapareciendo.

    La súbita claridad de la luz fue espeluznante. Mirando a toda la zona de juegos iluminada por el sol —usando un punto de vista que al fin se deslizaba suavemente a través de este mundo— Yatima sintió una súbita oleada de esperanza. Era como si la semilla mental Konishi todavía contuviese el conocimiento intuitivo de que, con el tiempo, incluso la tormenta más terrible acaba dispersándose, la noche más larga siempre acababa en el amanecer, el invierno más duro siempre quedaría mitigado por la primavera. Todos los rigores que la Tierra imponía sobre sus habitantes estaban limitados, eran cíclicos, eran superables. Toda criatura nacida de carne contenía los genes de un antepasado que había superado los castigos más duros que este mundo podía imponer.

    Ya no. Ahora el que la luz del sol atravesase las nubes era una mentira. Todo instinto que proclamaba que el futuro no podía ser peor que el peor pasado estaba obsoleto. Y hacía tiempo que Yalima había comprendido que, fuera de las polis, el universo era caprichoso c injusto. Pero eso nunca antes le había importado. Nunca le había afectado.

    No confiaba ser capaz de detener el columpio con seguridad, así que optó por la inmovilidad y permitir que el movimiento muriese por si mismo, haciendo caso omiso de las quejas del niño. Luego il lo llevó gritando hasta el edificio más cercano, donde alguien parecía saber a quién pertenecía y se lo llevó con furia.

    Las nubes tormentosas se habían cerrado de nuevo. Yatima volvió al parque y se quedó inmóvil, observando el cielo, esperando conocer los nuevos límites de la oscuridad.

    Las estrellas de neutrones ejecutaron su última órbita completa en menos de cinco minutos, a 100.000 kilómetros de distancia y cayendo en una espiral cada vez mayor. Yatima sabía que presenciaba los últimos momentos de un proceso que había llevado cinco mil millones de años, pero que a escala cósmica eran tan común y poco importante como la muerte de una efímera. Cinco veces al día ios observatorios de rayos gamma recibían las firmas de acontecimientos similares en otras galaxias.

    Aun así, la gran edad de Lac G-l indicaba que las dos supernovas que habían dejado las estrellas de neutrones eran anterioresal Sistema Solar. Las supernovas enviaban ondas de choquerecorriendo las nubes circundantes de gas y polvo, provocando laformación de estrellas. Asi que no era inconcebible que G-laoG-lb hubiese creado el Sol, la Tierra y los planetas. Yatima deseó que se le hubiese ocurrido cuando Inoshiro hablaba con los estáticos; haber bautizado las estrellas de neutrones como ►Brahma»y «Shiva» podría haber ofrecido las resonancias míticas adecuadas para poder penetrar el estupor mítico de los estáticos. Esa metáfora vacua podría haber salvado algunas vidas. Aparte deeso, ya fuese Lacerta la dadora de vida que estaba a punto de mostrar la mano que retira, osise preparaba para descargar rayos gamma sobre los hijos accidentales de otra estrella muerta, de un modo u otro, las heridas serían igualmente dolorosas, y carecerían igualmente de sentido.

    La señal de Bullialdus subió, alcanzó diez mil veces el nivel anterior y luego se precipitó. En el panorama orbital, los dos brazos de la espiral interna se retorcieron para producir un alineamiento radial perfecto, y los conos estrechos de incertidumbre proyectados desde cada brazodela órbita se contrajeron y fusionaron formando un único túnel translúcido. Cada estrella de neutrones era un blanco microscópico para la otra, asi que no era inconcebible una sucesión de pasos cercanos ofreciendo cinco o diez minutos adicionales de alivio, pero el veredicto final era que todo movimiento IcitvJi si íia. bíadesDarecidodentro de los límites mensurables. Las estrellas de neutrones se unirían a la primera.

    Dentro de veintiún segundos.

    Yatima oyó una voz aullando de angustia. Apartó la vista del panorama y recorrió el parque de juegos con la vista robótica, abrigando la convicción durante un momento de que el niño carnoso había escapado de sus padres y había vuelto, de que los grupos de búsqueda habían salido tras él bajo el cielo amenazador. Pero la voz eran lejana y apagada, y no había nadie a la vista.

    Diez segundos.

    Cinco.

    Que todos los modelos se equivoquen: que el horizonte de sucesos se trague el estallido. Que los gleisners mientan, que hayan falseado los datos: que los carnosos más paranoicos tengan razón.

    Un resplandor, como una aurora, llenó el cielo, una compleja cortina reluciente de descargas rosadas y azules. Durante un momento Yatima se preguntó si las nubes habrían desaparecido, pero a medida que sus ojos se desaturaban y ajustaban su respuesta puedo ver que la luz las atravesaba. Las nubes formaban una tenue cubierta mugrienta, como manchurrones de suciedad en una ventana, mientras que patrones etéreos dibujados en blanco y verde luminosos bailaban tras ellas, delicados penachos y filigranas de gas ionizado siguiendo los flujos de corrientes de miles de millones de amperios.

    El cielo se oscureció y luego se puso a parpadear, destellando como a un kilohercio, Yatima instintivamente recurrió a la biblioteca de la polis, pero la conexión se había cortado; la estratosfera ionizada era opaca a las ondas de radio, ¿A qué se debe la oscilación? ¿Había una capa de neutrones en el exterior del agujero negro, resonando como una campana mientras se deslizaban hacia el olvido, modificando de un lado a otro por efecto Doppler los últimos rayos gamma?

    El parpadeo persistió durante demasiado tiempo como para que el estallido en sí fuese la causa. Si no eran los restos de Lac G-l los que vibraban, ¿qué lo hacia? Los rayos gamma habían depositado toda su energía muy por encima del suelo, rompiendo moléculas de nitrógeno y oxígeno para formar un plasma supercaliente, y los electrones e iones positivos del plasma tenían miles de millones de terajulios de los que deshacerse antes de poder recombinarse. La mayor parte de esa energía pasaría a cambios químicos, y estaba claro que una parte llegaba al suelo en forma de luz, pero las potentes corrientes que recorrían el plasma también generarían ondas de radio de baja frecuencia, que rebotarían entre la Tierra y la estratosfera ahora ionizada. Ésa era la fuente del parpadeo. Yatima recordó un análisis de C— Z que indicaba que bajo ciertas condiciones esas ondas podrían provocar muchos daños, aunque cualquier efecto estaría muy localizado y sería insignificante comparado con los problemas de los ultravioleta y el enfriamiento global.

    A medida que la luz auroral tras las nubes se desvanecía, una chispa blancoazulada recorrió el cielo, Yatima apenas la había registrado cuando una segunda descarga saltó entre la Tierra y las nubes. El trueno fue demasiado intenso para oírse; como mecanismo de autodefensa los sensores acústicos del gleisner se desactivaron.

    De pronto el cielo se oscureció, como si el Sol oculto sufriese un eclipse; el plasma debía haberse enfriado lo suficiente para empezar a formar óxidos de nitrógeno. Yatima comprobó las etiquetas de su piel; la temperatura había descendido desde los cuarenta y uno a los treinta y nueve, y seguía bajando. Otro rayo, cerca, y con el resplandor il vio una capa de nubes oscuras que el viento movía sobre su cabeza.

    En la hierba aparecieron ondulaciones, al principio simplemente aplastando las hojas, pero luego Yatima vio que entre ellas surgía el polvo. El aire llegaba en ráfaga potentes, y cuando aumentó la presión también aumentó la temperatura. Yatima alzó la mano al viento caliente e intentó sentirlo fluyendo entre los dedos, intentó entender cómo sería que te tocase esta extraña tormenta.

    Un rayo golpeó un edificio al otro extremo del parque; explotó, haciendo llover carbones encendidos. Yatima vaciló, para luego moverse rápidamente hacia la cáscara reventada. Cerca ardían varias zonas de hierba. No podía ver a nadie moviéndose dentro, pero entre los destellos de los rayos era como una noche sin estrellas, y mientras los carbones y los fuegos de la hierba saltaban, hubo un momento en que todo pareció cubierto de una oscuridad total. Yatima amplió la visión gleisner hasta el infrarrojo; entre los restos había zonas de radiación termal corporal, pero las formas resultaban ambiguas.

    En algún lugar la gente gritaba frenéticamente, pero no parecía provenir del edificio. El viento enmascaraba y distorsionaba los sonidos, confundiendo todas las indicaciones de distancia y dirección, y con las calles desiertas la sensación era la de encontrarse en un panorama con los sonidos de voces incorpóreas.

    Al aproximarse al edifico, agitado por el viento, Yatima vio que estaba vacío; las regiones de temperatura corporal no eran más que madera chamuscada. Luego volvió a perder el oído y el interfaz perdió el equilibrio. Cayó al suelo de cara con una imagen persistente en las retinas: su sombra extendida sobre la hierba, negra y destacada sobre un mar de luz azul. Cuando logro ponerse en pie y se giró, había más edificios chamuscados y humeantes, paredes rotas, techos caídos. Regresó corriendo al parque.

    Había gente saliendo a trompicones de las ruinas, herida y sangrando. Otros rebuscaban frenéticamente entre los restos. Yatima vio a un hombre medio enterrado en escombros, con los ojos abiertos pero inexpresivos, un trozo largo de madera negra tendido sobre su cuerpo de muslo a hombro. Se inclinó y agarró un extremo de la viga y logró levantarla y apartarla.

    Al agacharse junto al hombre, alguien se puso a golpearle la parte posterior de la cabeza y los hombros. Se volvió para ver qué pasaba y el carnoso se puso a gritar incoherentemente y a golpearle la cara. Todavía a gachas, se apartó torpemente del hombre herido, mientras otra persona intentaba apartar a su asaltante. Yatima se puso en pie y retrocedió. El carnoso le gritó:

    —¡Buitres! ¡Dejadnos en paz!

    En medio de la confusión y la decepción, Yatima huyó.

    A medida que la tormenta iba ganando en intensidad, las apresuradas modificaciones de los enlazadores iban desmoronándose; por las calles volaban las lonas revueltas y los techos de algunos pasos entre edificios se habían desprendido para caer al suelo. Yatima miró al cielo y cambió a ultravioleta. Sólo pudo distinguir el disco del Sol, penetrando fácilmente el NOx estratosférico en esas longitudes de onda, pero todavía oculto por la espesa capa de nubes.

    Inoshiro había tenido razón, no había nada que pudiesen hacer; los enlazadores enterrarían a sus muertos, atenderían a los heridos y repararían la ciudad dañada. Incluso en un mundo donde la oscuridad al mediodía podía cegarles, ellos encontrarían la forma de sobrevivir. 11 no tenía nada que ofrecerles.

    El enlace con Konishi seguía caído, pero no estaba dispuesto a esperar más. Yatima permaneció inmóvil en medio de la calle, escuchando los gritos de dolor y pena, preparándose para la extinción. Olvidar todo esto no sería más que un dulce alivio; su yo de Konishi tendría libertad para recordar a los enlazadores en momento más felices.

    A continuación el cielo rugió y los rayos descendieron como la lluvia.

    La calle se convirtió en una secuencia de deslumbrantes imágenes en staccato, bañadas de azul y blanco, con sombras que cambiaban impulsivamente con cada nuevo arco desigual de luz. Los edificios fueron explotando uno tras otro, una cascada interminable de súbitos destellos color naranja y trozos del tamaño de puños de madera ardiente. Apareció gente, agachándose y gritando, a la que el miedo había obligado a abandonar sus refugios vulnerables. Yatima observó, impotente pero hipnotizado. El plasma moribundo de la estratosfera había encontrado la forma de alcanzar la Tierra, sus pulsos de frecuencias de radio bombeaban grandes cantidades de iones a la atmósfera inferior, provocando une norme diferencia de potencial entre las nubes tormentosas y el suelo. Pero ahora el voltaje había atravesado el umbral de ruptura del aire lleno de polvo de abajo y todo el sistema sufría un cortocircuito rápido y violento. Y resulta que Atlanta estaba en medio.Daño local, insignificante a escafa global

    Yatima se movió lentamente a través del resplandor actínico, medio esperando que un rayo le golpease y recibiera así la bendición de la amnesia, pero ahora incapaz por decisión propia de abandonar a lus enlazadores. Expulsada de sus hogares, la gente se encogía ante el desastre; muchas personas quemadas, rotas, ensangrentadas. A su lado pasó una mujer con los brazos extendidos y mirando al cielo, gritando el desafio:

    —¿Y qué?¿Y qué?

    Una niña, medio crecida, permanecía sentada en mitad de la calle, el lateral de su cara y un brazo expuesto de un rosa intenso, llorando fluido linfático. Yatima se le acercó. Se estremecía.

    —Puedes dejar todo esto atrás. Ven a las polis. ¿Es lo que quieres?

    Ella miró a Yatima, sin comprender. Le sangraba una de las orejas; era posible que el trueno la hubiese dejado sorda. Yatima examinó las instrucciones del nanoware de mantenimiento del gleisner y le hizo reconstruir el sistema de inoculación en su índice izquierdo. Luego ordenó a las dosis Introdus superviviente a que se desplazasen a ese lugar.

    Yatima alzó el brazo y apuntó el sistema de inoculación a la niña, gritando:

    —¿Introdus? ¿Es lo que quieres?

    Ella lanzó un grito y se cubrió la cara. ¿Significaba que no o se estaba preparando para la sacudida? Se echó a llorar, Yatima retrocedió, en la derrota. Podia salvar quince vidas, podía sacar a rastras a quince personas de este infierno sin sentido, pero ¿cómo podría tener la seguridad de que comprendían lo que se les ofrecia?

    Francesca. Orlando. Liana.

    La casa de Orlando y Liana no estaba lejos. Yatima se armó de valor y atravesó el caos, dejando atrás edificios destrozados y carnosos aterrorizados. La tormenta eléctrica empezaba a remitir —y los edificios a prueba de incendio sólo habían ardido tras recibir un impacto directo— pero la ciudad se había convertido en una escena de la era de la barbarie, cuando llovían bombas del cielo.

    La casa estaba parcialmente en pie, pero era irreconocible; Yatima sólo sabía que había llegado al lugar adecuado porque así lo decía el sistema de navegación del gleisner. El piso superior estaba abierto por completo y había agujeros en el techo y paredes de la planta baja.

    Había alguien arrodillado en las sombras, apartando escombros del borde de una vasta pila donde parecía haber aterrizado gran parte de las cenizas de la planta superior.

    —¿Liana? —Yatima echó a correr. La figura se volvió.

    Era Inoshiro.

    Inoshiro había medio desenterrado un cadáver, todo carne negra desecada y huesos blancos. Yatima miró, para luego retroceder, entre mareos. Ese cráneo chamuscado no era un símbolo en una obra cínica de arte polis; era una prueba del borrado involuntario de una mente viva. Era algo que podía causar el mundo físico. Era algo que podía hacer la muerte de una efímera cósmica.

    Inoshiro dijo:

    —Es Liana.

    Yatima intentó comprenderlo, pero no sintió nada, la idea no significaba nada.

    —¿Has encontrado a...?
    —Todavía no. —La voz de Inoshiro no manifestaba emoción alguna.

    Yatima se apartó y se dedicó a examinar los restos en infrarrojos, preguntándose cuánto tiempo tardaría un cadáver en alcanzar la temperatura de su entorno. Luego oyó un ruido que venía de la fachada de la casa.

    Orlando estaba enterrado bajo trozos del techo roto. Yatima llamó a Inoshiro y lo sacaron con rapidez. Estaba malherido; las dos piernas y un brazo aplastados, y la herida del muslo borboteaba sangre. Yatima comprobó la conexión con Konishi — il no tenía ni idea de cómo tratar esas heridas— pero o la estratosfera seguía ionizada o uno de los zánganos se había perdido en la tormenta.

    Orlando les miró, pálido pero consciente, suplicando algo con los ojos. Inoshiro se limitó a decir sin emoción:

    —Está muerta.

    El rostro de Orlando se retorció en silencio.

    Yatima apartó la vista y le habló a Inoshiro por infrarrojos.

    —¿Qué hacemos? ¿Llevarle hasta un iugar donde puedan tratarle? ¿Ir a buscar a alguien? No sé qué hacer.
    —Hay miles de heridos. Nadie va a atenderle; no va a vivir mucho.

    Yatima mostró su escándalo.

    —¡No podemos dejarle morir!

    Inoshiro se encogió de hombros.

    —¿Quieres intentar encontrar un enlace de comunicación y llamar a un médico? —Miró a través de la pared rota—. ¿O prefieres intentar llevarle a un hospital y comprobar si sobrevive al viaje? Yatima se arrodilló junto a Orlando.
    —¿Qué hacemos? Hay muchos heridos, no sé cuánto tiempo nos llevará conseguir ayuda.

    Orlando aulló de dolor. Atravesando un agujero del techo había aparecido un débil rayo de luz, iluminándole la piel del brazo derecho roto. Yatima alzó la vista; la tormenta había pasado, las nubes empezaban a dispersarse.

    Se movió para bloquear la luz; mientras Inoshiro se agachaba junto a Orlando, lo medio levantaba con los brazos y lo arrastraba hasta unos escombros a la sombra. La herida de su muslo izquierdo dejó un buen rastro de sangre.

    Yatima volvió a arrodillarse a su lado.

    —Todavía tengo el nanoware Introdus. Puedo usarlo, si quieres.

    Orlando dijo claramente:

    —Quiero hablar con Liana. Llevadme hasta Liana.
    —Liana está muerta.
    —No te creo. Llevadme hasta ella. —Luchaba por respirar, pero emitió las palabras con desafio.

    Yatima volvió a colocarse bajo el agujero del techo. En la luz normal, el Sol parecia un sumiso disco naranja a través de la neblina marrón de la estratosfera, pero en ultravioleta brillaba con furia entre un resplandor de radiación dispersa.

    Yatima salió de la estancia y volvió cargando con una sola mano el cuerpo de Liana, tirando del cuello. Orlando se tapó la cara con el brazo sano y lloró.

    Inoshiro se llevó el cadáver. Yatima se arrodilló junto a Orlando por tercera vez y con torpeza le puso la ma no en el hombro.

    —Siento que esté muerta. Siento que estés herido. —Podía notar el cuerpo de Orlando agitándose con cada sollozo—. ¿Qué quieres? ¿Quieres morir?

    Inoshiro le habló por infrarrojo.

    —Deberías haberte ido cuando tuviste la oportunidad.
    —¿Sí? Entonces, ¿por qué volviste tú?

    Inoshiro no respondió. Yatima se volvió para mirarle.

    —Sabías lo de la tormenta, ¿no es cierto? ¡Sabías que sería horrible!
    —Si. —Inoshiro hizo un gesto de indefensión—. Pero si hubiese dicho algo a nuestra llegada, quizá no hubiésemos tenido la oportunidad de hablar a los otros carnosos. Y tras la convocación, ya fue demasiado tarde. Habria desatado el pánico.

    La pared delantera restalló y cayó hacia adelante, separándose del techo en una lluvia de polvo negro. Yatima se puso en pie de un salto y retrocedió, para luego disparar a Orlando con el Introdus.

    Yatima se quedó inmóvil. La pared había dado con un obstáculo; estaba inclinada precariamente, pero se sostenía. Las oleadas de nanoware recorrían el cuerpo de Orlando, paralizando nervios y sellando vasos sanguíneos, para minimizar el shock de la invasión, dejando sobre los restos un residuo rosado a medida que leían la carne y la canibalizaban para obtener energía. A los pocos segundos, las oleadas convergieron para formar una máscara gris sobre su cara, que llegó hasta el cráneo y luego lo atravesó. El núcleo en reducción de nanoware escupió fluidos y vapor, leyendo y codificando propiedades sinópticas cruciales, comprimiendo el cerebro a una descripción más reducida de sí mismo, desechando las redundancias.

    Inoshiro se inclinó y recogió el producto final: una esfera cristalina, una memoria molecular que contenía una instantánea de todo lo que había sido Orlando.

    —¿Ahora qué? ¿Cuántas quedan? Yatima miró a la instantánea, sintiendo aturdimiento. Había violado la autonomía de Orlando. Como un rayo, como una ráfaga ultravioleta, había roto la piel de otra persona.
    —¿Cuántas?

    Yatima respondió:

    —Catorce.
    —Entonces será mejor usarlas mientras podamos.

    Inoshiro sacó a Yatima de las ruinas. Yatima disparó a todos los que se encontraban y parecían a punto de morir y de los que no se ocupaba nadie... leyendo las instantáneas de inmediato, enviando los datos por infrarrojo a la memoria del gleisner. Habían tomado a doce enlazadores más cuando una multitud liderada por los guardias fronterizos dio con ellos.

    Primero empezaron a cortar a Yatima. Pasó los datos de las instantáneas a Inoshiro, y luego los siguió.

    El enlace con Konishi regresó antes de que hubiesen terminado de destruir su viejo cuerpo. Los zánganos habían sobrevivido a la tormenta.


    6. Divergencia


    POLIS KONISHI, TIERRA
    24 667 272 518 451 TEC
    10 de diciembre 3015, 3:21:55,605 TU



    Yatima miró a la Tierra a través de la ventana de la zona de observación. El NOx no oscurecía por completo la superficie, pero en su mayoría resultaba un conjunto de tonos grises apagados y oxidados indistinguibles entre sí. Sólo destacaban las nubes y las capas polares, retroiluminando imparcialmente la estratosfera para revelarla de un vivido marrón rojizo. Extendida sobre las nubes, extendida sobre la nieve, parecía sangre descompuesta mezclada con ácido y excrementos: manchada, corroída, podrida. La herida dejada por la incisión violenta y fulminante de Lacerta había supurado durante casi veinte años.

    Ile Inoshiro habían construido a medias este panorama, una estación de paso orbital donde los refugiados podían despertar para contemplar una visión del mundo que habían dejado atrás tan radicalmente como si hubiesen ascendido físicamente por encima de la nieve ácida y e] cielo cegador; en realidad, se encontraban a cien metros bajo la superficie, en medio de una zona desierta, pero no tenía sentido enfrentarlos a semejante hecho claustrofóbico e irrelevante. Ahora la estación estaba desierta; el último refugiado se había ido y ya no habría más. La hambruna se había ocupado de los últimos enclaves supervivientes, pero incluso de haber aguantado algunos años más, el plancton y la vegetación terrestre morían a tal velocidad que pronto el planeta se quedaría fatalmente carente de oxígeno. La era de la carne había terminado.

    Se había hablado de volver, de diseñar una biosfera nueva y robusta desde la seguridad de las polis y luego sintetizarla, molécula a molécula, especie a especie. Quizá sucediese, aunque los apoyos a la idea ya se iban reduciendo. Una cosa era soportar penalidades para seguir viviendo de una forma familiar y otra muy diferente reencarnarse en un cuerpo alienígena en un mundo alienígena, sin ninguna buena razón excepto la filosofía de la corporeidad. Con diferencia, para los refugiados la forma más simple de recrear sus vidas anteriores era permanecer en las polis y simular su mundo perdido, y Yatima sospechaba que al final la mayoría de ellos descubriría que valoraban mucho más la familiaridad que cualquier distinción abstracta entre carne real y carne virtual.

    Llegó Inoshiro, con aspecto más tranquilo que nunca. Sus últimos viajes juntos habían sido extenuantes; Yatima todavía podía ver los carnosos escuálidos que habían encontrado en un refugio subterráneo, cubiertos de pústulas y parásitos, delirando por el hambre. Habían besado las manos y pies de sus benefactores robóticos, para iuego vomitar la bebida nutriente que debería haber sanado sus estómagos ulcerados y pasado directamente a la corriente sanguínea. Inoshiro se lo había tomado mal, pero durante las últimas semanas de la evacuación se había vuelto casi apacible, quizá porque había comprendido que el horror llegaba a su fin.

    Yatima dijo:

    —Gabriel me cuenta que en Carter-Zimmerman tienen planes de seguir a los gleisners. —Quince años antes los gleisners habían lanzado su primera flota tripulada de naves interestelares, sesenta y tres naves dirigiéndose a veintiún sistemas estelares diferentes.

    Inoshiro se mostró desconcertado.

    —¿Seguirles? ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene hacer dos veces el mismo viaje?

    Yatima no tenía claro si debía considerarlo un chiste o si era un error genuino.

    —No van a visitar las mismas estrellas. Lanzarán una segunda oleada de exploración, con destinos diferentes. Y no van a molestarse con motores de fusión como los gleisners. Irán con estilo. Planean construir agujeros de gusano.

    El rostro de Inoshiro formó el gestalt de "impresionante!' con una pureza y énfasis tan poco habituales que cualquier inflexión que diese a entender sarcasmo habría sido redundante.

    —Es posible que lleve varios siglos desarrollar la tecnología —admitió Yatima—. Pero a la larga lo compensarán en velocidad. Dejando de lado que será mil veces más elegante.

    Inoshiro se encogió de hombros, como si aquello no tuviera la menor importancia, y se giró para contemplar la vista.

    Yatima sintió confusión; había esperado que Inoshiro abrazase el plan con tal entusiasmo que su propia cautela pareciese totalmente apática. Pero si tenía que insistir, que así fuese.

    —Es posible que algo como Lac G-l no pase cerca de la Tierra hasta dentro de miles de millones de años, pero hasta que sepamos por qué sucedió, sólo tenemos suposiciones. Ni siquiera podemos estar seguros de que otras binarias de estrellas de neutrones se comporten de la misma forma; no podemos dar por supuesto que cualquier otro par se fusione de la misma forma unavez superado el límite. Lac G—1 pudo ser una casualidad anormalque no se repetirá jamás... o podría tratarse del mejor caso posible y otras binarias podrían decaer con más rapidez. Simplemente no lo sabemos—la vieja hipótesis de los chorros de mesones había durado muy poco; jamás se había encontrado ninguna prueba en el medio interestelar de chorros atravesándolo, y simulaciones detalladas habían demostrado finalmente que los núcleos polarizados por color, que eran cabalmente posibles, eran también extremadamente improbables.

    Inoshiro contempló con tranquilidad la Tierra moribunda.

    —¿Qué daño podría causar ahora otro Lacerta? ¿Y qué podría hacerse para prevenirlo?
    —¡Entonces olvidemos Lacerta, olvidemos los estallidos de rayos gamma! ¡Hace veinte años creíamos que la mayor amenaza para la Tierra era el impacto de un asteroide! No podemos sentirnos complacientes sólo porque sobrevivimos en esta ocasión y los carnosos murieron; Lacerta demuestra que no sabemos cómo funcionad universo... y es lo que no sabemos lo que nos matará. ¿O crees que en las polis estaremos seguros para siempre?

    Inoshiro rió bajo.

    —¡No! Dentro de algunos miles de millones de años el Sol crecerá y se tragará a la Tierra. Y no dudo que antes huiremos a otra estrella... pero siempre habrá otra amenaza, conocida o desconocida. El Big Crunch al final, como mínimo. —Se volvió hacia Yatima, sonriendo—. Por tanto, ¿qué preciado conocimiento puede traer Carter-Zimmerman de las estrellas? ¿El secreto para sobrevivir durante cientos de miles de millones de años en lugar de diez mil millones?

    Yatima envió una etiqueta al panorama; el ventanal se apartó de la Tierra, luego las borrosas estelas de las estrellas en movimiento se congelaron de pronto en una vista de la constelación Lacerta. El agujero era indctectable en todas las longitudes de onda, tan tranquilo en el vacío profundo de la región como lo habían estado las estrellas de neutrones, pero Yatima se imaginó una chispa de oscuridad distorsionada a medio camino entre Hough 187 y 10 Lacertae.

    —¿Cómo es posible que no quieras entender esto? Nos alcanzó desde cien años luz y dejó medio millón de muertos.
    —Los gleisners ya tienen una sonda de camino a los restos de Lac G-l.
    —Lo que podría no decirnos nada. Los agujeros negros se tragan su propia historia; no podemos contar con descubrir nada. Debemos mirar más allá. Quizá ahí fuera haya otra especie más antigua que sepa qué provocó la colisión. O quizá acabamos de descubrir la razón por la que no hay alienígenas recorriendo la galaxia: los estallidos de rayos gamma acaban con todos antes de que puedan protegerse. Si Lacerta se hubiese producido hace mil años, de la Tierra no hubiese sobrevivido nadie. Pero si realmente somos la única civilización con la capacidad de viajar por el espacio, entonces deberíamos salir ahí fuera a advertir a los otros, a proteger a los otros, en lugar de ocultarnos aterrorizados bajo la superficie...

    Yatima dejó de hablar. Inoshiro escuchaba con cortesía, pero una ligera sonrisa no dejaba duda de que, sobre todo, se divertía. Dijo:

    —No podemos salvar a nadie, Yatima. No podemos ayudar a nadie.
    —¿No? ¿Qué has estado haciendo durante los últimos veinte años? ¿Malgastar el tiempo?

    Inoshiro agitó la cabeza, como si la pregunta careciese de sentido.

    Yatima sintió desconcierto.

    —¡Tú fuiste el que me sacaba de las Minas, el que me arrastraba al mundo! Y ahora Carter-Zimmerman va a salir al mundo para intentar evitar que lo que le pasó a los carnosos nos pase a nosotros. Si no te importan las hipotéticas civilizaciones alienígenas, jdebe preocuparte la Coalición!

    Inoshiro dijo;

    —Siento una gran compasión por todos los seres vivos. Pero no hay nada que hacer. Siempre habrá sufrimiento. Siempre habrá muerte.
    —Oh, ¿te oyes hablar?¡Siempre! ¡Siempre! jSuenas como aquel replicador de ácido fosfórico que freiste cerca de Atlanta! —Yatima se volvió, buscando la tranquilidad. Sabía que Inoshiro había sentido más profundamente la muerte de los carnosos que il. Quizá debería haber esperado antes de sacar el tema; quizá fuese irrespetuoso para con los muertos hablar tan pronto de la posibilidad de abandonar la Tierra.

    Pero ya era demasiado tarde. Debía terminar lo que había venido a decir.

    —Voy a emigrar a Carter-Zimmerman. Lo que hacen allí tiene sentido y quiero participar.

    Inoshiro asintió despreocupadamente.

    —Entonces te deseo bien.
    —¿Eso es todo? ¿Buena suerte y bon voyage?—Yatima intentó leer su expresión facial, pero Inoshiro le miraba con la inocencia de un psicoblasto—. ¿Qué te ha pasado? ¿Qué te has hecho?

    Inoshiro sonrió beatíficamente y levantó las manos.En el centro de cada palma ñoreció una ñor de loto, la dos emitiendoidénticas etiquetas de referencia.Yatimavaciló para ilüego seguir el olor.

    Era un viejo punto de vista, enterrado en la biblioteca Ashton-Laval, copiado nueve siglos atrás de uno de los antiguos replicadores meméticos que habían infestado a los carnosos. Imponía un paquete herméticamente sellado de creencias sobre la naturaleza del yo y la futilidad de la resistencia... incluyendo renuncias explícitas a cualquier forma de razonamiento que pudiese destacar los fallos de las creencias fundamentales. El análisis con una herramienta estándar confirmó que el punto de vista era umversalmente reafirmante. Una vez ejecutado, no podías cambiar de opinión. Una vez ejecutado, nadie te podía convencer de lo contrario.

    Yatima dijo sin emoción:

    —Te hacía con mayor inteligencia. Te hacía más resistente. —Pero cuando Lacerta dañó a Inoshiro, ¿qué podría haber hecho que hubiese cambiado las cosas? ¿Qué podría haber hecho innecesario ese anestésico que disolvía todo lo que il había sido?

    Inoshiro rió.

    —Entonces, ¿qué soy ahora? ¿Lo bastante sabio para mostrarme débil? ¿O lo bastante fuerte para hacer el idiota?
    —Lo que ahora eres... —No podía decirlo.

    Lo que ahora eres no es Inoshiro.

    Yatima se quedó inmóvil, sintiendo la náusea de la pena, y también furia e indefensión. Ya no estaba en el mundo carnoso; no tenía una billa de nanoware que pudiese disparar a ese cuerpo imaginario. Inoshiro había tomado su decisión, destruyendo su antiguo yo y creando uno nuevo para seguir los dictados de un meme antiguo, y nadie tenía el derecho de cuestionar la decisión y menos aun tenía poder para revertiría.

    Yatima alargó la mano hacia el panorama y arrugó el satélite para formar una bola retorcida de metal que flotó entre ellos, dejando sólo la Tierra y las estrellas. Luego volvió a alargar la mano, agarrando el cielo, invirtiéndolo y comprimiéndolo para formar una esfera luminosa en la palma de su mano.

    —Todavía puedes abandonar Konishi. —Yatima hizo que la esfera emitiese la dirección del portal a Carter-Zimmerman y se la ofreció a Inoshiro—. Independientemente de lo que hayas hecho, todavía te queda esa elección.

    Inoshiro dijo suavemente:

    —No es para mí, Huérfano. Te deseo lo mejor, pero he visto suficiente.

    Desapareció.

    Durante mucho tiempo Yatima flotó en la oscuridad, llorando por la última víctima de Lacerta.

    Luego lanzó el puñado de estrellas a toda velocidad por el vacío del espacio y lo siguió.

    El conceptorio observó al huertano moverse hacía el portal, dejando atrás la polis Konishi, Al tener acceso a los datos públicos, conocía las experiencias recientes del huérfano; también sabía que otro ciudadano Konishi las había compartido y no había escogido igual. Al conceptorio no le interesaba esparcir los modeladores Konishi a lo largo y ancho, como genes replicadores; su meta era hacer un uso eficiente de los recursos de la polis para enriquecer a la propia polis.

    No había forma de probar la relación causa y efecto, ninguna forma de estar seguros de que alguno de los modeladores imitantes del huérfano era realmente el responsable. Pero el conceptorio estaba programado para errar por exceso de cautela. Marcó los viejos valores no mutados de los campos modificados del huérfano como los únicos códigos válidos, rechazando todas las alternativas como peligrosas y derrochadoras de recursos: no se debían probar de nuevo.



    Tercera Parte


    Paolo dijo con decisión:

    —A continuación viene la Fragua. Tú ayudaste a diseñarla, ¿no es así?
    —Yo no diría tanto. Tuve una pequeña participación.

    Paolo sonrió.

    —El éxito tiene mil padres, pero el fracaso es huérfano.

    Yatima hizo un gesto de exasperación.

    —La Fragua no fue un fracaso. Pero los Transmutadores no querrán saber de mi excelsa contribución a los métodos analíticos en los modelos relativistas del plasma de electrones.
    —¿No? Bien, yo nunca me moví en ese circulo, así que lo que les contemos será cosa tuya.

    Yatima reflexionó.

    —Conocí a las dos personas realmente importantes. — Sonrió—. Podrías decir que es una historia de amor.
    —¿Blanca y Gabriel?
    —Quizá debería haber dicho «triángulo».

    Paolo sintió confusión.

    —¿Quién más estaba implicado?
    —No la llegué a conocer. Pero supongo que es fácil deducir a quién me refiero.


    7. El legado de Kozuch


    POLIS CARTER-ZIMMERMAN, TIERRA
    24 667 274 153 236 TEC
    10de diciembre 3015, 3:49:10,390 TU



    Gabriel le pidió a la biblioteca Carter-Zimmerman que le mostrase todos los planes conocidos para construir un agujero de gusano transitable. Era un problema que se había estudiado mucho antes de que la tecnología necesaria estuviese ni remotamente al alcance, tanto como ejercicio en física teórica como por un intento de conocerlas posibilidades de civilizaciones futuras. Habría parecido un acto de ingratitud, así como una forma de malgastar recursos, desechar los frutos de esa labor antigua y empezar desde cero, así que Gabriel se ofreció voluntario para examinar todas las máquinas y métodos propuestos en el pasado y seleccionar los diez candidatos más prometedores para realizar un posterior estudio de viabilidad.

    De inmediato, la biblioteca construyó un panorama índice con 3.017 planos diferentes, dispuestos en un árbol evolutivo conceptual que se extendía durante cientos de kilodeltas por el vacío imaginario del panorama. Gabriel quedó conmocionado durante un momento; había sido consciente del número, pero la historia visible de ese tema seguía siendo una vista intimidante. La gente llevaba casi un milenio considerando la posibilidad de los viajes a través de agujeros de gusano; más tiempo aún, si se contaban los primeros diseños fundamentados en la Relatividad General clásica, pero el campo había florecido de veras con la llegada de la Teoría de Kozuch.

    En la Teoría de Kozuch, los agujeros de gusanos estaban por todas partes. Incluso el vacío, examinado al nivel de la longitud de Planck-Wheeler de diez elevando a menos treinta y cinco metros, era una espuma de agujeros de gusano de corta vida. Ya en 1955, John Wheeler había propuesto que el espacio— tiempo aparentemente liso de la Relatividad General resultaría ser a esa escala un laberinto enmarañado de agujeros de gusano cuánticos. Pero fue otra idea de Wheeler —formulada finalmente cien años después, con éxito espectacular, por Renata Kozuch— la que había transformado esos agujeros de gusano, inicialmente curiosidades arcanas por siempre más allá del límite de lo detectable, convirtiéndolos en las estructuras más importantes de la física.Las propias partículas elementales no eran más que las bocas de los agujeros de gusano. Los electrones, quarks, neutrinos, fotones, bosones W-Z, gravitones y gluones no eran más que las bocas de versiones de larga vida de los efímeros agujeros de gusano del vacío.

    Kozuch había trabajado durante más de veinte años para refinar esta hipótesis, reuniendo resultados sugestivos pero parciales de docenas de otras especialidades, canibalizándolo todo, desde las redes de espín de Penrose a las dimensiones extras plegadas de la teoría de cuerdas. Al incluir seis dimensiones submicroscópicas junto con las cuatro habituales del espacio— tiempo, había demostrado cómo agujeros de gusano con diferentes topologías podían explicar las propiedades de todas las partículas conocidas. Nadie había observado directamente un agujero de gusano Kozuch-Wheeler, pero después de sobrevivir a mil años de pruebas experimentales en general se aceptaba el modelo, no sólo como la mejor herramienta para la mayoría de los cálculos práctico, sino como la expresión definitiva del orden subyacente al mundo físico.

    Gabriel había aprendido la teoría de Kozuch en el útero, y siempre le había parecido la imagen disponible más profunda y clara de la realidad. La masa de una partícula era una consecuencia de la disrupción que ésta provocaba en cierta clase de agujeros de gusano del vacío: los que tenían gravitones virtuales a ambos extremos. Alterar el patrón habitual de conexiones entre esos agujeros de gusano hacia que el espacio-tiempo fuese efectivamente curvo, de forma similar a cómo un cambio en el tejido de un cesto podia hacer que la superficie se doblase uniendo hebras paralelas. También creaba algunas hebras sueltas: otros agujeros de gusano extraídos del vacío por efecto del «tejido más apretado«allí donde el espacio-tiempo era curvo, provocando t tinto la radiación de Hawking de los agujeros negro y la todavía más débil radiación Unruh de los objetos normales.

    Carga, color y sabor surgían de efectos similares, pero con fotones, gluones y bosones W-Z virtuales como bocas de los agujeros de gusano del vacío implicados en el proceso, y las seis dimensiones enrolladas, para las que los gravitones eran impermeables, desempeñaban ahora una tarea muy importante. El espín media la presencia de cierto tipo de giro extra-dimensional en la boca del agujero de gusano; cada medio giro contribuía con media unidad al espin. Los fermiones, partículas como el electrón con un número impar de medios giros, poseían agujeros de gusano que se retorcían sobre sí mismos como cintas; si se rotaba 360 grados un electrón, su agujero de gusano ganaba o perdía un giro, con consecuencias mensurables. Los bosones, como el fotón, poseíangiros completos en sus bocas, pero una rotación de 360 gados les dejaba inalterados porque los kinks de sus agujeros de gusano se cancelaban por sí mismos. Un bosón solitario podía *enlazarsea sí mismo», una única abertura para el agujero de gusano que se plegaba sobre si misma, o cualquier número de bosones idénticos podían compartir un agujero de gusano. Los fermiones siempre se conectaban en números pares; el caso más simple era una partícula en un extremo de un agujero de gusano con su antipartícula en el otro.

    Bajo las condiciones extremas de curvatura del espacio— tiempo en los primeros momentos del universo, un número incontable de agujeros de gusano del vacío fueron «extraídos del tejido^ para tener una existencia más tangible. La mayoría habían formado pares de partícula-antipartícula como electrones y positrones, pero más inusualmente formaron combinaciones menos simétricas, como un electrón en un extremo de un agujero de gusano que se dividía en tres hacia un triplete de quarks, lo que dejaba un protón al otro lado.

    Tal era el origen de toda la materia. Por pura casualidad, el vacío había producido ligeramente más agujeros electrón-protones que sus equivalentes de antimateria —positrones enlazados con antiprotones— antes de expandirse y enfriarse hasta de cesar la producción de partículas. Sin ese pequeño exceso aleatorio, todos ios electrones y protones habrían sido aniquilados por sus correspondientes antipartículas, y el universo estaría compuesto exclusivamente de un fondo de microondas, reverberando a través del espacio vacío.

    La propia Kozuch había señalado en 2059 que si esta versión de la cosmología del Big Bang era correcta, entonces todos los electrones supervivientes estarían enlazados con un protón situado en algún lugar. Se podían fabricar a voluntad agujeros de gusano nuevos con extremos conocidos, simplemente creando pares de electrones y positrones, pero los agujeros de gusano existentes ya atravesaban todo el espacio interestelar. Después de veinte mil millones de años vagando por un universo en evolución y expansión, muchas partículas extraídas juntas del vacío habrían acabado a miles de años luz de distancia. Lo más probable era que cualquier gota de agua de la Tierra contuviese portales a cada uno de los cientos de miles de millones de estrellas de la galaxia, y algunos que llegarían incluso más lejos.

    El problema era que nada en el universo podía pasar por la boca del agujero de gusano de una partícula elemental. Todas las partículas conocidas poseían una única unidad cuántica de área superficial, y la probabilidad de que una de ellas pasase por el agujero de gusano de otra era exactamente cero.

    El problema no era insuperable. Cuando chocaban un electrón y un positrón, sus agujeros de gusano se unían de un extremo a otro, haciendo que las dos bocas en colisión desapareciesen. En ese caso se producían dos fotones de rayos gamma. Pero si se lograban unir los agujeros de gusano no electrón con positrón sino de extremo electrón a extremo electrón, la energía que normalmente se perdía como rayos gamma quedaba atrapada y hacía que el nuevo agujero de gusano empalmado se ensanchase.

    Lograr tal unión exigiría cantidades modestas de energía — dos gigajulios, lo suficiente para fundir un bloque de hielo de seis toneladas— en un volumen tan pequeño con respecto a ese bloque de hielo como un átomo era pequeño en comparación con el universo. Sólo las partículas elementales podrían atravesar los agujeros de gusano producidos por un empalme electrón-electrón, pero empalmando algunos miles de millones lo ensancharía aún más, en lugar de alargarlo, lo que permitiría el paso de una nanomáquina modestamente sofisticada.

    Gabriel había oído el rumor de que los gleisners habían considerado la opción del agujero de gusano, pero habían decidido dejarla de lado hasta el siguiente milenio. Construir una nave espacial convencional debió parecerles trivial comparado con la tecnología necesaria para abrir los portales a las estrellas dispersas a sus pies.

    Aún así, con 3.017 diseños entre los que escoger, debía haber uno al alcance de Carter-Zimmennan, incluso si hiciesen falta mil años para completarlo. A Gabriel no le impresionaba la escala temporal; hacía tiempo que esperaba encontrar un plan de tal escala para dar sentido a su longevidad. Sin un propósito que abarcase siglos, sólo podía derivar entre intereses y estéticas, amigos y amantes, triunfos y decepciones. Sólo podría vivir una vida nueva más o menos cada uno o dos gigataus, hasta que no hubiese ninguna diferencia entre seguir existiendo o ser reemplazado por alguien nuevo.

    Rebosante de esperanza, se desplazó por el panorama hasta el primer diagrama.


    8. Atajos


    POLIS CARTER-ZIMMERMAN, TIERRA
    51 479 998 754 659 TEC
    7 de agosto 3865, 14:52:31,813 TU



    Blanca flotaba a través del mundo más reciente que había hecho crecer a partir de un novedoso grupo de simetría y un puñado de fórmulas recursivas. Por encima de il flotaban gigantescas pirámides invertidas, de las que surgían luminosos crecimientos similares a candelabros rococó. A su alrededor se agitaban y crecían vaporosos cristales planos, para luego chocar y fusionarse formando objetos nuevos y extraños, actos aleatorios de origami ejecutados con láminas de diamantes y esmeraldas. Bajo il, un terreno vasto de montañas y cañones se erosionaba a gran velocidad, esculpido por una ventisca de leyes de difusión para dejar relucientes mesetas esmeralda y azules, salientes imposibles, altas esculturas estratificadas recorridas por vetas de minerales que la química desconocía.

    En Konishi, probablemente lo hubiese llamado «matemáticas». En C-Z, era preciso llamarlo «arte», porque cualquier otra denominación daria a entender un universo virtual en competencia con el real. Blanca había sentido consternación al ver que otras polis se hundían en la complacencia tras el impacto inicial del cameval, pero il seguía sintiendo escozor por la ortodoxia de C-Z que decretaba que la exploración de cualquier sistema de reglas que no arrojase luz sobre la física de la realidad era equivalente al pernicioso solipsismo. La belleza del mundo físico no tenía ninguna relación con su potencial para causar daño —eso no era más que otro disfraz para el dogma de estáticos muertos— y sí con la simplicidad y la consistencia de sus leyes. Blanca sentía escepticismo cuando le decían que los físicos e ingenieros de C-Z trabajaban únicamente para proteger a la Coalición de la siguiente sorpresa cósmica peligrosa. Era la elegancia de la teoría de Kozuch y la grandeza de la Fragua lo que les mantenía trabajando; si alguno de los principios fundamentales o de diseño hubiese sido un poco más feo, lo habrían dejado hacía tiempo.

    Gabriel apareció a su lado. Su pelaje quedó instantáneamente cubierto de diminutos cristales. Blanca alargó la mano y le rozó el hombro con afecto; il respondió colocando una mano contra la oscuridad del pecho de Blanca, induciendo un suave calor por todo el espacio invadido. Con diferencia, los lugares más sensibles eran aquellos en los que el icono de Blanca parecía perder su límite tangible; se les podía tocar en tres dimensiones.

    —Hemos obtenido una neutralización en un anillo. —Gabriel parecía encantado, pero nada en su voz o gestalt traslucía que todo el grupo de la Fragua llevaba ochocientos años trabajando en pos de ese Fin. Blanca asintió ligeramente, un gesto repleto de un cariño que sólo su amante podía descifrar.

    Gabriel dijo:

    —¿Te apresurarás a venir conmigo? ¿Hasta la confirmación? —Sonaba un pelín culpable por preguntar.

    A la Tierra acabaría de llegar la noticia de que hacía setenta y cinco horas un positrón en uno de los anillos de almacenamiento magnético de la Fragua había perdido su carga y había escapado a la trampa láser que lo rodeaba. Pero harían falta al menos tres horas más —diez megataus— para que llegase el resultado equivalente y crucial desde el segundo anillo en el extremo opuesto del acelerador. Hasta ahora, Gabriel había vivido todas las demoras similares, tau a tau, aceptando pacientemente la lentitud glacial de manipular la materia a escala de cientos de terámetros, pero Blanca jamás lo había considerado un principio moral especialmente importante.

    —¿Por qué no? —Se dieron las manos en un ventisquero de cobalto y azul mientras sus exoyós se sincronizaban y se ralentizaban; el panorama estaba sincronizado directamente con la mente de Blanca, asi que pareció avanzar al mismo ritmo.

    Mientras esperaban, observó la cara de Gabriel, engañando al tiempo por un simple factor de un millón en lugar de cubrir todo el periodo de un único salto. Incluso si no se trataba de una cuestión moral, relacionarse con el mundo físico podía ser un delicado ejercicio de equilibrio. ¿Deberías ir disparado de hito en hito, creando una vida carente de todo lo demás? Probablemente no... ¿pero cuánto tiempo subjetivo debías soportar entre los momentos que, de verdad, estabas deseando experimentar? Gabriel había pasado el tiempo a la tasa estándar de la Coalición, en general hundiéndose en planes complejos para el eventual despliegue de los agujeros de gusano, entre los escasos contactos con la maquinaria de la Fragua a medida que se construía y probaba. Pero ya casi estaba agotado de futuro a planificar; lo último que Blanca sabía era que había establecido una estrategia detallada —cautelosa y no exponencial— para explorar todo el universo. Era probable que los agujeros de gusano locales no llevasen a todas partes, ya que las bocas sólo podían haber viajado cierta distancia desde el momento de su formación, pero el universo finito y cerrado debería estar cubierto por una serie de dominios conectados y superpuestos, y aunque los agujeros de gusano del sistema solar no alcanzasen más allá de algunos cientos de millones de años luz, a esa distancia habría agujeros de gusano que irían más lejos.

    La expresión algo preocupada de Gabriel cambió a una de satisfacción, aunque nada tan dramático como el alivio.

    —El otro anillo lo ha confirmado. Hemos atrapado ambos extremos.

    Blanca agitó el brazo, barriéndole del pelaje una ráfaga de cristales azules.

    —Felicidades. —Si el segundo positrón neutralizado se hubiese escapado al espacio, habría sido imposible encontrarlo. Con suerte, pronto confirmarían que los fotones podían pasar a través del agujero de gusano, pero un bombardeo en cualquiera de las bocas diminutas sólo produciría un goteo en el otro lado.

    Gabriel reflexionó:

    —Me pregunto continuamente si podríamos haber fallado. Es decir... cometimos algunos errores de diseño que sólo descubrimos siglos más tarde. Y nos tropezamos con esos modos caóticos en los rayos de electrones en los que fallaban las simulaciones, así que tuvimos que comprobar todo ese espacio de estados empíricamente y encontrar el método por prueba y error. Nos equivocamos en cientos, en millares de pequeños detalles, malgastando el tiempo, complicando la tarea. Pero, ¿podríamos haber fallado completamente más allá de lo recuperable? ¿Sin posibilidad de reparación?
    —¿No es un poco prematuro planteárselo? —Blanca inclinó escépticamente la cabeza—. Siempre que no se trate de una falsa alarma, simplemente acabáis de unir los dos extremos de la Fragua. Es un comienzo, pero no es que al otro lado del túnel ya veamos Procyon.

    Gabriel sonrió despreocupadamente.

    —Hemos demostrado el principio básico; el resto no es más que una cuestión de persistencia. Hasta la neutralización de esos positrones, los agujeros de gusano de Kozuch-Wheeler podrían haber sido sólo una ficción útil: otra metáfora más que ofrecía predicciones correctas a bajas energía, pero que se desmoronaría al examinarla de cerca. —Dejó de hablar un momento, con una expresión algo escandalizada al oírse a sí mismo; era un riesgo que el grupo de Fragua había mencionado en muy pocas ocasiones—. Pero ahora hemos demostrado que son reales, y que sabemos cómo manipularlos. Por tanto, ¿qué podría salir mal a partir de este punto?
    —No lo sé. En lo que se refiere a agujeros de gusano interestelares, podría llevar más tiempo del que crees descubrir que uno de ellos no lleva directamente al corazón de una estrella, o al núcleo de un planeta.
    —Eso es cierto. En todos los sistemas cierta cantidad de materia debe estar en forma de pequeños asteroides o polvo interplanetario... un lugar del que podamos salir con facilidad. E incluso si nos equivocamos en un factor de mil, sólo llevaría un año o dos encontrar y ampliar cada nuevo agujero de gusano transitable. ¿A eso lo llamarías fracaso? ¿Cuando los gleisners exploran un sistema nuevo cada cien años y lo llaman éxito?
    —No. —Blanca se esforzó—. Vale, ¿qué tal esto? Acabáis de demostrar que podéis unir dos agujeros de gusano electrón— positrón por los extremos del electrón. ¿Y si 110funciona al sustituir un protón por uno de los positrones? —Sólo los agujeros primordiales electrón-protón ofrecían la oportunidad de un atajo instantáneo a las estrellas; el experimento actual empleaba pares electrón-positrón recién creados simplemente para tener accesibles ambos extremo del agujero de gusano. En teoría podría haber sido más fácil trabajar exclusivamente con agujeros de gusano electrón-protón, pero nuevos agujeros de ese tipo con extremos conocidos no se podían crear al ritmo adecuado en condiciones que fuesen inferiores a las del Big Bang.

    Gabriel vaciló, y durante un momento Blanca se preguntó si se habría tomado la posibilidad demasiado en serio.

    —Eso sería un contratiempo —admitió—. Pero la teoría de Kozuch predice con claridad que cuando golpeas un electrón enlazado a un protón con otro electrón enlazado a un positrón, el protón se desintegra en neutrón, el positrón se neutraliza... y el agujero de gusano final es más ancho que el que acabamos de fabricar. Y ahora no queda posibilidad de que la teoría de Kozuch sea errónea. Por tanto... —Le hizo un gesto impertinente y luego saltó al panorama de la Fragua.

    Blanca le siguió. El modelo que tenían delante les mostraba un cilindro de lineas; el espesor no estaba ni remotamente a escala, pero la longitud estaba representada correctamente, extendiéndose una distancia más de diez veces la órbita de Plutón. Todas las órbitas planetarias estaban dibujadas, pero las cuatro interiores, de Mercurio a Marte, se perdían en el resplandor del sol diminuto.

    La Fragua era un gigantesco acelerador de partículas, compuesto por más de catorce billones de componentes en vuelo libre, Cada uno de ellos empleaba vina pequeña vela de luz para equilibrar el ligero tirón gravitatorio del Sol y mantenerse ajustado en una linca recta rígida de 140 mil millones de kilómetros. Las velas actuaban impulsadas por rayos que surgían en abanico de una red de láseres UV alimentados por energía solar, que orbitaban el Sol más cerca que Mercurio; también extraían la energía necesaria para hacer funcionar el acelerador.

    La mayoría de los componentes eran unidades PASER (aceleración de partículas por emisión estimulada de radiación) individuales, alineadas una tras otra a intervalos de diez metros. Enfocaban los rayos de electrones e incrementaban la energía de cada partícula que los atravesaba en unos 140 microjulios. No sonaba a mucho, pero para un electrón era equivalente a 900 billones de voltios. Los PASER hacían uso del efecto Scháchter: un material adecuado se bañaba en luz láser, llevando sus átomos a estados de energía altos, y cuando una partícula cargada pasaba por un canal estrecho agujereado en el material, su campo eléctrico hacía que los átomos circundantes cediesen su energía. Era como si el láser preparase incontables y diminutas catapultas electrónicas, y luego las partículas llegaban y las hacían saltar, una tras otra, recibiendo un pequeño impulso en cada una.

    La densidad de energía dentro de cada PASER era enorme, y Blanca había visto la grabación de uno de los primeros modelos de prueba reventando por efecto de la presión de radiación. Pero no había sido una gran explosión; los PASER eran diminutos cristales, cada uno de menos de un gramo de peso. Asteroides importantes, de cientos de metros de ancho, habían sido explotados para obtener las decenas de millones de toneladas de materia prima necesaria para la Fragua, pero incluso el ingeniero astrofísico más atrevido de Carter-Zimmerman hubiese vetado cualquier idea que exigiese acabar con Ceres, Vesta o Palas.

    Blanca saltó a un extremo de la Fragua, donde el panorama mostraba una imagen «en directo» del equipo real, aunque demorada las sesenta y cinco horas que le costaba a la señal llegar a la Tierra. A ambos extremos del acelerador lineal, los pares electrón-positrón se creaban en pequeños ciclotrones; los positrones se almacenaban en anillos, mientras que los electrones pasaban directamente al acelerador principal. Los rayos opuestos se encontraban en el centro de la Fragua, y si dos electrones chocaban de frente, con la velocidad suficiente para superar la repulsión electrostática, la Teoría de Kozuch predecía que se unirían para formar agujeros de gusano. Los electrones desaparecerían sin dejar rastro —violando localmente la conservación de la carga y la energía— pero la pérdida negativa de carga se equilibraria con la neutralización de los positrones en los nuevos extremo del agujero de gusano y la energía de los electrones perdidos se manifestaría como la masa de las dos partículas neutrales en las que se convertirían los positrones, que el grupo de teóricos de la Fragua denominaba «femtobocas» o «FBs», ya que se esperaba que tuviesen como un femtómetro de diámetro.

    Blanca mantenía un escepticismo cauteloso, pero daba la impresión de que la secuencia prevista de hechos se había producido al fin. Ningún instrumento había presenciado la desaparición en el centro de la Fragua; habría resultado imposible seguir el torrente de electrones y buscar una colisión perfecta entre todas las fallidas. Pero las trampas láser que rodeaban ambos anillos de almacenamiento habían atrapado simultáneamente partículas neutrales de justo la masa adecuada, pesadas como una mota de polvo pero más pequeñas que un núcleo atómico.

    Gabriel había seguido a Blanca, y ahora se desplazaron juntos por el fuselaje de la instalación del anillo de almacenamiento y flotaron sobre la trampa láser. El panorama combinó una visión basada en imágenes de cámaras del equipo con esquemas generados a partir de las lecturas de instrumentos; lo más irreal era que podían ver la supuesta FB —un punto negro que emitía etiquetas presuntuosas— que la trampa desplazaba muy sutilmente por medio del gradiente cambiante de luminosidad, dispersando fotones de UV lo justo para que los láseres lo fuesen ajustando.

    Haría falta más de una hora para que la FB saliese de la trampa y pasase a la siguiente fase. Se apresuraron, aunque no tanto como antes.

    —¿El resto del grupo de la Fragua no lo está mirando? — Ellos habían entrado privadamente en el panorama, invisibles y haciendo caso omiso de cualquier otro usuario; Gabriel había suministrado la dirección de esa forma.
    —Probablemente.
    —¿No quieres estar con ellos en el momento de la prueba?
    —Se ve que no. —Gabriel volvió a presionar el interior de il con su mano, en esta ocasión más profundamente; pulsos de calor se extendieron desde el centro del torso de Blanca. Il se volvió y le acarició la espalda, alcanzando el lugar donde su pelaje, si il lo decidía, se volvía casi insoportablemente sensible. La cultura C-Z tenía sus problemas, pero en Konishi el simple intercambio de placer de esta forma habría sido impensable. Ninguno de los dos era esclavo de la corporeidad; el dolor seguía siendo imposible, la coerción seguía siendo imposible. Pero Konishi había santificado la autonomía hasta el mismo punto absurdo al que habían llegado los estáticos santificando los problemas de la carne.

    La FB llegó a la cámara de rayos gamma y se inició el bombardeo con una serie de pulsos intensos. Los fotones de rayos gamma tenían una longitud de onda de unos diez elevado a la menos quince metros, aproximadamente igual al diámetro de la FB. La longitud de onda de un fotón no tenía nada que ver con el tamaño de la boca de su agujero de gusano, pero media la precisión con que podías precisar su posición y apuntar al blanco escogido.

    Blanca protestó, medio en serio:

    —¿Por qué no pudisteis situar la Fragua de forma que los retrasos fuesen iguales? —Los rayos gamma debían estar saliendo instantáneamente por la otra boca del agujero de gusano, pero el extremo distal del acelerador estaba tres mil millones de kilómetros más alejado de la Tierra que el extremo proximal, así que pasarían otras tres horas antes de que supiesen lo que había ocurrido allí, sesenta y ocho horas antes.

    Gabriel se defendió casi despreocupadamente.

    —Fue un compromiso. Cometas a evitar, efectos gravitatorios a equilibrar... —Blanca siguió su mirada hacia el parpadeante resplandor de rayos gammas y supo al instante lo que pensaba Gabriel. Lo que presenciaban contenía posibilidades muy extrañas. Según un observador hipotético que volara siguiendo el eje de la Fragua hacia el otro extremo, esos fotones, transportados a mayor velocidad que la luz, saldrían del agujero de gusano arríes de entrar. Esa ordenación curiosa de los acontecimientos era mayormente académica —el viajero ni siquiera sabría de ella hasta que los fotones de ambos extremos tuviesen tiempo de alcanzarle— pero si resultara que también llevaba consigo una boca de agujero de gusano, enlazada con otra en manos de un cómplice en una segunda nave espacial que le siguiese, entonces, cuando el viajero pasase volando sobre el otro extremo de la Fragua podría enviar una señal al cómplice para destruir la fuente de rayos gamma en su lado... antes de que se enviasen los fotones que acaban de salir.

    Una vez que dispusiesen de un segundo agujero de gusano, el grupo de ia Fragua podría hacer realidad ese viejo experimento mental. La solución más probable de la paradoja implicaba partículas virtuales —las bocas de agujeros de gusano en el vacío— viajando en un bucle que incluía al agujero de gusano de la Fragua y al de la nave. Las partículas virtuales constantemente fluían por todos los caminos disponibles a través del espacio-tiempo, y aunque atravesar el espacio ordinario entre las boc as de los dos agujeros de gusano les llevaría cierto tiempo, desplazarse a través del agujero de gusano en la nave las llevaría de vuelta al pasado, reduciendo el tiempo total necesario para recorrer el bucle. A medida que las dos naves especiales se acercasen al punto donde resultaba posible enviar una señal del futuro al pasado, el tiempo de tránsito del bucle se acercaría a cero y cada partícula virtual encontraría una legión exponencial mente creciente de dobles siguiéndola de cerca: versiones futuras de sí misma que ya habían realizado el viaje. A medida que se ajustasen en fase perfecta unas con otras, su densidad de energía en rápido aumento haría que las bocas del agujero de gusano se convirtiesen en diminutos agujeros negros, que a continuación se desvanecerían emitiendo radiación de Hawking.

    Además de descartar el viaje en el tiempo, tendría consecuencias prácticas muy importantes: una vez que la galaxia estuviese entrecruzada por agujeros de gusano, habría bucles de partículas virtuales recorriéndolos todos y cualquier manipulación inadecuada de las bocas podría aniquilar toda la red.

    Gabriel dijo:

    —Casi es la hora. ¿Vamos...? —Saltaron al otro extremo de la Fragua, donde el panorama mostraba los datos más recientes: todavía quedaban unos minutos para que se iniciase el bombardeo de rayos gamma. La segunda FB se encontraba en la cámara ue observación, bajo el escrutinio de una batería cilindrica de detectores de rayos gamma, empujada ocasionalmente por los láseres de UV que la mantenían perfectamente centrada. La tenue dispersión de los láseres era la única señal de que el objeto estuviese realmente allí; sin carga eléctrica y sin momento magnético, se trataba de un objeto mucho más elusivo que un átomo individual.
    —¿No crees que deberíamos estar con los otros? —Blanca había vivido durante tanto tiempo con las promesas lejanas de la Fragua que le resultaba difícil sentirse emocionada por el primer indicio microscópico de lo que quedaba por delante. Pero si realmente se encontraban en el umbral de un acontecimiento que cambiaría la historia de la Coalición durante los próximos diez mil años, parecía una buena excusa para una celebración pública.
    —Pensé que estarías encantada. —Gabriel rió cortante, ofendido—. Después de ocho siglos, estamos juntos para este momento. ¿No significa nada para ti?

    Blanca le acarició la espalda.

    —Me siento muy conmovida. ¿Pero no crees que les debes a tus colegas...?

    Il se separó furioso.

    —Vale. Como tú quieras. Nos uniremos a la multitud.

    Saltó. Blanca le siguió. Al reentrar en modo público, el panorama pareció expandirse dramáticamente; la mitad de Carter— Zimmerman flotaba en el espacio sobre la cámara de observación y la imagen había crecido para acomodarlos a todos.

    De inmediato la gente reconoció a Gabriel y se le acercó para felicitarle, Blanca se apartó y prestó atención a los emocionados que felicitaban a Gabriel.

    —¡Ya lo tenemosl ¿Puedes imaginar la reacción de los gleisners cuando lleguen a la siguiente estrella y descubran que les hemos ganado? —El icono del ciudadano era una jaula en forma de mono llena de pequeños pajarillos amarillos que volaban constantemente.

    La respuesta de Gabriel fue diplomática:

    —Vamos a evitar sus destinos. Ése ha sido siempre el plan.
    —No me refiero a que debiésemos explorar los sistemas compitiendo con ellos. Simplemente podríamos dejar una señal inequívoca.

    Blanca pensó en intervenir y comentar que era muy poco probable que los primeros miles de agujeros de gusano que ampliasen les llevasen a algún destino gleisner, pero no lo hizo.

    Al saltar al panorama, automáticamente se habían sincronizado con la tasa media de sus ocupantes, una aceleración por unos cien mil. Pero fluctuaba; algunas personas se sentían impacientes, mientras otras intentaban prolongar el suspense. Blanca se dejó llevar por la media, disfrutando de la sensación de ser lanzada por el tiempo a capricho de la multitud. Vagó por el panorama, intercambiando cortesías con extraños. Le resultaba difícil tomarse en serio la vasta maquinaria de la cámara de observación habiéndola experimentado tan recientemente a una escala donde era apenas una habitación en la que se podían estirar los brazos. En la distancia vio a Yatima, manteniendo una conversación con miembros del grupo de la Fragua, y sintió una curiosa sensación de orgullo casi paterno... aunque la mayoría de las habilidades que le había enseñado al huérfano hubiesen sido más adecuadas como minero de Konishi que como físico de C-Z.

    Al acercarse el momento, la gente se puso a cantar la cuenta atrás. Blanca buscó a Gabriel; estaba rodeado de extraños efusivos, pero al verla se liberó de ellos.

    —¡Cinco!

    Gabriel le cogió la mano.

    —Lo siento.
    —¡Cuatro!

    Il dijo:

    —No quería estar con los otros. Sólo quería estar contigo.
    —¡Tres!

    En sus ojos destellaron las lágrimas.

    —Mi punto de vista está programado para amortiguarme, pero no sé cómo me lo tomaré.
    —¡Dos!
    —Un agujero de gusano transitable y luego el resto no será más que producción en cadena. Ésta ha sido toda mi vida. Lo he convertido en mi único propósito.
    —¡UNO!
    —Puedo encontrar otra meta, escoger otra meta... pero entonces ¿quién seré yo?

    Blanca levantó la mano y le tocó la mejilla, sin saber qué decir. Su propio punto de vista estaba menos concentrado; il nunca se había enfrentado a una transición drástica como ésta.

    —¡CERO!

    La multitud guardó silencio. Blanca esperó el rugido de júbilo, los vítores, los gritos de triunfo.

    Nada.

    Gabriel miró abajo, luego Blanca. La femtoboca dispersaba el ultravioleta de los láseres, como siempre, pero no surgían rayos gamma.

    Blanca dijo:

    —La otra boca debe haberse salido del foco.

    Gabriel rió nerviosamente.

    —Pero no es así. Estuvimos allí y los instrumentos no indicaron nada. —La gente que les rodeaba se susurraban discretamente sus propias teorías, pero sus gestalt parecían ser más de diversión tolerante que de rechazo. Después de ocho siglos de problemas, no hubiese estado bien que la Fragua hubiese entregado a la primera la prueba definitiva de su triunfo.
    —Entonces debe tratarse de un error de calibración. Si la boca se apartó, pero los instrumentos creían que seguía enfocada, entonces habrá que recalibrar todo el sistema.
    —Sí, —Gabriel se pasó las manos por el pelaje de la cara, para luego reír—. Aquí me encuentro, esperando caer por el borde del mundo, y algo más sale mal para salvarme.
    —Un fallo final para suavizar la transición. ¿Qué más podrías pedir?
    —Sí.
    —¿Y luego qué?

    Se encogió de pronto, sintiéndose de pronto avergonzado de la pregunta en sí.

    —Tú lo has dicho: enlazar la Fragua no es más que el comienzo. Todavía no hemos cubierto el universo de agujeros de gusanos. Y a este ritmo, tendremos fallos para suavizar la transición durante otros ochocientos años.

    Blanca invirtió medio gigatau en explorar su nuevo mundo imaginario, ajustando los parámetros y volviendo a empezar mil veces, aunque sin intervenir nunca o esculpir directamente el panorama. Eso estaba mal —hacía que fuese menos artístico y lo acercaba más a lo falsamente físico— pero nadie tenía que enterarse. Cuando lo abriese al público, la gente se maravillaría de su perfecta combinación de consistencia y espontaneidad.

    Se había sentado al borde de un cañón profundo, observando cómo nubes de polvo verde hoja iluian a su alrededor como una cascada vivida pero etérea, cuando apareció Gabriel. Blanca había pasado algún tiempo preocupándose por los problemas de la Fragua, pero tras el primer megatau la cuestión había desaparecido por completo de su mente. Sabía que los resolverían, de la misma forma que habían resuelto todos los otros problemas. Siempre era cuestión de perseverancia.

    Gabriel dijo con tranquilidad:

    —Ahora los rayos gamma salen sin problemas por el otro extremo
    —¡Qué maravilla! ¿Cuál era el problema? ¿Un láser mal alineado?
    —No había problema. No hemos realizado ninguna reparación. No hemos cambiado nada.
    —La boca se limitó a entrar en el foco, eh. ¿Oscila dentro de la trampa?

    Gabriel hundió las manos en el flujo verde.

    —Siempre estuvo dentro de foco, perfectamente posicionada. Los rayos gamma que vemos ahora son los que entraron al principio. ¿Recuerdas que codificamos todos los pulsos con una marca de tiempo? Bien, los primeros pulsos en salir tenían la marca temporal de los rayos gamma enviados hace cinco días y medio. Salir les ha llevado tanto tiempo como haber recorrido el espacio normal entre las bocas. Exactamente, hasta el último picosegundo. El agujero de gusano se puede recorrer, pero no es un atajo. Tiene ciento cuarenta mil millones de kilómetros de largo.

    Blanca prestó atención en silencio. No parecía buena idea preguntarle si estaba seguro; el grupo de la Fragua habría invertido los últimos megataus buscando frenéticamente una conclusión más apetecible.

    Finalmente, il dijo:

    —¿Por qué? ¿Tenéis alguna idea?

    Gabriel se encogió de hombros.

    —Lo único que se nos ocurre que tenga cierto sentido es lo siguiente: la energía total del agujero de gusano depende por completo del tamaño y forma de sus bocas. Son las bocas las que interaccionan con los gravitones virtuales; el túnel del agujero de gusano puede ser todo lo largo y corto que quieras y las bocas seguirán teniendo exactamente la misma masa.
    —Si, pero eso no es razón para que el túnel se haga más largo simplemente porque las bocas se separen en el espacio externo.
    —Espera. Hay una diminuta corrección a la energía total que depende por completo de la longitud. Si el agujero de gusano es más corto que el camino a través del espacio externo, entonces la energía de las partículas virtuales que lo atraviesan será ligeramente mayor que la energía normal de vacío. Así que si el agujero de gusano tiene libertad de ajustar su longitud para minimizar esa energía, la distancia interna entre las bocas acabará siendo exactamente igual a la distancia externa.
    —iPero el agujero de gusano no tiene libertad para hacerlo! La teoría de Kozuch no le permite crecer más allá de diez elevado a la menos treinta y cinco metros; en las seis dimensiones adicionales, ¡el universo total no es más ancho que esa longitud!

    Gabriel dijo secamente:

    —Da la impresión de que la teoría de Kozuch tiene algunos problemas. Primero Lacerta, todavía por explicar. Ahora esto. —Los gleisners habían situado una sonda no consciente en órbita alrededor del agujero negro de Lacerta, pero no había ofrecido nada de información sobre la causa de la colisión de las estrellas de neutrones.

    Durante un rato se quedaron sentados en silencio, con las piernas colgando por el borde del cañón, observando cómo la niebla verde caía en cascada. En términos de puro desafio intelectual, Gabriel no podría haber esperado más: había que rehacer por completo la teoría de Kozuch, o incluso reemplazarla, y el instrumento que había ayudado a construir durante ochocientos años estaría en el centro de esa transformación.

    La Fragua sólo había resultado ser una completa pérdida de tiempo como atajo a las estrellas.

    Blanca dijo:

    —Nos habéis acercado a la verdad. Eso nunca es una derrota.

    Gabriel rió amargamente.

    —¿No? Ya se habla de clonar miles de copias de Carter— Zimmerman y enviarlas en todas direcciones, para ayudarnos a alcanzar a los gleisners. Si se hubiesen podido recorrer al instante los agujeros de gusano, habrían unido toda la galaxia; podríamos habernos trasladado de una estrella a otra con la misma facilidad con la que nos desplazamos de una panorama a otro. Pero ahora estamos destinados a la fragmentación. Algunos clones de C-Z volarán a las estrellas, pasarán siglos... y para cuando lleguen las noticias a las otras polis no les importará. Nos separaremos. — Empujó un puñado de polvo, acelerando su caída por el precipicio—. Yo iba a construir una red que cubriese todo el universo. Ése era yo: el ciudadano que lo pondría todo en las palmas de nuestras manos. ¿Ahora quién soy?
    —El instigador de la próxima revolución científica.
    —No. —Negó lentamente con la cabeza—. No puedo girar esa esquina. Puedo vivir con el fracaso. Puedo vivir con la humillación. Puedo seguir mansamente a los gleisners al espacio, más despacio que la luz, aceptando que después de todo no hay métodos mejores. Pero no esperes que mire lo que ha envenenado mis sueños y lo acepte como una triunfante revelación.

    Blanca observó cómo miraba taciturnamente a la distancia. Il se había equivocado, durante siglos: la elegancia de la teoría de Kozuch nunca había sido suficiente para Gabriel. Así que la posibilidad de descubrir y corregir sus errores no le consolaba.

    Blanca se puso en pie.

    —Vamos.
    —¿Qué?

    Le cogió de la mano.

    —Salta conmigo.
    —¿Adonde?
    —No a otro panorama. Aquí. Por el borde.

    Gabriel observó dubitativamente a Blanca, pero se puso en pie.

    —¿Por qué?
    —Te hará sentirte mejor.
    —Lo dudo.
    —Entonces hazlo por mí.

    Il sonrió con pesar.

    —Vale.

    Se colocaron en el borde de piedra, sintiendo el polvo alrededor de sus pies. Gabriel dijo, sorprendido:

    —Me hace sentirme inquieto el saber que voy a ceder el control de mi icono. Debe ser algo primitivo. ¿Sabes que incluso los exuberantes alados sufrían una gran respuesta emocional a la caída libre? Para ellos lanzarse al vacío era a menudo una maniobra útil, pero conservaron el deseo instintivo de terminar lo antes posible.
    —Bien, no te asustes y vuela, o jamás te perdonaré. ¿Listo?
    —No. —Gabriel estiró el cuello hacia delante—. Esto no me gusta nada de nada.

    Blanca le apretó la mano y dio un paso al frente, y las leyes del mundo imaginario les hicieron caer.


    9. Grados de libertad


    POLIS CARTER-ZIMMERMAN, ESPACIO INTERESTELAR
    58 315 855 965 866 TEC
    21 DE MARZO 4082, 8:06:03,020 TU



    Blanca se sentía obligada a visitar el Casco al menos una vez al año. Todos en Carter-Zimmerman sabían que il había escogido experimentar algo de tiempo subjetivo durante el viaje a Fomalhaut —a pesar de la decisión de Gabriel de permanecer congelado durante la duración del viaje— y en realidad sólo había una razón aceptable para hacerlo.

    —¡Blanca! [Has despertado! —Enif ya había visto a Blanca y había saltado hacia il a cuatro patas, atravesando la cerámica marcada por los micrometeoritos, tan seguro en sus movimientos como siempre. Alnath y Merak vinieron detrás, a una velocidad ligeramente más prudente. La mayoría de los Osvald empleaban software de corporeidad para simular hipotéticos carnosos adaptados al vacío, incluyendo pelajes aislantes y herméticos, comunicación infrarroja, palmas y suelas de adhesividad variable y reparación simulada de daño por radiación también simulado. El diseño era perfectamente funcional, pero considerando que cada clon especial de la polis Carter-Zimmerman era apenas más grande que uno de esos Cachorrillos Estelares, tener uno de pasajero era imposible. El Casco no era más que una ficción plausible, un panorama sintético que fusionaba el cielo real con una nave espacial imaginaria de varios cientos de metros de largo; miles de veces más pesada que la polis, sólo podría haber sido realidad si hubiesen pospuesto la Diáspora durante algunos milenios para fabricar todo el antihidrógeno que habría hecho falta para impulsarla.

    Enif casi chocó con Blanca, pero se apartó justo a tiempo, sujetándose apenas. Siempre estaba demostrando sus habilidades especificas para el Casco, pero Blanca se preguntó qué habrían hecho los demás si Enif se hubiese equivocado con la adhesión y hubiese salido despedido al espacio. ¿Habrían violado la física tan cuidadosamente simulada para recuperarle mágicamente? ¿O habrían montado una misión de rescate?

    —[Has despertado! ¡Justo un año después!
    —Asi es. He decidido convertirme en vuestro equinoccio vernal, para que sigáis en contacto con los ritmos del mundo natal. —Blanca no podía evitarlo; desde que había descubierto que el punto de vista de los Osvald les hacía tragarse cualquier astrojerga como si fuese algo asombrosamente profundo, había ido exagerando cada vez más en busca del último vestigio de ironía que hubiese podido sobrevivir a su perfecta adaptación a los rigores mentales del viaje interestelar.

    Enif suspiró con alegría:

    —¡Serás nuestro oscuro sol naciente, una imagen transitoria y nostálgica en nuestra retina colectiva! —Los otros se pusieron a su altura y los tres se pusieron a discutir seriamente la importancia de permanecer en sincronía con los ciclos antiguos de la Tierra. El hecho de que todos fuesen ciudadanos de quinta generación nacidos en C-Z que jamás se habían sentido ni remotamente afectados por las estaciones no parecía merecer ningún comentario.

    Cuando clonaron la polis Cárter Zimmerman un millar de veces y lanzaron los clones hacia mil destinos, la gran mayoría de los ciudadanos que participaban en la Diáspora había decidido, muy razonablemente, congelar sus instantáneas hasta la llegada, ahorrándose el tedio y el riesgo. Si el archivo de la instantánea era destruido en ruta sin haber sido ejecutado desde el momento de la clonación, no seria una pérdida ni tampoco una muerte. Muchos ciudadanos también habían programado sus exoyós para activarlos sólo en un sistema que resultase ser lo suficientemente interesante, eliminando así incluso el riesgo de la decepción.

    En el otro extremo, noventa y dos ciudadanos habían escogido experimentar cada uno de los miles de viajes, y aunque algunos aceleraban tanto que comprimían cada viaje en unos pocos megataus, el resto participaba de la curiosa creencia de que el tiempo subjetivo equivalente al carnoso era el único ritmo «honesto» con el que enfrentarse al mundo físico. Eran los que exigían los puntos de vista más rigurosos para evitar volverse locos.

    —Bien, ¿qué noticias hay? ¿Qué me he perdido? —Blanca aparecía en el Casco no más de una o dos veces al año, dejando que los Osvald diesen por supuesto que pasaba el resto del tiempo en congelación. Dado que sólo había escogido despertar en éste, el más corto de los viajes, una aproximación tan aguada a la Experiencia de la Diáspora les hubiese resultado consistente a sus compañeros de viaje, aunque no exactamente loable.

    Merak se alzó sobre las patas traseras, frunciendo el ceño amistosamente, las venas de la garganta bajo su pelaje violeta todavía pulsando visiblemente tras la carrera.

    —¿De verdad no lo sabes? [Procyon se ha movido casi un sexto de grado desde tu última vez! ¡Y Alfa Centaurí casi el doble! —Cerró los ojos durante un momento, demasiado maravillado para continuar—. ¿No lo sientes, Blanca? ¡Debes hacerlo!La exquisitasensación del paralaje, de moverse entre las estrellas en tres dimensiones...

    Privadamente, Blanca había bautizado a los ciudadanos que usaban ese punto de vista —muchos, pero no todos, eran Cachorrillos Estelares— «los Osvald», por el personaje de Espectros de Ibsen que cierra la obra repitiendo absurdamente, «El Sol. El Sol".Las estrellas. Las estrellas. Cuando no se quedaban mudos de emoción por el cambio de paralaje, les hipnotizaban las fluctuaciones de las estrellas variables o las órbitas lentas de algunas binarias que se podían ver con facilidad. La polis era demasiado pequeña para venir equipada con instalaciones astronómicas serias, y en cualquier caso, los Cachorrillos Estelares se ceñían servilmente a su falsa y limitada visión biológica. Pero se regodeaban bajo la luz de las estrellas y se deleitaban en las inmensas escalas de distancia y tiempo del viaje porque habían remodelado sus mentes para hacer que hasta el último detalle de la experiencia fuese interminablemente placentero, infinitamente fascinante y portentosamente significativo.

    Blanca se quedó algunos kilotaus, dejando que Enif, Alnath y Merak le mostrasen la nave imaginaria, le señalasen cientos de minúsculos cambios en el cielo —explicando en todo momento lo que significaban— parándose de vez en cuando para presumir de il ante sus amigos. Cuando il dio finalmente a entender que su tiempo casi había acabado, fueron al morro y observaron reverentemente el destino. En un año, Fomalhaut no había cambiado apreciablemente de brillo y no había estrellas cercanas que se pudiesen ver pasar alejándose, por lo que incluso Merak tuvo que admitir que no había mucho a destacar.

    Blanca no tuvo el valor de recordarles que deliberadamente se habían cegado a la señal más espectacular del movimiento de la polis: a un ocho por ciento de la velocidad de la luz, el astroiris de proa producido por el efecto Doppler y centrado en Fomalhaut era demasiado tenue para que pudiesen verlo. El panorama en sí estaba basado en datos de cámaras con sensibilidad de un único fotón y resolución de longitudes de onda por debajo de un angstrom, así que la vista estaba allí si la solicitaban, pero la idea de traicionar su corporeidad para absorber esa información directamente, o tan sólo construir un cielo de falso color para exagerar el efecto Doppler hasta que fuese visible, les hubiese aterrorizado. Experimentaban el viaje a través de los simples sentidos de un carnoso adaptado al espacio plausible; cualquier embellecimiento sólo podía reducir la autenticidad y corrían el riesgo de que les condujese a la locura del abstraccionismo.

    Il se despidió hasta la siguiente vez. Retozaron a su alrededor, protestando enérgicamente y rogándole que se quedase, pero Blanca sabía que la tristeza de esos tres no dudaría mucho.

    De vuelta a su panorama hogar, Blanca admitió para sí haber disfrutado de la visita, Una breve dosis del incontenible entusiasmo de los Cachorrillos siempre ayuda a sacudir su perspectiva acerca de su propia obsesión.

    Su panorama hogar actual era una planicie vitrea con fisuras bajo un cielo naranja intenso. A sólo unos pocos deltas del suelo, las nubes de un plata mercurial se elevaban en las corrientes ascendentes, se sublimaban convirtiéndose en vapor invisible para luego recondensarse abruptamente y caer de nuevo. El suelo sufría seísmos inducidos por fuerzas de las nubes que no tenían análogas en la física del mundo real. Blanca comenzaba a apreciar los patrones del cielo que presagiaban un gran seísmo, pero las reglas precisas, complejas propiedades emergentes de las leyes deterministas de bajo nivel, seguían siendo elusivas.

    Pero el mundo y su sismología no era más que decorado y diversión. La razón por la que había elegido experimentar el tiempo durante el viaje recorría en zigzag varios kilodeltas del panorama.., y el sendero de diagramas de Kozuch, intentos fallidos por resolver ei Problema de la Distancia, pronto constituiría el rasgo geológico más llamativo de la planicie, superando incluso a las fisuras producidas por los seísmos más potentes.

    Blanca flotó sobre el extremo más reciente del sendero, apreciando sus recientes y patéticos esfuerzos. Había empleando los últimos megataus intentando insertar un feo sistema de «correcciones de alto orden* en el modelo original de Kozuch, series infinitas de agujeros de gusano dentro de agujeros de gusano que había esperado que pudiesen dar sumas de distancia arbitrariamente largas pero finitas, fractaies de cientos de miles de millones de kilómetros encajados en un espacio veinte órdenes de magnitud más pequeño que un protón. Antes, había trasteado con el proceso de creación y aniquilación en el vacío, intentando hacer que el espacio-tiempo del agujero de gusano se contra