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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    PEREGRINACIÓN, EL LIBRO DEL PUEBLO (Zenna Henderson)

    Publicado el domingo, septiembre 08, 2013

    La ventanilla del autobús era un cuadrado oscuro contra la noche de formas indistintas. Los ojos de Lea dejaron lentamente la niebla difusa de la distracción y enfocaron el mundo; al fin se le materializó la cara, en débiles fragmentos, apenas visibles en la penumbra del interior del autobús. Mira, pensó, todavía tienes una cara. Inclinó la cabeza y observó la luz pálida que se le deslizaba por el borde nítido y delicado de la mejilla. Los ojos abiertos no veían ningún color, sólo oscuridad; los rizos recogidos en las sienes y la curva de las cejas, todo como una fotografía fuera de foco en la oscuridad exterior. Esto es lo que parezco a la gente, pensó de un modo impersonal. Mi exterior está intacto: una cáscara de huevo y nada dentro.

    La figura de al lado se movió en el asiento.

    — ¿Despierta, querida? —La cara redonda resplandeció en las sombras—. Parece que durmió bien. Estuvo usted tan quieta desde que yo subí. Déjeme que encienda la luz. —La mujer movió los dedos sobre la cabeza de Lea—. Estas luces son de veras ingeniosas. ¿Cómo habrán conseguido que apunten en la dirección justa? —La luz se encendió y Lea apartó los ojos parpadeando—. ¿Demasiado fuerte? —La cara de la anciana se arrugó en una sonrisa—. Me recuerda cuando yo era joven y veníamos de la oscuridad y encendíamos la lámpara de petróleo. Yo parpadeaba como usted ahora. Aunque cuando yo tenía los años de usted ya había luz eléctrica. Pero yo tuve mis dos primeros antes de la electricidad. Me casé a los diecisiete y estos dos no pudieron venir más rápido. Usted no puede tener más de veintidós o veintitrés. Señor. Yo ya había dado cuatro al mundo por ese entonces La ventanilla del autobús era un cuadrado oscuro contra la noche de formas indistintas. Los ojos de Lea dejaron lentamente la niebla difusa de la distracción y enfocaron el mundo; al fin se le materializó la cara, en débiles fragmentos, apenas visibles en la penumbra del interior del autobús. Mira, pensó, todavía tienes una cara. Inclinó la cabeza y observó la luz pálida que se le deslizaba por el borde nítido y delicado de la mejilla. Los ojos abiertos no veían ningún color, sólo oscuridad; los rizos recogidos en las sienes y la curva de las cejas, todo como una fotografía fuera de foco en la oscuridad exterior. Esto es lo que parezco a la gente, pensó de un modo impersonal. Mi exterior está intacto: una cáscara de huevo y nada dentro.

    La figura de al lado se movió en el asiento.

    — ¿Despierta, querida? —La cara redonda resplandeció en las sombras—. Parece que durmió bien. Estuvo usted tan quieta desde que yo subí. Déjeme que encienda la luz. —La mujer movió los dedos sobre la cabeza de Lea—. Estas luces son de veras ingeniosas. ¿Cómo habrán conseguido que apunten en la dirección justa? —La luz se encendió y Lea apartó los ojos parpadeando—. ¿Demasiado fuerte? —La cara de la anciana se arrugó en una sonrisa—. Me recuerda cuando yo era joven y veníamos de la oscuridad y encendíamos la lámpara de petróleo. Yo parpadeaba como usted ahora. Aunque cuando yo tenía los años de usted ya había luz eléctrica. Pero yo tuve mis dos primeros antes de la electricidad. Me casé a los diecisiete y estos dos no pudieron venir más rápido. Usted no puede tener más de veintidós o veintitrés. Señor. Yo ya había dado cuatro al mundo por ese entonces y había enterrado uno. Mire, fotografías de mis nietos.

    Vengo de visitar al último de todos, el benjamín de Jenny. Una niña luego de tres varones. Usted me recuerda un poco a ella, los ojos oscuros y ese color de pelo. Jenny lo usa más largo, pero las dos tienen ese mismo tinte rojizo. —La mujer buscó en el bolso. Lea sentía que las palabras caían sobre ella como un agua tibia y espumosa. Tomó automáticamente la billetera abultada que le tendía la mujer y miró sin ver las ventanitas de celofán—: ...y éstos son Arthur y Jane. Ah, aquí está Jenny. Mírela, mírela bien y dígame si no se parece a usted.

    Lea tomó aliento y recorrió de vuelta una larga y dolorosa distancia. Clavó los ojos en la billetera.

    La cara la miraba ahora sonriendo, expectante.

    —¿Bien?
    —Es... —Lea no tenía voz. Carraspeó secamente—. Es bonita.
    —Sí, lo es. —La mujer sonrió—. ¿No opina que se parece un poco a usted?
    —Un poco... —comenzó a repetir Lea, y se le apagó la voz; la mujer entendió que esto era una respuesta. —Adelante, mire a los otros y dígame cuál de los niños le gusta más.

    Lea volvió las páginas de celofán y se quedó mirando algo, con los ojos bajos.

    —Bueno, ¿con cuál se ha quedado? —La mujer se inclinó hacia Lea—. ¡Bueno! —Un jadeo de indignación—. ¡Eso es mi licencia para conducir! ¡No le pedí que husmeara mis papeles!

    La anciana le arrebató a Lea la billetera y apagó la luz. Hubo unos cuantos movimientos y murmullos en el asiento de al lado hasta que la tranquilidad volvió otra vez.

    El zumbido del autobús era casi hipnótico y Lea se hundió de nuevo en aquella apatía, excepto una punta minúscula de incomodidad que continuaba aguijoneándole la conciencia. Tendría que hacer algo en la próxima parada. El billete alcanzaba hasta allí. ¿Luego qué? Habría que decidir otra vez. Y todo lo que ella quería era nada... nada. Y todo lo que tenia era nada... nada. ¿Por qué tenía que hacer algo? ¿No bastaba que ella no...? Lea apoyó la frente contra el vidrio de la ventanilla, disolviendo aquel nebuloso reflejo de ella misma, y clavó los ojos en la oscuridad. El hábito la dominó de nuevo, y los dolorosos pensamientos volvieron a los viejos surcos, los trillados senderos que llevaban a una futilidad sin remedio, a una nada oscura. Retuvo el aliento, y luchó contra el horror... la amenaza...

    Todas las luces del interior del autobús se encendieron de pronto, y hubo un murmullo y un movimiento de gente adormilada. El autobús marchaba ahora más despacio entre las luces desperdigadas de las afueras de un pueblo.

    Era un pueblo pequeño. Lea ni siquiera recordaba el nombre. Ni siquiera supo en qué dirección iba cuando dejó la estación. Se alejó de la parada de autobús caminando con pasos rápidos y silenciosos por la acera agrietada, complaciéndose en el balanceo rítmico del cuerpo después de las largas horas de inactividad. La mente todavía le daba vueltas, a ciegas, apartada, distraída, encerrada en sí misma.

    El distrito comercial fue quedando atrás, y Lea comenzó a subir por una calle empinada. Arriba y al cabo de un rato se encontró con una baranda. Se apoyó en el borde esperando a que se le pasara el mareo. Escudriñó la oscuridad. ¡Es un puente!, pensó. Sobre un río. Sintió que algo se encendía en ella. Es la respuesta, se dijo, animada. Sí, y luego... ¡nada más! Apoyó los codos en la baranda, enmarcándose el mentón y las mejillas con las manos, los ojos puestos en la oscuridad de allá abajo, una oscuridad cerrada donde no había ni siquiera una onda que reflejase las luces del puente.

    La voz familiar, tan razonable, hablaba de nuevo. Hay que desprenderse de ese dolor. Que sea sólo una incomodidad transitoria. Deja de respirar, deja de pensar, deja de sufrir, deja de alimentar ese ciego deseo. Lea se movió por la acera, acariciando la baranda. Puedo soportarlo ahora, pensó. Ahora que sé que hay un fin. Puedo soportar un minuto más de vida... para decir adiós. Sintió un estremecimiento en los hombros y la risa que se le ahogaba en la garganta. ¿Adiós? ¿A quién? ¿Quién notaría que ella se había ido? Una onda que se detiene en un mar tempestuoso. Que el agua tranquila la dejara sin aliento. Que esa bondad impersonal la ocultara, la disolviera, de modo que nadie pudiera suspirar y decir: Eso fue Lea. Oh, agua bendita.

    No había nada que lo impidiera. Lea se encontró defendiendo lo que iba a hacer como si le hubiesen puesto alguna objeción. Escucha, pensó. Te lo he dicho tantas veces. No hay razón para seguir. Puedo aguantarlo cuando la inanidad me envuelve ocasionalmente, ¿pero no recuerdas? ¿No recuerdas la mañana en que estabas sentada vistiéndote, con un zapato puesto y el otro todavía en la mano, y no podías encontrar una razón válida para terminar de calzarte? ¡Ninguna razón! ¿Acabar de vestirse? ¿Para qué? ¿Por qué tenías que ir a trabajar? ¿Por qué? ¿Para ganarte la vida? ¿Por qué? ¿Para tener que comer? ¿Por qué? ¿Para no morirte de hambre? ¿Por qué? ¡Porque tienes que vivir! Por qué. ¿Por qué? ¡Por qué!

    —Y no había respuestas. Y me quedé allí sentada hasta que el aire gris se disolvió a mi alrededor, como otras veces. Pero entonces... —Lea juntó las manos y se las retorció dolorosamente—. ¿Recuerdas qué ocurrió entonces? El cielo distorsionado se desgarró derramando todo el horror de un mundo sin significado y sin sentido; una existencia irracional que daba vueltas y vueltas como las manecillas de un reloj sin cara, una nada amenazadora que tironeaba del hilito de razón que aún me quedaba enredándolo y enredándolo. —Lea se estremeció y apretó los labios tratando de recobrarse—. Eso fue sólo el principio... Poco después esos mismos abismos de inutilidad llegaron a ser un refugio y no algo de lo que era necesario escapar, una negatividad casi cómoda comparada con ese horror positivo que era vivir. Pero ya no aguanto ni una cosa ni otra. — Se dobló sobre la baranda—. Y no tengo por qué hacerlo. —Se enderezó y contuvo una náusea repentina y seca—. Las aguas han de ser más profundas en el medio —se dijo—. Profundas, rápidas, silenciosas, alejándome de esta intolerable...

    Y mientras daba un paso adelante se oyó un gritito, perdido dentro de ella.

    —¡Pero yo hubiese podido tener amor a la vida! ¿Cómo he llegado a este punto muerto?

    Calla, le decía la oscuridad a la vocecita, ¡calla! No te molestes en pensar. Trae dolor. ¿No descubriste que trae dolor? No tienes que pensar nunca más, ni hablar nunca más, ni respirar nunca más después del próximo aliento...

    Los pulmones de Lea se llenaron lentamente. ¡El último aliento! Empezó a deslizarse a lo largo de la baranda del puente de piedra, hacia la oscuridad, hacia el acabamiento de todo, hacia el Fin.

    —No tienes verdaderas ganas. —La voz risueña sorprendió a Lea como un golpe en la cara—. Por otra parte, aunque lo quisieras de veras no podrías aquí. Quizá te romperías una pierna, pero nada más.
    — ¿Me rompería una pierna? —La voz de Lea era de estupefacción, y algo gritó dentro de ella, decepciona da—: ¡Te estoy hablando!
    —Claro. —Unas manos fuertes la apartaron de la baranda y la arrastraron a un asiento dentro de lo que parecía ser un pequeño kiosco—. Tienes que ser muy nueva aquí, llegada en el autobús de las nueve y media de la noche.
    —El autobús de las nueve y media de la noche —repitió Lea inexpresivamente.
    —Porque si hubieses estado aquí a la luz del día sabrías que este puente es un engaño y una ilusión, por lo menos en lo que a agua se refiere. No podrías ahogar un mosquito en este río. Hay un dique arriba, y aquí sólo arena y tamariscos. Además, no quieres morir, mucho menos con un abrigo tan hermoso como ése, ¡casi nuevo!
    —No quieres morir —repitió Lea como un eco distante. De pronto se soltó con una sacudida de aquellas manos firmes y torció el cuerpo tratando de librarse del brazo que la sostenía.
    — ¡Quiero morir! ¡Vete! —Habló con una voz cada vez más aguda y casi escupió la última palabra.
    —¿Pero no me oíste? —El resplandor del farol más cercano en el collar de luces que perlaba el puente brilló sobre una sonriente cara de muchacha, no mucho mayor que Lea—. No tendrás lo que piensas si tratas de suicidarte aquí. Probablemente te quedes tendida en la arena toda la noche, quizá con una rama afilada de tamarisco clavada en el hombro, y la pierna rota doliéndote corno todos los diablos. Y mañana te encontrarán las hormigas, y las moscas, los moscardones que zumban. Los atrae la sangre, ya lo sabrás. Tu sangre, derramada en la arena.

    Lea ocultó la cara, con violencia, hundiendo las uñas en el cuero cabelludo. Esta... esta criatura no tiene por qué rascar esa costra que resuma sangre, pensó. Sería tan fácil saltar a la oscuridad, a la nada, y no quedarse pensando en moscardones y sangre, tu propia sangre.

    —Además... —el brazo la rodeaba de nuevo, llevándola de vuelta al banco—, no puedes querer morir y perderlo todo.
    —Todo es nada —jadeó Lea, tratando de volver a un camino gastado y conocido—. No es nada. Sólo una tiza gris que escribe palabras grises en un cielo gris de tormenta. ¡No hay nada! ¡No hay nada! —Esa frase tan redonda tienes que habértela dicho miles de veces para haber llegado tan adentro en la oscuridad —dijo la voz, seria ahora—. Pero tienes que volver, lo sabes, tienes que sentir de nuevo el deseo de vivir.
    — ¡No, no! —gimió Lea, retorciéndose—. ¡Déjame ir! —No puedo. —La voz era dulce, las manos firmes—.

    Los Poderes me enviaron aquí a propósito. No puedes volver a la Presencia con tu vida deshecha. Pero no me escuchas, ¿no es cierto? Deja que te diga.

    »Te llamas Lea Holmes. Yo me llamo Karen, si quieres saberlo. Dejaste tu casa en Clivedale hace dos días. Juntaste todo tu dinero y compraste el pasaje que te llevara más lejos. Te pasaste dos días sin comer. Ni siquiera sabes muy bien en qué estado te encuentras, excepto que es un estado de desesperación y agotamiento completos, ¿no es así?

    — ¿Cómo... cómo sabe? —Lea sintió que algo muerto desde hacía mucho se movía dentro de ella, y volvía a morir bajo la chata monotonía de la voz de la muchacha—. No importa. Nada importa. ¡Usted no sabe nada! —Una ira nauseosa aleteó en el estómago vacío de Lea—. Usted no sabe lo que es vivir de cara a una pared y sin embargo tener que caminar y caminar, día tras día, arrastrando siempre una rueda de molino, sin ninguna esperanza de poder atravesar la pared, ¡nada, nada, nada! ¡Ni siquiera un eco! ¡Nada!

    Lea se arrancó de las manos de Karen, y en un movimiento ciego y enloquecido corrió a la baranda de cemento y se arrojó a la oscuridad.

    Una vuelta y otra vuelta en el aire, interminable, lenta, lenta. ¿Se tardaba tanto en morir? Cayó blandamente en la arena.

    —Ya ves —dijo Karen, agachándose en la arena y alzando la cabeza de Lea—. No puedo permitir que lo hagas.
    —Pero... yo... ¡yo salté! —Las manos de Lea tocaron la arena a los costados y alzó los ojos y miró las luces de los coches que pasaban allá arriba como bastones a lo largo de una cerca de piquetes.
    — Sí, saltaste. —Karen rió con una risita cálida—. Mira, Lea, todavía hay maravillas en este mundo. No todo está en el fondo de un pantano. ¿Cuál es esa otra cita que has estado usando como anestesia?

    Lea volvió de mala gana la cabeza y se sentó.

    —Déjeme sola.

    Karen insistió con una voz imperiosa.

    — ¿Cuál era esa otra cita?
    —No hay más maravillas para mí —citó Lea con las manos sobre los labios—. Excepto preguntarme por qué ya no puedo maravillarme. Y por qué todas las maravillas parecen haberse agotado... —Unas lágrimas calientes le quemaron los ojos, pero no llegaron a caer—. No más maravillas...

    El enorme vacío que estaba allí esperando siempre se extendió y extendió distorsionando...

    ¿No más maravillas? —Karen rompió la burbuja con una risa tierna—. ¡Oh, Lea, si yo sólo tuviera tiempo! ¡Ninguna maravilla! Pero tengo que irme. La más increíble maravilla... —Hubo un breve silencio y los coches pasaron arriba, uno tras otro—. ¡Escucha! —Karen tomó las manos de Lea—. Ya no te importa lo que pueda pasarte, ¿no es cierto?

    ¡No! —dijo Lea, pero una débil voz murmuró una protesta detrás de ese grito desanimado.

    —Sientes que la vida es insufrible, ¿no? —Insistió Karen—. Que nada puede ser peor.
    — Nada —dijo Lea, embotada, con un susurro ahogado.
    —Escucha entonces. —Karen se arrimó a ella en la oscuridad—. Te llevaré conmigo. En verdad no tendría que hacerlo, especialmente ahora, pero ellos entenderán. Te llevaré allá conmigo y luego, luego, si cuando todo haya terminado tú todavía piensas que no hay nada de que maravillarse en el mundo, yo misma te llevaré a un sitio mucho más apropiado para suicidios, ¡y te daré un empujón!

    Las manos de Lea se retorcían tratando de librarse de sí mismas.

    —Pero dónde...
    — ¡Ah, ja! —rió Karen—. ¡Recuerda que no te importa! ¡No te importa! Bien, ahora tendré que taparte los ojos, un minuto. Levántate. Deja que te ponga esta bufanda sobre los ojos. Listo. Me parece que no está demasiado apretada, y sí lo suficiente. —La charla de Karen siguió y siguió, y Lea buscó apoyo de pronto en la muchacha, sintiendo que el mundo se disolvía alrededor. Se tomó del hombro de Karen y dio unos pasos tambaleantes de la arena a terreno más sólido—. Oh, ¿te marea no ver nada? —Preguntó Karen—. Bueno, está bien. Te la sacaré. —Desató la bufanda—. De prisa, tenemos que tomar el autobús y es casi la hora. —Arrastró a Lea a lo largo de la vereda del puente, hacia la otra orilla, dejando atrás el pueblo.
    —Pero... —Lea trastabillaba de cansancio y hambre—, ¿cómo estamos otra vez en el puente? ¡Esto es una locura! Estábamos abajo...
    — ¿Preocupada, Lea? —Karen la tranquilizó tocándole el hombro—. Si nos damos prisa tendremos tiempo de que comas un sandwich antes de que llegue el autobús. Yo invito.

    Un sandwich y un vaso de leche más tarde, el autobús se acercó rugiendo a la acera, devoró a Lea y a Karen y se alejó ruidosamente. Veinte minutos después el conductor, discutiendo, abrió la portezuela a la oscuridad.

    —Pero, señora, ¡no hay nada ahí! ¡La casa más próxima está casi a dos kilómetros!
    —Ya lo sé —sonrió Karen—. Pero éste es el sitio. Alguien nos espera. —Ayudó a Lea a bajar los peldaños—. ¡Gracias! —Dijo volviendo la cabeza—. ¡Muchas gracias!
    — ¡Gracias! —Murmuró el conductor cerrando brusca mente la portezuela—. ¡Ni siquiera es un cruce! ¡Qué gente loca!

    El autobús se fue rugiendo camino abajo. Las dos muchachas miraron la retirada de luciérnaga del autobús hasta que desapareció detrás de una curva.

    — ¡Bueno! —Karen suspiró, feliz—. Miriam está esperándonos por aquí en algún sitio. Luego iremos...
    —Yo no. —La voz de Lea era de una terquedad inexpresiva en la casi tangible oscuridad—. No me moveré un centímetro más. ¿Quién se cree que es usted? Me quedaré aquí hasta que pase un coche...
    —¿Y te tirarás al camino? —La voz de Karen era fría y dura—. No tienes derecho a obligar a un desconocido a que sea tu verdugo. ¿Te parece bien derramar tu sangre sobre alguien cubriéndolo de pies a cabeza?
    — ¡No me hable más de sangre! —gritó Lea, herida en lo vivo pues Karen estaba sacándole fuera todos los pensamientos—. ¡Déjeme morir! ¡Déjeme morir!
    —Sí, quizá tendría que dejarte morir —dijo Karen sin ninguna simpatía—. No estoy segura de que valga la pena evitarlo. Pero mientras estés en mis manos vendrás conmigo y te callarás. Las niñas lloronas me aburren.
    —Pero... usted... ¡no sabe! —Lea sollozó sin lágrimas, trastabillando detrás de Karen, arrastrada por el brazo, evitando cactos y arbustos, llorando el todo protector consuelo de la nada que ya hubiera sido suyo si Karen no hubiera intervenido.
    —Quizá te sorprenda —soltó Karen—, pero al menos Dios lo sabe, y no le has dedicado un solo pensamiento en toda la noche. Si tienes tantas ganas de meterte en la casa del Señor aunque nadie te haya invitado, será mejor que dejes de lloriquear y pienses en alguna excusa convincente.
    — ¡Usted es mala! —chilló Lea, como un niño.
    —De modo que soy mala. —Karen se detuvo tan bruscamente que Lea se la llevó por delante—. Quizá debiera dejarte sola. No quiero que esta cosa maravillosa que está ocurriendo sea estropeada por tantas estupideces. ¡Adiós!

    Y Karen desapareció antes que Lea alcanzara a parpadear. Desapareció completamente. No se había oído ni el sonido de una pisada, ni el susurro de un arbusto. Lea se encogió en la oscuridad, sintiendo que el pánico le crecía en el pecho y la dejaba sin aliento. El elevado arco del cielo resplandecía sobre ella y la noche de pronto hostil se cerraba arrastrándose, cada vez más cerca. No había ninguna parte a donde ir, ningún sitio donde esconderse, ningún rincón a donde pudiera retroceder. Nada... ¡Nada!

    — ¡Karen! —chilló Lea, echando a correr ciegamente—. ¡Karen!
    —Cuidado. —Karen salió de la oscuridad y la tomó por el brazo—. Hay cactos ahí. —La voz continuó con una exasperada paciencia—: Muerta de miedo por quedarse sola en la oscuridad dos minutos y catorce segundos, y todavía piensas que una eternidad de lo mismo sería mejor que vivir... Bueno, he hablado con Miriam y me ha dicho que puede ayudarme a tratar contigo, de modo que ven... Miriam, aquí está ella. ¿Crees que vale la pena salvarla? —Lea retrocedió, sorprendida, mientras Miriam se materializaba vagamente en la oscuridad.
    —Karen, deja ese tono de censor —dijo la sombra—. Ya sabes que no podrías abandonar a Lea ahora. Necesita ayuda, y no reproches.
    —Ni siquiera quiere ayuda —dijo Karen.
    —Hablan como si yo ni siquiera estuviese aquí —dijo Lea, resentida—. No aquí. No aquí. —La ola de desesperación creció y creció y al fin rompió sobre ella—. ¡Oh, déjenme ir! ¡Déjenme morir!

    Lea se apartó de Karen pero la sombra de Miriam la envolvió con brazos cálidos.

    —Tampoco quiere vivir, pero no lo aceptarás, así como no aceptas que no quiera ayuda.
    —Es tarde —dijo Karen—. ¿La sillita de oro?
    — Supongo que sí —dijo Miriam—. De todos modos el shock será inevitable. Cuanto más contacto mejor.

    De modo que las dos prepararon la silla, la mano tomando la muñeca, la muñeca tomada por la mano, y se agacharon.

    —Vamos, Lea —dijo Karen—, siéntate. Los brazos alrededor de nuestros cuellos.
    —Puedo caminar —dijo Lea fríamente—. No estoy tan cansada. No sean tontas.
    —A donde vamos no puedes ir caminando. No discutas. Estamos retrasadas. Siéntate.

    Lea apretó los labios, pero se sentó, torpemente, tomándose con fuerza cuando Karen y Miriam se incorporaron, levantándola del suelo.

    — ¿Todo bien? —preguntó Miriam. —Todo bien —dijeron a la vez Karen y Lea.
    — ¿Y ahora? —dijo Lea esperando a que empezaran los pasos.
    —Bueno —rió Karen—, no digas que no te lo advertí, pero mira hacia abajo.

    Lea miró hacia abajo, y abajo, ¡y abajo! Allá abajo se escurrían unas luces a lo largo de la borrosa cinta de un camino. Allá abajo se extendía el rocío enjoyado de los faroles de una calle. Allá abajo toda la panorámica perfección del valle brillaba mágicamente en la noche. Lea se miraba incrédula los dos pies que le colgaban en el aire; nada debajo sino aire, el mismo aire que le movía el cabello y le golpeaba los párpados a medida que aumentaban la velocidad. El terror la sofocaba. Los dos brazos apretaron convulsivamente los cuellos de las muchachas.

    — ¡Eh! —jadeó Karen—. ¡Nos estás ahogando! No ten gas miedo. No aprietes tanto. ¡No aprietes tanto!
    —Será mejor que la tranquilices —susurró Miriam—. No te oye.
    —Tranquila —dijo Karen en voz baja—. Lea, tranquila.

    Lea sintió que el miedo se alejaba de ella como una marea que retrocede. Aflojó los brazos. Los ojos que no entendían se alzaron a las estrellas y bajaron de nuevo a las luces. Dejó escapar un leve suspiro y apoyó la cabeza en el hombro de Karen.

    Estoy muriéndome, se dijo. Salté del puente y esto es mi agonía, el delirio que precede a la muerte. Tardo mucho en morir. No me sorprende, con esa espina de tamarisco que me ha traspasado el hombro.

    Lea cerró los ojos y los miembros se le aflojaron! Lea estaba tendida en una oscuridad de plata, detrás de los ojos cerrados, y saboreaba esa anónima inercia que separa el sueño del despertar. Una calma serena le cantaba en el cuerpo, un tranquilo zumbido. Se sentía tan anónima como un alga transparente que flota inmóvil entre dos capas de agua clara. Respiró despacio, pues no quería perturbar esa quietud de espejo, esa paz transparente. Si respiras con rapidez, empiezas a pensar, y si piensas... Lea se movió, se le estremecieron los párpados que no querían abrirse, pero la conciencia y la luz crecientes la despertaron del todo. Se quedó tendida y sin moverse en la cama, tratando de ser otra sábana blanca entre dos sábanas de algodón. Pero las sábanas blancas no oyen el canto de los pájaros en la mañana ni huelen desayunos. Se volvió y esperó a sentir otra vez el peso doloroso de la vida, esa carga que la abrumaría, que la trastornaría con aquella quemante inutilidad.

    —Buenos días. —Karen estaba sentada en el alféizar de la ventana, extendiendo una mano abierta, con la palma hacia arriba—. ¿Sabes cómo llamar la atención de un pájaro, con unas migas en la mano? Me pregunto si notan otra cosa que no sea comida o unos huevos. ¿Respiran alguna vez por la pura alegría de respirar?

    Deshizo las migas entre las manos y las echó fuera de la ventana.

    —No sé mucho de pájaros —dijo Lea con una voz espesa y herrumbrosa—. Y tampoco mucho de la alegría, me parece.

    Endureció el cuerpo esperando a que aquel pesado horror descendiera de nuevo.

    —Cálmate —dijo Karen volviéndose desde la ventana—. Te he tranquilizado.
    — ¿Quieres decir... que estoy curada? —preguntó Lea tratando de recordar los episodios de la noche anterior.
    —Oh, no. Simplemente te he desconectado, por un tiempo. La curación es algo lenta. Tienes que hacerlo tú misma. Yo puedo llevarte la cuchara a los labios, pero el esfuerzo de tragar depende de ti.
    — ¿Qué hay en la cuchara? —preguntó Lea ociosa mente, dejándose llevar por aquella corriente de paz.
    — ¿De qué tienes que curarte?
    —De la vida. —Lea apartó la cara—. Cúrame de la vida.
    — Otra vez lo mismo. Podemos pasamos palabras todo el día una a otra y no llegar a ninguna parte. Además, no tengo tiempo. Tengo que irme ahora. —La cara se le iluminó a Karen, y se movió alrededor del cuarto, levemente—. ¡Oh, Lea! ¡Oh, Lea! —En seguida, rápidamente—: Te espera el desayuno en el otro cuarto. Te dejo. Volveré luego y entonces... bueno, quizá se me haya ocurrido algo. Dios te bendiga.

    Karen se deslizó fuera del cuarto, pero Lea no oyó que la puerta se cerrara.

    Fue hasta el otro cuarto, sintiendo una inquietud que reemplazaba la inercia enfermiza de costumbre. Deshizo un poco de jamón entre los dedos y se sirvió una taza de café. Al fin salió del cuarto, sin probar nada. De vuelta en el dormitorio se tocó el raro camisón que tenía puesto. De pronto se lo sacó, con un solo y repentino movimiento, y se escurrió dentro de sus propias ropas.

    Probó el pestillo, no giraba. Martilleó débilmente con los puños en la puerta cerrada. Corrió a la ventana y sentándose en el alféizar comenzó a pasar las piernas al otro lado. Los pies le golpearon en algo invisible. Sorprendida, extendió una mano y tocó una cosa con la punta de los dedos. Sacó lentamente las dos manos y se quedó mirándolas cuando tropezaron con un obstáculo.

    Volvió a la cama y la miró un rato. Al fin se puso a tenderla, rápida, minuciosamente, doblando bajo el colchón los bordes de las sábanas y ahuecando la almohada de plumas. Luego se dejó caer en el borde de la cama y se miró las manos apretadas y tensas. Poco a poco fue deslizándose hasta caer al suelo de rodillas. Hundió la cara en las manos y le susurró a aquella pena árida que le quemaba los ojos: —¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¿Estás de veras ahí?

    Durante un largo tiempo se quedó allí de rodillas, sintiendo que apretaba la cara contra los barrotes que le impedían salir al mundo, y que ahora, quizás a causa de Karen, eran algo inerte e impersonal, y ya no más aquella maligna carga de agonía, la criatura deliberadamente malvada que había sido antes.

    Entonces, de pronto, oyó una voz incongruente, la voz de Karen:

    —No has comido. —Lea alzó la cabeza, sorprendida. No había nadie en el cuarto—. No has comido —dijo otra vez la voz, como enunciando simplemente un hecho—. No has comido.

    Lea hizo un esfuerzo y se incorporó, sintiendo que la sangre le corría otra vez por las piernas entumecidas. Tiesamente fue cojeando hasta la otra habitación. El café humeaba todavía agradablemente aunque ella sentía que había pasado toda una vida desde que lo había servido en la taza. El jamón con huevos estaba todavía caliente. Rompió la tostada crujiente y tibia y comenzó a comer.

    —Lo pensaré todo dentro de un rato —le murmuró a la mesa—. Y es posible que luego me ponga a chillar.

    Karen llegó de vuelta en las primeras horas de la tarde, precipitándose a través de una puerta que se abrió antes que ella la tocara.

    — ¡Oh, Lea! —gritó tomando a Lea por los hombros y haciéndola girar en una danza enloquecida—. ¡Nunca lo adivinarías, ni en un millón de años! ¡Oh, Lea! ¡Oh, Lea!

    Karen cayó con Lea sobre la cama y rió alegremente. Lea se apartó.

    — ¿Qué tengo que adivinar? —La voz parecía tan seca y tensa como los ojos sin lágrimas.

    Karen se sentó enderezándose rápidamente.

    — ¡Oh, Lea! Lo siento tanto. Estoy tan excitada que lo olvidé. Escucha. Jemmy dijo que asistirás a la Reunión esta noche. No puedo decírtelo. Bueno, no podrías entenderme sin una larga explicación, y aun entonces... —Miró los ojos extraviados de Lea—. ¿Duele, no es cierto? —preguntó en voz baja—. Aunque yo te haya tranquilizado, se abre paso corno un cuchillo desafilado, ¿no es así? ¿No puedes llorar, Lea? ¿Ni siquiera una lágrima?
    —Lágrimas... —Las manos de Lea estaban inquietas—. De qué servirían todas las lágrimas. —Se llevó las manos al nudo apretado que tenía en el pecho. Le dolía mucho la garganta—. ¿Cómo podría soportarlo? —susurró—. Cuando tú permitas que salga otra vez, ¿cómo podré soportarlo?
    —No tendrás que soportarlo sola. No había necesidad de que lo soportaras sola. Y no lo soltaré en ti hasta que tengas fuerzas suficientes.

    »De cualquier modo... — Karen se puso de pie, vivamente—. Comerás de nuevo, y después una siesta. Te ayudaré a dormir. Luego la Reunión. Allí encontrarás tu nuevo principio.

    Lea se encogió, temerosa, mirando cómo crecía la Reunión. Risas y gritos y músicas y corrientes secretas giraban alrededor del cuarto.

    — ¡No te morderán! —Susurró Lea—. Ni siquiera se darán cuenta de que estás aquí, si tú no lo deseas. Sí —respondió a la pregunta muda de Lea—. Tienes que quedarte, te guste o no te guste, aunque te parezca que no servirá de nada. No sé muy bien por qué Jemmy llamó a esta Reunión, pero me parece bastante apropiado que te encuentres con nosotros en la escuela. Créeme o no, pero aquí me eduqué, y aquí... Bueno, aquí las maestras deshacían lo que nosotros éramos, o lo hacían todo, depende del punto de vista. Sabes, los adultos pueden ocultar muy bien cualquier secreto, pero los niños... —Karen rió—. Pobres querubines... o quizás eran los más sabios. Sin que nadie se lo pida, están dispuestos a decirles las cosas más íntimas a cualquier adulto que quiera escucharlos, ¿y quién está más preparado para escuchar que una maestra? Pregúntale alguna vez a una maestra cuánto aprenden del ambiente del niño y de las actividades cotidianas de la familia sólo por lo que hacen o dicen, a veces de un modo casi inconsciente. Los niños son la clave de cualquier comunidad, un hecho que es más cierto entre nosotros que en ninguna parte. Es así como las maestras se han visto envueltas tan a menudo en los asuntos del Pueblo. Recuérdamelo alguna vez y te contaré, cuando tengamos un minuto libre. Bueno, Melodye, por ejemplo. Pero ahora...

    El cuarto pareció de pronto ordenarse a sí mismo y aquietarse en una espera atenta y expectante. Jemmy estaba sentado a medias en una esquina del pupitre de la maestra, de frente al Grupo, apretando un pedazo de papel en una mano.

    —Nos hemos reunido hoy en Tu nombre —dijo. Un murmullo corrió por el cuarto y se apagó—. Por consideración a algunos de entre nosotros, los procedimientos se harán hoy de viva voz. Sé que alguien del Grupo se ha asombrado de que los hayamos invitado a todos. Hay dos razones principales. La primera, para compartir esta alegría con nosotros... —Un deleitado estremecimiento musical dio vueltas por el cuarto, seguido por una débil risa—. ¡Francher! —dijo Jemmy—. La otra es el proyecto que quisiéramos iniciar esta noche.

    »En los últimos pocos días se ha hecho cada vez más evidente que ha llegado la hora de tomar una decisión muy importante. Decidamos lo que decidamos, muchos tendremos que decirnos adiós. Habrá separaciones dolo—rosas. Habrá cambios.

    Había una pena tangible en el cuarto, y una débil escala menor de notas tristes que bajaba y subía, al borde de las lágrimas.

    —Los Viejos han decidido que sería prudente registrar nuestra historia hasta hoy. Por eso estáis todos vosotros aquí. Cada uno de vosotros guarda en la mente una importante parte de nuestra historia. Cada uno de vosotros ha influido de modo indeleble en el curso de los acontecimientos, en nuestros Grupos. Queremos que contéis vuestras historias. No que las reinterpretéis a la luz de lo que ahora sabemos, pero sí que nos transmitáis las premisas originales, las primeras tentativas, los primeros logros... —Un murmullo se alzó en la habitación—. Sí —respondió Jemmy—. Como si lo viviéramos de nuevo, exactamente lo mismo, incluido el dolor.

    »Bien —alisó el pedazo de papel—, en orden cronológico... Oh, antes que nada, ¿dónde está el aparato grabador de Davey?

    — ¿El aparato? —preguntó alguien—. ¿Qué tienen de malo nuestros recuerdos?
    —Nada —dijo Jemmy—, pero queremos que este registro sea algo independiente de cualquiera de nosotros, que vaya con cualquiera que se vaya, y se quede con cualquiera que se quede. Compartimos los recuerdos generales, por supuesto, pero todos esos detalles mínimos... Bien, de cualquier modo, el aparato de Davey. —El aparato había llegado a la mesa sin hacerse notar—. Bien, en orden cronológico... Karen, tú eres la primera...
    — ¿Quién, yo? —Karen enderezó el cuerpo, sorprendida—. Bueno, sí —se contestó a sí misma, aflojándose—. Creo que soy la primera.
    —Acércate al pupitre —dijo Jemmy—. Ponte cómoda.

    Karen le apretó la mano a Lea y murmuró: —¡Prepárate a oír maravillas! —y luego de abrirse paso entre las filas de pupitres se sentó detrás de la mesa.

    — Creo que daré nombre a este principio —dijo—. Ya hemos advertido alguna vez la analogía, recuerden.

    » el arca se posó sobre las montañas de Ararat. Y además, ¡Ararat es más poético que monte Calvo! Y ahora —sonrió—, para retomar el tiempo. Vuestra ayuda, por favor.

    Lea, fascinada a pesar de sí misma, observó a Karen. Vio que la cara le cambiaba y se hacía más joven. Vio que el cabello se le ordenaba de otro modo y era ahora más largo. Sintió que Karen se despojaba de años como si fuesen finas capas de tejido, y se inclinó hacia adelante, escuchando cómo la voz de Karen, más alta y más joven, comenzaba... ARARAT

    En Cougar Canyon siempre hemos tenido problemas con las maestras. La escuela, por supuesto, es apenas una escuela de campaña, aislada, inaccesible. No hay nada en ella que pueda atraer a una maestra. Sin embargo, como el Pueblo continúa trayendo hijos al mundo, aun nuestro pequeño Grupo alcanza a reunir anualmente nueve escolares, el número reglamentario de acuerdo con las normas del condado.

    Naturalmente, yo ya no estoy en edad escolar, al menos en la edad escolar de Cougar Canyon, y desde hace tiempo. Pero a veces, cuando comienzan las clases, falta algún alumno, y entonces vuelvo a inscribirme para un curso especial. Ahora, sin embargo, trabajo en otro nivel. Papá mismo me preparó, hace dos veranos, para mis exámenes secundarios, y me prometió que si este año estudio bien, el año que viene iré al Exterior. Allí obtendré mi diploma de maestra, y yo misma podré enseñar y no necesitaremos recurrir a los Extraños. Sí, los chicos, en general, preferirían que la escuela permaneciese cerrada, pero los Viejos quieren que se instruyan, y aquí, entre nosotros, los Viejos tienen siempre la última palabra.

    Como papá es presidente del consejo escolar, yo me entero de muchas cosas que los otros chicos no saben. En el verano, por ejemplo, escribió a la Inspección diciendo que este año volveríamos a ser más de nueve, y pidió que nos enviaran una maestra. Le contestaron que no quedaba ninguna que no hubiese oído hablar de Cougar Canyon, de modo que tendríamos que buscarla nosotros mismos aunque fuese bajo tierra. Eso de «bajo tierra» me sonó como una broma demasiado macabra, pues todos sabemos que en un rincón de nuestro cementerio se levantan las tumbas de cuatro de nuestras maestras. Es verdad que siempre nos mandan a las más viejas, a las desheredadas y sin hogar, a las desahuciadas, dispuestas siempre —al fin y al cabo les queda poco tiempo de vida— a tirar un año aquí, otro allá, en empleos que nadie aceptaría, ya que en nuestro Estado no hay una buena ley de pensiones y las maestras, por lo general, mueren en la brecha. No obstante, viejas y todo, desalentadas como llegan, Cougar Canyon les reserva siempre toda clase de emociones violentas, y de horrores, aunque nada de todo esto sea, en verdad, premeditado.

    Sin embargo, en estos últimos años tuvimos bastante suerte. Los Viejos piensan que empezamos a adaptarnos, pero los más disconformes afirman que la Travesía nos ha debilitado. Cualquiera de las dos explicaciones puede ser justa, tal vez las dos; o quizá las maestras mismas han empezado a cambiar, y son más fuertes. De cualquier modo, las dos últimas duraron casi hasta fin de año. Papá las llevó a Kerry Canyon, donde aguardaban las ambulancias; y ahora, después de una breve temporada en una casa de salud, están sanas otra vez. Antes, en cambio, casi siempre cambiábamos de maestra cuatro veces por año.

    Bueno, lo cierto es que escribió a una agencia de la costa, y después de un intercambio de cartas, conseguimos, por fin, una maestra.

    Papá lo anunció durante la comida.

    —Es demasiado joven —dijo, tomando un escarbadientes mientras se balanceaba en su silla.

    Mamá le sirvió una segunda porción de pastel a Jethro y volvió a levantar su tenedor.

    Ser joven no es un crimen —dijo—. Además, para los chicos será un cambio agradable.

    Sí, pero es una lástima —dijo papá, explorándose una muela con el escarbadientes.

    Mamá frunció el ceño. Yo no sabía con exactitud si por el hecho de que papá había querido decir que era una lástima que una maestra tan joven fuese a parar a un lugar como Cougar Canyon. No es que seamos en realidad malos o crueles. Lo que pasa es que todos los maestros son Extraños y nosotros lo olvidamos a veces... sobre todo los chicos.

    —Nadie la obliga a venir —opinó mamá—. Pudo decir que no.
    — Sí, pero... —Papá enderezó la silla—. Basta de pastel, Jethro. Ve afuera y ayuda a Kiah a traer la leña. Karen, tú y Lizbeth: a lavar los platos. Pronto, hijos. Todos obedecimos. En Cougar Canyon los hijos obedecen siempre a sus padres, aunque tengo entendido que en el Exterior no ocurre así. Me fastidió porque yo sabía que papá quería alejarnos para poder hablar con mamá como hablan los mayores, de modo que le dije a Lizbeth que yo levantaría la mesa y me puse a trabajar lentamente y en silencio, aguzando el oído.
    —No pudo conseguir ningún otro empleo —dijo papá—. La agencia me informó que en los dos últimos años le consiguieron dos colocaciones, pero que en ninguna de las dos alcanzó a terminar el curso.
    —Bueno. —Mamá frunció los labios y arrugó el entrecejo—. Entonces, si es tan mala, ¿por qué diablos la contrataste?¡Como si pudiésemos elegir! —dijo papá, riéndose. En seguida se puso serio—. No, no fue por falta de capacidad. Es una buena maestra. Según ella, la despidieron sin motivo. Pidió recomendaciones y el director de una escuela escribió, al parecer: «La señorita Carmody es una maestra excelente, pero no nos atrevemos a recomendarla».

    «¿No nos atrevemos?» —repitió mamá, perpleja.
    «No nos atrevemos», sí, eso dijo. La agencia aseguró que había investigado a fondo, y que no habían podido explicarse el motivo de los despidos. Sin embargo, la muchacha no consiguió ningún otro empleo en la costa. Escribió diciendo que deseaba tentar suerte en otro Estado.

    — Será horrible tal vez o deforme —sugirió mamá. Papá lanzó una carcajada.
    — ¡Horrible o deforme! —dijo. Sacó un sobre del bolsillo—. Mira, aquí tienes la foto que acompañaba la solicitud.

    Yo había terminado de levantar la mesa y me incliné por encima del hombro de papá.

    — ¡Caramba! —dije.

    Papá me miró, levantando una ceja. Había sabido evidentemente, desde un principio, que yo escuchaba toda la conversación.

    Me puse colorada pero no me moví. Me pareció que papá me dejaría entrar en el mundo de los mayores, aunque sólo fuese por la puerta trasera.

    La joven de la foto era hermosa. No podía tener más años que yo, pero era mucho más bonita. Cabello oscuro, corto y ondulado, y una piel cremosa, finísima, que parecía brillar con luz propia. Había en su mirada un no sé qué de perplejidad, de desconcierto, como si las cejas oscuras fuesen dos signos de interrogación horizontales. La boca se le curvaba en una expresión de tristeza, no mucho, en verdad: apenas lo bastante para que uno se preguntase por qué, y sintiese, inmediatamente, el deseo de consolarla.

    —De algo estoy seguro —dijo papá—. De que va a alborotar a la gente de Canyon.
    —No sé —dijo mamá con aire pensativo—. ¿Qué dirán los Viejos cuando vean llegar al Canyon a una Extraña joven y atractiva?
    —Adonday Veeah —murmuró papá—. No lo había pensado. Ninguna de las maestras anteriores estaba en edad de crearnos problemas.
    — ¿Qué pasaría? —pregunté—. Si un miembro del Grupo se casara con una Extraña, quiero decir.
    —Imposible —dijo papá con un tono tan parecido al de los Viejos que comprendí por qué lo habían elegido en la asamblea de la primavera.
    — ¿Y Jemmy? —dijo mamá, preocupada—. No hace más que decir que tendrá que buscar otro Grupo. No le gustan las muchachas de aquí. Y si esta Extraña... ¿Qué edad tiene?

    Papá desplegó la solicitud. —Veintitrés años —dijo—. Hace tres que terminó sus estudios.

    —Jernmy tiene veinticuatro —dijo mamá frunciendo los labios—. Papá, mucho me temo que debas rescindir el contrato. Si pasara algo... Bueno, bastante tuviste que esperar para que te eligieran, y sería una verdadera lástima que algo anduviera mal ahora.
    —No puedo. La señorita Carmody ya está en camino. Y las clases empiezan el lunes. —Papá se despeinó el mechón que le caía sobre la frente. Siempre hace lo mismo cuando está preocupado—. Nos estamos ahogando en un vaso de agua —dijo con forzado optimismo.
    —Bueno, esperemos que el Grupo no tenga problemas.
    —Y ella tampoco —dijo papá, sonriendo—. ¿Dónde están mis cigarrillos?
    —Sobre la biblioteca.

    Mamá se puso de pie, recogió el mantel, y lo dobló para evitar que las migas cayeran al suelo.

    Papá chasqueó los dedos y los cigarrillos llegaron por el aire desde la habitación contigua.

    Mamá entró en la cocina. El mantel se sacudió sobre el cesto de papeles y la siguió.

    La noche del domingo papá fue a Kerry Canyon a buscar a la nueva maestra. En realidad, ella debía haber estado con nosotros el sábado por la tarde, pero cuando llegó a la cabecera del condado ya había pasado la hora de la salida del autobús. La carretera termina en Kerry Canyon. Es decir, para los Extraños. Más allá no hay un verdadero camino, y es mejor así. Los turistas nos dejan en paz. Claro está que a nosotros no nos es difícil ir de un lado a otro con nuestros automóviles. Por eso, precisamente (a causa del estado de los caminos), el mundo se detiene en Kerry Canyon y tenemos que hacerlo todo: ir en busca de pasajeros, de provisiones...

    En casa, todos los chicos quisieron quedarse levantados para esperar a la nueva maestra, y mamá los dejó, pero a eso de las siete y media los más pequeños empezaron a dormirse, y a las nueve sólo quedábamos Jethro y Kiah, Lizbeth, Jemmy y yo. Papá debía de haber vuelto hacía rato, y mamá empezaba a sentirse nerviosa e intranquila. Por fin, a las nueve y cuarto, oímos que el coche tosía y estornudaba en el camino. La ancha sonrisa de alivio de mamá se reflejó en todas nuestras caras.

    — ¡Claro! —exclamó—. Olvidé que traía a una Extraña en el coche. Tuvo que venir por el camino y la llanura de los Asnos es realmente intransitable.

    Sentí a la señorita Carmody antes que ella llegase a la puerta. Yo esperaba, y de pronto la sentí, tan claramente que supe entonces, con miedo y orgullo a la vez, que yo era como mi abuela, y que pronto tendría que llevar la carga y la gracia del Don, ese Don que nos abre las puertas de todas las mentes, las del Pueblo y las Extrañas, y que permite, además, aconsejar y ayudar, aclarar pensamientos y emociones.

    Y entonces la señorita Carmody apareció en el umbral, parpadeando un poco a causa de la luz, sosteniéndose el cuello del abrigo para protegerse del áspero viento del otoño. Llevaba en la cabeza un pañuelo claro, y su piel tenía esa textura mate y luminosa de la foto. Sonreía tímidamente, pero con miedo, además. Yo cerré los ojos y entré, simplemente. Era la primera vez que yo entraba en alguien. La señorita Carmody temblaba de pies a cabeza, fatigada, desconcertada, y muy adentro de ella descubrí una pregunta, gastada —demasiado repetida— que no entendí. Y bajo esa inseguridad había tanta delicadeza, tanta ternura, una pena tan angustiosa que los ojos se me llenaron de lágrimas. Entonces, cuando papá la presentaba, volví a mirarla (entrar en alguien lleva tan poco tiempo), y advertí a mi lado un sobresalto. En seguida, vertiginosamente, me metí en la mente de Jemmy.

    Jemmy y yo habíamos vivido siempre muy juntos, y muchas veces hablábamos sin palabras, pero yo nunca había entrado en él de este modo, y sin que él lo supiese. Me sentí intimidada, avergonzada, al descubrir tan claramente sus emociones, y salí de él cuanto antes, pero sabiendo que Jernmy ya nunca buscaría otro Grupo, y que los Viejos no podrían detenerlo.

    Todo esto ocurrió en menos tiempo del que se necesita para decir cómo—está—usted y estrechar una mano. Mamá bajó las escaleras lanzando breves exclamaciones y llevó a la señorita Carmody y a papá a la cocina para servirles una taza de café. Jemmy le dio una palmada a Jethro y le dijo que subiese las maletas de la señorita Carmody... por las escaleras, no por el aire. Al fin y al cabo no queríamos perder a nuestra maestra antes que hubiese puesto los pies en la escuela. Esperé hasta que todo el mundo se acostó. La señorita Carmody en su cama fría, fría, y todos los demás, claro está, protegidos por nuestras propias sábanas. ¡Qué pena me dan los Extraños!

    Luego fui a buscar a mamá. Nos encontramos en el oscuro vestíbulo y nos abrazamos y ella me consoló.

    —Oh, mamá —murmuré—. Hace un momento entré en la señorita Carmody. Tengo miedo.

    Mamá volvió a estrecharme entre sus brazos.

    — Me lo imaginaba. Es una responsabilidad muy grande. Tienes que ser prudente y lúcida. Tu abuela supo llevar su Don con gracia y dignidad. Tú eres como ella.
    —Pero, mamá, ¡ser una Vieja! Mamá se echó a reír.
    —Aún te faltan años y años de aprendizaje para ser una Vieja. El trabajo de consejera es demasiado pesado.
    — ¿Es necesario que lo diga? — rogué—. No quiero que nadie lo sepa aún. No quiero ser distinta de los demás.
    —Se lo diré al Más Viejo. No es necesario que lo sepa ningún otro.

    Mamá me abrazó otra vez, y yo, un poco más tranquila, regresé a mi cama.

    Tendida en la oscuridad dejé la mente en blanco, sin saber cómo lo hacía. Sentí a mi familia alrededor, y era como el roce suave de unos dedos, como si me sostuviese una mano cálida y afectuosa. Algún día yo pertenecen a al Grupo como ahora pertenecía a la familia. ¿Pertenecer a otro? Con una rara sensación de pánico, aparté a la familia. Yo quería estar sola... ser únicamente yo misma, y ningún otro. Yo no quería el Don. Al cabo de un rato me quedé dormida.

    La señorita Carmody salió para la escuela una hora antes que nosotros. Quería tener todo preparado en la escuela. Kiah, Jethro, Lizbeth y yo fuimos a pie y bajamos al valle para recoger a los tres pequeños Armister. El cielo era tan azul que podíamos sentir su sabor, un delicado sabor otoñal de mieses y de hojas secas. Las clases comenzaban; las hojas de los álamos tapizaban de oro el camino, y nosotros marchábamos con el corazón ligero y el paso ligero. A decir verdad, Jethro tenía el paso demasiado ligero, y la tercera vez que lo hice bajar le di una buena bofetada. Cuando llegamos a casa de los Armister lloriqueaba todavía.

    — ¡Es bonita! —les gritó Lizbeth a los chicos que venían corriendo al portón, ansiosos por saber algo de la nueva maestra.
    —Y es joven —añadió Kiah, apartando a Lizbeth.
    —Es más pequeña que yo —moqueó Jethro, y todos nos echamos a reír, porque aunque no tiene todavía doce, Jethro mide ya un metro setenta.

    Debra y Rachel Armister tomaron del brazo a Lizbeth y se adelantaron con las cabezas muy juntas, atentas a las noticias que les proporcionaba Lizbeth acerca del cabello, el vestido, el esmalte de uñas, las maletas y el camisón de la maestra, aunque yo no podía saber cómo ella se las había ingeniado para descubrir tantas cosas.

    Jethro y Kiah se unieron a Jeddy y treparon al cerco de alambres que bordea el sendero y caminaron por el alambre más alto. Jethro se aventuró a dar un paso o dos por encima del alambre, pero cuando advirtió que yo lo miraba bajó de un salto. Sabe perfectamente bien, como todos los chicos del Canyon, que a un niño de su edad le está prohibido caminar por el aire en la vía pública.

    Tomamos el atajo que lleva a Mesa Road en busca de los chicos Kroginold. Los Kroginold habían arrancado suspiros a papá, más de una vez.

    Bueno, después de la Travesía, en el último momento, cuando el aire rugía alrededor y el calor aumentaba, el Pueblo se dispersó. Los miembros de nuestro Grupo abandonaron la nave unos segundos antes que se hiciera pedazos en la hondonada, detrás del monte Calvo. La nave estalló, literalmente, y los fragmentos se desparramaron por el barranco, provocando un incendio que desnudó las colinas en muchos kilómetros a la redonda. Cuando los miembros del Pueblo —los que habían quedado con vida— se reunieron otra vez, se fundó Cougar Canyon, y se descubrió que la aleación de la nave era aquí un metal muy apreciado. Nuestro Grupo vivió desde entonces de la explotación de las minas del barranco, aunque la venta del producto plantea ciertos problemas. Todo el mundo sabe que no hay ese metal en la región, así que es preciso enviarlo fuera y traerlo luego de vuelta.

    De cualquier modo, nuestro Grupo de Cougar Canyon es quizás el más grande de todos los del Pueblo, aunque podemos asegurar que hubo otros sobrevivientes. La abuela llegó a descubrir la presencia de dos Grupos más, aunque nunca pudo saber dónde estaban, y como en esta nueva vida queremos pasar inadvertidos, no nos empeñamos en buscarlos. Papá recuerda algo de la Travesía, pero algunos de los Viejos quedaron ciegos e inválidos a causa del calor y tratando de evitar que los otros ardieran como estrellas fugaces.

    Pero volviendo a mi relato, papá solía lamentar que los Kroginold, precisamente, hubiesen ido a parar a nuestro grupo. Los Kroginold son gente rebelde —ya lo eran antes de la Travesía— y no hay peores alumnos que sus hijos. Los demás, en general, recordamos siempre que es necesario ser prudentes con los Extraños.

    Cuando llegamos a casa de los Kroginold, Derek y Jake peleaban revolcándose en un montón de hojas secas, con tanto entusiasmo que ni siquiera nos oyeron. Me agaché y le solté una palmada al trasero más próximo. Los chiquillos se incorporaron, muertos de risa, entre una nube de hojas secas: dos imágenes de ese dios Pan que aparece en el libro de mitología.

    —Bueno —nos preguntó Derek mientras revolvía las hojas buscando sus libros—, ¿qué especie de vejestorio nos ha tocado esta vez?
    —No es ningún vejestorio —respondí con una cólera un poco injustificada. No sé por qué, pero Derek me saca siempre de mis casillas—. Es joven, y hermosa.
    — ¡Sí, ya me la imagino! —dijo Jake, y volcando la gorra lanzó sobre las tres niñas aterrorizadas una nube de hojas secas.
    —No sabes lo que dices —intervino Kiah—. Nunca tuvimos una maestra tan bonita.
    — ¡Lo que es a mí no me va a enseñar nada! —gritó Derek, y subió flotando a la copa de un álamo en el recodo del camino.
    —Yo sí te voy a enseñar —murmuré.

    Tomé un puñado de sol y tiré de los tensores tan rápidamente que Derek cayó como una piedra. Chillaba como un gato, pensando sin duda que iba a matarse, pero lo detuve a cincuenta centímetros del suelo. Aunque la sacudida y la caída casi lo habían dejado sin aliento, Derek gritó:

    —¡Se lo contaré a los Viejos! ¡Está prohibido tirar de los tensores!
    —Cuéntalo si quieres —repliqué, mientras avanzaba con paso rápido por el camino cubierto de hojas—. Yo hablaré también. Ya veremos, criatura insolente, cómo explicas esa subida al árbol.

    Me sentía avergonzada. Al fin y al cabo me estaba pareciendo a los Kroginold, pero estos chicos me exasperaban realmente.

    Nuestra última parada antes de llegar a la escuela era la casa de los Clarinade. Cada vez que yo pensaba en los mellizos Clarinade se me encogía el corazón. Iban a la escuela por primera vez, con dos años de retraso. La señorita Kroginold decía que antes de nacer, Susie y Jerry, los mellizos, se habían repartido un solo cerebro. La ocurrencia es digna, ciertamente, de la maledicencia de los Kroginold; aunque no puede discutirse que comparados con los otros niños de Canyon los mellizos Clarinade están un poco atrasados. Carecen de muchos atributos del Pueblo. Papá dice que esto puede ser un efecto retardado de la Travesía —que será superado con los años— o un presagio de lo que el futuro reserva aquí a nuestros hijos, a todo el Pueblo en verdad. Sólo pensarlo me da escalofríos.

    Susie y Jerry esperaban tomados de la mano, como siempre. Eran niños tímidos y retraídos, pero estaban muy contentos porque empezaban a ir a la escuela. Jerry, que hablaba casi siempre por los dos, contestó tímidamente a nuestro saludo.

    De pronto Susie nos sorprendió a todos, exclamando:

    ¡Hoy vamos a la escuela! ¿No es cierto que es maravilloso? —le dije tomando entre mis manos su manita fría—. Y además tendrás una maestra muy hermosa.

    Pero Susie se hundió en su ruborizada turbación y no dijo una sola palabra más en el resto del camino.

    Jake y Derek me inquietaban. Caminaban delante murmurando entre ellos, y de vez en cuando nos miraban a hurtadillas y se echaban a reír. Era evidente que tramaban alguna diablura —para asustar a la nueva maestra—, y yo deseaba ansiosamente que la señorita Carmody se quedara con nosotros. En aquel momento descubrí que tendrían que pasar muchos años para que me admitieran entre los Viejos. Trataba de entrar en las mentes de Derek y Jake, y de descubrir sus intrigas, pero no lograba traspasar aquellos susurros burlones y sibilantes y aquellas miradas duras y opacas.

    Acabábamos de doblar el último recodo del camino, e íbamos a entrar en el patio de la escuela, cuando de pronto, entre los arbustos, se nos apareció Jemmy, con las manos a la espalda. A aquella hora Jemmy debía de estar desde hacía tiempo en las minas. Miró furiosamente a Jake y Derek, y observó luego a los otros niños.

    —Cuidado en la escuela, ¿eh? —les dijo—. Y vosotros dos, los Kroginold, haceros los graciosos y ya veréis. Os haré volar por encima del monte Calvo y luego tiraré de los tensores. Esta maestra se queda.

    Susie y Jerry se abrazaron, mudos de terror. Los Kroginold enrojecieron y adelantaron la barbilla, desafiantes. Los demás miramos asombrados a Jemmy, que nunca se enojaba ni levantaba la voz.

    —Hablo en serio, Jake y Derek. Perded la línea y los Viejos entenderán al fin ciertas cosas. El asunto de la campana de Kerry Canyon por ejemplo.

    Los Kroginold cambiaron una mirada inquieta. Las niñas contuvieron el aliento. Una regla muy estricta prohíbe exhibirse fuera del Grupo. Si Derek y Jake eran los que habían lanzado al vuelo la campana de Kerry Canyon el cuatro de julio último...

    —Y ahora ¡adentro! —ordenó Jemmy señalando la escuela con un movimiento de cabeza.

    Los asustados mellizos se precipitaron por el camino de hojas secas, como un par de hojas brillantes. Los otros chicos fueron detrás. Los Kroginold, enfurruñados, se adelantaron mirando de vez en cuando por encima del hombro, murmurando entre dientes.

    Jemmy meneó la cabeza, frunciendo el ceño.

    —Es hora de que se civilicen —dijo—. Cada dos por tres nos quedamos sin maestra.
    —Tienes razón —dije cautelosamente. Jemmy, cabizbajo, pateaba unas hojas.
    —No tiene sentido matarlas de un susto.
    —Claro que no —asentí, disimulando una sonrisa.

    De pronto, Jemmy sonrió tristemente, como si se burlara de sí mismo.

    — ¿Para qué te lo digo si tú ya lo sabes bien? Toma.
    —Jemmy adelantó las manos que había tenido escondidas hasta entonces, y me alcanzó un ramillete de hojas otoñales multicolores—. Dáselas. Un regalo del primer día.
    — ¡Oh, Jemmy! —dije envuelta en el naranja, el grana y el oro de las hojas—. Son hermosísimas. Fuiste al monte Calvo esta mañana.
    —Sí, sí. Pero que ella no sepa de dónde son.

    Jemmy desapareció.

    Corrí para alcanzar a los chicos antes que llegaran a la puerta. Dominados por una repentina timidez daban vueltas al pie de las escaleras del porche, y se escondían unos detrás de los otros.

    —Por favor —susurré—. Desayunasteis con ella esta mañana. No os va a comer. Vamos, entrad.

    De pronto me sentí empujada a la cabeza de la fila y entré guiando a mi pequeño y sosegado grupo. Mientras le daba a la señorita Carmody el manojo de hojas otoñales, los demás chicos se acomodaron tranquilamente en sus pupitres de otros años. Sólo los mellizos se habían quedado de pie, muy juntos, asustados y pálidos.

    La señorita Carmody puso las hojas sobre el escritorio, y arrodillándose junto a los mellizos les apartó con dulzura las apretadas manitas.

    —Estoy tan contenta de que hayáis venido a la escuela —les dijo con su voz cálida—. Necesitaba un primer grado para que la escuela marchase bien, y aquí tengo un pupitre que parece hecho para mellizos.

    Los llevó a un lado del aula, junto a la estufa panzuda — que en el invierno calentaba a los Extraños— y bastante cerca de la ventana. Había allí un pupitre doble, de polvoriento esplendor, que el Pueblo había heredado sin duda de alguna aldea fantasma de las colinas. Debajo del pupitre, dos cajones de madera servían de apoyo a las piernecitas demasiado cortas, y del orificio del tintero brotaba una llama de deslumbrantes hojas rojizas, idénticas a las que me había dado Jemmy.

    Los mellizos se deslizaron en el banco con las manos juntas otra vez, y miraron a la señorita Carmody con los ojos muy abiertos. La maestra les sonrió, se agachó, y les tocó con las puntas de los dedos los hoyuelos de las redondas barbillas.

    — Sonrisas escondidas —dijo.

    Las dos caritas asustadas se iluminaron fugazmente con una sonrisa trémula. Luego la señorita Carmody nos habló a todos.

    No llegué a oír aquel discurso de bienvenida. Yo estaba demasiado ocupaba pensando en el ramillete de hojas otoñales, y en las palabras con que la señorita Carmody los había hecho sonreír (las mismas que empleaba la señora Clarinade), y en el viejo pupitre que hasta ese día había estado en el cobertizo. Pero cuando nos pusimos de pie para saludar a la bandera y entonar el himno matutino, yo ya había resuelto el problema. Papá la había puesto al tanto, sin duda, la noche anterior, en el camino. Los mellizos eran una preocupación constante en el Grupo, y todos ansiábamos que aquel primer año de clase fuera para ellos realmente feliz. Papá conocía también la fórmula de la sonrisa, y el lugar donde se guardaban los pupitres. En cuanto al ramillete de hojas, bueno, algunas crecían al pie de la montaña, y la escarcha podía cambiarles el color en esta época del año.

    Así transcurrió el primer día de clase y todo parecía marchar a pedir de boca. La señorita Carmody era una maestra excelente y hasta Derek y Jake estudiaron con interés.

    La amenaza de Jemmy había bastado, parecía, para que los Kroginold no intentaran ninguna nueva travesura. Excepto aquella estúpida historia de la tiza. La señorita Carmody explicaba algo junto al pizarrón, y de cuando en cuando, sin volverse, buscaba a tientas la tiza. Jake, deliberadamente, la cambiaba entonces de lugar. Yo ya estaba a punto de intervenir, cuando la señorita Carmody chasqueó los dedos con fastidio y tomó firme— mente la tiza. Jake advirtió que yo lo miraba y se encogió en su asiento. No se lo dije a Jemmy, pero Jake se quedó tranquilo una larga temporada.

    Los mellizos progresaban poco a poco. Reían y jugaban con los otros, y al mediodía Jerry iba a veces con sus compañeros mayores a la orilla del arroyo, de donde volvía tan despeinado y mojado como ellos después de haber trabajado un rato en la construcción de un dique.

    La señorita Carmody se adaptaba tan bien a los hábitos de la comunidad, y era tan querida por todos, que ya empezábamos a pensar que al fin una maestra nos duraría todo el año. Ya había aguantado a pie firme algunas emociones que habían ahuyentado a sus predecesoras. Por ejemplo...

    Una vez que Susie leyó sin equivocarse toda una página (seis líneas), la señorita Carmody le dio como premio un petirrojo de papel. La niña, emocionada, volvió a su asiento flotando, literalmente, a diez centímetros del suelo. Yo contuve el aliento hasta que Susie se sentó acariciando con un dedo el cromo brillante. Miré entonces de reojo a la maestra. La señorita Carmody, muy tiesa, sentada detrás de su escritorio, apoyaba las manos en los bordes, como si estuviera a punto de levantarse, y miraba a Susie con una expresión de sorpresa incrédula. Pero en seguida meneó la cabeza, sonriendo, y se hundió otra vez en sus papeles. Yo suspiré aliviada. Nuestra penúltima maestra había tenido una pataleta cuando una de las chicas, distraídamente, había ido flotando hasta su asiento porque le dolía un pie. Yo había tenido la esperanza de que la señorita Carmody fuese más fuerte, y aparentemente no me había equivocado.

    Esa misma semana, un mediodía, Jethro llegó corriendo a la escuela. Valancy (cuando estábamos solas yo llamaba a la señorita Carmody por su nombre de pila, pues al fin y al cabo sólo tenía cuatro años más que yo) me explicaba unos tests y mediciones del curso que yo preparaba en aquellos días.

    —Eh, Karen —gritó Jethro por la ventana—. ¿Puedes venir un momento?
    — ¿Para qué? —pregunté fastidiada por la interrupción. En ese preciso instante yo estaba a punto de comprender qué era lo normal en una curva de inteligencia normal.
    —Es urgente —gritó Jethro.

    Cerré el libro.

    —Perdóneme, Valancy. Iré a ver qué pasa.
    — ¿Quieres que vaya contigo? —me preguntó Valancy—. Si es algo serio...
    —Oh, no. Una tontería, sin duda —dije—, y me escabullí.

    Cuando alguno del Pueblo dice que es urgente, todos sabemos que el asunto puede ser grave.

    —Adonday Veeah —murmuré mientras corría con Jethro por el sendero que lleva al arroyo—. ¿Qué pasa? ¿Más dificultades?
    —Mira —dijo Jethro.

    Vi entonces a los chicos. Rodeaban a un asustado pero orgulloso Jerry, y en el aire, sobre las bases de una represa, flotaba un enorme peñasco.

    — ¿Quién lo levantó? —murmuré azorada. —Yo —confesó Jerry, sonrojándose.

    Me volví entonces a Jethro.

    ¿Y tú? ¿Por qué no tiraste de los tensores? Llegaste corriendo como un loco...

    ¿Tirar de los tensores? —gimió Jethro—. ¿En «o? Ya sabes que no nos permiten levantar cosas tan grandes, y menos aún bajarlas. Además —admitió, avergonzado—, no recuerdo ese maldito juego de niñas.

    —Oh, Jethro. Qué estúpido eres a veces. —Miré a Jerry—. ¿Cómo se te ocurrió? Jerry se puso a temblar. —Vi cómo lo hacía papá una vez en la mina...
    — ¿Te dejan levantar en tu casa?
    —No sé. —Jerry aplastó el barro con el pie y bajó la cabeza—. Nunca levanté nada antes.
    — Bueno, lo sabrás ahora. Los chicos no tienen que levantar nada que un Extraño de la misma edad no pueda levantar con las manos. Y menos cuando no es capaz de bajarlo.
    —Ya lo sé —dijo Jerry, debatiéndose entre el miedo y el orgullo.
    —Bueno, recuérdalo entonces.

    Tomé un puñado de sol, tiré de los tensores, y el peñasco volvió a su sitio en la ladera de la montaña.

    A las niñas les es más fácil tirar de los tensores, al menos con el sol. Por supuesto, sólo los Viejos unen los rayos del sol y de la lluvia, y únicamente los Más Viejos los de la luna y las tinieblas, capaces de mover montañas. Pero Jethro sabía cómo tirar de los tensores, y no debía haberlo olvidado. Habíamos corrido el riesgo de que Valancy viera lo que no debía ver.

    Volví a la escuela y sólo entonces entendí lo que había ocurrido: Jerry había levantado el peñasco. Los niños levantan objetos pequeños casi desde que aprenden a caminar. En esos casos no es necesario bajarlos, pues los objetos se alzan a unos pocos centímetros, y sólo unos segundos. Luego la gravedad misma los devuelve al suelo. Pero Jerry y Susie nunca habían levantado nada. Estaban alcanzando el nivel de los otros niños. Quizá la Travesía los había retrasado, como decía papá, y quizá los únicos afectados eran los Clarinade. Estaba tan entusiasmada con el descubrimiento que me olvidé y subí al porche de la escuela sin tocar la escalera. Por suerte, Valancy estaba colgando unos grabados de la alta y anticuada moldura del aula, justo debajo del cielo raso, y no se dio cuenta. El esfuerzo le había encendido la cara y me pidió que le alcanzara el escabel para poder terminar el trabajo. Traje el escabel y se lo sostuve, y de pronto... casi la hago caer a Valancy. ¿Cómo había colgado aquellos cuatro primeros grabados antes que yo llegase?

    Aquel otoño el tiempo fue excepcionalmente seco. Esto no nos preocupó demasiado, pues la lluvia, cuando hay un Extraño cerca, es una molestia terrible. No hay más remedio que dejarse mojar. Pero cuando pasó noviembre y nos acercamos a Navidad, empezamos a inquietarnos. El arroyo se quedó reducido a un hilo de agua, luego a unos charcos, y al fin se secó. Los Viejos pasaron toda una noche en el dique buscando una solución al problema. Una precaución elemental exigía que alejáramos a Valancy, y Jemrny se ofreció voluntariamente y la llevó a Kerry Canyon a una función teatral. Yo estaba todavía despierta cuando llegaron de vuelta, pasada la medianoche. Desde que había empezado a desarrollar el Don, yo tenía largos períodos de desasosiego, en los que no me sentía como un ser distinto de los demás, sino como parte de todos los del Grupo. Mis futuros estudios me enseñarán a apartarme, cuando no quiera estar con los otros. Aunque no sabemos quién me instruirá. Desde que murió la abuela, nadie sabe ver en el Grupo, y los libros y archivos que hubiesen podido ayudarnos se perdieron en la Travesía.

    De cualquier modo, yo estaba despierta y asomada a la ventana, en la oscuridad. Jemmy y Valancy se detuvieron en el porche antes de separarse. (Jemmy dormía esos días en la mina.) No necesité imaginar nada ni recurrir al Don para entender aquella pantomima. Cuando las sombras de los dos se confundieron, cerré los ojos y la mente. La emoción de Jemmy y Valancy me hubiese permitido entrar en ellos en aquel momento, pero yo había estado observándolos todo el otoño. Sabía muy bien lo que ocurría entre ellos. Sabía también que más de una vez Valancy había subido llorando a su cuarto, y que Jemmy pasaba largas horas de soledad en el peñasco que corona la hondonada, en la cima del monte Calvo, como si quisiese que el corazón se le confundiera con la piedra y fuese tan inaccesible a los Extraños como el peñasco mismo. Yo conocía muy bien los sentimientos de Jemmy, pero —curiosamente— después de aquella primera noche no había podido leer otra vez en Valancy. Había algo en ella, ajeno a los Extraños y al Grupo, que yo no alcanzaba a entender.

    La puerta se abrió y se cerró; los pasos ligeros de Valancy atravesaron el vestíbulo, y sentí que Jemmy me llamaba desde afuera. Me eché un abrigo sobre los hombros y bajé las escaleras, tiritando. Jemmy me esperaba junto a la escalera del porche, a la luz de la luna, preocupado y triste.

    —Me rechazó —me dijo, simplemente.

    ¡Oh, Jemmy! Le pediste...

    Sí. Dijo que no.

    —Cuánto lo siento. —Me acurruqué en el peldaño superior cubriéndome los tobillos helados—. Pero Jemmy...
    —Sí, ya lo sé —replicó Jemmy—. Es una Extraña. No tengo ningún derecho. Pero si ella me aceptara, no vacilaría un instante. Toda esta historia de la pureza del Grupo...
    —Está muy bien —dije dulcemente— mientras no le toque a uno, ¿no es cierto? Pero piensa, Jemmy, ¿podrías vivir como un Extraño? Tu vida entera sería una continua represión, o perderías a tu mujer. Sería mejor que aceptases el no ahora, y no edificar algo que luego tendrás que destruir. Y si hubiera hijos... —Callé un momento—. Jemmy, ¿podrías tener hijos?

    Jemmy retuvo bruscamente el aliento.

    —No lo sabemos, ¿no es cierto? —continué—. No hemos podido comprobarlo. ¿Quieres realmente que Valancy sea parte de este primer experimento?

    Jemmy se dio con la gorra un furioso golpe en el muslo. Luego se rió.

    —Tú tienes el Don —dijo, aunque yo nunca le había revelado mi secreto—. ¿Sabes, hermanita, que te querrán muy poco cuando seas una Vieja?
    —A la abuela la querían todos —respondí tranquilamente. De pronto grité—: No, Jemmy, no me apartes, tú, precisamente tú. ¿No me basta saber que soy distinta, en medio de un Pueblo que también es distinto? Oh, Jemmy, tú al menos no me abandones. Yo estaba a punto de echarme a llorar.

    Jemmy se sentó a mi lado y me palmeó el hombro como en otros tiempos.

    —Cálmate, Karen. Haremos lo que haya que hacer. He descargado en ti mi mal humor, y eso es todo. ¡Qué mundo éste!

    Jemmy suspiró.

    Yo me arrebujé en mi abrigo. Tenía el alma helada.

    —Pero el otro mundo no existe —murmuré—. La Morada.

    Y nos quedamos un rato callados, compartiendo esa tristeza honda que es la trama misma de la vida del Pueblo, aun para aquellos que no conocieron la Morada. Papá dice que es algo así como una memoria racial.

    —No es porque no me quiera —dijo al fin Jemmy—. Me quiere. Me lo dijo.
    — ¿Por qué entonces?

    Yo no entendía que alguien pudiera rechazar a mi hermano.

    Jemmy se echó a reír. Era una risa triste, entrecortada.

    —Porque es diferente, dice.
    —¿Diferente? ¿Ella?
    —Eso me dijo, como si fuese una confesión. No puedo casarme, soy diferente, dijo. ¿Qué te parece? Es gracioso oírlo en boca de una Extraña.
    —Pero no sabe que somos el Pueblo. No puede saberlo. Piensa que es distinta de todo el mundo. ¿Por qué?
    —No lo sé. Sin embargo, hay algo en ella... Una especie de coraza, una pared. Nunca encontré nada igual en una Extraña, ni tampoco en la gente del Pueblo. A veces me parece uno de los nuestros, y de pronto me estrello contra un muro de piedra.
    — Sí, es cierto, yo lo sentí.

    Durante un instante escuchamos el silencio del mundo nocturno. Luego Jemmy se puso de pie.

    —Bueno, Karen, buenas noches, hasta mañana.

    Yo también me puse de pie.

    —Hasta mañana.

    Jemmy se alejó a la luz de la luna. Cuando llegó al portón, se volvió y me miró desde las sombras.

    —No me resignaré —dijo—. La quiero.

    El día siguiente amaneció templado y sin viento, lo que era raro en el mes de diciembre y en nuestras montañas. Una especie de calma amenazadora flotaba entre los árboles, y delgadas humaredas se elevaban en el cielo lechoso: signos de la sequía que asolaba la región. Detrás del monte Calvo asomaba —apenas visible— una rara masa de nubes que se confundía con el cielo blanco.

    En la escuela todos estábamos inquietos. Los más pequeños, a causa del tiempo; Valancy, pálida y acongojada luego de la noche anterior. Yo quería ayudarla, pero mi mente se estrellaba una y otra vez contra aquel muro infranqueable.

    Al fin algo ocurrió. Jerry se enojó con Susie, la empujó, y la niña cayó sobre una caja de acuarelas que Debra había dejado abierta en el suelo. Susie se echó a llorar. Debra gritó, y Jerry rió entre dientes, feliz y turbado a la vez. Valancy, sin volverse, buscó algo con qué golpear el escritorio y restablecer el orden, y derribó el viejo florero cuarteado donde unas flores silvestres se marchitaban en un agua de tres días. El florero se rompió y un agua nauseabunda corrió por el escritorio mojando el informe mensual que Valancy tenía ya casi listo.

    Durante un instante hubo un silencio de muerte. Luego Valancy estalló en una carcajada nerviosa que se contagió a toda la clase. Limpiamos como pudimos a Susie y el escritorio, y Valancy decidió que el día era muy apropiado para trepar por las laderas del monte Calvo. Buscaríamos ramas y hojas para adornar el aula, pues se acercaban las fiestas. Todos llevábamos el almuerzo a la escuela, de modo que recogimos las cestas y un hule que los chicos habían traído para trabajar en la represa del arroyo. El arroyo estaba seco, y el hule podía servir ahora como mantel para traer de vuelta las hojas.

    Dejamos la escuela charlando y jugueteando, y yo casi me quedé con el cuello torcido tratando de vigilar a todos los niños a la vez, decidida a cortar por lo sano cualquier intento de vuelo y otras actividades especiales del Grupo. Los pequeños, entusiasmados, podían olvidar las reglas.

    Fuimos por la hondonada, pasamos por la represa de los chicos, y trepamos por el lecho seco de los torrentes que bajan como una escalinata desde la meseta. Ya arriba, desplegamos el hule y pusimos en él nuestras provisiones, como si estuviésemos en un verdadero picnic. De pronto me llamó la atención el silencio. Miré y vi a Debra, Rachel y Lizbeth que observaban aterradas el almuerzo de Susie. Susie sacaba tranquilamente de su cesta media docena de koomatkas y las depositaba junto a sus sandwiches.

    Las koomatkas son casi las únicas plantas que sobrevivieron a la Travesía. Se dice que en el equipaje de un tripulante se encontraron cuatro koomatkas intactas. Se las plantó y se las cuidó como a bebés, y hoy casi todas las familias del Grupo cultivan una planta de koomatkas en algún rincón oculto. Las koomatkas no son hoy tanto un alimento —en el sentido terrestre— como un último recuerdo de otras muchas maravillas semejantes perdidas junto con la Morada. Se las reserva para las grandes ocasiones. Susie las había robado sin duda en algún momento de distracción de su madre. Y ahora estaban allí, a plena luz, sobre el mantel, ante los ojos de una Extraña.

    Antes de que yo pudiera esconderlas o decir algo, Valancy se dio vuelta y vio las frutas que brillaban levemente con un resplandor verde azulado. Las miró un rato, con los ojos muy abiertos, y extendió la mano. Iba a decir algo, me pareció, pero bajó la cabeza, se echó hacia atrás, y se tomó las manos con fuerza. Las niñas, sin dejar de mirar a Valancy, guardaron las koomatkas en la cesta de Susie, y consolaron silenciosamente a la niña. Susie acababa de entender lo que había hecho, y parecía que iba a echarse a llorar por haber traicionado al Pueblo ante una Extraña.

    En aquel momento, Kiah y Derek rodaron sobre el improvisado mantel, disputándose un bizcocho. Pusimos el almuerzo a salvo, limpiamos las manchas de chocolate de las camisas de los chicos, y olvidamos el incidente de las koomatkas. Sin embargo, después de comer, cuando nos echamos a descansar y contemplábamos las nubes amenazadoras que avanzaban por el cielo del mediodía, me sorprendí de pronto tratando de descifrar la expresión de Valancy en el momento en que había visto las frutas. ¡Era imposible que las hubiera reconocido!

    Luego de un breve descanso enterramos los restos del almuerzo —la colina estaba demasiado seca y no era posible quemarlos— y reanudamos la marcha. Al cabo de un rato la cuesta se hizo más empinada. Las manzanitas, espinosas y enmarañadas, se nos prendían a la ropa, nos lastimaban las piernas y se enganchaban a los extremos del rollo de hule. Todos mirábamos ansiosamente el aire libre, allá arriba, y si Valancy no hubiera estado allí con nosotros hubiéramos podido flotar sobre muchos obstáculos, ahorrándonos aquellas molestias. No detuvimos un momento, jadeando y resoplando, y seguimos adelante.

    Al cabo de casi una hora llegamos a un pequeño claro rocoso, una especie de islote en aquel mar de manzanitas, apoyado en la ladera del monte Calvo. Nos echamos aliviados sobre los lomos de granito, sintiendo cómo el corazón nos golpeaba el pecho.

    De pronto Jethro se incorporó y olió el aire. Valancy y yo, alarmadas, miramos alrededor. De la pequeña hondonada lateral vino una súbita ráfaga de viento que nos trajo un olor acre y penetrante de arbustos quemados.

    Jethro corrió a lo largo de la ladera del monte Calvo, y se perdió de vista en la hondonada. Volvió en seguida, haciendo ademanes, corriendo y flotando a la vez.

    —Es espantoso —jadeó—. Espantoso. La hondonada está en llamas, y el fuego se acerca.

    Valancy nos reunió a todos con una mirada.

    — ¿Cómo no vimos el humo? —preguntó con una voz tensa—. No había humo cuando salimos.
    —La pendiente no se ve desde abajo —dijo Jethro—. Toda esta parte podría arder sin que viésemos el humo. Este lado del monte Calvo es como un valle cerrado con muchas hondonadas.
    — ¿Qué haremos? —gimió Lizbeth, abrazándose a Susie.

    Llegó otra ráfaga de viento y de humo, y todos tosimos, y yo descubrí entonces a través de las lágrimas una larga lengua de fuego que lamía las laderas.

    Valancy y yo nos miramos. Yo no podía leerle el pensamiento, pero en mí sólo había pánico. El fuego se acercaba, y estábamos rodeados por una maraña de manzanitas. En un momento pensé que podíamos escapar por el aire, pero los más chicos no sabían flotar en línea recta más que unos pocos segundos, y no podíamos abandonar a Valancy. Me llevé las manos a la cara. Yo no quería ver aquella inmensa extensión de manzanita seca, que ardería como una antorcha cuando la alcanzase el fuego. Y la lluvia no llegaba. La manzanita verde no arde fácilmente, pero luego de tantos meses de sequía...

    Los niños pequeños lloraban ahora. Alcé la cabeza y vi a Valancy que me miraba fijamente, con una intensidad insoportable. En ese momento las llamaradas, brillantes y terribles, asomaron detrás de ella, en la hondonada.

    Jake, con un grito ronco, se separó de nosotros y se elevó un par de metros por encima de la manzanita. Los pies se le enredaron en las zarzas, y cayó pesadamente entre las ramas espinosas.

    — ¡Debajo del hule! —La voz de Valancy resonó como un latigazo—. ¡Todos debajo del hule! ¡De—bajo—del—hule!

    La voz de Valancy era sibilante y helada. Desenrollamos el hule, lo extendimos, y nos metimos debajo. Esperando aún en ese espantoso momento que Valancy no me viese, fui flotando a donde estaba Jake y lo ayudé a incorporarse. No podía levantarme con él, de modo que lo llevé a empujones y a la rastra al refugio del hule. Valancy seguía de pie, de espaldas al fuego, tan cambiada, tan extraña, que cerré los ojos y me acurruqué con los otros chicos.

    De pronto Valancy se puso a hablar con una voz terrible y atronadora que me heló los huesos. Ahogué un grito. Una ola de miedo recorrió el grupo y me asomé y miré.

    Llegará un día mi última hora y veré aún la figura de Valancy, de pie, tensa, más alta que nunca, entre las convulsivas nubes de humo, con las manos extendidas, los dedos apartados, mientras ordenaba palabras con una voz de contenido terror, palabras que me angustiaban, pues yo tenía que haberlas oído alguna vez, y no las conocía. Y mientras miraba sentí en mí un frío helado, un frío sobrenatural y paralizante que me heló las lágrimas en la cara vuelta hacia el cielo.

    Y entonces, de los dedos de Valancy, de sus manos tendidas, brotaron relámpagos, saltaron de uno a otro dedo. Y las nubes, en lo alto, respondieron con otros relámpagos. Con un brusco movimiento de la mano, Valancy lanzó hacia el cielo el frío, el relámpago, el humo espeso y móvil. Y el rugido siseante de la lluvia ahogó el rugido de las llamas.

    Me quedé de rodillas, bajo el diluvio, y durante un instante interminable miré aquellos ojos vacíos, desesperados, acosados. Luego Valancy cayó pesadamente hacia adelante, y yo apenas alcancé a sostenerle la cabeza que ya iba a golpear la piedra.

    Entonces, mientras yo tenía la cabeza de Valancy en mi regazo, temblando de frío y de miedo, y los chicos lloraban detrás, oí que papá nos llamaba. En seguida lo vi. Venía con Jemmy y Darcy Clarinade en la camioneta, notando en la lluvia, sobre la empapada y humeante extensión de manzanita, sobre la ladera de la inaccesible montaña. Papá bajó; una rueda del coche rozó una rama y giró lentamente en el aire. Entre los tres nos levantaron a todos y nos depositaron sanos y salvos en la querida y decrépita camioneta.

    Jemmy recibió en sus brazos el cuerpo inerte de Valancy, y se acurrucó en el asiento, mirando acusadoramente al mundo.

    Yo y los chicos nos amontonamos alrededor de papá, aliviados y felices. Papá nos abrazó a todos, y luego me tomó la barbilla y me miró a los ojos. — ¿Por qué llovió? —me preguntó muy serio, exacta mente como un Viejo, mientras el agua me chorreaba por el pelo y él estaba allí completamente seco, protegido por su coraza.

    —No sé —sollocé, parpadeando en la lluvia—. Fue Valancy... con relámpagos... hacía frío... Valancy habló.

    De pronto, ya sin fuerzas, me desplomé en el piso de madera de la camioneta, y a pesar de mis años me eché a llorar como los otros chicos.

    Un grupo solemne y silencioso se reunió esa noche en la escuela. Yo estaba sentada en mi pupitre, con los dedos entrelazados, asustada de mi propio Pueblo. Nunca había asistido a una reunión oficial de Viejos. Todos estaban sentados en pupitres, excepto el Más Viejo, que ocupaba la silla de Valancy. Valancy, con un rostro de piedra, esperaba en el pupitre de los mellizos, desgarrando con dedos nerviosos unos pañuelos de papel.

    El Más Viejo golpeó con el bastón el escritorio y paseó por el cuarto una mirada ciega.

    —Nos hemos reunido —dijo— para investigar...

    Valancy se puso de pie de un salto.

    — ¡Oh, basta! —gritó—. ¿No pueden despedirme enseguida? Díganme que me vaya y me iré.
    — Siéntese, señorita Carmody —dijo el Más Viejo.Valancy se sentó dócilmente.

    ¿Dónde nació usted? —preguntó con dulzura el Más Viejo.

    ¿Qué importa? —preguntó Valancy, y luego dijo, resignada—: Está en mi solicitud. Vista Mar, California.

    — ¿Y sus padres? —No lo sé.

    Hubo un estremecimiento en el cuarto.

    — ¿Cómo no lo sabe?
    —Oh, todo esto es tan inútil —dijo Valancy—. Pero si tienen que saberlo... Mis padres eran huérfanos. Los encontraron después de una explosión y un incendio, perdidos en las calles de Vista Mar. Crecieron en casa de un viejo matrimonio que había perdido en el incendio todos sus bienes. Al fin se casaron, y nací yo. Ahora están muertos. ¿Puedo irme?

    Un murmullo recorrió la sala.

    —¿Por qué dejó sus otros empleos? —preguntó papá.

    Antes que Valancy pudiese responder, se abrió bruscamente la puerta y entró Jemmy, marcando el paso.

    —Vete —ordenó el Más Viejo.
    —Por favor —dijo Jemmy, desarmado de pronto—. Déjeme. Es también un problema mío...

    El Más Viejo acarició el bastón y luego asintió en silencio. Jemmy sonrió apenas, aliviado, y se sentó en un banco de atrás.

    —Continúe —le dijo a Valancy el Más Viejo.
    —Bueno —dijo Valancy—, perdí mi primer empleo porque... me sorprendieron en un acto de levitación... así lo llamarían ustedes, supongo. Quise reparar un postigo de mi cuarto. Se había trabado y... bueno... subí a arreglarlo, simplemente. El director me vio. No podía creerlo, y se asustó tanto que me echaron.

    Valancy calló y esperó.

    Los Viejos se miraron entre ellos. Yo me puse a atar cabos, pensando que con un poco de sentido común hubiera podido descubrir la verdad hacía tiempo.

    — ¿Y el segundo?

    El Más Viejo se inclinó hacia adelante y apoyó la mejilla en el hueco de la mano.

    Valancy enrojeció, sorprendida.

    —Bueno... —dijo titubeando—. Llamé a mis libros... estaban en el escritorio quiero decir, y...
    —Entendemos —dijo el Más Viejo. — ¿Entienden? ¿Ustedes? —preguntó Valancy, perpleja.

    El Más Viejo se puso de pie.

    — Valancy Carmody, ¡abre tu mente!

    Valancy lo miró, y de pronto se echó a llorar.

    —No puedo, no puedo —sollozó—. Ha pasado mucho tiempo. Soy distinta. Estoy sola. ¿No se dan cuenta? Todos murieron. Soy una extraña.
    —Ya no eres una Extraña —dijo el Más Viejo—. Estás entre los tuyos, Valancy. Karen —me dijo—, entra en ella.

    Así lo hice. Al principio tropecé una vez más con el muro impenetrable. De pronto, con un súbito grito silencioso, de angustia y de alegría, me encontré con Valancy. Vi los secretos que la habían atormentado desde la muerte de aquellos padres huérfanos... que eran del Pueblo. Y los ancianos... No sólo pertenecían al Pueblo, eran además los Más Viejos de la Travesía.

    Reviví con Valancy aquellos secretos aterradores y ocultos. Había tenido que vivir como una Extraña, había tenido que esconder todas sus diferencias, ahogando todos los Dones del Pueblo. Había vivido siempre asustada, temiendo traicionarse, y sintiéndose profundamente sola, pues creía ser la última sobreviviente del Pueblo.

    Y entonces, de pronto, Valancy entró en mí, inundándome con una presencia de poder desconocido...

    Abrí los ojos y vi a los Viejos que miraban fijamente a Valancy. Hasta el Más Viejo había vuelto hacia ella su rostro arrugado y la observaba con asombro.

    Inclinó la cabeza e hizo la Señal.

    — Las Persuasiones y los Designios perdidos —murmuró—. Todo está en ella.

    Yo supe entonces que Valancy, que había vivido encerrada en sí misma, protegiéndose de un mundo donde cualquier acto irreflexivo podía traicionarla, y que había vivido ignorada entre nosotros, e ignorándonos, no sólo era del Pueblo. Tenía poderes que nadie, desde la muerte de la abuela, había conocido, e incluso poderes superiores. Mis pensamientos incoherentes se resumieron en uno. Ahora había alguien que podía instruirme. Ahora yo llegaría a ver, aunque no tanto como Valancy.

    Me volví hacia Jemmy, para compartir con él mi asombro. Jemmy miraba a Valancy como el Pueblo mismo debe haber mirado la Morada en la hora definitiva. Luego fue hacia la puerta.

    Valancy se apartó rápidamente de mí y de los Viejos. Jemmy la esperaba con la manos extendidas.

    Dejé la escuela y me precipité por el sendero como una poseída, flotando y corriendo hasta que llegué al porche de casa y caí en brazos de mamá.

    — ¡Oh, mamá! ¡Es de los nuestros! Y Jemmy la quiere. ¡Es maravillosa!

    Me eché a llorar en los brazos tibios y acogedores de mamá.

    Así que ahora no necesito ir al Exterior para ser maestra. Ahora tenemos una maestra permanente. Pero iré de todos modos. Quiero parecerme a Valancy, y Valancy ha completado sus estudios. Además, para vivir en el Exterior hay que ser disciplinada, y esto puede servirme. Tengo tantas cosas que aprender... pero Valancy me acompañará. El Don no me apartará de todos.

    Tal vez no debiera decirlo, pero hay una razón por la que quiero apresurar mis estudios. Pronto trataremos de descubrir a los otros sobrevivientes del Pueblo. Los muchachos de aquí no me gustan.

    Era corno si unas cortinas de plata centellearan cerrándose sobre algún cuadro mágico, que se recordaba con deleite. Lea respiró hondo, y con una comprensión, casi repentina, corno el estallido de una burbuja, advirtió que se había olvidado completamente de sí misma y de sus dificultades por primera vez en muchos meses. Y se sentía bien, oh, tan bien, tan sin asperezas, tan animadamente descansada. Si al menos... Si al menos... se dijo en silencio, y en seguida se estremeció oyendo el golpe desnudo y seco de las cosas tal como son contra ese bendito refugio que Karen le había facilitado. Apretó las manos, con amargura.

    Alguien rió quedamente en el silencio del cuarto.

    — ¿Todavía no lo encontraste, Karen? Empezaste a buscar hace bastante tiempo...
    —No tanto. —Karen sonrió envuelta todavía en los recuerdos que acababa de evocar—. Y tengo mi título ahora. Oh, y he olvidado tanto, la estupefacción, el terror. — Se quedó perdida en sus ensoñaciones, un rato, y luego sacudió la cabeza y se rió—. Bien, Jemmy. He entendido mi deber y he cumplido. ¿Qué manilas tibias nos traen el próximo relato?

    Jemmy alisó el papel arrugado.

    —Bueno, Peter es el que sigue. A no ser que Bethie quiera...
    — ¡Oh, no, oh, no! —protestó la voz suave de Bethie—. Peter, Peter puede hacerlo mejor, es el indicado, quiero decir, ¡Peter!

    Todos se rieron.

    —Bueno, Bethie, bueno —dijo Jemmy—. Tranquilízate. Será Peter. Bueno, Peter. Tienes tiempo hasta mañana por la noche para prepararte. Creo que luego de las excitaciones de hoy... bueno, un relato es suficiente.

    La gente se incorporó, giró, se movió. El murmullo de las voces y las risas empapó a Lea como un océano tibio.

    —Lea. —La voz de Karen—. Aquí están Jemmy y Valancy. Quieren conocerte.

    Lea se puso trabajosamente de pie, sintiendo que aquellos ojos interesados la atravesaban de parte a parte. Sintió que la bienvenida la envolvía, una bienvenida que iba mucho más allá de las palabras. Sintió, en algún lugar del pecho, una punzada, y que unas lágrimas inexplicables le rodaban ahora por las mejillas. Volvió la cabeza y buscó a tientas un pañuelo. Alguien le puso uno grande y blanco en las manos, y el hombro de alguien fue fuerte y tranquilizador un momento, y los brazos de alguien fueron ágiles y seguros cuando la alzaron y la llevaron, enceguecida por un llanto sin sollozos, fuera de la escuela.

    Más tarde —oh, mucho más tarde— Lea se sentó de pronto en la cama. Karen apareció en seguida al lado, en silencio.

    —Karen, ¿es posible que todo eso haya ocurrido de veras?
    —¿De qué hablas, Lea?
    —La historia que contaste. No es una historia real, por supuesto.
    —Claro que lo es, del principio al fin.

    ¡No es posible! —gritó Lea—. ¡Gente que viene del espacio! ¡Gente mágica! No puede ser cierto.

    ¿Por qué no quieres que sea cierto?

    —Porque no puede ser. No es verosímil. No hay nada fuera de lo que es... Quiero decir, una anda y anda por el mundo y al fin vuelve al sitio del principio. Todo termina donde comenzó. Más allá de ciertos límites... —Lea buscó las palabras—. ¡La realidad tiene límites!
    — ¿Quién define los límites?
    —Bueno, están ahí, simplemente, desde el momento en que una nace. Estás atrapada desde el principio y así tienes que seguir hasta el día de tu muerte.

    ¿Quién te vendió como esclava? —preguntó Karen, algo perpleja—. ¿No te habrás esclavizado tú misma? Estoy de acuerdo contigo en que todo vuelve a donde empezó, ¿pero, dónde empezó todo?

    ¡No! —chilló Lea, llevándose a los ojos unos puños apretados, y volviendo la cabeza sobre la almohada, a un lado y a otro—. ¡No quiero volver a ese tembladeral, a ese caos, esa agitación sin sentido!

    La oscuridad más negra rodó y ardió y rugió, con un chillido insidioso; el poblado vacío, el frío de llamas; la imposibilidad de todas las imposibilidades... —Lea, Lea. —La voz de Karen atravesó con dulzura, pero firmemente la maraña de horror—. Lea, duerme ahora. Duerme ahora sabiendo que todo se inicia con la Presencia y que todas las cosas vuelven a su comienzo.

    Lea desayunó con Karen a la mañana siguiente. El viento movía hacia afuera y adentro las cortinas cortas y fruncidas de la ventana.

    — ¿Ninguna pantalla? —preguntó Lea sosteniendo la tregua armada, colmada de oscuridad, como si fuese una copa de agua llena hasta el borde.
    —No, ninguna pantalla —dijo Karen—. Mantendremos las alimañas fuera de otro modo.
    —Un modo que también les impida salir —dijo Lea sonriendo—. Traté de irme ayer.
    —Ya sé —dijo Karen sosteniendo en la mano una rebanada de pan y observando cómo se iba tostando, lenta y aromáticamente—. Por esto tapié las ventanas un poco más que de costumbre. Pero no hoy.
    — ¿Confías en mí? —preguntó Lea sintiendo el secreto balanceo de terror en la copa en equilibrio.
    —No estás en una cárcel. Ayer estabas todavía aferrada a las faldas de la muerte. Hoy ya puedes sonreír. Ayer pusiste la botella de lejía en el último estante. Hoy puedes leer el rótulo tú misma.
    — Quizá soy analfabeta —dijo Lea, sombría, recogiendo la copa—. Me gustaría salir un rato hoy, si estás de acuerdo. Hace mucho tiempo que no miro el mundo.
    —No vayas muy lejos. En estos alrededores casi no puedes hacer otra cosa que trepar... o bien levitar. No tenemos muchos caminos en el mundo exterior. No vayas más allá de la escuela. Preferiríamos que no lo hicieras por ahora... —Sonrió apenas—. Además hay muchos otros sitios donde ir.
    —Quizá vea a algunos de los niños —dijo Lea—. Davey o Lizbeth o Kiah.

    Karen rió.

    —No me parece muy posible, no en las actuales circunstancias. Y los «niños» se sentirían bastante insultados si te oyeran. Han crecido, son adultos ahora, o por lo menos creen que lo son. Mi historia ocurrió hace años, Lea.
    — ¡Hace años! ¡Pensé que era muy reciente!
    —Oh, no. ¿Qué te hizo creer...? —¡Recordabas todo de un modo tan completo! Cosas tan pequeñas. Y el modo como Jemmy miraba a Valancy y Valancy a Jemmy... —— —El Pueblo tiene una memoria especial. Y la mirada de Jemmy era de amor, y el amor no muere...
    —El amor no... —Lea torció la boca—. Bueno, habría que definir eso que llamas amor... —Se incorporó bruscamente—. Quisiera caminar un rato. —Titubeó—. Y quizá meterme un poco en el agua, un arroyo fresco...
    —Claro, por supuesto —dijo Karen—. Puedes ir hasta el arroyo y mojarte los pies, si quieres. Te servirán aquí el almuerzo y yo vendré para la cena. Iremos a la escuela juntas a oír la historia de Peter.

    Lea subió hasta la laguna, los pies desnudos y lastimados, los bordes de la falda empapados con agua del arroyo y el estómago vacío. Había olvidado el almuerzo.

    La laguna era ancha y tranquila. El agua entraba murmurando por un extremo y salía cloqueando por el otro. En el medio, la superficie era como un espejo. Una hoja amarilla cayó lentamente de un algodonero y tocó el agua con tanta delicadeza que los anillos resultantes fueron como hilos que corrían a las orillas de arena. Lea suspiró, se recogió la falda, y metió un pie en la laguna. La mordedura limpia y fría del agua la dejó sin aliento, pero dio otro paso adelante. El agua pronto le llegó a las rodillas y más arriba. Se detuvo bajo el árbol de algodón, esperando, esperando tan quieta que el agua se le cerró mansamente alrededor de las piernas. Sólo allá abajo, en la arena fina que tenía bajo los pies, alcanzaba a sentir el movimiento del agua. Se quedó allí hasta que cayó otra hoja, rozándole la mejilla, deslizándosele por el hombro y sobre la blusa arrugada, y deteniéndose un instante en los pliegues recogidos de la falda antes de dibujar un círculo tranquilo en la superficie brillante del agua. Lea miró un rato la hoja y la sombra de plata que era ella misma, sobre el agua, y luego alzó los ojos hacia las altas paredes de roca que se alzaban alrededor. Apretó los codos contra los costados y pensó: Estoy siendo otra vez una entidad. Tengo forma y proporciones. Tengo fronteras y límites. Tengo que aprender de algún modo cómo manejar un ser finito. La carga de no ser nada en una nada infinita era demasiado, demasiado...

    Una agitación inquieta que en cualquier momento podía convertirse en pánico hizo que Lea mirara alrededor y buscara la costa. Salía a la orilla, las manos ocupadas en la falda, cuando resbaló, soltó las manos tratando de mantener el equilibrio, y cayó de espaldas en la laguna con un sonoro chapoteo. Chorreando agua y jadeando alcanzó a sentarse, el agua hasta los hombros. Parpadeó sacándose el agua de los ojos, y entonces vio al hombre.

    El hombre tenía un pie en el agua, como avanzando hacia ella. Se reía.

    Lea resopló, mirándolo, indignada, y el agua le salpicó el mentón.

    — ¡Pude haberme ahogado! —gritó, sintiéndose muy tonta y muy mojada.
    — Si se queda ahí puede ahogarse todavía. Las crecientes llegan en octubre.
    —Si sigue tardando tanto en ayudarme —replicó Lea—, ¡quizá lo consiga! No puedo incorporarme sin que se me moje toda la cabeza.
    —Pero ya está toda mojada —rió el hombre, vadeando hacia ella.
    —Eso fue un accidente — resopló Lea otra vez—. ¡Es diferente hacerlo a propósito!
    — ¡Lógica femenina! / El hombre tomó a Lea por las manos y tiró ayudando a que se pusiera de pie y llevándola a la orilla.

    Lea alzó los ojos hacia la cara sonriente del hombre y le devolvió la sonrisa empezando a darle las gracias. De pronto el hombre pareció retroceder, fuera de foco, a kilómetros de distancia, y hablaba ahora con una voz muy débil. Se volvió aturdida y trató de alejarse. En ese momento el hombre la tomó por la mano, y ella sintió que el cuerpo le temblaba y se le disolvía y que la nada invadía el mundo, más y más oscura.

    — ¡Karen! —gritó—. ¡Karen! ¡Karen! El mundo desapareció.

    Lea apartó con irritación la mano extendida de Karen. La cama era blanda.

    —No iré.
    —Oh, sí, irás —dijo Karen—. El relato de Peter te gustará mucho. ¡Y Bethie! Tienes que oír los cuentos de Bethie.
    —Oh, Karen, por favor, no me hagas probar de nuevo —rogó Lea—. No puedo soportar caer de nuevo luego de... luego de...

    Lea calló meneando la cabeza.

    —Hablas de probar —dijo Karen, fríamente—. Ni siquiera has empezado. Tienes que ir esta noche. Será la lección número dos para ti, de modo que prepárate.

    Lea buscó una excusa.

    Mis ropas —dijo—. Tienen que estar todavía empapadas.

    Sí, lo están —dijo Karen, imperturbable—. Eres del tamaño de Lizbeth. Te he traído alguna ropa. Elige.

    Lea volvió la cabeza.

    —No.
    —Levántate.

    La voz de Karen continuaba siendo fría, pero Lea se levantó. Repasó en silencio las ropas que le ofrecían.

    —Bueno —dijo Karen—. Eres más alta de lo que pensaba. Y perdiste algunos kilos desde que decidiste dejar esta vida.

    Lea tuvo un acceso de indignación, pero se quedó quieta mientras Karen se ponía de rodillas y tironeaba del vuelo del vestido. La tela se estiró y se quedó estirada, haciendo que la falda pareciera más adecuada para la altura de Lea. —Ya está —dijo Karen incorporándose y arreglándole el vestido a Lea alrededor de la cintura y poniendo un pliegue donde había una arruga. Luego, con un movimiento de la mano, hizo más intenso el color de la tela—. No está mal, es tu color. Vamos, o llegaremos tarde.

    Lea se negaba tercamente a interesarse en algo. Sentada en un rincón se miraba fijamente las manos juntas, dejando que la marea y la charla que fluía y el movimiento de la gente la rozaran levemente, sin alzar los ojos. De pronto, luego de la serena invocación, sintió una punzada de nostalgia. Nostalgia de unas manos que la habían sujetado en la frescura del agua. Echó atrás la cabeza, sorprendida, en el momento en que Jemmy decía: —Te dejo el pupitre, Peter. Es todo tuyo, hasta la última decrépita astilla.

    —Gracias —dijo Peter—. Espero que la silla sea cómoda. Esto llevará su tiempo. He decidido seguir el ejemplo de Karen y darle también un título a mi historia. Yo mismo pude haberme hecho esta pregunta en cualquier momento de estos largos años.

    »No hay consuelo en Galaad. ¿No hay allí médicos? ¿Por qué entonces la hija de mi Pueblo no ha recuperado aún la salud?

    En la breve pausa que siguió, Lea tuvo conciencia de un pensamiento que le cruzaba la mente. ¡Había olvidado el episodio de la laguna! ¿Quién era él? ¿Quién era él? Pero no supo qué contestarse y Peter empezó a hablar...


    GALAAD


    No sé en qué momento descubrí que nuestra familia no era como las otras familias. Nada parecía indicarlo. La casa en que vivíamos era muy parecida a las demás casas de Socorro. Nuestros prados descendían como los otros cubiertos de maleza y arbustos hasta el Río Gordo, generalmente seco, que rodeaba la ciudad. Y cuando nuestra vaca llamaba al toro de los Jacob, del otro lado del río, mugía del mismo modo que todas las otras vacas de todos los otros prados. Y yo pasaba días tan ociosos como cualquier otro muchacho de Socorro, tendido a la sombra escasa de los árboles mientras el trabajo esperaba en algún otro sitio. Nunca se me ocurrió pensar que fuésemos diferentes.

    Me di cuenta, creo, poco después de haber entrado en la escuela, cuando me enamoré de la niña de trenzas más largas y de dientes más separados de toda la clase. Yo tenía seis años y me parece que ella tenía siete.

    Mi amiga y yo nos habíamos refugiado detrás del cobertizo de la escuela, entre las plantas de algodón, para comer juntos nuestro almuerzo, ignorando el coro de «¡Peter anda con una chica! ¡Peter anda con una chica!» y las señas burlonas que querían avergonzarme. Comimos nuestros sandwiches y pickles, y luego nos tendimos de espaldas, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, contemplando el cielo brillante con los ojos entornados, y tratando de comer nuestros pedazos de pastel sin que las migas nos cayeran en las orejas. Yo había comido tan bien, me sentía tan satisfecho y tan enamorado que se me ocurrió de pronto que yo debía intentar algo espectacular en honor de la dama de mis pensamientos. Me senté, electrizado. La idea era magnífica, y yo sabía que podía hacerlo.

    — ¡Eh! ¿Sabes que puedo volar?

    Alcé los brazos y me puse de pie dejando a mi amor boquiabierta, sentada en la hierba. —No puedes. No seas tonto.

    ¡Sí puedo!

    ¡No puedes!

    ¡Puedo! ¡Mírame! —Alcé los brazos y me elevé hasta el techo del cobertizo. Me asomé al borde y dije—: ¿Viste? ¡Puedo volar!

    ¡Se lo contaré a la maestra! —dijo ella con una voz entrecortada, mirándome con los ojos muy abiertos—. Está prohibido subirse al cobertizo.

    —Oh, bah —dije—. No me subí. Vamos, tú puedes volar también. Te ayudaré.

    Me deslicé por el aire hasta el suelo. Abracé a mi amor y me elevé. Ella gritó y pateó, y al fin se soltó y echó a correr hacia la escuela, chillando. Desanimado de algún modo por esta deserción, junté los restos de nuestros pasteles y posándome cómodamente en el alero del cobertizo, disfruté de los últimos mendrugos. Al cabo de un rato llegó la maestra, con media escuela detrás.

    —¡Peter Merril! ¿Cuántas veces se te ha dicho que no hay que subirse a nada en la escuela?

    La miré tranquilamente, notando con interés que la prisa y la agitación le habían desordenado los rizos, y descubriendo una tiesa mecha de cabellos que no armonizaba con aquella cara severa.

    — ¡No te sueltes y espera a que Stanley traiga la escalera!
    —Puedo bajar solo —dije, gateando hasta el poste que sostenía el techo—. Es fácil.
    — ¡Peter! —chilló la maestra—. ¡Quédate donde estás!

    Así lo hice, preguntándome el porqué de todo ese alboroto.

    Me bajaron al fin y la maestra me tomó por el brazo y me arrastró hasta la escuela mientras yo gritaba a todo pulmón, ultrajado e indignado porque nadie quería creerme, ni siquiera mi amiga que negaba obstinadamente lo que había visto con sus propios ojos.

    —No seas tonto, Peter. No puedes volar. Nadie puede volar. ¿Tienes alas acaso? —No necesito alas —aullaba yo—. La gente no necesita alas. ¡No soy un pájaro!
    —Entonces no puedes volar. Sólo las cosas con alas vuelan.

    Me pasé el resto del mediodía gritando y pateando los escalones de la escuela, hasta que me asusté pensando que la maestra podía decírselo a papá. Al fin y al cabo yo había estado en territorio prohibido, sin que importara tanto cómo había llegado allí.

    La maestra no se lo contó a papá, pero aquella noche, cuando me metí en cama, sentí de pronto como un vacío dentro de mí. Quizá yo no podía volar. Quizá la maestra tenía razón. Me escurrí fuera de la cama, y volé cuidadosamente hasta lo alto del armario, y luego de vuelta hasta la cama.

    —Puedo volar —murmuré, metiendo la barbilla bajo las mantas y suspirando hondamente.

    No era más, por lo tanto, que una de esas cosas divertidas que los adultos le prohibían a uno, como comerse un pedazo de pastel por la mañana, o manejar el tractor, o subirse a la vaca para jugar a los indios.

    Y en eso quedó el incidente, hasta que el sábado la maestra nos encontró a mamá y a mí en la tienda y revolviéndome el pelo me dijo:

    — ¿Cómo está mi pajarito? —Luego se rió y le dijo a mamá—: ¡Se imagina que puede volar!

    Vi que mamá apretaba tanto el portamonedas que los dedos se le ponían blancos, y que me miraba con unos ojos sin alegría. Me sentí abrumado por una sorpresa in— crédula y un miedo y una angustia que me daban ganas de llorar, aunque sabía bien que en ese momento no era una emoción mía lo que yo sentía, sino una emoción de mamá.

    Mamá tenía siempre los ojos alegres. Era la madre más risueña de Socorro. Llevaba la felicidad dentro de ella como si fuese un ramillete de flores, y lo repartía entre todos los que encontraba. A las otras madres apenas les alcanzaba para repartir entre los de la propia familia. Y sin embargo, a veces, como en la tienda, mamá perdía toda alegría, y mostraba miedo, y un raro tormento. Otras veces mamá me hacía pensar en un pájaro enjaulado, que se apretaba contra los barrotes. Como una noche que recuerdo aún vividamente.

    Mamá estaba junto a la ventana, vestida con una bata de franela que le llegaba a los tobillos, y el aire que entraba por los marcos mal ajustados le movía apenas el cabello oscuro. Se había desencadenado una tormenta sobre los Huachuchas, y afuera soplaba el viento. El rugido creciente me había despertado, y yo estaba acurrucado en el sofá, no sabiendo muy bien si los truenos que sacudían constantemente la casa me asustaban o me excitaban. Papá estaba sentado con el periódico en las rodillas.

    Mamá habló en voz baja, pero yo la oí claramente en medio del tumulto.

    — ¿Pensaste alguna vez cómo sería estar ahí arriba en plena tormenta, con nubes bajo los pies y encima de la cabeza, y un encaje de rayos alrededor, como calientes ríos de oro?

    Papá movió las hojas del diario.

    —No parece muy cómodo —dijo.

    Pero yo, en el sofá, acuné las palabras en mí, maravillado. ¡Yo sabía! ¡Yo recordaba! Recité las palabras como una amada lección:

    — «Y la lluvia como cabellos de hielo y plata te golpeaba el rostro que alzabas al cielo.» Mamá dio media vuelta y me miró fijamente. Papá clavaba en mí unos ojos sombríos y perturbados.
    — ¿Cómo sabes eso? —me preguntó. Confuso, bajé la cabeza.
    —No recuerdo —murmuré.

    Mamá apretó las manos, una contra otra, inclinando la cabeza, de modo que los cabellos le cayeron sobre la cara sombría.

    — Sabe porque yo sé. Yo sé porque mi madre sabía. Ella sabía porque el Pueblo sabía —dijo, y se le quebró la voz—. Son las palabras que empleaba ella.

    Mamá calló y se volvió hacia la ventana, apoyando el brazo y la cabeza en el marco, como un niño que llora. — ¡Oh, Bruce, perdóname!

    Yo miraba con los ojos muy abiertos, asombrados, tratando de que los ojos no se me llenaran de lágrimas mientras luchaba contra la pena y la desolación de mamá.

    Papá se acercó a ella y la abrazó. Me miró por encima del hombro.

    —Mejor que te vayas a la cama, Peter. Lo peor ha pasado.

    Yo me fui arrastrando los pies, de mala gana, estupefacto. Poco antes de cerrar la puerta me detuve y escuché.

    —Nunca le dije una palabra, te lo aseguro —dijo la voz entrecortada de mamá—. Oh, Bruce. Me esfuerzo tanto, pero a veces... ¡oh, a veces!
    —Ya lo sé, Eve. Y es mucho lo que has logrado. Sé que te cuesta mucho, pero lo hemos hablado tan a menudo. No hay otro camino, querida.
    — Sí —dijo mamá—, no hay otro camino, pero... ¡oh, dame tu fuerza, Bruce! ¡Bendito sea el Poder, que te ha traído a mí!

    Cerré silenciosamente la puerta, y me acurruqué en la oscuridad, sobre la cama, y al fin sentí que la angustia de mamá se transformaba otra vez en una cálida ternura. Luego, sin razón aparente, volé gravemente hasta lo alto del armario, volví a mi cama y me acosté. Y recordé entonces. Recordé los calientes ríos de oro, las nubes arriba y abajo, y los vientos que golpeaban como olas de espuma escarchada. Pero junto con ese dulce recuerdo me llegaba también la advertencia: No puedes, pues tienes sólo ocho años. Tienes sólo ocho años. Hay que esperar.

    Muy poco después nacía Bethie, cuando yo estaba por cumplir nueve años. Me veo aún inclinado sobre la cuna, sobre el milagro de aquellos deditos y aquellos cabellos de caramelo batido. Bethie, mi hermanita. Bethie, a quien todos miraban fijamente, murmurando entre ellos, cuando mamá la dejaba ir a la escuela, aunque se pasaba la mayor parte del tiempo en casa, aun cuando ya era bastante mayor. Porque Bethie era diferente... también.

    Cuando Bethie tenía un mes, yo me apreté el dedo con la puerta del dormitorio y lloré durante un cuarto de hora, pero Bethie sollozó continuamente hasta que yo no sentí ningún dolor en el dedo.

    Cuando Bethie tenía seis meses, nuestro pequeño terrier, Glib, cayó en una trampa para serpientes. Regresó a casa lloriqueando, arrastrando la trampa. Bethie chilló hasta que Glib se quedó dormido sobre la pata vendada.

    Papá tuvo un ataque de apendicitis aguda cuando Bethie tenía dos años, pero fue ella quien tuvo que tomar un sedante hasta que pudimos llevar a papá al hospital.

    Una noche papá y mamá estaban junto a la cama de Bethie, que dormía muy intranquila a pesar de los sedantes. Nuestro vecino, el señor Tyree, había estado cortando leña y el hacha se le había desviado. Había perdido un pulgar del pie y mucha sangre, pero cuando el doctor Dueff llegó corriendo en su coche, se precipitó primero a nuestra casa y luego fue a la del señor Tyree. El señor Tyree descansaba como podía, con el pie vendado apoyado en un sillón, y con las manos en las orejas para no oír los gritos de Bethie.

    — ¿Qué podemos hacer, Eve? —preguntó papá—. ¿Qué dijo el doctor?
    —Nada. No pueden hacer nada por ella. Supone que se le pasará con los años. No entiende. No sabe que ella...
    —¿Qué ocurre? ¿Por qué Bethie es así? —preguntó papá desesperado.

    Mamá se encogió.

    —Es una sensitiva. Hay gente así en el Pueblo, aunque no de tan pocos años. Esa sensibilidad les permite ayudar a los que sufren. Bethie no tiene más que parte del Don. No lo domina.
    — ¿Por mí? —gruñó papá.

    Mamá lo miró con ojos serenos y amantes.

    —Por los dos, Bruce. Corrimos ese riesgo. Tentamos a la suerte, luego de Peter.

    De modo que ahora éramos dos los diferentes, aunque también diferentes entre nosotros. Para mí era una diversión, casi todo el tiempo, pero no para Bethie. Teníamos que tener cuidado con Bethie. Probó la escuela un tiempo, pero las rodillas despellejadas, los empujones, los dolores de dientes, los chichones, y los dolores de cabeza del portero después de las borracheras del fin de semana la devolvían a casa agotada y temblorosa, al borde de la histeria. De modo que Bethie aprendió las letras y los números con mamá, y se quedaba apoyada melancólicamente en la verja mientras pasaban los otros chicos.

    No mucho después descubrí un modo de utilizar prácticamente mi diferencia. Papá me pidió que guardara en el cobertizo un montón de leña que Delfino había dejado en el patio de atrás. Yo me había citado con unos compañeros para explorar una vieja mina de espato flúor y ahora aquel trabajo me impediría ser de la partida. Fui al patio de atrás y me quedé un rato con las manos en los bolsillos pateando el montón de leña. Al fin cargué una brazada, gruñendo bajo el peso. Llegué al cobertizo, dejé caer la madera, y me lastimé el pulgar. Me senté en cuclillas en el patio y me succioné el dedo, con los ojos clavados en la leña. De pronto, se me ocurrió algo. ¿Si yo podía volar, no sería posible que la leña volase también? Sí, era posible. Me incliné hacia adelante y castañeteé los dedos ante media docena de leños, concentrándome. Los empujé hacia el cobertizo, los guié hacia el sitio donde yo quería dejarlos, y los ordené como si fuesen naipes. No tardé mucho en descubrir cuál era la carga máxima, y guardé toda la leña en un tiempo maravillosamente corto.

    Entré silbando en casa y fui a buscar una luz. La mina era muy oscura y ninguno de mis amigos tenía una linterna.

    Papá estaba revisando las cuentas de la leche y alzó los ojos.

    —Te he dicho que guardaras la leña.
    —Ya la guardé —respondí, sonriendo.
    —Déjate de bromas —gruñó papá—. No tuviste tiempo.
    —Es cierto —dije, triunfalmente—. Descubrí una técnica nueva. Verás...

    Callé, paralizado por la mirada de papá.

    —Nadie te ha pedido nuevas técnicas —dijo tranquilamente—. ¡Vuelve y quédate ahí hasta que hayas tenido tiempo de guardar bien la leña!
    —Ya está guardada —protesté—. ¡Y los chicos están esperándome!
    —No quiero discutir —dijo papá, muy pálido — . Vuelve a la leñera.

    Volví a la leñera, pasando junto a mamá que había venido de la cocina y que había extendido hacia mí la mano. Me senté en la leñera, furioso, decidido a no salir de allí hasta que papá fuese a hablarme.

    Luego, me puse a pensar. Papá no era comúnmente tan poco razonable. Quizá yo había hecho algo malo. Quizá no estaba bien guardar la leña de ese modo. Quizá... Se me confundieron los pensamientos mientras recordaba los murmullos que yo había alcanzado a oír a propósito de Bethie. Quizá lo que yo había hecho era un disparate, una cosa insensata.

    Pensé mucho. Hacer algo insensato significaba no hacerlo como todo el mundo. Por ese motivo, quizá, papá había reaccionado así. Yo había hecho entonces una cosa insensata. Miré fijamente el suelo, desorientado. ¿Qué había de diferente en nuestra familia? Y por vez primera fui capaz de separar y reconocer el sentimiento que yo debía de tener desde hacía mucho tiempo, el sentimiento de estar mirando desde afuera, el sentimiento de estar aparte. Sí, descubrí, era necesario ocultarse, ser prudente. Si había algo anormal, nadie tenía que saberlo. Yo no debía traicionar...

    Mamá estaba de pie a mi lado.

    —Papá dice que ahora puedes irte —dijo, sentándose junto a mí, y mirándome sin alegría—. Peten.. Papá no podía hacer otra cosa. Todo lo que puedo decirte es esto: no olvides nunca, estés donde estés, hagas lo que hagas, que lo diferente muere. Tienes que conformarte... o morir. Pero no te avergüences, Peter, no. ¡Nunca te avergüences! —Mamá me puso rápidamente las manos en los hombros y me rozó la oreja con los labios—. ¡No dejes de ser diferente! —murmuró—. Tan diferente como puedas. ¡Pero que no lo vea nadie, que no lo sepa nadie!

    Mamá desapareció en la escalera que llevaba a la cocina.

    Entré en la adolescencia, y me alejé más y más de los chicos de mi edad. Las cosas que les parecían más divertidas, no me interesaban mucho. De modo que en los años siguientes seguí cada vez con mayor frecuencia el consejo que me había susurrado mamá, sin pedir nunca explicaciones, pues yo sabía que ella no me las daría. El incidente de la leña me había abierto todo un nuevo panorama de posibilidades, aunque yo no supiese muy exactamente qué posibilidades eran éstas. Me acostumbré a pasarme las horas en la parte baja del prado, donde ensayaba toda clase de experiencias, sin saber nunca si resultarían o no. Trabajé mucho y en algunos casos fracasé, y en otros tuve éxito.

    Descubrí que un castañeteo de los dedos me bastaba para traer cosas hacia mí, o para enviarlas a cortas distancias sin molestarme o tocarlas, como había hecho con la leña. Yo subía regularmente hasta las puntas de los álamos altos, deslizándome luego en éxtasis hasta el suelo, hasta que una vez me extasié demasiado y aterricé de narices. En una ocasión, concentrándome tanto que me dolió la cabeza y quedé aturdido, logré encender un pequeño fuego. Luego quise tomar una llama y me ampollé y chamusqué las manos.

    Me parece que por ese entonces me descuidé un poco y no me molesté en tratar de saber si me vigilaban o no, pues comenzaron a oírse ciertos rumores. Bub Jacobs le contaba a todo el mundo que yo «hacía cosas» cuando estaba solo en el prado. La mueca maligna con que acompañaba sus cuentos transformaba esas «cosas» en cualquier perversión que los oyentes pudieran imaginarse, y lo de «solo» terminaba de condenarme sin remedio. Experimenté así amargamente lo que mamá me había dicho. El que es diferente muere, y una sola muerte no es nunca bastante. Uno muere y muere, y muere, muchas veces.

    Luego un día sorprendí a Bub mientras rondaba por nuestro bosque. Me vio y puso pies en polvorosa comprendiendo muy bien qué podía pasarle si yo lo atrapaba. Eché a correr detrás, pero en seguida me detuve. ¿Para qué fatigarme? ¿Por qué no hacer con aquel mentecato lo que había hecho con la leña?

    Bub dio un grito de verdadero terror cuando sintió que el suelo le faltaba bajo los pies. Se debatió en el aire, convulsionado por el miedo y por aquella cosa terrible que le ocurría, y el grito se le apagó y se le quedó en la garganta. Y yo, abajo, me reí de él sintiéndome un gigante, muy por encima de la gente estúpida como Bub.

    De pronto, antes que Bub se desmayara, sentí su terror, y asomó a mi garganta un eco de su grito. Caí al suelo, abrumado por una repentina certeza, un conocimiento que no me venía de la experiencia ordinaria: yo había cometido un terrible error, yo había prostituido mis poderes utilizándolos para aterrorizar injustamente.

    Me arrodillé y alcé los ojos hacia Bub, doblado en el aire, por encima de mi cabeza, fuera del alcance de mis manos. Se me hizo un nudo en la garganta al descubrir que yo no sabía cómo hacerlo descender. No era un trozo de madera que uno podía bajar con un castañeteo de los dedos. No tenía la más remota idea de cómo traer al suelo a un ser humano.

    Me arrastré aturdidamente hasta un rayo de sol que atravesaba la copa de un álamo y sentí que me corría por los dedos algo que era posible levantar —y retorcer— y utilizar. Utilizar en Bub. ¿Pero cómo? ¿Cómo? Cerré el puño sobre la onda de luz, y tropecé otra vez con una puerta que podía abrirse con una palabra, una mirada, un ademán; pero yo no sabía cómo pronunciar esa palabra, cómo lanzar esa mirada, cómo hacer ese ademán.

    Me puse de pie y tomé aliento. Salté para atrapar los talones de Bub que le colgaban un poco más abajo que el resto del cuerpo. No acerté. Salté otra vez y le rocé el talón con la punta de un dedo, y Bub empezó a moverse lentamente en el aire. Me pasé el dorso de la mano por la frente sudorosa, y me reí, me reí de mi estupidez.

    Con mucho cuidado, pues yo me había contentado con subir y bajar, y no había planeado casi nunca, me elevé hasta donde estaba Bub. Le puse las manos encima y empujé hacia abajo. Bub no se movió.

    Tiré de él hacia arriba y Bub subió conmigo. Me alejé de él lenta y deliberadamente y pensé un rato. Fui hasta el otro lado de Bub y lo empujé hacia unas ramas altas. Ya estaba recuperando el conocimiento y movía la cabeza y los labios. Flotaba en el aire como un tronco en el agua, pero logré llevarlo hasta una rama gruesa, asegurándole lo mejor posible las piernas y los brazos. Poco después, cuando Bub abrió los ojos abrazándose frenéticamente al tronco, yo ya estaba al pie del álamo, gritándole.

    — ¡No te sueltes, Bub! ¡Buscaré a alguien que te ayude a bajar!

    De modo que durante la semana siguiente la gente se olvidó de mí y le tomaba el pelo a Bub con frases como éstas: «¿Qué hacías en el aire?», «¿Cómo está el tiempo allá arriba?» y «¡Trae una escalera, Bub, trae una escalera!».

    Aun con estos problemas, yo me divertía bastante. ¿Por qué no podía ser igual para Bethie? Yo hubiese querido darle una parte de mi diversión y tomar en cambio una parte de su pena.

    Luego murió papá, arrastrado por el Río Gordo mientras trataba de salvar a un tonto veraneante que había plantado su tienda en las arenas secas que eran el cauce de las aguas en los días de tormenta. Parecía imposible imaginarla sola a mamá. Siempre los habíamos visto juntos. No habían sido dos padres, sino una entidad única: papá—mamá. Y ahora nuestros pensamientos se interrumpían en mamá—y, mamá—y. Y mamá... bueno, una mitad de ella había muerto.

    Después del funeral, mamá y Bethie y yo nos sentamos en la sala, con los ojos bajos. Bethie apretaba los dientes ante el dolor lancinante de mamá que se clavaba las uñas en las palmas.

    Aparté dulcemente las manos apretadas de mamá y Bethie se serenó un poco.

    —Mamá —dije en voz baja—, puedo cuidar de nosotros. Tengo mi trabajo en la fábrica. No te preocupes.

    Yo sabía que era un pobre consuelo el que yo ofrecía a la angustia de mamá, pero era necesario llegar a ella de algún modo.

    —Gracias, Peter —dijo mamá, animándose un poco—. Sé que lo harás. —Inclinó la cabeza y se llevó las manos a los ojos secos, con una contenida desesperación—. ¡Oh, Peter, Peter! Pertenezco ya bastante a este mundo como para sentir que la muerte es tristeza y desolación y no ese llamado solemne y dulce que es en realidad. Ayúdame, ¡ayúdame!
    — Si soy capaz, mamá —dije tomándole una mano mientras Bethie tomaba la otra—. Pero tienes que ayudarme a recordar. Recuerda conmigo.

    Cerré los ojos, y recordé. Un vuelo libre en la noche estrellada, un vuelo de mil seres felices, como pájaros en el cielo, que subían al encuentro del alba... el alba del Festival. Yo podía sentir ahora el perfume de las flores que adornaban a las mujeres y la alegría que acompañaba a la aurora. Luego oí las primeras magníficas notas del himno del Festival y el sol asomó sobre las colinas boscosas. Mil manos se alzaron para hacer el signo...

    Abrí los ojos y descubrí que mis propios dedos hacían un signo que yo no conocía. Una nota que yo nunca había cantado me palpitaba en la garganta. Tomé aliento y miré de reojo a Bethie. Ella no había visto. Mamá estaba tranquila ahora, con los ojos cerrados, con la cara serena y en paz.

    — ¿Qué fue eso, mamá? —murmuré.
    —El Festival —dijo mamá dulcemente—. Para todos los que fueron llamados en el año. Por vuestro padre, Peter y Bethie. Lo recordamos por vuestro padre.
    — ¿Dónde era eso? —pregunté—. ¿En qué lugar? —No en este... —Mamá abrió los ojos—. No importa, Peter. Tú eres de este mundo. No hay otro para ti.
    —Mamá. —La voz de Bethie era un titubeante murmullo—. ¿Por qué dijiste «recordamos»?

    Mamá la miró y las lágrimas le velaron los ojos.

    —Oh, Bethie, Bethie, todas las cargas y ninguna de las bendiciones. Perdón, Bethie, perdón.

    Mamá escapó por el pasillo hasta su cuarto.

    Bethie se apretó contra mí.

    —Peter —murmuró—, ¿por qué dijo mamá «ninguna de las bendiciones»?
    —No sé —dije.
    —Porque no puedo volar como tú, seguramente.
    — ¡Volar! —Miré a mi hermana asombrado—. ¿Cómo lo sabes? —Sé muchas cosas —murmuró ella—. Pero sé sobre todo que somos diferentes. Las otras personas no son como nosotros. Peter, ¿qué nos hizo diferentes?
    — ¿Mamá? —susurré—. ¿Mamá?
    —Me parece que sí —murmuró Bethie —. ¿Pero cómo?

    Nos quedamos callados y Bethie fue hasta la ventana y el sol de la tarde le aureoló los cabellos plateados.

    —Puedo hacer cosas también —dijo—. Mira.

    Extendió la mano y tomó un puñado de sol, la misma luz oblicua que se me había deslizado entre los dedos—, bajo los álamos, cuando Bub flotaba sobre mi cabeza. Bethie movió rápidamente los dedos y torció los rayos de sol en un dibujo brillante y complejo.

    — ¿Pero para qué sirve? —murmuró—. Sólo para hacer cosas bonitas e inútiles.

    Quise tomar el dibujo que Bethie tenía en la mano. Se me escapó entre los dedos y se perdió en la oscuridad.

    Los años que siguieron pasaron sin incidentes importantes. Terminé mis estudios en el colegio, pero no pude pensar en ir a la universidad. Seguí trabajando en la fábrica que proporcionaba ocupación a la mayoría de los habitantes de Socorro.

    Mamá se ganó una buena reputación como comadrona, profesión muy necesaria en una comunidad que tomaba al pie de la letra el mandato de crecer y poblar la tierra, y que estaba exactamente a cien kilómetros del hospital más cercano.

    Bethie entró en la adolescencia y con la ayuda de mamá aprendió a dominar sus reacciones ante el dolor de los otros, pero yo sabía que ella aún sufría tanto, sino más, que en su infancia. No obstante, ya iba a menudo a la escuela y estaba haciéndose popular a pesar de que era una niña tranquila.

    En conjunto, pues, la vida transcurría para nosotros agradablemente, y de modo bastante común, aunque... bueno, yo tenía continuamente la impresión de que iba a ocurrir algo, o de que alguien iba a venir. Y a Bethie le pasaba lo mismo, probablemente, pues se pasaba las horas mirando y escuchando. Y también mamá. A veces, cuando nos sentábamos en el porche en las largas noches, mamá inclinaba a un lado la cabeza y escuchaba con atención, sin mover la mecedora. Pero cuando le preguntábamos qué escuchaba, mamá suspiraba y decía: «Nada. Sólo la noche». Y se hamacaba en su mecedora. Por supuesto, yo seguía desarrollando mis diferencias. No con el fuego ardiente del principio, ante los posibles nuevos descubrimientos, sino como alimentando una pequeña llama, «por amor al arte». Yo me alejaba ahora más en mis paseos, pero Bethie venía conmigo. Bethie disfrutaba mucho de estas excursiones, especialmente cuando descubrimos que yo podía llevarla conmigo en mis vuelos, y más aún cuando Después de un accidente que nos dejó un momento sin respiración descubrimos que aunque ella no podía elevarse era capaz de bajar por sus propios medios. Desde entonces el juego preferido de Bethie fue que yo la llevara lo más alto posible, para descender luego ella sola, entreteniéndose a veces más de una hora en el aire, tejiendo a menudo alrededor del esplendor intrincado de sus dibujos de sol.

    Un día grisáceo de octubre —la hojarasca ya cubría los campos—, nuestro mundo terminó otra vez. Desayunamos charlando y riendo, tomándole el pelo a Bethie a propósito de una cita que había tenido la noche anterior. Bethie tenía las mejillas encendidas, y con las risas y el aire vivo del otoño todo estaba realmente bien.

    Pero entre una y otra burla, Bethie dejó de reír de pronto y el color se le fue de los labios.

    ¡Mamá! —murmuró.

    ¿Ya? —preguntó mamá, incorporándose y bebiéndose el resto de su café mientras yo iba en busca de un abrigo—. Tenía el presentimiento de que sería hoy. Reena no debiera conducir ese jeep hasta Peppersauce Canyon tan cerca del término.

    La ayudé a ponerse el abrigo y la abracé.

    —Escúchame, mamá —le dije—, ¿cuándo vas a retirarte y dejar que algún otro se encargue de la recolección de chicos en la primavera y el otoño?
    —Cuando yo misma haya cosechado un nieto —dijo mamá bromeando, pero yo sentí su tristeza—. Además, Reena le va a dar a éste el nombre de Peter o Bethie, según el caso. —Fue a tomar su maletín negro y miró a Bethie—. ¿Nada más hasta ahora?

    Bethie sonrió.

    —No.
    —Entonces me sobra tiempo. Peter, será mejor que lleves a pasear a Bethie. Reena nunca tiene prisa y vive demasiado cerca.
    —Bien, mamá —dije—. Habíamos proyectado un paseo de cualquier modo, pero esperábamos que esta vez vinieses con nosotros.

    Mamá me miró, titubeó y se hizo a un lado.

    — Sí... sí, algún día.

    Mamá nunca había titubeado hasta entonces.

    — ¡Mamá! ¿De veras?
    —Bueno, me lo habéis pedido tantas veces que me he preguntado si está bien que reneguemos de nosotros mismos. Al fin y al cabo, no es ninguna falta pertenecer al Pueblo.
    — ¿Qué pueblo, mamá? —le pregunté—. ¿De dónde eres? ¿Por qué podemos...?
    —Alguna otra vez, hijo —replicó mamá—. Quizá pronto. En estos últimos meses he empezado a sentir... sí, no estará mal que lo sepas, aunque quizá no te sirva de nada. Y quizá pueda ocurrir algo de pronto y tú tendrás que saber. Pero no —continuó mientras nos acercábamos a ella—, no en este momento. Reena podría adelantársenos. ¡En marcha, chicos!

    Miramos hacia atrás cuando la camioneta cruzaba la carretera hacia el pico Mendigo. Mamá nos saludó con la mano y entró en el jardín de Reena, donde Dalt, a pesar de tener ya seis años, corría como un perrito ansioso de mamá al porche y de vuelta otra vez a mamá.

    Fue un día perfecto para nosotros. La distensión del vuelo para mí, la delicia del lento descenso para Bethie, el luminoso esmalte del cielo, el rojo y el oro de los campos que se extendían interminablemente al pie del Mendigo, azul, dorado, y moteado de nieve.

    Al mediodía nos entretuvimos disfrutando del sol en un cañón miniatura preferido, cerrado al viento. Luego de comer jugamos a nuestro juego favorito, recordar. Ante todo, yo me desembarazaba de pensamientos superfluos hasta que mi mente era un estanque abrigado y tranquilo, sensible a todos los estremecimientos que la brisa pudiera despertar en la superficie de las aguas.

    Luego llegaban los recuerdos, extraños, muy distintos de todas las cosas terrestres, parecidos a los que habíamos tenido yo y mamá el día de la muerte de papá. Bethie no podía recordar conmigo, pero recibía las imágenes de mi mente antes que yo pudiera describírselas en palabras.

    Caminábamos por las aguas oscuras y brillantes de un lago de montaña, y los dedos de los pies se nos crispaban en la frescura líquida, y disfrutábamos del movimiento de las olas bajo nuestros pies, sintiendo a nuestro alrededor, desde la costa y desde el cielo, una preciosa familiaridad que era más fuerte que cualquier lazo que nos hubiese unido hasta entonces a la Tierra.

    Antes que nos diéramos cuenta, llegaron las primeras sombras de la tarde, el sol desapareció detrás de los picos de los Huachuchas, y sentimos un escalofrío. Guardamos los restos del picnic en la canasta y me volví hacia Bethie para levantarla y llevarla a la camioneta.

    Bethie miraba el cielo con una sonrisita dulce y enigmática.

    —Mira, Peter —murmuró.

    Movió los dedos sobre su cabeza y una nube se abrió en copos de nieve, un torbellino de copos gigantescos que descendieron sobre ella como plumas, y se le posaron en la piel pálida y se fundieron y le brillaron en las mejillas y en la sonrisa maliciosa de los labios.

    ¡Invierno temprano, Peter! —dijo.

    ¡Invierno temprano, querida! —exclamé, y tomándola en mis brazos la saqué del cañón y la dejé entre las piedras del valle—. ¡De aquí en adelante irá caminando, señorita! Pero Bethie casi llegó antes que yo a la camioneta. Aunque no supiese volar, corría cada vez más.

    Ya había caído la noche cuando llegamos a la carretera. Podíamos ver los faros de los automóviles que pasaban velozmente, con hombres que decían: «¿Así que esto es Socorro?», y seguían sin detenerse.

    Subíamos la última pendiente que llevaba a la carretera cuando Bethie gritó. Yo casi perdí el dominio del volante. Luego Bethie gritó otra vez —un grito salvaje y torturado— y se dobló sobre sí misma.

    — ¡Bethie! —llamé—. ¿Qué es? ¿Dónde está? ¿Dónde puedo llevarte?

    Bethie ahogó un tercer grito y cayó desmayada en el piso. Me sentí aterrorizado. Hacía años que ella no reaccionaba así. Nunca se había desmayado de este modo. ¿Sería posible que Reena no hubiese tenido aún su chico? Pero aun la vez en que la señora Allbeg había muerto de parto, Bethie no... La puse en el asiento y apreté el acelerador rogando que mamá estuviese...

    Y entonces vi aquello delante de nuestra casa. El coche enorme atravesado en el camino. El grupo de personas en la acera.

    No recuerdo cómo llegué allí. En el instante siguiente yo estaba arrodillado junto al doctor Dueff, con el puño cerrado en el borde de la manta que cubría misericordiosamente a mamá de la barbilla a los pies. Alcé una mano temblorosa hacia el hilo oscuro de sangre que le brotaba a mamá de la frente.

    —Mamá —murmuré—. Mamá.

    Mamá parpadeó y alzó los ojos sin ver.

    —Peter. —Yo apenas la oía—. ¿Dónde está Bethie?
    —Se desmayó. Está en la camioneta —balbuceé—. ¡Oh, mamá!
    —Dile al doctor que atienda a Bethie.
    — ¡Pero, mamá, mamá! —exclamé—. Tú... —No he sido llamaba aún. Ocúpate de Bethie. Poco más tarde, Bethie y yo estábamos arrodillados junto a la cama de mamá. El médico se había ido. Era inútil tratar de llevar a mamá a un hospital. Llevarla hasta la casa había bastado para que le apareciera un líquido oscuro en las comisuras de la boca. Todos los vecinos se habían ido excepto la abuela Reuther, que no faltaba nunca en las casas de los moribundos y les había cruzado las manos a todos los muertos de Socorro desde la fundación del pueblo. La abuela estaba sentada ahora en la sala, con la gastada Biblia en las manos, después de tantos años en que no habíamos necesitado buscar consuelo en el libro.

    El doctor le había aliviado los dolores a mamá y le había recomendado a Bethie que durmiese un rato, pues no sabía cuánto durarían los efectos de la droga. Pero Bethie no se movió.

    De pronto mamá abrió los ojos.

    Me casé con vuestro padre —dijo claramente, como si continuase una conversación—. Nos queríamos, y todos los otros estaban muertos, las gentes del Pueblo. Por supuesto, se lo dije antes, ¡y él me creyó! Después de tan tos años de haber tenido que cuidar todas las palabras, todos los movimientos, yo tenía alguien con quien hablar, alguien que me creía. Le hablé del Pueblo y me alcé en el aire y alcé el coche y lo hice flotar sobre la carretera, sólo por juego. Papá se divertía mucho, pero estaba preocupado también, y una vez me dijo: «Sabes, querida, tu mundo y el nuestro han tomado caminos muy diferentes. El nuestro se ha orientado hacia los aparatos mecánicos. El tuyo ha descubierto el Poder». —Los ojos de mamá sonrieron—. Sabía cuando yo extrañaba la Morada. Una vez dijo: « ¿Nostalgias, querida? Yo también. Por lo que este mundo pudo haber sido. O quizá por lo que puede llegar a ser». Vuestro padre era mi otra mitad.

    Mamá cerró los ojos, y calló un rato, y oímos cómo respiraba: un sonido entrecortado y duro. Bethie se acurrucó en las sombras, con las manos apretadas contra el pecho, y el rostro muy blanco.

    —Lo discutimos muchas veces —continuó mamá—. Pero no había otro camino. Pensábamos que yo era la última sobreviviente del Pueblo. Tenía que olvidarme de la Morada y aceptar la Tierra. Vosotros, niños, teníais que ser de la Tierra, aunque... Por eso era tan severo contigo, Peter. Por eso no quería que tú... experimentaras. Tenía miedo de que tú te manifestaras delante de la gente. —Mamá se interrumpió, jadeando—. El que es diferente muere —murmuró, y guardó silencio un rato, respirando apenas.
    —Conocí la Morada —dijo luego con una voz cargada de pena—. Recuerdo la Morada. No porque la recordara mi Pueblo, sino porque yo la vi también. Nací allí. Ahora ya no existe. Desapareció para siempre. No hay Morada. Sólo un poco de arena entre los astros.

    Mamá hizo un gesto de dolor que Bethie repitió como un eco. Luego la cara se le aclaró a mamá. Se incorporó a medias en la cama.

    —La Morada también es vuestra. De los dos. Para siempre. Y será también de vuestros hijos. ¿Recuerdas, Peter? ¿Recuerdas? —Inclinó la cabeza, escuchando—. ¡Oh, Peter! ¡Oh, Bethie! —dijo, y la voz se le quebró en un sollozo de alegría—. ¿Oísteis! ¡He sido llamada! ¡He sido llamada!

    Mamá alzó la mano haciendo el signo, y movió los labios dulcemente.

    — ¡Mamá! —grité asustado—. ¿Qué quieres decir? Acuéstate. ¡Por favor, acuéstate!

    Traté de que se apoyara otra vez en las almohadas.

    —He sido llamada a la Presencia. Mis días han terminado. Mis horas están contadas.
    —Pero, mamá —tartamudeé como un niño—, ¿qué haremos sin ti?
    — ¡Escucha! —dijo mamá rápidamente, poniéndome una mano en la cabeza—. Tienes que encontrar a los otros. En seguida. Ellos ayudarán a Bethie. Te ayudarán a ti, Peter. Mientras estéis separados de ellos no estaréis completos. He escuchado el llamado del Pueblo todos estos últimos años, y ahora que he tomado el camino de la Presencia puedo oírlo más claramente, más claramente. —Hizo una pausa, conteniendo el aliento—. Hay un cañón, al norte. La nave estalló allí, después que los botes de salvamento... Peter, dame la mano.

    Mamá extendió ansiosamente la mano y yo se la tomé.

    Y vi la mitad del Estado extendida ante mí como un mapa gigantesco. Vi los pliegues tortuosos de las montañas, la superficie aparentemente lisa de los desiertos que subían hacia las pendientes hendidas. Vi las manchas de los bosques que recubrían las lomas y el zigzag de la ruta estrecha entre los pasos. Y sentí entonces un estremecimiento de placer, como el que se siente cuando se vuelve al hogar luego de muchos años de ausencia.

    ¡Ahí! —susurró mamá mientras el panorama se desvanecía—. Lamento no haberlo sabido antes. He estado tan sola... Pero tú, Peter —continuó con voz firme—, tú y Bethie tenéis que ir.

    ¿Por qué, mamá? —grité desesperadamente—. ¿Qué es esa gente para nosotros, qué somos para ellos? ¿Por qué tenemos que dejar Socorro y vivir entre extraños?

    Mamá se incorporó otra vez, mirándome muy fijamente. Bethie se acercó para sostenerla.

    —No son Extraños —dijo clara y lentamente—. Son el Pueblo. Compartimos con ellos la nave, durante la Travesía. Estuvimos juntos en la inmensidad vacía del cielo, cuando sabíamos que nos movíamos sólo porque las estrellas de atrás se apagaban y las de delante brillaban más y más. Juntos observamos en las sombras el brillante centelleo helado, preguntándonos si encontraríamos acogida en uno de esos mundos... Sois como ellos. Aunque vuestro padre no perteneciese al Pueblo...

    Se le apagó la voz, y le cambió la cara. Bethie se movió a un lado y la acostó suavemente. Mamá se apretó las manos y suspiró.

    —Es una empresa solitaria —murmuró—. Nadie puede acompañarnos. Aun con ellos allí, esperando, es una empresa solitaria.

    En el silencio que siguió oímos a la abuela Reuther en la mecedora de la sala. Bethie se sentó en el suelo, a mi lado, con las mejillas encendidas, y los ojos muy abiertos, como en un oscuro y extraño asombro.

    —Peter, no duele, no duele nada. ¡Hace bien!

    Pero no fuimos. ¿Cómo podía yo dejar mi trabajo y nuestra casa para ir no sabíamos dónde? Buscando no sabíamos a quién. ¿Y por qué motivo? Yo no podía creer en lo que mamá había contado. Al fin y al cabo no había dicho nada preciso. Habían sido palabras sin significado. Bethie le daba vueltas y vueltas a lo que había dicho mamá, pero no fuimos.

    Bethie enflaqueció y empalideció todavía más, hasta que al fin, un año más tarde, entré en casa y la encontré en la cama doblada sobre sí misma, con el cuerpo endurecido, los ojos apretados, y acompañando cada expiración con un gemido agudo.

    Me volví casi loco hasta que al fin conseguí tomarle una mano y ella abrió los ojos y me miró sin verme.

    —Como una represa, Peter —jadeó—. Todo viene aquí. Es necesario... es necesario. Nací para... —Le enjugué el sudor frío de la frente—. Sube y sube. Tiene que ir a alguna parte. ¡Tengo que hacer algo! ¡Peter, Peter, Peter!

    Se retorció hundiendo en la almohada la cara crispada.

    ¿Hacer qué, Bethie! —le pregunté, volviéndole la cara hacia mí—. ¿Hacer qué?

    La pata de Glib, la apendicitis de papá, el pulgar de nuestro vecino, el señor Tyree —y la voz de Bethie se apagó recitando la letanía de años de dolor.

    —Llamaré al doctor Dueff —dije desesperado.
    —No. —Bethie apartó la cara—. ¿Para qué construir un dique todavía más alto? Deja que se rompa. ¡Oh, pronto, pronto!
    —Bethie, no hables así —dije sintiendo en mí esa terrible soledad que sólo Bethie podía destruir, ahora que mamá había muerto—. Encontraremos algo... algún modo...
    —Mamá podía ayudar —dijo Bethie—. Un poco. Pero se ha ido. ¡Y ahora estoy recogiendo también penas y angustias! Reena está asustada. Cree tener un cáncer. ¡Oh, Peter, Peter! —La voz de Bethie fue sólo un susurro—. ¡Déjame morir! ¡Ayúdame a morir!

    Los dos nos quedamos callados, sorprendidos. ¿Ayudarla a morir? Me incliné sobre su mano. ¿Regresar a la Presencia arrastrando el peso de años inacabados? Pues si ella iba, yo iría también.

    Abrí de pronto los ojos y me quedé mirando la mano de Bethie. ¿Qué Presencia? ¿Qué éticas y costumbres estaban formándose en mí?

    Yo tuve que decidir por lo tanto. Le di a Bethie una pastilla somnífera y me quedé junto a ella hasta que se durmió. Y mientras estaba a su lado recordé todos aquellos años de dolor. Qué calvario tenían que haber sido para Bethie, y yo no había querido pensarlo.

    Poco antes del alba desperté a Bethie. Hicimos nuestras maletas y partimos. Dejé una nota en la mesa de la cocina para el doctor Dueff donde le decía sólo que íbamos a buscar ayuda para Bethie y que le pidiese a Reena que cuidara la casa.

    Me detuve en la encrucijada al borde del camino.

    —Bien —dije sin esperanza—, tú eliges ahora. ¿O tiraremos una moneda al aire? Cara, a la derecha. Cruz, a la izquierda. No sé por dónde ir, Bethie. Sólo tengo esa imagen borrosa que me dio mamá de la región. Hay un millón de cañones y un millón de caminos. Fue una locura dejar Socorro. Sólo sabemos lo que mamá nos dijo. Ella deliraba quizá.
    —No —murmuró Bethie—. No. Tiene que ser cierto.
    —Pero, Bethie —dije, apoyando la cabeza en el volante—, tú sabes cuánto deseo yo que sea cierto, no sólo por ti, por mí también. Escúchame. Si mamá no se equivocaba, eso significa que es posible viajar por el espacio, que era posible hace cincuenta años. Luego que mamá y el Pueblo vinieron de otro planeta, y que nosotros somos mestizos, por decirlo así, una cruza entre gentes de la Tierra y vaya a saber qué otro mundo. Además, no hay más de una posibilidad en diez millones de que podamos encontrar a la gente que vino con mamá, si alguno de ellos ha sobrevivido a esa Travesía.

    »No, todo eso es cosa de locos para cualquier persona normal. Estamos construyendo castillos en el aire, Bethie. Volvamos. Tenemos dinero suficiente como para comprar el combustible de vuelta.

    — ¿Y volver adonde? —preguntó Bethie, con un rostro atormentado—. No, Peter. Mira.

    Alcé los ojos mientras Bethie me daba uno de sus dibujos de sol, un puñado de luz que brilló levemente entre mis dedos antes de apagarse.

    — ¿Es esto la Tierra? —preguntó Bethie serenamente—. ¿Cuántos de nuestros amigos pueden volar? ¿Cuántos... cuántos pueden recordar?
    —Recordar —dije lentamente, y le di un puñetazo al volante—. Oh, Bethie, volvemos otra vez a lo mismo. No me escuchas.

    Puse en marcha la camioneta y seguí unas huellas que quizá podían llamarse una ruta. Al fin abandoné estas mismas huellas borrosas y me interné en el desierto casi desnudo hasta una duna con árboles al pie de la montaña. Acampamos mientras el sol del oeste dibujaba sus encajes de sombra a través del escaso follaje.

    Poco después yo estaba tendido de espaldas en la arena mirando el arco del cielo del desierto. Los árboles trazaban sobre mí las típicas figuras desérticas de calor y frescura —calor al sol, fresco a la sombra—, y yo traté de serenarme, más y más, hasta que el aliento de Bethie, sentada a mi lado, fue como una onda brillante que cruzaba la superficie de mi mente.

    Y recordé. Pero sólo a mamá y papá, y la hoguera que yo había encendido, y Glib con la trampa en la pata, y Bethie acurrucada en la cama, con la cara entre las rodillas, y el débil gemido de su penosa respiración.

    Parpadeé mirando el cielo. Yo tenía que recordar. Tenía que hacerlo. Cerré los ojos y me concentré y me concentré hasta quedar agotado. Nada llegó, ni siquiera la sombra de una imagen. Desesperado, me abandoné totalmente sobre la arena cada vez más fría. Y, todos a la vez, unos engranajes desacostumbrados se movieron y unieron en mi mente, y me encontré de pronto, como aquella otra vez, sobre el mapa de tamaño natural.

    Lenta y dolorosamente, localicé Socorro y el hilo delgado del Río Gordo. Lo seguí y lo perdí y lo seguí otra vez, con el dedo de mi atención. Luego encontré el valle del Volcán y fui por él hasta la elevación de sierra Cobreña. Era muy raro mirar desde arriba el surco infinitesimal donde yo estaba en ese momento. Mantuve mis pensamientos por los alrededores. Nada. Sondeé un poco más al norte, al este, al norte otra vez. Me quedé sin aliento. Allí estaba. El llamado de la Morada. El mundo familiar.

    Abrí los ojos y descubrí que Bethie estaba llorando.

    —¿Qué pasa, Bethie? —dije—. ¿No estás contenta?

    Bethie trató de sonreír pero le temblaron los labios. Ocultó la cara en el hueco del codo y murmuró:

    —Vi también. Oh, Peter, ¡esta vez yo vi también!

    Sacamos el mapa de caminos y a la luz declinante del atardecer tratamos de traducir nuestros recuerdos. Parecía, ante todo, que debíamos ir a un lugar apartado llamado Kerry Canyon. Era aparentemente el único lugar habitado cerca de la montaña desnuda. Miré el puntito negro junto a un camino de tercer orden y me pregunté si sería el fin de todas nuestras esperanzas o el punto inicial de una nueva vida para nosotros dos. Vida y cordura para Bethie y para mí... En un brusco espasmo de emoción cerré la mano sobre el mapa. Yo sentía ciegamente que nunca había conocido a nadie sino a mamá, papá y Bethie. Que yo era un fantasma que se arrastraba por el mundo. Yo sólo quería ahora ver a alguna otra persona de nuestra especie. Saber que Bethie y yo no éramos los únicos herederos de nuestro mundo extraño.

    Alisé el mapa y lo plegué otra vez. La noche había caído sobre nosotros y soplaba un viento frío. Nos estremecimos y buscamos alrededor un poco de leña para encender un fuego.

    Kerry Canyon era una calle comercial, dos estaciones de gasolina, dos bares, dos tiendas, dos iglesias y un puñado de casas dispuestas desordenadamente en las faldas de las lomas, en un área que parecía demasiado pequeña para contener un camino. Había también un arroyo casi seco, que esperaba la estación de las lluvias.

    Atravesamos el viejo puente y entramos en el pueblo. El camino ascendía bruscamente cruzando las vías enmohecidas de un ferrocarril y doblaba a la izquierda alejándose de la pendiente donde se alzaba una de las estaciones de gasolina.

    Nos detuvimos allí. El empleado de uniforme se acercó a nosotros.

    Sólo queríamos saber... —dije pensando en mi billetera casi vacía. Habíamos llenado por última vez el tanque antes de metemos en un laberinto de cañones entre la carretera principal y este sitio. Pronto tendríamos que detenernos, hubiésemos encontrado al Pueblo o no.

    Muy bien, muy bien. —El empleado levantó la visera de la gorra—. ¿En qué puedo servirle?

    Titubeé tratando de encontrar pensamientos y palabras... y un poco de la esperanza que yo había sentido en el desierto.

    —Tratamos de localizar a unos... amigos nuestros. Nos dijeron que vivían al otro lado, cerca del monte Calvo. ¿Hay alguien...?
    — ¿Amigos de esa gente? — preguntó el hombre asombrado—. Bueno, caramba, esto sí que es una novedad. Nadie preguntó nunca por ellos.

    Sentí el brazo de Bethie que temblaba contra el mío, ¡había entonces algo más allá de Kerry Canyon!

    — ¿Y cómo es eso? ¿Qué le pasa a esa gente? —Oh, nada de particular, nada. En realidad son muy buena gente. Compran mucho aquí. Vienen a la iglesia y a los bailes.

    Miré las abruptas colinas.

    — ¿Los bailes?
    —Así es. No estamos tan muertos como parecemos —dijo el hombre mostrando los dientes—. Las noches de los sábados hay verdadera animación aquí. Hay muchos ranchos en esas lomas. Por supuesto, no muchos por el lado de Cougar Canyon. Ese es el sitio donde viven los amigos de ustedes, ¿no?
    —Sí. Cerca del monte Calvo.
    —Bueno, nadie más vive por ahí. —El hombre titubeó—. Espere, hay algo que quisiera preguntarle.
    —Sí, ¿qué es?
    —Bueno, esa gente no es muy habladora. No quiero decir que sea hosca o algo parecido... pero, bueno, ¿de dónde vienen? ¿De algún país superpoblado de Europa? ¿Son extranjeros, no es cierto? Y parece que Europa exporta principalmente gente desplazada. ¿Lo son de veras?
    — Sí, algo parecido. ¿Por qué?
    —Bueno, hablan tan bien como cualquiera, y la guerra debe de ser de hace tiempo, pues están aquí desde la fecha de mi padre, pero son... diferentes. —El hombre se mordió el labio superior, reflexionando—. Muy diferentes. Pero diferentes de un modo bueno. —Sonrió otra vez—. Las muchachas son atractivas. No dan muchas esperanzas sin embargo.

    »En fin, tome ese camino. No hay ningún otro que llegue allá. Le destrozará a usted los neumáticos; pero pasará probablemente, si no llueve mucho. En ese caso terminará usted en alguna cuneta. No hay barro más resbaladizo en el mundo. Y arriba, en la meseta, cuando sopla el viento, hace un frío de todos los diablos. Será mejor que se abriguen.

    —Gracias, amigo —dije—. Muchas gracias. ¿Le parece que llegaremos antes de la noche?
    —Oh, seguro. No está tan lejos, aunque el camino es terrible. Llegarán en dos o tres horas, si no llueve, como dije antes.

    Comprendimos cuando llegamos a la llanura de los Asnos. Al principio no era difícil seguir el camino. Luego las huellas se hundían en una arena pesada, sembrada de guijarros y pedruscos.

    De pronto, aun estos restos de huellas cesaron bruscamente, como si los coches que las habían formado hubiesen retrocedido o hubieran seguido por el aire. ¡Por el aire! Seguí adelante, perdiendo y encontrando huellas, tan dedicado a mi tarea que apenas notaba los tumbos que daba la camioneta, hasta que un grito de Bethie me hizo saltar en el asiento.

    —¡Para! —gritó—. ¡Oh, Peter! ¡Para!

    Frené tan bruscamente que la camioneta resbaló, se salió de la huella y se detuvo al borde del camino. Un neumático de atrás estalló y se desinfló. — ¿Qué diablos te pasa? —grité, enojado con Bethie como nunca lo había estado en mi vida—. ¿Qué quieres ahora?

    Bethie, muy pálida, asomó detrás de la manta en que se había envuelto para protegerse del frío.

    —Acabo de pensarlo, Peter, ¿y si no nos quieren?
    — ¿Si no nos quieren? No te entiendo —gruñí preguntándome si valdría la pena recurrir al cordón desflecado que yo llamaba mi rueda de auxilio.
    —Nunca lo pensamos, nunca se nos ocurrió, Peter. No... no pertenecemos a ellos. No seremos como ellos. Somos en parte de la Tierra... tanto como de otro sitio. ¿Y si ellos nos rechazan? Si nos encuentran indeseables... —Bethie volvió la cara—. Quizá no somos de ningún sitio, Peter.

    Sentí un escalofrió, y no por el viento. Habíamos supuesto tan confiadamente que nos recibirían con los brazos abiertos. Pero no tenía que ser así necesariamente. Quizás ellos no quisiesen recibimos. No éramos del Pueblo. No éramos de la Tierra.

    —Claro que nos querrán —me obligué a decir animadamente. En seguida aparté los ojos de los de Bethie y murmuré defendiéndome—: Mamá dijo que nos ayudarán. Dijo que éramos de la misma extracción.
    —Pero mamá no podía saber... No había... mestizos cuando se separó de ellos. Quizás estamos señalados por nuestra sangre terrestre.
    —No hay nada de malo en la sangre terrestre —dije desafiante—. Además, ¿qué sería de ti si volviésemos?

    Bethie se llevó los puños apretados a las mejillas.

    Quizá —murmuró—, quizá si continúo y me vuelvo completamente loca no me haga tanto daño. Quizás hasta me haga bien.

    ¡Bethie! —Mi grito la sobresaltó—. ¡No digas esos disparates! Seguiremos adelante. El único punto de referencia que tenemos sobre el Pueblo es mamá, y ella nunca hubiera rechazado a personas como nosotros. Y el hombre de la estación dijo que eran buena gente. —Abrí la portezuela—. Será mejor que estires un poco las piernas mientras cambio la rueda. Por el aspecto del cielo me parece que vamos a patinar un poco antes de llegar a Cougar Canyon.

    Pero a pesar de mis tranquilizadoras palabras, no me arrodillé detrás del coche sólo para cambiar la rueda, y no fue sólo el ruido del gato lo que subió con el viento hacia el cielo oscuro.

    Miré entornando los ojos a través del mojado parabrisas, tratando de ver el camino. Las ráfagas de lluvia detenían casi el limpiaparabrisas. Yo apenas veía otra cosa que un río achocolatado de superficie engañosamente lisa; pero la camioneta se sacudía como una maraca gigantesca, lanzando a un lado y a otro cortinas de agua, como un bote de carreras, o se deslizaba sobre repentinas capas de barro apartándonos a veces a varios metros del camino.

    Luego, de pronto, ya no hubo más camino. Se extendía unos pocos metros delante de nosotros y luego, aparentemente, desaparecía en la lluvia, en la nada.

    —No puede no estar ahí —murmuró Bethie con incredulidad—. No puede desaparecer de este modo.

    Me cubrí la cabeza con la manta.

    —Iré a mirar.

    Me deslicé en el muro sólido formado por la lluvia que siseaba y salpicaba a mi alrededor en la llanura inundada. En un instante quedé empapado y cubierto de barro hasta las rodillas. El camino, si se le podía dar este nombre, bordeaba el cañón y doblaba bruscamente hacia la derecha; luego se perdía en unos matorrales que descendían en diagonal la pendiente del cañón. Me incliné sobre el precipicio. El fondo se perdía en la oscuridad y la lluvia. Me estremecí.

    Luego, rápidamente, antes de perder toda mi sangre fría, volví chapoteando hasta el coche.

    —Reza, Bethie. Allá vamos.

    Las ruedas giraron con un movimiento de succión, dimos media vuelta, y nos encontramos en equilibrio sobre el vacío con nuestro tren posterior girando en el aire.

    Al fin aterrizamos con una brusca sacudida en la senda estrecha. Un sudor frío me cubría la cara.

    Detuve la camioneta en el primer tramo ancho de la ruta. Nos quedamos sentados en silencio, escuchando la lluvia. Yo sentía ahora como si algo infinitamente precioso se alzara ante mí. Bethie deslizó la mano en la mía y supe que ella lo sentía también. Pero de pronto apartó la mano y empezó a golpearme el hombro con los puños cerrados de un modo insólito en ella.

    — ¡No puedo soportarlo, Peter! —dijo roncamente, con la voz entrecortada por la emoción—. Vayámonos antes de descubrir algo más. ¡Si llegaran a rechazarnos! ¡Oh, Peter! ¡Vayámonos antes que nos encuentren! Por lo me— nos conservaremos nuestros sueños. Pensaremos por lo menos que podemos volver un día. ¡Si no, no podremos soñar otra vez, no nos quedará ninguna esperanza! —Ocultó la cara en las manos—. Me las arreglaré de algún modo. Prefiero escapar a correr el riesgo de que nos rechacen.
    —No —dije poniendo en marcha el motor—. Tenemos tantas posibilidades de que nos reciban como de que nos rechacen. Y si pueden ayudarnos... Dime ¿qué te pasa hoy? Yo era el que dudaba antes, ¿recuerdas?

    Le sonreí a Bethie, pero la tristeza de su rostro pálido me encogió el corazón. Bethie trató de sonreírme.

    El camino descendía regularmente, en espiral, a lo largo de la pendiente del cañón, a veces abruptamente. Cuanto más avanzábamos, mejor me sentía, como si yo estuviese cerrando puertas a mis espaldas, y abriéndolas ante mí.

    Poco después tropezamos con uno de esos milagros comunes en las regiones montañosas. Las nubes se abrieron de pronto descubriendo el sol de la tarde. Ante nosotros, casi amenazante, se alzó en la lejanía gris una inmensa montaña. Inundadas de luz, las vertientes parecían moverse hacia nosotros. Llovía aún, pero ahora en cortinas de abalorios de plata, y el vivido extremo de un arco iris derramaba su color sobre árboles y rocas desde un rincón del cielo.

    Yo no miraba el camino. Miraba el esplendor y la gloria que se abrían a nuestro alrededor. De pronto Bethie gritó; yo volví los ojos al camino, y de la oscuridad y el alboroto que siguieron sólo recuerdo que pensé entonces en Bethie mientras el otro coche descendía desde las copas de unos árboles y chocaba contra nosotros de costado, a un metro de altura sobre el camino.

    Pensé que yo estaba muerto. Temía abrir los ojos, pues sentía que la lluvia me golpeaba los párpados. Y de pronto respiré. Bien, yo estaba vivo. La hoja de un cu— chillo me desgarraba el pulmón izquierdo cada vez que respiraba.

    Luego oí una voz.

    —Alabados sean los Poderes. No están demasiado lastimados. ¡Pero oh, Valancy! ¿Qué dirá papá?

    Era una voz joven y asustada.

    —Tú lo has conocido más tiempo que yo —dijo otra voz de muchacha—. Puedes tener alguna idea.
    —Nunca tuve un accidente antes, ni siquiera cuando he llevado el coche por el camino en vez de volar.
    —Tengo la impresión de que te quedarás en tierra un buen tiempo —replicó la segunda voz—. Pero no es eso lo que me preocupa, Karen. ¿Cómo no supimos que venían? Siempre sentimos a los Extraños. Teníamos que haber sentido...
    —Quod erat demostratum —dijo la voz—Karen.
    —¿Quod erat demostratum?
    —Sí. Si no los sentimos entonces no son Extraños... — Se oyó el sonido de un aliento retenido y luego—: ¿Qué he dicho, Valancy? ¿Te parece...? —Sentí un movimiento que se acercaba a mí y oí en seguida una suave respiración a mi lado—. ¿Pueden ser realmente dos más de nosotros? Oh, Valancy, tienen que pertenecer a la segunda generación... son de nuestra edad. ¿Cómo nos encontraron? ¿Quiénes de los Perdidos habrán sido sus padres?

    Valancy parecía divertida.

    —Son preguntas difíciles de contestar ahora, Karen. Será mejor que veamos qué podemos hacer. Mira, la chica está despertando.

    Un gemido a mi lado terminó con mis disimulos. Traté de sentarme.

    —Bethie... —comencé a decir, y todos los cuchillos me atravesaron el pecho. Bethie contestó a mi jadeo con un grito.

    Yo tenía abiertos los ojos ahora. Mi pierna era un agónico y ardiente dolor en el fondo más lejano de mi conciencia. Apreté los dientes; Bethie se quejó de nuevo.

    — ¡Ayúdenla, ayúdenla! —les rogué a las dos figuras que se inclinaban sobre nosotros mientras trataba de retener el aliento.
    —Pero apenas está lastimada —dijo Karen—. Un chichón. Algunas cortaduras.

    Hice un esfuerzo y me volví hacia un rostro claro y luminoso —el de Valancy— que me miraba con unos ojos profundos, desde muy cerca. Me sequé los labios y tartamudeé tontamente:

    — ¡Ni siquiera está mojada con toda esta lluvia! Una sombra de consternación pasó sobre la cara de Valancy. Hubo una pausa mientras ella me miraba intensamente y luego dijo:
    —Sus escudos no están activados, Karen. Será mejor que extendamos los nuestros.
    —Muy bien, Valancy.

    La enojosa humedad sibilante de la lluvia cesó de pronto.

    — ¿Cómo está la muchacha?
    —Debe de haber tenido un shock, o quizás hay algo interno.

    Traté de darme vuelta para ver, pero el grito sollozante de Bethie me tendió otra vez de espaldas.

    —Ayúdenla —gemí, buscando desesperadamente en mi memoria las palabras de mamá—. Es una... una Sensitiva.
    — ¿Una Sensitiva? —las dos muchachas se miraron—. Entonces ¿por qué ella no...?

    Valancy empezó a decir algo y luego se volvió rápidamente. Me cubrí los ojos con el brazo mientras escuchaba.

    —Querida Bethie, atiéndeme. —La voz era cálida pero imperativa—. Voy a ayudarte. Te mostraré cómo.

    Hubo un silencio. Una mano cálida tomó la mía y Karen se arrodilló a mi lado.

    —Está entrando en ella —dijo—: En su mente. Le enseña cómo cerrarse. Es tan simple. ¿Cómo es que ella no sabía?

    Oí una dulce exclamación de asombro de Bethie, que luego dijo:

    — ¡Oh, gracias, Valancy!

    Me alcé sobre un codo. Un fuego me quemaba de la cabeza a los pies, y me incliné sobre Bethie. Bethie me miraba, y en su rostro tranquilo había una felicidad que ninguna sonrisa hubiese podido expresar nunca. Nos miramos. Dos lágrimas nos asomaron a los ojos; luego ella dijo dulcemente:

    —Cuéntales ahora, Peter. No podemos ir más lejos hasta que tú les cuentes.

    Me acosté otra vez mirando el cielo de donde caían aún unas pocas gotas de lluvia, que no llegaban a nosotros. Sentí la tibieza de la mano de Karen y me estremecí. Si nos rechazaban... Pero no podían sacarnos lo que le habían dado a Bethie, aun si... Cerré los ojos y dije rápidamente:

    —No somos del Pueblo... no del todo. Papá no era del Pueblo. Somos mestizos.

    Hubo un silencio de estupefacción. — ¿Queréis decir que vuestra madre se casó con un Extraño? —Había asombro en la voz de Valancy—. ¿Que tú y Bethie sois...?

    —Exactamente —respondí—. Y papá era el mejor... —me interrumpí sintiendo el borde afilado de mi dolor—. Los dos están muertos ahora. Mamá nos mandó aquí.
    —Pero Bethie es una Sensitiva... —reflexionó Valancy.

    Sí, y soy capaz de volar, y desplazar objetos en el aire y aun hacer fuego...

    ¡Entonces podemos] —Yo no entendí la emoción de la voz de Valancy—. Entonces... el Pueblo y los Extraños...pero es increíble que vosotros...

    Hubo un silencio, y luego Bethie dijo con una voz trémula y asustada:

    — ¿Nos van a rechazar?

    Sentí que el dolor de la voz de Bethie me apretaba el corazón.

    — ¡Rechazaros! ¡Oh, mis hermanos, mis hermanos! ¡Claro que no!

    Valancy abrazó a Bethie y la mano de Karen se cerró sobre la mía. La tensión que yo había sentido en mí como un nudo apretado se disipó. Bethie y yo estábamos en casa. En seguida Valancy dijo vivamente:

    —Bethie, ¿qué le pasa a Peter?

    Bethie la miró sorprendida.

    — ¿Cómo sabes su nombre? —En seguida sonrió—. Claro, lo leíste en mí.

    Me tocó ligeramente el costado y las piernas. —Tienes lastimadas cuatro costillas. La pierna izquierda rota. Eso es casi todo. ¿Lo controlo?

    — Sí —dijo Valancy—. Te ayudaré.

    El dolor desapareció, adormecido bajo el calor persuasivo que me invadía mientras Bethie y Valancy entraban dulcemente en mí.

    —Bien —dijo Valancy—. Es bueno dar la bienvenida a una Sensitiva. Karen y yo hacemos un poco este trabajo porque somos Videntes. Pero no tenemos una Sensitiva total en nuestro grupo.
    — ¿Dijiste que sabes levantar cosas inanimadas? —No sé —dije—, no sé los nombres de muchas cosas. —No hagas ningún esfuerzo ahora. Casi nunca lo hacemos con gente. Pero si te quedas tranquilo, probaremos.

    Me envolvieron en nuestras mantas, y poniéndome una mano bajo los hombros y otra bajo los talones me llevaron rápidamente entre los árboles seguidos por Bethie, tomada de la mano libre de Valancy.

    Antes que llegáramos al patio, la puerta se abrió de par en par y una cálida luz dorada se derramó en la oscuridad. Las muchachas se detuvieron un momento en el porche y me dejaron entre las manos de dos hombres. En la pausa silenciosa que precedió a las preguntas y explicaciones sentí que Bethie tomaba aliento, profundamente, y se confundía con el Pueblo como una gota que cae en un río.

    Pero cuando la luz se apagó otra vez para mí, mientras mi hambre y mi sed se apaciguaban al fin después de tanto tiempo, sentí que en mí había algo que no podía disolverse completamente —no, que no quería disolverse— en el seno del Pueblo.

    Lea se escurrió en silencio hacia la puerta casi antes que Peter terminara de hablar. Estaba ya subiendo el camino empinado que remontaba el desfiladero cuando oyó a Karen que venía detrás de ella. Levitando y corriendo, Karen la alcanzó.

    — ¡Lea! —llamó Karen, tomándola por el brazo. Con un movimiento del hombro, Lea evadió a Karen y sin palabras y sin aliento corrió camino arriba.

    ¡Lea! —Karen tomó a Lea por los dos hombros y la detuvo—. ¡Adonde vas!

    ¡Suéltame! —gritó Lea —. ¡Siempre persiguiéndome y espiándome! ¡Déjame!

    Se retorció tratando de librarse de las manos de Karen.

    —Lea, pienses lo que pienses, no es así. ¡Piense lo que piense! —Los ojos de Lea centellearon—. ¿No saben acaso lo que pienso? ¿No has escarbado bastante en todo ese barro y esa suciedad...? —Clavó las uñas en las manos de Karen—. ¡Suéltame!

    ¿Por qué te importa tanto, Lea? —La voz fría de Karen hurgaba sin misericordia—. ¿Por qué tiene que importarte? ¿Qué cambia para ti? Dejaste la vida hace mucho tiempo.

    —La muerte... —Lea se quedó sin aire, sintiendo la polvorienta amargura de la palabra que había pensado tantas veces y que casi nunca había dicho—. La muerte es por lo menos algo privado, donde nadie anda metiendo las narices...
    —¿Puedes estar tan segura? —dijo Karen con una voz tranquila—. De todos modos, créeme, Lea, no he mirado dentro de ti ni siquiera una vez. Por supuesto, podría haberlo hecho, y lo haré si es necesario, pero nunca sin que tú lo autorices, o por lo menos sin que lo sepas. Todo lo que aprendí de ti es por lo más exterior, lo que muestras a todos. Nada sé de tus pensamientos más secretos. Las gentes del Pueblo respetamos la intimidad. Los Poderes que tenemos son para curar, no para hacer daño. Podemos darte salud y vida, si tú lo aceptas. Pues verás, ¡hay consuelo en Galaad! No lo rechaces, Lea.

    Las manos de Lea cayeron pesadamente. El cuerpo se le aflojó, poco a poco.

    —Te escuché anoche —dijo, perpleja—. Escuché tu historia y no se me ocurrió que tú podrías... Quiero decir que no me pareció real y yo no sabía... —Dejó que Karen la ayudara a volverse en el camino—. Pero esta noche, cuando oí a Peter... No sé, me pareció que era cierto. Una no espera que un hombre se interese en cuentos de hadas. —Apretó de pronto el brazo de Karen—. Oh, Karen, ¿qué haré? Estoy tan confundida que no puedo...
    —Bueno, lo más simple e inmediato es volver. Tenemos tiempo de escuchar otra historia y están esperándonos. Es el tumo de Melodye. Ella vio al Pueblo desde una perspectiva muy diferente.

    De vuelta en la escuela, Lea se acomodó de nuevo en el rincón, sintiéndose bastante intimidada, aunque nadie se había vuelto hacia ella. Todos estaban muy ocupados reviviendo o comentando los días de Peter y Bethie. Melodye Anderson ocupó su sitio en el pupitre y la charla murió.

    —Valancy está ayudándome —sonrió Melodye—. Elegimos juntas el tema, también. ¿Recuerdas? «Estoy en los umbrales de la muerte, y de qué me sirve ahora esta primogenitura? Y vendió la primogenitura por un poco de pan y potaje.» «Además, no podría evocar yo sola la historia. De modo que si nadie se opone habrá una pequeña pausa mientras tendemos nuestra red.

    Melodye se aflojó visiblemente y Lea pudo sentir que una receptiva quietud se extendía hasta que todo el cuarto era corno la laguna, un espejo sereno, y entonces Melodye comenzó a hablar...


    POTAJE


    Al cabo de un tiempo una se cansa de enseñar. Bueno, no quizá de la enseñanza misma, un mal insidioso que se lleva en la sangre hasta la hora de la muerte. Pero un buen día una mira la hoja escrita que es necesario corregir o se oye a sí misma dando una respuesta a un niño y de pronto un gong golpea en el interior de la mente. Y cada eco de ese gong es un año de la propia vida, otra tropa de niños que pasa por nuestras manos, otra vuelta en una monótona máquina de moler. Se siente miedo entonces. El valor del trabajo no cuenta y la monotonía es como un gusto amargo en la boca.

    A veces es posible calmar esta impresión saboreando ese precioso intervalo de seudolibertad entre el momento en que se recibe el contrato para el nuevo año y el momento de la firma. Es posible escapar entonces, pero —por algún motivo— no aprovechamos la ocasión.

    Sin embargo, yo me escapé una primavera, abandoné la enseñanza. Decidí no firmar esa vez. Partí en persecución de algo. Excitación quizá, o un sueño maravilloso, un mundo nuevo, resplandeciente y magnífico, que debía de existir en alguna otra parte, pues yo no lo había encontrado aún. Quizás un lugar donde fuese posible empezar de nuevo y no encontrarse otra vez en el mismo horrible callejón sin salida. Abandoné, pues, el trabajo.

    Pero en los últimos días de agosto sentí en mí un vacío mayor que el aburrimiento, mayor que la monotonía y la sed de libertad. Me pareció terrible estar a las puertas de setiembre y no preocuparse de que pocas semanas después —mañana— se abrirían las escuelas y sería el primer día de clase. Casi en el último minuto corrí a la agencia de empleos. Por supuesto, ya no podía volver a mi escuela, y además los años que yo había pasado allí eran un factor irritativo en muchos otros sitios.

    — Bueno —me dijo el director de la agencia mirando las tarjetas de fin de año escolar, álgebra, economía doméstica, inglés —, siempre queda Bendo. —Hojeó una maltratada carpeta—. Siempre queda Bendo.

    Advertí este énfasis, traté de entender su significado, y suspiré.

    —¿Bendo?
    —Escuela pequeña. Una sola aula. Aldea minera, hasta hace un tiempo por lo menos. Aldea fantasmal ahora. —El hombre suspiró cansadamente y se abandonó a las confidencias profesionales—. Gente fantasmal también. No conservan a una maestra más de un año. Sueldo bajo... vivienda... en la casa de alguien. Ninguna distracción organizada... ninguna vida social. La única población en ochenta kilómetros a la redonda. No hay cinematógrafo. Población escolar: diez niños este año.
    — Se parece al pueblo de mi infancia —dije—. Pero había dos aulas en la escuela, y muchas distracciones.
    —He estado en Bendo. —El director se reclinó en su silla, con las manos en la nuca—. Comunidad enferma. Gente desgraciada. Nada les interesa. Tienen una escuela sólo porque lo exige la ley. Respetuosos de las leyes al menos. Quizá no les interesa nada que esté fuera de la ley.
    —Acepto el cargo —dije rápidamente antes de ponerme a analizar la impresión de que Bendo no era realmente un sitio adecuado para empezar de nuevo.

    El director me miró con curiosidad.

    —Si está usted pensando en encender la antorcha de las grandes reformas para que Bendo arda de entusiasmo, olvídelo. Muchas magníficas antorchas se han apagado allí.
    —No tengo ninguna antorcha —dije—. Francamente, estoy harta de entusiasmos desbordantes, fiestas escolares y diversiones públicas. Bendo me descansará.
    —De eso puede estar segura —dijo el director inclinándose otra vez sobre sus carpetas —. El presidente del consejo escolar es Saúl Diemus. Si usted no tiene coche, el único medio para llegar a Bendo es el autobús. Va una vez por semana.

    Salí al sol de agosto después de esta entrevista. El calor era abrumador, y la frescura de la agencia se me evaporó de la piel casi con un siseo.

    Caminé hasta la plaza y me senté en uno de los bancos de piedra que yo nunca había tenido tiempo de utilizar en mis días de estudiante. Miré la ventana de mi viejo dormitorio, y sentí una breve e intensa nostalgia, no sólo por los años que habían pasado y las esperanzas que habían muerto y los sueños que no se habían cumplido nunca, sino también por la magia especial que yo había encontrado en ese cuarto. Había sido una magia, una verdadera magia, y me había abierto tales perspectivas que durante un tiempo todo me pareció posible, todo realizable, si no para mí al menos para los otros, algún día. Aun ahora, luego de la dilución del tiempo, cuando yo ya no podía creer realmente en esa magia, me resistía a abandonar mi fe. Si esto fuera posible. Si esto por lo menos fuese posible.

    Suspiré y me puse de pie. Supongo que todos viven alguna vez un momento mágico, y que todos creen que nadie puede vivir lo mismo. Pero mi momento era diferente. Ningún otro podía haber tenido la misma experiencia. Me reí. Basta de pasado y de sueños, me dije. Bendo y el trabajo me esperaban.

    El autobús traqueteante levantaba unas pesadas nubes de polvo ocre que se alejaban como olas, y yo me llevé las palmas de las manos a la cara para respirar un poco de aire limpio. La arena que yo sentía en los dientes y que me invadía la ropa me era bastante familiar, pero yo esperaba que cuando llegáramos a Bendo habríamos dejado atrás esta llanura polvorienta encontrando un poco más de vegetación. Me moví en el asiento anguloso, preguntándome si habría sido diseñado para comodidad de alguien, y en ese momento el autobús frenó bruscamente proyectándome hacia adelante.

    Esperamos a que las nubes de polvo levantadas por el autobús nos alcanzaran mientras el penúltimo pasajero, un indio viejo y arrugado, vestido con unas ropas brillantes parecidas a una túnica, recogía lentamente una gastada silla de montar y unos bultos de arpillera, y caminaba a pasos cortos por el pasillo y bajaba al camino desierto.

    El motor rugió otra vez y nos alejamos dejando allá atrás una figura desolada en una extensión desolada. Me pregunté adonde iría el indio. Cuántos largos kilómetros lo separarían de su cabaña, en algún cañadón oculto o en un minúsculo oasis.

    Corríamos ahora en línea recta hacia las montañas desnudas y rojas que se alzaban en el horizonte. La cinta rectilínea del camino se perdía en la distancia. Suspiré y me moví otra vez en el asiento y el rugido del motor y el cansancio que sentía en los huesos me hundieron en un somnoliento estupor.

    Un cambio en el ronroneo del motor me despertó de pronto. Nos detuvimos otra vez, bruscamente. Miré por la ventanilla las nubes de polvo que descendían alrededor de nosotros y me pregunté a qué viajero podríamos recoger allí en medio de la nada. En ese momento se disolvió un telón de polvo y alcancé a leer:

    OFICINA DE CORREOS DE BENDO Garaje y Estación de Servicio Mercería y Ferretería Periódicos


    La inscripción cubría la fachada de un edificio golpeado por la intemperie, entre dos ruinas de piedras ennegrecidas por el humo. Luego de una inmensidad tan llana era realmente sorprendente ver esas piedras caídas que casi llegaban al camino y que alzaban al cielo sus bordes cubiertos de musgo.

    —Bendo —dijo el conductor, desplegando las largas piernas e inclinándose para saltar del autobús—. Fin del viaje. Fin de la civilización, fin de todo.

    Hizo una mueca y la máscara de polvo que le cubría el rostro se quebró en atractivas líneas de sonrisa.

    Yo también sonreí.

    —Pequeño, ¿no es cierto?
    —Era más grande antes. Aunque de poco sirve eso ahora. Un verdadero centro minero en otro tiempo. —Mientras el hombre hablaba vislumbré unos edificios arruinados en las faldas de las colinas rocosas, sembradas de bloques de piedra—. Mi padre conoció el pueblo en su infancia. Hace mucho tiempo había agua aquí y el pueblo se alzaba en el recodo del rió.
    — ¿Por eso se llama así?
    —No sé. Quizás hubo alguien que se llamaba Bendo —gruñó el conductor mientras desataba las correas que sostenían mi equipaje en el techo del autobús.
    — Oh, ¡hola! —gritó de pronto.

    Me volví y me encontré con un hombre alto, corpulento... y viejo. Más viejo que su cara, de una vejez que no correspondía a sus años, pues era joven en realidad, casi tan joven como yo. Tenía una cara severa y triste, de rasgos inmóviles, y las manos tiesas, apretadas contra el pecho, sostenían un sombrero de fieltro.

    En esa breve pausa, antes que el hombre me preguntase: — ¿La señorita Anderson? —me sentí como ante esa gente profundamente religiosa que no ve en Dios sino una entidad implacable y vengativa, irritada por la indignidad del hombre, y que espera un momento de descuido para golpearlo y abandonarlo en el pecado. Me pregunté por qué Dios se habría apoderado de él tan cruelmente. Me sorprendí respondiendo: —Sí. ¿Cómo está usted? —El hombre me tocó apenas la mano diciéndome: —Saúl Diemus —y volvió su atención hacia mis dos grandes valijas y mi fonógrafo.

    El señor Diemus se alejó arrastrando los pies. Parecía que tenía pocas ganas de hablar y lo seguí sin decir nada. Yo no había esperado encontrarme con un comité de recepción, pero los niños tenían que haber cambiado mucho desde mi infancia, pues de otro modo la curiosidad por conocer a la nueva maestra debía de haber atraído por lo menos a un par de ellos. Nos alejamos en silencio de la carretera y de la oficina de correos y pronto doblamos la rocosa falda de una loma. Miré la otra orilla del cauce seco y la calle tortuosa: el barrio residencial de Bendo. Me detuve en el gastado puente de madera y miré alrededor atentamente. Bendo nunca sería para mí lo que era entonces. La familiaridad borraría algunos contornos y destacaría otros, y nunca vería el pueblo como cuando ignoraba quién vivía detrás de todas esas puertas desnudas.

    Las casas estaban diseminadas en desorden por las faldas de las lomas y unos toscos escalones de piedra descendían hasta el camino que corría paralelamente al cauce seco del río. Eran realmente casas, y no cabañas, pero los años habían golpeado los muros despintados que se confundían ahora casi perfectamente con el escenario desértico. En todos los patios de delante crecían unas plantas, pero parecían haber sido sembradas tan tímidamente y florecían tan escondidas que podían haber sido muy bien macizos fortuitos de vegetación natural.

    Ese culto del anonimato...

    —La escuela...

    Yo no había visto el rápido movimiento de la mano.

    —¿Dónde?

    Nada a mi alrededor se parecía a una escuela.

    —En el codo del cauce.

    Miré en la dirección que me indicaba el señor Diemus y vi de pronto, en la uniformidad del paisaje, un campanario que alcanzaba apenas la cima de la colina a la salida del pueblo, y un mástil al lado, fino como un lápiz. El señor Diemus se enderezó y dijo trabajosamente:

    —La escuela está en el sitio más bonito de aquí. Hay un manantial y árboles... —Se quedó sin palabras y me miró como buscando algo que pudiese interesarme—. Tendrá usted diez niños, desde el primer grado elemental hasta el segundo año del bachillerato. Nadie sino usted mandará en la escuela. No tendrá que rendir cuentas a nadie. Tome las medidas que crea usted necesarias para asegurar la disciplina. No consentimos a nuestros niños. Enséñeles lo que deben saber. No canse a los padres con razones y explicaciones. La escuela es suya.
    —Ya usted le gustaría librarse pronto de ella, y de mí también —le dije sonriendo.

    El señor Diemus me miró sorprendido.

    —La ley dice que es necesario instruirlos —replicó, poniéndose otra vez en marcha—. Instrúyalos entonces.

    Lo seguí, sumisa, pensando con cierto malestar qué ocurriría si yo le preguntase por qué se odiaba a sí mismo, y por qué odiaba el mundo y aun —oh, apenas me atrevía a pensarlo— a los niños que yo iba a «instruir».

    —Vivirá usted en mi casa —dijo el señor Diemus—. Nos sobra un cuarto.

    Siguió un largo y penoso silencio, pero no se me ocurrió nada y callé. Pasé mi maleta de una mano a otra y clavé los ojos en el sendero donde las piedras sueltas y la grava protestaban con cada uno de nuestros pasos. Me pareció que el señor Diemus trataba de pisar ruidosamente. Pero a pesar del eco amplificado que venía de las lomas ninguna puerta se abrió, ninguna cara se apretó a una ventana, y sentí un verdadero alivio cuando oí de pronto el cloqueo feliz y descuidado de unas gallinas que rascaban en la arena dura.

    Me acurruqué a oscuras en la cama estrecha tratando de calmar el malestar que sentía en el estómago. La comida no había sido mala —yo la había encontrado aceptable—, pero sí lúgubre. La tristeza parecía estar colgada en festones del cielo raso y el infortunio se había sentado casi visiblemente a la mesa.

    Yo había tratado de decirme que me sentía desanimada por la fatiga del viaje, pero había mirado a mi alrededor y había visto una paciencia desesperanzada marcada en los rostros de los adultos y que comenzaba a asomar —débil, pero indiscutiblemente— en los rostros de los niños. Dos niños habían cenado con nosotros. Sarah, de nueve o diez años, y Matt, un adolescente, los dos demasiado silenciosos, demasiado formales, demasiado dueños de sí mismos, que no habían apartado los ojos del plato.

    La comida me bajó al estómago en grandes bocados y allí luchó ásperamente con el café que llegó en largos tragos.

    Habían pasado horas, penosas, interminables, y la comida se resistía aún a ser digerida.

    Al día siguiente yo podría incorporarme a la rutina de la escuela, pues enseñar a los niños era enseñar a los niños, siempre, allí o en otra parte. Quizá pudiese entonces convencer a mi estómago de que todo estaba bien, y comenzar la tarea de deshelar a esos niños paralizados y artificiosos. Por supuesto, quizás eran pequeños demonios fuera de sus casas, como es a menudo el caso. De cualquier modo, yo sentía ya, afortunadamente, la emoción familiar de los primeros días de setiembre.

    Me moví otra vez en la cama, y en seguida, endureciendo el cuello, alcé la cabeza de la almohada para oír mejor.

    Era un murmullo, un siseo intermitente. Alguien susurraba en la habitación de al lado. Me senté y escuché sin vergüenza. Yo sabía que el cuarto de Sarah estaba junto al mío, ¿pero quién hablaba con ella? Al principio no alcancé a oír sino palabras truncas. Poco después se me agudizaron los oídos o las voces se hicieron más altas.

    —... ¿y oíste tú cómo se reía? ¡Reírse así en la mesa! —Hubo un rápido murmullo y luego unas palabras a media voz—: Se le arrugaban los ojos y se reía.
    —Las otras maestras se reían también.

    La voz grave e insegura debía ser de Matt.

    —Sí —murmuró Sarah—, pero sólo al principio. Oh, Matt. ¿Qué nos pasa? Las personas de los libros se divierten. Se ríen y corren y saltan, y hacen muchas cosas graciosas y nadie... —Sarah hizo una pausa, titubeando—. Nadie dice que es malo.

    Son sólo historias —explicó Matt—. No es la vida real.

    ¡No lo creo! —exclamó Sarah—. Cuando crezca me iré de Bendo. Iré a ver...

    ¡Irte de Bendo! —interrumpió Matt con una voz dura—. ¿Separarte del Grupo?

    No oí la réplica de Sarah, y sentí de pronto como si mi pie no hubiese encontrado un escalón. Y mientras trataba de recobrar el aliento, las visiones, los sonidos y olores del viejo dormitorio me abrumaron inundándome. Me dominé. No había sido más, sin duda, que un giro de lenguaje. Esta mísera y desolada tristeza no podía tener relación con aquella magia...

    — ¿Dónde está Dorcas? —preguntó Sarah como si ya conociese la respuesta.
    —Castigada. —La voz de Matt era dura, poco infantil—. Saltó.
    —¡Saltó!
    —Por encima de la baranda del porche. Hasta el camino. Papá la vio. Creo que lo hizo a propósito. —Matt hablaba ahora con una voz desafiante—. Algún día cuando yo crezca saltaré también, por encima de cualquier cosa, aun por encima de la casa. Delante de papá.
    — ¡Oh, Matt! —El grito de Sarah había sido de horror y de admiración—. ¡No lo harás! No delante de papá.
    —Sí, saltaré —replicó Matt—. Saltaré porque... —Se interrumpió bruscamente—. Sarah —continuó—, ¿me puedes decir por qué razón es malo saltar? No hace daño a nadie. No es feo. No hay ninguna ley...
    — ¿Dónde está Dorcas? —La voz de Sarah era casi inaudible—. ¿En el sótano, de nuevo?
    —Sí —dijo Matt—. En la oscuridad, a pan y agua. Para que se sienta como un animal perseguido. Un animal que los otros odian.

    La voz amarga del niño subrayó las palabras.

    —Ves —murmuró Sarah—. ¿Ves?

    Hubo un silencio y luego oí una puerta que se cerraba suavemente y la leve vibración del piso cuando Matt pasó frente a mi cuarto. Me acosté de espaldas, con los ojos fijos en el techo. ¿Qué sombra pesaba sobre esta casa, esta comunidad? Niños asustados que murmuraban en la noche. Niños rebeldes encerrados en sótanos para que aprendieran cómo se sienten los animales perseguidos. Y un Grupo... No, era imposible. Sólo el recuerdo reciente de mis años de colegio podía haberme sugerido que esta pesada sombra era de algún modo el reverso de la moneda dorada que me había mostrado Karen.

    Me sentí desfallecer cuando vi la escuela. Era una de esas monstruosidades de principios de siglo. Había sido construida para una población próspera, pero ahora todas las ventanas del piso superior estaban tapiadas con tablones y no se las utilizaba, aparentemente, desde hacía mucho tiempo. El piso bajo estaba vacío también, excepto dos habitaciones, pero era evidente que una sola hubiera bastado para el puñado de niños que esperaba en silencio junto a la puerta. No sólo el edificio había sido abandonado. El patio era una extensión vacía, de extremo a extremo, sin hierbas o árboles, o instalaciones de juegos. Había sin embargo un monte espeso detrás de la escuela, y un brillo de agua en el fondo del cañón.

    ¿No hay toboganes? —pregunté a los tres niños que me escoltaban—. ¿No hay columpios?

    ¡No! —exclamó Sarah con tristeza y sorpresa.

    Matt le echó de reojo una mirada de advertencia. —No —dijo—, no nos hamacamos ni nos deslizamos por el tobogán. No nos columpiamos. Me sonrió débilmente.

    — ¡Qué lástima! —dije —. ¿Se gastó todo? ¿La escuela no puede comprar otros aparatos?
    —No nos hamacamos, no nos columpiamos, no jugamos en toboganes. —La sonrisa de Matt había desaparecido—. No nos interesa.

    No hay nada tan categórico e incontestable como esta última afirmación, excusa de todo tipo de omisiones, pero yo nunca la había oído aplicada a juegos infantiles. No pude pensar en una respuesta más inteligente que «Oh», de modo que no dije nada.

    Me sentí durante toda la semana como si estuviese vadeando un lago de jalea o tratara de alzar por encima de mi cabeza un enorme colchón de plumas. Recurrí a todas las estratagemas para despertar el interés de la clase, en cualquier cosa. Los niños eran corteses y sumisos, pero también apáticos, y de una resignada paciencia.

    Al fin, poco antes de la hora de salida, el viernes, me incliné desesperada sobre el pupitre.

    — ¿Nada os gusta? —imploré—. ¿Nada os divierte? Hubo un pesado silencio y Dorcas Diemus abrió la boca. Vi que Matt lanzaba un puntapié rápido y amenazante a la pata del pupitre. La niña cerró la boca.
    —Yo creo que la escuela es divertida —dije—. Creo que podemos disfrutar de muchas cosas. Quiero que me gusten las clases, pero esto no es posible si no os gustan a vosotros.
    —Aprendemos —dijo Dorcas rápidamente—. No somos estúpidos.
    —Aprendéis —reconocí—. No sois estúpidos. ¿Pero a ninguno le gusta la escuela?
    —A mí me gusta —cantó la vocecita de Martha, la más pequeña de mis alumnas—. ¡Es divertida!
    —Gracias, Martha —dije—. Y a todos los demás —los miré poniendo cara de enojo— les gustará también, ¡aunque tenga que convencerlos a golpes!

    Observé consternada que los niños se encogían en sus asientos y se miraban con miedo. Pero antes que yo pudiera dar una explicación, Matt se echó a reír y Dorcas lo imitó en seguida. Sonreí satisfecha al oír que las risas titubeantes y agudas se extendían por la sala, pero vi de pronto que Esther, una niña de diez años, se enjugaba las lágrimas con una mano temblorosa. Lágrimas... ¿de risa?

    Aquella noche me volví y revolví en la cama, casi demasiado cansada para dormir, preocupada, pensando. ¿Qué había quebrado la vida de estas gentes? Eran sanos, eran hermosos —recordé la curva perfecta de la mejilla de Martha junto a la ventana, la gracia expresiva de las cejas de Dorcas—, tenían comida, ropa y casas adecuadas, y sin embargo, no eran lo que debían haber sido. Yo había visto más alegrías y placer y entusiasmo en niños nómadas que vivían en casas de cartón prensado y que se lavaban —cuando se lavaban— en los canales y comían cualquier cosa comestible, pero sonreían aun con eccemas o llagas en los labios.

    ¡En cambio estos niños sin vida...! Recé distraídamente y esa noche dormí mal.

    Un mes después las cosas habían mejorado un poco, muy poco. Por lo menos había menos tensión en la clase. Y descubrí que no tenían prejuicios profundos contra las plantas, y cultivamos algunas en los alféizares anchos, brotes que traíamos del manantial o que crecían entre los árboles. Y en unas jarras guardamos pececitos del arroyo, y en una caja con barro, un sapo que sólo despertaba para comerse las hormigas que le llevábamos a la hora del almuerzo. Y cantábamos, en alta voz y con entusiasmo, y —milagro de milagros— sin una nota desentonada en toda la clase. Pero no cantábamos Subir, subir al cielo o ¿Te gusta subir en un columpio? Cuando yo entonaba estas canciones los niños enrojecían, inquietos, y bajaban los ojos.

    Habíamos discutido a propósito de esa costumbre que tenían de arrastrar los pies.

    —Levantad los pies, por favor —les dije irritada una mañana, ya harta del chu, chu, chu de las idas y venidas—. Parece que tuvierais pies de plomo.

    Timmy, que estaba más animado esa mañana, se mordió cabizbajo una uña.

    —No puedo —dijo—. No debo.
    —¿No debes? —Olvidé momentáneamente la circunspección con que yo había tratado hasta entonces a estos niños asustadizos como ratones —. ¿Por qué no? No hay razón en el mundo que te impida caminar sin hacer ruido.

    Matt miró tristemente a Miriam, mi única alumna de bachillerato. La niña apartó los ojos y se mordió los labios, perturbada. Al rato se volvió y dijo:

    —Es la costumbre en Bendo.
    —¿Arrastrar los pies? —Yo estaba a punto de perder la paciencia—. ¿Por qué motivo?
    —Así lo hacemos todos en Bendo.

    No había enojo en la defensa de la niña, sólo resignación.

    — Quizá lo hagáis en vuestras casas —dije—, pero aquí en la escuela hay que levantar los pies. Además, hacéis mucho ruido.
    —Pero es malo... —comenzó a decir Esther.

    La mano de Matt la obligó a callar.

    —El señor Diemus me dijo que en la escuela mando yo —continué—. Dijo que no molestara a vuestros padres con los problemas de la escuela. El problema ahora es que hacéis mucho ruido mientras otros tratan de trabajar. En el salón de clase, por lo menos, hay que caminar sin hacer ruido y levantando los pies.

    Los niños consideraron solemnemente esta sugestión y se volvieron hacia Matt y hacia Miriam en busca de consejo. Los dos niños mayores asintieron y volvimos al trabajo. En los minutos siguientes vi con asombro cómo los niños iban inútilmente de un extremo a otro de la clase, levantando los pies, sonriéndose y mirándose a hurtadillas como si esos desplazamientos fuesen toda una aventura, algo difícil y delicioso a la vez. Yo estaba perpleja. Recordé entonces que no sólo los niños de Bendo arrastraban los pies sino también los adultos, como si temiesen perder contacto con la tierra, como si... Meneé la cabeza y continué mi lección.

    Antes de mediodía, sin embargo, el interminable chu, chu, chu de los pies había empezado otra vez. El hábito dominaba a los niños. Clasifiqué mentalmente el sonido corno incurable y crónico, y no insistí.

    Suspiré mientras observaba a los niños que salían para el almuerzo. Me había parecido al principio que aprovecharía ese lujo sin precedentes de una hora destinada al almuerzo para irse todos a sus casas. El campanario era visible desde la mayoría de las casas del pueblo. No obstante, los niños traían a la escuela unos emparedados secos y unas manzanas poco atractivas en apretados saquitos de papel. Al mediodía, sin decir una palabra, desaparecían con sus pasos arrastrados entre los árboles.

    Todo es apagado aquí, pensé. Hasta el sol es débil cuando inunda las lomas y los cañadones. No hay alegría, no hay risas. No hay boberías infantiles, ni tonterías adolescentes. Sólo niños silenciosos y resignados.

    No acostumbro espiar a mis alumnos, pero se me ocurrió que quizás estos niños eran diferentes cuando estaban lejos de mí y de sus padres. De modo que volví a las doce y media de un almuerzo adecuado, pero monótono, en casa de los Diemus, dejé atrás la escuela y me metí entre los árboles apartando con precaución los matorrales hasta que pude asomarme a una roca musgosa y mirar a los niños.

    Algunos se habían tendido en la hierba escasa y corta, con las manos bajo las cabezas, mirando con ojos entornados el cielo brillante entre el follaje. Esther y la pequeña Martha buscaban semillas y les contaban los dientes. Sonreí recordando que yo había hecho lo mismo.

    —Soñé anoche. —La afirmación de Dorcas fue como un desafío en el pesado silencio—. Soñé con la Morada.

    Me sobresalté, y Martha gritó horrorizada:

    — ¡Oh, Dorcas!
    —No es nada malo —dijo Dorcas con las mejillas encendidas—. ¡Hubo una Morada! ¡Sí! ¡Sí! ¿Por qué no podemos hablar de la Morada?

    Escuché ávidamente. Esto no podía ser una coincidencia, un Grupo y ahora la Morada. Tenía que haber alguna relación... Me apreté contra la roca rugosa.

    ¡Es una cosa mala! —gritó Esther—. ¡Te castigarán! Está prohibido hablar de la Morada.

    ¿Por qué? —preguntó Joel y pareció que lo pensaba por primera vez, como suele ocurrir a los trece años. Se sentó lentamente—. ¿Por qué está prohibido?

    Hubo un silencio breve y tenso. —Yo también sueño a veces —dijo Matt—. Sueño con la Morada, y todo está bien entonces.

    ¿Quién no soñó? —preguntó Miriam—. Todos soñamos, ¿no es cierto? Aun nuestros padres. Cuando mamá ha soñado se le ve en los ojos.

    ¿Nadie se preguntó alguna vez por qué está prohibido? —insistió Joel—. Sólo nos dicen que es malo.

    —Me parece que es una cosa de hace mucho tiempo —dijo Matt—. Algo que pasó cuando llegó el Grupo...
    —No deben de ser sueños —declaró Miriam— porque yo no necesito estar dormida. Creo que son recuerdos.
    — ¿Recuerdos? —preguntó Dorcas—. ¿Cómo podemos recordar algo que no conocimos?
    —No sé —admitió Miriam—, pero me parece que es así.
    —Yo recuerdo —dijo espontáneamente Thalita, que nunca decía nada espontáneamente.
    —Cállate —murmuró Abie, la penúltima en edad, que hablaba siempre en un murmullo.
    —Yo recuerdo —repitió Thalita, obstinada—. Recuerdo un vestido que era muy pequeño, y la mamá lo estiró para que fuera bastante largo y el vestido se quedó así. Después estiró la cintura para que fuese bastante grande y la niñita se lo puso y se fue volando.
    —Bah —dijo Timmy, desdeñoso—. Yo recuerdo más. — Se le inmovilizó la cara y se le agrandaron los ojos—. La nave era alta como una montaña y la gente entró por la puerta que era alta, alta, y no tenía una escalera. Después aparecieron las estrellas grandes y brillantes, no pequeñitas como las de aquí.
    — ¡La nave voló demasiado rápido! — Abie hablaba ahora, con una animación que yo no le conocía—. El aire calentó la nave y la niñita murió antes que los botes dejaran la nave.

    El niño se encogió de pronto y se apoyó en Thalita, sollozando.

    — ¡Ya veis! —Miriam alzó triunfante la barbilla—. To dos soñamos... Quiero decir, ¡todos recordamos!
    —Creo que sí —dijo Matt—. Recuerdo. Es subir, Thalita, no volar. Subes y subes todo lo que quieras y nunca tienes que tocar el suelo. ¡Nunca!

    Matt dio un puñetazo en el suelo rojo.

    —Y también puedes bailar en el aire —suspiró Miriam—. Más libre que un pájaro, más liviano que...

    Esther se puso rápidamente de pie, pálida, aterrorizada.

    — ¡Basta! ¡Basta! ¡Es una cosa fea! ¡Es una cosa mala! ¡Se lo diré a papá! Está prohibido soñar, o volar, o bailar. ¡Os moriréis!

    Joel se incorporó de un salto y apretó el brazo de Esther.

    — ¿Podemos estar más muertos? —gritó sacudiéndola brutalmente—. ¿Llamas a esto estar vivo?

    En seguida se encorvó temerosamente y dio algunos pasos en el claro, arrastrando los pies.

    Regresé a la escuela corriendo como una posesa, parpadeando para enjugarme las lágrimas, sin querer reconocer que estaba llorando, llorando por esos pobres niños que buscaban desesperados algo que estaba dentro de ellos. ¿Por qué esa negación tan rigurosa? Si ellos eran lo que yo pensaba... Y tenían que serlo. ¡Tenían que serlo!

    Tomé la cuerda de la campana y tiré con todas mis fuerzas. La campana se movió como de mala gana y llamó. La una, ¡la una!

    Miré cómo volvían los niños con pasos arrastrados y lentos.

    Aquella noche empecé una carta.

    Querida, Karen:

    Pues sí, luego de tantos años. ¡Oh, Karen! ¡He encontrado a otros! ¡Otros del Pueblo! ¿Recuerdas cómo deseabas saber si otros Grupos habían sobrevivido a la Travesía? Bueno, ¡encontré un Grupo entero! Pero es un Grupo enfermo y desgraciado. Se te haría pedazos el corazón, si los vieses. Si pudieses venir y ponerlos en el verdadero camino...

    Dejé la pluma. Miré las líneas que yo había escrito y luego arrugué lentamente la hoja de papel. Éste era mi Grupo. Yo lo había encontrado. Sí, se lo diría a Karen, pero más tarde. Luego que... bueno, luego que yo tratara de ponerlos en el verdadero camino, a los niños por lo menos. Al fin y al cabo, yo sabía algo de sus posibilidades. ¿No me había hablado Karen secretamente en aquellas horas mágicas, en nuestro dormitorio, atraídas las dos por una mutua simpatía que parecía más fuerte que esos lazos que unen a las compañeras de cuarto, y no me había contado cosas que ningún extraño debía haber oído? Y cuando al fin yo se lo contara a Karen, y pusiera al Grupo en sus manos, quizá como un don precioso, entonces yo podría sentir que le devolvía algo de ese mundo maravilloso que ella me había abierto.

    Sí, pensé tristemente, nada da una buena porción de confianza como una buena porción de ignorancia. Pero haré todo lo posible... desesperadamente. Quizá si puedo sacar de la prisión a algún otro, entonces mis propias barreras... Tiré la hoja de papel al cesto.

    Pero pasaron varias semanas antes que me decidiese a mostrar a los niños, de una manera o de otra, que yo sabía algo de ellos. Era una situación tan extraordinaria, si yo no me había equivocado. Y si me había equivocado, ¿qué clase de locura sospecharían de mí?

    Cuando al fin apreté los dientes y me juré a mí misma que haría algo, me temblaban las manos y el aliento se me había quedado en la garganta seca.

    —Hoy —dije con un esfuerzo—, es viernes. —Los niños recibieron con un silencio caritativo esta sabia revelación—. Hemos trabajado durante toda la semana, de modo que hoy nos divertiremos. —Los niños se movieron en sus asientos, inquietos, contentos, y temerosos a la vez. Pobres niños, mis «diversiones» eran para ellos mucho más penosas que cualquier tarea escolar. Pero algunos aprendían ya a disfrutar de ellas. ¡Hasta la misma Martha había aprendido a saltar a la cuerda!
    —Primero los monitores distribuirán las hojas de composición.

    Esther y Abie corrieron de un lado a otro con los papeles, y los afilalápices trabajaron afanosamente. En esto los niños no se diferenciaban de otros y les sacaban punta a los lápices con el menor pretexto.

    —Ahora —dije, y se me cerró la garganta—, vamos a escribir. —Esta obvia observación fue aceptada con indulgencia, aunque Miriam me miró sorprendida antes de inclinar la cabeza, de modo que el pelo le cayó sobre la cara—. Hoy quiero que todos escriban sobre lo mismo. Éste es el tema.

    Aliviada, di la espalda a las miradas expectantes de los niños y escribí lentamente con letras mayúsculas:

    RECUERDO LA MORADA Oí las respiraciones entrecortadas de Miriam y Thalita y luego el rápido susurro que informaba a Abie y a Martha. Oí el grito alborotado de Esther y me volví lentamente apoyándome en el pupitre.

    —Hay tantos recuerdos hermosos de la Morada —dije en el tenso silencio—. Tantas cosas maravillosas. Y aun los recuerdos tristes son mejores que el olvido, pues la Morada es buena. Decidme lo que recordáis de la Morada. Joel y Matt se pusieron de pie simultáneamente.

    ¡No podemos!

    ¿Por qué no podemos? —gritó Dorcas—. ¿Por qué?

    ¡Es una cosa fea! —gritó Esther—. ¡Una cosa mala!

    ¡No es nada de eso! —chilló Abie—. ¡No es nada de eso!

    —No podemos. —Miriam se recogió el pelo con unas manos temblorosas —. Está prohibido.
    —Sentaos todos —dije dulcemente—. El día que llegué a Bendo el señor Diemus me dijo que os enseñara lo que fuese necesario. Tengo que enseñaros que recordar la Morada es una cosa buena.

    ¿Por qué entonces los mayores no piensan así? —preguntó Matt lentamente—. Nos dicen que no hablemos de eso. No hay que desobedecer a los padres.

    Sí —admití—, es cierto, pero esto es también muy importante. Si os parece, lo guardaremos como un secreto entre nosotros. El señor Diemus me dijo que no los moleste con razones o explicaciones. Yo hablaré con vuestros padres cuando llegue la hora. —Hice una pausa para tomar aliento y desembarazarme de una visión en la que yo dejaba el pueblo envuelta en una nube de polvo seguida de cerca por una tropa de padres furiosos—. Bueno, a trabajar —dije bruscamente—. Recuerdo la Morada.

    Hubo un pesado momento de indecisión, y contuve el aliento, preguntándome de qué lado se inclinaría la balanza. Y luego... Seguramente todos querían hablar y afirmar la maravilla del pasado, pues si no no hubiesen capitulado tan pronto. Las cabezas se inclinaron hacia adelante y los lápices corrieron sobre el papel. Sólo Martha se quedó cabizbaja y mirando la hoja con una expresión de tristeza.

    —No conozco bastantes palabras —se quejó—. ¿Cómo se escribe toólas?

    Y Abie borró trabajosamente hasta agujerear el papel y chupó otra vez la punta del lápiz.

    — ¿Por qué tú y Abie no hacéis algunos dibujos? —sugerí—. Una pequeña historia con láminas y luego podríamos juntar las páginas como en un verdadero libro.

    Miré al grupito silencioso y ocupado y sentí que se me doblaban las rodillas. Me sequé las palmas húmedas y me recliné en la silla. Advertí, lentamente, que había una nueva atmósfera en la sala de clase. La tensión intolerable, la contención inconsciente, esa prudencia, esa vigilancia, ese sentimiento de culpa provocado por el deseo de lo prohibido se habían desvanecido del todo.

    Una oración de acción de gracias creció en mí. Se transformó rápidamente en un ruego de misericordia cuando entreví de pronto lo que podía ocurrirme si los padres me descubrían. ¿Cuánto duraban ya esta negación y este renunciamiento, esta ocultación y este miedo cuidadosamente alimentado? De acuerdo con lo que Karen me había dicho podían haber pasado más de cincuenta años, bastante como para marcar a tres generaciones.

    Y allí estaba yo tratando de que las llamas consumiesen un pequeño mundo. Luego de esta oscura metáfora enderecé mis piernas débiles y me puse de pie. Caminé hacia arriba y abajo, entre los pupitres, sin que nadie me prestara atención, apartándome para dejar pasar a Joe que corría al estante en busca de más papel, inclinándome sobre Miriam y maravillándome de que ella hubiera empleado sus pasteles y de que una parte de su composición fuese en colores. Y los colores me hablaban de algo que el lápiz negro no podía expresar, aunque yo nunca había visto esas formas.

    Los niños se fueron, felices y excitados, charlando y riéndose hasta que llegaron a los límites del patio de la es— cuela. Allí las risas y las sonrisas murieron, y las caras fueron otra vez graves, y los pies se arrastraron pesadamente. Suspiré y examiné las composiciones. Allí estaba el librito de Abie. Lo hojeé, tomé aliento y lo examiné atentamente.

    ¿Un niño había dibujado todo esto? Seis páginas, seis páginas acabadas que parecían de un adulto. Efectos de pastel que yo no había visto nunca, imágenes que contaban una historia claramente y en voz alta.

    Estrellas que llameaban en un cielo negro, y la delgada aguja de una nave, como una nota en la oscuridad.

    La vasta curvatura de la Tierra, verde y cubierta de nubes, sobre un fondo negro. Una línea rosa en el vientre de la nave: la fricción de la atmósfera. Toqué el resplandor con un dedo. Yo casi podía sentir el calor.

    Dentro de la nave, dolor y sufrimiento, una lucha heroica, cuerpos amontonados y caras quemadas. Un niño en brazos de su madre. Luego un enjambre de diminutas formas afiladas que salían del vientre de la máquina. Y el último chillido de incandescencia mientras la nave se volatilizaba en el aire cada vez más denso.

    Apoyé la cabeza en las manos y cerré los ojos. ¿Todo esto, todo esto en los sentimientos de una criatura? Pues Abie sabía. Conocía el calor, la lucha, la muerte y la huida. No era asombroso que Abie hubiese dibujado encorvado, murmurando entre dientes. La memoria racial era realmente una moneda de dos caras.

    Sentí una dolorosa aprensión. Quizá me había equivocado al permitir que recordara tan vividamente. Quizá yo no hubiera debido...

    Me volví a las hojas de Martha. Eran unos dibujos delicados, casi aracnoides, de un animalito velludo (¿toólas?) que anidaba en una hamaca suspendida, guardaba frutos en un cesto de hojas, y vivía en compañía de un pájaro. Un pájaro realmente de otro mundo. La mayor parte de la historia de Martha se me escapaba, pues en los niños de esta edad —más que en todos los otros— el arte es un movimiento de símbolos, y como no teníamos puntos comunes de referencia, había muchas cosas que yo no podía interpretar. Pero todo este librito era alegre y luminoso.

    Y ahora, las historias...

    Alcé la cabeza y parpadeé a la luz del sol poniente. Yo había leído todas las composiciones, excepto la de Esther. La escritura de Esther, confusa, de patas de mosca, me hizo advertir que caía la noche y descubrí que yo estaba temblando en el cuarto en sombras, y que la vieja estufa de leña se había apagado.

    Guardé lentamente las hojas en el cajón de mi pupitre, titubeé y tomé la de Esther. La leería en mi cuarto. Me puse el abrigo y dejé la escuela pensando continuamente en las composiciones de los niños. Y de pronto tuve ganas de llorar, de llorar por las maravillas que eran ahora sólo un recuerdo. Por la herencia de talentos y dones que tenían estos niños, pero que no podían utilizar. Por los sueños realizados que les estaban vedados. Por la nostalgia que yo había descubierto en todas esas líneas escritas, la nostalgia de estos tristes exiliados alejados desde hacía tres generaciones de todo conocimiento material de la Morada.

    Me detuve en el puente y me apoyé en la balaustrada envuelta en las primeras sombras de la noche. Sentí de pronto una creciente nostalgia. Así debía haber sido el mundo, así podía haber sido sólo si...

    Cuando entré en la cocina, mis lágrimas eran ya algo tan secreto como las emociones de la señora Diemus, que alzó los ojos y me miró sin interés.

    —Buenas noches —me dijo—. Le he guardado la cena.
    — Gracias. —Me estremecí convulsivamente—. Hace frío.

    Me senté aquella noche en el borde de la cama, dejando que el recuerdo de las composiciones me inundase, tratando de unir los fragmentos que hablaban de la Morada. Y comencé entonces a maravillarme. Los recuerdos de todos parecían ser tan felices... Timmy había escrito: La nave brillante alta como una montaña y más rápida que dos aviones, y Dorcas, sin preocuparse de la concordancia de los tiempos y como si el ayer no se distinguiese del hoy: Las flores eran como luces. Las noches no son muy oscuras porque las flores brillan mucho y cuando salía la luna los bréeos cantan y la música caía sobre uno como la lluvia, pero menos triste. Y las líneas anhelantes de Miriam: El día de la Reunión hubo una gran fiesta. Todos tenían hermosos trajes y las muchachas se habían puesto flahmens en el pelo. Las flahmens son flores, pero también buenas para comer. Y si una muchacha siente que le canta el corazón por un muchacho comen una flahmen juntos y ya no se separan nunca.

    Si todos los recuerdos eran felices, ¿por qué los adultos los ahogaban con tanta dureza? ¿Por qué ese palio de infelicidad sobre todas las cosas? No es posible lamentar eternamente la pérdida de una nave. ¿Por qué un sótano para todos los niños desobedientes? ¿Por qué toda esa miseria y frustración si eran capaces de llevar a cabo la mitad por lo menos de lo que describían las composiciones —con términos técnicos que yo no entendía del todo— de Joel y Matt, y transformar a Bendo en un paraíso?

    Tomé la hoja de Esther. Temía leerla. Mientras los otros escribían rápidamente Esther se había pasado casi todo el tiempo con la cabeza hundida en los brazos, cruzados sobre el pupitre. De cuando en cuando garrapateaba una línea o dos como si estuviese haciendo algo vergonzoso. Sólo ella, entre todos los niños, parecía no encontrar ningún consuelo en esos recuerdos.

    Alisé la hoja en mi regazo.

    Recuerdo, había escrito Esther. Teníamos sed. Había agua en el arroyo y estábamos escondidos entre las hierbas. No podíamos beber. Dispararían sus armas contra nosotros. El sol quemaba desde hacía tres días. La mujer gritó pidiendo agua y corrió al arroyo. Ellos dispararon. El agua se volvió roja, Las lágrimas de Esther habían arrugado el papel.

    Encontraron a un bebe bajo un matorral. El hombre lo golpeó con la madera del fusil. Lo golpeó y lo golpeó. Como yo aplasto los escorpiones.

    Nos atraparon y nos encerraron. Encendieron un fuego alrededor. «Vuelen», dijeron, «vuelen y sálvense». Volamos porque el fuego nos hacía daño. Ellos dispararon contra nosotros.

    «Monstruos», gritaban, «monstruos malvados. La gente no vuela. La gente no mueve cosas. La gente se parece. Ustedes no son gente. Mueran, mueran, mueran».

    Luego, en letras muy negras que habían roto el papel:

    Si alguien descubre que no somos de la Tierra, moriremos.

    No levantéis los pies del suelo.

    Tristemente, dejé a un lado la hoja. La respuesta estaba ahí, sumando las confidencias de Karen a todo esto. Los náufragos que llegan a una isla y tropiezan con salvajes. Unos pocos sobreviven, adaptándose, suprimiendo y negando. Otra generación reniega de la Morada para asegurar la inmunidad presente y futura de los descendientes. Luego la generación siguiente duda e interroga, y se rebela.

    Apagué la luz y me metí lentamente en la cama. Me quedé inmóvil, mirando la oscuridad, viendo la imagen que Esther había evocado. Al fin me abandoné al sueño.

    —Que Dios la ayude —suspiré—. Que Dios nos ayude a todos.

    Había pasado casi otra semana. Ordenamos el aula rápidamente, anticipándonos esta vez con alegría a la hora de las diversiones en vez de temerla. Sonreí al oír a mi alrededor esa algarabía, sintiendo que yo misma me animaba con la expectación de los niños. ¡Qué cambio se había operado en ellos desde aquella tarde! Ahora empezaban a parecerme verdaderos niños. Ahora empezaban a aceptarme. Tragué saliva. En cualquier momento me preguntarían: « ¿Cómo ocurrió? ¿Cómo lo sé?». Ahí estaban todos sentados, los nueve —faltaba Esther, la primera ausencia del año —, esperando con los ojos brillantes.

    — ¿Podemos escribir otra vez? —Preguntó Sarah—. Recuerdo muchas otras cosas.
    —No —dije—. Hoy no. —Las sonrisas murieron y un murmullo de protestas recorrió la clase—. Hoy veremos qué somos capaces de hacer, Joel. —Miré a Joel apretando los dientes—. Joel, dame el diccionario. —Joel empezó a ponerse de pie—. ¡Sin moverte de tu sitio!

    Hubo un silencio de horror.

    —Pero... —dijo Joel al fin—. ¡No puedo!
    —Sí puedes —insistí—. Sí, puedes. Tráeme el diccionario. Aquí, a mi pupitre.

    Joel se volvió y clavó los ojos en el viejo diccionario, del que se habían soltado las páginas 1965 a 1998.

    — ¿Miriam? —dijo con una voz aguda.

    Miriam meneó la cabeza y se hundió en su asiento, los ojos grandes y sombríos en la cara blanca.

    —Puedes, Joel. —La voz de Miriam era apenas un soplo—. Es apenas más grande que...

    Joel se tomó con las dos manos del borde del pupitre y la transpiración le cubrió la frente. Hubo un movimiento en el estante. Luego, como disparadas por un fusil, las páginas 1965 a 1998 volaron a mi pupitre y cayeron aleteando. Luego del primer momento de estupor todos nos reímos hasta las lágrimas.

    — ¡Te has lucido, Joel! —gritó Matt—. Eso es lo que se llama una demostración de fuerza.
    —Bueno, es un comienzo. —Joel sonrió débilmente—. Hazlo tú, si te parece tan fácil.

    Matt sudó y se esforzó y al fin Joel trató de ayudarlo, pero sólo consiguieron que el libro resbalara hasta el borde del estante, donde se quedó oscilando peligrosamente.

    Entonces Abie alzó tímidamente la mano.

    —Yo puedo. Me alegró que mi niño silencioso se hubiese decidido a hablar, y al mismo tiempo fruncí el ceño al oír las risas protectoras de los mayores.
    —Muy bien, Abie —le dije animándolo—. Les enseñarás cómo se hace.

    El diccionario voló lentamente desde el estante y se posó sin hacer ruido en mi pupitre. Todos clavaron los ojos en Abie, que se retorció en su asiento.

    —Los barquitos —dijo como si se defendiera—. Así salían de la nave. Así mismo.

    Joel y Matt entornaron los ojos concentrándose y luego cambiaron unas miradas exasperadas.

    —Claro, sí —dijo Matt—. Claro, sí.

    El diccionario volvió al estante.

    — ¡Eh! —protestó Timmy—. Me toca a mí. —Pobre diccionario —dije—. Es demasiado viejo para dar tantos saltos. Lleva las hojas sueltas al estante.

    Timmy hizo volar las hojas.

    Todos suspiraron y me miraron expectantes.

    — ¿Miriam? —Miriam apretó las manos convulsiva mente—. Ven aquí —dije, sintiendo un escalofrío en la espalda—. Vuela hasta mí, Miriam.

    Mirándome fijamente, Miriam salió de su asiento y se quedó de pie en el pasillo. Los pies se elevaron un poco del suelo y la falda se le movió en el aire. Lentamente al principio, y luego con más rapidez, Miriam vino hacia mí silenciosamente, flotando, hasta que al fin se precipitó en mis brazos y con un gemido entrecortado apoyó la cabeza en mi hombro. La aparté, estremeciéndome, y busqué mi pañuelo.

    —Miriam, cuida a los otros —dije con una voz temblorosa—. Vuelvo en seguida.

    Entré tambaleándome en el otro cuarto. Encogida entre aquellos objetos amontonados y cubiertos de polvo, lloré en silencio con la cara entre las manos. Lloré y lloré, pues al fin y al cabo... ¡al fin y al cabo!

    Y entonces, de pronto, oí un ruido y el pánico me inundó paralizándome. Era un ruido de pisadas, muchas pisadas, que se acercaban a la escuela. Salté a la puerta y la abrí de par en par y vi que en ese mismo momento el señor Diemus, Esther y el padre de Esther, el señor Jonso, entraban en el aula.

    En uno de esos relámpagos de claridad que se le graban a uno en la mente en una fracción de segundo vi a todos mis alumnos.

    Joel y Matt se balanceaban en unas barras invisibles, y al subir rozaban el cielo raso con las cabezas. Abie se hamacaba en un columpio ausente, describiendo un arco de círculo en un rincón de la sala, tocando casi la chimenea de la vieja estufa, cantando:

    — ¡Volar, volar al cielo!

    ¡No era la primera vez que los niños probaban sus alas! Unos libros flotaban sobre el círculo de Miriam y las otras niñas que se habían arrodillado en el suelo, y Timmy hacía volar a dos aeroplanos de papel en complicadas maniobras entre los bancos.

    Me encontré con la mirada del señor Diemus y sentí que se me encogía el corazón. Esther ahogó un grito al ver a los niños, y las niñas volvieron hacia los intrusos unos rostros aterrorizados. Matt y Joel descendieron rápidamente y se pusieron de pie. Pero Abie, absorto en su juego, siguió hamacándose hasta que Thalita gritó, frenética:

    —¡Abie!

    Abie volvió bruscamente la cabeza, y descubrió al grupo que miraba desde el umbral. Con un grito de decepción, como si le hubiesen arrebatado un juguete favorito, se detuvo en medio del aire, apretando los puños. Luego, comprendiendo al fin, lanzó un grito, un verdadero aullido de terror, y subió rápidamente en una línea oblicua, tratando de escapar, chocó con el borde del armario alto donde se guardaban los mapas, dio media vuelta, y cayó.

    Traté de alcanzarlo en el aire. Oh, corrí hacia él. Pero sólo alcancé a tomarle la manilla en el momento en que caía sobre la vieja estufa de leña. El cráneo de Abie chocó contra el borde de hierro labrado, y el ruido del golpe resonó en el silencio de la sala.

    Enderecé cuidadosamente el cuerpecito sin atreverme a tocar la cabeza inerte. Nos arrodillamos, el señor Diemus y yo, y nos miramos por encima del cuerpo de Abie. El señor Diemus entreabrió los labios para decir algo, pero yo hablé antes.

    — Si Abie muere —dije mordiendo con furia las palabras—, ¡usted lo habrá matado!

    El señor Diemus abrió otra vez la boca, asombrado. —Yo... —comenzó a decir.

    — ¡Metiéndose así en mi clase! —grité—. ¡Interrumpiendo el trabajo! ¡Asustando a los niños! La responsabilidad es toda suya, ¡toda suya!

    Yo no era capaz de soportar sola todo el peso de la culpa. Tenía que compartirlo con alguien. Pero el fuego se apagó y acaricié la manita de Abie, estremeciéndome.

    —Por favor, llamen a un médico. Quizás esté muñéndose.
    —El más cercano vive en el paso Tortura —dijo el señor Diemus—. Cien kilómetros por la ruta.
    — ¿Y en línea recta?
    —Dos cadenas de montañas y una meseta desierta.
    —Entonces... entonces...

    Yo no soltaba la mano de Abie.

    —Hay un médico de vacaciones en el rancho La Rodada —dijo Joel débilmente.
    —Ve a buscarlo —dijo mirando fijamente a Joel—. Ve tan rápido como puedas.

    Joel me miró sin aliento.

    Bueno —dijo.

    Seguramente tendrán caballos para volver —dije—. No te hagas notar demasiado.

    —No.

    Joel corrió hacia la puerta. Oímos el ruido de sus pasos hasta que llegó a la mitad del patio. Luego, silencio. Segundos más tarde, débilmente, el ruido de algo que golpeaba la arena del arroyo, al pie de la loma. Joel, evidentemente, no era capaz de volar mucho tiempo y se alejaba dando unos larguísimos saltos.

    Los niños habían regresado a sus casas en silencio, ansiosamente, y luego de la llegada del médico habíamos improvisado unas parihuelas y habíamos llevado a Abie a casa de los Peters. Yo caminé junto a él, mirándole la carita apretada, tocándole de cuando en cuando el pecho como para estar segura de que todavía respiraba.

    Y ahora... la espera.

    Miré otra vez mi reloj. Lo había mirado hacía un minuto. Sesenta segundos si me guiaba por las manecillas, horas y horas si me guiaba por mi ansiedad.

    —No será nada —murmuraba yo, para tranquilizarme—. El médico sabrá cómo curarlo.

    El señor Diemus volvió hacia mí unos ojos oscuros e inexpresivos.

    — ¿Por qué lo hizo? —me preguntó—. Habíamos borrado casi todos los recuerdos. Eramos ya casi libres.
    —¿Libres de qué? —Tomé aliento—. ¿Por qué lo hicieron ustedes? ¿Por qué le negaron a los niños su herencia?
    —No es asunto suyo.
    —Todo lo que impide la felicidad de los niños es asunto mío. Todo lo que transforma a los niños en ratitas asustadas está mal. Es posible que yo haya abordado mal el problema; pero usted me dijo que les enseñara lo que era necesario enseñarles, y así lo hice.
    —Les enseñó a desobedecer, a rebelarse, a desafiar a la autoridad.
    —Me obedecían a mí —repliqué—. Aceptaban mi autoridad. No puedo reprocharles nada —confesé, con voz serena—. Se sintieron muy perturbados. Me dijeron que eso estaba mal, que les habían enseñado que estaba mal. Discutí con ellos. Pero, oh, señor Diemus. Bastaron unas pocas palabras para abrir la brecha en el dique. Nunca pusieron en duda mi conocimiento, no más que usted, señor Diemus. Todo esto, esta maravilla, les hervía adentro, quería liberarse. La rebelión estaba allí antes que yo llegara. No los incité a algo nuevo. Apuesto que ninguno de ellos, excepto quizá Esther, dejó de practicar una y otra vez, furtivamente y con vergüenza, las cosas que yo les permití, que yo les pedí que hicieran. Fue una iniquidad, una verdadera iniquidad, imponerles todas esas restricciones.
    —Usted no entiende. —La cara del señor Diemus era de piedra—. No sabe usted todo...
    — Sé bastante —dije—. Están ustedes obsesionados por los recuerdos de una época desgraciada. ¿Pero qué pueblo no tiene recuerdos semejantes en mayor o menos grado? Que esos recuerdos fueran en ustedes, y en los hijos de ustedes, más vividos, debiera haber sido una ayuda, no un impedimento. Podían haber encontrado ustedes muchas soluciones. Pero dejemos eso por ahora. ¿Qué hubieran podido obtener con este renunciamiento y esta resignación? ¿Acaso algo de mayor valor que to dos esos dones?
    —No hay otro camino —dijo el señor Diemus—. La Tierra no nos acepta pero tenemos que quedarnos. Tenemos que adaptarnos...

    Sí, por supuesto, tienen que adaptarse —dije—. Todos tienen que adaptarse cuando las sociedades cambian. Esperar por lo menos a que lleguen otros que puedan adaptarse mejor. Pero meterse en un agujero y ya no salir más... En fin, el otro Grupo...

    ¡El otro Grupo! —El señor Diemus empalideció y me miró con los ojos muy abiertos—. ¿Otro Grupo? ¿Hay acaso otros? —Se inclinó hacia adelante en su silla, con el cuerpo en tensión—. ¿Dónde? ¿Dónde?

    La voz se le quebró en una nota aguda. Cerró los ojos y trató de dominarse. Le temblaban los labios.

    La puerta del dormitorio se abrió y en el umbral apareció el doctor Curtís, con los hombros encorvados. Miró al señor Diemus y luego a mí.

    —Tendría que estar en un hospital. Hay un hundimiento de la caja craneana y no sé qué otra cosa. Quizás una lesión en el cerebro. Necesitamos rayos X y... y... — Se pasó lentamente la mano por la cara joven y fatigada—. Francamente, no tengo bastante experiencia como para ocuparme de un caso semejante. Necesitamos especialistas. Si hubiera algún medio de transporte que no lo sacudiera demasiado...

    Meneó la cabeza recordando la clase de terreno que se extendía entre nosotros y cualquier otro sitio y entró otra vez en el dormitorio.

    — Se muere —dijo el señor Diemus—. Tenga usted razón o no, Abie se muere.
    —Un momento. Un momento —dije vislumbrando algo—. Déjeme pensar. —Retrocedí rápidamente a mi dormitorio de estudiante, y al fin recordé.
    — ¿Hay alguien en este grupo capaz de entrar en la mente de otro? —dije.
    —No —contestó el señor Diemus—. Hubo alguien que pudo haber tenido ese Don, pero lo ha perdido.
    — ¿Y algún comunicador? ¿Alguien capaz de enviar o recibir?
    —No —dijo el señor Diemus, con la frente transpirada—. Hubo uno que pudo haber sido, pero...
    — ¿Entiende ahora? —lo acusé—. Se han privado de todo eso, ¿y qué han obtenido en cambio? ¿Quiénes son los que hubieran podido? ¿Quiénes son?
    —Yo —dijo el señor Diemus como si esa palabra tuviese un sabor amargo—. Yo y mi mujer.

    Lo miré confundida, preguntándome si el entrenamiento sería un factor decisivo. ¿Qué podíamos hacer con lo que teníamos?

    —Escúcheme —dije rápidamente—. Hay otro Grupo. Y ellos... ellos tienen... las Persuasiones y los Designios. Karen ha intentando encontrarlos a ustedes, encontrar a alguien del Pueblo. Me dijo... oh Señor, hace tantos años, espero que sea así aún. Me dijo que todas las noches llaman al Pueblo. Si nosotros podemos oírlo, si ustedes pueden oírlos y responder, los ayudarán. Sé que los ayudarán. Son mucho más rápidos que un automóvil, más rápidos que un aeroplano, más seguros que cualquier especialista...
    —Pero si el doctor nos descubre... —dijo el señor Diemus con una voz asustada y temblorosa.

    Me puse bruscamente de pie.

    —Buenas noches, señor Diemus —dije volviéndome hacia la puerta—, y llámeme luego, cuando muera Abie.

    La mano fría del señor Diemus me sacudió el brazo.

    — ¡No entiende! —gritó—. Me enseñaron demasiado tiempo y con más fuerza que a estos niños. Nunca nos atrevimos a imaginar una rebelión. Ayúdeme. ¡Ayúdeme!
    —Busque a su mujer —dije—. Búsquela y busque también a los padres de Abie. Llévelos al bosquecillo. No podemos hacer nada aquí en la casa. Ha asistido a demasiados renunciamientos.

    Corrí y caí de rodillas en la sombra, entre los árboles.

    —No sé qué hago —dije ocultando la cara en el hueco del brazo—. Tengo una idea, pero no sé. Ayúdanos. Guíanos.

    Abrí los ojos cuando llegaban los otros cuatro.

    —Le dijimos que salíamos un rato a rezar —murmuró el señor Diemus.

    Y todos rezamos.

    Luego el señor Diemus comenzó a llamar con las palabras que yo le dictaba, en silencio, pero tan intensamente que el sudor le bañó otra vez el rostro. Karen, Karen, ven al Pueblo, ven al Pueblo. Los otros tres, alrededor, apoyaban los esfuerzos del señor Diemus, sostenían su grito. Yo miraba las caras tensas, y la mía se me crispaba, y el tiempo pasó mientras trabajábamos.

    Luego, lentamente, el señor Diemus respiró con más calma, se le distendió el rostro, y yo sentí como si algo pasara rozándome apenas el cerebro.

    —Recuerda otra vez —murmuró la señora Diemus—. Ha encontrado el camino.

    Y en el momento en que el último rayo de sol se reflejaba en el cuarzo de la cima de la loma, el señor Diemus extendió lentamente las manos y dijo con un alivio profundo:

    —Ahí están.

    Miré a mi alrededor, sobresaltada, casi esperando ver cómo Karen descendía entre los árboles. Pero el señor Diemus habló otra vez.

    —Karen, necesitamos ayuda. Uno de nuestro Grupo se está muriendo. Ha venido un médico, un Extraño, pero no tiene el equipo ni la capacidad necesarios. ¿Qué hacemos?

    Hubo una pausa y yo sentí poco a poco algo nuevo. No podía saber exactamente qué era. Algo que se desplegaba, que se abría. Una distensión. Las duras defensas de los adultos de Bendo se desvanecían poco a poco.

    —Sí, Valancy —dijo el señor Diemus—. Es grave. No podemos ayudar porque...

    La voz del señor Diemus se apagó temblorosamente. El mensaje continuó sin palabras y sentí otra vez miedo y desesperación.

    —Os esperamos entonces —dijo el señor Diemus—. Conocéis el camino.

    Se volvió hacia nosotros y vi en la oscuridad de los árboles la mancha pálida del rostro.

    —Vienen —dijo y parecía sorprendido—. Karen y Valancy. Están tan contentas por habernos encontrado. —Se le quebró la voz—. No estamos solos...

    Me alejé mientras las dos parejas se perdían en la oscuridad. Yo, de algún modo, las había alejado de mí.

    Regresé a la casa sintiéndome realmente sola.

    Descendieron en la oscuridad del crepúsculo... los cuatro. Durante un breve instante me asombró ser capaz de estar ahí, tranquilamente, mirando cómo cuatro adultos descendían del cielo. Los cabellos arreglados, las ropas limpias sin huellas del viaje. Y yo sabía que hacía un momento habían estado a centenares de kilómetros sin conocer siquiera la existencia de Bendo. Pero toda impresión de extrañeza desapareció cuando Karen me abrazó con alegría.

    —Oh, Melodye —dijo—, ¡eres tú! El señor Diemus me lo había dicho, pero yo no estaba segura. ¡Oh, es tan bueno verte otra vez! ¿Quién le debe carta a quién?

    Karen se rió y se volvió hacia las otras tres figuras sonrientes.

    —Valancy, la Vieja de nuestro Grupo. —La cara radiante de Valancy mostraba que el título de Vieja no tenía relación con la edad—. Bethie, nuestra Sensitiva. —La muchachita rubia y delgada inclinó tímidamente la cabeza—. Y mi hermano Jemmy. Valancy es su mujer.
    —El señor Diemus, la señora Diemus —dije—. Y el señor y la señora Peters, los padres de Abie. Abie es nuestro enfermo, mi pequeño alumno.

    Me sentí angustiada de pronto pensando hasta qué punto yo estaba lejos de la escuela en aquel momento. ¡Cómo me había apartado de la rutina diaria!

    — ¿Qué hacemos con el doctor? —pregunté—. ¿Tendremos que decírselo?
    —Sí —dijo Valancy—. Podemos ayudarlo, pero no hacer el trabajo. ¿Es un hombre digno de confianza?

    Titubeé recordando las pocas veces que yo lo había visto.

    —Yo... —comencé a decir.
    —Perdóname —dijo Karen—. Quise ahorrar tiempo. Entré en ti. Ya sabemos lo que sabes de él. Confiaremos en el doctor Curtis.

    Sentí que un raro escalofrío me subía por la espalda. ¿Era posible que me hubieran leído tan rápidamente el pensamiento? ¡Hasta el nombre del doctor!

    Bethie se movió nerviosamente y miró a Valancy.

    —Pronto tendrá convulsiones. Hay que darse prisa.
    — ¿Estás segura de haber visto bien? —preguntó Valancy.
    —Sí —murmuró Bethie—. Si ahora conseguimos que el doctor... Si quisiera seguir...
    — ¿Seguir qué?

    La voz profunda del médico nos sobresaltó a todos cuando apareció en la puerta del porche.

    Aterrorizada por las dificultades de la tarea que nos habíamos impuesto, miré a Valancy y a Karen preguntándome cómo convencerían al doctor. No dijeron nada. Miraron al médico, y durante un rato los dos contuvieron el aliento. La luz de la puerta iluminó el rostro sorprendido del doctor, que se volvió hacia Valancy. Se pasó la mano por la cara, estupefacto, y al cabo de un momento me miró.

    — ¿La ha oído usted?
    —No —admití—. No hablaba conmigo.

    ¿Conoce usted a esta gente?

    ¡Oh, sí! —exclamé, deseando apasionadamente que fuese cierto—. ¡Oh, sí!

    — ¿Y cree en ellos? —También.
    —Pero ella me dijo que Bethie... ¿Quién es Bethie?

    El médico miró alrededor.

    —Ella es Bethie —dijo Karen señalando a Bethie con un movimiento de cabeza.
    —¿Ella?

    El doctor Curtis miró atentamente la cara tímida y hermosa. Meneó un rato la cabeza y se volvió otra vez hacia mí.

    —En fin. Valancy me dice que Bethie puede descubrir en qué estado se encuentran todas las partes del cuerpo de Abie y que es capaz de localizar las heridas sin rayos X. ¡Sin equipo!
    —Sí, es cierto —asentí—. Si ellas lo dicen.

    ¿Y está usted dispuesta a arriesgar la vida de un niño...?

    Sí. Ellas saben. Saben realmente. Y yo tragué saliva tratando de reprimir esa duda que me apretaba el pecho.

    — ¿Cree usted que son capaces de ver a través de la carne y los huesos?
    —Quizá no se trate de ver —dije sorprendida ante mis propias palabras —. Sino de saber con un conocimiento firme y completo.

    Miré asombrada a Karen, que me respondió con un movimiento de cabeza casi imperceptible. Sí, mis palabras nacían en ella.

    El doctor Curtís se volvió hacia los padres de Abie.

    ¿Y están decididos a confiar en estas gentes?

    Son nuestro Pueblo —dijo el señor Peters con un orgullo sereno—. Yo mismo lo operaría con una zapa si ellos me dijeran que es necesario.

    —Oh, nunca me he encontrado con nada más insensato... —El doctor se pasó otra vez la mano por la cara—. Necesitaba de veras unas vacaciones, pero esto es ridículo.

    Todos nos quedamos escuchando el silencio de la noche, y yo por lo menos traté de oír los latidos de los corazones ansiosos hasta que el doctor suspiró pesadamente.

    — Muy bien, Valancy. No creo una sola palabra. Por lo menos no debiera creerlo, si no he perdido todavía el juicio. Pero ha empleado usted términos científicos exactos, como si algo supiese... Bueno, habrá que hacerlo. La alternativa es dejarlo morir. Dios se apiade de nosotros.

    No pude soportar la idea de encerrarme en mí misma, y encontrarme allí con mis temores sombríos, de modo que caminé hasta la escuela, apretándome el abrigo, demasiado liviano para protegerme del frío repentino de la noche. Llegué al bosquecillo, rezando en silencio, y seguí hacia la escuela. Pero no fui capaz de entrar. Los reflejos pálidos de las ventanas me estremecieron y volví otra vez al bosque. No había allí tiempo, ni direcciones, ni luz, ni nada conocido. Sólo una nube confusa de ansiedad y un cansancio final y helado que me arrastró de vuelta a la casa de Abie.

    Entré en la cocina luego de haber buscado un rato el picaporte con manos entumecidas. Me dejé caer en una silla inclinándome hacia la estufa de leña que brillaba en la penumbra con una cálida luz roja, y me froté los dedos insensibles.

    Sentí que el calor me entraba en el cuerpo y empezaba a adormecerme cuando de pronto alguien entró y dio un portazo. El doctor Curtis se apoyó de espaldas en la puerta, con la mano aún en el picaporte.

    —¿Sabe usted qué hicieron? —exclamó como si se hablara a sí mismo—. ¿Qué me obligaron a hacer? Oh, Señor. —Se acercó a la estufa y tropezó con mis piernas. Se sentó en el suelo junto a mí tomándose la cabeza entre las manos—. Me obligaron a que le operara el cerebro. Tuve que repararlo. Encontrar los circuitos nerviosos y reconstruirlos. ¡Nadie puede hacerlo! Los daños en el cerebro son irreparables. No es posible restablecer circuitos destruidos. Pero yo lo hice. ¡Lo hice!

    Me arrodillé junto a él y lo abracé tratando de consolarlo.

    —Bueno, bueno —le dije.

    El doctor se apretó a mí como un niño aterrorizado.

    — ¡Sin anestesia! —gritó—. ¡Sin hemorragia! Ellos la pararon. ¡Las cosas imposibles que hice con esos pocos instrumentos! Y el cerebro comenzó a curarse allí mismo ante mis ojos. Nada era como debía ser.
    —Pero nada estuvo mal hecho —murmuré—. Abie se recuperará, ¿no es así?
    — ¿Cómo puedo saberlo? —gritó el doctor Curtis de pronto, apartándose—. Nunca vi nada parecido. Le reconstruí el cerebro y el niño respira todavía, ¿pero cómo puedo saber?
    —Bueno, bueno —lo calmé—. Todo ha terminado ahora.
    — ¡Nunca terminará! —El doctor trató de serenarse y los dos nos ayudamos a ponernos de pie—. Una cosa como ésta no se olvida en toda la vida.
    —Podemos ayudarle a olvidar si usted quiere —dijo Valancy dulcemente desde la puerta—. Podemos devolverlo a La Rodada y no recordará nada de esta noche, excepto que hizo una visita agradable a Bendo.
    — ¿Pueden? —El doctor volvió hacia Valancy una mirada interrogativa—. Pueden —admitió.
    — ¿Quiere usted olvidar? —preguntó Valancy. —Por supuesto que no —dijo el médico secamente, y añadió en seguida—: Perdón, pero no estoy acostumbrado a hacer milagros en el desierto. Aunque si lo logré una vez, quizá...
    — ¿Ha entendido usted entonces? —preguntó Valancy sonriendo.
    —Bueno, no, pero si lo he hecho... si ustedes quisieran... Tiene que haber algún modo...
    —Sí —dijo Valancy—. Pero tendría usted que trabajar con una Sensitiva, y Bethie es todo lo que tenemos ahora.
    — ¿Entonces es cierto lo que he visto, lo que ustedes me dijeron acerca de la Morada? ¿Son ustedes extraterrestres?
    —Sí —suspiró Valancy—. Por lo menos nuestros abuelos lo eran. —Sonrió—. Pero estamos aprendiendo a adaptarnos a este mundo. Algún día... algún día seremos capaces... —Cambió bruscamente de tema—. Usted comprende, por supuesto, doctor Curtís, que preferimos que no hable usted con nadie de Bendo o de nosotros. Tenemos que ser común para los Extraños.

    El doctor rió brevemente.

    — ¿Alguien me creería si hablase?
    —Quizá no, quizá sí —dijo Valancy—. Quizá lo suficiente como para que la gente empezara a curiosear. Y eso ya sería demasiado. Estamos aquí en una situación precaria y tardaremos mucho en borrar...

    Valancy calló, y comprendí que había elegido el camino de los pensamientos para informar al doctor acerca de los problemas locales. ¿Cuánto tiempo dura un pensamiento? ¿Cuánto tiempo se necesita para pensar en el infierno y en el cielo? Pasó ese tiempo y luego el doctor parpadeó y suspiró.

    —Sí —dijo—, tardarán mucho.
    — Si quiere —dijo Valancy—, puedo bloquear en usted la capacidad de hablar de nosotros.
    —No es necesario —replicó el doctor—. Puedo censurarme yo solo, gracias. Valancy enrojeció.
    —Perdón. No tuve intención de molestarlo.
    —No es nada —dijo el médico—. Estoy un poco nervioso esta noche. Qué día, Señor.
    — ¿No es cierto? —comenté sonriendo.

    En seguida, asombrada, sentí que las lágrimas me corrían por las mejillas y me las sequé con el dorso de la mano. Reí, embarazada, sin poder contenerme. La risa se convirtió pronto en sollozos y me avergonzó de veras oírme llorar como un niño. Tomé las manos fuertes de Valancy hasta que de pronto me deslicé en una oscuridad bienvenida y cálida donde ya no había pensamientos, ni temor ni necesidad de creer en nada desagradable, sino sólo sueño.

    Fue un año mágico que pasó aleteando rápidamente, y los días feriados desfilaron como postes de telégrafo a lo largo de una vía férrea. La Navidad fue particularmente mágica, pues mis ángeles volaban realmente y la gloria brillaba también alrededor, y las niñas habían tejido las vestiduras angélicas con rayos de sol. Y Rudolph, el reno de nariz roja, con cuernos de cartón que no querían sostenerse derechos, caminó realmente y dio una vuelta por el cuarto. Y cuando nuestra María y nuestro José se inclinaron en éxtasis sobre la cuna, con caras serias y atentas al milagro, sentí de pronto que veían realmente, que se arrodillaban realmente junto a la cuna de Belén. Los meses volaron y Bendo floreció maravillosamente. Hubo risas y bromas y hasta las casas se adornaron con colores sutiles. La vegetación creció donde antes sólo había rocas, y en el cauce seco apareció un tímido hilo de agua. Me explicaron que no era posible apresurarse, pues a la gente le parecería muy raro que el arroyo reapareciese de la noche a la mañana. Aun los toscos escalones que llevaban a las casas se cubrieron de vegetación, pues se los usaba muy poco ahora, y yo ya estaba acostumbrada a ver que los niños llegaban a la escuela como una bandada de pájaros brillantes jugando entre las copas de los árboles. Yo me había adaptado con asombrosa facilidad a todas las cosas increíbles que el Pueblo hacía a mi alrededor, y me alegraba que me hubiesen aceptado de un modo tan completo. Pero sentía siempre que se me encogía el corazón cuando los niños me escoltaban a la salida de la escuela, pues entonces tenían que caminar.

    Sin embargo, todas las cosas tienen un fin, y una tarde de mayo me quedé mirando el cajón superior de mi pupitre, el único que no había limpiado aún, preguntándome qué haría con todas las cosas inútiles que yo había acumulado. Pero yo no miraba realmente el contenido del cajón. Un fatigado vacío me doblaba los hombros y me pesaba en la mente.

    —No es justo —murmuré en voz alta— mostrarme el cielo y luego arrebatármelo.
    —Algo parecido le ocurrió a Moisés, ¿no es cierto?

    Me sobresalté bruscamente volcando la caja que tenía en la mano y desparramando por el suelo unos broches de papel y unas tachuelas.

    — ¡Bueno, qué sorpresa! —exclamé enderezando la caja—. ¡Doctor Curtis! ¿Qué hace usted por aquí?
    —De regreso en la escena del crimen. —El doctor sonrió y atravesó el umbral—. No podía dejar de pensar en Abie. No podía creer que hubiera sobrevivido a... llamémosle ese trabajo de reparación. Tuve que venir a verlo, y lo haré cada vez que pase por aquí cerca.
    —Pero está curado.
    —Totalmente. Tuve que pescarlo en la copa de un árbol para examinarlo. —El doctor se encogió dramáticamente de hombros y se rió—. ¡Cuando vi cómo bajaba se me heló la sangre! Pero apenas se le ven las cicatrices.
    —Sí —dije recogiendo una tachuela y pinchándome el dedo—. Lo miré anoche. Me voy mañana, ¿sabe usted? — Me observé atentamente las manos—. Aún me falta arreglar esto.
    —Es difícil, ¿no es verdad? —dijo el doctor, y los dos supimos que no hablaba de arreglos.
    —Sí —dije serenamente—. Muy difícil. La Tierra me pesa cada día más.
    —Yo también advierto eso desde hace un tiempo. Pero usted tiene por lo menos la satisfacción de...

    Me moví, incómoda, y me reí.

    —Bueno, dicen que quienes saben hacen, y quienes no saben enseñan.
    — ¡Hum! —dijo el doctor no muy convencido. Sentí que me miraba, y dando media vuelta me puse a buscar una caja mejor para guardar los broches.

    La voz del doctor me llegó desde las cercanías de la ventana.

    — ¿Asistirá a algún curso de verano?
    —No —dije prudentemente—. No. Juré al graduarme que para mí se habían terminado los estudios. Al menos esos de venga—todos—los—días—y—aprenda algo.

    ¡Hum! —Había diversión en la voz del doctor—. Lástima. Yo seguiré un curso este verano. Pensé que quizás a usted le gustaría ir también.

    ¿Dónde? —le pregunté sorprendida, mirándolo al fin.

    —Cursos de verano de Cougar Canyon —dijo el doctor sonriendo—. Muy privados, por cierto.
    — ¡Cougar Canyon! Pero si ahí es donde Karen... —Exactamente —dijo el doctor—. Ahí es donde vive el otro Grupo. Vengo de allá. Karen y Valancy quieren que vayamos los dos. ¿Se opone usted a ser sujeto de una experiencia?
    —No, por supuesto —exclamé, y añadí en seguida prudentemente—: ¿Qué experiencia?

    Unos cerebros seccionados desfilaron ante mis ojos.

    El doctor se rió.

    —Nada tan espantoso como usted se imagina, quizá. — Se sentó en mi pupitre, serio otra vez—. He estado en Cougar Canyon un par de veces tratando de descubrir de qué modo podría yo utilizar a Bethie cuando me encontrase con un caso como el de Abie. Valancy y Karen desearían entrenar a Extraños —el doctor torció la boca—, es decir desearían entrenarnos a nosotros y ver hasta qué punto pueden transmitirnos sus Dones mediante ejercicios repetidos. Sabe usted que Bethie es en parte una Extraña. Sólo la madre era del Pueblo.

    El doctor me observaba con atención.

    —Sí dije distraídamente, sintiendo que la cabeza me daba vueltas y vueltas—. Karen me lo contó.
    —Bueno, ¿quiere probar? ¿Quiere ir?
    — ¡Si yo quiero ir! —grité, metiendo de prisa los broches en una caja de bandas de goma—. ¿Cuándo salimos? ¿Dentro de media hora? ¿Dentro de diez minutos? ¿Dejó el motor del auto encendido?

    El doctor me tomó por los brazos y me miró gravemente a los ojos.

    —No creo que debamos hacernos muchas ilusiones —dijo serenamente—. No me sorprendería que esos conocimientos no puedan transmitirse...

    Lo miré también gravemente sintiendo un nudo en el corazón.

    —Escúcheme —dije lentamente—, si usted tuviese hambre, un hambre insaciable, atroz, y ningún dinero, y se encontrase de pronto ante el escaparate de una panadería, ¿qué haría usted? ¿Volverse de espaldas? ¿O apretaría la nariz contra el vidrio para regalarse por lo menos los ojos? Sé lo que haría yo.

    Busqué mi chaqueta.

    —Además, nunca se sabe —continué—. La puerta de la panadería puede entreabrirse quizás... algún día...
    —Me gustaría hablar con ella un minuto —le dijo Lea a Karen cuando los murmullos de la gente se apagaron del todo—. ¿Puedo?

    Claro, sí —dijo Karen—. Melodye, ¿tienes un minuto?

    ¡Oh, Karen! —Melodye retrocedió entre las filas de pupitres hasta el rincón de Lea—. ¡Fue maravilloso! Sentí que lo vivía todo como la primera vez, sólo que de algún modo yo sabía lo que iba a venir. Pero aun así se me heló la sangre cuando Abie... —Se estremeció—. ¡Señor! ¡Qué día aquél!

    —Melodye —dijo Karen—, ésta es Lea. Quiere hablar contigo.
    —Hola, amiga Extraña —sonrió Melodye—. He estado esperando el momento de conocerte.
    — ¿Cree usted...? —Lea titubeó—. ¿Todo eso ocurrió de veras?
    —Por supuesto —dijo Melodye—. Puedo mostrarte mis cicatrices, mentales, claro, del tiempo en que trataba de aprender a levitar. —Se rió—. No necesitas explicarme tus dudas. Hay momentos en la madrugada en que yo tampoco puedo creerlo. —Se puso seria—. Pero es cierto. El Pueblo es el Pueblo.
    —Y aunque una no pertenezca al Pueblo —Lea titubeó—, ¿pueden ellos... pueden ellos ayudar de algún modo? No me refiero a algo roto, a nada visible...

    Lea se sintió de pronto avergonzada y al descubierto, como si la hubieran sorprendido tendiendo una negra hilera de pecados al sol de la mañana. Apartó los ojos.

    —Pueden ayudar. —Melodye tocó levemente el hombro de Lea—. Y ellos nunca juzgan, Lea. Arreglan lo que es necesario arreglar y dejan que Dios juzgue.

    Melodye se alejó.

    — Quizá —se quejó Lea— si yo hubiese cometido enormes pecados tendría algo grande que hacerme perdonar y empezar así de nuevo, pero todas esas naditas tontas...
    —Todas esas naditas tontas que juntas hacen una terrible desesperación —dijo Karen—. Y qué es la desesperación sino estar separado de la Presencia...
    —Entonces el Pueblo cree que hay...
    —Quizás hayamos perdido nuestra Morada —dijo Karen con firmeza—, y todos nosotros somos exiliados si quieres mirarlo así, pero no hay una galaxia suficientemente vasta para separarnos de la Presencia.

    Más tarde, esa noche Lea se sentó de pronto en la cama. — ¿Karen?

    —¿Sí? —La voz de Karen llegó inmediatamente desde la oscuridad aunque Lea sabía que ella estaba abajo en el vestíbulo.
    —¿Estás todavía protegiéndome... de lo que sea?
    —No —dijo Karen—. Quité las defensas esta mañana.
    —Eso me pareció. —Lea aspiró una trémula bocanada de aire—. Ha desaparecido del todo, como si nunca hubiese existido, pero no sé todavía dónde estoy o adonde voy. Espero y nada más. Y si espero bastante volverá de nuevo, estoy segura. Karen, ¿qué puedo hacer para... no estar donde estoy ahora cuando el dolor vuelva?
    —Ya estás trabajando en eso ahora —dijo Karen—. Y si el dolor vuelve, aquí estamos para ayudarte. Nunca será tan impenetrable como antes.
    — ¿Cómo es posible? —murmuró Lea—. ¿Cómo es posible que yo haya pasado por algo tan negro y haya sobrevivido? ¿Cómo puede repetirse otra vez? —Lea se tendió de nuevo en la cama, suspirando. Al cabo de un rato llamó, somnolienta—: ¿Karen?
    —¿Sí?

    ¿Quién era ese hombre de la laguna?

    ¿No lo sabes? —La voz de Karen sonreía—. ¿No has mirado alrededor?

    ¿De qué me hubiera servido? No puedo recordar cómo era. Hace tanto tiempo que no presto atención a nada... y además ese desmayo. Pero me trajo de vuelta a la casa, ¿no es así? Tienes que haberlo visto.

    ¿Tengo que haberlo visto? —bromeó Karen—. Quizá podamos arreglar que te lleve en brazos de nuevo. «Cuando los ojos olvidan, los brazos recuerdan.» —Hay algo que no está bien en esa cita —dijo Lea adormilada—. Pero lo dejaremos por ahora.

    Le pareció a Lea que acababa de deslizarse bajo las aguas del sueño cuando oyó a Karen.

    ¿Qué? —exclamó Karen—. ¿Ahora? ¿No mañana?

    ¡Karen! —llamó Lea, buscando a tientas en la oscuridad la llave de la luz—. ¿Qué pasa?

    ¿Qué pasa? —Karen rió y entró por la ventana, girando y volviéndose en el aire.

    — ¡Nada pasa! ¡Oh, Lea, ven y alégrate con nosotros! Tomó las manos de Lea y la alzó sobre la cama.

    ¡No, Karen, no! —gritó Lea y los pies desnudos se le curvaron como apartándose del aire, que parecía lamerlos. El terror le afinaba la voz — . ¡Bájame!

    ¡Oh, lo siento! —dijo Karen soltándola y dejándola caer con suavidad sobre la cama, y moviéndose de nuevo ella misma a través del cuarto en una espuma de frunces de camisa de dormir—. ¡Oh, regocíjate, regocíjate en el Señor!

    ¡Pero qué ocurre! —gritó Lea de pronto asustada, asustada de algo que quizá podía cambiar las cosas. El vasto vacío comenzó a ahuecarse en ella. La negrura era una nube del tamaño de una mano en el horizonte distante.

    ¡Valancy! —gritó Karen lanzándose otra vez por la ventana—. ¡Tengo que vestirme! ¡Ha llegado el bebé!

    ¡El bebé! —Lea se sentía confundida—. ¿Qué bebé?

    ¿Hay algún otro bebé? —La voz de Karen volvió flotando, apagada—. El bebé de Valancy y Jemmy. ¡Está aquí! ¡Soy tía! Ahora estoy de veras en camino de convertirme en una antepasada. Me parecía que este momento no llegaría nunca. ¡Es una niña! Por lo menos Jemmy dice que cree que es una niña. ¡Está tan excitado que podría ser una niña y un niño, y aun trillizos! Bueno, tan pronto como Valancy vuelva...

    Karen regresó al cuarto por la puerta, cepillándose el pelo con movimientos rápidos.

    ¿A qué hospital ha ido? —preguntó Lea—. ¿No es éste un sitio bastante aislado de todo?

    ¿Hospital? Oh, ninguno, por supuesto. Está en su casa.

    —Pero dijiste que cuando ella volviera... Sí. Lleva tiempo traer una nueva vida desde la Presencia. Es un viaje bastante largo.

    ¡Pero no noté nada! —exclamó Lea—. Valancy estaba allí anoche y no recuerdo...

    —No has notado mucho de nada en los últimos tiempos —dijo Karen, gentilmente.
    — ¡Pero algo tan obvio! —protestó Lea.
    —El caso es que el bebé ha llegado, y es el bebé de Valancy... con alguna ayuda de Jemmy... ¡Claro que ella no ha estado llevándolo de un lado a otro en una bolsa junto con las agujas y el tejido!

    » ¡Muy bien, Jemmy, allá voy, no desmayes!

    Karen se precipitó fuera del cuarto, sin tocar el piso, olvidando el cepillo del pelo que quedó balanceándose en el aire y al fin salió lentamente por la puerta, flotando hacia el pasillo.

    Lea se tendió de nuevo en la cama, acurrucándose. Un bebé. Una vida nueva. Me había olvidado, pensó. Nacimientos y muertes han continuado como siempre. El mundo está todavía ahí, marchando como de costumbre. Pensé que se había detenido sólo para mí. Perdí el invierno. Perdí la primavera. Ya habrá llegado el verano. Piénsalo un momento. Hay gente para quienes mis días más negros han sido jornadas de gozosa anticipación, ¡joyas brillantes desprendidas de las hebras del tiempo! Y yo he estado dando vueltas y vueltas como un asno al— rededor de una estaca, tironeando de una cuerda que me apretaba cada vez más...

    Lea se enderezó de pronto sobre la cama, desanudándose, como si fuera a volar. La oscuridad se derramó como una corriente pesada entrando por la puerta, bajando del cielo raso, subiendo desde el piso.

    ¡Karen! —gritó Lea sintiendo que caía otra vez en las tenazas de una nada ilimitada, que era ella misma.

    ¡No! —chilló entre dientes—. ¡No esta vez! —Se volvió cara abajo en la cama, aferrándose a la almohada con las dos manos—. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! —Haciendo un esfuerzo casi físico cambió el rumbo de sus pensamientos—. El bebé, un nuevo bebé, que llora. ¿Lloran los bebés del Pueblo? Seguramente, pues tienen que dejar la Presencia para venir a la Tierra. El bebé, unas manilas que se cierran apretadas, unos ojos que se cierran apretados. Talco y franelas y piececitos que se encorvan. Puedo tenerlo en brazos. Mañana lo tendré en brazos. Y sentiré la continuidad de la existencia, la eterna venida de Dios al mundo. Duerme, bebé, duerme. El Padre guarda Sus ovejas. Un nuevo bebé. Deditos rojos que me aprietan el dedo. Un bebé, el bebé de Valancy...

    A la hora del alba, Lea se había dormido, la cara cada vez más serena, saliendo de la agonía de la noche oscura, con una expresión que era casi de triunfo.

    Esa noche Karen y Lea caminaron entre las sombras hacia la escuela. El aire era límpido y tranquilo, y las voces y las risas lejanas resonaban alrededor.

    —Espera, Lea. —Karen le hacía señal a alguien—. Ahí viene Santhy. En estos días está aprendiendo a levitar. Apuesto que la madre no sabe que está todavía levantada.

    Karen rió entre dientes y Lea observó asombrada a la diminuta criatura de cinco años que se acercaba describiendo pequeños arcos abruptos; las falditas cortas ondeaban y caían cada vez que ella subía y bajaba.

    —Pone demasiado empeño y le costaría menos caminar —dijo Karen en voz baja—, pero está tan orgullosa de sí misma. Esperémosla. Quiere unirse a nosotras.

    Lea alcanzaba a ver ahora la expresión decidida y grave de Santhy y casi podía oír los gruñiditos con que dejaba el suelo. Al fin la niñita aterrizó trastabillando junto a Lea. Lea la sostuvo, agachándose, abrazándola con dulzura.

    —Tú eres Lea —dijo Santhy sonriendo tímidamente.
    — Sí —dijo Lea—. ¿Cómo lo sabes?
    —Oh, todos te conocemos. Pedirnos a Dios por ti en las oraciones de la noche.

    Lea se quedó desconcertada.

    —Oh.
    —Te traje algo —dijo Santhy, la mano metida en un bolsillo abultado—. Es de la fiesta que tuvimos por el nuevo bebé. A mí no me importa que seas una Extraña. Te vi caminando por el arroyo y eres hermosa. —Sacó la mano del bolsillo y puso en la palma de Lea un objeto azul verdoso que brillaba pálidamente—. Es un kumatka —murmuró—. No dejes que mamá lo vea. Me lo dieron para que lo comiese, pero yo tenía dos.

    Santhy abrió los brazos y se elevó ante las narices de Lea.

    —Un kumatka —dijo Lea enderezándose y extendiendo la mano y mirando con curiosidad el resplandor que aumentaba en el crepúsculo.

    Sí —dijo Karen—. En realidad no debiera habértelo dado. Está prohibido mostrarlo a los Extraños, sabes.

    ¿Tengo que devolverlo? —preguntó Lea, preocupada—. ¿Puedo conservarlo aunque yo no sea del Pueblo?

    Karen la miró seriamente un momento y luego sonrió.

    —Puedes conservarlo, o comértelo, aunque probablemente no te guste. Sabe a sonidos de música. Pero no es necesario que lo devuelvas.

    La mano de Lea se cerró suavemente sobre el kumatka y las dos muchachas se volvieron hacia la escuela.

    —Hablando de pertenecer al Pueblo —dijo Karen—,hoy es el tumo de Dita. Ella sabe mucho de pertenecer y no pertenecer.
    —Me pregunto sobre esta noche. No estarán todos. Quiero decir no vendrá Valancy...

    Subieron los escalones y Lea se protegió los ojos contra la luz brillante que venía de la puerta abierta.

    —Oh, ella no se lo perderá —dijo Karen—. Escuchará desde la casa.

    Eran los últimos en llegar. La invocación había concluido y Dita ya estaba sentada detrás del pupitre, las manos juntas y tranquilas frente a ella.

    —Valancy —dijo—, ya no falta nadie. ¿Estás lista?
    —Oh, sí. —Lea pudo sentir la respuesta de Valancy—. Nuestro Bebé duerme ahora.

    El Grupo se rió de la mayúscula en la voz de Valancy.

    —Los bebés no se inventan —rió Dita.
    — Ja! —Respondió triunfalmente la voz de Jemmy—. ¡Este lo inventamos!

    Lea miró alrededor la gente que se reía. Son felices, pensó. En un mundo como éste son todavía felices. ¿Cuál es la razón del milagro? Observó al Grupo mientras Dita comenzaba a hablar y pensó que quizás aquella era la respuesta. Cuando cualquiera de ellos lloraba, los otros oían... y escuchaban. No sólo con los oídos sino también con los corazones. No importa quien llore, se dijo. Siempre hay alguien que escucha...

    —Mi tema —dijo Dita muy seria— es breve... pero, oh, expresa mi dolor de entonces. «Y tus niños errarán en el desierto.» —Apretó las manos juntas—. Yo era una criatura errante aquel día...


    DESIERTO


    Bueno, ¿cómo espera que Bruce atienda a la ortografía cuando está tan preocupado por su padre?

    Hojeé las hojas del dibujo de mis jóvenes alumnos, esperando encontrar alguna menos prosaica.

    La señora Kanz alzó los ojos de las pruebas de ortografía.

    ¿Preocupado por su padre? ¿Por qué lo dice?

    Bueno está casi enfermo pensando que su padre no volverá esta vez. —Puse cabeza abajo el dibujo y lo miré de nuevo—. Pensé que usted conocía los secretos de todos —añadí para tranquilizar a la señora Kanz—. Me ha contado usted tantas cosas estas tres semanas que no me siento realmente una recién llegada.

    Suspiré y enderecé el dibujo. Era aún un árbol con seis manzanas.

    La señora Kanz parecía todavía molesta.

    —Pues yo ignoraba que Stell y Mark no se entendiesen.
    —Hubo una escena terrible la noche de la partida —dije—. Bruce estaba medio muerto de miedo.

    La señora Kanz me miró entornando los ojos.

    — ¿Cómo lo sabe? Usted todavía no conoce a Stell, y Bruce no dijo una sola palabra esta semana, excepto sí o no.

    Suspiré largamente.

    Oh, no, pensé. No tan pronto. ¡No tan pronto!

    —Oh, me lo contó un pajarito —dije animadamente, moviendo mis papeles para ocultar el temblor que me sacudía las manos.
    — ¿Un pajarito? Por favor. Se lo habrá oído a Marie, aunque no sé cómo ella...
    —Quizá —dije—. Quizá. —Junté de prisa mis hojas—. Caramba. El recreo ya está terminando. Tengo que adelantarme a esos demonios.

    Los viejos peldaños sonaron a hueco bajo mis pies apresurados, pero yo me sentía todavía más hueca.

    Sólo tres semanas y ya casi me había traicionado. ¿Cómo podía acordarme? Además, el niño no era de mi clase. Yo no tenía por qué saber nada de él. Lo había visto inclinado sobre el libro de lectura tan silenciosamente, durante tanto tiempo... y yo al fin había mirado, pero apenas un poco...

    Al pie de las escaleras, la ola de niños que llegaba del patio me inundó hasta la cintura. Aliviada, dejé que me arrastraran a la clase.

    Esa tarde me apoyé de espaldas en el borde de la ventana y miré mi clase tranquila. Quiero decir que no había idas y venidas por el aula, pero cada uno de los niños zumbaba a su modo, con las infatigables dínamos de los jóvenes, esos pensamientos casi siempre inarticulados de los niños felices. Todos menos Lucine, una niña de doce años que zumbaba brevemente ante un estímulo y callaba, zumbaba otra vez y callaba. Había algo desconectado en ella, y eso se notaba también en su mirada vacía e inexpresiva.

    Suspiré, di la espalda a mis alumnos y dejé que mis ojos subiesen por la pendiente de la meseta Negra que dominaba la escuela, tratando de olvidar, tratando de olvidar por qué me había escapado —alejándome casi ochocientos kilómetros—, tratando de olvidar todo aquello que amenazaba mi cordura, todo lo que podía arrancarme a la realidad y dejarme a la deriva... ¿A la deriva? Oh, esplendor. Poder liberarme. ¡Liberarme! Metí los dedos en la tela de alambre que protegía el borde inferior de la ventana y tironeé. Las uñas chillaron y el viejo alambre cedió, y sentí la mordedura seca y ácida del polvo, y estornudé.

    Me senté en mi escritorio y busqué mi pañuelo y estornudé otra vez tratando de ignorar esas punzadas y tirones demasiado conocidos. Aquella pequeña torpeza me había agrietado la apretada coraza protectora. Todo lo que yo había apartado tan resueltamente estaba empujando y tratando de salir...

    Hice pasar con tanta rapidez a los niños de la lección de ortografía a la de aritmética que Lucine se contuvo precariamente al borde de las lágrimas hasta que empezó a funcionar de nuevo y comprendió dónde estábamos.

    —Atiende, Petie —dije tratando otra vez de horadar la pared que Petie había levantado contra los nombres de los números—, éste es el signo del dos, pero éste es el nombre del dos...

    Después que se fueron los autobuses escolares guardé rápidamente mis cosas y descendí la pendiente empinada de la loma donde se elevaba el deteriorado edificio escolar y caminé por las vías del tren hasta la casa de pensión. Mirando atentamente donde ponía los pies, pero sin perder de vista los rieles brillantes a uno y otro lado, me entretuve en contar mis pasos entre los viejos edificios. Si mantenía la cabeza ocupada con algo, quizá pudiese alejar a los fantasmas que me acosaban.

    Me detuve brevemente en la pensión para dejar mis cosas y luego seguí mi camino a lo largo de la vía férrea hasta el pequeño valle, atravesé el puente destartalado que ya nadie usaba, y empecé a remontar la colina, disfrutando intensamente cuando tenía que trepar con el cuerpo inclinado, apoyándome en cualquier parte, y sintiendo cómo se me desentumecían los músculos, se me aceleraba el corazón, y el aire de los pulmones me golpeaba la garganta.

    Jadeando, me tomé de un matorral de manzanitas y alcancé la cima. Me acurruqué allí, en el afloramiento de esquistos, al pie de la enorme chimenea de ladrillos, abrazada a mis piernas y apoyando la mejilla en las rodillas. Cerré los ojos y dejé que el sol de las últimas horas de la tarde rne empapara el cuerpo. Si esto pudiese ser todo, pensé tristemente. Si una no necesitase hacer otra cosa que sentarse al sol y absorber calor. Sólo ser, sin preguntas.

    Durante un largo y venturoso momento dejé que esto fuera todo. Pero al fin el asalto comenzó otra vez. Sentí que la primera gota lenta se me metía en el cuerpo por la grieta de la armadura. Conté postes de teléfono. Recité tablas de multiplicar hasta que me descubrí diciendo: seis por nueve, noventa y seis. Abandoné entonces y abrí las esclusas de par en par.

    Es siempre así, le gritó una parte de mí misma a todo el resto. Hiciste una promesa. Hiciste una promesa y ahora cedes otra vez... luego de tanto tiempo.

    Podría prometer también que no respiraré más, repliqué. Pero esto es estar loca, lo sabes. ¡Todos lo saben!

    De cualquier modo soy siempre yo, grité en silencio. Yo. ¡Yo! Basta de discusiones, dijo otra parte de mí. Esto es demasiado serio para pelearse. Sí, tenemos problemas.

    Arranqué una rama de manzanita y limpié el suelo de grava, descubriendo un viejo clavo cuadrado y un pedazo de vidrio verde. Tomé la rama con la otra mano, alcé el clavo y lo limpié con el pulgar. Estaba cubierto de herrumbre, pero era muy fuerte y pesado. Me pregunté qué habría sostenido en otro tiempo, y si la mano que lo había clavado sería polvo ahora, y qué cargas habría tenido que soportar aquel hombre...

    Tiré a lo lejos la rama e inclinándome hacia adelante tracé una marca en el suelo con el clavo. Todo esto era un inventario terriblemente familiar, y yo me lo había repetido tantas veces, tratando de simplificar este complicado problema, que caía automáticamente en los mismos pensamientos.

    Primer punto. ¿Estaba yo realmente loca, o volviéndome loca, o en camino de volverme loca? Así parecía. La otra gente no veía sonidos. Ni gustaba colores. Ni sentía las emociones de los demás como cosas vivas. La carne no era para ellos un apretado chaleco de fuerza. No creían sino a medias que la muerte pudiera desembarazarlos de ese fardo.

    Pero sin embargo, me dije, vivo en sociedad y no echo espuma por la boca. No actúo como una demente, y mientras me vigile la lengua no parezco demente.

    Reflexioné un instante y dibujé una marca en el suelo. Creo que estoy cuerda... hasta ahora.

    Segundo punto. ¿Qué me pasa entonces? ¿Dejo que la imaginación me arrastre? Hice unos agujeros alrededor de mi segunda marca. No, era algo más, algo que estaba más allá de la simple imaginación, algo más allá de... ¿qué?

    Crucé la segunda marca con otra dibujando una X.

    ¿Qué haré entonces? ¿Seguiré así, luchando como hasta ahora? Negaré y negaré hasta que un día... Me estremecí recordando el pánico ciego y la huida que me había traído a Kruper y sentí que perdía toda posible alegría.

    Borré las dos marcas y oculté la cara otra vez en las rodillas y esperé a que la marea oscura del miedo subiera en espumas de desesperación, sumergiéndome. Siempre ocurría lo mismo. ¿Quería yo realmente hacer algo? ¿Debería detener todo esto con un acto de voluntad? ¿Podría detenerlo? ¿Deseaba detenerlo?

    Me puse de pie y corrí alrededor del cañón de la chimenea enorme, buscando una entrada. Mis pies gritaban no, no, sobre la grava. Mi agitada respiración gritaba no, no, mientras yo me deslizaba resbalando por la escarpada pendiente. Me escurrí al fin en el interior sombrío de la chimenea y me apreté contra los ladrillos gastados y negros mientras mis músculos en tensión gritaban no, no.

    — ¡No! —grité en el silencio perturbado por el viento, y mi grito subió y resonó en la oscuridad de allá arriba, y casi pude ver cómo ascendía por la chimenea hacia el disco pálido del cielo.

    ¡Podría!, grité dentro de mí, desafiante. Si no tuviese miedo podría subir como ese grito y estallar en el cielo como un fuego de artificio, y no sentiría nunca más, nunca más, el peso del mundo.

    Pero la pesada carga de la raza me ataba las rodillas y los codos mostrándome la realidad del mundo. Me eché a llorar débilmente apoyándome en la pared curva y rugosa. La sal de las lágrimas me quemó las mejillas arrancándome a mi rebelión. ¿Llorando? ¿Gimiendo contra el viejo muro de una fundición a causa de un sueño? Excelente actitud en una maestra responsable.

    Me enjugué las mejillas con un pañuelo y sonreí al verlo sucio de hollín. Sería mejor que volviese al hotel y me lavara la cara antes de sentarme ante la inevitable sopa de ajo.

    Salí trastabillando a las aguas rojas del crepúsculo y descendí por el sendero tortuoso que no había querido tomar para llegar a la cima. Me hundí rápidamente en las sombras de los álamos que bordeaban el arroyo al pie de la colina. Aquí, donde nadie podía verme, donde ninguna lengua chasquearía reprobando mi indigna conducta, eché a correr, diciéndome que me escapaba, me escapaba dejando todo atrás. Quizá con bastantes lágrimas y corriendo con bastante rapidez podría ganarme una noche sin sueños.

    Llegué al sitio donde el peñasco de granito rosa se unía al camino, y de pronto un golpe me hizo trastabillar. Había chocado con alguien. Antes que yo pudiera verlo, me ayudó a levantarme y me dejó sola otra vez en la oscuridad.

    Me froté suavemente la nariz.

    —Bueno —dije en voz alta—, es un modo tan eficaz como cualquier otro de sacarme de la cabeza tantas tonterías.

    Me pregunté inmediatamente si esto de hablar sola no sería un signo de desequilibrio.

    Cuando salí de las sombras del bosque, me volví y miré la cima de la loma. La chimenea era una silueta negra en el cielo, sobre las ruinas de la fábrica. Tenía una belleza desolada, y la contemplé un instante.

    De pronto vi otra sombra allí arriba. Alguien había salido de detrás de la chimenea, una figura iluminada por la luz del horizonte.

    Pensé un momento si el sonido de mi pena no resonaría aún en la chimenea, y en seguida me di vuelta, avergonzada. La criatura que estaba allí arriba no sería tan insensata como para ponerse a escuchar los sonidos de unas viejas penas.

    Aquella noche, a pesar de mi carrera de la tarde, apenas alcancé a deslizarme bajo una delgada película de sueño, y durante un tiempo que no acababa nunca busqué algo que me arrastrara a un olvido completo. Luego sentí la punzada y los tirones familiares, y me arrojé al sueño, sin esperanzas, impetuosamente, a ese sueño que había llegado a ahogar en mí.

    No hay palabras que puedan describir mi sueño. Fue para mí, como siempre, la alegría de un nacimiento, una expansión del alma, una libertad sin límites, una cálida posesión. Me abracé a mi emoción —oh, tan apretadamente— sabiendo que de pronto despertaría...

    Y el despertar llegó, derribándome, envolviéndome en la carne, quitándome la alegría, limitándome el alma, cerrándome el cielo, y abandonándome en el resplandor acuoso de la mañana, tan abatida otra vez que no me sentía con fuerzas para abrir los ojos.

    Acostada, con el cuerpo rígido bajo el peso de las mantas, junté todos los fragmentos de mi sueño en un nudo pequeño y duro que guardé en el rincón más oculto de la conciencia. Quédate ahí, quédate ahí, quédate ahí.

    Me decidí al fin a desayunar y bajé al comedor de la pensión. Yo era la única pensionista mujer y siempre me desconcertaba un poco entrar en el comedor, pues todas las manos y todas las mandíbulas se inmovilizaban entonces esperando a que yo encontrara un sitio libre, y luego volvían juntas a su trabajo como a una voz de orden. Pero esta mañana era más tarde que de costumbre y el salón estaba casi vacío.

    —¿Cómo está esa vieja chimenea?

    Marie me sonrió con la mitad de la boca mientras me ponía un plato de bizcochos calientes debajo de las narices y lo dejaba caer desde una altura de quince centímetros. Reprimí un sobresalto cuando el plato golpeó la mesa, pero no pude ignorar completamente la huella negra de un pulgar en el borde de loza. Marie sacó el trapo grasiento que le colgaba como siempre del bolsillo del delantal y frotó un rato hasta que ya no pudo distinguir los arabescos.

    —Era interesante —dije, sin tratar de saber cómo sabía ella que yo había estado allí—. Kruper debe de haber sido toda una ciudad cuando esa fundición marchaba aún.
    —Desde que estoy aquí es un pueblito moribundo —dijo Marie—. Se cumplirán treinta y cinco años en febrero y nunca he estado en la chimenea. No he perdido nada. —Se rió en silencio pero abriendo la boca, y yo tuve que retener el aliento esperando a que se disipara el olor a ajo—. Pero sé que algunas muchachas subieron y se perdieron...

    ¡Marie! —El viejo Charlie aulló desde el otro extremo de la mesa—. Deja esa charla y tráeme algo que comer. Si la maestra quiere subir a esa vieja chimenea, déjala. Quizá le gusta.

    Un modo tonto de perder el tiempo —murmuró Marie y se alejó hacia la cocina balanceando su cuerpo macizo sobre unas piernas increíblemente delgadas.

    —No le haga caso —dijo el viejo Charlie—. Para Marie no hay otra diversión que la cerveza. No es usted la única a quien le gusta mirar esas cosas. Aquí lo tiene a Lowmanigh. Subió ayer mismo...
    — ¿Ayer?

    Alcé las cejas, subrayando involuntariamente mi pregunta, y miré al hombre sentado ante mí. Nunca había hablado con él. El viejo Charlie me lo había presentado la primera noche, probablemente, pero yo me había olvidado de todos los nombres excepto el del mismo Charlie y el de Severeid Swanson, un mexicano de frágil aspecto, que parecía subsistir gracias al ajo y al vino, y que siempre parpadeaba cuatro veces cuando yo le sonreía.

    —Sí.

    Lowmanigh me miró desde el otro lado de la mesa sin endulzar el monosílabo con una sonrisa. Me estremecí cuando advertí en aquel rostro la dureza pálida de las almas transidas. Yo conocía muy bien esa expresión. Así me había visto en el espejo esa misma mañana antes de firmar mi tregua con el día.

    El hombre debió de leer algo en mis ojos, pues la cara se le cerró de pronto en una máscara curiosamente neutra, y al fin dijo con un esfuerzo evidente:

    — Miré la puesta de sol desde arriba.

    Me toqué maquinalmente la nariz dolorida. —Oh.

    ¡Puestas de sol! — Marie había vuelto con el líquido barroso que ella llamaba café—. Siempre perdiendo el tiempo en tonterías.

    ¿Cómo pasa usted el tiempo? —dijo Lowmanigh, muy dulcemente.

    La mente de Marie saltó como un pájaro asustado, y gritó: ¡Esperando a la muerte!

    —Bebiendo cerveza —dijo en voz alta, con una sonrisa que le torció la mitad de la cara—. Cuatro cervezas valen una puesta de sol.

    Dejó la cafetera en la mesa y regresó a la cocina dejando detrás de ella un dolor neto, agudo, casi visible.

    —Vosotros dos estáis hechos para entenderos —dijo la voz profunda de Charlie—. Os gustan las mismas cosas. Low es el mejor conocedor de ruinas y depósitos de chatarra de todo el condado. Colecciona pueblos fantasmas.
    —Me gustan los pueblos fantasmas —le dije a Charlie tratando de colmar el vacío inmenso que amenazaba a la conversación—. Yo misma tengo toda una colección.
    — ¡Ya ves, Low! —atronó la voz del viejo—. Ésta es tu oportunidad. Acompañas a una linda maestra y le muestras los alrededores. Juntos podrían coleccionar todo un condado!

    El viejo Charlie se atragantó con la broma y el último sorbo de café y dejó el salón tosiendo ruidosamente en su pañuelo.

    Lowmanigh y yo nos habíamos quedado solos. El sol temprano de la mañana se deslizaba oblicuamente por el piso de madera pulida, tropezaba con las sillas despintadas, se subía al espejo monumental que colgaba sobre el aparador, y se derramaba brillantemente sobre el mantel encerado que cubría la enorme mesa de roble.

    El silencio creció cada vez más hasta que al fin dejé mi tenedor, temiendo golpearlo contra el plato. Me quedé sentada medio minuto, estupefacta, sintiendo unos pesados latidos que crecían lentamente hasta que casi oí una pregunta: ¿Juntos? ¿Juntos? ¿Juntos? Los latidos se quebraron en la cima de una ola de desolación y salí tambaleándome del comedor.

    No, susurré mientras me apoyaba en el pasamanos al pie de la escalera. No voluntariamente. ¡No tan temprano!

    Me dominé, con un esfuerzo. Deja esas extravagancias, me dije. ¡Podrías volver loco a cualquiera!

    Empecé a subir la escalera, resueltamente, y me detuve con un pie en el aire. No era mi desolación, grité en silencio. ¡Era su desolación!

    Qué raro, pensé al despertar a las dos de la mañana recordando la desolación.

    Qué raro, pensé cuando desperté a las tres, recordando el latido: ¿Juntos?

    Muy raro, pensé cuando me desperté a las siete y dejé somnolienta la cama, habiendo olvidado completamente el aspecto de Lowmanigh, pero guardando de él un recuerdo más perfecto que una imagen de tres dimensiones.

    La escuela me mantuvo ocupada toda la semana siguiente, tanto que casi olvidé el viejo dolor familiar. Nada turbó esa calma hasta el viernes, día en que todo pareció estallar en el patio de recreo. Ante todo tuve que separar a Esperanza de Joseph. La niña lo había tomado por el pelo y le aplastaba la nariz contra la grava. Se parecía muy poco, en verdad, a su tío Severeid mientras se sacudía el polvo del delantal con aire desafiante.

    — ¡Me llamó mexicana! —gritó—. ¿Y qué? Soy mexicana. Estoy orgullosa de ser mexicana. Lo golpearé mucho más si me llama otra vez así, como si mexicana friese una palabrota. Estoy orgullosa de ser...
    —Claro que estás orgullosa —dije, ayudándola a sacarse el polvo—. Dios nos hizo a todos. ¿Qué importan los nombres! —Me volví repentinamente hacia Joseph, sobresaltándolo—. Joseph! ¿Eres una niña?

    ¿Eh? —Joseph parpadeó sin comprender, y al fin dijo indignado—: ¡Claro que no! ¡Soy un chico!

    Joseph es un chico! Joseph es un chico! —le dije, riéndome—. ¿Ves qué tonto suena? Somos lo que somos. Es tonto pelearse por estas cosas. Ve a lavarte, y tú también, Esperanza.

    Los empujé hacia la escuela y suspiré mirando cómo se iban.

    Salí otra vez al patio al oír una burlona salmodia:

    — ¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca!

    El grupo giraba bailando alrededor de Lucine, apoyada de espaldas en un árbol seco, el único que quedaba en el patio. Miraba a todos inexpresivamente, boquiabierta, pero unas llamas humeantes comenzaron a arder ya en ese vacío y noté que se le endurecían los músculos.

    — ¡Lucine! —grité, y el miedo me dio alas—. ¡Lucine! Me adelanté a mí misma y alcancé la mente homicida y pesada de Lucine. Traté de calmarla hasta que pude llegar a ella.
    — ¡Basta! —les chillé a los niños—. ¡Váyanse todos! Mi voz traspasó la mente del grupo, que se disolvió en individuos asustados. Tomé las dos manos de Lucine y durante un angustioso momento se las apreté firmemente. En seguida Lucine lanzó un grito —un grito curiosamente animal— y con un movimiento del brazo me arrojó lejos.

    Dominada por un desordenado terror, me sentí arrastrada —casi físicamente, me parece— al delirio irracional de la furia y la confusión de Lucine. Me perdí en laberintos de pensamientos insensatos y en terribles callejones sin salida, y hasta hoy no puedo recordar qué ocurrió realmente.

    Cuando la marea roja se retiró, y llegó ese momento triste y gris en que algo se desconectaba en Lucine, me encontré sentada contra el viejo árbol, con la cabeza de la niña en las rodillas y su boca húmeda apretada a mi palma. Las lágrimas de Lucine me mojaban el vestido, y sentí el peso de su cuerpo, tan joven y tan fatigado.

    Se le movieron los labios.

    —No estoy loca.
    —No —dije, alisándole el pelo y asombrándome al descubrir una marca roja en el dorso de mi mano—. No, Lucine, ya lo sé.
    —Él también lo hace —murmuró Lucine—. Casi lo puso derecho, pero se le torció otra vez.
    —Oh —dije tratando de tranquilizarla y arqueando el hombro para poner en su sitio la manga desgarrada de la blusa—. ¿Quién?

    Lucine alzó un poco la cabeza y sentí que se retiraba otra vez a sí misma, tan claramente como si un conejo asustado tratara de escapar a la presión de mi mano.

    Yo, pensé. Yo sin mi coraza. Interiormente estoy tan enferma como Lucine, pero mi enfermedad es aceptada como normal. Me gustaría poder desconectarme también algunas veces y no soñar nunca más que vivo sin impedimentos... dulce sueño imposible.

    Lucine tomó aliento —una larga inspiración húmeda— y se sentó volviendo hacia mí una mirada inexpresiva.

    —Tiene la cara sucia —dijo—. Las maestras no tienen la cara sucia.
    —Es cierto. —Me incorporé lentamente e hice girar la falda poniéndola en su posición normal—. Será mejor que vaya a lavarme. Ahí viene la señora Kanz.

    En el otro extremo del patio los alumnos se habían puesto en fila para volver a las aulas. Los empujones se sucedían allí como siempre, pero nadie miraba hacia nosotras. Si supiesen por lo menos, pensé, qué cerca han estado algunos de la muerte...

    —He sido mala —lloriqueó Lucine —. Me he peleado otra vez.
    — ¡Lucine, niña mala! —gritó la señora Kanz cuando estaba bastante cerca de nosotras —. Te has peleado de nuevo. Te pasarás el resto del día en penitencia. ¡Qué vergüenza!

    Lucine se fue llorando hacia el edificio. La señora Kanz me miró largamente.

    Bueno. —Se rió, excusándose — . Debí haberla advertido a propósito de Lucine. Déjela sola cuando tiene un ataque. No trate de detenerla.

    ¡Pero iba a matar a alguien! —grité, sintiendo otra vez aquella sed de sangre y oyendo el crujido de los huesos.

    —Es muy lenta. Los otros chicos siempre se le escapan.
    —Pero un día...

    La señora Kanz se encogió de hombros.

    Si se pone peligrosa, habrá que alejarla.

    ¿Pero por qué deja usted que los niños se burlen de ella? —protesté, sintiendo un espasmo de cólera.

    La señora Kanz me miró fríamente. —No los dejo. Los niños son siempre crueles con quienes no son como ellos. ¿No lo ha observado nunca?

    — Sí —murmuré—. Oh, sí, sí.

    Me encogí protegiéndome de la invasión helada de la memoria.

    —No está bien, pero es así —dijo la señora Kanz—. No es posible que todo marche bien. A veces es necesario ser duro.

    Me sacudí el polvo de las ropas.

    — Sí —suspiré—. La dureza es un recurso. Pero sigo pensando que se podría hacer algo por Lucine.
    —No lo diga tan alto —advirtió la señora Kanz—. La madre se ha roto la cabeza tratando de encontrar un modo de ayudarla. Estas cosas ocurren en las mejores familias. Nadie puede ayudarla.
    — ¿Entonces quién...?

    Recordé demasiado tarde cómo Lucine se había recogido en sí misma y me atraganté con las palabras.

    ¿Quién qué? —preguntó la señora Kanz por encima del hombro mientras volvíamos a la escuela.

    ¿Quién se ocupará de ella? —dije con tristeza.

    ¡Bueno! Eso es lo que se llama inventarse dificulta des. —La señora Kanz se rió—. Olvide el asunto. Es bastante por hoy. Aunque es realmente una lástima que se le haya estropeado esa hermosa blusa.

    Ya de vuelta en la pensión, mientras me sacaba la blusa desgarrada, pensé en Lucine. Me miré el hombro, tratando de ver si lo tenía amoratado, cuando la puerta se abrió y se cerró bruscamente. Me volví y vi a Lowmanigh que jadeaba apoyado de espaldas contra la puerta.

    ¡Bueno! —Me puse la blusa nueva y me la abotoné nerviosamente—. No lo oí llamar. ¿Quiere salir y probar otra vez?

    ¿Se lastimó Lucine? — Lowmanigh se echó el pelo hacia atrás descubriendo la frente húmeda—. ¿Fue una crisis? Creí haber asegurado...

    —Si quiere hablarme de Lucine —dije, cuando me repuse de mi sorpresa—, estaré en el porche dentro de un minuto. ¿Quiere esperarme ahí? Todavía me arden las orejas por la conferencia que me dio Marie a propósito de «la conducta de una mujer decente en este hotel».
    —Oh —Lowmanigh miró alrededor inexpresivamente—. Oh, sí... sí.

    La puerta del cuarto se cerró en silencio antes que yo me diera cuenta de que se había ido. Me metí los faldones de la blusa en la falda y me pasé un peine por el pelo.

    Lowmanigh y Lucine, pensé, confusa. ¿Qué significa? Parece que la señora Kanz no es infalible, no me dijo nada. Dejé lentamente el peine. Oh, quizá Lucine hablaba de Lowmanigh. Casi lo puso derecho, pero se le torció otra vez, me dijo. ¿Qué puede ser eso?

    Lowmanigh estaba apoyado en la baranda del balcón despintado que corría por dos lados de la pensión, a la altura del segundo piso. Me acerqué a la mesa y el banco polvorientos que amueblaban el balcón, y las tablas crujieron bajo mis pasos, pero el hombre no se volvió.

    — ¿Quién es usted? —me preguntó con una voz ahoga da—. ¿Qué hace aquí?

    Tuve un presentimiento y un dedo frío y helado me corrió por la nuca.

    —Nos presentaron —dije débilmente—. Soy Perdita, Perdita Verist, la nueva maestra, ¿no me recuerda?

    Lowmanigh se volvió con brusquedad. —No hable en voz alta —dijo—. La escucho interiormente. Sabe tan bien como yo que no puede escaparse... ¿Pero cómo lo sabe? ¿Quién es usted?

    — ¡Basta! —grité—. No tiene derecho a escuchar de ese modo. ¿Quién es usted?

    Nos quedamos de pie, inmóviles, mirándonos fijamente, hasta que al fin, suspirando juntos, nos dejamos caer en los desvencijados asientos. Junté las manos sobre el regazo y sentí que el nudo duro y apretado que tenía dentro empezaba a fundirse y desatarse hasta que al fin me volví hacia Low y le tendí la mano y me encontré con la de él que buscaba la mía. Alguien gritó en mí: ¿Cómo yo? ¿Cómo yo? Pero otra parte de mí apretó el botón del pánico.

    —No, no —exclamé, apartando bruscamente la mano y poniéndome de pie—. ¡No!
    —No. —La voz de Lowmanigh era dulce y tierna—. Yo no la traiciono.

    Tragué saliva con dificultad y me quedé contemplando a Severeid Swanson que volvía al hotel, ebrio como siempre, zigzagueando a lo largo del camino.

    —Lucine —dije al fin—. Lucine y usted.
    — ¿Fue terrible?

    Lowmanigh hablaba ahora en voz alta, y la otra banda de ondas ya no me golpeó los huesos.

    —Lo que podía esperarse, según la señora Kanz —dije en voz baja—. Traté de detener una sierra circular.
    — ¡Fue terrible!

    Sentí que la voz de Lowmanigh entraba claramente en mí.

    — ¡Fuera! —grité—. ¡Fuera!

    Pero Lowmanigh estaba dentro de mí y yo era Lucine y él era yo y teníamos el horror rojinegro en las manos desnudas y lo mirábamos. Juntos retrocedimos por el vacío grisáceo hasta que Lowmanigh fue Lucine y yo fui yo y me vi dentro de Lucine y enrojecí sintiendo el cariño apasionado y agradecido que ella me tenía. Embarazada, encontré de pronto un modo de que Lowmanigh saliera de mí y parpadeé ante la oscura soledad.

    ¡Y quédese fuera! —grité.

    ¡Bravo! —La exclamación indignada de Marie me sobresaltó—. ¡Vi cómo entraba en el cuarto de usted sin llamar y cómo cerraba la puerta! —Marie estaba ahora horrorizada—. ¡Hizo muy bien en echarlo y en cantarle cuatro verdades!

    Mi risa interior entreabrió una grieta en la barrera y me encontré con la diversión de Lowmanigh.

    — Sí, Marie —dije—. Recordé sus advertencias.
    —Bueno, magnífico, magnífico. —Marie torció la mitad de la cara en una sonrisa de satisfacción—. Ya me había dado cuenta de que era usted una chica decente. Lowmanigh, me avergüenza usted. Lo creía distinto a esos demonios que van de aquí para allá persiguiendo faldas en pleno día. —Se alejó por el pasillo y oímos cómo gritaba en la escalera—: ¡En pleno día! La cena estará lista en un periquete. Lávense las manos.

    Lowmanigh y yo nos reímos juntos y fuimos a lavarnos las manos.

    Un poco más tarde miré cómo el agua de la palangana de loza se me escurría entre las manos y sentí en mí un luminoso calor al comprender que yo me había reído interiormente por primera vez en muchos años. Miré largamente la imagen temblorosa de mi rostro reflejado en el agua. Y no sola, gritó una parte de mí misma, asombrada. ¡No sola!

    A la mañana siguiente recorrí los cuarenta kilómetros que nos separaban del pueblo y descendí en un hotel que tenía agua corriente y hasta baño privado. Aproveché ese lujo desacostumbrado para librarme del polvo, la suciedad, las torpezas y la fealdad con que me había impregnado Kruper, hasta descubrir en los intersticios del alma unos brillantes fragmentos de simpatía, diversión y encanto.

    Me recosté a descansar en esa tarde de domingo, retrasando el momento en que debía prepararme para tomar el autobús de vuelta a Kruper, cuando de pronto, sutilmente, entre dos respiraciones, descubrí que mi atención era un alambre tenso y me senté muy tiesa en la cama. Había alguien en el hotel. ¿Lowmanigh había venido a la ciudad? ¿Estaba aquí? Me levanté y me vestí rápidamente. Me senté luego en el borde de la cama, sintiendo que algo fluía y refluía en mi interior. Al fin bajé al vestíbulo. Me detuve en el último escalón. No había nada raro en el vestíbulo, atestado de muebles elaboradamente rústicos. Pero mientras yo iba hacia la ventana para mirar otra vez la hermosa pendiente del cañón arbolado, Lowmanigh entró en el hotel.

    — ¿Estaba usted aquí hace un minuto? —le pregunté a boca de jarro.
    —No. ¿Por qué?
    —Pensé... —Me interrumpí. En seguida, delicadamente, los engranajes empezaron a moverse otra vez en el mundo cotidiano, y dije—: ¡Bueno! ¿Qué hace usted aquí?
    —El viejo Charlie me dijo que usted había venido al pueblo y que si yo venía a buscarla le evitaría el viaje de vuelta en autobús. —Lowmanigh sonrió débilmente—. Marie no me tiene confianza luego que yo mostré mi verdadera naturaleza el viernes, pero al fin me dijo que usted estaba en este hotel.
    — ¡Pero yo no había elegido ningún hotel cuando salí de Kruper!
    — Caramba. — Lowmanigh me sonrió con simpatía—. Es usted muy nueva aquí, ¿no es cierto? ¿En marcha?
    —Espero que no tenga prisa en llegar a Kruper. — Lowmanigh maniobró hábilmente mientras salíamos del puente de Lynx Hill y subíamos la cuesta empinada—. Tengo que detenerme en un sitio.

    Yo podía sentir cómo Lowmanigh estaba pendiente de mí a pesar de mirar atentamente el camino.

    —No —le dije, suspirando interiormente, imaginando largas horas de espera mientras Low, apoyado en una cerca, cambiaba largos silencios y breves observaciones con algún minero conocido—. No tengo prisa. Basta con que esté en la escuela a las nueve de la mañana.

    Magnífico. —Lowmanigh parecía divertido, y turbado. Probé otra vez la barrera de mi mente. Estaba aún intacta—. En verdad —siguió diciendo—, podrá añadir esto a su colección.

    ¿Mi colección? —le pregunté asombrada.

    —Su colección de pueblos fantasmas. Pasaremos por Machron, o lo que era Machron. Un cañón estrecho, poco más allá de la meseta del Oso. Quizá...

    Un obstáculo en la ruta —una piedra y una rama de pino— interrumpieron a Lowmanigh.

    — ¿Quizá qué? —pregunté, apoyándome deliberadamente en lo que Lowmanigh quería decirme—. Quizá sea interesante explorar el sitio.

    Lowmanigh sonrió débilmente, divertido otra vez.

    —Me gustaría encontrar un trozo de vidrio de fundición —dije—. Tengo un hermoso jarrón púrpura en mi cuarto. Pero le falta un pedazo en el borde.

    Un día le mostraré mi colección —dijo Lowmanigh—. Quedará usted maravillada.

    ¿Cómo llegó a aficionarse a los pueblos fantasmas? ¿Por qué lo atraen? ¿La historia? ¿Los tesoros? ¿Una curiosidad mórbida?

    —Los tesoros... la historia... una curiosidad mórbida. —Lowmanigh saboreó lentamente las palabras y aprobó cada una con un movimiento de cabeza—. Creo que las tres cosas. Estoy investigando.
    — ¿Investigando? —Investigando.

    El tono de la voz de Lowmanigh interrumpió la conversación. Sentí que Lowmanigh me había apartado y tuve que hacer un esfuerzo para no dejarme arrastrar por un enojo insensato. Me puse a observar las maravillosas pendientes boscosas que estrechaban más y más el camino.

    Al fin Lowmanigh hizo girar el volante y las ruedas resbalaron en la arena hasta que nos detuvimos bajo un nogal sombrío.

    — ¿Tiene usted zapatos para caminar? El auto no pasa de aquí.

    Media hora más tarde, llegamos a una pequeña meseta, luego de haber trepado resbalando y tropezando por un paso rocoso. En las piedras se veían aún las huellas de las altas ruedas de los vagones de minerales que habían pasado por allí hacía medio siglo. En sus días de esplendor, el pueblo se había extendido por las faldas de las lomas y a lo largo de los arroyos que bajaban de la meseta como dedos de una mano. Unos escalones de cemento subían hasta las fundiciones derruidas, y en unos muros asaltados por matorrales se veían aún los marcos de unas puertas.

    Algunos edificios estaban todavía intactos, resistiéndose tercamente a la destrucción. Yo había caminado a lo largo de lo que había sido una calle y me metí en otra cuando advertí que Lowmanigh no estaba conmigo. Conociendo las costumbres solitarias de los aficionados a los pueblos fantasmas, no traté de encontrarlo. Me hubiera gustado saber qué buscaba allí, pero me abstuve de preguntarme quién era en verdad, y por qué yo y él nos hablábamos interiormente. Pero aun tácita, la pregunta me quemaba, bajo mi irritación superficial, mientras yo caminaba entre las ruinas de la ciudad muerta.

    Encontré un botón blanco con sólo tres agujeros, y un pedazo de una cabeza de muñeca, que conservaba aún un ojo de color azul lechoso, y escarbando entre los escombros con la mano desnuda sentí una viva alegría cuando pensé que había encontrado un azucarero, pero era sólo un asa y un fragmento de vidrio hundidos en la tierra.

    Estaba lamentando una uña rota cuando de pronto un grito silencioso me golpeó el pecho con una fuerza inesperada que me dejó jadeando. Descendí el terraplén y corrí por el sendero de piedra. Encontré a Lowmanigh junto al vaciadero del pueblo, sosteniendo algo en la mano.

    Lowmanigh me miró sin verme.

    — ¡Quizá...! —gritó—. Esto puede ser un pedazo. No hay nada parecido en este pueblo. ¡Mire! ¡Mire esta forma! ¡Mire estas líneas! —Acarició amorosamente la belleza lisa del metal—. Y si esto es un pedazo, no fue entonces muy lejos de aquí... — Lowmanigh se interrumpió bruscamente, deteniendo el pulgar en la cara inferior del objeto. Dio vuelta al metal y lo miró de cerca—. General Electric —dijo con una voz apagada—. Made in USA. —El trozo de metal se le cayó de las manos rígidas. Lowmanigh se agachó y golpeó el suelo pedregoso con el puño—. ¡Nada! ¡Nada! ¡Un callejón sin salida!

    Le tomé las manos y les quité el polvo y luego le apreté con un pañuelo la herida del pulgar.

    — ¿Qué perdió? —le pregunté.
    —Mi vida —murmuró Lowmanigh—. Me extravié y no encuentro el camino de vuelta.

    Nos pusimos de pie sin que Lowmanigh se diera mucha cuenta y lo llevé hasta las ruinas de un muro que sostenía un saúco raquítico, impidiéndole caer en el cañón. Nos sentamos allí y durante un rato el océano de desolación de Lowmanigh nos sacudió mientras yo pensaba: él también, perdido también. Lo dos perdidos. Luego lo ayudé a pensar en palabras aunque no recuerdo si me habló en voz alta.

    —Yo era tan pequeño —dijo Lowmanigh—. No tenía más de tres años me parece. ¿Cuánto tiempo se puede vivir con los recuerdos de un niño de tres años? Mi madre adoptiva me dijo todo lo que ella sabía, pero yo recuerdo más. Hubo un accidente, un choque con otro auto que venía de Chukawalla. Mi gente murió. El coche nuestro trató de volar poco antes. Recuerdo que mi padre trató de esquivar el otro coche y que mamá tomó un puñado de sol y me alejó del peligro, pero los dos autos chocaron y apenas alcancé a oír el grito de mamá: «¡No te olvides! Vuelve al cañón», y papá que decía: «¡Recuerda! ¡Recuerda la Morada!», y luego el fuego los consumió. Mis padres adoptivos me criaron como a un hijo propio, pero yo tengo que volver. Tengo que volver al cañón. Allí está mi gente.

    ¿Qué cañón? —pregunté.

    ¿Qué cañón? —repitió Low—. El cañón donde ahora vive el Pueblo. El cañón donde se establecieron luego de la caída de la nave. La nave que busco, pensando que si encuentro un pedazo podré saber dónde está el cañón. Por lo menos en qué región del Estado. El cañón donde dormí antes de despertarme en el accidente. El cañón que no puedo encontrar, pues no recuerdo el camino... ¡Pero usted sabe! ¡Usted tiene que saber! ¡Usted no es como los otros!

    Me encogí en mí misma.

    —No soy nadie —dije—. No sé qué soy. Mis padres hablaban de mis abuelos y mis bisabuelos, y me preguntaban por qué tendrían una hija como yo, hasta que al fin pude aparentar que yo era «normal». Usted piensa que ha perdido el camino. ¡Por lo menos sabe eso! Puede buscarlo. Pero yo no. ¡Nunca encontraré nada!
    —Pero usted puede hablar interiormente —dijo Lowmanigh parpadeando ante mi violencia—. Me mostró a Lucine...
    —Sí —dije temerariamente—. ¡Y mire esto!

    En lo alto de la loma una roca se puso de pronto en movimiento. Se precipitó cuesta abajo, levantando una polvareda, y al fin se hizo pedazos contra una roca del fondo del cañón.

    — ¡Y nunca intente esto, pero mire!

    Avancé hacia el muro en ruinas alejándome de Lowmanigh, y caminé directamente hacia el desfiladero, sintiendo que me faltaba el suelo bajo los pies, dulcemente acunada por el viento, deslizándome hacia arriba y hacia afuera, sin límites. Grité, alzando los brazos, buscando extáticamente la clave de mi sueño de libertad. Un minuto, un minuto más, y yo podría salir de mí misma, y ya nunca, nunca, nunca...

    Y entonces...

    Lowmanigh me tomó en sus brazos cuando yo ya iba a caer sobre las copas de los pinos que crecían en el cañón. Me alzó, mientras yo me debatía y protestaba, y me hizo subir por el frágil vacío del aire, hasta el saúco achaparrado.

    — ¡Puedo! ¡Puedo hacerlo! —Sollocé apoyándome en Lowmanigh—. No me caí. ¡Durante un rato dejé realmente el suelo!
    —Sí, durante un rato, Dita —me murmuró Lowmanigh como si yo fuese una niña—. Tan bien como yo podría hacerlo. Tiene usted algunas de las Persuasiones. ¿Cómo es posible si no es de los nuestros?

    Mis sollozos se interrumpieron bruscamente, aunque seguía llorando. Miré a Lowmanigh a los ojos luchando contra la cólera que se encendía en mí, contra esa insistencia que reabría mi herida. Lowmanigh me miró también fijamente hasta que se me secaron las lágrimas y alcancé a esbozar el fantasma de una sonrisa.

    —No sé qué es una Persuasión, pero la encontré probablemente en el mismo lugar en que usted encontró esas cejas.

    Lowmanigh enrojeció y dio un paso atrás.

    —Será mejor que volvamos. No conviene que nos sorprenda la noche en estos caminos.

    Descendimos por el sendero.

    —Por supuesto, me explicará usted todo lo demás en el coche —dije resbalando en una piedra de granito y manteniendo apenas el equilibrio. Sentí inmediatamente la protesta de Lowmanigh—. No creerá que me olvidaré del día de hoy, sobre todo luego de haber encontrado a alguien tan loco como yo—No me creerá usted...

    Lowmanigh esquivó una rama gruesa que cerraba el estrecho sendero.

    Me he pasado años —dije— tratando de creer cosas de mí misma que me resistía a creer. Es más fácil creer cosas que conciernen a otros.

    Avanzamos un tiempo en el coche a la luz del crepúsculo temprano y pronto cayó la noche. Yo miraba las luces de las estrellas sobre la bóveda de árboles que bordeaban la ruta y escuchaba la historia de Lowmanigh, que habló hasta mostrarme la armazón interior, unos huesos que brillaban como el fuego.

    —Nosotros venimos de otro mundo —me dijo, y había un fiero orgullo en ese nosotros —. Perdimos la Morada. Buscamos algún refugio y encontramos esta tierra. Nuestras naves se hicieron pedazos o ardieron al descender, pero algunos pudimos escapar en los botes salvavidas. Mis abuelos pertenecían al primer Grupo, que se instaló en el cañón. Pero todos estábamos allí en realidad, pues nuestros recuerdos se unían continuamente en el Brillante Comienzo. Esto explica que yo conozca la historia del Pueblo. Pero no puedo recordar dónde está el cañón, pues yo dormía la vez que lo dejamos, y mis padres no alcanzaron a decírmelo en la fracción de segundo anterior al accidente... Tengo que encontrar otra vez el cañón. No puedo pasarme la vida cojeando.

    Me sobresalté al oír este eco de lo que se me había ocurrido mientras yo estaba con Lucine en el patio, pero Low no se dio cuenta.

    —No seré nada hasta que me encuentre con mi Pueblo... Ni siquiera conozco el nombre del cañón, pero recuerdo que la nave estalló sobre las colinas, y espero que un día podré encontrar alguna huella en uno de esos pueblos fantasmas. Llegamos poco antes que comenzara el siglo, y tiene que haber alguna huella, en alguna parte. Low, evidentemente, se había repetido muchas veces esta historia, como yo me había repetido la mía, y ahora la contaba maquinalmente, como una serie de lugares comunes. Me pregunté un momento, viéndolo tan desgraciado, cómo era posible que yo sintiera ahora un agradable alivio, pero entendí en seguida. Entre nosotros no había necesidad de murmullos de simpatía, de frases convencionales, y ni siquiera de explicaciones. Nos comunicábamos sin palabras. Low parecía casi decepcionado.

    ¿No la sorprende?

    ¿Que usted sea de otro mundo? —Sonreí—. Bueno, es la primera vez que me encuentro con un extraterrestre, y me parece interesante. Ojalá se me hubiera ocurrido una fantasía semejante, que explicara mis rarezas. Es casi una variante de la frase «Soy tan distinto a mis padres que deben de haberme adoptado». Pero...

    La furia de Low me encontró desprevenida. ¡Una fantasía! Soy adoptado. Pensé que usted sabía. Pensé que usted seguramente era uno de los nuestros... ¡No soy de nadie! —estallé—. Usted puede ser lo que se le antoje, pero yo soy de la Tierra. Tanto, que es una maravilla que no eche polvo por la boca cuando hablo. Pero por lo menos no trato de engañarme diciéndome que soy normal de acuerdo con ciertas normas. Terrestres o de otro tipo.

    Durante un momento permanecimos inmóviles, mirándonos con hostilidad. Yo tenía las mandíbulas tan apretadas que me dolían los dientes. Al fin Low suspiró y extendiendo un dedo me acarició el contorno de la cara, de la frente a la barbilla y de la barbilla a la frente.

    —Piense lo que quiera —dijo—. Ha pasado usted por muchos malos ratos, seguramente, y no me sorprende que quiera olvidar. Quizás un día recuerde que es de los nuestros y entonces...
    —Quizá, quizá —dije entrecortadamente—. Pero ahora ya no tengo fuerzas. Es demasiado para un solo día. —Traté de cerrar todas las puertas y adelanté mi personalidad cotidiana. Cuando el coche se puso otra vez en movimiento, entreabrí lo suficiente una puerta como para preguntar—: ¿Qué hay entre usted y Lucine? ¿Es usted un amigo de la familia o algo parecido?
    — Conozco un poco a la familia —dijo Low—. Pero no saben nada de Lucine y yo. La niña me sorprendió un día, el año pasado, mientras yo pasaba frente a la escuela. Los otros chicos la atormentaban. Yo nunca había sentido en mi vida esa confusión, ese desgarramiento. Pobre niña terrestre. Una inteligencia de tres años en un cuerpo de doce.
    —Una inteligencia de cuatro años —murmuré—. O casi cinco. Está aprendiendo un poco.
    —Cuatro o cinco —dijo Low—. Debe de ser terrible estar atrapado en un cuerpo.
    — Sí —suspiré —. Estar encerrado en la prisión de uno mismo.

    Sentí de nuevo que el dedo tibio me acariciaba, suavemente, consolándome, aunque Low no se había movido. Volví la cara a la oscuridad, ocultando las lágrimas.

    Era tarde cuando llegamos a Kruper. Aún había luces en los bares y en una casa o dos, pero la pensión estaba a oscuras, y al detenerse el coche pude oír los chirridos débiles del portal de entrada, sacudido por el viento. Descendimos sin hacer ruido, murmurando, sintiendo el peso del silencio, y fuimos de puntillas hasta el portal. Allí los cabellos se me enredaron como siempre en el rosal trepador, y mientras Low me ayudaba a soltarme, nos echamos a